© Libro No. 698. La Muerte de las Catedrales. Proust, Marcel.
Colección E.O. Abril 5 de 2014.
Título original: © MARCEL
PROUST. La muerte de las catedrales
Versión Original: © MARCEL PROUST. La muerte de las catedrales
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
MARCEL
PROUST
La muerte de las catedrales
CONTENIDO
LA
TRÁGICA VIDA DE MARCEL PROUST
Stefan Zweig
MARCEL PROUST
Hernando Téllez
LA COMPAÑÍA DE PROUST
Alvaro Mutis
A PROPOSITO DE MARCEL PROUST
LA MUERTE DE LAS CATEDRALES
PREFACIO
SUEÑOS
ALCOBAS
DÍAS
LA CONDESA
APELLIDOS DE PERSONAS
VUELTA A GUERMANTES
LAS AÑORANZAS, SUEÑOS COLOR DEL TIEMPO
RELIQUIAS
SONATA CLARO DE LUNA
MANANTIAL DE LAS LÁGRIMAS QUE ESTÁN EN LOS
AMORES PASADOS
AMISTAD
EFÍMERA EFICACIA DEL DOLOR
ELOGIO DE LA MALA MÚSICA
ENCUENTRO A LA ORILLA DEL LAGO
EL FORASTERO
SUEÑO
CUADROS DE GÉNERO DEL RECUERDO
VIENTO DE MAR EN EL CAMPO
LAS PERLAS
LAS RIBERAS DEL OLVIDO
PRESENCIA REAL
PUESTA DE SOL INTERIOR
COMO A LA LUZ DE LA LUNA
CRÍTICA DE LA ESPERANZA A LA LUZ DEL AMOR
EN EL BOSQUE
EL MAR
MARINA
EN MEMORIA DE LAS IGLESIAS ASESINADAS
LA MUERTE DE LAS CATEDRALES
SENTIMIENTOS FILIALES DE UN PARRICIDA
LA TRÁGICA VIDA DE MARCEL PROUST
Stefan Zweig
NACIÓ en París, al final de la guerra, el 10
de julio de 1871. Era hijo de un médico, y su familia pertenecía a la más alta
y adinerada burguesía. Pero ni la ciencia del padre ni las riquezas de la madre
pudieron aliviarle la niñez: a los nueve años, el pequeño Marcel comenzó a
cuidar de su pobre, quebradiza salud.
A la
vuelta de un paseo por el bosque de Bolonia sufrió un ataque de asma, y ya para
siempre, hasta que Marcel exhaló el último suspiro, los ataques asmáticos le
fueron desgarrando el pecho. Desde aquel día se le prohibió casi todo: los
viajes, los juegos, el ajetreo y las travesuras. Se le prohibió, en una
palabra, la niñez. Desde muy temprano, pues, se volvió observador, delicado,
nervioso y fácilmente irritable, y por esto se convirtió en un ser de
extraordinaria sensibilidad nerviosa e intelectual.
Marcel amaba el campo de una manera
apasionada; pero raras veces pudo gozar de él, y nunca, desde luego, en
primavera. Porque en primavera, la fecundidad de la naturaleza, el calor y el
polen herían sus delicados órganos. Marcel gustaba de las flores, pero no podía
acercarse a ellas. Cuando un amigo entraba en su habitación con un clavel en el
ojal, Marcel se veía obligado a rogarle que se desprendiera de la flor. La
estancia en un salón adornado con flores lo obligaba luego a guardar cama. Por
eso, para poder ver aquellos colores tan queridos y para poder contemplar los
perfumados cálices, Marcel se paseaba a veces en un coche cerrado, a través de
cuyos cristales los miraba él ansiosamente. Y para consolarse de su perpetuo
encierro en París, compraba libros de viajes; libros que hablasen de países
lejanos, que nunca podría él visitar. Una vez, sin embargo, llegó hasta
Venecia, y en un par de ocasiones se acercó al mar. Pero cada uno de estos
viajes le costaba un esfuerzo desmesurado. Y acabó encerrándose en París.
Sus
dotes de observación se fueron agudizando. El tono de una conversación, la
horquilla que sujeta el cabello de una mujer, la manera como alguien se sienta
a la mesa y se levanta de ella, y todos los pequeños detalles del mundo
espiritual iban quedando impresos en su memoria. Entre dos parpadeos, su
vigilante mirada era capaz de atrapar la menor nimiedad, y en su oido quedaban
inalterablemente retenidos todos los matices, giros y rodeos de cualquier
conversación. Por esto pudo luego contar en ciento quince páginas, y sin que
faltara ni un aliento, ni un giro ocasional, ni un titubeo, ni una transición,
las palabras pronunciadas en cierta ocasión por el conde Narpois. Los ojos y
los oídos de Marcel estaban siempre vigilantes y despiertos y suplían, en la
medida de lo posible, a los otros órganos extenuados.
Al
principio, los padres de Marcel quisieron que el chico se dedicara a la
diplomacia; pero la delicada salud del muchacho desbarató todos los proyectos.
En definitiva, sin embargo, los padres de Marcel eran ricos y, por otra parte,
su madre lo adoraba. Así es que el futuro escritor malbarató su juventud en
visitas y reuniones. Hasta los treinta y cinco años arrastró él la vida más
necia y sin sentido que jamás haya llevado algún artista. Proust, que era
recibido en todos los salones, se portaba como un verdadero snob. Durante
quince años se pudo encontrar en todos los salones a este muchacho cariñoso y
despierto, que siempre, aunque estuviera aburrido, se mostraba conversador y
cortés. Proust se apoyaba entonces en las esquinas de los salones y mostraba en
ellas su ductibilidad en el arte de la conversación. A veces, pese a que en
resumidas cuentas era un desconocido, la aristocracia del faubourg
Saint-Germain lo admitía en sus reuniones, lo cual significaba un gran triunfo
para él.
El
aspecto exterior de Marcel Proust no tenía nada de extraordinario. No era
particularmente apuesto ni elegante. Tampoco llevaba un apellido noble, y era
hijo de una judía. Sus méritos literarios eran escasos; pues su obrita Les plaisirs et les jours no había
tenido, pese a la amable charla que sobre ella hizo Anatole France, un
auténtico éxito. Su generosidad, sin embargo, le hacía ser querido. Colmaba a
todas las mujeres de preciosas flores y abrumaba a todo el mundo con
inesperados regalos, prodigaba sus invitaciones y procuraba ser amable y
simpático hasta con las personas menos importantes. En el hotel Ritz era famoso
por sus banquetes y sus fantásticas propinas. Pues Proust daba diez veces más
que los millonarios americanos, y al pisar el recibidor del hotel, todos los
criados acudían a él como moscas. Sus invitaciones eran de una fantástica
prodigalidad y de una extraordinaria selección. Proust se hacía traer las
especialidades de las mejores tiendas: las uvas, de una frutería de la Rive
Gauche; los pollos, del Carlton, y los dulces, del Niza. Así se hizo suyo al
tout París, sometiéndolo a fuerza de buenos modales y de complacencias, sin que
él, por su parte, esperara nada en cambio.
Pero
todavía más que su trato y su inusitada prodigalidad, lo que lo introdujo en el
gran mundo fue su enfermiza veneración hacia los ritos sociales, su adoración a
la etiqueta y la inusitada importancia que siempre dio a todo lo mundano.
Proust adoraba el no escrito "Cortesano" de la moral aristocrática.
El problema de la preparación de una mesa era para él una cuestión de suma
transcendencia. El por qué la princesa X colocó al marqués Z a un extremo de la
mesa, e hizo sentar al barón A en la presidencia de la misma, eran cuestiones
que lo preocupaban durante días enteros. Como si tratara de grandes
catástrofes, cada pequeña habladuría y cada pequeño escándalo le producían una
tremenda excitación. Preguntaba a quince personas acerca del misterioso orden de
las invitaciones cursadas por la princesa M, e indagaba por qué aquella otra
dama de la aristocracia invitó a su palco al señor F. Y así, a través de esa
pasión, a través de ese tomarse en serio las naderías sociales —cosa que en sus
libros también aparece—, se ganó él un puesto de maestro de ceremonias en ese
mundo ridículo y teatral.
Durante quince años vivió tan alta
inteligencia —una de las mayores de Europa— esa existencia sin sentido;
codeándose con holgazanes y advenedizos; acostado, a causa de la fiebre,
durante el día; vestido de etiqueta, en los salones durante la noche; perdiendo
el tiempo entre invitaciones y cartas de recomendación. En el cotidiano baile
de las vanidades, Proust era la persona más inútil. En todas partes se le
recibía bien; pero en ningún sitio era considerado conforme a sus méritos. En
realidad, no era más que un frac y una corbata blanca entre otros fracs y otras
corbatas blancas.
Un
pequeño rasgo, empero, lo diferenciaba de los demás. Cada día, cuando Proust
llegaba a su casa dispuesto a acostarse, incapaz de conciliar el sueño,
escribía cuartillas y más cuartillas en las que iba anotando todo lo que
durante la jornada había observado y oído. Aquellas cuartillas fueron formando
gruesos rimeros, que él guardaba en grandes carpetas. Y como Saint-Simon, que
en la corte parecía ser un joven sin importancia, y luego, de una manera
misteriosa, se convirtió en el protagonista y juez de toda una época, así, sin
que nadie se enterara, quizá para convertir lo efímero en duradero, Marcel
Proust anotaba cada noche, entre observaciones y pensamientos, lo más fugaz y
baladí del tout París.
Una
pregunta sólo para sicólogos: ¿Qué es lo primero, lo más importante? ¿El inepto
y enfermo Marcel Proust que durante quince años lleva esa existencia necia y
sin sentido, propia de un snob, y esas notas que no son entonces más que una
ocupación marginal y anecdótica, o el Proust que, para luego escribir una obra
maestra, va a los salones, como un químico a su laboratorio o un herborista al
campo, con objeto de recoger materiales? ¿Disimula o es
sincero? ¿Combate él en el ejército de los despilfarradores o es un espía de otra
latitud más alta? ¿Ese enorme interés por la sicología de la etiqueta es algo
vital o solamente es la artimaña de un artista apasionado? Es posible que ambos
extremos estuvieran unidos en él de una manera tan genial y mágica, que si el
destino no lo hubiera arrancado repentinamente del fútil pasatiempo de las
conversaciones y no le hubiese impuesto una vida introvertida, iluminada por su
propia, íntima luz, jamás habría aflorado la extraordinaria naturaleza del
artista.
La
escena cambió de una manera repentina. En 1903 murió la madre del escritor, y
poco después los médicos dictaminaron que Proust, cuya salud se estaba
agravando por momentos, no tenía ya cura. Y embarcado en los recuerdos, Marcel
Proust emprendió un largo viaje a través de su vida pasada.
Se
encerró en su piso del boulevard Haussman, y el antiguo paseante y holgazán se
convirtió en uno de los más infatigables trabajadores de esta centuria. Cada
noche, apartado de la vida social, recluido en la más íntima soledad, Proust
escribía sin descanso.
Era
un cuadro trágico: todo el día yacía en cama. Su cuerpo, siempre sacudido por
la tos, delgadísimo, no reaccionaba contra el frío. Marcel vestía tres camisas,
se cubría el pecho con un gran paño y se calzaba guantes, a pesar de lo cual
continuaba teniendo escalofríos. Ardía un gran fuego en la chimenea y la
ventana no se abría jamás; pues el par de lastimosos castaños que había junto a
su casa, en la calle, le dañaban a causa del olor. No había en París un pecho
más delicado que el de Marcel Proust. Siempre, siempre, yacía en cama, igual
que un cadáver, respirando con dificultad la densísima atmósfera de aquella
habitación.
Muy
tarde, sin embargo, se despabilaba, y entonces podía gozar de un poco de luz y
de brillo. Y entonces le era dado asomarse a su querido mundo de la elegancia y
ver un par de rostros aristocráticos. El criado le vestía el frac, lo arropaba
con pañuelos de seda y lo protegía con grandes pieles. Así, para hablar con dos
o tres personas, para ver su adorado mundo del lujo, Proust iba al hotel Ritz.
Un coche lo aguardaba a la puerta de su casa. Marcel montaba en él y se dirigía
al hotel. Allí pasaba toda la noche. Y luego, a última hora, rendido,
extenuado, en el mismo coche regresaba al boulevard Haussman.
Cada
vez fue saliendo con menos frecuencia. Todavía, empero, requerido por su
trabajo, asistía a algunas reuniones. En cierta ocasión, necesitando conocer el
ademán de un distinguido aristócrata, se arrastró hasta un salón para poder
observar de qué manera llevaba el duque de Sagan su monóculo. Y otra vez,
haciendo un esfuerzo titánico, se llegó a visitar a una famosa cocotte para
preguntarle si todavía guardaba un viejo sombrero que veinte años atrás había
llevado, en cierta ocasión, por el bosque de Bolonia. Ese detalle le era
indispensable para describir a Odette. Y Marcel quedó completamente confundido
cuando, entre grandes burlas de sus amigos, la cocotte le dijo que aquel
sombrero ya no lo tenía, pues tiempo atrás —años atrás— lo había regalado a su
criada.
Marcel abandona el Ritz. Está
deshecho. El coche lo conduce a casa. Ante la chimenea cuelga la ropa de dormir.
Desde hace tiempo no puede él ponerse la ropa fría. El criado lo arropa y lo
conduce a la cama. Y allí, aguantando la pequeña mesilla, escribe su novela A la recherche du temps perdu. Veinte
carpetas están llenas de bosquejos. Las sillas y las mesas que hay junto a la
cama, y el mismo lecho, aparecen llenas de fichas y de cuartillas. Escribe día
y noche. Escribe, incluso, durante las horas de debilidad, a pesar de la
fiebre. Escribe con las manos enguantadas y temblorosas. A veces, le visita
algún amigo, y Proust, lleno de curiosidad, le pregunta mil detalles de la vida
social. Y, a pesar de estarse apagando, con la inmensa sensibilidad de los
curiosos, tienta Proust el perdido mundo de la frivolidad. Azuza a sus amigos
como si fueran perros de caza. Quiere él que le informe acerca de ese y de
aquel escándalo; pues Marcel necesita saber los más mínimos detalles de ese y
de aquel personaje. Y todo cuanto se le dice lo anota él con nerviosa ansiedad.
La
fiebre es cada vez más elevada. Paso a paso se va acabando esta pobre,
enfebrecida sombra humana. Pero la novela o, mejor dicho, las novelas
contenidas en A la recherche du temps
perdu, avanzan.
En
1905 fue empezada la obra, y en 1912 la da él por terminada. Al principio
habían de ser tres tomos; pero, debido a las tardanzas de los impresores, se
convirtieron luego en diez. Le preocupa la idea de la edición. Marcel Proust,
el cuarentón, es completamente desconocido. No; peor que desconocido: goza de
mala fama en el mundo literario. Porque Proust no es más que el snob de los
salones, el pequeño escritor mundano de quien Le Fígaro publica de vez en
cuando algunas anécdotas de la vida social, al pie de las cuales, en vez de
Marcel Proust, los distraídos suelen leer Marcel Prévost. Nada extraordinario
se le puede augurar a este escritor. Desde un punto de vista razonable, no
puede él esperar gran cosa, porque el público lo desconoce o tiene una idea equivocada
de él. Los amigos, claro está, tratan de asegurarle, mediante influencias, el
éxito. Un aristócrata invita a Gide, el piloto de la Nouvelle Revue Française,
y le entrega el manuscrito. Pero la Nouvelle Revue Française, la misma que con
esta obra había luego de ganar cientos de miles de francos, lo rechaza
inmediatamente. Y lo mismo hacen Mercure de France y Ollendorf. Por fin se
encuentra, sin embargo, a un editor anónimo que quiere arriesgarse. Pero
todavía hay que esperar dos años —hasta 1913— para que el primer tomo aparezca.
Y como si la fama no quisiera nada con él, la guerra corta las alas del éxito.
Después de la guerra, cuando ya han aparecido
cinco tomos, comienza Francia y toda Europa a fijarse en esta épica obra de
nuestro tiempo. Pero el glorioso Marcel Proust ya no es más que una persona
macilenta, enfebrecida e inquieta; una sombra estremecida; un pobre enfermo que
únicamente concentra todas sus fuerzas para asistir a la aparición de su obra.
Sin
embargo, por las noches todavía se arrastra hacia el Ritz. Allí, sobre la mesa
levantada o en el mismo rincón del portero, corrige él las últimas galeradas;
pues en casa, en la habitación, en cama, Proust presiente el frío de la tumba.
Sólo aquí, donde su querido mundo aristocrático relampaguea ante sus ojos,
siente él la presencia de sus últimas fuerzas. En casa, aliquebrado como está,
se nota a morir. Sólo valiéndose de narcóticos puede conciliar el sueño, y únicamente
a fuerza de cafeína le es dado sostener una conversación o trabajar un rato.
Su
vida se acaba cada vez más aprisa; pero cada vez trabaja él, para adelantarse a
la muerte, con más tesón. No quiere ver más médicos. Los médicos lo han
torturado demasiado tiempo y nunca, en verdad, le han ayudado.
Así
se defendió hasta el último momento, y así murió el 18 de noviembre de 1922.
Durante los últimos días, cuando ya la muerte
lo había apresado, se arroja él a lo inevitable con la única arma del artista:
la observación. Heroicamnete, despierto hasta la última hora, analiza Proust su
propio caso, y esas observaciones le sirvieron para aportar nuevos detalles a
la muerte de Berdotte, uno de sus mejores personajes, cuyo final describió
Proust con un verismo estremecedor.
Y
sobre la mesita de noche, entre las medicinas, se encontró una cuartilla,
escrita con la mano medio fría, en la que apenas podían leerse sus últimas
palabras. En aquella cuartilla había él anotado una observación para un nuevo
libro que desde años atrás venía meditando.
Así
golpeó él, en pleno rostro, a la muerte: último gesto del artista que, mientras
espera el final, vence, heroicamente, el temor de morir.
1925
MARCEL PROUST
Hernando Téllez
MARCEL Proust nació en París el 10 de julio de
1871. Fueron sus padres el médico Adrien Proust —católico— y la señora Weil
—judía—. La mayor parte de su infancia se desliza en la casa número 9 del
boulevard Malesherbes. Por la época de vacaciones, cada año, la familia se
desplaza a Iliers, cabeza de cantón de Eure-et-Loir, situado a veinticuatro
kilómetros de Chartres, en un delicioso rincón de la provincia francesa. A los
once años entra al Liceo Condorcet. Por entonces aparecen los primeros síntomas
de su dolorosa enfermedad —el asma— y se ve obligado a renunciar a la
permanencia en el campo, durante el verano. En 1889, a los diez y ocho años de
edad, se enrola como voluntario en el regimiento de infantería acantonado en
Orleans. Liberado al poco tiempo, también a causa de su enfermedad, termina sus
cursos de licenciado en letras y empieza a publicar algunos breves artículos en
El Banquete y La Revista Blanca de León Blum y de otro grupo de condiscípulos
suyos del Liceo mencionado, entre los cuales figuran Robert Dreyfus, Reinaldo
Hann, Antoine Bibesco, tres de sus mejores y más fieles amigos.
En
estos años se le ve mucho en el mundo brillante y banal de los grandes salones
parisienses, en el faubourg Saint-Germain, en el círculo de madame Strauss, de
madame Caillavet, del matrimonio Collete-Willy, haciendo de vedette en los
grupos más cerrados y hostiles de la rica burguesía y de la aristocracia, ya
arruinada y en decadencia. Proust es, a la sazón, un hombre joven, dueño de
inmensa fortuna, de salud frágil, nervioso, complaciente, generoso hasta el
ridículo, galante hasta la más fastidiosa exageración, pródigo en propinas, en
obsequios, en alabanzas, en excusas, en explicaciones. Se le juzga como a un
refinado y completo arquetipo del snob, del salonard, en el género hijo de
rico, que resplandece en los círculos sociales por su elegante vanidad, su
despreocupación, su pereza inteligente, sus frases, su disposición inalterable
para seguir el curso de una vida sin otro objeto que el de la conversación
intrigante y amable, y la búsqueda de placeres fáciles y cómodos.
En
1896 —a los veinticinco años— publica un pequeño cuaderno de versos —Retratos
de pintores— que sale a la luz pública, acompañado de un texto musical,
creación de Reinaldo Hann. En ese mismo año aparece su primer libro —Los placeres y los días— en que recoge
buena parte de sus breves trabajos literarios dispersos en las revistas antes
mencionadas. Este libro en preciosa edición, ilustrado por Madeleine Lemaire,
trae un corto prólogo de Anatole France, arrancado al maestro por la ternura
impaciente y despótica de madame Caillavet, la ninfa Egeria del maestro, en
cuyo salón ocupaba Marcel Proust una situación de joven consentido y mimado.
En
este prólogo podemos leer lo siguiente, que fija, con cierta adivinación
instintiva la posición posterior de France ante la obra proustiana:
¿Por
qué se me ha solicitado ofrecer este libro a los espíritus curiosos? ¿Y por qué
he prometido al autor tomar sobre mí ese cuidado demasiado agradable, pero bien
inútil? Su libro es como un rostro joven pleno de raro encanto y de fina
gracia. Se recomienda por sí solo, habla de sí mismo y se ofrece a pesar de sí
mismo.
Sin
duda es un libro joven. Joven con la juventud del autor. Pero viejo con la
vejez del mundo. Es la primavera de las hojas sobre las ramas antiguas, en la
floresta secular. Se diría que los nuevos retoños están tristes por el profundo
pasado del bosque y llevan consigo el duelo de incontables primaveras abolidas.
El grave Hesíodo habló a los pastores de Helicón sobre Los trabajos y los días.
Es todavía más melancólico hablar de los mundanos y las mundanas de Los placeres y los días si, como lo
pretende cierto hombre de Estado inglés, la vida sería soportable sin los
placeres. También el libro de nuestro joven amigo ofrece cansadas sonrisas,
actitudes fatigadas de indiscutible belleza. Su misma tristeza aparece
agradable y cambiante, conducida y sostenida por un maravilloso espíritu de
observación, por una inteligencia dúctil, penetrante y verdaderamente sutil.
Este calendario de Los placeres y los
días marca las horas de la naturaleza en el armonioso cuadrante del cielo,
del mar y de los bosques; y las horas humanas, en fieles retratos y pinturas de
un acabado perfecto. Marcel Proust se complace igualmente en describir el
desolado esplendor del sol agonizante y las agitadas vanidades de un alma de
snob. Pinta, de mano maestra, los dolores elegantes, los sufrimientos
artificiales, que son iguales, por lo menos en crueldad, a los que la
naturaleza nos otorga con prodigalidad maternal. Confieso que esos sufrimientos
inventados, esos dolores creados por el genio humano, esos dolores artísticos,
me parecen infinitamente interesantes y preciosos, y le debo reconocimiento a
Marcel Proust por haber estudiado y descrito algunos selectos ejemplares de
ellos.
Este
libro nos atrae, nos sumerge en una atmósfera de caliente invernadero, entre
sabias orquídeas que no alimentan en la tierra su extraña y enfermiza belleza.
De pronto, en el aire pesado y delicioso, surge una flecha luminosa, un rayo
que atraviesa los cuerpos. De un golpe, el poeta ha penetrado el pensamiento
secreto, el deseo inconfesado.
He
aquí la manera y el arte de Proust, que muestran una seguridad sorprendente en
tan joven arquero. Él no es del todo inocente. Se ofrece, sincero y
verídico, hasta el punto de que se torna cándido, pero así también complace.
Hay en Proust un poco de Bernardino de San Pierre depravado y de Petronio
ingenuo. ¡Dichoso libro el suyo! Irá por la ciudad,
ornado, perfumado con las flores de que lo ha cubierto Madeleine Lemaire con su
mano divina que esparce las rosas y el rocío.
En
esta presentación que Anatole France hace del joven arquero se acusa, como
comprimida y disimulada, la actitud de lejanía, de indiferencia y de cordial
desvío del viejo escritor —por esta misma época en plena y fulgurante gloria—
respecto de la obra posterior, de la grande obra de Proust —A la reconquista
del tiempo perdido— la cual, por otra parte, el creador de Crainquebille no
pudo conocer en su totalidad.
En
ese primer libro de Proust no alcanzó a advertir France y, desde luego, no
tenía por qué advertir, que allí se encontraba, en germen, en una especie de
primer balbuceo, de cristalización primigenia, todo el método genial del arte
proustiano, insidiosamente concentrado, reducido a unas cuantas desconcertantes
fórmulas estéticas, y a un primer esquema del estilo que unos años después
alcanzaría todo su amplísimo ritmo, su volumen, sus acentos, su melodía, y su
atmósfera inconfundibles. Allí estaban, además, las bases de la obra futura,
sumergidas como Atlántidas preciosas bajo las aguas literarias de ese libro,
recibido por la crítica parisiense sin curiosidad ni interés, apenas como el
entretenimiento caprichoso de un joven hombre de mundo, que podía darse el lujo
adicional de escribir y editar, a todo costo, los divertimientos, las fantasías
de su excepcional imaginación. La frialdad de Anatole France y de todos los
hombres de letras de esa época, respecto del arte de Proust, se basaba, entre
otras cosas, en las circunstancias mismas de la vida del escritor. Proust
aparecía como un aficcionado a las cosas bellas, como un ente deliciosamente
superficial, para quien no era ajeno ninguno de los goces de la sensibilidad y
de la inteligencia, pero cuya voluntad se dispersaba puerilmente en los
inútiles afanes del snob que circulaba haciendo venias y prodigando alabanzas
por entre el tibio y pernicioso clima de los salones de París.
Es
ésta, se dijeron los críticos, la obra simpática, insustancial y liviana de un
salonard. Y más allá de las esquelas de agradecimiento por el envío del libro,
acompañado para siempre de una dedicatoria en que el elogio para el
destinatario tomaba las proporciones más extremas, no hubo sino un vasto
silencio, un océano de indiferencia. ¿Un libro más, qué importaba a la Francia
literaria de 1896? El autor era un hombre conocido en los salones de las
marquesas y de los burgueses del faubourg Saint Germain. Y era visto con
prevención, con fastidio, en los círculos artísticos y literarios en donde su
riqueza y su incansable, su agobiadora generosidad, predisponían en su contra a
las gentes de letras, pobres de ordinario y en táctica querella con ese mundo
ocioso y delicuescente de los salones, del cual surgía Proust, como de un
naufragio, en las horas de la madrugada pariense, para llegar a la tertulia
literaria de Leon Daudet en el café Weber, friolento, enervado, pálido, los
ojos lánguidos y cansados, las manos enguantadas, metido en su abrigo de suave
cuello de marta y obstentando en el ojal de la solapa una gardenia ya mustia.
DE
1897 A 1904, Marcel Proust se entrega a una tarea literaria cuyas huellas
quedan dispersas en tres publicaciones de carácter periódico: La Revista de
Arte Dramático, El Mercurio de Francia y el famoso diario Le Figaro, dirigido a
la sazón por Gastón Calmette, a quien años mas tarde, en 1913, dedicará —como
un testimonio de profundo y afectuoso reconocimiento— la primera parte de su
grande obra, es decir, los dos volúmenes del Camino de Swann, publicados
inicialmente en uno solo de más de quinientas páginas. En 1904, aparece su
espléndida traducción de La Biblia de Amiens de John Ruskin, acompañada
de un largo ensayo crítico sobre el arte de ese escritor inglés.
En
1905, Proust abandona el mundo, es decir, la sociedad, los salones, y solitario
y enfermo, se refugia, para siempre, en su apartamento del boulevard Haussman.
En torno suyo empiezan a callarse las voces amadas, cuyo acento, distinto,
claro y melancólico, resonará en su recuerdo, hasta cuando sus ojos cansados
repasen por última vez y su mano ya sin fuerza trate de corregir el episodio de
la agonía de uno de sus personajes, contrastando así su propio desfallecimiento
mortal con el de tal héroe de su libro, para acomodar exactamente,
minuciosamente, esa muerte a la tremenda realidad de la suya. Ejemplo de
responsabilidad, de honestidad intelectual, que no ha tenido, probablemente, en
la historia literaria del mundo uno parecido y de tan emocionante patetismo.
El
retiro de Proust, impuesto por su voluntad y secundado eficazmente por la
dolorosa enfermedad que lo agobiaba, no se interrumpirá en diecisiete años más
de vida que le quedan. Se convierte así en un ser invisible, difícil de
encontrar, de abordar, de tratar. Sus amigos más fieles tienen que someterse,
para poderlo ver breves instantes, a su horario especial: citas a la dos de la
mañana, a las tres, a las cinco, pues solamente a esas horas Proust permitirá
el acceso a su habitación que huele a corcho tibio y a chimenea muerta y en
donde persiste y vaga por la atmósfera el humo de las fumigaciones. En el lecho
revuelto, desordenado, se ve a un hombre débil, en cuyo rostro brilla la sombra
de la barba y la luz viva de los ojos oscuros. Los cuadernos se amontonan
arbitrariamente sobre las sábanas, repletos de esa letra menuda y difícil en
que se va fijando todo el material de su creación. Durante esos diecisiete
años, Proust escribirá, corregirá, enriquecerá cotidianamente su monumental
epopeya. Reconquistará el tiempo perdido, y en esa dramática lucha de su propio
espíritu contra la fugacidad del tiempo, saldrá vencedor, a pesar de que al
final caerá muerto, como un empecinado gladiador para quien los laureles de la
victoria sólo podrán tejerse en la corona fúnebre.
La
certidumbre, casi matemática, de su muerte, lo obliga a llevar a término una
agobiadora y gigantesca tarea intelectual, cuyo término coincide con el término
mismo de su vida. La angustia de que la existencia no le alcance para dar
remate adecuado a su obra, espolea cruelmente su ánimo y, por lo tanto, se
entrega a la creación de manera absoluta y total, clausurando todo contacto con
el mundo exterior, transformándose en un cenobita, dentro de los reducidos
límites de su cuarto y no viviendo sino del recuerdo y de la memoria, y en la
compañía constante del dolor físico. Ese mártir civil del arte, de la belleza
literaria, había sido, años antes, un hombre extrovertido y disperso, ocioso y
elegante, para quien la vida no parecía tener otro sentido que el efímero y
circunstancial de la conversación brillante en los salones, la compañía de las
damas aristocráticas y de los snobs y burgueses, enriquecidos gracias al juego
cambiante de los negocios y de las circunstancias. Triunfaba en Proust la
conciencia rigurosa e inexorable de su misión y de su destino intelectual, y
ese triunfo originaba el nacimiento de una de las más grandes realizaciones
literarias del genio humano.
A
PROPÓSITO de la obra proustiana y de Proust mismo, todo se ha dicho ya.
Pretender agrega algo nuevo, original y profundo a la abrumadora bibliografía
crítica que en todos los idiomas se ha escrito acerca de La reconquista del
tiempo perdido, es una tarea llena de azar y de peligro, y, desde luego,
extremadamente difícil. Nosotros no la intentamos y, mucho menos dentro de una
glosa de simple información literaria. Queremos, apenas, en seguida, señalar,
en forma obligadamente esquemática, alguno de los aspectos esenciales de tal
obra.
Proust trae a la novela una contribución que
destruye, como si dijéramos, el viejo orden, y crea uno nuevo diferente. Esa
contribución es nada menos que la del relativismo sicológico y moral. Lo que
Einstein realiza en el orden físico con su famosa teoría, Proust lo lleva a
término en el orden de los sentimientos, de las pasiones, de la sicología de la
persona humana. Después de Proust ya no será posible adherir a ninguna tesis
que determine perentoriamente las clasificaciones estrictas para el carácter de
un personaje y prevea mecánica e implacablemente sus reacciones ante el amor,
la amistad, la política, el arte, los negocios, el vicio, etc. Proust demostró
genialmente, cómo todo el mundo interior de la personalidad, es transitorio,
cambiante, imprevisible, deleznable, perecedero, y efímero; cómo se desarrolla,
crece, madura, nuestra individualidad, en un constante y melancólico morir y
revivir de las creencias, de los afectos, de los amores, de las ideas, de los
sentimientos; cómo "cada momento agrega alguna cosa nueva e imprevista al
inmediato pasado"; cómo va originándose el proceso ineluctable del olvido
y de la indiferencia en las almas más apasionadas y fieles; cómo no es posible
garantizar ni la eternidad del amor, ni la de la amistad, ni siquiera la de los
hábitos y los vicios más opresores y tenaces; cómo todo va transformándose,
cambiando de contenido y de significación, en el espíritu, en la sensibilidad,
en el dominio de la inteligencia, en el laboratorio interior de las almas.
Es
por ellos por lo que el tiempo y la memoria ocupan tan vasto plano en la obra
proustiana, que al fin de cuentas es hija de esos dos elementos. El tiempo
actúa sobre los personajes de Proust, como no se presentó hasta entonces en
ninguna epopeya literaria. Los personajes de Balzac, por ejemplo, aparecen
creados con una sicología predeterminada, fija y estable, de acuerdo con una
concepción monolítica de los sentimientos y las pasiones. Vautrin y Rastignac,
Eugenia Grandet y Goriot no cambian de aspecto moral y sicológico en el decurso
de la acción novelesca imaginada por Balzac. Son entes de una sola dimensión,
sobre los cuales podemos anticipar, con los datos iniciales que sobre su
personalidad ofrece el novelista, cuál va a ser el repertorio de sus reacciones.
Y, además, el tiempo no origina en ellos ninguna transmutación interior y casi
tampoco ninguna física. En Proust asistimos, por el contrario, a la fatal e
imprevisible descomposición o transformación de las almas y de los cuerpos;
vemos cómo el tiempo va operando su invencible tarea destructora sobre los
rostros y en el subfondo de las conciencias; cómo va mordiendo, despedazando,
aniquilando, las formas exteriores de la belleza humana y las formas interiores
de la personalidad; cómo va tejiendo alianzas desconcertantes e ilógicas en
apariencia, y abriendo abismos de olvido insalvables y definitivos, entre seres
que se amaron locamente o que se creían predestinados para una incorruptible
convivencia.
El
examen de la persona humana llega con Proust a una cima todavía no superada. Su
trabajo es un minucioso y paciente trabajo de histólogo de los sentimientos,
que sigue con ojo alerta el movimiento molecular de la realidad, el ritmo
sinuoso de la pasión amorosa, de los celos, del amor maternal, del amor físico,
del amor platónico, del vicio, de la devoción artística, del snobismo, de los
prejuicios sociales. Con el cruel y eficaz instrumento de su análisis, nos enseña
la inanidad que va implícita en toda ley que pretenda darle un molde preciso a
la personalidad y acordar a una determinada pauta sicológica y moral la
conducta de la conciencia. Su mensaje es infinitamente desolador, pero es
exacto. Todo es mudable, inestable y cambiante en la indivualidad, nos dice, al
revelarnos el proceso del amor y del desamor, de la indiferencia y del olvido,
de la desintegración celular de los sentimientos, de la deformación paulatina
de las pasiones y de los hábitos. Todo, sí, menos la plenitud del arte que, por
lo demás, no se consigue sino en breves y fugaces momentos: los minutos en que
vibra la frase musical de una sonata, aquel instante cuando entrevimos en la
lejanía crepuscular del perfil gótico de un campanario, el momento de la
contemplación de un cuadro, esa tarde maravillosa en la campiña provinciana,
aquel perfume de flores campesinas que resucitan el recuerdo de un lejano día
de la niñez... Fijar, detener el tiempo para que ese minuto no se pierda en el
abismo de la conciencia, y poder reconstruir, reconquistar así el pasado
perdido, he ahí el milagro de la obra proustiana, que es, por ello mismo, un
monumento de la memoria victoriosa del tiempo y del espacio.
Se
entiende así fácilmente que una realización estética de tal índole tenga las
proporciones y la significación que alcanza la obra de Marcel Proust. Y que,
por lo tanto, su análisis, su exégesis, su cabal explicación, necesiten un
desarrollo vastísimo. Hemos señalado, en las anteriores líneas, haciendo un
deliberado esfuerzo de concentración, de restricción analítica, el aspecto, a
nuestro juicio, primordial, de esa misma obra, o mejor dicho, lo que en nuestra
opinión juzgamos como el aporte sin igual, ofrecido por Proust al examen
desinteresado de la persona humana.
Quedan por fuera, sin mención siquiera leve,
muchos otros aspectos de tal obra. No hemos aludido al millonario y prodigioso
caudal poético, a la atmósfera de profunda y emocionante poesía en que se
encuentra sumergida, bañada, vivificada cada una de esas páginas inmortales; no
hemos dicho nada sobre el estilo de Proust, sobre esa sinfonía vasta, numerosa,
cadenciosa, envolvente y mágica de tal estilo; nada tampoco sobre la consumada
estrategia de la composición y de la arquitectura de su obra; nada sobre su
desconcertante sentido de lo cómico; nada sobre el lugar prominenete que ocupan
en La reconquista del tiempo perdido la música, la escultura, la pintura; nada
sobre su visión de la guerra; nada sobre sus teorías acerca del dolor físico y
de la angustia moral; nada sobre la interpretación proustiana de la muerte y
del amor y del vicio. Cada uno de estos temas requiere, por lo menos, un libro.
Venturosamente, la bibliografía proustiana es inmensamente rica en calidad y en
cantidad. A ella podrán acudir quienes deseen ampliar las comarcas del
conocimiento y de la interpretación de una de las obras capitales de la
literatura contemporánea.
LA COMPAÑÍA DE PROUST
Alvaro Mutis
CON
EL PASO de los años asistimos a una liquidación inexorable de amistades y
entusiasmos, a un necesario decantamiento de lecturas e incursiones por la
música y la pintura. Es como si el solitario silencio de nuestra vejez sólo
pudiera ser frecuentado por voces que aludan exclusivamente a lo que Proust
llamaba "la vida, la única vida, la vida verdaderamente vivida". Con
referencia a las lecturas sé decir que a mi lado sólo quedan ya, para siempre,
la presencia de Proust, el delgado y hondo lamento de Cernuda, la melancólica
derrota de Conrad y la dorada vetustez de los hechos de Bizancio. Del resto,
del ávido buscar lo nuevo, la voz inesperada, la revelación que cambiaría
nuestra vida, sólo queda ya un vasto hastío inapelable.
Esta
necesaria y cotidiana compañía de Proust viene no tanto de su obra admirable,
cuya familiaridad no excluye, es cierto, abismales sorpresas deparadas, más por
los cambios de nuestro ser que por un texto mismo de A la recherche du temps perdu, como de su vida misma, de su
intimidad revelada con riqueza entrañable y siempre inquietante en
correspondencia y en el testimonio de sus amigos más íntimos. Tal vez sea esta
condición la que hace de Proust el único verdadero clásico de nuestro siglo y
quizás el último que tenga el hombre el privilegio de contar en su paso por la
Tierra.
Hay
en la persona de Proust, en su atribulada vida de neurótico, en el lúcido saber
de su desastrosa relación con los demás seres, en la agónica desesperación de
sus últimos años de encierro dedicados por entero a escribir esa meditación
sobre el tiempo que es su obra, la cual paradójicamente se nos aparece hoy con
la luminosa y eficaz intemporalidad de Sófocles, de Dante o de Montaigne; hay
en todo ello algo tan esencialmente suyo, que hace un idioma que comienza a
prescribir entre los hombres y que ha servido en los últimos doscientos años a
literaturas de tercera zona, a una retórica ñoña y estéril. De allí una de las
razones por las cuales la prosa de Fuentes, de Cortázar, de García Márquez o de
Vargas Llosa venga de una poesía densa, que abandonó para siempre a los poemas
escritos por los contemporáneos de estos novelistas. Pero ni siquiera este aire
renovador puede salvar a todo el mundo de las letras ibéricas de su evidente
decrepitud, de su futilidad inminente.
Un
libro más de poemas comienza su solo peregrinaje hacia el olvido, hacia el
anonimato de las librerías, hacia las anónimas hileras de las bibliotecas,
hacia la efímera memoria de los amigos, pero ha cumplido ya, antes de salir a
la luz, ese sordo trabajo necesario que ha preservado al poeta de un destino
aún más provisorio que el de su libro.
1965
A PROPOSITO DE MARCEL PROUST
SU
LIBRO (Los placeres y los días) es como un rostro joven lleno de raro encanto y
de gracia fina... Es joven, sin duda. Es joven con la juventud
del autor. Pero es viejo con la vejez del mundo. Es la primavera de las hojas
en los ramos antiguos, en el bosque secular. Pareciera que los brotes nuevos
están entristecidos por el profundo pasado de los bosques y llevan el luto de
tantas primaveras muertas.
Anatole France
PROUST fue uno de los primeros, entre los
grandes novelistas, que se ofreció a dar a la inversión sexual el lugar que
ella ocupa en las sociedades modernas, y que los autores antiguos le reconocían
sin ambages. Tan sólo Balzac, antes de Proust, había pintado seriamente a
Sodoma en el ciclo de Vautrin y esbozado un aspecto de Gomorra en La Fille aux
yeux d'or. Proust, balzaciano apasionado, estudió a su predecesor con
inteligencia y pasión.
André Maurois
PROUST creía fundadamente, que su vida tenía
la forma y trascendencia de una obra de arte. Por esto se propuso seleccionar,
proyectar en la distancia, y transformar la realidad, a fin de revelar su
universal trascendecia.
George D. Painter
AMBOS presentan (Proust y Montaigne) el mismo
movimiento de la frase, las mismas imágenes vivas e irresistibles, el mismo
estilo expansivo, que estrechamente corresponde a la continuidad y plasticidad
de la vida.
Albert Thibaudet
DURANTE su juventud, en apariencia fútil,
absorbió todo; asimiló el mundo que después redescubriría dentro de sí mismo
mediante uno de los mayores milagros poéticos de nuestra literatura.
François Mauriac
MEDIANTE la fuerza de su imaginación, la
fantasía poética, el humor y la magia de su estilo que es quizá su mayor
atributo, creó una de las más perdurables obras novelescas. Muchos de los que
entran en el laberinto de su obra puede que se pierdan y que la abandonen. No hay
atajos. Mas pocos de los que perseveran dejan de hallar el viaje sumamente
provechoso.
Philip Kolb
COMO
Balzac, Proust fue un artista visionario. El mundo que impuso a sus lectores
fue el que llevaba dentro de sí: el de un niño enfermo, demasiado sensible, a
la vez muy consentido y maravillosamente dotado, que rompe sus juguetes en
cuanto ya no le son útiles o han dejado de complacer a su fantasía.
Marcel Schneider
PROUST tomó de la pintura más de lo que él le
dio; y, como Flaubert, cuyo estilo y método corresponden tan estrechamente a
los de los realistas y naturalistas de su día, escribió con una óptica que
estaba profundamente influida por el estudio de la pintura en general y de los
impresionistas en particular.
I. H. Dunlop
EL
ARTE de Proust no radica en la invención de sucesos, de personajes, de
historias, de sentimientos, de diálogos, de paisajes. Prueba de ello es que
ahora confirmamos, día a día, que no inventó nada y que, aun cuando amalgama
caracteres, los elementos de esas amalgamas son reales.
Jean François Revel
LA MUERTE DE LAS CATEDRALES
PREFACIO
CADA
DÍA atribuyo menos valor a la inteligencia. Cada día me doy más cuenta de que
sólo desde fuera de ella puede volver a captar el escritor algo de nuestras
impresiones, es decir, alcanzar algo de sí mismo y de la materia única del
arte. Lo que nos facilita la inteligencia con el nombre de pasado no es tal. En
realidad, como ocurre con las almas de difuntos en ciertas leyendas populares,
cada hora de nuestra vida, se encarna y se oculta en cuanto muere en algún objeto
material. Queda cautiva, cautiva para siempre, a menos que encontremos el
objeto. Por él la reconocemos, la invocamos, y se libera. El objeto en donde se
esconde —o la sensación, ya que todo objeto es en relación a nosotros
sensación— muy bien puede ocurrir que no lo encontremos jamás. Y así es cómo
existen horas de nuestra vida que nunca resucitarán. Y es que este objeto es
tan pequeño, está tan perdido en el mundo, que hay muy pocas oportunidades de
que se cruce en nuestro camino. Hay una casa de campo en donde he pasado varios
veranos de mi vida. He pensado a veces en aquellos veranos, pero
no eran ellos. Había grandes posibilidades de que quedaran muertos por siempre
para mí. Su resurrección ha dependido, como todas las resurrecciones, de un
puro azar. La otra tarde cuando volví helado por la nieve y no me podía calentar,
habiéndome puesto a leer en mi habitación bajo la lámpara, mi vieja cocinera me
propuso hacerme una taza de té, en contra de mi costumbre. Y la casualidad
quiso que me trajera algunas rebanadas de pan tostado. Mojé el pan tostado en
la taza de té, y en el instante en que llevé el pan tostado a mi boca y cuando
sentí en mi paladar la sensación de su reblandecimiento cargada de un sabor a
té, sufrí un estremecimiento, olor a geranios, a naranjos, una sensación de
extraordinaria claridad, de dicha; permanecí inmóvil, temiendo que un solo
movimiento interrumpiera lo que estaba pasando en mí y que yo no comprendía,
aferrándome en todo momento a aquel pedazo de pan mojado que parecía provocar
tantas maravillas, cuando de pronto cedieron, rotas, las barreras de mi
memoria, y los veranos que pasé en la casa de campo que he dicho irrumpieron en
mi conciencia, con sus mañanas, trayendo consigo el desfile, la carga incesante
de las horas felices. Entonces me acordé: todos los días, cuando estaba
vestido, bajaba a la habitación de mi abuelo que acababa de despertarse y
tomaba su té. Mojaba un bizcocho y me lo daba a comer. Y cuando hubieron pasado
aquellos veranos, la sensación del bizcocho reblandecido en el té fue uno de
los refugios en donde habían ido a acurrucarse las horas muertas —muertas para
la inteligencia—y en donde sin duda no las habría hallado nunca si esta tarde
de invierno, cuando volvía helado de la nieve, mi cocinera no me hubiera
ofrecido la bebida a que estaba ligada la resurrección, en virtud de un pacto
mágico que yo desconocía.
Pero
en cuanto probé el bizcocho, se trenzó en la tacita de té, como esas flores
japonesas que no agarran más que en el agua, todo un jardín, hasta entonces
impreciso y apagado, con sus alamedas olvidadas, macizo por macizo, con todas
sus flores. Asimismo muchas de las jomadas de Venecia que la inteligencia no me
había podido ofrecer estaban muertas para mí, hasta que el año pasado, al
atravesar un patio, me paré en seco en medio del empedrado desigual y
brillante. Los amigos con los que me encontraba temieron que hubiese resbalado,
pero les hice señas de que siguieran su camino, que ya me reuniría con ellos;
un objeto más importante me ataba, aún no sabía cuál, pero en el fondo de mí
mismo sentía estremecerse un pasado que no reconocía: fue al poner el pie sobre
el empedrado cuando sufrí esa turbación. Sentía una dicha que me invadía, y que
iba a enriquecerme con esa sustancia pura hecha de nosotros mismos que
representa una impresión pasada, de la vida pura conservada pura (y que no
podemos conocer más que conservada, pues en el momento en que la vivimos no
acude a nuestra memoria sino rodeada de sensaciones que la eliminan), y que
sólo pedía la liberación, venir a aumentar mis tesoros de poesía y de vida.
Pero yo no me sentía con fuerzas bastantes para liberarla. ¡Ah!, la
inteligencia no me hubiese servido de nada en un momento semejante. Deshice
unos cuantos pasos para volver de nuevo a hollar adoquines desiguales y
brillantes para intentar tornar al mismo estado. Se trataba de la misma
sensación en el pie que había experimentado al pisar el pavimento algo desigual
y liso del baptisterio de San Marcos. La sombra que se dejaba caer aquel día
sobre el canal en donde me aguardaba una góndola, toda la dicha, toda la
riqueza de esas horas, se precipitaron tras aquella sensación reconocida, y
aquel mismo día revivió para mí.
No
sólo la inteligencia no puede ayudarnos a esas resurrecciones, sino que incluso
estas horas del pasado no van a guarnecerse más que en objetos en donde la
inteligencia no ha tratado de encarnarlos. En los objetos con los que has
intentado establecer conscientemente relaciones con las horas que viviste no
podrá hallar asilo. Y además, si alguna otra cosa puede resucitarlas, aquéllos,
cuando renazcan con ella, estarán desprovistos de poesía.
Recuerdo que un día de viaje, desde la ventana
del vagón, me esforzaba por extraer impresiones del paisaje que pasaba ante mí.
Escribía mientras veía pasar el pequeño cementerio aldeano, notaba barras
luminosas de sol descendiendo sobre los árboles, las flores del camino
parecidas a las del Lys dans la vallée. Luego, rememorando aquellos árboles
listados de luz, aquel pequeño cementerio aldeano, trataba de evocar aquella
jornada, quiero decir aquella jornada misma y no su frío fantasma. No lo
conseguía nunca, y ya había renunciado a conseguirlo, cuando al desayunar el
otro día dejé caer mi cuchara sobre el plato. Entonces se produjo el mismo
sonido que el del martillo de los guardagujas que golpeaban aquel día las
ruedas del tren en las paredes. En el mismo instante, el momento quemante y
deslumbrador en que aquel ruido tintineaba revivió en mí, y toda aquella
jornada con su poesía, de la que sólo se exceptuaban, ganados para la
observación voluntaria y perdidos para la resurrección poética, el cementerio
de la aldea, los árboles listados de luz y las flores balzacianas del camino.
En
ocasiones, por desgracia, encontramos el objeto, la sensación perdida nos hace
estremecer, pero ha transcurrido demasiado tiempo, no podemos definir la
sensación, requerirla, no resucita. Al cruzar el otro día una oficina, un trozo
de tela verde que tapaba una parte de la vidriera rota me hizo detener de
pronto, escuchar dentro de mí. Me llegó un resplandor de verano. ¿Por qué?
Traté de acordarme. Vi avispas en un rayo de sol, un olor de cerezas en la
mesa, y no pude acordarme. Durante un instante fui como esos durmientes que al
levantarse durante la noche no saben dónde están, tratan de orientar su cuerpo
para tomar conciencia del lugar en que se encuentran, sin saber en qué cama, en
qué casa, en qué lugar de la tierra, en qué momento de su vida se encuentran.
Hallándome así vacilé un instante, buscando a tientas en torno al recuadro de
tela verde, los lugares, el tiempo en donde debía situarse mi recuerdo que
apenas despuntaba. Vacilé a un tiempo entre todas las sensaciones confusas,
conocidas u olvidadas de mi vida; aquello no duró más que un instante. Inmediatamente
no vi ya nada. Mi recuerdo se había adormecido para siempre.
Cuántas veces, durante un paseo, me han visto
así amigos, detenerme ante una alameda que se abría frente a nosotros, o ante
un conjunto de árboles, pidiéndoles que me dejaran solo un momento. Todo en
vano; para conseguir nuevas fuerzas en mi búsqueda del pasado, a pesar de
cerrar los ojos, de no pensar ya en nada, de abrirlos luego de repente, para
tratar de volver a ver estos árboles como la primera vez, no lograba saber
dónde los había visto. Reconocía su forma, su disposición, la línea que
trazaban parecía calcada de algún misterioso dibujo amado, que se agitaba en mi
corazón. Pero no podía añadir más, incluso ellos, con su actitud natural y
apasionada, parecían expresar su pena por no poderse expresar, por no poderme
contar el secreto que sabían, aunque yo no podía desvelarlo. Fantasmas de un
pasado querido, tan querido que mi corazón latía como si fuera a estallar, me
tendían brazos impotentes, como esas sombras que Éneo encuentra en los
infiernos. ¿Estaba ubicado en los paseos por la ciudad donde discurrió mi
infancia feliz, se hallaba sólo en ese país imaginario en donde soñé luego con
mamá tan enferma, junto a un lago, en un bosque en donde se veía durante toda
la noche, país sólo soñado, pero casi tan real como el país de mi infancia, que
no era ya más que un sueño? Nunca lo sabré. Y tenía que reunirme con mis
amigos, que me esperaban en el recodo del camino, con la angustia de volver la
espalda para siempre a un pasado que no volvería a ver, de renegar de los
muertos que me tendían brazos impotentes y amorosos, y parecían decirme:
Resucítanos. Y antes de reemprender la charla, me volví aún un momento para
echar una mirada cada vez menos penetrante en dirección a la línea curva y
huidiza de los árboles expresivos y callados que todavía serpeaba ante mis
ojos.
Junto a ese pasado, esencia íntima de nosotros
mismos, las verdades de la inteligencia se nos antojan bien poco reales. Por
eso cuando, sobre todo a partir del momento en que desfallecen nuestras
fuerzas, nos dirigimos hacia todo aquello que puede ayudarnos a encontrarlo,
deberíamos ser poco comprendidos por esas personas inteligentes que ignoran que
el artista vive solo, que el valor absoluto de las cosas que ve no le importa,
que la escala de valores no puede residir más que en uno mismo. Puede suceder que
una representación musical detestable de un teatro de provincias, un baile que
las personas de gusto consideran ridículo, evoquen recuerdos en él, se
relacionen con él dentro de un orden de ensueños y de inquietudes, más que una
ejecución admirable en la Ópera, una velada de extraordinaria elegancia en
eljaubourg Saint-Germain. El nombre de las estaciones en una guía de
ferrocarriles, en donde gustará imaginar que desciende del vagón en una tarde
de otoño, cuando los árboles están ya desnudos de sus hojas y huelen
intensamente en el aire fresco, un libro insípido para las gentes de gusto,
lleno de nombres que no ha oído desde la infancia, pueden representar para él
un valor distinto a los estupendos libros de filosofía, y llevan a decir a las
gentes de gusto que para ser un hombre de talento, tiene gustos muy tontos.
Quizá sorprenda que, prestando poca atención a
la inteligencia, haya señalado como tema de las pocas páginas que seguirán
precisamente algunas de esas observaciones que nos sugiere nuestra
inteligencia, en contradicción con las trivialidades que oímos decir o que
leemos. En un momento en que quizá mis horas estén contadas (además, ¿no las
tienen contadas todos los hombres?), acaso resulte frívolo hacer una labor
intelectual. Pero por un lado, aunque las verdades de la inteligencia son menos
preciosas que esos secretos del sentimiento de los que hablé hace un rato,
también encierran su interés. Un escritor no es sino un poeta. Incluso los más
grandes de nuestro siglo, dentro de nuestro mundo imperfecto en donde las obras
maestras del arte no son más que residuos del naufragio de grandes
inteligencias, han rodeado de una trama de inteligencia las joyas de
sentimiento en la que éstas no aparecen más que de vez en cuando. Y si se cree
que respecto a este punto importante puede verse cómo se equivocan los mejores
de nuestro tiempo, llega un momento en que uno se sacude la pereza y
experimenta la necesidad de decirlo. El método de Sainte-Beuve puede que no
resulte a primera vista un asunto tan importante. Pero conforme vayan
discurriendo estas páginas puede que se vea uno inducido a percatarse de que
guarda relación con muy importantes problemas intelectuales, quizá con el que
más importancia reviste para un artista, con esa inferioridad de la
inteligencia de que hablaba al principio. Y después de todo, esa inferioridad
de la inteligencia es preciso pedirle que la fije la inteligencia.
Efectivamente, si la inteligencia no merece el máximo galardón, ella es la
única capaz de concederlo. Y si conforme a la jerarquía de las virtudes no
cuenta más que con un segundo lugar, no hay nadie más que ella capaz de
proclamar que es el instinto quien debe ocupar el primero.
SUEÑOS
EN
TIEMPOS de aquella mañana cuyo recuerdo quiero fijar sin saber por qué, estaba
ya enfermo, permanecía en pie toda la noche, me acostaba por la mañana y dormía
durante el día. Pero en aquel entonces todavía estaba muy cerca de mí una época
que esperaba ver volver, y que hoy me parece que la ha vivido otra persona, en
la que me metía en la cama a las diez de la noche y, tras algún breve
despertar, dormía hasta la mañana siguiente. A menudo, apenas se apagaba mi lámpara,
me dormía tan de prisa que no tenía ni tiempo para decirme que ya me dormía. Y
media hora después, me despertaba la idea de que ya era hora de dormirme,
quería soltar el periódico que se me antojaba tener aún entre las manos,
diciéndome "Ya es hora de apagar la lámpara e ir en busca del sueño",
y me maravillaba mucho de no ver a mi alrededor más que una oscuridad que
todavía no era quizá tan descansada para mis ojos como para mi espíritu, a
quien le aparecía como algo sin razón e incomprensible, como algo
verdaderamente oscuro.
Volvía a encender, miraba la hora: todavía no
era medianoche. Oía el silbido más o menos lejano de los trenes, que señala la
extensión de los campos desiertos por donde se apresura el viajero que va por
una carretera a la próxima estación, en una de esas noches bañadas por el claro
de luna, plasmando en su recuerdo el placer compartido con los amigos que acaba
de dejar, el placer del regreso. Apoyaba mis mejillas contra las hermosas
mejillas de la almohada que, siempre repletas y frescas, son como las mejillas
de nuestra infancia a la que nos aferramos. Volvía a encender un instante para
mirar mi reloj; todavía no era medianoche. Éste es el momento en que el enfermo
que pasa la noche en una posada desconocida y que se despierta presa de una
crisis pavorosa, se regocija al advertir una rayita de luz por debajo de la
puerta. ¡Qué felicidad! Ya es de día, dentro de un momento se levantarán los de
la pensión, podrá llamar, acudirán a prestarle ayuda. Padece con paciencia su
sufrimiento. Precisamente ha creído escuchar un paso... En este momento la raya
de luz que brillaba bajo la puerta desaparece. Es medianoche, se acaba de
apagar el gas que había confundido con la luz de la mañana, y habrá que estarse
la larga noche sufriendo intolerablemente sin ayuda.
Apagaba, me volvía a dormir. Algunas veces,
como Eva nació de una costilla de Adán, una mujer nacía de una mala postura de
mi pierna; surgida del placer que yo estaba a punto de disfrutar, me figuraba
que era ella la que me lo ofrecía. Mi cuerpo que sentía en ella su propio calor
quería unirse a ella, y yo me despertaba. Los demás mortales se me antojaban
como algo muy remoto comparados con aquella mujer a la que acababa de dejar,
aún tenía la mejilla caliente por sus besos, el cuerpo derrengado por el peso
de su cuerpo. Poco a poco se desvanecía el recuerdo, y había olvidado la
muchacha de mi sueño con la misma celeridad que si hubiese sido una verdadera
amante. Otras veces me paseaba durmiendo por esos días de nuestra infancia,
percibía sin esfuerzo esas sensaciones que desaparecieron para siempre con el
décimo año, y que tanto querríamos conocer de nuevo en su insignificancia, como
cualquiera que no pudiese volver a ver ya jamás el verano experimentaría la
propia nostalgia del ruido de las moscas en la habitación, que anuncia el sol
caliente de fuera, incluso el zumbido de los mosquitos que anuncia la noche
perfumada. Soñaba que nuestro viejo cura iba a tirarme de los bucles, lo que
había sido el terror, la dura ley de mi infancia. La caída de Cronos, el
descubrimiento de Prometeo, el nacimiento de Cristo, no habían podido librar
del peso del cielo a la humanidad hasta entonces humillada, como lo había hecho
el corte de mis bucles, que se había llevado consigo para siempre la aterradora
aprensión. En realidad, llegaron otras penas y otros miedos, pero el eje del
mundo había cambiado de centro. Al dormir volvía a entrar con facilidad en
aquel mundo de la antigua ley, y no me despertaba hasta que, habiendo intentado
escapar en vano al pobre cura, muerto desde hacía tantos años, sentía que me
tiraban con fuerza de los bucles por detrás. Y antes de reanudar el sueño,
haciéndome bien presente que el cura había muerto y que yo tenía el cabello
corto, ponía sin embargo buen cuidado de construirme con la almohada, la manta,
mi pañuelo y la pared un nido protector, antes de regresar al mundo fantástico
en el que a pesar de todo vivía el cura, y yo tenía bucles.
Las
sensaciones que tampoco tornarían más que en sueños caracterizan los años que
quedaron atrás y, por poco poéticas que sean, se cargan de toda la poesía de
esa edad, de la misma forma que nada está más lleno del tañido de las campanas
de Pascua y de las primeras violetas que esos últimos fríos del año que
estropean nuestras vacaciones y obligan a encender el fuego durante el
desayuno. No me atrevía a hablar de esas sensaciones, que retornaban algunas
veces durante mi sueño, si no apareciesen casi revestidas de poesía, separadas
de mi vida presente, y blancas como esas flores de agua cuya raíz no agarra en
tierra. La Rochefoucauld dijo que sólo son involuntarios nuestros primeros
amores. Lo mismo sucede con esos placeres solitarios que no nos sirven luego
más que para burlar la ausencia de una mujer, para figurarnos que ella está con
nosotros. Pero a los doce años, cuando me iba a encerrar por primera vez en el
retrete situado en la parte alta de nuestra casa de Combray, donde pendían
collares de semillas de lirio, lo que yo iba a buscar era un placer
desconocido, original, que no era la sustitución de otro. Para ser un retrete
era una habitación muy grande. Cerraba con llave a la perfección, pero la
ventana permanecía siempre abierta, dejando paso a una joven lila que había
crecido en la pared exterior y había metido su olorosa cabeza por el resquicio.
Allí tan alto (en el desván de la quinta), estaba absolutamente solo, pero esta
apariencia de hallarme al aire libre añadía una deliciosa turbación al sentimiento
de seguridad que a mi soledad prestaban los fuertes cerrojos. La exploración
que entonces hice de mí mismo en busca de un placer que ignoraba no me habría
proporcionado más sobresalto, ni pavor, si se hubiera tratado de practicar una
operación quirúrgica incluso en mi médula y mi cerebro. En todo instante creía
que iba a morir. Pero, ¡qué me importaba!, mi pensamiento exaltado por el
placer se daba cuenta de que era más vasto, más poderoso que este universo que
percibía por la ventana a lo lejos, de cuya inmensidad y eternidad solía pensar
con tristeza que yo no constituía más que una porción efímera. En aquel
momento, por muy lejos que las nubes se agolparan por encima del bosque sentía
que mi espíritu aún iba un poco más allá, no estaba repleto del todo por ella.
Sentía cómo mi mirada poderosa llevaba en las niñas de los ojos, a modo de
simples reflejos carentes de realidad, hermosas colinas abombadas que se
alzaban como senos a ambos lados del río. Todo eso se detenía en mí, yo era más
que todo eso, yo no podía morir. Tomé aliento un instante; para tomar asiento
sin que me molestara el sol que lo calentaba, le dije: "Quita de ahí,
pequeño, que voy a ponerme yo", y corrí el visillo de la ventana, pero la
rama de la lila no me dejaba cerrar. Por último ascendió un brote opalino en
impulsos sucesivos, como cuando surge el surtidor de Saint-Cloud que podemos
reconocer —pues en el manar incesante de sus aguas tiene la individualidad que
traza con gracia su curva sólida— en el retrato que dejó Humbert Robert, aunque
la multitud que lo admiraba tenía... (laguna en el manuscrito) que producen en
el cuadro del viejo maestro pequeñas valvas rosadas, rojizas o negras.
En
aquel instante sentí como una ternura que me envolvía. Era el olor de la lila
que en mi exaltación había dejado de percibir y que llegaba ahora a mí. Pero un
olor ocre, un olor de savia se mezclaba como si yo hubiese tronchado la rama.
Sólo había dejado sobre la hoja un rastro plateado y natural, como deja un hilo
de araña, o un caracol. Pero en aquella rama, me parecía como el fruto
prohibido del árbol del mal. Y como los pueblos que atribuyen a sus
divinidades formas no organizadas, fue bajo la apariencia de hilo plateado del
que se podía tirar casi indefinidamente sin ver su cabo, y que debía yo extraer
de mí mismo a contrapelo de mi vida natural, como a partir de entonces me
representé yo durante algún tiempo al diablo.
A
pesar del olor de rama tronchada, de ropa mojada, lo que prevalecía era el
suave olor de las lilas. Venía a mi encuentro como todos los días, cuando iba a
jugar al parque situado fuera de la ciudad, mucho antes incluso de haber
percibido de lejos la puerta blanca junto a la que balanceaban, como viejas
damas bien formadas y amaneradas, su talle florido, su cabeza emplumada, el
olor de las lilas llegaba frente a nosotros, nos daba la bienvenida en el
caminillo que bordeaba de abajo arriba el río, en donde los rapazuelos ponen
botellas en la corriente para coger pescado, brindando una doble idea de
frescor porque no sólo contienen agua, como en una mesa donde le dan el aspecto
del cristal, sino que son contenidas por ella y reciben una especie de liquidez,
allí donde se aglomeraban los renacuajos en torno a las pequeñas bolas de pan
que arrojábamos, como una nebulosa viva, hallándose todos un momento antes en
disolución e invisibles dentro del agua, poco antes de atravesar el puentecillo
de madera en cuya rinconada, con el buen tiempo, un pescador con sombrero de
paja se abría camino entre los ciruelos azules. Saludaba a mi tío que
seguramente lo conocía, y nos hacía señales de que no hiciéramos ruido. Y sin
embargo nunca he sabido quién era, nunca lo encontré en la ciudad, y así como
hasta el cantante, el pertiguero y los niños del coro llevaban, cual los dioses
del Olimpo, una existencia menos gloriosa de la que yo les atribuía en cuanto
herrero, lechero, e hijo de tendero, en cambio, al igual que nunca había visto
al jardinerillo de estuco que había en el jardín del notario más que entregado
siempre a obras de jardinería, nunca vi al pescador más que pescando, en la
estación en la que el camino se espesaba con las hojas de los ciruelos, con su
chaqueta de alpaca y su sombrero de paja, en el momento mismo en que las
campanas y las nubes deambulaban ociosas por el cielo vacío, en que las carpas
ya no pueden soportar por más tiempo el tedio de la hora, y con una sofocación
nerviosa saltan apasionadamente por los aires a lo desconocido, en donde las
amas de llaves miran su reloj para decir que todavía no ha llegado la hora de
merendar.
ALCOBAS
SI A
VECES volvía con facilidad mientras dormía a esa edad en donde se tienen miedos
y placeres que hoy no existen, la mayoría de las veces me dormía sumido en
inconsciencia similar a la de la cama, los sillones y todo el cuarto. Y
únicamente me despertaba durante el momento, como una pequeña porción de todo
lo que dormía, en que pudiese tomar por un instante conciencia del sueño total
y saborearlo, oír los crujidos del enmaderado que no se perciben, más que
cuando la habitación duerme, enfocar el caleidoscopio de la oscuridad, y volver
muy pronto a sumarme a esa insensibilidad de mi cama sobre la que extendía mis
miembros como una viña sobre el emparrado. Durante esos breves despertares yo
no era más que lo que serían una manzana o un tarro de confitura que, en la
tabla en donde se los coloca, adquiriesen por un instante una vaga conciencia y
que, habiendo comprobado que reina la oscuridad en el aparador y que la madera
suena, no tuviesen mayor inquietud que la de volver a la deliciosa
insensibilidad de otras manzanas y otros tarros de confitura.
Incluso a veces era mi sueño tan profundo, o
me había cogido tan de improviso, que perdía la noción del lugar donde me
encontraba. Me pregunto en ocasiones si la inmovilidad de las cosas que nos
rodean no les ha sido impuesta por nuestra certidumbre de que ellas son esas
cosas y no otras. Siempre sucedía que cuando me despertaba sin saber dónde
estaba, todo giraba en torno mío en la oscuridad, las cosas, los países, los
años.
Mi
costado, demasiado entumecido aún para poder moverse, trataba de adivinar su
orientación. Todas las que había tenido desde mi infancia venían sucesivamente
a su memoria obnubilada, reconstruyendo a su alrededor los lugares en donde me
había acostado, esos mismos lugares en los que no había vuelto a pensar desde
hacía años, en los que jamás hubiera vuelto acaso a pensar hasta el último
momento de mi vida, lugares sin embargo que quizá no hubiera debido olvidar. Mi
costado se acordaba de la alcoba, de la puerta, del pasillo, del pensamiento
con que uno encuentra el sueño, y con el que vuelve a encontrarse al despertar.
La situación de la cama le hacía recordar el lugar del crucifijo, el aliento de
alcoba de este dormitorio en casa de mis abuelos, en aquel entonces en que aún
había alcobas y padres, un momento para cada cosa, en el que no se quería a los
padres porque se les creyese inteligentes, sino porque eran los padres, en el
que uno iba a acostarse, no porque lo deseara, sino porque era el momento, y en
el que se revelaba la voluntad, la aceptación y todo el ceremonial del dormir
ascendiendo por dos peldaños hasta la gran cama que se encerraba entre las
cortinas de reps azul con franjas de terciopelo azul estampado, y cuando la
medicina antigua, si se estaba enfermo, te dejaba varios días y noches con una
mariposa sobre la chimenea de mármol de Siena, sin medicamentos inmorales que
permitan levantarse y creer que se puede llevar la vida de un hombre de buena
salud cuando se está enfermo, sudando bajo los cobertores gracias a tisanas
inocentes que traen consigo las flores y la sabiduría de los prados y las
viejas desde hace dos mil años. Mi costado creía yacer en aquella cama, y en
seguida había vuelto a encontrar mi pensamiento de entonces, el que nos viene
primero a la mente en el instante en que se distiende, ya era hora de que me
levantase y de que encendiera la lámpara para aprender una lección antes de ir
al colegio, si no quería sufrir un castigo.
Pero
otra actitud acudía a la memoria de mi costado; mi cuerpo se volvía para
tomarla, la cama había cambiado de dirección, el cuarto de forma: era esta
habitación tan alta, tan estrecha, esa habitación en forma de pirámide a donde
había venido a acabar mi convalecencia en Dieppe, y a cuya forma le había
costado tantos esfuerzos a mi alma habituarse, las dos primeras noches, pues
nuestra alma está obligada a llenar y repintar todo nuevo espacio que se le
ofrece, a esparcir en ella sus perfumes, a concertar con ella sus resonancias,
y hasta que eso no sucede, sé lo que puede sufrirse las primeras noches
mientras nuestra alma está sola y debe aceptar el color del sillón, el tic-tac
del péndulo, el olor del cubrepiés, e intentar sin conseguirlo, distendiéndose,
estirándose y encogiéndose, captar la forma de una habitación en forma de
pirámide. Pero si estoy en esta habitación y convaleciente, ¡mamá está acostada
junto a mí! No oigo el ruido de su respiración, ni tampoco el ruido del mar...
Pero mi cuerpo ha evocado ya otra postura: no está acostado sino sentado. ¿En
dónde? En un sillón de mimbre en el jardín de Auteuil. No, hace demasiado
calor: en el salón del club de juego de Evian, en donde habrán apagado las
luces sin darse cuenta de que me había dormido... Pero las paredes se acercan,
mi sillón da media vuelta y se adosa a la ventana. Estoy en mi cuarto de la
quinta de Réveillon. He subido, como de costumbre, a descansar antes de la
cena; me habré dormido en mi sillón; quizás haya terminado la cena.
NADIE se habría molestado por eso. Ya han
transcurrido muchos años desde la época en que vivía con mis abuelos. En
Réveillon no se cenaba hasta las nueve, al volver del paseo, que se iniciaba
aproximadamente en el momento en que yo volvía antaño de paseos más largos.
Otro placer más misterioso ha sucedido al placer de volver a la quinta cuando
se destacaba contra el cielo rojo, que volvía también roja el agua de los
estanques, y de leer una hora a la luz de la lámpara antes de cenar a las
siete. Partíamos al caer la noche, atravesábamos la calle principal del pueblo;
acá y allá una tienda iluminada desde el interior como un acuario y llena de la
luz untuosa y pajiza de la lámpara, nos mostraba a través de sus vidrieras
personajes prolongados por grandes sombras que se trasladaban con lentitud
dentro del licor de oro, y que, ignorando que las mirábamos, ponían toda su
atención en representar para nosotros las escenas luminosas y secretas de su
vida corriente y fantástica.
Luego llegaba yo a los campos; en una mitad se
había extinguido el ocaso, en la otra la luna brillaba ya. El claro de luna las
llenaba al punto por entero. No encontrábamos más que el triángulo irregular,
azulado y móvil de los corderos que volvían. Avanzaba yo como una barca que
navega en solitario. En ese momento, seguido de mi estela de sombra, había
cruzado, y luego dejado tras de mí, un espacio encantado. A veces me acompañaba
la señora de la quinta. Pronto dejábamos atrás campos cuyos límites no alcanzaban
mis más largos paseos de antes, mis paseos de la tarde; dejamos atrás aquella
iglesia, aquel castillo del que nunca había conocido más que el nombre, que me
parecía que no podía hallarse como no fuera en un plano del Sueño. El terreno
cambiaba de aspecto, había que subir, bajar, escalar collados, y en ocasiones,
al descender al misterio de un valle profundo, tapizado por el claro de luna,
nos deteníamos un instante, mi compañera y yo, antes de descender a aquel cáliz
opalino. La dama indiferente decía una de aquellas palabras por las que me veía
de repente situado sin yo saberlo en su vida, en la que yo no habría creído que
hubiera entrado para siempre, y de donde en la mañana del día en que abandonaba
el castillo ya me hubiera hecho salir.
De
esta forma, mi costado dispone a su alrededor alcoba tras alcoba, las de
invierno, cuando se desea estar aislado del exterior, cuando se mantiene el
fuego encendido toda la noche, o se conserva sobre los hombros una capa oscura
y ahumada de aire caliente, atravesada por resplandores, las de verano cuando
se desea estar unido a la dulzura de la naturaleza, cuando se duerme, una
habitación en donde dormía yo en Bruselas y cuya forma era tan alegre, tan
amplia y sin embargo tan cerrada, que se sentía uno oculto como si estuviera en
un nido y libre como en todo un mundo.
Esta
evocación no ha durado más que unos segundos. Todavía un instante me siento en
una cama estrecha entre otras camas de la alcoba. Todavía no ha sonado el
despertador y habrá que levantarse de prisa para tener tiempo de ir a beber un
vaso de café con leche en la cantina antes de salir al campo, en marcha, con la
música en la mente.
La
noche se acababa mientras que por mi recuerdo desfilaban con lentitud las
diversas alcobas entre las que mi cuerpo, dudando del lugar en que se había
despertado, había vacilado antes de que mi memoria le permitiera asegurar que
estaba en mi cuarto actual. Lo había reconstruido por entero e inmediatamente,
pero a partir de su propia posición tan incierta había calculado mal la
posición del conjunto. Había comprobado que a mi alrededor estaban aquí la
cómoda, la chimenea allí y más lejos la ventana. De pronto vi, por encima del
lugar que había asignado a la cómoda la luz del sol que había salido.
DÍAS
SEGÚN que sea más o menos claro este débil
rayo por encima de las cortinas, me indica el tiempo que hace, e incluso antes
de decírmelo me señala su tono, pero ni siquiera lo necesito. Vuelto todavía
contra la pared y antes incluso de que haya aparecido, por el sonido del primer
tranvía que se acerca y por su campanilla, puedo afirmar si rueda con
resignación bajo la lluvia, o si está a punto de volar hacia el azur, pues no
sólo le brinda su atmósfera cada estación, sino cada clase de tiempo, como un
instrumento concreto en el que ejecutará la tonadilla siempre parecida de su
rodar y de su campanilla; y esa misma tonadilla no sólo llegará a nosotros
distinta, sino que tomará un color y un significado, expresando un sentimiento
totalmente distinto, si se ensordece como un tambor de bruma, se fluidifica y
canta como un violín, plenamente dispuesto entonces a recibir esa orquestación
coloreada y ligera en la atmósfera en la que el viento hace discurrir sus
arroyos, o si corta con el silbido de un pífano el hielo azul de un tiempo
soleado y frío.
Los
primeros ruidos de la calle me traen el tedio de la lluvia en donde se hielan,
la luz del aire gélido en donde vibran, el descenso de la niebla que los apaga,
la suavidad y las bocanadas de un día tempestuoso y tibio, en donde el leve
aguacero apenas los moja, enjugado pronto por una bocanada de aire o el calor
de un rayo de sol.
Aquellos días, sobre todo si el viento hace
oír una llamada irresistible por el hueco de la chimenea, que me hace latir el
corazón con más fuerza que a una muchacha el rodar de los coches que van al
baile adonde no ha sido invitada, o el sonido de la orquesta que se oye por la
ventana abierta, querría haber pasado la noche en tren, llegar al amanecer a
alguna ciudad de Normandía, Caudebec o Bayeux, que me aparece bajo su nombre y
campanario antiguos como bajo la cofia tradicional de la campesina cauchoise o
el tocado de encajes de la reina Matilde, y salir en seguida de paseo a la
orilla del mar embravecido, hasta la iglesia de los pescadores, protegida
moralmente de las olas que parecen brillar todavía en la transparencia de las
vidrieras en donde ponen en marcha la flota azul y púrpura de Guillermo y los
guerreros, y retirarse para guardar entre su oleaje circular y verde esa cripta
submarina de silencio ahogado y de humedad en donde un poco de agua se estanca
todavía aquí y allá en los huecos de la piedra de las pilas de agua bendita.
Y el
tiempo que hace no necesita más que del color del día, de la sonoridad de los
ruidos de la calle, para que se me manifieste y me conduzca a la estación y el
clima de los que parece mensajero. Al percibir la calma y la lentitud de
comunicaciones y de intercambios que reinan en la pequeña ciudad interior de
nervios y vasos que llevo dentro de mí, sé que llueve, y querría estar en
Brujas donde, junto al horno rojo como un sol de invierno, las pollitas
cebadas, las de agua, el cerdo, se cocerían para mi almuerzo como en un cuadro
de Breughel.
Una
vez he sentido, entre sueños, esa pequeña muchedumbre de mis nervios activa y
despierta mucho antes que yo, me froto los ojos, miro la hora para ver si tengo
tiempo de llegar a Amiens, para ver su catedral cerca de la Somme helada, sus
estatuas resguardadas del viento por las cornisas adosadas a su pared de oro
dibujar al sol de mediodía un cuadro de sombras.
Pero
los días de bruma querría levantarme por primera vez en un castillo que no
hubiese visto más que de noche, levantarme tarde, y tiritando metido en mi
camisón, volviendo alegremente a abrasarme cerca de una gran lumbre en la
chimenea, junto a la que viene a calentarse sobre la alfombra el helado sol de
invierno, vería por la ventana un espacio de aspecto desconocido, y entre las
alas del castillo, de aspecto tan hermoso, un amplio patio en donde los
cocheros empujan a los caballos que al poco nos conducirán al bosque a ver los
estanques y el monasterio, mientras que la señora ya levantada recomienda que
no se haga ruido para no despertarme.
A
veces, una mañana primaveral perdida en el invierno, cuando la carraca del
pastor de cabras resuena con más claridad en el azur que la flauta de un pastor
de Sicilia, querría pasar el San Gotardo nevado y descender a la Italia
florida. Y tocado ya por aquel rayo de sol matutino, me eché de la cama, hice
mil danzas y gesticulaciones felices que compruebo en el espejo, digo con
alegría palabras que nada tienen de afortunado, y canto, pues el poeta es como
la estatua de Memmón: basta un rayo de sol que se eleva para que cante.
CUANDO los hombres que llevo en mi interior,
uno sobre todo, han sido reducidos al silencio, cuando el extremado sufrimiento
físico o el sueño los ha derribado uno tras otro, el que queda el último, el
que siempre permanece en pie, es, Dios mío, uno que se parece exactamente a ese
capuchino que en tiempos de mi infancia tenía los ópticos tras el cristal de su
escaparate y que abría su paraguas si llovía y echaba atrás su capucha si hacía
buen tiempo. Si hace buen tiempo por muy herméticamente cerrados que estén mis
postigos, mis ojos pueden estar próximos a una crisis terrible motivada
precisamente por el buen tiempo, por una bonita bruma combinada con el sol que
me hace jadear, puede privarme casi de la conciencia a fuerza de dolor,
privarme de toda posibilidad de hablar, no puedo seguir hablando, no puedo
seguir pensando, y ni siquiera tengo ánimo para formular el deseo de que la
lluvia ponga fin a mi crisis. Entonces, en ese gran silencio de todo que domina
el ruido de mis resuellos, oigo en lo más profundo de mí mismo una vocecilla
alegre que dice: hace buen tiempo —hace buen tiempo—, me resbalan lágrimas de
dolor por los ojos, no puedo hablar, pero si pudiese recobrar por un instante
el aliento cantaría, y el pequeño capuchino de óptico, que es lo único que he
seguido siendo, echa atrás su capucha y anuncia el sol.
DEL
MISMO modo, cuando adopté más tarde la costumbre de permanecer levantado toda
la noche y de quedarme en cama durante el día, la sentía cerca de mí sin verla,
con un ansia tan viva por ella y por la vida, que no podía satisfacerla. Desde
los primeros tañidos leves de las campanas, apenas espaciados, del ángelus de
la mañana que cruzan el aire, débiles y raudos, como la brisa que precede la
llegada del día, esparcidos como las gotas de una lluvia matutina, hubiera
querido gozar el placer de quienes salen de excursión antes de despuntar el
día, son puntuales a la cita en el patio de un hotelito de provincia, y que
pasean nerviosamente esperando que se enganche el coche, muy orgullosos de
hacer ver a quienes no habían creído en su promesa de la víspera que se habían
levantado a tiempo. Tendremos buen tiempo. En los hermosos días de verano el
sueño de la tarde tiene el encanto de una siesta.
¡Qué
importaba que estuviese acostado, con las cortinas echadas! Con una sola de sus
manifestaciones de luz o de olor sabía qué hora era, no en mi imaginación sino
en la realidad presente del tiempo, con todas las posibilidades de vida que
ofrecía al hombre, no una hora soñada sino una realidad en la que yo
participaba como un grado más añadido a la verdad de los placeres.
No salía,
no comía, no abandonaba París. Pero cuando el aire untuoso de una mañana
estival acabó de repristinar y aislar los sencillos olores de mi lavabo y mi
armario de luna, y reposaban inmóviles y distintos en un claro-oscuro nacarado
que acababa de "helar" el reflejo de las grandes cortinas de seda
azul, sabía que en aquel momento colegiales, como yo era sólo hacía algunos
años, "hombres ocupados", como yo podría ser, descendían del tren o
del barco para ir a almorzar a su casa en el campo, y que bajo los tilos de la
avenida, delante de la tienda tórrida del carnicero, sacando su reloj para ver
si "llevaban retraso", disfrutaban ya del placer de traspasar todo un
arco iris de perfumes en el saloncito negro y florido en el que un rayo de luz
inmóvil parece haber anestesiado la atmósfera; y que después de haberse
dirigido al office oscuro donde relucen a menudo irisaciones como en una gruta,
y en donde dentro de pilones llenos de agua se refresca la sidra que
inmediatamente —tan "fresca" efectivamente que se adosará a su paso a
las paredes de la garganta con una adherencia completa, glacial y perfumada— se
beberá en lindos vasos empañados y demasiado gruesos que, como ciertas carnes
de mujer dan ansia de llevar hasta el mordisco la insuficiencia del beso,
disfrutaban ya del frescor del comedor en donde la atmósfera en su congelación
luminosa que estriaban, como el interior de un ágata, los perfumes distintos
del mantel, del aparador, de la sidra, también el del gruyere al que la
cercanía de los prismas de vidrio destinados a sostener los cuchillos añadía
algún misticismo, se veteaba delicadamente cuando se traían las compoteras,
primero con el olor de las cerezas, y de los albaricoques. Las burbujas
ascendían por la sidra y eran tan numerosas que quedaban prendidas otras a lo
largo del vaso donde con una cuchara se hubiera podido cogerlas, como esa vida
que pulula en los mares de Oriente, y en donde en una redada se cogen millares
de huevos. Y desde fuera engrumecían el cristal como un cristal de Venecia prestándole
una extraordinaria delicadeza bordando con mil puntos delicados su superficie
teñida de rosa por la sidra.
Como
un músico que oyendo en su mente la sinfonía que compone sobre el papel
necesita tocar una nota para asegurarse de estar en armonía con la sonoridad
real de los instrumentos, me levanté un instante y aparté la cortina de la
ventana para ponerme en concordancia con la luz. Entraba también en
concordancia con esas otras realidades cuyo apetito está sobreexcitado por la
soledad, y cuya posibilidad, cuya realidad, da un valor a la vida: las mujeres
que no se conocen. He aquí que pasa una, que mira a derecha e izquierda, va
despacio, cambia de dirección, como un pez en un agua transparente. La belleza
no es una especie de superlativo de lo que imaginamos, como un tipo abstracto
que tenemos ante los ojos, sino al contrario, un tipo nuevo, imposible de imaginar,
y que la realidad nos presenta. Así sucede con esta alta muchacha de dieciocho
años de aire desenvuelto, de pálidas mejillas, de cabellos ondulantes. ¡Ah! si
estuviese levantado. Pero al menos sé que los días son ricos en tales
posibilidades, mi apetito de la vida aumenta. Pues como cada belleza es un tipo
distinto, como no hay belleza sino mujeres hermosas, ella es una invitación a
una felicidad que sólo ella puede materializar.
Qué
deliciosos y dolorosos son esos bailes en donde ante nosotros se mezclan las
bonitas muchachas de piel perfumada y los hilos inaprehensibles, invisibles, de
todas esas vidas desconocidas de cada una de ellas en las que querríamos
penetrar. A veces, una, en el silencio de una mirada de deseo y de nostalgia,
nos entreabre su vida, pero no podemos entrar más que en deseo. Y el deseo solo
es ciego, y desear a una muchacha de la que ni siquiera se sabe el nombre es pasar
con los ojos vendados por un lugar del que se sabe que sería el paraíso, el
poder volver y que nada nos hará reconocerlo...
Pero
de ella, ¡cuánto nos queda por conocer! Querríamos saber su nombre, que al
menos podría permitirnos volverla a encontrar, y que quizá le haría despreciar
el nuestro, los padres cuyas órdenes y costumbres son sus obligaciones y sus
costumbres, la casa en que vive, las calles que cruza, los amigos que
frecuenta, quienes, más venturosos, van a verla, el campo a donde irá durante
el verano y que la alejará más todavía de nosotros, sus gustos, sus
pensamientos, todo aquello que acredita su identidad, constituye su vida, atrae
sus miradas, contiene su presencia, llena su pensamiento, recibe su cuerpo.
A
veces iba hasta la ventana, y alzaba una punta de la cortina. En un torrente de
oro, seguidas de su institutriz, dirigiéndose al catecismo o a la escuela,
habiendo eliminado de su andar flexible todo movimiento involuntario, veía
pasar a esas muchachas modeladas en preciosa carne, que parecen formar parte de
una pequeña sociedad impenetrable, no ver al pueblo vulgar entre el que pasan,
como no sea para reír sin preocuparse, con una insolencia que les parece la afirmación
de su superioridad. Muchachas que con una mirada parecen establecer entre ellas
y tú esa distancia que su belleza vuelve dolorosa; muchachas que no son de la
aristocracia, pues las crueles distancias del dinero, del lujo, de la
elegancia, en ninguna parte se suprimen tan completamente como en la
aristocracia. Puede buscar por placer las riquezas, pero no les atribuye ningún
valor y las sitúa sin ceremonias y sinceramente al mismo nivel que nuestra
cortedad y pobreza. Muchachas que no son del mundo de la inteligencia, pues con
ellas podrían mantenerse divinas relaciones de igualdad. Tampoco muchachas del
mundo de la pura finanza, pues ésta reverencia lo que desea comprar, y está
todavía más cerca del trabajo y de la consideración. No, muchachas educadas en
ese mundo que puede marcar entre él y tú la mayor y más cruel distancia, clan
del mundo de dinero, que gracias al bonito porte de la mujer o la frivolidad
del marido empieza a mantener buenas relaciones en las cacerías con la
aristocracia, intentando mañana aliarse con ella, que hoy tiene todavía contra
ella el prejuicio burgués, pero sufre ya porque su nombre plebeyo no deje
adivinar que se encuentran de visita a una duquesa, y que la profesión de
agente de bolsa o de notario de su padre pueda dejar suponer que lleva la misma
vida que la mayoría de sus colegas con cuyas hijas no quieren tratar. Ambiente
en donde es difícil entrar porque los colegas del padre han quedado ya
excluidos, y en el que los nobles estarían obligados a descender demasiado para
dejarte entrar; refinadas por varias generaciones de lujo y de deporte, cuántas
veces, en el instante en el que me encantaba con su belleza, me han hecho
sentir con una sola mirada la distancia realmente infranqueable que mediaba
entre ellas y yo, y aún más inaccesibles para mí puesto que los nobles que
conocía no las conocían y no podían presentármelas.
Veo
uno de esos seres que nos indica con su rostro particular la posibilidad de una
dicha nueva. Al ser la belleza especial, multiplica las posibilidades de
felicidad. Cada ser es como un ideal aún desconocido que se nos ofrece. Y ver
pasar un rostro deseable que no conocíamos nos abre nuevas vidas que
desearíamos vivir. Desaparecen a la vuelta de la esquina, pero confiamos en
volverlas a ver, nos quedamos con la idea de que hay muchas vidas más que no
pensábamos vivir, y eso da más valor a nuestra persona. Un rostro nuevo que ha
pasado es como el encanto de un país nuevo que se nos ha aparecido en un libro.
Leemos su nombre, el tren va a salir. Qué importa si no marchamos, sabemos que
existe, tenemos una razón más para vivir. De la misma forma, miraba yo por la
ventana para ver que la realidad, la posibilidad de la vida que percibía en
cada hora junto a mí, contenía innumerables posibilidades de dichas diferentes.
Otra muchacha bonita me garantizaba la realidad, las múltiples expresiones de
la dicha. Por desgracia no conoceremos todas las felicidades, la que produciría
el seguir la alegría de esta muchachita rubia, el ser conocido por los ojos
graves de este rostro duro y sombrío, el poder tener sobre las rodillas ese
cuerpo esbelto, el conocer los mandamientos y la ley de esta nariz aguileña, de
estos ojos duros, de esta amplia frente blanca. Al menos nos dan nuevas razones
para vivir...
A
veces entraba por la ventana el olor fétido de un automóvil, este olor que
creen que nos corrompe el campo los nuevos pensadores que consideran que las
alegrías del alma humana serían distintas si se quisiera, etc., que creen que
la originalidad reside en el hecho y no en la impresión. Pero el hecho resulta
tan inmediatamente transformado por la impresión, que este olor del automóvil
penetraba en mi habitación con la misma naturalidad que el más embriagador de
los olores del campo en verano, que encerraba dentro de sí su belleza y la
alegría también de percibirla toda, de acercarse a un objetivo deseado. El
mismo olor del espino no me proporcionó más que la evocación de una felicidad
de alguna forma inmóvil y limitada, la que se asigna a un seto. Este olor
delicioso a petróleo, color del cielo y del sol, significaba la inmensidad del
campo, la alegría de marchar, de marchar lejos entre los acianos, las amapolas
y los tréboles de color violeta, y saber que se llegará al lugar deseado, donde
nos espera nuestra amiga. Me acuerdo que durante toda la mañana el paseo por
esos campos de la Beauce me alejaba de ella. Ella había quedado unas diez
leguas más allá. Por momentos llegaba un gran soplo de viento, que inclinaba
los trigales al sol y estremecía los árboles. Y en este gran país llano, desde
donde los países más lejanos parecen hasta perderse de vista, la continuación
de unas mismas tierras, sentía que esa bocanada venía en línea recta del lugar
en donde ella me esperaba, que había acariciado su rostro antes de llegar a mí,
sin haber encontrado, en el camino entre ella y yo, más que esos indefinidos
campos de higo, de acianos y de amapolas, que eran como un único campo en cuyos
dos extremos nos hubiéramos situado nosotros y esperado con ternura, a esa
distancia a la que no llegan los ojos, pero que franqueaba un soplo suave como
un beso que ella me enviaba, como su aliento que llegaba hasta mí y que el
automóvil pronto me haría cruzar cuando hubiese llegado el momento de volver
junto a ella. He amado a otras mujeres, a otros países. El encanto
de los paseos quedó menos ligado a la presencia de aquella a quien amaba, que
pronto se volvía tan dolorosa, por el miedo de importunarla y no gustarle, que
no la prolongaba, que a la esperanza de ir hacia ella, en donde no permanecía
sino con el pretexto de alguna necesidad y con la ilusión de que se me rogara
volver con ella. De tal manera, un país dependía de un rostro. Acaso este
rostro dependía así de un país. Dentro de la idea que me formaba de su encanto,
el país que él habitaba, que él me llevaría a querer, en el que él me ayudaría
a vivir, que compartiría conmigo, en donde me permitiría hallar la alegría, era
uno de los componentes mismos del encanto, de la esperanza de vida, estaba
dentro del deseo de amar. Así, un paisaje entero ponía toda su poesía en un
ser. Así, cada uno de mis veranos tuvo el rostro, la forma de un ser y la forma
de un país, mejor dicho la forma misma de un sueño que era el deseo de un ser y
de un país, que yo confundía en seguida; pomos de flores rojas y azules
alzándose por encima de un muro soleado, con hojas relucientes de humedad,
constituían el sello por el que eran identificables todos mis deseos de
naturaleza, un año; el siguiente fue por la mañana un triste lago bajo la
bruma. Uno tras otro, y aquellos a quienes trataba de llevar a tales países, o
por cuya compañía renunciaba a visitarlos, o de quienes me enamoraba porque
había creído —a menudo equivocadamente, aunque se mantenía su prestigio una vez
sabía que había errado— que ellos los habitaban, el olor del automóvil a su
paso me ha devuelto todos esos placeres y me ha invitado a otros nuevos; es un
olor de estío, de pujanza, de libertad, de naturaleza, y de amor.
LA CONDESA
VIVÍAMOS en un apartamento de la segunda
planta, en el ala de una de esas antiguas mansiones de las que ya quedan pocas
en París, en donde el patio principal se hallaba —bien por el acometedor oleaje
de la democracia, bien por la supervivencia de oficios reunidos bajo la
protección del señor— tan atestado de tendezuelas como los accesos a una
catedral que todavía no ha "degradado" la estética moderna,
comenzando en lo que era "conserjería", por un tenderete de zapatero
rodeado de una franja de lilas, y ocupado por el conserje, que remendaba el
calzado, criaba gallinas y conejos, mientras que al fondo del patio habitaba
con toda naturalidad, merced a un alquiler reciente, pero, según me parecía,
por privilegio inmemorial, la "condesa" que siempre había en aquella
época en las pequeñas "mansiones al fondo del patio" y que, cuando
salía en su gran calesa tirada por dos caballos, bajos los lirios de su
sombrero que parecían los que había en el alféizar de la ventana del
conserje-zapatero-sastre, sin detenerse y para demostrar que no era altiva,
regalaba sonrisas y pequeños saludos con la mano indistintamente al aguador, a
mis padres y a los niños del conserje...
Luego, apagado el último rodar de su calesa,
se cerraba la puerta cochera, mientras que muy lentamente, al paso de caballos
enormes, con un lacayo cuyo sombrero alcanzaba la altura de los primeros pisos,
la calesa larga como la fachada de las casas iba de casa en casa, santificaba
las calles insensibles con un perfume aristocrático, se detenía para echar
cartas, hacía venir a los proveedores para hablarles desde el coche, cruzándose
con amigas que iban a una matinal a la que habían sido invitadas, o de la que
venían. Pero la calesa utilizaba una calle como atajo, la condesa quería dar
primero una vuelta al Bois, y no iría a la matinal más que una vez de vuelta,
cuando ya no hubiese nadie y se llamase en el patio a los últimos coches. Sabía
decir tan bien a una anfitriona estrechándole las manos con sus guantes de
Suecia, con los codos pegados al cuerpo y palpando su talle para admirar su
tocado y como un escultor que presenta su estatua, como una costurera que
prueba una blusa, con esa seriedad que tan bien cuadraba a sus ojos dulces y su
voz grave: "Verdaderamente, no ha sido posible venir antes, con toda mi
voluntad", y lanzando una linda mirada violeta sobre la serie de
impedimentos que habían surgido, y sobre los que se callaba como persona bien
educada, a quien no le gustaba hablar de sí misma.
Al
estar situado nuestro apartamento en un segundo patio, daba sobre el de la
condesa. Cuando pienso hoy en la condesa me doy cuenta que tenía una especie de
atractivo, pero bastaba conversar con ella para que se disipara, sin tener ella
sobre el particular ni la menor conciencia. Era una de esas personas que tienen
una lamparita mágica cuya luz no conocerán nunca. Y cuando se las trata, cuando
se les habla, se vuelve uno como ellas, ya no se ve la luz misteriosa, el
pequeño atractivo, el mínimo color, y pierden toda poesía. Es necesario dejar
de conocerlas, volverlas a ver de repente en el pasado, como cuando no se las
conocía, para que vuelva a prender la lucecilla, para que se produzca la
sensación de poesía. Parece que así ocurre con los objetos, los países, los
pesares, los amores. Quienes los poseen no perciben su poesía. No ilumina más
que a lo lejos. Esto es lo que torna la vida tan decepcionante a quienes poseen
la facultad de ver la lucecilla poética. Si pensamos en las personas que hemos
tenido deseos de conocer, nos vemos obligados a confesar que había entonces un
algo hermoso y desconocido que hemos intentado conocer, y que desapareció en
aquel instante. Volvemos a verlo como el retrato de alguien a quien después no
hemos conocido nunca, y con el que nuestro amigo X... no tiene ciertamente nada
que ver. Rostros de aquellos a quienes hemos conocido después, os eclipsasteis
entonces. Toda nuestra vida transcurre como si se tratara de ocultar con la
ayuda de la costumbre esas grandes pinturas de desconocidos que nos había
proporcionado el valor de deshacer todos los torpes retoques que tapan la
fisionomía original, vemos aparecer el rostro de quienes no conocíamos todavía,
el rostro que había grabado la primera impresión, y sentimos que jamás los hemos
conocido... Amigo inteligente, es decir, como todos, con quien hablo cada día,
¿qué tienes del joven veloz, con los ojos demasiado abiertos que salen de las
órbitas, que veía pasar rápidamente por los pasillos del teatro, como un héroe
de Burne-Jones o un ángel de Mantegna?
Por
lo demás, incluso en el amor cambia para nosotros con la misma rapidez el
rostro de la mujer. Un rostro que nos place es un rostro que hemos creado con
tal mirada, con tal sector de la mejilla, tal gesto de la nariz, es una de las
mil personas que se podrían extraer de una persona. Y muy pronto la persona
tendrá para nosotros otro rostro. [Tan pronto es su] palidez plomiza y
sus hombros que parecen esbozar un encogimiento desdeñoso. Ahora es un dulce
rostro visto de frente, casi tímido, en que la oposición entre mejillas blancas
y cabellos negros no desempeña ningún papel. Cuántas personas sucesivas son
para nosotros una persona, ¡cuan lejos está aquélla que fue para nosotros el
primer día! La otra tarde, acompañando a la condesa de una velada a esta casa
en la que ella vive todavía y en la que yo ya no vivo desde hace tantos años,
dándole un beso de despedida, apartaba su rostro del mío para intentar verla
como algo lejano a mí, como una imagen, como yo la veía antaño, cuando se
detenía en la calle para hablar a la lechera. Habría querido volver a hallar la
armonía que ligaba la mirada violeta, la nariz pura, la boca desdeñosa, el
largo talle, el aire triste, y conservando en mis ojos el pasado reencontrado,
acercar mis labios y besar lo que yo hubiera querido besar entonces. Pero, ay,
los rostros que besamos, los países que habitamos, los muertos mismos por los
que guardamos luto, no contienen ya nada de lo que nos hace desear amarlos,
vivir, temer el perderlos. Al suprimir el arte esta verdad tan preciosa de las
impresiones de la imaginación, pretendiendo parecerse a la vida, suprime la
única cosa de valor. Y en cambio, si la describe, otorga valor a las cosas más
vulgares; podría otorgárselo al esnobismo, si en vez de captar lo que
representa en sociedad, es decir, nada, como el amor, el viaje, el dolor
materializados, tratase de reencontrarlo en el color irreal —el único real— que
el deseo de los jóvenes esnobs proyecta sobre la condesa de ojos violeta, que
en los domingos estivales sale en su victoria.
Naturalmente, la primera vez que vi a la
condesa y que me enamoré de ella no vi en su rostro más que algo tan huidizo y
fugitivo como lo que escoge arbitrariamente un dibujante cuando vemos un
"perfil perdido". Pero me estaba destinada aquella especie de línea
serpentina que unía un mínimo de la mirada con la inflexión de la nariz y un
mohín de un ángulo de la boca y que omitía todo lo demás; y cuando la
encontraba en el patio o en la calle, al mismo tiempo, bajo distinto tocado, en
su rostro cuya mayor parte me seguía siendo desconocida, tenía a la vez la
impresión de ver a alguien que no conocía, y al mismo tiempo sentía un fuerte
latido de mi corazón, porque bajo el disfraz del sombrero de acianos y del
rostro desconocido había sentido la posibilidad del perfil serpentino y el
ángulo de la boca que el otro día tenía dibujado el mohín. Algunas veces,
permanecía horas acechándola sin verla, y de repente allí estaba, veía la
pequeña línea ondulante que terminaba en los ojos violeta. Pero inmediatamente
ese primer rostro arbitrario que es para nosotros una persona, al presentar
siempre el mismo perfil, al exhibir siempre el mismo ligero enarcamiento de las
cejas, la misma sonrisa presta a asomar en los ojos, el mismo inicio de mohín
en el único ángulo de la boca que se ve —y todo eso tan arbitrariamente
perfilado en el rostro y en la sucesión de expresiones posibles, tan parcial,
tan momentáneo, tan inmutable, como si se tratara de un dibujo que plasmara una
expresión y que ya no puede cambiar— eso es para nosotros la persona, los
primeros días. Y luego es otra expresión, otro rostro, los siguientes días: a
la oposición del negro de los cabellos y la palidez de la mejilla que la
configuraban casi por entero al principio, luego ya no le prestamos ninguna
atención. Y ya no encontramos la alegría de un ojo burlón, sino la dulzura de
una mirada tímida.
El
amor que me inspiraba agrandaba la idea de lo que de raro había en su nobleza,
su hotelito al fondo de nuestro patio se me antojaba inaccesible y se habría
dicho que una ley de la naturaleza impedía a todo plebeyo como yo penetrar
nunca en su casa lo mismo que volar entre las nubes, y no me habría sorprendido
excesivamente. Me hallaba en la época feliz en que no se conoce la vida, en que
los seres y las cosas no los hemos clasificado en categorías vulgares, sino que
los nombres los diferencian, les imponen algo de su particularidad. Yo era un
poco como nuestra Frangoise, que creía que entre el título de marquesa de la
suegra de la condesa y la especie de mirador llamado marquesina que había
encima del apartamento de aquella señora existía un vínculo misterioso, y que
ninguna otra especie de persona, salvo una marquesa, podía tener aquella
especie de mirador.
En
ocasiones, pensando en ella y diciéndome que no tenía la suerte de verla aquel
día, bajaba tranquilamente la calle, cuando de repente, en el instante en que
pasaba delante de la lechería, rae sentía turbado como puede sentirse un
pajarillo que hubiese visto una serpiente. Cerca del mostrador, en el rostro de
una persona que hablaba con la lechera mientras elegía un queso cremoso, había
visto templar y ondularse una pequeña línea serpentina por encima de los dos ojos
violetas fascinantes. Al día siguiente, pensando que había de volver a la
lechería, me apostaba durante horas en la esquina de la calle, pero no la veía,
y ya me volvía afligido cuando al cruzar la calle me veía obligado a ponerme a
salvo de un coche a punto de aplastarme. Y veía bajo un sombrero desconocido,
en otro rostro, la pequeña serpiente adormecida y los ojos que como ella apenas
parecían violeta, pero que yo reconocía perfectamente, y sentía cómo se me
encogía el corazón antes de reconocerlos. Cada vez que la veía, palidecía, vacilaba,
hubiera querido postrarme, ella me encontraba "bien educado". En
Salambó aparece una serpiente que encarna el genio de una familia. De la misma
forma me parecía que aquella corta línea serpentina reaparecía en su hermana,
sus sobrinos. Me parecía que si hubiese podido conocerlos habría disfrutado en
ellos algo de esa esencia que ella era. Parecían diferenes esbozos dibujados
conforme a un mismo rostro común a toda la raza.
Cuando al doblar una calle reconocía al venir
hacia mí las patillas rubias de su mayordomo que conversaba con ella, que la
veía desayunar, que era como uno más de sus amigos, recibía una triple herida
en el corazón, como si también hubiera estado enamorado de él.
Esas
mañanas, esos días, no eran más que una especie de hileras de perlas que la
ligaban a los placeres más elegantes de entonces; con traje azul tras aquel
paseo, comía en casa de la duquesa de Mortagne; al cabo del día, cuando se
manda encender las luces para recibir, iba a casa de la princesa de
Aleriouvres, de Mme. de Bruyvres, y tras la cena, cuando su coche la esperaba y
ella hacía entrar en él la vibración opalina de su seda, su mirada y sus
perlas, iba a casa de la duquesa de Rouen o la condesa de Dreux. Luego, cuando
esas mismas personas se convirtieron para mí en aburridas, a cuya casa ya no
quería ir, y vi que a ella le sucedía lo mismo, su vida perdió parte de su
misterio, y a veces prefería quedarse a hablar conmigo, en vez de que fuésemos
a aquellas fiestas en donde me figuraba entonces que ella debía ser sólo ella
misma, no siendo el resto de lo que yo veía más que una especie de bastidor en
donde nada puede sospecharse de la belleza de la obra y del genio de la actriz.
Algunas veces el razonamiento extrajo luego de ella, de su vida, verdades que,
al explicarlas, parecen significar lo mismo que mis sueños: ella es particular,
no ve más que a gentes de antiguo linaje. No eran más que palabras.
APELLIDOS DE
PERSONAS
Si
YO PUDIESE liberarlo delicadamente de la usura de la costumbre y volver a ver
en su frescor primero este apellido de Guermantes, cuando únicamente mi sueño
le prestaba su color, encararlo a esa Mme. de Guermantes que yo conocí y cuyo
nombre significa para mí ahora la imaginación que materializó su conocimiento,
es decir, que destruyó, de la misma forma que la villa de Pont-Aven estaba
construida con los elementos completamente imaginativos que evoca la sonoridad
de su nombre, Mme. de Guermantes estaba igualmente formada de la sustancia toda
color y leyenda que yo veía al pronunciar su apellido. Era también una persona
de hoy, mientras que su apellido me la presentaba a la vez en el día de hoy y
en el siglo XIII, simultáneamente en la mansión que parecía una vitrina y en la
torre de un castillo solitario que recibía siempre el último rayo del poniente,
imposibilitada por su rango de dirigir la palabra a nadie. En París, en la
mansión-vitrina, pensé que hablaba a otras personas que también estaba en el siglo
XIII y en el nuestro, que tenían también melancólicos castillos y que tampoco
hablaban con otras personas. Pero estos nobles misteriosos debían tener
apellidos que jamás había oído yo, los apellidos célebres de la nobleza, La
Rochefoucauld, La Trémoille, que se han convertido en nombres de calles,
nombres de obras que me parecían demasiado públicas, convertidos en nombres
demasiado vulgares para eso.
Los
distintos Guermantes permanecerán reconocibles en la extraña piedra de la
sociedad aristocrática, en donde se los veía aquí y allá, como esos filones de
una materia más dorada, más preciosa que vetean un fragmento de jaspe. Se los
distinguía, se seguía en el seno de ese mineral al que estaban mezclados las
ondulaciones de sus crines de oro, como esa cabellera casi luminosa que corre
despeinada al borde del ágata esponjosa. Y mi vida también había sido atravesada
o acariciada por su hilo luminoso en varios lugares de su superficie o de su
profundidad. En efecto, había olvidado que en las canciones que mi vieja criada
me cantaba había una Gloria a la señora de Guermantes de la que se acordaba mi
madre. Pero con el tiempo, de año en año, esos Guermantes surgían de un lado o
de otro entre los azares y las sinuosidades de mi vida, como un castillo que
desde el ferrocarril se percibe siempre, ya sea a la derecha o a la izquierda.
Y a
causa de eso mismo, de los rodeos especiales de mi vida, que me situaban en su
presencia de una forma cada vez distinta, acaso no había pensado yo, en ninguna
de aquellas circunstancias particulares, en la raza de los Guermantes, sino
sólo en la anciana señora a la que mi abuela me había presentado y que era
preciso preocuparse de saludar, en lo que podría pensar Mme. de Quimperlé
viéndome con ella, etc. Mi conocimiento de cada Guermantes había surgido de
circunstancias tan contingentes y cada uno había sido conducido tan
materialmente ante mí por las imágenes plenamente físicas que mis ojos y mis
oídos me habían facilitado, por la tez rojiza de la vieja dama, estas palabras
"Venga a verme antes de cenar", que no pude tener la impresión de un
contacto con aquella raza misteriosa, como podía suceder a los antiguos con una
raza por cuyas venas corriera una sangre animal o divina. Pero a causa de eso
mismo, dando quizá, cuando yo pensaba en ello, algo más poético a la
existencia, pensando que las circunstancias solas habían ya acercado tantas
veces a mi vida bajo pretextos diversos lo que había constituido la imaginación
de mi infancia. En Querqueville me había dicho Montargis un día que hablábamos
de Mlle. de Saint-Etienne: "¡Ah!, es una verdadera Guermantes, es como mi
tía Septimia, son sajonas, figurillas de Sajonia". Al llegar estas
palabras a mis oídos, traen consigo una imagen indeleble que se convierte en mí
en una necesidad de tomar al pie de la letra lo que se me dice y que me lleva
más lejos de lo que llevaría la más estúpida ingenuidad. Desde aquel día no
puedo ya pensar en las hermanas de Mlle. de Saint-Étienne y en la tía Septimia
más que como en figurillas de Sajonia puestas en fila en una vitrina en donde
no hubiera más que objetos preciosos, y cada vez que se hablaba de una mansión
Guermantes en París o en Poitiers, la veía como un frágil y puro rectángulo de
cristal intercalado entre las casas como una flecha gótica entre los tejados, y
tras cuya vidriera las señoras Guermantes, ante las cuales ninguna de las
personas que integrasen el resto del mundo tenía derecho a insinuarse,
brillaban con los más suaves colores de las figurillas de Sajonia.
CUANDO vi a Mme. de Guermantes sufrí la misma
ligera decepción al descubrirle las mejillas de carne y un traje sastre allí
donde yo imaginaba una estatuilla de Sajonia, que cuando fui a ver la fachada
de San Marcos que Ruskin había descrito como de perlas, zafiros y de rubíes.
Pero yo seguía creyendo que su mansión era una vitrina y de hecho lo que veía
se le parecía un poco y por lo demás no podía ser más que un embalaje
protector. Pero incluso el lugar en donde ella habitaba tenía que ser también
distinto al resto del mundo, tan impenetrable e imposible de hollar por pies
humanos como los anaqueles de cristal de una vitrina. A decir verdad, los
Guermantes reales, aunque difirieran sustancialmente de mi sueño, eran sin
embargo, una vez admitido que eran hombres y mujeres, bastante particulares. Yo
no sé bien cuál era la raza mitológica que había nacido de una diosa y de un
pájaro, pero sé con seguridad que eran los Guermantes.
Altos, los Guermantes no lo eran generalmente,
por desgracia, de una forma simétrica, y como para dar una media constante, una
especie de línea ideal, de armonía que es preciso trazar constantemente por sí
mismo como con el violín, entre sus hombros demasiado prolongados, su cuello
demasiado largo que hundían con gesto nervioso sobre un hombro, como si se les
hubiese besado junto al otro oído, sus cejas desiguales, sus piernas muchas
veces también desiguales debido a accidentes de caza, se levantaban continuamente,
se retorcían, no se les veía nunca más que de lado, o erguidos, cogiendo un
monóculo, llevándolo hasta las cejas, rodeando la rodilla izquierda con su mano
derecha.
Tenían, al menos todos los que habían
mantenido el tipo familiar, una nariz demasiado aguileña (aunque sin ninguna
relación con la curva judía), demasiado larga, que en seguida, sobre todo en
las mujeres cuando eran bonitas, y más que en ninguna otra en Mme. de
Guermantes, se grababa la primera vez en la memoria como algo casi
desagradable, como el ácido de los grabadores; por debajo de aquella nariz que
despuntaba, el labio demasiado fino, demasiado poco carnoso, daba a la boca
algo de sequedad y una voz ronca, como el graznido de un ave, un poco agrio
pero que embriagaba. Los ojos eran de un azul profundo que de lejos brillaba
como la luz, y te miraban fijamente, con dureza, pareciendo clavar en ti la
punta de un zafiro inalterable, más con un aspecto de profundidad que de
dominio, no tanto queriendo dominarte como escrutarte. Los más tontos de la
familia recibían por su madre y perfeccionaban luego por educación ese aire de
sicología a la que nada se resiste y de dominio de los seres, pero al que su estupidez
o su debilidad habrían conferido una cierta comicidad, si aquella mirada no
hubiese sido de por sí de una inefable belleza. El pelo de los Guermantes era
habitualmente rubio tirando a pelirrojo, pero de una especie singular, una
especie de esponja de oro mitad copo de seda, mitad piel de gato. Su tez que
había sido ya proverbial en el siglo XIX era de una rosa malva, como el de
algunos ciclaminos, y se granulaba muchas veces en la vertiente de la nariz
debajo del ojo izquierdo con una espinilla seca, siempre situada en el mismo
sitio, pero que a veces abultaba la fatiga. Y en algunos miembros de la
familia, que no se casaban más que entre primos, había adquirido un tono
violáceo. Había algunos Guermantes que iban poco a París y que, contoneándose
como todos los Guermantes por debajo de su nariz prominente entre sus mejillas
grana y sus pómulos amatista, tenían el aspecto de un cisne majestuosamente
tocado con plumas purpúreas, que se ensaña aviesamente con las matas de lirios
o de heliótropos.
Los
Guermantes tenían los modales de la alta sociedad, aunque no obstante aquellos
modales reflejaban más bien la independencia de los nobles a quienes siempre
les había gustado resistirse a los reyes, antes que la vanidad de otros nobles
tan nobles como ellos a quienes les gustaba verse distinguidos por ellos y
servirles. Así cuando otros decían de buena gana, incluso hablando entre ellos:
"He estado en casa de la señora duquesa de Chartres", los Guermantes
decían incluso a los criados: "Llamad al coche de la duquesa de
Chartres". Para concluir, su mentalidad la configuraban dos rasgos: desde
el punto de vista moral por la importancia capital reconocida a los buenos
instintos. Desde Mme. de Villeparisis al último vastago Guermantes, poseían la
misma entonación de voz para decir de un cochero que los había llevado una vez:
"Se nota que es un hombre de buenos instintos, de natural recto, y buen
fondo". Y entre los Guermantes, lo mismo que en todas las familias
humanas, los había buenos, y los había despreciables, mentirosos, ladrones,
crueles, libertinos, falsarios, asesinos: éstos más encantadores, por otra
parte, que los otros, sensiblemente más inteligentes, más afables que por el
aspecto físico, la mirada azul escrutadora y el zafiro compacto no presentaban
más que un rasgo común con los otros, esto es, en los momentos en que salía a
la luz el fondo permanente, el natural que aparece, que es decir: "Se nota
que tiene buenos instintos, de natural recto, un gran corazón, ¡todo eso!"
Los
otros dos rasgos constitutivos de la mentalidad de los Guermantes eran menos
universales. Decididamente intelectuales, no se mostraban más que en los
Guermantes de inteligencia, es decir, creyendo serlo, e imbuidos entonces de la
idea de que lo eran en grado sumo, puesto que estaban extremadamente contentos
de sí mismos. Uno de esos rasgos consistía en la creencia de que la
inteligencia, así como la bondad y la piedad consistían en cosas exteriores, en
conocimientos. Un libro que hablaba de cosas conocidas les parecía
insignificante. "Este autor no te habla más que de la vida del campo, de
los castillos. Pero todo el mundo que ha vivido en el campo sabe esas
cosas. Tenemos la debilidad de que nos gustan los libros que nos enseñan alguna
cosa. La vida es corta, y no vamos a perder una hora preciosa leyendo L'Orme du
Mail, en donde nos cuenta Anatole France cosas de la provincia que sabemos tan
bien como él".
Pero
esta originalidad de los Guermantes, que la vida me brindaba como compensación,
como motivo de disfrute, no era la originalidad que perdí en cuanto los conocí
y que los hacía poéticos y dorados como su apellido, legendarios, impalpables
como las proyecciones de la linterna mágica, inaccesibles como su castillo, de
tonos vivos en una casa transparente y clara, en un saloncillo de vidrio, como
estatuillas de Sajonia. Por lo demás, cuántos apellidos nobles tienen ese
encanto de ser nombres de los castillos, de las estaciones de ferrocarril en
las que se ha soñado tan a menudo, al leer una guía de ferrocarril, bajar en un
atardecer de verano, cuando en el norte las enramadas pronto solitarias y
profundas, entre las que se intercala y pierde la estación, están ya
enrojecidas por la humedad y el frescor, como en otros sitios con la llegada
del invierno.
TODAVÍA constituye hoy uno de los grandes
encantos de las familias nobles el que parezcan afincadas en un confín de
tierra particular, que su nombre, que siempre es un nombre de lugar, o que el
nombre de su castillo (que muy a menudo el mismo) dé en seguida a la
imaginación la sensación de residencia y el deseo del viaje. Cada apellido
noble contiene en el espacio coloreado de sus sílabas un castillo, en donde
tras un camino difícil, la llegada la endulza una alegre velada de invierno, y
en derredor la poesía de su estanque, y de su iglesia, que repite por su parte
tantas veces el apellido, con sus armas, en sus lápidas sepulcrales, al pie de
las estatuas pintadas de los antepasados, en el rosa de las vidrieras
heráldicas. Me diréis que esa familia que mora desde hace dos siglos en su
castillo cerca de Bayeux, que da la sensación de haberse construido en las
tardes de invierno por los últimos copos de espuma, prisionero, en la niebla,
vestido interiormente de tapicería y de encaje, que su apellido es en realidad
provenzal. Eso no le impide que me evoque la Normandía, como muchos árboles,
llegados de las Indias y del Cabo, se han aclimatado tan bien a nuestras
provincias que nada nos produce una impresión menos exótica y más francesa que
su follaje y sus flores. Si el hombre de esa familia italiana se yergue
altivamente desde hace tres siglos sobre un profundo valle normando, si desde
allí, cuando el terreno se hace llano, se divisa la fachada de pizarra roja y
de piedra grisácea del castillo, al mismo nivel que las campanas de púrpura de
Saint-Pierre-sur-Dives, es normando como los manzanos que... y que no llegaron
del Cabo más que... (laguna en el manuscrito). Si esta familia provenzal tiene
su mansión desde hace dos siglos en una esquina de la gran plaza de Falaise, si
los invitados que vinieron a jugar su partida por la noche, al dejarlos después
de las diez, corren el riesgo de despertar a los burgueses de Falaise, y se
oyen sus pasos repercutir indefinidamente en la noche, hasta la plaza de la
torre, como en una novela de Barbey d'Aurevilly, si el tejado de su mansión se
divisa por entre dos campanarios, en donde está encajado como en una playa
normanda un guijarro entre dos conchas caladas, entre las torrecillas rosáceas
y nerviadas de dos cangrejos ermitaños, si los invitados que llegan antes de
cenar pueden al bajar del salón lleno de preciosas piezas chinas adquiridas en
la época del gran comercio de los marinos normandos con el Extremo Oriente,
pasearse con los miembros de las diferentes familias nobles que viven desde
Coutances a Caen, y de Thury Harcourt a Falaise, por el jardín en pendiente,
bordeado por las fortificaciones de la ciudad, hasta el río rápido en donde,
esperando la cena, se puede pescar en el recinto de la propiedad, como en un
relato de Balzac, ¿qué importa que esta familia haya venido de Provenza a
establecerse aquí, y que su nombre sea provenzal? Se ha hecho normando, como
esas bellas hortensias rosa que se observan de Honfleur a Valognes, y desde
Pont-L'Eveque a Saint-Vaast, como una obra añadida, pero que caracteriza ahora
al campo que embellece, y que llevan a una casa solariega normanda el color
delicioso, añoso y fresco de una loza china traída desde Pekín, pero por
Jacques Cartier.
Tienen otros un castillo perdido en los
bosques y es largo el camino hasta llegar a ellos. En la Edad Media no se oía
en su contorno más que el sonido del cuerno y el ladrido de los perros. Hoy,
cuando un viajero llega por la noche a hacerles una visita, es el bocinazo del
automóvil lo que ha reemplazado a uno y otro y lo que se auna como el primero
con la atmósfera húmeda que atraviesa bajo el follaje, saturado luego del olor
a rosas en el parterre principal, y emotivo, casi humano como el
segundo, advierte a la castellana que se asoma a la ventana que no cenará ni
jugará sola esta noche frente al conde. Sin duda, cuando oigo el nombre del
sublime castillo gótico que hay cerca de Ploérmel, cuando pienso en las largas
galerías del claustro, y en las alamedas por las que se camina entre las
retamas y las rosas sobre las tumbas de los abades que vivían ahí, bajo esas
galerías, a la vista de este vallecillo desde el siglo VIII, cuando aún no
vivía Carlomagno, cuando no se alzaban las torres de la catedral de Chartres ni
abadía sobre la colina de Vézelay, por encima del Cousin profundo y rico en
peces, sin duda, si en uno de esos momentos en que el lenguaje de la poesía
resulta aún demasiado preciso, demasiado henchido de palabras, y en
consecuencia de imágenes conocidas, para no turbar esa corriente misteriosa que
el Apellido, ese algo anterior al conocimiento derrama, que en nada se parece a
lo que conocemos, como sucede a veces en nuestros sueños, sin duda después de
haber llegado a la escalinata y haber visto aparecer algunos criados, el uno
cuyo aire melancólico, la nariz de larga curva, cuyo graznido ronco y raro
inclina a pensar que se ha encarnado en él uno de los cisnes del estanque, que
ha sido desecado, el otro, en cuyo rostro terroso la mirada vertiginosamente
atemorizada hace adivinar un topo astuto acorralado, hallaremos en el gran
vestíbulo los mismos percheros, los mismos abrigos que en todas partes, y en el
mismo salón la misma Revue de Paris y Comoedia. E incluso, si
todo oliese aún a siglo XIII, incluso los invitados inteligentes ante todo
inteligentes, dirían allí cosas inteligentes de estos tiempos. (Quizá tendrían
que no ser tan inteligentes, ni su conversación tener relación con las cosas
del lugar, como esas descripciones que sólo son evocadoras si hay imágenes
precisas y ninguna abstracción).
Lo
mismo ocurre con la nobleza extranjera. El apellido de este o aquel señor
alemán está cruzado como por un soplo de poesía fantástica en el seno de un
olor a cerrado, y la repetición burguesa de las primeras sílabas puede hacer
pensar en caramelos de colores comidos en una pequeña tienda de ultramarinos de
una vieja plaza alemana, mientras que en la sonoridad versicolor de la última
sílaba se oscurece la vidriera de Aldgrever en la vieja iglesia gótica de
enfrente. Y tal otro es el nombre de un riachuelo nacido en la Selva Negra al
pie de la antigua Wartbourg y atraviesa todos los valles frecuentados por los
gnomos y está dominado por todos los castillos en donde reinaron los antiguos
señores, donde soñó Lutero; y todo aquello está en las posesiones del señor y
puebla su nombre. Pero yo cené con él ayer, su figura es de hoy, sus ropas son
de hoy, sus palabras y sus ideas son de hoy. Y por elevación y franqueza, si se
habla de nobleza, o de Wartbourg, dice: "¡Oh! hoy, ya no quedan
príncipes".
Ciertamente,
nunca los hubo. Pero en el único sentido imaginativo en el que pueden
existir, no hay hoy más que un largo pasado que ha llenado los apellidos de
sueños (Clermont-Tonnerre, Latour y P..., los duques de C. T.). El castillo,
cuyo nombre aparece en Shakespeare y en Walter Scott, de esa duchess
corresponde al siglo XIII escocés. En sus tierras está la admirable abadía que
tantas veces ha pintado Turner, y son sus antepasados cuyas tumbas están
colocadas en la catedral destruida donde los bueyes, entre los arcos ruinosos,
y las zarzas en flor, y que nos impresiona todavía más por pensar que es una
catedral porque estamos obligados a imponer su idea inmanente a cosas que sin
eso serían otras y llamar pavimento de la nave a ese prado y entrada del coro a
ese bosquecillo. Esta catedral la construyeron sus antecesores y le pertenece
todavía, y se halla en sus tierras ese torrente divino, hecho todo frescor y
misterio bajo un tejadillo apuntado con el infinito de la llanura y el sol
descendiendo en un gran espacio de cielo azul rodeado de dos vergeles, que
señalan como un cuadrante solar, a la inclinación de la luz que los toca, la
hora feliz de una tarde ya avanzada; y la ciudad entera escalonada a lo lejos y
el pescador de caña tan feliz que conocemos por Turner y que recorreríamos toda
la tierra para hallar, para saber que la belleza, el encanto de la naturaleza,
la dicha de la vida, la insigne belleza de la hora y del lugar existen, sin
pensar que Turner —y tras él Stevenson— no han hecho más que presentarnos como
especial y deseable en sí mismo tal lugar escogido lo mismo que cualquier otro
en donde su cerebro haya sabido poner su deseable belleza y su singularidad.
Pero la duquesa me ha invitado a cenar con Marcel Prévost; y Melba vendrá a
cantar, y yo no atravesaré el estrecho.
Pero
aunque me invitase en compañía de señores de la Edad Media, mi decepción sería
la misma, pues no puede existir identidad entre la poesía desconocida que puede
existir en un apellido, es decir una urna de cosas desconocidas, y las cosas
que la experiencia nos muestra y que corresponden a palabras, a las cosas
conocidas. Se puede deducir, de la decepción inevitable, tras nuestro encuentro
con las cosas cuyos nombres conocemos, por ejemplo con el que ostenta un gran
apellido territorial e histórico, que al no corresponder ese encanto
imaginativo a la realidad, es una poesía de carácter convencional. Pero aparte
de que yo no lo creo, y pienso demostrar un día todo lo contrario, teniendo
sólo en cuenta el realismo, este realismo sicológico, esa exacta descripción de
nuestros sueños sería preferible al otro realismo, puesto que tiene por objeto
una realidad que es mucho más vivaz que la otra, que tiende perpetuamente a
reformarse en nosotros, que, desertando de los países que hemos visitado,
alcanza todavía a todos los demás, y recubre de nuevo aquéllos a los que hemos
conocido una vez que están algo olvidados y que han vuelto a ser para nosotros
nombres, puesto que ella nos acosa incluso en sueños, y da a los países, a las
iglesias de nuestra infancia, a los castillos de nuestros sueños, la apariencia
de tener la misma naturaleza que los nombres, la apariencia hecha de
imaginación y de deseo que no volvemos a encontrar una vez despiertos, o en el
momento en que, dándonos cuenta de ella, nos dormimos; puesto que nos produce
infinitamente más placer que la otra que nos molesta y nos decepciona, y es un
principio de acción y pone siempre en movimiento al viajero, ese amante siempre
decepcionado y que siempre vuelve a ponerse en marcha con más ánimo, puesto que
son solamente las páginas que llegan a darnos esa impresión las que nos dan la
sensación del genio.
No
sólo los nobles tienen un apellido que nos hace soñar, sino al menos respecto a
un gran número de familias, los apellidos de los padres, de los abuelos y así
sucesivamente, son también de esos hermosos apellidos, de modo que ninguna
sustancia no poética impide este injerto constante de apellidos coloreados y
sin embargo transparentes (porque no se le adhiere ninguna materia indigna),
que nos permiten ascender durante mucho tiempo de brote en brote de cristal coloreado,
como por el árbol de Jessé de una vidriera. Las personas adquieren en nuestro
pensamiento esa pureza de sus apellidos que son totalmente imaginativos. A la
izquierda un clavel rosa, luego el árbol sigue ascendiendo, a la izquierda un
lirio, el tallo continúa, a la derecha una neguilla azul; su padre se había
casado con un Montmorency, rosa de Francia, la madre de su padre era una
Montmorency-Luxembourg, clavel coronado, rosa doble, cuyo padre se había unido
a una Choiseul, neguilla azul, luego una Charost, clavel rosa. Por momentos, un
apellido muy local y antiguo, como una flor rara que no se ve más que en los
cuadros de Van Huysum, parece más triste porque la hemos mirado con menos
frecuencia. Pero inmediatamente tenemos el regocijo de ver que a los lados de
la vidriera en donde florece este tallo de Jessé, comienzan otras vidrieras de
colores que cuentan la vida de los personajes que no eran al principio más que
neguilla y lirio. Pero como estas historias son antiguas y pintadas también
sobre vidrio, el conjunto se armoniza de maravilla. "Príncipe de
Wurtemberg, su madre nació María de Francia, cuya madre procedía de la familia
de Dos Sicilias". Pero entonces, ¿sería su madre la hija de Luis-Felipe y
de María Amelia que se casó con el duque de Wurtemberg? Y entonces divisamos a
la derecha en nuestro recuerdo la pequeña vidriera, la princesa en traje de
jardín en las fiestas de la boda de su hermano el duque de Orleáns, para dar fe
de su disgusto por haber visto rechazar a sus embajadores que habían ido a
pedir para ella la mano del príncipe de Siracusa. Luego tenemos a un bello
joven, el duque de Wurtemberg que va a pedir su mano, y ella se muestra tan
dichosa de marchar con él que besa sonriendo en el umbral a sus padres que
lloran, lo que juzgan severamente los criados inmóviles al fondo; pronto vuelve
enferma, da a luz a un niño (precisamente ese duque de Wurtemberg, caléndula
amarilla, que nos ha hecho ascender a lo largo de árbol de Jessé hasta su
madre, rosa blanca, de donde hemos saltado a la vidriera de la izquierda), sin
haber visto el único castilllo de su esposo, Fantasía, cuyo solo nombre la
había decidido a casarse con él. E inmediatamente, sin esperar los cuatro
acontecimientos de la base de la vidriera que nos representan en Italia a la
pobre princesa moribunda, y a su hermano Nemours acudiendo junto a ella,
mientras que la reina de Francia manda preparar una flota para ir junto a su
hija, miramos ese castillo Fantasía en donde ella fue a alojar su vida
desordenada, y en la vidriera siguiente percibimos, pues los lugares tienen su
historia como las razas, en esa misma Fantasía, a otro príncipe, también
fantasioso, que también había de morir joven y tras tan extraños amores, Luis
II de Baviera; y en efecto, por debajo de la primera vidriera habíamos leído
sin ni siquiera prestar atención estas palabras de la reina de Francia:
"Un castillo cerca de Barent". Pero es preciso que volvamos al árbol
de Jessé, príncipe de Wurtemberg, caléndula amarilla, hijo de Luisa de Francia,
neguilla azul. ¡Cómo! ¿Vive aún su hijo, que ella apenas conoció? Y cuando
habiendo preguntado a su hermano cómo estaba, le dijo: "No muy mal, pero
los médicos están inquietos", ella respondió: "Nemours, te
comprendo", y luego se mostró dulce con todos, pero ya no volvió a pedir
que se le enseñara su hijo, ante el temor de que sus lágrimas la traicionaran.
¡Cómo! ¿Vive aún este niño, vive el príncipe real Wurtemberg? Quizá se le
parezca, quizá ha heredado de ella algo de sus gustos por la pintura, por el
sueño, por la fantasía, que ella creía alojar tan bien en su castillo Fantasía.
Cómo recibe su figura en la pequeña vidriera un sentido nuevo desde que lo
sabemos hijo de Luisa de Francia. Pues esos bellos apellidos nobles, o están
sin historia y oscuros como un bosque, o, históricos, siempre la luz de los
ojos, bien conocidos por nosotros, de la madre, ilumina toda la figura del
hijo. El rostro de un hijo que vive, ostensorio en que ponía toda su fe una
sublime madre muerta, es como una profanación de aquel recuerdo sagrado. Pues
es aquel rostro al que esos ojos suplicantes han dirigido un adiós que ya no
iba a poder olvidar un solo segundo. Pues es con la línea tan bella de la nariz
de su madre con la que se ha hecho la suya, pues es con la sonrisa de su madre
con la que incita a la perdición a las muchachas, pues es con el movimiento de
cejas de su madre para mirarle con más ternura con lo que miente, pues queda
esa expresión que su madre adoptaba cuando hablaba de todo lo que le resultaba
indiferente, es decir, de todo lo que no era él, la tiene él ahora cuando habla
de ella, cuando dice con indiferencia "mi pobre madre".
Junto a estas vidrieras se hallan vidrieras
secundarias, en donde sorprendemos un apellido oscuro, entonces, apellido del
capitán de la guardia que salva al Príncipe, del patrón del navio que lo lanza
al mar para que escape la princesa, apellido noble pero oscuro y que se llegó a
conocer después, nacido entre circunstancias trágicas como una flor entre dos
adoquines, y que lleva para siempre en él el reflejo de la abnegación que lo
ilustra y lo hipnotiza todavía. Por mi parte, hallo más enternecedores todavía
a esos apellidos nobles, todavía querría penetrar mucho más en el alma de los
hijos que no ilumina más que la sola luz de ese recuerdo, y que de todas las
cosas posee la visión absurda y deformada que da ese resplandor trágico. Me
acuerdo de haberme reído de ese hombre encanecido, que prohibía a sus hijos que
hablaran a un judío, rezando sus oraciones en la mesa, tan correcto, tan avaro,
tan ridículo, tan enemigo del pueblo. Y su apellido se ilumina ahora para mí
cuando vuelvo a verlo, apellido de su padre, que hizo escapar a la duquesa de
Berri en un barco, alma en donde ese resplandor de la vida inflamada por el que
vemos enrojecer el agua en el instante en que apoyada sobre él la duquesa va a
hacerse a la vela, ha sido la única luz que queda. Alma de naufragio, de
antorchas encendidas, de felicidad no razonada, alma de vidriera. Quizás
encontrase yo bajo esos apellidos algo tan diferente a mí que en la realidad
resultaría aquello casi de la misma sustancia que un Apellido. Pero, ¡cómo se
burla la naturaleza de todos! He aquí que entro en relación con un joven
infinitamente inteligente y más bien como si se tratara de un hombre importante
del mañana que de un gran hombre de hoy, que no sólo ha llegado y comprendido,
sino que ha superado y renovado el socialismo, el nietzcheismo, etc. Y me doy
cuenta de que es el hijo del hombre que yo veía en el comedor de la mansión tan
sencillo con sus adornos ingleses que parecía como la habitación del Rêve de
sainte Ursule, o la habitación en donde la reina recibe a los embajadores que
le suplican en la escena de la vidriera que huya, antes de que se haga a la
mar, cuyo reflejo trágico esclarecía para mí su silueta, como sin duda, desde
el interior de su pensamiento, le iluminaba el mundo.
VUELTA A
GUERMANTES
YA
NO SON un apellido; por fuerza han de sernos menos que lo que soñábamos de
ellos. ¿Menos? Y quizá más, también. Ocurre con un monumento lo que con una
persona. Se nos impone por un signo que generalmente ha escapado a las
descripciones que de él se nos han hecho. Lo mismo que será el plegarse de su
piel cuando ríe, o ese gesto un tanto simple de la boca, la nariz demasiado
grande, o su caída de espaldas, lo que nos chocará en la primera ocasión en que
vemos a un personaje célebre del que se nos ha hablado, lo mismo sucede cuando
vemos por primera vez San Marcos de Venecia, el monumento nos parecerá bajo
ante todo, bajo y ancho con las astas de bandera como un palacio de exposición,
o en Jumiéges esas gigantescas torres de catedral en el patio del conserje de
una pequeña propiedad de los alrededores de Rouen, o en Saint-Wandrille esa
encuademación rococó de un misal romántico, como en una ópera de Rameau ese
aspecto galante de un drama antiguo. Las cosas son menos bellas que el sueño
que tenemos de ellas, pero más concretas que la noción abstracta que se tiene
de ellas. ¿Te acuerdas con qué placer recibías las simples cartas tan felices
que yo te enviaba de Guermantes? Luego muchas veces me has pedido:
"Relátame un poco tu placer". Pero a los niños no les gusta dar
la impresión de haber experimentado placer, por miedo de que los padres no los
compadezcan.
Te
aseguro que tampoco les gusta dar la impresión de haber sentido pena para que
sus padres les compadezcan demasiado. Nunca te he hablado de Guermantes. Tú me
preguntabas cómo es que todo lo que yo he visto, y que tú creías que me iba a
hacer falta, había supuesto una decepción para mí, siendo así que Guermantes no
lo fue. Pues bien, no encontré en Guermantes lo que buscaba. Pero encontré otra
cosa. Lo que hay de bello en Guermantes, es que los siglos que ya no existen
luchan por perdurar todavía; el tiempo ha adoptado la forma del espacio, pero
no se le confunde. Cuando se entra en la iglesia, a la izquierda, hay tres o
cuatro arcadas redondas que no se parecen a los arcos ojivales del resto y que
desaparecen encastradas en la piedra de la muralla, en la construcción más
nueva en la que se las ha engarzado. Es el siglo XI, con sus pesadas espaldas
redondas que está allí, furtivamente aún, al que se ha tapiado, y que mira con
asombro al siglo XIII y al XV que se ponen delante de él, que ocultan aquella troquedad
y que nos sonríen. Pero reaparece más abajo, con más libertad, en la sombra de
la cripta, o entre dos piedras, como la mancilla de los antiguos homicidios que
cometió aquel príncipe en las personas de los hijos de Clotario (...) dos
pesados arcos bárbaros de tiempos de Chilperico. Se advierte a la perfección
que se cruzan los tiempos, como cuando un recuerdo antiguo nos viene a la
memoria. Esto no ocurre ya en la memoria de nuestra vida, sino en la de los
siglos. Cuando se llega a la sala del claustro, que da entrada al castillo, se
pasa sobre las tumbas de los abades que gobernaron este monasterio desde el
siglo VIII, y que están tumbados bajo nuestros pies y las losas grabadas; están
echados con una cruz en la mano, hollando con los pies una hermosa inscripción
latina.
Y si
Guermantes no decepciona, como todas las cosas de la imaginación cuando se
convierten en algo real, es sin duda porque en ningún momento constituye algo
real, pues incluso cuando uno se pasea, se siente que las cosas que hay allí no
son más que la envoltura de otras, que la realidad no está allí sino muy lejos,
que esas cosas con las que se ha tomado contacto no son más que una encarnación
del Tiempo, y la imaginación trabaja sobre el Guermantes visto, como sobre el
Guermantes leído, porque todas esas cosas no son todavía más que palabras,
palabras llenas de magníficas imágenes y que significan otra cosa. Se trata en
efecto de este gran refectorio empedrado de diez, luego veinte, luego cincuenta
abades de Guermantes, todos de tamaño natural, representando los cuerpos que
están debajo. Es como si un cementerio de hace diez siglos hubiera vuelto a
nosotros para servirnos de embaldosado. El bosque que desciende en pendiente
por debajo del castillo, no es como esos bosques que hay alrededor de los castillos,
bosques de caza que no son más que una multiplicación de árboles. Es el antiguo
bosque de Guermantes, en donde cazaba Childeberto, y, en verdad, como en mi
linterna mágica, como en Shakespeare o en Maeterlinck, "a la izquierda hay
un bosque". Se dibuja sobre la colina que domina Guermantes, él ha
afelpado de verde trágico el lado oeste, como en la ilustración iluminada de
una crónica merovingia. Gracias a esta perspectiva, aunque profundo, está
delimitado. Es "el bosque" que en el drama aparece "a la izquierda".
Y al otro lado, abajo, el río en donde fueron arrojados los desnervados de
Jumiéges las torres del castillo todavía, no te digo que sean de aquel tiempo,
sino que están en aquel tiempo. Es lo que conmueve cuando se las contempla.
Siempre se dice que las cosas antiguas han visto muchas cosas luego y que ahí
reside el secreto de su emoción. Nada más falso. Mira las torres de
Guermantes: ven todavía el cabalgar de la reina Matilde, su consagración por
Carlos el Malo. Luego no han visto ya nada. El instante en que viven
las cosas lo fija el pensamiento que las refleja. En ese momento son pensadas,
reciben su forma. Y su forma, hace durar inmortalmente un tiempo en el seno de
otros. Sueña que se elevaron las torres de Guermantes erigiendo allí indestructiblemente
el siglo XIII, en una época en que, por muy lejos que llegara su vista, no
habrían percibido para saludarlas y sonreírles las torres de Chartes, las
torres de Amiens, ni las torres de París, que aún no existían. Más antigua que
ellas, piensa en ese algo inmaterial, la abadía de Guermantes, más antigua que
estas construcciones, que existía desde hacía mucho tiempo, cuando Guillermo
partió a la conquista de Inglaterra, mientras que las torres de Beauvais, de
Bourges, no se alzaban todavía, y que durante la noche el viajero que se
alejaba no las veía por encima de las colinas de Beauvais elevarse al cielo, en
una época en que las casas de La Rochefoucauld, de Noailles, de Uzés, apenas
alzaban a ras de tierra su poder que iba a ascender lentamente como una torre
hasta los aires, atravesar uno a uno los siglos, mientras que, torre lardera de
la feroz Normandía, Harcourt con su apellido orgulloso y amarillento aún no
tenía en lo alto de su torre de granito cincelado los siete florones de la
corona ducal, mientras que, bastión a la italiana que iba a convertirse en el
mayor castillo de Francia, Luynes no había hecho brotar todavía de nuestro
suelo todas esas señorías, todos esos castillos de príncipe, y todos esos
castillos fortaleza, el principado de Joinville, las fortificaciones almenadas
de Châteadum y de Montfort, las enramadas del bosque de Chevreuse con sus
armiños y sus corzas, todas esas posesiones místicamente al sol a través de
Francia, un castillo en el mediodía, un bosque en el oeste, una villa al norte,
todo eso unido por alianzas y cercado por murallas, todas esas posesiones al
sol brillante, unidas la una a la otra abstractamente por su poder como en un
símbolo heráldico, como un castillo de oro, una torre de plata, estrellas de
arena que a través de los siglos han inscrito simétricamente conquistas y
matrimonios en los cuarteles de un campo de azur.
—Pero si estabas a gusto, ¿por qué volviste?
—Ahora verás. Una vez, contrariamente a
nuestras costumbres, habíamos ido a dar un paseo durante el día. En un paraje
por el que ya habíamos pasado algunos días antes y desde el que la vista
abarcaba una hermosa extensión de campos, bosques, caseríos, de repente, a la
izquierda, una franja del cielo en una pequeña extensión pareció oscurecerse y
adoptar una consistencia, una especie de vitalidad, de irradiación que no
habría tenido una nube, y por fin cristalizó conforme a un sistema
arquitectónico en forma de una pequeña ciudad azulada dominada por un doble
campanario. Inmediatamente reconocí la figura irregular, inolvidable, querida y
temible. ¡Chartres! ¿De dónde provenía aquella aparición de la ciudad junto al
cielo, como tal gran figura simbólica aparecía la víspera de una batalla a los
héroes de la Antigüedad, como... vio Cartago, como Eneas?... (Laguna en el
manuscrito)
Pero
si la edificación geométrica y vaporosa que relucía vagamente, como si la
hubiese mecido imperceptiblemente la brisa, tenía ese aspecto de aparición
sobrenatural, era tan familiar, ponía en el horizonte la figura amada de la
ciudad de nuestra infancia, como en ciertos paisajes de Ruysdaél, a quien
agradaba, en la lejanía del cielo unas veces azul, otras gris, que se
distinguiera su querido campanario de Harlem...
CUANDO íbamos a Combray con mi abuela, siempre
nos obligaba a detenernos en Chartres. Sin saber demasiado por qué, veía en
ellos esta ausencia de vulgaridad y de pequenez que hallaba en la naturaleza,
cuando la mano del hombre no la retoca, y en esos libros que con estas dos
condiciones —falta de vulgaridad, y ausencia de afectación— creía inofensivos
para los niños, en esas personas que no tienen nada de vulgar ni de mezquino.
Creo que veía en ellos un aire "natural" y "distinguido".
De cualquier forma, le gustaban y pensaba que saldríamos ganando viéndolos.
Como no sabía absolutamente nada de arquitectura, ignoraba que fuesen bellos y
decía: "Hijos míos, podéis reíros de mí, no son parejos, quizá no son
hermosos 'según los cánones', pero su vieja figura irregular me gusta. En su
tosquedad hay algo que me resulta muy agradable. Creo que si tocaran el piano,
lo harían con alma". Y al mirarlos, los seguía tan bien que su cabeza, su
mirada, se lanzaba, diríase que quería lanzarse hacia ellos, y al mismo tiempo,
sonreía bondadosamente a las viejas piedras gastadas.
Pienso incluso que ella, que no
"creía", tenía sin embargo esa fe implícita, que aquella especie de
belleza que hallaba en ciertos monumentos, la situaba, sin apercibirse, en otro
plano, en un plano más real que nuestra vida. Pues el año en que murió de un
mal que conocía y cuyo desenlace no ignoraba, vio por primera vez Venecia de la
que no le gustó de verdad más que el palacio de los Dogos. Se sentía feliz cada
vez que aparecía a la vuelta de un paseo, a lo lejos sobre la laguna, y sonreía
a las piedras grises y rosas con esa actitud imprecisa que adoptaba cuando
trataba de entrar en un sueño noble y oscuro. Pues bien, manifestó en varias
ocasiones que se sentía muy dichosa de haberlo visto antes de morir, de pensar
que podía no haberlo visto. Creo que en un momento en que los placeres que no
son más que placeres dejen de contar, pues el ser para el que son placeres no
existirá ya, y que al desvanecerse uno de los dos términos desaparece el otro,
no habría atribuido tanta importancia a aquella alegría, si no hubiese
experimentado una de esas alegrías que, en un sentido que comprendemos mal,
sobreviven a la muerte, dirigiéndose en nosotros a algo que cuando menos no se
halla bajo su imperio. El poeta que da su vida a una obra de la que no recogerá
los frutos más que después de su muerte, ¿obedece realmente al deseo de una
gloria que no disfrutará? ¿Y no es más bien una parte eterna de él mismo la que
actúa, mientras que se entrega él (e incluso si aquélla no puede actuar más que
en esta vida efímera) a una obra igualmente eterna? Y si hay contradicción
entre lo que sabemos de la fisiología y la doctrina de la inmortalidad del
alma, ¿no existe contradicción también entre algunos de nuestros instintos y la
doctrina de la desaparición total? Quizá no sea más verdadera la una que la
otra, y la verdad se halle en otra parte, como por ejemplo, en el caso de dos
personas a quienes se hubiese hablado del teléfono hace cincuenta años, si la
una hubiese creído que se trataba de una superchería, y la otra que era un fenómeno
de acústica y que la voz se conservaba indefinidamente en tubos, ambas se
habrían equivocado igualmente.
YO
NO podía mirar jamás sin tristeza los campanarios de Chartres, pues muchas
veces acompañábamos a mamá hasta Chartres cuando dejaba Combray antes que
nosotros. Y la forma ineluctable de los dos campanarios se me antojaba tan
terrible como la estación. Me dirigía hacia ellos como hacia el instante en que
habría que decir adiós a mamá, sentir cómo mi corazón se partía en el pecho,
alejarse de mí para seguirla y volver solo. Me acuerdo de un día especialmente
triste...
Habiéndonos invitado Mme. de Z... a ir a pasar
algunos días a su casa, se decidió que partiría ella con mi hermano y que yo me
reuniría con ella algo más tarde, con mi padre. No me lo dijeron para que no me
sintiera de antemano demasiado triste. Pero nunca he podido comprender cómo
cuando se intenta ocultarnos alguna cosa, el secreto, por muy bien guardado que
esté, actúa involuntariamente en nosotros, nos provoca una especie de
irritación, de sentimiento persecutorio, y de delirio de búsqueda. Es así cómo
en una edad en que los niños no pueden tener idea alguna de las leyes de la
procreación, notan que se les engaña, tienen el presentimiento de la verdad. No
sé yo qué indicios misteriosos se acumularon en mi cerebro. Cuando la mañana de
la marcha entró mamá alegremente en mi alcoba, en mi opinión disimulando la
pena que también sentía, y me dijo riendo, mientras citaba a Plutarco:
"Ante las grandes catástrofes, Leónidas sabía mostrar un rostro... (Laguna
en el manuscrito) Espero que mi pajarito sea digno de Leónidas", yo le
contesté: "Te vas" con un tono tan desesperado que se sintió
visiblemente turbada; creí que quizá pudiese retenerla o hacer que me llevara
consigo; yo creo que fue eso lo que dijo a mi padre, pero sin duda él se negó,
y me dijo ella que todavía tenía algo de tiempo antes de ir a prepararse, y que
había reservado ese tiempo para hacerme una pequeña visita.
Ella
tenía que marchar, ya lo he dicho, con mi hermanito, y como dejaba la casa mi
tío lo había llevado a Evreux para que lo fotografiaran. Le habían rizado los
cabellos como a los hijos del conserje cuando se los fotografía, su grueso
rostro lo ceñía un casquete de pelo negro esponjoso con grandes lazos colocados
como los de una infanta de Velásquez; lo miré con la sonrisa del niño de más
edad hacia el hermano a quien quiere, sonrisa en la que no se sabe qué hay más,
admiración, superioridad irónica o ternura. Mamá y yo fuimos a buscarlo para
que yo le dijese adiós, pero fue imposible encontrarlo. Comprendió que no
podría llevarse el cabritillo que le habían dado, y que era, con un carrito
magnífico que llevaba siempre consigo, todo su cariño, y que "prestaba"
algunas veces a mi padre, haciéndole un favor. Como después de la estancia en
casa de Mme Z... volvía a París, pensaban regalar el cabritillo a los colonos
vecinos. Mi hermano, presa y colmado de dolor, había querido pasar el último día
con su cabritillo, o quizá también, creo, ocultarse, para vengarse haciéndole
perder el tren a mamá. Lo cierto es que, tras haberlo buscado por todas partes,
bordeamos el bosquecillo en cuyo centro se hallaba la explanada donde se
enganchaban los caballos para sacar el agua, y a donde jamás iba ya nadie, sin
pensar ni por un momento que mi hermano pudiese estar allí, cuando una
conversación entrecortada por gemidos hirió nuestros oídos. Era en efecto la
voz de mi hermano, e inmediatamente notamos que no podía vernos; sentado en el
suelo contra su cabritillo y acariciándole cariñosamente la cabeza con la mano,
besándole en su nariz pura y algo rojiza de presumido, insignificante y
cornudo, el grupo recordaba muy poco al que los pintores ingleses han solido
dar de un niño acariciando un animal. Si mi hermano, con su trajecito de
fiesta, y su faldón de encaje, sosteniendo en una mano, junto al inseparable
carrito, taleguillas de seda en donde se le había metido su merienda, su
neceser de viaje y espejitos de cristal, tenía toda la magnificencia de los
niños ingleses junto al animal, su rostro, en cambio, no expresaba, bajo ese
lujo que hacía más sensible el contraste, más que la más feroz desesperación,
tenía los ojos encarnados, el cuello oprimido por los perifollos, como una
princesa de tragedia pomposa y desesperada. A veces, con su mano desbordada por
el carrito, las taleguillas de satén que no quería dejar, pues con la otra no
dejaba de estrechar y acariciar al cabritillo, recogía sus cabellos sobre la
cabeza con la impaciencia de Fedra.
Quelle importune main en formant tous ces
noeuds,
A
pris soin sur mon front d'assambler mes cheveux?
¿Qué
inoportuna mano haciendo todos esos lazos,
Se
ha preocupado de reunir sobre mi frente los cabellos?
"Cabritillo mío, exclamaba, atribuyendo
al cabritillo la tristeza que sólo él experimentaba, vas a ser desgraciado sin
tu amito, ya no me volverás a ver más, nunca, nunca", y sus lágrimas
nublaban sus palabras "nadie será bueno contigo, ni te acariciará como yo.
Pero qué bien te portabas, niñito mío, cariñito mío", y notando que sus
llantos lo ahogaban se le ocurrió de golpe, para llevar al colmo su
desesperación, la idea de cantar una tonada que había oído a mamá y cuya
conformidad con la situación redoblaba los sollozos. "Adiós, voces
extrañas me reclaman lejos de ti, apacible hermana de los ángeles".
Pero
mi hermano, aunque no tenía más que cinco años y medio era más bien de natural
violento, y pasando del enternecimiento de sus desgracias y las de su
cabritillo a la cólera contra los perseguidores, tras un segundo de vacilación,
se puso a destrozar tirando con fuerza al suelo los espejillos, a pisotear las
talegas de satén, a arrancarse, no los cabellos, sino los lacitos que le habían
puesto en el pelo, a rasgar su bonito traje asiático, lanzando agudos chillidos:
"¿Por qué estar guapo si ya no te veré más?", exclamó llorando. Mi
madre, viendo desgarrar los encajes del traje, no pudo seguir insensible ante
un espectáculo que hasta aquí más bien la había enternecido. Se adelantó, mi
hermano oyó el ruido, se calló inmediatamente, la divisó sin saber si había
sido visto, y con un aire muy atento y retrocediendo se ocultó detrás del
cabritillo. Pero mi madre fue hacia él. Había que irse, pero él puso como
condición que el cabritillo lo acompañara hasta la estación. El tiempo
apremiaba, mi padre, desde abajo, se extrañaba de no vernos volver, y mi madre
me había enviado a decirle que nos reuniéramos en la vía que se atravesaba
pasando por un atajo de detrás del jardín, pues sin ello habríamos corrido el
riesgo de perder el tren, y mi hermano se adelantó llevando al cabritillo de la
mano como para el sacrificio, y con la otra tirando de las talegas que habíamos
recogido, los pedazos de los espejos, el neceser y el carrito que arrastraba
por el suelo. Por momentos, sin atreverse a mirar a mamá, lanzaba dirigidas a
ella, sin dejar de acariciar al cabritillo, palabras sobre la intención de las
cuales no podía ella engañarse: "Mi pobre cabritillo, no eres tú el que
busca entristecerme, separarme de los que yo quiero. Tú no eres una persona,
pero no eres malo tampoco, no eres como estos malos", decía echando una
mirada de reojo a mamá, como para apreciar el efecto de sus palabra y ver si no
se había pasado de la raya, "tú, nunca me has hecho sufrir", y se
ponía a sollozar. Pero llegado al ferrocarril, y habiéndome pedido que le
tuviera un momento el cabritillo, en su rabia contra mamá se abalanzó, se sentó
en medio de la vía, y mirándonos con un aire de desafío, no se movió. En aquel
lugar no había barrera. En cualquier momento podía pasar un tren. Mamá, loca de
miedo, se abalanzó sobre él, pero por más que tiraba con una fuerza inaudita de
su trasero sobre el cual tenía la costumbre de dejarse resbalar y recorrer el
jardín cantando en los días mejores, él se pegaba a los raíles sin que lograra
arrancarlo de allí. Ella estaba lívida de terror. Afortunadamente mi padre
llegaba con dos criados que venían a ver si se necesitaba algo. Se precipitó,
arrancó a mi hermano, le propinó dos cachetes, y dio la orden de que se
devolviera el cabritillo. Aterrorizado, mi hermano tuvo que marchar, pero
mirando durante mucho tiempo a mi padre con un furor concentrado, exclamó:
"¡Ya no te prestaré jamás mi carrito!". Luego, comprendiendo que
ninguna palabra podría superar el furor de aquélla, no dijo nada más. Mamá me
cogió aparte y me dijo: "Tú que eres mayor, sé razonable, te lo pido, no
pongas cara triste en el momento de la marcha, tu padre ya está enojado porque
yo me voy, trata de que no nos encuentre a los dos insoportables". Yo no
proferí ni una queja para mostrarme digno de la confianza que ella me
testimoniaba y de la misión que me confió. A veces se apoderaba de mí una furia
irresistible contra ella, contra mi padre, un deseo de hacerlos perder el tren,
de estropear su plan urdido contra mí para separarme de ella. Pero se estrellaba
ante el miedo de causarle pena, y seguía sonriendo y destrozado, helado de
tristeza.
Volvimos a almorzar. En honor "de los
viajeros" se había confeccionado un almuerzo copioso, con entrantes, ave,
ensalada, dulces. Mi hermano que seguía fiero en su dolor, no dijo una palabra
durante toda la comida. Inmóvil en su silla alta, parecía absorto en su pesar.
Se hablaba de unas cosas y otras, cuando al término de la comida, en los
postres, resonó un grito agudo: "Marcel tiene más crema en el chocolate
que yo", exclamó mi hermano. Había sido necesaria la justa indignación
contra una injusticia semejante para hacerle olvidar el dolor de hallarse
separado de su cabritillo. Mi madre me dijo por lo demás que no había vuelto a
hablar de aquel amigo, al que la naturaleza de los apartamentos de París le
había obligado a dejar en el campo, y creemos que jamás volvió a acordarse.
Salimos para la estación. Mamá me había pedido
que no la acompañara a la estación, pero cedió ante mis ruegos. Desde la última
velada, adoptaba la actitud de considerar mi pena legítima, de comprenderla, de
pedirme únicamente que la contuviera. Una vez o dos en el camino, me invadió
una especie de furor, me consideraba como perseguido por ella, y de mi padre,
que me impedía partir con ella, habría querido vengarme haciéndolo perder el
tren, impidiéndole partir, pegándole fuego a la casa; pero estos pensamientos
no duraron más que un segundo; una sola palabra algo dura espantó a mi madre,
pero muy pronto volví a mostrar mi apasionada ternura por ella, y si no la besé
tanto como hubiera querido fue por no apenarla. Llegamos delante de la iglesia,
luego apretamos el paso. Esta marcha hacia lo que se teme, los pasos que
avanzan y el corazón que huye... Luego se volvió una vez más. "Vamos cinco
minutos adelantados", dijo mi padre. Al cabo divisé la estación. Mamá me
apretó ligeramente la mano haciéndome seña de que me mostrara firme. Nos fuimos
al andén, subió ella a su vagón y le hablamos desde abajo. Vinieron a decirnos
que nos apartáramos, que el tren iba a salir. Mamá me dijo sonriendo:
"Régulo asombraba por su entereza en las circunstancias dolorosas".
Su sonrisa era la que esbozaba al citar cosas que juzgaba pedantes, y para
adelantarse a las burlas si se equivocaba. También servía para indicar que lo
que yo consideraba un pesar muy desgraciado, y nos había dicho adiós a todos,
dejó que mi padre se alejara, me llamó un segundo y me dijo: "Los dos nos
comprendemos, ¿verdad, lobito mío? Mi niño tendrá mañana una cartita de su mamá
si es muy bueno. Sursum corda", añadió con esa indecisión que afectaba al
pronunciar una cita latina, para dar la impresión de equivocarse. El tren
partió, me quedé allí, pero me pareció que algo de mí se iba también.
ASÍ
ES cómo lo vi cuando volvía de los paseos por Guermantes y cuando tú no tenías
que venir a darme las buenas noches a mi cama, así lo veía cuando te dejamos en
el ferrocarril y yo veía que había que vivir en una ciudad en la que tú ya no
ibas a estar. Entonces sentí esa necesidad que sentía entonces, mamaíta mía, y
que nadie podía comprender, de estar cerca de ti y besarte. Y como las personas
mayores tienen menos valor que los niños, y su vida es menos cruel, hice lo que
habría hecho, si me hubiera atrevido, los días que acababas de dejar Combray,
cogí el tren. Repasé mentalmente todas las posibilidades de marchar, de
alcanzar todavía el tren de la noche, la resistencia que quizás encontraría
porque no se comprendería mi deseo salvaje, mi necesidad de ti como la
necesidad de aire cuando uno se ahoga. Y Mme. de Villeparisis, que no lo
comprendía, pero que advirtió que la vista de Combray me había conmovido,
guardaba silencio. Aún no sabía lo que tenía que decirle. Quería hablar sobre
seguro, saber de los trenes, encargar el coche, que no se me lo pudiese ya
materialmente impedir. Y yo caminaba a su lado, hablábamos de las visitas del
día siguiente, aunque yo sabía bien que no las haría. En fin, llegamos, el
pueblo, el castillo, ya no me daban la sensación de que pudiera yo vivir mi
vida, sino una vida que seguía ahora sin mí, como la de las gentes que nos
dejan en el tren y vuelven sin nosotros a reemprender las ocupaciones del
pueblo. Encontré una pequeña nota de Montargis, dije que era tuya, que me obligaba
a marchar, que me necesitabas para un asunto. Mme. de Villeparisis se sintió
desolada, y muy amable, me llevó a la estación, y tuvo esas palabras que la
coquetería de la dueña de la casa y las tradiciones de la hospitalidad hacen
que se parezcan a la emoción y a la amistad. Pero en París, verdad o mentira,
me dijo luego: "No necesité ver su nota. Ya lo dije yo a mi
marido. De camino, mientras volvíamos, ya no era usted el mismo y comprendí en
seguida: es un muchacho de alma atormentada. Traza proyectos para las visitas
que hará conmigo mañana, pero esta noche saldrá camino a París".
—Eso
me apena, pobre lobito mío —me dijo mamá con voz turbada—, pensar que de nuevo
mi chiquitín sintió una pena así, cuando dejé Combray. Pero lobito mío, hay que
hacerse un corazón más duro que todo eso. ¿Qué habrías hecho si tu mamá hubiera
estado de viaje?
—Los
días se me habrían hecho largos.
—Pero si yo me hubiese ido para meses, para
años, para...
Nos
callamos los dos. Entre nosotros nunca hemos intentado demostrar que cada uno
amaba al otro más que a nada en el mundo: jamás lo habíamos dudado. Se trataba
de hacernos creer que nos queríamos menos de lo que parecía, y que la vida la
podría soportar el que se quedase solo. Yo no deseaba que se prolongara aquel
silencio, pues para mi madre se llenaba de aquella angustia tan grande que
debió sentir tantas veces y que es lo que me reconforta más, al pensar que no
era nueva en ella, para recordar que ella la sentiría en la hora de su muerte.
Le cogí la mano casi con calma, la besé y dije:
—Sabes, puedo recordarlo, lo desgraciado que
me siento durante los primeros días que nos separamos. Después, sabes que mi
vida se organiza de otra manera, y sin olvidar a los seres que quiero, ya no
necesito de ellos, y prescindo muy bien de ellos. Me siento enloquecido
los ocho primeros días. Después me quedaré bien estando solo
durante meses, años, siempre.
Dije: siempre. Pero por la noche, hablando de
otra cosa, le dije que contrariamente a lo que hasta aquí había creído, los
últimos descubrimientos de la ciencia y las investigaciones más extremas de la
filosofía invalidaban el materialismo, hacían de la muerte algo aparente, y las
almas eran inmortales y un día volverían a encontrarse...
LAS AÑORANZAS, SUEÑOS COLOR DEL TIEMPO
RELIQUIAS
HE
COMPRADO todo lo que han vendido de la mujer de la que yo hubiera querido ser
amigo y que ni siquiera se dignó charlar conmigo un momento. Tengo la pequeña
baraja que la entretenía todas las noches, sus dos titíes, tres novelas que
llevan en las tapas sus armas, su perra. Oh, delicias, caros solaces de su
vida; vosotros habéis tenido, sin gozar de ellas como yo habría gozado, sin
haberlas deseado siquiera, todas sus horas más libres, más inviolables, más
secretas; no habéis percibido vuestra felicidad y no podéis contarla.
Naipes que ella manejaba con sus dedos cada
noche junto a sus amigos preferidos, que la vieron aburrirse o reír, que
asistieron al nacimiento de su amor y que ella posó para besar al que llegó
después a jugar todas las noches con ella; novelas que abría y cerraba en la
cama al gusto de su fantasía o de su cansancio, que elegía según su capricho
del momento o sus sueños, a las que los confió, que les sumaron los que ellas
expresaban y le ayudaron a soñar mejor los suyos, ¿no habéis conservado nada de
ella y no diréis nada de ella?
Novelas, porque ella a su vez soñó la vida de
vuestros personajes y de vuestro poeta; naipes, porque ella, a su manera,
sintió con vosotros la calma y a veces las fiebres de la vivas intimidades, ¿no
habéis conservado nada de su pensamiento, del pensamiento que vosotros
distrajisteis u ocupasteis, de su corazón que vosotros abristeis o
consolasteis?
Naipes, novelas, por haber estado tantas veces
en su mano, por haber permanecido tanto tiempo sobre su mesa; damas, reyes o
valets, que fueron los inmóviles invitados de sus fiestas más locas; héroes de
novelas y heroínas que soñabais junto a su cama bajo los fuegos cruzados de su
lámpara y de sus ojos vuestro sueño silencioso y sin embargo lleno de goces, no
habéis podido dejar evaporarse todo el perfume de que os impregnaron el aire de
su cuarto, la tela de sus vestidos, el roce de sus manos o de sus rodillas.
Habéis conservado las huellas que os dejó su
mano alegre o nerviosa; las lágrimas que le hizo verter una pena de libro o de
vida quizá las conserváis todavía prisioneras; la luz que hizo brillar o hirió
sus ojos os dio ese cálido color. Os toco estremecido, ansioso de ¡ vuestras
revelaciones, inquieto por vuestro silencio. Pero, ¡ay! acaso, como vosotros,
seres encantadores y frágiles, fue ella insensible, inconsciente testigo de su
propia gracia. Acaso su belleza más real estuvo en mi deseo. Ella vivió
su vida, pero acaso sólo yo la he soñado.
SONATA CLARO DE LUNA
I
MÁS
QUE LAS fatigas del camino, me había agotado el recuerdo y el temor de las
exigencias de mi padre, de la indiferencia de Pía, del encarnizamiento de mis
enemigos. Durante el día me habían distraído la compañía de Asunta, su canto,
su dulzura conmigo conociéndome tan poco, su belleza blanca, morena y rosada,
su perfume persistente en las ráfagas del viento del mar, la pluma de su
sombrero, las perlas de su cuello. Pero, a eso de las nueve de la noche,
sintiéndome abrumado, le pedí que se volviera con el coche y me dejara allí
descansando un poco al aire. Habíamos llegado casi a Honfleur; el lugar estaba
bien elegido, contra un muro, a la entrada de una doble avenida de grandes
árboles que resguardaban del viento; el aire era suave; Asunta accedió y me dejó.
Me tumbé sobre el césped, mirando al cielo oscuro; mecido por el rumor del mar,
que oía detrás de mí, sin distinguirlo bien en la oscuridad, no tardé en
adomercerme.
En
seguida soñé que la puesta de sol iluminaba a lo lejos, ante mí, la arena y el
mar. Avanzaba el crepúsculo, y me parecía que era una puesta de sol y un
crepúsculo como todos los crepúsculos y todas las puestas de sol. Pero vinieron
a traerme una carta, quise leerla y no pude distinguir nada. Sólo entonces me
di cuenta de que, a pesar de aquella impresión de luz intensa y difundida,
estaba muy oscuro. Aquella puesta de sol era extraordinariamente pálida,
luminosa sin claridad, y sobre la arena mágicamente iluminada se aglomeraban
tantas tinieblas que yo tenía que hacer un gran esfuerzo para reconocer una
concha. En aquel crepúsculo especial para los sueños, era como la puesta de un
sol enfermo y descolorido en una playa polar. Mis pesadumbres se habían disipado
de pronto; las decisiones de mi padre, los sentimientos de Pía, la mala fe de
mis enemigos me dominaban todavía, pero sin abrumarme ya, como una necesidad
natural y que había llegado a serme indiferente. La contradicción de aquel
esplendor oscuro, el milagro de aquella tregua encantada en mis males no me
inspiraban ninguna desconfianza, ningún miedo, sino que estaba envuelto,
bañado, inmerso en una creciente dulzura cuya deliciosa intensidad acabó por
despertarme. En torno a mí se extendía, espléndido y lívido, mi sueño. El muro
al que me había adosado para dormir estaba en plena luz, y la sombra de su
yedra se alargaba sobre él tan viva como a las cuatro de la tarde. Las ramas de
un álamo de Holanda, empujadas por una brisa insensible, relucían. En el mar se
veían olas y velas blancas, el cielo estaba claro, había salido la luna. De vez
en cuando pasaban sobre ella ligeras nubéculas, pero entonces se teñían de
matices azules de una palidez tan profunda como la gelatina de una medusa o el
corazón de un ópalo. Pero la claridad, aunque brillaba por doquier, mis ojos no
podían captarla en ninguna parte. Aun en la hierba, que resplandecía hasta el
espejismo, persistía la oscuridad. Los bosques, una cuneta, estaban
absolutamente negros. De pronto se despertó largamente, como una inquietud, un
leve ruido, creció rápidamente, pareció rodar por el bosque. Era el temblor de
las hojas al roce de la brisa. Las oía irrumpir una a una como olas en el vasto
silencio de la noche entera. Luego, hasta este rumor se fue atenuando y se
extinguió. En la estrecha pradera que se alargaba ante mí entre las dos espesas
avenidas de robles, parecía correr un río de claridad contenido por aquellos
dos muelles de sombra. La luz de la luna, evocando la casa del guarda, el
follaje, una vela, no los había despertado de la noche en que se habían
hundido. En aquel silencio de sueño, sólo alumbraba el vago fantasma de su
forma, sin que se pudieran distinguir los contornos que durante el día me los
hacían tan reales que me oprimían con la certidumbre de su presencia y la
perpetuidad de su proximidad inocua. La casa sin puerta, las ramas sin tronco,
casi sin hojas; la vela sin barco, parecían, en vez de una realidad cruelmente
innegable y monótonamente habitual, el sueño extraño, inconsistente y luminoso
de los árboles dormidos que se sumían en la oscuridad. La verdad es que nunca
los bosques habían dormido tan profundamente, se notaba que la luna se había
aprovechado para organizar sin ruido en el cielo y en el mar aquella gran
fiesta pálida y dulce. Mi tristeza había desaparecido. Oía a mi padre reñirme,
a Pía burlarse de mí, a mis enemigos tramar complots, y nada de todo esto me
parecía real. La única realidad estaba en aquella irreal luz, y yo la invocaba
sonriendo. No comprendía qué misteriosa semejanza identificaba mis cuitas con
los solemnes misterios que se celebraban en los bosques, en el cielo y en el
mar, pero sentía que su explicación, su consuelo, su perdón era proferido, y
que no tenía importancia que mi inteligencia no estuviera en el secreto, puesto
que mi corazón lo entendía tan bien. Llamé por su nombre a mi santa madre la
noche, mi tristeza había reconocido en la luna a su hermana inmortal, la luna
brillaba sobre los dolores transfigurados de la noche y en mi corazón, donde
las nubes se habían disipado, se levantaba la melancolía.
II
ENTONCES OÍ pasos. Asunta venía hacia mí,
levantada la cabeza blanca sobre un amplio abrigo oscuro. Me dijo en voz un
poco baja: "Temía que tuviera usted frío, mi hermano se había acostado y
he vuelto". Me acerqué a ella; me estremecí, ella me cobijó bajo su abrigo
y para sujetarlo me pasó la mano en torno al cuello. Dimos unos pasos bajo los
árboles, en la oscuridad profunda. Algo brilló delante de nosotros, no tuve
tiempo de retroceder y me aparté creyendo que chocábamos contra un tronco, pero
el obstáculo se escabulló bajo nuestros pie: habíamos pisado en la luna.
Acerqué su cabeza a la mía. Ella sonrió, yo me eché a llorar, vi que aquella
también lloraba. Entonces comprendimos que la luna lloraba y que su tristeza
estaba al unísono de la nuestra. Los acentos desgarradores y dulces de su luz
nos llegaban al corazón. La luna, como nosotros, lloraba, y, como a nosostros
nos ocurre casi siempre, lloraba sin saber por qué, pero sintiéndolo tan
profundamente que arrastraba en su dulce desesperación irresistible a los
bosques, a los campos, al cielo que de nuevo se miraba en el mar, y a mi
corazón que, por fin, veía claro en su corazón.
MANANTIAL
DE LAS LÁGRIMAS QUE ESTÁN EN LOS AMORES PASADOS
EL
RETORNO de los novelistas o de sus héroes a sus amores difuntos, tan
emocionante para el lector, es por desgracia muy artificial. Ese contraste
entre la inmensidad de nuestro amor pasado y lo absoluto de nuestra indiferencia
presente, que mil detalles materiales —un nombre recordado en la conversación,
una carta encontrada en un cajón, el encuentro mismo de la persona, o más aún,
su posesión a posteriori, por decirlo así— nos hacen percibir; ese
contraste, tan triste, tan lleno de lágrimas contenidas, en una obra de arte,
lo comprobamos fríamente en la vida, precisamente porque nuestro estado actual
es la indiferencia y el olvido, porque nuestra amada y nuestro amor ya no nos
gustan más que estéticamente a lo sumo, y porque el amor, el desasosiego, la
facultad de sufrir han desaparecido. La melancolía punzante de ese contraste no
es, pues, más que una verdad moral. Llegaría a ser también una realidad sicológica
si un escritor la pusiera al comienzo de la pasión que describe y no cuando ya
ha terminado. En efecto, suele ocurrir que, cuando empezamos a amar, advertidos
por nuestra experiencia y nuestra sagacidad —a pesar de las protestas de
nuestro corazón, que tiene el sentimiento o más bien la ilusión de la eternidad
de su amor—, sabemos que un día la mujer de cuyo pensamiento vivimos nos será
tan indiferente como ahora nos lo son todas las demás... Oiremos su nombre sin
sentir una voluptosidad dolorosa, veremos su letra sin temblar, no cambiaremos
nuestro camino por verla en la calle, nos volveremos a encontrar con ella sin
sobresalto, la poseeremos sin delirio. Entonces esta segura presciencia, a
pesar del presentimiento absurdo y tan fuerte de que la amaremos siempre, nos
hará llorar; y el amor, el amor que todavía se alzará sobre nosotros como un
divino amanecer infinitamente misterioso y triste, pondrá ante nuestro dolor un
poco de sus grandes horizontes extraños, tan profundos, un poco de su desolación
hechicera...
AMISTAD
CUANDO estamos tristes, es dulce acostarnos en
el calor de nuestro lecho, y en él, suprimidos todo esfuerzo y toda
resistencia, con la cabeza misma bajo las mantas, abandonarnos por completo,
gimiendo, como las ramas bajo el viento y el otoño. Pero hay un lecho mejor
aún, lleno de olores divinos. Es nuestra dulce, nuestra profunda, nuestra
impenetrable amistad. Cuando el lecho está triste y helado, acuesto en él,
friolento, mi corazón. Enterrando hasta mi pensamiento en nuestra cálida
ternura, sin percibir ya nada del exterior y sin querer ya defenderme,
desarmado, pero, por milagro de nuestro cariño, inmediatamente fortificado,
invencible, lloro por mi pena, y por mi alegría de tener una confianza donde
encerrarla.
EFÍMERA EFICACIA
DEL DOLOR
DEMOS LAS gracias a las personas que nos dan
felicidad, son los encantadores jardineros que hacen florecer nuestras almas.
Pero más gracias nos merecen las mujeres malas o sólo indiferentes, los amigos
crueles que nos han atribulado. Nos han desvastado el corazón, sembrando hoy de
residuos irreconocibles, le han arrancado los troncos y mutilado las más
delicadas ramas, como un viento desolador pero que sembró algunas simientes
buenas para una cosecha aleatoria.
Destruyendo todo los pequeños goces que nos ocultaban
nuestra gran miseria, haciendo de nuestro corazón un patio conventual vacío y
melancólico, nos han permitido al fin contemplarlo y juzgarlo. Parecido bien
nos hacen las obras de teatro tristes; por eso debemos considerarlas muy
superiores a las alegres, que engañan nuestra hambre en lugar de saciarla: el
pan que ha de nutrirnos es amargo. En la vida feliz, no vemos en su realidad
los destinos de nuestros semejantes, ya porque el interés los enmascare, bien
porque el deseo los transfigure. Pero en el despego que da el sufrimiento en la
vida, y en la sensación de la belleza dolorosa en el teatro, los destinos de
los demás hombres y nuestro propio destino hacen oír por fin a nuestra alma
atenta la eterna palabra inesperada de deber y de verdad. La obra triste de un
verdadero artista nos habla con este acento de los que han sufrido, que obligan
a todo hombre que ha sufrido a prescindir de todo lo demás y a escuchar.
Desgraciadamente, lo que el sentimiento trajo
se lo lleva ese caprichoso, y la tristeza, más elevada que la alegría, no es
duradera como la virtud. Esta mañana hemos olvidado la tragedia que anoche nos
levantó tan alto que considerábamos nuestra vida en su totalidad y en su
realidad con una compasión clarividente y sincera. Quizás al cabo de un año nos
habremos consolado de la traición de una mujer, de la muerte de un amigo. En
medio de todos estos sueños rotos, de esa alfombra de alegrías marchitas, el viento
ha sembrado la buena semilla, bajo una oleada de lágrimas, pero se secarán
demasiado pronto para que pueda germinar.
Después de L'Invitée de M. de Curel.
ELOGIO DE LA
MALA MÚSICA
DETESTAD la mala música, no la despreciéis. Se
toca y se canta mucho más, mucho más apasionadamente que la buena, mucho más
que la buena se ha llenado poco a poco del ensueño y de las lágrimas de los
hombres. Sea por eso venerable. Su lugar, nulo en la
historia del Arte, es inmenso en la historia sentimental de las sociedades. El
respeto, no digo el amor, a la mala música es no sólo una forma de lo que
pudiéramos llamar la caridad del buen gusto o su escepticismo, es también la
conciencia de la importancia del papel social de la música. Cuántas melodías
que no valen nada para un artista figuran entre los confidentes elegidos por la
muchedumbre de jóvenes romancescos y de las enamoradas. Cuántas "sortijas
de oro", cuántos "Ah sigue dormida mucho tiempo", cuyas hojas
son pasadas cada noche temblando por unas manos justamente célebres, mojadas
por las lágrimas de los ojos más bellos del mundo, melancólico y voluptuoso
tributo que envidiaría el maestro más puro —confidentes ingeniosas e inspiradas
que ennoblecen el dolor y exaltan el ensueño y que, a cambio del ardiente
secreto que se les confía, ofrecen la embragadora ilusión de la belleza. El
pueblo, la burguesía, el ejército, la nobleza, así como tienen los mismos
factores, portadores del luto que los hiere o de la alegría que los colma,
tienen también los mismos invisibles mensajeros de amor, los mismos confesores
queridos. Son los músicos malos. Este irritante ritornello, que cualquier oído
bien nacido y bien educado rechaza nada más oírlo, ha recibido el tesoro de
millares de almas, ha guardado el secreto de millares de vidas, de las que fue
inspiración viviente, consuelo siempre a punto, siempre entreabierto en el
atril del piano, la gracia soñadora y el ideal. Esos apregios, esa
"entrada" han hecho resonar en el alma de más de un enamorado o de un
soñador las armonías del paraíso o la voz misma de la mujer amada. Un cuaderno
de malas romanzas, resobado porque se ha tocado mucho, debe emocionarnos como
un cementerio o como un pueblo. Qué importa que las caras no tengan estilo, que
las tumbas desaparezcan bajo las inscripciones y los ornamentos de mal gusto.
De ese polvo puede elevarse, ante una imaginación lo bastante afín y respetuosa
para acallar un momento sus desdenes estéticos, la bandada de las almas llevando
en el pico el sueño todavía verde que las hacía presentir el otro mundo y gozar
o llorar en éste.
ENCUENTRO A LA
ORILLA DEL LAGO
AYER, antes de ir a comer al Bois, recibí una
carta de Ella que, contestando bastante fríamente y al cabo de ocho días a una
carta mía desesperada, decía que temía no poder despedirse de mí antes de
marcharse. Y yo, bastante fríamente también, le contesté que era mejor así y
que le deseaba un buen verano. Después me vestí y atravesé el Bois en coche
descubierto. Estaba muy triste, pero tranquilo. Estaba decidido a olvidar,
había tomado mi resolución: era cuestión de tiempo.
Cuando el coche embocaba la avenida del lago,
divisé al final del pequeño sendero una mujer sola que caminaba despacio. Al
principio no la distinguí bien. Me hizo un pequeño saludo con la mano, y
entonces la reconocí a pesar de la distancia que nos separaba. ¡Era Ella! La
saludé reiteradamente. Y ella siguió mirándome como si quisiera que yo me
parase y la llevara conmigo. No lo hice, pero en seguida sentí que una emoción
casi exterior caía sobre mí y me apretaba fuerte. "Lo había adivinado bien
—me dije—. Hay una razón que yo ignoro y por la cual ella ha simulado siempre
indiferencia. Me ama, ángel querido". Me invadió una felicidad infinita,
una invencible certidumbre, me sentí desfallecer y rompí a llorar. El coche iba
llegando a Armenonville, me enjugué los ojos y ante ellos pasaba, como para
secar también sus lágrimas, el dulce saludo de su mano y en ellos se fijaban
sus ojos dulcemente interrogadores, pidiendo subir conmigo.
Llegué radiante a la comida. Mi alegría se
derramaba sobre todo en amabilidad gozosa, agradecida y cordial, y la idea de
que nadie sabía qué mano desconocida por ellos, la pequeña mano que me había
saludado, había encendido en mí aquella gran fogata de alegría cuyo resplandor
todos veían, añadía a mi felicidad el encanto de las voluptuosidades secretas.
Ya sólo esperaban a madame de T..., y llegó en seguida. Es la persona más
insignificante que conozco, y aunque más bien de buen tipo, la más
desagradable. Pero yo me sentía demasiado feliz para no perdonarle todos sus
defectos, sus fealdades, y me acerqué a ella sonriendo con aire afectuoso.
—Hace un
momento estuvo usted menos amable —me dijo.
—¡Hace un momento! —exclamé extrañado—. Hace
un momento yo no la he visto.
—¡Cómo es eso! ¿No me reconoció? Verdad es que
estaba usted lejos; yo iba por la orilla del lago, usted pasó muy orgulloso en
coche, lo saludé con la mano y tenía muchas ganas de subir con usted para no
llegar tarde.
—¡Conque era usted! —exclamé, y añadí varias
veces desolado—: ¡Perdóneme, perdóneme!
—¡Qué desesperado está! La felicito, Carlota
—dijo la dueña de la casa—. ¡Pero consuélese, puesto que ahora está con ella!
Yo estaba
consternado, toda mi felicidad había desaparecido.
Y lo más
horrible es que aquello no fue como si no hubiera sido. Aquella imagen amante
de la que no me amaba, incluso después de reconocer yo mi error, cambió por
mucho tiempo todavía la idea que yo me hacía de ella. Intenté una
reconciliación, tardé más en olvidarla y muchas veces, en mi pena, por
consolarme procurando creer que eran las suyas como yo las había sentido al
principio, cerraba los ojos para volver a ver aquellas pequeñas manos que me
saludaban, que tan bien habrían enjugado mis ojos, que tan bien habrían
refrescado mi frente, sus pequeñas manos enguantadas que tendía dulcemente a la
orilla del lago como frágiles símbolos de paz, de amor y de reconciliación,
mientras sus ojos tristes e interrogadores parecían suplicar que la llevara
conmigo.
ASÍ
COMO un cielo sanguinolento advierte al transeúnte: allí hay un incendio, así
ciertas miradas ardientes suelen denunciar pasiones, solamente reflejarlas. Son
las llamas del espejo. Pero también ocurre a veces que algunas personas
indiferentes y alegres tiene ojos grandes y oscuros como penas, como si se
hubiera interpuesto un filtro entre su alma y sus ojos y hubiera
"pasado", por decirlo así, sin más fuego ya que el fervor de su
egoísmo —ese simpático fervor del egoísmo que atrae a los demás tanto como los
aleja la incendiaria pasión—, su alama seca no será ya más que el palacio
imaginario de las intrigas. Pero sus ojos siempre inflamados de amor y que un
rocío de languidez regará, lustrará, los hará flotar, sumergirá sin poder
apagarlos, asombrará al mundo con su trágica llama. Esferas gemelas ya
independientes de su alma, esferas de amor, ardientes satélites de un mundo
para siempre enfriado seguirán emitiendo hasta su muerte un resplandor insólito
y decepcionante, falsos profetas, perjuros también que prometen un amor que su
corazón no cumplirá.
EL FORASTERO
DOMINGO se había sentado cerca de la lumbre
apagada esperando a sus invitados. Cada noche invitaba a algún gran señor a
cenar en su casa con personas ingeniosas, y como era de buena cuna, rico y
simpático, no lo dejaban nunca solo. Todavía no se habían encendido las luces y
el día moría tristemente en la estancia. De pronto se oyó una voz, una voz
lejana e íntima que le decía: "Domingo". Y nada más oírla pronunciar,
pronunciar tan lejos y tan cerca "Domingo", se quedó helado de miedo.
No había oído jamás aquella voz, y sin embargo, la reconocía muy bien, sus
remordimientos reconocían perfectamente la voz de una víctima, de una noble
víctima inmolada. Intentó recordar qué crimen antiguo había cometido, y no lo
recordó. Sin embargo el tono de aquella voz le reprochaba claramente un crimen,
un crimen que seguramente había cometido él sin darse cuenta, pero del que era
responsable —lo testimoniaban su tristeza y su miedo—. Alzó los ojos y, de pie,
ante él, grave y familiar, vio a un forastero de una traza vaga e
impresionante. Domingo saludó con unas palabras respetuosas a su autoridad
melancólica y segura.
—Domingo, ¿seré yo el único al que no invites
a cenar? Tienes agravios que reparar conmigo, agravios antiguos. Además te
enseñaré a pasar sin los demás, que cuando seas viejo ya no vendrán.
—Te
invito a cenar —contestó Domingo con una gravedad afectuosa que él no se
conocía.
—Gracias —dijo el forastero.
No
llevaba ninguna corona en su sortija, y la inteligencia no había escarchado en
su palabra sus brillantes agujas. Pero la gratitud de su mirada fraternal y
fuerte embriagó a Domingo de una felicidad desconocida.
—Pero si quieres que me quede contigo, tienes
que despedir a los demás invitados.
Domingo los oyó llamar a la puerta. No había
encendido las luces, estaba completamente oscuro.
—No puedo despedirlos —contestó Domingo—, no
puedo estar solo.
—En realidad, conmigo estarías solo —dijo
tristemente el forastero—. Sin embargo deberías sin duda tenerme contigo. Deberías
reparar los antiguos daños que me hiciste. Yo te quiero más que ellos y te
enseñaría a pasar sin ellos, que, cuando seas viejo, ya no vendrán.
—No puedo
—dijo Domingo.
Y se
dio cuenta de que acababa de sacrificar una noble felicidad por orden de una
costumbre imperiosa y vulgar, una costumbre que ni siquiera tenía placeres que
ofrecer en pago a su obediencia.
—Escoge pronto —replicó el extranjero
suplicante y altivo.
Domingo fue a abrir la puerta a los invitados,
y al mismo tiempo preguntaba al forastero sin atreverse al volver la cabeza:
—¿Quién eres?
Y el
forastero, el forastero que ya desaparecía, le dijo:
—La
costumbre a la que me sacrificas todavía esta noche será más fuerte mañana por
la sangre de la herida que me haces para alimentarla. Más imperiosa por haber
sido obedecida una vez más, cada día te apartará de mí, te obligará a hacerme
sufrir más. Pronto me habrás matado. No volverás a verme nunca. Y sin
embargo me debías más que a ellos, esos que pronto te abandonarán. Yo estoy en
ti y sin embargo estoy para siempre lejos de ti, ya casi no existo. Soy tu
alma, soy tú mismo.
Habían entrado los invitados. Pasaron al
comedor y Domingo quiso contar su conversación con visitante desaparecido, pero
Girolamo, ante el aburrimiento general y ante el visible cansancio del dueño de
la casa, lo interrumpió a satisfacción de todos y del mismo Domingo sacando
esta conclusión:
—No
se debe estar nunca solo, la soledad engendra la melancolía.
En
seguida tornaron a beber. Domingo charlaba animadamente pero sin alegría,
halagado sin embargo por la brillante ocurrencia.
SUEÑO
Tus lágrimas corrían para mí, mis labios
bebieron tus lágrimas.
ANATOLE FRANCE.
NO TENGO que hacer ningún esfuerzo para
recordar cuál era el sábado (hace cuatro días) mi opinión sobre madame Dorothy
B... Quiso la casualidad que precisamente aquel día se hablara de ella y yo fui
sincero al decir que no me parecía ni encantadora ni inteligente. Creo que
tiene veintidós o veintitrés años. Por lo demás la conocía muy poco, y cuando
pensaba en ella ningún recuerdo vivo venía a aflorar en mi imaginación, no
tenía más que las letras de su nombre ante mis ojos.
El
sábado me acosté temprano. Pero a eso de las dos arreció tanto el viento que
tuve que levantarme para cerrar un postigo mal sujeto que me había despertado.
Eché una mirada retrospectiva al breve sueño que acababa de dormir y me alegré
de que hubiera sido reparador, sin malestar, sin sueños. En cuanto volví a
acostarme me dormí de nuevo. Pero al cabo de un tiempo difícil de precisar, me
desperté poco a poco, o más bien me encontré poco a poco en el mundo de los sueños,
confuso al principio como lo es el mundo real en un despertar ordinario, pero
que se fue precisando. Estaba descansando en la playa de Trouville, que era al
mismo tiempo una hamaca en un jardín que yo conocía, y una mujer me miraba con
dulce fijeza. Era madame Dorothy B... No estaba más
sorprendido que cuando reconozco mi habitación al despertarme por la mañana. Y
tampoco lo estaba más por el encanto sobrenatural de mi compañera y por los
arrebatos de adoración voluptuosa y a la vez espiritual que su presencia me
causaba. Nos mirábamos con un aire de connivencia y estaba a punto de
realizarse un gran milagro de felicidad y de gloria del que éramos conscientes,
del que ella era cómplice y por el que yo tenía una gratitud infinita. Pero
ella me decía:
— Es
absurdo que me lo agradezcas, ¿no harías tú lo mismo por mí?
Y el
sentimiento (era por lo demás una perfecta certidumbre) de que yo haría lo
mismo por ella exaltaba mi alegría hasta el delirio como el símbolo manifiesto
de la más estrecha unión. Hizo con el dedo una señal misteriosa y sonrió. Y yo
sabía, como si estuviera a la vez en ella y en mí, que aquello significaba:
"Todos tus enemigos, todos tus males, todos tus pesares, todas tus
flaquezas, ¿todo eso no es ya nada?". Y sin haber dicho yo una palabra,
ella me oía contestarle que había destruido todo, que había magnetizado
voluptuosamente mi sufrimiento. Y se me acercó, me acariciaba el cuello con sus
manos, me levantaba despacio las guías del bigote. Después me dijo: "Ahora
vamos hacia los otros, entremos en la vida". Me embargaba una
alegría sobrehumana y me sentía con fuerza para realizar toda aquella felicidad
virtual. Quiso darme una flor, sacó de entre sus senos una rosa todavía cerrada,
amarilla y rosada y me la puso en el ojal. De pronto sentí que una
voluptuosidad nueva acrecía mi embriaguez. Era la rosa que, prendida en mi
ojal, había empezado a exhalar hasta mi nariz su aroma de amor. Vi que mi
alegría turbaba a Dorothy con una emoción que yo no podía comprender. En el
momento preciso en que sus ojos (por la misteriosa conciencia que yo tenía de
su individualidad, estaba seguro de ello) experimentaron el leve espasmo que
precede en un segundo al momento de llorar, fueron mis ojos los que se llenaron
de lágrimas, de sus lágrimas, podría decir. Se me acercó, puso a la altura de
mi mejilla su cabeza inclinada hacia atrás cuya gracia misteriosa, cuya
cautivadora vivacidad podía yo contemplar, y sacando de su boca fresca,
sonriente, la punta de la lengua, iba recogiendo todas mis lágrimas en el borde
de mis ojos. Después las tragaba con un leve ruido de los labios, que yo sentía
como un beso desconocido, más íntimamente turbador que si me tocara
directamente. Me desperté de pronto, reconocí mi cuarto y, así como, en una
tormenta cercana, el trueno sigue inmediatamente al relámpago, una vertiginoso
recuerdo de felicidad se identificó, más que precederle, con la fulminante
certidumbre de su mentira y de su imposibilidad. Mas a pesar de todos lo
razonamientos, Dorothy B... había dejado de ser para mí la mujer que era aún la
víspera. El pequeño surco que dejaban en mi recuerdo las pocas relaciones que
yo había tenido con ella se había casi borrado, como una fuerte marea que, al
retirarse, deja tras ella vestigios desconocidos. Yo tenía un inmenso deseo,
desencantado de antemano, de volver a verla, la necesidad instintiva y la
prudente desconfianza de escribirle. Su nombre pronunciado en una conversación
me hizo estremecerme, evocó sin embargo una imagen sin relieve, la única que la
hubiera acompañado antes de esa noche, y a la vez que me era indiferente como
cualquier insignificante mujer del gran mundo, me atraía más irresistiblemente
que las amantes más caras o que el más arrebatador destino. No habría dado un
paso por verla, y por la otra "ella" habría dado mi vida. Cada hora
borra un poco el recuerdo del sueño ya bien desfigurado en este relato. Lo
distingo cada vez menos, como un libro que queremos seguir leyendo en nuestra
mesa cuando la luz declinante ya no lo alumbra bastante, cuando llega la noche.
Para verlo todavía un poco, tengo que dejar de pensar en él unos momentos, como
tenemos que cerrar primero los ojos para leer unos caracteres en el libro lleno
de sombra. Con todo lo borrado que está, todavía deja en mí una gran turbación,
la espuma de su surco o la voluptuosidad de su perfume. Pero también se esfumará
esa turbación, y volveré a ver a madame B... sin emoción. Por lo demás para qué
hablarle de estas cosas a las que ha permanecido ajena.
Por
desventura, el amor pasó sobre mí como ese sueño, con un poder de
transfiguración igualmente misterioso. Por eso vosotros, que conocéis a la que
amo y que no estabais en mi sueño, no podéis comprenderme, no tratéis de
aconsejarme.
CUADROS DE
GÉNERO DEL RECUERDO
TENEMOS ciertos recuerdos que son como la
pintura holandesa de nuestra memoria, cuadros de género en los que los
personajes suelen ser de condición mediocre, tomados en un momento muy sencillo
de su existencia, sin acontecimientos solemnes, a veces sin ningún
acontecimiento, en un escenario nada extraordinario y sin grandeza. La
naturalidad de los caracteres y la inocencia de la escena constituyen su
atractivo, la lejanía pone entre ella y nosostros una luz suave que la baña de
belleza.
Mi
vida de servicio militar está llena de escenas de ese tipo que viví
naturalmente, sin alegría muy viva y sin gran contrariedad, y que recuerdo con
mucho agrado. El carácter agreste de los lugares, la simplicidad de algunos de
mis compañeros campesinos, cuyo cuerpo se había conservado más bello, más ágil,
el entendimiento más original, el corazón más espontáneo, el carácter más
natural que en los jóvenes que yo había frecuentado antes y que frecuenté
después, la tranquilidad de una vida en la que las ocupaciones son más
ordenadas y la imaginación menos constreñida que en cualquier otra, el placer
nos acompaña más permanentemente porque nunca tenemos tiempo de espantarlo
corriendo tras él: todo contribuye a hacer hoy de esta época de mi vida una
especie de continuación, cortada, es cierto, por lagunas, pequeños cuadros
llenos de verdad venturosa y de encanto sobre los cuales ha derramado el tiempo
su tristeza dulce y su poesía.
VIENTO DE MAR EN
EL CAMPO
"Te traeré una amapola joven, con pétalos
de púrpura".
TEÓCRITO: EL CÍCLOPE
EN EL JARDÍN, en el bosquecillo, a través del
campo, el viento pone un ardor loco e inútil en dispersar las ráfagas del sol,
en perseguirlas agitando furiosamente las ramas del soto donde se habían posado
antes, hasta la maleza centelleante donde ahora tiemblan palpitantes. Los
árboles, la ropa puesta a secar, la cola del pavo real que hace la rueda cortan
en el aire transparente unas sombras azules extraordinariamente destacadas que
vuelan a todos los vientos sin dejar el suelo, como una cometa mal lanzada. Con
este revoltijo de viento y de luz, este rincón de Champagne parece un paisaje a
orilla del mar. Llegados a lo alto del camino que, abrasado de luz y jadeante
de viento, sube en pleno sol hacia un cielo desnudo, ¿no es el mar lo que vamos
a ver blanco de sol y de espuma? Habías venido como cada mañana, llenas las
manos de flores y de las suaves plumas que el vuelo de una paloma torcaz, de
una golondrina o de un arrendajo había dejado caer en una avenida. Tiemblan las
plumas en mi sombrero, se deshoja la amapola en mi ojal, volvamos en seguida.
La
casa grita bajo el viento corno un barco, se oye inflarse unas velas
invisibles, el chasquido de unas invisibles banderas. Conserva sobre tus
rodillas este manojo de rosas frescas y deja que mi corazón llore entre tus
manos cerradas.
LAS PERLAS
VOLVÍ DE mañana a casa y me acosté friolento,
temblando de un delirio melancólico y yerto. Hace poco, en tu cuarto, tus
amigos de la víspera, tus proyectos del día siguiente —otros tantos enemigos,
otras tantas conjuras tramadas contra mí—, tus pensamientos de aquel momento
—otras tantas leguas vagas e infranqueables— me separaban de ti. Ahora que
estoy lejos, esa presencia imperfecta, máscara fugitiva de la eterna ausencia
que los besos levantan en seguida, bastaría, me parece, para mostrarme tu
verdadero rostro y para colmar las aspiraciones de mi amor. Ha habido que
partir; ¡qué triste y yerto me quedo lejos de tí! Pero ¿por qué súbito
encantamiento los sueños familiares de nuestra felicidad comienzan de nuevo a
subir, humo denso sobre una llama clara y abrasadora, a subir gozosamente y sin
interrupción en mi cabeza? En mi mano, ahora caliente bajo las mantas, se ha
despertado el olor de los cigarrillos de rosas que me hiciste fumar. Aspiro
largamente, con la boca pegada a mi mano, el prefume que, en el calor del
recuerdo, exhala espesas bocanadas de ternura, de felicidad y de
"ti". ¡Ahí, pequeña amada mía, en el momento en que también puedo
pasar sin ti, en que nado gozoso en tu recuerdo —que ahora llena la estancia—
sin tener que luchar contra tu cuerpo indomable, te lo digo absurdamente, te lo
digo irresistiblemente, no puede pasar sin ti. Es tu presencia lo que le da a
mi vida ese color suave, melancólico como a las perlas que pasan la noche sobre
tu cuerpo. Como ellas, vivo y me impregno tristemente de tu calor, y como
ellas, si no me dejaras sobre ti, moriría.
LAS RIBERAS DEL OLVIDO
Dicen que la Muerte embellece a quienes hiere
y exagera sus virtudes, pero, en general, es más bien la vida quien los
desfavorecía. La Muerte, ese piadoso e irreprochable testigo, nos enseña, según
la verdad, según la claridad, que en cada hombre hay por lo general más bien
que mal.
Lo
que Michelet dice aquí de la muerte es quizá más verdadero aún tratándose de
esa Muerte que sigue a un gran amor desgraciado. Del ser que, después de
habernos hecho sufrir tanto ya no es nada para nosotros, basta decir, siguiendo
la expresión popular, que "para nosotros ha muerto". A los muertos
los lloramos, los amamos aún, sentimos durante mucho tiempo la irresistible
atracción del encanto que los sobrevive y que nos lleva a menudo junto a las
tumbas. En cambio el ser que nos hizo sentirlo todo y de cuya esencia estamos
saturados no puede ahora hacer pasar sobre nosotros ni siquiera la sombra de
una pena o de una alegría. Está más que muerto para nosotros. Después de
haberlo creído lo único valioso de este mundo, después de haberlo maldecido,
después de haberlo despreciado, nos es imposible juzgarlo, apenas se precisan
todavía ante los ojos de nuestro recuerdo, agotados de haber estado demasidao
tiempo fijos en ellos, los rasgos de su rostro. Pero este juicio sobre el ser
amado, un juicio que ha cambiado tanto, ora torturando con sus clarividencias
nuestro corazón ciego, ora cegándose también para poner fin a ese desacuerdo
cruel, tiene que realizar una última oscilación. Como esos paisajes que sólo
descubrimos desde las cimas, desde las alturas del perdón aparece en su valor
verdadero la que está más que muerta para nosotros después de haber sido
nuestra vida misma. Sólo sabíamos que no correspondía a nuestro amor, ahora
comprendemos que sentía por nosotros una verdadera amistad. No es que la
embellezca el recuerdo, es que la desfavorecía el amor. A quien lo quiere todo
y no bastaría todo si lo obtuviera, recibir un poco le parece sólo una crueldad
absoluta. Ahora comprendemos que era un don generoso de la mujer a quien
nuestra desesperación, nuestra ironía, nuestra tiranía perpetua no habían
desalentado. Fue siempre dulce. Varias palabras recordadas hoy nos parecen de
una justeza indulgente y llena de encanto, varias palabras de la que creíamos
incapaz de comprendernos porque no nos amaba. Nosostros, en cambio, ¡hemos
hablado de ella con tanto egoísmo injusto y tanta severidad! ¿Acaso no le
debemos mucho? Si esa gran marea del amor se ha retirado para siempre, sin
embargo, cuando nos paseamos dentro de nosotros mismos podemos recoger conchas
extrañas y preciosas y, aplicándolas al oído, oír, con un placer melancólico y
ya sin sufrir, el casto rumor de antaño. Entonces pensamos enternecidos en
aquella mujer que, por desgracia nuestra, fue más amada que enamorada. No está
para nosotros "más que muerta". Es una muerta de la que nos acordamos
afectuosamente. Quiere la justicia que rectifiquemos la idea que teníamos de
ella. Y por la omnipotente virtud de la justicia, resucita en espíritu en
nuestro corazón para comparecer en este juicio último que pronunciamos lejos de
ella, con calma, llenos de lágrimas los ojos.
PRESENCIA REAL
NOS
HEMOS amado en un pueblo perdido de Engandina de nombre dos veces dulce: el
sueño de las sonoridades alemanas moría en él con la voluptosidad de las
sílabas italianas. En los alrededores, tres lagos de un verde desconocido
bañaban bosques de pinos. Glaciares y picachos cerraban el horizonte. Por la
noche, la diversidad de los planos multiplicaba la suavidad de las luces.
¿Llegaremos a olvidar los paseos a la orilla del lago de Sils-María, cuando, a
las seis, moría la tarde? Los alerces, de tan negra serenidad cuando lindaban
con la nieve deslumbrante, tendían hacia el agua azul pálido, casi malva, sus
ramas de un verde suave y brillante. Una tarde nos fue la hora particularmente
propicia; en unos instantes, el sol poniente hizo pasar al agua por todos los
matices y a nuestra alma por todas las voluptuosidades. De pronto hicimos un
movimiento: acabábamos de ver una pequeña mariposa rosada, luego dos, después
cinco, dejando las flores de nuestra orilla y revolotear sobre el lago. Al cabo
de un momento semejaban un impalpable polvo de rosa llevado por el viento,
después recalaban en las flores de la otra orilla, volvían y tornaban a empezar
suavemente la aventurada travesía, deteniéndose a veces como tentadas sobre
aquel lago precisamente matizado entonces como una gran flor que se marchita.
Aquello era demasiado y nuestros ojos se llenaban de lágrimas. Las pequeñas
mariposas, atravesando el lago, pasaban y tornaban a pasar sobre nuestra alma
—sobre nuestra alma toda tensa de emoción ante tantas bellezas, pronta a
vibrar—, pasaban y tornaban a pasar como un voluptoso arco de violín. El leve
transitar de su vuelo no rozaba el agua, pero acariciaba nuestros ojos,
nuestros corazones, y a cada movimiento de sus alitas rosa estábamos a punto de
desfallecer. Cuando las vimos volver de la otra orilla, descubriendo así que
estaban jugando y paseándose libremente por el agua, resonó para nosotros una
armonía deliciosa; mientras tanto ellas tornaban suavemente con mil giros
caprichosos que variaban la armonía primitiva y dibujaban una melodía de una
fantasía encantadora. Nuestra alma, sonora a su vez, escuchaba en el vuelo
silencioso de las mariposas una música de encanto y de libertad, y a todas las
dulces e intensas armonías del lago, de los bosques, del cielo y de nuestra
propia vida la acompañaban con una dulzura mágica que nos arrancaba lágrimas.
Yo
no te había hablado nunca y tú estabas hasta lejos de mis ojos aquel año. Pero
¡cuánto nos amamos entonces en Engadina! Nunca me cansaba de ti, nunca te
dejaba en la casa. Me acompañabas en mis paseos, comías a mi mesa, dormías en
mi cama, soñabas en mi alma. Un día —¿es posible que un instinto seguro,
mensajero misterioso, no te advierta de aquellas niñerías en las que estuviste
tan íntimamente mezclada, que viviste, sí, que las viviste verdaderamente,
hasta tal punto tenías en mí una "presencia real"?—, un día (ninguno
de los dos habíamos visto nunca Italia) nos quedamos como deslumhrados por
estas palabras que nos dijeron del Alpgrun: "Desde allí se ve hasta
Italia". Nos dirigimos al Alpgrun imaginando que, en el espectáculo que se
extiende hasta el pico, allí donde comenzara Italia, cesaría bruscamente el
paisaje real y vivo y se abriría en un fondo de sueño un valle todo azul. En el
camino recordamos que una frontera no cambia el suelo. Y que aun cuando
cambiara sería demasiado insensiblemente para que nosotros pudiéramos notarlo
así, de pronto. Un poco decepcionados, nos reíamos sin embargo de haber sido
tan niños un momento antes.
Pero
al llegar a la cumbre quedamos deslumbrados. Nuestra imaginación infantil se
había realizado ante nuestros ojos. A nuestro lado resplandecían los glaciares.
A nuestros pies unos torrentes surcaban una agreste zona de Engadina de un
verde oscuro. Más allá una colina un poco misteriosa; y después unas pendientes
malva entreabrían y cerraban alternativamente una verdadera comarca azul, una
deslumbradora avenida hacia Italia. Los nombres ya no eran los mismos, armonizaban
en seguida con aquella suavidad nueva. Nos mostraban el lado de Poschiavo, el
pizzo di Verona, el valle de Viola. Después fuimos a un lugar
extraordinariamente agreste y solitario, donde la desolación de la naturaleza y
la certidumbre de que allí éramos inaccesibles a todo el mundo, y también
invisibles, invencibles, habría acrecido hasta el delirio la voluptuosidad de
amarse allí. Entonces sentí verdaderamente a fondo la tristeza de no tenerte
conmigo en todas tus materiales especies, de otro modo que bajo la vestidura de
mi añoranza, en la realidad de mi deseo. Descendí un poco hasta el lugar, muy
elevado todavía, a donde los viajeros iban a mirar. En una hostería aislada
tienen un libro donde escriben sus nombres. Yo escribí el mío y junto a él una
combinación de letras que era una alusión al tuyo, porque entonces me era
imposible no darme una prueba material de la realidad de tu proximidad
espiritual. Poniendo un poco de ti en aquel libro me parecía que me descargaba
en la misma medida del peso obsesivo con el que abrumabas mi alma. Y además
tenía la inmensa esperanza de llevarte allí un día, a leer aquella línea; luego
subirías conmigo más arriba aún para vengarme de toda aquella tristeza. Sin
necesidad de que yo te dijera nada, lo comprenderías todo, o más bien te
acordarías de todo; y te abandonarías un momento, pesarías un poco sobre mí
para hacerme sentir mejor que esta vez estabas de verdad allí; y entre tus
labios que conservan un ligero perfume de tus cigarrillos orientales
encontraría yo todo el olvido. Diríamos muy alto palabras insensatas por
la gloria de gritar sin que nadie, muy lejos, pudiera oírnos; unas hierbas
cortas se estremecerían solas al leve soplo de las alturas. La subida te haría
ir más despacio, jadear un poco, y yo acercaría la cara a ti para sentir tu
respiración: estaríamos enloquecidos. Iríamos también allí donde un lago blanco
está junto a un lago negro, suave como una perla blanca junto a una perla
negra. ¡Cómo nos amaríamos en un pueblo perdido de Engadina! No dejaríamos
acercarse a nosotros más que a unos guías de montaña; esos hombres tan altos
cuyos ojos reflejan algo distinto que los ojos de los demás hombres y son
también como de otra "agua". Pero ya no me
importas. Llegó la saciedad antes que la posesión. Hasta el amor platónico tiene sus
saturaciones. Ya no querría llevarte a ese país que, sin comprenderlo y ni
siquiera conocerlo, me evocas con una fidelidad tan conmovedora. Verte no
conserva para mí más que un encanto: el de recordarme de pronto aquellos
nombres de una dulzura extraña, alemana e italiana: Sils-María, Silva Plana,
Crestalta, Samaden, Celerina, Juliers, val de Viola.
PUESTA DE SOL
INTERIOR
COMO
LA naturaleza, la inteligencia tiene sus espectáculos. Nunca las salidas de
sol, nunca los claros de luna, que tantas veces me han hecho delirar hasta las
lágrimas, han superado para mí en tierna emoción apasionada ese vasto incendio
melancólico que, en los paseos al final del día, matiza en nuestra alma tantos
oleajes como el sol cuando se pone hace brillar en el mar. Entonces
precipitamos nuestros pasos en la noche. Más que un jinete al que la velocidad
creciente de un caballo adorado aturde y embriaga, nos entregamos temblando de
confianza y de alegría a unos pensamientos tumultuosos a los que, cuanto más
los poseemos y los dirigimos, nos sentimos pertenecer a ellos cada vez más
irresistiblemente. Con una emoción afectuosa recorremos el campo oscuro y
saludamos a los robles llenos de noche, como el campo solemne, como los
testigos épicos del impulso que nos arrebata y nos embriaga. Levantando los
ojos al cielo, no podemos reconocer sin exaltación, en el intervalo de las
nubes todavía emocionadas por el adiós del sol, el reflejo misterioso de
nuestros pensamientos: nos sumergimos cada vez más de prisa en el campo, y el
perro que nos sigue, el caballo que nos lleva o el amigo que se ha callado,
menos aún a veces cuando ningún ser vivo está junto a nosotros, la flor de
nuestra solapa o el bastón que manejan alegremente nuestras manos febriles,
recibe en miradas y en lágrimas el tributo melancólico de nuestro delirio.
COMO A LA LUZ DE
LA LUNA
YA
ERA de noche. Me fui a mi cuarto, ansioso de estar ahora en la oscuridad sin
ver ya el cielo, el campo y el mar brillando bajo el sol. Pero cuando abrí la
puerta encontré la habitación iluminada como en la puesta de sol. Por la
ventana veía la casa, el campo, el cielo y el mar, o más bien me parecía
"volver a verlo en sueños"; la dulce luna me lo recordaba más que
mostrármelo, difundiendo sobre su silueta un pálido esplendor que no disipaba
la oscuridad, adensada como un olvido sobre su forma. Y pasé horas mirando en
el patio el recuerdo mudo, vago, encantado y empalidecido de las cosas que,
durante el día, me habían complacido o me habían desagradado, con sus gritos,
sus voces o su zumbido.
El
amor se había extinguido, tengo miedo en el umbral del olvido; mas he aquí,
como a la luz de la luna, un poco pálidos, muy cerca de mí y sin embargo
lejanos y ya pálidos todos mis goces pasados y todas mis penas curadas, que me
miran y que se callan. Su silencio me enternece, a la vez que su lejanía y su
palidez indecisa me embriagan de tristeza y de poesía. Y no puedo dejar de
mirar ese claro de luna interior.
CRÍTICA DE LA
ESPERANZA A LA LUZ DEL AMOR
APENAS se nos vuelve presente una hora por
venir, pierde sus encantos, verdad es que para recuperarlos si nuestra alma es
un poco ancha y en perspectivas bien calculadas, cuando la hayamos dejado muy
atrás en los caminos de la memoria. Así, el pueblo poético hacia el cual
apresurábamos el trote de nuestras esperanzas impacientes y de nuestras yeguas
fatigadas exhala de nuevo, cuando rebasamos la colina, esas armonías veladas,
un pueblo en el que la vulgaridad de sus calles, lo disparatado de sus casas,
tan incrustadas unas en otras y fundidas en el horizonte, la difuminación de la
niebla azul que parecía penetrarle, tan mal cumplieron sus vagas promesas. Pero
lo mismo que el alquimista que atribuye cada uno de sus fracasos a una causa
accidental y diferente cada vez, lejos de sospechar en la esencia misma del
presente una imperfección incurable, acusamos a la malignidad de las
circunstancias particulares, a las cargas de cierta situación envidiada, al mal
tiempo o las malas hosterías de un viaje, de haber envenenado nuestra
felicidad. Y seguros de llegar a eliminar esas causas destructoras de todo
goce, apelamos siempre, con una confianza a veces hosca pero nunca
desilusionada de un sueño realizado, o sea decepcionado, a un futuro soñado.
Pero
algunos hombres reflexivos y taciturnos que irradian más ardientemente aún que
los demás a la luz de la esperanza descubren bastante pronto que
desgraciadamente esa luz no emana de las horas esperadas, sino de nuestros
corazones desbordantes de rayos que la naturaleza no conoce y que los vierten a
torrentes sobre ella sin encenderle una lumbre. Ya no se sienten con fuerzas de
desear lo que saben que no es deseable, de querer esperar unos sueños que se
marchitarán en su corazón cuando quieran cogerlos fuera de sí mismos. Esta
disposición melancólica se encuentra singularmente acrecida y justificada en el
amor. La imaginación, pasando y tornando al pasar constantemente sobre sus
esperanzas, agudiza admirablemente sus decepciones. Como el amor desgraciado
nos imposibilita la experiencia de la felicidad, nos impide también descubrir
la inanidad de la misma. Pero ¡qué lección de filosofía, qué consejo de la
vejez, qué desengaño de la ambición transforma en melancolía los goces del amor
dichoso! Me amas, pequeña mía; ¿cómo has sido lo bastante cruel
para decirlo? ¡Ahí la tienes, esa felicidad ardiente del amor
compartido cuya sola idea me daba vértigo y me hacia castañear los dientes!
Deshojo tus flores, te despeino el pelo, te
arranco las alhajas, llego a tu carne, mis besos cubren y golpean tu cuerpo
como el mar que sube a la arena; pero tú, tú misma te me escapas y contigo la
felicidad. Tengo que dejarte, vuelvo solo y más triste. Acusando
esta calamidad última, retorno para siempre junto a ti. He arrancado mi última
ilusión, soy desgraciado para siempre.
No sé cómo he tenido el valor de decirte esto,
es la felicidad de toda mi vida lo que acabo de tirar despiadadamente, o al
menos el consuelo, pues tus ojos, cuya confianza dichosa me exhaltaba aún a
veces, ya no reflejarán más que el triste desencanto que tu sagacidad y tus
decepciones te habían anunciado ya. Puesto que hemos proferido en voz alta ese
secreto que cada uno de nosotros ocultaba al otro, ya no nos quedan siquiera
los goces desinteresados de la esperanza. La esperanza es un acto
de fe. Hemos desengañado su credulidad: ha muerto. Después de haber renunciado
a gozar, ya no podemos encantarnos en esperar. Esperar sin esperanza, que sería
tan cuerdo, es imposible.
Pero
acércate, querida mía. Enjúgate los ojos para ver; no sé si es que las lágrimas
me nublan la vista, pero creo distinguir que allá lejos, detrás de nosotros, se
enciendan unas grandes hogueras. ¡Oh, pequeña mía, cuánto te amo! Dame la mano,
vamos hacia esas hermosas hogueras sin acercarnos demasiado... Creo que es el
indulgente y poderoso Recuerdo que nos quiere bien y que está haciendo mucho
por nosotros, querida mía.
EN EL BOSQUE
No
TENEMOS nada que temer y sí mucho que aprender de la tribu vigorosa y pacífica
de los árboles que produce constantemente para nosotros unas esencias
fortificantes, unos bálsamos calmantes, y en cuya grata compañía pasamos tantas
horas frescas, silenciosas y recoletas. En estas tardes calurosas en que la
luz, por su mismo exceso, escapa a nuestra mirada, bajemos a uno de esos
"fondos" normandos de donde ascienden, gráciles, unas hayas altas y
frondosas cuyo follaje corta como una ribera estrecha pero resistente ese
océano de luz y sólo retiene de él unas gotas que tintinean melodiosamente en
el negro silencio del bosque. Nuestro espíritu no tiene, como a la orilla del
mar, en las llanuras, en las montañas, el gozo de extenderse sobre el mundo,
sino la felicidad de estar separado de él; y, limitado en todo el contorno por
los troncos clavados en la tierra, se proyecta hacia arriba lo mismo que los
árboles. Tendidos de espaldas, apoyada la cabeza en las hojas secas, podemos
seguir desde el seno de un reposo profundo la gozosa agilidad de nuestro
espíritu que sube, sin hacer temblar el follaje, hasta las más altas ramas y se
posa en ellas al borde del cielo suave, junto a un pájaro que canta. Acá y allá
se estanca un poco de sol al pie de los árboles, que a veces dejan, soñadores,
mojar y dorar en él las hojas extremas de sus ramas. Todo lo demás, sereno y
quieto, se calla, en una oscura felicidad. Los árboles, esbeltos y erguidos en
la opulenta ofrenda de sus ramas, y al mismo tiempo reposados y tranquilos, con
esta actitud extraña y natural, nos invitan con murmullos insinuantes a
sumergirnos en una vida tan antigua y tan joven, tan diferente de la nuestra y
que parece la oscura reserva inagotable de la nuestra.
Un
viento ligero altera por un momento su fulgurante y oscura inmovilidad, y los
árboles tiemblan débilmente, meciendo la luz sobre sus cimas y agitando la
sombra a sus pies.
Petit-Abbeville (Dieppe), agosto 1895.
LOS CASTAÑOS
ME
GUSTABA sobre todo pararme debajo de los castaños inmensos cuando amarilleaban
por el otoño. ¡Cuántas horas he pasado en esas grutas misteriosas y verdosas
mirando encima de mi cabeza las murmurantes cascadas de oro pálido que vertían
en ellas la frescura y la oscuridad! Envidiaba a los petirrojos y a las
ardillas por habitar en aquellos frágiles y profundos pabellones de verdor en
las ramas, esos antiguos jardines colgantes que, desde hace siglos, cada
primavera cubre de flores blancas y perfumadas. Las ramas, insensiblemente
curvadas, descendían noblemente del árbol hacia la tierra, a la manera de otros
árboles que hubieran sido plantados en el tronco, cabeza abajo. La palidez de
las hojas que quedaban hacía resaltar más las ramas que ya parecían más fuertes
y más negras por estar desnudas, y que, unidas así al tronco, parecían retener
como una peineta magnífica la suave cabellera rubia derramada.
Réveillon, octubre 1895.
EL MAR
EL
MAR fascinará siempre a aquellos a quienes el cansancio de la vida y la
atracción del misterio han precedido las primeras pesadumbres, como un
presentimiento de la insuficiencia de la realidad para satisfacerlos. A ésos
que sienten necesidad de reposo antes de haber experimentado todavía ninguna
fatiga, el mar los consolará, los exaltará vagamente. El mar no lleva como la
tierra las huellas de los trabajos de los hombres y de la vida humana. En el
mar no permanece nada, por el mar todo pasa huyendo y la estela de los barcos
que lo atraviesan ¡qué pronto se borra! De aquí esa gran pureza del mar que las
cosas terrestres no tienen. Y esa agua virgen es mucho más delicada que la
tierra endurecida, sólo vulnerable con un azadón. El paso de un niño sobre el
agua abre en ella un surco profundo con un claro rumor, y rompe por un momento
sus tersos matices; en seguida se borra todo vestigio y el mar vuelve a quedar
tranquilo como en los primeros días del mundo. Al que esté cansado de los
caminos de la tierra o adivine, antes de emprenderlos, lo ásperos y vulgares
que son, lo seducirán las pálidas rutas del mar, más peligrosas y más suaves,
inciertas y desiertas. En ellas todo es misterioso, hasta esas grandes sombras
que flotan a veces serenamente sobre los campos desnudos del mar, sin casas y
sin umbrías, esas sombras que en ellos extienden las nubes, aldeas celestiales,
esas vagas enramadas.
El
mar tiene el encanto de las cosas que no se callan por la noche, que son para
nuestra vida inquieta un permiso de dormir, una promesa de que no todo se va a
destruir, como la lamparilla de los niños pequeños que se sienten menos solos
cuando alumbra. El mar no está separado del cielo como la tierra, está siempre
en armonía con sus colores, se conmueve con sus matices más delicados. Reluce
bajo el sol y, cada noche, parece morir con él. Y cuando el sol ha desaparecido,
sigue añorándolo, conservando un poco de su luminoso recuerdo, frente a la
tierra unifórmente oscura. En el momento de sus reflejos melancólicos y tan
dulces que sentimos fundirse en nuestro corazón cuando lo miramos. Cuando es
casi de noche y el cielo está oscuro sobre la tierra ennegrecida, el mar
alumbra todavía débilmente, no se sabe en virtud de qué misterio, por qué
brillante reliquia del día hundida bajo las olas.
El
mar nos refresca la imaginación porque no hace pensar en la vida de los
hombres, sino que nos regocija el alma, porque es, como ella, aspiración
infinita e imponente, vuelo siempre cortado por caídas, lamento eterno y dulce.
El mar nos encanta como la música, que no lleva como lenguaje la huella de las
cosas, que no nos dice nada de los hombres e imita los movimientos de nuestra
alma. Nuestro corazón, lanzándose con sus olas, cayendo con ellas, olvida así
sus propias flaquezas, y se consuela en una armonía íntima entre su tristeza y
la del mar, que une su destino y el de las cosas.
Septiembre 1892.
MARINA
LAS
PALABRAS cuyo sentido he perdido, quizá tendría que hacérmelas repetir primero
por todas esas cosas que desde hace tanto tiempo tienen un camino que conduce a
mí, un camino abandonado desde hace muchos años, pero que se puede volver a
tomar y que, así lo espero, no está cerrado para siempre. Habría que volver a
Normandía, no esforzarse, ir simplemente junto al mar. O más bien tomaría los
caminos boscosos desde donde se vislumbra de cuando en cuando y en los que la
brisa mezcla el olor de la sal, de las hojas húmedas y de la leche. No
pediría nada a todas esas cosas natales. Son generosas para el niño que vieron
nacer, ellas mismas volverían a enseñarle las cosas olvidadas. Todo, y en
primer lugar su perfume, me anunciaría el mar, pero no lo habría visto aún. Lo
oiría débilmente. Seguiría un camino de espinos blancos, bien conocido antaño;
lo seguiría con emoción, con ansiedad también; por un brusco rasgón del seto
percibiría de pronto la invisible y presente amiga, la loca que se queja
siempre, la vieja reina melancólica, la mar. De pronto la vería; sería en uno
de esos días de somnolencia bajo el sol resplandeciente, uno de esos días en
que el mar refleja el cielo azul como él, sólo que más pálido. Unas velas
blancas como mariposas estarían posadas sobre el agua inmóvil, sin querer ya
moverse, como amodorradas de calor. O bien por el contrario, el mar estaría
agitado, amarillo bajo el sol como un gran campo de barro, con elevaciones que
de lejos parecerían fijas, coronadas de una nieve deslumbrante.
EN MEMORIA DE
LAS IGLESIAS ASESINADAS
LAS
IGLESIAS SALVADAS
LOS
CAMPANARIOS DE CAEN
LA
CATEDRAL DE LISIEUX
JORNADAS EN AUTOMÓVIL
COMO
SALÍ de... a una hora de la tarde bastante avanzada, no tenía tiempo que perder
si quería llegar de noche a casa de mis padres, que estaba aproximadamente a
mitad de camino entre Lisieux y Louvriers. A mi derecha, a mi izquierda, en
frente, los cristales del automóvil, que llevaba cerrados, metían en un fanal,
por decirlo así, el hermoso día de septiembre que, incluso al aire libre, se
veía sólo a través de una especie de transparencia. Algunas casas viejas y maltrechas
se adelantaban presurosas a nuestro encuentro tendiéndonos unas rosas frescas o
mostrándonos ufanas el capullo de malvarrosa que ellas habían criado y que ya
las rebasaba en estatura. Otras se acercaban apoyadas tiernamente en un peral
que ellas, en la ceguera de su vejez, se hacían la ilusión de sostener aún, y
lo apretaban contra su corazón herido en el que el árbol había inmovilizado y
había incrustado para siempre la irradiación endeble y apasionada de sus ramas.
Luego viró la carretera y, disminuyendo la altura del talud que la bordeaba por
la derecha, apareció la llanura de Caen, pero no la ciudad, que, aunque situada
en el espacio que tenía ante mis ojos, la lejanía no dejaba verla ni
adivinarla. Sólo los dos campanarios de Saint-Etienne se elevaban hacia el
cielo, sobresaliendo del nivel uniforme de la llanura y como perdidos en pleno
campo. Al poco tiempo vimos tres: se les había sumado el campanario de
Saint-Pierre. Agavillados en una triple aguja montañosa, surgían, como es
frecuente en Turner, el monasterio o la casa solariega que da nombre al cuadro,
pero que, en medio del inmenso paisaje de cielo, de vegetación y de agua, ocupa
tan poco sitio, parece tan episódico y momentáneo como el arco iris, la luz de
las cinco de la tarde y la aldeanita que, en primer plano, trota por el camino
entre sus cestas. Pasaban los minutos, íbamos de prisa y, sin embargo, los tres
campanarios seguían solos ante nosotros, como pájaros posados en la llanada,
inmóviles y que se divisan al sol. Después, rasgándose la lejanía como una
bruma que descubre, completa y en sus menores detalles, una forma invisible un
momento antes, aparecieron las torres de la Trinité, o más bien una sola torre:
tan exactamente tapada la otra detrás de ella. Pero la primera se apartó,
avanzó la segunda y se alinearon ambas. Por último, en una revuelta audaz, vino
a situarse junto a ella un campanario retrasado (supongo que el de
Saint-Sauveur). Ahora, entre los campanarios multiplicados, y en el declive de
los cuales se distinguía la luz, que, a aquella distancia, se veía sonreír, la
ciudad, obedeciendo desde abajo a su ímpetu de vuelo sin poder lograrlo,
exhibía a plomo y en subidas verticales la complicada pero franca fuga de sus
tejados. Yo había pedido al mecánico que parara un momento ante los campanarios
de Saint-Etienne; pero acordándome de lo mucho que habíamos tardado en
acercarnos a ellos, cuando, desde el principio, parecían tan próximos, saqué el
reloj para ver cuántos minutos tardaríamos aún, cuando, en esto, el automóvil
dio una vuelta y me paró junto a ellos. Después de tanto tiempo inalcanzables
para el esfuerzo de nuestra máquina, que parecía como si patinara inútilmente
en la carretera, siempre a la misma distancia de ellos, sólo ahora, en los
últimos minutos, resultaba apreciable la distancia totalizada de todo el
tiempo. Y, gigantescos, dominando con toda su altura, se precipitaron contra
nosotros tan violentamente que tuvimos el tiempo justo de pararnos para no
chocar contra el porche.
Seguimos nuestro camino; habíamos dejado Caen
hacía ya tiempo, y la ciudad, después de acompañarnos unos segundos, había
desaparecido, cuando los dos campanarios de Saint-Etienne y el de Saint-Pierre,
ya solos en el horizonte mirándonos huir, agitaban aún en señal de despedida
sus soleadas cúspides. A veces se esfumaba uno para que los otros dos pudieran
vernos todavía un instante; luego no vi más que dos. Después viraron por última
vez como dos pivotes de oro y desaparecieron de mi vista. Posteriormente, muchas
veces, pasando al atardecer por la llanura de Caen, he vuelto a verlos, a veces
muy lejos y como dos flores pintadas en el cielo, sobre la línea baja de los
campos; a veces desde un poco más cerca y ya alcanzados por el campanario de
Saint- Pierre, como tres muchachuelas abandonadas en una soledad donde
comenzaba a reinar la oscuridad; y mientras me alejaba, los veía buscar
tímidamente su camino y, después de unos torpes intentos y tropezones de sus
nobles siluetas, apretarse unos contra otros, deslizarse uno tras otro, no
formar ya en el cielo, todavía rosado, más que una sola forma negra deliciosa y
resignada y desaparecer en la noche.
Empezaba a perder la esperanza de llegar a
Lisieux para estar aquella misma noche en casa de mis padres, a los que,
afortunadamente, no había advertido de mi llegada, cuando, hacia el anochecer,
nos metimos en una cuesta muy pendiente, al cabo de la cual, en el hondón
ensangrentado de sol, al que bajábamos a toda velocidad, vi Lesieux, que había
llegado a ella antes que nosotros, levantar y colocar a toda prisa sus
averiadas casas, sus altas chimeneas teñidas de púrpura; en un instante, todo
había ocupado su sitio, y cuando, pasados unos segundos, nos paramos en la
esquina de la Rue aux Févres, los vetustos edificios, cuyos gráciles fustes de
madera tallada se ensanchaban transformándose, al llegar a las ventanas, en
cabezas de santos o de demonios, parecían no haberse movido desde el siglo XV.
Un accidente de la máquina nos obligó a quedarnos en Lisieux hasta la noche.
Antes de reanudar el camino, quise volver a ver en la fachada de la catedral
algunos de los follajes de que habla Ruskin, pero las débiles luces que
alumbraban las calles de la ciudad terminaban en la plaza, donde Notre-Dame
estaba casi sumida en la oscuridad. Sin embargo, me acerqué, queriendo al menos
tocar con la mano la ilustre floresta de piedra donde está hecho el porche y
entre cuyas dos filas tan notablemente talladas desfiló quizá la pompa nupcial
de Enrique II de Inglaterra y de Leonor de Guyena. Pero en el momento en que me
acercaba a ella a tientas, la inundó una súbita claridad; tronco a tronco,
salieron de la noche los pilares, destacando vivamente, en plena luz sobre un
fondo de sombra, la ancha moldura de sus hojas de piedra. Era que mi mecánico,
el ingenioso Agostinelli, dirigiendo a las viejas esculturas el saludo del
presente, cuya luz no servía más que para leer mejor las lecciones del pasado,
enfocaba sucesivamente a todas las partes del porche, a medida que yo quería
verlas, la luz del faro de su automóvil. (Cuando escribía estas líneas, apenas
preveía que, pasados siete u ocho años, aquel joven me pediría escribir a máquina
un libro mío, aprendería aviación con el nombre de Marcel Swann, en el que
había asociado amigablemente mi nombre de pila y el nombre de uno de mis
personajes, y, a los veintiséis años, encontraría la muerte en un accidente de
aeroplano en la costa de Antibes). Y cuando volví hacia el coche, vi un grupo
de niños allí, llevados por la curiosidad y que, inclinadas sobre el faro sus
cabezas, cuyos bucles palpitaban en aquella luz sobrenatural, recomponían, como
proyectada de la catedral en un rayo, la figuración angélica de la Natividad.
Cuando salimos de Lisieux, era noche cerrada; el mecánico se había puesto una
gran manta de caucho y una especie de capucha que, circundándole por entero el
joven rostro imberbe, lo asemejaba, cuando nos adentrábamos cada vez más en la
noche, a un peregrino o, más bien, a una monja de la velocidad. De vez en
cuando --Santa Cecilia improvisaba en un instrumento más material aún-- tocaba
el teclado y sacaba uno de los registros de esos órganos escondidos en el
automóvil y cuya música, aunque continua, casi no la notamos más que en esos
cambios de registro que son los cambios de velocidad; una música que podríamos
llamar abstracta, toda símbolo y toda número, y que hace pensar en esa armonía
que se dice producen las esferas cuando giran en el éter. Pero la mayor parte
del tiempo se limitaba a sujetar con la mano su rueda —la rueda de dirección
(que se llama volante)—, bastante parecida a las cruces de consagración que
tienen los apóstoles adosados a las columnas del coro de la Sainte-Chapelle de
París, a la cruz de San Benito y, en general, a toda estilización de la rueda
en el arte de la Edad Media. No parecía manejarla —tan inmóvil estaba el
muchacho—, pero la mantenía como un símbolo que era conveniente llevar consigo,
como los santos, en los porches de la catedral, llevan uno un áncora, otro una
rueda, un arpa, una hoz, una parrilla, un cuerno de caza, unos pince les. Pero
aunque esos atributos servían generalmente para recordar el arte en que
sobresalieron en vida, a veces representaban también la imagen del instrumento
con el que les dieron muerte; ¡ojalá el volante de dirección del joven mecánico
que me conduce sea siempre símbolo de su talento, y no prefiguración de su
suplicio! Tuvimos que parar en un pueblo, donde, por unos momentos, fui para
sus habitantes ese "viajero" que ya no existía desde el ferrocarril y
que el automóvil ha resucitado; el viajero al que la criada, en los cuadros
flamencos, sirve la última copa; el viajero que vemos en los paisajes de Cuyp deteniéndose
para preguntar el camino, como dice Ruskin a un transeúnte que, sólo por su
aspecto, se ve que es incapaz de informarle y que, en las fábulas de La
Fontaine, cabalga al sol y al viento, cubierto con un caliente balandrán, a la
entrada del otoño, "cuando, en el viajero, la precaución es buena";
ese "cabalgador" que hoy casi ya no existe en la realidad y que, sin
embargo, lo vemos aún alguna vez galopando en la marea baja por la orilla del
mar cuando se pone el sol (sin duda, surgido del pasado a favor de las sombras
de la noche), haciendo del paisaje de mar que tenemos ante los ojos una
"marina" que fecha y firma él, pequeño personaje que parece añadido
por Lingelbach, Wouwermans o Adrián van de Velde para satisfacer el gusto por
las anécdotas y por las figuras de los ricos negociantes de Harlem, aficionados
a la pintura, en una playa de Guillermo van de Velde o de Ruysdaél. Pero, sobre
todo, lo más precioso que el automóvil nos ha devuelto de ese viajero es esa
admirable independencia que lo hacía salir a la hora que le acomodaba y pararse
donde le placía. Me comprenderán todos aquéllos a quienes, a veces, el viento,
al pasar, los ha tocado con el deseo de huir con él hasta el mar, donde podrán
ver, en lugar de los inertes adoquines del pueblo azotados en vano por la
tempestad, las horas encrespadas que le devuelven golpe por golpe y rumor por
rumor; especialmente todos los que saben lo que puede ser, ciertas noches, el
miedo a encerrarse con su pena para toda la noche, todos los que conocen la
alegría que da, después de haber luchado mucho tiempo contra la angustia y
cuando empezaban a subir a su cuarto sofocando el fuerte palpitar del corazón,
poder detenerse y decir: "¡Bueno, pues no subo!: que me ensillen el
caballo, que preparen el automóvil", y huir toda la noche, dejando atrás
los pueblos donde la pena nos ahogaba, donde la adivinábamos bajo cada pequeño
techo que duerme, mientras pasábamos a toda velocidad sin que esa pena nos
reconociera, fuera ya de su alcance.
Pero
el automóvil se había detenido en el recodo de un camino encajonado ante una
puerta tapizada de lirios marchitos y de rosas. Habíamos llegado a casa de mis
padres. El mecánico toca la bocina para que el jardinero venga a abrirnos, esa
bocina cuyo toque nos desagrada por su estridencia y su monotonía, pero que,
sin embargo, como toda materia, puede resultar bello si se impregna de un
sentimiento. En el corazón de mis padres ha resonado gozososamente como una palabra
inesperada... "Me parece que he oído... ¡Pero quizá es él!". Se
levantan, encienden una vela protegiéndola del viento de la puerta que, en su
impaciencia, han abierto ya, mientras, a la entrada del parque, la bocina, cuyo
sonido, ahora placentero, casi humano, ya no pueden desconocer, no deja de
lanzar su llamada uniforme como la idea fija de su alegría próxima, apremiante
y repetida corno su creciente ansiedad. Y yo pensaba que en Tristán e Isolda
(primero en el segundo acto, cuando Isolda agita su echarpe como una señal;
después en el tercero, cuando llega la nave) es, la primera vez, en la
repetición estridente, indefinida y cada vez más rápida de las dos notas cuya
sucesión se produce algunas veces por azar en el mundo inorganizado de los
ruidos; es, la segunda vez, en el caramillo de un pobre pastor, en la
intensidad creciente, en la insaciable monotonía de su pobre canción, donde
Wagner, con una aparente y genial abdicación de su poder creador, ha puesto la
expresión de la más prodigiosa espera de felicidad que colmara jamás el alma humana.
LA MUERTE DE LAS
CATEDRALES
Con este título publiqué hace tiempo, en Le
Figaro, un estudio que tenía por objeto combatir uno de los artículos de la ley
de separación. Este estudio es muy mediocre; si doy un breve extracto de él es
sólo por demostrar hasta qué punto, pasados pocos años, cambian de sentido las
palabras, y hasta qué punto, al doblar el camino del tiempo, no podemos
percibir el futuro de una nación, como no podemos ver el de una persona. Cuando
hablé de la muerte de las catedrales temí que Francia se transformara en una playa
donde parecieran varados unos cascos de navio cincelados, vacíos de la vida que
los habitó y sin llevar siquiera al oído que se inclinara sobre ellos el vago
rumor de antaño, simples piezas de museo, congeladas a su vez. Han pasado diez
años, "la muerte de las catedrales" es la destrucción de sus piedras
por las tropas alemanas, no de su espíritu por una Cámara anticlerical, que es
lo mismo que nuestros obispos patriotas.
SUPONGAMOS por un momento que se ha extinguido
el catolicismo desde hace siglos, que se han perdido las tradiciones de su
culto. Sólo subsisten las catedrales, secularizadas y mudas, monumentos hoy
inintelegibles de una creencia olvidada. Un día llegan unos sabios a
reconstituir las ceremonias que allí se celebraban en otro tiempo, para las que
se constituyeron esas catedrales y sin las que no se encontraba en ellas más
que una letra muerta; cuando unos artistas, seducidos por el sueño de devolver
momentáneamente la vida a esos grandes navios que se habían callado, quieren
rehacer por una hora el escenario del misterioso drama que allí se
desarrollaba, en medio de los cantos y de los perfumes, emprenden, en una
palabra, en cuanto a la misa y a las catedrales, lo que los felibres realizaron
en cuanto al teatro de Orange y a las tragedias antiguas. Desde luego, el
gobierno no dejaría de subvencionar pareja tentativa. Lo que ha hecho por unas
ruinas romanas no dejaría de hacerlo por unos monumentos franceses, por esas
catedrales que son la expresión más alta y más original del genio de Francia.
Así,
pues, he aquí unos sabios que han sabido encontrar la significación perdida de
las catedrales: las esculturas y las vidrieras recuperan su sentido, un aroma
misterioso flota de nuevo en el templo, un drama sagrado se representa en él,
la catedral vuelve a cantar.
El
gobierno subvenciona con razón, con más razón que las representaciones del
teatro de Orange, de la Ópera Cómica y de la Ópera, esta resurrección de las
ceremonias católicas, de tanto interés histórico, social, plástico, musical, y
a la belleza de las cuales sólo Wagner se ha acercado, imitándola, en Parsifal.
Caravanas de snobs van a la ciudad santa (sea
Amiens, Chartres, Bourges, Laon, Reims, Beauvais, Rúan, París), y una vez al
año sienten de nuevo la emoción que antaño iban a buscar a Bayreuth y a Orange:
gustar la obra de arte en el marco mismo que fue construido para ella.
Desgraciadamente, aquí como en Orange, no pueden ser más que unos curiosos,
unos diletantes; hagan lo que hagan, ya no habita en ellos el alma de antaño.
Los artistas que han venido a ejecutar los cantos, los artistas que representan
el papel de sacerdotes, pueden enterarse, penetrarse del espíritu de los
textos. Pero, a pesar de todo, no podemos menos de pensar cuánto más bellas
debían de ser esas fiestas cuando eran sacerdotes quienes celebraban los
oficios, no para dar a los letrados una idea de aquellas ceremonias, sino
porque tenían en su virtud la misma fe que los artistas que esculpieron el
Juicio Final en el tímpano del porche, o pintaron la vida de los santos en la
vidrieras del ábside; no podemos menos de pensar cómo la obra toda debía de
hablar más alto, más preciso, cuando todo un pueblo respondía a la voz del
sacerdote, se inclinaba de rodillas cuando sonaba la campanilla de la
elevación, no como en estas representaciones retrospectivas, como fríos
comparsas muy compuestos, sino porque también ellos, como el sacerdote, como el
escultor, creían.
Esto
es lo que se diría si hubiera muerto la religión católica. Ahora bien, existe,
y para imaginarnos lo que estaba vivo y en el pleno ejercicio de sus funciones,
una catedral del siglo XIII; no tenemos necesidad de hacer de ella escenario de
reconstituciones, de retrospectivas quizá exactas, pero gélidas. No tenemos más
que entrar a cualquier hora, cuando se celebra un oficio. Aquí la mímica, la
salmodia y el canto no están encomendados a unos artistas. Son los ministros
mismos del culto quienes ofician, en un sentimiento no de estética, sino de fe,
tanto más estéticamente. No se podrían pedir unos comparsas más vivos y más
sinceros, puesto que es el pueblo, sin duda alguna, el que se toma el trabajo
de representar para nosotros. Puede decirse que, gracias a la persistencia de
los mismos ritos de la iglesia católica, y, por otra parte, de la creencia
católica en el corazón de los franceses, las catedrales no son únicamente los
más bellos momentos de nuestro arte sino los únicos que viven aún su vida integral,
los únicos que permanecen en relación con la finalidad para la que fueron
construidos.
Ahora bien, por la ruptura del gobierno
francés con Roma, parece próxima la discusión y probable la adopción de un
proyecto de ley en tales términos que, al cabo de cinco años, las iglesias
podrán ser secularizadas, y muchas lo serán; el gobierno no sólo dejará de
subvencionar la celebración de las ceremonias rituales en las iglesias, sino
que podrá transformarlas en todo lo que le plazca: museo, sala de conferencias
o casino.
Cuando ya no se celebre en las iglesias el
sacrificio de la carne y de la sangre de Cristo, ya no habrá en ellas vida. La
liturgia católica forma una unidad con la arquitectura y la escultura de
nuestras catedrales, pues aquélla y éstas se derivan de un mismo simbolismo.
Hemos visto en el estudio precedente que en las catedrales apenas hay
escultura, por secundaria que parezca, que no tenga su valor simbólico.
Y lo
mismo ocurre con las ceremonias del culto.
En
un libro admirable, Van religeux au XIIIe siècle, Emile Male analiza así,
siguiendo el Rational des dhins Offices, de Guillaume Durand, la primera parte
de la fiesta del Sábado Santo:
Por
la mañana se empieza por apagar en la iglesia todas las lámparas, para indicar
que queda abolida la antigua Ley que iluminaba el mundo.
Después, el celebrante bendice el fuego nuevo,
que representa la Ley nueva. Lo hace brotar del pedernal, para recordar que
Jesucristo es como dice San Pablo, la piedra angular del mundo. Entonces el
obispo y el diácono se dirigen al coro y se detienen ante el cirio pascual.
El
cirio, nos enseña Guillaume Durand, es un triple símbolo; apagado, simboliza a
la vez la columna oscura que guiaba a los hebreos durante el día, la antigua
Ley y el cuerpo de Jesucristo; encendido, significa la columna de luz que
Israel veía durante la noche, la Ley nueva y el cuerpo glorioso de Cristo
resucitado. El diácono alude a este triple simbolismo recitando ante el cirio,
la fórmula del Exultet.
Pero
insiste sobre todo en la identidad del cirio y del cuerpo de Cristo. Recuerda
que el cirio inmaculado ha sido producido por la abeja, a la vez casta y
fecunda como la virgen que trajo al mundo al Salvador. Para hacer sensible a
los ojos la similitud del cirio y del cuerpo divino, hunde en el cirio cinco
granos de incienso, que recuerdan a la vez las cinco llagas de Cristo y los
perfumes comprados por las santas mujeres para embalsamarlo. Por último,
enciende el cirio con el fuego nuevo y, para representar la difusión de la
nueva Ley en el mundo, se encienden las lámparas en toda la iglesia.
Pero
esto, se dirá, no es más que una fiesta excepcional. He aquí la interpretación
de una ceremonia cotidiana, la misa, que, como veréis, no es menos simbólica.
Abre
la ceremonia el canto grave y triste del introito, que afirma la espera de los
patriarcas y de los profetas. El coro de los clérigos es el coro mismo de los
santos de la antigua Ley, que suspiran por la llegada del Mesías, al que no
verán. Entonces entra el obispo y aparece como la viva imagen de Jesucristo. Su
llegada simboliza el advenimiento del Salvador, esperado por las naciones. En las
grandes fiestas llevan delante de él siete antorchas para recordar que sobre la
cabeza del Hijo de Dios están los siete dones del Espíritu Santo. Avanza bajo
un palio triunfal cuyos cuatro portadores se pueden comparar con los cuatro
evangelistas. A su derecha y a su izquierda van dos acólitos, representando a
Moisés y a Helí, que aparecieron en el Tabor a ambos lados de Cristo. Nos
enseñan que Jesús tenía la autoridad de la Ley y la autoridad de los profetas.
El
obispo se sienta en su trono y guarda silencio. No parece tener ninguna
intervención en la primera parte de la ceremonia. Su actitud contiene una
enseñanza: nos recuerda con su silencio que los primeros años de la vida de
Jesucristo transcurrieron en la oscuridad y en el recogimiento. Mientras tanto,
el subdiácono se dirige al atril y, mirando a la derecha, lee la epístola en
voz alta. Aquí entrevemos el primer acto del drama de la Redención.
La
lectura de la epístola es la predicación de San Juan Bautista en el desierto.
Habla antes de que el Salvador comience a hacer oír su voz, pero no habla más
que a los judíos. Por eso el subdiácono, imagen del precusor, mira hacia el
norte, que es lado de la antigua Ley. Terminaba la lectura, se inclina ante el
obispo, como el precusor se humilla ante Jesucristo. El canto del Gradual, que
sigue a la lectura de la Epístola, se refiere también a la misión de San Juan
Bautista, simbolizando las exhortaciones a la penitencia que dirige a los
judíos la víspera de los tiempos nuevos. Por último, el celebrante lee el
Evangelio, momento solemne, pues es aquí donde comienza la vida activa del
Mesías; por primera vez se oye en el mundo su palabra. La lectura del Evangelio
es la representación misma de su predicación.
El
Credo sigue al Evangelio como la fe sigue a la anunciación de la verdad. Los
doce artículos del Credo se refieren a la vocación de los doce apóstoles. La
vestidura misma que el sacerdote lleva al altar —añade Male—, los objetos que
sirven para el culto, son otros tantos símbolos. La casulla que se pone sobre
las otras vestiduras es la caridad, que es superior a todos los preceptos de la
ley y que es ella misma la ley suprema. La estola que el sacerdote se pone al
cuello es yugo ligero del Señor, y como está escrito que todo cristiano debe
amar este yugo, el sacerdote besa la estola al ponérsela y al quitársela. La
mitra de dos picos del obispo simboliza la ciencia que debe tener del Antiguo y
del Nuevo Testamento; lleva dos cintas para recordar que la Escritura debe ser
interpretada según la letra y según el espíritu. La campana es la voz de los
predicadores. La armazón de la que está colgada es la figura de la cruz. La
cuerda, hecha de tres cabos retorcidos, significa la triple inteligencia de la
Escritura, que debe ser interpretada en el triple sentido histórico, alegórico
y moral. Cuando se coge la cuerda con la mano para tocar la campana, se expresa
simbólicamente la verdad fundamental de que el conocimiento de las Escrituras
debe traducirse en la acción.
De
suerte que todo, hasta el menor gesto del sacerdote, hasta la estola que
reviste, está de acuerdo para simbolizarlo con el sentimiento profundo que
anima a toda la catedral.
Jamás fue ofrecido a los ojos y a la
inteligencia del hombre un espectáculo comparable, un espejo tan gigantesco de
la ciencia, del alma y de la historia. El mismo simbolismo abarca hasta la
música que se oye entonces en el mismo navío, y cuyos siete tonos gregorianos
representan las siete virtudes teologales y las siete edades del mundo. Puede
decirse que una representación de Wagner en Bayreuth (con mayor razón de Emile
Augier o de Dumas en un escenario de teatro subvencionado) es poca cosa
comparada con la celebración de la misa mayor en la catedral de Chartres.
Seguramente sólo los que han estudiado el arte
religioso de la Edad Media son capaces de analizar completamente la belleza de
semejante espectáculo. Y esto bastaría para que el Estado tuviera la obligación
de velar por su perpetuidad. Subvenciona los cursos del Colegio de Francia,
aunque se dedican sólo a un pequeño numero de personas y aunque, junto a esta
completa resurrección integral que es una misa mayor en una catedral, parecen
muy fríos. Y al lado de la ejecución de tales sinfonías, las representaciones
de nuestros teatros también subvencionados corresponden a necesidades
literarias muy mezquinas. Pero apresurémonos a añadir que los que puedan leer a
libro abierto en el simbolismo de la Edad Media no son los únicos para quienes
la catedral viva, es decir, la catedral esculpida, pintada, cantante, es el más
grande de los espectáculos. Se puede sentir la música sin conocer la armonía.
Ya sé que Ruskin, indicando las razones espirituales que explican la
disposición de las capillas en el ábside de las catedrales, ha dicho:
"Nunca podrán encantaros las formas de la arquitectura si no sentís
afinidad con el pensamiento de donde salieron". No es menos cierto que
todos conocemos el hecho de un ignorante, de un simple soñador, entrando en una
catedral, sin intentar comprender, dejándose llevar de sus emociones y
sintiendo una impresión sin duda más confusa, pero acaso igualmente fuerte.
Como testimonio literario de este estado de ánimo, seguramente distinto del
docto de que hablábamos hace un momento, paseando en la catedral como en una
"floresta de símbolos, que lo observan con ojos familiares", pero que
permiten, sin embargo, encontrar en la catedral, a la hora de los oficios, una
emoción vaga pero intensa; citaré la bella página de Renán titulada Doble
plegaria:
Uno
de los más bellos espectáculos religiosos que todavía se puedan contemplar en
nuestros días (y que pronto ya no se podrán contemplar, si la Cámara vota el
proyecto de que se trata) es el que ofrece al anochecer la antigua catedral de
Quimper. Cuando la sombra invade las partes bajas del vasto edificio, los
fieles de uno y otro sexo se reúnen en la nave y cantan en lengua bretona la
oración del crepúsculo con un ritmo simple y conmovedor. Sólo dos o tres
lámparas alumbran la catedral. En la nave, a un lado, están los hombres, de
pie; al otro, las mujeres, arrodilladas, torman como un mar inmóvil de cofias
blancas. Las dos mitades cantan alternativamente, y la frase comenzada por uno
de los coros la termina el otro. Lo que cantan es muy hermoso. Cuando lo oí, me
pareció que, con unas leves trasnformaciones, se podría adaptarlo a todos los
estados de la humanidad. Esto, sobre todo, me hizo pensar en una oración que,
mediante ciertas variaciones, pudiera servir igualmente para los hombres y para
las mujeres.
Entre este vago pensar, que no carece de
encanto, y los goces más conscientes del "entendido" en arte
religioso, hay muchos grados. Recordemos, por ejemplo, el caso de Gustave
Flaubert estudiando, pero para interpretarlo en un sentimiento moderno, una de
las partes más bellas de la liturgia católica:
El
sacerdote mojó el pulgar en el santo óleo y comenzó las unciones, primero sobre
los ojos...; después en las ventanas de la nariz, golosas de brisas tibias y de
perfumes de amor; en las manos que se habían deleitado en los contactos
suaves...; por último, los pies, tan rápidos cuando corrían a satisfacer sus
deseos y que ahora ya nunca más caminarían.
Decíamos hace un momento que, en una catedral,
casi todas las imágenes eran simbólicas. Algunas no lo son en absoluto. Son las
de las personas que, habiendo contribuido con sus dineros a la decoración de la
catedral, quisieron conservar en ella para siempre un sitio para poder seguir
silenciosamente los oficios desde las balaustradas del nicho o desde el hueco
de la vidriera, y participar sin ruido en las oraciones, in saecula saeculorum.
Hasta los bueyes de Laon que subieron cristianamente a la colina donde se
levanta la catedral los materiales que sirvieron al arquitecto para
construirla, los recompensó éste erigiendo sus estatuas al pie de las torres,
donde todavía podemos verlos hoy, en el son de las campanas y en la estagnación
del sol, levantar las cornudas cabezas por encima del arco santo y colosal
hasta el horizonte de las llanuras de Francia, su "sueño interior".
Si bien no han sido destruidos, ¿qué no han visto en esos campos donde cada
primavera ya no florecen más que tumbas? No se podía hacer otra cosa con unos
animales: situarlos así afuera, saliendo como de una gigantesca arca de Noé que
se hubiera parado sobre este monte Ararat, en medio del diluvio de sangre. A
los hombres se les concedía más.
Entraban en la iglesia, ocupaban en ella su
sitio, que conservaban después de su muerte y desde el cual podían seguir, como
cuando vivían, el divino sacrificio, lo mismo si, asomados fuera de su
sepultura de mármol, orientan ligeramente la cabeza hacia el lado del evangelio
o hacia el lado de la epístola, pudiendo ver, como en Brou, y oler en torno a
su nombre el enlazamiento apretado e infatigable de flores emblemáticas y de
iniciales adoradas, conservando a veces hasta la tumba, como en Dijon, los
colores esplendorosos de la vida, que si, en el fondo de la vidriera, con sus
mantos de púrpura, de ultramar o de azur que el sol aprisiona, que de sol se
inflama, llenan de color sus rayos transparentes y bruscamente los liberan,
multicolores, errando sin meta por la nave que tiñen; en su esplendor
desorientado y perezoso; en su palpable irrealidad, siguen siendo donantes que,
por serlo, merecieron la concesión de una plegaria a perpetuidad. Y todos
quieren que el Espíritu Santo, en el momento de descender a la iglesia,
reconozca bien a los suyos. No son únicamente la reina y el príncipe quienes
llevan sus insignias, su corona o su collar del Toisón de Oro. Los cambistas se
han hecho representar comprobando la ley de las monedas; los peleteros,
vendiendo sus pieles (véase en la obra de Male la reproducción de estas dos
vidrieras); los carniceros, abatiendo vacas; los caballeros, ostentando su
blasón; los escultores, labrando capiteles. Oyendo desde sus vidrieras de
Chartres, de Tours, de Sens, de Bourges, de Auxerre, de Clermont, de Toulouse,
de Troyes, toneleros, peleteros, tenderos de ultramarinos, peregrinos,
labriegos, armeros, tejedores, canteros, carniceros, cesteros, zapateros,
cambistas, no oirán ya la misa que se habían asegurado donando para la construcción
de la iglesia el más claro de sus dineros. Ya los muertos no
gobiernan a los vivos. Y los vivos, olvidadizos, dejan de cumplir los votos de
los muertos.
SENTIMIENTOS
FILIALES DE UN PARRICIDA
CUANDO murió Van Blarenberghe padre, hace unos
meses, recordé que a su mujer la había conocido mucho mi madre. Desde la muerte
de mis padres, yo soy (en sentido que no vendría a cuento precisar aquí) menos
yo mismo, más su hijo. Sin apartarme de mis amigos, me inclino más a acercarme
a los suyos. Y las cartas que ahora escribo son, en mayor parte, las que creo
que habrían escrito ellos, las que ya no pueden escribir y que escribo yo en su
lugar: felicitaciones, pésames, sobre todo a algunos amigos a los que, en
muchos casos, apenas conozco. Así, pues, cuando la señora Van Blarenberghe
perdió a su marido, quise que les llegara un testimonio de la tristeza que mis
padres habrían sentido. Recordaba que, muchos años atrás, había comido a veces
con su hijo en casa de amigos comunes. Fue a él a quien escribí, por así
decirlo, en nombre de mis padres desaparecidos, mucho más que en el mío. Recibí
en respuesta la bella carta siguiente, llena de tan gran amor filial. Pensé que
testimonio tal, con el significado que recibe del drama que de tan cerca lo
siguió, sobre todo con el significado que éste le da, debía hacerse público. He
aquí esta carta:
Les Timbrieux, por Josslin (Morbihan).
24 de septiembre 1906
Siento mucho, querido señor mío, no haber
podido aún darle las gracias por la simpatía que me ha manifestado en mi dolor.
Espero que se digne disculparme; tan grande fue este dolor, que, por consejo de
los médicos, he pasado cuatro meses viajando constantemente. Sólo ahora, y con
sumo esfuerzo, comienzo a reanudar mi vida habitual.
Aunque sea con tanto retraso, quiero decirle
hoy que he apreciado muchísimo el fiel recuerdo por usted conservado de
nuestras antiguas y excelentes relaciones, y que me ha emocionado profundamente
el sentimiento que lo ha movido a hablarme, así como a mi madre, en nombre de
su padre, tan prematuramente desaparecido. Apenas tuve el honor de conocerlos
personalmente, pero sé lo mucho que mi padre apreciaba al de usted y la alegría
que le daba siempre a mi madre ver a madame Proust. Me ha parecido delicado y sensible
en grado sumo que usted nos haya enviado un mensaje de ellos de ultratumba. No
tardaré mucho en volver a París, y si de aquí a entonces puedo superar la
necesidad de aislamiento que hasta ahora me ha causado la desaparición de aquel
en quien yo ponía toda todo el interés de mi vida, del que constituía toda la
alegría de ésta, me será sumamente grato ir a estrecharle la mano y a charlar
con usted del pasado.
Suyo, muy afectuosamente,
H. Van Blarenberghe
Esta
carta me conmovió mucho; compadecía al que sufría así, lo compadecía, lo
envidiaba: tenía aún a su madre para consolarse consolándola. Y si no pude
contestar a los intentos que se dignó hacer para verme, es porque me fue
materialmente imposible. Pero, sobre todo, esta carta modificó, en un sentido
más simpático, el recuerdo que conservé de él. Las buenas relaciones a las que
aludía eran en realidad unas relaciones mundanas muy superficiales. Apenas
había tenido la ocasión de charlar con él en la mesa donde a veces comíamos
juntos, pero la extraordinaria distinción de espíritu de los dueños de la casa
era y sigue siendo para mí una garantía de que Henri van Blarenberghe, bajo
unas apariencias un poco convencionales y acaso más representativas del medio
en que vivía, que, significativas de su propia personalidad, ocultaba un modo
de ser más original y vivaz. Por lo demás, entre esas extrañas instantáneas de
la memoria que nuestro cerebro, tan pequeño y tan vasto, almacena en número
prodigioso, si busco, entre las que representan a Henri Blarenberghe, la que me
parece más clara, es siempre un rostro sonriente lo que veo, sonriente sobre
todo en la mirada, que era extraordinariamente penetrante; la boca, todavía
entreabierta después de haber lanzado una agudeza. "Lo estoy viendo",
como muy bien suele decirse, agradable y bastante distinguido. En esta
exploración activa del pasado que se llama recuerdo, nuestros ojos tienen más
parte de los que se cree. Si en el momento en que su pensamiento va a buscar
algo del pasado para fijarlo, para traerlo por un momento a la vida, miráis los
ojos del que se esfuerza por recordar, veréis que se han vaciado inmediatamente
de las formas que los rodean y que un momento antes reflejaban. "Tiene
usted una mirada ausente, está usted en otra parte", decimos, y, sin
embargo, sólo vemos el revés del fenómeno que en ese momento se realiza en el
pensamiento. Entonces los ojos más bellos del mundo no nos impresionan ya por
su belleza, no son ya, modificando el significado de una expresión de Wells,
más que "máquinas de explorar el Tiempo", telescopios de lo
invisible, que se tornan de más largo alcance a medida que envejecemos. Cuando
vemos cómo se vendan para el recuerdo los ojos cansados de tanta adaptación a
tiempos tan diferentes, tan lejanos a veces, los ojos oxidados de los viejos,
percibimos muy bien que su trayectoria, atravesando "la sombra de los
fracasos" vividos, va a aterrizar a unos pasos delante de nosotros, al
parecer, en realidad, a cincuenta o sesenta años atrás. Recuerdo cómo cambiaban
de belleza los ojos de la princesa Matilde cuando se fijaban en tal o cual
imagen que habían depositado ellos mismos en su retina y en su recuerdo ciertos
grandes hombres, ciertos grandes espectáculos de principios de siglo, y era
esta imagen, emanada de ellos, la que ella veía y la que nosotros no veremos
jamás. Yo sentía una impresión de cosa sobrenatural en aquellos momentos en que
mi mirada se encontraba con la suya que, en una línea corta y misteriosa, en
una actividad de resurrección, unía el presente al pasado.
Agradable y bastante distinguido, dije; así
volvía yo a ver a Henri van Blarenberghe en una de aquellas mejores imágenes
que mi memoria ha conservado de él. Pero después de recibir aquella carta,
retoqué esta imagen en el fondo de mi recuerdo, interpretando, en el sentido de
una sensibilidad más profunda, de una mentalidad menos mundana, ciertos
elementos de la mirada o de las facciones que podían, en efecto, tener una
aceptación más interesante y más generosa que aquella en la que yo me detuve al
principio. Por fin, habiéndole pedido últimamente informes sobre un empleado de
los Ferrocarriles del Este (Henri van Blarenberghe era presidente del consejo
de administración) por el que se interesaba un amigo mío, recibí de él la
siguiente respuesta, que, escrita el 12 de enero último, no me llegó, por
cambios de direcciones que él ignoraba, hasta el 17 de enero, no hace quince
días, menos de ocho antes del drama:
48, rue de la Bienfaisance,
12 enero 1907
Querido amigo:
Me
he informado en la Compañía del Este de la presencia posible en la persona de
X... y de su dirección eventual. No se ha encontrado nada. Si está usted bien
seguro del nombre, el que lo lleva ha desaparecido de la Compañía sin dejar
rastro; su relación con ella debió de ser muy provisional y accesoria. Lamento
muchísimo las noticias que me da del estado de su salud desde la muerte de sus
padres, tan prematura y cruel. Por si pudiera servirle de consuelo, le diré que
también a mi me cuesta mucho, física y moralmente, reponerme del golpe que fue
para mí la muerte de mi padre. No perdamos la esperanza... No sé lo que
reserva el año 1907, pero hagamos votos por que tanto a usted como a mí nos
traiga algún alivio y por que podamos vernos dentro de unos meses. Lo recuerda
con toda cordialidad y simpatía,
H. Van Blarenberghe
A
los cinco o seis días de haber recibido esta carta recordé, al despertarme, que
quería contestarla. Hacía uno de esos grandes fríos inesperados, que son como
las "mareas vivas" del cielo, cubriendo todas las escolleras que las
grandes ciudades levantan entre nosotros y la naturaleza, y viniendo a batir
nuestras ventanas cerradas, penetrando hasta en nuestras habitaciones, haciendo
sentir a nuestras friolentas espaldas, con un vivificante contacto, el retorno
agresivo de las fuerzas elementales. Días revueltos de bruscos cambios
barométricos, de sacudidas más graves. Por lo demás, ninguna alegría en tanta
fuerza. Se lloraba de antemano la nieve que iba a caer y hasta las cosas, como
en el hermoso verso de André Rivoire, parecían "esperar la nieve". Si
"avanza hacia las Baleares una depresión", como dicen los periódicos,
o simplemente empieza a temblar Jamaica, inmediatamente, en París, los que
padecen jaquecas, los reumáticos, los asmáticos, seguramente también los locos,
sufren sus correspondientes crisis, tan unidos están los nerviosos a los puntos
más lejanos del universo por los lazos de una solidaridad que muchas veces
desearían menos estrecha. Si algún día llega a reconocerse, al menos entre
ellos, la influencia de los astros (Framery, Pelletean, citados por Brissaud),
a quien mejor que a los nerviosos aplicar el verso del poeta:
Et de longs fils soyeux l’unissent aux étoiles
Y
unos sedosos, largos hilos le unen a las estrellas.
Al
despertarme me disponía a contestar a Henri van Blarenberghe. Pero antes de
hacerlo quise echar una ojeada a Le Figaro, proceder a ese acto abominable y
voluptuoso que se llama leer el periódico y gracias al cual todas las
desgracias y los cataclismos del universo durante las últimas veinticuatro
horas, las batallas que han costado la vida a cincuenta mil hombres, los
crímenes, las huelgas, las quiebras, los incendios, los envenamientos, los
suicidios, los divorcios, las duras emociones del hombre de Estado y del actor,
transmutados para nuestro uso personal, para nosotros, que no tenemos nada que
ver en ellos, en un regalo matinal, se asocian perfectamente, de una manera
particularmente excitante y tónica, con la ingestión recomendada de unos sorbos
de café con leche. Rápidamente rota con un gesto indolente la frágil faja de Le
Figaro, única cosa que nos separa todavía de la miseria del globo y desde las
primeras noticias sensacionales donde el dolor de tantos seres "entra como
elemento", esas noticias sensacionales que con tanto placer comunicaremos
dentro de un momento a los que todavía no han leído el periódico, nos sentimos
de pronto alegremente unidos a la existencia que, en el primer instante del
despertar, nos parecía tan inútil reanudar. Y si en algún momento algo como una
lágrima ha mojado nuestros ojos satisfechos, es al leer una frase como ésta:
"Un silencio impresionante sobrecoge todos los corazones, suenan los
tambores en los campos, presentan armas las tropas, retumba un inmenso clamor:
'¡Viva Fallieres!' ". Esto nos arranca un sollozo, un sollozo que
negaríamos a una desgracia cercana a nosotros. ¡Viles comediantes a los que
sólo hace llorar el doior de Hércules, o menos aún, el viaje del presidente de
la República! Pero esta mañana la lectura de Le Figaro no me fue grata. Acababa
de recorrer de una ojeada embelesada las erupciones volcánicas, las crisis
ministeriales y los duelos de apaches, y empezaba con calma la lectura de un
suceso que, por su título, "Un drama de locura", podía resultar muy
propio para estimular vivamente las energías matinales, cuando de pronto vi que
la víctima era madame van Blarenberghe, que el asesino, el cual se había
suicidado después, era su hijo, Henri van Blarenberghe, cuya carta tenía yo aún
a mi lado para contestarla: No perdamos ¡a esperanza... No sé lo que me reserva
el año 1907, pero hagamos votos por que nos traiga un sosiego, etc. ¡No
perdamos la esperanza! ¡No sé lo que me reserva 1907! La vida no había tardado
en contestarle. 1907 no había dejado aún caer, caer en el pasado, su primer mes
del porvenir, y ya le había traído su presente, escopeta, revolver y puñal, y
tapándole el entendimiento, la venda con que Atenea se lo vendaba a Ajax para
que matara a pastores y rebaños en el campo de los griegos sin saber lo que
hacía.
Soy
yo quien puso falsas imágenes en sus ojos. Y se arrojó, golpeando acá y allá,
pensando matar por su propia mano a los atridas lanzándose ora sobre uno, ora
sobre otro. Y yo excitaba al hombre atacado de una demencia furiosa y lo
empujaba a las emboscadas; y acababa de volver, bañada de sudor la cara y
ensangrentadas las manos.
Los
locos, mientras hieren, no saben; después, pasada la crisis, qué dolor,
Tekmesa, la mujer de Ajax, le dice:
Acabó su locura, apagóse su furia como el
soplo del Motos. Mas, recobrando el sentido, ahora lo atormentaba un dolor
nuevo, pues contemplar los propios males cuando no los ha causado nadie más que
uno mismo, aumenta amargamente los dolores. Desde que sabe lo que ha pasado, se
lamenta con clamores lúgubres, él que solía decir que llorar era indigno de un
hombre. Permanece sentado, quieto, dando alaridos, y seguramente medita contra
sí mismo algún siniestro propósito.
Pero
cuando a Henri van Blarenberghe se le pasa el acceso ya no son rebaños y
pastores degollados lo que tiene ante él. El dolor no mata en un instante,
puesto que Henri van Blarenberghe no murió al ver a su madre asesinada ante él,
puesto que no murió al oír a su madre moribunda decirle, como la princesa
Andrea en Tolstoi. "¡Henri, qué has hecho de mí, qué has hecho de
mí!".
Al
llegar al rellano que interrumpe el curso de la escalera entre el piso primero
y el segundo —dice Le Matin—, los criados —a los que en este relato, quizá
inexacto por lo demás, no se los ve nunca más que huyendo y bajando las
escaleras de cuatro en cuatro— vieron a madame van Blarenberghe, demudado el
semblante por el espanto, bajar dos o tres escalones gritando "¡Henri,
Henri, qué has hecho!" Luego, la infortunada, cubierta de sangre, alzó los
brazos al aire y cayó boca abajo. Los criados, empavorecidos, volvieron a bajar
en busca de ayuda. Poco después, cuatro policías que fueron requeridos forzaron
las puertas de la habitación del asesino, que les había echado el cerrojo.
Además de las heridas que se había hecho con su puñal, tenía todo el lado izquierdo
de la cara destrozado por un disparo. El ojo colgaba sobre la almohada.
Aquí
ya no es en Ayax en quien pienso. En ese ojo "que cuelga sobre la
almohada" reconozco, arrancado, en el gesto más terrible que nos haya
legado la historia del sufrimiento humano, el ojo mismo del desdichado Edipo.
Edipo se precipita profiriendo clamorosos
gritos, va, viene, requiere una espada... Con horribles alaridos se lanza
contra las dobles puertas, arranca las hojas de los goznes huecos, irrumpe en
la habitación, donde ve a Yocasta colgada de la cuerda que la estrangulaba. Y
al verla así, el desdichado se estremece de horror, desata la cuerda y el
cuerpo de su madre cae al suelo. Entonces Edipo arranca los corchetes de oro de
los vestidos de Yocasta, se arranca los ojos abiertos diciendo que ya no verán
más los males que había sufrido y los daños que había causado, y vociferando
imprecaciones se golpea aún los ojos con los párpados abiertos, y las pupilas
sangrantes derraman sobre las mejillas una granizada de sangre negra. Grita que
muestren el parricida a todos los cadmeos. Quiere que lo arrojen de esa tierra.
¡Ah!, al antiguo felicitado se lo llamaba así por su verdadero nombre. Mas a
partir de este día ya nada falta a todos los males que tienen un nombre.
Gemidos, desastres, muerte, oprobio.
Y
pensando en el dolor de Henri van Blarenberghe cuando vio a su madre muerta,
pienso también en otro loco muy desventurado, en Lear abrazando el cadáver de
su hija Cordelia.
¡Oh,
se ha ido para siempre! Está muerta como la tierra. ¡No, no, ya no hay
vida! ¿Por qué un perro, un caballo, un ratón, tienen vida, cuando tú no tienes
ya ni siquiera aliento? ¡Nunca más volverás! ¡Jamás, jamás, jamás, jamás!
¡Mirad! ¡Mirad sus labios! ¡Miradla! ¡Miradla!
A
pesar de sus horribles heridas, Henri van Blarenberghe no muere en seguida. Y
yo no puedo menos de encontrar muy cruel (aunque tal vez útil, ¿acaso estamos
seguros de lo que fue en realidad el drama? Acordaos de los hermanos
Karamazov) el gesto del comisario de policía. "El desdichado
no está muerto. El comisario lo cogió por los hombros y le habló: '¿Me
oye? Conteste'. El asesino abrió el ojo intacto, guiñó un momento y cayó de
nuevo en coma". Ante este cruel comisario me dan ganas de repetir las
palabras con que Kent, en la escena de El rey Lear, que yo citaba
precisamente hace un momento, detiene a Edgardo, que quería despertar a Lear,
ya desvanecido: "¡No, no perturbes su alma!¡Oh, déjala partir! Querer
tenerlo más tiempo atado a la rueda de esta dura vida es odiarle".
Si
he repetido con insistencia estos grandes nombres trágicos, sobre todo el de
Ayax y el de Edipo, el lector debe comprender por qué, por qué también he
publicado estas cartas y escrito esta página. He querido demostrar en qué pura,
en qué religiosa atmósfera de belleza moral tuvo lugar esa explosión de locura
y de sangre que la salpicaba sin llegar a mancillarla. He querido ventilar la
estancia del crimen con un aire que viene del cielo, que ese suceso era exactamente
uno de aquellos dramas griegos cuya representación era casi una ceremonia
religiosa y que el pobre parricida no era ya una bestia criminal, un ser fuera
de la humanidad, sino un noble ejemplar de humanidad, un hombre de
entendimiento esclarecido, un hijo tierno y devoto al que la más ineluctable
fatalidad —digamos patológica, para hablar como todo el mundo— empujó —al más
infeliz de los mortales— a un crimen y a una expiación dignos de quedar como
ilustres.
"Me es difícil creer en la muerte",
dice Michelet en una página admirable. Verdad es que lo dice a propósito de una
medusa, en la que la muerte, tan poco diferente de su vida, no tiene nada de
increíble, de suerte que podemos preguntarnos si Michelet no habrá hecho otra
cosa que utilizar en esta frase una de esas "reservas de cocina" que
tan a mano tienen los grandes escritores y gracias a las cuales están seguros
de poder servir de improviso a su clientela el manjar especial que su cliente
les reclama. Mas si bien creo sin dificultad en la muerte de una medusa, no
puedo creer fácilmente en la muerte de una persona, ni siquiera en el simple
eclipse, en la simple decadencia de su razón. Nuestro sentido de la continuidad
del alma es el más fuerte. ¡De modo que ese espíritu que, hace un momento,
desde sus atalayas dominaba la vida, dominaba la muerte, nos inspiraba tanto
respeto, está ahí ahora dominado por la vida, por la muerte, más débil que
nuestro espíritu que, por más que se empeñe, no puede ya inclinarse ante lo que
tan rápidamente se ha convertido en un casi nada! En esto de la locura ocurre
como con la debilidad de las facultades en el anciano, como con la muerte. ¡De
modo que el hombre de ayer escribió esta carta que yo citaba hace un momento,
una carta tan elevada, tan sensata, ese hombre hoy...! ¡Y hasta, descendiendo a
detalles infinitamente pequeños, muy importantes aquí, el hombre que estaba muy
razonablemente unido a las pequeñas cosas de la vida, que contestaba tan
elegantemente a una carta, que desempeñaba tan puntualmente una gestión, que le
importaba la opinión de los demás, que deseaba parecerles, si no influyente,
por lo menos amable, que llevaba con tanta finura y tanta lealtad su juego en
el tablero de ajedrez social!... Digo que esto es muy importante aquí, y sí
cité toda la primera parte de la segunda carta que, en realidad, parecía no
interesar a nadie más que a mí, es porque esta razón práctica parece más
exclusiva aún de lo ocurrido que la bella y profunda tristeza de las últimas líneas.
Con frecuencia, en un espíritu ya desvastado, son las ramas cimeras las últimas
que sobreviven, cuando todas las ramificaciones más bajas han sido ya podadas
por el mal. Aquí, la planta espiritual está intacta. Y hace un momento, al
copiar esas cartas, hubiera querido hacer sentir la suma delicadeza, unida a la
más increíble firmeza, de la mano que trazó esos caracteres, tan netos y tan
finos...
"¡Qué has hecho de mí! ¡Qué has hecho de
mí!" Pensando bien en ello, acaso no hay una madre verdaderamente amante
que, en su último día, a veces mucho antes, no pudiera dirigir este reproche a
su hijo. En el fondo, envejecemos, matamos a todo el que nos ama con los
disgustos que le damos, hasta con la inquieta ternura que le inspiramos y a la
que ponemos en continua alarma. Si supiéramos ver en un cuerpo querido el lento
trabajo de destrucción proseguido por la dolorosa ternura que lo anima, ver los
ojos cansados, el pelo que por mucho tiempo permaneció invenciblemente negro y
que luego claudica como lo demás y encanece, las arterias endurecidas, los
ríñones obturados, el corazón forzado, derrotado el valor ante la vida, el
caminar más lento y más pesado, el espíritu que sabe que ya no tiene nada que
esperar, cuando tan incansablemente rebullía en invencibles esperanzas, la
alegría misma, la alegría innata y, al parecer, inmortal, que tan bien se
llevaba con la tristeza, la alegría para siempre extinta; acaso quien supiera
ver esto, en ese momento tardío de lucidez que las vidas más hechizadas de
quimeras pueden muy bien tener, puesto que hasta la de Don Quijote tuvo el
suyo, acaso ése, como Henri van Blarenberghe cuando mató a su madre a
puñaladas, retrocedería ante el horror de su vida y se abalanzaría a la
escopeta para morir sin más tardar. En la mayor parte de los hombres, una
visión tan dolorosa (suponiendo que puedan ascender hasta ella) se borra
rápidamente a los primeros rayos de la alegría de vivir. Pero ¿qué alegría, que
razón de vivir, qué vida pueden resistir a esa visión? Entre ella o la alegría,
¿cuál es la verdadera, qué es "la Verdad"?

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