© Libro No. 671. Guerra de Granada. De Palencia, Alonso.
Colección E.O. Marzo 29 de 2014.
Título original: © Guerra de
Granada. Alonso de Palencia.
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Guerra de Granada
Alonso
de Palencia
CONTENIDO
Libro I
(1480-1481)
Ligera mención de las épocas calamitosas de España. -Obstáculos
para emprender la guerra de Granada. -Toma de Otranto por los turcos.
-Recuperación de la plaza. -Muerte de Mahometo II. -Mención del sitio de Rodas.
-Prodigios. -Sucesos de Portugal. -Nuevos esponsales de D.ª Juana (la
Beltraneja). -Viaje de D. Fernando a Cataluña. -Sucesos de Galicia-Los Reyes en
Cataluña. -Encarga el Rey a Diego de Merlo que hostilice a los granadinos.
-Merlo y el Marqués de Cádiz. -Descalabro de los nuestros en Villalonga.
-Traición concertada por Merlo contra el Duque de Medina Sidonia, -Recelos del
Duque y sus quejas.- Cumplida satisfacción que te dio la Reina. -Castigos de
los conversos de Sevilla. -Peste y hundimientos en la ciudad. -Mención de los
Arias de Saavedra. -Los moros se apoderan de Zahara.
Abatido ya ignominiosamente el antiguo poderío de los godos, y
cuando los moros extendían sus devastaciones por todo el reino, viéronse
detenidos en sus triunfos por Pelayo. Último vástago de las más nobles familias
godas, mereció reinar el primero entre los astures, cuyo caudillo había sido en
los días de desgracia. Extendiéndose luego el favor de este héroe
verdaderamente excepcional, encendió bélico ardimiento en el corazón de sus
sucesores. Durante mucho tiempo los cristianos de las Asturias, Vascongadas y
Cantabria tuvieron la defensa en su reducido número y en lo abrupto de sus
montañas, mientras la muchedumbre de los bárbaros invasores, con la alegría
salvaje de los primeros triunfos, iba ocupando con feroz empuje casi todo el
llano y sometiendo a su yugo las demás provincias de España. Mas los
cristianos, estrechamente unidos por vínculo religioso, consiguieron ir poco a
poco rechazando a los feroces muslimes, y recuperar en parte en muchos años lo
que ellos conquistaron en breve tiempo. Mientras la defensa de Castilla estuvo
encomendada a egregios caudillos, todos tos del reino de León, que combatían
denodadamente con los moros, encontraban invencible obstáculo en su
muchedumbre, que terrible y cruelmente trabajaba por exterminar cuanto antes el
nombre cristiano. Pero cuando la hueste leonesa se unió a la castellana, ya
aparecieron más poderosos que los moros. Ya no infundían espanto sus numerosos
guerreros al puñado de cristianos, y frecuentemente peleaban con fortuna en
batalla campal y en campo abierto 4 ó 5.000 caballos y pocos más peones de los
nuestros contra 50.000 jinetes moros e innumerable cantidad de infantes. Y
aunque nuestras discordias retrasaban la recuperación de muchas provincias, sin
embargo, poco a poco los enemigos iban cediendo el terreno a los vencedores.
Así, en el transcurso de
varios siglos, algunos reyes castellanos, que consiguieron preferencia sobre
los primeros de León, dilataron sus conquistas hasta los escarpados montes que
de oriente a occidente se levantan frente al Mediterráneo, o sea, desde el
puerto de Cartagena, en posesión de los nuestros, hasta Cádiz. Esta ciudad,
bañada por el Océano y cuyo estrecho separa Europa de África, fue recuperada
por casualidad por los españoles en tiempo de Enrique IV, poco inclinado al
exterminio de los granadinos, aunque fácilmente hubiera podido someterlos,
cuando libre de obstáculos, colmado de riquezas y al frente de numerosa hueste,
no sólo se hacía temer de lo, abatidos moros, sino de muchos Príncipes
cristianos, como queda expuesto en la Crónica de este Rey.
Mas ahora me propongo
escribir la guerra que en 1482, octavo del reinado de D. Fernando, rey de
Castilla, León, Aragón, Sicilia y otras muchas islas, con su mujer, la
esclarecida reina D.ª Isabel, emprendieron contra los granadinos, encerrados,
entre el Mediterráneo y los montes. Por este matrimonio D. Fernando había
obtenido los reinos de León y Castilla, y poco tiempo después, por muerte de su
padre, rey de Aragón, Sicilia y Navarra, heredó estos reinos que poseyó con su
mujer, excepto el último, perteneciente al heredero entre los nietos del rey D.
Juan, aun cuando antes de su muerte, y en virtud de convenio de los magnates
navarros, por largo tiempo divididos en bandos contrarios, D. Fernando,
autorizado por su padre, había puesto guarniciones en aquellas fortalezas
consideradas como principales defensas para la causa de Navarra, lo cual dio
pretexto a las pretensiones de los franceses.
Pero para no desviarme de
mi propósito, conviene hacer alguna mención de los motivos que diferían la
justa y necesaria guerra contra los granadinos. Desde la muerte del rey D.
Enrique, D. Fernando y D.ª Isabel habían tenido que luchar con múltiples e insuperables
dificultades para combatir contra los moros, mientras D. Alfonso de Portugal,
contando, además de sus propias fuerzas, con el poder del rey Luis de Francia y
el de sus partidarios castellanos, penetró en el riñón de Castilla y se mantuvo
durante algún tiempo en el territorio ocupado. Al retirarse al suyo, dejó entre
nosotros poderosos gérmenes de futuros trastornos; pero al regresar de Francia,
lo crítico, de las circunstancias le obligó a mirar por su interés y por el de
sus reinos y acomodarse a lo, pactado por los intermediarios, en cuya virtud,
quedando en realidad vencido, parecía haber alcanzado la victoria porque D.ª
Isabel, que mientras su marido visitaba los reinos heredados a la muerte de su
padre, se había trasladado a la frontera portuguesa, todo lo pospuso a los
conciertos, para evitar los escándalos con que amenazaban los portugueses. Por
ello, a pesar de su superioridad, accedió a muchas cosas que de otro modo jamás
hubiese aceptado, ni aun a ruegos de adversario más poderoso. Y como poco antes
el rey de Francia, buscando el remedio al apurado trance en que le tenían los
alemanes a causa de las tentativas de Maximiliano, hijo del emperador Federico
y marido de la primogénita del duque Carlos de Borgoña, hubiese enviado sus
embajadores a D. Fernando y a D.ª Isabel para reanudar la antigua alianza que
debía consolidarse entre Francia y Castilla, divididas hasta entonces por
mutuas y simultáneas rivalidades, parecían ya reconciliados con ellos dos reyes
que igualmente y a una les habían combatido.
Pero sobre el dificilísimo
arreglo de los asuntos de Cataluña, que exigían la presencia de D. Fernando, en
aquellos mismos días conmovió profundamente a los príncipes cristianos la
terrible noticia de la toma de Otranto por los turcos, que, saliendo con su
armada del puerto de Salona, cayeron repentinamente sobre la ciudad al amanecer
del 28 de Julio de 1480, y en el mismo día entraron en la población, degollaron
o empalaron cruelmente a todos los habitantes, a excepción de los jóvenes de
ambos sexos; extendieron sus correrías hasta el monte Gárgano; abarrotaron las
naves con más de 13.000 cautivos, y después de transportar a las costas de
Dalmacia el inmenso botín cogido, dejaron la ciudad fuertemente guarnecida.
También se hubieran apoderado de Brindisi a no encontrar a su poderosa
guarnición pronta a rechazar la repentina acometida. Y si en aquella ocasión
hubiesen arribado a las costas de Sicilia, de fijo hubieran logrado
establecerse más sólidamente y causar a los nuestros más daño, porque los
habitantes, poco ejercitados en la guerra, no podían, a la sazón, oponer la
menor resistencia al enemigo, desprovistos de armamento, enervados por la
molicie, faltos de todo lo necesario para la defensa de las fortalezas, y, lo
que era más peligroso, sin caudillos experimentados para empeñar combates. A
estas desventajas se añadía que para procurarse medíos de defensa tenían que
acudir á su rey D. Fernando de Castilla, a cuya majestad rendían preferente
acatamiento, y para llegar a su presencia los embajadores de Sicilia tenían que
vencer y arrostrar, graves peligros en aquel aprieto, e inminente riesgo de
exterminio en la navegación desde sus costas hasta los últimos confines de
España.
La ocupación de Otranto
durante catorce meses, amenazando a los italianos todos con el cautiverio y la
extirpación de la religión católica, libró de todos estos peligros a aquellos
insulares. No hallaron estos males resistencia alguna en el esfuerzo de los
italianos, ni siquiera se vio la debida solicitud para acudir a evitar el
peligro, porque muchos Príncipes italianos se alegraban de tener por vengadores
a los turcos, con tal de ver ante todo vencido por el sultán Mahometo a D.
Fernando, rey de Nápoles, primo del de Castilla. Si por accidente algunos le
habían prestado auxilio poco tiempo antes contra ciertos rebeldes, en aquella
ocasión o se le negaron en absoluto o se le dieron remisamente. Terrible y
gravísimo fue el trance mientras por aquella victoria intentó extender su
poderío y subyugar a Italia, el más noble de los reinos. D. Fernando, en tanto,
se esforzaba por oponer al enemigo cuantas fuerzas podía reunir. Resuelto a
mantenerse en Nápoles, sacaba de allí como de un arsenal las tropas y pertrechos
necesarios para recuperar a Otranto, empresa encomendada a su primogénito, el
príncipe de Capua D. Alfonso. Al mismo tiempo enviaba embajadores y solicitaba
vivamente por cartas a todos los Príncipes de la Cristiandad en demanda de
pronto socorro si deseaban conservar el honor y la paz de sus respectivos
Estados, porque Mahomet Bey, además del exterminio de la religión cristiana, se
proponía el de todos los Príncipes de las naciones católicas. Exigía, por
tanto, la causa de todos el esfuerzo común, y era poderoso estímulo para
lograrle la insolente arrogancia y el desprecio de los fieles con que se veía
al Turco hacer de Otranto un campamento en la Pulla, desde donde tripulando con
jinetes moros su armada pudiese devastar y ocupar, las provincias italianas,
asestando así rudo golpe al Cristianismo. Este peligro trataba él de conjurar,
por ser el primero con quien tendría que habérselas el Sarraceno, y se ofrecía
a servir de escudo a los demás, siempre que no le faltasen en la ocasión
crítica los auxilios de los Príncipes católicos. De otro modo, debía tenerse en
cuenta que a nadie es lícito descuidar sus intereses, y dejar de mirar por sí y
por los suyos en apurados trances, y ya en la imposibilidad de defenderse, si
se pretendía sostener por mucho tiempo el intolerable peso de la guerra contra
el Turco.
Éstas y otras razones
análogas procuraba el rey de Nápoles por medio de repetidos mensajeros que se
grabasen en la mente de todos los Soberanos, y en especial de su tío D.
Fernando, rey de Castilla, Aragón y Sicilia. El cual, a la primera noticia de
la toma de Otranto, aprestó una armada de 25 naves de espolón, tripuladas por
vascongados, al mando de su tío D. Francisco Enríquez, joven animoso, pero poco
experimentado en tales empresas. Para obviar a este inconveniente se encomendó
a un sujeto muy señalado entre los gaditanos, llamado Pedro, y por apodo Macho
cabrío, el gobierno de la armada y la resolución de las dificultades que
ocurriesen. El rey de Castilla se encargó de suministrar armas a los sicilianos
y de que no faltasen provisiones en los puertos y castillos. También el rey de
Nápoles equipó una armada de navíos y galeras de espolón, que, subiendo del
Tirreno al Adriático, fuese a socorrer a Brindisi y a guardarse de los
venecianos, aliados de los turcos y apostados como de descubierta cerca de la ciudad
con su escuadra de galeras, ni amiga ni hostil a ninguna de las partes, y de
modo que ni los turcos, tenidos por amigos, pudieran quejarse de nada contrario
a la alianza pactada, ni los cristianos experimentaran su hostilidad, sino que
unos y otros la considerasen neutral y, en tan grave peligro, pronta a
defenderse de todo ataque.
A la armada de Nápoles se
unieron algunas gruesas naves genovesas y la de D. Fernando de Castilla fue
recibiendo cada día mayores refuerzos. Era imposible, sin embargo, impedir los
del enemigo, porque el Turco, poderosísimo y muy previsor en todo, aprovechaba
las favorables condiciones de tiempo para enviar provisiones a la guarnición de
Otranto. No era ésta muy numerosa, pero si muy escogida, pues la mayor parte de
los 10.000 turcos que primero ocuparon la plaza habían regresado al puerto de
Salona conduciendo a la multitud de cautivos apresados, y se quería dejar
guarnecida a Otranto con poco más de 4.000 soldados de refresco y aguerridos.
De ellos, 400 jinetes escogidos corrían intrépidamente los campos de la
Basilicata y llegaron a infundir espanto a parte de la caballería de D.
Fernando, muy superior numéricamente, pero con desventaja para el combate,
contra la opinión de los italianos antes de empeñar el primero, pues, confiados
en su fuerte armadura, habían creído fácil vencer con pocos hombres de armas a
numerosos turcos. Mas luego que vieron su agilidad en el cabalgar, la velocidad
con que acometían y cuán rápidamente tornaban a incorporarse a las filas de sus
escuadrones, al parecer irregulares, además de su increíble destreza en el
manejo del alfanje, les hizo cambiar completamente de opinión, y la experiencia
de las escaramuzas les enseñó que aquellos turcos poseían la antigua ciencia
práctica de la guerra junto con un valor extraordinario. De aquí que un terror
cada día más grande fuese amilanando el ánimo de los italianos.
Esforzábase D. Alfonso,
primogénito de don Fernando, en levantar el decaído espíritu de soldados y
pueblo, y trabajaba con empeño por destruir al enemigo antes que recibiese
Otranto, refuerzos de Salona. Era, sin embargo, tal la actividad de la
guarnición de la plaza, que inutilizaba los esfuerzos del caudillo cristiano.
En pocos. días la hicieron tan inexpugnable, con doble foso y empalizada, que
ni desde la costa podía una armada cristiana hacer daño alguno a unas cuantas
naves de que el enemigo se había apoderado, ni la hueste de D. Fernando tenía
acceso por otra parte para combatirla. Al anuncio de estas insuperables
dificultades y peligro general, las poblaciones de la Campania, del Abruzzo y
Marca de Ancona, con todo el territorio romano amenazado por Mahomet de total
exterminio, quedaron poseídas de espanto. Pero todos estos anuncios del
desastre que amenazaba no bastaron para persuadir a los Príncipes italianos de
la urgencia de enviar socorros al rey D. Fernando. Tan sólo la Señoría de
Florencia, poco antes maltratada por el mismo Monarca, aunque a la sazón ya
reconciliados, quiso contribuir con el estipendio necesario para numerosa
hueste, a fin de facilitar el aprovisionamiento de los soldados de D. Fernando.
También se dice haberle llegado por tierra de la lejana Alemania ciertos
aventureros que habían tenido noticia del peligro, y consta haber venido de
Sicilia alguna caballería de socorro. Naves sicilianas se habían unido también
a la armada de Nápoles, y se esperaba otra mayor y más poderosa enviada por el
rey de Castilla. Pero nada de esto hubiera bastado para resistir el poder de
los turcos, porque el Sultán tenía preparada en la Croacia invencible hueste de
caballería para enviarla desde el puerto de Salona a Otranto, y no es extraño
que si la escasa guarnición de esta plaza tenía aterrorizados a los italianos,
se considerasen impotentes ante el innumerable ejército enemigo de infantes y
caballos.
La mano del Omnipotente
acudió, sin embargo, al remedio de tan inminente desastre, quitando la vida al
ensoberbecido Mahomet. Con su muerte vino a tierra la aparatosa expedición
proyectada y libró al Catolicismo de torpísima abyección y oprobio, como poco
antes había favorecido a los defensores de Rodas.
Aquí el mismo Turco,
empeñado en tomarla, comenzó a combatirla con parte de su ejército, al mismo
tiempo que otra parte de su armada se apoderaba de Otranto. Pero en esta plaza
encontró defensores menos resueltos que en los de Rodas, otra vigilancia y reparos
en que se estrellaba el intolerable e incesante batir de la artillería, aunque
moviéndola durante muchos días y noches en derredor de la plaza lograran
cuartear las murallas, a pesar de las frecuentes salidas en que los valientes
sitiados solían barrer a los enemigos e inutilizarlos gran parte de sus
máquinas de guerra. Reparaba aquél las pérdidas de gente y pertrechos con los
socorros que recibía de las cercanas costas de Licia y Cilicia, y poco se
conseguía con el temerario arribo al puerto de Rodas de naves de espolón
genovesas o vascongadas, que, además del auxilio que prestaban por mar,
reforzaban la guarnición, porque, derruído gran parte del muro, había brecha
bastante para la multitud de los sitiadores. Al verlos, parte escalando las
murallas y parte penetrando en montón por las brechas en la plaza y arrollando
cuanto encontraban al paso, los nuestros lanzaron repentino alarido de espanto.
No así el Maestre de la Orden que, al oírlo, recogió a unos cuantos soldados, y
confiando en el estandarte de la Cruz que rápidamente había empuñado, afrontó
el peligro y con gran intrepidez trabó feroz combate. Ni las heridas le
amilanaron, ni le conmovió la muerte de sus compañeros de armas, sino que,
fortalecido con las virtudes de la Fe, Esperanza y Caridad, sostén común de
todos los suyos en aquel trance, y mereciendo todos el auxilio del cielo,
rechazaron a los enemigos lejos de las derruidas murallas, degollaron a más de
400, que las ocupaban y persiguieron hasta su campamento a la confusa multitud
de los fugitivos. No fue obstáculo el que los cristianos por su escaso número
desistieran de la persecución para el completo desastre de los turcos, porque
en su desordenada fuga se herían y mataban entre sí. Más de 4.000 perdieron
allí la vida, y al día siguiente levantaron el sitio de Rodas, confesando que
un poder de lo alto los había vencido y arrojado de la plaza.
Luego el Sultán, bramando
de ira y descargándola sobre los que habían abandonado el ataque, resolvió
emplear sus fuerzas contra los italianos, y preparó una armada para desembarcar
unos 20.000 caballos en la Pulla o Lucania. Su muerte, ocurrida el 3 de Mayo de
1481, hizo fracasar sus planes.
El que había librado a los
de Rodas de las crueldades de los turcos, se dignó anunciarles aquella muerte
con estupendos prodigios. La víspera de morir Mahomet Bey, antes de atardecer,
se retiró repentina y extraordinariamente el mar, haciendo encallarlas galeras
ancladas junto a Rodas y anegando cerca de 20 aldeas situadas a gran altura. En
aquella ocasión se perdió una gruesa nave de Génova, cuyo capitán era Lúculo
Adorno. A las embarcaciones menores puso luego a flote doble flujo de olas de
40 pies de altura. Así que el día que Mahomet murió cerca de Constantinopla, en
todas las embarcaciones ancladas en el puerto de Rodas quedaron en seco las
quillas junto a las murallas de la ciudad, no sin grave destrozo de los
edificios. El prodigio aterrorizó así a los que le presenciaron como a los que
oyeron referir un suceso sin precedente. Aumentaba en especial los temores de
próximas calamidades el haber ocurrido aquel extraordinario flujo y reflujo del
mar en puerto muy tranquilo, en tiempo sereno y en el momento preciso de la
muerte de Mahomet.
Al ser conocida, arreció
el ataque contra la guarnición de Otranto. Luego la discordia de los hijos del
difunto y la sedición de los soldados causó tal perturbación entre los turcos,
que su compacto poderío quedó muy quebrantado. Mas no por eso cejaron los
defensores de la plaza en su tenaz resistencia contra los cristianos. Éstos,
cobrando ánimos con la seguridad de que el enemigo ya no podía enviar tropas de
refresco, víveres ni municiones, arrimaron las máquinas de guerra a las
murallas; pero, a pesar de ello y de las grandes pérdidas sufridas por ambas
partes, todavía los turcos siguieron parapetándose tras fosos y empalizadas
menos extensos. Al cabo, a fines de Septiembre de 1481, ya reducidos a la
última extremidad, su extraordinario valor les alcanzó del príncipe D. Alfonso
condiciones de rendición más ventajosas que las que suelen otorgarse a los
vencidos. Entregada la plaza, saldrían sin armas los que quisieran pasar a
Dalmacia, y podían conservarlas y el caballo los que prefirieran permanecer al
servicio de D. Alfonso.
A poco llegó la armada del
rey de Castilla, tan castigada en toda la travesía por la peste, que casi no
quedaban hombres de la tripulación de las naves portuguesas. Mucha alegría
recibió el rey de Nápoles con el socorro de su primo el de Castilla, con bastante
oportunidad enviado, si la guerra con el Turco hubiera durado más.
Arregladas las diferencias
con el rey de Portugal por la hábil intervención del Prior del Prado, embajador
que previamente había zanjado las cuestiones y dificultades principales, y
libres ya nuestros Reyes para romper la guerra con los granadinos, ocurrió la
muerte de D. Alfonso de Portugal el 20 de Agosto de 1481. Antes de está
desgracia, su primogénito D. Juan se mostraba inclinado a la paz, y
considerando la guerra funesta para la dominación portuguesa, había apoyado tan
resueltamente los temperamentos pacíficos, que el padre, sin desistir por eso
de su antigua idea, había tenido que aparentar intenciones tranquilas. Mas en
cuanto el Príncipe subió al trono, de día en día se mostraba más ceñudo Y más
ansioso de novedades. Sin embargo, la noble D.ª Beatriz, suegra del Rey, que
siempre procuró la firme alianza de ambos reinos, trabajó ahora con empeño por
estrecharla por medio del matrimonio de su nieto el príncipe D. Alfonso con
doña Isabel, primogénita de nuestros Reyes. Todo esto quedó acordado merced a la
actividad y competencia del excelente mediador el Prior del Prado. Ya antes,
para alejar todo motivo de discordia, se había resuelto que D.ª Juana, sobrina
del rey de Portugal D. Alfonso y supuesta hija de D. Enrique, entrase en un
convento. Así no volvería a suscitarse el antiguo litigio sobre derechos
hereditarios por los del rey D. Enrique, después de reconocida su impotencia,
tanto por su pública confesión, como por el convencimiento de las gentes. Mas
todavía los portugueses empleaban ciertos argumentos como resto de amenaza,
diciendo que era deber de los Príncipes cercanos insistir por que no se
arrebatasen sus derechos a la doncella a quien D. Enrique, al morir, había
declarado legítima heredera de sus reinos. Sólo el aliento de la verdad podía apagar
las chispas de este incendio tantas veces reanimado, y que en ambos reinos la
misma disputa había contribuido a evitar. Como la tierna edad del príncipe D.
Alfonso y la niñez de la doncella eran obstáculo para los esponsales de
presente, se echó mano de un recurso que asegurase el futuro matrimonio, y fue
encomendar los novios al cuidado de la ilustre doña Beatriz, bajo la
salvaguardia y tutela de nobles portugueses, desligados por previo acuerdo de
todo compromiso con el Rey, cual si fuesen Grandes extranjeros.
Arregladas estas cosas
según lo pactado, hallándose ya en Mora, villa portuguesa de alguna
importancia, la Serenísima doncella D.ª Isabel, y el primogénito de D.ª Beatriz
y duque de Viseo, don Diego de Portugal, en camino para la corte de Castilla,
donde había de permanecer como en rehenes de los convenios acordados, ocurrió
tener que marchar D. Fernando a Cataluña, así por creerse en el Condado que su
presencia podría apaciguar algunos tumultos de los aragoneses, como para
resolver cuestión más ardua, cual era acallar las protestas de los
barceloneses, quejosos de la injusticia que se les hacía dilatando
reintegrarles en la posesión enajenada, además de la limitación de los pactos
sancionados por el rey D. Juan de Aragón al dominar la rebelión de Barcelona.
En Galicia, los pueblos,
víctimas de inveteradas iniquidades, obligaron a sus nobles, acostumbrados a
revueltas y rapiñas, a reconocer la autoridad de la hermandad, ya establecida
en las otras provincias de Castilla. En este movimiento ayudó a los gallegos
Fernando de Acuña, caudillo de 400 caballos por D. Fernando y D.ª Isabel, y
sujeto de nobles prendas, aunque se portó mal con el arzobispo de Santiago, D.
Alfonso de Fonseca o de Acevedo, constante y leal partidario de los Reyes, pues
después de disfrutar del hospedaje del Prelado él y su escuadrón, le obligó a
abandonar la Sede y a salir de Santiago para ir a demandar justicia a la Reina,
a la sazón en Valladolid. El afán de marchar a reunirse con el Rey la impidió
atender por el momento al Arzobispo; pero prometió oírle a la vuelta y que ella
y su marido harían justicia al honor y relevantes merecimientos de tan ilustre
Prelado. Diole seguridades de que el Rey no había olvidado los grandes peligros
arrostrados en Galicia por D. Alfonso en la guerra con los portugueses y sus
auxiliares; pero afirmó que, para acabar con el desenfreno y temeraria osadía
de los magnates gallegos, convenía la ausencia de aquel territorio de todas las
personas acomodadas, mientras el adalid Acuña quebrantaba la cerviz de los soberbios
y castigaba a los culpados.
Al día siguiente, 4 de
Abril del mismo año de 1481, se encaminó D.ª Isabel a Aragón a reunirse en
Calatayud con D. Fernando, ya de vuelta de Barcelona. Formaban el séquito de la
Reina y del príncipe D. Juan el duque de Alburquerque y el conde de Benavente,
con gran número de nobles y los obispos de Burgos y de Córdoba. Ya en Calatayud
se trató devolverá Cataluña, por parecer a los Reyes el medio más adecuado para
arreglar las cosas oír juntos en Barcelona las quejas de los ciudadanos, a fin
de proveer en consonancia con los primeros acuerdos del rey D. Juan. La total
satisfacción de los agravios parecía ardua empresa, por la transmutación de
derechos y posesión de riquezas y señoríos otorgados cuando ardía la guerra a
los que se habían mostrado constantemente leales y habían entrado en posesión
de los bienes de los obstinados rebeldes. Por último, se acordó economizar
gastos y satisfacer en lo posible a las dos partes, ya con las sumas concedidas
al Rey por los barceloneses leales, ya con cercenar algo de las propiedades de
éstos, repartidas con arreglo a los convenios. Cuestión grave y difícil y
motivo de numerosas reclamaciones; pero que, como, al parecer, se trataba de
cosa menos importante, produjo no pequeña ventaja.
Mientras en Barcelona los
Reyes entendían con gran solicitud en el arreglo de estas dificultades, no
descuidaban los medios para recuperar el Rosellón; pero las artes y astucia del
rey Luis de Francia, no sólo entorpecían el triunfo de la justicia y del derecho,
sino que totalmente le contrariaban. Por esto parece excusada más minuciosa
mención de los medios a que se apeló en vano, y conviene reanudar la de otros
hechos relacionados con el principio de la guerra de Granada.
Desde los comienzos de su
reinado D. Fernando y D.ª Isabel tenían puesto el pensamiento en esta guerra;
pero nunca habían podido verse libres de innumerables dificultades, porque, ya
en una parte, ya en otra, su propósito tropezaba con un obstáculo donde menos
se esperaba. Cansados ya de tan prolongadas contrariedades, resolvieron
acometer la empresa sin detenerse por nada que pudiera estorbarla. Al tanto de
los levantados propósitos de los Reyes, recibieron algunos servidores secreto
encargo de encomendar el asunto a Diego de Merlo, Asistente de Sevilla, como a
hombre muy a propósito por su carácter para semejantes empeños, y que ponía
tanto más interés en el cumplimiento de las comisiones que los Reyes le daban
cuanto más numerosas eran, sin tener para nada en cuenta dificultades o
necesidades públicas. Por otra parte, en tales órdenes encontraba pretexto para
extender a todo su autoridad e involucrar con la comisión recibida otros muchos
negocios de índole muy diversa, porque por diferentes maneras había persuadido
al Rey del acierto que en todo le acompañaba y de las ventajas que sabía
proporcionar. Por eso se mostraba tan altivo e insoportable mientras gozaba del
favor, como abatido cuando le faltaba.
Conocido el deseo de los
Reyes de apoderarse de alguna plaza o fortaleza de los granadinos antes de
declararles abiertamente la guerra, empezó a disponer lo necesario para
satisfacerle. Don Fernando le comunicaba por cartas cuantos planes se le daban
relativos a la empresa, y, a su vez, Merlo le proponía las medidas que
consideraba necesario adoptar en Andalucía. Mientras esto se trataba, empezó a
dar más claros indicios de sus intentos, atacando de repente con sus tropas la
aldea de Villalonga, en término de Ronda, fortísima por su situación y reparos,
y lugar señalado por frecuentes descalabros de los nuestros. En la escaramuza
perdió algunos caballos, y cayó despedazado por los moros el ilustre jerezano
Pedro Núñez, de las tropas del Marqués de Cádiz.
Era éste entre los
magnates andaluces el primero en las artes de la guerra y el segundo en
poderío. Receloso en sumo grado de las informaciones del Asistente Merlo, a
quien los Reyes daban en todo entero crédito, no esquivaba peligro alguno,
antes cuantas veces solicitaba su concurso reunía sus lanzas y peones a las
tropas sevillanas, para que no pudiera decir, como acostumbraba, que era un
obstáculo para sus acertadas medidas. Este consentimiento del Marqués, por otra
parte eximio caudillo, le acarreó a él y a los suyos no pocos daños. En esta
expedición, funesta para los nuestros, pero de escaso quebranto para los moros,
no contradijo en nada las disposiciones de Merlo, como no rehusó, después del
descalabro sufrido junto a Villalonga, ir a Ronda, tan inexpugnable por su
posición, por sus defensas y por su fortísima guarnición. Allí se apoderó de
una torre, distante de las murallas, y conservada, con buen acuerdo, por los
rondeños para refugio contra las incursiones del enemigo, y arrasó el reparo,
para que aquella entrada no pareciese enteramente inútil.
El Asistente propalaba que
con ella no se había propuesto declarar la guerra a los moros, sino castigar a
los rondeños por haber roto las treguas ajustadas. Los sucesos posteriores
demostraron que la expedición contra los rondeños estaba muy lejos de sus
propósitos. En efecto: en el camino, antes de entrar en territorio de Ronda,
había apostado 50 lanzas escogidas al mando de su hermano, Juan de Merlo, las
cuales, volviendo grupas y pasando el Guadalquivir, marcharon a Niebla con el
propósito (confesado luego por su guía Velasquillo) de apoderarse del Duque de
Medina Sidonia, en cuya casa se había criado el infiel guía desde niño, en
ocasión en que el Duque, según su costumbre, fuese al campo de San Juan con
cuatro a cinco criados. Pero como el Velasquillo iba delante de descubierta, no
pudo ocultarse a sus antiguos compañeros, a quienes apareció patente su
traición por serles bien conocidos sus agravios al Duque. Conducido a su
presencia e interrogado sobre la causa que le llevaba a aquellas tierras, respondió
con semblante turbado y palabras entrecortadas que él y sus compañeros sólo, se
proponían apoderarse de algunos de los conversos condenados por herejes. Luego
en el potro confesó la traición concertada con Diego de Merlo.
Hace verosímil la
declaración de esta complicidad la circunstancia de llevar Velasquillo el mejor
caballo de Merlo e ir por su orden guiando a los demás jinetes. Además, se
observó no haberle producido la menor contrariedad el descalabro de la
expedición contra Ronda, y cuando sus 50 de a caballo vinieron a darle cuenta
del fracasado ardid los dirigió miradas coléricas y en todo el día ni les habló
palabra, como hombre que era incapaz de ocultar sus afectos. Poco después, el
Duque, conocedor de la enemiga de Merlo, dio cuenta de lo ocurrido a los
Grandes, para que se quejasen a los Reyes de la traición contra él urdida,
cuando tan manifiesta era a todos su lealtad y su perseverancia, desde el
principio del reinado, en cuanto tocaba a la felicidad de D. Fernando y de D.ª
Isabel, por lo cual confesaba no haber temido jamás las asechanzas ni la muerte
merecida por los culpables, antes esperaba las honras mercedes debidas a la
lealtad acrisolada y ser ante los Reyes grato intérprete de las súplicas de
amigos y parientes. Muy al contrario de esto, parecíale haber descubierto en el
Rey indicios de ánimo hostil contra su persona, pues a nadie era creíble que
sin su consentimiento el Asistente Merlo se hubiese lanzado al execrable crimen
intentado. Este ejemplo, decía, podría servir de aviso a todos los Grandes de
León y Castilla para confiar menos en sus méritos que en su previsión para
librarse de las asechanzas.
Tales fueron las razones
que, por encargo del Duque, expuso ante los Grandes, sus amigos, Diego Dayón,
quien, por acuerdo unánime de éstos y, por orden de aquél, fue a encontrar al
Rey, a la sazón ocupado en los asuntos de Cataluña, Aragón y Valencia. Cuando
la Reina, principal favorecedora del Asistente, oyó las quejas del Duque,
protestó de la rectitud de sus intenciones, de su buena fe y absoluta
inocencia, añadiendo a estas disculpas, afirmadas con juramentos, que perdiese
la vida al malograrse el fruto que llevaba en sus entrañas, si jamás, ni por
pensamiento, había imaginado nada en daño del benemérito Duque. Si la envidia u
otra mala pasión había impulsado al Asistente sevillano al delito, estaba
pronta a castigar al culpado en cuanto se hiciese patente su crimen. En todo lo
demás dio al enviado cumplida y generosa satisfacción, mostrándole el más
afable semblante. El Asistente se disculpó por cartas, jurando y perjurando que
estaba inocente de toda culpa o maquinación criminal; pero el Duque se resolvió
a adoptar mayores precauciones, aunque disimuló prudentemente acerca de lo
pasado y proveyó con más cuidado a lo futuro.
En Sevilla se procedió al
castigo de los conversos de la ciudad, que, como los demás andaluces de su
ralea, eran conocidamente refractarios a la fe católica. Titubeaban, sin
embargo, los cristianos en señalar los sospechosos de herejía, y reputaban por
más inficionada a la plebe de los conversos que a los principales de entre
ellos; pero convencidos de la perversión de los que la habían inducido a los
mayores errores, castigaron a los cabezas juntamente con sus prosélitos,
entregándolos a las llamas o sepultándolos en lóbregos calabozos. Estos casos
fueron mucho más terribles que en parte alguna en Sevilla, porque aquí tuvo
principio la Inquisición y porque de día en día aumentaban los delitos y se
iban descubriendo las maldades y traiciones de los conversos, que encaminaban
sus inicuos, propósitos a mayor daño del nombre cristiano. Mas no
aprovechándoles toda su astucia para escapar al castigo, y no contando ninguno
con segura morada, porque a muy pocos les aconsejaba su conciencia permanecer
en la ciudad, encontraron pretexto para salir de ella en la terrible peste que
allí estalló a principios de 1481. Ella fue tal, que hizo entre ellos cerca de
16.000 víctimas. Otros tantos hablan escapado al castigo con la fuga, de modo
que el aspecto de la ciudad era tristísimo y parecía casi deshabitada.
Vino a aumentar la
tristeza de muchos de los principales una terrible desgracia. El 15 de Febrero
de aquel año, a media noche, se hundió de repente un edificio que se tenía por
muy fuerte, y en sus ruinas perecieron Fernán Arias de Saavedra, cabeza de los
de este apellido, su mujer y la mayor parte de sus hijos.
El primero, después de la
muerte de su padre Gonzalo de Saavedra, desastrada también, como referí en
anteriores capítulos, se había mostrado rebelde a los Reyes, resistiendo cuanto
pudo la entrega del castillo de Utrera; pero después de rendido y castigada la
guarnición, se modificaron los pactos, conviniéndose en que D. Fernando
entregase a Tarifa, mucho tiempo hacía en su poder, al almirante D. Alfonso
Enríquez, tío del Rey, pero conservando la villa de Zahara, confinante con
Ronda, adyacente a la jurisdicción de Sevilla y baluarte para la seguridad de
los campos que dominaba, por más que Fernán Arias, mientras duraron los furores
de la rebelión, se mostró cruel con los caminantes. A la muerte de éste quedó
heredero su primogénito Gonzalo Arias, a la sazón resuelto partidario del rey
D. Fernando; pero falto de la vigilancia paterna, descuidó la guarda de Zahara,
y confiado en lo fuerte de la posición y de las defensas del castillo, le dejó
sin la necesaria guardia y se fue a Sevilla, donde se entregaba a vida
licenciosa. Los sagaces moros, advertidos de esta negligencia, en la noche
oscura y tempestuosa del 27 de Diciembre de 1481, escalaron el muro por la
parte tenida por inaccesible, se apoderaron del castillo sin la menor
resistencia y antes del alba, de la villa y de todos sus moradores, que
llevaron cautivos a lejanas tierras, dejando fuerte guarnición para grave daño
y ruina de los cristianos de aquellos contornos.
Poco después, y con igual
diligencia, intentaron, los granadinos apoderarse de Castellar y Olvera; pero
la vigilancia y resolución de las guarniciones frustró sus planes.
Libro II
(1482)
Sentimiento de los Reyes por la pérdida de Zahara. -Recuperan
los moros a Portela y toman a Montecorto y Ortejícar. -Convenios tradicionales
entre moros y cristianos durante las treguas y la guerra. -Desacertadas
concesiones hechas a los granadinos. -El adalid Ortega de Prado se apodera de
Alhama. -Sitia Albuhacén la villa. -Acude en su socorro el Duque de Medina
Sidonia con el estandarte de San Fernando. -Regresa el Rey precipitadamente a
Andalucía. -Los moros desisten del ataque de Alhama. -Relaciones entre el
Marqués de Cádiz, el Duque de Medina Sidonia y Merlo. -Injusto reparto del
botín cogido en Alhama. -Junta de los Grandes con los Reyes en Córdoba para
tratar de los planes de guerra. -Refuerzos enviados a Canarias. -Son rechazados
los moros en Zahara y en Alhama. -Discordias entre el Papa y el rey de Nápoles.
-Convoca D. Fernando a las tropas en Córdoba para el cerco de Loja. -Nacimiento
de la Princesa D.ª María y sucesivo aborto de la Reina. -Inténtase, sin
resultado, hacer desistir al Rey del sitio de Loja. -Fracaso de la empresa.
-Encuentro desgraciado en Barcelona entre galeras catalanas y genovesas.
-Llegada a Córdoba del duque de Viseo. -Destronamiento de Albuhacén y
proclamación de Boabdil. -Castigos de conversos en Sevilla.
La noticia de la pérdida de Zahara causó honda tristeza al Rey,
cuyo abuelo don Fernando de Aragón, mientras la reina de Castilla, muerto su
hermano Enrique III, ejercía la tutela de D. Juan II, heredero de estos reinos,
en edad pupilar había castigado duramente a los granadinos apoderándose de
Antequera, y después, tras largo asedio, a Zahara, reconocido el vano empeño de
tomarla por asalto. Así, el nieto se dolía de que en su tiempo se hubiese
empañado en parte la gloria del abuelo, y como movido por irresistible impulso,
se afirmaba más y más en romper abiertamente la guerra contra los granadinos.
Mientras se deliberaba acerca del plan, y por temor a un fracaso se desechaba
toda empresa intempestiva, el Rey resolvió tramar algún ardid contra los moros.
Éstos, por antiguas leyes
de la guerra, disimulaban semejantes novedades cuando dentro del plazo de las
treguas se apoderaban por sorpresa de alguna villa o castillo, siendo convenio
de antiguo observado entre andaluces y granadinos, y aprobado por sus respectivos
reyes, que dentro de los tres días fuera lícito a unos y a otros atacar los
lugares de que creyeran fácil apoderarse.
En virtud de estos
convenios, el granadino Muley Albuhacén recobró a Cardela, expugnada antes por
el Marqués de Cádiz; ocupó el castillo de Montecorto, y después de tomado por
los nuestros, se le arrebató nuevamente. Asimismo, y con repentina entrada, se
apoderó de Ortejícar, mal defendido por cobardes guardas, aunque al cabo, y a
pesar de las treguas, le recuperaron nuestros soldados al mando del Marqués de
Cádiz y de algunos caballeros andaluces. A moros y a cristianos de esta región,
por inveteradas leyes de la guerra, les es permitido tomar represalias de
cualquier violencia cometida por el contrario, siempre que los adalides no
ostenten insignias bélicas; que no se convoque a la hueste a son de trompeta, y
que no se armen tiendas, sino que todo se haga tumultuaria y repentinamente.
De estos pactos se
valieron los moros durante las treguas con más astucia que los nuestros; luego
les favoreció la desidia de los cristianos, y además se concedió a los
granadinos, contra toda razón, por permiso o por orden de los Reyes, cuando en
años pasados residieron en Sevilla, libre navegación de ida v vuelta al África
desde las costas de Málaga y desde todo el reino de Granada. Nunca hasta este
tiempo, por una previsión muy acertada, se habían concertado semejantes pactos.
Creo, sin embargo, que las constantes maquinaciones de los reyes de Portugal y
de Francia debieron obligar a los nuestros a tan insólitas concesiones. Otros
desaciertos se cometieron también en los gastos de nuestros armamentos, y uno
de los más funestos fue el cambio de la antigua armada de galeras de la dársena
de Sevilla por carabelas, a consecuencia de haber persuadido al Rey del escaso
valor de las primeras para la guerra y de las ventajas de las últimas en cuanto
a economía y velocidad. Como además D. Fernando daba su aprobación a los planes
del Asistente Diego de Merlo, se adoptaron al principio muchos planes, que
luego el resultado demostró haber sido desacertados.
Los repetidos informes de
los mensajeros confirmaban en el propósito de atacar a Alhama, poseída por los
granadinos. Su situación y sus fortificaciones les hacían descuidar la
vigilancia, confiados en que por la proximidad a Granada y por lo seguro de su
emplazamiento nada tenían que temer del enemigo. Dedicábanse los vecinos a sus
tráficos; las mujeres frecuentaban las saludables termas alimentadas por los
manantiales que allí nacen; todos vivían entregados a sus vicios y placeres,
descuidando toda precaución. Conocido este estado de cosas, sólo se aguardaba
oportunidad para acometer una empresa, de todos modos arriesgada. Por suerte,
se ofreció a llevarla a cabo un arrojado joven, que en breve tiempo había
realizado en Cataluña notables hazañas. Llamábase Ortega de Prado, noble
caballero leonés, que desde mancebo había seguido a D. Juan II de Aragón.
Encargado por el Rey de inspeccionar los alrededores de la villa, aseguró que
se comprometía a ocupar por sorpresa el alcázar, con tal que antes de arrimar
las escalas no se apercibiesen los habitantes de la presencia de numerosas
fuerzas nuestras de caballería e infantería. Elogió don Fernando el arrojo del
esforzado joven, y dio el encargo de disponer la empresa al Asistente Diego de
Merlo, enterado del plan y cada día más ensoberbecido, hasta el punto de no dar
parte ni al mismo Marqués de Cádiz de lo proyectado, y sí sólo de la necesidad
de la expedición a que aseguraba tendría que recurrir pronto.
Entretanto se fabricaban
escalas para responder a las dificultades previstas y se recogían tropas en los
lugares del territorio sevillano. Reunidos unos 2.500 caballos y 4.000
infantes, pusiéronse al frente el Marqués de Cádiz, el adelantado de Andalucía
D. Pedro Enríquez, tío del Rey, Juan de Robles, corregidor de Jerez, el alcaide
de los alcázares de Carmona, Sancho Sánchez de Ávila y Diego de Merlo, y
siguieron la ruta que éste les indicó. La empresa empezó con fortuna, porque, a
pesar de su astucia, el enemigo no se apercibió de la entrada de los nuestros
durante tan largas jornadas por los desfiladeros y elevadas montañas del
territorio granadino, cuando tan fácilmente los podían descubrir, además de lo
numeroso de la hueste, la considerable impedimenta que llevaban. Después de dos
días de marcha por territorio enemigo, la noche siguiente al 27 de Febrero de
1482, antes de amanecer, Ortega de Prado echó las escalas, subió a la muralla,
degolló a los desprevenidos centinelas y ocupó la torre del Homenaje con los
soldados que tras él subieron, porque ninguno quiso dejar de seguirle.
Dificilísima hubiera sido
la empresa a no haber estado a la sazón ausente el Alcaide, que dejó
encomendada a su mujer la guarda de la fortaleza. Cuando amaneció y los moros
vieron tan amenazada su libertad con la ocupación de aquélla, corrieron en
pelotones por los estrechos barrios en que acostumbran habitar, y con el mayor
denuedo trataron de impedir la salida al enemigo, confiados en que el rey
Albuhacén acudiría rápidamente y con numerosas fuerzas en su auxilio en cuanto
conociera el peligro en que se hallaban. No era vana su esperanza, por la
facilidad para cualquier jinete de recorrer la llanura entre Granada y Alhama
saliendo de allí en las primeras horas de la mañana para llegar a esta ciudad
al mediodía. Conocido por los nuestros el inminente riesgo, horadaron el muro
por un extremo, y rompieron furiosamente contra los moros que les cerraban el
paso.
Allí perecieron algunos de
ambas partes, combatiendo con tesón, los de Alhama, para dar tiempo al esperado
socorro; los nuestros, para ganarle, apoderándose cuanto antes de la villa. El
valiente alcaide de Carmona, Sancho de Avila, fue muerto por los enemigos en
una estrecha callejuela, por no conocer la localidad y haberse lanzado
incautamente contra los moros, confiado en el socorro de sus soldados, que se
retrasaron. Intentaron los moros llevarse el cadáver; pero los nuestros se lo
impidieron, haciendo huir a los armados a refugiarse en las mezquitas, donde ya
se había reunido la multitud inerme. El Marqués de Cádiz, el Adelantado y los
demás caballeros, los atacaron allí furiosamente; defendiéronse ellos no menos
resueltos; pero al cabo, antes que acudiese Albuhacén, la villa con todos sus
habitantes y cuanto encerraba había caído en poder de los nuestros. No dejó,
sin embargo, de aterrarles la llegada del moro con 3.000 jinetes y 50.000
peones, porque les impedía la aguada en el arroyo que corría por la parte más
elevada de la población.
Ni la única puerta de la
villa les ofrecía segura salida para buscar el agua, ni por la mina abierta en
la parte opuesta podían acercarse al arroyo sin peligro, porque, en frente,
flecheros y espingarderos granadinos, situados en un altozano, tiraban sobre
cuantos desembocaban de la mina. Tan intolerable situación excitaba a los
nuestros a lanzarse al combate con los moros; pero ocurríasele la dificultad de
no poder desplegar las numerosas fuerzas fuera de la puerta de la ciudad por
algún sitio próximo al enemigo, porque lo estrecho de la salida los obligaba a
presentar un frente muy reducido y, por tanto, a pelear con desventaja. El
doble aprieta de los nuestros hizo saltar de gozo a los granadinos, que
vociferaban, los amenazaban con próxima matanza y gritaban cual si ya los
tuvieran cogidos en la red. Nada de esto alteraba la imperturbable serenidad de
nuestros soldados; sólo se les hacía insufrible la persistente dificultad para
la aguada. Por temor a la llegada de refuerzos, los moros emprendieron repentinos
y frecuentes ataques, en que perdieron no poca gente, sin grave daño de nuestra
parte, a pesar del temerario arrojo con que aquella multitud, en su ansia de
recuperar la villa, llegó hasta minar los cimientos y arrimar las escalas.
El valor délos defensores
rechazó fácilmente el arriesgado e infructuoso ataque del enemigo; pero éste
continuaba cifrando sus esperanzas en el temor de los nuestros a morir de sed.
Érales forzoso salir del apuro, o por algún golpe de audacia de los que desembocasen
repentinamente de las minas, o de los que en la oscuridad de la noche lograran
aprovechar alguna oportunidad favorable. Movido por el ansia de alcanzar su
libertad cierto cautivo de Alhama, descubrió a nuestros soldados una escondida
cisterna; pero resultó insuficiente para la aguada de tres días de la multitud
de caballos y acémilas.
Sin retraerse los nuestros
de derramar su sangre para procurar agua a la caballería, enviaron además
sigilosamente a media noche a hombres conocedores de los caminos, ofreciéndoles
grandes premios si hacían llegar a su destino cartas en que se avisaba a todos
los andaluces que si inmediatamente no se les enviaba socorro bastante fuerte
para darles franca salida, perecerían sin remedio a causa de la misma multitud
encerrada en la villa. Hizo mella el aviso en los cordobeses más próximos a
Alhama, -y enviaron unos 1.000 caballos y cerca de 3.000 peones, al mando de D.
Alfonso de Aguilar y del corregidor de Córdoba Garci Fernández Manrique. El
enemigo, en emboscada en un monte, hubiera exterminado estas fuerzas, que
debieron su salvación a haberse apercibido a tiempo del peligro y regresado a
sus cuarteles antes de llegar a la celada.
Con esto no quedaba a los
cercados más esperanza que el socorro del Duque de Medina Sidonia; pero se le
creía mal dispuesto con los principales, pues con el Marqués de Cádiz había
tenido graves contiendas y con el adelantado D. Pedro Enríquez seguía encarnizado
pleito. Tampoco faltaban al Duque razones para aborrecer al Asistente de
Sevilla; mas, a pesar de todo, este mismo le escribió llamándole futuro
libertador de los cercados, y los caballeros sevillanos aumentaron con sus
ruegos la urgencia expresada en las cartas, exponiendo, entre otros peligros,
el que a todos amenazaba con el desastre de la patria si el Duque en persona no
acudía al socorro con el estandarte de la ciudad. Accedió D. Enrique a las
súplicas, aunque ya antes, al recibir la noticia de la expedición de los
rondeños contra la villa de Arcos, del señorío del Marqués de Cádiz, corrió a
defenderla al frente de 400 caballos; le avisó que no se moviese de Alhama, y
oportuna y eficazmente, cual si entre ambos Grandes mediase íntima amistad, auxilió
a la Duquesa y a los Vecinos de Arcos.
Este acto pareció
magnánimo, especialmente porque pocos días después acudió con numerosas fuerzas
para la expedición de Alhama, bajo el estandarte del preclaro conquistador de
Sevilla. Muchos nobles andaluces quisieron formar parte de aquélla, como el maestre
de Calatrava D. Rodrigo Téllez Girón y suprimo el Marqués de Villena, Lope
Vázquez de Acuña, adelantado de Cazorla, y otros caballeros cordobeses. Contra
lo que se esperaba, de unas y otras partes pudo reunirse una hueste de cerca de
5.000 caballos y 40.000 peones, con la que seguramente los granadinos no se
atreverían a pelear.
Entretanto, los Reyes
vinieron desde Aragón a Medina del Campo, donde recibieron la noticia de los
sucesos de Alhama con menos alegría que ansiedad, porque el primer triunfo de
la ocupación era para los nuestros amenaza, más que de gravísimo peligro, de terrible
desastre. Por esto el Rey marchó apresuradamente a Andalucía, sin escolta
alguna, y, a causa de la premura, fueron muy pocos los criados que pudieron
acompañarle hasta Córdoba. El 23 de Marzo aceptó un caballo de cierto caballero
cordobés; envió cartas urgentes a los puestos militares para que le aguardasen
en el camino y, entró en la Rambla, donde supo que el Duque de Medina Sidonia
probablemente habría entrado ya con sus tropas en Alhama, porque en ocho días
había recogido numerosa hueste Y marchado el primero a socorrer a los sitiados
en tan apurado trance. Su valeroso arranque había infundido tal terror en la
muchedumbre granadina, que por medio de sus corredores habían advertido al rey
Albuhacén el desastre que le aguardaba si se resolvía a esperar al ejército
cristiano, pronto a llegar.
Grande fue la alegría de
los nuestros por haber dado franca salida y proporcionado agua a los cercados,
próximos a perecer de sed, quedando preparados a pelear con el enemigo, que no
se presentó a estorbarles salvar de muerte tan atroz a aquella noble multitud
de cristianos. El Marqués de Cádiz, que durante aquel aprieto a nadie cedió en
esfuerzo y actividad, fue también el primero en felicitar cordialmente al
Duque, antes su enemigo. Inmediatamente evacuaron la villa las tropas, quedando
sólo la guarnición precisa para guardarla. Pretendió el Asistente Merlo el
primer día del ataque de la villa atribuirse la principal gloria del hecho; mas
como su valentía no igualó a su arrogancia, casi todos le despreciaron. Ya el
Marqués y el Adelantado de Andalucía habían resuelto alejarse antes de verse
sitiados; pero conocida la cobardía del Asistente en los peligros, no se
movieron de allí hasta convencerse de que no amenazaba ninguno a la guarnición.
Nuevamente intentó Merlo que quedase encerrado en Alhama el pendón de Sevilla,
a fin de retener a su lado a los caballeros que le acompañaban; pero
opusiéronse todos, alegando que aquella insignia del invicto rey D. Fernando
estaba sólo consagrada a la libertad y a la victoria, y si se la encerraba en
los muros de Alhama no sería preciso llevar socorro, sino implorarle. La
repulsa encolerizó al Asistente.
Al repartirse después el
botín cogido en Alhama, que fue cuantioso, surgieron encarnizadas disputas,
porque la mejor parte tocó a los más poderosos, no a los más beneméritos. Así
la multitud de cautivos, jóvenes y adultos, como las alhajas robadas después,
fueron premio de la violencia más que de la justicia.
La Reina, a pesar de su
embarazo, siguió al Rey en su viaje, y al tratarse en Córdoba en junta de
Grandes de los cargos de la guerra, fue opinión unánime que se continuase
activamente, en especial cuando por todas partes parecían haber desaparecido
los antiguos obstáculos, puesto que la empresa de Otranto había sido ventajosa
para los nuestros, y el haber quedado así los sicilianos libres de todo temor
era circunstancia muy favorable para la guerra de Granada. Además, una estrecha
alianza había hecho amigos a los reyes de Francia y de Portugal, y, por tanto,
a los de Castilla y León incumbía combatir al feroz enemigo del catolicismo y
dominador durante tantos siglos de territorio tan extenso en Andalucía. Así se
evitarían los legítimos habitadores de la península mayores amenazas de nuevos
desastres por parte de los moros o árabes, que ejercieron tanto tiempo en ella
sus crueldades merced a la vergonzosa desidia de los nuestros, y, confiados en
ella, no temerían las dificultades que les rodeaban, cuando por tierra y por
mar el poderío y el número de los nuestros podía, en un momento, dar buena,
cuenta de sus escasos y endebles contingentes. Pero aunque la opinión de los
Grandes era unánime en cuanto a romper la guerra, no así respecto al modo de
hacerla. Algunos preferían a los demás planes el inmediato sitio de Málaga, y
apoyaban. su parecer en sólidas razones. Los Reyes, persuadidos de antemano por
el Asistente Merlo de que el complemento de la fácil ocupación de Alhama sería
el ataque de Loja, procuraban hacer triunfar esta opinión. Mientras se
preparaba lo necesario, enviaron a Canarias refuerzos de tropas y provisiones,
a fin de dar feliz remate a la conquista empezada con tanto esfuerzo y tantos
gastos, y desenmascarar los ardides de algunos intrigantes Corregidores.
Entretanto, los moros
granadinos, maquinando el daño de los nuestros y aprovechando la oportunidad
que se les ofrecía después de la ocupación de Zahara, empezaron a molestar con
algaradas a los moradores de los lugares comarcanos. Dos veces lo intentaron
con desgracia. El animoso corregidor de Utrera, Gómez de Sotomayor, reprimió la
primera, rechazando a 200 jinetes que corrían a sus anchas la tierra,
cogiéndoles los ganados robados y cautivando a los pastores. A pesar de no
poder reunir de pronto sino unas 90 lanzas y 30 peones que se le agregaron en
el momento del combate, no vaciló en empeñarle contra un enemigo muy superior
en número. Con tan escasa fuerza derrotó a los moros, mató 80, cuyas cabezas
llevó colgando de las riendas, y, con este trofeo y con 90 caballos llevados
del diestro por los dados vencedores, dio patente testimonio de la victoria.
Poco después, con igual suerte y con tropas también inferiores a las del
enemigo, pero con superior esfuerzo, venció a los jinetes moros de Zahara.
Mientras se hallaba mayor
oportunidad para madurar los planes concertados, dispuso el Rey que
sustituyesen a Merlo sujetos activos, acostumbrados a las fatigas de la guerra,
para que mientras acudía a deliberar sobre los planes futuros, que en gran
número había presentado en sus cartas como de fácil ejecución, se mantuviese en
Alhama guarnición suficiente para su defensa, porque, como demostró la
experiencia, se necesitaban considerables fuerzas Rara tener a raya la furia de
los moros. Ya se disponía D. Fernando a ir a aquella villa con buen golpe de
gente para remediar la penuria de los cercados y relevar a los que habían
padecido tantos y tan prolongados trabajos, cuando cerca de Écija tuvo noticia
de que, el 21 de Abril, al despuntar el alba, los granadinos, aprovechando con
exquisita astucia el momento en que se relevaban escuchas y centinelas, habían
arrimado las escalas por la parte de las murallas en que los inaccesibles y
elevados peñascos permitían prescindir de baluartes y centinelas fijos. Así que,
contra lo que se creía, el enemigo había ocupado primero la parte más elevada
de la población y presentádose amenazador por las calles antes de que se
percatasen de su entrada.
Los pocos cristianos que
divisaron primero los estandartes enemigos se lanzaron contra ellos con el
mayor silencio, así para que el Alcaide supiera cómo podía salirse del apuro
sin levantar vocerío, como para evitar a los compañeros que resistían en la otra
parte, ya abiertamente combatida por Albuhacén, el grave peligro de
atemorizarlos con el griterío del primer encuentro. Por ambas partes se peleaba
con extremado valor; pero favoreció a los nuestros la suerte. Un puñado de
ellos arrojó por las murallas a unos 50 moros que habían trepado por las
escalas, rotas ya al peso de la multitud que pretendía seguirlos. También se
apoderaron de los estandartes que otros enarbolaban después de darles muerte.
Fue muy elogiado el valor
de dos caballeros sevillanos, Pedro de Pineda, el primero que salió solo al
encuentro del enemigo, ya dueño de los arrabales, y Alfonso Ponce, ambos
parientes del Marqués de Cádiz, y más distinguidos aún que por la nobleza del linaje,
por su arrojo. Su ejemplo fue imitado aquel día por otros muchos, y así
pudieron frustrarse los esfuerzos del enemigo. El rey D. Fernando llegó a
Alhama a los siete días, el 29 de Abril, y con extraordinaria solicitud proveyó
a todas las necesidades; reforzó la guarnición y puso a su frente al noble y,
aguerrido Luis Portocarrero, hombre muy a propósito para cargos de esta índole.
Él supo ahogar todo germen de sedición, y con su suave trato e innata
liberalidad, consiguió que los soldados no se distrajesen de la vigilancia
necesaria para la defensa. Viendo los moros el mal éxito de su acometida,
renovaron sus repentinas algaradas, y en pocos días talaron por dos veces los
campos de Alcalá de los Gazules.
Provistas ya las urgencias
de Alhama, D. Fernando regresó con sus tropas, y al volver hacia Córdoba quiso
examinar la situación de Loja. Engañado por una rápida inspección, adoptó el
común parecer de considerar muy fácil la toma de la ciudad, siempre que,
sentados los reales, pudieran emplazarse la artillería y máquinas de guerra.
Aumentaron estas angustias
y cuidados ciertos mensajeros de su primo el rey D. Fernando de Nápoles, con la
noticia de haber surgido nuevas controversias entre él y el Papa Sixto,
causadas por las inicuas artes del conde Jerónimo que, desviando el ánimo del
Pontífice, su tío, del antiguo afecto hacia el Rey, le había hecho preferir la
alianza con los venecianos a la antigua amistad, olvidado del concorde
propósito con que, después de los ultrajes inferidos por los florentinos al
Cardenal de San Jorge, a causa de la muerte de Julián de Médicis, ambas
potestades habían hecho la guerra con igual tesón. Pero el Papa había
sacrificado todas las atenciones debidas al complaciente Monarca por favorecer
al sobrino, ya reconocido por ciudadano entre los de Venecia. Por esta razón
convenía que el Rey y todos los Señores de recias intenciones, con algunos
dominios en Italia, procurasen refrenar, en cuanto, estuviera en su mano, la
excesiva audacia del joven. Y si el Papa andaba desacertado en el gobierno de
la Sede Apostólica, deber era también de los Príncipes católicos reducirle al
buen camino para evitar la total ruina del Catolicismo, cuya decadencia era
evidente. Así, pues, convenía más que a todos a D. Fernando, rey de León y
Castilla, Aragón y Sicilia, su primo, insistir en este mismo propósito, tanto
por la firme alianza entre ellos establecida, como para no ser víctima de los
abusos de la omnímoda autoridad pontificia.
Contrarió mucho a D.
Fernando esta embajada, principalmente porque a las demás urgencias venía a
agregarse esta abierta oposición a la voluntad pontificia, tan perjudicial en
aquellos días en que estaba pendiente de su concesión la Bula de indulgencias con
que había de obtenerse el pedido de fondos necesarios para la guerra de
Granada.
Aceptó el difícil papel de
mediador; pero llegó a tanto el encono de los dos partidos, que no pudo impedir
el rompimiento. El rey de Nápoles envió a su hijo D. Alfonso, príncipe de
Capua, con fuerzas considerables a las poblaciones próximas a Roma, que se
mantuvieron obedientes a sus Señores. Por aquí parecía que amenazaba serio
peligro al Pontífice; pero lo mitigaba la esperanza de próximo socorro de los
venecianos. Este no podía llegar ni más pronto ni por otro medio que por
intercesión de Jerónimo, y así, dejó guarnición en Roma y por el Piceno marchó
a Venecia. Pronto acudieron en auxilio del Papa numerosas tropas mandadas por
el capitán de Rímini Roberto Malatesta. El Príncipe de Capua no esquivó el
combate, a pesar de la inferioridad de las suyas, y esta temeridad fue causa de
la horrible matanza que sufrieron, y de que a duras penas lograse él escapar de
manos de los vencedores, salvándose en una galera merced al auxilio que le
prestó un turco que llevaba en su compañía. No amilanó este descalabro al rey
de Nápoles; antes, ayudado por la casualidad, pudo retar al enemigo, con mayor
pujanza, porque, muerto en Roma Malatesta, el vencedor caudillo, las cosas
mudaron tan repentinamente de aspecto, que nuevamente se consideró vencedor
ejército del rey de Nápoles, poco antes derrotado.
Continuando el Rey
asiduamente ocupado en los preparativos de la guerra de Granada, envió
embajadores al Papa y a los demás potentados de Italia con facultades para
tratar en su nombre de la paz o de la guerra de cualquier modificación en las
alianzas. Diose este encargo al obispo de Gerona D. Juan Margarit, noble y
entendido sujeto, y al docto jurisconsulto Bartotomé de Berino, no de tan noble
linaje como el primero, pero muy a propósito para el cargo que se le confiaba.
En su calidad de mediadores y exploradores podían resolver lo más conveniente a
su parecer, siempre que no se tocase a la constante alianza con el rey de
Nápoles, primo de D. Fernando, tanto en lo pertinente a su esencial utilidad y
honor, como en las condiciones suplementarias. Una de ellas, por ejemplo, era
la causa del yerno del rey de Nápoles, el Duque de Módena y Ferrara, a quien
los venecianos, aprovechándose de su vecindad y de la superioridad de sus
recursos, hacían cruda guerra, con intención, según se decía, de que la ruina
del yerno arrastrase la del suegro.
Atento D. Fernando a
secundar los vivos deseos de su carísima esposa D.ª Isabel de hacer la guerra a
los granadinos, continuó los preparativos hechos y dispuso reunir considerables
tropas por todas partes, desde Vizcaya y Guipúzcoa y las costas del Océano,
hasta los límites de Castilla, con orden de presentarse en día señalado en
Córdoba, ciudad populosa y confinante con el territorio enemigo. Como faltaba
dinero para sostenerlas, el Rey prefería llamar a las tropas asoldadas por los
pueblos, aunque contra su voluntad, porque antes con mucha frecuencia y por
disposición del Asistente Merlo, contra la costumbre y fueros municipales, les
suministraban estipendio para librarse de la nota de desidia; pero luego fueron
acostumbrándose a rechazar aquella contribución. Produjo esto más tarde
funestas consecuencias, porque, confiado el Rey en estos contingentes, creyó
bastante para el cerco y toma de Loja, de que esperaba apoderarse
inmediatamente, reducida hueste de los Grandes, junta con mayor número de las
enviadas por los pueblos, siempre que aquéllos las acaudillasen. Bajo este
supuesto dispuso la expedición, sin que le detuvieran las advertencias de los
que auguraban seguro desastre.
Coincidió casi la marcha
de D. Fernando con el parto de la Reina, porque la víspera, 29 de Junio de
1482, nació la princesa D.ª María. A las treinta y cinco horas, y antes que el
Rey partiera, abortó D.ª Isabel de otra niña. Tres meses antes se tuvo noticia
del principio de esta superfetación, no sin que muchos achacasen a mal agüero
la rareza del caso, principalmente por haber dispuesto el Rey el mismo día
retirar ceremoniosamente las banderas en aquella solemnidad, cuando era
costumbre celebrar la procesión antes de la misa; y esta desusada tristeza y
cierto alarde de abatimiento pareció presagio de algún desastre.
No por eso difirió el Rey
la empresa, y al amanecer del 1.º de Julio se puso en marcha, para entrar el
mismo día en Écija. Era allí tan grande el bélico aparato, que hasta los
almogávares confesaron que aquellas tropas vencerían seguramente al enemigo si
se atrevía a disputarles el paso. No faltaban quienes, pensando más
maduramente, auguraban a la expedición seguro descalabro y exponían razones
evidentes contra el ataque de Loja, que más bien debería emplearse como falso
rumor para engañar al enemigo, preparado muy de antemano a la defensa. Más
fácil, decían, había de ser apoderarse, sin daño de los nuestros y con
repentina acometida, de la villa de Alora, confinante con Málaga, y luego,
aprovechando la victoria, emprender el sitio de esta ciudad, donde el mar,
siempre abierto a nuestras armadas, ofrecía diarios y abundantes
aprovisionamientos al ejército cristiano.
Desoyó tan prudentes
consejos el Rey, ya tiempo antes resuelto a la empresa de Loja. Y esto a pesar
de que, hecho el alarde acostumbrado, se halló un contingente muy inferior a lo
que aquélla exigía, porque se necesitaba establecer dobles campamentos y poder
disponer de una reserva. capaz de rechazar a la muchedumbre granadina sin
perturbar los reales, por ser segura la venida de Albuhacén en socorro de Loja
con 80.000 peones y más de 5.000 jinetes, cuando los nuestros no pasaban de
5.000 hombres de armas y 8.000 infantes. Una orgullosa confianza hacía
despreciar el atinado parecer de los veteranos y tener por cierto que,
satisfechos los de Loja con sus fuertes defensas, ni practicarían salidas, ni
Albuhacén empeñaría todo el ejército granadino en combate de tal importancia.
Prevaleció la opinión de los insensatos, y se creyó bastante para seguridad de
los soldados hacerlos pasar de uno en fondo el puente de Écija, y no intentarlo
nuevamente por vados inciertos y peligrosos, como si en esta medida consistiese
toda la solución del conflicto.
Al acercarse a los
confines del territorio enemigo, un alarde más escrupuloso que el primero hizo
aparecer tan exiguas las fuerzas de los nuestros, que nuevamente los caballeros
prácticos en las cosas de la guerra insistieron con el Rey para que no sacrificase
a opiniones inconsideradas el honor y la salvación de los suyos. El Marqués de
Cádiz, sobre todo, se esforzó en convencer a D. Fernando; pero no consiguió
hacerle desistir del propósito de ir a Loja. Mandó asentar los reales no lejos
del arrabal, y como es costumbre entre los castellanos que los Reyes den al
favor y no a la pericia militar el cargo de escoger el sitio del campamento,
éste se emplazó en lugar muy estrecho y bajo, dominado por alcores de que era
dueño el enemigo. Nuestra caballería no tenía allí libertad para maniobrar, ni
los escuadrones podían desplegarse en un momento dado, ni se podía atravesar el
río más que por vado peligroso, porque el puente estaba en poder del enemigo y
los nuestros no se cuidaban de echarle. La única esperanza de éxito consistía
en que repentinamente pudiesen los nuestros ocupar una cuesta próxima a la
ciudad y que la dominaba y así lo consiguió el valor de nuestros almogávares,
navarros y aragoneses, aunque no sin pérdidas, porque algunos de los más
esforzados perdieron allí la vida, si bien en venganza se enviaron a don
Fernando algunas cabezas de los defensores de Loja, testimonio del valor
demostrado en aquel difícil trance y estímulo para el honor del ejército. No
faltaron, sin embargo, quienes, para privar de la merecida recompensa a los que
habían traído las cabezas de los moros, les tildaron de vana ostentación de
fortaleza.
Inmediatamente ordenó el
Rey que se reforzara la tropa posesionada de la eminencia, y envió allá al
maestre de Calatrava D. Rodrigo Téllez Girón, recién llegado en escolta de las
provisiones; a su primo D. Diego Téllez Pacheco, marqués de Villena, y a su
pariente y amigo el Marqués de Cádiz, tan práctico en asuntos militares,
diestro y esforzado. Luego se levantaron trincheras en la altura, y para
atemorizar a los de la ciudad, se emplazaron cuatro ribadoquines. Todo esto se
hizo el primer día en que se estableció el campamento. Pero luego un insensato
orgullo hizo creer a algunos que si se asestaban contra la población bombardas
mayores, pronto se abriría brecha en las murallas. Nada se hablaba en este plan
de salidas de los enemigos. Esta insensatez encontró severo censor en el duque
D. Alfonso de Aragón, guerrero experimentado, y a quien acompañó frecuentemente
la victoria mientras mandó los ejércitos. Un padecimiento de la vista y la
obesidad, disminuyendo su aptitud para la guerra, dieron pretexto a los bisoños,
y por tanto, malos jueces en asuntos militares, para conceder menos autoridad a
la opinión del ilustre guerrero. El cual pronosticaba que el sitio elegido para
el campamento sería funesto a los nuestros; aconsejaba trasladarte a otro
sitio; construir puentes de tablas sobre el río, y distribuir a todos por igual
las provisiones, porque sólo se repartían entre aquellos soldados cuyos
caudillos se habían cuidado de traerlas para sí y para su gente. El resto del
ejército desde los primeros días padecía escasez de alimentos, hasta el punto
de tener que sacrificar las acémilas para suplir la falta de víveres.
Entretanto, el rey
Albuhacén preparaba en Granada numerosa caballería y aún mayor peonaje, y
destacó a Loja algunos pelotones de jinetes, que, caminando por la orilla
opuesta del río, entraron libremente en la ciudad a vista de los nuestros. Al
siguiente día de confiarse al Maestre de Calatrava y a sus compañeros de armas
el encargo de fortificar la cuesta, los de Loja, vista la confianza de los
defensores, salieron repentinamente por sendas desconocidas de los nuestros y
atacaron a los más próximos a la ciudad, que defendían la falda de la cuesta.
Eran éstos hombres de armas, y por la mayor resistencia de su armadura para
rechazar las repentinas acometidas del enemigo, se les había señalado aquel
puesto; pero como para las escaramuzas era más a propósito la armadura ligera
de los de Loja, desalojaron a los nuestros de sus puestos con tal furia, que el
maestre de Calatrava D. Rodrigo se presentó en el lugar del combate antes que
ningún otro de los Grandes para rechazará los moros, o por lo menos sacar a nuestros
soldados de la escaramuza. El desgraciado joven, de tan varonil belleza como
simpática distinción, cayó con el pecho atravesado de dos saetadas, y a duras
penas pudo arrancársele de manos del enemigo, que intentaba llevársele. Poco
después expiró.
La desgracia introdujo el
desaliento entre las tropas, y como la lucha se iba haciendo insostenible,
tuvieron que abandonar la cuesta a los vencedores, dejando en su poder los
cuatro ribadoquines. Al anochecer se ocuparon en la conducción del cadáver del
infeliz Maestre, y convencidos ya todos del mal emplazamiento de los reales,
después de consultar aparte a cada uno de los Grandes, ordenó el Rey la
retirada en cuanto amaneciese. No fue fácil la empresa, ni el menor obstáculo
el desaliento general de los soldados y el afán de pronta retirada ante la
noticia de que Albuhacén se aproximaba con numeroso ejército.
Al amanecer del día
siguiente, 14 de Julio, nuestra hueste, en larga y desordenada fila, sin que
las órdenes del Rey lograran contenerla y sin cuidarse para nada de la
impedimenta, emprendieron precipitada huida, abandonando hasta las tiendas.
Aumentaba el general temor la escasez de acémilas, sacrificadas casi todas para
suplir la penuria de mantenimientos, y aprovechando tal situación de ánimo los
de la ciudad y los 200 jinetes de refuerzo, cayeron con más osadía, a pesar de
su corto número, sobre los nuestros, imposibilitados de defenderse por el
estorbo del fardaje. Creyendo el Rey que si le veían arrostrar el peligro se
avergonzarían de su cobardía, se detuvo como ofreciéndose por blanco a la nube
de saetas y tiros de espingardas. Pocos, sin embargo, le acompañaron en el
peligroso trance, y de éstos, unos cuantos, con su adalid Bernardo Francés,
cortaron el paso a los jinetes moros y fueron persiguiéndolos hasta la orilla
del río, obligándolos a precipitarse en los remolinos de la corriente. También pelearon
denodadamente por salvar a su Rey de la osadía enemiga los pocos valientes que
a su lado quedaron; mas no pudieron impedir el robo de casi toda la
impedimenta.
Como D. Fernando, con el
parecer de los Grandes, había resuelto acampar en Riofrío, cerca de Loja, fue
preciso seguir al ejército hasta los términos de Antequera, o sea, hasta la
Peña de los Enamorados, cuyo sitio dista del primer campamento próximo a Loja
unas siete leguas. Tal confusión reinaba aquel día entre los nuestros, que si,
por acaso, un pelotón de 300 jinetes moros hubiese seguido picando la
retaguardia, nos hubieran causado grave y vergonzosa derrota, especialmente si
Albuhacén hubiese acudido oportunamente a auxiliarles con fuerzas importantes;
pero hasta el día siguiente no avanzó con tal objeto hasta Riofrío.
En el mismo día infirieron
grave daño a los barceloneses los genoveses, que por su antigua rivalidad con
ellos aprovechaban todas las ocasiones de perjudicarles. Con pretexto de
disturbios civiles, arribaron a las playas de Barcelona en algunas galeras y
una nave gruesa, cogieron rico botín y llegaron hasta amenazar con la
destrucción de la ciudad. Los catalanes, confiados en su escuadra de galeras
tripuladas por noble juventud, no vacilaron en acometer a la armada genovesa,
creyendo vencer fácilmente, por lo menos, a las galeras, porque nada se hablaba
de nave gruesa que en aquella costa pudiera ofrecer respeto. Los resultados
demostraron lo contrario, porque un viento favorable permitió al navío genovés
apresar la galera mayor de los catalanes y con ella la flor de su nobleza.
Pareció más amargo el descalabro porque se atribuyó al funesto augurio de una
tormenta.
Llegó por entonces a
Córdoba el ilustre Duque de Viseo, para quedar como en rehenes de la
observancia por arribas partes de los conciertos pactados. No pareció causarle
gran sentimiento el revés sufrido en Loja por D. Fernando. A los dos días de
salir éste de Córdoba, marchó el Duque a Portugal a proveer en lo de Alhama.
Las discordias de aquellos
días entre los granadinos favorecieron no poco a los nuestros. Acusaban a
Albuhacén sus vasallos de haber movido tarde contra aquéllos, cuando cercaban a
Loja, el numeroso ejército durante tanto tiempo reunido; de haber refrenado el
arrojo de su hijo queridísimo, y de otras muchas infracciones de las pristinas
leyes musulmanas en perjuicio de sus súbditos. Por ello le destronaron, y
aclamaron por rey a su hijo Mahomed Boabdil. Los malagueños y gran parte del
territorio de Granada siguieron prestando acatamiento al monarca destronado.
Entretanto, D. Fernando metió víveres y refuerzos en Alhama, y después de
elogiar la constancia y habilidad de Luis Portocarrero, le sustituyó en el
mando de la guarnición por Luis Osorio, noble y valiente sujeto, electo para la
silla de Jaén, y le dio por adjuntos a Antonio de Fonseca y a Bernardo Francés
con 50 lanzas escogidas y 1.500 infantes. A los primeros se les dio orden
estrecha de no hacer salidas incauta y temerariamente para no caer en las próximas
celadas de los granadinos, como había sucedido poco antes al valiente sevillano
Fernando Ortiz.
Dispuesto ya todo lo
necesario para la guarnición de Alhama y trabada escaramuza en el camino, con
feliz resultado, con los jinetes moros, D. Fernando se volvió a Córdoba.
Albuhacén, desde su refugio de Málaga, reunió cuantas tropas pudo, taló a
Tarifa y regresó cargado de botín.
En aquellos mismos meses
de Agosto y Septiembre de 1482 muchos conversos que habían abjurado el
catolicismo fueron quemados en Sevilla o sometidos a diversos tormentos, y como
de día en día fueran haciéndose más patentes sus perversos errores, repitiéronse
los castigos hasta fines del citado año.
Libro III
(1483)
Sucesos de Portugal-Peligro que corrió el rey, D. Juan.
-Intervención del Rey en las discordias entre los Grandes en León y en Galicia.
-Atacan sin resultado los moros a Teba y Ardales. -Entran victoriosos en
Cañete, recuperado luego por los nuestros. -Desastre de la Axarquía. -Juran los
vascongados obediencia a la Reina, y ésta la observación de los fueros.
-Embajadas de los Reyes a Francia y a Navarra. -Recuperación de Zahara.
-Frustrada tentativa de Boabdil contra su padre. -Sucesos de Portugal. -Guerra en
Italia. -Los vencedores de Boabdil son recibidos por los Reyes en Vitoria con
gran agasajo. -Asuntos de Francia, Navarra y Portugal. -Tumultos ocurridos en
Italia. -Incendio de la mezquita de la Meca. -Disposiciones de los Reyes para
reparar el desastre. -Empresas del Turco. -Guerra en Italia. -Muerte del Rey de
Inglaterra. -Batalla de Lucena y prisión de Boabdil. -Asuntos de Navarra.
-Negociaciones de matrimonios en Portugal. -Dificultades para el pago de la
gente alistada contra los granadinos. -El Conde de Tendilla reparte pagarés
entre los soldados y sale fiador del abono. -Aprovisionamiento de Alhama.
-Esponsales de D.ª Juana con D. Alfonso de Portugal. -Prisión y muerte del
Duque de Braganza. -Ataque contra Illora y Zahara. -Entrada del ejército cristiano
por los campos granadinos. -Proposiciones de los embajadores de Albuhacén y de
Boabdil. -Pactos entre éste y D. Fernando. -Libertad de don Enrique Enríquez.
-Tentativas guerreras del rey Luis de Francia en Navarra. -Astucia de este
Monarca en sus negociaciones con España. -Guerras de Italia. -Entrevista de
Boabdil con D. Fernando. -Talan los moros a Teba, Antequera y Utrera. -Derrota
el Marqués de Cádiz a los moros en Zahara. -Acusaciones del Marqués contra las
autoridades jerezanas. -Muerte del rey de Francia. -Ardides que empleó para
procurar sucesión masculina al trono.
Memorable fue el año de 1483, en que empieza este Libro, por la
serie de desastres y revueltas ocurridos en España y en otros pueblos de
Europa. Fomento de las unas fue la insensatez de los portugueses, porque
estando su rey D. Juan II obligado por los pactos a acallar todo trastorno
causado por cualquier trato de matrimonio de su prima Juana, declarada por los
sediciosos hija del rey D. Enrique de Castilla, hizo todo lo contrario, y no
sólo no extinguió, sino que en cierto modo aventó las chispas de más vasto
incendio. Así consintió a su prima, ya religiosa en un convento, vivir como
seglar, prometió casarla con un gran Príncipe, y trabajó para desposarla con
Febo, nieto del difunto Conde de Foix y biznieto de D. Juan I de Aragón y
Navarra. Este joven, primo del rey Luis de Francia, se comprometió
secretamente, por consejo suyo, al matrimonio con D.ª Juana, para evitar la
divulgación de los compromisos contraídos por los pactos antes de poder obligar
a los nuestros a aceptarle, aun contra su voluntad.
Con la prisión del
salmantino Montesinos, negociador del proyectado matrimonio, se descubrió el
engaño tramado por los intrigantes; pero a poco la desdichada muerte de Febo,
rey de Navarra y Conde de Foix y de Bearne, impuso silencio a todos estos
manejos, y surgieron otros, nacidos del anhelo del rey Luis de Francia por
favorecer la causa de la hermana y heredera del difunto Febo. No faltaron, por
otra parte, defensores de los derechos e instituciones de la casa de Foix. Los
Grandes de Navarra, en particular, por sacudir el yugo francés, se mostraron
ardientes partidarios del rey D. Fernando, que había guarnecido las principales
fortalezas de aquel reino. La misma opinión sostenían los pueblos.
Por aquellos mismos días
ocurrió un suceso, fingido o verdadero, que de cierto no me consta más que el
hecho, el cual poco después vino a acreditar el rumor esparcido. Díjose que el
rey D. Juan, muy aficionado a la caza, se extravió, yendo solo en seguimiento
de un jabalí, en un día de invierno, a causa de la densa niebla, y por
escondidas sendas consiguió llegar a una choza habitada por rústicos, que, sin
conocerle, le proporcionaron albergue y alimento aquella noche. Mas a la mañana
tuvo aviso el huésped por unos parientes que habitaban en otra choza cercana de
la llegada de cuatro caballeros en busca de un hombre, acaso del acogido en su
albergue, y de que, no encontrando vestigio alguno de él, se habían marchado
profiriendo algunas amenazas. Se lo advertían para que se lo avisase al
fugitivo. Entonces el Rey descubrió al rústico quien era, y a poco éste, sus
dos hijos y un criado se armaron para defenderle de los cuatro caballeros, que,
llamando a la puerta, les atacaron con furia. Al fin fueron rechazados con
muerte de un caballo, y aunque hubiera podido conocerse al jinete que lo
montaba, parece que el Rey lo ocultó intencionadamente. Este rumor infundió
grandes sospechas a los portugueses e hizo que el Rey, que hasta entonces se
había librado de toda asechanza, procediese en adelante con más cautela.
Iba pasando el tiempo con
fingimientos y falacias, y ambas partes menudeaban el envío de mensajeros para
aparentar fiel observancia de lo pactado. A quien con más frecuencia se
confiaba este encargo por el Rey y el reino de Castilla era al portugués Lope
de Atonguía, fiel criado y muy adicto a D. Fernando, y hombre enérgico e
íntegro, que por largo tiempo y con insistencia estuvo aconsejando al Monarca
portugués la estricta observancia de los pactos. Lo mismo aconsejaba el obispo
de Coria fray Juan de Ortega, varón doctísimo y en ocasiones principal en estas
embajadas.
En Andalucía, así los
Grandes como los pueblos seguían preparándose para la guerra de Granada. El
Rey, aunque deseaba mucho empezarla y en unión con la Reina, que tomaba en ello
gran participación, se ocupaba en Madrid en los varios asuntos del gobierno,
cuando tuvo noticia de las nuevas discordias surgidas entre el condestable D.
Pedro de Velasco y D. Rodrigo Pimentel, conde de Benavente, ambos poderosos en
el reino de León, se dirigió allá para evitar mayores escándalos. El 11 de
Febrero entró en Madrid. Allí la Reina, ocupada en multitud de asuntos, estaba
esperando el regreso de los embajadores el Dr. Rodrigo Maldonado y Alfonso de
Quintanilla, enviados a Navarra y a Francia, respectivamente, el primero para
tratar de arreglar los asuntos de aquel reino y, si necesario fuera, protegerle
con tropas, y el segundo para que inclinase el ánimo de la madre del difunto
rey Febo a celebrar nuevos esponsales entre la hija viuda y el príncipe D.
Juan, heredero de los reinos de Castilla, León, Aragón y Sicilia.
Cuando ya D. Fernando
había arreglado en su camino las pendencias de los citados Condes, recibió
noticia de que los magnates gallegos, divididos en bandos, estaban empeñados
unos en el ataque y otros en la defensa de Lugo, y que seguramente el arreglo
de las cosas de Galicia dependía del resultado de aquel sitio. El Rey se
decidió a marchar cuanto antes a Astorga, para, desde allí, como punto más
próximo a las montañas de la región, poder más fácilmente comunicar sus órdenes
al Conde de Lemos, principal entre aquellos Grandes y benemérito de los Reyes,
aunque alegó algunos obstáculos que ofrecía la estación presente, y se le
consideró dispuesto a cualquier intentona, porque los esponsales tratados entre
su nieto D. Rodrigo Osorio y la hija del de Benavente le inclinaban a seguir la
opinión de éste. Murió en aquellos días el conde de Lemos D. Pedro Álvarez
Osorio, o Cabrera, anciano de corta estatura, pero de grande habilidad y
energía, y con su muerte fue preciso tratar la cuestión con su nieto y sucesor D.
Rodrigo. A esta dificultad proveyó el Rey sabiamente, y arreglados ya los
tumultos de Galicia con la entrega de Ponferrada, puso término a las sediciones
de los Grandes para poder prestar más atención a la causa del conde de Treviño
D. Pedro Manrique. Luego dejó bien guarnecida la fortaleza de Ponferrada, a fin
de facilitar el acceso a las tropas que hubiera que enviar contra los
sediciosos cuando se necesitara emplear mayores fuerzas.
Desde allí regresó a
Madrid, donde, entre otras muchas enmarañadas negociaciones, se atendía muy
principalmente a la guerra de Granada, porque a causa de la frecuente
dificultad de aprovisionar a Alhama, por necesitarse para ello numerosa hueste
y muchas acémilas, había sido preciso que los pueblos de Andalucía envíaran en
Febrero nuevo refuerzo, tanto por temor a la lucha con los granadinos, como
porque las brumas y lluvias invernales borraban los pasos en las asperezas de
las montañas, y los nuestros tenían que atravesarlas con demasiada lentitud y
con excesiva impedimenta para poder ocultarse de la multitud enemiga.
En medio de estos apuros
vinieron a favorecernos las disensiones que estallaron entre malagueños y
granadinos; éstos, con los de Loja, Guadix y otros muchos pueblos, declarados a
favor de Boabdil, hijo de Albuhacén, y aquellos obedientes al rey, su padre.
Deseando éste hacer alarde de su pujanza, intentó tomar a escala a Teba y
Ardales, y como no lo consiguiese, y sabedor de que la villa de Cañete estaba
desguarnecida, cayó repentinamente sobre los restantes defensores, incapaces de
resistirle, arrasó el alcázar, demolió las obras de defensa para evitar que los
nuestros pudieran apoderarse de la guarnición que allí dejara, y entró coronado
de gloria en Málaga con todos los cautivos cogidos en la población.
Era señor de Cañete el
Adelantado de Andalucía, y confiado en el auxilio del Marqués de Cádiz y en los
socorros de sevillanos, jerezanos y ecijanos, llegó a la villa, fortificó el
castillo, le dotó de guarnición y reedificó más firmemente las derruidas torres
y murallas.
Albuhacén, entretanto,
comenzó el ataque del castillo de Turón, insuficientemente guarnecido; pero
acudiendo prestamente los nuestros, frustraron el intento del moro. Poco
después movió su ejército contra las tropas de su hijo, y trabó ligera
escaramuza; pero la inferioridad de las del último para combates irregulares le
obligó a acogerse a Guadix, ciudad tan adicta a su persona como hostil a su
padre. Los Grandes andaluces, conocidas las disensiones de los enemigos, y
confiados en ver a Albuhacén empeñado en diversas y lejanas expediciones,
reunieron crecida hueste, porque casi todos los caballeros de la juventud de
Sevilla, Écija, Jerez y Carmona se alistaron voluntariamente en sus
escuadrones. Otros muchos principales cordobeses se pusieron a las órdenes de
D. Alfonso de Aguilar, de modo que el Maestre de Santiago contó en sus filas a
la nobleza ecijana y a gran número de Comendadores de aquella Orden.
Con alegre resolución se
disponían a marchar adonde se les necesitase los sevillanos acaudillados por D.
Juan de Silva, conde de Cifuentes, o por el adelantado de Andalucía D. Pedro
Enríquez, así como los jerezanos seguían entusiasmados al Marqués de Cádiz ó al
corregidor Juan de Robles. En junto pudieron aprestarse 2.700 lanzas muy
escogidas, pero escaso número de peones, porque, a pesar de haber prometido el
maestre D. Alfonso de Cárdenas, de gran prestigio entre los Grandes, aprontar
4.000 ecijanos, al cabo no cumplió enteramente su promesa. Y eran los infantes
muy necesarios para lo que se proyectaba, porque todos los caballeros se
proponían invadir las aldeas más seguras y próximas a la costa de Málaga, a la
que en árabe llaman Axarquía.
Es famoso este territorio
porque en él se cultiva como en ningún otro de Europa la industria de la seda.
Aunque para penetrar allí los nuestros no podían hacerlo sino por estrechas y
escabrosas gargantas de las montañas, los guías afirmaron que si lograban
atravesar sin tropiezo aquellos primeros desfiladeros, luego hallarían junto al
mar cómoda llanura para asegurar el regreso por otro camino. Confiados los
caudillos en estas promesas, se congratulaban de ver reunida tan escogida
hueste, cual si ya tuviesen ricos despojos y presa de esclavos. Los sevillanos
de la capitanía del Conde de Cifuentes intentaron recuperar a escala vista el
castillo y villa de Zahara; pero, no consiguiéndolo, quisieron a toda costa
agregarse a las fuerzas que se encaminaban a la Axarquia. Unánimes todos en el
plan, disentían, sin embargo, en los medios de ejecutarle. El Marqués de Cádiz
proponía atacar repentinamente a la escasa guarnición del alcázar de Málaga,
que por su proximidad al mar ofrecía facilidades para combatirle y para
conservarse, puesto que diariamente podrían traerse víveres y refuerzos.
Opinión muy diferente sustentaba el maestre don Alfonso de Cárdenas; y así, el
principio de las consultas hizo ya prever a las claras lo desdichado del éxito,
porque, no sólo es funesta la discrepancia de opiniones entre los caudillos,
sino que cuando capitanea el ejército más de uno, el desastre ocurre
fatalmente, mucho más cuando muchas cabezas de un solo cuerpo introducen la
confusión, como sucedió en esta entrada, en que el fingido asentimiento de los
Grandes disidentes fue causa de la catástrofe.
A fin de poner término a
las discusiones, se dejó parte de la impedimenta con la artillería y máquinas
de guerra dispuestas para el ataque proyectado, y la caballería ligera, con
parte del recuaje necesario para el transporte de provisiones, atravesó los
desfiladeros y atacó las aldeas.
Hallábanse ya apercibidos
los moradores de la llegada del enemigo, por suponer que aprovecharía la
ausencia de Albuhacén, y, así, se habían refugiado en los sitios más
defendidos, abandonando todas sus haciendas a la ventura. De aquí concibieron
los nuestros el deseo de elegir el botín de más fácil transporte, sin cuidarse
para nada del futuro peligro. Cuando los moros los vieron ocupados en esta
faena, fueron cercándolos ocupando las alturas, seguros de superar con sus
reducidas fuerzas a las mayores de los cristianos, sobre todo si las atacaban
de noche, cuando se hallaban fatigadas, y en terreno escabroso, en que las
vides y arbustos les daba gran ventaja para pelear con el enemigo. No se
engañaron ellos en su cálculo, ni a los nuestros se les alcanzó algún medio de
salvación, y así llegó el desastre cuando más enfangados estaban en el botín.
Muchos, sólo atentos a recogerle, desobedecían cuantas órdenes se les daban de
volver a las filas. No faltaron entre los Grandes algunos que emplearon todo el
día en acercarse a Málaga lo suficiente para contemplar desde lejos la ciudad,
nunca vista por ellos. Cuando, saciada el ansia de botín, vieron desvanecidas
las esperanzas fundadas en su seguridad, se acordaron, ya tarde, de las órdenes
de regresar a la hueste.
Entre mil pareceres
increpábanse mutuamente, y no faltó guerrero, antes despreciado, que acusase a
los jefes de apatía, desidia y cobardía. Eran tantas las opiniones como las
cabezas. Finalmente se consultó a los conocedores de los caminos sobre el que debía
seguirse, siempre que ofreciera seguridad. También aquí fueron varios los
planes, pero desecharon el de seguir la costa, por ser más larga jornada y por
la conveniencia de sacar al ejército de las estrechuras entre el Alcázar
contiguo a la plaza y el reflujo del mar, en cuyo paso perecerían muchos.
Resuelto el regreso por las montañas, se internaron por sendas estrechas y
pedregosas, donde los moros comenzaron a picarles la retaguardia, sin que
pudieran defenderse por lo escabroso del terreno y, más aún, por el estorbo de
la impedimenta. A poco llegaron a una hoya, sepultura de no pocos, porque, no
siendo casi practicable para los jinetes, se empeñaron en pasarla
atropelladamente y a porfía multitud de hombres de armas abrumados con el peso
de sus armaduras. En el apresuramiento fueron muchos los que se despeñaron,
aumentando el desastre la masa de sus cadáveres. En nada se reparaba con tal de
llegar en precipitada fuga a lugar más seguro antes de la noche, que se echaba
encima. Al cabo, y ya anochecido, hicieron alto en la falda de los escarpados
cerros, en espera de la luz del día.
Viendo los moros coyuntura
para cortarles la retirada, les arrojaron en las primeras horas de la noche una
lluvia de venablos, y con un continuo vocerío provocaron a los fugitivos, ya
sin aliento, y amedrentaron a los tímidos. Ni había posibilidad de descanso
para aquéllos, ni a éstos se ofrecía esperanza de escapar de la muerte. Eran
tantos los heridos, que no había medio de resistirá un enemigo ventajosamente
emboscado tras los setos y con entera libertad para hostilizarnos. Ofrecíase
patente la derrota y no se veía camino de salvación, sólo dominado cada uno por
el anhelo de la propia.
El Marqués de Cádiz,
capitán esforzado y sagacísimo en tales trances, cuando no pudo impedir el
triunfo del enemigo, buscó entre las tinieblas una senda para escapar, perdida
ya toda ocasión de combatir sin que el más fuerte perdiese la vida o la libertad
a manos de cualquier cobarde sarraceno. Tránsfugas granadinos, muy adictos a su
persona y grandes conocedores de los caminos, le aconsejaron la fuga, dándole
seguridades de burlar al enemigo si a media noche les seguía por sendas de
ellos solos sabidas; esto, en caso que prefiriese escapar solo a morir con
otros muchos, porque al día siguiente, a la suerte y no al esfuerzo habría que
atribuir si alguno se libraba de cruelísima muerte, remota probabilidad hasta
para jóvenes desarmados y expeditos que caminasen de uno en uno. Si el Marqués,
decían, acérrimo enemigo de los moros, muertos ya dos caballos en aquel día,
sin alientos y afectado por el desastre, llegaba a caer en sus manos, gravísimo
daño amenazaba a los pueblos cristianos confinantes, principalmente por carecer
el Marqués de hijos varones para sucederle en sus estados. De sus hermanos,
unos estaban mortalmente heridos; otros, encerrados aquella noche entre los
riscos y estrechuras, sólo atendían á su salvación, completamente cercados de
enemigos que con grandes alaridos vociferaban que cuantos habían entrado en
aquel sitio estaban irremisiblemente condenados á la muerte o al cautiverio.
Cuando al siguiente día,
21 de Marzo, se notó la falta del Marqués, aumentó la turbación de los nuestros
y se lanzaron a atravesar el elevado cerro, creyendo que del otro lado ya no
corrían peligro. Aunque con dificultad, lo consiguieron; pero abatió sus ánimos
y sus fuerzas el verse amenazados de completo exterminio por el enemigo
previamente apostado en las estrechas sendas y quebradas por donde habían de
pasar. Entonces los hijos abandonaban al padre a su suerte; el hermano no
socorría al hermano y ningún jefe se cuidaba de sus soldados. Con sus propias
manos, trémulas de miedo, se despojaban de sus arreos los que antes se
pavoneaban con sus resplandecientes armaduras, y algunos perecieron mientras
pugnaban afanosamente por quitárselas. Aprovechando la matanza de los
compañeros de armas, llegaron algunos a la garganta más estrecha. Allí
arreciaron los aullidos de los heridos y el ruido sordo de los cuerpos al caer
en tierra, ninguno a los tiros del enemigo que les perseguía o del que les
cortaba el paso, sino pisoteados y aplastados por los caballos al precipitarse.
Lo estrecho del desfiladero les impedía revolverse contra sus escasos
perseguidores; aquella multitud caía a cada paso despedazada por unos cuantos
moros sin armas, y al ver los infelices la enorme matanza de sus compañeros,
especialmente de los peor armados, imploraban misericordia del enemigo,
pidiéndole el cautiverio y el aliciente del futuro rescate a cambio de la vida.
Quiso la suerte que el
maestre D. Alfonso de Cárdenas pudiese escapar con unos cuantos de aquellas
escabrosidades, y de igual riesgo se libró el adelantado de Andalucía D. Pedro
Enríquez, aunque con mayor fortuna, pues le acompañaron en la huída su hijo y
su hermano, los dos llamados Francisco Enríquez, si bien perdió la mayor parte
de los caballeros de su escuadrón. D. Alfonso de Aguilar consiguió, a duras
penas escapar de manos de los moros, y con algunos de los suyos se refugió en
su ciudad de Antequera, adonde ya le habían precedido los citados Grandes y,
antes que todos, el Marqués de Cádiz. Allí angustiaban el ánimo los lamentos de
todos los moradores, y entre los llantos de viudas y huérfanos, sobresalía la
amarga pena del cautiverio del fortísimo y generoso corregidor Figueroa.
Ignorábase si el Conde de Cifuentes, a quien tanto se deseaba ver incólume,
había quedado muerto o cautivo; sólo se sabía que muchos caballeros sevillanos
de su escuadrón habían sucumbido. En suma: pasaron de 800 los muertos y casi
1.500, de ellos 400, de noble linaje, quedaron en manos del enemigo. También se
apoderó de las armas de los fugitivos y de los muertos, cuyos despojos permitió
conservar a los vencedores Albuhacén al volver pocos días después a Málaga. Por
módica suma dada a los populares, les obligó a entregar los cautivos más
nobles, para procurarse después crecido rescate. El Conde de Cifuentes pasó
largo tiempo desapercibido entre los más humildes cautivos; luego,
circunstancias casuales le hicieron concebir esperanzas de fácil rescate; pero,
reconocido al cabo, fue entregado en poder de Albuhacén.
Profundo pesar causó a los
Reyes la noticia del desastre. D. Fernando la recibió cuando en las fronteras
de Galicia se ocupaba en apaciguar las revueltas de los magnates de la región;
y D.ª Isabel, mientras, fija la mente en los asuntos de Portugal, trabajaba por
romper los esponsales comenzados a tratar entre su hija D.ª Isabel y el
príncipe D. Alfonso. Tan grave se juzgó el triste suceso, que se resolvió
preparar inmediatamente nueva expedición. No parecía dudoso que el Rey vendría
a disponerla y a ocuparse con la Reina en los demás asuntos de gobierno. A todo
se atendió, en efecto, con la mayor solicitud, y el Rey no defraudó los deseos
de los que le pedían que diese los cargos de los caballeros muertos en la
acción á sus hijos o a los parientes más próximos, porque así lo otorgó con la
mayor liberalidad.
Luego ambos consortes
consagraron su atención a los sucesos que de diversas partes de Europa se les
comunicaban.
Consultóse al rey de
Sicilia con tanto más interés cuanto que el turco Mahomed Bey, heredero del
trono, disponía fuerte armada en el puerto de Salona. Su hermano menor, vencido
por él en la guerra, se había refugiado en Rodas, y el vencedor había prometido
observar fiel y duradera alianza con los de la isla, siempre que su revoltoso
hermano fuese enviado a Francia y allí se le proporcionase decorosa residencia.
El Maestre de la Orden, varón prudentísimo, otorgó la pretensión, temeroso de
experimentar otra vez la potencia del Turco.
También concedieron
importancia extraordinaria los Reyes a la pertinaz guerra de los venecianos,
que en su encono contra el rey, D. Fernando de Nápoles tenían puesto estrecho
cerco a Ferrara, y resistían tenazmente a los otros Príncipes de Italia, que intentaban
hacerles levantar el sitio. De lograr los sitiadores su propósito, todos los
amigos del rey de Nápoles hubieran corrido seguramente serios peligros. Por
esto favorecieron cuanto les era dable a su partido, y se congratularon de la
alianza pactada por su primo con el Papa, cuya amistad consideraban tan
ventajosa como perjudicial había sido su enemiga.
La muerte del rey Eduardo
de Inglaterra, ocurrida el 8 de Abril, fue causa de nuevas preocupaciones para
muchos Príncipes de Europa. Según opinión muy admitida, murió envenenado,
porque dos días antes de aquella fecha parecía libre de toda enfermedad. Su
desdichado y prematuro fin propagó fecundo germen de turbaciones por las
naciones occidentales.
Así, a medida que el rey
D. Fernando prestaba mayor atención a los preparativos de la guerra de Granada,
iban aumentando más sus temores de nuevos motivos de guerra y discordias
intestinas entre los Príncipes cristianos.
La partida de los Reyes
iba apagando el entusiasmo, y de día en día crecían las dificultades. El rey
Boabdil, dueño de Granada, Guadix, Loja y otras muchas ciudades y villas del
territorio granadino, y que contaba con gran favor de los pueblos, deseando realizar
alguna hazaña memorable y grata a los moros, reclutó gente para exterminar con
un nuevo golpe a nuestros andaluces, quebrantados con el reciente descalabro.
Le constaba el abatimiento de sus ánimos producido por la derrota, y, como
consecuencia, se les suponía desalentados y llenos de miedo para lo futuro,
dado que, en los trances de la guerra, las más veces el terror anonada la
fortaleza en los vencidos, al paso que la victoria enardece los ánimos para
nuevos triunfos. Impulsaba, además, al joven y arrojado Monarca, la emulación
de la fortuna de su padre contra los nuestros, y el anhelo por alcanzar igual
victoria, para que los granadinos, que dan gran importancia a los buenos
auspicios de sus caudillos, no considerasen sólo al padre dotado de este don.
Creían, finalmente, que se les brindaba ocasión para hacer terrible tala, en
tierra enemiga, con que el Rey, al frente de escogida hueste atacase de repente
a Lucena, amedrentando a la escasa guarnición que creían encontrar en plaza tan
mal defendida por su situación y por sus reparos. Confirmaba esta opinión el
suegro del Rey, Aly Aliatar, o sea el Droguero, anciano corregidor de
Loja, muy versado en las cosas de la guerra, belicoso y afortunado en los
combates, y que por sus relevantes méritos había sabido enaltecer lo oscuro de
su linaje, hasta tener por yerno al Rey, presidir el Consejo y acaudillar
tropas, a pesar de ser nonagenario. El fracaso de esta expedición empañó el
brillo de tan relevantes merecimientos.
Era ya antiguo en los
alcaides cordobeses de villas y castillos confinantes con tierras de los
granadinos el temor a sus repentinas algaradas, y después del último descalabro
habían puesto mayor cuidado en las rondas nocturnas y en las descubiertas durante
el día. Principalmente el Alcaide de los Donceles, Señor de Lucena, había
triplicado las guerrillas y puesto a su cabeza a hombres muy conocedores de los
términos. Por aquellos días llamó a varios adalides cordobeses, a fin de contar
con mayores fuerzas para rechazar al enemigo, si, como se creía, intentaba el
sitio, y para disponer de más pronto socorro de sus amigos, convino con ellos
en ciertas señales, por las que pudiese conocer el número de los moros. El
Alcaide de los Donceles D. Diego Fernández de Córdoba, joven esforzado, tan
esclarecido por su linaje como por sus prendas personales, aguardaba ya días
antes con 100 lanzas escogidas el ataque de los enemigos, receloso de la osadía
con que Aliatar acostumbraba a entrar talando los campos de Lucena, llamados
por esta causa Huerto de Aliatar por los granadinos.
No le engañó su previsión,
porque el 20 de Abril supo por diligentes corredores que se aproximaba numerosa
hueste de moros y acampaba muy cerca, por lo que era seguro que a la media
noche causarían gran espanto entre los nuestros. Oída la noticia, el Alcaide de
los Donceles envió inmediatamente sus cartas a los amigos más cercanos en
demanda de pronto socorro. En particular rogó al conde de Cabra D. Diego
Fernández de Córdoba, pariente suyo, con quien le unían, además, lazos de
extremado afecto, y que a la sazón estaba en Baena, que con toda urgencia,
mientras él procuraba resistir la primera embestida del enemigo, enviase a
pedir a todos sus amigos inmediato auxilio. Hízolo así el excelente Conde, y,
por el afán de emprender sin demora la marcha no se cuidó de otra cosa que de
ir al punto a Cabra, villa confinante con Lucena, y dejar orden de seguirle
allá a los de Baena. Así reunió antes del alba 200 lanzas y unos 800 peones.
En tanto, el Alcaide de
los Donceles sacó de los arrabales a cuantos por su sexo o edad eran inhábiles
para pelear y los internó en lugares seguros; acompañado de un escuadrón
escogido hizo arrancar todas las puertas de las casas del arrabal; rodeó con trincheras
los puntos más débiles; dispuso otros baluartes; colocó cerbatanas donde mejor
podían rechazar al enemigo; distribuyó los flecheros por los sitios más a
propósito, y como núcleo de resistencia puso fuerte retén de hombres de armas.
No tardó en presentarse el enemigo. Ya pasadas las nueve de la noche atacó la
parte del arrabal que creyó podría ocupar en la primera embestida. Pronto se
convencieron de lo temerario de su empeño, porque los tiros de las bombardas,
ballestas y espingardas les causaron grandes pérdidas, y entonces, desistiendo
del ataque, se dedicaron a talar planteles, olivares y viñedos, mientras Hamet
Abencerraje con 300 jinetes desvastaba, por orden del Rey, los campos de
Montilla, Santaella y otros pueblos. Cuando observó que todo estaba
perfectamente prevenido, que todos estaban armados y por todas partes se
oponían al paso de los invasores, recogió su gente y al alba fue a reunirse con
la que estaba con el Rey. Luego intentó engañar al Alcaide de los Donceles, con
quien tenía antiguo conocimiento, por haber encontrado refugio en Córdoba en
casa de D. Alfonso de Aguilar, tío del Alcaide. Para conseguirlo, dio una cita
al joven capitán, que tan astuto como el Abencerraje, de quien recelaba alguna
emboscada, procedía con la mayor cautela, y aparentando confiar en los
sentimientos de antigua amistad del moro, iba difiriendo la entrevista con
buenas palabras, para dar tiempo a que llegaran las fuerzas auxiliares del
Conde de Cabra y de los capitanes vecinos, y lograr así que el Rey, deseoso ya
de regresar a Loja, pudiese hacerlo sin combate.
En cuanto D. Fernando
divisó de lejos las tropas de socorro que de todas partes acudían, terminada la
entrevista entre el Abencerraje y el Alcaide, se dirigió a Loja con sus gentes.
El último, en su deseo de empeñar combate, consiguió, por medio de una hábil
maniobra de la caballería, detener a la multitud hasta que el Conde de Cabra
reunió las tropas ligeras con las de Lucena. Al llegar le consultó el Alcaide,
como a persona de más edad y más práctica en la guerra, sobre lo que había de
hacerse, y fue su opinión que se tentase fortuna aquel día, en que el enemigo,
rendido por la fatiga y vigilias, podría fácilmente ser vencido, por confiar
además en que de todas partes irían acudiendo más numerosas tropas. Este
parecer suele tener frecuente confirmación con los temerosos, y en especial y
forzosamente había de realizarse en las estrechuras de gargantas y en el paso
de los torrentes, donde unos cuantos hombres prácticos en el terreno
destrozarían a la multitud de enemigos desatalentados.
Al llegar los moros al
arroyo de Garci González los nuestros los atacaron por retaguardia. Creyó el
joven y valiente Boabdil recurso más prudente y seguro hacer frente según fuera
llegando la caballería del Conde y del Alcaide de los Donceles, mientras la
impedimenta y los peones, aterrorizados, atravesaban el estrecho cauce del
arroyo, único paso posible en un largo trecho. De repente los moros, cual si se
escaparan de la prisión, quisieron forzar la marcha al atravesarle, y el Rey,
viendo el corto número de los nuestros, comenzó a alentar a su gente y a
recoger los dispersos y acobardados para lanzarlos contra los cristianos,
también en desorden, porque, a causa de las marchas forzadas, los 1.200 peones
estaban sin alientos y no se creía que nuestras 300 lanzas o poco más pudiesen
entrar en liza con la numerosa caballería enemiga. Así pues, Boabdil eligió sus
mejores combatientes y dispuso sus batallas del lado acá del arroyo.
Los nuestros, ya
preparados al encuentro, enviaron de descubierta al noble y diestro capitán
Fernando de Argote, alcaide de Lucena, con 17 lanzas escogidas para observar la
disposición de la hueste contraria y conocer por los estandartes si se
apercibía a batalla formal o sólo intentaba un simulacro de combate. Volvió el
Alcaide y dijo que reinaba la confusión en las filas de los moros, a quienes
sus adalides no conseguían animar a la pelea, antes con llevar los estandartes
inclinados a tierra, indicaban sus propósitos de huida. Tan favorable noticia
animó a los nuestros a romper contra los jinetes moros más desembarazados y que
estaban con su Rey del lado aca del arroyo. En vano se esforzó por llevarlos al
combate. Ellos y los peones, en revuelta confusión, volvieron las espaldas y a
todo correr intentaron atravesar el cauce, aterrorizados por el vocerío de 80
peones y 40 caballos nuestros que por el flanco y por el valle se aproximaban.
Temiendo verse cercados,
los que a duras penas habían atravesado el arroyo, divididos en dos bandos,
emprendieron diversos caminos, y atentos sólo a escapar, dejaron abandonado a
su Rey, que por salvarlos había olvidado su propia seguridad y escogido el sitio
de mayor peligro. Cuando vio a su gente desbandada y que los nuestros la
exterminaban en aquellas gargantas, echó pie a tierra y, abandonando el
caballo, buscó sitio donde esconderse. Pero su arrogante presencia, la blancura
de su ropaje y sus preciosos arreos, no te permitieron permanecer mucho tiempo
oculto. A pesar de los zarzales y malezas que bordeaban el cenagoso lecho del
arroyo, pronto le descubrió Martín Hurtado, peón de Lucena. Quiso apoderarse de
él amenazándole con el puñal, pero el Rey se defendía con el suyo, hasta que
llamando el soldado a voces en su auxilio a unos parientes que por allí
pasaban, lograron sujetar al prisionero. Rogóles que no se ensañaran con él y
se aprovecharan de la buena suerte de haber hecho cautivo a un Rey. Con una
señal de la cruz les pidió seguro, y despojado ya de sus armas, se entregó a
los vencedores.
Pronto se arrepintió de
haber descubierto quién era, y quiso hacerse pasar por hijo de Benaliz,
Alguacil principal granadino, con lo que empeoró su situación, porque al oír
este nombre uno de los tres peones de Lucena allí presentes, quiso matar al
prisionero para vengar la muerte dada a su hermano por el supuesto granadino.
Ya iban a venir a las manos los defensores de Boabdil y los que pretendían
matarle, cuando el Alcaide de los Donceles, que iba en persecución de moros
rezagados, oyó las voces y se acercó a dirimir la contienda. Al verle el
cautivo, se arrojó a sus pies implorando la vida salva. Otorgósela
inmediatamente el caudillo, mantuvo a raya a los más encarnizados y entregó el
prisionero a los primeros soldados que le encontraron para que, en unión de
otros dos hombres de armas, le llevaran en un mulo a Lucena mientras él
continuaba la persecución de los fugitivos.
En unión con el Conde de
Cabra y su gente fueron durante todo el día picando la retaguardia enemiga en
fuga; degollaron cerca de 2.000 hombres, y, ya anochecido, dispusieron lo
necesaria. para la conducción a Loja de los 700 cautivos, recogidos por los valles
y encrucijadas por algunas escuadras enviadas al efecto en las primeras horas
de la noche, después que descansaron de las fatigas de todo el día. Otros
muchos de los principales de Loja llevó prisioneros D. Alonso de Aguilar, que
al saber la derrota de los moros, salió de Antequera para aquella ciudad. El
corregidor de Santaella, Luis de Godoy, acudió también al socorro, aunque
tarde; pero no volvió de vacío sino con despojos considerables del número total
de cautivos. Se apoderaron los nuestros de más de 1.000 mulos que los moros
confiaban llevar cargados de botín, de otros tantos caballos y de gran cantidad
de armas de los muertos y fugitivos.
Quedó Boabdil custodiado y
decentemente alojado en Lucena. Siguió negando su calidad durante cuatro días;
mas al cabo confesó la verdad, y fue tratado con mayores miramientos. De los
muchos estandartes, unos cogió el Conde de Cabra y otros el Alcaide de los
Donceles. También conservó el último las armas del Rey por haberle tenido
prisionero.
Al día siguiente un
eclipse de luna amilanó más a los granadinos, que creyeron ver en el fenómeno
augurio de nuevos desastres. El Conde y el Alcaide hicieron contar el número de
cautivos para repartírselos equitativamente, según las leyes de la guerra. Algunos
amigos de ambos quisieron inducirlos a disputarse la posesión del Rey cautivo;
pero la prudencia del Conde evitó la controversia, y de común acuerdo dieron
cuenta a los Reyes de lo acaecido.
Hallábanse a la sazón en
Madrid preocupados con muchos y arduos negocios, y la noticia de la victoria
contribuyó bastante a disipar sus cuidados, porque el descalabro de la Axarquia
tenía muy abatidos a los castellanos, y el reciente triunfo les infundió
alientos y alegría para la guerra que se preparaba. Aprovechando tan buenas
disposiciones, salieron los Reyes de Madrid el mismo día 28 de Abril, D.
Fernando hacia Córdoba, para preparar la expedición de los andaluces, y D.ª
Isabel hacia Navarra, para ver si con el nuevo vínculo del matrimonio de la
hermana y heredera del difunto rey Febo con el príncipe D. Juan podía lograrse
el fiel cumplimiento de la alianza concertada entre Francia y Castilla, porque
era de temer que se quebrantase si el rey Luis, tan codicioso de la posesión de
Navarra, concluía el casamiento de su sobrina, futura reina de aquella región,
con algún magnate francés. Ante la inminencia del peligro, Grandes y pueblos de
Navarra suplicaron unánimes a los Reyes que uno de ellos, por lo menos, viniese
a las fronteras del reino a dar cima al concertado matrimonio de la doncella
con el Príncipe, ganando antes, por medio de hábiles medianeros, el
asentimiento del rey Luis, siempre envuelto en nuevas revueltas, pero en
aquellos días además gravemente enfermo, y si por acaso el Francés apelaba a
sus antiguos procedimientos, procurar que estuviésemos prevenidos para tenerte
a raya. Lo mismo decía el embajador navarro D. Luis de Beaumont, conde de
Lerín, y juraba que jamás los navarros ni ningún amigo de la libertad
obedecerla a los franceses, y que morirían en la defensa antes que humillarla
cerviz gente tan indómita al duro yugo de la servidumbre francesa.
Antes de dirigirse a
Navarra D.ª Isabel, y de acuerdo con D. Fernando, envió a Portugal al Prior del
Prado, con plenos poderes para concertar, por palabras de futuro, y previa la
libertad de los rehenes dados, nuevos esponsales del príncipe D. Alfonso de
Portugal con D.ª Juana, hija segunda de nuestros Reyes, en lugar de los
anteriormente tratados entre D.ª Isabel, la hija primera y el citado Príncipe.
Pareció que aceptaba de
buen grado lo propuesto el rey de Portugal D. Juan, acaso maquinando ya lo que
tan funesto fue luego para algunos Grandes de su reino.
Mas volviendo a los
preparativos de la guerra contra los granadinos, diré que en cuanto el rey D.
Fernando entró en Córdoba el 9 de Mayo y supo que de nuevo era Albuhacén dueño
de Granada, ordenó una leva general en todos los pueblos de Andalucía, además
de los contingentes de lanzas con que había mandado contribuir a las demás
provincias de Castilla. Hizo también aprestar 2.000 jinetes escogidos para
talar los campos de los moros, y que se enviasen todas las acémilas necesarias
para el aprovisionamiento de la nueva y más numerosa guarnición que, al mando
del noble y esforzado alcaide D. Íñigo de Mendoza, conde de Tendilla, había de
relevar a la antigua en Alhama. Estaban consignadas para atender en adelante a
esta necesidad rentas de muchas partes de León y Castilla, hasta por concesión
del Papa, que, en cierto modo, había otorgado al citado Conde las vacantes de
beneficios para que pudiese sufragar los gastos y alimentar sus tropas con
algún alivio de los pueblos, ya aniquilados con las repetidas contribuciones;
pero lo exiguo de las rentas, dado lo considerable de los gastos,
proporcionaban escasos recursos para el aprovisionamiento de Alhama, y a los
soldados que con el Conde la guarnecían se les hacía intolerable pasar más
tiempo sin paga. Era grande su autoridad entre ellos y merecido el elogio que
de su natural veracidad hacían, y así pudo fácilmente convencerles, en una
arenga, de las causas porque se retrasaban las soldadas mientras los Reyes
permanecían en lejanas tierras. Para darles seguridad del pago hizo entregar a
cada soldado, a manera de moneda, un recibo de la cantidad que se le debía
hasta un día señalado, y salió fiador del abono. Tranquilizáronse con este
concierto, y en el plazo fijado recibieron sus soldadas.
Con el fin de evitar las
emboscadas del enemigo, muy frecuentes en los valles próximos a Alhama, hizo el
Conde levantar atalayas a su costa, y cuando los Reyes pagaron a las tropas las
soldadas vencidas, renunció a los emolumentos de los beneficios que dije se le
habían concedido.
Luego D. Fernando señaló
día para el alarde de la hueste provista de los víveres necesarios, a fin de
poderla emplear en la tala general de los campos granadinos. Por más que la
frecuencia de las expediciones pareciese ofrecer dificultades para la actual,
la reciente victoria y la pericia del Rey infundían grandes esperanzas. En el
plazo señalado acudieron de todas partes hombres dispuestos para la guerra, y
tal número de acémilas para el transporte de víveres, que fácilmente en una
sola entrada podía dejarse aprovisionada Alhama para un año y sobrar abundantes
raciones para un numeroso ejército. Mil hombres, al mando del Conde de
Tendilla, quedaron guarneciéndola, de ellos 50 jinetes, exclusivamente
destinados a las salidas repentinas. Don Fernando que, antes de marchar a la
provincia de Granada, había mandado llevar a Boabdil a Córdoba y dispuesto que
el noble y leal corregidor Martín Alarcón le tuviese en decente custodia, se
dignó honrar al cautivo con la mayor generosidad, hizo limpiar todas las calles
de la ciudad, consintió que tuviese intérpretes y otorgó treguas de dos meses a
los pueblos que le acataban, con otras muchas concesiones propias de su ánimo
clemente.
El Prior del Prado había
ya negociado, con su reconocida habilidad y pericia, nuevos esponsales de D.ª
Juana con el príncipe portugués D. Alfonso, en lugar de los primitivos de éste
con D.ª Isabel, primogénita de los Reyes, y por orden de éstos y por asentimiento
del rey don Juan de Portugal, la trajo a Castilla con el conde de Feria Gómez
Suárez de Figueroa, desde la villa portuguesa de Mora, donde había permanecido
en prenda del cumplimiento de lo pactado. Fue recibida la Princesa por el
arzobispo de Santiago D. Alfonso de Fonseca o Azevedo y otros muchos nobles que
habían de acompañarla hasta las fronteras de Navarra, donde a la sazón se
hallaba su madre entendiendo en los asuntos del reino.
Debo hacer aquí mención de
la infortunada suerte que corrieron en estos días algunos Grandes portugueses
por haber incurrido en el odio de su Rey, según demostró luego la experiencia.
Mientras por su cualidad de rehenes de los pactos concertados estuvieron
exentos de la debida obediencia a su Monarca, éste difirió su venganza; pero en
cuanto los nuevos esponsales les hicieron perder aquella prerrogativa, puso en
prisión á los Grandes que se proponía castigar. Tocóle el primero al Duque de
Braganza o de Guimaraes, el más poderoso de todos, de estirpe real, con
hermanos también riquísimos, y muy asegurado de todo atropello por ser su mujer
hermana de la Reina. A pesar de ello fue encarcelado, y a los pocos días
ignominiosamente degollado por orden del Rey, que afirmó haberlo hecho con toda
justicia. Luego se apoderó de los estados del Duque, y así sus hijos como sus
hermanos temieron tanto caer en sus manos, que prefirieron el destierro y la
miseria y se acogieron al amparo de algunos próceres castellanos. Manifiesto
fue el pesar que la desgracia causó en nuestra Reina, emparentada con la casa
de Portugal, y general el temor de las disensiones que habían de originarse,
por más que en los primeros días se disimulase por ambas partes.
No sintió menos la noticia
de la desastrada muerte del Duque el rey D. Fernando, que a principios de este
mes de Junio acaudillaba su ejército contra los granadinos. Pero como las
necesidades de la guerra ocupaban toda su atención, tuvo que consagrarse a
proveer a la defensa de Alhama antes de talar los campos enemigos. Al pasar por
Illora entró a saco tras breve escaramuza en el arrabal; pero no quiso combatir
los puntos más fortificados y mejor defendidos por los moradores, en su afán de
proseguir la marcha, para no consumir las provisiones destinadas a la
guarnición de Alhama. Relevada, según lo convenido, y aprovisionada
convenientemente, marchó con 6.000 caballos y unos 40.000 peones hacia los
campos que mayores frutos proporcionaban a la multitud granadina, y resolvió
sitiar a Tajara por su proximidad a Alhama y por las abundantes provisiones que
suministraba a la vecina ciudad de Loja. Para batir las murallas se emplearon
una bombarda y diez ribadoquines, y aunque hubo algunas dificultades para el sitio
en pocos días quedaron arrasadas las torres y reparos y muertos o prisioneros
todos los defensores. De los nuestros perecieron algunos; pero lo que más
sintió el Rey fue la grave herida que un tiro de espingarda causó a su tío D.
Enrique Enríquez. Hízole llevar a Alhama para curarle, y a las siete jornadas
mandó acampar,en sitio seguro al ejército al aproximarse a Granada. Durante la
marcha hizo talar los campos y retó a combate al enemigo. El temor a las
revueltas intestinas de los granadinos obligó al rey Albuhacén a rehusarle, no
presentando nunca sus batallas ante las nuestras y limitándose a esconder entre
los olivares multitud de peones y a colocar junto a los emboscados, prontos a
acudir a la escaramuza, algunos jinetes sueltos, que en revuelto pelotón
fingían caminar a la ventura; todo a fin de caer sobre los nuestros, si en su
afán de pelear acometían incautamente a los moros en su marcha. Adivinó D.
Fernando el ardid, y dió orden a los soldados de no empeñar combate a
escondidas.
Luego, a medida que se
iban acercando a Granada, cuidaba más de la seguridad de los reales; no
permitía a hombres de armas ni a peones romper el orden de las batallas, ni a
los destinados a la tala de los campos que saliesen sin fuerte escolta; a todo
proveyó con maduro consejo para evitar un descalabro como el ocurrido el año
anterior junto a Loja. A ejemplo del Rey, los Grandes y el ejército entero
observaban la más estricta disciplina, yendo a la aguada con la debida cautela,
evitando con las patrullas las sorpresas del enemigo, procediendo, en fin, en
todo cual cumplía a un ejército perfectamente disciplinado. Sólo fue obstáculo
para continuar provocando a combate a la multitud enemiga, la insuficiencia de
los víveres, porque, fuera de las mieses, todos los demás alimentos escaseaban,
y no hubieran podido los soldados sufrir mucho tiempo sin quejarse la falta de
víveres, si antes se hubiesen apercibido de la nueva resolución de los
granadinos para no empeñar combate; porque de día en día se esperaba alguna
audaz tentativa de su parte para trabar al menos escaramuza. No podían
explicarse los nuestros la inercia de los moros, cuando antes ejércitos más
numerosos jamás habían amilanado a los reyes de Granada para retraerles de
combatir con los cristianos, ni aun cuando D. Juan II llegó a sentar sus reales
cerca de Granada con 20.000 caballos y 80.000 peones. Lo mismo hizo Cidiza,
padre de Albuhacén, cuando el rey Enrique IV pareció intentar el sitio de
Granada con 12.000 caballos y considerable número de infantes.
Pronto descubrió D.
Fernando que la causa de aquella inacción era el temor de Albuhacén a que, una
vez el ejército fuera del recinto de Granada, estallara la revuelta, provocada
por los muchos partidarios secretos de su hijo, y así dispuso el regreso de las
tropas, que entraron en Córdoba veinte días después. Inmediatamente recibió en
audiencia a los enviados del rey cautivo Boabdil, encerrado en el castillo de
Porcuna, que le suplicaron que aceptase rehenes en prenda de la mejor
observancia de los conciertos hechos, y le aseguraron que la libertad del
monarca prisionero redundaría en daño de Albuhacén. Este, por su parte, envió
sus embajadores a D. Fernando a negociar en contra del hijo, y se valió
hábilmente de la libertad concedida a D. Juan de Pineda, principal sevillano,
para que ofreciese la de algunos cautivos si se prefería la alianza del padre a
la de Boabdil y se le entregaba éste y algunos de sus cómplices, a cambio de la
libertad del Conde de Cifuentes y de otros nueve cautivos designados por D. Fernando.
De otras adiciones a estos
pactos, dictadas por Albuhacén con excesiva soberbia y como por monarca más
poderoso, encargó, además de a Juan de Pineda, elegido por él por creerle más,
inclinado a su causa y más acepto a los ojos de D. Fernando, a un mercader
genovés llamado Federico Centurión, que vivía en Granada ocupado en sus asuntos
comerciales. Llegó éste el primero a Córdoba; pero no obtuvo de D. Fernando
respuesta más satisfactoria que la que poco después dio a Juan de Pineda, y al
regresar a Granada tuvo que manifestar que debía atenderse a la honra, al
interés y a la verdadera grandeza de los reinos de León y Castilla y no tratar
el enemigo de dictar pactos inicuos, antes observar fielmente los que el rey D.
Fernando impusiese a los moros si querían vivir tranquilos alguna vez.
De mejor gana escuchó D.
Fernando a los embajadores de Boabdil, más acepto a los granadinos por su
rectitud y más llorado por su infortunio, y así, cuantos deseaban su libertad,
se hallaban dispuestos a transigir en todo con tal de volverte a ver sano y salvo.
Más que todos, los de Guadix, tan constantes en la lealtad a su amado Príncipe,
como en la hostilidad a su padre Albuhacén, no vacilaban en arrostrar los
mayores peligros por verle recuperar el trono. Convínose al cabo por ambas
partes en que el rey Boabdil daría al rey don Fernando en rehenes, a su
primogénito con otros doce mancebos, hijos de señores principales, de su
obediencia, como garantía de la estricta observancia de los pactos siguientes:
Boabdil se reconocía vasallo del rey D. Fernando y de la reina D.ª Isabel, sin
apartarse jamás de esta sumisión en nada de lo tocante al honor del cetro de
Castilla, a condición de no imponérsele cosa contraria a la supersticiosa secta
mahometana; pagaría, además, en parias y reconocimiento del Señorío de los
Reyes, 12.000 doblas zaenes, equivalentes a unos 14.000 ducados. Cada vez que
le mandasen venir acudiría a su llamamiento, como cumplía a obediente vasallo.
Por su parte D. Fernando
prestaría su ayuda a Boabdil cuando se la pidiese, como súbdito que recurre al
amparo de su superior: Boabdil poseería las ciudades, villas y fortalezas del
reino de Granada que de buen grado le reconocían por su Rey, o aquellas otras
que conquistara en adelante: en caso de apoderarse de alguna población o
fortaleza del reino de Granada con auxilio de las tropas de D. Fernando, los
nuevos dominios prestarían vasallaje a D. Fernando y a D.ª Isabel: entregaría
400 cautivos, a elección del rey D. Fernando, y si no fueren súbditos de
Boabdil y sí de su adversario, aquel habría de darle otros tantos de los suyos.
Por último, se obligaba a dar libertad a 60 cautivos cada año, durante cinco, a
contar desde la firma de los pactos. Todo esto, según lo convenido, empezaría a
cumplirse al mes de recuperar Boabdil la ciudad de Granada. Era condición
asimismo que éste reconocería y firmaría los antiguos términos de Alhama, para
completa seguridad de sus moradores, y la facultad de transitar por los caminos
antes permitidos a los moros que allí vivían.
El temor de estos pactos
llegó de diversas maneras a noticia de Albuhacén y de sus amigos, e
inmediatamente empezó a tratarse entre los moros de oponerles obstáculos. El
más eficaz pareció encender el fanatismo religioso, haciendo que los alfaquíes,
en sus predicaciones, excitasen a los granadinos a no sacrificar lo más sagrado
para todo mahometano, la religión y la libertad, al afecto hacia un hombre.
Venció, sin embargo, el que al rey Boabdil profesaban los de Guadix y cuantos
le habían permanecido fieles.
Mientras por una u otra
parte se trataba de afirmar o de contrariar de varios modos los conciertos, D.
Fernando atendía a sacar a su tío don Enrique Enríquez de la crítica situación
en que se encontraba en Alhama, y como la primera expedición no tuvo éxito, por
haberse sabido que Albuhacén contaba con fuerzas muy superiores para recobrar a
Tajara, mandó disponer la segunda. A no poca costa se consiguió la libertad de
D. Enrique Enríquez, el cual marchó a Córdoba con gran diligencia, por
constarle cuánto deseaba el Rey reunirse allí con la amadísima esposa, y cómo
reclamaba su presencia la dificultad de los asuntos que había de resolver.
Conocía las maquinaciones
del rey Luis de Francia, viejo y valetudinario; pero cada día más rejuvenecido
para sus planes ambiciosos y con más ánimos para suscitar cuestiones,
especialmente para introducir en Navarra el pesado yugo francés y tener por aquel
reino fácil entrada hasta el interior de los de Aragón y Castilla. El camino
por Fuenterrabía, ya mucho antes intentado por los franceses, era conocidamente
dificilísimo para aquel fin, porque siempre se habían estrellado en el
propósito de expugnar aquella plaza. Envió, pues, el rey Luis tropas de
caballería e infantería a Bayona, próxima a Fuenterrabía, para mientras D.ª
Isabel intentaba, por medio de sus embajadores, inclinarle a los nuevos
esponsales de la hermana del difunto rey Febo con el príncipe D.Juan, inspirar
con aquel ejército acantonado en Bayona un doble y dudoso recelo de si estaba
destinado a romper nueva guerra contra los navarros o contra los vascongados.
Por su parte la Reina,
mientras D. Fernando consagraba toda su atención a la guerra de Granada, mandó
reunir poderosa hueste para rechazar alguna repentina acometida de los
franceses, muy de temer de la acostumbrada astucia y ardides del rey Luis.
Además de estas prevenciones, todo el resto debía tratarse por intermediarios.
El primero, cuando se inició el punto de los esponsales, fue el Cardenal de
Foix, tío de la doncella, futura reina de Navarra; pero no mereciendo el
proyecto la aprobación del rey de Francia, apeló al antiguo subterfugio de
fingirse gravemente enfermo, según se dice, para no aceptarle, como se fingió
al tratarse la cuestión del Ducado de Saboya, y como hizo en estos días ante
las diversas gestiones de los embajadores para que los magnates franceses se
decidiesen más resueltamente en favor de los planes de la Reina de Castilla. El
rumor de la enfermedad y el negarse a toda audiencia hizo circular el de su
muerte, y con ello fue extendiéndose más libremente que de costumbre el
entusiasmo de los Grandes favorables a la causa de Castilla. Luego, cuando el
Rey de Francia hizo declarar su mejoría, se vio convertirse todas aquellas
buenas disposiciones en tropiezos, hijos de la mala voluntad, y se percibieron
otros muchos indicios de resuelta oposición. En estas intrigas pasaron algunos
meses con no poca inquietud de ambos pueblos, especialmente de los navarros, de
largo tiempo fatigados con los enconos de bandos enemigos, algo mitigados ante
el temor de la opresión francesa.
Aunque arrastrado también
el rey de Castilla por el torbellino de tantas controversias, quiso mantenerse
fiel a los venecianos, enemigos de su primo D. Fernando, rey de Nápoles, pero
que en sus acostumbradas navegaciones tenían franca arribada a todos los
puertos de Sicilia. Al dirigirse en estos días a Flandes, les salió al paso una
poderosa armada napolitana, y no pudieron escapar de sus manos hasta la misma
boca del puerto de Palermo. Allí les obligó a permanecer algunos meses y a
confiar las mercadería al cuidado de los moradores, la amenaza de los enemigos
napolitanos de cerrarles la salida. Además, en la misma estación del presente
año de 1483, el rey, de Nápoles envió una escuadra de 50 galeras y cuatro
grandes naves, al mando de su hijo D. Fadrique, a los puertos donde más
necesaria fuese. Primeramente corrió el rumor de que la armada se dirigía a
Chipre; pero viósela andar recorriendo largo tiempo el mar de Toscana y el
Adriático, cual si se aprestara a combatir con la de los venecianos, con quienes
de día en día iban enconándose más los odios.
El Papa Sixto IV quiso
poner término a estas enemistades, y envió a los venecianos sus cartas en que
les aconsejaba no envolverse en guerras contra los Príncipes cristianos, con
grave perjuicio de sus intereses y daño general de la religión católica, cuando
tan bien empleadas estarían sus armas contra el enemigo del nombre cristiano, a
quien las numerosas disensiones de los católicos habían hecho temible por toda
la cristiandad. Haciéndolo así el Senado veneciano en aras de la paz, el
auxilio divino daría feliz término a todas las demás cuestiones. La respuesta
del Senado fue que, a pesar de la escasa gratitud con que fueron pagados los
muchos sacrificios de Venecia por la defensa de la Sede apostólica en días de
extrema angustia, cuando se veía combatida por el rey de Nápoles, y, a pesar de
los muchos años que la Señoría había estado resistiendo todo el poder del
Turco, por habérsela impuesto a ella sola el peso de la guerra contra el
poderoso enemigo, por bien de paz y por legítimos intereses, accedería a todo,
siempre que se negociase con entera lealtad. Porque manifiesto era que con la
paz, más que con la guerra, había aumentado la Señoría su poderío, y así
siempre serían amigos de una paz firme. Mas si por evento se hacía forzosa la
guerra, por encarnizada que fuese, trabajarían por rechazar la fuerza con la
fuerza, oponer riquezas a riquezas y crímenes a crímenes. Luego enviaron por
todas partes cartas en que exponían sus intenciones; y ya decididos unos y
otros a la guerra, ocupáronse activamente en preparativos militares. Los
venecianos, al mismo tiempo que combatían a los de Ferrara, enviaron contra los
milaneses fuerte ejército, a las órdenes del valiente general Roberto de San
Severino. Por su parte, el duque de Calabria D. Alfonso, que para socorrer a
los de Ferrara en su desgracia había acudido con numerosas tropas, las reunió
con las de Milán y se mostró ansioso de pelear.
Reanudando ahora la
narración de los asuntos de Granada diré que los cautivos señalados para el
rescate de Boabdil llegaron a Córdoba con el Abencerraje más joven el 31 de
Agosto, y que como D. Fernando había de marchar inmediatamente a las fronteras
de Navarra, donde le esperaba la Reina, dejó encargados los últimos
preparativos a los Grandes que entendían en la expedición contra Granada. El 2
de Septiembre salió de Córdoba montado en una mula y fue a encontrarse con
Boabdil, que a su izquierda cabalgaba en brioso corcel, y que ostentaba ricas
vestiduras y reales ornamentos. Precedíanle unos 30 jinetes moros y le
acompañaba numerosísimo cortejo y multitud de curiosos. Terminada la
conferencia y los recíprocos ofrecimientos, valiéndose por intérprete de un
moro conocedor de ambas lenguas, D. Fernando indicó a Boabdil que podía
regresar a Córdoba. El moro quiso besarle la mano, pero no se lo permitió el
Rey, que además se le mostró en todo bondadosísimo, negándose a que siguiera
acompañándole. Urgíale también continuar su camino para llegar a Guadalupe
antes de la Natividad de la Virgen.
Poco después de la marcha
de D. Fernando a las provincias lejanas, envalentonado Albuhacén con el
cautiverio del hijo, se atrevió a talar los campos de Teba y de Antequera, y
con 1.200 jinetes y 4.000 peones no dejó en pie cosa que pudiese ser útil a los
moradores. Con ello se proponía, aún, encargando de la hazaña a su
lugarteniente el alcaide de Málaga Bexerim, realzar su fama entre los
granadinos, que estiman sobremanera a un Rey, azote de los cristianos y
aborrecedor de nuestra nación. Pero no era fácil borrar la eterna antipatia que
la innata perfidia de Albuhacén había inspirado a los moros, y antes vino a
aumentarla el nuevo descalabro.
Por su orden salieron los
citados jinetes y 2.000 peones el 16 de Octubre en noche de luna llena a talar
el campo de Utrera y recoger abundantes despojos; mas las patrullas nocturnas
avisaron tan a tiempo y con tal acierto por medio de hogueras la proximidad del
enemigo, que mientras con no poco trabajo defendían sus ganados contra la
multitud de los de Ronda y de los demás adalides moros, hasta de Écija y Jerez,
porque los sevillanos llegaron tarde, acudieron aceleradamente en su auxilio
muchas lanzas y buen golpe de infantes. Muy oportunamente vino a reforzar a los
de Utrera, ya muy estrechados, el noble y arrojado Luis Portocarrero,
corregidor de Écija desde la marcha del Maestre de Santiago. Con él venían
guerrero tan hábil como el alcaide de Morón, Figueredo, y cuantos adalides
habían tenido noticia por el camino de la entrada de los moros. También el
Marqués de Cádiz, a la sazón en Jerez, en cuanto recibió la noticia, se
apresuró a marchar al socorro, aunque la distancia anulaba la diligencia. Así que,
previsor el Marqués, salió de Jerez con unas cuantas lanzas, y caminando de
noche se dirigió a Arcos por donde había de pasar vía recta, para recoger allí
otros de sus vasallos y marchar juntos contra el enemigo.
A toda prisa pudo reunir
300 de a caballo y unos 200 infantes; y con ellos fue acercándose a Zahara,
porque su pericia militar le hacía suponer que al destacar contra los de Utrera
los moros de Ronda una parte de sus tropas, habrían dejado otra mayor en aquellos
parajes. Otros 300 jinetes habían enviado a la orilla opuesta del Guadalete,
para ayudar a la tala a los primeros. No se engañó el Marqués en sus cálculos,
porque tropezó con el núcleo más importante y más escogido de rondeños y
malagueños, preparados para proteger a sus compañeros al regresar, como
suponían, cargados de botín y muy ajenos de tener que correr peligro alguno
mientras aguardaban en aquel sitio.
Quiso la suerte que al
presentarse de repente el Marqués con 700 lanzas escogidas y gran número de
peones y al observar los numerosos del enemigo apostados al lado allá del
Guadalete y más próximos a Zahara y a las alturas, que aquel pelotón de
caballos del Marqués formado en cuña se disponía a acometer al núcleo mayor de
los moros, el espanto de que venían poseídos los que acababan de ser derrotados
en los campos de Utrera, se comunicase a todos, y así, cuando el Marqués
pensaba tener que habérselas con enemigos temibles, los vio de repente
amilanarse y disponerse a la fuga. Con ello creció tanto el ardor de los
nuestros como el terror de los moros, y fue tan grande su derrota, que quedaron
muertos sobre el campo 800 jinetes, y aunque los peones pudieron ganar las
cumbres, los nuestros fueron cautivando durante cuatro días a cuantos por
desconocer los caminos encontraban vagando aterrorizados. Después de esta gran
matanza, el Marqués regresó a Jerez con más gloria que botín, pero llevando
prisioneros unos 100 jinetes moros, 200 caballos y tres estandartes.
Este encuentro reanimó
tanto a los cristianos de Andalucía como abatió á los moros de Málaga y de
Ronda. Muchos de los principales habían perecido en el combate o en la huida,
porque la ira de los vencedores perdonó a muy pocos, y pasaron a cuchillo hasta
a los que rendidos pedían la vida salva.
Así quisieron vengar la
muerte de algunos caballeros de Utrera, que peleando con multitud de moros, al
ver acercarse la caballería mandada por D. Luis Portocarrero, la tornaron por
hueste enemiga salida de una emboscada, y emprendiendo en gran número la fuga,
fueron perseguidos por los moros, que antes de deshacerse el error ya habían
degollado doce, de a caballo y algunos peones.
El Marqués, que tan
principal parte tuvo en la victoria, después de la persecución del enemigo,
empleó dos días en registrar los bosques, refugio, de algunos, y regresó a
Jerez, de donde había salido. Aquí la ira no le consintió ocultar más tiempo lo
que pensaba de sus autoridades, y con indignado acento les dijo que los
consideraba envidiosos, apáticos y cobardes, porque al recibir la noticia del
peligro, no sólo habían obrado perezosamente, sino con perfidia, empleando
largas horas en excusas y reteniendo la natural impaciencia del pueblo, ya con
públicas declaraciones de ser falso el aviso, ya con insinuaciones dichas al
oído de haberle enviado el mismo Marqués para poder apoderarse de la ciudad
cuando los moradores estuviesen ausentes. Esta maldad, o esta imprudencia, de
los regidores pudo causar gravísimo daño a toda Andalucía y el total
exterminio, de cuantos por el favor divino habían obtenido la victoria. Porque
manifiesto era que, lo mismo Luis Portocarrero como los demás adalides lanzados
en persecución de los primeros enemigos, hubieran caído en la celada de fuerzas
más numerosas y corrido gravísimo riesgo, a no haber divisado primero a los
moros allí emboscados las fuerzas que él acaudillaba, aun siendo tan cortas. Y
si en vez de sacar de Jerez menos de 100 caballos y unos pocos infantes,
hubiese sacado, como solía, numerosa hueste, no hubiera escapado ni un solo
jinete moro, ni el peonaje enemigo se hubiera librado de la muerte, sino que en
solo aquel día rondeños y malagueños hubiesen sufrido derrota semejante a la
que hicieron sufrir a los nuestros en las abruptas montañas de la Axarquía.
Además, para nadie era dudoso que los de Jerez habrían puesto en igual riesgo a
los nuestros, si cuando sus perversos regidores gastaron el tiempo en circunloquios
hasta las dos de la noche, él hubiese permanecido allí aconsejando y
persuadiendo, puesto que con acudir a deshora, o no habría servido de nada a
sus amigos, o se hubiera expuesto él y los suyos a seguro desastre. Por tanto,
considerando a los regidores de Jerez y a los principales caballeros tan
remisos para el bien cono solícitos para perversos cabildeos, él mismo
someterla sus procedimientos a la justicia de D. Fernando.
Así habló el Marqués,
presa de gran indignación, y escribió estas quejas contra los de Jerez al Rey
por saber que se disponía a marchar a Navarra y que oiría antes satisfecho la
victoria alcanzada por sus andaluces.
La noticia, unida a la
reciente de la muerte del rey Luis de Francia, ocurrida el 25 de Agosto de este
año de 1483, parecía ofrecer una atenuación a los cuidados, por la fundada
esperanza de que con ella cesarían o se alejarían las inquietudes que causó durante
su vida.
Entre otros muchos hechos
de este poderosísimo Monarca, tan poseído del ansia de dominar, ya referidos en
estos anales, pareció inaudito hasta entonces y sumamente extraño que para
procurarse sucesor, como se decía, hubiese procreado después de las hijas a un
hijo que había de ser preferido, puesto que por sus leyes están completamente
excluidas del trono las hembras. Pero desvanecido el primer rumor de esta
sucesión, dio poco después tantos motivos para dudarlo, que, así en el
extranjero como en Francia, aquella prole se tuvo por supuesta entre los bien
informados.
Entre otras fábulas corrió
como cierto entre algunos franceses que su Rey había resuelto privarse de la
vista de su hijo hasta la edad adulta, a causa de que el gozo de ver prole
masculina le había hecho hacer mal de ojo a otros dos hijos varones de tierna
edad. Pero este subterfugio del Rey pareció vano, porque la larga reclusión de
trece años y el extremado rigor en su guarda hicieron dudar a los Príncipes
cristianos y hasta al Papa de que realmente hubiese procreado un varón. Las
muchas y diversas ficciones del rey Luis dieron fundamento a la opinión de que
se proponía mantener incierto el juicio de los extranjeros y de sus vasallos,
no permitiendo que nadie, ni él mismo, viera al mancebo; divulgando haberle
procreado y no negando haberle buscado secretamente algunos enlaces, antes bien
haberlos algunas veces hecho servir de incentivo para entablar alianzas, por
considerar firme base de afecto los compromisos adquiridos por el vínculo del
futuro matrimonio. Así, antes de morir el rey Eduardo de Inglaterra, había
tratado con él el matrimonio de su hijo con la hija del difunto. Luego, para
alejar los peligros que la prolongación de la guerra de Borgoña iba aumentando,
no viendo medio más eficaz para calmar el encono de los ánimos que el lazo del
matrimonio, aprobó, o más bien, muy de buen grado, propuso la ratificación de
la paz mediante el casamiento de la hija de Maximiliano, nieta del Duque Carlos
de Borgoña, con el Delfín, sobre cuya paternidad, atribuida al rey Luis, tanto
se dudaba entre los franceses, y más aún entre los extranjeros. Ni aun después
de su muerte cesaron las dudas acerca de su sucesión masculina, y cuando
nuestros Reyes se hallaban en Vitoria se les hizo saber que el rey Luis no
había procreado varón alguno.
Poco antes, y mientras la
Reina esperaba la llegada de D. Fernando, quiso, al salir de Vitoria, recibir
solemnemente el juramento de obediencia de los vascongados. Al efecto, se
dirigió a la importante villa de Bilbao; juró en Guernica, con arreglo a la costumbre,
guardar los fueros y privilegios del país, y con los honores debidos y antiguas
ceremonias usuales entre ellos, fue proclamada Reina. Vuelta a Vitoria, recibió
allí alegremente al amado consorte. Después se tuvo noticia de haber sido
elevado al trono de Francia el Delfín con general asentimiento de los pueblos,
y los Reyes nombraron por sus embajadores, al Doctor de Talavera Rodrigo
Maldonado y A Juan de Barrionuevo para que fuesen a Gascuña y tratasen los
asuntos del matrimonio con la viuda de Febo, madre de la doncella
sobreviviente. Concedióseles, además, poderes y autoridad para recordar la
antigua y renovada alianza y los servicios prestados por los Reyes de Castilla
a la nación francesa. También enviaron a Alfonso de Quintanilla a Navarra para
inclinar el ánimo de 105 principales y de los moradores del reino a la alianza
con Castilla y visitar a la madre de la hermana y heredera del rey Febo, a fin
de explorar de nuevo cuál era su pensamiento acerca de lo que debería hacerse
después de la muerte del rey Luis.
El Marqués de Cádiz,
siempre vigilante, estudiaba activamente el medio de recuperar la villa de
Zahara, unos dos años antes ocupada por los moros de Ronda, pues de continuar
en su poder, amenazaba a los nuestros grave daño, por proporcionar firme
baluarte al dominio de los enemigos rondeños, y no detenerlos otra cosa en sus
correrías contra nosotros sino las sediciones de Granada, que habían enervado y
destruido su vigor, al mismo tiempo que la escasez de cereales les había
imposibilitado para enviar a Zahara víveres suficientes para la guarnición. Y
por cuanto el Marqués era quien más de cerca había de tocar el peligro de las
funestas correrías, fue también el primero y el más activo en atajar el daño
futuro, valiéndose para ello de mensajeros fieles, conformes con sus miras y de
gran pericia militar.
Eran éstos tres sujetos de
Arcos, acompañados de Luis Davilés, cautivo de los moros de Ronda, cuando la
toma de Zahara, y que rescatado luego por dinero, deseaba vengarse de la
miseria y penalidades del cautiverio. Al efecto, propuso al Marqués un medio ingenioso,
y en unión de sus compañeros, trató de explorar las fuerzas con que contaba la
guarnición enemiga. Como se notaban indicios de la escasez de alimentos que
padecía, a diario se ponía a prueba la vigilancia de los centinelas, y
siguiendo las astutas instrucciones del Marqués, se provocaba con frecuentes
algaradas a escaramuza a la mitad de los guardias. Por fin, dispuesto va todo
para una entrada repentina, el 26 de Octubre de 1483 se aproximó a Zahara el
Marqués al frente de 600 lanzas y 1.500 peones, avisando antes a sus amigos de
Sevilla, Jerez y Écija, para que, si fuese preciso, estuviesen prontos a
auxiliarle en empresa importante para todos. Mas como de intento hubiese
ocultado su propósito, nadie se movió, a excepción de Luis Portocarrero, corregidor
de Écija, que en unión con Juan de Almaraz, adalid especial de la Hermandad,
llevó 100 lanzas al Marqués, cuando hacía alarde de sus tropas en las márgenes
del Guadalete.
Al siguiente día se
pusieron celadas de este modo. En altas horas de una noche oscura, Ortega de
Prado, adalid valiente y muy ágil para echar las escalas, se ocultó con otros
nueve soldados escogidos en las cavernas que formaban las rocas al pie de las murallas,
con orden de aguardar en silencio a que al romper el alba otros diez de a
caballo, acercándose rápidamente a los moros, los retasen a escaramuza. Mas
mientras el resto de la guarnición atendía a la custodia de las puertas de la
villa, los diez emboscados, a una señal dada por sus corredores, debían arrimar
las escalas a la otra parte de la población por donde los moros no temían ser
atacados, y subir inmediatamente al muro. El éxito coronó el plan del Marqués,
que sólo se equivocó en el cálculo de los guardas de la villa y del alcázar,
que supuso no pasarían de 20, cuando en los momentos en que teniendo ya los
nuestros con trabajo las escalas arrimadas a los muros, a las voces de un moro
que desde una altura avisaba el ataque de la plaza, acudieron rápidamente cerca
de 50, y dejando cuatro en guarda de las puertas, acometieron a los pocos
escaladores.
Estaban éstos armados a la
ligera para mayor facilidad en la escalada, sólo protegidos por adargas y
capacetes, y así se defendían trabajosamente con sus espadas y puñales de los
50 enemigos armados de lanzas y revestidos de corazas. Pronto tendieron por
tierra a los diez cristianos y se lanzaron contra los que combatían las
puertas. Corrían mayor peligro aquellos pocos escaladores de los nuestros
porque como peleaban en la parte baja de la villa, eran blanco de la nube de
piedras lanzadas por los moros desde las alturas. Pero el gran corazón de los
nuestros no se amilanó en aquel aprieto, y con maravillosa fortaleza
resistieron impertérritos con su valiente adalid Ortega, hasta que el Marqués,
con un puñado de hombres, trepando por las escalas, vino en su auxilio y dio
entrada a otros muchos que combatían las puertas de la villa.
Tomada ésta, los 50 moros,
viéndose perdidos, se refugiaron en el Alcázar, bien enrocado y fortalecido;
pero era tal el espanto de que estaban poseídos, que ni aun allí se creían
seguros, y apenas se atrevían a mirar el transporte de la artillería que, con
extraordinaria actividad, asestaban el Marqués y su gente contra la fortaleza,
que sin el terror de sus defensores, difícilmente hubiera sido batida. Aquel
día sólo tuvieron los nuestros cuatro muertos y unos 20 heridos. Al siguiente
capitularon los moros, haciéndoles el Marqués merced de la vida y
permitiéndoles marchar libremente al África.
Recuperada la villa,
algunos de los Grandes andaluces se quejaron de que el Marqués se les había
adelantado empleando astutos recursos, cuando ellos se disponían a la misma
empresa y preparaban los oportunos planes. Tomó el Marqués esta ofensa, hija de
la emulación de la envidia, con prudente serenidad, y revelando a las claras
los recursos a que había apelado, exentos por completo de toda malicia, acalló
de tal manera las quejas, que en cierto modo obligó a sus émulos a avergonzarse
de su conducta. Difícil es expresar el regocijo de los nuestros por la
recuperación de la villa, amenaza de futuros desastres para los pueblos
cristianos, de haberla seguido ocupando el enemigo. No fue menor la alegría de
los Reyes al recibir la grata nueva.
Casi por estos mismos días
corrió el falso rumor de haber salido Boabdil de Guadix con bastante caballería
y encaminádose a Granada para arrebatar a su padre la corona, talar los campos
y lanzar a abierta rebelión a los ciudadanos, tan decididos partidarios del
hijo como enemigos del padre. Pero entre el confuso rumor de la supuesta
entrada, germen de verdaderas revueltas de los granadinos, supo el anciano
monarca mostrarse tan previsor, que fuera de las maquinaciones manifestadas en
las opiniones de los ciudadanos, ninguna otra novedad ocurrió, y con el castigo
ejemplar de los más resueltos, quedó reprimida la osadía de algunos decididos
partidarios de Boabdil.
El rey D. Juan de
Portugal, en su afán de verse libre de los temores que le angustiaban,
persiguió con saña a los hermanos del duque de Guimaraes o de Braganza, a quien
tiempo antes había hecho degollar, y no logrando apoderarse de sus personas,
imaginó vergonzosa venganza, ordenando que se cortasen las cabezas en estatua
al Marqués de Montemayor y al Conde de Jara. Como amenaza contra nosotros
dispuso que a su parienta D.ª Juana, hija de la difunta Reina de igual nombre,
se la tuviese con honrosa guardia, cual chispa dispuesta para futuro incendio.
De Italia se supo en estos
días por verídicos informes que los venecianos llevaban la peor parte en su
guerra contra el rey de Nápoles don Fernando, y que su primogénito el duque de
Calabria, D. Alfonso, unidas sus fuerzas al numeroso ejército del duque de
Milán Juan Galcazo Sforza, castigaba a Brescia y a Bérgamo con frecuentes talas
y las hacía sufrir horrible hambre, además de apoderarse por fuerza de armas de
otras muchas poblaciones. Asimismo se decía que D. Fadrique, hijo también del
rey D., Fernando, recorría con poderosa armada el Adriático y devastaba las
costas de Dalmacia, a devoción de los venecianos. Todo esto se reputaba
favorable a la causa de los Reyes de Castilla, Aragón y Sicilia.
Mientras iban di
fundiéndose estos diversos rumores de diferentes regiones, el conde de Cabra D.
Diego de Córdoba y el Alcaide de los Donceles, de igual nombre y apellido,
deseosos de obtener los honores debidos por el triunfo alcanzado con la prisión
de Boabdil, que entregaron, como se dijo, en poder de D. Fernando, a la sazón
en Córdoba, marcharon juntos a Vitoria a pedirle la recompensa del servicio, o
al menos, un honor equivalente. Y suponiendo que lo obtendrían más fácil y
liberalmente yendo a besar la mano a los Reyes, va reunidos bajo el mismo
techo, pusiéronlo por obra. Sucedió como lo imaginaron, porque sabida su
llegada, dispuso el Rey recibir primero al conde de Cabra, con el mayor honor y
pompa. Salieron a recibirle y felicitarle toda la nobleza y los cortesanos, y
al entrar en Vitoria le saludó también el cardenal D. Pedro González de
Mendoza. En palacio salió a su encuentro el rey don Fernando, que dejó a la
Reina el cuidado de disponer a su talante los sucesivos honores. Con alegre
semblante acogió al Conde D.ª Isabel, y de pie en el dintel de la puerta del
salón interior contestó afablemente a su saludo diciendo ser muy digno de
honores regios el vasallo que había hecho prisionero al Rey enemigo.
Al día siguiente se
tributaron honores al Alcaide de los Donceles, saliendo a recibirle la juventud
de la nobleza y gran número de cortesanos. No lo hicieron los Grandes ante las
puertas del palacio, por parecer excesivo este acatamiento a un joven, aun cuando
partícipe de la notable hazaña. Tres días después, los dos nobles citados
fueron admitidos al insigne y singular honor de ocupar un asiento en el extremo
de la mesa en que cenaban los Reyes y la princesa D.ª Isabel. Concluida la
cena, y a los armoniosos sonidos de las trompetas y de las flautas, empezó una
regocijada y cadenciosa danza que dispusieron los Reyes en honor de los dos
próceres citados. Por último, les otorgaron liberalmente grandes mercedes para
sí y sus sucesores.
Permanecieron los Reyes en
Vitoria principalmente para atender a los asuntos de Francia y de Navarra,
aunque todo se trataba por medio de embajadores poco eficaces por una y otra
parte, y mezclábase el temor a la esperanza, por cuanto los principales navarros,
reunidos en Vitoria, declaraban que arrostrarían los mayores peligros antes que
someterse a la soberbia francesa. El Cardenal de Foix, sobrino de D. Fernando,
que desde el principio apareció como mediador para la concordia, se ofreció al
fin a ir a París, donde en la Epifanía del siguiente año había de coronarse el
nuevo rey Carlos VIII, y trabajar con todas sus fuerzas, o por asentar la
alianza sobre la base de un matrimonio, o por alejar el intento de guerra con
algún otro expediente.
Cuando ya las conferencias
con los Grandes de Navarra y el viaje del Cardenal hacían vislumbrar alguna
esperanza, un nuevo contratiempo angustió el ánimo de los navarros al saber que
en aquellos mismos días, por traición y con repentina acometida, había sido
ocupado el fortísimo castillo de y puesto en él guarnición los nuestros. Sin
embargo, fuera de la agitación producida por las protestas y las ficciones de
las excusas, no se veía intento alguno belicoso; mas dábase por seguro que
estas cuestiones llevaban en sí envuelto el germen de encarnizada guerra,
porque además de estas controversias con franceses y navarros, el rey D. Juan
de Portugal reforzaba su caballería, hacía traer en sus naves desde Marruecos
gran cantidad de caballos, y en las costas de Málaga, evitando el encuentro con
nuestra reducida armada, desembarcaban de continuo gran número de escogidos
guerreros, reclutados entre todas las razas africanas, y destinados a reforzar
y socorrer a los granadinos.
Al mismo tiempo que esto
ocurría en España y que el África acudía en auxilio de los de Granada, se
anunciaban grandes desastres sufridos por los italianos, y no poco importantes
para la causa de España, a causa de la constante alianza entre los dos primos
del mismo nombre: D. Fernando, rey de Castilla y de Sicilia, y el rey de
Nápoles don Fernando. Además de la larga guerra contra los venecianos, en Sena
estalló terrible levantamiento popular contra la dominación de unos cuantos.
Pretextando, con fundamento o sin él, que los principales de la ciudad trataban
de entregarla al Rey de Nápoles, ocupó el pueblo el palacio con repentina
embestida, dio muerte a todas las autoridades y desterró a los nobles más
poderosos. Apoderóse después de los cargos públicos, y pactó alianza con los
florentinos, sus antiguos enemigos. En Noviembre de este año el arzobispo de
Génova y cardenal Pablo Campofragoso, hombre levantisco y muy dado al ejercicio
de las armas, expulsó de la ciudad a su sobrino Bautista, duque de Génova, hijo
del difunto duque Pedro Campofragoso; puso guarnición suya en el castillo y se
apoderó de los cargos públicos del Ducado, todo con pretexto de que-el sobrino
se inclinaba al favor del Duque de Milán, contrariando la voluntad de su
pueblo.
En este breve relato he
querido compendiar los sucesos ocurridos en varias partes del mundo en el año
de 1483. Otro acaecimiento maravilloso debe añadirse a los narrados, y es que
en este mismo año la célebre mezquita erigida en la Meca en honor de Mahoma por
los antiguos príncipes y pueblos de su secta fue destruida por fuego
súbitamente caído del cielo, sin quedar el menor vestigio de tan inmensa
construcción. El hecho se consideró como presagio de que amenazaba completa
ruina a la repugnante secta enemiga del nombre cristiano.
Libro IV
(1484)
Viajes de D. Fernando y de D.ª Isabel por Aragón, Castilla y
Andalucía. -Cortes de Tarazona. -Tratos con los franceses sobre el Rosellón.
-Provisión de la sede hispalense. -Talan nuestras tropas los campos de Málaga.
-Condena a la hoguera la Inquisición de Sevilla 500 herejes en tres años.
-Escasez de metálico en Andalucía a causa de la fuga de numerosos conversos.
-En previsión de este daño, los toledanos y su corregidor Gómez Manrique
consiguen que se deje tranquilos a los conversos. -Viajes de la Reina por
Andalucía y su generosa conducta con D.ª Teresa de Torres. -Asuntos de Navarra.
-Pareceres de los Grandes acerca del plan de guerra contra los moros.
-Prevalece el del Marqués de Cádiz, que aconsejaba el sitio de Alora.
-Rendición de esta ciudad. -Combates con los moros de Coín y Casarabonela.
-Muerte del Conde de Belalcázar. -Mención de su familia. -Aprovisionamiento de
Alhama y reto de nuestro ejército al de los granadinos. -Licencia D. Fernando
el ejército y regresa a Córdoba. -Sucesos de Italia. -Revueltas de Navarra.
-Expedición marítima del Conde de Castro contra los moros. -Muerte de Sixto IV
y elección de Inocencio VIII. -La Corte pontificia, los Cardenales, los Borgias
y sus relaciones con España. -Sucesos de Portugal. -Rendición de Setenil. -Tala
de los campos de Ronda. -Preocupación de los Reyes por los asuntos de Roma, de
Cataluña y de Portugal. -Su alegre entrada en Sevilla. -Guerras en Italia.
-Derrotas de los moros rondeños. -Censurable conducta del Conde de Castro para
con los venecianos. -El Papa logra con sus consejos acallar las discordias de
los italianos.
Empleada la mayor parte del año anterior en los asuntos de
Navarra y embajadas de Francia, D. Fernando volvió toda su atención a la guerra
de Granada. El acierto en su preparación debía reportar legítima alabanza y
reconocida utilidad. Así, desde principio de Enero de 1484 empezó a disponer la
campaña, harto convencido por las anteriores de la extremada solicitud y
singular empeño necesario para vencer a los moros no menos prevenidos. Jamás
habían desaprovechado las ocasiones favorables, y por mucho tiempo, aun
viéndose cercados por los nuestros por mar y tierra, habían luchado con
reducidas fuerzas contra el gran poder de los cristianos, proporcionándose
firme defensa e infiriéndonos graves daños.
Considerando la gran
distancia que había de recorrer desde Navarra a las últimas provincias de
Andalucía, el 12 de Enero, dando de mano a cuanto te había retenido tanto
tiempo en Vitoria, salió de esta ciudad con la Reina y con la princesa D.ª
Isabel, y se encaminó a Tarazona para tratar, antes de marchar a Andalucía, de
los asuntos de Aragón, de Barcelona y de Valencia en las Cortes que por común
asentimiento de estos pueblos habían de celebrarse en el citado, y donde, según
la costumbre de España, habían de presentarse al Rey las peticiones de los
pueblos para resolver en justicia.
Asisten a estas asambleas
los cuatros brazos (que así se llaman), a saber: el eclesiástico, el de la
nobleza, el militar y el popular, representado por sus procuradores, y si de
los acuerdos en ellos adoptados esperan éstos el remedio de sus necesidades,
también al Rey suelen concedérsele considerables subsidios. Ante la perspectiva
de la doble ventaja, los Reyes aprobaron la reunión de estas Cortes, mientras
se obtenía la respuesta del rey Carlos de Francia a los embajadores españoles.
Ya antes habían recibido esta misma comisión D. Juan de Ribera, sujeto noble y
entendido, y el deán de Sevilla y doctor en cánones D. Juan Ares. Porque entre
las demás cuestiones que desde los días del rey Luis había pendientes, así de
guerra como de paz, lo más urgente era el cumplimiento de su último decreto
referente a la restitución de la plaza de Perpiñán, con los demás dominios del
Rosellón, al legítimo señorío del rey D. Fernando. De confirmarlo su sucesor el
rey Carlos, la antigua alianza entre Francia y Castilla quedaría legalmente
afirmada; pero si el francés optaba por continuar ocupando injustamente aquella
provincia contra todo derecho, habría que aguardar a tiempo más favorable. En
este caso se presentaría la conveniente protesta jurídica, en cuyos estudiados
y previsores fundamentos pudiera apoyarse en lo futuro una reclamación más
eficaz.
Así lo hicieron los
embajadores cuando se convencieron del astuto proceder de los franceses, y
después de muchos altercados a que daban lugar por una parte la soberbia de los
franceses y por la otra la exquisita circunspección de los españoles, se volvieron
a España sin aceptar los regalos del rey Carlos, y dieron cuenta a los Reyes de
haber ejecutado su cometido con estricta sujeción a las instrucciones
recibidas. No hicieron aquellos público el astuto aplazamiento de los
franceses, fundado en que la menor edad del rey Carlos era un obstáculo para la
inmediata ejecución del testamento, porque para la restitución de aquella
provincia se necesitaba más libre voluntad del Rey, a fin de evitar que un día
pudiera acusar a sus consejeros de haber tomado una resolución prematura.
Sugirió este subterfugio a los franceses su rey Luis, maestro en esta clase de
ficciones.
Reuniéronse las Cortes en
Tarazona, no sin grandes debates, porque los barceloneses decían que se les
había llamado ilegalmente a la frontera aragonesa. Pasado algún tiempo en estos
altercados, se recibió con disgusto la noticia de haber prendido a Pedro de
Peralta, tan estimado del difunto rey de Navarra D. Juan, algunos soldados del
bando enemigo, contra lo establecido en los pactos; pero el anuncio de la
libertad de hombre de tal valía borró la tristeza de aquella novedad.
Triste fue también para
los Reyes la de la muerte de D. Íñigo Manrique, arzobispo de Sevilla, tanto por
sus merecimientos, cuanto por las importunas instancias de algunos que
proclamaban su incontestable derecho a ocupar la sede vacante o por razones de justicia
o por sus grandes servicios a la Corona. Así pareció más prudente mantener en
suspenso a los pretendientes, aplazando el nombramiento, que proveer la vacante
en alguno de ellos. Pero el Papa Sixto, siguiendo su inveterada costumbre de
prescindir de la justicia en la provisión de cargos eclesiásticos, cuando supo
el acuerdo de los Reyes de demorar la de la Sede hispalense, que exige un
prelado asiduo y celoso, resolvió dársela a su protegido el Cardenal de San
Jorge, con total olvido del derecho de presentación que antiguas constituciones
conceden a los Reyes. Fue esto origen de muchas disensiones, y hubo que tener a
raya los caprichos del Papa, que en nada tenía los fueros de la equidad cuando
se trataba de colmar de riquezas a sus favorecidos. Esta imprudente conducta
del Pontífice tenía indignados a todos los Príncipes cristianos, sin exceptuar
a los nuestros, que, vejados ya por excesivos abusos de los Papas, y pesarosos
del asentimiento de sus vecinos, se proponían volver por sus fueros y encomendar
su causa a los dictados de la justicia. Más enérgicamente hubieran rechazado en
aquellos días muchas de las intrigas de la corte romana encaminadas a
justificar inicuas exacciones, a no estar pendientes de la esperanza de
alcanzar la bula de indulgencia para la guerra de Granada, y obtener así de los
fieles mayores sumas para los grandes gastos del ejército. El Papa, sin
embargo, no la concedió como los Reyes esperaban, sino que se reservó la
tercera parte de los productos, para que el Conde Jerónimo pudiera aumentar en
gran cantidad de ducados el tesoro que de todas partes iba acumulando. No
llevaron a bien los Reyes la merma; pero tuvieron que aceptarla, suponiendo que
al cabo el Papa accedería a sus súplicas, al exponerle la justicia de que el
dinero concedido por los vasallos a su Rey para la defensa del Catolicismo no
se destinara a otro fin, y así admitieron al Nuncio colector del tercio citado,
Firmiano Perusino, prelado soberbio y tenaz, cuya intransigencia se toleraba
intencionadamente hasta que el Papa, ante la justicia de las reclamaciones, se
redujera a términos más equitativos. A todo se sobreponía, sin embargo, el
estímulo de la avaricia. Por su parte, el Rey se mantuvo firme en no aprobar la
funesta provisión de la Sede hispalense, y una y otra parte pasaban el tiempo,
empleando astutamente, ya la bondad, ya la intransigencia.
Luego, acordaron los Reyes
repartirse el despacho de los negocios más difíciles, por exigir pronta
resolución la campaña contra los granadinos y no poderse demorar tampoco el
arreglo de las cuestiones de Aragón y de Navarra, muchas de ellas pendientes de
una discusión de día en día aplazada. Así pues, como para la Reina era más
penoso que para D. Fernando el largo caminar hasta las lejanas provincias
andaluzas, adelantó la marcha con sus hijos, y el Rey retrasó el viaje.
Mientras en las Cortes de Zaragoza examinaba las peticiones de los procuradores
y proveía con arreglo a las leyes del reino, D.ª Isabel llegó a Toledo y allí
dispuso que antes de su llegada a Andalucía se destinara fuerte contingente de
tropas a la tala de las vegas de Granada y de Málaga, para que la carestía de
los alimentos pusiese en más aprieto a los enemigos, ya castigados con larga
escasez, pues si con la pasada se los reducía a la última penuria, se les
podría combatir mucho más pronto. Por su orden se alistaron 300 caballos y 5.000
peones sevillanos, casi otros tantos cordobeses y otras muchas tropas de Jerez,
Écija y Carmona que, reunidas con las numerosas de los Grandes andaluces,
marcharon antes de finalizar Abril a las órdenes de esforzados y prudentes
caudillos a talar los campos de Málaga, de más adelantada vegetación que los de
Granada. Así se ejecutó con la mayor diligencia, sin perdonar en ellos el
hierro o el fuego cosa alguna que pudiera servir de alimento a los malagueños.
Y como todavía era prematura la tala de los demás campos del enemigo, se
licenció a las tropas, no sin considerable gasto de soldadas, si bien muy
inferior en consideración al grandísimo daño que recibió con aquella el
enemigo, puesto que la facilidad de derrotarle, esperanza de futuras riquezas
para los vencedores, era para los vencidos amenaza de calamitosa pobreza una
vez reducidos a la condición de cautivos, que nada tan miserable como la
servidumbre.
Por estas acciones
esclarecidas, preludio de un término glorioso, el Rey tributaba grandes elogios
a los soldados andaluces, pues después de la toma de Alhama, frecuentemente los
pueblos y los Grandes de Andalucía habían marchado con numerosas tropas contra
los moros, y una vez, cerca de Málaga, muchos caballeros cristianos perecieron
miserablemente o quedaron cautivos, como arriba se dijo. En su rescate
consumieron muchos en aquellos días toda su fortuna.
El establecimiento de la
Inquisición, recurso indispensable para castigar la herética pravedad, había
aumentado también la penuria. Cierto que ésta se consideraba baladí respecto a
la felicidad eterna; como las verdaderas riquezas sean la posesión de la verdad
católica. Así D. Fernando y D ª Isabel antepusieron a cualquier inconveniente
el arrancar de entre las gentes andaluzas la multitud de judaizantes, de modo
que aquellos hombres, inficionados del error, volviesen al camino de la salud
eterna por medio de una reconciliación verdadera o pereciesen entre las llamas
si se mantenían pertinaces.
Sin contar los numerosos
fugitivos y los condenados a cárcel perpetua, cerca de 500 fueron quemados en
Sevilla en el espacio de tres años en los casos en que se hacía imposible la
aplicación de pena más leve.
Entre los conversos, la
mayor parte de las mujeres se entregaban a ritos judaicos. Los hombres, que
erróneamente creyeron encontrar su salvación en la fuga, se llevaron cuantas
riquezas pudieron, escondiendo otras muchas con la esperanza de regresar algún
día. Quedó exhausta Andalucía de oro y plata, y como para pagar a las tropas no
bastaban ni con mucho las rentas reales, había que recurrir a los pechos,
principalmente por la imposibilidad de sostener la guarnición de Alhama,
contigua a los dominios granadinos, si dos o tres veces al año no la entraba un
convoy custodiado por fuerte ejército. Todo esto sufrían con paciencia los
pueblos leales, con la esperanza de obtener al cabo algún día el deseado
descanso.
Los toledanos, sin
embargo, temiendo la pobreza a que quedaría reducida la ciudad si se hacía
inquisición de la vida y costumbres de los conversos allí donde tres o cuatro
veces la infame conducta de los judaizantes había causado daños tan terribles,
trabajaban con empeño por impedir tales pesquisas. Convencido por el juicio
unánime de los ciudadanos el noble y prudentísimo corregidor Gómez Manrique, de
gran prestigio entre ellos, logró persuadir a la Reina con muchos argumentos de
las ventajas de aplazar semejante inquisición, sobre todo en aquellas
circunstancias.
Pasados algunos días en
estas deliberaciones, la Reina abandonó la imperial ciudad, y en su camino a
Andalucía, llegó a la eminencia ilustrada por la insigne victoria de Alfonso
VIII sobre los moros africanos y granadinos, de los cuales más de cien mil perecieron
por el esfuerzo de los cristianos, que desde aquel día tuvieron paso libre para
Andalucía. La batalla comenzó en la cumbre de aquel monte, y deshechos y
puestos en fuga los enemigos, el vencedor llegó hasta Jaén y puso cerco a
Baeza. Aquí se había propuesto venir la Reina y después dar vista a Jaén,
durante la ausencia del Rey, a quien pensaba aguardar en Córdoba. Recibida con
gran pompa entre las aclamaciones de los ciudadanos de Úbeda y de Baeza, que no
se cansaban de elogiar la bondad reflejada, en su hermosísimo rostro, empezó a
correr la voz de que la condesa D.ª Teresa de Torres, que tenía guarnición en
los dos alcázares de Jaén, no veía de buen grado la visita de la Reina a esta
ciudad, por recelarse que buscaba algún pretexto para despojar de aquel honor a
la viuda, tan benemérita de los Reyes. Pero la prudentísima Reina disipó estas
sospechas, verdaderas o infundadas, con admirable acierto. En cuanto entró en
Jaén, la Condesa viuda puso a su disposición las fortalezas y cuanto poseía, y
la Reina, ya dispuesta a premiar generosamente los servicios de D.ª Teresa, y
agradecida a su noble desprendimiento, no sólo la hizo desechar todos sus
recelos, sino que la concedió más amplias facultades y nombró a su único hijo,
D. Luis de Torres, paje de la Real Cámara.
El 15 de Mayo llegó D.ª
Isabel a Córdoba, y quince días después el Rey, con gran alegría de la Reina, y
no menos entusiasmo de los moradores, recelosos del buen éxito de la guerra de
Granada con otro caudillo que no fuese D. Fernando, por reunir en su persona, a
una dignidad suprema, todas las dotes de un gran general. Inmediatamente se
consagró a resolver los asuntos de Andalucía, ya que los de Navarra no se
habían arreglado cual deseara, porque D.ª Magdalena, madre del difunto rey Febo
y de la doncella, su sucesora, se había casado con cierto prócer francés, Señor
de Labrit, y desposado a su hija la Reina de Navarra con otro hijo del marido,
contra la voluntad de los navarros, y éstos, por uno de sus antiguos fueros,
cuando un heredero del reino llega a casar con persona no grata a los
ciudadanos, representados por los cuatro brazos eclesiástico, de la nobleza,
militar y del pueblo, no caen en crimen de deslealtad por negar la obediencia,
antes quedan libres de elegir otro Señor. En virtud de tal fuero, los navarros,
aunque protestando de la nota de desleales, se negaron a reconocer a la
doncella desposada sin consentimiento público de los habitantes, y consiguieron
de D. Fernando tropas auxiliares, pedidas por unánime acuerdo de la nobleza y
el pueblo, en todo lo demás poco acordes.
Una tenaz sedición tenía
cruelmente desgarrado aquel reino, porque divididos en bandos, y
alternativamente vencidos y vencedores, hasta los niños y las mujeres luchaban
entre sí con encarnizamiento que sólo lograba aplacar el odio a los franceses y
la bondad de D. Fernando, hijo del difunto D. Juan, rey de Navarra y Aragón.
Arregladas algún tanto las
cuestiones de estos dos reinos, el Rey fue a reunirse el 31 de Mayo con D.ª
Isabel, a quien ya se había consultado acerca de la guerra proyectada, por
creer los Grandes andaluces y el Maestre de Santiago D. Alfonso de Cárdenas,
que su estancia en Aragón se prolongaría más tiempo. Después de manifestar los
Grandes sus diversos pareceres sobre la futura expedición, al cabo pareció el
más acertado el del Marqués de Cádiz, noble y esforzado caudillo, tan práctico
en asuntos de la guerra como fecundo en planes para ejecutarla. En su opinión,
debía intentarse antes que todo la toma de Alora, tan excelente baluarte contra
Málaga si caía en nuestro poder, como funesta para los cristianos mientras la
poseyese el enemigo. Su situación en medio del camino, entre Antequera y
Málaga, la constituía en una amenaza para unos y otros, y desalojando de allí a
los moros, se tenían vencidos todos los obstáculos para el libre paso. Expuso
el Marqués la facilidad de apoderarse de la villa y de asegurarse luego en ella
fuertemente, por la costumbre de los moros de no proteger sus pueblos con
fosos, trincheras ni robustas defensas, sino que, confiados, sobre todo, en la
posición de los lugares, levantan tapias endebles y en confuso plano (porque
sólo temen los ataques repentinos) y éstas no podían resistir al embate de
nuestra artillería y máquinas de guerra. Así que el descuido de los moros nos
facilitaría el medio de apoderarnos de sitios desprovistos de las convenientes
obras de defensa, que luego podríamos fortificar mejor.
Este parecer del Marqués,
unánimemente aprobado por los Grandes ante la Reina, obtuvo la sanción del Rey,
que llegó a los tres días, dejando creer cautelosamente que se dirigía a otra
parte. Además, la suprema autoridad del mando infundió valor a los Grandes y a
las tropas y confianza en la victoria, porque antes de su llegada, inciertos
acerca del general que elegiría la Reina, temían igual desastre que en la
Axarquía, donde la falta de caudillo fue causa del desorden entre los demás
jefes. Falta es ésta en todas partes funestísima; pero especialmente
perjudicial entre los castellanos, que a impulsos de siniestras rivalidades y
de diversos propósitos, se inclinan, ya a la obediencia, ya a la desobediencia
de unos o de otros, e introducen la perturbación en las filas, donde toda
vacilación origina efectos desastrosos.
Bajo el mando de un Rey,
este defecto de nuestra nación tiene más fácil remedio, sobre todo porque D.
Fernando era universalmente querido, y pasado aquel vértigo, causa del desastre
de los nuestros junto a Loja, dirigía los asuntos de la guerra con gran pericia
y con la conveniente prudencia; disponía todo a su voluntad con el mayor
acierto, y, finalmente, creciendo el valor con los años, ventajosamente
fortificado con la experiencia, nadie dudaba de que había de igualar al padre y
al abuelo en destreza en la guerra y superarles en gloria militar. Así, la
confusión de pensamientos antes de su llegada, se convirtió ahora en alegre
confianza, y para no perder el tiempo, reunidas rápidamente algunas tropas que
iban llegando de las provincias más lejanas de Castilla, marchó, después de
pasar diez días al lado de la Reina, a los puntos de Andalucía señalados para
esperarle en día determinado.
El único objeto aparente
de aquel ejército era llevar provisiones á la guarnición de Alhama por el
camino más practicable, junto a las vegas de Granada, y como para proteger el
convoy se necesitaban numerosas tropas, este rumor mantuvo quieto en la ciudad
a Albuhacén, aunque presa de mil dudas y sospechas. Entretanto, y siguiendo los
surcos de las ruedas de los carros, marchaba trabajosamente la artillería hasta
llegar al campo de Antequera, accesible por uno u otro lado. Luego se hacía
difícil conocer si la expedición se dirigia a Loja o a Málaga, mientras no se
la viese internarse en una u otra garganta. Prevenido con este ardid, D.
Fernando hizo que las tropas presentasen a la vista de la multitud granadina el
frente de un ejército numeroso, con lo que fácilmente pudo pasar por mitad del
campo toda la impedimenta necesaria para el aprovisionamiento citado, mientras
el hierro y el fuego dejaban taladas las siembras y árboles frutales, sin la
menor resistencia del enemigo, por atender Albuhacén exclusivamente a la guarda
de Granada y a la defensa de Loja.
Hecha la tala en los
campos granadinos, al paso de nuestras tropas, D. Fernando, después de visitar
nuevamente a Alhama, no torció la dirección hacia Loja, como pensaba Albuhacén,
sino que marchó a Alora, villa a que, según previo, acuerdo, había puesto repentino
cerco el Marqués de Cádiz el 11 de Junio. Pronto acudió allí el Rey con su
ejército, y tres días después ya estaba emplazada toda la artillería. No
tardaron los terribles disparos de las bombardas en derribar parte de las
murallas, y el inaudito estrépito, los gritos y lamentos de las mujeres, el
llanto de los niños, llenó de espanto a los moradores ya sobrecogidos por otras
muchas angustias. Viven los moros muy supeditados a sus mujeres; el tierno amor
de los hijos los hace cobardes, y como procuran afanosamente la propagación y
el sustento de la prole, todas las casas estaban llenas de seres indefensos, y
los hombres difícilmente lograban reunir sus familias, mientras todos los
jóvenes y viejos atendían a la defensa.
Creció el espanto y los
lamentos al ver derruida completamente aquella parte de las muralla, que creían
de más resistencia por estar construida en la falda de la colina. En ello
vieron inmediato peligro de exterminio o de cautiverio si pronto no se obtenían
del poderoso Monarca más benignas condiciones por medio de pactos de rendición.
Al punto los vecinos declararon sus deseos de entrar en tratos con los
sitiadores, y obtenido el permiso, se les concedió libertad para marchar adonde
quisieran con ligeros bagajes, lo cual les pareció un extremo de clemencia,
poseídos como, estaban del mayor espanto, y a los nuestros maravilla, atendida
la fuerte situación del lugar. Porque después de destruida totalmente la parte
baja de la muralla, única que podía batir la artillería, la pendiente desde la
cumbre del monte hasta la falda, protegida por un cinturón de rocas, hubiera
proporcionado a los defensores inexpugnable baluarte mientras durasen los
víveres, y agua abundante les suministraba el río Saduca, que corre al pie de
un áspero peñasco, y al que los moros llaman Guadalquivirejo, o Betis pequeño.
Grande le consideran los indígenas, porque, crecido en invierno y sin secarse
en verano, riega gran extensión de los campos desde la cima del Ilípula hasta
las costas de Málaga, donde desemboca.
La repentina rendición de
los de Alora fue tachada de vergonzosa cobardía por los moros de las tierras
vecinas, y principalmente por los de Ronda. Entre éstos el suegro del alcaide
de Alora atribuía la mayor culpa al yerno, y éste se defendía haciendo recaer
sobre los ciudadanos la nota de traición, porque el terror de tantos había
hecho inútil la constancia de uno solo, imposibilitado de imponer su voluntad a
la multitud encerrada con él en el alcázar. Tan a mal llevaron la entrega de
Alora los malagueños, que les negaron la entrada en la ciudad y dieron muerte a
algunos, después que el rey D. Fernando, a impulso de humanitarios
sentimientos, dio orden a sus soldados de proteger a los de la villa en su
marcha, orden que cumplieron estrictamente. Quedó encargado de la defensa de la
villa el noble D. Luis Portocarrero, bien quisto de todos por sus insignes
prendas, y muy querido de los soldados que tenían en mucho su generosidad, su
bondad y su prudencia, y ensalzaban tanto sus numerosas hazañas, que bastaba ser
su compañero de armas para no necesitar otro estímulo para el valor. Por
disposición de D. Fernando quedaron 300 soldados de a caballo con Portocarrero,
después de reparada con mayor firmeza la parte de las murallas destruida.
Temiendo los peligros de
un sitio los moradores de Coín y Casarabonela, supieron prevenirse astutamente
contra una repentina acometida de los nuestros, fingiendo, después de la
rendición de Alora, que estaban prontos a imitar su conducta, por el deseo de
librarse del peligro, siempre que, atendiendo a que voluntariamente renunciaban
a la defensa, el Rey les impusiese condiciones más ventajosas, como eran
permanecer en sus viviendas y poseer libremente sus bienes como vasallos de D.
Fernando. Estas negociaciones se trataban con poca confianza, por ser recíproco
el recelo de algún engaño. Así, en cuanto el Rey se adelantó para examinar de
cerca si aquellos pueblos contaban con obras de defensa, pudo descubrirse la
perfidia de los infieles que, parapetados tras las arboledas (muy densas en
aquel valle por la abundancia de aguas) lanzaban contra los nuestros saetas
envenenadas.
Trabóse al punto
escaramuza, y no pudiendo refrenar sus ímpetus García Enríquez, adalid del
Duque de Medina Sidonia, a pesar de haber prohibido el Rey responder a este
género de combate, se lanzó con otros muchos al empeñado entre los huertos.
Para librarlos del peligro, o poder, al menos, sacar a los suyos ilesos de la
pelea, cayó sobre los moros el joven Conde de Belalcázar, de noble estirpe,
casado con parienta del Rey y muy querido de éste. Pero el infeliz, herido en
el primer encuentro por una saeta envenenada, no pudo salvarse ni salvar a los
suyos. Al saberlo el Rey, que en aquel momento descansaba en un campo próximo,
acudió a toda prisa, y encontrándose en el camino con el joven casi expirante,
empezó a reprenderle airadamente por la desobediencia a sus órdenes, causa de
su perdición y de la de otros muchos; mas cuando se enteró de la desgracia, su
enojo se trocó en lástima. Y como no parece ajeno de esta relación, diré algo
de la ascendencia del desgraciado joven.
Fue su abuelo el maestre
de Alcántara Gutierre de Sotomayor, cuyo hijo D. Alfonso casó con D.ª Elvira,
hija del Conde de Plasencia, tan consagrada al bien cuanto su marido se dejaba
arrastrar por una insensata temeridad y furia. A tales excesos le llevaron
estas pasiones, que murió desastradamente a manos de un antiguo criado suyo, a
quien había castigado con excesiva crueldad.
El primogénito, desde la
niñez, bajo la tutela de su madre, estaba destinado a recoger una cuantiosa
herencia; pero de tal modo anhelaba por los bienes del cielo, que se hizo
notorio su desprecio de los del siglo, y ni los halagos ni las tiernas lágrimas
de su madre pudieron apartarle jamás de sus aspiraciones religiosas. Consagrado
a sus prácticas de virtud, renunció a la posesión de sus estados, a pesar de
aconsejarle su madre, viuda y abrumada por los muchos cuidados del gobierno de
los pueblos, que no dejara gravitar más tiempo tan gran peso sobre los débiles
hombros de una mujer, después de haber dirigido la educación de los hijos y la
administración de los vasallos en tiempos tan revueltos hasta los días en que
su primogenito se aproximaba a la emancipación, puesto que el segundo estaba
aún en edad pupilar.
Cuando la excelente madre
se convenció de que ni razonamientos ni lágrimas le hacían desistir de su
propósito, renunció a contrariarle, y sólo trató de persuadirle a que se
quedase a vivir entre los virtuosos frailes del monasterio de Guadalupe, tan
próximo a sus Estados. Accedió el buen joven a los ruegos de su bondadosa
madre, por no aparecer en todo intransigente; pero no mucho después, deseando
huir del ceremonioso respeto con que los monjes le trataban, de las frecuentes
visitas de la familia y de las suculentas comidas, tomó el hábito franciscano y
marchó a Roma, donde su ilustre alcurnia le valió excelente acogida del Papa
Sixto IV. Allí entró en un pobre convento de una reducida comunidad de
franciscanos, y vivió humilde y devotamente.
Al llegar a la mayor edad
su hermano segundo y heredero de los Estados paternos, su madre, D.ª Elvira,
despreciando también el mundo, y dejando casado al hijo con la excelente hija
del Almirante D. Alfonso Enríquez, pudo recogerse a vida más religiosa, porque
hasta allí las varias agitaciones del gobierno de sus estados habían perturbado
algún tanto su existencia. Murió cuando empezaba a envejecer, conservando toda
su belleza.
El hijo, heredero de los
dominios, prefirió imitar la conducta de la madre y del hermano a la del padre:
siempre digno y justo, fue muy humano con sus vasallos; y como a ninguno
infirió el menor agravio, todos le veneraban. Con amargo llanto y perpetuo luto
deploraron la desastrada muerte de su señor, para lo que fue cierto lenitivo el
nacimiento de un hijo poco antes de recibir la madre la noticia de la muerte
del amadísimo consorte. Cuando se enteró de la desgracia, sufrió un largo
desvanecimiento.
También fue penosa para el
Rey y para todos los Grandes la repentina muerte del joven. Descubierta luego
la perfidia del enemigo, que aprovechando el tiempo de las negociaciones había
reforzado las guarniciones de Casarabonela, Coín y otras villas más cercanas a
Alora, se resolvió que el ejército dejase al pasar por Alhama un convoy de
abundantes provisiones y además 300 lanzas de la Orden de Calatrava, y luego
continuase con más ardor la tala de los campos granadinos, y que si por caso
Albuhacén oponía resistencia, no se rehuyese la pelea. Dejados, pues, en Alhama
el escuadrón y las provisiones, el Rey condujo el ejército a través de la
campiña, y para incitar al enemigo al deseado combate, sentó los reales no
lejos de Granada, arrostrando un peligro que jamás osaron desafiar ejércitos
cristianos más numerosos. Pasaban de 60.000 los peones, con una multitud de
jinetes, los que de repente podían acometer a D. Fernando, que sólo disponía de
6.000 lanzas escogidas y unos 10.000 infantes. La proximidad a Granada podía
también ser funesta para los nuestros, mucho más teniendo que habérselas con
innumerable ejército que peleaba por su patria junto a las murallas, defendidas
por los suyos. Pero era tanto el deseo del Rey por venir a las manos con los
moros, que apeló a los últimos recursos para retarlos, con solas dos
prevenciones, la de tener libre la aguada y la elección del campamento.
Conseguido esto, no había que reparar en lo peligroso de la batalla.
Permaneció, sin embargo, quieto Albuhacén, receloso de alguna revuelta en
cuanto saliera de Granada contra los cristianos, porque la rebeldía de Boabdil
le había acarreado muchos enemigos entre los granadinos, además de los de
Almería y Guadix, partidarios del hijo. Así, para ocurrir en parte a estas
dificultades, envió contra los de Almería un escuadrón de jinetes en favor de
sus partidarios, contenidos por la guarnición del Alcázar bajo el supuesto de
lealtad. Mientras don Fernando iba aproximándose a los muros de Granada, los
jinetes moros aparecían en grupos de descubierta y cambiaban repentinamente de
sitio; pero nunca empeñaban combate, aun presenciando la destrucción de sus
campos y cómo el hierro y el fuego iban arrasando sus feraces huertas. Cuando
el Rey penetró el plan de los moros no quiso gastar en valde esfuerzos, tiempo
y dinero, y como los andaluces deseaban dedicarse a las tareas de la
recolección, dio licencia a los soldados para que, terminadas, volvieran a
reunirse y a causar mayores daños al enemigo. Concertado este plan, regresó a
Córdoba, casi a los cincuenta días de haber salido a la expedición de Alora.
Habían ocurrido entretanto
en Italia grandes turbaciones, a que D. Fernando prestaba no poca atención,
porque al interés universal para los cristianos de la hostilidad de los turcos
se añadía ahora la causa de su primo D. Fernando, rey de Nápoles, en guerra con
los venecianos, enconados contra él por artes de Luis María Sforza. Separándose
de la útil alianza del Duque de Calabria D. Alfonso, y sin infundirle a él ni a
su padre D. Fernando la menor sospecha, abandonó ingrata y secretamente a éstos
sus favorecedores para prestar favor a los venecianos, escarmentados por los
milaneses, y a quienes el valor del citado duque D. Alfonso había forzado a
levantar el estrecho cerco puesto a Ferrara y a devolver al Estado milanés,
tras varios encuentros desgraciados, nuestros lugares del lado acá de Abdua, de
que por largo tiempo habían sido señores. Pero el desleal Sforza, después de
haber contribuido a estos desastres de los venecianos, obligó a su antiguo
aliado D. Alfonso, no ocultando ya su defección, a regresar a Nápoles, para no
perder, juntamente con las sumas gastadas, el ejército que su padre le había
confiado. Con la traición de Sforza, el Senado veneciano, cual libre ya de un
gran peso, se resolvió a enviar inmediatamente a las costas de Lucania una
poderosa armada, que se apoderó de Galípoli y las dejó fuertemente presidiadas,
en ocasión en que D. Fernando, consumido su tesoro en ajenas empresas, ni podía
sustentar su ejército, ni defender suficientemente sus Estados, porque, como
suele suceder, los pueblos se mostraban mucho menos obedientes en los días de
la desgracia que cuando subyugaba a los enemigos.
También el Papa Sixto,
antes riguroso en sus censuras contra los venecianos, empezó a mostrarse hostil
a los magnates romanos que en años anteriores habían favorecido a D. Fernando.
Así, el Cardenal Colonna, ante el temor de perder la vida, encomendó su salvación
a la fuga. El protonotario Colonna, cogido de repente, fue decapitado en
público, previa la exoneración de su dignidad eclesiástica; espectáculo
excesivamente deplorable para los ciudadanos de Roma, hasta para los fautores
del bando contrario, que si al principio se mostraron, al parecer, conformes
con la conducta del Papa, al cabo manifestaron su repugnancia a la crueldad del
Conde Jerónimo. Todos veían con disgusto el desastre de la casa del Cardenal
Colonna, la ocupación de la ciudad de Marini y la ruina de otras, que por todas
partes se procuraba. Ninguno de estos atropellos pudo impedir en aquellos días
el rey D. Fernando, y viose precisado a disimular, por más que sintiera en el
alma la desgracia de sus amigos y partidarios. Ciertamente el Papa pretendía
cohonestar sus procederes con el pretexto de que, además de la antigua
enemistad contra su persona, se había tratado de impulsar a los venecianos
contra el Rey, a causa de la alianza pactada por éste con el Pontífice. Nada de
esto, sin embargo, hubiera podido evitar la rebelión del pueblo romano contra
Sixto IV, y que las dos facciones se lanzaran a atajar los tiránicos atropellos
del Conde Jerónimo Visconti, de haber ocupado más tiempo el Papa la silla
pontificia. Los acontecimientos después ocurridos aplacaron la indignación,
como en su lugar se dirá.
Ahora exige el orden de
los sucesos mencionar las revueltas de Navarra, porque la interminable cuestión
de aquel reino ejerció grande influjo en los asuntos de España y de Francia.
Algún tanto creyó haberla resuelto el rey D. Fernando cuando vio a los dos
bandos dispuestos a reconocerle por árbitro y a acatar sus mandatos. Mas
estaban tan arraigados los odios en los corazones de los magnates navarros, que
sin cesar les excitaban a no perder la ocasión de satisfacer sus venganzas.
Así, habiendo el conde de Lerín D. Luis de Beaumont, cabeza del partido
beauniontés o de Lussa, prendido tiempo antes en Pamplona al noble Mariscal,
protector del bando contrario agramontés, y héchole morir cruelmente con otros
de sus partidarios, el hijo del difunto Mariscal, que le sucedió en todos sus
cargos, meditaba la venganza de la muerte del padre y no podía ver con
paciencia el encumbramiento, cada día mayor, del Conde de Lerín, demasiado
favorecido por el rey D. Fernando. Entre otros cuidados, preocupábale mucho el
que hubiese ocupado el Conde el castillo de Belmeche, fuerte por su posición y
defensas, y contiguo a la ciudad de Estella, cuyos vecinos seguían en su mayor
parte el partido agramontés, amenazándoles con su cólera.
El Mariscal, deseando
alejar aquel peligro, buscó oportunidad para apoderarse del castillo, y
aprovechando el descuido de la guarnición, en su mayor parte ocupada en otra
empresa, se presentó repentinamente al pie de la fortaleza con soldados
escogidos y, hallándola casi desguarnecida, le fue fácil tomarla antes de que
pudiera socorrerla la numerosa caballería castellana, a la que el rey don
Fernando había encomendado la guarda de algunos castillos de Navarra. Cuando
poco después acudieron, ya toda su diligencia fue inútil, porque el castillo
estaba perfectamente defendido, y cuantos beamonteses se habían encontrado
dentro habían sido sacrificados en represalias por el vencedor. Imposible le
fue a D. Fernando acudir como quisiera al remedio de este contratiempo, por su
propósito de acumular todas las fuerzas en el lejano reino de Granada y no
verse remedio alguno para sosegar los disturbios de Navarra, principalmente
porque uno y otro partido mantenían su resistencia con el apoyo, ya de unos, ya
de otros de sus nuevos señores. Cuando alguno de ellos veía peligrar su causa,
acudía, según costumbre de estas gentes, hasta buscar el auxilio del
extranjero, y con más facilidad del marido de la Reina, a quien confiaban que
ayudaría muy pronto el ejército francés. A pesar de la exacerbación que esta
novedad produjo en las sediciones de Navarra, ambos bandos resolvieron, por
público acuerdo, enviar sus legados a Córdoba para dar seguridades al rey D.
Fernando de que siempre le consideraban como su único protector y a suplicarle
que no desamparase a los leales navarros por causa de las turbulentas facciones
de los Grandes. Y si deseaba prendas más seguras que estos ofrecimientos, los
navarros estaban prontos a confiar la importante ciudad de Tudela a una
guarnición castellana, a quien estarían sujetos así el Alcaide como los
vecinos. El Rey no quiso aceptar estas proposiciones sino con la condición de
elegir él el Alcaide, porque las repentinas revueltas de los navarros tal vez
harían que se entregase la guarnición antes que tropas auxiliares pudieran
socorrerla. No pudiendo conseguir otra concesión, los legados navarros
regresaron a su provincia, y el Rey se consagró de lleno a los preparativos de
la guerra de Granada.
Sobre todos los demás, y
siguiendo el parecer de la Reina, siempre y en todo acertadísima, se prefirió
el equipar una corta armada contra los moros granadinos y confiar su mando al
conde de Castro D. Álvaro de Mendoza. Porque a la sazón los moros de Marruecos
y de Túnez no podían disponer de embarcaciones para pasar tropas a las costas
de Granada, a menos de pagar crecidos fletes a genoveses o venecianos por las
naves de carga, y para poner coto a la funesta avaricia de los capitanes de
barcos genoveses o venecianos, envió D. Fernando severos avisos a los notables
de aquellas ciudades residentes en Sevilla y Cádiz, y cartas de igual tenor a
los Senados respectivos, en que los conminaba a no prestar ayuda contra los
defensores de la religión cristiana a los infieles a quienes estaban obligados
a combatir, pues si, cegados por la avaricia, posponían el cumplimiento del
deber, podían estar seguros de que tomaría de ellos más terrible venganza que
de los mahometanos, por ser mucho más aborrecible la perversidad de los
cristianos que venden su religión por dinero, que el empeño de los enemigos de
la Cruz, movidos por arraigadas supersticiones. Comunicados estos avisos, D.
Fernando dio al conde D. Álvaro instrucciones completas para cada caso, y para
mayor seguridad de las embarciones menores y de las carabelas, mandó fletar una
gran nave de carga genovesa donde había de ir el Conde como capitán de la
armada, a fin de poder acudir más cómodamente a las dificultades que se
presentaran. Ejecutó al punto el de Mendoza las órdenes del Rey, y el 11 de
Agosto salió de Sevilla a tomar el mando de la armada, lo que ejecutó al día
siguiente.
Murió en Roma el Papa
Sixto IV el día de Santa Clara, después del duro castigo que impuso al
Protonotario Colonna el 30 de Junio, y ya pudieron muchos varones íntegros
hacer públicos sentimientos que durante la vida del Pontífice no se atrevían a
manifestar. Algunos jóvenes ingeniosos escribieron ciertas sátiras en que se
censuraba la conducta del Papa durante su pontificado, a fin de que constasen
los delitos que durante tanto tiempo se habían cometido en desdoro de la
dignidad pontificia. En ellas se referían los criminales excesos de Fr. Pedro,
Cardenal de San Sixto, y los delitos de su hermano Jerónimo, para que,
fijándose en la memoria de los estudiantes, quedasen grabados en su mente al
llegar a la vejez. Maravillábanse todos de que aquel doctísimo fray Francisco
de Savona, que antes de su elevación a la silla de San Pedro anatematizaba en
públicas arengas y atribuía a culpas de los Papas ciertas abominaciones, no se
hubiese avergonzado de verlas perpetradas a la sombra de su autoridad, por los
dos jóvenes Fr. Pedro y Jerónimo.
No eran pocos los que
temían graves daños para los intereses de la Iglesia por la muerte del Papa
Sixto, a causa de los muchos estímulos existentes entre los Cardenales para el
cisma en ocasión en que tanto se necesitaba la concordia de opiniones para la
elección de nuevo Papa. Pero la divina Providencia no permitió que se
realizasen estos temores de los hombres, y, contra lo que se esperaba, fue
elegido Papa, por considerable mayoría de votos de los Cardenales, el Cardenal
de Génova Juan Bautista Cibo, con el nombre de Inocencio VIII. Preciso fue, sin
embargo, dejar impunes los innumerables atropellos, crímenes y grandes rapiñas
del conde Jerónimo, en otro tiempo pobrísimo y de oscura extracción, para que
sin el riesgo de una guerra restituyese el mausoleo de Adriano y todos los
demás castillos de la Iglesia, confiados antes por largo tiempo a Alcaides de
su elección. Así, único poderoso por sus riquezas entre los demás Príncipes de
Italia, había sido causa de empobrecimiento, tanto para Venecia como para Florencia,
Nápoles y Milán, haciendo favorables a unos o contrarios a otros la autoridad y
el poder del Papa Sixto, y apoderándose a su antojo del producto de las
simonías en las provisiones eclesiásticas que se alcanzaban del Papa. Fue fama
que después de sufragar enormes gastos, había atesorado el conde Jerónimo más
de dos millones de ducados. Con este caudal se retiró al territorio que había
ocupado merced a perversas artes.
El nuevo Pontífice,
reducido a extrema pobreza, llevó muy allá la moderación en aquellos primeros
días para aumentar las rentas de los más influyentes Cardenales, especialmente
del Vicecanciller Rodrigo Borja o de Valencia, riquísimo y perturbador, que por
su antigua amistad con Inocencio, había pagado todos los gastos y recogido los
votos para elegirle Papa. Por esta razón, después que el Cardenal de San Jorge,
Rafael Sansovino, sobrino del conde Jerónimo de Riario, permitió la provisión
de la iglesia de Sevilla y retuvo la posesión de la de Osma, en el primer
Consistorio el Papa dio la provisión a Rodrigo Borja, con desprecio del derecho
de presentación que corresponde a la corona de Castilla y que el Pontífice
estaba obligado a respetar.
El Cardenal Rodrigo Borja
fue perpetrando crímenes sobre crímenes. Empeñado en enriquecer por cualquier
medio a su hijo Luis Borja, le envió a Andalucía, a las órdenes del rey D.
Fernando, y le dio grandes sumas para que adquiriese en España algún señorío.
La noticia de la provisión de la sede hispalense, concedida a su padre, fue un
obstáculo para que obtuviese los provechos que esperaba del favor real. Luego,
de repente, los Reyes, a la sazón en Sevilla, mandaron encerrar en un calabozo
a Luis, pusieron en secuestro las cuantiosas rentas que anualmente percibía el
Cardenal Rodrigo, así de las iglesias de Valencia y Cartagena como de otras
pensiones excesivas, y dieron en todo indicios de su enojo, cambiándose en
disgusto la excesiva alegría con que habían acogido la elección del Papa
Inocencio, por temer de aquí mayores daños para los intereses de la Iglesia
universal, cuando el nuevo Papa, antes de prestar obediencia a los Príncipes,
no se había ajustado a la conducta antes observada en los principios de todo
pontificado, pretexto generalmente para ciertos procedimientos de justicia.
Para aplacar el enojo de
los Reyes de que ya se tenía noticia en Roma, el Vicecanciller les hizo todo
género de ofrecimientos; se despacharon inmediatamente cartas con orden de
consagrar a la guerra de Granada todas las rentas de la provisión arzobispal de
Sevilla, y exigir mayores sumas para el mismo objeto. Además, para que siempre
se empleasen en ello el esfuerzo y las riquezas de su hijo Luis, enviado a
España para adquirirlas, se le puso al servicio de los Reyes. Y como la eficaz
intervención del Pontífice se consideraba de gran peso para el cumplimiento de
tales promesas, procuró con gran diligencia llamar de Andalucía a Firmano
Perusino, mal quisto de los Reyes, y sustituirle por el Nuncio Angelo Amerino,
Obispo de Suesa y de Camino. A éste, en otro tiempo muy apreciado de D. Juan II
de Navarra y del Monarca napolitano, se le mandó permanecer en España y
recaudar el tercio del importe de la indulgencia concedida en tiempo de Sixto
IV a los que contribuyesen con la limosna de seis reales, equivalentes a otros
tantos carlines.
Mas en el territorio
confinante con Cataluña, antes de entrar en el del señorío de D. Fernando,
anuló, en virtud de reciente facultad del Papa Inocencio, las indulgencias
concedidas por su antecesor, reservándose la de volverlas a poner en vigor a
fin de que los Reyes, en su gran deseo de recoger fondos para el pago de las
tropas, se viesen obligados a poner en libertad a Luis Borgia; a levantar el
secuestro de las rentas del Vicecanciller; a admitir las letras apostólicas
para la provisión de la iglesia de Sevilla y a recibir la tercera parte de las
sumas recaudadas por la indulgencia. Si así lo hacían, en todo lo demás
favorecerla generosamente los intereses y el engrandecimiento de los Reyes,
para lo cual, usando de la potestad pontificia había concedido omnímodas
facultades al citado Suesano.
Investido por el Papa con
tan amplia comisión, Angelo Amerino no rehusó tomarla a su cargo a su avanzada
edad y después de las negociaciones que acababa de seguir en Alemania. Habíale
enviado allí el Papa Sixto por su legado para oponerse a la celebración del
Concilio que pedían muchos Príncipes católicos, porque el nombre de Concilio
disgustaba gravemente a los Papas. A fin de que perdurase el capricho de la
corte romana y creciese la descarada licencia, tan constante enemiga de las
buenas costumbres, no apelaban a ningún remedio. Como Suesano había tratado
hábilmente aquel asunto, y como además era muy apreciado del Vicecanciller, se
le consideró muy a propósito para Nuncio en España, porque cumpliría al pie de
la letra las instrucciones recibidas. Había dispuesto el Rey que no se
admitiesen en España semejantes negociadores hasta ver en la Corte romana
mejores disposiciones para los intereses de la Corona de Castilla; pero como el
Suesano era conocido del ilustre D. Enrique de Aragón, gobernador de Cataluña,
le engañó asegurándole que estaba investido de amplias facultades para trabajar
por los intereses y engrandecimiento del Rey, y que precisamente había sido
elegido Nuncio por sus conocidas simpatías a los Soberanos de Aragón y de
Nápoles, en cuyos reinos había obtenido sus dignidades.
A favor de estas tretas,
consiguió llegar hasta Andalucía, donde, por orden del Rey, le salió al
encuentro el doctor Juan de Alcocer y le preguntó si venía a dar cuenta de los
asuntos del Vicecanciller. El Prelado le dio seguridades de que jamás osaría intentarlo.
Negábase el Rey a recibirle, pero queriendo por otra parte conocer previamente
de qué autoridad venía investido, el Suesano contestó que en secreto le
comunicaría los importantes propósitos que el Papa le había confiado, para lo
que necesitaba se le concediese una entrevista. Accedió el Rey, y en público
discurso ensalzó la grandeza de la nación española y los muchos y considerables
servicios de que la Santa Sede le era deudora. A los pocos días le manifestó a
las claras que el principal objeto de su venida era poner a disposición del
Papa las sumas recaudadas por la Bula de Cruzada y recabar para el
Vicecanciller la posesión de la Sede hispalense. Esto le acarreó vilipendio y
tener que salir de España sin demora. Además, se suspendió por entonces el
conceder cierto alivio en su prisión a Luis Borgia.
Cuando esto se supo, el
Vicecanciller renunció a la provisión de la iglesia de Sevilla, que había
obtenido, y el Papa la reservó para la presentación de los Reyes, deseoso de no
perder la obediencia de tan poderosos Monarcas, que con su sumisión contribuían
al enaltecimiento del Romano Pontifice tanto como le perjudicarían si alguna
vez llegaban a negársela. En una sola cosa se mostró intransigente; en exigir
del Rey la cesión de la tercera parte de los productos de la Bula, si deseaba
conseguirla para emprender con más eficacia la guerra de Granada, y en enviar a
la cámara apostólica las sumas hasta entonces retenidas y que debieron
entregarse a Firmano. A pesar de los razonamientos empleados por el elocuente
Protonotario Antonio Geraldino, enviado en aquellos días al Papa por los Reyes
para exponerle sus excelentes disposiciones, no logró hacerle desistir de su
firme propósito. Díjole además que era enorme injusticia pretender el Papa
quebrantar el nervio de una guerra tan necesaria y recabar para si el dinero ya
dado o el que aún habían de dar los españoles por la Bula para la guerra de
Granada, cuando deberían, no sólo no aminorar estos recursos, sino
robustecerlos con los tesoros de la Iglesia. Más endurecido el Papa con estos
argumentos, se negó a proveer las muchas vacantes eclesiásticas a la sazón
existentes en España, y los Reyes, por su parte, retrasaron el nombramiento de
embajadores que fuesen a Roma a prestar obediencia al Pontífice.
A la mención de estos
sucesos ocurridos en Italia, debe seguir más detallada narración de los
trastornos de Portugal, así porque la mayor proximidad a nuestra patria les
presta más interés, como porque dieron mayor ocasión a disturbios por toda la
Península, para perpetuar los odios y las venganzas, como podrá verse en lo que
sigue.
Había usado el Rey D. Juan
II de excesiva crueldad con su tío el Duque de Guimaraes o de Braganza, según
queda dicho. La muerte de tan ilustre magnate, revestido de tanta autoridad,
había hecho nacer en el ánimo del Rey constantes sospechas y en el de los
Grandes indecible temor. Todos aquellos que, o por vínculos de la sangre o por
los de la amistad, habían llorado la desgracia del Duque, habían huido a
Castilla, y los pocos aún residentes en Portugal eran aborrecidos del receloso
Monarca por los mismos motivos que había odiado al infeliz Duque, primero en
recibir tan inmerecido castigo, a saber: porque muy queridos y honrados por el
Rey D. Alfonso, padre de D. Juan, a quien ellos también reverenciaban, habían
atraído a su partido, por lo ilustre de su linaje, sus riquezas, y su
munificencia, a los de la segunda nobleza, y todos parecían inclinados a la
causa de la reina D.ª Isabel. El rey don Juan temía que la atención de éstos se
fijara en el quebrantamiento de lo pactado acerca del ingreso en religión de D.ª
Juana, supuesta hija del rey D. Enrique, a la que alentaba y honraba más de lo
que los pactos le permitían, no ocultándose a los avisados que maquinaba algún
funesto propósito. Oía con pena las noticias de prósperos sucesos de D.
Fernando y D.ª Isabel, y descubría su enemiga mostrando alegre semblante cuando
le contaban algún hecho que les fuese contrario, principalmente después de la
muerte del Duque de Braganza, y de la huída de sus hermanos a Castilla.
A este profundo recelo se
añadía un miedo a todo que hacían más intenso sus esfuerzos por desecharle. Por
esto le era odiosa la ilustrísima D.ª Beatriz, su suegra y del difunto Duque de
Braganza, y, creía ver un enemigo temible en el Duque de Viseo, hermano de la
Reina, por lo que deseaba exterminar a los nobles que acataban al ilustre
mancebo. Inquieto con tales cuidados, buscaba con preferencia los bosques;
confiaba a muy pocos de sus satélites la guarda de su persona; empleaba la
mayor parte del tiempo en la caza, y se atraía con promesas de dádivas a los
familiares, de los que sospechaba le eran contrarios, a fin de que fundasen en
él, más que en sus señores, la esperanza de futuros provechos. Con éstos y
otros semejantes ardides trató largo tiempo de averiguar de cuál de los Grandes
tenía que temer más. Recorría con preferencia los bosques próximos a Setubal,
en cuyas inmediaciones estaba el castillo de Palmela, fuerte por su situación y
defensas, y donde guardaba sus tesoros. En aquella ciudad se encontraba a la
sazón el Duque de Viseo con otros Grandes. Cierto clérigo, por nombre Diego
Tinoco, capellán del Obispo de Ebora, y Vasco Cotiño, un caballero de la noble
familia de este apellido, se acercaron al Rey cuando atravesaba los bosques, y
le dijeron que se creían más obligados al cumplimiento de la debida lealtad en
lo concerniente a la incolumidad del Rey que a cualquier otro deber para con
los Grandes del reino. Por esto se creían precisados a descubrirle la
conspiración de algunos que le preparaban asechanzas, funestas para su persona
si inmediatamente no se ponía en salvo.
El aviso, tan conforme con
sus pensamientos, obligó al Rey a marchar a Setubal y dar orden a los guardas
de las puertas de no permitir a ninguno de los que acompañaban al Duque de
Viseo la entrada en el vestíbulo contiguo a la cámara. Muy pronto, y según
costumbre, acudió el infeliz joven a besar la mano al Rey; mas al ver que
cerraban la puerta tras él, después de prohibir la entrada a su comitiva,
increpó a los guardias por aquella novedad. Contestaron ellos que no podían ir
contra las órdenes del Rey, y entonces, deseando salir y no permitiéndoselo los
guardias, dio voces mandando abrir las puertas. De pronto apareció el Rey, y
superó con su crueldad la osadía de los guardias de la puerta, atravesando con
su puñal el pecho de su cuñado. Al caer, algunos de los presentes le dieron
también otras heridas mortales.
Cuando vieron volver al
Rey manchado de sangre y con ceñudo rostro algunos criados, que por haber
permanecido en las habitaciones no se habían dado cuenta del suceso, le
preguntaron qué ocurría, y el contestó: «He dado muerte al enemigo que
intentaba dármela a mí.» De seguida envió a sus satélites a prender al obispo
de Ebora García de Meneses, a su hermano Fernando de Meneses y a otros muchos
caballeros de la primera nobleza, y los hizo matar con diversos géneros de
tormentos. El más cruel le reservó para el Obispo, a quien mandó sepultar en
oscurísimo e infecto subterráneo de la cárcel de Avis, donde jamás pudo pasar
del vigésimo día con vida ninguno de los allí encerrados, a causa del hedor
insoportable. Así pereció aquel infeliz prelado, uno de los más nobles del
reino; de ánimo esforzado, y tan elocuente, que podía compararse con los más
fecundos italianos de su época.
Algunos achacaron el
motivo de este crimen a la crueldad y temores del Rey; otros muchos a cierta
conjura de los Grandes; pero la innata animosidad del Rey contra la nobleza
portuguesa, y además del temor de que estaba poseído desde la muerte del Duque
de Braganza, el rencor oculto en los pechos no permitían esperar un término
para los odios y anhelo de venganza de una y de otra parte.
Todas estas desdichas
traían profundamente angustiado el bondadoso corazón de la reina doña Isabel,
que veía con honda pena el luto y la tristeza que abrumaban a la afligida D.ª
Beatriz, a quien profesaba singular cariño de sobrina. Fue preciso, sin embargo,
disimular con cautela estos pesares, por la necesidad de dirigir toda la
atención y todas las fuerzas a la guerra emprendida contra los granadinos, sin
suscitar nuevas dificultades.
Así, pues, D. Fernando,
que prefería los sitios de las poblaciones del enemigo como más eficaces para
quebrantarle, reunió para ello numerosas tropas de Andalucía y dio orden de que
las acompañaran artillería y máquinas de guerra. Luego, a principios de Septiembre,
marchó a Córdoba con intención de sitiar a Setenil, siguiendo el parecer del
Marqués de Cádiz, que antes había insistido mucho por que se pusiera cerco a
Alora. Aquella villa, muy fuerte por su situación, había sufrido largo asedio
cuando D. Fernando, después de la toma de Antequera, gobernaba en Castilla
durante la menor edad de D. Juan II, y los sediciosos propósitos de los Grandes
le habían obligado a levantar el sitio. Pero el Marqués, con su pericia militar
y previendo el apuro de los de Ronda, había aconsejado con gran acierto al Rey
que en aquel fin de estación no debía acometerse otra empresa sino el sitio de
Setenil. En su favor aducía el Marqués muchos argumentos que destruían las
objeciones de algunos Grandes. El resultado vino a comprobar las acertadas
previsiones del avisado Marqués.
A él y a D. Pedro
Enríquez, adelantado de Andalucía y tío del Rey, les encargó que, simulando
determinada marcha del ejército, reuniesen con las tropas de Sevilla las de
Jerez, Carmona y otras próximas, a fin de cortar repentinamente el avance a
cualquier socorro que los montañeses pretendieran enviarles cuando se dieran
cuenta del verdadero objetivo de los cristianos. Cumplieron al punto los dos
caudillos estas órdenes, y quiso la suerte que aquel mismo día algunos
principales rondeños que habían acudido a negociar con los de Setenil y que,
como tiempo antes los cobardes vecinos de Alora por haberse entregado al rey
don Fernando, habían incurrido en el desprecio de sus correligionarios,
corriesen también igual desgraciada suerte, porque ni podían volverse a sus
casas, ni esperaban recibir auxilio alguno de otra parte si D. Fernando se
presentaba allí con su ejército.
Vino, en efecto, al día
siguiente, y arrebató a los cercados toda esperanza de socorro. A poco llegó la
multitud de carros con la artillería y las terribles máquinas de guerra, y bien
pronto aumentó el espanto de los moros defensores el horrísono fragor de las
bombardas; el gran destrozo que sus tiros causaban en la parte del muro que
suponían más resistente, y el ver a las mujeres y a los niños pedir con
desgarradores lamentos que al menos les perdonasen la vida. Mas los Grandes del
séquito del Rey, ignorantes del terror de los cercados, al ver la fortaleza de
la posición, dudaron de que pudiera tomarse, y considerando el mal aspecto de
la guerra en el caso de tener que levantar el sitio, murmuraban entre sí, y a
veces hacían llegar a oídos del Rey cuán desacertadamente había obrado el
Marqués de Cádiz, a pesar de su previsión y de su pericia militar, al aconsejar
una empresa dificilísima, de éxito funesto, y que sobre los grandes dispendios
consumidos en vano, serviría para dar más alientos al enemigo, e inspirarle un
desprecio de nuestro poder, muy perjudicial para lo sucesivo.
Llegaron estos rumores a
noticia del Marqués, y hallando a los Grandes reunidos en presencia del Rey,
les dijo que había sabido cómo los caballeros más avisados e ilustres por su
grandeza de ánimo, aseguraban que aquel sitio propuesto por él era ocasionado a
gravísimo peligro, al menos por la ninguna esperanza de terminarle con fortuna,
y que además procuraría grandes ventajas al enemigo, al paso que acarrearía
muchos daños y mucha deshonra a los Reyes y al nombre cristiano. Por esto no
negaba él que, atendiendo a las circunstancias, debiera preferirse a esta
empresa cualquiera otra propuesta por los consejeros; pero que se maravillaba
del juicio de hombres tan versados al reputar desacertado el plan porque a los
primeros ataques no se hubiese tomado una villa tan fuerte por su situación y
defensas, y llamar vergonzosa tardanza al transcurso de tres días, cuando en
tiempos antiguos el tesón de los cristianos había resistido durante más de
veinte meses contra defensores más pujantes y ante murallas más fuertes, hasta
conseguir la rendición de la plaza. Pero, a fin de que la posible prolongación
del sitio no diese mayor fundamento a las censuras, suplicaba humildemente al
Rey, caudillo a la sazón de tan numeroso ejército, que reforzara con algunas
tropas las del cerco y le diese la artillería de que pudiese prescindir por el
momento, y así, mientras el Rey con el núcleo del ejército, emprendía otros
sitios más fáciles, él quedaría con el empeño de dar cima al que había
aconsejado, y de experimentar a su riesgo si debía o no haber meditado mejor el
plan propuesto al Rey.
Al llegar aquí, el
prudentísimo y bondadoso D. Fernando interrumpió acertadamente al Marqués
diciendo que él no había oído a ningún detractor de aquel prudente consejo, ni
había ocurrido nada que justificase la censura; antes, todo marchaba más
felizmente de lo que él esperaba; que era escaso el tiempo transcurrido desde
que se estableció el cerco, y que los esforzados caballeros debían emplear
mayor transcurso de tiempo y arrostrar mayores peligros hasta rendir la villa;
que ya hablaba bastante en favor de las previsiones del Marqués el haber
estorbado con su repentina llegada la de cualquier auxilio para los moros,
haciendo imposible la entrada de ningún enemigo en la plaza, ni la salida de
ningún vecino antes de estar a la vista el ejército entero y de que se hubiese
infundido terror a los cercados con emplazar la artillería en el puesto
elegido. Y si por caso se prolongaba la toma de la villa, ninguna censura
merecerían por ello los dignos consejeros, porque los empeños de la guerra
exigen disposiciones estratégicas, cuidados diligentes, esfuerzo de ánimo,
resistencia en los trabajos y anhelo de gloria, y el empuñar las armas no
asegura el éxito mientras dura la lucha, por lo cual, quien desease hallar su
camino libre de dificultades, debía emprender cualquiera que no fuese el de la
guerra. Así, todo el que no quisiera merecer el dictado de apático o cobarde y
cuantos estaban obligados a tomar parte activa en aquel sitio, debían persistir
firmemente hasta el fin en el empeño comenzado, puesto que, a ejemplo suyo, a
los esforzados la crítica más los estimula que los perturba, y todo mérito
podía contar con el premio debido.
Dichas estas palabras por
el Rey con digno y mesurado continente, todos se mostraron más resueltos para
combatir a los moros, y bien pronto sus esfuerzos se vieron coronados de éxito,
porque al día siguiente, desde las almenas, pidieron los cercados seguro para
capitular. Concedióseles, y en presencia del Rey se discutieron largamente las
condiciones. Pidieron los moros, antes de abandonar sus casas, crecido rescate
por la libertad de sus cristianos que de largo tiempo tenían cautivos; pero el
Rey, que en cuanto llegó ante las murallas había hecho pregonar repetidas veces
que si los cercados tenían en algo las vidas de sus mujeres e hijos y de todos
los inermes, se guardasen mucho de tratar mal a los cautivos con motivo del
sitio, no consintió oír hablar de rescate. A las demás peticiones dio más
generosa respuesta. Permitió a los moros marchar seguramente adonde quisieran,
y les prometió la escolta suficiente para el camino. Asimismo les concedió
llevar en sus acémilas cuantos bienes muebles deseasen, y hasta les ofreció
proporcionarles otras en caso que las necesitasen para aquel objeto. En cuanto
a las demás provisiones que tenían escondidas para atender a su alimentación
durante mucho tiempo, consistentes en trigo, cebada, habas, lentejas,
garbanzos, maíz y otras varias, como lo repentino de la marcha no permitía
hacer una detenida distribución, y como la cantidad superaba con mucho a la
calculada por los nuestros, se determinó abonar a los moros una cantidad
moderada y ofrecerles, además, espontáneamente, algo más a modo de
indemnización por los cautivos.
Con esto, los de Setenil
no se cansaban de ensalzar la benignidad, generosidad y lealtad perfecta del
Rey, dotes dignas de un excelso Príncipe. El 20 de Septiembre se rindió la
villa. El Rey concedió a un moro mayor recompensa que a los demás por haber tratado
más humanamente y alimentado mejor que los otros a un noble cautivo cristiano.
Dejó confiada la defensa de Setenil a su tío D. Francisco Enríquez; dio el
Adelantamiento de Andalucía a D. Pedro Enríquez, hermano del anterior, y
dispuso que quedaran con él 150 jinetes y unos cuantos peones. Luego se
repararon las murallas destruidas por las bombardas y se fortalecieron como
nunca lo habían estado todas las demás defensas; se condujo a los moradores de
Setenil a los lugares por ellos elegidos, y se licenció la caballería de Ronda
que había acudido al sitio.
Durante la marcha, el Rey
mandó que se examinase la situación de esta ciudad, la más poderosa de la
serranía de Granada, cuya guarnición amparaba, cuyas provisiones sustentaban a
muchos pueblos y castillos bien enrocados, y cuyas incursiones molestaban a la
mayor parte de las poblaciones del territorio de Sevilla y de Jerez y a los
cristianos de la provincia limítrofe. Meditaba D. Fernando, como luego se supo,
destruir aquel baluarte de los infieles, para que, quebrantada la cabeza con un
solo sitio, quedasen abatidos los demás núcleos de resistencia, porque aquella
plaza servía de aliento y de amparo a los infieles montañeses; en ella se
encerraban las provisiones necesarias para su sustento y allí se proporcionaba
todo lo preciso a los muchos moros únicamente ocupados en guerrear contra los
nuestros alojados en los más humildes lugares circunvecinos. Por esto se
determinó arrasar al paso con el hierro y el fuego las viñas, olivares e
higueras, porque ya los moros habían encerrado en las trojes la cosecha de
cereales, aquel año muy escasa; pero como gente tan sobria, hasta en los años
más fértiles se alimenta de legumbres, higos y pasas, para contar con reservas
en los estériles, cumplieron los nuestros hasta donde pudieron las órdenes del
Rey, no dejando en pie una sola planta fructífera en toda la campiña de Ronda.
Más aguerrido cada día D.
Fernando, y dominando mejor la ciencia militar, concibió más segura esperanza
de apoderarse de aquella ciudad al ver las pocas dificultades que ofrecía el
emplazar la artillería contra sus defensas. Parecióle, sin embargo, que se
había hecho ya bastante en aquella estación con la toma de dos villas en
situación muy ventajosa y con haber estudiado la oportunidad para los futuros
cercos, y urgía reunir fondos para pagar a las tropas, ya que por dos veces en
pocos meses la escasez de recursos había estorbado alcanzar grandes triunfos
militares. No dejaba de comprender, sin embargo, el aprieto de los malagueños
desde la toma de Alora por los nuestros, así como que los de Ronda habían
perdido con la rendición de Setenil su principal baluarte, garantía de su
seguridad y centinela avanzado que empleaban como constante amenaza contra
nuestras tropas; pero los que conocían la crítica situación de los malagueños y
cuán propensos se hallaban los ánimos a la defección a causa de las disensiones
de sus Príncipes, acusaban a D. Fernando de apatía (no tomando para nada en
cuenta la necesidad de recursos) por haber desaprovechado para hacer la guerra
las facilidades que ofrecía el mes de Septiembre, y hecho poco caso al parecer
del entusiasmo de las tropas y del espanto del enemigo. Así suelen propalar sus
críticas los que, mirando superficialmente las cosas, desconocen los motivos
secretos.
Preocupaba a los Reyes el
afán de proveer a un tiempo a negocios de diversa índole, porque, además de la
escasez de recursos, la elección del nuevo Papa había hecho pensar a todos los
Príncipes de la cristiandad en procurar en lo posible la reforma del estado
eclesiástico, dominado por larga corrupción. Más que todos, la consideraban
urgente nuestros Reyes, por el temor de que en el nuevo Pontificado se anulase
la bula tiempo antes concedida para la guerra de Granada.
Los disturbios ocurridos
en aquel tiempo en Cataluña entre los nobles y los payeses traían preocupado el
ánimo de D. Fernando, deseoso de ponerlos remedio. Además, considerábase asunto
grave la descarada y execrable crueldad del Rey de Portugal que intentaba
exterminar a parientes muy amados de la reina D.ª Isabel, y, según se decía,
tramaba asechanzas contra los Grandes refugiados en Castilla. Uno de ellos, el
Conde de Faro... murió a consecuencia de su estado de profundo desasosiego. Al
sustento de sus hijos, así como al de los demás infelices refugiados, tuvo que
subvenir el compasivo corazón de la Reina.
A fin de atender con más
diligencia a todas estas cosas, salió de Córdoba para encontrarse en Écija con
D. Fernando, ya de regreso. Juntos volvieron a Carmona y de aquí a Sevilla el 2
de Octubre. El 9 llegaron sus hijos, que fueron recibidos con gran alegría por
los sevillanos, olvidados de las muchas calamidades que sobre ellos pesaban en
aquellos días, porque los crímenes de los conversos habían disminuido mucho la
población, y sobre los gastos de las expediciones militares, el trastorno
general de las cosas había producido la escasez, mejor dicho, extremada
pobreza. Otras muchas desgracias habían abatido a los sevillanos, además de la
peste que tres años antes había diezmado la ciudad; pero la llegada del
esforzado Monarca y de la Reina Católica acompañados de sus ilustres hijos,
disipó de los corazones de las gentes aquellas tristezas, por más que el
alojamiento de los cortesanos no dejase de series molesto. Por otra parte, las
ganancias que les proporcionaban venían a compensarles del ruidoso trastorno. No
fue menor la alegría de los regios esposos al penetrar en el Alcázar, por la
esperanza de alcanzar allí nueva prole, pues en él había concebido la Reina al
Príncipe D. Juan.
Luego se celebraron
frecuentes consejos en que se trataba detenidamente de los preparativos para
las futuras empresas. De lo que primeramente fijó la atención de los Príncipes
por aquellos días hablé ya más arriba, al mencionar, siguiendo el orden de los
sucesos, la elección del Papa Inocencio y las audacias del Cardenal de Valencia
Rodrigo Borja, que habla obtenido del Pontífice la provisión de la iglesia de
Sevilla. También referí cómo los serenísimos Príncipes trataron de poner freno
a la inmoderada avaricia del Vicecanciller en cuanto se mostraron al
descubierto en Sevilla sus excesivas pretensiones.
Como era notoria la
influencia en bien o en mal que, principalmente en aquella sazón, ejercería la
paz o la guerra en Italia en los asuntos de Castilla, los Reyes prestaban
atento oído a cuanto ocurría entre los dos poderosos estados de aquel reino.
Los florentinos, poco antes aliados del Duque de Ferrara contra los venecianos,
que tiempo hacía sitiaban aquella ciudad, luego que, siguiendo el astuto
consejo de Luis Sforza, caudillo de los milaneses, llamaron a sus tropas,
trataron de impedir que cierto Campofragoso siguiese reteniendo injustamente en
su poder la villa de Cerezana, que antes había consentido en ceder a los
florentinos mediante dinero. Pero acusado por sus conciudadanos, los genoveses,
de que su codicia y cobardía enervaban las fuerzas de la nación, fuese movido
de su natural perverso o de arrepentimiento, rompió los tratos hechos con los
florentinos. De tan pérfido hecho habían intentado estos tomar venganza, aunque
por dos o tres veces rechazados de Cerezana, cuando el poder de Venecia, en su
afán de alcanzar el predominio en Italia, iba haciéndose sentir por todas
partes. Mas arregladas de cualquier modo las diferencias, trataron de reprimir
la obstinación del citado Campofragoso. Para conseguirlo era un obstáculo el
fuerte contingente de tropas genovesas que, atravesando de continuo desde sus
castillos y villas próximas el río Macra, divisoria entre la Toscana y la
Liguria, aumentaban la resistencia de la guarnición de Cerezana y hacían
ineficaz el sitio puesto por los florentinos; pero la misma necesidad les
inspiró el remedio, que fue desistir de la empresa, para atender con más
energía al de Pietra Santa. Esto irritó grandemente a los genoveses que, a
impulsos de la ira y en su empeño por reanudar los antiguos odios, equiparon
una respetable armada y alistaron numerosos soldados. Para compensar la
superioridad numérica de la caballería enemiga encargaron la defensa de la
villa al escogido peonaje con que siempre cuentan; obligaron a retroceder a los
florentinos y a combatir la torre que domina la desembocadura del Macra,
mientras la armada genovesa batía la torre de Liorna, construida con
artificiosa fortaleza para defensa del puerto, y quebrantaba su fábrica con los
numerosos tiros de las bombardas de las naves de carga.
A fin de tener a raya a
los genoveses en sus audaces tentativas, los florentinos trajeron 15 galeras
del rey de Nápoles D. Fernando, y las colocaron para defensa del puerto frente
a las enemigas, inferiores en número. Contaba el Almirante con algunas otras
además de estas 15 napolitanas; pero no lograban impedir a las de carga que
continuasen batiendo la torre. Entretanto, el Capitán encargado de la defensa
de Pietra Santa, envalentonado con el éxito, se arrojó a jugar el todo por el
todo; pero atajado por el enemigo y quebrantado en reñido encuentro, tuvo que
rendirse. Así pudieron consagrarse respectivamente las fuerzas de ambos campos
al ataque o a la defensa de Liorna. No se dudaba que toda Italia había de
favorecer ya a uno, ya a otro de los combatientes. Tan grave peligro excitó al
Papa a atajar con su intervención este germen de discordias, y a mirar, en
cuanto en su mano estuviese, por la patria y por la protección de todos los
fieles.
Apoyado en esta crítica
situación de los genoveses, Bautista Campofragoso, a quien, como dije, había
seducido su tío el Cardenal Pablo, había intentado muchas veces, en vano,
recuperar el Ducado de Génova con auxilio de los milaneses, y de aquí se temían
las acostumbradas turbulencias de los ciudadanos.
También traía aterrados a
italianos y sicilianos la poderosa armada que por aquellos días había aprestado
Bayaceto, emperador turco. Por todo esto el Papa, seguro de la aquiesencia del
rey de Nápoles, envió legados a Venecia y a Milán, y al fin logró persuadir a
todos los Príncipes de Italia de la necesidad de poner término a las discordias
mediante ciertos pactos y restituciones. En su virtud, los venecianos
devolvieron Galípoli al rey de Nápoles y aceptaron por árbitro al Pontífice
para tratar de la restitución jurídica de Pietra Santa y Cerezana, con lo que
todos unánimes dirigieron sus esfuerzos a rechazar al infiel emperador de los
Turcos, principalmente los dos primos, D. Fernando, rey de Nápoles, ya tiempo
antes consternado por la ocupación de Otranto, y nuestro D. Fernando, rey de
Castilla, Aragón, Sicilia y Cerdeña, temeroso de la invasión de Sicilia por los
turcos. Vivamente preocupado con aquellos avisos, atendió a la defensa de la
isla; pero el astuto Turco salió del puerto de Constantinopla con una armada de
100 galeras y 200 naves de espolón y otras de carga; entró en el Ponto Euxino y
se apoderó, con repentino ataque de Moncastro, y Licostomo, dos plazas
fortísimas de la Valaquia en la desembocadura del Danubio Colostomo, baluartes
que defendían a la cristiandad y que habían rechazado siempre en otro tiempo
las repetidas embestidas de Mahomad, padre de Bayaceto.
Ensoberbecido éste con su
triunfo, después de llevar a Constantinopla más de 10.000 cautivos cristianos y
obligar al rey de Hungría a pactar treguas por el temor de gravísimos daños,
empezó a disponer armada más numerosa en Salona y en otros puertos, resuelto a
combatir más enérgicamente que su padre a los italianos. Durante algún tiempo
había disimulado su innato aborrecimiento a los cristianos hasta reprimir las
disensiones que entre los turcos introducía su hermano Gemethen y dar cima a
las demás negociaciones encaminadas a la pacífica posesión de muchas
provincias; pero cuando aquél huyó a Rodas, y según los pactos ajustados con el
Gran Maestre, fue llevado a Francia, libre ya de aquella preocupación Bayaceto,
aumentó su armada en diferentes puertos, hasta el número de 700 naves de
diversos géneros. Ante la inminencia de un probable exterminio, los cristianos
acallaron sus rencores y se inclinaron a la concordia, con lo que infundieron
temor al acérrimo enemigo, y lograron por algún tiempo alejar el tremendo
peligro. Entre los demás Príncipes católicos, nuestro rey D. Fernando supo
aprovechar esta favorable situación para dar mayor impulso a la guerra de
Granada, una vez provistos los asuntos de Sicilia y cuando ya su primo D.
Fernando se hallaba libre del cuidado de las disensiones entre los italianos.
Dio nuevos alientos a los
cristianos el triunfo alcanzado contra los granadinos vencidos en tres
encuentros por fuerzas procedentes de Alhama, Setenil y Zahara. Los primeros
habían puesto en aquellos días celada contra los de Zahara, que iban
acompañando a unos recién casados a un lugar próximo. De repente, quedando
emboscados unos cuantos, los demás se lanzaron sobre la comitiva nupcial, se
apoderaron de la novia, abandonada por sus acompañantes, y fingieron dar gran
importancia al cautiverio de aquellos pocos prisioneros y querer regresar con
ellos hacia Alhama. Los enemigos, que en parte habían huido, empezaron entonces
a dar grandes voces para volver rápidamente contra los raptores, y ayudados por
otros amigos, corrieron en persecución de los nuestros; pero al ver que éstos,
que ya llegaban cerca de la celada con los cautivos, se mezclaban de repente
con los emboscados, presa de nuevo espanto, fueron pronto derrotados y puestos
en huida. Murieron unos 80; 30 quedaron prisioneros, y hubieran podido apoderarse
los nuestros en aquel día de Zalea, desprovista de toda defensa, a no
encontrarse estenuados de cansancio. La guarnición de Setenil y su alcaide
Francisco Enríquez, hacían mucho daño con sus frecuentes algaradas a los de
Ronda, distantes seis millas. Porque, además de lo corto del camino, el campo
intermedio entre las dos poblaciones, extenso y de fácil tránsito,
proporcionaba a nuestra caballería comodidad para poner al enemigo celadas de
que ella podía librarse, puesto que hallaba franca la descubierta, cuando a los
de Ronda se la impedían las sierras próximas. Otro descalabro hicieron sufrir
los de Zahara a los rondeños en aquellos días, cogiéndoles algunos prisioneros;
así que por todas partes se veían oprimidos los que por tanto tiempo habían
puesto a los nuestros en aprieto
Fuese casualidad, fuese
orden del Capitán, cinco grandes galeras venecianas que por entonces
comerciaban, según costumbre, por las plazas mercantiles y costas de Marruecos,
arribaron a las de Málaga y descargaron provisiones para los de Almería,
partidarios de Boabdil, a la sazón obediente al rey D. Fernando, no sin
sospecha de haber proporcionado también víveres a los de Málaga, muy
necesitados de ellos, sin consideración a la religión católica y a la solemne
alianza pactada en lo antiguo con los Reyes de Castilla. En ella se prohibía a
los venecianos, si querían conservar nuestra amistad, auxiliar a los granadinos
con cualquier género de víveres, lo cual se reputaría acto de hostilidad
criminal y deshonroso. En cuanto a las demás mercancías, excepto los víveres y
las armas, los venecianos podían lícitamente emplearlas para sus cambios.
Apenas se apercibió de la osada transgresión de los venecianos el conde de
Castro, D. Álvaro de Mendoza, almirante de nuestra armada, que para impedir
semejantes abusos recorría de continuo el mar desde Gibraltar hasta las costas
de África, pasando luego por las de Málaga, emprendió la caza de las naves
venecianas, y a velas desplegadas llegó persiguiéndolas hasta las Baleares.
Cuando ya se hallaron a la
vista, el Conde, muy animoso por hallarse al frente de una nave de alto bordo
alquilada a los genoveses, de una galera y de otras siete embarcaciones, mandó
al Capitán de las venecianas que arriase las velas y aguardase su llegada, o
pusiese hacia él la proa si quería evitar los peligros del combate. La galera
más próxima contestó al Conde que ninguna transgresión podía imputarse a
aquella expedición marítima, puesto que sólo habían suministrado algunos
víveres a los de Almería, amigos del rey de Castilla, creyendo que no le
desagradaría, puesto que él mismo se los había enviado con frecuencia. Pero que
si, como el Conde había insinuado, se sospechaba que hubiesen prestado otro
auxilio a los enemigos, podía registrar hasta los últimos fondos de las
galeras. Vino a interrumpir el coloquio una nave vascongada que, atracando al
costado opuesto de la galera, destrozó el aparejo, y ya medio sumergida en las
aguas, la obligó a recibir tripulación castellana. Otras cuatro, ayudadas por
viento favorable, arribaron a las costas de África.
El Conde, que acaso se
valió de aquel pretexto para disimular su ansia de riquezas, quiso registrar
cuanto se hallaba en la galera, y expulsando al Capitán y a los marineros, se
apropió todos los objetos de gran valor y los envió a lugares lejanos. Repartió
luego entre su gente una corta cantidad, y se quedó, según se dice, con
considerable suma. Con profundo disgusto recibieron los Reyes la noticia; pero
no quisieron considerar culpable al Conde hasta tener pleno conocimiento del
desdichado suceso. Ninguna de las partes estaba exenta de sospechas; pero el
Rey contestó en términos amistosos a las reclamaciones de los venecianos, para
quienes había sido afrentoso el percance, tanto por su natural benigno, como
por no enajenarse la buena voluntad de antiguos amigos, principalmente en
ocasión en que Bayaceto disponía en Salona la temible armada de Croacia.
El Papa aconsejaba a los
fieles que trabajasen con igual solicitud por alejar el inminente riesgo, y en
las cartas que con este objeto envió a los Príncipes de la Cristiandad reforzó
estos consejos con eficaces argumentos, a fin de evitar que las antiguas
discordias y negligencia originasen contrarias opiniones cuando tan necesaria
era la unión de todas las fuerzas cristianas contra el infiel enemigo. Las
amonestaciones del Pontífice persuadieron a los Príncipes de Italia a dar
tregua a sus encarnizados debates, y hasta tal punto hicieron estrellarse los
planes del Turco, que don Fernando pudo consagrarse con mucha mayor libertad a
los cuidados de la guerra contra los granadinos.
Libro V
(1485)
Preparativos bélicos de D. Fernando. -Prodigios en Portugal y en
Andalucía. -El Conde de Cabra combate con los granadinos. -Frustrada tentativa
contra Loja. -Llegan en este año a 500 los herejes quemados por la Inquisición
de Sevilla. -Los Reyes de caza. -Tumultos de Cataluña suscitados por los
payeses de remensa. -Arenga de Juan Sala. -Peste en Andalucía. -Reúnese en
Córdoba poderoso ejército. -Eclipse y cometas. -Defección de Almería. -Acógese
Boabdil al amparo de nuestros Reyes. -Sitio y toma de Coín y de Cártama.
-Combates a la vista de Málaga. -Sitio y rendición de Ronda. -Entréganse a D.
Fernando Montecastro, Cardela, Audita, Casarabonela y otros lugares y
castillos. -Rendición de Marbella. -Peligro que corrió nuestro ejército en el
paso de la serranía. -Pierden los malagueños la fortaleza de Fuengirola.
-Suntuoso recibimiento de los Reyes en Córdoba. -Reprimen éstos los desafueros
del Conde de Lemos en Galicia. -Sucesos de Navarra. -Tumultos en Granada. -Fuga
de Muley Hacén y varonil entereza de la reina, su mujer. -Derrota de los
nuestros cerca de Alhama. -Obstinada rebeldía del Conde de Lemos. -Sucesos de
Navarra y Cataluña. -Decídese el Rey, entre los diversos pareceres de los
Grandes, por la inmediata campaña contra Granada. -Combate naval sostenido por
Colón en el Cabo de San Vicente. -Ataque frustrado de Moclín y grave derrota de
los nuestros. -Sitio de las fortalezas de Cambil y Alhabar. -Expedición
afortunada de los andaluces a las costas de Marruecos. -Sucesos de Inglaterra.
-Toma de Zalea. -Trastornos en Italia. -Muere D. Alfonso de Aragón. -Sediciones
en Nápoles. -El Papa y los Estados de Italia. -El Turco Bayaceto en favor del
Rey de Nápoles. -Muerte del Dux de Venecia. -Inundaciones en España.
-Nacimiento de la infanta D.ª Catalina. -Sanseverino acude a Roma con ejército
en favor del Papa.
Con este propósito, D. Fernando pasó el invierno en Sevilla,
adoptando, de acuerdo con la Reina, acertadas medidas para la futura empresa,
entre ellas la preparación de poderosa artillería y máquinas de sitio, porque
sabía por experiencia cuánto aterrorizaban a los moros. Aumentó, por tanto, el
número y el tamaño de las lombardas, a fin de que, derrocadas a los primeros
tiros las murallas batidas, quedasen al descubierto los defensores. Sin esto,
se hubieran mostrado acérrimos, porque los granadinos sobrellevaban
pacientemente los trabajos y el hambre; eran pertinaces en sus herejías; sabían
aprovechar rápidamente los trances favorables de fortuna; con su notorio
aborrecimiento de la ociosidad, continuamente, durante el vagar de la paz,
meditaban empresas de guerra, y en todas sus hablas los asuntos militares
obtenían preferencia; de modo que, por antigua costumbre, antes de entablar
conversación sobre otras materias, trataban de las de la guerra. Esta
vigilancia del enemigo quería quebrantar D. Fernando poniendo estrecho cerco a
sus poblaciones, y haciéndole más terrible por el empleo de la artillería, sin
prestar gran atención a las novedades que cada día se suscitaban, ya por los
portugueses, ya por los navarros, a fin de poder consagrarla por entero a las
cosas de Granada. No pasaba día sin que, bien los primeros, bien los últimos,
hiciesen llegar varios rumores a oídos de los Reyes.
Sobre todo esto, acaeció
un prodigio, causa de justificado terror para los portugueses, y fue que en la
Navidad del año de 1484, en la isla vulgarmente llamada por los nuestros de
Palos, una repentina tempestad descargó increíble manga de agua sobre aquellas
aldeas, que quedaron sumergidas, y además, la cumbre de una elevada montaña se
derrumbó sobre las playas, hizo rebosar las aguas y acabó de inundar, por
consiguiente, los poblados. Quedaron los moradores completamente desesperados,
arrasadas las plantaciones, muertos los ganados y anegada la mayor parte de la
isla, de que los portugueses sacaban grandes productos. Para muchos este
desastre fue augurio de desgracia para el rey D. Juan de Portugal, por ocupar
injustamente los Estados del primo asesinado. El rumor le impresionó tanto, que
cedió la posesión de la isla en favor del ilustre joven D. Manuel, a quien,
después de la muerte de su hermano el Duque de Viseo, correspondía de derecho
la herencia paterna.
Por el mismo tiempo, en
Cala y Santa Olalla, territorio de Sevilla, aparecieron al atardecer tres soles
en el cielo, con gran terror de los que los vieron y maravilla de los que lo
oyeron referir. Este prodigio, decían algunos, era más temible para los cristianos
que para los moros, cuyas supersticiones asignan al sol influjo favorable para
nosotros, y a la luna para ellos. El descalabro experimentado por nuestras;
tropas en aquellos días vino a confirmar en cierto modo la supersticiosa
creencia.
A principios del año de
1485, el conde de Cabra D. Diego Fernández de Córdoba, acérrimo enemigo de los
granadinos y muy afortunado en los combates, reunió sus tropas con ánimo de
causarles algún daño, y para provocarlos, recorrió las cercanías de Granada. No
tardó el enemigo en presentarse en número muy superior, ansioso también de
pelea. Trabóse empeñada, que si los nuestros llevaban ventaja por su valor, los
moros la tenían por su número, y por largo rato se mantuvo indecisa la acción,
con grave peligro para ambas partes, que se hubiera convertido en completo
desastre para la nuestra si el enemigo, extenuado por tan largo combatir, no
hubiese tenido que transportar a la ciudad próxima sus numerosos heridos. El
Conde, sin embargo, dejó sobre el campo muchos muertos y consideró una suerte
no haber sufrido completa derrota.
En este mismo mes de
Enero, el rey D. Fernando, por consejo de algunos caballeros muy prácticos en
la guerra contra los granadinos y que durante mucho tiempo habían espiado a las
rondas y velas de los de Loja, concibió la esperanza de apoderarse de ella sin
gran dificultad si durante el invierno, y de noche, el ejército lograba
acercarse con el mayor silencio a las murallas y arrimar las escalas sin que el
enemigo se apercibiese. Esto aseguraban aquellos caballeros que podría lograrse
por la parte en que no dejaban centinelas nocturnas, por considerar la torre de
aquel ángulo suficiente seguridad para las centinelas lejanas, aun cuando
velasen en lugares más apartados y menos defendidos. Convencido el Rey, simuló
dirigirse a otro punto con las tropas reunidas en Sevilla, Jerez, Carmona y
Écija, más que suficientes para la empresa, por cuanto secretos mensajeros
habían llevado orden a Córdoba, Jaén y Cazorla de tener fuerzas dispuestas para
acudir a las contingencias que pudiera ofrecer la guerra hasta Cartagena,
término del territorio andaluz. A la caballería e infantería de Murcia había
mandado el Rey invadir las tierras confinantes con las de los moros para que
los jinetes de Granada, Baza y Guadix se encontrasen muy lejos de Loja cuando
él, con sus 3.000 lanzas y numerosos infantes, acometiese la empresa,
únicamente conocida de aquellos pocos que se la aconsejaron, y de cuyo éxito no
dudaba. Con esta esperanza acabó de disponer cuanto creyó necesario, y el 20 de
Enero salió de Sevilla. Solícitos acudieron al sitio y en el tiempo convenido
el Marqués de Cádiz y los capitanes de la caballería y del peonaje, esperando
la llegada del Rey, en la creencia de que se dirigía a Málaga, según los
numerosos indicios que de intento había hecho previamente publicar.
Cuando el ejército
acampaba en los prados de. Antequera, se presentó Ortega de Prado, hombre muy a
propósito para estas expediciones; que había tenido el principal papel en la
toma de Alhama y en la recuperación de Zahara, y que a una singular destreza reunía
ánimo esforzado y una resolución acompañada de suerte. Habíale enviado el Rey
mucho antes con el conde de Castro D. Álvaro de Mendoza, capitán mayor de la
armada, para que no le faltase hombre tan hábil si se ofrecía arrimar las
escalas para combatir las fortalezas del litoral enemigo. Al día siguiente de
haber salido D. Fernando de Sevilla llegó él a visitar a su mujer; pero la
Reina le envió inmediatamente al Rey, que le descubrió el verdadero propósito
de la expedición. Su gran experiencia en este linaje de empresas le hizo pronto
ver lo vano de las esperanzas y la realidad del peligro. Al punto se le encargó
que, juntamente con los primeros inspiradores de la tentativa, fuese
previniendo, durante la oscuridad de la noche, los sitios a propósito para la
escalada, para que pudiese luego dar cuenta al Rey del estado de los trabajos
cuando llegase con las tropas. Esta prevención contribuyó no poco a evitar un
desastre, porque se vio muy difícil el arrimar las escalas y evidente el
destrozo de los que, aun sin dificultad, lograsen coronar las almenas, aunque
trepasen 1.000 soldados burlando a los centinelas, mucho más necesitándose
largo rato para la subida de 20 escaladores. Cuando el Rey, calado por la
lluvia y yerto de frío se aproximó a los muros, comprendió la dificultad, y
viendo a su gente transida de frío y fatigada por el excesivo trabajo, prefirió
mirar por su vida y por la de los suyos antes que sufrir un terrible desastre.
Y le hubieran experimentado, sin duda alguna, de prevalecer las primeras
resoluciones sobre las posteriores.
Volvió D. Fernando a
Sevilla el día 29 de Enero, a los nueve de su salida. El anterior a ésta fueron
quemados públicamente 19 herejes de ambos sexos. Con ellos llegó a 500 el
número de los que desde el establecimiento de la Inquisición murieron en Sevilla
en las hogueras por judaizantes.
Luego los Reyes, para
descansar de los trabajos de la frustrada expedición, se entregaron alegremente
a los deportes de la cetrería y de la caza mayor. El duque de Medina Sidonia D.
Enrique de Guzmán les tuvo preparados, oportuna y espléndidamente, opíparos
refrigerios, y en medio de los bosques dispuso viviendas acomodadas para toda
clase de personas, con admirable abundancia de todo lo necesario, a fin de que
los Reyes y su primogénita D.ª Isabel gozasen de alegre esparcimiento. Mas,
como suele suceder, venían a interrumpir la alegría serios cuidados.
Recibíanse frecuentes
noticias de Cataluña que preocupaban no poco al Rey, imposibilitado de reprimir
tan lejanas revueltas, puesto que para ello era necesaria su presencia, y la
guerra que se disponía contra Granada impedía totalmente emplear este remedio.
De aquí resultaba tanta dificultad para las resoluciones del Rey como ventaja
para los catalanes en sus audaces revueltas. Su larga costumbre de maquinar
novedades y su decidida inclinación a las sediciones suministraron alimento al
fuego para convertirse en inextinguible incendio. Los nobles, ante la osadía de
los plebeyos, que no sólo habían dejado de prestar el antiguo y debido
acatamiento a sus Señores, sino que le habían convertido en ultraje, empezaron
a tratarlos con más crueldad de lo que en otra ocasión se hubiera creído
permitido. El procedimiento excitó más el furor de los campesinos que,
lanzándose de repente contra algunos caballeros, dieron muerte en Ampurias al
acaudalado Almerich, y pocos días después se ensañaron con furia contra cuatro
o cinco caballeros que quisieron vengar la muerte de su pariente. Al igual que
los nobles, hacían al clero víctima de sus venganzas, y al cabo, aquéllos, no
ya para combatir a los payeses, sino por la necesidad de defender las vidas, se
vieron obligados a reunir tropas para resistirlos. Por su parte los payeses,
lejos de arrepentirse de su desobediencia y de los asesinatos perpetrados
contra sus Señores, y dando sólo oídos a la abierta rebeldía y a los odios,
fueron acumulando crímenes sobre crímenes. Y para contar con un caudillo
resuelto en sus feroces empresas, eligieron a cierto Juan Sala, uno de los
payeses que más aborrecía su servidumbre, de instintos crueles y ánimo
arrojado, y muy conocido de todos por su odio contra los nobles. En cuanto este
hombre, criado en la servidumbre, tomó el mando sobre muchos, no escaseó
crueldades ni dejó de ensañarse contra cuantos sospechaba ser sus enemigos.
Cuando ya los campesinos,
que de todas partes acudían, adquirieron cierto aspecto militar, con su
formación y sus banderas, les dirigió una arenga en que abominó de la
perversidad, crueldad y soberbia de los señores, a quienes, según decía, la
desobediencia y la perfidia habían hecho rebelarse contra su legítimo soberano
D. Juan, rey de Aragón, empleando todo género de desacatos para arrojar del
trono, tras prolongados ultrajes, a uno de los Príncipes más dignos de la
cristiandad y en ancianidad tan venerable. Ellos, decía, por espacio de cerca
de catorce años habían estado maquinando innumerables daños, y durante ese
tiempo los payeses, obligados a sus trabajos serviles, habían observado la
fidelidad debida a su Rey, sin dejar pasar jamás la ocasión de exaltar a los
que oprimían los rebeldes falsos nobles. Por estos méritos, el bondadoso
Monarca juzgó muy digno de renombre y honró con grandes mercedes al valiente
caudillo Bertallada, exterminador de la falsa nobleza, y a los payeses de
remensa, oprimidos bajo el vergonzoso yugo de larga servidumbre, declaró libres
de toda afrenta e ignominia y de intolerables pechos, confirmando por justa y
generosa ley el paso desde la servidumbre a un estado honroso.
Porque si en otro tiempo,
al arrancar Carlo Magno Cataluña de las garras de los agarenos enseñoreados de
España, subyugó a aquellos montañeses y les infligió duros castigos a causa de
sus crueles rebeliones, ahora, cambiadas las costumbres, también debía cambiar
la condición de los campesinos. Además de que bien castigados debía juzgarse a
los que habían tenido que llorar durante cerca de setecientos años un momento
de extravío. Ahora, en nuestros días, mientras otros más afortunados se habían
entregado a los crímenes, ellos, los payeses, por tanto tiempo aniquilados,
habían sido los representantes de la fidelidad. No podía, por tanto, desaprobar
D. Fernando, hijo del rey D. Juan y sucesor en sus estados y en sus virtudes,
aquella resistencia de los leales payeses contra la necia y pérfida maldad de
los Señores catalanes, por más que no lo declarase abiertamente desde las
lejanas tierras en que combatía a los granadinos, sin mostrarse favorecedor de
ninguna de las partes, sino mandándolas por sus cartas que depusiesen las armas
y se abstuviesen de los furores de la guerra.
Con éstos y otros
razonamientos enardecía Juan Sala los ánimos de los payeses de remensa en daño
de la multitud de uno y otro bando, porque de todas partes acudían a
reforzarlos gentes ansiosas de extender su furia. Tenía D. Fernando diarias
noticias de los peligros con que amenazaban estos rebeldes; pero, atento
principalmente a los preparativos de la guerra de Granada, contentábase con
enviar desde Sevilla, donde permanecía con la Reina, cartas en que aconsejaba a
las dos partes que diesen tregua a sus disensiones.
De repente cayeron
enfermos algunos en el palacio, y estalló terrible peste, que arrebató de los
primeros a varios de la cámara de los Reyes. Fue preciso volver inmediatamente
a Córdoba por el camino de Carmona. En Marchena encontraron al esforzado y hábil
caudillo Marqués de Cádiz, que recibió a los Reyes alegre y espléndidamente y
los obsequió durante cuatro días con banquetes y juegos. Después quisieron oír
en secreto el parecer del Marqués respecto a la guerra, y al cabo de unos días
de permanencia en Écija, entraron en Córdoba. Dispusieron que el príncipe D.
Juan continuara en el alcázar de Almodóvar por temor a que contrajera la peste,
ya que D.ª Juana, niña de seis años a la sazón, se había librado hasta entonces
del peligro residiendo en Carmona. Tomadas estas disposiciones, empezaron a
reunir tropas; acogieron alegremente a los hombres de armas y jinetes que iban
llegando de lejanas tierras de Castilla y León al mando de varios próceres, y
los mandaron alojar en los pueblos del contorno.
Uno de los primeros
Grandes que se presentaron fue el condestable D. Pedro de Velasco, al frente de
unas 500 lanzas escogidas y acompañado de sus dos yernos. El duque de
Alburquerque D. Beltrán de la Cueva trajo 80 hombres de armas y 100 jinetes, y
250 el esforzado conde de Benavente D. Rodrigo Pimentel. Entró en Córdoba Pedro
Hurtado, hermano del Cardenal, con 200 lanzas, además de las de Cazorla, que
servían a sus órdenes. Por disposición del Rey, y a causa de los muchos gastos
que sobre su esfuerzo personal había hecho en años anteriores, vino con pocos
de a caballo el duque de Nájera, bastante afortunado en las guerras contra los
granadinos, y cuya presencia era ahora necesaria. Acudieron también numerosos
contingentes de las ciudades de León y Castilla, muchos infantes escogidos y de
hidalgas familias de Asturias y de Galicia, sin contar los villanos.
Los vascongados enviaron
asimismo hueste bastante crecida. Desde las próximas fronteras de Portugal
llegaron a Córdoba el maestre de Alcántara D. Juan, hijo del Duque de
Plasencia, con 500 de a caballo, muy escogidos. El Maestre de Santiago tenía en
Écija otros muchos prontos a acompañar al Rey por el camino que eligiese. Con
el gran número de infantes y caballos andaluces se reunió un ejército
formidable de 9.000 de éstos y 20.000 de los primeros, perfectamente dispuestos
para entrar en batalla.
Por aquellos días fue tema
de variados juicios entre los nuestros, temerosos de algún funesto presagio, un
eclipse que el 16 de Marzo oscureció gran parte del sol. En opinión de los más
entendidos en astrología anunciaba largos años de calamidades para los
Príncipes cristianos, porque venía precedido de otros portentos en diversas
partes del mundo ocurridos, nuncios de seguros desastres. Especialmente en Roma
habían aparecido, en el mismo mes de Marzo, horribles cometas, que habían
dejado ver en el cielo despejado una cruz y cabelleras de fuego con saetas en
forma de media luna por ambos bordes.
También fue por aquellos
días dolorosa para D. Fernando la noticia de la defección de Almería, ciudad
por mucho tiempo a devoción del Rey Boabdil de Granada. La traición de los
guardas del Alcázar permitió a Albuhacén ensañarse con los partidarios de su hijo
aprovechando su ausencia; y así, sus satélites dieron muerte a Benaliscar,
alcaide de la fortaleza y principal entre los amigos de Boabdil. Lo mismo
hicieron con el hermano de éste, por orden del inhumano Albuhacén. Sepultaron
en un calabozo a la Reina, su mujer, y cometieron las mayores atrocidades con
cuantos seguían el partido de Boabdil, que hubiera sido su primera víctima a no
haberse hallado lejos de allí atendiendo a otros asuntos. Cuando tuvo noticia
de estos atentados, se refugió en Córdoba con los 60 caballeros de su séquito,
acogiéndose al amparo y poniéndose a las órdenes de la Reina durante la
ausencia de D. Fernando. Su generosidad, conforme con la voluntad de D.ª
Isabel, se empleó sin reserva en favor del Rey desterrado, falto de todo otro asilo
en el mundo, fuera del que el vencedor D. Fernando le prestara.
Conducía éste entretanto
su ejército por los lugares comarcanos de Málaga, pronto a ejecutar cuanto para
la campaña venía preparando de largo tiempo el Marqués de Cádiz. Su gran
sagacidad y experiencia le habían hecho comprender, después de la toma de Setenil,
que, a causa de las insuperables dificultades para sostener la guerra, los
ánimos de los de Ronda estaban abatidísimos. De aquí los diversos pareceres de
los moradores, víctimas de innumerables sufrimientos. Principalmente se
mostraban afanosos de mirar por su seguridad aquéllos que por razón de sus
riquezas no podían librarse fácilmente de la envidia popular, y que sabían que
el odio de Albuhacén llegaba hasta tratar de darlos muerte.
Uno de los principales de
Ronda, Jusef Xarif, hombre de gran cautela, muy adinerado y en otro tiempo
conocido del Marqués de Cádiz, trataba de hallar algún recurso para escapar
incólume. Pareciále el más seguro descubrir en secreto al Marqués, en cuya integridad
tenía absoluta confianza, cuán abatido se hallaba el ánimo de sus convecinos;
cuánta confusión había en sus propósitos, y, en suma, enseñarle la senda
infalible por donde fácilmente podría apoderarse de la ciudad, con tal que D.
Fernando, conduciendo a otra parte su ejército, aparentase dirigir toda su
atención a combatir a los de Málaga y a los pueblos más próximos. Si esto se
hacía astutamente, el corto número de rondeños que en aquellos días, después de
la torna de Setenil, todavía andaba vacilante, quedaría muy reducido, pues,
conocido el apuro de los de Málaga, no era dudoso que unos irían a socorrerlos,
y otros, según costumbre, harían repentina incursión contra los de Medina
Sidonia y, Alcalá de los Gazules. No despreció el aviso el prudente Marqués, y
lo comunicó a D. Fernando en secreto para evitar que estas facilidades pudieran
trocarse en un descalabro.
El Rey, siguiendo la vía
que la suerte le trazaba, aparentó amenazar con todos los horrores de la guerra
a los pueblos del contorno de Málaga, y así reunió en derredor de Coín, primero
que quiso combatir, a poca distancia de Alora, todo lo necesario para un
riguroso sitio. Llegó, sin embargo, después de la hora fijada por el Marqués.
La tardanza, ocasionada por las discusiones de tres caudillos acerca de los
primeros puestos, aprovechó a los de la villa, que, cuando, salido el sol, se
presentaron las primeras tropas nuestras, ya habían dado entrada a los
refuerzos recogidos en los pueblos próximos, y no lo hubieran logrado, si los
nuestros se les hubiesen adelantado, como había dispuesto el Marqués. Así que
la reunión de cerca de 1.500 moros que en Coín peleaban ansiosamente por su
libertad y por su vida vino a aumentar el trabajo y los peligros de los
sitiadores.
Dificultaba más la empresa
el hallarse ocupada parte de nuestra gente en el próximo lugar de Benamaquix,
protegido por los arroyos y espesura de las arboledas, además de sus reparos y
de las salidas de sus 400 defensores, cuando en los principios habían creído
los nuestros que sólo se trataba de expugnar una insignificante población,
tarea fácil una vez abierta brecha en cualquier parte de las murallas. La
desidia de los jefes de las rondas de noche fue causa del desastre, porque,
protegidos por la oscuridad, pudieron entrar en Coín 400 montañeses, muy
conocedores de las veredas, y hacer gran destrozo en los nuestros, que, sin
noticia del refuerzo, intentaban penetrar en la villa.
El día anterior el Rey
había ordenado que nadie la combatiera antes del señalado con acuerdo de los
Grandes, y después de oír misa y de prepararse los soldados con el alimento y
el descanso; pero ellos quebrantaron las órdenes, atacando temerariamente al
amanecer. Murió dentro de la ciudad el valiente Pedro Ruíz de Alarcón, muy
afortunado en otros muchos trances de guerra, y con él los 50 que le siguieron
en su arrojado empeño, además de los que repentinamente habían acudido en su
auxilio. Uno de ellos, el noble y esforzado Tello de Aguilar, cayó muerto de un
tiro de espingarda.
Sintió profundamente D.
Fernando el descalabro por la pérdida de estos soldados, y más aún por haberle
causado la temeridad y la envidia de los que acometieron. Y creció su
indignación cuando supo que los de Benamaquix habían dado muerte a parte de los
cautivos cristianos y sometido a otros a diversos suplicios. Movido de doble
ira contra los enemigos, mandó emplear inmediatamente todo género de ataques
contra ellos, y como ya parte del muro estaba socavado, los de dentro, poseídos
de repentino terror y angustia, no pensaron mas que en rendirse. Confiaban en
alcanzar condiciones menos duras merced a la intercesión del Marqués de Cádiz;
pero él les contestó que no podía conseguir otra cosa que una total sumisión a
la voluntad del Rey. Su apurada situación les obligó a aceptar lo que se les
proponía, y efectuada la entrega, el Rey perdonó a las mujeres, niños y
ancianos, y mandó pasar a cuchillo a veinte de cada cien varones.
Luego se continuó el sitió
de Coín, mientras otra parte no pequeña de las tropas ponía cerco a Cártama
(importante villa en feracísimo valle, del mismo nombre), a las órdenes del
maestre de Santiago D. Alfonso de Cárdenas, en unión del condestable D. Pedro
de Velasco, general del ejército, y de D. Pedro Hurtado de Mendoza, que mandaba
la caballería de su hermano el Cardenal. En ninguna parte se advertía flojedad
entre los nuestros, antes todos se esforzaban por imitar la actividad y
fortaleza del Rey. No se dudaba que el Comendador de Santiago D. Gutierre de
Cárdenas desempeñaría a satisfacción al lado del Rey cualquier cargo que le
incumbiese, y así el Conde de Benavente como el Duque de Nájera, ambos tan
distinguidos por su nobleza como por su esfuerzo, demostraban singular
resolución en los trances más serios.
Era incesante el disparar
de la artillería y el batir de las otras máquinas de guerra. El horrible
estrépito y los estragos de las pelotas de piedra lanzadas al interior de Coín
llenaban de terror a los moradores, y los lamentos de las mujeres y los llantos
de los niños abatían el ánimo de los defensores, ya muy decaído del vigor con
que empezó la resistencia. Viendo lo inútil de continuarla, puesto que,
destruidas ya parte de las murallas, los enemigos podían entrar en gran número
si se prolongaba el combate, aterrorizados con el ejemplo de los de Benamaquix,
y conociendo el temor de sus auxiliares, hicieron desde las almenas del Alcázar
señales de rendirse y pidieron con urgencia parlamento al Marqués de Cádiz, que
les fue concedido, con licencia de don Fernando.
A todos los rendidos se
les permitió salir de la villa con lo que pudieran llevar consigo, y la vida
salva, a condición de que hubiesen respetado la de los cautivos cristianos,
sometidos a largo cautiverio, según había hecho pregonar el Rey apenas llegó ante
las murallas, si querían esperar su clemencia. Con estas condiciones se acordó
por ambas partes poner término a las hostilidades, y al punto salieron los
cautivos a besar la mano de sus libertadores. Luego, la multitud imploró su
generoso amparo para no ser molestados en el viaje que iban a emprender hacia
Málaga, y así se les concedió, aunque señalándoles los límites de su camino.
Algunos de los nuestros, sin embargo, que durante el sitio habían sufrido más
daño, bien por el deseo de vengar la muerte de sus parientes, bien porque esto
les sirviera de pretexto para satisfacer su ansia de rapiña, acometieron fuera
de los límites señalados a la desdichada muchedumbre de los fugitivos,
degollaron a muchos inermes y les robaron cuanto pudieron traer consigo. Indignado
el justísimo Rey de la pérfida hazaña, ya que no pudo prender a los culpables
por haberse diseminado, mandó tomarles lo robado y restituírselo a los
supervivientes de Coín. En la villa no quedó nada que no se repartieran las
tropas, y arrasadas la mayor parte de las casas, perdió Coín aquel aspecto de
belleza que le distinguía entre las otras poblaciones del territorio de Málaga.
Bien pronto cundió el
espanto entre los habitantes de Cártama, que hicieron saber a los sitiadores su
intención de apelar a la clemencia del Rey antes de experimentar los rigores
del sitio, porque hasta para los enemigos era dechado de virtudes. Marchó D.
Fernando hacia la villa, y rendidos los moradores, les dio licencia para
marchar libremente adonde quisiesen, proporcionándoles mayor seguridad en su
camino y más comodidad para el transporte de sus ajuares, en atención a haber
ellos hecho fácil la toma de una villa que, por su situación y reparos, hubiera
exigido largo y empeñado sitio. Pasados allí pocos días, mientras se repararon
algo más las defensas, y después de dejar encargo al diestro y esforzado
comendador de Santiago Martín Galindo, de entregar la alcaidía de la villa al
Maestre Cárdenas, el Rey se encaminó hacia Málaga con el ejército, con el
intento, de resultado seguro casi siempre, de que los montañeses de Ronda, como
era caso frecuente, la dejaran desguarnecida por acudir en auxilio de los malagueños.
Días antes había entrado
en la ciudad con 700 jinetes y numerosa hueste de infantes el hermano del rey
Albuhacén, Muley Abohardillas, de gran prestigio entre los granadinos desde
que, nombrado por el hermano gobernador de Málaga, deshizo en la Axarquía a
nuestros hombres de armas, pasando a cuchillo a unos, prendiendo a otros y
poniendo en fuga a los restantes, según queda referido. Vino a aumentar su
autoridad la situación creada por la enfermedad de su hermano Albuhacén, que,
antes habilísimo, animoso y frecuentemente afortunado contra nosotros, había
tenido que renunciar a toda intervención en el gobierno, a causa de la ceguera
y de la gota. Imposibilitado de tomar parte activa en la guerra, había mandado
responder el año anterior a los de Ronda necesitados de algún auxilio para los
de Setenil que sufrían estrecho cerco y terrible sitio, que no disponía de
medio alguno para llevarlos el deseado socorro, por cuanto, además de la grave
dolencia que le tenía postrado en el lecho, presa de horribles dolores, era
notoria la escasez de recursos de los granadinos para rechazar el poder de las
tropas enemigas en momentos de una guerra. Y aun en caso de que a los
granadinos se les enviasen refuerzos para combates de caballería, convendría,
por muchas razones, renunciar a ello, porque nada más peligroso para aquéllos,
cercados por mar y tierra, que confiar su seguridad al trance de una batalla
campal. Un solo día de éxito desgraciado podría ser causa de perpetua ruina
para los moros, por lo cual, debían encomendarse al patrocinio de Mahoma,
poderoso con el Omnipotente, y si en aquel aprieto cabía confiar a las fuerzas
humanas algún papel contra el apretado cerco puesto a la villa, correspondía a
los de Ronda y de su serranía, que pelearían por su vida y por su libertad; a
él no te tocaba más que condolerse y aconsejar en sus cartas a lo, pueblos que
no se abatiesen ante el infortunio presente.
Estas razones de
Albuhacén, aunque conformes con la necesidad presente, habían confundido a los
enviados de Ronda, y hecho meditar nuevas maquinaciones a varios de los más
conspicuos, en particular a Yucef Xarif, el principal de aquella embajada.
Reanudando ahora la
interrumpida narración, diré que D. Fernando se presentó de repente ante las
murallas de Málaga, cual si meditara ponerla sitio. Por el contrario, los de la
guarnición, mandados por Abohardillas, como, según costumbre de los moros, siempre
se hallaban dispuestos a trabar escaramuza, salieron en número de unos
trescientos jinetes, los más escogidos y aptos para estas luchas. Estábales
prohibido a los nuestros aceptar esta clase de pelea con los granadinos,
acostumbrados a conservar fácilmente el orden de los escuadrones, aun en medio
de la confusión de la escaramuza; pero como entre los nuestros había muchos
dotados de igual destreza, se lanzaron sin vacilar contra la caballería
enemiga. Cerca del antemural se trabó terrible pelea, a pesar del reducido
número de combatientes, porque, como gente aguerrida, ejecutaban hechos
singulares. Un revuelto pelotón de jinetes de ambos campos se desplegaba
repentinamente en dos alas que, girando de continuo, se acometían de nuevo con
furia, y buscaban con fogosidad suma el punto vulnerable del enemigo. El
encuentro fue verdaderamente más funesto para los moros que para nuestros
jinetes. Murieron más de 30 de aquéllos, por lo de los nuestros, y dada por las
trompetas la señal de marcha, la caballería cristiana, precedida de las
compañías de infantes, volvió a entrar en el campamento de donde había salido.
Lo que más desconcertó al
enemigo fue el que D. Fernando pudiera poner sitio a Ronda antes que las tropas
enviadas por los de esta ciudad en auxilio de los de Málaga pudiesen reunirse
dentro de la ciudad con sus compatriotas. Para mayor celeridad, el Marqués, por
orden del Rey y en unión del adelantado D. Pedro Enríquez, caudillo de
numerosas fuerzas, se apresuró a ocupar los caminos al contrario con los
corredores y patrullas, a fin de que ningún mensajero pudiera llevar aviso a
los de Ronda de la vuelta del ejército. Otra desgracia tuvieron éstos, y fue
que, creyendo encaminado contra los de Málaga todo el aparato bélico, enviaron
a correr los campos de Medina Sidonia y de Alcalá de los Gazules a unos cuantos
jinetes y buen golpe de peones, que ya no pudieron volver a entrar en Ronda,
cercada por las tropas de D. Fernando. Aun sin las obras de defensa, la
naturaleza parecía haber puesto a esta ciudad a cubierto de toda tentativa de
sitio, porque, por el norte tiene un tajo de inaccesibles rocas que arrancan
del profundo álveo del río interpuesto entre ellas y la ciudad. Pero las aguas,
en parte, se esconden por aberturas como escondrijos de conejos, para volver a
salir rápidamente a corta distancia, y suministran entre la población y el lado
opuesto de las rocas fuerza para los molinos de que nadie sino los moradores
pueden aprovecharse. Mirando al saliente, se levanta el barrio del Mercadillo,
cortado perpendicularmente por una profunda sima o tajo, salvada por un puente.
El punto más accesible se halla al Mediodía, y allí habitaba con preferencia,
por causa de las ocupaciones agrícolas, la población del arrabal, que también
ocupaba la parte del Poniente. Y como se extendía desde el puente hasta el
alcázar, para todos los vecinos era más cómoda la puerta contigua a este sitio
más llano. De las fuentes que no lejos de la ciudad manaban en abundancia se
surtían con más facilidad los vecinos por el lado del arrabal. Si el enemigo se
oponía, no resultaba fácil proveerse de agua por aquella parte; mas si la necesidad
apretaba, por el lado opuesto lo permitía una mina que venía desde la ciudad
hasta la corriente del río, sin que fuesen parte a estorbarlo los sitiadores,
aun con grandes fuerzas.
Con arreglo al plan
propuesto por el Marqués de Cádiz, D. Fernando cercó la ciudad, dividiendo el
ejército en cinco estancias. El, con el mayor número de tropas, situó la
primera al Poniente, dando cara al Alcázar, por tener más fácil la salida y
sospecharse que por allí harían las suyas los rondeños. Entre los Grandes que a
su lado tenía era el principal el Duque de Medina Sidonia, con 700 lanzas y
numeroso peonaje. En la estancia de la derecha mandó que estuviesen el Conde de
Benavente D. Rodrigo Pimentel y el Maestre de Alcántara D. Juan, hijo del Conde
de Plasencia, con otros cordobeses y las milicias de algunos pueblos. A la
izquierda, hacia el Mediodía, por donde se extendían los arrabales, tenían su
estancia el Marqués de Cádiz y muchas tropas andaluzas. Poco después, y a
alguna distancia, en la orilla opuesta del río, fijaron sus tiendas la
caballería e infantería de algunas ciudades de la frontera portuguesa. Al
Saliente, y a manera de campamento, una fuerza no despreciable custodiaba en
las inmediaciones del puente la artillería y las demás máquinas de guerra, y
con facilidad podía impedir a los de la ciudad la estrechísima salida por el
puente.
Con esta disposición,
dejaron encerrados los nuestros en Ronda a un número de enemigos tan escaso
como nunca hubo en aquella ciudad, porque, según la dicha confesión de Yucef
Xarif, el vecindario de Ronda había quedado reducido a la tercera parte de defensores,
y sólo parecían dispuestos a defender la ciudad los de la plebe, tratando de
pasarse a Albuhacén todos los pudientes desde la toma de Setenil por nuestras
tropas. Terrible efecto producía en los cercados, además del cinturón de hierro
de las estancias, el batir de las lombardas día y noche por todas partes, y la
dificultad de surtirse de agua, porque el Marqués, metido en el río hasta la
cintura, había hecho tapar las bocas de la mina que con él comunicaba, y
dispuesto otras muchas obras para impedir a los cercados la aguada. Por otra
parte, el espanto de las mujeres y los llantos de los niños sobrecogía a los
cercados. Cada vez que las lombardas derribaban una casa o algún trozo de
muralla, aquella multitud inerme redoblaba de tal modo sus gritos, que
amilanaban a los escasos defensores, y con ello se facilitaba el propósito de
los que la sitiaban, perdiendo así Ronda de repente sus condiciones de
inexpugnable.
Los Grandes, que al
establecer las estancias tachaban de locura el cerco y aseguraban el fracaso,
en cuanto vieron a los enemigos aterrorizados y se dieron cuenta de su reducido
número, cobraron ya esperanzas de apoderarse de la ciudad. Ninguno de ellos dejaba
de reconocer las dotes de valor y de militar pericia del Marqués de Cádiz, y
todos con su brillante hueste se esforzaban por emular sus hazañas como antes
habían trabajado con empeño en otro género de competencias. Ahora, así el
maestre de Santiago D. Alfonso de Cárdenas, como el Comendador de la misma
orden, su primo Gutierre, ambos distinguidos por su animoso brío y rivales en
otro tiempo; el Duque de Nájera D. Pedro Manrique, y don Rodrigo Pimentel,
conde de Benavente, al igual del condestable D. Pedro de Velasco, Pedro Hurtado
de Mendoza y el maestre de Alcántara D. Juan; todos, en suma, los Grandes de
Andalucía y los capitanes de las milicias de los pueblos, todos trabajaban en
el sitio de Ronda, a fin de que, abatido aquel baluarte de los infieles de la
serranía, quedasen del todo quebrantadas las fuerzas de los demás enemigos.
Sobresalía el Marqués entre todos, no menos por su valor que por su dignidad.
Veíanle todos recorrer las estancias, inspirando y ejecutando las más notables
hazañas, y arrostrando los peligros antes que permitir el ajeno, cuando por
caso se acometía alguna empresa temeraria. Mas toda esta resolución y esta
exquisita solicitud del ejército cristiano difícilmente hubiese podido impedir
los ardides de los moros de la serranía para acudir de noche en socorro de los
sitiados sin la vigilancia del Marqués, que, con maravillosa sagacidad, hizo
fracasar todas aquellas astutas tentativas de los enemigos, y suplió el
descuido de los capitanes de las patrullas, poniendo en fuga a 1.500 moros que
a media noche habían llegado hasta el pie de las murallas. No escaseó D.
Fernando los elogios merecidos por la habilidad del ilustre caudillo, pues
desde entonces se vio aumentar de día en día el temor de los sitiados, y hasta
empezaron a manifestar deseos de entrar en tratos para rendirse, cuando se
vieron obligados a desamparar la parte del arrabal, desnuda de toda defensa por
las lombardas del enemigo.
Creyendo los nuestros que
los moros no habían huido, sino que permanecían callados, preparando alguna
repentina salida, un soldado animoso, llamado Fajardo, se atrevió a subir por
el muro hasta una brecha por donde pudiese averiguar la causa del silencio, y
halló desamparado el arrabal y que la multitud de los que antes le defendían
corría a la otra parte de la ciudad, donde el de Benavente tenía su estancia,
atraídos por los gritos de las mujeres y de los niños, que falsamente decían
que los nuestros habían entrado por otra puerta. Tomados así los arrabales, los
sitiados, siguiendo el consejo del alguacil Mahomad el Cordi, primo de Hamete
el Cordi, de los más acaudalados vecinos de Ronda, y a quien se había
encomendado el absoluto gobierno y la defensa de la ciudad, decidieron rendirse
bajo las siguientes condiciones: El rey Fernando les daría por el rescate de
los cautivos cristianos 60.000 doblas o ducados; los rendidos podrían llevarse
todos sus bienes muebles; se les señalarían tierras fértiles y morada en los
lugares libres de guerra; se les aseguraría contra todo ataque y ofensa y se
les suministrarían generosamente provisiones. El Rey mandó responderles que
accedía a todo, pero que necesitaba saber con exactitud el número y la
condición de los cautivos; porque si, contra lo que hizo pregonar ante los
muros de Ronda el día de su llegada, se habían atrevido a atormentar o a dar
muerte a algún cautivo, podían tener por seguro que tomaría venganza de la
sangre derramada. Por tanto, si le manifestaban los nombres de los cautivos,
podían confiar en el buen éxito de todas las demás peticiones. Inmediatamente
contestaron que los cautivos eran 300, y señalaron su condición y sus nombres;
y ante la orden del Rey de dejarles salir libremente si querían obtener las
otras condiciones, aceptaron y le proclamaron vencedor el 23 de Mayo, día de
Pentecostés del año 1485, para alabanza del Omnipotente, que, así como nos
redimió con su sangre, así se dignó redimir aquel día de miserable cautiverio a
300 cristianos, y limpiar de la infame secta de Mahoma aquella ciudad, por
tanto tiempo funesta a los cristianos.
Al mismo tiempo la
guarnición de Montecorto, cerca de Ronda, que por casos diversos, como se dijo,
se había apoderado antes del inexpugnable Alcázar, venciendo a la del Marqués
con gran deshonra del alcaide, resolvió entregársele, porque, tomada Ronda, y
desconfiados de poderse sostener allí más tiempo, optaron por encomendarse a la
generosidad de tan gran caudillo.
Siguió este ejemplo
Cardela, villa también de situación casi inexpugnable y que el Marqués había
tomado y vuelto a perder, según queda dicho en su lugar. Asimismo se rindieron
al Marqués el castillo y lugar de Audita. En tanto el Rey se ocupaba en la reparación
de las defensas y de parte de las murallas de Ronda, con grandes deseos de
avistarse con el Marqués, porque ya había manifestado su opinión acerca del
plan de guerra más acertado para lo futuro, y su parecer en estas materias,
como de guerrero tan experimentado, era de gran peso en las resoluciones de D.
Fernando.
Pareció, pues, lo más
acertado dirigirse a Casarabonela a la vuelta del Marqués, y hacer llegar al
colmo el terror de los vecinos por la rendición de Ronda, con ver al vencedor
al frente del victorioso ejército para poner inmediatamente sitio a la villa donde
el año anterior sufrió tan gran desastre el Conde de Belalcázar.
Vista la decisión de tan
poderoso monarca, y aunque las defensas naturales y artificiales de la villa
podían ofrecerles alguna esperanza, los vecinos, ya muy descorazonados, no
tardaron en manifestar su intención de rendirse.
Hubieran deseado, sin
embargo, entregar el Alcázar sin tener que buscar nuevas moradas, como después
de la toma de Ronda se había pactado para ciertas poblaciones conquistadas;
pero el prudente D. Fernando se mostró con los rendidos benigno y generoso en
todo, menos en que continuaran habitando en sus casas, porque tanto la
privilegiada situación del lugar, como lo numeroso del vecindario y las
excelentes disposiciones de aquellos hombres para la guerra, les hacían muy
temibles. Por tanto, les mandó trasladarse a Coín, pasando así de un lugar muy
fuerte a otro desprovisto de defensas, con facultad de llevarse cuanto pudieran
transportar; pero dejando en nuestro poder a los cautivos.
Como complemento de esta
resolución, se dio la alcaidía a Sancho de Rojas, hermano del Conde de Cabra, y
luego se encomendaron todas las villas, aldeas, torres y alquerías de la
Serranía de Ronda, amparadas de alguna defensa, a los capitanes cristianos, a
quienes por orden de D. Fernando habían tocado las fortalezas mas importantes.
Fueron éstas: Casares, Gaucín, Burgus; Munda, célebre por la última victoria de
César; Cardela, Garciago, Aznalmara, Agrazalema, Villalonga, Azmalaga,
Monxaquis, Cortes, Benacotas, Benaxux, Alhalín, Alhaulín Churriana, Clarana,
Puplana, Campanillas, Guitarro, Audita, Alcabal, Alhanar, Almarux, Ximera,
Alcabatón, Hospita, Archites y Obliques; nombres casi todos bárbaramente
alterados por los moros al ocupar los lugares. En adelante, ya todos los
moradores de la Serranía de Ronda se sometieron a la obediencia de D. Fernando,
hasta los de las poblaciones del término de Málaga, situados en áspera e
intransitable montaña, como Osuna, Almoxía y Millas, próximas a Marbella, y a
la sazón difíciles de sitiar, en opinión de los entendidos en materias
militares. En consecuencia, el Rey ordenó la marcha por distinto camino hacia
Marbella, en la costa del Mediterráneo, resuelto a apoderarse por fuerza o por
pactos, de población tan importante y tan apropiada para las expediciones
navales. En virtud del acuerdo, bajaron las tropas desde las escabrosidades y
valles de la Serranía, y marchando por estrechos caminos, torcieron la
dirección hacia Arcos, población de los Estados del Marqués, ribereña del
Guadalete, por donde cualquier ejército tenía paso más franco y más seguro,
hasta las costas del Mediterráneo y se facilitaba también el transporte de la
artillería.
Mientras los de Marbella
andaban en negociaciones con el Conde de Ribadeo, a quien se había enviado
previamente a intimar la rendición, llegó el poderoso ejército de D. Fernando,
y, al verles, creció de tal modo el miedo de los moros, que, renunciando a los
falsos tratos de futura entrega, pactaron seriamente con el Conde la rendición,
y prefirieron apelar a la benignidad del Rey a sufrir los terribles estragos de
un sitio, desesperanzados además de recibir auxilio o refuerzo alguno de los
malagueños, tan atemorizados como ellos. Abandonaron, pues, sus casas y sus
tierras; pero pidieron permiso para conservar y llevarse los efectos de fácil
transporte. Otorgóselo el vencedor, así como los víveres y embarcaciones
necesarias para pasar a Marruecos, según se lo habían suplicado. Finalmente,
dio su seguro a los moros que habitaban en las aldeas del término de Marbella,
a condición de entregar las fortalezas a las guarniciones del vencedor,
reconocer perpetuamente por único señor a D. Fernando y acatar fielmente todas
sus órdenes, si bien no podría obligárseles a tomar las armas contra sus
vecinos los de Málaga.
Hecho esto, dejada en la
villa fuerte guarnición al mando del Conde de Ribadeo y reforzadas en pocos
días las defensas, dispuso el Rey, fatigado con el excesivo trabajo, llevar el
ejército a lugares más seguros. Pero como el camino más corto era muy peligroso
para los nuestros si, parapetadas en las escabrosidades y montes de que estaba
sembrado, los acometían fuerzas enemigas, el Marqués de Cádiz aconsejó al Rey
que para el regreso se siguiera el mismo camino que para la venida, porque la
seguridad de las tropas debía preferirse al peligroso ahorro de tiempo que
proporcionara el atajo. Y recordaba al efecto el desastre sufrido dos años
antes en aquellas angosturas, donde un puñado de hombres sin armas podía
igualmente destrozar a cualquier ejército, por numeroso que fuese. Los demás
Grandes preferían el camino más corto, alegando el hecho de haber atravesado el
rey D. Enrique, en otros tiempos, dos o tres veces aquellos puertos, con un
ejército menos libre de impedimenta que el de D. Fernando; y así, nada podía
temerse en aquella ocasión, cuando los de la Serranía no contaban con fuerza
alguna, cuando el enemigo estaba amilanado con la derrota sufrida y ninguno se
atrevería a salir de los caseríos situados en las cumbres.
El Rey, a pesar de su
natural prudencia, asintió a este parecer y se decidió por el camino más corto.
Bien pronto tuvo que arrepentirse de esta resolución, polque los moros de
Osuna, aldea de la Serranía, y los de los lugares vecinos, Almexia y Millas, no
sometidos como los de Ronda al dominio de D. Fernando, confiados en la
proximidad a Málaga y en lo inexpugnable de aquellos sitios, se adelantaron a
ocuparla entrada del puerto, y en aquellos precipicios acosaron de tal modo y
con tanta facilidad a la multitud, presa ya de terror al intentar forzar el
paso, que faltó poco para exterminarla, porque pocos más de treinta moros de la
Serranía, adelantándose valientemente a sus compañeros, tenían en aprieto a los
nuestros y habían dado muerte a muchos. De haber empleado igual arrojo y
confiado tanto en la victoria los 200 que ocupaban las alturas, el ejército
cristiano hubiera tenido que llorar una terrible derrota; pero, mirando por sus
vidas y por su honra los nuestros se mantuvieron firmes, obedientes al Marqués
que, en previsión de aquel apurado trance, había dado orden de no salir de las
filas de retaguardia a las 200 lanzas puestas al mando de su hermano Diego.
Luego, algunos de nuestros peones, acostumbrados a dominar las asperezas de las
montañas, treparon a los riscos más altos, y favorecidos por la resistencia de
esforzados compañeros de armas que iban subiendo a las cimas donde estaban los
enemigos, se apoderaron de ellas desalojándoles de sus posiciones y abrieron
camino al resto del ejército. El apurado trance hizo a D. Fernando más cauto
para precaverse contra futuros peligros, y en cuanto llegó al llano, formó el
ejército, le permitió caminar más libremente y licenció a los soldados
procedentes de lejanos pueblos de León y de Castilla.
En Écija hizo reparar la
artillería y máquinas de guerra, tan útiles en aquella feliz expedición, y las
reforzó con algunas lombardas más de distintos calibres, para el mejor éxito de
los futuros sitios. A poco llegó la noticia de haber desamparado los de Málaga
una fuerza situada en la costa del mar junto a Marbella, llamada Fuengirola,
por la fuente que al pie del castillo mana, única en largo trecho para la
aguada de los navegantes. Ocuparon los nuestros la fortaleza con gran alegría,
y el Rey nombró por su alcaide al esforzado Álvaro de Mesa. Para los malagueños
la pérdida de esta posición fue muy sensible, porque en adelante habían de
encontrar obstáculos para la libre navegación.
En Córdoba prepararon
suntuoso recibimiento a los vencedores; celebráronse juegos y todo el clero
salió en solemne procesión entonando himnos sagrados. Al encuentro de D.
Fernando vino el rey de Granada Boabdil, refugiado en Córdoba al huir de
Almería. Con él iban el príncipe don Juan, el cardenal D. Pedro González de
Mendoza y los demás prelados del séquito de la Reina.
Poco antes había sabido el
Rey con disgusto cómo el conde D. Rodrigo de Lemos se había hecho dueño del
castillo de Ponferrada por malas artes, inutilizando de repente, parte por
combate y parte por engaños, a la gente puesta por los Reyes en guarda del castillo,
rompiendo así el acuerdo confirmado por éstos para resolver jurídicamente los
pleitos surgidos entre el Conde y su hermana, nuera del conde de Benavente D.
Rodrigo Pimentel, y evitar los nuevos daños que las disensiones entre dos
Grandes tan poderosos en Galicia acarrearían a gentes tan inclinadas a
semejantes revueltas. El Conde, con sus pocos años, se figuró que D. Fernando,
ocupado en la guerra contra los granadinos, tardaría, por causa de la gran
distancia, en proveer a las novedades de Galicia, y así se atrevió a ocupar la
fortaleza que se le resistía. Pero la Peina, viendo a D. Fernando ocupado en la
guerra, se propuso refrenar sin demora la osadía del Conde de Lemos, y reunió
de todas partes fuerzas suficientes para sitiar a D. Rodrigo si persistía en
retener a Ponferrada. Mas cuando éste tuvo noticia del enojo de la Reina, apeló
a un recurso que al mismo tiempo satisficiera sus deseos y a él no le hiciera
perder sus derechos, y fue dar como explicación verosímil de haber ocupado a
Ponferrada la indignación producida por la osadía del alcaide.
No eran menos graves los
sucesos ocurridos en este tiempo en Navarra a causa de las discordias entre los
aspirantes al trono. La hermana de Febo que, a la muerte de éste, y para
conservar su derecho hereditario, se había casado con el hijo del Señor de Labrit,
su tío, tropezó con la oposición de su tío D. Juan, gobernador de Narbona, que,
asegurando pertenecerle el reino de Navarra por derecho hereditario, tomó el
nombre de Rey. Por lo cual, divididos en dos bandos, empezaron a solicitar el
auxilio de los Grandes franceses, origen de futuras disensiones entre ellos,
semejantes a las que agitaban a los navarros, mientras el rey Carlos, aún niño,
se veía obligado a entregar, ya a éstos, ya a aquéllos, el gobierno de Francia.
Estas discordias sirvieron
de gran alivio a don Fernando, preocupado seriamente a la sazón por las
frecuentes noticias de graves tumultos entre los catalanes en armas, resueltos
a resolver por la fuerza las cuestiones pendientes entre los nobles y los payeses
de remensa.
Nada de ello era bastante,
sin embargo, para detenerle en su propósito de hacer la guerra a los
granadinos, pues todo lo posponía a este fin. Porque así en arreglar las
disensiones de los sicilianos, como en atender a las necesidades de aquella
nobilísima isla, amenazada por el poder del Turco, parecían haberse adoptado
las providencias que las circunstancias exigían, pues todo pesaba sobre los
frágiles hombros de dos solas personas: de Gaspar Despés, natural de Aragón,
enviado como Virrey a Sicilia desde Sevilla, y de Melchor, sevillano,
comisarios del señorío de Siracusa y que en aquellos días habían marchado a
Sicilia. Pero el temor de los sicilianos a causa del aviso de la llegada de la
armada turquesca se disipó al saber que una mortífera peste que diezmaba a los
turcos les había obligado a disolver la armada, ya muy combatida también por
las tormentas, además de la noticia de haber intentado pasarse al emperador de
Rusia, abandonando a Bayaceto, los habitantes de Caphesio. Igualmente el
arreglo de las discordias entre los italianos, en cierto modo apaciguadas por
aquellos días, contribuía a disminuir algo el temor de los sicilianos de que,
conocida aquella tranquilidad, el Turco acometiese a los Príncipes de Italia.
Hallándose los Reyes en
Córdoba descansando algún tanto de las fatigas pasadas, vino a entristecerles
la noticia del descalabro sufrido por algunos caballeros principales destinados
a la guarnición de Alhama, y como el suceso alteró bastante la marcha de las
cosas, creo necesario referir cómo pasó el hecho. El furor popular iba haciendo
de día en día más terribles los tumultos en Granada, porque, unánime y
públicamente, achacaban las derrotas sufridas a la incapacidad del Rey. Los
alfaquíes, que con sus predicaciones sabían perfectamente apaciguar o excitar
los tumultos, habían acalorado los ánimos del pueblo para que, al menos, por
medio de ruidosas protestas, buscasen algún remedio al daño común que exigiese
la intervención eficaz de un Monarca, ya que Albuhacén, en otro tiempo
esforzado guerrero, se hallaba postrado por larga enfermedad en ocasión en que
se necesitaba un hombre dotado de enérgica resolución. Un defensor de estas
condiciones y de regia estirpe sólo podía encontrarse en Abohardillas, hermano
de Albuhacén, una vez que Boabdil, o por fuerza o por maldad, se había
desentendido del gobierno de Granada.
Temeroso Albuhacén de los
escándalos que originarían los alborotos del pueblo, se refugió en Almuñécar
con sus tesoros y objetos de valor, sin dar cuenta a nadie de su fuga, excepto
a su nueva mujer y a unos cuantos de sus más íntimos. A los dos días los
granadinos, en gran número, con sus alfaquíes a la cabeza, se dirigieron al
Palacio a consultar al Rey acerca de las urgencias presentes. Recibiólos en el
vestíbulo la Reina, acompañada de algunos de la Corte, y les preguntó qué pedía
aquella multitud alborotada. Contestaron a grandes voces que querían ver a su
rey Albuhacén, para que pusiese algún remedio a las angustias por que estaban
atravesando sus vasallos. Respondió la Reina que era imposible acceder a su
demanda, porque la gravísima enfermedad que padecía le hacía algunas veces
penosa hasta la presencia de los de su cámara. Por esta causa la había
facultado para contestar en su nombre. Los alfaquíes replicaron que no les
satisfaría ninguna excusa hasta que el Rey les oyera, pues ni las circunstancias
ni el gran número de ciudadanos permitían otra solución. Entonces la Reina,
precisada a confesar la verdad, dijo: -El Rey no está aquí; se retiró a
Almuñécar a fin de buscar algún alivio a su pertinaz dolencia en sitio más
tranquilo. Y obró así, no por abandonar el gobierno de nuestro pueblo, a quien
siempre ha amado, y por el que, coma todos sabéis, ha sacrificado
constantemente su propia salud, sino porque su gravísima enfermedad no le
permitía atender al remedio de las comunes desgracias. No pudiendo, por otra
parte, comunicar al pueblo alborotado su resolución de ausentarse, le pareció
conveniente dejarnos aquí a mí y a mi hijo, para enterarnos de las
disposiciones que creáis deber proponernos.
Todos a una voz
contestaron que lo que se necesitaba era la presencia del Rey, y que los
granadinos querían a toda costa tener uno. La Reina replicó: -Aquí tenéis al
hijo del Rey, de todos vosotros bien quisto, adornado con numerosos trofeos, y
que hizo más por la gloria y por la extensión de nuestro pueblo que ningún otro
monarca granadino; mas si para las gravísimas urgencias de la actual guerra
consideráis la misma cosa estar enfermo que haber muerto, proclamad Rey al
joven con el asentimiento del padre.
A esto respondieron los
alfaquíes por el pueblo que, ni un Rey enfermo ni un Rey niño era lo que
exigían las presentes circunstancias, en que apenas bastaría para atender a los
aprietos que por todas partes se presentaban la energía de un guerrero esforzado
y de gran experiencia militar; así que procurase llamar a Abohardillas, hermano
de Albuhacén, y ella y su hijo marcharan a reunirse con el enfermo, si deseaban
librarse de la furia popular. Obedeció la Reina, bien a su pesar, a las
intimaciones del pueblo.
Mientras esto pasaba en
Granada, Muley Abohardillas, hermano del Rey, que no era ajeno del todo a
aquellos planes, y contaba con el asentimiento de Reduán Venegas y de otros
amigos de Albuhacén, salió de Málaga con 350 jinetes y 700 infantes en
dirección a Granada. Quiso la casualidad que por aquellos días 170 de a
caballo, de la guarnición de Alhama, al saber que no quedaba caballería en
Granada, se lanzaron a correr los campos hasta la sierra, cubierta de nieves
perpetuas, que domina la ciudad, y saquearon los pueblos, muy desprevenidos,
llevándose un botín mayor del que imaginaran. Ya cerca de Alhama, los 90 de la
vanguardia hicieron adelantarse a los 80 que venían con el botín, porque,
muertos de sueño y de fatiga, deseaban tomar algún descanso en el camino, y así
dispuestos, centinelas de ellos quedaron en un sitio bajo junto al arroyo, con
menos precauciones de las que fuera menester, porque para que pacieran los
caballos se les quitaron los frenos, y los soldados se entregaron al sueño como
si disfrutaran de completa seguridad. Hasta se dijo que algunos se dedicaron a
la caza de conejos mientras los demás dormían. Este descuido fue causa
naturalmente del desastre.
Las descubiertas enviadas
por Abohardillas a explorar por los alcores el terreno para no caer en las
celadas que pudieran hallarse en el camino, descubrieron el pelotón de los
nuestros tan descuidado, e inmediatamente volvieron a dar cuenta de ello. Abohardillas
formó al punto sus escuadrones y acometió a nuestra desparramada y reducida
tropa, que en su apuro y no pudiendo enfrenar los caballos para escapar de la
embestida de los enemigos, pereció toda a sus manos, a excepción de once que
quedaron cautivos por orden del Capitán de los moros, a quien lo rico de las
armaduras hizo pensar que serían más ventajosos, para crecido rescate que para
saciar la furia de los soldados dándoles muerte. Mucho y muy oportunamente
contribuyó este descalabro de los nuestros a exaltar más y más en favor de
Abohardillas los ánimos de los granadinos, tan deseosos de su llegada, y que al
ver entrar por la ciudad en larga fila los 90 caballos, el sangriento trofeo de
las cabezas de cerca de 80 caballeros cristianos y los 11 cautivos, aclamaron a
grandes voces por rey a Abohardillas, el afortunado, presagio de futuro remedio
y garantía de prósperos sucesos en pasados combates como el de la Axarquía y el
de junto a Almería. Todos los agarenos, por natural inclinación, van en pos del
éxito, y, encomian tanto los triunfos presentes que parecen olvidados
totalmente de los pasados. Así, en aquellas críticas circunstancias, estos
sentimientos hicieron concebir ideas de mayor engrandecimiento a los
granadinos, deseosos de tener un Rey valiente y afortunado.
La noticia del descalabro
de nuestros hombres de armas causó grave disgusto a D. Fernando, recién llegado
a Córdoba, y no tanto por el número de hombres como por lo abandonado de su
proceder, porque aunque por casualidad hubiesen escapado de manos del enemigo,
de ningún modo se hubiesen librado de su enojo.
Entre todas las noticias
desagradables que se iban recibiendo, ninguna lo fue tanto como la obstinación
del conde de Lemos D. Rodrigo, al pretender continuar ocupando a Ponferrada,
además de mostrarse hostil a la gente de caballería enviada por la Reina, de la
que se decía haber inutilizado 200 por astutos medios. Pero ninguno de los
sucesos ocurridos en las demás provincias fue parte para distraer la atención
de D. Fernando de la empresa comenzada, antes se consagró a ella con todo
interés, pensando con razón que todo el que posee vastos dominios choca de
continuo con multitud de contrariedades, de que alguna vez ha de prescindir
para emplear mayor energía en los planes de más empeño. Por tal consideración
no se dio gran importancia a las revueltas provocadas por el conde de Lemos en
los confines de Galicia, y pareció bastante remedio enviar contra él a Alfonso
de Quintanilla con fuerzas de la Hermandad.
En cuanto a los asuntos de
Navarra se creyó lo más ventajoso dejar que los franceses continuaran divididos
en sus opiniones. A Cataluña despachaba frecuentes enviados para procurar
arreglar sus disensiones, o, al menos, para hacerlos desistir de devastaciones
y guerras. Pero como su principal propósito era la de Granada, este era el tema
de sus frecuentes discusiones con los Grandes, que aprobaban su intento, pero
que, como suele suceder, tenían diferentes pareceres en cuanto al plan de
campaña. Querían unos aplazarla hasta la primavera próxima, alegando la penuria
de recursos de los andaluces, que aconsejaba concederles algún descanso en los
trabajos y algún reparo en los gastos, a fin de que tras las fatigas del
guerrear lograsen cierta tranquilidad y esparcimiento y recobrasen nuevos bríos
así los cuerpos como los ánimos. No estaban conformes con los que aconsejaban
echar todo el peso de la guerra sobre los hombros de los andaluces, por
necesitarse mayores preparativos si se pretendía emprender algo serio contra el
enemigo, porque si se acordaba llevar el ejército a la vista de Granada, el
propósito encontraría muchos obstáculos.
La grande y general
escasez de víveres en una otoñada estéril, que todavía no prometía mejor
cosecha; el entusiasmo de los granadinos por su nuevo Rey, y la confianza en la
multitud de sus soldados, amenazaban con nuevo desastre a los que incautamente
acometiesen la temeraria empresa, como aseguraban haber acaecido tantas veces.
Lo contrario afirmaban los
que querían convencer a D. Fernando de las ventajas de invadir inmediatamente
los campos de los granadinos, aprovechando el abatimiento en que les había
sumido la reciente pérdida de Ronda, para aniquilarlos con continuados trabajos,
con el hambre y con el espanto.
Más inclinados los Reyes a
esta opinión, creyeron necesario participárselo por cartas al Marqués de Cádiz,
muy opuesto a diferir la guerra hasta la primavera próxima, y convencido de
que, si decidían emprender algo contra los moros, debía ser en puntos distantes
de Granada, parecer que reforzaba con razones de gran peso. Pero resuelto ya el
Rey a la campaña, insistió en sus planes y mandó que las tropas llamadas de las
poblaciones andaluzas estuviesen apercibidas en lugar y plazo señalados.
Por este tiempo cuatro
galeras venecianas salieron del puerto de Cádiz con rumbo a Flandes, y se
dirigieron a velas desplegadas hacia el mar del Norte; mas al llegar al cabo de
San Vicente, el cruel pirata, hijo de Colón, capitán de siete grandes navíos,
las atacó con viento favorable, y hallándolas desprevenidas, después de una
inútil resistencia, las apresó. Ocurrió este atentado el 21 de Agosto de 1485 y
como contrariaba mucho a D. Fernando por el tráfico existente entre Sicilia y
Flandes, envió un mensajero a protestar del atropello.
El 1º de Septiembre marchó
el Rey a Córdoba y mandó que le siguiese el ejército reunido de todas partes y
que en Alcalá la Real se dispusiera a ejecutar lo que se le ordenase.
Obedecieron todos al punto, aunque muy a disgusto, lo mismo los Grandes que los
pueblos de Andalucía. El Rey dio el mando de las tropas y la orden de sitiar
ante todo a Moclín, villa próxima a Granada y muy fuerte por su situación y
defensas, al conde de Cabra D. Diego Fernández de Córdoba, afortunado vencedor
de Boabdil, según referí, y a Martín Alfonso de Montemayor, por ser éstos dos
capitanes los más próximos a los lugares adonde debían encaminarse. Había
adoptado este plan D. Fernando por consejo del citado Conde y de sus amigos,
creyendo que la toma de la villa procuraría mayor facilidad para obligará
rendirse a los moros de Granada, si querían librarse de un seguro desastre. Mas
el conde D. Diego, que por orden del Rey debía conducir con gran cautela una
hueste de 700 caballos y unos 3.000 peones, en su afán de alcanzar renombre,
excitó a su gente a provocar al enemigo antes de lo que convenía, acaso por
creer equivocadamente, o que todo el ejército acudiría también al punto, o que
el Rey de Granada Abohardillas, que tenía en Moclín numerosas fuerzas,
acometido de súbito terror, apelaría a la fuga en cuanto sintiese a los
nuestros aproximarse en las tinieblas de la noche. Movido por tan erróneo
cálculo, y confiando en la claridad de la luna, hizo caminar a prisa a sus
peones por estrecho sendero, obstruido por malezas y peñascos.
Abohardillas, aunque tenía
a sus órdenes 1.500 jinetes y más de 20.000 infantes, en cuanto supo que los
nuestros se aproximaban, mudó el campo desde el llano a una eminencia en espera
de la claridad del día. Apenas le permitió distinguir las escasas fuerzas
enemigas, excitó al combate a los granadinos, ansiosos de pelea, que con poca
dificultad deshicieron nuestra caballería y derrotaron a los desdichados
peones, muertos de cansancio en su mayor parte en aquellas angosturas. El
Conde, sin saber qué partido tomar, tarde ya para arrepentirse del adoptado,
resistió enérgicamente mientras pudo el empuje de los moros; pero muerta mucha
de su gente, y entre otros nobles su mismo hermano Gonzalo, herido él mismo, se
dio prisa a retirarse con el resto de sus soldados al amparo de las fuerzas
auxiliares que esperaba llegarían al momento. No cesó la furia enemiga hasta
que el maestre de Calatrava García de Padilla, con sus tropas y las cordobesas,
contuvo la desbandada de los que iban llegando desesperados de poder continuar
la fuga. El nobilísimo Maestre, siempre animoso y enérgico, a pesar de su
avanzada edad, demostró aquel esfuerzo propio de los valientes, y obligó al
enemigo, hasta entonces vencedor, a retirarse a Moclín para evitar el combate
con los nuestros recién llegados. Luego mandó Abohardillas cortar las cabezas a
los cadáveres de los cristianos que iba encontrando a su vuelta y llevarlas
como trofeos para proporcionar un espectáculo más interesante a los moradores
de Granada y hacerles ver qué Rey habían elegido. Y para mayor alarde de
pujanza, permaneció en Moclín dos días con el ejército, jactándose de estar
dispuesto a pelear con D. Fernando, si éste aceptaba el reto.
Cuando el Rey, acampado
cerca de Alcalá, y sin tener completo el contingente de tropas que de todas
partes iban acudiendo, recibió la noticia del descalabro del 3 de Septiembre,
se mostró muy apenado, principalmente por haberse hecho la expedición contra
sus órdenes. Por esto reprendió severamente al Conde que, desobedeciéndolas,
había creído temerariamente poder derrotar con sus escasas fuerzas a las
enemigas, tan superiores en número, como si siempre la fortuna favoreciese
tales audacias, cual lo hizo cuando él venció y prendió a Boabdil, con ayuda
del poderoso brazo del Alcaide de los Donceles, partícipe de la victoria. Las
circunstancias, sin embargo, habían sido en los dos hechos de armas muy
diversas, porque Boabdil, lleno de espanto, en tierra enemiga y sin poder
contener a sus tropas, se vio forzado a pelear con los nuestros en lugar muy
desventajoso; al paso que en Moclín el Conde no había tenido en cuenta ni la
superior pujanza del enemigo, ni la desventaja del terreno, sino que, olvidando
el encargo que recibiera, había corrido a un desastre seguro. Aquel día, en
efecto, murieron más de 1.000 cristianos y quedaron prisioneros más de 100,
salvados del furor de los vencedores porque las resplandecientes armaduras les
incitaban a conservarlos cautivos como prenda de cuantioso rescate.
Don Fernando, desoyendo
los consejos de los que consideraban bastante resultado de aquella expedición
si con la hueste allí reunida se llevaban provisiones a la guarnición de
Alhama, a fin de hacer olvidar en cierto modo el descalabro pasado con una victoria,
después de hacer enterrar los cadáveres de los cristianos, torció el camino
hacia Jaén, muy confiado en apoderarse de la fortaleza de Cambil, tan fuerte
por su posición como bien defendida, porque los granadinos, a fin de molestar a
los de Jaén con diarias incursiones, la tenían muy custodiada con escogida
guarnición.
La doble fortaleza de
Cambil se levanta a orillas de impetuoso torrente, cuyo profundo cauce y
acantiladas márgenes no permiten vadearle en un largo trayecto, siendo forzoso
atravesarle por el puente contiguo a la fortaleza, que tiene a un lado la de
Cambil y al otro la vasta construcción de Alhabar. A favor de estas posiciones,
los granadinos atacaban a menudo a los de Jaén, distantes 70 estadios del
puente, y además de la presa de ganados, se llevaban muchos cautivos, dando
cruel muerte a los cristianos cuando se apercibían de que les llegaba socorro.
Por esto, así los de Jaén como otros muchos pueblos, víctimas de tan repetidas
desgracias, suplicaron encarecidamente a D. Fernando que combatiese aquellas
fortalezas que tanto daño habían causado a los cristianos en un extenso radio.
Para ello se ofrecían a contribuir con buen contingente de tropas, asoldadas a
su costa y con abundantes provisiones. Como el plan contra Moclín había
fracasado, el Rey se decidió por llevar el ejército y todas las máquinas de batir
allí donde esperaba poder aprovechar mucho a los suyos y granjearse no poca
honra.
Dividióse el ejército en
tres campamentos al sitiar las fortalezas. El mayor, el del Rey, se asentó del
lado allá del torrente; los otros dos, a la orilla opuesta, amenazaban a
Cambil. La tardanza de la artillería, retrasada por las dificultades de los caminos,
hizo esperar a los soldados granadinos de las dos fortalezas que el plan de D.
Fernando fracasaría. Lo mismo pensaba él y cuantos con él estaban, peritos en
la ciencia militar, porque, de no contar con el terrible batir de las lombardas
gruesas, nada eficaz podía hacerse para rendir los castillos. Estos cuidados
traían angustiado el ánimo de D. Fernando, a cuya mente acudía el recuerdo del
desastre de Moclín. Porque si al cabo había que abandonar vergonzosamente la
empresa, toda la gloria en otras adquirida quedaría eclipsada, pues se
atribuiría más bien a la mala suerte y a las discordias de los granadinos que
al valor de los cristianos, y Abohardillas, ya afortunado, conseguiría, después
de subir al trono, universal reputación de vencedor.
A todos estos cuidados dio
milagrosa resolución la misericordia divina. Cuando más perplejos se hallaban
los que conducían la artillería, se les presentó un hombre montado en un
pollinejo a manera de pastor de ovejas, y se ofreció a enseñarles un camino a
propósito para el paso de los carros. Cumplida inmediatamente su promesa,
desapareció, sin que pudiera luego encontrársele, a pesar de haber mandado el
Rey a voz de pregón que se presentara a recibir el premio debido a su servicio.
Por consiguiente, el católico D. Fernando atribuyó el feliz suceso
exclusivamente a intervención divina, y en el mismo día emplazó todas las
terribles máquinas de guerra contra las fortalezas. El estruendo de los
disparos y la densa humareda de la pólvora impedían ver y oír a sitiados y a
sitiadores, hasta que, una fuerte ráfaga de viento permitió a los nuestros
divisar el sol, e hizo que los enemigos, al ver el destrozo de sus murallas,
entraran en consejo y se resolvieran a la entrega de ambas fortalezas, lo que
se verificó el día 23 de Septiembre, para alabanza de Dios y singular honor del
rey D. Fernando. Luego volvió con el ejército a Jaén, donde le esperaba la
Reina, y pudo, con la fausta noticia, descargar su real ánimo de algunos
cuidados.
Por este tiempo unos 500
jerezanos y del Puerto arribaron en sus carabelas a las costas de Marruecos, y
asaltaron tan repentinamente las aldeas de moros que sabían se hallaban sin el
menor reparo ni defensa, que después de degollará todos los varones, se
llevaron cautivos cerca de 400 mujeres y niños, y regresaron incólumes a sus
casas.
En algunas partes de
Europa ocurrieron por aquel tiempo graves trastornos, cuyo relato no parece
ajeno de esta historia, así por la importancia que tuvieron para los asuntos de
España como para recordar a los humanos los varios procedimientos de que la inconstante
Fortuna se valió siempre para sublimar o abatir a los poderosos. Así, en un
momento y con maravilloso cambio, deshizo de repente lo que parecía había de
permanecer largo tiempo.
A la muerte del rey
Eduardo de Inglaterra, su hermano Ricardo, por la ambición de reinar, cometió
horrendos crímenes, con los que creyó asegurarse la posesión de la corona. Hizo
dar cruel muerte a sus dos sobrinos y exterminó a todos aquellos nobles de quienes
te parecía tener que temer alguna oposición. Pero cuando ya se vio en el trono
de Inglaterra, asentado sobre la sangre de innumerables víctimas, y cuando con
el favor popular que por mil medios había procurado granjearse, se creía a
cubierto de toda contrariedad, supo que en la Bretaña francesa se aprestaba una
poderosa armada para llevar a Inglaterra a Enrique de Richmond, nieto legítimo
del difunto rey Enrique y que, después de la muerte de éste, había sido llevado
siendo niño a Bretaña, para librarle de la crueldad de Ricardo. Con los años
fueron aumentando sus buenas cualidades, y ellas y su indiscutible derecho a la
corona le ganaron las simpatías y el apoyo de todos los buenos, principalmente
en aquellos días en que la cruel tiranía de Ricardo iba exterminando toda la
nobleza de Inglaterra. Reunió éste un numeroso ejército y se dispuso a luchar
con todas sus fuerzas para verse de una vez libre de los fundados temores que
le asaltaban. Por su parte el ilustre joven, conocido el sentir del pueblo inglés,
muy diferente del que se le suponía, se aseguró en secretas conferencias de sus
leales de que podía contar para la próxima batalla con la inmensa mayoría de
las poblaciones de las costas más próximas a Francia, como las de Kent y de
Dorset, y con este apoyo, aunque encubierto, el joven se decidió a desembarcar
en Inglaterra al frente de 10.000 hombres, a los que se unieron igual número de
ingleses en el primer combate. Ricardo, que contaba con un ejército de 60.000
soldados, voló al encuentro de su adversario, cual si tuviese seguro el
triunfo. Trabada al punto la batalla, la victoria se pronunció completa en
favor de Enrique, porque, antes de que se empeñase más recia la pelea, los más
adictos a Ricardo te dieron muerte, y allí mismo fue unánimemente aclamado por
rey Enrique. Luego, en las más remotas provincias de Inglaterra, y para daño
duradero, algunos sediciosos proclamaron también por Rey a un noble joven, hijo
del difunto Duque de Clarence, a quien su hermano, el rey Eduardo, hizo ahogar
en un tonel de vino. Es esta nación tan inclinada a la crueldad, que parece no
saciarse jamás de ver derramar sangre. Especialmente entre la nobleza hace
tantos estragos esta fiebre, que el que se reputa más feliz entre los ingleses,
al punto se expone a la muerte más atroz.
Casi por este mismo
tiempo, mientras el Rey desde Jaén proveía a las necesidades de la guarnición
de Alhama, los nuestros se apoderaron del lugar de Zalea, próximo a dicha
villa, por industria e ingenioso ardid de un hombre que poco tiempo antes se
había pasado de nuestro campo al de los de Málaga, de donde era originario. El
Rey envió primero algunos hombres de a caballo con suficientes víveres para el
aprovisionamiento del castillo de Zalea, y luego otros con más abundantes
provisiones para la guarnición de Alhama. Cuando estuvieron ciertos de la
ejecución de estas medidas, los Reyes marcharon a Castilla la Nueva para pasar
el invierno en Alcalá, como punto más a propósito para el mejor despacho de los
asuntos que fueran ocurriendo en el reino.
Al marchar recibieron la
noticia de la rebelión de los nobles napolitanos contra D. Fernando, rey de
Nápoles, de cuyas causas creo necesario hacer aquí alguna mención, por exigirlo
así el mismo asunto. Había consumido el Rey grandes sumas en cuatro importantes
campañas en el corto espacio de tiempo que medió desde la repentina ocupación
de Otranto hasta el regreso de su primogénito el Duque de Calabria de la
defensa de Ferrara contra los venecianos. Éstos, sin olvidar nunca, a lo que se
cree, las antiguas enemistades, aunque después de la restitución de Galípoli
pareció que aceptaban la unánime reconciliación de todos los Príncipes de
Italia, conseguida por la habilidad del Papa Inocencio, le instigaron a más
funestas novedades, que dieron doble ocasión al incendio, porque los intentos
bélicos de los genoveses para apoderarse de Liorna habían encontrado serio
obstáculo en la armada auxiliar del Rey de Nápoles, más inclinado a la causa de
los florentinos en días en que Génova parecía enteramente a devoción del Papa.
Tal vez esto fue causa de
la inquietud que le sobrecogió, y de que fue indicio el verle preferir de buen
grado a la naciente pacificación, la conjura de los venecianos contra el rey de
Nápoles, favoreciéndola a escondidas por medio de agentes astutos y secretos,
cuando en público se proclamaba contrario a toda hostilidad y aceptaba el papel
de mediador de toda amistad y universal concordia. Reunido el poder de los
venecianos con el de Génova, el Papado podría sofocar prontamente cualquier
rebeldía de los Príncipes de Italia, y sobre todo, someter al citado Rey, que
había ofrecido excelente ocasión para este propósito cuando, agotados los
recursos pecuniarios en las referidas campañas, pretendía procurarse otros
mayores a costa de sus vasallos, a pesar de la crítica situación de los
Señores, temerosos de la miseria que causarían las exacciones contra sus
pueblos. El Rey, acostumbrado a hacerse obedecer de todos, llevó muy a mal la
tardanza en acatar sus órdenes, y trató de apoderarse de algunos de los Grandes.
Éstos, comprendiendo de lo que se trataba y la caprichosa voluntad del rey D.
Fernando, influida por la innata dureza de su primogénito D. Alfonso, desde
antiguo determinada a la opresión general, tramaron vasta conjura y provocaron
al pueblo a novedades, para poner en repentino aprieto al Rey, que en aquellos
días recelaba verlas surgir por todas partes.
Grande fue la vacilación
de su ánimo al hacerse pública la audacia de los de Aquila, que buscaban nuevo
Señor, y más aún cuando se descubrió el funesto favor del Papa Inocencio a la
causa de los rebeldes, a quienes dio inmediatamente, y muy de grado, auxilio y
recursos, tan en contra de lo que esperaba el Rey D. Fernando, a quien tantos
servicios debía. Porque, desde la primera infancia, Juan Bautista Cibo se había
criado en el Palacio del rey D. Alfonso; había disfrutado el cariño del sucesor
D. Fernando, y cuando eligió el estado sacerdotal, obtuvo la Sede de Mafeta,
por intervención de D. Fernando. Luego, por el mismo poderoso influjo,
consiguió el galero, y al cabo también la Tiara pontificia. Nadie, por
consiguiente, conocedor de estos favores, hubiera creído que el Papa había de
suscitar dificultades al Rey, ni hostilizarte o consentir de ningún modo en las
contrariedades que otros le creasen.
Llevan consigo estos
rápidos encumbramientos el olvido de los beneficios; el poder engendra cierto
deseo de ver aniquilados a los que en los días de la propia modestia se
contemplaba prepotentes, y de esta perversión del corazón humano nace el odio
hacia todos aquéllos a quienes se está obligado por repetidos favores
recibidos, fundamento para que el deudor alcance el más alto grado de su
insolente poderío.
El Rey, que desde su
exaltación al trono estaba acostumbrado a los frecuentes cambios de la fortuna,
hubiera debido penetrarse más de que la fuerza de los soberanos tiene más firme
base en el amor de los súbditos que en las exacciones excesivas. Este vicio de
la avaricia produjo tan considerable cambio en el ánimo del citado Rey, que
parecía más ansioso de quietud que antes lo había sido de riquezas. En su vejez
cayeron sobre él graves infortunios, causados por aquéllos que más obligados
estaban a librarle de ellos. Además de tener que sufrir las insolencias de
algunos amigos antiguos, en su misma familia encontró abrigo la conspiración
contra su persona, pues Federico, tenido por hijo suyo, enemistado con el
primogénito, su hermano, no sólo no trató de librar a su padre de
contrariedades, sino que se puso a la cabeza de los conjurados.
La noticia de estos hechos
fue, indudablemente, muy triste para el rey de Castilla D. Fernando, cuyas
preocupaciones venía a aumentar esta rebelión en gran número. Añadíase a esto
la angustia llena de cuidados de su hermana D.ª Juana, mujer del Rey de Nápoles,
cuya suerte había de seguir, y que con razón consideraba desdichada si el Rey
llegaba a perder su poderío, como madrastra sujeta al trato de hijastros
rebeldes a su padre.
Por estos días murió el
esforzado D. Alfonso de Aragón en el camino desde Andalucía a Alcalá de
Henares, cuando el rey D. Fernando se dirigía a la misma ciudad. Fue D. Alfonso
afortunado en los combates con los enemigos; salvó a su padre y a su hermano de
trances muy difíciles y supo triunfar de muchos peligros. Fue tenido por
guerrero esforzado. Le abatió mucho la desenvoltura y loca fatuidad de su
mujer, ya anciana. Ejemplo elocuente para que los ilustres capitanes cuiden de
conservar su buena fama hasta el último día de su vida, porque sus hechos han
de andar en boca de todos.
En los días que los Reyes
se detuvieron en Alcalá no les faltaron asuntos difíciles en que entender,
porque, además del firme propósito de combatir a los moros, trataban de buscar
por todos los medios la pacificación de las sediciones de Nápoles. Al efecto,
dieron instrucciones a los embajadores, ya de antes nombrados para prestar
obediencia al Papa Inocencio, a fin de que procuraran con sagacidad arreglar a
toda costa las diferencias entre el Papa y el Rey de Nápoles, amenaza de
grandes daños para todo el orbe católico mientras no cesasen las hostilidades,
porque sólo la concordia entre todos los cristianos podía darles el esfuerzo
necesario para vencer a los enemigos de la Cruz. Eran los embajadores el conde
de Tendilla D. Íñigo de Mendoza, el protonotario Antonino Geraldino, natural de
la Emilia, de vasta ilustración, y Juan de Mesina, ilustre doctor en cánones,
los cuales emprendieron el camino en aquel invierno, acompañados además del
noble sujeto Juan Gayán, valenciano, a quien nuestros Reyes comisionaron
especialmente para que en el acto de prestar obediencia al Papa se concediese
el acostumbrado lugar a los aragoneses, catalanes y valencianos.
Sabía D. Fernando con qué
astuta asiduidad trabajaban los venecianos por inducir al iluso Pontífice a
echar sobre sus hombros todo el peso de la guerra contra aquel Monarca, a cuyos
grandes favores estaba tan obligado a corresponder. Muy al contrario sucedía.
Era pública voz en Roma que allí se le cerraban todas las puertas al Rey de
Nápoles. El que se creía poderle ser más favorable, su hijo, el cardenal D.
Juan de Aragón, había muerto, no, como se dijo, de la peste, sino, según la
opinión común, envenenado. Muertos en aquellos días por vejez o enfermedad
algunos Cardenales, a los pocos sobrevivientes se les concedía escasísima
autoridad en los consejos, porque, aunque era reconocida su prudencia, se les
tenía por contrarios a fomentar la comenzada guerra, y todo el favor del Papa
recaía sobre aquellos otros que aspiraban a funestas novedades, en particular
el cardenal de San Pedro Advíncula, Julián de Rovere, uno de los más empeñados
en la ruina del rey D. Fernando. El crédito de este Prelado con el Pontífice
era grande, así por lo que en su elección había trabajado, como,
principalmente, por su abierta hostilidad contra el citado Monarca y por no
dejar que se realizasen los planes de los venecianos, de que en secreto se
había enterado. Por astuto acuerdo de éstos se atrajo cautelosamente a Roberto
Sanseverino, veterano caudillo, a cuya pericia debían mucho varios Príncipes, y
que en aquellos días parecía estar unido a los venecianos. Éstos fingieron que
Roberto no percibía estipendio alguno militar de la Señoría. Bajo este supuesto
en el mes de Octubre llegó a Roma Roberto al frente de tropas veteranas y de
escogida y numerosa caballería, haciendo así concebir al Papa fundadas
esperanzas de librarle del peligro.
Era a la sazón grave e
inminente, a causa del formidable ejército alojado en las poblaciones próximas
a la campiña romana, sujetas a los Ursinos, naturalmente en favor de su padre,
y acaudillado por el aguerrido y experto general D. Alfonso, primogénito del
rey D. Fernando. El principal de la facción de los Ursinos era Virgilio Ursino,
a quien era seguro habría de seguir la mayor parte de los romanos, y en Roma,
sobre el recelo que inspiraban los partidarios de Virgilio, la pobreza y
escasez de mantenimientos iban haciendo más intolerable la situación de día en
día. Las continuas incursiones de los enemigos en torno de la ciudad privaban
tan por completo de toda libertad para sus comodidades a los cortesanos, que
ninguno podía salir ni ir en busca de mantenimientos sin exponerse a quedar
herido, muerto o prisionero.
El rey de Hungría Matías,
yerno de D. Fernando, amenazaba en sus cartas con vengarse de la ingratitud y
dureza del Papa, aunque fuese preciso apelar a inusitados recursos enteramente
contrarios a sus intenciones. De los principales de Milán y Florencia también
temía el papa Inocencio algo perjudicial a su causa, si bien disminuía su
trascendencia el apoyo de venecianos y genoveses, a los que confiaba ver unidos
en este punto concreto, por más que la antigua rivalidad hubiese hecho enemigos
a estos dos pueblos en todas las demás cuestiones.
En uno y en otro se
mantenía igual el odio contra el Rey de Nápoles, y ambos fundaban idénticas
esperanzas de engrandecimiento en que la fortuna continuase siéndole contraria,
cosa que consideraban facilísima si a la autoridad pontificia se juntaba el antiguo
derecho. Tampoco los principales de Venecia y de Génova juzgaban temible el
poder del Rey de Castilla, Aragón y Sicilia D. Fernando, y en sus entrevistas
con el Papa procuraban rebajarle, asegurando que, ya por temor, ya por
precisión, quedaría anulado, y en la imposibilidad de acudir a los asuntos de
Sicilia, si había de atender a la guerra de Granada y evitar el enojo del Papa,
que negaría su apoyo al trono de aquella isla, si D. Fernando intentaba
auxiliar a su primo.
Entretanto, y con pretexto
de embajada, los venecianos enviaron a España al patricio Pedro Soranzo, con la
aparente comisión de reclamar la devolución de la galera apresada, pero con el
secreto encargo de enterarse de los verdaderos recursos de España. Por su
parte, el Papa envió con igual objeto a un teólogo, español de nacimiento, pero
por su astucia y por su larga residencia en el país, italiano, llamado
Bernardino Carvajal, sobrino del difunto Cardenal de San Angelo. A su habilidad
diplomática quedó encomendado el dejar entrever al Rey de España perspectivas
de engrandecimiento si en todo se acataba la voluntad del Pontífice, y temores
de futuros males si se contrariaban sus propósitos.
Mientras los venecianos se
ocupaban en estas negociaciones su comercio sufrió grave percance. El cruel
pirata Colón, hijo del difunto capitán del mismo nombre, apresó, como dije, en
las costas de occidente cuatro galeras cargadas de mercancías de gran valor,
destinadas a Flandes, y de los tripulantes, a unos dio muerte y despojó a otros
reduciéndolos a extrema miseria.
Por esta causa tuvo que
detenerse más tiempo en Alcalá el embajador Soranzo, hasta conseguir de los
Reyes cartas de recomendación para los demás Príncipes de las naciones
occidentales, a fin de que, negando todo favor y seguro al feroz pirata, se
viese obligado a devolver la presa. Pero ni para esto aprovechó nada toda la
diligencia de Soranzo, ni los venecianos encontraron la ventaja que esperaban
de la nueva guerra contra el Rey de Nápoles. En primer lugar, el emperador de
los turcos, falsamente favorable a la causa de la Señoría, vio en esta noticia
oportunidad para redoblar su vigilancia y ayudarse de tales tumultos para
volver a combatir a los cristianos. Para ello, aparentó haberle pesado el
cambio de conducta del Pontífice para con el Rey de Nápoles, tan ajeno de los
deberes de la gratitud, y más cuando no se veía otro motivo para tal mudanza
sino la soberbia creencia de los venecianos de que con la ruina de muchos
Príncipes lograrían ensanchar su poderío. Tal propósito había de ser
severamente juzgado por todos los buenos, y más por él, que a nadie tenía por
más benemérito de todos los Príncipes de Italia como al rey D. Fernando, con
quien no había pactado alianza, pero de quien era amigo. Así, pues, y como
prenda de futuro auxilio, el sultán Bayaceto se ofreció a enviar desde Salona a
las costas de la Pulla 80 galeras con escogidas tropas, a las órdenes del Rey
de Nápoles, mientras continuara la hostilidad de los venecianos.
Mientras iban sembrándose
estos gérmenes de guerra, murió de peste el Dux de Venecia Juan Mozenigo, a
quien sucedió Marco Barberigo. La novedad obligó a Pedro Soranzo a regresar a
Venecia cuando ya se le conocía más como espía que como embajador cerca de los
Reyes.
Por estos días una
terrible inundación devastó las provincias del Sur de la Península. En
Diciembre del mismo año de 1485 la reina D.ª Isabel dio a luz en Alcalá a D.ª
Catalina. Mayor alegría hubiera causado a los Reyes el nacimiento de un varón,
porque la sucesión de un hijo único inspiraba no pocos temores, y la fecundidad
de las hijas prometía dificultades para los futuros enlaces.
En aquellos mismos días el
gran temor del Papa Inocencio se cambió en excesiva confianza al ver acudir en
el mismo mes de Diciembre al remedio de la crítica situación de Roma al
ejército que introdujo en la ciudad el hijo de Roberto Sanseverino desde los
próximos confines de la Romaña, y que amenazó con nuevos peligros a los
partidarios de D. Fernando, como referiré en el libro siguiente.
Libro VI
(1486)
Funestos prodigios con que comenzó el año. -Sucesos de Roma y
guerras en Italia. -El Duque de Borgoña y los franceses. -Bandos de Navarra.
-Rebelión del Conde de Lemos. -Aprueban los Reyes las medidas del Arzobispo
Fonseca contra los leguleyos. -Tentativas inútiles para reducir a la obediencia
al Conde de Lemos. -Intervención de los Reyes en las cuestiones entre los
Duques de Plasencia y de Alba y entre éste y el Conde de Miranda. -Visitan al
segundo, enfermo en su palacio de Alba de Tormes. -Van a Guadalupe y a Córdoba.
-Preparativos en Andalucía para la guerra. -Llegada a España del duque Eduardo
de Woodville para combatir a los moros y mención de los sucesos de Inglaterra.
-Envíale la Reina valiosos presentes. -Luchas entre Abdallah el Zagal (el
Abohardillas, de Palencia) y su sobrino Boabdil, y arreglo propuesto por los
faquíes. -Sitio de Loja. -Cae herido el Duque Eduardo. -Rendición de la ciudad.
-Sitio y toma de Illora, Moclín, Colomera y Montefrío. -Tala de los campos
granadinos. -Mención de los sucesos de Galicia y de Italia. -Viajes de los
Reyes y de sus hijos. -Con la entrada de los Reyes en Ponferrada abandonan los
gallegos al rebelde Conde de Lemos, que se somete a la Corona. -Costumbres de
los gallegos. -Visitan los Reyes a Compostela. -Condiciones que impusieron a la
sumisión de los Señores gallegos. -Sucesos de Italia. -Embajada del Conde de
Tendilla. -El Papa y los Estados italianos. -Auxilios prestados por nuestros
Reyes al de Nápoles. -D. Fadrique de Toledo es nombrado Generalísimo de Andalucía.
-Luchas en Granada entre los dos Reyes moros. -Proyecto contra Málaga. -Sabias
medidas de gobierno adoptadas en Salamanca por los Reyes. -Reforma de la
Chancillería. -Preparativos bélicos contra Granada.
Este año de 1486 se anunció funesto, así con pestes, tempestades
y movimientos de guerra como con otros tristes sucesos que sobrecogieron a
todas las gentes, y que el eclipse de sol había pronosticado. Los habitantes de
Roma y de la Pulla habían visto poco antes en los cometas de cabellera amenazas
de variadas calamidades y de discordias entre los pueblos, y los frecuentes
eclipses de luna habían convencido a los moros de Occidente de que la soberbia
de los granadinos, por tanto tiempo funesta a los pueblos fieles, iba a verse
pronto fuertemente quebrantada.
Ahora creo necesario
insertar en estos anales el relato de los sucesos ocurridos en las cercanías de
Roma, cuando la guerra del Papa Inocencio y de los pueblos que le seguían
contra el Rey de Nápoles excitaron vivamente así a muchos principales romanos como
al Rey de Castilla, Aragón y Sicilia D. Fernando a llevar socorro a su primo.
Antes, sin embargo, quiso intentar medios más suaves, viniendo en aquello que
se había propuesto obedecer, y con mejor voluntad si el Papa ponía término a la
guerra empezada, cual cumplía al Vicario de Jesucristo, que tanto recomendó la
paz. Por esto, a la instrucción dada a los embajadores añadió ciertas
restricciones, y les mandó caminar despacio, sin entrar en Roma hasta que desde
alguna población próxima y libre se conocieran los planes de guerra del Papa.
Esta dilación podía ofrecer varias ventajas, principalmente para conseguir
conveniente provisión de muchas sedes vacantes en España, como sucedió. En
tanto, el Papa, confiando en sus tropas y deseoso de mayor independencia,
recomendó a Roberto San Severino, a principio de este año, que no difiriese el
aprovisionamiento del ejército. Ejecutólo al punto el General, y batió
enérgicamente a las tropas de D. Fernando, que habían fortificado el puente
Nomentano. El triunfo le animó a acometer mayor empresa, y empezó a amenazar
con sitio a la guarnición de Monterotondo. Desde este pueblo, cercano a la
ciudad, los romanos habían tenido que sufrir muchos e intolerables daños; pero
ocupado el puente, la toma de Monterotondo parecía ya fácil. El cardenal Ursino
y el Arzobispo, ambos hermanos de Virgilio Ursino, suplicaron al Papa que
desistiese de aquel propósito, prometiéndole seriamente amansar la furia de su
hermano y convertirle en sumiso vasallo de la Sede apostólica.
Cuando el duque de
Calabria D. Alfonso tuvo noticia de estos gérmenes de funestas novedades, dejó
sus tropas encomendadas a Virgilio, y en estancias lejanas, con la mayor
seguridad que le permitió la premura del tiempo, y a escondidas y con algunos
compañeros de armas, marchó a tierra de Sena, y de allí, por acuerdo de la
Señoría de Florencia, a las poblaciones próximas a esta ciudad, para que con la
rápida resistencia a la descarada maldad de venecianos y genoveses y del papa
Inocencio (de conducta tan opuesta a su nombre), seducido por ellos, pudieran
alejarse los males que amenazaban a ambas potestades y al territorio milanés.
El mismo duque D. Alfonso puso al cabo de manifiesto la astucia del Papa,
aconsejado por sus amigos, por haber empezado poco antes a tratar alianza tan
perjudicial para los florentinos como ventajosa para los genoveses. Con esto se
proponían que, mientras aparentemente los asuntos de Florencia quedaban en paz,
sus amigos fuesen exterminados, y así se facilitase a los genoveses el propósito,
de antiguo tan acariciado, de dominar a los florentinos, y a los venecianos la
ocupación de toda la Lombardía, con gravísimo quebranto del poderío de Milán.
Nada de esto había
escapado a la penetración de los florentinos. Así no necesitaron otras
explicaciones para reducir a sus gobernantes a más saludables consejos, y sin
demora procuraron inclinar el ánimo de los amigos, sujetos a igual apuro, a
acudir con rápidos remedios a la repentina invasión de males. Inmediatamente se
reunieron tropas, y llamando de Milán a toda prisa escogida caballería, se la
agregó al ejército de Florencia. Luego se intentó que el lugar de Braccano, de
los estados de Virgilio Ursino, quedase cuanto antes libre del estrecho cerco
con que procuraba rodearle el enemigo, a fin de inutilizar al Virgilio que se
resistía a abandonar el partido de D. Fernando y acusaba de cobardía a sus
hermanos, olvidados del antiguo valor de sus mayores por la molicie de los
cargos eclesiásticos. Otra vez cobraron ánimos con esta expedición los
partidarios de D. Fernando, y después de consumirse en el pago de las tropas
grandes sumas tomadas a préstamo por el Papa de los genoveses y de sus aliados,
nuevamente se vieron los romanos rodeados de angustiosos apuros, y dentro de la
ciudad los de la curia eclesiástica sujetos a sufrir mil insolencias de los
soldados a quienes el Papa permitía toda clase de desafueros.
Mientras en Italia iban
acumulándose desdichas sobre desdichas, en Flandes el duque de Borgoña
Maximiliano logró dominar la pertinacia de los habitantes; quebrantó sus
fuerzas con prolongada guerra y con ligeros combates; consiguió ver a sus pies
a los que antes le combatían; obtuvo el gobierno por pacífico asentimiento de
los naturales y se constituyó en tutor de su hijo. La menor edad del Rey de
Francia había proporcionado no poca ocasión a varias discordias entre los
Grandes por las competencias acerca de la administración de tan extensos
territorios. Mas el Senado de París, con mayor acuerdo y apoyado en la
autoridad real, redujo el número de la caballería asoldada tiempo antes por el
rey Luis y abolió el pecho de la cuarta parte de las haciendas que por orden
del mismo Monarca y por antigua costumbre se destinaba al sostenimiento del
ejército; además restituyó a los pueblos su pristina libertad. Difirieron, sin
embargo, la devolución de Perpiñán y del Rosellón, resuelta en el testamento
del Rey.
En Navarra, los cabezas de
los encarnizados batidos de Lussa y de Agramont, el conde de Lerín D. Luis de
Beaumont y el Mariscal..., intervenían en los asuntos del reino siguiendo cada
uno la encontrada tendencia de sus ánimos. El primero contrariaba la influencia
francesa favorable a la Reina, y ponía todo empeño en que no entrase en
posesión de la Corona. Por el contrario, el segundo, valiéndose acaso de este
pretexto para tomar venganza de la muerte de su padre, suscitaba innumerables
revueltas, favoreciendo los deseos de los franceses. Al fin encontró la muerte
en uno de aquellos tumultos, y con ello crecieron los enconados odios, tan
funestos para los navarros.
Don Fernando, rey de
Castilla y de Aragón y Señor de Cataluña, apenas logró apaciguar algún tanto
las turbulencias que, como dije, se habían recrudecido entre los señores
catalanes y los payeses de remensa, volvió a ocuparse en preparar rápidamente
la expedición contra los granadinos. Ayudado por la inteligente actividad de la
Reina, merecedora de los mayores elogios, procuró reunir fondos de todas partes
para el pago de las tropas y para los gastos de la numerosa artillería, seguro
de que la principal condición para vencer a los enemigos consistía en
acometerlos rápidamente.
Una de las mayores
dificultades que había que resolver era la de reprimir la osadía del Conde de
Lemos, que, violando los pactos, había ocupado por fuerza de armas a
Ponferrada. Este hecho, merecedor de toda reprobación, por haber faltado a
tantos deberes, había infundido sospechas de alguna novedad tramada por los
magnates gallegos, la que, como suele suceder, no tardarían en secundar los
demás Grandes del reino. Por esta causa creyeron los Reyes que debían
combatirse en sus principios las arrogantes empresas del Conde que, confiado en
que la atención del Rey estaba fija preferentemente en los preparativos de la
guerra de Granada, había cometido graves desafueros y llegado hasta exterminar
a las tropas enviadas a Galicia por orden de D. Fernando. Desde Alcalá se
trasladaron los Reyes a Madrid, y después de adoptar varias resoluciones, el
Rey se adelantó a Segovia, adonde le siguieron la Reina y su hija.
Allí trataron con más
detenimiento de las medidas convenientes para extirpar la herejía de los
judaizantes, y resuelta la marcha a Medina del Campo, se ocuparon en esta
población en proveer a lo necesario para la tranquilidad de todo el territorio.
De ella esperaban los Reyes favorables consecuencias para reprimir los tumultos
suscitados por el temerario joven en las fronteras de Galicia, y creían que el
solo anuncio de la llegada del Rey airado le impondría temor y bastaría para
sofocar las revueltas. Pero, para conocer mejor los propósitos del joven, y
para traerle a caminos de paz y de obediencia, enviaron los Reyes a Galicia a
D. Enrique Enríquez, pariente del conde D. Rodrigo Osorio, y muy de su
intimidad, a fin de que, valiéndose de su prestigio, pudiera enterarse de todo
y reducir al joven, con sus amistosos consejos, a sentimientos de mayor
obediencia. Este camino pareció más práctico que el rigor de los castigos,
porque el tropiezo de cualquiera novedad retardaría seguramente el triunfo que
se aguardaba de la guerra de Granada.
En espera del resultado de
la comisión dada a D. Enrique Enríquez, los Reyes proveían con gran celo a los
demás asuntos de aquellos pueblos. Porque hablan levantado gran escándalo los
fallos dados en varias cuestiones por el arzobispo compostelano D. Alfonso de
Fonseca, que había demostrado cómo debían atajarse los dilatorios, enredos de
leguleyos de mala fe, ejercitados en las polémicas y azote de las repúblicas,
acortando los trámites de los litigios, con gran utilidad de las partes. Su
profundo conocimiento del Derecho le había permitido destruir la plaga de
abogados, y con las facultades de que para este fin le había investido el Rey,
había logrado arrojar de la tierra a los astutos enredadores de pleitos, para
que en adelante no padeciesen los fueros de la justicia. Algunos de sus fallos
habían recaído en causas inicuas entre Grandes; y como algunos de ellos
resistieran el cumplimiento de las justísimas sentencias pronunciadas, el
Arzobispo se trasladó de Valladolid a Medina para reclamar contra la maldad de
los desobedientes. La acertada conducta del Prelado mereció la entera
aprobación de los Reyes, que prometieron adoptar resoluciones en consonancia
con ella. Luego le encargaron, juntamente con el condestable D. Pedro de
Velasco, del gobierno de estas provincias, para que, el uno con su ilustración
y el otro con su poderío, refrenasen cualquier intento sedicioso en tanto que
los Reyes permanecían en los confines del reino de Granada.
Poco después D. Enrique
Enríquez, tío del Rey, le escribió el ningún resultado que con sus consejos
había obtenido cerca del Conde de Lemos, y cuán necesario era apelar a la
fuerza, visto el ningún pesar que manifestaba el joven de los desafueros
cometidos. Inmediatamente don Fernando, siempre ocupado en preparar el término
de la guerra contra los moros, puso al frente de 200 caballos y de 1.000
infantes a don Fernando de Acuña, nobilísimo capitán de antiguo conocido de los
gallegos, y a Diego López de Haro, tan noble como activo; pero como estas
fuerzas parecían insuficientes para tener a raya los desafueros de D. Rodrigo
Osorio, se encargó de esta empresa a D. Rodrigo Pimentel, conde de Benavente,
acérrimo rival del citado Conde de Lemos (que precisamente en aquellos días se
había apoderado de la joven nuera desposada con el hijo del de Benavente), a
fin de que, como principal fautor y fomentador de aquellas luchas y
turbulencias de los gallegos, se opusiese a los planes del rebelde Conde hasta
reducirle a prisión; pero, visto el afecto con que contaba entre los gallegos y
la necesidad de fuerzas mucho mayores para luchar contra quien estaba apoyado
por sus compatriotas, desistió por entonces del empeño.
Dispuestas por todas
partes éstas y otras expediciones análogas, los Reyes consagraron su atención a
los asuntos que exigían urgente remedio. Había muerto en aquellos días en
Plasencia la duquesa de este título D.ª Leonor Pimentel, que durante su vida había
manejado a su capricho al Duque, antes integérrimo, hasta reducirle a una
vergonzosa dependencia. Muerta la Duquesa, el anciano, cual si despertara de un
sueño, recobró todas sus energías, por tanto tiempo anuladas. Su nieto Álvaro
de Estúñiga, hijo del primogénito Pedro de Estúñiga, vino a visitarle, a lo que
se había negado mientras vivió la cruel madrastra que, a fin de dejar a sus
hijos la total herencia del estado, había tratado de exterminar al citado
nieto, legítimo heredero, y a toda la progenie del hijastro.
La muerte de la duquesa
Leonor obligó a los Reyes a dejar otros viajes por el de Alba de Tormes para
visitar allí al duque de Alba D. García de Toledo, enfermo a la sazón, porque
en él tenía puesta toda su confianza la duquesa D.ª Leonor, desde que, a causa
del nuevo parentesco, el noble y magnánimo D. García había convertido en
estrecha alianza las antiguas discordias. Estaba casada la hija del duque de
Plasencia D. Álvaro de Estúñiga con el primogénito del de Alba, D. Fadrique, y
éste guardaba grandes consideraciones a la suegra D.ª Leonor, como a mujer
varonil, dueña absoluta de la voluntad del anciano consorte para disponer a su
antojo del gobierno de sus vastos estados.
También influyó en la
determinación de este viaje el deseo de poner término a las disensiones entre
el citado D. García y el conde de Miranda D. Pedro de Estúñiga, cuya causa
defendía con tesón el Condestable, su suegro, y no parecía deberse amparar con el
derecho cuando iba degenerando en facción funesta para los intentos de ambas
partes. Eran tantos los gérmenes de futuros males sembrados por unos u otros
entre aquellos Grandes, que la cuestión parecía debía zanjarse por la espada
mejor que por las decisiones de la justicia, y como todos ellos estuviesen
afiliados a uno o a otro partido, los Reyes resolvieron, antes de pasar a
Andalucía, obtener alguna concesión del de Alba en aquella visita. Sus amigos
le encontraron tan afectado por la enfermedad como por la cólera,
principalmente por creer que D. Fernando había hecho poco caso de sus muchos
servicios y preferido el favor del Condestable hacia su yerno.
La visita de los Reyes fue
para el Duque grandemente beneficiosa, porque, costándole trabajo subir
sostenido por dos pajes a recibirá los regios visitantes a las habitaciones del
piso alto, al punto pareció haber recobrado su vigor, y el condestable D. Pedro
de Velasco, allí presente, con deliberado propósito, dirigió al Duque
afectuosas palabras. Así terminaron las pasadas rivalidades, quedando, por la
prudencia de los Reyes, completamente extinguidos en la primera entrevista
todos los gérmenes de malquerencia. Dos días permanecieron los Reyes en Alba,
admirando y elogiando el suntuoso aparato que el Duque desplegó en los
banquetes.
Luego enviaron mensajeros
a dar al Duque de Plasencia, residente en Béjar, el pésame de la reciente
desgracia que, más que a causarle pesadumbre, había venido a devolverle la
libertad de que el capricho de su mujer le había tenido privado. También te recomendaron
eficazmente la causa de su nieto D. Álvaro. Continuaron luego el viaje al
monasterio de Guadalupe, y cumplidas las devociones, el 28 de Abril entraron en
Córdoba.
Tenía ya preparadas para
día señalado el comendador de León D. Gutierre de Cárdenas numerosas fuerzas de
caballería e infantería, pedidas a los pueblos de Andalucía, juntamente con las
provisiones necesarias. En Écija se trabajaba furiosamente en la construcción
de toda suerte de máquinas de guerra, y estaban preparados numerosos carros
para el transporte. Infundían éstas gran terror a los moros que, acostumbrados
a toda clase de guerra, nada les causaba en los pasados años mayor espanto que
el repentino estrago de murallas y baluartes.
Por estos días arribó a
las costas de San Lúcar de Barrameda, procedente de Inglaterra, el duque
Eduardo, Señor de Villascalessi, que había logrado escapar de la crueldad de
Ricardo, usurpador del trono de Inglaterra, y que en su ansia de reinar, había
hecho dar muerte al hermano del Duque y al sobrino, hijo del rey Eduardo. Pero
aquel noble, de ánimo esforzado, se refugió en la Bretaña francesa; permaneció
algún tiempo al lado del legítimo heredero de la corona de Inglaterra Enrique
de Richmond, nieto del difunto rey Enrique, y luego se ofreció a acompañarle en
la afortunada expedición a aquel reino. Poco después, en la batalla entre el
invasor Enrique y el soberbio Ricardo, pereció éste y fue proclamado Rey el
vencedor por aclamación de la nobleza y de los pueblos. Inmediatamente marchó a
España Eduardo de Woodville, de la ilustre prosapia de Luxemburgo, por su
madre, con intención, a lo que se cree, de pelear con los enemigos de la cruz,
empleando sus energías, antes gastadas en sangrientas luchas sediciosas, en
favor de la justa causa de la guerra.
Embarcóse con rumbo a
Sevilla en compañía de 300 caballeros principales, movidos todos de igual
impulso, por confiar los ingleses, cansados, de luchas intestinas, en obtener
el perdón de todos sus pecados si peleaban contra los moros granadinos,
acérrimos enemigos de la religión cristiana. La fortuna se les mostró
favorable, pues fue tan, oportuna la llegada de Eduardo con sus compañeros de
armas cual la de ningún otro soldado español. Detúvose algunos días en Sevilla,
ocupado en prevenir el armamento y comprar caballos, y fue a encontrar a D.
Fernando a los términos de Loja, donde le recibieron con gran honra el Rey y
los Grandes. Cuando la Reina supo el propósito y la llegada de Eduardo, le
envió desde Córdoba doce magníficos caballos con hermosos arreos y paramentos;
tiendas, provisiones abundantes y todo lo demás necesario para un gran
Príncipe. La memoria de su abuela D ª Catalina, madre de don Juan II de
Castilla, había bastado para que doña Isabel, nieta del rey de Inglaterra,
usase de su innata liberalidad, honrando con cartas y con mercedes a este
insigne Príncipe, y procurando, según se dijo, que se le diese el primer lugar
entre los demás caballeros extranjeros que a esta guerra acudieron, porque sus
hazañas eran dignas de los mayores premios.
Visitó Eduardo al Rey;
admiró el más numeroso y excelente ejército que jamás había visto, así como el
bélico aparato y la innumerable artillería y máquinas de guerra, y comprendió
que no tendría que esperar mucho para habérselas con el enemigo, pues a poca
distancia se divisaban las murallas de Loja, blanco de los ataques que se
aguardaban. Pero con exquisita astucia procuró evitar el sitio de esta plaza el
destronado rey de Granada Boabdil, sujeto, como se dijo, a la voluntad de D.
Fernando, en virtud de los pactos, y que le había ocultado la fingida
reconciliación con su tío Abohardillas. Éste, odiado de la mayor parte de los
moradores de Granada, luchaba a la sazón con grandes dificultades para
conservar el mando de la ciudad, y se esforzaba por tener a raya a los
partidarios de Boabdil, casi todos vecinos del Albaicín, barrio habitado por
los moros más belicosos, porque en los otros vivía la multitud dedicada a
vulgares trabajos manuales, y se ocupaban menos de asuntos militares.
Los del Albaicín, aunque
inferiores en número, siempre fueron reconocidos superiores en valor por su
destreza en el manejo del arco y por su odio a la molicie. Llegaba a 20.000 el
número de estos valientes guerreros, adictos a Boabdil y contrarios a Aborhadillas.
En sus diarias luchas y revueltas con los demás habitantes de Granada
proclamaban por su rey a Boabdil. Aquellas frecuentes contiendas y terribles
ataques del bando contrario tenían a Abohardillas encerrado en la Alhambra,
donde el terror sólo le permitía atender a acabar por cualquier medio con las
sediciones. Pero los faquíes y los ancianos convocados a consejo no hallaron
medio más conveniente que pactar entre Abohardillas y Boabdil una alianza por
la que se diese a arribos el título de Rey; que el tío conservara bajo su
dominio a Granada, Málaga, Almería, Almuñécar y Vélez-Málaga, y el sobrino
Boabdil tuviese el señorío de Cartagena, cuya mayor parte había recuperado, y
que se le daba muy de grado a fin de que evitara el riesgo de la guerra. Con intencionada
previsión el tío encargó al sobrino de la defensa de Loja, que los granadinos
temían había de combatir D. Fernando, si bien por consideración a Boabdil
esperaban verla libre del ataque, va que se había confiado recientemente el
mando de la plaza a un Príncipe sometido de antes a su dominio.
No se escapó esta añagaza
a la penetración de D. Fernando. Salió de Córdoba y emprendió la marcha por
caminos en que podía amenazar muchos poblados de los moros, dejándolos en la
duda de si caería con todas sus fuerzas sobre Málaga, Vélez-Málaga o Loja. Cuando
por fin sus vecinos y el régulo Boabdil comprendieron que todo aquel bélico
aparato se destinaba al sitio de la ciudad, enviaron embajadores a D. Fernando
para rogarle de parte de Boabdil que desistiese de hostilizar a un Príncipe y a
unos ciudadanos tan a su devoción. Suplicábanselo, decían, con justicia, y con
justicia también debía concedérselo un Rey a quien estaba Boabdil obligado a
obedecer, y mucho más cuando se le ofrecían mayores facilidades de sitiar otros
pueblos con tener asegurado por allí el paso las tropas de D. Fernando enviadas
contra Málaga o Vélez-Málaga.
Contestó D. Fernando que
no estaba obligado por los pactos a renunciar a la oportunidad de combatir a
los de Loja porque el rey Boabdil hubiese aceptado la defensa de la ciudad, por
cuanto desde el principio de los pactos siempre el mismo Boabdil la había
exceptuado del número de las ciudades aseguradas de todo ataque, aun cuando por
accidente o por otra cualquier causa los de Loja le proclamaran rey.
Mientras esto se trataba,
alguna caballería de D. Fernando, enviada a recorrer las encrucijadas contra
los granadinos, se apoderó de unos cuantos y les obligó por la fuerza a
confesar que Boabdil había convenido con Abohardillas en emplear toda clase de medios
jara hostilizar a los cristianos y sostener a toda costa la secta de Mahoma.
Inmediatamente se preparó
el sitio de Loja, y con igual diligencia, acaso para librarse de toda sospecha
de los c:udadanos, Boabdil mandó a sus tropas que atacaran a las nuestras, ya
poco distantes del arrabal. Al punto se trabó terrible combate. Los de D.
Fernando acometieron con furia a los confiados enemigos, en su ansia de vengar
la derrota que los de Loja les habían hecho sufrir cuando un puñado de ellos
puso en fuga a nuestras numerosas tropas y cayó sin vida el maestre de
Calatrava D. Rodrigo Téllez Girón. Los 4.000 peones y cerca de 500 jinetes
moros que con tanto arrojo salieron contra los nuestros, se figuraron poder
empeñar escaramuza con más seguridad de la que luego encontraron entre los
muros de los arrabales, donde las piedras y conocidas angosturas les ofrecían
tanto amparo como a los nuestros peligro. Vana resultó su esperanza, porque
muchos de los nuestros treparon a una altura, y otros valientes, sin hacer caso
de la desventaja del terreno, se lanzaron a través de peñascos y hondonadas contra
los moros y les obligaron a retroceder con pérdida de muchos de los suyos y a
refugiarse en las defensas de los arrabales. Un fuerte pelotón de los nuestros,
al perseguirlos, se encontró en la misma entrada del arrabal revuelto con el
enemigo aterrorizado.
El Conde inglés Eduardo,
confiado en el valor de su gente, fue al encuentro de unos moros apostados en
una estrechura. Al punto, una piedra arrojada desde allí destrozó al esforzado
capitán la quijada y las muelas. Los suyos, a ejemplo del jefe, peleaban con
ardor; derribaban cuantos moros se oponían a su paso, y cada uno de los cuatro
que sucumbieron a sus golpes había enviado a los infiernos antes de morir a
cinco, seis o más agarenos, de modo que por todas las calles del arrabal
encontraban los ingleses montones de cadáveres de los granadinos. Igualmente
los españoles iban acuchillando a los eternos enemigos de la Cruz hasta el
antemural de la ciudad y puerta de entrada, insuficiente para dar paso a la
muchedumbre de fugitivos aterrorizados. No quedó con vida uno solo de los que
no lograron franquearla, y ni a los niños y demás seres indefensos perdonaron
las tropas, de modo que por todas las calles se veían correr arroyos de sangre.
Costó a los nuestros su arrojo cerca de 400 muertos y más de 500 heridos, la
mayor parte de los que ocuparon la colina que domina la ciudad. Faltos de
armaduras, sus pechos sirvieron de blanco a los ballesteros situados en el
llano. Entre los moros que pelearon aquel día fue reconocido Abrahím de
Robledo, intérprete muy querido de Boabdil. En el primer encuentro nuestros
jinetes le echaron en cara su perfidia diciéndole: -«Parece, Abrahím, que te se
olvidaron los favores recibidos.» A lo que contestó él:-«Ahora vais a sufrir
otra derrota semejante a la que en este mismo sitio sufristeis no ha mucho.»
Corrió entonces la voz de
haber tomado Boabdil parte en el combate y retirádose herido al alcázar. Pero
en este día, en otros muchos y hasta el fin, los hechos demostraron cosa bien
diferente.
El noble duque del
Infantado D. Íñigo de Mendoza, que había traído desde lejanas provincias 600
lanzas escogidas y cerca de 2.000 peones, cumplió cual correspondía a su honor
y a la reputación de su gente. Como todo parecía ir preparando la victoria del Rey,
estableciéronse sin tardanza tres campamentos en situación de poder acabar con
el enemigo. Había demostrado la experiencia a D. Fernando que se necesitaban
puentes para el rápido paso de las tropas por el río Genil, que lame las
murallas de Loja, porque no era vadeable. Inmediatamente mandó construir dos
puentes de madera a uno y otro lado de la ciudad y cortar el que utilizaban sus
moradores. A un tiempo quedaron echados los primeros y destruido con admirable
celeridad el último.
Maravillosa fue también la
destreza del Marqués de Cádiz, que jamás faltaba a nada de lo que a un ilustre
caudillo competía. Primero siempre en acometer arriesgados lances, persistía
tenazmente hasta darles remate: encontrábasele siempre allí donde hubiese
enemigos que combatir, y su invencible esfuerzo y su extremada pericia le
habían granjeado especial favor y afecto por parte de D. Fernando. El se
encargó de destruir el puente de que usaban los de Loja, operación que costó la
vida a algunos valientes que en ella se ocuparon. Cuando ya los nuestros
tuvieron paso libre por los dos puentes y a los de Loja se les privó de toda
salida, se establecieron y fortificaron los campamentos, dando cara a Granada.
Otros dos se situaron en la opuesta orilla del río, asegurados por todas partes
con trincheras, de modo que nadie podía salir de la ciudad sin exponerse a
muerte segura. Empezó en seguida la artillería a batir las murallas, que pronto
quedaron cuarteadas a los tiros de lombardas y trabucos. Dentro de la población
se derrumbaron gran número de casas, y los que antes habían acusado de cobardía
a los de Ronda y a los demás defensores de poblaciones por haberse rendido
aterrorizados por el estrépito de las lombardas, ya poseídos de igual espanto,
sólo pensaban en salvarse y salvar a sus mujeres e hijos. Dícese que contribuyó
a aumentar el terror de los de Loja el haber oído asegurar a Boabdil en los
consejos que el poderoso D. Fernando, acérrimo enemigo de todos los
mahometanos, quería principalmente descargar su cólera contra los de Loja,
haciéndolos perecer entre crueles tormentos. Su ingratitud, añadía Boabdil,
había redoblado la furia del Rey, porque sobre olvidar tantos favores recibidos
después de alcanzada la libertad, había roto todos los pactos jurados, por el
anhelo de conservar la posesión de la ciudad. Era, pues, locura esperar auxilio
alguno para los habitantes, cuando ya los de Granada tenían perdida hasta la
esperanza de la propia salvación. Y si el tenaz D. Fernando, como se estaba
viendo, derruidas las murallas, penetraba en la ciudad a la cabeza de las
enfurecidas tropas, no quedaría género de suplicio ni crueldad que no emplease
contra los vencidos.
Estas razones de Boabdil,
de tal manera aumentaron el miedo de los moradores, que dejaron a su arbitrio
el impetrar algún amparo en aquel trance. A los nueve días de la entrada de
nuestra gente en el arrabal se rindió la ciudad con estas condiciones: Los
habitantes podrían marchar libremente y bajo seguro adonde quisieren, y llevar
consigo y en sus acémilas cuanto pudiesen transportar de sus haciendas.
Desfiló aquella multitud
antes tan soberbia ante el rey D. Fernando, después que por su orden quedaron
en libertad más de cien cautivos cristianos. Luego salió a caballo Boabdil,
último Rey de los vencidos de Loja, y como avergonzado de su ingratitud, bajó
la cabeza, y echando pie a tierra, besó los pies a D. Fernando. Hízole éste
montar de nuevo, y el vencido Monarca marchó a Priego para dirigirse luego a
las poblaciones de cuya obediencia le constaba, y cual heraldo del vencedor,
dar seguridades en su nombre de que disfrutarían vida más segura todos los
moros que guardasen fidelidad a Boabdil.
Los restantes moradores de
Loja quedaron confiados al Marqués de Cádiz,que los condujo en toda seguridad
hasta el lugar señalado por el camino de Illora. Al volver al campamento divisó
a lo lejos unos 200 jinetes ocupados en el inicuo despojo de los moros. A pesar
de su diligencia no pudo evitar el robo de algunos ajuares; pero en su justa
indignación alanceó a algunos y apresó a los últimos fugitivos, que por orden
de D. Fernando fueron condenados a muerte.
La alegre noticia de la
rendición de Loja, antes intentada con desgracia, fue de gran consuelo para la
Reina, que, intranquila por la suerte del amadísimo consorte, había pasado días
y noches en oraciones y ayunos. En cuanto llegó el aviso de la deseada entrega
de Loja, mandó llevar allá todos los ornamentos sagrados que encontró a mano, y
que las mezquitas, por tanto tiempo dedicadas a las execrables prácticas de la
religión mahometana, se consagrasen al culto y exaltación de la santísima Cruz
y a honor de la Reina de los cielos. Y esto con tal devoción, que para todos
los fieles fue inconcuso que en el feliz resultado influyeron no poco las
virtudes de la Reina, sus ardientes súplicas al Altísimo y su innata caridad
hacia los que formaban en el ejército cristiano. Para curar a los heridos y
enfermos había dispuesto en los campamentos cuanto pudieran tener preparado en
su casa las personas más opulentas, y con tal abundancia y cuidado, que ningún
enfermo pudiese echar nada de menos.
Unánimes los dos regios
cónyuges en el propósito de proseguir la victoria, y encargada la guarnición de
Loja al alcaide Álvaro de Luna, se dio orden al ejército y a gran parte de la
artillería y máquinas de guerra de marchar contra Illora, villa que da frente a
Granada, en tan excelente situación y tan bien defendida, que los granadinos la
llamaban su ojo derecho, y creían que debía estar casi ciego el que pretendiera
despojarles de él.
No quiso por entonces D.
Fernando poner sitio a Montefrío, aunque más próximo a Granada, porque, si bien
situado a la falda de las montañas entre Loja e Illora, las rocas que le
servían de antemural habían de prolongar mucho el sitio y apenas quedaba espacio
para el fuego de las lombardas. Otro motivo para no intentarle fue que Illora
podía proteger a Montefrío, pero no éste a Illora, y una vez tomada esta villa,
la guarnición de la otra quedaría sin defensa. Fundado en estas razones, el
belicoso rey D. Fernando puso al punto cerco a Illora, y emplazada rápidamente
la artillería, con gran sorpresa de sus enemigos, apoderóse de sus ánimos el
terror que poco antes habían experimentado los de Loja. Como no abrigaban
esperanza alguna del socorro de los granadinos, el 8 de Junio se rindieron bajo
condiciones algo más duras que las impuestas a Loja, puesto que sólo a los
inermes se permitió dirigirse libremente adonde quisiesen, llevando de su
hacienda lo que cada uno pudiese transportar.
Turbó la alegría del
triunfo un tumulto provocado en los reales por la soberbia indisciplina de los
asturianos, contra los de Sevilla. Pero no escapó sin terrible castigo ninguno
de los sediciosos, para que no olvidaran los demás la obligación de mantenerse
pacíficos en los campamentos y guardar la legítima bravura para pelear con el
enemigo.
Por aquellos días se
entregaron a D. Fernando algunas aldeas de moros entre Loja y Alhama y otras
más cercanas a la primera, hacia el término de Mora, llamadas Zagra, Salar,
Çagadix y Baños. El Rey se dirigió a la fortísima villa de Moclín. La Reina,
que entre otros cuidados atendía a recoger por todas partes dinero para la paga
de los soldados le enviaba con frecuencia a los reales cuanto podía reunir. A
ninguno de los caballeros que habían acudido a Córdoba a la guerra contra los
infieles dejaba sin recompensa, y mereció calurosos elogios el noble y
esforzado... Señor de Pregi, por haber acudido desde lejanas tierras con
escogidos compañeros de armas a la guerra de Granada. Sintió mucho este
caballero no haber llegado antes a los reales, para alcanzar para los franceses
igual lauro que los ingleses, que tal es la emulación que el espíritu guerrero
despierta en los pechos de los valientes. La presencia de extranjeros en las
operaciones de la guerra obligó a la Reina a visitar con más solicitud las
poblaciones tomadas por D. Fernando.
Salió, pues, de Córdoba y
se dirigió a Moclín, sitiada por el Rey. Esta villa, muy fuerte por su
posición, se consideraba como el baluarte de Granada, porque asentada sobre una
escarpada altura, dificultaba extraordinariamente el tránsito por las estrechas
sendas a nuestras tropas, destinadas a la tala de los campos granadinos. Las
revueltas del terreno que rodeaba la falda de la eminencia y los peñascos y
espesos manchones de bosque que borraban los senderos eran otro peligro para
los nuestros, como había demostrado el año anterior el descalabro sufrido por
el conde de Cabra don Diego Fernández de Córdoba, si bien hasta entonces más se
achacaba a su temeridad que a la naturaleza del sitio.
Luego que el Rey, en su
anhelo por apoderarse de la villa, la sitió con todo el ejército, tropezó con
más obstáculos de los que esperaba. Una sola y muy difícil entrada se le
ofrecía para el ataque, porque aquella cima era inaccesible para los nuestros por
todas partes, excepto por el frente, donde se quería emplazar la artillería; y
se necesitaba trabajar mucho para dejar libre de rocas a las máquinas de guerra
la subida a los puntos más altos. Los escogidos soldados granadinos tenían por
inexpugnable la posición que se les había encomendado, y esta confianza
enardecía sus ánimos para proponerse obstinada defensa. Los habitantes, por su
parte, acostumbrados de toda la vida a los peligros de la guerra, y dispuestos
a defender su libertad, su religión, sus moradas y sus haciendas, habían
resuelto resistir hasta el último extremo. Así, pues, el Rey estaba convencido
de que, o había de desistir de la empresa, o había de emplear largo tiempo en
llevarla a cabo.
Lo primero, hacía temer
para en adelante muchos inconvenientes; lo segundo, amenazaba con gastos
intolerables y acaso brindaría ocasión a la multitud de los granadinos para
invadir los reales. Pero ninguna de estas consideraciones prevaleció ante el
magnánimo anhelo de D. Fernando por apoderarse de la villa, y con la mayor
celeridad posible hizo que desapareciesen del camino las rocas para que los
carros y artillería pudiesen aproximarse al antemural de la población.
Por loca tenían los moros
la empresa, seguros de que el diario disparar de miles de tiros de piedra de
las lombardas no bastarían para destruir aquel baluarte natural de rocas.
Además, tenían por seguro los de Moclín que disponían de medios para anular los
efectos del fuego encerrado en aquellas pelotas que, volando por los aires
durante las noches y estallando por todas partes, habían llenado de excesivo
terror a los defensores de otras villas. Pero la divina omnipotencia
proporcionó de repente un medio que facilitó la empresa. Uno de los morteros
lanzó a los aires durante la noche una bomba que, pasando por cima del cerro,
fue a caer casualmente en la parte del alcázar considerada por los de Moclín
como inexpugnable y donde habían almacenado la pólvora, el azufre, el nitro y
las provisiones. Prendida la pólvora, todo lo demás lo consumió el fuego en un
instante, y cundiendo entre los moros el terror y la desconfianza de poder
continuar la defensa, al día siguiente ya se hablaba de rendición, porque, además
de la falta de alimentos, sin pólvora era inútil la artillería con que antes
hacían tanto daño a los nuestros. Especialmente los ribadoquines cogidos al
conde de Cabra habían hecho muchas bajas entre los cristianos.
Rindióse Moclín a D.
Fernando el 17 de Junio, y la Reina fue a Loja a felicitar a D. Fernando por el
triunfo de que con tanta alegría había sido testigo. Luego se ocupó en preparar
el sitio de Montefrío, mientras el Rey disponía la tala del campo granadino, a
fin de obligar a la multitud de moros ensoberbecidos durante tanto tiempo a
sucumbir por causa de su mismo número ante la escasez de víveres.
Cayó entretanto Colomera
en manos del vencedor, que había enviado a sitiarla regular número de tropas, y
con la rendición desmayó la confianza de los defensores de Montefrío, perdida
la esperanza de recibir socorro alguno. Hízose la entrega bajo las mismas
condiciones que la de Illora.
En tanto el Rey daba prisa
a los preparativos de la tala; pero como la marcha se iba difiriendo, los
granadinos apelaron a la astucia para detener el daño que les amenazaba,
ofreciendo a D. Fernando la libertad de mil cautivos si desistía de la tala de
los campos. El piadoso corazón del Rey católico se compadeció de aquellos
infelices cristianos y accedió a lo propuesto, aunque con la condición de que
había de elegir los cautivos él mismo entre los más nobles.
La sagacidad de D.
Fernando tardó poco en descubrir el ardid de los granadinos, encaminado a
salvar la recolección de los frutos más que a cumplir las condiciones de lo
tratado, y así adelantó la marcha con la mayor parte de las tropas, dejando
fuerza muy suficiente y la artillería y máquinas más poderosas para el ataque
de Montefrío. Los moros tenían dentro de Granada unos 2.000 jinetes y 60.000
peones, espiando la oportunidad de caer sobre los nuestros en cuanto los
sorprendieran en algún descuido. Conocido el plan de D. Fernando, y siguiendo
el parecer de su rey Abohardilles, hicieron marchar a su encuentro el núcleo de
su ejército a fin de trabar escaramuza con los nuestros al paso del puente de
Pinos o en los vados del Genil, porque en esta clase de combates se
consideraban siempre superiores. Si se ofrecía ocasión de empeñar batalla
campal, entonces acudiría rápidamente el resto del ejército, y el esfuerzo de
un solo día les ahorraría larga serie de trabajos. Y no parecía difícil
encontrar la ocasión durante la marcha del enemigo por caminos estrechos y en
muchas partes obstruidos, o en la vega de Granada, cortada por tantas acequias.
Pero el Rey caminaba siempre con las batallas ordenadas para cualquier
encuentro. Vieron los granadinos que observaban la marcha de nuestro ejército,
que no se les ofrecía otra oportunidad de pelear sino atacando a la
retaguardia, compuesta de unas 500 lanzas y capitaneada por D. Íñigo de
Mendoza, y así la acometieron con furia por el flanco, saliendo de repente y
según su costumbre, con espantoso vocerío de las espesas arboledas que cubren
aquel terreno.
El valiente caudillo
resistió la embestida con esfuerzo superior a lo que permitía el corto número
de su gente; pero la multitud enemiga, compuesta de cerca de 1.500 jinetes y
más de 10.000 infantes, la iba estrechando de tal modo que la hubiera aniquilado
en aquella angostura a no haber visto volar a su socorro antes de lo que
imaginaba al ejército entero de D. Fernando. Mientras atendían prudentemente a
la defensa, fueron acudiendo, primero el Marqués de Cádiz y en seguida otros y
otros de los más esforzados capitanes, con lo que muchos de los granadinos
abandonaron el campo, y aquella primera acometida de los enemigos se convirtió
en vergonzosa fuga. Los conocedores de las sendas lograron escapar de la
muerte; pero aunque de la gente de D. Íñigo sucumbieron unos veinte y quedaron
heridos otros muchos, la matanza de los moros fue mucho mayor. Llegaron los
nuestros en persecución de los fugitivos hasta los olivares próximos a la
ciudad, donde nuevamente se trabó escaramuza, en que iba sucesivamente tomando
parte gran muchedumbre de granadinos.
A uno de los nuestros,
cubierto de resplandecientes armas, D. Juan de Aragón, hijo legítimo del
arrojado capitán difunto D. Alfonso de Aragón, y nieto del rey D. Juan de
Navarra, le metió su caballo emparamentado entre los enemigos, en los que hizo
gran estrago, y le hubiera hecho mayor, a no atravesar una lanza enemiga el
cuello del corcel. El ejemplo de este caudillo excitó de tal modo el ardor de
los nuestros, que los moros se refugiaron a todo galope en la ciudad y los
dejaron en libertad para la tala de los campos, tan rigurosa, que en dos días
hizo perder a los granadinos todas las esperanzas de recoger alguna cosecha. No
quedó en pie, en una gran extensión, fruto alguno en la tierra que no
destruyesen nuestros soldados con el fuego o el hierro, y aunque D. Fernando
quería extender más lejos el estrago, tuvo en cuenta el cansancio de los
caballos, el abatimiento de los soldados, muertos de fatiga y abrasados por el
sol, y la falta de dinero para el abono de las pagas atrasadas.
Sabiendo, por otra parte,
que el enemigo, confiado en su numeroso ejército de más de 2.000 jinetes y
60.000 peones, acechaba una ocasión para caer de repente sobre nuestros
fatigados soldados, no quiso detenerse más, y sacándolos de allí, los permitió
regresar a sus casas. De la defensa de las poblaciones conquistadas en aquella
entrada encargó a hombres de tan acreditado valor como D. Álvaro de Luna, nieto
del difunto Condestable, y al que, como dije, dio la tenencia de Loja; la de
Illora, al noble y esforzado Gonzalo de Aguilar; a... de Ribera, la de
Montefrío, y la de Colomera, a Fernando Álvarez de Alcalá, conocido antes por
Gadea. Tomadas estas disposiciones, regresó con la Reina a Córdoba a los
cincuenta días de su salida para la guerra.
De todas partes llegaban
avisos de novedades que exigían consideración, y a que durante el fragor de la
guerra de Granada no había sido posible atender cual era debido.
El conde de Lemos D.
Rodrigo, en una repentina salida, había derrotado a las tropas del de Benavente
enviadas al cerco de Ponferrada, destruyendo así todas las fuerzas acumuladas
contra él, como ya dije.
Al rey de Nápoles D.
Fernando le preocupaba más cada día el cuidado de rechazar a sus enemigos,
porque, si bien él y su primogénito D. Alfonso, con las fuerzas auxiliares, les
habían opuesto seria resistencia y hecho perder al Papa Inocencio la confianza
en la rebelión de algunos Grandes, sin embargo, había surgido motivo para más
extensa guerra; que la ambición del Pontífice trabajaba por que rompiesen los
franceses, aconsejado por el cardenal Julián. Este había ido a Génova y allí
solicitado con instancia la presencia del Duque de Lorena, y con el cebo de
concesiones suficientes para alcanzar la corona de Nápoles, el Papa había
encauzado los soberbios pensamientos del Príncipe francés. Era seguro que de
aquí surgirían numerosos riesgos para el rey de Nápoles D. Fernando, porque con
esta lucha despertarían las enemistades, encarnadas en los corazones, y sin el
aniquilamiento de una de las partes sería imposible acallarlas.
Queriendo el rey D.
Fernando de Castilla cortar estos males en su principio, había enviado varios
embajadores al Papa; mas, convencido de la mayor eficacia de la fuerza que de
la razón en estas cuestiones, trató de enviar oportunamente en auxilio de su primo
una armada, tanto por el parentesco y alianza que entre los dos mediaban, como
para quitar la esperanza de invadir la Sicilia al Papa, a los franceses,
venecianos y genoveses. Porque a todos estos se los consideraba ansiosos de
apoderarse del señorío de las islas poseídas por los aragoneses, si lograban
vencer al rey de Nápoles, primo hermano de D. Fernando. Así supo éste con
alegría la noticia de que se reunían fuerzas en favor de su primo; trabajó por
robustecer su poderío y se quejó de los genoveses, que en aquellos días
recorrían hostilmente las costas de Cataluña, tal vez buscando oportunidad para
nuevos trastornos. Mandó apostar en el puerto de Cádiz cuatro galeras al mando
del conde de Trivento D. Galcerán de Requeséns, y preparó lo necesario para equipar
mayor armada.
Dispuestas con gran
diligencia estas cosas en Córdoba, los Reyes resolvieron salir de Andalucía y
marchar a Castilla, no sin reforzar antes las guarniciones fronterizas a los
granadinos. Con amables frases animaron al noble joven francés, Señor de Cruil,
que llegó tarde a Andalucía a causa de la larga navegación, y procuraron
demostrarle con algunos obsequios cuánto le agradecían su actividad y el no
haber reparado en trabajos ni gastos por su anhelo de combatir con los
infieles.
Resueltos a reprimir los
tumultos de Galicia, provocados por la osadía juvenil del Conde de Lemos,
juzgaron conveniente prolongar la estancia en Jaén del, príncipe D. Juan, que
residía allí a la sazón, porque su tierna edad no era a propósito para las fatigas
y trabajos de una larga marcha. A su lado quedaron también sus hermanas,
menores que él, mientras los Reyes y su primogénita D.ª Isabel, ya en edad
nubil, se disponían a marchar a Galicia. A poco, y por consejo de los médicos,
se trasladó el Príncipe con sus hermanas a Almagro, para huir de la peste que
decían infestaba toda aquella parte de Andalucía.
Entretanto los Reyes,
continuando sus largas jornadas, llegaron a Segovia y visitaron otras ciudades
y villas, adoptando en todas prudentes medidas de gobierno. Su principal objeto
era, sin embargo, el extinguir las revueltas de los gallegos, y así aceleraron
la marcha hacia Ponferrada para quebrantar la feroz resistencia que el audaz
Conde de Lemos oponía a los que combatían la villa. La repentina presencia de
los Reyes, temible siempre en todas partes, infundió tal terror entre los
principales gallegos partidarios del temerario joven, que D. Fernando y D.ª
Isabel penetraron en la villa sitiada y casi todos los gallegos declararon
haber sido engañados en aquella empresa por el Conde de Lemos con la especie de
que la defensa de Ponferrada se hacía con inteligencia de los Reyes, a fin de
burlar al falaz Conde de Benavente, ansioso del dominio de Galicia, como se le
había hecho desistir del frustrado sitio de la Coruña.
Perdido el apoyo de todos
los gallegos, el Conde de Lemos tuvo que pedir excusas de su proceder y enviar
mensajeros a dar seguridades de haber obrado en interés de la Corona. Aunque no
espontáneamente, al punto confirmó con hechos sus afirmaciones, poniéndose
incondicionalmente al servicio de los Reyes, entregándoles el alcázar de
Ponferrada, considerado por todos inexpugnable, y prometiéndoles darles los
demás castillos de sus estados, sin pretender su propia libertad hasta el
completo cumplimiento de sus promesas.
Realizado todo en
brevísimo tiempo, se acordó la marcha a Santiago de Galicia, ya más fácil y más
alegre, una vez desaparecido el pesar que sentían los Reyes por la reconocida
maldad de los gallegos, arraigada en sus costumbres por larga práctica de desafueros
y siempre en busca de males y subterfugios para prolongar de siglo en siglo sus
desenfrenados hábitos de vida, como gente hecha a la lucha sangrienta de
encarnizados bandos, quebrantadora de toda fe y juramentos y entregada al lujo,
a la glotonería y a las demás disoluciones. Connaturalizados con ello los
gallegos, rechazaban todo remedio equitativo, y no sólo los más poderosos,
sitio hasta los que sufrían las violencias de la tiranía, y que
alternativamente y por mucho tiempo hacían a otros víctimas de sus atropellos.
Cuando carecían de recursos, despojaban de los suyos a sus convecinos o
atentaban contra su vida entre el encarnizado fragor de las facciones, huyendo
luego a esconderse en la espesura de las selvas llenas de malezas y breñales.
Pero a estos hombres, que de intento caminaban descalzos, poco les importaban
las asperezas, encallecidos sus pies con el hábito de pisar los abrojos de los
matorrales, y no les infundía el menor temor el formidable acoso de la
caballería, a pesar de que los principales de aquella región eran muy diestros
en el cabalgar.
No lo son tanto los
asturianos, sus vecinos, y desconocen casi en absoluto semejante ejercicio los
vascongados, moradores de la Cantabria en aquellas montañas limítrofes de
Gascuña. Éstos son mucho más aptos que los gallegos para la navegación, y
arrostran con más destreza y esfuerzo los riesgos del mar. En los combates por
tierra, sin embargo, los generales romanos encontraron igual resistencia en
todos estos pueblos, porque los gallegos, algunas veces, y los cántabros a
menudo, sostuvieron con aquellos invasores encarnizada lucha, resueltos a
arrostrarlo todo por su libertad. Por inveterada costumbre son los gallegos
inclinados a maleficios y hechicerías, y estos detestables procedimientos
podían haber retraído en gran manera a los Reyes de visitar una región tan
infestada; mas las singulares dotes de D. Fernando y de D.ª Isabel rompieron
toda dilación y supieron alcanzar el fin que se proponían. Porque los pueblos
que hablan conseguido antes cierto favor de la Hermandad popular, de tal modo
se apresuraron a rendir homenaje a la majestad real, que, como contra su
voluntad, los más poderosos caballeros entregaron prontamente los pueblos y
castillos más fuertes a las guarniciones enviadas por el Rey.
Con esta seguridad, los
ilustres cónyuges fueron a visitar devotamente la santa iglesia de Compostela,
ciudad celebérrima en todo el mundo a causa de las venerandas reliquias de
Santiago el Zebedeo. En el camino entraron a orar en una célebre capilla adornada
con reliquias de santos, y la enriquecieron con generosos donativos. Ya
llevaban algunos días en la iglesia de Compostela impetrando del cielo con sus
votos la victoria del nombre cristiano por la intercesión del Apóstol patrono,
cuando acudieron de todas partes los mas principales gallegos, que no habían
podido adoptar otra resolución que la de humillar al punto ante la real
majestad sus cervices durante largo tiempo tan soberbias. Entre otras excusas,
prometieron, para en adelante, diligentes servicios, perpetua fidelidad y
humilde acatamiento. Los Reyes aceptaron con ánimo sereno así las excusas como
las promesas; pero para llevar en lo sucesivo las cosas por vías de paz,
desconocidas en todas partes por los gallegos, les indicaron la conveniencia de
que los principales, por tanto tiempo divididos en banderías y verdadero azote
de los pueblos, siguiesen a la Corte, aceptando de buen grado los
procedimientos de la justicia, a fin de que apareciese claramente lo que había
sido consecuencia de la maldad de los tiempos y lo tramado por la perversidad
de los culpables. Aseguráronlos que en los decretos futuros siempre se
inclinarían más a la misericordia que al castigo. Manifestaron los caballeros
gallegos cuán alegremente recibían estas promesas, y acompañaron a los Reyes en
su regreso.
Llegaban, entretanto, así
por cartas como por mensajeros, frecuentes noticias de los sucesos ocurridos en
Italia, a los que concedían nuestros Reyes tanta importancia como si sus
intereses estuviesen a merced de ellos. Cada día se congratulaban más los Reyes
de Nápoles de la buena marcha de sus asuntos. Desde luego habían empezado a
observarse notables efectos de la comisión encomendada a la experiencia del
conde de Tendilla D. Íñigo de Mendoza, asesorado, como dije, por los
protonotarios que le acompañaban. De común acuerdo habíase resuelto aguardar en
Florencia mientras el Papa Inocencio continuase sometido a los siniestros
consejos de hombres facciosos, y como la crueldad de la guerra da origen cada
día a nuevos incidentes, diariamente el Conde y los protonotarios iban
observando en su residencia los reiterados cambios de fortuna, de modo que más
bien parecía que estaban desempeñando el cargo de espías que el de embajadores.
Mas el Papa, impulsado por la misma experiencia de los sucesos, empezó a despertar
de su engaño y a despreciar los dañosos consejos, apresurándose a aceptar los
más útiles. Escribió en secreto al Conde, llamándole a Roma para conferenciar
con él privadamente. Obedeció al punto D. Íñigo, y como el camino ofrecía algún
peligro a causa de los frecuentes encuentros entre tropas de ambos partidos,
eligió el viaje por mar y fue a besar los pies al Pontífice en tiempo oportuno.
Conocidas las intenciones del Pontífice, para lo que le ayudaron los consejos
del cardenal Ascanio Sforza, favorable al partido del rey D. Fernando, el Conde
fue a visitar al duque de Calabria D. Alfonso de Aragón, que, no lejos de la
ciudad, en el camino de Ostia, tenía considerables fuerzas muy hostiles al
Papa. Tarde había éste conocido los astutos procedimientos del capitán de sus
tropas auxiliares Roberto San Severino, más atentas a sacar dineros que
dispuestas a resistir al enemigo. También le traía indignado el desenfreno de
los soldados de la guarnición de Roma, que no retrocedían ante ningún crimen y
públicamente cometían robos, homicidios y todo género de violencias con que
tenían oprimidos así al pueblo como a los de la corte pontificia. A esto se
añadía la escasez de víveres, el temor de las conjuras intestinas entre las
facciones que se destrozaban, y el mal resultado del combate en la ciudad para
el Gobernador, seguro de llevar socorro a los principales napolitanos que
combatían en Salerno al rey D. Fernando, pues derrotadas las tropas
pontificias, decayó la fama del esforzado Bautista Campofragoso, y muy pocos de
sus compañeros de armas escaparon a la ferocidad del vencedor ejército de D.
Fernando.
Habíase, además, disipado
la vana esperanza de la venida de Renato, duque de Lorena, detenido por el
nuevo temor de la guerra emprendida por Maximiliano contra los franceses, y
cada día era menor la confianza del Papa en el auxilio de los venecianos. Y esto
y el haber conocido la habilidad de D. Íñigo de Mendoza para el arreglo de los
asuntos, le obligó a descubrirle sus íntimos pensamientos. El Duque de
Calabria, por su parte, tuvo por buen augurio el que se encomendasen a leal
medianero las primeras negociaciones de paz.
Estos sucesos, favorables
a ambos partidos, llenaron de alegría a D. Alfonso de Aragón, quien, por medio
de frecuentes emisarios, tenía al corriente a su padre, ya muy deseoso de
tranquilidad, de cuanto se trataba a diario en Roma y en los campamentos. Fueron
tan rápidos los resultados en pro de la concordia, que para llegar más
francamente al término de las negociaciones, don Íñigo de Mendoza volvió a
Florencia a fin de poder allí en público, más solemnemente y en unión con sus
colegas, como es la costumbre, dar conocimiento de las instrucciones del Rey y
de la Reina. Pasados pocos días, con gran pompa y con mayor expectación del
Papa, de los cortesanos y de toda la ciudad de Roma, el conde D. Íñigo de
Mendoza y los dos sabios y experimentados protonotarios Juan de Medina,
profundo conocedor del derecho canónico, y el laureado poeta Antonio Geraldino,
se presentaron a la Señoría, y en un elocuente discurso que pronunció el
último, explicó los motivos de la dilación en prestar obediencia al Pontífice.
Luego en privado se trató más detenidamente de confirmar la alianza que había
de poner fin a la guerra y a todas las discordias. Las negociaciones de esta
paz, tan satisfactoria para todo católico, se publicaron el 12 de Agosto, para
tranquilidad del Papa y del Rey de Nápoles y elogio del poder de Florencia y de
Milán que recordando la alianza pactada con el Rey, no le habían faltado en los
trances más críticos.
De muy distinta manera
recibió la noticia de la paz concertada el duque de Lorena Renato, que
persuadido por las cartas de los genoveses, había preferido la marcha a Italia,
según ellos, más ventajosa que la conservación de los dominios que retenía, e
impulsado por el vivo deseo de alcanzar el reino, había llegado hasta repartir
dinero ajeno para poder llevar tropas desde Francia a Génova. Cuando se enteró
en Lyon de lo ocurrido, viendo frustradas sus esperanzas, regresó a Lorena.
Todo esto causó gran pesar
a los genoveses, por más que el Papa, entre otras condiciones de la paz
concertada con el Rey, había tomado con empeño el arreglo de las diferencias
entre Génova y Florencia. Publicada la paz, Roberto Sanseverino, ya en desgracia
con el Papa, volvió con sus tropas a Romagnola. Cercado en su marcha, y
reducido al último aprieto, abandonó sus tropas en los campos de Rávena y se
refugió con unos cuantos en Venecia, buscando oportunidad para recobrar su
perdida fortuna en caso que los venecianos perseverasen en sus intentos
hostiles contra el rey de Nápoles. Luego el Papa descubrió las falacias de
algunos que, con apariencias de fidelísimos embajadores, habían sido muy
desleales al rey D. Fernando, inducidores de todas las discordias, pérfidamente
intencionados para tergiversar los informes y deseosos de la ruina de ambos
partidos para acrecentar sus riquezas con el desastre general. Muy pronto estas
maldades se volvieron en daño de sus autores, que perdieron los bienes antes
mal adquiridos juntamente con la vida. Estos cinco consejeros del rey D.
Fernando fueron: el secretario Antonello y su hijo; Agnelo, durante largo
tiempo principal consejero; Francisco Cópula, agraciado por el Rey con el
título de Conde de Esernia, y cierto catalán de Menorca, llamado Polo,
encargado por el Rey de las causas criminales, y que con su propio crimen se
acarreó el castigo.
En cuanto se aplicó el
correctivo a esta pestífera traición, la rebelde ciudad de Aquila volvió al
dominio de su Señor, no sin castigo de los rebeldes y muerte de algunos de los
que la habían ocupado. Así recobraron su primitivo vigor cuantos resortes de
gobierno se habían quebrantado, una vez perdido el temor de los Grandes
desleales a su Rey. El Papa trabajó por reintegrarles cuanto antes en su
gracia, o, a lo menos, por librarlos de todo riesgo. Todo esto llenó de
satisfacción a nuestros Reyes, siempre constantes en su propósito de favorecer
la causa de su amadísimo primo D. Fernando, rey de Nápoles. En su auxilio
habían enviado a Sicilia, cuanto antes les fue posible, una armada que de día
en día había de reforzarse oportunamente, además de las tropas de socorro
destinadas, al estallar los tumultos, a la misma isla, según la voluntad del
Monarca.
Fija la mente en la
campaña contra los granadinos, los Reyes resolvieron reforzar las guarniciones
de los pueblos conquistados y nombrar para la Andalucía un Capitán general que
hiciera desaparecer las rivalidades de aquellos Grandes, algunos de los cuales
estaban reputados como los primeros entre los de Andalucía para los asuntos de
guerra, y era probable que unos se negasen a ir al mando de los otros. Para
aquel cargo, los Reyes, durante su viaje a Galicia, eligieron al noble joven D.
Fadrique de Toledo, hijo del Duque de Alba. A su lealtad y a su destreza podía
seguramente encomendarse semejante empresa; pero para los demás cargos de la
guerra hubiérase requerido mayor experiencia. Quedó, sin embargo, el joven
encomendado a los consejos de los veteranos caballeros andaluces, que se habían
granjeado gran autoridad para la organización de las expediciones guerreras. D.
Fadrique eligió a Loja, como capaz de más numerosa guarnición, para cuartel
general contra los de Granada, principalmente en tiempos en que la ciudad ardía
en discordias, causadas por el diario choque del joven rey Boabdil con su tío
Abohardillas. Disputándose ambos la corona, trabajaban con empeño por
conciliarse el favor de los numerosos bandos en que los ciudadanos estaban
divididos, y para ello se valían de variados recursos y hacían servir a su
causa las contrarias predicaciones de los faquíes, con lo que el furor de la
morisma, acostumbrada a engolfarse en semejantes tumultos, tomaba pie para
trabar diarias peleas. La noticia de estas continuas contiendas incitaba a D.
Fadrique de Toledo a no desperdiciar la ocasión que se le ofrecía de destruir
fácilmente un reino dividido en facciones. Pero desconocía las costumbres de
los infieles moros, que cuando se ven atacados por los cristianos, dan de mano
completamente a todas sus divisiones y se unen para resistirlos.
Boabdil, dueño del
Albaicín, arrabal de Granada en que vivían los moros más aguerridos, envió
primero a D. Fadrique y después al rey don Fernando frecuentes mensajes, en que
le aseguraba que el término de la guerra podría acelerarse si cuanto antes se
le enviaban tropas auxiliares de cristianos. Entre los nuestros todos eran
partidarios de la dilación, excepto D. Fadrique de Toledo, en su excesivo deseo
de prestar inmediato auxilio a Boabdil; mas como nuestros veteranos lo
considerasen, no sólo inútil, sino perjudicial, desistió de su propósito.
Entretanto en la ciudad eran diarios los combates; ensañábanse los de un bando
con el contrario, y el de Boabdil acusaba de locura a los partidarios de
Abohardillas, diciendo que por no haber querido ellos jamás aceptar la paz que
D. Fernando hubiera concedido por consideración a Boabdil, se encontraba la
ciudad en tal aprieto. A esto replicaban los tenaces sectarios de Abohardillas
que la causa de todo era el afán de Boabdil por alcanzar el trono, ambición que
le había hecho descuidar en absoluto la religión de sus mayores. De aquí el
nombre que le daban de esclavo del rey D. Fernando y, amigo de la secta
cristiana.
Recibían los Reyes éstas y
otras semejantes noticias, y pesando con su prudencia cuanto ocurría en Granada
y atento el oído a todo lo que se les comunicaba, así en favor como en contra,
del auxilio pedido por Boabdil, iban dejando pasar intencionadamente el tiempo,
reputando por buen augurio el que los moros con sus luchas intestinas fuesen
destruyéndose más de día en día. Inclinábanse a la opinión de los que les
insinuaban en secreto cuán importante sería apoderarse con repentina escalada
de uno de los castillos de Málaga. El que primero se lo había asegurado era
cierto Rodrigo López, toledano, encargado a la sazón de muchos negocios,
principalmente de la Tesorería. Éste, obtenida por suerte la Orden de la
caballería, y casado con D.ª Luisa de Guzmán, hermosa, noble y virtuosa señora,
estaba ansioso de encumbrarse, y como era conocida su condición de advenedizo,
se esforzaba por imitar las hazañas de los guerreros. Acogió D. Fernando con
entusiasmo la proposición, y en compañía de D.ª Isabel y de la Infanta, su
hija, salió de Galicia y se encaminó a Salamanca. Desde Valladolid, donde antes
residía, se trasladó también a Salamanca el Arzobispo de Santiago, Presidente
de la Chancillería de justicia, acompañado de los más eminentes jurisconsultos.
Era el prelado D. Alfonso de Fonseca o de Acevedo, varón justo y doctísimo, mal
sufrido para las argucias y falacias empleadas por los abogados para fomentar y
alargar los pleitos, y con celosa resolución sabía poner término escrupulosa y
milagrosamente a las causas que siniestras influencias tendían a hacer
interminables. Tan relevantes cualidades le habían granjeado todo el afecto de
los Reyes.
Considerada Salamanca
entre los españoles centro general de los estudios, pareció conveniente
detenerse allí y adoptar resoluciones de gobierno para enviar a las diversas
partes del reino personas de reputación reconocida, encargadas de su
cumplimiento. La Chancillería quedó dividida en tres secciones. A Galicia se
enviaron algunos doctores con facultades para dirimir con arreglo a derecho las
quejas del clero y pueblo, víctimas de la antigua tiranía de los Grandes. El
Arzobispo de Santiago quedó en Valladolid revestido de su pristina
jurisdicción. A cargo de la Chancillería habían de correr los asuntos de
Andalucía, asesorando al Rey en su empresa contra los granadinos. Otras muchas
disposiciones muy útiles para el gobierno de la nación se adoptaron por aquellos
días en Salamanca. Además se enviaron cartas a las provincias y ciudades a fin
de que contribuyesen con mayor contingente que nunca para la expedición contra
Granada. Era resolución de los Reyes romper contra los moros con más poderoso
ejército, ya que el miedo y las luchas intestinas les imposibilitaban de
resistir por más tiempo las superiores fuerzas de los cristianos. En disponer
estas cosas para la expedición futura y en la celebración de algunas fiestas
muy en armonía con el regocijo general, se invirtieron los últimos días de este
año.
Continuaré la narración de
lo ocurrido en la guerra de Granada en el siguiente de 1487.
Libro VII
(1487)
Tentativas desgraciadas de D. Fadrique de Toledo contra Pinos y
Málaga. -Combates en Granada entre los dos reyes moros, y triunfo de Boabdil el
joven sobre su tío. -Auxilio que le prestaron nuestros Reyes por intermedio del
alcaide de Colomera Fernán Álvarez de Alcalá. -Reunión del ejército cristiano
en Córdoba. -Armada del Turco. -Sucesos de Italia. -Cuestiones entre el rey de
Francia y el Duque de Borgoña. -Proyectos de matrimonio de la infanta D.ª
Isabel con Maximiliano y con Carlos de Francia. -Sitio y toma de Vélez-Málaga.
-Pactos para la entrega. -Preparativos para el cerco de Málaga. -Importancia de
esta ciudad. -Combates parciales entre sitiados y sitiadores. -Muerte de Ortega
de Prado. -Pide Boabdil el joven socorro a D. Fernando contra los partidarios
de su rival y se le envía al mando de Gonzalo Fernández de Aguilar. -Sucesos de
Italia. -Furiosa salida de los malagueños rechazada por el Marqués de Cádiz.
-Piden auxilio a Boabdil el joven, que les aconseja la rendición. -Angustiosa
situación de los sitiados. -Hazaña de los gallegos. -Frustrada tentativa del
fanático Ibrahim Alguerbí para matar a los Reyes. -Castigo del moro y
represalias de los malagueños. -Correrías de Boabdil el viejo contra los de
Vélez-Málaga. -Refuerzos que logra introducir un santón moro en Málaga.
-Nobilísimo hecho de Ibrahim Zenete. -Eficaz, interesada y astuta intervención
de Alí Dordux para reducir a los sitiados a rendirse. -Otros sucesos ocurridos
durante el sitio. -Llegada de D.ª Isabel a los reales. -Terrible hambre en la
ciudad. -Tratos de Alí Dordux para la rendición. -Carta de los malagueños al Rey
y su respuesta. -Capitulaciones para la entrega. -Cautiverio de los vecinos de
Osunilla y Mijas. -Entrada triunfal de los Reyes en Málaga. -Peste en la
ciudad. - Embajada del rey de Túnez a D. Fernando. -Resoluciones adoptadas por
los Reyes en Córdoba en los asuntos de Aragón, Valencia y Cataluña. -Provisión
de la Sede malacense. -Viaje del Rey a Zaragoza para reprimir los excesos
causados por el abuso del derecho de manifestación. -Establece don Fernando en
Aragón la Hermandad popular. -Sucesos de Italia, Inglaterra, Francia y Flandes.
-Pásanse los de Baza al partido de Boabdil el joven. -Terremotos en Andalucía.
Vacilaba el animoso rey D. Fernando entre el temor y la
esperanza en su propósito de acometer la secreta empresa contra Málaga. D.
Fadrique de Toledo estaba encargado de reunir para ella tropas en el territorio
de Andalucía, y, por tanto, a él se le confió en secreto la dirección principal
de la campaña. Con más ardor del que conviniera trabajaba por llevarla a cabo
según la había concebido, sin que le detuviese la consideración de las
dificultades que pudieran ofrecerse, resuelto a triunfar hasta de las más
insuperables. Confiado en las divisiones de los granadinos, obedientes unos a
Abohardillas y otros a su sobrino Boabdil, creyó cosa facilísima arrimar las
escalas a media noche al castillo rodeado de defensas, en cuyos calabozos
subterráneos gemían nuestros compatriotas cautivos. Tenía por seguro que ante
el terror de la facción contraria, ninguno entre los granadinos se atrevería a
pelear en las tinieblas, aun teniendo aviso de la novedad. Con esta confianza
envió unos 600 caballos a intentar la empresa. Al salir de Loja, los aguaceros
de una tormenta y el desbordamiento de los ríos atajaron la marcha de tal modo,
que perdieron alguna gente, y a los restantes, calados hasta los huesos, les
costó no poco trabajo regresar a la ciudad en ocasión en que D. Fadrique,
después de citar para día señalado a los contingentes de los Grandes y de las
ciudades de Andalucía, había salido de Loja con dirección a Málaga. Pero las
grandes lluvias produjeron terribles inundaciones, y las tropas que de diversos
puntos iban acudiendo, más bien a un desastre que a un triunfo, se veían
reducidas a lanzar imprecaciones ante la imposibilidad de cruzar la desbordada
corriente del Saduca o Guadalquivirejo.
Bien pronto la
intervención de la Providencia apareció patente a los ojos de los nuestros, a
excepción de D. Fadrique, que, cegado por el anhelo de realizar hazaña tan
famosa cual la de apoderarse repentinamente de Málaga, increpó duramente a
cuantos no habían acudido tan pronto al llamamiento y a los que se habían
detenido a causa de las lluvias, como si la única causa del fracaso de la
expedición hubiese dependido de haberse mermado el número del contingente.
Aumentaba el enojo del virrey D. Fadrique el mal resultado de su intento contra
la fortísima villa de Pina, que poco antes había querido escalar. El fracaso de
estas tres tentativas le hacía bramar de coraje, y descargaba su furia sobre
los otros. Ni los Grandes ni los pueblos de Andalucía podían sufrirlo con
paciencia, y para evitar que extremase su cólera, apelaron al Rey, ante quien
se defendieron de las acusaciones en que D. Fadrique insistía.
No cesaba un momento en el
interior de Granada la lucha entre los dos competidores del trono, Abohardillas
y Boabdil, y diariamente combatían las fuerzas del primero, confiadas en su
superioridad numérica, con las de Boabdil, esperanzadas del pronto auxilio de
nuestras guarniciones. Entre otras maquinaciones del tío encaminadas a la ruina
del sobrino, imaginó con singular astucia la siguiente: hizo venir de Guadix y
de Baza algunos jinetes de reserva y otros peones muy escogidos, cuya
superioridad consistía, más que en el número, en su reconocido valor. Los tuvo
escondidos durante la noche, y al alba los envió a caracolear alrededor de las
murallas del Albaicín. Salióles resueltamente al encuentro Boabdil con fuerzas
inferiores en número, pero superiores en esfuerzo. Su tío, que había logrado
hacer tomar las armas a la multitud de sus partidarios, cosa a que antes se
habían resistido, penetró repentinamente en el recinto del Albaicín, y a favor
del increíble avance de los zapadores y del batir de la artillería, abrió
cuatro brechas en los muros y ocupó la plaza antes que Boabdil, en el calor de
la primera embestida, se enterase de la novedad; mas al oír los lamentos de los
que sucumbían en el Albaicín, voló al socorro de los suyos.
Divididos en cuatro
escuadrones los dos bandos, se acometieron con gran furia en las estrechas
callejuelas; pero delante de la Mezquita principal, donde el espacio era mayor,
los dos reyes peleaban con tan feroz encono, que parecían dominados por inextinguible
sed de sangre. Al cabo se declaró la victoria por el sobrino, que logró arrojar
a su tío de sus posiciones, y en la persecución apoderarse del alcázar contiguo
al Albaicín, de que antes era dueño Abohardillas.
Este suceso no influyó
nada en la pertinacia de los granadinos, porque Abohardillas o Audelí el viejo,
apoyado por las predicaciones de los faquíes, acriminó al joven Mahomad Boabdil
por su notoria inclinación al cristianismo. Esta acusación es de gran efecto
entre los moros contra el acusado, y así, forzados por la necesidad, trataban
de sacudir el temor con las armas cuantos al principio se habían agrupado en
torno de Boabdil, seguros de la atroz muerte que les aguardaba si llegaban a
ser vencidos por la multitud enemiga. Veían ya al viejo Rey enemigo estrechar
el ataque y, sin hacer caso alguno de sus religiosas supersticiones, ir
acercando más y más la artillería a los más robustos edificios de la mezquita
mayor, parte la mejor fortificada y que los soldados en aquel aprieto
conservaban como su baluarte. Los encerrados oponían ya resueltamente el pecho
a los tiros enemigos, y trabajaban más por salir a pelear fuera de las murallas
que por resistir dentro a los invasores, y así el furor de la lucha les hacía
pelear revueltos.
Mientras iban acumulándose
en Granada éstos y otros peligros semejantes, el rey D. Fernando la reina D.ª
Isabel acudieron solícitos a Córdoba desde remotas provincias, a fin de proveer
a las urgencias que por todas partes se presentaban. Entre otras, enviaron
cautelosamente fuerzas de la guarnición a Boabdil, ya en situación muy crítica,
con el fin de no dar pie a Abohardillas para acusar con tantos visos de verdad
a su sobrino ante la multitud granadina, sino que el refuerzo apareciese más
bien con carácter de amistad que con el de religión. Para este efecto fue de
gran auxilio el valor de cierto egregio cristiano, en muy gran predicamento
también con los moros, Fernando Álvarez de Alcalá, o de Gadea, alcaide de
Colomera, cuyo gran ánimo y cuya lealtad en las promesas tenían de antiguo bien
conocidas los granadinos, y que hasta tal punto se había captado las simpatías
de todos, que uno de los alcaides más estimados de Abohardillas había confesado
que el abandonará éste, a quien en aquellas luchas profesaba más afecto, para
pasarse al partido de Boabdil, reconocía por causa el haber peleado por el
último en el Albaicín hombre de tanta valía como Fernando Álvarez, cuyas
esclarecidas dotes habían de granjearle el concurso de todos los buenos.
Con admirable habilidad y
rápida ejecución auxilió en aquellos difíciles trances al rey Mohamed, y luego
obligó a Abohardillas, su tío, a declarar públicamente que desistiría de la
encarnizada competencia y abandonaría la posesión de la ciudad, siempre que
Boabdil mostrara al menos cartas de los reyes D. Fernando y D.ª Isabel en que
confirmasen lo que aquél afirmaba engañosamente, a saber: que concedían a los
granadinos paz por tres años. Al punto marchó Fernán Álvarez a Córdoba, y dada
cuenta de las cosas, trajo dos cartas conformes con lo solicitado. De ellas se
valió Boabdil ante la multitud como argumento de las falaces intenciones de su
tío; pero éste, preferido por los faquíes, encontró nuevas trazas para
persistir en su tesón, y así se buscaron ocasiones para diarios tumultos a fin
de combatir más ferozmente a Boabdil. El joven Príncipe, acostumbrado a los
trabajos de la guerra y endurecido en la diaria defensa de su causa, mandó
construir una estacada protegida por un malecón, a fin de hacer imposible a los
granadinos el acceso por aquella parte sin venir a las manos.
Allí el constante batallar
de los dos bandos causaba numerosas víctimas, y el luto y los lamentos de las
mujeres angustiaban al vecindario, porque, además de aquella matanza de
ciudadanos, lloraban el próximo exterminio. Principalmente, la feroz lucha entre
los dos Reyes enemigos, más recrudecida en el ataque y defensa de las nuevas
trincheras, dio ocasión para mayor ansia de derramar sangre. En las incesantes
peleas perecía gran número de moros de ambas partes, y cuando aquella multitud,
enardecida por las excitaciones de los faquíes; y arrostrando los mayores
peligros, logró incendiar los maderos que defendían la trinchera, tuvo
Abohardillas por segura la ruina de su contrario. Las sombras de la noche y el
cansancio de los combatientes hizo aplazar para el siguiente día la
continuación de la pelea, y aprovechando el plazo algunos soldados singulares
de Boabdil, repararon las defensas. Este inesperado resultado de su admirable
actividad quebrantó de tal modo la ferocidad de su tío Abohardillas, que dio manifiestas
señales de próxima partida.
Mientras éstos y otros
muchos sucesos semejantes ocurrían en Granada, el ilustre rey don Fernando,
reuniendo en Córdoba los contingentes que de todas partes le llegaban, disponía
numerosa hueste a que no pudiera resistir el enemigo, y mientras iban llegando
incesantes refuerzos de caballería e infantería, nada se omitía de cuanto
juzgaba necesario para el mejor acierto en la expedición. Entre otras medidas,
mandó llamar a los caballeros andaluces que, por su larga práctica de la guerra
de Granada, eran tenidos por de gran experiencia, y les consultó sobre si
convendría más sitiar a Málaga y las demás poblaciones de la costa, o si sería
más ventajoso dirigir la numerosa hueste a tierras de Granada y combatir a
Guadix y Baza, ciudades importantes que la auxiliaban poderosamente con víveres
y refuerzos, y cuya pérdida acarrearía seguramente la de Granada. Prevaleció el
parecer de los que preferían invadir y expugnar las costas contiguas a lugares
ya de antes rendidos. El Marqués de Cádiz, principal sostenedor de esta
opinión, se mostró muy conforme con la voluntad del Rey.
Cuando en Córdoba se
tomaban estas disposiciones para la empresa de Granada, los frecuentes avisos
que iban llegando de la numerosa armada reunida en aquellos días por el Turco
traían desasosegados, no sólo a los Príncipes italianos, sino a nuestros celosísimos
Reyes, así por el interés que juntamente les inspiraban los fieles todos, como
por la contingencia de que el enemigo creyese más oportuno invadir la Sicilia
como muy a propósito para ensanchar sus dominios, y también más fácil de
dominar en ocasión en que su Rey andaba ocupado en lejanas guerras, dejando el
reino menos defendido de lo que fuera menester. Llegó, sin embargo, aviso de
haberse deshecho la armada después que el Turco, poco antes derrotado por el
Soldán, logró dar mejor arreglo a las causas de la contienda.
Corrían también por
aquellos días rumores bastante fundados de alianzas reanudadas facciosamente
entre varios Estados de Italia, de modo que parecía no haberse extinguido el
antiguo rencor de los genoveses contra los florentinos, antes habían admitido
de buen grado a los enviados de Renato y algunas tropas, cual chispa de futuro
incendio de guerra. El Papa, prefiriendo el prestigio de sus Estados, venía a
echar de nuevo el gran peso de su intervención en los asuntos comenzados. Y de
renacer las luchas, la continuación de la guerra de Granada había de tropezar
con grandes inconvenientes.
Por el mismo tiempo
tuvieron noticia los Reyes, residentes en Córdoba, de una grave conjura
tramada, según se decía, por algunos Grandes franceses contra el rey Carlos
VIII, todavía sujeto a tutela, según las leyes del reino. No se averiguó, sin
embargo, ni los nombres de los conjurados ni las causas que los movieron a
echar sobre su patria esta nueva mancha de traición. Lo cierto es que por
aquellos días, y en muchas y diversas partes de Europa, se apoderó el espíritu
de rebelión de hombres resueltos a no sufrir más las violencias o los caprichos
tiránicos de algunos reyes.
Por disposición del
difunto rey Luis, estaba desposado su sucesor Carlos con la ilustre doncella
hija del duque Maximiliano y nieta del belicoso duque Carlos de Borgoña. Uno y
otro la consideraron como prenda de paz futura entre el rey Luis de Francia y el
duque de Borgoña Maximiliano. De aquí el nombre de Señora de la Paz con que fue
conocida. A la muerte del rey Luis, su tutor, la desigualdad de las edades,
ofrecía serio obstáculo, porque la niña contaba unos cinco años, mientras su
prometido el rey Carlos se aproximaba ya a los quince, y el aplazamiento del
matrimonio podía ser origen de graves peligros. Bien pronto Maximiliano buscó
medio de recobrar las tierras de Borgoña perdidas después de la muerte del
suegro, y con repentina entrada se apoderó de cierta ciudad de aquel
territorio. Inmediatamente la sitiaron los franceses; pero venció el superior
ejército de Maximiliano, ya abiertamente auxiliado por su padre el emperador
Federico, que, entre otras muestras de favor, trabajó por que se le diese el
título de Rey de Romanos. Se dice que para acrecentar su prestigio y honra
pretendió casarle con D.ª Isabel, hija de nuestros Reyes.
Era anhelo general de
todos los buenos que esta ilustre doncella, como la primera entre sus iguales
de aquella época, casara, con preferencia a los demás Príncipes, con el rey
Carlos, mancebo de su edad, y se creía que tal era también el deseo de sus padres.
Así lo dejaron conocer enviando a Francia al prudente y virtuoso fray..., de la
Orden de San Jerónimo, para que con digna sagacidad dejase entender lo que
parecía más conveniente para la utilidad y engrandecimiento de ambos reinos y
tratase de reanudar la antigua alianza, algunas veces quebrantada por el rey
Luis. Pudo penetrar el religioso varón los secretos pensamientos del francés
sobre estos extremos, y negoció el que inmediatamente marchase a Andalucía
cierto catalán, a la sazón muy en relaciones con el rey Carlos. Llamábase Juan
de Cardona, conocido por Franco, y era uno de los que, después de ocupado el
Rosellón por los franceses, se habían visto obligados a transmigrar a Francia.
Éste, con otro sujeto oriundo de Guipúzcoa, muy conocido de ambos Reyes, y el
citado religioso, llegaron a Córdoba antes que D. Fernando moviese el ejército
hacia las fronteras de Granada.
Recibieron los Reyes con
alegre semblante a Juan de Cardona; leyeron las cartas del rey Carlos y se
dignaron oír lo que de palabra añadió habérsele encomendado, más bien con
pretexto de la común amistad que como asunto particular. Con igual cautela se
negoció de palabra y por cartas, por cuanto el sondeo de la voluntad de una y
otra parte empezaba a descubrir el camino que había que elegir con preferencia
para ulteriores resoluciones. Así el Rey como la Reina estaban dotados de suma
prudencia, realzada con otras singulares condiciones, y como se aproximaba el
tiempo de conducir las tropas a la guerra, después de colmarle de regalos y de
dirigirle amables frases de despedida que le llenaron de satisfacción, dieron
permiso al Cardona para regresar a Francia, donde había de comunicar cuanto
antes al rey Carlos las cartas y el pensamiento de nuestros Reyes.
Inmediatamente después
marchó D. Fernando a Antequera, y como en aquellos días se conmemoraba la
Pasión del Redentor, hubo de detenerse en las cercanías de Archidona para
asistir a los divinos Oficios que se celebraron en una tienda de campaña. En el
sitio que ocupó mandó edificar un templo. De allí se dirigió a Vélez-Málaga,
antes llamada Vescis, ciudad rica y de notables defensas. Teníanla los moros
por igual en muchas cosas a la ilustre ciudad de Málaga y por muy superior en
cuanto a seguridad, así por más remota y de más difícil acceso para las
armadas, como principalmente por hacerla inaccesible para tropas enemigas su
situación entre estrechos desfiladeros y abruptas montañas. En particular, no
había vecino que temiese ver la artillería y máquinas de guerra franquear por
ningún artificio humano los montes que la servían de barrera. Cierto que en
poco tiempo podían transportarse por mar, pero el arrastre después por tierra
sabían muy bien cuán difícil resultaba para los carros. Si, pues, el rey D. Fernando
fracasaba otra vez en aquel empeño y adoptaba otro plan, no dudaban que la
dilación y los gastos contribuirían en gran manera al quebranto de sus fuerzas.
Nada causa a los moros
mayor terror que el batir de la artillería; y como aquel retraso parecía
infundir cierta confianza a los habitantes de Vélez-Málaga, dejó D. Fernando
algunas tropas en guarda de la artillería, y él con 12.000 caballos y más de
40.000 infantes, atravesó las escabrosidades de los montes, y adoptó grandes
precauciones para que los que a diario habían de conducir los víveres
atravesando los desfiladeros no cayesen en manos de los moros que iban y venían
por las cumbres de las montañas próximas a la ciudad. También había dispuesto
cuidadosamente que junto a las costas de Vélez-Málaga descargasen abundantes
vituallas muchas embarcaciones de diversas clases, porque la distancia de la
orilla del mar basta los reales en derredor de la ciudad era de un tercio de
legua y podían recogerse todas fácil y seguramente. Seguía además al ejército
gran número de acémilas con víveres suficientes para algunos días. Las grandes
tormentas y copiosos aguaceros echaron a perder gran parte de las provisiones,
y mientras el Rey sentaba los reales y disponía el estrecho cerco de la ciudad,
las tropas que en tierra enemiga hacían gran consumo de ellas, empezaron antes
de lo que se creía a sentir escasez.
Había enviado antes D.
Fernando con algunas tropas al maestre de Santiago D. Alonso de Cárdenas y al
Marqués de Cádiz para que repentinamente dejasen encerrados dentro de las
murallas a los habitantes, y saliesen al encuentro de cualquier socorro que pudiera
enviárseles. A poco llegó el Rey; hizo alto junto al río contiguo a la ciudad y
dio orden a las tropas ligeras de estar prontas a rechazar las acometidas del
enemigo mientras se fortificaba el campamento. Porque fuerzas escogidas de las
gentes circunvecinas que de todas partes se iban reuniendo y un contingente aún
más singular de los granadinos tenían tal confianza en poder proteger la
ciudad, que, no sólo creían bastarse para la defensa, sino para rechazar
cualquier intentona de los nuestros.
No tardó en empeñarse
combate entre numerosas fuerzas, por haber salido al encuentro de un nutrido
pelotón de los muchos moros que había en los arrabales, otro muy escogido de
gallegos y asturianos ansiosos de pelea. Los primeros, ocupados en años anteriores
en sus discusiones domésticas, nunca habían tomado parte en la guerra de
Granada; mas, en cuanto a los nuestros, como dije, el Rey consideró castigo
menos duro para los crímenes de gente tan corrompida y rebelde el obligarla a
tomar parte en la guerra a su propia costa. En gran número, y con ánimo alegre,
aun viniendo de tan lejanas tierras, tomaron estos gallegos las armas, y en
cuanto apercibieron al enemigo se lanzaron desordenadamente contra él, como si
su acometida fuera irresistible para los moros. Pero los numerosos que ocupaban
el arrabal, y que, auxiliados por unos 4.000 soldados escogidos, aguardaban el
ataque, al ver la extraordinaria muchedumbre de enemigos, se dispusieron
valientemente a recibirlos.
Bien pronto y cara pagaron
los gallegos su temeridad. Por todas partes caían atravesados por los tiros de
las saetas, y aún más de las espingardas. Acudían inmediatamente otras y otras
fuerzas de asturianos, vascongados y otros peones asalariados por la hermandad
popular, y con igual valor eran rechazados. Vista la temeridad de su gente, el
Rey, lleno de ira, mandó a algunos Grandes que pusiesen término al irregular
combate. Así lo hizo el Marqués de Cádiz; pero ya el enemigo, envalentonado con
el triunfo, iba oponiendo caballería a la cristiana que llegaba, y fuera del
arrabal y en la misma entrada, cayeron sin vida algunos caballeros de los
nuestros, y además de los peones, salieron heridos del encuentro varios de a
caballo. Allí quedó herido el noble portugués Álvaro. Allí murió Nuño del
Águila, caballero abulense, con algunos de sus compañeros de armas.
Con esto el enemigo se iba
atreviendo a avanzar más, y tal ira causó al Rey, que corriendo en pos del
Marqués y de otros Grandes que había enviado antes al sitio del combate, hizo
morder el polvo al primer granadino que soberbiamente salió a su encuentro.
Oída la voz del Rey, todos aquellos peones deshechos por el enemigo volvieron
contra él con irresistible empuje, y no sólo rechazaron a los de Vélez-Málaga,
sino que los obligaron a meterse en la ciudad y se apoderaron del arrabal.
Inmediatamente se colocaron estancias junto a las murallas, y para evitar las
salidas de los moros, se levantaron trincheras con cantos rodados, de modo que
quedaran en la imposibilidad de salir de la población.
Cuando hubo aviso del
aprieto en que los cercados se hallaban, Muley Abohardillas, que continuaba
peleando diariamente en Granada contra el rey Boabdil, se vio obligado por los
faquíes y por el pueblo a volar en socorro de Vélez-Málaga. Juzgóse, sin embargo,
necesario, enviar delante a una autoridad de segundo orden a quien los
granadinos llaman Alguacil. Tenía este cargo Reduán Venegas, el cual, con 300
jinetes y 1.000 peones escogidos, acudió al socorro, creyendo, según
demostraron los hechos, que a la media noche y desde la cumbre de la montaña,
más seguro para los moros, podría atajar el paso a los que D. Fernando había
apostado en varias estancias para sostén de los cristianos conductores de las
provisiones. Además, a poco que los enemigos flaquearan o se acobardaran, el
agareno podría con más facilidad destruir la artillería y máquinas de guerra
detenidas en las gargantas próximas, y así libraría a sus amigos de la única
cosa que les infundía espanto, porque a los de Vélez-Málaga ninguna otra cosa era
capaz de amedrentarles.
Sucedió muy diferentemente
de lo que el moro suponía, porque, sabida su llegada, el Rey, para mayor
defensa de la artillería, reforzó las escoltas, y todos nuestros puestos a una
acometieron al enemigo que creía poder estacionar más en seguro en las escabrosidades
de las montañas. No tardaron los nuestros en poner en precipitada fuga a 400
espingarderos granadinos enviados de avanzada contra las asechanzas nocturnas,
y el horrible estampido de las espingardas y ribadoquines les hizo
desparramarse sobrecogidos de terror por aquellas rocas, asperezas y espesos
bosques.
Al saber Abohardillas la
fuga de los suyos, a fin de acallar algún tanto los clamores de los granadinos
y las increpaciones de los faquíes, mandó que se aprestasen inmediatamente
1.000 jinetes y unos 20.000 peones para intentar con ellos un golpe afortunado.
Pudo reunir tal número de tropas y dejar otro mucho mayor de peones contra su
tenaz adversario Boabdil, porque en aquel apuro había hecho venir de Baza,
Guadix y Almería contingentes muy considerables, y se atrevió a acampar en una
montaña próxima a Vélez-Málaga con un propósito que descubrió en el tormento un
desertor cogido por los soldados de D. Fernando.
Antes había concebido
Reduán Venegas el mismo plan; pero el Rey le puso en ejecución con éxito más
desgraciado. Porque después que don Fernando conoció desde muy lejos que se
aproximaba la caballería enemiga, dio a D. Gutierre de Cárdenas, comendador mayor
de Santiago, escogido escuadrón de caballos y peones con orden de no pelear
sino en la falda del monte con la vanguardia de los moros que fuesen bajándola.
En la oscuridad de la noche, en sitio elevado y que aseguraba el regreso, sin
que ninguno de los enemigos los hostigara, tuvo que ver Abohardillas a los
suyos desmayar por completo, él tan acostumbrado a pelear y educado en la
guerra desde tu infancia. Un espanto a nada semejante los puso en completa
dispersión, y juntamente con su rey Audelí, y sin ningún motivo para terror tan
extremado, volvieron en confuso tropel a las cumbres de las montañas. Fue tan
rápida la fuga, que, no sólo abandonaron en sus reales estandartes, corazas,
cascos, lanzas y alfanjes, sino que al día siguiente nuestras descubiertas
encontraron muchos puñales y turbantes.
Aunque no podía imputarse
a Audelí aquel espanto de los moros, sin embargo, los granadinos se negaron a
darle entrada en la ciudad, y por unánime aclamación de los que seguían a
Boabdil y de los que antes le combatían, fue éste aclamado por único Rey.
Los de Vélez-Málaga,
sabida la fuga del Rey viejo, y viendo cerca la artillería, perdida toda
esperanza de defensa, comprendieron que no les quedaba otro medio de salvación
que acogerse a la clemencia de D. Fernando. El alguacil Reduán, que había
tenido cautivo en su poder tiempo hacía al conde de Cifuentes D. Juan de Silva,
confiado en este conocimiento, y atendiendo al trato que había dado a su
prisionero, mucho más humano que el que acostumbran a dar los moros a los
cautivos cristianos, puso gran empeño en tener una entrevista con el Conde, por
haber sabido que se hallaba en el campamento de D. Fernando.
Concedido el permiso del
Rey, hablaron a solas fuera de las murallas, y fue la substancia de las
palabras del moro, la siguiente: Que en medio de su desgracia le había servido
de gran consuelo la presencia de tan esclarecido sujeto, a quien, para lograr su
salvación y la de sus conciudadanos de Vélez-Málaga, hubiera deseado tener más
propicio, si le hubiese hecho más humano y llevadero el cautiverio en que le
tuvo en aquella ciudad. Sin embargo, esperaba que la noble condición del Conde
no habría olvidado que en aquella ocasión, y contra la costumbre de sus
compatriotas, había hecho cuanto había podido en favor suyo. Como quiera que
fuese, le suplicaba encarecidamente que le alcanzara con sus eficaces ruegos
clemencia del poderosísimo Rey, nunca por él negada a otras ciudades y villas
que habían extremado la resistencia, y al cabo reducidas por la fuerza. Aun en
ocasiones como la de Loja, donde sufrió grave quebranto en el primer ataque, el
natural bondadosísimo del vencedor también perdonó a los sometidos. Por esto
abrigaban él y todos los vecinos de Vélez-Málaga un resto de esperanza de
conseguir del invictísimo Monarca, por intercesión de tan excelente abogado,
por lo menos condiciones menos duras de lo que en aquel momento temían,
principalmente porque los desdichados habitantes no se habían mostrado
pertinaces tránsfugas o rebeldes. Sólo habían tomado las armas contra los
cristianos por la protección de sus lares; por la conservación de la tierra
tantos años poseída; por la defensa de sus mujeres, hijos y bienes, y por el
libre ejercicio de su religión en las mezquitas. Mas ante el temor del terrible
estrago de la inmediata expugnación, no se resistían a someterse al yugo de una
esclavitud humana; pagarían mayores tributos que los granadinos y se mantendrían
tan leales al Rey y a la Reina como, lo habían sido a los Reyes de Granada, con
tal que se los permitiera vivir en su ciudad.
A éstas y a otras razones
análogas del Alguacil contestó en breves palabras el prudente Conde: Que no
había olvidado el humano trato recibido, y que se proponía corresponder, hasta
donde fuera posible, a tales beneficios con otros mayores. Pero que la feroz
crueldad de los moros iba contrariando cada día más las inclinaciones del Rey a
la clemencia, porque hasta en los mismos momentos de rendirse algunas ciudades
y villas poco antes conquistadas, no habían dejado de perpetrarse más crímenes
que los que el poder de los vencedores había impedido cometer hasta con los
enfermos, con los inermes y con los que se había permitido residir en el
interior del reino. Siempre y por todos los medios, la obstinada secta
mahometana se había resistido a prestar obediencia a Cristo, desde que en lo
antiguo trocaron la verdadera fe por la inicua infidelidad. Era su ánimo, sin
embargo, dar cuenta de todo al clementísimo Monarca y descubrir el fondo de sus
propósitos.
Más tarde el Conde declaró
las condiciones que el Rey le había comunicado. Los moros abandonarían sus
viviendas para ser entregadas a sus legítimos poseedores cristianos. En lo
demás se concedería a los despojados cuanto creyeran conveniente para su salvación
en el concepto más humano. Pero que tuviesen entendido los de Vélez-Málaga que
habían de dar libertad a los cautivos cristianos, puesto que Cristo había
concedido la victoria a los suyos. Por tanto, si cualquiera de aquéllos hubiera
enviado a otras tierras de moros a alguno de sus cautivos, debería traerle a su
costa.
Al fin quedó pactado que
los habitantes de Vélez-Málaga pudiesen marchar libremente adonde quisiesen, o
permanecer en los pueblos de las cercanías con las mismas condiciones impuestas
a los demás vencidos en guerra. Los cautivos habían de entregarse dentro de los
treinta días transcurridos desde que se asentaron los reales. De todos los
bienesmuebles podrían disponer, bien para llevárselos, bien para venderlos
dentro de los seis días, a contar desde la rendición de la ciudad.
Rendida Vélez-Málaga, se
entregaron a D. Fernando doce villas fortísimas con cerca de cincuenta
fortalezas y aldeas, con la condición de trasladarse a lugares indefensos
cuantos habitaban en sitios bien defendidos; pagar tributo al vencedor y
entregar las mejores poblaciones a las guarniciones cristianas. Devolvieron los
moros 100 cautivos en un estado lastimoso a causa del largo cautiverio. Por
orden de D. Fernando fueron desfilando en larga hilera ante un altar erigido en
el campamento, y su vista y los cánticos en alabanza del Sumo Redentor
inspiraban honda compasión a los cristianos presentes. Todos dirigieron sus
manos al cielo y luego besaron humildemente la derecha a D. Fernando. Para que
participasen de la alegría algunos nobles que tenían sus hijos cautivos en
otras tierras de granadinos antes de estos pactos, mandó rescatarlos a su
costa. Y tal diligencia empleó, que antes de levantar los reales ya estaban los
hijos al lado de sus padres.
Con arreglo a las
disposiciones de la Reina, a la sazón ausente, no decayó un punto el más
exquisito celo y la más laudable caridad en el cuidado de más de 1.200 soldados
enfermos y heridos. Ninguno de los enfermos hubiera podido encontrar en su
propia casa trato más esmerado que el que aquí recibía.
Durante estos sucesos el
alcaide de Málaga Aben Comixa, que seguía el partido del joven Boabdil contra
su tío Abohardillas o Audelí, como para congratularse de la libertad de Juan de
Robles, cautivo en Málaga tiempo hacía, le llevó al campamento. Sobre su canje
por el riquísimo alcaide de Alora, cogido por los nuestros, había habido largas
negociaciones, y al fin éste había quedado libre mediante la entrega de trece
rehenes. La victoria de D. Fernando acabó con estas dilaciones, y los
malagueños prometieron mayores servicios al poderoso Monarca, con tal que con
pretexto de amistad los recibiese por aliados, como obedientes que eran al
joven rey Mahomad. Para demostración de esta voluntad, cierta o fingida, tenían
buen cuidado de llevar diariamente a los reales abundantes mantenimientos.
Tomaron esto muy a mal los moros gomeres de la guarnición de Málaga, hombres
feroces y refractarios a todo sentimiento razonable o de humanidad, y se
apoderaron de la Alcazaba, que había quedado encomendada a la guarda del hermano
de Aben Comixa; dieron muerte a los guardianes y amenazaron con igual suerte a
cuantos malagueños se inclinasen a la amistad del rey D. Fernando.
Cuando el Rey lo supo
resolvió sitiar inmediatamente a Málaga, y al efecto mandó traer la artillería
gruesa que estaba en Antequera, y embarcar las piezas más ligeras, y dejando en
guarda de Vélez-Málaga al esforzado D Bernal Francés con 200 caballos y 500
infantes, estableció el cerco de Málaga el 7 de Mayo de 1487. Venían con el Rey
el maestre de Santiago D. Alonso de Cárdenas; el duque de Nájera D. Pedro
Manrique; D. Rodrigo Pimentel, conde de Benavente, el maestre de Alcántara D.
Juan de Estúñiga; Gómez Suárez de Figueroa, conde de Feria; D. Fadrique de
Toledo, primogénito del duque de Alba, el almirante D. Fadrique Enríquez; D.
Diego Pacheco, marqués de Villena, el conde de Ureña D. Juan Téllez Girón, y D.
Andrés de Cabrera, marqués de Moya. De los Grandes andaluces se hallaron
presentes: D. Rodrigo Ponce de León, marqués de Cádiz; el adelantado de
Andalucía D. Pedro Enríquez, tío del Rey; D. Diego de Córdoba, conde de Cabra;
D. Alfonso de Aguilar y D. Diego Fernández de Córdoba, alcaide de los Donceles.
Además, el clavero de Calatrava D. Fernando de Padilla; D. Luis Portocarrero;
D. Lope de Acuña, Conde de Buendía, adelantado de Cazorla, y don Juan Chacón,
adelantado de Murcia. De los nobles de Aragón, Valencia y Cataluña acudieron
muchos, en particular el maestre de Montesa don Felipe de Aragón; D. Luis de
Borja, duque de Gandía; el conde de Cocentaina... Corella, y D. Diego de
Sandoval, marqués de Denia. De los castellanos, el conde de Castro D. Alonso de
Mendoza; D. Rodrigo Portocarrero, conde de Medellín; D. Juan de Silva, conde de
Cifuentes; D. Fernando Álvarez (de Toledo), conde de Oropesa; el de Oliva...
Centellas; el Conde de Venca (?) (sic) y otros Grandes españoles con
muchas tropas enviadas por otros, y las que habían acudido con los pendones de
las ciudades. Llegaba su número a 12.000 caballos ligeros y 50.000 infantes,
sin contar la mucha gente ocupada en las guarniciones de las ciudades, villas y
castillos conquistados. En la costa de Málaga, y para el transporte de
provisiones, se apostó una armada de embarcaciones menores, que diariamente iba
aumentando con la llegada de carabelas. En el mismo sitio, y al mando del noble
catalán Galcerán de Requeséns, conde de Trivento, seis galeras estaban prontas
a rechazar cualquier intentona de los moros malagueños. Al frente de las naves
de espolón venían Martín Díaz de Mena y Garci López Riavano, naturales de
Vizcaya y de Guipúzcoa. En cuanto a pericia marítima era reconocida ha
superioridad del Conde catalán.
Hubo particular empeño,
así en el ataque como en la defensa de Málaga; en los nuestros, por apoderarse
de lana ciudad de cuya rendición dependía el término de la guerra de Granada, y
en los enemigos, por comprender muy bien que, tomada aquella ciudad, situada en
el Mediterráneo y en las costas de Europa, y considerada por los moros como
garantía de ulteriores conquistas, ya nada podrían oponer contra el poderío de
D. Fernando. La costa de Málaga era una puerta abierta para todos los
granadinos, aun no siendo puerto tranquilo para las naves, porque si bien
cuenta con fondo suficiente, en épocas borrascosas no ofrece seguro fondeadero.
Mas la grandeza de la ciudad, la opulencia de sus moradores, la mayor seguridad
ofrecida por sus costas y el considerable y variado tráfico de mercancías,
hacían de ella un magnífico emporio para ganancia de todas las naves que allí
arribaban y el principal socorro para los granadinos. Allí fondeaban
embarcaciones de egipcios, tunecinos, númidas ó sitifenses, y hasta de árabes
de la próxima costa frontera, y llevaban a los granadinos, hombres, caballos y
numerario. Particularmente traían un socorro en dinero recogido en las diversas
regiones del África, bastante para el pago de los soldados de las guarniciones.
A esto había que añadir las considerables rentas que en la provincia de Granada
percibía su Rey y distribuía en su reino. También cobraba el diezmo a los
colonos, y además otras muchas gabelas impuestas sobre los bienes relictos por
testamento, por la hijuela de los herederos y por los rescates de los muchos
cristianos que anualmente cautivaban.
Era, por tanto, para los
granadinos el sitio de Málaga amenaza de completo desastre, y para D. Fernando
mayor esperanza de hacerse dueño de Granada. Los ciudadanos de Málaga,
aleccionados por el ejemplo de otras ciudades conquistadas por el mismo Rey, y confiados
en la clemencia que había usado con los vencidos, hubieran preferido acogerse a
ella antes que defenderse con las armas, en cuyo ejercicio, por sus decididas
inclinaciones comerciales, eran considerados muy inferiores a los demás
granadinos. Deseaban vivamente permanecer en aquélla su fértil tierra natal;
pero temían la cólera que contra ellos había concebido el poderosísimo rey D.
Fernando a causa de la crueldad de los renegados, berberiscos, y otros bárbaros
del África que, como referí, habían asesinado al gobernador de la Alcazaba, y
más enfurecidos después de cometido el crimen y desesperados del perdón del
Rey, sólo confiaban en continuar la defensa de la ciudad. Los apáticos
ciudadanos no se atrevían a más empresas que a las que la multitud africana se
lanzaba, y para librarse de su crueldad creían necesario secundar su energía. A
los arrojados gomeres se unieron varios renegados y conversos, condenados por
apóstatas en Sevilla y en otras partes de Andalucía, hombres criminales que
temían más crueles castigos si el Rey llegaba a apoderarse de la ciudad. Así,
los que siempre habían sido extremadamente tímidos, veían menor castigo en
cualquier otro género de muerte.
Además, se encerraron en
Málaga muchos monfíes que habían cometido crímenes en la Serranía de Ronda,
después del plazo en que debieron someterse a D. Fernando; pero no habiéndolo
hecho así, antes continuado sus fechorías pública y escondidamente contra los
cristianos, se acogieron al amparo de los malagueños.
La situación de la ciudad
daba también alguna confianza a los habitantes, porque si lograban conservar la
cumbre en que se asienta el castillo de Gibralfaro, éste podía ser, pensaban,
su refugio en caso de un desastre. Mas si el sitio puesto por los de D.
Fernando se prolongaba, creían poder causar constantes daños a los nuestros
desde aquella altura, mucho más cuando cada día había de serles más difícil la
aguada, por no ofrecerla suficiente más que el Saduca o Guadalquivirejo, que
lejos de la ciudad desagua en el mar.
El valor y la destreza de
los de D. Fernando dieron al traste con estas esperanzas de los enemigos,
porque apenas llegados, y mientras se asentaban los reales, un pelotón de
infantes escogidos trepó al cerro defendido por fuerte escuadra de gomeres.
Trabóse al punto combate más ventajoso para los defensores que para los
nuestros, pero triunfó de todas las dificultades su tenaz esfuerzo, y los que
se habían figurado poderlos vencer fácilmente se vieron forzados a combatir a
la desesperada. Muertos unos 150 moros, y empujados los demás hacia la ciudad,
quedó el cerro por nosotros con sola la pérdida de diez hombres. En cuanto al
agua, muchos pozos de las huertas vecinas, que los moros creían poder cegar, o,
por lo menos, impedir a los nuestros utilizarlos, surtieron abundantemente al
ejército, que la acarreaba por un sendero pegado a las murallas. Junto a ellas
también se establecieron tres campamentos, a contar desde los primeros más
distantes de la ciudad, y de seguida las piezas menores empezaron a batir el trozo
más cercano a la playa.
A los gomeres y a la demás
multitud de las aldeas circunvecinas acogida en Málaga, les daban facilidad
para frecuentes salidas contra los nuestros las frondosas arboledas de frutales
de los numerosos huertos inmediatos a las murallas. Desde allí, de repente y
muy a mansalva, acribillaban con los tiros de culebrinas y espingardas a los
nuestros, imposibilitados de defenderse, porque pegado a las murallas y en
medio de un verjel, se levantaba un torreón bien fortificado y muy guarnecido,
como que solía servir de seguro retiro al Rey moro para estar a cubierto de las
frecuentes algaradas de las gentes granadinas, en que a veces habían perdido la
vida los reyes. A fin de disfrutar allí en completa seguridad de la amenidad
del sitio y gozar a sus anchas de sus voluptuosos placeres, habían hecho
construir una torre a modo de alcazaba, defendida por otras contiguas de menor
elevación. Contra ella mandó disparar sin tregua la artillería don Fernando,
que atendía a todo con exquisita diligencia.
Resistía intacta los tiros
la fortísima mole y parecía empeño inútil continuar batiéndola y aumentar con
ello las esperanzas de los defensores al par que el daño de nuestras tropas.
Comprendiéndolo así los sevillanos que se hallaban más próximos, pidieron
licencia a su capitán el conde de Cifuentes D. Juan de Silva, para escalar el
torreón cuando, a la madrugada, se encontrasen los guardianes más
desprevenidos. El valiente y audaz escalador Ortega de Prado, que desde el
comienzo de esta guerra había llevado a cabo con felicidad notables hechos de
armas, escogió entre los sevillanos los compañeros que habían de ayudarle en su
empresa, y pasada media noche, trepó a lo alto, seguro de encontrar todavía
centinelas en vela; pero no hallando más hombres que los que le habían seguido
en la escalada, a saber: Alonso de Medina, Pedro Fernández de Saavedra, Diego
García de Henestrosa y varios caballeros sevillanos, llamó a otros compañeros.
Cuando los moros sintieron
desde abajo que los cristianos habían ocupado la plataforma, prorrumpieron en
grandes gritos de alarma; acudió volando multitud de gomeres y malagueños, e
inútilmente trataron de desalojar, entre la humareda de la pólvora al puñado de
asaltantes, inferiores en número, pero tan superiores en valor, que tras de
encarnizada lucha lograron rechazar a más de 6.000 agarenos decididos a
resistir tenazmente por las sendas de los huertos que tenían tan conocidas. Al
alborear el día, el torreón del huerto quedaba ya en poder de nuestros
soldados. Pero uno de los ángulos estaba agrietado por efecto de las llamas de
azufre que lanzaban los testudos, y animados por este hecho, los sevillanos se
apoderaron de las torres contiguas, sin temor alguno a la lluvia de flechas
venecianas y a los tiros de las lombardas que los defensores habían colocado en
las almenas, desde las cuales cierto converso renegado, maestro en el manejo de
aquellas armas, hacía mucho daño en nuestras filas.
El entusiasmo por ocupar
las torres no dejaba lugar al temor en los cristianos, ni les detenía tampoco
la pérdida de sus compañeros.
Al día siguiente subió a
la cumbre del cerro en que tenía su estancia el Marqués de Cádiz un escuadrón
de sevillanos, y con Ortega de Prado a la cabeza quiso escalar antes del alba
el muro contiguo a Gibralfaro, por parecerle que aquella parte de las murallas
estaba desmantelada a causa de que el batir de las lombardas iba diariamente
destruyendo el estrecho sendero que corre desde la Alcazaba baja hasta
Gibralfaro y frontero a la estancia del Marqués. Se adelantó Ortega de Prado
para reconocer el punto más fácil para la escalada, y pronto conoció que sería
inútil el intento, por cuanto los enemigos vigilaban cuidadosamente; pero antes
de que pudiera hacer la señal convenida a los compañeros, cayó mortalmente
herido de un saetazo. Con gran trabajo pudo llevársele cierto Coronel, valiente
soldado de la escuadra, porque en la confusión causada por la nube de flechazos
disparados por los moros no pudieron darse cuenta sus compañeros de la
desgracia del excelente adalid, ni replegarse con bastante prisa para evitar
que muchos recibieran heridas. Los Reyes y todos los demás capitanes sintieron
honda pena por la muerte de Ortega de Prado, y con razón, porque además de su
valerosa actividad para todos los menesteres de la guerra, eran notorias sus
relevantes prendas de carácter.
Los sentimientos
humanitarios del Rey le obligaron a dar orden al arrojado Conde de Cifuentes,
caudillo de los sevillanos, de que en adelante se guardase bien de comprometer
a los caballeros de más renombre en semejantes temerarias empresas.
Poco antes D. Fernando
había mandado traer artillería gruesa de Écija y de otras ciudades de
Andalucía, para batir con más eficacia las murallas de Málaga. En el interior
de la ciudad ya no quedaba edificio a que no hubiesen alcanzado los terribles
efectos de las balas de piedra disparadas por los morteros desde las primeras
horas de la noche hasta el amanecer, con muerte de muchos habitantes. Nadie
creía que pudiera diferirse mucho tiempo la rendición de la ciudad.
Juzgaron los Grandes
preciso acordar detenidamente en consejo lo que hubiera de hacerse, y librar a
la Reina con su venida a Cártama de la zozobra de las contrarias noticias que
recibía, pero el Rey sólo la hizo detenerse allí cuatro días y luego la trajo a
los reales.
Mientras esto pasaba en
Málaga, el joven Mahomed Boabdil, vencedor ya de su tío en la lucha por el
trono, hizo saber a D. Fernando que todavía había en Granada muchos partidarios
del vencido enemigo, a los que no podría arrojar de la ciudad si no le enviaba
mayores refuerzos. El Rey, a fin de auxiliar con oportunidad a su aliado de
Granada, envió allá a Gonzalo Fernández de Aguilar, noble y esforzado adalid,
al frente de 1.000 soldados y 2.000 peones para socorro y guarda del rey
Mahomed. Con estas fuerzas, Boabdil redujo pronto a cuantos se le mostraban
rebeldes y logrado esto, despidió a Gonzalo colmándole de presentes y se
confesó más y más deudor a D. Fernando por este nuevo y poderoso auxilio.
Llegaron a poco avisos de
que entre los Príncipes italianos se agitaban nuevos gérmenes de guerra. Los
florentinos, conociendo la confianza de los genoveses de apoderarse del
castillo de Cerezanola, sitiado por Juan de Flisco, enviaron contra el enemigo tropas
mucho más numerosas de lo que podían imaginarse éstos, y el 15 de Abril cayeron
repentinamente sobre los asaltantes. En la lucha quedaron vencidos los
genoveses; su general Juan Ludovico y algunos nobles fueron enviados
prisioneros a Florencia, y el vencedor ejército florentino, atravesando el
Macra. y entregando a las llamas las poblaciones genovesas hasta el puerto de
Luna, sembró la devastación a su paso, y a la vuelta sitió a Cerezana. Luego
recibieron los florentinos refuerzos considerables de caballería, enviados por
el rey de Nápoles, por el Duque de Milán y por los boloñeses, y tras ellos una
armada de galeras y de otras naves de carga. Con estas novedades volvieron a
renacer entro los Príncipes de Italia las antiguas enemistades y las facciones.
Los reyes D. Fernando y
D.ª Isabel, después de atender hasta donde les fue posible a los asuntos de
Sicilia, por su deseo del triunfo del rey de Nápoles, proseguían el sitio de
Málaga con tanto más empeño cuanto con más tesón, y contra lo que se creía, se
sostenía la defensa. Viendo los sitiados estrecharse cada vez más el cerco,
pues las estancias del Marqués se habían aproximado ya a las murallas de
Gibralfaro, unos 3.000 moros escogidos hicieron una salida el 29 de Mayo,
cuando por el calor de las primeras horas de la tarde sabían que los nuestros
tenían más descuidada la vigilancia. En su repentina embestida fácil les fue
destrozar a la gente que defendía aquel puesto más cercano, poner en fuga a
algunos heridos y degollar a los que les resistieron. Y hubiesen llevado más
adelante su furioso empuje a no haber acudido con algunas fuerzas el Marqués de
Cádiz. En la encarnizada pelea sufrieron los nuestros sensibles pérdidas,
porque los tiros de las espingardas eran tan certeros, que hasta al mismo Marqués
le traspasaron la adarga y le hirieron levemente. Otros de sus más queridos
compañeros de armas salieron heridos, y la muchedumbre de gomeres y bárbaros
malagueños se ensañaron ferozmente con los que iban acudiendo desde los reales.
Al cabo, el esfuerzo del Marqués, y de los demás nobles logró reprimir la rabia
de los enemigos. Gran número de ellos quedó allí sin vida, y no se hubiera
salvado ninguno, a no haber contado con el refugio del próximo castillo de
Gibralfaro. Murieron de los nuestros unos 30, y más de 100 salieron heridos de
la refriega.
El esforzado Monarca,
ardiendo en ira contra los moros, desplegó la mayor actividad para rechazarlos
y no omitió nada de cuanto se creyó oportuno para la más pronta toma de la
ciudad. Reforzó la artillería con nuevas piezas y mandó que se trabajase activamente
para llegar con las minas al centro de Málaga. Dispuso que las lombardas
gruesas, preparadas ya para batir las murallas, suspendiesen el fuego hasta que
se abriesen las bocas de las minas en el interior de la ciudad, a fin de que
pelotones de nuestros soldados, dueños de las plazas, pudiesen rodear a los
enemigos cuando estuviesen más enfrascados en las urgencias de la defensa. Por
su parte ellos no aflojaban en la resistencia, ni daban señal alguna de
decaimiento o de desmayo. Mas, como luego se supo, habían enviado emisarios a
Boabdil, a la sazón dueño de Granada, a suplicarle que, dando de mano a la
lucha de las facciones, impidiera toda mengua de la religión mahometana, y
acudiese en auxilio de su fe, porque roto el cerco puesto por los cristianos, los
granadinos podrían recuperar lo perdido. Para ocurrir al caso de que Mahomad,
fuertemente prevenido contra ellos, se negase a escucharlos, se avistaron antes
los embajadores con el alcaide de Almuñécar, a quien informaron minuciosamente
de todo. Él eligió otros sujetos, bien quistos del Rey, y les dio el encargo de
hablarle y de convencerle.
La respuesta del joven
Boabdil fue, en suma: Que era dificilísimo contrarrestar la grandeza y el poder
del rey D. Fernando; pero, dado caso que aun se contase con fuerzas para
resistirle, él era el único a quien le estaba vedado emplearlas, por haberse mostrado,
tiempo hacía, inclinado a someterse al arbitrio de un protector tan poderoso.
Por tanto, mientras viviera, no sólo no le suscitaría el menor obstáculo, sino
que arrostraría los mayores peligros a fin de demostrarte de algún modo su
agradecimiento. La culpa de todo debía imputarse, sin duda alguna, a los
partidarios del viejo Audelí. Y éste, por su parte, había introducido numerosas
sediciones entre los moros granadinos y perpetrado crímenes sin cuento, con
grave daño de la religión mahometana y ruina del reino de Granada. Así, el
único consejo que podía darse a los sitiados en Málaga era la rendición
inmediata, porque toda tardanza agravaría su desgracia, y como el auxilio que
pedían era imposible, no debían despreciar un consejo muy útil en aquel supremo
apuro.
Cuando los embajadores
volvieron con esta respuesta, el alcaide de Almuñécar les dio cartas en que
apoyaba el consejo de rendirse. Las rondas de D. Fernando hicieron prisioneros
en el camino a los primeros embajadores que se habían quedado con el Alcaide, y
que, a favor de las sombras de la noche, intentaban penetrar en Málaga con las
cartas; dieron muerte a unos; otros lograron escapar favorecidos por la
oscuridad y por lo escabroso del terreno, y a los que pudieron coger vivos
llevaron a presencia de D. Fernando.
Del contexto de las cartas
que se les ocuparon se dedujo fácilmente las instrucciones que habían recibido
de los malagueños. Por ellas se supo que de los 5.000 defensores, 2.000 estaban
gravemente heridos sirviendo más de carga y estorbo que de utilidad alguna.
Pasaban de 1.000 los muertos, y los restantes padecían mucho por la penuria de
provisiones. Las de pólvora se habían consumido en los tiros de lombardas y
espingardas. El cansancio de los centinelas y lo crítico de las circunstancias
habían empezado a inclinar el ánimo de los vacilantes ciudadanos a peligrosas
novedades, y todo ello amenazaba con la ruina de la ciudad.
El mismo día en que el Rey
se enteró de la respuesta que llevaban los embajadores prisioneros, había
mandado ofrecer un cuantioso premio al soldado que le presentase uno de los
defensores malagueños. Esto animó a intentar la hazaña a algunos gallegos de las
estancias próximas a las murallas de Gibralfaro. Habían sorprendido las señales
convenidas por los que en hora determinada salían con grandes precauciones de
la villa a recoger en los alrededores de Gibralfaro juncos y yerbas para
alimento de las cabras encerradas en las defensas de la plaza; pero les pareció
difícil apoderarse de ellos como no fuera a favor de algún ardid muy secreto.
Había allí cerca un cementerio de judíos, que suelen establecerlo, en campo
abierto. En las sepulturas, elevadas bastante del suelo, según la costumbre
judaica, se escondieron algunos gallegos que contaban con el auxilio de sus
compañeros iniciados en el secreto.
Cuando seis de los
malagueños volvían a la ciudad, los gallegos, bien prevenidos, saliendo de la
emboscada, los acometieron, y tras revuelta pelea, dieron muerte a cuatro e
hicieron prisioneros a los otros dos. De éstos, uno, gravemente herido, no
sirvió para lo que pretendían. Del otro intentaron apoderarse algunos Grandes
para congraciarse con el Rey con la importante captura; pero al cabo se te
dejaron a los gallegos. Quiso D. Fernando saber por él la verdadera situación
de la ciudad; mas el astuto moro empezó a ponderar la enérgica actitud de los
moradores, la abundancia de armas y provisiones y la unánime resolución de
defenderse a todo trance. Apretado luego, acabó por confesar la verdad,
confirmando cuanto habían dicho antes los embajadores de la ciudad al rey de
Granada.
El mismo día salió de las
murallas un moro con un pendoncillo y se dirigió al campamento a comunicar a D.
Fernando el mensaje que sus conciudadanos le habían encomendado. Introducido
inmediatamente a presencia del Rey, se le escuchó con la mayor atención. Empezó
por intercalar hábilmente en su habla algunos argumentos encaminados a
dilaciones, y manifestó que en la ciudad había dos partidos: uno, resuelto a la
defensa hasta el último trance; el otro, y más numeroso, opuesto a este extremo
por el deseo de mirar por sus vidas. Todos, sin embargo, habían jurado por su
Corán no tratar de condiciones de paz hasta pasados cuarenta días desde el
principio del sitio, y por ningún caso se atrevían a quebrantar este juramento
los moros. Por tanto, parecía prudente prohibir durante cuatro días, o poco
más, las escaramuzas entre moros y cristianos.
Había sugerido a los
malagueños uno de sus faquíes la supersticiosa idea de que si lograban resistir
los peligros del sitio durante cuarenta días, vencerían seguramente a los
nuestros.
Oyó el prudente rey D.
Fernando con toda calina al moro, y le permitió volver tan libremente como
había venido, para que, ya que su llegada no había causado daño alguno, al
menos pudiese ser útil su regreso por haber visto por sus ojos el terrible
aparato dispuesto para el inmediato asalto si se difería la rendición.
Entretanto no se
desperdiciaba un momento. Por cuatro partes se iban abriendo las minas, y el
Rey ponía gran cuidado en evitar los casuales incendios de la pólvora y
economizar el consumo diario, principalmente porque había sabido por los
desertores enemigos que todo ataque fracasaría sin el auxilio de la artillería.
De modo que los que antes resistieron tenazmente por las predicaciones de los
faquíes, ahora, con las noticias de los tránsfugas, trabajaban con más ardor en
hacer dentro de la ciudad fosos y estacadas y no cesaban de oponer a las
embestidas de los cristianos trincheras y toda clase de defensas. Otra
esperanza abrigaban los malagueños, y era el socorro de los gomeres que con el
vicio Audelí estaban en Adra y en otras tierras del reino de Granada, ansiosos
de acudir en socorro de los sitiados, como seducidos por la herejía de algunos
fanáticos, que, aunque manchados con todo género de crímenes, se dejan
desvergonzadamente venerar como santos y aseguran a los desgraciados la
felicidad eterna. Uno de los que participaban de estos delirios, cogido por los
nuestros y llevado a presencia del Marqués, logró con engañosas razones
persuadir a sujeto tan perspicaz de que si D. Fernando daba orden de dejarle
cierta libertad, él sabía un recurso para la rendición de la ciudad que sólo
descubriría al Rey y a la Reina, pues a ese fin había venido. Aquel augurio se
reconocería como la última ruina de los malagueños.
Dichas éstas y otras
muchas razones semejantes, el africano alcanzó de hombre tan sagaz como el
Marqués lo que de ningún otro hubiera conseguido, a saber, permiso para no ser
despojado como cautivo del alfange ni del puñal, y para ir, así armado y con un
solo acompañante, a presencia del Rey. Quiso la suerte que, a causa del trabajo
de la noche, D. Fernando se hubiese retirado, a descansar, y que a la Reina, a
la sazón sentada en el interior de la tienda, aunque siempre quería estar
enterada de cuanto pasaba, cuando la dijeron que había allí un moro enviado por
el Marqués, una inspiración divina, a lo que se cree, la indujera mandar que le
condujesen a la tienda inmediata donde posaba la Marquesa D.ª Beatriz
Bobadilla, hasta que el Rey despertara y pudieran oírle ambos esposos. El moro
Arsacida, o Alphafes, según dicen los árabes, que había ofrecido en holocausto
su vida a Mahoma por la salvación de todos sus correligionarios, creyó que le
llevaban a presencia de los Reyes, y acabó de engañarle la semejanza, porque al
ver a D.ª Beatriz, que ataviada con profusión de oro y piedras preciosas estaba
hablando con el nobilísimo caballero don Álvaro de Portugal, le pareció
hallarse ante el Rey y la Reina sentados en su estrado.
Cuando D.ª Beatriz vio al
moro y observó la inquietud de su mirada y los repentinos cambios del
semblante, llena de terror, corrió a refugiarse a la otra puerta de la tienda a
tiempo que el árabe la asestaba rápidamente un tajo. Falló el golpe y fue a herir
a D. Álvaro en la cabeza, con tal ímpetu, que se la hubiera hendido hasta la
boca, a no tropezar el alfanje en la vara saliente que sostenía el toldo de la
tienda. Hallábanse allí dos hombres, fray Juan de Belalcázar y Rodrigo López de
Toledo: el primero, sin armas, sujetó fuertemente al moro por detrás por las
piernas, mientras el segundo le cogía por la espalda; y en tal situación, los
soldados, que habían acudido a las voces de D.ª Beatriz, le cosieron a
puñaladas, y metiéndole en un trabuco, le arrojaron por los aires para que
cayese en una plaza de la ciudad. Al ver el cadáver los otros gomeres de Málaga
que habían puesto todas sus esperanzas en el temerario arrojo del moro,
bramando de ira, dieron muerte a aquél de los cautivos cristianos cuya pérdida
suponían había de sernos más sensible; le abrieron las entrañas, le colocaron
atado sobre un asno y poniéndole en la puerta frontera a nuestros reales, le
espolearon para que se dirigiera a ellos. Luego, en una impetuosa salida,
pagaron muchos con la vida su ferocidad. Y, sin embargo, parecía que seguían
dando más crédito a los embustes de los faquíes que al repetido espectáculo de
sus desgracias.
Luego el Rey dio órdenes
más apremiantes para disponer el asalto en el día convenido a fin de evitar a
sus soldados las penalidades que les acarrearía la imprevisión en las
operaciones del sitio. Hizo venir tropas de refresco y reunir todos los
elementos de ataque para proteger al ejército contra los tiros del enemigo.
Por su parte el viejo
Audelí salió de Adra; atacó a parte de la guarnición de Vélez-Málaga, que
estaba preparando en el campo cal, maderas y otros materiales de construcción,
y como algunos se hubiesen refugiado en las aldeas de los moros sometidos a D. Fernando,
los pasó a cuchillo a todos, sin perdonar sexo ni edad. Por el momento los
contingentes enviados a Granada por nuestro Rey y por el joven Boabdil impedían
todo tumulto de las facciones, y en agradecimiento, el último comunicaba a D.
Fernando cuanto sabía acerca de lo que tramaban contra él sus enemigos, y le
enviaba las cartas de los malagueños para Audelí, interceptadas por sus
soldados, en las que se descubría la ninguna esperanza de los malagueños si no
se les socorría.
Don Fernando, con su gran
previsión, al mismo tiempo que reforzó el ejército con las tropas recién
llegadas, llamó al duque de Medina Sidonia D. Enrique, para que, acompañado de
otros Grandes, destinase 500 hombres de armas y algunos peones a reemplazar a
los heridos y enfermos, de modo que quedase gente útil cubriendo las bajas.
Todo se iba disponiendo con el fin de que si el enemigo se veía obligado a
rendirse por la falta de mantenimientos, se hiciese patente a todos los no
obcecados cuán preferible era para nuestras tropas al asalto de la ciudad,
puesto que en la última desesperación los malagueños y la multitud de gomeres,
o romperían furiosamente contra los escogidos soldados de don Fernando, o,
viéndose ya perdidos, darían muerte a los numerosos cautivos cristianos, y como
el Rey y la Reina no querían dar el menor pretexto para tan terrible extremo,
se resolvió continuar el sitio.
Por negligencia de los
encargados de estorbar la llegada de los refuerzos tantas veces pedida por los
sitiados e intentada por los berberiscos, tuvieron que sufrir los sitiadores
gravísimo daño. Cierto árabe, muy venerado por los estúpidos moros y tenido
entre ellos por santo, fue reuniendo por todas partes algunas fuerzas de
gomeres, y a los pocos que consiguió hablar aparte les hizo creer que tendrían
segura entrada hasta el interior de Málaga, porque así se lo había revelado
Mahoma, asegurándole, además, que aquel reducido número de moros sería bastante
para vencer, poner en fuga y exterminar al ejército entero de D. Fernando, y
concediéndole a él, como milagrosa señal de protección, el que pudiese caminar
por la playa contigua a la ciudad, a caballo y con un pendoncillo, sin que las
aguas pasasen de las patas del corcel. Los crédulos africanos dieron entero
crédito a estas patrañas y le siguieron.
Por caso el Alcaide de los
Donceles, al aviso de la llegada de socorros a la ciudad, como tenía orden del
Rey de cortarles el paso, había repartido rondas nocturnas por todos los
caminos; pero resultando inútil su vigilancia durante muchos días, creyó que el
aviso había sido falso, y se retiró a su estancia precisamente en el momento en
que más necesaria era la guarda de los caminos. En efecto: a la media noche, y
con espantoso griterío, más de 100 moros, capitaneados por un guía, penetraron
con furia en la estancia más próxima a las murallas. Los que en ella se
encontraban, aterrorizados y defendiéndose sin concierto, por creer mayor el
número de enemigos, sólo atendían a salvar las vidas, y así les dieron tiempo
para la entrada en la ciudad, que les facilitaron además las patrullas de
malagueños, más vigilantes que las nuestras. El otro pelotón de moros, más
reducido, que seguía a los primeros, quedó en poder de nuestros soldados, y por
ellos se supo la buena suerte de sus compañeros.
Con mucha razón D.
Fernando descargó su ira contra los que tan mal habían vigilado y guardado los
pasos, porque ya con más ánimos los de Málaga, y persuadidos por las
predicaciones del árabe y de los faquíes, se atrevían a mayores hazañas. En
tres o cuatro salidas causaron graves daños a nuestras estancias, y en cuanto
divisaban un punto mal guardado, caían de repente sobre él 1.000 o pocos menos
moros. Así penetraron furiosamente en la estancia de D. Juan de Estúñiga,
maestre de Alcántara, y cogiendo descuidados a los centinelas medio dormidos,
degollaron a cuantos hallaron al paso y se te abrieron hasta la playa en que
dormía tranquilamente muchedumbre de cristianos.
Cierto agareno llamado
Ibrahim Zenete, indudablemente caballero esforzado y de gran corazón, despertó
a unos muchachos dormidos en la playa, a los que tan fácilmente hubiera podido
degollar, y cuando los vio libres del alfanje de sus compañeros de armas, fue a
emplear su fuerte brazo contra enemigos más temibles que aquella inerme
multitud. Hecho verdaderamente digno de toda alabanza.
La muerte de tantos
guardianes llenó de terror a los que estaban próximos, y como cundiese el
espanto causado por los lamentos de los que perecían, salió al encuentro de la
furiosa caterva agarena un escuadrón de sevillanos destinalo a la guarda de las
provisiones desembarcadas de las galeras. En un instante estos doscientos
valientes rechazaron a los enfurecidos gomeres hasta la puerta de la ciudad,
hirieron a muchos y pasaron veinte a cuchillo. En los cadáveres pudo verse que
cada uno llevaba en bandolera una bolsa con provisión para tres días, según se
cree, por la fe que habían dado a las promesas de su guía de que podrían
continuar mucho más allá la persecución de los cristianos.
Gran parte de los
ciudadanos, considerando cómo se habían frustrado sus esperanzas y cuán caro
habían de pagar su engaño, puesto que forzados por extrema necesidad érales
ineludible someterse a la voluntad del vencedor, volvieron a su primer
propósito, y comunicaron a D. Fernando, a impulsos de justo temor, las
favorables disposiciones de algunos de los habitantes.
El alcaide de la Alcazaba,
y capitán de los gomeres, llamado Zegrí, había reprimido duramente estos
intentos, y como uno de los más arrojados, e investido de la gran autoridad que
entre ellos le daba el tener guarnición suya hasta en Gibralfaro, castigaba
toda vacilación con variedad de suplicios. Así se iba dilatando el momento de
la rendición. Mas los malagueños, viendo cada vez con más claridad cuán
engañados estaban al creer que D. Fernando desmayaría y levantaría el sitio, y
cómo por el contrario de día en día recibían las tropas más refuerzos, se
aumentaban con nuevas máquinas de guerra las que batían sus murallas y crecía
la abundancia de víveres, cuando a ellos no les quedaba la más mínima esperanza
de socorro o de abastecimiento, hablaban entre sí de temperamentos
conciliadores. Todavía, sin embargo, no se atrevían los desdichados habitantes
a quejarse tanto en público de sus privaciones que se descubriesen sus
inclinaciones a rendirse, porque era temible la crueldad de los gomeres. Estos
inhumanos y tercos huéspedes, una vez que ocuparon las torres, temerosos del
castigo de sus crímenes, habían pasado a cuchillo o sepultado en profundas
mazmorras a muchos malagueños que habían empleado lenguaje conciliador.
Por todo esto, uno de los
principales de la ciudad, llamado Alí Dordux, opulento, con gran partido por su
dilatado parentesco, y que en los extremos apuros de la defensa se había
granjeado fama de valiente, considerando las precauciones que para salvaguardia
propia y de sus conciudadanos debían tomarse a fin de evitar el completo
exterminio de todos, sin perdonar edad ni sexo, comprendió que debía hacer
ciertas insinuaciones en los parajes públicos. Era el Dordux tan notable por la
agudeza de su ingenio como por sus riquezas, y así le consultaban en secreto,
principalmente los que, temiendo la ruina general por la temeraria y pertinaz
audacia de los gomeres, a escondidas de éstos y de los obstinados en la
defensa, habían arrojado a las estancias de los cristianos más próximas a las
murallas cartas atadas a los venablos para que se las llevaran a D. Fernando.
En ellas te manifestaban cuán contra su voluntad seguían resistiéndose, y que,
antes bien, en cuanto viesen abiertas las bocas de las minas, porque ya percibían
los terribles golpes de los zapadores, podía tener seguro que al punto se
mezclarían con los cristianos que hubiesen penetrado por ellas en la ciudad.
Al parecer, de todo esto
tenía conocimiento Alí Dordux y de aquí las esperanzas del buen acogimiento de
sus palabras. Propúsose burlar cautelosamente la cruel tenacidad de los
gomeres, haciéndoles imposible descubrir lo que para la propia seguridad y la de
sus amados convecinos tramaba, y en una junta donde se discutían las medidas
que debían adoptarse, dijo a los alcaides de los castillos, a los caudillos
gomeres y al faquí, a quien casi todos los moros llamaban santo, que él y todos
los mahometanos, cuantos aspiraban entre los mortales a la eterna
bienaventuranza, sólo debían observar los preceptos de la religión de Mahoma.
Por tanto, los fieles agarenos estaban obligados, por la observancia de su ley
y por el acrecentamiento de su pueblo, no sólo a sufrir todo género de
trabajos, sino a despreciar los más atroces suplicios y los géneros de muerte
más terribles, principalmente cuando los católicos reyes D. Fernando y D ª
Isabel combatían por el exterminio de aquella religión. Y esta iniquidad se
perpetraría en España si los cristianos llegaban a tomar a Málaga, reducida a
estrecho cerco, y en aquellos días atribulada por incesantes ataques. Y pues
esta ciudad era para los granadinos como una puerta abierta, y de día en día la
escasez de mantenimientos amenazaba más y más a los defensores con angustioso
trance, o, más bien, con el exterminio, y como tampoco cabía esperar socorro ni
subvención alguna si milagrosamente no la alcanzaban de Mahoma los habitantes
resueltos a perecer en la demanda, debía procederse a poner por obra a tiempo
lo que se creyese más ventajoso.
Si a todo se posponía el
respeto a la eximia virtud del legislador Mahoma, inmediatamente y sin temor
alguno debía romperse contra el enemigo, y en medio de la pérdida de toda
esperanza, concebir la más excelente, puesto que su fe promete a los fieles la
felicidad. Pero si, por el contrario, se creyera preciso seguir procedimientos
más templados en tan críticos momentos, era manifiesto el grave daño de la
dilación para los atribulados malagueños, faltos de todo socorro y con tanta
dificultad para procurarse vituallas. Esto unido a los llantos de las mujeres,
a los gritos de los hijos, al hambre y al espanto de los que desmayaban, traían
tan angustiado el ánimo de todos los hombres, que preferían arrostrar la muerte
a presenciar más tiempo aquellas intolerables desdichas.
El razonamiento de Alí
Dordux conmovió, hasta a los más duros de corazón, y se resolvieron por seguir
el partido adoptado al principio, o sea, continuar sus audaces salidas y
averiguar la dirección de las minas que percibían cavar por varios sitios. Una parte
de los defensores se ocupó en vigilar día y noche para descubrir los puntos
peligrosos por la desembocadura de las minas, y otra parte guarneció
asiduamente las torres y defensas; los más atrevidos se ofrecieron a hacer
salidas repentinas contra las estancias de los cristianos.
Cada día ponía el Rey más
empeño en que se rechazasen vigorosamente. Al efecto, en derredor de las
estancias se habían levantado albarradas, que no dejaban rincón alguno por
donde los enemigos pudiesen penetrar sin ser sentidos. Había mandado, además,
asestar las lombardas gruesas contra los puntos más débiles de las murallas.
Por último, dispuso tener preparadas para un día señalado las torres movibles
construidas en largo espacio de tiempo, y las escalas reales, fabricadas con
admirable artificio, con más otra multitud de máquinas de guerra, todo para el
momento en que se volaran las minas.
Esta actividad del Rey
estimuló al Conde de Cifuentes a hacerse dueño de una torre que, por el daño
que a unos o a otros causaba, era a la sazón motivo de empeñada contienda por
que no cayese en poder de ninguno. Pero el Conde, que acaudillaba a los sevillanos,
deseando llevar a cabo esta hazaña secretamente, encargó de su realización a
unos cuantos soldados, con orden de que a media noche metiesen guarnición en la
torre. Al enterarse del hecho al día siguiente los malagueños, volaron a
recuperarlo, y como en aquel aprieto pocos de los nuestros les hiciesen rostro,
los malagueños dieron buena cuenta de los que la guarnecían. Algunos días
después, y con mayores precauciones, se apoderaron al cabo los sevillanos de la
torre, poniendo con ello en el último apuro a los moradores, porque
inmediatamente pareció desmayar aquella primera ferocidad, visto también el
trágico fin de algunos que intentaron resistir en las estrechas bocas de las
minas a los enemigos que por ellas desembocaban. De aquí que decayera en los sitiados
el vigor de la resistencia tanto como creció en los nuestros el ardor del
ataque. Ya la furia con que durante tanto tiempo se habían defendido los
gomeres empezó a ceder y el crédito dado a las vanas palabras de los faquíes
decayó tanto, que el mismo día salió de Málaga con bandera de parlamento un
moro conocedor de nuestra lengua, en compañía de otro comisionado, los dos como
para abrir el camino a otros que luego habían de seguirles, y a quienes
suponían oiría con gusto D. Fernando cuando le hablasen de proposiciones más
aceptables de parte de los malagueños. De esto se habían apercibido ya tiempo
antes el Rey, como tan avisado, y la Reina con su perspicaz ingenio, pues
muchas indicaciones les habían hecho comprender cuánto habían trabajado los enemigos
por encubrir con aquel temerario arrojo, y confianza fundada en sus
supersticiones la extrema escasez de mantenimientos. El primer dato le habían
suministrado las revelaciones de un muchacho, cautivo en Málaga en rehenes por
su padre. Con más astucia de la que su edad hacía suponer, viendo tan próximas
a las murallas las estancias de D. Fernando, se metió por una cloaca, y llegado
a lugar seguro, dio cuenta al Rey de todas las Angustias que en la ciudad se
padecían.
Otros habían antes venido
desde Málaga al campamento más bien como verdaderos espías que como enviados
por los de dentro; pero habían ocultado de diversos modos la situación, cada
día más critica, de los sitiados, a fin de alcanzar condiciones menos duras. A
sus engañosas palabras se contestaba con otras argucias para dejarles entender
que, más que en las armas y en la artillería, se confiaba en la dilación para
la entrega de la ciudad. No dejando de comprenderlo así hasta los berberiscos
más obstinados en la defensa, empezaron a arrepentirse de sus audacias, a
despreciar al predicador y a los demás faquíes, antes tan venerados, y a
conceder la mayor autoridad para las futuras resoluciones a Alí Dordux, de
quien tan prudentes y oportunos consejos habían oído en las juntas.
El Rey, con más maduro
consejo, empleaba a veces el disimulo o la ficción, como haciendo poco caso de
las vanas noticias de los malagueños, a fin de mantenerlos entre el temor y la
esperanza. Ya hacía pregonar que el soldado que cogiese en el campamento a un
moro procedente de la ciudad, podía, a su voluntad, conservarle como esclavo o
darle muerte, y este caso ocurrió dos o tres veces; ya mandaba no hacer daño
alguno a los desertores, todo con el fin de que estas órdenes contradictorias
impidiesen a los enemigos saber nada cierto. Con esto y con ir dejando pasar el
tiempo, se esperaba de día en día reducirlos a más incondicional entrega.
Los Grandes sostenían esta
creencia; pero más que todos aprobaba tal conducta la Reina, siempre tan
avisada. Llamada por frecuentes avisos de inmediata rendición de la ciudad,
había acudido a los reales en los primeros días del sitio para emplearse en mejorar
la suerte de los soldados; pero cuando, como dije, las cosas tomaron otro
rumbo, se acordó que permaneciese allí rodeada de tan excelentes consejeros
como el cardenal de Santa Cruz, D. Pedro de Mendoza; de su hermano D. Fernando,
obispo de Ávila, y de otros reverendos prelados del séquito de la excelente
soberana. Era el Cardenal hombre de gran capacidad, nobleza y opulencia; había
traído al sitio fuerte contingente de caballería, y a todo atendía
convenientemente, así a los asuntos eclesiásticos como a los militares. Con tal
que la ciudad se rindiese para mayor gloria del cristianismo, cualquier medio
pacífico merecía su aprobación. Lo mismo aconsejaba el religioso prelado
abulense, y el excelente Monarca no parecía disentir en esto de los experimentados
Grandes partidarios de aquella opinión.
La divina misericordia se
puso también de su parte, dignándose en este sitio de Málaga hacer patente a
los mortales cómo la principal fuerza y el verdadero vigor reside en el poder
de la suprema majestad. Así pudieron conocer claramente los católicos, al ver
el vértigo que se apoderó en aquellos días de los sitiadores, que, por
disposiciones de lo alto, de tal modo habían alternativamente concebido terror
los audaces y audacia los tímidos, que no hubo nadie bastante sagaz para darse
cuenta de la novedad de aquel cambio hasta que el mismo desenlace vino a
revelar haber sido designio divino demostrar a los sitiadores por medio de los
largos trabajos sufridos que habían acometido como muy fácil el sitio de
aquella ciudad, siendo en realidad dificilísimo. Por lo cual había permitido
que germinasen en los corazones de aquellos feroces gomeres sentimientos de
temor que jamás antes se hubiesen creído capaces de abrigar. Acusábanse unos a
otros de cobardía y de desidia, y no podían dar con la causa de que en tan serio
trance los más osados se mostrasen más tibios, y de que los malagueños, tenidos
por flojos, sólo atentos a sus tráficos y nada a propósito para pelear,
superaran ahora en resistencia a los granadinos más aguerridos. Este vértigo
desmoralizador causó primero maravilla e infundió luego gran espanto hasta a
los más esforzados y prácticos, pero los ruegos de los católicos, a lo que se
cree, impetraron gracia del que puede dispensarla, y al cabo la consiguieron.
Alí Dordux, investido por
los malagueños de facultades para tratar con los cristianos, salió de la ciudad
acompañado de algunos moros, y atravesando la estancia del comendador mayor de
Santiago D. Gutierre de Cárdenas, fue conducido a la tienda del Rey. Allí
pretendió explicar las condiciones de la rendición dictadas por los sitiados;
mas después de largo discurso, no pudo alcanzar de D. Fernando sino que se
rindiesen a discreción, dejándole entrever que, como muestra de extraordinaria
clemencia, acaso perdonaría las vidas a los obstinados infieles y asesinos de
valientes cristianos.
Tristes y llorosos
volvieron a la ciudad Alí Dordux y sus acompañantes. Al oír la respuesta del
Rey se apoderó de todos grande espanto y profunda tristeza, y redoblaron los
lamentos de la multitud desvalida, porque ya no quedaba nadie en la ciudad
capaz de resistir más tiempo el hambre.
Consumidos ya todos los
alimentos, viéronse obligados hasta los más poderosos a devorar perros, ratas y
comadrejas, y de los que habían comido caballos y burros muy pocos escaparon a
la muerte. Claramente les demostraba la experiencia que de día en día la
clemencia del Rey para con los obstinados iba disminuyendo, al paso que crecía
su indignación. Pero los feroces berberiscos, los monfíes que habían acudido a
la defensa de la ciudad, los renegados, conversos y apóstatas, indignos de
perdón, nuevamente enfurecidos, se determinaron a perder las vidas peleando y
tentar la suerte en una salida desesperada, antes que sufrir los tormentos que
les aguardaban. Como las barreras levantadas en derredor de las estancias
dejaban pocos y muy descubiertos puntos vulnerables, y nuestros soldados
estaban constantemente en la brecha, rechazaron con vigor a los temerarios y
los obligaron a preferir en el acto una vida temporalmente miserable a una
muerte cruel e inmediata.
Al punto ordenó el Rey que
todos los soldados destinados en las estancias al asalto, con el tren completo
de sitio comenzara el ataque, después que por quien correspondía, según
disposiciones de D. Fernando, se hubiera destruido la parte más flaca de las
murallas con las lombardas gruesas, ya que al principio del sitio apenas
hubieran hecho efecto en las más robustas. En cuanto retumbó el estrépito de
las lombardas, los sitiados enarbolaron bandera de parlamento sobre la puerta
de la ciudad, y, por último, Alí Dordux, con unos cuántos, salió en dirección a
la estancia del Marqués de Cádiz, creyendo que, de aceptar el cargo, en él
hallaría un mediador más humano para los pactos de entrega que el que había
encontrado en el comendador Cárdenas. Pero el Marqués, hombre de gran prudencia
y formalidad, que con exquisito tacto rehusaba intervenir en semejantes
competencias, y que sabía que asunto de tanta monta no debía confiarse sino a
un solo intermediario, en particular al que asiduamente asistía a la tienda del
Rey, envió a Alí Dordux a Gutierre de Cárdenas, para que así ninguno de los
Grandes presentes en las estancias pudiera tener conocimiento de las
condiciones de la entrega. Cuando el Comendador, muy precavido e intérprete
fiel de las intenciones de los Reyes vio volver a Alí Dordux, dispuso, en
consonancia con ellas, aplazar la audiencia para el día siguiente con el astuto
propósito de infundir desconfianza hacía el agareno y su conferencia. Aparte le
animó a tener esperanzas, porque los Reyes, más favorables para él que para
ningún otro malagueño, no deseaban tratar sino con él solo. Luego, tratados en
secreto varios puntos, cuando ya, no sin alguna dificultad, se dignó el Rey
escuchar el lastimero discurso de Dordux, la última concesión de D. Fernando
vino a coincidir con lo asegurado por Cárdenas. Al astuto moro, deseoso de
salvar al menos sus caudales, y a ser posible, librar de extremas calamidades a
algunos de sus parientes más queridos; de encontrar algún medio para que otros
de sus conciudadanos escapasen del cautiverio que les amenazaba, y a vueltas de
los tratos de paz, vender a los gomeres y a otros tercamente empeñados en la
ruinosa resistencia, se le hizo creer que nada de esto podría conseguirse si no
se trataba a solas entre él y el Comendador. Quedó, por tanto, reconocida la
necesidad de que Dordux desposeyese con ardid al berberisco Hamet el Zegrí del
mando de la fortaleza más importante o Alcazaba; y Dordux, a su vuelta, con
pretexto de dar cuenta de lo que había tratado con el Rey, penetró allí con sus
amigos y parientes de más confianza, y arrojando con engaño de la fortaleza al
Zegrí, se apoderó de ella y de las cuantiosas riquezas que encerraba.
Elogiaron la hazaña los
malagueños en la creencia de que por la mediación de Dordux con el Rey sólo la
vida de sus feroces huéspedes estaba amenazada y que con ellos se usaría de más
misericordia. Seguíanle por las calles aclamándole como a su redentor en tan
angustiosas circunstancias. Él, dándose aires de negociador para con todos, a
nadie comunicaba las condiciones que había aceptado.
Entretanto, observaban los
sitiados la suspensión del renovado ataque a la plaza, y que no amenazaba
ninguna hostilidad de los reales, en caso que pudiera venirles alguna provisión
de víveres para remediar el hambre terrible, y por eso suplicaron todos a
Dordux que mirase por las vidas de aquellos desdichados. Contestó él que muy
pronto revelaría todo lo que por el momento convenía ocultar a la multitud a
fin de que la resistencia de los huéspedes no suscitase otra vez trastornos,
antes pudiesen removerse los obstáculos para conseguir clemencia, pues
demasiado claramente se veía que la causa de tan gran calamidad consistía en la
diversidad de pareceres y en la terquedad de unos cuantos. De las palabras del
excelente Rey, decía, había sacado ciertos indicios halagüeños; pero mucho
podía contribuir a la total salvaguardia y a la libertad de los ciudadanos el
que se dirigieran humildemente a él en cartas de súplica, con lo que tal vez,
movido de su natural bondad, añadiría algo más concreto a lo manifestado secretamente,
porque él no había podido arrancar con sus instancias de labios de Su Alteza
otra cosa sino que debían entregarse a discreción.
Aceptado el consejo de
Dordux, algunos de los principales fueron comisionados para llevar las cartas,
cuyo tenor era, en resumen, el siguiente:
Que la majestad del Rey a
ninguno de sus progenitores cedía en clemencia para los vencidos, como lo
habían experimentado en aquella guerra de Granada hasta los que le habían
combatido tenazmente con las armas. Luego a los vecinos de Málaga no se les
podía acusar de otra culpa que la de haber peleado por sus penates y por la
posesión de sus bienes, por la vida y por la libertad. Confesaban, sí, como
maldad atroz, el haber llamado para defensores de la ciudad a hombres
delincuentes, tanto más enemigos de los ciudadanos cuanto más obstinados en la
defensa, y cuyos crímenes habían echado sobre todos indeleble mancha. Mas con
todo eso, suplicaban al Rey con aquella servil humildad que emplean los más
abyectos esclavos cuando se creen reos de alguna culpa, que se dignase usar de
su natural clemencia con los míseros malagueños, acordándose de su progenitor
Fernando III cuando sometió a Córdoba por fuerza de armas y sitió en un extremo
de la ciudad a innumerables agarenos, estrechando de tal modo por hambre a la multitud
de gentes inermes que la vida o la muerte de todos quedó en sus manos. Mas
apenas oyó las súplicas de aquellos infelices, les permitió marchar adonde
quisiesen con todos los bienes que pudieran llevar consigo. Asimismo, debía
acordarse de su preclaro abuelo D. Fernando de Aragón, tío y tutor de D. Juan
II de Castilla, padre de la excelente Reina D.ª Isabel, el que, después de
muchos meses de tener estrechamente cercada a aquella ciudad, de combatirla con
todo género de artillería y máquinas de guerra y de sufrir mil contra tiempos
en tan repetidos y largos combates, cuando al cabo consiguió la victoria y se
le entregó la ciudad, no se negó a las súplicas de los defensores refugiados en
la Alcazaba y de la multitud desvalida de ambos sexos que ya no podían resistir
un día más la falta de agua. Por tanto, suplicaban a un Monarca,
reconocidamente superior en humanidad y clemencia a los citados Reyes, que no
negase su natural benignidad a los siervos malagueños, sino que, al menos,
hiciera saber a la mísera multitud de sus esclavos que podría subsistir en esa
condición, aunque tan abyecta.
La respuesta del Rey a los
enviados fue la siguiente:
Que antes de levantar el
campo frente a Vélez-Málaga había hecho declarar a los malagueños, con más
benignidad que nunca, el fin que se proponía y el deber en que estaba de
recuperar un territorio tan largo tiempo ocupado por los enemigos, y que si no
querían arrostrar los más duros trances de la guerra, no debían dilatar la
rendición de la ciudad. Pero de repente, rompiendo las negociaciones iniciadas,
al parecer, para la alianza que se les proponía, de tal manera lo habían
trastornado todo, que se había visto precisado a emplear la fuerza contra los
soberbios. Más tarde, una y otra vez, después de establecer el cerco de Málaga,
les había hecho advertir que no obligasen a los gastos, trabajos y peligros de
un sitio costoso a quien estaba resuelto a no levantar el campo sino rendida la
plaza. Mas como durante cuatro meses, obstinadamente y con serios combates por
ambas partes hubiesen empleado en la defensa todos los medios de hostilizar a
los cristianos, y, ya apretados por el hambre, hubieran apelado a enviar
frecuentes y falaces embajadas, a las que siempre había respondido que usaría
de aquella clemencia que creyese justa para con los que con terquedad e
instintos sanguinarios habían tratado de superar hasta el último extremo a los
demás granadinos, esa misma respuesta les daba ahora.
Al volver los enviados con
estas cartas, todos los moradores quedaron estupefactos, perdida ya toda
esperanza de libertad, y muy en aventura las vidas. No se oían por las calles
de la ciudad sino los lamentos y el llanto de las mujeres. El hambre, imposible
de resistir más, convenció a todos de la necesidad de entregar la ciudad.
Entonces Dordux, seguro ya de que él y los suyos tendrían la vida salva, dio
parte al Rey de la unánime resolución de todo el pueblo de entregarse a merced
del vencedor. Inmediatamente Dordux dio entrada a los soldados dispuestos por
orden del comendador Cárdenas, y se permitió que señalados capitanes ocupasen
las murallas más altas. Entonces fray Juan de Belalcázar, religioso mendicante,
muy estimado de los Reyes, que llevaba oculto bajo el sayal el estandarte de la
Cruz, subió a la torre del homenaje de la Alcazaba y enarboló en ella la
redentora insignia, entre las aclamaciones de todos en gloria del Omnipotente.
Rindióse Málaga el 18 de
Agosto de 1487, día de San Agapito.
Al ver la Cruz y los
estandartes reales por todas las calles de la ciudad, los habitantes,
principalmente los grupos de mujeres, elevaron al cielo ensordecedor griterío;
pero pronto se apoderó de su ánimo el miedo o el estupor, y cayeron en un
triste silencio, producido por el abatimiento. Todavía muchos abrigaban cierta
esperanza de salvación, fundada en las palabras de Dordux, y así todas sus
disposiciones eran unánimemente obedecidas. Pero los gomeres que ocupaban el
castillo de Gibralfaro no se negaban a recibirá sus cómplices, y parecían
preparados a continuar defendiéndose. El hambre hizo inútil tan extrema
resolución.
Entretanto el Comendador
Cárdenas, enterado, como Dordux, de todos los secretos, y único ejecutor en
aquel asunto de la voluntad del Rey, procuró con gran cautela que los
ciudadanos reuniesen en determinado sitio todos los bienes y alhajas de más
valor, que por consejo de Dordux, y con la esperanza de que se les permitiese
llevárselos, no habían tenido inconveniente en inscribir en los inventarios.
Así, pues, se empleaba especial cuidado en guardar los fardos, y nadie en el
campamento salía de su respectiva estancia. Todos estaban sobre las armas, por
más que demostrasen la mayor tranquilidad.
Por orden del Rey fueron
enviados algunos adatides de caballería a los pueblos de Osunilla y Mijas, del
término de Málaga. Sus habitantes habían hecho considerable daño a nuestras
tropas, y después de pedir al Rey el perdón de lo pasado, que se les otorgó
benignamente, al aconsejarles, la rendición, creyendo que Málaga se había
rendido bajo las mismas condiciones que Vélez-Málaga, respondieron que las
aceptaban. Confirmada la capitulación, los vecinos de los citados pueblos
cargaron en sus acémilas todos sus bienes muebles, y con sus mujeres e hijos
bajaron a las playas malagueñas. Mandóseles que metiesen sus cargas en las
galeras, como si fueran a transportárselas a las costas de Marruecos; pero una
vez terminado el embarque, se les declaró que todos quedaban esclavos, porque a
los malagueños tampoco se les había hecho concesión alguna de libertad. Los
lamentos de las mujeres y las lágrimas de los que se veían cautivos movieron a
compasión hasta a los mismos vencedores.
Poco después, y obligados
por el hambre, se rindieron todos los gomeres y berberiscos, con los renegados
y demás desertores que ocupaban el castillo de Gibralfaro, y al cabo vino a
saberse que desde las primeras entrevistas con Alí Dordux el Rey había resuelto
que se acañaverease a los renegados, que los desertores, conversos y
judaizantes fuesen quemados vivos, y que los gomeres, los de Osunilla y Mijas y
cuantos habían acudido a la defensa de Málaga desde los pueblos de la sierra
quedasen en duro cautiverio, repartiéndolos entre los Grandes y soldados
distinguidos y enviando algunos, como muestra de congratulación, al Papa y a
varios Príncipes de la Cristiandad.
La sentencia de los
malagueños fue más clemente. Toda persona, sin distinción de clase, sexo o
edad, debía pagar por su rescate 36 ducados en el término de diez y seis meses,
con arreglo a la última súplica de los infelices, confiados en que los demás gomeres,
granadinos o berberiscos les pagarían por caridad mutua el rescate.
A Dordux y a ocho de sus
parientes más queridos se les concedió la libertad, la posesión de todos sus
bienes muebles e inmuebles y la permanencia en la ciudad.
Negóse la libertad a 100
familias de judíos avecindados en Málaga; pero la obtuvieron mediante el pago
de 17.000 ducados. Para el rescate de cada uno, así moros como judíos, debían
atenerse al número de personas a la sazón vivientes, teniendo que pagar éstos
por los que falleciesen.
Tomadas estas
disposiciones, a los pocos días, los Reyes, con su hija la ilustre doncella D.ª
Isabel, el Cardenal y los demás Prelados y toda la Grandeza, entraron en
Málaga, en gran parte en ruinas, procesionalmente y entonando himnos de
alabanza al Todopoderoso y a la Madre de los cielos. Luego, en cumplimiento de
votos hechos, mandaron erigir iglesias en honra de la santa religión.
El temor de la peste que
podría desarrollar el corrompido ambiente no permitió a la corte permanecer
allí más tiempo; el Rey, la Reina y la Princesa marcharon a visitar la
importante ciudad de Vélez-Málaga. Después, para evitar el paso por Málaga,
regresaron por Cártama y adoptaron las disposiciones oportunas acerca de los
numerosos asuntos públicos. Ante todo atendieron al alivio de los cautivos
cristianos. Trescientos debieron a esta victoria el salir de su misérrima
esclavitud. Algunos, ya consumidos por la enfermedad y los sufrimientos,
sucumbieron en los primeros días de su libertad. A los demás se les
suministraron vestidos y viático para que pudiesen marchar más fácilmente a sus
casas.
Antes de rendirse la
ciudad había arribado a sus playas una nave con los embajadores del rey de
Túnez, que traían numerosos presentes para los nuestros. Con gran alegría
acogieron aquella feliz ocasión para que pudieran ser testigos de tan
inestimable triunfo. Tratáronlos con amabilidad suma; colmáronlos de presentes
e hicieron que los acompañaran en su regreso algunos malagueños que tal vez
pudieran servir para recaudar entre los principales y populares de África el
rescate de sus compañeros de cautiverio. Sabíase que en virtud de ciertos
pactos los Príncipes mahometanos estaban obligados a rescatar a los cautivados
por nuestras tropas en territorio granadino. Además se envió a las costas
africanas al noble caballero sevillano Cristóbal de Mosquera, para que, con
arreglo a lo suplicado por Alí Dordux y los malagueños, condujese allá a unos
cuantos moros que habían de emplearse en buscar aquellos recursos.
Entre las condiciones
ajustadas con los Reyes era una la de que los malagueños pudieran conservar
todas sus alhajas, además del oro, plata y cobre acuñado y vender en subasta
dentro del plazo de diez y seis meses cualquier otra casa reservada, abonándoseles
la cantidad producida en pago de su deuda. Asimismo se concedió facultad a los
judíos para vender sus bienes muebles; pero se les encerró en el castillo más
fuerte de Carmona hasta el completo pago de sus rescates. Con ellos quedaron
estrechamente encarcelados tres moros: el berberisco Hamet el Zegrí, Alphages,
el faquí que, como dije, había engañado a la multitud con sus trapacerías, y
cierto Hazamet, esforzado compañero de armas del Zegrí, que había causado
grandes daños a los nuestros en las salidas de la plaza. Los demás malagueños
fueron repartidos por los pueblos de Andalucía bajo la guarda de aquéllos a
quienes se les asignaban, hasta cumplir el plazo del rescate. También se les
permitió, como a los judíos, la venta en pública subasta de sus bienes muebles.
De regreso ya en Córdoba
los Reyes, trabajaban con empeño en la resolución de los muchos asuntos
pendientes. Urgía darla a los de Aragón, Valencia y Cataluña, largo tiempo
descuidados por atender a la campaña contra los granadinos. Obligaban al Rey a
marchar prontamente a Aragón las muchas novedades allí ocurridas, sobre todo
porque D. Felipe de Aragón, maestre de Montesa, había provocado graves tumultos
a causa de la muerte dada al valenciano Blanes, y cada día eran, mayores los
escándalos de Zaragoza. Para apaciguarlos no se veía otro medio que la
presencia de D. Fernando, y él deseaba proveer a todo con su diligencia.
Retrasaban, sin embargo, la marcha los muchos que a palacio acudían para el
despacho de sus negocios y el deseo de la Reina de acompañar a su marido para
la mejor resolución de las cosas, dejando antes provistas las necesidades de la
ciudad conquistada. Ante todo procuró dotar a aquella Sede, por tanto tiempo
profanada por los agarenos, de un pastor celosísimo de la guarda de su grey,
contaminada durante setecientos sesenta años por la asquerosa secta mahometana,
y había sido costumbre contentarse con un Prelado in partibus, como
suelen proveer pro fórmula los Papas muchas sedes de Asia y de África.
El último de los Obispos titulares de Málaga había sido, fray Rodrigo Soriano,
franciscano, profesor en la Orden, que, ya anciano, luego que vio recuperada
por los cristianos gran parte de la diócesis malagueña, concibió vivo deseo de
entrar en posesión de aquella silla. La muerte le impidió conseguirlo, y la
celosa Reina presentó para ella al docto y virtuoso eclesiástico Pedro de
Toledo, a quien daban el primer lugar la pureza de sus costumbres y su
excelente ilustración. Aprobada la elección por el Papa, y por acertado acuerdo
de la Reina, obtuvo facultad para repartir las prebendas de la diócesis recién
instituida en la nueva iglesia de Santa María, o sea en el magnífico edificio
de la mezquita mayor, purificada por el culto cristiano. Dotó además la Reina a
esta iglesia y a las de los pueblos restituidos a la fe cristiana de toda clase
de ornato, con tal esplendidez, que parecían hallarse provistas desde largos
siglos.
Junto a la villa de
Montomiz, no lejos de Vélez-Málaga, se construyó una fortaleza para mayor
seguridad de la guarnición cristiana frontera de los moros, y se quitó el
corregimiento de Vélez-Málaga a Bernal Francés porque su avaricia anulaba su
valeroso arrojo y por ella daba mal trato a los soldados de la guarnición.
Adoptadas estas medidas,
los Reyes con el Príncipe y la infanta D.ª Isabel marcharon a Zaragoza, dejando
en Montoro a los Infantes, de pocos años, porque la peste iba creciendo en
Córdoba. Entre otros obsequios que se les tributaron en su viaje les fue muy
grato el suntuoso convite ofrecido por el duque del Infantado D. Íñigo de
Mendoza en Guadalajara. Desde aquí marcharon a Sigüenza con ánimo de detenerse
algunos días; pero se recibieron urgentes avisos de haber estallado en Zaragoza
algunos tumultos, inmediatamente reprimidos con la presencia del Rey, y la
Reina, tuvo también que marchar allí al siguiente día.
Las diversas novedades que
en la ciudad surgían obligaron a pensar seriamente en extirpar de raíz el
germen de aquellos excesos. Consistía éste de largo tiempo en el derecho
llamado por los aragoneses de manifestación, por el cual estaba
prohibido a los Reyes el castigo de los culpables, que, en virtud de cierto
recurso y por poco dinero, estaban acostumbrados a librarse del rigor de las
leyes. De este modo los homicidas y los criminales de todo género tenían ancho
campo para nuevos desafueros, de donde de día en día resultaba mayor corrupción
en las costumbres, tan extendida ya, que el hábito se sobreponía a la razón,
mucho más porque después de empezada la guerra contra los granadinos, la
prolongada ausencia del Rey y la distancia de los lugares que recorría daban
mayor audacia a los malvados.
La laudable inclinación de
los regios cónyuges a la justicia trató de extirpar estos males, y con más
energía en aquel tiempo en que toda la tierra aragonesa veía claramente
originarse allí la ocasión de los crímenes. Tropezábase en el largo hábito de
tamaña disolución; pero la firme voluntad de los Reyes consiguió vencerle, y
unánimes el pueblo, la nobleza, el clero y la milicia consintieron en la
supresión temporal de aquella iniquidad. No insistió el prudentísimo Monarca en
ordenar la extirpación de aquel arraigado abuso, porque sabía cuánta fuerza
adquiere la virtud en todas las cosas acertadamente adoptadas, y como en la
insigne ciudad de Zaragoza pululaban los ladrones, ordenó el establecimiento de
la Hermandad popular para que así aquella región como otras muchas de León y
Castilla pudiesen hallar igual remedio a sus desgracias. Consiguió la voluntad
del Rey la adopción de estas medidas y el castigo de muchos culpables; pero
algunos de los que se alegraban de estas reformas suspiraban por el abuso de aquella
inveterada costumbre y ofrecían dinero al Rey para que les devolviese la
antiquísima libertad de costumbres, como ellos la llamaban, deseosos de que por
lo menos no se estableciese la Hermandad popular. Rechazó en absoluto tales
pretensiones el poder real, llegado al ápice de poderío; que la fortuna unida a
la justicia alcanzan extraordinaria pujanza, y aquello mismo que en vano
intentan Príncipes excelentes en días de escasa fortuna, lo imponen
resueltamente cuando sopla favorable, y sus órdenes obtienen feliz y duradero
acatamiento.
Antes de rendirse Málaga
escribió el Papa Inocencio al Rey que debía amonestar a su primo D. Fernando,
rey de Nápoles por violar los tratados establecidos, con tanto más motivo
cuanto que el mismo rey de Castilla había sido el medianero para aquella pacificación,
ventajosísima para ambas partes, y había salido garante del cumplimiento de lo
pactado, a que ahora parecía querer faltar el Monarca napolitano. Así seguía
castigando a los Grandes exceptuados del castigo y se negaba a pagar al Papa el
feudo a que por los pactos estaba obligado. Por lo que si de allí nacían nuevos
desastres, debían imputarse a la parte violadora de la alianza y sería mayor el
sonrojo para quien había empeñado su palabra para los tratados.
Las cartas se le enviaron
al reverendísimo cardenal Mendoza con recomendación de que insistiese cerca de
los Reyes para que la represión de las citadas novedades fuese pronta y eficaz.
Por estos días se recibió
la noticia de la derrota sufrida por Roberto Sanseverino, general de las tropas
enviadas por los venecianos contra los alemanes, y que al penetrar por las
fronteras de Treviso habían sido destrozadas con muerte del General y de muchas
de sus gentes.
También se supo la
desdichada suerte del Conde Jerónimo en Forli, y el cambio funesto de la de los
de Sena.
El duque de Milán Juan
Galeazzo María Sforza envió sus cartas a los Reyes en que les anunciaba que los
genoveses habían aceptado la ventajosa dominación de las tropas milanesas como
en otro tiempo se decidieron por someterse al señorío de su abuelo y de su
padre.
Por el mismo tiempo, el
Marqués de Saluzzo fue completamente derrotado por el Duque de Saboya.
En Inglaterra, el hijo del
Duque de Clarence fue proclamado Rey por algunos sediciosos, y con el auxilio
de las tropas del rey de romanos Maximiliano luchó contra el rey Enrique y fue
vencido.
Los franceses, mandados
por Carlos VIII, pusieron sitio sin resultado a Nantes, ciudad importante de
Bretaña, porque el Duque protegía a los Grandes franceses que se habían
conjurado contra el primero y éste deseaba apoderarse de sus personas.
El rey Maximiliano,
llamando tropas francesas, consiguió apoderarse de algunas ciudades y villas de
Flandes y redujo a su potestad a su hijo, heredero de muchas provincias.
Tales fueron los
principales sucesos ocurridos por aquellos días en el extranjero.
En cuanto a los asuntos de
Granada sólo puede señalarse la defección de los de Baza, que, abandonando a
Abohardillas, o sea Audelí Mahomad, se pasaron al joven rey Boabdil, para
evitar que los nuestros les talasen los campos. Influyó principalmente en el
terror que se apoderó de todos los moros del territorio granadino el terremoto
que en Noviembre derrumbó la torre más fuerte y la mayor parte de las murallas
de Almería, y que en nuevas y más terribles sacudidas destruyó cuanto Mahomad
Abohardillas había hecho reparar. Este suceso fue de funesto augurio para todos
los mahometanos.
De lo que más tarde fue
ocurriendo daré cuenta en el siguiente libro, siguiendo el orden de los
sucesos.
Libro VIII
(1488)
Visitan los Reyes Valencia y Murcia. -Situación respectiva de
los dos Reyes granadinos. -Algarada triunfante de Boabdil el viejo en los
campos de Alcalá la Real, por el descuido de nuestros alcaides. -Ardid
victorioso de Juan de Benavides contra los moros de Almería. -Entrada de los
Reyes en Valencia. -Resuelto auxilio dado por D. Fernando al Señor de Albret y
al Duque de Bretaña contra los franceses, a fin de conseguir la restitución de
Perpiñán y del Rosellón. -Los flamencos ponen en prisión a Maximiliano.
-Sucesos de Italia. -Prodigios fatídicos en España y en diversas partes del
mundo. -Varonil entereza dé Catalina Galeazzo, -El Papa y los Estados
italianos. -Amenazas del Turco. -Sucesos de Flandes. -Daños causados por la
avaricia de Bernal Francés. -Plan de los Reyes, residentes en Murcia, para la
toma de Almería. -Rendición de Vera, Cuevas y otras muchas poblaciones.
-Pérfida traición de Boabdil el joven contra cinco faquíes de Granada. -Talan
los nuestros los campos de Almería y de Tabernas. -Ríndense Huéscar, Galera,
Orce, Tíjola y otros pueblos. -Escaramuzas entre los de Osuna y nuestras tropas
y muerte del maestre de Montesa D. Felipe de Aragón. -Viaje de los Reyes a
Murcia. -Triunfos del Turco en Malta y amenazas a Sicilia. -Sucesos de Francia.
-Proyectos matrimoniales entre la infanta doña Juana y el príncipe D. Alfonso
de Portugal. -Prodigio en Sicilia y Calabria. -Embajada del Soldán al Papa.
-Campaña del Turco contra el Soldán. -Nombra D. Fernando virrey de Sicilia a D.
Fernando de Acuña. -Derrotan los franceses en Bretaña a los bretones, a sus
aliados los ingleses y a las tropas españolas mandadas por el Señor de Albret.
-Triunfos de Boabdil el viejo sobre su rival. -Pone cerco a Cullera. -Heroica y
victoriosa resistencia del veterano Covarrubias. -Su cautiverio y rescate.
-Mención de sucesos de Italia. -Estancia de los Reyes en Ocaña en su marcha a
Valladolid. -Condición respectiva de los dos Reyes moros de Granada. -Entrégase
Alendín por traición al Rey viejo.-Ataque de los moros a la guarnición de
Gaucín, rechazado por los nuestros. -Pide Boabdil socorro a D. Fernando.
-Inundaciones en España. -Rebeldía de la ciudad de Plasencia contra los
Estúñigas. -Competencias entre el joven Duque de Plasencia y sus parientes por
el Título y por los Estados. -Aconséjale la Reina que entregue la ciudad a D.
Fernando. -Prisión de judaizantes. -Luchas entre el Conde de Cardona y el de
Pallars. -Intervención del rey de Castilla. -Embajada enviada por Maximiliano a
España sobre proyectos matrimoniales.
Tomadas ya las oportunas disposiciones en los asuntos de Aragón,
y después de celebradas fiestas y regocijados juegos al comienzo de este año de
1488, los Reyes resolvieron visitar la floreciente ciudad de Valencia, a fin de
apaciguar con su presencia las facciones de los Señores que tenían en perpetuo
desasosiego a la región, ya que una reciente experiencia les había demostrado
lo eficaz de aquélla para la represión de toda rebeldía. Primeramente acordaron
pasar por la provincia de Cartagena y detenerse algún tanto en la importante
ciudad de Murcia, para decidir allí, según aconsejasen el tiempo y las
circunstancias, si la campaña había de dirigirse contra Almería o contra
Guadix.
En tanto, los reyes
granadinos Abohardillas o Abdallah Mahomed, y su sobrino el joven Mahomed
Boabdil procuraban ganar cada uno para sí el favor de sus pueblos. El joven, a
costa de gran esfuerzo y no pequeño peligro, conservaba el dominio de Granada.
Le preferían los moros, más que por afecto, porque les libraba de la tala de
sus campos. El otro, Mahomed Abdallah, como fiel guardador de la secta
mahometana, era más querido de todas las poblaciones granadinas. Así, pues, la
necesidad era contraria a la voluntad en muchos lugares, y aunque el Rey joven,
con su residencia en Granada, parecía obtener el mayor dominio, conseguía
menores rentas y estaba obligado a mayores gastos. Nunca libre de temor, fines
premeditados, prodigalidades y su natural audacia le hacían descuidar la diaria
recaudación de los impuestos. En cambio, Abdallah, dueño de Almería, cobraba
las rentas de todas las villas y aldeas de sus términos, llamados Alpujarras
por los granadinos. Con ellas se atendía, en primer lugar, a enriquecer el tesoro
real, porque todos aquellos habitantes trabajaban más por alcanzar opulencia
que por la guerra. La situación de estos pueblos de la Alpujarra, entre tierras
escabrosas e inaccesibles y una costa en el Mediterráneo sin puertos les ponían
á cubierto de las incursiones enemigas, y sus abundantes frutos y su excelente
cosecha de seda les permitían pagar al Rey cuantiosos tributos. Era, además,
entonces Abdallah, señor de Guadix y de Baza, aunque la villa de Almuñécar, tan
fuerte por su posición y defensas, que servía de último refugio en apurados
trances a los reyes de Granada, se había declarado, por el joven Boabdil. Baza,
para precaver la tala de sus campos, había seguido su ejemplo mientras el bando
de Boabdil les garantizaba la seguridad de la ciudad, de sus campos y de los
pueblos del territorio.
Anuló esta ventaja D.
Fadrique de Toledo, generalísimo de todas las tropas de Andalucía que, no
pudiendo, a pesar de sus repetidos descalabros en los repentinos sitios de
muchas poblaciones refrenar sus juveniles ímpetus, se propuso apoderarse por
ardid, después de los tratos convenidos con los de Baza, de cierta población de
alguna importancia de su término, y como todo el trabajo y los gastos
resultaron inútiles, aquéllos, prescindiendo ya de la vana seguridad con que
antes contaban, se sometieron de nuevo al cetro de Abdallah. Aprovechando éste
la coyuntura, y previendo el caso de que D. Fernando viniera a sitiar a Guadix,
se trasladó allí y animó a los ciudadanos a la defensa, asegurándoles que no
podían los enemigos intentar empresa más desastrosa para ellos que el sitio de
aquella ciudad. Acompañando las palabras con diligente actividad, púsose a la
cabeza de 1.000 jinetes y de 3.000 infantes, atravesó sigilosamente extraviados
montes y escabrosos breñales y se presentó tan inopinadamente en los campos de
Alcalá la Real, que con la mayor facilidad se apoderó de los desprevenidos
pastores con todos sus rebaños y de cuantos recorrían con entera seguridad los
caminos.
El desastre hizo conocer a
los desidiosos alcaides de las fortalezas cuánto les había engañado la lejanía
de los enemigos para descuidar las patrullas y corredores, y tener dispuestas
muchas menos tropas de las que las circunstancias exigían. Es verdad que por la
parte de Granada se consideraban a cubierto por la presencia de Boabdil en la
ciudad; pero bien sabían nuestros adalides que, a causa de las desconfianzas
existentes entre los granadinos, no podían contar con el auxilio de fuerzas
salidas de la ciudad contra los enemigos que atacasen por otro lado. Por estas
razones, debían haber tenido constante vigilancia y completo el contingente de
las guardias, para librar a los pastores y a los ganados de la súbita acometida
de los enemigos, porque, además de cautivar a los primeros y de dar muerte a
los caminantes que encontró a su paso, Abdallah se llevó más de 1.500 vacas y
numerosos rebaños de ovejas, para aprovisionar abundantemente a Guadix y dejar
a los nuestros sin alimentos.
Logró encontrar
compensación a este desastre, causado por la desidia, la bravura y destreza del
noble y aguerrido Juan de Benavides, que calculando que los de Almería
incurrirían en igual abandono por considerarse a cubierto de todo peligro, por
la gran distancia, marchó con un pelotón de hombres de armas por extraviados
sende y se apostó en los valles próximos a Almería donde le pareció sitio más
conveniente para las celadas.
Luego, permaneciendo él en
emboscada, destacó algunos hombres para que con repentina embestida recogiesen
los ganados que no lejos de la ciudad pastaban. Apenas el hijo del corregidor
de Almería vio cuán pocos eran los enemigos, emprendió la persecución; pero
nuestros astutos soldados, abandonando la presa, fingieron cansancio de los
caballos, a fin de acalorar al enemigo, que ya venía disparando sus ballestas
contra los fugitivos. Al pasar por la celada, los emboscados, mayores en número
y con íntegras fuerzas, atacaron de repente a los jinetes almerienses y los
hicieron prisioneros con su caudillo.
Al día siguiente de entrar
D. Fernando y doña Isabel en Valencia, salieron a recibir al Príncipe su hijo
con gran aparato y pompa, para que con la presencia de los Reyes aumentase la
multitud de valencianos que habían de reconocerle por su futuro señor.
A poco llegó, contra lo
que se creía, y sin conocimiento de los cortesanos..., Señor de Labrit, y uno
de los Grandes franceses, suegro de la Reina de Navarra, hermana del rey Febo,
a la que correspondía la corona por derecho hereditario de su difunto hermano,
si bien parecían oponerse variados obstáculos a su pacífica posesión. El
Adelantado de la provincia de Narbona, Juan, nieto del difunto D. Juan, rey de
Navarra, y tío de la citada Reina, intentaba reivindicar para sí el citado
derecho. Otro obstáculo considerable oponían los bandos de los navarros, y la
mayor y mejor parte de los castillos más fuertes tenían guarniciones de D.
Fernando, como ya dije.
Vinieron luego a llevar al
extremo la dificultad de arreglar las cosas los frecuentes tumultos causados
por la hermana del rey Carlos de Francia, la cual, contra la costumbre
corriente entre los franceses, quiso inclinar el ánimo del joven hacia lo que se
le antojaba, contando con la plena autoridad que en este punto la dejaba el
Rey. Fue esto germen fecundo en sediciones, pues los personajes influyentes que
antes, cumpliendo las últimas voluntades del rey Luis, habían prestado
acatamiento al niño, luego, según se dijo, intentaban la perdición del mancebo
con el pretexto que se atrevieron a propalar de que era suplantado y en ninguna
manera hijo legítimo del rey Luis. Para alejar este contratiempo, el rey Carlos
trató de combatir al Duque de la Bretaña francesa, principal cómplice de los
furtivos enemigos. Al efecto, se apoderó de muchas poblaciones, ya por sitio,
ya con incursiones repentinas, y trató de desmantelar las murallas de Nantes,
empleando para ello una gruesa armada y numerosas fuerzas. Y lo hubiera logrado
tal vez, a no impedírselo la tenaz defensa de la guarnición y una terrible
borrasca invernal. Levantado el sitio de la importante ciudad, el joven monarca
dirigió sus esfuerzos contra los auxiliares del Duque de Bretaña. Sobre todo,
deseaba hacer sentir su poder al citado Señor de Albret, a quien el Duque había
casado con su hija, y al que, no sólo hacían respetable lo ilustre de su
abolengo, sino sus riquezas y sus tropas, además de pesar mucho su opinión en
las deliberaciones.
Siguiendo el consejo de
los Grandes, resueltos a la ruina del rey Carlos, creyó lo más urgente
avistarse en Valencia con los Reyes, porque le constaba, por lo notorio del
caso, la contrariedad experimentada por D. Fernando por la ocupación de
Perpiñán y del Rosellón, que al morir el rey Luis dispuso cesara y se
devolvieran libremente a D. Fernando. Pero, como dije, los embajadores enviados
a Francia para reclamar el cumplimiento de aquella disposición, regresaron sin
conseguirlo, porque los franceses alegaron para diferir la entrega el fútil
pretexto de la tierna edad del rey Carlos. Disimuló D. Fernando en espera de
mayor oportunidad, a fin de poder atender mejor a los preparativos de la guerra
de Granada; pero no desistió de recuperar el Rosellón, bien por algún recurso
hábil que produjera un arreglo menos violento, o si esto se rechazaba,
acudiendo a las armas. Así que, al saber el intento falaz de la hermana del rey
Carlos de dar por mujer al adolescente Monarca a la primogénita princesa
Isabel, mientras duraba la enemiga del rey Carlos contra Maximiliano, rey de
Romanos, descubierto ya el disimulo, vio sin disgusto estas sediciones de los
franceses, acogió alegremente al Señor de Albret, le colmó de honores y
obsequios, se declaró su amigo entrañable, mandó restituirle inmediatamente,
sin la menor dificultad, las villas y castillos importantes de Navarra, y para
reforzar su ejército y facilitarle el paso a la Bretaña, hizo que se le diera
fuerte contingente de tropas y que escogiese las naves vascongadas que
quisiera, todo a fin de oponerse a la mayor prepotencia de Carlos.
El cual la había adquirido
considerable, porque, además de otros daños causados, como dije, a Maximiliano,
por los flamencos, habían enviado secretos emisarios a los de Brujas,
incitándoles a rebelarse contra él, y, como en aquel invierno tenía a su lado
escasa hueste, no pudo escapar de caer en manos de los populares rebelados,
juntamente con los nobles de su séquito. Resistióse, sin embargo, a pactar la
alianza con el Francés, según querían los de Brujas, y entonces la rebelde
multitud estrechó su prisión y cometió mayores desmanes, degollando a cuantos
ciudadanos se habían mostrado en años anteriores auxiliares de Maximiliano. Los
pueblos de Holanda y Gelanda y los demás alemanes que le obedecían, todos en
encarnizada guerra con los flamencos, con los franceses, sus aliados,
recibieron con indignación la noticia de aquellos crímenes. Por otra parte,
nadie podía confiar fundadamente en el inmediato auxilio del emperador
Federico, porque, a causa del natural excesivamente avaro de este anciano
Monarca, se esperaba que acudiría oportunamente en socorro de su hijo Ganec.
Por tanto, no se veían fuerzas que más rápidamente pudieran oponerse a las del
rey Carlos como las de los nobles contrarios a su poder, apoyadas con el favor
de D. Fernando.
Entre los Príncipes de
Italia habían surgido nuevas y numerosas dificultades que hacían temer por
todas partes los horrores de crueles guerras, principalmente por la noticia de
amenazarles con la gruesa armada reunida por el sultán Bayaceto, con pretexto
de una incursión en Egipto para tomar venganza del Soldán su enemigo. Con razón
temían, sin embargo, sicilianos y venecianos que el poderoso Sultán les
preparase algún golpe terrible y era general el espanto entre todos los
principales de Italia; mas, como atacados de interna dolencia, atendían
flojamente al reparo del desastre que les amenazaba, y más interesados en dar
satisfacción a sus mutuos odios que en adoptar un plan eficaz contra el enemigo
común de la cristiandad, no sólo descuidaban todo aquello que la gravedad de
las circunstancias aconsejaba claramente, sino que no hacían el menor caso de
los prodigios por todas partes observados, nuncios de grandes desgracias.
Entre otros muchos en
aquellos días ocurridos, en el Puerto de Santa María y en el mes de Marzo, un
repentino y momentáneo huracán, no sólo derrumbó casas e hizo volar en añicos
las tejas de los edificios, sino que levantó a gran altura y arrojó a larga distancia
pesadísimas áncoras enterradas en la playa; hizo pedazos algunas naves, cuyos
restos fueron a chocar con las casas y causó, la muerte a varios marineros.
Otros muchos y diferentes
prodigios, todos temerosos, ocurrieron en distintas partes del mundo, y
llenaron de espanto principalmente a los que veían aumentar de día en día las
ocasiones de feroces guerras con la insaciable sed de sangre. Sobre todo, aterrorizó
a los dálmatas el prodigio acaecido en Ragusa, la antigua Epidauro, según
dicen. Allí, después de una nevada mayor que las acostumbradas, en día
determinado, la nieve que cubría todos aquellos campos, hasta la altura de un
palmo, tomó color de sangre. Prodigio que no encuentro escrito haya ocurrido
jamás en parte alguna.
En Padua nació un niño con
la boca invertida en la parte alta de la cabeza sobre la frente, y con una
oreja de buey y otra de persona humana, aquélla pegada a la piel; de los pies,
uno hendido, como pezuña, y el otro de hombre.
En Venecia aterró mucho a
las gentes el nacimiento de una criatura con dos cabezas, hermafrodita y con
vísceras dobles. Sólo vivió un día.
En el mes de Mayo se vio
en Milán, durante quince días consecutivos, un cometa horrible que figuraba una
cabeza humana, de cuya boca salían haces de llamas.
Y por los mismos días, o
poco antes, sufrió grave desgracia en Forlici la esposa de Jerónimo, Catalina
Galcazzo, hermana del duque de Milán Juan María Galeazzo Sforza. Esta mujer
varonil supo mirar por sí y por sus hijos con gran previsión y fortaleza en
trance muy apurado y repentino. Habían tramado secreta conjura para matar al
tirano algunos ciudadanos de Forlici, que se fingían obedientes súbditos del
mismo conde Jerónimo, a quien aborrecían por su desenfrenada tiranía. Sin que
hubiese precedido indicio alguno de su odio, y cuando hablaban amistosamente
con el Conde en su palacio, le asesinaron: de seguida prendieron a su mujer, a
sus seis hijos y a una doncella, y ya poseídos de saña, arrastraron el cadáver
por las calles, acusándole de tirano e invocando, entre el griterío del pueblo,
la antigua dominación del Papa. Luego pretendieron obligar a la viuda a
entregarles el alcázar, custodiado por guardia puesta por el difunto marido.
Contestó ella que por salvar su vida y la de sus hijos procuraría con maña la
entrega del castillo, para lo cual, separándose de ellos, iría sola a convencer
al alcaide, muy interesado en la salvación de los niños, de que debía entregar
la fortaleza. Accedieron todos a lo propuesto; pero en cuanto la viuda entró en
el castillo, subió a las almenas y con voz sonora notificó a la multitud que la
guarnición se mantendría fiel al Duque de Milán, su hermano y tío de sus hijos,
y que éste no perdonaría ni aun a los pequeñuelos si cometían el menor desmán
con sus sobrinos. Esta intimación mantuvo, por el pronto, a raya los crueles
propósitos de los revoltosos, que aguardaban cuanto antes refuerzos de los
venecianos y del Papa. Pero se desvaneció su esperanza con la llegada más
pronta de Juan Bentivoglio con escogida hueste de caballería en favor del Duque
de Milán. Los malvados ciudadanos asesinos de Jerónimo huyeron, y castigados
con la muerte algunos cómplices, se restituyó a la viuda, ya tutora de sus
hijos, la posesión de sus estados.
Corrió la voz entre el
vulgo de que no habla sido extraño al atentado Lorenzo de Médicis, poderoso
entre los florentinos, por su notorio anhelo de vengar la muerte de su hermano
Julián, y porque en vida del Papa Sixto, Jerónimo había tramado la muerte de
los dos hermanos Lorenzo y Julián, y la ocupación de Florencia. Así se achacaba
el origen de aquellos sucesos a la alianza iniciada entre los florentinos y el
Papa Inocencio y al parentesco contraído por el matrimonio de la hija de
Lorenzo de Médicis con Francisco Cibol hijo del Pontífice, porque parecían
insinuarse nuevas corrientes en las alianzas, contra la común opinión de los
pueblos. Los florentinos, auxiliares del rey de Nápoles contra los venecianos y
contra el Papa, hubiesen preferido hacer sufrir igual daño a estos antiguos
adversarios, con perjuicio del Rey y en desprecio del Duque de Milán, Príncipes
que por tanto tiempo se les habían mostrado favorables.
De aquí que creciera el
enojo contra el Papa y el de los genoveses enemigos de los florentinos después
que se pusieron a las órdenes del duque de Milán. Todos estos trastornos
originaron diversas novedades. Los anconitanos, pretextando el temor ya antiguo
en ellos de que el Turco intentara realizar su vivo anhelo de ocupar el puerto
de Ancona con poderosa armada, a escondidas del Papa, Señor de todo el Campo
Piceno o Marca de Ancona, llamaron en su auxilio al rey de Hungría Matías,
quien sabían tenía hecho pacto y amistad con Bayaceto, en cuya virtud ninguno
de los dos podía hacer daño a los confederados del otro. En reconocimiento del
auxilio recibido, los anconitanos aclamaron solemnemente al rey Matías,
levantando pendones en su nombre y llamándole públicamente su defensor, con
gran confusión del Papa y de los venecianos, persuadidos de que aquello era
obra del rey de Nápoles D. Fernando, suegro de Matías, y encaminado a la ruina
del Pontífice y de la Señoría.
La noticia de haber
enviado ya el poderoso Bayaceto una gruesa armada contra el Soldán de Egipto
vino a disipar el temor de que todos los Príncipes de Italia estaban poseídos.
En Flandes el emperador
Federico, para librar a su único hijo Maximiliano, rey de Romanos, retenido en
Brujas por sus vasallos en estrecha prisión, reunió numeroso ejército de
alemanes. Temerosos de la ferocidad de estas tropas, los flamencos prometieron
a su prisionero la vida y la libertad, si lealmente y con público y solemne
juramento accedía a las condiciones que se le impusieron, si se otorgaba perdón
realmente y sin engaño a todos los ciudadanos culpables de violencias, o de
desacato contra su persona, y si se reanudaba la amistad iniciada con Francia
en virtud del matrimonio de la hija de Maximiliano con el rey Carlos.
Quedaron arregladas en
aquella ocasión diversas cuestiones pendientes entre Maximiliano y los de
Brujas y de las demás ciudades de Flandes, de las que debo hacer mención
ligerísima, aunque la suficiente para el cómputo de los tiempos. Sólo que
cuando el emperador Federico con poderoso ejército se negó a reconocer las
condiciones aceptadas por su hijo Maximiliano para librarse de la muerte con
que le amenazaban los flamencos, empezó a molestarlos con nuevas calamidades.
Ahora volveré a tratar de
la guerra de Granada.
Ni aun en la mísera
situación a que estaban reducidos podían los moros sometidos al poder de D.
Fernando ocultar su reconcentrado odio a los cristianos. En el territorio de
Vélez-Málaga la fortísima villa de Torrox, que al rendirse aquella ciudad se
había sometido a D. Fernando, parecía ya rechazar nuestro dominio, a causa de
la muerte de algunos cristianos allí residentes, y a quienes era fácil vencer
por no existir salida alguna de la fortaleza. Los de la villa echaban la culpa
de la defección al corregidor de Vélez-Málaga Bernal Francés, separado una vez
de su cargo, como dije, a causa de su extraordinaria avaricia y repuesto luego
por intervención de personas caras al rey D. Fernando. La abominable pasión de
la avaricia después de corromper los corazones de los Príncipes, de tal modo
trastorna el ánimo de los vasallos, que sólo piensan en derrocarles de sus
puestos, y así, son los primeros responsables de que los avaros ocupen los
puestos públicos. Porque podrá no tenerse por injusto que los Reyes crean dignos
de alguna recompensa a hombres de tal laya que se hayan granjeado su gratitud;
pero jamás deben colocarlos en puestos preeminentes.
Desde Valencia los Reyes
se trasladaron a Murcia, y al pasar por Orihuela trataron de arreglar las
rivalidades de los valencianos divididos en los dos bandos crueles y
sanguinarios de Centellas y Mazas.
En Murcia, y llevando
consigo al príncipe don Juan y a su hermana D ª Isabel, descansaron algún tanto
de su incesante trabajo, resueltos a no aplazar más los preparativos de la
guerra de Granada, antes disponer todo lo necesario para tener al ejército pronto
a entrar en campana, mientras se confiaba en apoderarse de Almería por el pacto
secreto iniciado con su Corregidor. El sitio de esta ciudad por tierra era
dificilísimo, y si el moro enemigo se apercibía de algún apresto marítimo,
temía el prudente D. Fernando que fracasaran las secretas negociaciones con el
Corregidor citado, y que Mohamed Abohardillas, o Boabdil el viejo, se
previniera a la defensa con las tropas que tenía en Guadix por el recelo de que
D. Fernando dirigiera su ejército al sitio de esta ciudad, considerada como
principal baluarte de sus partidarios contra Boabdil el joven, que continuaba
siendo rey de Granada.
Tenía prontos el otro en
Guadix más de 1.000 jinetes escogidos y 15.000 peones para acudir a aquella
parte del territorio granadino adonde pareciera dirigirse nuestro ejército; mas
cuando se apercibió de los ardides con que D. Fernando procuraba ocultar sus
preparativos contra Almería (porque había llamado hueste muy inferior a la
necesaria para el sitio de Guadix o de Baza, y además enviaba al parecer a
Cartagena naves cargadas de abundantes vituallas), movió rápidamente parte de
su ejército hacia esta plaza, destituyó y encarceló por simples sospechas al
alcaide del castillo y metió en ella nueva guarnición.
Frustrada así la esperanza
tanto tiempo acariciada por D. Fernando de apoderarse en aquellos días de
Almería, y como a causa de la peste no había podido recoger de lugares sanos
ejército suficiente para sitios formales, se consagró a empresas menos importantes.
De los pueblos de Andalucía ahora infestados por la epidemia, de donde
anualmente sacaba el nervio del ejército, apenas hubiera podido reunir 2.200 de
a caballo, y de las provincias lejanas del reino con dificultad hubiera logrado
completar el número de 4.000 caballos ligeros y 15.000 infantes. Con tan
reducida hueste se propuso atacar a Vera, ciudad próxima al río Stabero, el
Guadalmanzor de los moros. Aun cuando los de aquella tierra se habían precavido
astutamente contra las incursiones de los nuestros, dándose por vasallos de
Boabdil el joven, amigo de D. Fernando, no lograron engañar al sagaz Monarca,
porque conocía muy bien la enemiga de todos aquellos granadinos contra Boabdil,
convencidos por los faquíes de ser única causa de la ruina de las cosas de
Granada los odios perpetuos de los dos Reyes, Boabdil el viejo y Mahomad
Boabdil el joven, cuya preferencia por D. Fernando hacían ver a los moros los
faquíes en sus sermones, y así, cuando algunos pueblos moros parecían
reverenciar el nombre de Boabdil, lo hacían por evitar las talas.
Fracasados, pues, los
tratos secretos con el alcaide de Almería, D. Fernando sacó de Lorca,
importante villa defendida por hombres aguerridos, las tropas oportunamente
reunidas, y envió delante al Marqués de Cádiz con unas 500 lanzas a aconsejar
al corregidor de Vera, principal ciudad de aquel término, que no aguardase la
llegada del poderoso rey D. Fernando con formidable ejército y prefiriese
encomendarse a la bondad del vencedor, acostumbrado a perdonar a los sometidos
y a domeñar a los soberbios, según era notorio a todos los moros. Comunicó el
hábil Marqués esta resolución y otras más generales al Corregidor, pero no pudo
obtener de él respuesta concreta mientras estuviesen ausentes los principales
ancianos de la ciudad, según dijo el Corregidor, que había acudido sólo a la
entrevista, y durante ella iba remitiendo a los principales de la ciudad la
resolución de los puntos acordados.
Por último, cuando
comprendió bien el propósito del Marqués, mandó a un mensajero para que
acudiesen allí los ciudadanos elegidos por aquél. Inmediatamente se presentaron
y en largas razones explicaron su ánimo favorable a D. Fernando por lo ocurrido
en aquella guerra contra los partidarios de Boabdil el viejo; pero a la queja
dada por el Marqués de haber negado el libre paso por Almería a las tropas del
rey D. Fernando, contestaron alegando el pretexto de estarles aquello prohibido
por la ley de Mahoma, no sólo para las incursiones de los cristianos, sino para
cuando le pidiesen para ir a sitiar alguna ciudad o villa de los moros, puesto
que era imposible conceder tal permiso a los confederados y sí sólo a los
súbditos. El Marqués aceptó la excusa, mas a condición de que en adelante,
hecha la entrega de la ciudad, obedeciesen en todo al poderosísimo Monarca.
Cuando esto oyeron, los moros de Vera trataron entre si del partido más
conveniente y volvieron a decir al Marqués que lo dejaban todo en manos del Rey,
que se acercaba.
Al día siguiente, 10 de
Junio, salido ya el sol, llegó con el ejército y se le entregó la plaza, cuya
guarda encomendó al Marqués. A los vecinos que quisieron permanecer en sus
casas mandó dejarles la libre posesión de sus bienes y confirmó, a voz de pregonero,
la prohibición de hacerles el menor daño. Por último, dio a los moradores un
plazo de cincuenta días para marchar libremente adonde quisieran, llevando sus
bienes muebles, aun cuando eligiesen el África, para cuyo caso prometió
facilitarles seguro y naves para el pasaje.
Rendida Vera con estas
condiciones, el mismo día se entregó la cercana villa de Cuevas, que quedó
encomendada a la guarda del noble y bravo caballero D. Juan de Benavides, a
cuya notable habilidad se debió en aquellos días la entrega de otras muchas
villas; al tercer día, la de la importante población de Mojácar, no lejos del
puerto de Cartagena, y sucesivamente, Overa, Oria, Candoria, Villazar, Ovedia,
Villamayor, Vedar, Cantalobo, Huercal, Cherasa, Capraria, Vedoril, Huerca,
Lorca, Suchina, Alboráez, Alboz, Surgena, Corbal, Celbauchim, Lisar fines,
Aldarhalich, Saxa mezech, Beniteralpha, Alhabion, Benaguazil, Lubrech, Ulela,
Xorbas, Nixar Brudelcagoh, Benilebel, Banecamon, Baneliba, Banchamidolba,
Alcudia, Xercos, Vélez-Blanco, Vélez-Rubio, Vetihandula, Alabiz, Huebres,
Tarva, Aynoja y Lucainena. Todas estas villas y aldeas con sus fortalezas se
entregaron diez días después de Baza bajo las mismas condiciones que ésta, su
cabeza, puesto que, sin su consentimiento, ninguno de aquellos labradores
podían cultivar sus vegas, y así comprendían cuánta mayor facilidad habría para
las repentinas entradas en los lugares circunvecinos, y recelaban que el
poderosísimo Monarca negaría su permiso si persistían algún tanto en las
hostilidades. También influía en su ánimo el deseo de permanecer en aquellas
tierras durante tantos siglos cultivadas por sus antepasados, tierras amenas,
feraces y de tan extenso regadío, que no tenían que temer la esterilidad por lo
tardío de las lluvias. A causa de estas ventajas, el territorio estaba muy
poblado, y como sea durísimo abandonar los lugares en donde se ha vivido feliz,
los habitantes de toda aquella región, antes que abandonarla, prefirieron
permanecer allí bajo condiciones humillantes, muy próximas a la esclavitud.
Ya había franco paso para
Almería, antes cerrado por aquella parte por inaccesibles rocas que con las
gargantas y estrechuras no permitían el tránsito a los caminantes; pero en
donde terminaba la desembocadura de las hoces y no lejos de la ciudad, la villa
de Tabernas era un obstáculo para el avance de los nuestros, por lo que D.
Fernando se dispuso a sitiarla. Precaviéndolo Abohardillas, y, en su deseo de
hallar oportunidad para venir a las manos con los nuestros, sacó de Guadix
1.000 jinetes y cerca de 20.000 peones, fuerza suficiente, en su opinión, para
vencerlos, si los encontraba remisos y en haz desordenada, atascados o en algún
paso poco conocido. Pero el prudente D. Fernando, habilísimo en la dirección de
sus tropas, el Marqués de Cádiz y los demás experimentados caudillos habían
pensado en ello, y cuando el enemigo comprendió que los cristianos vivían
prevenidos, marchó a Almería, y al paso por Tabernas dejó reforzada la
guarnición. No quiso permanecer en Almería a causa de la escasez de víveres, del
extenso circuito de las murallas en un llano favorable para el ataque por mar y
con población no muy segura, porque los habitantes estaban divididos en bandos,
por más que esta misma rivalidad había aconsejado a Mahomed el viejo dejar en
Almería aquellos pocos que pareciesen inclinados a su causa.
En tanto el rey de Granada
Boabdil el mozo no podía sufrir con paciencia la insensatez de los moradores,
convertida en odios intestinos, porque ya los moros habían visto crecer el
peligro de su ruina con las eternas luchas entre él y su tío. Era mayor la
irritación contra el primero por la vulgar creencia de ser más inclinado a la
Cruz que al Korán, y estas murmuraciones del pueblo habían infundido tal
audacia a los faquíes, que en sus predicaciones en las mezquitas acusaban al
joven rey de Granada, de estar resuelto a seguir disfrutando del falso nombre
de Rey, aun a costa de la religión de Mahoma.
Vivía por aquellos días en
Granada cierto aquí locuaz y osado, a quien el pueblo en masa acudía a escuchar
con gran gusto porque tronaba contra los daños originados por las divisiones de
los Reyes. Aprovechándose del dominio sobre el auditorio, y descargando su
cólera sobre aquella abyecta multitud, dijo que debían ser ciegos para no ver
la causa de la ruina que amenazaba a Granada en los odios de los dos Reyes.
Ellos proporcionaban al cristiano rey D. Fernando facilidad para ir avanzando
en poco tiempo en la ocupación del reino de Granada, cuya pérdida total estaba
próxima si seguían consintiendo en la rivalidad de sus dos Reyes. Por tanto,
debían obligar al que habían elegido por suyo en la ciudad a tratar de algún
acomodo con su tío, arreglo tan necesario para todos los moros que, si
inmediatamente no se realizaba, era seguro el exterminio de todos.
Esto dijo, en suma, el
faquí con extremada verbosidad y con el tono plañidero acostumbrado entre
aquellos bárbaros, y la muchedumbre allí reunida asintió al discurso. Cuando
Boabdil, a la sazón encerrado en la Alhambra, tuvo conocimiento del sermón del
faquí, tan convincente para todo el pueblo, comprendió la imposibilidad de
evitar los mayores riesgos si no empleaba sin demora los recursos más audaces.
Sin embargo, creyó necesario apelar por el pronto a subterfugios para combatir
aquella repentina veleidad del pueblo fanatizado por el faquí. Al efecto, envió
a uno de sus fieles emisarios a decirle en nombre suyo cuán gratos le habían
sido los utilísimos avisos que, para general remedio de los intereses del reino
granadino había dado en su sermón. Y si hubiese podido penetrar las intenciones
de Boabdil, resueltamente propicias al propósito, de seguro hubiera hecho
recaer toda aquella culpa sobre su tío Mahomed, cuya condición, superior a toda
crueldad, se había ensañado tan atrozmente con toda la familia del legítimo
soberano, que no había perdonado a la mujer, ni a los hijos, ni a los hermanos,
ni a los amigos, haciendo dar cruel muerte a seres inocentes por el ansia de
reinar, en tanto que él, más joven, luchaba con desgracia por la protección de
la religión mahometana.
A todos los moros
desapasionados constaba que él había sido proclamado Rey aun en vida de su
padre Albuhacén, cuando, juzgando funesta su inacción, bien procediera de
maldad, bien de decadencia senil, confiando en las felices disposiciones de
Boabdil para el gobierno, y siguiendo la costumbre de la raza de elegir al
mayor, le habían llamado Rey públicamente en aquel primer crítico trance de los
de Loja, a quienes dominó él con su bravura, no sólo poniendo en huida, sino
exterminando al ejército cristiano, que tenía en aprieto a la ciudad. Luego a
poco, para no desaprovechar el efecto de la victoria de la Axarquía, había
llevado poderosa hueste de caballería e infantería a los campos de Lucera con
intención de proseguir la marcha, una vez libre de sitio la plaza. Y lo hubiera
logrado fácilmente, a no haber persistido por acaso en su intento el fuerte
contingente de tropas cristianas, lo cual infundió tan repentino espanto en el
ejército granadino, que cuando peleaba acompañado de unos cuantos, creyendo que
el ver su peligro levantaría el ánimo de la aterrada multitud, cayó prisionero.
Después, su tío, fingiendo obediencia al padre Albuhacén, introdujo la
desolación en toda la familia del afligido joven, según constaba a todos los
granadinos y, al mismo faquí. Excusado era, por otra parte, hacer enumeración
de los trabajos y peligros arrostrados por Boabdil para librar de un hambre
horrorosa a los numerosos habitantes de Granada.
Sin embargo, si el faquí
lograba encontrar algún medio para esta concordia, a fin de que Dios por los
méritos de su profeta favorito Mahoma se dignase aplacar su cólera, mostrándose
más favorable que hasta entonces con la causa de Granada, podía estar seguro de
las buenas disposiciones de Boabdil para escucharle y enterarse a solas del
recurso imaginado para aquel objeto, y quedar conformes acerca de la ejecución,
la cual sería más acertada si al faquí acompañaban otros cuatro de su misma
opinión y conferían sobre el asunto sin intervención del pueblo, siempre
propenso a tratar estos asuntos tumultuosamente.
Oyó el faquí estas razones
con gran alegría y no tardó en presentarse en palacio en compañía de otros
cuatro, conformes con su parecer. El verdugo, preparado al efecto, cortó a los
cinco las cabezas que, clavadas en palos, fueron expuestas al público en lo más
alto de las almenas. Aprovechando el terror del pueblo, mandó el Rey que se
pasearan por las calles de la ciudad las cabezas de los faquíes, clavadas en
los palos, precedidas de un pregonero que dijese: -El rey Boabdil, impulsado
por su amor al pueblo granadino y aplicando un remedio inspirado de lo alto
para el bien del reino, ha mandado hacer justicia de estos hombres inducidos
por el enemigo común de los granadinos, Audelí el vicio, y que, con pretexto de
caridad para el prójimo y celo por la observancia de la religión de Mahoma, no
cesaban de trabajar por la ruina de todos.
El pregón acalló algún
tanto los rumores del pueblo; pero la animadversión general contra el que había
impuesto el castigo iba en aumento. Para evitar éstos y otros gravísimos
peligros empleaba Boabdil el joven extremada diligencia y se veía obligado a disimular
la perfidia de muchos granadinos que se pasaban al partido de su tío, con lo
que hasta de sus más íntimos recelaba alguna traición. Su rival Audelí Mahomed
iba reuniendo un ejército cada día más numeroso en espera de ocasión para
atacar al de D. Fernando. Este creyó oportuno rodear a Vera con foso y
empalizada para que la fortificación de esta ciudad mantuviese fieles a los
pueblos circunvecinos, y dispuso todo lo demás necesario para el paso hacia el
campo almeriense, propósito que se creía hacedero si se preparaba algún
simulacro de ataque para la entrega de la villa de Tabernas. Mandó, pues, D.
Fernando llevar las piezas ligeras y más portátiles, a saber: 50 ribadoquines,
y examinando atentamente la posición de Almería, y comprendiendo que el extenso
recinto de esta ciudad rodeado de robustas murallas y antemural, con escasos
habitantes, pero en ocasiones bien presidiada con numerosa hueste de infantes y
caballos (porque, según costumbre de los moros, sus escogidos jinetes habían
trabado encarnizada escaramuza con los nuestros), decidió con su acostumbrada
prudencia limitarse a talar la vega para quitar los alimentos a la guarnición.
Al regreso se talaron también en gran espacio los campos de Tabernas, por lo
inútil de permanecer allí más tiempo para un sitio imposible por entonces.
Recogiéronse luego en Vera vituallas para ocho días, a fin de talar la vega de
la fortísima ciudad de Baza y probar si se infundía terror a los pueblos
circunvecinos con la perspectiva de futuras talas y destrozos, que otros muchos
pueblos próximos no habían querido arrostrar. Tal había sido el caso de
Huéscar, Galera, Orce, Tíjola, Cullar y Benamaurel, tan fuertes por la posición
como por sus reparos, todas las cuales prefirieron entregarse antes que sufrir
los rigores de un sitio.
Los de Baza, cabeza de
aquel territorio, envalentonados, además, con su fuerte guarnición, mientras
los soldados de D. Fernando talaban sus feraces vegas, se atrevían a lanzar
contra ellos su caballería, confiados en la numerosa hueste de infantes y caballos
que les suministraban, no sólo los ciudadanos, sino Audelí el viejo, además de
las muchas fuerzas acantonadas en la próxima ciudad de Guadix, socorro muy
probable en cualquier trance apurado. Dábales mayor audacia para la resistencia
el parecerles exiguo el número de las tropas de D. Fernando para intentar el
sitio o para emplazar las máquinas y artillería. En la escaramuza que entre
unos y otros se trabó murieron algunos de los nuestros. Entre ellos cayó herido
mortalmente por tiro de espingarda el joven D. Felipe de Aragón, maestre de
Montesa, hijo del difunto príncipe de Navarra D. Carlos. Sintió mucho la
desgracia su tío el rey D. Fernando, por más que hubiese recriminado al mancebo
por la muerte que alevosamente mandó dar a su competidor... Señor de Valtersa,
como se dijo.
Don Fernando, que había
conocido cuán favorables a los moros y dañosas para los nuestros eran las
escaramuzas de la caballería, y que había resuelto no permanecer allí con el
ejército por causa de la peste, volvió a Huéscar, confinante con Baza, para luego,
repartidas las guarniciones por los pueblos circunvecinos, dirigirse a Lorca,
siguiendo el curso del Segura en dirección a Murcia, donde le estaba esperando
la Reina.
Nace el Segura en una
montaña frontera a la en que tiene origen el Guadalquivir; uno y otro van a
morir en costas diferentes, y durante su curso los afluentes aumentan su caudal
en muy diversa proporción. El segundo corre desde Oriente hasta el Océano occidental,
poco caudaloso al principio, mucho más luego con el aumento recibido de los
muchos ríos que en él pierden su nombre, y entra a bañar las provincias
andaluzas con mansa y risueña corriente. Riega el Segura en su curso hacia el
Mediterráneo los campos cartagineses, y en su corto trayecto lleva considerable
caudal de aguas.
Siguiendo sus orillas se
dirigió el Rey con su comitiva a Murcia. Allí recibió a un mensajero enviado
por el Consejo y pueblo de Sicilia con noticias que vinieron a aumentar los
cuidados de los ilustres cónyuges para proveer a los peligros así de los sicilianos
como de las otras islas del golfo del Mediterráneo de África. El Turco con
formidable armada había invadido la isla de Malta, en los dominios de D.
Fernando, y atacando de repente con 30 galeras, se había llevado cautivos 80
insulares y gran presa con rumbo a las costas de Cartago y Túnez. Aumentaban el
terror causado por esta invasión exploradora las 300 galeras estacionadas en
Salona y en otros puertos de Dalmacia con terrible amenaza para sicilianos,
sardos y demás habitantes de la costa del Adriático, junto a Calabria, vasallos
del rey de Nápoles.
Solicitaban también la
atención de los Reyes los serios disturbios entre los Grandes franceses y el
rey Carlos, aumentados después de la alianza pactada favorable a algunos de
aquéllos, porque después de la libertad del rey de Romanos Maximiliano y de la
llegada del Señor de Albret, con armada de vascongados y otras tropas del rey
D. Fernando, todo el reino de Francia se veía agitado por los partidos.
Teníaselas por complicadas en todos aquellos tumultos, evidentemente por la
inicua ocupación de Perpiñán, como que intentaban por medio de las armas la
restitución del Rosellón, injustamente diferida, puesto que el capricho del rey
Carlos de ocupar ajenos dominios había venido a invalidar lo dispuesto por el
testamento del rey Luis, en que se mandaba restituir libremente el Rosellón a
D. Fernando, y esta provincia, por lo revuelto de los tiempos, había quedado
sometida a las armas francesas, como dije al hablar de aquellas guerras.
Atendían además los Reyes
a las negociaciones iniciadas para el matrimonio de la infanta doña Juana con
el príncipe D. Alfonso de Portugal, primogénito del rey D. Juan, con arreglo a
lo capitulado con el Prior del Prado, a la sazón Obispo de Avila. Eran cierto
obstáculo para ello las desgracias de los nobles portugueses, aunque sin duda
debían posponerse a la pacificación y futuro concierto de dos naciones
convecinas si se celebraba el matrimonio, principalmente porque para el buen
éxito de. la guerra de Granada debía darse de mano a todo obstáculo nacido de
las rivalidades.
Preocupados con éstos y
otros asuntos análogos permanecieron los Reyes en Murcia más tiempo del que
pensaron, por el deseo de dejar bien guarnecidas y aprovisionadas antes de su
marcha las ciudades y villas tornadas a los granadinos, y mejor dirimidas, por
la ventaja de la cercanía, las contiendas de los valencianos, aragoneses y
catalanes.
Nuevo y grave cuidado
causaron a los Reyes las noticias que trajo un mensajero de sucesos ocurridos
en Sicilia.
Como amenaza de
desventuras se anunció haber aparecido en Calabria el 6 de Junio, estando el
cielo sereno, un terrible cometa, en forma de columna enhiesta, adornada como
de ordinario can su capitel florido. De una nube salía un brazo humano hasta el
codo; su mano derecha cogía el capitel por el lado derecho; por encima la punta
de una espada parecía herir el centro y parte más elevada del capitel. Además,
el puño de una espada se veía en el pecho de un gallo con cola enroscada, como
de basilisco, vuelta hacia Oriente, mientras la cabeza miraba al Occidente. De
la espalda del gallo o basilisco salía una espada en forma de alfanje, como el
que usan muchos turcos, y en la punta se veían tres estrellas, dos en dirección
al Oriente y una a Occidente. Este prodigio se tuvo por presagio funesto, por
más que algunos aduladores le interpretaban como feliz augurio para el rey de
Nápoles.
Recibió el Papa una
embajada del Sudán, y le fue muy satisfactorio el motivo de enviarla a Roma por
el general convencimiento de que la guerra empeñada tiempo antes entre el turco
Bayaceto y el Soldán, principales corifeos de la secta mahometana y enemigos de
los cristianos, daba un respiro a los peligros del cristianismo, según
confirmaron los hechos. El Turco envió una armada de 700 embarcaciones entre
naves de espolón, galeras y de carga, con orden de acabar de destruir las
poblaciones de las ya castigadas costas de Siria y de Egipto, mientras de
Licia, Cilicia y otras provincias del Asia menor acudían las fuerzas de
caballería e infantería alistadas para aniquilar el ejército del Soldán. Pero
los turcos, dos años antes derrotados por los egipcios por tierra, tampoco
lograron mejor suerte en esta campaña, aunque su armada tomó a Beruti y algunas
otras poblaciones del litoral, con lo que crecieron los odios y encono por
ambas partes. Más tarde, 15 galeras de la armada turquesca recorrieron en el
Adriático las costas de Ancona, cautivaron a cuantos hallaron desprevenidos y
dieron muerte a algunos.
Para precaver los mayores
daños con que amenazaban a los cristianos estas correrías de los turcos y
evitar alguna repentina entrada en Sicilia, D. Fernando nombró Virrey de esta
isla al noble y bravo capitán D. Fernando de Acuña, a fin de que proveyese a
todas las ocurrencias.
Por este tiempo sufrieron
un descalabro las tropas enviadas por los Reyes al Señor de Albret, según dejo
dicho. Los de la Bretaña francesa, ayudados por los ingleses contra las tropas
del rey Carlos, y envalentonados además a causa de la alianza propuesta poco
antes por algunos Grandes franceses con los castellanos, aragoneses y
catalanes, autorizados por D. Fernando, no rehusaron empeñar batalla contra los
franceses enviados a la Bretaña por su Rey. La lucha fue terrible, y hubieran
llevado sin duda la mejor parte los ingleses a haber sabido usar mejor de la
victoria que empezaba a sonreírles; pero un pelotón de franceses veterarios
atacaron con tal orden a los soldados ingleses, atentos al botín y al degüello,
que la fortuna se inclinó a favor de las tropas disciplinadas, y aquel primer
triunfo de los ingleses se convirtió en terrible desastre. Casi todos los
vascongados y navarros que iban a las órdenes del Señor de Albret murieron en
la acción. También se dice que sucumbieron allí el Señor de Scalas y de Woodville
(?) y el inglés Volfildet, que peleó tan denodadamente en el sitio de Loja,
según dije. Además, quedó gravemente herido el noble catalán Gralla, capitán de
unas cuantas lanzas enviadas por D. Fernando al Señor de Albret.
Por el mismo tiempo,
Audelí, uno de los reyes de Granada, se apoderó de Nerja, villa próxima a
Vélez-Málaga, con ayuda de los habitantes. También se le entregaron los de
Torrox, bien de grado, bien porque desconfiasen de nuestro auxilio contra los
de Almuñécar, que se habían pasado del partido de Boabdil al de su rival,
principalmente porque el alcaide de Vélez-Málaga, Bernal Francés, era tan
aborrecido de la guarnición de esta plaza, que los que no se resistían a salir
a campaña desertaban. Al fin se hubieran marchado todos, a no haber nombrado
oportunamente don Fernando para el mando de aquella guarnición a su tío el
noble capitán D. Francisco Enríquez.
No por eso desistió Audelí
de fraguar en otras partes numerosas intrigas. La ausencia de D. Fernando en
las lejanas provincias de Castilla la Nueva dio pábulo a sus esperanzas de
expugnar a Cullera, cerca de Baza, así por serie conocido lo endeble de sus
murallas, como por constarle la desidia del alcaide Carlos Viedma, puesto por
el Rey; pues, además del descuido en reprimir los tumultos surgidos entre los
160 soldados a sus órdenes, se había hecho acompañar de 30 caballos ligeros de
gallardo continente para realzar con este séquito su presencia en unas bodas
que habían de celebrarse en Baza, ciudad distante poco más de una jornada de
Baza. Como si estuviese seguro de estar lejano el sitio de la villa por los
moros, creía aumentar solemnidad a los demás regocijos nupciales cuando los
parientes, según la costumbre de la tierra, acompañaran a la novia desde la
iglesia al tálamo. Tenía Audelí conocimiento de todo esto, y así puso
repentinamente cerco a la villa de Cullera con 800 jinetes y a 10.000 infantes.
Luego, sin detenerse, repartidas en torno las tropas, arrimó las máquinas de
guerra a la parte más flaca de las murallas, sabiendo que su gente no había de
tropezar con obstáculo alguno de fosos o trincheras y convencido de lo vano del
intento de la defensa desde lo alto, porque no podía asomarse a las almenas
hombre alguno sin que le alcanzara la nube de venablos, de piedras lanzadas por
las balistas o de tiros de espingarda. Fácil fue, por consiguiente, a la
numerosa hueste de los moros excavar los cimientos de las murallas, y aumentaba
la facilidad la presencia del Rey con sus excitaciones y ofrecimientos de
honores y recompensas, que redoblaban el esfuerzo de los sitiadores al paso que
hacían más crítica la situación del puñado de defensores, ya muy desesperanzados
de poder rechazar a los enemigos. El alcaide del castillo, por su parte,
juzgando inútil la resistencia de los nuestros, les aconsejaba que se
refugiasen en él. Al oírlo, cierto veterano llamado Covarrubias, capitán de 25
espingarderos, exclamó: «¡Vergonzoso y funesto recurso nos propones, alcaide;
pues así nuestra cobardía facilitará a los moros la ocupación de la villa que,
con nuestro esfuerzo podríamos hacer dificilísima. Retírense en buen hora los
poltrones; mas los que se precian de valientes, síganme!»
Todos los presentes
marcharon en pos del animoso anciano a resistir en la brecha abierta en la
muralla a los moros, que con alegre vocerío les amenazaban con la muerte.
Aunque gravemente herido en el muslo el viejo adalid por un tiro de balista, su
extremada bravura excitó a los jóvenes a tan supremo esfuerzo de valor, que en
la misma entrada del portillo arrancaron la vida a multitud de enemigos. La
inminente ruina de una torre situada en el ángulo de la muralla y minada por
los moros, en nada disminuyó el arrojo de aquellos valientes, pues en espera
del socorro de los capitanes de las guarniciones cercanas, y especialmente del
corregidor Luis Portocarrero, cavaron en las estrechas calles de la villa fosos
protegidos de trecho en trecho por estacadas y trincheras, para hacer allí
tenaz resistencia al enemigo. Cinco días con sus noches y sin interrupción se
combatió encarnizadamente cuerpo a cuerpo en los portillos abiertos en el muro,
con gran esfuerzo de los defensores, rendidos por tan prolongado insomnio.
Triunfó al cabo su constancia. La inútil tentativa costó la vida a 500 moros y
más de 1.000 quedaron gravemente heridos. La mayor parte de los defensores
salieron heridos; pero sólo cinco murieron. El enemigo, al saber la llegada del
ilustre adalid Luis Portocarrero en socorro de los nuestros, levantó el sitio y
se volvió a Baza con daño considerable. D. Fernando oyó con satisfacción suma
la hazaña realizada por los heroicos soldados y premió su esfuerzo con
recompensas militares, mayores que a los demás al veterano Covarrubias.
Poco después siguió
mostrándosele favorable la fortuna. Cautivado por los moros en un desfiladero,
pudo rescatarse por escaso precio, porque su vejez y el desconocer su valía les
hicieron apreciarle en poco. Bien lo deploraron cuando después supieron por qué
miserable suma habían dado libertad a hombre de tanto mérito.
No podían ver con
paciencia los genoveses las audaces intrigas del Cardenal Pauto Campofragoso,
dirigidas a la ruina de la Señoría, y con tumultuario arranque le obligaron a
renunciar el cargo tiránicamente usurpado y a refugiarse en busca de
salvaguardía en el castillo que domina a la ciudad. Los ciudadanos, vejados por
tan frecuentes cambios, se encomendaron a la protección más ventajosa del Duque
de Milán Juan Galeazzo, y pusieron al frente del gobierno para ocurrir a las
novedades que habían surgido al noble Vieto, de la antigua familia de los
Fliscos. Estos importantísimos cambios dieron origen a muchas y diversas
novedades en toda Italia y hasta en la Corte pontificia, y dejaron indecisos a
los genoveses de distintas facciones residentes en España.
Los Reyes en su marcha a
Valladolid descansaron algunos días en Ocaña, y escucharon atentamente las
diversas embajadas que de todas partes llegaban, procurando dar a todo la más
acertada resolución. Pero lo que más cuidado les daba era la funesta actividad
de Audelí el viejo, uno de los dos Reyes granadinos, o sea el tío del rey
Boabdil, a la sazón en Granada, porque si bien éste parecía, tener superioridad
sobre el primero por poseer sólo el señorío de Granada, era reconocida la de
aquél en otras muchas cosas. Boabdil, sujeto a dirigir el gobierno de ciudad
tan importante y de un pueblo desgarrado por las facciones, quedaba menos libre
para atender a las demás exigencias de la guerra, tanto más cuanto que si
evitaba confiscar los bienes a los ciudadanos no podía pagar sus soldadas a las
tropas. Además, no se atrevía a recurrir a su tío, que cobraba mayores rentas y
disponía de caballería no despreciable, por temor a que durante su ausencia la
deslealtad de los ciudadanos se desbordase y no le permitieran la entrada al
volver. Todo esto dificultaba mucho la seguridad de su dominio, principalmente
porque Audelí el viejo (como los Reyes al marchar a Castilla sólo cuidaron de
guarnecer durante el invierno las ciudades y villas poco antes ocupadas, no
dejando a la caballería otro recurso en aquellos sitios montañosos y cubiertos
de nieve más que el de permanecer encerrada dentro de las murallas) retenía en
su poder a Guadix, Baza y Almería, con otras muchas villas y fortalezas. Por
traición se le había entregado Alendín, villa fortísima, próxima a Granada, y
atalaya desde la que su guarnición observa a cuantos campesinos salen de la
ciudad, siéndola fácil atacarlos a su capricho hasta al otro lado de los ríos
que en el Genil desembocan; de modo que en cualquier época del año un puñado de
jinetes pueden, atravesando los vados conocidos, destrozar a gran número de
granadinos, siempre que la guarnición de Alentín tenga libre la salida. Y el
impedírsela no parecía hacedero sino por medio de un estrecho sitio, y con el
empleo de máquinas de guerra.
La crueldad de un hombre
encargado por don Fernando de tener a raya a los moros de la serranía de Ronda
fue causa de que algunos se atrevieran a atacar a la guarnición de Gaucín y a
dar muerte a los soldados que la componían. Al punto los vecinos de aquellos
pueblos, temerosos de pagar el delito ajeno, cercaron a los pocos ocupadores
del castillo. No tardaron tampoco en acudir en auxilio de los vecinos el
Marqués de Cádiz y el Conde de Cifuentes con buen golpe de sevillanos; el
adelantado de Andalucía D. Pedro Enríquez, el Conde de Ureña y otros muchos
caballeros de Jerez y Écija, todos los cuales arrojaron a los invasores de la
fortaleza, de cuya custodia se encargó a la gente del Marqués.
Por todo esto Boabdil el
joven, receloso de los ardides y de la perfidia de su pueblo, más inclinado a
Audelí el viejo por más enemigo de los cristianos, no se atrevía a enviar
hueste considerable contra los enemigos, que iban extendiendo latamente sus devastaciones,
y por cartas y frecuentes mensajes rogaba a D. Fernando que no quisiera
contribuir con aquellas incesantes hostilidades a que los granadinos se pasasen
resueltamente a su rival Audelí. D. Fernando, aunque se hizo cargo, con su
perspicacia de la gravedad del asunto, comprendió que para la resolución de las
urgentes dificultades del momento tendría que someterse al tiempo,
especialmente en el otoño e invierno, cuyas lluvias eran obstáculo para
reforzar las guarniciones. Produjeron aquellas grandes inundaciones por toda
España, y proporcionaron ocasión a Audelí de apoderarse de muchos soldados de
las guarniciones próximas a Guadix y Baza, hombres en su mayor parte
desconocedores de aquellos lugares, imposibilitados de defenderse de las
acechanzas de los moros y que alardeaban más de lo conveniente en una guerra de
nuevo género de su vigilante esfuerzo. A costa de frecuentes descalabros
aprendieron al fin cuál era el partido más acertado.
En Valladolid, donde a la
sazón residían los Reyes, tuvo noticia D. Fernando del tumulto ocurrido en
Plasencia contra el Duque de este título D. Álvaro de Estúñiga, nieto del
difunto D. Álvaro. A su muerte debía el joven entrar en posesión por derecho hereditario
del título y del señorío del abuelo, pero temía el odio de sus tíos el maestre
de Alcántara D. Juan de Zúñiga y de don Francisco. No logró, sin embargo,
evitar los secretos ardides de algunos caballeros de Plasencia, especialmente
de los Carvajales, poseídos tiempo hacía del anhelo de emanciparse de su
señorío, de modo que aquella ciudad, en lo antiguo sólo obediente a la Corona y
vasalla durante cuarenta y seis años de la Casa de Estúñiga, volvió a su
primitiva condición. Los citados caballeros, confiados en la facción de sus
parientes y familiares, conocedores de la enemiga de Francisco de Estúñiga
contra su sobrino Álvaro, y tal vez en la creencia de que el motivo del tumulto
no desagradaría a los Reyes, aprovechando la ausencia del noble joven, recorrieron
las calles de la ciudad aclamándolos, y empezaron el ataque del castillo que
rechazó la guarnición enérgicamente. Al saber la novedad el joven, que había
ido a Valladolid a besar la mano a los Reyes, les pidió inmediatamente licencia
para despedirse y acudir al socorro de los suyos. Los Reyes, al tanto de lo que
en Plasencia ocurría, retuvieron a D. Álvaro y se esforzaron por animarle. Sin
embargo, nada hicieron por reprimir las pretensiones del tío del joven, D.
Diego de Estúñiga, al título del Ducado, que por derecho hereditario decía
corresponderle. En tal apuro el joven, siempre obedientísimo a la Corona y muy
estimado de los de la corte, suplicó a los Reyes que, como siempre lo había
esperado, se dignasen amparar su causa y reprimir las sediciosas rebeldías de
sus tíos y de los placentinos, por cuanto ni de él podían, recibir jamás la fea
nota de desobediencia ni en su tío ver el menor indicio de fidelidad, según
había demostrado en muchas cosas la experiencia, al paso que él había guardado
siempre a la Corona la lealtad heredada de su padre.
Contestáronle afable y
favorablemente, tanto el Rey como la Reina; pero el primero se apresuró a
marchar a Plasencia mientras D. Álvaro se dirigía a Béjar. Bien por consejo de
sus amigos, bien porque él lo creyera más acertado, el joven regresó a Valladolid
a consultar a solas el parecer de la Reina, por considerar la voluntad de tan
ilustre Princesa de superior importancia sobre las demás consideraciones.
Indicóle D.ª Isabel la conveniencia de entregar el castillo al Rey sin
condiciones, si deseaba feliz éxito para su causa, porque así lograría mayores
y más considerables premios, tanto honoríficos como de aumento de rentas.
Marchó D. Álvaro a Plasencia más aceleradamente que había venido, e hizo
entrega del castillo. Los otros Grandes, que ni de tan antiguo, ni con tanta
justicia, retenían en su poder ciudades correspondientes a la Corona, al ver
cómo había recobrado D. Fernando la de Plasencia, en otro tiempo dada por orden
del rey don Juan a D. Pedro de Estúñiga, abuelo del joven D. Álvaro, en compensación
de la posesión de Ledesma, empezaron a temer que se les exigiese la devolución
de cuanto habían ocupado en días turbulentos. Esto dio origen a murmuraciones,
así entre los nobles como también entre los populares, que consideraban
inoportuna la novedad, y acaso contraria al feliz resultado de la campaña
contra los granadinos, porque los avisados creían que debía anteponerse el
término de esta guerra a la reparación de cosas ya pasadas.
Mas los que habían
observado cuántas cosas se habían realizado en todos estos asuntos por modo
milagroso y contra las opiniones de los mortales, acababan por proclamar que
Dios tiene en su mano el corazón de los Reyes.
Íbase creyendo más
necesario de día en día el castigo de los judaizantes, a fin de extirpar de
raíz las herejías, y así se vio con gusto arreciar la persecución contra ellos.
Lo mismo en Valladolid que en otras ciudades de España fueron presos los sujetos
que, según decían, estaban tachados con esta nota, no sin admiración de los
católicos de que hombres de condición distinguida hubiesen caído en tan infame
delito.
Resueltos en aquellos días
éstos y otros muchos asuntos con solícito tacto por el Rey y por la Reina,
llegó a la Corte el condestable de Aragón D. Juan Ramón Folch de Cardona, conde
de Cardona y de Pradés, caballero de ilustre prosapia y muy poderoso en Cataluña,
a quien en primer lugar el Rey había encargado que hiciese la guerra al Conde
de Pallars, alzado en sus castillos, defendidos por él en la fragura y aspereza
de los Pirineos desde el tiempo de las alteraciones del Principado de Cataluña.
De buen grado aceptó el Conde el cargo, a causa de los inveterados odios
existentes entre ambos desde la rebelión de los barceloneses contra el ilustre
rey D. Juan de Navarra, según referí. Cuando el de Pallars se vio obligado a
encerrarse en las fragosidades de los Pirineos y en sus enrocados castillos,
conociendo que no le quedaba más recurso que acudir al auxilio del rey Carlos
VIII de Francia, le suplicó que le enviase sus soldados para acudira donde
fueren necesarios; y en cuanto el Rey se lo concedió, el de Cardona salió de
Cataluña y fue a Valladolid a exponer ante los Reyes los peligros que
amenazaban si inmediatamente no se atendía al remedio. No fue inútil su venida,
porque a todo proveyó el Rey, y sin demora ordenó lo necesario para reprimir
las audacias del Conde de Pallars.
En el mes de Diciembre de
este año recibieron los Reyes, complacidos, la embajada de Maximiliano, rey de
Romanos. Eran los principales embajadores el Bastardo de Borgoña... y Salazar,
conocido por el Petit, para distinguirle de Salazar el viejo, muy
estimado del difunto rey Luis de Francia por su valer militar y por el especial
interés con que trataba los asuntos concernientes a la Corona. Fueron
perfectamente acogidos en Valladolid los dos embajadores; pero, aparte del
regocijo de los torneos, banquetes y demás espectáculos de que luego hablaré,
no se cree que trataran, en las secretas entrevistas con los Reyes, de otros
asuntos sino de pedir la mano de la ilustre doncella D ª Isabel para el rey
Maximiliano, y la de otra de las Infantas para Carlos, hijo de éste y heredero
de muchos estados. Ni aun los Grandes tuvieron conocimiento de la respuesta
dada a los embajadores, tal vez porque conviniera satisfacer a las dificultades
de la demanda haciendo alguna otra concesión adecuada y conveniente. Y como los
festejos se aplazaron para el comienzo del año siguiente, pongo aquí fin a la
narración de los sucesos ocurridos en éste de 1488.
Libro IX
(1489)
Magníficas fiestas celebradas en Valladolid en honor de los
embajadores. -El Bastardo, de Borgoña se enamora de D.ª María Manuel, dama de
la Reina, y pide su mano.-Rumores acerca del objeto de la embajada. -Regreso de
los embajadores. -Reciben D. Fernando y D.ª Isabel a los del rey de Inglaterra,
adonde previamente habían enviado al doctor Puebla. -Preferencias de los Reyes
por la alianza inglesa sobre la francesa. -Grandes festejos en honor de los
embajadores.- Secreto de la embajada. -Preparativos contra Baza. -Condiciones
que hacían casi inexpugnable a esta ciudad. -Tres inundaciones en España en
espacio de diez años; peste y hambre causadas por la última. -Celebra D.
Fernando la Semana Santa en Guadalupe. -Para favorecer en Bretaña a los
ingleses contra los franceses, envían allí los Reyes escogida hueste al mando
de D. Pedro Carrillo de Albornoz.- Quejas de los andaluces por lo intolerable
de las cargas y tributos en provincias tan arruinadas. -Obliga a los pueblos a
sobrellevarlos el desprendimiento de los Reyes. -Quejas de éstos de las
exigencias del Papa. -Desdén y arrogancia de Gemeth, hermano de Bayaceto, en
presencia del Pontífice. -El Maestre de Rodas, Cardenal. -Regalos de Boabdil a
los Reyes. -Marchan éstos a Jaén. -El Duque de Medina Sidonia intenta destruir
las almadrabas de los atunes propias del Marqués de Cádiz. -Embajada del Soldán
de Babilonia a los Reyes en favor de los granadinos. -Enérgica respuesta de D.
Fernando a las amenazas del Soldán. -Preparativos para el sitio de Baza.
-Capitulación de Zujar. -Privilegiada situación de Baza para la defensa.
-Escaramuzas entre sitiados y sitiadores. -Prevenciones de D. Fernando para
reprimir las hostilidades de los cercados y de sus auxiliares. -Su arrojo al
frente del enemigo. -Elogio de Martín Galindo. -Sus hazañas y su herida en
combate singular con un moro. -Pide el Rey parecer a los Grandes acerca de la
continuación del sitio. -Opiniones contrarias del Maestre Cárdenas y del
Marqués de Cádiz. -El comendador Gutierre refuerza los argumentos del primero.
-Conformidad del Rey con éste, y consiguiente continuación del sitio. -Disposición
de los reales. -Ríndense las villas de Canillas, Freila y Bençalema. -Ardides
de los de Baza para desalentar a los cristianos. -Combate entre ambos campos.
-Llegan a los reales embajadores de Francia, de Hungría, de Alemania y de otras
partes del mundo. -Acuden caballeros extranjeros a pelear con los infieles.
-Esperanzas de los sitiados en los temporales del invierno. -Auxilio indirecto
prestado por Boabdil a D. Fernando. -Correrías afortunadas de los nuestros por
tierras de Almería y de Guadix. -Salidas desgraciadas de los de Baza contra el
ejército cristiano. -Luchas por apoderarse de la fuente del Hinojo. -D.
Fernando dispone con éxito celadas contra los moros. -Ardides de algunos de los
principales de Baza para contener el desaliento del pueblo. -Piden parlamento
los sitiados. -Conferencias para tratar de la capitulación. -Rechaza D.
Fernando los presentes enviados por los moros. -Astucia de los de Baza para
aparentar grandes aprovisionamientos. -Abundancia de éstos en los reales.
-Llegada de la Reina al campamento. -El autor atribuye a la intervención
divina, y no al poder del Rey, la rendición de Baza. -Visita la Reina los
reales. -Caballerosidad de los moros con ella. -Nuevas entrevistas de los moros
con caballeros de nuestro campo. -Capitulación de Baza y de otras ciudades y
villas. -Entrada solemne de los Reyes en la plaza. -Marcha D. Fernando con su
ejército a Almería. -Rendición de Purchena, Tabernas y Seron. -Entrevista del
rey Audelí con D. Fernando, y banquete que éste le ofreció. -Descripción de la
persona y traje del Rey moro. -Entra el ejército en Almería. -Llegada de D.ª
Isabel, a cuyo séquito se incorpora Audelí. -Rendición de Almuñécar y de
Guadix. -Pérdidas de los cristianos durante la campaña. -Mención de sitios
anteriores de Almería. -Entre el botín se halló el precioso cáliz llamado Santo
Greal, entregado por Alfonso VII en agradecimiento a los genoveses.
Comenzó el año de 1489 con la celebración de espectáculos
públicos, por el deseo, tanto del Rey como de la Reina, de hacer manifiesta
ante los embajadores, con la ostentación de la riqueza, magnificencia y gastos,
la gran alegría que de palabra habían expresado por el motivo de la embajada.
Créese haber puesto más empeño los Reyes en la magnificencia de las fiestas,
porque franceses y alemanes, especialmente cuantos recordaban con
extraordinario encomio la memoria del difunto Duque de Borgoña, aseguraban que
en ninguna parte del mundo como en aquellos reinos se celebraban las fiestas
con más esplendor, alegría y suntuosidad. Por lo mismo se procuraba superar en
esta ocasión a cuanto hasta allí se había visto en Valladolid en materia de
regocijos, como se consiguió, según la opinión de testigos oculares,
principalmente porque los presenció la Reina, hermosa a maravilla,
admirablemente ataviada, y con lucido séquito de doncellas de deslumbrante
belleza, y tomó parte en el torneo D. Fernando, luciendo en él, como en otros
ejercicios, su superior habilidad. Mas en cuanto a esto y a otros sucesos
análogos, baste una ligerísima mención, porque la dignidad de la historia se
compadece mal con más minuciosa descripción de los festejos que la necesaria
para el orden de los acontecimientos.
El Bastardo de Borgoña,
principal de los embajadores, cautivado por la hermosura de las nobles
doncellas, que acompañaban a la Reina en las fiestas y bailes, se prendó tanto
de la belleza de una de ellas, de ilustre linaje, llamada D ª María Manuel, que
pidió como un gran honor su mano con el mayor empeño. Concediéronsela los
Reyes, dotaron a la joven espléndidamente y la colmaron de regalos.
A los dos embajadores se
les obsequió con muchos y singulares caballos españoles, muy estimados de
franceses y alemanes. Del objeto de la embajada y de la respuesta de los Reyes
se traslució muy poco, por haberse tratado en secreto y ser contados los que
llegaron a saberle. Hablábase, sin embargo, en público de haberse pactado
alianza con el Rey de Romanos Maximiliano y con otros Príncipes enemigos del
rey Carlos de Francia por haber invadido la Bretaña francesa, y tomado muchas
ciudades y villas por su empeño en despojar de sus derechos hereditarios a la
única hija del difunto Duque de Bretaña, y por lo mucho que vejaba a la mayor
parte de la nobleza de Francia. También corrió la voz de que el rey Maximiliano
pretendía la mano de la ilustre doncella D ª Isabel, hija de nuestros Reyes,
dos veces prometida, según dije, al príncipe D. Alfonso de Portugal por
consentimiento dado por los padres a las peticiones de los embajadores
portugueses, a cuya causa se achacaba la presente dilación o disimulo respecto
a la propuesta de los embajadores. Como quiera que sea, los dos citados
regresaron a su nación colmados de honores y mercedes,y uno de ellos llevó
consigo a la recién casada.
Desde Valladolid se
trasladaron los Reyes a Medina del Campo para recibir a los embajadores del Rey
de Inglaterra Enrique de Richmond, a quienes la Reina se proponía acoger con
singular honra, así por preciarse mucho del parentesco con aquella Casa como por
la conocida ventaja para los dos reinos en la continuación de secular alianza
entre ambos. Por estos motivos habían enviado ya por embajador a Inglaterra a
un doctor muy diestro en averiguar el estado de las cosas, con amplias
instrucciones y encargo de saludar en breves palabras al Rey y explicar luego
por extenso lo concerniente a los ulteriores intereses de ambos reinos.
Recibió el rey de
Inglaterra muy bien la primera vez al embajador español, porque en la
conclusión de la alianza esperaba a un tiempo mayores garantías para su
afianzamiento en el trono y más provecho para su reino. Así, pues, envió a
España a un noble acompañado de un eclesiástico, con encargo de reanudar la
ventajosa amistad que antiguamente existía entre ambas naciones, convertida en
hostilidad a causa de épocas turbulentas cuando Enrique II, constantemente
auxiliado por los franceses, como el otro por los ingleses en sus luchas con el
rey D. Pedro, logró al cabo vencerle. Aquella antigua correspondencia amistosa
se había convertido en funestos odios; pero se imponía ahora la conveniencia de
volver a las antiguas relaciones, así de parentesco como de común utilidad. Por
esto fue muy satisfactorio el objeto de esta embajada para D. Fernando, cuyos
progenitores, los Reyes aragoneses, siempre prefirieron la alianza inglesa a la
francesa. Y lo mismo para la Reina, muy propicia a una alianza, que ya tenía meditada,
con el rey de Inglaterra. Así, se festejó a los embajadores con no menor pompa,
aunque no durante tantos días. Tampoco ahora pudieron traslucir ni aun los
Grandes el fondo de la respuesta de los Reyes. Sólo corrió entre el vulgo el
rumor de que el rey de Inglaterra había pedido a los nuestros a una de las más
jóvenes Infantas para su hijo, todavía muy niño.
Algunos de los áulicos
murmuraban que el rey de Inglaterra había enviado exprofeso al primer embajador
tuerto, porque el primero que, como dije, se le envió de España, era manco. Lo
cierto es que los ingleses regresaron a su isla contentos y colmados de ricos
presentes.
Así el Rey como la Reina
declaraban haber gastado sumas considerables, no sin motivo, y como libres ya
del cuidado de disponer aquellos festejos, pareció que prestaban toda su
atención a los preparativos de la campaña contra los moros de Baza. Tal era su
empeño por reunir un ejército tan numeroso como jamás desde el principio de la
guerra contra los agarenos se había visto, que no hacían cuenta de la extrema
miseria de los pueblos, especialmente de los de Andalucía, esquilmados por las
frecuentes expediciones de cada año. No se dudaba tampoco de los innumerables
daños que acarrearía el suspender por algún tiempo una campaña con tanta
felicidad comenzada y hasta tan victoriosamente concluida. Era indudable, por
tanto, que para el feliz remate de las cosas era indispensable la expugnación
de Baza o Baztam, la Copiosa, según los moros. Tratábase, pues, de
atacarla con fuerzas considerables, aunque no se ocultaban las muchas
dificultades de la empresa.
Eran reputados los de Baza
por los más fuertes y aguerridos de todos los granadinos, como ejercitados
desde niños en las artes de la guerra y forzosamente consagrados a ella por su
constante batallar con los cristianos fronterizos. A juicio de los inteligentes,
la situación y las defensas de la ciudad la hacían tan inexpugnable que, no
faltando los víveres, podía desafiar todo el embate de la artillería y máquinas
de guerra. Aun en el caso de un sitio de dos años, decían los avisados, la
feracidad de la tierra alejaba todo peligro de hambre, porque las abundantes
cosechas de trigo, cebada y otros muchos frutos surtían, no sólo a los
ciudadanos, sino a los pueblos de los alrededores. Además, ante la amenaza de
un sitio, los ciudadanos, por naturaleza avisados y previsores, habían sabido
adelantarse a las necesidades, aunque su notoria sobriedad les ponía a cubierto
de las mas graves.
Contaban por otra parte
con la proximidad de Guadix, ciudad no menos defendida, con numerosos
habitantes de ánimo feroz, y residencia del rey Mahomed Audelí el viejo,
protegido por escogida hueste de caballería, porque todos los que en las villas
granadinas ocupadas por D. Fernando seguían obstinadamente la secta mahometana,
se habían pasado a Audelí, abominando de la causa del joven Boabdil, residente
en Granada. Y la razón era porque su afecto al rey de Castilla proporcionaba a
los cristianos excelente ocasión de vencer, como si en realidad fuese católico.
Mas todos estos obstáculos que veían los Grandes del Consejo a quienes se
consultaba en nada influyeron para desviar a los Reyes de su propósito de
establecer inmediatamente el sitio. Sabiendo que se necesitaba una gran leva,
quisieron que las cargas, ya insoportables para los pueblos, no fuesen esta vez
iguales, sino mucho mayores que en lo pasado, por la idea, según se cree, de
que con la esperada toma de Baza tuvieran felicísimo término todos los trabajos.
Hízose una leva de 13.000 caballos y 60.000 peones, además de otro considerable
número de zapadores a fin de preparar los caminos para el más fácil tránsito de
las tropas y cavar los fosos necesarios. No se les permitió llevar más armas
que los picos y azadones. Dispuesto todo esto por el Rey para el sitio de Baza,
resolvió aplazarle hasta el próximo verano, a fin de privar más completamente
de alimentos a toda aquella región con una sola tala de las cosechas.
Al mismo tiempo que se
disponían estas cosas, iban acudiendo de Castilla la Nueva, y hasta de
Cataluña, Valencia y Aragón, muchos embajadores y enviados para negociar en
favor de sus regiones, porque en el mes de Enero de este año terribles
inundaciones por toda España habían impedido salir de sus casas a cuantos
tenían necesidad de viajar, y amenazaban con algún futuro desastre. Porque en
las inundaciones del año de 1485 las aguas desarrollaron una peste que duró
largo tiempo y que hizo innumerables víctimas. Todo el mundo se admiraba, con
razón, de que en diez años hubiesen ocurrido tres inundaciones, cuando se sabía
que en los cincuenta anteriores sólo había habido una. La de este año, no sólo
produjo la peste, sino que castigó cruelmente a los supervivientes con la falta
de alimentos. Ninguno de estos obstáculos logró retrasar la expedición
dispuesta contra Baza. El Rey marchó a Andalucía; adoptó en el camino las
convenientes medidas para el arreglo de otros asuntos, y se encaminó al
monasterio de Guadalupe para celebrar con más recogimiento las solemnidades de
la Pasión del Redentor. Hecho esto cual cumplía a un católico, y mientras
llegaba el tiempo oportuno, mandó el Rey que hasta el 20 de Mayo fueran
reuniéndose en Jaén las tropas de las provincias.
Llegaron por entonces
noticias algo favorables. de haber arribado a las costas de la Bretaña francesa
una armada inglesa con 15.000 soldados escogidos, enviados por el rey Enrique
de Richmond en socorro y favor de la doncella. Las fuerzas francesas, acrecentadas
extraordinariamente de largo tiempo en Bretaña, habían derrotado al punto a los
invasores; pero reanimados los bretones, abatidos por el infortunio y
forzosamente obedientes a los franceses, todas las milicias del país se habían
unido con los ingleses,y no pudiendo las tropas francesas resistir el terrible
y repentino empuje de sus coligados enemigos, habían éstos recuperado
rápidamente, con muerte de muchos franceses, las poblaciones antes rendidas por
el terror o por fuerza de armas. Estos sucesos ocurridos tan de repente y
contra lo que se esperaba, habían obligado al rey Carlos de Francia a llamar
las guarniciones puestas en algunos puntos de Bretaña, mientras el rey Enrique
daba orden de regresar a su reino a los feroces invasores.
Conocidas estas noticias,
pareció a los Reyes muy conveniente, para la alianza tratada, enviar a Bretaña
fuerzas más considerables que las anteriormente enviadas, a fin de demostrar a
las claras cuánto les importaban los asuntos de esta provincia, a pesar de
estar tan próxima la campaña contra los moros y del gran obstáculo de la
lejanía. En cuanto al jefe de las tropas, la elección del conde de Salinas D.
Diego Sarmiento, por su nobleza y por su pericia en las cosas de la guerra, no
hubiera sido dudosa a no contar tantos años y disfrutar de tan escasa salud. En
la duda, fue transcurriendo algún tiempo, mas al fin, para que los hechos
respondiesen de la voluntad, se eligió para el mando de 1.000 caballos y 2.000
peones a D. Pedro Carrillo de Albornoz, de ilustre familia y pariente cercano
del cardenal D. Pedro González de Mendoza, del arzobispo de Sevilla D. Diego y
de D. Íñigo, conde de Tendilla, con cuya hermana estaba casado.
En Córdoba consagraron los
Reyes mayor atención al despacho de los asuntos de Andalucía, porque los
Procuradores de las ciudades apelaron a sus sentimientos de misericordia para
que los aliviase algún tanto de la carga impuesta, alegando que las habían sufrido
difíciles, pero no podían resistir las intolerables. Las haciendas de todos los
populares, no sólo estaban agotadas, sino que el número de éstos se había
reducido a la quinta parte por la peste y otras calamidades, y así no debían
sus Altezas imponer a diez hombres, paupérrimos y agobiados por la última
miseria, carga más pesada que la que en años anteriores hicieran sobrellevar a
cincuenta personas acaudaladas, porque en todo y siempre debía prestárseles
obediencia, con tal que existiesen medios para demostrar la voluntad.
A ésta y a otras muchas
quejas que diariamente llegaban a oídos de los Reyes contestaron bondadosa y
benignamente: Que bien sabían cuánta angustia y cuántos trabajos habían pasado
sus fieles vasallos en tantos años de guerras, y que, por conocerlo y haber
sido testigos de ello, tenían propósito de corresponder con el mayor
agradecimiento a los méritos contraídos por los leales, cuando con el
exterminio de los infieles se consiguiese el triunfo deseado. Porque a romper
la guerra contra los granadinos les había movido la compasión hacia estos
mismos vasallos, cruelmente y por tanto tiempo vejados por los moros con
continuas incursiones y talas y con miserable cautiverio. Y el tenaz esfuerzo
de aquéllos durante ocho años, y los considerables gastos de tal modo habían
hecho sufrir a los enemigos iguales peligros y calamidades, que en concepto de
todos los avisados, de la expugnación de Baza dependía el conseguir una paz
definitiva, y a fin de alcanzarla con el favor de Dios, el Rey ofrecía todas
sus rentas y hasta la propia persona para cualquier empresa encaminada al
triunfo deseado.
Cuando los pueblos
conocieron esta resolución de los regios cónyuges, todos aceptaron la carga de
las exacciones impuestas, y lo que parecía imposible a la pobreza lo suplió la
voluntad de obedecer. Tuvo que ser mayor el esfuerzo porque el Papa en aquellos
días se había negado a prorrogar la bula de indulgencia concedida antes a los
que contribuyesen con cierta cantidad para los gastos de la guerra, y no había
querido conceder permiso para el subsidio eclesiástico si no se cedía la mitad
de lo recaudado en favor de la Cámara apostólica. Tan tenaz avaricia indignó a
los embajadores de los Reyes en Roma y por encargo de éstos se quejaron
amargamente al Pontífice de que se pidiese injustamente lo que por razón de
equidad y por el buen nombre de la religión católica no podía otorgarse, a
saber: la pretensión de apropiarse él mismo que otorgaba la indulgencia en
virtud de un contrato de reparto, las sumas dadas a un Rey por los pueblos para
las urgencias de la guerra y para conseguir aquella indulgencia cuando la liberalidad
de la Sede apostólica debía estar muy por encima de toda compensación metálica.
Mientras se exponían estas
quejas ante el Papa y se desesperaba de obtener los recursos deseados, los
ilustres cónyuges acudían a varios expedientes, aunque difíciles, para sostener
el peso de la guerra, sin que por un momento desmayaran en su propósito de
acometer el sitio de Granada.
El Papa en tanto atendía
sobre todo a la creación de Cardenales, principalmente genoveses, unidos a él
por parentesco o por antigua amistad; pero para hacerlo sin irritar demasiado a
las demás naciones, nombró, además de los dos genoveses Lorenzo Cibo, arzobispo
de Benevento, y Antonio Gentil, obispo Alariense, a otros tres, a saber: al
Maestre de Rodas Pedro Daubusson, al Arzobispo de Sión y a cierto Obispo
milanés estimado del Duque.
Llegó a Roma por este
tiempo, con permiso del Maestre de Rodas, el hermano del Sultán Bayaceto,
Gemeth, que por orden del primero había vivido en Francia en estrecha
reclusión. Cuando se vio en presencia del Papa, se resistió desdeñosamente a
prestarle el acatamiento acostumbrado, y en sus visitas a los Cardenales
alardeaba de la violencia que se hacía para tratar con aquellos Prelados, de
tanto respeto entre nosotros. Tales eran la arrogancia y soberbia que en su
rostro y en sus palabras demostraba aun en su situación de cautivo. Obligado,
sin embargo, a permanecer bajo custodia, el destino le reservó la suerte que a
su tiempo diré.
Del Maestre de Rodas, en
otro tiempo enérgico y feliz defensor de la isla cuando el Turco ocupó parte de
ella, se hablaba desfavorablemente, por haber trocado por un pacífico galero la
dignidad militar, de tan alto precio entre los defensores del catolicismo.
He mencionado ligeramente
estos hechos por seguir el orden de los sucesos y a fin de no interrumpir la
narración de los ocurridos en España.
Cuando el rey de Granada
Boabdil supo que los Reyes, dejando ya perfectamente arregladas todas las cosas
para el sitio de Baza, habían llegado a Córdoba en la última semana de Abril,
quiso mostrarles cuán a su devoción estaba en todo y les envió los más espléndidos
presentes que su precaria situación le permitía, añadiendo, como el más
preciado obsequio, cincuenta cristianos arrancados a viva fuerza del miserable
cautiverio en que sus amos los tenían. Imposible fue llevar esto a cabo sin
trastornos, pues los ciudadanos a quienes se había hecho aquel agravio lograron
a poca costa sublevar a la muchedumbre enemiga de esta novedad; pero la mayor
previsión de Boabdil, no sólo acalló con mano fuerte el tumulto, sino que dio
muerte a los promovedores del escándalo, porque le constaba que tenía entre los
granadinos muchos enemigos a quienes por medios suaves jamás lograría reducir a
su opinión. Del castigo de los crímenes cometidos por éstos sacaba las sumas
necesarias para el pago de las soldadas del ejército.
Desde Córdoba los Reyes
con el Príncipe y las Infantas marcharon a Jaén en el mes de Mayo, tanto por la
mayor facilidad que para la empresa de Baza proporcionaba la cercanía de esta
ciudad, como para evitar los aires poco sanos de Córdoba, porque todavía
quedaban algunos gérmenes de la pasada peste... llegó, y como una de las
primeras resoluciones para la guerra quiso que se llamase al Marqués de Cádiz
por su reconocida pericia militar.
Había éste averiguado que
el Duque de Medina Sidonia tenía preparadas ciertas asechanzas para impedir la
pesca de los atunes en Cádiz, en cuyas almadrabas se solían recoger anualmente
por el mes de Mayo, para que de pronto, después de su marcha, quedasen
destruidas. Para perpetrar aquella maldad, 200 caballos, 1.000 peones y 17
carabelas con otra multitud de soldados aguardaban, por orden del Duque,
oportunidad para arrojarse sobre los que pescaban en la costa. Esta lucha entre
los dos próceres se había reducido a un pleito a fin de resolver en derecho si,
con arreglo a los pactos, la casa del Marqués podía pescar los atunes en Cádiz
o si la de Guzmán había de gozar sólo de aquel privilegio.
La honda envidia del Duque
y el pesar de ver disminuir sus rentas le impulsaron a prescindir del pleito
pendiente y de la condición de los tiempos. Por el contrario, el Marqués,
hombre sagaz y previsor, que muy fácilmente hubiera podido oponerse a los intentos
del Duque, prefirió escribir al Corregidor de Cádiz que había sabido cómo por
orden del Duque de Medina Sidonia se hacían grandes preparativos para pasar
fuerzas de caballería al interior de la isla, cosa irregular que en ausencia
suya y mientras desempeñaba honrosísimos encargos del Rey, tenía la seguridad
de que no daría lugar a nada indecoroso, y sólo se atendería a la guarda de la
ciudad en caso de ocurrir algún hostil hecho.
Poco después arribaron
unas carabelas al promontorio de Hércules y desembarcaron en la parte opuesta
de la isla fuerzas de caballería y peonaje que destrozaron todos los aparejos
de la pesca, pusieron fuego a las viviendas de los mercaderes en la playa y
echaron a pique, en el sitio más a propósito para la pesca, una embarcación
cargada de piedras. Acarreó esto al Duque y a su único hijo, ejecutor de
aquellos desmanes, gravísimos perjuicios, bastante merecidos por los estorbos
que ponían a la campaña contra los moros. El Marqués, en cambio, por oportuna
obediencia a las resoluciones del Rey, mereció grandes honras y consiguió
completa indemnización de los daños recibidos, aunque declaró estar pronto a
sufrirlos mayores, siempre que redundasen en la mejor marcha de la campaña.
Llegaron a España por
estos días dos religiosos, uno de ellos el Prior del Santo Sepulcro, varón muy
venerable, enviado por el Soldán de Babilonia para exponer al Rey lo siguiente:
Que los moros granadinos te habían enviado embajadores a quejarse de la gran
violencia que desde algunos años les hacía sufrir D. Fernando, rey de Castilla,
León, Aragón y Sicilia, apoderándose con fuerzas imponentes de la mayor parte
del reino de Granada, sometiendo a los habitantes a miserable cautiverio o
arrancándolos de sus hogares para pasarlos al África en virtud de inicuas
capitulaciones, haciendo, en suma, pesar infinitas calamidades sobre inocentes,
puesto que en todo aquel tiempo los granadinos no habían cometido otro crimen
que lo que a los poseedores de un territorio fue siempre permitido, o sea, la
defensa de sus lares y de sus familias y la resistencia contra los que
intentaban despojarles de sus bienes y quitarles su religión. A pesar de esto,
D. Fernando, confiado en su extraordinario poderío, jamás había cejado en su
empeño de arrojar de España u oprimir en ella a los agarenos, habitantes
durante más de siete siglos en el rincón de España adyacente al Mediterráneo y
fieles adoradores de Mahoma. De su probada virtud se hacían lenguas, y su
elogio estaba en la boca de todos los sarracenos. Por esto muchos africanos
solían pasar a España en auxilio de los granadinos y llevar socorros metálicos
a los que se hallaban en apurada situación en sus negocios. Mas como en aquella
ocasión nada de esto hubiera. sido posible a causa de las muchas disensiones
entre los moros gomeres y los otros sarracenos más poderosos del África, y la
ocupación por los portugueses de las ciudades marítimas como Ceuta,
Alcázarzaguer, Tánger y Arcila ofrecía un grave obstáculo, habían puesto en la
majestad del supremo Soldán de los sarracenos su única esperanza de remedio.
Este, con sola una indicación, podría humillar la soberbia del rey Fernando,
mucho más si se dignaba acudir en socorro de las presentes desgracias de los
granadinos.
Sobre éstas y otras muchas
razones de los embajadores añadieron los faquíes que el Soldán, vivamente
irritado por las quejas de los embajadores, confirmadas con amargas lágrimas,
había llamado al Prior del Santo Sepulcro para que marchase inmediatamente a
España y expusiese ante el rey D. Fernando en términos precisos, que si no
ponía término a los rigores con que castigaba a los granadinos y les resarcía
de sus daños, él trataría cruelmente a cuantos cristianos habitaban en Egipto,
Judea y Siria; destruiría el sepulcro que en los pasados siglos se les permitía
visitar en Jerusalén y mandaría matar a los guardianes. Y si el Prior y su
compañero, sobrecogidos de terror, no quisieran volver con la respuesta, su
tardanza le indicaría que era llegado el caso de cumplir sus amenazas.
Dicho todo esto ante los
Reyes por el venerable Prior entre comprimidos sollozos, inspirados por la
lástima de los que quedaban expuestos a tan gran peligro, y principalmente por
la amenaza de la destrucción del Sepulcro del Redentor, el prudentísimo Monarca
contestó con gran entereza lo siguiente:
Que tanto al Soldán como a
los demás mahometanos eran notorias la violencia y perfidia de que se valieron
un tiempo los árabes para ocupar las Españas y otras muchas provincias del
mundo poseídas por los cristianos por derecho hereditario. Y territorios ocupados
injustamente podían con justicia ser recuperados por sus señores legítimos,
como recuperaron los franceses gran parte de Francia, invadida por los
sarracenos en la primera acometida, y como los reyes de España en el transcurso
de los tiempos, imitando el esfuerzo del primer defensor Pelayo, habían
restituido a la fe católica todas las demás regiones de la Península, excepto
el reino de Granada, protegido por los recursos suministrados por el África y
por lo inaccesible de los lugares, último refugio de los moros granadinos.
Estas ventajas habían aumentado su confianza de permanecer perpetuamente en
aquellas sierras, y la ingénita perfidia de esta raza, quebrantadora de todo
pacto y juramento, se ensañaba con crueldad de fieras contra los cristianos, fieles
observadores de los pactos. Así, muchas veces los granadinos, ni aun durante
las treguas dejaban de entrar en tierras de cristianos, hacerlos cautivos,
darlos muerte, talar sus campos y con falsas excusas atreverse a todo aquello
que jamás hubiesen podido hacer durante la guerra abierta. Si, pues, aun a
legítimas poseedores del territorio, reos de tan crueles crímenes, hubiera
debido resistírselos y procurar con el mayor rigor exterminarlos, ¿con cuánta
más justicia debería tratarse de hacer el mayor daño posible a aquella gente, a
la que por el mismo derecho había que expulsar del territorio violentamente
usurpado? Mas si el Soldán creía bastantes sus amenazas para librar del peligro
a los granadinos, debía tener por cierto que el sepulcro del verdadero Redentor
del género humano no podía ser tan totalmente destruido que desapareciese la
santidad de aquel lugar; en cambio, los tributos de los peregrinos que
constantemente le visitan se acabarían seguramente, una vez destruido. Y si
ejercía su crueldad sobre los mil o pocos más cristianos súbditos suyos, así en
Jerusalén como en otras ciudades de sus dominios, podía estar seguro de que
inmediatamente serían degollados los cien mil y más agarenos que, con permiso
del Rey de Castilla, vivían tranquilamente en España, sin pagar hasta entonces
el menor tributo.
Tal fue, según supe, el
resumen de la respuesta del Rey a lo que de parte del Soldán le dijo el
religioso, y con ella se dispuso a volver a Egipto, sin temor al peligro ni aun
del martirio, pues el buen religioso, más que evitarle le deseaba a cambio de la
eterna felicidad. No era acaso de temer la realización de las amenazas, porque
el Soldán, ante la perspectiva de mayores peligros, acabaría por someterse a la
razón.
No demoró D. Fernando el
propósito concebido de sitiar a Baza, mientras la Reinase ocupaba activamente
en Jaén, así en recibir a los embajadores y mensajeros como en enviar
abundantes provisiones a los reales. Después que en la iglesia de Jaén, con el
concurso del clero y de los fieles, se llevó procesionalmente el pendón
bendecido con ceremonias católicas y reales, y se celebraron solemnes cultos,
el Rey marchó al campamento a fines del mes de Mayo. Inmediatamente después se
hizo un escrupuloso alarde al que se presentaron unos 12.000 caballos ligeros y
50.000 peones. En el camino resolvió apoderarse de Zújar, población colocada a
manera de escudo contra los que combatían a Baza. No desconocían los moros que
en Guadix estaban con el rey Audelí prontos a ocurrir a los peligros, que allí
se dirigiría D. Fernando, y así trabajaban por reforzar la guarnición de esta
villa. A la llegada del Rey no se notaba señal alguna de desistir de la
defensa, porque desde Guadix, y por encrucijadas desconocidas de los nuestros,
empezaron a reunirse tantas fuerzas que, sin la artillería, no les quedaban
esperanzas fundadas de tomar la villa. Cuando aquélla llegó y se emplazó por
orden del Rey, las de la resistencia parecieron vanas, y los moros resolvieron
capitular y pedir al Rey permiso para marchar con los ajuares transportables a
Baza, ciudad considerada inexpugnable por todos los habitantes de los
contornos.
Asegurada por el Rey la
villa de Zújar después de la rendición con fuerzas suficientes, ya no había
obstáculo para llevar con más libertad al ejército frente a la ciudad protegida
por numerosas tropas de caballería e infantería, pues, además de los 300 caballos
y 8.000 infantes de los ciudadanos, muy belicosos, se reunió allí otra fuerza
mayor de 700 caballos y más de 7.000 peones, formidable, tanto por su admirable
pericia militar como por su número, en especial porque la condición de aquella
ciudad perfectamente torreada aseguraba de todo ataque repentino a los
ciudadanos encerrados en sus murallas y a los soldados, por pocos que fueran,
que la guarneciesen, como poco después reconocieron los nuestros al acercarse a
la población. Los cuales, aunque el año antes, como dije, habían empeñado
alguna escaramuza con los de Baza no lejos de las murallas, sin embargo, la
brevedad del tiempo y el ardor del combate no les había permitido hacerse cargo
de la situación y de las defensas de la plaza.
La entrada para los
nuestros ofrecía menos seguridad por aquella parte de los huertos que hubieran
considerado más cómoda para aproximar la artillería a las murallas si se
hubiesen talado las arboledas, por industria de los moradores entrecortadas por
torres y tapias. Todo el que poseía un huerto solía levantar en él una torre y
protegerla con tapias para no facilitar a los enemigos de los alrededores el
acceso a la ciudad a favor de lo llano del campo. Y como a las demás partes de
las murallas, a causa de sus naturales defensas y asperezas de los cerros
inmediatos no podían aproximarse sin grandísimo peligro, fue preciso conducir
al ejército en batallas ordenadas hasta la espesura de los huertos y fortificar
los reales con fosos y estacadas. Al día siguiente unos y otros resolvieron
probar las fuerzas en alguna escaramuza, y bien pronto salió de las huertas
escogida hueste de jinetes moros, que apostaron en emboscada en los linderos de
aquéllas buen golpe de peones en observación del resultado del combate, y
dejaron unos pocos en campo descubierto. En cuanto los nuestros divisaron al
enemigo se lanzaron contra él y trabaron escaramuza, género de combate en que
los moros sobresalen.
Iba haciéndose más
encarnizado de lo que correspondía al número de combatientes, mientras iban
llegando refuerzos a unos y a otros; pero cuando el enemigo, aparentando que
cejaba ante la multitud de los nuestros, volvió las espaldas en mayor desorden
de lo regular, la caballería cristiana se lanzó en su persecución como los
moros habían previsto. Tienen éstos admirable destreza en rehacer sus filas, y
aun cuando van huyendo, repentina y oportunamente saben revolverse en correcta
formación contra el temerario enemigo que los persigue. Tal sucedió este día en
que los arrojados perseguidores de los moros sufrieron grave daño, porque los
jinetes, revueltos ya con los peones, traspasaban a muchos de los nuestros con
los tiros de saetas y espingardas. Mas al aproximarse D. Fernando con su
hueste, tan superior en caballería e infantería, los de Baza, demasiado
envalentonados por considerarse vencedores en aquella escaramuza, tuvieron que
refugiarse con grandes pérdidas en la espesura de las huertas por las calles y laberintos
de ellos bien conocidos. D. Fernando reprendió severamente a los que habían
permitido mezclarse hasta bisoños indisciplinados con los hombres de armas más
aguerridos, entre los que sucumbieron algunos mancebos de ilustre linaje, y dio
orden de no dar ocasión al enemigo para trabar escaramuza si no se peleaba en
terreno abierto. Para mayor seguridad de los reales, por cuanto había mandado
fijar las primeras tiendas cerca de la ciudad, dio orden de levantarlas y
trasladar el ejército a lugares más distantes y mejor defendidos.
No se le ocultaba a D.
Fernando que a consecuencia de aquella escaramuza con los de Baza nuestras
tropas habían perdido su acometividad, y así mandó traer las piezas de
artillería más gruesas dejadas en Vera el año anterior, para lo que envió
algunas tropas. Además dio órdenes acertadas para rechazar las acometidas de
los de Guadix, que se apoderaban de los conductores de vituallas, y para que
los nuestros padeciesen hambre, mataban las acémilas, imposibilitadas de
caminar con sus cargas por los peñascales y gargantas. En las encrucijadas
había dos campamentos defendidos por soldados de Jaén, de Úbeda y de otras
partes, conocedores de aquellas sendas; pero las medidas del Rey de tal modo
reprimieron las algaradas de los de Guadix, que los caminantes recorrían con
toda seguridad los caminos.
Tampoco podía ver con
calma la libertad que tenían los de Baza para salir a su antojo por la parte de
las huertas y discurrir por los campos contiguos, y así mandó cortarlas y
arrasarlas, a pesar de lo trabajoso y arriesgado de la operación. Para ello salió
el ejército de los reales precedido de buen golpe de infantes, seguido de la
caballería y en ordenadas batallas, a fin de que si se les hostilizaba desde
las torres de las huertas, los nuestros pudieran responder al ataque de los
moros con los ribadoquines y otras piezas de transporte. En cuanto los de Baza
vieron aquel formidable aparato, abandonaron las posiciones de las huertas más
distantes de la ciudad en poder de los nuestros, porque aquéllas protegían un
espacio de casi una legua por todo el circuito del valle, y así el enemigo
abandonó la parte anterior, frontera a nuestras tropas y falta de defensores, a
fin de tener más segura la más próxima a la ciudad. Costó no poco trabajo a los
de D. Fernando arrasar las espesas arboledas que cubrían la parte baja en una
extensión de media legua escasa por el frente del espacio intermedio, seguros
de que lo mismo sucedería al continuar la tala de la restante arboleda, y con
permiso del Rey, no temieron asentar los reales junto a las defensas opuestas a
los huertos.
Al día siguiente, cuando
más ocupados estaban los nuestros en su labor, les atacaron los de Baza tan
repentina e impetuosamente, que tuvieron que acogerse a las ordenadas batallas
de fuerzas superiores. No tardó en empeñarse encarnizado combate entre los
nuestros y los moros que iban acudiendo, más favorable para éstos porque podían
acometer y replegarse impunemente, y si alguna ventaja se alcanzaba, podían
hallar oportunidad en aquel confuso torbellino para estrecharlos, oprimirlos y
descargar en ellos su furia.
Era grande el riesgo para
los nuestros, de venir a las manos aquella multitud irregular con la recia
hueste formada en batallas, y no pudiendo don Fernando sufrirlo con paciencia,
púsose el casco y se lanzó contra el enemigo. Al observar el peligro que corría,
la vergüenza obligó a todos los valientes a arrostrarle antes que ocurriese al
Rey alguna desgracia. Tres veces fueron rechazados los moros dentro de las
cercas de los huertos más próximos a la ciudad, y otras tantas se vieron
forzados los nuestros a replegarse a sus banderas, con las consiguientes
pérdidas de unos y otros. Aparecieron más a las claras las de los cristianos,
porque los de Baza pudieron disimular algún tanto en la ciudad el daño recibido
aquel día; pero no lograron ocultar, según la costumbre de los moros, la
desgracia de sus adalides muertos en aquel encuentro. Al cabo, por los llantos
y alaridos de las mujeres y por los fúnebres lamentos que por las calles se
oían, se supo poco después que los más valientes caballeros moros heridos en el
combate habían expirado a los pocos instantes de refugiarse en la ciudad. D.
Fernando, cediendo a las advertencias de los Grandes y a lo que las
circunstancias exigían, llevó al ejército a los reales que habían fortificado a
mayor distancia, y allí, convocados los nobles según costumbre, pareció
inclinarse a más prudentes determinaciones.
Al llegar aquí, las
excepcionales condiciones de valor de Martín Galindo, caballero ecijano, exigen
que se haga más detenida mención del origen de este guerrero digno de toda loa,
hijo de padre de posición modesta, pero muy distinguido en la milicia y que
supo hacer de su hijo un perfecto soldado. Llamábase Juan Fernández Galindo,
natural de Antequera, consagrado a la guerra desde la adolescencia hasta la
vejez y dotado de extraordinaria habilidad para prácticas de la milicia. Su
hijo Martín dio en todos los combates brillantes muestras de su bravura.
Don Fernando, al ver a un
hombre en lo alto de un árbol, envió a Galindo a descubrir si por caso los de
Baza habían ahorcado a un cristiano que,con su permiso había venido aquel día
confiadamente a nuestro campo, y dicho que contaba con el afecto del alcaide de
la fortaleza y con el de muchos ciudadanos, viniendo al cabo a pagar la pena de
su temeridad como sospechoso de espionaje.
Martín Galindo, que le
conocía, marchó a todo escape con seis de sus hombres de armas a cumplir el
encargo, y al divisarle los moros, destacaron diez de sus más escogidos jinetes
con intento de oponerse al paso de los enemigos si a la vuelta se les adelantaban
en el tránsito del puente. Adivinó el previsor adalid lo que los moros
tramaban; sin detenerse, salió a su encuentro, y se trabó un combate más
encarnizado de lo que al número de combatientes correspondía. El gran valor de
los siete cristianos obligó a los diez enemigos a volver las espaldas, y
Galindo, más esforzado que todos y más tenaz en la persecución, derribó en
tierra al golpe de su lanza a dos de los moros, dio muerte a uno y se la
hubiera dado al otro, gravemente herido, a no acudir rápidamente un pelotón de
jinetes de Baza que obligaron a Martín Galindo y a los suyos a recogerse a los
reales.
Pocos días después un moro
de Baza, notable por sus extraordinarias fuerzas y destreza, provocó a Martín
Galindo a singular combate, que se verificó al punto en presencia de numerosos
testigos de ambos campos. Nuestro adalid derribó en tierra con su lanza a su
contrario, gravemente herido; mas al querer secundar el lanzazo para matarle,
se incorporó el moro, y con el alfanje descargó tal golpe entre la coraza y la
adarga sobre el brazo izquierdo de su enemigo, que éste quedó ya en adelante
inutilizado para semejantes lances. Mientras los moros se ocupaban en
transportar a la ciudad al herido agonizante, los nuestros acompañaron a su
adalid hasta el campamento.
Estaban allí con el Rey
por aquellos días muchos caballeros principales, antes de que con el
aplazamiento del sitio acudiesen algunos de los Grandes más poderosos, y quiso
oír primeramente el parecer del más digno de los presentes, el maestre de
Santiago D. Alfonso de Cárdenas, caudillo, de 1.500 lanzas y de numeroso
peonaje y soldado respetable por sus años y por su pericia militar. Sabía el
Maestre la decisión del Rey, en armonía con los deseos de la Reina, de acometer
el sitio de Baza por dificultades que ofreciera, y así en breves palabras se
declaró conforme con la regia iniciativa.
Cuando se pidió su opinión
al meritísimo Marqués de Cádiz, la expuso a las claras en un elocuente
discurso, y aseguró el feliz éxito de todas las empresas empezadas, siempre que
los propósitos de los cristianos se conformasen con los designios del Omnipotente
y no olvidaran cuántos moros granadinos habían sido vencidos en los pasados
años por intervención divina y fuera de todos los cálculos de la guerra. Pero
si se quería tomar consejo de los dictados de la ciencia militar, la
persistencia en el sitio de Baza parecía a todas luces funesta. Demostrábalo
patentemente la misma situación y defensas de la ciudad, porque para tomarla no
se veía otro camino que el de reducir a los moradores a rendirse por hambre.
Aproximar la artillería a la ciudad era intento vano, y para que el hambre
produjese sus efectos se nesitaba el transcurso de quince meses o los aprietos
de un largo sitio, porque va un prolongado temor había hecho a los de Baza,
previsores por naturaleza, más previsores aún, y la reconocida fertilidad de aquellos
campos les había permitido acaparar provisiones para sí y para la guarnición.
Si se contaba con el
consumo de las vituallas, debían tenerse presentes otras muchas dificultades.
En primer lugar, la intolerable penuria, o más bien miserable pobreza de los
pueblos, así de Andalucía como de toda España. Tampoco sería fácil a los Reyes
subvenir al pago de las tropas con sus propias rentas. En cuanto a la
insuficiencia de los víveres para alimentar el numeroso ejército, era evidente
para cuantos conocían la esterilidad de aquellos años. A todo esto se añadía el
grave peligro con que las lluvias y nieves del otoño y del invierno amenazaban,
porque lo resbaladizo del suelo hacia dificilísimo el tránsito, sobre todo para
el acarreo de vituallas a los reales. Si en los días del verano los escarpados
montes que rodean a Baza impedían el paso de las acémilas, hacíase imposible
cuando con las inundaciones se desbordaba por aquellos campos el Guadalquivir y
los demás ríos que corren en torno de la ciudad, no existiendo puente para el
paso de aquél, ni vados convenientes para el del Guadalentín durante las
lluvias.
Todo esto tuvo plena
confirmación en el sitio de Málaga, en cuya ciudad, los comerciantes y otros
hombres tan poco guerreros como ellos, con 200 forasteros encargados de la
guarnición, sostenían la defensa sin esperanza alguna de socorro, combatidos en
derredor por mar y tierra y con grandes trozos de las murallas derrumbados por
los tiros de la artillería. Pues todas estas calamidades no hubieran obligado a
rendirse a aquel puñado de malagueños, de haber dispuesto de vituallas hasta el
otoño. Por lo cual parecía suficiente previsión repartir por los lugares de que
eran dueños los cristianos en los alrededores de la ciudad, puestos de
caballería e infantería que tendrían a raya las atrevidas salidas de los de
Baza y permitirían al Rey apoderarse fácilmente con el poderoso ejército
restante de las poblaciones de moros situadas entre Baza y Almería, y que
prestaban ayuda a los de Baza y Guadix.
Tal fue la opinión del
Marqués, expuesta ante el Rey y los Grandes, y aprobada por todos los
entendidos en la ciencia militar.
Luego, el Comendador mayor
de Santiago don Gutierre de Cárdenas, a quien el singular favor con que le
distinguían los Reyes, daba gran autoridad en los consejos, dijo que el Marqués
había expuesto muy bien los peligros que creía ver en la continuación del sitio
de Baza; pero que mayores y más perentorios inconvenientes ocurrirían
seguramente si el Rey sacaba de los reales ya fortificados al ejército para
llevarle a otra parte; porque, o habría que dirigirse hacia Guadix, Almería o
Úbeda, o a otra ciudad de Andalucía, lo cual sería funesto. Si hacia Guadix,
nadie dudaría de que el enemigo le envolvería y le quitaría en absoluto las
vituallas, aunque se duplicase su efectivo.
La marcha hacia Almería
presentaba multitud de peligros, porque los de Baza y Guadix picarían nuestra
retaguardia, fácilmente se apoderarían de la impedimenta en los desfiladeros y
quebradas, y, sin pérdida alguna por su parte, harían experimentar a los nuestros
daño irreparable, sobre todo si se daba ocasión a los infieles moros de los
pueblos vencidos, en cuanto tuviesen noticia del triunfo de los suyos y del
desastre de nuestro ejército, de hacer pública la rebelión que tenían latente
en sus corazones. Por todo lo cual, la empresa comenzada contra Baza debía
dejarse en manos del que está sobre todos los Reyes y cuya omnipotencia había
sabido convertir en verdadero triunfo para los católicos reyes D. Fernando y
D.ª Isabel cuantas dificultades habían surgido en la guerra contra los infieles
agarenos.
Asintió el Rey a lo dicho
por Gutierre de Cárdenas, y luego los demás Grandes se declararon conformes con
su opinión.
El Marqués, sin rebatir
los argumentos de Gutierre, añadió que él, según su costumbre, cumpliría lo que
se le mandara, y, presente o ausente, sabría sobrellevar hasta las más duras
imposiciones.
Luego se trabajó en
fortificar mejor el interior de los reales y se acordó hacer casi imposibles
las repentinas acometidas de los moros. Y sin pérdida de tiempo se rodeó con
fosos y estacadas, desde los lugares próximos a las tapias con que los de Baza
habían fortificado las arboledas, lindes de las huertas, hasta los montes que
por el otro lado se extendían.
A fin de que el enemigo no
pudiese intentar un ataque repentino sin que inmediatamente se le opusiesen
fuerzas de los reales, se establecieron fuertes retenes próximos a las
construcciones del enemigo, y así los Grandes como los pueblos aceptaron con
satisfacción la distribución que de ellos hizo el Rey. Al Marqués de Cádiz,
encargado de la custodia de la artillería, tocó como por suerte el puesto
militar situado en los montes, con 4.000 caballos y 8.000 infantes, a las
órdenes de algunos Grandes, reservándosele a él el principal cuidado de la
estancia para que, con su reconocida actividad, reprimiese las salidas de los
de Baza, por aquel lado más impetuosas, por ser la estancia más distante del
principal campamento, así como por la otra de las huertas no se había hecho
tala.
La estancia próxima se dio
a los sevillanos, que guerreaban bajo el pendón de San Fernando, conquistador
de Córdoba y Sevilla y otras muchas poblaciones de Andalucía y siempre
afortunados en los combates con los granadinos. Por esto don Fernando, no olvidando
el valor de su santo ascendiente, protector de los sevillanos, encomendó a 600
hombres de armas y a 8.000 peones de aquella ciudad la estancia más apartada
del principal campamento, y les dio por caudillo al Conde de Cifuentes, pronto
a arrostrar cualesquiera trabajos y peligros, por la seguridad de que no había
de faltarle el superior esfuerzo de la caballería sevillana. También creyó el
Rey conveniente, mientras se establecía el cerco con fosos y empalizadas,
levantar en los intervalos nueve torres de tierra y madera, así para resistir
los ataques del enemigo como para refugio en los casos adversos, porque eran
temibles la tenaz osadía de los de Baza y sus repentinas salidas. En cada torre
se puso guarnición con especial retén de milicia popular, por haber enviado
cada ciudad de Andalucía soldados elegidos de a pie y de a caballo. Y como, con
astuta intención, tanto el alcaide del castillo de Baza como el jefe de la
guarnición procurasen convencer al pueblo, temeroso de un desastre, de que el
Rey no persistiría en el sitio de la ciudad, sino que se proponía hacerlo creer
para acelerar la rendición por el terror, mandó que, además de las tiendas
levantadas para preservarse del calor del verano, se le preparasen patios
espaciosos. Siguieron el ejemplo los Grandes, y tras ellos el resto del
ejército, pues hasta las compañías de infantes se proporcionaron alojamientos
subterráneos.
Desde el principio del
sitio fue para los de Baza funesto presagio el abandono de la próxima villa de
Canillas por sus habitantes; los cuales, temiendo al Conde de Tendilla, que
recorría sus campos, y por librarse de los horrores de un sitio, huyeron del
pueblo dejándole presa de las llamas. Los nuestros se posesionaron del castillo
y restauraron en parte las casas; le rodearon de fosos y estacadas y
contemplaron con alegría la admirable amenidad de aquel campo y la facilidad
que la cercanía les prestaba para llevar a los reales variedad de bastimentos.
Asimismo se rindió al citado Conde la importante villa de Freila, y al llegar
el Marqués de Villena, se le entregó también el enrocado castillo de Bençalema,
no lejos de Baza.
Cuando los de esta ciudad
y los de la guarnición vieron reforzar los reales, repartir las estancias y
edificios a lo largo de los fosos, cada día más y más extendidos, y los demás
preparativos, amenaza para ellos de trance apurado, empezaron a maquinar diversos
planes. Primeramente, discurrieron que algunos del pueblo, por librarse del
hambre futura, fingiesen que preferían exponer a sus mujeres e hijos a la
esclavitud que a aquel tormento. Éstos llegaron a los reales y aseguraron que
desde los comienzos del sitio había surgido cuestión entre los huéspedes y los
vecinos, por afirmar éstos lo insuficiente de todo abastecimiento para la
multitud encerrada en la plaza y la seguridad de carecer en absoluto de víveres
a los tres meses, y quedar, por tanto, reducidos al último extremo, como había
sucedido en Málaga.
Por diversos medios habían
intentado apaciguar este tumulto el jefe de la guarnición y el alcaide del
castillo, hombres avisados y nada temerosos de la escasez de mantenimientos,
por habérselos procurado en abundancia, convencidos de que, si se levantaba el
sitio, alcanzarían grande loa, y en un trance supremo, sabrían tramar algo
agradable para el vencedor.
No disgustaba oír estos
rumores, porque estaban acordes con los deseos. Entretanto el Rey, secundando
la admirable solicitud de D.ª Isabel, mandó llevar increíble abundancia de
provisiones por mar hasta Vera, y por tierra hasta los reales. Quiso además que
permaneciesen a su lado en el campamento mayor el maestre de Santiago don
Alfonso de Cárdenas; D. Rodrigo de Mendoza, hijo del Cardenal, caudillo de
1.000 lanzas por su tío D. Pedro Hurtado de Mendoza; el conde de Tendilla D.
Ínigo de Mendoza; el conde de Cabra D. Diego de Córdoba el Joven; D.
Alfonso de Aguilar; el Adelantado de Andalucía, D. Pedro Enríquez, y otros
adalides de la caballería, todos de alta alcurnia.
Pasaba de 6.000 el número
de lanzas que con el Rey estaban; de Asturias, Galicia y Vascongadas había
venido inmensa multitud de infantes prontos a acudir a repentinos apuros en
cuanto corriesen algún peligro los que sitiaban los puntos extremos de la ciudad,
por lo cual se había establecido una estancia central en los mayores
campamentos. La distancia proporcionaba, sin embargo, a los moros facilidad
para las salidas, porque desde aquéllas, tarde podía acudirse al socorro, y así
salían de las huertas, caían furiosamente sobre los sevillanos, y muchas veces
intentaban exterminar aquella estancia, con la intención, según se cree, de
que, flaqueando las batallas cristianas del frente, quedasen inutilizadas las
demás fuerzas.
Al efecto, hicieron una
impetuosa salida el día de San Juan, en uno y otro campo señalado y por
costumbre escogido para encuentros guerreros, por lo menos para ejercicios
militares. Formidable fue la primera repentina embestida de los de Baza; pero
nuestros puestos avanzados rechazaron con tal arrojo a los audaces enemigos,
que pudo oponérseles un fuerte escuadrón sevillano, mandado por Alfonso de
Medina, caballero de Sevilla, enviado por el Conde de Cifuentes. Soldado de
extraordinario valor y de mérito singular, supo contener el ímpetu de los
moros, y con increíble bravura los arrojó de la estancia hasta las espesuras de
las huertas próximas. Las fuerzas sevillanas que en mayor número acudían, bien
por poner orden en las batallas, bien porque pareciese temerario pasar
adelante, recogieron bridas y se detuvieron. No bien lo advirtieron los moros,
cuando revolvieron sobre los nuestros, y D. Alfonso, muerto su caballo, tuvo
que seguir peleando a pie. En tan apurado trance acudió al socorro su joven y
valiente hermano Francisco de Estúñiga, y sostuvo su defensa hasta que le
libertaron fuerzas de los nuestros, no sin gran trabajo de muchos que salieron
heridos, porque de los sevillanos murieron allí pocos. Y si como la multitud de
los nuestros procedió flojamente, se hubiese lanzado con furia contra los de
Baza, aquel día hubiera sido funestísimo para ellos. Muchos, sin embargo,
quedaron allí sin vida.
Mientras por ambas partes
se empeñaban estas y otras escaramuzas en los reales, llegó a Úbeda un
mensajero del rey Carlos de Francia con cartas e instrucciones para la Reina en
ausencia de D. Fernando. En ellas se le encargaba que manifestase las quejas de
su soberano por el favor prestado a los bretones franceses y a sus auxiliares
por nuestros Reyes, o en caso de querer éstos confirmar la antigua alianza, que
les hablase en secreto y procurase penetrar sus propósitos. Pero, así de lo
expuesto por el enviado como de la contestación de la Reina, poco pude
averiguar, porque las conferencias fueron secretas.
También llegó por entonces
un noble caballero de Hungría como Embajador cerca de nuestros Reyes del de
aquella nación Matías, yerno de D. Fernando de Nápoles y pariente muy querido
del de Castilla. Recibióle la Reina con gran alegría y con muchos honores; pero
tampoco pudieron traslucir cosa alguna los de la Corte acerca del objeto de su
embajada ni de la respuesta de la Reina.
De Alemania, de Francia y
de diversas partes del mundo llegaron asimismo por entonces a los reales
algunos caballeros nobles, ansiosos de combatir contra los enemigos de Cristo,
y seguramente hubiera acudido considerable número de fieles, si el Papa no hubiese
suspendido la indulgencia plenaria en los años anteriores concedida a cuantos
contribuyesen al mayor éxito de la campaña. Por sensible que fuese esta
contrariedad a los Reyes, no por eso cejaron en su actividad para disponer lo
necesario para tamaña empresa, y con mayor empeño, por cuanto con la
prolongación del sitio las lluvias del otoño se hacían temibles para los
nuestros.
A este consuelo apelaban
así el caudillo mayor de Baza como el Alcaide del castillo, asegurando que el
Rey aparentaba querer prolongar el sitio hasta durante el invierno, en la
creencia de que los de Baza agotarían sus provisiones, por haberle dicho algunos
que los víveres almacenados, así por el común como por los particulares no
alcanzarían sino hasta fines de Octubre. Y tanto los vecinos todos como los
huéspedes sabían cuán engañado estaba sobre este punto. Las lluvias otoñales,
siempre borrascosas en aquellas tierras, bastarían para obligar al enemigo a
desistir de la prolongación del sitio. Además, no era dudoso que los verdaderos
mahometanos, compadecidos de los trabajos y peligros de los de Baza, no sólo de
Guadix, donde estaba Audelí el viejo, sino de los granadinos, obedientes, más
por fuerza que de grado a Boabdil el joven, les llevarían refuerzos aun contra
la voluntad del pérfido ocupador de aquella principal ciudad, a quien no
ignoraban combatiría con terribles asechanzas.
Así decían los dos jefes.
Aun siendo cierto, el esforzado rey Boabdil supo reprimir con mano fuerte los
tumultos de los que sostenían que si se observaba la religión de Mahoma,debía
auxiliarse a los de Baza. Hizo degollar a muchos; mandó arrasar las casas y
exterminar las familias de los que furtivamente hablan huido a Baza o a Guadix;
por cartas y mensajeros aconsejó a D. Fernando que persistiese en el sitio, y
disipó sus temores de todo socorro por parte de los granadinos.
Al mismo tiempo 70
egregios caballeros, ansiosos de tentar la suerte, obtenida licencia del rey D.
Fernando y mandados por un adalid sagaz y conocedor de los caminos, marcharon
en dirección a Almería a remotos lugares, en donde ninguno de los agrestes moradores
de aquellas escabrosas e inaccesibles montañas hubiese creído que pudiera
penetrar el enemigo sin ser sentido por los corredores y rondas. Mas los
nuestros, parte originarios de Lorca, parte de Sevilla, hombres muy astutos
para burlar la vigilancia de las guardas y centinelas, acometieron
repentinamente al enemigo, seguro de todo ataque, y con gran presa de ganado
volvieron a los reales, llevando cautivos a los pocos hombres que encontraron
por los campos.
A su ejemplo, otros
muchos, con licencia del Rey, se lanzaron a invadir los pueblos y aldeas
próximos a Guadix, cuyos moradores se creían seguros de toda entrada repentina.
Dispuesto un escuadrón de 250 de a caballo y 500 de a pie, en su mayor parte
sevillanos, llegó por extraviados senderos, sólo conocidos del habilísimo guía,
hasta los más recónditos lugares de los valles, de modo que al amanecer cayeron
los nuestros sobre los enemigos que recorrían los campos; se apoderaron de
algunos y se llevaron buen número de rebaños. Los moros que lograron refugiarse
en los poblados y en las torres que acostumbran levantar en los campos,
avisaron a los suyos con humaredas del desastre sufrido. Inmediatamente
salieron de Guadix tras el rastro del enemigo 300 jinetes escogidos y multitud
de infantes; pero los nuestros, atendiendo previsoramente a la propia
salvación, hicieron adelantarse a los soldados que conducían la presa hacia un
monte que ofrecía completa seguridad.
Creyeron los peones de
Guadix que podrían adelantárseles, y a toda carrera se encaminaron allá por
senderos de ellos conocidos; pero viendo los nuestros que sus vidas corrían
peligro si no hacían frente a los moros, ya muy próximos, mientras les duraba la
fatiga del largo caminar, formaron sus batallas y con fuerte empuje
arremetieron contra los más avanzados, derribándoles y dándoles muerte, e
hirieron o pusieron en fuga a los que iban llegando, y, destrozada la mayor
parte de la caballería enemiga, revolvieron contra los peones, ya casi sin
resuello. El conocimiento del terreno libró de la muerte a muchos que escaparon
por extraviadas sendas; pero quedaron allí sin vida 300 moros de Guadix. El
excesivo furor del combate no permitió hacer prisioneros, intento por otra
parte inútil, porque hubieran perecido a manos de sus compañeros. Logró, sin
embargo, llevar uno al campamento don Francisco de Estúñiga, mancebo de ilustre
estirpe, muy famoso por las hazañas memorables que allí y en otros muchos
trances había llevado a cabo.
A pocos días volvieron
nuestros soldados a las cercanías de Guadix, pero no consiguieron gran triunfo,
teniendo que contentarse con alguna presa de ganados y unos veinte cautivos de
ambos sexos que llevaron a los reales. De tal modo se había apoderado el miedo
de los moradores cercanos a Guadix, que sólo encerrándose en sus casas cobraban
algún respiro. Los de la ciudad, más acobardados por los descalabros sufridos,
y ante el temor de las emboscadas, salían más flojamente contra los nuestros,
lo cual fue causa de la ruina de muchos poblados. Ya sólo al amparo de las
murallas de Guadix se creían seguros los campesinos.
Mientras así se tenía en
jaque a los de Guadix, los aguerridos moros de Baza procuraban con sus
frecuentes escaramuzas hallar medio de alejar a los nuestros, al menos de las
cercanías de las huertas. Con este intento, no había día que no les
acometiesen, y con tanta mayor audacia cuanto que, como dije, la estancia
frontera a las huertas estaba muy distante del principal campamento. A fines de
Julio, el anhelo de los de Baza por empeñar combate halló ocasión propicia en
iguales deseos de los sevillanos, a quienes aburría toda tregua en el guerrear,
aunque las condiciones de la estancia exigían aguardar la acometida, mejor que
iniciarla, por ser temerario penetrar en las espesas arboledas de las huertas,
bien defendidas por tapias y torres.
Poco temibles parecieron
los repentinos ataques del enemigo, más veloz en la retirada que en la
acometida, y sin otro efecto que el de los gritos de alarma. El día 27 del
mismo mes, sin embargo, salió por aquella parte con terrible ímpetu una
multitud de moros y rompió la formación de las primeras filas de la estancia.
Acudieron al punto unas tras otras fuerzas de sevillanos, y creyendo Alfonso de
Medina que pronto llegaría el resto de las tropas, se adelantó confiadamente a
todo galope con un pelotón de caballos escogidos e hizo frente al enemigo. Pero
los adalides de los demás escuadrones, como estupefactos, detuvieron la marcha,
y entonces los moros que peleaban con nuestra vanguardia fueron estrechándola
más y más hasta poner en grave aprieto a aquellos pocos. Resistieron, sin
embargo, tenazmente hasta que de los principales y más lejanos campamentos
acudieron a todo correr fuerzas respetables y excitaron a los vacilantes a
acudir al socorro de sus compañeros de armas. Con su venida, los de Baza tuvieron
que declararse en retirada en dirección a las huertas; perdieron muchos
soldados en la fuga, y no hallaron en las torres el seguro que buscaban, porque
por los puentecillos echados sobre las acequias y por las mismas callejuelas de
los edificios, moros y cristianos hallaron camino hasta lo más recóndito, ya en
la parte más defendida y próxima a las murallas.
Fue este combate tan
sangriento al principio para los nuestros, como al fin para los moros, y el
gran estrago de los caballos dio buena prueba del encarnizamiento de la pelea.
No se dudó del gran desastre que en aquel día hubieran sufrido los de Baza si al
empezar la lucha hubiesen obrado de acuerdo todos los sevillanos. Así, D.
Fernando reprendió severamente a los morosos adalides tanto tiempo vacilantes;
elogió a los que más se habían distinguido y mandó que en adelante se
procediese con más prudencia y energía, sin que jamás se viniese a las manos
desordenadamente con el enemigo, porque si por una parte la temeridad excitaba
al combate y por otra la tímida morosidad enfriaba el arrojo, se proporcionaba
al enemigo fácil medio de triunfar de ambas. Estas órdenes y la reciente
experiencia hicieron mella en el ánimo de los sevillanos, y en lo sucesivo
procedieron con más cautela.
Los de Baza, quebrantados
por el grave descalabro, interrumpieron por algún tiempo sus algaradas, y los
nuestros le aprovecharon para extender el foso y protegerle con estacada hasta
la estancia del Marqués de Cádiz, que, como ya dije, miraba al lado opuesto de
la ciudad, contiguo a los montes, a los que cada día iban aproximándose más, a
fin de ocupar el manantial del Hinojo, de que los de Baza se surtían. El agua
de los pozos de la ciudad no bastaba en verano para el abasto de la multitud, y
como cenagosa, causaba graves trastornos gástricos en los que la bebían.
Vino a agravar la
situación la previsora medida de D. Fernando de desviar el curso de las
acequias que repartían por las huertas aguas cristalinas y saludables, y
hacerlas caer en un cauce que las tropas fueron excavando por la campiña baja.
De este modo, los que en la ciudad miraban por su salud y los que presidiaban
el castillo no contaban con más agua potable que la de la fuente del Hinojo.
Para unos y otros fue esto motivo de incesante lucha, porque lo nuestros
trabajaban por privar a los moros de la ventaja del copioso manantial, y ellos
por rechazar los obstáculos que les oponían. Con ingenioso artificio
construyeron una máquina sobre fortísimas ruedas, capaz para proteger a un
número de soldados suficiente para ocupar de pronto y quedar con la libre
posesión de aquella fuente, nacimiento de un río de cierta importancia. No
ignoraban que los cristianos tenían preparada artillería para apoderarse de un
cerro más alto que la ciudad, llamado Almohacén, en memoria de un santón de
aquel nombre muy venerado de los granadinos, que acostumbran consagrar así los
nombres de los montes, principalmente de los contiguos a las ciudades.
Con objeto de estorbar a
los nuestros la vista del interior de la ciudad, ya dificultada por la áspera
subida del cerro, establecieron allí un fuerte retén, y entre aquélla y la
fuente levantaron robusta torre que asegurase a los vecinos el paso para la aguada.
De noche y por veredas sólo de los moros conocidas, intentaban acometer a los
nuestros por la espalda, mientras fuerzas más numerosas atacaban la estancia
del Marqués. La vigilancia de nuestras rondas nocturnas y la constante alerta
de los soldados, obedientes a las órdenes de aquel caudillo, hacían que el
enemigo los encontrase siempre prontos al combate y que fracasasen sus
intentos. Luego, una y otra vez intentaban los de Baza sus acostumbrados
ataques contra la estancia de los sevillanos situada en el otro extremo; pero
encontrábanla ya más fortificada, porque, por el ejemplo de lo pasado, se
habían adoptado prevenciones para lo futuro, y en cuanto se oía el grito de al
arma, los de la estancia resistían a pie firme al enemigo, e inmediatamente, en
ordenada hueste, acudían al socorro los compañeros de armas. Estas acertadas
medidas fueron funestas para los de Baza, y aún más cuando D. Fernando, con su
singular previsión, considerando la osadía que a los moros daban los inopinados
encuentros de su caballería y el desprecio que hacían de las emboscadas, mal
dispuestas a veces por los nuestros, imaginó aprovecharse de estas
disposiciones de los de Baza para causarles grave quebranto. El 7 de Agosto
sacó de los reales algunas fuerzas en intencionado desorden, y dispuso de tal
modo las celadas, que ya trabado combate, y cuando más encarnizadamente se
peleaba por ambas partes, otras fuerzas nuestras coparon el mayor número de los
moros, quedando en su poder más de 200, que no pudieron escapar. Tan dura fue
la lección, que desde aquel día ya decayó notablemente su arrojo.
A fines del mismo mes
volvieron a acometer a los nuestros con furia, y otra vez salieron bien
escarmentados, porque después de encarnizado combate, los sevillanos, antes de
que pudiesen refugiarse en las torres y caseríos, hicieron en los enemigos gran
estrago en hombres y caballos, sin más daño por su parte que la pérdida de
cuatro de los primeros y otros tantos de los últimos. Más cautos cada día los
moros, apelaron a los ardides en que por naturaleza son tan diestros, como
podrá juzgarse por los hechos que voy a relatar. Observaban el Alcaide del
castillo y el caudillo mayor, ambos hombres muy sagaces, que el pueblo,
profundamente aterrado, se lamentaba en secreto, y a veces hacía públicos sus
exagerados temores de peligros al ver al Rey persistir en el sitio de la ciudad
con más tenacidad de lo que creían.
Lloraban, además, los
habitantes la desgracia de tantos esforzados conciudadanos, pues llegaba a más
de la mitad el número de caballeros muertos en la guerra, quedando apenas unos
400 de los 1.000 que antes se contaban. Venían a empeorar la situación las
enfermedades contagiosas producidas por el excesivo cansancio y agravadas por
la disentería. No había la menor esperanza ni de refuerzo de la guarnición, ni
de mayores aprovisionamientos. Fuerza les fue apelar a una entrevista con dos
de nuestros caballeros, a quien conocían muy bien de los pasados encuentros.
Además, uno de ellos había estado tiempo atrás cautivo en Baza en poder del
Alcaide, y por su carácter afable se había ganado sus simpatías y las de su
mujer. El otro, Pedro de Paz, era bien quisto del jefe de la guarnición por
otros hechos ocurridos.
Formadas ya por ambas
partes las batallas, al tiempo que los moros parecían disponerse a empeñar
combate y los nuestros observaban sus planes, hicieron los de Baza señal de
pedir parlamento. Previo permiso del Rey, los dos caballeros citados se
avistaron con el caudillo mayor y con el Alcaide del castillo. En la entrevista
se convino que, contando con la licencia de D. Fernando, pudiesen permanecer
sobre seguro dos días en la ciudad los dos caballeros cristianos, para tratar
más detenidamente de las muchas cuestiones que habían de resolverse. Accedió el
Rey a la propuesta, y al punto entraron en la ciudad acompañados de sus guías,
que por el camino les insinuaron con gran astucia los siguientes motivos de la
entrevista. Sabían, les dijeron, que el Rey estaba por muchas razones
convencido de que dentro de pocos días la escasez de vituallas les obligaría a
rendirse, porque en vano sería insistir en el sitio confiando en otra
eventualidad que no fuese aquélla. Ni los vecinos ni la guarnición temían
engañarse cuando se reanudaran las hostilidades si, permaneciendo ellos en la
ciudad, la derrota del Rey, empeñado en prolongar el sitio, no acarreaba daños
sin cuento. Por lo cual, así como en ninguno de ambos campos debía dudarse de
los infinitos trabajos de que había de ser causa la ofuscación de D. Fernando,
así el conocimiento de la verdad haría que se consultase a ambas partes una vez
convencido de la falsedad de los informes de los que anunciaban la absoluta e
inmediata carencia de vituallas. Estas consideraciones les habían aconsejado
pedir entrevista y poner de manifiesto el acopio de todo género de
subsistencias en la ciudad, además de las provisiones particulares de los
vecinos, imposibles de averiguar en tan corto espacio de tiempo, por haberlas
hecho cada uno mucho tiempo antes en cantidad suficiente para las necesidades
de sus casas.
Inmediatamente se
trasladaron todos a la alhóndiga, donde vieron almacenada inmensa cantidad de
trigo, cebada, mijo y maíz. Asimismo los del castillo pusieron de manifiesto
gran número, de vasijas llenas de aceite y de vinagre, y además sal, garbanzos,
lentejas y otras legumbres alimenticias. Al día siguiente, vistas ya por los
nuestros las provisiones, regresaron al campamento con varios criados
portadores de regalos para el Rey, consistentes en un brioso corcel con ricas
mantillas, a la usanza de los que montan los reyes de Granada, o sea, con una
preciosa adarga pendiente de la silla. Además llevaron otras preseas, muy
estimadas entre los moros, y una piedra preciosa, más notable por su tamaño que
por su calidad.
Cuando el Rey vio estos
presentes y escuchó después lo tratado en la entrevista, tan diferente de lo
que al principio se creyó tratarían, mandó devolver los regalos a los de Baza y
decirles que los Reyes españoles solían aceptar con gusto los de los amigos,
pero no los de los enemigos, y hasta darlos a personas que por ningún mérito se
habían hecho acreedores a ellos. De un enemigo terco jamás debían aceptarse sin
que precediese humilde obediencia y el arrepentimiento de su pertinacia. Así,
pues, podían guardarlos en buen hora juntamente con la ciudad, hasta que se
viesen obligados a perder cuanto entonces trabajaban por conservar. Con esta
respuesta regresaron los moros a su ciudad, llevándose el caballo, las joyas y
los demás presentes.
Es fama haber dicho el
Alcaide que con aquello se había hecho más lo que agradaba al Rey que lo que le
convenía. Por lo que después sucedió pudo conjeturarse que dijo esto porque
tanto él como el Jefe de la guarnición creyeron poder sacar de las entrevistas
con el Rey algo beneficioso para ellos, siempre que no se hablase de la futura
rendición de la ciudad.
Los que habían asegurado
que los sitiados no tardarían en padecer hambre decían al Rey que los montones
de trigo y cebada estaban preparados sobre aparejos interiores y las vasijas de
aceite contenían agua hasta la boca. A estas afirmaciones hizo prestar crédito
el que los de Baza enviaron por aquellos días a Guadix a un mensajero muy
conocedor de los caminos, con cartas del Alcaide, del caudillo mayor, de Nayal,
persona muy influyente, y de otros muchos ciudadanos, en que, tras larga
relación de los trabajos sufridos hasta la fecha, acababan por pedir refuerzos.
Todo podrían tolerarlo por algún tiempo, decían, siempre que no les faltasen
vituallas,cuya escasez les amenazaba con hambre funesta si el cruel y pertinaz
enemigo oprimía durante todo el mes de Octubre a la multitud encerrada en Baza.
Cogieron los nuestros en mitad de la noche al portador de las cartas, y se las
llevaron con él a D. Fernando. En ellas vio confirmadas las noticias acerca del
hambre que se esperaba, como quiera que más fácilmente creamos que ha de
ocurrir aquello que deseamos cuando se presenta alguna ocasión favorable a
nuestros deseos.
Frustrados estos ardides,
los de Baza volvieron a sus frecuentes salidas, aunque esta vez con más cautela
que anteriormente, por verse cada día, con más facilidad detenidos por los
nuestros y no tener libre la salida sino hasta las plazas adyacentes al anternural.
Allí se reunía con frecuencia gran número de jinetes y peones, aguardando un
descuido de los cristianos para acometerlos, aunque en vano, porque en la
opuesta estancia del Marqués nada se hacía con temeraria imprevisión ni sin
maduro consejo, y la artillería ligera (porque para las piezas grandes no había
espacio suficiente) destrozaba en derredor a cuantos enemigos se aproximaban.
No quedaba otra esperanza
a los moros que las lluvias otoñales y la estación tempestuosa, iniciada a
fines de Septiembre con tan horribles huracanes, que durante dos semanas
hicieron intolerable a los nuestros la permanencia en el campamento, con gran
alegría del enemigo, muy envalentonado al ver realizados sus deseos. Mas
durante el mes de Octubre un tiempo sereno y apacible compensó a nuestras
tropas de los trabajos sufridos en las pasadas tormentas. La mano del
Omnipotente pareció haber dispuesto que a aquellas lluvias sucediesen en todas
partes cerca de cincuenta días de una serenidad poco frecuente, durante los
cuales pudo sembrarse en las tierras ya preparadas por el arado.
También se recibió en los
reales increíble cantidad de provisiones, suficientes para muchos meses.
Diariamente entraban en los reales más de 1.000 acémilas, cargadas de trigo,
cebada y otras vituallas, para la alimentación y para las demás necesidades de
las tropas. Por su parte el Rey había mandado arar y sembrar la mayor parte de
la campiña de Baza, dando así á sus habitantes los más patentes indicios de su
propósito de continuar el sitio. La Reina, tan avisada y previsora, trabajaba
sin cesar porque no faltasen las pagas de los soldados, o, por lo menos,
hallaba ingeniosos medios de hacerlo verosímil. Así, colmándolos de elogios a
fin de halagar sus esperanzas, mandó que acudiesen de todas partes a Úbeda
acuñadores de moneda, aparentando el propósito de convertir las vajillas de
plata de su palacio y las de los cortesanos en reales para repartirlos entre
los soldados.
Cuando los de Baza
tuvieron conocimiento de todo esto por sus espías, y vieron los campos
enteramente sembrados en espera de la futura cosecha, se convencieron de que el
sitio duraría aún otro semestre. Vino a confirmar sus sospechas la orden del
Rey para que acudiesen a suplir bajas y a reforzar las milicias todos aquellos
Grandes que, con su permiso, permanecían desde el principio en los más
apartados lugares de Castilla y León. Llegó, pues, al campamento el duque de
Nájera D. Pedro Manrique, de ilustre alcurnia y singular guerrero, con 150
hombres de armas escogidos. Siguiéronle después el duque de Alba D. Fadrique,
con 300 lanzas; el almirante D. Fadrique Enríquez, con 250, y con 100 el
Marqués de Astorga, pariente también del Rey. Los Corregidores de las ciudades
enviaron asimismo otros contingentes, con lo que alcanzaron los refuerzos el
número de unos 2.000 caballos. Otra señal de su resolución de persistir en el
sitio dio el Rey a los de Baza, llenándolos de angustia, cuando vieron llegar a
los reales a la esclarecida Reina con su primogénita D.ª Isabel, el reverendo
Cardenal Mendoza, el obispo de Ávila D. Fernando y otros prelados y graves y
sabios varones. Cuando los moros se vieron encerrados con el doble círculo del
foso y estacada, temblaron por sus vidas, considerando lo insuficiente de sus
provisiones para sostenersee algunos meses, vista la inflexible resolución del
Rey.
Al llegar a este punto de
mi narración me veo obligado a manifestar con más libertad y latitud mi
pensamiento, desechando toda adulación con que creo referirán acaso estos
sucesos otros escritores contemporáneos, esclavos de la lisonja y corruptores
voluntarios de los dictados de la historia. Veneno que debe evitarse para que
no inficione el ánimo de los católicos, bajo capa de libertad, único norte de
la historia. Den, pues, todos los fieles gracias infinitas, como pueden y están
obligados a dar, al Todopoderoso, y crean que el felicísimo éxito del sitio de
Baza en manera alguna debe atribuirse al extraordinario poder del Rey, o a
aprietos de los enemigos imposibilitados de sufrirlos mayores, sino a que
cuando ya iban a verse libres de toda desgracia, la intervención de lo alto
infundió en sus ánimos tan profundo y repentino terror, que quedaron en
absoluto privados de todo recurso para continuar la guerra, cuando ya ni el Rey
ni la Reina le hallaban para pagar al menos parte de las soldadas a las fatigadas
tropas. Tampoco los pueblos podían tolerar por más tiempo el peso de las
exacciones. Continuar en los reales se había hecho imposible, sobre todo para
la multitud de hombres desnudos, enfermos y afligidos de numerosas calamidades,
y no se veía razón alguna para que el enemigo, quieto en su casa, no falto de
provisiones y con la seguridad de que habían de sobrevenir, especialmente en
aquel territorio, tempestades y lluvias torrenciales, fuese a dar indicios de
querer entrar en tratos, cuando por la misma necesidad se creía próximo a verse
libre de todo terror.
Son, ciertamente
inexcrutables los juicios del Altísimo, y nadie puede calcular ni medir el
alcance de su voluntad, muy diferente de los juicios de los humanos. Sólo Dios
es árbitro y él sabe indicar a los mortales si quiere o no resolver de una o de
otra manera las graves cuestiones que los separan. A veces otorga repentino
consuelo a los desesperados de todo socorro, y otras arroja a los pies de los
enemigos a los demasiado confiados en su propia fuerza. Así consta a los
católicos por infinitos ejemplos de sucesos memorables ocurridos desde los más
remotos tiempos, y eso mismo experimentaron frecuentemente nuestros reyes D.
Fernando y D.ª Isabel. Nadie debe dudar, por tanto, de que la rendición de Baza
fue obra de la diestra del Rey Todopoderoso, el cual hizo patente la inutilidad
de todos aquellos enormes gastos y de aquel formidable aparato bélico, y
agotado ya hasta el último recurso, concedió a los cristianos victoria mayor de
lo que jamás habían imaginado.
Llegó la Reina al
campamento el 7 de Noviembre, y tres días después dispuso D. Fernando que, en
noche muy apacible y a propósito para caminar satisficiese su cuidadoso anhelo
de inspeccionar los reales, empezando por la estancia del Marqués de Cádiz, la más
próxima a las murallas. Al ver los de Baza que se acercaba hacia aquella parte
de la ciudad la excelsa Soberana, acompañada de numerosa comitiva de nobles
caballeros, hicieron que 250 de los más arrogantes de entre los suyos, con gran
golpe de infantería, se situasen en lugar seguro y bastante cercano a la
estancia del Marqués, en actitud de provocar a escaramuza a los nuestros. Otros
50 jinetes moros, ricamente ataviados a su usanza, se acercaron a la comitiva
de la Reina para formar parte del séquito.
Con igual presteza,
escogidos caballeros cristianos se aprestaron a responder al reto de los
enemigos. Al regresar a la ciudad los jinetes, los peones moros se detuvieron
en el antemural y trabaron escaramuza, valiéndose de sus espingardas, con
nuestros infantes, que marchaban con menos orden. En consecuencia, la Reina,
que trataba de examinar desde aquel sitio más próximo a las murallas la
disposición de todas las tropas y deseaba volver al campamento principal por la
cima de aquel escabroso monte, comunicó sus intenciones al Marqués de Cádiz.
Éste, muy previsor, había hablado poco antes con un intérprete moro para pedir
al jefe de la guarnición y al Alcaide de la fortaleza una entrevista, que ambos
le negaron. Volvió a insistir por medio del mismo enviado, alegando que el
motivo de su insistencia era que la Reina deseaba regresar al campamento, por
el punto más próximo a las construcciones, y así complacería a la Reina el que
se diera tregua a las hostilidades. Accedieron gustosos los principales de la ciudad,
pero quisieron hacer ver a la Reina, al llegar a la otra vertiente del monte,
cuán fortificados y dispuestos estaban para resistir a cualquier enemigo, y que
no padecían escasez de vituallas, como podía ver por el mismo aspecto de las
cosas y porla robustez de los caballos agilísimos para la carrera. Así, al
atravesar la Reina el collado opuesto, los caudillos moros iban extendiendo sus
bien formados escuadrones; presentaban en buen orden su numerosa infantería y
hacían presenciar a la comitiva de la ilustre Princesa sus antiguos ejercicios
militares.
Ocurrióseles, no sin
propósito, a varios moros apostados, como dije, en el collado opuesto, celebrar
una entrevista con el comendador de León D. Gutierre de Cárdenas, muy al tanto
de los más secretos asuntos. Acudieron el citado caudillo y el Alcaide, escuchólos
con gran satisfacción, y llamando aparte al noble y avisado D. Luis
Portocarrero, a Juan de Almaraz, caballero de Salamanca, y al otro que, como
dije, entró en Baza con Pedro de Paz, y que estuvo al servicio del Alcaide del
castillo y luego al de Juan de Almaraz, empezó la conferencia, empleándole como
intérprete. En ella aconsejó el comendador Gutierre al Alcaide y al caudillo
mayor que, antes que experimentar hasta dónde llegaba el poder de D. Fernando,
se encomendaran a su bondad, bien conocida de muchos granadinos, porque el
ejemplo de Málaga bastaba y sobraba para que adivinasen, o más bien,
conociesen, cuán funesta les sería la pertinacia y cuán ventajosa la sumisión
oportuna. No negaba él -decía- que a los Reyes había de serles más grato poner término
a los enormes dispendios y a los grandes e incesantes peligros y trabajos de
sus gentes, que permanecer días y días en los reales. Por lo tanto, así como
les sería muy satisfactoria la rendición de los de Baza, antes de verse
reducidos al último trance, así, y muy justamente habría que tratar con la
mayor dureza a los que diesen lugar a que se llegase a tal extremo, y aun
infligirles algunos suplicios además del cautiverio por su cruel tenacidad en
combatir y por los daños que la dilación suele causar a los sitiadores. Por su
parte, sólo podía prometer con toda lealtad al Alcaide y al caudillo que le
oían y en cuyas manos estaba la salvación o la ruina de los de Baza, que
procuraría alcanzar para ellos de los Reyes honras y seguro perpetuo para sus
familias y allegados si, atendiendo oportunamente a sus propios intereses, se
avenían a impetrar gracia de tan esclarecido Príncipe y a evitar caer en su
enojo.
Después de añadir el
Comendador otras muchas consideraciones y de hablar en conformidad con su
parecer D. Luis Portocarrero, uno de los caballeros andaluces de más prudencia
y sagacidad para semejantes conferencias, los dos moros contestaron en breves
palabras, según su costumbre, que aplazaban para otro día el dar una respuesta
conveniente para los de Baza y digna para ellos mismos. En su semblante se
descubría, sin embargo, su preconcebida inclinación a la entrega de la ciudad,
siempre que les granjease honores y el servicio les procurase espléndidas
mercedes. Señalada hora para la nueva entrevista, y a fin de especificar mejor
las futuras capitulaciones, se aumentó el número de los intérpretes, asistiendo
un judío, perfecto conocedor de ambas lenguas, a los acompañantes de D.
Gutierre y algunos moros, el Alcaide de la fortaleza y el caudillo mayor.
Duraron las controversias desde la una de la tarde hasta el anochecer, con
criterios muy diferentes, porque estando conformes en entregar a nuestros Reyes
el castillo y el señorío de la ciudad, en otros muchos puntos no venían a un
acuerdo. Decían los moros que se someterían inmediatamente si se les permitía
permanecer en la ciudad como vasallos del Rey, y labrar sus campos, pagando
como antes sus tributos, por cuanto habían reconocido plenamente la completa
buena fe de D. Fernando, así como el exterminio con que les amenazaba la
discordia de los dos Reyes granadinos.
Gutierre y los que le
acompañaban juzgaron muy fuera de razón estas pretensiones, quitando
importancia a lo que los moros procuraban dársela.
Poco a poco llegaron a
concertarse respecto a los premios particulares de los que gozaban buena
posición, y en cuanto a permanecer en la ciudad, se convino en limitarlo a tres
meses y a uno de los dos arrabales, bastante fortificados ambos, que existían fuera
de las murallas. Como se acercaba la noche, se aplazó para el día siguiente la
confirmación de las capitulaciones. Reanudada la conferencia en que
intervinieron otros individuos de ambos campos, ya al tanto de lo tratado,
pidió el caudillo mayor que, dando a D. Fernando rehenes de importancia y con
bastante garantia para observar la lealtad debida, se le permitiera ir a Guadix
para comunicar al rey Audelí todo lo concertado, y a revelarle la irremediable
rendición absoluta de Baza dentro de quince días, si él con poderoso ejército
no iba a hacer levantar el sitio. Era indudable, decía, que esto había de serle
imposible; pero convenía dar este paso para satisfacer a la debida lealtad,
además de que acaso de él dependiese encontrar alguna oportunidad para concertar
más amplias capitulaciones, ventajosas para D. Fernando respecto a Guadix,
Almería y Almuñécar. Tenía la seguridad, añadió, de que Audelí aceptaría una
condición de vida más independiente que la que hasta entonces disfrutaba con el
falso nombre de Señorío, y no continuaría empeñado en lo imposible, sino que se
rendiría a la fuerza de las circunstancias, con tal que al descender de las
alturas de su real solio se le proporcionase algún apoyo.
Agradó mucho a los Reyes
lo acordado en las conferencias, y aceptados los rehenes, se permitió al
caudillo mayor de Baza marchar a Guadix. Allí permaneció con Audelí hasta
cumplirse el plazo para la rendición de Baza, y ofrecérsele oportunidad para
darle cuenta de todos los acuerdos y aconsejarle lo que parecía más
conveniente. Al cabo el Rey moro, a fin de alcanzar la mayor gracia posible del
vencedor, condescendió con las insistentes advertencias del caudillo, y
prometió que a los doce días de rendida Baza, entregaría a Almería y
sucesivamente a Guadix, Almuñécar y las demás poblaciones que poseía, porque la
dilación en estas entregas sería evidentemente funesta para ambas partes, y
verificada, tendrían término los intolerables gastos, innumerables peligros y
grandes trabajos de los soldados cristianos. Fue portador de estos
ofrecimientos, o mejor dicho, promesas, el mismo caudillo mayor de Baza, que
regresó a esta ciudad el 3 de Diciembre, víspera del día en que debía
realizarse la rendición. Pero los nuestros recelaban alguna novedad, así por el
carácter versátil de los moros, como porque al llegar el citado caudillo y
pronunciar su discurso omitió manifestar la conocida voluntad de Audelí. Sin
embargo, al día siguiente, 4 de Diciembre, festividad de Santa Bárbara, día
tempestuoso a causa de una copiosísima nevada y de un huracán insufrible, envió
un mensajero a manifestar su propósito de terminar las capitulaciones para la
entrega de Baza y a anunciar que él en persona iría a comunicar los demás
puntos tratados con Audelí. Llegada la tarde, se vio tremolar en la torre del
homenaje el estandarte de la Cruz del Redentor, con la imagen del apóstol
Santiago, patrono de las Españas y de los reyes D. Fernando y D.ª Isabel,
egregios defensores de la fe católica, entre los himnos de alabanza al
Omnipotente, con lo que el abatimiento de los fieles se convirtió en alegre
entusiasmo.
A la rendición de Baza
siguieron inmediatamente, y bajo iguales condiciones, las de otras ciudades y
villas, como Purchena, población bien defendida, con todo su término; Tabernas,
villa importante y de extenso territorio; Serón y otros muchos poblados fuertes
por su situación y bien amurallados y aldeas inaccesibles de las escabrosas
montañas vulgarmente llamadas sierras de Filabres y de Bacar. De la mayor parte
de ellas tomó posesión en nombre de los Reyes el conde de Tendilla D. Íñigo de
Mendoza, uno de los Grandes de mayor esfuerzo y siempre pronto para cualquier
militar empresa.
Terminado esto e
instalados ya en el arrabal los moros de Baza, los Reyes entraron en la ciudad;
consagraron bajo la advocación de la Encarnación, según el rito católico, la
iglesia que durante setecientos setenta años había sido mezquita mayor de los
infieles; oyeron con espiritual alegría las solemnes misas allí celebradas;
dejaron de guarnición 500 caballos y 1.000 peones con víveres suficientes para
muchos meses y regresaron al campamento, no sin maravillarse de la abundancia
de vituallas que al tiempo de la entrega tenían aún los de Baza, porque las de
trigo, cebada, legumbres y de todo lo necesario para la vida, abonadas en
dinero, bastaron para el sustento de nuestra guarnición. De aquí la admiración
de algunos al considerar cuál habría sido el terror que se apoderara de los
moros para rendirse cuando nada les precisaba a entregarse, pues aunque de
2.000 jinetes hubiesen perecido 700 en las escaramuzas y a causa de las
enfermedades, y faltase otro gran número de ciudadanos, los sobrevivientes eran
reconocidamente bastantes para poder vivir seguros mientras no escaseasen los
víveres. Mas quebrantados los ánimos con profundo abatimiento, prefirieron a
todo la libre salida de la ciudad con su hacienda y bienes muebles. Además, 150
jinetes, los más escogidos entre los de la guarnición, pidieron soldada a D.
Fernando, bajo cuyo poderoso mando querían servir.
Los demás marcharon a
Guadix a ponerse a las órdenes de Audelí, que los destinó a la guarnición de
Vera. A impulso de igual temor Audelí salió de Guadix y se dirigió a Almería
para entregar, con arreglo a los pactos, aquella importantísima y bien guarnecida
ciudad a D. Fernando y a D.ª Isabel en su próxima venida. Los cuales, con más
actividad de lo que permitía un tiempo tempestuoso, no desaprovecharon la
oportunidad. Adelantóse D. Fernando con parte del ejército y los pendones de
algunas ciudades de Andalucía, como Sevilla y Jerez, y llegó a Serón el mismo
día de su salida de los reales. Allí prohibió sentarlos cerca de las huertas,
por temor de que los soldados cortasen árboles o hiciesen otros daños a los
moradores. Al siguiente día mandó también que se respetasen las huertas de
Prúgena, adonde acampó el ejército. Al tercer día arreció de tal modo la
tormenta que, al llegar cerca de una escarpada montaña cubierta de nieve, no
pudo encontrar lugar acomodado para acampar el ejército; mas en cuanto halló
oportunidad para el paso, atravesó con la vanguardia el monte e hizo alto a
orillas del río, como sitio a propósito para la aguada. El resto del ejército
mandado por el Marqués de Cádiz, a causa de la excesiva fatiga de tan
prolongados trabajos y del grandísimo estorbo de las acémilas muertas de
cansancio, no pudo atravesar el monte, y las tropas, empapadas en humedad, no
hallaban dónde apagar la sed. La misma necesidad inspiró al Marqués el remedio;
mandó encender, de trecho en trecho, grandes hogueras con la leña que por el
bosque se encontraba, e hizo derretir cantidades de nieve en vasijas de metal,
logrando así subvenir a aquel aprieto.
Al cuarto día, el
ejército, con D. Fernando a la cabeza, entró en la villa de Tabernas, que por
su orden se vio enteramente a cubierto de todo desmán por parte de las tropas.
Quiso además detenerse allí aquel día, 18 de Diciembre, por ser domingo, para aguardar
al resto del ejército que andaba muy desparramado a causa del crudo temporal y
para poder acampar al día siguiente cerca de Almería, como lo hizo, a más de
una milla de distancia y a orillas del río, lugar a propósito para la aguada.
En la ciudad estaba
Audelí. Cuando D. Fernando supo que se acercaba al campamento, montó a caballo,
llevando a su derecha al maestre de Santiago D. Alfonso de Cárdenas, y a la
izquierda al Marqués de Cádiz. Luego mandó al comendador Gutierre de Cárdenas que
fuese a Almería al encuentro de Audelí y viniese acompañándole hasta el
campamento. Venía el Rey moro con una comitiva de sólo doce caballeros, y al
ver a Gutierre le acogió con alegre semblante, y por medio del intérprete le
escuchó complacido y le respondió aún más regocijada y amablemente. Cuando
Audelí estuvo en presencia de D. Fernando, descabalgó, y a pie con sus
caballeros se adelantó a besar la diestra del vencedor Monarca. Este le indicó
con la mano que volviera a montar a caballo y se colocase a su izquierda.
Insistió el moro en besarle la mano, y como D. Fernando rehusase recibir
aquella demostración de humildad, el moro, a usanza suya, besó su propia mano.
Luego, por medio del intérprete, le dirigió breves palabras.
Nuestro bondadoso Soberano
le dio grandes pruebas de su cortesanía y amabilidad; regresó en su compañía a
los reales; entró con él en la tienda, donde estaban magníficamente preparados
abundantes manjares, y le ofreció un ligero banquete, como suele hacerse entre
amigos. Ocuparon las dos ricas sillas dispuestas al efecto; Audelí se sentó en
la de la izquierda del Rey, algo de través, luego que D. Fernando tomó asiento
en la suya de la derecha. Numerosa comitiva de Grandes les acompañaba de pie
detrás de las sillas. Varios de ellos, desempeñando sus cargos palatinos, les
servían la vianda y la copa. El marqués de Villena D. Diego Téllez Pacheco,
como Mayordomo de Palacio, presidía a todo con arreglo al ceremonial
establecido. De los demás Grandes, el de Tendilla, servía al poderoso Monarca
la fuente de oro con exquisitos manjares, y el Conde de Cifuentes la copa, y
respectivamente al Rey moro D. Álvaro de Bazán y Garcilaso, ejecutándose para
ambos por igual las ceremonias reales.
Concluido el banquete,
Audelí se levantó para volver a la ciudad próxima y disponer lo conveniente
para la entrega. Luego besó su mano, se despidió y salió de la tienda seguido
de todos los Grandes presentes, que amablemente se le ofrecieron con sus personas
y cargos. A esta cortesía correspondía afablemente Audelí mientras iban
atravesando los reales; pero no permitió que pasasen de allí, y les rogó que
volviesen a la tienda de D. Fernando. Sin embargo, le acompañaron hasta las
puertas de Almería los Marqueses de Villena y de Astorga, el comendador
Gutierre de Cárdenas, el Conde de Cifuentes y Luis Portocarrero.
Para noticia de los que me
leyeren añadiré que en su visita a D. Fernando el Rey moro iba vestido con
manto negro de seda y sayo largo militar, de pelo de camello, del mismo color,
y encima un albornoz. Cubría la cabeza blanquísimo turbante de lino. Es también
ocasión de mencionar aquí la supersticiosa costumbre de los Reyes agarenos,
para que nadie se equivoque creyendo que Audelí, que aquel día cabalgaba en
corcel ricamente enjaezado, se vistió de negro para expresar su pesadumbre. La
ley de Mahoma, dicen, impone a todos los Reyes sarracenos la obligación de usar
siempre vestiduras negras, excepto al empeñar batalla campal con los enemigos,
en cuyo caso les permite llevar trajes de diferentes colores adornados con oro.
No creo tampoco ajeno de
este relato describir la figura, el color y la estatura de Audelí. Su rostro,
grave y digno, era de singular blancura, aunque algo pálido; el cuerpo, de
regulares proporciones, ni flaco ni grueso, elevada su estatura.
Al día siguiente, 22 de
Diciembre, todo el ejército, por orden de D. Fernando, formó sus batallas
delante de los reales, aguardando el momento de la entrega de Almería. Así
permaneció hasta la tarde, en que Audelí dio permiso para que se enarbolase la
cruz y el pendón de Santiago con el estandarte del vencedor en la torre del
homenaje del castillo. Al verlas, ninguno de los cristianos allí presentes pudo
reprimir las lágrimas de gozo que arrasaban sus ojos ni detener las acciones de
gracias que de sus corazones salían, al reconocer claramente lo grande del
beneficio recibido de la divinidad. Poco antes, al dirigirse el Rey hacia
Almería precedido del comendador Gutierre, que iba a enarbolar el estandarte en
el castillo, salieron a pie por otra puerta los faquíes y principales de la
ciudad a besar los pies y las manos al poderoso vencedor.
Hecho esto, y ya entrada
la noche, el Rey, con todo el ejército y las banderas de las ciudades, regresó
a los reales. Al día siguiente, consagrada ya solemnemente en iglesia la
mezquita del Alcázar, después de limpia de las profanaciones de la secta mahometana,
el Rey oyó la misa que celebró el clero con gran pompa, entonando cánticos
sagrados.
El mismo día llegó la
Reina con su primogénita D.ª Isabel y con séquito de respetables Prelados como
el cardenal D. Pedro de Mendoza, el Obispo de Ávila y otros, de doctos
Consejeros y de lucidos escuadrones. Al saber su llegada, adelantóse a su
encuentro D. Fernando, acompañado de Audelí, que la recibió con iguales
ceremonias y con la misma dignidad y afables palabras que al regio consorte.
Lo que más llamó la
atención de todos los presentes fue el no ver en los semblantes de los
labradores moros ni en los vecinos de Almería, al tiempo de la entrega, señal
alguna de tristeza o indicios de secreta pesadumbre, antes bien, recibir con
rostro alegre y con afables expresiones al ejército victorioso, como antiguos
huéspedes de los cristianos, unidos todos por recíprocos sentimientos de
caridad. Audelí, después de saludar humildemente a la Reina y a su hija, se
incorporó a su séquito, y al día siguiente marchó a Guadix, para que a su
vuelta los Reyes lo encontrasen todo dispuesto para la entrega, con arreglo a
lo pactado.
La entrega de Almuñécar y
de las demás importantes poblaciones antes obedientes a Audelí, se efectuó,
según lo pactado, en el plazo convenido, recibiendo las llaves de los castillos
y lugares fuertes los comisionados señalados al efecto, mientras con el intervalo
de algunos días se preparaba la rendición de la opulenta y pobladísima ciudad
de Granada por el rey Boabdil el joven, con admiración de los que la
presenciaban u oían referir y en gloria del Omnipotente que habló y fue hecho
lo que dijo.
Después de la rendición de
la gran ciudad de Guadix, verificada a la llegada de los excelsos Soberanos el
30 de Diciembre, mandó el Rey que se hiciese alarde de todo el ejército, y se
halló que desde el principio del sitio de Baza hasta la entrega de Guadix
habían perecido por diversos accidentes cerca de 20.000 hombres. De éstos, más
de 17.000 sucumbieron de resultas de varias dolencias, y del rigor del frío y
de las tormentas que sucedieron a los grandes calores. Otro gran número,
acabada la campaña, fue a curarse a sus casas de las enfermedades contraídas
durante los sitios. El feliz éxito de la empresa impuso silencio respecto a tan
considerables pérdidas.
No quiero dejar pasar en
silencio al terminar este libro noveno de la Guerra de Granada, algo ya
apuntado al hablar de la rendición de Almería, aunque, por motivos muy dignos
de los hechos realizados por los españoles, haya de repetir parte de lo ya referido.
Estuvo Almería en otro tiempo bajo el dominio de los granadinos mucho más
poblada que se halló al tiempo de la entrega, porque desde Gibraltar hasta
Cartagena, sola aquella ciudad contaba con un puerto tan próximo., Así que,
mientras abundaron las riquezas y auxilios del África, aquel puerto, cuyo
escudo era Almería, causó innumerables daños a los cristianos a causa de los
continuos arribos de armadas tunecinas y marroquíes. Su fortísimo castillo
protegía tan bien la desembocadura del río que forma el puerto, que allí
encontraban los moros una estación perfectamente segura. La salida, libre para
las galeras y lanchas, era peligrosa para muchos mercaderes, o por otras
causas, para nuestros navegantes. Desde allí, también, partían repentinas
incursiones a las costas de Valencia y de Barcelona, y a tan gran extensión del
océano, más allá de Gibraltar, que los nuestros, no hallaban medio de
restringir, al menos en parte, tan inmenso radio de hostilidades. No parecía
posible que un Príncipe cristiano, por poderoso que fuera, pudiese sitiar con
fuerzas de tierra una ciudad como Almería, situada entre el mar y escarpadas e
inaccesibles montañas del reino de Granada. Cuando el Rey de Castilla preparó
una armada contra el poder africano, inmediatamente se apercibieron de ello los
de Almería. Alfonso VII, denominado el Emperador por sus gloriosos hechos,
llamó en su auxilio al ilustre conde de Barcelona Ramón Berenguer (con cuya
hermana Berenguela estuvo casado) para cuando tuviera seguridad de que habla
puesto sitio a Almería. Tenía esperanza de poder abrir camino, aunque difícil,
a los ejércitos cristianos desde la importante ciudad de Baza, que por entonces
sitiaba.
Con iguales
consideraciones pidió socorro a los genoveses, sus aliados, y como los
granadinos poco antes de la toma de Baza habían sufrido grave derrota, no temió
el esforzado Monarca atravesar los escarpados montes y estrechos desfiladeros,
y cogiendo completamente desprevenidos a los de Almería, la puso estrecho
cerco. Bien pronto arribaron a las costas las armadas del Conde Ramón y de los
genoveses, y se apoderaron del puerto después de tomar el castillo que defendía
la entrada. Luego, junto el ejército, del Rey con las tropas de las naves, la
artillería y otras máquinas de guerra derribaron las murallas, y la soberbia
obstinación de los almerienses encontró digno castigo de su pertinaz crueldad.
Los que pudieron escapar de la espada enemiga fueron reducidos a mísero
cautiverio y el furor del vencedor les arrebató sus inmensas riquezas. Entre
ellas se encontró aquel cáliz de esmeralda que hoy, según nuestras historias,
guardan con inmensa estima los genoveses, y al que vulgarmente dan el nombre de
Santo Greal. Dicen y aseguran que este vaso es don del cielo; que a ninguna
otra joya de cuantas existen es comparable, y que en lo antiguo fue traído
desde Jerusalén a Génova por los de esta ciudad. Así lo declara una inscripción
esculpida en mármol.
No deja de hacerme fuerza
el testimonio de los escritores que refieren que después de la toma de Almería
el rey D. Alfonso repartió tan liberalmente el botín que, accediendo a los
ruegos de los genoveses, les entregó aquel cáliz de esmeralda, de tamaño igual
al que hoy puede verse en Génova, y de igual hermosura, con asas cuadrangulares
y pie de ancha base. Ciudadanos anualmente elegidos para el efecto le guardan
con el mayor cuidado, conservándole en la misma forma y con igual esplendidez
que nuestros escritores refieren haberse dado, como dije, a los genoveses en
agradecimiento del oportuno auxilio prestado a los nuestros.
El reto del botín dicen
que se concedió al Conde de Barcelona, contentándose D. Alfonso para sí y para
su ejército con el honor y con una pequeña parte de la multitud de cautivos y
dejando la demás a su pariente el Conde, cuando conoció que por ningún medio
podía entonces expugnarse el alcázar de Almería y se convenció de que le sería
imposible retener por más tiempo a su lado a las tropas de la armada.
Tal es el resumen de lo
ocurrido en España en el año de 1489, fecha, como dije, de la toma y saqueo de
Almería, y quise repetirlo aquí por los motivos que expuse.
En el principio del libro
siguiente, guardando el orden cronológico de los sucesos, consignaré los
premios que, con arreglo a las capitulaciones, se concedieron al rey Audelí y
al caudillo mayor de Baza, que sirvió de intermediario.
Libro X
Y último de la guerra de
Granada
Los maravillosos efectos de la rendición de las poblaciones ya
mencionadas y el repentino impulso de las que se entregaron, exigen que,
después de reconocer la poderosa mano del que todo lo dispone, haga alguna
mención de los móviles con que a ello contribuyó la fragilidad humana. Ellos
impulsaron al alcaide del castillo y al jefe de la guarnición de Baza a mezclar
con el temor de que estaban poseídos la esperanza de futuros medros.
Desesperados de la salvación de los pueblos, ya imposibilitados de resistir por
más tiempo el poder de D. Fernando, fingieron deseos de evitar la última ruina,
y atentos en apariencia a la piedad, no se olvidaron, durante su vida, de
proporcionarse aumentos de riquezas en medio de la paz.

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