© Libro No. 629. Pálido Fuego. Nabokov, Vladimir. Colección
E.O. Marzo 1 de 2014.
Título original: © Vladimir
Nabokov. Pálido Fuego
Versión Original: © Vladimir
Nabokov. Pálido Fuego
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Vladimir Nabokov
Pálido Fuego
Biografía del autor:
Nabokov Vladimir
Vladimir
Nabokov (1899-1977), novelista estadounidense de origen ruso, poeta y crítico,
considerado como una de las principales figuras de la literatura universal.
Nabokov
nació el 23 de abril de 1899, en San Petersburgo, en el seno de una familia de
la aristocracia rusa. Heredó de su padre la pasión por las mariposas y el
ajedrez.
En 1919,
la familia abandonó el país para escapar de la Revolución Rusa. Cursó estudios
en el Prince Tenishev School entre 1910 y 1917, y en el Trinity College de la
Universidad de Cambridge, donde se graduó en 1922 con la máxima calificación.
Para ganarse la vida enseñó inglés, fue profesor de tenis, y también creó
crucigramas para el periódico ruso Rul de 1922 a 1937.
Bajo el
seudónimo de Vladimir Sirin ganó cierta reputación como escritor de ficción en
los diarios de los emigrantes rusos en Berlín, donde vivió de 1923 a 1937. Su
novela sobre ajedrez, La defensa de Luzin (1930), consagró a Nabokov como uno
de los principales valores de la joven generación de escritores emigrados de
Rusia. Durante los cinco años siguientes escribió cuatro novelas y un cuento,
entre las que destacan Desesperación e Invitado a una decapitación. Se trasladó
a París (1937), entonces huyendo de los Nazis y estuvo allí tres años, lugar en
el que comenzó a escribir en inglés.
En 1940
tarde emigró a los Estados Unidos con su esposa e hijo y cinco años más tarde
adoptó la nacionalidad estadounidense. Su primera novela en inglés, Barra
siniestra, se publicó en 1947. Énseñó en Stanford durante el verano de 1941 y
en Wellesley (1941-48), como especialista en mariposas. A partir de 1948 hasta
1959 dio clases en Cornell.
Su fama
literaria fue discreta hasta la publicación en París de Lolita (1955), obra que
supuso su consagración como escritor y que con el tiempo se convertiría en un
bestseller atacado por muchos críticos y moralistas. Esta asombrosa novela
narra la intensa y obsesiva relación de un hombre maduro con una adolescente
precoz, y puede considerarse como un estudio del amor y el deseo sexual.
Durante
la década de 1960 se tradujeron a diversas lenguas algunas de las primeras
novelas de Nabokov escritas en ruso, como Invitado a una decapitación. Pálido
fuego (1962), la novela que siguió a Lolita, fue también muy elogiada. En 1964
publicó, en edición crítica, su traducción al inglés de la novela de Alexandr
Pushkin, Eugene Onegin (4 volúmenes). Habla memoria (1966) es un nostálgico
relato de su infancia en la Rusia imperial y su vida posterior hasta 1940, las
memorias se publicaron originalmente en forma abreviada en 1951, bajo el título
de Prueba poco convincente. Rey, dama, valet, escrita en Berlín y publicada en
ruso y alemán en 1928, es una parodia de una novela tradicional. En 1969
apareció Ada o el ardor, un ejemplo claro de su obra. En 1973 publicó dos
libros: Una belleza rusa y otros relatos, y el ensayo Opiniones contundentes.
Estas obras, junto a otras como ¡Mirad a los arlequines! o La dádiva figuran
entre las obras maestras de la literatura de todos los tiempos.
En 1959
Nabokov se estableció en Suiza, donde vivió recluido hasta el 2 de julio de
1977. El territorio exclusivo de Nabokov es la tragicomedia compleja, en la que
el tiempo y el espacio se condensan o se expanden, y las metáforas y los
símiles se entremezclan en un juego incesante.
Su obra
incluye poesía, ficción, drama, autobiografía, ensayos, traducciones, y crítica
literaria, así como trabajos sobre mariposas y ajedrez.
Falleció
el 2 de julio de 1977, en Montreux, Suiza.
http://www.quedelibros.com/autor/443/Nabokov-Vladimir.html
Esto me recuerda el grotesco relato que le hizo al Sr. Langton del
estado lamentable de un joven de buena familia. "Señor, lo último que he
sabido de él es que andaba por la ciudad matando gatos a tiros". Y
entonces, en una especie de dulce fantaseo, pensó en su gato favorito y dijo:
"Pero a Hodge no lo matarán, a Hodge no lo matarán".
James Boswell, Vida de Samuel Johnson
PRÓLOGO
Pálido Fuego, poema en pareados
decasílabos, de novecientas noventa y nueve versos, divididos en cuatro cantos,
fue escrito por John Francis Shade (nacido el 5 de julio de 1898, muerto el 21
de julio de 1959) durante los últimos veinte días de su vida, en su residencia
de New Wye, Appalachia, EE. UU. El manuscrito, casi todo copia en limpio de la
cual el texto que sigue es fiel reproducción, consiste en ochenta fichas de
tamaño mediano; en cada una de ellas Shade reservó la línea superior rosada
para los encabezamientos (número del canto, fecha) y utilizó las catorce líneas
azul claro para trazar con una pluma aguzada y una letra minúscula, pulcra y
notablemente clara, el texto de su poema, saltándose una línea para indicar un
doble espacio y utilizando una ficha nueva cada vez que empezaba un nuevo
canto.
El breve Canto Primero (166 versos) con todos
sus divertidos pájaros y parhelios, ocupa trece fichas. El Canto Segundo,
preferido de usted, y ese chocante tour de forcé que es el Canto Tercero,
tienen la misma longitud (334 versos) y abarcan veintisiete fichas cada uno. El
Canto Cuarto es de largo idéntico al Primero y ocupa también trece fichas, de
las cuales las cuatro últimas, empleadas el día de su muerte, no son una copia
en limpio, sino un borrador corregido.
Hombre metódico, John Shade solía copiar todos
los días a medianoche su producción de versos terminados, pero aunque volviera
a copiarlos más tarde, como sospecho que hizo algunas veces, ponía en la o las
fichas, no la fecha de los retoques finales, sino la del día del borrador
corregido o de la primera copia en limpio. Quiero decir que conservaba la fecha
de la creación verdadera antes que la correspondiente a la segunda o tercera
versión. Justo enfrente de mi domicilio actual hay un parque de diversiones muy
ruidoso.
Poseemos, pues, un calendario completo de su
trabajo. El Canto Primero fue comenzado en las primeras horas del 2 de julio y
terminado el 4 de julio. Shade empezó el Canto siguiente el día de su
cumpleaños y lo terminó el 11 de julio. Dedicó otra semana al Canto Tercero. El
Canto Cuarto fue comenzado el 19 de julio y como ya se ha dicho, el último
tercio de su texto (versos 949 a 999) es un borrador corregido. Su apariencia
es sumamente desprolija por la proliferación de tachaduras devastadoras y de
inserciones cataclísmicas, y no sigue las líneas de la ficha con tanto rigor
como la copia en limpio. En realidad, en cuanto uno se zambulle y se esfuerza
por abrir los ojos en las límpidas profundidades que hay bajo su confusa
superficie, se vuelve maravillosamente preciso. No hay verso con lagunas ni de
lectura dudosa. Esto bastaría para demostrar que los cargos hechos (el 24 de
julio de 1939) en una entrevista acordada a la prensa por uno de nuestros
shadeanos confesos —quien afirmó, sin haber visto el manuscrito del poema, que
"consiste en borradores desarticulados, ninguno de los cuales constituye
un texto definido"— son una invención malévola de aquellos que desearían
no tanto lamentar el estado en que quedó interrumpida por la muerte la obra de
un gran poeta, como denigrar la competencia y quizá la honestidad dé quien se
encarga ahora de su edición y comentario.
Otra declaración pública hecha por el profesor
Hurley y su camarilla se refiere a un problema de estructura. Cito de la misma
entrevista: "Nadie puede decir cuál era la longitud que John Shade pensaba
dar a su poema, pero no es improbable que lo que ha dejado represente sólo una
pequeña parte de la composición que él vio en un espejo, oscuramente".
¡Otro absurdo! Además del verdadero clarín de evidencia interna que resuena a
lo largo del Canto Cuarto, tenemos la afirmación de Sybil Shade (en un
documento fechado el 25 de julio de 1959) de que su marido "nunca tuvo
intención de pasar de cuatro partes". Para él el Canto Tercero era el
penúltimo, y yo mismo se lo oí decir, durante un paseo al crepúsculo en que,
como pensando en voz alta, pasó revista al trabajo del día y gesticuló en
perdonable autoaprobación, mientras su discreto compañero trataba en vano de
adaptar el ritmo de sus largos trancos al paso arrastrado y espasmó-dico del
viejo poeta desgreñado. No sólo eso, sino que incluso diré (mientras nuestras
sombras siguen caminando sin nosotros) que quedaba por escribir solamente un
verso del poema (a saber, el verso 1000) el cual hubiera sido idéntico al verso
uno y habría completado la simetría de la estructura, con dos partes centrales
idénticas, sólidas y amplias, formando con las dos partes laterales más cortas
dos alas gemelas de quinientos versos cada una, y el diablo se lleve esa
música. Conociendo la tendencia combinatoria de Shade y su sutil sentido del
equilibrio armónico, no puedo convencerme de que tuviera intención de deformar
las facetas de su cristal interfiriendo en el curso previsto de su crecimiento.
Y si todo esto no fuera bastante —y lo es, es bastante— tuve la dramática
ocasión de escuchar la propia voz de mi pobre amigo anunciando, la noche del 21
de julio, el fin, o casi, de su labor. (Véase mi nota al verso 991.)
Esta tanda de ochenta fichas estaba sujeta por
una banda elástica que ahora vuelvo a poner religiosamente después de haber
examinado por última vez su precioso contenido. Otra tanda, mucho más pequeña,
de una docena de fichas, abrochadas y metidas en el mismo sobre de manila que
la tanda principal, contiene algunos pareados más cuyo curso breve y a veces
borroneado se prosigue a través de un caos de primeros borradores. Por lo
general, Shade destruía los borradores en cuanto dejaba de necesitarlos; bien
me acuerdo de haberlo visto desde mi galería, una mañana brillante, quemando
toda una pila en el fuego pálido del incinerador delante del cual permanecía
con la cabeza inclinada como un miembro oficial de un cortejo fúnebre, entre
las mariposas negras, llevadas por el viento, de ese auto dé fe de patio
trasero. Vero Shade salvó esas doce fichas a causa de los hallazgos no
utilizados que brillaban entre la escoria de los borradores utilizados. Tal vez
pensaba vagamente sustituir ciertos pasajes de la copia en limpio por algunos
de los preciosos desechos de su fichero, o, lo que es más probable, una afición
secreta por tal o cual ornamento, suprimido por consideraciones arquitectónicas
o porque había irritado a la Sra. S., le instó a aplazar su destrucción hasta
el momento en que la perfección marmórea de un impecable manuscrito
dactilografiado la hubiese confirmado o mostrara lo embarazoso e impuro de la
variante más deliciosa. Y quizá, permítaseme añadir con toda modestiaL tenía
intención de pedirme mi opinión después de leerme su poema, como sé que pensaba
hacerlo.
En mis notas al poema el lector hallará estas
variantes suprimidas. Sus lugares están indicados o por lo menos sugeridos por
los esbozos de los versos definitivos situados en su vecindad inmediata. En
cierto sentidol muchos de ellos son artística e históricamente más valiosos que
algunos de los mejores pasajes del texto definitivo. Debo explicar ahora cómo
fue que la edición de Pálido Fuego
quedó a mi cuidado.
Inmediatamente después de la muerte de mi
querido amigo, convencí a su desconsolada viuda de que se adelantara, para
anularla, a las pasiones comerciales y a las intrigas académicas que no
dejarían de concitarse en torno al manuscrito de su marido (depositado por mi
en un lugar seguro aún antes del entierro de su cuerpo), firmando un acuerdo en
el sentido de que él me había entregado el manuscrito, que yo lo haría publicar
sin tardanza, con mis comentarios, en una editorial elegida por mi; que todos
los beneficios, con excepción del porcentaje del editor, lo corresponderían a
ella, y que, el día de la publicación, el manuscrito sería entregado a la
Biblioteca del Congreso para su conservación permanente. Desafío a cualquier
crítico serio a que demuestre la incorrección de este contrato. Sin embargo ha
sido calificado (por el antiguo abogado de Shade) de "fantástico fárrago
de malignidad", en tanto que otra persona (su antiguo agente literario) se
preguntó con una mueca sardónica si la temblorosa firma de la Sra. Shade no
habría sido trazada "con un extraño tipo de tinta roja". Corazones,
espíritus como ésos serian incapaces de comprender que el apego que se puede
sentir por una obra maestra es absolutamente irresistible, sobre todo cuando es
el revés de la trama lo que transporta a su espectador y único instigador cuyo
pasado mismo está entrelazado con el destino del inocente autor.
Como he mencionado, creo, en mi última nota al
poema, la carga de fondo de la muerte de Shade hizo estallar tantos secretos y
subir a la superficie tantos peces muertos, que tuve que abandonar New Wye poco
después de mi entrevista con el asesino prisionero. La redacción de los
comentarios tuvo que aplazarse hasta que yo pudiera encontrar un nuevo
incógnito en ambiente más sereno, pero los problemas prácticos relacionados con
el poema tenían que quedar arreglados en seguida. Tomé un avión a Nueva York,
hice fotografiar el manuscrito, me puse de acuerdo con uno de los editores de
Shade y estaba a punto de cerrar trato cuando, como al descuido, en medio de un
vasto atardecer (estábamos sentados en una celda de nogal y vidrio, cincuenta
pisos por encima de la progresión de los escarabajos), mi interlocutor observó:
"Le alegrará saber, Dr. Kinbote, que el Profesor Fulano (uno de los
miembros del comité Shade) ha accedido a servirnos de asesor para editar la
cosa".
Entendámonos, eso de "alegrarse" es
extremadamente subjetivo. Uno de nuestros proverbios zemblanos más estúpidos
dice: el guante se alegra de perderse. Rápidamente volví a cerrar mi
portafolios y me dirigí a otro editor.
Imagínense un gigante suave, torpe; imagínense
un personaje histórico cuyo conocimiento del dinero se limita a los miles de
millones abstractos de una deuda nacional; ¡imagínense a un príncipe exiliado
ignorante de la Golconda que lleva en los gemelos de su camisa! Esto para
explicar —oh, hiperbólicamente.— que soy el individuo menos práctico del mundo.
Entre tal persona y un viejo zorro del mundo editorial, las relaciones son al
principio conmovedoramente naturales y amistosas, con chistes expansivos y toda
clase de muestras de amistad. No tengo ningún motivo para suponer que nada
venga jamás a impedir que ese contacto inicial con el bueno de Frank, mi editor
actualt siga siendo permanente.
Frank ha acusado recibo de las pruebas que me
habían sido enviadas aquí y me ha pedido que mencionara en mi prefacio —y lo
hago con mucho gusto— que soy el único responsable de los errores de mis
comentarios. Insertarlo en presencia de un profesional. Un experimentado
corrector de pruebas ha vuelto a verificar cuidadosamente el texto impreso del
poema teniendo a la vista la fotocopia del manuscrito y ha encontrado unos
pocos gazapos triviales que yo había pasado por alto; esta ha sido toda la
ayuda exterior que he recibido. Inútil decir cuánto esperé que Sybil Shade me
proporcionara abundantes datos biográficos; desgraciadamente se fue a New Wye
antes que yo y ahora está viviendo con unos parientes en Quebec. Desde luego,
hubiéramos podido cruzar una correspondencia de lo más fecunda, pero los
shadeanos no iban a abandonar la partida. Se encaminaron a Canadá en manada
para caer sobre la pobre señora en cuanto yo perdí contacto con ella y sus
cambiantes estados de ánimo. En lugar de responder a una carta que yo le había
mandado un mes antes desde mi cueva de Cedarn, con una lista de mis problemas
más urgentes, tales como el verdadero nombre de "Jim Coates", etc.,
me envió de pronto un telegrama pidiéndome que aceptara al profesor H. (!) y al
profesor C. (!!) como coeditores del poema de su marido. ¡Cuánto me sorprendió
y me apenó! Naturalmente, eso impidió la colaboración con la extraviada viuda
de mi amigo. ¡Y vaya si era un amigo muy querido! El calendario dice que yo lo
había conocido unos pocos meses antes, pero existen amistades que desarrollan
su propia duración interna, sus propios eones de tiempo transparente,
independientes de esa música que gira, malévola. ¡Nunca olvidaré mi exaltación
al enterarme, como lo digo en una nota que hallará mi lector, de que la casa
suburbana (del Juez Goldsworth, que se había marchado a Inglaterra en su año
sabático, y alquilada para mí) a la que me mudé el 5 de febrero de 1959, era
vecina de la del célebre poeta norteamericano cuyos versos yo había tratado de
traducir al zemblano veinte años atrás! Aparte de esa prestigiosa vecindad, el
cháteau goldsworthiano, como lo descubriría en seguida, dejaba mucho que
desear. El sistema de calefacción era una broma, pues dependía de unos
reguladores instalados en el piso desde donde las tibias exhalaciones de una
caldera palpitante y quejumbrosa situada en el sótano se difundía en las
habitaciones con la debilidad del último suspiro de un moribundo. Condenando
todas las bocas de calor del piso alto traté de dar más energía a los reguladores
del salónl pero su temperatura resultó incurablemente perjudicada, por cuanto
no había nada entre esa habitación y las regiones árticas salvo una puerta de
entrada llena de rendijas, sin el menor vestigio de vestíbulo, sea porque la
casa había sido construida en pleno verano por un ingenuo colono que no podía
imaginar el tipo de invierno que le esperaba en New Wye, o porque en los viejos
tiempos era de buen tono que el visitante casual pudiese comprobar desde el
umbral de la puerta que en la sala no pasaba nada indecoroso.
En Zembla, febrero y marzo (los dos últimos de
los cuatro "meses de nariz blanca", como les decimos) solían ser
también bastante crudos, pero incluso la habitación de un campesino ofrecía una
masa de calor uniforme, no una retícula de mortales corrientes de aire. Es
cierto que, como suele ocurrir a los recién llegados, me dijeron que yo había
elegido el peor invierno en muchos años, y eso en la latitud de Palermo. Una de
mis primeras mañanas allí, mientras me preparaba a ir al College en el poderoso
coche rojo que acababa de comprar, observé que el Sr. y la Sra. Shade, a
quienes aún no había sido presentado (me enteraría más tarde de que creían que
yo deseaba estar solo), se veían en figurillas con su viejo Packard que emitía
quejidos agónicos en el sendero resbaloso sin poder desprender una torturada
rueda trasera de un cóncavo infierno de hielo. John Shade se afanaba torpemente
con un cubo del cual, con gestos de sobrador, sacaba puñados de arena marrón
para esparcirlos en el hielo azul. Llevaba botas para la nieve, se había alzado
el cuello de vicuña y su abundante pelo gris parecía escarchado al sol. Yo
sabía que había estado enfermo pocos meses antes y con intención de ofrecer a
mis vecinos un viaje hasta el campus
en mi poderosa máquina, me precipité hacia ellos. Una vereda que rodeaba la
ligera eminencia sobre la cual se situaba mi castillo alquilado me separaba del
sendero de mis vecinos, y estaba a punto de cruzarla cuando perdí pie y caí
sentado sobre la nieve sorprendentemente dura. Mi caída actuó como reactivo
químico en el sedán de Shade que arrancó en el acto y estuvo a punto de pasarme
por encima al meterse en el sendero, con John al volante gesticulando
laboriosamente mientras Sybil le hablaba con frenesí. No estoy seguro de que me
haya visto ninguno de los dos.
Pero pocos días después, el lunes 16 de
febrero para ser más exacto, fui presentado al viejo poeta a la hora del
almuerzo en el club de profesores. "Por fin presenté mis
credenciales", como anoté, con cierta ironía, en mi diario. Me invitaron a
sentarme con él y otros cuatro o cinco eminentes profesores a su mesa habitual,
bajo una fotografía ampliada del Wordsmith College tal como era, inmóvil y
destartalado, en un día del verano de 1903 particularmente sombrío. Su lacónica
sugestión de que yo "probara el cerdo" me divirtió. Soy rigurosamente
vegetariano y me gusta preparar mis propias comidas. Consumir algo que había
sido manipulado por uno de mis semejantes, expliqué a los rubicundos
convidados, era tan repugnante para mí como comerme una criatura humana,
incluida —bajé la voz— la carnosa estudiante con cola de caballo que nos
atendía chupando el lápiz. Además ya había terminado de comer las frutas que
había traído en mi portafolios, de modo que me contentaría, dije, con una
botella de buena cerveza del College. Mi actitud libre y sencilla puso a todo
el mundo cómodo. Me hicieron las habituales preguntas acerca de si los eggnogs y los milkshakes eran o no permitidos a quienes pensaban como yo. Shade
dijo que él era justo lo contrario: tenía que hacer un decidido esfuerzo para
tocar una legumbre. Empezar una ensalada era para él como meterse en el mar un
día frío, y siempre precisaba darse ánimos para atacar la fortaleza de una
manzana. Yo no estaba todavía acostumbrado a las bromas y a las burlas más bien
cansadoras que son habituales entre los intelectuales norteamericanos del tipo
académico innato, y entonces me abstuve de decirle a John Shade, en presencia
de esos viejos varones bromistas, cuánto admiraba su obra, para evitar que una
discusión literaria seria degenerara en simple jarana. En cambio le pregunté
acerca de uno de mis alumnos más recientes que también asistía a su curso, un
muchacho taciturno, delicado, bastante maravilloso; pero sacudiendo
enérgicamente su escarchada crin, el viejo poeta contestó que había dejado
hacía mucho de memorizar las caras y los nombres de los estudiantes y que la
única persona de su clase de poesía que podía visualizar era una señora oyente
que usaba muletas. —Vamos, vamos —dijo el profesor Hurley—, ¿usted quiere decir,
John, que no tiene una imagen mental o visceral de esa rubia impresionante que
frecuenta Lit. 202?. —Shade, resplandeciendo en todas sus arrugas, tocó
ligeramente la muñeca de Hurley para hacerlo callar. Otro torturador preguntó
si era cierto que yo había instalado dos mesas de ping-pong en el sótano de mi casa. Le pregunté: —¿Es un crimen? —No
—dijo—, ¿pero por qué dos? —¿Es un crimen doble? —le repliqué, y todos se
echaron a reír.
A
pesar de un corazón desfalleciente (véase verso 735), de una leve cojera y
cierta contorsión extraña al caminar, Shade tenía un gusto inmoderado por los
largos paseos a pie, pero la nieve le molestaba y en invierno prefería que su
mujer fuera a buscarlo con el coche después de las clases. Unos días más tarde,
como me dispusiera a salir de la Sala Parthenocissus —o Sala Principal (o
ahora, ¡ay!, Sala Shade)— lo vi afuera, esperando a que la Sra. Shade viniera a
buscarlo. Me quedé a su lado un minuto, en los peldaños del peristilo, y
mientras me ponía los guantes, dedo por dedo, mirando a lo lejos como si fuera
a pasar revista a un regimiento: —Un trabajo bien hecho —comentó el poeta.
Consultó su reloj pulsera. Un copo de nieve le cayó encima. —Cristal sobre
cristal —dijo Shade. Le ofrecí llevarlo a su casa en mi poderoso Kramler. —Las
esposas, Sr. Shade, son olvidadizas. —Irguió la hirsuta cabeza para mirar el
reloj de la biblioteca. Dos radiantes muchachos vestidos con pintorescas ropas
de invierno cruzaron riendo y resbalando la desolada extensión de hierba
cubierta de nieve. Shade echó otra mirada a su reloj y, encogiéndose de
hombros, aceptó mi ofrecimiento.
Le pregunté si no le importaba que tomara el
camino más largo para detenerme en Community Center donde quería comprar unos
bizcochos revestidos de chocolate y un poco de caviar. Dijo que encantado.
Desde el interior del supermercado, a través de la vitrina, vi al viejo que se
precipitaba a un bar. Cuando volví con mis compras, estaba de vuelta en el
coche leyendo una revista que no pensé que un poeta se dignara tocar. Un eructo
satisfecho me indicó que disimulaba un frasco de coñac en su bien arropada persona.
Cuando doblamos en su calle, vimos que Sybil llegaba delante de la casa. Bajé
con cortés solicitud. Ella dijo: —Como mi marido no cree en las presentaciones,
hagámoslo nosotros mismos: usted es el Dr. Kinbote, ¿no es cierto? Y yo soy
Sybil Shade. —Después se dirigió a su marido diciéndole que hubiera podido
esperar un minuto más en su escritorio; ella había hecho sonar la bocinal
llamadol subido todas las escaleras, etc. Me volví para irme, porque no deseaba
presenciar una escena conyugal, pero ella me retuvo: —Tome un trago con
nosotros —dijo— o mejor dicho conmigo, porque a John le está prohibido el
alcohol. —Expliqué que no podía quedarme mucho rato porque iba a haber una
especie de clase de trabajos prácticos en casa, seguida por un poco de ping-pong con dos encantadores mellizos
idénticos y otro muchacho, otro muchacho.
A
partir de ese momento comencé a ver cada vez con más frecuencia a mi célebre
vecino. La vista desde una de mis ventanas me proporcionaba un entretenimiento
de primera, especialmente mientras esperaba a algún invitado tardío. Desde el
segundo piso de mi casa la ventana del salón de los Shade era perfectamente
visible mientras estaban desnudas las ramas de los árboles de follaje caduco
que nos separaban, y casi todas las noches podía ver el pie en pantuflas del
poeta balanceándose suavemente. Uno deducía que estaba sentado con un libro en
un sillón pero no se podía ver nada más que el pie y su sombra moviéndose de
arriba abajo al ritmo secreto de la absorción mental, en la luz concentrada de
la lámpara. Siempre en el mismo momento la pantufla de cuero marroquí marrón
caía del calcetín de lana del pie que seguía oscilando, aunque con una cadencia
un poco más lenta. Uno sabía que la hora del sueño se acercaba con todos sus
terrores; que en pocos minutos el pulgar tantearía y acosaría a la pantufla y
desaparecería luego con ella de mi dorada campo de visión atravesada por la
negra comba de una rama. Y a veces Sybil Shade pasaba con Id velocidad y los
braceos de alguien que sale en un acceso de cólera de un lugar para volver poco
después, con paso mucho más lento, como si hubiera perdonado a su marido su
amistad por un vecino excéntrico; pero el enigma de su conducta quedó
totalmente resuelto una noche en que, al marcar su número de teléfono mientras
observaba la ventana, la induje mágicamente a repetir los movimientos
apresurados y absolutamente inocentes que me habían intrigado.
Ay, mi tranquilidad de espíritu pronto se
haría trizas. El espeso veneno de la envidia empezó a salpicarme no bien los
suburbios académicos se dieron cuenta de que fohn Shade prefería mi compañía a
la de todos los demás. Su risita burlona, mi querida Sra. C, no se nos escapó
cuando yo ayudaba al viejo poeta cansado a encontrar sus galochas después de
aquella aburrida reunión en la casa de usted. Un día que fui a la oficina de la
sección de Literatura Inglesa a buscar una revista con una fotografía del 'Palacio
Real de Onhava que quería mostrar a mi amigo, sorprendí a un joven profesor con
chaqueta de terciopelo verde, a quien llamaré misericordiosamente Gerald
Emerald, en el momento en que contestaba descuidadamente a una pregunta del
secretario: "Me imagino que el Sr. Shade ya se ha ido con el Gran
Castor". Es cierto que soy bastante alto y que mi barba castaña es
bastante rica de textura y color; el apodo tonto evidentemente se me aplicaba a
mi, pero no merecía atención alguna y después de tomar con calma la revista de
una mesa cubierta de folletos, me limité a deshacer el nudo de la corbata
mariposa de Gerald Emerald con golpe seco de los dedos al pasar delante de él.
Hubo también la mañana en que el Dr. Nattochdag, jefe del departamento del que
yo dependía, me rogó con voz formal que me sentara, cerró la puerta y después
de volver a su sillón giratorio con aire sombrío, me instó a que "tuviera
más cuidado". ¿Cuidado en qué sentido? Un muchacho se había quejado a su
padrino de tesis. ¿Quejado de qué, por el amor de Dios? De que yo hubiera
criticado un curso de literatura que él seguía ("un estudio ridículo de
obras ridículas a cargo de una ridícula mediocridad"). Con una carcajada
de verdadero alivio, abracé al bueno de Netochka, prometiéndole que nunca más
volvería a ser malo. Aprovecho esta oportunidad para saludarlo. Siempre se
comportó con una cortesía tan exquisita conmigo, que a veces me pregunto si no
habría sospechado lo que Shade sospechaba y lo que sólo tres personas (dos
administradores y el presidente del College) sabían con certeza.
Oh, hubo varios incidentes parecidos. En una
parodia representada por un grupo de estudiantes de arte dramático fui
retratado como un pomposo misógino con acento alemán, que citaba constantemente
a Housman y mordisqueaba zanahorias crudas; y una semana antes de la muerte de
Shade, cierta feroz señora en cuyo club me había negado a hablar sobre el tema
"The Hally Vally" (como decía ella, confundiendo el palacio de Odín
con el título de una epopeya finlandesa), me dijo en mitad de tin almacén: —Es
usted una persona sumamente desagradable. No entiendo cómo John y Sybil pueden
soportarlo —y exasperada por mi cortés sonrisa, añadió—: Además está loco.
Pero permítaseme interrumpir el repertorio de
necedades. Se pensara lo que se pensase, se dijera lo que se dijese, yo hallaba
plena recompensa en la amistad de John. Esta amistad era tanto más preciosa
cuanto que su ternura era intencionalmente disimulada, sobre todo cuando no nos
encontrábamos solos, por la hosquedad que emana de eso que puede llamarse
nobleza de corazón. Todo su ser constituía una máscara.
La apariencia física de John Shade tenía tan
poco que ver con las armonías reunidas en el hombre, que uno se sentía
inclinado a rechazarla como un disfraz grosero o una moda pasajera; pues si las
modas de la época romántica hacían más sutil la virilidad del poeta desnudando
su cuello atractivo, recortando su perfil y reflejando un lago de montaña en su
pupila oval, los bardos de hoy, debido quizá a que tienen mejores oportunidades
de envejecer, parecen gorilas o buitres. Había en el rostro de mi sublime vecino
algo que podía haber atraído la mirada si hubiera sido sólo leonino o sólo
iroqués; pero por desgracia la mezcla de los dos recordaba simplemente a un
corpulento borrachín hogarthiano de sexo indeterminado. Su cuerpo deforme,
aquella abundante greña gris, las uñas amarillentas de los dedos regordetes,
las bolsas debajo de los ojos opacos sólo se entendían si se los consideraba
como los desechos de su yo intrínseco eliminados por las mismas fuerzas de
perfección que purificaban y cincelaban su verso. Shade era su propia
anulación.
Tengo una fotografía de él que es mi
preferida. En esa instantánea en colores tomada por alguien que fue amigo mío,
un día brillante de primavera, se ve a Shade apoyado en un robusto bastón que
había pertenecido a su tía Maud (véase el verso 86). Yo llevo un rompevientos
blanco comprado en una tienda local de artículos de deportes y un pantalón lila
procedente de Cannes. Mi mano izquierda está semi-alzada, no para palmear el
hombro de Shade como parece ser la intención, sino para quitarme los lentes
ahumados, cosa que no llegó a hacer en esa vida, la vida de la fotografía; y el
libro de la biblioteca que tengo debajo del brazo derecho es un tratado sobre
ciertos ejercicios físicos zemblanos en el que me proponía interesar a mi joven
inquilino, el que tomó la foto. Una semana más tarde éste traicionaría mi
confianza aprovechando sórdidamente mi ausencia motivada por un viaje que hice
a Washington de donde volví para descubrir que había llevado a una prostituta
pelirroja de Exton, de quien quedaban pelos y emanaciones en los tres cuartos
de baño. Naturalmente, nos separamos en seguida, y entreabriendo las cortinas
de la ventana, vi al malo de Bob de pie, con un aire bastante patético, con su
cabeza rapada y su valija destartalada y los esquíes que yo le había dado,
totalmente desamparado al borde del camino, esperando que uno de sus compañeros
fuera a buscarlo llevándoselo para siempre. Puedo perdonar todo salvo la
traición.
Jamás comentamos, John Shade y yo, ninguna de
mis desventuras personales. Nuestra estrecha amistad se situaba en ese nivel
superior, exclusivamente intelectual, en que uno puede descansar de las penas
del corazón, no compartirlas. Mi admiración por él era una especie de cura de
altura. Yo experimentaba una gran impresión de maravilla cada vez que lo
miraba, sobre todo en presencia de otra gente, gente inferior. Esa maravilla
era realzada por mi conciencia de que los otros no sentían lo que yo sentía, no
veían lo que yo veía, veían en Shade un hombre corriente en vez de dejar que
cada uno de sus nervios se impregnara, por así decirlo, del aura fabulosa de su
presencia. Ahí está, me decía yot esa es su cabeza, que contiene un cerebro de
una especie diferente de las jaleas sintéticas envasadas en los cráneos que lo
rodean. Desde la terraza (de la casa del profesor C, aquella noche de marzo),
está mirando el lago distante. Yo lo miro a él. Soy testigo de un fenómeno
fisiológico único: John Shade percibiendo y transformando el mundo,
integrándolo y desintegrándolo, reordenando sus elementos en el proceso mismo
de almacenarlos para producir en una fecha no especificada un milagro orgánico,
una fusión de imagen y de música, un verso. Y sentí la misma exaltación que una
vez, en mi infancia, observando del otro lado de la mesa de té, en el castillo
de mi tío, a un prestidigitador que acababa de ofrecer una representación
fantástica y ahora comía tranquilamente un helado de vainilla. Yo miraba fijo
sus mejillas empolvadas, la flor mágica en el ojal donde había pasado por una
sucesión de colores diferentes y ahora se había detenido en un clavel blanco, y
especialmente sus maravillosos dedos de apariencia fluida que podían, si así lo
decidía, disolver la cuchara en un rayo de luz haciéndola girar, o convertir su
plato en paloma arrojándolo al aire.
El poetiza de Shade est en efecto, ese súbito
floreo de magia: mi canoso amigo, mi viejo y querido prestidigitador, ponía un
paquete de fichas en el sombrero y sacaba un poema.
De ese poema debemos ocuparnos ahora. Mi
prólogo no ha sido, así lo espero, demasiado magro. Otras notas, ordenadas en
un comentario sostenido, satisfarán seguramente al lector más voraz. Aunque
esas notas, con arreglo a la costumbre, vienen después del poema, se aconseja
al lector consultarlas primero y luego estudiar el poema con su ayuda,
releerlas naturalmente al seguir el texto y quizá, después de haber terminado
el poema, consultarlas por tercera vez para completar el cuadro. En un caso
como este me parece prudente eliminar la molestia de tener que pasar las
páginas hacia adelante y hacia atrás, ya sea cortando y abrochando las páginas
del poema o, lo que es más sencillo, comprando dos ejemplares de la misma obra
que entonces pueden colocarse en posiciones adyacentes sobre una mesa
confortable, no como esta cosita tambaleante en la que está ahora precariamente
entronizada mi máquina de escribir en esta miserable cabina para automovilistas
con ese tiovivo dentro y fuera de mi cabeza, a mil leguas de New Wye.
Permítaseme afirmar que sin mis notas, el texto de Shade simplemente no tiene
realidad humana alguna, pues la realidad humana de un poema como el suyo
(demasiado caprichosa y reticente para una obra autobiográfica), con la omisión
de muchos versos medulosos rechazados por él, tiene que depender totalmente de
la realidad de su autor y lo que le rodea, de sus afectos y así sucesivamente,
realidad que sólo mis notas pueden proporcionar. Probablemente mi querido poeta
no hubiera suscrito esta afirmación pero, para bien o para malt es el
comentador el que tiene la última palabra.
Charles Kinbote
19 de octubre de 1959, Cedarn, Utana.
PALIDO FUEGO
Poema en cuatro
cantos
CANTO PRIMERO
Yo era la sombra del picotero asesinado
1
por el falaz azur de la ventana;
era la mancha de plumón ceniza, y vivía,
volaba siempre en el cielo reflejado.
Y desde adentro también me duplicaba,
yo mismo, mi lámpara, la manzana en un
plato:
corriendo la cortina, el vidrio oscuro
suspendía los muebles en la hierba,
¡y qué delicia cuando una nevada 10
ese atisbo de césped ocultaba
y entonces silla y cama se posaban justo
en la nieve, fuera, en la tierra de
cristal!
Retomar la nevada: cada copo a la deriva
informe y lento, opaco e inestable,
blanco mate y sombrío contra el blanco
pálido del día
y abstractos alerces en la luz neutral.
Y después el doble azul gradual
cuando la noche une al que ve y a lo
visto,
y en la mañana diamantes de la escarcha
20
expresan el asombro: ¿Qué espolonadas
patas han cruzado
de izquierda a la derecha la página en
blanco del camino?
Leyendo de izquierda a derecha en el
código invernal:
una tilde, una flecha invertida... ¡Las
patas de un faisán!
Belleza con gorguera, ortega sublimada
que descubres tu China justo tras de mi
casa.
¿Era de Sherlock Holmes el personaje
aquel
cuyas huellas retrocedían al invertir
los zapatos?
Todos los colores me hacían feliz,
incluso el gris. 30
Mis ojos eran tales que literalmente
fotografiaban. Siempre que yo lo
permitía
o, con un temblor silente, lo ordenaba,
todo lo que caía en mi campo visual
—una escena de interior, las hojas de un
nogal, los esbeltos
estiletes de una helada estalactita—
e impreso en mis párpados, por dentro,
quedaba rezagado una hora, o dos,
y entre tanto, me bastaba
cerrar los ojos para reproducir las
hojas, 40
o la escena de interior, o los trofeos
del alero.
No entiendo por qué podía desde el lago
distinguir nuestra entrada cuando iba
por Lake Road a dar clase, y ahora
aunque no haya
árbol que se interponga, miro pero no
veo
ni siquiera el tejado. Tal vez un recodo
del espacio
ha formado un pliegue o surco
desplazando
la frágil perspectiva, la casa de madera
entre Goldsworth y Wordsmith en su
cuadro de verde.
Yo tenía allí un nogal joven, favorito,
50
de amplias hojas jade oscuro y negro, y
fino
tronco vermiculado. El sol poniente
pavonaba la corteza negra y alrededor,
como guirnaldas
desatadas, caían las sombras del
follaje.
Ahora es fuerte y rugoso; ha crecido
bien.
Las mariposas blancas se vuelven lavanda
cuando
atraviesan su sombra, donde parece
mecerse
delicadamente el fantasma del columpio
de mi hijita.
La casa es más o menos la misma. Un ala
ha sido restaurada. Hay un solario. Hay
una 60
gran ventana flanqueada de sillas
fantasiosas.
El enorme sujetapapeles de la TV brilla
ahora en lugar
de la rígida veleta tantas veces
visitada
por el ingenuo, leve mirlo
que repetía todos los programas
escuchados,
pasando de chipo-chipo a un claro
tu-ui, tu-ui, y luego a un grito ronco: come here,
come here, come herrr, meneando la erguida cola
o entregándose con gracia a una suave
ascendente pirueta y volviendo (¡tu-ui!) 70
en seguida a su pértiga, la nueva TV.
Yo era muy pequeño cuando mis padres
murieron.
Los dos eran ornitólogos. He tratado
tantas veces de evocarlos que hoy
tengo un millar de padres. Tristemente
con sus propias virtudes se confunden, y
se borran,
pero ciertas palabras, palabras oídas al
azar,
como "corazón frágil", siempre
aluden a él,
y "cáncer de páncreas", a ella
se refieren.
Un preterista: el que recoge nidos
abandonados. 80
Aquí estaba mi dormitorio, ahora
reservado a los huéspedes.
Aquí, arropado por la criada canadiense,
escuchaba el murmullo de la conversación
de abajo, y rezaba
para que todos estuvieran siempre bien,
tíos y tías, la criada, su sobrina
Adèle,
que había visto al Papa, gentes de los
libros, y Dios.
Me crió mi querida, extravagante tía
Maud,
poeta y pintora que gustaba
de objetos realistas mezclados
con grotescas ramificaciones e imágenes
de perdición. 90
Vivió para escuchar el primer llanto del
niño siguiente. Su cuarto
lo hemos conservado intacto. Sus
fruslerías componen
una naturaleza muerta a su manera: el
pisapapeles
de vidrio convexo que encierra una
laguna,
el libro de versos abierto en el índice
(Luna,
Lunar, Luto, Luz), la guitarra
abandonada,
la calavera, y un recorte del Star local:
Los Yanks baten a los
Rex por 5 a 4, sobre
el Homero de Chapman, clavado en la puerta.
Mi Dios murió joven. La teolatría me
parecía 100
degradante, y sus premisas, inciertas.
Ningún hombre libre necesita un Dios;
¿pero era yo libre?
¡Con qué plenitud sentía a la naturaleza
pegada a mí
y cómo amaba mi paladar infantil el
gusto
mitad miel, mitad pescado de esa dorada
cola!
Desde la infancia mi libro de imágenes
fue
el pergamino pintado que tapiza nuestra
jaula:
anillos morados alrededor de la luna; un
sol naranja sanguina;
el iris doble, y ese raro fenómeno,
la irídula —cuando, extraña y magnífica,
110
en un cielo brillante, sobre una cadena
montañosa,
una nubécula ópalo de forma oval
refleja el arco iris de una tormenta
montada en un valle distante—,
pues estamos muy artísticamente
enjaulados.
Y el muro del sonido: el muro nocturno
que un trillón de grillos levantan en el
crepúsculo.
¡Impenetrable! A medio camino, en la
colina,
me detenía avasallado por sus delirantes
trinos.
Es la luz del Dr. Sutton. Es la Osa
Mayor. 120
Hace mil años cinco minutos eran
iguales a cuarenta onzas de fina arena.
Mirar fijo las estrellas. Infinito
pasado
e infinito futuro: por encima de tu
cabeza
como alas gigantes se cierran, y estás
muerto.
El común de los mortales, diría yo,
es más feliz: ve la Vía Láctea
sólo cuando orina. Entonces como ahora
yo caminaba por mi cuenta y riesgo:
fustigado por las ramas,
tropezando en las cepas. Asmático, cojo
y gordo, 130
nunca hice rebotar una pelota ni empuñé
un bate.
Yo era la sombra del picotero asesinado
por la ficticia lejanía del cristal de
la ventana.
Tenía un cerebro, cinco sentidos (uno de
ellos único),
pero en todo lo demás era un engendro
ridículo.
En mis sueños nocturnos jugaba con otros
chicos,
pero en realidad no envidiaba nada,
salvo quizá
el milagro de una lemniscata trazada
en la húmeda arena por las ruedas
descuidadamente
diestras de una bicicleta.
Un hilo de dolor sutil 140
que la traviesa muerte mueve, suelta
después,
pero siempre presente, corre a través de
mí. Un día,
acababa de cumplir once años, mientras
tendido
en el suelo, contemplaba un juguete de
cuerda
—un carrito de lata tirado por un
muchacho de lata—
que pasaba entre las patas de las sillas
y se perdía debajo de la cama,
irrumpió de pronto el sol en mi cabeza.
Y después la negra noche. Aquella
negrura era sublime.
Me sentía disperso en el espacio y en el
tiempo:
un pie en la cima de una montaña, una
mano 150
bajo los guijarros de un arroyo jadeante,
una oreja en Italia, un ojo en España,
en las grutas mi sangre y en las
estrellas mi cerebro.
Había sordas palpitaciones en mi
Triásico; verdes
manchas ópticas en el Pleistoceno
Superior,
y un estremecimiento helado en mi Edad
de Piedra,
y todos los mañanas en mi huesecillo de
la risa.
Durante un invierno, cada tarde
me hundí en aquel desmayo momentáneo.
Y después desapareció. Se borró su
recuerdo. 160
Mi salud mejoró. Hasta aprendí a nadar.
Pero como un muchachito obligado a
calmar
con su pura lengua la abyecta sed de una
mujer,
fui corrompido, aterrado, fascinado,
y aunque el viejo doctor Colt me declaró
curado
de lo que, decía, eran sobre todo males
del crecimiento,
la maravilla dura y la vergüenza
permanece.
CANTO SEGUNDO
Hubo un tiempo, en mi loca juventud,
en que sospeché vagamente que la verdad
sobre la supervivencia después de la
muerte era conocida 170
por cada ser humano; sólo yo
no sabía nada, y una gran conspiración
de libros y personas me ocultaba la
verdad.
Hubo un día en que empecé a dudar
de la cordura del hombre: ¿Cómo podía
vivir sin
saber con certeza qué alba, qué muerte,
qué castigo
aguardaba a la conciencia más allá de la
tumba?
Y finalmente fue la noche insomne
en que decidí explorar y combatir
el inmundo, el inadmisible abismo 180
dedicando toda mi perversa vida a esta
tarea única. Hoy cumplo sesenta y un
años. Los picoteros
picotean las bayas. Una cigarra canta.
Las tijeritas que estoy usando son
una deslumbrante síntesis de sol y estrella.
De pie delante de la ventana, me corto
las uñas y tengo una vaga conciencia
de ciertos parecidos fugitivos: el
pulgar,
el hijo de nuestro almacenero; el
índice, delgado y taciturno,
el astrónomo del College, Starover Blue;
190
el mediano, un sacerdote alto que
conocí;
el femenino anular, una vieja coqueta;
y el auricular, un niñito prendido a su
falda.
Y gesticulo mientras me corto las finas
pieles de lo que Tía Maud llamaba
"cutícula".
Maud Shade tenía ochenta años cuando un
brusco silencio
cayó sobre su vida. Vimos la rojez
furiosa
y la torsión de la parálisis asaltar
su noble mejilla. La trasladamos a
Pinedale,
célebre por su sanatorio. Se quedaba
allí sentada 200
al sol vidriado y miraba la mosca
posarse
en su vestido y luego en su muñeca.
Su espíritu iba desvaneciéndose en la
bruma creciente.
Aún podía hablar. Se detenía, tanteaba y
encontraba
algo que parecía primero un sonido
utilizable,
pero desde las células adyacentes, unos
impostores ocupaban
el lugar de las palabras necesarias, y
su mirada
deletreaba la súplica mientras trataba
en vano
de razonar con los monstruos de su
cerebro.
¿Qué momento de la desintegración
gradual 210
elige la resurrección? ¿Qué año? ¿Qué
día?
¿Quién tiene el cronómetro? ¿Quién
arrolla la cinta?
¿Son algunos menos afortunados o escapan
todos?
Silogismo: Otros hombres mueren; pero yo no soy
otro; por lo tanto no
moriré.
El espacio es un enjambre en los ojos; y
el tiempo
un zumbido en los oídos. En esta colmena
estoy encerrado. Sin embargo, si antes
de vivir
hubiésemos sido capaces de imaginar la
vida, ¡qué loca,
imposible, indeciblemente extraña, 220
maravillosa absurdidad nos hubiera
parecido!
Entonces, ¿por qué unirnos a la risa del
vulgo? ¿Por qué
despreciar un más allá que nadie puede
verificar:
las delicias del Turco, las futuras
liras, las conversaciones
con Sócrates y Proust en avenidas de
cipreses,
el serafín con seis alas de flamenco,
y los infiernos holandeses con
puercoespines y demás?
No es que soñemos un sueño demasiado
descabellado:
lo malo es que no lo hacemos parecer
suficientemente inverosímil; porque lo
más 230
que podemos imaginar es un fantasma
doméstico.
¡Qué ridículos estos esfuerzos por
traducir
en la propia lengua personal un destino
de todos!
¡En vez de una poesía divinamente tersa,
desarticuladas notas, los malos versos
del Insomnio!
La vida es un mensaje
garabateado en la oscuridad.
Anónimo.
Sorprendido en la corteza de un pino,
mientras volvíamos a casa el día que
ella murió,
un estuche de esmeralda vacío,
rechoncho, ojos de sapo,
abrazando el tronco, y haciendo juego,
240
una hormiga embardunada de resina.
¡Aquel inglés en Niza,
lingüista orgulloso y feliz: Je nourris
les pauvres cigales, queriendo decir que
alimentaba a las pobres "sea
gull" [gaviotas]!
Lafontaine se equivocaba:
muerta está la mandíbula, vivo el canto.
Y así me corto las uñas y sueño y oigo
tus pasos arriba, y todo está bien,
querida.
Sybil, en la escuela secundaria yo sabía
que eras preciosa, pero me enamoré de ti
durante una excursión de las clases
superiores 250
a las New Wye Falls. Almorzamos sobre la
hierba húmeda.
Nuestro profesor de geología explicaba
la catarata. Su rugido y el polvo
irisado
daban al parque insulso un aire
romántico. Me tendí
en la bruma de abril justo detrás
de tu grácil espalda y miraba tu
cabecita bien peinada
inclinada a un lado. Una palma, los
dedos separados,
entre una estrella de trillium y una piedra,
se apoyaba en la tierra. Un huesito de
falange
se estremecía. Después te volviste y me
ofreciste
un dedal de té brillante y metálico.
Tu perfil no ha cambiado. Los dientes
relumbrantes
mordiendo el labio atento; la sombra de
las largas pestañas
debajo del ojo; el durazno
bordeando el pómulo; la seda castaño
oscuro
del pelo levantado por el cepillo desde
las sienes y la nuca;
el cuello muy desnudo; la forma persa
de la nariz y las cejas: todo eso lo has
conservado
y en las noches silenciosas escuchamos
la cascada.
¡Ven que te adore, ven que te acaricie,
mi sombría Vanessa de rayas carmesí, mi
bendita,
admirable mariposa! Explícame ¿cómo
en las sombras crepusculares de Lilac
Lane,
has podido dejar que ese palurdo, este
histérico John Shade
te humedeciera el rostro y la oreja y el
hombro?
Hace cuarenta años que nos casamos. Tu
almohada
cuatro mil veces por lo menos fue
arrugada
por nuestras dos cabezas. Cuatrocientas
mil veces
el gran reloj de ronco carillón de
Westminster
ha dado nuestra hora común. ¿Cuántas
veces más 280
los calendarios de propaganda adornarán
la puerta de la cocina?
Te amo cuando, de pie sobre el césped,
miras algo en un árbol. "Se ha ido.
Era tan pequeño. Tal vez vuelva"
(todo esto
dicho en un murmullo más suave que un
beso).
Te amo cuando me llamas para que admire
la huella rosa de un avión sobre el
fuego del poniente.
Te amo cuando canturreas haciendo
una valija o el cómico bolso del auto
con su cierre relámpago todo alrededor.
Y te amo sobre todo 290
cuando con un cabeceo pensativo saludas
su fantasma
y tienes su primer juguete en tu palma,
o miras
una postal que te había mandado,
encontrada en un libro.
Ella hubiera podido ser tú, yo, o
cualquier mezcla rara:
la naturaleza me eligió para torcer y
desgarrar
tu corazón con el mío. Al principio
decíamos, sonriendo:
"Todas las niñitas son
regordetas", o "Jim Mc Vey
(el oculista de la familia) corregirá
ese ligero estrabismo
en poco tiempo". Y más tarde:
"Será muy bonita,
ya verás", y tratando de calmar 300
la tormenta que se acerca: "Es la
edad ingrata".
"Debería tomar lecciones de
equitación", decías
(tus ojos y los míos no se cruzaban).
"Debería jugar
al tenis, al badmington. ¡Menos
feculentos, más fruta!
Tal vez no sea una belleza, pero es
graciosa."
Era inútil, inútil. Los premios ganados
en francés y en historia, era divertido,
sin duda;
en las fiestas de Navidad los fuegos
eran violentos, sin duda,
y una pequeña invitada tímida podía
quedar a un lado;
pero seamos justos: mientras los niños
de su edad 310
hacían el papel de elfos y de hadas en
el escenario
que ella había ayudado a pintar para la
representación de la escuela,
mi dulce hija personificaba la Madre
Tiempo,
una criada encorvada, con un cubo y una
escoba,
y como un imbécil, yo me iba a llorar a
los retretes de hombres.
Otro invierno desapareció, barrido por
los limpianieves.
El Toothwort White frecuentó nuestros
bosques en mayo.
El verano avanzó segando, ardió el
otoño.
Ay, el deslucido pichón de cisne nunca
se convirtió
en un pato Carolina. Y de nuevo tu voz:
320
"¡Pero es un prejuicio! Deberías
alegrarte
de que sea inocente. ¿Por qué insistir
tanto
en lo físico? Ella quiere parecer un
adefesio.
Hay vírgenes que han escrito libros resplandecientes.
El amor no es todo. ¡La belleza
no es indispensable!" Y sin embargo
el Viejo Pan seguía llamando desde cada
colina pintada,
y sin embargo los demonios de nuestra
piedad hablaban:
Ningún labio compartirá el rouge de sus cigarrillos;
el teléfono que sonaba antes de un baile
330
cada dos minutos en Sorosa Hall
nunca sonaba para ella; y con un gran
chirrido de neumáticos en la grava,
hasta la puerta,
surgiendo de la noche laqueada, jamás un
enamorado
de blanco pañuelo vino a buscarla; ella
nunca iría,
sueño de gasa y jazmín, a aquel baile.
Sin embargo la mandamos a un castillo en
Francia.
Y volvió llorando, con nuevas derrotas,
nuevas miserias. Los días en que todas
las calles
de College Town llevaban al partido,
ella se sentaba 340
en el umbral de la biblioteca, y leía o
tejía;
las más de las veces estaba sola, o con
aquella dulce
y frágil camarada que se hizo monja, y
una o dos veces
con un muchacho coreano que seguía mi
curso.
Tenía extraños miedos, extrañas
fantasías, extraña fuerza
de carácter, como cuando se pasó tres
noches
investigando ciertos sonidos, ciertas
luces
en un viejo granero. Invertía las
palabras: rosa, sarro,
pala, lapa. Y adán se convertía en nada.
Te llamaba saltamontes didáctico. 350
Rara vez sonreía, y cuando lo hacía,
era señal de dolor. Criticaba
ferozmente nuestros proyectos, y con
ojos
inexpresivos, se quedaba sentada en la
cama revuelta,
estirando los pies hinchados, rascándose
la cabeza
con las uñas enfermas de psoriasis, y
gemía
murmurando monótonas palabras terribles.
Era mi tesoro: difícil, malhumorada,
pero igual mi tesoro. Te acuerdas de
aquellas
noches casi inmóviles, cuando jugábamos
360
al mahjong, o cuando se probaba tus
pieles, que la hacían
casi atrayente; y los espejos sonreían,
la luz era piadosa, las sombras leves.
A veces yo la ayudaba a entender un
texto latino,
o ella leía en su cuarto, cerca
de mi cubil fluorescente, y tú estabas
en tu estudio, doblemente separada de
mí,
y de vez en cuando yo oía las dos voces:
"Mamá, ¿qué es grimpen?" "¿Qué es qué?"
"Grim Pen".
Pausa, y tu glosa prudente. Después, de
nuevo: 370
"Mamá, ¿qué es ctónico?" También se lo explicabas,
añadiendo: "¿Quieres una
mandarina?"
"No. Sí. ¿Y qué quiere decir sempiterno?"
Vacilabas. Y desde mi escritorio, como
un trueno,
yo rugía la respuesta, a través de la
puerta cerrada.
Poco importaba lo que leyera
(algún cursi poema moderno del que se
decía,
en el curso de Literatura Inglesa, que
era un documento
"angayé y coercitivo" —¿qué
significaba eso?—
a nadie le importaba); el hecho es que
380
los tres cuartos, unidos entonces por
ti, por ella y por mí,
forman ahora un tríptico o una pieza en
tres actos
donde los hechos reflejados permanecen
para siempre.
Creo que ella siempre alimentó una
pequeña, loca esperanza.
Yo acababa de terminar mi libro sobre
Pope.
Jane Dean, mi dactilógrafa, le ofreció
un día
presentarle a Pete Dean, un primo. El
novio de Jane
los llevaría a todos en su coche nuevo
a un bar hawaiano, a unas veinte millas.
Fueron a buscar al muchacho a las ocho y
cuarto 390
a New Wye. El camino estaba helado. Por
fin
encontraron el lugar, cuando de pronto
Pete Dean
llevándose las manos a la frente exclamó
que había
olvidado por completo una cita con un
amigo
que iría a parar a la cárcel si él,
Pete, no iba,
etcétera. Ella dijo que comprendía.
Después que Pete se fue, se quedaron los
tres
un rato, delante de la entrada azul.
El neón rayaba los charcos; y con una
sonrisa
ella dijo que estaba de trop, que prefería 400
volverse a casa. Sus amigos la
acompañaron
hasta la parada del ómnibus y la
dejaron; pero ella, en vez
de volver a casa, bajó en Lochanhead.
Te miraste la muñeca: "Son las ocho
y cuarto.
(Y aquí el tiempo se bifurcó.) Voy a
encenderlo." La pantalla
desarrolló en su blancura líquida una
mancha que parecía la vida,
y surgió la música.
Le echó una mirada
y fulminó con los
ojos a la bien intencionada Jane.
Una mano masculina trazó de Florida a
Maine
las curvas flechas de las guerras
eolias. 410
Dijiste que más tarde un cuarteto de
latosos,
dos escritores y dos críticos,
discutirían
La Causa de la Poesía en el Canal 8.
Llegó una ninfa haciendo piruetas bajo
blancos
pétalos rotatorios, en un rito
primaveral,
para arrodillarse ante un altar, en un
bosque,
donde había varios artículos de tocador.
Subí al primero y leí unas galeradas,
y oí al viento que hacía rodar bolitas
en el tejado.
"Miren bailar al mendigo ciego,
cantar al tullido" 420
tiene indudablemente el sonido vulgar
de su edad absurda. Después tu llamada,
tierno mirlo mío, subió desde el
vestíbulo.
Espero llegar a tiempo para alcanzar a
oír hablar de
una breve fama y tomar contigo una taza
de té: mi nombre
fue mencionado dos veces, como de
costumbre justo detrás
(un solo paso viscoso) de Frost.
"¿De veras no le
molesta?
Tomaré el avión de
Exton, porque, comprende,
si no llego antes de
medianoche con la plata..."
Y después hubo una especie de película
de viaje: 430
un presentador nos llevó a través de la
niebla
de una noche de marzo, donde desde muy
lejos
los faros crecían como una estrella en
expansión
acercándose al verde, índigo y leonado
mar,
que habíamos visitado en el treinta y
tres,
nueve meses antes de su nacimiento.
Ahora todo
era grisáceo y apenas recordaba
aquel primer, largo paseo, la luz cruel,
el rebaño de velas (una azul entre las
blancas
chocaba extrañamente con el mar, y dos
eran rojas), 440
el hombre del viejo blazer, desmenuzando
pan,
la muchedumbre de gaviotas
intolerablemente ruidosas,
y una paloma oscura contoneándose en la
multitud.
"¿Fue el teléfono?" Escuchaste
la puerta.
Nada. Recogiste el programa del suelo.
Más faros en la
bruma. Inútil
limpiar los vidrios:
sólo una tapia blanca
y los faroles de
alumbrado pasaban sin máscaras.
"¿Estamos seguros de que procede
bien?" preguntaste.
"Técnicamente es, sin duda, una
cita con un desconocido.
¿Y si probamos la secuencia Remordimiento?"
Y dejamos, con toda tranquilidad,
que la famosa película desplegara su
marquesina encantada;
el célebre rostro entró graciosamente,
bello y tonto:
los labios entreabiertos, los ojos
húmedos, el grain de
beauté —extraño galicismo— en la mejilla,
y la suave forma desapareciendo en el
prisma
del deseo colectivo.
"Creo",
dijo,
"que voy a
bajarme aquí." "Pero estamos en Lochanhead."
"Sí, está
bien." Agarrada a la barra, miró 460
los árboles
espectrales. El ómnibus se detuvo. El ómnibus desapareció.
Trueno sobre la selva. "¡No, eso
no!"
Pat Pink, nuestro huésped (charla
antiatómica).
Dieron las once. Suspiraste. "Me
temo que no haya
más nada interesante." Jugaste
a la ruleta de las cadenas: el dial
giraba y trictraqueaba.
Los anuncios eran decapitados. Las caras
pasaban como relámpagos.
Una boca abierta fue borrada en medio de
una canción.
Un imbécil con patillas se disponía
a utilizar su pistola, pero tú eras
demasiado rápida. 470
Un negro jovial alzaba la trompeta.
Tric.
Tu anillo de rubíes daba la vida,
imponía la ley.
¡Oh, apágalo! Y en el momento en que se
cortaba la vida
vimos una luminosa cabeza de alfiler que
disminuía y moría
en el negro infinito.
Desde su cabaña al
borde del lago,
un guardián, el Padre
Tiempo, todo gris y encorvado,
salió con su perro,
inquieto, y costeó
el cañaveral de la orilla.
Llegó demasiado tarde.
Bostezaste discretamente y apartaste la
bandeja.
Oíamos el viento. Lo oíamos empujar y
arrojar 480
ramitas contra los vidrios de la
ventana. ¿Suena el teléfono? No.
Te ayudé a lavar los platos. El gran
reloj
seguía demoliendo jóvenes raíces, viejas
rocas.
"Medianoche", dijiste. ¿Qué es
medianoche para los jóvenes?
Y de pronto un fulgor de fiesta barrió
cinco troncos de cedros, aparecieron
parches de nieve,
y un coche de la policía en nuestro
camino combado
se detuvo con un crujido. ¡Reanuden!
¡Reanuden!
Algunos pensaron que había tratado de
cruzar el lago
en Lochan Neck donde patinadores
entusiastas cruzaban 490
de Exe a Wye los días especialmente
fríos.
Otros supusieron que se había perdido
doblando a la derecha de Bridgeroad; y
otros dicen
que se quitó la pobre y joven vida. Yo
sé. Tú sabes.
Era una noche de deshielo, una noche de
viento fuerte,
de gran excitación en el aire. La
primavera negra
estaba a la vuelta de la esquina,
temblando
en el húmedo brillo de las estrellas y
en el suelo húmedo.
El lago yacía en la niebla, el hielo
semihundido.
Una forma confusa salió de los
cañaverales de la orilla, 500
avanzó por el voraz, crujiente pantano,
y se hundió.
CANTO TERCERO
¡L'if,
árbol sin vida! Tu gran Quizá, Rabelais:
la gran patata.
I.P.H., un laico Instituto (I) de
Preparación (P)
para el Hades (H), o If, como lo
llamábamos
—¡Si con mayúscula!— me contrató por un
semestre
para hablar sobre la muerte ("para
discurrir sobre el Gusano",
me escribió el Presidente McAber).
Tú y yo,
y ella, entonces pequeñita, nos
trasladamos de New Wye
a Yewshade, en otro Estado, más alto.
Amo las grandes montañas. Desde la verja
de entrada
de la casa destartalada que alquilamos
allí
se veía una forma nevada, tan lejana,
tan bella
que sólo cabía lanzar un suspiro, como
si
pudiera ayudar a asimilarla.
Iph
era un nido de larvas y una violeta:
una fosa en la primavera precoz de la
Razón. Y sin embargo
faltaba lo esencial de la cosa; faltaba
lo que más interesa al preterista;
pues morimos cada día; el olvido
prospera 520
no con fémures secos sino con vidas
llenas de savia
y nuestros mejores ayeres, son ahora
fétidos montones
de nombres arrugados, números
telefónicos y fichas descoloridas.
Estoy dispuesto a convertirme en una
florecilla
o en un moscón, pero a olvidar, jamás.
Y rechazaré la eternidad a menos que
la melancolía y la ternura
de la vida mortal; la pasión y el dolor;
la luz clarete de ese avión que
desaparece
a la altura de Hesperus; tu gesto
consternado 530
cuando se han acabado los cigarrillos;
la manera
en que sonríes a los perros; la huella
de baba plateada
que dejan los caracoles en las piedras;
esta buena tinta, esta rima,
esta ficha, este delgado elástico
que cae siempre en forma de ocho,
estén en el cielo a disposición de los
que acaban de morir
almacenados en sus cajas fuertes a
través de los años.
En cambio
el Instituto estimaba que sería quizá
prudente
no esperar demasiado del paraíso:
¿Qué hacer si no hay nadie que salude
al recién llegado, ni recepción, ni 540
adoctrinamiento? ¿Qué pasa si uno es
arrojado
a un vacío sin fin, la orientación
perdida,
el espíritu desnudo y absolutamente
solo,
la tarea inacabada, la desesperación
desconocida,
el cuerpo que empieza apenas a pudrirse,
indesvestible con traje de mañana,
la viuda postrada en una cama incierta,
ella misma borrón en la cabeza que se
disuelve?
Poniendo a los dioses en su lugar,
incluyendo al D. con mayúscula, 550
Iph tomaba algunos desechos periféricos
de las visiones místicas; y ofrecía
triquiñuelas
(las gafas ahumadas para el eclipse de
la vida)
para no perder la cabeza cuando uno se
convierte en fantasma:
deslizarse de costado, elegir una curva
suave y dejarse caer,
encontrar cuerpos sólidos y atravesarlos
de un resbalón,
o dejar que una persona circule en
usted.
Cómo reconocer en las tinieblas, con un
sobresalto
Terra la Bella, una bola de jaspe.
Cómo conservar la razón en tipos de
espacio en espiral. 560
Precauciones que han de adoptarse en
caso
de una reencarnación monstruosa: qué
hacer
al descubrir de pronto que uno
es ahora un sapo joven y vulnerable
instalado en medio de un camino
frecuentado,
o un osezno bajo un pino ardiendo,
o una polilla en un libro eclesiástico
otra vez de moda.
El tiempo significa sucesión, y la
sucesión, cambio:
la eternidad debe, pues, perturbar
los horarios del sentimiento.
Aconsejamos 570
al viudo. Se ha casado dos veces;
se encuentra con sus dos esposas, las
dos amadas, amantes
y celosas una de otra. El tiempo
significa crecimiento
y el crecimiento no significa nada en la
vida elísea.
Acariciando a un niño, inmutable, la
esposa de cabellos de lino
se duele al borde de un recordado
estanque
lleno de un cielo soñador. Y rubia
también,
pero con un toque leonado en la sombra,
las manos enlazando las rodillas, en una
balaustrada de piedra
apoyados los pies, la otra está sentada
y mira 580
con ojos húmedos la impenetrable y leve
bruma azul.
¿Cómo empezar? ¿A quién besar primero?
¿Qué juguete
dar al niño? ¿Ese chiquillo solemne sabe
que un choque de frente, una salvaje
noche de marzo,
mató a la madre y al hijo?
Y ella, el segundo amor, pies desnudos
en negras zapatillas
de baile, ¿por qué lleva pendientes
sacados del estuche de joyas de la otra?
¿Y por qué aparta su joven y apasionado
rostro?
Porque, como nos enseñan los sueños, ¡es
tan difícil 590
hablar con nuestros muertos queridos! Se
desentienden
de nuestra aprensión, de nuestros
escrúpulos y nuestra vergüenza...
la terrible sensación de que no son del
todo los mismos.
Y nuestro compañero de escuela muerto en
una guerra lejana
no se sorprende de vernos a su puerta,
y con una mezcla de ligereza y
melancolía
señala los charcos en su cuarto del
subsuelo.
¿Pero quién puede enseñar los
pensamientos a que deberíamos recurrir
cuando la mañana nos descubra caminando
hacia la pared,
bajo la dirección escénica de algún
político 600
cretino, de algún babuino de uniforme?
Pensaremos en cosas que sólo nosotros
sabemos:
imperios de la rima, Indias del cálculo;
escuchar el canto distante de los
gallos, y discernir
bajo el rugoso muro gris un polipodio
raro;
y mientras nos atan las regias manos,
abrumar a nuestros inferiores con
sarcasmos, alegremente ridículizar
a los imbéciles dedicados a la causa, y
escupirles
en los ojos sólo por pasar el rato.
Tampoco se puede ayudar al exiliado, al
viejo 610
que agoniza en un motel, con el
ventilador ruidoso
girando en la tórrida noche de la
sabana,
y desde afuera un poco de luz coloreada
llega hasta su cama, sombrías manos del
pasado
que ofrecen gemas; y la muerte viene
rápido.
Se ahoga y conjura en dos lenguas
a las nebulosas que se dilatan en sus
pulmones.
Un violento dolor, un desgarrón: es todo
lo que se puede prever.
Quizá descubre uno le grand néant; quizá
otra vez de la yema del tubérculo sube
uno en espiral. 620
Como lo señalaste la última vez que
pasamos
delante del Instituto:
"Verdaderamente no podría decir
cuál es la diferencia entre este lugar y
el infierno."
Escuchamos a los partidarios de la
cremación ahogarse de risa
y resoplar cuando Grabermann acusó al
Horno
de atentar contra el nacimiento de los
espectros.
Todos evitábamos criticar las creencias.
El gran Starover Blue analizó el papel
desempeñado por los planetas como
recaladas del alma.
Se meditó en el destino de las bestias.
Un chino 630
se explayó sobre el ceremonial de los
tés
con los antepasados, y hasta dónde
remontarse.
Yo destrocé las fantasías de Poe,
y me referí a recuerdos infantiles de
extraños
fulgores nacarados que no están al
alcance de los adultos.
Entre nuestros oyentes habían un joven
sacerdote
y un viejo comunista. Iph podía por lo
menos
rivalizar con las iglesias y la línea
del partido.
En los años siguientes empezó a decaer;
el Budismo se arraigó. Un médium
introdujo fraudulentamente 640
pálidas jaleas y una mandolina flotante.
Fra Karamazof se deslizó en algunas
clases
murmurando su inepto Todo está permitido;
y para satisfacer el deseo de pez del
seno materno
una escuela de freudianos bajó a la
tumba.
Esta insípida aventura me ayudó en
cierto sentido.
Aprendí lo que había que ignorar en mi
estudio
del abismo de la muerte. Y cuando
perdimos a nuestra hija
yo sabía que no habría nada: ningún
supuesto
espíritu tocaría en mi teclado de madera
seca 650
para deletrear su apodo; ningún fantasma
se levantaría graciosamente para
acogernos, a ti y a mí,
en el sombrío jardín, cerca del nogal.
"¿Qué es ese curioso crujido... lo
oyes?"
"Es el postigo de la escalera,
querida."
"Si no duermes, encendamos la luz.
¡Detesto ese viento! Juguemos un poco al
ajedrez." "De acuerdo."
"Estoy segura de que no es el
postigo. Mira... otra vez."
"Es el zarcillo de una planta que
golpea contra el vidrio."
"¿Qué es lo que se ha deslizado por
el tejado con ese ruido sordo?" 660
"Es el viejo invierno que rueda en
el barro."
"¿Y ahora, qué haré? Mi caballo
está clavado."
¿Quién deambula tan tarde en la noche y
el viento?
Es la pena del escritor. Es el salvaje
viento de marzo. Es el padre y su hijo.
Después vinieron minutos, horas, al fin
días enteros,
en que ella estuvo ausente de nuestros
pensamientos, tan rápida
corría la vida, vellosa oruga.
Fuimos a Italia. Tendidos al sol
en una playa blanca con otros
norteamericanos 670
rosados o morenos. Volvimos en avión a
nuestra pequeña ciudad.
Supe que mi serie de ensayos El hipocampo
bravío era "universalmente
aclamado".
(Se vendieron trescientos ejemplares en
un año.)
De nuevo empezaron los cursos, y en las
laderas de las colinas
surcadas de caminos lejanos, se veía la
corriente continua
de los faros de los coches volviendo
todos al sueño
de la educación universitaria. Seguiste
traduciendo a Marvell y a Donne al
francés.
Fue un año de tormentas: el ciclón
Lolita 680
sopló de Florida a Maine.
Marzo resplandeció. Se casaron shahs.
Rusos sombríos espiaban.
Lang hizo tu retrato. Y una noche morí.
El Crashaw Club me había pagado para que
explicara
por qué la Poesía tiene Sentido para
Nosotros.
Pronuncié mi sermón, aburrido pero
breve.
Cuando me iba con cierta prisa, para
evitar
el llamado "momento de las
preguntas" del final,
uno de esos individuos atrabiliarios que
van
a esas charlas sólo para decir que no
están de acuerdo, 690
se levantó y me señaló con la pipa.
Y entonces se produjo —el ataque, el
trance
o una de mis viejas crisis—. Había por
casualidad
un médico en la primera fila. A sus pies
oportunamente caí. Mi corazón había
dejado de latir,
parece, y pasaron varios momentos
antes de que palpitara y continuara
penosamente
hacia un destino más concluyente.
Préstenme ahora
toda su atención.
No puedo decirles cómo
lo supe... pero yo sabía que había
cruzado 700
la frontera. Todo lo que amaba estaba
perdido
pero no había aorta que señalara
pesadumbre.
Un sol de goma convulso se ocultó,
y la nada negro sangre empezó a tejer
un sistema de células encadenadas en el
interior
de células encadenadas en el interior de
células encadenadas
en el interior de un único vástago. Y
horriblemente clara
contra la oscuridad, una alta fontana
blanca jugaba.
Me di cuenta, claro, de que no estaba
formada
de nuestros átomos; que el sentido
detrás 710
de la escena no era nuestro sentido. En
la vida, el espíritu
de cualquier hombre reconoce rápidamente
las ilusiones de la naturaleza, y
entonces delante de sus ojos
la caña se convierte en pájaro, la
ramita nudosa
en una oruga geómetra, y la cabeza de la
cobra, en una gran
falena malignamente replegada. Pero en
el caso
de mi fontana blanca lo que sustituía
perceptivamente era algo que, yo lo
sentía,
sólo podía ser comprendido por el que
residiera
en el extraño mundo donde yo era un
simple extraviado. 720
Y ahora vi que se desvanecía:
aunque aún inconsciente, yo estaba de
vuelta en la tierra.
La historia que conté provocó la
hilaridad de mi médico.
Dudaba mucho de que en el estado en que
me había encontrado, "se pudiera
tener alucinaciones
o cualquier tipo de sueños. Más tarde,
quizá,
pero no durante el colapso mismo.
No, Sr. Shade."
¡Pero Doctor, yo estaba muerto!
Sonrió. "No del todo: justo la
mitad de una sombra", dijo.
Sin embargo, yo vacilaba. Mentalmente
seguía 730
repasando toda la escena. De nuevo bajé
del estrado, y me sentí extraño y
acalorado,
y vi que el tipo se levantaba, y me
desplomé, no
porque un importuno me señalara con la
pipa,
sino probablemente porque el tiempo
estaba maduro
para ese sobrevuelo preciso y ese
desfallecimiento
de un globo desinflado, de un viejo
corazón inestable.
Mi visión trasudaba veracidad. Tenía el
tono,
la quididad y la singularidad de su
propia
realidad. Era. A medida que pasaba el tiempo 740
su vertical constante brillaba
triunfalmente.
A menudo, cuando turbado por el
resplandor exterior
de la calle y su pugna, me volvía a mí
mismo y allí,
allí en el trasfondo de mi alma la
encontraba,
¡Vieja Fiel! Y su presencia me consolaba
siempre
maravillosamente. Entonces, un día,
encontré algo que parecía una
manifestación idéntica.
Era un artículo aparecido en una revista
acerca de una tal Sra. Z. cuyo corazón
había sido reanimado por la mano pronta
de un cirujano. 750
Habló al periodista de "la tierra
más allá del Velo" y el relato
contenía
una alusión a los ángeles, y un reflejo
de vitrales, y un poco de música suave,
y una selección
de cánticos, y la voz de su madre:
"Más allá de este huerto a través
de una especie de humo
entrevi una alta fontana blanca... y me
desperté."
Si en alguna isla innombrada el Capitán
Schmidt 760
ve un animal desconocido y lo atrapa,
y si, un poco después, el Capitán Smith
trae una piel, esa isla no es un mito.
¡Nuestra fontana era una señal y una
marca
objetivamente perdurable en las tinieblas,
sólida como un hueso, sustancial como un
diente,
y casi vulgar en su robusta verdad!
El artículo era de Jim Coates. A Jim
le escribí de inmediato. Me dio la
dirección de la Sra. Z.
Hice en auto trescientas millas para
hablarle. 770
Llegué. Me acogió con un murmullo
apasionado.
Vi aquel pelo azul, aquellas manos
pecosas, aquel aire
de orquídea extasiada... y supe que
había caído en la trampa.
"¿Quién perdería la oportunidad de
conocer
a tan eminente poeta?" ¡Era
encantador
de mi parte haber ido! Desesperadamente
traté
de hacerle mis preguntas. Fueron
descartadas:
"Otra vez quizá." El
periodista
tenía aún sus garabatos. Yo no debía
insistir.
Me atiborró de budín de frutas,
convirtiéndolo todo 780
en una estúpida visita de cortesía.
"¡No puedo creer, decía, que sea usted!
Me encantó su poema de la Blue Review,
Ese sobre el Mon Blon. Una sobrina mía
escaló el Matterhorn. El otro poema
no lo entendí. El sentido, quiero decir.
Porque claro, la sonoridad... ¡Pero soy
tan bruta!"
Lo era. Pude haber perseverado. Pude
haberle dicho que me contara más sobre
la fontana
blanca que los dos habíamos visto
"más allá del velo". 790
Pero si (pensé) mencionaba ese detalle,
ella le saltaría encima como sobre una
dulce
afinidad, un lazo sacramental
que nos unía místicamente a ella y a mí,
y en un instante nuestras dos almas
serían
como hermano y hermana temblando al
borde
de un tierno incesto. "Creo, dije,
que se está
haciendo tarde.
También visité a Coates.
Temía haber perdido las notas de la Sra.
Z.
Sacó su artículo de un fichero metálico
800
"Es fiel. No le he cambiado el
estilo.
Hay una errata... no es que importe
mucho:
montaña, no fontana.
El toque majestuoso."
¡Vida Eterna... basada en una errata!
Mientras volvía a casa reflexioné:
¿aceptar la sugestión
y dejar de investigar mi abismo?
Pero de pronto vi que allí estaba
la verdadera cuestión, el tema en
contrapunto;
nada más que esto: no el texto sino la
textura; no el sueño
sino la coincidencia invertida, 810
no el absurdo fútil sino una trama de
sentido.
¡Sí! Bastaba que yo pudiera encontrar en
la vida
algún vínculo laberíntico, una especie
de estructura concordante en el juego,
un arte plexiforme y algo del mismo
placer que quienes lo jugaban
encontraban.
No importaba saber quiénes eran. Ningún
ruido,
ninguna luz furtiva salía de su
intrincada
morada, pero allí estaban, apartados y
mudos,
jugando a un juego de mundos,
transformando peones 820
en unicornios de marfil y faunos de
ébano;
manteniendo aquí una larga vida,
extinguiendo
allá una breve; matando a un rey
balcánico;
haciendo caer del cielo un gran trozo de
hielo formado
en un avión que vuela a gran altura
y causando la muerte de un granjero;
escondiendo mis llaves,
mis anteojos o mi pipa. Coordinando
estos
acontecimientos y estos objetos con
sucesos lejanos
y objetos desaparecidos. Haciendo
ornamentos
de accidentes y posibilidades. 830
Con el impermeable puesto entré en casa:
Sybil, tengo
la firme convicción... "Querido,
cierra la puerta.
¿Tuviste un buen viaje?"
Espléndido... pero más aún,
he vuelto convencido de que puedo
avanzar a tientas
hacia alguna... alguna... "¿Qué,
querido?" Vaga esperanza.
CANTO CUARTO
Ahora espiaré la verdad como nadie
la ha espiado hasta este momento. Ahora
gritaré como
nadie ha gritado. Ahora intentaré lo que
nadie
ha intentado. Ahora haré lo que nadie ha
hecho.
Y hablando de esta maravillosa máquina:
840
Me desconcierta la diferencia entre
dos modos de componer: A, la manera
que sólo ocurre en la mente del poeta,
un ensayo de los juegos que pueden
ejecutar las palabras,
mientras se enjabona por tercera vez una
pierna; y B,
la otra manera, mucho más decorosa,
cuando
está en su escritorio, escribiendo con
una pluma.
En el método B la mano sostiene el
pensamiento,
la abstracta batalla se libra
concretamente.
La pluma se detiene en el aire, después
cae para tachar 830
una puesta de sol o restaurar una
estrella,
y guía así físicamente la frase
hacia un pálido resplandor diurno a
través del laberinto de tinta.
¡Pero el método A es una tortura! El
cerebro
queda pronto encerrado en un casco de
dolor.
Una musa en ropa de faena dirige la
perforadora
que tritura y que ningún esfuerzo de la
voluntad
puede interrumpir, mientras que el
autómata
saca lo que acaba de poner
o va con paso vivo a la tienda de la
esquina 860
a comprar el diario que ya ha leído.
¿Por qué es así? Quizá porque
en el trabajo sin pluma no hay pausa de
la pluma,
y uno debe usar tres manos al mismo
tiempo,
teniendo que elegir la rima necesaria,
tener bajo los ojos el verso completo
y conservar en la mente todos los
ensayos precedentes.
¿O el proceso es más profundo sin
escritorio
para apoyar lo falso e izar lo poético?
Porque hay esos misteriosos momentos en
que, 870
demasiado cansado para borrar, dejo caer
la pluma,
deambulo y obedeciendo a alguna muda
orden,
la palabra justa silba y se posa en mi
mano.
Mi mejor momento es la mañana; mi casa
preferida el centro del verano. Una vez
me oí
despertarme mientras la mitad de mí
mismo
seguía durmiendo en la cama. Liberé
violentamente mi espíritu
y me atrapé... en el jardín
donde las hojas de trébol recogían en su
copa el topacio del alba,
y donde estaba Shade, de pie, en camisón
y con un zapato. 880
Y entonces comprendí que esa mitad
también
dormía profundamente; se rieron los dos
y me desperté
seguro en mi cama mientras el día rompía
su cáscara,
y los mirlos caminaban y se detenían, y
en el húmedo
césped tachonado, ¡había un zapato
marrón! Mi sello secreto,
la huella de Shade, el misterio innato.
Espejismos, milagros, mañana del centro
del verano.
Como mi biógrafo quizá es demasiado
grave
o sabe demasiado poco para poder afirmar
que Shade
se afeitaba en su baño, aquí va:
Había instalado un sistema 890
de bisagra y tornillo, un soporte de
acero
que atravesaba la bañera para mantener
en su sitio
el espejo de afeitarse justo delante de
la cara
y con el dedo gordo del pie, renovando
el calor del grifo,
tronaba como un rey y sangraba como
Marat.
Cuanto más peso, menos sólida es mi
piel;
en algunos lugares es ridículamente
fina;
así, junto a la boca: el lugar entre la
comisura
y mi mueca, invita al tajo perverso.
O esta papada: algún día tendré que
dejarme crecer 900
la barba de collar, inveterada en mí.
Mi nuez de Adán es un higo chumbo;
ahora hablaré del mal y la desesperanza
como nadie ha hablado. Cinco, seis,
siete, ocho,
nueve golpes no bastan. Diez. Palpo
a través de la fresa con crema la
ensangrentada papilla
y no encuentro nada cambiado en este
cuadrado pinchudo.
Tengo mis dudas sobre ese tipo manco
que en los anuncios, de un solo golpe
deslizante,
abre un sendero estrecho de la oreja al
mentón, 910
después se lava la cara y palpa
afectuosamente su piel.
Yo soy de la clase de los bimanos
manícacos.
Así como un discreto efebo en malla de
baile asiste
a una mujer en una danza acrobática,
mi mano izquierda ayuda, sostiene y se
desplaza.
Ahora hablaré... Mejor que el jabón
es la sensación que el poeta espera
cuando la inspiración de helada llama,
la imagen repentina y la frase inmediata
hacen correr por la piel una triple
ondulación 920
que eriza todos los pelillos
como en la ampliación del dibujo animado
la barba segada cuando Nuestra Crema la
sostiene.
Ahora hablaré del mal como nadie
hasta hoy ha hablado. Detesto esas cosas
como el jazz;
el cretino de medias blancas que tortura
a un toro
negro, estriado de rojo; el bric-à-brac
de los abstractos;
las máscaras rituales primitivas; las
escuelas progresivas;
la música en los supermercados; las
piscinas;
los brutos, los pesados, los filisteos
con conciencia de clase, Freud, Marx, 930
los falsos pensadores, los poetas
hinchados, los impostores y los tiburones.
Y mientras la navaja rasca y cruje
en su viaje por el país de mi mejilla,
los autos pasan por la autopista, y
subiendo la empinada cuesta,
grandes camiones trepan por mis
maxilares,
y ahora un paquebote silencioso arriba y
ahora
turistas de gafas negras visitan Beirut,
y ahora aro
los campos de la vieja Zembla donde
crece mi barba gris
y donde los esclavos juntan el heno
entre mi boca y mi nariz.
La vida del hombre
como comentario de un hermético 940
e inconcluso poema. Nota para uso ulterior.
Vistiéndome en todas las habitaciones,
rimo y deambulo
por la casa, con un peine en la mano
o un calzador que se convierte en
cuchara
con la que como el huevo. Por la tarde
me llevas en auto a la biblioteca.
Comemos
a las seis y media. Y esa extraña musa
mía
que me dicta los versos, está conmigo en
todas partes,
en la biblioteca y en el auto y en mi
sillón.
Y todo el tiempo, todo el tiempo, mi
amor, 950
estás aquí, tú también, debajo de la
palabra, sobre
la palabra, para subrayar e intensificar
el ritmo vital. Se oía crujir un vestido
de mujer
en los tiempos de antaño. A menudo he
percibido
el sonido y el sentido de tu pensamiento
próximo.
Y todo en ti es juventud, y vuelves
nuevas,
mencionándolas, viejas cosas que hice
para ti.
Golfo de sombra fue mi primer libro (versos libres); Resaca nocturna
vino después, luego Copa de Hebe, último carro
en ese carnaval mojado, porque ahora
llamo 960
a todo "Poemas", y no me
exaspera más.
(Pero esta charla transparente exige
algún título lunar. ¡Ayúdame, Will! Pálido Fuego.)
Suavemente el día ha pasado en un ligero
murmullo
de sostenida armonía. El cerebro está
vacío,
y una espiga marrón y el sustantivo que
yo quería
usar, pero rechacé, se secan en el
cemento.
Quizá mi amor sensual por la consonne
d'appui, hijo muerto de Eco, se basa
en el sentimiento de una vida
fantásticamente planeada 970
y ricamente rimada.
Creo que entiendo
la existencia, o por lo menos una minúscula
parte
de mi existencia, sólo a través de mi
arte,
en términos de placer combinatorio;
y si mi universo privado se escande
correctamente,
lo mismo ocurrirá con el verso de las
galaxias divinas
del cual sospecho que es un yámbico.
Estoy razonablemente seguro de que
sobrevivimos
y de que mi tesoro vive en alguna parte,
como estoy razonablemente seguro de que
980
mañana me despertaré a las seis, el
veintidós de julio
de mil novecientos cincuenta y nueve,
y de que el tiempo será probablemente
bueno.
Entonces que me dejen poner este
despertador,
bostezar y devolver los
"Poemas" de Shade a su anaquel.
Pero todavía no es hora de acostarse. El
sol
alcanza las dos últimas ventanas del
viejo Dr. Sutton.
Ese hombre tendrá... ¿cuántos años?
¿Ochenta? ¿Ochenta y dos?
Me doblaba en edad el año que me casé
contigo.
¿Dónde estás? En el jardín. Veo 990
parte de tu sombra cerca del nogal.
En alguna parte juegan con el herrón.
Clik. Clank
(la herradura apoyada contra el farol
como una borracha).
Una sombría Vanessa de raya carmesí
gira en el sol bajo, se posa en la arena
y muestra sus alas de puntas azul negro
manchadas de blanco.
Y a través de la sombra fluida y de la
luz menguante,
un hombre, indiferente a la mariposa
—el jardinero de algún vecino, supongo—,
pasa,
remonta el sendero empujando una
carretilla vacía.
COMENTARIOS
Versos 1-4: Yo era la sombra del picotero
asesinado, etc.
En esos primeros versos la imagen se refiere
evidentemente a un pájaro que se estrella, en pleno vuelo, contra la superficie
externa de un vidrio donde un cielo reflejado, con su color apenas más oscuro y
una nube apenas más lenta, da la ilusión del espacio continuo. Podemos
imaginarnos a John Shade al comienzo de su adolescencia, un muchachito de un
físico sin atractivo pero por otra parte admirablemente desarrollado, que
experimenta el primer choque escatológico cuando con dedos incrédulos recoge
del césped el cuerpo ovoide y compacto y contempla las rayas rojo cera que
adornan esas alas gris marrón y las graciosas plumas de la cola con la punta
amarillo brillante como pintura fresca. Cuando tuve la suerte de ser vecino de
Shade, durante el último año de su vida, en las idílicas colinas de New Wye
(véase Prólogo), solía ver esos pájaros particulares alimentándose alegremente
de las bayas azul pastel de los enebros que crecían en la esquina de su casa.
(Véanse también versos 181-182.)
Mi conocimiento de las aves de jardín se había
limitado a las del norte de Europa, pero un joven jardinero de New—, Wye en
quien yo estaba interesado (véase nota al verso 998), me ayudó a identificar
los perfiles de no pocos de esos pequeños extranjeros de aspecto tropical y sus
cómicos llamados; y naturalmente, cada cima de árbol dirigía su línea punteada
hacia el tratado de ornitología que estaba sobre mi escritorio al cual me
lanzaba yo desde el césped en nomenclatúrica agitación. ¡Qué difícil me resultaba
aplicar el nombre de "petirrojo' al impostor suburbano, el ave grosera,
con su librea descuidada de un rojo opaco y esa fruición repugnante con que
consumía largos, tristes, pasivos gusanos!
Dicho sea de paso, es curioso observar que un
pájaro con cresta, llamado en zemblano sampel
("cola de seda"), muy parecido al picotero por su forma y su color,
es el modelo de una de las tres criaturas heráldicas (las otras dos son un reno
natural y un tritón azur con crin de oro) del escudo de armas del rey zemblano
Charles el Bienamado (nacido en 1915), cuyos gloriosos infortunios comenté
tantas veces con mi amigo.
El poema fue empezado en el centro justo del
verano, pocos minutos después de la medianoche del 1o de julio, mientras yo
jugaba al ajedrez con un joven iranio matriculado en nuestros cursos estivales;
y no me cabe duda de que nuestro poeta hubiera comprendido la tentación de
sincronizar cierto hecho fatídico, la partida de Zembla del pretendido regicida
Gradus, y esa fecha. En realidad Gradus salió de Onhava en el avión de
Copenhague el 5 de julio.
Verso 12: la tierra de cristal.
Quizá una alusión a Zembla, mi querida patria.
Después de esto, no estoy del todo seguro de haber descifrado correctamente el
borrador descosido, medio borrado:
Ah, no debo olvidar de decir algo
que mi amigo me contó de cierto rey.
¡Ay, hubiera dicho mucho más si cierta
anticarlista de su medio familiar no hubiera controlado cada línea que él le
comunicaba! Más de una vez lo reprendí en tono de broma:
—¡Debería prometerme de veras que usará todo
ese material maravilloso, mal poeta con canas! —Y los dos nos moríamos de risa
como chicos. Pero luego, después de la inspiradora caminata vespertina,
teníamos que separarnos y la noche amenazadora levantaba el puente levadizo
entre su fortaleza inexpugnable y mi humilde morada.
El reinado de ese Rey (1936-1958) será
recordado al menos por algunos historiadores sagaces por pacífico y elegante.
Gracias a un fluido sistema de sensatas alianzas, Marte nunca ensombreció los
anales de su tiempo. En el plano interno, mientras la corrupción, la traición y
el Extremismo no penetraron en él, la Plaza del Pueblo (parlamento) funcionó en
perfecta armonía con el Consejo Real. En efecto, la armonía era la contraseña
del reino. Florecían las bellas artes y la ciencia pura. Se permitía el desarrollo
de la tecnología, la física aplicada, la química industrial, etc. Un pequeño
rascacielos de vidrio ultramarino se levantaba lentamente en Onhava. El clima
parecía mejorar. Los impuestos se habían convertido en una obra de arte. Los
pobres se enriquecían un poco y los ricos se empobrecían un poco (con arreglo a
lo que algún día se llamará quizá la ley de Kinbote). La asistencia médica se
iba extendiendo a los confines del Estado; cada otoño, en su viaje por el país,
cuando los fresnos alpestres se cargaban de frutos coral y los charcos
tintineaban como mica, era cada vez menos frecuente que el cordial y elocuente
monarca fuera interrumpido por un acceso de tos ferina en medio de una multitud
de escolares. El paracaidismo había llegado a ser un deporte popular. Todo el
mundo, en una palabra, estaba contento —incluidos los agitadores políticos que
provocaban alegremente una agitación pagada por un Sosed contento (el gigantesco vecino de Zembla). Pero no sigamos
con este tema fastidioso. Para volver al Rey: tomemos por ejemplo el problema
de la cultura personal. ¿Cuántas veces se han dedicado los reyes a alguna
investigación especial? Entre ellos, los conquiliologistas se pueden contar con
los dedos de una mano mutilada. El último rey de Zembla —en parte por
influencia de su tío Conmal, el gran traductor de Shakespeare (véanse notas a
los versos 39-40 y 962")—, a pesar de sus frecuentes jaquecas se entregó
apasionadamente al estudio de la literatura. A los cuarenta años, no mucho
antes de la caída de su trono, había alcanzado tal grado de erudición que se
atrevió a acceder al ronco pedido de su venerable tío moribundo: —¡Enseña,
Karlik! —Desde luego, hubiera sido indecoroso que un monarca apareciera con la
toga profesoral en una cátedra universitaria para presentar a rosados jóvenes
el Finnegans Wake como una monstruosa
extensión de las "incoherentes transacciones" de Angus MacDiarmid y
del Lingo-Grande de Southey ("Querido Stumparumper", etc.), o
discutir las variantes zemblanas, compiladas en 1978 por Hodinski, del Kongs-skugg-sio (El espejo real), obra
maestra anónima del siglo XII. Dio, pues, sus clases bajo un nombre supuesto y
con un pesado maquillaje, peluca y barba postiza. Todos los zemblanos de barba
castaña, mejillas coloradas y ojos azules se parecen, y yo que hace ya un año
que no me afeito, me parezco a mi rey disfrazado (véase también la nota al
verso 894).
Durante esos períodos de enseñanza, Charles
Xavier se impuso la costumbre de dormir en un pied-à-terre que había alquilado, como lo hubiera hecho cualquier
ciudadano erudito, en la calle Coriolanus: un estudio encantador, con
calefacción central, cuarto de baño y cocinita. Uno recuerda con nostálgico
placer su alfombra gris claro y las paredes gris perla (una de ellas ornada por
una copia solitaria del Chandelier, pot
et casserole émailée, de Picasso), un anaquel de poetas encuadernado en
cuero de becerro, y un diván de apariencia virginal bajo su manta de imitación
piel de panda. ¡Qué lejos de esta límpida simplicidad parecían el palacio y la
odiosa Sala del Consejo con sus problemas insolubles y sus consejeros
aterrados!
Verso 17: Y después el doble azul gradual;
Verso 29: gris.
Por una extraordinaria coincidencia (inherente
quizá a la índole contrapuntística del arte de Shade) nuestro poeta parece
nombrar aquí (gradual, gris) a un hombre a quien vería durante un instante
fatal tres semanas más tarde, pero cuya existencia no podía haber conocido en
ese momento (2 de julio). Jakob Gradus utilizaba varios nombres: Jack Degree o
Jacques de Grey, o James de Gray, y aparece también en los prontuarios
policiales como Ravus, Ravenstone y d'Argus. En su morbosa preferencia por la
Rusia rubicunda de la era soviética, sostenía que el verdadero origen de su
nombre debía buscarse en la palabra rusa que significa uva, vinograd, convertida, gracias al añadido
de un sufijo latino, en Vinogradus. Su padre, Martin Gradus, había sido pastor
protestante en Riga, pero aparte de él y de un tío materno (Roman
Tselovalnikov, oficial de policía y miembro a tiempo parcial del partido social-revolucionario),
el resto del clan parece haberse dedicado al comercio de bebidas alcohólicas.
Martin Gradus murió en 1920 y su viuda se trasladó a Estrasburgo donde murió
también en seguida. Otro Gradus, comerciante alsaciano que, cosa extraña, no
tenía ningún parentesco con nuestro asesino pero había mantenido una relación
comercial bastante estrecha con sus padres durante años, adoptó al muchacho y
lo crió con sus propios hijos. Parecería que en cierto momento el joven Gradus
estudió farmacología en Zurich, y en otro viajó por brumosos viñedos como
degustador ambulante de vinos. Lo encontramos después metido en actividades
subversivas: imprimiendo panfletos atrabiliarios, haciendo de mensajero para
oscuros grupos sindicalistas, organizando huelgas en fábricas de vidrio, y esa
clase de cosas. En los años cuarenta vino a Zembla como vendedor de
aguardiente. Allí se casó con la hija de un tabernero. Sus relaciones con el
partido extremista datan de los primeros y feos manejos de éste, y cuando
estalló la revolución, sus modestos dones de organizador fueron un tanto
apreciados en diversos servicios. Su partida a Europa occidental, con un
sórdido propósito en el corazón y una pistola cargada en el bolsillo, ocurrió
el mismo día en que un inocente poeta en un inocente país comenzaba el Canto
Segundo de Pálido fuego.
Acompañaremos constantemente a Gradus en pensamiento, mientras se abre camino
desde la distante y triste Zembla hasta la verde Appalachia, todo a lo largo
del poema, siguiendo el camino de su ritmo, desfilando en una rima,
deslizándose alrededor de un encabalgamiento, respirando con la cesura,
balanceándose hasta el pie de la página de verso en verso como de rama en rama,
escondiéndose entre dos palabras (véase la nota al verso 596), reapareciendo en
el horizonte de un nuevo canto, acercándose regularmente con paso yámbico,
cruzando calles, subiendo con la valija la escalera mecánica del pentámetro,
bajando, abordando un nuevo tren de pensamiento, entrando en el vestíbulo de un
hotel, apagando la lámpara de la mesa de luz, mientras Shade borra una palabra,
y durmiéndose mientras el poeta deja la pluma por la noche.
Verso 27: Sherlock Holmes
Detective privado aguileno, largirucho, más
bien simpático, personaje principal de varios cuentos de Conan Doyle. No tengo
en este momento manera de verificar a cuál de ellos se alude aquí, pero
sospecho que nuestro poeta inventó simplemente el Caso de las Huellas
Invertidas.
Versos 34-35: estiletes de una helada
estalactita de hielo (frozen stillicide)
¡Con qué persistencia nuestro poeta evoca las
imágenes del invierno en el comienzo de un poema que empezó a componer en una
balsámica noche de verano! El mecanismo de las asociaciones es fácil de
desmontar (vidrio lleva a cristal y cristal a hielo), pero detrás el instigador
conserva el incógnito. Uno es demasiado modesto para suponer que el hecho de
que el poeta y su futuro comentador se encontraran por primera vez un día de
invierno invada en cierto modo la estación real. En el precioso verso que
encabeza este comentario el lector debería reparar en la última palabra. Mi
diccionario define stillicide como
"una sucesión de gotas que caen del alero, carámbano, estalactita".
Recuerdo que la encontré por primera vez en un poema de Thomas Hardy. La
brillante helada ha eternizado la gota en el brillante carámbano. Deberíamos
también reparar en la alusión de estilo de capa y espada que aparece en los
"esbeltos estiletes" y la sombra del regicida en la rima en stillicide.
Versos 39-40: cerrar los ojos, etc.
En el borrador estos versos están
representados por las variantes siguientes:
39:... y a sus casas se apresuraban a volver
los ladrones,
40: el sol con hielo robado, la luna con
hojas.
Es imposible no recordar un pasaje de Timón de Atenas (Acto IV, escena 3) en
que el misántropo habla con los tres rateros. A falta de biblioteca en la
desolada cabaña de madera en que vivo como Timón en su cueva, para hacer una
rápida cita debo retraducir este pasaje de una versión poética en zemblano de Timón que se acercará lo suficiente,
espero, al texto, o por lo menos será fiel a su espíritu:
El sol es un ladrón: atrae al mar
y
le roba. La luna es una ladrona:
hurta su luz plateada al sol.
El mar es un ladrón: disuelve la luna.
Para una prudente apreciación de las
traducciones de Shakespeare por Conmal, véase la nota al verso 962.
Versos 41-42: podía... distinguir
A
fines de mayo yo alcanzaba a distinguir los contornos de algunas de mis
imágenes en la forma que el genio de Shade podría darles; a mediados de junio
estaba seguro al fin de que recrearía en un poema la deslumbrante Zembla que
ardía en mi cabeza. Yo lo hipnotizaba con ella, lo saturaba de mi visión, le
imponía, con la loca generosidad del borracho, todo lo que por mi parte era
incapaz de poner en verso. Seguramente no sería fácil encontrar en la historia
de la poesía un caso similar: el de dos hombres, diferentes por su origen, su
educación, sus asociaciones de ideas, su tono espiritual y su modalidad
intelectual, uno, erudito cosmopolita, el otro, poeta sedentario, unidos por un
pacto secreto de este tipo. Al fin tuve la certeza de que mi Zembla había madurado
en él, estallaba en rimas adecuadas, que estaba dispuesto a proyectar al menor
roce. A cada momento lo apremiaba para que venciera su habitual pereza y
empezara a escribir. Mi pequeña agenda de bolsillo contiene notas tales como:
"Sugerí el metro decasílabo"; "volví a contar la evasión";
"le ofrecí un cuarto tranquilo en mi casa"; "discutí sobre
grabaciones de mi voz para que las usara"; y finalmente, con fecha del 3
de julio: "¡poema empezado!"
Aunque comprendo demasiado, ay, que el
resultado, en su pálida y diáfana fase final, no puede ser considerado como un
eco directo de mi relato (del cual, de paso, sólo se dan algunos fragmentos en
mis notas, sobre todo en las del Canto Primero), es difícil dudar de que el
resplandor crepuscular de la historia haya actuado como agente catalítico en el
proceso mismo de la sostenida efervescencia creadora que permitió a Shade
producir un poema de mil versos en tres semanas. Además hay un aire de familia
sintomático entre el colorido del poema y el de la historia. He releído, no sin
placer, mis comentarios a sus versos y en muchos casos me he descubierto
tomando en préstamo una especie de luz opalescente del astro inflamado de mi
poeta, y remedando inconscientemente el estilo de la prosa de sus propios
ensayos críticos. Pero su viuda y sus colegas pueden dejar de preocuparse y
gozar plenamente del fruto de los consejos que hayan dado al bueno de mi poeta.
Oh, sí, el texto definitivo del poema es enteramente suyo.
Si descontamos, como creo apropiado, tres
alusiones casuales a la realeza (605, 822 y 894) y la "Zembla" a la
manera de Pope en el verso 937, podemos concluir que el texto definitivo de Pálido Fuego ha sido deliberada y
drásticamente limpiado de toda huella de los materiales que yo aporté; pero
descubrimos también que a pesar del control ejercido sobre mi poeta por un
censor doméstico y Dios sabe quién más, Shade dio refugio al fugitivo real en
las bóvedas de las variantes que conservó pues en su borrador no menos de trece
versos, magníficos versos cantantes (que doy en mis notas a los versos 70, 79 y
130, todos del Canto Primero, en el que el poeta evidentemente trabajó con
mayor libertad creadora de la que gozó después), llevan el sello particular de
mi tema, un menudo pero auténtico fantasma estelar de mis conversaciones sobre
Zembla y su infortunado rey.
Versos 47-48: la casa de madera entre
Goldsworth y Wordsmith
El primer nombre se refiere a la casa de
Dulwich Road que le alquilé a Hugh Warren Goldsworth, autoridad en derecho
romano y juez distinguido. Nunca tuve el gusto de encontrar a mi propietario
pero llegué a conocer su letra tan bien como la de Shade. El segundo nombre se
aplica, desde luego, a la Universidad Wordsmith. Mientras aparenta sugerir una
situación intermedia entre esos dos lugares, nuestro poeta está menos
preocupado por la exactitud espacial que por un ingenioso cambio de sílabas que
evoca a los dos maestros del decasílabo pareado, entre los cuales abriga su
propia musa. En realidad, la "casa de madera en su cuadrado de verde"
estaba a cinco millas al oeste del campus
de Wordsmith, pero sólo a unos cincuenta metros de mis ventanas del lado este.
En el prefacio de esta obra he tenido ocasión
de decir algo de los encantos de mi casa. La encantadora, encantadoramente vaga
señora (véase la nota al verso 691) que me la consiguió sin haberla visto,
estaba llena de buenas intenciones, sin duda, especialmente porque esta casa
era muy admirada en la vecindad por su "espaciosidad y gracia del viejo
mundo". En realidad era una vieja casa triste, blanca y negra, en parte de
madera, del tipo llamado wodnaggen en
mi país, con gabletes esculpidos, ventanas salientes llenas de corrientes de
aire y un pórtico de entrada presuntamente "seminoble", coronado por
una horrible galería. El juez Goldsworth tenía una mujer y cuatro hijas. Las
fotos de familia me acogieron en el vestíbulo y me persiguieron de cuarto en
cuarto, y aunque estoy seguro de que Alphina (9 años), Betty (10), Cándida (12)
y Dee (14) pronto dejarán de ser un horror de lindas y pequeñas escolares para
transformarse en elegantes jóvenes y madres incomparables, debo confesar que
sus retratos burlones me irritaron hasta tal punto que al fin los recogí uno
por uno y los metí todos en un armario bajo la hilera patibularia de sus ropas
de invierno cubiertas por fundas de celofán. En el escritorio encontré un gran
retrato de los padres, con los sexos invertidos, pues la Sra. G. se parece a
Malenkov, y el Sr. G. a una bruja con cabellera de Medusa, y lo sustituí por la
reproducción de un Picasso de la primera época que me gusta mucho: un muchacho
color tierra que lleva un caballo color lluvia. Pero no me preocupé mucho por
los libros de la familia que estaban también desparramados en toda la casa:
cuatro juegos diferentes de Enciclopedias para Niños y una, impávida, para
adultos que subía de estante en estante a lo largo de una escalera para
estallar en su apéndice en el desván. A juzgar por las novelas que había en el boudoir de la Sra. Goldsworth, sus
intereses intelectuales eran muy amplios, pues iban del Ámbar al Zen. El jefe
de esta familia alfabética tenía también una biblioteca, pero consistía sobre
todo en obras de derecho y en un montón de legajos de títulos muy visibles.
Todo lo que el profano podía encontrar de instructivo y entretenido era un
álbum encuadernado en cuero marroquí donde el juez había pegado con amor las
historias de la vida y las fotos de las gentes que había enviado a la cárcel o
condenado a muerte: caras inolvidables de pillos imbéciles, últimos cigarrillos
y últimas muecas, las manos de apariencia bastante común de un estrangulador,
una mujer que se había hecho viuda por sus propios medios, los ojos juntos e
implacables de un maníaco homicida (un poco parecido, lo admito, al finado
Jacques d'Argus), un brillante parricida de siete años ("Ahora, hijito,
queremos que nos cuentes...") y un viejo pederasta triste y regordete que
había bajado de un tiro a su extorsionador. Lo que más me sorprendió es que
fuera él, mi erudito propietario, y no su "patrona", quien dirigiese
la casa. No sólo me había dejado un inventario detallado de todos esos objetos
que se apiñan alrededor de un nuevo inquilino como un tropel de indígenas
amenazadores, sino que se había tomado un trabajo prodigioso para escribir en
pedacitos de papel recomendaciones, explicaciones, requerimientos y listas
complementarias. Todo lo que toqué el día de mi llegada me proporcionó un
ejemplo de goldsworthianismo. Abrí el botiquín del segundo cuarto de baño y se
escapó un mensaje anunciándome que el depósito de las hojas de afeitar usadas
estaba demasiado lleno para utilizarlo. Abrí la refrigeradora y me advirtió con
un ladrido que "ninguna especialidad nacional con olor difícil de
suprimir" debía ser guardada en ella. Abrí el cajón del escritorio y
descubrí un catalogue raisonné de su
magro contenido, que incluía una colección de ceniceros, un cortapapel
damasquinado (descripto como "una daga antigua traída de Oriente por el
padre de la Sra. Goldsworth"), y una vieja agenda de bolsillo sin usar,
que maduraba con optimismo a la espera de que volvieran las correspondencias de
su calendario. Entre otras notas detalladas sujetas en un tablero especial en
la despensa, tales como instrucciones sobre las cañerías, disertaciones sobre
electricidad, discursos sobre cactos, etc., etc., encontré el régimen del gato
negro que venía con la casa:
Lun., mier., vier.: Hígado
Mar., juev., sáb.: Pescado
Dom.: Carne picada
(Todo lo que consiguió de mí fue leche y
sardinas; era una criaturita agradable pero al cabo de un rato sus movimientos
empezaron a atacarme los nervios y lo confié a la Sra. Finley, la asistenta).
Pero la más divertida de las notas fue quizá la relativa a la manipulación de
las cortinas de las ventanas que había que correr de diferentes maneras y a
distintas horas para impedir que el sol llegara al tapizado de los muebles.
Había una descripción de la posición del sol, diaria y estacional, con respecto
a las diversas ventanas y de haber tenido en cuenta todo eso, hubiera estado
tan ocupado como un participante en una regata. No obstante, una nota al pie
sugería generosamente que en lugar de manejar las cortinas, quizá prefiriera
correr los muebles más preciosos para que no quedaran expuestos al sol (dos
sillones bordados y una pesada "consola real"), devolviéndolos luego
a su sitio, pero que debía hacerlo con cuidado para no rayar las molduras de
las paredes. Me es imposible, ay, reproducir el meticuloso horario de esas
transposiciones, pero creo recordar que debía enrocar haciendo el gran desvío a
la izquierda antes de acostarme, y el pequeño a la derecha apenas me levantaba.
Mi querido Shade se moría de risa cuando le hice dar una vuelta de inspección y
encontró él mismo alguno de esos huevos de Pascua. Gracias a Dios, su robusta
hilaridad disipó la atmósfera de damnum
infectum en la que se suponía que yo debía vivir. Por su parte, me regaló
con varias anécdotas relacionadas con el ingenio cáustico y los manierismos
tribunalicios del juez; la mayoría de esas anécdotas eran sin duda
exageraciones folklóricas, algunas evidentemente inventadas y todas
inofensivas. No aludió —mi amable y viejo amigo nunca lo hacía— a las ridículas
historias acerca de las sombras aterradoras que la toga del juez Goldsworth
proyectaba sobre el mundo del hampa, o acerca de esta o aquella bestia
enterrada en la cárcel y muriéndose positivamente de raghdirst (sed de venganza) —groseras trivialidades difundidas por
seres viles y sin corazón—, obra de todos aquellos para quienes lo novelesco,
lo remoto, los cielos escarlata forrados de piel de lutre, las dunas
anochecidas de un reino fabuloso simplemente no existen. Pero basta. Volvámonos
hacia las ventanas del poeta. No tengo ningún deseo de retorcer y maltratar un apparatus críticus sin ambigüedad para
convertirlo en el monstruoso simulacro de una novela.
Hoy me sería imposible describir la casa de
Shade en términos arquitectónicos o en otros que no sean los vistazos furtivos,
los atisbos y las oportunidades limitadas por las ventanas. Como dije antes
(véase Prólogo), la llegada del verano planteaba un problema de óptica: el
follaje usurpador no siempre estaba de acuerdo conmigo: confundía un monóculo
verde con un obturador opaco, y la idea de protección con la de obstrucción.
Entretanto (el 3 de julio según mi agenda) supe —no por John sino por Sybil—
que mi amigo había empezado a trabajar en un largo poema. Como hacía un par de
días que no lo veía, me aprestaba a llevarle algunos folletos de su buzón de
correspondencia situado en el camino, contiguo al de Goldsworth (que yo solía
ignorar, atiborrado como estaba de volantes, propaganda local, catálogos
comerciales y esa clase de porquerías), cuando me topé con Sybil a quien un
arbusto había ocultado de mi ojo de águila. Con sombrero de paja y guantes de
jardinería, estaba en cuclillas delante de un cantero de flores podando o
atando algo, y sus estrechos pantalones castaños me recordaron los calzones
mandolina (como yo los llamaba en broma) que solía usar mi mujer. Me dijo que
no molestara a Shade con esas propagandas y añadió el dato de que acababa de "empezar
un poema realmente grande". Sentí que la sangre me subía a la cara y
murmuré algo acerca de que aún no me había mostrado nada, y ella se incorporó y
se retiró el pelo entrecano de la frente y me miró fijo y dijo: "¿Qué
quiere decir con eso de no mostrar nada? Nunca muestra nada sin terminar.
Nunca, nunca. Ni siquiera lo comenta mientras no está totalmente terminado
totalmente". Yo no podía creerlo, pero pronto descubrí hablando con mi
amigo, extrañamente reticente, que había sido bien aleccionado. Cuando traté de
sondearlo por medio de bromas joviales, como: "la gente que vive en casa
de vidrio no debería escribir poemas", se limitó a bostezar y a sacudir la
cabeza y replicó que "los extranjeros deberían evitar los viejos dichos".
Sin embargo, el apremio por descubrir lo que él hacía con todo el material
viviente, fascinante, palpitante, resplandeciente que yo le había prodigado, el
deseo agudo de verlo en el trabajo (aunque el fruto de ese trabajo me fuera
negado) resultaron absolutamente angustiosos e incontrolables y me hicieron
incurrir en una orgía de espionaje que ninguna consideración de orgullo podía
detener.
Las ventanas, como es bien sabido, han sido el
consuelo de la literatura en primera persona a través de las edades. Pero este
observador nunca ha podido emular en materia de pura suerte al Héroe de nuestro tiempo en eso de
escuchar detrás de las puertas, ni al omnipresente del Tiempo perdido. Pero de vez en cuando me fueron acordadas unas
migajas de buena caza. Cuando mi puerta ventana dejó de funcionar debido al
crecimiento exuberante de un olmo, descubrí, al final de la galería, un rincón
cubierto de hiedra desde el cual tenía una vista bastante amplia de la fachada
de la casa del poeta. Si quería ver el lado sur podía bajar a la parte trasera
de mi garaje y mirar, desde detrás de un tulipero más allá del camino sinuoso
que flanqueaba la colina, varias preciosas ventanas iluminadas, porque él nunca
bajaba los visillos (lo hacía ella). Si deseaba ver el lado opuesto, todo lo
que tenía que hacer era subir la pendiente hasta el punto más alto de mi jardín
donde los enebros de mi guardia de corps vigilaban las estrellas, y los
presagios, y la mancha de luz pálida bajo el farol solitario del camino de
abajo. Al comienzo de la estación aquí evocada, yo había superado los temores
muy especiales y muy privados de los que se habla en otra parte (véase nota al
verso 62) y más bien me complacía en seguir en la oscuridad una prolongación de
mi terreno al este, llena de malas hierbas y pedregosa, terminada en un
bosquecito de acacias a un nivel un poco más alto que el lado norte de la casa
del poeta.
Una vez, hace tres decenios, en mi tierna y
terrible infancia, tuve la oportunidad de ver a un hombre en el acto de ponerse
en contacto con Dios. Yo había vagabundeado por el llamado Patio de las Rosas,
detrás de la Capilla Ducal, en mi Onhava natal, durante un intervalo en el
ensayo de los himnos. Mientras deambulaba por allí, levantando y refrescando
alternadamente mis pantorrillas desnudas contra una pulida columna, escuchaba
las agradables voces distantes mezcladas en discreta alegría pueril y a las que
una casual animosidad, un disgusto por celos con cierto muchacho, me impedía
unirme. Un ruido de pasos rápidos me hizo alzar los ojos malhumorados del
mosaico sectil del patio: rosas realistas recortadas en piedra roja y espinas
grandes, casi palpables, talladas en mármol verde. Una sombra negra caminó por
esas rosas y esas espinas: un joven pastor alto, pálido, de nariz larga y pelo
negro, a quien yo había visto una o dos veces en los alrededores, salió a
largos pasos de la sacristía y sin verme se detuvo en medio del patio. Un
disgusto culpable torcía sus labios delgados. Usaba lentes. Sus ruanos
apretadas parecían agarrar los invisibles barrotes de una prisión. Pero no hay
límite para la gracia que un hombre puede recibir. De pronto su apariencia se transformó
en la del éxtasis y la veneración. Yo nunca había visto hasta entonces
semejante llamarada de beatitud, pero percibiría algo de ese esplendor, de esa
energía espiritual y de esa visión divina, ahora, en otro país, reflejado en el
rostro rudo y feo del viejo John Shade. ¡Qué contento estaba de que la
vigilancia ejercida durante toda la primavera me hubiera permitido observarlo
en su milagrosa tarea de mediados del verano! Había aprendido exactamente
cuándo y dónde encontrar los mejores lugares de observación desde los cuales
podría seguir los contornos de su inspiración. Mis binóculos iban a buscarlo y
lo enfocaban desde lejos en los diversos lugares de su labor: de noche, en el
resplandor violeta de su estudio, en el piso alto, donde un espejo benévolo
reflejaba para mí sus hombros encorvados y el lápiz con el que se hurgaba
constantemente la oreja (inspeccionando de vez en cuando la mina, e incluso
chupándola); durante la mañana, escondido entre las sombras quebradas de su
estudio del primer piso donde un vasito de alcohol viajaba silenciosamente
desde el fichero hasta el atril y desde el atril hasta el anaquel de libros,
para ocultarse allí en caso necesario detrás de un busto del Dante; los días
calurosos, entre las plantas trepadoras de una pequeña galería en forma de
glorieta, a través de cuyas guirnaldas yo entreveía un pedazo de hule donde
descansaba el codo de Shade, y su puño regordete de querubín sosteniendo y
frotando la sien. Variaciones de perspectiva y de luz, la interferencia del
maderamen o de las hojas, me impedían habitualmente una visión clara de su
rostro; y quizá la naturaleza lo disponía todo de manera de ocultar a un
posible depredador los misterios de la creación; pero a veces cuando el poeta
iba y venía por el césped, o se sentaba un momento en el banco del fondo, o se
detenía debajo de su nogal favorito, yo podía discernir la expresión de
apasionado interés, éxtasis y veneración con que seguía las imágenes que se
expresaban con palabras en su espíritu, y yo sabía que por mucho que mi
agnóstico amigo lo negara, en ese momento Nuestro Señor estaba con él.
Ciertas noches, cuando la casa quedaba oscura
por tres lados, mucho antes de la hora habitual en que sus habitantes iban a
acostarse, yo podía montar guardia desde mis tres puestos de observación, y esa
misma oscuridad me decía que estaban en casa. El coche quedaba cerca del
garaje, pero yo no podía creer que hubiesen salido a pie, pues en ese caso
habrían dejado encendida la luz de la galería. Consideraciones y deducciones
posteriores me han convencido de que la noche de la gran necesidad en que
decidí verificar la cuestión fue la del 11 de julio, fecha en que Shade
completó su Canto Segundo. Era una noche ventosa, calurosa, negra. Me deslicé
furtivamente por entre los arbustos hasta la parte posterior de la casa. Al
principio pensé que ese cuarto lado también estaba a oscuras, cerrando así la
cuestión, y tuve tiempo de experimentar una extraña sensación de alivio antes
de descubrir un débil cuadrado de luz debajo de la ventana de un saloncito
trasero donde nunca había estado. Se hallaba abierta de par en par. Una lámpara
alta con pantalla de imitación pergamino iluminaba el fondo de la habitación
donde yo podía ver a Sybil y a John, ella a horcajadas sobre el borde de un
diván, dándome la espalda, y él sentado en un cojín cerca del diván donde
parecía recoger lentamente y apilar unos naipes esparcidos después de un
solitario. Sybil se estremecía y se sonaba la nariz alternativamente; la cara
de John estaba manchada y húmeda. No sabiendo en aquel momento el tipo exacto
de papel que mi amigo usaba para escribir, no pude menos de preguntarme qué era
lo que podía provocar tantas lágrimas al final de una partida de naipes. Como
me esforzara por ver mejor, metido hasta las rodillas en un seto de boj
horriblemente elástico, hice caer la sonora tapa de un recipiente de basuras.
Desde luego, se podía haber pensado erróneamente que esto era obra del viento,
y Sybil odiaba el viento. De inmediato abandonó su pértiga, cerró la ventana
con un gran golpe y bajó la persiana estridente.
Volví furtivamente a mi triste domicilio con
el corazón oprimido y el espíritu desconcertado. Mi corazón siguió oprimido
pero el desconcierto desapareció pocos días después, probablemente el día de
San Swithin, pues encontré en mi pequeña agenda, debajo de la fecha, la nota
anticipatoria en zemblano "promnad
vespert mid J. S." tachada con una petulancia que rompió la mina del
lápiz en mitad del trazo. Después de esperar y esperar a mi amigo en el camino
hasta que el rojo de la puesta del sol se convirtió en ceniza crepuscular, fui
hasta su puerta, vacilé, sopesé las tinieblas y el silencio y eché a andar
alrededor de la casa. Esta vez no me llegó el menor reflejo desde el salón de
atrás, pero a la brillante y prosaica luz de la cocina percibí el extremo de
una mesa pintada de blanco y a Sybil sentada a ella con una expresión de
encantamiento en la cara como si acabase de inventar una nueva receta. La
puerta trasera estaba entrecerrada, la abrí anunciándome y mientras iniciaba
alguna frase desenvuelta, me di cuenta de que Shade, sentado al otro extremo de
la mesa, estaba leyéndole algo que supuse era una parte del poema. Los dos se
sobresaltaron. Una maldición impublicable se le escapó y lanzó sobre la mesa la
pila de fichas que tenía en la mano. Después atribuiría este estallido de
cólera al hecho de haber confundido, con sus lentes de leer, a un amigo siempre
bienvenido con un vendedor inoportuno; pero debo decir que la cosa me chocó, me
chocó enormemente, y me dispuso en ese momento a descubrir un feo sentido en
todo lo que siguió. —Bueno, siéntese —dijo Sybil— y tome una taza de café —(los
vencedores son generosos). Acepté porque quería ver si el recitado proseguía en
mi presencia. No fue así. —Pensé —dije a mi amigo—, que usted vendría a hacer
una caminata conmigo. —Se disculpó diciendo que no se sentía muy bien y siguió
limpiando el hornillo de la pipa con la misma ferocidad que si estuviera
escarbando en mi corazón.
¡No sólo comprendí entonces que Shade leía
regularmente a Sybil las partes que se acumulaban de su poema, sino que ahora
me doy cuenta de que, con la misma regularidad, ella lo obligaba a atenuar o a
suprimir de la copia en limpio todo lo relacionado con el magnífico tema
zemblano que yo seguía proporcionándole y que, por no saber gran cosa de la
obra en curso, creía ingenuamente que se convertiría en el rico hilo conductor
de su trama!
Más arriba, en la misma colina boscosa, se
encontraba y se encuentra» todavía, creo, la vieja casa de madera del Dr.
Sutton y, justo en la cima, la eternidad no desalojará la villa ultramoderna
del Profesor C. desde cuya terraza se podía distinguir, al sur, el más grande y
más triste de los tres lagos reunidos que recibían el nombre de Omega, Ozero y
Zero (nombres indios mutilados por los primeros colonos a fin de acomodar
especiosas derivaciones y alusiones triviales). Del lado norte de la colina,
Dulwich Road se une cotí el camino principal que lleva a la Universidad
Wbrdsmith a la que dedicaré aquí sólo unas pocas palabras, en parte porque
debería haber toda clase de folletos explicativos para el lector que escriba a
la Oficina de Publicidad de la Universidad, pero sobre todo porque, al hacer
esta referencia a Wordsmith más breve que las notas sobre las casas de Shade y
Goldsworth, deseo subrayar el hecho de que el College está mucho más lejos de
ellas que una de la otra. Probablemente es la primera vez que el sordo dolor de
la distancia se expresa a través de un esfuerzo del estilo y que una idea
topográfica encuentra su expresión verbal en una serie de frases abreviadas.
Después de serpentear durante unas cuatro
millas en dirección general al este, a través de un barrio residencial
magníficamente fumigado y regado, con extensiones de césped de diversa
inclinación que descienden por ambos lados, el camino se bifurca: una rama
dobla a la izquierda en dirección a New Wye y su ansiado aeropuerto; la otra
continúa al campus. Ahí están las
grandes mansiones de la locura, los dormitorios impecablemente planeados
—loqueros de música salvaje—, el magnífico palacio de la Administración, las
paredes de ladrillo, las arcadas, los patios de honor contorneados de
terciopelo verde y crisopracio, Spencer House y su estanque de nenúfares, la
Capilla, la nueva Sala de Conferencias, la Biblioteca, el edificio como una
cárcel donde están nuestras aulas y oficinas (en adelante llamado Shade Hall),
la famosa avenida con todos los árboles mencionados por Shakespeare, un zumbido
lejano, un atisbo de bruma, la cúpula turquesa del Observatorio, jirones y
pálidos plumajes de cirrus, y la cancha de fútbol en forma de anfiteatro romano
rodeado por una cortina de álamos, desierta los días de verano, salvo que un
muchachito soñador vaya a remontar —en el extremo de una larga cuerda en un
círculo zumbante— un avión de modelo reducido propulsado por un motor. Jesús
mío, haz algo.
Verso 49: nogal
Un nogal americano. Nuestro poeta compartía
con los maestros ingleses el noble don de transplantar a sus versos árboles con
su savia y su sombra. Hace muchos años Disa, la Reina de nuestro Rey, cuyos
árboles favoritos eran el Jacaranda y ginkgo, copió en su álbum una cuarteta de
una compilación de poemas cortos de John Shade, Copa de Hebe, que no puedo dejar de citar aquí (de una carta que
recibí el 6 de abril de 1959, desde el sur de Francia) :
EL ÁRBOL SAGRADO
La hoja de ginkgo, de dorado matiz, al caer,
uva moscatel,
parece una mariposa anticuada,
mal abierta.
Cuando se construyó la nueva iglesia episcopal
de New Wye (véase nota al verso 549), los bulldozers respetaron un semicírculo
de esos árboles sagrados plantados por un paisajista de genio (Repburg) al
final de la llamada Avenida Shakespeare, en el campus. No sé si la cuestión es pertinente o no, pero en el segundo
verso, juega el gato con el ratón y "árbol" es grados en zemblano.
Verso 37: el fantasma del columpio de mi
hijita
Después de este verso, Shade tachó ligeramente
en el borrador los siguientes:
La luz es buena; las lámparas de lectura de
largo cuello;
todas las puertas tienen llave. Tu moderno
arquitecto
está en connivencia con los psicoanalistas:
al planear el dormitorio de los padres,
insiste
en las puertas sin cerradura para que, al
mirar hacia atrás,
el futuro paciente del futuro charlatán,
pueda encontrar, toda preparada para él, la
Escena Primaria.
Verso 61: el enorme sujetapapeles de la
televisión
En la noticia necrológica, por lo demás hueca
y bastante necia, mencionada en mis notas a los versos 71-72, se cita un poema
manuscrito (enviado por Sybil Shade) del que se dice que fue "compuesto
por nuestro poeta al parecer a fines de junio, es decir, menos de un mes antes
de la muerte de nuestro poeta, siendo por lo tanto el último poema breve que
nuestro poeta escribió".
Es este:
EL COLUMPIO
El sol poniente que ilumina las puntas
de los gigantescos sujetapapeles de la TV
sobre el tejado;
la sombra del puño del pestillo que
al ponerse el sol es un bate de béisbol
en la puerta;
el cardenal que gusta de posarse
y
hacer chip-wit, chip-wit, chip-wit
en el árbol;
el columpio vacío que se mece
debajo del árbol: estas son las cosas
que me traspasan el corazón.
Dejo al lector de mi poeta el cuidado de decidir si es probable que hubiera escrito
esto sólo unos pocos días antes de repetir sus temas en miniatura en esta parte
del poema. Sospecho que se trata de una tentativa muy anterior (el año no
figura, pero debería fecharse poco después de la muerte de su hija) que Shade
desenterró de entre sus viejos papeles para ver si podía utilizarla para Pálido fuego (el poema que nuestro
necrólogo no conoce).
Verso 62: tantas veces
Tantas veces, casi todas las noches, durante
la primavera de 1959, he temido por mi vida. La soledad es el campo de juego de
Satanás. No puedo describir los abismos de mi soledad y de mi aflicción.
Estaba, naturalmente, mi famoso vecino del otro lado del camino, y durante un
tiempo tuve un joven y disipado inquilino (que por lo general volvía a casa
después de medianoche). Sin embargo, deseo insistir en ese duro y frío núcleo
de soledad que no es bueno para un alma desplazada. Todo el mundo sabe cuán
dados al regicidio son los zemblanos: dos reinas, tres reyes y catorce
pretendientes murieron de muerte violenta, estrangulados, apuñalados,
envenenados y ahogados en el curso de un solo siglo (1700-1800). El castillo de
Goldsworth se volvía particularmente solitario después de ese punto en que la
bruma empieza a parecerse tanto al crepúsculo de la mente. Roces furtivos, el
ruido de pasos de las hojas del año anterior, un perro que recorría los
recipientes de desperdicios, todo me evocaba a un merodeador sediento de
sangre. Yo iba de una ventana a otra, con el gorro de dormir de seda empapado
en sudor, el pecho desnudo como un estanque durante el deshielo, y a veces,
armado con el fusil de caza del juez, me atrevía a afrontar los terrores de la
terraza. Supongo que entonces, durante aquellas noches primaverales de
mascarada en que el rumor de la nueva vida en los árboles remedaba cruelmente
el crujido de la vieja muerte en mi cerebro, supongo que entonces, en esas
noches terribles, me acostumbré a consultar las ventanas de la casa de mi
vecino en la esperanza de hallar una luz de consuelo (véanse las notas a los
versos 47-48). ¡Qué no hubiera dado yo por que el poeta tuviese otra crisis
cardíaca (véase verso 691 y nota) de modo que me llamaran a la casa, todas las
ventanas iluminadas, en medio de la noche, en un grande y cálido estallido de
simpatía, de café, de llamadas telefónicas, de recetas de hierbas medicinales
zemblanas (¡hacen milagros!) y un Shade resucitado llorando en mis brazos!
("Bueno, bueno, John"). Pero aquellas noches de marzo la casa estaba
negra como la tumba. Y cuando el agotamiento físico y el frío sepulcral me
llevaban finalmente a mi solitaria cama camera, en el piso alto, yacía
despierto y jadeando como si sólo ahora viviera conscientemente aquellas
peligrosas noches de mi país donde en cualquier momento una banda de
revolucionarios excitados podía entrar y arrastrarme a un muro iluminado por la
luna. El ruido de un auto veloz o de un camión gemebundo me llegaban como una
extraña mezcla: alivio de una vida amiga y sombra aterradora de la muerte; ¿la
sombra se detendría a mi puerta? ¿Venían por mí esos matones espectrales? ¿Me
despacharían en seguida, o llevarían clandestinamente de vuelta a Zembla al
erudito anestesiado, Rodnaya Zembla, para enfrentarlo con una jarra
enceguecedora y una hilera de jueces exultantes en sus sillones
inquisitoriales?
A
veces yo pensaba que sólo la autodestrucción podía darme la esperanza de
escapar al implacable avance de los asesinos que estaban en mí, en mis
tímpanos, en mi pulso, en mi cráneo, más que en esa interminable autorruta que
subía y rodeaba mi corazón con sus caracoles en el momento en que dormitaba
sólo para que mi sueño se hiciera añicos por obra de ese borracho, imposible,
inolvidable Bob que volvía a lo que había sido el lecho de Cándida o de Dee.
Como mencioné brevemente en el prólogo, por fin lo eché, después de lo cual,
durante varias noches, ni el vino, ni la música, ni la plegaria pudieron
apaciguar mis temores. Por otra parte esos tiernos días primaverales eran muy
tolerables, mis clases gustaban a todo el mundo y yo me obligué a asistir a
todas las reuniones sociales que se me presentaban. Pero después de la alegre
velada volvían otra vez el acercamiento insidioso, el movimiento oblicuo y
rastrero, ese furtivo arrastrarse y esa pausa, y de nuevo la crepitación.
El castillo Goldsworth tenía numerosas puertas
exteriores y por mucho que las inspeccionara, así como los postigos de las
ventanas de la planta baja, antes de irme a dormir, nunca dejé de descubrir a
la mañana siguiente un cerrojo abierto, suelto, un poco separado, un poco
entornado, algo solapado y de aspecto sospechoso. Una noche el gato negro que
había visto pocos minutos antes escabullándose al subsuelo donde le había
dispuesto instalaciones sanitarias en un marco agradable, reapareció de pronto
en el umbral de la sala de música, en medio de mi insomnio y de un disco de
Wagner, arqueado el lomo y con una cinta de seda blanca que seguramente no se
había atado él mismo al pescuezo. Telefoneé al 11111 y pocos minutos después
estaba refiriéndome a los presuntos culpables con un policía que apreció
muchísimo mi aguardiente; pero quienquiera que fuese el intruso, no había
dejado huellas. Es tan fácil para una persona cruel hacer creer a la víctima de
su ingeniosidad que tiene manía de persecución, o que es acosada por un asesino
o que padece de alucinaciones. ¡Alucinaciones! Yo bien sabía que entre los
jóvenes profesores cuyos avances rechazara, había por lo menos uno que gustaba
de las bromas pesadas; lo supe desde la vez en que, al volver a casa después de
una reunión muy agradable y muy exitosa de profesores y discípulos (en la que
me quité impetuosamente la chaqueta para mostrar a varios alumnos interesados
algunas de las tomas divertidas que practican los luchadores zemblanos)
encontré en el bolsillo de la chaqueta un brutal anónimo que decía: "Su
al... huele realmente mal, compadre", significando evidentemente
"alucinación", aunque un crítico malévolo hubiera podido deducir del
número insuficiente de puntos que el pequeño Sr. Anón, a pesar de ser profesor
de inglés de primer curso, apenas conocía la ortografía.
Tengo la satisfacción de informar que poco
después de Pascua mis temores desaparecieron para no volver más. A la
habitación de Alphina o Betti se mudó otro inquilino, Balthasar, Príncipe de
Loam, como yo le decía, que se acostaba a las nueve con elemental regularidad y
a las seis de la mañana estaba plantando heliotropos (Heliotropium turgenevi). Esta es la flor cuyo perfume evoca con
intemporal intensidad el poniente y el banco del jardín y una casa de madera
pintada en una lejana comarca nórdica.
Verso 70: la nueva TV
Después de esto, en el borrador (fechado el 3
de julio), vienen unos pocos versos no numerados destinados quizá a partes
ulteriores del poema. En realidad no han sido suprimidos pero van acompañados
de un signo de interrogación al margen y rodeados por una línea ondulante que
se superpone a las letras:
Hay sucesos, casos extraños que llaman
la atención por emblemáticos. Son como
perdidas metáforas a la deriva, sin lazos,
a
nada atadas. Así, ese rey nórdico
cuya desesperada evasión de la cárcel sólo
resultó afortunada porque unos cuarenta
de sus partidarios, aquella noche,
se hicieron pasar por él e imitaron su fuga...
Nunca hubiera llegado a la costa occidental si
no se hubiera difundido entre sus partidarios secretos, románticos y locamente
heroicos, la idea de hacerse pasar por el Rey evadido. Se ataviaron como él,
poniéndose suéters colorados y gorras coloradas, y aparecieron por aquí y por
allá desconcertando por completo a la policía revolucionaria. Algunos de los
pillos eran mucho más jóvenes que el Rey, pero esto no tenía importancia pues
los retratos suyos que había en las chozas de los montañeses y en las tiendas
miopes de las aldeas, donde se podían comprar gusanos, pan de jenjibre y hojas zhiletka, no habían envejecido desde su
coronación. Se añadió una encantadora nota caricaturesca la famosa vez que
desde la terraza del Hotel Kronblik, cuya telesilla lleva a los turistns al
glaciar Kron, se vio a un alegre mimo flotando en ei aire como una faleña roja,
y a un desgraciado policía sin humor y sin gorra sentado dos sillas atrás y
siguiéndolo lentamente como en un sueño. Es un placer añadir que antes de
llegar al apeadero, el falso rey se las arregló para escapar trepando a uno de
los pilones que sostenían el cable de tracción (véanse también las notas a los
versos 149 y 171).
Verso 71: padres
El profesor Hurley produjo con loable
presteza, un mes después de la muerte del poeta, una apreciación de las obras
editas de John Shade. La publicó en una oscura revista literaria cuyo nombre se
me escapa en este momento, y que me mostraron en Chicago donde interrumpí por
un par de días mi viaje en automóvil de New Wye a Cedarn, por aquellas tristes
montañas otoñales.
Un comentario donde debería reinar una plácida
erudición no es el lugar adecuado para insistir en las ridículas insuficiencias
de esa pequeña nota necrológica. La he mencionado solamente porque allí recogí
unos pocos y magros detalles acerca de los progenitores del poeta. Su padre,
Samuel Shade, que murió a los cincuenta años, en 1902, había estudiado medicina
en su juventud y era vicepresidente de una firma de instrumentos quirúrgicos de
Exton. Pero su gran pasión fue lo que nuestro elocuente necrólogo llama
"el estudio de la raza emplumada", añadiendo que dio nombre a un
pájaro: el Bombycilla Shadei (debería
ser shade, naturalmente). La madre
del poeta, de soltera Carolina Lukin, le ayudó en su trabajo y trazó los
admirables dibujos de sus Pájaros de
México, que recuerdo haber visto en casa de mi amigo. Lo que el autor de la
nota necrológica no sabe es que Lukin viene de Luke, igual que Locock y Luxon y
Lukashevich. Es uno de los muchos casos en que el patronímico hereditario,
aparentemente amorfo pero viviente y personal, evoluciona adoptando a veces
formas fantásticas, en torno al muy común guijarro de un nombre de pila. Los
Lukin son una familia muy antigua de Essex. Otros nombres derivan de
profesiones, como Rymer, Scrivener, Limner (iluminador de pergaminos), Botkin
(el zapatero, el fabricante de calzado de fantasía) y muchos otros. Mi
preceptor, un escocés, solía llamar "casa estruendo" a una casa que
se cae a pedazos. Pero basta.
Algunos otros detalles sobre los estudios
universitarios de John Shade y los años intermedios de su vida singularmente
apacible, puede consultarlas el lector en el artículo del profesor. Hubiera
sido en general un trabajo aburrido de no haberlo animado, es la palabra que
corresponde, ciertos rasgos especiales. Así, hay una sola alusión a la obra
maestra de mi amigo (cuyas pilas de fichas bien ordenadas, mientras escribo
estas líneas, descansan al sol sobre mi mesa como otros tantos lingotes de un
metal fabuloso) y la transcribo con morboso deleite: "Parece que, justo
antes de su prematura muerte, nuestro poeta trabajaba en un poema
autobiográfico." Las circunstancias de esta muerte son completamente
deformadas por el profesor, fatídico seguidor de los señores de la prensa
cotidiana quienes —quizá por razones políticas— falsificaron los motivos y las
intenciones culpables sin esperar el proceso, que desgraciadamente no habría de
ocurrir en este mundo (véase eventualmente mi última nota). Pero desde luego,
la característica más notable del pequeño obituario es la de que no contiene ni
una sola referencia a la maravillosa
amistad que iluminó los últimos días de la vida de John.
Mi amigo no podía evocar la imagen de su
padre. Al igual que el Rey (que tampoco llegaba a los tres años cuando murió su
padre, el Rey Alfin), era incapaz de recordar su cara, aunque, cosa curiosa,
recordaba perfectamente bien el pequeño monoplano de chocolate que tenía en sus
manos de bebé mofletudo, en la última fotografía (Navidad de 1918) del
melancólico aviador con pantalones de montar, en cuyo regazo estaba sentado,
incómodo y a disgusto.
Alfin el Vago (1873-1918), que reinó de 1900 a
1918, aunque de 1900 a 1919 según la mayoría de los diccionarios biográficos,
confusión debida al cambio de calendario del Viejo Estilo al Nuevo, debe su
sobrenombre a Amphi-theatricus, autor
bastante amable de poesía de circunstancias en las gacetas liberales (¡que fue
también el que rebautizó a mi capital "Uranogrado"!). La distracción
del Rey Alfin no conocía límites. Era un lamentable lingüista, que sólo
disponía de unas pocas frases en francés y en danés, pero cada vez que tenía
que pronunciar un discurso delante de sus subditos —delante de un grupo de
boquiabiertos patanes zemblanos en algún remoto valle donde había hecho un
aterrizaje forzoso—, se ponía en marcha en su cabeza algún mecanismo incontrolable
y volvía a esas frases, condimentándolas con un poco de latín adecuado a las
circunstancias. La mayoría de las anécdotas relacionadas con sus ingenuos
accesos de distracción son demasiado tontas e indecentes para manchar estas
páginas; pero una de ellas que no me parece especialmente divertida arrancó a
Shade tales risotadas (y me volvió vía
sala de profesores, con tan obscenos añadidos) que me siento inclinado a darla
aquí como ejemplo (y como rectificación). Un verano, antes de la primera guerra
mundial, en que el emperador de un gran reino extranjero (comprendo cuán
limitada es la elección) hacía una visita muy desusada y muy halagadora a
nuestro rudo y pequeño país, mi padre lo llevó junto con un joven intérprete
zemblano (cuyo sexo no he de precisar), en un coche fuera de serie, recién
comprado, a dar un paseo por el campo. Como de costumbre, el Rey Alfin viajaba
sin la menor escolta y esto, junto con su rápida manera de conducir, parecía
inquietar a su invitado. En el camino de vuelta, a unas veinte millas de
Onhava, el Rey Alfin decidió detenerse para hacer reparaciones. Mientras él
frangollaba en el motor, el emperador y el intérprete buscaron la sombra de
unos pinos que bordeaban el camino, y sólo cuando el Rey Alfin estuvo de vuelta
en Onhava se dio cuenta, por la repetición de preguntas más bien frenéticas,
que había dejado a alguien en el camino ("¿Qué emperador?", se
recuerda que fue su mot memorable). En general, en lo que concernía a todas mis
contribuciones (o lo que yo consideraba contribuciones), ordenaba a mi poeta
que las registrara por escrito, ¡y cómo!, en vez de difundirlas en charlas
ociosas; pero incluso los poetas son humanos.
La distracción del Rey Alfin estaba
extrañamente asociada a una pasión por las cosas mecánicas, especialmente por
las máquinas voladoras. En 1912 consiguió elevarse en un "hidroplano"
Fabre que parecía un paraguas, y estuvo a punto de ahogarse en el mar, entre
Nitra e Indra. Estrelló dos Farmans, tres aparatos zemblanos y un Santos Dumont
Demoiselle que amaba especialmente.
En 1916 su fiel "ayudante aéreo", el Coronel Peter Gusev (más tarde
pionero del paracaidismo y a los setenta años uno de los más grandes
paracaidistas de todos los tiempos), construyó para él un monoplano muy
especial, el Blenda IV, y este fue su pájaro fatal. La mañana de diciembre
serena y no demasiado fría que los ángeles eligieron para atrapar con la red su
alma dulce y pura, el Rey Alfin estaba ensayando solo un tirabuzón vertical que
el Príncipe Andrey Kachurin, el famoso acróbata aéreo y héroe de la Primera
Guerra Mundial, le había enseñado en Gatchina. Algo anduvo mal y se vio bajar
en picada al pequeño Blenda, sin control. Detrás y por encima de él, en un
biplano Caudron, el Coronel Gusev (enton-tonces Duque de Rahl) y la Reina
tomaron varias fotos de lo que parecía al principio una noble y graciosa
evolución pero después resultó ser algo más. A último momento el Rey Alfin
consiguió enderezar su aparato y era de nuevo dueño de la gravedad cuando,
inmediatamente después, se estrelló en el andamiaje de un enorme hotel que se
estaba construyendo en medio de un páramo costero como si su propósito preciso
fuera ponerse en el camino de un rey. Este edificio inconcluso y desventrado
fue arrasado por orden de la Reina Blenda que lo hizo sustituir por un
monumento de granito coronado por un inverosímil avión de bronce. Las copias
brillantes de las fotografías ampliadas que mostraban toda la catástrofe fueron
descubiertas un día por Charles Xavier, entonces de ocho años, en el cajón de
un escritorio-biblioteca. En algunas de esas espantosas fotografías se podían
percibir los hombros y el casco de cuero del aviador extrañamente despreocupado,
y en la penúltima de la serie, justo antes de hacerse añicos en una humareda
blanca, se lo veía claramente alzando un brazo triunfante y tranquilizador. El
niño tuvo malos sueños después de esto, pero su madre nunca descubrió que había
visto esos documentos infernales.
De ella se acordaba... más o menos: una
amazona alta, ancha, fuerte, de rostro rubicundo. Un primo real le había
asegurado que su hijo estaría seguro y feliz bajo la tutela del admirable Sr.
Campbell que había enseñado a varias princesitas obedientes a ordenar mariposas
y a disfrutar de Lord Ronald's Coronach.
Había inmolado su vida, por así decirlo, en los altares portátiles de gran
número de pasatiempos, desde el estudio de las polillas de los libros hasta la
caza del oso, y podía recitar Macbeth
del principio al fin durante un paseo a pie; pero le importaba un bledo la
moral de sus pupilos, prefería las damas a los zagales y no se metía en las
complejidades de la pederastía zemblana. Después de una estada de 10 años
partió rumbo a alguna corte exótica en 1932, cuando nuestro príncipe, que tenía
diecisiete años, había empezado a dividir su tiempo entre la Universidad y su
regimiento. Fue el período más agradable de su vida: estudiar poesía —sobre
todo poesía inglesa—, o asistir a desfiles militares, o ir a bailes de disfraz
con muchachos-muchachas o muchachas-muchachos. Su madre murió repentinamente el
21 de julio de 1936, de una oscura enfermedad de la sangre que también había
afectado a la madre de ella y a su abuela. Se sentía mucho mejor el día antes,
y Charles Xavier había ido a un baile de toda la noche, en el llamado Domo
Ducal de Grindelwod, en esa oportunidad una reunión heterosexual formal, más
bien refrescante después de algunos entretenimientos previos. A eso de las
cuatro de la mañana, cuando el sol inflamaba las crestas de los árboles y el
Monte Falk, convertido en un cono rosado, el Rey detuvo su poderoso coche ante
una de las puertas del palacio. El aire era tan delicado, la luz tan lírica,
que junto con los tres amigos que le acompañaban decidió hacer a pie, a través
del bosquecillo de tilo, la distancia que faltaba hasta el Pabellón Pavoniano
donde se alojaban los huéspedes. El Príncipe y Otar, un amigo platónico, iban
de frac, pero habían perdido los sombreros de copa con el viento de la carretera.
Algo extraño sorprendió a los cuatro cuando llegaron bajo los tilos jóvenes, en
el minucioso paisaje de escarpas y contraescarpas subrayadas por sombras y
contrasombras. Otar, un gentilhombre agradable y culto con una tremenda nariz y
pelo ralo, iba acompañado de sus dos amantes, Fifalda, de dieciocho años (con
quien se casó después) y Fleur, de diecisiete (a quien encontraremos en otras
dos notas), hijas de la Condesa de Fyler, la dama de compañía favorita de la
Reina. Uno se detiene involuntariamente en esa imagen como cuando se encuentra
en un punto privilegiado del tiempo y sabe retrospectivamente que en un
instante la propia vida sufrirá un cambio total. De modo que allí estaba Otar,
mirando con aire desconcertado las distantes ventanas de los aposentos de la
Reina, y estaban las dos muchachas, una junto a otra, con sus piernas delgadas,
sus chales resplandecientes, sus rosadas narices de gatitas, sus ojos verdes y
pesados de sueño, sus pendientes que atrapaban y devolvían el fulgor del sol. Había
alrededor unas cuantas personas, como las había siempre, a cualquier hora,
junto a esa puerta delante de la cual pasaba un camino que desembocaba en la
autorruta del este. Una campesina con un bollo que ella misma había horneado,
sin duda la madre del centinela que aún no había venido a relevar al joven nattdett (hijo de la noche), moreno y
sin afeitar, a su lúgubre garita, estaba sentada en un guardacantón mirando con
femenina fascinación las bujías que se desplazaban como luciérnagas de una
ventana a la otra; dos obreros, de pie junto a sus bicicletas, observaban
también esas extrañas luces, y un borracho con bigote de foca titubeaba
tanteando los troncos de los tilos. Uno repara en esos detalles secundarios en
los momentos en que el ritmo de la vida decrece. El Rey observó que un poco de
barro colorado manchaba los hierros de las dos bicicletas y que sus ruedas
delanteras, paralelas la una a la otra, apuntaban a ia misma dirección. De
pronto por un sendero empinado, entre los arbustos de lilas —un atajo desde los
aposentos de la Reina—, la Condesa bajó corriendo y tropezando en el borde de
su bata acolchada, y en el mismo momento, desde el otro lado del palacio, los
seis consejeros, vestidos con sus trajes de ceremonia y llevando como plum cakes las réplicas de las diversas
insignias reales, empezaron a bajar los peldaños de piedra, con majestuosa
prisa, pero ella les ganó por un cuerpo y nos escupió las noticias. El borracho
empezó a cantar una balada obscena acerca de "Karlie-Garlie" y se
cayó en el foso de la demi-lune. No
es fácil describir claramente en breves notas sobre un poema las diversas
entradas a un castillo fortificado y por eso, consciente de este problema,
preparé para John Shade, en algún momento de junio, mientras le refería los
acontecimientos brevemente esbozados en algunos de mis comentarios (véase la
nota al verso 130, por ejemplo), un plan trazado con bastante elegancia de los
aposentos, las terrazas, los bastiones y los jardines de recreo del Palacio de
Onhava. A menos que haya sido destruido o robado, ese cuidadoso dibujo en
tintas de colores, hecho sobre un gran pedazo de cartón (treinta pulgadas por
veinte) podría estar aún donde lo vi por última vez a mediados de julio, sobre
la tapa del gran baúl negro, frente a la vieja máquina de planchar, en un nicho
del pequeño corredor que lleva a la habitación llamada frutería. Si no
estuviera allí, se podría buscar en el estudio del piso alto. He escrito acerca
de esto a la Sra. Shade, pero no contesta a mis cartas. En caso de que todavía
exista, le ruego, sin levantar la voz y muy humildemente, tan humildemente como
el último de los subditos del Rey puede solicitar la inmediata restitución de
sus derechos (el plan es mío y está claramente firmado con una corona negra de
rey de ajedrez después de "Kinbote"), que, bien embalado, indicando no doblar en el sobre y por correo
certificado, lo envíe a mi editor para que lo reproduzca en ediciones
posteriores de esta obra. La poca energía que me quedaba ha ido disminuyendo
últimamente y estas torturadoras jaquecas me impiden ahora hacer el metódico
esfuerzo visual que exigiría el trazado de otro plan parecido. El baúl negro
está encima de otro marrón o pardusco todavía más grande y creo que cerca hay
un zorro o un coyote embalsamado, en su rincón oscuro.
Verso 79: un preterista
Escrito en frente de esto, al margen del
borrador, hay dos líneas de las cuales sólo se puede descifrar la primera.
Dice:
La noche es el momento de alabar el día.
Estoy casi seguro de que mi amigo estaba
tratando de incorporar aquí algo que él y la Sra. Shade me habían oído citar en
mis momentos de euforia, especialmente una cuarteta encantadora sacada de la
contraparte zemblana del Eider Edda, en una traducción inglesa anónima (¿la de
Kirby?):
El sabio alaba el día a la caída de la noche,
a
la esposa cuando ha muerto,
el hielo cuando ha sido franqueado, la novia
al tumbarla, y el caballo probado.
Verso 80: mi dormitorio
Nuestro Príncipe quería a Fleur como a una
hermana pero sin la más ligera sombra de incesto o de complicaciones
homosexuales secundarias. Fleur tenía una carita pálida, de pómulos salientes,
ojos luminosos y pelo negro rizado. Se rumoreaba que después de haber andado
rondando durante meses con una taza de porcelana y la pantufla de Cenicienta,
el escultor y poeta mundano Arnor había encontrado en ella lo que buscaba y
había usado sus pechos y sus pies para su Lilith
llamando a Adán; pero seguramente no soy un experto en esas tiernas
cuestiones. Otar, su amante, decía que cuando uno caminaba detrás de ella y
ella sabía que uno caminaba detrás, el balanceo y el juego de aquellas esbeltas
caderas era algo intensamente artístico, algo que, en escuelas especiales, les
enseñaban a las niñas árabes unos alcahuetes parisienses que después eran
estrangulados. Sus frágiles tobillos, decía, cuando los acercaba en su delicada
y ondulante marcha, eran las "joyas preocupadas" de que habla el
poema de Arnor sobre una miragarl
("muchacha-espejismo"), por quien "un rey de sueño en los
desiertos arenosos del tiempo hubiera dado trescientos camellos y tres
fuentes".
/ / / /
On sagaren werem tremkin tri stana
/ / / /
Verbalala wod gev ut tri phantana
(He marcado los acentos.)
El Príncipe no hacía caso de esta charla
bastante vulgar (toda, probablemente, dirigida por la madre de Fleur) y,
repitámoslo, la miraba simplemente como a una hermanastra, perfumada, elegante,
con un hociquito pintado y una manera maussade,
confusa, gala, de expresar lo poco que deseaba expresar. Su imperturbable
rudeza con la nerviosa y gárrula Condesa divertía al Príncipe. Le gustaba
bailar con ella... y sólo con ella. Apenas se crispaba cuando Fleur le
acariciaba la mano o se pegaba silenciosamente, los labios entreabiertos,
contra su mejilla que el alba macilenta después del baile ya había mancillado.
A Fleur no parecía importarle que él la abandonara por placeres más viriles; lo
encontraba de nuevo en la oscuridad de un coche o en el claroscuro de un cabaret con la contenida y ambigua
sonrisa de una prima cariñosa.
Los cuarenta días transcurridos entre la
muerte de la Reina Blenda y su coronación fueron quizá el período más penoso de
su vida. No había amado a su madre y los desesperados e impotentes
remordimientos que ahora sentía degeneraron en un enfermizo miedo físico a su
fantasma. La Condesa, que parecía estar cerca de él, dando vueltas a su
alrededor todo el tiempo, le había hecho asistir a sesiones de espiritismo con
un experimentado médium norteamericano, sesiones en las cuales el espíritu de
la Reina, utilizando el mismo tipo de tablita que había usado en vida para
charlar con Thormodus Torfaeus y A. R. Wallace, escribía ahora vivazmente en
inglés: "Charles toma toma quiere ama flor flor flor". Un viejo
psiquiatra tan totalmente sobornado por la Condesa que parecía, aun por fuera,
una pera podrida, le aseguró que sus vicios habían matado subconscientemente a
su madre y seguirían "matándola en él" si no renunciaba a la sodomía.
Una intriga de palacio es una araña espectral donde uno más se enreda cuantos
más desesperados sacudones da por liberarse. Nuestro Príncipe era joven,
inexperto y estaba medio loco de insomnio. Luchó apenas. La Condesa gastó una
fortuna en comprar al Kamergrum
(valet de cámara) del Príncipe, a su guardia de corps e incluso la mayor parte
del Chambelán de la Corte. Instaló su dormitorio en una pequeña antecámara
contigua a su habitación de soltero, un espléndido y espacioso apartamento
circular en lo alto de la elevada y maciza Torre del Sudoeste. Ese había sido
el retiro de su padre y todavía se comunicaba por un alegre resbaladero con una
piscina redonda situada en la sala inferior, de modo que el joven Príncipe
podía empezar el día como su padre solía hacerlo, abriendo un panel debajo de
su catre de campaña y cayendo en el pozo que lo depositaba directamente en el
agua brillante. Para otras necesidades que no fueran el sueño, Charles Xavier
había instalado en medio del piso cubierto por una alfombra persa lo que se
llama una patifolia, es decir, una
inmensa almohada de plumón de cisne, ovalada, voluptuosamente adornada de
volantes, del tamaño de una cama triple. En ese amplio nido dormía ahora Fleur,
acurrucada en el hueco central, debajo de un cubrecama de auténtica piel de
panda gigante que acababa de enviarle apresuradamente desde el Tibet un grupo
de amigos asiáticos con motivo de su ascenso al trono. La antecámara donde
estaba instalada la Condesa tenía su propia escalera interna y su cuarto de
baño, pero se comunicaba también por medio de una puerta corrediza con la
galería Oeste. No sé qué consejo o qué orden había recibido Fleur de su madre;
pero la pobrecita resultó ser una seductora lamentable. Se pasaba el tiempo
como una loca mansa, tratando de reparar una viola de amor rota o sentada en
actitudes dolientes comparando dos flautas antiguas, las dos de sonido débil y
triste. Entre tanto, vestido a la turca, el Príncipe se reclinaba en el amplio
sillón de su padre, las piernas por encima del brazo del sillón, hojeando un
volumen de Historia Zemblica,
copiando algunos pasajes y sacando ocasionalmente de los escondrijos inferiores
de su asiento un par de viejas gafas de automovilista, un anillo de ópalo
negro, una bola de papel plateado de envolver chocolate, o la estrella de una
orden extranjera.
Hacía calor al sol de la tarde. El segundo día
de su ridícula cohabitación, ella no llevaba más que la blusa de una especie de
pijama sin mangas ni botones. La vista de sus cuatro miembros desnudos y de las
tres cuevas de ratones (anatomía zemblana) le irritaba, y mientras iba y venía
meditando en su discurso de coronación, le arrojaba, sin mirarla, un par de
pantalones cortos o una bata de esponja. A veces, al volver al viejo y
confortable sillón, la encontraba contemplando pesarosa la figura de un bogtur (guerrero antiguo) en el libro de
historia. El la hacía salir del sillón con los ojos aún clavados en su bloc de
notas, y Fleur, estirándose, se iba al asiento de la ventana y su polvoriento
rayo de sol; pero después de un rato trataba de acurrucarse junto al Príncipe
que debía rechazar su entrometida cabeza de pelo oscuro y rizado con una mano
mientras con la otra escribía o separaba una por una las pequeñas y rosadas
garras de ella de su manga o su faja.
De noche su presencia no eliminaba el
insomnio, pero por lo menos mantenía en jaque al robusto fantasma de la Reina
Blenda. Entre el agotamiento y la modorra, se entretenía con fantasías
miserables, como la de levantarse y verter de una jarra un poco de agua fría
sobre el hombro desnudo de Fleur como para apagar en él el débil fulgor de un
rayo de luna. La Condesa roncaba estruendosamente en su guarida. Y más allá del
vestíbulo de su vigilia (en ese momento, empezó a dormirse), en la fría y
oscura galería, tendidos en el mármol pintado y amontonados de a tres o cuatro
contra la puerta cerrada, unos dormitando, otros gimiendo, estaban sus nuevos
pajes, toda una montaña de muchachos de Troth, de Toscana y de Albanolandia,
que le habían regalado.
Al despertarse la vio de pie con un peine en
la mano delante de su espejo de vestir —o más bien del de su abuelo—, un
tríptico de luz insondable, un espejo realmente fantástico firmado con un
diamante por su artesano, Sudarg de Bokay. Fleur daba vueltas delante: un
secreto dispositivo de reflexión recogía en las profundidades un número
infinito de desnudos, guirnaldas de muchachas en grupos tristes y graciosos que
se empequeñecían en la límpida distancia o se dividían en ninfas individuales
algunas de las cuales, murmuró Fleur, debían de parecerse a sus antepasadas
cuando eran jóvenes, paisanitas garlien peinándose la cabellera en el agua poco
profunda, tan lejos como el ojo podía alcanzar, y después la pensativa sirena
surgida de un viejo cuento y después nada.
La tercera noche, un gran ruido de pasos y
repique de armas se dejó oír en la escalera interna, y el Primer Consejero,
tres Representantes del Pueblo y el jefe de una nueva guardia de corps
irrumpieron en el recinto. Lo divertido es que la idea de tener por reina a la
nieta de un violinista enfurecía sobre todo a los Representantes del Pueblo.
Este fue el final del casto romance de.Charles Xavier con Fleur, que era bonita
sin ser por ello repelente (como algunos gatos son menos repugnantes que otros
para el perro de buen natural a quien se le pide que soporte el amargo efluvio
de una raza extranjera). Con sus valijas blancas y sus anticuados instrumentos
musicales, las dos damas se volvieron al anexo del palacio. Hubo luego una
dulce vibración de alivio y después la puerta de la antecámara se abrió con
alegre estrépito y todo el montón de putti
se precipitó adentro.
Habría de pasar por una prueba mucho más
dramática trece años más tarde con Disa, Duquesa de Payn, con quien se casó en
1949, como lo cuento en las notas a los versos 275 y 433-434, al que el
estudioso del poema de Shade llegará en su debido momento; no hay prisa.
Después hubo una serie de veranos fríos. La pobre Fleur seguía dando vueltas
por allí, aunque casi invisible. Se convirtió en la protegida de Disa después
que la vieja Condesa murió en el vestíbulo atestado de la Exposición de
Animales de Vidrio de 1950, en que el fuego destruyó parte del mismo y Gradus
ayudó a los bomberos a despejar un espacio en el centro para linchar a los
incendiarios no agremiados, o por lo menos a las personas (dos desconcertados
turistas de Dinamarca) a quienes habían confundido con ellos. Nuestra joven
Reina pudo haber sentido cierta sutil simpatía por su pálida dama de compañía a
quien de vez en cuando el Rey veía iluminando un programa de concierto a la luz
oblicua de una ventana ojival, o haciendo una música delicada en el gabinete B.
El hermoso dormitorio de su época de soltero se menciona de nuevo en la nota al
verso 130, como el lugar de su "lujoso cautiverio", al comienzo de la
tediosa e innecesaria revolución zemblana.
Verso 85: que había visto al Papa
Pío X, Giuseppe Melchiorre Sarto, 1835-1914;
Papa de 1903 a 1914.
Versos 86-90: tía Maud
Maud Shade, 1869-1950, hermana de Samuel
Shade. A su muerte, Hazel (nacida en 1934) no era exactamente una recién
nacida, como se dice en el verso 90. Sus pinturas me han parecido desagradables
pero interesantes. La tía Maud no tenía nada de solterona y su humor
extravagante y sardónico habría escandalizado a veces a las formales señoras de
New Wye.
Versos 90-93: su cuarto, etc.
En el borrador, en el lugar del texto
definitivo:
su cuarto
lo hemos conservado intacto. Para nosotros sus
fruslerías
reconstruyen su estilo: la hoja sarcófago
(el capullo muerto y seco de una Luna)
Referencia a lo que mi diccionario define como
"gran mariposa nocturna de color verde pálido, con cola, cuya oruga se
alimenta del nogal". Sospecho que Shade modificó este pasaje porque el
nombre de su mariposa chocaba con "Luna" en el verso siguiente.
Verso 91 sus fruslerías
Había entre ellas un álbum en el que durante
cierto número de años (1937-1949) tía Maud fue pegando recortes de periódicos
de un carácter ridículo o grotesco. John Shade me permitió un día que tomara
nota del primero y el último de la serie; resultaron relacionados de la manera
más graciosa, creo. Los dos salían de la misma revista familiar, Life, tan
justamente célebre por su pudibundez con respecto a los misterios del sexo
masculino; es de imaginar entonces cómo quedaron de asombradas o excitadas esas
familias. El primero procede del número del 10 de mayo de 1937, p. 67, y es la
publicidad de un Cierre de Garra para Pantalón (un nombre que, dicho sea de
paso, agarra bastante y no se olvida). Se ve a un joven radiante de virilidad
entre varias amigas extasiadas: Usted se
quedará sorprendido de la manera espectacular en que puede mejorar la bragueta
de su pantalón. El segundo es del número del 28 de marzo de 1949, p. 126, y
la publicidad del Calzoncillo Hoja de Parra Hanes. Se ve a una Eva moderna
espiando con veneración, desde detrás de un torpe árbol de la ciencia, a un
joven y malicioso Adán, en ropa interior bastante ordinaria pero limpia, con la
parte delantera del calzoncillo sombreado de una manera evidente y precisa y
una leyenda que dice: Nada mejor que una
hoja de parra.
Creo que debe de haber un grupo subversivo
especial de seudocupidos, diablillos rechonchos y calvos encargados por Satanás
de hacer bromas repugnantes en lugares sacrosantos.
Verso 92: el pisapapeles
La imagen de esas horrorosas antiguallas
obedecía extrañamente a nuestro poeta. He recortado de un periódico que volvió
a publicarlo recientemente, un viejo poema suyo donde el almacén de recuerdos
conserva también un paisaje admirado por el turista:
VISTA DE MONTAÑA
Entre la montaña y el ojo
el espíritu de la distancia traza
un velo de amorosa gasa azul,
la textura misma del cielo.
Una brisa llega a los pinos y yo
me uno al aplauso general.
Pero todos sabemos que eso no puede durar,
la montaña es demasiado débil para esperar,
aunque esté reproducida y bajo vidrio
en mí como en un pisapapeles.
Verso 98: sobre el Homero de Chapman
Referencia al título del famoso soneto de
Keats (a menudo citado en América) que, por una distracción del impresor, fue
traspuesto, de una manera cómica, de algún otro artículo a la reseña de un
acontecimiento deportivo. Acerca de otros gazapos notables, véase la nota al
verso 802.
Verso 101: Ningún hombre libre necesita un
Dios
Cuando se piensa en los innumerables
pensadores y poetas de la historia de la creación humana cuya libertad de
espíritu era engrandecida, más que disminuida, por la Fe, uno se ve obligado a
poner en duda la sabiduría de este fácil aforismo (véase también la nota al
verso 509).
Verso 109: la irídula
Nubecita irisada, la muderperlwelk zemblana. La palabra "irídula" es, creo,
invento de Shade. En la copia en limpio (ficha 9, del 4 de julio), Shade
escribió en lápiz, encima de esta palabra, "peacock-herl". El
"peacock-herl" es el cuerpo de cierto tipo de mosca artificial
llamada también "alder". Es lo que me dice el propietario de este
motel, un fanático de la pesca. (Véase también "extraños fulgores
nacarados" en los versos 633-634.)
Verso 119: el Dr. Sutton
Es esta una combinación de letras tomadas de
dos nombres, uno que empieza con "Sut" y el otro que termina con
"ton". Dos distinguidos médicos, retirados mucho tiempo atrás, vivían
en nuestra colina. Ambos eran muy viejos amigos de Shade; uno tenía una hija,
presidenta del club de Sybil, y éste es el Dr. Sutton que yo evoco en mis notas
a los versos 181 y 1000. También se lo menciona en el verso 986.
Versos 120-121: cinco minutos eran iguales a
cuarenta onzas, etc.
En el margen izquierdo y paralelo a estos
versos: "En la Edad Media una hora era igual a 480 onzas de arena fina o
sea 22.560 átomos".
Me es imposible verificar esta afirmación o
los cálculos del poeta para cinco minutos, es decir, trescientos segundos,
porque no sé cómo se puede dividir 480 por 300 o lo contrario, pero quizá estoy
simplemente cansado. El día (4 de julio) que John Shade escribió esto, Gradus
el Matón se preparaba para salir de Zembla y empezar sus incesantes desatinos á
través de los dos hemisferios (véase nota al verso 181).
Verso 130: nunca hice rebotar una pelota ni
empuñé un bate
Francamente, yo tampoco me destaqué nunca en
el fútbol ni en el cricket; soy un
jinete pasable, un esquiador vigoroso aunque nada ortodoxo, un buen patinador,
un luchador astuto y un alpinista entusiasta.
En el borrador el verso 130 va seguido de
cuatro versos que Shade descartó en favor de los que han quedado en la Copia en
limpio (verso 131, etc.). Este falso arranque dice:
Como niños jugando en un castillo encuentran
en algún viejo armario lleno de juguetes,
detrás
de los animales y las máscaras, una puerta
corrediza
(cuatro palabras fuertemente tachadas) un
pasadizo secreto...
La comparación ha quedado en suspenso. Es
posible que nuestro poeta planeara asociarla a alguna misteriosa verdad
descubierta en los síncopes que sufrió en su infancia. No puedo decir cuánto
siento que haya rechazado esos versos. Lo lamento no sólo por su belleza
intrínseca, que es grande, sino también porque la imagen que contienen fue
sugerida por algo que Shade había recibido de mí. Ya he aludido en el curso de
estas notas a las aventuras de Charles Xavier, último rey de Zembla, y al vivo
interés que manifestaba mi amigo por las muchas historias que le conté acerca
de ese rey. La ficha en que se ha conservado la variante está fechada el 4 de
julio y es un eco directo de nuestros paseos a la puesta del sol por los
fragantes senderos de New Wye y Dulwich. —Siga contándome —me decía golpeando
su pipa vacía contra el tronco de un haya, y mientras la coloreada nube pasaba
lentamente, y más lejos, en la casa iluminada de la colina, la Sra. Shade
gozaba tranquilamente de una pieza televisada, yo accedía gozoso al pedido de
mi amigo.
Con palabras sencillas le describía la curiosa
situación en que se encontró el Rey durante los primeros meses de la rebelión.
Tenía la divertida impresión de que era la única pieza negra de lo que un
inventor de problemas de ajedrez podría calificarse de rey bloqueado en el
rincón, del tipo solus rex. Los
realistas, o por lo menos los demmods
(demócratas moderados), podían haber impedido que el Estado se convirtiera en
una vulgar tiranía moderna, si hubiesen sido capaces de hacer frente al oro
corrompido y a las tropas de robots que un poderoso Estado policíaco, desde su
posición ventajosa, a unas pocas millas marinas, lanzaba en la Revolución
Zemblana. A pesar de que la situación era desesperada, el Rey se negó a
abdicar. Cautivo taciturno y altanero, estaba enjaulado en su palacio de piedra
rosa desde una de cuyas torrecillas de ángulo podían verse con ayuda de un par
de prismáticos a unos esbeltos jovencitos zambulléndose en la piscina de un
club deportivo de cuento de hadas y al embajador inglés con traje de franela
pasado de moda jugando al tenis con el entrenador vasco en un court de arcilla
tan remoto como el paraíso. ¡Qué serenas eran las montañas, cuán tiernamente
pintadas en la bóveda occidental del cielo!
En alguna parte de la bruma de la ciudad había
todos los días desagradables estallidos de violencia, arrestos y ejecuciones,
pero la gran ciudad seguía andando como sobre ruedas, como siempre, los cafés
estaban llenos, en el Teatro Real se daban espléndidos espectáculos y era
realmente en el palacio donde había la más fuerte concentración de tinieblas. Komizars de cara pétrea, de hombros
cuadrados, imponían una estricta disciplina entre las tropas de guardia,
adentro y afuera. Una prudencia puritana había sellado las bodegas y suprimido
todas las criadas del ala sur. Las damas de compañía hacía mucho que se habían
ido, naturalmente, en el momento en que el Rey exilió a su Reina en su villa de
la Riviera francesa. ¡Gracias al cielo, le habían sido ahorrados esos días
atroces en el palacio mancillado!
Las puertas de todas las habitaciones estaban
vigiladas. La sala de banquetes tenía tres guardianes y había no menos de
cuatro holgazaneando en la biblioteca cuyos oscuros rincones parecían abrigar
todas las sombras de la traición. Los dormitorios de los pocos criados que
quedaban en el palacio tenían cada uno su parásito armado que bebía con un
viejo lacayo ron prohibido o se tomaba libertades con un joven paje. Y en la
gran Sala de los Heraldos se podía estar seguro de encontrar siempre algún
bromista obsceno tratando de deslizarse en la panoplia de acero de sus huecos
caballeros. ¡Y qué olor de cuero y de carnero en los espaciosos aposentos que
antes embalsamaban el clavel y la lila!
Esta espantosa compañía estaba formada por dos
grupos principales: uno de conscriptos de Thulé, ignorantes, de aspecto feroz
pero realmente inofensivos, y otro de extremistas muy corteses y taciturnos, de
la famosa Fábrica de Vidrio donde habían temblado los primeros fuegos de la
revolución. Ahora se puede revelar (puesto que está sano y salvo en París) que
en este contingente había por lo menos un realista heroico disfrazado con tanto
virtuosismo que a su lado sus camaradas de la guardia, confiados, parecían
mediocres imitadores. En realidad Odón era uno de los actores más destacados de
Zembla y se hacía aplaudir en el Teatro Real las noches que no estaba de
servicio. Por su intermedio el Rey se mantenía en contacto con numerosos
partidarios, jóvenes nobles, artistas, atletas de la Universidad, jugadores,
Paladines de la Rosa Negra, miembros de clubes de esgrima y otros hombres de
rango y audacia. Corrían rumores. Se decía que el cautivo pronto sería juzgado
por un tribunal especial; pero también se decía que sería asesinado durante un
aparente traslado a otro lugar de confinamiento. Aunque la fuga se discutía
diariamente, los planes de los conspiradores tenían más valor estético que
práctico. Una poderosa lancha a motor estaba preparada en una gruta costera de
Blaick (Caleta Azul) en Zembla occidental, más allá de la cadena de altas
montañas que separaba a la ciudad del mar; las imágenes del agua transparente y
trémula reflejadas en la pared rocosa y en la lancha eran tentadoras, pero
ninguno de los conjurados era capaz de indicar cómo podía el Rey escapar de su
castillo y atravesar sano y salvo las fortificaciones.
Un día de agosto, al comienzo de su tercer mes
de lujoso cautiverio en la Torre del Sudoeste, fue acusado de utilizar el
espejo de mano de un petimetre y los rayos cooperativos del sol para emitir
señales desde su alto ventanal. La vastedad de la vista que dominaba fue
acusada no sólo de inducir a la traición sino de producir en el observador un
altanero sentimiento de superioridad con respecto a sus carceleros instalados
abajo. Por ese motivo una noche el Rey fue trasladado con sus bártulos a una
lúgubre leonera situada en el mismo lado del palacio pero en el primer piso.
Muchos años antes había sido el cuarto de tocador de su padre, Thurgus III.
Después de la muerte de Thurgus (en 1900) su adornado dormitorio se transformó
en una especie de capilla y la habitación adyacente, despojada de sus múltiples
espejos de pie y de su sofá de seda verde, pronto degeneró en lo que siguió
siendo durante medio siglo: un agujero con un baúl cerrado en un rincón y una
máquina de coser anticuada en el otro. Se llegaba allí por una galería con piso
de mármol, que pasaba por el lado norte y doblaba bruscamente hacia el oeste
para formar un vestíbulo en el ángulo sudoeste del Palacio. La única ventana
daba a un patio interior del lado sur. Esta ventana había sido alguna vez una
aspillera con una maravillosa vidriera de colores donde había un pájaro de
fuego y un cazador deslumbrado, pero una pelota había hecho añicos poco antes
la fabulosa escena del bosque y ahora el nuevo vidrio ordinario tenía una reja
por fuera. En la pared oeste, sobre una alacena blanqueada con cal, colgaba una
gran fotografía en un marco de terciopelo negro. La acción débil y fugitiva
pero mil veces repetida del sol acusado de transmitir mensajes desde la torre,
había patinado gradualmente esa fotografía que mostraba el perfil romántico y
los anchos hombros desnudos de Iris Acht, actriz olvidada de quien se decía que
había sido varios años, hasta su súbita muerte en 1888, la amante de Thurgus.
En la pared opuesta, al este, una puerta de aspecto frívolo, análoga por su
coloración turquesa a la única otra puerta de la habitación (que daba a la
galería), pero con un candado seguro, comunicaba en un tiempo con el dormitorio
del viejo calavera; ahora había perdido su falleba de cristal, y estaba
flanqueada en la pared este por dos grabados allí desterrados en la época de
decadencia de la habitación. Eran de los que se supone que no son para mirar,
imágenes que existen simplemente como idea general de lo que se destina a
satisfacer las humildes necesidades ornamentales de algún corredor o sala de
espera: uno era una fea y lúgubre Fête
Flamande, según Teniers; el otro había estado colgado alguna vez en la nursery, cuyos habitantes somnolientos
la habían tomado siempre por la representación de unas olas espumosas en primer
plano, en lugar de las formas borrosas de ovejas melancólicas que ahora
revelaba.
El Rey suspiró y empezó a desvestirse. Su
catre de campaña y una mesita de luz se situaban frente a la ventana, en el
ángulo nordeste. Al este estaba la puerta turquesa; al norte, la puerta de la
galería; al oeste, la puerta de la alacena; al sur, la ventana. El ayudante de
su antiguo ayuda de cámara le quitó el blazer
negro y los pantalones blancos. El Rey se sentó en pijama en el borde de la
cama. El hombre volvió con un par de pantuflas de cuero marroquí, las calzó en
los pies indiferentes de su amo y salió con los escarpines que le había
quitado. La mirada errante del Rey se detuvo en la ventana entreabierta. Se
podía ver parte del patio débilmente iluminado donde, bajo un álamo rodeado por
una verja, dos soldados jugaban al lansquenete sobre un banco de piedra. La
noche de verano era sin estrellas e inmóvil, con distantes espasmos de
relámpagos silenciosos. Alrededor de la linterna apoyada en el banco, una
falena como un murciélago revoloteaba ciegamente, hasta que un jugador la bajó
de un gorrazo. El Rey bostezó y los iluminados jugadores de naipes temblaron y
se disolvieron en el prisma de sus lágrimas. Su mirada aburrida se paseaba de
una pared a otra. La puerta de la galería estaba ligeramente entreabierta y
podían oírse los pasos del guardia que iban y venían. Sobre la alacena, Iris
Acht cuadraba los hombros y miraba a otra parte. Cantó un grillo. La luz de la
mesa de noche era lo bastante fuerte como para poner un fulgor brillante en la
llave dorada de la cerradura de la puerta de la alacena. Y de pronto esa chispa
en aquella llave hizo que una maravillosa conflagración se difundiera en la
mente del prisionero.
Remontémonos desde ahora, mediados de agosto
de 1958, a una cierta tarde de mayo, tres decenios atrás, en que era un joven y
oscuro muchacho de trece años con un anillo de plata en el índice de la
bronceada mano. La Reina Blenda, su madre, acababa de partir a Viena y a Roma.
Tenía varios compañeros de juegos favoritos, pero ninguno podía competir con
Oleg, Duque de Rahl. En aquellos tiempos los adolescentes de familias
distinguidas usaban los días de fiesta —había tantos durante nuestra larga
primavera septentrional— suéters sin mangas, calcetines blancos, zapatos negros
con hebilla y shorts muy ceñidos y muy cortos llamados hotinguens. Me gustaría poder proporcionar al lector figuras para
recortar y prendas de vestir como en los libros de muñecas de papel para niños
armados de tijeras. Iluminarían un poco estas oscuras noches que están
destruyendo mi mente. Los dos muchachos eran especímenes bellos, piernilargos,
de la adolescencia varangiana. A los doce años Oleg era el mejor centro
delantero de la Escuela Ducal. Cuando estaba desvestido y reluciente en la
niebla del establecimiento de baños, sus osados atributos viriles contrastaban
violentamente con su gracia de niña. Era un verdadero faunito. Aquella tarde
especial un chaparrón abundante laqueaba el follaje primaveral del jardín del
palacio, y ¡oh, cómo se empujaban y balanceaban en tumultuoso florecimiento las
lilas persas detrás de los vidrios empapados de verde, salpicados de amatista!
Habría que jugar adentro. Oleg estaba retrasado. ¿Vendría?
Al joven Príncipe se le ocurrió desenterrar
una colección de juguetes preciosos (regalo de un potentado extranjero
recientemente asesinado con que se habían divertido Oleg y él durante una
Pascua anterior, y luego quedaron abandonados como sucede con esos juguetes
artísticos especiales que producen su burbuja de placer y sueltan de golpe todo
su sabor antes de desaparecer en un olvido de museo. Lo que deseaba
especialmente encontrar ahora era un circo de juguete muy complicado, metido en
una caja grande como el estuche de un juego de croquet. Se moría de ganas de
verlo; sus ojos, su cerebro y dentro del cerebro esa parte que correspondía a
la yema del pulgar, recordaba vívidamente los jóvenes acróbatas morenos con sus
nalgas de lentejuelas, un elegante y melancólico payaso con una golilla y sobre
todo tres elefantes de madera pulida, grandes como perritos, con coyunturas tan
flexibles que se podía hacer parar sobre una pata delantera al jumbo
elegantemente vestido o mantenerlo firme en la tapa de un barrilito blanco
bordeado de rojo. Habían pasado apenas quince días desde la última visita de
Oleg, cuando por primera vez les había sido permitido a los dos muchachos
compartir el mismo lecho, y el acicate de su inconducta y la perspectiva de
otra noche parecida se mezclaban ahora en nuestro joven Príncipe con una
perturbación que sugería el refugio en juegos más antiguos y más inocentes.
Su preceptor inglés, que estaba en cama por
haberse torcido un tobillo durante una merienda en el bosque de Mandevil, no
sabía dónde podía estar ese circo; le aconsejó que lo buscara en el cuarto de
trastos viejos que había al final de la Galería Oeste. Allí se dirigió el
Príncipe. ¿Ese baúl negro y polvoriento? Parecía lúgubremente negativo. La
lluvia era más perceptible aquí debido a la proximidad de una prolija gotera.
¿Y la alacena? Su llave dorada giró con dificultad. Los tres estantes y el
espacio inferior estaban atiborrados de objetos dispares: una paleta con las
heces de muchos atardeceres; una taza llena de cospeles; un rascaespaldas; una
edición in-treinta y dos de Timón de Atenas traducida al zemblano
por su tío Conmal, el hermano de la Reina; una sítala de playa (cubo de
juguete); y un diamante azul de sesenta y cinco quilates, accidentalmente
añadido durante su infancia a los guijarros y conchillas del cubo, y procedente
de la colección de chucherías de su difunto padre; un trozo de tiza y un
tablero cuadrado con un dibujo de figuras entrelazadas destinado a un juego
olvidado hacía mucho tiempo. Estaba a punto de buscar en otra parte de la
alacena cuando al tratar de soltar un pedazo de terciopelo negro, una de cuyas
puntas se había enganchado de una manera inexplicable detrás del estante, algo
cedió, el estante se movió, resultó desmontable y reveló justo debajo de su
borde interno, en el fondo de la alacena, el agujero de una cerradura a la cual
se adaptaba la misma llave dorada.
Con impaciencia despejó los otros dos estantes
de todo lo que contenían (sobre todo ropas y zapatos viejos), lo retiró como
había hecho con el del medio y abrió la puerta corrediza que había en el fondo
de la alacena. Los elefantes habían sido olvidados, el Príncipe estaba de pie
en el umbral de un pasadizo secreto. Las tinieblas eran totales, pero algo en
la cavernosa acústica del pasadizo, que se aclaraba la garganta con un sonido
hueco, le anunció grandes cosas y volvió corriendo a sus habitaciones en busca
de un par de linternas y un pedómetro. Cuando volvía, llegó Oleg. Traía un
tulipán. Desde la última visita al palacio se había cortado las suaves guedejas
rubias, y el joven Príncipe pensó: Sí, yo sabía que iba a ser diferente. Pero
cuando Oleg frunció las doradas cejas y se acercó inclinado para enterarse del
descubrimiento, el joven Príncipe supo por el aterciopelado calor de aquella
oreja carmesí y por el vivaz gesto con que asintió a la investigación
propuesta, que no había habido ningún cambio en su querido compañero de lecho.
No bien Monsieur
Beauchamp se hubo sentado para una partida de ajedrez a la cabecera de la cama
del Sr. Campbell y hubo presentado sus puños cerrados para la elección, el
joven Príncipe se llevó a Oleg a la alacena mágica. Los cautelosos y callados
peldaños alfombrados de verde de un escalier
dérobé conducían a un pasadizo subterráneo empedrado. A decir verdad, era
"subterráneo" sólo en breves tramos cuando, después de excavarse paso
debajo del vestíbulo sudoeste contiguo al cuarto de trastos viejos, pasaba
debajo de una serie de terrazas, debajo de la avenida de abedules del parque
real y luego debajo de las tres calles transversales, el bulevar de la
Academia, la calle Coriolano y el pasaje Timón, que aún lo separaban de su
destino final. Por lo demás, en su curso angular y críptico se ajustaba a las
diversas estructuras que iba siguiendo, aquí aprovechando de un contrafuerte
para adaptarse a él como un lápiz al estuche de una agenda de bolsillo, allá
atravesando los sótanos de una gran casa demasiado abundante en pasillos
oscuros como para notar la furtiva intrusión. Posiblemente en el curso de los
años las ocasionales repercusiones de las obras de albañilería en los
alrededores o las ciegas incursiones del tiempo mismo habían establecido
ciertas arcanas conexiones entre el pasadizo abandonado y el mundo exterior,
pues aquí y allá, de un charco de agua estancada dulce y fétida anunciadora de
un foso, o de un oscuro olor a tierra y hierba que denotaba la proximidad de un
glacis, podían deducirse aperturas y penetraciones mágicas, tan estrechas y
profundas como para hacer perder la razón; y en un lugar donde el pasadizo se
deslizaba a través del subsuelo de una inmensa villa ducal cuyos invernaderos
eran famosos por sus colecciones de flora del desierto, una ligera capa de
arena cambió por un momento el sonido de las pisadas. Oleg iba adelante; sus
nalgas bien formadas, ceñidas por ajustado algodón ín digo, se movían con
vivacidad, y su propio resplandor erguido, más que su antorcha, parecía
iluminar con chorro de luz el techo bajo las paredes muy juntas. Detrás de él
la antorcha del joven Príncipe jugaba en el suelo y ponía una capa de harina en
los muslos desnudos de Oleg. El aire estaba mohoso y frío. La fantástica
madriguera seguía y seguía. Empezaba una ligera cuesta ascendente. El pedómetro
marcaba 1800 metros cuando llegaron por fin al término. La mágica llave del
cuarto de trastos viejos se introdujo con agradable facilidad en la cerradura
de la puerta verde que tenían delante, y hubieran cumplido el acto prometido
por su fácil introducción de no haber sido por la explosión de sonidos extraños
que venían del otro lado de la puerta y que detuvieron a nuestros dos
exploradores. Dos voces terribles, una de hombre y otra de mujer que de pronto
subían a un tono apasionado, después se hundían en roncos murmullos, cambiaban
insultos en gutnish tal como lo hablan los pescadores de Zembla occidental. Una
abominable amenaza hizo chillar a la mujer de terror. Siguió un repentino
silencio, roto ahora por la voz del hombre que murmuraba una frase breve de
natural aprobación ("Perfecto, querida", o "No podía ser
mejor") más espeluznante aún que lo que había precedido.
Sin consultarse, el joven Príncipe y su amigo
dieron media vuelta en un pánico absurdo y con el pedómetro girando
enloquecido, volvieron a la carrera por el camino que habían recorrido. —¡Uf!
—dijo Oleg, una vez restituido a su sitio el último estante—. Estás todo blanco
por detrás —dijo el joven Príncipe mientras subían saltando las escaleras.
Encontraron a Beauchamp y a Campbell que terminaban su partida en tablas. Era
casi la hora de la cena. Los dos muchachos recibieron la orden de lavarse las
manos. El estremecimiento reciente de la aventura había sido sustituido ya por
otra clase de excitación. Se encerraron. El agua corría inútilmente por el
grifo. Los dos se hallaban en un estado viril y gemían como palomas.
Este recuerdo detallado cuya estructura y
mácula ha llevado cierto tiempo describir en esta nota, atravesó la memoria del
Rey en un instante. Ciertas criaturas del pasado, y era una de ellas, pueden
permanecer latentes durante treinta años como ésta, mientras su habitat natural
sufre calamitosos cambios. Poco después del descubrimiento del pasaje secreto,
el joven Príncipe estuvo a punto de morir de neumonía. En su delirio luchaba un
momento por seguir un disco luminoso que escudriñaba un túnel interminable, y
al siguiente trataba de abrazar las caderas fundentes de su bello camarada.
Para reponerse lo enviaron un par de temporadas al sur de Europa. La muerte de
Oleg a los quince años en un accidente de tobogán, contribuyó a obliterar la
realidad de su aventura. Se necesitaba una revolución nacional para que aquel
pasaje secreto volviera a ser real.
Después de comprobar que los pasos crujientes
del guardia se alejaban a cierta distancia, el Rey abrió la alacena. Ahora
estaba vacía, salvo el minúsculo volumen de Timon
Afinsken que aún yacía en un rincón y algunas viejas ropas deportivas y
zapatillas metidas en el compartimiento del fondo. Las pisadas se acercaban de
vuelta. No se atrevió a continuar su exploración y volvió a cerrar con llave la
puerta de la alacena.
Era evidente que necesitaría algunos instantes
de perfecta seguridad para cumplir con un mínimo de ruido una serie de pequeños
gestos: entrar en la alacena, cerrarla desde adentro, quitar los estantes,
abrir la puerta secreta, volver a poner los estantes, deslizarse en la boca
abierta de la oscuridad y cerrar con llave la puerta secreta. Digamos noventa
segundos.
Salió a la galería y el guardia, un extremista
bastante apuesto pero increíblemente estúpido, se le acercó en seguida. —Tengo
cierto deseo urgente —dijo el Rey—. Quiero tocar el piano, Hal, antes de irme a
dormir —Hal (si es que se llamaba así) abrió la marcha hacia la sala de música
donde, como el Rey sabía, Odón montaba guardia junto al arpa enfundada. Era un
fornido irlandés de cejas rojizas, con una cabeza rosada cubierta ahora por una
requintada gorra de obrero ruso. El Rey se sentó al Bechstein y en cuanto se
quedaron solos, explicó en pocas palabras la situación, mientras sacaba unas
notas tintineantes con una mano: —Nunca he oído hablar de ningún pasadizo
—murmuró Odón con el fastidio de un jugador de ajedrez a quien se le muestra
cómo hubiera podido salvar la partida que ha perdido. ¿Estaba Su Majestad
absolutamente seguro? Su Majestad lo estaba. ¿Suponía que llevaba fuera del
Palacio? Seguramente fuera del Palacio.
De todos modos, Odón tenía que irse pocos
momentos después, porque actuaba esa noche en El Tritón, un viejo y buen melodrama que no se había representado,
dijo, por lo menos durante tres décadas. —Estoy muy satisfecho con mi propio
melodrama —señaló el Rey—. Ay —dijo Odón. Frunciendo el entrecejo, se puso
lentamente la chaqueta de cuero. No se podía hacer nada esa noche. Si le pedía
al comandante que lo dejara de guardia, sólo provocaría sospechas, y la menor
de ellas podía ser fatal. Mañana encontraría alguna oportunidad de inspeccionar
esa nueva vía de evasión, si es que lo era y no una vía muerta. ¿Prometería
Charlie (Su Majestad) no intentar nada hasta entonces? —Pero se están acercando
cada vez más —dijo el Rey, aludiendo el ruido de golpes y desgarraduras que
venía de la Galería de Cuadros. —No tanto —dijo Odón— una pulgada por hora,
quizá dos. Ahora tengo que irme —añadió indicando con un guiño al solemne y
corpulento guardia que venía a relevarlo.
En la creencia inconmovible pero absolutamente
errónea de que las joyas de la corona estaban escondidas en algún lugar del
Palacio, la nueva administración había contratado a un par de expertos
extranjeros (véase nota al verso 681) para que las ubicara. Durante un mes se
había estado haciendo un buen trabajo. Los dos rusos, después de desmantelar
prácticamente la Cámara del Consejo y varias otras habitaciones de recepción,
habían trasladado sus actividades a aquella parte de la galería donde los
enormes óleos de Eystein habían fascinado a varias generaciones de príncipes y
princesas zemblanos. Incapaz de conseguir un parecido y limitándose por lo
tanto a un estilo convencional de retrato de homenaje, Eystein demostró ser un
prodigioso maestro del trompe l'oeil
en la pintura de diversos objetos que rodeaban a sus dignos modelos difuntos,
haciéndolos parecer aún más muertos por contraste con el pétalo caído o el
pulido artesonado tratados con tanto amor y destreza. Pero en algunos de esos
retratos Eystein había recurrido también a una forma extraña de la superchería:
entre sus ornamentaciones de madera o lana, de oro o terciopelo, insertaba una
realmente hecha del material que imitaba en otros lugares con la pintura. Esta
estratagema cuyo objetivo aparente era realzar el efecto de sus valores
táctiles y tonales tenía, sin embargo, algo de innoble y revelaba no sólo una
falla esencial en el talento de Eystein, sino el hecho básico de que la
"realidad" no es ni el sujeto ni el objeto del arte verdadero, el mal
crea su propia realidad especial que nada tiene que ver con la
"realidad" media percibida por el ojo del común de los mortales. Pero
volvamos a nuestros técnicos cuyos golpes secos van acercándose por la galería
hacia el codo donde están por separarse el Rey y Odón. En ese punto colgaba un
retrato que representa a un antiguo Guardián del Tesoro, el decrépito Conde
Kernel, pintado con los dedos ligeramente posados en un cofre repujado y
blasonado cuya superficie externa, de frente al espectador, consistía en un
medallón oblongo hecho de bronce verdadero, en tanto que sobre la tapa del
cofre, en perspectiva, el artista había representado en un plato el interior de
una nuez dividida en dos, bellamente pintada, con dos lóbulos, como un cerebro.
—Van a tener una sorpresa —murmuró Odón en su
lengua materna, mientras en un rincón el guardián gordo, cumpliendo por deber
algunas formalidades más bien solitarias, daba culatazos con el rifle.
Se podía disculpar que los dos profesionales
soviéticos hubiesen supuesto que encontrarían un receptáculo real detrás del
metal real. En ese preciso momento estaban por decidir si arrancarían la placa
o bajarían el cuadro; pero podemos anticiparnos un poco y asegurar al lector
que el receptáculo, un agujero redondo en la pared, estaba efectivamente allí,
pero no contenía nada, salvo los pedazos de una cáscara de nuez.
Una cortina de hierro se había levantado en
alguna parte, descubriendo otra pintada, con ninfas y nenúfares. —Mañana le
traeré su flauta —exclamó Odón significativamente en la lengua vernácula y
sonrió, agitó la mano desapareciendo ya, hundiéndose ya en su lejano mundo de
Tespis.
El guardián gordo llevó al Rey de vuelta a su
cuarto y lo dejó en manos del bello Hal. Eran las nueve y media. El Rey se
acostó. El ayuda de cámara, un bribón taciturno, le sirvió su vaso habitual de
leche y coñac y se llevó las pantuflas y la bata. El hombre estaba
prácticamente fuera de la habitación cuando el Rey le ordenó que apagara la
luz; un brazo volvió a meterse y una mano enguantada buscó el conmutador y lo
hizo girar. Relámpagos distantes aún latían de vez en cuando en la ventana. El
Rey terminó de beber en la oscuridad y puso el vaso vacío en la mesa de luz
donde chocó repicando sordamente contra una linterna de acero preparada por las
solícitas autoridades para el caso de que hubiera un corte de electricidad como
últimamente solía suceder.
No podía dormir. Volviendo la cabeza,
observaba la línea de luz debajo de la puerta. En ese momento se abrió
suavemente y apareció su apuesto y joven carcelero. Una idea extraña danzó en
la cabeza del Rey; pero todo lo que el joven quería era avisar al prisionero
que tenía intención de juntarse con su compañero en el patio de al lado y que
la puerta quedaría cerrada con llave hasta que volviera. Pero si el ex Rey
necesitaba algo, podía llamarlo por la ventana. —¿Cuánto tiempo estarás
ausente? —preguntó el Rey. —Yeg ved ik
(no sé) —respondió el guardia. —Buenas noches, picarón —dijo el Rey.
Esperó a que la silueta del guardián
apareciera en la luz del patio donde otros thuleanos lo invitaron a su juego.
Entonces, en la oscuridad tranquilizadora, el Rey revolvió el fondo de la
alacena en busca de ropas y se puso sobre el pijama lo que tomó por unos
pantalones de esquiar y algo que olía a suéter viejo. Tanteando otro poco
consiguió un par de zapatillas y un gorro de lana con visera. Después ejecutó
los gestos que mentalmente había ensayado antes. Cuando estaba quitando el
segundo estante, un objeto cayó con un ruidito sordo; adivinó lo que era y lo
tomó como talismán.
No se atrevió a apretar el botón de la
linterna hasta haberse engolfado suficientemente en el pasadizo, ni podía
permitirse un tropezón ruidoso y por lo tanto se las arregló con los dieciocho
peldaños invisibles en posición más o menos sentada como un novicio tímido que
baja arrastrando el trasero por las rocas musgosas del Monte Kron. La pálida
luz que proyectó al fin era ahora su más caro compañero, el fantasma de Oleg,
el fantasma de la libertad. Experimentaba una mezcla de angustia y exaltación,
una especie de alegría amorosa, como no había vuelto a sentir desde el día de
su coronación cuando, mientras avanzaba hacia el trono, unos pocos compases de
una música increíblemente rica, profunda, abundante (cuyos autor y fuente
física nunca había podido averiguar) habían sorprendido su oído, y aspiró la
brillantina del lindo paje que se había inclinado para sacar un pétalo de rosa
del taburete, y a la luz de su linterna el Rey vio ahora que estaba
horriblemente vestido de colorado.
El pasaje secreto parecía haberse vuelto más
sórdido. La intrusión de sus alrededores era aún más evidente que el día en que
dos muchachos, temblando con sus delgados sué-ters y sus paptalones cortos, lo
habían explorado. El charco opalescente de agua estancada se había agrandado;
por su orilla caminaba un murciélago enfermo como un tullido con un paraguas
roto. La capa de arena que recordaba tenía la marca impresa treinta años antes
por el zapato de Oleg, tan inmortal como las huellas de la gacela domesticada
de un niño egipcio grabadas treinta siglos antes en ladrillos azules del Nilo
secos al sol. Y en el lugar donde el pasaje atravesaba los cimientos de un
museo, extraviadas no se sabe cómo, en exilio y tiradas, había una estatua
decapitada de Mercurio, conductor de las almas al Mundo Inferior, y una crátera
rajada con dos figuras negras jugando a los dados bajo una palmera negra.
El último recodo del pasadizo que terminaba en
la puerta verde, contenía una acumulación de tablas sueltas por encima de las
cuales el fugitivo pasó no sin tropezar. Abrió el cerrojo y al empujar la
puerta lo detuvo un pesado cortinaje negro. Cuando empezaba a tantear entre sus
pliegues verticales en busca de alguna clase de entrada, la débil luz de su
linterna agitó un ojo desesperado y se apagó. La dejó caer: la linterna se
deslizó en una nada sorda. El Rey hundió los dos brazos en los profundos
pliegues de la tela que olía a chocolate y a pesar de la incertidumbre y el
peligro del momento, su propio movimiento le recordó físicamente, en cierto
modo, las cómicas ondulaciones, primero controladas, después frenéticas, de un
telón de teatro que un actor nervioso trata en vano de atravesar. Esta
sensación grotesca en ese diabólico instante, resolvió el misterio del pasaje
aun antes de que se escurriera a través del cortinado para encontrarse en la lumbarkamer débilmente iluminada,
confusamente iluminada, confusamente desordenada que había sido alguna vez el
camarín de Iris Acht en el Teatro Real. Todavía era lo que había llegado a ser
después de su muerte: un agujero polvoriento que daba a una especie de sala
donde los actores se paseaban durante los ensayos. Los elementos de un decorado
mitológico apoyados contra la pared ocultaban a medias una gran fotografía
polvorienta del Rey Thurgus con marco de terciopelo —bigote tupido, pince-nez, medallas— tal como era en la
época en que el pasadizo de una milla de largo le proporcionaba un medio
extravagante para acudir a sus citas con Iris.
El fugitivo vestido de escarlata parpadeó y se
dirigió hacia la sala. Encontró una cantidad de camarines. En alguna parte, a
lo lejos, una tempestad de aplausos se agrandó antes de desvanecerse. Otros
sonidos distantes señalaron el comienzo del intervalo. Varios actores
disfrazados pasaron delante del Rey y en uno de ellos reconoció a Odón. Llevaba
una chaqueta de terciopelo con botones de bronce, calzones cortos y medias
rayadas, el traje dominguero de los pescadores gutnish, apretando todavía en el
puño el cuchillo de cartón con el que acababa de despachar a su bienamada.
—Santo Dios —dijo al ver al Rey.
Tomando un par de capas de un montón de trajes
fantásticos, Odón empujó al Rey hacia una escalera que conducía a la calle. Al
mismo tiempo se produjo una conmoción en un grupo de personas que fumaban en el
vestíbulo. Un viejo intrigante que había conseguido el cargo de director de
escena a fuerza de adular a varios funcionarios extremistas, apuntó de pronto
con un dedo vibrante al Rey, pero como padecía de un serio tartamudeo no pudo
proferir las palabras de reconocimiento indignado que le hacían castañetear los
dientes postizos. El Rey trató de bajar sobre su cara la visera de la gorra y
estuvo a punto de perder pie al final de las estrechas escaleras. Afuera
llovía. Un charco reflejó su silueta escarlata. Había varios vehículos en una
calle transversal. Allí es donde Odón solía dejar su coche de carrera. Durante
un minuto espantoso pensó que había desaparecido, pero luego recordó con
delicioso alivio que lo había estacionado aquella noche en un pasaje contiguo.
(Véase la interesante nota al verso 149.)
Versos 131-132: Yo era la sombra del picotero
asesinado por la ficticia lejanía del cristal de la ventana.
La exquisita melodía de los dos versos que
abren el poema se reitera aquí. La repetición de esa nota prolongada se salva
de la monotonía gracias a la sutil variante del verso 132 en que la asonancia
entre la segunda palabra y la rima proporciona al oído una especie de lánguido
placer como el eco de una canción triste semiolvidada cuyos acentos tienen más
sentido que las palabras. Hoy, en que la "ficticia lejanía" ha
cumplido en efecto su temible deber y el poema que tenemos es la única
"sombra" que queda, no podemos menos que leer en esos versos algo más
que un juego de espejos y el temblor de un espejismo. Sentimos un destino
funesto en la imagen de Gradus devorando las millas y millas de "ficticia
lejanía" que lo separan del pobre Shade. Él también ha de encontrar en su
vuelo urgente y ciego un reflejo que lo hará polvo.
Aunque Gradus utilizara toda clase de medios
de locomoción —coches alquilados, trenes locales, escaleras mecánicas, aviones—
en cierto modo el ojo del espíritu lo ve, y los músculos del espíritu lo
sienten atravesando el cielo con un bolso negro de viaje en una mano y un
paraguas mal cerrado en la otra, en un vuelo sostenido por encima del mar y de
la tierra. La fuerza que lo impulsa es la acción mágica del poema de Shade, el
mecanismo y el movimiento del verso, el poderoso motor yámbico. Nunca hasta
ahora el inexorable avance del destino había recibido una forma tan sensual
(para otras imágenes del enfoque trascendental de este vagabundo, véase la nota
al verso 17).
Verso 137: lemniscata
"Una curva única y bicircular de cuarto
grado" dice mi viejo diccionario fatigado. No alcanzo a entender qué tiene
que ver esto con una bicicleta y sospecho que la frase de Shade no tiene un
verdadero significado. Como otros poetas antes que él, parece haber sido
víctima aquí del embrujo de una eufonía falaz.
Para dar un ejemplo patente: ¿qué puede ser
más resonante, más resplandeciente, qué puede sugerir más belleza plástica y
coral que la palabra coramen? Sin
embargo en realidad designa simplemente la ruda correa con que el pastor
zemblano sujeta sus humildes provisiones y su raída manta al lomo de la más
apacible de sus vacas cuando las lleva al vebodar
(pastizales de montaña).
Verso 143: un juguete de cuerda
¡Por un golpe de fortuna lo he visto! Una
noche de mayo o junio caí por casa de mi amigo para recordarle una colección de
folletos escritos por su abuelo, un pastor excéntrico, que según me había dicho
una vez estaban guardados en el sótano. Lo encontré esperando con aire sombrío
a algunas personas (colegas de su sección, creo, y sus mujeres) que venían a
una cena formal. Accedió de buen grado a llevarme al sótano pero después de
revolver entre pilas de libros y revistas polvorientas, dijo que trataría de encontrarlos
en algún otro momento. Fue entonces cuando lo vi en un estante, entre un
candelero y un despertador sin agujas. Shade, pensando que yo podía creer que
había pertenecido a su hija muerta, me explicó apresuradamente que era tan
viejo como él. Se trataba de un negrito de plomo pintado, con un agujero de
cerradura en el costado y sin espesor, por así decirlo, pues consistía apenas
en dos perfiles más o menos fundidos y su carretilla estaba toda torcida y
rota. Dijo, sacudiéndose el polvo de las mangas, que lo conservaba como una
especie de memento mori: había tenido
un extraño desmayo un día, en su infancia, mientras jugaba con ese juguete. Nos
interrumpió la voz de Sybil que nos llamaba desde arriba; pero no importa,
ahora la máquina oxidada funcionará de nuevo, porque tengo la llave.
Verso 149: un pie en la cima de una montaña
La Cadena de Bera, una serie de escarpadas
montañas de doscientas millas de largo, que no llega al extremo norte de la
península zemblana (cortada en su base del continente de la locura por un canal
impracticable), la divide en dos partes: la floreciente región oriental de
Onhava y otras comunas como Aros y Grindelwod, y la franja occidental mucho más
estrecha con sus pintorescas aldeas de pescadores y sus agradables estaciones
balnearias. Las dos costas están unidas por dos autorrutas asfaltadas: la más antigua
esquiva las dificultades dirigiéndose primero hacia el norte, a lo largo de las
laderas orientales, en dirección a Odevalle, Yeslove y Embla, y sólo en ese
momento dobla hacia el oeste en la punta más septentrional de la península; la
más nueva, una carretera maravillosamente planeada, complicada y sinuosa,
atraviesa la cadena de montañas hacia el oeste, del norte de Onhava a Bregberg,
y las guías turísticas la califican de "ruta panorámica". Varias
pistas cruzan las montañas en diversos puntos y llevan a pasos, ninguno de los
cuales tiene más de cinco mil pies de altura; algunas cimas se elevan unos dos
mil pies más y conservan la nieve en el verano; y desde una de ellas, la más
alta y rispida, el Monte Glitterntin, se puede distinguir los días claros, a lo
lejos, al este, más allá del Golfo de la Sorpresa, una vaga iridiscencia que
según dicen algunos es Rusia.
Después de escapar del teatro, nuestros amigos
se habían propuesto seguir la vieja autorruta veinte millas en dirección al
norte, y luego tomar a la izquierda un pobre camino poco frecuentado que los
hubiera llevado eventualmente al principal escondrijo de los carlistas, un
castillo de barón en un bosque de pinos en la ladera oriental de la Cadena de
Bera. Pero el vigilante tartamudo había estallado al fin en un discurso
espasmódico; los teléfonos funcionaron frenéticamente, y los fugitivos habían
recorrido apenas unas doce millas cuando un resplandor confuso, frente a ellos,
en la oscuridad, en la intersección de la vieja autorruta y la nueva, reveló
una barrera que por lo menos tenía el mérito de suprimir los dos caminos de un
solo golpe.
Odón dio media vuelta con el coche y en la
primera oportunidad se desvió hacia el oeste, rumbo a las montañas. El sendero
estrecho y lleno de baches que los tragó pasó por una leñera, llegó a un
torrente, lo cruzó con gran repiqueteo de tablas y en seguida degeneró en un
claro lleno de ramas cortadas. Estaban en el linde del bosque de Mandevil. El
trueno retumbaba en el terrible cielo pardo.
Durante algunos segundos los dos hombres
permanecieron inmóviles mirando hacia arriba. La noche y los árboles
disimulaban la cuesta. Desde ese punto, un buen escalador podía llegar al paso
de Bregberg al alba, si se las arreglaba para encontrar una pista practicable
después de atravesar el muro negro del bosque. Decidieron separarse. Charlie
proseguiría hacia el remoto tesoro de la gruta marina y Odón permanecería atrás
como señuelo. Les ofrecería, dijo, una alegre persecución, adoptaría disfraces
sensacionales y se pondría en contacto con el resto de la banda. Su madre era
una norteamericana de New Wye, Nueva Inglaterra. Se dice que fue la primera
mujer en el mundo que mató lobos y otros animales, creo, desde un avión.
Un apretón de manos, el fulgor de un
relámpago. Cuando el Rey se metió entre los sombríos y húmedos helechos, su
olor, su elasticidad de encaje y la mezcla de vegetación suave y de suelo
escarpado le recordaron las veces que había merendado en esos lugares, en otra
parte del bosque pero en la misma ladera de la montaña, y más arriba, de niño,
en el campo de peñascos donde el Sr. Campbell una vez se había torcido un
tobillo y habían tenido que bajarlo, fumando su pipa, dos fornidos criados.
Recuerdos bastante tristes, en conjunto. ¿No había por allí un pabellón de
caza, justo más allá de la cascada de Silfhar? Buena caza de perdices y
becadas, deporte que apreciaba mucho su difunta madre, la Reina Blenda, una
reina de tweed y a caballo. Ahora
como entonces, la lluvia crepitaba en los árboles negros y si uno se detenía
escuchaba los golpes del corazón y el gruñido lejano del torrente. ¿Qué hora
es, kot or? Apretó el botón de su
reloj de repetición que, imperturbable, silbó y tintineó las diez y veintiuna.
Cualquiera que haya tratado de escalar una
pendiente empinada en una noche oscura, a través de una maraña de vegetación
hostil, sabe a qué formidable tarea tenía que hacer frente nuestro montañés.
Durante más de dos horas se mantuvo firme, tropezando contra los troncos,
cayendo en las quebradas, aferrándose a invisibles arbustos, luchando contra un
ejército de coniferas. Perdió su capa. Se preguntó si no sería preferible
acurrucarse debajo de la maleza y esperar a que saliera el sol. De pronto una
luz como una cabeza de alfiler brilló delante de él y pronto se encontró
titubeando en la pendiente resbalosa de una pradera recién segada. Un perro
ladró. Una piedra rodó bajo sus pies. Se dio cuenta de que estaba cerca de una bore de montaña (granja). Se dio cuenta
también de que había caído en una zanja profunda llena de barro.
El nudoso granjero y su rolliza mujer que,
como personajes de un cuento viejo y tedioso, ofrecieron al empapado fugitivo
un agradable refugio, lo tomaron por un excéntrico excursionista que se había
separado de su grupo. Se le permitió que se secara en una cocina caliente donde
le dieron una comida de cuento de hadas, compuesta de pan y queso y un tazón de
hidromiel de montaña. Sus sentimientos (gratitud, agotamiento, agradable calor,
adormilamiento y así sucesivamente) eran demasiado evidentes para que sea
necesario describirlos. Un fuego de raíces de alerce crepitaba en la estufa, y
todas las sombras de su reino perdido se reunieron para danzar alrededor de su
mecedora mientras dormitaba entre ese. resplandor y la luz trémula de un
pequeño fanal de terracota, un instrumento con un pico parecido a una lámpara
romana que colgaba sobre un estante donde unas pobres chucherías de vidrio y
pedazos de nácar se convertían en microscópicos soldados hormigueando en una
batalla desesperada. Se despertó con un calambre en el cuello al primer repique
de cencerro del alba, encontró a su huésped afuera, en un rincón húmedo
destinado a las humildes necesidades de la naturaleza, y le rogó al buen grunter (granjero montañés) que le
indicara el camino más corto para llegar al paso. —Voy a despertar a Garh, la
pereza misma —dijo el granjero.
Una escalera rudimentaria conducía a un
desván. El granjero apoyó su nudosa mano en la nudosa balaustrada y lanzó hacia
las tinieblas de arriba un grito gutural:
—¡Garh! ¡Garh! —Aunque se aplica a los dos
sexos, ese nombre, en rigor de verdad, es masculino, y el Rey esperaba ver
salir del desván a un muchacho montañés de rodillas desnudas como un ángel
atezado. En cambio apareció una joven tunanta desgreñada, vestida sólo con una
camisa de hombre que le llegaba hasta las rosadas pantorrillas y un par de
zapatos demasiado grandes para ella. Un momento después, como si fuera una
transformista, reapareció con el amarillo pelo lacio y colgando, pero la camisa
sucia había sido sustituida por un pulóver sucio y las piernas estaban
enfundadas en un pantalón de pana. Se le dijo que acompañara al extranjero
hasta un lugar desde donde podía llegar fácilmente al paso. Una expresión
soñolienta y malhumorada borraba todo el atractivo que su cara redonda y su
nariz respingada hubieran podido tener para los pastores del lugar; pero
cumplió de buen grado los deseos de su padre. La esposa canturreaba una antigua
canción mientras se ocupaba de sus ollas y sartenes.
Antes de irse, el Rey pidió a su huésped, cuyo
nombre era Griff, que aceptara una vieja moneda de oro que resultó tener en el
bolsillo, el único dinero que poseía. Griff lo rechazó enérgicamente y siempre
protestando, empezó la laboriosa tarea de abrir dos o tres pesadas puertas y
quitarles los candados. El Rey echó una mirada a la anciana mujer, obtuvo una
guiñada aprobadora y puso el mudo ducado sobre el manto de la chimenea junto a
una caracola violeta contra la cual estaba apoyada una foto en colores que
representaba a un elegante oficial de la guardia con su esposa descotada: Karl
el Bienamado, tal como era veinte años antes, y su joven reina, una joven
virgen colérica de pelo negro carbón y ojos azules como el hielo.
Las estrellas acababan de desaparecer. Detrás
de la muchacha y un feliz perro de pastor subió la pista herbosa que
centelleaba bajo el rocío rubí en la luz teatral de un alba alpina. El aire
mismo parecía coloreado y lustroso. Un frío sepulcral emanaba de la cuesta
escarpada a cuyo flanco subía la pista; pero en el lado opuesto que caía a
pique, aquí y allá, entre las cimas de los pinos que crecían más abajo, los
rayos del sol como telarañas empezaban a urdir su trama de calor. En el recodo
siguiente ese calor envolvió al fugitivo y una mariposa negra bajó bailando una
pendiente de guijarros. El sendero seguía estrechándose y deteriorándose poco a
poco en medio de una confusión de peñascos. La muchacha señaló las pendientes
más allá de la pista. Él asintió con la cabeza. —Ahora vete a casa —dijo—.
Descansaré aquí y luego continuaré solo.
Se dejó caer en la hierba cerca de una
conifera rampante y aspiró el aire brillante. El perro jadeante se tendió a sus
pies. Garh sonrió por primera vez. Las muchachas montañesas de Zembla son por
lo general meros mecanismos de lujuria fortuita, y Garh no era una excepción.
En cuanto se hubo instalado junto a él, se inclinó y deslizó por encima de su
cabeza despeinada el grueso pulóver gris, revelando su espalda desnuda y sus
pechos de blancmangé, e inundó a su
compañero embarazado en toda la acritud de una feminidad descuidada. Iba a
seguir desvistiéndose pero él la detuvo con un gesto y se puso de pie. Le
agradeció toda su bondad. Acarició al perro inocente y sin volverse ni una sola
vez, con paso elástico, el Rey empezó a subir la cuesta cubierta de hierba.
Se iba riendo bajito de la frustración de la
moza cuando llegó a las inmensas piedras amontonadas alrededor de un pequeño
lago al que había llegado una o dos veces desde la vertiente rocosa de Kronberg
muchos años antes. Después advirtió el reflejo del lago a través de la abertura
de una bóveda natural, obra maestra de erosión. La bóveda era baja y agachó la
cabeza para descender hacia el agua. En su límpido espejo vio su reflejo
escarlata pero, cosa rara, a causa de lo que parecía ser a primera vista una
ilusión óptica, este reflejo no se hallaba a sus pies sino mucho más lejos;
además, iba acompañado del reflejo, deformado por las ondulaciones, de una cornisa
que dominaba desde lo alto su posición actual. Y por último, la tensión
ejercida sobre la magia de la imagen la destruyó, mientras el doble del Rey
vestido con un suéter colorado y una gorra colorada se volvía y desaparecía, en
tanto que él, el observador, permanecía inmóvil. Avanzó entonces hasta el borde
mismo del agua y allí se encontró con un reflejo auténtico, mucho más grande y
más claro que aquel que le había engañado. Contorneó el pequeño lago. Arriba,
en el cielo de un azul profundo sobresalía la cornisa vacía donde había estado
pocos momentos antes el falso rey. Un estremecimiento de alfear (miedo incontrolable producido por los elfos) le corrió
entre los omóplatos. Murmuró una plegaria familiar, se persignó y prosiguió
resueltamente hacia el paso. En un punto alto, sobre una cima contigua, había
un steinmann (montón de piedras
erigido en memoria de una ascensión) coronado en su honor por una gorra de lana
coronada. Siguió penosamente. Pero su corazón era un dolor cónico que le
punzaba desde abajo en la garganta y al cabo de un rato se detuvo nuevamente
para examinar las condiciones y decidir si treparía en cuatro patas la empinada
cuesta llena de piedras o cortaría hacia la derecha, a lo largo de una franja
de hierba alegrada de gencianas, que serpenteaba entre rocas musgosas. Eligió
el segundo camino y en su momento llegó al paso.
Grandes desmoronamientos rocosos
diversificaban el paisaje. Al sur los nippern
(colinas redondeadas o reeks) se
quebraban en zonas de luz y de sombra por obra de una pendiente cubierta de
piedras y hierba. Hacia el norte se fundían las montañas verdes, grises,
azuladas —el Falk-berg con su capuchón de nieve, el Mutraberg con el abanico de
su alud, el Paberg (Monte del Pavo Real) y otros, separados por estrechos y
oscuros valles con nubes intercaladas como pedazos de algodón que parecían
puestos entre la sucesión de crestas en retirada para impedir que sus flancos
se arañaran. Más allá de ellas, en el azul final, se elevaba el Monte
Glitterntin, una cresta dentada de brillante oropel, y hacia el sur una tierna
niebla envolvía las crestas más distantes que se comunicaban entre sí en una
hilera interminable, pasando por todos los matices de una suave evanescencia.
Había llegado al paso, el granito y la
gravedad estaban vencidos; pero faltaba todavía el trecho más peligroso. Hacia
el oeste bajaba hasta el mar resplandeciente una sucesión de pendientes
cubiertas de brezos. Hasta ese momento la montaña se había situado entre él y
el golfo; ahora estaba expuesto a la bóveda de fuego. Comenzó el descenso.
Tres horas más tarde caminaba por terreno
llano. Dos viejas que trabajaban en un huerto se incorporaron lentamente y lo
miraron. Había pasado los bosques de pinos de Boscobel y se iba acercando al
muelle de Blawick cuando un coche negro de la policía salió de una calle
transversal y se detuvo a su lado: —La broma ha ido demasiado lejos —dijo el
conductor—. Hay un centenar de payasos metidos en la cárcel de Onhava y el ex
Rey debe de estar entre ellos. Nuestra prisión local es demasiado pequeña para
alojar más reyes. El próximo disfrazado será fusilado a primera vista. ¿Cuál es
tu verdadero nombre, Charlie?
—Soy inglés. Un turista —dijo el Rey.
—Bueno, de todos modos quítate esa fufa colorada. Y la gorra. Dámelos.
—Arrojó las cosas al fondo del coche y arrancó.
El Rey siguió caminando; la parte de arriba de
su pijama azul metido en los pantalones de esquiar podía pasar fácilmente por
una camisa de fantasía. Tenía un guijarro dentro de un zapato pero estaba
demasiado agotado para hacer caso.
Reconoció el restaurante de la costa donde
había almorzado de incógnito muchos años antes, con dos marineros divertidos,
muy divertidos. Varios extremistas pesadamente armados bebían cerveza en la
galería bordeada de geranios, entre los veraneantes habituales, algunos de los
cuales estaban ocupados en escribir a distantes amigos. A través de los
geranios, una mano enguantada tendió al Rey una tarjeta postal en la que vio
garabateado: Vaya a las G. R. Bon voyage!
Fingiendo un paseo sin objeto, llegó a la punta del muelle.
Era una deliciosa tarde con un poco de brisa y
al oeste un horizonte como un vacío luminoso que aspiraba los corazones ávidos.
El Rey, en el punto más crítico de su viaje, miró a su alrededor observando a
los escasos paseantes y tratando de decidir cuáles de ellos podían ser agentes
de policía disfrazados, dispuestos a caerle encima en cuanto saltara el
parapeto para ir a las grutas Rippleson. Una sola vela roja ponía una mancha de
algún interés humano en la extensión marina. Nitra e Indra (que significan "interior"
y "exterior"), dos islas negras que parecen mantener entre ellas una
conferencia secreta, eran fotografiadas desde el parapeto por un rechoncho
turista ruso, con varios mentones y una carnosa nuca de general. Su marchita mujer,
envuelta en una flotante echarpe floreada, observó en un moscovita cantarín:
—Cada vez que veo a alguien tan horriblemente desfigurado, no puedo dejar de
pensar en el hijo de Nina. La guerra es una cosa atroz.
—¿La guerra? —preguntó el consorte—. Debe de
haber sido la explosión de la Fábrica de Vidrio de 1951, no la guerra. —Pasaron
lentamente delante del Rey en la dirección de donde éste había venido. Frente
al mar, en un banco del paseo, un hombre con sus muletas al lado estaba leyendo
el Onhava Post que presentaba en
primera página a Odón con su uniforme de extremista y a Odón en el papel del
Tritón. Por increíble que pueda parecer, la guardia del palacio nunca se había
dado cuenta hasta entonces de esa identidad. Ahora se ofrecía una buena suma
por su captura. Las olas lamían rítmicamente los guijarros. La cara del lector
del periódico había sido atrozmente herida en la explosión que acababa de
mencionarse, y todo el arte de la cirugía plástica sólo había dado por
resultado una horrible textura taraceada con partes de dibujo y partes de
contorno que parecían cambiar, fundirse o separarse como mejillas y mentones
fluctúan tes en un espejo deformante.
El corto tramo de playa entre el restaurante
en una punta del paseo y las rocas de granito en la otra, estaba casi vacío:
lejos, a la izquierda, tres pescadores cargaban una chalupa con redes color
marrón alga directamente al pie de la acera una mujer de cierta edad con un
vestido a lunares y un tricornio de papel en la cabeza (EX REY VISTO) estaba
sentada sobre los guijarros tejiendo, de espaldas a la calle. Tenía las piernas
vendadas extendidas sobre la arena; a un lado había un par de pantuflas de
tapicería y al otro un ovillo de lana roja, cuyo hilo conductor tironeaba de
vez en cuando con la sacudida inmemorial del codo característica de la tejedora
zemblana para hacer girar el ovillo y aflojar la hebra. Por último, en la acera
una niñita de falda abullonada evolucionaba en sus patines con enérgico
estruendo pero torpemente. ¿Un enano de las fuerzas policiales podía hacerse
pasar por una niña con trencitas?
A
la espera de que la pareja rusa se retirara, el Rey se detuvo junto al banco.
El hombre de la cara de mosaico dobló el periódico y un segundo antes de que
hablara (en el intervalo neutral entre la nube de humo y la detonación), el Rey
supo que era Odón. —Es todo lo que se podía hacer en tan poco tiempo —dijo
Odón, tironeando de su mejilla para mostrar cómo la película semitransparente
de diversos colores se pegaba a su cara, modificando los contornos según la tensión—.
Una persona bien educada —añadió— normalmente no examina de muy cerca a un
pobre tipo desfigurado.
—Buscaba a los shpiks (policías de civil) —dijo el Rey.
—Han estado patrullando el muelle todo el día.
Ahora están cenando.
—Tengo hambre y sed —dijo el Rey.
—Hay algo en el barco. Espere a que
desaparezcan los rusos. De la niña podemos despreocuparnos.
—¿Y la mujer de la playa?
—Es el joven Barón Mandevil, el tipo que tuvo
el duelo el año pasado. Ahora vamos.
—¿No podríamos llevarlo también?
—No vendría, tiene mujer y un niño pequeño.
Vamos, Charlie, vamos, Su Majestad.
—Era mi paje de trono el Día de la Coronación.
—Así, charlando, llegaron a las grutas Rippleson. Espero que el lector haya
disfrutado de esta nota.
Verso 162: con su pura lengua, etc.
Es esta una manera singularmente indirecta de
describir el tímido beso de una muchacha campesina; pero todo el pasaje es muy
barroco. Mi propia infancia fue demasiado feliz y sana para contener nada
remotamente parecido a los desvanecimientos que sufrió Shade. En su caso debe
de haber sido una forma benigna de epilepsia, un descarrilamiento de los
nervios en el mismo lugar, en la misma curva de los rieles, cada día, durante
varias semanas, hasta que la naturaleza reparó los daños. ¿Quién puede olvidar
las caras bonachonas, brillantes de sudor, de los ferroviarios con su pecho de
cobre, apoyados en sus palas y siguiendo con la vista las ventanas del gran
expreso que se desliza cautelosamente?
Verso 167: Hubo un tiempo, etc.
El poeta empezó el Canto Segundo (en la
catorzava ficha) el 5 de julio, día en que cumplía sesenta años (véase nota al
verso 181, "Hoy"). Me equivoco: sesenta y uno.
Verso 169: la supervivencia después de la
muerte
Véase nota al verso 549.
Verso 171: una gran conspiración
Durante casi un año entero, después de la fuga
del Rey, los extremistas siguieron convencidos de que él y Odón no habían
salido de Zembla. El error sólo puede atribuirse a la vena de estupidez que
fatalmente corre en la tiranía más competente. Los aparatos aéreos y todo lo
relacionado con ellos obraron como un maleficio en las mentes de nuestros
nuevos gobernantes a quienes la amable historia había ofrecido bruscamente una
caja llena de esos artefactos zumbantes que suben verticaímente para que se
divirtieran con ellos. Que un fugitivo importante utilizara para escapar otra
vía que la aérea les parecía inconcebible. En pocos minutos, después que el Rey
y el actor hubieron bajado precipitadamente las escaleras traseras del Teatro
Real, no quedó ala en el cielo y en la tierra que no fuera censada, tal era la
eficacia del Gobierno. Durante las semanas siguientes no se autorizó el
despegue de ningún avión privado o comercial, y la inspección de los pasajeros
en tránsito se hizo tan rigurosa y larga que las líneas internacionales
decidieron cancelar las paradas en Onhava. Hubo algunos muertos. Un globo rojo
fue derribado con entusiasmo y el aeronauta (un meteorólogo bien conocido) se
ahogó en el Golfo de la Sorpresa. Un piloto de una base lapona que volaba en misión
de socorro, se perdió en la niebla y fue tan violentamente acosado por los
bombarderos zemblanos que tuvo que aterrizar en el pico de una montaña. Se
podría encontrar una excusa a todo esto. La ilusión de la presencia del Rey en
los yermos de Zembla fue mantenida por los conspiradores realistas que
incitaban a regimientos enteros a buscar en las montañas y los bosques de
nuestra abrupta península. El Gobierno gastó una cantidad absurda de energía en
registrar a los cientos de impostores amontonados en las cárceles del país. La
mayoría de ellos se las arregló para recobrar la libertad; unos pocos, ay,
cayeron. Después, en la primavera del año siguiente, llegó del extranjero una
noticia pasmosa. El actor zemblano Odón estaba dirigiendo un film en París.
Se conjeturó entonces correctamente que si
Odón había huido, también el Rey había huido. En una sesión extraordinaria del
Gobierno extremista pasó de mano en mano, en un silencio consternado, un
ejemplar de un periódico francés con el titular: ¿EL EX REY DE ZEMBLA EN PARÍS?
La exasperación vindicativa más que la estrategia de Estado impulsó a la
organización secreta, de la que Gradus era un oscuro miembro, a tramar la
destrucción del fugitivo real. ¡Matones despreciables! Se los puede comparar a
esos gamberros que se mueren por torturar al invulnerable caballero cuyo
testimonio los ha enviado a la cárcel de por vida. Se sabe que esa clase de
condenados se vuelven locos furiosos a la sola idea de que la evasiva víctima
cuyos testículos quisieran retorcer y desgarrarlos con sus uñas, está sentada
debajo de una pérgola en alguna isla soleada, o acariciando entre sus rodillas
a alguna joven y linda criatura en serena seguridad... ¡y burlándose de ellos!
Es de suponer que no hay peor infierno que la rabia impotente que sienten
cuando los inunda la certeza de esa dulce e implacable alegría y destruye
lentamente sus cerebros de brutos. Un grupo de extremistas especialmente
fervorosos que se habían aplicado a sí mismos el nombre de Sombras se habían
reunido, jurado perseguir al Rey y matarlo donde quiera que estuviese. Eran en
cierto sentido las sombras gemelas de los carlistas y en realidad varios tenían
primos o incluso hermanos entre los seguidores del Rey. Sin duda, el origen de
cada grupo está en los diversos ritos violentos de las fraternidades
estudiantiles y de los círculos militares, y su desarrollo puede estudiarse en
términos de modas y antimodas; pero en tanto que un historiador objetivo asocia
con el carlismo un prestigio romántico y noble, el grupo que es su sombra nos
sorprende como algo definitivamente gótico y odioso. La grotesca figura de
Gradus, cruza de murciélago y cangrejo, no era mucho más extraña que muchas
Sombras, como por ejemplo, Nodo, el medio hermano epiléptico de Odón que
trampeaba con los naipes, o un Mandevil loco que había perdido una pierna
tratando de fabricar antimateria. Gradus era desde hacía mucho tiempo miembro
de toda clase de anémicas organizaciones de izquierda. Nunca había matado,
aunque hubiese estado a punto de hacerlo varias veces en su opaca vida. Sostuvo
más tarde que cuando resultó designado para descubrir las huellas del Rey y
asesinarlo, la elección fue decidida mediante un juego de naipes... pero no
olvidemos que habían sido barajados y distribuidos por Nodo. Quizá el origen
extranjero de nuestro hombre fue secretamente lo que determinó una candidatura
que no expusiera a ningún hijo de Zembla al deshonor de un verdadero regicidio.
Podemos imaginar bien la escena: la lúgubre luz de neón del laboratorio en un
anexo de la fábrica de vidrio donde las Sombras se reunían aquella noche; el as
de pique en el suelo embaldosado; la vodka servida en tubos de ensayo; las
muchas manos que palmeaban la espalda redonda de Gradus y la sombría exaltación
del hombre al recibir esas felicitaciones bastante traidoras. Situamos ese
momento fatídico a las 0h. 05, del 2 de julio de 1959, que resulta ser también
la fecha en que un inocente poeta escribió los primeros versos de su último
poema.
¿Gradus era realmente la persona indicada para
el trabajo? Sí y no. Un día, en su temprana juventud, cuando trabajaba como
mensajero en una grande y deprimente fábrica de cajas de cartón, ayudó
tranquilamente a tres compañeros a tender una emboscada a un muchacho del lugar
al que deseaban darle una tunda porque había ganado una motocicleta en una
feria. El joven Gradus consiguió un hacha y dirigió la tala de un árbol, pero
el árbol cayó mal, no bloqueó del todo el caminito por el que solía andar,
generalmente al crepúsculo, la despreocupada víctima. El pobre muchacho que
venía zumbando hacia el lugar donde lo acechaban aquellos matones era un
lorenés delgado, de aspecto delicado y había que ser realmente infame para
envidiarle su inofensiva diversión. Lo curioso es que, mientras esperaban
nuestro futuro regicida se quedó dormido en una zanja y se perdió así la breve
refriega durante la cual el bravo lorenés hizo morder el polvo y puso fuera de
combate a dos de los atacantes, mientras el tercero, pisado por la moto, quedó
lisiado para toda la vida.
Gradus nunca tuvo verdadero éxito en la
industria del vidrio a la que se dedicó una y otra vez, entre la venta de vinos
y la impresión de folletos. Empezó fabricando ludiones —figuritas de vidrio de botella que subían y bajaban en
tubos llenos de metileno, que se vendían en los bulevares durante la Semana de
Ramos. Trabajó también como fundidor y más tarde como chapista en fábricas del
Gobierno y fue, creo, más o menos responsable de las ventanas rojo y ámbar,
notablemente feas, del gran lavatorio público de ruidoso pero colorido
Kalixhaven frecuentado por marineros. Pretendía haber perfeccionado la
luminosidad y el chirrido de las llamadas feuilles
d'alarme utilizadas por viticultores y horticultores para espantar a los
pájaros. He clasificado las notas que a él se refieren de tal modo que la
primera (véase la nota al verso 17 donde se bosquejan algunas de sus otras
actividades) es la más vaga, en tanto que las siguientes se van aclarando a
medida que el gradual Gradus se aproxima en el espacio y en el tiempo.
Simples resortes y espirales producían los
movimientos internos de este hombre mecánico. Podía haber sido calificado de
puritano. Una aversión esencial, formidable en su simplicidad, invadía su alma
obtusa: aversión a la injusticia y al engaño. La unión de ambos —siempre iban
juntos— le inspiraba un repudio terco y apasionado que no tenía ni necesitaba
palabras para expresarse. Una aversión como esa hubiera merecido elogios de no
haber sido el subproducto de la irremediable estupidez del individuo. Llamaba
injusto y engañoso a todo aquello que superaba su entendimiento. Adoraba las
ideas generales y lo hacía con un aplomo pedante. Lo general era divino, lo
concreto diabólico. Si una persona era pobre y otra rica no importaba lo que
había causado la ruina de uno o la riqueza del otro; la diferencia misma era
injusta, y el pobre que no la denunciaba era tan malvado como el rico que la
ignoraba. Las gentes que sabían demasiado, científicos, escritores,
matemáticos, cristalógrafos, etc., no valían más que los reyes o los
sacerdotes: todos detentaban una parte injusta del poder que habían quitado con
imposturas a los otros. Un hombre sencillo y honesto debía esperarse alguna
mala jugada astuta de parte de la naturaleza y de su vecino.
La revolución zemblana había dado muchas
satisfacciones a Gradus pero también le había causado frustraciones. Un
episodio sumamente irritante parece, visto con perspectiva, muy significativo
por pertenecer a un orden de cosas que Gradus hubiera debido aprender a prever,
cosa que nunca hizo. Un hombre que hacía imitaciones especialmente brillantes
del Rey, el as de tenis Julius Steinmann (hijo del conocido filántropo), había
eludido durante varios meses a la policía exasperada hasta el límite por la
perfección con que parodiaba la voz de Charles el Bienamado, por la radio
clandestina, en una serie de discursos en que ridículizaba al Gobierno.
Capturado al fin, fue juzgado por una comisión especial, de la cual formaba
parte Gradus, y condenado a muerte. El pelotón de ejecución hizo una chambonada
y poco después el valeroso joven fue descubierto en un hospital de provincia
donde se recuperaba de sus heridas. Cuando Gradus se enteró de esto, tuvo uno
de sus raros accesos de cólera, no porque el hecho supusiera maquinaciones
realistas, sino porque el curso limpio, honesto y ordenado de la muerte había
sido contrariado de una manera sucia, deshonesta y desordenada. Sin consultar a
nadie se precipitó al hospital, entró como una tromba, ubicó a Julius en una
sala atestada y se las arregló para disparar dos veces, errando las dos, antes
de que un robusto enfermero le arrebatara el arma. Volvió apresuradamente al
cuartel general y regresó con una docena de soldados, pero el paciente había
desaparecido.
Esas cosas enconan, ¿pero qué puede hacer
Gradus? Las Parcas concertadas urden una gran conspiración contra Gradus. Uno
observa con alegría excusable que sus semejantes no gozan jamás de la última
emoción intensa de despachar ellos mismos a sus víctimas. O, sin duda, Gradus
es activo, competente, útil, a menudo indispensable. Al pie del cadalso, en la
mañana cruda y gris, Gradus es quien barre de los estrechos peldaños el polvo
de nieve de la noche; pero su larga cara curtida no será la última que vea en este
mundo el hombre que debe subir esas escaleras. Gradus es quien compra la valija
de fibra barata que un tipo más feliz irá a meter, con una bomba de tiempo
adentro, debajo de la cama de un antiguo camarada. Nadie sabe mejor que Gradus
cómo tender una trampa por medio de un falso anuncio, pero la viuda vieja y
rica que en ella cae, es cortejada y asesinada por otro. Cuando el tirano
caído, desnudo y gritando, es atado a un poste en la plaza pública y asesinado
lentamente por el pueblo que lo corta en tajadas y se lo come y se reparte su
cuerpo viviente (como leí, siendo muchacho, en una historia de un déspota
italiano, lo cual me hizo vegetariano para el resto de mis días), Gradus no
participa del sacramento infernal: señala el instrumento adecuado y dirige el
trinchado.
Todo esto es como debe ser; el mundo necesita
de Gradus. Pero Gradus no debería matar reyes. Vinogradus no debería nunca,
nunca, provocar a Dios. Leningradus no debería apuntar a la gente con su
cerbatana, ni siquiera en sueños, porque si lo hace, un par de brazos de un
grosor colosal y anormalmente velludos lo atraparán por atrás y apretarán,
apretarán, apretarán.
Verso 172: libros y personas
En un cuaderno negro que afortunadamente llevo
encima, encuentro, anotados aquí y allá, entre diversos extractos que por
casualidad me habían gustado (una nota al pie de la Vida del Dr. Johnson, por Boswell, las inscripciones en los árboles
de la famosa avenida Wordsmith, una cita de San Agustín, etc.), algunos
ejemplos de la conversación de John Shade que recogí con el objeto de referirme
a ellos en presencia de personas a las que mi amistad con el poeta podía
interesar o aburrir. Su lector y el mío me disculparán, espero, si rompo el
curso ordenado de estos comentarios y dejo que mi ilustre amigo hable por sí
mismo.
Habiéndose mencionado a les críticos, dijo:
"Nunca he acusado recibo de los elogios escritos aunque a veces he sentido
el violento deseo de abrazar la resplandeciente imagen de este o aquel dechado
de discernimiento; y nunca me he molestado en asomarme a la ventana para vaciar
mi skoramis sobre la mollera de algún pobre cagatintas. Miro con el mismo
desapego el vituperio y el ditirambo". Kinbote: "Supongo que usted
descarta el primero por considerarlo el farfullar de un cretino y el segundo
por creerlo la acción amistosa de un alma buena". Shade:
"exacto".
Hablando del jefe del Departamento de Ruso, el
Profesor Pnin, un verdadero tirano con sus subordinados (afortunadamente, el
Profesor Botkin, que enseñaba en otro departamento, no dependía de ese
"perfeccionista" grotesco) : "Qué extraño que los intelectuales
rusos no tengan ningún sentido del humor cuando cuentan con humoristas tan
maravillosos como Gogol, Dostoievsky, Chejov, Zoshchenko y esa pareja de
autores de genio, Ilf y Petrov".
Refiriéndose a la vulgaridad de un gordo que
conocíamos: "El hombre es tan vulgar como un delantal de cocinero con la
inscripción de chef". Kinbote (riendo): "¡Maravilloso!"
Sobre la cuestión de la enseñanza de
Shakespeare en el nivel superior: "Antes de nada, dejar de lado las ideas
y los antecedentes sociales y enseñar a los alumnos de primer año a
estremecerse, a emborracharse con la poesía de Hamlet o Lear, a leer con la espina dorsal y no con el
cerebro". Kinbote: "¿Aprecia usted especialmente las grandes
tiradas?" Shade: "Sí, mi querido Charles, me revuelco en ellas como
un perro bastardo agradecido en un rincón de hierba ensuciado por un gran
danés".
Como se hablara del efecto y la
interpenetración del marxismo y el freudismo, dije: "De dos doctrinas
falsas la peor es la más difícil de desarraigar". Shade: "No,
Charlie, hay criterios más sencillos: el marxismo necesita de un dictador, y un
dictador necesita de una policía secreta, y eso es el fin del mundo; pero el
freudiano, por estúpido que sea, aún puede depositar su voto en la urna, aunque
le guste calificarlo (sonriendo) de polinización
política".
Sobre los trabajos escritos de los alumnos:
"En general soy muy benévolo (dijo Shade) pero hay ciertas
insignificancias que no perdono". Kinbote: "¿Por ejemplo?"
"No haber leído el libro exigido. Haberlo leído como un idiota. Buscar
símbolos en él; ejemplo: 'El autor usa la imagen sorprendente de hojas verdes porque el verde es el
símbolo de la felicidad y la frustración'. Tengo también la costumbre de bajar
catastróficamente la nota de un estudiante si usa las palabras 'simple' y
'sincero' en un sentido laudatorio; ejemplos: 'El estilo de Shelley es siempre
muy simple y bueno'; o 'Yeats es siempre sincero'. Es algo muy difundido y
cuando oigo a un crítico que habla de la sinceridad de un autor sé que el
crítico es un tonto o lo es el autor". Kinbote: "Pero me han dicho
que se enseña esta manera de pensar en las escuelas secundarias".
"Allí es donde habría que empezar a pasar la escoba. Un niño debería tener
treinta especialistas que le enseñaran treinta materias, y no una maestra abrumada
que le muestre la imagen de un arrozal y le diga que eso es la China, porque
ella no sabe nada de la China ni de ninguna otra cosa, y no puede explicar la
diferencia entre la longitud y la latitud." Kinbote: "Sí, estoy de
acuerdo".
Verso 181: Hoy
Es decir, el 5 de julio de 1959, sexto domingo
después de la Trinidad. Shade empezó a escribir el Canto Segundo "por la
mañana temprano" (así indicó en lo alto de la ficha 14). Siguió (hasta el
verso 208) durante todo el día. Dedicó casi toda la tarde y una parte de la
noche a lo que sus autores favoritos del siglo dieciocho llamaban "el
bullicio y la vanidad del mundo". Después que el último invitado se hubo
marchado (en bicicleta) y se vaciaron los ceniceros, todas las ventanas
quedaron oscuras durante un par dé horas; pero a eso de las tres de la mañana,
desde mi cuarto de baño del piso alto, vi que el poeta había vuelto a su mesa
de trabajo en la luz lila de su refugio, y en esta sesión nocturna el canto
llegó al verso 230 (ficha 18). En otro viaje al cuarto de baño, una hora y
media más tarde, a la salida del sol, vi que la luz había pasado al dormitorio,
y sonreí con indulgencia pues según mis deducciones sólo habían pasado dos
noches desde la tres mil novecientas noventa y nueve-ava vez... pero no importa.
Pocos minutos después, la oscuridad era de nuevo compacta y me volví a la cama.
El 5 de julio a mediodía, en el otro
hemisferio, en la pista barrida por la lluvia del aeropuerto de Onhava, Gradus,
provisto de un pasaporte francés, se dirigía a un avión comercial ruso con
destino a Copenhague, y este acontecimiento se sincronizaba con el hecho de que
Shade empezaba por la mañana temprano (hora de la costa atlántica) a componer,
o a escribir después de componerlos en la cama, los primeros versos del Canto
Segundo. Casi veinticuatro horas más tarde, cuando llegó al verso 230, Gradus,
después de una noche de descanso en la casa de campo de nuestro cónsul en
Copenhague, una Sombra importante, había entrado, con la Sombra, en una tienda
de confección para adecuarse a la descripción que de él se da en notas
posteriores (a los versos 286 y 408). Hoy, migraña aún peor.
En cuanto a mis propias actividades, fueron,
debo confesarlo, de lo más insatisfactorias desde todo punto de vista:
emocional, creador y social. Esta mala racha había empezado la víspera cuando
tuve la amabilidad de ofrecer a un joven amigo —candidato a mi tercera mesa de ping-pong, que después de una serie de
sensacionales infracciones a las normas de tránsito había sido privado de su
carnet de conductor— llevarlo en mi poderoso Kramler hasta la propiedad de sus
padres, una bagatela de doscientas millas. En el curso de una fiesta que duró
toda la noche, entre una multitud de extranjeros —jóvenes, viejos, muchachas
empalagosamente perfumadas— en una atmósfera de fuegos artificiales, humo de
parrillas, payasadas, jazz y zambullidas aurórales, perdí todo contacto con el
chico tonto, me vi obligado a bailar, me vi obligado a cantar, me encontré
metido en los parloteos más aburridos que quepa imaginar con diversos parientes
del niño y por último, de la manera más inconcebible, me dejé arrastrar a otra
fiesta en otra propiedad donde, después de algunos indescriptibles juegos de
salón en los que casi me esquilaron la barba, me sirvieron un desayuno de
frutas y cereales y mi anónimo huésped, un viejo borrachín de smoking y pantalones de montar, me llevó
a dar una vuelta, tambaleando, por sus caballerizas. Después de ubicar mi coche
(fuera del camino, en un bosque de pinos), saqué del asiento del conductor un
par de pantalones de baño empapados y un zapato dorado de mujer. Los frenos se
habían gastado durante la noche y pronto me quedé sin gasolina en un tramo
desolado del camino. El reloj del Wordsmith College daba las seis cuando llegué
a Arcady, jurándome que nunca volverían a pescarme en otra parecida y
solazándome inocentemente ante la idea de pasar una velada tranquila con mi
poeta. Sólo cuando vi la caja chata de cartón, encintada, que yo había dejado
en una silla del vestíbulo, me di cuenta de que había estado a punto de pasar
por alto su cumpleaños.
Poco antes había visto la fecha en la cubierta
de uno de sus libros; había reflexionado en la espantosa decrepitud de su
indumentaria a la hora del desayuno, había medido su brazo, como jugando, por
comparación con el mío, y le había comprado en Washington una bata de seda
absolutamente suntuosa, una verdadera piel de dragón de colores orientales,
digna de un samurai: eso es lo que contenía la caja.
Me desvestí apresuradamente y rugiendo mi
himno favorito, tomé una ducha. Mi versátil jardinero, mientras me daba la
fricción que yo tanto necesitaba, me informó que los Shade daban esa noche una
gran cena con mesitas y que el Senador Blank (un estadista franco de quien se
hablaba mucho, primo de John) estaba invitado.
Pero no hay nada más agradable para un hombre
solitario que una fiesta de cumpleaños improvisada y pensando —no, estaba
seguro— que mi teléfono había sonado todo el día sin ser atendido, marqué
alegremente el número de los Shade y naturalmente, fue Sybil la que contestó.
—Bon soir, Sybil.
—Ah, hola, Charles. ¿Hizo un buen viaje?
—Bueno, para decir la verdad...
—Escuche, sé que usted quiere hablar con John,
pero ahora está descansando y yo estoy ocupadísima. Le digo que lo llame más
tarde, ¿eh?
—¿Más tarde, cuándo... esta noche?
—No, mañana, pienso. Llaman a la puerta. Hasta
luego.
Extraño. ¿Por qué tenía que estar Sybil atenta
a la campanilla de la puerta cuando además de la mucama y la cocinera había dos
jóvenes extras de chaqueta blanca? Un falso orgullo me impidió hacer lo que
hubiera debido: tomar mi regalo real bajo el brazo y dirigirme serenamente a
aquella casa inhospitalaria. ¿Quién sabe? Tal vez me hubieran dado las gracias
en la puerta de servicio con un trago de sherry de cocina. Confié en que
hubiera habido un error y en que Shade telefonearía. Fue una amarga espera y el
único efecto que tuvo la botella de champaña que me bebí solo pasando de una
ventana a otra, fue una buena crápula
(resaca).
Oculto detrás de un cortinado, detrás de un
boj, a través del velo dorado de la tarde y del encaje negro de la noche,
estuve mirando aquel césped, aquel sendero, aquella banderola semicircular,
aquellas ventanas brillantes como joyas. El sol aún no se había puesto, cuando
oí el coche del primer invitado, a las siete y cuarto. Oh, los vi a todos. Vi
al viejo Dr. Sutton, con su cabeza nevada, un hombrecito perfectamente oval que
llegó en un Ford tambaleante con su hija, una mujer alta, la Sra. Starr, viuda
de guerra. Vi a una pareja, que después me enteré de que era el Sr. Colt, un
abogado del lugar, y su esposa, cuyo atolondrado Cadillac entró hasta la mitad
de mi sendero antes de retirarse en un despliegue de luminosos parpadeos. Vi a
un viejo escritor de fama mundial, inclinado bajo el íncubo de los honores
literarios y de su propia y prolífica mediocridad, que emergió en taxi, desde
los oscuros días de antaño en que Shade y él habían dirigido conjuntamente una
pequeña revista. Vi a Frank, el factótum de Shade, que se iba en la camioneta.
Vi a un profesor de ornitología jubilado que venía desde la autorruta donde
había estacionado ilegalmente su coche. Vi, acurrucada en su pequeño Pulex
junto a su amiga, una especie de bello efebo de melena desgreñada, a la patrona
de las artes que había patrocinado la última exposición de la tía Maud. Vi a
Frank, que volvía con el anticuario de New Wye, al ciego Sr. Kaplún y su mujer,
un águila decrépita. Vi a un estudiante coreano de smoking que llegaba en bicicleta y al presidente del College, con
un traje raído, que llegaba a pie. Vi, en el ejercicio de sus tareas
ceremoniales, pasando de la luz a la sombra y de una ventana a otra, donde como
los martinis y los whiskies se entrecruzaban marcianos, a los dos jóvenes de chaqueta
blanca, de la escuela hotelera, y me di cuenta de que conocía bien, muy bien,
al más delgado de los dos. Y finalmente, a las ocho y media (cuando, me
imagino, la dueña de casa había empezado a hacer crujir las articulaciones de
sus dedos, manifestación habitual de su impaciencia) una larga limousine negra, oficialmente lustrosa y
bastante fúnebre, se deslizó en el nimbo del sendero y mientras el gordo chófer
negro se apresuraba a abrir la portezuela vi con lástima que mi poeta salía de
su casa con una flor blanca en el ojal y una sonrisa de bienvenida en su cara
arrebolada por el alcohol.
La mañana siguiente, en cuanto vi salir a
Sybil en el coche en busca de Ruby, la criada que no dormía en la casa, crucé
con la caja bien envuelta y con reproche. Delante del garaje, en el suelo, vi
que había un buchmann, una pequeña
pila de libros de la biblioteca que evidentemente Sybil había olvidado. Me
incliné dominado por el demonio de la curiosidad: casi todos eran de Faulkner;
y un segundo después Sybil estaba de vuelta, sus neumáticos crujieron en la
grava justo detrás de mí. Añadí los libros a mi regalo y deposité la pila
entera en su regazo. Muy amable de mi parte, ¿pero qué era esa caja?
Simplemente un regalo para John. ¿Un regalo? Bueno, ¿no había sido ayer su
cumpleaños? Sí, es cierto, pero después de todo ¿los cumpleaños no son meras
convenciones? Convenciones o no, era también mi cumpleaños, una pequeña
diferencia de dieciséis años, eso es todo. ¡Ah, vaya! Felicitaciones. ¿Y cómo
había resultado la fiesta? Bien, usted sabe lo que son esas fiestas (aquí
busqué en el bolsillo otro libro... un libro que ella no se esperaba). Sí, ¿qué
son? Oh, gentes que usted ha conocido toda la vida y que debe invitar una vez
por año, hombres como Ben Kaplún y Dick Colt con quienes fuimos a la escuela, y
ese primo de Washington, y el tipo que escribe las novelas que usted y John
consideran tan cursis. No le dijimos que viniera porque sabemos cómo le aburren
esas cosas. Esto me dio pie.
—A propósito de novelas —dije—, usted se
acuerda que una vez usted, su marido y yo decidimos que la obra maestra, mal
acabada, de Proust era un enorme y demoníaco cuento de hadas, el sueño de un
espárrago, sin relación alguna con cualquier tipo de gente de una Francia
histórica, un travestissement sexual
y una farsa colosal, el vocabulario de un genio y su poesía, pero nada más,
dueñas de casa imposiblemente mal educadas, déjeme hablar por favor, y
huéspedes peor educados todavía, peleas mecánicamente dostoievskianas y
tolstoianos matices de esnobismo repetidos y estirados hasta una longitud
intolerable, adorables marinas, avenidas fundentes, no, no me interrumpa,
efectos de luz y sombra que rivalizan con los de los más grandes poetas
ingleses, una flora de metáforas descripta, por Cocteau, creo, como un
"espejismo de jardines suspendidos", y, todavía no he terminado, una
absurda historia de amor, hecha de goma y cordeles, entre un pillastre joven y
rubio (el ficticio Marcel) y una improbable jeune
fille de pechos postizos, cuello ancho como el de Vronski (y Lyovin), y
mejillas como nalgas de cupido; pero, y ahora déjeme terminar suavemente,
estábamos equivocados, Sybil, estábamos equivocados al negarle a nuestro
pequeño beau ténébreux la capacidad
de evocar el "interés humano": allí está, allí está, quizá más bien a
la manera del siglo dieciocho o incluso del diecisiete. Se lo ruego, zambúllase
o vuelva a zambullirse, araña, en este libro (ofreciéndolo), encontrará un
lindo marcador que compré en Francia, quiero que John lo guarde. Au revoir, Sybil, tengo que irme. Me parece que mi teléfono está sonando.
Soy un zemblano muy taimado. Por si acaso
había traído en el bolsillo el tercero y último volumen de la obra de Proust,
en la edición de la Bibliothéque de la Pléiade, donde había marcado ciertos
pasajes en las páginas 269-271. Mme. de Mortemart, habiendo decidido que Mme.
de Valcourt no figuraría entre los "elegidos" de su velada, pensaba
mandarle una nota al día siguiente que dijera: "Querida Edith, la echo de
menos, anoche no la esperaba demasiado (¿cómo hubiera podido esperarme, se
diría Edith, si no me había invitado?) porque sé que a usted no le gustan
demasiado esta clase de reuniones, que más bien le aburren".
Tal fue el último cumpleaños de John Shade.
Versos 181-182: los picoteros... Una cigarra
El pájaro de los versos 1-4 y 131 está de
nuevo con nosotros. Reaparecerá en el último verso del poema; y otra cigarra,
dejando atrás su envoltura, cantará triunfante en los versos 236-244.
Verso 189: Starover Blue
Véase nota al verso 627. Esto recuerda el
Juego Real de la Oca, pero jugado aquí con avioncitos— de lata pintada; más
bien el juego de la oca salvaje (saltar a la casilla 209).
Verso 209: desintegración gradual
El espacio-tiempo es en sí mismo
desintegración; Gradus vuela hacia el oeste; ha llegado a la gris azulada
Copenhague (véase nota al 181). Pasado mañana (7 de julio) seguirá a París. Ha
pasado velozmente por este verso y se ha ido, para volver pronto a ennegrecer
nuestras páginas.
Versos 213-214: Silogismo
Esto puede gustarle a un muchacho. Más tarde
en la vida aprendemos que somos esos "otros".
Verso 230: un fantasma doméstico
Jane Provost, ex secretaria de Shade a quien
visité recientemente en Chicago, me contó sobre Hazel mucho más que su padre;
él al parecer no hablaba de su hija muerta y como yo no preveía este trabajo de
investigación y comentario, no lo apremié a que tratara la cuestión y se
desahogara conmigo. Es cierto que en este canto se ha desahogado no poco y que
su retrato de Hazel es muy claro y completo; quizá demasiado completo,
arquitectónicamente, pues el lector no puede menos de encontrar que ha sido
desarrollado y elaborado en detrimento de ciertas materias más ricas y más
raras a las que ha desplazado. Pero un comentador no puede eludir sus
obligaciones, por aburrida que sea la información que haya de recoger y
transmitir. De ahi esta nota.
Parece ser que a comienzos de 1950, mucho
antes del incidente del granero (véase nota al verso 347), Hazel, que tenía
entonces dieciséis años, estuvo comprometida en aterradoras manifestaciones
"psicokinestésicas" que duraron casi un mes. Al principio, es de
suponer, el poltergeist pretendía
infundir a la perturbación la identidad de la tía Maud que acababa de morir; el
primer objeto que entró en acción fue el cesto donde había guardado en otro
tiempo a su skye terrier
semiparalizado (raza que en nuestro país llamamos "perro sauce
llorón"). Sybil había hecho eliminar al animal no bien hospitalizada su
ama, provocando la ira de Hazel que estaba fuera de sí de desesperación. Una
mañana esa cesta salió disparada del santuario "intacto" (véase
versos 90-98) y avanzando por el corredor pasó delante de la puerta abierta del
estudio donde Shade estaba trabajando; Shade la vio pasar silbando y
desparramar su humilde contenido : una manta raída, un hueso de goma y un
almohadón medio descolorido. Al día siguiente la escena de la acción se
trasladó al comedor donde apareció uno de los óleos de la tía Maud (Ciprés y murciélago) vuelto contra la
pared. Siguieron otros incidentes tales como breves vuelos a cargo del álbum de
recortes (véase nota al verso 90) y, desde luego, toda clase de golpes,
especialmente en el santuario, que despertaban a Hazel de su sueño sin duda
apacible en la habitación vecina. Pero pronto el poltergeist, a falta de ideas en relación con la tía Maud se
volvió, si así puede decirse, más ecléctico. Todos los movimientos triviales a
—ue se limitan los objetos en esos casos, se cumplieron en éste. Las cacerolas
se estrellaban en la cocina; una bola de nieve apareció (quizá prematuramente)
en la nevera; una o dos veces Sybil vio un plato volando como un disco y
aterrizar intacto en el sofá; las lámparas se encendían en diversos lugares de
la casa; las sillas iban, contorneándose, a reunirse en la intransitable
despensa; aparecían misteriosos pedacitos de cordel en el suelo; invisibles
juerguistas tambaleándose bajaban las escaleras en mitad de la noche; y una
mañana de invierno Shade al levantarse, después de echar una mirada al tiempo,
vio que la mesita de su despacho donde tenía un Webster como la Biblia abierto
en la letra M, estaba afuera pasmada, posada en la nieve (subliminalmente, esto
debe de haber contribuido a la génesis de los versos 5-12).
Me imagino que durante ese período los Shade,
o por lo menos John Shade, experimentó una sensación de extraña inestabilidad
como si partes del mundo cotidiano bien aceitado, se hubiesen desatornillado y
uno comprobaba que alguno de los neumáticos rodaba al lado o que el volante se
había soltado. Mi pobre amigo no podía sino recordar las dramáticas crisis de
su infancia y preguntarse si no era esta una nueva variante genética del mismo
tema, conservada a través de la procreación. Tratar de esconder a los vecinos
estos horribles y humillantes fenómenos no era la menor preocupación de Shade.
Estaba aterrado y destrozado por la compasión. Aunque nunca fue capaz de
acorralar a la solemne, torpe, enfermiza y floja muchacha que parecía más
interesada que asustada, él y Sybil nunca dudaron de que de rúguna manera
extraordinaria Hazel fuera el agente de la perturbación que para ellos
representaba (cito ahora a Jane P.) "una extensión exterior o una
expulsión de demencia". No podían hacer gran cosa, en parte porque les
desagradaba la moderna psiquiatría vudú, pero sobre todo porque tenían miedo de
Hazel, miedo de herirla. Sin embargo tuvieron una conversación secreta con el
viejo Dr. Sutton, erudito a la antigua, que los reconfortó. Estaban pensando en
mudarse a otra casa, o más exactamente, se decían a voz en cuello el uno al
otro, para ser oídos por quien pudiera estar escuchando, que estaban pensando
en mudarse, cuando de pronto el espíritu maligno se fue, como ocurre con el moskovett, ese viento glacial, ese
coloso de aire frío que sopla sobre nuestras costas orientales durante el mes
de marzo, y una mañana uno oye a los pájaros, las banderas cuelgan flaccidas y
los contornos del mundo están otra vez en su lugar. El fenómeno cesó por
completo y fue, si no olvidado, por lo menos nunca más mencionado; pero qué
curioso que no percibimos un signo misterioso de la ecuación entre el Hércules
surgiendo del débil cuerpo de una niña neurótica y el fantasma turbulento de la
tía Maud; qué curioso que nuestra racionalidad se sienta satisfecha con la
primera explicación que se nos presenta cuando en realidad lo científico y lo
sobrenatural, el milagro del músculo y el milagro del espíritu son
inexplicables, como lo son todas las vías de Nuestro Señor.
Verso 231: qué ridículos, etc.
Una bella variante, con una curiosa omisión,
empalma en este lugar del borrador (fechado el 6 de julio):
Extraño Más Allá donde viven todos los que han
nacido muertos,
nuestros animales familiares, resucitados, y
los inválidos curados,
y
los espíritus que han muerto antes de llegar allí:
Pobre viejo Swift, pobre —pobre Baudelaire
¿Qué es lo que reemplaza el guión? "A
menos que Shade diera un valor prosódico a la muda e de "Baudelaire",
cosa que, estoy seguro, nunca hubiera hecho en un poema inglés (cf.
"Rabelais", verso 501), pues el nombre que aquí conviene debe
escandirse como un troqueo. Entre los nombres de poetas, pintores, filósofos
célebres que se han vuelto locos o se han hundido en una chochera senil,
encontramos muchos que se adaptarían. ¿Estaba Shade ante una variedad demasiado
grande sin que nada le ayudara a hacer una elección lógica y entonces dejó un
blanco, confiando a la misteriosa fuerza orgánica que socorre a los poetas el
cuidado de llenarlo como mejor le conviniera? ¿O había algo más, una oscura
intuición, un escrúpulo profético que le impidió escribir el nombre de un
hombre eminente que había sido uno de sus amigos íntimos? ¿Tomaba quizá
precauciones debido a que un lector en su familia hubiera podido oponerse a que
mencionara ese nombre? Y si es así, ¿por qué mencionarlo en ese contexto
trágico? Sombríos, turbadores pensamientos.
Verso 238: estuche de esmeralda vacío
Entiendo que esta es la envoltura
semitransparente que deja en el tronco del árbol una cigarra adulta que ha
trepado por ese tronco efectuado su muda. Shade me dijo que una vez había
interrogado a una clase de trescientos estudiantes y que sólo tres sabían cómo
es una cigarra. Colonos ignorantes le habían aplicado el nombre de
"langosta" que es, desde luego, un saltamonte, y el mismo error
absurdo habían cometido generaciones de traductores de La Cigale et la Fourmi de la Fontaine (véanse versos 243-244). La
compañera de la cigale, la hormiga,
está por ser embalsamada en el ámbar.
Durante nuestros paseos a la puesta del sol,
que fueron tan numerosos, nueve por lo menos (según mis notas) en junio, pero
se redujeron a dos en las tres primeras semanas de julio (¡se reanudarán en el
Más Allá!), mi amigo tenía una manera bastante coqueta de señalar con la punta
de su bastón diversos objetos naturales curiosos. Nunca se cansaba de ilustrar
por medio de esos ejemplos la extraordinaria mezcla de zona canadiense y zona
austral que "obtenía", como él decía, en ese lugar especial de
Appalachia, a nuestra altura de unos 1.500 pies, especies septentrionales de
pájaros, insectos y plantas mezcladas con representantes del sur. Como la
mayoría de las celebridades literarias, Shade no parecía entender que un
humilde admirador que ha terminado por arrinconar y disponer al fin para sí del
inaccesible hombre de genio, esté mucho más interesado en discutir con él de
literatura y vida que de oír decir que la "diana" (posiblemente una
flor) se presenta en New Wye junto con el "atlantis" (posiblemente
otra flor) y cosas de ese tipo. Recuerdo especialmente una exasperante caminata
vespertina (6 de julio) que mi poeta me concedió con majestuosa generosidad,
para resarcirme de un mal golpe (véase, véase a menudo la nota al verso 181),
para recompensarme por mi regalito (que no creo que haya usado nunca), y con el
asentimiento de su mujer que se empeñó en acompañarnos parte del camino hasta
Dulwich Forest. Mediante astutas excursiones por la historia natural, Shade se
me escapaba, a mí que tenía una curiosidad histérica, intensa, sin control por
saber exactamente qué parte de las aventuras del rey zemblano había terminado
en el curso de los cuatro o cinco últimos días. Mi defecto habitual, el
orgullo, me impedía hacerle preguntas directas pero seguía volviendo a mis
propios temas anteriores —la evasión del palacio, las aventuras en las
montañas— para arrancarle alguna confesión. Uno podría imaginarse que un poeta,
mientras compone una obra larga y difícil saltará sencillamente ante la
oportunidad de hablar de sus triunfos y sus tribulaciones. ¡Nada de eso! Todo
lo que obtuve en respuesta a mis interrogaciones infinitamente amables y
cautelosas, fueron frases como: "Sí, va bastante bien", o "No,
no hablo", y finalmente se libraba de mí con una anécdota bastante
ofensiva sobre el Rey Alfredo a quien, decía, le gustaban las historias de un
cortesano noruego pero sin embargo lo despachaba cuando tenía otra cosa que
hacer: —Ah, está ahí —decía el descortés Alfredo al amable noruego que había
venido para confiarle una variante sutilmente distinta de algún viejo mito
nórdico que ya le había contado: Oh,
there you are again! (¡Ah, está ahí de nuevo!) —Y así es como, mis
queridos, un imaginativo exiliado, un bardo escandinavo inspirado por los
dioses, lo conocen hoy los colegiales ingleses bajo el apodo trivial de Ohthere.
¡En fin! En una ocasión posterior mi
caprichoso amigo, dominado por su mujer, fue mucho más amable (véase nota al
verso 802).
Verso 240: Aquel inglés en Niza
Las gaviotas de 1933 están todas muertas,
naturalmente. Pero dirigiéndose al London
Times se puede obtener el nombre del benefactor de esas aves, a menos que
Shade lo haya inventado. Cuando visité Niza un cuarto de siglo después, había,
en lugar de aquel inglés, un personaje local, un viejo vagabundo barbudo
tolerado o protegido como atracción turística, que se quedaba de pie como una
estatua de Verlaine con una gaviota nada desdeñosa posada de perfil en su pelo
desgreñado, o dormía la siesta al sol público, acurrucado cómodamente, de
espaldas al mar que lo arrullaba con su movimiento, en un banco del paseo
debajo del cual había ordenado prolijamente sobre un diario trozos multicolores
de vituallas indeterminadas, para que se secaran o fermentaran. Por lo demás no
habían muchos ingleses que se pasearan por allí, aunque vi unos pocos justo al
este de Mentón, en el muelle donde en honor de la Reina Victoria, se había
erigido, aunque no inaugurado, un macizo monumento que la brisa abrazaba con
dificultad, para sustituir el que se habían llevado los alemanes. De un modo
bastante patético, el cuerno impaciente de su unicornio favorito sobresalía a
través de la tela.
Verso 246:... querida
El poeta se dirige a su mujer. El pasaje a
ella dedicado (versos 246-292) tiene la utilidad estructural de servir de
transición al tema de la hija. ¡Sin embargo, puedo afirmar que cuando los pasos
de la querida Sybil sonaban arriba, duros y secos, no todo estaba siempre
"muy bien"!
Verso 247: Sybil
Esposa de John Shade, Irondell de soltera
(nombre que no viene de un pequeño valle que produce oro, sino de la palabra
francesa que designa a la golondrina). Era unos meses mayor que él. Creo saber
que era de origen canadiense, como la abuela materna de Shade (prima hermana
del abuelo de Sybil, si no me equivoco).
Desde el comienzo mismo traté de ser de lo más
cortés con la esposa de mi amigo, y desde el comienzo mismo ella me tomó
ojeriza y desconfianza. Había de enterarme más tarde que al referirse a mí en
público me trataba de "garrapata elefantina; moscón equino; gusano de
macaco; monstruoso parásito de un genio". Se lo perdono, a ella y a todo
el mundo.
Verso 270: mi sombría Vanessa
¡Es tan típico de un auténtico erudito en
busca de un apodo cariñoso dar el nombre genérico de una mariposa a una
divinidad órfica en la cima de la inevitable alusión a Vanhomrigh, Esther! A
este respecto, un par de versos de uno de los poemas de Swift (que en estos
apartados parajes no puedo localizar) se me han quedado en la memoria:
Cuando he aquí que Vanessa floreciente
apareció como la estrella de Atalanta
En cuanto a la vanessa, esta mariposa
reaparecerá en los versos 993-995 (véase nota). Shade solía decir que en viejo
inglés su nombre era El Rojo Admirable, después corrompido en El Rojo
Almirante. Es una de las pocas mariposas que conozco. Los zemblanos la llaman harvalda (la heráldica) posiblemente
porque se puede reconocer su forma en el escudo de los Duques de Payn. Gertos
años, en otoño, solía aparecer con bastante frecuencia en los jardines del
palacio y visitar las reinas margaritas en compañía de una falena diurna. He
visto al Rojo Admirable dándose un banquete de ciruelas pasadas o de conejo
muerto. Es una mariposa muy juguetona. Un espécimen casi domesticado fue el
último objeto natural que John Shade me mostró cuando marchaba a su perdición
(véase ahora, ahora mismo, mi nota a los versos 993-995).
Siento un ligero perfume de Swift en algunas
de mis notas. Yo también soy por naturaleza melancólico, un hombre
desasosegado, susceptible y desconfiado, aunque tengo mis momentos de
volubilidad y fou rire.
Verso 275: Hace cuarenta años que nos casamos
John Shade y Sybil Swallow (véase nota al
verso 247) se casaron en 1919, exactamente tres decenios antes de que el Rey
Charles contrajera enlace con Disa, Duquesa de Payn. Desde el comienzo de su
reinado (1936-1958), los representantes de la nación, los pescadores de salmón,
los vidrieros no sindicados, los grupos militares, los parientes afligidos y
especialmente el Obispo de Yeslove, un santo y sanguíneo anciano, habían hecho
todo lo posible por convencerlo de que abandonara sus copiosos pero estériles placeres
y tomara mujer. No era cuestión de moralidad sino de sucesión. Como en el caso
de algunos de sus predecesores, rudos "reyes de los alisos" que
ardían por los muchachos, el clero ignoró pura y simplemente las costumbres
paganas de nuestro joven soltero, pero quiso que hiciera lo que antes que él
había hecho otro Charles aún más recalcitrante: disponer de una noche y
engendrar legalmente un heredero.
Vio a Disa por primera vez, cuando ella tenía
diecinueve años, la noche de fiesta del 5 de julio de 1947, en un baile de
disfraz en el palacio de su tío. Disa había ido vestida de hombre, de joven
tirolés, con las rodillas un poco juntas pero valiente y encantadora, y después
los llevó por las calles a ella y a sus primos (dos guardias disfrazados de
floristas) en su nuevo y divino convertible, para mostrarles la formidable
iluminación de cumpleaños, y las fackeltanz en el parque, y los fuegos
artificiales, y las caras pálidas mirando hacia arriba. Vaciló durante casi dos
años, pero fue asediado por consejeros de una elocuencia inhumana, y al fin
cedió. La víspera de su boda rezó casi toda la noche, encerrado a solas en la
fría vastedad de la catedral de Onhava. Viejos monarcas satisfechos lo miraban
desde las vidrieras de rubí y amatista. Nunca había pedido a Dios consejo y
fuerza con tanto fervor (véase más adelante mi nota a los versos 433-434).
Después del verso 274 hay un falso comienzo en
el borrador:
Me gusta mi nombre: Shade, Ombre, casi
"hombre" en español...
Uno lamenta que el poeta no hubiera seguido
con este tema, evitando al lector las embarazosas intimidades que siguen.
Verso 286: la huella rosa de un avión sobre el
fuego del poniente
Yo también tenía la costumbre de señalar a la
atención de mi poeta la idílica belleza de los aviones en el cielo de la tarde.
¡Quién hubiera podido sospechar que el mismo día (7 de julio) que Shade
escribió este verso radiante (el último de la ficha veintitrés), Gradus, alias
Dégré, había volado de Copenhague a París, completando así la segunda etapa de
su siniestro viaje! Aun en la Arcadia estoy, dice la Muerte en la inscripción
sepulcral.
Las actividades de Gradus en París habían sido
planeadas por las Sombras con bastante cuidado. Tenían toda la razón al suponer
que no sólo Odón sino nuestro antiguo cónsul en París, el difunto Oswin
Bretwit, sabían dónde encontrar al Rey. Decidieron que Gradus fuera primero a
sondear a Bretwit. Este caballero tenía un departamento en Meudon donde vivía
solo, no salía más que para ir a la Biblioteca Nacional (donde leía obras de
teosofía y resolvía problemas de ajedrez publicados en diarios viejos) y no recibía
visitantes. El plan preciso de las Sombras fue el resultado de un golpe de
suerte. Suponiendo que Gradus carecía del equipo mental y del don de imitación
necesario para encarar a un realista entusiasta, le sugirieron que se hiciera
pasar por un comisionista totalmente apolítico, un hombrecito neutral
interesado únicamente en obtener un buen precio de los diversos documentos que
unos particulares le habían pedido que sacara de Zembla para entregar a sus
legítimos dueños. La suerte, en una de sus rachas anticarlistas, lo ayudó. Una
de las Sombras menos importantes a la que llamaremos el Barón A., tenía un
suegro llamado Barón B., un viejo burócrata inofensivo, jubilado desde hacía
mucho tiempo y absolutamente incapaz de entender ciertos aspectos renacentistas
del nuevo régimen. Había sido, o creía haber sido (la distancia retrospectiva
magnifica las cosas) un amigo íntimo del difunto Ministro de Asuntos
Exteriores, el padre de Oswin Bretwit, y por lo tanto esperaba con impaciencia
el día en que pudiera entregar al "joven" Oswin (quien, entendía él,
no era exactamente persona grata para el nuevo régimen) un montón de preciosos
papeles de familia que el polvoriento barón había encontrado por casualidad en
los archivos de una oficina del Gobierno. De pronto le informaron que el día
había llegado: los documentos iban a ser enviados inmediatamente a París. Se le
permitió añadir una breve nota que decía:
He aquí algunos preciosos papeles
pertenecientes a su familia. No puedo hacer nada mejor que ponerlos en manos
del hijo del gran hombre que fue mi compañero de estudios en Heidelberg y mi
maestro en el servicio diplomático. Verba volant, scripta manent.
Los scripta
en cuestión eran doscientas treinta largas cartas que habían cambiado unos
setenta años antes Zule Bretwit, tío abuelo de Oswin, alcalde de Odevalla, y un
primo suyo, Ferz Bretwit, alcalde de Aros. Esta correspondencia, un lamentable
intercambio de perogrulladas burocráticas y de bromas altisonantes, carecía
incluso del interés limitado que pueden tener las cartas de este tipo para el
historiador local —pero naturalmente, no se puede saber qué es lo que repelerá
o atraerá a un descendiente sentimental— y los antiguos subordinados de Oswin
sabían todos que eso es lo que era. Me gustaría tomarme el tiempo de
interrumpir este seco comentario y rendir un breve homenaje a Oswin Bretwit.
Físicamente, era un hombrecito calvo,
enfermizo, que parecía una bellota pálida. Su cara estaba singularmente
desprovista de carácter. Tenía ojos café con leche. Uno lo recuerda siempre con
brazal de luto. Pero este exterior insípido traicionaba la calidad del hombre.
¡Desde el otro lado de las centelleantes estrías del océano, yo te saludo,
bravo Bretwit! Que aparezcan por un momento su mano y la mía en un firme
apretón a través del agua, por encima de la dorada aparición de un sol
emblemático. Que esta insignia no sea jamás utilizada como publicidad por una
compañía de seguros o una compañía de aviación en las páginas satinadas de una
revista, bajo la imagen de un hombre de negocios retirado, estupefacto y
honrado por la vista de la bandeja en tecnicolor que la azafata le ofrece con
todo lo que es capaz de darle; o más bien, que este sublime apretón de manos
sea considerado en nuestro cínico siglo de frenética heterosexualidad como el
último pero duradero símbolo del valor y la abnegación. Con cuánto fervor uno
hubiera soñado que un símbolo similar pero en forma verbal hubiese imbuido el
poema de otro querido amigo; pero no sería así... ¡Es inútil buscar en Pálido Fuego (¡oh, cuán pálido, es
cierto!) el calor de mi mano estrechando la tuya, pobre Shade!
Pero volvamos a los techos de París. El coraje
en Oswin Bretwit iba unido a la integridad, la bondad, la dignidad y lo que
podría calificarse, con un eufemismo, de ingenuidad encantadora. Cuando Gradus
telefoneó desde el aeropuerto y para despertarle el apetito le leyó el mensaje
del Barón B. (salvo la cita en latín), Bretwit sólo pensó en una cosa: el
regalo que le aguardaba. Gradus se había negado a decirle por teléfono qué eran
exactamente los "preciosos papeles", pero ocurría justamente que el
ex cónsul había esperado en los últimos tiempos recuperar una valiosa colección
de sellos que su padre había legado unos años antes a un primo muerto después.
El primo había vivido en la misma casa que el Barón B., y con la mente llena de
estas cuestiones embrolladas y fascinantes, el ex cónsul, mientras aguardaba a
su visitante, se preguntaba sin cesar, no si la persona que venía de Zembla era
un impostor peligroso, sino si le traería todos los álbumes a la vez o lo haría
gradualmente para ver lo que podría obtener del trabajo que se había tomado.
Bretwit esperaba que el asunto quedaría concluido esa misma noche, pues a la
mañana siguiente debía ser hospitalizado y posiblemente operado (lo fue, y
murió bajo el bisturí).
Si dos agentes secretos pertenecientes a dos
facciones rivales se enfrentan en una batalla de ingenios, y si uno de ellos no
lo tiene, el efecto puede ser divertido; es aburrido si los dos son estúpidos.
Desafío a cualquiera a que encuentre en los anales de la conspiración y la
contraconspiración algo más inepto y más tedioso que la escena que ocupa el
resto de esta nota concienzuda.
Gradus se sentó con incomodidad en el borde de
un sofá (en el cual un rey cansado se había tendido menos de un año antes),
metió la mano en su portafolios, tendió a su huésped un abultado paquete
envuelto en papel marrón y trasladó sus asentaderas a una silla cercana a la de
Bretwit para poder observar con comodidad su lucha con el cordel. En un
silencio pasmado, Bretwit contempló lo que al fin había desenvuelto y luego
dijo:
—Bueno, esto es el fin de un sueño. Esta
correspondencia fue publicada en 1906 o 1907, no, en 1906, al fin, por la viuda
de Bretwit, incluso debo de tener por ahí un ejemplar entre mis libros. Además,
no es un ológrafo sino un apógrafo, hecho por un escribiente para uso de los
impresores, observará usted que los dos alcaldes tienen la misma letra.
—Qué interesante —dijo Gradus verificándolo.
—Naturalmente, aprecio la amable intención que
hay detrás de esto —dijo Bretwit.
—Estábamos seguros de que así sería —dijo
Gradus satisfecho.
—El Barón B. ha de estar un poco gaga
—continuó Bretwit—, pero repito, su amable intención es conmovedora. ¿Supongo
que desea usted algún dinero por haberme traído este tesoro?
—El placer que usted siente debería ser
nuestra única recompensa —respondió Gradus—. Pero permítame que le hable con
franqueza: nos hemos tomado mucho trabajo para cumplir esta misión como es
debido, y yo he recorrido un largo camino. Sin embargo quiero proponerle un
pequeño arreglo. Si usted es bueno con nosotros, nosotros seremos buenos con
usted. Sé que sus fondos están un poco... (gesto de escasez y guiñada).
—Muy cierto —suspiró Bretwit.
—Si nos sigue no le costará un centavo.
—Oh, podría pagar algo. (Mueca y encogimiento
de hombros).
—No necesitamos su dinero (Palma de agente de
tránsito). Pero éste es nuestro plan. Tengo mensajes de otros barones para
otros fugitivos. En realidad, tengo cartas para el fugitivo más misterioso de
todos.
—¡Qué! —exclamó Bretwit con candida sorpresa—.
¿Saben en el país que su Majestad ha salido de Zembla (Le hubiera dado unos
azotes al pobre viejo).
—Claro que sí —dijo Gradus frotándose las
manos y jadeando de placer animal, cuestión de instinto sin duda pues el hombre
no podía concebir inteligentemente que la metida de pata del ex cónsul no era
más que la primera confirmación de la presencia del Rey en el extranjero—:
Claro —repitió con una sonrisa cargada de sentido—, y le quedaré muy agradecido
si pudiera recomendarme al Sr. X.
Al oír estas palabras una falsa verdad se
abrió camino en Oswin Bretwit y gimió para sí: "¡Naturalmente! ¡Qué obtuso
soy! Es uno de los nuestros. Los dedos de su mano izquierda empezaron a
agitarse como si tiraran de los hilos de una marioneta, mientras sus ojos
seguían atentamente el gesto de satisfacción, típico de clase baja, de su
interlocutor. Un agente carlista que se revela a un superior, debe hacer un
signo correspondiente a la X (de Xavier) en el alfabeto manual de los
sordomudos: la mano en posición horizontal y el índice curvado con bastante
blandura mientras el resto de los dedos se arracima (muchos han criticado este
signo por su excesiva flojera; hoy se ha sustituido por una combinación más
viril). En las diversas ocasiones en que Bretwit lo hiciera, el gesto había
sido precedido durante un momento de suspenso —un hueco en la Textura del Tiempo más que un retardo
real— por algo análogo a lo que los médicos llaman aura, una extraña sensación
a la vez tensa y vaporosa, una inefable exasperación de frío y de calor que
invade todo el sistema nervioso antes de una crisis. Y en esta oportunidad
también Bretwit sintió que el vino mágico se le subía a la cabeza.
—Muy bien, estoy dispuesto. Déme la señal
—dijo ávidamente.
Gradus, decidido a correr el riesgo, echó una
mirada a la mano sobre las rodillas de Bretwit; sin que su dueño se diera
cuenta, parecía estar apuntando a Gradus su papel en un murmullo manual. Trató
de copiar lo que aquella mano estaba esforzándose por dar a entender, simples
rudimentos de la señal pedida.
—No, no —dijo Bretwit con una sonrisa
indulgente para el torpe novicio—. La otra mano, amigo mío. Su Majestad es
zurdo, como usted sabe.
Gradus hizo la prueba de nuevo, pero como una
marioneta rechazada, la pequeña apuntadora enloquecida había desaparecido.
Contemplando avergonzado sus cinco extranjeros regordetes, Gradus completó los
movimientos de un hacedor de sombras chinescas incompetente y semiparalítico y
por fin hizo el vago signo de la V de la Victoria. La sonrisa de Bretwit empezó
a desvanecerse.
Desaparecida la sonrisa, Bretwit (el nombre
significa Comprensión del Ajedrez) se levantó de la silla. En una habitación
más grande hubiera caminado de un extremo al otro, pero en aquel estudio
atestado no podía. Gradus el Chapucero se abrochó los tres botones de su
ajustada chaqueta marrón y sacudió varias veces la cabeza.
—Creo —dijo con tono contrariado— que hay que
jugar limpio. Si yo le traigo esos preciosos papeles, usted debe arreglarme una
entrevista o por lo menos darme la dirección.
—Yo sé quién es usted —exclamó Bretwit,
señalándolo—. ¡Usted es un periodista! Usted viene enviado por ese diarucho
danés que asoma en su bolsillo —Mecánicamente Gradus manoteó el periódico y
frunció el ceño—. ¡Tuve la esperanza de que hubieran renunciado a venir a
molestarme! ¡Qué vulgaridad fastidiosa! No hay nada sagrado para ustedes, ni el
cáncer, ni el exilio, ni el orgullo de un rey —ay, esto es cierto no sólo con
respecto a Gradus; en Arcadia también tiene colegas.
Gradus, sentado, contemplaba sus zapatos
nuevos: rojo caoba con las puntas picadas. Tres pisos más abajo una ambulancia
impaciente se abría paso a toques de sirena en las calles oscuras. Bretwit
desahogó su impaciencia con las cartas ancestrales que estaban sobre la mesa.
Agarró la pila ordenada con el papel que la envolvía y arrojó todo en el cesto
de papeles. El cordel cayó al lado, a los pies de Gradus que lo recogió y lo
añadió a los scripta.
—Por favor, váyase —dijo el pobre Bretwit—.
Tengo un dolor en la ingle que me vuelve loco. Hace tres noches que no duermo.
Ustedes los periodistas son tipos tercos, pero yo también lo soy. Nunca le diré
nada sobre mi rey. Adiós. Esperó en el rellano que los pasos de su visitante
bajaran y llegaran a la puerta de entrada que se abrió y cerró. Luego la luz
automática de la escalera se apagó con el ruido de un puntapié.
Versos 287-288: cuando canturreas haciendo una
valija
La ficha (la veinticuatro) con este pasaje
(versos 287-299) data del 7 de julio, y debajo de esa fecha encuentro en mi
pequeña agenda este garabato: Dr. Ahlert, 15,30. Como me sentía un poco
nervioso, como la mayoría de la gente ante la perspectiva de ver a un médico,
pensé en comprar, en el camino al consultorio, algún calmante para impedir que
la aceleración de mi pulso indujera en error a la crédula ciencia. Encontré las
gotas que deseaba, tomé el aromático brebaje en la farmacia y me iba cuando vi
a los Shade que salían de una tienda, en la puerta siguiente. Ella llevaba un
nuevo bolso de viaje. La terrible idea de que pudieran irse de vacaciones de
verano neutralizó el efecto del medicamento que acababa de tragar. Uno se
acostumbra tanto a que la vida de los demás transcurra paralelamente a la
propia que un brusco desvío de parte del satélite paralelo provoca un
sentimiento de estupefacción, vacío e injusticia. ¡Y, además, aún no había
terminado "mi" poema!
—¿Piensan viajar? —pregunté, sonriente y
señalando el bolso.
Sybil lo levantó por las asas como si fuera un
conejo y lo consideró con mis ojos.
—Sí, a fin de mes —dijo—. Después que John
haya terminado su trabajo.
(¡El poema!)
—¿Y adonde, si se puede saber? —(volviéndome
hacia John).
El Sr. Shade miró a la Sra. Shade y ella
respondió por él, a su manera habitual, brusca y desenvuelta, que todavía no
estaban seguros, quizá fuera Wyoming o Utah o Montana, y tal vez alquilarían en
alguna parte un chalet a 6.000 o 7.000 pies.
—En medio de los altramuces y los álamos
temblones —dijo el poeta gravemente. (Evocando el paisaje.)
Empecé a calcular en voz alta la altura en
metros y me pareció excesiva para el corazón de John, pero Sybil le tironeó de
la manga recordándole que tenían otras compras que hacer, y me dejaron con unos
2.000 metros y un eructo perfumado a valeriana.
¡Pero a veces el destino de alas negras puede
desplegar una solicitud exquisita! Diez minutos más tarde el Dr. A. —que
también trataba a Shade— me contaba con impasible minucia que los Shade habían
alquilado un pequeño ranch que unos amigos que se iban a otra parte, tenían en
Cedarn, Utana, en la frontera del Idoming. Desde el consultorio del Doctor volé
a una agencia de viajes, conseguí mapas y folletos, los estudié, aprendí que en
la ladera de la montaña que domina Cedarn hay dos o tres grupos de cabañas,
corrí a mandar un pedido al correo de Cedarn, y unos días más tarde tenía
alquilado para el mes de agosto algo que, a juzgar por las instantáneas que me
habían mandado parecía una cruza de isba de mujik
y de Refugio Z, pero que tenía un cuarto de baño embaldosado y costaba más caro
que mi castillo appalachiano. Ni los Shade ni yo dijimos una palabra sobre
nuestras direcciones de verano, pero yo sabía, y ellos no, que era la misma.
Cuanto más me indignaba la evidente intención de Sybil de ocultármela, más dulce
me resultaba imaginar mi brusca aparición en traje tirolés, desde detrás de un
peñasco, y el aire acobardado pero sonriente de John. Durante la quincena en
que dejé que mis demonios llenaran mi espejo goético hasta desbordar de
acantilados rosa y malva, de negros enebros, caminos tortuosos, de artemisa que
se transforma en hierba y lujuriantes flores azules, de esos álamos temblones
pálidos, como la muerte, mientras una interminable hilera de Kimbotes en shorts
verdes encontraba una antología de poetas y el hato de sus mujeres, debo de
haber cometido algún terrible error en mis conjuros, pues el flanco de la
montaña está seco y lúgubre, y el ranch desvencijado de los Hurly, sin vida.
Verso 293: Ella
Hazel Shade, la hija del poeta, nacida en
1934, muerta en 1957 (véanse notas a los versos 230 y 347).
Verso 316: el Toothwort White frecuentó
nuestros bosques en mayo
Francamente, no estoy seguro de lo que
significa esto. La variante escrita al margen no es de mucha ayuda:
En los bosques la piéride de Virginia aparecía
en mayo
¿Personajes del folklore, quizá? ¿Hadas? ¿O
mariposas de la col?
Verso 319: pato carolino
Bonita imagen. El pato carolino, ave de ricos
colores esmeralda, amatista, cornalina, con marcas negras y blancas es
incomparablemente más hermoso que el tan encarecido cisne, ganso serpentino con
un cuello sucio de felpa amarillenta y palmetas de caucho negro' como un hombre
rana.
Dicho sea de paso, la nomenclatura popular de
los animales americanos refleja el espíritu simple y utilitario de los pioneros
ignorantes y aún no ha adquirido la pátina de los nombres de la fauna europea.
Verso 334: vino a buscarla
"¿Vendrá alguna vez a buscarme?"
solía preguntarme mientras esperaba y esperaba, en ciertos crepúsculos ámbar y
rosa, a un amigo de ping-pong o al
viejo John Shade.
Verso 347: viejo granero
Este granero, o más bien cobertizo, donde
"ciertos fenómenos" se produjeron en octubre de 1956 (pocos meses
antes de la muerte de Hazel Shade), había pertenecido a un tal Paul Hentzner,
granjero excéntrico de origen alemán, con aficiones pasadas de moda como la
taxidermia y la herborización. Por un extraño ardid del atavismo era (según
Shade, a quien le gustaba hablar de él, la única vez, dicho sea de paso, en que
mi viejo y querido amigo se puso un poco pesado) una regresión a los
"curiosos alemanes" que tres siglos antes habían sido los padres de
los primeros grandes naturalistas. Aunque según un criterio académico fuera un
hombre sin educación, sin verdadero conocimiento de las cosas alejadas en el
espacio y en el tiempo, había en él algo pintoresco, de la tierra, que a John
Shade le gustaba mucho más que los refinamientos suburbanos del Departamento de
Inglés. Él, que se mostraba tan exigente en la elección de sus compañeros de
paseos, gustaba de vagabundear con el flaco y solemne alemán, una tarde de cada
dos, seguir el sendero del bosque que subía a Dulwich y dar toda la vuelta por
los campos de sus conocidos. Él, que se complacía en la palabra justa, estimaba
a Hentzner porque sabía "los nombres de las cosas", aunque algunos de
esos nombres fueran sin duda monstruosidades locales, o germanismos, o puros
inventos del viejo pillo.
Ahora se paseaba con otro compañero. Recuerdo
límpidamente una tarde perfecta en que mi amigo daba salida a un chisporroteo
de chistes, retruécanos y anécdotas a las que yo respondía galante con cuentos
de Zembla y fugas de cortar el aliento. Cuando íbamos orillando el bosque de
Dulwich, me interrumpió para mostrarme una gruta natural en las rocas musgosas,
al borde del sendero, bajo los cornejos en flor. Era el lugar donde el buen
granjero se detenía invariablemente y una vez que iban en compañía de su hijo
pequeño éste, que trotaba al lado de ellos, señaló con el dedo y observó con
carácter informativo: "Aquí es donde papá orina". Otra historia,
menos insustancial, me aguardaba en lo alto de la colina donde un cuadrado
invadido por epilobios, asclepias y vernonias donde revoloteaban nubes de
mariposas, contrastaba brutalmente con los solidagos que había todo alrededor.
Después que la mujer de Hentzner lo hubo abandonado (alrededor de 1950),
llevándose el niño consigo, él vendió su granja (ahora reemplazada por un
autocine) y se fue a vivir a la ciudad; pero las noches de verano solía
llevarse una bolsa de dormir al granero que estaba en la punta de las tierras
que aún poseía, y allí murió una noche.
El granero había estado en el lugar cubierto
de malezas que Shade hurgaba con el bastón favorito de la tía Maud. Un sábado
por la noche un joven estudiante empleado en el hotel de la universidad y una
moza del lugar fueron allí por una razón cualquiera y estaban charlando o
dormitando cuando creyeron volverse locos de terror al oír ruidos de cadenas y
ver luces errantes que les hicieron escapar espantados. Nadie se preocupó
realmente por saber qué les había hecho huir, si un fantasma ofendido o un
pretendiente rechazado. Pero la Wordsmith
Gazette ("El diario de estudiantes más antiguo de los EE.UU.") se
apoderó del incidente y empezó a sacarle el relleno como un perrito dañino.
Varios presuntos especialistas en espiritismo visitaron el lugar y todo el
asunto se transformó tan abiertamente en una broma pesada, con la participación
de los chistosos más conocidos del College, que Shade se quejó a las
autoridades, con el resultado de que el granero inútil fue demolido por
constituir un peligro de incendio.
De Jane P. obtuve, sin embargo, gran cantidad
de informaciones muy diferentes y mucho más patéticas, que me explicaron por
qué mi amigo había considerado oportuno regalarme con vulgares travesuras de
estudiantes, pero también me hizo lamentar el haberle impedido llegar al punto
que confusamente y no sin cierta turbación (porque, como he dicho en una nota
anterior, nunca tuvo interés en referirse a su hija muerta) apuntaba, llenando
una pausa bien venida con un extraordinario episodio de la historia de la Universidad
de Onhava. Este episodio se produjo en el año de gracia de 1876. Pero volviendo
a Hazel Shade, había decidido investigar ella misma esos fenómenos para un
trabajo ("sobre cualquier tema") que le había pedido en el curso de
psicología un profesor astuto que recogía datos sobre los "Aspectos
autoneurinológicos de los estudiantes universitarios norteamericanos". Sus
padres le permitieron hacer una visita nocturna al granero sólo a condición de
que Jane P. —considerada de absoluta confianza— la acompañara. Apenas se habían
instalado las muchachas cuando una tormenta eléctrica que duraría toda la noche
envolvió el refugio con aullidos y relámpagos tan teatrales, que fue imposible
prestar atención a los ruidos y luces interiores. Hazel no renunció y unos días
más tarde le pidió a Jane que fuera otra vez con ella, pero Jane no podía. Me
dijo haber sugerido que los mellizos White (dos encantadores estudiantes
aceptados por los Shade) la sustituyeran. Pero Hazel rechazó categóricamente
este nuevo arreglo y después de una disputa con sus padres, tomó su linterna y
su cuaderno de notas y partió sola. Es fácil imaginar cuánto temían los Shade
un recrudecimiento de la perturbación del poltergeist,
pero el Dr. Sutton, siempre sagaz, afirmó —no sé con qué autoridad— que
prácticamente se desconocen casos en que la misma persona se encuentra metida
de nuevo en esa clase de manifestaciones después de un lapso de seis años.
Jane me autorizó a copiar algunas de las
observaciones de Hazel basadas en notas tomadas en el lugar mismo:
22.14. Comienzo de las investigaciones.
22.23. Raspados y balbuceos.
22.25. Un pequeño círculo de luz pálida, del
tamaño de una carpetita, revoloteó por las paredes sombrías, las ventanas
clausuradas y el piso, cambió de lugar, se detuvo aquí y allá, dando saltos;
parecía esperar, fastidiando por divertirse, una embestida evitable.
Desaparecido.
22.37. Reaparición.
Seguían varias páginas de notas, pero por
razones obvias debo renunciar a transcribirlas en este comentario. Había largas
pausas y de nuevo "raspados y balbuceos", y vueltas del circulito
luminoso. Ella le hablaba. Si le preguntaba algo que le parecía deliciosamente
tonto ("¿Eres un fuego fatuo?"), se lanzaba de aquí para allá en
extática negación, y cuando quería dar una respuesta grave a una pregunta grave
("¿Estás muerto?"), se elevaba lentamente como para ganar altura y
dejarse caer pesada y afirmativamente. Durante algunos instantes respondía al
alfabeto que ella recitaba hasta que decía la letra exacta, tras de lo cual el
circulito daba un pequeño salto de aprobación. Pero esos saltos se volvieron
cada vez más distraídos y después de haberse deletreado lentamente un par de
palabras, el redondelito aflojó como un niño cansado y por último se metió en
una grieta, de donde voló de pronto con brío extravagante y empezó a girar por
las paredes en su ansia por renovar el juego. El revoltijo de palabras cortadas
y sílabas sin sentido que al fin logró reunir se presentaban en sus notas
escrupulosas como una corta línea de simples grupos de letras. Transcribo:
pada ata lana par not odo sol wart alen to
tala feur for rant tal toldo
En sus Observaciones
la transcriptora dice que ha tenido que recitar el alfabeto, o por lo menos
empezar a recitarlo ochenta veces, de las que diecisiete no dieron ningún
resultado. Las divisiones basadas en intervalos tan variables no pueden ser
sino bastante arbitrarias; algunos de esos galimatías se pueden reagrupar en
otras unidades lexicológicas que no significarían mucho más (por ej.
"todo", "talento", "forran", etc.). El fantasma
del granero parece haberse expresado con la dificultad empastada de la
apoplejía o del semisueño, acuchillado por la luz del techo, un desastre
militar de consecuencias cósmicas que la lengua espesa y mal dispuesta no puede
expresar claramente. Y en este caso también nosotros podríamos sentir el deseo
de abreviar las preguntas de un lector o compañero de lecho hundiéndonos de
nuevo en la beatitud del olvido, si alguna fuerza diabólica no nos instara a
buscar un secreto designio en el abracadabra,
812 algún vínculo laberíntico, una especie
813 de estructura concordante en el juego,
Detesto esa clase de juegos; me hacen doler
abominablemente las sienes, pero los he afrontado valientemente y he meditado
sin fin, con la paciencia y el disgusto infinitos de un comentador, las sílabas
mutiladas del informe de Hazel en busca de una mínima alusión al destino de la
pobre muchacha. No encontré ni una. Ni el espectro del viejo Hentzner, ni la
linterna de bolsillo de un sinvergüenza en acecho, ni la propia imaginación
histérica de Hazel, expresan nada aquí que pueda interpretarse, aunque sea remotamente,
como una advertencia o la menor relación con las circunstancias de su muerte
próxima.
El informe de Hazel hubiera podido ser más
largo si —como le dijo a Jane— el recomienzo de los "raspados" no
hubiera sacudido de pronto sus nervios fatigados. El redondelito de luz que
hasta entonces se había mantenido a distancia, se precipitó hostilmente hacia
sus pies de modo que estuvo a punto de caerse del bloque de madera que le
servía de asiento. Le abrumó saber que estaba sola en compañía de un ser
inexplicable y quizá muy maligno, y con un estremecimiento que estuvo a punto
de dislocarse los omoplatos, se apresuró a volver al asilo celeste de la noche
estrellada. Un sendero familiar lleno de gestos calmantes y otras pequeñas
muestras de consuelo (grillo solitario, farol solitario) le conducía a su casa.
Se detuvo y lanzó un aullido de terror: un sistema de manchas oscuras y pálidas
coaguladas en una figura fantástica se había levantado del banco del jardín
hasta donde llegaba la luz de la galería de entrada. No tengo idea de lo que
puede ser la temperatura media de una noche de octubre en New Wye, pero
sorprende que la ansiedad de un padre sea tan grande en el caso presente como
para hacerle velar al aire libre, en pijama y con la indefinible "salida
de baño" que mi regalo de cumpleaños iba a sustituir (véase nota al verso
181).
Hay siempre "tres noches" en los
cuentos de hadas, y en este triste cuento de hadas hay también una tercera.
Esta vez Hazel quiso que sus padres fueran testigos con ella de la "luz
parlante". Las actas de esa tercera sesión en el granero no se han
conservado, pero ofrezco al lector la escena siguiente que a mi juicio no puede
estar muy lejos de la verdad:
EL GRANERO EMBRUJADO
Oscuridad completa. Se oye al Padre, a la
Madre y a la Hija que respiran suavemente en diferentes rincones. Pasan tres
minutos.
EL PADRE (a la Madre): ¿Estás bien, ahí?
LA MADRE: Aja. Estos sacos de patatas hacen un
perfecto...
LA HIJA (con la fuerza de una máquina de
vapor): ¡Sh-sh-sh!
Pasan quince minutos en silencio. El ojo
empieza a descubrir aquí y allá, en la oscuridad, ranuras azules y una
estrella.
LA MADRE: Eso fue la barriga de papá, creo...
no un fantasma.
LA HIJA (con énfasis): ¡Muy divertido!
Transcurren otros quince minutos. El Padre,
hundido en pensamientos sobre su trabajo, lanza un suspiro neutral.
LA HIJA: ¿Es necesario suspirar así todo el
tiempo?
Transcurren quince minutos.
LA MADRE: Si me pongo a roncar, que el
Espectro me pellizque.
LA HIJA (exagerando el dominio de sí misma):
¡Mamá, por favor! ¡Por favor, mamá!
El padre se aclara la garganta pero decide no
decir nada. Transcurren otros doce minutos.
LA MADRE: ¿Alguno de ustedes se da cuenta de
que todavía quedan algunas de esas bombas de crema en el refrigerador?
Es demasiado.
LA HIJA (estallando): ¿Por qué tienes que
echarlo todo a perder? ¿Por qué siempre tienes que echar todo a perder? ¿Por
qué no puedes dejar a la gente tranquila? ¡No me toques!
EL PADRE: Vamos, vamos, Hazel, tu madre no
dirá una palabra más y seguiremos con... pero hace una hora que estamos aquí
sentados y se está haciendo tarde.
Pasan dos minutos. La vida es desesperada, la
otra vida implacable. Se oye a Hazel que llora despacio en la oscuridad. John
Shade enciende una lámpara. Sybil enciende un cigarrillo. Se levanta la sesión.
La luz nunca volvió pero aún brilla en un
breve poema "La naturaleza de la
electricidad", que John Shade había enviado a la revista de Nueva
York, The Beau and the Butterfly, en
1958, pero que no apareció hasta después de su muerte:
Los muertos, los buenos muertos, ¿quién sabe?,
se quedan en los filamentos de tugsteno,
y
en mi mesa de luz brilla
la novia difunta de otro hombre.
Y
quizá Shakespeare inunda toda
una ciudad con innumerables luces,
y
el alma incandescente de Shelley
atrae a las pálidas falenas de las noches sin
estrellas.
Los faroles de las calles tienen números, y
quizá
el número novecientos noventa y nueve
(que brilla tan vivamente a través de un árbol
tan verde) es un viejo amigo mío.
Y
cuando por encima de la llanura lívida
juegan los ganchos de los relámpagos, quizá
los tormentos de un Tamerlán, [contienen
el rugido de los tiranos desgarrados en el
infierno.
La ciencia nos dice, por lo demás, que la
Tierra no sólo caería en pedazos, sino que se desvanecería como un fantasma, si
la Electricidad desapareciera de pronto del mundo.
Verso 347: Invertía las palabras
Uno de los ejemplos que da su padre es
extraño. Estoy casi seguro de que fui yo quien, un día que hablábamos de
"palabras espejo", observó (y recuerdo la expresión de estupefacción
del poeta) que "loma" al revés da "malo" y
"Adán", "nada". Pero también es cierto que Hazel Shade se
parecía a mí en ciertos aspectos.
Versos 367-370: then-pen, again-explain
Hablando, John Shade, como buen
norteamericano, rimaba "again" con "pen" y no con
"explain". La posición contigua de estas rimas es curiosa.
Verso 376: poema
Creo poder adivinar (en mi caverna de montaña
desprovista de libros) de qué poema se trata; pero sin verificar, no quiero
nombrar al autor. De todas maneras, deploro los pérfidos ataques contra los
poetas más distinguidos de nuestro tiempo.
Versos 376-377: se decía, en el curso de
Literatura Inglesa, que era
En el borrador figura una variante más
significativa y más armoniosa:
el Jefe de nuestra Sección estimaba
Aunque esto se pueda tomar como una referencia
al hombre (quienquiera que fuese) que ocupaba ese cargo en la época en que
Hazel Shade era estudiante, no se podría criticar al lector si la aplicara a
Paul H. Jr., el distinguido administrador e inepto erudito que desde 1957 era
jefe de la Sección Inglés del Wordsmith College. Nos veíamos de vez en cuando
(véase la introducción y la nota al verso 894), pero no a menudo. El Jefe de la
Sección a la que yo pertenecía era el Prof. Nattochdag, "Netochka",
como llamábamos al buen hombre. Desde luego, un extranjero no tenía derecho a
las migrañas que desde hace cierto tiempo me torturan hasta tal punto que una
vez tuve que salir en mitad de un concierto donde me tocó estar sentado junto a
Paul H. Jr. Al parecer lo tenía, y tanto. Paul H. no me quitó los ojos de
encima e inmediatamente después de la muerte de John Shade, se vio circular una
copia mimeograf iada de una carta que empezaba así:
Varios miembros del Departamento de inglés
están dolorosamente inquietos por el destino de un poema manuscrito, o partes
de un poema manuscrito, que ha dejado el dijunto John Shade. El manuscrito ha
caído en manos de una persona que no sólo no está calificada para la tarea de
editarlo, puesto que pertenece a otra sección, sino que se le considera un
desequilibrado. Cabe preguntarse si alguna acción legal... etc.
"Acción legal", desde luego, que
podría intentar también algún otro. Pero no importa; la justa cólera es
mitigada por la satisfacción de saber de antemano que el caballero engagé
estará menos inquieto por la suerte del poema de mi amigo después de haber
leído el pasaje comentado aquí. A Southey le gustaba la rata asada para la
cena, lo cual es especialmente cómico dado que las ratas devoraron a su obispo.
Verso 384: libro sobre Pope
El título de esta obra que se encuentra en la
biblioteca de cualquier facultad, es Supremely
Blest, frase tomada de un verso de Pope que recuerdo pero no puedo citar
exactamente. El libro se ocupa sobre todo de la técnica de Pope pero contiene
también sabrosas observaciones sobre "la moral estilizada de su
tiempo".
Versos 385-386: Jane Dean, Pete Dean
Seudónimos transparentes de dos personas
inocentes. Visité a Jane Provost en agosto, al pasar por Chicago. Todavía no se
había casado. Me mostró algunas fotos divertidas de su primo Peter y sus
amigos. Me dijo —y no tengo ninguna razón para no creer en sus palabras— que
Peter Provost (a quien yo deseaba mucho conocer, pero que estaba, ay, vendiendo
automóviles en Detroit) podía haber exagerado un poquito, pero que seguramente
no mentía cuando explicaba que tenía que cumplir una promesa hecha a uno de sus
más caros amigos del club, un magnífico y joven atleta cuya "corona"
no será, esperemos, "más breve que la de una muchacha". Esas
obligaciones no deben ser tratadas a la ligera o con desdén. Jane dijo que
había intentado hablar con los Shade después de la tragedia, y que más tarde
había escrito a Sybil una larga carta sin obtener nunca respuesta. Le dije,
utilizando algunas expresiones vulgares, que empezaba a dominar: "¡Me lo
va a contar a mí!"
Versos 403-404: Son las ocho y cuarto (y aquí
el tiempo se bifurca)
A
partir de aquí hasta el verso 474 se alternan dos temas sincronizados:
televisión en la sala de los Shade y réplica, por así decirlo, de las acciones
de Hazel (ya presagiadas) desde el momento en que Peter encontró a la
desconocida con la que tenía cita (406-407) y se disculpó de haber tenido que
irse apresuradamente (426-428), hasta el trayecto de Hazel en el autobús
(445-447 y 457-459), para terminar en el descubrimiento del cadáver por el
guardia (475-477). He empleado itálicas para el tema de Hazel.
Toda la cosa me parece demasiado trabajada y
larga, especialmente si se considera que este procedimiento de sincronización
ha sido utilizado hasta el hartazgo por Flaubert y por Joyce. Por lo demás, el
diseño es exquisito.
Verso 408: Una mano masculina
El 10 de julio, día en que John Shade escribió
esto y quizá en el minuto mismo en que empezó a utilizar la ficha treinta y
tres para los versos 406-416, Gradus iba en un coche alquilado desde Ginebra a
Lex donde se sabía que descansaba Odón, después de terminar su película, en la
villa de un viejo amigo americano, Joseph S. Lavender (el nombre viene de
"lavadero", no de "landa"). Nuestro brillante conjurado
había oído decir que el tal Joe Lavender coleccionaba las fotografías de tipo
artístico que en francés se llaman ombrioles.
No le habían dicho exactamente qué eran y se las sacó de la cabeza como si
fueran "pantallas de lámparas adornadas con paisajes". Su estúpido
plan consistía en presentarse como agente de un vendedor de objetos de arte de
Estrasburgo y luego, mientras bebía con Lavender y su invitado, tratar de
obtener datos sobre el lugar donde podía estar el Rey. No había tenido presente
el hecho de que Donald Odón, con su sentido absoluto de esas cosas, deduciría
en seguida, con sólo ver la forma en que Gradus mostraba la palma vacía antes
de estrechar la mano, o se inclinaba ligeramente después de cada trago y otras
maneras de conducirse (que el mismo Gradus no percibía en los demás, pero que
había aprendido de ellos) que, cualquiera que fuese su lugar de nacimiento,
seguramente había vivido mucho tiempo en un medio zemblano de clase baja y por
lo tanto era un espía o algo peor. Gradus tampoco sabía que las ombrioles que Lavender coleccionaba (y
estoy seguro de que a Joe no le importará esta indiscreción) combinaban una
belleza exquisita con una extrema indecencia en los temas: desnudeces
confundidas entre higueras, ardores de dimensiones extraordinarias, nalgas
suavemente sombreadas y también pequeños toques de encanto femenino.
Desde su hotel, en Ginebra, Gradus había
tratado de hablar por teléfono con Lavender, pero le dijeron que no se podía
antes de mediodía. A mediodía Gradus estaba ya en camino y volvió a telefonear,
esta vez desde Montreux. Lavender había dejado un mensaje: si el Sr. Degré
quería ir a la hora del té. Almorzó en un café a orillas del lago, dio un
pequeño paseo, preguntó el precio de una jirafita de cristal en una tienda de souvenirs, compró un periódico, lo leyó
en un banco y después se puso en camino. En las cercanías de Lex se perdió en
los senderos escarpados y tortuosos. Deteniéndose debajo de una viña, en la
entrada ruinosa de una casa sin terminar, tres índices de tres albañiles le
señalaron el techo rojo de la villa de Lavender en lo alto de una pendiente
verde, del otro lado del camino. Decidió abandonar el coche y subir los
peldaños de piedra de lo que parecía un atajo fácil. Mientras subía por el
camino entre paredes, con los ojos clavados en un álamo que tan pronto ocultaba
el techo rojo en lo alto de la cuesta, tan pronto lo descubría, el sol encontró
un punto débil en las nubes de lluvia y de pronto un agujero azul que las
atravesó irregularmente se rodeó de un círculo radiante. Sintió el peso y el
olor de su nuevo traje marrón comprado en una tienda de Copenhague y arrugado
ya. Sofocado, consultando el reloj pulsera y abanicándose con el sombrero
blando, igualmente nuevo, llegó por fin a la continuación transversal del
camino serpenteante que había dejado abajo. La cruzó, pasó por un portillo, se
metió en la curva de un sendero de grava y se encontró delante de la villa de
Lavender. Su nombre, Libitina, estaba escrito en letras cursivas sobre una de
las ventanas con barras del lado norte; las letras eran de alambre negro y los
puntos de las tres íes hábilmente imitados con la cabeza alquitranada de un
clavo envuelto en tiza y plantado en la fachada blanca. Este sistema y los
barrotes de las ventanas de la fachada norte, Gradus los había observado ya en
las villas suizas, pero su inmunidad a las alusiones clásicas le privaba del
placer que hubiera sentido ante ese tributo que la macabra jovialidad de
Lavender había pagado a la diosa romana de los cadáveres y las tumbas. Otra
cosa atrajo su atención: desde una ventana de ángulo salían los sonidos de un
piano, un tumulto de música vigorosa que por alguna razón extraña, como me
diría después, le sugirió una posibilidad que no había previsto y que le hizo
llevar rápidamente la mano al bolsillo del revólver como si se preparara para
encontrar, no a Lavender ni a Odón, sino a ese talentoso autor de himnos,
Charles el Bienamado. La música cesó cuando Gradus, confundido por la forma
fantasiosa de la casa, vaciló delante de una galería de vidrios. Un anciano
lacayo de verde apareció por una puerta lateral verde y lo condujo a otra
entrada. Fingiendo cierta desenvoltura que una repetición laboriosa no
mejoraba, Gradus le preguntó, primero en un francés mediocre, después en un
inglés peor y por último en buen alemán, si había muchos huéspedes en la casa;
pero el hombre se limitó a sonreír e inclinándose, lo introdujo en la sala de
música. El músico había desaparecido. Una vibración de harpa aún salía del
piano de cola sobre el cual descansaba un par de sandalias dé playa como al
borde de un estanque de nenúfares. De un asiento bajo la ventana una mujer
flaca, toda centellante de azabache, se levantó penosamente y se presentó como
la gobernanta del sobrino del Sr. Lavender. Gradus mencionó su ansia por ver la
sensacional colección de Lavender: esto definía muy justamente las imágenes de
las escenas de amor en los vergeles, pero la gobernanta (a quien el Rey siempre
había llamado, con gran placer de ella, Mademoiselle Belle en lugar de
Mademoiselle Baud) se apresuró a confesar su total ignorancia de las aficiones
y los tesoros de su patrón y sugirió al visitante que echara un vistazo al
jardín: —Gordon le mostrará sus flores favoritas —dijo y llamó al cuarto
vecino—: ¡Gordon! —Más bien de mala gana apareció un muchacho esbelto pero de
aspecto robusto, de unos catorce o quince años, que el sol había teñido de un
tono melocotón. Ño llevaba nada encima salvo un paño de piel de leopardo
alrededor de los ríñones. El pelo muy corto era ligeramente más claro que la
piel. En su encantador rostro bestial había una expresión a la vez sombría y
astuta. Nuestro inquieto conjurado no registró ninguno de esos detalles y se
limitó a experimentar una impresión general de indecencia. —Gordon es un
prodigio musical —dijo la Srta. Baud y el muchacho hizo una mueca de
desagrado—. Gordon, ¿quiere mostrarle el jardín a este señor? —El muchacho
asintió, añadiendo que se pegaría un remojón si nadie tenía inconveniente. Se
puso las sandalias y mostró el camino. La extraña pareja avanzó entre la luz y
la sombra: el gracioso muchacho con guirnaldas de hiedra alrededor de la
cintura y el lamentable asesino con su barato traje marrón y un diario doblado
que le salía del bolsillo izquierdo de la chaqueta.
—Esta es la gruta —dijo Gordon—. Una vez pasé
la noche aquí con un amigo. —Gradus echó una mirada indiferente al antro
musgoso donde se podía percibir un colchón neumático con una mancha oscura en
el nylon naranja. El muchacho pegó unos labios ávidos a un caño de agua de
manantial y se secó las manos húmedas en los pantalones de baño negros. Gradus
consultó su reloj. Siguieron caminando.— Todavía no ha visto nada —dijo Gordon.
Aunque la casa poseía por lo menos media
docena de retretes, el Sr. Lavender en querido recuerdo de la granja de su
abuelo en Delaware, había instalado uno rústico debajo del álamo más alto de su
espléndido jardín, y para los invitados selectos, cuyo sentido del humor lo
permitía, descolgaba de la vecindad confortable de la chimenea de la sala de
billar, un almohadón en forma de corazón, muy bien bordado, que uno podía
llevarse al trono.
La puerta estaba abierta, y en la superficie
interna la mano de un niño había garabateado con carbón: El Rey estuvo aquí.
—Es una linda tarjeta de visita —dijo Gradus
con risa forzada—. Dicho sea de paso, ¿dónde está ese rey?
—Quién sabe —dijo el muchacho golpeándose los
flancos cubiertos por shorts de tenis blancos—, eso fue el año pasado. Creo que
se iba a la Costa Azur, pero no estoy seguro.
El querido Gordon mentía, lo cual estaba bien
de su parte. Sabía perfectamente que su gran amigo ya no estaba en Europa; pero
el querido Gordon no hubiera debido referirse a esa historia de la Riviera que
resultaba ser cierta y cuya mención hizo que Gradus, enterado de que la Reina
Disa tenía allí un palacio, se golpeara mentalmente la frente.
Ahora habían llegado a la piscina. Gradus,
sumido en profundos pensamientos, se sentó en un asiento de lona. Debería
telegrafiar en seguida al cuartel general. Era innecesario prolongar esta
visita. Por otra parte, una partida repentina podía parecer sospechosa. El
asiento crujió bajo su peso y buscó con la mirada otro. El joven silvano había
cerrado los ojos y estaba tendido boca arriba en el borde de mármol de la
piscina; su taparrabos de Tarzán estaba a un costado, en el césped. Gradus
escupió disgustado y volvió hacia la casa. Al mismo tiempo el anciano lacayo
bajó corriendo los peldaños de la terraza para decirle en tres lenguas que lo
llamaban por teléfono. El Sr. Lavender no podía venir, finalmente, pero
quisiera hablar con el Sr. Degré. Después de un intercambio de cortesías hubo
una pausa y Lavender preguntó: —¿Seguro que usted no es uno de esos asquerosos
espías del papelucho francés?
—¿Un what?
—dijo Gradus, pronunciando la última palabra como "vot".
—Un espía asqueroso hijo de puta.
Gradus colgó.
Volvió a su coche y trepó un poco más por la
ladera de la colina. Desde el mismo lugar del camino, en un día brumoso y
luminoso de setiembre, mientras la diagonal del primer filamento de plata
atravesaba el espacio entre dos balaustradas, el Rey había observado las
arrugas centelleantes del lago de Ginebra y había notado su respuesta
antifonal, el resplandor de los espantapájaros de papel metálico en las viñas
de la colina. Gradus, mientras estaba allí, de pie, mirando de mal humor las
tejas rojas de la villa de Lavender acurrucada entre sus árboles protectores,
podía distinguir una parte del jardín y un sector de la piscina, e incluso
divisar un par de sandalias en el borde de mármol, todo lo que quedaba de
Narciso. Es probable que se preguntara si no haría mejor en quedarse un rato
más para asegurarse de que no le habían tomado el pelo. Desde lejos subían los
golpes y tintineos de un lejano trabajo de albañilería, y un tren pasó de
pronto entre los jardines, y una mariposa heráldica volant en arrière, arena y gules, atravesó el parapeto de piedra, y
John Shade tomó una ficha nueva.
Verso 413: Llegó una ninfa haciendo piruetas
En el borrador hay una variante más ligera y
más musical:
413 Una ninfeta hacía piruetas
Versos 417-421: Subí al primero, etc.
El borrador nos da una variante interesante:
417 Subí volando al primer cuac de jazz
y
leí unas galeradas: "Versos como
'Miren bailar al mendigo ciego, cantar al
tullido,
el borracho un héroe, el loco un rey',
apestan a su época sin corazón." Después
tu llamada
Esto viene, evidentemente, del Ensayo sobre el hombre, de Pope. No se
sabe de qué sorprenderse más: si de Pope, que no encuentra monosílabo para
reemplazar hero (por ej. por man) a. fin de poder poner el artículo definido
delante de la palabra siguiente (a
lunatic a king en lugar de lunatic a
king), o Shade sustituyendo un pasaje admirable por un texto final mucho
más chato. ¿O tenía miedo de ofender a un auténtico rey? En estos últimos
tiempos, reflexionando, nunca he podido retrospectivamente verificar si
realmente había "adivinado mi secreto", como dijo una vez (véase nota
al verso 991).
Versos 425-426: justo detrás (un solo paso
viscoso) de Frost
Referencia, naturalmente, a Robert Frost
(nacido en 1874). El verso despliega una de esas combinaciones de retruécanos y
metáforas en las que brilla nuestro poeta. En las hojas de temperatura de la
poesía, lo alto es lo bajo y lo bajo es lo alto, de modo que el grado en que se
obtiene la perfecta cristalización está por encima de la tibia facilidad. Es lo
que nuestro modesto poeta dice, en efecto, acerca de la atmósfera de su propia
fama.
Frost es el autor de uno de los más grandes
poemas cortos de la lengua inglesa, un poema que todos los niños
norteamericanos saben de memoria, acerca de los bosques invernales, y el
crepúsculo desolado, y las dulces reconvenciones de los cencerros del caballo
en el aire que se oscurece, y el final prodigioso y conmovedor, los dos últimos
versos idénticos en cada sílaba, pero uno personal y físico y el otro
metafísico y universal. No me atrevo a citarlos de memoria por temor de
desplazar una de esas preciosas palabritas.
A
pesar de la excelencia de sus dones, John Shade nunca podía conseguir que sus
copos de nieve se posaran así.
Versos 431-432: noche de marzo... donde desde
muy lejos los faros crecían
Obsérvese con qué delicadeza el tema de la
televisión llega a fundirse en este lugar con el tema de la muchacha (véase
verso 440, más faros en la bruma...)
Versos 433-434: mar, que habíamos visitado en
el treinta y tres
En 1933 el Príncipe Charles tenía dieciocho
años y Disa, Duquesa de Payn, quince. Se alude a Niza (véase también el verso
240) donde los Shade pasaron la primera parte de ese año; pero aquí, como
ocurre con tantas facetas fascinantes de la vida pasada de mi amigo, tampoco
estoy en posesión de los detalles (¿quién tiene la culpa, querida S.S.?), ni en
condiciones de decir si en el curso de posibles excursiones a lo largo de la
costa, llegaron o no alguna vez al Cap Ture y entrevieron desde un sendero
bordeado de laurel rosa, habitualmente abierto a los turistas, la villa
italiana construida por el abuelo de la Reina Disa en 1908, y llamada entonces
Villa Paradiso o, en zemblano, Villa Paradisa, dejando caer más tarde la
primera parte del nombre en honor de su nieta favorita. Allí pasó los primeros
quince veranos de su vida; allí volvió en 1953, "por razones de
salud" (como se hizo creer a la nación) pero en realidad, como reina
desterrada; y allí vive todavía.
Cuando la revolución zemblana estalló (el 1o
de mayo de 1958), ella escribió al Rey una carta delirante en un inglés de
gobernanta, instándole a que fuera y se quedara con ella hasta que se aclarase
la situación. La carta fue interceptada por la policía de Onhava, traducida a
un zemblano elemental por un hindú miembro del partido extremista, y luego
leída en voz alta al cautivo real por el absurdo comandante de palacio, con una
voz presuntamente irónica. Ocurrió que en esa carta había una —gracias a Dios, sólo
una— frase sentimental: "Quiero que sepa que por mucho que quiera herirme,
no llegará a herir mi amor", y de esta frase (pasada de vuelta del
zemblano al inglés), resultaba la siguiente: "Yo lo deseo y lo amo cuando
usted me azota". El Rey interrumpió al comandante, le llamó bufón y
bellaco, e insultó a todos los que lo rodeaban con tanta violencia que los
extremistas tuvieron que decidir rápidamente si lo fusilaban en seguida o le
daban el original de la carta.
En alguna ocasión él consiguió hacerle saber
que estaba prisionero en el palacio. La valiente Disa se apresuró a abandonar
la Riviera e hizo un intento romántico, pero afortunadamente ineficaz, de
volver a Zembla. De habérsele permitido aterrizar, habría sido inmediatamente
encarcelada, lo cual hubiera repercutido en la fuga del Rey, duplicando las
dificultades de su evasión. Un mensaje de los carlistas conteniendo estas
simples consideraciones detuvo en Estocolmo a la Reina que voló de nuevo a su
pértiga en un estado de frustración y de furor (sobre todo, creo, porque el
mensaje le había sido entregado por un primo de ella, el viejo Curdy Buff, al
que detestaba). Pasaron varias semanas y su agitación era cada vez más grande
debido a los rumores de que su esposo podía ser condenado a muerte. Abandonó de
nuevo Cap Ture. Había viajado a Bruselas y alquilado un avión para volar al
norte, cuando llegó otro mensaje, esta vez de Odón, diciendo que el Rey y él
estaban fuera de Zembla y que debía volver tranquilamente a Villa Disa y
esperar allí otras noticias. En el otoño del mismo año, Lavender le informó que
un hombre que representaba a su esposo iría a discutir con ella ciertas
cuestiones de interés relacionadas con los bienes indivisos que ella y su
esposo poseían en el extranjero. La Reina estaba escribiendo en la terraza,
debajo del Jacaranda, una carta desconsolada a Lavender, cuando el alto
visitante rapado y barbudo con el ramo de flores-de-los-dioses que la había
estado observando desde lejos, se adelantó a través de las guirnaldas de
sombras. Ella levantó la mirada y naturalmente, ni las gafas negras ni el
maquillaje la engañaron un instante.
Desde que Disa había abandonado
definitivamente Zembla, el Rey la había visitado dos veces, la última dos años
antes, y durante aquel lapso, su belleza morena de piel pálida había adquirido
un brillo nuevo, maduro y melancólico. En Zembla, donde casi todas las mujeres
son rubias pecosas, tenemos un dicho: welwij
ivurkumpf wid sneiv ebanumf, "una bella mujer debe ser como una rosa
de los vientos de marfil, con cuatro partes de ébano". Y este era el
bonito plan que la naturaleza había seguido en el caso de Disa. Había algo más,
algo que yo sólo comprendería al leer Pálido
Fuego, o más bien al releerlo, después que la primera niebla amarga y
caliente del desengaño se hubo disipado de mis ojos. Estoy pensando en los
versos 261-267 en que Shade describe a su mujer. En el momento en que él
pintaba este retrato poético, la modelo tenía dos veces la edad de la Reina
Disa. No quisiera ser vulgar al referirme a estas cuestiones delicadas, pero es
un hecho que el viejo Shade, sexagenario, presta a su bien conservada contemporánea
el aspecto etéreo y eterno que guardaba o debería guardar, en el bueno y noble
corazón de su marido. Pero lo curioso en todo esto es que Disa a los treinta
años, la última vez que la vi en setiembre de 1958, tenía un singular parecido,
no, claro, con la Sra. Shade tal como era cuando la conocí, sino con el retrato
idealizado y estilizado que traza el poeta en esos versos de Pálido fuego. En realidad estaba
idealizado y estilizado sólo con respecto a la mujer de más edad; con respecto
a la Reina Disa, tal como era aquella tardp en aquella terraza azul, el
parecido sin retoques era evidente. Espero que el lector apreciará la rareza de
esto, porque en caso contrario no tendría ningún sentido escribir poemas, ni
comentarios a los poemas, ni absolutamente nada.
Disa parecía también más tranquila que antes;
era más dueña de sí misma. En los encuentros anteriores y durante toda su vida
conyugal en Zembla, había habido, de parte de ella, terribles estallidos de
cólera. Cuando, en los primeros años de matrimonio, él quiso hacer frente a
esos arrebatos y explosiones, tratando de hacerle adoptar un criterio racional
ante su infortunio, el Rey los consideró muy desagradables; pero poco a poco
aprendió a aprovecharlos y a alegrarse de ellos pues le daban la oportunidad de
librarse de la presencia de la Reina durante prolongados períodos, no
llamándola después de una serie de puertas golpeadas cada vez más lejos, o
abandonando él mismo al palacio para refugiarse en algún escondrijo rural.
Al comienzo de su calamitoso matrimonio el Rey
hizo todos los esfuerzos posibles por poseerla, pero sin resultado. Le informó
que nunca había hecho el amor (lo cual era absolutamente cierto en la medida en
que el objeto implicado no podía significar para ella más que una sola cosa),
tras de lo cual había tenido que soportar el ridículo de ver que la
complaciente pureza de Disa adoptaba involuntariamente las maneras de una
cortesana con un cliente demasiado joven o demasiado viejo; él le dijo algo en
ese sentido (sobre todo para acabar con el suplicio) y Disa hizo una escena
atroz. Se atiborró de afrodisíacos, pero los caracteres anteriores del
infortunado sexo de la Reina fatalmente lo rechazaban. Una noche en que
habiendo probado una tisana de tigridia, sus esperanzas culminaban, cometió el
error de pedirle que aceptara un expediente que ella cometió el error de
denunciar por repugnante y contra natura. Por último él le dijo que un viejo
accidente de caballo lo incapacitaba, pero que un crucero con sus amigos y una
buena cantidad de baños de mar seguramente le devolverían el vigor.
La Reina había perdido recientemente a su
padre y a su madre y no tenía un verdadero amigo a quien pedir explicaciones y
consejos cuando le llegaron los inevitables rumores; rumores que era demasiado
orgullosa para discutir con sus damas de compañía, pero leyó libros, lo
descubrió todo acerca de las viriles costumbres de Zembla, y ocultó su ingenua
aflicción bajo un gran despliegue de sofisticación sarcástica. Él la felicitó
por su actitud, jurando solemnemente que había abandonado o por lo menos que
abandonaría las prácticas de su juventud; pero en todas partes, a lo largo de
su camino, seguían firmes las poderosas tentaciones. Sucumbió a ellas de vez en
cuando, después cada día, luego varias veces por día, especialmente durante el
robusto régimen de Harfar, barón de Shalksbore, un joven bruto fenomenalmente
dotado (cuyo apellido, knave's farm,
es decir, granja del servidor, es una derivación muy probable de Shakespeare).
Curdy Buff o Coeur de Boeuf —sobrenombre que daban a Harfar sus admiradores—
tenía una enorme escolta de acróbatas y jinetes en pelo, y la cosa se le escapó
de las manos, tanto que Disa, al volver inesperadamente de un viaje a Suecia,
encontró el palacio transformado en un circo. Lo prometió de nuevo, volvió a
caer y a pesar de la mayor discreción, ló pescaron de nuevo. Disa terminó por
trasladarse a la Riviera dejando que se divirtiera con una banda de mariquitas
importados de Inglaterra con sus cuellos de Eton y dulces voces.
¿Qué habían sido, en el fondo, los
sentimientos que le inspirara Disa? Amistosa indiferencia y respeto glacial. Ni
en el primer florecimiento de su matrimonio había sentido alguna ternura o
excitación. De compasión, de pena, ni hablar. Era, había sido siempre,
indiferente y sin corazón. Pero el corazón de su ser soñador, tanto antes como
después de la ruptura, pidió extraordinarias disculpas.
Soñaba con Disa más a menudo, y con una
emoción incomparablemente más grande de lo que sus sentimientos exteriores
permitían esperar; estos sueños aparecían cuando menos pensaba en ella y
preocupaciones que no tenían relación alguna con la Reina asumían su imagen en
el mundo subliminal como en un cuento para niños una batalla o una reforma se
convierten en un pájaro maravilloso. Estos sueños desgarradores transformaban
la prosa opaca de sus sentimientos por ella en una fuerte y extraña poesía
cuyas ondas subsiguientes lo iluminaban y lo perturbaban durante el día,
devolviendo la angustia y la riqueza, y luego solamente la angustia y después
sólo su reflejo pasajero, pero sin afectar en nada su actitud hacia la Disa
real.
Su imagen, cuando aparecía una y otra vez en
su sueño, levantándose, temerosa, de un sofá lejano o yendo en busca de un
mensajero que, decían, acababa de pasar entre las colgaduras, tenía en cuenta
los cambios de la moda; pero la Disa que usaba el vestido que él le había visto
el verano de la explosión de la Fábrica de Vidrio, o el último domingo, o en
alguna otra antecámara del tiempo, seguía siendo para siempre como era el día
en que por primera vez él le había dicho que no la quería. Aquello había ocurrido
durante un viaje sin esperanza a Italia, en el jardín de un hotel al borde de
un lago —rosas; negras araucarias; verdosas, herrumbradas hortensias—, una
tarde sin nubes con las montañas de la orilla lejana nadando en la bruma del
poniente, y el lago color jarabe de melocotón regularmente estriado de azul
pálido, y los titulares de un periódico tendido en el fondo barroso cerca de la
orilla pedregosa, perfectamente legibles a través de la delgada capa de fango
diáfano, y porque al oírlo, Disa se había dejado caer en el césped en una
posición imposible, examinando una brizna de hierba con el entrecejo fruncido,
él inmediatamente se retractó; pero el choque había rajado fatalmente el espejo
y después, en sus sueños, la imagen de ella quedó infectada por el recuerdo de
esta confesión como por alguna enfermedad o las consecuencias secretas de una
operación quirúrgica demasiado íntima para ser mencionada.
La esencia, más que la verdadera intriga del
sueño, era una constante refutación del hecho de que no la quería. Su
amor-sueño por ella superaba en emoción, en pasión espiritual y en hondura todo
lo que había sentido en su existencia real. Su amor era como un interminable
retorcerse de manos, como el tanteo del alma a través de un infinito laberinto
de desesperanza y remordimiento. Eran, en cierto sentido, sueños enamorados,
porque estaban impregnados de ternura, del deseo de hundir su cabeza en el
regazo de ella y de borrar con sollozos el monstruoso pasado. Desbordaban de la
horrible conciencia de que Disa era tan joven y tan indefensa. Eran más puros
que su vida. El aura carnal que había en ellos no venía de Disa sino de
aquellos con quienes la traicionaba —Phrynia con su barbilla mal afeitada, la
preciosura de Timandra con aquel palo debajo del mandil— y aun así la escoria
sexual permanecía en alguna parte muy por encima del tesoro sumergido y no
tenía mayor importancia. Le sucedía ver cómo se acercaba a Disa un vago
pariente tan lejano que prácticamente no tenía rasgos. Ella escondía
rápidamente algo y le tendía la mano arqueada para que se la besara. Él sabía
que Disa acababa de encontrar un objeto revelador —una bota de montar en la
cama— que probaba, sin la menor duda, la infidelidad de su marido. El sudor
perlaba su frente pálida, desnuda, pero tenía que escuchar la charla de un
visitante casual o dirigir los movimientos de un obrero que meneaba la cabeza y
miraba hacia arriba llevando una escalera hasta la ventana rota. Uno podía
soportar —un soñador fuerte, despiadado podía soportar— la idea de la pena y
del orgullo de Disa, pero nadie podría soportar la vista de su sonrisa
automática cuando pasaba de la tortura del descubrimiento a las corteses trivialidades
que se esperaban de ella. Disa podía anular una iluminación, o discutir sobre
camas de hospital con la jefa de enfermeras, o simplemente ordenar el desayuno
para dos en la gruta marina y a través de la simplicidad cotidiana de la
charla, a través del juego de gestos encantadores con los que siempre
acompañaba ciertas frases hechas, el soñador gemebundo percibía la zozobra de
su alma y sabía que había sufrido un odioso, inmerecido y humillante desastre,
y que sólo las obligaciones del protocolo y sin inflexible bondad hacia un
tercero inocente le daban fuerzas para sonreír. Cuando se veía la luz en su
rostro, se adivinaba que se apagaría un instante después para ser sustituida
—en cuanto se marchara el visitante— por aquel intolerable fruncimiento de
cejas que el soñador no podría olvidar nunca. Él la ayudaba entonces a ponerse
de pie en aquel mismo jardín a orillas del lago, con fragmentos del lago
incrustados entre espacios que separaban los balaustres, y caminaban los dos
juntos por un sendero anónimo, y él sentía que Disa lo miraba con una leve
sonrisa, pero cuando él se obligaba a hacer frente a ese reflejo interrogador,
ella ya no estaba. Todo había cambiado, todo el mundo era feliz. Y él tenía que
encontrarla en seguida, absolutamente, para decirle que la adoraba, pero el
numeroso público que tenía delante lo separaba de la puerta, y las notas que le
llegaban a través de una sucesión de manos le decían que Disa no estaba
visible; que inauguraba un incendio; que se había casado con un hombre de negocios
norteamericano; que se había convertido en personaje de una novela; que estaba
muerta.
Esos escrúpulos no lo perturbaban ahora que
estaba sentado en la terraza de la villa de Disa y le contaba su afortunada
evasión del Palacio. Ella disfrutó con su descripción de la unión subterránea
con el teatro y trató de representarse la feliz recorrida por las montañas;
pero la parte relacionada con Garh le desagradó como si, paradójicamente,
hubiera preferido que él se hubiese entregado a un momento de sano
esparcimiento con la mocetona. Le dijo secamente que se saltara esos
interludios, y él le hizo una pequeña reverencia cómica. Pero cuando empezó a
discutir la situación política (dos generales soviéticos acababan de ser
designados consejeros militares del gobierno extremista), una expresión vacía
que le era familiar apareció en sus ojos. Ahora que había salido sano y salvo
del país, toda la masa azul de Zembla, desde el Cabo de Embla hasta la Bahía de
Emblema, podía hundirse en el mar, a ella no le importaba. Que él hubiera
perdido peso le preocupaba más que la pérdida de un reino. Preguntó al pasar por
las joyas de la corona; él ie reveló su desusado escondite, lo que le provocó
una alegra pueril que no había conocido desde hacía años y agos —Tengo algunos
asuntos de negocios que tratar —dijo el Rey—. Y hay papeles que usted debe
firmar. —Un teléfono trepaba en la glorieta entre las rosas. Una de sus
antiguas damas de honor, la lánguida y elegante Fleur de Fyler (de unos
cuarenta años ahora y marchita) siempre con perlas en el pelo ala de cuervo y
la tradicional mantilla blanca, trajo ciertos documentos del boudoir de Disa. Al oír la melodiosa voz
del Rey detrás de los laureles, Fleur la reconoció antes de dejarse engañar por
el excelente disfraz. Dos lacayos, dos jóvenes y apuestos extranjeros de
marcado tipo latino, aparecieron con el té y sorprendieron a Fleur en mitad de
una reverencia. Una brisa repentina se introdujo entre las glicinas.
Desfloradora de flores. Cuando Fleur se volvía junto a las orquídeas Disa, el Rey le preguntó si seguía
tocando la viola. Fleur sacudió la cabeza varias veces porque no quería hablar
sin dirigirse a él y no se atrevía a hacerlo mientras los criados pudieran
oírla.
Se quedaron de nuevo solos. Disa encontró
rápidamente los papeles que necesitaba. Cuando hubieron terminado, charlaron un
rato de cosas agradables y triviales, como la película basada en una leyenda
zemblana que Odón esperaba filmar en París o en Roma. ¿Cómo representaría, se
preguntaron, el narstran, recinto
infernal donde las almas de los asesinos eran torturadas bajo el rocío del
veneno del dragón que caía de la bóveda brumosa? En líneas generales, la
entrevista se desarrollaba de la manera más satisfactoria, aunque los dedos de
Disa temblaban un poco cuando su mano tocaba el brazo del sillón del Rey.
Cuidado.
—¿Cuáles son vuestros proyectos? —preguntó—.
¿Por qué no podéis quedaros aquí todo el tiempo que deseéis? Hacedió, os lo
ruego. Pronto me iré a Roma, tendréis toda la casa para vos solo. Pensad,
podéis alojar aquí hasta cuarenta invitados, cuarenta ladrones árabes.
(Influencia de las enormes ánforas de terracota del jardín.)
Respondió que iría a América en el curso del
mes próximo y que tenía que hacer en París al día siguiente.
¿Por qué América? ¿Qué tenía que hacer allá?
Enseñar. Analizar obras maestras de la
literatura con jóvenes brillantes y encantadores. Un gusto que ahora podía
permitirse.
—Y naturalmente, no sé —balbuceó Disa
apartando la mirada—, no sé, pero si no veis inconveniente, yo podría ir a
Nueva York, quiero decir, sólo una o dos semanas, y no este año sino el
próximo.
Él le elogió la chaqueta con lentejuelas de
plata. Disa insistió:
—¿Entonces? —Y vuestro peinado es muy
sentador. —¡Oh, qué importa —gimió Disa— qué importa, Dios mío! —Tengo que irme
—murmuró el Rey con una sonrisa y se puso de pie. —Besadme —dijo ella, y se
quedó un momento en sus brazos como una muñeca de trapo, flaccida y temblorosa.
Caminó hasta la verja. En el recodo del
sendero miró hacia atrás y vio a la distancia la figura blanca de Disa con la
gracia indiferente de una pena inefable inclinada sobre la mesa del jardín, y
de pronto se tendió un frágil puente entre la indiferencia de la vigilia y el
amor del sueño. Pero ella se movió y el Rey vio que no era Disa sino tan sólo
la pobre Fleur de Fyler que juntaba los documentos esparcidos entre las tazas
de té. (Véase la nota al verso 8o.)
Cuando en el curso de una caminata nocturna,
en mayo o junio de 1959, le ofrecí a Shade todo este maravilloso material, me
miró curiosamente y dijo:
—Todo eso está muy bien, Charles. Pero hay
sólo dos cuestiones. ¿Cómo sabe usted que todas esas cosas íntimas acerca de su
horrible rey son verdaderas? Y si son verdaderas, ¿cómo se puede confiar en
publicar esas cosas personales de gentes que posiblemente todavía viven?
—Mi querido John —le contesté suavemente y con
insistencia—, no se preocupe de esas tonterías. Una vez que usted lo transmute
en poesía, todo eso será cierto, y los personajes estarán vivos. La verdad
purificada del poeta no puede causar dolor ni ofensa. El arte verdadero está
por encima del falso honor.
—Claro, claro —dijo Shade—. Uno puede enjaezar
las palabras como se enjaezan a las pulgas amaestradas para que tiren de otras
pulgas. Claro.
—Y además —proseguí mientras bajábamos por el
camino para caer en un vasto atardecer—, en cuanto su poema esté listo, en
cuanto la gloria de Zembla se confunda con la gloria de sus versos, pienso
revelarle una última verdad, un secreto extraordinario que le dejará la
conciencia absolutamente tranquila.
Verso 469: su pistola
Mientras volvía a Ginebra, Gradus se
preguntaba cuándo podría usar esa pistola. La tarde era insoportablemente
calurosa. El lago se había cubierto de escamas de plata con algunos reflejos de
nubes tormentosas. Como muchos viejos vidrieros, podía deducir con bastante
exactitud la temperatura del agua por ciertos indicios de brillo y movimiento,
y ahora calculaba que estaría por lo menos a 23 grados. En cuanto llegó al
hotel, hizo un llamado de larga distancia a sus cuarteles generales. Resultó
una experiencia terrible. Suponiendo que llamaría menos la atención que un
lenguaje BIC (Behind the Iron Curtain,
detrás de la cortina de hierro), los conspiradores sostenían sus conversaciones
telef nicas en inglés, en inglés chapurrado, para ser exactos, con un solo
tiempo, sin artículos y con dos pronunciaciones, las dos falsas. Además, al
seguir el astuto sistema (inventado en el principal país del otro lado de la
cortina) de utilizar dos series diferentes de palabras clave —por ejemplo, el
cuartel general decía "bureau" por "rey" mientras que
Gradus decía "carta"—, aumentaba enormemente la dificultad de
comunicación. Cada lado finalmente había olvidado el sentido de ciertas frases
pertenecientes al vocabulario del otro, con el resultado de que sus
conversaciones enmarañadas y costosas combinaban las charadas con una carrera
de obstáculos en la oscuridad. El cuartel general creyó entender que se podrían
conseguir las cartas del Rey por las que se sabría dónde estaba, irrumpiendo en
Villa Disa y registrando el escritorio de la Reina; Gradus, que no había dicho
nada de eso, sino que simplemente había tratado de informar acerca de los
resultados de su visita a Lex, se llevó un disgusto al enterarse de que en
lugar de buscar al Rey en Niza, debía esperar en Ginebra un pedido de salmón en
lata. Pero algo quedó bien en claro: la próxima vez no debía telefonear, sino
telegrafiar o escribir.
Verso 470: negro
Hablábamos un día de prejuicios. Un poco
antes, almorzando en el club de profesores, el invitado del profesor H., un
decrépito profesor jubilado de Boston —a quien su huésped describía con
profundo respeto como "un auténtico patricio, un verdadero brahmán de
sangre azul" (el abuelo del brahmán vendía tiradores en Belfast)—, había
llegado a decir con toda naturalidad y afabilidad, aludiendo a los orígenes de
alguien no muy simpático, a quien acababan de contratar en la biblioteca del
College, "uno de la raza elegida, dicen" (dicho con un pequeño
resoplido de confortare fruición); tras de lo cual el profesor asistente Misha
Gordon, músico pelirrojo, replicó sin rodeos que "desde luego, Dios podía
elegir a su pueblo, pero el hombre debería elegir sus expresiones".
Mientras volvíamos, mi amigo y yo, a nuestros
castillos adyacentes, bajo esa especie de garúa de abril que en uno de sus
poemas líricos llama:
un rápido esbozo de la primavera,
Shade dijo que lo que más detestaba en la
tierra eran la vulgaridad y la brutalidad, y que la unión ideal de ambas se
encontraban en los prejuicios raciales. Dijo que, como hombre de letras, no
podía menos que preferir la expresión "Es un judío", a "Es un
israelita", y "Es un negro" a "Es un hombre de color";
pero añadió inmediatamente que esta manera de referirse a la vez a dos especies
de prejuicios era un buen ejemplo de asimilación descuidada o demagógica (muy
explotada por la gente de izquierda), puesto que suprimía la distinción entre
dos infiernos históricos: la persecución diabólica y las bárbaras tradiciones
de la esclavitud. Por otra parte (admitía) las lágrimas de todos los seres
humanos maltratados a través de la desesperanza de los tiempos eran
matemáticamente iguales; y quizá (pensaba) no era muy errado descubrir un
parecido de familia (contracción de las simiescas narinas, embotamiento
repugnante de la mirada) entre el linchador del país del jazmín y el antisemita
místico cuando se encuentran bajo el influjo de su obsesión favorita. Dije que
un joven negro a quien había tomado como jardinero (véase nota al verso 998)
—poco después de despedir a un inquilino inolvidable (véase el prólogo)— usaba
invariablemente la expresión "hombre de color". Como persona
habituada a manejar palabras viejas y nuevas (observó Shade), se oponía
enérgicamente a este epíteto no sólo porque se prestaba a error en el plano
artístico, sino también porque su sentido dependía demasiado de la aplicación y
de quien la aplicaba. Muchos negros competentes (admitió) consideraban que era
la única palabra digna, emocionalmente neutra y éticamente inofensiva; su
aprobación obligaba a los no negros decentes a seguir el ejemplo, y a los
poetas no les gusta que los obliguen a seguir; pero la gente bien educada adora
aceptar las cosas y ahora utiliza "hombre de color" en lugar de
"negro", como "nude"
en lugar de "naked" o
"transpiración" en lugar de "sudor"; aunque naturalmente
(concedió) puede ocurrir a veces que el poeta acoja con alegría el hoyuelo de
una grupa en un "nude"
(desnudo) o el debido perlado en "transpiración". También se lo ha
utilizado (continuó) como eufemismo burlón en una anécdota sobre negros cuando
el "caballero de color" dice o hace algo divertido (hermano
inesperado aquí del "caballero hebreo" de los cuentos Victorianos).
Yo no había comprendido muy bien su objeción artística a "color". Me la
explicó así: En las primeras obras científicas sobre flores, pájaros,
mariposas, etc., las figuras eran pintadas a mano por diligentes acuarelistas.
En las publicaciones defectuosas o prematuras las figuras de ciertas planchas
quedaban en blanco. La yuxtaposición de las palabras "un blanco" y
"un hombre de color" siempre recordaba a mi poeta, con tanta fuerza
como para suprimir el sentido aceptado, una de esas siluetas que uno tenía ganas
de llenar con los colores apropiados: el verde y el púrpura de una planta
exótica, el azul liso de un plumaje, la raya geranio de un ala festoneada.
"Además —dijo—, nosotros los blancos, no somos nada blancos, somos morados
al nacer, después rosá té y más tarde de toda clase de colores
repugnantes."
Verso 475: un guardián, el Padre Tiempo
El lector deberá observar que esta es una
bonita respuesta al verso 312.
Verso 490: Exe
Exe quiere decir evidentemente Exton, ciudad
industrial situada en la orilla sur del lago Omega. Tiene un museo de historia
natural bastante conocido, con cantidades de vitrinas llenas de pájaros
recogidos y montados por Samuel Shade.
Verso 493: que se quitó la pobre y joven vida.
La nota siguiente no es una apología del
suicidio; es la simple y sobria descripción de un estado espiritual.
Cuanto más lúcida e irresistible es la
creencia en la Providencia, mayor es la tentación de librarse de ella, de
terminar con toda esta historia de la vida, pero mayor también es el temor del
pecado terrible implícito en la autodestruc-ción. Consideremos primero la
tentación. Como se discute más a fondo en otra parte de este comentario (véase
la nota al verso 550), una concepción seria de cualquier forma de vida futura
presupone inevitable y necesariamente cierto grado de creencia en la
Providencia; y a la inversa, una profunda fe cristiana presupone cierta
creencia en algún tipo de supervivencia espiritual. La visión de esta
supervivencia no tiene por qué ser racional, es decir, no tiene por qué
presentar los rasgos precisos de la fantasía personal o la atmósfera general de
un parque oriental subtropical. En realidad a un buen cristiano zemblano se le
enseña que la verdadera fe no está para proporcionarle imágenes o mapas, sino
que debe conformarse con un cálido tufo de agradable anticipación. Para dar un
ejemplo corriente: la familia del pequeño Christopher se apresta a emigrar a
una colonia distante donde su padre ha obtenido un cargo vitalicio. El pequeño
Christopher, un niño frágil de nueve o diez años, confía enteramente (tan
enteramente, en realidad, que ni siquiera tiene conciencia de su confianza) en
sus padres en lo que se refiere a la partida, el viaje y la llegada. No puede
imaginar, ni siquiera lo intenta, los aspectos particulares del nuevo lugar que
le aguarda, pero está vaga y confortablemente convencido de que será aún mejor
que su casa solariega, con la gran encina y la montaña y su pony y el parque y
el establo, y Grimm, el viejo caballerizo que se las arregla para acariciarlo
cuando no hay nadie cerca.
Algo de esta simple confianza deberíamos tener
también nosotros. Cuando el ser está impregnado de esta bruma divina de
absoluta dependencia, no es de asombrar que se sopese en la palma de la mano
con una sonrisa soñadora el arma compacta en su estuche de cuero de Suecia,
apenas más grande que la llave de la verja de un castillo o el portamonedas de
un niño, no es asombroso que uno mire por encima del parapeto de un abismo
incitante.
Elijo estas imágenes un poco al azar. Son los
puristas los que sostienen que un caballero debe usar un par de pistolas, una
para cada sien, o un botkin desnudo
(obsérvese la correcta ortografía), y que las señoras deberían o bien tomar un
veneno mortal o ahogarse con la torpe Ofelia. Otros humanos más humildes han
preferido variadas formas de sofocación y poetas menores han intentado incluso
modos de evasión tan fantasiosos como abrirse las venas en la bañera cuadrúpeda
del cuarto de baño de una pensión llena de corrientes de aire. Todo esto es
inseguro y sucio. De las no muchas maneras de liberarse del cuerpo, la caída,
la caída, la caída es el método supremo, pero hay que elegir el apoyo o el
reborde con sumo cuidado para no hacer daño a nadie, ni a sí mismo ni a los
demás. Saltar desde lo alto de un puente no es recomendable aunque no se sepa
nadar, pues el viento y el agua abundan en contingencias extrañas y la tragedia
no debe culminar en un récord de zambullida o en la promoción de un agente de
policía. Si usted alquila una celda en el barquillo luminoso, habitación 1915 o
1959, en un gran hotel del barrio comercial cuya cima toca el polvo de los
astros y abre la ventana y despacito —sin caer ni saltar— rueda al exterior
como si quisiera tomar aire, siempre corre el riesgo de arrastrar con usted a
su propio infierno a un pacífico noctámbulo que ha salido a pasear a su perro;
en este sentido una habitación trasera sería más segura, sobre todo si da sobre
el techo de una vieja casa tenaz y normal, bien abajo, allá donde se puede
estar seguro de que el gato se esquivará a tiempo. Otro modo popular de
despegue es el pico de una montaña con una brusca caída de, digamos, unos 500
metros, pero hay que encontrarlo, porque le sorprendería ver qué fácil es
calcular mal el ángulo de desviación, ver una proyección oculta, una estúpida
arista que protubera para atraparlo, lo cual le haría rebotar en las malezas,
frustrado, destrozado e innecesariamente vivo. La caída ideal es desde un
avión, los músculos están flojos, el piloto desconcertado, el paracaídas en su
bolsa a un lado, rechazado, desdeñado —¡adiós, chutka! (pequeño paracaídas). Ahí baja, pero todo el tiempo uno se
siente suspendido, sostenido, mientras da el salto mortal en cámara lenta como
una paloma que tropieza, somnolienta, y tendido de espaldas en el edredón del
aire o volviéndose perezosamente para abrazar la almohada, gozando hasta último
momento de la vida suave, profunda, acolchada de muerte, con la verdura de la
tierra balanceándose ya arriba, ya abajo, y la voluptuosa crucifixión cuando se
tienden los brazos en la velocidad creciente, en el restallar que se acerca, y
luego la obliteración del amado cuerpo en el Seno del Señor. Si yo fuera poeta
escribiría seguramente una oda al dulce deseo de cerrar los ojos y rendirse
totalmente a la seguridad perfecta de la muerte deseada. En éxtasis uno
pregusta la vastedad del Abrazo Divino que enlaza el espíritu liberado, el baño
caliente de la disolución física, lo desconocido universal tragándose al
minúsculo desconocido que había sido la única parte real de nuestra
personalidad temporal.
Cuando el alma adora Al Que la guía a través
de la vida moral, cuando distingue Su signo en cada recodo del camino, pintado
en la roca y tallado en el tronco de un pino, cuando cada página del libro de
nuestro destino personal lleva Su filigrana, ¿cómo se puede dudar de que Él nos
preservará también durante toda la eternidad?
Así ¿quién podría impedir a alguien que opere
la transición? ¿Qué es lo que puede ayudarnos a resistir la intolerable
tentación? ¿Qué puede impedirnos de ceder al ardiente deseo de fundirnos con
Dios?
Nosotros, que cada día nos revolcamos en la
inmundicia, merecemos quizá que se nos perdone el único pecado que pone fin a
todos los pecados.
Verso 501: L'if
El tejo en francés. Es curioso que la palabra zemblana
para sauce llorón sea también "if"
(el tejo es tas).
Verso 502: la gran patata
Execrable juego de palabras, deliberadamente
puesto como epígrafe para destacar la falta de respeto por la Muerte. Recuerdo
de mis años de estudio las soi-disant
"últimas palabras" de Rabelais, entre otras frases brillantes de
algún manual de francés: Je m'en vais
chercher le grand peut-être.
Verso 502: I.P.H.
El buen gusto y la ley sobre los libelos me
impiden revelar el verdadero nombre del respetable instituto de alta filosofía
que nuestro poeta ridículiza con mucha fantasía en este canto. Sus últimas
iniciales, H.P., sugieren a los estudiantes la abreviatura Hi-Pi, y Shade
parodia netamente esto en sus combinaciones I.P.H. o If. El instituto está muy
pintorescamente situado en un estado del Sudoeste que debe permanecer anónimo
aquí.
Me veo también obligado a señalar que
desapruebo enérgicamente la irreverencia con que nuestro poeta trata, en este
canto, ciertos aspectos de la esperanza espiritual que sólo la religión puede
satisfacer (véase también la nota al verso 549).
Verso 549: Poniendo a los dioses en su lugar,
incluso al D. con mayúscula
Aquí está en efecto el meollo de la cuestión.
Y esto, creo, no sólo el instituto (véase verso 117) sino tampoco nuestro poeta
lo han comprendido. Para un cristiano, no hay Más Allá aceptable o imaginable
sin la participación de Dios en nuestro destino eterno, y esto implica a su vez
un condigno castigo por cada pecado, mortal o venial. Hay en mi pequeño diario
algunas notas relativas a una conversación que el poeta y yo sostuvimos el 23
de junio "en mi terraza, después de una partida de ajedrez, tablas".
La transcribo aquí únicamente porque arroja una luz fascinante sobre su actitud
con respecto al tema.
He mencionado —no recuerdo a propósito de qué—
ciertas diferencias entre mi Iglesia y la suya. Debe señalarse que la rama
zemblana del protestantismo tiene una relación bastante íntima con las Iglesias
"más altas" de la comunión anglicana, pero algunas magníficas
peculiaridades que le son propias. La Reforma en nuestro país fue encabezada
por un compositor de genio; nuestra liturgia está penetrada de rica música;
nuestros coros de niños son los más dulces del mundo. Sybil Shade procedía de
una familia católica, pero desde la infancia se creó, como me lo contó ella
misma, "una religión propia", lo cual suele ser sinónimo, en el mejor
de los casos, de una adhesión tibia a alguna secta semi-pagana o, en el peor de
los casos, de ateísmo indiferente. Había apartado a su marido no sólo de la
Iglesia Episcopal de sus padres, sino también de toda forma de culto
sacramental.
Empezamos a hablar de la nebulosidad que
caracteriza actualmente a la noción de "pecado", de su confusión con
la idea mucho más coloreada carnalmente de "crimen", y yo aludí
someramente a mis contactos de infancia con ciertos rjtos de nuestra Iglesia.
La confesión entre nosotros es auricular y se efectúa en un cubículo ricamente
ornamentado, el penitente está de pie, con una vela encendida en la mano, junto
al sacerdote sentado en una silla de respaldo alto que tiene casi la misma
forma que el sitial de coronación de un rey escocés. Yo, como niño bien educado
que era, siempre temía manchar la manga del sacerdote, de un morado oscuro, con
las lágrimas hirvientes de la cera que goteaban en mis nudillos, cubriéndolos
de costras finas, y me fascinaba la concavidad iluminada de su oreja que
parecía una caracola o una orquídea lustrosa, un receptáculo enroscado
demasiado amplio para depositar en él mis pecadillos.
SHADE : Los siete pecados capitales son
pecadillos, pero sin tres de ellos: el Orgullo, la Lujuria y la Pereza, quizá
nunca hubiese nacido la poesía.
KINBOTE: ¿ES justo basar las objeciones en una
terminología pasada de moda?
SHADE: Todas las religiones se basan en una
terminología pasada de moda.
KINBOTE: Lo que llamamos Pecado Original no
puede jamás pasar de moda.
SHADE: No sé nada. Cuando era chico, creía que
eso significaba que Caín mataba a Abel. Personalmente estoy con los viejos
tomadores de rapé: L'homme est né bon.
KINBOTE: Sin embargo la desobediencia de la
Voluntad Divina es una definición fundamental del Pecado.
SHADE: No puedo desobedecer a algo que no
conozco y cuya realidad tengo el derecho de negar.
KINBOTE: Vamos, vamos. ¿Negará usted también
que hay pecados?
SHADE : No puedo nombrar más que dos: el
asesinato y la provocación deliberada del sufrimiento.
KINBOTE: ¿Entonces un hombre que pasara su
vida en una soledad absoluta no podría ser un pecador?
SHADE: Podría torturar a los animales. Podría
envenenar los manantiales de su isla. Podría denunciar a un inocente en un
manifiesto póstumo.
KINBOTE: ¿Y entonces la contraseña es...?
SHADE: Piedad.
KINBOTE: ¿Pero quién la imbuyó en nosotros,
John? ¿Quién es el Juez de la vida y el Inventor de la muerte?
SHADE: La vida es una gran sorpresa. No veo
por qué la muerte no ha de ser otra mayor.
KINBOTE: Ahora lo he atrapado, John: en cuanto
negamos la existencia de una Inteligencia Superior que establece y administra
nuestros más allá individuales, estamos obligados a aceptar la noción
indeciblemente temible de un Azar que se extiende hasta la eternidad. Analice
la situación. A través de la eternidad nuestros pobres espectros están
expuestos a indecibles vicisitudes. No hay recurso, no hay consejo, no hay
sostén, no hay protección, no hay nada. El fantasma del pobre Kinbote, la
sombra del pobre Shade pueden haber errado, pueden haberse descarriado en
alguna parte —oh, por pura distracción, o simplemente por ignorar una regla
trivial en el absurdo juego de la naturaleza, si es que hay reglas.
SHADE: Hay reglas en los problemas de ajedrez:
prohibición de las soluciones duales, por ejemplo.
KINBOTE: YO pensaba en reglas diabólicas
susceptibles de ser infringidas por la otra parte en cuanto llegamos a
comprenderlas. Por eso la magia goética no siempre funciona. Los demonios en su
malicia prismática traicionan el acuerdo que existe entre nosotros y ellos, y
estamos una vez más en el caos del azar. Aunque atemperemos el Azar con la
Necesidad y admitamos un determinismo sin Dios, el mecanismo de la causa y el
efecto, para proporcionar a nuestras almas después de la muerte el dudoso
consuelo de la metastática, aún debemos tener en cuenta el accidente
individual, el milésimo y segundo accidente de la circulación de los que ha
planeado el Hades para el Día de la Independencia. No, no, si queremos ser
serios en cuanto al Más Allá no empecemos por degradarlo al nivel de un cuento
de ciencia ficción o de un caso tipo de espiritualismo. La idea de que un alma
se sumerja en la ilimitada y caótica vida futura sin una Providencia que la
dirija...
SHADE: Hay siempre una deidad psicopompa a la
vuelta de la esquina, ¿verdad?
KINBOTE: No de esa esquina, John. Sin la
Providencia el alma debe confiar en el polvo de su envoltura, en la experiencia
recogida en el curso de su reclusión corporal, y aferrarse puerilmente a
principios provincianos, a reglamentos municipales y a una personalidad
consistente sobre todo en las sombras de los barrotes de su propia prisión. Un
espíritu religioso no puede pensar ni un instante esa idea. Es tanto más
inteligente, aun desde el punto de vista de un orgulloso infiel, aceptar la
Presencia de Dios, primero una débil fosforescencia, una luz pálida en la
confusión de la vida corporal y después de ella un resplandor enceguecedor. Yo
también, mi querido John, fui asaltado en una época por dudas religiosas. La
Iglesia me ayudó a combatirlas. También me ayudó a no pedir demasiado, a no
pedir una imagen demasiado clara de lo que es inimaginable. San Agustín ha
dicho...
SHADE: ¿Por qué tienen que citarme siempre a
San Agustín?
KINBOTE: Como decía San Agustín: "Se
puede saber lo que Dios no es; no se puede saber lo que es". Yo creo saber
lo que no es: No es la desesperación, no es el terror, no es la tierra en la
garganta estertorosa, ni el zumbido negro qUe pasa de la nada a la nada en la
oreja. Sé también que el mundo no es un acontecimiento fortuito y que de algún
modo el Espíritu es un factor esencial en la creación del universo. Mientras
trato de encontrar un nombre apropiado para este Espíritu Universal o Causa
Primera o Absoluto o Naturaleza, propongo que el Nombre de Dios tenga la
prioridad.
Verso 550: desechos
Quiero decir algo sobre una nota anterior (al
verso 12). La conciencia y la erudición han debatido el problema y creo ahora
que los dos versos a que se refiere esa nota están falseados y teñidos por un
deseo secreto. Es la única vez, en la preparación de estos difíciles
comentarios, que me he detenido, en mi zozobra y mi decepción, al borde de la
falsificación. Debo pedir al lector que pase por alto esos dos versos (que,
mucho me temo, ni siquiera están bien medidos). Podría suprimirlos antes de la
publicación, pero eso me obligaría a rehacer toda la nota, o por lo menos una
buena parte, y no tengo tiempo que perder en esas estupideces.
Versos 557-558: Cómo reconocer en las
tinieblas, con un sobresalto, Terra la Bella, una bola de jaspe.
El dístico más bonito de este canto.
Verso 579: la otra
Lejos de mí la idea de insinuar la existencia
de alguna tra mujer en la vida de mi amigo. Desempeñó serenamente el papel del
marido ejemplar que le habían atribuido sus admiradores provincianos y tenía,
además, un miedo mortal de su mujer. Más de una vez detuve a los chismosos que
relacionaban su nombre con el de una de sus alumnas (véase el Prólogo).
Recientemente, algunos novelistas norteamericanos, en su mayoría miembros de un
Departamento Unido de Inglés que, en conjunto, debe estar más impregnado de talento
literario, fantasías freudianas e innoble lujuria heterosexual que el resto del
mundo, han llegado a agotar el tema; por lo tanto no puedo enfrentar el tedio
de presentar aquí a esa muchacha. De todos modos, apenas la conocí. Una noche
la invité con los Shade a una pequeña reunión con el propósito preciso de
refutar esos rumores; y esto me recuerda que debería decir algo sobre el
curioso ritual de las invitaciones y contrainvitaciones en la triste New Wye.
Después de consultar mi pequeño diario, veo
que durante los cinco meses de mi relación con los Shade, fui invitado a su
mesa exactamente tres veces. La iniciación se produjo el sábado 14 de marzo, en
que cené en casa de ellos con las siguientes personas: Nattochdag (a quien veía
todos los días en su despacho); el Profesor Gordon, del Departamento de Música
(que dominaba totalmente la conversación); el Jefe del Departamento de Ruso (un
pedante ridículo de quien cuanto menos se hable, mejor), y tres o cuatro
mujeres intercambiables, una de las cuales (la Sra. Gordon, creo) estaba
embarazada, y otra, una perfecta extranjera que me habló sin parar, o más bien
me llenó de palabras, de ocho a once, por obra de una desdichada distribución
de los asientos disponibles después de la comida. La segunda vez, un souper más restringido pero no por eso
más íntimo, el sábado 23 de mayo, estaban Milton Stone (un nuevo bibliotecario,
con quien Shade discutió hasta medianoche la clasificación de ciertas obras
relativas a nuestra Universidad); el bueno de Nattochdag (a quien seguía viendo
todos los días) y una francesa no desodorizada (que me trazó un cuadro completo
de la situación de la enseñanza de las lenguas en la Universidad de
California). La fecha de mi tercera y última comida en casa de los Shade no
figura en mi libreta, pero sé que fue una mañana de junio; yo había llevado un
hermoso plano del palacio del Rey, en Onhava, dibujado por mí, con toda clase
de sutilezas heráldicas, y un toque de pintura dorada que me costó bastante
conseguir, y me rogaron amablemente que me quedara para un almuerzo
improvisado. Debería añadir que a pesar de mis protestas, en ninguna de las
tres comidas se tuvieron en cuenta las limitaciones vegetarianas de mi dieta, y
me vi expuesto a materias animales en, o alrededor de, algunas legumbres
contaminadas que hubiera podido dignarme gustar. Me tomé un desquite bastante
franco. De la docena de invitaciones que les hice, los Shade aceptaron sólo
tres. Cada una de esas comidas fue elaborada en tomo a una legumbre que sometí
a tantas metamorfosis exquisitas como las que Parmentier hizo sufrir a su
tubérculo favorito. Cada vez tenía un invitado suplementario para entretener a
la Sra. Shade (que, naturalmente —dicho sea afinando la voz para darle un tono
femenino— era alérgica a las alcachofas, los aguacates y las almendras
africanas, es decir, a todo lo que empezaba con a). No conozco nada mejor para
cortar el apetito que sentar únicamente a personas viejas alrededor de una
mesa, manchando con los restos de maquillaje la servilleta y tratando
subrepticiamente, detrás de una sonrisa anodina, de desalojar la cuña punzante
de un grano de frambuesa incrustado entre las encías y los dientes postizos. De
modo que invitaba a jóvenes estudiantes: la primera vez al hijo de un padishah;
la segunda vez, a mi jardinero; y la tercera vez a esa muchacha de medias
negras, de larga cara blanca y párpados pintados de verde vampiro; pero llegó
muy tarde, y los Shade se fueron muy temprano, en realidad dudo de que la confrontación
haya durado más de diez minutos, tras de lo cual tuve la tarea de entretener a
la muchacha pasando discos hasta una hora tardía en que finalmente telefoneó a
alguien para que la acompañara a un "boliche" de Dulwich.
Verso 584: a la madre y al hijo
Es ist die Mutter mit ihrem Kind (véase nota
al verso 664).
Verso 58: señala los charcos en su cuarto del
subsuelo
Todos conocemos esos sueños en que se infiltra
algo de estigio y en que el Leteo gotea en el tono lúgubre de una cañería
defectuosa. Después de este verso hay un falso comienzo conservado en borrador,
y espero que el lector sentirá algo del estremecimiento frío que corrió por mi
larga y flexible columna vertebral, cuando descubrí esta variante:
¿El asesino muerto debería tratar de abrazar
a
su ultrajada víctima a la que ahora debe enfrentar?
¿Tienen un alma los objetos? ¿O han de morir
como los grandes templos y el polvo de Tanagra
dormido?
La última sílaba de "Tanagra" y las
dos primeras letras! de dormido forman otra versión del nombre del asesino cuyo
shargar (fantasma enfermizo) pronto
había de enfrentarse con el radiante espíritu de nuestro poeta. "¡Simple
casualidad!" exclamará el lector prosaico. Pero dejemos que intente ver,
como yo lo hice, cuántas de esas combinaciones son posibles y plausibles.
"¿Leningrado usurpó Petrogrado?"
Esta variante es tan prodigiosa que sólo la
disciplina de la erudición y una consideración escrupulosa por la verdad me
impiden insertarla aquí y hacer desaparecer en otra parte cuatro versos (por
ejemplo los flojos versos 627 a 630) para preservar la longitud del poema.
Shade compuso estos versos el martes 14 de
julio. ¿Qué hacía Gradus ese día? Nada. El destino combinatorio descansa sobre
sus laureles. Lo vimos por última vez el atardecer del 10 de julio, cuando
volvía de Lex a su hotel de Ginebra, y allí lo dejamos.
Gradus pasó los cuatro días siguientes
haciéndose mala sangre en Ginebra. La paradoja divertida con estos hombres de
acción es que tienen que soportar constantemente largos períodos de ociosidad
que son incapaces de llenar con nada, privados como están de los recursos de un
espíritu intrépido. Como mucha gente de poca cultura, Gradus era un lector
voraz de periódicos, folletos, impresos y de esa literatura poliglota que
acompaña las gotas nasales y las píldoras digestivas; pero esto resumía sus
concesiones a la curiosidad intelectual, y como su vista no era demasiado buena
y el consumo posible de noticias locales bastante limitado, tenía que confiar
en gran medida en el letargo de las terrazas de los cafés y en el expediente
del sueño.
Cuánto más felices son los indolentes
despiertos, los monarcas entre los hombres, los ricos cerebros monstruosos que
pueden sacar un goce intenso y transportes de entusiasmo desde la balaustrada
de una terraza, al crepúsculo, de las luces y el lago que dominan, de las
formas de las montañas distantes que se funden en el damasco oscuro del
poniente, de las coniferas negras sobre el fondo de tinta pálida del cénit, y
de los movimientos granates y verdes del agua a lo largo de la costa
silenciosa, triste y prohibida. ¡Oh, mi dulce Boscobel! Y los tiernos y
terribles recuerdos, y la vergüenza y la gloria, y las enloquecedoras
intimaciones, y la estrella que ningún miembro del partido podrá alcanzar
jamás.
El miércoles por la mañana, siempre sin
noticias, Gradus telefoneó al cuartel general diciendo que le parecía
imprudente seguir esperando y que estaría en el Hotel Lazuli, en Niza.
Versos 397-608: los pensamientos a que
deberíamos recurrir, etc.
Este pasaje debería ir asociado en el espíritu
del lector con la extraordinaria variante dada en la nota precedente, pues sólo
una semana más tarde iban a juntarse en la vida real, en la muerte real, Tanagra dormido y "las regias
manos".
De no haber escapado, nuestro Charles II
hubiera podido ser ejecutado; es lo que seguramente hubiese ocurrido de haber
sido aprehendido entre el palacio y las Grutas de Rip-pleson; pero rara vez
sintió durante la huida los gruesos dedos del destino; sintió que tanteaban en
su busca (como los de un viejo y siniestro pastor asegurándose de la virginidad
de una de sus hijas) cuando se deslizaba, aquella noche, por el flanco húmedo y
cubierto de helechos del Monte Mandevil (véase nota al verso 149), y al día siguiente,
a una altura más fantástica, en el azul capitoso, cuando el montañés se da
cuenta de que tiene un compañero fantasma. Varias veces aquella noche nuestro
Rey se arrojó al suelo con la desesperada resolución de quedarse allí hasta el
alba, en que podría desplazarse con menos torméntos, por más riesgos que
corriera. (Pienso en otro Charles, otro hombre alto y oscuro, de casi dos
metros.) Pero todo esto era más bien físico o neurótico, y sé perfectamente
bien que mi Rey, si hubiera sido atrapado y condenado y conducido delante del
pelotón de fusilamiento, se habría comportado como lo hace en los versos
606-608: así hubiera mirado a su alrededor con insolente desenvoltura, y así
hubiera podido
abrumar a nuestros inferiores con sarcasmos,
alegremente ridiculizar
a
los imbéciles dedicados a la causa, y escupirles
en los ojos, sólo por pasar el rato.
Permítaseme concluir esta importante nota con
un aforismo más bien antidarwiniano: El que mata es siempre inferior a su víctima.
Verso 603: escuchar el canto distante de los
gallos
Se recordará la admirable imagen de un poema
reciente de Edsel Ford:
Y
a menudo cuando el gallo cantaba, encendiendo el fuego
en la mañana y el brumoso henil
Henil (en zemblano muwan) es el campo contiguo a un granero.
Versos 609-614: Tampoco se puede ayudar, etc.
Este pasaje es diferente en el borrador:
509 Tampoco se puede ayudar al exiliado que la
muerte atrapa
en una posada cualquiera expuesta al soplo
ardiente
de esta América, esta noche húmeda:
a
través de las persianas las bandas de luz coloreada
buscan a tientas su cama —magos del pasado
con gemas filtros— y la vida pasa rápidamente.
Esto describe bastante bien "una posada
cualquiera": una cabaña de madera, con un cuarto de baño embaldosado donde
trato de coordinar estas notas. Al principio me molestó mucho el estruendo de
una diabólica música de radio que venía de lo que me pareció una especie de
parque de atracciones del otro lado del camino —resultó ser un campamento de
turistas— y estaba pensando en trasladarme a otro lugar, cuando se me
anticiparon. Ahora está más tranquilo, salvo un viento irritante que repiquetea
al pasar entre los álamos marchitos, y Cedarn es de nuevo una ciudad fantasma,
y no hay veraneantes estúpidos o espías que me miren, y mi pequeño pescador en blue-jeans ya no está en su roca en
medio del arroyo y quizá sea mejor así.
Verso 613: dos lenguas
Inglés y zemblano, inglés y ruso, inglés y
letón, inglés y estonio, inglés y lituano, inglés y ruso, inglés y ucranio,
inglés y polaco, inglés y checo, inglés y ruso, inglés y húngaro, inglés y
rumano, inglés y albano, inglés y búlgaro, inglés y servocroata, inglés y ruso,
norteamericano y europeo.
Verso 619: yema del tubérculo
El juego de palabras germina (ver verso 502).
Verso 627: El gran Starover Blue
Es de suponer que se obtuvo el permiso del
Profesor Blue pero aun así, sumir a una persona real, por muchas que sean su
complacencia y su buena voluntad, en un ambiente inventado donde tiene que
desempeñar un papel de acuerdo con la invención, nos sorprende como recurso de
singular mal gusto, sobre todo cuando los otros personajes reales, salvo los
miembros de la familia, naturalmente, llevan seudónimo en el poema.
No hay duda de que este nombre es de lo más
tentador. La estrella por encima del azul conviene eminentemente a un astrónomo
aunque en realidad ni su nombre ni su apellido guardan la menor relación con la
bóveda celeste: le pusieron el primero en recuerdo de su abuelo, un starovér ruso (con acento, dicho sea de
paso, en la última sílaba), es decir, Viejo Creyente (miembro de una secta
cismática) llamado Sinyavin, de siniy,
"azul", en ruso. Este Sinyavin emigró de Saratov a Seattle y tuvo un
hijo que se cambió el apellido por Blue y se casó con Stella Lazurchik, una
kasubeana norteamericanizada. Así dicen. El bueno de Starover Blue se quedará
probablemente sorprendido del epíteto que le aplica un Shade burlón. El
escritor se siente movido a rendir aquí un pequeño homenaje al amable viejo
excéntrico, adorado por todo el mundo en la Universidad y apodado por los
estudiantes Coronel Starbottle, evidentemente a causa de su excepcional afición
a la buena mesa. Después de todo, había otros grandes hombres alrededor de
nuestro poeta... Por ejemplo, el distinguido erudito zemblano Oscar Nattochdag.
Verso 629: el destino de las bestias
Encima de esto el poeta escribió y tachó:
el destino del loco
El destino último del alma de los locos ha
sido sondeado por muchos teólogos zemblanos quienes por lo general sostienen
que aun el espíritu más demente contiene en su masa enferma una partícula
fundamental sana que sobrevive a la muerte, se dilata de pronto y estalla, por
así decir, en carcajadas saludables y triunfantes, cuando el mundo de los
imbéciles timoratos y de los alcornoques acicalados se ha derrumbado detrás.
Personalmente, no he conocido lunáticos, pero he oído hablar de varios casos
divertidos en New Wye ("Aún en Arcadia estoy", dice la Demencia,
encadenada a su columna gris). Hubo por ejemplo un estudiante que se volvió
loco furioso. Hubo un viejo conserje inmensamente digno de confianza que un
día, en la sala de proyecciones, le mostró a una estudiante pudibunda algo de
lo que sin duda había visto mejores especímenes; pero mi caso favorito es el de
un empleado de ferrocarril de Exton cuya locura mansa me fue descripta nada
menos que por la Sra. H. Había una gran fiesta de los cursos de verano en casa
de los Hurley a la que me había llevado uno de mis compañeros de ping-pong, un amigo de los muchachos
Hurley, porque yo sabía que mi poeta iba a recitar algo y estaba loco de
aprensión, creyendo que podía ser mi Zembla (resultó ser un oscuro poema de uno
de sus oscuros amigos; mi Shade era muy bueno con los que no tenían éxito). El
lector me comprenderá si digo que, a mi altura, nunca puedo sentirme
"perdido" en una multitud, pero también es cierto que no conocía
mucha gente en casa de los H. Mientras circulaba entre aquel apiñamiento, con
una sonrisa en la cara y un cóctel en la mano, entrevi por fin la coronilla de
mi poeta y el chignon castaño brillante de la Sra. H. sobresaliendo de los
respaldos de dos sillones adyacentes. En el momento en que me acercaba por
detrás de ellos, le oí oponerse a una observación que ella acababa de hacer:
—La palabra es equivocada —decía—. Uno no
debería aplicarla a una persona que se despoja deliberadamente de un pasado
gris y desdichado y lo sustituye por una brillante invención. Es sencillamente
volver una nueva página con la mano izquierda.
Palmeé la cabeza de mi amigo y me incliné
ligeramente delante de Eberthella H. El poeta me miró con ojos vidriosos. Ella
dijo:
—Venga a ayudarnos, Sr. Kinbote: yo sostengo
que el viejo como se llame, sabe cuál, el viejo de la estación de Exton, que se
creía Dios y había empezado a dar una nueva dirección a los trenes, era
técnicamente un chiflado, pero John le llama un cofrade poeta.
—En cierto sentido todos somos poetas, señora
—respondí, y ofrecí un fósforo encendido a mi amigo que tenía la pipa entre los
dientes y se golpeaba con las dos manos en varias partes del torso.
No estoy seguro de que esta variante trivial
valiera la pena de ser comentada; en realidad todo el pasaje sobre las
actividades del I.P.H. sería muy heroico-burlesco si esos versos pedestres
hubieran sido un pie más cortos.
Verso 662: ¿Quién deambula tan tarde en la
noche y el viento?
Este verso, y en realidad todo el pasaje
(versos 653-664), aluden al célebre poema de Goethe sobre el Rey de los Alisos,
el hechicero venerable del bosque de los alisos habitado por silvos, que se
enamora del delicado niño hijo de un viajero retrasado. Nunca se admirará
bastante la forma ingeniosa en que Shade se las arregla para transferir algo
del ritmo quebrado de la balada (en el fondo un metro trisilábico) en Su verso
yámbico:
/ / / /
662 ¿Quién deambula tan tarde en la noche y el
viento
663 ………………………………………………………….
/ / /
664 Es el padre y su hijo
Los dos versos de Goethe que abren el poema
aparecen muy exactamente y con gran belleza, trayendo la gratificación de una
rima inesperada (igual que en francés: vent-enfant),
en mi lengua natal:
/ / / /
Ret woren ok spoz on natt ut vett?
/ / / /
Eto est votchez ut mid ik dett.
Otro gobernante fabuloso, el último rey de
Zembla, se repetía constantemente estos versos obsesivos en zemblano y alemán,
como un acompañamiento fortuito del tamborileo de la fatiga y la ansiedad,
mientras trepaba a través de la zona de helechos de las sombrías montañas que
tenía que atravesar en su puja por la libertad.
Versos 671-672: El hipocampo bravio
Véase Mi
última duquesa, de Browning.
Véase y condénese el recurso a la moda
consistente en titular un conjunto de ensayos o un volumen de versos —o un
largo poema, ay— con una frase tomada de una obra poética del pasado más o
menos célebre. Esos títulos poseen un prestigio engañoso, aceptable quizá en
los nombres de los vinos de marca y de las cortesanas regordetas, pero
simplemente degradantes con respecto al talento que sustituye por el fácil
aspecto alusivo de la erudición la imaginación creadora y hace pesar en las
espaldas de un busto la responsabilidad de un estilo demasiado adornado, puesto
que cualquiera puede hojear el Sueño de
una noche de verano o Romeo y Julieta, y elegir.
Verso 678: al francés
Dos de estas traducciones aparecieron en el
número de! agosto de la Nouvelle Revue
Canadienne que llegó a las librerías de College Town en la última semana de
julio, es decir, en un momento de tristeza y confusión mental, en que el buen
gusto me impedía mostrar a Sybil Shade algunas de las notas críticas que yo
tomaba en mi diario de bolsillo.
En su versión del famoso Soneto Místico X de Donne, compuesto en su viudez:
Death be not proud, though so me have calléd
thee
Mighty and dreadjul, for, thou art not so
uno lamenta la eyaculación superflua en el
segundo verso, introducida en este lugar solamente para coagular la cesura:
Ne sois pas fiere, Mort! Quoique certains te
disent
Et puissante et terrible, ah, Mort, tu ne l’es
pas
mientras que la rima central so-overthrotv (versos 2-3) llega a punto
para encontrar una contrapartida fácil en pas-uas
uno se opone a los versos exteriores disent-prise
(1-4) que serían en un soneto francés circa 1617 una infracción imposible de la
regla visual.
No tengo espacio aquí para enumerar las otras
torpezas y errores de esta versión canadiense de la denuncia de la fuerte hecha
por el Decano de St. Paul, de la Muerte, esa esclava, no sólo del
"destino" y del "azar", sino también de nosotros ("reyes y hombres
desesperados").
El otro poema, "La ninfa sobre la muerte de su fauno", de Andrew Marvell,
parece ser, técnicamente, aún más difícil de poner en versos franceses. Si en
la traducción de Donne, se justificaba perfectamente que Miss Irondell
sustituyera los pentámetros ingleses por los alejandrinos franceses, me pregunto
si debía preferir aquí l'impair y acomodar en nueve sílabas lo que Marvell
ajusta en ocho. En los versos:
And, quite regardless of my smart,
Left me his fawn but took his heart
que resultan:
Et se moquant bien de ma douleur
Me laissa son faon, mais pris son coeur
uno lamenta que la traductora, aun con la
ayuda de una matriz prosódica más amplia, no se las haya arreglado para
replegar los largos yambos de su faon francés, y para traducir "quite regardless of" por "sans le moindre égard pour", o algo
por el estilo.
Más lejos el dístico:
Thy love was far more better than
The love of false and cruel man
aunque traducido literalmente:
Que ton amour était fort meilleur
Qu'amour d'homme cruel et trompeur
no es tan puro idiomáticamente como podría
parecerlo a primera vista. Y por último, el encantador dístico final:
Had it lived long it would have been
Lilies without, roses within
contiene en el francés de nuestra amiga no
sólo un solecismo sino también esa especie de encabalgamiento ilícito de que es
culpable un traductor cuando pasa con luz roja:
Il aurait été, s'il eut longtemps
Vécu, lys déhorsl roses dedans.
Con qué magnificencia esos dos versos pueden
mimarse y rimarse en nuestro mágico zemblano (¡"la lengua del
espejo", como la definía el gran Conmal!)
Id wodo bin, war id lev lan,
Indran iz lil ut roz nittran.
Verso 679: Lolita
En Norteamérica los aciones importantes llevan
nombres femeninos. El género femenino no es sugerido tanto por el sexo de las
furias y las viejas harpías, como por una aplicación profesional general. Así
cualquier máquina es femenina para su usuario afectuoso, y todo fuego (aunque
sea "pálido") es femenino para el bombero, como el agua es femenina
para el p'ornero apasionado. No se ve claro por qué nuestro poeta eligió dar a
su huracán de 1958 un nombre español poco usado (que se pone a veces a los
loros) en lugar de Linda o Lois.
Verso 681: Rusos sombríos espiaban
En realidad no hay nada metafísico o racial en
ese aire sombrío. Es simplemente el signo exterior de un nacionalismo
congestionado y el sentimiento de inferioridad de un provinciano, esa mezcla
temible tan típica de los zemblanos bajo la dominación de los extremistas, y de
los rusos bajo el régimen soviético. En la Rusia moderna las ideas son bloques
cortados a máquina de colores lisos; el matiz está prohibido, el intervalo
cegado, la curva groseramente escalonada.
Pero no todos los rusos son sombríos, y los
dos jóvenes expertos de Moscú que nuestro nuevo gobierno había contratado para
encontrar las joyas de la corona resultaron positivamente joviales. Los
extremistas tenían razón al creer que el Barón Bland, el Guardián del Tesoro,
había logrado esconder esas joyas antes de saltar o caer de la Torre del Norte;
pero no sabían que había tenido un ayudante y se equivocaron al pensar que
debían buscar las joyas en el palacio del que el dulce Barón Bland de cabellos
blancos nunca había salido, salvo para morir —Puedo añadir, con una
satisfacción perdonable, que estaban y aún están escondidas en un rincón
absolutamente distinto —y bastante inesperado— de Zembla.
En una nota anterior (al verso 130) el lector
ya ha entrevisto a esos dos cazadores del tesoro en acción. Después de la
evasión del Rey y el tardío descubrimiento del pasaje secreto, continuaron sus
concienzudas excavaciones hasta que el palacio quedó todo taladrado y
parcialmente destruido, al caer una noche la pared entera de una habitación
descubriendo, en un nicho cuya presencia nadie había sospechado, mv' antiguo
salero de bronce y el cuerno de beber del Rey Wig. bert; pero ustedes nunca
encontrarán nuestra corona, el collar y el cetro.
Todo esto es la regla de un juego divino, todo
esto es la inmutable fábula del destino y no debería interpretarse en desmedro
de la eficacia de los dos expertos soviéticos —que, de todos modos, iban a
tener un éxito maravilloso en una ocasión posterior con otro trabajo (véase la
nota al verso 747). Sus nombres (probablemente ficticios) eran Andronnikov y
Niagarin. Rara vez se ha visto, por lo menos en un museo de cera, un par de
tipos más encantadores y presentables. Todo el mundo admiraba en ellos las mandíbulas
bien afeitadas, la expresión elemental de sus caras, el pelo ondulado y los
dientes perfectos. El alto y bello Andronnikov rara vez sonreía pero las
rayitas que arrugaban la carne de sus órbitas acusaban un infinito sentido del
humor, mientras que los surcos mellizos que bajaban de los dos lados de su bien
modelada nariz evocaban fascinantes asociaciones con los ases de la aviación y
los héroes del Estado de Nevada. Por el contrario, Niagarin era
comparativamente bajo, tenía rasgos algo más redondeados aunque perfectamente
viriles que recordaban a esos jefes de boy scouts que tienen algo que ocultar o
a esos señores que hacen trampa en los juegos televisados. Era delicioso ver a
los dos espléndidos sovietchiks
corriendo por el patio y pateando una pelota polvorienta y que sonaba dura (con
ese aire tan enorme y calvo en semejante lugar). Andronnikov podía hacerla
saltar con la punta de los pies una docena de veces antes de proyectarla como
un cohete en vertical hacia los cielos melancólicos, sorprendidos, incoloros,
inofensivos; y Niagarin podía imitar a la perfección los manierismos de un
estupendo guardavallas del equipo de los Dinamos. Solían repartir entre los
ayudantes de cocina caramelos rusos con ciruelas o cerezas pintadas en los
ricos y suculentos envoltorios hexagonales que contenían una bolsita de papel
más fino dentro de la cual había una momia color lila; y se sabía que lascivas
campesinas se deslizaban por los drungen
(senderos invadidos de zarzas) hasta el pie de las murallas cuando las dos
siluetas recortándose contra el cielo encendido cantaban hermosos dúos
militares sentimentales al atardecer. Niagarin tenía una conmovedora voz de
tenor y Andronnikov una vigorosa voz de barítono, y los dos usaban elegantes
botas de flexible cuero negro, y el cielo se apartaba mostrando sus etéreas
vértebras.
Niagarin, que había vivido en Canadá, hablaba
inglés y francés; Andronnikov sabía algo de alemán. El poco zem-blano que
conocían lo pronunciaban con ese cómico acento ruso que da a las vocales una
especie de didáctica plenitud de sonido. Los guardias extremistas los
consideraban modelos de elegancia y mi querido Odonello recibió una vez una
severa reprimenda del comandante por no haber resistido a la tentación de
imitar su manera de andar: los dos caminaban con el mismo paso ligero, y los
dos eran evidentemente patizambos.
Cuando yo era chico, Rusia gozaba de gran
popularidad en la corte de Zembla, pero aquella era una Rusia diferente, una
Rusia que odiaba a los tiranos y a los filisteos, que odiaba la injusticia y la
crueldad, la Rusia de las damas y los caballeros y las aspiraciones liberales.
Podemos añadir que Charles el Bien Amado podía jactarse de tener un poco de
sangre rusa. En la Edad Media dos de sus antepasados se habían casado con
princesas de Novgorod. La Reina Yaruga (que reinó de 1799 a 1800), su
tatarabuela, era medio rusa; y muchos historiadores creen que el único hijo de
Yaruga, Igor, no era hijo de Urán el Ultimo (que reinó de 1798 a 1799), sino el
fruto de sus amores con el aventurero ruso Hodinski, su goliart (bufón de la corte) y poeta de genio, de quien se dice que
compuso en sus horas de ocio una célebre y antigua chanson de geste rusa, atribuida por lo general a un bardo anónimo
del siglo XII.
Verso 682: Lang
Un Fra Pandolf moderno, sin duda. No recuerdo
haber visto un cuadro semejante en toda la casa. ¿O Shade pensaba en un retrato
fotográfico? Había uno sobre el piano y otro en el escritorio de Shade. Cuánto
más justo hubiera sido para los lectores de Shade y de su amigo que la señora
se hubiera dignado responder a algunas de mis urgentes preguntas.
Verso 691: el ataque
La crisis cardíaca de John Shade (17 de
octubre de 1958) coincidió prácticamente con la llegada del Rey, disfrazado, a
Norteamérica, donde bajó en paracaídas desde un avión alquilado que piloteaba
el Coronel Montacute, en un campo de lujuriantes malezas provocadoras de la
fiebre de heno, cerca de Baltimore, cuya oropéndola no es una oropéndola. Todo
había sido perfectamente sincronizado y aun luchaba con el dispositivo francés
que no le era familiar, cuando el Rolls Royce de la finca de Sylvia O'Donnell
dobló desde un camino en dirección a sus sedas verdes y se acercó a lo largo
del mowntrop con sus gruesas ruedas
que rebotaban desaprobadoramente y la brillante carrocería negra que avanzaba
despacio. De buena gana dilucidaría esta historia de paracaídas pero (por
tratarse de un asunto de pura tradición sentimental más que de un útil medio de
transporte), no s estrictamente necesario en estas notas sobre Pálido Fuego. mientras Kingsley, el
chófer inglés, un viejo servidor absolutamente fiel, hacía lo que podía para
meter el voluminoso paracaídas mal doblado en el portaequipaje, yo descansaba
apoyado en el bastón-asiento que me había proporcionado, sorbiendo un delicioso
scotch con agua procedente del bar
del automóvil y echando una mirada (en medio de una ovación de grillos y de ese
torbellino de mariposas amarillas y marrones que tanto gustaron a Chateaubriand
a su llegada a América) a un artículo del New
York Times en el que Sylvia había marcado con lápiz rojo vigorosa y
desordenadamente una noticia de New Wye anunciando la hospitalización del
"distinguido poeta". Yo disfrutaba ante la idea de conocer a mi poeta
norteamericano favorito que, como creí en el momento, moriría mucho antes de
terminar el segundo semestre, pero el desengaño no era más que un gesto de
resignación mental y, dejando el periódico, miré a mi alrededor encantado y con
un sentimiento de bienestar físico, a pesar de mi nariz congestionada. Más allá
del campo vastos peldaños de hierba verde subían hacia sotos multicolores; por
encima de ellos se podía ver el blanco frente de la finca; las nubes se fundían
en el azul. De pronto estornudé y volví a estornudar. Kingsley me ofreció otro
trago pero lo rechacé y me senté democráticamente a su lado en el asiento de
adelante. Mi anfitriona estaba en cama, sufriendo los efectos de una inyección
especial que le habían aplicado antes de hacer un viaje a cierto lugar de
África. En respuesta a mi:
—¿Cómo está usted? —Sylvia murmuró que los
Andes habían estado sencillamente maravillosos, y luego con una voz ligeramente
menos indolente se informó acerca de una célebre actriz con la que su hijo,
decían, vivía en el pecado. Odón, dije, me había prometido que no se casaría
con ella. Me preguntó si el salto había estado bien y sacudió una campanilla de
bronce. ¡Querida Sylvia! Tenía en común con Fleur de Fyler un aire evasivo, una
languidez en su comportamiento que era en parte natural y en parte cultivado
para servirle de coartada cuando estaba borracha, y se las arreglaba para
combinar de una manera maravillosa esa indolencia con una volubilidad que
recordaba a un ventrílocuo cuya lenta elocución es interrumpida por su muñeco
charlatán. ¡Inmutable Sylvia! Durante tres décadas yo había visto de vez en
cuando, de palacio en palacio, el mismo pelo castaño lacio y corto, esos ojos
infantiles azul claro, la sonrisa vacía, las largas piernas elegantes, los
movimientos flexibles y vacilantes.
Apareció una bandeja con frutas y bebidas
traída por una jeune beauté, como
hubiera dicho el querido Marcel, y no se puede menos que pensar en otro autor,
Gide el Lúcido, que en sus notas sobre África hace un elogio tan ardiente de la
piel satinada de los diablillos negros.
—Por poco pierde usted la oportunidad de
conocer a nuestra estrella más brillante —dijo Sylvia, que era el miembro más
importante de la dirección de la Universidad de Wordsmith (y que en realidad,
había sido la única responsable de mi divertida estada allí como profesor
conferenciante)—. Acabo de llamar a la Universidad, sí, tome ese taburete, y
está mucho mejor. Pruebe estos frutos de mascana, los conseguí especialmente
para usted, pero el muchacho es estrictamente hetero, y de un modo general, Su
Majestad tendrá que ser muy prudente a partir de ahora. Estoy segura de que el
lugar le agradará, aunque me gustaría saber cómo alguien puede estar tan
ansioso por enseñar el zemblano. Creo que Disa debería venir también. He
alquilado para usted la que pasa por ser la mejor casa, y está cerca de la de
los Shade.
Ella los conocía muy poco pero Billy Reading,
"uno de ios rarísimos presidentes de universidad norteamericana que sabe
latín", le había contado varias historias conmovedoras acerca del poeta. Y
permítaseme añadir aquí cómo me sentí honrado unos quince días más tarde de
encontrar en Washington a ese espléndido caballero norteamericano poco enérgico
de aspecto, distraído, pobremente vestido y cuyo espíritu era una biblioteca y
no una sala de debates. Sylvia tomó el avión el lunes siguiente pero yo me
quedé todavía un tiempo descansando de mis aventuras, rumiando, leyendo,
tomando notas y haciendo numerosas cabalgatas por la preciosa región en
compañía de dos señoras encantadoras y un tímido y joven palafrenero. Muchas
veces, al irme de un lugar que me ha gustado, me he sentido como un corcho que
se saca para dejar correr el vino dulce y oscuro, y después uno sale hacia
nuevos viñedos y nuevas conquistas. Pasé un par de meses agradables visitando
las bibliotecas de Nueva York y Washington, en Navidad tomé el avión para
Florida y cuando estaba listo para ir a mi nueva Arcadia, me pareció amable y
respetuoso enviar al poeta unas palabras corteses felicitándolo por el
restablecimiento de su salud y "advirtiéndole" en broma que a partir
de febrero tendría como vecino uno de sus más fervientes admiradores. Nunca
recibí respuesta ni se mencionó más tarde mi gesto de cortesía, supongo que mis
líneas se perdieron entre las muchas cartas de admiradores que las celebridades
literarias reciben, aunque era de esperar que Sylvia o algún otro hubiese
advertido a los Shade de mi llegada.
En realidad el restablecimiento del poeta
resultó muy rápido y hubiera podido pasar por milagroso de haber habido alguna
falla orgánica en su corazón. Pero no la había; los nervios de un poeta pueden
jugarle las más raras pasadas, pero son capaces siempre de recobrar rápidamente
el ritmo de la salud, y pronto John Shade, sentado a la cabecera de una mesa
ovalada, hablaba nuevamente de Pope, su poeta favorito, a ocho jóvenes
respetuosos, una lisiada que no pertenecía a la Universidad y tres estudiantes,
con una de las cuales soñaba el ayudante de curso. Le habían dicho a Shade que
no abreviara sus ejercicios habituales, como las caminatas, pero debo reconocer
que yo mismo sentí palpitaciones y sudores fríos a la vista del precioso
anciano manejando groseras herramientas de jardinería o trepando con dificultad
las escaleras de la Universidad como un pez japonés remontando una catarata.
Dicho sea de paso, el lector no deberá tomar demasiado en serio o al pie de la
letra el pasaje sobre el médico alerta (un médico alerta que, como bien lo sé,
confundió una vez una neuralgia con una esclerosis cerebral). Como supe por el
propio Shade, no se hizo ninguna incisión de urgencia; no se practicó el masaje
cardíaco manual, y si el corazón había dejado de bombear del todo, la pausa
debió de haber sido muy breve y por así decir superficial. Todo esto, desde
luego, no disminuye la gran belleza épica del pasaje. (Versos 691-697.)
Verso 697: un destino más concluyente.
Gradus aterrizó en el aeropuerto de la Cote
d'Azur a comienzos de la tarde del 15 de julio de 1959. A pesar de sus
preocupaciones no dejó de impresionarle el torrente de magníficos camiones, de
ágiles bicicletas a motor y de cosmopolitas coches privados de la Promenade. Recordaba y detestaba el
calor tórrido y el azul enceguecedor del mar. El Hotel Lazuli, donde antes de
la Segunda Guerra Mundial había pasado una semana con un terrorista tísico,
cuando era un lugar sórdido, apenas con agua corriente, frecuentado por jóvenes
alemanes, era ahora un lugar sórdido, con apenas agua corriente, frecuentado
por viejos franceses. Estaba situado en una calle transversal, entre dos
arterias paralelas al muelle, y el incesante gruñido de la circulación
entrecruzada mezclado con el estrépito y el chirriar de los trabajos de
construcción que se desarrollaban bajo los auspicios de una grúa frente al
hotel (que dos décadas atrás estaba rodeado de una calma chicha), fue una
deliciosa sorpresa para Gradus, que siempre había gustado un poco del ruido
para no pensar ("Ca distrait",
como dijo a la mujer del hotelero y a su hermana que le pedían disculpas).
Después de lavarse escrupulosamente las manos,
salió con un temblor de excitación que recorría como un acceso de fiebre su
torcida columna vertebral. En una de las mesas de la terraza de un café en la
esquina de su calle y la Promenade,
un hombre con una chaqueta verde botella, sentado en compañía de una mujer que
evidentemente era una prostituta, se cubrió la cara con las dos manos, emitió
el sonido de un estornudo sofocado y siguió tapándose con las manos como
pretendiendo esperar el segundo estornudo. Gradus caminaba por el lado norte
del muelle. Después de detenerse un minuto delante del escaparate de una tienda
de souvenirs, entró, preguntó el
precio de un pequeño hipopótamo de vidrio violeta y compró un mapa de Niza y
sus alrededores. Mientras se dirigía a la parada de taxis de la rué Gambetta,
observó a dos jóvenes turistas de camisas chillonas manchadas de sudor, la cara
y el cuello de un rosa brillante por el calor y una imprudente exposición al
sol; llevaban cuidadosamente dobladas sobre el brazo las chaquetas cruzadas y
forradas de seda de sus trajes oscuros de amplios pantalones y no miraron a
nuestro detective que, a pesar de ser excepcionalmente poco observador, sintió
la ondulación de algo vagamente familiar cuando le rozaron al pasar. Los turistas
no sabían nada de su presencia en el extranjero ni de su interesante trabajo;
en realidad sólo pocos minutos antes el superior de ellos y de él había sido
informado de que Gradus estaba en Niza y no en Ginebra. Tampoco Gradus había
sido informado de que le ayudarían en su búsqueda los deportistas soviéticos
Andronnikov y Niagarin, a quienes había encontrado por casualidad una o dos
veces en las dependencias del Palacio de Onhava cuando reponía el cristal roto
de una ventana o verificaba para el nuevo gobierno los raros vidrios de
Rippleson en uno de los invernaderos que habían sido del Rey; y en el momento
siguiente había perdido el hilo que le hubiera permitido reconocerlos mientras
con la contorsión prudente de piernicorto se instalaba en el asiento posterior
de un viejo Cadillac y pedía que lo llevaran a un restaurante entre Pellos y
Cap Ture. Es difícil decir cuáles eran las esperanzas y las intenciones de
nuestro hombre. ¿Quería simplemente echar un vistazo a una piscina imaginada a
través de los mirtos y los laureles rosa? ¿Esperaba escuchar la continuación
del trozo de bravura de Gordon ejecutado ahora en una nueva interpretación por
dos manos más grandes y más fuertes? ¿Se hubiera arrastrado, pistola en mano,
hasta el lugar donde un gigante extendido como un águila tomaba un baño de sol,
con el vello de su pecho formando un águila desplegada? No lo sabemos, y el
propio Gradus tal vez tampoco lo sabía; de todas maneras le fue ahorrado un
viaje innecesario. Los chóferes de taxi de hoy son tan charlatanes como lo eran
los peluqueros de ayer, y aun antes de que el viejo Cadillac hubiera salido de
la ciudad, nuestro infortunado matón sabía que el hermano de su chófer había
trabajado en los jardines de Villa Disa pero que ahora nadie vivía allí, porque
la Reina se había marchado a Italia hasta fines de julio. En el hotel la
propietaria radiante le tendió un telegrama. Era una reprimenda en danés por
haber salido de Ginebra la orden de no hacer nada hasta recibir nuevas
noticias. ce le aconsejaba también que olvidara su trabajo y se divirtiera—
¿Pero qué (salvo sus sueños de sangre) hubiera podido divertirlo? No le
interesaban ni las excursiones turísticas ni las playas. Hacía mucho que había
dejado de beber. No iba a los conciertos. No jugaba. Los impulsos sexuales que
tanto le molestaran en una época, ahora se habían acabado. Después que su
mujer, ensartadura de perlas en Radugovitra, lo abandonó (por un amante
gitano), él había vivido en el pecado con su suegra hasta que la llevaron,
ciega e hidrópica, a un asilo para viudas necesitadas. Desde entonces había
intentado varias veces castrarse, se había internado en el Hospital Glassman
con una infección grave y ahora, a los cuarenta y cuatro años, estaba
totalmente curado de la lujuria que la Naturaleza, esa gran tramposa, pone en
nosotros para incitarnos a la propagación. No es de extrañarse que el consejo
de que se divirtiera le enfureciese. Creo que voy a interrumpir aquí esta nota.
Versos 704-707: un sistema, etc.
El ajuste del triple "células
encadenadas" está muy hábilmente hecho, y uno saca una satisfacción lógica
del efecto combinado del "sistema" y del "vástago".
Versos 727-728: No, Sr. Shade... justo la
mitad de una sombra
Otro bello ejemplo del tipo especial de magia
combinatoria de nuestro poeta. El sutil juego de palabras gira aquí en torno a
los dos significados adicionales de "shade" (sombra), además del
sinónimo evidente de "nuance". Se hace sugerir al Dr. que Shade no
sólo conservaba en su crisis la mitad de su identidad, sino que era también la
mitad de un fantasma. Conociendo al médico que cuidó a mi amigo en ese momento,
me atrevo a añadir que era demasiado palurdo como para desplegar semejante
ingenio.
Versos 734-736: probablemente... sobrevuelo...
desfallecimiento... inestable
Un tercer estallido de fuegos de artificio en
contrapunto. El plan del poeta es desplegar en la textura misma de su texto las
complejidades del "juego" en el que busca la clave de la vida y de la
muerte (véanse los versos 808-829).
Verso 741: el resplandor exterior
La mañana del 16 de julio (mientras Shade
trabajaba en la sección 698-746 de su poema), el triste Gradus, temiendo otro
día de inactividad forzada en una Niza sardónicamente animada, estimulantemente
ruidosa, decidió que hasta que el hambre lo expulsara no se movería de un
sillón de cuero en un simulacro de vestíbulo entre los olores marrones del
hotel mugriento. Hojeó sin prisa una pila de viejas revistas sobre una mesa
vecina. Allí estaba sentado, pequeño monumento de taciturnidad, suspirando,
hinchando las mejillas, mojándose el pulgar antes de volver una página, con la
boca abierta delante de las fotos, y moviendo los labios mientras bajaba por
las columnas de letra impresa. Después de volver a acomodar todo en una pila
ordenada, se reclinó en el sillón, juntando y separando las manos en las
diversas obstrucciones del tedio, cuando un hombre que había ocupado un sillón
vecino se levantó y salió al resplandor de afuera abandonando su diario. Gradus
se lo puso sobre las rodillas, lo abrió y se quedó helado frente a una extraña
noticia local que le saltó a los ojos: habían entrado ladrones en Villa Disa y
habían saqueado un escritorio, sacando de un joyero una cantidad de viejas
medallas de valor.
Ahí había algo que daba que pensar. Este
incidente vagamente desagradable ¿tenía algo que ver con su búsqueda? ¡Debía
ocuparse del asunto, telegrafiar al cuartel general? Difícil expresar
sucintamente un hecho simple sin que pareciera un criptograma. ¿Enviar por
avión un recorte del periódico? Estaba en su habitación recortando el diario
con una hoja de afeitar, cuando sonaron unos golpes secos en la puerta. Gradus
hizo entrar a un visitante inesperado ¡una de las Sombras más importantes a
quien había creído onhava-onhava
("lejos, muy lejos") en la salvaje, brumosa, casi legendaria Zembla!
¡Qué pasmosos juegos de prestidigitación opera esta mágica era mecánica con
nuestra vieja madre espacio y nuestro viejo padre tiempo!
Era un tipo alegre, quizá demasiado alegre,
vestido con una chaqueta de terciopelo verde. Nadie lo quería, pero tenía sin
duda un espíritu agudo. Su nombre, Izumrudov, sonaba más bien ruso, pero en
realidad significaba "de los Umrud", tribu esquimal que a veces se
veía remando en sus umyaks (barcas
forradas de piel), en las aguas color esmeralda de nuestras costas
septentrionales. Con una amplia sonrisa dijo que el amigo Gradus debía juntar
todos sus documentos de viaje, incluso un certificado de salud, y tomar el
primer "jet" a Nueva York. Inclinándose, lo felicitó por haber
indicado con una clarividencia tan fenomenal el buen lugar y la buena
dirección. Sí, después de una minuciosa investigación del botín que Andron y
Niagarushka habían recogido en el escritorio de palorrosa de la Reina (¡sobre
todo facturas, instantáneas preciosas y esas estúpidas medallas!) apareció una
carta del Rey con su dirección que era, entre todos los lugares posibles...
Nuestro hombre, que interrumpió al heraldo del éxito para decir que él nunca,
fue instando a no demostrar tanta modestia. Izumrudov, torciéndose de risa (la
muerte es muy cómica) sacó un pedazo de papel en el que escribió para Gradus el
nombre ficticio de su cliente, el nombre de la universidad donde enseñaba, y el
de la ciudad donde estaba la Universidad. No, el papel no era para guardarlo.
Sólo podía conservarlo mientras lo memorizaba. Ese tipo de papel (utilizado por
los fabricantes de macarrones) era no sólo comestible sino delicioso. La alegre
aparición verde desapareció sin duda para seguir buscando prostitutas. ¡Cómo
detesta uno a esos hombres!
Versos 747-748: un artículo aparecido en una
revista acerca de una tal Sra. Z.
Todo el que tenga acceso a una buena
biblioteca podría sin duda remontarse fácilmente hasta la fuente de esta
historia y descubrir el nombre de la dama; pero esas trivialidades tan
insignificantes no están a la altura de la verdadera erudición.
Verso 768: dirección
En este punto quizá divierta al lector mi
alusión a John Shade en una carta (de la que afortunadamente he conservado una
copia carbónica) que escribí a una corresponsal instalada en el sur de Francia,
el 2 de abril de 1959:
"Mi querida: Es usted absurda. No le doy
ni le daré, como a nadie, mi dirección privada, no por temor de que me haga una
visita, como se complace en imaginar: todo mi correo va a la dirección de mi
oficina. Aquí las casas suburbanas tienen buzones abiertos en la calle, y
cualquiera puede llenarlos de anuncios publicitarios o robar las cartas que me
envían (no por pura curiosidad, se lo aseguro, sino por otros motivos más
siniestros). Le mando ésta por avión y le repito con urgencia la dirección que
Sylvia le ha dado: Dr. C. Kinbote, KINBOTE (no "Charles X. Kingbot,
Esq.") como usted o Sylvia han escrito; por favor, sea más prudente... y
más inteligente, Wordsmith University, New Wye, Appalachia, USA.
No estoy enojado con usted, pero tengo toda
clase de preocupaciones y estoy con los nervios de punta. Creía —creía profunda
y candidamente— en el afecto de una persona que vivía aquí, bajo mi techo, pero
he sido herido y traicionado como nunca ocurría en tiempos de mis antepasados,
que hubieran podido hacer torturar al ofensor aunque, naturalmente, no deseo
hacer torturar a nadie.
Ha hecho aquí un frío terrible, pero gracias a
Dios un verdadero invierno nórdico se ha transformado en una primavera
meridional.
No trate de explicarme lo que su abogado le
dijo, pero haga que él se lo explique al mío que él me lo explicará a mí.
Mi trabajo en la Universidad es agradable y
tengo un vecino muy encantador —ahora, mi querida, no suspire ni alce las
cejas—>; es un señor muy viejo, en realidad el señor que es autor de ese
pasaje sobre el ginkgo en su álbum verde (véase de nuevo —quiero decir que el
lector debería ver de nuevo— la nota al verso 49).
Sería más prudente que no me escribiera
demasiado a menudo, mi querida."
Verso 782: su poema
Una imagen de "los contrafuertes
sombreados de azul y las cimas encremadas de sol" del Monte Blanco es
percibida fugazmente a través de la nube de ese poema particular que yo
quisiera citar pero que no tengo a mano. La "montaña blanca" del
sueño de la dama, que por una errata correspondía a la "fontana
blanca" de Shade, hace aquí una aparición temática, confundida por la
grotesca pronunciación de la señora.
Verso 802: montaña
El pasaje 797 (segunda parte del verso) —809,
en la sexagesimoquinta ficha del poeta, fue compuesto entre el poniente del 18
de julio y el alba del 19. Esa mañana yo había rezado en dos iglesias
diferentes (de cada lado, por así decirlo, de mi secta zemblana, no
representada en New Wye) y había vuelto a casa caminando en un elevado estado
de ánimo. No había nubes en el cielo desencantado y la tierra misma parecía
suspirar en espera de Nuestro Señor Jesucristo. Esas mañanas soleadas y tristes
siento siempre en mis huesos que existe todavía una posibilidad de no quedar
excluido del Cielo y de que me sea concedida la salvación a pesar del barro
helado y el horror que hay en mi corazón. Mientras subía con la cabeza gacha
por el sendero de grava de mi pobre casa alquilada, escuché con absoluta
claridad, como si estuviera de pie, junto a mi hombro, y elevando la voz como
si hablara a un hombre ligeramente sordo, la voz de Shade que decía:
"Venga esta noche, Charlie". Miré a mi alrededor con temor y asombro:
estaba absolutamente solo. Telefoneé en seguida. Los Shade habían salido, dijo
la ancillula mofletuda, una odiosa
admiradora que iba a cocinarles los domingos y que sin duda soñaba con que el
viejo poeta la mimara el día que se quedase sin mujer. Volví a telefonear dos
horas más tarde; me atendió, como de costumbre, Sylvia; insistí en hablar con
mi amigo (nunca le transmitían mis "mensajes"), lo conseguí y le
pregunté con la mayor calma posible qué habían estado haciendo alrededor de
mediodía, cuando le oí como un gran pájaro en mi jardín. Shade no podía
recordar nada, me dijo que esperase un minuto, que había estado jugando al golf
con Paul (poco importa quién era) o por lo menos había mirado jugar a Paul con
otro colega. Exclamé que debía verlo esa noche y de pronto, sin razón alguna,
me eché a llorar, inundando el teléfono y tratando de recobrar el aliento,
paroxismo que no se había producido desde que Bob me dejó el 30 de marzo. Hubo
un conciliábulo agitado entre los Shade y después John me dijo: —Escuche, Charles,
salgamos a hacer una buena caminata esta noche, lo encuentro a las ocho. —Era
la segunda buena caminata desde el 6 de julio (aquella insatisfactoria
conversación sobre la naturaleza); la tercera, el 21 de julio, sería
excesivamente breve.
¿Por dónde andaba yo? Sí, deambulando una vez
más, como en los viejos tiempos, con John, en los bosques de Arcadia, bajo un
cielo salmón.
—Entonces —dije alegremente— ¿sobre qué estaba
usted escribiendo anoche, John? La ventana de su estudio sencillamente
resplandecía.
—Sobre montañas —contestó.
La cadena Bera, una erección de piedra veteada
y pinos hirsutos se levantó delante de mí en toda su potencia y su orgullo. La
espléndida noticia me hizo palpitar el corazón y sentí que a mi vez podía
permitirme ser generoso. Supliqué a mi amigo que no me dijera nada más si no lo
deseaba. Dijo que sí, que no lo haría, y empezó a quejarse de las dificultades
de la tarea que se había impuesto. Calculó que durante las últimas veinticuatro
horas su cerebro había producido unos mil minutos de trabajo y cincuenta versos
(digamos, del 797 al 847), o sea una sílaba cada dos minutos. Había terminado
el Canto Tercero, el penúltimo, y había empezado el Cuarto, el último (véase el
Prólogo, véase el Prólogo en seguida) y si no me molestaba volveríamos a la
casa —aunque sólo eran alrededor de las nueve—, de modo que pudiera sumirse de
nuevo en su caos y sacar de él un cosmos con todas sus estrellas húmedas.
¿Cómo podía yo decir que no? El aire de la
montaña se me había subido a la cabeza: ¡Shade estaba recomponiendo mi Zembla!
Verso 803: una errata
Los traductores del poema de Shade tropezarán
con cierta dificultad para transformar, de un trazo, mountain (montaña) en fountain
(fontana); no es posible hacerlo ni en francés, ni en alemán, ni en ruso ni en
zemblano; de modo que el traductor tendrá que insertar aquí una de esas notas
de pie de página que son el museo de criminales de las palabras. ¡Y sin
embargo! Existe, que yo sepa, un caso absolutamente extraordinario,
increíblemente elegante en que participan no sólo dos sino tres palabras. La historia misma es bastante trivial (y
probablemente apócrifa). En un relato periodístico de la coronación del Zar de
Rusia, se había impreso vororta
(crow-aiervo) en lugar de korona
(crown-corona), y al día siguiente, al disculparse del error, hubo una
segunda equivocación y se imprimió korova
(cow-voca.). La correlación artística entre la serie crown-crow-cow y la serie rusa korona-vorona-korova
es algo que, estoy seguro, hubiera extasiado a mi poeta. Nunca vi nada
semejante en el terreno de los juegos lexicológicos y las posibilidades de una
doble coincidencia desafían todo cálculo.
Verso 810: una trama de sentido
Una de las cinco cabinas de este motel está
ocupada por el propietario, un hombre de 70 años, de ojos lagrimeantes, cuya
cojera me recuerda a Shade. Tiene una pequeña gasolinera aquí cerca, vende
gusanos a los pescadores y por lo general no me molesta, pero el otro día me
invitó a que "tomara cualquier viejo libro" de un anaquel que hay en
su habitación. Por no herirlo, eché un vistazo primero a un lado y después a
otro, pero eran todos libros policíacos encuadernados a la rústica, con los
ángulos rotos, y no merecían más que un suspiro y una sonrisa. Me dijo que
esperara un instante, y sacó de la alcoba un tesoro encuadernado en tela y
destartalado. "Un gran libro escrito por un gran tipo", las cartas de
Franklin Lane. —Yo solía verlo en Rainier Park, de muchacho, cuando era
guardabosque allí. Lléveselo por un par de días. ¡No lo lamentará!
No lo lamenté. He aquí un pasaje que
curiosamente hace eco al tono de Shade al final del Canto Tercero. Procede de
un fragmento escrito por mano de Lane el 17 de mayo de 1921, en vísperas de su
muerte, después de una grave operación: "Y si hubiera pasado a ese otro
mundo, ¿a quién hubiese buscado?... A Aristóteles. ¡Ah, sería un hombre con
quien hablar! Qué satisfacción verlo tomar, como riendas entre sus dedos, la
larga cinta de la vida del hombre y seguirla a través del laberinto
mistificador de toda la maravillosa aventura... Lo que estaba torcido,
enderezado. El plano de Dédalo simplificado por una mirada desde ba...
esfumado, podría decirse, por el toque de un pulga magistral que hubiera hecho
de toda esa cosa intrincada, fluctuante, una sola y bella línea recta".
Verso 819: jugando a un juego de mundos
Mi ilustre amigo mostraba una predilección
infantil por toda clase de juegos de palabras y especialmente por lo que se
llama el golf verbal. Era capaz de interrumpir el curso de una conversación
polifacética para entregarse a ese pasatiempo particular y naturalmente hubiera
sido grosero de mi parte negarme a jugar con él.
Verso 822: matando a un rey balcánico
Desearía ardientemente poder decir que el
texto del borrador era:
matando a un rey de Zembla
...pero ay, no es así: Shade no conservó
la ficha en que figuraba el borrador.
Verso 830: Sybil, tengo
Esta rima rara (Sybil, it is, possibilities) viene a coronar como una apoteosis
todo el canto y a sintetizar los aspectos contrapuntísticos de sus
"accidentes y posibilidades".
Versos 835-838: Ahora espiaré, etc.
El canto, iniciado el 19 de julio en la ficha
sesenta y ocho, se abre con un shadismo típico: la hábil disposición de varias
frases que repercuten unas en otras en un revoltijo de encabalgamientos. En
realidad la promesa hecha en esos cuatro versos no se cumplirá verdaderamente,
salvo la repetición de su ritmo encantatorio en los versos 915 y 923-924 (que
conduce al salvaje ataque en los versos 925-930). El poeta como un gallo fogoso
parece batir las alas para prepararse al estallido de la supuesta inspiración,
pero el sol no sale. En lugar de la poesía salvaje que se había prometido,
encontramos una o dos bromas, algo de sátira y al final del canto, una
irradiación maravillosa de ternura y reposo.
Versos 841-872: dos modos de componer
En realidad tres, si contamos el muy
importante método que consiste en fiarse del relámpago y la flauta del mundo
subliminal y de su "muda orden" (verso 871).
Verso 873: Mi mejor momento
Cuando mi querido amigo empezaba con este
verso su paquete de fichas del 20 de julio (de la ficha setenta y uno a la
ficha setenta y seis, terminando en el verso 948), Gradus, en el aeropuerto de
Orly, subía a bordo de un avión a reacción, se ajustaba el cinturón, leía un
diario, se elevaba, planeaba, profanaba el cielo.
Versos 887-888: Como mi biógrafo quizá es
demasiado grave o sabe demasiado poco
¿Demasiado grave? ¿Que sepa demasiado poco? Si
mi pobre amigo hubiera podido adivinar quién sería, se hubiese ahorrado esas
conjeturas. En realidad tuve el placer y el honor de ser testigo (una mañana de
marzo) del espectáculo que describe en los versos siguientes. Yo iba a
Washington y justo antes de partir recordé que me había pedido que mirara algo
en la Biblioteca del Congreso. Oigo con tanta claridad en el oído de mi
espíritu la voz fría de Sybil diciéndome: —Pero John no puede verlo, está en el
baño —y el rugido ronco de John desde el cuarto de baño—: ¡Déjalo entrar,
Sybil, no me va a violar! —Pero ni él ni yo pudimos recordar qué era ese algo.
Verso 894: un rey
Durante los primeros meses de la revolución
zemblana aparecieron no pocas veces retratos del Rey. De vez en cuando algún
entrometido de la universidad dotado de memoria fiel, o alguna de las mujeres
de club que andaban siempre detrás de Shade y su excéntrico amigo, me
preguntaron con el aire estúpido de saberlo todo que se adopta en esos casos,
si alguien me había dicho cuánto me parecía al infortunado monarca. Yo
contestaba algo por el estilo de: "todos los chinos se parecen" y
cambiaba de tema. Pero un día en el salón del Club de la Facultad donde estaba
descansando, rodeado por algunos de mis colegas, tuve que hacer frente a un
ataque especialmente incómodo. Un profesor visitante alemán de Oxford exclamó
en voz alta y como para sí mismo, que el parecido era "absolutamente
inaudito" y cuando le hice notar como de paso que todos los zemblanos con
barba se parecen —y que, en efecto, el nombre Zembla, es la corrupción no del zemlya ruso, sino de Semblerland, país
de reflejos, de "parecidos"— mi torturador dijo: —¡Ah, sí, pero el
Rey Charles no usaba barba, y sin embargo es su misma cara! Tuve (añadió) el
honor de estar sentado a unos pocos metros del palco real en el Festival
deportivo de Onhava donde fui con mi mujer, que es sueca, en 1956. Tenemos una
foto de él en casa, y la hermana de mi mujer conocía muy bien a la madre de uno
de los pajes del Rey, una mujer interesante. ¿No ve usted (arrancándole casi la
solapa a Shade) la asombrosa semejanza de rasgos... la parte superior de la
cara, y los ojos, sí, los ojos, y la curva de la nariz?
—Pero no, señor —dijo Shade, volviendo a
cruzar una pierna y agitándose ligeramente en su sillón como era su costumbre
cuando se disponía a hacer una declaración—, no hay ningún parecido. He visto
al Rey en los noticiarios cinematográficos, y no hay ningún parecido. Los
parecidos son las sombras de las diferencias. Personas diferentes ven
semejanzas diferentes y diferencias similares.
El bueno de Netochka, que parecía notablemente
incómodo durante esta conversación, señaló con su suave voz qué triste era
pensar que un "gobernante tan simpático" probablemente hubiera muerto
en la cárcel.
Se nos añadió un profesor de física. Era lo
que se llama un "Rosado" que creía en lo que creen los Rosados (la
educación progresista, la probidad del que hace espionaje a favor de Rusia, las
radiaciones causadas sólo por las bombas hechas en los EE.UU., la existencia en
el pasado reciente de una Era McCarthy, las hazañas soviéticas, incluido el Dr.
Zhivago, y así sucesivamente): —Su pesar es infundado —dijo—. Se sabe que el
desconsolado monarca escapó disfrazado de monja; pero lo que le ocurra o haya
ocurrido, no puede interesar al pueblo zemblano. La historia lo ha denunciado,
y ese es su epitafio.
Shade: —Exacto, señor. A su debido tiempo la
historia habrá denunciado a todo el mundo. El Rey quizá haya muerto, o quizá
esté tan vivo como usted y Kinbote, pero respetemos los hechos. Sé por él
(señalándome) que la tan difundida historia de la monja es una vulgar
fabricación pro extremista. Los extremistas y sus amigos han inventado una
cantidad de absurdos para ocultar su derrota, pero la verdad es que el Rey
salió a pie del palacio, y cruzó las montañas y salió del país, no con el traje
negro de una pálida solterona, sino vestido de lana escarlata como un atleta.
—Extraño, extraño —dijo el visitante alemán
que por algún capricho de ancestral bosque de los alisos había sido el único en
sentir la nota extraña que se había abierto paso y desaparecido.
Shade (sonriendo y masajeándome la rodilla):
—Los reyes no mueren... desaparecen solamente, ¿no es cierto, Charles?
—¿Quién ha dicho eso? —preguntó bruscamente,
como saliendo de un trance, el ignorante y siempre suspicaz jefe del
Departamento de Inglés.
—Considere mi propio caso —prosiguió mi
querido amigo, ignorando a Mr. H.—. Se ha dicho que me parezco a cuatro
personas por lo menos: Samuel Johnson; el antepasado del hombre amorosamente
reconstruido en el Museo de Exton; y dos personajes locales, uno de los cuales
es esa bruja hirsuta y descuidada que distribuye las cucharadas de puré en la
cafetería de Levin Hall.
—La tercera en la fila de las brujas —dije con
encantadora precisión, y todo el mundo se echó a reír.
—Yo diría más bien —observó Mr. Pardon
(historia norteamericana)— que se parece al Juez Goldsworth ("Uno de
nosotros", intercaló Shade, inclinando la cabeza), especialmente cuando
está verdaderamente furioso contra el mundo entero, después de una buena
comida.
—He oído decir —comenzó apresuradamente
Netochka— que los Goldsworth se están divirtiendo muchísimo...
—Lástima que no pueda probar mi argumento
—murmuró el tenaz visitante alemán—. Si por lo menos tuviéramos una foto aquí.
¿No habría una en alguna parte...?
—Naturalmente —dijo el joven Emerald
levantándose.
El Profesor Pardon me habló ahora: —Yo tenía
la impresión de que usted había nacido en Rusia, y de que su nombre era una
especie de anagrama de Botkin o Botkine.
Kinbote: —Usted me confunde con algún
refugiado de Nova Zembla (insistiendo sarcásticamente en "Nova").
—¿No me ha dicho usted, Charles, que kinbote significa regicida en su lengua?
—preguntó mi querido Shade.
—Sí, destructor de rey —dije (ansioso por
explicar que un rey que oculta su identidad en el espejo del exilio es en
cierto sentido exactamente eso).
Shade (dirigiéndose al visitante alemán): —El
Profesor Kinbote es autor de una obra notable sobre los nombres de pila. Creo
(a mí) que existe una traducción inglesa, ¿verdad?
—Oxford, 1956 —respondí.
—¿Sabe usted ruso, sin embargo? —dijo Pardon—.
Creo que le oí a usted, el otro día, hablando con... cómo se llama... oh, Dios
mío (formando laboriosamente el nombre con los labios).
Shade: —Señor, a todos nos cuesta
"atacar" ese nombre (riendo).
Profesor Hurley: —Piense en la palabra
francesa para "neumático": "pneumatique".
Shade: —Pero señor, mucho me temo que no haya
hecho más que pinchar el neumático de la dificultad (riéndose a carcajadas).
—Flatman —ironicé—, sí —continué dirigiéndome
a Pardon—, claro que hablo ruso. Comprende, era el idioma elegante par excellence, mucho más que el
francés, entre los nobles de Zembla por lo menos, y en la corte. Hoy todo eso
ha cambiado, naturalmente. Ahora son las clases más bajas las que tienen que
hablar el ruso a la fuerza.
—¿Y nosotros no estamos también tratando de
enseñar el ruso en nuestras escuelas? —dijo el Rosado.
Entre tanto, en el otro extremo de la
habitación el joven Emerald había estado platicando con los anaqueles. En ese
momento volvía con el volumen T-Z de una enciclopedia ilustrada.
—Aquí está —dijo— ese rey. Pero miren, es
joven y apuesto. (Ah, ésa no sirve, gimió el visitante alemán.) Joven, apuesto
y con un uniforme de fantasía —continuó Emerald—. Exactamente el maricón de
fantasía, en realidad.
—Y usted —dije calmosamente— es un mocoso, de
mente sucia y vestido con una chaqueta verde y barata.
—¿Pero qué he dicho? —preguntó el joven
maestro a los presentes, abriendo las palmas como un discípulo en la Ultima
Cena de Leonardo.
—Vamos, vamos —dijo Shade—. Estoy seguro,
Charles, de que nuestro joven amigo nunca tuvo intención de insultar a su
soberano y homónimo.
—No hubiera podido aunque lo quisiese —observé
plácidamente, convirtiéndolo todo en broma.
Gerald Emerald tendió la mano... que en el
momento de escribir todavía sigue en esa posición.
Versos 895-899: Cuanto más peso... O esta
papada
En lugar de estos versos fáciles e
indignantes, el borrador da:
895 Tengo cierto gusto, lo admito,
por la parodiat ese resorte último del
ingenio:
"En la lucha de la naturaleza, cuando el
coraje prevalece
la víctima vacila y el vencedor fracasa."
899 Sí, lector, Pope
Verso 920: que eriza todos los pelillos
Alfred Housman (1859-1936) cuyo libro The Shropshire Lad rivaliza con In Memoriam, de Alfred Tennyson
(1809-1892), en representar quizá (no, suprímase ese cobarde "quizá")
el logro más alto de la poesía inglesa en un siglo, dice en alguna parte (¿un
prólogo?) exactamente lo contrario: el erizarse de los pelillos excitados le
molestaba para afeitarse; pero como los dos Alfredos utilizaban sin duda una
navaja ordinaria y John Shade una vieja Gillette, la discrepancia puede deberse
al empleo de instrumentos diferentes.
Verso 922: cuando Nuestra Crema la sostiene.
Esto no es del todo exacto. En el anuncio a
que se alude, la barba está sostenida por burbujas de espuma, no por una
sustancia cremosa.
Después de este verso, en lugar de los versos
923-930, encontramos la siguiente variante, apenas tachada:
Todos los artistas han nacido en lo que llaman
una época lamentable; la mía es la peor de
todas:
una época que piensa que las bombas y las
naves espaciales
no pueden ser hechas sino por un genio de
nombre extranjero,
cuando cualquier cretino puede armar la cosa;
una época en que una banda de sinvergüenzas
puede pasar
por el selenógrafo; una época cómica
que ve en el Dr. Schweitzer a un gran sabio.
Habiendo tachado esto, el poeta ensayó otro
tema, pero estos versos también quedaron suprimidos:
Inglaterra donde los poetas volaron más alto,
ahora
quiere que arrastren los pies y que Pegaso
are;
añora los mercaderes de prosa del Grupo de los
Mugrientos,
el Hombre Mensaje, al ganso babieca
y
todas las novelas sociales de nuestra época
no dejan más que una pizca de polvo de carbón
en la página.
Verso 929: Freud
Con los ojos del alma veo de nuevo al poeta
desplomándose literalmente en el jardín, golpeando el césped con el puño y
torciéndose y aullando de risa, y yo mismo, el Dr. Kinbote, la barba inundada
en un torrente de lágrimas mientras trataba de leer inteligiblemente fragmentos
de un libro que había escamoteado de un aula: una obra erudita sobre
psicoanálisis, utilizado en las facultades norteamericanas, repito, utilizado
en las facultades norteamericanas. Ay, sólo encuentro dos pasajes copiados en
mi cuaderno de notas:
Al hurgarse la nariz a pesar de todas las
órdenes de no hacerlo, o cuando el muchacho se pasa el tiempo metiendo el dedo
en el ojal... el maestro analista sabe que el apetito del lujurioso no conoce
límites en su fantasía.
(Citado por el Profesor C. de la obra del Dr.
Oskar Pfister, The Psychoanalytical
Method, 1917, N.Y., p. 79)
El gorrito de terciopelo rojo en la versión
alemana de Caperucita Roja es un símbolo de menstruación.
(Citado por el Profesor C. de la obra de Erich
Fromm, The Forgotten Language, 1951, N.Y., p. 240)
¿Esos payasos creen realmente en lo que
enseñan?
Verso 934: grandes camiones
Debo decir que no recuerdo haber oído muy a
menudo que pasaran por nuestra vecindad "grandes camiones". Coches
ruidosos, sí, pero no camiones.
Verso 937: vieja Zembla
Hoy soy un comentador cansado y triste.
Paralelamente al lado izquierdo de la ficha
(la setenta y seis) el poeta ha escrito, la víspera de su muerte, un verso (de
la Segunda Epístola del Ensayo sobre el
hombre, de Pope) que quizá tenía intención de citar en una nota de pie de
pagina:
En Groenlandia, en Zembla o Dios sabe dónde
¿Así que esto es lo que ese viejo traidor de
Shade podí decir de Zembla... mi Zembla? ¿Mientras se afeitaba? Ex traño,
extraño...
Versos 939-940: La vida del hombre, etc.
Si entiendo correctamente el sentido de esta
sucinta obse vación, nuestro poeta sugiere aquí que la vida humana no es sino
una serie de notas de pie de página de una vasta y oscura obra maestra
inconclusa.
Verso 949: Y todo el tiempo
Así, en algún momento de la mañana del 21 de
julio, el último día de su vida, John Shade empezó su último paquete de fichas
(setenta y siete a ochenta). Dos zonas de tiempo silencioso se habían fundido
ahora para formar el tiempo corriente del destino de un solo hombre; y no es
imposible que el poeta en New Wye y el matón en Nueva York se hayan despertado
esa mañana con el mismo tictac del reloj de su Cronometrista.
Verso 949: todo el tiempo
Y
todo el tiempo Gradus se iba acercando.
Una tormenta formidable lo había recibido en
Nueva York la noche de su llegada de París (lunes 20 de julio). La lluvia
tropical había inundado los subsuelos y las vías del subterráneo. Reflejos
caleidoscópicos jugaban en las calles como ríos. Vinogradus nunca había visto
semejante despliegue de relámpagos, Jacques d'Argus tampoco —o Jack Grey, más
exactamente (¡no olvidemos a Jack Grey!)—. Se instaló en un hotel de tercera
clase de Broadway y durmió profundamente, tendido boca arriba sobre las
sábanas, con un pijama rayado —del tipo que los zemblanos llaman rusker sirsusker ("ropa de seersucker ruso")— con los
calcetines puestos, como de costumbre: desde el n de julio, en que había
visitado una casa de baños finlandesa en Suiza no se había visto los pies
desnudos.
Ahora era el 21 de julio. A las ocho de la
mañana Nueva York despertó a Gradus con un estrépito violento. Como de
costumbre empezó su confusa existencia diaria sonándose la nariz. Después sacó
de una caja de cartón donde la guardaba por la noche y se metió en la boca de
máscara de Comus, una dentadura postiza excepcionalmente grande y de aspecto
terrible: el único defecto grave, en realidad, de su aspecto por lo demás
inofensivo. Hecho esto, extrajo de su portafolios dos galletitas que había
guardado y un bocadillo de seudojamón aún más viejo todavía, pero de gusto
aceptable, pequeño, blanduzco, vagamente asociado a su viaje en ferrocarril de
Niza a París la noche del sábado precedente, no tanto por espíritu de economía
de su parte (las Sombras le habían adelantado, por lo demás, una bonita suma)
como por un apego animal a los hábitos de su frugal juventud. Después de
desayunar en la cama con esas golosinas, empezó los preparativos para el día
más importante de su vida. Se había afeitado el día anterior, eso era cosa
resuelta. Metió su fiel pijama no en la valija sino en el portafolios, se
vistió, sacó del interior de la chaqueta un peine de carey rosa de bolsillo, de
dientes mugrientos, se lo pasó por el pelo erizado, se puso cuidadosamente el
sombrero de fieltro, se lavó las dos manos con el lindo y moderno jabón líquido
en el lindo, moderno y casi inodoro lavatorio situado del otro lado del
corredor, orinó, se enjuagó una mano y sintiéndose limpio y pulcro, salió a dar
una vuelta.
Era la primera vez que visitaba Nueva York,
pero como muchos semicretinos, estaba por encima de las novedades. La noche
anterior había contado las hileras ascendentes de ventanas iluminadas en varios
rascacielos, y ahora, después de verificar la altura de unos cuantos edificios
más, consideró que sabía todo cuanto había que saber. Tomó una taza desbordante
y medio platillo de café en un mostrador atestado y húmedo y se pasó el resto
de la mañana azul humo pasando de un banco a otro y de un periódico a otro en
las avenidas del lado oeste de Central Park.
Empezó con el ejemplar del día del New York Times. Moviendo los labios con
retorcimiento de gusano, leyó acerca de toda clase de temas. Hrushchov (que
escribían "Khrushchev") había retardado súbitamente una visita a
Escandinavia para ir en cambio a Zembla (aquí sintonizó: "Vi nazivaete sebya semblerami, ¡Ustedes
se llaman zemblanos, a ya vas naz'ivayu
zemlyakamil, y yo les llamo camaradas compatriotas!" Risas y
aplausos). Los Estados Unidos se disponían a lanzar el primer barco mercante
atómico (únicamente para fastidiar a los rusos, naturalmente. J. G.). Anoche en
Newark, en una casa de departamentos de 555 South Street, cayó un rayo que
destruyó un televisor e hirió a dos personas que miraban a una actriz perdida
en una violenta tormenta de estudio (¡esos espíritus atormentados son
terribles! C. X. K. teste J. S.). La
Joyería Rachel, de Brooklyn, pide, en caracteres perla, un pulidor “que tenga
experiencia en joyas de fantasía" (oh, Degré lá tenía). Los hermanos
Helman dijeron que habían colaborado en las negociaciones para levantar un
pagaré importante: 5 000 000 de dólares, Decker Glass Manufacturing Company,
Inc., que vence el 1o de julio de 1979, y Gradus, de nuevo joven, releyó esto
dos veces, quizá con el pensamiento gris en el fondo de que al día siguiente
cumpliría sesenta y cuatro años (sin comentario). En otro banco encontró un
ejemplar del lunes del mismo periódico. Durante una visita a un museo de
Tiitehorse (Gradus lanzó un puntapié a una paloma que se acercaba demasiado),
la Reina de Inglaterra se dirigió a un rincón de la Sala de los Animales
Blancos, se quitó el guante derecho y volviendo la espalda a varias personas
que evidentemente la miraban, se frotó la frente y un ojo. Había estallado una
rebelión pro roja en Iraq. Interrogado sobre la exposición soviética del New
York Coliseum, Carl Sandburg, poeta, respondió, y yo cito: "Se dirigen a
los niveles intelectuales más altos." Un plumífero encargado de reseñar
nuevos libros para turistas, hablando de su propio viaje a Noruega dijo que los
fiordos son demasiado famosos como para necesitar de (su) descripción, y que
todos los escandinavos aman las flores. Y en un picnic para niños de todos los
países, una mocosa zemblana le gritó a una amiguita japonesa: Ufgut, ujgut, velkam ut Semblerland!
(¡Adiós, adiós, hasta la vista en Zembla!) Confieso que ha sido un juego
maravilloso consultar en la biblioteca Universitaria de Wordsmith diversas
efemérides por encima de la sombra de unas hombreras.
Jacques d'Argus miró por vigésima vez su
reloj. Se paseó como una paloma, con las manos detrás de la espalda. Se hizo
lustrar los zapatos marrones y apreció la forma en que el muchachito, lindo
pero sucio, hacía restallar la franela tensa. En un restaurante de Broadway
consumió una gran porción de cerdo rosado con chucrut, una doble ración de patatas fritas elásticas y la mitad de
un melón demasiado maduro. Desde mi nubecita alquilada lo contemplo con
tranquila sorpresa: ¡ahí está ese individuo dispuesto a cometer un acto
monstruoso, y disfrutando groseramente de una grosera comida! Debemos suponer,
pienso, que la imaginación que podía tener al proyectarse se detenía en el
acto, al borde de todas las consecuencias posibles; consecuencias
fantasmagóricas, comparables a los dedos fantasmagóricos de un amputado o al
despliegue en abanico de casillas que un caballo de ajedrez (esa pieza
saltadora), de pie en una fila marginal, "siente" en extensiones
espectrales más allá del tablero, pero que no tienen ningún efecto sobre sus
movimientos reales, sobre el juego real.
Volvió y pagó el equivalente de tres mil
coronas zemblanas por su breve pero agradable estada en el Beverland Hotel. Con
la ilusión de una previsión práctica, confió su valija de fibra y —después de
un momento de vacilación—, su impermeable, a la seguridad anónima de un
depósito cerrado con llave de la estación, donde supongo que todavía están tan
cómodamente instalados como mi cetro tachonado de piedras preciosas, el collar
de rubíes y la corona constelada de diamantes en... poco importa dónde. Para su
viaje fatídico sólo tomó el destartalado portafolios negro que conocemos;
contenía una camisa de nylon limpia, un pijama sucio, una máquina de afeitar,
una tercera galletita, una caja de cartón vacía, un viejo periódico ilustrado
que no había terminado de mirar en el parque, un ojo de vidrio que había hecho
una vez para su vieja amante, y una docena de folletos sindicalistas, cada uno
en varios ejemplares, impresos por sus propias manos varios años atrás.
Tenía que presentarse en el aeropuerto a las
dos de la tarde. La noche antes, al hacer la reservación, no había podido
conseguir un asiento en el vuelo que salía antes para New Wye debido a un
congreso que se reunía allá. Había ojeado las guías de ferrocarril, pero
evidentemente las había organizado algún bromista pues el único tren directo
(llamado la Rueda Cuadrada por nuestros zarandeados sacudidos estudiantes)
salía a las 5.13 de la mañana, se retrasaba en los paraderos y tardaba once
horas en recocer las cuatrocientas millas hasta Exton; se podía tratar de
trampear pasando por Washington, pero entonces había que esperar allí por lo
menos tres horas la partida de un somnoliento tren ómnibus local. Los autobuses
estaban descartados por lo que concernía a Gradus pues se mareaba siempre a
menos que se drogara con píldoras de Fahrmamine, y eso hubiera podido afectar
su objetivo. Pensándolo bien, de todas maneras no se sentía demasiado seguro.
Gradus está ahora mucho más cerca de nosotros
en el espacio y en el tiempo de lo que estaba en los cantos anteriores. Tiene
el pelo negro, cortado en cepillo. Podemos llenar el triste óvalo de su cara
con la mayoría de sus elementos como cejas espesas y una verruga en el mentón.
Tiene una tez encendida pero malsana. Podemos ver casi en foco la estructura de
sus órganos de visión un tanto mesméricos. Vemos su melancólica nariz con el
puente ganchudo y la extremidad hendida. Vemos el azul mineral de su mandíbula
y el rugoso pointillé de su bigote
afeitado.
Conocemos ya algunos de sus gestos, conocemos
la actitud de chimpancé de su ancho cuerpo y sus cortas patas traseras. Hemos
oído hablar bastante de su traje arrugado. Podemos por fin describir su
corbata, regalo de Pascua de un carnicero coqueto, su cuñado en Onhava:
imitación seda, color marrón chocolate, con rayas rojas, el extremo metido en
la camisa entre el segundo y el tercer botón, moda zem-blana de los años 30,
para sustituir el chaleco paterno si se ha de creer a los eruditos. Repulsivos
pelos negros cubren el dorso de sus honestas y rudas manos, las manos
escrupulosamente limpias de un artesano ultrasindicado, con una notable
deformación de los dos pulgares, típica de los fabricantes de arandelas de
candelero. Vemos con bastante brusquedad su carne húmeda. Podemos incluso
distinguir (mientras, de frente, pero con seguridad, como fantasmas pasamos a
través de él, a través de la centelleante hélice de su máquina voladora, a
través de los delegados que nos saludan con la mano y nos sonríen), su interior
magenta y color mora y la ola extraña y no tan buena que ondula en sus
entrañas.
Podemos ahora ir más lejos y describir a un
médico o a cualquiera que esté dispuesto a escucharnos, la condición de su alma
de primate. Podía leer, escribir y montar, estaba dotado de una módica
conciencia de sí mismo (con la que no sabía qué hacer), cierta conciencia de la
duración y una buena memoria para las caras, los nombres, las fechas y cosas
por el estilo. Espiritualmente no existía. Moralmente era un maniquí
persiguiendo a otro maniquí. El hecho de que su arma fuera real y su presa un
ser humano altamente desarrollado, este hecho pertenecía a nuestro mundo de
acontecimientos; en el suyo, no tenía ningún sentido. Les concedo que la idea
de destruir al "rey" le daba cierto grado de placer y por lo tanto
deberíamos añadir a la lista de sus elementos personales la capacidad de
concebir nociones, sobre todo nociones generales, como he mencionado en otra
nota que no me molestaré en buscar. Quizá haya (y estoy concediendo mucho) una
ligera, muy ligera satisfacción sensual, no mayor diría yo de la que siente un
pequeño hedonista en el momento en que, conteniendo la respiración delante de
un espejo de aumento, las uñas de los pulgares apretando con mortal seguridad
los dos lados de un punto negro, expulsa totalmente el pequeño cilindro sebáceo
y semitransparente de un comedón, y lanza un Ah de alivio. Gradus no hubiera
matado a nadie si no hubiese obtenido placer no sólo del acto imaginado (en la
medida en que era capaz de imaginar un futuro palpable) sino también de saberse
encargado de la responsabilidad de una misión importante (que lo ponía en la
obligación de matar) por un grupo de personas que participaban de su noción de
la justicia, pero no hubiera aceptado ese trabajo si en el asesinato no hubiese
encontrado algo semejante al pequeño estremecimiento bastante repugnante del
anticomedón.
He considerado en mi nota anterior (ahora veo
que es la nota al verso 171) las aversiones particulares y por lo tanto los
motivos de nuestro "hombre automático", como dije en un tiempo en que
éste tenía menos realidad corporal, no ofendía los sentidos tan violentamente
como ahora; cuando estaba, en una palabra, más alejado de nuestra soleada,
verde Arcadia, olorosa a hierba. Pero Nuestro Señor ha hecho al hombre tan
maravillosamente que por mucho que uno salga a la caza de motivos y haga
búsquedas racionales no se puede explicar realmente cómo y por qué alguien es
capaz de destruir a uno de sus semejantes (este razonamiento exige, lo sé, que
concedamos temporalmente a Gradus la condición de hombre), a menos que sea para
defender la vida de su hijo, o la propia, o la obra de toda una vida; de modo
que en el juicio definitivo del caso Gradus contra la Corona, yo propondría que
si su imperfección humana se juzgara insuficiente para explicar su absurdo
viaje a través del Atlántico únicamente para vaciar la recámara de su pistola,
admitiéramos, Doctor, que nuestro semihombre era también medio loco.
A
bordo del pequeño e incómodo avión que volaba hacia el sol, se encontró calzado
entre varios delegados que iban con retraso a la Conferencia Lingüística de New
Wye, todos ellos con su insignia en la solapa y representando la misma lengua,
pero ninguno capaz de hablarla, de modo que la conversación se desarrollaba
(por encima de nuestro encorvado asesino y de todos los lados de su cara
inmóvil) en un angloamericano bastante ordinario. Durante esta prueba el pobre Gradus
no cesaba de preguntarse cuál era la causa de otro malestar que lo afectaba de
vez en cuando durante el vuelo y que era peor que el parloteo de los
monolingüistas. No podía decidir a qué atribuirlo —si al cerdo, el repollo, las
papas fritas o el melón—, pues después de haberlos regustado uno tras otro en
espasmos retrospectivos, había poca elección entre sus sabores diferentes pero
igualmente repugnantes. Mi propia opinión, que me gustaría ver confirmada por
el Doctor, es que el bocadillo francés estaba empeñado en una sanguinaria lucha
intestina con las "French Fries" (papas fritas).
Al llegar, después de las cinco, al aeropuerto
de New Wye, bebió dos vasos de buena leche fría que le sirvió una máquina
automática y compró un mapa en el mostrador. Golpeando con sus gruesos dedos
cuadrados la configuración del terreno de la Universidad que parecía un
estómago retorcido, preguntó al empleado cuál era el hotel más cercano a la
Universidad. Le dijeron que un auto lo llevaría al Campus Hotel que estaba a unos minutos a pie del Main Hall (hoy
Shade Hall). Durante el trayecto sintió de pronto angustias tan apremiantes que
se vio obligado a visitar el lavabo no bien llegó al hotel, totalmente lleno.
Allí sus tormentos se resolvieron en un torrente ardiente de indigestión.
Apenas se había abrochado el pantalón y verificado el bulto del bolsillo,
cuando nuevos calambres y punzadas le obligaron a descubrirse otra vez los
muslos, cosa que hizo con prisa tan torpe que poco faltó para que su pequeña
Browning desapareciera en las profundidades del retrete.
Todavía se quejaba y hacía crujir los dientes
postizos cuando su persona y su portafolios volvieron a ofender al sol que
brillaba a través de los árboles con toda clase de efectos moteados. College
Town estaba animada de estudiantes de los cursos de verano y visitantes
lingüistas, entre los cuales Gradus hubiera podido pasar fácilmente por un
vendedor ambulante de textos elementales de inglés básico para escolares
norteamericanos o de esas maravillosas máquinas nuevas de traducir que hacen el
trabajo tanto más rápido que un hombre o un animal.
Una gran decepción le esperaba en Main Hall:
estaba cerrado todo el día. Tres estudiantes tendidos en el césped le
aconsejaron que probara la Biblioteca, y los tres se la señalaron del otro lado
del jardín. Allí se dirigió nuestro asesino.
—No sé dónde vive —dijo la muchacha de la
recepción—. Pero sé que está aquí en este momento. Lo encontrará, estoy segura,
en el Tres Noroeste, donde tenemos la Colección Islandesa. Tomé la dirección
sur (agitando el lápiz) y doblé al oeste, y después de nuevo al oeste donde
verá una especie de, una especie de... (el lápiz traza un movimiento circular
—¿mesa redonda? ¿o anaqueles curvos?—). No, espere un momento, sería preferible
que continuara en la dirección oeste hasta encontrar la sala Florence Houghton,
y allí usted cruza y pasa a la parte nordeste del edificio. No se puede
equivocar (el lápiz vuelve detrás de la oreja).
Como no era ni marino ni un rey fugitivo, no
tardó en perderse y después de recorrer en vano un laberinto de anaqueles,
preguntó por la Colección Islandesa a una vieja bibliotecaria de aire severo
que verificaba fichas en un fichero de acero, sobre un rellano. Sus
instrucciones lentas y detalladas lo devolvieron rápidamente al mostrador
principal.
—Por favor, no puedo encontrar —dijo meneando
lentamente la cabeza.
—Así que no... —empezó la muchacha, y de
pronto señaló hacia arriba—: ¡Oh, ahí está!
Por la galería abierta que dominaba el hall,
paralelamente, al costado estrecho, un hombre alto, barbudo, se dirigía con
paso rápido y militar del este hacia el oeste. Había desaparecido detrás de una
biblioteca, pero no antes de que Gradus hubiera reconocido la figura alta y
robusta, el porte erguido, la nariz aguileña, las cejas rectas y el balanceo
enérgico del brazo de Charles Xavier el Bienamado.
Nuestro perseguidor se precipitó hacia la
escalera más cercana... y se encontró en seguida en el silencio encantado de
los Libros Raros. La sala era hermosa y no tenía puertas; en realidad pasaron
unos momentos antes de descubrir la entrada con colgaduras que acababa de
utilizar. Las horribles perplejidades de su búsqueda combinadas con la
reanudación de los intolerables dolores de vientre le hicieron volver
precipitadamente atrás —bajó corriendo tres peldaños, volvió a subir nueve e
irrumpió en una sala circular donde un profesor calvo, tostado por el sol, en
camisa hawaiana, estaba sentado a una mesa redonda leyendo con expresión
irónica en el rostro un libro ruso. No prestó atención a Gradus que cruzó la
sala, pasó por encima de un perrito blanco y gordo, se precipitó ruidosamente
por una escalera de caracol y se encontró en la Bóveda P. Allí un pasillo bien
iluminado, bordeado de caños, blanqueado con cal lo condujo al súbito paraíso
de un retrete para plomeros o eruditos perdidos donde, blasfemando, sacó
precipitadamente su browning del
precario bolsillo posterior, se lo puso en la chaqueta y se alivió de otra
porción del infierno líquido que tenía en su interior. Empezó a subir de nuevo
y observó en la luz del templo de los anaqueles a un empleado, un esbelto joven
hindú, con una ficha de préstamo en la mano. Yo nunca había hablado con ese
muchacho pero había sentido más de una vez sobre mí su mirada azul-marrón, y
sin duda mi seudónimo académico le era familiar, pero alguna célula sensible en
él, algún acorde de intuición reaccionaron a la brutalidad de la pregunta del
asesino, como para protegerme de un vago peligro, sonrió y dijo: —No lo
conozco, señor.
Gradus volvió a la recepción principal.
—Qué lástima —dijo la muchacha—. Acabo de
verlo irse.
—Bozhe moy, Bozhe moy —murmuró Gradus que
a veces, en momentos de crisis, lanzaba eyaculaciones en ruso.
—Lo encontrará en la guía telefónica —dijo la
muchacha empujando el libro hacia él y olvidando la existencia del enfermo para
ocuparse de las exigencias del Sr. Gerald Emerald que pedía prestado un gordo
libro de gran venta, con una cubierta de celofán.
Gimiendo y saltando de un pie a otro, Gradus
empezó a hojear la guía de la Universidad, pero cuando hubo descubierto la
dirección, se encontró con el problema de llegar al lugar.
—Dulwich Road —gritó a la muchacha—. ¿Cerca?
¿Lejos? Muy lejos probablemente.
—¿Es usted por casualidad el nuevo ayudante
del Profesor Pnin? —preguntó Emerald.
—No —dijo la muchacha—. Este señor busca al
Dr. Kinbote, creo. ¿Usted busca al Dr. Kinbote, no es cierto?
—Sí, y no puedo más —dijo Gradus.
—Me parecía —contestó la muchacha—. ¿No vive
cerca del Sr. Shade, Gerry?
—Exactamente —dijo Gerry, y se volvió hacia el
asesino—. Lo puedo llevar, si quiere. Me queda en el camino.
¿Hablaron en el auto, esos dos personajes, el
hombre de verde y el hombre de marrón? ¿Quién puede decirlo? No hablaron.
Después de todo, el trayecto llevó unos pocos minutos (en mi poderoso Kramler
me llevaba cuatro y medio).
—Creo que lo voy a dejar aquí —dijo el Sr.
Emerald—. Es aquella casa, allá arriba.
Es difícil decidir qué es lo que Gradus, alias
Grey, más deseaba en aquel minuto: si descargar la pistola o librarse de la
lava inagotable de sus tripas. Cuando empezó a manotear precipitadamente la
portezuela del coche, el poco exigente Emerald se inclinó, cerca de él, por
encima de él, casi confundido con él, para ayudarle a abrirla y después, de un
portazo volvió a cerrarla, y salió zumbando rumbo a alguna cita en el valle.
Espero que mi lector apreciará todos los menudos detalles que me he tomado la
molestia de presentarle después de una larga conversación que tuve con el
asesino; los apreciará aún más si le cuento que, según la leyenda difundida
después por la policía, Jack Grey había sido levantado en Roanoke o en algún
otro lugar, por un camionero solitario. Es de esperar que una investigación
imparcial encuentre el sombrero olvidado en la Biblioteca... o en el automóvil
del Sr. Emerald.
Verso 957: Resaca nocturna
Recuerdo un poemita de Resaca nocturna que resultó ser mi primer contacto con el poeta
norteamericano Shade. Un joven profesor de literatura norteamericano, un
muchacho de Boston, brillante seductor, me mostró ese pequeño y encantador
volumen en Onhava, en mis tiempos de estudiante. Los versos con que empieza
este poema, que se titula Arte, me gustaron por su ritmo contagioso y chocaron
los sentimientos religiosos instalados en mí por nuestra muy "alta"
iglesia zemblana:
Desde las cacerías de mamut y odiseas
y
encantos orientales
hasta las diosas italianas
con niños flamencos en los brazos.
Verso 962: ¡Ayúdame, Will! Pálido fuego
Parafraseado, esto significa evidentemente:
Busquemos en Shakespeare algo que pudiera utilizar como título. Y el hallazgo
es "Pálido Fuego". ¿Pero de
cuál de las obras del Bardo lo ha tomado? Mis lectores deben buscarlo por sí
mismos. Todo lo que tengo conmigo es una minúscula edición de bolsillo de Timón de Atenas... ¡en zemblano! Desde
luego, no contiene nada que pueda considerarse como un equivalente de
"fuego pálido" (si así fuera, mi suerte hubiera sido un monstruo
estadístico).
El inglés no se enseñaba en Zembla antes de la
época del Sr. Campbell. Conmal lo había aprendido por sí solo (sobre todo
leyendo un léxico de memoria) siendo joven, hacia 1880, cuando parecía abrirse
delante de él, no un infierno verbal, sino una tranquila carrera militar, y su
primera obra (la traducción de los Sonetos
de Shakespeare) fue el resultado de una apuesta que había hecho con uno de sus
camaradas oficiales. Cambió su uniforme con alamares por la bata del erudito y
abordó La Tempestad. Trabajador
lento, necesitó medio siglo para traducir las obras completas del que él
llamaba "dze Bart". Después
de esto, en 1930, siguió con Milton y otros poetas, cavando sin cesar a través
de las edades, y acababa de terminar The
Rhyme of the Three Sealers, de Kipling ("He aquí la Ley del Moscovita
que él prueba con el plomo y el acero"), cuando cayó enfermo y murió en
seguida bajo el dosel de su cama espléndidamente decorado con reproducciones de
los animales de Altamira, siendo sus últimas palabras en el delirio final: Comment dit-on "mourir" en
anglais?, un fin hermoso y conmovedor.
Es fácil burlarse de los errores de Conmal.
Tienen debilidades ingenuas de un gran pionero. Vivió demasiado en su
biblioteca, no lo bastante entre chicos y jóvenes. Los escritores deben ver el
mundo, recoger sus hijos y melocotones, y no pasarse todo el tiempo meditando
en una torre de amarillo marfil —que fue también, en cierto modo, el error de
John Shade.
No debemos olvidar que cuando Conmal comen2Ó
su extraordinaria tarea, no se encontraba ningún autor inglés en zemblano,
salvo Jane de Faun, una novelista en diez volúmenes, cuyas obras, cosa bastante
extraña, son desconocidas en Inglaterra, y algunos fragmentos de Byron
traducidos de versiones francesas.
Hombre grande, pesado, sin otra pasión salvo
la poesía, rara vez se apartaba de su caldeado castillo y de sus cincuenta mil
volúmenes blasonados, y se sabía que había pasado dos años en cama leyendo y
escribiendo después de lo cual, muy descansado, se dirigió por primera y única
vez a Londres, pero el tiempo estaba brumoso y él no podía entender la lengua,
y entonces volvió a meterse en la cama un año más.
Como el inglés era la prerrogativa de Conmal,
su Shakespeare permaneció invulnerable durante la mayor parte de su larga vida.
El venerable Duque era famoso por la nobleza de su obra; pocos se atrevían a
discutir su fidelidad. Personalmente, nunca tuve el coraje de verificarla. Un
académico insensible que lo hizo, perdió como resultado su sitio y fue
severamente amonestado por Conmal en un soneto extraordinario, compuesto
directamente en un inglés lleno de color pero no muy correcto, que empieza:
¡No soy esclavo! Que mi crítico lo sea.
Yo no puedo. Y Shakespeare no lo querría.
Que los estudiantes de dibujo copien la hoja
de acanto,
¡yo trabajo con el Maestro en el arquitrabe!
Verso 991: el herrón
Ni Shade ni yo habíamos sido jamás capaces de
descubrir de dónde venían exactamente esos ruidos metálicos, cuál de las cinco
familias que vivían del otro lado del camino en las laderas inferiores de
nuestra boscosa colina jugaba al herrón una noche de cada dos; pero esos
mortificantes retintines añadían una nota agradablemente melancólica a las
otras sonoridades vespertinas de Bulwich Hill: niños que se llamaban unos a
otros, niños que eran llamados desde las casas, y el ladrido extasiado del
boxer detestado por la mayoría de los vecinos (derribaba los depósitos de
basura) saludando la llegada de su amo.
Esta mezcla de melodías metálicas era lo que
me rodeaba aquella tarde fatal, demasiado luminosa, del 21 de julio, cuando, al
volver a casa en mi poderoso coche, iba en seguida a ver qué estaba haciendo mi
querido vecino. Acababa de encontrar a Sybil que iba a toda velocidad en
dirección de la ciudad, dándome así ciertas esperanzas para la noche. ¡Me
parecía mucho, lo concedo, a un enjuto y prudente enamorado que aprovecha que
un joven marido se ha quedado solo en casa!
A
través de los árboles distinguí la camisa blanca y el pelo gris de Shade:
estaba sentado en su Nido (así lo llamaba), la galería o veranda tipo glorieta
que he mencionado en mi nota a los versos 47-48. No pude dejar de acercarme un
poco más, oh, discretamente, casi en puntas de pie; pero entonces observé que
más bien que trabajar descansaba, y caminé abiertamente hasta el pórtico o la
pértiga. Tenía el codo sobre la mesa, la sien apoyada en el puño, todas las arrugas
al sesgo, los ojos húmedos y nublados; parecía una vieja bruja achispada. Alzó
la mano libre para saludarme, sin cambiar de postura que, si bien me era no
poco familiar, esta vez me sorprendió por parecerme más desamparada que
pensativa.
—¿La musa —dije— ha sido buena con usted?
—Muy buena —respondió, inclinando ligeramente
la cabeza apoyada en la mano—. Excepcionalmente buena y amable. En realidad
tengo aquí (mostrándome un gran sobre panzón cerca de él, sobre el hule)
prácticamente el producto entero. Algunos detalles sin importancia que arreglar
y (golpeando súbitamente la mesa con el puño): ¡Diablos, acabé con él!
El sobre, abierto de un lado, desbordaba de
fichas apiladas.
—¿Dónde está la señora? —pregunté (la boca
seca).
—Ayúdeme, Charley, a salir de aquí —me
suplicó—. Se me ha dormido el pie. Sybil ha ido a una comida de su club.
—Una sugerencia —dije, temblando—. Tengo en
casa dos litros de Tokay. Estoy dispuesto a compartir mi vino favorito con mi
poeta favorito. Comeremos un puñado de nueces, un par de grandes tomates y
algunas bananas. Y si consiente en mostrarme su "producto terminado",
habrá otro regalo: le prometo revelarle por qué le he dado, o más bien quién le
ha dado su tema.
—¿Qué tema? —dijo Shade distraídamente,
mientras se apoyaba en mi brazo y recobraba poco a poco el uso de su miembro
dormido.
—Nuestra azul e inolvidable Zembla, y el steinmann de gorra roja y la lancha a
motor en la gruta marina y...
—Ah —dijo Shade—, creo que he adivinado su
secreto hace algún tiempo. Pero de todos modos probaré su vino con gusto. Ya
está, puedo arreglarme solo ahora.
Yo sabía muy bien que no podía resistir nunca
a una gota de esto o aquello, sobre todo porque estaba severamente racionado en
su casa. Con un salto de exultación interna lo alivié del gran sobre que
estorbaba sus movimientos para bajar los peldaños de la galería, de costado,
como un niño vacilante. Cruzamos el jardín, cruzamos el camino. Clink-clank
hacía la música de las herraduras en un Antro Misterioso. En el gran sobre que
yo llevaba podía sentir los paquetes de fichas de ángulos duros, apretadas en
elásticos. Estamos absurdamente acostumbrados al milagro de unos pocos signos
escritos capaces de contener una imaginería inmortal, evoluciones del
pensamiento, nuevos mundos con personas vivientes que hablan, lloran, se ríen.
Aceptamos eso tan simplemente que en cierto sentido, por el hecho mismo de una
aceptación automática y grosera, deshacemos la obra de los tiempos, la historia
de la elaboración gradual de la descripción y la construcción poéticas, desde
la época del arborícola hasta Browning, desde el troglodita hasta Keats. ¿Y si
un día nos despertáramos, todos nosotros, y descubriéramos que somos
absolutamente incapaces de leer? Quisiera que se maravillasen no sólo de lo que
leen, sino del milagro de que sea legible (esto es lo que yo solía decir a mis
alumnos). Aunque soy capaz, gracias a un largo comercio con la magia azul, de
imitar cualquier prosa del mundo (pero lo que es curioso, no el verso, soy un
rimador lamentable), no me considero un verdadero artista, salvo en un punto:
puedo hacer lo que sólo puede hacer un verdadero artista: precipitarme sobre la
mariposa olvidada de la revelación, destetarme bruscamente del hábito de las
cosas, ver la tela del mundo y la trama y la urdimbre de esa tela. Solemnemente
yo sopesaba en la mano lo que había llevado bajo el brazo izquierdo y durante
un momento me encontré enriquecido por un indescriptible asombro como si
acabara de enterarme de que las luciérnagas hacían señales descifrables en
beneficio de los espíritus extraviados, o de que un murciélago escribía un
cuento de tortura legible en el cielo amoratado y marcado con un fierro al
rojo.
Tenía a toda Zembla apretada contra mi
corazón.
Versos 993-995: Una sombría Vanessa, etc.
Un minuto antes de su muerte, mientras
pasábamos de su dominio al mío y habíamos empezado a meternos entre los enebros
y los arbustos ornamentales, un Vulcano (véase nota al verso 270) vino a girar
vertiginosamente alrededor de nosotros como una llama coloreada. Una o dos
veces habíamos observado al mismo ejemplar, a la misma hora, en el mismo lugar,
allí donde el sol bajo encontraba una abertura en el follaje y salpicaba la
arena marrón con un último resplandor mientras las sombras de la noche cubrían
el resto del sendero. Los ojos no podían seguir a la mariposa rápida en los
rayos del sol donde se iluminaba y se apagaba y volvía a iluminarse en una
imitación casi aterradora de un juego consciente que ahora coronaba posándose
en la manga de mi amigo encantado. Tomó vuelo y la vimos un momento después
afanándose en un éxtasis de frívola prisa alrededor de un arbusto de laurel,
posándose de vez en cuando en una hoja laqueada y dejándose deslizar a lo largo
de la nervadura central como un niño que el día de su cumpleaños se desliza por
el pasamanos de la escalera. Después la marea de sombras alcanzó a los laureles
y la magnífica criatura de terciopelo y llama se disolvió en ella.
Verso 998: el jardinero de algún vecino
¡De algún vecino! El poeta había visto a mi
jardinero muchas veces y sólo puedo atribuir esta imprecisión a su deseo
(perceptible en otras partes en el manejo de los nombres, etc.) de dar cierta
pátina poética, la flor de la lejanía, a figuras y cosas familiares, aunque es
posible también que en la luz quebrada lo haya tomado por un extranjero que
trabajaba para un extranjero. A ese dotado jardinero yo lo había descubierto
por casualidad un día de descanso, en primavera, en que volvía lentamente a mi
casa después de una aventura exasperante y molesta en la piscina interna del
College. Estaba de pie en lo alto de una escalera verde, ocupándose de la rama
enferma de un árbol agradecido, en una de las avenidas más célebres de
Appalachia. Su camisa de franela roja estaba tirada en la hierba. Conversamos
con un poco de timidez, él arriba, yo abajo. Me sorprendió agradablemente que
fuera capaz de relacionar a cada uno de sus pacientes con su propio habitat.
Era primavera y estábamos solos en esa admirable columnata de árboles que los
visitantes de Inglaterra han fotografiado de punta a punta. Sólo puedo enumerar
aquí algunas especies de esos árboles: el robusto roble de Júpiter y otros dos:
el hendido por el rayo de Inglaterra, y el nudoso de una isla del Mediterráneo;
un tilo, abrigo contra las intemperies, un fénix (ahora palmera datilera), un
pino y un cedro (Cedrus), todos insulares; un sicómoro veneciano (Acer); dos
sauces, el verde, igualmente de Venecia, y el de hojas escarchadas de
Dinamarca; un olmo de pleno verano, con sus dedos de corteza anillados de
hiedra; una morera de pleno verano cuya sombra invita al vagabundeo, y el
triste ciprés de Iliria.
Había trabajado dos años como enfermero en un
hospital para negros de Maryland. Andaba sin un cobre. Quería estudiar
jardinería paisajista, botánica y francés ("para leer en el original a
Baudelaire y a Dumas"). Le prometí alguna ayuda económica. Empezó a
trabajar en mi casa el día siguiente. Era sumamente gentil y patético y demás,
pero un poco charlatán y completamente impotente, cosa que consideré
desalentadora. Aparte de lo cual era un tipo fuerte y robusto, y yo gozaba
muchísimo del placer estético de verlo luchar vigorosamente con la tierra y el
césped o manipular delicadamente los bulbos, o colocar las piedras del sendero,
cosa que podrá o no ser una linda sorpresa para mi propietario, cuando vuelva
sano y salvo de Inglaterra (¡donde espero que ningún loco sediento de sangre le
ande al acecho!) ¡Cómo me hubiera gustado hacerle usar (a mi jardinero, no a mi
propietario) un grande y alto turbante, y pantalones abullonados y una ajorca.
Seguramente lo hubiera vestido siguiendo la vieja idea romántica del príncipe
moro, de haber sido yo un rey nórdico... o más bien de haber sido todavía un
rey (el exilio se convierte en una mala costumbre). Me regañarás, hombre
modesto, por haber escrito tanto sobre ti en esta nota, pero siento que debo
pagarte este tributo. Después de todo, me salvaste la vida. Tú y yo fuimos las
últimas personas que vimos a Shade vivo, y más tarde admitiste que habías
tenido un extraño presentimiento que te hizo interrumpir tu trabajo cuando nos
viste salir de entre los arbustos en dirección a la galería donde estaba...
(por superstición no puedo escribir con todas sus letras la extraña y sombría
palabra que empleaste).
Verso 1000 (= verso 1: Yo era la sombra del picotero asesinado)
A
través de la espalda de la camisa de fino algodón de John se podían distinguir
manchas de rosa allí donde se pegaba a la piel y alrededor del borde de la
divertida camisetita que usaba debajo de la camisa como hace todo buen
norteamericano. Veo con una claridad tan atroz un hombro gordo que gira, el
otro que se levanta; su greña gris, su nuca arrugada; el pañuelo colorado
colgando fláccido del bolsillo del pantalón, en el otro el bulto de la
billetera; la ancha pelvis deforme; las manchas de hierba en el fondo de sus
viejos pantalones caqui, las costuras gastadas de sus mocasines; y oigo su
encantador gruñido cuando se vuelve y me mira, sin detenerse, para decirme algo
como: —Tenga cuidado de no dejar caer nada, no es una posta de papeles —o (con
una mueca de dolor)—: Tendré que escribir de nuevo a Bob Wells (el alcalde) a
propósito de esos malditos camiones del martes por la noche.
Habíamos llegado al lado Goldsworth del camino
y el sendero de losas que bordeaba un jardín lateral para desembocar en el
camino de grava que conducía de Dulwich Road a la puerta de entrada, cuando
Shade observó: —Tiene usted un visitante.
En la galería, de perfil con respecto a
nosotros, ha' ía un hombre bajo, rechoncho, de pelo negro, con un traje marrón,
de pie, sosteniendo por la correa ridícula un portafolios raído e informe, el
dedo curvado todavía hacia el botón de la campanilla que acababa de apretar.
—Lo mataré —murmuré. Recientemente una
muchacha con gorra me había obligado a aceptar un montón de folletos religiosos
y me había dicho que su hermano, a quien por alguna razón yo me había
representado como un adolescente frágil y neurótico, vendría a discutir conmigo
acerca de los Designios de Dios y a explicarme lo que yo no hubiera entendido
de los folletos. ¡Vaya con el muchacho!
—Oh, lo mataré —repetí en voz baja, tan
intolerable era pensar que la voluptuosidad del poema podía quedar postergada.
En mi furor y en mi prisa por librarme del intruso, dejé atrás a John que hasta
entonces me había precedido, arrastrando los pies pero con bastante entusiasmo
hacia el doble placer de la parranda y la revelación.
¿Había yo visto a Gradus antes? Déjeme pensar.
¿Lo había visto? La memoria sacude la cabeza. Sin embargo el matador me aseguró
más tarde que una vez desde mi torre que dominaba el huerto del palacio, yo le
había hecho un gesto con la mano mientras él y uno de mis antiguos pajes, un
muchacho con pelo como viruta, transportaban vidrios embalados desde el
invernadero hasta un camión arrastrado por un caballo; pero como el visitante
se volviera ahora hacia nosotros y nos traspasara con sus ojos juntos de serpiente
triste, sentí tal sacudida de reconocimiento que de haber estado en la cama,
soñando, me hubiese despertado con un quejido.
Su primera bala arrancó un botón de la manga
de mi blazer negro, otra pasó cantando junto a mi oreja. Es un disparate
maligno afirmar que no me apuntaba a mí (a quien acababa de ver en la
biblioteca... seamos lógicos, señores, después de todo el nuestro es un mundo
racional), sino al caballero de pelo gris que estaba detrás de mí. Oh, me
apuntaba a mí pero me erraba todo el tiempo, el incorregible bruto, mientras
instintivamente yo retrocedía, gritando y abriendo mis grandes y fuertes brazos
(teniendo siempre en la mano izquierda el poema, "siempre aferrado a la
inviolable sombra" como dice Matthew Arnold [1822-1888]), en un esfuerzo
por detener al loco que avanzaba y de proteger a John, a quien yo temía que por
accidente hiriese mientras que él, mi viejo y torpe John, se agarraba a mí y me
arrastraba tras él, tras la protección de sus laureles, con el ajetreo solemne
del pobre niño cojo que trata de apartar a su hermano espástico de la lluvia de
piedras que le arrojan los chicos de la escuela, espectáculo otrora familiar en
todos los países. Sentí —siento todavía— la mano de John tanteando en busca de
la mía, buscando la punta de mis dedos, encontrándolos para abandonarlos en
seguida como si me trasmitiera, en una sublime carrera de postas, el bastón de
la vida.
Una de las balas que me erró le dio en el
costado atravesándole el corazón. Al no sentir de pronto su presencia a mis
espaldas, perdí el equilibrio, y simultáneamente, para completar la farsa del
destino, la pala de mi jardinero asestó a Jack el pistolero, desde el otro lado
del seto, un tremendo golpe en el cráneo que lo derribó e hizo volar el arma de
su mano. Nuestro salvador la recogió y me ayudó a incorporarme. El coxis y la
muñeca derecha me dolían mucho, pero el poema estaba a salvo. John, en cambio,
yacía boca abajo, con una mancha roja en la camisa blanca. Todavía tuve la
esperanza de que no estuviera muerto. El loco se había sentado en el peldaño de
la galería, acariciándose aturdido con las manos ensangrentadas, la cabeza que
le sangraba. Dejando que el jardinero lo vigilara, corrí a la casa y escondí el
inapreciable sobre debajo de las galochas, botas forradas y botas blancas que
las niñas habían amontonado en el fondo de un armario del que salí como del
extremo del pasadizo secreto que me había permitido salir de mi castillo
encantado y de Zembla para llegar a esta Arcadia. Marqué luego en el teléfono
el número inn y volví con un vaso de agua a la escena de la carnicería. El
pobre poeta había sido puesto ahora boca arriba y yacía con los ojos muertos y
abiertos mirando el azul de la tarde soleada. El jardinero armado y el asesino
abatido fumaban uno junto al otro en los peldaños. Este, ya fuese porque sufría
o porque hubiera decidido representar un nuevo papel, me ignoraba tan
absolutamente como si yo fuese un rey de piedra en un corcel de piedra de la
plaza Tessera, de Onhava; pero el poema estaba a salvo.
El jardinero tomó el vaso de agua que yo había
puesto junto a un tiesto de flores al lado de los peldaños de la entrada y lo
compartió con el asesino, luego lo acompañó al retrete del subsuelo y en
seguida llegaron la policía y la ambulancia, y el pistolero dio como nombre
Jack Grey, sin domicilio fijo, salvo el Instituto de Criminales Alienados
Criminales, ici, perro bueno, que
evidentemente hubiera debido ser su dirección permanente desde siempre y de
donde la policía creyó que se había escapado.
—Ven, Jack, vamos a ponerte algo en la cabeza
—dijo un policía tranquilo pero decidido, pasando por encima del cadáver, y
después hubo el momento horrible en que la hija del Dr. Sutton llegó con Sybil
Shade.
En el curso de esa noche caótica encontré un
momento para trasladar el poema de debajo de los zapatos de las cuatro ninfetas
de Goldsworth a la austera seguridad de mi valija negra, pero sólo al alba
consideré que el momento era bastante seguro para examinar mi tesoro.
Sabemos con qué firmeza, con qué estupidez,
creí que Shade estaba componiendo un poema, una especie de romaunt, sobre el Rey de Zembla. Estábamos preparados para la
horrible decepción que me aguardaba. ¡Oh, yo no esperaba que él se dedicara totalmente a ese tema! Hubiera podido
mezclarse desde luego con cosas de su propia vida y con miscelánea americana,
pero yo estaba seguro de que su poema contendría los maravillosos incidentes
que le había descripto, los personajes que había hecho vivir para él y toda la atmosphère única de mi reino. Incluso le
había sugerido un buen título, el título del libro que yo tenía en mí y del que
él no tenía más que cortar las páginas: Solus Rex; en cambio vi Pálido Fuego, que no significaba nada
para mí. Empecé a leer el poema. Leí cada vez más rápido. Avanzaba velozmente,
gruñendo como un joven heredero furioso que recorre el testamento de un viejo
embaucador. ¿Dónde estaban las almenas de mi castillo al sol poniente? ¿Dónde
estaba Zembla la Bella? ¿Dónde su cadena de montañas? ¿Dónde su largo
estremecimiento a través de la niebla? ¿Y mis encantadores muchachos-flores, y
la gama de los vitrales, y los Paladines de la Rosa Negra, y todo aquel cuento
maravilloso? ¡Allí no había nada de eso! La compleja colaboración que yo había
tratado de imponerle con la paciencia de un hipnotizador y el apremio de un
amante, sencillamente faltaba. ¡Ah, pero no puedo expresar mi sufrimiento! En
lugar de la historia gloriosa y salvaje, ¿qué había? Un relato autobiográfico,
eminentemente appalachiano, más bien pasado de moda, en un estilo prosódico
neo-Pope —muy bien escrito, naturalmente, Shade no podía escribir sino muy
bien— pero desprovisto de mi magia, de esa especial y rica corriente de locura
mágica que, yo estaba seguro, la recorrería y le haría trascender su época.
Poco a poco recobré mi compostura habitual.
Releí Pálido Fuego con más
detenimiento. Me gustó más cuando esperaba menos. ¿Y qué era eso? ¿Qué era esa
música tenue y distante, esos vestigios de color en el aire? Descubrí aquí y
allá y especialmente, especialmente en las inestimables variantes, ecos y
lentejuelas de mi espíritu, las olitas de la larga estela de mi gloria. Sentía
ahora una ternura nueva, compasiva hacia el poema como la que se siente por una
joven criatura inconstante que ha sido raptada y brutalmente poseída por un
gigante negro pero que está de nuevo a salvo en nuestro salón y nuestro parque,
silbando con los palafreneros, nadando con la foca amaestrada. El lugar todavía
duele, tiene que doler, pero con extraña gratitud besamos esos pesados párpados
húmedos y acariciamos esa carne mancillada.
Mi comentario al poema, que mi lector tiene
ahora entre las manos, representa una tentativa de escoger entre esos ecos y
olitas de fuego, entre esas pálidas alusiones fosforescentes y las muchas
deudas subliminales contraídas conmigo. Algunas de mis notas pueden parecer
amargas, pero he hecho lo que he podido por no expresar rencor. Y en este
escollo final mi intención no es quejarme del absurdo vulgar y cruel de que los
periodistas profesionales y los "amigos" de Shade en las noticias
necrológicas que cocinaron se permitieran escupir al describir falsamente las
circunstancias de la muerte de Shade. Considero sus referencias a mi respecto
como una mezcla de bajeza periodística y de veneno viperino. No dudo de que
muchas de las declaraciones hechas en esta obra serán descartadas por las
partes culpables cuando aparezca. La Sra. Shade no recordará que su marido,
"que le mostraba todo", le hubiera mostrado una o dos de las.
preciosas variantes. Las tres estudiantes tendidas en la hierba se levantarán
totalmente amnésicas. La muchacha del mostrador de la Biblioteca no se acordará
(le habrán dicho que no se acuerde) de que nadie hubiese preguntado por el Dr.
Kinbote el día del crimen. Y estoy seguro de que Mr. Emerald interrumpirá
brevemente su investigación de los encantos elásticos de alguna estudiante
mamífera para negar con el vigor de una excitada virilidad que llevara jamás a
nadie a mi casa aquella noche. En otras palabras, se hará todo por separar
completamente a mi persona del destino de mi querido amigo.
Sin embargo he tenido mi pequeño desquite: la
falsa interpretación pública me ha ayudado indirectamente a obtener el derecho
de publicar Pálido fuego. Mi buen
jardinero, al contar con entusiasmo a todo el mundo lo que había visto, se
equivocó seguramente en varios puntos, no tanto quizá en su relato exagerado de
mi "heroísmo", como en la suposición de que había sido
deliberadamente el blanco del tal Jack Grey; pero la —viuda de Shade se sintió
tan profundamente afectada por la idea de que me hubiese "lanzado"
entre el pistolero y su víctima, que durante una escena que nunca olvidaré,
exclamó, estrechándome las manos: —Hay cosas para las que ni en este mundo ni
en el otro hay recompensa bastante grande. —Ese "otro mundo" es
cómodo cuando el infortunio castiga al infiel, pero dejé pasar, naturalmente, y
decidí no refutar nada, diciendo por el contrario: —Oh, pero existe una
recompensa, mi querida Sybil. Quizá le parezca un pedido muy fastidioso,
pero... autoríceme, Sybil, para poner a punto y publicar el último poema tle
John. —El permiso fue acordado en seguida, con nuevos gritos y nuevos abrazos,
y al día siguiente mismo su firma estaba al pie del contrato que yo había hecho
preparar por un abogadito diligente. Ese momento de dolorosa gratitud usted no
tardó en olvidarlo, querida muchacha. Pero le aseguro que no tengo ninguna
intención de hacer daño y que quizá John Shade no se aburrirá demasiado con mis
notas, a pesar de las intrigas y la basura.
A
causa de estas maquinaciones me vi enfrentado con problemas de pesadilla en mis
esfuerzos por conseguir que las gentes vieran tranquilamente —sin que se
pusieran en seguida a gritarme y atropellarme— la verdad de la tragedia, una
tragedia en la cual yo no había sido un "testigo casual", sino el
protagonista y la principal víctima, aunque sólo fuese potencial. Toda esa
batahola terminó por afectar el curso de mi nueva vida y me obligó a
trasladarme a este modesto chalet de montaña; pero conseguí obtener, poco
después del arresto, una entrevista, quizá dos, con el prisionero. Estaba ahora
mucho más lúcido que cuando se desplomó, sangrando, en los peldaños de mi
entrada, y me contó todo lo que yo deseaba saber. Haciéndole creer que podría
ayudarlo en el proceso, le obligué a confesar su odioso crimen: su manera de
engañar a la policía y a la nación haciéndose pasar por Jack Grey, escapado de
un manicomio, que había tomado a Shade por el hombre que lo había hecho
encerrar. Pocos días después, ay, frustró a la justicia abriéndose la garganta
con una navaja que había recogido de un cajón de basuras no vigilado. Murió, no
tanto porque desempeñado ya su papel en la historia no veía razón para seguir
viviendo, sino porque no podía sobrevivir a su última plancha: haber matado a
quien no debía cuando su verdadero blanco estaba allí delante. En otras
palabras, su viJa no terminó con un leve chisporroteo del mecanismo, sino con
un gesto de desesperación humanoide. Basta. Exit Jack Grey.
No puedo recordar sin un estremecimiento la
semana lúgubre que pasé en New Wye antes de irme, lo espero, para siempre. Viví
en un temor constante de que los ladrones me privaran de mi tierno tesoro.
Algunos de mis lectores quizá se rían cuando sepan que trasladé con
apresuramiento la valija negra a una caja de hierro vacía que había en el
estudio de mi propietario, y que pocas horas más tarde saqué de nuevo el
manuscrito y durante varios días lo usé, puede decirse, distribuyendo las
noventa y dos fichas en mi persona, veinte en el bolsillo derecho de mi
chaqueta, otras tantas en el izquierdo, un paquete de cuarenta contra la
tetilla derecha y las doce preciosas con las variantes en el bolsillo interior
izquierdo de la chaqueta. Bendije mis estrellas reales por haberme enseñado
labores de esposa, porque cosí los cuatro bolsillos. Así, a pasos prudentes,
entre enemigos engañados, circulé, blindado de poesía, armado de rimas,
robustecido por el canto de otro hombre, rígido de fichas, en fin, a prueba de
balas.
Hace muchos años —cuántos, no quisiera
decirlo— recuerdo que mi nodriza zemblana me decía, siendo un hombrecito de
seis años presa del insomnio del adulto: "Minnamin. Gut mag alkan. Pern dirstan" (mi querido, Dios da el
hambre, el Diablo la sed). Creo, buenas gentes, que muchos de ustedes en esta
bella sala tienen tanta hambre y tanta sed como yo, y que haría bien en
detenerme, buenas gentes, aquí mismo.
Sí, es preferible que me detenga. Mis notas y
yo mismo estamos agotados. Señores, he sufrido mucho, más de lo que cualquiera
de ustedes puede imaginar. Ruego que la bendición del Señor caiga sobre mis
infortunados compatriotas. Mi obra está terminada. Mi poeta ha muerto.
—¿Y usted, qué hará de usted mismo, pobre Rey,
pobre Kinbote? —me preguntará quizá una voz joven y dulce.
Dios me ayudará, espero, a librarme de todo
deseo de seguir el ejemplo de otros dos personajes de esta obra. Seguiré
existiendo. Quizá adopte otros disfraces, otras formas, pero trataré de
existir. Me encontrarán tal vez en otra Universidad, bajo la apariencia de un
viejo ruso feliz, saludable, heterosexual, un escritor en el exilio, sans fam, sans futuro, sans
público, sans nada salvo su arte. Tal
vez me una a Odón para una nueva película: Evasión
de Zembla (baile en el palacio, bomba en la plaza del palacio). Quizá me
complazca en los simples gustos de los críticos y teatros y cocine una pieza,
un melodrama a la antigua con tres personajes principales: un loco que trata de
asesinar a un rey imaginario, otro loco que se imagina que es ese rey, y un
distinguido y viejo poeta que se encuentra por casualidad en la línea de fuego
y perece en el choque entre las dos ficciones. ¡Oh, puedo hacer muchas cosas!
Si la historia lo permite, puedo volver a mi reino recobrado, y con un gran
sollozo saludar la costa gris y el reflejo de un techo bajo la lluvia. Puedo
esconderme y gemir en un manicomio. Pero ocurra lo que ocurra, cualquiera que
sea el escenario, alguien, en alguna parte, se pondrá tranquilamente en camino,
alguien se ha puesto ya en camino, alguien todavía muy lejos compra un billete,
sube a un autobús, a un barco, a un avión, ha aterrizado, se dirige hacia un
millón de fotógrafos y pronto llamará a mi puerta, un Gradus más grande, más
respetable, más competente.
ÍNDICE
Los números en itálicas remiten a los versos
del poema y a los comentarios respectivos. Las mayúsculas G., K., S. designan a
los tres personajes principales de esta obra.
A., Barón: Oswin Affenpin, último barón de
Aff, traidor de opereta, 286.
Acht, Iris: célebre actriz muerta en 1888;
mujer apasionada y poderosa, favorita de Thurgus III (q. v.), 130. Murió
oficialmente por su propia mano; extraoficialmente, estrangulada en su camarín
por un camarada actor, un joven gothlandés celoso que ahora, a los noventa
años, es el miembro más viejo y menos importante del grupo de las Sombras (q.
v.).
Alfin, Rey: apodado El Vago, 1873-1918, reinó
a partir de 1900; padre de K.; monarca amable, bondadoso, distraído, interesado
sobre todo en automóviles, aparatos voladores, barcos de motor y, en cierta
época, en caracolas; se mató en un accidente de aviación, 71.
Andronnikov y Niagarin: dos expertos
soviéticos en busca de un tesoro enterrado, 130, 681, 741; ver Corona, Joyas de
la.
Amor, Romulus: poeta mundano y patriota
zemblano, 1914-1958, su poema citado, 80; ejecutado por los extremistas.
Aros: bonita ciudad de Zembla oriental,
capital del ducado de Conmal; en un tiempo, alcaldía del apreciable Ferz
("reina de ajedrez") Bretwit, primo del tío abuelo de Oswin Bretwit
(q. v.), 149-286.
B., Barón: suegro involuntario del Barón A. y
viejo amigo imaginario de la familia Bretwit (q. v.), 286.
Bera: cadena de montañas que divide la
península longitudinalmente; descripta con algunos de sus picos centelleantes,
pasos misteriosos y laderas pintorescas, 149.
Blawick: Ensenada Azul, agradable estación
balnearia de la costa occidental de Zembla, casino, golf, frutos de mar, barcos
de alquiler, 149-
Blenda, Reina: madre del Rey, 1878-1936, reinó
a partir de 1918, 71.
Boscobel: sitio de la residencia real de
verano, bello lugar de dunas y pinedos de Zembla occidental, dulces valles
impregnados por los más amorosos recuerdos del autor; hoy (1959) "colonia
nudista"... sea esto lo que sea, 149-596.
Botkin, V: erudito norteamericano de origen
ruso, 894; king bot, larva de una mosca extinguida que se criaba en los mamuts
y que se cree aceleró su fin filogenético, 247; fabricante de botas, 71; bot,
pluf y boteliy, panzón (ruso); botkin o bodkin, estilete danés.
Bregberg: ver Bera.
Bretwit Osivin: 1914-1959, diplomático y
patriota zemblano, 286. Ver también en Odevalla y Aros.
Campbell, Walter: nacido en 1890, en Glasgow;
preceptor de K., 1922-1931, amable gentilhombre dotado de un espíritu flexible
y rico; buen tirador y campeón de patinaje; ahora en Irán; 130.
Conmal, Duque de Aros: 1855-1955, tío de K, el
hermanastro mayor de la Reina Blenda (q. v.); noble parafraseador, 12; su
versión de Timón de Atenas, 39-130; su vida 7 su obra, 962.
Corona, Joyas de la: 130-681; véase Escondite.
Charles II: Charles Xavier Vseslav, último rey
de Zembla, apodado el Bienamado, nacido en 1915, reinó de 1936 a 1958; sus
armas, 1; sus estudios y su reino, 12; destino funesto de sus predecesores, 62;
sus partidarios, 70; sus padres, 71; su dormitorio, 80; su fuga del palacio,
130; y a través de las montañas, 149; alusión a su compromiso con Disa, 275;
pasaje subrepticio por París, 286; y por Suiza, 408; visita a Villa Disa, 433;
evocación de la noche en las montañas, 597-662; su sangre rusa y las Joyas de
de la Corona (q. v. a toda costa), 681; su llegada a los EE. UU., 691; carta a
Disa, robada, 741; y citada, 768; su retrato discutido, 894; su presencia en la
biblioteca, 949; identidad casi revelada, 991; Solus Rex, 1000. Véase también
Kinbote.
Disa, Duquesa de Payn, de Great Payn y Mone:
mi encantadora, pálida, melancólica Reina, fantasma visitante de mis sueños, yo
visitante de los suyos; nacida en 1928; su álbum y sus árboles favoritos, 49;
casada en 1949, 80; sus cartas en un papel etéreo con una filigrana que no
puedo descifrar, su imagen me tortura durante el sueño, 433.
Embla: vieja y pequeña ciudad con una iglesia
de madera rodeada de pantanos de turba en la punta más triste, más solitaria y
más septentrional de la brumosa península, 149-433.
Emblem: en zemblano significa "en
flor"; bonita bahía con rocas azuladas y negras curiosamente estriadas y
una lujuriosa proliferación de brezos en sus suaves laderas, en la parte más al
sur de Zembla Occidental, 433-
Escondite: potaynik (q. v.).
Falkberg: pico rosa, 71; cubierto de nieve,
149.
Flatman, Tbomas: 163 7-1688, poeta inglés,
erudito y miniaturista, desconocido por el viejo trapalón, 894.
Fleur, Condesa de Fyler: elegante dama de
honor, 71-80-433.
G.: véase Gradus.
Garh: hija de un granjero, 149-433. También,
pequeño cuidador de gansos de rosadas mejillas, encontrado en un camino rural
al norte de Troth en 1936, y de quien el autor se acuerda claramente sólo
ahora.
Glhternttn, Monte: espléndida montaña de la
cadena Bera (q. v.); lástima que ya no pueda escalarlo ahora, 149.
Gordon: véase Krummholz.
Gradus, Jakob: 1915-1959; alias Jack Degree,
de Grey, d'Argus, Vinogradus, Leningradus, etc.; chapucero y matón, 12-17;
linchador de inocentes, 80; su acercamiento sincronizado con el trabajo de S.
en el poema, 120-131; su elección y tribulaciones pasadas, 171; la primera
etapa de su viaje, de Onhava a Copenhague, 181-209; a París, y su encuentro con
Oswin Bretwit, 286; a Ginebra y conversación con el pequeño Gordon en casa de
Joe Lavender, cerca de Lex, 408; llamada al cuartel general desde Ginebra, 469;
su nombre en una variante, y su espera en Ginebra, 596; a Niza y su espera
allí, 697; su encuentro con Izumrudov en Niza y descubrimiento de la dirección
del Rey, 741; de París a New York, 873; en New York, 949; el desatino
culminante, 1000.
Griff: viejo granjero montañés y patriota
zemblano, 149.
Grindelwod: bonita ciudad de Zembla Oriental,
71-149.
Rodinski: aventurero ruso, muerto en 1800,
conocido también con el nombre de Hodyna, 681; vivió en Zembla de 1778 a 1800;
autor de un célebre pastiche y amante de la princesa (después Reina) Yaruga (q.
v.), madre de Igor II, abuela de Thurgus (q. v.).
Igor II: reinó de 1800 a 1845, rey sabio y
benévolo, hijo de la Reina Yaruga (q. v.) y padre de Thurgus III (q. v.); una
sección muy privada de la galería de cuadros del palacio, accesible solamente
al monarca reinante, pero donde un adolescente curioso puede introducirse
fácilmente por la Alcoba P, contenía las estatuas de cuatrocientos mariquitas
favoritos de Igor, de mármol rosa, con ojos incrustados de vidrio y varios
detalles retocados, notable exhibición de parecido y de arte de mala calidad,
obsequiado más tarde por K. a un potentado asiático.
K.: véase Charles II y Kinbote.
Kalixhaven: pintoresco puerto de la costa
occidental, a pocas millas al norte de Blawick (q. v.) 171; muchos recuerdos
agradables.
Kinbote, Charles, Doctor: amigo íntimo de S.,
su consejero literario, editor y comentador; primer encuentro y amistad con S.,
Prólogo; su interés por los pájaros de Appalachia, 1; su afable pedido de que
S. utilizara sus historias, 12; su modestia, 34; su falta de biblioteca en la
gruta timoniana, 39; su certeza de haber inspirado a S., 42; su casa en Dulwich
Road y las ventanas de la casa de S., 47; el Profesor H. contradicho y
corregido, 61-71; sus angustias y sus insomnios, 62; el mapa que trazó para S.,
71; su sentido del humor, 79-91; su certeza de que la palabra
"irídula" es un invento de S., 109; su fatiga, 120; sus actividades
deportivas, 130; su visita al subsuelo de S., 143; su confianza en que el
lector apreciará la nota, 149; recuerdo de infancia y del Orient Express, 162;
su pedido de que el lector consulte una nota posterior, 169; su discreta
advertencia a G, 171; sus observaciones sobre las críticas y otras salidas
apoyadas por S., 172; su participación en ciertas festividades en otra parte, habiendo
sido excluido de la fiesta de cumpleaños de S., después de volver a su casa, y
su hábil maniobra al día siguiente, 181; su conocimiento acerca de la fase
"poltergeist" de Hazel,
230; ¿pobre quién?, 231; sus esfuerzos fútiles por hacer abandonar a S. el tema
de la historia natural e inducirle a hablar sobre el curso de su obra, 238; su
recuerdo de los muelles de Niza y Menton, 240; su extrema cortesía con la mujer
de su amigo, 247; su limitado conocimiento de los lepidópteros y el negro
brillo de su naturaleza señalado como una Vanessa oscura de alegres reflejos,
270; su descubrimiento del plan de la Sra. S. para escamotear a S. a Cedarn y
su decisión de ir también, 288; su actitud hacia los cisnes, 319; su afinidad
con Hazel, 334-348; su paseo con S. al lugar cubierto de mala hierba donde
estaba en un tiempo el granero embrujado, 347; su objeción a la actitud frívola
de S. con respecto a celebridades contemporáneas, 376; su desprecio por el
Profesor H. (no figura en el índice); su memoria agotada, 384; su encuentro con
Jane Provost y el examen de encantadoras instantáneas tomadas a orillas del
lago, 385; su crítica del pasaje entre los versos 403 y 474, 403; su secreto adivinado
o no adivinado por S., sus revelaciones a S. acerca de Disa y reacción de S.,
471; su discusión con S. sobre los prejuicios, 470; su discusión consigo mismo
sobre el suicidio, 493; su sorpresa al comprobar que el nombre francés de un
árbol melancólico es el mismo que el de otro en zemblano, 501; su desaprobación
de ciertos pasajes frívolos del Canto Tercero, 5022; sus opiniones sobre el
pecado y la fe, 549; su probidad de editor y su sufrimiento espiritual, 550;
sus observaciones sobre cierta estudiante y sobre el número y la naturaleza de
las comidas compartidas con los Shade, 579; su alegría y su asombro ante un
profético encuentro de sílabas en dos palabras adyacentes, 596; su aforismo
sobre el asesino y el asesinado, 597; su cabaña de troncos de Cedarn y el
pequeño pescador, un muchacho de cutis de miel, desnudo salvo un par de blue jeans rotos, con una pierna
arrollada, frecuentemente alimentado de turrón y nueces, pero entonces empezó
la escuela y cambió el tiempo, 609; su aparición en casa de los H., 629; su
crítica severa de los títulos hechos con citas, de La Tempestad, etc., como "Pálido
Fuego", etc., 671; su sentido del humor, 680; evocación de su llegada
a la casa de campo de la Sra. O'Donnell, 691; su apreciación de un chiste y sus
dudas con respecto al presunto autor, 727; su odio a la persona que hace
avances y después traiciona a un corazón noble e ingenuo, contando historias
indecentes sobre su víctima y persiguiéndola con bromas brutales, 741; su
incapacidad, debida a algún bloqueo psicológico, o al temor de un segundo G.,
de viajar a una ciudad situada a sólo sesenta o setenta millas, donde
seguramente hubiese encontrado una buena biblioteca, 747; su carta del 2 de
abril de 1959 a una dama que la guardó bajo llave entre los tesoros de su villa
cerca de Niza cuando fue ese verano a Roma, 768; servicio divino por la mañana
y paseo por la tarde con el poeta que habla al fin de su obra, 802; sus
observaciones sobre un milagro léxico y lingüístico, 803; pide prestada una
colección de cartas de F. K. Lane al propietario del motel, 810; su entrada en
el cuarto de baño donde su amigo estaba sentado en el tub afeitándose, 887; su
participación en una discusión en la sala de profesores acerca de su parecido
con el Rey, y su ruptura final con E. (no figura en el índice), 929; él y S. se
tuercen de risa leyendo ciertos pasajes de un libro de texto del Profesor C.
(no figura en el índice), 929; su triste gesto de fatiga y de amable reproche,
937; viva evocación de un joven profesor de la Universidad de Onhava, 957; su
último encuentro con S. en la glorieta del poeta, etc., 991; recuerdo de su
descubrimiento del jardinero erudito, 998; su fracasado intento de salvar la
vida de S. y su éxito en el salvamento del manuscrito, 1000; sus arreglos para
hacerlo publicar sin la ayuda de dos "expertos", Prólogo.
Kobaltana: estación de montaña, en otro tiempo
de moda, cerca de las ruinas de unos viejos cuarteles, ahora lugar frío y
desolado de acceso difícil y sin importancia, pero que todavía es recordado en
las familias militares y en los castillos forestales, no en el texto.
Kronberg: montaña rocosa coronada de nieve con
un hotel confortable, en la cadena de Bera, 70-130-149.
Krumtnholz, Gordon: nacido en 1944, prodigio
musical y divertido favorito; hijo de la famosa hermana de Joseph Lavender,
Elvina Krummholz, 408.
Lane, Franklin Knight: abogado y estadista
norteamericano, 1864-1921, autor de un fragmento notable, 810.
Lavender, Joseph S.: véase O'Donnell, Sylvia.
Mandevil, Barón Mirador: primo de Radomir
Mandevil (q. v.); experimentador, loco y traidor, 171.
Mandevil, Barón Radomir: nacido en 1925,
hombre a la moda y patriota zemblano; en 1936, paje del trono de K., 130; en
1958, disfrazado, 149-
Marcel: personaje central, maniático,
desagradable y no siempre verosímil, mimado por todo el mundo en A la Recherche du Temps Perdu, 181-691.
Marrowsky: un juego de palabras rudimentario,
derivado del nombre de un diplomático ruso de comienzos del siglo IX, el Conde
Komarovski, famoso en las cortes extranjeras por pronunciar mal su propio
nombre —Makarovski, Macaronski, Skomorovski, etc.
Multraberg: véase Bera.
Niagarin y Andronnikov: dos
"expertos" soviéticos todavía en busca de un tesoro enterrado,
130-681-741; véase Corona, Joyas de la.
Mitra e Indra: islas mellizas de las costas de
Blawick, 149-
Nodo: hermanastro de Odón, nacido en 1916,
hijo de Leopold O'Donnell y de una zemblana disfrazada de muchacho; fullero y
traidor despreciable, 171.
Odevalla: bonita ciudad situada al norte de
Onhava, en la Zembla oriental, en otro tiempo alcaldía del honorable Zule
("torre de ajedrez") Bretwit, tío abuelo de Oswin Bretwit (q. v., q,
v., como dice el cuervo), 149-286.
Odón: seudónimo de Donald O'Donnell, nacido en
1915, actor de fama mundial y patriota zemblano; conoce por K. el pasaje
secreto pero tiene que irse al teatro, 130; conduce a K. en auto desde el
teatro hasta el pie del Monte Mandevil, 149; se encuentra con K. cerca de la
gruta marina y se escapa con él en una lancha de motor, ibid.; dirige una
peíícula en París, 171; se aloja en casa de Lavender, en Lex, 408; no debería
casarse con esa actriz de cine trompuda, de pelo desordenado, 691; véase
también O'Donnell, Sylvia.
D'Donnell, Sylvia: née O'Connell, nacida ¿en
1895?¿1890? madre de Odón (q. v.), muchos viajes, muchos casamientos (q. v.)
149-691; después de casarse con el presidente del College Leopold O'Donnell,
padre de Odón, en 1915, se divorció y casó con Peter Gusev, primer Duque de
Rahl, y honró Zembla con su presencia hasta 1925 aproximadamente en que se casó
con un príncipe oriental conocido en Chamonix; después de muchos otros
casamientos más o menos brillantes, se disponía a divorciarse de Lionel
Lavender, primo de Joseph, en su última aparición en este índice.
Oleg, Duque de Rahl: 1916-1931, hijo del
Coronel Gusev, Duque de Rahl (nacido en 1885, siempre ágil); amado compañero de
juegos de K, muerto en un accidente de tobogán, 130.
Onhava: bella capital de Zembla,
12-71-130-149-171-181-275-579-894-1000.
Otar, Conde: heterosexual a la moda y patriota
zemblano, nacido en 1915, su calvicie, sus amantes adolescentes, Fleur y
Fifalda (más tarde Condesa Otar), frágiles hijas de la Condesa de Fyler,
interesantes efectos de luz, 71.
Paberg: véase cadena de Bera.
Payn, Duques de: escudo de, 270; véase Disa,
mi Reina.
Poemas cortos de Shade: El árbol sagrado, 49;
El columpio, 61; Vista de montaña, 92. La naturaleza de la electricidad, 347;
un verso de Lluvia de abril, 470; un verso de Monte Blanco, 782; primera
cuarteta de Arte, 957.
Potaynik, taynik (q. v. ).
Religión: Contacto con Dios, 47; el Papa, 85;
libertad de pensamiento, 101; problemas del pecado y la fe, 549; véase
Suicidio.
Rippleson, grutas de: véanse grutas de
Blawick, llamadas así por un célebre vidriero que incorporó el juego de
moteados y anillos y otros reflejos circulares del agua glauca del mar en sus
extraordinarios vitrales para el palacio, 130-149-
Shade, Hazel: hija de S., 1934-1957;
merecedora de un gran respeto por haber preferido la belleza de la muerte a la
fealdad de la vida; el fantasma doméstico, 230; el granero embrujado, 347.
Shade, John Francis: poeta y erudito,
1898-1959; su trabajo en Pálido Fuego
y su amistad con K., Prólogo; su aspecto físico, sus manierismos, sus hábitos,
etc., ibíd.; su primer roce con la muerte tal como lo vio K., y sus comienzos
del poema mientras K. juega al ajedrez en el Club de Estudiantes—, 1; sus
paseos vespertinos con K., 2; su vaga premonición de G., 17; su casa vista por
K. en función de las ventanas iluminadas, 47; el comienzo del poema, la
terminación del Canto Segundo y de casi la mitad del Tercero, y las tres
visitas de K. en esos momentos, ibíd.; sus padres, Samuel Shade y Caroline
Lukin, 71; influencia de K. vista en una variante, 79; Maud Shade, hermana del
padre de S., 86; S. muestra a K. un juguete mecánico memento mori, 143; K.
sobre los síncopes de S., 162; S. comienza el Canto Segundo, 167; S. sobre los
críticos, Shakespeare, la educación, etc., 172; K. vigila la llegada de los
invitados de S. el día de su cumpleaños y del de S., y S. escribe el Canto
Segundo, 181; evocación de la inquietud por su hija, 230; su delicadeza o
prudencia, 231; su exagerado interés por la fauna y la flora locales, 238-270;
las complicaciones del casamiento de K. comparadas con la chatura del de S.,
275; K. señala a la atención de S. una huella de pastel que atraviesa el cielo
del poniente, 286; su temor de que S. pueda irse antes de haber terminado su
colaboración, 288; su vana espera de S. el 15 de julio, 338; su paseo con S. a
través de los campos del viejo Hentzner y su reconstrucción de las expediciones
de la hija de S. al granero embrujado, 347; la pronunciación de S., 367; el
libro de S. sobre Pope, 384; su rencor contra Peter Provost, 385; su trabajo
sobre los versos 406 a 416 sincronizados con las actividades de G. en Suiza,
408; de nuevo su prudencia o consideración, 417; la posibilidad de que hubiera
podido percibir veintiséis años antes la villa Disa y a la pequeña Duquesa de
Payn con su gobernanta inglesa, 433; su aparente asimilación del material sobre
Disa y la promesa de K. de revelarle una última verdad, ibíd.; opiniones de S.
sobre los prejuicios, 470; opiniones de K. sobre el suicidio, 493; opiniones de
S. y de K. sobre el pecado y la fe, 549; áspera hospitalidad de S. y
satisfacción de una cocina vegetariana en mi casa, 579; rumores sobre su
interés por una estudiante, ib'td.; su refutación de la locura de un jefe de
estación, 629; su ataque cardíaco sincronizado con la llegada espectacular de
K. a los Estados Unidos, 691; alusión de K. a S. en una carta a Disa, 768; su
último paseo con S. y su alegría al enterarse de que S. trabaja
encarnizadamente en el tema "montaña", un trágico malentendido, 802;
sus partidas de golf con Z., 819; su aceptación de verificar referencias para
S., 887; S. defiende al Rey de Zembla, 894; su hilaridad y la de K. ante la
estupidez de un manual escrito por el Profesor C, psiquiatra y experto en
literatura (!), 929; comienza el último paquete de fichas, 949; revela a K. que
ha terminado su tarea, 991; su muerte causada por una bala destinada a otro,
1000.
Shade, Sybil: mujer de S., passim.
Sombras, las: organización regicida que
encargó a Gradus (q. v.) el asesinato del rey voluntariamente exiliado; el
terrible nombre de su jefe no puede mencionarse, ni siquiera en el índice de la
oscura obra de un erudito; su abuelo materno, arquitecto muy conocido y muy
valiente, fue contratado por Thurgus el Túrgido, alrededor de 1885, para hacer
ciertas reparaciones en sus apartamentos, y pereció poco después, envenenado en
las cocinas reales, en circunstancias misteriosas, junto con sus tres jóvenes
aprendices cuyos nombres de pila, Yan, Yonny y Angeling, se han conservado en
una balada que todavía se puede escuchar en algunos de nuestros valles más
agrestes.
Shalksbore, Barón Harfar: conocido con el
nombre de Coeur de Boeut, nacido en 1921, hombre a la moda y patriota zemblano,
433.
Steinmann, Julius: nacido en 1928, campeón de
tenis y patriota zemblano, 171.
Sudarg de Bokay: espejero de genio, santo
patrono de Bokay en las montañas de Zembla, 80; duración de vida ignorada.
Suicidio: opiniones de K. al respecto, 493.
Taynik (ruso): lugar secreto; véase Corona,
Joyas de la.
Thurgus III: apodado el Túrgido, abuelo de K.,
muerto en 1900 a los setenta y siete años después de un largo y opaco reinado;
con una gorra a cuadros blancos y negros y una sola condecoración en su
chaqueta Jaeger, le gustaba andar en bicicleta por el parque; fornido y calvo,
la nariz como una ciruela congestionada, el bigote marcial erizado de pasiones
obsoletas, envuelto en una bata de seda verde y con una antorcha en la mano
alzada, tenía la costumbre de encontrarse todas las noches, durante un breve período
hacia los años 85 con su encapuchada amante, Iris Acht (q. v.) a medio camino
entre el palacio y el teatro, en el pasaje secreto que más tarde redescubriría
su nieto, 130.
Tintarrón: precioso vidrio de un azul
profundo, hecho en Bokay, ciudad medieval en las montañas de Zembla, 149; véase
también Sudarg.
Traducciones poéticas: del inglés al zemblano,
versiones de Shakespeare, Milton, Kipling, etc., hechas por Conmal,
mencionadas, 962; del inglés al francés, de Donne y Marvell, 678; del alemán al
inglés y al zemblano, Der Erlkönig, 662; del zemblano al inglés, Timón
Ajinsken, de Atenas, 39; Eider Edda, 79; Maragarl, de Arnor, 80.
Uran el Ultimo: Emperador de Zembla, reinó de
1798 a 1799; monarca increíblemente brillante, fastuoso y cruel cuyo látigo
silbante hizo girar a Zembla como un trompo arco iris; mandado al otro mundo
una noche por un grupo de los favoritos unidos de su hermana, 681.
Vanessa: mariposa Vulcano o "Roja
admirable" (sumpsimus), evocada,
270; sobrevolando un parapeto en una colina suiza, 408; ilustrada, 470;
caricaturizada, 949; acompañando los últimos pasos de S. en el crepúsculo, 933.
Variantes: el sol y la luna ladrones, 39-40;
preparación de la escena primaria, 57; la evasión del Rey de Zembla
(contribución de K., 8 versos), 70; Edda (contribución de K., verso), 79; el
capullo muerto de Luna, 90-93; niños encuentran un pasadizo secreto
(contribución de K. 4 versos), 130; pobre viejo Swift, pobre... (posible
alusión a K.), 231; Shade, Sombra, 275; Blancos de Virginia, 316; el Jefe de
Nuestro Departamento, 377; una ninfeta, 413; verso adicional de Pope (alusión
posible a K.), 417; Tanagra dormida (un caso notable de premonición), 596; de
esta América, 609-614; primeros dos pies cambiados, 629; parodia de Pope,
895-899; una triste época y novelas sociales, 922.
Waxwings: picoteros, pájaros del género
Bombycilla, 1-4, 131, 1000; Bombycilla shadei, 71; interesante asociación
tardíamente comprendida.
Ventanas, Prólogo: 47, 62, 181.
Yaruga, Reina: reinó de 1799 a 1800, hermano
de Uran (q. v.); ahogada al caer en un agujero del hielo con su amante ruso,
durante las tradicionales fiestas de año nuevo, 681.
Yeslove: bonita ciudad, distrito y obispado,
al norte de Onhava, 149-275.
Zembla: distante tierra nórdica.

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