© Libro No. 677. Poesías
Juveniles. Rilke,
Rainer María. Colección E.O. Marzo
29 de 2014.
Título original: © Rainer
María Rilke. POESIAS JUVENILES (1897 - 1898)
Versión Original: © Rainer María Rilke. POESIAS JUVENILES (1897 - 1898)
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Rainer María Rilke
POESIAS JUVENILES
(1897 - 1898)
Esto es
ansia: habitar en lo oscilante
y carecer
de patria en este tiempo
Y esto
son los deseo: quedos diálogos
De horas
del día con la eternidad
Y esto es
vida. Se eleva de un ayer,
Entre
todas las horas, la más sola,
que
sonriendo diversa a sus hermanas
calla
frente a lo Eterno.
Soy muy
joven. Querría a todo son
que en su
rumor me arrolla, regalarme temblando:
y, dócil
a la amable coerción
del
viento, que el jardín cruza en meandros,
quiere
mecer sus pámpanos mi anhelo.
Y sin
ningún apresto quiero erguirme
mientras
noto que el pecho se me ensancha.
Pues es
tiempo de armarse de guerrero,
cuando,
desde el frescor temprano de estas
costas,
me lleva el día tierra adentro.
No he de
extender la mano hacia la pura vida
ni
preguntar a nadie por el extraño día:
siento
que llevo blancas floraciones
que en el
frescor sus cálices levantan.
De la primaveral
tierra muchas tiraron,
de donde
sus raíces beben profundidades,
para, sin
poder más, hundirse de rodillas
ante
veranos que ellas nunca . bendecirán. .
Cuánto
quiero a las pobres palabras,,que tan míseras
están en
lo diario: a ellas, las invisibles
palabras.
De mis fiestas les regalo colores:
sonríen,
y se ponen alegres lentamente.
Su
esencia, que obligaron con miedo a entrar en ellas,
se
renueva, visible, y todos pueden verlo:
no han
andado jamás todavía en el cántico
y entran
estremecidas dentro de mi canción.
Siempre
voy por idéntico sendero:
junto a
jardines, donde para Alguno
las rosas
se complacen, preparándose:
pero noto
que aún falta mucho, mucho;
toda esta
recepción no es para mí,
y debo,
sin dar gracias ni quejarme,
pasar de largo
ante ellas.
Soy sólo
aquél que el séquito comienza,
y a
.quien los dones no se dirigían:
hasta que
lleguen los aún más dichosos,
leves
formas calladas.:.
todas las
rosas se desplegarán
como
rojas banderas en el viento.
Este es
el día en que yo reino, triste,
está es
la noche que me echó de hinojos;
y rezo:
que algún día mi corona
pueda
alzar de mi frente.
De su
sorda opresión he de ser siervo:
¿no
puedo, en recompensa, ni una vez
contemplar,
cara a cara. sus azules
turquesas,
sus brillantes y rubíes?
¿Quizá
murió hace mucho el resplandor
de las
piedras: quizá me lo robó
mi
huésped, el pesar: quizá no había
piedras
en la corona que me dieron?
Almas
blancas con vibración de plata,
almas
niñas, que aún nunca cantaron,
que, sin
rumor, en círculos crecientes,
hacia la
vida van, que les da miedo,
¿no os
desengañaréis de vuestro sueño
•cuando
allá fuera, voces os despierten,
y no
podáis, de mil ruidos del día .
librar la
risa de vuestras canciones?
Entre el
día y el sueño estoy en casa.
donde
duermen los niños, tibios de correrías
y los
viejos se sientan por la tarde,
y arden
hogares y su espacio alumbran.
Entre el
día y el sueño estoy en casa_
donde
suenan campanas de oración
y
muchachas, cohibidas por ecos que se extinguen,
se apoyan
fatigadas en el brocal del pozo.
Y hay un
tilo, que es mi árbol predilecto:
y todos
los veranos que en él callan
se
vuelven a mover en las mil ramas
y entre
el día y el sueño vuelven a despertar.
No debes
comprender la vida:
como una
fiesta se hará entonces.
Haz que
lo pase cada día
igual que
un niño, al caminar,
deja que
cada ráfaga
le regale
mil flores.
Reunirlas
y ahorrarlas,
no se le
ocurre al niño.
las saca,
suave, de cabellos
donde
gustaron de apresarse,
y
pidiendo nuevas extiende
sus manos
otros años jóvenes.
Como los
más secretos quiero hacerme:
no pensar
las ideas en la frente,
perseguir
un anhelo sólo en rimas;
con todas
las miradas, sólo un leve
germen
dar; sólo un ver con mi silencio.
No
traicionar más, todo atrincherarme,
quedarme
solo: así hacen los enteros:
tan sólo
al prosternarse las ruidosas
gentes,
por leves lanzas como heridas,
alzan los
corazones de sus pechos
como
custodias, para bendecirles.
Calla, de
puro oír, de pura asombro,
tú, mi
más honda vida;
porque ya
sabes qué lo quiere el viento
antes de
estremecer los abedules.
Y una vez
que el silencio lo haya hablado
concede
la victoria a tus sentidos;
a cada
soplo, entrégate y concédete:
él lo
dará su. amor, lo mecerá.
Y
entonces, alma mía, sé ancha y ancha,
que lo
alcance la vida;
ensánchate
como un traje de fiesta
sobre las
cosas pensativas.
Los
sueños que en lo hondura están cercados,
de la
tiniebla déjalos salir.
Son como
fuentes, vuelven a caer
más
leves, a intervalos de canciones,
en el
regazo de sus anchas pilas.
Y ahora
sé: como los niños me vuelvo.
Toda
angustia es tan sólo un comenzar;
pero la
tierra no tiene final,
y el
temor es el gesto solamente
y el
ansia es su sentido...
CANCIONES
DE LOS ANGELES
No he
soltado a mi ángel mucho tiempo,
y se me
ha vuelto pobre entre los brazos,
se hizo
pequeño, y yo me hacía grande:
de
repente yo fui la compasión;
y él,
solamente. un ruego tembloroso.
Le .di su
cielo entonces: me dejó
él lo
cercano, de que él se marchaba;
a
cernerse aprendió. yo aprendí vida,
y nos
reconocimos . lentamente...
Aunque mi
ángel no tiene ya deber,
por mi
día más fuerte desplazado,
baja a
veces su rostro con nostalgia,
como si
no quisiera ya su cielo.
Querría
alzar de nuevo, de mis pobres
días,
sobre las cimas de los bosques
rumorosos,
mis pálidas plegarias
basta la
patria de los querubines.
Allí
llevó mi llanto originario
y
pensamientos; y mis diminutos
dolores
se volvieron allí bosques
que
susurran sobre él...
Sí algún
día, en las tierras de la vida,
entre el ruido
de feria y de mercado,
la
palidez olvido de mi infancia
florecida,
y olvido el primer ángel,
su
bondad, sus ropajes y sus manos
en
oración, su mano bendiciendo;
conservaré
en mis sueños más secretos
siempre
el plegarse de esas alas,
que como
un ciprés blanco
quedaban
detrás de él...
5us manos
se quedaron como ciegos
pájaros
que, engañados por el sol,
cuando,
sobre las olas, los demás
se fueron
a perennes primaveras,
han de
afrontar los vientos invernales
en los
tilos vacíos, sin follaje.
Había en
sus mejillas la vergüenza
de las
novias, que el espanto del alma
tapan con
púrpuras oscuras
ante el
esposo.
Y en los
ojos había
resplandor
del primer día:
pero
sobre todo
descollaban
las alas portadoras...
Había
expectación en la llanura
por un huésped
que no acudió jamás:
aún
pregunta tal vez el jardín trémulo:
su
sonrisa después se vuelve inválida.
Y por los
barrizales aburridos
se
empobrece en la tarde la alameda,
las
manzanas se angustian en las ramas
y les
hacen sufrir todos los vientos.
Es donde
están las últimas cabañas
y casas
nuevas que, con pecho angosto,
se asoman
estrujadas, entre andamios miedosos,
quieren
saber dónde empieza el campo.
Allí la
primavera siempre es pálida, a medias,
el verano
es febril tras esas tablas:
enferman
los ciruelos y los niños,
y tan
sólo el otoño allí tiene algo
de remoto
y conciliador: a veces
son sus
tardes de suave derretirse:
dormitan
las ovejas, y el pastor con zamarra
se apoya,
oscuro, en la última farola.
Alguna
vez ocurre en la honda noche
que se
despierta el viento, como un niño,
y pasa la
alameda, solitario,
quedo,
quedo, llegando hasta la aldea.
Y a
tientas va marchando hasta el estanque
y se para
después a oír en torno:
y las
casas están pálidas todas
y las
encinas mudas...
ORACIONES
DE LAS MUCHACHAS A MARIA
Haz que
algo nos ocurra. Mira
cómo
hacia la vida temblamos.
Y
queremos alzarnos como
un
resplandor y una canción.
Querías
ser como las otras,
que en el
frescor se visten, tímidas;
tu alma
quería que sus cantos
cansados
de muchacha, en seda
florecieran
hasta las lindes
de la
vida. Pero en lo hondo
de lo
enfermo tuyo, una fuerza
osó echar
pámpanos: brillaron
soles, y
se hundieron semillas,
y lo
volviste como el vino.
Y ahora
estás tú, dulce y saciada
como
tarde, en nosotras todas;
y
sentimos cómo caemos
y nos
dejas sin brillo a todas...
Mira, son
tan estrechos nuestros
días, y
temeroso el cuarto .
de la
noche; todas deseamos
desmañadas,
la rosa roja.
Debes
sernos suave, María,
florecemos
desde lo sangre,
tú sola
puedes sabe cómo
el anhelo
hace tanto daño;
tú misma
has. percibido este
dolor de
doncella en el alma;
tiene un
tacto como de nieve
navideña.
pero está ardiendo...
De tantas
cosas, nos quedó el sentido:
precisamente
de lo suave y tierno
hemos
sacado un poco de saber;
como de
un secreto jardín,
como de
un almohadón de seda,
que se
nos ha metido bajo el sueño,
o de
algo, que nos quiere
con
ternura desconcertante...
pero
muchas palabras quedan lejos.
Muchas
palabras han huido
de los
sentidos y del mundo.
Se han
puesto en torno de tu trono.
oyendo,
como en torno de una música
que se
eleva, Madre María;
y lo Hijo
les
sonríe:
mira a tu
Hijo.
Tu jardín
al principio quise ser,
tener
pámpanos y tener declives,
dar
sombra a lo belleza,
para que
tú, con maternal y mate
sonrisa,
a mi con gusto lo volvieras.
Pero
cuando viniste y cuando entraste,
penetró
algo contigo:
eso me
llama a los macizos rojos,
cuando me
haces señal desde los blancos.
Nuestras
madres están ya fatigadas:
y cuando
con temor las apremiarnos
dejan
caer las manos,
creyendo
oír sonidos a lo lejos:
¡también
nosotros hemos florecido!
Se
acercan a los blancos
vestidos,
que de prisa desgarramos,
en la luz
polvorienta de su cuarto.
Qué
fieles se atarean,
y
entonces no ven nuestras
manos
acaloradas...
Tenemos
que enseñártelas
cuando no
esté la madre en vela ya:
y subirán
en medio de la noche
como dos
blancas llamas.
Son como
Hermes de mármol nuestros sueños,
que en
nuestros templos hemos puesto, para
iluminarlos
con nuestras guirnaldas,
y
calentarlos con nuestros deseos.
Nuestras
palabras son bustos dorados,
que
llevamos encima en nuestros días:
los
dioses vivos se alzan descollantes
en la
frescura de costas diversas.
Siempre
estamos en un mismo cansancio,
bien
seamos robustos o en quietud.
per.
tenemos sombras refulgentes
que hacen
los gestos de la eternidad.
Es día
todavía en la terraza.
Allí
percibo yo un disfrute nuevo:
al
aferrar ahora en el ocaso,
podría en
todas las callejas oro
sedimentar
de mí tranquilidad.
Ahora
estoy muy lejano de este mundo.
Con su
fulgor tardío enmarcaría
yo mi,
soledad grave.
Me parece
como si alguno ahora
me tomara
mi nombre quedamente,
tan
suave, que a mi no me da vergüenza,
y sé: no
necesito ya ninguno.
En estas
horas es cuando me encuentro.
Al
viento, en sombra ondulan las praderas,
brilla a
los abedules la corteza,
y el
ocaso desciende encima de ellos.
Yo crezco
en su silencio,
querría
florecer con muchas ramas,
tan sólo
para entrar con todo en corro
en la
única armonía...
La tarde
es mí libro. Le adornan
cubiertas
de damasco púrpura;
suelto
sus broches de oro, lo abro
sin
premura, con frías manos.
Y leo la
primera página,
por su
son confidente atado,
leo más
bajo la segunda,
y la
tercera ya la sueño...
Siento a
menudo en tímidos temblores
qué hondo
estoy en la vida.
Las
palabras son sólo las murallas.
Detrás,
en montes más y más azules,
reluce su
sentido.
No
conozco los hitos de ninguna
pero
escucho en su tierra,
Escucho
en las laderas los rastrillos
y las
barcas meciéndose
y la
calma en la orilla.
Y así es
nuestro primer silencio:
nos
regalamos como propio el viento
y
estremecidos, nos volvemos ramas,
y oímos,
mayo adentro.
Hay una
sombra en los caminos,
escuchamos
y hay un rumor de lluvia:
el mundo
entero crece frente a ella
para
estar cerca de su gracia.
Pero al
atardecer se hace pesado:
todos
somos ahora iguales niños
huérfanos:
la mayor parte ya no
se
reconocen más unos a otros.
Como por
tierra extraña, van
despacio
por el borde de las casas,
escuchando
hacia todos los jardines,
sin
apenas saber que ellos aguardan
hasta que
ocurre lo Uno:
Elevan
manos invisibles,
desde una
vida ajena, quedamente,
nuestra
propia canción.
Estamos
angustiosamente solos;
sólo nos
apoyamos uno en otro;
cada
palabra se hace como un bosque
ante
nuestro peregrinar.
Nuestro
querer es solamente el viento,
que nos
oprime y gira; pues nosotros
mismos
somos el ansia
que se
eleva en las flores.
Me aterra
la palabra de los hombres.
¡Lo saben
expresar todo tan claro!
Y esto se
llama «perro», y eso, «casa»,
y el
principio está aquí, y allí está el fin.
Me
espanta su decir, su juego en broma;
saben
todo lo que es y lo que fue:
no hay
montaña para ellos asombrosa;
su
hacienda y su jardín lindan con Dios.
Siempre
os he de avisar: no os acerquéis.
Me
encanta oír las cosas cómo cantan.
Yo las
toco: son mudas y están quietas.
Vosotros
me matáis todas mis cosas.
¿Te
llamaré subida o hundimiento?
Pues temo
a la mañana algunas veces
y echo la
mano, tímido, al rojo de sus rosas,
y en sus
flautas una angustia presiento
por días
que son largos y sin cánticos.
Pero las
tardes son suaves y mías,
de mi
mirada están iluminadas, quietas;
y se
adormecen selvas en mis brazos,
y yo
mismo sobre ellos soy el ruido;
pariente
de la sombra en los violines
por todo
mi ensombrecimiento.
Desciende,
lenta hora de la tarde.
que
fluyes de solemnes lejanías.
Yo lo
recibo, yo soy el pilón
que lo
toma y retiene y nada olvida.
Repósate
y en mi vuélvete clara,
ancha
hora, disuelta y silenciosa;
lo que en
mi fondo se ha configurado
haz que
se vea. Yo no sé lo que era,
¿Puede
decirme alguien adónde
tiendo yo
con mi vida?
¿Acaso no
me muevo también con la tormenta
y vivo en
el estanque, hecho una onda,
y soy yo
mismo el pálido abedul
aterido
en la primavera?
Como
quiera que a todo de noche lo llamáramos,
no hace
grande a las cosas nuestro nombre;
vienen
columnas fuertes, sin aliento,
de arcos
que se extendían en su juego.
Y corno
peregrinos que, de pronto,
cuando
caen los pliegues de una última cortina,
miran al
altar donde sangra el cáliz.
y no
pueden volverse atrás de lo sagrado:
así se
precipitan las columnas al círculo
y se
alzan temblorosas en medio de los términos.
Como
negra ciudad crece la noche,
en que,
siguiendo leyes silenciosas,
se
enredan las callejas en callejas
y las
plazas se juntan con las plazas,
y muy
pronto en mil plazas surgen torres.
Pero en
las casas de esta ciudad negra
no sabes
tú quién puede residir.
En el
mudo fulgor de sus jardines
para
bailar los sueños hacen corro,
y tú no
sabes quién toca el violín...
También
tú lo has sentido una vez, ya lo sé:
se
fatigaba el día en las pobres callejas,
y su amor
se volvía dudosamente quedo...
Luego hay
un despedirse en torno, en círculo;
se
entregan las cansadas masas de las paredes,
las
últimas miradas de ventanas, calientes
y claras,
hasta que no se distinguen ya
las
cosas. Medio en sueños se dicen en .un soplo:
cómo nos
disfrazamos todas secretamente,
en sedas
grises
todas nos
vestimos:
¿quién de
nosotras dos
eres
ahora tú?
Al sonar
los relojes
cerca,
como en el corazón,
y al
preguntarse, con voz tímida,
las
cosas:
«¿Ahí
estás?»,
entonces
ya no soy el que despierta al alba:
la noche
me regala un nombre
que
ninguno de aquellos con los que hablo
de día, oiría
sin hondo terror...
Todas las
puertas
en mi se
abren...
Y
entonces sé que no se pierde nada
ni un
ademán ni una oración
(para eso
son las cosas demasiado pesadas);
mi
infancia entera sigue
rodeándome
siempre.
Nunca
estoy solitario.
Muchos
que antes de mí han vivido
y lejos
de mí se esforzaron,
han
tejido,
han
tejido
en mi
ser.
y si me
pongo junto a ti
a decirte
quedo: «Sufrí».
¿lo oyes?
Quién
sabe quién está.
conmigo
murmurándolo.
Lo he
sabido en el sueño
y el
sueño es verdadero:
yo necesito
espacio
como toda
una raza.
No me
parió una madre:
mil
madres han perdido
en el
mozo enfermizo
ese
millar de vidas
que le
dieron.
No temas
si son viejos también los crisantemos,
y la
tormenta esparce a la selva marchita
en la
indiferencia del mar:
pues la
belleza brota desde esa forma estrecha:
con
violencia suave ha madurado y
rompe el
antiguo recipiente.
Viene
desde los árboles
hasta mí
y hasta tí,
no para
descansar:
el verano
se le hizo demasiado solemne.
De frutos
plenos huye
y de sueños
aturdidores sube,
pobre,
hasta la tarea cotidiana.
No puedes
esperar que Dios se acerque
para
decirte: Existo.
Un Dios
que respondiera de su. fuerza
no
tendría sentido.
Debes
saber que Dios te cruza en soplo
desde el
primer principio.
y si el
alma lo inflama y nada brota.
entonces
obra en lo íntimo.
LA LEYENDA DE AMOR Y MUERTE
DEL ALFEREZ CRISTOBAL RILKE
(1899)
«...el 24
de noviembre de 1663 Otto von Rilke de Langenáu / Gränitz y Ziegra, / en
.Linda, recibió en feudo la parte de la hacienda Linda dejada por su hermano
Christoph, caído en Hungría; pero hubo de extender un documento / según el cual
la concesión del feudo , seria nula a inválida / en el caso de que volviera su
hermano Christoph (que, según el documento de fallecimiento mostrado, murió
siendo alférez en la compañía del Barón de Pirovano, del regimiento imperial
austríaco de Heyster, en Ross...) »
Cabalgar,
cabalgar, cabalgar, de día, de noche, de día. Cabalgar, cabalgar, cabalgar.
Y el alma
se ha cansado tanto y el ansia es tan grande. .Ya no hay montañas, apenas un
árbol. Nada se atreve a elevarse. Extrañas cabañas se acurrucan sedientas en
fuentes encenagadas. En ninguna parte una torre. Y siempre la misma imagen.
Sobran los ojos. Sólo en la noche se cree a veces conocer el camino. ¿Quizá
retrocedemos siempre de noche por el camino que hemos ganado penosamente de
día? Puede ser. El sol es pesado, como en nuestra tierra en pleno verano. Pero
nos hemos despedido en verano. Los trajes de las mujeres resplandecieron
largamente sobre el. verde. Y ahora hace mucho que cabalgamos. Debe de ser
otoño. Por lo menos, allí donde saben de
nosotros unas tristes mujeres.
El de
Langenau se mueve en la silla y dice: «Señor marqués...»
Su
vecino, el pequeño y fino francés, no ha reído ni hablado desde hace tres días.
Ahora ya no sabe nada, Es como un niño que querría dormir. Hay polvo en su fino
cuello de encaje blanco, pero él no lo nota. Se marchita lentamente en su silla
de terciopelo. Pero el de Langenau sonríe y dice: «Tenéis unos ojos
extraordinarios, señor marqués. Ciertamente os parecéis a vuestra madre...»
Entonces
vuelve a florecer otra vez el pequeño y se desempolva el cuello y está como
nuevo.
Alguien
cuenta de su madre. Un alemán, evidentemente. Sonoro y lento va diciendo sus
palabras. Como una muchacha que ata flores, prueba pensativamente una flor tras
otra, y todavía no sabe qué saldrá en el conjunto: asi añade sus palabras.
¿Para la alegría? ¿Para el dolor? Todos escuchan. Hasta cesa el gargajear.
Porque son auténticos señores que saben lo que es decoroso. Y aquel del grupo
que no sabe alemán, lo entiende de repente y siente palabras aisladas:
«Tarde...» «Era pequeño...»
Allí
están cerca todos unos de otros, esos señores, que vienen de Francia y de
13orgoña, de Holanda, de los valles de Carintia, de los castillos bohemios y
del emperador Leopoldo. Porque eso que cuenta uno solo, ellos también lo han
vivido y precisamente así. Como si no hubiera más que una sola madre...
Así se
cabalga en el atardecer, en un atardecer. Vuelven a callar, pero se llevan
consigo las luminosas palabras. Entonces el marqués se quita el casco. Sus
cabellos oscuros están blandos,. y, al inclinar la cabeza, se extienden
mujerilmente por su nuca. Ahora lo reconoce también el de Langenau: Lejos
sobresale algo en el brillo, algo esbelto, oscuro. Una columna solitaria, medio
caída. Y cuando hace mucho que han pasado, se le ocurre que era una Madonna.
Euego de
guardia. Se sientan alrededor y aguardan. Aguardan a que uno cante. Pero están
muy cansados. La roja luz es pesada. Se posa en los zapatos polvorientos. Se
arrastra hasta la rodilla, se asoma a las manos plegadas. No tiene alas. Los
rostros están oscuros. Sin embargo, los ojos del pequeño francés brillan un
rato con luz propia. Ha besado una rosita, y ahora puede marchitarse en su
pecho. El de Langenau lo ha visto, porque no puede dormir. Piensa: yo no tengo
rosa, no tengo. Entonces canto. Y es una vieja canción melancólica, que en su
casa cantan las muchachas en lós campos, en otoño, cuando terminan las
cosechas.
Dice. el
pequeño marqués: «¿Soy muy joven, señor?»
Y el de
Langenau, mitad con tristeza mitad en desafío: «Dieciocho años.»
Luego
callan.
Más tarde
pregunta el francés: «¿Tenéis también vos una prometida en casa, señor
caballero?»
«¿y
vos?», replica el de Langenau.
«Es rubia
como vos.»
y vuelven
a callar, hasta que grita el alemán:
«Pero, demonio, entonces ¿para qué habéis montado en la silla y
cabalgáis por esta tierra envenenada contra los perros turcos?»
El
marqués sonríe: «Para regresar.» .
Y el de
Langenau se pone melancólico. Piensa en una muchacha rubia con la que jugaba.
Juegos locos. Y querría `volver a casa, sólo por un momento, sólo el tiempo
necesario para decir las palabras: «Magdalena, perdóname haber sido asíl»
¿Cómo...
era?, piensa el joven señor. Y están lejos.
Una vez,
por la mañana, aparece un jinete, y luego otro, cuatro, diez. Todos de hierro,
grandes. Luego mil detrás: el ejército.
Hay que
separarse.
«Que
volváis a casa con felicidad, señor marqués.»
«Que la
Virgen os proteja, señor caballero.»
Y no
pueden separarse. Son amigos de repente, hermanos. Tienen más que confiarse;
porque ya saben tanto el uno del otro. Vacilan. Y hay prisa y golpes de pezuñas
en torno de ellos. Entonces el marqués extiende el gran guante derecho. Ofrece
la pequeña rosa, le quita un pétalo. Como quien parte una hostia.
«Esto os
protegerá. Adiós.»
El de
Langenau queda asombrado. Sigue largamente con la mirada al francés. Luego mete
el pétalo desconocido bajo la casaca. Y sube y baja y sube con las ondas de su
corazón. Toque de trompeta. Cabalga hacia el ejército el joven caballero.
Sonríe melancólicamente: le defiende una mujer desconocida.
Un día a
través de la impedimenta. Maldiciones, colores, risas; la tierra está
deslumbrada. Vienen corriendo muchachos multicolores. Riñas y llamadas, Vienen
prostitutas con sombreros purpúreos en cabello fluyente. Señales. Vienen mozos,
negros de hierro como noche caminante. Agarran, cálidos, a las prostitutas,
desgarrándoles los trajes. 'Las empujan al borde de los tambores. Y con la
salvaje lucha de manos presurosas, despiertan los tambores, hacen ruido como en
sueños, hacen ruido... Y al anochecer elevan faroles, extraños: Vino, luciendo
en caperuzas de hierro. ¿Vino? ¿O sangre? ¿Quién puede distinguir?
Al fin
delante de Spork. Junto a su caballo blanco sobre. sale el conde. Su largo pelo
tiene el brillo del hierro.
El de
Langenau no ha preguntado. Reconoce al general, salta del corcel y se inclina
en una nube de polvo. Trae consigo un escrito que le recomienda al conde. Pero
éste manda: «Léeme el papelucho> Y sus labios no se han movido: No los
necesita: son suficientes para maldecir. Lo de después, dice su mano derecha.
Punto. Y miran a ella. El joven caballero ha terminado hace mucho. Ya no sabe
dónde está. Spork está delante de todo. Hasta el cielo se ha ido. . Entonces
dice Spork, el gran general:
«Alférez.»
Y es
mucho.
La
compañía está más allá del Raab. El de Langenau cabalga. solo.
Llanuras.
Tarde. El herraje, delante de la silla, brilla a través del polvo. Y luego se
levanta la luna. El la ve en sus mnanos.
El sueña.
Pero hay
un grito hacia él.
Grita,
grita,
le
desgarra el sueño.
No es un
búho. Misericordia:
el único
árbol
le grita:
¡hombre!
y él
mira. Hay. un árbol. Se hace árbol un cuerpo
a lo
largo del árbol, y una mujer joven,
sangrienta
y desnuda,
le
asalta: ¡Líbrame!
Y él baja
en un salto al negro verdor .
y corta
las calientes cuerdas;
y ve sus
miradas arder
v sus
dientes morder.
¿Ríe?
Le
estremece.
y ya se
sienta a caballo
y galopa
en la noche. Sangrientos cordeles apretados en el puño.
El de
Langenau escribe una carta, todo pensativo. Pinta despacio con grandes letras
solemnes, erguidas:
Madre mía
querida:¡
estáte
orgullosa: llevo la bandera,
no tengas
pena: llevo la bandera.
quiéreme:
llevo la bandera
Luego
esconde la carta en su casaca militar, en el lugar más secreto, junto al pétalo
de rosa. Y piensa: pronto tendrá su aroma. Y piensa: quizá la encuentre una vez
uno... Y piensa...: porque el enemigo está. cerca.
i
Cabalgan
sobre un labrador muerto. Tiene los ojos muy abiertos y algo se refleja en
ellos: no es cielo. Después aúllan perros. Llega también una aldea, por fin. Y
sobre las cabañas se alza, pétreo, un castillo. Ancho, el puente les lleva
dentro. La puerta se hace grande. El cuerno da una alta bienvenida. Oíd:
ruidos, chasquidos y ladridos de perros, Relinchos en el patio, cascos de
caballo golpeando y llamadas.
¡Descanso!
Otra vez ser huésped. No siempre atender él mismo a sus deseos con mezquino
alimento. No siempre tomarlo todo de modo enemigo: por una vez, dejar
transcurrir todo y saber: lo que ocurre, está bien. También el ánimo debe una
vez extenderse, y al borde de cubiertas de seda, caer de espaldas en sí mismo.
Por una vez llevar sueltos los rizos y los anchos cuellos abiertos y sentarse
en sillones de seda y estar así hasta la punta de los dedos: estar después del
baño. Y volver a saber qué son mujeres. Y qué hacen las de blanco y qué son las
de azul: qué manos tienen, cómo cantan su risa, cuando traen muchachos rubios
los hermosos cuencos pesados de frutas jugosas.
Empezó
como comida. Y se ha vuelto una fiesta, apenas se sabe cómo. Las altas llamas
ondeaban, las voces zumbaban, enredados cantos resonaban de cristal y fulgor, y
al fin de los ritmos madurados brotó la danza. Y todo lo arrastró. Era una
oleada en las salas, un encontrarse y elegirse, un despedirse y reencontrarse,
un disfrutar el brillo y cegarse de luz y mecerse en los vientos estivales que
hay en los vestidos de las cálidas mujeres.
Del vino
oscuro y de mil rosas mana la hora rumorosa en el sueño de la noche.
Y uno se
eleva y se queda mirando en este esplendor. Y es de tal modo que mira si está
despierto. Porque sólo en sueños se ven tales maneras y tales fiestas y estas
mujeres: su menor gesto es un pliegue que cae en el brocado. Construyen horas
de diálogos de plata, y a veces levantan así las manos...y deben querer decir
que en algún lugar donde tú no alcanzas, brotarían suaves rosas que tú no ves.
Y entonces sueñas: en estar adornado con ellas y feliz de otro modo y ganarte
una corona para tu frente, que está vacía.
Uno,
vertido de seda blanca, reconoce que no puede despertar; porque está despierto
y desconcertado de realidad. Así huye temeroso por el sueño y se queda en el
parque, solitario en el parque negro. Y la fiesta está lejos. Y la luz miente.
Y la noche está cerca en torno suyo y fría. Y pregunta a una mujer que se
inclina hacia él: «¿Eres la noche?»
«¿Eres la
noche?»
Ella
sonríe.
Y
entonces él se avergüenza de su traje blanco. y querría estar lejos y solo y
con armas.
Todo
armado.
«¿Has
olvidado que eres mí paje para hoy? ¿Me abandonas? ¿A dónde vas?
«Tu traje
blanco me da derecho sobre ti...»
«¿Tienes
añoranza de tu casaca aspera?»............
«¿Tienes
frío?¿Tienes nostalgia? La condesa sonríe.
No. Pero
es sólo porque se le ha caído de los hombros el ser niño, ese suave traje
oscuro. ¿Quién se lo ha llevado? «¿Tú?»,pregunta con una voz que todavía no ha
oído.«¿Tú?» Y ahora no hay nada en él. Y está desnudo como un santo. Claro y
esbelto.
El
castillo se apaga despacio. Todos están pesados: cansados o enamorados o
borrachos. Después de tantas noches de campaña, largas y vacías: camas. Anchas
camas de encina. En ellas se reza de otro modo que en el miserable surco de
allá abajo, que, cuando uno quiere dormir, se hace como una tumba.
« Señor
Dios, ¡como quieras!»
Son más
cortas las oraciones en la cama.
Pero más
interiores.
El cuarto
de la torre está oscuro.
Pero
ellos se alumbran en la cara con una sonrisa. Van a tientas como ciegos y
encuentran al otro como una puerta. Casi como niños, que tienen miedo de la
noche, se meten uno en otro. Y, sin embargo, no tienen miedo: no hay nada que
esté contra ellos: ningún rostro, ninguna mañana; porque el tiempo se ha
derrumbado. Y ellos florecen en sus escombros.
Él no
pregunta: « ¿Tu marido?»
Ella no
pregunta: «¿Tu nombre?»
Se han
encontrado para ser entre si una nueva raza.
Se darán
cien nombres nuevos y se los volverán a quitar entre sí todos, como quien se
quita un pendiente.
En la
antesala, sobre un sillón, cuelga la casaca de guerra, la bandolera y la capa
del de Langenau. Sus guantes están en el suelo. Su bandera se yergue escarpada,
apoyada en el crucero de la ventana. Es negra y esbelta. Afuera galopa una
tempestad a través del cielo y saca trozos de la noche, blancos y negros. La
luz de la luna pasa como un largo relámpago, y la bandera inmóvil tiene sombras
inquietas. Sueña.
¿Estaba
abierta una ventana? ¿Está en casa la tempestad? ¿Quién golpea las puertas?
¿Quién cruza la habitación..? Déjalo. Quien sea. En el cuarto de la noche no lo
encuentra. Como detrás de cien puertas está este gran sueño, que tienen en
común dos personas; tan en común como una misma madre o una misma muerte.
¿Es esto
la mañana? ¿Qué sol se levanta? ¡Qué grande es el sol! ¿Esto son pájaros? Sus
voces están por. todas partes..
Todo está
claro, pero no es de día.
Todo está
sonoro, pero no hay voces de pájaros.
Son las
vigas, que brillan. Son las ventanas, que gritan. y gritan, rojas, hacia los
enemigos, que están fuera en la tierra llameante, gritan: incendio.
Y con sueño
desgarrado en la cara, todos se aprietan, medio hierro, medio desnudos, de
cuarto en cuarto, de tramo en tramo, y buscan las escaleras.
y con
aliento. sofocado balbucean trompetas en el patio:
¡Reunirse,
Reunirse!
y
tambores temblorosos.
i
Pero la
bandera no está ahí.
Llamada:
¡Alférez!
Caballos
enfurecidos, rezos; gritos,
maldiciones:
¡Alférez!
Hierros
contra hierros, órdenes y señal, silencios: ¡Alférez!
Y otra
vez más: ¡Alférez1
Y allá
con la caballería hirviente .
Pero .la.
bandera. no. está .allí.
El corre
en torno de los tumultos con movimientos ardientes, por puertas que le rodean
incendiadas, por escaleras, que le chamuscan, y él irrumpe del edificio
enloquecido. En sus brazos lleva la bandera, corno una blanca mujer sin
sentido. Y encuentra un caballo, y es como un grito: pasando por encima de
todo, más allá de todo, incluso de los suyos. Y allí vuelve en sí también la
bandera, y nunca fue tan soberana; y ahora la ven todos, lejos, adelantada, y
reconocen al hombre claro y sin casco, y reconocen la bandera...
Pero
entonces empieza a brillar, se lanza allá y sé hace grande y roja...
Arde su
bandera en medio del enemigo, y ellos le persiguen.
El de
Langenau está en lo hondo del enemigo, pero solo completamente. El espanto ha
hecho un espacio redondo en torno de él, y él se detiene en medio, bajo su
bandera que lentamente se va incendiando.
Despacio,
casi meditativamente, mira en torno suyo. Hay mucho de extraño y multicolor
ante él. Jardines... piensa y sonríe. Pero entonces siente que se posan ojos en
él y reconoce hombres y sabe que son los perros paganos; y lanza su caballo en
medio de ellos.
Pero
cuando todo se agolpa ahora detrás de él, vuelven a ser jardines, y los
dieciséis sables curvos, que brotan hacia él, rayo tras rayo, son una fiesta.
Un riente
juego de agua.
La casaca
de guerra ha ardido en el castillo, la carta y el pétalo de rosa de una mujer
desconocida...
La
primavera siguiente (vino melancólica y fría) llegó a caballo un correo del
barón de Pirovano. lentamente, a Langenau. Allí vio llorar a las viejas,
EL LIBRO
DE HORAS
(1899-1905)
LIBRO
PRIMERO
EL LIBRO
DE LA VIDA MONÁSTICA
(1899)
Y la hora se inclina y me toca
con golpe metálico y claro,
Tiemblan mis sentidos. Lo siento que puedo,
y agarro el plástico día.
Nada estaba hecho antes que mirara;
un devenir se detiene.
Mis ojos maduran, y como una novia
va a cada mirada la cosa que quiere.
Nada me es pequeño: sé también amarlo,
lo pinto sobre oro, y en grande,
y lo tengo en alto: y no sé hacia quién
el alma se escapa...
Vivo mi vida en círculos que se abren
Sobre las cosas, anchos.
Tal vez no lograré cerrar el último
pero quiero intentarlo.
Giro en torno de Dios, antigua torre,
giro hace miles de años.
Y aún no sé si soy águila o tormenta
o si soy un gran cántico.
Tengo muchos hermanos con sotanas
en el Sur, donde crece el laurel en los claustros.
Sé con qué humanidad imaginan Madonnas;
sueño a menudo con Tizianos jóvenes
por los que cruza el Dios incandescente.
Pero cómo
me inclino también hacia mí mismo:
es oscuro
mi Dios, como un tejido
de cien
raíces que en silencio beben
Sé que de
su tibieza me levanto
y no sé
más, porque todas mis camas
reposan
allá abajo, con señas sólo al viento.
Con
nuestras fuerzas no te pintaríamos,
tú,
aurora, de quien se alza la mañana.
De viejos
potes de color sacamos
Las mismas líneas, y los mismos rayos
con que el santo pintor te silenciaba
Alzamos ante ti imágenes, como
paredes: mil murallas ya te cercan.
Porque te velan nuestras pías manos,
tanto te ven patente nuestras almas.
Amo las horas de mi ser en sombra
donde se profundizan mis sentidos:
he hallado en ellas, como en viejas cartas,
mi villa cotidiana ya vivida,
su leyenda lejana y superada
Por ellas sé qua tengo espacio para
una segunda villa, ancha y sin tiempo.
Y algunas veces soy igual que el árbol
que, maduro y sonoro, en una tumba
cumple igual sueño qua el muchacho antiguo
(ceñido por sus cálidas raíces)
perdido en melancolías y canciones
Vecina Dios, si a veces te molesto
con duros golpes en las noches largas,
es porque apenas te oigo respirar
y se que siempre estás solo en tu cuarto.
Y si algo necesitas, nadie tienes
para
acercar un sorbo pasta tu boca:
siempre
escucho. Tú dame una señal.
Estoy
aquí, muy cerca.
Entre los
dos hay sólo un leve muro. ,
por azar;
pues podría
una
llamada, tuya o de mi boca,
derribarlo
sin
ruido.
Edificado
está con tus imágenes.
Tus
imágenes se alzan como nombres
ante ti.
Si se enciende en mí la luz
con que
te reconocen mis entrañas,
se disipa
en tus marcos como brillo.
Y mis
sentidos, que desmayan pronto,
arrancados
de ti, sin patria están. '
Sí, por
una vez sólo, hubiera calma.
Si lo
azaroso y lo aproximativo
se
callara, y la risa de vecinos:
si el
estrépito que hacen mis sentidos.
no me
estorbara tanto al despertar
Entonces,
yo podría en una idea
vuelta miles,
pensarte hasta tu borde.
tenerte
(lo que dura una sonrisa),
regalar
toda vida en torno a ti,
como
dando las gracias.
Me gusta
vivir hoy que el siglo pasa.
Se siente
el viento de una enorme hoja
que está
escrita por Dios. por ti y por mi
y que
gira en extrañas manos, alta.
Se siente
el brillo de una nueva página.
que aún todo puede acontecer.
fuerzas
quietas prueban su amplitud
y se
miran, sombrías, entre sí
Lo leo en
tu palabra,
en la
historia narrada por los gestos
con que
tus manos se redondeaban
en torno
al devenir, tibios límites sabios
En voz
alta dijiste vivir; y con voz queda
morir, y
repetías siempre: Ser.
Pero
antes de la muerte primera vino el
crimen
Y se
abrió una fisura por tus maduros círculos
y un
grito atravesó
y
desgarró las voces
que
estaban. congregadas
allí para
decirte,
para
sobrellevarte,
puente de
todo abismo...
Y lo que
desde entonces balbucieron
son
trozos
de tu
antiguo hombre.
El pálido
mozo, Abel dice:
No existo
ya_ Mi hermano me ha hecho no sé qué
que mis
ojos no vieron.
Me ha
tapado la luz.
Mi rostro
lo ha empujado, desplazándolo
con el
suyo.
Y ahora
ya está solo.
Pienso
que todavía debe ser.
Porque a
él nadie le hace lo mismo que él
Marchaban
todos mis caminos;
pero al
llegar delante de su cólera
se pierden
en él todos.
Mi
hermano mayor creo que está en vela
igual que
un tribunal. .
La noche
en mí ha pensado
y en. él,
no.
Tú,
oscuridad, de, la que yo procedo,
te amo
más que la llama
que da
frontera al mundo,
porque
brilla tan sólo
para
dentro de un círculo,
tras el
cual no hay un ser que sepa de ella.
Pero la
oscuridad lo tiene todo:
rostros y
llamas,. animales, yo,
tal como
lo arrebata:
personas
y potencias ..
Y puede
ser así: una enorme fuerza
'se mueve
junto a mí
Creo en
las noches
Creo en
todo lo que aún no ha sido dicho.
Quiero
librar mis más píos sentires.
Lo que
ninguno osó querer aún
para mí
será un día sin querer
Si esto
es temeridad, perdón, Dios mío.
Pero yo
solamente he de decir:
mi mejor
fuerza se haga como instinto,
tan sin cólera
y tan sin timideces:
así es
como se quieren los niñitos.
Con estas
bocas, desembocaduras
en anchos
brazos al abierto mar,
con este
regresar siempre creciente
te
reconoceré, te anunciaré,
como
nadie hasta ahora.
Y si es
orgullo, déjame que tenga
orgullo
de mi rezo,
que tan
serio y tan solo
se
levanta ante tu nubosa frente.
Estoy en
el mundo muy solo, pero no bastante solo
para consagrar cada hora.
Estoy muy pequeño en el mundo, pero no bastante pequeño
para ser ante ti como una cosa,
oscura y prudente.
Quiero mi voluntad y quiero acompañar mi voluntad
por el camino a la acción
y quiero en tiempos callados, temblorosos no sé como si algo se
acerca,
ser de los que saben
o estar solo.
Quiero reflejarte siempre en tu figure entera
y nunca quiero ser ciego o demasiado viejo
pare conservar tu pesada imagen oscilante.
Quiero desdoblarme.
Por ninguna parte quiero quedar
doblado,
Por que donde estoy doblado,
estoy falseado,
y quiero mi sentido
verdadero ante ti. Quiero describirme
como una imagen que vi.
largamente y de cerca
como una palabra que comprendí,
como ni jarro diario,
como el rostro de mi madre,
como un barco
que me llevó
a través de la más mortal tormenta.
Ya ves, yo quiero mucho.
Quizá lo quiero todo:
lo oscuro de cualquier caer sin fin
y el juego de luz de todo subir.
Muchos, viven y nunca quieten nada,
y son ennoblecidos por los chatos
sentires de su fácil tribunal.
Pero a ti te contenta todo rostro
que sirve y tiene Sed.
Te complaces con todos los que te usan
igual que un utensilio:
Todavía no estás frío, ni es tarde
para hundirse en tu entraña deviniendo
donde la vida en calma se revela.
Construimos en ti con manos trémulas
poniendo en torres átomo sobre átomo.
Pero. ¿quién te podrá
terminar, catedral?
¿Qué es Roma?
Se desploma.
¿Qué es el mundo?
Se hará pedazos antes
que haya en tus torres cúpulas
y en minas de mosaico
aparezca tu frente refulgente.
Pero a veces en sueños
puedo mirar por sobre
tu espacio,
hondo, desde el principio
al áureo chapitel de tu cubierta.
Y vea: mis sentidos
construyen y edifican
los últimos adornos.
Porque alguno te quiso alguna vez
sé que también podríamos quererte.
Aun cuando rechacemos toda hondura:
aunque un monte tenga oro
y nadie pueda ya desenterrarlo.
te alumbrará una vez la inundación
que se agarra a la calma de la piedra.
en su total rebose.
Aun cuando no queramos:
Dios madura.
Quien las contradicciones de su vida
armoniza y reúne en una imagen,
lleno de gratitud, echa a empujones
a los estrepitosos del palacio,
se hace festiva de afro modo, y tú eres el invitado
eres el invitado
que el recibe en atardeceres suaves.
De su soledad tú eres el segundo,
el quieto centro de sus soliloquios,
y todo cerco en torno de ti puesto
también le tensa el cerco desde el tiempo.
Mis manos, ¿a qué van por los pinceles?
Si te pinto, Dios, casi no lo notas.
Te siento. Donde acaban mil sentidos
comienzas vacilante, en muchas islas,
y en tus ojos, que nunca pestañean,
el espacio soy yo.
Tú ya no estás en media de tu brillo,
donde todas las lineal del baile de los ángeles
te gastan lo lejano como música...
Tu vives en tu casa más extrema.
Tu cielo entero aplica a mí su oído,
porque yo lo callé, considerándome.
Soy yo, miedoso: ¿acaso no me escuchas
romper en ti con todos mis sentidos?
Mis sentimientos, que encontraron alas,
giran, blancas, en torna de tu rostro.
¿No ves mi alma qué densa está ante ti
en un traje de calma?
¿No madura mi rezo
de mayo en tu mirada coma un árbol?
Si eres
el soñador, yo soy tu sueño.
Y si despiertas,
yo soy tu deseo
y me hago
fuerte, en pleno señorío.
y redondo
como un silencio de astros
sobre la
ciudad mágica del tiempo.
No es mi
vida esta hora tan abrupta
en que me
ves entrar con tanta prisa.
Soy un
árbol delante de mi fondo,
soy una
sola de mis muchas bocas,
y aquella
que se cierra más temprano.
Soy el
silencio en medio de dos notas
que se
acostumbran mal a estar unidas:
porque la
nota “muerte” quiere alzarse:
Pero
temblando en su oscuro intervalo
se unen
y queda
hermosa la canción.
Si yo
hubiera crecido en algún sitio donde
los días
son más leves, las horas más esbeltas
y una
gran fiesta te hubiera inventado,
y mis
manos no te tendrían como
a veces
te sujetan, temerosas y duras.
Allí yo
hubiera osado prodigarte,
tú,
presente sin límites.
Igual que
una pelota
hubiera
echado todas las fluctuantes
alegrías
en ti, para que alguno
con las
manos en alto,
te
tomara, atajando tu caída
tú, cosa
de las cosas
Yo te habría dejado
fulgurar
como un
filo de espada.
Del más dorado anillo
haría rodear tu fuego, y él
debería tenerme
en la mano más blanca.
Te pintaría, pero no en el muro,
sino en el cielo mismo, hasta los bordes;
te formaría, como te formara
un gigante: como montaña o fuego,
como simún creciente de la arena desértica,
o
es posible también que te encontrara
de nuevo...
Están remotos mis amigos,
apenas oigo resonar sus risas:
y tú: tú te has caído de tu nido;
eres un pajarito con garras amarillas
y grandes ojos, que me dan dolor.
(Mí mano es para ti muy ancha.) Eleva
con el dedo una gota de la fuente, '
y acecho sí la quieres tú beber,
y siento palpitar tu corazón
y el mío: ambos de miedo.
Te encuentro en todas estas cosas,
qua en mí tienen un buen hermano;
eras semilla en las pequeñas
y en las grandes tu entregas grande.
Es el mágico juego de las fuerzas,
que a tu servicio marchan por las cosas.
creciendo en las raíces, menguando por los tallos
y en las cimas igual que una resurrección.
Voz de un hermano joven
Fluyo, fluyo
como. la arena por entre los dedos.
Tengo muchas sentidos de repente.
todos sedientos, de diverso modo.
Me siento en mil lugares
henchirme y con dolor
Pero más en mitad del corazón.
Me querría morir. Déjame Bola.
Creo que lograré
tener tanto terror
que me estallen los pulsos.
Dios. mira: a construir en ti uno viene
que ayer aún era un. niño: todavía
van sus manos plegadas por mujeres
en un doblez, que casi ya es mentira.
Pues su derecha acude hacia su izquierda
para guardarse o para hacer un signo
y para estar sola en el brazo.
Su frente fue hasta ayer como un guijarro
en el río, rodado por los días,
que nada dicen sino golpes de ondas
y nada piden, sino alguna imagen
de cielos. que el azar les pone encima:
hay hasta ella está abriéndose paso
una historia del mundo,
ante un inexorable tribunal,
y se hunde en su sentencia.
brota espacio en un rostro nuevo. Nunca
hubo luz antes de esta luz, y como
hasta ahora jamás, tu libro empieza.
Te quiero, la más suave de las leyes,
en que, en lucha contigo, maduramos;
gran nostalgia que nunca dominamos,
bosque del que jamás hemos salido,
canción que al callar siempre hemos cantado,
red oscura
en que huyendo se apresan los sentires.
Te empezaste tan grande, sin confines,
en ese día en que nos empezaste,
y estamos tan maduros en tus soles,
tan ensanchados, tan hondo plantados,
que en los ángeles, hombres y Madonnas,
puedes cumplirte ahora sosegada.
Pon tu mano en la ladera del cielo;
lo que en sombra tu hacemos, muda, aguanta.
Somos obreros: maestros, aprendices,
construyéndote, oh nave central alta.
Y a veces viene un grave mensajero
como un brillo entre nuestros cien espíritus.
a enseñarnos, temblando, otro trabajo.
Subimos por andamios columpiantes.
-el martillo, pesado, en nuestra mano-
hasta besarnos en la frente una hora,
que, fúlgida y como sabiendo todo,
llega de ti como un viento del mar.
Luego hay un son de múltiples martillos
que por los montes va, golpe tras golpe.
Salió al oscurecer tu damos suelta,
tus perfiles futuros ya en penumbra.
Dios, eres grande.
Eres tan grande Tú, que ya no soy
más, en cuanto me pongo junta a ti.
Tan oscuro: mis pocas claridades
en tu borde no tienen ya sentido.
Tu voluntad va allá como una ola
ahogando los días.
Sólo mi ansia te llega a la barbilla
y ante ti se alza, más grande que un ángel:
pálido, extraño, aún sin redimir,
tendiéndote las alas.
No quiere más el vuelo sin orillas
en que las lunas pálidas pasaban,
y de los mundos sabe ya bastante.
Con sus alas, coma ton llamas, quiere
erguirse ante tu rostro sombreado
y en sus blancos reflejos quiere ver
si le condenas con tus cejas grises.
En la luz tu persiguen muchos ángeles
y chocan con la frente en las estrellas
queriéndote aprender en todo brillo.
Pero cuando tu canto, muchas veces,
me parece que con desviado rostro
se alejan de las pliegues de tu manto.
Pues tú eras sólo un huésped en el oro.
Por amor sólo a un tiempo que te huía
en sus claras, marmóreas oraciones,
apareciste, rey de los cometas,
orgulloso en los rayos de tu frente.
Volvías, cuando se fundió ese tiempo.
Tu boca, por la cual sufro, está oscura
y tus manos son de ébano.
Eran días de Miguel Ángel ésos.
de que leía yo en extraños libros.
E fue el hombre que, sobre toda escala,
grande como un gigante, se olvidó
de lo inconmensurable.
Era el
hombre que siempre vuelve cuando
un tiempo
que se quiere terminar
reúne su
valor una vez más.
Todo su
peso entonces alza alguno.
y lo arroja al abismo de su pecho.
Los de antes de él tenían alegría y pasión:
pero él ya sólo siente la masa de la vida
y que todo tu abarca coma una sola cosa;
sólo Dios sigue encima de su voluntad, ancho:
y entonces le ama con su rencor alto
por aquella inalcanzabilidad.
Esa rama de árbol de Dios que alcanza Italia,
ha florecido ya.
Quizás hubiera querido,
abundante de fruta, anticiparse,
pero se cansó en medio de las flores
y ya no tendrá fruto.
Sólo la primavera de Díos estuvo allí,
sólo se cumplió su Hijo,
la Palabra.
Toda fuerza giró
hacia el fúlgido Niño.
Vinieron con regalos
a El todos;
todos cantaron coma querubines
de alabanza.
Y él dio un aroma quedo
como rosa de rosas.
Fue lo mismo que un círculo
en torno de los que no tienen patria.
Con mantas y metamorfosis fue
por las voces ascendentes del tiempo.
Allí. también la despertada al fruto,
la tímida, asustada de hermosura.
la doncella visitada en su casa fue amada.
La floreciente, la no descubierta.
que tiene cien caminos.
La dejaron marchar y suspenderse
a la deriva, con el año nuevo;
su Vida de Maria en servidumbre
fue prodigiosa, fue corno de un rey.
Como rumor de algún día de fiesta,
cruzaba, grande, por todas las casas;
la antes doncellilmente distraída
estaba tan sumersa en su regazo,
y tan llena del Único
y tan bastante para miles
que todo parecía iluminarla
como la que era viña y dio su fruto.
Pero como si el peso de la ladera en fruto,
la ruina de columnas y arquerías
y el cesar de los cánticos
la hubiera hecho pesada,
la doncella se ha vuelto en otras horas,
hacia las heridas futuras,
todavía preñada del que es más grande.
Sus manos, que en silencio se soltaban,
permanecen vacías.
Ay, aún no ha parido al que es más grande.
Y los ángeles, que no la consuelan,
la rodean extraños y con miedo.
La pintaron así. Uno, ante todo,
que traía su anhelo del sol. Y para él
maduró ella saliendo pura de todo enigma,
pero en la pasión cada vez más universal:
él fue toda su villa como uno al que, llorando,
se le ha metido el llanto entre las manos.
El es el más hermoso velo de] dolor de ella,
que se pliega en sus labios afligidos,
y se dobla sobre ellos casi en una sonrisa;
y con, la luz de siete candelas de los ángeles
no queda superado su misterio.
Con una rama, sin comparación,
Dios, el árbol, se volverá estival,
anunciador, sonoro de maduro;
en un país donde escuchan los hombres
y están todos .tan solos como yo.
Porque sólo a los solos se revela,
y a muchos solitarios de igual modo
se dará. más que al uno diminuto.
Pues otro Dios se hará ver a cada uno
hasta que reconozcan, casi en llanto,
que por su concepción desparramada
y por. su percibir y su negar,
diverso sólo en ciento de los suyos
avanza un solo Dios como una ola.
El rezo final es
que los que ven se dicen:
La raíz Dios ha dado fruto: andad
a tocar las campanas:
llegamos a los días más tranquilos,
en que la hora se halla ya madura.
La raíz Dios ha dado ya su fruto:
sed graves y mirad.
No puedo creer que la pequeña muerte,
aunque a diario la vemos sobre todo,
siga siendo un cuidado nuestro, un ansia.
No puedo creer que nos acose en serio:
vivo aún, tengo tiempo de construir;
es más larga mi sangre que son rojas las rosas.
Mi sentido es más hondo que el ingenioso juego
con nuestro miedo, en que así se complace,
Yo soy el mundo
de que ella cayó errando.
E igual que ella,
andan
girando monjes así en torno; '
da miedo
su girar:
no se
sabe: ¿es el mismo a cada vez,
son dos.
son diez, son miles o son más?
Sólo se
ve esa mano extraña y amarilla
que se
tiende, desnuda y tan cercana
ahí: tu
mismo que
si
saliera de nuestro propio traje.
¿Qué vas
a hacer. Señor, cuando me muera?
Tu cántaro
soy yo (¿ya cuando me rompa?)
Tu bebida
soy yo (¿y cuando me vierta?)
Yo soy tu
vestidura, soy tu oficio:
conmigo
pierdes tu sentido.
Después
de mí, no tienes casa donde
te
saluden palabras tibias, íntimas.
De tu
cansado pie cae la pantufla
aliviadora,
que soy yo.
Tu gran
túnica se te queda atrás.
Tu
mirada, que acojo en mi mejilla
tibia,
como una almohada, largo tiempo
caminará
en mi busca'
y a la
puesta del sol se dormirá
en el
regazo de piedras extrañas.
¿Qué
harás, Señor, entonces? Tengo miedo.
Tú eres
el susurrante enhollinado;
en todas
las estufas duermes, ancho.
El saber
solamente es en el tiempo.
Tú eres
el ignorado por la sombra
que va de
eternidad a eternidad.
Tú eres
el pedigüeño, el temeroso.,I ,
que pasa en el sentido de las cosas.
Tú eres
dentro del cántico la sílaba
que
vuelve cada vez más temblorosa
entre la fuerza de la recia voz.
Tú nunca te aprendiste de otro modo:
Pues no eres el hermosamente unido
en torno al cual se engarza la riqueza.
Tú eres el hombre simple que hizo ahorros.
Tú eres el campesino de la barba
que va de eternidad a eternidad.
AI hermano menor
Tú, niño ayer, a quien llegó la confusión;
no se disipe en ceguedad tu sangre,
No piensas en placer: piensas en la alegría:
estás hecho tu mismo que un esposo
y habrá de ser tu esposa tu pudor.
El gran gozo también tiende hacia ti,
y de pronto los brazos están desnudos todos.
En piadosas imágenes las pálidas mejillas
están cubiertas de fuegos extraños:
y tus sentidos son corno muchas serpientes,
que, ceñidas del rojo del sonido,
se tensan al compás del tamboril.
Y de repente- tu has quedado solo
con tus manos, que tu odian...
Y tu voluntad no hace un milagro:
Y allá van, como por sombrías calles,
rumores de Dios por tu oscura sangre.
Al
hermano menor
Reza
entonces coma éste te lo enseña,
al regresar él mismo del enredo,
tal que.
en santas imágenes que guardan
toda la
dignidad de su sustancia,
en una
iglesia y en dorada esmalte,
pintara a la Belleza. espada en mano.
EI te
enseña a decir:
Hondo
sentido mío,
confía en mí, que no tu desengaño:
en mi sangre hay rumores muy diversos
pero yo sé que estoy hecho de afán
Una gran gravedad viene a romper en mí.
En su sombra, frescor time la vida.
Por vez primera estoy solo contigo.
tú. sentimiento mío.
Eres muy virginal.
En mi vecindad hubo una mujer
y, en ropajes marchitos, me hizo señas.
Pero tú me hablas de remotas tierras.
Y mi fuerza levanta
su mirada a los bordes de los cerros.
Himnos
tengo, que callo,
Hay un
estar erguido
en donde
hago inclinarse mis sentidos...
al verme
grande tú, soy diminuto.
Oscuramente
puedes distinguirme
de esas
cosas que doblan la rodilla;
como
rebaños son, y están paciendo,
soy el
pastor del páramo, en la cuesta,
ante
quien se reúnen por la tarde,
Entonces
voy tras ellas
Y oigo el
sordo rumor de oscuros puentes.
y en el
vaho humeante de sus lomos
se
esconde mi regreso.
Oh Dios,
cómo comprendo tu hora, cuando,
para redondearla en el espacio
por delante de ti tu voz pusiste;
te dolía la Nada como herida
y así la refrescaste can el mundo.
Ahora se cura, suave, entre nosotros.
Porque han bebido todos los pasados
al Dios enfermo sus enormes fiebres,
sentimos ya en vacilaciones suaves
el pulso reposado de su fondo.
Yacemos, aliviados, en la Nada
y todas las rendijas las tapamos,
pero tú estás creciendo por la incierto
bajo la sombra de tu inmenso rostro.
Esos, que no mueven sus manos
en el tiempo, pobre ciudad,
los que las ponen en lo mudo,
en un lugar, lejas de sendas,
que apenas time hombre aún,
te expresan, dicha cotidiana
y dicen, quedo, en una hoja:
Hay en el
fondo sólo rezos;
se han
consagrado nuestras manos.
que sólo
crean lo que escapa;
si uno
pintaba o si segaba,
de los
giros de su utensilio
se
desplegaba la piedad.
El tiempo
tiene muchas caras.
Del
tiempo oímos muchas veces,
y hacemos
tu viejo, la eterna;
sabemos
que Dios nos cercaba
como una
gran barba o un traje.
Somos
vetas en el basalto .
del imperio duro de Dios.
Como una luz nos es el nombre,
puesto, duro, sobre la frente.
Se hundió mi cara entonces, ante
ese tribunal en sazón
y te vi (y hablo desde entonces)
a ti, gran peso oscureciendo
puesto sobre mí y sobre el mundo.
Me torciste, lento, del tiempo,
en que me erguía, vacilante;
me incliné tras ligera lucha-.
dura ahora tu oscuridad
en torno a tu suave victoria.
Me tienes, sin saber a quién,
pues tus anchos sentidos ven
sólo que yo me oscurecía.
Me agarras, suave, extrañamente,
y escuchas cómo van mis manos
a través de tu vieja barba...
Tu primera palabra ha sido: Luz,
y el tiempo fue. Después callaste mucho.
La segunda fue Hombre, temerosa,
(aún nos ensombrecemos en su son),
y ahora tu rostro vuelve a meditar.
No quiero la tercera.
Rezo mucho de noche: Sigue mudo,
quédate así creciendo en ademanes,
mientras te empuja en sueños el espíritu
para que escribas la pesada suma
del callar en estrellas y montañas.
Sé tú el refugio ante la cólera
que ha rechazado tu indecible.
Se hizo noche en el paraíso:
sé el vigilante con el cuerno
de quien sólo cuentan que toca.
Vienes y vas. Las puertas se abren
más suaves, casi sin un soplo.
eres el más mudo de cuantos
por las calladas casas cruzan.
A ti nos habituarnos, hasta
no alzar del libro nuestros ojos ,
si se hermosean sus estampas
azulándose con tu sombra.
las cosas suenan de ti siempre;
a veces suave, a veces fuerte.
Al verse, acaso, mis sentidos,
se rompe tu fisonomía:
vas como puros, leves corzos:
yo soy oscuro, yo soy bosque.
Ante mí estás, como una rueda:
de tus muchos oscuros radios
se hace uno siempre más pesado
y dando vueltas se. me acerca,
y mí entregada labor crece
con cada nuevo retornar.
Tú eres el más profundo que asomaba,
el buceador y envidia de las torres.
Tú eres el suave que se dijo.
pero al interrogarte algún cobarde,
te gozaste entregado a tu silencio.
Eres el bosque de contradicciones.
Puedo mecerte coma a un niño, pero
se acaban por cumplir tus maldiciones,
que tan terribles son sobre los pueblos.
Para ti ha silo escrito el primer libro,
y la primera imagen te probó;
en el dolor y en el amor estabas,'
tu gravedad estaba repujada
en toda frente, que tu comparaba
con las siete jornadas bien logradas.
Ibas perdiendo por millares,
y se enfriaba todo sacrificio;
hasta que te moviste en altos coros
de iglesia, tras los áureos pórticos;
y un temor, al nacer,
con cinturón de forma te ciñó.
Ya lo sé: tú eres el lleno de enigma,
en torno al cual se para el tiempo vacilando.
Oh qué hermoso te hice
en una hora que me atirantó,
en un engreimiento de mi mano.
Muchas grietas tracé, decorativas,
atendía a todo obstáculo...
y los planes, después, se me enfermaron,
se enredaban tu mismo que un zarzal
las líneas y los óvalos,
hasta que en mí, profundo, con un golpe
de un zarpazo a lo incierto
brotó la más piadosa de las formas.
No puedo dominarla con la vista
aunque siento que mi obra está concluida.
Pero poniendo a un lado la mirada
la haré siempre de nuevo.
Así es mi día de trabajo,
que mi sombra, como un chal, cubre.
Y aunque soy de follaje o barro,
tan pronto como rezo o pinto
es domingo; estoy en el valle
de una alegre Jerusalén.
Soy la altiva ciudad de Dios
y le pregono con cien lenguas:
del canto de David soy eco;
yacía en crepúsculos de arpas
y respiré el primer lucero.
Hacia Oriente van mis callejas.
De gente estoy abandonando,
hace mucho, y me hago más grande.
oigo a todos gritar en mí
y mis soledades ensancho
desde un principio a otro principio.
Vosotras, oh, las muchas ciudades no asediadas
¿nunca habéis ansiado el enemigo?
j.Ah, que os hubiera puesto cerco
en una larga década oscilante!
Hasta que en desconsuelo y en tristeza,
hasta que muertas de hambre le aguantárais;
está como paisaje ante los muros,
porque también él sabe perdurar
en torno a aquellas a que ha visitado.
Mirad desde el alero de los techos,
allí acampa, y está sin abatirse...
no se vuelve más débil ni se mengua
ni envía a la ciudad quien amenace
o prometa o latente convencer.
Es el enorme rompedor de muros
con un sordo trabajo.
Desde mi vibración regreso a casa-,
de extraviarme con ella.
Fui canto; y Dios, la rima,
aún resuena en mi oído,
Otra vez vuelvo a estar mudo y sencillo
y la voz se me para:
se sumergió mi rostro
en oración mejor.
Fui para los demás igual que un viento,
al llamar sacudiéndoles.
Lejos estuve, donde están los ángeles,
alto, donde la luz se funde con la Nada;
pero Dios hondamente se oscurece.
Los ángeles son el último soplo
que roza el borde de su copa;
el salir de sus ramas
para ellos es un sueño.
Creen allí en la luz
más que en la fuerza negra del Señor;
Lucifer se acogió
a su proximidad.
Es príncipe en la tierra de la luz,
y su frente se para tan abrupta
en el fulgor enorme de la Nada,
Lucifer, que, con rostro chamuscado,
huye hacia las tinieblas.
El es el luminoso Dios del tiempo,
al que despierta claro,
y porque en dolor grita can frecuencia
y ríe en el dolor,
el tiempo cree en su dicha
y pende de su fuerza.
El tiempo es como el borde marchitado
de una hoja de libro.
Es el fúlgido manto
que Dios ha -rechazado,
cuando él, que siempre fue profundidad,
se fatigó del vuelo
y se escondió delante de cada año,
hasta que el pelo, como de raíces,
a través de las cosas, le creció.
Con la acción solamente
se te capta
con las manos tan sólo se te alumbra
cualquier sentido es solamente un huésped
y sale de este mundo con su anhelo
Imaginado está cualquier sentido,
se siente en él su borde delicado
y cómo alguien lo ha puesto en tirantez:
Tú en cambio vienes a entregarte,
y asaltas al que escapa.
Yo no quiero saber dónde estás tú,
háblame en todas partes.
Tu evangelista dócil
perdona todo y olvida mirar
de dónde es el sonido.
Pero siempre. me cierro yo hacia ti
con mi entero marchar:.
pues, ¿quién soy yo, y quién tú,
si no nos entendemos?
Mi vida tiene igual ropa y cabello
que la noca de la muerte de los antiguos tares.
El poder ha extrañado solamente mi boca,
pero mis reinas, que redondeo en silencio,
se congregan al fondo, tras de mí,
y mis sentidos. son aún señores.
Rezar, para mi vida, es siempre construir,
con Codas las medidas construir, y que la aurora,
igual que la grandeza se haga casi, y hermosa:
y: todo arrodillarse y confiar
(para que no te miren los demás),
sobrepujarlo con muchas doradas
y azules y policromadas cúpulas.
Pues qué son las iglesias y los claustros
en su subir y alzarse
sino arpas, que consuelan con sus sones,
tañidas por las manes a medio redimir
ante reyes y vírgenes.
Dios me manda escribir:
Para los reyes, tú, sé crueldad.
Ella es el ángel antes del amor-,
sin esos arcos no me quedaría
ningún puente en el tiempo.
Dios me manda pintar:
El tiempo es para mí mi más hondo lamento;
así metí en su cáscara
la mujer desvelada, las heridas,
la rica muerte (para que la cuente),
las ciudades, terribles bacanales,
la locura y los reyes.
Dios me manda construir:
Porque soy rey de] tiempo.
Pero para ti soy sólo el grisáceo
sabedor de tu soledad.
Y soy el ojo con la ceja...
que mira sobre mi hombro
de la eternidad a la eternidad.
Se hundieron mil teólogos
en la prístina noche de tu Nombre,
Doncellas despertaron hacia ti:
y muchachos de ropas plateadas
refulgieron marchando a ti, oh batalla.
En tus largas galerías con arcos
se encontraron poetas
se volvieron reyes de sonidos,
magistrales, suaves y profundos.
Tú eres la suave hora de la tarde
que a todos los poetas hace iguales:
oscuro, tu abres paso por las bocas,
y con el sentimiento de un hallazgo
te reviste de lujo cada cual.
Te elevan
cien mil arpas
igual que
vibraciones del silencio.
Y tus
antiguos vientos echan
hacia
todas las cosas y miserias
Te han
esparcido los poetas
(cruzó
una tempestad los balbuceos),
pero yo
he de volver a reunirte
en este
recipiente que te goza.
Caminé en
muchos vientos;
en ellos
empujabas tú mil veces.
Llevo
todo lo que hallo:
como copa
te ha usado el ciego,
muy hondo
te ocultó la servidumbre,
pero el
mendigo te retuvo,
y a veces
en un niño había
un gran
trozo de tu sentido.
Ya ves que soy un buscador.
Uno, que detrás de sus manos
va escondido y como un pastor
(podrías apartar de él la mirada
que le conturba, la de los extraños).
Uno que sueña completarte
y que él se habrá de completar.
Rara vez hay sol en Sobor.
Los muros surgen de las formas,
y por las vírgenes y los viejos
se abre paso, como alas desplegadas,
el pórtico imperial, dorado.
La pared, en su columnata,
se perdió tras de los iconos;
y las que viven en la plaza muda,
las piedras, se alzan corno un coro,
y vuelven a caer en las coronas
y callan más hermosas que antes.
Y sobre ellas, azul coma las noches,
y pálida de rostro,
se cierne la mujer, que te gozaba:
guardiana de la puerta, rocío mañanero,
que te ciñe, florida como un prado,
y sin cesar.
La cúpula está llena de tu Hijo
y vincula en redondo el edificio.
Quieres tomar reposo de tu Trono
que observe estremecido.
Entré entonces, igual que un peregrino
y te sentí, en mi frente
con tormento, a ti, piedra.
Con luces, siete en número,
cerqué tu oscuro ser
y en cada imagen vi
tu pardusco lunar.
Y estaba allí, donde están los mendigos
malvados y esqueléticos
por su aliento, subiendo y descendiendo,
te comprendí a ti, viento.
Vi al labrador, cargado de años,
como Joaquín, barbudo,
y por
cómo se oscurecía.
rodeado
de claros semejantes,
te
comprendí más tierno que jamás,
tan
revelado sin palabras
en todos
como en él.
Dejas correr
al tiempo.
y nunca
tienes paz en él;
el
labrador encuentra tu sentido,
lo
levanta y lo arroja
y vuelve a levantarlo.
Igual
.que el guarda en tierra de viñedos
tiene su
choza y mira,
así,
Señor, soy, yo choza en tus manos,
y soy
noche, oh 5eñor, desde tu noche. ,
Viña,
dehesa, viejos manzanares.,
campo que
no desborda ninguna primavera.
higuera,
que aun en suelos como el mármol
de duros,
.da abundancia de sus frutos:
brota
aroma de tus redondas ramas.
Y no
preguntas si yo estoy velando: .
sin miedo,
en savia abiertas, tus honduras
suben y
pasan ante mi de largo.
Dios
habla a cada uno tan sólo antes de hacerle;
luego
sale en silencio con él desde la noche.
Y esas
palabras de antes de empezar cada cual,
esas
palabras nebulosas, son:
Fuera de
tus sentidos enviado,
marcha
hasta el borde mismo de tu anhelo;
dame
ropaje.
Crece
como un incendio tras las cosas;
que sus
sombras, tendidas.
me cubran
siempre entero.
Déjalo Ocurrir todo: hermosura y espanto.
Solo hay que andar. Ningún sentir es el que está
más lejos. No te dejes separarte de mí.
Cercana está la tierra
que ellos llaman la vida.
La reconocerás
por su seriedad grave.
Dame la mano.
Estuve con los monjes más
antiguos; pintores,
forjadores de mitos,
que escribían historias en calma
y dibujaban
las runas de la gloria.
y te-veo en mi rostro, con
vientos,
bosques y aguas,
zumbando al borde de la
Cristiandad,
tú, tierra no alumbrable.
Quiero contarte, quiero mirarte y
describirte,
no con esmalte y oro, sólo con tinta de
corteza de manzano;
tampoco puedo atarte con perlas a las hojas,
y la imagen más, trémula que me hallan mis sentidos,
la abrumarías, ciega, con tu sencillo ser.
As!, sólo en ti quiero dar razón de las cosas
y nombrar simplemente
a los reyes, los más
antiguos, decir de dónde han venido,
e informar de sus fiestas y batallas
al margen de mis páginas.
Porque tú eres el suelo. Son para
ti los tiempos
como verano sólo,
y piensas en los próximos igual
que en los
remotos,
y. aunque hayan aprendido a
sembrarte más hondo
y mejor construirte:
tú te sientes apenas
tocado por cosechas semejantes
y no oyes sembradores ni
segadores cuando
caminan sobre ti.
Tu suelo oscureciente,
con paciencia soportas las paredes
y permites quizá
durar a las ciudades otra hora
y guardas aún dos horas
las iglesias y claustros, solitarios,
y dejas cinco horas
más de fatiga a todos los salvados
y ves aún siete horas la labor del labriego...
Antes de hacerte bosque y agua y
creciente
yermo
por la hora del miedo
incomprensible,
cuando a todas las cosas les
exiges
que devuelvan tu imagen
incompleta.
Dame aún otro rato;
quiero amar a las cosas como a nadie
pasta que todas se hagan para ti dignas y amplias.
Tan sólo quiero siete días, siete
en que nadie está escrito todavía;
siete páginas de la soledad.
A quien le des el libro que las tiene,
sobre las hojas quedará inclinado.
Será que tú le tienes en las manos
para escribir tú mismo.
Así me he despertado tan sólo como un niño,
seguro en la confianza,
después de todo miedo y toda noche,
de mirarte de nuevo,
Cuándo mi pensamiento mide, sé
qué profundo, qué largo, qué anchuroso...
pero tú eres y eres, rodeado
por el temblor del tiempo.
para, mi es igual que sí fuera a un tiempo
niño, muchacho y hombre, y más aún.
Siento: sólo el anillo se enriquece
con su retorno.
Te doy las gracias, oh profunda fuerza,
que trabaja conmigo, más queda cada vez,
como detrás de muchos muros;
ahora es cuando se me hizo sencillo mí trabajo
y como un rostro santo
para mis manos tenebrosas.
Que no existía yo hace poco,
¿lo sabes7 Y dices que no.
Siento entonces, que si no me doy prisa,
puedo no pasar nunca.
Pues soy más que sueño en el sueño.
Sólo tu que anhela una orilla
es como un día y un sonido;
extraño, se abre paso por tus manos,
para encontrar la mucha libertad,
y ellas se quedan melancólicas.
Así quedó la sombra tan sólo para ti,
y, creciendo en la luz vacía,
se levantó una historia universal
de piedras cada vez más ciegas.
¿Hay alguien que construya en ellas todavía?
Las masas quieren otra vez las masas;
las piedras están corno desgajadas,
sin que ninguna esté de ti esculpida...
La luz es un estrépito en la copa de tu árbol,
y toda cosa te hace pintado y vanidoso;
sólo tu encontrarán cuando el día se apague.
La penumbra, lo suave del espacio,
pone mil manos sobre mil coronas
y bajo ellas tu extraño se transforma en piadoso.
El mundo solamente lo quieres retener
así, con el más suave de los gestos.
De sus cielos agarras la tierra para ti
y la percibes bajo los pliegues de tu manto.
Así, tienes un modo silencioso de ser.
y los que tu consagran nombres sonoros ya
olvidados están de tu proximidad,
De tus manos, que se yerguen montuosas,
se eleva a dar la ley para nuestros sentidos
tu muda fuerza con sombría frente.
Tu, eres dócil y tu gracia ha venido
siempre en todos los gestos más antiguos.
Cuando alguno las manos pliega juntas,
de modo que estén mansas
alrededor de un poco de tiniebla:
de repente tu nota llegar a ser en ellas
y como en viento se hunde
su rostro
en la vergüenza.
Y entonces prueba a tenderse en la piedra
y a erguirse, coma ve hacer a los otros,
y su fatiga es acunarte
de miedo a revelar tu estar en vela.
Pues quien te siente, no puede de ti ufanarse;
está asustado, tímido en torno a ti y escapa
de todos los extraños que debieran notarte:
tú eres como el milagro en los desiertos
que acontece para los desterrados.
Una hora de la orilla del día,
y la tierra está lista para todo.
Lo que deseas, alma mía, dilo:
Sé un erial, y lejano.
Ten viejísimas plantas.
creciendo, apenas conocidas,
cuando hay luna en la plana
sierra, tan anticuada.
Toma forma, silencio. Dales forma
a las cosas (están en su niñez;
se tu harán obedientes).
Sé un erial, sé un erial,
luego viene quizá también el viejo,
al que apenas distingo de la noche,
y traerá su ceguera gigantesca
adentro de mí casa que le escucha.
Le veo que se sienta y reflexiona,
no pasando por encima de mí:
para él todo está dentro,
cielo y erial y casa.
Las canciones se le han perdido, sólo,
ya nunca las empieza;
en miles y miles de oídos
se las bebieron el tiempo y el viento;
en los oídos de las puertas.
Y, con todo, me ocurre
como si yo le ahorrara, en lo profundo
de mí, toda canción.
Calla detrás de la temblona barba;
se querría otra vez recuperar
desde sus melodías.
Entonces llego a sus rodillas:
y sus canciones vuelven a fluir
entrando rumorosas dentro de él.
LIBRO
SEGUNDO
EL LIBRO DE LA PEREGRINACIÓN
(190l)
No te asombras del ímpetu
de la tormenta: la has vista crecer:
los árboles escapan. Y su fuga
forma avenidas que caminan.
Tú sabes que ése de quien huyen
es aquél hacia quien tú vas;
tu, sentidos le cantan cuando
te pones ante la ventana.
Las semanas de estío se pararon,
subió la sangre de los árboles;
ahora -sientes cómo va a caer
en el que lo hace todo.
Creíste conocida ya la fuerza
cuando escogiste el fruto;
ahora para ti vuelve a hacerse enigmático,
y otra vez tú eres huésped.
Fue el verano lo mismo que tu casa-,
allí lo sabes que está todo,
hoy por tu corazón has de salir
igual que por los llanos.
Empieza la gran soledad,
los días se ensordecen;
de tus sentidos toma el viento
el mundo igual que follaje marchito.
Por sus vacías ramas se divisa
el cielo que tú tienes*
sé ahora tierra y canto del ocaso.
y campo a que se ajusta.
Ten ahora
humildad como una cosa,
qua llegó
a madurar a realidad,
de tal
modo qua Aquel de quien vino noticia
te
sienta, al agarrarte.
oh tú,
ilustre, te rezo a ti otra vez,
y me oyes
otra vez por entre el viento
porque se
han adueñado de mi hondura'
rumorosas
palabras nunca usadas.
Yo estaba
dispersado; en adversarios,
partido
en trozos estaba mi Yo.
Todo
risueño, oh Dios, de mi reía,
y me
bebía todo bebedor.
En
palacios me he ido reuniendo,
de
desechos y de cristal antiguo;
con media
boca te he balbuceado.
a ti,
eterno de simetría.
Cómo
levanté a ti mis medias manos
en
lamento sin nombre,
para
volver a hallar aquellos ojos
con que
te he visto a ti.
Fui una
casa tras de arder, en donde
sólo
duermen a veces criminales,
antes que
sus famélicas condenas
los sigan
acosando por la tierra:
una
ciudad al lado del mar fui
al
descargar en ella una epidemia,
que,
pesada, lo mismo qua un cadáver.
les
colgaba a los niños en las manos.
Yo me era
extraño como no sé quién,
del que
sólo sabía qua una vez.
puso
enferma a mi madre
cuando
ella me esperaba
y su
corazón, todo apretujado
se cerró
en dolor sobre ml embrión.
Ahora estoy de nuevo construido
de los trozos de mi ignominia. y busco
con afán algún lazo,
algún entendimiento, que me envuelva
como una cosa, en su mirada,
las grandes manos de tu corazón
(ah, si por fin vinieran sobre mí).
Yo me cuento, mi Dios,
y tú tienes derecho a disiparme.
Soy aquél mismo que se arrodillaba
ante ti en hábito de fraile;
el hondo y servicial Levita
que llenaste y te descubrió.
La voz de una celda callada.
en que pasa el soplo del mundo:
y sigues tú siendo la ola
que va sobre todas las cosas.
Nada es diverso. Sólo un mar,
del que a veces suben las tierras.
Nada hay nuevo, sino un silencio
de ángeles bellos y violines.
y el que se ha callado es aquél
a quien se inclina toda cosa.
pesada de rayos de fuerza
¿Lo eres todo, pues? ¿Yo, el único
que se rinde y que se subleva?
¿No soy yo, pues, lo universal,
no soy yo todo, cuando lloro,
y tú el único que tu escucha?
¿Oyes, pues, algo junta a mí?
¿Hay otras voces con la mía?
¿Hay una tempestad? También
yo lo soy. y mis bosques tu hacen señas.
Si hay un canto enfermo, pequeño.
que te estorba para escucharme,
también soy canto, escucha el mío,
que es solitario .e inaudito.
Soy el mismo que a veces, tímido,
te preguntó quién eres tú.
Tras de cada puesta de sol
estoy herido y como huérfano,
pálido arrancado de todo,
desdeñado de todo grupo,
y las cosas son como claustros
que me tienen preso. Y entonces
te necesito, oh consagrado,
suave vecino a las penurias,
quedo segundo en mi dolor:
Dios, me haces falta como el pan.
Quizá no sabes cómo son
las noches para los insomnes:
entonces son todo lo injusto,
el viejo, la muchacha, el niño.
Andan como a muerte emplazadas,
rodeadas de cosas negras,
y con sus blancas manos trémulas
metidas en vida salvaje,
como perros en una estampa
de caza. Aún vendrá alga pasado,
y en el futuro yacen muertos,
llama a la puerta un embozado,
y con la vista y el oído
no hay ni un primer signo de aurora,
no nos llega un canto de gallo.
La noche es como una gran casa.
Con miedo, las manas heridas
abren puertas en las paredes;
se abren pasillos que no acaban,
nunca hay un portón que dé fuera.
Y así, Dios mío, es toda noche;
siempre hay algunos desvelados
que andan y andan y no te encuentran.
¿Los oyes, con paso de ciegos,
atravesar la oscuridad?
¿En escaleras de caracol
bajando las oyes rezar
y caer en las piedras negras?
Les oirás llorar, porque lloran.
Yo tu busco; ellos van de largo
por mi puerta. Casi les veo.
p quién he de llamar, si no
al más oscuro que la noche.
El que sin lámpara está en vela,
sin miedo; el hondo, a quien la luz
no ha mimado, aquél de quien sé
por qué con árboles irrumpe
de la tierra, y por qué, callado;
como aroma en mi rostro hundido
se levanta desde la tierra.
Eterno, tú te me has mostrado a mí.
Te quiero como a un hijo bienamado,
que en tiempos me dejó, cuando era niño.
porque el destino le llamaba a un trono
a cuyo pie eran valles las naciones.
Yo me he quedado atrás, como un anciano.
que ya no entiende a su hijo que ha crecido.
y sabe poco de las cosas nuevas,
y hacia quien va el empuje de su estirpe.
Por tu profunda suerte tiemblo a veces.
viajando en tantas naves extranjeras:
alguna vez tu sueño en mí de vuelta,
en esta sombra que te dio sustenta.
Temo a veces que dejes de existir.
cuando me pierdo mucho por el tiempo.
Luego lea de ti: el evangelista
escribe siempre de tu eternidad.
Yo soy el padre, pero el hijo es más;
es tu que el padre ha sido; y lo que no
llegó a. ser, en el hijo se hace grande.
El es el porvenir, es el regreso:
él es el seno fértil, es el mar...
Para ti no es blasfemia mi oración:
como si consultara en viejos libros,
que estoy contigo en parentesco próximo
mil veces. Quiero darte amor: aquél...
¿5e quiere a un padre? ¿No se deja, como
tú me dejaste, con el rostro duro,
sus manos impotentes y vacías?
Su palabra marchita, ¿no se guarda
en viejos libros, rara vez leídos?
¿No se huye, como de una divisoria,.
desde su corazón al gozo y pena?
¿No nos es, pues, el Padre aquello que era:
años idos, extraños al pensarlos,
gestos envejecidos, trajes .muertos,
manos marchitas, pelo encanecido?
y aunque él mismo fue un héroe en su tiempo,
es la hoja que cae cuando crecemos.
Su cuidado nos es como una carga,
su voz nos es tu mismo que una piedra;
querríamos atarnos a su voz
pero oímos a medias sus palabras.
El gran drama que hay entre él y nosotros
es tan estrepitoso que no nos entendemos;
vemos sólo las formas de su boca,
de que caen y se disipan sílabas.
Así estamos más lejos de él que lejos,
aunque el amor aún nos entreteje,
sólo cuando morir él debe en esta
estrella, vemos que él vivía en ella.
Esto es el Padre para nosotros. ¿Y yo, acaso
he de llamarte Padre? Eso sería
separarme de ti mil veces. Tú eres
mi Hijo. Te reconoceré
como se reconoce al Hijo único amado,
aun cuando se ha hecho un hombre y un anciano.
Apágame los ojos: puedo verte;
tápame los oídos-. puedo oírte,
y sin pies, en tu busca puedo andar-,
sin boca, aún tu puedo conjurar.
Arráncame los brazos. y te abrazo
con el corazón, tal como una mano;
párame el corazón, y mi cerebro
saltará; pega fuego a mi cerebro:
te llevaré en mi sangre.
Y mi alma ante ti es una mujer.
Es como Ruth, la nuera de Noemí
De día va por entre las gavillas
como una moza, en un hondo servicio.
Pero al atardecer marcha al torrente
y se baila y se viste bien, y acude
a ti, cuando reposa todo en torno,
y se acerca, tapándose a tus pies.
Y al preguntarle a media noche, dice
con honda sencillez: Soy Ruth, la moza.
Tiende tus alas sobre tu doncella.
Tú eres el heredero...
Y mi alma duerme entonces hasta el alba
a tus pies, calentándose en tu sangre,
Y es mujer ante ti. Y es como Ruth.
Tú eres el heredero,
Es lo que son los hijos,
porque los padres mueren.
Ellos crecen, florecen.
Tú eres el heredero:
Y tú heredas el verde
De los parques antiguos y el tranquilo
azul de cielos rotos:
Rocío de mil días
que dicen mucho sol, mucho verano,
y primaveras de fulgor y queja
como las cartas de una mujer joven,
los otoños, coma trajes de fiesta
que guarda la memoria del poeta.
Y los inviernos, corno tierras huérfanas,
a estrecharse en torno vienen, suaves.
y tú heredas Venecia, Kazán, Roma;
Florencia será tuya, la catedral de Pisa,
la Troitzka Lavra, con el Monasterio
que bajo los jardines de Kiev forma
un laberinto oscuro y enredado;
Moscú, con sus campanas lo mismo que recuerdos...
Será tuyo el sonido: violines, trompas, lenguas:
toda canción que ha sonado bien hondo
en ti refulgirá coma un'-diamante.
Sólo por ti se encierran los. poetas,
juntando estampas, ricas y sonoras,
y vagan, y maduran comparando,
y están toda la vida siempre solos...
y los pintores sólo hacen sus cuadros
para que tú recobres inmutable
este mundo que hiciste transitorio.
Todo se hace perenne. La mujer,
como el vino, hace tiempo maduró en Monna Lisa.
No debería haber ya más mujeres,
porque ninguna añade nada nuevo.
Los que hacen formas son igual que tú.
Quieren eternidad, Y dicen: ¡Piedra,
sé eterna! Y es querer que se haga tuya.
También los que aman, juntan para ti.
Son los poetas de un momento breve:
dan, besando, a una boca inexpresiva
una sonrisa, coma embelleciéndola:
dan alegría y son los que aclimatan
los dolores que enseñan a crecer.
Traen penas en media de sus risas,
nostalgias que dormían, y despiertan
para llorar sobre pechos ajenos.
Amontonan enigmas y se mueren
sin entender, como los animales...
Pero quizá tendrán un día nietos
en que madurarán sus verdes vidas;
y heredarás con éstos los amores
que ellos dieron a ciegas, como en sueños.
Hacía ti va el rebose de las cosas:
como las pilas altas de las fuentes
se vierten siempre, como de melenas
de pelo suelto, a la más honda taza,
así la plenitud cae en tus valles
cuando cosas e ideas se desbordan.
Sólo soy uno en medio de tus mínimos,
que mira de su celda hacia la vida,
y, más lejano al hombre que a las cosas,
no se atreve a pesar lo que acontece.
Pero tú ante tu rostro me deseas,
donde, oscuros, tus ojos se levantan;
no tomes, pues, a orgullo si te digo.
nadie vive su vida. Son azares
los hombres, voces, trozos, días grises,
angustias, muchas dichas pequeñas, ya de niños
disfrazados, tapados; como máscaras
emancipados; como rostros, mudos.
Pienso a veces. Debe haber almacenes
donde se guarden esas muchas vidas
como corazas, cunas o literas.
en que nunca entró alguno de verdad
o como ropas, que no pueden solas
tenerse en pie y plegadas se desploman
en recios muros pétreos con bóveda.
Y cuando por la tarde marcho siempre
de mi jardín, en él me he fatigado,
sé que me llevan todos los caminos
al arsenal de cocas no vividas.
Allí no hay árbol, en la tierra puesta,
y el muro, como en torno a una prisión,
gira en séptuple anillo, sin ventanas.
y sus puertas, con las barras de hierro,
no dejan penetrar a los que intentan,
y sus rejas, son obra de los hombres.
Y y aunque pretende cada
cual huir
de si, como una cárcel, que le odia
y sujeta, en el mundo hay un prodigio:
lo percibo toda vida es vivida.
¿Quién la vive, pues? ¿Son las cosas, que
como una melodía no tocada,
en el ocaso están, como en un arpa?
¿Son los vientos, que soplan de las aguas,
son las ramas que están dándose signos,
son las flores que tejen los aromas,
son las caducas, largas alamedas?
¿Son los calientes animales que andan,
son los pájaros, que se alzan extraños?
¿Quién la vive? ¿Tú, Dios,. vives la vida?
Tú eres el viejo con el pelo
chamuscado de hollín y requemado,
tú eres el invisible inmenso,
el martillo en tu mano.
El herrero eres tú, el canto del año
que siempre ha estado sobre el yunque
Tú eres el que jamás tiene domingo,
el que se mete en el trabajo,
y .moriría por la espada
que no ha llegado a estar pulida y fúlgida.
Cuando paramos sierras y molinos,
y todos están ebrios y holgazanes,
se oyen tus martillazos
por la ciudad en todas las campanas.
Tú eres el responsable y el maestro;
nadie ha aprendido a verte:
eres desconocido, un emigrado
sobre quien. en voz baja, o atrevidos,
corren los dichos y rumores.
Van rumores, que te suponen;
y vienen dudas, que te borran,
Perezosos y soñadores
desconfían de su fervor,
y exigen que sangren los montes
antes de que crean en ti.
Mas tú hundes tu rostro.
Podrías
abrir las venas a los montes
cómo señales de un gran juicio;
pero nada te importa
de los páramos.
No quieres luchas con astucias
ni, buscar amor de la luz;
pues no te importan nada
los cristianos.
No te importan los que preguntan.
Con rostro suave
miras a los que aguantan.
Quien te busca, te tienta.
Y quien así te encuentra, te encadena
en imagen y gesto.
Pero quiero abrazarte y abarcarte
lo mismo que la tierra;
con mi madurez
madura
tu reino.
No busco en ti ninguna vanagloria
que te demuestre.
Sé que el tiempo '
se llama de otro modo
que tú.
No hagas por mi ningún milagro.
Da razón a tus leyes,
que se hacen más visibles
de generación en generación.
Cuando de la ventana me cae algo
(aunque sea la cosa más pequeña)
la ley de la gravitación ¡cómo se precipita,
poderosa como un viento del mar,
en cada bola, en cada baya,
llevándolas al núcleo de la tierra!
Vigila a cada cosa
una bondad a punto de volar,
igual que a toda piedra y toda flor
y a todo niño, por la noche.
Nosotros solamente, en nuestro orgullo,
arrebatamos de unas conexiones
un espacio de libertad,
vacío,
en lugar de, acatando cuerdas leyes,
asumirnos, igual que un árbol.
En lugar de, en las más amplias laderas
alinearse, quieto y dócil,
uno se enlaza en muchos modos;
y quien se excluye a todo círculo
está ahora indeciblemente solo.
Debe aprender entonces de las cosas,
empezar otra vez igual que un niño,
porque ellas, al pender del corazón
de Dios, no se han marchado nunca de él.
Otra vez tiene que poder caer,
descansar, confiándose en el peso
que se atrevió a volar
antes que ningún pájaro.
(Porque tampoco vuelan ya los ángeles
Los serafines son pesadas aves
en torno de él posadas, meditando:
como bandadas de aves, de pingüinos,
y como ellos, se quedan atrofiados...)
La humildad quieres. Rostros
hundidos en callado comprenderte.
Así al ocaso van poetas jóvenes
por apartadas alamedas.
Así los labradores rodean el cadáver,
cuando un niño en la muerte se extravía;
aunque siempre es lo mismo lo que pasa;
transcurre algo mayor que la grandeza.
A quien por la primera vez te ve,
le estorban el vecino y el reloj.
y se marcha, inclinándose en tu rastro,
como con una carga y lleno de años.
Luego se acerca a la Naturaleza,
y los vientos percibe, y lo remoto,
y te oye, susurrado por el llano
y te mira, cantando por los astros.
y nunca puede ya desaprenderte
y todo es tan sólo tu mano.
Tú eres nuevo para él, próximo y bueno,
maravilloso. como un viaje
que hace en tranquilos barcos
por un enorme río.
La tierra es ancha y llana, en vientos,
entregada a cielos enormes
y sometida a viejos bosques.
Las aldeítas que se acercan
se desvanecen luego, como
ruidos, coma un ayer y un hoy
y como todo lo que vimos.
Pero en el curso de ese río
vuelven siempre a surgir ciudades,
yendo al encuentro del solemne
viaje, igual que aletazos.
Y a veces el barco se acerca
a sitios solos, sin aldeas
ni ciudades, que aguardan algo
en las ondas, al que no tiene
patria... Para él hay cochecillos
(con tres caballos cada uno),
que galopan hacia la tarde
por un camino, que se pierde.
En esta aldea está la última casa
tan sola como la última del mundo.
El camino, al que el pueblo no sujeta,
sale afuera despacio, noche adentro.
Esta pequeña aldea es sólo un tránsito
entre dos lejanías llenas, trémulas,
un camino en las casas, no un sendero.
y los que la abandonan, andan y andan,
y quizá muchos mueren de camino.
A veces se levanta uno, en la cena.
y sale afuera, y marcha y marcha y marcha,
porque allá por Oriente hay una iglesia.
Y sus hijos le alaban como muerto.
Y uno que muere en casa, continúa
habitando en la mesa y en el vaso,
hasta que al fin sus hijos van al mundo,
hacia esa iglesia que él dejó olvidada
Vigilante nocturno es la locura
porque vela.
A todas horas sigue con su risa,
y busca un nombre que dar a la noche,
y la llama: siete, veintiocho, diez...
Y lleva un triángulo en la mano.
y al temblar, lo golpea con el borde
del cuerno que no puede tocar, y canta el canto
que él lleva a toda casa...
Los niños pasan una buena noche
y oyen en sueños cómo vigila la locura.
Mas los perros se sueltan de su anillo
y dan vueltas, enormes, por las casas,
y tiemblan, cuando pasa la locura
de largo. y tienen miedo de que vuelva...
¿5abes tú, mi Señor, de aquellos santos?
Aun los cuartos cerrados de los claustros
eran para ellos casi risa y llanto,
por lo cual se metieron en la tierra.
Cada cual exhalaba con su luz
el poco de aire en su hoyo,
se olvidó de sus años y su rostro,
y vivió como en casa sin ventanas,
sin morir ya, como hace mucho muerto.
Leían rara vez: todo se helaba,
como si entrara escarcha en todo libro,
e igual que de sus huesos la cogulla,
el sentido colgaba en las palabras.
Ya no se hablaban más unos a otros
al sentirse en los negros corredores;
se dejaban colgar el largo pelo,
y no sabía nadie si el vecino
agonizaba.
En un redondo espacio
con lámparas de plata y luz de bálsamo,
a veces se reunían, ante puertas
áureas igual que ante áureos jardines,
mirando desconfiados hacia el suelo
y con leve rumor de largas barbas.
Grande como mil años fue su vida,
sin dividirse ya en noche y en luz;
habían vuelto, como en una ola
mecidos, hasta el vientre de sus madres,
Sentados, se enroscaban como embriones
de gran cabeza y manos diminutas,
sin comer, como si alimento hallaran
en la tierra que, negra, les rodeaba.
A los mil peregrinos hoy les muestran
que, de ciudad y estepa, al claustro llegan.
Hace trescientos años que allí yacen,
y sus cuerpos no pueden corromperse.
La sombra se acumula como luz
oxidada en sus rostros en bodega,
conservados, secretos, en pañuelos;
y sus manos plegadas, nunca abiertas,
se posan en su pecho como montes.
Viejo Gran Duque, tú, de lo sublime:
¿te has olvidado, a aquellos sepultados,
de enviarles la muerte, a que los gaste,
porque están tan hundidas en la tierra?
¿son los que se parecen a los muertos
los más afines a lo intransitorio?
De tus cadáveres, la vida grande
¿durará más que la muerte del tiempo?
¿Para tus planes, son buenos aún?
¿Conservas recipientes perdurables
que tú, inconmensurable a toda escala,
has de llenar un día con tu sangre?
Tú eres el porvenir, enorme aurora
sobre los llanos de la eternidad.
Tú eres canto de gallo en la noche del tiempo
el rocío, la moza. los maitines,
el forastero. la madre, la muerte.
Eres tú la figura que se cambia.
que en soledad descuella siempre sobre el destino,
que sigue sin loores y sin quejas.
sin describir, lo mismo que un gran bosque.
Tú eres el más profundo resumen de las cosas,
que calla la palabra última de su esencia.
y a los otros se muestra siempre de otra manera:
coma costa a la nave, como nave a la tierra.
Tú eres el claustro para los estigmas.
Con treinta y dos antiguas catedrales
y con cincuenta iglesias, de paredes
hechas de ópalos y de trozos de ámbar.
En cada cosa del patio del claustro
hay una estrofa de tu son,
y empieza el recio pórtico.
En largas casas viven monjas,
hermanas negras: setecientas diez.
A veces hasta el pozo viene alguna.
y una se para como en un capullo,
y otra, como en el sol de atardecer,
va esbelta por calladas alamedas.
Pero a las más no se las ve jamás:
se quedan en las casas en silencio.
como en el pecho enfermo del violín
la melodía que no sabe nadie...
Y en torno a las iglesias rodeándolas
de lánguido jazmín,
hay tumbas que en silencio
hablan del mundo como piedras.
Del mundo aquel, que ya dejó de ser.
aunque su oleaje rompe en el Convento,
en día vanidoso y baratija,
y dispuesto a la astucia como el goce.
Ese mundo ha pasado; porque tú eres.
Huye aún como un juego de candelas
sobre el año incomunicable;
pera a ti, a los poetas y a la tarde,
están patentes las oscuras cosas
bajo rostros que se deshacen.
Los reyes de este mundo son ancianos:
no tendrán herederos.
Los hijos mueren siendo aún muchachos,
y sus pálidas hijas entregaron
las coronas enfermas a la Fuerza.
Lo desmenuza la plebe en dinero,
el señor oportuno' de este mundo,
lo extiende en Fuego en máquinas
que a su voluntad sirven, rezongando;
pero no hay dicha en ellas.
Nostálgico el metal está.. Y pretende
huir de las monedas y las ruedas
que le enseñan una pequeña vida.
Y saliendo de fábricas y cajas
se volverá a las venal
de los montes abiertos,
que detrás de él se cierran.
Todo volverá a ser grande y violento:
Simple la tierra, el agua con sus frunces.
gigantescos los árboles, diminutos los muros;
y en los valles, multiformes y fuertes,
un pueblo de pastores y labriegos.
Sin iglesias que pongan a Díos entre paréntesis
igual que un fugitivo, y afligiéndole
como animal herido y prisionero;
las casas acogiendo a todo aldabonazo
y un sentimiento de sacrificios sin limite
en todo trato, en ti y en mí.
5ín aguardar allá ni mirar hacia arriba,
sólo anhelo, sin desconsagrar ni a la muerte,
y serviciales, en lo terrena ejercitarse,
para no ser ya nuevos a sus manos.
También tú serás grande; más que puede
decírtelo quien debe aún vivir.
Mucho más sorprendente y más extraño
y mucho más anciano que un anciano.
Se te sentirá: cuando algún aroma
salga de un huerto de presencia próxima;
como un enfermo a sus cosas queridas
se te amará con suave presentirte.
No habrá rezo que la gente comparta.
Tú no eres una alianza; y el que te haya
percibido y de ti se haya gozado,
ha de ser como el único en la tierra:
un hombre rechazado y un reunido,
a la vez dispersado y congregado:
sonriente, pero media en llanto; como
una casa. pequeño; fuerte, come un imperio.
En las casas no habrá calma, bien sea
que uno muere y que se lo llevan, o
que alguno, por mandato misterioso.
toma capa y bordón de peregrino,
y a buscar por lo extraño va el camino
en que sabe que tú estás aguardando.
Las calles nunca están vacías de ellos.
que quieren ir a ti como a esa rasa
que florece una vez cada mil años.
pueblo oscuro, casi sin hombre, mudo.
y al alcanzarte ya están fatigados.
Pero he vista su marcha, y desde entonces
creo yo que los vientos soplan desde sus mantos
cuando se mueven, y que ya no soplan
cuando se tienden ellos; pues tan grande
era su caminar, por las llanuras.
Así querría andar hacia ti: recogiendo
en umbrales extraños limosnas que me nutran
a desgana. Y sí hubiera muchas en el camino,
confundiéndome iría junto can los más viejos.
Me situaría al lado de pequeñas ancianos,
y cuando caminaran, vería igual que en sueños
asomar sus rodillas en medio de las olas
de la barba, como islas sin árboles ni arbustos.
Lleváramos hombres ciegos, que con sus hijos
miran, como con ojos; hombres de los que beben
en el río, y mujeres fatigadas, y muchas
mujeres en preñez.
Y todos me resultaban tan extrañamente allegados...
coma si los hombres reconocieran en mi a un pariente de sangre
y las mujeres, a un amigo,
y pasta los perros que veía venían a mí.
Querría, oh Dios, ser muchos peregrinos
para andar hacia ti, largo cortejo,
para ser un gran trozo de ti: tú,
jardín de las vivientes alamedas.
Si marcho como estoy, tan solitario
¿quién lo nota, así? ¿Quién me ve ir a ti?
¿A quién arranca? ¿A quién excita, a quién
vuelve a ti?
Como si nada ocurriera,
siguen sus risas. Yo me siento alegre
de marchar como estoy; porque ninguno
de los que ríen puede verme así.
De día, tú eres el rumor lejano
que fluye en cuchicheo por la gente;
el silencio, que, tras las campanadas
de las horas, se vuelve a cerrar, lento.
Conforme el día, en gestos cada vez
más débiles. se inclina hacía la tarde,
más eres tú, mí Dios. Se alza tu imperio
de todos los tejados, como el humo.
Alba del peregrino. De su duro yacer
en que todas cayeron igual que envenenados,
se levanta, al primer toque de la campana,
todo un pueblo de flacos bendecidores de
la mañana. debajo del primer sol ardiente:
hombres barbudos que se inclinan, y niñitos
que can solemnidad se levantan de las pieles,
y con mantos graves en su silencio
mujeres morenas de Tíflis y Tashkent.
Cristianos con los gestos del Islam
están junto a los pozos y levantan las manos
como planas bandejas, coma objetos.
en que entró la riada como un alma.
Inclinando la cara dentro, beben,
se abren la ropa con la mano izquierda
y sostienen el agua sobre el pecho
como si fuera un fresco rostro en llanto,
que habla de los dolores en la tierra.
Y están esos dolores, rodeándoles
con ojos mustios: y no sabes quién
son y fueron. Esclavos, o labriegos,
mercaderes quizá, que vieron la opulencia,
o quizá tibios monjes, que no duran.
o ladrones que acechan en la prueba,
o muchachas. abiertas, que se agachan, menguadas,
o vagabundos en un bosque de ilusión:
todos igual que príncipes, que en un profundo luto
de si apartaron todo lo superfluo.
Todos como los sabios, que han percibido mucho.
elegidos. que estaban en el desierto, donde
Díos les alimentaba con un animal raro;
solitarios, que fueron a través de. llanuras
con muchos vientos en las oscuras mejillas.
de un ansia temerosos y cortados,
pero por ella alzados maravillosamente.
Desgajados de lo cotidiano, incrustados
en órganos enormes y en cántico de coros,
y arrodillados, con formas de quien se eleva;
banderas con imágenes, que han estado escondidas
mucha tiempo y plegadas:
ahora vuelven despacio a colgar desplegadas_
Algunos se detienen a ver dónde es la casa
en que los peregrinos que enfermaron habitan:
pues allí se ha marchado ahora mismo un monje,
el pelo rojo y arrugado el manto,
lleno el sombrío rostro de un azul enfermizo,
y todo oscurecido de demonios.
Se inclinó, como si se abriera en dos,
se arrojó en dos pedazos en la tierra.
que parecía ahora coma un grito
en su boca pender, como si fuera
el ademán creciente de sus brazos.
Despacio su caída le fue .dejando atrás.
El subió en vuelo, como rastreando unas alas.
y el sentirse ligero le sedujo, y creyó
que se había hecho pájaro.
Pendía diminuto. de sus míseros brazos,
como una marioneta llevada de través
y creía tener grandes impulsos
y que ya el mundo, largo como un valle,
se deslizara lejos, debajo de sus pies.
Incrédulo. de pronto se encontró
en extrañas ciudades desprendido
y en el fondo de mar verde de su tormento.
Y fue pez, y giró esbelto, nadando
por aguas hondas, quietas, gris de plata,
vio medusas pender de tallos de coral,
y vio el pelo de una sirena, donde
pasaba el agua con ruido de peine.
y llegó pasta la tierra y fue marido
para una muerta, como fue el elegido para
que ninguna muchacha pisara las praderas
del paraíso extraña y sin casar.
El la siguió y dio el orden a los pasos,
y bailó en torno de ella siempre en medio,
y sus brazos en torso de él bailaban.
Luego oyó como si muy quedamente
hubiera entrado en juego una tercera forma,
que a esta danza creer no parecía.
Y allí al reconocerla ahora debes rezar
porque éste es a quien todos los Profetas
como una gran corona se le rinden.
Le tenemos a aquél de quien a diario huíamos,
le cosechamos al sembrado antaño,
le volvemos a casa con tranquilos aperos
en largas filas como melodías.
Y él, conmovido. se inclinó, profundo.
Pero el viejo allí estaba igual que si durmiera.
sin ver, aunque sus ojos no dormían,
Y se inclinó de modo tan profundo
que por los miembros le corrió un temblor.
Pero el viejo a enterarse no llegó.
El monje enfermo, entonces, se agarró por el pelo
y se golpeó como un traje en un árbol.
Pero el viejo se irguió y apenas lo vela.
El monje enfermo. entonces, se agarró can su mano
como el que toma un mandoble en la mano,
y cortó y cortó, dio golpes en las paredes,
y al fin, con ira, golpea en el suelo.
Pero el viejo miró sin decidirse.
El monje abrió su ropa coma corteza, entonces,
y la dio de rodillas al anciano.
Y ved: él vino. Vino como un niño
y dijo suave: ¿Sabes quién soy yo?
Lo sabía. Y se le entregó al anciano,
suave, como un violín en la barbilla.
Ahora ya maduran las rojas “berberiscas”
ramas envejecidas en el bancal alientan:
quien no está rico ahora cuando pasa el verano,
habrá de esperar siempre y nunca poseerá.
Quién ahora no puede cerrar los ojos, cierto
es que una gran abundancia de rostros
en él espera sólo a que empiece la noche.
para alzarse en su sombra:
ése ya está pasada como un viejo.
A ése ya nada llega, no le golpea un día,
y cuanto le acontece es como una mentira;
incluso tú, Dios. Y eres como piedra
que día a día le hunde en lo profundo.
Tu no debes temer, Dios. Ellos dicen mío
de todo, de las cosas pacientes. Y ellos son
como viento que roza par las ramas
y que dice: árbol mío.
Apenas notan cómo
cuando su mano agarra, se consume:
así que ni en su borde más externo
podrían sujetarlo sin quemarlo.
Dicen mío lo mismo que a quien place decir
«amigo» de algún príncipe, al hablar con labriegas,
si ese príncipe es grande y está lejos.
Dicen mío de sus ajenos muros
y no conocen nada del dueño de su casa.
Dicen mío al nombrar la propiedad,
cuando se cierra todo a lo que ellos se acercan,
igual que un charlatán de mal gusto quizá
llama míos al sol y a los relámpagos.
Así dicen: mi vida, mi mujer,.
mí perro. mi hijo, y saber, sin embargo, muy bien
que todo: mujer, vida, perro y niño,
son extrañas imágenes que, ciegos,
ellos palpan con manos extendidas.
Certidumbre, en verdad, sólo es. eso a los grandes,
los que buscan los ojos. Pues los otros
no lo quieren oír, que su caminar mísero
con nada está enlazado en torno suyo,
y que arrastrados por su haber,
por. su propiedad no reconocidos, tienen
tan poco a la mujer como a la flor, .
que es una vida ajena para todos.
No te caigas, oh Dios, de tu equilibrio.
Aun quien te quiere y quien reconoce tu rostro
en lo oscuro, al mecerse en tu respiro
como una luz, tampoco te posee.
Y cuando alguno en la noche te capta,
de tal modo que tengas que entrar en su oración:
Tú eres el invitado,
que reanuda su marcha.
¿Quién puede sujetarte, Dios? Porque tú eres tuyo,
intacto de la mano de ningún poseedor,
como el vino que aún no ha madurado, y cada
vez se vuelve más dulce, se pertenece a sí.
Te capto en hondas noches, oh tesoro.
Porque toda abundancia que haya visto
es pobreza y mezquino sucedáneo
para esa tu belleza, que aún nunca aconteció.
Pero el camino a ti es terrible de largo,
y como nadie ya lo anda, el viento lo barre.
Oh, estás solo. Eres tú la soledad,
corazón, que se va a alejados valles.
Y mis manos, que están llenas de sangre
de tumbas, las levanto al viento abiertas,
a que se ramifiquen como un árbol.
Yo te absorbo con ellas del espacio
como si en él te hubieras dispersado
una vez, en un gesto de impaciencia.
y hoy cayeras, pulverizado mudo,
de lejanas estrellas otra vez a la tierra
suave como cae la lluvia en primavera.
LIBRO
TERCERO
EL LIBRO
DE LA POBREZA Y DE LA MUERTE
(1903)
Quizá voy a través de pesadas montañas
en duras venas solo. lo mismo que un metal;
esto tan hondo que no veo el fin
ni distancias: todo se ha hecho cercana
y toda cercanía se ha hecho piedra.
No soy conocedor aún del dolor:
por eso, hazme pequeña esta enorme tiniebla;
pero tú si conoces: hazme pesado, irrumpe
que tenga en mi lugar toda mi mano
y yo en ti con toda mi grito.
Monte, que te quedaste al acudir las sierras,
laderas sin cabañas. cimas sin hombre, nieves
eternas, donde quedan tullidas las estrellas.
portadora de aquel valle de los ciclámenes,
de donde sale todo el olor de la tierra;
tú, boca y minarete de todas las montañas
(en que nunca ha sonado la oración de la tarde):
¿voy ahora hacia ti? ¿Estoy en el basalto
como un metal aún no descubierto?
Yo lleno con respeto tus pliegues de peñasco.
y tu dureza siento en todas partes.
¿O es esto el rniedo, donde existo yo?
¿Hondo miedo de la ciudad monstruosa
donde basta la barbilla me has hundido?
Oh, si te hubiera alguno hablado bien
del error y extravío de su ser...
Te alzarías, tormenta del comienzo.
a empujarlo ante ti como una cáscara...
Y ahora me lo pides: habla bien;
ya no soy así el dueño de mi boca.
que sólo se quería cerrar como una herida;
y mis manos se paran como perros
a mi lado, muy malas para toda llamada.
5eñor, a entrar me obligas en una hora extraña.
Hazme guardián de tus anchuras,
hazme el que oye la piedra,
concédeme ensanchar los ojos
en tus mares de soledad:
haz que siga el curso del río,
desde el clamor a ambas orillas
entrando hasta el son de la noche.
Mándame a tus tierras vacías,
por las que van los vientos anchos,
donde se alzan grandes conventos
como muros en torno de la vida
no vivida. Seré allí peregrino.
sin separarme por ningún engaño
de sus voces y formas,
y tras de un ciego anciano iré
por el camino que nadie conoce.
Pues, Señor, las grandes ciudades
están perdidas y disueltas;
como huida de incendio es la mayor,
no hay consuelo que pueda consolarla,
y su pequeño tiempo se disipa.
Allí hay hombres que viven mal, difíciles,
en hondos cuartos, tímidos de gestos, con más miedo
que un rebaño de primerizos;
y tu tierra allá fuera alienta y vela,
pero ellos están y ya no lo saben.
Allí crecen los niños en alféizares
siempre en la misma sombra,
y no saben que fuera llamas flores
a un día de amplitud, de dicha y viento:
deben ser niño, y son niño con pena.
Florecen las muchachas a lo desconocido
y desean la calma de su infancia:
pero no está lo que ellas desean con ardor.
y con temblor se vuelven a cerrar.
y en escondidas cuartos traseros ven los días
de la maternidad desengañada,
el gemir sin querer de largas noches
y años fríos sin lucha ni energía.
Y están allá en lo oscuro las camas de agonía
y, lentas. hacia ellas van tendiendo;
y mueren en cadenas, largamente.
y sales: fuera igual que unas mendigas. .
Allí hay personas pálidas, florecidas en blanco,
que al morir miran fijas hacia el pesado mundo.
Y nadie ve la mueca de ladrido.
en la cual se deforma la sonrisa
de una raza suave en las noches sin sombra.
Dan vueltas, degradados de cansancio,
para servir sin ánimo a cosas sin sentido.
y su ropa se les marchita encima,
y sus hermosas manos se aviejan, prematuras.
La gente empuja y no piensa en salvarlos,
aunque son algo débiles y tímidos;
sólo perros huraños, sin demora,
les acompañan en silencio un rato.
Entregados están a cien tormentos,
y ensordecidos por el clamor de coda hora,
solitarios, dan vueltas junto a los hospitales
y aguardan con angustia el día de su ingreso.
Allí la muerte está. No esa, cuyo saludo
les rozó, milagroso, en la niñez:
es la muerte pequeña, tal como se la entiende;
su propia muerte cuelga, verde aún, sin dulzura
en ellos come un fruto que no ha de madurar.
Señor, da a cada cual su propia muerte.
El morir que de cada vida brota.
de que tenía amar, exigencia y sentido.
Pues sólo somos la hoja y la corteza.
La gran muerte que cada cual lleva en si es el fruto
alrededor del cual da vueltas todo.
Por su causa se levantan muchachas.
y como árboles brotan de un sonido,
por ella los muchachos ansían ser mayores;
y los que crecen hallan mujeres confidentes
para miedos que nadie más podría asumir.
Y por ella se queda la observado
como eterno, aun cuando haya transcurrido hace mucho...
y todo el que ha formado o construido se hizo
mundo en torno a ese fruto, y se heló y desheló
y sopló como viento hacia él, reflejándolo.
En ese fruto entró todo el calor
del corazón y blanco ardor de los cerebros...
Pero pasan tus ángeles come aves
en bandadas y encuentran verdes todos los frutos...
5eñor: somos más pobres que los pobres
animales, que acaban su muerte aunque estén ciegao,
pues nosotros seguimos aún todos sin morir.
Danos a aquél que conquista el saber
poner. la villa atada en emparrados,
donde en mayo comienza más a tiempo.
Pues lo que hace la muerte difícil y pesada
es que no es nuestra muerte: es la que al fin
nos toma solamente porque nadie madura.
Allí va una tormenta a rozarnos a todos.
En tu jardín estamos años y años.
como árboles que dan la dulce muerte;
pero nos aviejamos en días de cosecha.
y como las mujeres que golpeas
nos cerramos, estériles y malos.
¿O no es justo mí orgullo?
¿Son mejores los árboles? ¿Somos tan sólo sexo
y seno de mujeres, que dan mucho?
Con la eternidad hemos fornicado,
y al llegarnos la cama de parir,
parimos el aborto muerto de nuestra muerte
el embrión atrofiado y enroscado
que (igual que sí la horrible le asustara)
se tapa con las manos los ojos de embrión
y que lleva en la frente construida
todo el miedo de cuanto no ha sufrido;
y así se cierran todos, lo mismo que una moza
en espasmos de parto y de cesárea.
Señor, haz a Uno solo espléndido, hazle grande,
crea para su villa un vientre hermoso
y edifícale un sexo como un pórtico
en rubio bosque de cabellas jóvenes,
y atravesando el miembro del Indecible, empuja
los jinetes, los blancos
ejércitos, las mil semillas que se juntan.
Y concede una noche en la que alguien conciba
lo que aún nunca ha entrado en la hondura de nadie;
de una noche: las cosas florecen allí todas,
y tiene más aroma que el son de la siringa.
y se columpian más que el golpe de tus alas,
y exultan más que Josafat.
Y concédele el tiempo de un largo soportar.
y ensánchale en crecientes vestiduras.
y concédele estar solo tomo una estrella
para que no le huelle el pasmo de unos ojos,
si sus rasgos fundiéndose, se alteran.
Renuévale con un puro alimento.
con rocío. con juicio sin matar,
con la vida, que como recogimiento. queda
y tibia. irrumpe igual que aliento de los campos
Haz que conozca su niñez de nuevo:
con lo maravilloso y lo inconsciente.
y el infinito ciclo de leyendas, en sombras
rico, de sus primeros años, todos presagias.
Y. emplázale también a que aguarde su hora,
de parir a la muerte, de parir al Señor:
con rumores y solo, igual que un gran jardín.
y como congregado desde lejos.
Yo le quiero alabar. Igual que ante un ejército
van las trompetas. yo iré dando gritos.
Mi sangre hará más ruido que los mares,
mi palabra ha de ser dulce, que la apetezcan,
pero no traerá errores como el vino.
Y en las noches de primavera, cuando
no queden machos junto a mi yacija.
floreceré en mi música de cuerdas
tan quedo tomo los abriles nórdicos,
tardíos y con miedo en torno a cada hoja.
Pues mi voz ha crecido hacia das lados
y se ha hecho un aroma y un clamor;
por un lado prepara lo remoto,
por el otro será, en mis soledades,
felicidad, y rostro, y ángel.
Concede que ambas voces me acompañen.
si a dispersar me vuelves en la ciudad y el miedo.
Con ellas yo estaré en la ira del tiempo,
y con mi música te haré una cama
en todo lugar donde tú lo pidas.
Pues las grandes ciudades no son verdad; engañan
al día y a la noche, al animal y al niño;
su silencio es mentira; mienten con los rumores
y con las cosas, dóciles.
Nada del verdadero acontecer lejano,
que en torno de ti gira, tú. el que llegas a ser.
tiene lugar en ellas. El soplo de tus vientos
cae por las callejas que lo doblan de modo
diverso, su rumor se confunde en el ir
y venir, excitado e irritado.
Y van también a parques y alamedas...
Pues hay jardines hechos por los reyes.
que en ellos, por un breve tiempo se divirtieron
con jóvenes mujeres que al son maravilloso
de su risa añadían flores,
Mantenían en vela estos parques cansados;
cuchicheaban como vientos por los arbustos,
refulgían con piel y terciopelo,
y las galas de seda de sus ropas de día
por la senda de grava sonaban como un río.
Todos los parques van detrás de ellos ahora
y se juntan callados sin ser observados
a aquellas gamas claras de extraña primavera
y arden despacio can las llamas del otoño,
uniéndose a la gran herrumbre de sus ramas,
que, con arte, lo mismo que de mil monogramas
sobre la negra verja aparecen soldadas.
Y a través de los parques el palacio deslumbra
(como pálido cielo de luces difumadas)
hundido en la marchita carga de las imágenes
de sus salas, lo mismo que en rostros interiores
a toda fiesta ajenos, a la renuncia dóciles
y nudos y pacientes igual que un invitado.
Y palacios que viven, vi también:
se ufanaban igual que esos hermosos pájaros
que tienen mala voz.
Muchos son ricos y quieren alzarse:
pero los ricos no son ricos.
No como los señores de tus pueblos pastores,
que nublaban los claros llanos verdes.
cuando en crepuscular hormigueo de ovejas
iban sobre ellos como un cielo mañanero.
y al acampar, después que resonaban
las órdenes en esa nueva noche,
era como si hubiera despertado otra alma
por los llanos de su tierra de paso...
los camellos con sombrías alturas
los ceñían con esplendor de sierras.
Y quedaba el olor de las vacadas,
tras su peso, hasta diez días después:
tibio. pesado y sin huir al viento.
Y como en una case encendida, con bodas.
fluyen toda la noche ricos vinos,
manaba así la leche de sus burras.
Y no coma esos jeques de estirpes del desierto,
que en un tapiz gastado descansaban de noche,
pero les incrustaban rubíes a sus yeguas
favoritas, de adorno en sus crestas dé plata.
Y no como esos príncipes que no se preocupaban
del oro, que no daba aroma alguno.
y envolvían sus vidas orgullosas en ámbar,
en aceite de almendra y en madera de sándalo.
No como el blanco gran señor de Oriente
al que daban tributo los imperios de un dios,
pero él yacía con revuelto pelo
y con la vieja frente en las baldosas
llorando -porque no era suya ninguna hora
de las horas de todos los Paraísos-
Y no como los jefes de los puertos antiguos
de comercio, pensando. en cómo superar
su realidad con impares imágenes
y a su vez sus imágenes, superar con el tiempo;
y en la ciudad de su manto dorado
se juntaban en pliegues lo mismo que una boja,
sólo alentando, quedos, con las sienes canosas...
Esos eran los ricos que a la vida obligaron
a ser ancha y sin fin, y caliente y pesada.
pero ya están pasados los días de los ricos,
y ninguno te pide volver a regresar;
solamente a los pobres otra vez hazles pobres.
No son pobres. Son sólo los no-ricos,
que sin mundo y sin voluntad están;
marcados con los signos de la última angustia,
deshojados y en todo deformados.
A ellos todo el polvo de las ciudades tiende,
y se cuelga toda perplejidad.
Corrompidos están como rama viciosa.
tirados como cascos rotos, como esqueletos.
como almanaques del año pasado;
y aun así; sí tuviera privaciones tu tierra.
como en rosario las engarzaría
para llevarlos como un talismán,
Pues son más puros que las puras piedras,
y corno el animal que ha empezada a ser ciego.
llenos de sencillez, inacabablemente
tuyos. y nada quieren: y sólo piden la Único:
el poder ser tan pobres como lo son realmente.
Pues pobreza es un gran fulgor de dentro...
Tú eres el pobre: tú. el desamparado:
tú. la piedra que nunca tuvo sitio.
el leproso ahuyentado que da vueltas
con su carraca en torno a la ciudad.
Pues nada es tuyo. igual que no es del viento:
tu desnudez, la fama apenas tapa:
el uniforme gris de un hospiciano
es más rico: ya es una propiedad_
Pobre come la fuerza de un embrión
en la muchacha que quiere ocultarlo,
y aprieta sus caderas sofocando
el primer alentar de su preñez.
Pobre como la lluvia en primavera.
feliz en los tejados de los pueblos:
o como la ilusión que abriga un preso
en su celda sin mundo eternamente.
Como enfermos que cambian de postura
y están contentos: como entre las vías
las flores, en el viento de los viajes;
pobre como la mano en que se llora...
A tu lado ¿qué es un gorrión helándose;
qué un perro sin comer en todo el día:
qué, a tu lado. el perderse: qué la muda
tristeza vieja de los anímales,
olvidados, lo mismo que los presos?
Y todos los mendigos del refugio
nocturno ¿qué son, junto a tu miseria?
Sólo son piedrecitas, no molinos,
pero muelen tal vez algo de pan.
Tú eres el más profundo miserable;
el mendigo de la cara tapada;
la rosa en madurez de la pobreza;
tú eres la metamorfosis eterna
del oro al recibir la luz del sol.
Tú eres el exiliado silencioso
que ya no ha vuelto a entrar en este mundo:
muy grande para todo menester.
Aúllas en la tormenta. Eres un arpa
donde se estrella todo tañedor.
Tú. que lo saber, cuyo ancho saber
está hecho de pobreza y sobra de pobreza;
haz que los pobres no sean más desgajados
ni penetren más en la desazón.
Están como arrancados los demás;
pero ellos se alzan coma una especie de flores
en raíces y huelen igual que las melisas,
y sus hojas son tiernas y dentadas.
Obsérvalos y mira lo que a ellos se parece;
se tocan como puestos en el viento
y reposan como algo que se agarra.
En sus ojos está el oscurecerse
solemne de las franjas de pradera
en que cae una lluvia rápida de verano.
Tan quietos, se asemejan a las casas.
Y si se les invita a que entren en el cuarto,
son como amigos que de nuevo vuelven,
y que se pierden entre lo pequeño
y se ensombrecen como una quieta herramienta.
Son como vigilantes de tesoros tapados,
que los guardan y nunca los han visto:
llevadas por la hondura .la mismo que una barca,
y coma el limo sobre los cadáveres.
extendidos y abiertos.
Y mira cómo va la vida de sus pies:
como vida animal, cien veces enredada
con todos los caminos: llena de remembranzas
de piedra y nieve, y prados jóvenes y ligeros,
que refresca su soplo.
Tienen dolor que viene de aquel dolor enorme,
de que tan poca pena ha tocado a las hombres:
el bálsamo del césped y el filo de la piedra
es para ellos destino; y aman esto y aquello
y andan como por sobre los pastos de tus ojos,
y como andan las manos que tañen unas cuerdas.
Y son sus manos como de mujeres,
ajustadas a alguna maternidad: alegres
como pájaros cuando hacen sus nidos,
calientes agarrando, tranquilas en confianza.
y palpando como un vaso para beber.
Su boca es coma boca de una estatua,
que nunca resonó, ni besó, ni alentó,
por más que de una vida ha procedido todo
lo. que en su forma blanca recibió,
y ahora se arquea, como si lo supiera todo:
pero que es semejanza sólo, y es piedra y cosa...
Y su voz llega desde lo lejana.
y se ha abierto antes del amanecer,
y estuvo en grandes bosques, y camina
hace semanas, y habló con Daniel
en sueños, y vio el mar, y habla del mar.
Y si duermen, están como devueltos
a todo cuanto sin ruido se entrega,
bien repartidos como el pan en carestía
en medias noches y en amaneceres,
y como lluvia están llenos de la caída
a la fecundidad joven de una tiniebla.
No queda entonces ni una cicatriz de su nombre
en su cuerpo, que, dispuesto ya al brote.
se acuesta como grano de esa siembra,
de que brotarás tú desde lo eterno.
Y mírales: su cuerpo es un esposo
y cuando yace fluye coma un río,
y vive tan hermoso como una cosa hermosa,
tan pasional y tan maravilloso.
En su esbeltez lo débil se congrega,
lo miedoso, llegado desde muchas mujeres:
pero es fuerte su sexo, y vela, como
un dragón, en el valle del pudor
Pues mira: vivirán y aumentarán,
no serán obligados por el tiempo,
y crecerán como bayas del bosque
tapando el suelo bajo su dulzura.
Pues felices aquellos que nunca se alejaron
y en la lluvia estuvieron quietos y sin tejado:
hacía ellos vendrán todas las cosechas
y su fruto se aumentará mil veces.
Durarán más allá de todo fin.
Por sobre imperios cuya sentido se deshace,
y se elevarán, manos reposadas,
cuando las manos de todos los hombres
y de todos los pueblos se fatiguen.
De la culpa de las ciudades, sácalos
otra vez, donde todo es ira y es enredo,
y donde en días hechos de tumulto
se agostan con paciencia vulnerada.
¿No tiene. pues, para ellos la tierra ningún sitio?
¿Quién busca el viento? ¿Quién bebe el claror del río?
En el profundo espacio al borde del estanque
¿ya no hay reflejo libre para puerta y umbral?
A ellos les hace falta sólo un poco de sitio
en que lo tengan todo, como un árbol
Es la casa del pobre lo mismo que un sagrario.
En ella se transforma la eterno en alimento.
y en el atardecer se vuelve, quedo.
hacia si, en ancho círculo y despacio,
lleno de ecos, entrando en su interior.
Es la casa del pobre lo mismo que un sagrario.
Es la casa del pobre como mano del niño.
No toma lo que piden los mayores:
sólo un escarabajo can adornadas pinzas,
o la piedra redonda que ha andado por el río.
la arena, que fluía, o conchas, que sonaban:
está colgada como una balanza.
y dice el más ligero recibir
oscilando con su platillos, lenta.
Es la casa del pobre coma mano del niño_
Y la casa del pobre es igual que la tierra:
la esquirla de un cristal del porvenir.
bien oscuro. o bien claro, huyendo en la caída;
pobre tomo la auténtica pobreza de un establo:
pero hay tardes: entonces ella es todo.
y todas las estrellas salen de ella:
Las ciudades, no obstante, sólo quieren lo suyo
y se lo llevan todo en su carrera a trastras.
Como madera hueca rompen las animales
y consumen ardiendo, muchos pueblos.
Sus habitantes sirven en culturas
y caen muy hondo desde equilibrio y medida,
llaman progreso a su rastro de caracol,
y marchan más de prisa cuando marchan despacio,
se tocan y calientan coma las prostitutas
y hacen más fuerte estrépito con metal y cristal.
Es como si un .engaño les limitara a diario:
no pueden ser siquiera ni ellos mismos,
crece el dinero, tienen todas sus energías
y es grande como el viento del Este; y ellas, pequeños,
sonsacados; y aguardan a que el vino y veneno
de toda ocupación humana y animal
les excite a tareas transitorias.
Y tus pobres bajo estas hombres sufren,
y están pesados ante cuanto ven,
y arden fríos como en crisis de fiebre.
y expulsados de toda casa, van,
cómo muertos extraños por la noche;
de toda suciedad están cargados,
y como al sol escupen lo podrido;
por todo azar ensordecidas, por
los afeites de mozas, los coches, los faroles.
Si .hay una boca para defenderlos
dale palabras y hazla que se mueva.
Oh dónde está el que, desde la propiedad y el tiempo
hasta su gran pobreza, se fortaleció tanto
que se quitó la ropa en el mercado
y, desnuda,, entró bajo el manto del obispo.
El más vivo y más íntimo de todas.
que anduvo y vivió como un año joven;
moreno hermano de tus ruiseñores,
en que había un asombro y un agrado
y un entusiasmo en esta tierra.
Porque él no fue como esos que siempre están cansados
que cada vez se quedan más sin gozo:
con florecillas como con hermanos menores
anduvo junto al prado conversando.
Y hablaba de él, de cómo se aplicaba
para que hubiera un gozo para todo:
y no había fin para su claro corazón,
y nada diminuto lo cruzaba de paso.
Salía de la luz a luz siempre más honda,
y su celda quedaba en alegría.
En su rostro crecía la sonrisa.
poseía su historia y su niñez.
y maduraba como un tiempo de muchacha.
Y al cantar, se volvía
atrás hasta el ayer y lo olvidado;
y una calma crecía por los nidos: gritaban
dos corazones sólo en las hermanas
a las que como esposo conmovía.
Pero luego se abría el polen de su canto
desde su roja boca suavemente,
y en sueños se acercaba hasta las amorosas.
cayendo en las corolas abiertas y, despacio.
hundiéndose despacio en el suelo fecundo.
Y ellas lo recibían sin mancilla en su cuerpo
que era su alma. Y sus ojos
se cerraban como rosas, y estaba
lleno su pelo de noches de amor.
Y le acogió lo grande y lo pequeño;
a muchos animales se acercó el querubín
a decir que sus hembras parirían:
y hubo maravillosas mariposas,
pues lo reconocían, recibiendo
de él la fecundidad, todas las cosas.
Y al morir, tan ligero como sin nombre, estaba
repartido; su semilla corría
por ríos, y en los árboles cantaba.
y desde allí, tranquila, le miraba.
El yacía y cantaba. Y al llegar las hermanas
lloraron por su esposo.
Oh ¿dónde fue aquél, claro, con su son?
¿Qué sienten de él, el joven jubiloso,
los pobres que le aguardan, ya no lejos?
¿Qué es lo que él no levanta en sus crepúsculos?
Gran, lucero de la pobreza.
EL LIBRO DE LAS IMAGENES
(1902-1906)
PRIMERA PARTE
DEL PRIMER LIBRO
ENTRADA
Quienquiera
que tú seas: al atardecer sal
de tu
cuarto, en el cual loo sabes todo;
ante la
lejanía está tu casa
como el
final: quienquiera que tú seas.
Como tus
ojos que apenas, fatigados,
del
consumido umbral pueden librarse,
levantas
muy despacio un árbol negro
poniéndolo
ante el cielo: esbelto, solo.
Y has
hecho el mundo. Y es grande, y es como
una
palabra que aun en silencio madura.
Y según
tu querer comprende su sentido
se
desasen tus ojos tiernamente...
DE UN ABRIL
Otra vez
huele el bosque,
se
ciernen las alondras, elevándose
con el
cielo, que estaba pesado en nuestros hombros;
cierto es
que se veía por las ramas el día
qué vacío
que estaba;
pero tras
de lluviosas tardes largos
vienen
las horas nuevas,
soleadas
de oro,
huyendo
de las cuales, en fachadas lejanas,
todas las
desgarradas
ventanas
temerosas agitan sus batientes.
Luego se
hace la calma. Hasta la lluvia
cae más
queda en el brillo de la piedra, que en paz
se
ensombrece. Los ruidos enteros se agazapan
en los
fúlgidos brotes de las yemas.
MELANCOLÍA DE MUCHACHA
Se me
ocurre pensar en un jinete joven
casi como
en un viejo dicho.
Que
venía. En el bosque a veces viene
la gran
tormenta así para ocultarte.
Que iba.
Y así te deja solitaria.
La
bendición de las grandes campanas
a menudo
en mitad de la oración
Y
entonces gritar quieres en la calma,
pera tan
sólo lloras quedamente
hondo
dentro de tu fresco pañuelo.
Se me
ocurre pensar en un jinete joven
que va
lejos, armado.
Era muy
blanda y fina su sonrisa:
igual que
resplandor de marfil viejo,
como
nostalgia o nieve navideña
en patio
oscuro, o piedra de turquesa
en que se
engarzan unas claras perlas,
como
claro de luna
en un
libro querido.
LA CANCIÓN DE LA ESTATUA
¿Quién es
el que me quiere de tai modo
que
rechaza su amada vida?
Si se
ahoga en el mar alguien por mi,
de vuelta
estoy entonces de la piedra
a la
vida, en la vida redimida.
Tengo
anhelo de sangre rumorosa.
la piedra
está muy quieta.
Sueño la
vida: es buena.
¿Alguien
tiene el valor
mediante
el cual yo voy a despertar?
Y si
llego a la vida alguna vez,
la que me
da todo lo más dorada._.
en
soledad entonces lloraré,
lloraré
por mi piedra. ¿,Qué me sirve
mi sangre
si madura como vino?
No puede
desde el mar llamar al único
que es
quien más me ha querido.
LA ENAMORADA
Sí, de ti
tengo anhelo. Me resbalo
de la
mano, perdiéndome a mí misma,
sin
esperanza de disputar eso
que, como
de tu lado, llega a mí
serio,
sin desviar, sin relación .
...aquellos
tiempos: ¡Cómo fui Una Sola Cosa,
nada que
diera voces, y que me traicionara;
mi
silencio. era igual que el de una piedra
por la
que arrastra el río su murmullo!
Pero
dentro de mí, en estas semanas
de
primavera, hay algo que se ha abierto despacio
saliendo
del oscuro año inconsciente.
Algo ha
entregado mi caliente vida
en la
mano de alguno que no sabe
que yo
existía ayer.
LA ESPOSA
¡Llámame
amado, llámame en voz alta!
No dejes
tanto tiempo en la ventana
a tu
esposa. En las viejas avenidas de plátanos
ya no
vela la tarde:
han
quedado vacías.
Y no
llegas a la nocturna casa
Con tu
voz a encerrarme;
y tengo
así que estar desde mis manos
a los
jardines del azul de sombra
vertiéndome...
MÚSICA
¿Qué,
tocas tú, muchacho? Iba por los jardines
igual que
muchos pasos, que órdenes susurradas.
¿Qué
tocas tú, muchacho? Mira, tu alma
se ha
enredado en los tubos de la flauta.
¿Por .qué
la atraes? Es el son como una cárcel,
en que se
desperdicia y se equivoca;
fuerte es
tu vida, pero tu canción es más fuerte.
reclinada
en tu anhelo sollozando.
Dale un
silencio, que, callada, el alma
regrese
en tu fluyente y en lo mucho,
en que
vivió. creciendo. sabia y lejos,
antes que
le metieras en tu suave tocar.
Cómo
mueve sus alas ya más lánguida;
así
disiparás su vuelo, soñador,
hasta que
su ala, por el cántico hechizada.
no la
lleve más sobre mis paredes,
cuando la
llame yo para gozar.
EL ÁNGEL PROTECTOR
Tú eres
el ave cuyas alas vi
al
despertar llamando en plena noche,
sólo con
mi braceo, pues tu nombre
es un
abismo de mil noches de hondo.
Tú eras
la sombra en que dormía en calma,
todo
sueño levanta en mi tu germen:
tú eras
imagen, pero yo soy marco
que te
completa en fúlgido relieve.:
¿Cómo
nombrarte? Mira arder mis labios.
Tú eres
principio que se vierte inmenso:
yo soy el
lento y temeroso «Amén»,
qua,
tímido, concluye tu belleza.
Del
reposo a menudo me sacaste,
cuando me
era el dormir como un sepulcro,
como
perderse y escapar; entonces
me
alzaste de las sombras de mi pecho
queriendo
alzarme encima de las torres
como
pendón bermejo o colgadura.
Tú que
hablas del milagro como ciencia
y de los
hombres como melodías
y de las
rosas, de esos resultados
que se
cumplen con fuego en tu mirada;
tú,
feliz, ¿cuándo nombras una vez
al que en
su día séptimo y final
dejó
siempre perdido su fulgor
en tu
aleteo?
¿Mandas
que pregunte?
LAS MÁRTIRES
Es una
mártir. Como duro golpe
con un
tirón
el hacha
atravesó su breve juventud,
y se puso
el sutil anillo rojo
en su
cuello. como primer adorno
que ella
con una extraña sonrisa recibió;
pero aún
éste la lleva con vergüenza.
y su
hermana menor, cuando ella duerme.
(que,
infantil todavía, se adorna con la herida
de esa
piedra que le oprime la frente)
debe
echarle sus duros brazos en torno al cuello
y en
sueños, a menudo, huye la otra: Más
fuerte,
más fuerte. A veces se le ocurre a la niña
esconder
esa frente con, la imagen
de la
piedra en las pliegos del manto de la noche,
que,
claro, en el aliento de su hermana se eleva,
lleno
como una vela que vive de su viento.
Esa es la
hora cuando son sagradas,
la
muchacha callada y la pálida niña.
Y otra vez
están como ante todo dolor,
duermen
pobres y no tienen nada de gloria,
y sus
almas son como blanca seda,
y con el
misma anhelo las dos tiemblan
y sienten
miedo de su heroicidad
Y tú
puedes pensar: si de las camas
con la
próxima luz se levantaran,
y. con
los mismos rostros soñadores,
entraran
las callejas en los pueblos,
no
quedaría nadie iras de ellas asombrado,
en las
filas de casas ni una ventana habría
ruido, y
por las mujeres no iría un cuchicheo,
y de los
niños no gritaría ninguno.
Irían a
través del silencio en camisa
(los
pliegues lisos no dan resplandor)
tan
raras, pero a nadie sorprendentes,
como para
la fiesta, pero sin la guirnalda.
LA SANTA
Sediento
estaba el pueblo: entonces la única
muchacha
sin sed, fue
a
implorar agua para todo el pueblo.
pero
siguió la rama de mimbre sin señales
y ella se
marchitó en el largo camino
y al fin
sólo pensó que uno sufría
(un niño
enfermo; y se habían mirado
una vez,
presintiendo, por la tarde).
Y
entonces se inclinó la varilla de mimbre
en sus
manos, sedienta, igual que un animal;
y por
sobre su sangre ella anduvo florida
mientras
iba su sangre bajo ella, rumorosa.
INFANCIA
Va el
largo tiempo y miedo de la escuela
allá, en
vela, con sólo sordas cosas.
Oh
soledad, oh duro gastar tiempo.
Y allá
afuera, las calles brillan, suenan.
y en las
plazas brotando están las fuentes,
y en los
parques .se ve ensancharse el mundo.
Ir entre
todo, con el trajecito.
muy de
otro modo que otros van y fueron...
Oh tiempo
milagroso, oh gastar tiempo,
oh
soledad.
Y en todo
aquello, lejos, divisar:
hombres.
mujeres; hombres y mujeres
y niños,
diferentes, de colores:
allá .una
casa, y luego un perro, a veces,
el terror
alternando a la confianza...
Oh pena
sin sentido, oh sueño, espanto,
profundidad
sin fondo.
Y así, jugar:
pelota y aro y bolas
en un
parque que, suave, palidece,
y alguna
vez rozar a los mayores,
ciegos,
locos, corriendo al escondite,
pero en
la tarde, en calma, con pasitos
rígidos,
vuelta a casa, bien cogidos.
Oh
comprender que huye más cada vez.
oh miedo,
oh peso.
Y horas y
horas, junto al estanque gris
arrodillarse,
con un velerito;
y
olvidarlo, porque otros semejantes,
y más
bonitos, bogan por el círculo:
deber
pensar . en la carita pálida
que,
hundida, en el estanque, aparecía...
Oh niñez,
oh comparación que escapa
¿adónde?.
¿adónde?
DE UNA INFANCIA
Lo oscuro
era riqueza en el espacio,
donde el
niño, muy en su casa, estaba.
Y cuando
entró la madre, como en sueños,
tembló un
cristal en el tranquilo armario.
Ella notó
que el cuarto delataba
su
entrada, y besó al piña: ¿Estás aquí?
Luego
miraron, con terror, el piano.
pues ella
le cantaba muchas tardes
un canto
donde el niño se perdía.
Quieto,
su gran mirada se colgaba
de la
mano que, encorvada de anillos,
como. en
temblor de nieve iba, difícil,
sobre las
blancas teclas.
EL MUCHACHO
Querría
ser igual que los que corren
en
caballos salvajes, por la noche,
con
antorchas qué, igual que cabelleras,
se
ciernen al gran viento del galope.
Delante
yo estaría, en una proa,
grande y
plegado, igual que una bandera.
Oscuro,
pero con un casco de oro.
que fulge
inquieto. En fila, tras de mí,
diez
hombres de la misma oscuridad,
con
cascos intranquilos como el mío,
ya de
cristal, ya oscuros, viejos, ciegos.
Y uno a
mi lado va, y nos sopla espacio
con la
trompeta, aguda y reluciente,
y nos
sopla una negra soledad
por la
que huimos, como un raudo sueño.
Al pasar,
caen las casas de rodillas,
se doblan
de soslayo las callejas,
las
plazuelas se ensanchan: las tomamos,
sonando
los caballos como lluvia,
SEGUNDA PARTE
DEL PRIMER LIBRO
INICIAL
De
infinitos anhelos se elevaron
hechos
finitos, como fuentes débiles,
que se
inclinan, maduras y temblando.
Pero las
que nos callan además,
nuestras
fuerzas alegres, se revelan
en esas
lágrimas que están bailando.
EL VECINO
Violín
extraño, ¿me persigues?
¿En
cuántas remotas ciudades
tu noche
sola habló a la mía?
¿El
mismo, o varios te tocaban?
En toda
gran ciudad. ¿hay quienes
sin ti se
habrían ya perdido
en los
ríos? ¿Y por qué siempre
me
corresponde estar al lado?
¿Por qué
son siempre mis vecinos
los que
osan, tímidos, hacerte
cantar:
“La vida es más pesada
que el
peso de todas las cosas”?
PONT DU CARROUSEL
Aquel
ciego que está siempre en el puente,
gris como
el hito de un país sin nombre,
en la
cosa, quizá. que, siempre idéntica,
centra el
girar del tiempo de los astros;
el eje
fiel de las constelaciones.
pues todo
en torno de él va, yerra, brilla.
Este
ciego es la inmóvil derechura
adentrada
en marañas de caminos:
la oscura
puerta al mundo soterraño
entre la
humanidad superficial.
EL SOLITARIO
Como uno
que ha cruzado extraños mares.
estoy con
los que están siempre en su tierra;
en. sus
mesas están los días llenos, pero
para mi
lo lejano lleno está de figura.
Un mundo
por mi rostro quiere entrar,
como
luna, quizá deshabitado.
pero
ellos nunca dejan un sentimiento solo,
y están
pobladas todas sus palabras.
Las cosas
que llevé conmigo lejos, rara
vez alzan
la mirada, sujetas a tu de ellos;
las
cosas, en su gran patria, son animales;
pero
aquí, de vergúenza, retienen el aliento.
LOS ASCHANTI
(Jardin
d'Acclimatation)
No es
ninguna visión de países remotos,
ni
sensación de mujeres oscuras
que
danzan con ropajes que se caen.
No hay
salvajes y extrañas melodías.
Ni cantos
que brotaron de la sangre
ni sangre
que dé gritos en la hondura.
No hay
muchachas morenas. ensanchadas
con
aterciopelada fatiga tropical:
no hay
ojos llameantes, igual que arenas,
y la boca
ensanchada en carcajada.
Y hay un
entendimiento sorprendente
con la
vanidad de los hombres claros.
Y a mí el
mirar me daba mucha miedo.
Cuánto
más fieles son los animales
que de
acá para allá van tras las rejas,
sin
pactar con el tráfago de cosas
extrañas
que no entienden
y se
consumen como
un fuego
quieto y se hunden en sí mismos,
sin tomar
parte en la aventura nueva.
con su
gran sangre a solas.
EL ÚLTIMO
Yo no
tengo una casa solariega:
tampoco
la he perdido:
mi madre
me ha parido
echándome
hacia el mundo.
Ahora
estoy en el mundo y cada vez
entro al
mundo más hondo,
y tengo
mi dicha y tengo mi dolor,
y tengo
todo, solo.
Y. sin
embargo, soy un heredero.
Con tres
ramas mi raza ha florecido
en los
bosques en siete
castillos,
y mi escudo se ha cansado,
ya
demasiado viejo:
y lo que
me han dejado y lo que gano
para la
posición antigua, está sin patria.
En mi
seno, en mis manos
tengo que
conservarlo hasta que muera.
porque lo
que desplazo
metiéndolo
en el mundo,
cae, está
igual que
en una ola
puesto.
TEMOR
(Bangnis)
En el
bosque marchito hay un clamor
de
pájaros, que en este bosque está sin sentido.
y no
obstante, descansa el redondo clamor
de
pájaros en este tiempo que lo produjo
tan ancha
como un cielo sobre el bosque marchito.
Todo
encaja y se espacia en este griterío;
Muda
parece en él estar la tierra entera.
el gran
viento parece a él plegarse,
y el
minuto que quiere proseguir
está
pálida y quieto, igual que si supiera
cosas con
que debieran morir todos,
y que
brotaran de él.
LAMENTO
¡Qué
lejano está todo
y pasado
hace tanto!
Yo creo
que la estrella
cuyo
fulgor recibo
ha muerto
hace milenios.
Yo creo
que en la barca
que ha
pasado de largo
algo
temible oí.
En la
casa un reloj
ha
sonado...
¿En qué
casa? Querría
desde ml
corazón salir
hacia el
gran cielo.
Querría
rezar. Y una
de todas
las estrellas_
debiera
aun ser de veras.
Yo creo
que sabría
cuál es
la sola estrella
que ha
durado -que sigue
como una
ciudad blanca
en los
cielos al fin de su fulgor.
SOLEDAD
La
soledad es igual. que una lluvia.
Sube del
mar, enfrente de las tardes;
de
llanos. que están lejos y remotos
marcha
hasta el cielo, que la tiene siempre.
Y desde
el cielo cae a la ciudad.
La lluvia
cae en las horas intermedias.
cuando
tuercen al día las callejas
y los
cuerpos, que no han hallado nada,
se
separan, desengañados, tristes,
y cuando
las personas que se odian
deben dormir en una misma cama.
La
soledad va entonces con los ríos...
DÍA DE OTOÑO
Señor, es
tiempo. Enorme fue el verano.
Pon ya
sobre el reloj de sol tu sombra
y deja
suelto el viento en las llanuras.
Manda a
los frutos últimos henchirse.
dales dos
días más de sur caliente,
a
plenitud empújales, y mete
el último
dulzor en vino recto.
El que
hoy sin casa está, ya no la funda.
El que
está solo, mucho habrá de estarlo:
velará,
leerá, escribirá cartas,
y por las
alamedas irá, inquieto,
mientras
las hojas van a la deriva.
RECUERDO
Y
aguardas, en espera de lo Uno
que
aumentará tu vida al infinito:
lo
poderoso, insólito,
despertar
de la piedra,
honduras,
a ti vueltas.
Están en
los estantes, en penumbra.
los
tomos, en dorado y en castaño;
y piensas
en países que cruzaste,
en
imágenes, rostros
de
mujeres que volviste a perder.
Y de
pronto lo sabes: eso fue.
Te
levantas: y aquí tienes delante
de un año
que pasó
el miedo,
la figura, la oración.
FIN DEL OTOÑO
Veo desde
hace tiempo
cómo todo
se cambia.
Algo se
alza y actúa
y mata y
hace daño.
A cada
vez, no son
los
mismos los jardines;
desde la
amarillenta
llegando
a la amarilla
y lenta
decadencia,
me fue
largo el camino.
Ya estoy
can lo vacío.
miro por
las choperas.
Casi
hasta el mar remoto
puedo ver
el pesado
cielo
serio y esquivo.
OTOÑO
Caen las
hojas, caen desde lejos,
caen con
ademán de negación,
como
muriendo en parques de los cielos.
Y cae en
las noches la pesada tierra
desde los
astros a la soledad.
Todos
caemos. Esa mano cae.
Y mira a
los demás: igual en todos.
Pero hay
Alguien que acoge esta caída
con
suavidad inmensa entre sus manos.
EN EL BORDE DE LA NOCHE
Mi cuarto
y esas lejanías.
velando
sobre tierras que anochecen,
son una
sola cosa.
Soy una
cuerda tensa
sobre
anchas resonancias rumorosas.
Y las
cosas son cajas de violín
llenas de
sombra quejumbrosa;
en ellas
sueña llanto de mujeres.
se toca
en sueños el rencor de enteras
generaciones...
Debo
temblar
en plata, entonces
debajo de
mí todo vivirá,
y lo que
yerra entre las cocas,
tenderá
hacia la luz
que de mi
son danzante
en torno
al cual ondula el cielo
por
pequeñas, languidecientes grietas,
cae hacia
los antiguos
abismos
infinitos...
ORACIÓN
Noche
quieta, en que están entretejidas
cocas muy
blancas, rojas y pintadas,
colores
derramados, que subieron
a la
calma de la única tiniebla.
dame
también, mirando hacia lo vario,
que
adquieras y persuadas. ¿Mis sentidos
juegan,
pues, en exceso con la luz?
¿Seguiría
mi rostro levantándose
desde las
cosas, siempre turbador?
Júzgalo
por mis manos:
¿No están
como herramientas, como cosa?
¿No es
sencillo en mis manos
el
anillo, y la luz
no se
posa sobre ellas. confiada,
como en
caminos, que al iluminarse
igual se ramifican
que en lo oscuro...?
PROGRESO
Y otra
vez más sonora mi honda vida .
fluye,
como entre orillas más abiertas.
Se me
vuelven las cosas mas fraternas,
más
contempladas todas las imágenes.
Más de
casa me siento en tu innombrado;
con mis
sentidos voy, como con pájaros,
desde la
encina hasta el ventoso cielo,
y en el
día quebrado del estanque
se hunde
mi sentimiento entre los peces.
PRESENTIMIENTO
Estoy
como una bandera, rodeado de lejanías.
Presiento
vientos que vienen y los tengo que vivir,
mientras
tanto que las cosas no se tocan unas a otras,
las
puertas se cierran suaves, hay calma en las chimeneas,
las
ventanas aún no tiemblan, y el polvo es aún pesado.
Noto ya
las tempestades y me excito como el mar.
Y me
ensancho y caigo en mí
y me arrojo
y estoy solo
en la
enorme tempestad.
TEMPESTAD
Cuando
nubes, heridas de tormentas.
galopan:
el cielo
de cien días
sobre un
único día;
te
siento, entonces, atamán, de lejos
(tú que
tanto querrías
llevar a
tus cosacos
al más
grande señor).
Tu nuca
horizontal
siento,
Mazeppa.
También
estoy entonces en la carrera loco,
atado a
un lomo humeante;.
todo se
ha hundido en mí;
sólo
puedo reconocer los cielos;
borrado.
oscurecido,
debajo de
ellos, piano, estoy tendido.
debajo de
sus llanos;
mis ojos
se han abierto como estanques,
y en
ellos huye el mismo
vuelo.
TARDE
La tarde
cambia, lenta, los vestidos
que le da
un cerco de árboles antiguos:
tú miras,
Y ante ti las tierras se abren,
una que
marcha al cielo, otra que cae:
y te
dejan, sin ser muy bien de nadie,
no más
oscuro. que la muda casa,
ni más
seguro eterno conjurando
que lo
que se alza, estrella, cada noche...
dejándote
(indeciblemente en duda)
tu vida,
en temblor grande, madurando,
tal que,
ya limitada, ya agarrando,
se hace
en ti a veces piedra, a veces estrella.
HORA SOLEMNE
El que
llora en el mundo, en cualquier sitio.
llorando
sin motivo en este mundo,
llora por
mí.
El que
ríe en el mundo en cualquier sitio.
riendo
sin motivo en este mundo,
ríe por
mí.
El que va
por .el mundo a cualquier sitio,
marchando
sin motivo en este mundo.
viene
hacia mí.
El que
muere en el mundo en cualquier sitio,
muriendo
sin motivo en este mundo,
me mira a
mí.
ESTROFAS
Uno hay
que toma a todas en la mano,
y corren
como arena entre sus dedos.
Elige las
más bellas de las reinas
y las
hace esculpir en mármol blanco,
aun en la
melodía de su manto;
y pone a
cada rey con su mujer;
esculpido
en la misma piedra que ella.
Uno hay
que toma a todas en la mano,
y se le
rompen, hojas de mal temple.
No es un extraño,
pues vive en la sangre
que es
nuestra vida, y zumba y se reposa.
Yo no
puedo creer que él haga daño
pero oigo
decir mucho malo de él.
PRIMERA PARTE
DEL SEGUNDO LIBRO
INICIAL
Entrega
siempre tu belleza
sin
calcular y sin decir.
Callas. Y
dice ella por ti:
Yo soy. Y
viene en mil sentidos.
y sobre
todos llega al fin.
LOS TRES REYES MAGOS
Leyenda
Una vez
que en el borde del desierto
se abrió
la mano del Señor,
lo mismo
que una fruta que en verano
manifiesta
su entraña,
hubo un milagro:
lejos
se
saludaron y reconocieron
tres
reyes y una estrella.
Tres
reyes de camino,
la
estrella sobre todo,
y allá se
fueron juntos,
a la
derecha un rey y a la izquierda otro rey,
hasta un
tranquilo establo.
¡Qué es
lo que no llevaban hasta aquel
establo
de Belén!
Resonaba
muy lejos cada paso,
y el que
montaba en un caballo negro,
iba
cómodo y blando.
y el que
iba a su derecha
era un
hombre dorado,
y el que
andaba a su izquierda
se movía
con música
y ruido
de una cosa
argentina
y redonda,
mecida en
un anillo,
toda azul
humeando.
y la
estrella reía sobre todo
tan rara
como sobre encima de ellos
y corrió
por delante y se paró
en el
establo, y le dijo a Maria:
Traigo
una caravana
de muchos
extranjeros.
Tres
reyes con poder,
cargados
de oro y gemas,
oscuros,
silenciosos y paganos;
no vayas
a asustarte demasiado.
Los tres
tienen en casa
doce
hijas, ningún hijo;
y te
piden 'el tuyo
como sol
para su celeste azul.
consuelo
de su trono.
Pero no
has de creer que solamente
ser un
príncipe y jeque de paganos
haya de
ser la suerte de tu hijo.
Recuerda
que el camino es grande.
Ellos,
como pastores, andan mucho,
y su
reino maduro, mientras Canto
sabe Dios
a quién cae en el regazo.
y en
tanto aquí, caliente,
como
viento de Oeste,
el buey
alienta en torso a sus orejas.
quizás
están pobres todos
y como
sin cabeza.
Con tu
sonrisa, pues, haz que sea leve
ese
enredo que son,
y vuelve
el rostro a Oriente y a tu hijo;
allí en
azules líneas.
está lo
que cada uno te ha dejado:
esmeralda
y rubíes.
la
leyenda de la turquesa.
LOS ZARES
Un ciclo
de poemas (1899 y 1906)
I
Fue en
días que vinieron las montañas.
los
árboles se alzaban, sin domar todavía,
y el
torrente, con ruido, brotaba en su armadura.
Clamaron
dos extraños peregrinos un nombre
y
despertó de su entumecimiento
Iliya, el
gigante de Murom.
Los
antiguos abuelos a los. campos saltaron
en
piedras y en salvaje crecimiento;
y vino el
hijo, grande, desde su despertar
y sujetó
a los surcos al terror del arado.
Los
troncos alzó, erguidos igual que luchadores.
y rió de
su peso vacilante.
y
espantadas, como serpientes negras
se.
torcían raíces, que sólo conocían
la
tiniebla, en el ancho agarrón de la luz.
En rocío
temprano se hizo fuerte el jamelgo
en cuyas
venas fuerza y nobleza dormían:
maduró
bajo el peso del jinete,
llegó a
ser un relincho hondo como una voz
y uno y
otro sentían cómo lo aproximado
llamaba
con prometedor peligro.
Cabalgar,
cabalgar quizá mil años.
Quién
cuenta el tiempo si uno quiere una solo vez.
(Quizá
también estuvo mil años él sentado.)
Lo real
es igual que milagroso:
el mundo
mide con medidas arbitrarias;
los
milenios son demasiado jóvenes.
Muy lejos
gritarán los que estaban sentados
en su
honda penumbra mucho tiempo.
II
Ya venían
de todas partes pájaros grandes,
se
inflamaban dragones escondiendo el prodigio
de los
bosques, tu abrupto de los desfiladeros;
y crecían
muchachos. y para la pelea
se ungían
hombres con el ruiseñor,
que en
las copas de nueve encinas acampaba
allá
arriba, como un animal múltiple,
y al
ocaso surgía un grito inigualable,
un
alcanzar gritando hasta el Final,
y de él
surgía toda la noche lentamente;
noche de
primavera, más terrible que todo.
más
pesada y terrible de aguantar:
en torno
ni señal de una sorpresa
y sin
embargo todo lleno de transcurrir
arrojándose
y troza a trozo dándose,
más aún.
a ese algo que se agarraba en torno,
llamándolo,
temblando en todo el cuerpo
y pasando
por ello como un barco.
Hubo
excesos de fuerza, que quedaron
sin
consumir por eso gigantesco
que, como
de crateras, brotaba de los cálices:
duraban,
cada vez más aviejados
percibiendo
el terror de los abriles,
y sus
manos calmosas sujetaron a muchos
llevándolos
por miedo y desazón
a días,
en que más sanos y alegres
construyeron
murallas en torno a aquellos sabios
fundadores,
sentados por encima de todo.
Y
llegaron al fin a las primeras calles
saliendo
de oquedades y odiadas emboscadas.
Los
animales, que eran implacables.
En
silencio salieron de su exceso
(violencias
aviejadas, vergonzosas)
y
obedientes se echaron delante de los viejos.
III
Sus
servidores echan más y más de comer
a una
traílla de esos ruidos locos que aún
son Él
todo aún Él.
Sus
favoritos huyen ante él. Y sus mujeres
cuchichean
y fundan alianzas.
y él las
oye completamente dentro
en sus
cuartos con criadas que miran
con miedo
torvo, hablando de venenos.
Los muros
están huecos de armarios y anaqueles,
bajo los
techos, crímenes se esconden
y juegan
frailes con habilidad.
Y él no
tiene sino de vez en cuando
una
mirada; sino el quedo paso
por escaleras
que dan vueltas, sino
el hierro
de su bastón,
sino el
menesteroso manto del penitente
(por el
que sube desde las baldosas
el frío,
como si tuviera garras);
nada, que
él llamar ose,
nada,
sino la angustia que le dan todos esos:
nada,
sino angustia cotidiana por todos,
que le
acosa par esos acosados
rostros,
siguiendo oscuras manos incuestionadas,
y
culpables tal vez.
Alguna
vez envuelve alguno al paso
precisamente
en los pliegues del manto,
y lo
sacude con ira, arrastrándolo
pero no
sabe en la ventana ya:
¿quién es
el que sujeta? ¿quién es el sujetado?
¿Quién
soy yo y quién es éste?
IV
Es la
hora en que, vano, el imperio se mira
en los
muchos espejos de su brillo.
El zar
pálido, el último miembro de su linaje,
sueña en
el trono, mientras que ante él se hace la fiesta.
y tiembla
quedamente su cima avergonzada
y su
manó. que escapa a tu desconocido
enredoso
con un afán incierto.
de
respaldos de púrpura, escapando.
Y a su
callar se inclinan los boyardos
en
brillantes corazas y pieles de panteras,
como
extraños peligros principescos
que con
muda impaciencia le rodean. Profundo,
hace olas
en la sala su respeto.
Y de otro
zar se acuerdan, que a menudo
con
palabras nacidas de locura,
les
golpeó las fuentes. en la piedra.
Y piensan
también: ése no dejaba
tanto
sitio al sentarse sobre el trono,
vacío en
el marchito cojín de terciopelo.
Él era la
medida oscura de las cosas
y los
boyardos ya hace mucho ignoraban
que era
rojo el asiento del sillón, tan pesadas
se
posaban sus ropas, dorándose anchamente.
Y piensan
más:. el ropaje imperial
en los
hombros de este muchacho duerme.
Aunque en
la sala entera llamean las antorchas
son
pálidas las perlas que en torno de su nuca
se
arrodillan en siete filas de niños blancos,
y los
rubíes que en las mangas penden.
y que
antaño eran copas, luminosas de vino,
y están
ahora negros como escorias...
Y se
hincha su pensar.
Se
aprieta con violencia hacia el pálido zar,
sobre
cuya cabeza la corona se pone
más queda
cada vez, y el querer más extraño;
sonríe.
Aduladores le examinan más claro,
se acerca
su inclinarse; con más valor le halagan,
y un
sonido ha sonado por el sueño.
V
No morirá
este zar pálido por la espada,
su
extraño anhelo le hace sacrosanto;
heredará
los Imperios solemnes
en que se
pope enferma su alma suave.
Y ahora,
a una ventana del Kremlin acercándose,
él ve un
Moscú sin límites, más blanco
tejido en
su infinita noche ya concluida;
tal como
en el primer obrar primaveral.
cuando
por las callejas el olor de abedules
tiembla
de las sonoras campanas mañaneras.
Eras
grandes campanas que suenan tan espléndidas
son sus
padres, esos primeros zares,
que ya
antes de los días de los tártaros, fueron.
vacilantes,
alzándose, a partir de leyendas,
de
riesgos y aventuras, de humildad y de cólera.
Y él
comprende de pronto quiénes eran,
y que a
menudo en torno del sentido
de su
sombra se hundieron en sus propias honduras,
Y a él.
al más callado de los esclarecidos,
En sus
gestas piadoso y grande, le gastaron
desde muy
antes ya de su comienzo.
Y le
invade una pensatividad
que le
confieren ellos con tal disipación,
en la sed
y el empuje de las cosas.
El fue la
fuerza para su rebase,
el fondo
de oro, sobre el cual su vida
tan ancha
parecía oscurecerse.
El en
todas sus obras se contempla a si mismo,
como
plata incrustada en ornamentos,
y no hay
acción ninguna en sus acciones,
que
también no estuviera en sus quietos Estados
en qua
palidecía todo roja del tráfico.
VI
En
bandejas de plata miran siempre
los
zafitos, como ojos profundos de mujeres,
pámpanas
de oro se unen como fieras esbeltas
que se
emparejan bajo el fulgor de su celo,
y
aguardan suaves perlas en la sombra de telas
de
salvaje dibujo, que halle y pierda un fulgor
de sus
rostros tranquilos.
Y eso es
manta, corona de fulgores y tierra,
y un
movimiento va de borde a borde,
como
grano en el viento. y un río por el valle,
así
brilla cambiante por el muro del 'marco.
Tres
óvalos se quedan oscuros en su sol;
el grande
da lugar .al rostro de la Madre
y a
derecha a izquierda se alza una virginal
mano coma
una almendra, en la orla de plata.
Las dos
manos, morenas y extrañamente quietas,
manifiestan
que en el precioso icono,
como en
un claustro vive la que es reina
que será
desbordada por el Hijo.
por esa
gota en que sin una nube
azulean
los cielos no esperados..
Las manos
lo atestiguan todavía;
pero el
rostro es lo mismo que una puerta
abierta
hacia crepúsculos templados,
en donde
la sonrisa de mejillas
de
gracia, con su luz. errando, se perdía.
El zar se
inclina entonces hondo y dice:
¡No
sentías tú cuánto penetramos en ti
con todo
sentir, miedo exigencia:
esperamos
en tu rostro querido,
que se
nos ha quedado atrás, y en dónde?
Para los
grandes santos no ha pasado.
Tembló
profundamente en sus rígidas ropas.
erguidas
refulgiendo. No sabia qué lejos
estaba ya
de todo. y qué dichosamente
cerca la
bendición de ella a su soledad.
Y piensa
y piensa el soberano pálido.
Y su
rostro que, bajo el pelo enfermo,
estaba ya
profundo y coma yéndose,
desapareció,
igual que el de ella en el dorado
óvalo. en
su ropón enorme de oro.
(Para ir
a encontrar el rostro de Ella.)
Dos
mantos de oro en la sala fulgían
claros al
resplandor de las velones.
LOS DE LA CASA COLONNA
Hombres
extraños, que ahora tan tranquilos
estáis en
cuadros, bien montabais a caballo
e
impacientes pasabais por la casa:
como un
hermoso perro, con el mismo ademán
hoy
descansan las manos en vosotros.
Vuestro
rostro está lleno de mirar,
porque el
mundo os fue imágenes e imágenes;
de
arenas, banderas, frutas y mujeres,
mana esta
gran confianza hacia vosotros
de que
todo es y de que todo vale.
Pero
entonces cuando erais muy jóvenes aún
para
entrar en las grandes batallas; y muy jóvenes
para
vestir la púrpura papal,
no
siempre satisfechos de cazas y caballos,
muchachos
todavía, rehusándose
a las
mujeres ¿no tuvisteis de los días
de
infancia ni un recuerdo?
¿Ya no
sabéis qué ha sido en otro tiempo?
Antaño
hubo el altar
con la
imagen de María parida,
en la
nave del templo, solitaria.
Os
emocionó
un
zarcillo de flores;
el pensar
que la fuente solitaria
afuera en
el jardín, al claror de la luna
lanzaba
su agua,
era igual
que un mundo.
La
ventana se abría hasta los pies, igual
que una
puerta y había un parque con praderas
y
caminos; extrañamente próximos
pero tan
alejados; claros y como ocultos,
y las
fuentes zumbaban como lluvia,
y era
como si no saliera la mañana
al
encuentro de esta noche tan larga,
que era
cálida. (Pero vosotras no sabíais.)
Entonces
os crecía, muchachos, vuestra mano
que era
cálido. (Pero vosotros no sabíais).
Entonces
se ensanchaba vuestro rostro.
SEGUNDA PARTE
DEL SEGUNDO LIBRO
FRAGMENTOS DE DIAS PERDIDOS
,..Como
ayer, que a la marcha se acostumbran,
cada vez
más pesadas, igual que en la caída:
la tierra
chupa de sus largas garras
el
animoso recuerdo de todas
las
grandes cosas que acontecen altas
y las
hace hojas casi, sostenidas
apretándose
al suelo;
como
plantas, que apenas
hacia
arriba creciendo, se arrastran por la tierra,
en negras
glebas sin vida lucientes,
blandas y
.húmedas se hunden y se pudren;
como
niños perdidos, coma un rostro
en un
féretro, como manos alegres. que
no se
resuelven porque en cáliz lleno
cosas que
no están cerca se reflejan,
como
gritos de auxilio que en el viento de tarde
encuentran
muchas grandes campanas tenebrosas;
como
flores en casa, que hace días se secan,
como
calles, que están malditas; coma rizos
en donde
se han quedado ciegas piedras preciosas;
como
mañanas en abril, delante
de las
muchas ventanas del hospital se arrastran
los
enfermos al borde de la sala
y
contemplan: la gracia de un rayo tempranero
hace
primaverales y anchas todas las calles;
sólo
miran la clara esplendidez,
que hace
a las casas jóvenes y rientes.
y no
saben que ya toda la noche
arrastró
una tormenta las ropas de las cielos
una
tormenta de aguas, donde el mundo se hiela,
una
tormenta que ahora zumba aún por las calles
y que
quita a las cosas de los hombros
todos sus
cargamentos...
que hay
algo afuera grande e irritado,
que
marcha la violencia fuera, un puño
que a
todos los enfermos ahogara
en medio
de este brillo en el que creen.
...Igual
que en emparrados marchitos largas noches.
desgarrados
por todas partes ya
y muy
lejanas para llorar aún en ellos
juntos
con alguien a quien se ame mucho;
o
muchachas desnudas, que vienen sobre piedra;
como
ebrios en un seto de abedules,
o
palabras que nada concreto significan
y sin
embargo van, entran por el oído
al
cerebro, y. secretas, por los nervios
prueban
todos los miembros, salto a salto,
como
ancianos que a su estirpe maldicen
y mueren
luego, sin que nadie pueda
desviar
la desgracia que se cierne,
como
rosas bien llenas, colocadas con arte
en una
estrofa azul, donde las aires mienten,
y luego
de insolencia en grandes arcos
dispersas
en la nieve borrada por el viento;
como una
tierra que girar no puede,
porque su
sentir gravan demasiado muertos.
como un
hombre enterrado, asesinado,
cuyas
manos resisten las raíces,
como una
de las altar flores del alto estío.
rojas,
esbeltas, que sin salvación
muere de
pronto al viento predilecto del prado,
porque
abajo han chocado sus raíces
en las
turquesas que una muerta tiene
en sus
pendientes...
Y algunos
días fueron de este modo las horas
como si
alguien formara mi imagen no sé dónde,
para
despacio con agujas maltratarla.
Yo
barruntaba cada pinchazo de su juego
y fue
como sí en mí una lluvia cayera
en que
todas las cosas se transmutan.
EL LECTOR
Mucho he
leído ya; toda la tarde
a la
ventana. con rumor de lluvia.
Del
viento de allá fuera, no oí nada:
mi libro
era muy denso.
Lo veía
en las hojas, como en rostros
que se
oscurecen de reminiscencia,
y en
torno a mi leer se pasmó el tiempo.
has
páginas de pronto destellaron
y en vez
del triste enredo de palabras
se lee
«arde», «tarde», en todas ellas.
No miro
todavía fuera: estallan
las
largas líneas, huyen las palabras
de sus
kilos, escapan a capricho...
Ya lo sé:
por encima de los plenos
jardines
de esplendor, el cielo es ancho:
el sol,
una vez más, habrá verano.
Y ahora,
todo es noche de verano.
Se espera
en pocos grupos lo esparcido:
por
largas sendas va la gente oscura,
y extraño
y lejos, como si importara
más, se
escucha lo poco que aún ocurre.
Si
levanto los ojos de mí libró
nada me
será extraño, y todo grande.
Fuera
está lo que estoy viviendo dentro,
y es todo
ilimitado aquí y allá;
sólo con
que me enrede más en todo.
si se
amolda a las cosas mi mirada
y a la
sencillez graves de las manos,
rebosa
entonces sobre sí la tierra.
Parece
que la abraza el cielo entero:
el lucero
es, allá, la última casa.
EL OBSERVADOR
Mira a
los árboles las tormentas
que desde
los días, ya tibios,
a mis
ventanas temerosas llaman.
y oigo a
las lejanías decir cosas:
que no
puedo aguantar sin alegría.
que no
pueda amar sin hermana.
La tormenta
va ahí, una trastornada,
va por el
bosque y por el tiempo,
todo está
como sin edad:
el
paisaje. como un verso de un Salmo,
es
seriedad, ímpetu, eternidad.
Qué
pequeño es con lo que peleamos;
qué
grande es lo que lucha con nosotros;
si, al igual
que las cosas, nos dejásemos
obligar
así por tan gran tormenta.
sin
nombre quedaríamos, remotos.
Lo que
vencemos, es lo chico,
y aún el
éxito nos empequeñece.
Lo eterno
y no común
no quiere
ser doblado por nosotros.
Es el
ángel que apareció luchando
en el
Antiguo Testamento
cuando a
sus adversarios les resuenan
en la
lucha los tendones, metálicos,
bajo sus
dedos los percibe
como
cuerdas en una melodía.
Quien a
tal ángel ha vencido,
que
tantas veces a luchar renuncia.
ese sale
derecho y bien erguido
y grande
de esta mano,
que se
plegaba a él, como formando.
El vencer
no le invita.
Su
crecimiento es: ser mayor
que el
vencido, hondamente desde siempre.
DE UNA NOCHE DE TORMENTA
OCHO HOJAS CON UNA PORTADILLA
Portadilla
La noche
sacudida por tormentas crecientes,
¡cómo se
ensancha de repente!
como si
antes hubiera estado acurrucada
en los
pliegues diminutos del tiempo.
En donde
la defienden las estrellas, no acaba;
no
empieza en pleno bosque,
y no
empieza en mi casa,
ni
empieza en mi figura.
Las
lámparas tartamudean, sin
saber:
¿Mentimos luz?'
¿No es la
noche la sola realidad
desde
hace miles de años..,?
1
En tales
noches por las calles puedes
encontrar
hombres del futuro, pálidos
rostros
breves, que no te reconocen
y que
pasan de largo silenciosos,
Pero si
se pusieran a hablar, tú
serías de
un pasado ya remoto,
tal coma
estas ahí,
corrompida
hace mucho.
Pero en
silencio quedan como muertos,
aunque
son los que un día han de venir.
El
porvenir no empieza todavía.
Sólo
conservan su rostro en el tiempo
sin poder
mirar, como bajo el agua;
pero lo
aguantan por un poco miran
como bajo
las alas: la premura
de peces
y el hundirse de los cables.
2
En tales
noches se abren las prisiones,
y a
través de los malos sueños de los guardianes
van con
risa callada
despreciando
su fuerza.
¡Bosque!
Llegan a ti, para dormir en ti,
cargados
con sus largas penas.
¡Bosque!
3
En tales
noches, hay de pronto incendio
en una
ópera. Tal como un monstruo
empieza
el gigantesco sueño con sus quijadas
a
masticar a miles
que se
aprietan en él.
Los
hombres, las mujeres
por los
pasillos quedan asombrados,
y
mientras. que se aprietan entre sí
se
desploman los muros, llevándolos consigo.
Y nadie
sabe ya quién padeció debajo.
Alguno
que ya tiene el corazón partido.
sus oídos
están llenos de melodías
que
entran aún en ellos...
4
En tales
noches, como en pretéritos días,
empiezan
a marchar los corazones
otra vez
en las tumbas de príncipes antiguos;
y tan
fuertes resuenan sus latidos
contra
las cajas, que se les resisten,
que se
llevan las cáscaras doradas
por
tiniebla y damascos. y las rompen.
Negra, la
catedral oscila con sus claustros.
Las
campanas, que en la torre se agitan,
como
pájaros cuelgan; temblando están las puertas,
y los que
llevan andas tiemblan con todo el cuerpo:
igual que
sí llevaran el granito
de sus
cimientos, ciegas tortugas, que se tocan_
5
En tales
noches saben
los
incurables: Fuimos...
y
continúan, entre los enfermos.
pensando
un pensamiento simple y bueno,
donde
había quedado.
Pero
quizá el pequeño de los hijos
que
dejan, va a las más, solitarias callejas;
porque
justo esas noches son para él
como si
por primera vez pensara:
mucho
tiempo, sobre él,
todo
estuvo plomizo
pero
ahora todo habrá de desvelarse,
y siente
que él habrá de celebrar...
6
En tales
noches son las ciudades iguales
todas,
embanderadas:
cargadas
de tormenta en las banderas.
y como en
cabelleras, desgarradas
en una
tierra cierta, de contornos
y de ríos
inciertos.
En todos
los jardines hay un estanque entonces,
en cada
estanque está la misma casa,
y en cada
casa hay una misma luz;
y todas
las personas son iguales,
con las
manos delante de la cara.
7
En tales
noches los que agonizan se aclaran.
se
agarran, suavemente. el pelo que aún les crece,
cuyos
tallos, en esos largos días,
de la
debilidad de sus cráneos pelechan,
como para
flotar
sobre la
superficie de su muerte.
Su ademán
va, cruzando por la casa,
como si
hubiera espejos puestos en todas partes
y con ese
excavar
en su
pelo
gastan
fuerzas reunidas en los años
que han
transcurrido ya...
8
En tales
noches crece mi hermanita,
que
estuvo antes de mí, y se murió pequeña
Muchas de
tales noches ha habido desde entonces;
ya ha de
ser bella.
pronto
alguien la librará.
LA CIEGA
EL
EXTRANJERO
¿No
tienes miedo de hablar de esto?
LA CIEGA
No.
¡Está tan
lejos! Fue distinta. aquella
que un
tiempo vio, y vivió clara y mirando,
y murió
luego.
EL
EXTRANJERO
¿Y tuvo
muerte dura?
LA CIEGA
Morir es
cruel para los sorprendidos.
Se ha de
ser fuerte, aunque se muera ajeno_
EL
EXTRANJERO
¿Y te era
ajena?
LA CIEGA
O se me
ha vuelto ajena.
La muerte
extraña al niño de su madre.
Pero fue
horrible en los primeros días.
Estaba
herida en todo el cuerpo, El mundo.
que
florece y madura en cosas, me era
arrancado
de cuajo con raíces,
con mi
pecho (creía yo); y estaba
igual que
tierra removida, abierta;
bebiendo
el frío orvallo de mi llanto,
que, sin
cesar, callado, de mis ojos
muertos
caía: así en vacíos cíelos
caen las
nubes cuando ha muerto Dios.
Mi odio
se agrandaba, abierto a todo.
Oía cocas
que no son audibles:
el
tiempo, que fluía por mi pelo;
la
quietud,. que en sutil cristal sonaba,
y sentía
pasar junto a mis manos
el
aliento de una gran rosa blanca.
y
pensaba, insistente, «noche», y «noche»,
creyendo
ver una rendija clara
que luego
crecería como un día;
y creía
meterme en la mañana
que
estaba, hacia mucho, entre mis manos.
Despertaba
a mi madre, al desprenderse,
pesado,
el sueño de mí rostro oscuro;
la
llamaba: ¡Ven, madre, ven aquí!
¡Enciende
luz!
Y
escuché. largo, largo era el silencio,
se iban
petrificando mis almohadas:
luego,
era como ver algo brillante:
era el
amargo llanto de mi madre,
que no
quiero volver a pensar más.
¡Enciende
luz! gritaba mucho en sueños:
el
espacio se ha desplomado: quítame
el
espacio del pecho y de la cara.
Debes
alzarlo, debes levantarlo:
voy a
morir, con todo el cielo encima.
Pero ¿te
hablo a ti, madre?
,¿O a
quién, entonces? ¿Quién está detrás?
¿Quién
hay tras el telón? ¿Quizá hay invierno,
madre, o
tormenta, madre, o noche? ¡Dime!
¿O día?
¡Día!
Sin mi:
¿Cómo podrá sin mí haber día?
¿;No
siento entonces nada?
¿Nadie
por mí pregunta?
¿Estamos
olvidados?
¿Estamos...?
Pero tú sí estás ahí:
tú aún lo
times todo, ¿no es verdad?
En torno
de tu rostro están las cosas
afanadas
en serle bienhechoras. ,
Si tus
ojos descansan,
aun con
fatiga,
pueden de
nuevo alzarse .
...los
míos se han callado.
Mis
flores perderán todo color.
Quedarán
congelados mis espejos.
Se
cerrarán las líneas en mis libros.
Mis
pájaros revolotearán
por
callejas, hiriéndose
en
ventanas extrañas.
No hay
nada que no esté ligado a mí.
De todo
estoy abandonada: soy
una isla.
EL
EXTRANJERO
Y yo vine
por el mar.
LA CIEGA
¿Cómo? ¿A
la isla? ¿Vienes desde lejos?
EL
EXTRANJERO
Así estoy
en la barca.
Sin
ruido, la he orientado
a ti. Se
está moviendo:
mis
banderas ondean hacia tierra.
LA CIEGA
Soy una
isla: estoy sola.
Soy rica.
Al
principio, cuando las viejas sendas
en mis
nervios estaban aún trazadas
de tanto
andarlas, me dolía mucho.
Todo mi
corazón se me escapaba,
no sabía
hacia dónde,
pero
luego las encontré allí todas.
mis
sensaciones, eso que yo soy;,
estaban
juntas. y empujando, a gritos,
a los
ojos tapiados, sin tocarlos.
Todas mis
seducidas sensaciones...
No sé si
así podrían estar años,
pero sé
las semanas
en que volvían
rotas
sin
conocer a nadie.
Entonces
se cicatrizó el camino
a los
ojos: no lo conozco ya.
Alrededor
de mí va todo ahora
seguro,
en paz como convaleciente,
mis
sensaciones van curando el ir,
por la
casa en tinieblas .de mi cuerpo.
Algunas
son lectoras de recuerdos
pero las
más recientes
ven a
través de todo.
Porque
cuando se asoman a mi borde
mi ropa
es de cristal:
mi frente
ve, mis manos han leído
versos en
otras manos.
Mi pie
habla con las piedras, al hollarlas;
mi voz
lleva consigo todo pájaro
de los
muros diarios.
Ya no
tengo que prescindir de nada:
los
colores se han traducido enteros
en ruido
y en olor,
y suenan,
infinitamente bellos,
como
sonidos.
¿De qué
me sirve un libro?
Por los
árboles, va hojeando el viento,
y ya sé
qué palabras hay allí,
y a
veces, en voz baja, las repito.
y la
muerte, que arranca, como flores,
ojos no
halla ya los míos...
EL
EXTRANJERO. (En voz baja)
Ya lo sé.
REQUIEM
Dedicado
a Clara Westhoff
(Puesto
en boca de Clara Wesfhoff como dirigiéndose a su amiga Gsetel Kottmeyer)
Hace una
hora hay una cosa más
en
tierra: una corona más.
Hace un
poco esto era follaje leve... Yo
lo
cambié, y esta yedra ahora pesa extraña-
mente,
llena de sombra como sí de mis cosas
bebiera
noches del porvenir.
Ahora
casi me da horror la noche próxima,
sólo con
la corona que yo he hecho;
sin
presentir que hay algo que se realiza cuando
los
pámpanos envuelven el madurar redondo:
sólo
necesitados de entender:
que algo
puede. no ser más. Qué enredado en nunca
exploradas
.ideas, con cosas milagrosas,
que ya
debo haber visto alguna vez .
...Río
abajo derivan las flores que los niños han arrancado jugando; de los dedos
abiertos cayó una y otra, hasta que ya no se pudo reconocer el ramillete. Hasta
que el resto, llevado a casa, fue bueno precisamente pare quemar. Entonces,
toda la noche, mientras todos piensan que uno duerme, poder llorar por las
flores rotas...
Gretel,
desde el principio
te estaba
reservado morir tempranamente,
morir
rubia.
Mucho
antes que estuvieras destinada a vivir.
Así el
Señor tu puso una hermana delante
y un
hermano después,
para que
ante ti hubiera dos cercanías puras,
que te
mostraran el morir;
el tuyo,
tu
muerte.
Esos
hermanos fueron inventados
sólo para
habituarse a tu morir,
para
reconciliarte con sus dos agonías,
con la
tercera, que
de siglos
te acechaba.
Para tu
muerte
fueron
hechas sus vidas:
manos que
ataron flores,
ojos que
vieron rojas a las rosas
y a los
hombres potentes,
se
formaron y luego aniquilaron,
y se ha
creado dos veces la muerte.
antes que,
contra ti misma aplicada,
se fuera
de la escena ya en tinieblas .
...¿Se te
acercó terriblemente, mi compañera
de juego,
amada? '¿Fue enemiga .tuya?
¿Has
llorado de corazón ante ella?
¿Te ha
arrancado de las tibias almohadas
en la
noche llameante
en que
nadie durmió en toda la casa?
¿Cómo
era?
Debes
saberlo...
Para eso
has viajado hasta la patria.
Sabes
cómo
florecen los almendros
y que los
mares son azules.
Muchas
cosas que están sólo en el sentimiento
de la
mujer que pasa por su primer amor...
las
sabes. La Naturaleza te susurró
en los
días del Sur, de tardío crepúsculo,
belleza
tan sin fin en tu interior
como tan
sólo labios que con beatitud dicen
a
personas felices que tienen para dos
un solo
mundo y una sola voz.
-Más
quedo lo entreviste todo tú-
(¡cómo ha
tocado la infinita rabia
tu
infinita humildad!).
De los
Sures llegaban tus cartas, todavía
tibias de
sol. mas huérfanas:
tú misma,
al fin, viajaste en seguimiento
de tus
cansadas cartas suplicantes;
porque no
te gustaba quedarte en el fulgor,
todo
color pesaba en ti como una culpa,
y tú
vivías impaciente
porque
sabías: esto no es el Todo.
Vivir en
una parte solamente... ¿De qué?
Vivir en
un sonido tan sólo... ¿Dónde suena?
Vivir
tiene sentido sólo unido con muchos
círculos
del espacio que crece hacia lo lejos;
vivir es
sólo el sueño de otro sueño,
pero el
estar en vela es otro sitio.
Por eso
lo soltaste.
Enorme lo
soltaste.
Y a ti te
conocíamos pequeña.
Lo tuyo
era muy poco: una sonrisa,
un
diminuto pelo, un poco melancólico
ya de
siempre, muy suave, y un cuartito.
remoto
para ti cuando murió tu hermana.
Como si
todo lo otro sólo fuera tu traje
me lo
parece ahora, tú. muda compañera
de
juegos. Pero mucho has sido tú.
Y supimos
a veces,
cuando a
la tarde entrabas en la sala;
sabíamos
a veces: se debería ahora
rezar; ha
entrado mucha gente.
gente que
va siguiéndoté
porque el
camino sabes.
Y has
debido saberlo
y lo has
sabido
ayer...
tú,
la. menor
de las hermanas.
Mira
aquí,
esta
corona es tan pesada.
Y la
pondrán en ti,
esta
recia corona.
¿Puede
aguantarla tu ataúd?
Si se
rompe
bajo este
negro peso,
se
arrastra por los pliegues
de tu
traje
yedra.
Hacia
arriba, con sus zarcillos, trepa,
con ellos
te circunda,
y. la
savia que fluye en sus zarcillos,
te eleva
con su ruido,
así eres
tú de casta.
Más ya no
estás cerrada.
Extendida
estás y entregada.
Entreabres
las puertas de tu cuerpo,
y húmeda
entre la
yedra...
como
filas
de monjas
que se
guían
en la
cuerda negra
porque
está oscuro en ti.
Por las
vacías galerías
de tu
sangre se empujan hacia tu corazón;
dónde, si
no, tus suaves penas
se
encontraron con pálidos
gozos y
con recuerdos...
se
transforman, igual que en oración.
En el
corazón que, todo extinguido.
está
abierto del. todo, oscuro.
Pero es
pesada la corona
sólo en
la luz,
entre los
vivos sólo. junto a mí;
y su peso
ya no
existe cuando lo pongo en ti.
la tierra
está colmada de equilibrio.
Tu
tierra.
Tiene el
peso de mis ojos, que de ella penden.
el peso
de las sendas,
que yo
hice en torno de ella;
todos los
miedos que la vieron,
se han
adherido a ella.
Tómala
para ti, porque ella es tuya
desde que
fue acabada.
Tómatela
de mí.
¡Dejadme
solo! Es como un invitado...
Casi me
da vergüenza de él.
¿También
tú tienes miedo, Gretel?
¿No
puedes ya marchar?
¿No
puedes más estar a mi lado, en el cuarto?
¿O te
duelen los pies?
Quédate
así donde están todos juntos.
te la
traerán mañana. niña mía.
por la
alameda sin follaje:
te la
traerán, espera confiada,
te
traerán más mañana.
Aunque
mañana se embravezca y ruja.
eso no
hace a las flores mucho daño.
Te las
traerán. Tú tienes el derecho
de
tenerlas seguras. niña mía,
aunque
mañana, negras, malas
y desde
mucho tiempo hayan pasado.
Por eso
tú no tengas miedo. No
distinguirás
ya qué sube y qué se hunde;
los
colores están cerrados, los sonidos
vacíos, y
tampoco
sabrás ya
.quien tu trae todas las flores.
Ahora
conoces tu Otro, eso que nos rechaza,
siempre
que nos agarra en la tiniebla;
de tu que
ansiabas estás redimido
en algo
que tú tienes.
Entre
nosotros no tenías forma,
ahora
eres quizá un bosque crecido
con
vientos y con voces por las hojas.
Créeme,
compañera, no has sufrido violencia;
tu muerte
ya era vieja
cuando
empezó tu vida;
a ella se
agarró
por no
sobrevivirla.
¡Algo ha
oscilado por mi alrededor?
¿Entró
viento nocturno?
No me he
movido. Estoy
fuerte y
solo.
¿Qué he
creado hoy? Follaje
de yedra
traje por la tarde.
y lo
incliné y torcí, hasta que atendí todo.
Brilla
con fulgor negro. Todavía.
y mi
fuerza
gira en
esta corona.
CODA
La muerte
es grande.
Somos los
seres
de boca
reidora.
Cuando en
medio de la vida pensamos.
ella a
llorar se atreve
en medio
de nosotros.
***
DE LAS NUEVAS POESÍAS
(1903-1907)
APOLO ARCAICO
Como a
veces por ramas aún sin hojas
ya se
vislumbra una mañana, toda
de primavera;
en su cabeza
no hay
nada así que impida que el fulgor
de toda
creación casi nos mate;
porque no
hay sombra aún en su mirar,
y sus
sienes están para el laurel
aún
frescas; sólo luego de sus cejas
se
alzarán los rosales de alto tronco,
de que han
de desprenderse, sueltas, hojas,
al
temblor de la boca que ahora está
callada
aún, no usada, reluciente:
sólo con
su sonrisa algo bebiendo
como si
su cantar fluyendo entrara.
LAMENTO DE MUCHACHA
Esa
inclinación, en los años
en que
todas éramos niñas,
a estar
muy solas, era grave;
a otros
el tiempo se les iba en lucha
y se
tenía un lado propio,
su propia
cercanía y lejanía,
un
animal, una senda, una imagen.
Y yo
pensaba aún que la Vida
nunca
cesaría de dar,
que si
nosotros nos daríamos cuenta.
¿No estoy
en mi con lo más grande?
¿Ya no he
de consolarme con lo mío
y
comprenderlo corno un niño?
De pronto
estoy como golpeada,
y en un
exceso de grandeza
se
convierte mi soledad,
cuando,
en los cerros de mis Pechos,
erguido,
mi sentir reclama
tener alas
o tener fin.
CANCIÓN DE AMOR
¿Cómo he
de sujetar mi alma, que no
toque la
tuya? ¿Cómo dirigirla
por
encima de ti, a las otras cosas?
Ay, bien
preferiría, a algo lejano,
perdido
en la tiniebla, someterla,
en un
extraño sitio en paz, que no
temblase
cuando. tiemblan tus entrañas.
Pero
cuanto nos toca a ti y a mí,
nos une,
como un arco de violín
que de
dos cuerdas saca una voz sola.
¿En qué
instrumento estamos los dos tensos?
¿Qué
músico nos tiene entre sus manos?
¡Oh, qué
dulce canción!
SACRIFICIO
¡Oh, cómo
ha florecido mi cuerpo en cada vena
con más
aroma, desde que te he reconocido!
Mira, voy
más esbelto y más derecho, y tú
esperas
solamente: entonces, ¿tú quién eres?
Mira: yo
noto cómo me distancio,
cómo
pierdo lo antiguo, hoja por hoja. Sólo
tu
sonrisa se cierne como una estrella pura
sobre ti,
y también pronto sobre mí. A todo aquello
que a
través de los años de mi niñez, sin nombre
refulge
todavía como el agua,
le voy a
dar tu nombre en el altar
que está
encendido de tu pelo
y
enguirnaldado, leve, con tus pechos.
CANCIÓN ORIENTAL DE AMANECER
¿No es
igual esta cama que una costa,
una
franja de costa, en que yacemos?
Nada es
cierto sino tus altos pechos
que a mi
sentir en vértigo superan.
Pues esta
noche en que hubo tanto grito,
llamadas
de animales desgarrándose,
¿no nos
fue rara horriblemente? ¿Y cómo
lo que,
llamado día, se alza fuera,
nos es
más comprensible que ella, entonces?
Se
tendría que estar uno en el otro
como en
torno al estambre los pistilos:
así lo
disconforme en todas partes
se
amontona y contra nosotros se echa.
Pero
mientras nos apretamos juntos
por no
ver cómo en torno ya se cose,
puede de
ti o de mí desenvainarse,
pues
nuestras almas viven de traición.
CÁNTICO DE LAS MUJERES AL POETA
Míralo,
todo se abre:. igual nosotras,
porque no
somos más que esa ventura.
Lo que en
un animal fue sangre y sombra
hasta el
alma nos ha crecido, y grita
más como
alma. Y en busca tuya grita.
Libre,
sólo lo tomas tú en tu cara,
lo mismo
que el paisaje: suave, en calma.
Y por eso
pensamos que tú no eres
por lo
que grita. Y sin embargo ¿no eres
en quien
nos perderíamos sin tregua?
¿Y
llegamos a ser más en alguno?
Con
nosotras transcurre lo infinito.
Pero tú,
boca, sé tú, que lo oigamos,
tú, tú
que dices lo que somos: sé.
LA MUERTE DEL POETA
Cayó. Su
rostro, erguido, estaba pálido,
como
rehusándose en la abrupta almohada,
desde que
el mundo y este conocerlo,
arrancados
de sus sentidos, otra
vez
cayeron al año incompasivo.
Los que
vieron su vida no sabían
qué unido
estaba a todas estas cosas,
porque de
los barrancos y los prados
y las
aguas estaba hecha su cara.
Su cara
era la entera lejanía
que aún
quiere entrar en él y que le ronda:
y su
máscara, ahora deshaciéndose,
suave, se
abre lo mismo que la pulpa
de una
fruta, que al aire se corrompe.
LA CATEDRAL
En esa
diminutas ciudades, donde en corro
Se
encuclillan las viejas casas como una feria,
de pronto
la nota a ella, y, asustada,
cierra
los puestos y, toda hermética y muda,
callados
que gritan, parados los tambores,
vuelve
con atención el oído excitado,
a la que
en tanto en calma siempre, envuelta en su viejo
arrugado
gabán de contrafuertes
está, sin
saber nada de las cosas:
en esas
diminutas ciudades puedes ver
cómo
habían crecido más, allá de su entorno
las
catedrales. Iba su brotar por encima
de todo,
igual que para la mirada
de
nuestra propia vida, la mucha cercanía
supera
sin cesar como si no ocurriera
otra
cosa: lo mismo que si fuera el Destino
eso que
sin medida en ellas se amontona,
petrificado,
a durar destinado,
no lo que
abajo en las oscuras calles
ha tomado
algún nombre del azar
y anda
con él, como llevan los niños
como
mandil el verde, el rojo y lo que tenga
el
tendero. Y en esta base hubo nacimiento,
y hubo
fuerza y empuje en este descollar,
y amor
por todas partes como el vino y el pan,
y los
portales llenos de lamentos de amor.
La vida
vacilaba al toque de las horas,
y en las
torres, que llenas de renuncia, de pronto
dejaron
ya de alzarse, se elevaba la muerte.
EL PÓRTICO
Allí
quedaron como si hubiera refluido
aquella
pleamar, cuyas grandes rompientes
golpearon
las piedras, hasta que ellos brotaron;
al bajar
se llevo algunos atributos
de sus
manos, que son demasiado benévolas
y
dadivosas para que sujetaran nada.
Se
quedaron allí, distinguiéndose sólo
de las
formas basálticas, por tener quizá un nimbo
o una
mitra de obispo, o una sonrisa, a veces,
para la
cual un rostro conserva de sus horas
paz,
igual que una esfera inmóvil de reloj;
retirados
ahora al vano de su pórtico,
fueron en
otro tiempo pabellón de una oreja,
oyendo
toda queja que hubiera en su ciudad.
II
Una gran
lejanía se representa en ellos,
igual que
en un teatro se representa el mundo
mediante
bastidores; y corno por entre ellos
sale el
héroe, con manto, entrando hacia su acción,
así lo
oscuro sale de esta puerta y actúa
desde el
telón de fondo trágico de su hondura,
ilimitado
muro, lo mismo que Dios Padre,
y como
Él, transformándose de modo milagroso
en un
Hijo, que aquí debe representar
numerosos
papeles, pequeños, casi mudos,
que de su
repertorio le encomienda el dolor.
Pues
solamente así brota (bien lo sabemos)
de los
ciegos, los locos, y de los desterrados,
el
Salvador como un primer y único actor.
III
Así. los
corazones detenidos, descuellan
(están
sobre lo eterno y no se mueven nunca);
sólo, de
la cascada de los pliegues, acaso
un gesto
erguido y. como ellos, abrupto,
para
quedarse quieto después de medio paso,
donde los
siglos siguen pasándoles de largo.
Están en
equilibrio sobre los pedestales ,
en que
todo ¿.se mundo que ellos no ven siquiera,
el mundo
del enredo por donde no cruzaron,
figura y
animal, igual que amenazándoles,
se
encorva y se sacude, pero no los derriba;
porque
allí las figuras, como malabaristas,
se
contorsionan todas y convulsivas sólo
para que
no se caiga el palo de su frente.
EL ROSETÓN
Dentro:
el paso indolente de sus zarpas
pone una
paz, que casi te confunde;
y como
luego un gato, repentino,
lo que
mira vagar acá y allá,
violentamente
toma en su gran ojo,
la
mirada, que corno en un remolino
aprisionada,
nada un breve rato
y luego
se hunde y no se la ve más,
cuando el
ojo, que finge descansar
se abre,
y con un bramido salta encima
y lo
desgarra, hasta la roja sangre:
así
antaño agarraban en lo oscuro
los
rosetones de las catedrales
un.
corazón, Dios adentro, rompiéndolo.
EL CAPITEL
Como de
los engendros de un sueño se levanta,
desprendido
de tantos enredados tormentos,
el nuevo
día, así salen los ceñidores
de las
bóvedas desde el capitel confuso
y dejan
dentro prietas, enigmáticamente
enredadas,
criaturas de alas estremecidas
con su
vacilación, con su cabeza brusca,
y estas
hojas tan recias cuya savia se eleva
con
cólera súbita, volcándose al final
en rápido
gesto, que se ha apelotonado
y
sostiene afuera: echado todo arriba,
todo lo
que de nuevo frío con la tiniebla
volverá a
caer, como lluvia que trae cuidados
para
mantener esta vieja vegetación.
DIOS EN LA EDAD MEDIA
Le habían
ahorrado, dentro de ellos,
y querían
tenerle dirigiendo,
y por fin
le colgaron como plomos
(para
lastrar su vuelo hacia los cielos)
el peso y
la medida de sus grandes
catedrales.
Y El sólo debería,
en su
esfera de cifras infinitas,
señalando
girar, como un reloj,
dando
regla a su hacer y su jornada.
Y de
pronto se puso en marcha entero
y las
gentes de aldeas aterradas
le
dejaron, por miedo de su voz,
escapar,
con el carillón a rastras;
volarse
de la esfera de sus horas.
MORGUE
Yacen,
dispuestos, como si cupiera
inventar
una acción póstumamente
que a
unos con otros Y con este frío
sepa
reconciliarlos y enlazarlos:
porque
todo está aún como sin cierre.
¿Para qué
tiene un nombre en los bolsillos
que
hallarse? Ya les han lavado en torno
de la
boca el rebose de su hartura:
no se
fue, solamente se hizo puro.
Las
barbas, algo más duras, están
más en
orden, a gusto de los guardas,
sólo por
no chocar a los curiosos.
Los ojos,
tras sus párpados, se han vuelto
para allá
y ahora miran hacia dentro.
EL PRISIONERO
Mi mano
sólo tiene
un gesto
con que ahuyenta;
cae de
las rocas, húmeda,
hasta las
viejas piedras.
Oigo este
latir sólo.
mi
corazón va al paso
del
marchar de las gotas
y se
pierde con ellas.
Si
gotearan más rápidas
vendría
un animal...
Fue más
claro algún sitio...
Pero eso
lo sabemos.
II
Supón que
lo que ahora es cielo y viento,
aire en
tu boca y luz para tus ojos
se
hiciera piedra hasta el pequeño sitio
donde
tienes tus manos y tu pecho.
Y lo que
llamas tú «mañana», «luego»,
«después»,
«año que viene» y «porvenir»,
se
hiciera herida en ti, llena de pus,
y
supurara sin romperse nunca.
Que lo
que fue, fuera locura y rabia
en ti. Y
la boca amada que jamás
reía,
espumease en carcajadas.
Y lo que
era Dios, fuera el vigilante
que,
maligno, en el último agujero
metiera
un ojo sucio. Y aún vivieras.
LA PANTERA
París, Jardin des Plantes
Cansada
del pasar de los barrotes,
su mirada
ya no retiene nada.
Es igual
que si hubiera mil barrotes,
y detrás
de ellos no quedara mundo.
Su blando
andar de fuertes pasos ágiles,
en
círculos más cortos cada vez,
es danza
de una fuerza en torno a un centro
donde,
aturdido, se alza un gran deseo.
Sólo, a
veces, se apartan las cortinas
de la
pupila, sin ruido: una imagen
cruza la
tensa calma de sus miembros,
y allá en
su corazón deja de ser.
LA GACELA
Gazella
Dorcas
Hechizada:
la unión de dos palabras
electas
no es jamás como esta rima
en ti
viene y se va, como en un signo
De tu
frente se elevan lira y hojas;
todo lo
tuyo ya va en semejanzas
por
canciones de amor, cuyas palabras
dan su
blandor de pétalo a los ojos
que dejan
de leerlas, y se cierran,
para
verte: arrastrada hacia delante,
tu
carrera cargada de resortes
que no
han de dispararse mientras yergues
el
cuello, oyendo, igual que al ir al bañó
en el
bosque, se para la bañista
con el
lago en los ojos Ya, al volverlos.
EL UNICORNIO
El santo
alzó la vista, y la oración
cayó,
cabeza atrás, igual que un casco:
pues sin
ruido llegaba el increíble
blanco
animal, que como una robada
cierva
inerme suplica con los ojos.
Las patas,
marfileño pedestal,
en
equilibrio leve, se movían;
blanco
fulgor feliz su piel cruzaba
hasta la
frente pura y clara donde,
como
torre a la luna, estaba el cuerno.
Y cada
paso hacía que se irguiera.
La boca,
con su bozo gris y rosa,
se
plegaba, y un poco de blancura
de los
dientes brillaba, más que blanca;
los
bellos palpitaban, entreabiertos.
Mas sus
ojos, que nada limitaba,
iban
poniendo en el espacio estampas
y
cerraban una leyenda azul.
EL ÁNGEL
Con sólo
un gesto de su frente aleja
de si lo que
limita y lo que obliga,
pues por
su corazón pasa, gigante,
girando,
lo que viene eternamente.
El cielo
está para él lleno de formas
que le
pueden llamar: Ven, reconóceme.
Nada des
de tus cargas a aliviar
en sus
manos ligeras. Pues vendrían
de noche
a ti, a probarte en el combate,
e irían
por la casa como furias,
tomándote
como si te crearan,
arrancándote
fuera de tu forma.
SARCÓFAGO ROMANO
Pero,
¿qué nos impide creer (según
estamos
puestos y distribuidos)
que sólo
un breve tiempo esté en nosotros
el acoso,
la confusión y el odio,
como
antaño,, en sarcófago adornado,
entre
ídolos, anillos, vendas, vidrios,
en
ropajes podridos lentamente
hubo un
cadáver, disuelto despacio...
hasta
taparle las bocas incógnitas
que no
hablan nunca? (¿Dónde existe y piensa
para
servirse de ellas un cerebro?)
Entonces,
de los viejos acueductos
Hasta él
se condujo el agua eterna:
y ahora
refleja y marcha y fulge allí.
EL CISNE
Nuestro
trabajo de avanzar, difíciles,
a través
de lo informe, como atados,
asemeja
al bogar vago del cisne.
Y el
morir, ese ya no más tocar
el suelo
que pisamos diariamente,
es
parecido a su angustiosa entrega,
en las
aguas que, suaves, le reciben
y que,
corno felices y pretéritas,
debajo se
rezagan, onda a onda,
mientras,
sin fin tranquilo Y confiado,
cada vez
más inmaduro y soberano
y
sosegado, se digna pasar.
INFANCIA
Querría
rumiar mucho y expresar
algo de
tanto como se perdió
de
aquellas largas tardes de la infancia
que nunca
regresaron; ¿y por qué?
Aún nos amonesta
tal vez en una lluvia.
pero ya
no sabemos a qué va;
nunca
volvió a llenarse la vida de tal modo
de
encuentro y nuevo hallazgo y seguir adelante
como
entonces, que sólo nos pasaba
lo que
pasa a una cosa, a un animal:
vivíamos
lo de ellos como humano,
repletos
de figuras hasta el borde.
Y
quedábamos solos lo mismo que un pastor
y
cargados de enormes lejanías,
como
llamados, como tocados desde lejos,
y
lentamente, como un hilo nuevo y largo,
insertados
en esas imágenes en fila
en que
ahora nos confunde el persistir.
EL POETA
Hora, te
alejas ya de mi.
Me hiere
el golpe de tus alas.
Solo,
¿qué haré yo con mi boca?
¿Y con mi
noche? ¿Y con mí día?
No tengo
ni amada, ni casa;
no tengo
sitio donde habite.
Las
cosas, a las que me entrego,
se
enriquecen y me disipan.
LA CONVALECIENTE
Viene y
va por las calles como un canto,
se acerca
y otra vez se esquiva. tímida,
aleteando,
casi a veces para
agarrarla,
y de nuevo retirándose:
la vida,
que con la convaleciente
juega; y
ella, tranquila y consumida,
para
rendírsele hace, desmañada,
un gesto
desacostumbrado. Y ella
siente
casi como una seducción,
cuando su
mano endurecida, donde
las
fiebres fueron un contrasentido,
lejana,
como en tacto floreciente,
a su dura
barbilla va a mimar.
YA NO NIÑA
Todo eso
estaba en ella y era el mundo,
con todo
en ella, miedo y gracia; como
los
árboles, creciendo y recto, todo
rostro y
sin rostro, un Arca de la Alianza,
solemne,
como puesta sobre un pueblo.
Y ella lo
llevó encima; a la ligera,
lo
volador y huyente, lo alejado,
lo
inaudito, lo no aprendido aún,
corno la
mujer que lleva
lleno el
cántaro. Hasta que en pleno juego.
transmutados,
preparando otra cosa,
el primer
velo blanco cayó, suave,
resbalando
sobre el abierto rostro
casi
opaco, para jamás alzarse;
sin saber
cómo, a todas sus preguntas
una vaga
respuesta sólo dándole:
En ti,
que fuiste niña, en ti.
TANAGRA
Un poco
de tierra quemada,
como
tostada del gran sol,
Como si
fuera el ademán
de alguna
mano de muchacha
que, de
pronto, ya no ha pasado;
sin
tender hacia nada, .
hacia
ninguna cosa,
guiando
desde su sentir,
sólo
tocándose a sí misma,
como una
mano en la barbilla.
Levantamos
y damos vueltas
a una y
otra figura;
podemos
casi comprender
por qué
no pasan..., pero
solamente
debemos
con más
hondura y maravilla
pender de
aquello que era
y
sonreír: un poco
más claro
tal vez que hace un año.
QUEDÁNDOSE CIEGA
Tomaba el
té, sentada igual que todos.
Me
pareció al principio que tenla
su taza
de otro modo. Sonrió
una vez.
Casi hacía daño. Y cuando
por fin
se levantó y empezó a hablar,
despacio,
y como por casualidad
yendo por
muchos cuartos (entre risas
y
charlas), la vi. tras los otros iba,
reservada,
corno una que quizá
tendrá
que cantar ante mucha gente:
en sus
ojos, de claro gozo, había
luz de
allá fuera, como en un estanque.
Lenta,
seguía a todos con tardanza.
como si
aún algo hubiera, insuperado;
pero
también. como si, tras de un tránsito,
ya no
fuera a andar más, sino a volar.
DESPEDIDA
¡Cómo he
sentido qué es la despedida!
Y cómo lo
sé aún. un algo oscuro,
cruel, no
herido, que lo bien ligado
muestra
otra vez, lo ofrece y lo desgarra.
Qué sin
defensa estuve al verlo, cuando
me llamó,
y me dejó marchar, quedándose
como si
fuera todas las mujeres,
pero
pequeño, blanco, y nada, sino
un guiño,
ya no dirigido a mí,
un leve
proseguir guiñando: apenas
explicable
ya: tal vez un ciruelo
del que
un cuco se va volando, raudo.
EXPERIENCIA DE LA MUERTE
Nada
sabemos de ese entrar allá, que nada
comparte
con nosotros. No tenemos razón
para
mostrar asombro, amor u odio a la muerte,
a la cual
una máscara de trágico lamento
tan
prodigiosamente deforma. Aún está lleno
el mundo
de papeles que en escena ponemos.
mientras
que nos preocupa gustarnos a nosotros
al mismo
tiempo actúa la muerte, aunque no guste.
Pero
cuando marchaste irrumpió en esta escena
un jirón
de verdad a través de la grieta
por donde
entraste: verde de un verde de verdad,
luz del
sol, de verdad, y bosque de verdad
Seguimos la función: lo aprendido con pena
y miedo,
declamando y a veces elevando
gestos;
pero nos puede a veces dominar
tu
existencia alejada de nosotros, ajena
a esta
comedia nuestra, lo mismo que un saber
que se va
sumergiendo en esa realidad,
de tal
modo que un rato, arrastrados, ponemos
en escena
la vida, sin pensar en aplausos.
HORTENSIAS AZULES
Como el
último verde de un crisol de colores
son estas
hojas, ásperas, resecas y sin punta,
detrás de
los corimbos, que no llevan siquiera
su azul,
sino que lo reflejan desde lejos.
Lo
reflejan lloroso e inexacto, tal como
si
quisieran perderlo Otra vez: de igual modo
que, en
antiguos papeles de cartas hay en ellos
amarillo,
violeta y gris; todo borroso
y
aguanoso, lo mismo que un mandil de niño,
que no se
pone más y al que ya nada ocurre:
se ve la
brevedad de una pequeña vida.
De
repente, no obstante, parece renovarse
el azul
de un corimbo, y se ve que un azul
alegra,
conmoviéndose, delante de lo verde.
ANTES DE LA LLUVIA DE VERANO
De
pronto, en todo el verde del jardín
se, ha
retirado no se sabe qué;
se le
siente más cerca en la ventana
callando.
Sólo, urgente y recio, suena
la
canción de la lluvia en el ramaje.
como en
un San Jerónimo se piensa:
tanto se
eleva soledad y afán
de esta
voz solitaria que los chorros
atenderán.
Los muros de la sala
se nos
han alejado con sus cuadros,
como para
no oír lo que decimos.
Su
empapelado pálido refleja
la
incierta luz de las primeras tardes
en que se
tuvo miedo, cuando niños.
EN EL SALÓN
Estos
señores, cómo nos rodean,
en
solemne uniforme y charreteras;
cómo una
noche en torno a sus estrellas
sin
piedad se oscurece, más y más,,
y estas
damas, tan frágiles y suaves,
pero
grandes de traje, mano al pecho,
leve como
un collar del Boloñés:
cómo a
todos rodean: al lector,
al que
los bibelots observa -algunos
de los.
cuales son suyos todavía-.
Llenos de
tacto nos dejan en paz
vivir la
vida como la entendemos,
no corno
ellos. Quisieron florecer,
que es
ser bellos; nosotros, madurar,
o sea,
ser oscuros y afanarnos.
AUTORRETRATO DEL AÑO 1906
De la larga
y antigua estirpe de águilas
perdura
en la arquería de las cejas.
En la
mirada, aún miedo. azul, de niño,
y aquí y
allá, humildad, no de un esclavo,
sino de
uno que sirve, y de mujer.
La boca,
muy de boca, grande, exacta,
no
persuasiva, sino de algo justo
expresiva.
La frente sin mal, grata
a la
sombra de un quieto contemplar.
En
conjunto, esto sólo se presiente.
ni en el
dolor ni el éxito, ¡amas
unido a
perdurable persuasión,
sino como
con cosas esparcidas,
sigue un
plan desde lejos. serio y real.
RESURRECCIÓN
El conde
ha sentido el ruido,
ve una
rendija de luz,
a sus
trece hijos despierta
en el
panteón familiar.
Saluda a
sus dos mujeres
respetuoso
desde lejos;
todos,
llenos de confianza,
salen a
la eternidad
aguardando
aún sólo a Erich
y Ulrike
y Dorothee, que
a sus
trece y diecisiete
aflos
(1610),
quedaron
muertos en Plandes,
para ir a
buscar ahora,
sin
dudar, a los demás.
LA ESCALINATA DE LA ORANGERIE
Como
reyes que al fin sólo caminan
casi sin
rumbo, para alguna vez
a los que
reverencian a ambos lados
mostrarse,
entre la soledad del manto;
asciende
sola, así entre balaustradas
que ya se
inclinan desde su comienzo,
la
escalinata: lenta, de la gracia
de Dios
subiendo al cielo, sin pasar;
como si
les mandara rezagarse
a los que
le siguieran; que no osaran
ni
seguirle de lejos; ni siquiera
llevarle
alguno la pesada cola.
FUENTE ROMANA
Villa Borghese
Dos
pilones, el uno sobre el otro,
desde un
cerco de antiguo mármol se alzan,
y el agua
que está arriba, baja, queda,
al agua
que la espera con silencio
en
respuesta callada y misteriosa,
mostrándole,
en su hueca mano, a un tiempo
el cielo
tras el verde y el oscuro,
como un
objeto nunca conocido;
Para
extenderse en calma en el hermoso
cuenco,
y, onda tras onda, sin nostalgia,
sólo a
veces en sueños, gota a gota,
fluir,
por los adornos de los musgos
hasta el
último espejo, que en silencio
hace
sonreír su pila con el tránsito.
BAILARINA ESPAÑOLA
Como en
la mano, blanca, una cerilla,
antes de
dar la llama, a todas partes
extiende
lenguas bruscas; así empieza
en el
corro cercano, clara, cálida y rápida,
a
abrirse, convulsiva, en redondo su danza.
Y de
repente es llama, enteramente.
Ella
inflama su pelo a una mirada,
y pronto,
con arte osado, gira
todo su
traje en ese celo ardiente
del que,
como serpientes que dan terror, los brazos
desnudos
se levantan, en vela y chasqueantes.
Luego,
corno si el fuego se le volviera escaso.
lo reúne
y lo arroja todo entero
espléndida,
con un gesto orgulloso,
y lo
mira: rabioso yace en tierra,
y aún
sigue llameando y no se entrega.
Pero
triunfal, segura y con sonrisa
suave de
saludo, alza la cara,
y lo
apaga, pisándolo con pequeños pies firmes.
TUMBAS DE HETAIRAS
Con sus
largos cabellos aquí yacen, con rostros
oscuros,
hondamente entrados en sí mismos.
Ojos
cerrados, como ante mucha distancia.
Esqueletos
y bocas, y flores. En las bocas
dientes
fúlgidos como un ajedrez de viaje
de
marfil, ordenado en filas. Y las flores,
y perlas
amarillas, y los huesos esbeltos,
las
manos, las camisas, tejidos marchitados
sobre el
desmoronado corazón. Pero allí
entre
aquellos anillos, talismanes y piedras
calor de
ojos azules (recuerdos favoritos),
se
encuentra aún la muda cripta del sexo, llena,
hasta la
misma bóveda, de pétalos de flores.
y otra
vez, amarillas perlas, desengarzadas,
búcaros
de quemado matiz en cuyo vientre
ha lucido
su propia imagen, trozos verdes
de
vasijas de ungüentos, que huelen como flores,
y formas
de pequeños dioses: lares caseros
en un
cielo de hetairas con dioses extasiados.
Ceñidores
deshechos, planos escarabajos,
diminutas
figuras de sexo gigantesco,
una boca
que ríe, atletas, bailarines,
hebillas
de oro, corno ballestas diminutas
de cazar
amuletos de animales y pájaros,
largas
agujas, lindos ajuares hogareños,
y en un
redondo cántaro de fondo rojo, puestas
como el
rótulo negro encima de una entrada,
las patas
en tensión de una cuadriga. 'Y luego
otra vez
flores, perlas. que se han desengarzado,
las
caderas lucientes de una pequeña lira,
y entre
velos, que caen semejantes a nieblas,
como
nacida del capullo del zapato,
la leve
mariposa del empeine del pie.
Así
yacen, colmadas de cosas. de preciosas
cosas, y
de juguetes, de piedras y de adornos,
destrozada
quincalla (todo lo que ha caído
en ellas)
y en tiniebla, como el fondo de un río.
Cauces de
río fueron
por donde
en ondas rápidas y cortas (que querían
proseguir
más allá a la próxima vida)
se
lanzaron los cuerpos de tanto adolescente
y resonó
el rumor torrencial de los hombres.
Y a veces
irrumpían muchachos de los montes
de la
niñez, venían en caída medrosa
jugar en
el suelo con estas cosas, hasta
que les.
aprisionaba su sentir la caída.
entonces
con somera agua clara llenaban
toda la
anchura de este camino tan abierto,
haciendo
remolinos en los sitios profundos,
y
reflejaban por primera vez la orilla
y lejanas
llamadas de pájaros en tanto
las
noches estrelladas de una dulce región
crecían
el cielo, sin cerrarse jamás.
ORFEO. EURÍDICE. HERMES
Fue la
mágica mina de las almas.
Tal
filones de plata, silenciosos,
iban
igual que venas por su sombra. Brotaba
la sangre
entre raíces, la que llega a los hombres,
y en la
sombra pesada parecía de pórfido.
Nada
había más rojo.
Había
allí peñascos
y bosques
sin sustancia. Puentes sobre el vacío,
y ese
gris, ciego y gran estanque, que
pendía
sobre el remoto fondo
como
cielo lluvioso en un paisaje.
Y entre
prados, suaves e indulgentes,
se vio la
vaga franja del único camino,
como
larga palidez añadida.
Marcharon
por ese único camino.
Primero
el hombre esbelto en manto azul,
que, mudo
e impaciente, miraba hacia delante.
Devoraba
el camino su paso, sin mascarlo,
En
enormes bocados, Y sus manos colgaban,
pesadas y
cerradas, del caer de los pliegues,
sin saber
nada ya de la ligera lira
que en la
izquierda le había ido creciendo
como el
rosal que trepa por la rama de olivo.
y estaban
sus sentidos igual que desdoblados:
su mirada
marchaba delante, como un perro,
rodeándole,
yendo y viniendo otra vez,
y
esperándole, quieta, en el recodo próximo;
pero oído
y olfato se le iban rezagando.
Le
parecía a veces que alcanzaba
la marcha
de los otros dos, que habían
de seguir
la subida entera. Luego
era sólo
otra vez el eco de su paso
y el aire
de su manto lo que estaba tras de él.
Pero él
se dijo que vendrían, sin embargo;
lo
pronunció en voz alta y oyó sonar el eco.
Vendrían
sin embargo; solamente, eran dos
que iban
terriblemente callados. Si pudiera
volverse
alguna vez (si el mirar hacia atrás
no fuera
la ruina de todo este trabajo
que al
fin se iba a cumplir), los tendría que ver,
ambos
silenciosos, ambos siguiéndole callados:
el dios
del caminar y del lejano mensaje,
sobre los
claros ojos el gorro de viaje,
el
delgado bastón avanzando ante el cuerpo,
golpeando
en aletazos los tobillos;
y
entregada, a su mano izquierda: ella.
Ella, la
tan amada, pues brotó de una lira
más queja
que jamás de toda plañidera.
y surgió
un mundo entero de la queja, en que todo
volvía a
estar de nuevo: los bosques y los valles,
el lugar
y el camino, campo, río, animal,
y en
torno de ese mundo de queja, como en torno
igual de
la otra tierra, daban vueltas un sol
y un
cielo en calma lleno de estrellas, otro cielo
de queja
con estrellas desplazadas: la amada.
Pero ella
anduvo hacia esa mano de Dios, el paso
Limitado
por largas ligaduras de muerta,
vacilante,
sin impaciencia, suave.
Estaba en
sí como una de más alta esperanza,
sin
pensar en el hombre, que marchaba delante,
ni en el
camino, que iba subiendo hacia la vida.
Estaba en
Sí. Y su modo de estar muerta,
la
llenaba como una madurez.
Corno un
fruto de dulzura y tiniebla,
estaba
llena de su muerte grande,
tan
nueva, que ella no la comprendía.
Estaba en
una nueva doncellez,
intocable;
con su sexo cerrado,
como una
joven flor contra la tarde,
y sus
manos habían perdido la costumbre
de la
boda, ya hacía tanto, que hasta el contacto
del leve
dios, sin fin mudo, como orientándola,
la
enfermaba, corno una excesiva confianza.
Ya no era
más aquella mujer rubia
que en
cantos del poeta a veces se quejaba;
no más en
la ancha cama la isla del aroma,
no más
pertenencia de aquel hombre.
Ya estaba
suelta igual que pelo largo,
entregada,
corno lluvia caída,
repartida
como un acopio céntuple.
Era ya
una raíz.
Y cuando
de repente
la hizo
pararse el dios y dijo estas palabras,
con dolor
en el grito: -!Ha vuelto atrás la
vista!-
ella no
entendió nada y dijo, queda: -¿Quién?
Pero
lejos, oscuro en la clara salida,
había
alguien, uno cuyo rostro
no podía
reconocerse. Estaba
viendo
cómo en la franja de un sendero en el prado
con ojos
melancólicos el dios de aquel mensaje
se volvía
en silencio a seguir la figura
que
retrocedía por el mismo camino,
el paso
limitado por largas ligaduras
de
muerta, vacilante, sin impaciencia, suave.
EL BÚCARO DE ROSAS
Coléricos
has visto llamear dos muchachos
al
apelotonarse en una sola cosa,
que era
odio y estaba rodando por el suelo
igual que
un animal acosado de abejas;
actores,
elevándose en exageración,
caballos
entrechocados, juntos,
preliminares y definitivos
IV.2 Investigate el bocado,
como si
les saliera el cráneo por la boca.
Pero
ahora ya sabes cómo se olvida todo:
porque
aquí tienes, lleno, el búcaro de rosas,
que será
inolvidable y está colmado de eso
que es lo
más extremado del ser Y el inclinarse,
ofrecer,
no poder dar nunca, estar ahí,
que
podrían ser nuestros: extremos, en nosotros.
Vida sin
un sonido, abrirse inacabable,
usar
espacio, sin tomar espacio de ese
espacio
que las cosas achican rodeándolo,
casi no
ser contorno sino un escatimado
v puro
interior, muy extrañamente suave
y que se
manifiesta hasta los bordes: ¿hay
algo para
nosotros tan sabido como esto?
Y como
esto, además: que brota un sentimiento
porque
tocan los pétalos a los pétalos. Y esto:
que hay
una sola cosa que se abre como un párpado,
y más
abajo quedan otros párpados puros,
muy bien
cerrados, como si, diez veces dormidos,
tuvieran
que ahogar la potencia de ver
de mí
interior. Y sobre todo: que por los pétalos
debe
pasar la luz. De los mil cielos, filtran
lentamente
una gota de oscuridad, en cuyo
brillo
como de fuego el enredado ovillo
de
estigmas con el polen se excita y
encabrita.
Y mira el
movimiento de las rosas: son gestos
de giro
tan pequeño en su ángulo cambiante
que nadie
los vería si no hicieran brotar
su fulgor
de uno en otro saliendo al Universo.
Mira esa
rosa' blanca, que se ha abierto feliz
y se
yergue en los grandes pétalos extendidos
lo mismo
que una Venus de pie sobre su concha;
y aquella
que enrojece, y que, como confusa,
se vuelve
hacia la otra rosa, toda frescor,
y cómo
ésta, la fresca, se echa atrás insensible,
Y. cómo
aquélla fría se viste de sí misma
entre
tantas abiertas, que se lo quitan todo.
Y eso que
se han quitado, qué leve y qué pesado,
como
podría ser un manto o una carga,
un ala o
un disfraz, según cuál es la rosa
que se lo
quita, y cómo: igual que ante el amado.
¿Qué no
podrían ser: la amarilla, que está
toda
hueca y abierta, no sería la cáscara
de una
fruta, en la cual ese mismo amarillo,
reunido,
fuera savia de rojo anaranjado?
¿y no,
fue demasiado para aquella al abrirse,
porque su
color rosa, innombrable en el aire,
ha tomado
el amargo regusto del violeta?
¿Y
aquélla de batista, no es acaso un vestido
en el que
aún está, suave y tibia de aliento,
la
camisa, quitada con él, bajo las sombras
mañaneras
del viejo bañadero del bosque?
Y esta
rosa de aquí, porcelana opalina,
quebradiza,
¿no es una taza de china, abierta,
y no está
toda llena de claros plieguecillos?
Y esa de
allí que sólo se contiene a sí misma...
¿Y no son
así todas, conteniendo a sí mismas,
,cuando
es el contenerse: el mundo de allá fuera,
lluvia,
viento, paciencia de toda primavera,
culpa y
agitación, y destino embozado,
y
oscuridad de la tierra crepuscular,
el
cambio, la huida y el vuelo de las nubes,
bota el
influjo vago de remotas estrellas,
en una
mano llena de interior transformarlo?
Ahora sin
inquietud está en la rosa abierta.
LA SEGUNDA PARTE DE LAS NUEVAS POESÍAS
(1907-1908)
TORSO ARCAICO DE APOLO
Su
inaudita cabeza no hemos visto,
donde los
ojos maduraban. Pero
su torso
aún fulge como un candelabro,
con su
mirar, tan sólo atornillado
Más
atrás. Si no, no te cegarla
el álabe
del pecho, y en el giro
silencioso
del muslo, una sonrisa
no iría
al centro donde estuvo el sexo;
la piedra
fuera corta y deformada
bajo los
hombros de caer translúcido;
no
brillaría como piel de fiera,
ni
irrumpiría por todo contorno
como una
estrella: porque no hay un sitio
que no te
mire: Has de cambiar tu vida.
LA MUERTE DE LA AMADA
De la
muerte, él sabía lo que todos:
que nos
toma y nos lanza a lo callado.
Pero
cuando ella, no arrancada de él,
sino
evadida, queda, de sus ojos,
resbaló a
la. desconocida sombra,
y él
sintió que tenían allá arriba
su
juvenil sonrisa como luna
y su
manera de traer el bien,
los
muertos Se le hicieron conocidos
igual que
si por ella les tuviera
parentesco:
dejó hablar a los otros,
y no
creyó, y llamó ya a aquella tierra,
la
siempre dulce, la bien asentada,
palpándola
a través de los pies de ella.
UN PROFETA
Agrandados
por visiones gigantes,
más claros
por el fuego del transcurso
de
castigos que no le aniquilaron,
son los
ojos, que miran bajo espesas
cejas. Y
en .su interior vuelven a alzarse
palabras
y palabras,
no las
suyas (pues suyas, nada fueran,
y se
malograrían ablandándose);
otras
duras: trozos de hierro, piedras
que él,
igual que un volcán, debe fundir
y lanzar
por el cráter de su boca
que
maldice y maldice:
mientras
su frente, como la del perro,
trata de
buscar eso:
lo que el
Señor arroja de su frente.
El Señor,
a quien todos hallarían,
si
siguieran los grandes dedos índices
que le
muestran, como es: Señor. de cólera
UNA SIBILA
En
tiempos, la solían llamar vieja
Pero ella
siguió andando igual camino
a diario.
Y se cambiaron las medidas:
y, lo
mismo que un bosque, la contaron
por siglos.
Pero siempre siguió estando
todas las
tardes en el mismo sitio,
negra
como una vieja ciudadela,
alta y
hueca y quemada;
por las
palabras, que, sin darse cuenta
y sin
querer, en ella iban creciendo,
rodeada
siempre, en gritos y aleteos,
mientras
las que ya habían vuelto a casa,
iban,
oscuras, a posarse bajo
sus
cejas, preparadas a la noche.
ESTER
Las
doncellas peinaron siete días
de su
pelo ceniza del dolor,
y poso y
sedimento de sus plagas;
lo
llevaron al sol, al aire libre,
comiéndolo
con puros condimentos
ese día y
el otro: pero entonces
llegó el
momento en que, sin ser llamada,
sin un
plazo, como una entre los muertos,
entró al
palacio abierto amenazante,
y en
seguida, apoyada en sus criadas,
al fin de
su camino miró a Aquel
con quien
se muere todo el que se acerca.
Tanto
brillaba. que ella sintió arder
en su
propia corona los rubíes;
pronto
quedó ella llena de su gesto
como un
cacharro, y ya se desbordaba
y rebosó
de la fuerza del rey,
antes de
cruzar la tercera sala,
que con
la malaquita de sus muros
de verde
desbordó. No había pensado
tanto
camino hacer con tantas piedras,
más
pesadas con el fulgor del rey
y con su
miedo más frías. Marchaba...
Y cuando
al fin, de cerca casi, vio
que en su
trono de turmalina estaba
en lo
alto, tan real como una cosa.,
la tomó
la doncella a la derecha,
desmayada,
llevándola al asiento.
Con la
punta del cetro, él la tocó
... y
ella lo notó dentro, sin sentido.
EL REY LEPROSO
Apareció
el, su frente entonces lepra
y de
pronto quedó con su corona
como si
fuera rey sobre todo el espanto
que daba
a los demás, sin comprender
pasmados,
esperando la ejecución terrible,
a la que,
diminuto, como atado,
aguardaba
a que alguno le golpeara;
pero aún
no podía ningún hombre;
como si
solamente le hiciera más intacto
la nueva
dignidad, que se confiaba.
LEYENDA DE LOS TRES VIVOS Y LOS TRES MUERTOS
Tres
señores habían cazado con halcones
y
disfrutaban del festín.
Entonces
el anciano les tomó y les guió.
Los
caballeros quedaron pasmados
ante el
triple sarcófago
que
triplemente les daba su hedor:
la nariz,
a la boca, a la vista;
y en
seguida supieron: allí estaban
hace
tiempo tres muertos en plena corrupción
dejándose
pudrir horriblemente.
y todavía
estaba limpiamente su oído
de
cazadores vuelto al ruido de la caza;
pero el
anciano dijo en cuchicheo:
-No
entraron por el ojo de la aguja
y no
pasan jamás-.
Aún les
quedaba claro el tacto, fuerte
de la
caza, y caliente: pero entonces
por
detrás una escarcha lo invadió
con hielo
en el sudor.
DANZA DE
MUERTOS
No
necesitan orquesta de baile
oyen
dentro un aullar como si fueran
nidos de
aves nocturnas.
Su terror
humedece como peste,
y la
hediondez de su putrefacción
es su
mejor aroma todavía.
Agarran
aún más fuerte al bailarín,
al
bailarín descarnado en costillas,
el galán,
el completador auténtico
en pareja
completa.
Y él
afloja a la monja
el velo
sobre el pelo
porque
bailan entre sus semejantes.
y él saca
a la de cérea palidez
sin ruido
las señales de lectura
de su
libro de Horas.
Pronto
hará para todos demasiado calor,
están
vestidos con mucha. riqueza;
mordiente
sudor daña
su frente
y rabadilla,
las
cofias y las piedras;
y
querrían estar desnudos, como
un niño,
un loco, y uno solamente:
mientras
siguen bailando a compás siempre.
EL ALQUIMISTA
Con
extraña sonrisa, el del laboratorio
apartó el
carbón, medio calmado echando humo.
Sabía
ahora aún qué le faltaba
para que
apareciera allí el objeto
esclarecido:
Tiempo requería,
milenios
para si y esas redomas
en, que
burbujeaba: astros en el cerebro
y lo
menos, el mar en la conciencia.
Lo
inaudito, que había él deseado,
lo
soltaba a esta noche. Y se volvía
eso hacia
Dios y su medida antigua;
peto él,
como un borracho balbuciendo, se echaba
sobre el
cofre secreto y deseaba
el trozo
de oro que ya poseía.
EL ORO
Piensa
que no existiera: al fin tendría
que
haberse dado a luz en las montañas,
y
arrojarse a los ríos
por el
deseo, por el fermentar
de su
querer: por la idea coactiva
de un
metal sobre todos los metales,
Le
arrojaron desde sus corazones
de nuevo
a Meroé
al borde
la tierra, al éter; más
allá de
lo notado;
y los
hijos traían muchas veces
después,
lo prometido de los padres,
a casa,
endurecido y sublimado;
donde
aumentaba un tiempo, para luego
marcharse
de los que él había vuelto débiles,
sin
cariño jamás.
Sólo se
dice que en las noches últimas
Se yergue
a contemplarlos.
EL ESTILITA
Se
agolpaban en torno de él los pueblos
que había
él de elegir y maldecir;
pero
teniendo su condenación
dejó el
olor de pueblos, y trepó
con frías
manos, a una columnata
que, sin
sostener nada, aún se alzaba,
y empezó,
solitario en su llanura,
desde
entonces, a comparar su nada
propia
con la alabanza del Señor;
y nunca
se acababa: comparaba,
y el otro
a cada vez se engrandecía.
Los
pastores, barqueros, campesinos,
fuera de
si y pequeño, le veían
dialogar
siempre con el cielo entero,
unas
veces lluvioso y otras claro;
y su
aullido caía sobre todos
igual que
si en la cara les aullara.
Pero él,
desde hace años, no veía
que el
apremio y la prisa de la gente
se
completaba sin cesar abajo,
y que, ya
hacía tiempo, no subían
fulgores
de coronas de los príncipes.
Y cuando
arriba, casi condenado
y
destrozado por su resistencia,
sólo, con
un clamor desesperado,
los
demonios diarios sacudía,
caían,
sobre la primera fila,
de sus
heridas, lentos, torpes, grandes
gusano a
las abiertas coronas
para
multiplicarse en terciopelo.
LOCOS EN EL JARDÍN
Dijon
Se cierra
la cartuja abandonada aún
en torno
al patio, como si algo se hiciera santo.
También
los que la habitan ahora tienen calma
y no
toman ya parte en la vida de fuera.
Cuanto
pudo venir, ha transcurrido. Ahora
les gusta
recorrer caminos conocidos,
se
separan y van unos hacia los otros,
igual que
si giraran, dóciles, primitivos.
Ciertamente,
allí algunos cultivan los macizos
de
primavera, humildes, pobres, arrodillados;
pero
cuando no mira nadie, tienen un gesto
oculto,
enajenado
para la
tierra hierba tempranera,
un
acariciamiento tímido y en examen:
pues eso
es amigable y el rojo de las rosas
quizá se
volverá amenaza y exceso
y quizá
volverá a sobrepujar eso
que su
alma sabe bien y otra vez reconoce,
Pero esto
aún se puede silenciar todavía:
qué
silenciosa, qué buena es la hierba.
LOS LOCOS
Y callan,
pues los muros divisorios
retirados
están de sus sentidos,
y las
horas que se les entendiera
empiezan
y se marchan.
A menudo
de noche, a la ventana
de pronto
todo es bueno.
Sus manos
se han posado en lo concreto,
y el
corazón se eleva y podría rezar,
y los
ojos contemplan reposados
el jardín
imprevisto, desplazado
a menudo,
en el plácido elevarse al cuadrado
que en el
reflejo de mundos extraños
sigue
creciendo, sin perderse nunca.
DE LA VIDA DE UN SANTO
Supo de
angustias, cuya entrada ya
era como
morir, insuperables.
Su
corazón, aprendiendo a pasarlas,
lento, se
le hizo grande como un hijo.
Y
miserias sin nombre conoció,
oscuras,
sin aurora, como sótanos;
y
concedió a su alma, dócilmente,
cuando
estuvo crecida, que yaciera
con su
esposo y señor; y se quedó
solo y
atrás, en tal lugar, que allí
todo lo
exageraba al estar solo,
y habitó
lejos, sin querer palabras.
Pero para
eso, con el tiempo, supo.
para
tener algo de suavidad,
de la
ventura de, en sus propias manos,
yacer
como la entera Creación.
LOS MENDIGOS
No sabían
de qué están hechos esos
montones,
Encontró un desconocido
mendigos
dentro. Venden
el hueco
de su mano.
Señalan
al que pasa de viaje
su boca,
cargada de estiércol,
y él -se
lo puede permitir- observa
cómo come
su lepra.
Se disipa
en sus ojos
maltratados
su extraño rostro,
y
disfrutan con el que han seducido
y escupen
cuando él habla.
FAMILIA EXTRAÑA
Como el
polvo, que empieza no sé cómo
y nunca
está, para un fin no explicado
una vana
mañana, en el rincón
que se
mira, de pronto en gris confluye,
así se
hicieron, quién sabe de qué,
en el
último instante ante tus pasos
y fueron
algo incierto puesto en medio
de la
húmeda bajada de la calle
que iba
en tu busca. 0 no en tu busca, pues
una voz,
como del año pasado,
cantaba
para ti, pero era un llanto;
y una
mano, tal como de prestado,
salía,
pero no a tomar la tuya.
Pues,
¿quien vive? ¿Qué quieren esos cuatro?
LAVADO DE CADÁVER
Se habían
habituado a él. Pero cuando vino
la
lámpara de la cocina, ardiendo inquieta
en la
oscura corriente de aire, el desconocido
se hizo
desconocido del todo. Le lavaron
el
cuello, y como nada sabían de su suerte,
entre sí,
se mintieron, una a otra.
lavando
sin cesar. Tuvo que toser una
y puso
mientras tanto la esponja del vinagre
en su
rostro pesado. E hizo una pausa, entonces
también
la otra, De los duros cepillos
chasqueaba
las gotas: mientras su horrible mano
en
espasmo quería demostrar a la casa
entera,
que ya no tenía sed.
Y lo
mostraba. Como perplejas, reanudaban
el
trabajo con más prisa, con una breve
tos, de
tal modo que en el papel de pared
sus
encorvadas sombras en los adornos mudos
giraban y
bailaban igual que en una red,
hasta que
terminaron de lavar las mujeres.
La noche
en las ventanas sin cortinas
era
implacable. Y uno, innominado,
yacía
puramente, desnudo, y daba leyes.
UNA DE LAS VIEJAS
Paris
A veces,
al ocaso (¿sabes, cómo?),
cuando se
alzan, de pronto, con un gesto hacia atrás
y
enseñan, bajo su medio sombrero
una
sonrisa de remiendo puro.
Al lado
de ellas hay un edificio entonces. .
y te
atraen al pasar,
con el
enigma de sus roñas,
el
sombrero, el abrigo y los andares
con la
mano, que bajo el cuello, atrás,
secreta
aguarda y te requiere;
como para
envolver tu mano
en un
abolido papel.
UNA, MARCHITADA
Ligera,
como después de su muerte,
lleva el
guante, el pañuelo.
Un olor
de su cómoda
desplazó
el olor tan amado
en que
ella se reconocía un tiempo.
Hace ya
mucho no preguntó quién
era (una
pariente lejana),
y da
vueltas con pensamientos
y cuida
un cuarto temeroso,
que ella
ordena y conserva,
porque
quizá otra vez
lo habita
la misma muchacha.
LOS GRUPOS
París
Como si
alguien, de prisa, juntara un ramillete,
así
ordena el azar presuroso los rostros,
los
afloja y los vuelve a tener apretados,
agarra
dos lejanos, suelta alguno cercano
canjea
éste por ése, sopla a alguno frescor,
igual que
verde: quita un perro de la mezcla,
y saca lo
que está bajo, como a través
de tallos
y hojas, hacia la cabeza, adelante
.y lo ata
muy pequeño, por el borde;
y se
vuelve a estirar, se cambia y se desplaza
y sólo
tiene tiempo de volver a saltar
para ser
observado en medio de la estera.
en la
cual un momento después, el reluciente
levantador
de pesos elevará sus pesas.
ENCANTAMIENTO DE SERPIENTES
Cuando el
encantador en el zoco, meciéndose,
Toca su
flauta de calabaza, que agita
y
arrulla, puede ser que excite a algún creyente,
que
llegando de fuera del tumulto de puestos,
entra en
medio del círculo de la flauta, que quiere
y quiere
y quiere y logra
que en su
cesto el reptil se ponga rígido,
y que al
rígido ablanda con su halago,
a cada
vez cambiándose más ciego Y con más vértigo
con el
que asusta y tensa, y con lo que le suelta:
y juego
una mirada basta: el indio
te ha
logrado inyectar una extrañeza
en que
mueres. Es como si un ardiente
cielo
cayera en ti. Se cruza un salto
por tu
cara. Hay especias que sazonan
tu
nórdica memoria
que no te
sirve. No te quedan fuerzas,
el sol
fermenta, cae la fiebre y sube;
con un
gozo perverso las cañas se levantan
y fulgura
el veneno en las serpientes.
GATO NEGRO
Un
fantasma es aún como un lugar
en que,
con ruido, choca tu mirada,
pero ahí,
en esa piel negra,
tu más
fuerte mirar queda disuelto;
como un
loco furioso, cuando en pleno
ataque de
ira en lo negro patea,
de pronto
en el suave almohadillado
de una
celda termina y se enmudece.
Todo
mirar que un día le ha tocado
parece
así. disimularlo en sí,
para
allí, en amenaza y desganado,
observar,
y para dormir con él
De pronto
gira, como dcspertado,
Su
rostro, y en mitad del tuyo: allí
ves preso
tu mirar en el claro ámbar
de las
redondas piedras de sus ojos.
de nuevo,
inesperado prisionero
como un
insecto muerto.
VÍSPERA DE PASCUA
Nápoles
En las
profundas muescas de estas calles,
que a
través de un vivir en torres, marchan
al
puerto, abajo lóbregas, mañana
rodará el
oro de las procesiones;
en vez de
andrajos colgarán las colchas,
que
querrían volarse, con el viento
de los
balcones cada vez más altos
(igual
que reflejadas en lo fluido).
Pero hoy
a cada instante martillea
en las
aldabas alguien con paquetes,
y a cada
vez remolcan nuevas compras;
mientras
los puestos se alzan aún repletos.
En la
esquina. en canal, enseña un buey
el
frescor de sus íntimas paredes;
toda
carrera acaba en banderines.
y una
reserva, como de mil víctimas
se agolpa
en bancos. cuelga en torno a estacas,
se
ahueca, aprieta, sale en la penumbra
de toda
puerta, y ante los bostezos
de los
melones se extienden los panes.
Lleno de
afán y acción está lo muerto
pero
mucho más quietos los gallitos
y los
machos cabríos suspendidos
y aún más
silenciosos los corderos
que traen
los muchachos por los hombros,
dóciles,
asintiendo a cada paso,
mientras
en la pared a la Madonna
tras el
cristal, le brillan
los
broches, y la plata en las diademas
refulge
más con el presentimiento
de los
faroles. Pero en la ventana
se
muestra, disipando la mirada,
un nono,
y hace, rápido, en postura
a
propósito, gestos indecentes.
EL BALCÓN
Nápoles
Desde lo
estrecho, arriba, del balcón,
como por
un pintor bien ordenadas
y ligadas
como en un ramillete
de
rostros que envejecen ovalados,
claras de
tarde, surgen, ideales,
conmovedoras,
como para siempre.
Estas
hermanas, unas contra otras
inclinadas,
igual que si de lejos
se
añorasen sin saber para qué,
se apoyan,
soledad en soledad,
y el
hermano, solemne de silencio
cerrado,
rebosante de destino.
pero un
suave golpe de mirada
semejante
a la madre, sin notarlo,
y por en
medio, desvivida. oblonga,
desde
hace mucho a nadie emparentada,
una
máscara anciana, inaccesible,
que
parece al caer por una mano
sujeta,
mientras la otra mano, más
marchita,
como en su continuación,
abajo,
ante el vestido, pende a un lado,
por el
rostro infantil
que es lo
último, intentada, desvaída,
y por las
rejas otra vez tachada
como aún
indeterminable, aún no.
BARCO DE EMIGRANTES
Nápoles
Piensa:
que alguien huyera, ardiente y cálido,
y
quedarán detrás los vencedores,
y de
repente diera el fugitivo,
imprevisto.
la vuelta
contra
muchos. así lo abrasador
se volvía
a arrojar,
de la fruta
otra vez al mar azul,
cuando la
barca naranjera. lenta,
lo
transportaba al barco grande y gris,
hasta el
cual otras barcas, golpe a golpe,
elevaban
pescado, pan, en tanto
él,
altivo, en su seno recibía
carbón,
de par en par como la muerte.
PAISAJE
Cómo, por
fin, cargada en un momento
de
laderas, de casas y de trozos
de cielo
antiguo y puentes destrozados,
y desde
arriba, como por regalo,
tocada
del crepúsculo, acusada.
dibujada
y abierta,
sale la
aldea, trágica:
y caen
luego en la herida
fluyendo
desde la hora que se acerca
esas
gotas de azul frío, que ya
la noche
mezcla en medio de la tarde,
y hace
que lo de lejos, atizado,
se apague
quedo, como rescatado.
En paz
están las puertas y los arcos,
mientras
nubes translúcidas se ciernen
sobre
pálidas filas de casitas
que ya
están empapadas de la noche;
pero de
pronto un rayo de la luna
cruza,
fúlgido, igual que si un arcángel
esgrimiera
su espada no sé dónde.
CAMPIÑA ROMANA
De la
ciudad conclusa, que mejor
dormiría,
soñando en altas termas,
va a la
fiebre el camino de sepulcros,
y las
ventanas de las granjas últimas
le siguen
con mirada mala. Y él
la
conserva en la nuca siempre, mientras
marcha, a
izquierda y derecha, destruyendo,
hasta que
fuera, sin aliento, eleva
conjurando
a los cielos su vacío,
mirando
raudo en torno si le hiere
una
ventana. En tanto a los remotos
acueductos
les incita a seguir,
a él los
cielos le dan, por su vacío,
el de
ellos, que le sobrevive a él.
CANCIÓN DEL MAR
Capri,
Piccola Marina
Aliento
prístino del mar,
viento
marino de la noche:
tú no
vienes a nadie;
Si alguno
está velando
debe ver
así cómo
te
sobrepujará;
aliento
prístino del mar,
que sopla
solamente
como para
la roca prístina.
puro
espacio
desprendido
desde allá dentro...
Oh cómo
te percibo
higuera
que se eleva
arriba al
claro de la luna...
PARQUE DE LOS PAPAGAYOS
Jardín
des Plantes, París
Bajo los
tilos turcos que bordean el césped, .
en
tripodes mecidos, suaves, por su nostalgia,
huelen
remotas flores, pensando en sus países
que no se
cambian, aunque ellos no están mirándoles.
Raros en
ocupados verdes, corno un desfile,
se
adornan y se dan lástima de sí mismos
y con
picos preciosos de jaspes y de jades
mascan el
gris, lo dejan y lo encuentran Insípido.
Abajo las
palomas se pican: ellos no;
mientras
en burla, arriba, los pájaros se inclinan
entre los
comederos casi desperdiciados.
Pero otra
vez se mecen y dormitan y ojean,
Juegan
con negras lenguas, que querrían mentir,
rotas en
sus anillas. Esperan a testigos.
LOS PARQUES
I
Incontenibles
los parques se elevan
del
decaer que se hunde gravemente;
recargados
de cielos, transmitidos
por
fuerte tradición, que prevalecen,
para, en
el claro césped extendido,
extenderse
y adentro recogerse,
siempre
con ese mismo soberano
lujo,
como mediante él protegidos,
y
acrecentando aún la inagotable
producción
de grandeza de monarca,
saliendo
en sí, volviendo a entrar en sí:
graciosos,
presumidos, purpúreos y pomposos.
II
Quedamente
agarrados, a derecha
e
izquierda, por las alamedas,
siguiendo
el continuar
de no sé
qué señal.
penetras
de una vez
en la
congregación
de una
sombría lámina de agua
con
cuatro bancos pétreos;
a un
tiempo separado
que muere
en soledad.
En
pedestales húmedos
en donde
ya no hay nada
elevas un
profundo
alentar
expectante;
mientras
que la legaña
plateada
de la oscura
juntura
ya te cuenta
en los
suyos, y sigue
y entre
piedras te notas
que oyen,
y no te mueves.
III
A los
estanques y los viveros enmarcados
los hace
aún más secretos el interrogatorio
de los
reyes. Aguardan bajo velos
y cada
instante puede Monseigneur
sobrevenir.
y entonces quieren ellos
suavizar
el humor o la pena del rey,
y de
lindes marmóreas otra vez los tapices,
con
antiguas imágenes de espejo,
cuelgan,
igual que en torno de una plaza:
en fondo
verde, con gris, rosa, plata, .
un blanco
conservado y azul algo movido,
y un rey
y una mujer
y flores
en la ondeante guarnición.
IV
Y la
Naturaleza, ilustre y conio si
tan sólo
interesara la indecisa
imprecisión,
tomó las leyes de estos reyes,
ella
misma dichosa de edificar en torno
de sus
árboles y su verde alfombra
exageración;
y pintar los ocasos
según la
descripción
de
enamorados por las avenidas,
en el
blando pincel que parecía
contener,
refulgente, una sonrisa
disuelta
en claridades de barniz;
de la
Naturaleza un amor, no lo máximo,
pero algo
que ella misma ha concedido
para en
una amorosa isla, toda de rosa,
desarrollarlo
haciéndolo mayor.
V
Dioses de
las terrazas y alamedas,
dioses
jamás creídos por completo,
que
envejecen en sendas a cordel;
Dianas,
en todo caso sonreidas,
cuando el
fulgor real ornamentado
irrumpió,
como un viento que divide
la alta
mañana, aprisa y dando prisa;
sonreídos
en todo caso, pero
nunca
dioses rogados. Elegantes
seudónimos,
en que uno se escondia
o ardía o
florecía,
levemente
Inclinados, dioses sonrientemente
vueltos,
que todavía algunas veces
guardan,
lo que guardaron otros tiempos
cuando
les quita su fria actitud
el
florecer de jardines en júbilo;
cuando tiemblan
del todo con las primeras sombras
y dan
promesas tras promesas, todas
ilimitadas,
indeterminadas.
VI
Sientes
cómo ninguno
De todos
los caminos me detiene;
caen
desde escaleras sosegadas,
a seguir
animados
por una
nadería de pendiente,
sobre
toda terraza
los
caminos por entre los macizos
frenados
y doblados,
hasta las
anchas aguas
donde el
camino (como a un semejante)
regala el
rico parque
el rico
espacio: el único,
que con
brillo y reflejo
penetra
su riqueza,
de que
por todos lados
trae anchuras
consigo,
cuando
desde viveros que se cierran
a
nebulosas fiestas de crepúsculo
se alza
de un salto al cielo.
VII
Pero hay
estanques donde los reflejos
de las
náyades que ya no se bañan,
yacen
como embriagados, muy cambiados:
como
atadas están a lo lejano
las
alamedas, por las balaustradas.
Siempre
uno cruza un caer mojado de hojas
como por
escalones, aire abajo;
cada
canto de pájaro está como podrido:
cada
ruiseñor, como envenenado.
Hasta la
primavera ya no está dando más
estos
arbustos no creen en ella:
de mala
gana huele el jazmín turbio,
superviviente
y echado a perder.
viejo y
mezclado con lo corrompido
Contigo
va delante todo un haz de mosquitos,
igual que
si a tu espalda todo fuera
en
seguida borrado, aniquilado.
FIN DE OTOÑO EN VENECIA
Ya la
ciudad no excita como un cebo
para
pescar a todos los días que se asoman.
A más
frágiles suenan los palacios
de
cristal en tu vista. Y el verano
Cuelga de
los jardines, como unas marionetas
volcadas,
fatigadas, trastornadas.
Pero al
fondo, de viejos esqueletos de bosques
se alza
un querer, igual que si en sólo una noche
el
general del mar hubiera de doblar
las
galeras del arsenal en vela,
para
embrear el próximo aire de la mañana
con una
flota que surge a golpe de remo,
de pronto
amaneciendo con todas sus banderas,
y hallara
el viento grande, refulgiendo, fatídico.
SAN MARCOS
Venecia
En este
interior que, como ahuecado,
se
aboveda y se vuelve en esmaltes dorados,
como de
aristas, liso, aceitado de lujo,
se
conservó la sombra de este Estado,
se
amontonó secretamente, como equilibrio
de la
luz, que de tal modo aumentaba
en sus
cosas, que casi se fundían:
Y de
repente dudas: ¿no se funden?
retrocedes
la dura galería,
como en
una mina, cerca del resplandor
de la
bóveda cuelga; y notas la sagrada
claridad
de la vista: pero sin saber cómo
dolorido,
midiendo su duración cansada
en el
cercano sobresalir de la cuadriga.
CORRIDA
In,
rnemoriam Montes, 1830
Después
que del toril, casi pequeño
salió,
ahuyentado en vista y en oído,
y la
terquedad de los picadores,
y los
banderilleros, como en luego
aceptó,
la figura tormentosa
ha ido
creciendo: mira hasta qué masa,
amontonado
de odio antiguo y negro,
en un
puño apretada la cabeza,
ya no
jugando contra nadie más,
no izando
las sangrientas banderillas
tras los
cuernos caídos, conociendo,
desde la
eternidad contra aquel hombre,
que en
oro y seda rosa malva, gira
de
repente, y lo mismo que un enjambre
de
abejas, e igual que si lo sufríera,
deja
pasar al que se precipita
bajo el
barro: mientras que sus miradas
se alzan
otra vez cálidas, al sesgo,
como si
afuera se precipitara
ese
círculo de su brillo y sombra,
y de cada
cerrarse de sus párpados,
antes que
él sin odiar, indiferente,
en sí
mismo doblado, abandonado,
en la
gran ola de nuevo lanzada
por
encima de la ráfaga perdida,
hunda su
estoque casi suavemente.
ENCUENTRO EN LA AVENIDA DE LOS CASTAÑOS
Fresca,
la verde sombra de la entrada
le rodeó
como un manto de seda
que aún
recibía y ordenaba, cuando,
ya al
otro extremo transparente, lejos,
como de
verdes vidrios, de sol verde,
blanca se
iluminó una solitaria
figura,
para allá lejos quedarse,
y luego
al fin, cercada a cada paso
por el
descenso de las claridades,
atraer
hacia sí un claro alternar,
que,
espantadizo, atrás corría en rubio,
Pero se
ahondó la sombra de repente,
y,
cercanos, se abrieron unos ojos
en una
nueva cara muy precisa
que, como
en un retrato. se quedaba
en el
instante que volvía a dársela:
era
primero siempre. y luego no era.
LAS HERMANAS
Mira, las
mismas posibilidades
de otra
manera llevan y comprende,
como si
viéramos tiempos diversos
atravesar
por dos cuartos iguales.
Cada cual
a la otra apoyar cree,
cuando
descansa en ella, fatigada;
y no
pueden servirse una a la otra
porque
colocan sangre sobre sangre
cuando se
tocan, suaves, como antes
y a lo
largo de la alameda, prueban
a
sentirse llevadas y a llevarse:
ay, no
tienen idéntico camino.
LA AMOROSA
Mi
ventana esta es. Tan suavemente
estoy
recién despertada.
pensaba
que me elevaría.
¿Hasta
dónde alcanza mi vida
y dónde
comienza la noche?
Podría
pensar que en torno
de todo
yo estuviera aún;
transparente
como la hondura
de un
cristal, mudo, ensombrecido.
Aún
podría también en mí
las
estrellas tomar. tan grande
me parece
mi corazón;
así otra
vez me gustaría
soltar al
que quizá empecé
a querer
o quizá a retener.
Extraño,
como nunca escrito
se me
aparece mi destino.
Qué soy
yo, colocada así
debajo de
estos infinitos,
oliente
corno una pradera,
movida de
acá para allá,
llamando
a un tiempo y temerosa
de que
alguien oiga la llamada,
y luego,
para decadencia,
determinada
en algún otro.
EL INTERIOR DE LA ROSA
Para este
adentro, ¿dónde
hay un
fuera? ¿En qué llaga
se posan
tales lienzos?
¿Qué
cielos se espejean
en el mar
interior
de estas
rosas abiertas
sin
inquietudes? Mira:
Sueltas
entre lo suelto
yacen,
como si nunca
las
vertiera una mano temblorosa,
Apenas ya
se pueden
contener:
muchas quieren
derramarse
y verterse
desde su
espacio interno
a los
días, que cada
vez más
llenos, se cierran en su torno
hasta
hacer del verano entero un cuarto.
una
estancia en un sueño.
DAMA ANTE EL ESPEJO
Corno
especias en vino, antes del sueño,
disuelve
quedamente en el fluyente
espejo su
presencia fatigada,
y recoge
del todo su sonrisa.
Y aguarda
a que las aguas fugitivas
suban con
eso: vierte su cabello
en el
espejo luego, y los hermosos
hombros
sacando del traje de noche,
bebe en
silencio de su imagen. Bebe
lo que un
amante bebería en éxtasis,
desconfiada,
en prueba, y sólo asiente
a la
doncella, cuando en. lo profundo
del
espejo halla lámparas, armarios
y lo
turbio de una hora tardía.
LA ANCIANA
En medio
de hoy amigas blancas ríen,
escuchan
y hacen plan para mañana*
gente
tranquila, aparte, considera
despacio
sus cuidados especiales,
el
porqué, el cuándo, el cómo,
y se les
oye que dicen: Yo creo...
pero
ella, en los encales de su cofia,
está
segura como si supiera
que se
equivocan, éstos como todos
Y el
mentón al caer,'
se apoya
sobre los corales
que el
chal ponen a tono con su frente
Pero una
vez, entre unas risas, saca
de
párpados que saltan, sus miradas
en vela y
muestra aquellas cosas duras,
como se
sacan de un secreto estuche
unas
piedras preciosas heredadas.
LA CAMA
Déjales
creer que se resuelve en pena
personal
lo que allí disputa uno;
nunca
mejor que allí existe un teatro;
aparta el
telón alto; apareció
ante el
coro de noches, qué empezaron
una
canción de una anchura sin fin,
esa hora
en la cual ellas yacían,
y
desgarra su ropa y se lamenta
en torno
de las otras, por la hora
que se
resiste y da vueltas al fondo;
porque
con ellas no pudo calmarse.
Pero
cuando ella, hacia la hora extraña
se hubo inclinado, estuvo en ella entonces
lo que
antaño en su amado había hallado,
sólo que
amenazante, atado, grande,
como en
un animal.
EL EXTRAÑO
Sin
cuidar qué dirían los demás,
ni querer
preguntarles más, cansado,
volvió a
marchar: perdió y abandonó...
pues para
el tales noches de viaje
no eran
lo que cualquier noche de amor.
Extrañamente
había estado en vela,
mientras
de estrellas fuertes revestidas,
divergían
estrechas lejanías
y como
una batalla se cambiaban;
y otras,
que con aldeas a la luna,
dispersas,
como presas ofrecidas,
se
entregaban, o por cuidados parques
grises
casonas nobles enseñaban,
que, un
instante, él gustaba de habitar
en la
cabeza inclinada, sabiendo
mejor que
no se dura en ningún sitio;
y ya veía
en el recodo próximo
caminos
otra vez, puentes y tierras,
hasta
ciudades, tan exageradas.
Y dejar
siempre todo sin deseo
le
parecía más que la alegría,
la
propiedad, la gloria de su vida.
Pero en
sitios extraños, muchas veces,
el brocal
desgastado día a día
de un
pozo, para él era propiedad.
EL RELOJ DEL SOL
Rara vez
llega un vaho de húmeda podredumbre
desde el
jardín en sombra, en que las gotas
unas a
otras se oyen como caen
y donde
canta un ave de paso, en la columna
se alza
en el coriandro y mejorana
señalando
las horas vera niegas;
sólo en
cuanto la dama (a la que sigue
un
criado) en la clara «florentina»
se
inclina hacia su borde,
se hace
sombría y como silenciosa.
0 bien
cuando una lluvia de verano
sube
desde el ondeante movimiento
de altas
coronas, tiene algún reposo;
pues no
sabe expresar ese tiempo que entonces
en los
trozos de frutas y de flores,
en el
invernadero blanco, arde de repente.
LOS FLAMENCOS
París,
Jardin des Plantes
En
reflejos como de Fragonard
no queda
de su blanco y de su rosa
más que
si alguno te contara, hablando
de su
amiga. «Venía todavía
suave de
sueño.» Pues sobre lo verde
se alzan
en tallos rosa, algo girados,
floreciendo
a la vez, corno en bancales,
más
seductores que Friné. Después
su pálida
mirada, retorciendo
el
cuello, esconden entre la blancura,
donde hay
negro junto a un rojo frutal
De pronto
por la pajarera, chilla
una
envidia, y, atónitos, se estiran,
y por lo
imaginario marchan, solos.
CANCIÓN PARA DORMIR
Si alguna
vez te pierdo
¿podrás
dormir, sin que,
como copa
de un tilo,
sobre ti
yo susurre?
¿Sin que
vele yo aquí
y ponga,
como párpados,
palabras
en tus pechos,
en tu
boca, en tus miembros?
¿Sin que
te cierre y deje
tan sola
con lo tuyo,
como un
jardín con matas
de melisa
y de anís?
HORTENSIA ROSADA
¿Quién
tomó el rosa? ¿Quién supo también
que se
iba a reunir en estas flores?
Como cosas
doradas desdorándose
se
deshojan suaves, como en uso.
Que no
pedían semejante rosa...
¿Queda
para ellas, sonriendo en el aire?
¿Hay
ángeles para cogerlo, suaves,
al
marchar, generoso como aroma?
¿0
renuncian también quizás a él
para que
nunca vea el marchitarse?
Pero bajo
este rosa, oía un verde
que hoy
se rnarchita, y ya lo sabe todo.
EL SOLTERO
Láinpara
en los papeles olvidados.
y noche
en torno, hasta en la madera
de los
armarios, Y él pudo perderse
en su
estirpe, que con él se fundía;
le parecía
cuanto más leía,
que él
los tendría, pero todos tenían su orgullo.
Altivas
se envaraban las butacas vacías
en la
pared, Y claros sentires de sí mismos.
en los
muebles con sueño se ensanchaban;
de arriba
se vertía en los relojes noche
y
temblando fluía de su áureo molino,
S,
tiempo, bien molido.
No lo
tomó para, febril, entre esos
como si
de sus cuerpos les quitara las sábanas
apartar
destrozados otros tiempos
Hasta que
entró en susurro (¿qué le estaba lejano?)
Al autor
de una de esas cartas le alabó, como
si fuera
para él: Cuánto tú me conoces;
y alegre
golpeó los brazos del sillón.
Pero el
espejo, dentro sin límites, dejaba
salir,
callado, una cortina, una ventana;
pues alli
dentro estaba, casi listo, el fantasma.
EL SOLITARIO
No. de mi
corazón debe brotar
una torre
y yo debo estar al borde
donde no
hay nada ya, ni aun hay dolores.
ni
indecibilidad, ni menos mundo.
Ni una
cosa, en su gran tamaño aislada,
que se
ensombrezca y otra vez se aclare,
ni una
última cara llena de ansia
arrojada
a lo que jamás se calma,
ni una
suprema cara puesta en piedra,
dócil
hacia sus pesos interiores
que lo
lejano, quedo, aniquilándola,
cada vez
más feliz la obliga a ser.
EL LECTOR
¿Quién le
conoce a éste, el que su rostro
hundió,
huyendo del ser, en otro ser,
que sólo
el raudo paso de las páginas
interrunpe
violentamente a veces?
Ni su
madre estaría muy segura
si es él
el que allí lee, con su sombra
de
borracho. Y nosotros, que tenemos
las
horas, no sabemos cuánto huyó
de él,
hasta que, esforzado, alzó la vista,
llevando
encima todo lo que estaba
en el
libro, con ojos que en vez de
tomar,
daban, topando ya hecho el mundo;
niños
tranquilos que, jugando solos,
de
repente perciben lo existente;
pero sus
rasgos, que estaban en orden,
se quedan
para siempre desplazados.
EL MANZANAR
Borgeby-Gárd
Ven
después que se ponga el sol, y mira
el verde
vespertino de los céspedes:
es como
si lo hubiéramos juntado
y
ahorrado en nosotros largamente,
para hoy,
desde el recuerdo y sentimiento,
verter
ante nosotros en ideas
nueva
ilusión, medio olvidado gozo,
aún
mezclados con sombra del adentro,
bajo
árboles, iguales que en Durero,
que el
peso de cien días de trabajo
asumen en
los frutos rebosantes,
sirviendo
con paciente intento: igual
lo que
supera todas las medidas
aún está
por alzar y por ceder
sí a
través, dócil, de una larga vida,
sólo se
quiere lo Uno, y crece y calla.
LA PELOTA
Redonda,
que lo tibio de unas manos
en el
vuelo, allá arriba, sueltas, libre
de penas,
como propio: lo que en cosas
no puede
quedar, por su escaso lastre.
poca cosa
y aun bastante cosa.
para en
nosotros no entrar. invisible,
desde
todo lo puesto afuera en fila.
esto en
ti brilla, tú, entre vuelo y peso
aún
indecisa: tú, que cuando sube
el
impulso, como sí lo elevaras
contigo,
seducido y liberado,
te
inclinas, y allá abajo, a los que juegan
desde lo
alto señalas otro sitio
ordenándolos
como para un baile.
para
luego, esperada y deseada,
rauda,
sencilla, ingenua, natural,
caer en
un pilón de. manos altas.
EL NIÑO
Sin querer
le contemplan en su juego
despacio:
mientras el redondo rostro
verdadero
se sale del perfil
claro y
entero igual que una hora entera
que ha
comenzado y toca ya a su fin.
Pero los
otros no cuentan los golpes,
turbios
de pena, de vida indolentes,
y no
observan cómo él lo lleva todo
cómo
sigue llevándolo también
cuando
cansado, con su trajecito,
en el
cuarto de espera, junto a ellos
se sienta
y quiere ya aguardar su tiempo.
EL PERRO
Arriba,
siempre, la imagen de un mundo
renovándose
en la mirada, vale.
Una rosa,
tal vez, viene a ponerse
a su lado
cuando él cruza esa imagen
empujando:
allá abajo, tan distinto,
no
expulsado y tampoco incorporado
- y como
en duda de su realidad
dando
paso a esa imagen que ya olvida-,
para otra
vez su rostro, sin embargo,
adelantar
casi con una súplica,
cerca ya
de entender, compenetrándose
pero en
renuncia. pues ya no sería.
RÉQUIEM PARA UNA AMIGA
(Para la
pintora Paola Modersohn - Bécker, muerta de parto.)
Tengo
muertos. y allá les dejé entrar,
y me
asombré de verles tan sentados,
tan en su
casa allá, en la muerte, a gusto,
tan
distintos de su destino. Sólo
tú
regresas, me rozas, me rodeas,
quieres
chocar en algo que resuene
de ti, y
que te revele. No me quites
lo que ya
iba sabiendo. Yo sí tengo
razón, no
tú, si sientes añoranza
de una
cosa: una cosa, que se altera
y ya no
está, espejada hacia el allende
en
nuestro ser, apenas la miramos.
Más lejos
te creí. Y me desconcierta
que seas
tú quien yerra. y viene. tú
que
maduraste más que otras mujeres.
Que tu
morir nos asustara, o más:
que tu
fuerte morir nos destrozara,
desgarrando
el después del hasta entonces,
eso es
asunto nuestro, y ordenarlo
será
nuestra labor a hacer en todo.
Pero que
te asustaras tú, y que ahora
temas,
donde el temor no vale nada;
que de tu
eternidad pierdas un trozo
y que
vuelvas, amiga, a estar aquí.
donde
nada es aún; y que rompiéndote,
por vez
primera rata en lo total.
no
recibas, igual que aquí las cosas,
al
empezar de un nuevo ser sin fin;
y que
desde la órbita en que entrabas,
la sorda
pesantez de una inquietud
tire otra
vez de ti al tiempo contado;
esto,
como un ladrón, me sobresalta
a menudo
en la noche. Y bien querría
decir que
estás en paz, y por rebose
de alma
vienes, segura y en ti misma;
que
rondas como un niño que no teme
los
sitios donde se hace darlo a alguno: .
pero no;
tú suplicas. Y esto me entra
hasta el
hueso, cruel, como una sierra.
Si un
reproche trajeras, como espectro
contra
mi, cuando voy a retirarme
de noche
a mis entrañas, mis pulmones,
mi
corazón en su última guarida.
no sería
el reproche tan terrible
como este
ruego. Tú, ¿qué me suplicas?
Di,
¿tengo que viajar quizá? ¿Has dejado
en un
sitio una cosa que ahora sufre
y lo
reclama? ¿Debo ir a una tierra
que no
viste, aunque te era tan afín
como la
otra mitad de lo sentido?
pues iré
por sus ríos a esa tierra,
a
preguntar costumbres anticuadas,
hablaré
con las madres en las puertas
y veré
cómo llaman a sus niños.
Miraré
cómo sienten el paisaje
en torno
de su antiguo laboreo
de
praderas y campos; rogaré
que me
guíen delante de su rey,
y haré a
sus sacerdotes, sobornándoles,
llevarme
ante su imagen más potente
y
cerrarme las puertas, retirándose.'
Y cuando
sepa mucho, iré a mirar
los
animales, simplemente, para
que un
poco de la gracia de su marcha
entre en
mis coyunturas; y tendré
breve
vida en sus ojos, al tomarme
y
soltarme despacio, sin juzgarme.
Diré a
los jardineros que me expliquen
muchas
flores, trayéndote en los trozos
de los
hermosos nombres propios algo
de sus
aromas varios. Luego, frutas
compraré,
frutas; donde esté metida
la tierra
nuevamente, hasta los cíelos.
Porque
eso lo entendías: frutas plenas.
Les
ponías en fuentes ante ti
y medías
su peso con colores.
Y como
frutas viste a las mujeres,
y a los
niños lo mismo: desde dentro
movidos a
su forma de existir.
Y al fin
también te viste como fruta,
te
mondaste de tus vestidos, puesta
ante el
espejo en que te hundías hasta
la
mirada, dejada enfrente, enorme,
y sin
decir “soy yo”, sino “esto es”.
Tan sin
deseo fue al fin tuo mirada,
y tan sin
nada, tan de veras pobre,
que no te
deseó ni a ti: era santa.
Así
quiero guardarte. como tú.,
te
pusiste en tu espejo, sumergida,
más allá.
¿Cómo vienes hoy distinta
a
desmentirte? ¿Quieres insinuarme
que en tu
collar de grandes cuentas de ámbar
había
todavía algo de peso,
del peso
que en el más allá jamás
se vuelve
imagen quieta? ¿Por qué vienes
a darme
en tu actitud un mal presagio?
¿Por qué
haces los contornos de tu cuerpo
iguales a
las rayas de una mano,
que no
los puedo ver sin ver destino?
Ven a la
luz de la vela. No temo
ver a los
muertos. Porque cuando vienen
tienen
derecho a estar, igual que todas
las
cosas, descansando en la mirada.
Ven
conmigo, a callar los dos un rato.
Mira esta
rosa en mi escritorio: en torno
de ella
¿no anda tan tímida la luz
como en
ti? ¡Y pudo bien no estar aquí!
En el
jardín, sin mezclarse conmigo
pudo
quedarse o irse lejos: pero
si está,
¿qué es mi conciencia para ella?
No te
asustes si ahora lo comprendo:
está
subiendo en mi: no hay más remedio.
Tengo que
comprender, aunque me muera.
comprender,
que tú estás aquí. Comprendo.
Igual que
un ciego palpa alguna cosa,
así
siento tu muerte, sin nombrarla.
Deja que
lamentemos juntos que uno
te haya
arrancado de tu espejo. ¿Puedes
llorar
aún? No. El peso de tus lágrimas
lo
transformaste en tu mirar maduro.
En ello
estabas ocupada: haciendo
de esa
savia otra vida más robusta,
que sube
y gira, en equilibrio a ciegas,
cuando un
azar, el último, tiró
de ti,
desde tu más profundo avance
atrás, al
mundo a que esa savia tiende.
No toda
.te arrancó: sólo, al principio,
un trozo.
Pero día a día, en torno,
creció la
realidad, y fue pesando
hasta que
al fin te requeriste entera:
fuiste a
romperte en trozos, por la ley,
difícil,
reclamándote. Y entonces
te
gastaste, y sacaste de la tierra
tibia, en
noche, de tu alma, las semillas
aún
verdes que debían dar tu muerte:
la muerte
propia de tu propia vida.
Y comiste
los granos de tu muerte,
igual que
todo el mundo, sus. semillas,
y tuviste
un regusto de dulzura
que no
creíste: dulce por los labios,
tú que
eras dulce, dentro, en tus sentidos.
¿Cómo no
llorar? ¿Sabes que tu sangre
de una
órbita impar volvió, indecisa,
sin
querer, cuando tú la convocaste? .
Y entró,
confusa, en la órbita satélite
del
cuerpo, y con recelo y con asombro
se asentó
en tu matriz, cansada allí,
de
pronto, de tan largo retroceso.
La
empujaste, la echaste hacia delante,
la
arrastraste a la hoguera de la ofrenda,
como un
rebaño para el sacrificio;
queriendo
que estuviera alegre, encima.
Y por fin
la forzaste, y se alegraba,
y corría
a entregarse. Tú creías,
acostumbrada
a escalas diferentes,
que era
para un momento, sólo; pero
una vez
en el tiempo, el tiempo es largo.
y el
tiempo pasa, y crece, y es corno una
recaída
de una dolencia larga.
Qué corta
fue tu vida, comparándola
con esas
horas cuando te sentabas
a juntar
en silencio las innúmeras
fuerzas
de tu futuro, sobre el germen
del niño,
que de nuevo era un destino.
puro
trabajo sobre toda fuerza.
A diario
lo hacías, arrastrándote:
quitabas
del telar la rica trama
para
emplear los hilos de otro modo.
Y aún
tenias, al fin, humor de fiesta.
Al
acabar, pediste recompensa:
igual que
el niño que ha tomado un té
amargo y
dulce que tal vez le cure.
Y te
premiaste así. Pues de las cosas
seguías
alejada: nadie hubiera
comprendido
qué premio te alegrara.
Tú, sí.
Frente a tu cama de parida,
un espejo
te devolvía todo.
Todo era
tú, y todo estaba enfrente,
y dentro
solamente había engaño,
el engaño
de las mujeres cuando
se pintan
y se enjoyan y se peinan.
Moriste,
corno antaño las mujeres,
en la
casa caliente, con la antigua
muerte de
las paridas, cuando quieren
cerrarse,
y ya no pueden, porque aquella
tiniebla
echada afuera con el parto
quiere
volver y empuja para entrar.
¿Y por
qué no trajimos plañideras?
Mujeres,
si, que lloran por dinero,
a las que
hay que pagar para que ululen
a través
de la noche, en el silencio.
¡Costumbres!
No tenernos suficientes
costumbres.
Todo pasa, y muere hablándose.
Así, has
de volver muerta, a recobrar
en mi
lamentos. ¿Oyes cómo lloro?
Querría
echar mi voz como un pañuelo
sobre las
trozos rotos de tu muerte,
tirar de
ella hasta hacerla harapos: todo
lo que
digo yo, debe ir harapiento
en mi
voz, tiritando. ¡Quedar sólo
en queja!
Pero ahora me querello.
no a
aquél que te arrancó de ti, hacia atrás,
(no puede
distinguirle: es como todos),
sino que
en él acuso a todo: al hombre.
Si de lo
hondo, en mí aflora un resto oscuro
y extraño
de haber sido niño (acaso
el más
puro ser - niño de mi infancia) ,
no lo
quiero saber: quiero formar
con eso
un ángel, sin mirar lanzándolo
a la
primera fila de los ángeles
que hacen
a Dios. con gritos. recordar.
pues esta
pena dura demasiado,
y nadie
puede más: nos pesa mucho
el
confuso dolor del falso amor,
fundado
en prescripción como costumbre,
llamándose
derecho y siendo absurdo.
¿Qué
hombre tiene derecho a poseer?
¿Quién
poseerá lo que no se sostiene.
y de vez
en vez, sólo, vuelve a unirse
y a
echarse, como el niño su pelota?
Como el
jefe no puede retener
una
Victoria alada en su bauprés
cuando la
luz extraña de su numen
lanza el
barco en la brisa fresca: así
ninguno
ha de llamar a la mujer
que no
nos ve ya, y como por milagro,
camina
por un istmo de su vida
sin
caída: hace falta al que la llame
vocación
y placer para la culpa.
Pues eso
es culpa, si algo puede serlo:
no dar
más libertad a algún amor
con esa
libertad que va en nosotros.
Esto solo
nos queda cuando amamos:
dejarnos
uno a otro, pues no es fácil
retenernos,
y no hemos de aprenderlo.
¿Sigue
estando ahí? ¿y en qué rincón?
Tú que
supiste tanto de esto. todo,
tú que
has podido tanto, cuando andabas
abierto a
todo, igual que un día nuevo.
La mujer
sufre: amar es estar solo;
los
artistas presienten, trabajando.
que deben
transformar siempre que aman.
Empezaste
ambas cosas: en aquello
que hoy
deforma una fama, arrebatándolo.
lejos de
toda fama estabas. Eras
invisible.
En silencio, tu belleza
en ti
guardaste, igual que una bandera
en la
mañana gris tras de la fiesta.
y no
quisiste más que una tares
larga que
aún no está hecha, sin embargo.
Si estás
aquí, si en esta oscuridad
hay un
lugar donde tu alma sensible
tiemble
en las planas ondas del sonido
que una
voz, solitaria en plena noche,
mueve en
la atmósfera de la alta estancia:
entonces,
oye: ayúdame. Nosotros
sin
saber, resbalamos hacía atrás,
a algo
que no pensábamos: en ello
nos vamos
a enredar como en un sueño
en que
sin despertar nos moriremos.
Nadie fue
más allá. Y el que su sangre
alzó para
un trabajo que se alarga,
tal vez
un día no puede con ella
y sin
valor, se cae por su peso.
Debe
haber una vieja enemistad
de la
vida y el más grande trabajo.
Pues lo
veo, que dice: ayúdame.
No
vuelvas. Si lo aguantas, sigue muerta
con los
muertos: están bien ocupados.
Pero
ayúdame así, sin dispersarte,
como me
ayuda lo remoto: en mí.
Escrito
el 31 de octubre y el 1 y 2 de noviembre de 1908, en París.
RÉQUIEM PARA UN POETA
(Para el
poeta Wolf Graf von Kalckreuth; suicida)
¿Nunca te
vi, de veras? En mi pecho
todo tu
peso esta, como un arranque
difícil
que se aplaza, ¡Si pudiera
empezar a
decirte, muerto que eres,
muerto de
buena gana, apasionado!
¿Fue tan
aliviador como creías,
o el no
vivir distaba de estar muerto
Pensabas
poseer mejor allí.
donde el
tener no vale. Suponías
que allí
estarías dentro del paisaje,
que aquí,
como una imagen, te escapaba,
y por
dentro entrarías en la amada,
recio y
vibrante, en la entraña de todo.
¡Ojalá
que no arrastres mucho tiempo
tu engaño
tras tu error pueril ¡y allá,
disuelto
en una ola de nostalgia
y
arrastrado, consciente sólo a medias,
en marcha
en torno a estrellas remotísimas,
encuentres
la alegría que pensabas
aquí, en
el estar muerto de tus sueños!
¡Cómo,
aquí, te acercabas con tu amor!
¡Qué en
su casa aquí estaba, tu soñada,
la
alegría de tu dura nostalgia¡
Sí,
dejando atrás dichas y desdichas,
en ti te
remejías, y ascendías
con tu
meditación, casi rompiéndote
al peso
de tu oscuro hallazgo: entonces
llevabas
la alegría encima. el peso
de tu
pequeño salvador, sin ver
quién
era, al vadear con él tu sangre.
¿Y por
qué no esperaste a que su peso
se
hiciese insoportable? Entonces cambia,
y si pesa
es porque es de veras. Mira
tal vez
iba a ser dentro de un momento,
tal vez
se enguirnaldaba ante tu umbral
el pelo,
cuando tú diste el portazo.
¡Cómo
cruza ese golpe por el mundo
cuando el
viento cruel de la impaciencia
en algún
sitio cierra una apertura,
¿Quién
jurará que entonces una grieta
rompe en
tierra las semillas sanas,
y que en
los animales de la casa
no brota
un ansia de matar, lasciva,
cuando
ese choque estalla en sus cerebros?
¿Quién
sabe cuánto influjo salta desde
nuestro
obrar basta alguna punta próxima,
y quién
lo seguirá a donde va todo?
¡Qué se
diga de ti que has destruido!
¡Que
tenga que decirse por los siglos!
y aunque
aparezca un héroe, que el sentido
que
tomamos por rostro de las cosas,
quite,
como una máscara, y, terrible,
descubra
rostros. de ojos que nos miran
por rotos
de sus velos, desde siempre:
esto es
rostro y no puede ya cambiar:
que has
destruido. Ya había sillares,
y en
torno, por el aire, había el ritmo
de un
edificio, apenas reprimible;
cruzaste
en medio, y no viste aquel orden.
Cada uno
ocultaba al otro: todos
estaban
enraizados, cuando, al paso,
probabas
a moverlos, desconfiando
de
alzarlos. Y de desesperación
los
levantaste, pero sólo para
devolverlos
a su áspera cantera,
donde;
ensanchados por tu corazón,
ya no
cabían. Tal vez si se hubiera
puesto
una mano suave de mujer
en la
naciente cólera: o si alguno
ocupado
en lo más hondo, se hubiera
encontrado
contigo, mudo, cuando
ibas a
hacer tu crimen, o si hubieses
pasado,
al menos, ante algún taller
con
hombres martillando, donde el día
se cumple
en paz: si en tu mirada llena
hubiese
hallado sitio aún la imagen
de las
fatigas de un escarabajo:
con un
rayo de comprensión, habrías
leído la
escritura cuyos signos
desde tu
infancia en ti grabaste, a fuerza
de querer
formar frases, una vez
y otra; y
te parecía sin sentido.
Te
tendías delante, lo sé. a tientas
por sus
grietas, igual que si palparas
las
letras de una losa. Y si una llama .
parecía
brillar, la aproximabas
a ver la
línea, pero se apagaba
antes de
que leyeras, por tu aliento,
quizá, o
por tu temblor, o quizás sola,
como
mueren las llamas cuando quieren.
No la
leíste nunca. Y no la osamos
leer por
el dolor, tras la distancia.
Sólo
vemos tus versos, que, venciendo
la
inclinación de tu sentir, aún clavan
las
palabras que tú elegiste. A veces
no
pudiste elegirlas: un arranque
se impuso
como un todo, y lo decías
como un
encargo: triste para ti.
jamás de
ti lo hubieras escuchado.
Tu ángel
resuena aún hoy, pero acentúa
de otro
modo aquel texto; y me rebosa
el gozo
por su modo de decir,
por ti,
porque esto sí que ha sido tuyo:
que se
desprenda todo amor de ti
y que
hayas aceptado la renuncia
por saber
ver, tu avance en el morir.
Eso fue
tuyo, artista: tres abiertas
formas.
En la primera se vacía
espacio
alrededor de tu sentir.
De la
segunda esculpo la mirada
sin
deseos del gran artista: en la otra
(que has
roto antes de tiempo, cuando entraba
el chorro
de metal trémulo desde
el alma
al rojo) anida, honda, una muerte
de buen
trabajo, nuestra muerte propia,
tan
necesaria porque la vivimos,
cerca
aquí que nunca de nosotros.
todo eso
fue tu bien y tu amistad:
lo
entreviste a menudo: pero al fin
te dio
miedo el vacío de esas formas
al sondar
con la mano, y te quejaste.
jOh vieja
maldición de los poetas,
que se
quejan cuando deben decir,
que
siempre opinan sobre sus sentires
en lugar
de formarlos, y suponen
que lo
que en ellos es triste o gozoso
sabrían y
podrían en poemas
llorarlo
o festejarlo! Como enfermos,
convierten
en lamento su lenguaje,
para
decir dónde les duele, en vez
de
transformarse, duros, en palabras,
como el
cantero de una catedral
se
transforma en la calma de la piedra.
Tu
salvación hubiera sido ver
cómo
entra por los versos el destino
y no vuelve
a salir, y se hace imagen
y sólo
imagen: un antepasado
que,
cuando tú le miras, en su marco,
parece y
no parece asemejarte.
Así
hubieras perseverado.
Pero
vano es
pensar lo que no fue. El reproche
de mi
comparación no va contigo.
Lleva tal
delantera lo que ocurre
a nuestro
pensamiento, que jamás
sabremos
cómo pudo ser de veras.
No te
avergüence estar entre los muertos
que
siguieron constantes hasta el fin.
(¿Qué es
ese fin?). Tú cruza las miradas
con
ellos, como tengan por costumbre:
nuestro
duelo por ti no ha de cargarte
de modo
que les seas raro. Aquellas
grandes
palabras de otros tiempos, cuando
se veía
su acontecer, nos faltan.
;Quién
había de vencer? Quedar es todo.
(Escrito
el 4 y el 5 de noviembre, en París)
LA VIDA DE MARÍA
Teniendo una tempestad desde dentro..
Duino, Enero 1912
NACIMIENTO DE MARIA
Cuánto
debió costarles a los ángeles
no echar
a cantar, como el que se echa a llorar,
puesto
que lo sabían: en esta noche nace
la Madre
para el Niño, el que pronto aparece.
Se
callaron vibrando, señalando hacia
[donde,
sola.
estaba la granja de Joaquín;
ay,
sintieron en si y en el espacio el
[puro
concretarse,
y ninguno pudo bajar a él.
Pues los
dos, de aspavientos fuera de sí ya estaban.
Una
vecina vino, lloró y no supo cómo,
y el
viejo, cauto, fue y acercó los mugidos
de una
sombría vaca. Porque jamás fue así...
LA PRESENTACIÓN DE MARÍA EN EL TEMPLO
Para
comprender cómo antaño fue.
has de
empezar evocando un lugar
con
columnas que actúen en ti; y puedas
tocar
gradas; donde arcos arriesgados
salten
sobre el abismo de un espacio,
que en ti
quedó, porque de tales trozos
estaba
torreado, que ya nunca
pudiste
de ti alzarlo: y te rasgaste.
Si hasta
ahí llegas, todo es piedra en ti,
muro,
entrada, visión, bóveda: prueba
a apartar
con las dos manos la gran
cortina
que hay delante de ti: entonces
refulge
con objetos elevados
y tu
tacto y tu aliento aplasta. Arriba,
abajo,
hay más palacio y más palacio,
rellanos
desembocan en rellanos,
hasta
emerger a tales balaustradas
que al
verlas te entra vértigo. Y en medio
se
enturbia de un nublado de incensarios
la
cercanía, pero lo de lejos
te apunta
a ti, derecho, con sus rayos;
y si el
fulgor de los claros braseros
juega
ahora en ropajes que se acercan
despacio
¿cómo vas a resistirlo?
Y ella
llegó y alzó
los ojos
para verlo todo eso.
(Una
niña, una niña entre mujeres.)
Y luego
subió en calma, confiada,
al lujo,
que, mimado, se echó a un lado:
cuanto
labran los hombres, así estaba
sobrecargado
ya de la alabanza
en su
entraña: del gozo de entregarse
a los
signos internos: se crecían
sus
padres que la daban hacia arriba:
el
Tremendo con el pecho enjoyado
parecía
acogerla: Y ella todo
lo
cruzaba, pequeña, a toda mano
huyendo,
y el destino en ella estaba
maduro,
más pesado que la casa.
ANUNCIACIÓN A LOS PASTORES
Alzad los
ojos, hombres. Hombres que estáis al fuego,
a quien
conoce el cielo ilimitado, intérpretes
de
estrellas, ¡ved aqui! Mirad; soy una nueva
estrella
que se eleva. Todo mi ser se inflama
y con tal
fuerza irradia, y tan enormemente
lleno de
luz, que el hondo firmamento ya no
me basta.
Dejad que entre dentro de vuestro ser
todo mi
resplandor: Oh, miradas oscuras,
corazones
oscuros, y destinos nocturnos
de que
estáis llenos. ¡Qué solo estoy en vosotros,
pastores!
De repente para mi se abre espacio.
No os
asombréis: el gran árbol frutal del pan
ha
arrojado una sombra. Esto vino para mí.
Vosotros,
los sin miedo, sabed vosotros cómo
reluce el
porvenir en vuestros expectantes
rostros.
En esta fuerte luz ocurrirán muchas
cosas. Os
lo confío, porque sois silenciosos:
a
vosotros, los dóciles a la fe, habla todo
lo de
aquí. Os hablan lluvia y calor, el camino
del
pájaro, y el viento; y todo cuanto sois,
y nada
prevalece y crece a vanidad,
cebándose.
Vosotros no sujetáis las cosas
dentro
del pecho, en ese espacio de intervalo,
para
hacerlas sufrir. Tal como una alegría
cruza a
través de un ángel, así va por vosotros
lo
terrenal. Y cuando una mata de zarza
llameó de
repente, bien pudo desde allí
llamaros
el Eterno: y si los querubines
descansaron
al lado de los rebaños vuestros
para
andar par allá, no os causaron asombro:
sólo os
precipitabais sobre el rostro y rezabais,
y
llamábais a eso la tierra. Pero todo
eso ha
pasado. Ahora debe haber Uno nuevo,
del que
el orbe se ensancha, más sonoro. ¿Qué es para
nosotros
un zarzal? Dios ha entrado y se encuentra
en un
vientre de virgen. Yo soy el resplandor
de su
interioridad, el que os va acompañando.
NACIMIENTO DE, CRISTO
Si no
tuvieras tal sencillez, no te hubiera
pasado lo
que ahora ilumina la noche.
Mira: el
Dios que par sobre los pueblos retumbaba,
se hace
suave y viene al mundo en ti.
¿Más
grande te le habías figurado?
íQué es
grandeza? A través de todas las medidas,
cruza.
tachándolas, su hado derecho.
Ni una
estrella ha tenido tal camino.
Ves cómo
son de grandes estos reyes,
y te
traen, delante de tu seno
tesoros
que ellos creen los más grandes,
y quizá
tú te asombras del regalo:
Pero mira
en los pliegues de tu velo
cómo ya
sobrepuja a todo él.
Todo
ámbar que de lejos vino en naves,
toda
áurea joya y la especia del aire,
que
turbia se dispersa en los sentidos:
todo eso
fue de breve duración
y al
final se han arrepentido de ello.
Pero (tú
lo verás): Él se ha alegrado.
DESCANSO EN LA HUIDA A EGIPTO
Los
apenas huidos, sin aliento.
de en
medio de la muerte de los niños:
que
imperceptiblemente se habían hecho
con su
peregrinar grandes. Apenas
se hubo
deshecho su ansia de terror
en
tímidas miradas hacia atrás,
ponían ya
en peligro enteros pueblos
al llegar
en su mula parda: porque
cuando,
casi una nada en la gran tierra,
se
acercaban a los enormes templos,
estallaban
los ídolos, tal como
traicionados,
perdiendo la razón.
¿Es
concebible que por su pasar
todo,
desesperado, se irritara?
Y ellos
tuvieron miedo de sí mismos:
sólo el
Niño tenia paz sin nombre.
En buen
hora tuvieron que sentarse
un rato.
Pero entonces vino: mima
el árbol
que sobre ellos se cernía,
igual que
un servidor se inclinó. Y era
el árbol
mismo que con sus coronas
revestía
a los faraones muertos
la frente
ante lo eterno. Se inclinó:
sintiendo
florecer nuevas coronas.
y, como
en sueños, ellos descansaban.
DE LA MUERTE DE MARÍA
(Tres
partes)
I
Aquel
mismo gran ángel, que le trajo
la
anunciación, antaño, de su. parto,
estaba
allí, aguardando a que le viera,
y
dijo: Es tiempo ya de que aparezcas.
Se
asustó, como antaño, ella, de nuevo
hecha
sierva, asintiéndole en la hondo.
Pero él
resplandeció. y, sin fin cercano,
como en
su rostro se borró, y llamó
a los tan
alejados misioneros
a volver
a la casa en la ladera.
la casa
de la Cena. Ellos vinieron,
pesados,
con temor a entrar. Estaba
en su
yacija, la que en hundimiento
y
elección, se había hundido con misterio,
toda
ilesa, como una nunca usada,
atendiendo
a los cantos de los ángeles.
Y al ver
a todos tras de las candelas
aguardando,
la arrebató el exceso
de las
voces, y aún, de corazón
regaló
los dos mantos que tenía
y alzó su
rostro a ver a ese o a aquél...
(fuente
de ríos sin nombre de llanto).
Pero se
tendió en su debilidad
y acercó
el cielo hasta Jerusalén
tanto que
al irse su alma solamente
debió
extenderse un poco: ya la alzaba,
la asumía
Él que lo sabía todo
de ella,
en su celestial naturaleza.
II
¿Quién ha
pensado que hasta su llegada
el gran
cielo estaría inacabado?
Tenía
sitio ya el Resucitado,
pero a su
lado, veinticuatro silos,
hubo un
puesto vacío. Y ya empezaban
a
acostumbrarse a aquel puro vacío,
como
cicatrizado, pues el Hijo
con su
exceso de brillo lo llenaba.
Y al
entrar en el cielo, ella tampoco
fue a él,
por más que le correspondiera;
no había
un sitio, sólo refulgía
con tanto
resplandor Él, que la hería.
Pero
cuándo, conmovedora forma'
se unió a
los nuevos bienaventurados,
en nada
extraña, clara entre lo claro,
irrumpió
de su ser una emboscada
de tal
fulgor, que el ángel, alumbrado
por ella,
gritó, ciego: ¿Quién es ésta?
Hubo. un
pasmo. Y miraron todos cómo
Dios
Padre arriba al Hijo sostenía,
de modo
que rodeado de penumbra
leve, el
sitio vacío como un poco
de dolor
se mostraba, como rostro
de
soledad, que aún soportaba, un resto
de tiempo
terrenal, cicatriz seca.
La
miraron: miraba con temor
inclinada.
como sintiendo: soy
su más
largo dolor: y de repente
se
derrumbó. Los ángeles la hicieron
alzarse,
la apoyaron y cantaron,
dichosos,
hasta el último fragmento.
III
Al
Apóstol Tomás, cuando llegó
muy
tarde, apareció el ángel veloz
ya desde
hacía tanto preparado,
y le
ordenó en el sitio del sepulcro:
Echa la
piedra a un lado. Saber quiero
quién es
la que te mueve el corazón:
mira: fue
un manojito de alhucema
dejado
ahí por un poco de tiempo,
para que
a ella la tierra oliera luego
en los
pliegues como un pañuelo fino.
Sientes:
todo lo muerto, lo doliente,
queda
tapado por su buen aroma.
Mira el
sudario: ¿dónde el secadero
está en
que se hace deslumbrante, intacto?
La luz
que le dio aquel cadáver puro
más que
el fulgor del sol le ha blanqueado.
¿No te
asombra qué suave le escapó?
Como si
ella siguiera, toda dura.
Pero
arriba se ha estremecido el cielo.
Hombre,
arrodíllate, mírame y canta.
ELEGÍAS DE DUINO
(1912 - 1922)
PRIMERA ELEGIA
¿Quién,
si yo gritase. me oiría desde los coros
de los
ángeles? Y si uno de repente me tomara
sobre su
corazón: me fundiría ante su más potente
existir.
Pues lo bello no es más que el comienzo
de lo
terrible, que todavía soportamos
y
admiramos tanto, porque, sereno, desdeña
destrozarnos,
Todo ángel es terrible.
por eso
me contengo, sofocando el reclamo
de un
llanto oscuro. ¡Ay! Y ¿a quién podríamos
recurrir,
entonces? No al ángel, ni a los hombres:
y los
sagaces animales ya notan
que no
estamos muy confiadamente en casa
en el
mundo interpretado. Tal vez nos queda
algún
árbol en la ladera, que a diario viéramos
de nuevo:
nos queda la calle de ayer
y la
arrastrada fidelidad de una costumbre
que se
encontró a gusto en nosotros, y se quedó, sin
[(irse.
¡Ah, y la
noche! La noche, cuando el viento lleno de
[espacio de universo
nos
consume el rostro, ¿para quién no se quedaría, la
[deseada,
suavemente
desilusionadora, que al corazón solitario
se
presenta trabajosamente? ¿Es más leve a los
[enamorados?
Ay, ellos
sólo se ocultan mutuamente su hado.
¿Aún no
lo sabes? Echa desde tus brazos el vacío
hacia los
espacios que respiramos, quizá para que los
[pájaros
sientan
el aire ensanchado con vuelo más intimo.
Sí, las
primaveras lo necesitan. Exigían
alguna
estrellas, que las presintieras.. Se alzaba
una ola
desde el pasado, o cuando
pasabas
ante la ventana abierta,
se te
entregaba un violín. Todo esto era misión.
Pero, ¿la
superaste? ¿No estabas siempre
distraído
¿ todavía de expectación, como si todo
te
anunciara una amada? (¿Dónde vas a
[esconderla,
Si ahora
los grandes pensamientos extraños en ti
entran y
salen, y a menudo se quedan por la noche?)
Pero si
añoras, canta a los que amaron; lejos
aún de
ser bastante inmortal está su famoso sentir.
A esos
abandonados -¡casi les envidias! -
mucho más
amorosos que los satisfechos. Empieza
siempre
de nuevo la alabanza inalcanzable.
piensa:
el Héroe perdura: hasta su misma caída fue
para él solo
pretexto de ser: su nacimiento último.
Pero a
los amantes la naturaleza agotada
los
recoge a en si, como si no hubiera fuerzas
para
cumnplir dos veces esto. ¿Has pensado bastante
en
Gaspara Stampa, para que alguna muchacha
de quién
huyó el amado, ante el ejemplo ensalzado
de esta
amadora, sienta: “Si fuera yo como ella”?
¿No
debían al fin estos remotos dolores
hacérsenos
más fecundos? ¿No es tiempo de
[librarnos,
amando,
del amado. y resistirlo, estremecidos,
corno la
flecha a la cuerda, para, reunida en el
[disparo,
ser más
que sí misma? Pues nunca hay quedar.
Voces,
voces. Oye, corazón, como sólo antaño
oían los
santos: qué la gigantesca llamada
les
alzaba del suelo, pero ellos seguían de rodillas.
imposibles,
y sin preocuparse de nada.
Así estaban
oyendo. No es que tú aguantaras
la voz de
Dios, ni de lejos. Pero escucha el soplo,
la
noticia ininterrumpida que se forma de silencio.
Ahora
murmura desde esos jóvenes muertos hasta ti.
Siempre,
donde entraste, ¿no te habló, en las iglesias
de Roma Y
Nápoles, tranquilo, su destino?
O se te
presentaba, sublime, una inscripción,
como hace
poco la lápida en Santa Maria Formosa.
:Qué me
quieren? En silencio debo
separar
el aspecto de injusticia que a veces oculta
un poco
el puro movimiento de sus espíritus.
Verdad
que es raro, no habitar ya la tierra
no usar
ya las costumbres apenas aprendidas,
y a las
rosas, y a otras cosas a su manera prometedoras.
no dar el
significado del porvenir humano:
no ser ya
lo que se fue en manos de la infinita angustia
y
abandonar hasta el propio nombre
como un
juguete destrozado.
Raro, no
seguir deseando los deseos. Raro,
ver qué
todo lo que se ligaba aletea tan suelto
por el
espacio. Y el estar muerto es trabajoso
y lleno
de querencia, hasta que poco a poco
se
rastrea algo de eternidad. Todos los vivos cometen
el error
de distinguir demasiado fuerte.
Los
ángeles (se dice) no sabrían a veces si andan
entre
vivos o muertos. El eterno fluir
lleva
siempre todas las épocas consigo
a través
de ambos reinos, y suena más fuerte que ellas
[en
ambos.
Al fin
los muertos prematuros ya no nos necesitan.
Se
desacostumbra uno a lo terrestre, suavemente,
como de
los dulces pechos de la madre. Pero nosotros,
que tan
grandes misterios necesitamos; y para
[quienes
tantas
veces surge del dolor tan feliz avance, ¿podríamos
[ser sin ellos?
¿Es vana
la leyenda de que una vez, por llorar a
[Linos,
la
primera música, torpe, penetró la rígida dureza.
y por vez
primera, en el espacio asustado, del que
[escapó
de pronto
para siempre un joven semidivino,
el vacío
se encendió en esa vibración que ahora nos inflama,
[consuela
y ayuda?
SEGUNDA ELEGIA
Todo
ángel es terrible. Y, no obstante; ¡ay de mí!,
os canto,
pájaros casi mortales del alma,
sabiendo
lo que sois_ ¿Dónde están los tiempos de
[Tobías,
cuando
uno de los más deslumbrantes se irguió ante el
[sencillo umbral
un poco
disfrazado para el viaje, y ya no terrible
[joven, a
los ojos del joven, que, curioso, la miraba)?
Si ahora
el peligroso arcángel bajase detrás
de las
estrellas, sólo un paso, acá: hacia arriba
saltando.
nuestro propio corazón. nos mataría. ¿Quién
[sois?
saltando,
nuestro propio corazón nos mataría. ¿Quién sois?
Prístinos
afortunados, mimados de la creación,
cumbres y
riscos aurorales de todo
lo
creado. Polen de la divinidad en flor,
coyunturas
de la luz, corredores, escaleras, tronos,
espacios
de esencia, escudos de delicia, tumultos
de
sentimiento tormentosamente alzado, y de repente,
solitarios
espejos: que su belleza desbordada
recogen
de nuevo en su propio rostro.
Pues
nosotros, al sentir, nos volatilizarnos, ay,
nos
disipamos en aliento, afuera; de ascua en ascua
damos más
débil olor. Entonces, bien nos dice alguien:
“Sí,
entras en mi sangre; este cuarto, la primavera
se llenan
de ti..” ¿De qué sirve? No puede retenernos,
desaparecemos
en el efluvio, y en torno de él. Y los que son
[bellos,
oh,
¿quién los sujeta? Incesantemente hay
esplendor
en su
rostro, y se escapa. Como rocío en hierba mañanera,
se alza
lo nuestro de nosotros: como el calor
de un
alimento caliente. Oh sonrisa, ¿dónde vas? Oh mirar
[alzado:
nueva,
tibia ola que se escapa del corazón...,
ay de mi,
eso somos. ¿Sabe a nosotros el espacio del
[mundo
en que
nos perdemos? ¿Toman los ángeles
de veras
sólo lo suyo, lo que de ellos desborda,
o alguna
vez hay en ellos, como por distracción, un
[poco
de
nuestro ser? ¿Estamos en sus rasgos
solamente
mezclados, como el paño en los rostros
de las
encintas? Ellos no lo notan en el remolino
del
retorno hacia ellos. (¿Cómo habían de notarlo?)
Los
amantes, si te comprendiesen, podrían, en el aire noc-
[turno.
hablar
maravillosamente. Porque parece que todo
nos
oculta. Mira, los árboles están: las casas
en que
vivimos aún siguen. Sólo nosotros
corremos
delante de todo, como una bocanada de aire.
y todo
está unánime en silenciarnos, en parte
como
vergüenza, en parte como indecible esperanza.
A
vosotros, amantes, mutuamente suficientes,
pregunto
por nosotros. Os tocáis. .¿Tenéis las pruebas?
Ved,
ocurre que mis manos se compenetren
una de
otra, o que mí consumida
cara se
albergue en ellas. Esto me da un poco
de
sensación. Pero, ¿quién se atrevería a ser sólo por esto?
Pero a
vosotros, que os crecéis en el entusiasmo
del otro,
hasta que, abrumado, ruega
“¡Basta
ya!”; a vosotros, que entre las manos
os hacéis
más abundantes, como años de vendimia;
que a
veces dejáis de ser, sólo porque el otro
os
prevalece totalmente, os pregunto por nosotros. Ya sé
que os
tocáis tan dichosos porque la caricia os retiene,
porque no
desaparece el lugar que tiernos,
os
ocultáis: porque debajo presentís la pura
duración.
Así, casi eternidad os prometéis
del
abrazo. Y, sin embargo, cuando sobrepasáis los primeros
[sustos
de la
mirada, y la añoranza en la ventana,
y el
primer paseo juntos, por el jardín, una vez:
entonces
amantes, ¿seguís siéndolo aún? Cuando uno al
[otro
alza a la
boca Y -sorbo a sorbo- toma,
¡oh qué
extrañamente el bebedor se evade de su acto!
¿No os
asombró en las estelas áticas la mesura
de los
gestos humanos? ¿No estaban amor y ausencia
tan leves
en sus hombros, como si estuvieran hechos
de otra
materia que nosotros? Pensad aquellas manos,
cómo
descansan sin apretar, aunque en los torsos haya
[fuerza.
Esos
señores de si mismos sabían con eso: hasta aquí
[llegamos,
esto es
lo nuestro, tocarnos así: más reciamente
nos
aprietan los dioses. Pero eso es cosa de ellos.
Si
también encontrásemos algo humano, contenido, puro,
pequeño:
una banda de tierra fértil
entre el
torrente y el pedregal! Porque el corazón
nos
domina todavía, como a aquellos. Y ya no lo
[podemos
seguir
con los ojos en imágenes que lo calman,
ni en
cuerpos divinos, en los que se mesura más aún.
TERCERA ELEGÍA
Una cosa
es cantar a la amada, y otra, ¡ay! cantar
al
escondido y culpable dios -río de la sangre.
Aquel que
ella reconoce de lejos, su muchacho, ¡qué sabe él
[mismo
del señor
del placer, que desde lo solitario, a menudo,
antes de
qué la muchacha le alivie, o a veces como si no
[existiera,
ay de qué
misterio chorreando, levanta la divina
[cabeza,
convocando
la noche a un tumulto sin fin?
lOh
Neptuno de la sangre, y su temible
[tridente!
¡Oh, el
viento oscuro de su pecho por la caracola
(retorcida!
oye cómo
la noche se ahueca y se abre en valles. ¡Oh
[estrellas,
¡No brota
de vosotras el gozo del amante hacia el
[rostro
de la
amada? ¿No ha tomado del puro firmamento la íntima
[visión de su rostro puro?
¡Ay! ¡No
has tendido tú, ni su madre siquiera,
el arco
de sus cejas hacia la expectación!
No por
ti, muchacha que le sentías, no hacia ti
se curvó
su labio, para un ademán fecundo.
¿Piensas
de veras que tanto le habría estremecido
tu leve
paso, que huye como brisa de primavera?
Sí,
asustasteis su corazón: pero más viejos terrores
se
desencadenaron en él, al choque de to contacto.
Llámale...
No le separas del todo de un oscuro
[trato.
Es verdad
que él quiere, y se evade afuera: aliviado, se
[hace a vivir
en tu
íntimo corazón, y toma, y se empieza.
Pero, ¿es
que alguna vez se había empezado?
Madre, tú
le hiciste, pequeño, tú fuiste quien le
[empezó:
para ti
era nuevo: inclinaste sobre los ojos nuevos
el mundo
amigo, apartando el extraño.
¿Dónde,
ay, quedaron los años cuando tú, sencilla,
con tu
figura esbelta atajabas el caos bullente?
Mucho,
así, le escondías; el cuarto, sospechoso de noche,
lo
hiciste inofensivo: de tu corazón lleno de
[amparo
sacaste
espacio más humano para mezclar a su espacio
[nocturno.
No en la
tiniebla, no, sino en tu existir más
[próximo
has
puesto la candela, que lucía como por amistad.
Nunca un
crujido que no explicases sonriendo,
como si hace
mucho supieras cuándo el entarimado se porta
[así
Y
escuchaba y se calmaba. Tanto lograba,
suavemente
tu presencia; tras el armario, asomaba
su
destino, alto. en el gabán: y en los pliegues de la cor-
[tina.
levemente
movida, se acomodaba su intranquilo porvenir.
Y él
mismo, mientras yacía, aliviado, bajo párpados
soñolientos
disolviendo la dulzura de tu leve modo
de dar
forma a todo, en el paladeado adormecerse:
parecía
refugiado... Pero, adentro. ¿quién rechazaba.
quién
frenaba la oleada del origen?
Ay, en el
dormido no había defensa: durmiendo.
pero
soñando y con fiebre: ¡cómo se enmarañaba!
El, el
nuevo, el huraño, ¡qué entretejido estaba
los
pámpanos multiplicados de su acontecer interno,
ya
enlazados a diseños, a crecimiento ahogador.
a formas
animalmente acosadoras. ¡Cómo se entregaba.
[Amaba.
Amaba su
interior, su íntima selva,
el bosque
inmemorial en él, sobre cuyo mudo derribo
su
corazón. en verde luz, se alzaba, Amaba. Y lo dejó, y
[anduvo
por sus
propias raíces hasta un potentísimo origen,
donde su
pequeño nacimiento ya estabas obrevivido.
[Amando
bajó
hacia la más vieja sangre, a los abismos.
donde
estaba lo terrible, todavía saciado de los padres. Y
[ todo
lo
espantoso le conocía, le hacía guiños, parecía de acuerdo.
Si, lo
horrible sonreía... Raramente
le has
sonreído tú tan suavemente, madre. ¿Cómo no iba
a amarlo,
si le sonreía? Antes que a tí
lo ha
amado, pues cuando en ti le llevabas
estaba
disuelto en el agua que hace leve el germen.
Mira, nos
amamos, como las flores, desde un solo año;
en
nosotros, cuando amamos, sube
imprevisible
savia por los brazos. ¡Oh muchacha!
Esto: el
que en nosotros no amemos una sola cosa,
algo
venidero, sino lo incontable que fermenta: no un niño
[sólo,
sino los
padres, que como ruinas de montañas
descansan
en nuestro fondo; sino el cauce seco
de
antiguas madres; sino el entero
paisaje
silencioso bajo el Destino nebuloso
o claro:
esto, muchacha, se te anticipó.
Y tú
misma, ¿qué sabes tú? Tú atraías
el pasado
a que subiera en el amante. ¿Qué
[sentimientos
se
revolvían excavando, desde seres huidos? ¿Qué
[mujeres
te
odiaban en lo antiguo? ¿Qué hombres oscuros
excitabas
en las venas del joven? Niños
muertos
querían venir a ti... Oh suave, sin ruido,
haz algo
amoroso ante él, una tarea confiada... Llévale
a los
jardines, dale el predominio de las noches...
Sujétale...
CUARTA
ELEGIA
¡Oh,
árboles de la vida! Oh, ¿cuándo de invierno?
No
estamos unidos. No nos entendemos
como las
aves emigrantes. Adelantados y tardíos,
nos imponemos
de repente a vientos
y caemos
en estanques inalterables.
Florecer
y agostarse nos es igualmente consciente
y por
algún lugar van leones todavía y no saben
mientras
son soberanos, de ninguna impotencia.
Pero a
nosotros, cuando queremos decir una sola cosa, del
[todo,
ya nos es
perceptible el lujo de lo otro. Enemistad
nos es lo
más próximo. ¿No pisan amantes
siempre
en los bordes, uno del otro;
los que
se prometían anchuras, galope y patria?
Allí para
dibujo de un momento
se
prepara un fondo de contrariedad, penoso,
para que
nosotros los viéramos; porque se es muy claro
con
nosotros, No conocemos el contorno
del
sentir. sólo lo que le forma desde fuera.
¿Quién no
se sentó temeroso ante el telón de su corazón?
Que se
levantó: el decorado era despedida.
Fácil de
entender, El conocido jardín,
y
oscilaba leve: entonces vino primero el bailarín.
No ése.
Basta. Y aunque él también actúa tan ligero,
está
disfrazado y se convierte en un burgués
y entra
por la cocina a su casa
No quiero
estas máscaras a medio llenar,
prefiero
la muñeca. Esta llena. Quiero .
sujetar a
la marioneta y el hílo y su cara
de
apariencia. Aquí. Estoy delante.
Aunque
las lámparas se apaguen, aunque me digan:
Nada más,
aunque ante la escena
venga el
vacío con la corriente gris de aire,
aunque de
mis callados antepasados ninguno
ya se
siente conmigo, ninguna mujer, ni
siquiera
el muchacho del bizco ojo pardo:
Me quedo
sin embargo. Hay siempre contemplación.
¿No tengo
razón? Tú, que por mí tan amargo
gustaste
la vida, probando la mía, tú, padre,
primera
turbia infusión de mi deber,
cuando
iba creciendo, siempre volviendo a probar,
y con el
regusto de tan extraño futuro
ocupado,
escudriñabas mi vista empañada,
padre
mío, tú que desde que estás muerto, a menudo
en mi
esperanza dentro de mi tienes miedo,
y
renuncias por mí a la indiferencia, como la tienen los
[muertos,
a
imperios de indiferencia, por mi poco de destino,
¿no tengo
razón? Y vosotros ¿no tengo razón?
Vosotros,
que me quisisteis por el pequeño comienzo
de amor a
vosotros, del que me apartaba siempre,
porque el
espacio en vuestro rostro,
cuando lo
quería, se me pasaba al espacio del mundo,
en el que
yo no estaba... Cuando tengo ánimo
de
esperar ante el escenario de marionetas, no,
tan
plenamente contemplar que para equilibrar
al fin mi
mirada. debe entrar como actor
un ángel
que agite las marionetas.
Ángel y
Muñeca: esta es por fin una función.
Entonces
coincide lo que nosotros constantemente
dividimos,
en cuanto existimos. Sólo entonces brota
de
nuestras estaciones el cielo
de la
completa transformación. Pasando sobre nosotros
actúa
entonces el ángel. Mira, los que mueren
no debían
sospechar qué lleno de pretexto
está todo
lo que hacemos aquí. Todo
no es
ello mismo. Oh, horas de la infancia
cuando
tras las figuras algo más que solamente
pasado
había, y ante nosotros no estaba el futuro.
Crecíamos
libremente y empujábamos a veces
para
hacernos mayores pronto, mitad por causa de ellos
que no
tenían otra cosa sino el ser mayores.
y
estábamos sin embargo en nuestro ir solos
divertidos
con lo duradero y allí quedábamos
en el
intervalo entre espacio y juguete,
en un
lugar que desde el principio
estaba
fundado para un puro tránsito.
¿Quién
muestra a un niño, tal como está? ¿Quién le pone
en las
constelaciones y le da la medida de la distancia
en la
mano? ¿Quién hace la muerte infantil
de pan
gris, que se endurece, o la deja
entrar en
la boca redonda como el troncho
de una
hermosa manzana...? Los asesinos
son
fáciles de notar. Pero esto: la muerte,
la muerte
entera. aun antes de la vida
tan
suavemente contener y sin tomarlo a mal,
es
indescriptible.
QUINTA
ELEGÍA
Dedicada
a la Sra. Hertha Koenig
Pero
¡quiénes son esos, dime, los que vagan, esos un poco
más
vagabundos aún que nosotros mismos, a quienes, impul-
[sándoles desde muy pronto,
retuerce
una voluntad
jamás
contenta de amar ¿a quién, a quién? Sino que los
[retuerce,
los
dobla, los entrelaza y empuja,
los
arroja y vuelve a tornar: como de un aire más aceitado,
más liso,
descienden ellos
a la
estera desgarrada,
adelgazada
por su eterno brincar, a esa perdida
estera en
medio del universo,
colocada
como un esparadrapo, como si. el cielo - arrabal
de la
tierra allí le hubiera hecho daño.
Y apenas
allí
de pie,
allí y señalada: del erguirse
la gran
inicial... ya también, los más fuertes
hombres,
los vuelva a plegar, por broma, el agarrón
que llega
siempre: como Augusto el Fuerte en la mesa
doblaba
un plato de estaño..
Ay, y en
torno a ese
centro,
la rosa de la contemplación:
florece y
se deshoja. En torno a ese
mazo, al
pistilo, al que tocado del propio
polen
floreciente, fructificado en falso
fruto
otra vez de la desgana: de la suya
nunca
dándose cuenta -desgana brillante
con la
más tenue superficie que parece sonreír levemente.
Allí el
marchito, arrugado gimnasta,
el más
viejo, el que sólo toca el tambor,
metido en
su, enorme piel, como si ésta hubiera antes
contenido
a dos hombres, y uno
yaciera
ya en el cementerio, y él sobreviviera al otro,
sordo y a
veces un poco
perdido
en la piel enviudada.
Pero el
joven, el hombre, como si fuera hijo de una
[cerviz
y una
monja; tirante y tensamente relleno .
con
músculos y simpleza.
Oh
vosotros,
a los que
un dolor que todavía era pequeño
una vez
recibió como juguete, en una de sus
largas
convalecencias...
Tú que
con el abrirse floral,
con sólo
los frutos lo conocen, inmaduro,
cien
veces al día te desprendes del árbol del movimiento
edificado
en común (que, más raudo que agua, en pocos
minutos
tiene primavera, verano y otoño),
caes y
chocas en la tumba:
a veces,
en mitad de la pausa, quiere una amorosa
fisonomía
brotarte más allá hacia tu raramente
suave
madre; pero se pierde en tu cuerpo,
que lo
gasta superficialmente, el rostro
tímidamente
apenas intentado... Y de nuevo
chasca el
hombre en la mano para saltar. y antes
de que a
ti alguna vez se te haga más claro un dolor en la
[cercanía del corazón
siempre
trotando, le viene el ardor de la planta del pie,
a su
origen, anticipándose con un par de lágrimas
[corporales,
que
rápidamente se te han agolpado a los ojos.
y sin
embargo, a ciegas,
la
sonrisa...
Ángel,
oh, tómala, arráncala, la yerba curativa de diminuta
[flor.
Haz un
búcaro, guárdala. Ponla bajo esos gozos, que aún
no se nos
han abierto; en urna gentil
celébrala
con impetuosa inscripción floral: “subrisio
[saltat”,
Tú
entonces, amable,
tú muda,
desbordada por los gozos
excitantes.
Quizá son
tus
flecos de buena suerte para ti
o sobre
los jóvenes
pechos
turgentes la verde seda metálica
se siente
mimada sin fin y de nada prescinde.
Tú,
siempre de otro modo puesta sobre todas las balanzas
[oscilantes del equilibrio,
fruta de
mercado en la indiferencia
públicamente
bajo los hombros.
Dónde, oh
dónde está el lugar -lo llevo en el
[corazón-
donde
ellos ya largamente no podían ir, aún entre sí
se
desgajaban, como animales cubriéndose
no bien
emparejados,
donde los
pesos son todavía pesados,
donde
todavía caen los platos
de sus
varillas que en vano remolinean...
Y de
repente, en este penoso vacío, de repente
el jugar
indecible, donde la pura escasez
incomprensiblemente
se transforma, salta
a ese
vacío exceso.
Desde el
cálculo de muchas cifras
transcurre
sin número.
Plazas,
oh plaza en Paris, infinito escenario
donde la
modista, Madame Lamort,
anuda y
tuerce los intranquilos caminos de la tierra,
ligaduras
interminables, e inventa
con ellos
nuevos lazos, encañonados, flores escarapelas,
[frutas postizas,
todo
mentirosamente teñido, - para los baratos
sombreros
invernales del destino.
Ángel, si
hubiera un sitio que no sabemos, y allí
en estera
inefable mostraran los amantes que aquí
no
llegaron a poderlo hacer, sus atrevidas
figuras
altas del ímpetu del corazón,
sus
torres de alegría, sus escalas
mucho,
tiempo, donde nunca hubo suelo, sólo entre si
apoyadas
-y lo pudieran hacer
ante los
espectadores en torno, incontables muertos
[callados:
¿Echarían
éstos entonces sus últimas monedas, siempre
ahorradas,
siempre ocultas, que no conocemos, las
[eternamente
valiosas
monedas de la felicidad, ante la pareja
al fin de
veras sonriente en la aquietada
estera?
SEXTA
ELEGIA
Higuera,
desde hace cuanto tiempo ya me es significativo
cómo
saltas casi por completo la floración,
y allá
dentro del decidido fruto maduro
sin
celebrar, metes tu puro misterio.
Como el
ceño de la frente, empuja tu doblado
[ramaje
hacia
abajo y adelante: y él brota del sueño,
casi sin
despertar, a la dicha de su más dulce logro.
Mira:
como el dios del cisne...
Pero nosotros nos demoramos,
ay, nos
da gloria florecer, y en el interior retardado
de
nuestro fruto final entramos traicionados.
A pocos
sube tan fuerte el empuje del actuar
que ya se
ajustan y se inflaman en la plenitud del
[corazón,
si la
seducción para florecer como brisa nocturna
[aliviada,
les toca
la juventud de la boca, les toca los párpados:
a los
héroes quizá y a los prontos destinados al más allá,
a los que
lá muerte jardinera les pliega de. otro modo las
[venas.
Esos se
precipitan allí: se adelantan a su propia
sonrisa,
como el tiro de caballos al rey victorioso
en las
suaves imágenes ahondadas ante Karnak.
Pero
milagrosamente cercano está el héroe a, los muertos
[juveniles. Durar
no va con
él. Su aurora es existir: constantemente
se vuelve
a concentrar y entra en la cambiada
[constelación
de su
constante peligro. Pocos le hallaran allí. Pero
el
destino, que nos calla oscuro, súbitamente
[entusiasmado
le lleva
cantando a la tempestad de su mundo
[estruendoso.
Pero a
nadie oigo como a él. De repente me traspasa
con el
aire agolpado de su melodía oscurecida.
Entonces,
cómo me gustaría esconderme de la nostalgia. Oh,
[si fuera,
si fuera
yo un niño y pudiera aún llegar a serlo y me
sentara
apoyado en los brazos futuros, y leyera sobre
[Sansón,
cómo su
madre primero nada paría y después o parió todo.
¿No era
héroe ya en ti; ¡oh madre!, no empezó
ya allí,
en ti, su soberana elección?
Millares
fermentaban en el vientre y querían serlo,
pero
mira: él tomó, dejó, eligió y pudo.
Y si
derribó columnas, fue cuando irrumpió
del mundo
de tu cuerpo al mundo más estrecho, donde
[siguió
eligiendo
y pudiendo. ¡Oh madres de los héroes,
oh origen
de torrentes rompedores! Vosotras, simas, en que
desde to
alto del borde del corazón, quejándose,
ya las
muchachas se precipitaron, las futuras víctimas para
[el hijo.
Invadía
el héroe las estancias del
amor,
cada una le elevaba, cada corazón por él latía,
y vuelto
de espaldas ya, al final de la sonrisa,
distinto
estaba.
SÉPTIMA
ELEGÍA
No más
solicitación, no solicitación, voz emancipada
sea la
naturaleza de tu grito; en verdad gritaste puro como
[el pájaro
cuando la
estación le eleva, al crecer, casi
[olvidando
que es un
animal acongojado y no sólo un corazón
[aislado
que ella
arroja a lo sereno, al cielo interior. Como él, así
solicitarías
también, no menos, para que, aún
[invisible.
te notase
la amiga, la callada, en quien una respuesta
se
despierta despacio y al escuchar se calienta,
sensitiva
encendida para tu atrevido sentimiento.
Oh y la
primavera comprendería; no hay lugar allí
que no
llevara el sonido de la Anunciación. Primero ese
[pequeño
rumor
interrogante, que con inquietud creciente
hasta la
anchura rodeada de silencio de un puro día afir-
[mador.
Luego las
escalas arriba, escalas de llamadas arriba hasta el
[soñado
templo
del futuro: luego el trino, fuente,
que al
chorro impetuoso ya anticipa la caída
en juego
prometedor... Y ante sí, el verano.
No sólo
las mañanas todas del verano: no sólo
cómo se
transforman en día y destellan antes de empezar.
No sólo
los días que son tiernos en torno a las flores, y
[arriba,
fuertes y
poderosos en torno a los árboles ya formados.
No sólo
la devoción de estas fuerzas desplegadas,
no sólo
los caminos, no sólo los prados por la tarde,
no sólo,
tras la tormenta tardía, el aclararse en respiro,
no sólo
el sueño acercándose y un presentimiento por la
[tarde...
¡sino las
noches! Sino las altas noches del ver ano,
sino las
estrellas, las estrellas de la tierra.
Oh, estar
muerto una vez y saberlas sin fin,
todas las
estrellas: porque, ¿cómo, cómo, cómo olvidarlas?
Mira.
allí llamaba yo a la amante. Pero no sólo ella
Vendría...
Vendrían de quebradizas tumbas
muchachas,
y se quedarían quietas... Porque, ¿cómo limitaría
[yo,
cómo mi
llamada voceada? Los hundidos siguen
siempre
buscando tierra. Para vosotros, niños, una cosa
del
aquende, una vez agarrada, valdría por muchas.
No creáis
que el destino es más que el espesor de la infan-
[cia,
¡cómo
sobrepasabais a menudo a las amadas, jadeando,
respirando
tras la carrera feliz a la nada, en lo libre!
Estar
aquí es soberbio. Lo sabíais, muchachas, también
[vosotras,
que
privadas aparentemente de vosotras os hundisteis voso-
[tras en las más horribles
callejas
de la ciudad, supurantes o abiertas
al
desperdicio. Pues una hora, cada cual fue, quizá ni una
hora entera,
algo apenas medible con las medidas del tiempo
entre dos
ratos, cuando ella tuvo una existencia.
Todo. Las
venas llenas de existencia.
Solo,
olvidamos muy fácilmente lo que el risueño vecino
no nos
confirma o envidia. Visiblemente
queremos
elevarlo, a donde sin embargo la más visible suerte
sólo se
nos. da a reconocer, si nosotros lo transformamos
[dentro.
En ningún
lugar, amada, se hará mundo, sino dentro. Nuestra
vida pasa
allá con transmutación. Y cada vez más pequeño
se disipa
lo externo. Donde una vez hubo una casa duradera,
aparece
una figura meditada, al sesgo, perteneciente
por
completo a lo meditable, como si aún estuviera entera
[en el cerebro.
El
espíritu del tiempo se crea amplios desvanes de la fuerza,
[informes
como el
tenso empuje que él obtiene de todo.
Ya no
conoce templo. Esta disipación del corazón
la
ahorramos con más secreto. Sí, donde aún una cosa
[perdura,
una cosa
antaño rogada, servida, reverenciada...
se
sostiene, como es, ya hacia lo invisible.
Muchos ya
no lo echan de ver, sin la ventaja
de que
ahora lo construyen inferiormente, con pilastras y
[estatuas, mayor!
Cada
sordo giro del mundo tiene tales desheredados,
a quienes
ni lo anterior ni tampoco lo inmediato pertenece.
pues
también lo inmediato está distante para los hombres.
[No nos debe
confundir
esto: que fortalezca en nosotros la conservación
de la
forma ya reconocida. Esta estuvo una vez entre
[hombres.
se alzó
en medio del destino, en medio de lo aniquilador.
[en medio
del no
saber adónde ir, como siendo, a inclinó
hacia si
estrellas de los cielos asegurados. Ángel,
a ti
todavía te lo muestro, ahora al fin erguido.
Columnas,
pórticos, la esfinge, el brotar esforzado,
gris,
desde la ciudad, decadente o extraña. de la catedral.
¿No fue
milagro? Oh, ángel, asómbrate, porque nosotros
[lo somos,
nosotros:
oh, tú, el mayor, cuéntalo, que hemos logrado tal
[cosa:
mi
aliento no alcanza para la alabanza. Así, sin embargo,
[no hemos
desperdiciado
los espacios, estos otorgadores
espacios
nuestros. (¡Qué terriblemente grandes deben ser
si no
pueden desbordarlos milenios de nuestro sentir!)
Pero una
torre era grande ¿no es verdad? Oh, Angel, lo
[era...
grande
¿también a tu lado? Chartres era grande... y la
[música
aún
alcanzaba más allá y nos sobrepasaba. Pero sólo aun
una
amante, oh, sola en la ventana nocturna.._
¿no to
alcanzaba a la rodilla?
No creas que ruego
Ángel, y
aunque te rogase, tú no vendrías. Pues mi
llamada
siempre está llena de marcha: contra tan fuerte
corriente
no puedes caminar. Como un brazo
extendido
es mi llamada. Y su mano abierta
hacia
arriba para agarrar, queda ante ti
abierta,
como defensa y aviso,
abierta
arriba ioh inasible!
OCTAVA
ELEGÍA
Dedicada
a Rudolg Kassner
Con
plenos ojos ve la criatura
lo
abierto. Nuestros ojos están vueltos
adentro,
alrededor de .la salida
abierta,
colocados como trampas.
Sabemos
lo de fuera solamente
por el
rostro del animal. Ya al niño
le
torcemos, obligando a que vea
hacia
atrás lo formado, no lo abierto,
tan
profundo en el animal. Sin muerte.
Sólo
nosotros vemos muerte: el libre
animal
tiene tras de sí su muerte
y ante sí
a Dios, y cuando va, camina
por lo
eterno, lo mismo que las fuentes.
Nunca
tenemos, ni un momento, el puro
espacio
por delante, en que las flores
se abren
interminables. Siempre hay mundo
y nunca
el puro no lugar sin nada:
lo puro,
incustodiado, que aspiramos
y sin fin
sabe, y nada quiere. El niño
se pierde
en eso a ocultas, y le tienen
que
sacudir. O alguno muere, y lo es.
Junto a
la muerte, no se ve la muerte:
se mira afuera,
fijo, con mirada
animal.
Los amantes, sin el otro
que tapa
la mirada, ya se acercan,
pasmados...
Por descuido, se les abre
tras el
otro. Pero ninguno pasa
tras el
otro: otra vez se le hace mundo.
Siempre
enfrente de lo creado, vemos
sólo en
ello el reflejo de lo libre,
con
nuestra sombra. Acaso un animal
mudo alza
la mirada y nos traspasa.
Esto es
destino: estar plantado enfrente,
y nada
más, y siempre puesto enfrente.
Si
hubiera un ver al modo nuestro en ese
animal
que se cruza a nuestro paso,
él se nos
llevaría. a rastras, rotos,
en su
marcha. Pero su ser, para él
es
infinito. libre y sin mirada
para su
estado, puro: así sus ojos.
Y donde
vemos porvenir, ve todo
y se ve
en todo, a salvo para siempre.
Sin
embargo; atento animal cálido
tiene el
peso de alguna gran congoja.
pues él
lleva también lo que a menudo
nos
abruma: el recuerdo, como si eso
a que
tendremos, otra vez hubiera
estado
cerca, fiel, con un contacto
de
suavidad sin fin. Aquí es distancia
todo, y
allí fue aliento. Tras el prístino
hogar,
éste es ambiguo y le entra el viento.
¡Dicha de
la criatura diminuta,
que
siempre sigue en el seno que la hizo!
¡Ventura
del mosquito, que por dentro
aún
salta, hasta en su boda: todo es seno!
Y mira el
pájaro, y su calma a medias:
al nacer,
casi sabe los dos mundos,
como si
fuera el alma de un etrusco,
un muerto
que ya ha entrado en un espacio,
pero
echada en la tapa su figura.
Y qué
duro, si un ser debe volar
y procede
de un seno. Va asustado
de él
mismo, por el aire, en zigzag, como
la grieta
por la taza: así el murciélago
rasga la
porcelana de la tarde.
Y
nosotros, mirones, siempre, en todo,
frente a
todo, sin mirar hacia fuera!
Nos
desborda. Lo ordenamos. Y cae.
otra vez
lo, ordenamos: y caemos.
¿Quién
nos volvió al revés, para que siempre
por más
que hagamos, tengamos el gesto
del que
se marcha? Igual que éste, en el cerro
Ultimo
que le muestra el valle entero
otra vez,
se detiene, y se demora,
así
vivimos, siempre en despedida.
NOVENA
ELEGÍA
¿Por qué
si cabe pasar así el término de la vida
como el
laurel. un poco más sombrío que todo
otro
verde, con pequeñas ondas en el filo
de cada
bola (corno sonrisa de un viento) : por qué, pues,
violentar
to humano, y, esquivando el destino,
anhelar
destino?
Oh, no porque sea felicidad
ese
precipitado provecho de una pérdida cercana.
No por
curiosidad, o por ejercitar el corazón.
que
también estaría en el laurel ....
sino
porque estar aquí es mucho, y aparentemente
todo lo
de acá nos necesita, lo que se desvanece,
lo que raramente
nos toca. A nosotros, los que más nos
[desvanecemos.
Una vez
sola, cada cosa, una vez. Una vez y no más. Y
[nosotros
también
una vez. Y sin volver. Pero ese
haber
sido una vez, aunque una vez sola:
haber
sido terrestre, no parece revocable.
Y así nos
apresuramos y queremos cumplirlo.
queremos
contenerlo en nuestras simples manos.
en el
mirar más henchido y en el corazón sin habla.
Queremos
llegar a serlo. ¿Darlo a quién? Preferiríamos
guardarlo
pare siempre... Ay, en la otra condición,
ay, ¿qué
se lleva uno allí? No el mirar, ni lo aquí
lentamente
aprendido: nada ocurrido aquí. Nada.
pero sí
los dolores. Y también, sobre todo, la gravedad,
la larga
experiencia del amor: sí
lo
puramente indecible. Pero más adelante
bajo las
estrellas, ¿qué puede hacer esto? Ellas saben mejor
[ser indecibles
Porque el
caminante tampoco trae, de la ladera de la
[sierra
al valle,
un puñado de tierra, indecible para todos, sino
una
palabra ganada, pura: la genciana amarilla
y azul.
Quizá estamos aquí para decir: casa,
puente,
manantial, puerta, cántaro, árbol frutal, ventana,
y todo lo
más: columna, torre...; pero decir.
[compréndelo,
decir
así, como las mismas cosas nunca creyeron
ser tan
dentro_ ¿No es una secreta astucia
de esta
tierra callada, cuando empuja a los amantes,
para
encantar en su sentimiento todas las cosas?
Umbral:
¿qué es para dos
amantes,
que usen un poco el propio umbral más
[antiguo
de la
puerta, ellos mismos después de tantos
y antes
de tantos que vendrán... suavemente?
Aquí es
el tiempo de lo decible, ésta es su casa.
Habla y
declara. Más que nunca
caen las
cosas, pasan: las visibles, pues
lo que
las desplaza sustituyéndolas es un hacer sin
[forma.
Hacer
bajo costras que saltan de buen grado, tan
[pronto
como la
manufactura las rebosa y se conforman de otra
[manera.
Entre los
martillos aguanta
nuestro
corazón, como la lengua
entre los
dientes, que, no obstante,
pese a
ellos, sigue siendo la que alaba.
Alaba el
ángel el mundo, no el indecible: ante él
no puedes
presumir con lo soberanamente percibido: en
[el todo del mundo
donde él
siente más hondo, tú eres un recién llegado.
Por eso
Enséñale
lo sencillo, que, formado a través de las gene-
(raciones,
como cosa
nuestra, vive junto a la mano y la mirada.
Dile las
cosas. Quieto estará, con estupor, como tú estabas
viendo.
al cordelero en Roma, o al alfarero en el Nilo.
Ensénale
qué feliz puede ser una cosa, qué inocente y qué
[nuestra:
cómo
hasta la pena quejosa se decide, pura, a la forma,
sirve de
cosa, o muere en una cosa: y hacia allá,
dichosa
escapa del violín. Y esas cosas
que viven
de evasión. comprenden que las alabes, fugaces,
confían
en alguna salvación en nosotros, Los más fugaces
[de todo.
Quieren,
y debemos transmutarlas enteras en nuestros co-
[razones
en
nosotros, infinitamente: en nosotros seamos lo que seamos
[al fin.
Tierra,
¿no es eso lo que quieres: invisible
resurgir
en nosotros? ¿No es tu sueño
hacerte
un día invisible? ¡invisible, tierra!
¿Qué es
tu orden apremiante, sino
[transmutación?
Tierra,
amada, yo quiero. Créeme, ya no hacían
[falta
tus
primaveras para ganarme: una,
una sola
ya es demasiado para la sangre.
Desde
lejos estoy inefablemente decidido hacia ti
Siempre
tuviste razón, y tu sagrada irrupción
es la
muerte amistosa.
Mira, yo
vivo. ¿De qué? Ni la niñez, ni el futuro
menguan...
Existir innumerable
me brota
en el corazón.
DÉCIMA
ELEGÍA
Que
alguna vez yo, a la salida de la enconada inteligencia
cante
júbilo y alabanza a los ángeles concordes.
Que de
los martillos claramente pulsados del corazón
ninguno
falle, tocando en cuerdas blandas, dudosas o
rotas.
Que mi rostro fluyente
me haga
más brillante; que el llorar inaparente .
florezca.
Oh qué queridas me seréis entonces, noches,
doloridas.
¡Por qué no os recibiría yo, inconsolables her-
[manas,
arrodillándome,
y no me entregaría
disuelto
a vuestra suelta cabellera! Nosotros, estropeadores
[de los dolores,
cómo los
prevemos, en la triste duración,
a ver si
acaso no terminan. Pero ellos son, sí
nuestro
follaje perenne, nuestra oscura pervinca,
una de
las estaciones del año secreta, - no sólo
tiempo -,
son lugar, establecimiento, campamento, suelo, re-
[sidencia.
Ciertamente,
ay. qué extrañas son las callejas de la ciudad del
[dolor,
donde en
el falso silencio, hecho de exceso de ruido,
fuerte,
de las rebabas del molde del vacío,
se
pavonea el ruido sobredorado, el monumento estallante
¡Oh, cómo
les pisotearía sin dejar rastro un ángel su mercado
[de consuelos,
que
limita la iglesia, su iglesia que compraron hecha:
limpia y
cerrada y desengañada, como una estafeta en
[domingo!
Pero
fuera se escarolan siempre los bordes de la feria.
¡Columpios
de la libertad! ¡Buzos e ilusionistas del afán!
¡Y tiro
al blanco, con figuritas, de la suerte engalanada
donde hay
pataleos desde el blanco y arrebatos de hojalata
si uno
más hábil acierta! De aplauso a casualidad
sigue,
vacilando: pues barracas de toda curiosidad
solicitan,
tamborilean y lloran, Pero para los mayores
todavía
hay que ver, en especial, cómo se aumenta el dinero
[anatómicamente,
no sólo
por el placer: el órgano sexual del
[dinero,
todo el
conjunto, el proceso... esto instruye y
[hace
fértil.
Oh, pero
en seguida, más allá.
tras la.
última tabla, pegada de carteles de “Sin
[Muerte»,
esa
cerveza amarga, que a los bebedores parece dulce,
si mascan
con ella siempre diversiones frescas...
a
espaldas mismo de la tabla, atrás mismo, es de
[verdad.
Juegan
niños y se abrasan amantes, aparte,
serios,
en la mísera hierba, y los perros siguen su
[naturaleza.
Más allá
aún tira esto del muchacho; quizá, que él ama
a una
joven Queja... Tras ella viene a los prados.
Ella dice:
Lejos.
Vivimos allá fuera...
¿Dónde? Y el muchacho
sigue. Le
impresiona su actitud. El hombro, el cuello,
[- quizá
ella es
de estirpe soberana. Pero él la deja, da la
[vuelta,
se ladea,
hace un gesto... ¿Para qué? Ella es una queja.
Sólo los
muertos jóvenes, en el primer estadio
de
indiferencia sin tiempo, en el desacostumbrarse,
la siguen
con amor. A las muchachas
espera y
saluda con amistad. Les muestra sin ruido
lo que
tiene encima. Perlas del dolor y los finos
velos de
la paciencia. Con los muchachos, marcha ella
[callada.
Pero allá
donde viven, en el valle, una Queja de las más
[viejas
se ocupa
del muchacho, cuando él pregunta. -Éramos,
dice, una
gran raza, en tiempos, nosotras las Quejas. Los
[padres
ahondaban
la mina allá en la gran cordillera; entre los
[hombres
encuentras
a veces un trozo tallado de dolor prístino,
o. de un
antiguo volcán, cólera petrificada en escoria.
Si, esto
procede de allá. En tiempos fuimos ricas...
Y le
guía, ligera. por el ancho paisaje de las Quejas,
le enseña
las columnas de los templos o los escombros
de esos
castillos, desde donde príncipes de Quejas
[dominaron
el país,
antaño, sabiamente. Le muestra los altos
árboles
de lágrimas y campos de melancolía en flor
los vivos
los conocen sólo como suave follaje);
le enseña
los animales de la tristeza, paciendo; y a
[veces
se asusta
un pájaro, y tira, volando al nivel de la
[mirada.
Hacia
allá, de la imagen de escritura de su grito solitario.
Al
atardecer, le lleva a las tumbas de los antiguos
de la
raza de las quejas; sibilas y augures.
Pero al
aproximarse la noche, marchan más quedamente, y
[pronto
hay
fulgor lunar arriba, el sepulcro
que
vigila sobre todo. Fraternalmente con la del Nilo,
la
sublime esfinge, rostro
de la
cámara en silencio.
Y admiran
la cabeza de la corona, que para siempre,
callando,
ha puesto el rostro de los hombres
en la
balanza de las estrellas.
No lo
entiende su mirada, con vértigo
en la
muerte temprana. Pero la mirada de ella,
brotando
tras el borde del pschent, ahuyenta al búho. Y
[éste,
deslizándose;
en lento roce, a lo largo de la mejilla,
la del
más maduro redondeo,
señala
suave en el nuevo
oído del
muerto, sobre una hoja
doble
abierta, la silueta indescriptible.
Y más
arriba, las estrellas. Nuevas. Las estrellas del país del
[dolor.
Despacio
las nombra la Queja: “Aquí,
mira: el
Jinete, la Vara, y a la constelación más llena
le llaman
Guirnalda de Frutas. Luego, más allá, hacia el
[Polo:
Cuna,
Camino. el Libro Ardiente, Muñeca, Ventana.
pero en
el cielo del Sur, pura, como en la palma
una mano
bendita, la M, clara, resplandeciente,
que
quiere decir las Madres...”
Pero el
muerto debe seguir, y callada, la Queja más vieja
le lleva
a la garganta del valle,
donde
centellea a la luz de la luna:
la Fuente
del gozo. Con veneración,
la nombra
ella y dice: “Entre los hombres
es un
torrente arrastrador.”
Están al
pie de la sierra.
y allí
ella le abraza, llorando.
Solo,
sigue subiendo, por la montaña del dolor prístino.
Y ni una
vez resuena su paso desde el Hado
[enmudecido.
Pero si
evocaran los muertos infinitos en nosotros un
[símbolo,
mira,
señalarían quizá las colgantes candelillas
de la
avellana vacía, o
aludirían
a la lluvia, que cae al empezar el año sobre el
[oscuro imperio terrestre.
Y'
nosotros, que pensamos en dicha
ascendente,
sentiríamos el choque
que casi
nos sobresalta
si cae
algo feliz.
LOS
SONETOS A ORFEO
Escritos
como epitafio para Wera Ouckama Knoop)
Chateau
de Muzot, febrero de 1922.
PRIMERA
PARTE
I
Allí se
elevó un árbol. ¡Oh, puro superar!
¡Oh,
canta Orfeo! !Oh, alto árbol en el oído!
Y todo
calló. Pero incluso en el silencio
hubo un
nuevo empezar, seña y transformación.
Brotaron
animales del silencio del claro
bosque
suelto y exento de guaridas y nidos;
y se vio
que no estaban tan callados en sí
por
astucia ni miedo, sino porque escuchaban.
Rugidos y
clamores, bramidos, parecían
poco en
sus corazones. Y donde había apenas
una
cabaña para percibirlo, un refugio
hecho del
más oscuro deseo, con las jambas
de la
puerta temblando; allí les erigiste
un templo
en el oído.
II
Fue casi
una muchacha, que surgió
de esa
dicha unitaria del cántico y la lira,
y
refulgiendo clara, a través de sus velos
primaverales,
se hizo un tálamo en mi oido.
Y en mí
durmióse. Y todo fue su sueño.
Los
árboles que siempre la admiraron, aquellas
lejanas
letanías, las sentidas lontananzas
y todo
pasmo que le sorprendía.
Dormía al
mundo. ¡Oh, dios cantor! ¿De qué manera
las has
hecho que no exigió
despertar.
Amaneció y durmióse.
¿Dónde su
muerte está?' ¿Inventarás aún
este
tema, antes que se consuma tu canto?
Desde mi,
¿dónde se hunde...? Era una muchacha casi...
III
Un dios
lo pudo. Pero, dime, ¿cómo podrá,
a través
de la estrecha lira, seguirle un hombre?
Su
sentido es discordia. En un cruce de sendas
del
corazón,. no se alza un templo para Apolo:
El
cántico, tal como lo enseñas, no es deseo,
no es
solicitud de algo finito y alcanzable;
cántico
es existencia. Para el dios algo, algo fácil.
Pero
nosotros, ¿cuándo somos? ¿Y él, cuándo vuelve
hacia
nuestro existir la tierra y las estrellas?
No se
trata de que ames, muchacho, aunque la voz
irrumpa
por la boca a golpes -aprende
a olvidar
que cantabas. Esto era transitorio.
Cantar de
veras es otro aliento. Un aliento
por nada.
Es un respiro en el dios. Es un viento.
IV
¡Oh
suaves! Entrad de vez en cuando
en el aliento
que no os significa;
que se
divida por vuestras mejillas
tras de
vosotros, otra vez reunido.
¡Oh
bienaventurados, oh sagrados,
como el
principio de los corazones!
Arco de
flechas y blanco de flechas,
vuestra
sonrisa fulge más eterna entre lágrimas.
No os
asustéis de padecer: los pesos
devolvedlos
al peso de la tierra:
pesados
son los montes y los mares.
Aun los
árboles que plantasteis, niños,
se
hicieron muy pesados: no los soportaríais.
pero los
vientos... pero los espacios...
V
No
erijáis una estela. Dejad sólo a las rosas
florecer
en su honor todos los años.
Pues es
Orfeo: son sus metamorfosis
en esto y
en aquello. No hemos de preocuparnos
por
buscar otros nombres. De una vez para siempre
es Orfeo,
si canta. Viene y va.
¿No es ya
mucho que a veces sobreviva
a la piel
de las rosas unos días?
!Cómo ha
de disiparse para que lo captéis!
Aunque
también a él mismo le aterre disiparse.
Su
palabra trasciende el estar aquí, y ya
está
allí, donde nada le acompaña.
La verja
de la lira no violenta sus manos.
Y él
obedece. yendo más allá.
VI
¿Es un
ser de este mundo? No: su naturaleza
procede
de los dos imperios, en su anchura.
Más sabio
doblaría a los sauces sus ramas
aquél que
conociera las raíces de los sauces.
Al iros a
la cama nos dejéis en la mesa
ni pan ni
leche: atraen a los muertos.
Pero él,
conjurador, está mezclando,
bajo las
suavidades de los párpados,
su
aparición en todo lo visto, y el hechizo
del vaho
de la tierra y la ruda, es para él
tan
verdadero como la percepción más clara.
Nada
puede estropearle la imagen valedera:
de las
tumbas a las habitaciones,
alaba
anillo. prendedor y cántaro.
VIII
¡Alabar,
esto es! Puesto para alabar
surgió
como el metal del callar de la piedra.
Su
corazón, ioh lagar transitorio
de un
vino interminable para el hombre!
La voz
nunca en el polvo le desmaya
cuando el
divino ejemplo le ha invadido.
Todo se
hace racimo, se hace viña,
madura en
su sensible mediodía.
Nunca la
podredumbre de las tumbas
de los
reyes desmiente su alabanza,
ni el que
caiga una sombra de los dioses.
El es de
los perennes mensajeros,
que, más
allá, en las puertas de los muertos,
alzan
fuertes con frutos de alabanza.
VIII
Solamente
en el ámbito de la alabanza puede
la queja
entrar, la ninfa de la fuente del llanto,
volando
sobre nuestro sedimento
para que
quede claro en esa misma roca,
que tiene
los altares y los pórticos.
Mira
apuntar en torno de sus hombros callados
la
sensación de que fuera la más
joven de
las hermanas en el ánimo.
El júbilo
lo sabe, y la nostalgia
confiesa:
solamente la queja aprende aún:
con manos
de doncella cuenta toda la noche
el mal
antiguo. Pero de repente, inexperta
y
oblicua, eleva al cielo una constelación
de
nuestra voz, que no turba su aliento.
IX
Sólo
quien ya elevó la lira
también
entre las sombras,
puede
intuir y revelar
la
alabanza infinita.
Sólo
quien comió con los muertos
su propia
adormidera
no
volverá a perder jamás
el más
leve sonido.
Aunque a
menudo en el estanque
se nos
hunde el reflejo:
conoce tú
la imagen.
Sólo en el
doble reino
se
volverán las voces
eternas y
suaves.
X
A
vosotros que nunca abandonáis mi tacto,
os
saludo, sarcófagos antiguos.
que
atraviesa la alegre agua de aquellos días
romanos,
igual que una canción que se transforma.
O a
aquellos tan abiertos, como
los ojos
de un pastor que se despierta alegre,
- dentro,
lleno de calma y de libar de abejas -
y fuera,
el aleteo de alegres mariposas:
a todas
esas bolas abiertas otra vez,
saludo, a
todas cuantas se arrancan a la duda;
que
sabían qué es eso de callar.
¿Lo
sabemos, amigos, lo ignoramos?
La hora
vacilante configura
ambas
cosas en el humano rostro.
XI
Mira al
cielo. ¿No hay una constelación «Jinete»?
porque
está extrañamente acuñado en nosotros
este
orgullo de tierra. Y aquél otro
que lo
empuja y mantiene y al que él lleva.
¿No está
acosada así y luego. domada
esta
naturaleza nostálgica del Ser?
Senda y
recodo. Pero una presión concilia.
Nuevas
anchuras. Y esos dos son uno.
¿Pero .lo
son? ¿0 no piensan los dos
el camino
que van haciendo juntos?
Sin
nombre, los separan ya el sauce y la mesa.
También
la ligazón estelar miente.
Pero
ahora, por un rato, alegrémonos
de creer
la figura. Ya es bastante.
XII
¡Gloria
al espíritu que logra unirnos,
pues en
verdad vivimos en figuras!
Y con
pasos pequeños, los relojes
van junto
a nuestro día verdadero.
Sin
conocer nuestro lugar auténtico,
actuamos
por percepción real.
Sienten a
las antenas las antenas
y la
vacía lejanía ha dado...
¡Música
de las fuerzas. tensión pura!
¿No se te
aparta toda turbación
de ti por
las tareas llevaderas?
Aun
cuando el labrador cuida y trabaja
donde en
verano crece la semilla,
nunca lo
alcanza. La tierra regala.
XIII
Manzanas
llenas, plátanos y peras,
grosellas...
Esto todo dice vida
y muerte
a nuestra boca.._ Me doy cuenta...
a una
niña se le lee en la cara,
cuando
los come. Viene de muy lejos.
¿pierde
despacio el nombre en vuestra boca?
Donde
había palabras, fluyen bienes,
liberados
con pasmo de la pulpa.
¿Osáis
decir lo que llamáis manzana?
Ese
dulzor, que al. principio se espesa.
suave,
para, erigiéndose en el gusto,
quedar
despierto, claro y transparente,
simbólico,
solar, terrestre y nuestro:
¡Oh,
instante, tacto, gozo! ¡Oh ser inmenso!
XIV
Vamos con
fruta y flor y hoja de viña.
No sólo
es el del año su lenguaje.
De la
sombra se eleva una potencia
de color,
y quizá trae luz de celos
de los
muertos que dan fuerza a la tierra.
¿Sabemos
de su parte en estas cosas?
Desde
hace mucho, suelen horadar
así la
arcilla con su libre tuétano.
Pero he
de preguntar: , ¿Lo hacen queriendo?
¿Brota el
fruto, labor de duros siervos,
redondo,
hacia nosotros, sus señores?
¿O son
ellos, durmiendo entre raíces,
los
reyes, y nos mandan de sus sobras
esta
mezcla de fuerza muda y beso?
XV
Esperad...
esto sabe... ya se escapa.
...Sólo
un poco de música, un piafar, un zumbido:
muchachas,
mudas, cálidas muchachas,
¡bailad
este sabor del fruto percibido!
Bailad
esta naranja. ¿Quién podría olvidarla,
cómo,
ahogada en sí misma, se resiste
contra su
dulzor? La habéis poseído.
La habéis
vuelto, preciosa, hacia vosotras.
Bailad
esta naranja. Arrojad de vosotras
el
paisaje más tibio; que irradie la madura
en
vientos de la patria. Revelad, inflamadas,
aromas en
aromas. ¡Cread el parentesco,
con la
cáscara pura y rehusada,
con la
savia que lleva a la dichosa!
XVI
Amigo
mío, tú estás solo porque...
Nos
apropiamos poco a poco el mundo
con
palabras y signos de los dedos;
quizá su
parte más floja y en riesgo.
¿Quién
con el dedo indicará un olor?
Pero de
fuerzas que nos amenazan
sientes
muchas... Conoces a los muertos,
y ante el
conjuro te estremeces. Mira,
ahora se
trata de soportar juntos
parte y
trozo como si fuera el todo.
Ayudarte
será difícil. Sobre todo
no me
plantes en tu corazón. Crecería
muy
veloz. Pero quiero guiar a mi Señor
la mano,
y decir: Este es Esaú, en su piel.
XVII
En lo más
hondo, el Viejo,
enredada
raíz de todos los construidos,
oculto
manantial
que ellos
no vieron nunca.
Casco de
guerra, cuerno
de
montero, proverbio de los encanecidos,
hombres
puestos en cólera
fraternal,
y mujeres lo mismo que laúdes...
Rama que
empuja a rama,
ni una
libre jamás...
¡Una, si!
Sube... oh, sube…
Pero aún
se quiebran. Esa
que por
fin llega arriba
se curva
como lira.
XVIII
Señor,
¿oyes lo nuevo
retumbar
y temblar?
Vienen
anunciadores
a
sublimarlo.
Ningún
oído escapa
a estar
lleno de estrépito,
mas la
parte mecánica
quiere
ser alabada.
Mira, la
máquina:
cómo
rueda y se irrita,
nos
desplaza y afloja.
Aunque
tiene su fuerza
de nosotros,
empuja
y sirve
sin pasión.
XIX
El mundo
cambia rápido
como
formas de nubes;
lo
cumplido regresa
al hogar,
a lo prístino.
Sobre el
cambio y la marcha,
más libre
y amplio, dura
aún lo
originario
canto,
dios de la lira.
No se
entiende el sufrir.
No se
aprendió el amor,
ni se
desveló qué
nos
separa en la muerte.
Sólo el
canto en la tierra
consagra
y solemniza.
XX
Pero a
ti, di, Señor, ¿qué dedicarte,
si
enseñas el oír a lo creado?
Mi
recuerdo de un día en primavera,
de su
poniente, en Rusia: de un caballo...
De la
aldea bajaba el rocín solo,
atadas
las pezuñas delanteras,
al prado,
a pasar solo aquella noche:
¡cómo
golpeaba la onda de sus crines
en el
cuello, al compás de la insolencia
de su
torpe galope encadenado!
¡Cómo
alzaba las fuentes de su sangre!
Presintió
lo lejano y ¡arre allá!,
cantó y
oyó: tu ciclo de leyendas
se cerró
en él. Su imagen te dedico.
XXI
La
primavera ha vuelto ya. La tierra
es una
niña que ha aprendido versos;
¡cuántos,
oh, cuántos son...! Por la paciencia
de tan
largo deber recibe un premio.
Duro fue
su maestro. La blancura
nos
gustaba en la barba de aquel viejo.
preguntad
a la niña ahora cómo
se dice
“azul” y “verde”: ¡ya lo sabe!
Tierra en
recreo, tú, dichosa, juega
con los
niños. Jugamos a cogerte,
tierra
alegre: lo logra el más alegre.
Sí, lo
que el viejo le enseñó, lo mucho,
lo
impreso en las raíces y en los largos
pesados
troncos: ella está cantándolo.
XXII
Somos los
apremiantes.
Pero el
paso del tiempo,
tomadlo
como poca
cosa en
lo que perdura.
Todo lo
presuroso
pronto
estará pasado;
pues sólo
nos consagra
aquello
que se queda.
No
arrojéis el valor
en la
velocidad,
mozos, ni
por volar.
Todo está
sosegado:
tiniebla
y claridad,
flor y
libro.
XXIII
Oh, sólo
cuando el vuelo
ascienda
a la quietud
del
cielo, no por si,,
para sí
suficiente
para, en
leves perfiles,
como
artefacto que
logró ser
favorito
del
viento, columpiándose;
cuando un
puro destino
venza al
pueril orgullo
de
aparatos que crecen,
ganancioso,
será,
cercano a
lo remoto,
lo que
hace volar, solo.
XXIV
¿Hemos de
rechazar nuestra antigua amistad,
aquellos
grandes dioses que nunca nos pedían,
porque no
conocieron el acero que, recio,
creamos;
o de pronto, buscarles en un mapa?
Esos
fuertes amigos que nos quitan los muertos
no tocan
nunca nuestras ruedas. Les hemos hecho
alejarse
de nuestros festines, y de nuestros
baños; a
sus enviados hacia nosotros, lentos,
les
derrotamos siempre. Más solitarios hoy
entre
nosotros, presos, y sin reconocernos,
no
sentimos las sendas como hermosos meandros,
sino como
peralte. Ya sólo en las calderas
arde el
fuego de antaño, y se alzan más martillos.
pero
perdemos fuerza como los nadadores.
XXV
Pero a ti
quiero ahora, a ti, a quien conocí
lo mismo
que una flor cuyo nombre no sé,
recordarte
otra vez, y señalarte, huida,
bella
amiga de juegos del grito insuperable.
Primero
bailarina, que de repente el cuerpo
vacilante
detuvo. como vaciada en bronces
su
juventud: atento y oyendo. De las altas
potencias
cayó música al corazón cambiado.
La
enfermedad estaba cerca. Ya
[ensombrecida
iba,
oscura, la sangre, pero sólo en
[sospecha
leve
brotaba a su natural primavera.
Una vez y
otra, rota, por tiniebla y caída.
terrenal
relucía. Hasta que tras terrible
golpe,
entró por la puerta sin esperanza, abierta.
XXVI
Tú,
divino, hasta el fin sonoro, cuando viste
que le
atacó el enjambre de Furias desdeñadas,
acallaste
sus gritos con tu orden, tú, más bello:
sobre las
destructoras se edificó tu juego.
Ninguna
destrozó tu corazón o lira.
Por mucho
que luchaban y rabiaban, las piedras
agudas
que arrojaban hacia tu corazón
se hacían
en ti suaves y dotadas de oído.
Por fin
te destrozaron, calientes de la
[cólera,
mientras
tu son duraba en leones y
[peñas,
en
árboles y pájaros. Allí cantas aún.
¡Oh tú,
perdido dios! ¡Huella infinita! Sólo
porque al
fin desgarrándote el odio te partió,
hoy oímos
y somos boca del Universo.
SEGUNDA
PARTE
I
¡Aliento,
tú, invisible verso! A cambio
de
nuestro propio ser,
puro
espacio de mundo. Contrapeso
en que
transcurro yo rítmicamente.
Ola
única, cuyo
mar
paulatino soy
el más
avaro, tú, de todo mar;
usura del
espacio.
¡Cuántos
de estos lugares del espacio
dentro de
mi han estado! Hay algún viento
que es
como un hijo mío. Aire, ¿me reconoces,
lleno aún
de lugares que antaño fueron
[míos?
Tú, que
fuiste la fúlgida corteza,
la hoja y
la redondez de mi palabra.
II
Como el
papel acercado con prisa
al
maestro recoge de él el trazo
más
auténtico, así obtiene el espejo
la
sonrisa sagrada y solitaria
de las
muchachas, cuando prueban solas
la
mañana, o con luces serviciales.
Y en el
aliento de los verdaderos
rostros.
sólo, un reflejo cae luego.
¿Qué
vieron ojos en la enhollinada
chimenea
apagándose despacio?
Miradas
de la vida, para siempre
perdidas.
Tierra, ¿quién sabe las pérdidas?
Sólo el
que cante y, pese a todo, alabe
el
corazón, nacido para el Todo.
III
Espejos:
nunca se ha descrito aún
a
sabiendas qué sois en vuestra esencia.
Intervalos
del tiempo que se colman
con
claros agujeros de tamices.
Disipando
el vacío de la sala,
cuando
atardece, vastos como bosques...
Y la
araña, que, con sus mil candelas,
va por
vuestra intransitabilidad.
A veces
estáis llenos de pinturas.
Unas
parecen dentro de vosotros,
a otras
las esquiváis tímidamente.
Pero la
más hermosa ha de quedarse
- hasta
que en sus mejillas contenidas
entre
disuelto el fúlgido narciso-.
IV
Este es
el animal que no ha existido.
No lo
sabían, pero lo han amado
siempre
-su paso, su gesto, su cuello,
y hasta
la luz de su mirada en calma-
No
existió, ciertamente. Pero porque
lo
amaban, puro, se hizo, este animal:
le
dejaron espacio claro, ahorrado,
en que
alzó su cabeza, sin hacerle
falta
existir, sin nutrirle de grano
sino de
ser posible que existiera.
Y esto
dio tanta fuerza al animal
que le
brotó, en la frente un cuerno, solo.
Blanco,
fue a una doncella, y existió
en su
espejo de plata como en ella.
V
Músculo
de la flor, el que a la anémona,
de mañana
en el prado, abre despacio
hasta que
en su regazo se derrama
la
polífona luz del puro cielo;
en la
callada estrella - flor tan tenso,
músculo
de la concepción sin fin,
a veces
tan cubierto de abundancia
que ni el
ocaso, llamando al reposo
puede
volverte a veces a cerrar
los
labios demasiado distendidos:
¡tú,
fuerza y decisión de cuántos mundos!
Nosotros,
los violentos, perduramos.
Pero
¿cuándo, en cuál vida, de entre todas,
al fin
nos abriremos, concibiendo?
VI
Rosa, la
entronizada, que para los antiguos
fuiste
tan sólo un cáliz con un borde sencillo,
pero para
nosotros eres la innumerable
flor
plena, inagotable objeto: en tu riqueza
un ropaje
sobre ropaje, encima
de un
cuerpo hecho de nada sino de resplandor:
pero a la
vez cada uno de sus pétalos es
negación
Y esquivez a toda vestidura.
Hace ya
muchos siglos que nos llama tu aroma
llegando
por encima de sus más dulces nombres:
de
pronto, está cerniéndose como gloria en el aire.
Pero no
lo sabemos nombrar: lo adivinamos...
A él
marchan los recuerdos que estábamos brindando,
desde horas
que podían escuchar la llamada.
VII
Flores,
en fin parientes de las manos. que os juntan.
[manos de
las muchachas de antaño y de este tiempo)
que a
menudo en la mesa del .jardín reposábais
de lado a
lado, mustias, suavemente dañadas,
en espera
del agua, que otra vez os anime
a la
muerte empezada... y ahora, nuevamente
elevadas
en medio de los polos cargadas
de
sensitivos dedos, que aliviaros supieron,
cuando
otra vez estábais en el búcaro juntas,
más de
cuanto pensábais: ligeras, refrescadas
lentamente
exhalando tibieza de muchacha
como al
confesar turbios pecados fatigosos,
que
cometió el cortarlas, como lazo, de nuevo
con los
que se ligaron, floreciendo, a vosotras.
VIII
Vosotros
pocos, viejos compañeros de juegos
de la
infancia en dispersos parques de la ciudad;
cómo nos
encontrábamos y en duda nos queríamos
e igual
que el Agnus Dei con su palabra escrita
como en
silencio hablábamos. Si teníamos gozo
no le
pertenecía a nadie. ¿De quién era?
y cómo se
rompía entre toda la gente
que
pasaba, y el miedo al año inacabable.
Alrededor
pasaban de largo extraños coches,
casas nos
circundaban, fuertes, pero no ciertas,
sin
conocernos nunca. ¿Qué era auténtico en todo?
Tan sólo
la pelota y su arco soberano...
Ni
siquiera los niños... Pero uno entraba a veces,
ay,
perdiéndose, bajo la pelota al caer.
In memoriam Egon von Rilke
IX
No os
gloriéis, al juzgar, de que ya no hay tortura
y de que
el hierro ya no estrangula los cuellos.
Ni un
corazón, ni nada sube porque un espasmo
de suavidad,
buscado, os desgarre más suave.
Lo que
pasaba en tiempos, vuelve a sacar de nuevo
el
cadalso, así el niño el juguete del viejo
cumpleaños
pasado. De otro modo entraría
en lo
puro, en lo alto, en corazón abierto
de par en
par el dios de suavidad auténtica.
Vendría
poderoso, dominando radiante,
cómo
dios, más que un viento para naves seguras.
No menos
que la queda revelación secreta
que nos
gana por dentro callada, como un niño
que juega
en paz, nacido de infinito aparearse.
X
A iodo lo
logrado amenaza la máquina,
osando en
el espíritu estar, no en la obediencia.
Para que
ya no luzca el hermoso
[temblor
de la
mano, ella pule la piedra más resuelta.
Nunca se
queda atrás para que le
[escapemos
y en la
fábrica quieta aceitosa, es su dueña
Es la
vida – la cree dominar como nadie -
con igual
decisión ordena. crea y rompe.
Pero la
vida aún tiene hechizo: en cien lugares
hay
todavía origen. Hay un juego de fuerzas
puras que
nadie toca si no se admira y
[postra.
Aún las
palabras brotan, suaves, de lo indecible...
siempre
nueva, la música, con las piedras más trémulas,
alza en
espacio inútil su divina mansión.
XI
Hay
reglas de la muerte ordenadas en paz
desde que
en el acoso te obstinas, dominante
hombre:
más que una red o trampa, eres el
[trapo
que se
cuelga delante de las cuevas del Karst.
Te hacen
entrar en calma como un signo de paz:
pero el
ojeador te sacude, y la
[noche
arroja
hacia la luz un puñado de
[pálidas
palomas
vacilantes... Pero esto es también justo.
Lejos del
que contempla todo aliento de
[pena,
no ya del
cazador que, lo que se aparece
a su
tiempo, realiza, activo y vigilante.
Matar es
una forma de nuestro duelo errante.
pero está
en el espíritu sereno
lo que
ocurre en nosotros.
XII
Desea el
cambio; exáltate para la llama en que algo
se te
escapa, que luce en
[transustanciaciones;
ese ánimo
que esboza, dueño de lo terrestre,
prefiere
la inflexión en la figura en
[vuelo.
Lo que en
quedar se encierra es ya lo vuelto rígido;
¿se
siente bien seguro bajo el gris
[invisible?
Espera,
algo muy duro anuncia desde lejos
lo duro:
Ay. se suspende el ausente martillo.
Quien
mana como fuente; el reconocimiento
le conoce
y le guía por la creación serena,
que tanto
se termina con principio, y comienza
con fin.
Feliz espacio viene de la ruptura
que cruza
con asombro. Y la Dafne
[cambiada,
quiere,
laurel sensible, que te cambies en
[viento.
XIII
A toda
despedida anticípate, como
dejándole
atrás, tal el invierno que parte.
Pues
entre los inviernos hay uno tan sin fin
que si tu
corazón lo pasa, vence en todo.
Quédate
siempre muerto en Eurídice, vuelve
cantando
y alabando a la percepción pura.
Aquí
entre los borrachos, en el reino en pendiente,
sé un
vidrio resonante, roto ya en el sonido.
Se - y a
la vez conoce la condición de no
Ser - la
base infinita de este oscilar interno,
para que
la realices por esta única vez.
A la
reserva usada, como a la sorda y
[muda,
de la
Naturaleza, a la suma indecible
súmate
jubiloso y aniquila la cifra.
XIV
Mira las
flores, que son siempre fieles a lo terrestre:
a las que
prestamos un destino al margen del destino.
mas
¡quién sabe! si de marchitarse se arrepienten,
¿no nos
toca a nosotros ser su remordimiento.
Todo
quiere flotar. Vamos como gravosos,
nos
ponemos en todo, encantados del peso;
oh qué
insaciables maestros somos para las cosas,
porque a
ellas les da dicha una infancia perenne.
Quien las
tomara dentro de su sueño interior,
durmiendo
con las cosas, qué ligero saldría,
distinto,
al otro día, de la hondura común.
o tal vez
se quedara; y en flor le alabarían
a ese
converso, ahora semejante a las suyas.
a las
mudas hermanas en los prados con viento.
XV
Boca de
fuente, tú, dadora, boca
que habla
lo inagotable, puro y uno:
tú, sobre
el rostro efímero del agua
marmóreo
antifaz. Y en lo profundo
la
llegada del acueducto. En medio
de
tumbas, desde el pie del Apenino
te trae
tu leyenda que, por fin,
de la
oscura vejez de tu mentón
a la pila
se precipita. Y ésa
es la
oreja tendida mientras duerme,
el oído
de mármol donde tú hablas.
La oreja
de la tierra, que consigo
habla,
sólo. Y si un cántaro entra en medio,
le parece
que la han interrumpido.
XVI
Siempre
vuelto a arrancarse de nosotros,
Dios es
el sitio que da la salud.
Somos
duros porque saber queremos:
pero él
es sereno y repartido.
Hasta la
pura ofrenda consagrada
en su
mundo, la acepta solamente
en cuanto
que se opone sin moverse
al fin
libre.
Tan sólo
el muerto bebe
de la
fuente que aquí oímos nosotros,
si Dios,
callado, al muerto hace una seña.
Aquí se
nos ofrece sólo estrépito.
Y el
cordero reclama ya su esquila
por el
más mudo instinto.
XVII
¿En qué
huertos regados siempre
[dichosamente,
en qué
árboles, en qué cálices
[deshojados
con
suavidad maduran los frutos del
[consuelo.
extraños
y preciosos? Hallaste uno quizá
en los
hollados prados de tu pobreza. A veces
te
asombras del tamaño de la fruta, de su
sazón, la
suavidad de la piel; que está a salvo
de los
pájaros frívolos, y, abajo; del
[gusano
ávido.
Pues ¿hay árboles, sobrevolados de
[ángeles
y que
cultivan lentos hortelanos secretos
de modo
que nos den su fruto sin ser nuestros?
Nosotros
¿no pudimos jamás, sombras y
[esquemas
madurados
con prisa y de nuevo
[marchitos,
estropear
la calma de ese verano plácido?
XVIII
Bailarina:
oh tú. transposición de todo
transcurrir
en impulso: cómo lo ofreces tú.
Y el
remolino, al fin, árbol de movimiento
¿no tomó
posesión de todo el año ahorrado?
¿No
floreció su cima para que le rodeara
de paz,
como un enjambre, tu impulso? Y por
[encima
del árbol
¿no fue sol, no fue estío, calor,
el calor
incontable que surge de ti? Pero
dio
también fruto, dio fruto tu árbol del éxtasis.
¿No son
sus sosegados frutos, acaso, el cántaro
madurando
en sus franjas, y el vaso más maduro?
Y en las figuras:
¿no ha quedado ese
[dibujo
que ha
escrito el trazo oscuro de tus cejas
veloz,
sobre la cerca de tu propio girar?
XIX
Vive el
oro no sé dónde, en el grato banco,
y actúa
con millares con confianza. Pero ese
ciego, el
mendigo es para el céntimo de
[cobre,
rincón
perdido bajo el armario, con polvo.
El dinero
en negocios está como en su casa
y
disfraza su aspecto de seda, piel claveles.
El que
calla se queda en pausas del respiro
del
dinero que alienta despierto, o bien dormido.
Por la
noche se cierra la mano siempre
[abierta:
el
destino, mañana, lo tomará otra vez,
y así a
diario, claro, doliente, sin fin frágil.
Pero es
para que al fin un vidente
[comprenda
su larga
duración y la alabe: decible
sólo para
el cantor: y audible al ser divino.
XX
Qué lejos
entre estrellas, pero cuanto más lejos
lo que
puede aprenderse de lo de nuestro mundo.
Un niño,
por ejemplo..., y un prójimo, otro más,
oh qué
indeciblemente separados.
El
destino quizá nos lo mide con palmos
de ser
para que nos parezca extraño; piensa
cuántos
palmos hay sólo de la muchacha al hombre,
cuando la
esquiva y cuando piensa en él. Todo está
lejos - y
no se cierra el círculo jamás -.
Mira en
la fuente en mesa preparada con gozo.
el rostro
de los peces, tan extraño. Los peces
son.
mudos... se pensaba en un tiempo. ¿Quién sabe?
Pues ¿no
hay un sitio al fin, donde lo que sería
el
lenguaje de peces, se hablarla sin ellos?
XXI
Canta tú
los jardines, corazón, que no has visto:
como en
cristal vertidos, claros, inalcanzables.
Canta el
agua y las rosas de Ispahán o de Chíraz,
alábalas,
dichosas, a nada comparables.
Muestra
que nunca de ellas, corazón, prescindiste:
que ellas
piensan en ti, sus dedos madurando:
que tú,
con ellas, ante las ramas florecidas,
te
intercambias, como aires elevados al rostro.
Evita tú
el error de creer que se pueda
prescindir
de algo para la decisión tornada
de ser:
Hilo de seda, entraste en el tejido.
Sin que
importe la imagen a que te atienes dentro
[aunque
sea un momento de la vida de pena)
siente:
todo el tapiz glorioso está pensado.
XXII
A pesar
del destino, los soberbios reboses
de
nuestro ser se vierten en espuma en los parques;
o como
hombres de piedra al lado de las claves
de altos
pórticos, bajo balcones empinados.
¡Oh
campana de bronce, que eleva su badajo
todos los
días contra lo torpe cotidiano!
O en
Karnak, la columna única, la columna,
que
sobrevive a templos casi eternos. Ahora
que los
mismos reboses se precipitan sólo
como
prisa, del día amarillo y tendido,
a la
noche cargada de cegadora luz.
Pero el
vértigo pasa sin dejar rastro. Curvas
del
vuelo, por el aire, y los que las trazaron
quizá no
son en vano. Pero en cuanto pensados.
XXIII
Llámame
para aquella de tus horas
que sin
cesar se te resiste: cerca
y
quejosa, como el rostro del perro,
pero
siempre otra vez echada a un lado,
cuando
crees por fin que ya la coges.
Lo
escapado es así más tuyo. Somos
libres.
Nos han abandonado allí
donde
creímos ser bien recibidos.
Con
temor, un apoyo requeríamos,
jóvenes
en exceso, algunas veces,
para lo
antiguo, y demasiado viejos
para lo
que jamás fue, Sólo justos
donde
alabamos,, pues somos la rama
y el
hierro y el dulzor del peligro maduro.
XXIV
¡Oh el
gozo renovado del esponjado limo!
Casi
nadie ha ayudado a los osados prístinos.
Pero se
levantaron ciudades en felices
golfos;
agua y aceite llenaron las tinajas.
Los
dioses, los planeamos en proyectos osados,
que el
destino gruñón vuelve a destrozar siempre.
Pero son
inmortales. Mirad, hemos de oír
al que al
fin nos atiende a nosotros. Nosotros,
una raza,
cruzando milenios: padres, padres.
llenos
siempre del hijo venidero, que luego
algún
día, elevándose, nos ha de sacudir.
¡Cuánto
tiempo tenemos, sin fin aventurados!
y sólo la
callada muerte sabe lo qué somos
y cuánto
gana cada vez que nos presta.
XXV
Ya
escuchas la labor de los primeros
rastrillos:
otra vez el ritmo humano
en la paz
contenida de la fuerte
tierra de
la incipiente primavera.
Sin
probar te parece lo futuro
lo que ya
vino mucho. te parece
volver
igual que nuevo; lo aguardado
siempre,
que no obtuviste, te ha tomado.
Las hojas
de la encina, que pasaron
el
invierno, son en la tarde un ocre
venidero,
y los vientos se hacen señas.
Negras
las matas son: más denso el negro
de los
estercoleros en el prado.
Cada hora
al pasar se hace más joven.
XXVI
¡Cómo nos
estremecen los clamores
del
pájaro: cualquier grito creado!
Pero los
niños ya, jugando a campo abierto
pasan de
largo con sus gritos junto
a los clamores
reales. Clamores del azar.
En el
espacio entre éstos, del espacio del mundo
[en que
entra el clamor sacro del pájaro, como hombres
en
sueños) meten sus cuñas de griterío.
Ay. dolor
¿dónde estamos? Más libres cada vez
como
cometas sueltas, a media altura vamos,
con
flecos de sonrisa,
desgarrados
del viento-. Ordena a los que gritan,
oh dios
cantor, que despierten con ruidos
llevando
en su corriente la cabeza y la lira.
XXVII
¿Existe
de verdad el tiempo, el destructor?
¿Cuándo,
en el monte en Paz, se ha de hundir el castillo?
¿y cuándo
el Demiurgo domina al corazón
que sin
fin pertenece a los dioses? ¿De veras
somos tan
temerosamente frágiles como
el
destinó nos quiere hacer verificar?
La niñez,
tan profunda y tan prometedora
¿después,
en las raíces, se quedará callada?
Ay, el
fantasma de lo transitorio
atraviesa
como si fuera un humo
por lo
que lo recibe ingenuamente.
Como
quien somos, como los que pasan,
valemos
sin embargo entre las fuerzas
duraderas
como un uso divino.
XXVIII
Oh ven y
vuelve tú, casi niña, completa
este paso
de danza, en un instante, haciéndolo
para
constelación de una danza en la cual
a la
Naturaleza ordenadora, oscura,
superamos.
Pues sólo se movía del todo
al oír
que cantaba Orfeo. Todavía
tú fuiste
la movida, levemente extrañada
cuando un
árbol pensó largamente seguir
detrás de
ti al oído. Todavía sabías
el sitio
en que la lira se eleva resonando;
ese
centro inaudito.
Para él
ensayaste tus pasos más hermosos
y
esperaste, algún día, en la fiesta sagrada
orientar
el camino y el rostro del amigo.
XXIX
Siente,
amigo callado de lejanías múltiples,
cómo tu
aliento aún multiplica el espacio.
En la
armazón del campanario oscuro
déjate
resonar. Lo que en ti roe
se hará
fuerte con esos alimentos.
Sal y
entra en la transustanciación.
¿Qué fue
lo más doliente de tu vida?
¿Te es
amargo el beber? Vuélvete vino.
En tal
noche de exceso sé conjuro
en el
cruce de todos tus sentidos,
la razón
de su extraña convergencia.
Y si tal
vez te olvida lo terrestre
dile a la
tierra silenciosa: fluyo;
y dile al
agua rápida: Yo soy.
DE LAS POESÍAS DISPERSAS O INÉDITAS
DE 1906 A 1926
PRIMERA PARTE
De las Poesías Concluidas
IMPROVISACIONES DEL INVIERNO EN CAPRI
I
Diariamente
te yergues ante el corazón, pina,
cordillera,
pedrera,
desierto,
sin camino: Dios, en el que yo solo
trepo y
me caigo y yerro... a diario en lo que ayer
recorrí,
nuevamente
hacia
dentro girando.
A veces,
sabedor, el viento me sorprende
en el
cruce, me arroja donde empieza un sendero,
o me bebe
un camino en el silencio.
Pero tu
voluntad indominada
reúne los
senderos como alumbre,
hasta que
como viejas rendijas deshiladas,
se
pierden en lo oscuro del abismo...
Déjame,
déjame, con los ojos cerrados,
como
tragados, déjame,
de
espalda a los colosos
aguardar
en tu borde a que este vértigo
con que
yo me disuelvo
devuelva
a su lugar
mis
sentidos raptados.
¿Se
mueve, entonces, todo en mi? ¿No hay nada firme,
que
radicara sobre los derechos
de su
peso? Lo más terrible y mejor mío ...
y el
torbellino lo lleva consigo
como
nada, a la hondura...
Rostro
mío, mi rostro:
de quién
eres tú. ¿Para
qué cosas
eres rostro?
¿Cómo
puedes ser rostro para un interior tal,
en que
constantemente
con el
fundirse se hace algo, apelotonado?
¿Tiene la
selva un rostro?
¿No está
ahí sin un rostro
el
basalto del monte?
¿No se
levanta el mar
sin
rostro
desde el
fondo?
¿No se
refleja el cielo en él sin frente,
sin boca,
sin barbilla?
Los
animales ¿no vienen a veces
a uno
como a pedir: Toma mi rostro?
Para.
ellos su rostro les pesa demasiado,
y con él
llevan demasiado dentro
de la
vida su escasa
alma.
Pero ¿nosotros?
Animales
del alma, descompuestos
de cuanto
hay en nosotros, todavía
no
prestos para nada, nosotros, a las almas
que pacen
¿no imploramos
al que
sabe informar,
de noche
le pedimos el no rostro,
que
corresponde a nuestra oscuridad?
Mi
sombra, sombra mía, aquí estoy yo contigo,
y allá
fuera, de largo para todo;
quise que
me creciera, igual que a un animal,
una voz,
un clamor
único
para todo. Pues qué me quiere el número
de
palabras que vienen y se escapan,
cuando un
canto de pájaro mil veces
gritado y
repetido,
abre
tanto un mezquino corazón;
unido al
corazón del aire, y al del bosque
y tan
claro y audible para Él...
el que siempre
de nuevo, en cuanto que amanece
se eleva:
la pedrera más abrupta.
Y alza mi
corazón en torre en mi cerebro
y mi
anhelo por ello y mi estar solitario:
qué
pequeño se queda siendo eso,
porque Él
lo sobrepuja.
II
Como si
recobrara otra vez entre ciento
mi
corazón cargado, hallándolo viviente,
y otra
vez lo tomara entre mis manos,
mi
corazón, entre ciento encontrado:
y lo
elevara fuera de mí, en eso
qué está
fuera en la gris lluvia de la mañana,
hacia el
día, que por largos caminos
vuelve en
sí y se transforma sin cesar,
o en las
tardes, enfrente de la noche
que se
acerca, la clara caridad...
Y lo
alzaría, como puedo, dentro
del
viento y de la calma: si yo no puedo ya
¿lo
recibes entonces?
¡Oh
recíbelo, plántalo!
No,
arrójalo en las peñas, en granito,
donde
caiga; tan pronto se te escape,
ya
brotará. echará raíces como garras
en la
sierra más dura
de todas,
que se está escapando al año.
Y si no
echa raíces, si no es bastante joven,
poco a
poco de lo alto aprenderá
el modo y
el color de la pedrera,
y allá,
entre sus esquirlas extendida,
con ella
crecerá, curtida a la intemperie,
con ella
se erguirá dentro de la tormenta.
Y si
quieres dejarlo
en el
fondo del sordo mar, entre caracolas,
quién
sabe que si de su boca de tubo
se
extiende un animal, que con sus radios
quiere
agarrarte, haciéndote
entrar
dentro para dormir contigo.
...déjale
solamente
en algún
sitio hallar un lugar y no estar
en el
espacio así, al que pueden apenas
tus
estrellas bastar. Mira, cae en el espacio.
Pues,
como el corazón del animal, no debes
conservarlo
en tu mano, noche y día;
¡si se
quedara sólo un rato dentro!
En el más
indigente cobertizo pudiste
perder
los corazones de tus santos;
florecieron
allí y te dieron cosecha.
Tú, más
incomprensible, libre disipador,
pasas de
largo como al galope, a mi lado.
¡Ciervo
claro! ¡Tú, antigua araña de cien brazos!
y vuelves
a arrojar siempre una cornamenta
de tu
cabeza y huyes más ligero
entre tus
cazadores (¡cómo te lleva todo!)
pero
ellos solamente ven, oh tú inalcanzado,
[que se
cierra detrás de ti, en pliegues, el mundo).
III
Tantas
cosas yacían abiertas, desgarradas,
por manos
raudas, que detrás de ti, en la busca
se
retardaron: quería saber.
Y a veces
hay en un antiguo libro
marcada
alguna sombra incomprensible.
Allí
estuviste un día. ¿A dónde has escapado?
Si
alguien te sujetó, le has destrozado;
su
corazón estaba abierto; y tú no estabas
dentro:
si alguna vez te ha hablado alguien con voz
fue sin
aliento: ¿dónde te vas tú?
También
me ocurrió a mí. Pero no te pregunto.
Yo sólo
sirvo y nada te pongo alrededor.
Aguardando,
mantengo, de mi rostro
la mirada
obediente en el viento del día
sin
quejarme a las noches...
(cuando
saber las veo)
UN VIENTO DE PRIMAVERA
Con este
viento viene destino, oh, déjale
venir,
todo lo ciego y apremiante
de que
hemos de inflamarnos: todo eso.
[No te
muevas, estate quieto, que nos encuentre.)
Oh, que
nuestro destino viene con este viento.
Trae este
nuevo viento, de algún sitio,
vacilante
del peso de innominadas cosas,
por sobre
el mar, lo que somos nosotros .
Ah, Pero
si lo fuéramos. Cuán en casa estaríamos.
[Los
cielos en nosotros se levantan y bajan.)
Pero con
este viento siempre vuelve a subir
gigantesco,
el destino, encima de nosotros,
IMPROVISACIONES DEL. INVIERNO EN CAPRI
IV
(Para la
condesita M. de S.)
Ahora,
cierra tus ojos: porque todo
esto lo
deberíamos guardar
en
nuestra oscuridad, en nuestra gloria,
[como
alguien a quien le es debido). En los deseos,
en los
proyectos, en lo no cumplido,
que alguna
vez hacemos,
allí en
nosotros, no sé dónde, en lo profundo
hay
también esto ahora:
es igual
que una carta que cerramos.
Los ojos,
déjalos cerrados. Allí no hay
nada, no
hay nada ahora, sino noche;
la noche
de la alcoba en torno a una pequeña
luz (la
conoces bien).
pero en
ti todo está, y en vela,
y tu
suave y cerrado rostro arrastra
como una
inundación...
y te
arrastra. Y en ti lo arrastra todo,
y estás
igual que un pétalo de rosa
puesta en
tu alma, que crece.
¿por qué
es tanto para nosotros: ver?
¿Erguirnos
en el borde de una peña?
¿En quién
pensamos, cuando
[saludábamos
a lo que
está delante de nosotros? Sí ¿qué era?
Cierra
los ojos más dentro: y de nuevo,
reconócelo,
lento: mar y mar.
pesado de
sí mismo. azul de si
y vacío
en el borde, con un fondo de verde.
[¿De qué
verde? Jamás se encuentra en otro sitio...)
De
pronto, sin aliento, acosando en lo alto
las
peñas, de tan hondo, que en abrupto
trepar no
saben ya cómo termina
su
ascenso. De repente se abre y rompe
a los
cielos, allí donde está espeso
de
demasiado cielo. Y mira, encima
vuelve a
haber cielo, entrando hasta muy lejos
en ese
exagerar: ¿dónde no está?
¿No le
irradian los dos acantilados?
Su luz
¿no pinta el blanco más remoto, la nieve,
que
parece moverse y se lleva consigo
la mirada
a lo lejos? Y no cesa
de ser
cielo antes que lo respiremos.
Cierra,
cierra muy fuerte
los ojos.
¿Era ésto?
Tú lo
sabes apenas. No puedes separarlo
de tu
interior jamás.
Difícilmente
deja reconocerse el cielo
en el
interior. Marcha
el
corazón y marcha sin mirar.
y, sin
embargo, sabes que podemos así
cerrarnos
al ocaso como anémonas,
encerrando
el acontecer de un día.
y
abrirnos otra vez mañana, algo mayores.
Y no nos
está sólo consentido el hacerlo:
eso es lo
que debemos: aprender a cerrarnos
sobre lo
inacabable.
[¿Has
visto hoy al pastor? El no se cierra,
¿Cómo
habría de hacerlo? A él le penetra
fluyendo
el día, y vuelve a salir de él fluyendo
como
desde una máscara tras de la cual hay negro...)
Pero nos
deberíamos cerrar, sólidamente
encerrarnos,
y en las oscuras cosas
que en
nosotros están hace mucho, poner
un resto
todavía de lo otro inaferrable,
como uno
a quien le toca.
SANTA MARIA A CETRELLA
l.a
iglesia está cerrada, y para mi es igual
que si
nada ocurriera ya para ti. ¿Estás dentro?
El que te
amaba, tu ermitaño,
el tiempo
se marchó con él,
querida
María a Cetrella.
El ya no
estaba ahí, y te encerraron dentro
de tu
casa, con el negror sin luz;
y así
estoy como tú tan solo, solo,
y te
llamo a que salgas, quedamente,
querida
María a Cetrella.
¿Sabes
aún entonces, del árbol del laurel
que te
cuidó en el huerto?
Supe ahí,
ondeando cada borde
de hoja
como movido por el viento,
querida
María a Cetrella.
mira:
como movido del primaveral viento
que lo
lleva consigo (tú lo recuerdas cómo...)
y
presientes qué cálidas son las plantas del huerto:
dan su
aroma como si te ayudaran,
querida
María a Cetrella.
SEXTA Y BENDICIÓN
¿Es sólo
que de pronto más sonora, ha cruzado
la sangre
la atención de los oídos?
¿O es que
entraron las monjas
tras la
reja del coro?
Aún no
han empezado.
Quizá no
están aún:
las que
nadie vio nunca
igual que
las Madonnas sobre los tres altares.
Entonces
huye, lejos.
a lo
impreciso. un son:
como si
fuera el último.
Y de
nuevo otra vez, como si se engañaran,
y no lo
oyera nadie
viene el
silencio y vienen los rumores
de entrar
y arrodillarse;
suena la
puerta luego en el umbral
detrás de
una que ha entrado o que ha salido,
y tiembla
algo de luz
de las
lámparas, corno una señal...
Pero
cantan, están cantando ya:
cantan
como desde hace muchas horas,
ligadas
con las pobres
bocas
cansadas al cántico largo
y
aguzándose de una nota en otra;
cantan
como desde hace muchos años,
años que
no tenían conclusión;
están
cantando como con el pelo,
cantan
como con todo lo escondido.
Sus voces
tienen leves
rostros
medio borrados
que se
alzarán al Juicio
Final,
féretro a féretro.
De
pronto, se levanta
una entre
todas hacia lo alto, sola:
leve,
pequeña, pálida,
hacia el
milagro, el bien...
y
sostiene, , coma una caracola
a Dios en
el oído.
EQUINOCCIO DE PRIMAVERA
[Capri
1907)
Pasa una
red de punto rápido, hecho de sombras,
sobre
sendas de parque hechas de luna,
como si
se moviera dentro algo capturado,
que
alguien más lejos reuniera en grande.
Aroma
prisionero, que queda resistiéndose.
pero de
pronto es como si una onda rompiera
en dos la
red en un claro lugar,
y todo
fluye allí, y pugna y se escapa...
Aún se
mueve en las hojas el viejo conocido,
el viento
ancho, nocturno, en los árboles duros;
pero allá
arriba están, fuertes y diamantinas.
en hondos
y solemnes intervalos, las grandes
estrellas
de una noche en primavera.
EL ORFEBRE
¡Despacio!
¡Aguarda! Aviso a cada anillo,
a cada
eslabón le doy esperanzas:
más
tarde, fuera, viene de lo que ocurre.
¡Cosas.
digo Yo, cosas, cosas, cosas!
cuando
forjo: delante del que forja
nada
tiene que ser aún cosa alguna
ni cargar
sobre si ningún destino.
Aquí todo
es igual, de la gracia de Dios:
yo, el
oro, fuego y piedra.
¡Calma,
calma, rubí, no llames de ese modo!
Esta
perla padece, y se desbordan
profundidades
en la aguamarina.
El trato
con vosotros, reposados,
es un
espanto: ¡todos despertáis!
¿Quieren
vuestros azules lanzar rayos? ¿Queréis
sangrar?
Este montón centellea inaudito.
y el oro,
ya parece entenderse conmigo;
en la
llama la he atado,
pero debo
excitarlo en torno de la piedra.
Y de
pronto, para agarrar la piedra,
la cosa
de rapiña, con odio de metal,
me clava
en mi las garras.
PUESTA DE SOL
[Capri)
Como unas
deslumbrantes miradas, como un cálido
ruedo,
lleno del día, la tierra te ceñía
hasta que
al fin radiante, como la áurea Atenea
en las
estribaciones del crepúsculo estuvo,
dispersa
por el gran mar dilapidador.
Allí hubo
espacio en los espacios que despacio
se
vaciaban: encima de ti, y sobre las casas,
los
árboles, los montes, un vacío se abría.
Y tu
vida, de que se quitaron los pesos
leves. se
elevó en tanto había espacio, sobre
todo eso
hacia arriba, llenando los vacíos
del
mundo, que se enfriaban. Hasta que en su subida
en
lejanía casi impalpable chocó
suave, en
la noche. Y tuvo unas estrellas,
realidad
inmediata, enfrente, defendiéndose.
EL AROMA
Tú,
incomprensible ¿quién eres? Espíritu,
¡cómo
sabes dónde encontrarme y cuándo,
como un
cegar, haciendo el interior
tan
íntimo, que se cierra y da vuelta!
El
amante, que arrastra a una consigo
no la
tiene cercana: tú si eres cercanía.
A quién
no has empapado, como si de repente
fueras el
color de sus ojos.
Ay, el
que en un espejo viera música
te vería
y sabría cómo te llamas tú.
Una
muchacha: igual es que una estrella:
la tierra
entera se hace oscura enfrente
y le está
abierta como hacia una lluvia .
y nunca
bebió alguna más dichosa.
Una
muchacha: igual es que un tesoro,
enterrado
junto a un anciano tilo:
habrá
anillos en él y joyas de oro,
mas para
hallarlo nadie está elegido:
sólo hay
una leyenda, y dice el sitio.
Una
muchacha: nunca somos eso.
Tan
escasa confianza tiene el Ser con nosotros.
Parecemos
lo mismo casi, al principio, niños,
y luego,
algunas veces, somos casi mujeres
por un
instante, pero cómo huye y va lejos
de
nosotros lo que son y ven las muchachas.
Haber
sido muchachas: ¡que esto exista!
Como si
una dijera: yo fui esto una vez,
y un
collar de turquesas te mostrara,
en
terciopelo ajado; y aún se ve
cómo se
llevó, y se perdió y se amó.
CAMINAR NOCTURNO
A nada es
comparable. Pues ¿qué no está consigo
completamente
solo, y qué expresar jamás?;
no lo
nombramos: sólo podemos percibirlo
y
entendemos, de modo que allí un brillo
y una
mirada aquí quizá nos roza
como sí
en eso se viviera aquello
que es
nuestra vida. Aquél que se resiste
no
obtiene mundo. Y al que demasiado
capta, lo
eterno le pasa de largo.
Tal vez
estamos en las grandes noches
como ya
sin peligro, repartidos en leves
partes
iguales a las estrellas. Cómo empujan.
LOS AMANTES
Mira cómo
han crecido el uno para el otro:
en sus
venas se vuelve todo espíritu.
Como ejes
se estremecen sus figuras,
con giro
en torno, cálido y que arrastra.
Sedientos,
y reciben de beber,
en vela,
y mira: reciben de ver.
Déjales
sumergirse el uno en otro,
para
sobrepujarse mutuamente.
ORACIÓN POR LOS LOCOS Y LOS PRESOS
Por
vosotros, de quienes
el Ser ha
retirado
sin ruido
su gran rostro,
uno que
Es Quizá dice
afuera,
en libertad,
de noche
un lento rezo:
Que os
pase el tiempo, porque
vosotros
tenéis tiempo.
Cuando
ahora os recuerda.
por el
pelo Os agarra .
suave: se
ha dispersado
todo,
todo lo que era.
Oh, que
quedéis tranquilos,
si el
corazón se os seca:
que no
sepan las madres
jamás que
hay estas cosas.
Allá sube
la luna,
donde se
abren las ramas:
coma si
la habitarais
vosotros.
queda sola.
NOCHE DE VERANO EN CIUDAD
Abajo se
hace más gris todo ocaso
y es
noche ya lo que allí, como trapo
más
tibio, pende en torno a los faroles.
Pero más
alta, de pronto imprecisa,
la vacía
pared en fuego, leve,
de una
espalda de casa es adentrada
bajo un
techo de noche
que tiene
luna llena y sólo noche.
y luego
arriba una amplitud resbala
más
lejos, que está a salvo y preservada,
y en
aquel lado entero, las ventanas
se
vuelven blancas y deshabitadas.
NOCHE DE LUNA
Allá en
los jardines, hondo, como un largo sorbo,
quedo, en
blando ramaje, un ímpetu que se escapa.
Oh, y la
luna, la lunar casi florecen los bancales
de su
aproximación temblorosa.
En
silencio, cómo empuja. ¿Estás. ahora arriba en vela?
Estrellada
y sensible tienes la ventana enfrente.
Manos del
viento trasladan
a tu
rostro cercano la noche más apartada.
Se
desengarzan perlas. ¡Ay! ¿Alguien rompió el hilo?
pero de
qué sirve que las vuelva a engarzar: me faltas,
broche
fuerte que las sujetaba, amada.
¿No hubo
tiempo? Como la mañana antes del amanecer,
te
aguardé, pálido de la noche atravesada;
como un
teatro lleno, formo un gran rostro,
para que
de tu alta entrada central
no se me
escape nada. Oh cómo espera un golfo en lo abierto
y desde
el faro tenso
lanza
espacios brillantes; como un cauce de río del desierto,
para que
desde la pura montaña to inunde, aún celeste, la
[lluvia,
como el
prisionero, erguido, anhela la respuesta
de la
única estrella entrando en su ventana inocente:
como uno
deja las tibias
muletas,
para que las cuelguen el altar,
y se
tiende, y sin milagro no puede alzarse:
mira, así
me vuelvo yo, si no vienes, hacia el fin.
Solo a ti
te anhelo. ¿No debe la grieta salir en el
[empedrado
cuando,
mísera, presiente el ímpetu de la hierba: no debe
querer la
primavera entera? Mira, la primavera de la tierra.
¿No
necesita la luna, para hallar su imagen en el estanque de
[la granja
la gran
aparición de extrañas constelaciones? ¿Cómo puede
ocurrir
lo más pequeño, si la plenitud del futuro
no se
mueve a nuestro encuentro, como tiempo completo?
¿No estás
por fin en él, indecible? Un poco más
Y ya no
te sostengo. Yo envejezco o hacia allá
voy,
empujado por niños...
LA TRILOGÍA ESPAÑOLA
De esta
nube. Señor - la nube que a la estrella
de hace
un momento fieramente ocultó -, y de mí;
de este
serrijón alto que la noche posee,
el viento
de la noche, por un tiempo (y de mí);
de río en
el abismo del tajo, reflejando
las
desgarradas luces de la altura (y de mí);
de mí, Y
de todo esto, para hacer una cosa
solamente,
Señor; de mí y del sentimiento
con que
el rebaño, vuelto a la majada, absorbe,
con el
último aliento, la desaparición
grande,
oscura, del mundo; de mí y de cada luz
que
brilla en la negrura de las casas, Señor.
para
hacer una cosa; de los extraños - pues
yo no
conozco a nadie - y, una vez más, de mí,
para
hacer una cosa; de todos los que duermen,
de los
desconocidos ancianos del asilo
que
tosen, importantes, en sus camas; de tantos
niños
ebrios de sueño en un extraño pecho,
de tanta
vaguedad y, otra vez más, de mí,
de nada
más que yo, y lo que yo no sé,
para
hacer una coca, Señor, Señor, la cosa
que
cósmica y terrestre, igual que un meteoro,
en
suspenso contiene la suma de su vuelo,
sin tener
otro peso, sólo, que la llegada.
II
¿Por qué
se tiene que ir a recibir en sí
cosas
extrañas, como, tal vez, algún esclavo
lleva de
puesto en puesto la cesta, ajenamente,
hasta que
la ha llenado y, cargado, se marcha,
y no
puede decir: Señor. ¿por qué el banquete?
¡Por qué
es preciso erguirse lo mismo que un pastor,
cara a la
demasía de influjo, de tal modo
entrando
en el espacio henchido de proceso
que,
apoyado en un árbol del paisaje, podría
tener
todo su sino sin obrar nada más?
y sin
embargo, no hay en mirar tan abierto
la
sedación tranquila de su rebaño. Nada
sino
mundo posee, mundo en cada mirada,
mundo en
cada inclinarse. Le oprime lo que a otros
pertenece
por si, como música, inhóspito
y ciego
hasta la sangre, y al pasar se transforma.
Allí está
él, de noche, y tiene la llamada
del
pájaro remoto dentro de su existencia,
y se
siente audaz, porque toma su faz, pesado,
el
estrellar del cielo... Oh, no lo mismo que uno
que fuera
preparando a la amada esta noche
con
malacostumbrarla a los cielos sentidos.
III
Pero que
si, de nuevo, el ruido de las calles,
el enredo
sonoro, la maraña del tráfico,
tengo que
padecer, solitario, en mi torno,
entonces,
por encima del movimiento espeso,
recuerde
el cielo, el térreo borde de las montañas
que, de
vuelta a dormir, recorría el rebaño.
Tenga en
mi alma la fuerza de las piedras, y vea
posible
la jornada del pastor, de regreso,
curtido
de piel, cuando con exactos hondazos
ribetea
el rebaño por donde se desfleca,
de paso
lento, grave, pensativo de cuerpo;
pero en
su erguirse es rey. Aún podría un dios
volver a
esta figura sin hacerse pequeño.
Cambiando
se demora y avanza, como el día,
y las
sombras de nubes
le
atraviesan igual que si el espacio
para él
pensara lentos pensamientos.
Sea para
vosotros el que es siempre. Lo mismo
que, de
noche, la luz doliente en la pantalla,
así estoy
en su adentro. Un fulgor se hace
más
tranquilo. La muerte se hallaría
más pura
y en su sitio.
(Ronda,
1912)
ASUNCIÓN DE MARÍA
I
Preciosa,
aceite que quieres subir,
cerco del
humo azul del incensario,
tiorba
que alza sus sones verticales,
leche de
lo terrestre, desbordando
en paz
los cielos, aún pequeños, nutre
lo que te
toca, este reino lloroso:
igual que
la alta espiga, vuelta de oro,
pura como
la imagen del estanque.
Como de
noche oímos que las fuentes
corren,
con nuestro oído solitario,
así estás
sola tú, ascendida, en nuestra
vista.
Como en el ojo de una aguja
se prende
en ti mi más larga mirada,
antes de
que huyas de esto, lo visible,
para que
te lo lleves, aunque blanco
por los
cielos de auténtico color.
II
No sólo
te retiras de la vista
de los
discípulos, a quienes queda
leve
tristeza de tu manto, sino
de las
flores, del pájaro que traza
el vuelo:
de lo abierto de los niños.
del rumiar
y la ubre de la vaca;
todo se
hace menor por suavidad,
sólo los
cielos aumentan por dentro.
Fruto que
se ha arrancado a nuestro suelo,
baya, tú,
que estás llena de dulzura,
haz que
sintamos cómo te derrites
en la
boca de la encendida dicha.
Pues
seguimos donde te fuiste. Todo
lugar de
abajo ha de ser consolado.
Danos
gracia, haznos fuertes corno el vino.
Porque de
comprender no se ha de hablar.
AL ÁNGEL
Fuerte,
callado candelabro puesto
en el
borde: la noche, arriba, se hace
exacta.
Nos perdemos vacilando
sin
claridad, por tu estructura básica.
Es
nuestro no acertar con la salida
del
círculo interior de los errores;
tú
apareces en nuestro impedimento
y te
enciendes como una cordillera.
Tu
alegría está sobre nuestro imperio,
su sedimento
casi no captamos,
como la
noche pura de equinoccio
de
primavera estás entre el día y el día.
Quien
lograra afluir jamás a ti
de la
mezcla que nos turba en secreto:
tú tienes
señorío de todos los tamaños
y estamos
habituados a lo insignificante.
Si
lloramos no hacemos sino tocar; adonde
observamos,
estamos altamente despiertos,
nuestra
sonrisa no es más seductora,
se seduce
a sí misma ¿quién la sigue?
Alguien.
ángel, ¿me quejo yo, me quejo?
Pero,
¿cómo habría de ser mi queja?
Ay,
grito, golpeando con dos tablas,
y no
pienso que nadie me esté oyendo.
Que yo
haga ruido no te lo hará más en ti,
si tú no
me sintieras porque soy.
¡Alumbra,
alumbra! Haz que me miren más
las
estrellas: porque desaparezco.
Puestos
tan en tensión contra la fuerte
noche
arrojan sus voces a la risa
que arde,
mala. Oh mundo sublevado,
lleno de
negativa. Pero alienta
el
espacio en que van estrellas. Mira,
no
debiera ni podría entregarse
extraño a
la distancia; en el exceso
de
lejanías irse de nosotros.
Y ahora
reposa y nos llega a la cara
como el
mirar de nuestra amada: se abre
frente a
nosotros v quizá dispersa
su
existencia en nosotros. Y no lo merecemos.
Quizá
escapa a los ángeles algo de fuerza, para
que ceda
hacia nosotros el cielo constelado
y nos
meta a colgar en destino enturbiado.
En vano.
Porque ¿quién lo nota? Y donde
se hace
presente a alguno, ¿quién puede aún en el
[ámbito
de la
noche apoyar la frente como
en la
propia. ventana? ¿Quién no lo ha renegado?
¿Quién en
este elemento innato no ha arrastrado
noches
malas, falseadas y fingidas, satisfecho
con
ellas? A los dioses les dejamos estar
junto al
caer hirviente, pues los dioses no atraen.
Tienen
sólo existencia, rebose de existencia,
pero no
olfato, no guiño. Nada hay tan mudo
como boca
de un dios. Hermoso como un cisne
sobre su
eternidad de planicies sin fondo:
así
tiende el dios, sale y reserva su blanco.
Todo
seduce. El mismo pajarillo nos fuerza
a salir
de su pura construcción de follaje,
la flor
no tiene espacio, empuja afuera;
¿no
quiere el viento todo? Sólo el dios
igual que
una columna, pasa hacia allá, partiéndose
en lo
alto, donde aguanta, a un lado y a otro
el leve
abovedado de su ecuanimidad.
Sin
saber, ante el cielo de mi vida,
estoy
pasmado. Oh, las grandes estrellas.
Lo que
sube, el descenso. Qué tranquilo.
Como si
no estuviera: ¿como parte?
¿Me paso
sin el puro influjo? ¿Cambia
la marea
en mi sangre según su orden?
Quitaré
los deseos, todo apego,
mi
corazón habituaré a lo más
remoto.
Mejor vive temiendo a sus estrellas
que, a
cubierto del brillo, calmado de algo próximo.
¿Qué
podría tu sonrisa instarme a aceptar
que no me
dé la noche?
Cielo que
se derrama, de estrellas derrochadas
luce
sobre la pena. En vez de en el cojín,
]lora
sobre él. Aquí, en el que llora ya,
en el
rostro que acaba, alrededor
agarrando,
comienza el arrastrante
espacio
universal. ¿Quién interrumpe,
cuando tú
te apresuras hacia allá,
la
corriente? Ninguno. Sea entonces
que
luchas de repente con la fuerte tendencia
de esas
estrellas hacia ti. Respira.
[Lo
oscuro de la tierra respira y otra vez
levanta
la mirada. De nuevo leve y sin
rostro se
inclina desde lo alto hacia ti. El disuelto
rostro
guardado por la noche de tu espacio.
DE UNA PRIMAVERA
(París)
Oh todos
estos muertos del abril,
negro de
las carrozas, que los llevan
por la
luz excitada, exagerada:
como si
el peso de nuevo se alzara
más
gruñón, contra el demasiado hacerse
leves las
cosas... Pero allá van ya,
los que
ayer aún tenían delantales de niño,
a la
Confirmación, crecidos con asombro:
su blancura
es solicita, como ante el Rey divino,
y se
ablanda en las sombras primeras de los olmos.
SAN CRISTÓBAL
La gran
fuerza será el más grande.
Ahora
esperaba al fin en este vado
servirle:
él procedía de dos célebres
señores,
hoy pequeños para él,
y entró
con el tercer señor, que aún
no
conocía; pues con oración
y ayuno
no le había recibido,
pero que
siempre sigue quien lo deja
todo para
seguirle.
Así
pasaba a diario el río henchido:
precursor
de los puentes, que atraviesan
en
piedra, visto por las dos orillas,
buscando
quién tenía que pasar.
Y dormía
de noche en su casucha,
dispuesto
a actuar, dentro de toda voz.
exhalando
el cansancio poderoso,
gustando
lo espacioso en su sentido.
De
pronto, alto y sutil, le llamó un niño.
Grande,
se levantó para pasarle;
pero
sabiendo qué miedosos son
los
niños, salió justo por la puerta
agachado:
ante el viento de la noche.
Murmuró:
¿Qué querría ahora un niño?
Volvió
atrás con un gran paso, y se echó
en paz, y
se durmió rápido. Pero
allí
estaba otra vez. lleno de ruego.
De nuevo
acechó: el viento de la noche.
Estaba
fuera. ¿Hay alguien o estoy ciego?
Se
reprochó y volvió a dormir de nuevo,
hasta que
el mismo ruido imperativo
y suave
dio en su entraña defendida:
salió
violento:
fuera había un niño.
LAS PALOMAS
Oh qué
penumbra gris en la pechuga,
lo mismo
que sentidos, que al brillo de un velón
se
pierden. y estos rojos vistos por entre el humo,
que lanza
el sofocado sacrificio de amor.
Forma
tranquilizada de la dádiva plena,
ajustada
a unas manos abiertas plenamente:
cacharro
lleno hasta el giro de los hombros,
y desde
allí mirada y flexión y contraste.
En el
cuello marcadas con la huella del dedo
del
agarre habituado, con que toma el augur,
pero al
lado, en seguida, en la nuca indefensa,
como por
la divina Naturaleza, en calma.
¡Asáltame,
música, con cóleras rítmicas!
Alto
reproche alzado delante mismo del corazón,
que no
sintió tan fluctuante lo que se reservaba.
Mi corazón: ahí:
mira tu
soberanía. ¿Tienes casi siempre bastante
con
vibrar menos? Pero aguardan las bóvedas,
las de
rnás arriba, para que tú las llenes con impulso de
[órgano.
¿por qué
anhelas el rostro reservado de las amadas desco-
[nocidas?
Si no
tiene aliento tu ansia, para sacar de la trompeta
del ángel
que proclama el Juicio final, tempestades tonantes:
oh, así
no es tampoco, no nacerá jamás,
aquella
de que tú, secándote, prescindes.
ESTROFAS INVERNALES
Ahora
hemos de llevar los días rehusados
en la
corteza de la resistencia:
defendiéndonos
siempre, jamás en las mejillas
percibiendo
la hondura de los vientos abiertos.
La noche
es fuerte, pero desde tan gran distancia
la débil
lámpara persuade suave.
déjate
consolar. Hielo y rigor preparan
la
tensión de futuras receptibilidades.
¿Dejaste
de sentir del todo, pues, las rosas
del
pasado verano? Considéralo, nótalo:
lo
calmado de puras horas de la mañana,
la leve
marcha por sendas entretejidas.
Precipítate
en ti, sacude, excita
el amable
deseo: se ha disipado en ti.
Y si algo
has conservado que se te ha disipado,
alégrate:
del todo hay que empezar de nuevo.
Tal vez
un resplandor de palomas girando,
un canto
de ave, casi igual que una sospecha,
una
ojeada de flores (sin ver la mayor parte),
un
suponer oliente, antes de que anochezca.
Naturaleza
está divinamente llena,
quién
puede realizarla, si un dios no le hace tan
natural.
Pues quien tan dentro la recibiera
como
empuja, estaría en sus manos, calmado.
Se
encontraría como exceso y multitud
y nada
esperaría ya de recibir nuevo;
se
encontraría como exceso y multitud
sin
pensar que algo le hubiera escapado,
se
encontraría como exceso y multitud
con
exigencia sin medida, con exceso,
asombrándole
sólo el soportar tal cosa:
la
saciedad mecida, poderosa.
VERSIÓN ORIGINAL DE LA DÉCIMA ELEGÍA DE DUINO
[Fragmentario)
Ojalá una
vez, a la salida de la visión rabiosa,
me eche a
cantar júbilo y gloria a los ángeles. que unan su
[voz a la mía.
Que de
los martillos del corazón claramente pulsados
ninguna
falle tocando en cuerdas blandas, dudosas o
súbitamente
coléricas. Que mi rostro fluyente
se haga
más fulgurante: que el llanto invisible
florezca.
Oh noches, cómo entonces haréis queridas para
(mí
afligidas.
Que yo no os recibí más arrodillado, hermanas
[inconsolables,
ni en
vuestro pelo suelto me entregué más suelto. Nosotros,
[disipadores del dolor.
Cómo las
medimos con la vista en la triste
[duración.
a ver si
no terminan quizá. Pero ya son
tiempos
nuestros, nuestro emparrado
durante
el invierno, praderas, estanques, paisaje
[innato,
habitado
de criaturas en la caña y de pájaros.
Arriba,
en lo alto ¿no está la mitad del cielo
sobre la
tristeza en nosotros, la naturaleza fatigada?
Piensa
¿no hallarías más tu sufrimiento
[cimarrón,
no verías
más las estrellas a través de las hojas más
[ásperas,
del
ramaje negruzco del dolor, y no te presentaría ya
los
escombros de destino más alto el claro de luna agran-
[dador,
de modo
que te sintieras en ellos como un pueblo de antaño?
Sonreír
ya no sería más lo consumidor de esos
que
perdiste pasando; tan poco violentamente,
justo
pasando a tu lado, entraron puros en tu dolor.
[Casi
como la muchacha que precisamente se adjudica al más
[libre,
el que la
acosa hace semanas, y la lleva
[asustado
a la
verja del jardín; al hombre que exulta y de mala
[gana
se va:
entonces un paso la estorba en la nueva despedida,
y ella
aguarda y se queda y coincide su múltiple
[mirar
con el
alzar la mirada del desconocido, el alzar la mirada la
[doncella.
que le
capta sin fin al de afuera, que le estaba destinado,
fuera, al
otro, el caminante, que eternamente le estaba desti-
[nado.
Resonando
pasa de largo.) Así siempre le perdiste;
no como
quien posee: como quien agoniza,
inclinada
hacia la noche marcera de aliento
[húmedo,
ay,
pierde la primavera en las gargantas de los pájaros.
Hasta muy
lejos te toca estar en el dolor. Si olvidaras
la más
pequeña de las figuras desmesuradamente doloridas,
si
llamaras, gritaras, esperando sobre curiosidad anterior,
uno de
los ángeles, de la expresión penosamente oscure-
[cida
importante
de dolor, siempre volviendo a intentar,
a ti tu
sollozo antaño, en torno de eso, te describiría.
Ángel,
¿cómo fue eso? Y él te imitaría y no entendería
que hay
dolor, como se remeda al pájaro clamante
la voz
inocente que le llena...
¿No es el
dolor, tan pronto la reja del arado
alcanza
un nuevo estrato, asentado a seguro,
no es
bueno el dolor? ¿Y cuál es el último,
el que
nos interrumpe en todos los dolores?
Cuánto
hay que padecer. ¿Cuándo es el tiempo
de
ejecutar el otro sentimiento más leve?
Pero yo
reconozco, más que la mayor parte
de los
resucitados antaño, la ventura.
[De las
«Poesías a la noche»)
Si fui
antaño o soy: tú has caminado
sobre mí,
tu infinita sombra hecha de luz.
Y lo
sublime, que has preparado en espacio,
lo tomo,
oh tú la incógnita, de mi rostro despierto.
oh si
notaras, noche, cómo te miro yo,
cómo cede
mi ser atrás en la embestida,
para
atrever a echarse hasta muy junto a ti:
¿lo capto
entonces porque las cejas, con dos saltos,
alcanzan
sobre tal torrente de mirada?
(De las
«Poesías a la noche»)
Ideas de
la noche, alzadas de experiencia presentida,
que ya el
niño interrogador traspasó con silencio,
lentamente
os pienso y arriba, arriba,
os toma
la fuerte prueba suavemente en acogimiento.
Que
seáis, está confirmado; que aquí, en el receptor acosado,
noche,
hacia las noches, secretamente se procrea.
pronto,
con qué sentimiento, está la infinita, más anti-
[gua,
inclinada
sobre las hermanas que cobijo en mi.
(De las
«Poesías a la noche»)
Que con
éstas tú me sobrepasaras:
noches,
¿no es como si tú me ofrecieras
más
sentimiento, tú, la ilimitada,
que el
que capto sintiendo? Ay, desde aquí
el cielo
es fuerte, lleno de leones,
que
incomprensiblemente dominamos.
No, tú no
los conoces: porque temen
y salen a
tu encuentro con más miedo.
(De las
«Poesías a la noche»)
LOS
HERMANOS
I
¡Como
hemos apretado al corazón,
con qué
gemido, el párpado y el hombro!
y se
escondió la noche en las alcobas como
un animal
herido, que en dolor traspasamos.
Tú fuiste
para mí de todas elegida,
¿para la hermana
no fue suficiente?
Tu ser me
ha sido amable como un valle,
y ahora
también se inclina de la proa del cielo
en una
aparición inagotable
y toma
poder. ¿Dónde debo ir?
Ay, con
los ademanes del llorar
te
inclinas hacia mí, tú, desconsoladora.
II
No nos
dejes en la dulzura oscura
distinguir
hacia dónde van las lágrimas.
¿Estás
seguro de que sufrimos delicias
o
refulgimos de ebrio sufrimiento?
¿Quieres
decir llorando que el prescindir es más
doloroso
que un arbitrario dar?
Si algún
día el gentío de resucitadores
nos
deshermana. y de algún modo dos,
entre la
repentina música que des- muere
salimos
vacilando de la piedra elevada;
oh, cómo
será entonces inocente a los ángeles
este
especial deseo para ti.
Pues
también está en lo hondo del espíritu, mira:
en el
fúlgido, que se quema y ruge.
Y me
ayudas entonces a alzarme, arrodillada,
y luego
junto a mí te arrodillas y miras.
Mira, a
tientas los ángeles sienten por el espacio
sus
incesantes sentimientos. Nuestro
rojo
blanco sería su frescor.
Mira, por
el espacio fulgen ángeles.
Mientras
que hacia nosotros, que no sabemos más,
lo uno se
reserva y lo otro ocurre en vano,
ellos
van. arrastrados por las metas,
por su
delimitado territorio.
[(De las
«Poesías a la noche»)
¿No
respiraba yo, de medias noches,
para que
tú vinieras, por tu causa,
semejante
desborde?
Porque
esperaba yo tranquilizar tu rostro
con
señoríos casi sin desmayo.
cuando,
en suposición interminable
una vez
contra mí, por encima, reposa.
Sin rumor
en mis rasgos se hizo espacio:
para
satisfacer tu gran mirada,
mi sangre
se ahondaba y reflejaba.
Cuando a
mí por la pálida división del olivo
la noche
con estrellas más fuertes me venció.
hacia
arriba me erguí, me erguí y eché hacia atrás
y aprendí
ese reconocimiento
que nunca
luego he referido a ti.
Oh qué me
fue sembrado de expresión,
para que
al encontrar tu sonrisa jamás,
contemplara
en ti, espacio de universo.
Pero no
vienes tú, o vienes muy tarde.
Precipitaos,
ángeles, sobre este campo azul
de lino.
Angeles, ángeles, segad.
(De las
«Poesías a la noche»)
,Así
pues, pese a todo, ahora habrá un ángel
que de
mis rasgos beba lentamente
el vino
iluminado de mi rostro.
Sediento,
¿quién te hizo señal de que vinieras?
Porqué
tenías sed. Al que la catarata
de Dios
le irrumpe por todas las venas; porque
tenías
sed aún.
Entrégate
a la sed. (Cómo me has agarrado.)
Fluyendo
noto, cómo tu mirada
estaba
seca: y estoy a tu sangre
tan
inclinado que ya te desbordo
por
completo tus puras cejas.
(De las
«Poesías a la noche»)
Tomé una
vez tu rostro entre mis manos.
La luna
en él caía.
La más
incomprensible de las cosas
bajo la
inundación del llanto.
Como una
cosa dócil, que aún dura,
casi como
una cosa, se tenia. .
Y no
obstante no había ningún ser
que más
sin fin me huyera entre la fría noche.
Oh,
entonces a esos sitios irrumpimos;
entran en
las pequeñas superficies las olas
todas de
nuestro corazón,
gozo y
debilidad
¿y hacia
quién las tenemos ofrecidas al fin?
Ay. al
extraño que nos ha malentendido,
ay, al
otro, al que nunca encontramos jamás,
a los
esclavos qué nos han ligado,
vientos
de primavera disipados en eso,
y el
silencio, el que pierde.
(De las
«Poesías a la noche»)
LA GRAN NOCHE
Mucho te
he contemplado, y me he parado a la ventana
[ayer estrenada,
quieto y mirándote. Aún me estaba la nueva ciudad
como
prohibida y el paisaje no persuadido
se iba
oscureciendo como si yo no estuviera. No se preocu-
[paban
las cosas
más próximas de serme inteligibles. En el farol
se
agolpaba la calleja: yo veía que era extraña.
Arriba,
un cuarto, participable, iluminado en la lámpara...
pronto
tomé parte; lo notaron, cerraron los postigos.
Allí
estaba yo. Y entonces lloraba un niño. Sabía las madres
en torno
en las casas, de lo que eran capaces. Y sabia
igualmente
las raíces inconsolables de todo llorar.
O cantaba
una voz, y saltaba un trozo más allá
de la
expectación, o tosía allá abajo,
lleno de
reproche, un viejo, como sí su cuerpo tuviera razón
frente al
mundo, más suave. Y entonces daba una hora...,
pero la
conté demasiado tarde, y se me escapó.
Como un
niño forastero, cuando al fin le dejan,
no atrapa
la pelota y no conoce ninguno
de los
juegos, que los demás manejan tan fácilmente,
queda
absorto y mira desviado - ¿adónde? -, yo
quedaba,
[y de pronto
comprendí
que tú dabas vueltas conmigo, jugabas; tú noche,
hecha
mayor, y te contemplé. Donde las torres
se
airaron, donde una ciudad me rodeó
de
destino evitado, y montañas no adivinables
contra mí
quedaron, y en contorno acercado
hambrienta
libertad cercó el casual llamear
de mis
sentimientos: allí no era, oh altura,
una
vergüenza para ti, que me conocieras. Tu aliento
pasaba
sobre mi. ¡Tu sonrisa distribuida en amplia solemnidad
[entraba en mí!
AL DIBUJO QUE REPRESENTA A JOHN KEAT5 EN SU
MUERTE
Ahora le
llega al rostro al gloriador callado
lo lejano
de abiertos horizontes:
así
vuelve a caer el dolor que nosotros
no
pudimos tornar, hacia su oscuro dueño.
Y esto
perdura, tal como, viendo el dolor,
se
convirtió en la forma más abierta,
todavía
un instante; en nueva suavidad
despreciando
la misma ruina y el devenir.
Rostro:
oh ¿de quién? Ya no más esa apenas
recién
establecida conexión.
Ojo, que
ya no más a salir lo más bello
de las
cosas obliga, de la vida rehusada.
Oh umbral
de las canciones,
oh boca juvenil,
para siempre entregada.
Solamente
la frente construye algo perenne
por sobre
rasgos volatilizados,
como si
castigara los rizos fatigados
mintiendo
al darse en ella, tiernamente dolientes.
Desde los
milagrosos días de la Creación
el dios
duerme: nosotros somos el sueño suyo,
asumidos,
llevados aturdidos por él
bajo
estrellas, que él ha sobrepujado.
Nuestro
actuar le atasca en mano más dormida,
más
apelotonada, y del puño no puede
salir;
por eso desde la época de los héroes
le
atraviesa el rugir de nuestros corazones
oscuros.
Él a veces se conmueve de nuestro
sufrir,
que le atraviesa como un dolor los miembros,
pero
siempre de nuevo prepondera sobre él
el exceso
sagrado de sus mundos.
Levantando
la vista del libro, de las cercanas líneas innumerables
Afuera,
hacia la noche completa:
oh, qué
adecuados a las estrellas se distribuyen los senti-
[mientos
agolpados,
igual que
si se atara
un
ramillete campesino;
juventud
de los leves y oscilar inclinado de los pesados
y de la
tierna proa y vacilante:
por todas
partes gozo y relación, y nuca exigencia
mundo en
exceso y tierra suficiente
(De las
«Poesías a la noche»)
Tú, por
adelantado
perdida
amada, que nunca has llegado,
yo no sé
cuáles tonos amas tú.
ya no
intento, al mecerse lo futuro,
reconocerte.
Todas las imágenes
grandes,
en mí, el paisaje sentido en lo remoto,
ciudades,
torres, puentes,
recodo
inesperado del camino
y lo
violento de esas tierras que antaño fueron
atravesadas
por los dioses, al crecer:
todo sube
a alcanzar significado
en mí de
ti, escapada.
¡Ay!,
eres los jardines,
¡ay!, yo
los vi con tal
esperanza.
En la casa campesina
una
ventana abierta -, y casi te asomaste
hacia mí,
pensativa. Callejas encontré
por donde
tú acababas de pasar,
y a veces
los espejos de las tiendas tenían
vértigo
todavía de ti, y me devolvían
asustados
mi imagen tan repentina. ¿Quién
sabe si
el mismo pájaro
no clamó
por nosotros ayer tarde?
Blando
estanque del bosque, vuelto a sí;
afuera
lucha el mar entero y ruge:
y
lejanías excitadas ponen
una
espada en el puño a cada golpe
de
tempestad, en tanto desde oscuras honduras
ilesas
ves los juegos de libélulas_
Lo que
allí, al otro lado de los doblados árboles
es
precipitación, ímpetu y furia,
se
refleja en tus íntimos espacios
como
ensombrecimiento reservado:
en torno
de ti está el bosque, sin plegarse,
lleno de
reticencias en aumento.
Sólo
arriba, en la vista entre las copas, muestran
las nubes
una forma guerrera de leyenda.
Y luego:
estar en un cuarto incomunicado,
ser uno
que conoce ambas cosas. Oh el círculo
pequeño
de las velas,
y la
noche del hombre irrumpe en él
y un
dolor, tal vez, dentro de los cuerpos.
¿Debo
ahora acordarme del tormentoso mar
o guardar
en mí imagen del estanque,
o puesto
que ambas cosas a la vez se me escurren,
pensar
las sangres - las sangres de ese jardín -?
Ay quién
sabe lo que domina en él.
¿Espanto?
¿Suavidad? ¿Miradas, voces, libros?
Todo eso
sólo como silencioso pañuelo
se
estrecha por los hombros de una infancia,
que
duerme en el enredo de esta vida.
Imágenes,
señales, tomadas con apremio
¿de estar
en mí os habéis arrepentido?
Oh, para
el mundo yo no tengo esencia,
si la
aparición fuera, como en una
creencia
recibida más fácil de antemano,
alegre
goza en mí, desde muy lejos.
CINCO CÁNTICOS
Agosto de 1914
I
Por vez
primera tê veo levantarte,
dios de
la guerra. conocido de oídas, remotísimo, increíble.
Cómo tan
espeso entre el fruto pacífico
de la
acción fecunda se habría sembrado, crecido de repente.
Ayer
estaba aún pequeño, necesitaba alimento; con altura de
[hombre
ya está
ahí: mañana
sobrepuja
al hombre. Pues el dios ardiente
arranca
de un golpe lo crecido
del
pueblo arraigado y empieza la cosecha.
Humanamente
se eleva el campo en la tempestad del hombre.
[El verano
queda
atrás superado entre los juegos del llano.
Quedan
niños que juegan, viejos que piensan
y las
mujeres que confían. De tilos en flor
el olor
conmovedor empapa la común despedida
y para
años conserva significado
olerlo,
este aroma pleno.
Van las
novias, más elegidas: como si uno solo
no se
hubiera decidido a ellas, sino el entero
pueblo se
hubiera determinado a sentirlas. Con mirada que
[mide despacio
los niños
abrazan al adolescente, que ya alcanza
al futuro
más osado: a él, que acababa
de
percibir cien voces, sin saber cuál tenia
[razón,
cómo le
alivia la llamada única: pues ¿qué
no sería
arbitrio al lado de la alegre, al lado de la segura
[necesidad?
Al fin,
un dios. Cuando ya a menudo no captábamos
al de la
paz, de pronto nos apresa el dios de la
[batalla,
arroja el
fuego; y sobre el corazón lleno de patria
carnina,
habitándolo con truenos, por su cielo
[rojizo.
II
Sálvame,
que veo emocionados sin palabras. Ya
hace
mucho la comedia no nos era verdadera
y la
imagen inventada no nos hablaba decisivamente.
Amado,
ahora habla como un vidente el tiempo
ciego,
desde el espíritu más antiguo.
Oid. No
te oísteis jamás. Ahora sois como los árboles
que el
viento poderoso atraviesa con su rumor más y más
[sonoro;
sobre los
años llanos se precipita tormentoso
desde el
sentir del Padre, desde hechos más altos, desde alta
cordillera
de héroes, que en breve en la nieve reciente
de
vuestra gloria amistosa refulge más pura y próxima.
Cómo se
transforma ahora el paisaje vivo: atraviesa
por la
selva juvenil, arraigada, y troncos más antiguos,
y el
breve brote se dobla hacia los que tiran.
Ya una
vez cuando paristeis, sentisteis su separación, ma-
[dres.
volvisteis
a sentir también la dicha de ser las
[dadoras.
Dad como
infinitas, dad. Sed para estos días en brote
una rica
Naturaleza. Bendecid a los hijos que salen.
y
vosotras, muchachas, acordaos de que os aman: en
[tales
corazones
estad sentidas; tan temible embate
como dio
vueltas, transformado en suavidad, con vosotras,
[floridas.
La
precaución os retuvo atrás, ahora podéis amar sin fin,
ser
amantes legendarias como las muchachas de la Antigüe-
[dad:
que la
que espera esté como en jardín de esperanza;
que la
que llora esté como la constelación, que arriba
lleva el
nombre de una mujer llorando.
III
Desde
hace tres días, ¿qué es? ¿Canto realmente el
[espanto,
realmente
al dios, al que había creído como uno de los an-
[tiguos
dioses
aún sólo remembrantes, desde lejos, con asombro?
Como un
monte volcánico reposaba en lo remoto. A veces
llameante.
A veces con humo. Melancólico y divino.
Sólo un
lugar cercano quizá, junto a él
temblaba.
Pero nosotros elevábamos las sagradas
liras a
otros: ¿qué dioses venideros?
Y ahora
se levantó: se yergue: más alto
que
torres erguidas, más alto
que el
aire respirado de nuestro día de antaño.
Se
yergue. Prevalece. ¿Y nosotros? Nos inflamamos juntos
[en una
sola cosa,
en una
sola criatura, que él vivifica mortalmente,
Así
tampoco yo soy ya; desde el corazón
[común
da el mío
su latido, y la boca común
rompe la
mía.
No
obstante, aúlla de noche como las sirenas de los barcos
en mí lo
que interroga, aúlla buscando el camino, el camino.
¿Le ve
allá arriba el díos, alto desde el hombro? ¿Llamea
como faro
hacia allá a un futuro en aspiración,
que hace
mucho nos busca? ¿Es sabedor? ¿Puede
ser
sabedor, ese dios desgarrador?
Cuando él
sin embargo destroza todo lo sabido. Lo
[sabido
desde
hace mucho, lo amoroso, lo sabido nuestro, de confian-
[za. Ahora las casas
yacen
como escombros sólo en torno de su templo. Al alzarse
se arroja
de sí mismo, escarnecedor, y se yergue en el cielo.
Todavía
cielo del verano. Cielo estival.
Del verano .
cielo
intimo sobre los árboles y nosotros.
Ahora;
¿quién siente, quién reconoce su infinito resguardo
sobre los
prados? ¿Quién
no miró fijamente
adentro, extraño.
Otros
somos nosotros, alterados en lo análogo: a cada cual
le soltó
en el pecho, de repente
ya no
suyo, corazón meteórico.
Cálido un
corazón férreo de férreo universo.
IV
Nuestro
corazón más antiguo, amigos, ¿quién lo prevé,
ese
familiar, que aún ayer nos mueve,
irrecuperable?
Nadie
vuelve a
sentirlo nadie aunque sea
tras la
alta transformación.
Pues un
corazón del tiempo, un corazón más antiguo
de
prehistoria aún siempre sin vivir,
ha
desplazado al próximo, al lentamente otro,
nuestro
conquistado. ¡y ahora
acabad,
amigos, el corazón
de pronto
exigido, consumid el poderoso!
Glorioso,
porque siempre fue glorioso
no estar
en la precaución de cuidados solitarios, sino en
[un solo
espíritu
atrevido, sino en riesgo
sentido espléndidamente,
sagradamente común. Igualmente alta
está la
vida en el campo, en los hombres incontables y en
(medio de
cada uno
entra una
muerte principesca en el lugar más osado.
Pero en
la gloria, oh amigos, gloriad también el
[dolor,
gloriad
sin queja el dolor de que no fuimos los futuros
sino más
emparentados
aún a
todo lo pasado: alabadlo y quejaos.
No os sea
vergonzosa la queja. Verdadero en primer lugar
se hace
lo inconocible, el
destino
para nadie comprensible,
cuando lo
deploráis sin medida, y sin embargo lo inconmen-
[surable,
eso más
deplorado, ved: como ansiado va.
V
¡Arriba,
y espantad al espantoso dios! Precipitadle.
El afán
de lucha le ha malacostumbrado antes de los tiempos.
[Ahora os empuja el dolor,
empuja un
nuevo dolor de lucha más asombrado
a su
cólera.
Si ya os
obliga una sangre, una alta sangre que viene de los
[padres:
sea así
sin embargo, el .ánimo
vuestro
siempre. No imitéis
a lo
anterior, lo de antes. Examinad
si no
sois dolor. Dolor activo. El dolor tiene
también
su júbilo. Oh, y entonces se arroja sobre
[vosotros
la
bandera, en el viento que viene del enemigo.
¿Cuál? La
del dolor. La bandera del dolor. El
[pesado
pendón
batiente del dolor. Cada uno de vosotros ha
[secado
con ella
su rostro caliente, sudoroso, menesteroso. Todo
vuestro
rostro allí tiende a juntarse en rasgos.
Rasgos
quizá del futuro. tiara que el odio no se conserve
perenne
en ellos. Sino un asombro, sino dolor más
[decidido,
sino la
cólera soberana, para que a vosotros los pueblos,
esos
ciegos en torno, de pronto os estorba en el daros cuenta;
ellos, de
los cuales ganasteis gravemente, como de aire y
[mina,
aliento y
tierra. Pues comprender,
pues
aprender y guardar dentro mucho
con
honor, aun extraño, os fue vocación sentida.
Ahora
volvéis a estar limitados a lo vuestro. Pero
[mayor
se ha
vuelto. Si tampoco hay mundo, (desde lejos
tomadlo
como mundo! Y usadlo como el espejo,
que
abarca el sol y vuelve a girar en sí el sol
a los que
yerran. (Vuestro propio errar
arde en
el corazón doloroso, en el terrible corazón.
Hay
guiños de contacto brotando en toda cosa.
De cada
giro llega un hálito: ¡Recuerda!
Un día
por el que hemos atravesado ajenos
se revela
en futuros días como un regalo.
¿Quién
calculará nuestra renta? ¿Quién nos separa
de los
años antiguos, pasados? ¿Qué notamos
desde el
mismo principio, como que en los demás
también
se reconoce siendo lo mismo? ¿Como
calentando
en nosotros lo que era indiferente?
Oh casa,
oh prado en suave declive, oh luz de tarde,
de
repente lo pones ante la vista casi
y estás
ante nosotros abrazando, abrazado?
Entra el
único espacio por todo ser: espacio
interior
de Universo. Quietas, las aves vuelan
a través
de nosotros. Oh, que quiero crecer,
miro
afuera, y está en mí creciendo el árbol.
Me
preocupo, y la casa está dentro de mí.
Me cubro,
y el sombrero está también en mi.
Amado, el
que yo me hago, reposa en mi la imagen
de la
Creación hermosa y se deshace en llanto.
A HÖLDERLIN
No nos es
concedido quedarnos, ni siquiera
en lo más
familiar: de las imágenes
rebosantes
irrumpe de repente el espíritu .
a las que
están llenándose: son mares en lo eterno.
Lo más
útil aquí es caer. Del sentir
logrado
caer sobre el presentido, abajo.
Para ti,
soberano, conjurador, tu vida
entera
fue apremiante imagen; al decirla
la línea
se cerraba como destino, incluso
en la más
suave había una muerte, y la hollaste;
pero el
dios, precediéndote, te sacaba hacia
[fuera.
¡Oh
espíritu cambiante, el más cambiante! Mientras
todos
están en casa en el poema tibio
demorándose
en chicas comparaciones, parte
tomando,
sales solo como luna. Y se aclara
abajo tu
paisaje, y se oscurece, sacro
asustado,
y lo sientes en despedida.. Nadie
te volvía
más sublime, devolviéndolo al mundo
más
sagrado y sin ansia. Así también jugaste
sagrado,
por entre años ya no más calculados,
con la
dicha infinita, como si no estuviera
dentro,
sin ser de nadie, en torno, por las suaves
praderas
de la tierra, dejado por divinos
niños. Ay
lo que ansían los supremos, sin ansia.
lo
pusiste, sillar sobre sillar:
y se
sostuvo. Pero ni aun un derrumbamiento
te pudo
equivocar.
Cuando un
eterno así hubo, ¿qué reclamamos
a lo
terrestre aún? En lugar de en lo previo
aprender
sentimientos para ¿qué inclinación
futura en
el espacio?
COMIENZO DEL AMOR
Oh sonrisa,
primera sonrisa, nuestra. Cómo
fue esto
único: aroma de tilos respirar,
escuchar
los silencios de parques, de repente
uno en
otro mirar, con pasmo hasta sonreír.
Había en
esta sonrisa recuerdo
de una
liebre, que allá arriba
en el
césped jugaba: esta fue la niñez
de la
sonrisa. Ya más grave le fue dado
el
avanzar del cisne, que más tarde el vivero
vimos
cómo partía en dos mitades
de tarde
silenciosa. Y el árbol en sus bordes
contra el
puro y abierto y ya futuramente
nocturno
cielo, había a esta sonrisa
dibujado
los bordes frente al entusiasmado
porvenir
en el rostro.
RÉQUIEM EN LA MUERTE DE UN NIÑO
Lo que
tengo acuñado como nombres
y perro y
vaca y elefante
desde tan
largo y lejos conocido,
y la
cebra también, ay: ¿para qué?
El que
ahora me lleva
sube
corno una capa de agua, sobre
el todo.
¿Es la paz esto,
saber que
se era, cuando no se entraba
por
objetos suavísimos o duros
hasta el
rostro final, comprendedor?
Mis manos
empezadas...
Decíais a
menudo: ya promete...
prometí,
pero lo que os prometía
ahora no
me da miedo.
p ratos,
junto a casa, me sentaba
a
perseguir con los ojos un pájaro.
¡Oh,
haberme convertido en mi mirada!
Esto me
alzaba y me arrastraba; en alto
las
cejas. A ninguno quise nunca.
Tener
cariño era una angustia,
[¿entiendes?
y
entonces yo era yo, no era nosotros,
y era
mucho más grande que un mayor,
y era
como si
fuera yo mismo el peligro
y dentro
de éste yo fuera su almendra.
Una
almendrita: yo le doy las calles
y le
regalo el viento.
Pues que
todos estuviéramos juntos
nunca me
lo he creído yo: palabra.
Hablábais,
os reíais, pero uno
no estaba
en el hablar ni en el reír.
Tanto
como vosotros no temblaba
el vino
en vuestro vaso ni el azúcar.
La
manzana, allí estaba. A veces era
tan bueno
sopesarla, llena, dura:
la fuerte
mesa, las tranquilas tazas,
buenas,
¡qué bien calmaban todo el año!
Y también
el juguete a veces era
bueno,
casi capaz como otras cosas
de
confianza, aunque no tan descansado.
Así
estaba, en perpetuo despertarse,
como en
medio de mí y de mi sombrero.
Y hubo un
caballo de madera, un gallo,
y un
muñeco con una sola pierna:
hice
mucho por ellos:
el cielo,
pequeñín, porque lo vieran...
Pues esto
lo entendí pronto: qué solo
está un
caballo de madera. Y lo hacen
de un
tamaño cualquiera, y de madera,
lo pintan,
se le arrastra, y él recibe
los
golpes del camino de verdad.
¿por qué
no era mentira cuando a ésto
le
llamaban «caballo»? ¿Es que uno mismo
se sentía
caballo, un poco: arisco,
melenudo
y cuadrúpedo (esperando
llegar a
ser un hombre)? ¿Y uno no era
un poco
de madera, por su culpa,
y no se
endurecía en lo escondido,
poniéndose
una cara degradada?
Ahora
casi pienso que alternábamos:
cuando
veía el río, yo era ruido;
si el río
murmuraba, yo saltaba;
si veía
un sonido, yo sonaba,
y si
sonaba él, yo era su fondo.
Así me he
ido imponiendo a toda cosa.
Pero todo
sin mi estaba contento,
y al
colgarme yo encima, era más triste.
Ahora, de
repente, me he apartado.
¿Empieza
otro aprender, otras
[preguntas?
¿O he de
decir ahora cómo es todo
con vosotros?
Entonces, tengo miedo.
¿La casa?
Tan bien, nunca la he
[entendido.
¿Los
cuartos? Ay, había tantas cosas ...
...Tú.
madre, ¿quién, de veras, era el perro?
Y hasta
el que hubiera fresas en el bosque
me parece
un hallazgo milagroso.
Debe de
haber niños muertos aquí
para
jugar conmigo: siempre había
quienes
morían. Al principio estaban
como yo,
en cama, sin ponerse buenos.
Buenos...
¡Qué raro suena y sin sentido!
Aquí,
donde estoy yo,
nadie
está enfermo, creo.
Mi dolor
de garganta, ya qué lejos.
Aquí cada
uno es como un fresco sorbo.
Pero no
he visto aún quiénes nos beben.
DEL LEGADO DEL CONDE C. W.
[Primera serie)
I.
¿Caballo
blanco? ¿cómo? ¿o cascada de arroyo?
¿cuál fue
la imagen que me quedó sobre el sueño?
Espejismo
en el resto de inclinación del cáliz
y el día,
que me estaba empujando hacia fuera.
Regreso
¿qué me encuentro en el interior yo,
al caer
por la tarde pesadamente en mi?
Sueño,
aplícalo ahora: ¿se hará de estaño el plato,
se abrirá
el fruto extraño?
¿Sabré yo
lo que bebo, o es la pasión
de los
cerros hundidos?
¿Y a
quién me quejo yo si al terminar el moho
a través
de la savia gastada brota en hilos?
¿Me basta
mirar fuera aún? ¿O necesita
una
hierba de sopa el que guisa los sueños?
¿O echa
ya, en inexactos
manjares,
condimentos de los que no se fía?
III
Muchacha,
¿te madura el día de verano?
Por la
tarde, en el cálido golpe de codorniz
de la
mano, ahí tienes al amante.
Mira cómo
te adorna tu pequeña ventana;
que te
inflama la sonrisa y el gesto,
lo
presiente él de cerca.
Ya está
fresca la puerta: hasta la madrugada
se enfría
totalmente.
Pero tu
amigo está caliente. ¡Enciéndete,
enciéndete
y arrástrale a la casa!
IV
Este
golpe de viento, que ahora mismo
me llevó
a la ventana, vagamente,
¿era tan
sólo un ciego levantarse
y
tenderse de la Naturaleza?
¿O acaso
utilizaba los secretos
ademanes
de alguno ya podrido?
¿Quería
salir de la tierra muda
hacia la
casa sensitiva?
Suele ser
sólo como el dar la vuelta
de un
dormido, de noche;
de
repente se llena de misión
y me deja
aplastado de sospecha.
Ay, lo
que estoy apenas habituado
a
comprender qué significa; ¿acaso
me ha
llorado en la muerte algún turbado
niño
desde muy cerca?
¿Me
quiere (¡y yo renuncio!)
señalar
lo que aquí dejó? ¡La queja
tropezó
con el viento
pero él
quizá se alzó y está gritándola!
VII
Primer
clamor entrando vertical en el año,
las voces
de los pájaros se yerguen.
pero tú
metes ya en el tiempo tu grito,
oh cuco,
en el pasar...
Ahí:
llamas y llamas, llamas y llamas, llamas
como quien
entra en juego,
sin
construir, ml amigo, sin elevar las gradas
a la
canción que amáramos.
Al
principió aguardamos con esperanza... Extraña-
mente nos
atraviesa este clamor;
como si
en este Ya hubiera un Nunca más,
un pasar
prematuro...
BIOGRAFÍA IMAGINARIA
Una
niñez, primero, ilimitada y sin
renuncia
y meta. Oh goce inconsciente. De pronto
temor,
barrera, escuela, retozar
y
hundimiento en la tentación y pérdida.
Pese a
todo, el doblado se vuelve doblador
y en los
demás se venga de que debió pagar.
Temido,
amado, salvador, luchando,
vencedor,
dominante; golpe a golpe.
Y luego
solo lejos, leve, frío.
Pero en
lo hondo de la forma ganada
un
suspiro por el primero, antiguo...
Entonces
irrumpió Dios desde su reserva.
DOS
POESÍAS
[Para E. S.)
I
Ex voto
Bajo tu
imagen, ¿cuál cuelgo de mis miembros enfermos,
tú,
silenciosa, que mucho tiempo despacio conjuré?
¿Te
colgaré las manos que se me cayeron del corazón,
o el
mismo corazón que perdió esas manos?
¿Has
curado mi pie, que a la pobre capilla
hizo el
camino dolorosamente? ¿Quieres mi rodilla
[genuflexa?
¿Sé,
entonces, qué me ocurrió? Me devoró la
[ola
o hubo un
fuego y era mayor que ella.
¿O fue el
rayo? ¿O me caí del carro?
¿Entró en
mi un veneno, o me embistió un animal?
¿la
tierra me ha... o yo he golpeado la tierra?
Tómame
entero en mi imagen: quizá lo verás en mi.
II
LACRIMATORIO
Otros han
tornado el vino, otros tienen el aceite
en la
bóveda ahuecada que ha circunscrito su muro.
Yo, en
medida más pequeña y más delgada, me ahueco
para otro
menester: me abro a las lágrimas que caen.
El vino
se hará más rico, y el aceite en su
[tinaja
se hará
más claro. ¿Y las lágrimas? Me han hecho ser más
[pesado,
me han
hecho más ciego, más tornasolado en mi curva,
me han
hecho por fin más frágil, y me han dejado
[vacío.
Como
Jacob con el ángel luchó.
con el
gigante sol lucha la viña:
con el
gran día de verano, y éste
de otoño,
hasta el ocaso.
Excitada.
la hermosa viña lucha.
pero al
soltar despacio, por la tarde,
siente
cómo, agarrándola de arriba,
ese brazo
le mete la energía
contra la
cual luchaba como un niño;
toda
mezclada con su resistencia
se
convierte en lo ilimitado en ella...
Y la
victoria queda pura y desconocida.
EI. FRUTO
De la
tierra subió a ella, subió y subió,
y se quedó
callado en el tronco tranquilo
y se
convirtió en llama en la floración clara,
hasta que
se volvió a quedar callado.
Fructificó
á través del tiempo de un verano
en el
árbol, de día y de noche atareado.
y se
reconoció como ímpetu futuro
contra el
espacio lleno de participación.
Y cuando
ahora en óvalo redondeado, luce
con su
tranquilidad llegada a plenitud,
se
derrumba en renuncia, adentro de la cáscara,
volviendo
hacia su centro.
EL MAGO
Él lo
llama: apretándose, ello se asusta. quieto.
¿Qué es
ello? Lo otro, todo, todo lo que no es él,
se hace
ser. Y el entero ser le vuelve una cara
hecha a
prisa, que es más.
!Oh.
sujétalo, mago sujétalo, sujétalo!
Haz
equilibrio. Quédate en la balanza quieto,
para que
te sostenga con la casa en un lado
y en el otro
soporte lo que tanto ha crecido.
Cae la
decisión. Se sitúa el enlace.
El sabe;
la llamada superó la repulsa.
Pero su
rostro como con agujas tapadas
marca la
medianoche. También él está atado.
En la
calle habitada por el sol, en que el medio
tronco
hueco de un árbol, que desde hace ya mucho
se ha
convertido en pila, renovando en silencio
una
delgada capa de agua, calmo mi sed:
el origen
del agua y su serenidad
entran en
mi interior a través de mi mano.
Beber,
resultaría para mí demasiado,
demasiado
concreto, pero el gesto de espera
sostiene
el agua clara dentro de mi conciencia.
Así. si
tú vinieras, para calmarme sólo
necesito
un ligero contacto con mi mano,
tanto si
es en la joven redondez de tus hombros
o si es
en el empuje de tus pechos.
OTOÑO
Alto
árbol del mirar, que se deshoja:
ésto
ahora es haber crecido hasta el exceso
de cielo
que penetra por sus ramas.
Repleto
de verano, pareció hondo y espeso,
como casi
pensándonos, cabeza confiada.
Ahora se
convierte su entraña en el camino
del
cielo. Y no nos conoce el cielo.
Algo
extremo: que como el vuelo de los pájaros
por lo
recién abierto nos lancemos,
que nos
niega con el derecho del espacio,
que
solamente gira con mundos. Oleadas
de sentir
desde nuestra orilla andan buscando
relación,
consolándose, banderas en lo abierto.
Mas
piensa una nostalgia la cabeza del árbol.
TRES
POESÍAS DEL CICLO: REFLEJOS
¡Oh
fulgor más hermoso del tímido reflejo!
Cómo
puede brillar porque jamás perdura.
La sed de
las mujeres por sí mismas, la calma.
Cómo el
mundo para ellas cercado está de muros
de
espejos. En el fulgor del espejo caemos
como en
el misterioso fluir de nuestro ser:
pero
ellas allí encuentran lo suyo: allí lo leen.
Deben ser
dobles, y así están enteras.
Ante el
claro cristal, amada. ponte.
para ser
en él. Para que se renueve
la
tensión entre ti y ti, y la medida
para lo
que es en él inexpresable.
Elevada a
tu imagen, eres rica.
Tu “sí” a
ti te confirma la mejilla y el pelo:
y
rebosante de ese recibirte a ti misma,
vacila tu
mirada oscura al compararse.
II
Desde el
cristal del espejo, de nuevo
hasta ti
te levantas;
en ti
ordenas, lo mismo que en un vaso,
tus
imágenes. Y lo nombras tú.
a ésto,
el florecer de tus reflejos,
que
meditas un rato levemente,
antes de
qué, obligada por su dicha,
a regalar
los vuelvas a tu cuerpo.
III
Ay, en
ella y en su reflejo, que
como joya
en estuche que la ampara,
dura en
ella, guardado entre lo suave:
el amante
reposa; en alternancia
sintiendo
a ella o su joya interior...
É: sin
guardar en sí una imagen propia;
del
interior profundo rebosando
de mundo
conocido y soledad.
Rosa, oh
contradicción pura, alegría
de ser
sueño de nadie bajo tantos
párpados.
(Elegido
como epitafio para la tumba de R. M. R.)
SEGUNDA
PARTE
PARA
LEONIE ZACHARIAS
Oh di, poeta,
¿qué haces tú? -Yo alabo.
pero tu
mortal,. lo monstruoso ¿cómo
lo asumes
en ti, cómo lo asimilas?- Yo alabo
Pero lo
que no tiene ningún nombre
¿cómo
puedes llamarlo tú, poeta? - Yo alabo.
¿Por qué
tienes derecho en toda máscara,
en todos
los disfraces a ser verdad? - Yo alabo.
¿Por qué
lo silencioso y lo fogoso
como
estrella y tormenta te ven? - Porque yo
alabo.
TERCERA PARTE
DE LOS
ESBOZOS
Oh vida,
vida, tiempo milagroso, que va
de
contradicción en contradicción,
a veces
en tu marcha, tan mala, tan difícil,
tan
arrastrada, y luego, de repente, tendiendo
las alas,
de indecible anchura, como un ángel:
oh,
inexplicable, oh tiempo de la vida.
Entre
toda existencia que se osó con grandeza
¿puede
haber otra más ardiente y atrevida?
Estamos
apoyándonos en nuestros propios limites,
arrancando
algo nunca conocible.
Paris
invierno 1918 - 1914
DE LAS POESÍAS EN FRANCÉS
De VERGELES (VERGERS)
(1924 - 1925)
VERGELES
Esta
tarde mi corazón hace cantar
ángeles
que se acuerdan...
Una voz,
casi mía,
tentada
por demasiado silencio,
sube y se
decide
a no
volver ya;
tierna a
intrépida,
¿a qué va
a unirse?
Lámpara
del ocaso, mi tranquila confidente,
mi
corazón no está desvelado por ti;
[quizá en
él uno se perdería), pero su pendiente
del lado
sur está dulcemente alumbrada.
Sigues
siendo tú, oh lámpara de estudiante,
que
quieres que el lector de vez en cuando
se
detenga, extrañado, y se moleste
sobre su
libraco, mirándote.
[Y tu
simplicidad suprime un ángel.)
Quédate
tranquilo, por repentino
que el
ángel se decida a venir a tu mesa:
borra
dulcemente las pocas arrugas
que hace
el mantel bajo tu pan.
Ofrecerás
tu rudo alimento
para que
él pruebe a su vez,
y que
eleve al labio puro
un simple
vaso de todos los días.
PALMA
A Madame
et Monsieur. Albert Vulliez
Palma,
dulce lecho arrugado
donde
estrellas durmientes
habían
dejado pliegues
al
elevarse hacia el cielo.
¿Es que
esa cama era tal
que se
encuentran reposadas,
claras a
incandescentes.
entre los
astros amigos
en su
impulso eterno?
¡Oh las
dos camas de mis manos,
abandonadas
y frías,
ligeras
de un peso ausente
de esos
astros de bronce!
Que el
dios se contente con nosotros,
con
nuestro instante insigne,
antes que
una ola maligna”
nos
vuelque y lleve al fin.
un
momento estábamos de acuerdo:
él, que
sobrevive y persiste,
y
nosotros cuyo corazón triste
se
asombra de su esfuerzo.
En el
encuentro múltiple
hagamos a
todo su parte,
a fin de
que el orden se muestre
entre los
propósitos del azar.
Todo
alrededor quiere que se le escuche;
escuchemos
hasta el final:
¡pues el
vergel y el camino
siempre
somos nosotros!
LA FUENTE
Yo no
quiero más que una lección; es la tuya,
fuente,
que vuelves a caer en ti misma,
la de las
aguas arriscadas a las que incumbe
este
retorno celeste hacia la vida terrenal.
Tanto
como tu múltiple murmullo
nada me
podría servir de ejemplo:
tú, oh
columna ligera del templo
que se
destruye por su propia naturaleza.
En tu
caída, cuánto se modula
cada
chorro de agua que termina su danza.
¡Que yo
me sienta el alumno, el émulo .
de tu
matiz innumerable!
Pero lo
que más que tu canto me decide hacia ti,
es ese
instante de un silencio en delirio
cuando
por la noche, a través de tu impulso líquido
pasa tu
propio regreso que recoge un soplo.
Jamás la
tierra es más real
que en
tus ramas, oh vergel rubio,
ni más
flotante que en el encaje
que hacen
tus sombras en el césped.
Allí se
encuentra lo que nos queda.
lo que
pesa y lo que alimenta
con el
paso manifiesto
de la
ternura infinita.
Pero en
tu centro, la tranquila fuente,
casi
durmiendo en su pilón antiguo,
habla
apenas de ese contraste;
tanto se
confunde en ella.
Todos los
goces de los antepasados
han
pasado a nosotros y se reúnen;
su
corazón, ebrio de caza,
su reposo
silencioso
ante un
fuego casi extinguido...
si en los
instantes áridos
nuestra
vida se vacía de nosotros,
de ellos
seguimos completamente llenos.
Y cuántas
mujeres han tenido
que
salvarse en nosotros, intactas,
como en
el entreacto
de una
obra que no ha gustado;
adornadas
de una desgracia que hoy
nadie
quiere ni lleva, .
parecen
fuertes
apoyadas
en la sangre ajena.
¡Y niños,
niños!
Todos los
que la suerte rehúsa,
y en la
astucia nos ejercitan
de
existir, sin embargo.
RETRATO
INTERIOR
No son recuerdos
los que
en mi te entretienen;
no eres
mía tampoco
por la
fuerza de un bello deseo.
Lo que te
hacen presente,
es el
rodeo ardiente
que una
ternura lenta
describe
en mi propia sangre.
Estoy sin
necesidad
de verte
aparecer:
me ha
bastado nacer
para
perderte un poco menos.
Oh
nostalgia de los lugares que no fueron
bastante
amados en la hora pasajera,
¡cómo
querría darles desde lejos
el gesto
olvidado, la acción suplementaria!
Volver
sobre mis pasos, rehacer dulcemente
- y esta
vez, solo - tal viaje,
quedarme
más en la frente,
tocar
este árbol, acariciar este banco...
Subir a
la capilla solitaria
que todo
el mundo dice sin interés:
empujar
la verja de ese cementerio,
callarse
con el que tanto se calla.
Pues, ¿no
es el tiempo en que importa
tomar un
contacto sutil y piadoso?
Tan
fuerte como era, es que la tierra es fuerte;
y tanta
se queja; es que se la conoce poco.
LA
VENTANA
I
¿No eres
tú nuestra geometría,
ventana,
forma sencillísima,
que sin
esfuerzo circunscribes
nuestra
vida enorme?
La que se
ama no es nunca más bella
que
cuando se la ve aparecer
enmarcada
por ti; es, oh ventana,
que la
haces casi eterna.
Todos los
azares están abolidos El ser
se yergue
en medio del amor,
con ese
poco de espacio alrededor
de que es
dueño.
II
Ventana,
tú, oh medida .de espera,
tantas
veces llena,
cuando la
vida se vierte y se impacienta
hacia
otra vida.
Tú que
separas y atraes,
cambiante
como el mar;
cristal,
súbito, donde nuestro rostro se refleja
mezclado
con lo que se ve a través;
muestra
de una libertad comprometida
por la
presencia de la suerte;
tomada
por la cual, entre nosotros se iguala
el gran
exceso de fuera.
III
Plato
vertical que nos sirve
el
alimento que nos persigue,
y la
noche demasiado dulce
y el día,
a menudo demasiado amargo.
La
interminable comida
sazonada
de azul -
no hay
que estar fatigado
y
alimentarse por los ojos.
Cuántos
platos se nos proponen
mientras
maduran las ciruelas;
¡oh mis
ojos, comedores de rosas,
vais a
beber luna!
Se
arreglan y componen
las
palabras de tantos modos,
pero,
¿cómo se llegaría
a igualar
una rosa?
Si se
soporta la extraña
pretensión
de ese juego,
es que, a
veces, un ángel
lo
desarregla un poco.
De las CUARTETAS VALAISANA
(1924)
A Madame Jeanne de Sépibus - de Preux
PEQUEÑA CASCADA
Ninfa,
revistiéndose siempre
de lo que
la desnuda.
que tu
cuerpo se exalte para
la onda
redonda y ruda.
Sin
reposo cambias de traje
y hasta
de cabellera:
tras de
tanta huida, tu vida
queda
como presencia pura.
País,
detenido a medio camino
entre la
tierra y los cielos,
a las
voces de agua y bronce,
dulce y
duro, joven y viejo.
como una
ofrenda elevada
hacia
manos acogedoras:
bello
país acabado.
cálido
como el pan.
Todo aquí
canta la vida de antaño,
no en un
sentido que destruya el mañana:
se
adivina, valientes, en su fuerza primera.
el cielo
y el viento, y la mano y el pan.
No es un
ayer que se propague por todas partes
defendiendo
para siempre estos contornos antiguos:
es la
tierra contenta de su imagen
y que
consiente en su primer día.
Viento
que toma este país como el artesano
que
conoce su materia desde siempre:
al
encontrarla, caliente, sabe cómo hacer
y se
exalta trabajando.
Nadie
detendría su impulso magnífico; nadie
sabría
oponerse a esta fogosa audacia:
y es
también él quien, dando un enorme paso atrás,
tiende a
su obra el claro espejo del espacio.
De LAS ROSAS
(1924)
Si tu
frescura a veces tanto nos asombra,
rosa
feliz,
es que en
ti mismo, dentro,
pétalo
contra pétalo, descansas.
Conjunto
todo despierto, cuyo centro
duerme,
mientras que innumerables, se tocan
las
ternuras de ese corazón silencioso
que
rematan en la boca extrema.
Te veo,
rosa, libro entreabierto,
que
contiene tantas páginas
de dicha
detallada
que no se
leerán jamás. Libro - mago,
que se
abre al viento y puede ser leído
con los
ojos cerrados...
de donde
salen las mariposas, confusas
de haber
tenido las mismas ideas.

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