© Libro No. 696. Cuentos Indiscretos. Saki (Héctor Hugh
Munro). Colección E.O. Abril 5 de 2014.
Título original: © CUENTOS
INDISCRETOS. Saki (Héctor Hugh Munro)
Versión Original: © CUENTOS INDISCRETOS. Saki (Héctor Hugh Munro)
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
CUENTOS INDISCRETOS
Saki
(Hector Hugh Munro)
(1870 - 1916)
CONTENIDO
Prólogo de Gonzalo
Mallarino
LA VENTANA ABIERTA
TOBERMORY
LOS HUÉSPEDES
CATÁSTROFE DE UN JOVEN TURCO
EL PROGRAMA DE GALA
LA LOBA
GABRIEL - ERNESTO
EL NARRADOR DE CUENTOS
Se le conoció indistintamente por su
apellido precedido de las dos "Haches" iniciales de sus nombres o por
el seudónimo Saki que tomó de los Rubaiyyat de Omar Khayyam.
Nació en Akyab, Birmania y perdió a su madre cuando era muy nino. Su padre, un
jefe de policía, tuvo que enviarlo a Inglaterra a casa de dos tías solteronas
que agregaron su falta de ternura y su obsesiva rutina al rigor de la
educación británica de la época. Hizo la escuela primaria en Exmouth y luego
una secundaria superior a la corriente en una Grammar School en Bedford.
Se diría que la
coincidencia de su graduación en esa escuela, y el retiro de su padre de la
policía birmana transformó la suerte del muchacho. En efecto, a su retiro, el
padre de Munro resolvió ir en busca de su hijo y encargarse de su educación.
Si hasta el momento la disciplina del joven —que ya mostraba amor por las
letras y dotes para ellas— habla sido dura y estricta, al lado de su padre encontró
la liberación y la orientación hacía una forma de la cultura superior que a muy
pocos les es dada. El padre y el hijo se dedicaron a hacer extensos y bien
planeados viajes por toda Europa, sus monumentos y sus delicias.
Quizás como muestra
de adhesión a la tradición de su padre, H. H. Munro se unió a las fuerzas de la
policía de Birmania. Su salud no le permitió continuar más allá del primer
año, y desde entonces comenzó a escribir. Ya en sus comienzos en el
“Westminster Graphic”, H. H. Munro realiza una curiosa y sabia combinación de
la objetividad en la información periodística, y la agudeza de la observación
subjetiva que podríamos llamar literaria. Sus notas y apuntes políticas se
titulaban con el nombre de la localidad unido al del personaje Alice de Lewis
Carroll. A sus contemporáneos, que disfrutaban sin duda de aquella novedad, estas
notas les parecían caprichos. Hoy sabemos que el mejor estilo del comentario
periodístico —y aún a veces, de la noticia— es el que combina los datos fieles
de la realidad objetiva, con esa veracidad Intima que no puede resultar sino
de la interpretación humana y de la inferencia intelectual. Ese es el periodismo
que anticipa Munro.
Fue corresponsal en
Polonia, en los Balcanes yen Francia del “Morning Post” y trabajó para otros
periódicos ingleses. Entre informaciones y comentarios, sacaba tiempo para
trabajos históricos de más envergadura como El Nacimiento del Imperio Ruso (1900).
Pero fue en periódicos como la “Westminster Gazette”, en donde aparecieron sus
primeros cuentos, que fueron recogidos —en el año de 1904— en el volumen
titulado Reginald, al que siguió Reginald en Rusia.
En adelante, lo
predominante en su trabajo sería el cuento corto. A partir de 1910, aparecen
las Crónicas de Clovis (1912) y Bestias y Superbestias (1914). Se
sabe que Munro dejó un par de novelas, El insoportable Bassington y Cuando
vino Guillermo. Sin embargo, esta última es más bien una fantasía
político-histórica sobre la eterna rivalidad entre Inglaterra y Alemania que, a
veces, se convierte en enemistad bélica.
Durante la Primera
Guerra Mundial, Munro rechazó la ayuda política que lo hubiera podido colocar
en un lugar burocrático y carente de peligro, y se alistó, a los cuarenta y
cuatro años, como soldado raso. Por sus servicios en acción se ganó el grado
de sargento. Desde el frente francés, enviaba a su patria los llamados
<<apuntes patrióticos que fueron recogidos más tarde en el volumen
titulado El huevo cuadrado y otros esbozos.
Cuenta Graham Greene
que Munro murió de un tiro en la cabeza en el ataque a Beaumont Hamel. Estaba
refugiado en un cráter de obús y dicen que se le oyó gritar: “apaguen ese
maldito cigarrillo”, Put that bloody cigarrette out. Poco después un
francotirador enemigo logró una visión clara y un ángulo. favorable para
acertarle al sargento inglés, y le atravesó la cabeza con un certero disparo.
El lapso en que transcurre la vida de Munro, 1870-1916, coincide muy exactamente
con el periodo en que comienza a gestarse el gran cambio en la prosa
anglosajona, tanto narrativa como ensayística. Por los años de su muerte en
combate, se publican los primeros versos de poetas como T S. Eliot y Ezra
Pound, que revolucionarían la poesía en lengua inglesa. El propio Saki, sobre
todo con sus agudos y muchas veces crueles cuentos cortos, revoluciona la
narrativa de su tiempo, pero lo hace de modo tan sutil, desde el punto de vista
estilístico y tan diestro y creador desde el puramente narrativo, que no tiene
que experimentar las dificultades y rechazos que acompañaron el comienzo de
las carreras de algunos de sus grandes contemporáneos.
Munro no ensaya ni
fórmulas expresivas desconcertantes, ni alteraciones de lo más lineal y claro
de la sucesión narrativa. Munro es un revolucionario en la intención y el
fondo. Hay quien ye en la crueldad de que hacen gala tranquilamente algunos de
sus protagonistas, como Gabriel—Ernesto o El narrador de cuentos, una
especie de venganza contra las tiranías de su infancia. Un poco de rigor en la
recreación de una sociedad tan despiadada con la niñez como era la de su época
y su cultura, no puede descartarse. Pero este rigor no serla explicación
suficiente para el salto desmedido que da Munro, desde los argumentos tantas
veces pacatos e hipócritas de los narradores naturalistas, hasta las creaciones
en que examina la condición humana a la luz de una concepción tan despiadada
pero tan objetiva como la de Freud o la de Carlos Marx. Munro bordea ya la
literatura del absurdo.
Sin embargo,
entendámonos: Saki no es ni freudiano, ni marxista porque los motivos de su
profundo y soterrado espíritu revolucionario no son ni científicos, ni
políticos. Son, claramente, artísticos, es decir, estéticos y técnicos. Munro
es un artista de las palabras que va entretejiendo en ellas, con el sentido de
lo que narra, una fibra de ironía que le da, a la vez, su credibilidad y su
efecto humorístico, en ocasiones devastador. Si se le puede llamar cruel, por
iguales motivos puede llamársele piadoso y comprensivo.
Como verán los que
por primera vez lean esta breve selección de cuentos suyos; y como lo saben
sus innumerables lectores de muchos años, Saki está de parte de los débiles y
de los perseguidos por los automatismos y la prepotencia del orden social. En
donde la sociedad se aparta del impulso natural y honrado del hombre, allí está
el dedo acusador de Munro. Sin embargo, su fórmula expresiva tiene más el tono
de una confidencia detallada y sagaz que el de una acusación. Munro adjetiva y
matiza como un delicado maestro y cuenta como si hubiera sido el amigo de toda
la vida que nos habla en un rato de expansión.
Gonzalo Mallarino
Santafé de Bogotá, 1998
LA VENTANA ABIERTA
Mi tía bajará dentro de un momento, Sr. Nuttel – dijo una niña
de 15 años muy dueña de si-. Mientras
tanto le tocará conformarse conmigo.
Framton Nuttel se esforzó por decir algo que halagara
apropiadamente a la sobrina presente sin descartar de modo desconsiderado a la
tía por venir. Personalmente dudaba más
que nunca de que esas visitas formales a una serie de personas completamente
extrañas sirvieran mayor cosa para ayudar a la cura de nervios que, según se
suponía, estaba siguiendo.
- Yo sé qué va a pasar – le dijo su hermana cuando él se estaba
preparando para emigrar a ese retiro rural -; te vas a enterrar allá abajo sin
hablar con un ser viviente, y con el atontamiento vas a tener los nervios peor
que nunca. Te voy a dar cartas de
presentación para todas las personas que conozco allá. Algunas hasta donde me acuerdo, eran muy
agradables.
Framton se preguntaba si la Sra. Sappleton, a quien le traía una
de las cartas de presentación, entraría en el departamento de las agradables.
- ¿Conoce mucha gente de por aquí? – le preguntó la sobrina
cuando le pareció que ya habían tenido suficiente comunicación silenciosa.
- Casi a nadie – dijo Framton – mi hermana estuvo aquí en la
parroquia, como sabe, hace unos cuatro años, y me dio cartas de presentación
para la gente del lugar. Dijo esto
último en un tono evidente de excusa.
- ¿Entonces, prácticamente no sabe nada de mi tía? – continuó la
segura jovencita.
- Sólo su nombre y dirección – admitió el visitante. No sabía si la señora Sappleton era casada o
viuda. Algo indefinible en la habitación
parecía sugerir la idea de que allí viviera un hombre.
- Su gran tragedia ocurrió apenas hace tres años – dijo la niña
-, eso fue después de la época en que estaba su hermana.
- ¿Su tragedia? – preguntó Framton; le parecía de algún modo que
encontrar tragedias en esa región de descanso estaba fuera de lugar.
- Usted se preguntará, tal vez, por qué mantenemos esa ventana
abierta de par en par, en una tarde de octubre – dijo la sobrina, indicando una gran puerta ventana que se
abría sobre un prado.
- Hace mucho calor para esta época del año – dijo Framton -;
¿pero esa ventana tiene algo que ver con la tragedia?
- Por esa puertaventana, hace exactamente tres años, salieron el
marido y los dos hermanos menores de mi tía, para su sesión de tiro del
día. Jamás volvieron. Al cruzar el pantano para ir a su lugar
favorito para tirarle a las becadas, a los tres se los tragó un fangal
traicionero. Había sido un verano húmedo
espantoso y pedazos de terreno que otros años habían sido seguros, se hundían
sin saber a qué horas. Sus cuerpos nunca
se recobraron. Eso fue lo peor de
todo. – aquí la voz de la niña perdió su
entonación segura y se quebró de modo muy humano -. La pobre tía piensa que volverán algún día,
ellos y el perrito de cacería que se hundió con ellos, y que van a volver a
entrar por esa puerta como siempre lo hacen.
Por eso es que se deja abierta la puertaventana todas las tardes hasta
cuando ya está completamente oscuro. La
pobre tía me ha dicho muchas veces cómo salieron, su esposo con su chaqueta
impermeable blanca en el brazo, y Ronnie, su hermano menor, cantando “¿Bertie,
por qué brincas?” como siempre lo hacía, en broma porque ella decía que la
canción le ponía los nervios de punta.
¿Sabe una cosa?, a veces en tardes tranquilas como esta tengo la idea
soterrada de que van a entrar por esa puerta ventana...
Terminó con un ligero estremecimiento. Para Framton fue un alivio ver entrar a la
tía con un millón de excusas por demorarse tanto en aparecer.
- Espero que Vera lo haya estado entreteniendo – dijo.
- Me ha dicho cosas muy interesantes – dijo Framton.
- Ojalá no le moleste la ventana abierta – dijo la señora
Sappleton en tono ligero -, mi marido y mis hermanos ya regresas de su cacería,
y siempre entran por allí. Hoy han
estado cazando becadas en los pantanos, de modo que me van a volver un asco mis
pobres tapetes. Como siempre los
hombres, ¿cierto?.
Charló alegremente sobre la cacería y la escasez de aves, y
sobre la esperanza de patos en el invierno.
A Framton, todo eso la parecía el horror puro. Hizo un esfuerzo desesperado pero no
completamente exitoso para llevar la conversación a un tema menos espantoso; se
daba cuenta de que la dueña de casa le prestaba apenas un fragmento de su
atención, y de que sus ojos constantemente miraban más allá de él hacia la
ventana abierta y el prado que estaba detrás.
Era una coincidencia verdaderamente desgraciada que él estuviera
haciendo su visita en ese trágico aniversario.
- Los médicos están de acuerdo en aconsejarme completo reposo,
abstenerme de excitaciones mentales y evitar cualquier clase de ejercicio
violento – anunció Framton, quien partía
de la base de esa ilusión bastante difundida, según la cual los complementos
extraños y las amistades casuales están hambrientas de conocer, hasta el más
insignificante detalle, las enfermedades de que uno sufre, sus causas y su
manera de curarse -. En materia de
dietas no están tan de acuerdo – prosiguió.
- ¿No? – dijo la señora Sappleton, en una voz que fue
reemplazada por un bostezo en el último momento. Luego, de pronto, puso evidente atención pero
no a lo que estaba diciendo Framton.
- ¡Por fin llegaron! – exclamó -. ¡apenas a tiempo para el té, y no parecen
venir embarrados hasta las cejas!.
Framton, un poco trémulo, se volvió hacia la sobrina con una
mirada que pretendía llevarle su piadosa comprensión. La niña miraba a través de la ventana abierta
con ofuscación y horror en los ojos. Con
un escalofrío de miedo innombrable, Framton se dio vuelta en su asiento y miró
en la misma dirección.
En la creciente penumbra tres figuras atravesaban el prado hacia
la puertaventana, todos llevaban escopetas bajo el brazo, y uno de ellos,
además, llevaba una chaqueta blanca colgando de los hombros. Un cansado perro de cacería castaño los
seguía pegado a sus talones. Se
acercaban a la casa sin hacer ruido, y de pronto una voz ronca y juvenil
comenzó a cantar desde la sombra: “Te lo
dije Bertie, ¿por qué brincas así?”.
Framton agarró desesperadamente su bastón y su sombrero, apenas si notó
la puerta del salón, la entrada de gravilla, y la puerta del frente en su
retirada a la carrera. Un ciclista que
venía por el camino tuvo que estrellarse con seto para evitar atropellarlo.
- Aquí estamos, querida – dijo el que llevaba la chaqueta blanca
al entrar por la puertaventana -; había bastante barro, pero la mayor parte
está seca.
¿Quién era ese que salió corriendo apenas entramos?
- Un hombre sumamente extraño, un tal señor Nuttel – dijo la
señora Sappleton -; no podía hablar sino de sus enfermedades, y salió corriendo
sin decir una palabra para despedirse o excusarse cuando ustedes llegaron. Parecía que hubiera visto un fantasma. – Yo creo que fue el perro – dijo la sobrina
tranquilamente -; me contó que les tenía terror a los perros. Una vez lo persiguió una manada de perros
Parias hasta un cementerio a orillas del Ganges, y tuvo que pasar la noche en
una tumba recién abierta con los perros gruñendo y mostrándole los dientes o
los hocicos llenos de espuma muy cerca de su cabeza. Lo suficiente para acobardar a cualquiera.
La novela improvisada era la especialidad de la niña.
TOBERMORY
Era una tarde fría y lluviosa de finales de agosto, esa época
indefinida en que las perdices todavía se refugian del frío y no hay nada que
cazar – a menos que tenga al norte el canal de Bristol, en cuyo caso se puede
legalmente galopar detrás de los gordos siervos colorados. La casa de Lady Blemley no limitaba por el
norte con el canal de Bristol, por lo cual, esa misma tarde había una numerosa
reunión de sus invitados alrededor de la mesa del té. Y a pesar de la escasez de la temporada y de
la trivialidad de la ocasión, no había huellas en la reunión de esa fatigada
inquietud que indica el temor a la pianola y el anhelo disimulado de jugar al
Bridge. La franca y boquiabierta
atención de todos los reunidos se dirigía hacia la personalidad hogareña
negativa del señor Cornelius Appin. De
todos los invitados, era éste el que había llegado a casa de Lady Blemley con
la reputación más incierta. Alguien
había dicho que era “inteligente” y había sido invitado con la esperanza
moderada, por parte de su anfitriona, de que cuando menos alguna parte de esa
inteligencia contribuyera al entretenimiento general. Hasta la hora del té, la señora había sido
incapaz de descubrir en qué dirección, si había alguna, se manifestaba esa
inteligencia. No era ni ingenioso, ni
campeón de croquet, no era
hipnotizador, ni creador de escenas de teatro aficionado. Tampoco sugería su exterior la clase de
hombre a quien las mujeres están dispuestas a perdonarle una amplia medida de
deficiencia mental. Se había limitado a
ser sólo el señor Appin, y él Cornelius parecía una muestra de obvia
fanfarronería bautismal; y ahora afirmaba que había lanzado al mundo un
descubrimiento junto al cual la invención de la pólvora, de la imprenta y de la
locomoción a vapor eran fruslerías insignificantes. La ciencia había dado pasos asombrosos en
muchas direcciones en los últimos años, pero esto parecía hacer parte del
dominio de lo milagroso más que de la proeza científica.
- ¿Y usted nos pide realmente que creamos – decía sir Wilfrid -,
que ha descubierto un método de instruir
a los animales en el arte del habla humana, y que el viejo y querido Tobermory ha resultado ser
su primer discípulo exitoso?
- Es un problema en el que he trabajado desde hace diecisiete
años – dijo el señor Appin -, pero sólo hace ocho o nueve meses que he sido
recompensado con muestras de éxito. Por
supuesto, he experimentado con miles de animales, pero sólo recientemente con
los gatos, esas maravillosas criaturas que se han asimilado tan perfectamente a
nuestra civilización sin perder nada de sus instintos silvestres altamente
desarrollados. Aquí y allá, entre los
gatos, uno tropieza con un intelecto superior que sobresale, lo mismo que pasa
entre los seres humanos, y cuando me hice amigo de Tobermory, hace una semana,
vi al momento que estaba en contacto con un “super- gato” de extraordinaria
inteligencia. Había avanzado mucho en el
camino del éxito en mis experimentos recientes; con Tobermory, como dicen,
llegué a la meta.
El señor Appin concluyó su notable declaración en una voz que
procuró despojar de cualquier inflexión triunfante. Nadie dijo “basura”, aunque los labios de
Clovis se movieron en una contorsión trisilábica que probablemente invocaba esa
imagen de la mentira.
- ¿Quiere decir – preguntó la señorita Resker, después de una
breve pausa – que usted le ha enseñado a Tobermory a decir y a entender
palabras fáciles de una sílaba?.
- Mi querida señorita Resker – dijo el hacedor de milagros,
pacientemente – Se les enseña de esa manera fragmentaria a los niños, a los
salvajes y a los adultos retrasados; cuando uno ha logrado resolver el problema
de llegar a entenderse con un animal de inteligencia altamente desarrollada, no tiene necesidad de
esos métodos vacilantes. Tobermory puede
hablar nuestra lengua de una manera impecable.
Esta vez Clovis dijo claramente: “¡Más que basura!”. Sir Wilfrid fue más cortés, pero igualmente
escéptico. -¿No sería mejor que
trajéramos al gato y juzgáramos nosotros mismos? – sugirió Lady Blemley.
Sir Wilfrid fue en busca del animal, y los reunidos se
acomodaron en la lánguida expectativa de presenciar una sesión más o menos
hábil de ventriloquía aficionada.
Un minuto después, sir Wilfrid estaba de vuelta en el salón con
el rostro blanco detrás de la quemadura del sol y los ojos dilatados de
excitación.
- ¡Por Dios, es cierto!
- Su agitación era inconfundiblemente genuina, y sus oyentes se
le acercaron con la emoción del interés que se despierta.
Dejándose caer en un sillón, continuó sin aliento, “lo encontré
dormitando en el salón de fumar y le dije que viniera a tomar el té. Parpadeó mirándome como hace siempre, y yo le
dije, “Ven Toby, no nos hagas esperar”, ¡Por Dios, me contestó con la voz más
espantosamente natural, que vendría cuando le diera la gana! ¡Por poco me caigo
muerto!”.
Appin les había predicado a algunos oyentes absolutamente
incrédulos; la declaración de sir Wilfrid, produjo una convicción
inmediata. Un coro de exclamaciones
exaltadas como para la torre de Babel, se levantó alrededor del científico que
gozaba callado del primer fruto de su
estupendo descubrimiento.
En medio del clamor, Tobermory entró al salón y avanzó con su
paso aterciopelado y su estudiada despreocupación a través del grupo que se
sentaba alrededor de la mesa del té.
Un súbito silencio de embarazo y temor cayó sobre los
reunidos. En cierto modo, parecía algo
vergonzoso dirigirse en términos de igualdad a un gato doméstico de reconocida
capacidad dental.
- ¿Quieres un poco de leche, Tobermory? – preguntó Lady Blemley
en una voz más bien forzada.
- No me caería mal – fue la respuesta expresada en un tono de
tranquila indiferencia. Un estremecimiento
de excitación contenida pasó entre los oyentes, y era de perdonarse que
Lady Blemley sirviera la leche con la mano un poco temblorosa.
- Me temo que derramé bastante – dijo ella en tono de excusa.
- Después de todo, no es mi leche concentrada – fue el
comentario de Tobermory.
Otro silencio cayó sobre el grupo, y luego la señorita Resker,
en su mejor estilo de visitadora de distrito, le preguntó si el lenguaje humano
había sido difícil de aprender.
Tobermory la miró a la cara un momento y luego fijó la vista serenamente
en la media distancia. Era obvio que las
preguntas aburridas estaban por fuera de su esquema de la vida.
- ¿Qué piensa de la inteligencia humana? – preguntó Mavis
Pellington débilmente.
- ¿La inteligencia de quién en particular? – preguntó con
frialdad Tobermory.
- Bueno, la mía, por ejemplo – dijo Mavis con una ligera risita.
- Me pone usted en una situación embarazosa – dijo Tobermory
cuyo tono y actitud no sugería ni una pizca de embarazo -. Cuando se discutió su inclusión en esta
reunión, sir Wilfrid prontestó que usted era la mujer más tonta que él conocía,
y dijo que había una gran diferencia entre la hospitalidad y el cuidado de los
débiles mentales. Lady Blemley contestó
que su falta de cerebro era precisamente la cualidad que le había ganado su
invitación, porque usted era la única persona que le venía a la mente que fuera
lo bastante idiota para comprarle su auto viejo. Ya sabe, el que llaman “La Envidia de
Sísifo”, porque anda muy bien cuesta arriba si uno lo empuja.
Las protestas de Lady Blemley hubieran tenido mayor efecto si no
le hubiera sugerido a Mavis, casualmente esa misma mañana, que el automóvil en
cuestión, era precisamente lo que ella necesitaba para su casa de Devonshire.
El mayor Barfield se lanzó con todo su peso a efectuar un ataque
por el otro costado.
- ¿Qué dices de tus escarceos con esa gata color carey en los
establos, ah?
En el momento en que afirmó tal cosa todo el mundo se dio cuenta
del desatino.
- Uno no discute usualmente esas cosas en público – dijo
Tobermory fríamente -. Después de haber observado por encima su manera de
proceder desde que llegó a esta casa, me imagino que no le parecería
conveniente que yo cambiara la conversación hacia sus propios asuntitos.
El pánico que sobrevino a continuación no se limitó al mayor.
- ¿Querrías ir a ver si el cocinero ya te tiene lista la cena? –
sugirió Lady Blemley apresuradamente, pretendiendo ignorar que faltaban por lo
menos dos horas para que fuera la de la
cena de Tobermory.
- Gracias – dijo Tobermory -, no la tomo tan encima del té. No quiero morirme de la indigestión. – Los
gatos tienen siete vidas, como bien sabes – dijo sir Wilfrid con entusiasmo.
- Es posible – contestó Tobermory -, pero no tenemos sino un
solo hígado.
- ¡Adelaida! – dijo la señora Cornett -; ¿vas a animar a ese
gato a que salga a chismorrear sobre
nosotros en el cuarto de los sirvientes?
- El pánico se había generalizado verdaderamente. Una delgada balaustrada ornamental pasaba en
frente de la mayoría de las ventanas de las alcobas en Las Torres, y se
recordaba con desaliento que este era el
paseo favorito de Tobermory a todas las horas en que pudiera echarles ojo a las
palomas y sabe Dios a qué otras cosas además.
Si se proponía hacer reminiscencias de la misma manera franca de ese
momento el efecto iba a ser más que desconcertante. La señora Cornett, que gastaba mucho tiempo
en el tocador, y cuya piel tersa tenía fama de ser puntual pero inconstante,
parecía tan desazonada como el mayor. La
señorita Scrawen, quien escribía poesía
intensamente sensual y llevaba una vida intachable simplemente se
mostraba irritada; si uno es metódico y virtuoso en la intimidad, no quiere
necesariamente que todo el mundo lo sepa.
Bertie Van Tahn, que era tan depravado a los diecisiete que hacía mucho
había renunciado a ser peor, se puso de un color de gardenia opaco, pero no
cometió el error de salir corriendo del salón como Odo Finsberry, un joven
caballero que según se pesaba estaba estudiando para eclesiástico, y que se
perturbó posiblemente con la idea de los escándalos que podía oír sobre otras
personas. Clovis tuvo la presencia de
ánimo de mantener un aspecto controlado; en su interior calculaba cuánto
tardaría en conseguir una caja de ratones bonitos en el almacén de moda, como
una especie de pago por el silencio.
Incluso en una situación delicada como ésta, Agnes Resker no
se resignaba a quedarse atrás.
- ¿Por qué razón se me ocurrió alguna vez venir aquí? – preguntó
con tono dramático. Tobermory aceptó
inmediatamente la apertura.
- A juzgar por lo que usted le dijo a la señora Cornett en el
campo de croquet, ayer, usted venía en busca de comida. Usted describió a l o Belmleys como la gente
más aburrida que conocía, pero dijo que eran lo suficientemente inteligentes
par tener un cocinero de primera clase; de otro modo les sería muy difícil
invitar a alguien que viniera otra vez.
- ¡No hay una palabra de verdad en eso!- que lo diga la señora
Cornett – exclamó la desconcertada Agnes.
- La señora Cornet le repitió después lo que usted dijo a Bertie
Van Than – continuó Tobermory -, y dijo, “esa mujer es una verdadera
practicante de La Marcha del Hambre,
iría a cualquier parte por cuatro comidas completas al día”, y Bertie Van Tahn
dijo... en ese momento, por
misericordia, la crónica se detuvo.
Tobermory había alcanzado a ver que el gatazo amarillo de la parroquia
se abría paso por entre los arbustos hacia un ala del establo. Como un rayo desapareció con la ventana
abierta.
Con la desaparición de su en extremo brillante alumno, Cornelios
Appin se encontró acorralado por un huracán de preguntas amargas, vituperantes
y ansiosas, y por un ruego aterrador. La
responsabilidad por la situación era toda suya y el debía impedir que las cosas
se pusieran peor.
¿Podría Tobermory transmitir su peligroso don a otros
gatos? Era la primera pregunta que tenía
que contestar. Era posible, replicó que
pudiera haber iniciado a la gata del establo, su íntima amiga, en sus nuevas
habilidades, pero no era probable que sus enseñanzas hubieran ido más allá por
el momento.
-
Entonces – dijo la señora
Cornett -, Tobermory puede ser un gato valioso y un gran consentido, pero estoy
segura de que estarás de acuerdo, Adelaida, en que tanto él como la gata del
establo deben hacerse desaparecer sin demora
-
¿No creerás que he gozado
con el último cuarto de hora, cierto? -
dijo amargamente Lady Blemley -. Mi
esposo y yo queremos mucho a Tobermory, por lo menos lo queríamos antes que le
infundieran esa horrible habilidad; pero ahora, por supuesto, lo único posible
es destruirlo tan pronto como se pueda.
-
Podemos poner un poco de
estrictina en las sobras de pescado que se come a la hora de la cena – dijo sir
Wilfrid -, e iré y ahogaré yo mismo a la gata del establo. El cochero estará muy triste de perder su
gata, pero le diré que a los dos gatos se les prendió una especie de sarna muy
contagiosa y que tememos que se extienda a las perreras.
-
¡Pero mi gran
descubrimiento! – exclamó el señor Appin.
-; después de todos mis años de investigación y experimentos...
-
Puede ir a experimentar
entre las vacas de la granja que están bajo un control apropiado – le dijo la
señora Cornett -, o con los elefantes de los jardines zoológicos. Se dice que son muy inteligentes, y tienen la
ventaja que no merodean alrededor de nuestras alcobas ni se meten debajo de las
sillas y cosas así.
Un arcángel que hubiera anunciado en medio de un éxtasis la
llegada de la nueva era y luego hubiera notado que tenía que posponerla
indefinidamente por coincidir, de manera imperdonable, con la inauguración de
las regatas de Henley, y a duras penas,
estaría más abatido que Cornelius Appin ante el recibimiento de su maravilloso
hallazgo. La opinión pública, sin
embargo, estaba en su contra; de hecho, si se hubiera consultado el parecer
general en torno a la materia, es
probable que una minoría muy fuerte hubiera votado a favor de incluirlo en la
dieta de estrictina.
Algunas reservas de tren defectuosas y un deseo nervioso de ver
que las cosas se llevaran a término impidieron la inmediata dispersión del
grupo, pero la cena de esa noche no fue un éxito social. Sir Wilfrid había pasado un rato bastante
difícil con la gata del establo y posteriormente con el cochero. Agnes Resker ostentosamente limitó su comida
a un pedazo de tostada, el cual mordió como si se tratara de un enemigo
personal; mientras Mavis Pelligton guardaba un vengativo silencio a lo largo de
la cena. Lady Blemley mantuvo un flujo
de lo que ella esperaba que fuera conversación, pero su atención estaba fija en
la entrada. Un plato de sobras de
pescado cuidadosamente dosificado estaba listo en el aparador, pero llegaron
los postres y Tobermory no apareció ni en el comedor ni en la cocina.
La cena sepulcral fue alegre comparada con la subsiguiente
sobremesa en el cuarto de fumar. Comer y
beber por lo menos habían servido de distracción y de excusa para el embarazo
general. Ni pensar en jugar al bridge
con esa tensión de nervios, y después que Odo Finsberry le dio una lúgubre
versión de Melisenda en el Bosque a
un público helado, la música tácitamente se descartó. A las once toda la servidumbre se fue a la
cama, diciendo que, como de costumbre, la ventanita de la despensa se había
dejado abierta para el uso privado de Tobermory. Los invitados se leyeron todas las revistas
de actualidad, y poco a poco fueron cayendo en la Biblioteca Badminton y en los
volúmenes empastados de Punch. Lady
Blemley hacía visitas periódicas a las despensa volviendo todas las veces con
una expresión de franca depresión que hacía inútil cualquier pregunta.
A las dos de la mañana, Clovis rompió el silencio dominante. “No
volverá esta noche. Probablemente está en el periódico local en este momento,
dictando el primer capítulo de sus reminiscencias. El libro de Lady como se llame no podrá
competir con ellas. Serán el acontecimiento del día.”
Habiendo contribuido a la alegría general, Clovis se fue a la
cama. A largos intervalos los demás
miembros siguieron su ejemplo. Los
sirvientes que traían el té de la mañana hicieron un anuncio uniforme en
respuesta a una pregunta uniforme.
Tobermory no había vuelto. El
desayuno, si fuera posible, fue una reunión más desagradable que la cena, pero
antes que terminara la situación se tranquilizó. El cadáver de Tobermory se encontró en el
seto del cual lo trajo el jardinero que acababa de encontrarlo. Por los mordiscos que tenía en la garganta y
por el pelo amarillo, era evidente que había caído en desigual combate con el
gatazo de la parroquia.
A medio día, la mayoría de los invitados se había ido
de Las Torres, y después de almuerzo, Lady Blemley había recobrado el
ánimo lo suficiente para escribir una carta extremadamente antipática a la
parroquia sobre la muerte de su valioso consentido.
Tobermory había sido el único alumno exitoso de Appin, y estaba
destinado a no tener sucesor. Unas semanas después, un elefante del Jardín
Zoológico de Dresden, que nunca había dado señales de irritabilidad, se soltó y
mató a un inglés que aparentemente lo había estado molestando. El apellido de la víctima se mencionó de modo
diverso en los periódicos como Appin y Eppelin, pero su nombre de pila fue
fielmente citado como Cornelius.
- Si estaba tratando de enseñarle los verbos irregulares
alemanes al pobre animal – dijo Clovis, se merecía lo que le pasó.
LOS HUÉSPEDES
El Paisaje que se ve desde nuestras ventanas es verdaderamente
encantador –dijo Annabel-; esos huertos de cerezos y esos prados verdes, y el
río que serpentea a lo largo del valle, y la torre de la iglesia asomándose
entre los olmos, todo eso hace una verdadera pintura. Ha algo, aquí
terriblemente soñoliento y lánguido, sin embargo; el estancamiento parece ser
la nota dominante. Nunca pasa nada; tiempo de sembrar y de cosechar, una
ocasional epidemia de sarampión o una tempestad moderadamente destructiva, y un
poco de excitación por las elecciones más o menos una vez cada cinco años, eso
es todo lo que tenemos para alterar la monotonía de nuestras existencias. ¿Más bien horrible, no es cierto?
- Por el contrario – dijo Matilda – me parece suave y reposado;
pero por supuesto, tú sabes que yo he vivido en países en los que sí pasan
cosas, muchísimas al mismo tiempo, cuando uno no está preparado para que pasen
todas a la vez.
- Eso, por supuesto, es algo distinto – dijo Annabel.
- No podría olvidar – dijo Matilda -, la vez que el obispo de
Bequar nos hizo una visita inesperada; iba a poner la primera piedra de la casa
de una misión o algo por el estilo. – Yo
pensaba que allá ustedes estaban siempre preparados para que les cayeran
huéspedes de emergencia – dijo Annabel.
- Yo estaba totalmente preparada para media docena de obispos –
dijo Matilda -; pero lo desconcertante fue descubrir, después de conversar un
poco, que éste en particular era un primo lejano mío de una rama de la familia
que se había peleado amarga y ofensivamente con la mía por un servicio de
postre Crown Derby; ellos se
habían quedado con él, y nosotros debíamos tenerlo en virtud de no se
qué legado, o más bien, nosotros lo teníamos y ellos debían tenerlo, ya no me
acuerdo cuál de las dos cosas; de todos modos, sé que ellos se portaron
vergonzosamente. Y ahora me llegaba uno
en olor de santidad, como quien dice, y reclamando la tradicional hospitalidad
del oriente.
- Era bastante difícil, pero hubieras podido dejar que tu marido
lo atendiera la mayor parte del tiempo.
– Mi marido estaba a cincuenta millas en el monte, haciendo entrar en
razón, o lo que él se imaginaba que era la razón, a la gente de un pueblito que
creía que uno de sus jefes era un tigre reencarnado.
- ¿Un tigre, que? – Un tigre reencarnado, ¿has oído hablar de
los hombres – lobos que son una mezcla de hombre, lobo y de mono?. Bueno en esos lugares tienen hombres –
tigres, o creen que los tienen, y tengo que decir que en ese caso, hasta donde
llegaban las pruebas no desvirtuadas, tenían todas las bases para creerlo. Sin embargo, como hemos renunciado a los
juicios por hechicería desde hace unos trescientos años, no nos gusta que otra
gente mantenga nuestras prácticas desechadas; no parece respetuoso con nuestra
posición mental y moral.
- Espero que no tratarás
mal al obispo – dijo Annabel.
- Bueno, por supuesto era mi huésped, de modo que tenía que ser
exteriormente con él, pero él era lo suficientemente falto de tacto para
desenterrar incidentes de la vieja pelea y tratar de demostrar que se podía decir algo en
defensa de la forma como se había portado su lado de la familia; incluso si
hubiera sido así, lo cual yo no admito ni por un instante, mi casa no era el
lugar para decirlo. No discutí la
cuestión, pero le di permiso a mi cocinero para ir a visitar a sus ancianos
padres a unas noventa millas de distancia.
El cocinero de emergencia no era especialista en curries; de hecho no
creo que la cocina de cualquier manera o forma fuera uno de sus puntos
fuertes. Creo que originalmente había
venido como jardinero, pero como nunca pretendimos tener nada que se pudiera
considerar jardín, se empleaba como ayudante del pastor de cabras, puesto que
en el cual entiendo que era completamente satisfactorio. Cuando el obispo supo que yo le había dado al
cocinero un permiso especial e innecesario, se dio cuenta de las interioridades
de la maniobra, y de ese momento en adelante escasamente nos hablamos. Si alguna vez has tenido en tu casa un obispo
con quien no te hablas, te darás una idea de la situación.
Annabel confesó que nunca había pasado por una experiencia tan
inquietante. – Luego – continuó Matilda
-, para complicar más las cosas, el Gwadlipichee se desbordó, algo que pasaba a
veces cuando las lluvias se prolongaban más de la cuenta y el piso bajo de la
casa y todos los edificios exteriores quedaron sumergidos. Nos las arreglamos para soltar los caballos a
tiempo, y el mayordomo los llevó nadando a la colina más cercana. Una o dos cabras, el pastor jefe, su esposa y
varios de sus niñitos llegaron a refugiarse en la galería. Todo el resto del espacio disponible se llenó
de gallinas y pollos mojados y embarrados; uno no sabe realmente cuántas
gallinas tiene hasta que se inundan los cuartos de los sirvientes. Desde luego, ya había pasado por algo
parecido en las inundaciones anteriores pero nunca había tenido una casa llena
de cabras y muchachitos y de gallinas medio ahogadas, con la adición de un
obispo con quien apenas me hablaba.
- Debió ser una experiencia dura – comentó Annabel.
- Se iban a presentar más molestias. Yo no iba a permitir que una simple
inundación común barriera la memoria de ese servicio de postre Crown Derby, y le hice saber al obispo que su espaciosa
alcoba en la que había un escritorio y su pequeño cuarto de baño con
suficientes jarras de agua fría, era su parte de la casa y que el espacio
estaba bastante congestionado, dadas las circunstancias. Sin embargo, como a las tres de la tarde,
cuando se acababa de despertar de su siesta, hizo una súbita incursión en el
cuarto que normalmente era el recibo, pero que ahora era comedor, bodega,
cuarto de aperos, y otra media docena de cuartos temporales. A juzgar por la bata de mi huésped, éste
parecía pensar que también debía servirle como cuarto de vestir. – Me temo que no tiene dónde sentarse – dije
fríamente -, la galería está llena de cabras.
- Hay una cabra en mi alcoba – observó con la misma frialdad y
más que una sospecha de reproche sardónico.
- No me diga – dije yo -, ¡otra sobreviviente! Yo pensaba que todas las otras cabras habían
perecido.
- Esta cabra en particular ha perecido por completo – dijo-, en
este momento, la está devorando un leopardo.
Por eso salí de la alcoba; a algunos animales les desagrada que los
miren cuando están comiendo.
- El leopardo, por supuesto, era muy fácil de explicar; había
estado rondando por los corrales de las cabras cuando vino la inundación, y se
había trepado por la escalera exterior que llevaba al baño del obispo,
trayéndose una cabra por si acaso.
Probablemente el baño le pareció demasiado húmedo y encerrado
para su gusto, y transfirió sus operaciones gastronómicas a la alcoba en donde
el obispo estaba echando su siesta.
- ¡Qué situación tan aterradora! – exclamó Annabel -; imagínate,
tener un leopardo hambriento en la casa, con una inundación rodeándote por
todas partes.
- Hambriento en lo más mínimo – dijo Matilda -; estaba lleno de
carne de cabra, y tenía toda el agua que quisiera si le daba sed, y
probablemente lo único que quería en ese momento era dormir sin que lo
molestaran. De todos modos, creo que
cualquiera admitirá que tener el único cuarto de huéspedes disponible ocupado
por un leopardo es un predicamento embarazoso, además, la galería abarrotada de
cabras, niñitos, gallinas mojadas, más un obispo con el cual una apenas hablaba
plantado en su único cuarto de estar. No
sé cómo pasé esas horas eternas, y, claro está, las comidas no hacían sino
empeorar las cosas. El cocinero de
emergencia tenía todas las excusas para mandarnos sopa aguada y arroz
desbaratado, y como ni el pastor de cabras ni su mujer eran nadadores expertos,
no se podía llegar al sótano. Por
fortuna, el Gwadlipichee baja tan
rápidamente como se desborda y poco antes de la madrugada, el mayordomo vino
chapoteando con los caballos a los cuales el agua apenas les pisaba los
cascos. Entonces surgió una molestia
debida al hecho de que el obispo quería partir antes que lo hiciera el
leopardo; y como éste último estaba instalado en medio de los artículos
personales de aquel, había una obvia dificultad para alterar el orden de l
partida. Le hice notar al obispo que los
gustos y los hábitos del leopardo no son los de una nutria, y que éste prefiere
naturalmente caminar que chapotear, y que en todo caso una comida compuesta por
una cabra entera, regada con el agua de la tina, justificaba cierta cantidad de
reposo; si hacía que le dispararan para asustarlo y que huyera, como sugería el
obispo, el leopardo lo único que podía hacer sería salir de la alcoba para
venir al cuarto de estar ya muy congestionado.
Realmente fue un alivio bastante grande cuando ambos se fueron. Ahora, tal vez, entiendas mi aprecio por un
lugar campestre en donde no pasan cosas.
CATÁSTROFE DE UN JOVEN TURCO
El ministro de Bellas Artes (a cuyo ministerio se había anexado
últimamente la nueva subsección de Ingeniería Electoral) le hizo una visita de
trabajo al gran visir. De acuerdo con la
etiqueta oriental, discurrieron un rato sobre temas indiferentes. El ministro se detuvo a tiempo para omitir
una referencia casual a la Maratón que se había corrido, cuando recordó que el
gran visir tenía una abuela persa y podía considerar la alusión a Maratón
como una falta de tacto.
A continuación el ministro entró en el tema de su entrevista.
- ¿Bajo la nueva constitución, las mujeres tendrán el voto? –
preguntó repentinamente.
- ¿Tener el voto? ¿Las mujeres? – exclamó el visir con cierta
estupefacción -. Mi querido pashá, la
nueva carta tiene cierto sabor de absurdo así como está; no tratemos de
convertirlo en algo completamente ridículo.
Las mujeres no tienen alma, ni inteligencia, ¿por qué demonios van a
tener el voto?
- Sé que suena absurdo – dijo el ministro -, pero en occidente
están considerando esa idea seriamente.
- Entonces deben estar equipados con mayor solemnidad de la que
yo les reconocía. Después de una vida de esfuerzos especiales por mantener mi
gravedad, escasamente puedo reprimir mi inclinación a sonreír ante tal
sugerencia. Mire usted, nuestras mujeres
en la mayoría de los casos no saben leer ni escribir. ¿Cómo pueden ejecutar la operación de votar?
- Se les pueden mostrar los nombres de los candidatos y en donde
pueden marcar con una cruz.
- Discúlpeme ¿cómo dijo? – lo interrumpió el visir.
- Con una medialuna, quiero decir – se corrigió el ministro-.
Sería algo que le gustaría al Partido Turco Juvenil – agregó.
- Bueno – dijo el visir -, si vamos a cambiar las cosas,
lleguemos al extremo de una vez. Daré
instrucciones para que a las mujeres se les reconozca el voto.
La votación ya llegaba a su fin en la circunscripción de
Lakoumistan. El candidato del Partido
Turco Juvenil, según se sabía, iba ganando por trescientos o cuatrocientos
votos, y estaba ya redactando su discurso, para dar las gracias a los
electores. Su victoria era casi un
hecho, porque había puesto a funcionar toda la maquinaria electoral de
occidente. Había empleado hasta
automóviles. Pocos de sus partidarios
habían ido a las urnas en esos vehículos, pero gracias a la inteligente manera
como los manejaron sus conductores, muchos de sus opositores habían ido a dar a
la tumba, a los hospitales locales o se habían abstenido de votar por alguna
otra razón. Y luego pasó algo
inesperado. El candidato rival, Alí el
Escogido, entró en escena con sus esposas y las mujeres de su casa, que
llegaban más o menos a seiscientas. Alí
no había desperdiciado mucho tiempo en literatura electoral, pero se le había
oído afirmar que cada voto que le dieran a su adversario quería decir otro saco
arrojado al Bósforo. El juvenil
candidato turco, que se había adaptado a la costumbre occidental de una sola
esposa y escasamente alguna amante, contempló impotente cómo su adversario
llenaba las urnas hasta alcanzar la mayoría triunfante.
- ¡Cristabel Colón! – exclamó invocando de modo algo confuso el
nombre de un pionero distinguido -, ¿quién lo hubiera pensado?
- Extraño – murmuró Alí -, que alguien que peroraba de manera
tan elocuente acerca de la Balota Secreta, no haya tenido en cuenta el Voto
Velado.
Y, de regreso a casa con sus electoras, murmuró para sus barbas
esta improvisación sobre una estrofa del poeta herético de Persia:
Alguien rico en metáforas y
pareceres
Ama el verbo afilado como un
cuchillo;
Y yo que en estos casos soy
un chiquillo
Sólo llego a las urnas con
mis mujeres.
EL PROGRAMA DE GALA
Era un día auspicioso en el calendario romano; el del nacimiento
del popular y talentoso joven emperador Plácidus Supérbus. Todo el mundo en Roma se disponía a celebrar
una gran fiesta, el clima era el mejor y, naturalmente el circo imperial estaba
colmado. Unos minutos antes de la hora
fijada para el comienzo del espectáculo, una sonora fanfarria de trompetas
proclamó llegada del César, y el Emperador ocupó su asiento en el Palco
Imperial entre las aclamaciones vociferantes de la multitud. Mientras la gritería del público se apagaba
se comenzaba a oír un saludo aún más excitante, en la distancia próxima: el rugido furioso e impaciente de las fieras
enjauladas en los Bestiarios Imperiales.
- Explícame el programa – le ordenó el emperador al maestro de
ceremonias a quien había mandado llamar a su lado. Este eminente funcionario tenía un aspecto
preocupado.
- Gracioso César – anunció -, se ha imaginado y preparado el más
promisorio y entretenido de los programas para vuestra augusta aprobación. En primer lugar habrá una competencia de
carros de un brillo y un interés insólitos; tres cuadrigas que nunca han sido
derrotadas competirán por el trofeo de Herculano, junto con la bolsa que
vuestra imperial generosidad ha agregado.
Las probabilidades de las cuadrigas competidoras son tan parejas como
es posible y hay grandes apuestas entre
el populacho. Los tracios Negros son tal
vez los favoritos.
- Ya sé, ya sé – interrumpió el César quien había oído hablar
toda la mañana, hasta el cansancio, del mismo tema -, ¿qué más hay en el
programa?
- La segunda parte del programa – dijo el funcionario imperial –
consiste en un gran combate de bestias salvajes, escogidos especialmente por su
fuerza, su ferocidad y sus habilidades en la lucha. Aparecerán simultáneamente en al arena
catorce leones y leonas de Nubia, cinco tigres, seis osos sirios, ocho panteras
persas y tres del Norte de África, un buen número de lobos y linces de las
selvas teutónicas, y siete gigantescos toros salvajes de la misma región. Habrá también jabalíes de un salvajismo nunca
visto, un rinoceronte de la Costa Bárbara, algunos feroces hombres – mono, y
una hiena que está rabiosa, según se dice.
- Promete estar bien – dijo el emperador.
- Prometía estar bien,
oh César - dijo el funcionario con gran
dolor -, prometía estar maravillosamente; pero entre la promesa y su
cumplimiento se ha interpuesto una nube.
- ¿Una nube? ¿Qué nube? – preguntó el César frunciendo el ceño.
- Las Sufragistas – explicó el funcionario -; amenazan con
interferir con la carrera de cuadrigas.
- ´¡Me gustaría verlas hacerlo! – exclamó el emperador
indignado.
- Temo que vuestro imperial deseo se cumpla de un modo
desagradable – dijo el maestro de ceremonias -; estamos tomando todas las
precauciones posibles y custodiando todas las entradas al circo y a los
establos con triple guardia; pero se rumora que al darse la señal para la
entrada de las cuadrigas, quinientas mujeres bajarán con cuerdas desde los
asientos del público e invadirán toda la pista de carrera. Naturalmente, en esas circunstancias no se
puede correr una carrera y el programa se arruinará.
- El día de mi cumpleaños – dijo Plácidus Supérbus -, no se
atreverán a hacer algo tan ultrajante.
- Mientras más augusta sea la ocasión, más deseosa están de
hacerse propaganda y de hacérsela a su causa – dijo el acosado funcionario -,
no tienen escrúpulo ni siquiera en interrumpir con motines las ceremonias de
los templos.
- ¿Quiénes son esas Sufragistas? – preguntó el emperador -. Desde cuando volví de mi expedición a Panonia
no he oído hablar sino de sus excesos y sus manifestaciones.
- Son una secta política de origen muy reciente, y su objetivo
parece ser apoderarse de una gran parte del poder político. Los medios que están empleando para
convencernos de su capacidad para ayudar a administrar las leyes consisten en
la tolerancia con el salvajismo, y el tumulto, en la destrucción y el desafío a
toda autoridad. Ya han dañado algunos de
los tesoros públicos más valiosos históricamente, y que nunca podrán reemplazarse.
- ¿Es posible que el sexo al que admiramos y honramos de tal
modo pueda producir esas hordas de furias? – preguntó el emperador.
- Se necesita gente de toda clase para formar un sexo – observó
el maestro de ceremonias que poseía algún conocimiento mundano -, también –
continuó ansiosamente -, se necesita muy poco para echar a perder un programa
de gala.
- Tal vez la perturbación que usted prevé no resulte ser más que
una amenaza vana- dijo el emperador para consolarlo.
- Pero si cumplen lo que intentan – dijo el funcionario -, el
programa se arruinará por completo.
El emperador no dijo nada.
Cinco minutos después sonaron las trompetas para anunciar el comienzo
del espectáculo. Un murmullo de
excitación anticipada recorrió las filas de los espectadores, y las últimas
apuestas sobre la gran carrera se intercambian apresuradamente. Las puertas que daban a los establos se
abrieron lentamente, y una tropa de asistentes a caballo recorrió la pista para
asegurarse de que todo estaba listo para la importante competencia. Otra vez sonaron las trompetas, y entonces,
antes que saliera la primera cuadriga, se levantó un tumulto salvaje de gritos,
risas, protestas furiosas, y estridentes gritos de desafío. Centenares de mujeres bajaban a la arena con
la ayuda de sus cómplices. Un momento
después, corrían y bailaban en grupos frenéticos por toda la pista en la que
debían competir los carros.
Ninguna cuadriga de caballos adiestrados se le hubiera
enfrentado a esa muchedumbre frenética; era evidente que la carrera no se podía
realizar de ninguna manera. Alaridos de
desilusión y de rabia se levantaban de los espectadores, alaridos de triunfo de
las mujeres dueñas de la pista les contestaban como un eco. Los vanos esfuerzos de los guardias del circo
por echar fuera a la horda invasora sólo se sumaban a la gritería y a la
confusión; tan pronto como sacaban a las Sufragistas de una parte de la pista,
éstas invadían otra.
El maestro de ceremonias estaba casi delirante de rabia y
mortificación. Plácidus Supérbus, quien
permanecía calmado y sereno como de costumbre, le hizo una seña y le dijo unas
palabras al oído. Por primera vez en esa
tarde, se vio sonreír al atribulado funcionario.
Sonó una trompeta desde el palco imperial; un silencio
instantáneo cayó sobre la turba excitada.
Tal vez el Emperador, como último recurso, iba a anunciar alguna
concesión a favor de las Sufragias.
- Cierren las puertas de los establos – ordenó el maestro de
ceremonias -, y abran todas las de los cubiles de las fieras. El deseo imperial es que la segunda parte del
programa se realice primero.
Tal como se vio, el maestro de ceremonias no había exagerado en
lo mínimo la probable brillantez de esa parte del espectáculo. Los toros salvajes eran realmente salvajes, y
la hiena que tenía fama de estar rabiosa hizo honor a su repuación de manera
total.
LA LOBA
Leonard
Bilsiter era una de esas personas que no han podido encontrar este mundo
atractivo o interesante, y que han
buscado una compensación en un mundo nunca visto de su propia experiencia o
imaginación, o invención. Los niños
tienen éxito en esa clase de cosas, pero se contentan con convencerse ellos
mismos sin vulgarizar sus creencias tratando de convencer a los demás. Las creencias de Leonard Bilster eran para
“unos pocos”, lo que quería decir cualquiera que le pusiera atención.
Sus
andanzas en lo desconocido hubieran podido no llevarlo más allá de las
perogrulladas corrientes del visionario casero, si un accidente no hubiera
reforzado su repertorio de sabiduría misteriosa. En compañía de un amigo que tenía interés en una mina en los Urales, había
hecho un viaje a través de la Europa Oriental en el momento en que la gran
huelga del ferrocarril ruso pasaba de la amenaza a la realidad; su iniciación
lo sorprendió en el viaje de regreso, en algún lugar más allá de Perm, y fue mientras esperaba un par de días conoció
a un distribuidor de arneses y artículos de metal, quien provechosamente
ahuyentó el tedio de la larga parada iniciando a su compañero de viaje inglés
en un sistema fragmentario de folklore
que había aprendido de los mercaderes y los nativos Trans-Baikales. A su regreso a casa, Leonard se mostraba muy
gárrulo sobre sus experiencias de la huelga rusa, pero opresivamente reticente
sobre ciertos oscuros misterios a los que aludía con el título sonoro de Magia
Siberiana. La reticencia se desgastó en
una semana o dos bajo la influencia de la general y completa falta de
curiosidad, y Leonard empezó a hacer alusiones más detalladas a los enormes
poderes que esta nueva fuerza esotérica, para usar su propia descripción de ella,
le confería a los pocos iniciados que sabían cómo manejarla. Su tía, Cecilia Hoops, que amaba lo
sensacional quizá más de lo que amaba lo verdadero, le hacía una propaganda tan
clamorosa como cualquiera hubiera pedido, esparciendo un recuento de cómo había
convertido un trozo de verdura en una torcaza delante de sus propios ojos. Como manifestación de la posesión de poderes
sobrenaturales, en algunos círculos, la historia se desestimaba dado el respeto
que se le tenía a la imaginación de la señora Hoops.
Aunque
las opiniones se dividieran sobre si Leonard era un hacedor de milagros o un
charlatán, lo cierto es que llegó a pasar el fin de semana en casa de Mary
Hampton con la fama de ser eminentemente en una u otra de estas dos
profesiones, y no estaba dispuesto a rehuir la publicidad que le tocara en
suerte.
Las
fuerzas esotéricas y los poderes insólitos figuraban abundantemente en toda
conversación en la que participaran él o su tía, y sus propias actuaciones,
pasadas y posibles eran el tema de misteriosas insinuaciones y enigmáticas
confesiones.
-
Me gustaría que me convirtiera en un lobo, señor Bilsiter – le dijo la dueña de
casa en el almuerzo, al día siguiente a su llegada.
-
Mi querida Mary – le replicó el coronel Hampton -, nunca imaginé que tuvieras
ansias de un asunto como ese.
-
Una loba por supuesto – continuó la señora Hampton -; sería demasiado
complicado cambiar de sexo y de especie así de pronto.
-
No creo que se deba hacer chistes en esta materia – dijo Leonard.
-
No estoy bromeando, le aseguro que hablo completamente en serio. Sólo que no tenemos sino ocho personas que
jueguen al bridge, y se nos descompleta una de las mesas. Mañana llegará más gente. Mañana por la noche, después de la cena...
-
En nuestro imperfecto conocimiento actual de estas fuerzas ocultas, creo que
debemos acercarnos a ellas con humildad y no con burla – observó Leonard, con
tal severidad que el tema se abandonó enseguida.
Clovis
Sangrail había asistido, en un silencio desacostumbrado, a la discusión sobre
las posibilidades de la magia siberiana; después del almuerzo se llevó a lord
Pabham al relativo escondite del cuarto de billar y le hizo una pregunta
exploratoria.
-
¿Tiene usted algo parecido a una loba en su colección de animales
salvajes? ¿Una loba de moderado buen
genio?
Lord
Pabham lo pensó.
-
Está Luisa – dijo -, un espécimen bastante fino de loba de los bosques. La cambié hace un par de años por unos zorros
árticos. La mayoría de mis animales se vuelven bastante
domésticos antes de que pasen mucho tiempo conmigo; creo que Luisa tiene un
temperamento angelical, para lo que son las lobas. ¿Por qué me hace esa pregunta?
-
Pensaba si me la podría prestar mañana por la noche – dijo Clovis con la
amabilidad intrascendente de alguien que pide prestado un pasa-cuellos o una
raqueta de tenis.
-
¿Mañana por la noche?
-
Si, los lobos son animales nocturnos, de modo que las horas de la noche no le
harán daño – dijo Clovis con el aire de quien ha tomado todo en cuenta -; uno
de sus hombres puede traerla de Pabham Park después del atardecer, y con algo
de ayuda podemos meterla a escondidas en el invernadero en el mismo momento en
que Mary Hampton haga una salida disimulada.
Lord
Pabham se quedó mirando a Clovis durante un momento de comprensible extrañeza,
luego su rostro se llenó de una red de arrugas de pura risa.
-
Ah, ese es el chiste, ¿cierto? Usted va a hacer un poco de magia siberiana por
su cuenta. ¿Y la señora Hampton está de
acuerdo en ayudarle en la conspiración?
-
Mary está comprometida a ayudarme en todo, si usted nos garantiza el buen genio
de Luisa.
-
Yo respondo por Luisa – dijo lord Pabham.
Al
día siguiente los asistentes a la reunión habían aumentado, y el instinto
autopublicitario de Bilsiter había crecido debidamente con el estímulo de un
público más numeroso.
Durante
la cena, esa noche, se extendió largamente sobre el tema de las fuerzas ocultas
y los poderes no demostrados, y el flujo de su impresionante elocuencia no
había disminuido nada cuando se estaba sirviendo el café en el estudio como
preparación para una migración general hacia la sala de juego. Su tía le aseguraba una atención
respetuosa a sus declaraciones, pero su
alma amante de lo sensacional ansiaba algo más dramático que la mera
demostración verbal.
-
¿Por qué no haces algo para convencerlos de tus poderes, Leonard? –
le rogó -. Convierte algo en otra cosa.
Él puede, si decide hacerlo – le informó a los presentes.
-
¡Ay!, si, hágalo – dijo Mavis Wellington con mucha seriedad, y casi todos los
presentes le hicieron eco. Hasta los que
no creían que fuera posible estaban dispuestos a divertirse con un poco de
prestidigitación de aficionado.
Leonard
sentía que algo tangible se esperaba de él.
-
¿Alguno de los presentes tiene – dijo -, una moneda de cobre o algún pequeño
objeto sin mayor valor?
-
¿No nos va a hacer desaparecer monedas o algo tan primitivo como eso, verdad?-
dijo Clovis despectivamente.
-
Me parece muy antipático de su parte no concederme mi petición de convertirme
en loba – exclamó Mary Hampton, mientras se dirigía al invernadero para darles
a sus guacamayos su regalo usual de sobras del postre.
-
Ya le he advertido sobre el peligro de burlarse de estos poderes – dijo Leonard
solemnemente.
-
No creo que usted pueda hacerlo – dijo Mary con una risa desafiante desde el
invernadero -, lo reto a que lo haga si puede.
Lo desafío a que me convierta en loba.
Mientras
decía esas palabras, se perdió de vista detrás de un macizo de azaleas.
-
Señora Hampton – empezó Leonard con mayor solemnidad, pero pudo continuar. Un soplo de aire helado pareció recorrer el
salón, y al mismo tiempo los guacamayos estallaron en gritos ensordecedores.
-
¿Qué diablos les pasa a esos malditos pájaros, Mary? – exclamó el coronel
Hampton; en el mismo momento, un grito aún más estridente de Mavis Wellington
hizo que todos se levantaran de sus asientos.
En distintas actitudes de horror incontenible o de defensa instintiva se
enfrentaban con la fiera gris de aspecto maligno que los miraba desde un surco
de helechos y azaleas.
La
señora Hoops fue la primera en recobrarse del caos general de terror y
aturdimiento.
-
¡Leonard! – le gritó chillonamente a su sobrino -, ¡conviértela otra vez en la
señora Hampton ahora mismo! Puede saltarnos encima en cualquier momento. ¡Conviértela otra vez!
-
Yo... yo no se cómo – balbució Leonard, que parecía más asustado y horrorizado
que cualquiera.
-
¡Cómo! – gritó el coronel Hampton - ¡Usted se ha tomado la abominable libertad
de convertir en loba a mi esposa, y ahora se para tranquilamente y dice que no
puede volverla a convertir en ella misma!
Para
ser estrictamente justos con Leonard, hay que decir que la tranquilidad no era
algo por lo que se distinguiera en ese momento.
-
Le aseguro que yo no convertí a la señora Hampton en loba; nada más lejos de
mis intenciones. – Protestó.
-
¿Entonces, donde está ella, y cómo vino a dar ese animal al invernadero? –
preguntó el coronel.
-
Desde luego debemos aceptar su afirmación de que usted no convirtió a la señora
Hampton en loba – dijo Clovis cortésmente -, pero estará usted de acuerdo en
que las apariencias están en contra suya.
-
¿Vamos a seguir con todas estas recriminaciones con ese animal ahí parado listo
a hacernos pedazos? – gimió Mavis indignada.
-
Lord Pabham, usted sabe mucho de animales salvajes – sugirió el coronel
Hampton.
-
Los animales salvajes a que yo estoy acostumbrado – dijo lord Pabham -, vienen
con sus credenciales en orden, de distribuidores muy conocidos, o se han criado
en mi propio zoológico. Nunca me había
encontrado con un animal que sale tranquilamente de un macizo de azaleas,
dejando a una anfitriona encantadora y muy querida inexplicablemente desaparecida. Hasta donde uno puede juzgar por las
características externas – continuó -, tiene la apariencia de una hembra bien
desarrollada del lobo de los bosques de Norteamérica, una variedad de la
especie común de Canis lupus.
-
Economícese el nombre en latín – gritó Mavis, mientras el animal avanzaba uno o
dos pasos por el salón -, ¿no puede atraerla con comida y encerrarla donde no
pueda hacer daño?
-
Si es realmente la señora Hampton, que acaba de comerse una muy buena cena, no
creo que la comida le atraiga mucho – dijo Clovis.
-
Leonard – rogó lagrimosamente la señora Hoops -, ¿aunque lo que pasa no sea
culpa suya, no puedes usar tus grandes poderes para convertir este animal
espantoso en algo que no haga daño, antes que nos muerda a todos, en conejo o
algo así?
-
No creo que al coronel Hampton le guste que anden cambiando a su esposa en una
serie de animales curiosos como si estuviéramos jugando a las máscaras con ella
– objetó Clovis.
-
Lo prohibo terminantemente – tronó el Coronel.
-
A la mayoría de los lobos con los que he tenido que ver les ha gustado el
azúcar –dijo lord Pabham – si les parece puedo ensayar con ésta.
Tomó
un cubo de azúcar del platillo de su taza de café y se lo tiró a la expectante
Luisa, que lo agarró en el aire. Un
suspiro de alivio salió del grupo, una loba que comía azúcar cuando por lo
menos podía haberse dedicado a hacer pedazos a los guacamayos les había hecho
perder parte de sus terrores. El suspiro
se convirtió en un murmullo de agradecimiento cuando lord Pabham se llevó el
animal fuera del salón con un supuesto regalo de más azúcar. Al momento, hubo una invasión al invernadero
que había quedado vacío. No había
rastros de la señora Hampton, excepto el plato con la cena de los guacamayos.
-
¡La puerta está cerrada con llave por dentro! – exclamó Clovis, que le había
dado la vuelta a la llave sin que nadie lo notara cuando fingía estarla
ensayando.
Todos
se volvieron hacia Bilsiter.
-
Si usted no ha convertido en loba a mi esposa – dijo el coronel Hampton -,
¿quiere hacerme el favor de explicarme a dónde ha ido a parar, puesto que
obviamente no podía pasar a través de una puerta cerrada con llave? No voy a obligarlo a explicarme cómo apareció
de pronto en el invernadero una loba de los bosques norteamericanos, pero creo
que tengo algún derecho de inquirir en qué pasó con la señora Hampton.
Las
reiteradas negativas de responsabilidad de Bilsiter fueron recibidas con un
murmullo de impaciente rechazo.
-
Me niego a quedarme una hora más bajo este techo – declaró la señora
Pellington.
-
Si nuestra anfitriona ha abandonado realmente la forma humana – dijo la señora
Hoops -, ninguna de las señoras del grupo puede quedarse tranquilamente. ¡Yo me niego en absoluto a aceptara como
persona de respeto a un lobo!
-
Es una loba – dijo Clovis para calmarla.
No
se discutió más cuál sería la etiqueta correcta de esas circunstancias poco
usuales. La entrada súbita de Mary
Hampton le quitó todo interés inmediato a la discusión.
-
Alguien me ha hipnotizado – exclamó la señora Hampton enojada -, me encontré a
mí misma en la repostería comiendo azúcar de la mano de lord Pabham. Odio que me hipnoticen y el doctor me ha
prohibido el azúcar.
Se
le explicó la situación hasta donde era posible llamar a tal cosa explicación.
-
¿Entonces usted realmente me convirtió en loba, señor Bilsiter?- exclamó
emocionada.
Pero
Leonard había quemado el navío en el que hubiera podido embarcarse en un mar de
gloria. No pudo sino negar débilmente
con la cabeza.
-
Fui yo el que se tomó esa liberdad – dijo Clovis -; no sé si saben que por
casualidad pasé un par de años en el nordeste de Rusia, y tengo algo más que la
relación de un turista con la magia de esa región. A uno no le gusta hablar de estos extraños
poderes, pero de tiempo en tiempo, cuando se oyen decir tantas tonterías sobre
ellos, se siente tentado de mostrar lo que puede lograr la magia siberiana en
manos de alguien que realmente la conoce.
Yo caí en esa tentación. ¿Me dan
un poco de brandy? El esfuerzo me dejó
un poco débil.
Si
Leonard Bilsiter, en ese momento, hubiera podido transformar a Clovis en
cucaracha y luego parársele encima, hubiera ejecutado las dos operaciones de
muy buena gana.
GABRIEL - ERNESTO
Hay
un animal salvaje en sus bosques – dijo el artista Cunningham, mientras lo
llevaban a la estación. Era la única
observación que había hecho durante el trayecto, pero como Van Cheele había
hablado sin parar, el silencio de su compañero no había sido notorio.
-
Un zorro extraviado o dos y unas cuantas comadrejas de la región. Nada más formidable que eso – dijo Van
Cheele. El artista no dijo nada.
-
¿Qué quería decir con animal salvaje? – le dijo Van Cheele más tarde, cuando
estaban en el andén.
-
Nada. Mi imaginación. Aquí está el tren – dijo Cunningham.
Esa
tarde, Van Cheele salió a dar uno de sus frecuentes paseos por su boscosa
propiedad. Tenía una garza disecada en
su estudio, y sabía los nombres de un gran número de flores salvajes, de modo
que su tía tenía tal vez alguna justificación para describirlo como un gran
naturalista. En todo caso, era un gran
andarín. Tenía la costumbre de tomar
nota mental de todo lo que veía durante esos paseos, no tanto para ayudar a la
ciencia contemporánea, como para disponer de temas de conversación más
tarde. Cuando las campanillas azules
comenzaban a florecer, él se encargaba de informar a todo el mundo de ese
hecho; la época del año hubiera podido advertir a sus oyentes de la
probabilidad de que esto ocurriera, pero por lo menos pensaba que él les estaba
siendo absolutamente franco.
Sin
embargo, lo que vio Van Cheele esa tarde en particular era algo muy lejano de
su experiencia corriente. En una
saliente de piedra lisa sobre un pozo profundo en el claro de un bosquecillo de
robles, un muchacho de unos dieciséis años estaba echado secándose
deliciosamente los miembros bronceados al sol. Tenía el pelo mojado, partido
por una zambullida reciente y pegado a la cabeza, y sus ojos castaños claros,
tan claros que tenían casi un brillo atigrado, se dirigían a Van Cheele con
cierta atención perezosa. Era una
aparición inesperada, y Van Cheele se encontró envuelto en el desusado proceso
de pensar antes de hablar. ¿Dé dónde en
el mundo podía provenir ese muchacho de aspecto salvaje? A la esposa del molinero se le había perdido
un chico hacía unos dos meses, se suponía que se lo había llevado la corriente
que movía el molino, pero aquel era un bebé y no un muchacho crecido como este.
-
¿Qué estás haciendo ahí? – le preguntó.
-
Obviamente, asoleándome – replicó el muchacho.
-
¿Dónde vives?
-
Aquí en estos bosques.
-
No puedes vivir en los bosques – dijo Van Cheele.
-
Son unos bosques muy bonitos – dijo el muchacho con cierto tono condescendiente
en la voz.
- ¿Pero
dónde duermes de noche?
-
No duermo de noche; es cuando estoy más ocupado.
Van
Cheele empezó a tener el irritante sentimiento de estar lidiando un problema
que lo eludía.
-
¿De qué te alimentas? – preguntó.
-
Carne – dijo el muchacho.
Y
pronunció la palabra con una lenta delicia, como si estuviera saboreándola.
-
¡Carne! ¿Qué carne?
-
Ya que le interesa, conejos, perdices, liebres, aves de corral, corderitos
recién nacidos, y niños cuando consigo alguno; en general están encerrados con
llave por la noche, cuando yo hago la mayor parte de la cacería. Hace ya dos meses que no pruebo carne de
niño.
Haciendo
caso omiso de la irritante naturaleza de la última frase, Van Cheele trató de
llevar al muchacho al tema de la posible caza furtiva.
-
Estás hablando por tu sombrero cuando mencionas lo de alimentarse con liebres
(por el aspecto del muchacho no era un símil muy afortunado). Las liebres de nuestras colinas no son
fáciles de cazar.
-
Por la noche yo cazo en cuatro patas – fue la respuesta más o menos enigmática.
-
¿Supongo que lo que dices es que cazas con un perro? – aventuró Van Cheele.
El
muchacho se dio vuelta lentamente sobre la espalda y se rió con una extraña
risa baja que tenía algo agradable de broma y algo desagradable de gruñido.
-
No creo que ningún perro tuviera muchas ganas de andar conmigo, especialmente
por la noche.
Van
Cheele empezó a sentir que ese muchacho de ojos y hablar extraño tenía algo
pavoroso.
-
No puedo permitirle permanecer en estos bosques – declaró en tono autoritario.
-
Creo que usted preferiría tenerme aquí y no en su casa – dijo el joven.
La
perspectiva de ese animal desnudo y
salvaje en la casa ordenada y perfecta de Van Cheele evidentemente era
alarmante.
-
Si no te vas, tendré que obligarte – dijo Van Cheele.
El
muchacho se volvió como un rayo, se sambulló en el pozo, y en un momento ya
había recorrido con su cuerpo mojado y brillante la mitad de la distancia de la
otra orilla hasta el lugar donde estaba Van Cheele. En una nutria el movimiento no hubiera sido
nada especial; en un muchacho, a Van Cheele le pareció suficientemente
sobrecogedor. Se resbaló al hacer un
movimiento involuntario para retroceder y se encontró casi postrado en la
orilla húmeda, con aquellos ojos atigrados no muy lejos de los suyos. Casi instintivamente se llevó la mano a la garganta. El muchacho volvió a reírse, con una risa en
la que el gruñido había hecho desaparecer casi toda la alegría, y luego, con
otro de sus movimientos asombrosamente rápidos, desapareció corriendo hacia un
tupido macizo de hierbas y helechos.
-
¡Qué animal salvaje tan raro! – dijo Van Cheele mientras se ponía de pie. Y luego se acordó de la observación de
Cunningham, “hay un animal salvaje en sus bosques”.
De
regreso a casa sin prisa, Van Cheele empezó a darle vueltas en la mente a una
serie de acontecimientos locales que podían atribuirse a la existencia de este
asombroso muchacho salvaje.
Algo
había estado haciendo que escaseara los animales silvestres últimamente en
aquellos bosques, las gallinas desaparecían de las granjas, las liebres ya casi
no se encontraban, y le habían llegado noticias de corderos a los que se habían
llevado de sus rebaños en las colinas.
¿Sería posible que ese muchacho salvaje estuviera cazando en la región
en compañía de algún perro inteligente?
El muchacho había hablado de cazar “en cuatro patas” durante la noche,
pero también había insinuado que a ningún perro le gustaría acercársele
“especialmente de noche”. Era
verdaderamente intrigante. Y luego,
mientras Van Cheele repasaba las distintas depredaciones que se habían cometido
en el último mes o dos, de pronto se detuvo tanto en su camino como en sus
especulaciones. El niño perdido del
molino hacía dos meses, la teoría aceptada era que se había caído entre la
corriente del molino y ésta se lo había llevado, pero la madre siempre había
declarado haber oído un grito en el lado de la casa que daba a la colina, en la
dirección contraria a la del arroyo. Era
impensable por supuesto, pero él habría preferido que el muchacho no hubiera
hecho esa aterradora alusión a haber comido carne de niño hacía dos meses. Cosas tan horribles no debían decirse ni en
broma.
Van
Cheele, contra su costumbre, no se sentía dispuesto a mostrarse comunicativo
sobre su descubrimiento en el bosque. Su
posición como consejero de la parroquia y juez de paz se vería comprometida de
cierto modo por el hecho de estar albergando en su propiedad a una personalidad
de tan dudosa fama; había incluso la posibilidad de que le pasaran una costosa
cuenta por el valor de los corderos y las gallinas que se habían perdido. Esa noche a la cena estaba desusadamente
callado.
-
¿se te comieron la lengua? – le dijo su tía-.
Cualquiera diría que te encontraste con un lobo.
Van
Cheele, que no conocía ese viejo dicho, pensó que la observación era bastante
tonta; si se hubiera encontrado con un lobo en su propiedad su lengua
hubiera estado extraordinariamente ocupada con el tema.
Al
día siguiente al desayuno, Van Cheele se daba cuenta de que su desazón por el
episodio del día anterior no había desaparecido del todo y resolvió tomar el
tren hasta la población vecina, buscar a Cunningham, y enterarse de qué era lo
que realmente había visto, obligándole a hablar con insistencia acerca de un
animal salvaje en sus bosques. Tomada
esa resolución, su alegría habitual volvió en parte, y empezó a musitar una
pequeña melodía mientras se dirigía al estudio a fumarse su cigarrillo de
costumbre. Al entrar al estudio, la
melodía abruptamente dio paso a una invocación piadosa. Graciosamente extendido en la otomana, en una
actitud de reposo casi exagerada, estaba el muchacho de los bosques. Estaba más seco que la última vez que lo
había visto Van Cheele, pero por otra parte sin ninguna alteración notable de
su apariencia.
-
¿Cómo te atreves a venir aquí? – le preguntó Van Cheele furioso.
-
Usted me dijo que no podía quedarme en los bosques – dijo el muchacho
calmadamente.
-
Pero no te dije que vinieras aquí. ¡Supón que te hubiera visto mi tía! Y con la intención de minimizar semejante
catástrofe, Van Cheele apresuradamente cubrió todo lo posible a su no
bienvenido visitante bajo los pliegues del periódico de la mañana. En ese momento, la tía entró a la habitación.
-
Este es un pobre muchacho que ha perdido su camino y perdido la memoria. No sabe quién es ni de dónde viene – explicó
Van Cheele desesperadamente, mirando atemorizado a la cara del vagabundo para
saber si agregaba a la franqueza inoportuna a sus otras propensiones salvajes.
La
señorita Van Cheele estaba enormemente interesada.
-
Tal vez tenga alguna marca en la ropa interior – sugirió.
-
Parece haber perdido eso también – dijo Van Cheele, dándole tironcitos
nerviosos al diario de la mañana para mentenerlo en su lugar.
Un
niño desnudo y sin hogar le atraía tanto a la señorita Van Cheele como un
gatito perdido o un perrito sin dueño.
-
Tenemos que hacer todo lo que podamos por él – decidió, y, en poquísimo tiempo,
un mensajero despachado a la parroquia, en donde había un joven paje, había
regresado con un juego de ropa y los accesprios necesarios como camisa, cuello,
zapatos, etc. Vestido, limpio, y
arreglado, el muchacho no había perdido nada de su expresión aterradora, a los
ojos de Van Cheele, pero su tía lo encontraba encantador.
-
Debemos llamarlo de algún modo mientras averiguamos quién es realmente – dijo
ella -. Gabriel – Ernesto, me parece;
son nombres apropiados y simpáticos.
Van
Cheele estaba de acuerdo, pero en su interior dudaba sobre si se los estarían
poniendo a un muchacho apropiado y simpático.
Sus recelos no disminuyeron por el hecho de que su manso y viejo perro
de cacería se había escapado de la casa apenas llegó el muchacho, y seguía
tiritando y ladrando obstinadamente en el otro lado del huerto, mientras que el
canario, usualmente tan activo vocalmente como el propio Van Cheele, se había
encerrado en su mutismo de píos aterrados.
Más que nunca se resolvió a consultar a Cunningham sin pérdida de
tiempo.
Mientras
él se dirigía a la estación, su tía hacía los arreglos para que Gabriel–Ernesto
le ayudara a divertir a los niños de la escuela dominical, esa tarde en el té.
Al
principio, Cunningham no estaba dispuesto a mostrarse comunicativo.
-
Mi madre murió de una enfermedad cerebral – explicó -, de manera que usted
comprenderá por qué me niego a confiarle a nadie cualquier cosa de naturaleza
fantástica e imposible que haya visto o pensado que he visto.
-
¿Pero qué fue lo que vio? – insistió Van Cheele.
-
Lo que creí ver fue algo tan fuera de lo común, que nadie, en su sano juicio le
daría crédito como a algo realmente sucedido.
Yo estaba la última tarde que estuve con usted, medio escondido entre
los arbustos de la entrada del huerto viendo la puesta del sol. De pronto me di cuenta de la presencia de un
muchacho desnudo; pensé que fuera un muchacho que se había estado bañando en
algún pozo cercano, y que se había quedado en la falda de la colina también
mirando el atardecer. Su actitud sugería
de tal modo la de un fauno silvestrede la mitología pagana que inmediatamente
se me ocurrió contratarlo como modelo, y lo hubiera llamado un momento
después. Pero justo en ese momento el
sol dejó de verse, y todos los colores naranja y rosado desaparecieron del
paisaje, dejándolo frío y gris. En ese
mismo momento, pasó algo asombroso, ¡el muchacho también desapareció!
-
Qué, ¿se desvaneció en la nada? -
preguntó Van Cheele excitado.
-
No; esa es la parte horrible del asunto – contestó el artista -, en la falda de
la colina, en donde había estado el muchacho hacía un segundo, estaba un lobo
grande, de color negruzco, con los colmillos brillantes y los ojos amarillos
crueles. Uno creería...
Pero
Van Cheele no se detuvo por algo tan fútil como lo que se creía. Ya estaba corriendo a toda velocidad hacia la
estación del tren. Desechó la idea de un
telegrama. “Gabriel – Ernesto es un
hombre-lobo” era un esfuerzo desesperadamente inadecuado para hablar de lo que
pasaba, y su tía lo tomaría por un mensaje en una clave de la cual él no le
había dado la contraseña. Su única
esperanza era alcanzar a llegar a casa antes de la puesta del sol. El taxi que tomó en el otro extremo del viaje
en tren lo llevó con lo que parecía una lentitud exasperante por los caminos
rurales, que ya se ponían rosados y malva bajo la luz del sol poniente. Su tía estaba recogiendo algunos bizcochos
sin terminar cuando él llegó.
-
¿Dónde está Gabriel-Ernesto? – preguntó casi gritando.
-
Está llevando a casa al pequeño de los Toop – dijo la tía -. Se estaba haciendo tan tarde que no me
pareció seguro dejarlo ir solo. Qué
bonito atardecer, ¿cierto?
Pero
Van Cheele aunque consciente del resplandor del cielo al occidente, no se quedó
a comentar su belleza. A una velocidad
para la cual estaba escasamente dotado corría a lo largo del estrecho sendero
que llevaba a casa de los Toop. A un
lado corría la rápida corriente que movía el molino, del otro estaba la franja
de loma pelada.
Un
resplandor mortecino de sol poniente todavía se veía en el horizonte, y tras la
próxima vuelta del camino podía estar la pareja dispareja que buscaba. De pronto el color de las cosas desapareció,
y la luz gris se posó con un leve temblor sobre el paisaje. Van Cheele oyó un estridente grito de terror,
y dejó de correr.
Nunca
se volvió a saber nada del pequeño Toop o de Gabriel-Ernesto, pero se encontró
la ropa de este último tirada en el camino, de modo que se supuso que el niño
había caído al agua y que el muchacho se había desnudado y se había lanzado en
un vano intento de salvarlo. Van Cheele
y unos trabajadores que andaban por allí cerca en esos momentos testificaron
sobre el fuerte grito del niño que habían oído hacia el lugar en donde se
encontraron las ropas. La señora Topos,
que tenía otros once hijos, se resignó decentemente a su desgracia, pero la
señorita Van Cheele hizo un duelo sincero por su muchacho expósito
perdido. Por iniciativa suya, se puso
una placa en memoria de éste en la iglesia parroquial. A Gabriel-Ernesto, muchacho desconocido,
que sacrificó valientemente su vida por la de otro.
Van
Cheele complacía a la tía en la mayoría de sus asuntos, pero se rehusó por
completo a contribuir con su dinero a una placa en memoria de Gabriel-Ernesto.
EL NARRADOR DE CUENTOS
Era
una tarde calurosa y el coche del tren estaba sofocante como correspondía; la
próxima parada era Templecombe, a una hora de viaje. Los ocupantes del compartimiento eran una
niña pequeña, una más pequeña y un niño pequeño. Una tía de los niños ocupaba el asiento de
una esquina, y en el rincón más alejado del otro lado, iba un señor solo que
era extraño al grupo, pero las niñas pequeña y el niño se habían adueñado del
compartimiento. Tanto la tía como los
niños practicaban la conversación de un modo limitado y persistente, que
recordaba las atenciones de una mosca casera cuando se niega a
desanimarse. La mayoría de las frases de
la tía parecían comenzar por “no habas” y casi todo lo que decían los niños
empezaba con un “¿por qué?”. El hombre solo no decía nada en voz alta.
-
No, Cyril, no – exclamó la tía, cuando el pequeño comenzó a golpear los cojines
del asiento produciendo una nube del polvo a cada golpe.
-
Ven y mira por la ventana – agregó. El
niño se acercó de mala gana a la ventana.
-
¿Por qué están sacando esas ovejas del potrero? – preguntó.
-
Me parece que las están llevando a otro potrero donde hay más pasto. – dijo
débilmente la tía.
-
Pero si hay montones de pasto en ese potrero – protestó el niño -, no hay sino
pasto. Tía, hay montones de pasto.
-
Tal vez el pasto del otro potrero es mejor – sugirió la tía a la loca.
-
¿Por qué es mejor? – fue la pregunta inmediata e inevitable.
-
¡Mira esas vacas! – exclamó la tía. En
casi todos los potreros a lo largo de la vía férrea había vacas y novillos,
pero la tía hablaba como si hubiera descubierto una rareza.
-
¿Por qué es mejor el pasto de otro potrero? – insistía Cyril.
El
hombre solo comenzó a fruncir el ceño.
Era un hombre duro y desconsiderado, decidió la tía en su interior. Ella era completamente incapaz de llegar a
ninguna conclusión satisfactoria sobre el pasto del otro potrero.
La
niña más chiquita creó una variante cuando comenzó a recitar “por el camino de
Mandalay”. No sé sabía sino el primer
renglón, pero hacía el máximo uso posible de sus limitados conocimientos. Repetía el renglón una y otra vez en una voz
ensoñadora pero resuelta y muy audible; al hombre le parecía como si alguien le
hubiera apostado a que no era capaz de decir el renglón en voz alta dos mil
veces sin parar. Cualquiera que fuera
quien la había apostado parecía estar perdiendo.
-
Vengan acá y les cuento un cuento – dijo la tía, cuando el señor la miró a ella
dos veces y luego miró la cuerda de la alarma.
Los
niños se acercaron a la tía sin ningún interés.
Era evidente que, con ellos no gozaba de gran fama como contadora de
cuentos. En voz baja y confidencial,
interrumpida a intervalos frecuentes por las preguntas petulantes hechas en voz
alta por sus oyentes, empezó a contar una poco animada historia,
deplorablemente insulsa, sobre una niñita que era buena, y se hacía amiga de todo el mundo por lo
buena que era, y al final la gente la salvaba de un toro bravo por que
admiraban su carácter moral.
-
¿No la hubieran salvado si no hubiera sido buena? – preguntó la más grande de
las niñitas. Era exactamente la pregunta
que hubiera querido hacer el hombre.
-
Bueno, si – admitió la tía de manera insegura -, pero no creo que hubieran
corrido tan rápidamente a ayudarle si no la hubieran querido tanto.
-
Es el cuento más estúpido que he oído – dijo la mayor de las niñitas con
inmensa convicción.
-
No atendí después de la primera parte, era tan estúpido – dijo Cyril.
La
niña más pequeña no hizo ningún comentario sobre el cuento, pero hacía rato que
había vuelto a repetir en voz baja su renglón favorito.
-
No parece usted un éxito como contadora de cuentos – dijo de pronto el hombre
desde su rincón.
La
tía saltó inmediatamente a defenderse del ataque inesperado.
-
Es un asunto muy complicado contar cuentos que los niños puedan entender y
apreciar al mismo tiempo – dijo secamente.
-
No estoy de acuerdo con usted – dijo el señor.
-
Tal vez le gustaría contarles un cuento – fue la réplica de la tía.
-
Cuéntenos un cuento – le pidió la mayor de las niñas.
-
Había una vez – empezó el señor -, una niñita llamada Bertha, que era
extraordinariamente buena.
El
interés de los niños, despierto durante unos instantes empezó a decaer al
momento; todos los cuentos se parecían horriblemente, sin importar quien los
contara.
-
Hacía todo lo que le decían, siempre decía la verdad, mantenía su ropa limpia,
se comía las galletas como si fueran torta de bodas, se aprendía las lecciones
a la perfección, y era de muy buenos modales.
-
¿Era bonita? – preguntó la mayor de las niñas.
-
No tan bonita como ustedes – dijo el señor -, pero espantosamente buena.
Hubo
una ondulante reacción a favor del cuento, la palabra espantoso en conexión con
la bondad era una novedad que se ensalzaba a sí misma.
Parecía
introducir un tono de verdad que estaba ausente de los cuentos de la tía sobre
la vida infantil.
-
Era tan buena – continuó el señor -, que se ganó varias medallas de bondad, que
siempre llevaba pegadas al vestido con alfileres. Tenía una medalla de obediencia, otra de
puntualidad, y una tercera de buena conducta.
Eran grandes medallas de metal y tintineaban una contra otra cuando ella
caminaba. Ningún otro niño en la ciudad
donde vivía tenía tantas medallas, de modo que
todo el mundo sabía que ella debía ser una niña superbuena.
-
Espantosamente buena – repitió Cyril.
-
Todo el mundo hablaba de su bondad, y el príncipe del país llegó a saber de
ella, y dijo que como era tan buena tenía permiso para ir una vez a la semana a
pasear por el parque real, que quedaba en las afueras de la ciudad. Era un bello parque y a ningún niño se le
permitía entrar, de modo que era un gran honor para Bertha que la dejaran
visitarlo.
-
¿Había ovejas en el parque? – preguntó Cyril.
-
No - dijo el señor -, no había ovejas.
-
¿Por qué no había ovejas? – fue la pregunta siguiente a es respuesta.
La
tía se permitió una sonrisa, que hubiera podido describirse como una mueca de
burla.
-
No había ovejas en el parque – dijo el señor -, porque la madre del príncipe
había soñado que a su hijo lo mataría o una oveja o un reloj le cayera
encima. Por esa razón el príncipe nunca
tuvo ni ovejas en el parque ni relojes en su palacio.
-
¿Al príncipe lo mató una oveja o un reloj? – preguntó Cyril.
-
Sigue vivo, de modo que no sabemos si el sueño se cumplirá – dijo el señor con
tono despreocupado-, de todas maneras, no había ovejas en el parque pero sí
montones de cerditos corriendo por todas partes.
-
¿De qué color eran?
-
Negros con las caras blancas, blancos con manchas negras, negros del todo,
grises con parches blancos, y algunos completamente blancos.
El
narrador hizo una pausa para dejar que la idea completa del parque y sus
tesoros entrara en la imaginación de los niños; luego continuó:
-
Bertha se puso bastante triste por no encontrar flores en el parque. Les había prometido a sus tías, con lágrimas
en los ojos, que no cortaría ni una sola de las flores del bondadoso príncipe,
y pensaba cumplir su promesa, de modo que, por supuesto, no encontrar flores
que cortar la hacía sentirse tonta.
-
¿Por qué no había flores?
-
Porque los cerdos se las habían comido todas – dijo el señor con prontitud
-. Los jardineros le habían dicho al
príncipe que no podía tener flores y cerdos juntos, así que decidió tener
cerdos y no flores.
Hubo
un murmullo de aprobación ante la excelente decisión del príncipe, mucha gente
hubiera decidido lo contrario.
-
El parque tenía muchas otras cosas deliciosas.
Había estanques con peces dorados, azules y verdes, y árboles con loros preciosos que decían cosas
inteligentes apenas se les hablaba, y pájaros cantores que se sabían todas las
tonadas populares de moda. Bertha se
paseaba de un lado a otro y gozaba inmensamente y pensaba: “Si yo no fuera tan extraordinariamente
buena, no me hubieran dejado venir a este bello parque y gozar de todo lo que
hay en él” y sus tres medallas tintineaban y le ayudaban a recordar lo
maravillosamente buena que era. Justo en
ese momento, un enorme lobo entró a merodear en el parque a ver si podía agarrar un cerdito gordo para
comérselo en la cena.
-
¿De qué color era? – preguntaron los niños, mientras su interés aumentaba por
momentos.
-
De color barro por completo, con la lengua negra y unos ojos grises claros que
brillaban con ferocidad indecible. Lo
primero que vio en el parque fue a Bertha; su delantal estaba tan
inmaculadamente blanco y limpio que se podía notar a gran distancia. Bertha vio que el lobo se dirigía hacia ella,
y empezó a desear que nunca la hubieran dejado entrar al parque. Corrió lo más rápido que pudo, y el lobo se
le vino detrás a grandes saltos. Logró
llegar a un macizo de arbustos de mirto y se escondió en la parte más
espesa. El lobo olfateaba entre las
ramas, con la negra lengua afuera del hocico y los ojos grises claros
brillantes de rabia. Bertha estaba
espantosamente aterrada, y decía para sí misma:
“si no hubiera sido tan extraordinariamente buena ahora estaría a salvo
en el pueblo”. Sin embargo, el aroma del
mirto era tan fuerte que el lobo no podía olfatear a Bertha en su escondite, y
los arbustos eran tan espesos que hubiera podido buscar mucho tiempo sin
encontrarla, de modo que pensó que sería mejor irse a cazar más bien un
cerdito. Bertha temblaba fuertemente con
el susto de tener al lobo olfateando tan cerca, y al temblar, la medalla de
obediencia golpeaba contra las de buena conducta y puntualidad. El lobo ya se marchaba cuando oyó el ruido de
las medallas que tintineaban y se detuvo a escuchar; sonaron otra vez en un
arbusto muy cercano. Se lanzó entre los
arbustos, con un resplandor de ferocidad y de triunfo en los ojos grises
claros, y arrastró a Bertha y la devoró hasta el último trocito. Todo lo que quedó de ella fueron los zapatos,
pedazos de ropa, y las tres medallas ganadas por su bondad.
-
¿Alguno de los cerditos murió?
-
No, todos se salvaron.
-
El cuento empezó mal – dijo la menor de las niñas -, pero tiene un final muy
bonito.
-
Es el cuento más bonito que he oído en mi vida – dijo la mayor de las niñas,
con inmensa decisión.
-
Es el único cuento bonito que yo he oído en mi vida – dijo Cyril.
-
¡Es un cuento muy poco apropiado para niños pequeños! Usted ha socavado los
efectos de años de enseñanza cuidadosa.
-
De cualquier modo – dijo el señor, recogiendo sus pertenencias para bajarse del
vagón – los tuve quietos diez minutos, que fue más de lo que usted pudo hacer.
“¡Infeliz
mujer! – observó para sí mismo mientras recorría el andén de la estación de
Templecombe -; durante los próximos seis meses o algo así, esos niñitos la
acosarían en público para que les cuente un cuento poco apropiado.”

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