© Libro No. 679. Pequeña Antologia. Thoreau,
Henry David. Colección E.O. Marzo 29
de 2014.
Título original: © HENRY
DAVID THOREAU. PEQUEÑA ANTOLOGIA
Versión Original: © HENRY DAVID THOREAU. PEQUEÑA ANTOLOGIA
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Thoreau Henry David -
Pequeña Antologia
imagen
BIOGRAFIA: (10687)
Henry
David Thoreau (Concord (Massachusetts), 12 de julio de 1817 - 6 de mayo de
1862) fue un escritor, poeta y filósofo estadounidense, de tendencia
trascendentalista y anarquista, autor de Walden y La desobediencia civil.
Thoreau
fue agrimensor, naturalista, conferenciante y fabricante de lápices. Además de
uno de los padres fundadores de la literatura estadounidense, se le considera
un pionero de la ecología y de la ética ambientalista. Es también el
conceptualizador de las prácticas de desobediencia civil.
Thoreau
quiso experimentar la vida en la naturaleza, por lo que desde el 4 de julio de
1845 vivió dos años en un bosque cerca de Walden Pond, no lejos de su familia y
amigos en Concord (como Ralph Waldo Emerson). Abandonó su cabaña el 6 de
septiembre de 1847 para vivir con su familia. Walden, que relata su vida en los
bosques, fue publicada en 1854.
En 1846,
Thoreau se negó a pagar impuestos debido a su oposición a la guerra contra
México y a la esclavitud en Estados Unidos, por lo que fue encarcelado. De este
hecho nace su tratado La desobediencia civil, pionero al proponer algunas ideas
como el pacifismo y la no violencia que resurgirían con fuerza en el
altermundismo del siglo XX. En este texto se declara uno de los conceptos
principales de su ideología: la idea de que el gobierno no debe tener más poder
que el que los ciudadanos estén dispuestos a concederle, llegando a tal punto
que propone la abolición de todo gobierno. Considerado por algunos como el
primer ecologista, su ensayo fue influyente en Lev Tolstói y en Mahatma Gandhi.
Su obra y
su ejemplo mantienen todavía una fuerte influencia en los movimientos en
defensa de los derechos civiles (el propio Martin Luther King expresó
abiertamente su admiración), el pacifismo y el ambientalismo. En 1960, una
efigie de Thoreau entró en el Panteón de los Héroes Norteamericanos de la
Universidad de Nueva York, junto a George Washington, Benjamin Franklin,
Abraham Lincoln, Thomas Edison y Ralph Waldo Emerson. En 1998, el presidente de
los Estados Unidos le propuso como modelo de las mejores prácticas ciudadanas y
afirmó la superioridad moral de la desobediencia civil sobre la violencia.
http://ebiblioteca.org/?/ver/24351
HENRY DAVID THOREAU
PEQUEÑA ANTOLOGIA
Índice
·
INTRODUCCIÓN
·
ESTUDIO PRELIMINAR
·
«UNA VIDA SIN PRINCIPIOS»
·
«SOBRE EL DEBER DE LA DESOBEDIEN Pequeña Antologia. Thoreau,
Henry David.CIA CIVIL»
·
«LA ESCLAVITUD EN MASSACHUSETTS»
·
«APOLOGIA DEL CAPlTAN JOHN BROWN»
·
«CONCLUSION»
·
LA OBRA DE THOREAU
·
UNA VIDA SIN PRINCIPIOS
·
DESOBEDIENCIA CIVIL
·
LA ESCLAVITUD EN MASSACHUSETTS
·
APOLOGIA DEL CAPITAN JOHN BROWN
·
EL ELOGIO DE LA VIDA SALVAJE
·
PROFESIÓN DE FE
INTRODUCCIÓN
ESTUDIO
PRELIMINAR
¡Pobre
Henry Thoreau: hacerle, a estas alturas del siglo XX, una introducción
«convencional»! Henry Thoreau, el más anticonvencional -junto con Whitman- de
todos los escritores norteamericanos del siglo pasado, sometido al
convencionalismo... Escribir una introducción convencional para este entrañable
personaje puede parecer ejercicio intelectual «intrínsecamente perverso». Es
posible que lo fuera si uno se contentara con semejante futilidad. Pero ya
sabemos que las exigencias editoriales van por sus caminos consabidos, y las preferencias
personales, con frecuencia, por sus antípodas. La contradicción -hasta la
felonía- queda superada, al menos hasta cierto punto, si se tiene en cuenta el
hecho de que estas páginas, efectivamente, «convencionales» y más que
limitadas, no constituyen sino un brevísimo resumen de un trabajo mucho más
amplio, de publicación íntegra uno espera que en ocasión próxima, más personal
y más libre, sin limitaciones ni cortapisas extrínsecas, que quien esto escribe
tiene ya confeccionado en su integridad.
Decía un
novelista de cierta notoriedad hace ya bastantes años que «es más fácil hacer
algo que rehacerlo; como fue más fácil engendrar a Lázaro que resucitarlo». La-
metáfora viene al caso en más de una ocasión. El tijeretazo inevitable de más
de sesenta páginas que por exigencias editoriales aquí ha sido «necesario»
constituye una operación limpia: nada de suavizar nada, ni de «sintetizar», ni
mucho menos censurar. Se elimina, en bloque, lo sustancial de un trabajo
determinado, se acomodan ligeramente algunos elementos más que secundarios y se
conserva en su integridad el espíritu, ya que no la letra, de lo anterior.
El lector
de estas páginas, por ejemplo, puede comprobar una desproporción evidente entre
la bibliografía mencionada y la que aparentemente se utiliza. Bien, es cierto
que esta desproporción existe en apariencia: pero se comprende cuando se tiene
en cuenta el hecho recién mencionado. Y al César lo que es del César, y al
autor lo que le corresponde.
En uno de
los ensayos aquí agrupados, Henry Thoreau dice expresamente algo que muchos
años más tarde iba casi a repetir Dürrenmat: Resulta extraño que haya que
formular verdades tan simples.» Una introducción convencional para un
anticonvencional: vivir para ver.
Henry
Thoreau nació en el pueblecillo de Concord, en el Estado de Massachusetts, el
12 de julio de 1817. Su infancia y adolescencia transcurre en el mismo marco,
el de su pueblo natal, en el que habría de discurrir hasta el final de sus días
su vida entera. El propio Henry Thoreau resumía con humor su «experiencia
viajera», diciendo sencillamente: «He viajado mucho en Concord.»
En 1833,
a los dieciséis años, ingresa en Harvard. Y allí se graduó, sin pena ni gloria,
cuatro años más tarde. De su estancia en Harvard, de la constancia en sus
Diarios, comenzados justamente a su salida de la docta Institución. Lo mejor
que Harvard tuvo que ofrecerle fue su Biblioteca, y en verdad que hizo buen uso
de ella. Luego, ya graduado, siguió visitando esta Biblioteca, y contra todas
las normas entonces establecidas, y después de una pequeña batalla
burocrático-administrativa por conseguirlo, obtuvo el permiso oficial para
poder seguir sacando libros. Por cierto que su desapego por su alma mater -como
algunos dicen- fue tal que hasta se negó a pagar un dólar por el Diploma
oficial que le acreditaba como tal. Bástale a cada oveja su propia piel»,
consignó en su Diario al comentar este pequeño desprecio por un cartón medio.
ridículo al que ni él mismo le concedía apenas importancia alguna.
Para
cuando Thoreau se graduó en Harvard, ya se había trasladado a vivir a Concord
la familia Emerson. La amistad de Ralph Waldo Emerson y Henry Thoreau
constituye uno de los hitos más significativos en la vida de ambos. En un
comienzo, Thoreau encuentra en Emerson a un mentor y guía comprensivo, un poco
paternal, pero para el joven Henry, catorce años más joven que «el maestro»,
aquello tuvo importancia.
En este
contexto hay que tener en cuenta un dato significativo. En la ceremonia de
graduación en Harvard, de la que se conservan «programas de mano», nos
encontramos, en cuarto lugar, con la intervención al alimón de Charles Wyatt
Rice, de Brookfield; de Henry Vose, de Dorchester, y de Henry Thoreau, de
Concord. El título de la conferencia compartida fue el de «El espíritu
comercial de los tiempos modernos, desde la perspectiva de su influencia en el
carácter político, moral y literario de una nación». Los tres conceptos
enunciados los desarrollaron, por ese orden los tres personajes mencionados.
Los espectadores y oyentes se debieron quedar algo estupefactos cuando Henry
Thoreau, al hacer uso de la palabra, propugnó sin ambages el axioma de que
todos sus conciudadanos deberían, por lo pronto, invertir el precepto divino,
«trabajando tan sólo un día a la semana y descansando los otros seis».
En este
sentido, al graduarse e iniciar su vida «activa», Henry Thoreau se inclina más
bien por la «pasiva». Ante su falta de interés en los negocios, y el «espíritu
emprendedor esperables de todo joven de pro, dadas las circunstancias, Ralph
Waldo Emerson le ofrece a Thoreau un arreglo de más o menos mecenazgo: a cambio
de ocuparse de su casa, de pequeñas chapuzas en el jardín y el mantenimiento de
los desperfectos, tendría allí vivienda y manutención. Henry Thoreau aceptó
encantado la oferta, no sólo por venir de su admirado Emerson, sino porque, con
semejante trato, el joven y ávido lector tenía acceso a la biblioteca del
propio Emerson, una de las más extensas en aquellos momentos en los Estados
Unidos. Allí vivió durante dos años, a partir de 1841.
Y el día
4 de julio de 1845, memorable fecha ya en los anales oficiales de la Historia
oficial norteamericana, Henry Thoreau se recluye en una cabaña, construida por
él mismo desde la primavera anterior, en Walden Pond. En un extremo alejado de
una propiedad, también de Emerson, Thoreau inicia una experiencia de vida
relativamente solitaria: y se dice que «relativamente» porque también para
Thoreau, como para ese entrañable personaje camusiano de «Jonás o el artista en
el trabajo», Asomarlo» es sinónimo de «solidario». Allí permanecerá Thoreau,
ojo avizor siempre, durante dos años, dos meses y dos días, y concluye con su
experimento cuando cree haber conseguido los objetivos que se había
autopropuesto al iniciar esta especie de aventura, proyectada al interior, que
intenta desde el comienzo.
Al salir
de Harvard, Thoreau había comenzado la redacción de su Diario. Y en esta época
lo continúa, al mismo tiempo que redacta las dos únicas obras que habría de ver
publicadas en vida: Una semana en los ríos Concord, Merrimack, consecuencia de
una excursión con su hermano John en 1839; y el clásico Walden o la vida en los
bosques, publicada en 1854 tras un laborioso proceso de redacción y
correcciones sucesivas. Hasta siete borradores de Walden van siendo elaborados
sucesivamente antes de que la obra final vea la luz.
Desde
luego, la obra más importante de Thoreau son sus Diarios, Publicados en 1906 en
dieciséis volúmenes. De ahí procede todo lo demás: sus reflexiones, sus
ensayos, sus obras más extensas, sus conferencias, su observación de la
naturaleza, sus pensamientos más personales y sus juegos de palabras. Desde el
otoño de 1837, recién graduado en Harvard, hasta muy pocas semanas antes de su
muerte, Thoreau ahí consigna, día a día, el germen de la construcción de sí
mismo y de la construcción, en consecuencia, de toda su obra literaria.
La
ideología política de Thoreau queda perfectamente al descubierto en todas sus
obras, en general, y en los cuatro ensayos ahora agrupados en este volumen en
particular. Su talante radical-liberal -por etiquetarlo de alguna manera, un
hombre que como Thoreau resulta inclasificable e irreductible a fórmulas
simplistas o etiquetas empobrecedoras-, su talante libertario y a un tiempo
solidario, resulta de una extraordinaria actualidad. Antiimperialista, en el
apogeo del imperialismo norteamericano de la primera mitad del siglo XIX;
defensor del derecho a pensar por uno mismo, como defensa irreductible ante la
avalancha de oportunismo político y compromisos ideológicos; ecologista
convencido, en contacto con la naturaleza, cien años antes de los «verdes»; defensor
acérrimo de las minorías indias, en proceso de exterminio; antiesclavista
convicto y confeso, en plena efervescencia racial que había de culminar muy
poco antes de su muerte en el estallido de la guerra civil; defensor del
derecho a la pereza, o reivindicador de aspectos creativos del ocio con
dignidad, mucho antes de la formulación de Paul Lafargue. Y todo esto hasta
límites de un radicalismo que lejos de disminuir con los años, se fue
agudizando conforme éstos pasaban. Defensor ardiente y convencido de causas
perdidas. No por perdidas menos justas.
Poniendo
al descubierto estas terribles Y sangrantes contradicciones del sistema,
Thoreau lleva a cabo efectivamente un acto revolucionario constante. En 1908
iba a estrenarse en Nueva York una obrilla de teatro sin apenas sustancia
literaria, pero que tuvo la fortuna de acufiar, con su título, una de las
hermosas teorías del American Dream siempre desmentidas por la realidad: el
mito del Melting Poi, el crisol en el que se funden, como decía Crévecoeur ya
en el siglo XVIII, las oleadas sucesivas de inmigrantes que llegan a América en
busca del paraíso ya en Europa perdido. Hasta tomar consistencia
progresivamente, con el paso de los años, la denominada anglo-conformity: los
que se adaptan, los que pierden sus propias señas de identidad nacionales y
raciales o culturales o lingüísticas: negros, judíos, italianos, irlandeses,
balcánicos, griegos, hispanos latinoamericanos de toda procedencia... Todos
estos «marginales» deberán «reconvertirse» y dejarse asimilar, en cierto
sentido «blanquearse» y conformarse a los denominados Yankees de viejo cuño
-old-times Yankees- que dictan la norma de lo que es o no es «americano». El
lema fundacional, recogido más tarde por las monedas de centavo -e pluribus,
unum-, encierra unos riesgos de uniformismo, por las buenas o por las malas,
que Thoreau supo muy bien entrever. Y resulta significativo que los tres
personajes más admirados por Henry Thoreau a lo largo de su vida fueran,
precisamente, un poeta marginal y maldito como Whitman; un guía indio que le
acompañó en su excursión por Maine en 1857, Joe Polis, y el personaje medio
héroe medio bandolero -pero siempre mito-, antiesclavista por excelencia, el
capitán John Brown.
En
consecuencia, otra de las características sobresalientes de Henry Thoreau, a lo
largo de su vida y de su obra, es el rechazo de lo establecido y sus actitudes
de resistencia no violenta pero contumaz en busca de su propia libertad de
pensamiento, palabra y obra. Esto exige un renunciamiento constante, es cierto.
El resumen de esta actitud de libertad y de pobreza, de escasas necesidades a
las que atender, de auténtica ascesis liberadora, lo encontramos en la frase
que consigna en la página 162 del tomo cuarto de su Diario y que más tarde
reproduce, tal cual, en uno de sus ensayos: «De acuerdo con mi experiencia,
nada se opone tanto a la poesía como los negocios, ni siquiera el crimen.»
Max
Lerner, en un breve pero atinadísimo comentario, con respecto al significado de
Thorcau, lo ha sabido comprender con clarividencia: «Rechazó el sistema de las
fábricas porque significaba la explotación de los demás; rechazó igualmente el
culto al éxito y el credo puritano del trabajo constante porque ello
significaba la explotación de uno mismo.» Y por ello Thoreau prescribe la
siguiente cura a las amenazas del industrialismo en expansión de su época: «La
renuncia total a lo tradicional, lo convencional, lo socialmente aceptable; el
rechazo de los caminos o normas de conducta ya trillados, y la inmersión total
en la naturaleza.», Como no puede extrañar, esta segunda opinión procede de
Lewis a propósito de su tipología sobre el Adán americano.
Teniendo
en cuenta estos antecedentes, ¿cómo extrañarnos de los cuatro ensayos
seleccionados en este volumen? El primero de ellos constituye una especie de
«declaración de principios». Los otros tres, coyunturales, expresan el
pensamiento de Thoreau en una gradación progresiva que Walter Harding ha sabido
poner de manifiesto: «Existe incuestionablemente una progresión perfectamente
definida en las tres principales declaraciones de Thoreau con respecto al
asunto antiesclavista, desde Desobediencia civil hasta la Apología del Capitán
John Brown, pasando por la Esclavitud en Massachusetts. Se trata de una
progresión de resistencia al Estado como Institución. En primer lugar, tenemos
la resistencia »civil" o "moderada" rehusando pagar impuestos.
En segundo lugar, en la Esclavitud en Massachusetts nos encontramos con la
arenga o la exhortación a violar una ley específica y concreta. La tercera
instancia de este proceso aconseja la rebeldía abierta no ante una ley
específica, sino contra el Estado como tal.»
Lo cierto
es que los tres últimos ensayos no constituyen sino una manifestación concreta,
lógica y escalonada, como consecuencia de una serie de «principios, o actitudes
éticas incuestionables que aparecen como meollo de la cuestión en el primero de
los cuatro ensayos, y que por eso aquí se considera como clave o piedra
angular. Este es el orden lógico adoptado en la selección, y en la ordenación,
de lo que constituye este volumen.
«UNA VIDA
SIN PRINCIPIOS»
Desde los
primeros años de la década de los 1850, en el Diario hay ya fragmentos de este
texto. Los sucesivos títulos que Thoreau le fue dando a su reflexión revelan
perfectamente cuáles eran sus intenciones. «Ganarse la vida» «Vidas
malgastadas», «De qué le aprovecha al hombre», en evidente alusión al pasaje
evangélico de Marcos 8, 36. «The Higher Law» fue otro de los títulos
utilizados. En marzo de 1862 el ensayo como tal fue aceptado para su
publicación en el Atlantic Monthly. A los editores no les gustó demasiado ese
título y sugirieron un cambio. Thoreau, que ya por entonces estaba muy
gravemente enfermo y sin fuerzas ni para escribir, dictó la respuesta: «Life
wlthout principle». La traducción, a gusto de cada cual. Hasta octubre de 1863
no apareció el ensayo, año y medio después de haber muerto Thoreau. Una especie
de anticipo y testamento.
El día 6
de diciembre de 1854, a propósito de una conferencia que acababa de dar en
Providence, reflexiona Thoreau sobre esta cuestión de hablar en público. Lo
primero es estar convencido plenamente de lo que se dice y de la forma de
decirlo. El «gustar» o no gustar al público es asunto más que secundario. Las
reflexiones las integra Thoreau en su charla, y de hecho se trata en definitiva
de «reflexiones en voz alta». Ya resulta que esta conferencia de Providence,
pronunciada en el Rallroad Hall, es la que ahora nos ocupa. Y, por cierto, fue
un fracaso completo por lo que a la reacción del público se refiere.
Significativamente,
como el propio Thoreau consigna también en el Diario, aprovecha la ocasión para
visitar los «santos lugares» de Roger Williams, el disidente puritano que tuvo
la osadía, ya en su tiempo, de luchar denodadamente por la separación de la
Iglesia y del Estado, por reivindicar hasta sus últimas consecuencias el
derecho inalienable del individuo a su libertad de conciencia, y que puso en
tela de juicio el derecho del blanco a expoliar al indio de sus tierras y
propiedades.
«Pensemos
de qué forma se nos va la vida.» A partir de esta invitación a la
autorreflexión, Thoreau construye su obra ensayística más significativa. Con un
juego de palabras, muy característico suyo, nos aconseja: «Read not the Times,
read the Eternities», no leáis los tiempos sino atentos a la Eternidad. Y de
acuerdo con su teoría del ensayo, de la que mucho se podría decir, en la página
167 del tomo III del Diario también dice exactamente: «No trato de apresurarme
para detectar la ley universal,- permítaseme más bien comprender con más
claridad una instancia particular de ella.» El juego dialéctico, continuo en
Thoreau, reaparece en estos cuatro ensayos de modo evidente: y bien se podría
afirmar que el primero de los que ahora nos ocupan, «Vidas sin fundamento»,
constituye el punto de partida, la preocupación por lo universal, pero sin
prisas; a modo de testamento, cuando apareció en octubre de 1863, se comprendía
ya en toda su extensión el largo viaje desde la noche más cerrada a la plena
luz del día del conocimiento. Este conocimiento pasa por lo particular y lo que
de universal encierra; y por lo universal, a la luz de lo cual se puede
comprender cualquier fenómeno aislado o «pequeño» de la vida humana. «Vidas sin
fundamento», sin duda, nos da la clave.
El
contexto del que surge este ensayo se ha estudiado por extenso en otra ocasión,
y a él hay que referirse necesariamente al tratar de valorar lo original, lo
irreductibleme'nte personal, de la reflexión de Thoreau (40, 41 y 42). Es toda
esa efervescente segunda mitad del siglo xix americano en la que se está
empezando a comprobar en qué se han quedado los viejos ideales de los Padres
Peregrinos, de los Padres Fundadores y de los Padres de la Patria redactores de
la Constitución norteamericana. Al sumidero van tantas y tantas esperanzas de
una sociedad más justa, más libre, más igualitario, en la que el hombre no sea
lobo para el hombre ni los capitanes de empresa y reyes de la industria sigan
explotando al amparo de un sistema, económico y político, que Thoreau detesta y
contra el que se rebela.
Este
elogio a la pereza que lleva a cabo Thoreau en su ensayo, como mecanismo de
defensa, como táctica de resistencia civil y pacífica, pretende llegar a la
preservación interior, a no dejarse contaminar ni convencer por las doctrinas
económicas y sociales «liberales» al uso, de las que se convierten en
portavoces interesados -es decir, beneficiarlos de la corrupción- los
políticos.
Henry
Thoreau fue dándole vueltas a su propia experiencia a lo largo de muchos años.
De hecho, incluso, el capítulo undécimo de Walden se titula «Higher Laws», más
altas leyes: por encima siempre de lo legal, pura y simplemente considerado,
está lo moral. Y su primer capítulo, «Economía», es igualmente rigurosamente
paralelo, en su formulación de «valores», a este ensayo de comienzos de su
vida, de mediada su vida y de legado póstumo.
Lo
curioso del caso es que para el estudiante de la literatura norteamericana este
ensayo con frecuencia pasa desapercibido, oscurecida su trascendencia por otras
obras más «famosas», no menos pero tampoco más significativas, básicamente
Walden y Desobediencia civil. Y el conocimiento, digamos «popular», de Thoreau
se debe simplemente, en muchos casos, a las dos anécdotas más significativas de
su vida: su ingreso en prisión por negarse a pagar unos impuestos que él
consideraba injustos y su vida retirada en una cabaña en mitad del bosque. The
American Tradition in Literalure, de Bradley, Beatty, Long y Perkins, ni lo
menciona. La Antología de Macmillan no lo recoge, así como tampoco la de
Poirler y Vance. Y una de las mejores y más recientes antologías, la de Cleanth
Brooks, R. W. B. Lewis y Robert Penn Warren, American Literature:- The Makers
and the Making, Book B. 1826-1861, tampoco recogen, en su selección de Thoreau,
este texto fundamental. De las antologías más conocidas o de mayor uso, la
única que recoge todos estos ensayos, con buenas introducciones y notas, es la
Norton Anthology of American Literature, a cargo de siete profesores de
literatura norteamericana, relativamente desconocidos: quiérese decir, no
consagrados del calibre de algunos de los anteriormente mencionados. Quizá por
eso precisamente sí se hacen más eco de un Thoreau esencialmente contestatario,
marginal, pero de cuya importancia en el contexto de la literatura de los
Estados Unidos ya no hay nadie en su sano juicio que dude.
«SOBRE EL
DEBER DE LA DESOBEDIENCIA CIVIL»
Este
texto, sí; naturalmente, éste aparece en todas esas antologías, con selecciones
de Walden y algo de la poesía de Thoreau. Y es que este ensayo ha tenido de
hecho una difusión mundial incuestionable y una influencia decisiva en
personajes de la significación de Gandhi o Lanza del Vasto. En una carta al
presidente F. D. Roosevelt, el propio Gandhi le confesaba que dos de los
pensadores que más influencia habían ejercido sobre su pensamiento habían sido
Emerson y Thoreau. Se supone que estas afirmaciones sí aparecerán en todos los
libros escolares para americanos probos.
Lo que
ocurre es lo de siempre, y tampoco hay para qué extrañarse demasiado: a un
personaje contestatario o marginal en su época, más tarde se le asimila, el
sistema le canoniza, y sus teorías se someten al escrutinio de los «académicos»
Ya lo tenemos disecado. A fuerza de minuciosidad en el análisis se pierde de
vista, sin imaginación, que aquello marginal de entonces lo sigue siendo, que
aquella sociedad de entonces muy poco más o menos es la de ahora, que las
personas de allí las tenemos aquí, que los cambios tan enormes que la
Declaración de la Independencia y la Constitución anticipaban siguen en buena
medida sin realizarse. Y que a Henry Thoreau, »decimonónico y anticuado»,
«utópico e idealista», sin pragmatismo ni sentido de la realidad, visionario y
medio excéntrico -es decir, apartado del centrose le puede estudiar sin
peligro, porque se le tiene ya controlado, clasificado y neutralizado. La
Academia es la especialista en estos menesteres: la «academia» hay que decir,
por supuesto. Como tan certeramente nos cuenta Marcuse, ésta es la
«pseudo-neutralidad de la academia, Muy poco neutral, después de todo.
Si el
trasfondo de «Vida sin principios» es el panorama general de los Estados Unidos
de la época, el de «Desobediencia civil» es más concretamente el de la guerra
de México (1846-1848). Pretextando ridículas y supuestas ofensas por parte de
los mexicanos, los Estados Unidos le declaran la guerra, toman Veracruz, le
roban la mitad de su territorio al país vecino y firman la paz de Guadalupe
Hidalgo. Todo así de sencillo. La guerra de México es, probablemente, el primer
acto de jingoísmo clamoroso en la historia de los Estados Unidos. Noam Chomsky
acaba de desempolvar el término en diciembre de 1986, a propósito de la venta
engañosa de armas a Irán y del desvío de fondos para la «contra» nicaragüense.
Pero el escándalo es uno más de tantos. Thoreau se indigna ante la prepotencia,
la agresividad y la marrullería de la acción norteamericana contra su país
vecino. No le faltó más que acuñar la expresión. En una cancioncilla de music
hall londinense de 1878 se decía: «We don't want to fight, but by Jlngo if we
do/We've got the ships, we've got the men/We've got the money, too!»No queremos
luchar pero, por Jingo, si lo hacemos, disponemos de los barcos, disponemos de
los hombres y disponemos también del dinero. Se les empezó a llamar jingoístas
a los defensores de la política de lord Beaconsfield, que propugnaba el envío
de la flota británica a Turquía para impedir el alegado avance ruso sobre
aquella zona. Por extensión, jingoísta fue, desde entonces, sinónimo de
«patriotero vocinglero, chauvinista»,. En los Estados Unidos el primero, que se
sepa, que utilizó el término fue el presidente de la Universidad de Harvard
para descalificar las pretensiones agresivas de Teddy Roosevelt en 1895, por
aquel entonces comisionado de la Policía de Nueva York, y que propugnaba sin
más ni más la anexión inmediata del Canadá. Charles W. Eliot, entonces, no dudó
en tachar de «jingoísta», al propio Roosevelt y a su ilustre amigo Henry Cabot
Lodge, de luenga descendencia, y que sostenía la pintoresca teoría de que «lo
que este país necesita es una guerra». Muy poco más tarde, en 1898, los Estados
Unidos ya tenían su «pequeña gloriosa guerra» en la isla de Cuba. Como hoy la
tiene en Nicaragua, como ya la tuvo en Chile, o en Granada, o en Guatemala...
La excepción a la regia fue Vietnam. A los ardientes defensores de la
«liberación», de Cuba se les aplicó el mismo término de «jlngoístas», aceptado,
por cierto, por la Real Academia y definido como «del inglésjingo, partidario
de una política exterior agresiva. Patriotería exaltada que propugna la
agresión contra las demás naciones». Por una vez, vale.
El
jingoísmo norteamericano empieza de hecho antes que de palabra: Thoreau
denuncia la agresión, critica los procedimientos, desvela los trucos y va a la
cárcel, tan sólo una noche, pero se pasa seis asíos sin pagar impuestos que
alimentan esa política gubernamental con la que él no está de acuerdo. Este
nuevo escrito de Thoreau sigue la misma génesis y evolución que el resto de sus
escritos y que el propio Thoreau resume en el tomo I de su Diario, página 413:
«Desde todos los puntos cardinales, desde la tierra y desde el cielo, desde
abajo y desde arriba, me han llegado estas inspiraciones y han quedado
consignadas en su debido orden en mi diario. Después, a su debido tiempo,
fueron aventadas en forma de conferencias, y de nuevo, oportunamente, pasaron
de conferencias a ensayos.» Este es también el caso de su famosa exhortación a
la desobediencia civil.
El ensayo
apareció impreso por primera vez en mayo de 1849, en una revista que se llamaba
un poco pretenciosamente Aesthetic Papers y de la que era mentora la cuñada de
Hawthorne, Elizabeth Peabody, hermana de Sophia. La revista duró poco, porque
aquel primer número fue, al mismo tiempo, el último. En enero y febrero de
1848, Henry Thoreau ya había soltado su soflama al menos en dos ocasiones,
ambas en el famoso Liceo de Concord. Si Thoreau se descuida un poco no le da
tiempo, porque la guerra concluyó en ese mismo mes de febrero de 1848, aunque,
desde luego, no como consecuencia del activismo de Thoreau. Todo hay que
decirlo, porque pensar que al jingoísmo pueda detenerlo y eliminarlo una
conferencia más o menos, un panfleto de más o menos, un libro más o menos,
sería ilusión desmedida y más que vana esperanza depositada en la fuerza de la
razón. Los jingoístas, no es necesario decirlo -y tantos otros-, vencen pero no
convencen, sin más dialéctica ni más razón que la de la fuerza.
Cuando en
la tarde del 23 de julio de 1846 Thoreau abandonó momentáneamente su retiro de
Walden Pond para acudir al zapatero, el carcelero de Concord le recordó que
llevaba tiempo sin pagar impuestos. Thoreau se negó por principio a hacerlo, y
Sam Staples, con toda consideración, le dijo que le ponía en el brete de
teiierle que encerrar. Thoreau contestó que muy bien: y en un apartado
significativo de su ensayo nos relata Thoreau su noche en la cárcel y las
retlexiones que aquello le suscitó. Más tarde incorporó este fragmento al
ensayo con una erudita alusión a Silvio Pellico, porque su experiencia la
tituló Mis «prisiones» Realmente, en un país que encarcela injustificadamente,
el único sitio digno para las gentes decentes es la cárcel.
«LA
ESCLAVITUD EN MASSACHUSETTS»
Por lo
que al tema de la esclavitud se refiere, la historia de los Estados Unidos está
jalonada de «compromisos». Es cierto que, con frecuencia, en los «Compromisos»
interviene siempre un elemento innegable de buenas intenciones: pero tampoco
hay para qué olvidar, sin más, que «de buenas intenciones está empedrado el
camino que conduce al infierno». El primer compromiso grave con respecto a la
esclavitud lo encontramos ya en la mismísima Declaración de Independencia: el
compromiso, evidentemente, estriba en que no lo encontremos. Ni la más mínima
referencia al asunto de la «institución peculiar», según reza el eufemismo
consagrado. «Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres nacen
iguales; que a todos les confiere su Creador ciertos derechos inalienables
entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad: que,
para garantizar esos derechos, los hombres instituyen gobiernos que derivan sus
justos poderes del consentimiento de los gobernados... etc. ¿Los negros o los
indios no son hombres? Eso debe ser.
Un
segundo «compromiso» lo encontramos en la mismísima Constitución de los Estados
Unidos: por mor de la Unión, que la esclavitud siga donde está, y no se
instaure donde ya no exista. Un nuevo «compromiso» es el de Missouri de 1820
-ya nos acercamos a Thoreau-. Para admitir en la Unión a este nuevo Estado de
Missouri se desgaja de la Commonwealth de Massachusetts el actual Estado de
Maine. El empate de once Estados libres y once Estados esclavistas se mantenía,
esta vez a doce. Después de la compra de la Louisiana, la esclavitud en los
eventuales nuevos territorios o Estados se proscribía al norte del paralelo 360
30' excepto el territorio mismo de Missouri, en el que se admitía la
esclavitud.
Todavía
un nuevo compromiso, el de 1850. Verdaderamente se estaba empezando a cumplir
la predicción de Emerson cuando la guerra de México: «Puede que los Estados
Unidos conquisten México, pero si ello sucede le acontecerá lo que al hombre
que ingiere arsénico y muere. México nos envenenará.» Realmente, la cuestión
del atropello y el robo descarado a México, con su anexión de inmensos
territorios nuevos, proyectó mucho más allá de Missouri el problema de la
esclavitud. La evasión de negros hacia el norte, preferentemente a Canadá, ya
había comenzado. Y entonces Henry Clay, como nuevo compromiso ante la Unión de
nuevo amenazada, introdujo en el Congreso una propuesta de resolución de ocho
puntos fundamentales. Cuatro de estos puntos se referían al tema del comercio
de esclavos, y uno de ellos específicamente, la ,Fugitive Slave Act» reforzaba
las medidas de fuerza para que los negros evadidos, y aun refugiados en Estados
libres, fueran devueltos a sus legítimos «propietarios». Sobre esta Ley de
Esclavos Fugitivos el propio Emerson reflexionaba en su Diario: Esta sucia ley
se ha promulgado, en pleno siglo xix, por gentes que saben leer y escribir.
¡Por Dios que no la obedeceré!» La reacción de Henry Thoreau ante esta sucia
norma legal, y ante el caso concreto del esclavo evadido Anthony Burns,
detenido en Boston el 24 de mayo de 1854, la encontramos en el tomo VI del
Diario, páginas 313 y siguientes. Muy poco después, a Henry Thoreau se le
invita a pronunciar un discurso con motivo de la celebración del Día de la Independencia,
el 4 de julio de 1854. Se organiza un acto paralelo a las conmemoraciones
oficiales, en Framingham, y allí Henry Thoreau suelta esta nueva soflaina sobre
«La esclavitud en Massachusetts». Una pequeña obra maestra de sarcasmo,
pletórica de indignación moral, que recuerda de modo espontáneo la afirmación
de Merleau-Ponty: «Al revolucionario no lo hace la ciencia, sino la indignación
ética, La ira de Thoreau ante semejantes «compromisos», incluido el de la
Constitución que él menciona expresamente, se desata incontenible en este
documento que enseguida vio la luz, impreso, en The Liberator, de William Lloyd
Garrison, el día 21 de ese mismo mes y año.
Pocos
escritos de Thoreau rebosan tanto de lógica revolucionaria, de ataque frontal
al sistema, de desprecio abierto y declarado a unas leyes injustas e inmorales,
consagradas por unos políticos interesados pero no por Dios, ni por la ley
natural, ni por la propia conciencia. Thoreau se muestra inmisericorde con los
órganos de prensa, las iglesias, o los hombres públicos, con la administración
de justicia y los magistrados, con la policía y el ejército, colaboradores
irracionales y serviles de unas decisiones del Congreso de los Estados Unidos
que carecen, por este mismo hecho, de legitimidad alguna para inducir o forzar
a nadie a semejantes bajezas.
La prosa
de Thoreau es incontenible; su desprecio, irrefrenable. Nada de compromisos;
viene más o menos a decir: ni en el contenido ni en las formas. Thoreau lleva a
cabo también «el elogio del panfleto y la reivindicación de la demagogia»,
simplemente llamándole pan al pan, vino al vino, y al compromiso para seguir
perpetuando la esclavitud, traición a todos los proclamados ideales de la
Unión, desde la Independencia hasta estos mismos días -los suyos y los
nuestros-. Y es que la libertad de expresión no ha producido una dialéctica
enriquecedora, sino el rebaje a un miserable parloteo, plagado de lugares
comunes, donde todos se han obligado, merced al diabólico mecanismo de ,
batirse en un terreno de juego que a base de concesiones ha pasado de ser un
estadio olímpico a convertirse en un armario empotrado. Al campo le han puesto
puertas, alambradas, paredes y techo, sobre todo techo, (José María Izquierdo,
El País, «Elogio del panfleto y reivindicación de la demagogias, 7 de febrero
de 1986, pp. 11 y 12).
Thoreau,
libre totalmente de prejuicios y de compromisos, enfurecido ante las
iniquidades que contempla, escribe, pronuncia en público y, más tarde, publica
su ataque frontal a la injusticia y el pasteleo. Y es capaz de hacerlo con
absoluta libertad de palabra, porque mucho antes y previamente se ha
conquistado, para sí mismo, la libertad de pensamiento. A Thoreau sí le quedan,
realmente, la voz, la palabra y la calle. Y es que como no aspira a cargo
político alguno, ni a prebendas o sinecuras en ningún pesebre, denuncia la
esclavitud abiertamente, y las innobles medidas legales dictadas por el
Congreso para perpetuarla «sin poner en peligro la Unión de los Estados».
Otro de
los acontecimientos que está en el fondo de este apasionado alegato de Henry
Thoreau se encuentra, igualmente, en un nuevo «compromiso», esta vez alentado y
formulado por Stephen Douglas, la denominada «Kansas-Nebraska Act», de 1854.
Douglas, un político prominente y con ambiciones, naturalmente buscaba la
cuadratura del círculo al anular la cláusula del Compromiso de Missouri
relativa a los 36' 30', y sustituirla por una nueva disposición según la cual
cada territorio o nuevo Estado, de acuerdo con la voluntad mayoritaria de su
población censada, aceptaría o rechazaría la legalidad o no de la esclavitud.
Con esto Douglas intentaba «satisfacer las aspiraciones del Sur sin ofender las
del Norte». Como de costumbre: la esclavitud, o la antropofagia, o la guerra,
dejadas por los políticos a la «legitimación» de las urnas. Este es el género
de democracia que Thoreau no puede jamás aceptar, y así lo declara una y otra
vez en sus escritos: aunque la esclavitud quede sancionada en la Constitución
de los Estados Unidos, como así sucede, hay que ser antiesclavista,
anticonstitucional en este punto concreto, y si es necesario arrastrar el
remoquete de antidemócrata: a Thoreau le tiene muy sin cuidado. Su conciencia,
la ley divina -lo que quiera que ello sea- y el respeto a la dignidad de la
persona humana, de toda persona humana, están muy por encima de cualquier otra
consideración. Y, no hace falta decirlo, muy por encima de cualquier
«compromiso».
Un negro
fugado, Thomas Sims, y más tarde otro, Anthony Burns, apresados en
Massachusetts, Estado «libre», son devueltos a sus amos. Los dos casos tuvieron
amplias repercusiones, desde la detención, el simulacro de juicio, el intento
de rescate por parte de ciudadanos indignados con sus autoridades, serviles y
cumplidoras de una letra de ley: si despreciable la ley, mucho más su letra.
Henry Thoreau se indigna de modo incontenible; y esta indigi)ación es la
espoleta que pone en marcha, también incontenible, su prosa. Pocos ensayos o
discursos de Thoreau alcanzan tales límites de humor sarcástico, de furia
desatada y de limpieza lógica en el razonamiento argumental.
«APOLOGIA
DEL CAPlTAN JOHN BROWN»
Desde el
punto de vista histórico, la figura del capitán John Brown es un fenómeno más
que controvertido. Para unos, Brown no pasa de ser un facineroso, un asesino,
un fanático y un loco. Para otros, al menos en su momento, John Brown fue una
figura mítica, poco menos que un héroe, un luchador denodado contra el
esclavismo y un defensor casi «caballeresco» de débiles e indefensos, de negros
y esclavos, y de toda causa justa. Parece totalmente cierto que este hombre, en
su afán de deshacer entuertos, cometió otros no menos lamentables.
John
Brown estuvo en Concord al menos en tres ocasiones. A finales del invierno de
1857, John Brown vino a Concord para visitar a su amigo -y amigo de Thoreau- F.
B. Sanborn. Desde luego, Thoreau lo conoció entonces, aunque de esta primera
visita no
hay ni rastro en el Diario. Brown regresó a Concord el 7 de mayo de 1859 y
visitó a Emerson, charló también con Thoreau y siguió recogiendo donativos para
la organización de los underground railroads, que ayudaban a la escapatoria
hacia el Norte de los esclavos negros que buscaban su liberación, tanto como
para la compra de armas. Por esas fechas, desde luego, John Brown ya había
cometido algunas de sus fecharías, concretamente en Kansas, en mayo de 1836, en
Pottawatomie Creek, cuando asesinó a sangre fría a varias personas, como
consecuencia de los tumultos organizados con motivo de la Kansas-Nebraska Act».
Y estaba a punto de consumar su «obra maestra» en Ferry, Virginia, el 16 de
octubre de 1859.
El 19 de
octubre llegaron noticias a Concord según las cuales John Brown había muerto en
Harper's Ferry el día 18, como consecuencia de la lucha entablada con tropas
federales para recuperar el arsenal del que Brown se había apoderado por la
fuerza. Aquella noticia luego quedó desmentida, porque a John Brown lo cogieron
vivo, lo sometieron a consejo de guerra y lo ajusticiaron, ahorcado, el día 2
de diciembre de 1859, al amanecer. En cualquier caso, a partir de esa fecha del
18 de octubre, después del ataque en Harper's Ferry, Thoreau reflexiona en su
Diario amplísimamente sobre la figura y el significado de la acción de John
Brown. Ahí tenemos el germen de sus varios ensayos sobre Brown, tomo Xll a
partir de la página 400: de ahí en adelante Thoreau reflexiona y escribe, y
fragmentos enteros de estas reflexiones escritas van a pasar más tarde, como de
costumbre, a sus discursos y a sus ensayos.
Walter
Harding discute ampliamente, en su biografía de Thoreau, este episodio más que
confuso con relación a John Brown. Según Harding, si Thoreau hubiera conocido
las barbaridades perpetradas por Brown en Kansas, seguramente no se hubiera
manifestado tan entusiasta defensor y admirador del capitán. Incluso del
incidente en Harper's Ferry Thoreau supo poco. Lo cierto, en cualquier caso, es
que Thoreau se mostró siempre mucho más atraído por los ideales expresados por
Brown que por Brown mismo. Como expresó tan certeramente Virginia Woolf, muchos
años más tarde, «a Thoreau no le atrajo tanto Brown, cuanto la
"brownidad". Es una distinción por una vez feliz y muy significativa
y elocuente de lo que a Henry Thoreau le acontece con John Brown.
A partir
de la captura de John Brown el 18 de octubre de 1859, Thoreau se embarca en una
frenética campaña en defensa del capitán y sus secuaces. Primero exigiendo un
juicio justo, y luego tratando de movilizar a la opinión pública para tratar de
impedir la ejecución de la sentencia que le condenaba a muerte. Pero todo fue
inútil. En su Diario reflexiona Thoreau por aquellas fechas: «La puesta de sol
del día 25 de octubre fue más que notable. Pero me resultaba difícil por
entonces captar toda aquella belleza, mientras mi mente estaba saturada del
capitán John Brown»(Xll, 443).
La
primera vez que Thoreau pronunció su «apología del capitán John Brown» fue el
30 de octubre de 1859, en el Town Hall de Concord, y casi nadie quiso acudir a
la cita, medio atemorizados como estaban por las consecuencias peligrosas, de
represión oficial, que corrían cuantos en aquel momento se manifestaran
públicamente en defensa de Brown, en un clima de opinión negativo y manipulador
que la mayoría de los periódicos llevaban a cabo en aquellos momentos. Incluso
algunos de sus colegas abolicionistas le aconsejaron que, por prudencia, se
abstuviera de pronunciar aquel discurso incendiario en aquellos momentos de
crisis. Thoreau les contestó que «no os he avisado buscando vuestros consejos,
sino para haceros saber que pienso hablar.» Y así lo hizo.
El
primero de noviembre repitió el discurso esta vez en Boston, y el día 3 en
Worcester. Verdaderamente, la figura de John Brown había llegado a fascinar a
Thoreau como, según Emerson, sólo lo habían conseguido otras dos personas: el
indio Joe Polis, su guía de tantas horas, y el poeta maldito Whitman -tan
maldito al menos como Poe, aunque de muchísima más calidad poética-. Si Poe
sobresale de modo extraordinario en el contexto de la literatura
norteamericana, parece claro que ello se debe a otras aportaciones, no
precisamente a la poética.
En
cualquier caso, Henry Thoreau sigue escribiendo y hablando en defensa de John
Brown. ,Los últimos días de John Brown» es otra de sus piezas
oratorio-ensayísticas de aquellas fechas. La coincidencia de fondo con los
argumentos expuestos en «La esclavitud en Massachusetts» es evidente: de
aquellos principios, estas consecuencias concretas. Y en ambos casos, se podría
también añadir, como en el caso de la «Desobediencia civil»» efecto todo ello
de una misma causa: «Vida sin principios». De este modo se termina, de una vez
por todas, con el mito o el prejuicio superficial de la «incoherencia» de
Thoreau y su pensamiento. Tiene toda la razón Henry Miller, en un prólogo
definitivo a este último ensayo mencionado pero primero de nuestra selección de
ahora, cuando dice: «Tan sólo hay cinco o seis hombres, en la historia de
América, que para mí tienen un significado. Uno de ellos es Thoreau. Pienso en
él como en un verdadero representante de América, un carácter que, por
desgracia, hemos dejado de forjar. De ninguna manera es un demócrata, tal y
como hoy entendemos el término. Es lo que Lawrence llamaría "un
aristócrata del espíritu" o un ácrata civilizado, también se podría
apostillar. «O sea, lo más raro de encontrar sobre la faz de la tierra: un
individuo. Está más cerca de un anarquista que de un demócrata, un comunista o
un socialista. De todos modos, no le interesaba la política. Era un tipo de
persona que, de haber proliferado, hubiera provocado la desaparición de los
gobiernos, por innecesarios. Esta es, a mi parecer, la mejor clase de hombre
qiie una comunidad puede producir. Y por esto siento hacia Thoreau un respeto y
una admiración desmesurados,»
Algo de
todo esto se le podría aplicar a Thoreau con respecto a su actitud hacia John
Brown. Y, como muestra, esta «apología», que matiza, desde un nuevo punto de
vista, de modo escalonado y perfectamente lógico y coherente, el tipo de
personalidad que fue Henry Thoreau. John Brown habría colocado del revés un
acento griego; pero le habría ayudado a levantarse a un hombre caído.» En el
pequeño esbozo biográfico que hace Thoreau en su ensayo, naturalmente la
imaginación y la inventiva están muy por encima de lo estrictamente histórico:
porque Thoreau, realmente, trasciende de lo particular a lo general, de lo
específico a lo genérico, de John Brown de carne y hueso, a la brownidad que
aquel le parece encarnar y en cuya defensa Thoreau se había comprometido siempre,
y se sigue comprometiendo ahora -con qué género tan diametralmente opuesto de
compromiso al estudiado en páginas anteriores- hasta sus últimas consecuencias.
De un «compromiso» a otro «compromiso» media el mismo abismo semántica que
media entre «transigencia» y «radicalidad», entre «prudencia» y «honradez»,
entre «verdades a medias», y «Verdad»; en fin, entre «política» y «ética». Y el
juego de palabras, también muy thoreausiano.
Henry
Thoreau lleva a cabo su apología del capitán John Brown de acuerdo con su
conciencia, no con la oportunidad -o con el oportunismo- que las circunstancias
dictan. Por eso es hombre grande.
«CONCLUSION»
Como se
ha comentado en otro sitio, León Felipe nos lo tiene dicho de forma magistral:
«En la mañana nos bautizan; al mediodía, el sol ha borrado nuestro nombre; al
atardecer, quisiéramos bautizarnos nosotros.» David Henry Thoreau fue bautizado
por sus padres y, a lo largo de su infancia y sus años de estudios, David Henry
siguió firmando David Henry. Al salir de Harvard decide cambiar de nombre, y lo
hace de modo característico suyo: sin acudir al registro civil, sin hacerlo de
modo oficial y sin atender para nada a cuestiones legales. También él podría
muy bien afirmar aquello de que lo menos real de mi persona es mi realidad
legal». Hace lo que quiere, porque quiere y cuando quiere: y a partir de
entonces es Henry David, o casi siempre Henry a secas. Para escándalo de sus
vecinos de Concord, a los que les parecía una irreverencia cambiar el curso de
los acontecimientos «normales» y «consabidos». Incluso hasta después de su
muerte existen testimonios pintorescos en este sentido. Cita Harding a una tal
señora de Daniel Chester French, que en su obra Memorias de la esposa de un
escultor -tres palabras y dos etiquetas- dice textualmente, a este respecto,
con una indignación digna de mejor causa: «Henry D. Thoreau-Henry D. Thoreau...
Su nombre verdadero no es Henry D. Thoreau más de lo que el mío propio es Henry
D. Thoreau. Y todo el mundo lo sabe, y él mismo lo sabe. ¡Su nombre es David
Henry y nunca será de ninguna otra forma, sino David Henry! ¡Y él lo sabe!»
Realmente pintoresca la «esposa» de un «escultor».
Henry
David Thoreau es una de las figuras de mayor belleza de la historia del
pensamiento americano del siglo xix. «Porque de tres cosas depende la belleza:
en primer lugar, de la integridad o perfección, y por eso consideramos feo lo
que está incompleto; luego, de la justa proporción, o sea, de la consonancia;
por último, de la claridad y la luz, y, en efecto, decimos que son bellas las
cosas de colores nítidos.
Permítasenos
la analogía para concluir y completar esta semblanza, apresurada y
fragmentaria, de Henry Thoreau: la integridad de Thoreau, la consonancia, la
claridad y la luz que se desprenden de la vida y de la obra de este hombre
ejemplar y entrañable, poner todo esto de relieve ha sido la intención básica
de esta introducción. Esperemos que el lector, con la lectura de los cuatro
ensayos aquí presentados, llegue a sus propias conclusiones en contacto
directo, el único realmente válido e importante, con la obra ensayística de
Henry Thoreau, que, en un momento determinado de su vida, decidió cambiar de
nombre y ser «él mismo». «A decir verdad, siendo niño ya leí un anuncio, para
marineros con experiencia, un día que paseaba por mi pueblo natal: y, en cuanto
tuve la edad, me embarqué.» En la apasionante aventura de construirse a sí
mismo, es decir, de «hacerse hombre». La metáfora, del propio Thorcau, procede
de «Vida sin principios»,: se embarcó en su momento y sigue navegando. Porque,
como afirmaba Emerson en el elogio funeral, que leyó en su entierro, «su alma
estaba hecha para la más noble de las comunidades; agotó en su corta vida con
intensidad las capacidades de este mundo; donde exista conocimiento, donde haya
virtud, en donde exista la belleza, allí tiene Thoreau su propia casa.»
Henry
Thoreau murió a las nueve de la mañana del día 6 de mayo de 1862. El día 5 de
mayo vinieron a visitarle sus amigos Alcott y Channing y ya lo encontraron
moribundo. Cuando Alcott, el venerable Alcott, abandonaba la habitación del
enfermo, se inclinó respetuosamente y le besó la frente a Henry Thoreau. Más
tarde recordaba Channing la escena: «Fue conmovedor ver a este hombre venerable
besándole la frente, cuando ya los indicios de la muerte se habían apoderado de
ella, aunque ya Henry no se diera cuenta. Me pareció como la extremaunción
oficiada por el mejor sacerdote posible: un amigo.»
Cuando el
propio Alcott llevó a cabo los preparativos para el funeral, no hizo, con muy
buen criterio, sino seguirle los pasos al propio Thoreau y organizarlo todo
exactamente igual que Henry había hecho para el funeral de John Brown. El
servicio fúnebre tuvo lugar el día 9 de mayo de 1862 a las tres de la tarde.
«El país no sabe todavía -dijo Emerson-, ni en lo más mínimo, qué grande es el
hijo que ha perdido.» Ahora, más de cien años más tarde, el país sigue sin
saberlo.
Gandhi,
que sí lo supo, escribió en su Autobiografia: «Es mejor ser analfabeto y picar
piedra o destripar terrones por amor a la libertad, que adquirir una cultura
literaria y permanecer, a pesar de ella, encadenado como un esclavo.» Henry
Thoreau fue un hombre libre: ¿cabe más?
LA OBRA
DE THOREAU
Por Elizabeth Witherell
Durante toda su vida, Henry Thoreau
escribió, escribió y escribió —ensayos, libros, poemas, traducciones, cartas,
diarios— y lo escrito se ha convertido en parte importante de nuestro
patrimonio como americanos. Aunque Thoreau nació hace unos 175 años, las
preguntas que se hizo —sobre el sentido de la naturaleza, sobre la necesidad de
lo silvestre como tónico para el espíritu, sobre los derechos y las
responsabilidades individuales— siguen siendo asuntos centrales de la vida
americana. En sus escritos, Thoreau también describió situaciones universales,
y se hizo preguntas sobre valores humanos que también los son.
Thoreau nunca mencionó cuándo supo que sería
un escritor, pero probablemente en algún momento de su carrera universitaria
escogió la escritura como obra de su vida. Aparte de un ensayo temprano sobre
las estaciones, cuya autenticidad es dudosa, las primeras composiciones que se
conservan de Thoreau son aquellas que escribió para sus clases de lengua y
literatura inglesa en la universidad, clases que incluían composición, lógica y
exposición pública. Thoreau asistió a las clases impartidas por un profesor de
retórica y oratoria llamado Edward Tyrrel Channing. En sus clases, Channing
—que instruyó a todo un grupo de extraordinarios escritores— les asignaba
temas. Algunos de esos temas influenciaron claramente el trabajo posterior de
Thoreau como escritor: por ejemplo, Thoreau escribió un ensayo escolar sobre
"el deber, inconveniencias y peligros de la conformidad, en cosas grandes
y pequeñas" (Early Essays, 105). Diecisiete años después, en Walden,
escribió: "Si un hombre no marca el paso con sus compañeros, tal vez sea
porque escucha el sonido de un tambor diferente. Dejémosle marchar al son de la
música que oye, no importa cuán acompasada o lejana." (326)
Harvard se estableció como una institución
puritana, y cuando Thoreau formó parte de ella, la universidad era oficialmente
una escuela Unitaria. En los días de Thoreau, los licenciados de Harvard se
convertían por lo general en profesores o ministros de la iglesia, no en
médicos o abogados. Tras licenciarse en agosto de 1837, Thoreau dió clases
durante una temporada: su primer trabajo fue uno bien pagado, como profesor de
la escuela del distrito en Concord. No obstante, conservó ese trabajo sólo
durante dos semanas. Cuando un miembro del consejo escolar visitó la clase de
Thoreau y la encontró demasiado bulliciosa para su gusto, pidió a Thoreau que
mantuviese una disciplina más estricta. Irritado por esta interferencia,
Thoreau seleccionó varios estudiantes al azar, los azotó y dimitió del cargo
(se trataba de dejar claro una posición personal, pero comprensiblemente
algunos de los estudiantes tratados tan injustamente nunca le perdonaron).
Infructuosamente,
Thoreau buscó otro trabajo como profesor, hasta que en 1838 abrió su propia
escuela en Concord. En 1839 se le unió su hermano mayor, John, y juntos
trabajaron en la reabierta Concord Academy hasta abril de 1841, cuando John
enfermó de tuberculosis y la escuela tuvo que cerrar. En lo sucesivo Thoreau
confiaría en su talento práctico para mantenerse. Realizó trabajos de pintura,
jardinería y mudanza, y trabajó también en el negocio familiar de fabricación
de lápices, así como de agrimensor para los terratenientes locales.
Cuando comenzó a dar clases, Thoreau inició
un diario en el que recoger sus pensamientos; también modificó el orden de sus
nombres, de David Henry a Henry David. Se estaba inventando a sí mismo como un
hombre nuevo, como un escritor. Esta faceta constituía la parte más importante
de su identidad; para continuar escribiendo se mantenía gracias a sus otros
diversos. En noviembre de 1837 vio su obra en letras de imprenta por primera
vez, cuando el periódico de Concord publicó un obituario escrito por él.
Tras cerrar la Concord Academy en 1841,
Thoreau aceptó una oferta de Ralph Waldo Emerson, el famoso escritor que vivía
en el otro extremo de Concord, para residir con su familia y pagarse la
estancia como jardinero y encargado de mantenimiento mientras se concentraba en
escribir. Los dos años y medio que permaneció en la casa de Emerson le dieron
la libertad de leer, pensar y escribir, cuando más la necesitaba. Mientras se
encontraba allí, reorganizó y volvió a copiar todo lo que había escrito en su
diario, y decidió estructurarlo y comenzar a recolectar material para su primer
libro, A Week on the Concord and Merrimack Rivers. Escribió varios ensayos y un
buen numero de poemas, publicando algunos en una revista llamada The Dial,
dirigida por Emerson con la ayuda ocasional de Thoreau.
Cuando en 1847 Thoreau describió su vida a
los restantes miembros de su clase en Harvard, incluyó "escritor"
sólo como un oficio entre muchos otros: "Soy un maestro de escuela; tutor
privado, agrimensor; jardinero, granjero; pintor (de brocha gorda), carpintero,
albañil, jornalero, fabricante de lápices y de papel de lija, escritor y
poetastro a veces." (Correspondence, 196). No obstante, Thoreau estaba a
punto de hacer realidad su sueño de publicar un libro: en 1849 apareció A Week,
y aunque no se vendió bien, su apreciación de sí mismo como escritor quedo
confirmada.
Thoreau continuó escribiendo: sobre sus
viajes —al cabo Cod y a los bosques de Maine— y sobre sus caminatas por
Concord, durante las cuales observaba cuidadosamente los cambiantes colores de
las hojas en otoño y la historia vital del manzano silvestre. Escribió también
sobre acontecimientos actuales, como las injusticias de la Ley de Esclavos
Fugitivos o de la sentencia de muerte recibida por el abolicionista John Brown
tras capitanear un ataque sobre Harper’s Ferry. Y escribió también acerca de
una cuestión filosófica: el problema de cómo vivir nuestras vidas cuando la
tarea de ser fieles a nosotros mismos parece entrar en contradiccion con el
deber de ser miembros responsables de la sociedad.
Thoreau escribió su libro más influyente,
Walden, sobre el ciclo de su vida en el lago Walden, sito a unas dos millas del
centro de Concord, donde vivió entre 1845 y 1847. Pero su mayor y más
impresionante obra es el diario, que contiene unos dos millones de palabras.
Escribió su primera entrada en octubre de 1837 y la última en noviembre de
1861: en total completó casi cincuenta cuadernos con observaciones sobre lo que
veía durante sus paseos, comentarios sobre los libros que leía, relatos de
conversaciones con sus vecinos, y borradores de fragmentos de las conferencias,
ensayos y libros que estaba escribiendo. A partir de 1850 Thoreau escribía en
su diario con regularidad. En lugar de escribir todos los dias, empero, parece
que guardaba sus notas durante varios días y luego las pasaba al diario todas
de una vez.
En el siglo XIX, llevar un diario constituía
una forma de escritura más pública de lo que se considera normalmente hoy.
Muchos de los vecinos literatos de Thoreau llevaban un diario también —Emerson,
Nathaniel Hawthorne, Bronson Alcott y su hija Louisa May—y a veces se
intercambiaban los cuadernos y leían las observaciones y reflexiones ajenas. La
comunicación epistolar era mucho más popular que ahora, y mucho más necesaria,
sin teléfono ni grandes medios de transporte. En sus cartas, Thoreau revela
aspectos de su personalidad más directamente que en sus escritos publicados o
incluso en su diario. En julio de 1849 escribió a Ellen, la hija de Emerson de
diez años de edad que visitaba a sus primos en Staten Island:
Puedo
adivinar bastante bien qué te interesa y qué cosas piensas. De hecho, yo mismo
estoy interesado en esas mismas cosas. Supongo que pensarás que las personas
tan viejas como tu padre y yo estamos siempre pensando sobre cosas muy graves,
pero yo sé que estamos meditando sobre los mismos viejos temas que meditábamos
cuando teníamos diez años, sólo que lo hacemos de modo más grave.
(Correspondence, 245)
Los libros y ensayos y poemas y cartas y
diarios de Thoreau son todo lo que nos queda de él—los detalles de su vida y
personalidad son interesantes y útiles de conocer, pero sólo puedes tener tu
propia y directa relación con él mediante las palabras que escribió. Miles de
personas en todo el mundo así lo han hecho, y Thoreau ha inspirado grandes
ideas y nobles acciones a lectores como el presidente de los EEUU John
Fitzgerald Kennedy (1917-1963), el lider indio Mahatma Gandhi (1869-1948), y el
defensor de los derechos civiles Martin Luther King, Jr. (1929-1968). ¡Lee a
Thoreau y prepárate para cambiar tu vida!
¿Dónde encontrar más información?
Los escritos de Thoreau, especialmente
Walden, están disponibles en muchas ediciones. No obstante, los volúmenes
publicados en la colección The Writings of Henry D. Thoreau de la Princeton
University Press son los que reflejan más fielmente las intenciones de Thoreau
con respecto a su obra. Un grupo de editores, expertos en la vida y obras de
Thoreau, trabajan desde 1966 bajo el auspicio del National Endowment for the
Humanities para dar a la prensa esta nueva colección. Cada volumen cuenta con
una introducción que proporciona información sobre la composición y la historia
de la publicación de la obra u obras en cuestión, y el diario se completa con
notas.
A diciembre de 1996, los siguientes
volúmenes de la edición Thoreau están disponibles en Princeton University
Press:
Walden.
Ed. J. Lyndon Shanley. 1971. The Maine Woods. Ed. Joseph J. Moldenhauer. 1972.
Reform Papers. Ed. Wendell Glick. 1973. Early Essays and Miscellanies. Ed.
Joseph J. Moldenhauer et al. 1975 A Week on the Concord anal Merrimack Rivers.
Ed. Carl F. Hovde et al. 1980. Translations. Ed. K. P. Van Anglen. 1986. Cape
Cod. Ed. Joseph J. Moldenhauer. 1988. Journal 1: 1837-1844. Ed. Elizabeth Hall
Witherell et al. 1981. Journal 2: 1842-1848. Ed. Robert Sattelmeyer. 1984.
Journal 3: 1848-1851. Ed. Robert Sattelmeyer et al. 1990. Journal 4: 1851-1852.
Ed. Leonard N. Neufeldt & Nancy Craig Simmons. 1992.
Si
quieres leer una obra de Thoreau que todavía no ha sido publicada por la
edición Princeton, son aconsejables las siguientes ediciones:
Excursions.
Ed. Bradford Torrey and Francis H. Allen. Boston: Houghton Mifflin Co., 1906,
The
Natural History Essays. Ed. Robert Sattelmeyer. Salt Lake City: Peregrine
Smith, Inc.,1980.
Faith in
a Seed: The Dispersion of Seeds and Other Late Natural History Writings. Ed.
Bradley P. Dean. Washington, D.C. and Covelo, CA: Island Press, 1993.
Collected
Poems of Henry D. Thoreau. Ed. Carl Bode. Baltimore: The Johns Hopkins
University Press, 1964.
The
Correspondence of Henry D. Thoreau. Ed. Carl Bode and Walter Harding. New York:
Alfred H. Knopf, 1962.
Journal.
A diciembre de 1996, la única versión disponible del diario a partir de 1852 es
The
Journal
of Henry D. Thoreau, Ed. Bradford Torrey and Francis Allen (14 vols. Boston:
Houghton Mifflin Co., 1906). Esta ha sido reeditada en dos grandes volúmenes
por Dover (1962) y en catorce volúmenes rústica por Peregrine Smith Books
(1984). El texto que cierra el Journal 4 en la edición Princeton se retoma en
la p. 474 del volumen 3 en todas las versiones de la edición de 1906. Existen
muchos volúmenes de selecciones del diario; las siguientes cuentas con
excelentes prefacios y pueden ser de interés si tú también escribes un diario:
In the
Woods and Fields of Concord. Ed. Walter Harding. Salt lake City: Gibbs M.
Smith, Inc., 1982,
H. D.
Thoreau: A Writer's Journal. Ed. Laurence Stapleton. New York: Dover
Publications, Inc., 1960.
Finalmente, si quieres escribir sobre
Thoreau, quizá quieras echar un vistazo a una fascinante recopilación de breves
piezas escritas por gente del mundo del cine, de la música y de la política,
que explican lo que ha significado Thoreau para ellos. El libro, editado por
Don Henley y Dave Marsh, se llama Heaven Is Under Our Feet y fue publicado en
1991 por Longmeadow Press en Stamford, Connecticut. (*)
(*) Traducción de Antonio Casado da Rocha.
UNA VIDA
SIN PRINCIPIOS
No hace
mucho experimenté en un ateneo la sensación de que el conferenciante había
elegido un tema que le era absolutamente desconocido y por tanto no conseguía
interesarme tanto como hubiera sido de esperar. Hablaba de cosas de las que no
estaba convencido y sus argumentos eran débiles y simples. Además no había un
pensamiento central o centralizador a lo largo de la conferencia. Hubiera
preferido que hablara de sus experiencias más íntimas, como hace el poeta. El
mayor elogio que me dedicaron en toda mi vida fue cuando alguien me preguntó
qué opinaba y esperó mi respuesta. Cuando ocurre algo así me sorprendo, aunque
por supuesto me agrada, ya que se hace un uso tan poco corriente de mí, que
siento como si se me conociera y respetara. Normalmente, si alguien quiere algo
de mí, es sólo para saber cuántos acres mide su tierra -pues soy agrimensor- o,
a lo sumo, para saber de qué noticias triviales me he enterado. Nunca parece
interesar mi esencia, sino sólo mi superficie. Un hombre vino una vez desde
bastante lejos para pedirme que diera una conferencia sobre la esclavitud, pero
al hablar con él descubrí que su camarilla esperaba reservarse siete octavos de
la conferencia y sólo un octavo sería para mí; por tanto decliné la invitación.
Cuando se me invita a dar una conferencia en cualquier sitio -pues tengo cierta
experiencia en ese menester- doy por supuesto que existe un deseo de oír mis
opiniones sobre algún tema, aunque yo sea el mayor chillado del país, y desde
luego no de que me limite a decir sólo cosas agradables o aquello con lo que
esté de acuerdo el auditorio. Con estas condiciones me comprometo a entregarles
una fuerte dosis de mí mismo. Me han venido a buscar y se han comprometido a
pagarme; a cambio estoy dispuesto a entregarme a ellos, aunque les aburra lo
indecible.
Así pues,
ahora os diría algo similar a vosotros, lectores. Puesto que vosotros sois mis
lectores y yo no he viajado mucho, no hablaré de ' gentes a miles de kilómetros
de distancia sino de aquéllos que están más cerca de nosotros. .como hay poco
tiempo dejaré de lado la adulacion y expondré todas las críticas.
Consideremos
el modo cómo pasamos nuestras vidas.
Este
mundo es un lugar de ajetreo. ¡Qué incesante bullicio! Casi todas las noches me
despierta el resoplido de la locomotora. Interrumpe rnis sueños No hay
domingos. Sería maravilloso ver a la humanidad descansando por una vez. No hay
más que trabajo, trabajo, trabajo. No es fácil conseguir un simple cuaderno
para escribir ideas; todos están rayados para los dólares y los céntimos. Un
irlandés, al verme tomar notas en el campo, dio por sentado que estaba
calculando mis ganancias. ¡Si un hombre se cae por la ventana de niño y se
queda inválido o si se vuelve loco por temor a los indios, todos lo lamentan
principalmente porque eso le incapacita para... trabajar! Yo creo que no hay
nada, ni tan siquiera el crimen, más opuesto a la poesía, a la filosofía, a la
vida misma, que este incesante trabajar '.
Un tipo
codicioso, rudo y violento de las afueras de nuestra ciudad va a construir un
muro al pie de la colina rodeando su propiedad. Las autoridades le han metido
esto en la cabeza para evitar que origine otros problemas y él quiere que me
pase tres semanas allí cavando a su lado. Al final, él quizás acaparará más
dinero y se lo dejará a sus herederos para que éstos lo despilfarren. Si lo
hago, muchos me alabarán por ser un hombre trabajador y laborioso, pero si me
dedico a otras faenas que me proporcionan más beneficio, aunque menos dinero,
comenzarán a mirarme como a un holgazán. De todos modos, como no necesito una
política- de trabajo inútil para ordenar mi vida, y no veo absolutamente nada
digno de encomio en que este tipo emprenda más negocios que nuestro gobierno u
otros gobiernos extranjeros, por muy divertido que le parezca a él o a ellos,
yo prefiero terminar mi educación en una escuela diferente.
Si un
hombre pasea por el bosque por placer todos los días, corre el riesgo de que le
tomen por un haragán, (El constante elogio a la pereza, o el ocio creativo, es
cosa muy distinta de la holgazanería. Thoreau elabora una antítesis a las tesis
de Franklin sobre la laboriosidad, con raíces en la ética puritana del trabajo
por el trabajo, o en las doctrinas calvinistas alentadoras del capitalismo
crudo) pero si dedica el día entero a especular cortando bosques y dejando la
tierra árida antes de tiempo, se le estima por ser un ciudadano trabajador y
emprendedor. ¡Como si una ciudad no tuviera más interés en sus bosques que el
de talarlos!
La
mayoría de los hombres se sentirían insultados si se les empleara en tirar
piedras por encima de un muro y después volver a lanzarlas al otro lado, con el
único fin de ganarse el sueldo. Pero hay muchos individuos empleados ahora
mismo en cosas menos provechosas aún. Por ejemplo, antes del amanecer, una
mañana de verano, divisé a un vecino mío caminando con su yunta de bueyes que
cargaba lentamente una piedra grande colgando del eje. Parecía envuelto en una
atmósfera de laboriosidad; comenzaba su jornada de trabajo y le sudaba la
frente -un reproche para todos los gandules y vagos-. Se paró frente al lomo de
uno de sus bueyes y dio media vuelta para ostentar su misericordioso látigo
mientras ellos avanzaban hacia él. Y yo pensé: este es el trabajo que debe
proteger el Congreso americano, el esfuerzo honrado y viril, honrado como el
discurrir diario del sol sobre nosotros que hace que tengamos pan fresco cada
mañana y que la sociedad cultive la cordialidad, algo que todo el mundo respeta
y venera: era un ser humano llevando a cabo una faena necesaria aunque penosa.
Ciertamente sentí un leve reproche porque me limitaba a observar desde la
ventana y no estaba afuera, realizando un trabajo semejante. Pasó ese día y por
la noche crucé el patio de otro vecino que tiene muchos criados y despilfarra
el dinero, al tiempo que no hace nada de provecho, y allí reconocí la piedra de
por la mañana junto a una estructura extravagante pretendiendo adornar el patio
de Lord Timothy Dexter (El término Lord es por supuesto irónico porque Dexter,
de Newburyport, Massachusetts, no era más que un nuevo rico, pretencioso y
estúpido, que se había enriquecido de la noche a la mañana. Se construyó un
«palacio» amueblado y decorado con un mal gusto legendario. En definitiva el
tal Dexter era un hortera venido a más.) e inmediatamente se desvaneció a mis
ojos la dignidad del trabajo del carretero. A mi parecer, el sol luce cada día
para alumbrar labores más provechosas que ésta. Debo añadir que poco después,
el tal Dr. Dexter se fugó dejando deudas por toda la ciudad y, tras pasar por
los tribunales, se habrá establecido sin duda en cualquier otra parte para
convertirse de nuevo en un mecenas de las artes.
Los
caminos por los que se consigue dinero, casi sin excepción, nos empequeñecen.
Haber hecho algo por lo que tan sólo se percibe dinero es haber sido un
auténtico holgazán o peor aún. Si un obrero no gana más sueldo que el que le
paga su patrón, le están engañando, se engaña a sí mismo. Si ganaras dinero
como escritor o conferenciante, sería que eres popular, lo cual implica un
descenso perpendicular. Esos servicios por los que la comunidad está más
dispuesta a retribuir, son los más desagradables de cumplir. Se te paga para
que seas menos que un hombre. Normalmente el Estado no recompensa a un genio
con más benignidad. Incluso el poeta laureado preferiría no tener que ensalzar
los incidentes de la realeza. Se le tiene que sobornar con un tonel de vino, y
tal vez se aparte de su musa a otro poeta para que beba de ese mismo tonel.
Respecto a mis propios negocios, resulta que el tipo de trabajo de agrimensura
que yo podría hacer con la mayor satisfacción, no satisface a los que me
contratan. Ellos preferirían que hiciera un trabajo burdo y no demasiado bien,
no lo suficientemente bien. Cuando hago notar que hay distintos modos de medir,
mi patrón generalmente me pregunta cuál le proporcionaría más metros, no cuál
es el más exacto. Una vez inventé una regla para cubicar la madera cortada en
trozos de metro y traté de introducirla en Boston, pero el agrimensor de allí
me dijo que los que vendían no deseaban que se midiera su madera con exactitud,
que él era ya demasiado justo para ellos, y por tanto siempre medían su madera
en Charlestown antes de cruzar el puente.
El
propósito del obrero debiera ser, no el ganarse la vida o conseguir «un buen
trabajo», sino realizar bien un determinado trabajo y hasta en un sentido
pecuniario sería económico para una ciudad pagar a sus obreros tan bien que no
sintieran que estaban trabajando por lo mínimo, para seguir viviendo sin más,
sino que trabajaban por fines científicos o morales. No contrates a un hombre
que te hace el trabajo por dinero, sino a aquél que lo hace porque le gusta,
aunque muy despacio. Preferiría con mucho ser el segundo de los dos, aunque
como dicen los orientales: La grandeza no se acerca al que siempre mira al
suelo; y todos los que miran a lo alto, se están empobreciendo» (Confucio. En
una época de su vida, como revela su Diario, Thoreau leyó bastante literatura
oriental y quedó profundamente impresionado por la sabiduría china e hindú.).
Es
sorprendente que haya tan poco o casi nada escrito, que yo recuerde, sobre el
tema de ganarse la vida; cómo hacer del ganarse la vida no sólo algo valioso y
honorable sino también algo apetecible y glorioso, porque si ganarse la vida no
es de ese modo, esto no sería vivir. Cualquiera pensaría, revisando la
literatura, que esta cuestión jamas turbó los pensamientos de un solo
individuo. ¿Sucede acaso que la experiencia de los hombres es tan desagradable
que no quieren hablar de ella? La lección más valiosa que enseña el dinero, la
que nos ha enseñado el Creador del Universo con tanto esfuerzo, nosotros nos
sentimos tentados a ignorarla. Y en cuanto a los medios de ganarse la vida, es
maravilloso lo indiferentes que se muestran los hombres de todas las clases,
incluso los llamados reformistas -tanto los que heredan, ganan el dinero o lo
roban-. Yo creo que la sociedad no ha hecho nada por nosotros a este respecto y
encima ha deshecho lo que habíamos conseguido. El frío y el hambre me parecen
más acordes con mi naturaleza que esos métodos que han adoptado los hombres.
El
adjetivo sabio está, por lo general, mal aplicado. ¿Cómo puede ser sabio el que
no sabe mejor que otros cómo se ha de vivir?, ¿no será tan sólo un hombre más
astuto y más sutil?, ¿opera la sabiduría como el burro en una noria?, ¿o por el
contrario nos enseña cómo tener éxito siguiendo su Ejemplo? ¿Existe algún tipo
de sabiduría que no se aplique a la vida?, ¿o es la sabiduría tan sólo el
molinero que muele la lógica más fina? Es pertinente preguntarse si Platón se
ganó la vida mejor o con mejores resultados que sus contemporáneos, ¿o sucumbía
ante las dificultades de la vida como los demás hombres? ¿Sobresalió por encima
de algunos por mera indiferencia o asumiendo aires de superioridad?, ¿o le
resultó más fácil la vida porque su tía se acordó de él en su testamento? Las
formas con las que la mayoría se gana la vida, es decir, viven, son simples
tapaderas y un evitar el auténtico quehacer de la vida, y sucede así porque, en
primer lugar, no saben; pero en parte también porque no quieren hacer nada por aprender
algo mejor.
La
afluencia masiva de buscadores de oro a California (En 1849 comenzó la primera
«fiebre del oro» que arrastró hacia California a miles de aventureros.) , por
ejemplo, y la actitud no simplemente de los comerciantes, sino también de los
filósofos y los profetas respecto a ella, refleja el gran desastre de la
humanidad. ¡Que tantos esperen vivir de la suerte y así tener el modo de
encargar el trabajo a otros menos afortunados y todo ello sin aportar nada a la
sociedad! ¡Y a eso le llaman un negocio! No conozco desarrollo más sorprendente
de la inmoralidad en el comercio y en los demás procedimientos habituales para
ganarse la vida. La filosofía y la poesía y la religión de semejante humanidad
no merecen el polvo de un bejín. El cerdo que se gana el sustento hozando,
removiendo la tierra, se avergonzara de tal compañía. Si yo pudiera disponer de
la riqueza de todos los mundos levantando un dedo, no pagaría semejante precio
por ella. Incluso Mahoma sabía que Dios no ha hecho este mundo en broma. Esto
convierte a Dios en un acaudalado caballero que tira un puñado de monedas
porque le gusta ver a los hombres arrastrarse por el suelo. ¡La lotería del
mundo! ¡Subsistir en el reino de la Naturaleza, algo que debemos echar a
suertes! ¡Vaya una crítica, vaya sátira para nuestras instituciones! La
consecuencia será que toda la humanidad se colgará de un árbol. ¿Y es esto lo
que nos han enseñado los preceptos de todas las Biblias? ¿Acaso el último
invento de la raza humana y el más digno de admiración es un simple rastrillo
para basura? ¿Es bajo estas premisas donde confluyen los orientales y los
occidentales? ¿Fue Dios quien nos indicó que ganáramos así la vida, cavando
donde no plantamos, y que El nos recompensaría acaso con una pepita de oro?
Dios
entregó al hombre honrado un certificado capacitándolo para alimentarse y
vestirse, pero el hombre malvado encontró un facsímil del mismo en los cofres
de Dios, se apropió de él y obtuvo alimento y vestido como el primero. Es uno
de los sistemas de falsificación más extendidos que conoce el mundo. Yo no
sabía que la humanidad padeciera por falta de oro. Yo lo he visto en pequeiia
cantidad. Sé que es muy maleable, pero no tan maleable como el ingenio. Un
grano de oro puede dorar una gran superficie, pero no tanto como un grano de
buen juicio.
El
buscador de oro en los barrancos de las montañas es tan jugador como su colega
de los casinos de San Francisco. ¿Qué diferencia hay entre revolver el polvo o
remover los dados? Si ganas, la sociedad pierde. El buscador de oro es el
enemigo del trabajador honrado, sean cualesquiera las restricciones y las
compensaciones que haya. No es suficiente que me digas que trabajaste mucho
para conseguir el oro. Tambien el Diablo trabaja intensamente. El camino de la
transgresión puede ser dificil de muchas maneras. El más humilde espectador que
vea una mina dirá que buscar oro es una especie de lotería, el oro obtenido de
ese modo no es lo mismo que el sueldo del trabajo honrado. Pero, en la
práctica, olvida lo que ha visto porque sólo percibe el hecho, no el principio,
y entra en esa dinámica, es decir, compra un boleto en lo que resulta ser otra
lotería aunque no tan obvia.
Una
tarde, después de leer el relato de Howitt sobre los buscadores de oro en
Australia, me quedaron grabados en la mente toda la noche los numerosos valles
con sus arroyos, todo cortado por pozos pestilentes de tres a treinta metros de
profundidad y cuatro metros de ancho, tan justos como les fue posible cavarlos
y medio cubiertos de agua; el lugar al que se lanzan con furia muchos hombres
para buscar fortuna, sin saber dónde deben abrir sus agujeros (William Howitt,
«Tierra, trabajos, oro», Longman, Londres, 1855.); sin saber si el oro está
bajo su mismo campamento; cavando a veces cincuenta metros antes de dar con la
veta o perdiéndola por centímetros, convertidos en demonios y sin respetar los
derechos de los demás en su sed de riqueza. Valles enteros a lo largo de
cincuenta kilómetros aparecen de repente como panales de miel por los pozos de
los mineros, de tal suerte que cientos de éstos mueren allí agotados. Metidos
en el agua y cubiertos de barro y arcilla trabajan día y noche y mueren de frío
y de enfermedad. Tras leer esto y habiéndole olvidado en parte, me puse a
pensar, por casualidad, en in¡ propia vida que me resulta tan poco
satisfactoria, haciendo lo mismo que otros muchos y, con la visión de las
excavaciones todavía en mi mente, me pregunté por qué no iba yo a lavar oro
todos los días, aunque, sólo fueran partículas mínimas, por qué no iba yo a
trazar una galería hasta el oro de mi interior, y trabajar esa mina. Ahí está
nuestro Ballarat y Bendigo (Dos enclaves mineros en Australia, de los que habla
Howitt). ¿Qué importa que la galería sea estrecha? De todos modos yo debo
seguir el sendero, por muy solitario, estrecho y tenebroso que sea, por donde
caminar con amor y respeto. Allí donde un hombre se separa de la multitud y
sigue su propio camino, allí sin duda hay una bifurcación en la carretera,
aunque los viajeros asiduos no vean más que un boquete en la empalizada. Su
sendero solitario a campo a través resultará el mejor camino de los dos.
Muchos
hombres se apresuran a ir a California y Australia como si el verdadero oro se
encontrara en esa dirección. Al contrario, están yendo justo al lugar opuesto
de donde se encuentra. Hacen prospecciones más y más lejos del lugar adecuado y
cuando creen que han triunfado resulta que son los más desafortunados. ¿No es
aurífero nuestro suelo natal ¿No riega nuestro valle un arroyo que viene de las
montañas doradas? ¿No nos ha traído éste partículas resplandecientes y no ha
formado pepitas desde antes incluso de las eras geológicas? Sí, por extraño que
parezca, si un buscador se desvía buscando este auténtico oro del interior de
las inexploradas soledades que nos rodean, no hay peligro de que alguno siga
sus pisadas y se empeñe en suplantarlo. Puede incluso reclamar y excavar el
valle entero, las parcelas cultivadas y sin cultivar, durante toda su vida,
porque nadie le discutirá su derecho. No se meterán con sus artesas o sus
herramientas. No se les confina en una propiedad de doce pies cuadrados, como
en Ballarat, sino que puede cavar en cualquier sitio y lavar toda la tierra del
mundo en sus gamellas.
Howitt
dice lo siguiente del hombre que encontró la gran pepita de doce kilogramos en
las excavaciones de Bendigo, en Australia: «Pronto empezó a beber, cogió un
caballo y cabalgó por los alrededores, casi siempre al galope, y cuando
encontraba gente la llamaba para preguntarle si sabía quién era él y a
continuación le informaba muy amable de que él era el maldito miserable que
había encontrado la pepita. Al final, cabalgando a todo galope, se estrelló
contra un árbol, casi se salta los sesos. De todos modos, yo creo que no hubo
ningún peligro en su caída porque ya se había saltado los sesos contra la
pepita. Howitt añade: «Es un hombre completamente acabado». Peró es un ejemplo
de esa clase. Todos éstos son hombres disipados. Escuchad algunos nombres de
los lugares que excavan: «llano del imbécil», «barranco de la cabeza de
carnero», «vado del asesino». ¿No hay sátira en estos nombres?
Dejadlos
que arrastren su mal ganada riqueza a donde quieran, yo creo que el lugar en
que vivan será siempre el , «llano del imbecil» si no el «vado del asesino»
La última
fuente de nuestra energía ha sido el saqueo de sepulturas en el Istmo de Darien
una empresa que parece estar en sus comienzos porque, según referencias
recientes, ha ganado la segunda votación en la comisión de Nueva Granada un
decreto para regular este tipo de minas y un corresponsal del Tribune ha
escrito: «En la estación seca, cuando el tiempo permita que la zona sea
debidamente inspeccionada, no cabe duda de que se encontrarán otras ricas
guacas (es decir, cementerios)». A los emigrantes les dice: «No vengáis antes
de diciembre; tomad la ruta del istmo mejor que la de la Boca del Toro; no
traigáis equipaje inútil, no carguéis con una tienda, un buen par de mantas
será suficiente; un pico, una pala y un hacha de buena calidad será todo lo que
necesitéis»; consejo éste que bien podría estar sacado de la «Guía de Burker».
Y concluye con esta línea en bastardilla y letras mayúsculas: «Si os va bien en
casa QUEDAOS AHI», que muy bien puede interpretarse: «Si estáis sacando
bastante dinero de los expolios de los cementerios de vuestro estado, quedaos
ahí».
¿Por qué
ir a California por un lema? California es la hija de Nueva Inglaterra, criada
en su propia escuela y en su iglesia.
Es
sorprendente que de entre todos los predicadores haya tan pocos maestros de
moral. Los profetas están dedicados a perdonar el comportamiento de los
hombres. Muchos reverendos de edad avanzada,
Los
«iluminados» de esta era, me dicen con una sonrisa amable y cordial, entre un
suspiro y un estremecimiento, que no sea demasiado blando con estas cosas, que
lo aglutine todo, es decir, que haga con todo esto un lingote de oro. El mejor
consejo que he oído sobre estos temas era rastrero. A grandes rasgos era esto:
no merece la pena emprender una reforma del mundo en ese particular. No
preguntes cómo se consigue la mantequilla para tu pan; se te revolverá el
estómago al enterarte, y cosas parecidas. Le sería mejor a un hombre morir de
hambre, que perder su inocencia en el proceso de conseguir el pan. Si dentro
del hombre sofisticado no hay otro ingenuo, entonces se trata de uno de los
ángeles del diablo. Al hacernos viejos, vivimos con menos rigidez, nos
relajamos un poco de la disciplina y de algún modo dejamos de obedecer nuestros
instintos más puros. Pero deberíamos ser escrupulosos hasta el extremo de la
cordura, despreciando la mofa de aquéllos que son más desafortunados que
nosotros.
Incluso
en nuestra ciencia y filosofia no existe por lo general una sola verdad
objetiva de las cosas. El espíritu de secta y la intolerancia han puesto sus
pezuñas en medio de las estrellas. Sólo tenéis que discutir el problema de si
las estrellas están deshabitadas o no, para descubrirlo. ¿Por qué tenemos que
embadurnar los cielos como hicimos con la tierra? Fue triste descubrir que el
Dr. Kane era masón y que Sir John Frankiin lo era también (El Dr. Kane estuvo
en Nueva Inglaterra en 1852 para recaudar fondos con los que poder organizar su
segunda expedición al Artico en busca de Sir- John Franklin. Kane no sablá que
Frankiin había muerto ya en 1847. En su segundo intento, el propio Kane se dejó
la vida en el empeño.). Pero es más duro aún pensar que posiblemente ésa fue la
razón por la que el primero fue en busca del segundo. No hay ninguna revista
popular en este país que se atreva a publicar la opinión de un niño sobre
cuestiones de cierta importancia sin hacer algún comentario. Todo debe
someterse a los doctores en teología. Yo preferiría que lo sometieran a la
opinión de los arrapiezos.
Uno
vuelve del funeral de la humanidad para asistir a un fenómeno natural. Una
pequeña idea entierra a todo el mundo.
No
conozco a casi ningún intelectual que sea tan abierta y auténticamente liberal
que se pueda hablar con libertad en su presencia. La mayoría de aquéllos con
los que intento hablar pronto se ponen a atacar una institución en la que
tienen algun interés, es decir, tienen un punto de vista particular, no
universal. Interpondrán continuamente su propio tejado con un estrecho tragaluz
para ver el cielo, cuando es el cielo lo que deberían contemplar sin obstáculo
alguno. ¡Yo os digo, quitad de en medio vuestras telarañas, limpiad vuestras
ventanas! En algunos ateneos me dicen que han aprobado la exclusión del tema de
la religión y si estoy tocando ese tema o no? He llegado a tener mucha
experiencia y he hecho todo lo posible por reconocer con franqueza mi propia
vivencia de la religión, de tal modo que mi auditorio nunca sospecha el origen
de mis ideas. El conferenciante era tan inofensivo para ellos como la luz de la
luna. En cambio si les hubiera leído la biografía de los grandes pícaros de la
historia, habrían pensado que había escrito las vidas de los diáconos de su
iglesia. Por lo general, la pregunta es: ¿De dónde vino usted?, o ¿adónde va?
Hay una pregunta más pertinente aún que oí hacer una vez a dos personas de mi
auditorio «¿A favor de qué es la conferencia?». Todo mi cuerpo se estremeció.
Para ser
imparcial, los mejores hombres que conozco no están tranquilos, no son todo un
mundo en sí mismos. En general, se preocupan de los modales y adulan y estudian
las situaciones con más perspicacia que el resto. Seleccionamos el granito para
los cimientos de nuestras casas y establos, construimos vallas de piedra, pero
nosotros no nos asentamos sobre un entramado de verdad granítico, la más
elemental roca primitiva. Nuestras vigas están podridas.
¿De qué
pasta está hecho ese hombre que no se corresponde en nuestro pensamiento con la
verdad más pura y sutil? A menudo acuso a mis mejores amigos de una inmensa
frivolidad, porque mientras que hay buenos modales y cumplidos que no
respetamos, no nos enseñamos unos a otros las lecciones de honradez y
sinceridad que enseñan los animales, o las elecciones de estabilidad y solidez
que proceden de las rocas. La culpa es, sin embargo, habitualmente mutua
porque, por lo general, no nos exigimos más unos de otros.
¡Esa
agitación en torno a Kossuth (Lajos Kossuth (1802-1894), revolucionario
húngaro. Inmimente, al poco de su llegada a Estados Unidos, tuvo gran éxito
popular. Pronto se sumió en la ocuridad y el olvido y casi el único recuerdo
que dejó fue el detalle anecdótico de su sombrero, que también como él pasó de
moda.), observar qué típica, pero qué superficial fue! Simplemente otro tipo de
política o de baile. Se le dedicaron discursos por todo el país, pero todos
expresaban la opinión o la falta de opinión de la multitud sin más . Nadie
mantuvo la verdad. Se agruparon en una camarilla como de costumbre: unos se
apoyaban en otros y todos juntos en nada. Del mismo modo los indús colocan el
mundo sobre un elefante, el elefante sobre una tortuga y la tortuga sobre una
serpiente y no tienen nada que poner bajo la serpiente. Como fruto de toda esa
agitación tenemos el sombrero de Kossuth.
Así de
vacía e ineficaz es nuestra conversación cotidiana. Lo superficial lleva a lo
superficial. Cuando nuestra vida de ' ja de ser íntima y privada, la
conversación degenera en simple cotilleo. Es dificil conocer a un hombre que te
cuente una noticia que no haya aparecido en un periódico o que no se la haya
contado su vecino y, la mayoría de las veces, la única diferencia entre
nosotros y nuestro amigo es que él ha leído el periódico o salido a tomar el
té, y nosotros no. En la misma medida que nuestra vida interior fracasa, vamos
con más constancia y desesperación a la oficina de correos. Puedes estar seguro
de que el pobre tipo que se aleja con el mayor número de cartas, orgulloso de
su abultada correspondencia, no ha habido nada de sí mismo desde hace tiempo.
Yo creo
que leer un periódico a la semana es ya demasiado (Ya por esas fechas la
creciente importancia del denominado «cuarto poder» en Estados Unidos se dejaba
sentir profusamente. Cuando en realidad la mayoría de los grandes periódicos
americanos lo único que pretendían era vender más ejemplares que el rival. Los
resultados son conocidos.). Lo he intentado recientemente y me parecía que todo
este tiempo no había vivido en mi región natal. El sol, las nubes, la nieve,
los árboles no me dicen tanto. No puedes servir a dos amos (Alusión a Mateo 6,
24. No dejan de sorprender las interpretaciones laicas, o irreligiosas»,
radicales, que hace Thorcau de tantos textos bíblicos. Su supuesta impiedad» ya
vernos en qué se queda y qué significa.). Requiere más de un día de atención
conocer y poseer el valor de un día.
Podemos,
con razón, avergonzarnos de decir las cosas que hemos leído u oído. No sé por
qué mis noticias tienen que ser tan triviales, teniendo en cuenta que abrigamos
sueños e ilusiones, nuestro progreso no debería ser tan insignificante. Las
noticias que oímos no son, en su mayoría, interesantes. Son repeticiones
vacías. A menudo nos sentimos tentados de preguntar por qué se da tanto énfasis
a una experiencia personal que hemos tenido. ¿Por qué después de veinticinco
años, tenemos que volver a encontrar en nuestro camino a Hobbins, Registrador
de Sucesos? ¿No hemos avanzado ni un centímetro, acaso? Así son las noticias
diarias. Los acontecimientos flotan en la atmósfera insignificantes como las
esporas de los helechos, y caen sobre un talo abandonado o sobre la superficie
de nuestros montes que les proporcionan una base en la que crecer como
parásitos. Deberíamos librarnos de tales noticias.
¿De qué
serviría, en el caso de que explotara nuestro planeta, que hubiera un personaje
involucrado en la explosión? Si somos sinceros no tendremos la menor curiosidad
por tales sucesos. No vivimos para divertirnos estúpidamente. Yo no correría a
la vuelta de la esquina para ver el mundo explotar.
Todo el
verano e incluso el otoño, tal vez os hayáis olvidado inconscientemente del
periódico y de las noticias, y ahora descubrís que era porque la mañana y la
tarde estaban llenas de noticias. Vuestros paseos estaban llenos de incidentes.
Os interesaban no los asuntos de Europa, sino los asuntos de los campos de
Massachusetts. Si tenéis la suerte de existir, de vivir y moveros (Alusión a
Hechos de los Apóstoles, 17, 28.) dentro de ese estrecho ámbito en el que se
filtran los acontecimientos que constituyen las noticias -un ámbito más
estrecho que la fibra de papel en el que se imprimen- entonces estas cosas
llenarán vuestro mundo, pero si os eleváis por encima de ese plano u os
sumergís muy por debajo de él, ya no las recordaréis más, ni ellas a vosotros.
La realidad es que ver salir el sol cada día y verlo ponerse, participar de ese
modo en el curso del universo os conservará sanos para siempre. ¡Naciones! ¿Qué
son las naciones? ¡Tártaros, hunos y chinos! Pululan como insectos. El
historiador lucha en vano por hacerlos memorables. Hay muchos hombres pero ni
uno solo que lo sea auténticamente. Son los individuos los que pueblan el
mundo. Cualquier hombre que piense, puede decir con el Espíritu de Lodin
Desde la
altura miro a las naciones
Y observo
cómo se convierten en cenizas;
Mi
vivienda en las nubes es tranquila,
Son
placenteros los grandes campos de mi descanso.
"Traduzco
literalmente la nota 9 de la Norion Anthology, p. 1762: «En el Atlantic
Monihl», dice 'Lodin'. Pero Thoreau se refiere al Espíritu de Loda cuyo
discurso, procedente del CarricThura en los Ossian Poems, de James Macpherson,
sigue a continuación, parafraseado con ligeras variantes".
Os lo
ruego, dejadnos vivir sin ser arrastrados por perros, como hacen los
esquimales, cruzando a través de colinas y valles, y mordiéndose las orejas
unos a otros.
No sin un
leve temblor de miedo, a menudo me doy cuenta de la facilidad con la que mi
mente admite los detalles de cualquier asunto trivial, las noticias de la
calle; y me asusta observar con qué facilidad la gente abarrota sus mentes con
tales basuras y deja que rumores e incidentes ociosos e insignificantes se
introduzcan en un terreno que debiera ser sagrado para el pensamiento. ¿Debe
ser la mente un escenario público donde se discutan los asuntos de la calle y
los cotilleos de la sobremesa?, ¿o debería ser una estancia del cielo mismo, un
templo hipetro (Sin techo, abierto por arriba al cielo.) consagrado a servir a
los dioses? Me resulta tan dificil deshacerme de los pocos datos importantes;
sólo una mente divina me lo podría aclarar. Así son, en general, las noticias
de los periódicos y de las conversaciones. Es importante conservar la castidad
de la mente a este respecto. ¡Pensad que aceptarais en vuestras mentes los
detalles de un solo caso de la sala de lo criminal, profanando su sanctum
sanctorum (Así en singular, en el original.) durante una hora o muchas horas!
¡Hacéis de lo más íntimo del apartamento de vuestra mente, una sala de los
tribunales, como si todo este tiempo el polvo de la calle nos hubiera cubierto,
como si la calle misma con todo su tráfico, su ajetreo y suciedad hubieran
atravesado el santuario de nuestros pensamientos! ¿No sería ese un suicidio
intelectual y moral? Cuando me he visto obligado a sentarme como espectador y
oyente en un tribunal de justicia durante varias horas, y he visto a mis
vecinos, entrando y saliendo a hurtadillas y caminando de puntillas con las
manos y el rostro bien lavados, me parecía en ese momento que, al quitarse los
sombreros, sus orejas crecían rápidamente hasta convertirse en grandes tolvas
auditivas entre las cuales se apretaban sus pequeñas cabezas. Como aspas de
molinos de viento, captaban las ondas de sonido, que tras algunas vueltas que
les excitaban en sus cerebros dentados, salían por el otro lado. Yo me
preguntaba si al llegar a casa prestaban la misma atención a limpiarse las
orejas que antes habían prestado a lavarse las manos y los rostros. Me pareció
entonces, que el público y los testigos, el jurado y el abogado, el juez y el
criminal de la sala -si se me permite considerarlo culpable antes del
veredicto- eran todos igualmente criminales, y yo hubiera deseado que un rayo
los alcanzara y los aniquilara a todos.
Evita con
todo tipo de trampas y señales, amenazando con el peor castigo divino, que
alguien profane ese terreno que para ti es sagrado. ¡Es tan dificil olvidar
todo eso que es inútil guardar en la memoria! Si tengo que ser un camino,
prefiero serlo por torrentes, por arroyos del Parnaso que por alcantarillas de
ciudad. Existe la inspiración, ese chismorreo que llega al oído de la mente
atenta desde los patios celestiales. Existe otra revelación profana y caduca,
la de las tabernas y la comisaría de policía. El mismo oído es capaz de captar
ambas comunicaciones. El criterio del que escucha es el que debe determinar
cuál oír y cuál no. Yo creo que la mente se puede profanar permanentemente con
el hábito de escuchar cosas triviales, de modo que todos nuestros pensamientos
se teñirán de trivialidad. Nuestro propio intelecto debería ser de asfalto, es
decir, debería tener un buen firme para que las ruedas se deslizaran
fácilmente, y si quieres saber cómo darle mejor consistencia a la carretera,
mejor que la que se consigue con cantos rodados, con traviesas de abeto o con
asfalto, lo que tienes que examinar son algunas de nuestras mentes que se han
visto sometidas tanto tiempo a este tratamiento.
Si nos
hemos profanado a nosotros mismos -¿y quién no?- el remedio será la cautela y
la devoción para volver a consagrarnos y convertir de nuevo nuestras mentes en
santuarios. Deberíamos tratar nuestras mentes, es decir, a nosotros mismos,
como a niños inocentes e ingenuos y ser nuestros propios guardianes, y tener
cuidado de prestar atención sólo a los objetos y los temas que merezcan la
pena.. No leáis el Times, leed el Eternidades (Uno más de los juegos de
palabras, tan característicos de Thoreau, y que jalonan su estilo como uno de
sus rasgos más constantes.). Los convencionalismos son a la larga tan malos
como la mezquindad. Incluso los datos científicos pueden manchar la mente con
su aridez, a no ser que os las limpiéis cada mañana, o las fertilicéis con el
rocío de la verdad fresca y viva. La sabiduría no llega hasta nosotros por los
detalles sino a través de rayos de luz procedentes del cielo. Sí, todo
pensamiento que cruza la mente comporta un desgaste irreversible y un
profundizar los baches que, como en las calles de Pompeya daban muestra del uso
que se les dio. Cuántas cosas hay sobre las que deberíamos deliberar para
decidir si las aceptamos o no. ¡Mejor hubiéramos dejado que los carromatos de
los vendedores ambulantes avanzaran a un trote muy lento, incluso al paso, por
ese puente glorioso de la mente por el que confiamos pasar al final del último
instante de nuestra vida a la orilla más próxima de la eternidad! ¿Tan sólo
tenemos habilidad para vivir como zafios y para servir al diablo y nada de cultura
ni delicadeza? ¿Para adquirir riquezas mundanas o fama o libertad, y dar una
falsa imagen a los demás, como si fuéramos todo cáscara y concha, sin un
corazón tierno y vivo dentro de nosotros? ¿Por qué tienen que ser nuestras
instituciones como esas nueces hueras que sólo sirven para pincharse los dedos?
Se dice
que América va a ser el campo de batalla donde se librará la batalla por la
libertad, pero en realidad no puede ser que se refieran a libertad en un
sentido exclusivamente político. Incluso si aceptamos que el americano se ha
librado de un tirano político, todavía es esclavo de un tirano económico y
moral. Ahora que la república -la res-publica- está instituida, es hora de
buscar la res-privata -los asuntos privados- pa.ra cuidar de que, como el
senado romano aconsejaba a sus cónsules: ne quid res-PRIVATA detrimenti
caperet», los asuntos privados no sufran deterioro alguno.
¿Llamamos
a ésta la tierra de los hombres libres? ¿Qué supone ser libres respecto del rey
George y seguir siendo esclavos del rey Prejuicio? ¿Qué sentido tiene nacer
libres y no vivir libres? ¿Cuál es el valor de una libertad política sino el de
hacer posible la libertad moral? ¿Alardeamos de la libertad de ser esclavos o
de la libertad de ser libres? Somos una nación de políticos y nos preocupamos
sólo por una defensa superficial de la libertad. Los hijos de nuestros hijos
tal vez se sientan un día realmente libres. Nos sometemos a impuestos injustos.
Hay un grupo de entre nosotros que no está representado. Son impuestos sin
representación. Nosotros alojamos a las tropas, a tontos y ganado de todas
clases. Alojamos nuestros cuerpos bastos en nuestras pobres almas, hasta que
los primeros consumen toda la sustancia de las segundas.
Con
respecto a la auténtica cultura y a la hombría de bien, somos aún esencialmente
provincianos porque no adoramos la verdad sino el reflejo de la verdad; porque
estamos pervertidos y limitados por una devoción exclusiva al negocio y al
comercio y a las fábricas y a la agricultura y cosas semejantes, que son sólo
medios y no fines.
De esta
manera es también provinciano el Parlamento inglés. Simples paletos que se
traicionan unos a otros cada vez que se les presenta un asunto importante que
resolver: el problema irlandés, por ejemplo. ¿Por qué no lo llamé el problema
inglés? Sus naturalezas se corrompen en contacto con la propia bajeza de los
temas que tratan. Su «buena crianza» respeta sólo cuestiones secundarias. Los
mejores modales del mundo pasan a ser fatuos y torpes al compararlos con una
inteligencia superior. Su apariencia no es sino como la de las modas de otros
tiempos: simples cortesías, genuflexiones y calzas hasta la rodilla pasados de
moda. Es el vicio y no los modales exquisitos lo que hace que pierdan la
firmeza de carácter. En realidad no son más que ropas desechadas o conchas
huecas clamando por el respeto que se debía al ser que las habitaba. Se os
regala la concha en lugar de la carne y no es excusa que, en el caso de ciertos
moluscos, las conchas tengan más valor que la carne. El hombre que me impone
sus buenos modales actúa como si se empeñara en mostrarme el cuarto de sus
colecciones, cuando lo que yo quería era verle a él. No fue éste el sentido con
el que el poeta Decker llamó a Cristo «el primer auténtico caballero que jamás
haya existido». Repito que en este sentido la corte más gloriosa de la
cristiandad es provinciana, pues sólo tiene autoridad para decidir sobre
intereses transalpinos, y no sobre los asuntos de Roma. Un pretor o un
procónsul sería suficiente para resolver los problemas que acaparan la atención
del Parlamento inglés y del Congreso americano.
¡Gobierno
y legislación! A éstas las consideraba yo profesiones respetables. Hemos oído
hablar en la historia del mundo de Numas, Licurgos y Solones de origen divino,
nombres que pueden al menos representar legisladores ideales; ¡pero pensad lo
que supone dictar las normas para producir esclavos o exportar tabaco! ¿Qué
tienen que ver los legisladores divinos con la importación o la exportación del
tabaco? ¿Y los legisladores humanos con respecto a la producción de esclavos'?
Suponed que tuvieseis que someter esa cuestión a un hijo de Dios. ¿no tiene El
ningún hijo en el siglo xix'? ¿Se trata de una familia extinguida? ¿Con qué
condiciones la recuperaríais'? ¿Qué dirá el estado de Virginia el último día
cuando éstas han sido sus principales y básicas cosechas? ¿Qué lugar ocuparía
el patriotismo en semejante Estado? Tomo los datos de las estadísticas que han
publicado los propios estados.
¡Un
comercio que surca los mares para comprar nueces y pasas, y que incluso
esclaviza a los marineros con este propósito! El otro día vi un barco que había
naufragado y en el cual se habían perdido muchas vidas y su cargamento de
ropas, nebrinas y almendras amargas. ¡América va al Viejo Mundo por sus frutos
amargos! ¿No es el mar o el naufragio lo bastante amargo como para hacer que la
savia de la vida se vierta en ellos? Sin embargo, así es en su mayor parte
nuestro ensalzado comercio y hay algunos que todavía se consideran estadistas y
filósofos y que están tan ciegos que piensan que el progreso y la civilización
dependen, precisamente, de este tipo de intercambio y de tal actividad que más
bien parece la actividad de las moscas alrededor de una cuba de melaza. Sería
estupendo, alguien ha dicho, que los hombres fueran ostras y estupendo, le
contestaría yo, si fueran mosquitos.
El
teniente Herndon, enviado por nuestro gobierno a explorar el Amazonas y según
parece, a extender el área de esclavitud, advirtió que allí hacía falta «una
población laboriosa y activa que conozca las comodidades de la vida y que tenga
necesidades artificiales que le induzcan a extraer del país sus múltiples
recursos. Pero, ¿cuáles son esas «necesidades artificiales», a estimular? No
son el amor a los lujos como el tabaco y los esclavos, tan abundantes en su
Virginia natal; ni el hielo y el granito y otras riquezas materiales de nuestra
Nueva Inglaterra natal. Ni tampoco son «,los grandes recursos de un país la
fertilidad o la esterilidad del suelo que los produce. La necesidad básica de
todo estado donde he vivido es la elevada y seria ambición de sus habitantes.
Esto es lo único que desarrolla «los grandes recursos» de la Naturaleza y que,
a la larga, le exige explotarlos por encima de sus posibilidades, porque desde
luego el hombre se mueve con el curso natural de las cosas. Cuando preferimos
la cultura a las patatas y el entendimiento a las ciruelas, entonces los
grandes recursos del mundo se extraen y el resultado o la producción básica no
son esclavos ni obreros sino hombres: esos escasos frutos que llamamos héroes,
santos, poetas, filósofos y redentores.
En
resumen, al igual que se forman los ventisqueros cuando cesa el viento, así
mismo cuando cesa la verdad surge una institución. Pero la verdad sigue
soplando por las alturas y al final acaba por destruirla.
Eso que
llaman política es algo tan superficial y poco humano que en la práctica nunca
he reconocido que me interesara. Los periódicos, según veo, dedican varias
columnas gratuitamente a la política o a los asuntos de gobierno y esto, diría
yo, es lo que los salva. Pero como yo amo la literatura y en cierto modo
también la verdad, no leo nunca esas columnas. No quiero embotar hasta ese
punto mi sentido de la justicia. No tengo que rendir cuentas por haber leído un
solo Mensaje del Presidente. ¡Esta es una época extraña del mundo, en la que
los imperios, los reinos y las repúblicas vienen a pedir a la puerta de un
hombre corriente y le cuentan sus problemas al oído! No puedo coger el
periódico sin encontrarme con que un desdichado gobierno, acorralado y en sus
últimos días me está pidiendo a mí, el lector, que le vote, más inoportuno que
un mendigo italiano y si se me ocurre leer su certificado, escrito tal vez por
el secretario de un comerciante benévolo o por el patrón del barco que le trajo
-puesto que no sabe ni una palabra de inglés- probablemente me informaría de la
erupción de un Vesubio, o el desbordamiento de un Po, verdadero o inventado,
que le redujo a esta situación. Y en tal caso no dudo en sugerirle que trabaje
o que acuda a un asilo. ¿O si no, por qué no mantiene su vida privada en
silencio, como hago yo normalmente? El pobre Presidente entre conservar su
popularidad y cumplir con su deber, se encuentra perplejo. Los periódicos son
el poder dominante. Cualquier otro gobierno se reduce a unos cuantos infantes
de marina de Fort Independence. Si un hombre se niega a leer el Daily Times el
gobierno se pondrá de rodillas ante él porque esa es la única traición en estos
tiempos.
Las cosas
que más acaparan la atención de los hombres, como la política y la rutina
diaria son realmente funciones vitales para la sociedad humana, pero deberían
realizarse inconscientemente como sucede con las correspondientes funciones del
cuerpo físico. Son infrahumanas, una especie de vegetación. A veces me
despierto en una semiconsciencia y las noto funcionar del mismo modo que
alguien puede sentirse consciente de algunos procesos de digestión en un estado
mórbido y llegara así a lo que llaman la dispepsia. Es como si un pensador se
sometiera a ser digerido por la gran molleja de la creación. La política es,
por así decirlo, la molleja de la sociedad, está llena de arena y grava y los
dos partidos políticos son sus dos mitades enfrentadas. A veces se dividen en
cuatro y entonces se restriegan unas contra otras. No sólo los individuos sino
también los Estados han confirmado de este modo su dispepsia, lo cual se
manifiesta por una inusitada sonoridad que podéis imaginar. Nuestra vida no es
únicamente un olvidar, sino también, en gran medida, un recordar aquello de lo
que nunca debimos ser conscientes, al menos no en nuestras horas de vigilia.
¿Por qué no nos reunimos alguna vez, no como dispépticos, para contarnos
nuestros malos sueños, sino como eupépticos, para congratularnos mutuamente por
el glorioso amanecer de cada día? No pido nada exorbitante, os lo aseguro.
DESOBEDIENCIA
CIVIL
(Pronunciado
inicialmente en enero y febrero de 1848. Publicado en 1849. Otras versiones se
titulan ,Resistencia al Gobierno, «Los derechos y deberes del individuo con
respecto al gobiernos, o el más conocido quizá de todos ellos, «Sobre el deber
de la desobediencia civil,).
Acepto de
todo corazón la máxima: «El mejor gobierno es el que gobierna menos» (Lema de
la Democratice Revive» publicación neoyorquina que ya por entonces había
publicado varios trabajos de Torea. Los orígenes del lema vienen de los
postulados de la democracia agraria de Jefferson, frente a las pretensiones
centralizadoras de fortalecer el gobierno de la nación, que propugnaban los
denominados «Federalistas» con Hamilton a la cabeza. La discusión estuvo ya
desde el comienzo en los debates en torno a la redacción de la Declaración de
la Independencia, y más tarde de la Constitución de los Estados Unidos), y me
gustaría verlo puesto en práctica de un modo más rápido y sistemático. Pero al
cumplirla resulta, y así también lo creo, que «el mejor gobierno es el que no
gobierna en absoluto»; y, cuando los hombres estén preparados para él, ése será
el tipo de gobierno que tendrán. Un gobierno es, en el mejor de los casos, un
mal recurso, pero la mayoría de los gobiernos son, a menudo, y todos, en cierta
medida, un inconveniente. Las objeciones que se le han puesto a un ejército
permanente (que son muchas, de peso, y merecen tenerse en cuenta) pueden
imputarse también al gobierno como institución. El ejército permanente es tan
sólo un brazo de ese gobierno. El gobierno por sí mismo, que no es más que el
medio elegido por el pueblo para ejecutar su voluntad, es igualmente
susceptible de originar abusos y perjuicios antes de que el pueblo pueda
intervenir. El ejemplo lo tenemos en la actual guerra de Méjico (La guerra de
México, de 1846-1848, estuvo promovida básicamente por intereses económicos: el
algodón por una parte; las industrias fabriles del Norte, por otra. Y en el
fondo de todo ello, la ampliación de territorios en los que la esclavitud fuera
legal, como procedimiento para mantener la economía norteamericana del
momento.), obra de relativamente pocas personas que se valen del gobierno
establecido como de un instrumento, a pesar de que el pueblo no habría
autorizado esta medida.
Este
gobierno americano, ¿qué es sino una tradición, aunque muy reciente, que lucha
por transmitirse a la posteridad sin deterioro, pese a ir perdiendo parte de su
integridad a cada instante? No tiene ni la vitalidad ni la fuerza de un solo
hombre, ya que un solo hombre puede plegarlo a su voluntad. Es una especie de
fusil de madera para el pueblo mismo. Sin embargo, no es por ello menos
necesario; el pueblo ha de tener alguna que otra complicada maquinaria y oír su
sonido para satisfacer así su idea de gobierno. De este modo los gobiernos
evidencian cuán fácilmente se puede instrumentalizar a los hombres, o pueden
ellos instrumentalizar al gobierno en beneficio propio. Excelente, debemos
reconocerlo. Tan es así que este gobierno por sí mismo nunca promovió empresa
alguna y en cambio sí mostró cierta tendencia a extralimitarse en sus
funciones. Esto no hace que el país sea libre. Esto no consolida el Oeste. Esto
no educa. El propio temperamento del pueblo americano es el que ha conquistado
todos sus logros hasta hoy, y hubiera conseguido muchos más, si el gobierno no
se hubiera interpuesto en su camino a menudo. Y es que el gobierno es un mero
recurso por el cual los hombres intentan vivir en paz; y, como ya hemos dicho,
es más ventajoso el que menos interfiere en la vida de los gobernados. Si no
fuera porque el comercio y los negocios parecen botar como la goma, nunca
conseguirían saltar los obstáculos que los legisladores les interponen
continuamente, y, si tuviéramos que juzgar a estos hombres únicamente por las
repercusiones de sus actos, y no por sus intenciones, merecerían que los
castigaran y los trataran como a esos delincuentes que ponen obstáculos en las
vías del ferrocarril.
Pero,
para hablar con sentido práctico y como ciudadano, a diferencia de los que se
autodenominan contrarios a la existencia de un gobierno, solicito, no que
desaparezca el gobierno inmediatamente, sino un mejor gobierno de inmediato.
Dejemos que cada hombre manifieste qué tipo de gobierno tendría su confianza y
ése sería un primer paso en su consecución.
Después
de todo, la auténtica razón de que, cuando el poder está en manos del pueblo,
la mayoría acceda al gobierno y se mantenga en él por un largo período, no es
porque posean la verdad ni porque la minoría lo considere más justo, sino
porque físicamente son los más fuertes. Pero un gobierno en el que la mayoría
decida en todos los temas no puede funcionar con justicia, al menos tal como
entienden los hombres la justicia. ¿Acaso no puede existir un gobierno donde la
mayoría no decida virtualmente lo que está bien o mal, sino que sea la
conciencia? ¿Donde la mayoría decida sólo en aquellos temas en los que sea
aplicable la norma de conveniencia? ¿Debe el ciudadano someter su conciencia al
legislador por un solo instante, aunque sea en la mínima medida? Entonces,
¿para qué tiene cada hombre su conciencia? Yo creo que debiéramos ser hombres
primero y ciudadanos después. Lo deseable no es cultivar el respeto por la ley,
sino por la justicia. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de
hacer en cada momento lo que crea justo. Se ha dicho y con razón que una
sociedad mercantil no tiene conciencia; pero una sociedad formada por hombres
con conciencia es una sociedad con conciencia. La ley nunca hizo a los hombres
más justos y, debido al respeto que les infunde, incluso los bienintencionados
se convierten a diario en agentes de la injusticia. Una consecuencia natural y
muy frecuente del respeto indebido a la ley es que uno puede ver una fila de
soldados: coronel, capitán, cabo, soldados rasos, artilleros, todos marchando
con un orden admirable por colinas y valles hacia el frente en contra de su
voluntad, ¡sí! contra su conciencia y su sentido común, lo que hace que la
marcha sea más dura y se les sobrecoja el corazón. No dudan que están
involucrados en una empresa condenable; todos ellos son partidarios de la paz.
Entonces, ¿qué son: hombres, o por el contrario, pequeños fuertes y polvorines
móviles al servicio de cualquier mando militar sin escrúpulos? Visitad un
arsenal y contemplad a un infante de marina; eso es lo que puede hacer de un
hombre el gobierno americano, o lo que podría hacer un hechicero: una mera
sombra y remedo de humanidad; en apariencia es un hombre vivo y erguido, pero,
sin embargo, mejor diríamos que está enterrado bajo las armas con honores
funerarios, aunque bien pudiera ser (El verso procede de la obra de Charles
Wolfe (1791-1823), E'/ entiei-P-o de Si¡-John Moore en Coruña (1871). Estos son
los versos iniciales.)
No se
oían tarnbores ni himnos funerarios cuando llevamos su cadáver rápidamente al
baluarte; ningún soldado disparó salvas de despedida sobre la tumba en que
enterramos a nuestro héroe
De este
modo la masa sirve al Estado no como hombres sino básicamente como máquinas,
con sus cuerpos. Ellos forman el ejército constituido y la milicia, los
carceleros, la policía, los ayudantes del sheriff, etc. En la mayoría de los
casos no ejercitan con libertad ni la crítica ni el sentido moral, sino que se
igualan a la madera y a la tierra y a las piedras, e incluso se podrían
fabricar hombres de madera que hicieran el mismo servicio. Tales individuos no
infunden más respeto que los hombres de paja o los terrones de arcilla. No
tienen más valor que caballos o perros, y sin embargo se les considera, en
general, buenos ciudadanos. Otros, como muchos legisladores, políticos,
abogados, ministros y funcionarios, sirven al Estado fundamentalmente con sus
cabezas, y como casi nunca hacen distinciones morales, con capaces de servir
tanto al diablo, sin pretenderlo, como a Dios. Unos pocos, como los héroes, los
patriotas, los mártires, los reformadores en un sentido amplio y los hombres
sirven al Estado además con sus conciencias y, por tanto, las más de las veces
se enfrentan a él y, a menudo, se les trata como enemigos. Un hombre prudente
sólo será útil como hombre y no se someterá a ser «arcilla» y «tapar un agujero
para detener el viento» (Alusión procedente de Hamlet, acto V, escena 1, versos
236-237.), sino que dejará esa tarea a los otros:
Soy de
estirpe demasiado elevada para convertirme en un esclavo, en un subalterno
sometido a tutela, en un servidor dócil, en instrumento de cualquier Estado
soberano del mundo (Shakespeare, El rey Juan, acto V, escena segunda, versos
79-82.).
Al que se
entrega por entero a los demás se le toma por un inútil y un egoísta, pero al
que se entrega solamente en parte, se le considera un benefactor y un
filántropo.
¿Cómo le
corresponde actuar a un hombre ante este gobierno americano hoy? Yo respondo
que no nos podemos asociar con él y mantener nuestra propia dignidad. No puedo
reconocer ni por un instante que esa organización política sea mi gobierno y al
mismo tiempo el gobierno de los esclavos.
Todos los
hombres reconocen el derecho a la revolución (He aquí uno de los principios
fundamentales de Thomas Paine, e incluso antes en el carácter pactista del
Mayflower Compact, que influyeron de forma decisiva hacia la Independencia de
las Colonias de la Gran Bretaña.), es decir, el derecho a negar su lealtad y a
oponerse al gobierno cuando su tiranía o su ineficacia sean desmesurados e
insoportables. Pero la mayoría afirma que no es ese el caso actual, aunque sí
fue el caso, dicen, en la revolución de 1775. Si alguien me dijera que ese fue
un mal gobierno porque gravó ciertos artículos extranjeros llegados a sus
puertos, lo más probable es que no me inmutara porque puedo pasar sin ellos.
Toda máquina experimenta sus propios roces, pero es posible que se trate de un
mal menor y contrarreste otros males. En ese caso sería un gran error mover un
dedo por evitarlo. Pero cuando resulta que la fricción se convierte en su
propio fin, y la opresión y el robo están organizados, yo digo: «hagamos
desaparecer esa máquina». En otras palabras, cuando una sexta parte de la
población de un país que se ha comprometido a ser refugio de la libertad, está
esclavizada, y toda una nación es agredida y conquistada injustamente por un
ejército extranjero y sometida a la ley marcial, creo que ha llegado el momento
de que los hombres honrados se rebelen y se subleven. Y este deber es tanto más
urgente, por cuanto que el país así ultrajado no es el nuestro, sino que el
nuestro es el invasor.
Paley
(William Paley (1743-1805). La obra a la que alude Thoreau es Principios de
filosofía moral -y política, de 1185.), autoridad reconocida en temas morales,
en un capítulo sobre «Deber de sumisión al gobierno civil», reduce toda
obligación civil al grado de conveniencia, y continúa: «mientras el interés de
la sociedad entera lo requiera, es decir, mientras la institución del gobierno
no se pueda cambiar o rechazar sin inconvenientes públicos, es voluntad de Dios
que se obedezca a ese gobierno, pero no más allá... Admitido este principio, la
justicia de cada caso particular de rebelión se reduce a un calcular por un
lado la proporción del peligro y del daño; y por el otro la posibilidad y coste
de corregirlo». A continuación nos dice que cada hombre debe juzgar por sí
mismo. Pero nos parece que Paley no ha contemplado los casos en los que la
regla de la conveniencia no se aplica; es decir, cuando un pueblo o un solo
individuo deben hacer justicia a cualquier precio. Si le he quitado
injustamente la tabla al hombre que se ahoga, debo devolvérsela aunque me
ahogue yo. Esto, según Paley sería inconveniente. Aquel que salve su vida, en
este caso, la perderá (Evangelio según Mateo, cap. 10, versículo 39.). Este
pueblo debe dejar de tener esclavos y de luchar contra Méjico aunque le cueste
su existencia como tal pueblo
Por
experiencia propia, muchas naciones están de acuerdo con Paley, pero ¿acaso
alguien cree que Massachusetts está haciendo lo correcto en la crisis actual?
Un estado
prostituido; una mujerzuela a cuyo traje plateado se le lleva la cola, pero
cuya alma se arrastra por el polvo
Descendiendo
a lo concreto: los que se oponen a una reforma en Massachusetts no son cien mil
políticos del Sur sino cien mil comerciantes y granjeros de aquí, que están más
interesados en el comercio y la agricultura que en el género humano y no están
dispuestos a hacer justicia ni a los esclavos ni a Méjico (Frente a este
criterio radical, naturalmente, el pensamiento de los políticos siempre fue el
de preservar la Unión a toda costa. Incluso años más tarde, la única
preocupación de Lincoln como presidente fue básicamente la de no permitir la
ruptura de esa Unión.) costase lo que costase. Yo no me enfrento con enernigos
lejanos sino con los que cerca de casa cooperan con ellos y les apoyan, y sin
los cuales estos últimos serían inofensivos. Estamos acostumbrados a decir que
las masas no están preparadas, pero el progreso es lento porque la minoría no
es mejor o más prudente que la mayoría. Lo más importante no es que una mayoría
sea tan buena como tú, sino que exista una cierta bondad absoluta en algún sitio
para que fermente a toda la masa (Primera carta a los corintios, cap. 5,
versículo 6.). Miles de personas están, en teoría, en contra de la esclavitud y
la guerra, pero de hecho no hacen nada por acabar con ellas; miles que se
consideran hijos de Washington y Franklin, se sientan con las manos en los
bolsillos y dicen que no saben qué hacer, y no hacen nada; miles que incluso
posponen la cuestión de la libertad a la cuestión del mercado libre y leen en
silencio las listas de precios y las noticias del frente de Méjico tras la
cena, e incluso caen dormidos sobre ambos. ¿Cuál es el valor de un hombre
honrado y de un patriota hoy? Dudan y se lamentan y a veces redactan escritos,
pero no hacen nada serio y eficaz. Esperarán con la mejor disposición a que
otros remedien el mal, para poder dejar de lamentarse. Como mucho, depositan un
simple voto y hacen un leve signo de aprobación y una aclamación a la justicia
al pasar por su lado. Por cada hombre virtuoso, hay novecientos noventa y nueve
que alardean de serio, y es más fácil tratar con el auténtico poseedor de una
cosa que con los que pretenden tenerla.
Las
votaciones son una especie de juego, como las damas o el backgammon (Antiguo
juego, sobre un tablero, cuyas piezas los dos contendientes movían según
dictaran los dados.) que incluyesen un suave tinte moral; un jugar con lo justo
y lo injusto, con cuestiones morales; y desde luego incluye apuestas. No se
apuesta sobre el carácter de los votantes. Quizás deposito el voto que creo más
acertado, pero no estoy realmente convencido de que eso deba prevalecer. Estoy
dispuesto a dejarlo en manos de la mayoría. Su obligación por tanto, nunca
excede el nivel de lo conveniente. Incluso votar por lo justo es no hacer nada
por ello. Es tan sólo expresar débilmente el deseo de que la Justicia debiera
prevalecer. Un hombre prudente no dejará lo justo a merced del azar, ni deseará
que prevalezca frente al poder de la mayoría. Hay muy poca virtud en la acción
de las masas. Cuando la mayoría vote al fin por la abolición de la esclavitud,
será porque les es indiferente la esclavitud o porque sea tan escasa que no
merezca la pena mantenerla. Para entonces ellos serán los únicos esclavos. Sólo
pretende acelerar la abolición de la esclavitud el voto de aquel que afianza su
propia libertad con ese voto.
He oído
decir que se va a celebrar una convención en Baltimore o en algún otro sitio,
para la elección del candidato a la presidencia y que está formada
fundamentalmente por directores de periódicos y políticos profesionales, y yo
me pregunto: ¿Qué puede importarle al hombre independiente, inteligente y
respetable la decisión que tomen? ¿Es que no podemos contar con la ventaja de
la prudencia y la honradez de este último? ¿No podemos esperar que también haya
votos independientes? ¿Acaso no son numerosísimos los hombres que no asisten a
convenciones en este país? Pero no: yo creo que el hombre respetable como tal
ya se ha escabullido de su puesto y desespera de su país, cuando es su país el
que tiene más razones para desesperar de él. Inmediatamente acepta a uno de los
candidatos elegidos de ese modo, como el único disponible demostrando que es él
quien está disponible para cualquier propósito del demagogo. Su voto no tiene
más valor que el de cualquier extranjero sin principios o el de cualquier
empleadillo nativo que pueden estar comprados. ¡Loado sea el hombre auténtico
que, como dice mi vecino, tiene un hueso en la espalda que no le permite
doblegarse! Nuestras estadísticas son falsas, la población está inflada.
¿Cuántos hombres hay en este país por cada 250.000 hectáreas? Apenas uno. ¿No
ofrece América ningún atractivo para que los hombres se asienten aquí? El
americano ha degenerado en un «Odd Fellow, (Los «Odd Fellows», formaban una
asociación secreta y Thoreau realiza aquí uno de sus juegos de palabras: el
verdadero americano resulta ser el ,conformista» no precisamente el «tipo
raro».), un ser que se reconoce por el desarrollo de su sentido gregario y una
ausencia manifiesta de inteligencia y una alegre confianza en sí mismo, cuyo
primer y básico interés en el mundo es ver que los asilos se conservan en buen
estado y antes se ha puesto su vestimenta en toda regia y ha ido a recabar
fondos para mantener a las viudas y huérfanos que pueda haber; en fin, en
alguien que se permite vivir sólo con la ayuda de la Compañía de Seguros Mutuos
que se ha comprometido a enterrarle decentemente.
Por
supuesto, no es un deber del hombre dedicarse a la erradicación del mal, por
monstruoso que sea. Puede tener, como le es lícito, otros asuntos entre manos;
pero sí es su deber al menos, lavarse las manos de él. Y si no se va a
preocupar más de él, que, por lo menos, en la práctica, no le dé su apoyo. Si
me entrego a otros fines y consideraciones, antes de dedicarme a ellos, debo,
como mínimo, asegurarme de que no estoy pisando a otros hombres. Ante todo,
debo permitir que también los demás puedan realizar sus propósitos. ¡Fijaos qué
gran inconsistencia se tolera! He oído decir a conciudadanos míos: «me gustaría
que me ordenaran colaborar en la represión de una rebelión de esclavos o
marchar hacia Méjico; veríamos si lo hago»; y en cambio ellos mismos han
facilitado un sustituto directamente con su propia lealtad e indirectamente al
menos con su dinero. A¡ soldado que se niega a luchar en una guerra injusta le
aplauden aquellos que aceptan mantener al gobierno injusto que la libra; le
aplauden aquellos cuyos actos y autoridad él desprecia y desdeña, como si el
Estado fuera un penitente que contratase a uno para que se fustigase por sus
pecados, pero que no considerase la posibilidad de dejar de pecar ni por un
momento. Así, con el pretexto del orden y del gobierno civil, se nos hace
honrar y alabar nuestra propia vileza. Tras la primera vergüenza por pecar
surge la indiferencia y lo Inmoral se convierte, como si dijéramos, en amoral y
no del todo innecesario en la vida que nos hemos forjado.
El mayor
error y el más extendido exige la virtud más desinteresada. El ligero reproche
al que es susceptible muy a menudo la virtud del patriota, es aquel en el que
incurren fácilmente los hombres honrados. Los que, sin estar de acuerdo con la
naturaleza y las medidas de un gobierno, le entregan su lealtad y su apoyo son,
sin duda, sus seguidores más conscientes y por tanto suelen ser el mayor
obstáculo para su reforma. Algunos están interpelando al Estado de
Massachusetts para que disuelva la Unión y olvide los requerimientos del
Presidente. ¿Por qué no la disuelven por su cuenta (la unión entre ellos mismos
y el Estado) y se niegan a pagar sus impuestos al tesoro? ¿No están en la misma
situación con respecto al Estado que el Estado con respecto a la Unión? ¿Acaso
las razones que han evitado que el Estado se enfrentara con la Unión no han
sido las mismas que han evitado que ellos se enfrentaran al Estado? (Vuelve a
reaparecer el gran asunto pendiente en esta época: o la Unión a costa de la
injusticia de la esclavitud; o la eliminación de la esclavitud, a riesgo de
romper la Unión.).
¿Cómo
puede estar satisfecho un hombre por el mero hecho de tener una opinión y
quedarse tranquilo con ella? ¿Puede haber alguna tranquilidad en ello, si lo
que opina es que está ofendido? Si tu vecino te estafa un solo dólar no quedas
satisfecho con saber que te ha estafado o diciendo que te ha estafado, ni
siquiera exigiéndole que te pague lo de su parte, sin esperar a más (La frase
procede del reformador escocés, John Knox quien acuñó la expresión, utilizada
luego con tan diversos matices manipulados, de que «un hombre con Dios de su
parte, siempre está en mayoría».) . Un hombre con más razón que sus
conciudadanos ya constituye una mayoría de uno. Tan sólo una vez al año me
enfrento directamente cara a cara con este gobierno americano o su
representante, el gobierno del Estado en la persona del recaudador de
impuestos. Es la única situación en que un hombre de mi posición
inevitablemente se encuentra con él, y él entonces dice claramente:
«Reconóceme». Y el modo más simple y efectivo y hasta el único posible de
tratarlo en el actual estado de cosas, de expresar mi poca satisfacción y mi
poco amor por él, es rechazarlo. Mi convecino civil, el recaudador de impuestos
es el único hombre con el que tengo que tratar, puesto que, después de todo, yo
peleo con personas y no con papeles, y ha elegido voluntariamente ser un agente
del gobierno, ¿cómo va a conocer su identidad y su cometido como funcionario
del gobierno o como hombre, si no le obligan a decidir si ha de tratarme a mí
que soy su vecino a quien respeta, como a tal vecino y hombre honrado o como a
un maníaco que turba la paz? Después veríamos si puede saltarse ese sentimiento
de buena vecindad sin recurrir a pensamientos o palabras más duros e impetuosos
de acuerdo con esa actuación. Estoy seguro de que si mil, si cien, si diez
hombres que pudiese nombrar, si solamente diez hombres honrados, incluso si un
solo hombre honrado en este Estado de Massachusetts, dejase en libertad a sus
esclavos y rompiera su asociación con el gobierno nacional y fuera por ello
encerrado en la cárcel del condado, esto significaría la abolición de la
esclavitud de América. Lo que importa no es que el comienzo sea pequeño; lo que
se hace bien una vez, queda bien hecho para siempre. Pero nos gusta más hablar
de ello: decimos que esa es nuestra misión. La reforma cuenta con docenas de
periódicos a su favor, pero ni con un solo hombre. Si mi estimado vecino, el
embajador del Estado, que va a dedicar su tiempo a solucionar la cuestión de
los derechos humanos en la Cámara del Consejo, en vez de sentirse amenazado por
las prisiones de Carolina, tuviera que ocuparse del prisionero de
Massachusetts, el prisionero de ese Estado que se siente tan ansioso de cargar
el pecado de la esclavitud sobre su hermano (aunque, por ahora, sólo ha descubierto
un acto de falta de hospitalidad para fundamentar su querella contra él), la
Legislatura no desestimaría el tema por completo el invierno que viene.
Bajo un
gobierno que encarcela a alguien injustamente, el lugar que debe ocupar el
justo es también la prisión. Hoy, el lugar adecuado, el único que Massachusetts
ofrece a sus espíritus más libres y menos sumisos, son sus prisiones; se les
encarcela y se les aparta del Estado por acción de éste, del mismo modo que
ellos habían hecho ya por sus principios. Ahí es donde el esclavo negro
fugitivo y el prisionero mejicano en libertad condicional y el indio que viene
a interceder por los daños infligidos a su raza deberían encontrarlos; en ese
lugar separado, pero más libre y honorable, donde el Estado sitúa a los que no
están con él sino contra él: ésta es la única casa, en un Estado con esclavos,
donde el hombre libre puede permanecer con honor. Si alguien piensa que su
influencia se perdería allí, que sus voces dejarían de afligir el oído del
Estado, y que ya no serían un enemigo dentro de sus murallas, no saben cuánto
más fuerte es la verdad que el error, cuanto más elocuente y eficiente puede
ser combatir la injusticia cuando se ha sufrido en propia carne. Deposita todo
tu voto, no sólo una papeleta, sino toda tu influencia. Una minoría no tiene
ningún poder mientras se aviene a la voluntad de la mayoría: en ese caso ni
siquiera es una minoría. Pero cuando se opone con todas sus fuerzas es
imparable. Si las alternativas son encerrar a los justos en prisión o renunciar
a la guerra y a la esclavitud, el Estado no dudará cuál elegir. Si mil hombres
dejaran de pagar sus impuestos este año, tal medida no sería - ni violenta ni
cruel, mientras que si los pagan, se capacita al Estado para cometer actos de
violencia y derramar la sangre de los inocentes. Esta es la definición de una
revolución pacífica, si tal es posible (Esta formulación ha inspirado luego
movimientos de resistencia pacífica activa, o de desobediencia civil, algunos
de cuyos exponentes más representativos fueron Gandhi, por supuesto, y Martin
Luther King.). Si el recaudador de impuestos o cualquier otro funcionario
público me preguntara -como así ha sucedido- pero, ¿que debo hacer?», mi
respuesta sería: ,Si de verdad deseas colaborar, renuncia al cargo». Una vez
que el súbdito ha retirado su lealtad y el funcionario ha renunciado a su
cargo, la revolución está conseguida. Incluso aunque haya derramamiento de
sangre. ¿Acaso no hay un tipo de derramamiento de sangre cuando se hiere la
conciencia? Por esa herida se vierten la auténtica humanidad e inmortalidad del
hombre y su hemorragia le ocasiona una muerte interminable. Ya veo correr esos
ríos de sangre.
Me he
referido al encarcelamiento del objetor y no a la incautación de sus bienes,
aunque ambos cumplen los mismos fines, porque aquellos que afirman la justicia
más limpia y, por tanto, los más peligrosos para un Estado corrompido, no
suelen haber dedicado mucho tiempo a acumular riquezas. A estos tales el Estado
les presta un servicio relativamente pequeño, y el mínimo impuesto suele
parecerles exagerado en especial si se ven obligados a ganarlo con el sudor de
su frente. Si hubiera alguien que viviera sin hacer uso del dinero en absoluto,
el Estado mismo dudaría en reclamárselo. Pero los ricos (y no se trata de
comparaciones odiosas) están siempre vendidos a la institución que les hace
ricos. Hablando en términos absolutos, a mayor riqueza, menos virtud; porque el
dinero vincula al hombre con sus bienes y le permite conseguirlos y, desde
luego, la obtención de ese dinero en sí mismo no constituye ninguna gran
virtud. El dinero acalla muchas preguntas que de otra manera tendría que
contestar, mientras que la única nueva que se le plantea es la difícil pero
superflua de cómo gastarlo. De este modo, sus principios morales se derrumban a
sus pies. Las oportunidades de una vida plena disminuyen en la misma proporción
en que se incrementan lo que se ha dado en llamar los «medios de fortuna. Lo
mejor que el rico puede hacer en favor de su cultura es procurar llevar a cabo
aquellos planes en que pensaba cuando era pobre. Cristo respondió a los
fariseos en una situación semejante: «Mostradme la moneda del tributo» dijo y
uno sacó un céntimo del bolsillo. Si usáis moneda que lleva la efigie del César
y él la ha valorado y hecho circular, y si sois ciudadanos del Estado y
disfrutáis con agrado de las ventajas del gobierno del Cesar, entonces devolved
algo de lo suyo cuando os lo reclame: Dad al Cesar lo que es del Cesar y a Dios
lo que es de Dios(Evangelio según Mateo, cap. 22, versículos 16-21.). Y se
quedaron como estaban sin saber qué era de quién, porque no querían saberlo.
Cuando
hablo con el más independiente de mis conciudadanos, me doy cuenta de que diga
lo que diga acerca de la magnitud y seriedad del problema, y su interés por la
tranquilidad pública, en última instancia no puede prescindir del gobierno
actual y teme las consecuencias que la desobediencia pudiera acarrear a sus
bienes y a su familia. Por mi parte no me gustaría pensar que algún día voy a
depender de la protección del Estado. Si rechazo la autoridad del Estado cuando
me presenta la factura de los impuestos, pronto se apoderará de lo mío y
gastará mis bienes y nos hostigará interminablemente a mí y a mis hijos. Esto
es duro. Esto hace que al hombre le sea imposible vivir con honradez y al mismo
tiempo con comodidad en la vida material. No merece la pena acumular bienes;
con toda seguridad se los volverían a llevar; es mejor emplearse o establecerse
en alguna granja y cultivar una pequeña cosecha y consumirla cuanto antes. Se
debe vivir independientemente sin depender más que de uno mismo, siempre
dispuesto y preparado para volver a empezar y sin implicarse en muchos
negocios. Un hombre puede enriquecerse hasta en Turquía si se comporta en todos
los aspectos como un buen súbdito del gobierno turco. Decía Confucio: SI un
Estado se gobierna siguiendo los dictados de la razón, la pobreza y la miseria
provocan la vergüenza; si un Estado no se gobierna siguiendo la razón, las
riquezas y los honores provocan la vergüenza». No: mientras no necesite que
Massachusetts me socorra en algún lejano puerto del Sur, donde mi libertad se
halle en peligro, o mientras me dedique únicamente a adquirir una granja por
medios pacíficos en mi propio país, podré permitirme el lujo de negarle lealtad
a Massachusetts y su derecho sobre mi vida y mis bienes. Además, me cuesta
menos trabajo desobedecer al Estado, que obedecerle. Si hiciera esto último, me
sentiría menos digno.
Hace
algunos años, el Estado me instó en nombre de la Iglesia a que pagara cierta
suma para mantener al clérigo a cuyos oficios solía asistir mi padre, aunque no
yo. Paga» -se me dijo- «o serás encarcelado». Me negué a pagar pero
lamentablemente otro decidió hacer el pago por mí. No veía por qué el maestro
tenía que contribuir con sus impuestos al sustento del clérigo y no el clérigo
al del maestro; dado que además yo no era maestro del Estado y me mantenía
gracias a una suscripción popular. No veía por qué la escuela carecía del
derecho a recibir impuestos del Estado, mientras que la Iglesia sí lo tenía. De
todos modos, ante el requerimiento de los concejales, me avine a redactar una
declaración en los siguientes términos: «Sepan todos por la presente, que yo,
Henry Thoreau, no deseo ser considerado miembro de ninguna sociedad legalmente
constituida en la que no me haya inscrito personalmente». La entregué al
alguacil y él la tiene. El Estado sabiendo de este modo que no deseaba ser
considerado miembro de esa Iglesia, no ha vuelto a reclamarme aquel impuesto,
aunque mantuvo su exigencia inicial por aquella sola vez. Si hubiera sabido
entonces cómo denominarlas me habría borrado una por una de todas las
sociedades de las que jamás me hice ,miembro, pero no sabía dónde conseguir una
lista completa.
No he
pagado «los impuestos sobre los votantes» desde hace seis años. Por ello me
encarcelaron una vez, durante una noche, y mientras contemplaba los muros de
piedra sólida de 60 u 80 cms. de espesor, la puerta de hierro y madera de 30
cms. de grosor y la reja de hierro que filtraba la luz, no pude por menos que
sentirme impresionado por la estupidez de aquella institución que me trataba
como si fuera mera carne, sangre y huesos que encerrar. Me admiraba que alguien
pudiera concluir que ése era el mejor uso que se podría hacer de mí, y no
hubieran pensado en beneficiarse de mis servicios de algún otro modo. Me
parecía que si un muro de piedra me separaba de mis conciudadanos, aún habría
otro más dificil de rebasar o perforar para que ellos consiguieran ser tan
libres como yo. No me sentí confinado ni un solo instante, y los muros se me
antojaban enormes derroches de piedra y cemento. Me sentía como si yo hubiera
sido el único ciudadano que había pagado mis impuestos. Sencillamente no sabían
cómo tratarme y se comportaban como personas inadecuadas. Lo mismo cuando
alababan que cuando amenazaban cometían una estupidez, ya que pensaban que mi
deseo era saltar al otro lado del muro. No podía hacer otra cosa que sonreír al
ver con qué esfuerzo me cerraban la puerta, mientras mis pensamientos les
seguían fuera de allí sin obstáculo ni impedimento, cuando eran ellos los
únicos peligrosos. Como no podían llegar a mi alma, habían decidido castigar mi
cuerpo como hacen los niños que, cuando no pueden
alcanzar
a la persona que les fastidia, maltratan a su perro. Yo veía al Estado como a
un necio, como a una mujer solitaria que temiese por sus cubiertos de plata y
que no supiese distinguir a sus amigos de sus enemigos. Perdí todo el respeto
que aún le tenía y me compadecí de él.
El Estado
nunca se enfrenta voluntariamente con la conciencia intelectual o moral de un
hombre sino con su cuerpo, con sus sentidos. No se arma de honradez o de
inteligencia sino que recurre a la simple fuerza ]fisica. Yo no he nacido para
ser violentado. Seguiré mi propio camino. Veremos quién es el más fuerte. ¿Qué
fuerza tiene la multitud? Sólo pueden obligarme aquellos que obedecen a una ley
superior a la mía. Me obligan a ser como ellos. Yo no oigo que a los hombres
les obliguen a vivir de tal o cual manera las masas. ¿Qué vida sería esa?
Cuando veo que un gobierno me dice: «La bolsa o la vida», ¿por qué voy a
apresurarme a darle mi dinero? Puede que se halle en grandes aprietos y no sepa
qué hacer: yo no puedo hacer nada por él: Debe salvarse a sí mismo, como hago
yo. No merece la pena lloriquear. Yo no soy el responsable del buen
funcionamiento de la máquina de la sociedad. Yo no soy el hijo del maquinista.
Observo que cuando una bellota y una castaña caen al lado, una no permanece
inerte para dejar espacio a la otra, sino que ambas obedecen sus propias leyes
y brotan y crecen y florecen lo mejor que pueden, hasta que una acaso
ensombrece y destruye a la otra. Si una planta no puede vivir de acuerdo con su
naturaleza muere, y lo mismo le ocurre al hombre.
La noche
en prisión fue una novedad interesante. Cuando entré, los presos en mangas de
camisa disfrutaban charlando y tomando el fresco de la tarde en la puerta. Pero
el carcelero dijo: ,¡Vamos, muchachos, es hora de cerrar!», Y todos se
dispersaron y oí el sonido de sus pasos volviendo a los oscuros aposentos. El
carcelero me presentó a mi compañero de celda como un «individuo inteligente y
de buen natural». Cuando cerraron la puerta me ensefíó donde podía colgar el
sombrero y cómo se las arreglaba uno allí dentro.
Blanqueaban
las celdas una vez al mes y ésta, si no las demás, era la habitación más
blanca, más sencillamente amueblada y probablemente más limpia de toda la
ciudad. Mi compañero se interesó inmediatamente por mí: quería saber de dónde
era y qué me había traído aquí, y cuando se lo dije le pregunté a su vez cómo
había venido él, dando por supuesto que se trataba de un hombre honrado, y tal
como está el mundo, creo que lo era. Pues» -dijo- me acusan de incendiar un
granero, pero no lo hice». Según pude averiguar, probablemente había ido a
dormir la borrachera a un granero y al fumar allí su pipa, el granero se
incendió. Tenía fama de hombre listo, llevaba tres meses esperando el juicio y
tendría que esperar otro tanto aún; pero se había adaptado y aceptaba su
situación puesto que le mantenían gratis y le trataban bien.
El
ocupaba una ventana y yo la otra, y me di cuenta de que si uno permanecía allí
mucho tiempo su quehacer principal consistiría en mirar por la ventana. Muy
pronto había leído todos los panfletos que se habían ido dejando allí y
examinando por dónde se habían escapado otros presos y dónde habían aserrado
una reja y también conocí anécdotas de varios ocupantes de aquella celda.
Descubrí que incluso había una historia y unos chismes que jamás salían de los
muros de la prisión. Probablemente sea ésta la única casa en la ciudad donde se
componen versos que luego se copian aunque no lleguen a publicarse. Me
enseñaron una larga lista de versos compuestos por varios jóvenes a los que
habían descubierto en plena huida, y los cantaban para vengarse.
Le saqué
a mi compañero de celda toda la información que pude temiendo no volver a verlo
nunca más; pero finalmente me indicó cuál era mi cama y se alejó para apagar la
lámpara.
Pernoctar
allí esa noche fue como viajar a un país que jamás hubiera imaginado conocer.
Me parecía que nunca antes había oído las campanadas del reloj del
Ayuntamiento, ni los ruidos de la noche en la ciudad y es que dormíamos con las
ventanas abiertas por dentro de la reja. Era como contemplar mi ciudad natal a
la luz de la Edad Media y nuestro Concord convertido en el Rin, con visiones de
caballeros y castillos desfilando ante mí. Eran las voces de mis vecinos en las
calles lo que yo oía. Me convertí en un espectador y oyente involuntario de lo
que sucede en la cocina de la posada contigua, una experiencia totalmente nueva
y extraña para mí. Me proporcionó un conocimiento de primera mano de mi ciudad
natal. Estaba absolutamente dentro de ella. Nunca hasta entonces había visto
sus instituciones. Esta es una de sus instituciones más peculiares, pues se
trata de una cabeza de partido. Empezaba a comprender de verdad a sus
habitantes.
Por la
mañana nos pasaron el desayuno por una abertura en la puerta en pequeñas latas
ovaladas hechas a la medida que contenían medio litro de chocolate con pan
moreno y una cuchara de hierro. Cuando volvieron para recoger los cacharros caí
en la novatada de devolver el pan que me había sobrado, pero mi compañero lo
agarró y me dijo que debía guardarlo para la comida o la cena. Enseguida le
dejaron salir para acudir a su trabajo de recogida de heno en un campo cercano
al que iba cada día y del que no volvía hasta el mediodía; por tanto se
despidió diciendo que no sabía si nos volveríamos a ver.
Cuando
salí de la prisión (pues alguien intervino en mis asuntos y pagó el impuesto)
no observé que se hubieran producido grandes cambios en la gente, como le
hubiese sucedido al que se marchase de joven y volviese hecho un viejo
tembloroso y lleno de canas. Sin embargo si aprecié un cierto cambio en la
escena: en la ciudad, en el Estado y en el país; un cambio mayor que el debido
al mero paso del tiempo. El Estado en el que vivía se me presentaba con mayor
nitidez. Ví hasta qué punto podía confiar como vecinos o amigos en la gente con
la que vivía, que su amistad era de poco fiar, que no se proponían hacer el
bien. Eran de una raza distinta a la mia por sus prejuicios y supersticiones,
como los chinos y los malayos que, en sus sacrificios a la humanidad, no corren
riesgo alguno ni tampoco sus bienes. Después de todo, no eran tan nobles y
trataban al ladrón como les había tratado a ellos; y esperaban salvar sus almas
mediante la observancia de ciertas costumbres y unas cuantas oraciones y
caminando de vez en cuando por senderos rectos pero inútiles. Puede que esta
crítica a mis vecinos parezca severa, puesto que muchos de ellos no saben que
existe una institución como la cárcel en su ciudad.
Antes era
costumbre en nuestra ciudad que, cuando un deudor pobre salía de la carcel, sus
conocidos le saludarán mirando a través de los dedos cruzados, para representar
las rejas de la cárcel: «¿Qué tal?». Mis vecinos no hicieron eso sino que
primero me miraron a mí y luego se miraron unos a otros, como si hubiera vuelto
de un largo viaje. Me prendieron cuando iba al zapatero a recoger un zapato que
me habían arreglado. Cuando me soltaron, a la mañana siguiente, procedí a
finalizar mi recado y tras ponerme el zapato arreglado, me uní a un grupo que
iba a recoger bayas y que me esperaban para que les hiciese de guía, y en media
hora (pues aparejé el caballo con rapidez) estaba en medio de un campo de
bayas, en una de nuestras colinas más altas, a 3 kms de distancia, y alli no se
veía al Estado por ningún lado. Esta es la historia completa de «Mis
Prisiones».
Nunca me
he negado a pagar el impuesto de carreteras porque tan deseoso estoy de ser un
buen vecino, como de ser un mal súbdito; y respecto del mantenimiento de las
escuelas, estoy contribuyendo ahora a la educación de mis compatriotas. No me
niego a pagar los impuestos por ninguna razón en concreto; simplemente deseo
negarle mi lealtad al Estado, retirarme y mantenerme al margen. Aunque pudiera
saberlo, no me importaría conocer el destino de mi dinero, hasta que se
comprara con él a un hombre o a un mosquetón para matar -el dinero es inocente-
pero me interesaría conocer las consecuencias que tendría mi lealtad. A mi
modo, en silencio, le declaro la guerra al Estado, aunque todavía haré todo el
uso de él y le sacaré todo el provecho que pueda, como suele hacerse en estos
casos.
Si otros,
por simpatía con el Estado, pagan los impuestos que yo me niego a pagar, están
haciendo lo que antes hicieron por sí mismos, o por mejor decir, están llevando
la injusticia más allá todavía de lo que exige el Estado. Si los pagan por un
equivocado interés en la persona afectada, para preservar sus bienes o evitar
que vaya a la cárcel, es porque no han considerado con sensatez hasta qué punto
sus sentimientos personales interfieren con el bien público.
Esta,
pues, es mi postura en estos momentos. Pero en tales casos hay que estar muy en
guardia para evitar actuar llevado por la obstinación o por un indebido respeto
a la opinión del prójimo. Lo que hay que comprender es que actuando así se está
haciendo lo que uno debe y lo que corresponde a ese Momento.
A veces
pienso que estas gentes tienen buenas intenciones pero son ignorantes; serían
mejores si entendieran todo esto. ¿Por qué obligar a tu vecino al esfuerzo de
tratarte en contra de sus propias inclinaciones? Sin embargo, yo creo que ésta
no es razón suficiente para que yo les imite o para que permita que otros
sufran otras calamidades mucho mayores.
A veces
me digo a mí mismo: cuando muchos millones de hombres sin odio, sin mala
voluntad, sin sentimientos personales de ningún tipo, os piden unas pocas
monedas, y no existe la posibilidad -según su propia constitución- de retirar o
alterar tal demanda, ni la posibilidad, por tu parte, de ayudar a otros
millones, ¿por qué te tendrías que exponer a esta aplastante fuerza bruta? Tú
no te resistes con esa obstinación al frío y al hambre, al viento y a las olas;
sino que te sometes resignadamente a esas y a otras muchas penalidades
similares. No metes la cabeza en el fuego innecesariamente. Pero exactamente en
la misma proporción en que considero que esta no es completamente una fuerza
bruta, sino que es en parte una fuerza humana, y creo que tengo relaciones con
esos millones, que son relaciones con millones de hombres, y no con simples
animales o cosas inanimadas, veo que la apelación es posible, en primer lugar,
y de modo inmediato, de ellos hacia su Creador; y en segundo lugar de ellos
hacia sí mismos. Pero si deliberadamente meto la cabeza en el fuego, no hay
apelación posible ni al fuego ni al Creador del fuego, y yo sólo sería
responsable de las consecuencias. Si me pudiese convencer a mí mismo de que
tengo el más mínimo derecho a sentirme satisfecho de los hombres tal como son,
y tratarlos en consecuencia, y no, en cierto sentido, según mi convicción y mi
esperanza de cómo ellos y yo deberíamos ser, entonces, como un buen Musulmán y
fatalista me las arreglaría para quedarme tranquilo con las cosas tal como son,
y diría que se trataba de la voluntad de Dios. Y, sobre todo, hay una
diferencia entre resistir a esto y a una mera fuerza animal o natural: al
resistir a esto consigo algún efecto; pero no puedo esperar cambiar, como Orfeo
(Orfeo, hijo de Calíope ,la más elevada en dignidad de las nueve Musas. Orfeo
es el cantor por excelencia, el músico y el poeta. Toca la lira y la cítara.),
la naturaleza de las rocas, los árboles y las bestias.
No tengo
interés en discutir con ningún hombre o nación. No deseo ser puntilloso y
establecer distinciones sutiles; ni tampoco quiero presentarme como el mejor de
mis conciudanos. Lo que yo busco, en cambio, es una excusa para dar mi
conformidad a las leyes de este país. Estoy totalmente dispuesto a someterme a
ellas. De hecho, siempre tengo razones para dudar de mi postura y cada año,
cuando pasa el recaudador de impuestos, me dispongo a revisar las leyes y la
situación de ambos gobiernos, el federal y el del Estado, así como la opinión
del pueblo en busca de un pretexto para dar esa conformidad.
Debemos
interesarnos por nuestro país como si fuera nuestro padre y si en algún momento
nos negamos a honrarle con nuestro amor o nuestro esfuerzo, debemos, sin
embargo, respetarle y educar al alma en cuestiones de conciencia y religión, y
no en deseos de poder ni de beneficio propio.
Creo que
el Estado podrá evitarme pronto toda esta preocupación, y entonces no seré más
patriota que mís convecinos. Desde cierto punto de vista, la Constitución, con
todos sus fallos, es muy buena; las leyes y los tribunales son muy respetables,
incluso el gobierno federal y el de este Estado son, en muchos sentidos,
admirables y originales; algo por lo que debemos estar agradecidos, tal como
mucha gente los ha descrito. Pero si elevamos un poco nuestro punto de vista,
en realidad no serían más que como los he descrito yo, y si nos elevamos aún
más, ¿quién sabe lo que son o si merece la pena observarlos o pensar en ellos?
De todos
modos, el gobierno no es algo que me preocupe demasiado, y voy a pensar muy
poco en él. No son muchas las ocasiones en que me afecta directamente, ni
siquiera en este mundo en que vivimos. Si un hombre piensa con libertad, sueña
con libertad e imagina con libertad, nunca le va a parecer que es aquello que
no es, y ni los gobernantes ni los reformadores ineptos podrán en realidad
coaccionarse.
Sé que la
mayoría de los hombres piensan de distinto modo, pero son aquellos que se
dedican profesionalmente al estudio de estos temas u otros semejantes, los que
más me preocupan; los estadistas y legisladores, que se hallan tan plenamente
integrados en las instituciones que jamás las pueden contemplar con actitud
clara y crítica. Hablan de cambiar a la sociedad, pero no se sienten cómodos
fuera de ella. Puede que se trate de hombres de cierta experiencia y criterio,
y, sin lugar a dudas, han inventado soluciones ingeniosas e incluso útiles, por
lo que sinceramente les damos las gracias; pero todo su talento y su utilidad
se encuentran dentro de límites muy reducidos. Suelen olvidar que al mundo no
lo gobiernan ni la política ni la conveniencia. Webster (Daniel Webster
(1782-1852), destacado político americano de mediado el siglo XIX.) jamás ve
más allá del gobierno y por tanto no puede hablar de él con autoridad. Sus
palabras las consideran válidas aquellos legisladores que no contemplan la
necesidad de una reforma social en el gobierno actual, pero a los inteligentes
y a los que legislan con idea de futuro les parece que ni siquiera vislumbra el
problema.
Conozco a
unos cuantos que con sus serenos y sabios argumentos sobre este tema pondrían
de manifiesto cuán limitada es la capacidad de Webster para la reflexión y la
apertura a nuevas ideas. Y, sin embargo, si lo comparamos con el pobre quehacer
de los reformistas y el aún más pobre ingenio y elocuencia de los políticos en
general, sus palabras resultarían ser las más sensatas y válidas, y damos las
gracias al Cielo porque existen. En comparación con los otros, él es siempre
fuerte, original y sobre todo práctico. Con todo, su mayor cualidad no es su
sabiduría sino su prudencia. Lo que el abogado llama verdad no es la auténtica
Verdad sino la coherencia o una conveniencia coherente. La Verdad está siempre
en armonía consigo misma y no se preocupa, al menos básicamente, de poner de
relieve la justicia que pueda ser consistente con el mal. Bien merece que le
llamen, como ha ocurrido, el Defensor de la Constitución. Los únicos golpes que
ha dado, han sido siempre defensivos. No es un líder sino un seguidor. Sus líderes
son los hombres del 87 (Se refiere a ¡os redactores de la Constitución que en
1887 aprobaron los Estados. Puesto que la esclavitud allí se acepta, que todo
quede como estaba.). Nunca me he esforzado -dice- «y nunca pienso esforzarme;
jamás he aprobado un esfuerzo, y no pienso hacerlo ahora, para alterar el
acuerdo original por el cual los diferentes Estados llegaron a constituirse en
la Unión (El 22 de diciembre de 1845, Webster pronunció un famoso discurso
sobre la admisión de Texas como Estado de la Unión. Estas frases proceden de
este documento.). Respecto del hecho de que la Constitución sancione la
existencia de la esclavitud, dice: «Dado que forma parte del contrato original,
dejémoslo como está». Pese a su especial agudeza y habilidad es incapaz de
extraer un hecho y sacarlo de sus meras aplicaciones políticas, para
contemplarlo de una manera exclusivamente intelectual (por ejemplo, lo que le
tocaría hacer a un hombre hoy en América, en relación con el problema de la
esclavitud) sino que más bien se aventura o se ve llevado a dar una respuesta
tan descabellada como la siguiente, mientras anuncia que habla en términos
absolutos y a título personal (y, ¿qué nuevo sistema de valores sociales
podríamos deducir de ahí?): El modo» -dice- «en que el gobierno de esos Estados
donde existe la esclavitud hayan de regularla, es asunto suyo, responsabilidad
suya ante sus electores, ante las leyes generales de lo que es apropiado, de la
humanidad y de la justicia y ante Dios. Las asociaciones que puedan formarse en
otros lugares surgidas de un sentimiento de humanidad o de otras causas, no
tienen nada que ver con esta cuestión. Nunca han recibido mi apoyo y nunca lo
tendrán».
Quienes
no conocen otras fuentes de verdad más puras, quienes no han seguido su curso
hasta sus orígenes, están, y con razón, del lado de la Biblia y la Constitución
y beben de ellas con reverencia y humildad. Pero aquellos que van más allá y
buscan el origen del agua que gotea sobre el lago o la charca, se ciñen los
lomos una vez más y siguen su peregrinación en busca del manantial.
No ha
habido en América ni un solo hombre con genio para legislar (En esto coinciden
otros observadores más recientes, algunos de ellos ilustres, sobre la mímesis
ideológica constante de los Estados Unidos, Santayana, por ejemplo, «un país
nuevo con mentalidad vieja», etc. Alguien ha preguntado: ¿Pero existe algún
pensador americano?). Son escasos en la historia del mundo. Hay centenares de
oradores, políticos y hombres elocuentes, pero el orador capaz de resolver los
acuciantes problemas de hoy, aún no ha abierto la boca. Nos gusta la elocuencia
por sí misma y no porque sea portadora de ninguna verdad o porque inspire
cierto heroísmo. Nuestros legisladores aún no han aprendido el valor relativo
que encierran el libre comercio y la libertad, la unión y la rectitud, para una
nación. Carecen de genio o talento para cuestiones relativamente sencillas,
como son los impuestos y las finanzas, el comercio, la industria y la
agricultura. Si nos dejáramos guiar por la ingeniosa verborrea de los
legisladores del Congreso, sin que la oportuna experiencia del pueblo y sus
protestas concretas les corrigieran, América pronto dejaría de conservar su
rango entre las naciones. El Nuevo Testamento se escribió hace mil ochocientos
años -aunque tal vez no debería referirme a ello- y, sin embargo, dónde está el
legislador con sabiduría y talento suficiente como para aprovechar la luz que
de él dimana y aplicarla sobre la ciencia legislativa?
La
autoridad del gobierno, aun aquella a la que estoy dispuesto a someterme -pues
obedeceré a los que saben y pueden hacer las cosas mejor que yo, y en ciertos
casos, hasta a los que ni saben ni pueden es todavía muy impura. Para ser
estrictamente usted habrá de contar con la aprobación y consenso de los
gobernados (Vuelve Thoreau a mencionar el pactismo y la voluntad de los
gobernados como única fuente legítima de validez para cualquier Gobierno. Como
ha quedado indicado un poco antes, esta fue una de las aportaciones originales
y hasta revolucionarias, de los Puritanos. Si bien en cuestiones doctrinales
resultaron ser dogmáticos y represores, en materia política en cambio sentaron
bases democratizadoras y progresistas). No puede ejercer rnás derecho sobre mi
persona y propiedad que el que yo le conceda. El progreso desde una monarquía
absoluta a otra limitada en su poder, y desde esta última hasta una democracia,
es un progreso hacia el verdadero respeto por el individuo. Incluso el filósofo
chino fue lo suficientemente sabio como para considerar que el individuo es la
base del imperio. ¿Una democracia, tal como la entendemos, es el último logro
posible en materia de gobierno? ¿No es posible dar un paso adelante tendente a
reconocer y organizar los derechos del hombre? Jamás habrá un Estado realmente
libre y culto hasta que no reconozca al individuo como un poder superior e
independiente, del que se deriven su propio poder y autoridad y le trate en
consecuencia. Me complazco imaginándome un Estado que por fin sea justo con
todos los hombres y trate a cada individuo con el respeto de un amigo. Que no
juzgue contrario a su propia estabilidad el que haya personas que vivan fuera
de él, sin interferir con él ni acogerse a él, tan sólo cumpliendo con sus
deberes de vecino y amigo. Un Estado que diera este fruto y permitiera a sus
ciudadanos desligarse de él al lograr la madurez, prepararía el camino para
otro Estado más perfecto y glorioso aún, el cual también imagino a veces, pero
todavía no he vislumbrado por ninguna parte.
LA
ESCLAVITUD EN MASSACHUSETTS
(Discurso
pronunciado el 4 de julio de 1854, en Framingham, en celebración
antiesclavista, con motivo de la Independencia de Estados Unidos. Publicado en
The Liberator, el semanario de William Lloyd Garrison el 21 de julio de ese
mismo año).
Recientemente
asistí a una reunión de los ciudadanos de Concord, con la intención, como otros
muchos, de poder hablar sobre el tema de la esclavitud en Massachusetts; pero
me sorprendió y a la vez me decepcionó descubrir que, lo que había congregado
allí a mis convecinos era el destino de Nebraska y no el de Massachusetts, con
lo cual mi discurso habría estado totalmente fuera de lugar. Yo creía que era
nuestra casa la que estaba ardiendo y no el campo; pero a pesar de que varios
ciudadanos de Massachusetts están ahora en prisión por intentar rescatar a un
esclavo de las garras del Estado (Antbony Burns. La historia de este
acontecimiento la relata Thoreau por extenso en su Diario. La acción tuvo lugar
el 25 mayo de 1854), ninguno de los oradores de esa asamblea expresó pesar
alguno, ni tan siquiera hubo referencias al tema. Lo único que parecia
preocuparles era la distribución de una tierra salvaje a miles de kilómetros de
distancia. Los habitantes de Concord no están preparados para vivir junto a uno
de sus puentes, pero hablan en cambio de asentarse en las tierras altas, al
otro lado del Río Yellowstone. Nuestros Buttricks y Davises y Hosmers están
batiéndose en retirada hacia allí, y temo que no van a dejar un Lexington
Common (Alusión a una escaramuza durante la guerra de la Independencia, en
Concord. Los nombres de las personas mencionadas son los de diversos «héroes
nacionales» muertos en esa acción bélica el 19 de abril de 1775) entre ellos y
el enemigo. No hay ni un solo esclavo en Nebraska, pero puede que haya un
millón de ellos en Massachusetts.
Los que
se han educado en la escuela de la política son incapaces una y otra vez de
enfrentarse a los hechos. Sus medidas lo son a medias, meros subterfugios.
Posponen la fecha del asentamiento indefinidamente y mientras tanto, la deuda
se incremento. Aunque la Ley de Esclavos Fugitivos no fue tema de discusión en
esa ocasión, mis conciudadanos decidieron por fin timidamente, en una reunión
posterior, según supe, que habiendo sido rechazado por uno de los partidos el
acuerdo de compromiso de 1820 ,por tanto..., la Ley de Esclavos Fugitivos de
1850 debe derogarse» (Henry Clay llevó adelante el compromiso de 1850. El punto
7º de dicho compromiso recomendaba que el Congreso aprobara una ley más eficaz
contra los esclavos fugitivos. Stephen A. Dougias le tomó el relevo a Clay en
la lucha en favor de ese compromiso. A mediados de septiembre todos los puntos
del compromiso, planteados en enero, fueron aprobados por el Congreso, incluida
esta nueva Ley de Esclavos Fugitivos que sustituía a la legislación de 1793). Pero
ésa no es la única razón por la que se debiera revocar una ley inicua. El hecho
al que se enfrenta el político es tan sólo que hay menos honor entre ladrones
del que se supone, y no al hecho de que sean ladrones.
Como no
tuve la posibilidad de expresar mis opiniones en esa asamblea, ¿me permitiréis
que lo haga aquí?
De nuevo
está sucediendo que el Palacio de Justicia de Boston está lleno de hombres
armados escoltando a un prisionero y juzgando a un HOMBRE, para saber si
realmente es un ESCLAVO. ¿Cree alguien que a la justicia o a Dios le interesa
la decisión que tome Mr. Loring (Edward G. Loring, Delegado del Gobierno
Federal en Massachusetts y ejecutor de la Ley de Esclavos Fugitivos, por lo que
al caso de Burns se refiere) que él esté sentado ahí decidiendo aún cuando esa
pregunta ya está decidida desde la eternidad, y el esclavo analfabeto y la
multitud que le rodea hace tiempo que han oído y aceptado la decisión, es
sencillamente ponerse en ridículo. Podemos sentirnos tentados a preguntar de
quién recibió su cargo, y quién es él para recibirlo, qué nuevos estatutos
obedece y qué precedentes tiene de autoridad. La existencia de tal árbitro es
una impertinencia. No le pedimos que tome una decisión, le exigimos que se vaya
( Insiste Thoreau de nuevo en su arraigadísima convicción, ya expresada en
otros escritos, sobre el papel del gobierno como servidor del pueblo, y no a la
inversa)..
Presto
atención a la voz de un Gobernador, Comandante en Jefe de las tropas de
Massachusetts. Oigo tan sólo el cri-cri de los grillos y el zumbido de los
insectos que llenan el aire del verano. La proeza del Gobernador consiste en
pasar revista a las tropas los días señalados. Le he visto a caballo,
descubierto, y escuchando las oraciones del capellán. Nunca más he visto a un
Gobernador. Creo que me las arreglaría bien sin ninguno. Si no sirve tan
siquiera para evitar que me secuestren, ¿qué otra utilidad importante puede
prestarme? Cuando más amenazada está la libertad, él permanece en la más
profunda oscuridad. Un distinguido sacerdote me dijo una vez que había elegido
la profesión del sacerdocio porque le permitía tener más tiempo libre para sus
aficiones literarias. Yo le recomendaría la profesión de Gobernador.
Hace tres
años cuando ocurrió la tragedia de Sims (Otro negro, también esclavo,
igualmente devuelto a sus amos. El hecho ocurrió el 12 de abril de 1851), yo me
dije: existe un funcionario, no un hombre, que es el Gobernador de
Massachusetts, ¿qué ha estado haciendo los últimos quince días? ¿Ha hecho todo
lo posible por mantenerse a cubierto durante este terremoto moral? Se me
antojaba que no se hubiera podido lograr mayor crítica ni lanzarle insulto más
mordaz que lo que ha sucedido, que nadie se dignara consultarle en aquella
crisis. Lo peor, y todo lo que he llegado a saber de él, es que no aprovechó
esa oportunidad para darse a conocer y ser apreciado. Al menos pudo haberse
sometido al peso de la fama. Todos parecían haber olvidado que existiera tal
hombre o tal cargo. Sin embargo no hay duda de que estaba luchando por ocupar
el sillón gubernamental. No era mi Gobernador. No me gobernaba a mí.
Pero por
fin, en ese caso, sí hemos oído al Gobernador. ¡Después de que él y el gobierno
de los Estados Unidos hubieran logrado con éxito robarle su libertad de por
vida a un pobre negro inocente, y tras arrancarle la más íntima semejanza con
su Creador, pronunció un discurso ante sus cómplices en una cena de
celebración!
He leído
una ley reciente de este Estado que penaliza al oficial de la «Commonwealth»
que ,detenga o ayude a... la detención», siempre dentro de sus límites, «de
cualquier persona que sea acusada de ser un esclavo fugitivo» '(La Commonwealth
de Massachusetts rechazó la ley de esclavos fugitivos, en su territorio, y
ordenó que no se detuviera a nadie bajo estos cargos. Pero en los casos en los
que se produjo conflicto entre la jurisdicción estatal y la federal,
naturalmente la fuerza bruta siempre estuvo de parte de los federales, y ella
prevaleció). También es sabido que la orden de libertad para arrancar al
fugitivo de la custodia del oficial federal, no puede cumplirse, por falta de
fuerza suficiente para ayudar al funcionario.
Yo
pensaba que el Gobernador era, de algún modo, el funcionario ejecutivo del
Estado, que esa era su función como Gobernador, procurar que las leyes del
Estado se cumplan; mientras que como hombre tendría cuidado, al hacerlo, de no
transgredir las leyes de la humanidad; pero cuando se requiere de él algún
servicio especial e importante, resulta ser un inútil, o peor que un inútil, y
permite que las leyes del Estado sean incumplidas. Tal vez yo no conozca cuáles
son los deberes del Gobernador, pero si ser Gobernador requiere someterse a
tanta ignominia irremediable, si consiste en poner un freno a mi propia
naturaleza, me cuidaré de no ser nunca gobernador de Massachusetts. No he
seguido leyendo las leyes de esta «Commonwealth. No constituyen una lectura beneficiosa.
No siempre dicen la verdad, y no siempre quieren decir lo que dicen. Lo único
que me preocupa saber es que la influencia y la autoridad de ese hombre estaban
de parte del amo y no del esclavo; de parte del culpable y no del inocente; de
la injusticia y no de la justicia. Ciertamente nunca he vísto al hombre del que
hablo, no sabía que era el Gobernador hasta que tuvo lugar este suceso. Oí
hablar de él y de Anthony Burns al mismo tiempo, y así, sin duda, oirá hablar
de él la mayoría. Estoy rnuy lejos de sentirme gobernado por él. No quiero
decir que vaya en detrimento suyo el que yo no hubiera sabido de él, tan sólo
lo afirmo. Lo peor que diré de él es que no demostró ser mejor que la mayoría
de sus electores. En mi opinión no estuvo a la altura de las circunstancias.
La
totalidad de las fuerzas armadas del Estado están ahora al servicio de un tal
Mr. Suttle (El Sr. Suttle, plantador de Virginia, era el arno de Anthony Burns.
A su servicio actuaron tropas y jueces que arrestaron, condenaron y devolvieron
a su dueño, «la propiedad» en litigio, el propio Burns), un dueño de esclavos
de Virginia, para posibilitarle la captura -de un hombre que considera de su
propiedad, ¡pero ningún soldado se ha ofrecido para evitar el secuestro de un
ciudadano de Massachusetts! ¿Para esto han servido todos estos soldados, toda
esta instrucción en los últimos setenta y nueve años? ¿Se han instruido sólo
para saquear Méjico y devolver a los fugitivos a sus amos?
Estas
últimas noches he oído el redoble de un tambor en nuestras calles. Todavía hay
hombres que ensayan, y ¿para qué? Con un pequeño esfuerzo podría perdonar el
cacareo de los gallos de pelea de Concord, porque tal vez no les hayan
derrotado esa mañana; pero nunca podría excusar este bang-bang de los que
«ensayan». Al esclavo lo entregó un hombre exactamente igual á, ésos, es decir,
un soldado de quien lo mejor que se puede decir es que es un idiota pero lleva
un uniforme que le hace parecer más importante.
Hace tres
años también, justo una semana después de que las autoridades de Boston se
reunieran para entregar a un hombre totalmente inocente a la esclavitud y
sabiendo ellos que era inocente, los habitantes de Concord tocaron las campanas
y dispararon los cañones para celebrar su libertad y la valentía y el amor a la
libertad de sus ascendientes que lucharon en el puente. Como si esos tres
millones hubieran luchado por el derecho a ser libres ellos, pero poder
esclavizar a otros tres millones. Ahora los hombres llevan una gorra de loco y
la llaman gorra de la libertad. Incluso juraría que hay algunos que si les
ataran a un poste de flagelación y no tuvieran libre más que una mano, la
usarían para tocar las campanas y disparar cañones celebrando su libertad. Así
sucedió que algunos de mis convecinos se tomaron la libertad de tocar y
disparar; ése era todo el alcance de su libertad, y cuando el sonido de las
campanas dejó de oírse, su libertad también se extinguió; cuando toda la
pólvora se hubo gastado, su libertad se desvaneció con el humo.
El chiste
sería inmejorable si los reclusos de las prisiones hicieran una suscripción
para la pólvora de esas salvas y contrataran a los carceleros para que tocaran
y dispararan, mientras que ellos disfrutaban observando a través de las rejas.
Esto es
lo que yo pensaba de mis vecinos.
Todos los
honrados e inteligentes habitantes de Concord, al oír esas campanas y esos
cañones, no pensarán con orgullo en los sucesos del 19 de abril de 1775, sino
en la vergüenza de los sucesos del 12 de abril de 1851 (Contraste entre el
significado de estas dos fechas: la primera, durante la guerra de la
Independencia, en Concord y alrededores, de carácter «glorioso». La segunda, al
servicio de la represión de la libertad, por la que antaño se había luchado).
Pero ahora tenemos medio enterrada esa vieja vergüenza bajo otra nueva.
Massachusetts
se sentó a esperar la decisión de Mr. Loring, como si eso pudiera afectar de
algún modo a su propio delito. Su crimen, el más funesto y llamativo de todos,
fue el de permitirle ser el árbitro en este caso. Era el proceso de
Massachusetts. Cada vez que el Estado de Massachusetts dudaba en dar la
libertad a este hombre, cada vez que dudaba en enmendar su propio crimen, se
estaba confesando culpable. El Comisario en este caso es Dios, no Edward G.
God, sino únicamente DIOS.
Me
gustaría que mis compatriotas consideraran que cualquiera que sea la ley
humana, ni un individuo ni una nación pueden cometer el menor acto de
injusticia contra el hombre más insignificante, sin recibir por ello un
castigo. Un gobierno que comete injusticias deliberadamente, y persiste en
ellas, a la larga se convertirá incluso en el hazmerreír del mundo.
Se han
dicho muchas cosas acerca de la esclavitud americana, pero yo creo que todavía
no somos conscientes de lo que realmente significa la esclavitud. Si yo
propusiera seriamente al Congreso que hiciera salchichas de la humanidad, no
dudo que la mayoría de los miembros se sonreirían ante mi propuesta, y si
alguno creyera que lo decía en serio, pensaría que estaba proponiendo algo
mucho peor de lo que el Congreso haya hecho nunca. Pero si alguien me dijera
que hacer salchichas de un hombre es mucho peor, o es absolutamente peor que
convertirlo en un esclavo -que aprobar la Ley de Esclavos Fugitivos- le
acusaría de necedad, de incapacidad intelectual, de hacer distinciones sin
haber diferencias. Una y otra son propuestas igualmente sensatas.
Oigo que
se habla mucho de pisotear esta ley. No se precisa ningún esfuerzo para
hacerlo. Esta ley no se eleva a la altura de la cabeza o de la razón, su
hábitat natural es la inmundicia. Nació y se crió y tiene su vida en el polvo y
el lodo, a la altura de los pies, y el que camina con libertad y no evita con
misericordia hindú pisar cada reptil venenoso, la pisará sin remedio y la
aplastará bajo su pie a ella y a Webster (A Webster se le consideraba en
Massachusetts como uno de los principales políticos responsables del compromiso
de 1850)., su autor, como si fuera un escarabajo y su bola.
Los
acontecimientos recientes serán muy válidos como crítica a nuestra
administración de justicia o mejor, como muestra de cuáles son los auténticos
recursos de la justicia dentro de una comunidad. Hemos llegado a una situación
en la que los amigos de la libertad, los amigos del esclavo, han temblado al
comprender que el destino de éste dependía de la decisión de los -tribunales
legales de la nación. Los hombres libres no confían en que se imparta justicia
en este caso; el juez puede decidir de un modo u otro: en el mejor de los casos
se trata de un mero accidente. Es evidente que ésa no es una autoridad
competente en un caso de tanta importancia. No es el momento de juzgar de
acuerdo con los precedentes, sino de establecer un precedente para el futuro
(Nuevo ataque de Thoreau a la alegada ,intangibilidad» de la Constitución). Yo
confiaría mucho más en la opinión del pueblo. Con su voto se conseguiría algo
de cierto valor, aunque no demasiado, pero de otro modo sólo tendréis, decida
lo que decida, el juicio equivocado de un individuo sin valor alguno.
En cierto
modo es fatal para los tribunales que la gente se vea obligada a obedecerlos.
No quiero pensar que los tribunales estén ahí para los procesos sencillos y
para los casos civiles tan sólo. Pensad qué pasaría si se dejara a la decisión
de un tribunal del país si más de tres millones de personas, en este caso la
sexta parte de la nación, tienen derecho a ser libres o no! Pero se ha confiado
a los llamados tribunales de justicia al Tribunal Supremo del país como, según
todos sabéis, éstos no reconocen otra autoridad más que la Constitución (Severa
crítica, esta vez contra la Magistratura, incluido el Tribunal Supremo, por su
irracional empeño en atenerse a la letra de la Constitución, y en convertir en
inmutable algo que debe servir al pueblo, sin subordinar los intereses del
pueblo a ese instrumento legal), decidieron que esos tres millones son esclavos
y continuarán siéndolo. Jueces como éstos son simplemente inspectores de
ganzúas y herramientas de criminal, cuya función consiste en decirle a éste si
están en buenas condiciones o no, y creen que ahí termina su responsabilidad.
Había un caso previo en el sumario que, como jueces designados por Dios, no
tenían ningún derecho a desestimar, caso que de haberse resuelto legítimamente,
les hubiera salvado de esta humillación. Se trataba del caso del propio
asesino.
La ley
nunca hará libres a los hombres, son los hombres los que deben hacer libre a la
ley. Los amantes de la ley y el orden cumplen la ley cuando el gobierno la
infringe.
Entre los
seres humanos, el juez cuyas palabras determinan el destino de un hombre en la
lejana eternidad, no es el que simplemente pronuncia el veredicto de la ley,
sino ése, quienquiera que sea, que por amor a la verdad y sin prejuicios
basados en costumbres o leyes humanas, pronuncia un juicio justo o una
sentencia respecto a ese hombre. Ese es el que le sentencia. El que sea capaz
de discernir la verdad, ha recibido sus poderes de manos de una fuente más alta
que la del más alto juez del mundo al que sólo le preocupa la ley. Se
constituye así en juez del juez
¡Resulta
extraño que tengamos necesidad de establecer verdades tan elementales!
Cada vez
estoy más convencido de que, para tratar de un problema público, es más
importante saber lo que opina el campo que lo que opina la ciudad. La ciudad no
piensa demasiado. En una cuestión moral, preferiría contar con la opinión de
Boxboro "(Utiliza Thoreau «Boxboro», como sinónimo de «un pueblecillo
cualquiera», o una pequeña comunidad en la que las decisiones se toman
democráticamente mediante asambleas de vecinos. Democracia directa) que con la
de Boston y Nueva York juntas. Cuando habla el primero siento como si alguien
hubiera hablado, como si la humanidad existiera todavía, y un ser razonable
hubiera hecho valer sus derechos; como si varios hombres sin prejuicios allá en
las colinas del país hubieran prestado atención al tema, y con unas palabras
sensatas hubieran redimido la reputación de la raza. Cuando en un pueblo
perdido, los granjeros organizan una asamblea especial para expresar su opinión
sobre algún asunto que está preocupando a esa zona, ése, creo yo, es el
verdadero y el más respetable congreso que se reúne en los Estados Unidos.
Es
evidente que hay, al menos que esta Commonwealth, dos partidos que son cada vez
más distintos: el partido de la ciudad y el partido del campo. Ya sé que el
campo es muy mezquino, pero me alegra saber que hay una leve diferencia a su
favor. Por ahora existen pocos medios si es que hay alguno por el cual se pueda
expresar esta gente. Los editoriales que leen, como las noticias, vienen de la
costa. Cultivemos el respeto mutuo entre nosotros, los habitantes del campo. No
traigamos de la ciudad nada más que nuestras ropas y nuestros víveres y, si
leemos las opiniones de la ciudad, consideremos también las nuestras.
Entre las
medidas a adoptar, yo sugeriría un serio y vigoroso ataque a la prensa (Al The
Liberator abolicionista, de Garrison, y al The Commonvi,ealth, también
antí-esclavista, la demás prensa honorable), como se acaba de hacer con mucho
éxito con la Iglesia. La Iglesia ha mejorado en pocos años pero la prensa, casi
sin excepción, está corrompida. Yo creo que en este país la prensa ejerce una
influencia mayor y más perniciosa que la Iglesia en su peor época. No somos un
pueblo religioso, pero sí somos una nación de políticos. No nos preocupa la
Biblia pero sí nos preocupan los periódicos. ¡En cualquier reunión de políticos
-como aquella de Concord la otra noche, por ejemplo- cuán impertinente
resultaría citar de la Biblia!, ¡qué apropiado citar de un periódico o de la
Constitución! El periódico es la Biblia que leemos cada mañana y cada tarde, de
pie y sentados, en coche o caminando. Es una Biblia que todo hombre lleva en el
bolsillo, que está sobre todas las mesas y los mostradores, y que el correo y
miles de agentes de publicidad están continuamente distribuyendo. Ese es, en
definitiva, el único libro que ha publicado América y que América lee. Así de
amplia es su influencia. El editor es un predicador al que mantenéis
voluntariamente. Vuestra contribución es normalmente de un céntimo al día y
alquilar un banco en su iglesia no cuesta nada. ¿Pero cuántos de estos
predicadores predican la verdad? Me hago eco del testimonio de muchos
extranjeros inteligentes y también de mis propias convicciones, cuando digo que
probablemente ningún país se gobernó jamás por una clase tan mezquina de
tiranos, con unas pocas excepciones, como los directores de la prensa periódica
de este país. Y como viven y mandan sólo por servilismo, y apelando a la peor y
no a la mejor naturaleza del hombre, la gente que los lee se iguala al perro
que vuelve a su vómito.
El
Liberator y el Commonwealth fueron, según mis noticias, los únicos periódicos
de Boston que hicieron oír su condena de la cobardía y la vileza puestas de
manifiesto por las autoridades de esa ciudad en 1851. Los otros periódicos,
casi sin excepción, al referirse y hablar de la Ley de Esclavos Fugitivos y de
la entrega del esclavo Sims, menospreciaron el sentido común del país. Y, por
lo general, hicieron tal cosa porque de ese modo confiaban procurarse la
aprobación de sus patronos, olvidando que un sentimiento mucho más sólido
prevalecía en alguna medida en el corazón de la Commonwealth. Me han dicho que
algunos han mejorado recientemente, pero todavia son eminentemente
contemporizadores. Esa es la reputación que han adquirido.
Pero, por
suerte, este predicador es más vulnerable al ataque del reformista que el
sacerdote cobarde. Los hombres libres de Nueva Inglaterra sólo tienen que
abstenerse de comprar y leer estas hojas, sólo tienen que guardar sus céntimos
para acabar rápidamente con una veintena de ellas. Una persona a la que aprecio
me dijo que había comprado el Citizen de Mitchell en el tranvía y luego lo
había tirado por la ventana. ¿Pero, no habría expresado su desprecio con más
firmeza si no lo hubiera comprado?
¿Son
americanos?, ¿son de Nueva Inglaterra?, ¿son habitantes de Lexlngton y Concord
y Framingham los que leen y mantienen al Post, Mail, Journal, Advertiser,
Courier y Times de Boston? ¿Son ésas las banderas de nuestra Unión? No soy
lector habitual de periódicos y puede que haya omitido el nombre del peor.
¿Conlleva
la esclavitud mayor servilismo del que exhiben algunos de estos periódicos?
¿Queda alguna basura que no hayan lamido ellos con su conducta ensuciándola aún
más con su propia baba? No sé si existe todavía el Herald de Boston, pero
recuerdo haberío visto por las calles cuando Sims fue atrapado. ¿No representó
bien su papel, no sirvió a su dueño con total fidelidad? ¿Cómo pudo doblegarse
hasta ese extremo? ¿Cómo puede un hombre inclinarse hasta más abajo del suelo,
poner sus extremidades a la altura de la cabeza, o convertir su cabeza en la
extremidad inferior? Cuando cogí este pa el con mis puños arremangados, oí el
gluglú de la cloaca discurrir por cada columna. Sentí que tenía en las manos un
papel sacado de la alcantarilla pública, una hoja del evangelio de la casa de
juego, de la taberna y del burdel, armonizando con el evangelio de la Bolsa de
los Comerciantes.
Las
mayoría de los habitantes del norte y del sur, este y oeste, no son hombres de
principios. Si votan, no envían hombres al Congreso con el fin de que sean
humanitarios, sino que mientras que sus hermanos y hermanas son azotados y
colgados por amar la libertad -y aquí debería aludir a lo que es, e implica la
libertad- lo que a ellos les preocupa es la mala administración de la madera,
el hierro, la piedra y el oro. Haz lo que quieras, oh Gobierno, con mi esposa e
hijos, mi madre y hermano, mi padre y hermana, yo obedeceré tus órdenes al pie
de la letra. Sin duda me dolerá que los lastimes, que los entregues a capataces
que los persigan con sabuesos o los azoten hasta la muerte, pero, de todos
modos, yo seguiré pacíficamente mi destino en esta hermosa tierra, hasta que
tal vez un día, cuando me haya puesto de luto por sus muertes, logre
persuadirte de que te moderes. Esta es la actitud, éstas son las palabras de
Massachusetts.
Antes de
tomar semejante actitud, no es necesario que os diga que yo tocaría algún
resorte, accionaría algún sistema para hacerlo explotar; pero como en el fondo
amo la vida, me alinearía con la luz y dejaría que la oscura tierra retumbara
bajo mis pies, y llamaría a mi madre y a mi hermano para que me siguieran.
Quisiera
recordarles a mis compatriotas que ante todo deben ser hombres, y americanos
después, cuando así convenga (Resulta muy lúcida la distinción de Thoreau entre
«patrioterismo» o «humanidad», y cuál de esos criterios debe prevalecer cuando
entren en conflicto). No importa lo valiosa que sea la ley para proteger las
propiedades e incluso para mantener unidos el cuerpo y el alma, si no nos
mantiene unidos a toda la humanidad.
Siento
decir que dudo mucho que haya un juez en Massachusetts dispuesto a renunciar a
su cargo y a ganarse la vida con honradez, cada vez que se le pide que dicte
sentencia siguiendo una ley contraria a la ley de Dios. Es obvio que en este
caso se ponen a la altura del soldado que descarga el mosquetón en cualquier
dirección que se le ordena. Son herramientas en la misma medida, y están a la
misma mezquina altura. En realidad no son más dignos de respeto porque sus amos
esclavicen sus mentes y sus conciencias en vez de sus cuerpos.
Los
jueces y los abogados -dentro de sus funciones, quiero decir- y todos los
hombres con responsabilidad, tratan este caso de un modo muy burdo e
incompetente. No consideran si la Ley de Esclavos Fugitivos es justa, sino
únicamente si es lo que ellos llaman constitucional. ¿Es la virtud
constitucional o lo es el vicio?, ¿es constitucional la justicia o la
injusticia? En cuestiones morales y vitales tan importantes como ésta, es igual
de impertinente preguntar si una ley es constitucional o no, que preguntar si
es o no beneficiosa. Siguen siendo los servidores de los peores hombres y no
los servidores de la humanidad. La cuestión es, no si tú o tu abuelo, hace
setenta años, llegasteis o no al acuerdo de servir al diablo, y si ese servicio
en cuestión ha finalizado ahora; lo que importa es si vas a servir a Dios de
una vez por todas -a pesar de tu propio pasado desleal o, el de tus
antecesores- obedeciendo a esa eterna y sólo ella justa CONSTITUCION, que El, y
no Jefferson o Adams, ha escrito en tu corazón.
La
consecuencia de todo esto es que si la mayoría vota al diablo para ser Dios, la
minoría vivirá y se comportará de acuerdo con ello y obedecerá al candidato
vencedor, confiando que un día u otro, tal vez por medio del voto de un
Parlamentario, puedan reinstaurar a Dios. Este es el más alto principio que
puedo
desear o imaginar para mis vecinos. Estos hombres actúan como si creyeran que
se pueden deslizar colina abajo y volver luego a deslizarse colina arriba. Esto
es lo conveniente, elegir el camino que ofrece menos resistencia a las piernas,
es decir, la cuesta abajo. Pero no sucede así cuando se trata de conseguir una
reforma justa: lo «cómodo» no está a nuestro alcance. No hay posibilidad de
deslizarse colina arriba. En moral los únicos deslizamientos son hacia abajo.
De este
modo estamos continuamente adorando a falsos ídolos, tanto a la escuela y al
Estado como a la Iglesia, y el séptimo día maldecimos a Dios de un extremo a
otro de la Unión (Otra muestra significativa de la «crítica de la religión»» o
de cierta religiosidad, que lleva a cabo Thoreau, cuando ésta queda manipulada
y desvirtuada por intereses ajenos en definitiva a ella misma. Thoreau podría
suscribir la famosa sentencia de la famosa novela, «no hay idea más útil para
los tiranos que la de Dios»).
¿Nunca
aprenderán los hombres que la política no es la honradez, y que jamás dictamina
como justo lo moral sino que simplemente se guía por lo que es útil? La
política elige al candidato presentado que invariablemente es el diablo y, ¿qué
derecho tienen sus electores de sorprenderse porque el diablo no se comporte
como un ángel de la luz? Lo que se necesita son hombres, no políticos, hombres
íntegros que reconozcan que existe una ley superior a la Constitución o a la
decisión de la mayoría (De nuevo reivindica Thoreau la intangibilidad de la
propia conciencia, frente a cualquier tipo de ley, por muy constitucional que
sea, o por muy refrendada por la mayoría que se alegue). El destino de un país
no depende de cómo se vote en las elecciones, el peor hombre vale tanto como el
mejor en este juego; no depende de la papeleta que 'introduzcas en las urnas
una vez al año, sino del hombre que echas de tu cuarto a la calle cada mañana.
Lo que
debería preocupar a Massachusetts no es la Ley de Nebraska o la Ley de Esclavos
Fugitivos sino su propia esclavitud y servilismo. Que este Estado disuelva su
unión con el dueño de esclavos. Puede que Massachusetts se inquiete y dude y
pida permiso para leer la Constitución una vez más, pero no puede encontrar una
ley respetable o un precedente que apoye la continuidad de esa unión en estas
circunstancias.
Que cada
habitante del Estado disuelva su unión con él mientras retrase el cumplimiento
de su deber.
Los
sucesos del mes pasado me enseñaron a desconfiar de la fama. No discrimina con
delicadeza sino que lanza hurras con grosería. No tiene en cuenta el simple
heroísmo de una acción más que en la medida en que va conectado con su
beneficio evidente.
¡Alaba
hasta la ronquera la fácil proeza de la «Boston tea party», (El 16 de diciembre
de 1773, en Boston, un grupo de hornbres, disfrazados de indios, y al mando de
un tal Sam Adams, tiraron al agua el cargamento de té en los buques allí
anclados. Este signo de protesta contra la política comercial de Inglaterra,
con respecto a las colonias americanas, más o menos una pequefia mascarada,
tuvo luego repercusiones importantes como detonante. Y se mitificó la acción,
para gloria de manuales de historia americana, y para beneficiosa ilustración
patriótica de escolares inocentes), pero en cambio calla el ataque heroico,
valiente y desinteresado al Palacio de Justicia de Boston, sólo porque resultó
fallido!
Rodeado
de desgracias, el Estado se ha sentado fríamente a enjuiciar las vidas y las
libertades de los hombres que intentaron cumplir con la obligación que le
correspondería a él. ¡Y a esto lo llaman justicia! Aquéllos que han demostrado
que pueden comportarse excepcionalmente, tal vez sean puestos entre rejas por
su buena conducta. Aquéllos que en honor a la verdad son ahora culpables, serán
inocentes de entre todos los demás habitantes del Estado. Mientras que el
Gobernador y el Alcalde e incontables oficiales de la Commonwealth están en
libertad, los campeones de la libertad están encarcelados.
Sólo
están libres de culpa los que cometen el delito de desacato a semejante
tribunal. A todo hombre le corresponde asegurarse de que su influencia está
puesta a favor de la justicia y dejar que los tribunales realicen sus propios
juicios. Mis simpatías en este caso están absolutamente de parte del acusado, y
absolutamente en contra de sus acusadores y jueces. La justicia es dulce y
musical, mientras que la injusticia es áspera y discordante. El juez sigue
sentado a su organillo dando a la manivela pero no se oye música, sólo olmos el
ruido de la manivela. El cree que toda la música reside en la manivela, y la
muchedumbre le tira monedas igual que siempre (No se puede por menos de
recordar, al leer esta comparación, un pasaje de la vida de Thoreau, casi al
final de su vida, casi moribundo ya. Lo relata Channing en Thoreau: The
poetnaturalist (8, 323). Oyó pasar por la calle a un organillero, se le
saltaron las lágrimas, y les pidió a sus acompañantes que le echaran unas
monedas por la ventana).
¿Creéis
que ese Massachusetts que está cometiendo semejantes atrocidades, que duda en
ensalzar a estos hombres, cuyos abogados e incluso jueces tal vez se verán
obligados a refugiarse en algún pobre subterfugio para que no sufra un
instintivo sentido de la justicia, es otra cosa que un infame y un servil?, ¿o
acaso creéis que es el campeón de la libertad?
Mostradme
un Estado libre y un auténtico tribunal de justicia y lucharé por ellos si es
necesario; pero si me mostráis a Massachusetts, le negaré mi lealtad y le
manifestaré mi desprecio por sus tribunales.
La meta
de un buen Gobierno es darle más valor a la vida; el de un mal gobierno,
restarle valor. Podemos permitirnos que el ferrocarril y todos los bienes
materiales pierdan algo de su valor, porque eso sólo nos obligaría a vivir con
mayor sobriedad y economía, pero ¡suponed que el valor de la propia vida se
devaluará! ¿Cómo vamos a exigir menos del hombre y de la naturaleza, cómo vivir
con mayor economía de virtud y de todas las cualidades honrosas? He vivido este
mes último -y creo que todo hombre de Massachusetts capaz de sentir patriotismo
debe haber tenido una experiencia similar- con la impresión de haber sufrido
una gran pérdida. Al principio no sabía qué era lo que me afligía. Por fin me
di cuenta de que había perdido mi patria (El «patriotismo» de Thoreau queda de
nuevo matizado en este pasaje). Nunca había respetado a mi gobierno, pero había
pensado estúpidamente que podría vivir aquí dedicado a mis asuntos privados y
olvidarme de él. Por mi parte, mis viejos y preciados propósitos han perdido no
sé cuánto atractivo, y siento que mi inversión de vida aquí vale un buen tanto
por ciento menos desde que Massachusetts entregó deliberadamente a un hombre
inocente, Anthony Burns, a la esclavitud. Antes vivía con la ilusión de que mi
vida transcurría en algún sitio entre el cielo y el infierno, pero ahora no
puedo convencerme de que no vivo completamente dentro del infierno. El espacio
ocupado por esta organización política llamada Massachusetts está por lo que se
refiere a la moral cubierta de escoria volcánica y ceniza, tal y como describe
Milton las regiones del infierno. Si existe algún infierno más falto de
principios que nuestros gobernantes y nosotros, los gobernados, siento
curiosidad por verlo. Al perder valor la vida, todo con ella, todo lo que contribuye
a vivir, pierde valor. Suponed que tenéis una pequeña biblioteca con cuadros
adornando las paredes y un jardin alrededor y os entregáis a empresas
científicas y literarias, y descubrís de repente que vuestra casa con todos sus
enseres está enclavada en el infierno , y que el juez de paz tiene pezuñas y
una cola bífida, ¿no es cierto que todas esas cosas perderán de repente valor a
vuestros ojos?
Tengo la
sensación de que de algún modo el Estado ha interferido negativamente en mis
legítimos asuntos. No sólo ha interrumpido mi paso por Court Street al ir de
compras, sino que me ha interrumpido a mí y a todos los hombres en nuestro
camino recto y ascendente cuando confiábamos dejar atrás Court Street muy
pronto. ¿Qué derecho tiene a recordarme Court Street? He encontrado hueco lo
que incluso yo creía que era tierra firme.
Me
sorprende ver que hay hombres que continúan con sus asuntos como si nada
hubiera pasado. Yo me digo: «¡Desgraciados!, no han recibido la noticia». Me
sorprende que el hombre que acabo de encontrar a caballo tuviera tanta prisa
por recuperar a sus vacas recién compradas que se le habían escapado, ya que
toda propiedad carece de seguridad, y si no vuelven a escaparse, tal vez se las
roben. ¡Necio! ¿No sabe que la semilla del maíz ha perdido valor este año, que
toda cosecha con beneficios fracasa al aproximarse el imperio del infierno?
Ningún hombre prudente construiría una casa de piedra en estas condiciones, ni
se embarcaría en una empresa científica que requiriera mucho tiempo. El arte
dura eternamente, pero la vida es más breve (Alusión al ars longa, vita brevis
de Hipócrates. La frase la tradujo ya Chaucer como «la vida es corta, el arte
necesario para aprender a vivirla es largo». Frecuentemente repetida en
multitud de ocasiones, una de ellas, sin irnos muy lejos, Antonio Machado en
CXXXVII, iv) y menos adaptable a los intereses propios del hombre. No es ésta
una época de tranquilidad. Hemos agotado toda la libertad que heredamos. Si
queremos salvar nuestras vidas, debemos luchar por ellas.
Voy
caminando hacia uno de nuestros estanques; pero, ¿qué significado tiene la
belleza de la naturaleza cuando los hombres son malvados? Nos aproximamos a los
lagos para ver nuestra serenidad reflejada en ellos; cuando no tenemos
serenidad, no vamos allí. ¿Quién puede estar sereno en un país cuando ambos,
gobernantes y gobernados carecen de principios? Al pensar en mi país se me
estropea el paseo. En mis pensamientos asesino al Estado e involuntariamente
tramo complots contra él.
Pero el
otro día acerté a oler un nenúfar y me di cuenta de que la estación que
ansiaba, acababa de llegar. El es el emblema de la pureza. Brota tan blanco y
hermoso a la vista y tiene tan buen aroma, que parece simbolizar la pureza y la
dulzura y, sin embargo, nace del légamo y del estiércol de la tierra. Arranqué
el primero que había brotado en una milla. ¡En la fragancia de esta flor se
confirman nuestros deseos! No voy a rendirme tan rápidamente ante el mundo,
opondré resistencia a la esclavitud, a la cobardía y a la falta de principios
de los hombres del Norte. Ella nos sugiere cuáles son las leyes que han
prevalecido más tiempo y en más países y aún prevalecen, de tal modo que
llegará el tiempo en que los actos del hombre despedirán la misma fragancia.
Así es el olor de esta planta. Si la naturaleza aún puede crear esa fragancia
cada año, yo creo que todavía es joven y está llena de vigor, que su integridad
y su fuerza creadora no tienen par y que hay virtud incluso en el hombre,
porque es capaz de percibirla y amarla. Esto me recuerda que la Naturaleza no
se ha asociado al Acuerdo de Missouri. No hay olor a acuerdo en la fragancia
del nenúfar. No es un Nymphoea Douglassii (Alusión, despectiva naturalmente, al
senador Stephen A. Dougias, de lilinois, ya mencionado en la nota 4. Político
de extraordinaria notoriedad que unos años más tarde iba a perder la nominación
de su Partido para la Presidencia de los Estados Unidos a manos de Abraham
Lincoln).. En él, lo dulce, puro e inocente están absolutamente separados de lo
obsceno y lo vil. No hay en él olor a la contemporizadora irresolución del
Gobernador de Massachusetts o la del Alcalde de Boston. Así sucede que el olor
de vuestros actos puede realzar la frescura general del ambiente, que cuando
contemplamos u olemos una flor, podemos no darnos cuenta de lo inconsistente de
nuestros actos en relación con ella, porque todos los olores no son sino una
forma de anunciar una cualidad moral, y si no se hubieran realizado buenas
acciones, el nenúfar no olería tan bien. El fétido légamo representa la pereza
y el vicio del hombre, la decadencia de la humanidad; la fragante flor que
crece de él representa la pureza y la valentía, que son inmortales.
APOLOGIA
DEL CAPITAN JOHN BROWN
(Discurso
pronunciado por primera vez en Concord, el 30 de octubre de 1859. El ataque al
arsenal de Harper's Ferry había tenido lugar el día 16 de ese mismo mes).
La
esclavitud y el servilismo no han dado lugar cada año a flores de suave
fragancia para hechizar los sentidos de los hombres, porque no tienen una vida
real; son tan sólo decadencia y muerte, ofensivos para todos los olfatos sanos.
No nos quejamos de que existan sino de que no los entierren; incluso ellos son
buenos como abono.
Confío en
que me perdonen por estar aquí. Preferiría no tener que forzarles a oír mis
ideas, pero creo que no tengo más remedio. A pesar de lo poco que sé del
Capitán Brown quisiera intervenir con el fin de corregir el tono y las
afirmaciones de los periódicos y de mis compatriotas en general, con respecto a
su carácter y a sus acciones. No nos cuesta nada ser justos. Al menos podemos
expresar nuestra simpatía y admiración por él y sus compañeros y eso es lo que
me propongo hacer.
Me
referiré primero a su historia. Procuraré omitir, dentro de lo posible, lo que
ustedes ya han leído. No es preciso que les describa su físico, ya que la
mayoría de ustedes probablemente lo han visto y no lo olvidarán en mucho
tiempo. He sabido que su abuelo, John Brown, era un oficial de la Revolución,
que él nació en Connecticut a principios de Siglo (Nació John Brown en
Torrington, Connecticut, en 1800) y que de muy joven se trasladó con su padre a
Ohio. Le oí decir que su padre era un contratista que suministraba carne al
ejército en la guerra de 1812 (Declarada por el Congreso el día 18 de junio de
1812, con tra Inglaterra, por razones básicamente comerciales. Terminó con la
Paz de Gante el 24 de diciembre de 1814. Con todo la denominada batalla de Nueva
Orleans tuvo lugar el 8 de enero de 1815: de ahí salió convertido en héroe
Andrew Jackson) que le acompañaba al campamento y le ayudaba en su trabajo, lo
cual le enseñó mucho de la vida militar -tal vez mucho más que si hubiera sido
soldado, porque siempre estaba presente en las reuniones de los oficiales-. Su
experiencia le enseñó sobre todo cómo se abastece y mantiene a los ejércitos en
el campo de batalla, un trabajo que, según su opinión, requiere tanta
experiencia y destreza como la propia estrategia de la lucha. Decía que son muy
pocas las personas que tienen conciencia del coste, incluso del coste
pecuniario que supone lanzar un solo cañonazo en la guerra. De este modo, vio
lo suficiente como para hacerle rechazar la vida militar e incluso le incitó a
aborrecerla hasta tal punto que aunque le tentó una oferta de un pequeño empleo
en el ejército, cuando tenía dieciocho años, no sólo lo rechazó sino que se
negó a hacer el servicio militar cuando le llamaron a filas, y le multaron por
ello. Entonces decidió que nunca tendría nada que ver con una guerra, a no ser
que fuera una guerra en favor de la libertad.
Cuando
empezaron las revueltas de Kansas (Como consecuencia del «Kansas-Nebraska Act»
de 1854 que permitía la esclavitud en aquellos territorios si la mayoría de los
habitantes así lo decidían, en contra de lo acordado en el compromiso de
Missouri de 1820), envió allí a varios de sus hijos para apoyar al partido de
los «Free State men» equipados con las armas que pudo conseguir y les dijo que
si los enfrentamientos se incrementaban y le necesitaban, se uniría a ellos
para socorrerlos con sus manos y sus consejos. Así lo hizo, como ya sabéis, y
fue su contribución más que la de ningún otro, la que llevó la libertad a
Kansas.
Durante
una época de su vida fue agrimensor y luego estuvo algún tiempo dedicado al
comercio de lana y viajó a Europa como agente de este negocio. Allí, como en
todas partes, se mantuvo alerta e hizo observaciones muy originales sobre todo
lo que vio. Decía, por ejemplo, que había visto por qué la tierra era tan
fértil en Inglaterra y en Alemania (creo recordar) tan pobre, y pensó en
escribir a algunos miembros de la realeza al respecto. La razón era que en
Inglaterra los campesinos vivían en las tierras que trabajaban, mientras que en
Alemania se les recogía de noche por distintos pueblos. Es una pena que no haya
escrito un libro con sus observaciones.
Debo
decir que fue ún hombre anticuado debido a su absoluto respeto a la
Constitución y a su fe en la estabilidad de esta Unlon. Consideró la esclavitud
como algo totalmente opuesto a ambas, y fue siempre su enemigo (Como se ve
reaparecen los dos viejos temas en litigio siempre, el de la integridad de la
Unión por una parte, y el de la intangibilidad de la Constitución por otra).
Fue un
campesino de Nueva Inglaterra por nacimiento y ascendencia hombre de gran
sentido común, decidido y práctico como los de su clase pero con esas
cualidades multiplicadas por diez. Fue como el mejor de los que se reunieron en
Concord Bridge, en Lexington Common y en Bunker Hill, (Gestas bélicas de la
Guerra de la Independencia o Revolución americana) pero más firme y de
principios más elevados que los de cualquier otro que hubiera estado allí. No
le convirtió ningún predicador de la abolición. Ethan Allen y Stark (Allen se
distinguió en Ticonderoga y Stark en Bunker Hill), con quienes se le compara en
ciertos aspectos, fueron luchadores en un campo mucho menos importante. Ellos
podían enfrentarse con valor a los enemigos de la patria, pero él tuvo el valor
de enfrentarse a su propia patria cuando actuaba erróneamente. Un escritor del
Oeste dice, al contar su huida de tantos peligros, que se ocultaba bajo un
«traje de campesino», como si en esas tierras de llanuras lo apropiado fuera
que un héroe se vistiera con un traje de ciudad.
No se
educó en una Universidad llamada Harvard, buena y antigua Alma Mater como es.
No se alimentó de la papilla que allí se elabora (Es conocida la poca simpatía
que Thoreau le mantuvo siempre a Harvard, no a pesar de haberse educado allí
sino quizá precisamente por ello. Esta actitud se la solía reprochar, como es
lógico, el maestro Emerson). Como él solía decir: No sé más gramática que uno
de vuestros terneros». Se educó en la gran Universidad del Oeste, donde
asiduamente acometió el estudio de la Libertad, por la cual había mostrado una
temprana afición. Y, tras obtener diversos diplomas, finalmente comenzó su
actividad pública de Humanidades en Cansas, como todos sabéis. Esas eran sus
humanidades y no el estudio de la gramática. Habría colocado un acento del
griego al revés pero ayudado a levantarse al hombre caído (Contraposición más
que significativa, no sólo aplicada a John Brown sino por lo que al propio
Thoreau se refería).
Pertenecía
a ese grupo del que se dicen muchas cosas pero del que la mayoría de las veces,
no sabemos nada en absoluto: los puritanos (No deja de tener sentido el
recuerdo al puritarismo, en este contexto, e inmediatamente después su alusión
a Cromwell. Ya por entonces se había comenzado a extender por Estados Unidos
una aversión al puritanismo, cuyo significado más profundo no se ha empezado a
reconocer y rescatar sino en épocas muy recientes. También en esto Thoreau sabe
detectar, con antelación, aquellos valores, con todos los aspectos negativos
que se quiera). Matarle sería inútil. Murió al final de la época de Cromwell,
pero reapareció aquí. ¿Por qué no? Se dice que algunos puritanos han venido
aquí y se han establecido en Nueva Inglaterra. Era un grupo que hacía algo más
que celebrar el día de la llegada a Plymouth de sus antepasados, y comer maíz
tostado en recuerdo de esa fecha. No eran ni Demócratas ni Republicanos sino
tan sólo hombres de costumbres sencillas, rectos y devotos; no confiaban en los
gobernantes que no temían a Dios, no hacían demasiadas concesiones y no se
dedicaban a la política (Sí se dedicaron a la política. Naturalmente, Thoreau
juega con el concepto: «,política» y «políticos» en su momento fueron términos,
para Thoreau, sinónimos de oportunismo, corrupción, abuso de poder, y
exhibicionismo papanatas. La paradoja de la frase de Thoreau queda clara).
«En su
campamento», como alguien ha escrito recientemente, y como yo mismo le he oído
afirmar «,no permitía la blasfemia, no toleraba la presencia de hombres de
moral dudosa, a no ser, por supuesto, como prisioneros de guerra. 'Preferiría'
-dijo- 'tener la viruela, la fiebre amarilla y el ccolera todos a la vez en mi
campamento, antes que un hombre sin principios... Es un error el que cometen
los nuestros cuando creen que los matones son los mejores combatientes o que
son los adecuados para enfrentarse a los del Sur. Dadme hombres de principios,
hombres temerosos de Dios, orgullosos de sí mismos y con una docena me
enfrentaré a otros cien de esos rufianes de Buford', (En mayo de 1856, un tal
Jefferson Buford asoló Kansas con una pandilla de facinerosos favorables a la
esclavitud). Dijo también que si se le presentaba un soldado bajo su mando que
alardeara de lo que haría o podría hacer en cuanto pusiera sus ojos sobre el
enemigo, depositaría muy poca confianza en él.
Jamás
pudo conseguir más de veinte reclutas que tuvieran su aprobación y sólo una
docena, entre ellos sus hijos, contaban con su plena confianza. Cuando estuvo
aquí hace varios años, mostró a unos cuantos un pequeño libro manuscrito -su
«libro de ordenanzas» creo que le llamaba- donde figuraban los nombres de los
miembros de su compañía en Kansas y las normas a las que se sometían todos, y
añadió que varios de ellos incluso las habían sellado con su sangre. Cuando
alguien le señaló que con la incorporación de un capellán se convertiría en una
tropa perfectamente Cromwelliana (Oliver Cromwell (1599-1658). Lider puritano
inglés que se hizo con el poder y se convirtió en Dictador entre 1653 y 1658.
También éste, un poco como John Brown, fue «mitad fraile, mitad soldado». Las
consecuencias de la combinación no siempre son demasiado satisfactorias),
contestó que le hubiera gustado contar con un capellán en la lista si hubiera
encontrado uno que fuera capaz de cumplir su misión satisfactoriamente. Es muy
fácil hallar uno que sirva en el ejército de los Estados Unidos. De todos
modos, en su campamento tenían oraciones de mañana y tarde, según creo.
Fue un
hombre de costumbres espartanas, y a los sesenta años era muy escrupuloso con
su dieta incluso fuera de casa, y se excusaba diciendo que debía comer
frugalmente y hacer mucho ejercicio, como corresponde al soldado o a cualquiera
que se prepare para empresas difíciles y lleve una vida arriesgada.
Hombre de
gran sentido común y de claridad de expresión y acción, un trascendentalista
ante todo. un hombre de ideas y de principios, eso era lo que más le
caracterizaba. Sin rendirse al capricho del impulso fugaz sino persiguiendo
toda su vida un mismo propósito. Me di cuenta de que nunca exageraba sino que
hablaba dentro de los limites de la razón. Recuerdo en especial, cómo en el
discurso que pronunció aquí, se refirió a lo mucho que su familia había sufrido
en Kansas, pero sin dar rienda suelta a su furia contenida. Era como un volcán
con la chimenea de una casa normal. Refiriéndose a los ataques de ciertos
rufianes de la frontera («Border Ruffians», en el original, pandillas de
hombres armados que cometían las tropelías que se les antojaban, atemorizando a
los antiesclavistas) dijo, cortando rápidamente su discurso, como un soldado
con experiencia que hace acopio de valor y de fuerza: «Tenían perfecto derecho
a ser colgados». Nunca fue un orador retórico, no hablaba con Buncombe o con
sus electores en ninguna ocasión, no necesitaba inventar nada, simplemente
decía la verdad y transmitía su propia firmeza; así es como conseguía parecer
incomparablemente fuerte y la elocuencia en el Congreso o en cualquier otra
parte tan sólo le hubiera restado valía.
Eran como
los discursos de Cromwell al lado de los de cualquier rey.
Por lo
que se refiere a su tacto y prudencia, tan sólo diré que en una época en que
nadie de los Estados Libres podía llegar a Kansas por un camino directo, por lo
menos sin que se le despojara de sus armas, él, equipado con rifles y otras
armas poco adecuadas que pudo conseguir, condujo un carro lentamente y sin
ninguna protección a través de Missouri, aparentando ser un agrimensor con su
teodolito bien a la vista, y así pasó sin sospechas y tuvo la oportunidad de
conocer la situación del enemigo. Continuó ejerciendo esta profesión algún
tiempo después de su llegada. Por ejemplo, cuando veía un grupo de enemigos en
el campo discutiendo por supuesto sobre el único tema que les obsesionaba
entonces, él cogía su brújula y con uno de sus hijos procedía a trazar una
línea imaginaria por el preciso lugar en que se estaba celebrando la reunión y
cuando se acercaba a ellos hacía una pausa con naturalidad y charlaba con ellos
para enterarse perfectamente de las últimas noticias y de todos sus planes.
Tras completar su estudio real recogía sus instrumentos y seguía con el
imaginario hasta que se perdía de vista.
Cuando
expresé mi sorpresa de que pudiera vivir en Kansas, donde habían puesto precio
a su cabeza y tenía tantos enemigos, incluyendo a las autoridades, él lo
explicaba diciendo: «Es perfectamente lógico que no me cojan». Durante varios
años pasó la mayor parte del tiempo oculto en las ciénagas, sufriendo una
absoluta pobreza y enfermo a causa de su vida a la intemperie, ayudado sólo por
los indios y unos pocos blancos. Pero aunque se supiera que estaba escondido en
una determinada ciénaga, sus enemigos no se atrevían a ir a buscarlo. Incluso
podía ir a cualquier ciudad donde hubiera más «Border Ruffians» que «Free State
men» y hacer algún recado sin entretenerse demasiado, y nadie le molestaba
porque, como él decía: «,un simple puñado de hombres no se atrevía a acometer
tal empresa y un grupo grande no se podía reunir a tiempo»
No
conocemos las razones de su reciente fracaso. Evidentemente no se trató de una
tentativa insensata y desesperada. Su enemigo, Mr. Vallandigham (Congresista
demócrata por Ohio. Por estas fechas ha cristalizado va en Estados Unidos el
sistema bipartidista aunque hay que señalar que por aquel entonces los
demócratas eran más bien los conservadores, y los republicanos significaban una
instancia política algo más progresista. Lincoln, por supuesto, t'ue
Republicano) se ve obligado a confesar que fue una de las conspiraciones mejor
planeadas y llevadas a cabo que jamás haya fracasado».
Pero
había que mencionar sus otros muchos éxitos. ¿Acaso fue una derrota o una
muestra de mala organización librar de la esclavitud a una docena de seres
humanos y guiarlos a plena luz del día durante semanas, e incluso meses, a paso
lento, de un Estado a otro por todo el Norte? Todos sabían por donde andaba,
tenía precio puesto a su cabeza, pero así y todo entró en un juzgado y contó lo
que estaba haciendo y logró convencer a Missouri de que no les beneficiaba
tratar de mantener esclavos cerca de donde él viviera (La acción liberadora de
esclavos de John Brown, antes de Harper's Ferry, tuvo casi siempre como
escenario el Estado tic Missouri). Y esto no sucedía porque los servidores del
gobierno fueran indulgentes, sino porque le tenían miedo.
Sin
embargo, él nunca atribuía sus victorias tontamente, ni a su buena suerte, ni a
ninguna clase de magia. Decía, y con razón, que si tanta gente se amedrentaba
ante él, era porque carecían de una causa, una especie de escudo que nunca les
faltó ni a él ni a su grupo. Llegado el momento de la verdad, muy pocos hombres
se mostraban dispuestos a entregar sus vidas en defensa de algo que sabían
injusto. No les gustaba que ése pudiera ser su último acto en este mundo.
Pero apresurémonos
para llegar a su último golpe y sus consecuencias.
Los
periódicos parecen ignorar, o tal vez realmente ignoren, el hecho de que hay al
menos dos o tres personas en cada ciudad por todo el Norte que piensan lo mismo
que éste que os habla respecto a él y a su empresa. No vacilo en decir que son
un grupo importante que va en aumento. Aspiramos a ser algo más que estúpidos o
tímidos esclavos fingiendo que leemos historia y la Biblia, pero profanando
cada casa Y cada día en que vivimos. Tal vez los políticos ansiosos puedan
probar que sólo diecisiete hombres blancos y cinco negros estaban involucrados
en esta. empresa última, pero su misma ansiedad por probarlo debe sugerirles
que no está dicho todo. ¿Por qué siguen esquivando la verdad? Se sienten
ansiosos porque son ligeramente conscientes del hecho, aunque no lo reconozcan
con claridad, de que al menos un millón de los habitantes libres de los Estados
Unidos se hubieran alegrado si la empresa hubiera tenido éxito. Como mucho
criticarían el método.
Aunque no
llevemos un crespón, pensar en la situación en que se halla este hombre y su
probable destino está amargando a muchos hombres del Norte por varias razones.
Pensar de otra manera, después de haberlo visto aquí, implicaría estar hecho de
una pasta que no me atrevería a calificar. Si hay alguien que pueda dormir toda
la noche yo le garantizaré que es capaz de seguir engordando en cualquier
circunstancia, con tal que no le afecte ni a su piel ni a su cartera. Yo en
cambio, puse papel y lápiz bajo mi almohada, y cuando no podía dormir escribía
en la oscuridad.
En
general, mi respeto por mis compañeros, excepto en un caso de entre un millón,
no va en aumento estos días. Me he dado cuenta de la frialdad con que hablan de
este tema la prensa y la gente en general. Parece como si se hubiera atrapado a
un vulgar malhechor, aunque de «valor» fuera de lo común (como Parece que dijo
el Gobernador de Virginia (Harper's Ferry, pueblecillo de Virginia; era por
aquel entonces el gobernador del Estado Henry A. Wise, también del partido
demócrata.) usando la jerga de las peleas de gallos, «el hombre más bravo que
he conocido») y estuvieran a punto de colgarlo. No era en sus enemigos en
quienes pensaba cuando el Gobernador lo encontraba tan valeroso. Cuando tengo
que oír estas observaciones de mis vecinos, o las oigo comentar, todo en mí se
vuelve hiel. Al principio, cuando oímos que había muerto (Efectivamente, el 18
de octubre llegó a Concord la noticia, luego desmentida, de la muerte de John
Brown en combate), uno de mis conciudadanos hizo la siguiente afirmación:
«Murió como muere un idiota» (Alusión al libro segundo de Samuel, cap. 3,
versículo 33. El lamento de David por la muerte de Abner. «¿Tenía que morir
Abner como muere un insensato'?»), lo cual -y perdonadme- me sugirió por un
instante la semejanza entre él muerto y mi vecino vivo. Otros, de espíritu
cobarde, dijeron menospreciándole que «había desperdiciado su vida» por
enfrentarse al gobierno. ¿De qué modo han desperdiciado ellos sus vidas? Parece
como si elogiaran a un individuo que hubiese atacado él solo a una vulgar banda
de ladrones y asesinos. Oigo que otro pregunta, con un estilo yanqui: «¿Qué
gana con eso? » (El utilitarismo inmediato, herencia de la mentalidad de
Franklin, virtud típica del yankee, según Thoreau. Sus constantes ataques a
este espíritu ,adquisitivo, ha quedado puesto de relieve en el Estudio
Preliminar.), como si hubiera pretendido llenarse los bolsillos con esta
empresa. Tal sujeto no entiende posible que exista otro tipo de beneficio
distinto del material. Si no nos conduce a una fiesta «sorpresa», si no nos
proporciona un par de botas nuevas o un voto de gracias, debe considerarse un
fracaso. «Pero no va a ganar nada con ello.» Pues no, supongo que no le van a
dar un sueldo durante todo el año por ser ahorcado; pero de este modo tiene la
oportunidad de salvar una parte considerable de su alma -¡y qué alma!- mientras
que ellos no. No hay duda de que en vuestro mercado dan más por un litro de
leche que por un litro de sangre, pero no es ése el mercado al que llevan su
sangre los héroes.
Estos
hombres no saben que el fruto sale según la semilla, y que en el mundo de la
moral, cuando se siembra buena semilla, es inevitable un buen fruto, y no
depende de nuestro riego y nuestro cultivo; del mismo modo, cuando siembras o
entierras a un héroe en su patria, una cosecha de héroes surgirá sin duda. Es
una semilla de tal fuerza y vitalidad que no necesita nuestro permiso para
germinar.
La carga
de la Brigada Ligera en Balaclava (La carga de la brigada ligera fue un
acontecimiento histórico ocurrido en 1854 durante la guerra de Crimea. El poeta
«laureado», Alfred Tennyson se encargó de «inmortalizarías»), obedeciendo una
orden estúpida, prueba que el soldado es una perfecta máquina, y ha sido
celebrada, como era de esperar, por un poeta laureado (Poeta «laureado» u
oficial, de una corte determinada, encargado expresamente de ensalzarle las
glorias a la monarquía que lo mantenía. Según parece el primero
institucionalmente establecido en la corte británica fue Dryden); pero la firme
y además afortunada carga de este hombre durante varios años contra las
legiones de la Esclavitud, obedeciendo a un mandato infinitamente superior, es
mucho más memorable que esta carga de la caballería inglesa, del mismo modo que
el hombre inteligente y consciente es superior a la máquina. ¿Creéis que todo
esto pasará sin ser proclamado?
«Bien
merecido lo tiene.» «Es un hombre peligroso.» «Sin duda es un demente.» Por
tanto proceden a vivir sus sanas,. sabias, así como admirables vidas, leyendo
algo de Plutarco pero principalmente parándose ante las proezas de Putnam
(Israel Putnam, héroe legendario también de Bunker Hill. 1718-1790. Parece que
mató a una loba en su propia guarida. Figura folklórico en Massachusetts), que
fue abandonado dentro de la madriguera de un lobo; y de esa sabiduría se
alimentan para poder acometer hazañas valientes y patrióticas algún día. La
«Tract Society» se pudo permitir la publicación de la historía de Putnam.
Deberíais abrir las escuelas del distrito con su lectura, ya que no hay nada en
ella sobre la Esclavitud o la Iglesia, a no ser que le parezca al lector que
algunos sacerdotes son lobos con piel de corderos. «,La Junta Americana de
Delegados para las Misiones Extranjeras» podría incluso atreverse a protestar
contra ese lobo. He oído hablar de Juntas y de Juntas americanas, pero da la
casualidad de que nunca he oído hablar de este barullo en concreto, hasta hace
muy poco. Y además he sabido que hombres y mujeres y niños del Norte, familias
enteras, se hacen socios de por vida de tales sociedades. ¡Socio de por vida de
una tumba! ¡Imposible conseguir un funeral más barato!
Nuestros
enemigos están entre nosotros, a nuestro alrededor. Difícilmente se podrá
encontrar un hogar que no esté dividido porque nuestro enemigo no es otro que
la ausencia universal de sensibilidad en la cabeza y en el corazón, la falta de
vitalidad en el hombre, que es la consecuencia de nuestro vicio; y de aquí
surgen todos los tipos de miedo, superstición, fanatismo, persecución y
esclavitud. Somos meros mascarones sobre una proa, tenemos hígados en lugar de
corazones. La maldición es adorar a los ídolos, lo cual, a la postre cambia al
adorador mismo en una imagen de piedra; y no olvidemos que el hombre de Nueva
Inglaterra es tan idólatra como el hindú. En cambio este hombre fue una
excepción, porque no levantó ni siquiera un ídolo político entre él y su DIOS.
¡Una
iglesia que mientras exista no dejará de excomulgar a Cristo! ¡Abajo con
vuestras iglesias anchas y bajas y vuestras iglesias estrechas y altas! Dad un
paso adelante e inventad un nuevo estilo de retretes. Inventad una sal que os
salve y proteja nuestro olfato (Evangelio según Mateo, cap. 5, versículo 13.
«Vosotros sois la sal de la tierra. Y si la sal se pone sosa, ¿con qué se
salará?»).
El
cristiano moderno es un hombre que ha conseguido recitar todas las plegarias de
la liturgia, con tal que se le deje después ir derecho a la cama y dormir en
paz. Todas sus oraciones empiezan con: «Ahora me acuesto a dormir», y siempre
está esperando el momento de ir a su «descanso eterno». Ha consentido también,
hasta cierto punto, en llevar a cabo ciertas caridades de viejo uso, pero no
quiere oír hablar de ninguna de nueva instauración; no quiere tener ningún
artículo suplementario añadido a su contrato, para adaptarlo a los nuevos
tiempos. Muestra el blanco de sus ojos el domingo y el negro el resto de la
semana. El mal no es sólo una parálisis de la sangre sino también del espíritu.
Sin duda alguna, muchos de ellos tienen buena intención pero son perezosos por
naturaleza y por hábito, y no pueden concebir que un hombre se mueva por
motivos más elevados que los suyos. En consecuencia, declaran a este hombre
demente porque saben que en toda su vida ellos mismos nunca podrían comportarse
como él.
Soñamos
con países extraños, con otras épocas y otras razas, situándolos en el tiempo y
en el espacio; pero deja que nos ocurra algún suceso importante como el
presente y descubriremos la distancia y el desconocimiento que media entre
nosotros y nuestros vecinos más próximos. Ellos son nuestras Austrias, nuestras
Chinas y nuestras Islas del Mar del Sur. Nuestra sociedad amontonada, abre
espacios de repente, es limpia y hermosa a la vista; una ciudad de grandes
distancias. Esa es la razón por la que hasta ahora nunca hablamos pasado de los
cumplidos y de un trato superficial con los demás. De pronto nos hacemos
conscientes de que hay tantos kilómetros entre ellos y nosotros como entre un
tártaro vagabundo y una ciudad china. El hombre reflexivo se convierte en un
ermitaño en medio del bullicio del mercado. Mares impracticables se interponen
de repente entre nosotros o mudas estepas se extienden ante nosotros. Es la
diferencia de manera de ser, de inteligencia y de fe, y no los arroyos y las
montañas los que originan auténticos e intransitables límites entre los
individuos y entre los Estados. Unicamente los que piensan igual que nosotros
pueden acudir con pleno derecho a nuestra corte.
He leído
todos los periódicos que pude conseguir la semana siguiente a este suceso, y no
recuerdo que hubiera entre ellos una sola expression de simpatía hacia este
hombre. Desde entonces he leído una sola afirmación sensata y era en un
periódico de Boston y no en el editorial. Algunos periódicos de gran extensión
decidieron que no se imprimiría el informe completo de las palabras de Brown,
para no excluir otros temas. Fue como si el editor hubiera rechazado el
manuscrito del Nuevo Testamento para publicar el último discurso de Wilson
(Henry Wilson, senador Republicano por Massachusetts). El mismo periódico que
incluía esta noticia tan valiosa se dedicaba esencialmente, en columnas
paralelas, a los informes de las convenciones políticas que se estaban celebrando.
La comparación producía vértigo. Debieron haber evitado el contraste y haberlo
publicado como un extra, al menos. ¡Pasar de las palabras y los hechos de
hombres serios al cacareo de las convenciones políticas! ¡Candidatos a puestos
públicos y habituales del discurso que carecen de toda honestidad y además de
ser un fraude se permiten presumir! Su gran juego es el juego de las pajas, o
mejor ese juego aborigen universal de los dados con el cual los indios
exclamaban hub, hub («Los primeros colonos de Nueva Inglaterra le aplicaron el
término de origen celta 'hubbub' a una especie de juego de dados que los indios
practicaban, utilizando huesos, en una bandeja o fuente» (Norton). Jugar a la
taba). Excluid los informes de las convenciones políticas o religiosas y
publicad las palabras de un hombre vivo.
Pero no
me opongo tanto a lo que han omitido como a lo que han publicado. Incluso el
Liberator (The Liberator, semanario extremadamente abolicionista) lo calificó
de «un esfuerzo equivocado, salvaje y aparentemente loco». Por lo que respecta
a la caterva de periódicos y revistas, da la casualidad que no conozco a ningún
director en todo el país que publique deliberadamente algo que sabe que a la
larga, le disminuirá permanentemente el número de subscriptores. No lo
consideran ventajoso. ¿Cómo van a publicar la verdad? Si no les decimos las
cosas que les agradan -argumentan- nadie nos hará caso. Por tanto hacen lo que
algunos vendedores ambulantes que cantan canciones obscenas para hacerse con la
muchedumbre en torno suyo. Los redactores republicanos, obligados a tener
terminadas sus columnas para la edición de la mañana y acostumbrados a verlo
todo bajo el prisma de la política, no muestran admiración, ni siquiera un
sincero pesar, sino que llaman a estos hombres «fanáticos capciosos», «hombres
equivocados», «dementes» o «locos». Esto nos sugiere qué clase de cuerdos
redactores nos protege, no son «hombres equivocados», saben muy bien al menos
de qué lado se les unta el pan.
Un hombre
realiza un acto valiente y humano y de repente, por todas partes oímos gente y
partidos que declaran: «Yo no lo hice, y de ningún modo lo animé a él a
hacerlo. No es justo que se deduzca tal cosa de mi trayectoria»; por lo que a
mí respecta, no tengo interés en oírles definir su posición. No creo haberlo
tenido antes, ni creo que lo tendré nunca. En mi opinión esto no es más que
puro egoísmo o impertinencia en estos momentos. No necesitáis tomamos tantas
molestias en ¡avaros las manos respecto a él. Ningún ser inteligente creerá
nunca que él tuviera algo que ver con vosotros. El mismo dijo que siempre hizo
y deshizo «bajo los auspicios de John Brown y de nadie más». El partido
Republicano no se da cuenta del número de personas que debido a este fallo
tratarán de acertar mejor en su voto en el futuro. Han captado los votos de
Pennsylvania & Co., pero no han conseguido el voto del Capitán Brown. Les
ha arrebatado el viento de las velas -el poco viento que tenían- y ahora se han
quedado estancados y reparan sus averías.
¡Y qué si
no se suma a nuestra banda! ¡Aunque no aprobéis su método o sus principios,
reconoced su magnanimidad! ¿No aceptaréis vuestra afinidad con él en este terna
aunque no se asemeje a vosotros en ninguna otra cosa? ¿Acaso teméis perder
vuestra reputación? Lo que perdisteis por el espiche lo ganaréis por la
piquera.
Si no
están de acuerdo con todo esto, entonces no dicen la verdad y no dicen lo que
piensan. Sirnplemente continúan con sus viejos trucos.
«Siempre
se admitió que era» -dice uno que le llama loco- ,un hombre consciente, muy
modesto en su conducta, aparentemente inofensivo hasta que surgió el tema de la
Esclavitud , momento en que exhibió una incomparable capacidad de indignación».
La
esclavitud está de camino cargada de víctimas moribundas; se suman nuevos
barcos desde el océano; una pequeña tripulación de traficantes de esclavos,
tolerados por una gran masa de pasajeros, están sofocando a cuatro millones de
esclavos bajo la escotilla, y todavía aseguran los políticos que el único medio
de obtener la liberación es a través de la «pacífica difusión de sentimientos
humanitarios» sin ningún «tumulto». Como si los sentimientos de humanidad se
hallaran alguna vez sin la compañía de los hechos, y vosotros pudierais
dispersarlos, acabar con el orden tan fácilmente como esparcir agua con una
regadera, para asentar el polvo. ¿Qué es lo que oigo arrojar por la borda? Los
cuerpos de los muertos que han logrado su liberación. Este es el modo de
difundir» humanidad, y con ella sus sentimientos.
Directores
de prensa eminentes e influyentes, acostumbrados a tratar con políticos,
hombres de un nivel infinitamente más bajo, dicen, en su ignorancia, que actuó
«dejándose llevar por el sentimiento de venganza». Desde luego no conocen a
este hombre. Deben crecer ellos mismos antes de empezar a imaginar como es él.
No dudo que llegará el día en que conseguirían verle tal como era. Tienen que
concebirle como hombre de principios religiosos y de fe, y no como a un
político o a un indio (En la mitología americana, el indio es el ser vengativo
por excelencia, desde los relatos iniciales, como el de la Sra. Rowlandson, o
los medio folklóricos de Cooper); como un hombre que no esperó a que le
perjudicaran personalmente o le frustaran en algún pequeño interés propio, para
entregar su vida en favor de los oprimidos.
Si
consideramos a Walker (Robert J- Walker, Gobernador del territorio de Kansas)
el representante del Sur, me encantaría poder decir que Brown fue el
representante del Norte. Fue un hombre superior. No valoraba su existencia
física tanto como sus ideales. No reconocía las leyes humanas injustas, sino
que se enfrentaba a ellas siguiendo su conciencia. Por una vez nos encontramos
por encima de lo trivial y rastrero de la política, en la región de la verdad y
la hombría. Ningún otro hombre en América se ha levantado con tanta
persistencia y eficacia en favor de la dignidad del género humano,
reconociéndose a sí mismo hombre y por tanto tan válido como cualquiera de los
gobiernos. En este sentido fue más americano que todos nosotros. No necesitó a
ningún abogado charlatán pronunciando falsos discursos para defenderlo. El pudo
con todos los jueces elegidos por los electores americanos, y con los
funcionarios y con cualquier otro sector. No le hubiera podido juzgar un
tribunal de su misma clase, porque no había más personas de su clase. Cuando un
hombre se enfrenta con serenidad a la condena y la venganza de la humanidad,
elevándose literalmente un cuerpo entero por encima de ellos, aunque fuera el
criminal más vil que se hubiese reconciliado consigo mismo, el espectáculo es
sublime. ¿No os habíais percatado vosotros Liberators, vosotros Tribunes,
vosotros Republicans? (Se refiere Thoreau a tres de los periódicos más
influyentes de la época, bien que por muy diversos motivos, The Liberator, de
Boston, de William Lloyd Garrison, ya mencionado. El New York Tribune, dirigido
por Horace Greely, amigo del propio Thoreau. La visión que de este personaje y
de su periódico se ofrece en la ya mencionada novela de Gore Vidal, Lincoln, no
deja de ser significativa. The Republican, publicado en Springfieid,
Massachusetts, era un poco el órgano oficioso de los anti-esclavistas
moderados. Más que moderados, medrosos) y al compararnos con él los criminales
somos nosotros. Haceos a vosotros mismos el honor de reconocerle. El no necesita
de vuestro respeto.
Por lo
que se refiere a los periódicos demócratas, no son lo suficientemente humanos
corno para afectarme. No me indigna nada de lo que puedan decir.
Soy
consciente de que me anticipo un poco, ya que por las últimas noticias, él está
vivo todavía en manos de sus enemigos; pero, a pesar de ello, me he dejado
llevar, al pensar y al hablar, por la idea de que estaba físicamente muerto.
No me
gusta que se erijan estatuas de aquéllos que aún viven en nuestros corazones y
cuyos huesos aún no se han desmenuzado en la tierra cerca de nosotros, pero
preferiría ver la estatua del capitán Brown en el patio del State-House de
Massachusetts antes que la de cualquier otro hombre conocido. Me congratulo de
vivir en estos tiempos, de ser contemporáneo suyo.
Qué
contraste cuando nos volvemos hacia ese partido político (Se refiere Thoreau al
partido Republicano para quien, a pesar de su declarado anti-esclavismo, la
acción de Brown u otras parecidas, las consideraban peligrosas, inoportunas y
de muy dudosa eficacia política) que está tan ansioso de quitárselo de en
medio, a él y a su conspiración, y busca por todas partes un dueño de esclavos
disponible que figure como candidato, uno que al menos haga cumplir la Ley de
Esclavos Fugitivos» " y todas las demás leyes injustos contra las cuales
él levantó sus armas con el fin de anularlas.
¡Demente!
¡Un padre y seis hijos y un nieto y varios otros hombres -al menos en número de
doce- todos afectados de demencia al mismo tiempo; mientras que un tirano
cuerdo, sujeto con más tenacidad que nunca a sus cuatro millones de esclavos, y
mil directores de prensa cuerdos, sus instigadores, están salvando al país y su
pan! Igual de dementes fueron sus esfuerzos en Kansas (Como ya se ha
mencionado, parte del Compromiso de 1850, punto siete). Preguntad al tirano
quién es su enemigo más peligroso; ¿el hombre cuerdo o el demente? ¿Acaso los
miles que le conocen bien, que se han regocijado con sus hazañas en Kansas y le
han proporcionado ayuda material allí, le consideran un demente? Semejante uso
de esta palabra es un simple tropo en boca de muchos que persisten en
emplearlo, y no rne cabe duda de que el resto ya se ha retractado de sus
palabras en silencio.
¡Leed sus
admirables respuestas a Mason (James M. Mason. senador demócrata por Virginia)
y a otros! ¡De qué modo quedan ellos ridiculizados y derrotados! Por un lado
preguntas medio torpes, medio tímidas; por el otro, la verdad, clara como la
luz estrellándose contra sus sienes obtusas. Están hechos para figurar junto a
Pilatos y Gessier (De Pilatos no es menester hablar. Gessier, represor
austríaco en Suiza, asesinado por Guillermo Tell durante la guerra de
independencia) y la Inquisición. ¡que ineficaces sus palabras y sus acciones!,
¡y qué vacíos sus silencios! No son más que herramientas inservibles a esta
gran empresa. No fue ningún poder humano el que les congregó en torno a este
predicador.
¿Para qué
han enviado a Massachusetts y al Norte a unos cuantos cuerdos representantes
del Congreso, estos últimos años?, ¿para declarar con todas sus fuerzas cuáles
son sus sentimientos? Todos sus discursos juntos y reducidos a la más simple
expresión -probablemente ellos mismos lo confiesen así- no alcanzan la rectitud
y la fuerza propias de hombres, y en vez de la verdad simple, hacen alusiones
casuales al loco de John Brown en la sala de máquinas en Harper's Ferry, a ese
hombre que estáis a punto de ahorcar, de enviar al otro mundo, aunque allí no
será vuestro representante. No, no ha sido representante nuestro en ningún
sentido. Fue una clase de hombre demasiado justo para representar a seres como
nosotros. ¿Quiénes, pues, fueron sus electores? Si leéis sus palabras con
atención lo descubriréis. En su caso no hay elocuencia hueca ni discursos
elaborados o artificiosos, no halaga al opresor. Le inspira la verdad, y la
seriedad pule sus afirmaciones. No le importaba perder sus rifles Sharps
mientras le quedara la facultad de hablar, que es un rifle Sharps de una
infinita mayor seguridad y alcance.
¡Y el New
York Herald publica la conversación verbatim! Esa publicación ignora que se ha
convertido en vehículo de unas palabras inmortales.
No siento
ningun respeto por la perspicacia de cualquiera que, después de leer esa
conversación, aun insista en que es la palabra de un loco. Suena con una mayor
cordura de la que pueden proporcionar una disciplina normal y los habitos de
vida organizados y seguros. Extraed cualquier frase: «Toda aquella pregunta que
pueda contestar con sinceridad la contestaré así y no de otro modo. En lo que a
mi respecta, he hablado con total veracidad. Señores, yo valoro mi palabra».
Esos que le reprochan su espíritu de venganza, mientras que lo cierto es que
valoran su heroísmo, carecen de capacidad para reconocer a un ser noble, y no
poseen mineral alguno que cambiar por su oro puro. Lo mezclan con su propia
escoria.
Es un
alivio pasar de estos difamadores al testimonio de sus carceleros y verdugos
que, aunque amedrentados, son más veraces. El Gobernador Wise habla de él con
mucha más justicia y aprecio que cualquier periódico del Norte, político o
personaje público del que yo haya tenido noticia. Creo que no os importará oír
sus palabras acerca de este tema. Dice: «Se engañan a si mismos los que le
consideran loco... Es frío, sosegado e indómito y es justo decir de él que fue
humanitario con sus prisioneros... Y me inspiró una gran confianza como hombre
de bien. Es un fanático, vanidoso y locuaz» (no hago mías estas palabras de Mr.
Wise), «Pero firme, sincero e inteligente. Sus hombres, los que sobreviven,
también son así... el Coronel Washington dice que fue el hombre más frío y
tenaz que conoció, cuando se trataba de desafiar el peligro y el hambre. Con
uno de sus hijos muerto a su lado y otro herido de bala, le tomaba el pulso a
su hijo agonizante con una mano y con la otra sujetaba su rifle y mandaba a sus
hombres con gran serenidad, animándoles a mantenerse firmes y a vender sus
vidas tan caras como les fuera posible. De los tres prisioneros blancos, Brown,
Stevens y Coppoc, sería difícil decir quién mostraba más entrega».
¡Casi el
primer ciudadano del Norte que ganó el respeto del dueño de esclavos!
El
testimonio de Mr. Vallandigham, aunque menos valioso, sigue en la misma línea;
dice que «es estúpido menospreciar a este hombre o a su conspiración... El es
lo opuesto a un rufián, un fanático o un loco».
«Sin
novedad en Harper's Ferry» -dicen los periódicos-. ¿De qué clase es esa calma
que persiste cuando la ley y los dueños de esclavos triunfan? Yo considero este
suceso como una piedra de toque diseñada con el fin de descubrirnos, con
absoluta claridad, la naturaleza de este gobierno. Precisábamos de una ayuda
como ésta para verlo a la luz de la historia. Debería verse a sí mismo. Cuando
un gobierno utiliza todo su poder en proteger la injusticia, como hace el
nuestro, sosteniendo la esclavitud y matando a los libertadores del esclavo, se
está comportando como una fuerza bruta, o peor, como una fuerza demoníaca. Es
la cabeza de los «Plug Uglies» (Estos «Plug Uglies» era un término que se
aplicaba a pandilleros y matones, en Baltimore. Estos fueron los que planearon
el asesinato de Lincoln cuando pasara por Baltimore, camino de Washington, para
tomar posesión de su cargo de presidente en marzo de 1861. Pero la jugarreta no
tuvo éxito porque los de Lincoin, con Pinkerton a la cabeza, supieron cambiar
de itinerario a tiempo). Ahora es más manifiesto que nunca que la tiranía
gobierna. Veo que este gobierno se ha aliado de hecho con Francia y Austria
para reprimir a la humanidad. En él se sienta un tirano sujetando las cadenas
de cuatro millones de esclavos; aquí viene su heroico libertador. Este gobierno
hipócrita y diabólico, levanta la vista sobre los cuatro millones jadeantes y
pregunta desde su escaño, adoptando un aire de inocencia:» ¿Por qué me atacáis?
¿No soy acaso un hombre honrado? Dejad de agitaros por este tema u os
convertiré en esclavos u os colgaré.
Estamos
hablando de un gobierno representativo; pero, ¿qué monstruo de gobierno es ése
en el que las facultades mentales más nobles y todo el corazón no están
representados? Se trata de un tigre semihumano o de un buey que avanza con paso
majestuoso sobre la tierra, con el corazón arrancado y la tapa del cráneo
levantada de un tiro. Los héroes han luchado valientemente desde sus trincheras
incluso después de que las balas alcanzaran sus piernas, pero nunca se ha oído
que un gobierno de tales características hiciera algo bueno.
El único
gobierno que reconozco -y no importa que tenga pocas personas a la cabeza o que
tenga un ejército pequeño- es el poder que establece la justicia en su
territorio, nunca el que establece la injusticia. ¿Qué pensaremos de un
gobierno para el que todos los hombres realmente valientes y honrados de su
territorio son enemigos que se interponen entre él y aquéllos a los que oprime?
¡Un gobierno que alardea de ser cristiano y crucifica a un millón de Cristos
cada día!
¡
Traición!
¿Dónde se origina semejante traición? No puedo evitar pensar en vosotros como
os merecéis, en vosotros, gobiernos. ¿Podéis secar las fuentes del pensamiento?
La alta traición, cuando no es sino resistencia a la tiranía de aquí abajo,
tiene su origen y está inspirada por el poder que crea y recrea al hombre.
Cuando hayáis capturado y colgado a todos esos rebeldes humanos, no habréis
conseguido nada excepto vuestra propia culpabilidad, ya que no habréis
extirpado las raíces. Dais por sentado que os enfrentáis con un enemigo al que
no apuntan los cadetes de West Point ni los cañones. ¿Puede todo el arte del
fundidor del cañón hacer que la materia se vuelva contra su creador? ¿Es la
forma en que el fundador quiere forjarlo más importante que la materia que
constituye al cañón y a él mismo?
Los
Estados Unidos tienen una cantidad de esclavos que suma cuatro millones. Este
país está decidido a mantenerlos en esas condiciones y Massachusetts es uno de
los superintendentes confederados que debe evitar su huida. No piensan así
todos los habitantes de Massachusetts, pero sí al menos los que mandan y los
que obedecen. Fue Massachusetts junto con Virginia quien sofocó esta
insurrección de Harper's Ferry. Tras enviar allí a los soldados deberá pagar el
castigo por su pecado.
Suponed
que exista en este Estado una sociedad que, de su propio bolsillo y por su
magnanimidad, salve a todos los esclavos fugitivos que acuden a nosotros,
proteja a nuestros conciudadanos de color y deje el resto del trabajo al así
llamado, gobierno. ¿No te supondría eso perder rápidamente sus funciones de
gobierno y hacerse despreciable para la humanidad? Si algunas sociedades
privadas se ven obligadas a llevar a cabo las tareas del gobierno para proteger
a los débiles y hacer justicia, entonces el gobierno se convierte tan sólo en
un asalariado, un empleado para desempeñar servicios mínimos o sin
trascendencia. Por supuesto, un gobierno que precisara un Comité de Vigilancia
(En este contexto, sinónimo de abolicionistas), no sería sino la sombra de un gobierno.
¿Qué pensaríamos incluso del Cadi oriental, tras el cual funcionase en secreto
un Comité de Vigilancia? Y, hasta cierto punto, estos gobiernos desquiciados
reconocen y aceptan esa relación. En la práctica, vienen a decir: «Nos alegrará
trabajar por vosotros con esas condiciones, con tal de que no se publique
demasiado». Y así el gobierno, con el sueldo asegurado, se retira a la
trastienda llevándose la Constitución y dedica la mayor parte de su esfuerzo a
repararla. A veces, cuando oigo decir tales cosas en el trabajo, me acuerdo, en
el mejor de los casos, de esos labradores que maquinan el modo de sacar algún
dinero extra en invierno dedicándose al negocio de los barriles. ¿Y qué bebida
alcohólica almacena ese barril? Especulan en la bolsa y hacen agujeros en las
montañas, pero no tienen la capacidad de construir siquiera una carretera
decente. La única carretera libre la Underground Railroad (El legendario
Underground Railroad, o ferrocarril subterráneo, constituyó una eficaz
organización clandestina para facilitarles a los negros que así lo desearan
evadirse de sus plantaciones del Sur, atravesar subrepticiamente los Estados
del Norte, y alcanzar la meta de la liberación en Canadá. Entre 1810 y 1850 se
calcula que más de cien mil esclavos, por un valor de más de treinta millones
de dólares, consiguieron la libertad por este procedimiento. Numerosos blancos
del norte aportaban esfuerzo personal, dinero e instalaciones adecuadas para
mantener esta organización. También colaboraron en ello numerosos blancos que,
aunque del Sur, eran abolicionistas), es propiedad del Comité de Vigilancia y
él la administra. Ellos han cavado galerías a lo largo de toda esta tierra.
Semejante gobierno está perdiendo su poder y su respetabilidad con la misma
rapidez que el agua se filtra por una vasija agrietada, pero no se escapa de
una en buen estado.
Oigo a
muchos que condenan a estos hombres por su número tan reducido. ¿Cuándo
estuvieron en mayoría los honrados y los valientes? ¿Hubierais preferido que su
acción se interrumpiera esperando ese momento, hasta que vosotros y yo nos
uniéramos a él? Este mismo hecho de que no tuviera una chusma o una tropa de
mercenarios en torno suyo lo distingue de los héroes corrientes. Su compañía
era reducida porque los dignos de pasar revista eran bien pocos. Allí, cada
hombre que ofrecía su vida por los pobres y los oprimidos era un hombre
elegido, sacado de entre varios miles, millones; un hombre de principios, de
valor poco usual y acendrada humanidad; dispuesto a sacrificar su vida en
cualquier momento por el beneficio de sus hermanos. Yo dudo que hubiera más hombres
de estas características en todo el país (y esto por lo que se refiere sólo a
sus seguidores); respecto al líder, no cabe duda de que barrió todo lo ancho y
largo de estas tierras para incrementar su tropa. Estos fueron los únicos
hombres dispuestos a colocarse entre el opresor y los oprimidos. Fueron sin
duda alguna los mejores que podíais seleccionar para colgarlos. Ese es el mayor
cumplído con que podía pagarles este país. Ellos estaban preparados para la
horca. Ya se ha colgado a bastantes, pero a pesar de haberío intentado nunca
antes se había dado con los más adecuados.
Cuando
pienso en él, en sus seis hijos y en su yerno, sin mencionar a los otros
alistados en su lucha, comportándose fríamente, con reverencia, con solidaridad
en su trabajo, durmiendo y despertándose por la lucha, pasando veranos e
inviernos sin esperar recompensa alguna excepto una conciencia limpia, mientras
que casi toda América se alineaba en el lado opuesto, digo de nuevo que esto me
afecta a mí como un espectáculo sublime. Si él hubiera tenido algún periódico
apoyando «su causa»; un órgano, como se suele decir, repitiendo monótona y
tristemente la misma vieja canción y después pasara la gorra, eso hubiera sido
fatal para su eficacia. S' hubiera manifestado de algún modo su enfrentamiento
al gobierno, hubiera resultado sospechoso. Lo que le distinguía de todos los
reformadores que conozco hasta hoy era el hecho de que no estaba dispuesto a
pactar con el tirano.
Su
peculiar doctrina era que un hombre tiene perfecto derecho a interferir por la
fuerza contra el amo, como medio para rescatar al esclavo. Yo estoy de acuerdo
con él. Aquéllos que se sienten continuamente escandalizados por lá esclavitud
tienen cierto derecho a escandalizarse por la muerte violenta del amo, pero no
los demás. Estos se escandalizarán más por su vida que por su muerte. No seré
yo el primero que considere un error su método para liberar esclavos lo más
rápidamente e posible. Hablo por boca del esclavo cuando digo que prefiero la
filantropía del Capitán Brown a esa otra filantropía que ni me dispara ni me
libera. De todo modos, no creo que sea bueno pasarse la vida hablando o
escribiendo sobre este tema, a no ser que uno esté continuamente inspirado, y
yo no lo estoy. Un hombre puede tener otros asuntos legítimos que atender. Yo
no deseo matar ni ser matado, pero puedo vislumbrar circunstancias en las
cuales ambas cosas me resulten inevitables. Mantenemos la llamada paz de
nuestra comunidad con pequeños actos de violencia cotidiana, ¡ahí está la porra
del policía y las esposas!, ¡ahí tenemos la cárcel!, ¡ahí tenemos la horca!,
¡ahí tenemos al capellán del regimiento! Confiamos en vivir a salvo únicamente
fuera del alcance de este ejército provisional. Por tanto, nos protegemos a
nosotros y a nuestros gallineros y mantenemos la esclavitud. Sé que la masa de
mis compatriotas piensan que el único uso justo que se puede hacer de los
rifles Sharps y de los revólveres es librar duelos cuando otras naciones nos
insultan, o cazar indios, o disparar a los esclavos fugitivos o cosas
parecidas. Yo creo que por una vez los rifles Sharps y los revólveres se
emplearon en una causa justa. Los instrumentos estaban en las manos del que
sabía utilizarlos.
La misma
indignación que se dice vació el templo (Evangelio según Mateo, cap. 21,
versículos 12-13) una vez, volverá a vaciarlo. La cuestión no está en el arma,
sino en el espíritu con que se use. No ha nacido todavía ningún hombre en
América que amara tanto a sus semejantes y les tratara con tanta ternura. Vivía
para ellos. Tomó su vida y se la ofreció a ellos. ¿Qué clase de violencia es
ésa que promueven, no lo soldados, sino los pacíficos ciudadanos; no tanto las
sectas no pacifistas, sino los cuáqueros; y no tanto los hombres cuáqueros como
las mujeres cuáqueras? (Los cuáqueros, desde los tiempos de John Woolman e
incluso antes, eran decididamente anti-esclavistas, protectores y defensores de
los indios, pacifistas, objetores de conciencia, y por todo ello los puritanos
les declararon guerra a muerte y persecución implacable. El Diario de John
Woolman es un texto modélico en este sentido).
Este
suceso me recuerda que existe algo llamado muerte, la posibilidad de la muerte
de un hombre. Parece como si todavía no hubiera muerto ningún hombre en
América, ya que para morir, uno tiene que haber vivido antes. Yo no creo en los
coches fúnebres, los paños mortuorios y los funerales que han tenido. No hubo
muerte en esos casos porque no hubo vida; simplemente se pudrieron y se
degradaron bajo la tierra del mismo modo que se habían podrido y degradado en
vida. No se desgarró ningún velo del templo (Evangelio según Mateo, cap. 27,
versículos 50-53), sólo se cavó una fosa en cualquier parte, Que los muertos
entierren a sus muertos. Los mejores res simplemente dejaron de funcionar, como
un reloj, Franklin, Washington, ellos salieron bien librados sin morir; tan
sólo desaparecieron un día. Oigo a muchos que fingen que se van a morir, o que
se han muerto, incluso ¡Tonterías! Les reto a que lo hagan. No hay suficiente
vida en ellos. Se licuarán, como los hongos y mantendrán a cien aduladores
enjugando el lugar en que se desvanecieron. Sólo han muerto media docena
aproximadamente desde que empezó el mundo. ¿Cree usted, señor, que se va a
morir? ¡No! No hay ninguna esperanza. No ha aprendido la lección aún. Debe
quedarse después de clase. Estamos protestando demasiado a causa de la pena de
muerte: arrancar vidas, cuando no hay vidas que quitar. ¡Memento morí¡! No
entendemos esa frase sublime que algún personaje hizo esculpir sobre su tumba
en alguna ocasión. La hemos interpretado en un sentido rastrero y lastimoso;
hemos olvidado completamente cómo se muere.
Pero as!
y todo, aseguraos de que morís. Haced vuestro trabajo y terminadlo. Si sabéis
cómo empezarlo, sabréis cuándo terminarlo.
Estos
hombres al enseñarnos a morir, nos han enseñado al mismo tiempo a vivir. Si los
actos y las palabras de este hombre no originan un renacimiento, ésta será la
sátira más dura posible que se escriba sobre actos y palabras que sí lo
originan. Esta es la mejor noticia que América haya escuchado. Ha acelerado el
débil pulso del Norte e infundido más y más sangre generosa a sus venas y a su
corazón, que varios años de los que se suele ¡llamar prosperidad comercial y
política!. ¡Cuántos hombres que consideraban recientemente la idea del suicidio
tienen ahora algo por lo que vivir!.
Un
escritor dice que la peculiar monomanía de Brown le hizo ser «temido por los
habitantes de Missouri como si fuera un ser sobrenatural». Sin duda alguna, un
héroe entre nosotros, tan cobardes, es siempre temido así. El es así. Aparece
como superior a la naturaleza. Hay una chispa de divinidad en él.
¡Si sobre
él mismo no logra elevarse, qué pequeña cosa es el hombre!.
¡Los
directores de periódicos argumentan también que una prueba de su demencia es
que se creía destinado para el trabajo que hizo, que no dudé ni un momento!
Hablan corno si fuese imposible que un hombre pudiera hacer un trabajo hoy en
día destinado a él por Dios» como si las promesas y la religion estuvieran
pasados de moda en relación con cualquier otro trabajo cotidiano; como si el
agente para abolir la esclavitud pudiera ser solamente alguien designado por el
Presidente, o por un partido político. Hablan como si la muerte de un hombre
fuera un fracaso y la continuación de su vida, sea del tipo que sea, fuera un
éxito. Cuando reflexiono sobre la causa a la que se entregó este hombre, y cuán
religiosamente, y después reflexiono sobre la causa a la que se entregan sus
jueces y todos los que le condenan con tanta Energía y ligereza, me doy cuenta
de que hay la misma distancia entre ambos que hay entre el cielo y la tierra.
Esto pone
de manifiesto que nuestros «Líderes» son una gente inofensiva, y saben
demasiado bien que ellos no fueron designados por Dios sino elegidos por los
votos de su partido.
¿Quién es
el que precisa para su seguridad que se cuelgue al Capitán Brown? ¿Es acaso
indispensable para algún ciudadano del Norte? ¿No hay otra salida que arrojar a
este hombre al Minotauro? (Se da el nombre de Minotauro a un monstruo que tenia
cabeza de hombre y cuerpo de toro. Se le hizo construir el Laberinto. Cada año
-otros dicen que cada tres años, o incluso cada nueve- le daba en pasto a los
siete jóvenes y otras tantas doncellas que, como tributo, pagaba la ciudad de
Atenas» (cfr. Pierre Grimal)).
Si no lo
deseáis, decidlo claramente. Mientras se estén haciendo cosas como ésta, la
belleza permanece velada y la música es una mentira que chirría. ¡Pensad en él,
en sus raras cualidades!, es el tipo de hombre que tardará mucho en repetirse y
tardará mucho en ser comprendido; no se trata de un héroe cómico, ni del
representante de ningún partido. El sol no volverá a salir en esta bendita
tierra sobre otro hombre como él. ¡Para el que nació con más cualidades; para
el inquebrantable, enviado para redimir a los cautivos; y lo único que se os
ocurre es colgarlo del extremo de una cuerda! Vosotros que aparentáis sufrir
por Cristo crucificado, considerad lo que vais a hacer al que ofreció su vida
por la salvación de cuatro Millones de hombres (Es reiterada la comparación que
a lo largo del ensayo lleva a cabo Thoreau entre Cristo y John Brown).
Todo
hombre sabe cuándo está justificado, y todos los inteligentes del mundo serían
incapaces de darle luz sobre el tema. El asesino siempre sabrá que se le
castiga justamente; pero cuando un gobierno quita la vida a un hombre sin el
consentimiento de su conciencia, nos encontramos ante un gobierno audaz que
está dando un paso hacia su propia disolución. ¿Acaso es imposible que un sólo
individuo tenga la razón y un gobierno esté equivocado?
Deben
imponerse las leyes tan sólo porque se hayan aprobado? ¿O declararlas válidas
por un número cualquiera de hombres, si no son válidas? ¿Tiene que ser el
hombre necesariamente el instrumento que lleve a cabo un acto que su propia
naturaleza rechaza? ¿Acaso pretenden los legisladores que los hombres buenos
sean colgados siempre? ¿Pretenden los jueces interpretar la ley de acuerdo con
la letra y no con el espíritu? ¿Qué derecho tenéis vosotros a llegar al acuerdo
de que haréis esto o lo otro, en contra de vuestra propia razón? ¿Es labor
vuestra, al tomar cualquier resolución, decidir sin aceptar las razones que se
ofrecen, que muchas veces ni siquiera comprendéis? Yo no creo en los abogados,
en ese modo de acusar o defender a un hombre, porque descendéis para tratar con
el juez en su propio campo y, en los casos más importantes, no tiene mayor
trascendencia si un hombre transgrede una ley humana o no. Dejad que los
abogados decidan en casos triviales. Los hombres de negocios pueden solucionar
esas cosas entre ellos. Si ellos fueran los intérpretes de las leyes eternas
que obligan al hombre con auténtica justicia, eso ya sería distinto. ¡Esto es
como una fábrica falsificadora de leyes que se sitúa parte en un país de
esclavitud y parte en un país de libertad! (La dialéctica esclavitud-libertad,
o sur y norte, iba a desembocar casi enseguida en guerra civil (1861-65)). ¿Qué
clase de leyes podéis esperar de ella para el hombre libre?
Estoy
aquí para interceder por su causa ante vosotros. No intercedo por su vida sino
por su naturaleza, por su vida inmortal, y eso sí es enteramente asunto vuestro
y no de ellos. Hace mil ochocientos años Cristo fue crucificado; esta mañana
posiblemente, el Capitán Brown haya sido colgado. Esos son los dos extremos de
una cadena que no carece de eslabones.
Ha dejado
de ser el viejo Brown; es un ángel de la luz.
Ahora
comprendo que fue necesario que el hombre más valiente y humano de todo el pais
fuera colgado. Tal vez él mismo lo haya comprendido. Casi temo enterarme de que
le hayan liberado, porque dudo que la prolongación de su vida, o de cualquier
otra pueda hacer más bien que su muerte.
«¡Descarriado!»
«¡Granuja!» «¡Demente!» «¡Vengativo!» Eso escribís desde vuestras poltronas, y
el herido responde así desde el suelo del Armory, claro como un cielo sin
nubes, con la verdad en los labios, como si fuera la suya la voz de la
naturaleza; «No me envió aquí hombre alguno, fue mi propia voluntad y la de mi
Creador. No reconozco a ningún jefe de condición humana» Si.
Y con qué
noble y dulce talante continúa dirigiéndose a los que le apresaron y que se
sitúan por encima de él: «Creo, amigos, que sois culpables de un gran error
contra Dios y la humanidad, y sería perfectamente justo que alguien
interfiriera en vuestras cosas con el fin de liberar a ésos que vosotros
mantenéis voluntaria y cruelmente en cautiverio»
Y,
refiriéndose a su actividad: «Este es, en mi opinión, el mayor servicio que un
hombre puede ofrecerle a Dios».
«Me
apenan los pobres cautivos que no tienen a nadie que les ayude; por eso estoy
aquí, no para satisfacer ninguna animosidad personal, venganza o espíritu
revanchista, sino por mi simpatía hacia los oprimidos y los agraviados que son
tan buenos como vosotros y tan preciosos a los ojos de Dios.»
Vosotros
no reconocéis vuestro testamento cuando lo tenéis delante.
«Quiero
que entendáis que yo respeto los derechos de los hombres de color más pobres y
más débiles, oprimidos por el poder esclavizador, del mismo modo que respeto
los de los más ricos y poderosos.» Me gustaría decir, además, que haríais
mejor, vosotros, todos los hombres del Sur, en preparamos para solucionar esta
cuestión, que deberá terminarse de una vez antes de que estéis dispuestos a
ello. Cuanto antes os preparéis, mejor. Os podéis deshacer de mí muy
fácilmente. Ya casi estoy eliminado, pero esta cuestión aún tendrá que
solucionarse -este problema de los negros, me refiero-; el fin de ese problema
no ha llegado aún.
Imagino
el momento en que el pintor dibujará esa escena sin ir a Roma en busca del
modelo; el poeta la cantará; el historiador la registrará; y, con el desembarco
de los «Peregrinos» y la Declaración de Independencia, será el ornamento de un
futuro museo nacional, cuando al fin la forma actual de esclavitud ya no
persista. Entonces tendremos libertad para llorar por el Capitán Brown.
Entonces, y no antes, llegará nuestra venganza
EL ELOGIO
DE LA VIDA SALVAJE
Por Henry
David Thoreau
Mayo
Ascendiendo por la gruta de Groton,
vislumbré en la lejanía un débil fulgor que en apariencia surgía de la tierra
-por allí no existen casas. ¿Sería un viajero con su linterna, o un fuego
fatuo? Nadie pudo haberlo visto; pertenece a la mitología moderna. ¿Voy a
alcanzarlo? Tiende a morirse. ¿Es el reflejo de la estrella del atardecer sobre
el agua, o tal vez una fosforescencia? Alcanzo a sentir el olor a quemado, veo
las chispas que brillan sobre el fondo negro. Son unos troncos semiapagados,
casi cubiertos de tierra, abandonados en la pradera recién labrada y que
abrasan ahora sombrías llamas interiores. Un campamento de bohemios. Estoy
sentado en la extremidad intacta de un tronco, y busco el calor del fuego;
escribo al fulgor de la lumbre, ya que aún no apareció la luna. ¡Qué cosa
extraña y titánica es el Fuego, Vulcano entregado en la noche a su obra
ciclópea en este horno, lejos de los hombres peligrosos para él, consumiendo la
tierra, royendo sus entrañas! El tizón llamea dentro. Miren el Fuego hambriento
que tiene a la selva en su boca. De un lado, el bosque sólido; del otro el humo
y las chispas. Así es como trabaja. El granjero pone de lado esos troncos para
ser destruidos, consumidos, como desecho de las árboles. Los da a su perroo a
su buitre: el Fuego. Se creería que arde la yesca. Me gusta ese olor. Las ranas
contemplan las llamas y sueñan cerca del fuego. Hay en su interior, cavernas en
ignición, incrustadas de fuego como un pozo de salitre. No es de extrañar que
anden las salamandras. Al verlas uno piensa en que hay seres vivientes en el
fuego, que el fuego engendra.
Oigo el aserradero que sigue marchando de
noche para reducir la creciente. Allí es el agua la que trabaja, otra
devoradora del bosque. Esas dos fuerzas salvajes se han desencadenado contra la
Naturaleza. Es un sonido deconcavidad, galopante; su obra consiste en
destrozar, dominar las grandes vigas, prepararlas como a un rudo Orfeo para las
habitaciones de los hombres y tal vez para hacer instrumentos musicales. Me
imagino al dueño del aserradero con su linterna y su barra en la mano, de pie a
un costado, en medio de las sombras que la luz proyecta. La barra resuena como
un sonido de campana que proviene de los nervios de la viga torturada, cuyas
entrañas devora la sierra. En su mayoría, los hombres pueden trasladarse
fácilmente de un punto a otro. Carencia de raíces, de raíces-madres, escasa
profundidad en ellas. Una pala por debajo, tierra que se arroja lejos y asunto
concluido.
Junio
Mientras unos niños se bañan, juegan con un
barquito. (Estoy entre los sauces.) El color de la piel infantil es agradable a
esa distancia, ese color tan raramente entrevisto de la carne. El ruido de sus
diversiones y zambullidas llega hasta mí por sobre el agua. Aún no hemos tenido
al hombre en la Naturaleza. Como le resultaría singular y raro a un ángel que
visitara la tierra, anotar en su libro de notas que les está prohibido a los
hombres, bajo penas muy severas, mostrar su cuerpo. ¡Rosa pálido que el sol
pronto bronceará! ¡Hombre blanco! No hay hombres blancos para oponer a los
rojos y a los negros; son del color que el tejedor les da. Me pregunto si el
perro reconoce a su amo cuando éste se baña y no se queda cerca de sus
vestidos.
La sirena del vapor, a la distancia, se
asemeja al zumbar de las abejas sobre la flor. Así armonizan las obras humanas
con la Naturaleza.
Oigo el
grito de un enorme gavilán que con las alas erizadas hiende el aire hacia el
elevado confín del bosque, buscando sin duda asustar a su presa y despertarla
-sonido penetrante, estridente, como para helar de terror a los pajaritos, y
muy propio de su pico corvo y hundido. Observo su pico abierto contra el cielo.
Grito lanzado con violencia, con temblorosas sacudidas a causa de sus alas y de
su movimiento al volar. El ala erizada de un gavilán volverá a ser lisa. Pero
la de un poeta no lo será jamás.
Al surgir
del alba, en el fin de estas noches asfixiantes, el canto de los grillos es
como el sueño de la tierra que continúa a la luz del sol. Amo este primer
instante de la aurora, cuando el canto del grillo prosigue con tanta fe y
esperanza, como si aún fuera noche, expresando la inocencia matinal; instante
supremo del día, en que el canto unicorde del grillo rejuvenece, embebido de
rocío. Mientras conserve ese canto su timbre divino, ¿quién puede cometer un
delito? A su influjo, Grecia y Roma yacerán bajo tierra, sin esperanza de
resurrección.
¡El canto terrenal del grillo! Se oyó antes
del cristianismo. "!Salud! ¡Salud! ¡Salud!" es el estribillo de su
canto milagroso. Significa que el hombre que ha reposado durante el sueño, se
siente inocente, bien despierto en plenitud de esperanza. Cuando oímos el canto
del grillo oculto entre el césped, ¡qué poca cosa nos parece el mundo!
Oigo,
desde todos lados, cantar al gallo, con sorpresa y gozo, como por primera vez.
¡Camarada de vigor desbordante! El sí que es el hijo de la tierra. Ni la lluvia
ni la sequía, ni el frío ni el calor pueden matarlo.
Un hombre
miente con sus palabras y se crea mala reputación; otro miente por sus maneras
y adquiere buen renombre.
La Naturaleza nos es revelada por quien va
hacia ella, no como concienzudo observador, sino con plenitud de vida. Se
entrega a este último para revelarse. Para un corazón desbordante la Naturaleza
es algo más que una figura retórica. El canto del mirlo silvestre no es un
trozo de ópera, no lo es tanto por la composición, como por los acentos, el
tono, las medidas tiernas de una melodía inspirada por la mañana y el atardecer
eternos. Calidad del canto y no de las notas. En el canto del peawai hay calor
opresivo, pero en el mirlo, aun cuando cante al mediodía, es la frescura
fluyendo del seno de las fuentes. Tan sólo el mirlo nos habla de la riqueza y
el vigor eterno de la selva. Todo el secreto de las cosas lo encierra el canto
del pájaro, aunque la Naturaleza haya esperado la deuda de la estética para
revelárselo al hombre. Cada vez que un hombre oye ese canto, es porque posee
juventud y la Naturaleza está en su primavera. Un mundo nuevo se le ofrece, una
tierra libre; las puertas del cielo se abren de par en par. El canto de casi
todos los otros pájaros-cántico- ha sido la compañía de las alegres horas de mi
vida, pero el trinar del mirlo me habla siempre de un éter más leve que el que
respiro, de una belleza y de una fuerza inmortales. Vuelve más profundo el
sentido de todas las cosas que evocan sus acentos. Canta para dar a los hombres
ideas más claras y más elevadas. Canta para que reformen sus instituciones,
para que pongan en libertad al esclavo de las plantaciones y al preso en los
calabozos, al esclavo de la casa de placeres y al cautivo de sus bajos
pensamientos.
Lo que llaman genio, es una abundancia de
vidao de salud que hace todo lo que dirige a los sentidos (el sabor de esas
bayas silvestres, el mugido de esta vaca, que resuena como deslizándose por el
flanco de una fértil montaña justo antes de la noche, cuando el fragante rocío
perfuma el aire y reina una fuerza y una serenidad eternas, aguardando ese
mañana que no oscurecerá jamás) todos los objetos, los sonidos, los olores, los
sabores se impregnan de una embriaguez salutífera. El encajonado río de la vida
desborda en sus orillas, invade y fertiliza grandes extensiones, donde las
poblaciones hallan su sustento. Verdadera inundación del Nilo. Somos tan
pródigamente sensibles que estrechamos entonces nuestro destino, y lejos de
sufrir y de permanecer indiferentes, nos congratulamos con ello. Y si no hemos
disipado el fluir vital y divino es entonces cuando la circulación de la vida
excede a nuestros cuerpos. La vaca ya nies nada. No está ella en la villa; está
en quien la escuha. Me sorprender pensar que debo una percepción a ese sentido
grosero y común del gusto, que es potmi paladar que la inspiración ha llegado a
mí, que esas bayas han nutrido mi cerebro. Después de haber comido los frutos
simples, sanos y exquisitos de la colina, noto mis sentidos estimulados, Vuelvo
a ser joven, y sentado o de pie, no me más yo mismo.
Si mis campos, mis arroyos, mis bosques, la
Naturaleza que me rodea y las tareas simples de los habitantes cesaran de
inspirarme e interesarme, ninguna cultura, ninguna riqueza podrían reparar tal
pérdida. Temo la disipación que implica el viaje, el trato social por mejor que
fuese, y los placeres intelectuales. Si París se agranda en mi espíntu, Concord
disminuye. Y sería un mal negocio cambiar mi villa natal por el glorioso París.
Porque París no sería para mí después de todo más que una escuela donde aprender
a vivir mejor donde ahora estoy, como la antecámara de Concord, la escuela
preparatoria de mi universidad. Quiero vivir de tal manera que mi gozo y mi
inspiración surjan de los acontecimientos más ordinarios y de los hechos de
cada día. Lo que a toda hora perciben mis sentidos, mi pase cotidiano, la
conversación con mis vecinos, son mis inspiraciones. Pueda yo no soñar otro
cielo que el que se extiende sobre mi cabeza. Si un hombre adquiere el vicio
del vino y del aguardiente para perder el gusto al agua, claro está que no debe
quejarse después.
Un halcón de los pantanos sobre la llanura
de Concord es más valioso espectáculo para mí que la entrada de los aliados en
París. No soy ambicioso en ese sentido. No quiero que mi suelo natal permanezca
o languidezca por negligencia. No hay más que un solo buen viaje, y es el que
revela el valor del hogar y nos permite gozar en él. El hombre más rico es
aquel cuyos placeres cuestan menos.
Consagro una parte considerable de mi
tiempo en observar las costumbres de los animales salvajes, mis vecinos, las
bestias. Sus actos y sus migraciones desarrollan ante mis ojos el ciclo anual.
Muy significativos el vuelo de las ocas, la partida del pájaro zumbón, etc.
Pero si pienso que las más nobles bestias han sido exterminadas, el puma, la
pantera, el lince, el lobo, el caribú, el gamo, el castor, me parece que habito
un país disminuido, y por así decirlo, mancillado. Las costumbres de esos animales,
¿no habrían sido antes mucho más expresivas? ¿No estoy familiarizado con una
Naturaleza empobrecida y mutilada? ¿Iría a estudiar en una tribu india que
hubiera perdido todos sus guerreros? La selva, la pradera, carecen de sentido,
ahora que no puedo ni siquiera imaginarme en una al caribú que lleva una
pequeña selva en su cabeza, ni al castor en la otra. Imagino lo que podrían
haber sido los cantos y los gritos variados, los cambios de piel y de plumaje
que anunciaban la primavera y marcaban las demás estaciones, y comprendo que
esta vida mía, esta ronda particular de hechos anuales que denomino año, está
deplorablemente incompleta. Escucho un concierto mutilado en partes. Todo el
país civilizado se ha convertido en cierto modo en una ciudad, y yo mismo soy
ese ciudadano que se lamenta. Un gran número de fenómenos naturales y de
migraciones que otrora servían a los indios para reconocer las estaciones, ya
no se observan más. Quisiera trabar conocimiento con la Naturaleza, iniciarme
en sus modalidades y costumbres. La Naturaleza primitiva me interesa
sobremanera. Hago lo imposible, me apeno infinitamente por saber qué es la
primavera, por ejemplo, creyendo así que está en mis manos todo el poema.
Después, con gran disgusto, me doy cuenta que lo que he leído no deja de ser
una copia incompleta, de la que mis antepasados destrozaron numerosas primeras
páginas y mutilaron trozos enteros con bellos pasajes. No me gustaría que un
semidios se hubiese apoderado de las más bellas estrellas. Desearía conocer un cielo
y una tierra intactos. Arboles, animales, peces y pájaros, los más grandes han
desaparecido. ¡Quién sabe si no se han reducido los cursos de agua!
¡Adiós mis amigos! Mi camino desciende por
aquí en la montaña, por otro lado el de ustedes. Desde hace tiempo los veo cada
vez más lejos de mí. Un día desaparecerán del todo. De aquí a poco tiempo mi
senda me parecerá solitaria sin su compañía. Las praderas serán landas
estériles. No cesa de palidecer mi recuerdo. El camino que recorro se estrecha
y endurece, la noche está cada vez más próxima. Pero en el porvenir, nuevos
soles se alzarán, llanuras inesperadas se extenderán ante mí, y hallaré nuevos
peregrinos que tendrán en sí la virtud que descubrí en ustedes, que serán ellos
mismos la virtud que eran ustedes. Me someto a esta saludable y eterna ley, que
reinaba en aquella primavera en que los conocí, que reina en esta primavera en
que me parece que los pierdo. Amigos de antaño, vuelvo a visitarlos como quien
marcha entre las columnas de un templo en ruinas. Ustedes pertenecen a una
época, a una civilización, a una gloria, hace tiempo extintas. Sus armoniosas
líneas aún se distinguen, a pesar de las convulsiones sufridas y de los
chacales que rondan las ruinas. Vengo a reencontrar el pasado, a descifrar sus
inscripciones, los jeroglíficos, los manuscritos sagrados. Ya no encarnamos
mucho nuestro yo antiguo. El amor es una
sed que nada sacia. Bajo la corteza más grosera se oculta la carne más
delicada. Si deseas comprender a un amigo, aprende a leer a través de una
materia más opaca y espesa que el cuerno. Si deseas comprender a un amigo,
todos los idiomas te resultarán fáciles. El enemigo se descubre. Hay en él una
amenaza de guerra. En cambio el amigo no descubre jamás su afecto. Advierto una
vez más la ventaja que tiene para el poeta, para el filósofo, para el
naturalista y para todos nosotros, entregarnos de tiempo en tiempo a una
ocupación diferente de nuestra ocupación habitual, y mirar, por así decir, de
soslayo a las cosas. El poeta tendrá así visiones que ninguna inspiración
voluntaria haría nacer. El filósofo deberá admitir principios que no le habrían
revelado largos estudios y el mismo naturalista posaría su vista sobre una flor
desconocida o sobre un animal imprevisto y nuevo. (*)
(*)
Fuente: Henry David Thoreau, El elogio de la vida salvaje, Buenos Aires,
editorial Rinzai, 1989.
PROFESIÓN
DE FE
Creo que existe una íntima relacion entre la
vida exterior y la vida interior; creo que si alguien lograse superar su vida,
el mundo seguirla ignorándolo; creo que diferencia y distancia se identifican.
Ansiar una verdadera vida es como emprender un viaje a un lejano país, y verse
poco a poco rodeado de ignorados paisajes y de gentes nuevas. Envuelto en mi
pasado, comprendo que estoy muy lejos de vivir una vida mejor y más bella, en
su pleno sentido. El mundo externo no es sino lo inverso de lo que está en
nosotros. Las costumbres no ocultan a los hombres; por el contrario, los
muestran sin aparencias, como realmente son. En realidad las costumbres forman
su vestimenta. Poco me importa el curioso razonamiento que invocan quienes
siguen fieles a las costumbres. Las circunstancias no son rígidas ni
irreductibles como nuestros actos. ¡Cuántas veces nos expresamos con vaguedad,
como si una vida divina pudiera injertarse o construirse en nuestra vida
presente, a modo de apropiado cimiento! Para transformar nuestra vida
debiéramos rehacer la antigua, excluir todo el calor de nuestros afectos;
quizás sea imposible. El mirlo construye su vivienda sobre el huevo del
cuclillo, y allí incuba sus huevos. Pero la separación es leve, e incube
también el ajeno. El cuclillo lo aventaja en un día, y, al nacer su cría,
expulsa a los pichones del mirlo. No hay otra solución entonces: destruir el
huevo del cuclillo o construir un nido nuevo.
El cambio es siempre cambio. Ninguna vida
nueva ocupa viejos cuerpos. Los cuerpos viejos se pudren. La vida es lo que
nace, crece y florece. Los hombres intentan reanimar patéticamente lo antiguo,
y por eso lo toleran y soportan. ¿Por qué limitarnos a embalsamar? ¡Abandonemos
ya los ungüentos y los sudarios, y vayamos en busca de un cuerpo naciente! En
las antiguas catacumbas de Egipto podemos comprobar el resultado de tal
experiencia. No ignoramos su fin.
Creo en la simplicidad. Es asombroso y
triste ver cómo hasta el hombre más sabio ocupa sus días en asuntos triviales,
creyéndose obligado a relegar a último término cuestiones más importantes. Si
un matemático desea resolver un problema difícil, comienza por despojar a la
ecuación de toda dificultad, reduciéndola a su más simple expresión.
Simplifiquemos el problema de la existencia, y distingamos lo necesario de lo
real. Sondeemos la tierra para ver dónde corren nuestras raíces-madres. Yo
quisiera basarme siempre en los hechos. ¿Por qué no ver, por qué no servirnos
siempre de nuestros propios ojos? ¿O es que los hombres no saben ni conocen
nada? Sé de muchas personas, difíciles de ser engalladas en asuntos comunes,
muy recelosas de una mala jugada, que disponen mesuradamente de su dinero y
saben como gastarlo, que gozan fama de cautos y listos, y que sin embargo
consienten en pasarse gran parte de su existencia como cajeros entre las cuatro
paredes de un banco, hombres que hoy brillan un poco, para enmohecerse mañana y
finalmente desaparecer. Si son realmente capaces, ¿por qué hacen lo que están
haciendo? ¿Saben bien lo que es el pan, y para qué sirve? ¿Tienen noción del
valor y significado de la vida? Porque si supieran algo, ¡qué pronto olvidarían
lo que ahora les interesa!
Esta vida, nuestra respetable vida de todos
los días, tras de la que firmemente se apuntala el hombre de buen sentido, el
Inglés del mundo civilizado, y sobre la que reposan todas nuestras insignes
instituciones, no deja de ser una ilusión que se desvanece como la trama
inconsútil de una visión fugaz. En cambio, el más leve resplandor de realidad
que suele iluminar días oscuros para todos los hombres, nos revela algo más
consistente y durable que el bronce fundido, algo que es en verdad la piedra
angular del mundo.El ser humano es incapaz de concebir un estado de cosas que
no sea realizable. ¿Podemos consultar honestamente a nuestra conciencia y
afirmar que es así? ¿Qué hechos invocamos al afirmar que nuestros sueños son
prematuros? ¿Han oído hablar alguna vez acerca de un hombre que haya luchado
consecuentemente durante toda su vida por una finalidad, y que no la lograra en
cierta medida? Un hombre en estado de continua ansiedad, ¿no se siente ya
elevado en virtud de ella? ¿Quién que haya ensayado la menor acción de
heroísmo, de magnanimidad, o tendido hacia la verdad y sinceridad, no halló
cierta ventaja, algo más que no fuera perder el tiempo? Es natural que no
esperemos a que nuestro paraíso sea un jardín. Ignoramos lo que pedimos.
Observemos la literatura. ¡Qué bellos pensamientos concibió cada uno de
nosotros, y qué poco bellos pensamientos fueron expresados! Y sin embargo, no
hay ningún sueño, por más sutil o etéreo que fuere, que el simple talento,
secundado por cierta resolución y constancia, después de mil fracasos, no logre
fijar y grabar en palabras distintas y duraderas. Nuestros sueños son los
hechos más positivos que conocemos. Pero ahora no hablamos de sueños.
Lo que se puede expresar con palabras,
puede igualmente expresarlo nuestra vida. Mi vida actual, es un hecho del que
no debo congratularme, pero respeto mi fe y mis aspiraciones. De ellos hablo
ahora. Nuestro estado es demasiado simple para describirlo. No he prestado
juramento alguno. No he trazado nlngún pan sobre la sociedad, la Naturaleza, o
Dios. Soy simplemente lo que soy, o más bien, comienzo a serlo.
Vivo en el presente. El pasado no es en mí
sino un recuerdo, y el porvenir una anticipación. Amo vivir. Prefiero una
reforma antes que un programa. No puede hacerse historia de cómo el mal se ha
vuelto lo mejor. Creo, y nada existe al margen de mi creencia. Sé que yo soy.
Sé que otro existe, que sabe más que yo, que por mí se interesa, del que soy su
criatura, y en cierto modo también progenitor. Sé que la empresa vale la pena,
que las cosas van bien. No he recibido ninguna noticia adversa.
En cuanto a las posiciones, a las
combinaciones, a los detalles, ¿qué pueden significar? Si contemplamos el
firmamento, cuando el tiempo es claro, ¿qué apercibimos sino el cielo y el sol?
¿Quieres convencer a un hombre de que hace
mal? Haz el bien. Pero es inútil convencerlo con palabras. Los hombres creen en
lo que ven. Hay que procurar que vean. Prosigue tu vida, obstínate en vivirla,
y como un perro en torno del coche de su amo, gira en torno a tu propia vida.
Realiza aquello que más amas. Para conocer
bien tu hueso, hay que roerlo, enterrarlo y desenterrarlo para roerlo más aún.
No es preciso demasiada moral. Sería trampearse a sí mismo con un exceso de
vida. Ve más allá de la moralidad. No te contentes con ser bueno; hay que serlo
a toda costa. Todas las fábulas encierran su moral, pero los inocentes que
escuchan hallan placer sobre todo por la historia que narran. Nada se interpone
entre tú y la luz. Respeta a los hombres, respeta a tus hermanos, y nada más.
Cuando emprendas viaje a la Ciudad Celeste, no lleves carta de recomendación.
Cuando llames, pide ver a Dios, y nunca a los lacayos. En esto, que es lo que
más te conviene, no se te ocurra pensar que tienes camaradas. Haz de cuenta que
estás solo en el mundo... (*)
(*)
Fuente: Henry David Thoreau, "Profesión de fe", en Elogio de la vida salvaje, Buenos Aires,
Editorial Rinzai, 1989, pp. 25-26.

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