© Libro No. 673. Discurso sobre Economía Política. Rousseau,
Jean-Jacques. Colección E.O. Marzo 29 de 2014.
Título original: © DISCURSO
SOBRE ECONOMIA POLITICA. JEAN-JACQUES ROUSSEAU
Versión Original: © DISCURSO SOBRE ECONOMIA POLITICA.
JEAN-JACQUES ROUSSEAU
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
DISCURSO SOBRE ECONOMIA
POLITICA
JEAN-JACQUES ROUSSEAU
DISCURSO SOBRE ECONOMÍA POLÍTICA
Economía o Œconomía
(Moral y Política)
Esta palabra viene de οικοσ, casa, y de υόμοσ,
ley, y originalmente no significa otra cosa que el sabio y legítimo gobierno
de la casa, en pro del bien común de toda la familia. El sentido de este
término se amplió más tarde al gobierno de la gran familia que es el Estado. Para
distinguir entre ambas acepciones, en este último caso se le denomina economía
general opolítica, y en el otro, economía doméstica o particular. En el
presente artículo nos ocuparemos tan sólo de la primera. Sobre la economía doméstica,
véase PADRE DE FAMILIA.
Aun cuando entre el Estado y la familia se
diesen tantas relaciones como pretenden algunos autores, no sería cierto que
las reglas de conducta propias de una de esas sociedades conviniesen a la otra:
ambas difieren demasiado en cuanto a sus dimensiones como parapoder ser
administradas de la misma forma, de modo que siempre existirá una diferencia
extrema entre el gobierno doméstico, en el cual el padre puede verlo todo por
sí mismo, y el gobierno civil, en el cual el jefe lo ve casi todo mediante
ojos ajenos. Para que, en estos asuntos, las cosas fueran iguales, sería
menester que el talento, la fuerza y todas las facultades del padre, aumentasen
en razón de la dimensión de la familia, así como que el alma de un poderoso
monarca estuviese en relación con la de un hombre ordinario en igual medida
que la extensión de su imperio lo está con la herencia de un particular.
Pero ¿cómo podría el gobierno del Estado
asemejarse al de la familia, siendo tan diferentes sus fundamentos
respectivos? Por ser el padre fisicamente más fuerte que sus hijos tanto tiempo
como su ayuda les es necesaria, el poder paterno parece, con razón,
establecido por la naturaleza. En la gran familia, en la que todos los miembros
son naturalmente iguales, la autoridad política, puramente arbitraria en cuanto
a su institución, no puede fundarse sino en convenciones, ni puede el
magistrado mandar sobre los otros sino en virtud de las leyes.
Los deberes del padre le son dictados por
sentimientos naturales y de forma tal que raramente le es permitido
desobedecer. Los gobernantes carecen por completo de una regla semejante y
sólo están obligados para con el pueblo en aquello que le han prometido hacer y
cuya ejecución el pueblo tiene el derecho de exigir.
Otra diferencia aún más importante consiste en
que por no tener los hijos más que lo que reciben del padre, le corresponde a
éste o de él emana evidentemente todo derecho de propiedad. Ocurre total mente
al contrario en la gran familia: su administración general se establece sólo
para asegurar la propiedad particular preexistente. El principal objeto de
todos los trabajos de la casa es el de conservar e incrementar el patrimonio
del padre para que éste pueda un día repartirlo entre sus hijos y evitarles
lapobreza, mientras que la riqueza del fisco no es sino un medio, a menudo mal
entendido, para mantener la paz y la abundancia de los particulares. En una
palabra, la pequeña familia está destinada a extinguirse y a dividirse un día
en varias familias semejantes; pero como la grande está hecha para durar
siempre en el mismo estado, es preciso que la primera aumente para
multiplicarse, y no basta con que la otra se conserve, sino que, como es
fácilmente demostrable, todo aumento le resulta más perjudicial que útil.
Por varias razones derivadas de la naturaleza
de las cosas, el padre debe mandar en la familia. 1) No ha de ser igual la
autoridad del padre y la de la madre, pero es necesario que el gobierno sea
único y que en caso de división de opiniones haya una voz preponderante que
decida. 2) Por muy ligeras que consideremos las incomodidades propias de la
mujer, el que siempre conlleven para ella un intervalo de inactividad es razón
suficiente para excluirla de aquella primacía, pues cuando la balanza está
perfectamente igualada basta una paja para que se incline. Al marido le debe
corresponder además la inspección de la conducta de su mujer, pues le interesa
asegurarse que los hijos, a los cuales debe reconocer y alimentar, no
pertenezcan a otro sino a él. La mujer, que no tiene nada parecido que temer,
no tiene el mismo derecho que el marido. 3) Los hijos deben obedecer al padre,
en principio por necesidad y además por reconocimiento; tras haber recibido de
él la satisfacción de todas sus necesidades durante la mitad de su vida, deben
consagrar la otra mitad a subvenir a las de aquél. 4) En cuanto a los
domésticos, éstos están obligados a prestar servicio al padre a cambio de la
manutención que éste les proporciona, salvo sí rompen el trato cuando ya no
les conviene. No diré nada acerca de la esclavitud, pues es contraria a la naturaleza
y ningún derecho puede autorizarla.
Nada de todo lo anterior existe en la sociedad
política, la cual, lejos de tener un interés natural en la felicidad de los
particulares, busca con frecuencia el suyo propio en la miseria de éstos.
Cuando la magistratura es hereditaria, es a menudo un niño quien manda sobre
los hombres; cuando es electiva, las elecciones presentan mil inconvenientes,
y tanto en uno como en otro caso desaparecen las ventajas de lapatemidad. Si
tenéis un solo jefe, estaréis bajo el arbitrio de un amo que carece de razones
para amaros; si tenéis varios, deberéis soportar al tiempo su tiranía y sus
divisiones. En una palabra, son inevitables los abusos y funestas sus
consecuencias en toda sociedad en la que el interés público y las leyes carecen
por completo de fuerza natural y son continuamente atacadas por el interés
personal y las pasiones del jefe y demás miembros.
Aunque las funciones del padre de familia y del
primer magistrado deben tender al mismo fin, lo hacen por caminos bien
distintos; su deber y sus derechos están hasta tal punto diferenciados que no
es posible confundirlos sin formarse falsas ideas acerca de las leyes fundamentales
de la sociedad y sin caer en errores fatales para el género humano. En efecto,
si la voz de la naturaleza es el mejor consejo que pueda escuchar el padre para
cumplir bien sus deberes, para el magistrado es sólo un falso guía que trata
sin cesar de separarlo de sus obligaciones y que tarde o temprano lo arrastra
a la perdición y a la del Estado si una sublime virtud no lo retiene.[1] La única virtud que el padre de familia
necesita, consiste en guardarse de la depravación e impedir que se corrompan
sus inclinaciones naturales; por el contrario son éstas quienes pueden
corromper al magistrado. Mientras al primero, para obrar bien, le basta con
consultar a su corazón, el segundo se convierte en un traidor cuando hace caso
al suyo, por lo que deberá sospechar de su propia razón sin atenerse a más
regla que la razón publica, es decir, la ley. La naturaleza ha creado multitud
de buenos padres de familia, pero es dudoso que desde que el mundo existe, la
sabiduría humana haya podido formar a diez hombres capaces de gobernara sus
semejantes.
De todo lo que acabo de exponer se sigue que
hay razón en distinguir la economía pública de la economía particular, y
asimismo que, como el Estado no tiene nada en común con la familia, a no ser la
obligación común para sus jefes de procurar felicidad, no convienen a ambos las
mismas reglas de conducta. He creído que estas pocas líneas bastarían para
echar por tierra el odioso sistema que el caballero Filmer ha intentado
establecer en una obra titulada Patriarcha, a la que dos hombres ilustres le
han hecho el honor de dedicar sendos libros en su contra. Por lo demás, ese
error es muy antiguo, pues ya el mismo Aristóteles estimó oportuno combatirlo
por razones que pueden descubrirse en el primer libro de sus Políticas.
Ruego a mis lectores que distingan bien
asimismo entre la economía pública, de la cual me he de ocupar y que llamo
gobierno, y la autoridad suprema, que llamo soberanía; distinción que consiste
en que mientras la segunda posee el derecho legislativo y obliga en ciertos
casos al cuerpo mismo de la nación, la primera sólo posee el poder ejecutor y
puede obligar tan sólo a los particulares.[2] Véase POLÍTICA Y SOBERANÍA.
Permítaseme por un momento utilizar una
comparación común y poco exacta en muchos aspectos, aunque apropiada para
hacerme comprender mejor.
El cuerpo político, individualmente
considerado, puede entenderse como un cuerpo organizado, vivo y similar al del
hombre. El poder soberano representa la cabeza; las leyes y costumbres son el
cerebro, origen de los nervios y sede del entendimiento, de la voluntad y de
los sentidos, cuyos órganos son los jueces y magistrados; el comercio, la
industria y la agricultura son la boca y el estómago que preparan la sustancia
común; las finanzas públicas son la sangre de una sabia economía que,
desempeñando las funciones del corazón, distribuye por todo el cuerpo el
alimento y la vida; los ciudadanos son el cuerpo y los miembros que hacen que
la máquina se mueva, viva y trabaje, de modo que cualquier herida que ésta
sufra en una de sus partes llevaría de inmediato una impresión dolorosa al
cerebro si es buena la salud del animal.
La vida que a ambos corresponde es elyo común
al todo, la sensibilidad recíproca y la correspondencia interna entre todas
las partes. Si cesa dicha comunidad, desaparece la unidad formal o las partes
contiguas acaban encontrándose en una simple relación de yuxtaposición; el
hombre muere o el Estado se disuelve.
Así pues, el cuerpo político es también un ser
moral dotado de voluntad. Esa voluntad general, tendiente siempre a la
conservación y bienestar del todo y de cada parte, es el origen de las leyes y
la regla de lo justo y de lo injusto para todos los miembros del Estado, en
relación con éste y con aquéllos. Esta verdad muestra, dicho sea de paso, con
cuánto sentido muchos escritores consideraron un robo la delicadeza prescrita a
los hijos de Lacedemonia para poder ganarse su frugal alimento, como si todo
lo que la ley prescribe pudiese no ser legítimo. Véase, en la voz DERECHO, la
fuente de este gran y luminoso principio, que ese artículo desarrolla. Es
importante señalar que esa regla de justicia, segura en relación con todos los
ciudadanos, puede resultar defectuosa en relación con los extranjeros, y la
razón de esto es evidente: aunque la voluntad del Estado sea general para sus
miembros, no lo es para otros Estados ni para sus miembros respectivos; para éstos
resulta ser una voluntad particular e individual cuya regla de justicia deriva
de la naturaleza, lo cual está también comprendido en el principio antes
expuesto, ya que en ese caso el cuerpo político pasa a ser la gran ciudad del
mundo cuya voluntad general es siempre la ley de naturaleza, y cuyos Estados y
miembros particulares sólo son miembros individuales.
De estas mismas distinciones aplicadas a cada
sociedad política y a sus miembros se derivan las reglas más universales y más
seguras para juzgar acerca de la moralidad de toda acción humana.
Toda sociedad política se compone de otras
sociedades más pequeñas y de diferente especie, cada una de las cuales posee
sus intereses y sus máximas. Pero tales sociedades, que todos pueden ver por
su forma exterior y autorizada, no son las únicas que existen realmente en el
Estado: todos los particulares reunidos en torno a un interés común componen
otras tantas sociedades, permanentes o pasajeras, cuya fuerza, aun siendo
menos aparente, no es menos real, y cuyas relaciones, si se examinan con
detenimiento, nos proporcionan el verdadero conocimiento de las costumbres. Se
trata de todas aquellas asociaciones, tácitas o formales, que tan variadamente
modifican las apariencias de la voluntad pública mediante la influencia de la
suya propia. La voluntad de dichas sociedades presenta siempre dos tipos de relaciones:
para sus propios miembros, es una voluntad general; para la gran sociedad, es
una voluntad particular. Con frecuencia es una voluntad recta bajo el primer
aspecto y viciosa bajo el segundo. Cualquiera puede ser al mismo tiempo un
devoto, un valiente soldado o un médico aplicado y un mal ciudadano. Tal
determinación puede ser ventajosa para la pequeña comunidad y perniciosa para
la grande. Cierto es que por estar las sociedades particulares subordinadas a
aquellas que las incluyen, conviene antes obedecer a éstas que a las otras,
como cierto es también que los deberes de ciudadano preceden a los de senador y
los del hombre a los del ciudadano. Pero por desgracia, el interés personal
está siempre en razón inversa respecto del deber y aumenta a medida que la
asociación se hace más estrecha y el compromiso menos sagrado, lo cual es
prueba infalible de que la voluntad general es siempre la más justa y de que
la voz del pueblo es en efecto la voz de Dios.
De ello no se sigue que las deliberaciones
públicas sean siempre equitativas. Pueden no serlo cuando de asuntos
extranjeros se trata; ya he dicho la razón. Así, no es imposible que una
república bien gobemada haga una guerra injusta; tampoco es imposible que el
consejo de una democracia promulgue malos decretos o condene a inocentes,
pues jamás sucederá que el pueblo no seatentado por intereses particulares,
presentados como los intereses del pueblo por algunos hombres hábiles
valiéndose de su prestigio y elocuencia. Una cosa es, por tanto, la
deliberación pública y otra la voluntad general. No se me argumente con la
democracia de Atenas porque Atenas no era en realidad una democracia sino, en
gran medida, una aristocracia tiránica gobemada por sabios y oradores. Examinad
con cuidado lo que ocu
rre en cualquier deliberación y veréis que la
voluntad general propende siempre al bien común, si bien existe siempre una
escisión secreta, una confederación tácita que, en favor de miras particulares,
elude la disposición natural de la asamblea. Así pues, el cuerpo social se divide
realmente en otros varios cuyos miembros adoptan una voluntad general que es
buena y justa respecto de esos meros cuerpos, pero injusta ymalarespecto del
todo del que todos aquéllos se desvinculan.
Vemos con qué facilidad se explican, gracias a
estos principios, las aparentes contradicciones propias de tantos hombres
colmados de escrúpulos y de honor en un aspecto y tramposos y bribones en otro,
que desprecian los deberes más sagrados y son fieles hasta la muerte a
compromisos con frecuencia ilegítimos. Es así como los hombres más corruptos
rinden siempre homenaje a la confianza pública. Es así (tal como se señala en
el artículo DERECHO) cómo hasta los truhanes, enemigos de la virtud en la gran
sociedad, adoran su simulacro en sus cavemas.
Al establecer la voluntad general como primer
principio de la economía pública y como regla fundamental del gobierno, no he
creído necesario examinar seriamente si los magistrados pertenecen al pueblo o
el pueblo a los magistrados, ni si en los asuntos públicos se debe consultar
el bien del Estado o el de los jefes. Hace tiempo que la práctica decidió esta
cuestión en un determinado sentido y la razón en otro, de modo que en general
sería una gran locura esperar que aquellos que de hecho son los amos preferirán
un interés distinto al suyo propio.[3] Parece pues adecuado dividir también la
economía pública en popular y tiránica. La primera es la de todo Estado en el
que impera unidad de interés y voluntad entre el pueblo y los jefes; la otra
existirá necesariamente allí donde el gobierno y el pueblo tengan intereses
diferentes y, consiguientemente, voluntades opuestas. Las máximas de la
segunda están inscritas sobradamente en los archivos de la historia y en las
sátiras de Maquiavelo. La otras sólo aparecen en los escritos de los filósofos
que tienen la osadía de reclamarlos derechos de la humanidad.
I
La primera y más importante máxima del gobierno
legítimo y popular, es decir, del que tiene por objeto el bien del pueblo,[4] es, por tanto, como ya he dicho, la de guiarse
en todo por la voluntad general. Pero para seguirla es necesario conocerla y
sobre todo distinguirla de la voluntad particular, comenzando por uno mismo;
distinción siempre dificil de hacer y para la cual sólo la más sublime virtud
puede proporcionar luces suficientes. Como para querer hace falta ser libre,
otra dificultad no menor consiste en asegurar a la vez la libertad pública y
la autoridad del gobierno. Buscad los motivos que llevaron a los hombres, unidos
por sus mutuas necesidades en la gran sociedad, a estrechar su unión mediante
sociedades civiles: no encontraréis otro que el de asegurar los bienes, la vida
y la libertad de cada miembro mediante la protección de todos. Ahora bien ¿cómo
forzar a los hombres a defender la libertad de uno de ellos sin atentar contra
la de los demás? ¿Y cómo subvenir a las necesidades públicas sin alterar la
propiedad particular de los que están obligados a contribuir a ella? Por
muchos sofismas con los que coloreemos todo esto, no deja de ser cierto que si
se puede constreñir mi voluntad yo no soy libre y que dejo de ser dueño de mi
bien desde que otro puede tocarlo. Esta dificultad, que debería parecer
insuperable, fue salvada mediante la más sublime de todas las instituciones
humanas o quizás mediante una inspiración celeste que le enseñó al hombre aquí
abajo los decretos inmutables de la divinidad. ¿Qué arte inconcebible permitió
encontrar el medio de subyugar a los hombres para hacerlos libres; poner al
servicio del Estado los bienes, los brazos y hasta la vida de sus miembros sin
constreñirlos ni pedirles consentimiento; encadenar su voluntad mediante su
propia confesión; hacer valer su consentimiento contra sus rechazos y forzarlos
a castigarse a sí mismos cuando hacen lo que deseaban? ¿Cómo es posible que
obedezcan sin que nadie ordene o que sirvan sin tener amo, siendo de hecho
tanto más libres cuanto que, bajo una aparente sujeción, uno pierde la libertad
sólo si ésta puede perjudicar a la de otro? Estos prodigios son obra de la ley.
Es tan sólo a la ley a quien los hombres deben la justicia y la libertad. Es
ese saludable órgano de la voluntad de todos quien restablece, en el derecho,
la igualdad natural de los hombres. Es esa voz celeste quien dicta a cada
ciudadano los preceptos de la razón pública; quien le enseña a obrar según las
máximas de su propio juicio y a no caer en contradicción consigo mismo.
Asimismo es a ella, tan sólo, a quien los jefes deben hacer hablar cuando
mandan, pues tan pronto como un hombre pretende someter a otro a su voluntad
privada con independencia de las leyes, sale del estado civil y entra de lleno
en el puro estado de naturaleza, en el cual la obediencia es prescrita tan sólo
por la necesidad.
Así pues, el interés más urgente del jefe y su
deber más indispensable es velar por la observancia de las leyes de las que es
encargado y sobre las cuales se funda toda su autoridad. Si debe procurar que
los otros las observen, con más razón deberá observarlas él mismo, pues goza de
todos sus favores, ya que su ejemplo tiene tal fuerza que, aun cuando el pueblo
quisiese soportar que el jefe le libere del yugo de la ley, éste deberá
guardarse de aprovechar tan peligrosa prerrogativa, que, además, otros tratarán
inmediatamente de usurparle y a menudo en su propio perjuicio. En el fondo,
como todos los compromisos de la sociedad son recíprocos por su naturaleza, no
es posible ponerse por encima de la ley sin renunciar a sus ventajas, ya que
nadie debe nada a quien pretende no deber nada a nadie. Por la misma razón,
ninguna exención de la ley será jamás aplicada por título alguno en un gobierno
bien administrado. Incluso los ciudadanos meritorios ante la patria deberán ser
recompensados con honores y nunca con privilegios, pues la república acaba en
la ruina desde que alguien puede pensar que vale la pena desobedecer las
leyes: si la nobleza o el militar o cualquier otro orden del Estado adoptase
una máxima semejante, todo estaría perdido sin remedio.
La potencia de las leyes depende más de su
propia sabiduría que de la severidad de los ministros, y la voluntadpública
extrae su gran peso de la razón que la dictara. Por esto, Platón concibe como
importante precaución poner siempre a la cabeza de los edictos un preámbulo
razonado que muestre su justicia y utilidad. Y así, en efecto, la primera de las leyes es la de respetarlas: el mejor
de los castigos no deja de ser un vano recurso imaginado por espíritus mediocres
para sustituir por el terror el respeto que no pueden obtener. Siempre se pensó
que aquellos países donde los suplicios son más terribles son también aquellos
en los que éstos se dan con más frecuencia, de suerte que la crueldad de las
penas no significa otra cosa que la abundancia de infractores, y que si se
castiga todo con igual severidad se obliga a los culpables a cometer crímenes
para escapar al castigo de sus faltas.
Pero aunque el gobierno no sea el dueño de la ley, ya es mucho
con ser su garante y disponer de mil recursos para procurar que se la venere.
En esto consiste simplemente el talento para reinar. No hay arte alguno en
hacer temblar a todos cuando se dispone de la fuerza, ni mucho tampoco en
ganarse los corazones, pues desde hace tiempo el pueblo sabe por experiencia
dar buena cuenta a sus jefes del mal que le ahorran y adorarlos cuando no le
odian.
Como cualquier otro, el imbécil sumiso sabe castigar los crímenes,
mientras que el verdadero hombre de Estado sabe prevenirlos; su respetable
imperio se extiende más sobre las voluntades que sobre las acciones. Si el
hombre de Estado lograse que todo el mundo hiciese el bien, no tendría ya nada
que hacer y la obra maestra de sus afanes sería la de permanecer ocioso. Cierto
es, al menos, que el mayor talento de los jefes consiste en disfrazar su poder
para hacerlo menos odioso y en conducir el Estado de forma tan apacible que
parezca no tener necesidad de conductores.
Concluyo pues en que, así como el primer deber del legislador
consiste en adecuar las leyes a la voluntad general, la primera regla de la
economía pública es la de administrar conforme a las leyes. Y de este modo,
para un buen gobierno del Estado bastará con que el legislador tenga en cuenta
toda exigencia derivada del lugar, el clima, el suelo, las costumbres y la
vecindad, así como cualquier circunstancia propia del pueblo que debe instituir.[5]
Esto no significa que no quede una infinidad de detalles de policía[6]
y economía pendientes de la prudencia del gobierno[7],
si bien, siempre dispondrá de dos reglas infalibles para conducirse con
acierto en tales ocasiones: el espíritu de la ley aplicable a los casos por
ella previstos y la voluntad general, fuente y suplemento de toda ley, que
deberá ser consultada en defecto de ésta. Pero ¿cómo conocer la voluntad general
-se me dirá- cuando no ha sido explicitada? ¿Habrá que reunir a toda la nación
ante cualquier acontecimiento imprevisto? Dicha reunión hará menos falta cuanto
más seguro esté el gobierno de que su decisión expresa la voluntad general;
también es innecesaria en tanto que es un medio impracticable en un gran pueblo
y rara vez se necesita cuando el gobierno es bienintencionado, pues los jefes
saben de sobra que la voluntad general está siempre a favor del partido que
más defiende el interés público, es decir, el más equitativo, de suerte que
basta con ser justo para tener la certeza de cumplir la voluntad general.
Cuando se le contradice demasiado abiertamente, la voluntad general se hace
notar a pesar del terrible freno de la autoridad pública. Buscaré lo más cerca
posible los ejemplos a seguir en un caso semejante. En China, el príncipe
sigue siempre la máxima de quitarle la razón a sus oficiales cuando surge un
altercado entre ellos y el pueblo.
Que en tal provincia se encarece el pan: el intendente va a la
cárcel; que en tal otra hay una sedición, el gobernador es cesado y los
mandarines responden con sus cabezas a todo mal que ocurra en su jurisdicción.
No se examina de inmediato el caso en un proceso regular, pues una larga
experiencia enseña que se prevenga el juicio de este modo. Raramente hay una
injusticia que reponer por esta causa, y el emperador, persuadido de que el
clamor público jamás se eleva sin razón, sabe descubrir, entre los gritos
sediciosos, que castiga, las justas demandas, que son atendidas.
Ya es mucho lograr que reine la paz y la justicia en toda la
república; también lo es que el Estado permanezca en calma y la ley sea respetada;
pero si nada más se consigue, todo ello será más apariencia que realidad y al
gobierno le será difícil hacerse obedecer si se preocupa sólo por la
obediencia. Si bueno es saber emplear a los hombres tal como son, mejor aún es
tomarlos tal y como se necesita que sean. La autoridad más absoluta es aquella
que penetra hasta el interior del hombre y no se ejerce menos sobre la voluntad
que sobre las acciones. Cierto es que, a la larga, los pueblos son como los
hacen los gobiernos. Sus miembros pueden ser guerreros, ciudadanos u hombres
cuando el gobierno lo quiera; o bien, populacho y canalla cuando le plazca, y
todo príncipe que desprecie a sus súbditos se deshonra a sí mismo al mostrar
que no ha sido capaz de hacerlos estimables.[8]
Formad pues a hombres si queréis mandar a hombres y si pretendéis que las leyes
sean obedecidas, haced leyes que puedan ser amadas, de forma que para cumplir
lo debido baste con pensar que debe hacerse. Este era el gran arte de los
antiguos gobiernos en aquellos tiempos pretéritos en que los filósofos daban
leyes al pueblo y sólo usaban su autoridad para hacerlo sabio y afortunado,
admitiendo o rechazando con sumo cuidado muchas leyes suntuarias, reglamentos
de costumbres y máximas públicas. Ni siquiera los tiranos olvidaban tan
importante faceta de la administración, de suerte que, mientras los magistrados
cuidaban de corregir las costumbres de sus ciudadanos, con igual celo se aplicaban
ellos a corromper las de sus esclavos. Mas nuestros gobiernos modernos, que
creen haberlo hecho todo cuando obtienen riqueza, ni capaces son de imaginar
que es preciso o posible llegar a tales metas.
II
Segunda regla esencial de la economía pública, no menos importante
que la primera: ¿queréis que se cumpla la voluntad general?, haced que todas
las voluntades particulares a ella se orienten; y, como la virtud no es otra
cosa que la conformidad de la voluntad particular a la general, lo mismo da
decir solamente: haced que reine la virtud.
Si los políticos estuviesen menos cegados por su ambición, verían
en qué medida es imposible que cualquier ordenamiento pueda marchar según el
espíritu de su institución si no es dirigido por la ley del deber; sabrían que
el mayor recurso de la autoridad pública se encuentra en el corazón de los
ciudadanos y que cuando se quiere mantener el gobierno nada puede suplantar a
las costumbres. Mas que gentes de bien que sepan administrar las leyes, hay, en
el fondo, gentes honestas que saben obedecerlas.[9]
Quien desafía a los remordimientos, no tarda en desafiar a los suplicios,
castigo menos riguroso, menos continuo y del que, al menos, cabe la esperanza
de escapar. Y por muchas precauciones que se tomen, a quien sólo le espera la
impunidad por su mala acción, siempre encuentra medios para eludir la ley o
para librarse de la pena. Cuando todos los intereses particulares se reúnen en
contra del interés general, que no es el de la persona, los vicios públicos
tienen más fuerza para debilitar las leyes que la que tienen éstas para
reprimir los vicios, de modo que, al final, la corrupción del pueblo y de los
jefes alcanza al gobierno, por muy sabio que éste sea: el peor de todos los
abusos consiste en obedecer las leyes en apariencia para poder infringirlas de
hecho con mayor seguridad. Poco tiempo tardan entonces las mejores leyes en
convertirse en las más funestas, y en ese caso valdrá cien veces más que no
existieran; serían el último recurso al que acudir. Vanamente se promulga, en
tal situación, edicto tras edicto y reglamento tras reglamento; ello sólo
sirve para añadir nuevos abusos, sin haber corregido los primeros. Cuanto más
multipliquéis las leyes, tanto más las haréis despreciables y todos los
vigilantes que instituyáis no serán más que nuevos infractores destinados a
repartirse el pillaje con los antiguos o hacerse con el suyo propio. Así, el
precio de la virtud pasa a ser el del bandidaje: los hombres más viles son los
más acreditados y cuanto más grandes son, más desprecio merecen; la infamia estalla
en su dignidad y los honores los deshonran; compran el sufragio de los jefes o
la protección de las mujeres y venden la justicia, el deber y el Estado; y el
pueblo, que no advierte que sus propios vicios son la causa primera de sus
desgracias, murmura y clama gimiendo: "Todos mis males vienen de esos a
quienes pago para que de ellos me guarden".
Es entonces cuando los jefes se ven forzados a sustituir la voz
del deber, que ha dejado de hablar en los corazones, por el grito del terror o
el señuelo de un interés aparente con el que engañan a sus criaturas, y cuando
hay que recurrir a todas las pequeñas y miserables astucias que ellos llaman
máximas de Estado y misterios de gabinete. Los miembros del gobierno emplean
entonces todo el vigor que aún les queda en perjudicarse y suplantarse entre sí
mientras se abandonan los asuntos o se resuelven sólo cuando el interés
personal lo demanda y de la manera que éste aconseja. En fin, toda la habilidad
de esos grandes políticos consiste en fascinar de tal modo a aquellos de
quienes necesitan, que todos creen trabajar por su propio interés cuando en
realidad trabajan por el de ellos. Digo el de ellos, en tanto y en cuanto el
verdadero interés de los jefes consista en aniquilar al pueblo a fin de someterlo
y arruinar su bien, asegurándose su posesión.
Mas cuando los ciudadanos aman el deber y los depositarios de la
autoridad pública se aplican sinceramente a nutrir ese amor con su ejemplo y
sus cuidados, todas las dificultades se desvanecen, y no es difícil administrar
sin ese arte cuyo único misterio es la malicia. Esas almas ilustres, tan
peligrosas como admiradas; todos esos grandes ministros, cuya gloria se
confunde con las desgracias del pueblo, ya no son indispensables; las
costumbres públicas sustituyen al genio de los jefes y a medida que el reino de
la virtud se va extendiendo, los talentos parecen menos necesarios. La
ambición misma es entonces deseada más bien por deber que por usurpación: el
pueblo, convencido de que sus jefes trabajan sólo en pro de su felicidad, les
dispensa por deferencia de trabajar para afianzar su poder, y así la historia
nos muestra en mil ocasiones que la autoridad que el pueblo otorga a aquellos
que ama y por los que es amado, es cien veces más absoluta que toda la tiranía
de los usurpadores.[10]
Esto no significa que el gobierno deba tener miedo de usar su poder, sino que
debe usarlo legítimamente. Mil ejemplos da la historia de jefes pusilánimes o
ambiciosos, vencidos por desidia o por orgullo, pero ninguno que haya acabado
mal por limitarse a ser equitativo. Mas no debemos confundir moderación con
negligencia, ni dulzura con debilidad. Ser justo exige ser severo; soportar la
maldad que se puede reprimir con derecho es como ser malvado con uno mismo.
No basta con decir a los ciudadanos: sed buenos; hay que enseñarles
a serlo, y el ejemplo, primera lección al respecto, no es el único medio. El
amor a la patria es el medio más eficaz, porque, como ya he dicho, el hombre es
virtuoso cuando su voluntad particular es en todo conforme a la voluntad
general y quiere aquello que quieren las gentes que él ama.
Parece que el sentimiento humano se evapora y debilita cuando se
reparte por toda la tierra, de modo que nos afectan menos las calamidades de
Tartaria o del Japón que las de un pueblo europeo. En cierta forma, es preciso
limitar y reducir el interés y la conmiseración para poder activarlos. Ahora
bien, como quiera que esa tendencia sólo beneficia a los que con nosotros
conviven, es bueno que la humanidad concentrada entre conciudadanos adquiera en
ellos una fuerza renovada gracias al hábito de verse y al interés común que los
reúne. Verdad es que los mayores prodigios de la virtud fueron realizados por
amor a la patria. Ese sentimiento dulce y vivo que añade la fuerza del amor
propio a la belleza de la virtud, le da una energía que, sin desfigurarlo,
hace de él la más heroica de todas las pasiones. Él fue quien dio lugar a
tantas hazañas inmortales cuyo resplandor deslumbra nuestros débiles ojos, y a
tantos grandes hombres cuyas antiguas virtudes parecen fábula cuando el amor a
la patria se toma en escarnio. No nos sorprendamos por ello; los arrebatos de
los corazones tiernos le parecen quimeras a quien jamás los sintió, y el amor a
la patria, cien veces más vivo y delicioso que el que se dispensa a la amante,
no se puede concebir sino se experimenta, pero es fácil apreciar en los
corazones que él inflama y en las hazañas que inspira, ese ardor fulgente y
sublime que ya no reluce en la más pura virtud cuando de aquél se separa.
Osemos comparar a Sócrates con Catón: el primero era más filósofo y el segundo
más ciudadano. Cuando Atenas ya estaba perdida, Sócrates no tenía más patria
que el mundo entero; Catón llevó siempre su patria en el fondo de su corazón;
sólo vivió para ella y no pudo sobrevivirla. La virtud de Sócrates es la del
más sabio de los hombres, pero entre César y Pompeyo, Catón parece un dios
entre mortales. El primero instruyó a algunos particulares, combatió a los
sofistas y murió por la verdad; el segundo defendió el Estado, la libertad y
las leyes contra los conquistadores del mundo y finalmente dejó la tierra
cuando ya no vio patria alguna a la que servir. Un digno discípulo de Sócrates
será el más virtuoso de sus contemporáneos; un digno émulo de Catón será, de
aquéllos, el más grande. La felicidad del primero será su virtud, mientras que
el segundo buscará la suya en la de todos. Nosotros seríamos instruidos por uno
y guiados por el otro, lo cual bastaría para decidir la preferencia, pues
nunca hubo un pueblo de sabios pero es posible lograr que un pueblo sea feliz.
¿Queremos que los pueblos sean virtuosos?, empecemos pues por
hacerles amar a la patria; pero ¿cómo podrán amarla si para ellos la patria no
representa algo distinto de lo que representa para los extranjeros y ella sólo
les da lo que a nadie le puede negar? Sería aún peor si el pueblo no pudiera
gozar ni siquiera de la seguridad civil, quedando sus bienes, su vida o su
libertad a discreción de los poderosos sin que al pueblo le fuera posible o
permitido atreverse a reclamar las leyes. Sometido así a los deberes propios
del estado civil, privado incluso de los derechos del estado de naturaleza, y
sin poder defenderse por la fuerza, el pueblo se vería reducido a la peor
condición en la que un hombre libre pueda verse y la palabra patria sólo
tendría para él un odioso y ridículo sentido.[11]
No hay que creer que sea posible ofender o cortar un brazo sin que el dolor no
acuda a la cabeza, ni tampoco que la voluntad general consienta que un miembro
cualquiera del Estado hiera o destruya a otro distinto; del mismo modo, no cabe
esperar que un hombre con uso de razón se saque a sí mismo los ojos con los dedos.
La seguridad particular está de tal modo ligada a la confederación pública que
si en nada se estimase la humana debilidad, tal convención quedaría disuelta
por el derecho en cuanto un solo ciudadano del Estado pereciese por faltarle el
auxilio que hubiera podido prestársele, si un solo ciudadano hubiese sido sin
causa retenido en prisión, o cuando un solo proceso se perdiese por una
injusticia evidente; pues cuando se infringen las convenciones fundamentales no
hay derecho o interés alguno para el pueblo en mantener la unión social, a
menos que éste no fuera retenido por la única fuerza que produce la disolución
del Estado civil.
En efecto, ¿no consiste el compromiso del cuerpo de la nación en
proveer con el mismo cuidado a la conservación del último de sus miembros y a
la de todos los demás? ¿Y es menos causa común la salvación de un ciudadano
que la de todo el Estado? Si se nos dijera que es bueno que alguien perezca por
todos, yo admiraría tal sentencia si la pronunciara un digno y virtuoso
patriota consagrado voluntariamente y por deber a morir por la salvación de su
país; pero si llegara a mis oídos que se le permite al gobierno sacrificar a un
inocente para salvar a la multitud[12],tomaría
esta máxima como una de las más execrables que jamás haya inventado la
tiranía, como la más falsa que proponerse pueda, como la más peligrosa que
pueda admitirse y como la más directamente opuesta a las leyes de la sociedad.
En lugar de que uno debiese perecer por todos, todos comprometieron sus bienes
y sus vidas en la defensa de todos a fin de que la debilidad particular estuviese
siempre protegida por la fuerza pública y cada miembro por todo el Estado.
Después de suponer que un individuo tras otro es suprimido del pueblo,
exigidles a los partidarios de tal máxima que expliquen mejor lo que entienden
por cuerpo del Estado y veréis que al final lo reducen a un pequeño número de
hombres que no son el pueblo sino los oficiales del pueblo, los cuales, después
de que se han obligado, por juramento particular, a perecer ellos mismos por
la salvación del pueblo, pretenden probar de ese modo que es a éste a quien le
toca perecer por la suya propia.
Para encontrar ejemplos de la protección que el Estado le debe a
sus miembros y del respeto que le debe a sus personas, se han de buscar tan
sólo en las más ilustres y arrojadas naciones de la tierra, pues casi sólo en
los pueblos libres se conoce el valor de un hombre. Sabemos cuánta perplejidad
embargaba a toda la república de Esparta cuando había que castigar a un
ciudadano culpable. En Macedonia, la vida de un hombre era asunto de tanta
importancia que su poderoso monarca Alejandro, con toda su grandeza, no se
hubiera atrevido a ordenar la muerte de un macedonio criminal mientras el
acusado no hubiese comparecido ante sus conciudadanos para defenderse y no hubiese
sido condenado por ellos. Pero fueron los romanos quienes se distinguieron de
todos los pueblos de la tierra por los miramientos del gobierno para con los
particulares, así como por su escrupuloso cuidado en respetar los derechos
inviolables de todos los miembros del Estado. Nada había entre ellos más
sagrado que la vida de los simples ciudadanos; se necesitaba la asamblea de
todo el pueblo para condenar a alguien; ni el senado ni los cónsules, con toda
su majestad, tenían el derecho de hacerlo, y en aquél, el pueblo más poderoso
de la tierra, el crimen y la pena de un ciudadano suponían la pública desolación.
Y así, pareció tan duro verterla sangre de un ciudadano por cualquier crimen,
que la ley Porcia conmutó la pena de
muerte por la de exilio para todos aquellos que quisiesen sobrevivir a pesar de
la pérdida de tan dulce patria. En Roma y en sus ejércitos se respiraba ese
amor entre conciudadanos y ese respeto hacia el nombre romano que elevaba el
ánimo e inflamaba la virtud de quien tenía el honor de llevarlo. El sombrero
de un ciudadano liberado de esclavitud, la corona cívica del que había salvado
la vida de otro, era lo que con mayor complacencia se admiraba en la pompa de
los triunfos; y es de señalar que, de las coronas que honraban las bellas
hazañas guerreras, sólo la cívica y la de los triunfadores eran de hierba y de
hojas, pues todas las demás eran de oro. Así es como Roma fue virtuosa y se
hizo la dueña del mundo. ¡Jefes ambiciosos!: el pastor también gobierna a sus
perros y a sus ganados y no es más que el último de los hombres. La belleza del
gobierno depende de que quienes nos obedecen puedan honrarnos. Por lo tanto,
respetad a vuestros conciudadanos y os haréis respetar; respetad la libertad y
aumentará vuestro poder; no sobrepaséis vuestros derechos y éstos se harán
ilimitados. Sea pues la patria como una madre para los ciudadanos, de modo que
las ventajas que éstos disfrutan en su país les haga amarlo. Que el gobierno
les deje tomar parte en la administración pública para que se encuentren como
en su casa y sólo vean las leyes como garantes de su libertad. Estos derechos,
en todo su esplendor, pertenecen a todos los hombres, pero, aun sin apariencia
de atacarlos directamente, la mala voluntad de los jefes los anula fácilmente.
La ley de la que se abusa, tanto sirve al poderoso de arma ofensiva como de
escudo contra el débil, y el pretexto del bien público es siempre el más
peligroso azote del pueblo. Lo más necesario y quizá lo más difícil del
gobierno, es esa severa integridad que busca la justicia para todos y
principalmente la protección del pobre contra la tiranía del rico. El mayor
mal está ya hecho cuando existen pobres que defender y ricos que contener. La
fuerza de las leyes se ejerce tan sólo sobre la equidad, pues son igualmente
impotentes ante los tesoros del rico y ante la miseria del pobre: el primero
las elude; el segundo escapa de ellas; uno rasga el velo, el otro lo atraviesa.
Así pues, uno de los más importantes asuntos del gobierno consiste
en prevenir la extrema desigualdad de las fortunas, pero no incrementando los
tesoros de los que los poseen, sino impidiendo por todos los medios que los
acumulen; tampoco construyendo hospitales para pobres, sino preservando a los
ciudadanos de caer en la pobreza. La desigual distribución de los hombres en
el territorio, con aglomeración en un lugar y despoblación en otro; el fomento
de las artes de diversión y de pura industria a expensas de los oficios útiles
y penosos; el sacrificio de la agricultura al comercio; la necesidad del
ciudadano por la mala administración de los dineros del Estado; en fin, la
extrema venalidad que supone medir el respeto con los doblones y comprar con
dinero la virtud misma: tales son las causas más apreciables de la opulencia y
la miseria, de la sustitución del interés público por el particular, del odio
mutuo entre ciudadanos, de su indiferencia por la causa común, de la corrupción
del pueblo y del debilitamiento de todos los recursos del gobierno; males
todos, difíciles de sanar cuando aparecen pero que deben ser prevenidos por una
buena administración a fin de mantener las buenas costumbres, el respeto a las
leyes, el amor a la patria y el vigor de la voluntad general.
Empero, todas estas preocupaciones resultarán insuficientes si
no se comienza aun desde más lejos. Acabo esta parte de la economía pública por
donde debería haber comenzado. La patria no puede subsistir sin libertad ni la
virtud sin ciudadanos: lo conseguiréis todo si formáis ciudadanos; si no, sólo
tendréis malos esclavos, comenzando por los jefes del Estado. Ahora bien,
formar ciudadanos no es asunto de un día y para que se hagan hombres hay que
instruirlos desde niños. Si se me dice que quien tiene hombres a su mando no
debe buscar fuera de sus naturalezas una perfección que no son capaces de alcanzar;
que no debe desear destruir sus pasiones y que la ejecución de semejante
proyecto no es ni deseable ni posible, mostraré mi acuerdo, pues un hombre sin
pasiones es sin duda un mal ciudadano; pero también hay que convenir en que si
no se les enseña a los hombres a amar alguna cosa, es imposible enseñarles a
amar algún objeto más que a otro y a preferir lo verdaderamente bello a lo
deforme. Si por ejemplo se les ejercita desde temprana edad a no estimar su
propia individualidad más que en sus relaciones con el Estado, así como a no
percibir su propia existencia, por así decir, sino como parte de la del Estado,
podrán llegar finalmente a identificarse con ese todo superior, a sentirse
miembros de la patria, a amarla con ese exquisito sentimiento que el hombre
aislado sólo consigue por su propio esfuerzo, a elevar perpetuamente su alma
hacia ese gran objeto y a transformar así en sublime virtud esa peligrosa
disposición de la que surgen todos los vicios[13].
No es sólo la Filosofía quien demuestra la posibilidad de esas nuevas
orientaciones; la Historia ofrece mil ejemplos resplandecientes: si los
ciudadanos son tan raros entre nosotros, es porque nadie se preocupa de que los
haya y porque aún menos se admite la necesidad de formarlos. No es ya tiempo
de cambiar nuestras inclinaciones naturales una vez que éstas han tomado su
curso y el hábito se ha unido al amor propio; tampoco es tiempo de salir fuera
de nosotros mismos una vez que, habiéndose concentrado el yo humano en nuestro
corazón, desarrolla en él esa despreciable actividad que absorbe toda virtud y
preside la vida de las almas insignificantes. ¿Cómo podría germinar el amor a
la patria entre pasiones que lo ahogan? ¿y qué les queda a los ciudadanos de un
corazón dividido entre la avaricia, una amante y la vanidad?
Desde el primer momento de la vida hay que aprender a merecerla;
y como desde el nacimiento se participa de los derechos de los ciudadanos, el
instante del nacimiento debe señalar el comienzo del ejercicio de los deberes.
Al igual que en la edad madura, también en la infancia deben existir unas leyes
que enseñen a obedecer a los otros, y como la razón de cada hombre no es el
único árbitro de sus deberes, la educación de los hijos no se debe confiar sólo
a los padres por cuanto ésta interesa, más que a los padres, al propio Estado,
ya que según el curso de la naturaleza, la muerte del padre le arrebata a
menudo los últimos frutos de esa educación, mientras que la patria se resiente
tarde o temprano de los efectos: el Estado permanece, mas la familia se deshace.
Si la autoridad pública, cuando reemplaza a los padres y se ocupa de tan
importante función, adquiere sus derechos al cumplir sus deberes, aquéllos
carecen de razón para quejarse, pues con ello se limitan a cambiar de nombre,
de modo que bajo el nombre de ciudadanos dispondrán en común de igual autoridad
sobre sus hijos que la que ejercían separadamente bajo el nombre de padres, y
no serán menos obedecidos cuando hablen en nombre de la ley que cuando hablaban
en nombre de la naturaleza. La educación pública según reglas dictadas por el
gobierno y los magistrados nombrados por el soberano, constituye, pues, una de
las principales máximas del gobierno fundamental o legítimo. Si los niños son
educados en común según el principio de la igualdad, se les inculcan las leyes
del Estado y las máximas de la voluntad general, se les instruye para que las
respeten por encima de todo, se ven rodeados de ejemplos y objetos que les
hablen sin cesar de la tierra madre que los alimenta, del amor que ella les
dispensa, de los inestimables bienes que de ella reciben y de la compensación
que le deben, sin duda se amarán mutuamente como hermanos, jamás desearán otra
cosa que lo que la sociedad desee, sustituirán por hazañas de hombres el vano e
inútil parloteo de los sofistas y se convertirán un día en defensores y padres
de la patria de la que durante tanto tiempo fueron hijos[14].
Nada diré acerca de los magistrados destinados a presidir esta
educación que constituye sin duda el asunto más importante del Estado. Sabido
es que si se acordasen ligeramente semejantes señales de confianza pública y si
esa sublime función no supusiese para aquellos que hubiesen cumplido dignamente
con el resto de sus funciones, el precio de su trabajo, el honorable y dulce
reposo en su vejez y la culminación de todos los honores, entonces toda la
empresa sería inútil y la educación fracasaría, pues allí donde la lección no
esté sostenida por la autoridad y el precepto por el ejemplo, la instrucción
resulta infructuosa y la misma virtud pierde su crédito cuando está en boca de
quien no la practica. Pero cuántos ilustres guerreros agobiados bajo el peso de
los laureles predican el valor; cuántos magistrados íntegros, dignificados con
púrpura, enseñan la justicia en los tribunales; unos y otros formarán así
virtuosos sucesores y transmitirán de edad en edad, a las siguientes
generaciones, la experiencia y el talento de los jefes, el ánimo y la virtud de
los ciudadanos y la emulación, común a todos, para vivir y morir por la patria.
Sólo conozco tres pueblos que en otros tiempos hayan practicado
la educación pública, a saber: los cretenses, los lacedemonios y los antiguos
persas. En todos ellos tuvo gran éxito y en los dos últimos obró grandes
prodigios. Cuando el mundo quedó dividido en naciones demasiado grandes para
poder ser gobernadas, la educación pública dejó de ser practicable y otras
razones que el lector puede apreciar fácilmente impidieron su ensayo en los
pueblos modernos. Sorprende que los romanos pudiesen prescindir de la
educación pública, pero lo cierto es que Roma fue durante quinientos años un
continuo milagro que el mundo no puede volver a contemplar. La virtud de los
romanos, engendrada por el horror a la tiranía y por un innato amor a la
patria, hizo de todas las casas otras tantas escuelas de ciudadanos, y el poder
ilimitado de los padres sobre los hijos proporcionó tal severidad a la
vigilancia particular, que el padre, más temido que los magistrados,
simbolizaba el tribunal doméstico, el censor de costumbres y el vengador de las
leyes.
Es así como un gobierno atento y bienintencionado, que vele sin
pausa por mantener o recordar al pueblo el amor a la patria y las buenas
costumbres, previene a tiempo los males que, tarde o temprano, acarrea la
indiferencia de los ciudadanos por la suerte de la república y mantiene dentro
de estrechos limites ese interés personal que aísla de tal modo a los
particulares que el Estado se debilita ante su potencia y nada puede esperar
de la buena voluntad de aquéllos. Cuando el pueblo ama a su país, respeta las
leyes y vive con sencillez, cuesta poco hacerle feliz, y en la administración
pública, en donde la fortuna interviene menos que en la suerte de los
particulares, la sabiduría está tan cerca de la felicidad que se confunde con
ella.
III
No basta con tener ciudadanos y con protegerlos; es preciso,
además, cuidar de su subsistencia. Satisfacer las necesidades públicas es una
consecuencia evidente de la voluntad general y el tercer deber esencial del
gobierno. Este deber no consiste, como pudiera parecer, en llenar los graneros
de los particulares y en dispensarles de trabajar, sino en mantener la
abundancia a su alcance de tal modo que para adquirirla, el trabajo sea
siempre necesario y jamás inútil. Dicho deber afecta también a todas las operaciones
que comporta el mantenimiento del fisco y los gastos de la administración
pública. Así, después de haber hablado de la economía general en relación con
el gobierno de las personas, nos resta considerarla en relación con la
administración de los bienes.
Esta parte no ofrece menos dificultades por resolver o contradicciones
por superar que la precedente. Es cierto que el derecho de propiedad es el más
sagrado de todos los derechos de los ciudadanos, y es más importante, en
ciertos aspectos, que la misma libertad, bien sea porque tiende más
directamente a la conservación de la vida, bien sea porque, como los bienes son
más fáciles de usurpar y más difíciles de defender que la persona, debe
respetarse más lo que es más fácil de arrebatar; bien sea, en fin, porque la
propiedad es el verdadero garante de los compromisos de los ciudadanos, pues si
los bienes no respondiesen de las personas, sería muy fácil eludir los deberes
y mofarse de las leyes. Por otro lado, es asimismo cierto que el mantenimiento
del Estado exige también unos gastos, y como el que acepta el fin no puede
rechazar los medios, resulta que los miembros de la sociedad deben contribuir
con sus bienes a su sostén. Además es difícil asegurar por un lado la propiedad
de los particulares sin atacarla por otro, y no es posible que los reglamentos
que regulan el orden sucesorio, los testamentos y los contratos, no
perjudiquen en ciertos aspectos el poder de disposición de los ciudadanos sobre
sus propios bienes y consiguientemente su derecho de propiedad. Pero además de
lo que acabo de decir sobre el acuerdo existente entre la autoridad de la ley y
la libertad del ciudadano, conviene hacer una importante observación sobre la
disposición de los bienes que solventará muchas dificultades. Se trata de que,
por su naturaleza, tal como ha mostrado Puffendorf, el derecho de propiedad no
se extiende más allá de la vida del propietario, de modo que, desde que muere,
su bien deja de pertenecerle, por lo que prescribirle las condiciones bajo las
cuales podrá disponer de él, supone en el fondo alterar en apariencia su
derecho y no tanto ampliarlo en efecto.
En general, aunque la institución de las leyes que regulan el
poder de disposición de los ciudadanos sobre su propio bien corresponde sólo al
soberano, el espíritu de esas leyes, que deberán ser aplicadas por el gobierno,
aconseja que los bienes familiares se enajenen o salgan lo menos posible de la
familia cuando van siendo transmitidos de padre a hijo o de pariente en
pariente. Existe una razón cierta de todo ello en favor de los hijos, pues
para éstos el derecho de propiedad sería inútil si el padre no les dejara nada,
y más aún cuando, por haber contribuido con su trabajo a la adquisición de los
bienes del padre, quedan asociados al derecho de su jefe. Mas, otra razón
menos directa y no menos importante es que nada hay tan funesto para las
costumbres y la república como los continuos cambios de estado y de fortuna de
los ciudadanos; cambios que demuestran y originan mil desórdenes que todo lo
revuelven y confunden, y por cuya causa, los que han sido educados para una
cosa son destinados a otra distinta, y quienes suben o descienden no pueden
adquirir las nuevas máximas y luces que convienen a su nuevo estado, ni mucho
menos cumplir los deberes respectivos. Pasaré ahora a ocuparme del objeto de
las finanzas públicas.
Si el pueblo se gobernase a sí mismo y no hubiese intermediarios
entre la administración del Estado y los ciudadanos, éstos se limitarían a
pagar su cuota en cada ocasión proporcionalmente a las necesidades públicas y
a las facultades de los particulares, de modo que, como nadie descuidará jamás
la recuperación o el empleo de los mismos, no cabrá ni fraude ni abuso en su
manejo; el Estado no se verá nunca sobrecargado de deudas ni el pueblo agobiado
por los impuestos, o bien, al menos, la seguridad de su empleo compensará la
dureza de la tasa. Pero las cosas no pueden marchar así, y por limitado que sea
un Estado, la sociedad civil será siempre demasiado numerosa como para poder
ser gobernada por todos sus miembros.[15]Los
dineros públicos deben pasar necesariamente por las manos de los jefes, los
cuales, aparte del interés del Estado, tienen el suyo particular, que no es el
último en ser atendido. En cuanto al pueblo, que antes percibe la avidez de los
jefes y de sus imprudentes gastos que las necesidades públicas, murmura por
verse desposeído de lo necesario en beneficio de lo superfluo ajeno y cuando
tales maniobras colman su enojo, ni la más íntegra administración logra
restablecer la confianza. Así pues, si las contribuciones son voluntarias no
producen nada y si son obligatorias, son ilegítimas, y en esta cruel
alternativa entre dejar que el Estado perezca o tocar el sagrado derecho de
propiedad consiste la dificultad de una justa y sabia economía.
Tras la promulgación de las leyes, la primera tarea del fundador
de la república, consiste en encontrar fondos suficientes para el mantenimiento
de los magistrados y demás oficiales, así como para todos los gastos públicos.
Dichos fondos reciben el nombre de aerarium
o fisco si es dinero, y dominio público si son tierras, siendo
este último preferible al primero por razones evidentes. Quien reflexione
suficientemente sobre esta materia no podrá opinar de forma distinta a la de
Bodino, que considera al dominio público como el instrumento más honesto y
seguro para atender las necesidades del Estado. Observemos que cuando Rómulo
dividió las tierras, lo primero que hizo fue destinar un tercio para tal uso.
Reconozco la posibilidad de que un dominio mal administrado termine por no
producir nada, pero no es de la esencia del dominio el ser mal administrado.
Antes de utilizarlo, el fondo debe ser asignado o aceptado
por la asamblea del pueblo[16]
de los Estados del país, que a continuación determinarán su uso. Mediante tal
solemnidad, que convierte a los fondos en inalienables, estos cambian, por así
decir, de naturaleza, y sus rentas son entonces tan sagradas que la menor
desviación constituye no sólo el más infame de los robos sino también un crimen
de lesa majestad. Es una gran deshonra para Roma que destacase la integridad
del recaudador Catón, y que cuando un emperador recompensó con algunas monedas
el talento de un cantor necesitara aclarar que el dinero en cuestión pertenecía
a su familia y no al Estado. Pero si existieron pocos Galbas, ¿dónde encontrar
algún Catón? y si algún día el vicio nos deshonra, ¿quiénes serán los jefes con
suficientes escrúpulos como para abstenerse de tocar las rentas públicas
confiadas a su arbitrio y no imponérselas de inmediato a ellos mismos,
confundiendo sus vanas y escandalosas disipaciones con la gloria del Estado y
el engrandecimiento de su autoridad con el aumento de poder? En esta delicada
parte de la administración, es la virtud el único instrumento eficaz, y la
integridad del magistrado, el exclusivo freno capaz de contener su avaricia.
Los libros y las cuentas de los regidores sirven menos para descubrir su
infidelidad que para encubrirlos, y la prudencia está siempre menos pronta a
imaginar nuevas precauciones que la picaresca a eludirlas. Olvidaos pues de
registros y papeles y poned las finanzas en manos fieles: es la única manera de
que se lleven con fidelidad.
Una vez establecidos los fondos públicos, los jefes del Estado
son, por definición, sus administradores, pues dicha administración es una
parte esencial del gobierno, aunque no de igual volumen que las restantes: su
influencia aumenta a medida que disminuyen los restantes recursos y se puede
decir que un gobierno alcanza su punto máximo de corrupción cuando no dispone
de más nervio que el dinero. Ahora bien, como en esto el gobierno tiende
siempre al relajamiento, podemos decir que el Estado no subsistirá si sus
rentas no aumentan de continuo.
El primer signo de la necesidad de tal aumento es también el primer
signo de desorden interior en el Estado, de modo que el buen administrador,
cuando quiere encontrar dinero para atender una necesidad presente, no olvida indagar la causa remota
de esa nueva necesidad; como el marino que, adviniendo la inundación del
barco, mientras pone en marcha las bombas no olvida buscar y taponar la vía de
agua.
De esta regla deriva la máxima más importante de la administración
de las finanzas, cual es la de dedicar más esfuerzo a prever las necesidades
que a incrementar las rentas. Por mucha diligencia que se arbitre, el auxilio
que sólo llega tras el mal, y con lentitud, no alivia el sufrimiento del
Estado: mientras se piensa cómo remediar un inconveniente, otro distinto
aparece, y los nuevos recursos producen nuevos inconvenientes, de suerte que,
al final, la nación se endeuda, el pueblo es oprimido y el gobierno pierde su
vigor sin poder hacer mucho más a pesar de contar con mucho dinero. Creo que
del buen fundamento de esta máxima derivaban los prodigios de los antiguos
gobiernos, los cuales, con toda su parsimonia, conseguían más cosas que los
nuestros con todos sus tesoros, y quizás de ahí derive la acepción vulgar de la
palabra economía, que más bien se refiere al sabio manejo de lo que se tiene
que a los medios para adquirir aquello de lo que se carece.
Con independencia del dominio público, que moldea al Estado en
proporción a la probidad de quienes lo rigen, si conociésemos suficientemente
la fuerza de la administración general, sobre todo cuando sólo hace uso de
medios legítimos, nos sorprenderíamos de todos los recursos de que disponen los
jefes para prevenir todas las necesidades públicas sin tener que hacer uso de
los bienes de los particulares. Como son los amos de todo el comercio del
Estado, nada les resulta más fácil que dirigirlo de modo que todo esté previsto
y sin necesidad de tomar parte en él. El verdadero secreto de las finanzas y la
fuente de la riqueza consiste en la distribución de los productos agrícolas,
del dinero y de las mercancías en una justa proporción y según el tiempo y el
lugar, siempre que los administradores sean capaces de altas miras, admitiendo
en ciertos casos una pérdida aparente e inmediata a fin de obtener realmente
inmensos beneficios en un futuro menos próximo. Cuando observamos que, en años
de abundancia, el gobierno paga derechos por la salida del trigo en vez de
cobrarlos, y en años de escasez los paga por su entrada, tenemos que aferramos
a los hechos para poder aceptar su certeza y si tales hechos hubiesen ocurrido
en el pasado, pensaríamos que son una fábula. Supongamos que para prevenir la
carestía de años malos se propusiese la creación de almacenes públicos, ¿en
cuántos países no serviría de pretexto para la creación de nuevos impuestos el
mantenimiento de tan útil establecimiento? En Ginebra, tales graneros, creados
y mantenidos por una sabia administración, constituyen un recurso público para
los malos años y la principal renta del Estado en todo tiempo. Alit et ditat, es la bella inscripción
que puede leerse en la fachada del edificio. Para exponer aquí el sistema
económico de un buen gobierno, consideré a menudo el de esa república, con la
dicha de encontrar en mi patria el ejemplo de sabiduría y felicidad que
desearía reinasen en todos los países.
Si examinamos cómo crecen las necesidades del Estado, veremos
que ello ocurre, con frecuencia, poco más o menos como entre los particulares:
en menor medida por verdadera necesidad que por incremento de deseos inútiles.[17]
Asimismo comprobaremos que normalmente no se aumenta el gasto como pretexto
para aumentar la recaudación, de suerte que el Estado ganaría en ocasiones con
el desinterés por hacerse rico, pues esa riqueza aparente le es más costosa
que la pobreza misma. Cierto es que cabe poner a los pueblos en más estrecha
dependencia si por un lado se les da lo que por otro se les quita, política que
utilizara José con los egipcios; mas tan vano sofisma resulta funesto para el
Estado si el dinero no vuelve a las mismas manos de las que salió, con lo que
lo único que se consigue con tales máximas es enriquecer a los ociosos con el
despojo de los útiles.
Una de las causas más ciertas y peligrosas de tal aumento es el
gusto por las conquistas. Tal gusto, con frecuencia engendrado por una ambición
distinta de la que parece anunciar, no es siempre lo que parece ser ni es
tampoco siempre su verdadero motivo el deseo aparente de engrandecer la
nación, sino más bien el deseo oculto de aumentar desde dentro la autoridad de
los jefes mediante el aumento de las tropas y la diversión que provocan los
objetivos de la guerra en el espíritu de los ciudadanos.
Al menos es bien cierto que nada hay tan torcido y miserable como
los pueblos conquistadores, cuyos éxitos no hacen sino aumentar sus miserias.
Aunque la historia no lo enseñase, bastaría la razón para demostrar que cuanto
más grande es un Estado, más fuerte y onerosos son sus dispendios, ya que todas
las provincias suministran contingente para gastos de la administración
central y, además, cada una de ellas gasta en su administración lo mismo que si
fuera independiente. Añádese a esto que toda fortuna se hace en un sitio y se
consume en otro, lo cual acaba rompiendo el equilibrio entre producto y consumo
y empobreciendo a muchos países para enriquecer a una sola ciudad.
Hay otra causa del aumento de las necesidades públicas que tiene
que ver con la anterior. Puede llegar un tiempo en que los ciudadanos, ya sin
interés por la causa común, dejen de ser los defensores de la patria y los
magistrados prefieran mandar a mercenarios antes que a hombres libres, aunque
no fuese más que para someter mejor a los otros. Así ocurrió en Roma hacia
finales de la República y durante el Imperio, pues todas las victorias de los
primeros romanos, al igual que las de Alejandro, fueron hazañas de valientes
ciudadanos que, si era preciso, sabían dar su sangre por la patria pero jamás
llegaron a venderla. Mario fue el primero que, en la guerra de Yugurta,
deshonró a las legiones incorporando a libertos, vagabundos y mercenarios.
Convertidos en enemigos de los pueblos en cuya felicidad se empeñaran, los
tiranos formaron tropas en apariencia para contener al extranjero y de hecho
para oprimir al habitante. Para crear tales tropas, hubo que quitarle
cultivadores a la tierra y por esa ausencia disminuyó la calidad de los
productos agrícolas, para cuyo mantenimiento se crearon impuestos que
aumentaron su precio. Este primer desorden provocó la protesta del pueblo; para
reprimirla hubo que aumentar las tropas y la consecuencia fue la miseria.
Cuanto más aumentaba la desesperación, más forzoso aún era incrementarla a fin
de prevenir sus efectos. Por otro lado, esos mercenarios, cuya estima podía
medirse por el precio por el que ellos mismos se vendían, orgullosos de su
vileza y con desprecio de las leyes que les protegían y de los hermanos a los
que quitaban el pan, se creyeron más honrados por ser satélites del César que
defensores de Roma. Entregados a una obediencia ciega, creían que el Estado era
el puñal alzado sobre sus conciudadanos y estaban dispuestos a degollara la
primera señal. No sería difícil demostrar que esta fue una de las principales
causas de lamina del imperio romano.
En nuestros días, la invención de la artillería y las
fortificaciones ha obligado a los soberanos europeos a restablecer el uso de
tropas regulares para proteger las plazas, pero, aunque con motivos más
legítimos, es de temer que su efecto será igualmente nefasto. También habrá que
despoblar los campos para formar ejércitos y guarniciones y para mantenerlos
será preciso asimismo oprimir a los pueblos, y esos peligrosos ordenamientos
crecen desde hace un tiempo con tal rapidez en nuestros países que no cabe
esperar otra cosa que la despoblación de Europa y, más tarde o más temprano,
la ruina de los pueblos que la habitan.
En cualquier caso, hay que reconocer que tales instituciones
trastocan forzosamente el verdadero sistema económico, que es aquel que extrae
del dominio público la principal renta del Estado, y sólo dejan el enojoso
recurso de los subsidios e impuestos, de los cuales paso a ocuparme.
Conviene recordar de nuevo que el fundamento del pacto social
es la propiedad y su primera condición la de que todos sean mantenidos en el
pacífico disfrute de sus pertenencias. Verdad es que, según este mismo
tratado, cada cual se obliga, al menos tácitamente, a cotizar en las
necesidades públicas; mas, como dicho compromiso no puede perjudicar a la ley
fundamental y presupone que los contribuyentes reconocen la evidencia de la
necesidad, resulta que, para ser legítimo, debe ser voluntario, y no mediante
voluntad particular, como si fuese necesario el consentimiento de cada
ciudadano de modo que cada cual pudiese aportar lo que quisiera, lo cual iría
directamente contra el espíritu de confederación, sino mediante voluntad
general, por pluralidad de votos y en razón de una tarifa proporcional que
impida la imposición arbitraria.
El principio de que los impuestos no pueden ser legítimamente
implantados sin el consentimiento del pueblo o de sus representantes, ha sido
reconocido generalmente por todos los filósofos y jurisconsultos que gozan de
cierta reputación en materia de derecho político, incluido el mismo Bodino.
Cuando algunos de estos autores establecieron máximas aparentemente
contrarias, aparte de motivos particulares fáciles de descubrir, añadieron
tantas condiciones y restricciones que, en el fondo, la cosa se quedaba
exactamente como estaba:
que el pueblo
pueda negarse o que el soberano pueda no exigir es indiferente en cuanto al
derecho y si sólo es cuestión de fuerza, es completamente inútil indagar si es
legítimo o no lo es.
Las contribuciones que se le imponen al pueblo son de dos clases:
las reales, que gravan a las cosas, y las personales, que se pagan por cabeza.
Ambas reciben el nombre de impuestos o subsidios. Cuando es el pueblo quien
fija la suma acordada, se habla de subsidio; cuando lo que se acuerda es el
producto total de una tasa, se trata del impuesto. Puede leerse en el libro El
espíritu de las leyes, que la imposición por cabeza favorece la servidumbre,
mientras que la tasa real conviene más a la libertad. Esto sería indiscutible
si los contingentes por cabeza fuesen iguales, pues en ese caso no habría nada
más desproporcionado que una tasa semejante, siendo así que el espíritu de
libertad consiste sobre todo en la estricta observancia de las proporciones.
Pero la tasa por cabeza es exactamente proporcionada a los medios de los
particulares, como es el caso de la que en Francia llaman capitation, tasa real y personal a la vez: es la más equitativa y,
por consiguiente, la que más conviene a los hombres libres. A simple vista, parece
fácil seguir dichas proporciones, puesto que, por referirse a la situación que
cada cual tiene en el mundo, las indicaciones son siempre públicas; pero,
además de que la avaricia, el crédito y el fraude saben eludir incluso la
evidencia, es raro que en tales cálculos entren todos los elementos que deben
entrar. Primeramente hay que considerar la relación de cantidades por la cual,
en virtud de la ley de igualdad, quien posea diez veces más deberá pagar diez
veces más. En segundo lugar, la relación de usos: la distinción entre lo
necesario y lo superfluo. Quien simplemente posee lo necesario no deberá pagar
nada; la tasa del que tiene algo superfluo puede igualarse, si es preciso, a la
suma total de lo que exceda de sus bienes necesarios. Ante esto, el último
dirá que, dado su rango, lo que es superfluo para un hombre inferior es
necesario para él; pero es mentira, porque un Grande tiene dos piernas como
tiene un vaquero, y como él, tan sólo tiene un vientre. Además, ese pretendido
necesario es tan poco necesario para su rango que, si supiese renunciar a él
para un fin loable, sólo merecería el respeto. El pueblo se arrodillaría ante
un ministro que acudiese a pie al consejo por haber tenido que vender sus
carrozas ante una urgente necesidad del Estado. La ley, en fin, a nadie
prescribe la magnificencia y el decoro no es nunca razón contra el derecho.
Una tercera relación, que nunca se tiene en cuenta y que debería
ser siempre la primera en ser considerada, es la de las utilidades que todos
obtienen de la confederación social, la cual protege fuerte mente las inmensas
propiedades del rico y apenas le permite al miserable disfrutar de la cabaña
que él mismo construyó con sus propias manos. ¿No son para los poderosos y los
ricos todas las ventajas de la sociedad? ¿No acaparan éstos todos los empleos
lucrativos? Y cuando un hombre bien considerado le roba a sus acreedores o
comete otras bribonerías, ¿no tiene asegurada su impunidad? Los bastonazos que
propina, las violencias que comete y hasta las muertes y asesinatos por su
culpa, ¿no son otros tantos asuntos que se minimizan y que se olvidan en seis
meses? Pero si le roban a ese mismo hombre, toda la policía se pone de
inmediato en movimiento y pobres de los inocentes de quienes se sospeche. Si
atraviesa un lugar peligroso no falta la escolta; si se rompe el eje de su
silla, todos acuden en su ayuda; si hay bullicio ante su puerta, dice una
palabra y todo calla; si el gentío le incomoda, hace un gesto y todo se
arregla; si un carretero molesta en su camino, sus gentes se disponen a
molerle a palos, y antes se atropella a cincuenta honrados peatones camino de
sus asuntos que a un bribón ocioso atrasado en su carruaje. Todos estos
miramientos no le cuestan un céntimo: son el derecho del hombre rico más que el
precio de la riqueza. ¡Cuán diferente el cuadro del pobre!: cuanto más le debe
la humanidad, más le niega la sociedad. Se le cierran todas las puertas, incluso
cuando tiene el derecho a que se le abran, y si alguna vez obtiene justicia, es
con mayor pena que con la que el otro obtiene gracia. Si hay que hacer un
trabajo penoso o reclutar milicia, se le da la preferencia; además de la suya,
soporta la carga de la que su vecino rico queda exento; todos se alejan de él
cuando le sobreviene el menor accidente; si vuelca su mísero carruaje, en
lugar de que alguien le ayude, puede alegrarse si evita al pasar las vejaciones
de los acompañantes de un joven duque: en una palabra, ninguna asistencia
gratuita le alcanza precisamente porque no tiene con qué pagarla y yo lo tengo
por hombre perdido si tiene la desgracia de poseer un alma honesta, una hija
amable o un vecino poderoso. Otra cosa no menos importante a la que prestar
atención, es que las pérdidas de los pobres son mucho menos reparables que las
del rico, así como que la dificultad para adquirir crece siempre en razón de
la necesidad. Con nada, nada se hace; esto es cierto tanto en los negocios
como en la Física. El dinero es simiente de dinero y el primer doblón es a
veces más difícil de ganar que el segundo millón. Más aún, todo lo que el pobre
paga, lo pierde para siempre y va a parar o vuelve a las manos del rico, y como
el producto de los impuestos va a parar, tarde o temprano, sólo a los miembros
del gobierno o a sus allegados, aunque paguen su contingente, tienen un claro
interés en aumentarlos.
Resumamos en cuatro palabras el pacto social de los Estados: Vosotros tenéis necesidad de mi, pues yo
soy rico y vosotros sois pobres. Hagamos pues un pacto: yo permitiré que
tengáis el honor deservirme con la condición de que me deis lo poco que os
queda a cambio de la pena que me causará mandaros.[18]
Si con cuidado combinamos todas estas cosas, veremos que para
repartir las tasas de manera equitativa y verdaderamente proporcional, su imposición
no debe hacerse sólo en razón de los bienes de los contribuyentes, sino por la
razón compuesta de la diferencia entre sus condiciones y el superfluo de sus
bienes, operación muy importante y difícil que cada día realizan multitud de
honestos encargados que saben aritmética, pero que un Platón o un Montesquieu
no se hubieran atrevido a llevar a cabo sin temor y sin pedir al cielo luces e
integridad.
Otro inconveniente de la tasa personal es que se deja sentir mucho
y que su duración es excesiva, lo cual no impide que esté sujeta a muchos
inconvenientes, porque en la inspección o en el proceso es más fácil ocultar la
cabeza que las posesiones.
De las restantes imposiciones, el censo sobre tierras o falla
real siempre se consideró como la más ventajosa en aquellos países en los que
se tiene más en cuenta la cantidad del producto y la seguridad de la
recaudación que la mínima incomodidad del pueblo. Se llegó a decir que había
que gravar al campesino para despertarle de su pereza y que no haría nada si no
tuviese nada que pagar. Pero en todos los pueblos del mundo, la experiencia
desmiente esta ridícula máxima. En Holanda e Inglaterra, donde el labrador paga
muy poco, y sobre todo en China, donde no paga nada, es donde mejor se cultiva
la tierra; por el contrario, allí donde el labrador está gravado en proporción
al producto de su tierra, la deja sin cultivo o se limita a obtener sólo lo
que necesita para vivir, pues para quien pierde el fruto de su esfuerzo, el no
hacer nada significa ganar y exponer el trabajo a una multa es un medio
singular de alejar la pereza.
La tasa sobre tierras o sobre el trigo, sobre todo cuando es
excesiva, origina dos inconvenientes tan terribles que acaban despoblando y
arruinando el país en el que se implanta.
El primero proviene de la falta de circulación de especies, pues
el comercio y la industria atraen a la capital todo el dinero del campo y, al
romper el impuesto la proporción que aún podía darse entre las necesidades del
labrador y el precio del trigo, el dinero sale continuamente y no regresa
jamás: cuanto más rica es la ciudad tanto más pobre es el campo. El producto
de las tallas pasa de manos del príncipe o del financiero a manos de artesanos
y comerciantes, y el cultivador, que sólo percibe la menor parte, se agota al
final teniendo que pagar siempre igual suma recibiendo cada vez menos. ¿Cómo
podría vivir un hombre que sólo tuviese venas pero no arterias o cuyas arterias
llevasen la sangre a tan sólo cuatro dedos del corazón? Chardin dice que en
Persia, los derechos del rey sobre los productos agrícolas se pagan también con
productos agrícolas. Esta costumbre, de la que cuenta Herodoto que se practicó
en ese país hasta los tiempos de Darío, puede impedir el mal del que acabo de
hablar. Pero, a no ser que en Persia los intendentes, directores, empleados y
guardas de almacenes sean otro tipo de gente distinta a la que son en otros
países, me costaría creer que llegase hasta el mismo rey la mínima parte de
dichos productos, que los trigos no se echasen a perder en los graneros o que
el fuego no acabara con casi todos los almacenes.
El segundo inconveniente procede de una ventaja aparente que
agrava los males antes de detectarlos. El trigo es un producto agrícola no
encarecido por impuestos en los países que lo producen, y que, a pesar de ser
absolutamente necesario, disminuye en cantidad sin que aumente su precio, lo
cual es causa de que mucha gente muera de hambre aunque el trigo siga siendo
barato, así como de que el labrador sea el único que carga con el impuesto que
no pudo desfalcar del precio de venta. Préstese mucha atención a no razonar
del mismo modo cuando se trate de la talla real y de aquellos derechos sobre
mercancías que provocan el alza de sus precios, con lo que quienes los pagan
en realidad no son los comerciantes sino los compradores. Y ello porque, por
muy fuertes que sean dichos derechos, sin embargo son voluntarios, y el
comerciante no los paga sino en proporción a las mercancías que compra, de
modo que, como no compra más que en proporción a su débito, es él quien dicta
la ley al particular. Pero, y el labrador que, venda o no, está obligado a
pagar a plazo fijo por el terreno que cultiva, ¿no tiene derecho a esperar que
se le ponga a su producto el precio que a él le plazca?, y, sin embargo, cuando
no puede vender su producto para su sustento, tiene que venderlo para pagar la
talla, de suerte que a veces es la enormidad de la imposición lo que mantiene
el producto aprecio vil.
Observad también que los productos del comercio y la industria,
lejos de hacer la talla más soportable, por la abundancia de dinero, sólo la
hacen más onerosa. No insistiré sobre algo bien evidente, a saber, que si la
mayor o menor cantidad de dinero de un Estado puede concederle mayor o menor
crédito en el exterior, en modo alguno cambia la fortuna real de los
ciudadanos, ni procura en absoluto una vida cómoda. Pero haré estas dos
importantes observaciones: en primer lugar que, a menos que el Estado disponga
de productos superfluos y que la abundancia de dinero no provenga de su
endeudamiento en el extranjero, las ciudades en las que hay comercio se
sienten solas por tal abundancia y el campesino se hace relativamente más pobre.
En segundo lugar que, cuando sube el precio de las cosas por la emisión del
dinero, es preciso también que los impuestos suban proporcionalmente, de
suerte que el labrador no resulte más gravado sin tener más recursos.
Cierto es que la talla sobre tierras es un verdadero impuesto sobre
el producto, y sin embargo, todos aceptan que no hay nada tan peligroso como
un impuesto sobre el trigo pagado por el comprador; ¿cómo no darse cuenta que
el mal es cien veces peor cuando ese impuesto es pagado por el mismo
cultivador? ¿No estamos ante un ataque contra la fuente de subsistencia del
Estado? ¿No significa esto provocar directamente la despoblación del país y a
la larga su propia ruina?: la peor escasez para una nación es la escasez de
hombres.
Sólo un verdadero hombre de Estado puede fijar la base tributaria
del impuesto con la mirada puesta más allá del objeto de las finanzas,
transformar las cargas onerosas en útiles reglamentos de administración y
hacerle dudar al pueblo de si tales instituciones no tienen por finalidad el
bien de la nación antes que el producto de las tasas.
Los impuestos sobre la importación de las mercancías extranjeras
que quieren los habitantes pero que el país no necesita; sobre la exportación
de las del propio país cuando no las posee en abundancia, y sin las cuales no
pueden pasar los extranjeros; sobre las producciones de artes inútiles y en
exceso lucrativas; sobre las entradas en las ciudades de las cosas de puro
agrado y en general, sobre todos los objetos de lujo, cumplen ese doble
objetivo. Tales impuestos, que alivian la pobreza e incrementan la riqueza,
son los que contribuyen a prevenir el aumento continuo de la desigualdad de
fortunas, la opresión por los ricos de una multitud de obreros y de servidores
inútiles, la multiplicación de gentes ociosas en las ciudades y la deserción
de los campos.
Entre el precio de las cosas y los derechos que las gravan, hay
que establecer una proporción tal que la avidez de los particulares no induzca
demasiado al fraude a causa de la magnitud de los beneficios. Asimismo, hay que
prevenir la facilidad del contrabando, dando preferencia a las mercancías
menos fáciles de esconder. Conviene en fin que el impuesto sea pagado por aquel
que emplea la cosa tasada y no por quien la vende, pues a éste, la cantidad de
derechos con los que se vería gravado le causaría más tentaciones y medios para
defraudarlos. Esto es costumbre desde siempre en la China, el país con los
impuestos más fuertes y mejor pagados del mundo. Allí el comerciante no paga
nada, tan sólo el comprador paga los derechos, sin levantar por ello
conspiraciones ni sediciones, ya que los productos necesarios para la vida,
como el atroz o el trigo, están totalmente libres de impuestos, el pueblo no
está en absoluto oprimido y el impuesto sólo afecta a gentes acomodadas. Por lo
demás, todas esas precauciones deben ser dictadas, más que por temor al
contrabando, por el cuidado que el gobierno ha de poner en guardar a los
productores de la tentación de ilegítimos beneficios que, tras convertirlos en
malos ciudadanos, los tornarán bien pronto en gentes deshonestas.
Establézcanse fuertes tasas por la servidumbre, espejos, arañas
y muebles, sobre los tejidos y dorados, patios y jardines de mansiones,
espectáculos de toda especie, profesiones ociosas, como faranduleros,
cantores, histriones; en una palabra, sobre todos aquellos objetos de lujo,
diversión y ociosidad que a todos maravillan y que no pueden ocultarse por
cuanto su único uso es mostrarse y serían inútiles si no se vieran. No hay que
temer que tales impuestos vayan a ser arbitrarios por recaer sobre cosas que no
son de absoluta necesidad: es desconocer a los hombres el creer que tras
haberse dejado seducir por el lujo podrán renunciar a él; antes renunciarán
cien veces a lo necesario y preferirán morir de hambre que de vergüenza. El
aumento del gasto será una nueva razón para mantenerlo cuando la vanidad de la
opulencia saque beneficio del precio de la cosa y de los gastos de la tasa.
Mientras haya ricos querrán distinguirse de los pobres y el Estado no podría
obtener una renta menos onerosa ni más afianzada que sobre la base de tal
distinción.
Por igual razón, la industria no tendría nada que temer de un orden
económico que enriqueciera las Finanzas, reanimase la Agricultura aliviando al
labrador, y acercase insensiblemente todas las fortunas a ese término medio
que fundamenta la verdadera fuerza de un Estado. Podría ser, lo confieso, que
los impuestos contribuyesen a hacer pasar rápidamente ciertas modas, pero
sería tan sólo para sustituirlas por otras, con las que el obrero ganaría sin
que el fisco tuviera nada que perder. En una palabra, supongamos que el
espíritu del gobierno sea siempre el de establecer la base tributaria de todas
las tasas según la riqueza superflua; ocurriría una de estas dos cosas: o los
ricos renunciarían a sus gastos superfluos para no realizar más que gastos
útiles, los cuales revertirían en beneficio del Estado, con lo que la evasión
de los impuestos habría producido el efecto de las mejores leyes suntuarias,
los gastos del Estado habrían disminuido por fuerza gracias al de los
particulares y así el fisco recibiría lo mismo que hubiese desembolsado; o
bien, si los ricos no disminuyen en absoluto sus profusiones, el fisco
obtendría como producto del impuesto, los recursos
que buscaba para satisfacer las necesidades reales del Estado.
En el primer caso, el fisco se enriquece mediante el gasto que se ahorra; en el
segundo, se enriquece además mediante el gasto inútil de los particulares.
Añadamos a todo esto una importante distinción en materia de
derecho político y a la cual los gobiernos, ansiosos de hacerlo todo por sí
solos, deberían prestar gran atención. He dicho que las tasas personales y los
impuestos sobre cosas de absoluta necesidad, al atacar directamente al derecho
de propiedad y, por tanto, al verdadero fundamento de la sociedad política,
siempre están sujetos a peligrosas consecuencias si no se establecen con
expreso consentimiento del pueblo o de sus representantes. No ocurre igual con
los derechos sobre aquellas cosas cuyo uso puede ser prohibido, puesto que,
como en ese caso el particular no está en absoluto obligado apagar, su
contribución puede tenerse por voluntaria, de suerte que el consentimiento
particular de cada contribuyente sustituye al consentimiento general y en
cierto modo hasta lo presupone, pues, ¿porqué razón habría de oponerse el
pueblo a una imposición que sólo recae sobre aquel que está dispuesto a
pagarla? Me parece cierto que todo lo que no está proscrito por la ley ni
atenta a las costumbres pero puede ser prohibido por el gobierno, éste puede
permitirlo mediante el cobro de un derecho. Si por ejemplo, el gobierno puede
prohibir el uso de carrozas, con mayor razón podrá imponer una tasa sobre
carrozas, medio prudente y útil de censurar su uso sin acabar con él. Así pues,
podemos considerar la tasa como una especie de multa cuyo producto indemniza
por el abuso que castiga.
Quizá alguien me objete que aquellos que Bodino llama impostores,
es decir, aquellos que imponen o inventan las tasas, por ser de la clase rica
se guardarán de ahorrar para los otros gastando ellos mismos o de gravarse a sí
mismos para aliviar a los pobres. Pero hay que rechazar semejantes ideas. Si
en cada nación, aquellos a quienes el soberano encarga el gobierno de los
pueblos, fueran sus enemigos de Estado, no valdría la pena indagar cómo han de
obrar para hacerlos felices.
[1] La voz de la naturaleza tiende al interés personal o
familiar (es por esto que el gobernante civil no debe oírla, y debe guiarse por
la razón).
[2] Esta distinción está mejor planteada en el Contrato
Social (1762). Ver en particular Libro III, cap. I.
[3] Rousseau no piensa la política en
función de "lo que es", esto es, de los poderes realmente existentes;
sino de "lo que debe ser" en justicia. Por esto su progarna de
reflexión política queda bien expresado =el subtitulo del Contrata Social:
Principios de Derecho político.
[4] En el Contrato Social lo llamará
"(gobierno de la) República". Esto es, sostenido en la voluntad
general.
[5] Este pasaje expresa de modo sintético la profunda impresión que
causara en el autor la lectura del El Espíritu de las Leyes, del barón de
Montesquieu (1748), como podremos apreciar a lo largo de todo el artículo
[6] El uso de la palabra "policía" en este y otros contextos
del presente texto tiene un alcance mucho mayor que el uso comente en la
actualidad. Se refiere a la administración política interna y cotidiana en
general, a la "pequeña política", como cuidado del orden en diversos
ámbitos de actividad. Pan una mejor comprensión del término (rescatado por
Foucault en su teoría de la gubernamentalidad, a fines de los años '70), ver
especialmente M. Foucault: Omnes et Singulatim (...). En otra variante, puede
verse el uso que el filósofo francés Jacques Ranciere hace del término en su
libro El Desacuerdo.
[7] Este argumento tiene una fuerte afinidad con la teoría del poder
de "prerrogativa" del poder ejecutivo, enunciada por John Locke en
el capitulo XIV de su Segundo Ensayo del Gobierna Civil (1690).
[8] Este argumento tiene cierta afinidad con otro expuesto por Baruj
Spinoza en el libro V de su Tratado Político (1677, póstumo).
[9] Adviértase la afinidad con los argumentos sobre la virtud de
Montesquieu en El Espíritu de las Leyes, libro 111, caps. III y IV.
[10] Aquí Rousseau parece pasar por alto la advertencia de Montesquieu
en el libro XI de su Espíritu de las Leyes, donde precisamente por esto señala:
"¿Quién lo diría? ¡También la virtud necesita limites! "
[11] ¿Es ésta una velada alusión al derecho de resistencia contra la
tiranía y la opresión? Difícil es decirlo con certeza. Nótese, sin embargo, la
fuerte similitud entre este argumento y el desarrollado por J. Locke, no sólo
en el último capítulo, sino también en el capítulo VII, # 91 de su Segundo
Ensayo sobre el Gobierno Civil.
[12] Se percibe aquí un germen de lo que aquel sutil y riguroso lector
de Rousseau que fuera Immanuel Kant acuñará bajo la forma de la "segunda
formulación" de su Imperativo Categórico, raíz de una importante tradición
de deontología moral. Ver I. Kant: Fundamentación de la Metafísica de las
Costumbres (1785).
[13] Probablemente estos argumentos de Rousseau no hayan sido menos
influyentes que los provenientes de la tradición greco-romana en la formación
del concepto hegeliano de Sittlichkeit ("eticidad"), y de la doctrina
hegeliana (fuertemente romántica) del Estado. Ver G. W F. Hegel: Filosofía del
Derecho (1820).
[14] Difícil
es no evocar aquí, entre otras preciosas referencias, la Grandeza y Decadencia
de los Romanos de Montesquieu; ni, ya en un tono crítico frente a la tradición
antigua de la moral cívica, el discurso de Benjamín Constant de 1819, conocido
como "De la Libertad de los Antiguos comprada con la de los
Modernos". Ver igualmente la nota anterior.
[15] Adviértase que Rousseau, el introductor del concepto de la
voluntad general como fuente de toda soberanía legítima, es fuertemente
escéptico respecto de las posibilidades del gobierno democrático (y más aún en
su Contrato Social. Ver Libro III, cap. IV). Esto, no debemos olvidarlo, se
sostiene en la diferencia que el autor establece entre soberanía y gobierno. Lo
que se afirma es, por tanto, la dificultad o imposibilidad de que el pueblo en
conjunto ejerza el poder ejecutivo (nuevamente, aquí la referencia fundamental
es al Contrato Social).
[16] Dado que ella constituye el sujeto de la soberanía y la voluntad
general.
[17] Para
esta y otras referencias o alusiones sobre el lujo, lo innecesario, y el gusto
por lo superfluo (que incluye el gusto por las artes y el refinamiento
cultural), consúltese la imprescindible Carta a D`Alambert (1758), uno de los
primeros textos que hicieron célebre a Rousseau.
[18] Un desarrollo pormenorizado acerca de este "pacto
espurio", y sus fundamentos, se encontrará en el Discurso sobre los
Orígenes de la Desigualdad entre los Hambres, célebre texto de Rousseau acerca
del estado natural del hombre, y su "caída" en el envilecimiento
producto del orden social y la propiedad, también conocido como Segundo Discurso,
de 1754 (esto es, contemporáneo del Discurso sobre la Economía Política.)

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