© Libro N° 15356. Comedias De Aristófanes. Tomo II. Aristófanes. Emancipación. Julio 18 de 2026
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COMEDIAS
DE
ARISTÓFANES
TOMO II
TOMO II
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Contents
Primera edición SEP, 2025
D.R. © Secretaría de Educación
Pública, 2025
Argentina 28, Centro,
06020, Ciudad de México
ISBN 978-607-643-152-8
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DE
ARISTÓFANES
TRADUCIDAS DIRECTAMENTE DEL GRIEGO
POR
D.
FEDERICO BARÁIBAR Y ZUMÁRRAGA
TOMO II.
A
deplorable estado llegó la administración de justicia en Atenas durante los
primeros años de la guerra del Peloponeso. Contribuían a ello grandemente de un
lado la defectuosa organización de los tribunales, y de otro la manía de
juzgar, litigar y perorar en público, desarrollada en los atenienses con una furia
de que no hay otro ejemplo. Entre los principales vicios de aquel sistema,
aparece desde luego como de más bulto el de la multiplicidad de los tribunales.
Basta, en efecto, recordar los nombres del Areópago, el Heliástico, el
Epipaladio, el Epidelfinio, el Enfreacio, el Epipritáneo, el Epitalacio y las
Curias del Arconte epónimo, del Arconte-rey, del Polemarca, de los Tesmotetas,
de los Once, de los Catademos, de los Diatetas y de los Nautódicos, con sus mal
definidas y a veces encontradas atribuciones, para comprender a cuántos abusos
y entorpecimientos daría lugar complicación semejante. Y, sin embargo, leemos
con asombro en Jenofonte que con ser tantos los tribunales y dotados de
personal numeroso, no eran todavía bastantes para dar solución a las infinitas
cuestiones que a su decisión se sometían. «Muchos particulares, dice, vense
obligados a esperar todo un año antes de poder presentar su demanda al Senado o
al pueblo, porque la multitud de negocios es tal, que impide dar audiencia a
todo el mundo.» Pero el origen y
verdadera fuente de las infamias y abusos que los jurados atenienses cometieron
debe buscarse, sin duda alguna, en la ley de Solón que, equiparando la
administración de justicia al ejercicio de los derechos políticos, permitía a
todo ciudadano de treinta años formar parte de los tribunales; pues, como para
el altísimo cargo de juzgar no se exigía circunstancia alguna de moralidad ni
ilustración, los jueces eran fácilmente engañados por los oradores, que, o
tergiversando los hechos, o falseando la ley, o enterneciendo al tribunal con
peroraciones elocuentes, le hacían pronunciar fallos a todas luces injustos.
Así se
explican hechos como el del anciano Tucídides, envuelto por la elocuencia de un hábil
abogado, y condenado, no obstante su inculpabilidad, a una crecida multa: así
se explica también, dice el citado Jenofonte, que tantos inocentes pereciesen
víctimas de su altivez, mientras muchos criminales conseguían la absolución
libre. Y si esto ocurría cuando los jueces eran ignorantes sin dejar de ser
honrados, calcúlese a qué extremo llegarían los abusos cuando las agitaciones
políticas y la guerra crearon tal estado de cosas, que el soborno, la venalidad
y la falta de independencia llegaron a ser lo más corriente y ordinario.
Ya en Los
Acarnienses y Los Caballeros pudimos observar que los campesinos refugiados en
Atenas al verificarse la primera incursión lacedemonia, invadieron los
tribunales e hicieron un modo de vivir de la profesión de juez. Faltos de
ocupación y víctimas de una miseria que las escasas distribuciones de víveres
no podían remediar, tenían su único recurso en los tres óbolos que el Estado
pagaba por sesión: expuestos por su penuria a la venalidad y al soborno,
sucedía que en los negocios privados daban su voto al rico particular que se lo
compraba, y en los asuntos de interés común obedecían dócil y ciegamente al
demagogo, de cuya voluntad dependía el cobrar o no su sueldo.
A aumentar
el desconcierto y escandalosos abusos de los tribunales, contribuía no poco
aquella extraña afición de los atenienses a todo lo que fuera litigio, proceso
y discusión, avivada por los odios de partido que dividían su democracia.
A este
propósito dice discretamente Artaud: «Los debates entre particulares fácilmente
se transformaban en Atenas en públicas acusaciones; todo hombre distinguido era
pronto sospechoso de aspirar a la tiranía; el derecho de acusar, concedido a
todo ciudadano, secundaba las animosidades, las venganzas, y sobre todo, esas
pasiones envidiosas y malignas de que adolecen los gobiernos populares; la
delación era ya un oficio, y el que denunciaba a un conspirador era bien
acogido con seguridad: he aquí, pues, una fuente abundante de procesos. En fin,
el pasar la vida entera en la calle y en la plaza, producía una continua necesidad
de diversiones y pasatiempos; los oradores, los sofistas, los retóricos, cuya
única ocupación era el perorar, encontraban siempre una multitud de ociosos,
ávidos de escucharles: los discursos de los abogados en los tribunales no se
oían con menos afán que las arengas políticas; era esto una diversión como otra
cualquiera, y todos los días el pueblo se apiñaba alrededor de la maroma que
marcaba el recinto de los jueces en la plaza de Helia. »
Tantos
abusos y ridiculeces no podían pasar sin correctivo ante la cáustica musa de
Aristófanes, pronta a azotar con el látigo de una sátira implacable todo lo que
le parecía injusto o perjudicial. Así es que después de haberse desatado en Las
Nubes contra los sofistas y sus doctrinas funestas para la juventud, trata de
corregir en Las Avispas los vicios que acabamos de reseñar.
En esta
comedia volvemos a encontrar en Filocleón una nueva personificación del pueblo
ateniense, aunque solo bajo su aspecto de κυαμοτρώξ, mascullador de habas, es decir,
entregado a la tarea de juzgar, que casi lo ha vuelto loco. Bdelicleón (enemigo
de Cleón), hijo del maniático juez, le retiene en casa con ánimo de curarle;
pero burlando la vigilancia de dos esclavos que guardaban la puerta de
Filocleón, trata de evadirse, primero por el cañón de la chimenea, y después
por el tejado, y, por último, parodiando a Ulises, escondido bajo la panza de
su asno. Frustradas todas sus tentativas, auméntase su furor cuando ve llegar a
sus colegas, que, vestidos de Avispas, le llaman para ir al tribunal: este
disfraz es un emblema de su carácter irascible y feroz. Filocleón implora el
socorro de sus amigos, y pronto se traba una contienda entre ellos y sus
guardianes. Por fin hay un momento de tregua en que Bdelicleón refuta las
quiméricas ventajas de ser jueces, y logra atraer a su partido al irritado
enjambre.
Su padre
cede también, pero con la condición de establecer en su casa una especie de
tribunal. El primer acusado es el perro Labes, reo sorprendido infraganti
delito de hurto de un queso siciliano. La causa se instruye con toda rapidez y
formalidad, y al dar la sentencia Filocleón absuelve al reo por una
equivocación. El haber dejado libre a un culpable le llena de desesperación,
hasta que su hijo se la hace olvidar llevándole a fiestas y banquetes.
Al llegar
a este punto, el asunto de la comedia cambia por completo; el carácter del juez
se transforma en el de un viejo alegre, insolente y alborotador, y la acción se
reduce a las reclamaciones a que da lugar su intemperancia y a un certamen
coreográfico a que provoca el transformado heliasta a todos los danzantes que
se quieran presentar.
Respecto
al mérito de esta Comedia debemos decir que no es ciertamente de las obras más
interesantes de Aristófanes, bajo el punto de vista literario; no abundan en
ella tanto como en otras aquellas inagotables gracias que les dan tanta
amenidad; la acción se arrastra lánguida y desmayadamente, y carece, además, de
la unidad necesaria, condición sin la cual toda obra artística deja mucho que
desear.
En cambio,
bajo el punto de vista histórico y jurídico, tiene una importancia inmensa,
pues sirve para completar la historia interna de Atenas, y da curiosas noticias
sobre el procedimiento y los tribunales en aquella ciudad.
Es digna
también de mencionarse, al hablar de Las Avispas, la famosa imitación que de
ella hizo Racine en sus Plaideurs, aunque no sea más que por ser única en su
género. El célebre trágico conservó en Los litigantes muchos chistes y algunos episodios
de Aristófanes; pero su comedia, como no podía menos, difiere esencialmente de
las del poeta griego, no solo en la forma, sino en la intención, pues se limita
a pintar en Dauclin el carácter de un juez maniático, sin la significación
universal y política que tiene Filocleón.
Las
Avispas se representaron un año después de Las Nubes, es decir, el 423 antes de
nuestra era, noveno de la guerra del Peloponeso. No se sabe si fueron
premiadas, porque el Escoliasta no nos lo dice, y es de notar la modestia con
que el autor habla de sí mismo en la Parábasis, en cuya parte suele de
ordinario encarecer sus medios de agradar.
|
ESCLAVOS DE FILOCLEÓN. |
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SOSIAS. |
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JANTIAS. |
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BDELICLEÓN. |
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FILOCLEÓN. |
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CORO DE ANCIANOS
VESTIDOS DE AVISPAS. |
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|
NIÑOS. |
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UN PERRO. |
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|
UNA PANADERA. |
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|
UN ACUSADOR. |
||
La escena
en Atenas, delante de la casa de Filocleón. La acción principia algo antes de
amanecer.
SOSIAS.
¡Hola! ¿Qué haces, desdichado Jantias?
JANTIAS.
Procuro descansar de esta maldita centinela.
SOSIAS.
¿Tan a mal estás con tus costillas? ¿O no sabes la casta
de fiera que guardamos?
JANTIAS.
Lo sé; pero quiero dormir un poco.
SOSIAS.
Peligroso es, mas puedes hacerlo: yo también siento que
sobre mis párpados pesa un sueño dulcísimo.
JANTIAS.
¿Estás loco o frenético como un coribante?
SOSIAS.
No, el sopor que de mí se apodera proviene de Sabacio.
JANTIAS.
Entonces adoras como yo a Sabacio; porque hace un
instante cayó también con sueño profundísimo sobre mis párpados, a modo de
enemigo persa; y he tenido un ensueño maravilloso.
SOSIAS.
Y yo he tenido otro como nunca. Pero cuenta primero el
tuyo.
JANTIAS.
Vi a un águila muy grande bajar volando a la plaza
pública, y arrebatando en sus garras un escudo de bronce, elevarse con él hasta el cielo;
después vi a Cleónimo que
arrojaba aquel mismo escudo.
SOSIAS.
De modo que Cleónimo es un verdadero logogrifo. ¿Cómo, preguntará algún convidado,
una misma fiera puede arrojar su escudo en el mar, en el cielo y en la tierra?
JANTIAS.
¡Ay de mí! ¿Qué desgracia me anunciará semejante sueño?
SOSIAS.
No te dé cuidado: ningún mal te sucederá, te lo aseguro.
JANTIAS.
Sin embargo, es terrible agüero el de un hombre arrojando
su escudo. Pero cuenta tu sueño.
SOSIAS.
El mío es grandioso: se refiere a toda la nave del
Estado.
JANTIAS.
Examina, pues, pronto la quilla del asunto.
SOSIAS.
Creí ver en mi primer sueño, sentados en el Pnix y
celebrando una asamblea, una multitud de carneros, con báculos y mantos burdos; después me pareció
que entre ellos hablaba una omnívora ballena, cuya voz parecía la de un cerdo a
quien están chamuscando.
JANTIAS.
¡Puf!
SOSIAS.
¿Qué te sucede?
JANTIAS.
Basta, basta; no cuentes más; ese sueño apesta a cuero
podrido.
SOSIAS.
Aquella maldita ballena tenía una balanza en la cual
pesaba grasa de buey.
JANTIAS.
¡Oh desgracia! Quiere dividir nuestro pueblo.
SOSIAS.
A su lado creí distinguir a Teoro, sentado en el suelo con cabeza de
cuervo, y Alcibíades me dijo
tartajeando: «Mila, Teolo tiene cabeza de cuelvo.»
JANTIAS.
Nunca ha balbuceado más oportunamente Alcibíades.
SOSIAS.
¿Y no es un mal agüero el haberse convertido en cuervo
Teoro?
JANTIAS.
Nada de eso; es excelente.
SOSIAS.
¿Cómo?
JANTIAS.
¿Que cómo? ¿Era hombre y de repente se ha convertido en
cuervo? ¿No puede conjeturarse sin dificultad, que nos abandonará para irse a
los cuervos?
SOSIAS.
¿Y no te he de dar dos óbolos de salario, siendo tan
hábil para interpretar los sueños?
JANTIAS.
Aguarda, quiero antes exponer el asunto a los
espectadores y hacerles algunas breves advertencias. No esperéis de nosotros
nada grandioso, ni siquiera una risa robada a Mégara. No tenemos ni esclavos que arrojen de
su cesta nueces a los concurrentes, ni un Hércules furioso por su cena
frustrada, ni siquiera Eurípides será otra vez implacablemente
censurado; ni sacaremos de nuevo a relucir con su sal y pimienta a Cleón, por más que le haya elevado tanto la
fortuna. Pero tenemos un argumento bastante racional, no superior ciertamente a
nuestros alcances, pero sí más discreto que el de cualquiera insustancial
comedia. Nuestro dueño, hombre poderoso, que duerme en la habitación que está
bajo el tejado, nos ha mandado que guardemos a su padre, a quien tiene
encerrado para que no salga. Este se halla atacado de una enfermedad tan extraña
que difícilmente la podríais conocer vosotros, ni aun figurárosla, si no os
dijéramos cuál era. ¿No lo creéis? Pues tratad de adivinarlo. Aminias, el hijo de Prónapo, dice que es la
afición al juego; pero se equivoca.
SOSIAS.
¡Ya lo creo! Se le figura que los demás tienen sus
vicios.
JANTIAS.
No; el mal tiene su raíz en otra afición... Ahí está
Sosias que le dice a Dercilo que es la
afición a la bebida.
SOSIAS.
No por cierto; esa es una afición de personas decentes.
JANTIAS.
Nicostrato, el de
Escambónides, asegura que es la
afición a los sacrificios o a la hospitalidad.
SOSIAS.
Nicostrato, te lo juro por el perro; no es la afición a la hospitalidad;
basta que el nombre impúdico de Filóxeno suene a hospitalidad, para que él la
deteste.
JANTIAS.
En vano os cansáis; no daréis en ello. Mas si lo deseáis
saber, callad y yo os diré el mal que aqueja a mi dueño: es amante del tribunal
como ninguno; su pasión por juzgar
le vuelve loco; se desespera si no se sienta el primero en el banco de los
jueces. Durante la noche no disfruta ni un instante de sueño: si por casualidad
se le cierran un momento los ojos, ya su pensamiento revolotea en el tribunal
alrededor de la clepsidra, y
acostumbrado a tener la piedrecilla de los votos, se despierta con los tres dedos
apretados, como quien ofrece incienso a los dioses en el novilunio. Si ve
escrito en alguna puerta: «Hermoso Demo, hijo de Pirilampo»; en seguida pone al
lado: «Hermosa urna de las
votaciones.» Habiendo cantado su gallo al anochecer, dijo que sin duda le
habían sobornado los criminales para que le despertase tarde. En cuanto cena, pide a gritos los
zapatos; corre al tribunal antes de amanecer, y duerme allí recostado y pegado
como una lapa a una de las columnas. Su severidad le hace trazar siempre sobre
las tablillas la línea condenatoria, de suerte que siempre, como las abejas
o los zánganos, vuelve a su casa con las uñas llenas de cera. Temeroso de que
le falten piedrecitas para las votaciones, mantiene ahí dentro un banco de
grava. Tal es su manía; cuanto
más se trata de corregirle, más se empeña en juzgar. Ahora le tenemos encerrado
con cerrojos para que no salga, pues su hijo siente en el alma tal enfermedad.
Primero trató de persuadirle con afables palabras a que no llevase el manto
burdo, ni saliese de casa, mas no cambió por eso. Luego le bañó y purgó; y
siempre lo mismo. Después trató de curarle con los ejercicios de los
coribantes, y el buen viejo se escapó con el tambor y se presentó a juzgar en
el tribunal. Viendo la ineficacia de estos medios, lo llevó a Egina y le hizo
acostarse una noche en el templo de Esculapio. Mas en el momento de amanecer apareció
ante la cancela del tribunal. Desde entonces no le dejábamos salir; pero como
se nos escapaba por las canales y buhardillas, tuvimos que tapar y cerrar con paños
todos los agujeros. Mas él, clavando palitos en la pared, saltaba de uno a otro
como un grajo. Por último, hemos tenido que rodear con una red todo el patio, y
así le guardamos. El viejo se llama Filocleón; ningún nombre, por Júpiter, le está
más propio: su hijo se llama Bdelicleón, y trata de corregir el feroz carácter
de su padre.
BDELICLEÓN
(Asomándose a la ventana).
¡Eh, Jantias, Sosias! ¿estáis durmiendo?
JANTIAS.
¡Oh!
SOSIAS.
¿Qué hay?
JANTIAS.
Bdelicleón se ha despertado.
BDELICLEÓN.
A ver, pronto aquí uno de vosotros. Mi padre ha entrado
en la cocina y está royendo no se qué como un ratón dentro del agujero. Tú,
mira no se escape por el tubo de los baños; y tú recuéstate contra la puerta.
SOSIAS.
Está bien, señor.
JANTIAS.
¡Oh poderoso Neptuno! ¿Quién hace tanto ruido en la
chimenea? ¡Eh, tú! ¿quién eres?
FILOCLEÓN.
Soy el humo que salgo.
BDELICLEÓN.
¡El humo! ¿De qué leña?
FILOCLEÓN.
BDELICLEÓN.
Ya se conoce, por Júpiter, pues es la que despide humo
más acre. Ea, adentro pronto. ¿Dónde está la tapa de la chimenea? Adentro he
dicho. Encima, para mayor seguridad, pondré esta vigueta. Busca ahora otra
salida; soy el más desdichado de los hombres: ¡mañana podrán llamarme el hijo
del ahumado!
SOSIAS.
Empuja la puerta. Aprieta ahora mucho y fuerte. Allá voy
yo también. Ten sumo cuidado de la cerradura y el cerrojo, no vaya a roer el
pestillo.
FILOCLEÓN.
¿Qué hacéis? ¿No me dejáis salir a juzgar, grandísimos
bribones, y Dracóntides será absuelto?
BDELICLEÓN.
¿Y eso te causará mucha pena?
FILOCLEÓN.
Apolo, a quien consulté en Delfos, me predijo que moriría
cuando se me escapase un acusado.
BDELICLEÓN.
¡Oh Apolo, patrono nuestro, vaya un oráculo!
FILOCLEÓN.
Vamos, por piedad, déjame salir o estallo.
BDELICLEÓN.
Nunca, Filocleón, nunca; lo juro por Neptuno.
FILOCLEÓN.
Bueno, romperé la red a mordiscos.
BDELICLEÓN.
Si no tienes dientes.
FILOCLEÓN.
¡Oh, qué desdicha!... ¿Cómo podría matarte? ¿Cómo?
Traedme pronto mi espada, o la tablilla condenatoria.
BDELICLEÓN.
Este hombre maquina alguna mala pasada.
FILOCLEÓN.
No, yo te lo aseguro: solo deseo salir a vender el asno
con su albarda: hoy es el día de la luna nueva.
BDELICLEÓN.
Y dime, ¿no lo podría yo vender lo mismo?
FILOCLEÓN.
No tan bien como yo.
BDELICLEÓN.
Muchísimo mejor, por Júpiter. Ea, trae el asno.
(Filocleón vase en busca del asno.)
JANTIAS.
¡Qué buen pretexto ha imaginado para que le sueltes!
BDELICLEÓN.
Pero no he tragado el anzuelo: en seguida he conocido a
dónde iba a parar. Voy a llevar yo mismo el asno, y así el viejo no conseguirá
salir. — ¡Pobre borriquillo! ¿Por qué te quejas? ¿Porque vas a ser vendido?
Vamos pronto. ¿Por qué gimes? ¿Llevas acaso algún Ulises?
JANTIAS.
Sí, por Júpiter; lleva uno atado al vientre.
BDELICLEÓN.
¿Quién? Veamos.
JANTIAS.
Es él.
BDELICLEÓN.
¿Qué es esto? ¿Quién eres, buen hombre?
FILOCLEÓN.
Ninguno, por Júpiter.
BDELICLEÓN.
¿Ninguno tú? ¿Y de qué tierra?
FILOCLEÓN.
De Ítaca, de la familia fugitiva.
BDELICLEÓN.
Por vida mía, ya sentirás el haberte llamado ninguno.
Sácalo cuanto antes. ¡Oh desdichado, dónde se había metido! ¡Si parece un
pollino escondido debajo de su madre!
FILOCLEÓN.
Si no me soltáis, litigaremos.
BDELICLEÓN.
¿Por qué?
FILOCLEÓN.
BDELICLEÓN.
No vales para ello, a pesar de tu extremada audacia.
FILOCLEÓN.
¡Que no valgo! Es que no sabes todavía lo que yo soy; ya
lo sabrás cuando comas lo que te deje el anciano juez.
BDELICLEÓN.
Entra con el asno en casa.
FILOCLEÓN.
¡Oh jueces compañeros míos, y tú, Cleón, socorredme!
BDELICLEÓN.
Grita adentro a puerta cerrada. — Pon tú una porción de
piedras en la entrada; echa de nuevo el cerrojo; atraviesa esa tranca; y, para
mayor seguridad, afiánzala con ese gran mortero.
SOSIAS.
¡Ay! ¿de dónde me ha caído este terroncillo?
JANTIAS.
Quizá te lo haya arrojado algún ratón.
SOSIAS.
¿Un ratón? ¡Ca! Es ese maldito juez que se desliza por
entre las tejas.
JANTIAS.
¡Oh desgracia! Ese hombre se ha convertido en pájaro. Va
a volar. ¿Dónde está, dónde esta la red? (Como quien espanta un pájaro.) — ¡Eh!
¡Pchist! ¡Pchist! ¡Fuera de ahí! ¡Pchist!
BDELICLEÓN.
Por Júpiter, más quisiera guardar a Escione que a mi padre.
SOSIAS.
Puesto que le hemos espantado, y ya no puede escapársenos
furtivamente, ¿por qué no dormimos un poco?
BDELICLEÓN.
Pero, desdichado, ¿no ves que dentro de poco vendrán a
llamarle sus compañeros de tribunal?
SOSIAS.
¿Qué dices? Si aún no ha amanecido.
BDELICLEÓN.
Es verdad; hoy se levantan más tarde de lo acostumbrado,
porque suelen venir con sus linternas a media noche, y le llaman cantando
dulces versos de las Fenicias del antiguo Frínico.
SOSIAS.
Pues, si hay necesidad, los apedrearemos.
BDELICLEÓN.
Pero, temerario, esa casta de viejos, cuando se la
enfurece es como la de las avispas; pues en la rabadilla tienen un aguijón
agudísimo con el cual pican, y saltan gritando, y lo lanzan como una centella.
SOSIAS.
Pierde cuidado; tenga yo piedras, y dispersaré todo un
enjambre de jueces.
(Entran en
la casa y llega el coro.)
CORO.
Adelante, paso firme. ¿Te retrasas, Comias? Por Júpiter,
antes no eras así; al contrario, eras más duro que una correa de perro: ahora
Carinades te gana a andar. ¡Oh Estrimodoro de Contilo, el mejor de los jueces! ¿están ahí por
casualidad Evérgides y Cabes de Flíos? ¡Diantre, diantre! Aquí se halla cuanto
queda de aquella juventud que florecía cuando tú y yo hacíamos centinela en
Bizancio: entonces en nuestras correrías nocturnas le robamos su artesa a
aquella panadera; la hicimos astillas, y cocimos unas verdolagas. Pero
apresurémonos, amigos; hoy es el juicio de Laques; todos dicen que tiene su colmena llena
de dinero. Por eso Cleón, nuestro patrono, nos mandó ayer que acudiéramos
temprano provistos para tres días de terrible cólera contra él, a fin de vengarnos de sus injurias.
Ea, aprisa, compañeros, antes de que amanezca. Marchemos mirando a todas partes
con ayuda de las linternas, no
caigamos por falta de precaución en algún lazo.
UN NIÑO.
Padre, padre, cuidado con ese lodazal.
CORO.
Coge esa pajita del suelo, y espabila la linterna.
EL NIÑO.
No, ya la espabilaré con el dedo.
CORO.
Niño, ¿no ves que con el dedo vas a alargar la mecha,
ahora que anda tan escaso el aceite? ¡Ya se conoce que tú no lo compras!
EL NIÑO.
Por Júpiter, si continuáis amonestándonos a puñetazos,
apagamos las linternas y nos vamos a casa. Entonces os quedaréis a oscuras y
andaréis removiendo lodos, como si fueseis patos.
CORO.
Yo castigo a otros mayores. Pero me parece que voy
pisando barro. Mucho será que a lo más dentro de cuatro días no llueva
copiosamente. ¡Tanto crece el pábilo de mi lámpara! Este suele ser signo de
gran lluvia. Además, los frutos tardíos están pidiendo el agua y el soplo del
Bóreas. Pero ¿qué le habrá sucedido al colega que vive en esa casa, que no sale
a reunirse con nosotros? A fe que antes no había que sacarle a remolque; él iba
delante de nosotros cantando versos de Frínico, pues el amigo es aficionado a
la música. Pienso, compañeros, que debemos pararnos aquí, y llamarle cantando;
quizá la melodía de mi canción le haga salir.
¿Por qué
no se presenta el viejo delante de su puerta y ni siquiera nos responde? ¿Habrá
perdido los zapatos? ¿Se habrá dado algún golpe en el pie andando a oscuras y
tendrá hinchado el tobillo? ¿Tendrá quizá algún bubón? Pues era el más acérrimo
de nosotros y el único inexorable. Si alguno le suplicaba, le decía bajando la
cabeza: «Cueces un guijarro». Puede
que haya tomado a pecho el habérsenos escurrido con mentiras aquel acusado,
proclamándose amigo de los atenienses y primer revelador de lo ocurrido en
Samos; quizá esto le tenga con
fiebre, porque el hombre es así. Vamos, amigo mío, levántate, no te dejes
consumir por la ira. Hoy va a ser juzgado un hombre opulento de los que
entregaron a Tracia. Ven a condenarlo.
Anda
adelante, muchacho, anda adelante.
EL NIÑO.
Padre, ¿me darás lo que te pida?
CORO.
Sí, hijito mío. ¿Qué cosa buena quieres que te compre?
Creo que vas a pedirme un juego de tabas.
EL NIÑO.
No, papá mío; higos, que me gustan más.
CORO.
Eso no, aunque te ahorques.
EL NIÑO.
Bien; pues no te acompaño.
CORO.
Con mi mezquino sueldo de juez tengo que comprar pan,
leña y carne, ¿y aún me pides higos?
EL NIÑO.
Y bien, padre mío, si al arconte se le antoja que no haya
hoy tribunal, ¿dónde compraremos la comida? ¿Puedes darme alguna nueva
esperanza o solo designarme el sagrado camino de Hele?
CORO.
¡Ay! ¡Ay! No sé en verdad cómo cenaremos.
EL NIÑO.
¿Por qué me pariste, madre infeliz, si tanto había de
costarme sostener mi vida?
CORO.
Saquito mío, eres un adorno inútil.
EL NIÑO.
¡Ay! gemir es nuestra suerte.
FILOCLEÓN
(asomándose a la ventana).
Hace rato, amigos míos, que os oigo desde esta ventana y
deseo responderos; pero no me atrevo a cantar. ¿Qué haré? Estos me tienen
cerrado porque quiero ir con vosotros a las judiciales urnas para hacer alguna
de las mías. ¡Oh Júpiter, truena con furia y conviérteme de repente en humo, o en Proxénides, o en el hijo de Selo, charlatán infatigable! Compadecido de
mi suerte, otórgame esta gracia, Numen poderoso, o si no, redúceme a cenizas
con tu ardiente rayo o arrástrame con tu impetuoso viento a una salmuera ácida
e hirviente, o trasfórmame en aquella piedra sobre la cual se cuentan los
votos.
CORO.
Pero ¿quién te detiene y te cierra la puerta? Di, ya
sabes que hablas con amigos.
FILOCLEÓN.
Mi hijo; pero no gritéis; duerme en la parte anterior de
la casa: hablad más bajo.
CORO.
Pero, tonto, ¿qué pretende impedir al hacer eso?
FILOCLEÓN.
El que juzgue y condene, amigos míos: por lo demás, trata
de regalarme; pero yo no quiero.
CORO.
¿Eso se ha atrevido a decir ese tuno, ese orador a lo
Cleón? . . . . . Nunca hubiera tenido
tal osadía ese hombre si no estuviera comprometido en alguna conspiración. Mas
ya que esto sucede, tienes que intentar alguna nueva estratagema para bajar
aquí sin que te vea tu carcelero.
FILOCLEÓN.
¿Cuál puede ser? Inventadla vosotros; a todo estoy
dispuesto; ¡tal deseo me abrasa de recorrer los bancos con mi concha!
CORO.
¿Hay, di, algún agujero que puedas ensanchar por dentro,
para escurrirte por él cubierto de andrajos como el prudente Ulises?
FILOCLEÓN.
Todos están cerrados; no puede salir ni un mosquito.
Buscad, buscad otro medio: ese es impracticable.
CORO.
¿Te acuerdas cuando en la toma de Naxos, estando de
servicio, te escapaste clavando en la muralla unos asadores que habías robado?
FILOCLEÓN.
Ya me acuerdo; pero ¿y qué? Ahora no es lo mismo.
Entonces era joven, y lleno de vigor y energía para robar; además, nadie me
custodiaba, y podía huir seguramente. Ahora hombres armados hasta los dientes
están apostados en todas las salidas: dos de ellos, colocados junto a la
puerta, me observan con asadores en las manos como a un gato que ha robado
carne.
CORO.
Pues inventa cuanto antes otro medio, dulce amigo: ya
despierta la aurora.
FILOCLEÓN.
Lo mejor será roer mi red. Perdóneme este destrozo
Dictina, diosa de las redes.
CORO.
Eso es obrar como hombre que busca su salvación. Dale
duro a las mandíbulas.
FILOCLEÓN.
Ya está roído: chito, no gritéis: mucho cuidado, no nos
oiga Bdelicleón.
CORO.
Nada temas, amigo mío, nada temas; si chista, le obligaré
a morderse su propio corazón y a combatir por su existencia, para que entienda
que no se conculcan impunemente las leyes de las venerables diosas. Ata una cuerda a la ventana, sujétate
con ella, y baja henchido el espíritu del furor de Diopites.
FILOCLEÓN.
Mas, decidme; si mis guardianes notan lo que hago, y
tiran de la cuerda para llevarme adentro, ¿qué es lo que haréis?
CORO.
Te defenderemos y reuniremos todas nuestras fuerzas para
que no consigan su intento: eso es lo que pensamos hacer.
FILOCLEÓN.
Haré lo que decís confiado en vosotros; mas acordaos, si
alguna desgracia me sucede, de levantarme con vuestras manos, y, después de
regarme con vuestras lágrimas, sepultadme bajo la cancela del tribunal.
CORO.
Nada te sucederá, no temas; vamos, mi buen amigo,
descuélgate sin miedo invocando los dioses de la patria.
FILOCLEÓN.
¡Oh Lico, mi señor, héroe vecino mío! Tú, como yo, te
deleitas con las lágrimas perpetuas y los lamentos de los acusados; por oírlos,
sin duda, has elegido ese lugar, siendo el único de los héroes que has querido
vivir junto a los desgraciados: ¡ten compasión de mí y salva a este tu vecino
fiel! Nunca, te lo juro, nunca mancharé tu verja de madera con ninguna
inmundicia.
BDELICLEÓN.
¡Eh, tú, alerta!
SOSIAS.
¿Qué ocurre?
BDELICLEÓN.
Oigo sonar una voz en torno mío.
SOSIAS.
¿Se escurrirá el viejo por alguna parte?
BDELICLEÓN.
No, por Júpiter; se descuelga atado con una cuerda.
SOSIAS.
¿Qué haces, desdichado? No bajes.
BDELICLEÓN.
Sube corriendo a la otra ventana y pégale con este ramo, a ver si con tus golpes consigues
hacerle retroceder.
FILOCLEÓN.
¿No me socorréis, Esmicitión, Tisíades, Cremón,
Feredipno, y cuantos habéis de
entender en los procesos de este año? ¿Cuándo me auxiliaréis si no es ahora,
antes de que me arrastren allá dentro?
CORO.
Decidme: ¿por qué tardamos en remover aquella bilis que
hierve furiosa contra todo el que ofende a nuestro enjambre? Enderecemos el
aguijón vengador. Muchachos, pronto, arrojad vuestro manto; corred, gritad,
advertid a Cleón lo que sucede. Decidle que venga y que castigue a ese hombre
enemigo de la república y digno del último suplicio, pues se atreve a sostener
la inconveniencia de los juicios y procesos.
BDELICLEÓN.
Amigos míos, oíd lo que ha ocurrido y no gritéis.
CORO.
Pondremos el grito en el cielo, y no abandonaremos a
nuestro colega. ¿No es esto intolerable y tiránico a todas luces? ¡Oh
ciudadanos! ¡Oh Teoro, despreciador
de los dioses! ¡Oh aduladores que nos presidís!
JANTIAS (A
Bdelicleón).
¡Diantre, tienen aguijones! ¿No los ves, señor?
BDELICLEÓN.
Son los que atravesaron a Filipo, el hijo de Gorgias.
CORO.
Y los que te atravesarán a ti. Ea, dirijámonos todos
contra él; acometámosle con el aguijón desenvainado, en buen orden, llenos de
ira y de furor, para que conozca al fin a qué enjambre ha irritado.
JANTIAS.
Por Júpiter, el negocio se pone serio, si hay que reñir;
tiemblo cuando veo sus aguijones.
CORO.
Suelta a nuestro amigo; si no, yo te aseguro que has de
envidiar a las tortugas la dureza de su concha.
FILOCLEÓN.
Ea, compañeros, rabiosas avispas, precipitaos unos con
furia sobre sus nalgas; picadle otros los ojos y los dedos.
BDELICLEÓN.
¡Midas, Frigio, Masintias, acudid! ¡Sujetadle y no le soltéis por
nada del mundo! Si no, ayunaréis en el cepo. Ya sé yo que casi siempre es más
el ruido que las nueces.
CORO.
Si no lo sueltas, te clavaré el aguijón.
FILOCLEÓN.
Heroico Cécrope,
rey nuestro, cuyo cuerpo termina en dragón, ¿consentirás que así me traten
estos bárbaros, a quienes he enseñado a llevar su quénice con cuatro medidas de
lágrimas?
CORO.
¡Qué temibles males afligen a la vejez! Ahora esos dos
bribones sujetan a viva fuerza a su anciano señor, y no se acuerdan de las
pieles y pequeñas túnicas que les compró en otro tiempo, ni de las monteras de
piel de perro, ni del cuidado que tenía para que en el invierno no se les
enfriasen los pies; pero en su impudente mirada no se ve el menor
agradecimiento por los viejos zapatos.
FILOCLEÓN.
¿No me soltarás, bestia feroz? ¿No te acuerdas de cuando
te sorprendí robando uvas y te até a un olivo y te vapuleé de lo lindo, hasta
el punto de que daba envidia verte? — Pero eres un ingrato, suéltame tú; y tú
también, antes de que venga mi hijo.
CORO.
Pronto y bien vais a pagar vuestro atrevimiento; así
comprenderéis, bribones, que os las habéis con hombres justicieros, iracundos,
de terrible mirada.
BDELICLEÓN.
Sacúdeles, sacúdeles Jantias; arroja de casa estas
avispas.
JANTIAS.
Eso estoy haciendo; ahuyéntalas tú con una densa
humareda.
SOSIAS.
¿No os iréis al infierno? ¡Ah! ¿No os largáis? Buen palo
en ellos.
JANTIAS.
Echa tú al fuego para hacer humo a Esquines, hijo de Selarcio. Por fin os hemos ahuyentado.
BDELICLEÓN.
No lo hubieras conseguido tan fácilmente, si hubiesen
comido versos de Filocles.
CORO.
¿No está claro como la luz que la tiranía se ha
introducido para los pobres, aprovechándose de nuestro descuido? Y tú, perverso
y arrogante secuaz de Aminias, nos arrebatas las leyes que rigen la república,
y, como dueño absoluto, ni siquiera disculpas tu usurpación con un pretexto o
con una elegante arenga.
BDELICLEÓN.
¿No podríamos sin golpes ni alharacas conferenciar como
buenos amigos, y hacer las paces?
CORO.
¿Conferenciar contigo, enemigo del pueblo, partidario de
la monarquía, amigo de Brásidas, que
llevas franjas de lana y no te cortas la barba?
BDELICLEÓN.
Ciertamente me valdría más abandonar a mi padre, que
sufrir todos los días semejantes borrascas.
CORO.
Pues esto son todavía tortas y pan pintado, como dice el proverbio vulgar. Hasta
ahora no tienes por qué quejarte; pero ya verás, ya verás, cuando el acusador
público te eche en cara todos esos crímenes y cite y emplace a tus conjurados.
BDELICLEÓN.
¿Pero no os iréis, por todos los dioses? Mirad que si no,
estoy resuelto a moleros a palos todo el día.
CORO.
No, nunca, jamás, mientras me quede un soplo de vida.
Bien claro veo tus aspiraciones a la tiranía.
BDELICLEÓN.
Es fuerte cosa que sea grande o pequeño el motivo, a todo
lo hemos de llamar tiranía y conspiración. Durante cincuenta años, ni una sola
vez oí este dichoso nombre de tiranía; pero ahora es más común que el del
pescado salado, y en el mercado no se oye ya otra cosa. Si uno compra orfos y
no quiere membradas, el que vende estos peces en el puesto inmediato, grita al
momento: «Ese hombre, quiere regalarse como durante la tiranía». Si otro pide puerros para sazonar las
anchoas, la verdulera, mirándole de soslayo, le dice: «¿Puerros, eh? ¿Quieres
restablecer la tiranía, o piensas que Atenas te ha de pagar los condimentos?»
JANTIAS.
Sin ir más lejos, yo entré ayer al mediodía en casa de
una cortesana; y porque la propuse ciertos ejercicios hípicos, me preguntó
furiosa si quería restablecer la tiranía de Hipias.
BDELICLEÓN.
Eso le agrada al pueblo: y a mí, porque quiero que mi
padre cambie de costumbres, y, dejándose de delaciones, y pleitos y miserias,
no salga de casa al amanecer y viva espléndidamente como Móricos, me acusan de conjuración y tiranía.
FILOCLEÓN.
Y se te está muy bien empleado; pues yo ni por todas las
delicias del mundo dejaría este género de vida de que pretendes apartarme. A mí
no me gustan las rayas ni las anguilas; un pleito pequeñito cocido en su
correspondiente tartera, me agradaría más.
BDELICLEÓN.
Claro está, como que te has acostumbrado a ello; mas si puedes callar y escuchar con
paciencia lo que te digo, creo que te demostraré cuán engañado estás.
FILOCLEÓN.
¿Me engaño cuando juzgo?
BDELICLEÓN.
¿No conoces que se burlan de ti esos hombres a quienes rindes culto y adoración?
¿Que no eres más que un esclavo?
FILOCLEÓN.
¡Esclavo yo! Yo, que mando a todo el mundo.
BDELICLEÓN.
No lo creas: te haces la ilusión de que mandas, y eres un
esclavo; y, si no, dime, padre: ¿qué honra obtienes de disfrutar todos los
tributos de la Grecia?
FILOCLEÓN.
Muchísima: apelo al testimonio de esos amigos.
BDELICLEÓN.
Acepto el arbitraje: soltadle, esclavos.
FILOCLEÓN.
Dadme una espada. Si tus argumentos me vencen, me
atravesaré con ella.
BDELICLEÓN.
Y si no, ¿te conformas con la sentencia de esos árbitros?
FILOCLEÓN.
No beberé jamás vino en honor del buen genio.
CORO.
Ahora, adalid nuestro, es preciso que encuentres nuevas
razones, a fin de...
BDELICLEÓN.
Traedme aquí cuanto antes unas tablillas; pero tú ¿qué
opinión piensas sustentar cuando le incitas así?
CORO.
...no hablar como pudiera hacerlo ese joven. Ya ves la inmensa importancia del
certamen, y que lo perderemos si (lo que Dios no quiera) este sale vencedor.
BDELICLEÓN.
Iré apuntando todo cuanto diga, para que nada se me
olvide.
FILOCLEÓN.
¿Qué me decís si este sale vencedor?
CORO.
La turba de los viejos no servirá para nada. En todas las
calles se burlarán de nosotros llamándonos talóforos y mondaduras de pleitos. Tú, que vas a
defender nuestra soberanía, despliega, pues, atrevidamente todos los recursos
de tu lengua.
FILOCLEÓN.
Empezaré por probar desde las primeras palabras que
nuestro poder no es menor que el de los reyes más poderosos. Pues, ¿quién más
afortunado, quién más feliz que un juez? ¿Hay vida más deliciosa que la suya?
¿Existe algún animal más temible, sobre todo si es viejo? Para cuando salto del
lecho, ya me están esperando unos hombrones de cuatro codos que me escoltan
hasta el tribunal: apenas me presento, una mano delicada, que fue esquilmadora
del erario, estrecha blandamente la mía: los acusados abrazan suplicantes mis
rodillas, y me dicen con lastimera voz: «Ten compasión de mí, padre mío; yo te
lo pido por las hurtos que hayas podido cometer en el ejercicio de alguna
magistratura o en el aprovisionamiento del ejército.» Pues bien, este a quien
me refiero no sabría siquiera si yo existía si no le hubiera absuelto la
primera vez.
BDELICLEÓN.
Tomo nota de lo que dices sobre los suplicantes.
FILOCLEÓN.
Entro después, abrumado de súplicas, y calmada mi cólera
suelo hacer en el tribunal todo lo contrario de lo que había prometido; pero
escucho a una muchedumbre de acusados que en todos los tonos piden la
absolución. ¡Oh! ¡Cuántas palabras de miel pueden oír allí los jueces! Unos
lamentan su pobreza, y añaden males fingidos a los verdaderos hasta lograr que
sus desgracias igualen a las nuestras: otros nos recitan fábulas: estos nos
refieren alguna gracia de Esopo:
aquellos dicen un chiste para hacerme reír y desarmar mi ira. Cuando tales
recursos no nos vencen, se presentan de pronto trayendo sus hijos e hijas de la
mano: yo presto atención: ellos, desgreñado el cabello, prorrumpen en berridos;
el padre, temblando, me suplica como a un Dios que le absuelva siquiera por
ellos. «Si te es grata la voz de los corderos, dice, compadécete de la de mi
hijo.» «Si te gusta más la de las puerquecillas, procura conmoverte con la de mi hija.»
Entonces disminuimos un poco nuestro furor. ¿No es esto, decidme, un gran poder
que nos permite despreciar las riquezas?
BDELICLEÓN.
Nota segunda: el desprecio de las riquezas. Dime ahora
cuáles son esas ventajas por las cuales te crees señor de la Grecia.
FILOCLEÓN.
También cuando se examina la edad de los niños tenemos el
privilegio de verlos desnudos. Si Eagro es citado a juicio, no consigue salir
absuelto basta después de habernos recitado el más hermoso trozo de la Níobe. Si gana un flautista el pleito, en pago
de la sentencia se pone delante de la boca la correa, y nos toca al salir del tribunal una
marcha primorosa. Cuando muere un padre disponiendo con quién ha de casarse su
hija y única heredera, nosotros hacemos caso omiso del testamento y de la
conchita que con tanta gravedad
cubre su sello, y entregamos la hija a quien ha sabido ganarnos con sus
súplicas. Y todo esto sin la menor responsabilidad. Cítame otro cargo que tenga
este privilegio.
BDELICLEÓN.
Te felicito por ese privilegio, que hasta ahora es el
único; pero eso de anular el testamento de la única heredera, me parece
injusto.
FILOCLEÓN.
Además, cuando el Senado y el pueblo no saben qué decidir
sobre algún grave asunto, dan un decreto para que los acusados comparezcan ante
los jueces. Entonces Evatlo, y el ilustre
Cleónimo, grande adulador y
arrojador de escudos, juran no abandonarnos nunca y combatir por la
muchedumbre. Y dime, ¿ante el pueblo ha podido nunca orador alguno hacer
prevalecer su opinión si no ha dicho antes que los jueces deben retirarse en
cuanto hayan sentenciado un solo pleito? El mismo Cleón, que todo lo avasalla
con sus alaridos, no se atreve a mordemos; al contrario, vela por nosotros, nos
acaricia y nos espanta las moscas. ¿Has hecho tú eso ni una vez siquiera por tu
padre? Pues, hijo mío, Teoro, el mismo Teoro, aunque no vale menos que el
ilustre Eufemio, coge una
esponja del barreño y nos limpia los zapatos. Considera, pues, de qué bienes
quieres excluirme y despojarme: mira si esto es servidumbre y esclavitud, como
decías.
BDELICLEÓN.
Desahógate a gusto; día llegará en que conozcas que esa
tu decantada autoridad se parece a un trasero, siempre sucio por más que se le
lave.
FILOCLEÓN.
Pero se me olvidaba lo más delicioso: cuando entro en
casa con el salario, todos corren a abrazarme atraídos por el olorcillo del
dinero: enseguida mi hija me lava, me perfuma los pies y se inclina sobre mí para besarme; me
llama «papá querido» y me pesca con la lengua el trióbolo que llevo en la boca. Después mi mujercita, toda mimos y
halagos, me presenta una torta riquísima, se sienta a mi lado y me dice
cariñosa: «Come esto, prueba esto otro.» Lo cual me deleita infinito, y me
libra de miraros a la cara a ti o al mayordomo, para ver cuando os dignaréis
servirme la comida, gruñendo y maldiciéndome. Mas para cuando mi mujer no me
trae pronto la torta, tengo este quita-pesares, muralla en que se estrellan todos los
dardos. Por si no me das de beber, he traído este soberbio porrón con dos asas
a modo de orejas de asno. ¡Cómo
rebuzna cuando inclinándome hacia atrás apuro su contenido! Sus terribles
cloqueos ahogan el ruido de tus odres. Mi poder es por lo menos igual al del
padre de los dioses; pues hablan de mí como del propio Júpiter. Cuando nos
alborotamos suelen decir todos los transeúntes: «Jove soberano, cómo truena el
tribunal.» Y cuando lanzo el rayo de mi indignación, ¡oh!, entonces es de ver
cómo me halagan todos, y cómo el terror descompone el vientre a los más ricos y
soberbios. Tú mismo me temes más que ningún otro; sí, tú, por Ceres. Yo, en
cambio, que me muera si te tengo miedo.
CORO.
Nunca habíamos oído discutir con tanta precisión y
habilidad.
FILOCLEÓN.
No; es que esperaba vendimiar una viña abandonada; pues ya conoce bien mi superioridad en
la materia.
CORO.
¡Qué bien lo ha dicho todo! ¡De nada se ha olvidado! Al
oírle me sentía crecer. Ya pensaba estar administrando justicia en las Islas
Afortunadas. ¡Tal es el encanto de su elocuencia!
FILOCLEÓN.
¡Cómo se entusiasma! ¡Ya no cabe en el pellejo! Infeliz,
dentro de poco todo se le van a antojar garrotes.
CORO.
Si quieres salir vencedor, preciso es que emplees todos
tus ardides. Difícil es templar mi cólera, sobre todo hablando en contra mía.
Por tanto, si nada bueno tienes que decir, ya puedes buscar una muela buena y
recién cortada para quebrantar nuestra ira.
BDELICLEÓN.
Ardua, atrevida y superior a las fuerzas de un poeta
cómico es ciertamente la empresa de desarraigar de la ciudad un vicio tan
inveterado. Pero padre mío, hijo de Saturno...
FILOCLEÓN.
No me des ese nombre. Porque si sobre la marcha no me
manifiestas que soy un esclavo, no habrá para ti medio de librarte de la
muerte, aunque me vea privado de participar de los festines en los sacrificios.
BDELICLEÓN.
Escucha, pues, padrecito mío, y desarruga un poco tu
fruncido ceño. Principia por calcular no con piedrecillas, sino con los dedos
(la cuenta no es difícil), cuál es el total de los tributos que nos pagan las
ciudades aliadas; a ellos agrega los impuestos personales, los céntimos, las
rentas, los derechos de los puertos y mercados y el producto de los salarios y
confiscaciones. En junto sumarán unos dos mil talentos. Cuenta ahora el sueldo
anual de los jueces, que son seis mil, pues nunca excedieron de este número, y
hallarás que asciende a ciento cincuenta talentos.
FILOCLEÓN.
De modo que nuestro sueldo no llega a la décima parte de
las rentas.
BDELICLEÓN.
Justamente.
FILOCLEÓN.
¿A dónde va a parar todo lo demás?
BDELICLEÓN.
A esos que están diciendo siempre: «nunca haremos
traición al pueblo ateniense; siempre combatiremos por la democracia.» Tú,
padre mío, engañado por sus palabras, dejas que te dominen. Ellos en tanto
arrancan a los aliados los talentos por cincuentenas, aterrándoles con estas
amenazas: «O me pagáis tributo, dicen, o no dejo piedra sobre piedra en vuestra
ciudad.» Y tú te contentas con roer los zancajos que les sobran. A los aliados,
en tanto, viendo que la multitud ateniense vive miserablemente de su salario de
juez, se les importa tanto de ti, como del voto de Comio; mas a ellos les traen
a porfía orzas de conservas, vino, tapices, queso, miel, sésamo, cojines,
frascos, túnicas preciosas, coronas, collares, copas, en fin cuanto contribuye
a la salud y a la riqueza; y a ti, que mandas en ellos, después de tus
infinitos trabajos en mar y tierra, ni siquiera te dan una cabeza de ajos para
guisar tus pececillos.
FILOCLEÓN.
Efectivamente, yo mismo he tenido que enviar a casa de
Eucárides a por tres ajos. Pero me
consumes no probándome esa pretendida esclavitud.
BDELICLEÓN.
¿No es esclavitud, y grande, el ver a todos esos bribones
y a sus aduladores ejerciendo las principales magistraturas y cobrando sueldos
soberbios? ¡Tú, con tal que te den los tres óbolos ya estás tan contento! ¡Tú,
que has ganado para ellos todos esos bienes, peleando por mar y tierra y
sitiando ciudades! Pero lo que más me irrita es que te obliguen a asistir al
tribunal de orden ajena, cuando un jovenzuelo disoluto, el hijo de Quéreas, por
ejemplo, ese que anda con las piernas separadas y aire afeminado y lascivo,
entra en casa y te manda que vayas a juzgar muy temprano y a la hora fijada,
porque todo el que se presente después de la señal no cobrará el trióbolo. Él,
en cambio, aunque llegué tarde cobra un dracma como abogado público. Después, si un acusado le da algo,
hace partícipe de ello a su colega, y ambos procuran arreglar como puedan el
negocio. Entonces es de ver cómo a modo de aserradores de leña, uno lo suelta y
otro lo toma; y cómo tú te estás con la boca abierta y con los ojos fijos en el
pagador público, sin notar sus manejos.
FILOCLEÓN.
¡Eso hacen conmigo! ¡Ah! ¿Qué dices? Me destrozas el
corazón. Ya no sé ni lo que pienso ni lo que digo.
BDELICLEÓN.
Considera, pues, que tú y todos tus colegas podíais
enriqueceros sin dificultad, si no os dejaseis arrastrar por esos aduladores
que están siempre alardeando de amor al pueblo. Tú, que imperas sobre mil
ciudades desde la Cerdeña al Ponto, solo disfrutas del miserable sueldo que te
dan, y aun ese te lo pagan poco a poco, gota a gota, como aceite que se exprime
de un vellón de lana; en fin, lo preciso para que no te mueras de hambre.
Quieren que seas pobre, y te diré la razón: para que reconociéndoles por tus
alimentadores, estés dispuesto a la menor instigación a lanzarte como un perro
furioso sobre cualquiera de sus enemigos. Como quieran, nada les será más fácil
que alimentar al pueblo. ¿No tenemos mil ciudades tributarias? Pues impóngase a cada una
la carga de mantener veinte hombres, y veinte mil ciudadanos vivirán deliciosamente, comiendo carne
de liebre, llenos de toda clase de coronas, bebiendo la leche más pura, gozando, en una palabra, de todas las
ventajas a que les dan derecho nuestra patria y el triunfo de Maratón. En vez
de eso, como si fuerais jornaleros recolectores de aceituna, seguís al pagador
de sueldos.
FILOCLEÓN.
¡Ay, súbito hielo entorpece mi mano; no puedo sostener la
espada; me siento desfallecer!
BDELICLEÓN.
Esos intrigantes cuando cobran miedo os dan la Eubea y
prometen distribuir cincuenta celemines de trigo: nunca te han dado, bien lo
sabes, más de cinco celemines, y esos con mil molestias, midiéndolos uno por
uno, y exigiéndote previa justificación de no ser extranjero. Ahí tienes por
qué te tengo encerrado siempre, deseando mantenerte yo mismo y librarte de
insolentes burlas. Resuelto estoy a darte cuanto quieras, menos ese maldito
salario.
CORO.
¡Cuán sabio era el que dijo: «No juzgues sin haber oído a
ambas partes!» (A Bdelicleón.) Ahora me parece que tú tienes sobrada razón. Mi
cólera se calma, y arrojo estos garrotes. (A Filocleón.) Cede, cede a sus
consejos, colega y contemporáneo nuestro; no seas obstinado, ni hagas alarde de
tenacidad inflexible. ¡Ojalá tuviera yo un pariente o amigo que así me
aconsejase! Hoy, que se te aparece un dios para socorrerte y colmarte de
favores, recíbelos propicio.
BDELICLEÓN.
Sí, yo le mantendré y le daré cuanto un anciano puede
desear: ricos puches, blancas túnicas, un fino manto y una cortesana que le
frote los riñones. Pero se calla y
no dice esta boca es mía. Mala espina me da.
CORO.
Es que recobra la razón en el mismo punto que la había
perdido: reconoce su culpa, y se arrepiente de haber desoído tanto tiempo tus
exhortaciones. Quizá ahora, más cuerdo, se propone mudar de costumbres y
obedecerte en todo.
¡Ay de mí!
BDELICLEÓN.
¿Por qué esa exclamación?
FILOCLEÓN.
Déjate de promesas; lo que yo quisiera era estar allí,
sentarme allí donde el heraldo grita: «El que no haya emitido todavía su voto,
que se levante.» ¡Ah! ¿Por qué no me he de encontrar junto a las urnas y
depositar en ellas el último mi voto? ¡Apresúrate, alma mía! Alma mía, ¿dónde
estás? «Tinieblas, abridme paso.»
¡Oh! Por Hércules lo juro, mi más vehemente deseo es sentarme hoy entre los
jueces y convencer de robo a Cleón.
BDELICLEÓN.
En nombre de los dioses, padre mío, cede a mis ruegos.
FILOCLEÓN.
¿Qué deseas? Pídeme cuanto quieras, menos una cosa.
BDELICLEÓN.
¿Qué cosa es esa? Di.
FILOCLEÓN.
Que no juzgue; antes de consentirlo, Plutón habrá
pronunciado mi sentencia.
BDELICLEÓN.
Sea, ya que tanto te gusta administrar justicia; pero
cuando menos no acudas ya al tribunal; quédate en casa y juzga a los criados.
FILOCLEÓN.
¿Sobre qué? ¡Tú deliras!
BDELICLEÓN.
Haciendo en casa lo mismo que allí: si la criada abre
clandestinamente la puerta, la condenas a una simple multa; es decir,
exactamente igual que en el tribunal. Todo lo demás se hará también como allí
se acostumbra: cuando caliente el sol, juzgarás desde la mañana sentado al sol;
y cuando nieve o llueva, sentado ante el hogar: así aunque te levantes al
mediodía, ningún tesmoteta te
prohibirá la entrada en el tribunal.
FILOCLEÓN.
Eso me agrada.
BDELICLEÓN.
Además, si un orador habla mucho tiempo, no tendrás que
esperar rabiando de hambre a que concluya, con gran tormento tuyo y del acusado
que teme tu furor.
FILOCLEÓN.
¿Pero podré lo mismo que hasta ahora conocer
perfectamente el asunto, si como en el intervalo?
BDELICLEÓN.
Mejor que en ayunas. ¿No has oído decir a todo el mundo
que, cuando los testigos mienten, los jueces solo pueden comprender el asunto a
fuerza de rumiarlo?
FILOCLEÓN.
Me has convencido. Mas aún no me has dicho quién me
pagará los honorarios.
BDELICLEÓN.
Yo.
FILOCLEÓN.
Bueno, así recibiré yo solo mi paga, y no en compañía de
otro: porque hace poco ese bufón de Lisístrato me jugó la más mala pasada que puede
imaginarse. Había recibido un dracma para los dos, y fuimos a la pescadería,
donde lo cambio en monedas de cobre; luego, en vez de darme mi parte, me
puso en la mano tres escamas; yo, creyendo que eran tres óbolos, las escondí en
la boca; pero ofendido por el olor las arrojé en seguida y le cité a juicio.
BDELICLEÓN.
¿Y qué dijo?
FILOCLEÓN.
¿Qué dijo? Que yo tenía estómago de gallo. «Digieres
fácilmente el dinero», repetía riéndose.
BDELICLEÓN.
¿Ves cuánto vas ganando hasta en esto?
FILOCLEÓN.
No poco, es verdad. Pero, anda, haz lo que has prometido.
BDELICLEÓN.
Espera un momento; en seguida vuelvo aquí con todo.
FILOCLEÓN.
¡Mirad cómo se cumplen los oráculos! Yo había oído que
llegaría día en que cada ateniense administraría justicia en su propia casa, y
construiría en el vestíbulo un pequeño tribunal, como esas estatuas de Hécate
que se colocan delante de las puertas.
BDELICLEÓN.
Heme aquí: ¿qué tienes que decir? Traigo todo lo que te
dije y mucho más. Este bacín puede colgarse a tu lado para cuando lo necesites.
FILOCLEÓN.
¡Feliz ocurrencia! ¡Excelente remedio para preservar a un
viejo de la retención de orina!
BDELICLEÓN.
Aquí traigo además un hornillo con una escudilla llena de
lentejas, por si se te ocurre comer.
FILOCLEÓN.
Muy bien, muy bien; de modo que cobraré mi salario,
aunque tenga calentura, y podré comer lentejas sin moverme de aquí. Mas ¿para
qué me traes ese gallo?
BDELICLEÓN.
Para que si te duermes durante la defensa de una causa,
te despierte cantando encima de ti.
FILOCLEÓN.
Solo echo de menos una cosa; todo lo demás me satisface.
BDELICLEÓN.
¿Cuál?
FILOCLEÓN.
¿Si pudieras traer la estatua de Lico?
BDELICLEÓN.
Hela aquí; parece el mismo héroe.
FILOCLEÓN.
¡Oh, héroe mi señor! ¡Cuán terrible es tu aspecto! Es el
retrato de Cleónimo.
SOSIAS.
Por eso, aunque es un héroe, no tiene armas.
BDELICLEÓN.
Si te sientas, someteré en seguida a tu decisión una
causa.
FILOCLEÓN.
Venga al punto: hace cien años que estoy sentado.
BDELICLEÓN.
Veamos; ¿por qué causa principiaremos? ¿habrá faltado
alguno de los criados? ¡Ah! Trata,
que hace poco se dejó quemar el puchero...
FILOCLEÓN.
¡Eh! detente: me has puesto al borde del abismo. ¿Cómo
pretendes que actúe el tribunal sin balaustrada? Precisamente es para nosotros
lo más sagrado.
BDELICLEÓN.
Es verdad, por Júpiter. Corro a casa y la traigo volando.
¡Lo que es la costumbre!
JANTIAS.
¡Diantre de animal! ¿Es posible que demos de comer a
semejante perro?
BDELICLEÓN.
¿Qué pasa?
JANTIAS.
Nada, que Labes,
tu perro, ha entrado en la cocina, ha robado un magnífico queso de Sicilia, y
se lo ha engullido.
BDELICLEÓN.
Ya tenemos la primera causa en que ha de entender mi
padre. (A Jantias.) Comparece tú como acusador.
JANTIAS.
Yo no, por vida mía; otro perro dice que presentará la
acusación, si se instruye el proceso.
BDELICLEÓN.
Bueno; tráete acá los dos.
JANTIAS.
Es lo que hay que hacer.
FILOCLEÓN.
¿Qué es eso?
BDELICLEÓN.
La gamella de los cerdos consagrados a Vesta.
FILOCLEÓN.
¿Osas poner sobre ella tus sacrílegas manos?
BDELICLEÓN.
No; principiando por sacrificar a Vesta, trituraré a mi adversario.
FILOCLEÓN.
Vamos, vamos, principia pronto la acusación; yo ya sé
cuál castigo ha de imponerse.
BDELICLEÓN.
Deja que te traiga las tablillas y el estilo.
FILOCLEÓN.
¡Oh! ¡Me mueles y me asesinas con tus dilaciones! Lo
mismo me era escribir en la arena.
BDELICLEÓN.
Ten.
FILOCLEÓN.
Cita, pues.
BDELICLEÓN.
Ya estoy.
FILOCLEÓN.
¿Quién es ese primero?
BDELICLEÓN.
¡Oh, qué memoria la mía! Esto es atroz. ¿Pues no se me
han olvidado las urnas de los votos?
FILOCLEÓN.
Eh, tú, ¿a dónde vas?
BDELICLEÓN.
A por las urnas.
FILOCLEÓN.
Es inútil; me serviré de estos cacharros.
BDELICLEÓN.
Muy bien; ya tenemos todo lo necesario, excepto la
clepsidra.
FILOCLEÓN.
¿No puede pasar por clepsidra este bacín?
BDELICLEÓN.
Eres ingenioso para proporcionarte los útiles precisos y
acostumbrados. Pronto, traed fuego, mirtos e incienso para que principiemos por
invocar a los Dioses.
CORO.
Durante vuestras libaciones uniremos nuestros votos a los
vuestros, congratulándonos de que una reconciliación tan generosa haya seguido
a vuestras disputas y querellas.
BDELICLEÓN.
Principiad, pues, por guardar un silencio religioso.
CORO.
¡Oh Febo! ¡Oh Apolo Pitio! Haz que el negocio que va a
resolverse delante de esa puerta, sea para bien de todos nosotros, libres ya de
nuestros errores. ¡Oh Peán!
BDELICLEÓN.
¡Oh Dios poderoso, Apolo Agieo que velas ante el
vestíbulo de mi casa! Acepta este
nuevo sacrificio que te ofrezco para que te dignes suavizar el humor áspero e
intratable de mi padre. ¡Oh rey! endulza con algunas gotas de miel su
avinagrado corazón; que sea en adelante clemente con los hombres; más compasivo
con los reos que con los acusadores; sensible a las súplicas, y que pierda su
carácter esa furia, dolorosa para el que se acerca, como las ortigas.
CORO.
Nosotros unimos a los tuyos nuestros votos en favor del
nuevo magistrado. Pues te queremos, Bdelicleón, desde que nos has dado a
conocer que amas al pueblo como ningún otro joven.
BDELICLEÓN.
Si hay algún juez fuera, que entre; pues en cuanto se
principie la vista no se dejará entrar a nadie.
FILOCLEÓN.
¿Quién es ese acusado? ¡Qué condena le aguarda!
BDELICLEÓN (Como acusador).
Oíd el acta de acusación. La suscribe un perro cidatenense
contra Labes de Exona, al que acusa de haberse comido él solo, contra toda
razón y derecho, un queso de Sicilia. La pena, una argolla de higuera.
FILOCLEÓN.
O la muerte canina si se le prueba.
BDELICLEÓN.
Aquí está Labes el acusado.
FILOCLEÓN.
¡Ah, maldito! ¡Qué traza de ladrón tienes! ¿Si creerá que
me va a engañar apretando los dientes?
BDELICLEÓN.
¿Dónde está el querellante, el perro cidatenense?
EL PERRO.
¡Guau! ¡Guau!
BDELICLEÓN.
Aquí está.
FILOCLEÓN.
Ese es otro Labes, bueno solo para ladrar y lamer ollas.
BDELICLEÓN (Haciendo de heraldo).
Calla y siéntate. Tú (A Jantias), sube y acusa.
FILOCLEÓN.
Vamos, en tanto voy a servirme y sorberme las lentejas.
JANTIAS (Acusador).
Ya habéis oído, oh jueces, el escrito de acusación que he
presentado contra Labes: ha cometido contra mí y los marinos la más indigna
felonía; se metió en un rincón oscuro, robó un enorme queso de Sicilia, y
atracándose en las tinieblas...
FILOCLEÓN.
Basta, basta; el hecho está probado: el gran canalla
acaba de soltar junto a mis narices un eructo que apesta a queso.
JANTIAS.
...Se negó a darme la parte que le pedía. Ahora bien;
¿podrá prestaros servicio alguno quien no da nada a vuestro perro leal?
FILOCLEÓN.
¿No ha dado nada?
JANTIAS.
¡Nada a mí, a su compañero!
FILOCLEÓN.
Se conoce que el mozo tiene los cascos tan calientes como
estas lentejas.
BDELICLEÓN.
Por favor, padre mío; no sentencies antes de haber
escuchado a los dos.
FILOCLEÓN.
Pero, querido, si la cosa está clara; si está clamando
justicia.
JANTIAS.
No le absolváis: es el perro más egoísta y voraz; recorre
en un instante todo el molde de un queso, y se engulle la costra que le
recubre.
FILOCLEÓN.
Ni siquiera me ha dejado con que cerrar las grietas de mi
urna.
JANTIAS.
Castigadle; una sola casa no puede mantener dos ladrones;
yo no quiero ladrar con el estómago vacío; castigadle, pues, o dejaré de
ladrar.
FILOCLEÓN.
¡Oh! ¡Oh! ¡Cuántas maldades! El mozo es ladrón de veras.
¿No te parece lo mismo, gallo mío? ¡Ah! sí, se adhiere a mi opinión. ¡Eh,
tesmoteta! ¿Dónde estás? Dame el bacín.
BDELICLEÓN.
Cógelo tú, que yo estoy llamando los testigos. Testigos
de Labes, compareced: son un plato, una mano de mortero, un cuchillo, unas
parrillas, una olla y otros utensilios medio quemados. ¿Acabas de hacer aguas?
¿O no vas a sentarte nunca?
FILOCLEÓN.
Aún no; pero creo que ese pasará hoy a mayores.
BDELICLEÓN
(A Filocleón).
¿Serás siempre duro o intratable con los reos? ¿Cebarás
siempre en ellos tu furor? (Al acusado.) Sube y defiéndete. ¿Por qué te callas?
Habla.
FILOCLEÓN.
Parece que no tiene nada que alegar.
BDELICLEÓN.
Sí que tiene, pero se me figura que le pasa lo que a
Tucídides en otra ocasión, cuando la
sorpresa le cerró la boca. Retírate: yo me encargo de tu defensa. Ya
comprenderéis, oh jueces, lo comprometido que es defender a un perro acusado de
crimen tan atroz. Hablaré no obstante. En primer lugar, es valiente y ahuyenta
los lobos.
FILOCLEÓN.
Pero es ladrón y conspirador.
BDELICLEÓN.
No, por Júpiter; es el mejor de los perros, capaz de
guardar el rebaño más numeroso.
FILOCLEÓN.
¿Qué importa si se come el queso?
BDELICLEÓN.
Pero en cambio te defiende, te guarda la puerta, y tiene
otras inmejorables cualidades. Si cometió algún hurto, hay que perdonárselo.
¿No ves que es un ignorantón que ni aun tocar la lira sabe?
FILOCLEÓN.
¡Ojalá tampoco supiera escribir! Así no hubiera redactado
su defensa.
BDELICLEÓN.
Oye, honrado juez, a mis testigos. Acércate, buen
cuchillo, y declara en voz alta. Tú eras entonces pagador. Responde claro. ¿No
partiste las porciones que debían ser distribuidas a los soldados? — Dice que
sí las partió.
FILOCLEÓN.
Pues miente el bellaco.
BDELICLEÓN.
¡Oh compasivo juez, ten piedad de su infortunio! El
infeliz Labes siempre come espinas y cabezas de pescados; no para un momento en
un sitio: ese otro solo sirve para guardar la casa, y ya sabe lo que se hace; así reclama
una parte de todo lo que traen, y al que no se la da, le clava el diente.
FILOCLEÓN.
¡Ah, estoy enfermo! ¡Se me figura que blandeo! ¡Oh
desgracia! ¡Yo enternecido!
BDELICLEÓN.
Yo te lo ruego, padre mío, compadeceos de él, no le
condenéis. ¿Dónde están sus hijos?
Acercaos, infelices. Aullad, suplicad, llorad sin consuelo.
FILOCLEÓN.
BDELICLEÓN.
Bajaré, aunque esa palabra «baja» ha engañado a muchos.
No obstante, bajaré.
FILOCLEÓN.
¡Vete al infierno! ¿Por qué habré comido esas lentejas?
¿Pues no he llorado? Creo que esto no me hubiera sucedido si no me hubiera
atracado de esas malditas lentejas.
BDELICLEÓN.
¿Será, pues, absuelto?
FILOCLEÓN.
No he dicho tal cosa.
BDELICLEÓN.
Vamos, padrecito mío, sé más humano. Coge tu voto; da un
paso atrás; échalo en la segunda urna,
cerrando un poco los ojos. Absuélvelo, padre mío.
FILOCLEÓN.
No: tampoco yo sé tocar la lira.
BDELICLEÓN.
Ven, te llevaré yo mismo.
FILOCLEÓN.
BDELICLEÓN.
Esa.
FILOCLEÓN.
Pues aquí echo mi voto.
BDELICLEÓN.
Cayó en el lazo, y lo absolvió sin saberlo.
FILOCLEÓN.
Veamos; vuelve la urna. ¿Cuál es el resultado?
BDELICLEÓN.
Míralo. Labes, has sido absuelto. Padre, padre, ¿qué te
pasa? ¡Agua, agua! vamos, recóbrate.
FILOCLEÓN.
Dime, ¿de veras ha sido absuelto?
BDELICLEÓN.
Sí.
FILOCLEÓN.
¡Ah, soy perdido!
BDELICLEÓN.
Valor, padre mío, no te aflijas.
FILOCLEÓN.
¿Cómo podré resistir la pena de haber absuelto a un
criminal? ¿Qué va a ser de mí? ¡Oh santos dioses, perdonadme; lo hice a pesar
mío; esa, ya lo sabéis, no es mi costumbre!
BDELICLEÓN.
No lo tomes tan a pecho, padre mío; yo te daré una vida
regalada; te llevaré a cenas y convites; vendrás conmigo a todas las fiestas, y
pasarás dulcemente el resto de tu existencia: ya no se burlará de ti Hipérbolo.
Pero entremos.
FILOCLEÓN.
Haz lo que gustes.
CORO.
Id alegres a donde queráis. Escuchad, en tanto, innumerables
espectadores, nuestros prudentes consejos, y procurad que no caigan en saco
roto: esa falta es propia de un auditorio ignorante; vosotros no la podéis
cometer.
Ahora, si
amáis la verdad desnuda y el lenguaje sin artificios, prestadme atención, oh
pueblo. El poeta quiere haceros algunos cargos. Está quejoso de vosotros, que
antes le acogisteis tan bien, cuando imitando unas veces al espíritu profético
oculto en el vientre de Euricles,
hizo que otros poetas os presentasen muchas comedias suyas, y afrontando otras cara a cara el
peligro dirigió por su mano sin ajeno auxilio los vuelos de su Musa. Colmado
por vosotros de gloria y honores, como ningún otro vate, no creyó, sin embargo,
haber llegado a la cúspide de la perfección, ni se enorgulleció por ello, ni
recorrió las palestras para corromper a la juventud deslumbrada por sus
triunfos. Noblemente resuelto a
que las Musas que le inspiran no desciendan jamás al oficio de viles
alcahuetas, ha desoído las reclamaciones del amante, quejoso de ver ridiculizado
el objeto de su torpe pasión. Ya en el extremo de su carrera dramática no luchó
con hombres, sino que manejando intrépido la clava de Hércules, hubo de atacar
a los mayores monstruos. Principió
por acometer audazmente a aquella horrenda fiera, de dientes espantosos, ojos
terribles, flameantes como los de Cinna, rodeado de mil infames aduladores que
a porfía le lamen la cabeza; de voz estruendosa como la de destructor remolino;
de olor a foca y de partes secretas, que por lo inmundas recuerdan las de los
camellos y las lamias. A la vista de semejante monstruo el
miedo no le arrancó regalos para apaciguarle; al contrario, sintió aumentarse
su valor para defenderos. Así, el año último dirigió de nuevo sus ataques
contra esos vampiros que,
pálidos, abrasados por incesante fiebre, estrangulaban en las tinieblas a
vuestros padres y abuelos, y acostados en el lecho de los ciudadanos pacíficos
enemigos de cuestiones, amontonaban sobre ellos procesos, citaciones y
testigos, hasta el punto de que muchos acudieron aterrados al Polemarca. Esto no obstante, el año pasado
abandonasteis al denodado defensor que puso todo su ahínco en purgar de tales
males a la patria, y le abandonasteis precisamente cuando sembraba pensamientos
de encantadora novedad, cuyo crecimiento impedisteis por no haberlos
comprendido bien; el autor, sin
embargo, jura a menudo entre estas libaciones a Baco, que jamás oísteis versos
cómicos mejores que los suyos. Vergonzoso es que no entendieseis de seguida su
intención profunda; pero al poeta le consuela el no haber desmerecido en la
opinión de los doctos, aunque se haya estrellado su esperanza por vencer en
audacia a sus rivales.
En
adelante, queridos atenienses, amad y honrad más a los poetas que procuran
deleitaros con nuevas invenciones: recoged sus pensamientos y guardadlos en
vuestras arcas como manzanas olorosas. Si así lo hiciereis, vuestros vestidos
exhalarán todo el año un suave perfume de sabiduría.
En otro
tiempo éramos infatigables en la danza, infatigables en la guerra,
infatigables, sobre todo, en las lides amorosas. ¡Todo, todo ha pasado! La
blancura de nuestros cabellos vence ya a la del cisne; fuerza será, sin
embargo, reanimar en estos restos el vigor juvenil; pues mi vejez, según creo,
vale más que los rizos, adornos y disolutas costumbres de muchos jovenzuelos.
Espectadores:
si alguno de vosotros se asombra al vernos vestidos de avispas y no comprende
el objeto de nuestro aguijón, fácilmente disiparé su ignorancia. Nosotros, a
quienes veis así armados por detrás, somos la gente ática única verdaderamente
noble y autóctona; raza valerosísima que tan insignes servicios prestó a la
república cuando el bárbaro, ganoso de arrojarnos de nuestras colmenas, invadió
este territorio llevando delante de sí el incendio y la desolación. Al punto
corrimos a su encuentro, y armados de escudo y lanza, le atacamos. La ira hervía en nuestros
pechos; nos tocábamos hombre con hombre; nos mordíamos los labios de coraje, y
una nube de dardos oscurecía el cielo: por fin, con ayuda de los Dioses los
derrotamos a la caída de la tarde. Antes del combate una lechuza había pasado
sobre nuestro ejército. Después
les perseguimos, clavándoles nuestro aguijón como furiosos tábanos; ellos huían
y nosotros les picábamos las mejillas y la frente; así es que para los bárbaros
nada hay ya tan temible como la avispa ática.
Terribles
éramos en aquel tiempo: nada nos amedrentaba: a bordo de las trirremes
exterminamos los enemigos. No nos cuidábamos entonces de perorar elegantemente,
ni de calumniar a nadie; toda nuestra ambición se cifraba en ser el mejor
remero. De este modo ganamos a los persas muchas ciudades. Y a nuestro valor se deben
principalmente esos tributos que hoy derrochan los jóvenes.
Si nos
miráis con detención, observaréis que somos semejantes a las avispas en
nuestras costumbres y modo de vivir. En primer lugar, cuando se nos irrita no
hay animal más colérico e intratable; y en todo lo demás hacemos lo que ellas.
Reunidos en enjambres nos repartimos en diferentes avisperos: unos vamos a
juzgar con el Arconte, otros al Odeón, otros con los Once, y otros, pegados a la pared con la cabeza baja y sin moverse
apenas, nos parecemos a las larvas encerradas en su capullo. El procurarnos la
subsistencia nos es sumamente fácil, pues nos basta para ello picar al primero
que se presenta. Pero hay entre nosotros zánganos desprovistos de aguijón, que
se comen sin trabajar el fruto de nuestros afanes. Y es doloroso, ciudadanos,
que quien nunca peleó, quien nunca se hizo una ampolla manejando el remo o la
lanza en defensa de la república, se apodere así de nuestro salario. Por tanto,
opino que en adelante quien no tenga aguijón no cobre el trióbolo.
FILOCLEÓN.
No, jamás mientras viva dejaré de llevar este manto, al
que debí la salvación en aquella batalla cuando el Bóreas se desencadenó
furioso.
BDELICLEÓN.
¿No deseas tu comodidad?
FILOCLEÓN.
¡Por vida de Júpiter, no hay más que hacerse hermosos
trajes! El otro día me ensucié tanto atracándome de peces fritos, que tuve que
pagar tres óbolos al quita-manchas.
BDELICLEÓN.
Una vez que te has puesto en mis manos, ensaya este nuevo
género de vida, y déjame cuidarte.
FILOCLEÓN.
Bueno, ¿qué quieres que haga?
BDELICLEÓN.
Quítate ese manto ordinario, y ponte en su lugar este más
fino.
FILOCLEÓN.
Valía la pena de engendrar y criar hijos para que este
pretenda ahora asfixiarme.
BDELICLEÓN.
Ea, póntelo y calla.
FILOCLEÓN.
Por los dioses, ¿qué especie de vestido es este?
BDELICLEÓN.
Unos le llaman pérsida, otros pelliza.
FILOCLEÓN.
Yo creí que era una manta de las que hacen en Timeta.
BDELICLEÓN.
No es extraño; como nunca has ido a Sardes. Si no, ya la
hubieras conocido.
FILOCLEÓN.
¿Yo? No, por Júpiter; pero se me figura que a lo que más
se parece es al saco peludo de Móricos.
BDELICLEÓN.
Ni por pienso: esto se teje en Ecbatana.
FILOCLEÓN.
¿Hay, pues, allí intestinos de lana?
BDELICLEÓN.
No, hombre, no, esto lo fabrican los bárbaros sin
perdonar gasto. Quizá en esta túnica haya entrado un talento de lana.
FILOCLEÓN.
Entonces debía llamársela pierde-lana, más bien que
pelliza.
BDELICLEÓN.
Vamos, padre mío, estate quieto un instante y póntela.
FILOCLEÓN.
¡Oh! ¡Qué calor tan horrible me da esta maldita túnica!
BDELICLEÓN.
¿Te la pones o qué?
FILOCLEÓN.
No, por piedad; prefiero, si es preciso, que me metas en
un horno.
BDELICLEÓN.
Vamos, ya te la pondré yo: ven acá.
FILOCLEÓN.
Coge siquiera ese gancho.
BDELICLEÓN.
¿Para qué?
FILOCLEÓN.
Para sacarme antes de que me derrita.
BDELICLEÓN.
Quítate esos infames zapatos, y ponte este calzado
lacedemonio.
FILOCLEÓN.
¡Cómo! ¡Yo sufrir en mis pies unos zapatos hechos por mis
enemigos!
BDELICLEÓN.
Entra el pie y aprieta firme a la suela lacedemonia.
FILOCLEÓN.
No está bien que me obligues a poner el pie en suelo
enemigo.
BDELICLEÓN.
Entra ahora el otro.
FILOCLEÓN.
De ninguna manera: uno de estos dedos aborrece a los
lacedemonios como el que más.
BDELICLEÓN.
No hay otro remedio.
FILOCLEÓN.
¡Infeliz de mí, no voy a tener sabañones en la vejez!
BDELICLEÓN.
Vamos pronto; ahora imita el paso afeminado y muelle de
los ricos... Así, como yo.
FILOCLEÓN.
Sea. Di, ¿a quién de los ricos me parezco más en el
andar?
BDELICLEÓN.
¿A quién? A un divieso cubierto de un emplasto de ajos.
FILOCLEÓN.
¡Ah, cuánto deseo pasear moviendo las caderas!
BDELICLEÓN.
Veamos otra cosa: ¿sabrás seguir una conversación seria
delante de hombres doctos y bien educados?
FILOCLEÓN.
Sí por cierto.
BDELICLEÓN.
¿De qué hablarás?
FILOCLEÓN.
De muchas cosas. Primero, de cómo Lamia, al verse cogida,
produjo un ruido sospechoso. Después, de
cómo Cardopión y su madre...
BDELICLEÓN.
Déjate de fábulas y háblanos de cosas humanas, de asuntos
frecuentes en las conversaciones de familia.
FILOCLEÓN.
También estoy fuerte en el género familiar: había en otro
tiempo un ratón y una comadreja...
BDELICLEÓN.
«Estúpido e ignorante», como decía furioso Teógenes a un
limpia-letrinas. ¿Te atreverás a hablar entre hombres de ratones y comadrejas?
FILOCLEÓN.
¿Pues de qué hay que hablar?
BDELICLEÓN.
Solo de grandezas: por ejemplo, de la excelentísima
diputación, en la que fuiste parte con Clístenes y Androcles.
FILOCLEÓN.
¡En diputación! ¡Si jamás he ido a ninguna parte, como no
haya sido a Paros, lo cual me valió dos óbolos!
Cuenta por lo menos cómo Efudión luchó al pancracio
valerosamente con Ascondas, y aunque
viejo encanecido, sin embargo conservaba puños y riñones de hierro, robustos
costados y una fortísima coraza.
FILOCLEÓN.
Basta, basta; no sabes lo que te dices. ¿Dónde se ha
visto luchar al pancracio con coraza?
BDELICLEÓN.
Pues así suelen hablar los sabios. Ahora dime otra cosa.
Cuando estés en un festín con extranjeros, ¿qué hazaña de tu juventud
preferirás contarles?
FILOCLEÓN.
¡Oh! ¡Ya sé, ya sé! Mi más famosa hazaña, cuando robé a
Ergasión los rodrigones.
BDELICLEÓN.
¡Vete al infierno con tus rodrigones! Eso es ridículo. Lo
mejor es que hables de tus cacerías de liebres o jabalíes, o de alguna carrera
de antorchas en que tomaste parte;
en fin, de cualquier hecho que revele tu valor juvenil.
FILOCLEÓN.
Ahora me acuerdo de uno de los más atrevidos: siendo
todavía un rapazuelo, demandé a Failo
el andarín por injurias, y le vencí por dos votos.
BDELICLEÓN.
Basta; recuéstate ahí para que aprendas la manera de
conducirte en los banquetes y conversaciones.
FILOCLEÓN.
¿Cómo me recuesto? Vamos, dime pronto.
BDELICLEÓN.
Con elegancia.
FILOCLEÓN.
¿Así?
BDELICLEÓN.
No.
FILOCLEÓN.
¿Pues cómo?
BDELICLEÓN.
Estira las piernas y déjate caer blandamente sobre los
almohadones como un ligero gimnasta: elogia después los vasos de bronce que
haya por allí; admira las cortinas del patio. En esto presentan agua para las manos;
traen las mesas, comemos; nos lavamos; principian las libaciones...
FILOCLEÓN.
¿Pero acaso estamos cenando en sueños?
BDELICLEÓN.
La flautista preludia: los convidados son Teoro,
Esquines, Fano, Cleón, Acestor, y al lado de este otro a quien no conozco. Tú
estás con ellos. ¿Sabrás continuar las canciones principiadas?
FILOCLEÓN.
Ya lo creo; mejor que cualquier montañés.
BDELICLEÓN.
Veamos; yo soy Cleón; el primero canta el Harmodio, tú continuarás: «Nunca hubo en Atenas
un hombre...»
FILOCLEÓN.
«Tan canalla ni tan ladrón...»
BDELICLEÓN.
¿Eso piensas contestar, desdichado? ¿No ve que te
confundirá a gritos y jurará perderte, aniquilarte y expulsarte del país?
FILOCLEÓN.
Pues yo responderé a sus amenazas con esta otra canción:
«En tu loca ambición del supremo mando, acabarás por arruinar la república, que
ya empieza a vacilar.»
BDELICLEÓN.
Y cuando Teoro, acostado a tus pies, cante cogiéndole la
mano a Cleón: «Amigo, tú que conoces la historia de Admeto, estima a los
valientes»; ¿qué contestarás?
FILOCLEÓN.
Lo siguiente: «Yo no puedo ser zorro y proclamarme amigo
de los dos partidos.»
BDELICLEÓN.
A continuación, Esquines, hijo de Selo, hombre docto y
único diestro, cantará: «Bienes y riquezas a Clitágora, a mí y a los Tesalios...»
FILOCLEÓN.
«Muchas hemos derrochado tú y yo.»
BDELICLEÓN.
Esto lo entiendes bien; mas ya es hora de ir a cenar a
casa de Filoctemon. — ¡Muchacho, muchacho! ¡Criso! Pon nuestra ración en una
cesta, hoy queremos beber de largo.
FILOCLEÓN.
No, no; es muy peligroso el beber; después del vino se
rompen las puertas y llueven bofetones y pedradas, y al día siguiente, cuando
se han dormido los tragos, se encuentra uno que hay que pagar los excesos de la
víspera.
BDELICLEÓN.
No temas semejante cosa tratando con hombres honrados y
corteses. O te excusan ellos mismos con el ofendido, o tú aplicas a lo ocurrido
algún chistoso cuento esópico o sibarítico de los que has oído en la mesa: la cosa
se toma a risa, y no pasa adelante.
FILOCLEÓN.
Pues ya merece la pena de aprender muchos cuentos eso de
poder librarme con uno de pagar cualquiera daño que cause. Ea, vamos; que nadie
nos detenga.
CORO.
Muchas veces he dado prueba de agudo ingenio, y jamás de
estupidez; pero me gana Aminias, ese
hijo de Selo, perteneciente a la raza copetuda, a quien vi un día ir a cenar con
Leógoras, llevando por junto una
manzana y una granada, y cuenta que es más hambriento que Antifonte. Ya fue de embajador a Farsalia, pero allí solo se reunía a los
penestas, padeciendo él mayor
penuria que ninguno.
¡Afortunado
Autómenes, cuánto envidiamos tu
felicidad! Tus hijos son los más hábiles artistas. El primero, querido de
todos, canta admirablemente al son de la cítara, y la gracia le acompaña; el
segundo es un autor cuyo mérito nunca se ponderará bastante; pero el talento
del último, de Arifrades digo, deja muy atrás al de los otros. Su padre jura
que lo ha aprendido todo por sí propio, sin necesidad de maestro, y que solo a
su talento natural debe la invención de sus inmundas prácticas en los
lupanares. Algunos han dicho que yo me había reconciliado con Cleón porque me
perseguía encarnizadamente y me martirizaba con sus ultrajes. Ved lo que hay de
cierto: cuando yo lanzaba dolorosos gritos, vosotros os reíais a placer, y en
vez de compadecerme, solo anhelabais que la angustia me inspirase algún chiste
mordaz y divertido. Al notar esto, cejé un poco y le hice algunas caricias. He
ahí por qué «a la cepa le falta ahora su rodrigón.»
JANTIAS.
¡Oh tortugas tres veces bienaventuradas! ¡Cuánto envidio
la dura concha que defiende vuestro cuerpo! ¡Qué sabias y previsoras fuisteis
al cubriros la espalda con un impenetrable escudo! ¡Ay, un nudoso garrote ha
surcado la mía!
CORO.
¿Qué sucede, niño? Porque hasta al más anciano hay
derecho para llamarle niño, cuando se deja pegar.
JANTIAS.
Sucede que nuestro viejo es la peor de las calamidades.
Ha sido el más procaz de todos los convidados, y cuenta que allí estaban
Hipilo, Antifonte, Lico, Lisístrato, Teofrasto, y Frínico; pues sin embargo, a
todos los dejó tamañitos su insolencia. En cuanto se atracó de los mejores
platos, empezó a bailar, a saltar, a reír, a eructar como un pollino harto de
cebada, y a sacudirme de lo lindo, gritándome: «¡Esclavo, esclavo!» Lisístrato,
al verlo así, le lanzó esta comparación: «Anciano, pareces un piojo resucitado
o un burro que corre a la paja.» Y él, atronándonos los oídos, le replicó con
esta: «Y tú te pareces a una langosta, de cuyo manto se pueden contar todos los
hilos y a Esténelo despojado de su guardarropa.» Todos
aplaudieron, menos Teofrasto, que se mordió los labios como hombre bien
educado. Entonces, encarándosele nuestro viejo, le dijo: «Di tú, ¿a qué te das
tanto tono, y te las echas de persona? Ya sabemos que vives a costa de los
ricos a fuerza de bufonadas.» Así continuó dirigiendo insultos semejantes a
todos, diciendo los chistes más groseros, cantando historias necias e
importunas. Después se ha dirigido hacia aquí, completamente ebrio, pegando a
cuantos encuentra. Mirad, ahí viene haciendo eses. Yo me largo, para evitar
nuevos golpes.
Dejadme: marchaos. Voy a dar que sentir a algunos de los
que se obstinan en perseguirme. ¿Os largaréis, bribones? Si no, os tuesto con
esta antorcha.
BDELICLEÓN.
A pesar de tus baladronadas juveniles, te juro que mañana
nos has de pagar tus atropellos. Vendremos en masa a citarte a juicio.
FILOCLEÓN.
¡Ja, ja! ¡A citarme! ¡Qué vejeces! ¿No sabéis que ya ni
puedo oír hablar de pleitos? ¡Ja, ja! Ahora tengo otros gustos: tirad las
urnas. ¿No os vais? ¿Dónde esta el juez? Decidle que se ahorque. (A la cortesana.)
Sube, manzanita de oro, sube agarrada a esta cuerda; cógela, pero con
precaución, que está algo gastada; sin embargo aún le gusta que la froten. ¿No
has visto con qué astucia te he sustraído a las torpes exigencias de los
convidados? Debes probarme tu gratitud. Pero no lo harás, demasiado lo sé; ni
siquieras lo intentarás; me engañarás y te reirás en mis narices como lo has
hecho con tantos otros. Oye, si me quieres y me tratas bien, cuando muera mi
hijo me comprometo a sacarte del lupanar y tomarte por concubina, amorcito mío.
Ahora no puedo disponer de mis bienes; soy joven y me atan corto: mi hijito no
me pierde de vista; es gruñón, insoportable y tacaño hasta partir en dos un
comino y aprovechar la pelusilla de los berros. Su único miedo es el que me
eche a perder, pues no tiene más padre que yo. Pero ahí está. Se dirige
apresuradamente hacia nosotros. Hazle frente. Coge esas teas. Voy a jugarle una
partida de muchacho, como él a mí antes de iniciarme en los misterios.
BDELICLEÓN.
¡Hola, hola, viejo verde! Parece que nos gustan los
lindos ataúdes. Mas lo juro por Apolo, no harás eso impunemente.
FILOCLEÓN.
¡Ah! tú te comerías a gusto un proceso en vinagre.
BDELICLEÓN.
¿No es una indecencia burlarme de ese modo, y arrebatar
su flautista a los convidados?
FILOCLEÓN.
¿Qué flautista? ¿Has perdido el juicio, o sales de alguna
tumba?
BDELICLEÓN.
Por Júpiter, esa dardaniense
que está contigo.
FILOCLEÓN.
¡Ca! Si es una antorcha encendida en la plaza en honor a
los dioses.
BDELICLEÓN.
¿Una antorcha?
FILOCLEÓN.
Sí, una antorcha. ¿No ves que es de diversos colores?
BDELICLEÓN.
¿Qué es eso negro que tiene en medio?
FILOCLEÓN.
La pez que se derrite al quemarse.
BDELICLEÓN.
Y eso en la parte posterior. ¿No es su trasero?
FILOCLEÓN.
No, es el cabo de la antorcha que sobresale.
BDELICLEÓN.
¿Qué dices? ¿Cuál cabo? Vamos, ven acá.
FILOCLEÓN.
¡Eh, eh! ¿Qué intentas?
BDELICLEÓN.
Llevármela y quitártela: estás ya gastado e impotente.
FILOCLEÓN.
Escucha un momento. Asistía yo a los juegos olímpicos
cuando Efudión, aunque viejo, luchó
valerosamente con Ascondas, concluyendo el anciano por hundir de un puñetazo al
joven. Sírvate de aviso, por si se me ocurriese reventarte un ojo.
BDELICLEÓN.
¡Por Júpiter! Conoces bien a Olimpia.
UNA
PANADERA. (A Bdelicleón.)
Socórreme, en nombre de los dioses. Ese hombre me ha
arruinado; al pasar, agitando a tontas y a locas su antorcha, me ha echado a
rodar por la plaza diez panes de a óbolo, y además otros cuatro.
BDELICLEÓN.
¿Ves lo que has hecho? Tu dichoso vino nos va a llenar de
pleitos la casa.
FILOCLEÓN.
No lo creas; un cuentecillo alegre lo arreglará todo:
verás cómo me reconcilio con esta.
LA
PANADERA.
Te juro por las dos diosas que no te reirás impunemente de Mirtia,
hija de Ancilión y de Sóstrata, después de haberle echado a perder sus
mercancías.
FILOCLEÓN.
Escucha, mujer: voy a contarte una fábula muy chistosa.
LA
PANADERA.
¿Fabulitas a mí, viejo chocho?
FILOCLEÓN.
Al volver una noche Esopo de un banquete le ladró
atrevida cierta perra borracha: «¡Ah perra, perra, le dijo entonces, si
cambiases tu maldita lengua por un poco de trigo, me parecerías más sensata!»
LA
PANADERA.
¡Cómo! ¿Te burlas de mí? Pues bien; quienquiera que seas,
te cito ante los inspectores del mercado, para que me indemnices daños y
perjuicios. Querefonte, que está
ahí, será mi testigo.
FILOCLEÓN.
Pero, por mi vida, oye a lo menos lo que voy a decirte:
quizá te agrade más. Laso y
Simónides tenían en cierta ocasión un certamen poético, y Laso dijo: «Poco me
importa.»
LA
PANADERA.
¡Muy bien! Como tú, ¿verdad?
FILOCLEÓN.
¿Y tú, Querefonte, vas a ser testigo de esa mujer
amarilla, de esa Ino precipitándose desde una roca a los
pies de Eurípides?
BDELICLEÓN.
Ahí se acerca otro: según parece, también a citarte, pues
viene con un testigo.
UN
ACUSADOR.
¡Qué desdichado soy!... Anciano, te demando por injurias.
BDELICLEÓN.
¿Por injurias? ¡Ah, no, por piedad, no lo demandes! Yo te
pagaré cuanto pidas, y aun así te quedaré agradecido.
FILOCLEÓN.
Yo también quiero reconciliarme con él: confieso
francamente que le he pegado y apedreado. (Al acusador.) Pero acércate más: ¿me
permites que yo solo señale la cantidad que debe dársete como indemnización, y
que en adelante sea amigo tuyo, o prefieres fijarla tú?
EL
ACUSADOR.
Habla tú, pues detesto los pleitos y negocios.
FILOCLEÓN.
Cierto sibarita se cayó de un carro y se infirió una
grave herida en la cabeza: es de advertir que no entendía gran cosa de
equitación. Acercósele entonces uno de sus amigos, y le dijo: «Ejercítese cada
cual en el arte que sepa»; por tanto, corre a curarte en casa de Pítalo.
BDELICLEÓN
(A Filocleón.)
Persistes en tus costumbres.
EL
ACUSADOR (Al testigo.)
Acuérdate de su respuesta.
FILOCLEÓN.
Oye, no te vayas. En cierta ocasión rompió una mujer en
Síbaris el cofre de los procesos...
EL
ACUSADOR (Al testigo.)
También te tomo por testigo de lo que dice.
FILOCLEÓN
(Al acusador.)
...El cual cofre hizo atestiguar el hecho; pero la
sibarita le contestó: «¡Por Proserpina, déjate de testigos y cómprate cuanto
antes una ligadura; eso tendrá más sentido común!»
EL ACUSADOR
(A Filocleón.)
¡Búrlate! ¡búrlate! ¡Ya veremos cuando el arconte mande
traer a la vista tu causa!
BDELICLEÓN
(A Filocleón.)
¡Por Ceres, no estarás aquí más tiempo! Voy a llevarte a
la fuerza.
FILOCLEÓN.
¿Qué haces?
BDELICLEÓN.
¿Qué hago? Llevarte adentro. De otro modo no va a haber
testigos suficientes para los infinitos que te demandan.
FILOCLEÓN.
BDELICLEÓN.
Poco me importa.
FILOCLEÓN.
...Acusaron a Esopo de haber robado un vaso de Apolo;
entonces él contó que una vez el escarabajo...
BDELICLEÓN.
¡Oh, vete al infierno! Me matas con tus escarabajos.
(Bdelicleón
se lleva a su padre.)
CORO.
Envidio tu felicidad, anciano. ¡Qué cambio en su áspera
existencia! Siguiendo prudentes consejos, va a vivir entre placeres y delicias.
Quizá los desatienda, porque es difícil cambiar el carácter que se tuvo desde
la cuna. Sin embargo, muchos lo consiguieron; consejos ajenos han logrado
modificar a veces nuestras costumbres, ¡Cuántas alabanzas no alcanzará por
esto, en mi opinión y en la de los sabios, el hijo de Filocleón, tan discreto y
cariñoso con su padre! Jamás he visto un joven tan comedido, de tan amables
costumbres. Ninguno me ha regocijado como él. En todas las respuestas que daba
a su padre resplandecía la razón y el deseo de inspirarle más decorosas
aficiones.
¡Por Baco! Sin duda algún Dios ha revuelto y embrollado
nuestra casa. El viejo, después de haber bebido y haber oído largo rato tocar
la flauta, ebrio de placer, repite toda la noche las antiguas danzas que Tespis hacía ejecutar a sus coros. Pretende
demostrar, bailando incesantemente, que los trágicos modernos son todos unos
lelos sin sustancia.
FILOCLEÓN
(Declamando).
¿Quién se sienta a la entrada del vestíbulo?
JANTIAS.
La calamidad se aproxima.
FILOCLEÓN.
Apartad las vallas. Va a principiar el baile...
JANTIAS.
Mejor dirás la locura.
FILOCLEÓN.
...Que aligera mi pecho con su impetuosidad. ¡Cómo mugen
mis narices! ¡Cómo suenan mis vértebras!...
JANTIAS.
Bien te vendría una toma de eléboro.
FILOCLEÓN.
Frínico se asusta como
un gallo...
JANTIAS.
Pongámonos en salvo.
FILOCLEÓN.
...Que agita sus patas en el aire.
JANTIAS.
¡Eh! mira dónde pisas.
FILOCLEÓN.
¡Con flexibilidad juegan todos mis miembros!
JANTIAS.
Nada, está visto, es una verdadera locura.
FILOCLEÓN.
Ahora desafío a todos mis rivales. Si hay algún trágico
que se precie de danzar bien, venga por acá y tendremos un certamen
coreográfico... ¿Se presenta alguno?
BDELICLEÓN.
Este solo.
FILOCLEÓN.
¿Quién es ese desgraciado?
BDELICLEÓN.
FILOCLEÓN.
Pronto lo anonadaré; voy a molerle a puñetazos
acompasados; pues no entiende una palabra de ritmos.
BDELICLEÓN.
Pero, ¡infeliz!, ahí viene su hermano, otro trágico
carcinita.
FILOCLEÓN.
Voy haciendo provisiones para el almuerzo.
BDELICLEÓN.
Sí, pero solo de cangrejos; por que ahí llega un tercer hijo de
Carcino.
FILOCLEÓN.
¿Qué es eso que se arrastra? ¿Es una araña o una
vinagrera?
BDELICLEÓN.
Es un cangrejillo; el más pequeño de la familia. También
poeta trágico.
FILOCLEÓN.
¡Oh Carcino, padre feliz de tan hermosa familia! ¡Qué
banda de reyezuelos desciende sobre mí!
Fuerza es, ¡ay triste!, que me bata con ellos. Preparad la salmuera, por si
salgo vencedor.
CORO.
Ea, apartémonos un poco, para que puedan hacer sus
pruebas delante de nosotros.
Ea,
ilustres hijos de un habitante del mar, hermanos de los langostinos, danzad
sobre la arena en la orilla del estéril piélago. Moved en círculo vuestros
pies; levantad las piernas como Frínico, y al verlas en el aire, lanzarán
gritos de asombro los espectadores.
Gira sobre
ti mismo, da vueltas; levanta la pierna hasta el cielo; trasfórmate en un
torbellino. Ahí se adelanta el mismo rey del mar, el padre de tus rivales,
orgulloso de sus hijos. Mas si tenéis gusto en danzar, hacednos salir cuanto
antes, pues nunca hasta ahora se ha visto terminar la comedia con un baile del
coro.
FIN DE LAS
AVISPAS.
Trigeo o
viñador, condolido de los males que afligen a su patria, se propone subir al
Olimpo en demanda de la Paz; el único medio que para ello se le ocurre, es
alimentar un enorme escarabajo, recordando la fábula de Esopo en que aquel
animalejo consigue llegar hasta el regazo del padre de los dioses. Caballero en
el nuevo Pegaso, lánzase atrevidamente a los aires, desoyendo las advertencias
de su atribulada familia. Llega por fin al cielo, donde Mercurio, después de un
recibimiento descortés, se aviene a indicarle el modo de desenterrar a la Paz.
Aparécese en esto la Guerra acompañada del Tumulto, y pone a la vista sus
violencias majando en un inmenso mortero ciudades y regiones, mientras la Paz
permanece relegada al fondo de una caverna, obstruida por enormes peñascos.
Trigeo trata de darla libertad y convoca al efecto a ciudadanos de todos los
países, principalmente labradores, que aparecen armados de cables y palancas.
No todos ponen, sin embargo, igual ahínco en la consecución de la obra, pues
mientras los atenienses y lacedemonios tiran con todas sus fuerzas, los de
Mégara blandean por el hambre, y los de Argos y Beocia tratan, fingiendo ayuda,
de anular sus esfuerzos con ánimo de obtener durante la guerra pingües
subsidios de todos los beligerantes. Por fin la cautiva aparece, y con ella
Opora y Teoría, personificaciones de la abundancia y de las fiestas anejas a la
Paz. En medio del mayor júbilo se ofrece a la deidad rescatada un sacrificio,
turbado solo por las pretensiones de Hierocles, sacerdote famélico, y las
quejas de los vendedores de armas, a los que el nuevo orden de cosas va a
arruinar.
La comedia
concluye con las bodas de Trigeo y la Abundancia, celebradas por un alegre y
estrepitoso canto de Himeneo.
Adolece
esta pieza de un defecto capital, y es que la ficción admirablemente sostenida
hasta que la Paz sale de la caverna, decae desde este momento y se arrastra
lánguidamente hasta el final. Ni los más picantes chistes, ni multitud de
encantadores detalles, parecidos, como dice Pierron, a islotes de pura poesía sobrenadando
en un mar de obscenidades y bajezas, ni el diálogo siempre intencionado y vivo
bastan para disimular la pobreza de la acción, que desde el verso 520, es decir, mucho antes de la mitad de
la comedia, queda reducida a los preparativos necesarios para el ofrecimiento
de un holocausto y la celebración de unas bodas. A esto se agrega, observa
Brumoy, el hallarse llena La
Paz, más que otras comedias, de enigmas, alusiones, metáforas y figuras de toda
especie, cuyo gusto, aunque no lo podamos apreciar con la debida precisión, sin
embargo, no era de los más selectos, pues fue ya objeto de acerbas críticas por
parte de los contemporáneos de Aristófanes, hasta tal punto que este, según la
opinión más probable, los corrigió en una segunda edición, en la cual la Paz,
personaje mudo en la conservada, debía de intervenir en el diálogo y la acción
con su compañera la Agricultura.
La Paz se
representó el año 13 de la guerra del Peloponeso, 420 antes de nuestra era,
cuya fecha fija suficientemente Aristófanes en el verso 998 de la misma, y obtuvo en el certamen el segundo
lugar. «Quizá, observa un discreto intérprete, al negarle los jueces la primera
corona, quisieron castigar al poeta por haber tenido razón contra la ceguera
popular.»
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DOS ESCLAVOS DE TRIGEO. |
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TRIGEO. |
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MUCHACHAS, HIJAS DE
TRIGEO. |
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MERCURIO. |
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LA GUERRA. |
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El TUMULTO. |
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CORO DE LABRADORES. |
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HIEROCLES, adivino. |
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UN FABRICANTE DE HOCES. |
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UN FABRICANTE DE
PENACHOS. |
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UN VENDEDOR DE CORAZAS. |
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UN FABRICANTE DE
TROMPETAS. |
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UN FABRICANTE DE CASCOS. |
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UN FABRICANTE DE LANZAS. |
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UN HIJO DE LÁMACO. |
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UN HIJO DE CLEÓNIMO. |
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LA PAZ. |
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Personajes mudos. |
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OPORA O LA ABUNDANCIA. |
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TEORÍA. |
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La acción
pasa al principio delante de la casa de Trigeo.
ESCLAVO
PRIMERO.
Vamos, vamos, trae pronto su pastelito al escarabajo.
ESCLAVO
SEGUNDO.
Toma, dáselo a ese maldito. ¡Ojalá no coma otro mejor!
ESCLAVO
PRIMERO.
Dale otro de excremento de asno.
ESCLAVO
SEGUNDO.
Ahí lo tienes también. ¿Pero dónde está el que le
trajiste hace un momento? ¿Se lo ha comido ya?
ESCLAVO
PRIMERO.
¡Pues ya lo creo! Me lo arrebató de las manos, le dio una
vueltecilla entre las patas, y se lo tragó enterito. Hazle, hazle otros más
grandes y espesos.
ESCLAVO
SEGUNDO.
¡Oh limpia-letrinas, socorredme en nombre de los dioses,
si no queréis que me asfixie!
ESCLAVO
PRIMERO.
Otro, otro, confeccionado con excrementos de bardaje; ya
sabes que le gusta la masa muy molida.
ESCLAVO
SEGUNDO.
Toma; lo que me consuela es hallarme al abrigo de una
sospecha: nadie dirá que me como la pasta al amasarla.
ESCLAVO
PRIMERO.
¡Puf! Venga otro, otro, y otro; no ceses de amasar.
ESCLAVO
SEGUNDO.
¡Imposible! No puedo resistir ya el olor de esta letrina.
Voy a llevarlo todo adentro.
ESCLAVO
PRIMERO.
Idos al infierno ella y tú.
ESCLAVO
SEGUNDO.
¿No me dirá alguno de vosotros que lo sepa, dónde podré
comprar una nariz sin agujeros? Porque es el más repugnante de los oficios,
esto de ser cocinero de un escarabajo. Al fin un cerdo o un perro se tragan
nuestros excrementos tal y como se los encuentran, mas este animal anda siempre
en repulgos, y ni aun se digna tocarlos, si no me he estado amasando un día
entero la bolita, como si hubiera de ofrecerse a una joven delicada. Pero
veamos si ha concluido de comer; voy a entreabrir un poquito la puerta, para
que él no me distinga. ¡Traga, traga, atrácate hasta que revientes! ¡Cómo
devora el maldito! Mueve las mandíbulas como un atleta sus membrudos brazos:
luego agita la cabeza y las patas, como los que enrollan cables en las naves de
carga. ¡Qué animal tan voraz, fétido e inmundo! No sé qué dios nos ha enviado
semejante regalo, pero seguramente no han sido ni Venus ni las Gracias.
ESCLAVO
PRIMERO.
¿Pues cuál?
ESCLAVO
SEGUNDO.
Solo ha podido ser Júpiter fulminante. Pero sin duda algún espectador, alguno
de esos jóvenes presumidos de sabios, estará diciendo ya: ¿Qué es esto? ¿Qué
significa ese escarabajo? Y un jonio sentado a su lado, estoy seguro de que
le responde: Todo esto, si no me engaño, se refiere a Cleón, pues es el único
que no tiene reparo en alimentarse de basura. Pero voy a dar agua al escarabajo.
ESCLAVO
PRIMERO.
Y yo voy a explicar el asunto a los niños, a los mozos, a
los hombres, a los viejos, y a los que han traspasado el término ordinario de
la vida. Mi señor tiene una rara locura, no la vuestra, sino otra completamente nueva. Todo el
día se lo pasa mirando al cielo, con la boca abierta, e increpando a Júpiter de
este modo: ¡Oh Júpiter! ¿Qué intentas? Depón tu escoba, no barras la Grecia.
TRIGEO (Dentro).
¡Ay! ¡Ay!
ESCLAVO
PRIMERO.
Callemos. Se me figura haber oído su voz.
TRIGEO.
¡Oh Júpiter! ¿Qué intentas hacer de nuestra patria? ¿No
ves que se despueblan las ciudades?
ESCLAVO
PRIMERO.
He ahí la manía de que acabo de hablaros. Esas palabras
pueden daros una idea de ella; yo os diré las que pronunciaba cuando principió
a revolvérsele la bilis. Hablando aquí mismo a solas, exclamaba: «¿Cómo podría
yo ir derecho a Júpiter?» Construyó al efecto escalas muy ligeras, por las
cuales, sirviéndose de pies y manos, trataba de subir al cielo, hasta que se
cayó, rompiéndose la cabeza. Ayer se fue corriendo a no sé dónde, y volvió a
casa con este enorme escarabajo, ligero como un caballo del Etna, obligándome a ser su palafrenero. Mi
amo le acaricia como si fuese un potro, y le dice: «Pegasillo mío, generoso
volátil, llévame de un vuelo hasta el trono de Júpiter.» Pero voy a ver por esta rendija lo que
hace. ¡Oh desgraciado! ¡Favor, favor, vecinos! ¡Mi dueño sube por el aire
montado en el escarabajo!
TRIGEO (En
la escena).
Despacio, despacio; poco a poco, escarabajo mío; refrena
algo tu fogosidad; no confíes demasiado en tu fuerza; aguarda a que, después de
sudar, el rápido movimiento de las alas haya dado agilidad a tus remos. Sobre
todo, no despidas ningún mal olor; si estás dispuesto a hacerlo, más vale que
te quedes en casa.
ESCLAVO
PRIMERO.
¡Oh dueño mío! ¿Estás loco?
TRIGEO.
¡Silencio! ¡Silencio!
ESCLAVO
PRIMERO.
¿Pero a dónde diriges tu vuelo, temerario?
TRIGEO.
Vuelo para hacer la felicidad de todos los griegos; por
ellos llevo a cabo esta nueva y atrevida empresa.
ESCLAVO
PRIMERO.
Mas ¿qué intentas? ¡Oh, qué inútil locura!
TRIGEO.
Nada de palabras de mal agüero. Al contrario,
pronúncialas favorables. Manda callar a todos; haz que cubran con nuevos
ladrillos las letrinas y cloacas, y que se pongan un tapón en el trasero.
ESCLAVO
PRIMERO.
No, no callaré, si no me dices a dónde enderezas el
vuelo.
TRIGEO.
¿A dónde he de ir sino al cielo, a ver a Júpiter?
ESCLAVO
PRIMERO.
¿Con qué intención?
TRIGEO.
Con la de preguntarle qué piensa hacer de todos los
griegos.
ESCLAVO
PRIMERO.
¿Y si no te lo dice?
TRIGEO.
Le citaré a juicio y le acusaré de hacer traición a los
griegos en favor de los persas.
ESCLAVO
PRIMERO.
Por Baco, no harás eso mientras yo viva.
TRIGEO.
Pues no es posible otra cosa.
ESCLAVO
PRIMERO.
¡Ay, ay, ay! Chiquitas, que vuestro padre os abandona
marchándose al cielo de tapadillo. ¡Ah! Suplicadle, suplicadle, pobrecitas
huérfanas.
LA
MUCHACHA.
¡Padre, padre! ¿Será verdad, como acaban de decirnos, que
nos abandonas para ir a perderte con las aves en la región de los cuervos? Di,
padre mío, ¿es verdad? Respóndeme, si me amas.
TRIGEO.
Sí, me marcho. Cuando me pedís pan, hijas mías,
llamándome papá, se me parte el corazón al no hallar en toda la casa ni la
sombra de un óbolo. Si salgo bien de la empresa, tendréis siempre que queráis
una gran torta, sazonada con un buen bofetón.
LA
MUCHACHA.
Mas ¿cómo vas a hacer ese viaje? No hay navío que pueda
conducirte.
TRIGEO.
Iré sobre este corcel alado; no necesito embarcarme.
LA
MUCHACHA.
Pero, padre, ¿cómo se te ha ocurrido subir al cielo
montado en un escarabajo?
TRIGEO.
Las fábulas de Esopo dicen que es el único volátil que ha
llegado hasta los dioses.
LA
MUCHACHA.
¡Padre mío, padre mío! Eso es un cuento increíble. ¿Cómo
ha podido llegar hasta los dioses un animal tan inmundo?
TRIGEO.
Subió por la enemistad que tuvo con el águila, y se vengó
haciendo una tortilla con sus huevos.
LA
MUCHACHA.
¿No era mejor que montases el alígero Pegaso y te
presentases a los dioses con más trágico continente?
TRIGEO.
Tontuela, ¿no conoces que hubiera necesitado doble
provisión? Mientras así este se alimentará con lo que yo haya digerido.
LA
MUCHACHA.
Y si cae del piélago en los húmedos abismos, ¿cómo podrá salir a flote un animal
alado?
TRIGEO.
Llevo un timón
que emplearé si hay necesidad; todo quedará reducido a que me sirva de nave un
escarabajo de Naxos.
LA
MUCHACHA.
Después del naufragio, ¿qué puerto te acogerá?
TRIGEO.
¿Pues no hay en el Pireo el puerto del Escarabajo?
LA
MUCHACHA.
Ten mucho cuidado de no tropezar y caer. Si te quedas
cojo, darás asunto a Eurípides para una tragedia, de la cual serás
protagonista.
TRIGEO.
Eso es cuenta mía. Adiós. (A los espectadores.) Vosotros,
en cuyo obsequio sufro estos trabajos, absteneos durante tres días de todo
desahogo, sólido ni fluido: pues, si
al cernerse en las alturas percibe mi corcel algún olor, se precipitará sobre
la tierra y burlará mis esperanzas. Adelante, Pegaso mío; haz resonar tu freno
de oro, endereza las orejas. ¡Oh! ¿Qué haces, qué haces? ¿Por qué vuelves la
cabeza hacia las letrinas? Levántate atrevidamente de la tierra, y desplegando
tus veloces alas, vuela en línea recta al palacio de Júpiter. Aparta por hoy el
hocico de la basura, y de todos tus alimentos cotidianos. ¡Eh, buen hombre!
¿Qué haces ahí? A ti te digo, que haces tus necesidades en el Pireo, junto al
Lupanar. ¿Quieres que me mate? ¿Quieres que me mate? Ocúltalo pronto, cúbrelo
con un gran montón de tierra, planta encima serpol y riégalo con perfumes, pues
si llego a caer ahí y a causarme grave daño, en castigo de mi muerte tendrá que
pagar cinco talentos la ciudad de Quíos por tu condenado trasero. ¡Ay! ¡Ay! ¡Qué
miedo! ¡Ya no tengo ganas de bromas! Mucha atención, maquinista. Un viento
rebelde gira alderredor de mi ombligo: si no tienes suma precaución, voy a
echarle un pienso al escarabajo.
Mas no debo estar lejos de los dioses, pues ya distingo la morada de Júpiter.
¿Quién es ese que está en la puerta? Abrid.
(La escena
cambia y representa el cielo.)
MERCURIO.
Se me figura que huelo a hombre (viendo a Trigeo). ¡Oh
Hércules! ¿Qué monstruo es ese que veo?
TRIGEO.
MERCURIO.
Infame, atrevido, desvergonzado, bribón, rebribón, bribón
más que todos los bribones juntos, ¿cómo has subido hasta aquí? ¿Cómo te
llamas? ¡Pronto!
TRIGEO.
Bribón.
MERCURIO.
¿De dónde eres? ¡Contesta!
TRIGEO.
Bribón.
MERCURIO.
¿Quién es tu padre?
TRIGEO.
¿El mío? Bribón.
MERCURIO.
¡Por la Tierra! Vas a morir si no me dices tu nombre.
TRIGEO.
Soy Trigeo el Atmonense, viñador honrado, enemigo de pleitos y
delaciones.
MERCURIO.
¿A qué has venido?
TRIGEO.
A traerte estas viandas.
MERCURIO.
¡Oh pobrecillo! ¿Qué tal, qué tal el viaje?
TRIGEO.
Glotonazo, ¿ya no te parezco bribón? Ea, vete a llamar a
Júpiter.
MERCURIO.
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! No creas que estás cerca de los dioses.
Ayer mismo emigraron.
TRIGEO.
¿A qué lugar de la Tierra?
MERCURIO.
¡Oh! ¿De la Tierra?
TRIGEO.
En fin, ¿a dónde?
MERCURIO.
Lejos, muy lejos, al sitio más escondido y apartado de
los cielos.
TRIGEO.
¿Cómo te has quedado aquí solo?
MERCURIO.
Para guardar la vajilla restante, los pucherillos, las
tablillas y las pequeñas ánforas.
TRIGEO.
¿Pero por qué han emigrado los dioses?
MERCURIO.
Por odio a los griegos. En los lugares que les estaban
destinados han alojado a la guerra dándole amplios poderes para que os trate a
su antojo. Ellos se han retirado muy lejos, por no presenciar vuestros combates
ni oír vuestras súplicas.
TRIGEO.
¿Por qué razón nos tratan así? Dime.
MERCURIO.
Porque habéis preferido la guerra a la paz con que os han
brindado mil veces. Los lacedemonios, si llegaban a conseguir alguna pequeña
ventaja, exclamaban en seguida: «Por los Dióscuros, nos la han de pagar los atenienses.»
Por el contrario, si los atenienses salíais algo mejor librados y los
lacedemonios venían a tratar de la paz, la contestación ya se sabía que había
de ser: «Por Minerva, no nos la
pegáis; por Júpiter, no hay que darles crédito; ellos volverán mientras
tengamos a Pilos.»
TRIGEO.
Cierto, ese es nuestro lenguaje.
MERCURIO.
Por lo cual no sé si volveréis a ver a la Paz.
TRIGEO.
¿Pues a dónde se ha ido?
MERCURIO.
La Guerra la hundió en una profunda caverna.
TRIGEO.
¿En cuál?
MERCURIO.
Ahí, en ese abismo; ¿no ves cuántos peñascos ha
amontonado encima para que nunca podáis recobrarla?
TRIGEO.
Y dime, ¿qué calamidad nos prepara?
MERCURIO.
Lo ignoro; solo sé que ayer a la tarde trajo un mortero
de prodigioso tamaño.
TRIGEO.
¿Qué hará con ese mortero?
MERCURIO.
Piensa machacar en él las ciudades. Pero me marcho; si no
me engaño, va a salir; ¡cómo alborota ahí dentro!
TRIGEO.
¡Ah, pobre de mí! ¡Huyamos! Yo también oigo el estruendo
del mortero bélico.
LA GUERRA
(Trayendo un enorme mortero).
¡Guay mortales, mortales, desdichados mortales! ¡Temblad
por vuestras mandíbulas!
TRIGEO.
¡Oh poderoso Apolo, qué inmenso mortero! ¡Qué daño hace
la sola vista de la Guerra! ¡Ese, ese es el monstruo sanguinario y cruel del
cual huimos! ¡Oh, cómo se apoya sobre sus piernas!
LA GUERRA.
¡Oh Prasias, Prasias, y una, y cien, y mil veces desgraciada,
hoy feneces para siempre!
TRIGEO.
Hasta ahora, ciudadanos, nada va con vosotros; ese golpe
cae sobre Lacedemonia.
LA GUERRA.
¡Ah Mégara, Mégara, cómo te voy a majar! Toda vas a ser
reducida a menudo picadillo.
TRIGEO.
¡Oh, oh! ¡Cuántas y cuán amargas lágrimas para los
Megarenses!
LA GUERRA.
¡Ah Sicilia, también tú pereces!
TRIGEO.
¡Míseras ciudades, vais a ser ralladas como queso!
LA GUERRA.
Ea, mezclemos un poco de miel del Ática.
TRIGEO.
¡Eh! no, te aconsejo que emplees otra; esa cuesta a
cuatro óbolos; economiza la miel del Ática.
LA GUERRA.
¡Hola! ¡eh, Tumulto!
EL
TUMULTO.
¿Qué me quieres?
LA GUERRA.
¡Mucho ojo! ¿Te estás mano sobre mano, eh? Pues toma esta
puñada.
TRIGEO.
¡Soberbio golpe!
EL
TUMULTO.
¡Ay! señora.
TRIGEO.
¿Qué? ¿Se había untado el puño con ajos?
LA GUERRA.
Tráeme volando una mano de mortero.
EL
TUMULTO.
Pero, dueña mía, si no tenemos ninguna: como solo estamos
aquí desde ayer...
LA GUERRA.
Vete a buscar una en Atenas; pero ¡vivo, vivo!
EL
TUMULTO.
Ya corro. ¡Pobre de mí, si no la traigo!
TRIGEO.
Ea, ¿qué haremos, míseros mortales? Ya veis qué espantoso
peligro nos amenaza. Si vuelve con la mano de mortero, esta va a entretenerse
en triturar a su gusto las ciudades. ¡Oh Baco, que muera antes de traerla!
¿Qué?
EL
TUMULTO.
¿Cómo?
LA GUERRA.
¿No la traes?
EL
TUMULTO.
¡Qué he de traer! Los atenienses han perdido la mano de
su mortero, aquel curtidor que revolvía toda la Grecia.
TRIGEO.
¡Oh, dicha! ¡Veneranda Minerva! ¡Con qué oportunidad ha
muerto para la República! Antes de servirnos su guisado.
LA GUERRA.
Corre, pues, a buscar otra en Lacedemonia, y concluyamos
de una vez.
EL
TUMULTO.
Allá voy, señora.
LA GUERRA.
¡Te recomiendo la vuelta!
TRIGEO.
¿Qué va a ser de vosotros, ciudadanos? Llegó el momento
crítico. Si por casualidad alguno de vosotros está iniciado en los misterios de
Samotracia, ahora es ocasión de
desear un buen retortijón de pies al portador de la mano.
EL TUMULTO
(De vuelta).
¡Ay qué desgraciado soy! ¡Ay, y mil veces ay!
LA GUERRA.
¿Qué es eso? ¿Tampoco traes nada ahora?
EL
TUMULTO.
También los lacedemonios han perdido la mano de su
mortero.
LA GUERRA.
¿Y cómo, gran canalla?
EL
TUMULTO.
Se la habían prestado a otros en Tracia, y la han
perdido.
TRIGEO.
¡Bien, muy bien va, oh Dióscuros! Perfectamente bien;
cobrad ánimo, mortales.
LA GUERRA.
Coge esos vasos y vuélvelos a llevar; yo entro también
para hacer una mano de mortero.
TRIGEO.
Llegó el momento de repetir lo que cantaba Datis, arrascándose sin pudor en medio del día: «¡Qué gusto! ¡Qué
placer! ¡Qué delicia!» Ahora, oh griegos, llegó la ocasión oportuna de olvidar
querellas y combates, y de libertar a la Paz a quien todos amamos, antes de que
nos lo impida alguna nueva mano de mortero. Labradores, mercaderes, fabricantes,
obreros, metecos, extranjeros, insulares, hombres de todos los países, acudid
pronto, armaos de azadones, palancas y maromas. Por fin podremos beber la copa
del Buen Genio.
CORO.
Acudamos todos a trabajar por la común salvación. Pueblos
de la Grecia, libres de guerras sangrientas y combates, prestémonos hoy, como
nunca, mutuo socorro. Este día amaneció en mal hora para Lámaco. (A Trigeo.) Vamos, di lo que hay que
hacer; dispon, ordena, manda. Estamos decididos a trabajar sin descanso, con
máquinas y palancas, hasta volver a la luz a la más grande de las diosas, a la
protectora más solícita de nuestras vidas.
TRIGEO.
¡Silencio! ¡Silencio! No vayan a despertar a la Guerra
los gritos que os arranca la alegría.
CORO.
Nos ha regocijado ese edicto mandando libertar a la Paz.
¡Cuán distintos de esos otros que nos han ordenado tantas veces acudir con
víveres para tres días!
TRIGEO.
Cuidado con aquel cerbero, que está ahora en los infiernos; sus
ladridos y aúllos podrían, como en vida, impedirnos libertar a la diosa.
CORO.
No hay nadie capaz de arrebatármela, como llegue a
estrecharla entre mis brazos. ¡Ay! ¡Ay! ¡Qué gozo!
TRIGEO.
Por piedad, silencio, amigos míos, si no deseáis mi
perdición. Como la Guerra llegue a observar algo, saldrá y echará por tierra de
un golpe todos nuestros planes.
CORO.
Aunque lo revuelva, pisotee y arruine todo, hoy no puedo
contener la alegría.
TRIGEO.
¿Pero estáis locos? ¿Qué os sucede, ciudadanos? Por todos
los dioses os lo pido, no echéis a perder con vuestros saltos la más hermosa
empresa.
CORO.
Si yo no quiero bailar; mi alegría es tanta, que, sin
quererlo yo, mis piernas saltan de gozo.
TRIGEO.
No más; terminad, terminad el baile.
CORO.
Ea, ya está terminado.
TRIGEO.
Lo dices, pero no lo haces.
CORO.
Vamos, permíteme hacer esta figura, y nada más.
TRIGEO.
Bueno, esa sola; pero cese en seguida la danza.
CORO.
Si te podemos servir en algo, no danzaremos.
TRIGEO.
¡Pero, malditos, si no acabáis!
CORO.
Déjame lanzar al aire la pierna derecha, y te juro
concluir.
TRIGEO.
Os lo permito para que no me importunéis más.
CORO.
Pero justo es que la pierna izquierda haga lo mismo. Hoy
no quepo en mí de júbilo; río y alboroto; para mí el dejar el escudo es tan
grato como despojarme de la vejez.
TRIGEO.
No os alegréis todavía; aún no es segura vuestra
felicidad. Cuando la hayamos libertado, alegraos entonces, reíd y gritad.
Porque entonces sí que podréis a vuestro antojo navegar o permanecer en casa,
entregaros al sueño o al amor, asistir a las fiestas o a los banquetes, jugar
al cótabo, vivir como verdaderos
sibaritas y exclamar: ¡Iu! ¡Iu!
CORO.
¡Ojalá llegue a ver ese día! Muchos trabajos he sufrido,
y muchas veces, como Formión, he
dormido sobre la dura tierra. Ya no seré para ti, como antes, un juez
intratable y severo de duro y áspero carácter, sino mucho más afable e
indulgente, en cuanto me vea libre de las molestias de la guerra. Sobrado
tiempo ha que nos destrozan y matan haciéndonos ir y venir al Liceo con lanza y escudo. Pero di en qué
podemos complacerte, pues una suerte feliz ha hecho que seas nuestro jefe.
TRIGEO.
Procuremos separar estas piedras.
MERCURIO
Bribón temerario, ¿qué pretendes hacer?
TRIGEO.
MERCURIO.
¡Te has perdido, desdichado!
TRIGEO.
Si llega a haber sorteo, no lo dudo, pues habiendo de dirigirlo
tú, ya sé lo que resultará.
MERCURIO.
¡Te has perdido! ¡Vas a morir!
TRIGEO.
¿En qué día?
MERCURIO.
Ahora mismo.
TRIGEO.
Aún no he comprado nada, ni harina, ni queso, para
marchar a morir.
MERCURIO.
Date por molido.
TRIGEO.
¡Imposible! ¿No había de haber advertido tanta felicidad?
MERCURIO.
¿Ignoras que Júpiter ha amenazado con la muerte a todo el
que sea sorprendido desenterrando a esa infeliz?
TRIGEO.
¿Es por consiguiente de absoluta necesidad que yo muera?
MERCURIO.
Sí por cierto.
TRIGEO.
Pues préstame tres dracmas para comprar un lechoncillo:
debo iniciarme antes de morir.
MERCURIO.
¡Oh Júpiter tonante!...
TRIGEO.
¡Oh Mercurio! Por todos los dioses te lo pido: no nos
delates.
MERCURIO.
No puedo callarme.
TRIGEO.
¡Te lo ruego por las viandas que te he traído con tan
buena voluntad!
MERCURIO.
Pero, desdichado, Júpiter me aniquilará si no te delato a
gritos.
TRIGEO.
¡Oh, por piedad, Mercurio mío! ¿Qué hacéis vosotros?
¿Estáis atónitos? Hablad, desdichados. ¿No veis que va a denunciarme?
CORO.
¡No, poderoso Mercurio, no, no, no lo harás! Si algún
recuerdo conservas del placer con que comiste el lechoncillo que te ofrecí, ten
en cuenta mi grata oblación.
TRIGEO.
Deidad poderosa, ¿no escuchas sus palabras lisonjeras?
CORO.
¡Oh, no cambies en ira tu bondad, tú el más humano y
generoso de los dioses! Si detestas el ceño y los penachos de Pisandro, acoge propicio nuestras súplicas y
déjanos libertar a la Paz. Así te inmolaremos sin cesar sagradas víctimas y
honraremos tus altares con sacrificios espléndidos.
TRIGEO.
Vamos, cede a sus ruegos, pues ahora observan tu culto
más fielmente que nunca.
MERCURIO.
Como que nunca han sido más ladrones.
TRIGEO.
En cambio, te revelaré una vasta y terrible conspiración
que se fragua contra todos los dioses.
MERCURIO.
Vamos, habla, quizá me hagas ceder.
TRIGEO.
La Luna y ese canalla de Sol os tienden lazos hace tiempo
y entregan la Grecia a los bárbaros.
MERCURIO.
¿Por qué hacen eso?
TRIGEO.
Porque nosotros os ofrecemos sacrificios, y a ellos se
los ofrecen los bárbaros. Así es que
es muy natural que deseen vuestra desaparición, para recibir ellos solos todas
las oblaciones.
MERCURIO.
¡Ah!, ahora comprendo por qué de algún tiempo acá, el uno
nos roba parte del día, y la otra nos presenta su disco carcomido.
TRIGEO.
Es la verdad. Por tanto, querido Mercurio, ayúdanos con
todas tus fuerzas a desenterrar la Paz. En adelante las grandes Panateneas, y
todas las demás fiestas religiosas, las Diipolias, las Adonias, los Misterios,
se celebrarán en tu honor; todas las ciudades, libertadas de sus males,
sacrificarán a Mercurio preservador; y otros mil bienes lloverán sobre ti. Como
una muestra, principio por regalarte este precioso vaso, para que hagas
libaciones.
MERCURIO.
¡Ah!, los vasos de oro me enternecen. Manos a la obra,
mortales: entrad y removed las piedras con azadones.
CORO.
Dispuestos estamos. Tú, el más ingenioso de los dioses,
dirige nuestros trabajos como hábil arquitecto, y manda cuanto gustes; ya verás
que no somos flojos para el trabajo.
TRIGEO.
Venga pronto la copa: inauguremos nuestro trabajo con una
invocación a los dioses. La libación principia; guardad, guardad un silencio
religioso. Roguemos a los dioses que en este día empiece para todos los griegos
una era feliz: pidámosles que jamás tengan que embrazar el escudo cuantos de
buen grado secunden nuestra empresa.
CORO.
Sí, por Júpiter; y que pase en paz la vida, en brazos de
mi amada, revolviendo los carbones.
TRIGEO.
¡Que todo el que prefiera la guerra, nunca acabe, oh
divino Baco, de extraer de sus codos las puntas de las flechas!
CORO.
Si algún aficionado a mandar batallones se niega, oh Paz,
a devolverte la luz, ¡sucédale en los combates lo que a Cleónimo!
TRIGEO.
Si algún fabricante de lanzas o revendedor de escudos
desea la guerra para vender mejor sus mercancías, ¡que le secuestren unos
bandidos y no coma más que cebada!
CORO.
Si alguno, ambicionando ser general, se niega a
ayudarnos, o algún esclavo se dispone a pasarse al enemigo, sea atado a la
rueda y muerto a palos; para nosotros todos los bienes; ¡Io! ¡Peán! ¡Io!
TRIGEO.
Suprime el Peán, y di solamente: ¡Io!
CORO.
¡Io! ¡Io!, ya no digo más que ¡Io!
TRIGEO.
A Mercurio, a las Gracias, a las Horas, a Venus, a
Cupido.
CORO.
¿Y a Marte?
TRIGEO.
No.
CORO.
TRIGEO.
No.
CORO.
Tirad todos: arranquemos las piedras con los cables.
MERCURIO.
¡Venga!
CORO.
¡Venga más!
MERCURIO.
¡Venga!
CORO.
¡Venga más, más!
MERCURIO.
¡Venga! ¡Venga!
TRIGEO.
Pero no todos arrastran igualmente. ¡Tirad todos a una!
¡Eh!, vosotros fingís que trabajáis. ¡Ah Beocios, Beocios!, lo habéis de
sentir.
MERCURIO.
¡Venga, pues!
TRIGEO.
¡Venga!
CORO.
Ea, tirad también vosotros.
TRIGEO.
Pues qué, ¿no tiro yo? ¿No estoy colgado de la cuerda y
haciendo los mayores esfuerzos?
CORO.
¿Entonces por qué no adelanta la obra?
TRIGEO.
¡Ah Lámaco! Nos estorbas estándote ahí sentado. ¿Qué
necesidad tenemos de tu Gorgona?
MERCURIO.
Tampoco tiran esos argivos; es verdad que hace mucho
tiempo que se ríen de nuestras desgracias; especialmente desde que obtienen
subsidios de ambos bandos.
TRIGEO.
Pero los lacedemonios, amigo mío, tiran con todas sus
fuerzas.
CORO.
Mirad, los únicos que trabajan son los que manejan el
azadón, y los armeros se lo estorban.
MERCURIO.
Tampoco los Megarenses hacen nada de provecho; sin
embargo tiran abriendo enormemente la boca, como los perros cuando roen un
hueso; pero los pobres están desmayados de hambre.
TRIGEO.
Amigos, nada adelantamos; reunamos nuestros esfuerzos, y
tiremos a una.
MERCURIO.
¡Venga!
TRIGEO.
¡Venga más!
MERCURIO.
¡Venga!
TRIGEO.
¡Más, por vida de Júpiter!
MERCURIO.
Poco adelantamos.
TRIGEO.
¿Habrá infamia como esta? Unos tiran a un lado, y los
otros al contrario. ¡Argivos, argivos! ¡Que va a haber palos!
MERCURIO.
¡Venga, pues!
TRIGEO.
¡Venga!
CORO.
¡Qué canallas son algunos!
TRIGEO.
Vosotros, que deseáis ardientemente la Paz, tirad con
fuerza.
CORO.
Hay algunos que nos lo impiden.
MERCURIO.
¿No os iréis al infierno, megarenses? La diosa os
detesta, recordando que fuisteis los primeros en untarla con ajos. Vosotros, atenienses, no tiréis ya de
ese lado; está visto que solo podéis ocuparos de procesos. Pero si queréis
libertar a la Paz, retiraos hacia el mar un poco.
CORO.
Ea, amigos labradores, demos fin a este trabajo.
MERCURIO.
La cosa va mucho mejor, ciudadanos.
CORO.
Dice que la cosa marcha; ea, redoblemos todos nuestros
esfuerzos.
TRIGEO.
Solo los labradores, y nadie más, hacen adelantar la
obra.
CORO.
¡Firme, pues! ¡Firme todo el mundo! ¡Ya nos acercamos! No
hay que ceder. ¡Ánimo! ¡Ánimo! Ya está concluido. Ahora, ¡venga!, ¡venga!,
¡venga!, ¡venga!, ¡venga, todos a una!
(La Paz
sale de la caverna acompañada de Opora y Teoría.)
TRIGEO.
¡Oh Diosa venerable que nos prodigas las uvas!, ¿qué
oración te dirigiré? ¿Dónde podré hallar para saludarte palabras equivalentes a
diez mil ánforas? No tengo ninguna en
casa. Salud, Opora, y tú también, Teoría. ¡Qué hechicero es tu rostro, Teoría!
¡Qué perfume se exhala de tu seno! Es dulce y delicado como la exención de la
milicia, o el más precioso aroma.
MERCURIO.
¿No es un olor semejante al de la mochila militar?
CORO.
¡Oh enemigo detestable, tu morral asqueroso me da
náuseas! Apesta a cebollas; mientras que al lado de esta amable Diosa todo se
vuelven sazonados frutos; convites, Dionisiacas, flautas, poetas, cómicos,
cantos de Sófocles, tordos, versitos de Eurípides...
TRIGEO.
¡Desdichado!, no la calumnies. ¿Cómo ha de amar a ese
fabricante de sutilezas y sofismas?
CORO.
...hiedras, coladores de vino, baladoras ovejas, mujeres
campesinas de bella garganta, la esclava ebria, el ánfora derribada y otras mil
cosas buenas.
MERCURIO.
Mira, mira cómo hablan unas con otras las ciudades y se
ríen de todo corazón; sin embargo, todas tienen terribles heridas y enormes
ampollas.
TRIGEO.
Mira también a los espectadores; por el semblante de cada
cual conocerás su oficio.
MERCURIO.
¡Ah! ¿No ves a ese fabricante de penachos cómo se arranca
los cabellos? Aquel que hace azadones se ríe en las barbas de un fabricante de
espadas.
TRIGEO.
¿Ves tú cómo se regocija ese otro fabricante de hoces, y
señala con el dedo a un fabricante de lanzas?
MERCURIO.
Ea, manda a los labradores que se retiren.
TRIGEO.
Pueblos, escuchad: vuelvan cuanto antes a los campos los
labradores con sus aperos, dejándose de lanzas, espadas y flechas: la antigua
Paz reina ya en estos lugares. Vuelvan, pues, todos a las rústicas faenas,
después de entonar un jubiloso Peán.
CORO.
¡Oh día deseado por los hombres de bien y los campesinos!
¡Con qué placer tornaré a ver mis viñas y a saludar, después de tantos tiempos,
las frondosas higueras plantadas en mi juventud!
TRIGEO.
Principiemos, amigos míos, por adorar a la diosa que nos
ha libertado de Gorgonas y penachos, y corramos después a nuestros campos,
provistos de sabroso almuerzo.
MERCURIO.
¡Oh Neptuno, cómo alegra la vista ese batallón de
labradores, apretados como la masa de una torta, o los convidados en un
banquete público!
TRIGEO.
¡Sí; mirad cómo brillan las palazadas! ¡Cómo los
zarcillos de tres dientes relucen al sol! ¡Qué derechos surcos va a trazar esa
turba feliz! Yo también deseo marchar al campo y remover aquellas pocas
tierras, tanto tiempo abandonadas. ¡Acordaos, amigos míos, de nuestra antigua
vida, regocijada con los dones que la diosa entonces nos dispensaba! ¡Acordaos
de aquellas cestas de higos secos y frescos; acordaos de los mirtos, del dulce
mosto, de las violetas ocultas en las orillas de la fuente y de las aceitunas
tan deseadas! Por tan inmensos beneficios adoremos a la Diosa.
CORO.
¡Salve, salve, deidad querida, tu vuelta llena de
regocijo nuestras almas! Lejos de ti me abrumaba el dolor, me consumía el
ardiente afán de volver a mis campos. Tú eres para todos el mayor de los
bienes, la más anhelada dicha. Tú el único sostén de los que viven cultivando
la tierra. Bajo tu imperio, sin dispendios ni fatigas, disfrutábamos de mil
dulces placeres; tú eras nuestro pan cotidiano, nuestra salud, nuestra vida.
Por eso las vides y jóvenes higueras y todas nuestras plantas te acogen
jubilosas, y sonríen a tu venida. (A Mercurio.) Pero tú, el más benévolo de los
dioses, dinos dónde ha estado encerrada tanto tiempo.
MERCURIO.
Sabios labradores, escuchad mis palabras, si queréis
saber cómo la habéis perdido. La desgracia de Fidias fue la primera causa; en seguida
Pericles, temeroso de la misma suerte, desconfiando de vuestro carácter
irritable, creyó que el mejor modo de evitar el peligro personal era poner
fuego a la República. Su decreto contra Mégara fue la pequeña chispa que
produjo la vasta conflagración de una guerra, cuyo humo ha arrancado tantas
lágrimas a todos los griegos, a los de aquí y a los de otras comarcas. Al
primer rumor de ese incendio, crujieron a su pesar nuestras cepas; la tinaja,
bruscamente removida, chocó contra la tinaja; nadie podía ya contener el mal, y
la Paz desapareció.
TRIGEO.
He ahí, por Apolo, cosas completamente ignoradas; yo a
nadie había oído que Fidias estuviese relacionado con la Diosa.
CORO.
Ni yo tampoco hasta ahora. Sin duda la Paz debe su
hermosura a su alianza con él. ¡Cuántas cosas ignoramos!
MERCURIO.
Entonces, conociendo las ciudades sometidas a vuestro
mando que, exasperados unos contra otros, estabais próximos a despedazaros,
pusieron en práctica todos los medios para eximirse del pago de los tributos y
ganaron a fuerza de oro a los lacedemonios principales. Estos, como avaros que
son y despreciadores de todo extranjero, muy pronto arrojaron ignominiosamente
a la Paz, y se declararon por la Guerra. La fuente de sus ganancias lo fue de
ruina pera los pobres labradores; pues bien pronto vuestras trirremes fueron,
en represalias, a comerse sus higos.
TRIGEO.
Muy bien hecho. También ellos me cortaron a mí una
higuera negra que yo mismo había plantado y dirigido.
CORO.
Sí, muy bien hecho, por Júpiter; a mí también me
rompieron de una pedrada una medida con seis medimnas de trigo.
MERCURIO.
Los trabajadores del campo, reunidos después en la
ciudad, se dejaron comprar como los
otros; echaban de menos, es cierto, sus uvas y sus higos, pero en cambio oían a
los oradores. Estos, conociendo la debilidad de los pobres, y la extremada
miseria a que estaban reducidos, ahuyentaron a la Paz a fuerza de clamores,
como si fueran horquillas, siempre que, arrastrada por su amor a este país,
apareció entre nosotros: vejaban a los más poderosos y opulentos de nuestros
aliados, acusándolos de ser partidarios de Brásidas. Y vosotros os arrojabais
como perros sobre el infeliz calumniado y lo despedazabais rabiosamente; pues
la república, pálida de hambre y temerosa, devoraba con feroz placer cuantas
víctimas le presentaba la calumnia. Los extranjeros, viendo los terribles
golpes que asestaban estos oradores, les tapaban la boca con oro, de suerte que
los enriquecieron, mientras la Grecia se arruinaba sin que lo advirtieseis. El
autor de tantos males era un curtidor.
TRIGEO.
Cesa, cesa, Mercurio, de recordarme a ese hombre; déjale
en paz en los infiernos, donde sin duda está: ya no es nuestro, sino tuyo; por consiguiente, cuanto digas de él,
aunque en vida haya sido canalla, charlatán, delator, revoltoso y trastornador,
recaerá sobre uno de tus súbditos. (A la Paz.) Pero ¿por qué callas, oh Diosa?
MERCURIO.
No conseguirás que revele a los espectadores la causa de
su silencio; está muy irritada por lo que le han hecho sufrir.
TRIGEO.
Pues que te diga a ti siquiera algunas palabras.
MERCURIO.
Amiga querida, dime cuál es tu ánimo respecto a estos.
Habla, mujer la más enemiga de los escudos. Bien, ya escucho. (Supone que le
habla al oído.) Esas son tus quejas; comprendo. (A los espectadores.) Oíd
vosotros sus acusaciones. Dice que cuando después de los sucesos de Pilos se presentó ella voluntariamente con
una cesta llena de tratados, la rechazasteis tres veces en la asamblea popular.
TRIGEO.
Es verdad, faltamos en eso; pero perdónanos: nuestra
inteligencia estaba entonces rodeada de cueros.
MERCURIO.
Escucha ahora la pregunta que acaba de hacerme. «¿Quién
de vosotros era su mayor enemigo? ¿Quién trabajó más por la terminación de la
guerra?»
TRIGEO.
Su más fiel amigo era sin duda alguna Cleónimo.
MERCURIO.
¿Y qué tal era ese Cleónimo en punto a guerra?
TRIGEO.
Lo más intrépido, solo que no es hijo de quien se decía,
pues en cuanto va al ejército, prueba suficientemente, arrojando las armas, que
es un hijo supuesto.
MERCURIO.
Escucha lo que acaba de preguntarme. ¿Quién manda ahora
en la tribuna del Pnix?
TRIGEO.
Hipérbolo es el
dueño absoluto. (A la Paz.) ¡Ah! ¿Qué haces? ¿Por qué vuelves la cabeza?
MERCURIO.
Aparta el rostro indignada de que el pueblo haya aceptado
tan perverso jefe.
TRIGEO.
¡Bueno! ya no lo emplearemos más; el pueblo, viéndose sin
guía y en completa desnudez, se ha servido de ese hombre como de una copa
encontrada por casualidad.
MERCURIO.
La Paz quiere saber las ventajas que eso traerá a la
república.
TRIGEO.
Lo veremos todo más claro.
MERCURIO.
¿Por qué?
TRIGEO.
Porque es comerciante de lámparas. Antes dirigíamos todos los negocios a
tientas en la oscuridad; ahora los resolveremos a la luz de una lámpara.
MERCURIO.
¡Oh! ¡Oh! ¡Lo que me manda preguntarte!
TRIGEO.
¿Sobre qué?
MERCURIO.
Sobre mil antiguallas, que dejó al partir. Lo primero que
desea saber es qué hace Sófocles.
TRIGEO.
Lo pasa muy bien; pero le ha sucedido una cosa
extraordinaria.
MERCURIO.
¿Cuál?
TRIGEO.
De Sófocles se ha convertido en Simónides.
MERCURIO.
¡En Simónides! ¿Cómo?
TRIGEO.
Achacoso y viejo, es capaz por ganarse un óbolo de
navegar sobre un zarzo.
MERCURIO.
¿Y el sabio Cratino vive todavía?
TRIGEO.
Murió cuando la invasión de los lacedemonios.
MERCURIO.
¿Qué le sucedió?
TRIGEO.
¿Qué? Se desfalleció, no pudiendo resistir a la pena que
le produjo el ver romperse una tinaja llena de vino. ¿Cuántas desgracias como
esta crees que han afligido a esta ciudad? Así es que en adelante, señora, nada
podrá apartarnos de ti.
MERCURIO.
En ese supuesto, te entrego a Opora por mujer; vete a
vivir con ella en el campo, y producid ricas uvas.
TRIGEO.
Acércate, amada mía, y dame un dulce beso. Dime, poderoso
Mercurio: ¿me vendrá algún daño de holgarme con Opora después de tan larga
abstinencia?
MERCURIO.
No, como en seguida tomes una infusión de poleo. Pero ante todo acompaña a Teoría al
Senado, su antigua morada.
TRIGEO.
¡Oh Senado, qué dichoso vas a ser albergando bajo tu
techo a tan amable huésped! ¡Cuánta salsa sorberás en estos tres días! ¡Qué de carnes y entrañas cocidas no
comerás! Adiós, pues, mi querido Mercurio.
MERCURIO.
¡Adiós, honrado Trigeo; que lo pases bien y que te
acuerdes de mí!
TRIGEO.
¡Escarabajo mío, volemos, volemos a casa!
MERCURIO.
Si no está aquí, amigo mío.
TRIGEO.
¿Pues adónde se fue?
MERCURIO.
Está uncido al carro de Júpiter y es portador del rayo.
TRIGEO.
Pero ¿dónde hallará el infeliz sus alimentos?
MERCURIO.
Comerá la ambrosía de Ganimedes.
Y yo, ¿cómo bajaré?
MERCURIO.
No tengas miedo, por aquí... junto a la Diosa.
TRIGEO.
Ea, lindas muchachas, seguidme pronto; son muchos los que
os esperan enardecidos por el amor.
CORO.
Vete contento. Nosotros entre tanto encomendamos a
nuestros servidores la custodia de estos objetos, pues no hay lugar menos seguro que la
escena: alrededor de ella andan siempre escondidos muchos ladrones, acechando
la ocasión de atrapar algo. (A los criados.) Guardadnos bien todo eso, mientras
nosotros explicamos a los concurrentes el objeto de esta obra, y la intención
que nos anima. Merecería ciertamente ser apaleado el poeta cómico que,
dirigiéndose a los espectadores, se elogiase a sí propio en los anapestos. Pero si es justo, oh hija de Júpiter,
el tributar todo linaje de honores al más sobresaliente y famoso en el arte de
hacer comedias, nuestro autor se considera digno de los mayores elogios. En
primer lugar, es el único que ha obligado a sus rivales a suprimir sus gastadas
burlas sobre los harapos, y sus combates contra los piojos; además él ha puesto
en ridículo y ha arrojado de la escena a aquellos Hércules, panaderos hambrientos, siempre
fugitivos y bellacos, y siempre dejándose apalear de lo lindo; y ha
prescindido, por último, de aquellos esclavos que era de rigor saliesen
llorando, solo para que un compañero, burlándose de sus lacerías, les
preguntase riendo: «Hola, pobrecillo. ¿Qué le ha pasado a tu piel? ¿Acaso un
puerco-espin ha lanzado sobre tu espalda un ejército de púas, llenándola de
surcos?» Suprimiendo estos insultos e innobles bufonadas, ha creado para
vosotros un gran arte, parecido a un palacio de altas torres, fabricado con
hermosas palabras, profundos pensamientos, y chistes no vulgares. Jamás sacó a
la escena particulares oscuros ni mujeres; antes bien, con hercúleo esfuerzo
arremetió contra los mayores monstruos, sin arredrarle el hedor de los cueros
ni las amenazas de un cenagal removido. Yo fui el primero que ataqué audazmente
a aquella horrenda fiera de espantosos dientes, ojos terribles, flameantes como
los de Cinna, rodeada de cien infames aduladores que le lamían la cabeza, de
voz estruendosa como la de destructor remolino, de olor a foca, y de partes
secretas que, por lo inmundas, recuerdan las de las lamias y camellos. La vista de semejante monstruo no me
atemorizó; al contrario, salí a su encuentro y peleé por vosotros y por las
islas. Motivo es este para que premiéis mis servicios y no es olvidéis de mí.
Además, en la embriaguez del triunfo, no he recorrido las palestras seduciendo
a los jóvenes, sino que,
recogiendo mis enseres, me retiraba al punto, después de haber molestado a
pocos, deleitado a los más, y cumplido en todo con mi deber. Por tanto, hombres
y niños han de declararse a mi favor; y hasta los calvos deben por propio
interés contribuir a mi victoria; pues si salgo vencedor, todos dirán en la
mesa y en los festines: «Llévale al calvo; dale esta confitura al calvo; no
neguéis nada a ese nobilísimo poeta, ni a su brillante frente.»
SEMICORO.
Oh Musa, ahuyenta la guerra y ven conmigo a presidir las
danzas, a celebrar las bodas de los dioses, los festines de los hombres y los
banquetes de los bienaventurados. Estos son tus placeres. Si Carcino viene, y te suplica que bailes con sus
hijos, no le atiendas ni le ayudes en nada; considera que son unos bailarines
de delgado cuello a modo de codornices domésticas, enanos chiquititos, como
excrementos de cabra; en fin, poetas de tramoya. Su padre dice que la única de sus
piezas que, contra toda esperanza, tuvo éxito, fue estrangulada a la noche por
una comadreja.
SEMICORO.
Tales son los himnos que las Gracias de hermosa cabellera
inspiran al docto poeta cuando la primaveral golondrina gorjea entre el
follaje; y Morsino y Melantio no
pueden obtener un coro: este me desgarró los oídos con su desentonada voz,
cuando consiguieron su coro trágico, él y su hermano, dos glotones como las
Arpías y Gorgonas, devoradores de rayas, amantes de las viejas, impuros, que
apestan a chivo, y son el azote de los peces. ¡Oh Musa! Envuélvelos en un inmenso
gargajo, y ven a celebrar la fiesta conmigo.
TRIGEO.
¡Qué empresa tan difícil era la de llegar hasta los
dioses! Tengo como magulladas las piernas. ¡Qué pequeñitos me parecíais desde
allá arriba; cierto que mirados desde el cielo parecéis bastante malos, pero
desde aquí mucho peores!
UN
ESCLAVO.
¿Estás aquí, señor?
TRIGEO.
Eso he oído decir.
EL
ESCLAVO.
¿Cómo te ha ido?
TRIGEO.
Me duelen las piernas: ¡el camino es tan largo!
EL
ESCLAVO.
Vamos, dime...
TRIGEO.
¿Qué?
EL
ESCLAVO.
¿Has visto algún otro hombre vagando en la región del
cielo?
TRIGEO.
No: solo he visto dos o tres almas de poetas
ditirámbicos.
EL
ESCLAVO.
¿Qué hacían?
TRIGEO.
Trataban de coger al vuelo preludios líricos, perdidos en
el aire.
EL
ESCLAVO.
¿Has averiguado si es verdad, como se dice, que después
de muertos nos convertimos en estrellas?
TRIGEO.
Sí por cierto.
EL
ESCLAVO.
¿Qué astro es aquel que se distingue allí?
TRIGEO.
Ion de Quíos,
el autor de una oda que principiaba: «Oriente.» En cuanto pareció en el cielo
todos le llamaron: «Astro oriental».
EL
ESCLAVO.
¿Quiénes son esas estrellas que corren dejando un rastro
de luz?
TRIGEO.
Son estrellas de los ricos que vuelven de cenar llevando
una linterna y en ella una luz. Pero concluyamos: llévate cuanto antes a casa a
esta joven; limpia la bañera;
calienta el agua, y prepara para ella y para mí el lecho nupcial. En cuanto
concluyas, vuelve aquí. Mientras tanto, devolveré esta otra al Senado.
EL
ESCLAVO.
¿De dónde traes estas mujeres?
TRIGEO.
¿De dónde? Del cielo.
EL
ESCLAVO.
Pues no doy un óbolo por los dioses, si se dedican a
rufianes como los hombres.
TRIGEO.
No lo son todos; pero hay algunos que viven de ese
oficio.
EL
ESCLAVO.
Vamos, pues. ¡Ah! dime, ¿le daré algo de comer?
TRIGEO.
Nada, no querrá comer ni pan ni pasteles, pues está
acostumbrada a beber la ambrosía con los dioses.
EL
ESCLAVO.
Habrá, pues, que prepararle algo de beber.
(Vase.)
CORO.
Ese anciano, al parecer, es sumamente feliz.
TRIGEO.
¿Qué diréis cuando me veáis adornado para la boda?
CORO.
Rejuvenecido por el amor, perfumado con exquisitas
esencias, tu felicidad es envidiable, anciano.
TRIGEO.
Es verdad. ¡Y cuando, acostado con ella, bese su seno!
CORO.
Serás más feliz que esos trompos, hijos de Carcino.
TRIGEO.
¿No merecía esta recompensa el haber salvado a los
griegos, montado en mi escarabajo? Gracias a mí, todos pueden vivir en el campo
y gozar tranquilamente del amor y del sueño.
EL ESCLAVO
(De vuelta).
La joven se ha lavado, y todo su cuerpo está
resplandeciente de hermosura; la torta está cocida, amasado el sésamo y preparado todo lo demás; solo falta
el esposo.
TRIGEO.
Ea, apresurémonos a llevar a Teoría al Senado.
EL
ESCLAVO.
¿Qué dices? ¿Es esa Teoría aquella muchacha con la cual
fuimos una vez a Braurón a beber y a
refocilarnos?
TRIGEO.
La misma; no me ha costado poco el cogerla.
EL
ESCLAVO.
¡Oh señor, qué placeres nos proporciona cada cinco años!
TRIGEO.
¡Ea! ¿Quién de vosotros es de fiar? ¿Quién de vosotros se
encarga de guardar esta joven y de llevarla al Senado? ¡Eh, tú! ¿Qué dibujas
ahí?
EL
ESCLAVO.
El plano de la tienda que quiero levantar en el Istmo.
TRIGEO.
Vamos, ¿ninguno quiere encargarse de guardarla? (A
Teoría.) Ven acá; te colocaré en medio de ellos.
EL
ESCLAVO.
Ese hace señas.
TRIGEO.
¿Quién?
EL
ESCLAVO.
¿Quién? Arifrades
te suplica que se la lleves.
TRIGEO.
No por cierto: pronto la dejaría extenuada. Vamos, Teoría, deja ahí todo eso.
Senadores
y pritáneos, contemplad a Teoría: ved los infinitos bienes que con ella os
entrego; podéis al instante levantar las piernas de esta víctima y consumar el
sacrificio. Mirad qué hermoso es este fogón; el hollín lo ha ennegrecido; en
él, antes de la guerra, solía el Senado colocar sus cacerolas. Mañana podremos
emprender con ella deliciosas contiendas, luchar en el suelo, o a cuatro pies,
o inclinados, o apoyándonos sobre la rodilla echarla de costado, y, ungidos
como los atletas en el pancracio, atacarla denodadamente con los puños y otros
miembros. Al tercer día empezaréis las carreras de caballos; cada jinete
empujará a su adversario; los tiros de los carros, derribados unos sobre otros
y relinchando jadeantes, se darán sacudidas mutuas; mientras otros aurigas,
rechazados de su asiento, rodarán al suelo cerca de la meta. Pritáneos, recibid a Teoría. ¡Oh, con
qué gozo la acompaña ese! No hubieras estado tan solícito para llevarla al
Senado, si se tratase de un asunto gratuito: no hubiera faltado el pretexto de las
ocupaciones.
CORO.
Un hombre como tú es útilísimo a la república.
TRIGEO.
Cuando vendimiéis, conoceréis mejor lo que valgo.
CORO.
Ya lo has demostrado bastante, siendo el salvador de
todos los hombres.
TRIGEO.
Me dirás todo eso cuando bebas el vino nuevo.
CORO.
Siempre te creeremos el ser más grande después de los
dioses.
TRIGEO.
Mucho me debéis a mí, Trigeo el Atmonense; pues he
libertado de gravísimos males a la población rústica y urbana, y he reprimido a
Hipérbolo.
CORO.
Dinos lo que debemos hacer ahora.
TRIGEO.
¿Qué cosa mejor que ofrecer a la Paz unas ollas llenas de
legumbres?
CORO.
¡Ollas de legumbres, como al pobre Mercurio que las encuentra
tan poco nutritivas!
TRIGEO.
¿Pues qué queréis? ¿Un buey cebado?
CORO.
¡Un buey! No, de ningún modo; habría quizá que socorrer a
alguno.
TRIGEO.
¿Un puerco grande y gordo?
CORO.
No, no.
TRIGEO.
¿Por qué?
CORO.
Por miedo a las porquerías de Teágenes.
TRIGEO.
¿Pues cuál víctima queréis?
CORO.
Una oveja.
TRIGEO.
¿Una oveja?
CORO.
Sí.
TRIGEO.
Pero pronuncias esa palabra como los jonios.
CORO.
De intento; así, si en la Asamblea dice alguno: «es
preciso hacer la guerra», los asistentes espantados gritarán en jónico: «¡Oi!
¡Oi!»
TRIGEO.
Perfectamente.
CORO.
Y serán pacíficos. De esta manera seremos unos con otros
como corderos, y mucho más indulgentes con los aliados.
TRIGEO.
Ea, traed cuanto antes una oveja: en tanto prepararé yo
el altar para sacrificarla.
CORO.
¡Qué bien sale todo, con la ayuda de los dioses y el
favor de la fortuna! ¡Qué oportunamente llega todo!
TRIGEO.
Es la pura verdad; porque ya está el altar en la puerta.
CORO.
Apresuraos, pues, mientras los dioses encadenan el soplo
inconstante de la guerra. Evidentemente una divinidad cambia en bienes nuestras
miserias.
TRIGEO.
Aquí está la cesta, con la salsa mola, la corona y el cuchillo: también el
fuego; de modo que solo falta la oveja.
CORO.
Apresuraos, apresuraos; porque si os ve Queris, vendrá sin que se le llame, y tocará
la flauta hasta que os veáis obligados a taparle la boca con algo, para premiar
sus fatigas.
Vamos, coge la cesta y el agua lustral, y da cuanto antes
una vuelta por la derecha alrededor del ara.
EL
ESCLAVO.
Ya he dado la vuelta; manda otra cosa.
TRIGEO.
Aguarda a que sumerja este tizón en el agua. Tú rocía el
altar; tú dame un poco de salsa mola; purifícate y alárgame después el vaso; y
luego esparce sobre los espectadores el resto de la cebada.
EL
ESCLAVO.
Ya está.
TRIGEO.
¿Ya la has arrojado?
EL
ESCLAVO.
Sí por cierto; ninguno de los espectadores deja de tener
su porción de cebada.
TRIGEO.
Pero las mujeres no la han recibido.
EL
ESCLAVO.
Sus maridos se la darán a la noche.
TRIGEO.
Oremos. ¿Quién está aquí? ¿Dónde está esa multitud de
hombres de bien?
EL
ESCLAVO.
Aguarda a que les dé a estos; son muchos y buenos.
TRIGEO.
¿Los crees buenos?
EL
ESCLAVO.
¿Cómo no, si a pesar de haberles rociado de lo lindo
están firmes y plantados en su puesto?
TRIGEO.
Oremos, pues, cuanto antes; ¡oremos ya!
¡Augusta
reina, diosa venerable, oh Paz, que presides las danzas e himeneos, dígnate
aceptar nuestro sacrificio!
EL
ESCLAVO.
Acéptalo, oh la más honrada de las diosas, y no hagas
como esas mujeres que engañan a sus maridos. Esas, digo, que miran por la
puerta entreabierta, y cuando alguno se fija en ellas, se retiran; después, si
se aleja, vuelven a mirar. ¡Oh, no hagas eso con nosotros!
TRIGEO.
Al contrario, como una mujer honrada, muéstrate sin
rebozo a tus adoradores que hace
trece años nos consumimos lejos de ti. Pon término a las luchas y tumultos, y
merece el nombre de Lisímaca;
corrige esta suspicacia y charlatanería que engendra nuestras mutuas calumnias;
une de nuevo a los griegos con los dulces vínculos de la amistad, y predisponlos
a la benignidad y a la indulgencia; haz, en fin, que en nuestra plaza abunden
las mejores mercancías, ristras de ajos, cohombros tempranos, manzanas,
granadas, y pequeñas túnicas para los esclavos; que afluyan a ella los beocios
cargados de gansos, ánades y alondras; que vengan con cestos de anguilas del
Copáis, y amontonados en torno de
ellas, luchemos entre la turba de compradores, con Móricos, Téleas y Glaucetes y otros glotones ilustres; y que
Melantio, llegando el último al mercado, y viéndolo todo vendido, se lamente y
exclame como en su Medea: «¡Yo muero! ¡Me han abandonado las que se esconden
entre las acelgas!» y que todos
se rían de su desgracia. Concédenos, Diosa veneranda, esto que te pedimos.
EL
ESCLAVO.
Coge el cuchillo y degüella la oveja como un cocinero
consumado.
TRIGEO.
Eso no es lícito.
EL
ESCLAVO.
¿Por qué?
TRIGEO.
La Paz aborrece la matanza, y por eso nunca se
ensangrienta su altar. Por lo tanto, llévate adentro la víctima, mátala y trae
las dos piernas; de este modo la oveja se guardará para el Corega.
(El
esclavo entra en la casa.)
CORO.
Tú, que permaneces aquí, reúne pronto las astillas y todo
lo necesario para el sacrificio.
TRIGEO.
¿No os parece que dispongo el hogar como el más experto
adivino?
CORO.
¿Por qué no? ¿Acaso ignoras algo de cuanto un sabio debe
conocer? ¿No preves todo lo que un hombre de reconocida habilidad y audacia
afortunada debe prever?
TRIGEO.
El humo de las astillas incomoda a Estílbides. Traeré una mesa y me pasaré sin criado.
CORO.
¿Quién no ensalzará a un hombre que, arrostrando
infinitos peligros, salvó la ciudad sagrada? Jamás dejará de ser admirado por
todos.
EL ESCLAVO
(De vuelta).
Cumplí tus órdenes. Toma las piernas y ponlas sobre el
fuego: yo voy a buscar las entrañas y la torta.
TRIGEO.
Eso corre de mi cuenta; pero necesitaba que vinieses.
EL
ESCLAVO.
Pues aquí estoy. ¿Te parece que he tardado?
TRIGEO.
Asa bien eso. Pero ahí se acerca uno coronado de laurel.
¿Quién es ese hombre?
EL
ESCLAVO.
¡Qué arrogante parece! Sin duda, algún adivino.
TRIGEO.
No, por Júpiter, es Hierocles.
EL
ESCLAVO.
¡Ah! Ese charlatán de oráculos, habitante de Orea. ¿Qué nos querrá decir?
TRIGEO.
Claro está que vendrá a oponerse a la Paz.
EL
ESCLAVO.
No, lo que le atrae es el olor de las viandas.
TRIGEO.
Hagamos como que no le vemos.
EL
ESCLAVO.
Tienes razón.
HIEROCLES.
¿Qué sacrificio es este y a qué dios lo ofrecéis?
Asa eso callando; cuidado con los riñones.
HIEROCLES.
¿Pero no me diréis a qué dios sacrificáis?
TRIGEO.
La cola tiene buena traza.
EL
ESCLAVO.
Muy buena, oh Paz veneranda y querida.
HIEROCLES.
Vamos, corta ya y ofrece las primicias.
TRIGEO.
Antes ha de asarse bien.
HIEROCLES.
Ya está bien asada.
TRIGEO.
Quienquiera que seas, eres demasiado curioso. Corta:
¿dónde está la mesa? Trae las libaciones.
La lengua se corta aparte.
TRIGEO.
Lo sabemos; ¿sabes tú lo que debías hacer?
HIEROCLES.
Si me lo dices.
TRIGEO.
No hablarnos ya una palabra, porque sacrificamos a la
santa Paz.
HIEROCLES.
¡Oh desdichados o imbéciles mortales...!
TRIGEO.
¡Caigan sobre ti tus maldiciones!
HIEROCLES.
...Que no entendiendo, en vuestra ceguedad, la voluntad
de los dioses, os aliáis con esos feroces monos...
TRIGEO.
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
HIEROCLES.
¿De qué te ríes?
TRIGEO.
Tienen gracia tus feroces monos.
HIEROCLES.
Estúpidas palomas, que os fiáis de los zorros de falso
corazón y pensamientos falsos.
TRIGEO.
¡Ojalá, charlatán arrogante, se pongan tus pulmones tan
calientes como estas entrañas!
HIEROCLES.
Si las Ninfas no engañaron a Bacis; si los mortales no fueron engañados por
Bacis, ni Bacis por las Ninfas...
TRIGEO.
¡Confúndante los dioses si no dejas de hablar de Bacis!
HIEROCLES.
No habrían decretado los hados que se rompiesen las
cadenas de la Paz; pero antes...
TRIGEO.
Hay que echar sal a eso.
HIEROCLES.
No place a los dioses inmortales que desistamos de la
guerra, mientras el lobo paree con la oveja.
TRIGEO.
¿Acaso, charlatán maldito, el lobo pareará jamás con la
oveja?
HIEROCLES.
Mientras la chinche de campo exhale al huir un fétido
olor; mientras la perra chillona, forzada a parir, dé a luz cachorros ciegos,
no se debe pensar en la Paz.
TRIGEO.
¿Pues qué debíamos hacer? ¿Continuar la guerra? ¿Echar
suertes sobre quién había de llorar más, cuando podíamos, uniéndonos por un
tratado, mandar en común sobre la Grecia?
HIEROCLES.
Nunca conseguirás que el cangrejo ande en línea recta.
TRIGEO.
No cenarás ya en el Pritáneo, ni serás profeta de lo pasado.
HIEROCLES.
Nunca suavizarás la piel áspera del erizo.
TRIGEO.
¿No acabarás nunca de engañar a los atenienses?
HIEROCLES.
¿En virtud de qué oráculo habéis ofrecido ese sacrificio
a los dioses?
TRIGEO.
De este, que Homero expresó en tan bellas frases:
La negra
nube de la odiosa guerra
Disipamos
así, y en dulce abrazo
Estrechando
a la Paz, cien sacrificios
Le
ofrecimos gustosos. Cuando el fuego
Devoró de
las víctimas las piernas,
Nosotros
sus entrañas consumimos
E hicimos
libaciones; dirigía
La fiesta
yo; mas nadie presentaba
HIEROCLES.
Eso nada tiene que ver conmigo: nos lo ha dicho la
Sibila.
TRIGEO.
Pero el sabio Homero dijo muy bien:
Que ni
casa, ni hogar, ni patria tiene
El que las
guerras intestinas ama
HIEROCLES.
Ten cuidado no te arrebate el milano la carne con una de
las suyas...
TRIGEO (Al
esclavo).
Sí, ten cuidado: ese oráculo amenaza nuestras viandas.
Haz la libación y trae parte de los intestinos.
HIEROCLES.
Si os parece, voy a servirme yo mismo mi porción.
TRIGEO.
¡La libación, la libación!
HIEROCLES.
Échame a mí también, y dame una porción de los
intestinos.
TRIGEO.
Eso no place a los dioses inmortales, sino el que primero
hagamos nosotros las libaciones y tú te marches. ¡Oh veneranda Paz, permanece a
nuestro lado toda la vida!
HIEROCLES.
Tráeme aquí la lengua.
TRIGEO.
Tráeme la tuya.
HIEROCLES.
¡La libación!
TRIGEO (Al
esclavo).
Llévate esto con la libación.
HIEROCLES.
¿Nadie me dará algo de los intestinos?
TRIGEO.
No podemos darte nada hasta que el lobo se paree con la
oveja.
HIEROCLES.
¡Ah, por favor! yo te lo pido por tus rodillas.
TRIGEO.
Tus ruegos son inútiles, amigo mío; no lograrás suavizar
«al áspero erizo.» Ea, espectadores, acompañadnos a comer intestinos.
HIEROCLES.
¿Y yo?
TRIGEO.
Cómete a la Sibila.
HIEROCLES.
No, por la tierra, no os lo comeréis solos; si no me
dais, os lo quito; esto es para todo el mundo.
TRIGEO (Al
esclavo).
Sacúdele, sacúdele a Bacis.
HIEROCLES.
¡Sed testigos!...
TRIGEO.
De que eres un glotón y un impostor. ¡Firme: echa de aquí
a bastonazos a ese charlatán!
EL
ESCLAVO.
Cuida de esto; yo voy a quitarle las pieles de las
víctimas que nos ha escamoteado. ¡Suelta esas pieles, adivino infernal! ¿Oyes?
¿Qué especie de cuervo es este que nos ha venido de Orea? Ea, pronto, emprende
el vuelo hacia Elimnio.
CORO.
¡Qué alegría! ¡Qué alegría! ¡Ya no más cascos, quesos ni
cebollas! Los combates para quien los quiera: a mí solo me gusta beber con mis
buenos amigos, junto al hogar donde con viva llama arde y chisporrotea la leña
cortada en el rigor del estío, y tostar garbanzos sobre las ascuas, y asar
bellotas entre el rescoldo, y hurtar un beso a Trata, mientras se baña mi esposa. Después de
hecha la siembra, cuando la riega Júpiter con benéfica lluvia, nada hay tan
agradable como el hablar así con un vecino: «Dime, ¿qué hacemos ahora, querido
Comárquides? Yo quisiera beber, mientras el cielo fecunda nuestro campo. Ea,
mujer, mezcla un poco de trigo con tres quénices de habichuelas, y ponlas a
cocer, y danos higos secos. Que Sira haga volver a Manes del campo; hoy no es
posible podar las vides, ni desterronar, pues la tierra está sumamente húmeda.
Que me traigan el tordo y los dos pinzones. También debe de haber en casa
calostro y cuatro tajadas de liebre, si ayer noche no las robó el gato, porque
oí en la despensa un ruido sospechoso. Muchacho, trae tres pedazos, y dale el
otro a mi padre. Pide a Esdúnada ramas de mirto con sus bayas; y, ya que te
coge de camino, dile a Carinades que venga a beber con nosotros, mientras el
cielo benéfico fecunda los sembrados.» Cuando entona la cigarra su dulce
cantinela, me gusta ver si las
uvas de Lemnos principian a madurar, pues son las más tempranas; y no menos me
agrada mirar cómo van hinchándose los higos, y comerlos cuando están maduros, y
exclamar, saboreándolos: «Deliciosa estación.» Después bebo una infusión de
tomillo machacado, y logro así engordar en el estío, mucho más que viendo a uno
de esos taxiarcos, aborrecidos
por los dioses, pavoneándose con su triple penacho y su clámide teñida de un
rojo deslumbrador que pretende hacer pasar por púrpura de Sardes. Pero cuando
ocurre pelear, él mismo se encarga de darle una mano de azafrán cicense. Y
después huye veloz el primero como un gallo, agitando sus amarillas crestas,
mientras yo guardo mi puesto. Cuando están en Atenas estos valentones hacen
cosas insufribles; inscriben a unos en las listas y borran a otros, dos y tres
veces, según su capricho. «Mañana es la marcha», oye decir a lo mejor un
ciudadano que no ha comprado víveres porque nada sabía al salir de su casa, y
luego, al pararse delante de la estatua de Pandión, ve su nombre inscrito en la lista; se
aturde, y echa a correr llorando. Así nos tratan a los pobres campesinos; a los
ciudadanos ya les tienen más consideraciones esos cobardes aborrecidos de los
dioses y los hombres. Pero si el cielo lo permite, ya tendrán su merecido.
Mucho daño me han hecho esos taxiarcos, leones en la ciudad y zorros en el
combate.
TRIGEO.
¡Oh! ¡Oh! ¡Cuánta gente viene al banquete de boda! Limpia
las mesas con ese penacho; ya no sirve para otra cosa. Trae en seguida los
pasteles y los tordos, liebre en abundancia y panes.
UN FABRICANTE
DE HOCES.
¿Dónde está Trigeo? ¿Dónde?
TRIGEO.
Estoy cociendo tordos.
EL
FABRICANTE DE HOCES.
¡Oh queridísimo Trigeo, cuánto bien nos has hecho
procurándonos la paz! Antes no había quien diese un óbolo por una hoz; ahora
vendo las que quiero a cincuenta dracmas. Este amigo vende a tres los toneles
para el campo. Vamos, Trigeo, escoge de estas hoces y de todo lo demás cuanto
quieras, y llévatelo gratis. Todo esto que vendemos y que nos produce pingües
ganancias te lo ofrecemos como regalo de boda.
TRIGEO.
Bueno, bueno; dejadlo ahí todo, y entrad a cenar cuanto
antes. Ahí se acerca un armero con una cara más triste que un funeral.
EL
FABRICANTE DE PENACHOS.
¡Ay, Trigeo, me has arruinado completamente!
TRIGEO.
¿Qué te pasa, desdichado? ¿Acaso te salen penachos en la
cabeza?
EL
FABRICANTE DE PENACHOS.
Nos has quitado el trabajo y la subsistencia a mí y a
este otro, fabricante de dardos.
TRIGEO.
Vamos, ¿cuánto quieres por esos dos penachos?
EL
FABRICANTE DE PENACHOS.
¿Cuánto ofreces?
TRIGEO.
¿Que cuánto ofrezco? Me da vergüenza el decirlo. Sin
embargo, como el trenzado está hecho con gran primor, te daré tres quénices de
higos secos y me servirán para limpiar esta mesa.
EL
FABRICANTE DE PENACHOS.
Vengan los higos: más vale poco que nada.
TRIGEO.
Vete al infierno con tus penachos; tienen lacia la cerda,
no valen un pito. No daría una higa por todos ellos.
EL
VENDEDOR DE CORAZAS.
¡Ay de mí! ¿Qué haré con esta coraza tasada en diez minas
y trabajada con tanto esmero?
TRIGEO.
No se te irrogará perjuicio alguno; dámela en su precio;
podrá ser un bacín elegantísimo.
EL
VENDEDOR DE CORAZAS.
No te burles de mí y de mis mercancías.
TRIGEO.
Con ella... y tres buenos guijarros, ¿no tendremos cuanto para el caso hace
falta?
EL
VENDEDOR DE CORAZAS.
¿Pero cómo te limpiarás, imbécil?
TRIGEO.
Perfectamente. Mira, paso una mano por la abertura del
brazo, y la otra...
EL
VENDEDOR DE CORAZAS.
¡Cómo! ¿Con las dos manos?
TRIGEO.
Pues claro, para que no me acusen de defraudar al Estado
tapando los agujeros de los remos.
EL VENDEDOR
DE CORAZAS.
¿Y te atreverás a usar un bacín de mil dracmas?
TRIGEO.
¿Quién lo duda, miserable? Crees que ni por diez mil
vendería yo mi trasero.
EL
VENDEDOR DE CORAZAS.
Vamos, venga el dinero.
TRIGEO.
¡Ay! Querido, tu coraza me destroza las nalgas.
Llévatela; no la compro.
EL
FABRICANTE DE TROMPETAS.
¿Qué haré de esta trompeta que me costó sesenta dracmas?
TRIGEO.
Echa plomo en su cavidad; atraviesa encima una vara un
poco larga, y tendrás un cótabo en equilibrio.
EL
FABRICANTE DE TROMPETAS.
¡Ay! te burlas de mí.
TRIGEO.
Otra idea. Échale plomo, como te he dicho; añade un
platillo colgado de unas cuerdecitas, y tendrás una balanza para pesar en el
campo los higos que has de distribuir a tus esclavos.
EL
FABRICANTE DE CASCOS.
¡Maldita suerte! ¡Estoy arruinado! Yo, que en otro tiempo
pagué una mina por estos cascos. ¿Quién me los comprará ahora?
TRIGEO.
Vete a venderlos a los egipcios: son los únicos para
medir sirmea.
EL
FABRICANTE DE LANZAS.
¡Ay, mi buen fabricante de cascos, qué desgraciada es
nuestra suerte!
TRIGEO (Al
fabricante de lanzas).
La suya no lo es.
EL
FABRICANTE DE LANZAS.
Pues qué, ¿habrá todavía quien necesite cascos?
TRIGEO.
Como sepa ponerles dos asas, los podrá vender mucho más
caros.
EL
FABRICANTE DE CASCOS.
Vámonos, fabricante de lanzas.
TRIGEO.
No, no; le voy a comprar esas picas.
EL
FABRICANTE DE LANZAS.
¿Cuánto das por ellas?
TRIGEO.
Si las cortas por la mitad, para que puedan servir de
rodrigones, te pagaré a dracma el ciento.
EL
FABRICANTE DE LANZAS.
Este hombre se burla de nosotros. Vámonos, amigo.
TRIGEO.
Muy bien hecho; pues ya salen a orinar los hijos de los
convidados, y si no me engaño, a preludiar sus cantos. Eh, muchacho, si piensas
cantar, ensáyate antes delante de mí.
EL HIJO DE
LÁMACO.
TRIGEO.
Maldita criatura, deja de cantar los valientes guerreros;
ahora estamos en paz. Eres un bribonzuelo mal enseñado.
EL HIJO DE
LÁMACO.
Con furia
aterradora
Acométense
fieros;
Se
aplastan sus combados
TRIGEO.
¡Escudos! ¿No acabarás con tus escudos?
EL HIJO DE
LÁMACO.
...alaridos
De triunfo
alborozados
Se
escuchan, y gemidos...
TRIGEO.
¡Gemidos! Me parece que quien va a gemir aquí eres tú, si
continúas con tus gemidos y tus escudos combados.
EL HIJO DE
LÁMACO.
¿Pues qué he de cantar? ¿Qué es lo que te gusta?
TRIGEO.
«Se comían de buey sendos tasajos» O cosas por el estilo.
Disponían
alegres el banquete
Y cuantos
platos hay apetecibles.
EL HIJO DE
LÁMACO.
Se comían
de buey sendos tasajos;
Los
sudorosos brutos desuncían;
Hartos de
pelear...
TRIGEO.
Eso es: «hartos de pelear, se pusieron a comer.» Canta,
canta lo que comieron después de hartarse.
EL HIJO DE
LÁMACO.
Después de
terminada la comida,
Acorázanse
el vientre...
TRIGEO.
Con buen vino, ¿verdad?
EL HIJO DE
LÁMACO.
...De las
torres
Se
precipitan. Alarido inmenso
Surca
entonces...
TRIGEO.
Que Júpiter te confunda con tus batallas, bribonzuelo; no
sabes más que cantos de guerra. ¿De quién eres hijo?
EL HIJO DE
LÁMACO.
¿Yo?
TRIGEO.
Sí, tú.
EL HIJO DE
LÁMACO.
De Lámaco.
TRIGEO.
¡Oh! ¡Oh! Ya se me figuraba que debías de ser hijo de
algún aficionado a combates y heridas;
de algún Boulómaco o Clausímaco.
Largo de aquí. Vete a entonar tus canciones a los lanceros. ¿Dónde está el hijo
de Cleónimo? Ven acá; canta algo antes de entrar en casa. Ya estoy seguro de
que tus cantares no serán belicosos. Tu padre es prudentísimo.
EL HIJO DE
CLEÓNIMO.
Un
habitante de Sais
Ostenta el
brillante escudo,
Que
abandoné mal mi grado
TRIGEO.
Dime, pequeño, ¿cantas eso por tu padre?
EL HIJO DE
CLEÓNIMO.
«Salvé mi vida...»
TRIGEO.
Pero deshonraste tu linaje. Mas entremos; demasiado sé
que el hijo de tal padre no olvidará nunca lo que acaba de cantar sobre el
escudo. Vosotros los que os quedáis al festín ya no tenéis que hacer otra cosa
más que comer y consumir todas las viandas y menear sin descanso las
mandíbulas. Lanzáos sobre todos los platos, y comed a dos carrillos.
¡Desdichados! ¿para qué sirven, sino es para comer, los buenos dientes?
CORO.
Eso queda a nuestro cargo; nos has dado un buen consejo.
TRIGEO.
Vosotros, que ayer estabais hambrientos, saciaos ahora de
liebre; no todos los días se encuentran pasteles abandonados. Devoradlos, pues,
que si no, tal vez sintáis mañana no haberlo hecho.
CORO.
Silencio, silencio, va a presentarse la novia; coged las
antorchas: que todo el pueblo se
regocije y dance. Después, cuando hayamos bailado, y bebido y expulsado a
Hipérbolo, llevaremos de nuevo al campo nuestro humilde ajuar, y pediremos a
los dioses que otorguen a los griegos oro en abundancia, y a nosotros
riquísimas cosechas de cebada y vino, dulces higos y esposas fecundas. Así
podremos recobrar los perdidos bienes y abolir para siempre el uso del acero
homicida.
TRIGEO.
Querida esposa, ven al campo a embellecer mi lecho.
CORO.
¡Oh mortal tres veces feliz con tu merecida dicha! ¡Oh
Himeneo! ¡Himeneo! ¿Qué le haremos? ¿Qué le haremos? ¡Gocemos de su belleza!
¡Gocemos de su belleza! Nosotros los hombres colocados en la primera fila
levantemos al novio y llevémosle en triunfo. ¡Himeneo! ¡Himeneo!
TRIGEO.
Tendréis una linda casa, viviréis sin molestias y
cogeréis higos. ¡Oh Himeneo! ¡Himeneo!
CORO.
Aquel tiene uno grande y grueso; este, otro dulcísimo.
Después de comer y beber sendos tragos, exclamarás: ¡Oh Himeneo! ¡Himeneo!
CORO.
Adiós, adiós, amigos míos. Los que me sigan comerán
pasteles.
FIN DE LA
PAZ
Dos
ciudadanos atenienses, Evélpides y Pistetero, como si dijéramos,
Buena-esperanza y Fiel-amigo, hartos de desórdenes, de pleitos, cábalas o
intrigas, y tomando al pie de la letra la expresión irse a los cuervos,
análoga, como hemos visto, a la nuestra irse al diablo o a otra cosa, si no
peor, más sucia, huyen de Atenas y se encaminan al país de las aves en busca de
la Abubilla, en otro tiempo Tereo, rey de Tracia. Aceptada por el
ex-monarca-pájaro la idea de construir una ciudad en los aires, convoca una
asamblea de todas las razas aladas, que acudiendo en gran número, se preparan
en el primer momento a embestir y despedazar a los temerarios mortales que han
osado penetrar en sus dominios: calmados por la Abubilla, cámbiase pronto su
furia en indescriptible entusiasmo, cuando Pistetero desenvuelve un plan para
devolver a los volátiles el cetro del mundo que antes les había pertenecido.
Los dos atenienses son naturalizados inmediatamente: la nueva ciudad, llamada
Nefelococigia, es construida en un abrir y cerrar de ojos, y dos embajadores
son enviados al cielo y a la tierra. Apenas se empieza a ofrecer el sacrificio
de consagración, acuden a Nefelococigia toda clase de gentes: un pobre poeta,
que versifica en honor de la nueva ciudad para conseguir un manto y una túnica;
un adivino cargado de oráculos; Metón el geómetra; un inspector y un vendedor
de decretos, que son apaleados en castigo de sus impertinencias. Iris,
mensajera de los dioses, es hecha prisionera al intentar atravesar los aires;
sometida a un apremiante interrogatorio, vese obligada a manifestar que Júpiter
la envía a los hombres para que ofrezcan los acostumbrados sacrificios, y tiene
que retirarse malparada oyendo de boca de Pistetero que no hay más dioses que
las aves, y que el paso al través de la nueva ciudad queda prohibido hasta
nueva orden a las divinidades olímpicas. Preséntase después un Mensajero,
anunciando que los hombres han decretado una corona de oro al fundador de
Nefelococigia, y que las aves se han puesto de moda y hacen tal furor en
Atenas, que pronto se verá llegar una multitud ornitomaniaca pidiendo alas y
plumajes. No tarda efectivamente en presentarse un joven con intentos
parricidas, que recibe entre equívocos y chistes consejos prudentísimos, y al
cual siguen Cinesias, poeta ditirámbico, ganoso de atrapar entre las nubes las
sublimes vaciedades de sus versos y un sicofanta o delator, que así como el
poeta lleva con una paliza su justo merecido. Prometeo, que llega después,
revela a Pistetero el hambre canina que aflige a los inmortales, indicándole el
medio de explotar la miseria del Olimpo, y retirándose con todo género de
precauciones para no ser visto por Júpiter.
Una
embajada, compuesta de Neptuno, Hércules y un Tríbalo, presenta por fin sus
proposiciones a la gente alada, y vencidas las dificultades se estipulan la paz
y el paso libre por Nefelococigia, con la condición de entregar Júpiter su
cetro a las aves y a Pistetero la mano de la Soberanía.
La comedia
concluye, como La Paz, con un jubiloso canto de himeneo.
Tal es el
argumento de Las Aves. ¿Cuál es su objeto? He aquí una pregunta a la cual se
han dado muy diferentes contestaciones. Unos han dicho que su autor se limitaba a
censurar la afición a las lides judiciales, sin considerar que Aristófanes solo
se ocupa de esta manía de Atenas a la ligera y muy de paso; otros que su fin es nada menos que promover
cambios radicales en el carácter ateniense, en el culto, en la religión, en la
constitución de la república y en el personal de sus magistrados, sin parar
mientes que tales proposiciones, aun hechas de burlas, costaban la vida al
temerario que las aventuraba: quiénes (por más que nada autorice a
suponerlo) solo ven en su fantástico desarrollo una animada censura de las
peregrinas invenciones de los trágicos y sus increíbles fábulas; y no han
faltado algunos que, saltando
por encima de un flamante anacronismo, la conceptúan una graciosa parodia de la
República que Platón soñó muchos años más tarde.
La
explicación de M. Paulmier, desenvuelta luego por el P. Brumoy, es
indudablemente la más ingeniosa, careciendo sin embargo del debido fundamento.
El erudito jesuita, teniendo presente que poco antes de la representación de
esta comedia, Alcibíades, llamado a Atenas para defenderse del crimen de
sacrilegio, había huido a Esparta y exhortaba a los lacedemonios a fortificar a
Decelia, ciudad del Ática que más adelante molestó mucho a los atenienses,
opina que, aunque con el pulso y delicadeza que la gravedad del asunto
requería, trató Aristófanes en Las Aves de llamar la atención del pueblo sobre
los preparativos de una rival ambiciosa, y decidirle a traer de Sicilia sus
tropas y galeras. Pero solo un pasaje en que se habla de la galera Salamina, y
algunas otras indicaciones remotísimas confirman la interpretación de Brumoy,
que cae ante la consideración de que Aristófanes cuando alude lo hace clara y
directamente, y si a veces encubre su propósito, hay que confesar que se vale
siempre del velo de una alegoría transparente. Sin ir tan lejos, dice Artaud,
ni perderse en cavilaciones sistemáticas, podemos hallar la explicación del
enigma. A una lectura un poco atenta, vese en Las Aves una especie de utopía
cómica, una república imaginaria como la de Platón, realizada de una manera
burlesca. Todo lo que precede a la fundación de la ciudad no es más que el
preámbulo de la acción. Sin el lazo de esta idea general, la pieza presentaría
solamente una serie de escenas ininteligibles. Pero mirada bajo este prisma, es
un cuadro ingenioso en que el espíritu del poeta se solaza a placer y pasa
revista a todos los ridículos. Un hijo que desea la muerte de su padre recibe
de las cigüeñas una lección de amor filial. El autor ataca sucesivamente la
pedantería de los sabios y filósofos, la ignorancia y avidez de los sacerdotes
y adivinos, las pretensiones de los poetas, la venalidad de los magistrados,
las infamias de los delatores y las charlatanerías de toda especie.
Para
explicarse ciertas singularidades de esta comedia, como la de componer el coro
de personajes alados, no hay necesidad tampoco de acudir a la hipótesis de que
las aves sean representantes de los lacedemonios, y los hombres y los dioses de
los atenienses y de los demás pueblos griegos; pues para dar amenidad al
espectáculo y ocupación a las máquinas teatrales, eran cosa corriente entre los
cómicos tan peregrinas invenciones; y por otra parte, quien había puesto en
escena Nubes, Avispas y Escarabajos no puede decirse que se excediera a sí
mismo al presentar un coro de volátiles. Es más; en mi humilde opinión, la
elección del poeta fue sobremanera acertada, pues debió dar así una animación
extraordinaria a la comedia, falta de acción como todas las de Aristófanes, con
tantas idas y venidas, tantos giros y revoloteos, tanta variedad de plumajes, y
esa encantadora alegría, patrimonio de los pájaros, que son naturalmente, como
dice Leopardi, las criaturas más
regocijadas de la creación.
La
elección de estos alados personajes permite además al autor dar rienda suelta a
su fantasía por los amenos campos de la fábula, y presentar sin sombra de
pedantería, y con aquella frescura y sencillez de colorido del poeta predilecto
de las Gracias, multitud de leyendas curiosas, entretenidos detalles, mordaces
chistes y picantes sales, alternando con brillantes himnos de elevación
verdaderamente pindárica. «De este modo, dice Poyard, Las Aves son una obra sin
ejemplo y sin rival, un género aparte aun dentro del teatro aristofánico, una
fantasmagoría alegre, viva, seductora, llena de maravillosas sorpresas,
chispeando poesía, desenvolviéndose aérea y alada, y burlándose con sátira
ligera y divertida, sin las virulencias ordinarias.»
Esta
comedia se representó el año 415 antes de Jesucristo, décimo octavo de la
guerra del Peloponeso, habiendo obtenido el premio segundo: Los Bebedores de
Amipsias consiguieron el primero; y el tercero fue otorgado al Monotropos (el
Moroso) de Frínico.
|
EVÉLPIDES. |
|
PISTETERO. |
|
EL REYEZUELO, criado de
la Abubilla. |
|
LA ABUBILLA. |
|
CORO DE AVES. |
|
EL FENICÓPTERO. |
|
HERALDOS. |
|
UN SACERDOTE. |
|
UN POETA. |
|
UN ADIVINO. |
|
METÓN, geómetra. |
|
UN INSPECTOR. |
|
UN VENDEDOR DE DECRETOS. |
|
MENSAJERO. |
|
IRIS. |
|
UN PARRICIDA. |
|
CINESIAS, poeta
ditirámbico. |
|
UN DELATOR. |
|
PROMETEO. |
|
NEPTUNO. |
|
TRÍBALO. |
|
HÉRCULES. |
|
UN CRIADO de Pistetero. |
País
agreste, lleno de piedras y zarzas. En el fondo una selva, a un lado una roca,
morada de la Abubilla.
EVÉLPIDES
(Al grajo que le sirve de guía).
¿Me dices que vaya en línea recta hacia aquel árbol?
PISTETERO
(A la corneja que trae en mano).
¡Peste de avechucho! Ahora grazna que retrocedamos.
EVÉLPIDES.
Pero, infeliz, ¿a qué caminar arriba y abajo? Con estas
idas y venidas nos derrengamos inútilmente.
PISTETERO.
¡Qué imbécil he sido en dejarme guiar por esta corneja!
Me ha hecho correr más de mil estadios.
EVÉLPIDES.
¿Mayor desdicha que la de llevar de guía a este grajo,
que me ha destrozado todas las uñas de los dedos?
PISTETERO.
Ni siquiera sé en qué lugar de la tierra estamos.
EVÉLPIDES.
¿No podrías hallar desde aquí tu patria?
PISTETERO.
No por cierto: ni Execéstides la suya.
EVÉLPIDES.
¡Ay!
PISTETERO.
Toma esa senda, amigo mío.
EVÉLPIDES.
¡Qué terriblemente nos ha engañado Filócrates, ese atrabiliario vendedor de pájaros!
Nos aseguró que estas dos aves nos guiarían mejor que ninguna otra a la morada
de Tereo, la Abubilla, que fue transformado en pájaro; y nos vendió este grajo,
hijo de Tarrélides, por un
óbolo, y por tres aquella corneja, que solo saben darnos picotazos. (Al grajo.)
¿Por qué me miras con el pico abierto? ¿Quieres precipitarnos desde esas rocas?
Por ahí no hay camino.
PISTETERO.
Ni senda tampoco.
EVÉLPIDES.
¿No dice nada tu corneja?
PISTETERO.
Nada absolutamente; grazna ahora como antes.
EVÉLPIDES.
Pero, en fin, ¿qué dice de nuestra ruta?
PISTETERO.
¿Qué ha de decir sino que a fuerza de roer acabará por
comérseme los dedos?
EVÉLPIDES.
¡Esto es insoportable! Queremos irnos a los cuervos; ponemos para conseguirlo cuanto está de
nuestra mano, y no logramos hallar el camino. Porque habéis de saber, oyentes
míos, que nuestra enfermedad es completamente distinta de la que aflige a
Saccas: este, no siendo ciudadano, se obstina en serlo, y nosotros que lo
somos, y de familias distinguidas, aunque nadie nos expulsa, huimos a toda
prisa de nuestra patria. No es que aborrezcamos a una ciudad tan célebre y
afortunada, y abierta siempre a todo el que desee arruinarse con litigios;
porque es una triste verdad que si las cigarras solo cantan uno o dos meses
entre las ramas de los árboles, en cambio los atenienses cantan toda la vida
posados sobre los procesos. Esto es lo que nos ha obligado a emprender este
viaje y a buscar, cargados del canastillo, la olla y las ramas de mirto, un país libre de pleitos, donde pasar
tranquilamente la vida. Nos dirigimos con tal objeto a Tereo, la Abubilla, para
preguntarle si, en las comarcas que ha recorrido volando, ha visto alguna
ciudad como la que deseamos.
PISTETERO.
¡Eh, tú!
EVÉLPIDES.
¿Qué hay?
PISTETERO.
La corneja hace rato que me indica que hay algo arriba.
EVÉLPIDES.
También mi grajo mira con el pico abierto en la misma
dirección, como si quisiera señalarme alguna cosa: no puede menos de haber aves
por aquí. Pronto lo sabremos haciendo ruido.
PISTETERO.
¿Sabes lo que has de hacer? Dar un golpe con la rodilla
en esa peña.
EVÉLPIDES.
Y tú, con la cabeza, para que el ruido sea doble.
PISTETERO.
Vamos, coge esa piedra y llama.
EVÉLPIDES.
Está bien; ¡esclavo! ¡esclavo!
PISTETERO.
Pero ¿qué haces? Para llamar a una Abubilla, gritas
¡esclavo! ¡esclavo! En vez de ¡esclavo! debes gritar: ¡Epopoi! ¡Epopoi!
EVÉLPIDES.
¡Epopoi! Tendré que llamar otra vez. ¡Epopoi!
¿Quién va? ¿Quién llama a mi dueño?
EVÉLPIDES.
¡Apolo nos asista! ¡Qué enorme pico!
EL
REYEZUELO.
¡Horror! ¡Son cazadores!
EVÉLPIDES.
El miedo que me causa no es para dicho.
EL
REYEZUELO.
¡Moriréis!
EVÉLPIDES.
Pero si no somos hombres.
EL
REYEZUELO.
¿Pues qué sois?
EVÉLPIDES.
Yo soy el Tímido, ave africana.
EL
REYEZUELO.
¡A otro con esas!
EVÉLPIDES.
EL
REYEZUELO.
Y ese otro, ¿qué pájaro es? Contesta.
PISTETERO.
EVÉLPIDES.
Y tú, ¿qué animal eres?
EL
REYEZUELO.
Yo soy un pájaro esclavo.
EVÉLPIDES.
EL
REYEZUELO.
No; pero cuando mi dueño fue convertido en Abubilla quiso
que yo también me transformase en pájaro, para tener quien le siguiera y
sirviese.
EVÉLPIDES.
Pues qué, ¿las aves necesitan criados?
EL
REYEZUELO.
Este sí, tal vez porque fue antes hombre. Cuando se le
antojan anchoas del Falero, yo cojo
una escudilla y corro a por anchoas; cuando quiere comer puches, como se
necesitan una cuchara y una olla, corro a por la cuchara.
EVÉLPIDES.
Por las señas, este pájaro es un Corredor. ¿Sabes lo que has de hacer, Reyezuelo?
Llamar a tu señor.
EL
REYEZUELO.
Pero si acaba de dormirse, después de haber comido bayas
de mirto y algunos gusanos.
EVÉLPIDES.
No importa, despiértale.
EL
REYEZUELO.
Aunque estoy seguro de que se va a enfadar, lo haré por
complaceros.
(Vase.)
PISTETERO
(Al Reyezuelo).
Que el cielo te confunda: no me has dado mal susto.
EVÉLPIDES.
¡Oh desgracia! ¡De miedo se me ha escapado el grajo!
PISTETERO.
¡Grandísimo cobarde! Te has dejado escapar el grajo de
miedo.
EVÉLPIDES.
Y tú, ¿no te has dejado marchar la corneja al caer?
PISTETERO.
No por cierto.
EVÉLPIDES.
¿Pues dónde está?
PISTETERO.
Voló.
EVÉLPIDES.
¿Y no se te ha escapado? ¡Vaya el valentón!
LA
ABUBILLA.
EVÉLPIDES.
¡Por Hércules!, ¿qué animal es ese? ¡Qué alas! ¡Qué
triple cresta!
LA
ABUBILLA.
¿Quién pregunta por mí?
EVÉLPIDES.
Sin duda, los doce grandes dioses te han maltratado.
LA
ABUBILLA.
¿Acaso os burláis de la forma de mis alas? Sabed,
extranjeros, que antes he sido hombre.
EVÉLPIDES.
No nos burlamos de ti.
LA
ABUBILLA.
¿Pues de qué?
PISTETERO.
LA
ABUBILLA.
Pues de esta facha representó ignominiosamente Sófocles
en sus tragedias a Tereo.
EVÉLPIDES.
¿Pero eres Tereo, o un ave, o un pavo real?
LA
ABUBILLA.
Soy un ave.
EVÉLPIDES.
¿Y las alas?
LA
ABUBILLA.
Se me han caído.
EVÉLPIDES.
¿Alguna enfermedad?
LA
ABUBILLA.
No; pero en el invierno mudan todas las aves, y les salen
después nuevas plumas. Y vosotros, ¿qué sois?
EVÉLPIDES.
¿Nosotros? mortales.
LA
ABUBILLA.
¿De qué país?
EVÉLPIDES.
Del de las hermosas trirremes.
LA
ABUBILLA.
EVÉLPIDES.
LA
ABUBILLA.
¿Se siembra allí ese grano?
EVÉLPIDES.
Rebuscando en todo el campo, hallaréis un poquito.
LA
ABUBILLA.
¿Qué os trae aquí?
EVÉLPIDES.
El deseo de hablarte.
LA
ABUBILLA.
¿Para qué?
EVÉLPIDES.
Porque en otro tiempo fuiste hombre, como nosotros; en
otro tiempo tuviste deudas, como nosotros; y en otro tiempo te gustaba el no
pagarlas, como a nosotros: después, cuando fuiste transformado en ave,
recorriste en tu vuelo todos los mares y tierras, y llegaste a reunir la
experiencia del pájaro y la del hombre. Esto nos trae a ti para suplicarte que
nos indiques alguna pacífica ciudad donde podamos vivir blanda y sosegadamente,
como el que se acuesta sobre mullidos cojines.
LA
ABUBILLA.
¿Buscas, pues, una ciudad más grande que la de Cranao?
EVÉLPIDES.
Más grande no, más agradable para nosotros.
LA
ABUBILLA.
Claro está que buscas un país aristocrático.
EVÉLPIDES.
¿Yo? ni por pienso: si detesto al hijo de Escelias.
LA
ABUBILLA.
¿Pues en qué ciudad queréis vivir?
EVÉLPIDES.
En una donde los negocios más importantes sean, por
ejemplo, venir muy de mañana a mi puerta un amigo y decirme: «Te ruego por
Júpiter olímpico que al salir del baño vengáis a mi casa tú y tus hijos, pues
voy a dar un banquete de bodas. ¡Cuidado con faltar! ¡Como no vengas, no tienes
que poner los pies en mi casa hasta que me abandone la fortuna!»
LA
ABUBILLA.
Vamos, veo que tienes afición a las desgracias. ¿Y tú?
PISTETERO.
Tengo los mismos gustos.
LA
ABUBILLA.
¿Cuáles?
PISTETERO.
Quisiera una ciudad en la que al verme el padre de un
hermoso muchacho, me dijese como si le hubiera ofendido: «¡Muy bien, muy bien,
Estilbónides! Te encontraste ayer con mi hijo que volvía del baño y del
gimnasio, y no fuiste para darle un beso, ni hablarle, ni acariciarle. ¿Quién dirá que eres amigo mío?»
LA
ABUBILLA.
¡Hola, hola! Pues no es nada las desdichas que apeteces,
buen hombre. En la costa del Mar Rojo hay una ciudad, afortunada como la que
deseáis.
EVÉLPIDES.
¡Ah! No me hables de ciudades marítimas; el mejor día
amanecería la galera Salamina
trayendo un alguacil. ¿No puedes decirnos alguna ciudad griega?
LA
ABUBILLA.
¿Por qué no emigráis a Lépreo, en Élide?
EVÉLPIDES.
¡Por todos los dioses! Aunque no he visto a Lépreo, lo
aborrezco ya a causa de Melantio.
LA
ABUBILLA.
Hay también en la Lócride la ciudad de Opunte, donde
podréis vivir muy bien.
EVÉLPIDES.
No quisiera ser Opuncio ni por un talento de oro. ¿Pero qué tal
pasan la vida los pájaros? Tú debes saberlo bien.
LA
ABUBILLA.
La vida no es desagradable; en primer lugar, hay que
prescindir de la bolsa.
EVÉLPIDES.
Pues con eso habéis suprimido la ocasión de muchos
fraudes.
LA
ABUBILLA.
Comemos en los jardines sésamo blanco, mirto, amapolas y
menta.
EVÉLPIDES.
¿De modo que vivís como recién casados?
PISTETERO.
¡Oh, oh! ¡Qué magnífica idea se me ha ocurrido para la
gente alada! ¡Seréis omnipotentes si me obedecéis!
LA
ABUBILLA.
¡Obedecerte! ¿En qué?
PISTETERO.
¿En qué? Primero en no andar revoloteando por todas
partes con el pico abierto: eso es indecoroso. Entre nosotros, cuando vemos a
uno de esos botarates que no paran un instante, acostumbramos a preguntar:
«¿Quién es ese chorlito?» Y Téleas
responde: «Es un inconstante; tiene siempre la cabeza a pájaros; no está un
momento en un sitio.»
LA
ABUBILLA.
Tienes razón, por Baco. ¿Qué hemos de hacer?
PISTETERO.
Fundad una ciudad.
LA
ABUBILLA.
¿Qué ciudad hemos de fundar las aves?
PISTETERO.
A la verdad, tu pregunta es necia si las hay. Mira abajo.
LA
ABUBILLA.
Ya miro.
PISTETERO.
Ahora arriba.
LA
ABUBILLA.
Ya miro.
PISTETERO.
Ahora vuelve la cabeza a todos lados.
LA
ABUBILLA.
¿Qué voy a sacar de retorcerme así el pescuezo?
PISTETERO.
¿Ves algo?
LA
ABUBILLA.
Sí, las nubes y el cielo.
PISTETERO.
¿No es ese el polo de las aves?
LA
ABUBILLA.
¿El polo? ¿Qué es polo?
PISTETERO.
Como si dijéramos el país; se llama polo porque gira y atraviesa todo el mundo.
Si fundáis en él una ciudad y la rodeáis de murallas, en vez de polo se llamará
población; entonces reinaréis
sobre los hombres, como ahora sobre las langostas; y mataréis a los dioses de
hambre canina.
LA
ABUBILLA.
¿Cómo?
PISTETERO.
El aire está entre el cielo y la tierra, y del mismo modo
que cuando nosotros queremos ir a Delfos pedimos permiso a los beocios para
pasar, así vosotros, cuando los hombres hagan sacrificios a los dioses, si
estos no os pagan tributo, podréis impedir que el humo de las víctimas
atraviese vuestra ciudad y vuestro espacio.
LA
ABUBILLA.
¡Oh! ¡Oh! ¡Lo juro por la tierra, las nubes, los lazos y
las redes, jamás he oído una idea más ingeniosa! Estoy dispuesto a fundar
contigo esa ciudad, si las demás aves son de mi opinión.
PISTETERO.
¿Quién les dará a conocer el proyecto?
LA
ABUBILLA.
Tú mismo. Antes eran bárbaros, pero en el largo tiempo
que he estado en su compañía les he enseñado a hablar.
PISTETERO.
¿Pero cómo las vas a convocar?
LA
ABUBILLA.
Muy fácilmente. Voy a entrar en esa espesura; despertaré
a mi Procne y las llamaremos; en
cuanto oigan nuestra voz acudirán sin detenerse.
PISTETERO.
¡No te detengas, queridísimo pájaro! Por favor, entra
pronto en esa espesura y despierta a tu amable compañera.
LA
ABUBILLA.
Despierta, dulce compañera de mi vida; entona esos himnos
sagrados que, como armoniosos suspiros, brotan de tu garganta divina cuando con
melodiosa y pura voz deploras la triste suerte de nuestro llorado Itis. Tu
sonoro canto sube, atravesando los copudos tejos, hasta el trono de Júpiter;
junto al cual Febo, de áurea cabellera, responde con los acordes de su lira de
marfil a tus plañideras endechas, y reúne los coros de los dioses, y de sus
bocas inmortales brota un celestial aplauso.
(Se oye
una flauta dentro.)
PISTETERO.
¡Júpiter soberano! ¡Qué garganta la de ese pajarillo! Ha
llenado de miel toda la espesura.
EVÉLPIDES.
¡Eh! ¡Tú!
PISTETERO.
¿Qué hay?
EVÉLPIDES
¿No callarás?
PISTETERO.
¿Por qué?
EVÉLPIDES.
La Abubilla se prepara a entonar nuevos cantos.
LA
ABUBILLA.
Esopo, popo, popo, popo, popoí ¡io! ¡io! venid, venid,
venid, venid, alados compañeros. Todos cuantos taláis las fértiles campiñas,
tribus innumerables que recogéis y devoráis los granos de cebada, catervas
infinitas de rápido vuelo y melodioso canto, acudid, acudid; vosotros, los que
posados en un terrón os complacéis en gorjear débilmente entre los surcos: tio,
tio, tio, tio, tio, tio, tio tio; los que en los jardines saltáis sobre las
yedras, o en las montañas picoteáis el madroño y la silvestre aceituna, acudid
a mi voz: trioto, trioto, toto, brix. Vosotros también, los que devoráis
punzadores mosquitos en los valles pantanosos; los que pobláis los prados
húmedos de rocío y el campo ameno de Maratón; francolines de matizadas alas;
aves que revoloteáis con los alciones sobre las alborotadas olas del mar, venid
a escuchar la grata nueva: congréguense aquí las aves de largo cuello. Sabed
que ha venido un anciano ingenioso, autor de una nueva idea; que pretende
realizar nuevos proyectos. Venid todos a deliberar aquí. Torotorotorotorotix.
Kiccabau, kiccabau. Torotorotorotorolililix.
PISTETERO.
¿Ves algún pájaro?
EVÉLPIDES.
Ninguno, por Apolo, aunque estoy mirando al cielo con la
boca abierta.
PISTETERO.
Me parece que ha sido inútil que la Abubilla, imitando al
pardal, se haya metido en el bosque
como a empollar huevos.
Torotix, torotix.
PISTETERO.
Ah, querido, ya viene alguna ave.
EVÉLPIDES.
Sí, una ave, ¿pero cuál? ¿Es el pavo real?
PISTETERO.
Ese nos lo dirá. ¿Qué ave es esa?
LA
ABUBILLA.
No es de las que veis todos los días; es una ave
acuática.
PISTETERO.
¡Oh qué hermoso color de púrpura fenicia!
LA
ABUBILLA.
Es verdad, por eso se llama el Fenicóptero.
EVÉLPIDES.
¡Eh! ¡Eh! ¡Tú!
PISTETERO.
¿Por qué gritas?
EVÉLPIDES.
Otra ave.
PISTETERO.
Cierto; otra ave, y exótica al parecer. ¿Cómo se llama
esa ave montañesa de aspecto tan
solemne como estúpido?
LA
ABUBILLA.
PISTETERO.
¡El Meda! ¡Hércules poderoso! ¿Cómo siendo el Meda ha
venido sin camello?
EVÉLPIDES.
Ahí se presenta otra ave copetuda.
PISTETERO.
¿Qué prodigio es este? No eres tú la única Abubilla,
puesto que hay esa otra.
LA
ABUBILLA.
Esa Abubilla es hijo de Filocles, que a su vez es hijo de
la Abubilla; yo soy su abuelo paterno; es como si dijeras: Hipónico, hijo de
Calias, y Calias hijo de Hipónico.
PISTETERO.
¿Luego Calias es un pájaro? ¡Oh, y cómo se le caen las
plumas!
LA
ABUBILLA.
Es generoso; por eso los delatores le despluman y las
mujeres le arrancan las alas.
PISTETERO.
¡Oh Neptuno! Un nuevo pájaro de diversos colores. ¿Cómo
se llama ese?
LA
ABUBILLA.
PISTETERO.
¿Hay, pues, otro glotón además de Cleónimo?
EVÉLPIDES.
¿Crees que si fuese Cleónimo hubiera podido conservar el
penacho?
PISTETERO.
¿Pero qué significan todas esas crestas? ¿Quizá acuden
estas aves a disputar el premio del doble estadio?
LA
ABUBILLA.
Son como los carios, que no abandonan las crestas de las
montañas para estar más seguros.
PISTETERO.
¡Oh Neptuno! ¡Mira, mira qué terrible multitud de aves se
reúne!
EVÉLPIDES.
¡Soberano Apolo! ¡Qué nube! ¡Oh! ¡Oh! Sus alas no dejan
ver la entrada de la escena.
PISTETERO.
Esa es la perdiz; aquel el francolín; ese el penélope; el
otro el alción.
EVÉLPIDES.
¿Y aquel que viene detrás del alción?
PISTETERO.
EVÉLPIDES.
¿Cómo? ¿El barbero es pájaro?
PISTETERO.
¿Pues no lo es Espórgilo, y de cuenta? Ahí viene la lechuza.
EVÉLPIDES.
¿Qué dices? ¿Quién trae una lechuza a Atenas?
PISTETERO.
Mira, mira, la urraca, la tórtola, la alondra, el eleas,
la hipotimis, la paloma, el nerto, el azor, la torcaz, el cuco, el eritropo, la
ceblepiris, el porfirión, el
cernícalo, el somormujo, la ampelis, el quebrantahuesos, el pico.
EVÉLPIDES.
¡Oh! ¡Oh! ¡Cuántas aves! ¡Oh, cuántos mirlos! ¡Cómo pían
y corren con estrépito! Pero qué, ¿nos amenazan? ¡Ay, cómo abren los picos y
nos miran!
PISTETERO.
Me parece lo mismo.
CORO.
¿Po po po po po po por dónde anda el que me llamó? ¿En
qué lugar se encuentra?
LA
ABUBILLA.
Estoy aquí hace tiempo; yo nunca abandono a los amigos.
CORO.
¿Ti ti ti ti ti ti ti tienes algo bueno que decirme?
LA
ABUBILLA.
Un asunto de interés común, seguro, justo, agradable,
útil. Dos hombres de sutil ingenio han venido a buscarme.
CORO.
¿Dónde? ¿Cómo? ¿Qué dices?
LA
ABUBILLA.
Digo, que dos ancianos han venido del país de los
hombres, a proponernos una empresa prodigiosa.
CORO.
¡Oh tú que perpetraste el mayor crimen de que he oído
hablar en mi vida! ¿Qué es lo que estás diciendo?
LA
ABUBILLA.
No te asustes de mis palabras.
CORO.
¿Qué has hecho?
LA
ABUBILLA.
Acoger a dos hombres que desean vivir con nosotros.
CORO.
¿Y te has atrevido?
LA
ABUBILLA.
Y cada vez me alegro más.
CORO.
¿Y están ya entre nosotros?
LA
ABUBILLA.
Como yo.
CORO.
¡Ay, estamos vendidos; somos víctimas de la traición más
negra! Nuestro amigo, el que partía con nosotros el fruto de los campos, ha
hollado nuestras antiguas leyes, ha quebrantado los juramentos de las aves; nos
ha atraído a un lazo, nos ha puesto en manos de una raza impía con la que
estamos en guerra desde que vimos la luz. Tú, traidor, nos darás luego cuenta
de tus actos; mas primero castiguemos a esos hombres. ¡Ea! ¡A despedazarlos!
PISTETERO.
¡Somos perdidos!
EVÉLPIDES.
Tú solo tienes la culpa de lo que nos sucede. ¿Para qué
me trajiste?
PISTETERO.
Para tenerte a mi lado.
EVÉLPIDES.
Mejor para hacerme llorar a mares.
PISTETERO.
Tú deliras: ¿cómo has de llorar cuando te hayan sacado
los ojos?
CORO.
¡Io! ¡Io! ¡Al ataque! Precipítate sobre el enemigo;
hiérele mortalmente; despliega tus alas; envuelve con ellas a esos hombres; que
paguen su culpa y den alimento a nuestros picos. Nada podrá librarles de mi
furor; ni las sombrías montañas, ni las etéreas nubes, ni el piélago espumoso.
¡Ea, caigamos sobre ellos y desgarrémosles sin tardanza! ¿Dónde está el
taxiarco? Que haga avanzar el ala derecha.
EVÉLPIDES.
Llegó el momento supremo. ¿A dónde huiré, infeliz?
PISTETERO.
¡Eh! Firme en tu puesto.
EVÉLPIDES.
¿Para qué me hagan trizas?
PISTETERO.
¿Pues cómo piensas escaparte?
EVÉLPIDES.
No lo sé.
PISTETERO.
Pues yo te digo que es preciso combatir a pie firme y
coger las ollas.
EVÉLPIDES.
¿De qué nos servirá la olla?
PISTETERO.
EVÉLPIDES.
¿Y contra esas de ganchudas uñas?
PISTETERO.
Coge el asador y ponlo en ristre.
EVÉLPIDES.
¿Y los ojos?
PISTETERO.
Defiéndelos con un plato o con la vinagrera.
EVÉLPIDES.
¡Qué ingenio! ¡Qué habilidad digna de un general
consumado! Sabes más estrategia que Nicias.
CORO.
Adelante, adelante, con el pico bajo: no retrasarse. Pica,
desgarra, hiere, arranca, rompe primero la olla.
LA
ABUBILLA.
Deteneos: decidme, animales cruelísimos, ¿por qué queréis
matar y despedazar a dos hombres que ningún mal os han hecho y que son además
de la misma tribu y familia que mi esposa?
CORO.
Pues qué, ¿se perdona a los lobos? ¿No son nuestros más
feroces enemigos? Nunca encontraremos otros más dignos de castigo.
LA
ABUBILLA.
Si la naturaleza los hizo enemigos, su intención les hace
amigos, y vienen aquí a darnos un consejo útil.
CORO.
¿Qué consejo útil pueden darnos ni decirnos los enemigos
de nuestros abuelos?
LA
ABUBILLA.
Los sabios aprenden muchas cosas de sus enemigos. La
desconfianza es la madre de la seguridad. Con un amigo jamás aprenderíamos a
ser cautos, al paso que un enemigo nos obliga a serlo; las ciudades en un
principio aprendieron de sus enemigos, y no de sus amigos, a rodearse de altas
murallas, y a construir largas naves, y con esta lección a defender hijos,
casas y haciendas.
CORO.
Sea: me parece que podrá ser útil el oírles antes; puede
recibirse alguna buena lección de un enemigo.
PISTETERO.
Su cólera parece calmarse. Retrocede un paso.
LA
ABUBILLA.
Es muy justo; debéis de estarme agradecidos.
CORO.
En ninguna otra cosa te hemos sido contrarios.
PISTETERO.
Cada vez se manifiestan más pacíficos; por consiguiente,
deja en el suelo la olla y los platos: ahora con la lanza terciada, digo, con
el asador, paseémonos dentro del campamento, junto a la olla, y sin perderla de
vista. No debemos huir.
EVÉLPIDES.
Tienes razón. Y si morimos, ¿dónde nos enterrarán?
PISTETERO.
En el Cerámico.
Para ser sepultados a cuenta del Estado, diremos que hemos muerto peleando con
los enemigos junto a Orneas.
CORO.
Todo el mundo a su puesto: depongamos nuestra cólera como
el soldado sus armas; preguntemos quiénes son, de dónde vienen y qué proyectan.
¡Eh, Abubilla! Ven acá.
LA
ABUBILLA.
¿Qué deseas saber?
CORO.
¿Quiénes son esos hombres, y de dónde vienen?
LA
ABUBILLA.
Son extranjeros, venidos de Grecia, la patria de los
sabios.
CORO.
¿Qué les ha inducido venir a buscarnos?
LA
ABUBILLA.
La afición a vuestra vida y costumbres, y el deseo de
participarla y vivir con nosotros.
CORO.
¡Será verdad! ¿y cuáles son sus proyectos?
LA
ABUBILLA.
Increíbles, inauditos.
CORO.
¿Hallan alguna ventaja en habitar aquí, o esperan que
viviendo con nosotros podrán vencer a su enemigo y favorecer a sus amigos?
LA
ABUBILLA.
Nos anuncian una felicidad inmensa, indecible e
increíble, y demuestran con irrefutables argumentos que cuanto hay aquí y allí,
y en todas partes, todo nos pertenece.
CORO.
¿Estarán locos?
LA
ABUBILLA.
Su discreción no es para dicha.
CORO.
¿Tienen talento?
LA
ABUBILLA.
Son dos zorros redomados, la astucia personificada, gente
muy corrida e ingeniosa.
CORO.
Diles, diles que vengan a hablarnos. Sin más que oír tus
palabras, ya vuelo de gozo.
Recoged vosotros esas armas y colgadlas de nuevo en la
cocina, junto al hogar, bajo la
protección de los dioses domésticos. (A Pistetero.) Expón y demuestra a la
asamblea el objeto para el cual ha sido convocada.
PISTETERO.
No, por Apolo; nada diré mientras no prometan, como aquel
mono armero a su mujer, no morderme, ni desgarrarme, ni taladrarme...
CORO.
¿El...? Nada temas.
PISTETERO.
No, los ojos.
CORO.
Lo prometo.
PISTETERO.
Júralo.
CORO.
Lo juro, y si cumplo mi promesa, que obtenga el premio
por el voto unánime de todos los jueces y espectadores.
PISTETERO.
Convenido.
CORO.
Y si no la cumplo, que la gane por un solo voto.
PISTETERO.
¡Pueblos, escuchad! Recojan los soldados sus armas y
vuelvan a sus hogares, e infórmense de las órdenes que se fijen en los
tablones.
CORO.
El hombre es un ser siempre y en todo falso; habla tú,
sin embargo. Quizá me reveles algún proyecto que te parezca útil, o un medio de
aumentar mi poder que a mí se me haya pasado por alto y que tú hayas visto.
Habla; en inteligencia de que lo haces para el bien general, porque los bienes
que me procures los dividiré contigo. Manifiesta confiadamente los proyectos
que te han traído aquí, pues por ningún pretexto romperé la tregua que contigo
he pactado.
PISTETERO.
No deseo otra cosa: la masa de mi discurso está ya
dispuesta y solo me falta sobarla. Esclavo, tráeme una corona y agua para las
manos; pero pronto.
EVÉLPIDES.
PISTETERO.
No, por Júpiter; estoy buscando algunas palabras
magníficas y sustanciosas para ablandar sus ánimos. (Dirigiéndose al Coro.)
Sufro tanto por vosotros que en otro tiempo fuisteis reyes...
CORO.
¡Nosotros reyes! ¿De quién?
PISTETERO.
Reyes de todo cuanto existe; de mí, en primer lugar; de
este; del mismo Júpiter; porque sois anteriores a Saturno, a los Titanes y a la
Tierra.
CORO.
¿A la Tierra?
PISTETERO.
Sí, por Apolo.
CORO.
No había oído semejante cosa.
PISTETERO.
Es que sois ignorantes y descuidados y no habéis
manoseado a Esopo. Esopo dice que la alondra nació antes que todos los seres y
que la misma Tierra: su padre murió de enfermedad, cuando la Tierra aún no
existía; permaneció cinco días insepulto, hasta que la alondra, ingeniosa por
la fuerza de la necesidad, enterró a su padre en su cabeza.
EVÉLPIDES.
Por eso el padre de la alondra yace ahora en Céfale.
LA
ABUBILLA.
¿De modo que si las aves son anteriores a la Tierra y a
los dioses, a ellas les pertenecerá el mando por derecho de antigüedad?
EVÉLPIDES.
Esa es la verdad: procura, por tanto, fortificar tu pico,
pues Júpiter no devolverá así como quiera su cetro al pito real.
PISTETERO.
Hay infinitas pruebas de que las aves, y no los dioses,
reinaron sobre los hombres en la más remota antigüedad. Principiaré por citaros
al gallo, que fue rey y mandó a los Persas antes que todos sus monarcas, antes
que Darío y Megabises; y en memoria de su reinado se le llama todavía el ave
pérsica.
EVÉLPIDES.
Por eso es la única de las aves que anda majestuosamente,
como el gran rey, con la tiara recta sobre la cabeza.
PISTETERO.
Fue tan grande su poder y tan respetada su autoridad, que
hoy mismo, como un vestigio de su dignidad antigua, en cuanto canta al
amanecer, corren al trabajo y se calzan en la oscuridad todos los herreros,
alfareros, curtidores, zapateros, bañeros, panaderos, y fabricantes de liras y
de escudos.
EVÉLPIDES.
Pregúntamelo a mí; precisamente un gallo ha tenido la
culpa de que perdiese un fino manto de lana frigia. Estaba yo en la ciudad
convidado a un banquete que se daba para celebrar el acto de poner nombre a un
niño; bebí algo y empecé a dormitar; en esto, y antes de que los demás
convidados se sentasen a la mesa, se le ocurre cantar a un gallo: creyendo que
era de día, marcho en dirección a Alimunte; apenas salgo extramuros, un ladrón me
asesta en la espalda un terrible garrotazo; caigo al suelo; voy a pedir
socorro; pero era tarde, ya había desaparecido con mi manto.
PISTETERO.
El milano fue antiguamente jefe y rey de los griegos.
LA
ABUBILLA.
¿De los griegos?
PISTETERO.
Él fue durante su reinado quien les enseñó a arrodillarse
a la vista de los milanos.
EVÉLPIDES.
Sí, por Baco; un día que me prosterné en presencia de uno
de ellos, me echó al suelo con la boca abierta y me tragué un óbolo; por lo cual volví a casa con mi saco
vacío.
PISTETERO.
El cuco fue rey del Egipto y de toda la Fenicia; así es
que cuando cantaba ¡cucú! todos los fenicios iban al campo a segar el trigo y
la cebada.
EVÉLPIDES.
De ahí sin duda viene el proverbio: ¡Cucú! los
circuncidados al campo.
PISTETERO.
Tan grande fue el poder de la gente alada, que los reyes
de las ciudades griegas, Agamenón y Menelao, llevaban en el extremo de su cetro
una ave que participaba de sus presentes.
EVÉLPIDES.
No sabía yo eso; así es que me admiraba cuando Príamo se
presentaba en las tragedias con un pájaro que observaba fijamente a Lisícrates y los regalos con que se deja
sobornar.
PISTETERO.
Pero oíd la prueba más contundente. Júpiter, que ahora
reina, lleva sobre su cabeza un águila, atributo de su soberanía; su hija lleva
una lechuza; y Apolo, su ministro, un azor.
EVÉLPIDES.
¡Es verdad, por la venerable Ceres! ¿Mas para qué llevan
esas aves?
PISTETERO.
Para que en los sacrificios, cuando, según el rito, se
ofrecen las entrañas a los dioses, ellas reciban su parte antes que Júpiter.
Entonces ningún hombre juraba por los dioses, sino todos por las aves; y hoy
mismo cuando Lampón engaña a alguno suele jurar por el ganso. ¡En tanta estima y veneración tenían
entonces a los que ahora sois considerados como imbéciles y esclavos viles! Hoy
os apedrean como a los dementes; hoy os arrojan de los templos; hoy infinitos
cazadores os tienden lazos y preparan contra vosotros varetas, cepos, hilos,
redes y pihuelas; hoy os venden a granel después de cogidos, y ¡oh colmo de
ignominia! los compradores os tantean para ver si estáis gordos. ¡Y si se
contentasen a lo menos con asaros! Pero hacen un menudo picadillo de silfio y
queso, aceite y vinagre; le agregan otros condimentos dulces y crasos, y
derraman sobre vosotros esta salsa hirviente como si fueseis carnes
corrompidas.
CORO.
Acabas de hacernos, hombre querido, un triste, tristísimo
relato. ¡Cuánto deploro la incuria de mis padres que, lejos de trasmitirme los
honores heredados de sus abuelos, consintieron que fuesen abolidos! Pero sin
duda algún numen propicio te envía para que me salves; a ti me entrego, pues,
confiadamente con mis pobres polluelos. Dinos lo que hay que hacer; porque
seríamos indignos de vivir, si por cualquier medio no reconquistáramos nuestra
soberanía.
PISTETERO.
Opino primeramente que todas las aves se reúnan en una
sola ciudad, y que las llanuras del aire y de este inmenso espacio se circunden
de un muro de grandes ladrillos cocidos, como los de Babilonia.
LA
ABUBILLA.
¡Oh Cebrión, oh Porfirión, qué terrible plaza fuerte!
PISTETERO.
Cuando hayáis construido esa muralla, reclamaréis el
mando a Júpiter; si se niega y no quiere acceder, obstinado en su sinrazón,
declaradle una guerra sagrada y prohibid a los dioses que atraviesen como antes
vuestros dominios y que desciendan a la tierra enardecidos por su adúltero amor
a las Alcmenas, Álopes y Semeles; y si se presentan, ponedles en estado de no
gozarlas más. Enviad en seguida otro
alado embajador a los hombres para que les haga entender que, siendo las aves
dueñas del mundo, a ellas deben ofrecer primero sus sacrificios y después a los
dioses, y que deberán agregar a cada divinidad el ave que le convenga; si, por
ejemplo, sacrifican a Venus, ofrecerán al mismo tiempo cebada a la picaza
marítima; si matan una oveja en honor de Neptuno, presentarán granos de trigo
al ánade; si un buey a Hércules, tortas con miel a la gaviota; si inmolan un
carnero en las aras de Júpiter rey, rey es también el reyezuelo, y por
consiguiente habrá de consagrársele, antes que al mismo Júpiter, un mosquito
macho.
EVÉLPIDES.
Me agrada ese sacrificio de un mosquito. ¡Que truene
ahora el gran Júpiter!
LA
ABUBILLA.
¿Pero cómo nos tendrán los hombres por dioses, y no por
grajos, al ver que volamos y tenemos alas?
PISTETERO.
No sabes lo que dices. Mercurio, siendo todo un dios,
tiene alas y vuela, y lo mismo otras muchas divinidades: la Victoria vuela con
alas de oro, el Amor tiene las suyas, y Homero compara a Iris con una tímida
paloma.
LA
ABUBILLA.
¿No tronará Júpiter? ¿No lanzará contra nosotros su
alígero rayo?
PISTETERO.
Si los hombres en su ceguedad se obstinan en
despreciaros, y en tener por dioses solo a los del Olimpo, lanzad sobre la
tierra una nube de gorriones que arrebaten de los surcos las semillas: veremos
si Ceres baja a distribuir trigo a los hambrientos.
EVÉLPIDES.
No lo hará, de seguro: veréis cómo alega mil pretextos.
PISTETERO.
Además, que los cuervos, para probar que sois dioses,
saquen los ojos a los bueyes de labranza y a otros ganados, y que en seguida
los cure Apolo, que es médico; para eso le pagan.
EVÉLPIDES.
¡Eh, no! aguarda a que haya vendido mi parejita.
PISTETERO.
Por el contrario, si los hombres os tienen a ti por un
dios, a ti por la vida, a ti por Saturno, a ti por Neptuno, lloverán sobre
ellos todos los bienes.
LA ABUBILLA.
Dime siquiera uno de ellos.
PISTETERO.
En primer lugar, las langostas no devorarán las flores de
sus viñas, porque un solo escuadrón de lechuzas y cernícalos dará buena cuenta
de ellas. Después sus higos estarán libres de mosquitos y cínifes, que serán
devorados por un escuadrón de tordos.
LA
ABUBILLA.
¿Cómo les daremos las riquezas, que es lo que más
quieren?
PISTETERO.
Cuando consulten a las aves, indicaréis al adivino las
minas más ricas y los tráficos más lucrativos; ni un marino perecerá.
LA ABUBILLA.
¿Por qué no perecerá?
PISTETERO.
Porque cuando consulte los auspicios sobre la navegación
no faltará nunca un ave que le diga: «No te embarques; habrá tempestad;» o
«embárcate; tendrás ganancias.»
EVÉLPIDES.
Compro un navío, y me lanzo al mar; no quiero ya vivir
con vosotros.
PISTETERO.
Revelaréis también a los hombres el lugar donde se
ocultan los tesoros enterrados por sus padres; porque todas lo sabéis. De aquí
el proverbio: «Nadie sabe dónde está mi tesoro, como no sea algún pájaro.»
EVÉLPIDES.
Vendo mi barco; compro un azadón, y ¡a desenterrar ollas
de oro!
LA
ABUBILLA.
¿Y cómo darles la salud que vive entre los dioses?
PISTETERO.
¿Qué mejor salud que la felicidad? Créeme, un hombre
desgraciado nunca está bueno.
LA
ABUBILLA.
¿Pero cómo llegarán a la vejez? Porque como esta habita
en el Olimpo, habrán de morir en la infancia.
PISTETERO.
Todo lo contrario, las aves prolongaréis su vida
trescientos años.
LA
ABUBILLA.
¿De quién los tomaremos?
PISTETERO.
¿De quién? De vosotros mismos. ¿Ignoras que la graznadora
corneja vive cinco vidas de hombre?
EVÉLPIDES.
¡Ah, cuánto más grato será su imperio que el de Júpiter!
PISTETERO.
¿Quién lo duda? En primer lugar, no tendremos que
consagrarles templos de piedra cerrados con puertas de oro, porque habitarán
entre el follaje de las encinas: un olivo será el templo de las aves más
veneradas; además, para ofrecerles sacrificios no habrá que hacer un viaje a
Delfos o Amón, sino que parándonos
delante de los madroños y acebuches, les presentaremos un puñado de trigo o de
cebada, suplicándoles, con las manos extendidas, que nos concedan parte de sus
bienes, y los conseguiremos sin más dispendios que un poquillo de grano.
¡Oh anciano, que después de haberme sido tan odioso me
eres ahora tan querido, nunca por mi voluntad me apartaré de tus consejos!
Animado por tus palabras he prometido y jurado que si tú, fiel a tus santas
promesas, te unes a mí, sin dolo alguno, para atacar a los dioses, estos no
conservarán mucho tiempo el cetro que me pertenece. Todo lo que dependa de la
fuerza, queda a nuestro cargo; y al tuyo lo que exija habilidad y consejo.
LA
ABUBILLA.
¡Por Júpiter! no es tiempo de dormirse y dar largas a la
manera de Nicias, sino de obrar con
energía y rapidez. Entrad en mi nido de pajas y ramaje, y decidnos vuestros
nombres.
PISTETERO.
Es fácil: me llamo Pistetero.
LA
ABUBILLA.
¿Y ese?
PISTETERO.
Evélpides, de la aldea de Cría.
LA
ABUBILLA.
Salud a entrambos.
PISTETERO.
Aceptamos el augurio.
LA
ABUBILLA.
Entrad, pues.
PISTETERO.
Vamos, dirígenos tú.
LA ABUBILLA.
Venid.
PISTETERO.
¡Ah cielos! Ven, vuelve acá. ¿Cómo este y yo, que no
tenemos alas, os hemos de seguir cuando voléis?
LA
ABUBILLA.
Muy fácilmente.
PISTETERO.
Piénsalo bien: mira que Esopo dice en sus fábulas que a
la zorra le causó grave perjuicio su alianza con el águila.
LA
ABUBILLA.
Nada temas; hay una raíz, que en cuanto la comáis os
saldrán alas.
PISTETERO.
Entremos con esa condición. Ea, Jantias, y tú, Manodoro, coged nuestro equipaje.
CORO.
¡Hola! ¡Eh, Abubilla! A ti te llamo.
LA
ABUBILLA.
¿Qué me quieres?
CORO.
Llévate a esos y dales bien de comer; pero déjanos a la
melodiosa Procne, cuyos cantos son dignos de las musas: hazla salir para que
nos divirtamos con ella.
PISTETERO.
Sí, cede a sus deseos: hazla salir de entre las floridas
cañas. Por los dioses te pido que la llames para que contemplemos también
nosotros al ruiseñor.
LA
ABUBILLA.
Puesto que lo deseáis, fuerza es obedeceros: sal, Procne,
y muéstrate a nuestros huéspedes.
PISTETERO.
¡Oh venerado Júpiter! ¡Qué hermosa avecilla! ¡Qué tierna!
¡Qué brillante!
EVÉLPIDES.
¿Sabes que la estrecharía con gusto entre mis brazos?
PISTETERO.
¡Cuánto oro trae sobre sí! Parece una doncella.
EVÉLPIDES.
Tentado estoy de darle un beso.
PISTETERO.
Pero, desdichado, ¿no ves que tiene por pico dos
asadores?
EVÉLPIDES.
¿Qué importa? ¿Hay más que quitarle la cascarilla que le
cubre la cabeza como si fuese un huevo, y besarla después?
LA
ABUBILLA.
Vamos.
PISTETERO.
Guíanos en hora buena.
CORO.
Amable avecilla, el más querido de mis alados compañeros,
mi señor, que presides nuestros cantos; al fin viniste a mi presencia; viniste
para dejar oír tu suavísimo gorjeo. Tú, que en la flauta armoniosa tañes
primaverales melodías, preludia nuestros anapestos. Ciegos humanos, semejantes a la hoja
ligera, impotentes criaturas hechas de barro deleznable, míseros mortales que,
privados de alas, pasáis vuestra vida fugaz como vanas sombras o ensueños
mentirosos, escuchad a las aves, seres inmortales y eternos, aéreos, exentos de
la vejez, y ocupados siempre en pensamientos perdurables; nosotros os daremos a
conocer los fenómenos celestes, la naturaleza de las aves, y el verdadero
origen de los dioses, de los ríos, del Erebo y del Caos; con tal enseñanza
podréis causar envidia al mismo Pródico. En el principio solo existían el Caos
y la Noche, el negro Erebo y el profundo Tártaro; la Tierra, el Aire y el Cielo
no habían nacido todavía; al fin, la Noche de negras alas puso en el seno
infinito del Erebo un huevo sin germen, del cual, tras el proceso de largos
siglos, nació el apetecido Amor con alas de oro resplandeciente, y rápido como
el torbellino. El Amor, uniéndose en los abismos del Tártaro al Caos alado y
tenebroso, engendró nuestra raza, la primera que nació a la luz. La de los
inmortales no existía antes de que el Amor mezclase los gérmenes de todas las
cosas; pero, al confundirlos, brotaron de tan sublime unión el Cielo, la
Tierra, el Océano, y la raza eterna de las deidades bienaventuradas. He aquí
cómo nosotros somos muchísimo más antiguos que los dioses. Nosotros somos hijos
del Amor; mil pruebas lo confirman; volamos como él, y favorecemos a los
amantes. ¡Cuántos lindos muchachos, habiendo jurado ser insensibles, se
rindieron a sus amantes al declinar su edad florida, vencidos por el regalo de
una codorniz, de un porfirión, de un ánade o de un gallo! Nos deben los
mortales sus mayores bienes. En primer lugar, anunciamos las estaciones; la
primavera, el invierno y el otoño: la grulla al emigrar a Libia advierte al
labrador que siembre; al piloto
que cuelgue el timón y se
entregue al descanso; a Orestes
que se mande tejer un manto, para que el frío no le incite a robárselo a los
transeúntes. El milano anuncia, al aparecer, otra estación y el momento
oportuno de trasquilar los primaverales vellones; y la golondrina dice que ya
es preciso abandonar el manto y vestirse una túnica ligera. Las aves
reemplazamos para vosotros a Amón, a Delfos, a Dodona y a Apolo. Para todo
negocio comercial, o compra de víveres, o matrimonios nos consultáis
previamente y dais el nombre de auspicios a todo cuanto sirve para revelaros el
porvenir: una palabra es un auspicio; un estornudo es un auspicio; un
encuentro es un auspicio; una voz
es un auspicio; el nombre de un esclavo es un auspicio; un asno es un auspicio.
¿No está claro que somos para vosotros el fatídico Apolo? Si nos reconocéis por
dioses, hallaréis en nosotros las Musas proféticas, los vientos suaves, las
estaciones, el invierno, el estío, un calor moderado; no iremos como Júpiter a
posarnos orgullosos sobre las nubes, sino que, viviendo a vuestro lado,
dispensaremos a vosotros y a vuestros hijos, y a los hijos de vuestros hijos,
riquezas y salud, felicidad, larga vida, paz, juventud, risas, danzas,
banquetes, delicias increíbles;
en fin, tal abundancia de bienes, que llegaréis a saciaros. ¡Tan ricos seréis
todos!
Musa
silvestre de variados tonos, tio tio tio tio tio tio tio tix, yo canto contigo en las selvas y en la
cumbre de los montes, tio tio tio tio tix, posado entre el follaje de un fresno
copudo, tio tio tio tio tix, exhalo de mi delicada garganta himnos sagrados,
tio tio tio tix que se unen en las montañas a los augustos coros en honor de
Pan y la madre de los dioses, to to to to to to to to to tix. En ellos, a modo
de abeja, liba Frínico el néctar de sus inmortales versos y de sus dulcísimas
canciones, tio tio tio tio tix.
Espectadores,
si alguno de vosotros quiere pasar dulcemente su existencia viviendo con las
aves, que acuda a nosotros. Todo lo que en la tierra es torpe y se halla
prohibido por las leyes, goza entre la gente alígera de no pequeño honor. Entre
los hombres, por ejemplo, es un crimen odioso el pegar a su padre; entre las
aves nada más bello que acometerle gritando: si riñes, coge tu espolón. El
siervo prófugo, marcado con infamante estigma, pasa aquí por pintado francolín: un
bárbaro, un frigio, tal como Espíntaro, será entre nosotros el frigilo, de la
familia de Filemón: un esclavo
de Caria, Execéstides, por
ejemplo, podría proveerse entre las aves de abuelos y parientes. ¿Qué más?
¿Quiere el hijo de Pisias abrir
las puertas a los infames? Pues trasfórmese en perdiz, digno hijo de su padre,
que por acá no es deshonroso escaparse como la perdiz.
Así los
cisnes, tio tio tio tio tio tio tio tix, uniendo sus voces y batiendo las alas,
cantan a Apolo tio tio tio tix; deteniéndose en las orillas del Hebro, tio tio tio tix, sus acentos
atraviesan las etéreas nubes; escúchanlos las fieras arrobadas y el mar
serenando sus olas, to to to to to to to to to tix; todo el Olimpo resuena: los
dioses inmortales, las Musas y las Gracias repiten gozosos aquella melodía, tio
tio tio tix. Nada hay mejor, nada hay más agradable que tener alas. Si uno de
vosotros las tuviese, podría, cuando asistiendo impaciente y mal humorado a una
interminable tragedia se siente desfallecer de hambre, volar a su casa, comer,
y regresar satisfecho su apetito. Si Patróclides se viera acosado en el teatro
por una apremiante necesidad, no tendría que ensuciar su manto, pues volaría a
otra parte, y después de desahogarse, tornaría a su asiento recobradas las
fuerzas. Aún más: si alguno de vosotros, no importa quién, abrasado por
adúltera llama, distinguía al marido de su amante en las gradas de los
senadores, podría extendiendo sus alas trasladarse a la amorosa cita, y
satisfecha su pasión volver a su puesto. ¿Comprendéis ahora las inmensas
ventajas de ser alado? Por eso Diítrefes, aunque solo tiene alas de mimbre, ha
sido nombrado filarco primero; después hiparco; y de hombre de nada, se ha
convertido en gran personaje, y hoy es ya el gallito de su tribu.
Ya está hecho. ¡Por Júpiter! No he visto nunca cosa más
ridícula.
EVÉLPIDES.
¿De qué te ríes?
PISTETERO.
De tus alas. ¿Sabes lo que pareces con ellas? Un ganso
pintado de brocha gorda.
EVÉLPIDES.
Y tú un mirlo con la cabeza desplumada.
PISTETERO.
Nosotros lo
hemos querido; y como Esquilo dice: «No son plumas de otro, sino nuestras».
LA
ABUBILLA.
¡Ea! ¿Qué debemos hacer?
PISTETERO.
Lo primero dar a la ciudad un nombre ilustre y pomposo;
después ofrecer un sacrificio a los dioses.
EVÉLPIDES.
Opino lo mismo.
LA
ABUBILLA.
Pues veamos el nombre que ha de ponérsele.
PISTETERO.
¿Queréis que le demos uno magnífico tomado de
Lacedemonia? ¿Queréis que la llamemos Esparta?
EVÉLPIDES.
¡Por Hércules! ¿Esparta mi ciudad? Cuando ni siquiera
consiento que sea de esparto mi
lecho, aunque solo tenga una estera de junco.
PISTETERO.
¿Pues qué nombre le daremos?
EVÉLPIDES.
Uno magnífico, tomado de las nubes y de estas elevadas
regiones.
PISTETERO.
LA
ABUBILLA.
¡Oh! ¡Oh! Ese sí que es bello y grandioso.
EVÉLPIDES.
¿No es en Nefelococigia donde están todas las grandes
riquezas de Teógenes y Esquines?
PISTETERO.
No, donde están es en el llano de Flegra, en el que los dioses aniquilaron la
arrogancia de los gigantes.
EVÉLPIDES.
Será una ciudad hermosísima. ¿Pero cuál será su divinidad
protectora? ¿Para quién tejeremos el peplo?
PISTETERO.
¿Por qué no escogemos a Minerva Poliada?
EVÉLPIDES.
¿Podrá estar bien arreglada una ciudad en que una mujer
vaya completamente armada y Clístenes se dedique a hilar?
PISTETERO.
¿Quién guardará el muro pelárgico?
LA
ABUBILLA.
Uno de los nuestros oriundo de Persia, que se proclama el
más valiente de todos, un pollo de Marte.
EVÉLPIDES.
¡Oh pollo señor! ¡Es un dios a propósito para vivir sobre
las piedras!
PISTETERO.
Ea, vete al aire, a ayudar a los albañiles que construyen
la muralla; llévales morrillos; desnúdate y haz mortero; sube la gamella; cáete
de la escala; pon centinelas; guarda el fuego bajo la ceniza; ronda con tu
campanilla, y duérmete; envía luego
dos heraldos, uno arriba a los dioses, otro abajo a los hombres, y después
vuelve a mi lado.
EVÉLPIDES.
PISTETERO.
Anda, amigo mío, a donde te envío; nada de cuanto te he
dicho puede hacerse sin ti. Yo voy a ofrecer un sacrificio a los nuevos dioses,
y a llamar al sacerdote para que presida la procesión. ¡Eh, tú, esclavo! trae
el canastillo y la sagrada vasija.
CORO.
Yo uno a las tuyas mis fuerzas y mi voluntad, y te
exhorto a dirigir a los dioses súplicas espléndidas y solemnes, y a inmolar una
víctima en acción de gracias. Entonemos en honor del dios canciones píticas
acompañadas por la flauta de Queris.
PISTETERO
(Al flautista).
Deja de soplar, Hércules. ¿Qué es eso? Por Júpiter,
muchos prodigios he visto, pero nunca a un cuervo con bozal. Sacerdote, cumple tu deber, y
sacrifica a los nuevos dioses.
EL
SACERDOTE.
Lo haré. ¿Dónde está el que tiene el canastillo? Rogad a
la Vesta de las aves, al milano protector del hogar, y a todos los pájaros,
olímpicos y olímpicas, dioses y diosas...
PISTETERO.
¡Salve, gavilán protector de Sunio, rey pelásgico!
EL
SACERDOTE.
Al cisne Pítico y Delio, a Latona madre de las
codornices, a Diana jilguero...
PISTETERO.
En adelante no habrá Diana Colenis, sino Diana jilguero.
EL
SACERDOTE.
A Baco pinzón, a Cibeles avestruz, augusta madre de los
dioses y los hombres...
PISTETERO.
¡Oh poderosa Cibeles avestruz, madre de Cleócrito!
EL
SACERDOTE.
Que den salud y felicidad a los nefelococigios y a sus
aliados de Quíos.
PISTETERO.
Me gusta ver en todas partes a los de Quíos.
EL
SACERDOTE.
A los héroes, a las aves, a los hijos de los héroes, al
porfirión, al pelícano, al pelecino, al fléxide, al tetraón, al pavo real, al
elea, a la cerceta, al elasa, a la garza, al mergo, al becafigo, al pavo...
PISTETERO.
Acaba, hombre infernal; acaba tus invocaciones.
Desdichado, ¿a qué víctimas llamas a los buitres y a las águilas de mar? ¿No
ves que un milano basta para devorar estas viandas? ¡Lárgate de aquí con tus
ínfulas! Ya ofreceré yo solo el sacrificio.
EL
SACERDOTE.
Es preciso que para la aspersión entone un nuevo himno
sacro y piadoso, e invoque a los dioses, a uno siquiera, si es que tenéis
bastantes provisiones, pues vuestras decantadas víctimas veo que se reducen a
barbas y cuernos.
PISTETERO.
Oremos al sacrificar a los dioses alados.
UN POETA.
Celebra, oh Musa, en tus himnos y canciones a la feliz
Nefelococigia.
PISTETERO.
¿Qué significa esto? Di, ¿quién eres?
EL POETA.
Yo soy un cantor melifluo, un celoso servidor de las
musas, como dice Homero.
PISTETERO.
Si eres esclavo, ¿cómo llevas largo el cabello?
EL POETA.
No es eso; todos los poetas somos celosos servidores de
las Musas, al decir de Homero.
PISTETERO.
Ya no me asombro: tu manto demuestra muchos años de
servicio. Pero, desdichado poeta, ¿qué mal viento te ha traído aquí?
EL POETA.
He compuesto versos en honor de vuestra Nefelococigia, y
muchos hermosos ditirambos y partenias, en
el estilo de Simónides.
PISTETERO.
¿Y cuándo los has compuesto?
EL POETA.
Hace mucho tiempo, mucho tiempo, que yo canto a esta
ciudad.
PISTETERO.
¡Pero si en este instante celebro la fiesta de su
fundación, y acabo de ponerla un nombre como a los niños de diez días!
EL POETA.
¡Qué importa! La voz de las Musas vuela como los más
rápidos corceles. ¡Oh tú, padre mío, fundador del Etna, tú cuyo nombre recuerda
los divinos templos, otórgame propicio los bienes que para ti desearías!
PISTETERO.
No nos vamos a quitar de encima esta calamidad, si no le
damos alguna cosa. Tú, que tienes
ese abrigo sobre la túnica, quítatelo y dáselo a este discretísimo poeta. Toma
este abrigo; pues me parece que estás tiritando.
EL POETA.
Mi Musa acepta regocijada este presente. Escucha tú estos
versos pindáricos...
PISTETERO.
¿No se marchará nunca este importuno?
EL POETA.
Sin
vestido de lino
Vaga
Estratón en el confín helado
Del
errabundo escita:
Burdo
manto le han dado,
Pero aún
túnica fina necesita.
¿Comprendes
lo que quiero decir?
PISTETERO.
Vaya si comprendo: quieres que te regale una túnica.
Quítatela: es preciso obsequiar a los poetas. Tómala, márchate.
EL POETA.
Me voy, y al irme compongo estos versos en honor de
vuestra ciudad:
Numen de
áureo trono,
Celebra
esta ciudad
Que tirita
a los soplos
De un
céfiro glacial.
Yo su
campiña fértil,
Vengo de
visitar,
Alfombrada
de nieve.
¡Tralalá,
tralalá!
(Vase.)
PISTETERO.
Sí, pero te escapas de estos helados campos con una buena
túnica. Jamás hubiera creído, Júpiter soberano, que ese maldito poeta pudiera
adquirir tan pronto noticias de esta ciudad. (Al sacerdote.) Coge la vasija y
da vuelta al altar.
EL
SACERDOTE.
¡Silencio!
UN
ADIVINO.
PISTETERO.
¿Quién eres tú?
EL
ADIVINO.
¿Quién soy? un adivino.
PISTETERO.
¡Vete en hora mala!
EL
ADIVINO.
Amigo mío, no desprecies las cosas divinas: hay una
profecía de Bacis que se refiere
claramente a Nefelococigia.
PISTETERO.
¿Por qué no me hablaste de ese oráculo antes de fundar la
ciudad?
EL
ADIVINO.
Un dios me lo impedía.
PISTETERO.
No hay inconveniente en que oigamos el vaticinio.
EL
ADIVINO.
«Cuando los lobos y las encanecidas cornejas habitaren
juntos en el espacio que separa a Corinto de Sicione...»
PISTETERO.
¿Pero qué tenemos que ver con los Corintios?
EL
ADIVINO.
Bacis, al expresarse de ese modo, se refería al aire.
«Sacrificad primeramente a Pandora un blanco vellocino; y después regalad al
profeta que interprete mis oráculos un buen vestido y zapatos nuevos...»
PISTETERO.
¿Están también los zapatos?
EL
ADIVINO.
Toma y lee. «Y dadle además una copa y un buen trozo de
las entrañas de la víctima.»
PISTETERO.
¿También hay que darle un trozo de las entrañas?
EL
ADIVINO.
Toma y lee. «Joven divino, si obedecieres mis mandatos,
serás un águila en las nubes: si no le das nada, ni tórtola, ni águila, ni pito
real.»
PISTETERO.
¿También está eso?
EL
ADIVINO.
Toma y lee.
PISTETERO.
Pero tu oráculo en nada se parece a otro que escribí yo
mismo bajo la inspiración de Apolo. «Cuando, sin que nadie le llame, venga un
charlatán a molestarte mientras estás ofreciendo un sacrificio, y pida una
porción de las entrañas, deberás molerle las costillas a palos.»
EL
ADIVINO.
Tú deliras.
PISTETERO.
Toma y lee. «Y no le perdones, aunque sea un águila en
las nubes, aunque sea Lampón, aunque sea el gran Diopites.»
EL
ADIVINO.
¿También está eso?
PISTETERO.
Toma y lee, ¡y lárgate al infierno!
EL
ADIVINO.
¡Ay, pobre de mí!
PISTETERO.
Pronto, pronto, vete a profetizar a otra parte.
Vengo a...
PISTETERO.
Otro importuno. ¿Qué te trae aquí? ¿Cuáles son tus
proyectos? ¿Qué te propones viniendo tan encopetado con tus coturnos?
METÓN.
Quiero medir las llanuras aéreas, y dividirlas en calles.
PISTETERO.
En nombre de los dioses, ¿quién eres?
METÓN.
¿Quién soy? Metón, conocido en toda la Grecia y en la
aldea de Colona.
PISTETERO.
Dime, ¿qué es eso que traes ahí?
METÓN.
Reglas para medir el aire. Pues todo el aire, en su forma
general, es enteramente parecido a un horno. Por tanto, aplicando por arriba esta
línea curva y ajustando el compás... ¿Comprendes?
PISTETERO.
Ni una palabra.
METÓN.
Con esta otra regla trazo una línea recta, inscribo un
cuadrado en el círculo, y coloco en su centro la plaza; a ella afluyen de todas
partes calles derechas, del mismo modo que del sol, aunque es circular, parten
rayos rectos en todas direcciones.
PISTETERO.
¡Este hombre es un Tales... Metón!
METÓN.
¿Qué?
PISTETERO.
Ya sabes que te quiero; pues bien, voy a darte un buen
consejo: márchate cuanto antes.
METÓN.
¿Pues qué peligro...?
PISTETERO.
Aquí, como en Lacedemonia, es costumbre expulsar a los
extranjeros, y en la ciudad llueven garrotazos.
METÓN.
¿Hay alguna sedición?
PISTETERO.
Nada de eso.
METÓN.
¿Pues qué?
PISTETERO.
Hemos tomado por unanimidad la resolución de echar a
todos los charlatanes.
METÓN.
Pues huyo.
PISTETERO.
Creo que ya es tarde: la tempestad estalla. (Le pega.)
METÓN.
¡Desdichado de mí! (Huye.)
PISTETERO.
¿No te lo decía hace tiempo? Vete con tus medidas a otra
parte.
UN
INSPECTOR.
PISTETERO.
¿Quién es este Sardanápalo?
EL
INSPECTOR.
Soy un inspector
designado por la suerte para vigilar en Nefelococigia.
PISTETERO.
¡Un inspector! ¿Quién te ha enviado?
EL
INSPECTOR.
PISTETERO.
¿Quieres recibir tu sueldo, y marcharte, sin tomarte la
menor molestia?
EL
INSPECTOR.
Sí, por cierto; precisamente tenía hoy necesidad de estar
en Atenas para asistirá la asamblea: tengo un asunto de Farnaces.
PISTETERO.
Toma y llévate esto; este será tu sueldo. (Le pega.)
EL
INSPECTOR.
¿Qué es esto?
PISTETERO.
Es la asamblea en que has de defender a Farnaces.
EL
INSPECTOR.
¡Sed testigos de que me pega! ¡A mí! ¡A un inspector!
PISTETERO.
¿No te irás con tus malditas urnas judiciales? Esto es
insoportable; ¡enviar inspectores a una ciudad antes de haberse ofrecido el
sacrificio de consagración!
UN
VENDEDOR DE DECRETOS.
«El nefelococigio que faltase a un ateniense...»
PISTETERO.
¿Qué nueva calamidad es esta, cargada de pergaminos?
EL
VENDEDOR DE DECRETOS.
Soy un vendedor de decretos, y vengo a venderos leyes
nuevas.
PISTETERO.
¿Cuáles?
EL
VENDEDOR DE DECRETOS.
«Los habitantes de Nefelococigia tendrán las mismas
leyes, pesos y medidas que los Olofixios.»
PISTETERO.
Ahora vas a conocer las de los Ototixios.
EL
VENDEDOR DE DECRETOS.
Eh, ¿qué haces?
PISTETERO.
¿No te largas con tus decretos? Pues te voy a aplicar
unos bien crueles.
EL
INSPECTOR (Volviendo).
Cito por injurias a Pistetero para el mes Muniquion.
PISTETERO.
¡Cómo! ¿Aún estabas ahí?
EL
VENDEDOR DE DECRETOS.
«El que expulsare a un magistrado y no le recibiese como
prescribe el edicto fijado en la columna...»
PISTETERO
(Al inspector).
¡Oh, desdicha! ¿Ahí estabas también tú?
EL
INSPECTOR.
¡Ya me las pagarás! Te he de hacer condenar a diez mil
dracmas de multa.
PISTETERO.
Yo haré pedazos tus urnas.
EL
INSPECTOR.
¿Te acuerdas de aquella tarde en que hiciste tus
necesidades junto a la columna de edictos?
PISTETERO.
Ea, echadle mano a ese. ¡Hola! parece que no te quedas.
EL
SACERDOTE.
Marchémonos de aquí cuanto antes, y sacrifiquemos dentro
el macho cabrío.
(Vanse
todos.)
CORO.
Ya todos los mortales ofrecerán sus votos y sacrificios a
mí que todo lo inspecciono y gobierno. Porque con mi vista abarco el mundo
entero y conservo los frutos en flor, destruyendo las infinitas castas de
animales que, en el seno de la tierra o en las ramas de los árboles, los
devoran antes de que hayan brotado del tierno cáliz. Yo mato los insectos que
corrompen con su fétido contacto los perfumados huertos; y todos los reptiles y
venenosos sapos mueren al golpe de mis forzudas alas.
¡Oh raza
afortunada la de las aves! ni en invierno tenemos necesidad de túnicas, ni en
estío nos molestan los abrasadores rayos de un sol canicular. En los valles
floridos, a la sombra del tupido follaje, hallo fresco reposo, mientras la
divina cigarra, enfurecida por el calor del mediodía deja oír su agudo canto:
cuevas profundas, en que jugueteo con las monteses ninfas, me abrigan en
invierno; y en primavera, picoteo las blancas y virginales bayas del mirto, y
saqueo los huertecillos de las Gracias.
Queremos
decir a los jueces una palabra sobre el premio: si nos lo adjudican, les
otorgaremos toda clase de bienes; bienes más preciosos que los que recibió el
mismo Paris. En primer lugar, cosa
la más apetecida por todos los jueces, las lechuzas de Laurium no os abandonarán jamás; habitarán
dentro de vuestras casas, anidarán en vuestros bolsillos y empollarán en ellos
pequeñas moneditas. Además vuestras habitaciones parecerán templos magníficos,
porque elevaremos sus techos en forma de alas de águila. Si conseguís una magistratura y queréis
robar algo, armaremos vuestras manos con las garras veloces del azor. Y si vais
a un banquete, os proveeremos de espaciosos buches. Pero si no nos adjudicáis
el premio, ya podéis proveeros de sombrillas como las de las estatuas; que el que no la lleve nos las pagará
todas juntas. Pues cuando salga ostentando su túnica blanca, todas las aves se
la mancharemos con nuestras inmundicias.
PISTETERO.
Aves, el sacrificio ha sido favorable; pero me extraña
que no venga de la muralla ningún mensajero para anunciamos cómo va la obra.
¡Ah! Ahí viene uno corriendo sin aliento.
MENSAJERO
PRIMERO.
¿Dónde, dónde está? ¿Dónde, dónde, dónde está? ¿Dónde,
dónde, dónde está? ¿Dónde está Pistetero, nuestro jefe?
PISTETERO.
Aquí estoy.
MENSAJERO
PRIMERO.
Tus murallas están construidas.
PISTETERO.
Muy bien.
MENSAJERO
PRIMERO.
Es una obra soberbia y hermosísima: la anchura del muro
es tan grande, que si Proxénides el fanfarrón y Teógenes se encontrasen sobre él dirigiendo dos
carros tirados por caballos tan grandes como el de Troya, pasarían sin
dificultad.
PISTETERO.
¡Magnífico!
MENSAJERO
PRIMERO.
Su largura (yo mismo la he medido) es de cien brazas.
PISTETERO.
¡Por Neptuno, qué largura! ¿Quiénes han construido tan
gigantesca muralla?
MENSAJERO
PRIMERO.
Las aves, y nadie más que las aves; allí no ha habido ni
albañiles egipcios, ni canteros; todo lo han hecho por sí mismas con una
habilidad asombrosa. De África vinieron cerca de treinta mil grullas que
descargaron su lastre de piedras,
las cuales, después de arregladas por el pico de los rascones, han servido para
los cimientos. Diez mil cigüeñas fabricaron los ladrillos. Los chorlitos y
demás aves fluviales subían al aire el agua de la tierra.
PISTETERO.
¿Quiénes traían el mortero?
MENSAJERO
PRIMERO.
Las garzas, en gamellas.
PISTETERO.
¿Pero cómo pudieron echarlo en las gamellas?
MENSAJERO
PRIMERO.
¡Oh, es una invención ingeniosísima! Los gansos revolvían
con sus patas, a guisa de paletas, el mortero, y después lo echaban en las
gamellas.
PISTETERO.
MENSAJERO
PRIMERO.
Era de ver cómo traían ladrillos los ánades. También
ayudaban a la faena las golondrinas trayendo mortero en el pico y la llana en
la cola, como si fuesen niños.
PISTETERO.
¿Qué necesidad habrá ya de pagar operarios? Pero dime:
¿quiénes labraron las maderas necesarias?
MENSAJERO
PRIMERO.
Los pelícanos, como habilísimos carpinteros, arreglaron
con sus picos las jambas de las puertas: cuando desbastaban las maderas, se oía
un ruido parecido al de los arsenales. Ahora está ya todo cerrado con puertas y
cerrojos y cuidadosamente guardado: las rondas recorren el recinto con sus
campanillas: hay centinelas en todas partes, y antorchas en las torres. Pero yo
corro a lavarme: a ti te toca terminar la obra.
CORO.
Vamos, ¿qué haces? ¿Te admiras de la prontitud con que el
muro ha sido construido?
PISTETERO.
Sí por cierto; la cosa es digna de admiración; parece una
fábula. Pero ahí viene uno de los centinelas de la ciudad con marcial
continente.
MENSAJERO
SEGUNDO.
¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!
PISTETERO.
¿Qué ocurre?
MENSAJERO
SEGUNDO.
Una cosa indigna. Uno de los dioses de la corte de
Júpiter ha atravesado las puertas y ha penetrado en el aire burlando la
vigilancia de los grajos qué dan la guardia de día.
PISTETERO.
¡Oh indigno y criminal atentado! ¿Qué dios es?
MENSAJERO
SEGUNDO.
Lo ignoramos; solo sabemos que tiene alas.
PISTETERO.
¿Por qué no habéis lanzado en seguida guardias en su
persecución?
MENSAJERO
SEGUNDO.
Hemos enviado tres mil azores, arqueros de caballería:
todas las aves de ganchudas uñas, cernícalos, gerifaltes, buitres, águilas y
gavilanes vuelan en su busca, haciendo resonar el aire con el rápido batir de
sus alas. El dios no debe estar lejos; si no me engaño, helo ahí.
PISTETERO.
¡Armémonos de la honda y el arco! Aquí, mis amigos;
disparad todos vuestras saetas; dadme una honda.
CORO.
Declárase una guerra, una guerra nefanda entre nosotros y
los dioses. Hijos del Erebo, guardad cuidadosos el aire y las nubes que le
entoldan para que ningún dios las atraviese: vigilad todo el circuito. Ya se
oye cerca un ruido de alas, como el de un inmortal cuando vuela.
(Iris
aparece volando y es detenida.)
PISTETERO.
¡Eh, tú! ¿A dónde vuelas? Estate quieta, inmóvil. ¡Alto!
detente. ¿Quién eres? ¿De qué país? Es preciso que digas de dónde vienes.
IRIS.
Vengo de la mansión de los dioses olímpicos.
PISTETERO.
¿Cómo te llamas, navío o casco?
IRIS.
La rápida Iris.
PISTETERO.
IRIS.
¿Qué dices?
PISTETERO.
¿No habrá un gerifalte que emprenda el vuelo y se lance sobre
ella?
IRIS.
¿Que se lance sobre mí? ¿Qué significan estos ultrajes?
PISTETERO.
Vas a llorar a mares.
IRIS.
Pero esto es absurdo.
PISTETERO.
¿Por qué puerta has penetrado en la ciudad, gran malvada?
IRIS.
¿Por qué puerta? No lo sé, por vida mía.
PISTETERO.
¿Oís cómo se burla de nosotros? ¿Te has presentado al capitán
de los grajos? Responde. ¿Traes un pase autorizado con el sello de las
cigüeñas?
IRIS.
¿Qué es esto?
PISTETERO.
¿No lo traes?
IRIS.
¿Estás en tu juicio?
PISTETERO.
¿No te ha enviado un salvoconducto algún jefe de las
aves?
IRIS.
Nadie me ha enviado nada, imbécil.
PISTETERO.
¿Y te has atrevido a atravesar en silencio el aire y una
ciudad extraña?
IRIS.
¿Pues por dónde hemos de pasar los dioses?
PISTETERO.
No lo sé; pero no por aquí. Lo cierto es que tú has
delinquido. ¿Sabes que si te aplicase la pena merecida nos apoderaríamos de ti
y moriría la bella Iris?
IRIS.
Soy inmortal.
PISTETERO.
No por eso dejarías de morir. Esto es insoportable;
mandamos en todos los seres del mundo, y ahora nos vienen los dioses
echándoselas de insolentes y negándose a obedecer a los más fuertes. Vamos,
contesta: ¿a dónde dirigías tu vuelo?
IRIS.
¿Yo? Llevo encargo de mi padre de ordenar a los hombres
que ofrezcan víctimas a los dioses del Olimpo; que inmolen bueyes y ovejas, y
llenen las calles con el humo de los sacrificios.
PISTETERO.
¿Qué dices? ¿A qué dioses?
IRIS.
¿A qué dioses? a nosotros, a los dioses del cielo.
PISTETERO.
¿Pero vosotros sois dioses?
IRIS.
¿Pues qué, hay otros?
PISTETERO.
Las aves son ahora los dioses de los hombres; y a ellas,
por vida mía, han de ofrecerse los sacrificios y no a Júpiter.
IRIS.
¡Ah, insensato, insensato! No provoques las graves iras
de los dioses; guarda que la Justicia, armada del terrible azadón de Júpiter,
no extirpe de raíz toda tu raza; teme que sus rayos vengadores te reduzcan a cenizas
con todos tus palacios.
PISTETERO.
Oye, déjate de palabras campanudas, y estate quieta.
Dime, ¿crees que me vas a espantar con ese lenguaje, como si fuese algún
esclavo lidio o de la Frigia? ¿Sabes
que si Júpiter me molesta más, enviaré águilas igníferas que incendien su
morada y el palacio de Anfión?
¿Sabes que puedo mandar al cielo contra él más de seiscientos alados
porfiriones cubiertos con pieles
de leopardos? Y cuenta que uno solo le dio mucho que hacer. Y a ti, bella
mensajera, como me incomodes, te agarro y te doy a conocer, con asombro tuyo,
que, aunque viejo, pocos me ganan en las lides amorosas.
IRIS.
¡Ojalá revientes, estúpido, con tus dicharachos!
PISTETERO.
¿Te marchas o no? ¡Largo pronto! ¡Cuidado con los golpes!
IRIS.
¡Ah! Mi padre castigará tu insolencia.
PISTETERO.
¡Vaya un susto! ¡Vuela, vuela, vete a llenar con el humo
y el hollín de tus rayos a otros más jóvenes que yo!
CORO.
Queda prohibido a los dioses, hijos de Júpiter, el paso
por nuestra ciudad; prohíbese también a los mortales cuando les ofrezcan
sacrificios el que hagan atravesar por aquí el humo de sus víctimas.
PISTETERO.
Temo que no acabe de volver el heraldo que envié a los
hombres.
UN
HERALDO.
¡Oh feliz Pistetero! ¡Oh sapientísimo! ¡Oh celebérrimo!
¡Oh sapientísimo! ¡Oh hermosísimo! ¡Oh felicísimo! ¡Oh...! Vamos, apunta.
PISTETERO.
¿Qué estás diciendo?
EL
HERALDO.
Todos los pueblos, admirados de tu sabiduría, te ofrecen
esta corona de oro.
PISTETERO.
La acepto; pero ¿por qué los pueblos me decretan tan
señalado honor?
EL
HERALDO.
Tú no sabes, ilustre fundador de una ciudad aérea, la
inmensa estimación en que te tienen los mortales, y la afición extraordinaria
que se ha desarrollado por este país. Antes de que echases los cimientos de
esta célebre ciudad, todos los hombres atacados de la lacomanía se dejaban
crecer el cabello, ayunaban, iban sucios, vivían socráticamente, y llevaban bastones espartanos; ahora ha
cambiado la moda y les domina la manía por las aves, complaciéndose en imitar
su modo de vivir. En cuanto apunta el alba saltan todos a la vez del lecho y
vuelan, como nosotros, a su pasto habitual; después se dirigen a los carteles y
se atracan de decretos. Su manía por las aves es tan grande que muchos llevan
nombres de volátiles: un tabernero cojo, se llama perdiz; Menipo, golondrina;
Opuncio, cuervo tuerto; Filocles,
alondra; Teógenes, ganso-zorro; Licurgo, ibis; Querefonte, murciélago;
Siracosio, urraca; y Midias se llama codorniz, porque, en efecto, tiene toda la
traza de una codorniz muerta de un porrazo en la cabeza. La pasión por las aves hace que se
canten versos, donde es de rigor hablar de golondrinas, de penélopes, de
gansos, de palomas, o por lo menos algo de plumaje. Así anda la cosa. ¡Ah!, te
advierto que pronto vendrán aquí más de diez mil personas pidiéndote alas y
garras ganchudas; por tanto, ya puedes hacer provisión de plumas para los
nuevos huéspedes.
PISTETERO.
Entonces no hay tiempo que perder. Anda, llena de alas
todos los cestos y cestillos, y dile a Manes que me los traiga aquí. Yo me encargo
de recibir a los que vengan.
CORO.
Esta ciudad va a ser pronto muy populosa.
PISTETERO.
Si la fortuna nos favorece.
CORO.
El amor a nuestra ciudad se propaga.
PISTETERO
(Al esclavo).
Trae eso pronto.
CORO.
¿Qué falta en ella de cuanto puede hacer grata su
mansión? Aquí se encuentran la Sabiduría, el Amor, las Gracias inmortales, y el
plácido semblante de la querida Paz.
PISTETERO.
¡Qué calma, justo cielo! Trae eso pronto.
CORO.
Sí, traed pronto un cesto lleno de alas; y tú hazle
moverse a palos, como lo hago yo: es más pesado que un asno.
PISTETERO.
Sí, Manes es un perezoso.
CORO.
Tú, pon en orden esas alas, las musicales, las proféticas, las
marítimas. Procura después que
cada uno se lleve las que le convengan.
PISTETERO
(A Manes).
¡Ah, lo juro por los cernícalos! Esta no te la perdono,
si continúas tan perezoso y tardón.
UN
PARRICIDA.
¡Quién fuera el águila de altísimo vuelo, para cernerse
sobre las ondas cerúleas del estéril mar!
PISTETERO.
Veo que el mensajero dijo la verdad; ahí viene no sé
quién cantando a las águilas.
EL
PARRICIDA.
¡Oh, nada hay tan delicioso como volar! Yo adoro las
leyes de los pájaros; la afición a las aves me vuelve loco; yo vuelo, yo quiero
vivir con vosotros, soy apasionado por vuestras leyes.
PISTETERO.
¿Por cuáles?, pues las aves tienen muchas clases.
EL
PARRICIDA.
Por todas; más principalmente por esa en virtud de la
cual es lícito a un pájaro morder a su padre y retorcerle el pescuezo.
PISTETERO.
Es verdad, nosotros tenemos por muy valiente al que,
pollito aún, pega a su padre.
EL
PARRICIDA.
Por eso he emigrado a esta región; deseo estrangular a mi
padre para heredar todos sus bienes.
PISTETERO.
Pero tenemos también otra ley inscrita en la columna de
edictos de las cigüeñas: «Cuando la cigüeña haya criado sus hijos y los haya
puesto en disposición de volar, estos tendrán a su vez obligación de alimentar
a sus padres.»
EL
PARRICIDA.
¡Pues bastante he ganado con venir, si tengo que sostener
a mi padre!
PISTETERO.
No, no; ya que con tan benévolas intenciones has acudido
a nosotros, te emplumaré como conviene a un pájaro huérfano. Además, pobre joven, te daré un buen
consejo que aprendí en mi niñez. No maltrates a tu padre; coge esta ala en una
mano y ese espolón en la otra; figúrate que tienes una cresta de gallo, y haz
guardias, vete a la guerra, vive de tu estipendio, y deja en paz a tu padre. Ya
que eres tan belicoso, dirige tu vuelo a Tracia, y
combate allí.
EL
PARRICIDA.
¡Por Baco! Tu consejo me parece excelente, y lo seguiré.
PISTETERO.
Obrarás discretamente.
Vuelo al
Olimpo con ligeras alas;
Y a su
batir resuelto voy cruzando
Las sendas
de la gaya poesía...
PISTETERO.
Este va a necesitar un fardo entero de alas.
CINESIAS.
Otras
nuevas buscando,
Mi cuerpo
y mi indomable fantasía...
PISTETERO.
Un abrazo a Cinesias, el Tilo. ¿A qué vienes dando vueltas a tu pie
cojo?
CINESIAS.
Quiero,
ansío ser ave,
Ser
ruiseñor, y con gorjeo suave...
PISTETERO.
Basta de música, y explícame tus deseos.
CINESIAS.
Ponme alas; pues anhelo subir por los aires y recoger de
las nubes nuevos cantos, aéreos y caliginosos.
PISTETERO.
¿Cantos en las nubes?
CINESIAS.
Sí; en ellas estriba hoy todo nuestro arte. Los más
brillantes ditirambos son aéreos, caliginosos, tenebrosos, alados. Pronto lo
verás; escucha.
PISTETERO.
No, no oigo nada.
CINESIAS.
Pues oirás, mal que te pese:
En forma
de volátil,
Cuyo
ondulante cuello
Surca del
éter fúlgido
La azul
inmensidad,
Recorreré
los aires,
Que te
obedecen ya.
PISTETERO.
CINESIAS.
¡Ah!
¡Quién con vuelo rápido
Al hálito
vehemente
Cediendo
de los ímpetus
De
indómito Aquilón
Pudiera
sobre el piélago
Cernerse
bramador!
PISTETERO.
¡Ya reprimiré yo tus hálitos o ímpetus...!
CINESIAS.
Y ora
hacia el Noto cálido
Enderezando
el vuelo,
Ora a la
región frígida
Del Bóreas
glacial,
El oleaje
férvido
Del
éter...
(A
Pistetero que le apalea.) ¡Anciano! ¡Anciano! ¡Vaya una hábil e ingeniosa
invención!
PISTETERO.
¿No deseabas volar?
CINESIAS.
¿Así tratas a un poeta ditirámbico que se disputan todas
las tribus?
PISTETERO.
¿Quieres quedarte con nosotros y enseñar a la tribu
Ceropia un coro de aves voladoras, tan ligero como el espirituado Leotrófides?
Te burlas de mí, está claro. Pero no importa; ten
presente que no descansaré un momento hasta que surque los aires, transformado
en pájaro.
UN
DELATOR.
Di,
golondrina de alas esplendentes
Por la
Febea luz tornasoladas,
¿Quiénes
son esas aves indigentes
De tan
varios plumajes adornadas?
PISTETERO.
El mal toma serias proporciones. Otro se acerca zumbando.
EL
DELATOR.
«Por la Febea luz tornasoladas,» repito.
PISTETERO.
Creo que esa canción la dirige a su manto, porque parece
que tiene necesidad urgente de la vuelta de la golondrina.
EL
DELATOR.
¿Quién distribuye alas a los recién llegados?
PISTETERO.
Yo mismo; pero es preciso decir para qué.
EL
DELATOR.
¡Alas! ¡Necesito alas! No
me preguntes más.
PISTETERO.
¿Acaso quieres volar en línea recta a Pelene?
EL
DELATOR.
No; soy acusador de las islas, delator...
PISTETERO.
¡Buen oficio!
EL
DELATOR.
E investigador de pleitos. Quiero tener alas, para girar
con rapidez mi visita a las ciudades y citar a los acusados.
PISTETERO.
¿Los citarás mejor teniendo alas?
EL
DELATOR.
No, por Júpiter; pero podré librarme de ladrones, y
volveré como las grullas, trayendo por lastre infinitos procesos.
PISTETERO.
¿Y esa es tu ocupación? ¡Cómo! ¿Siendo joven y robusto,
te dedicas a delator de extranjeros?
EL
DELATOR.
¿Qué he de hacer? No sé cavar.
PISTETERO.
Pero, por Júpiter, hay otras ocupaciones con las cuales
un hombre de tu edad puede ganarse honradamente la vida, sin acudir al vil oficio
de zurcidor de procesos.
EL
DELATOR.
Amigo mío, no te pido consejos, sino alas.
PISTETERO.
Ya te doy alas con mis palabras.
EL
DELATOR.
¿Cómo puedes con palabras dar alas a un hombre?
PISTETERO.
Las palabras dan alas a todos.
EL
DELATOR.
¿A todos?
PISTETERO.
¿No has oído muchas veces en las barberías a los padres
decir hablando de los jóvenes?: «Son terribles las alas para la equitación que
le han dado a mi hijo las palabras de Diítrefes. » «Pues yo, dice otro, tengo un hijo
que en alas de la imaginación ha dirigido su vuelo a la tragedia.»
EL
DELATOR.
¿Luego las palabras dan alas?
PISTETERO.
Ya te he dicho que sí: ellas elevan el espíritu, y
levantan al hombre. He ahí por qué con mis útiles consejos pretendo yo levantar
tu vuelo a una profesión más honrada.
EL
DELATOR.
Pero yo no quiero.
PISTETERO.
¿Pues qué harás?
EL
DELATOR.
No quiero desmerecer de mi raza: el oficio de delator
está vinculado a mi familia. Dame, pues, rápidas y ligeras alas de gavilán o
cernícalo, para que, en cuanto haya citado a los isleños, pueda regresar a
Atenas a sostener la acusación, y volar en seguida a las islas.
PISTETERO.
Comprendo: a fin de que el isleño sea condenado aquí,
antes de llegar.
EL
DELATOR.
Precisamente.
PISTETERO.
Y después, mientras él navega en esta dirección, volar tú
allá y arrebatarle todos sus bienes.
EL
DELATOR.
Exacto. Deseo ser un verdadero trompo.
PISTETERO.
A propósito de trompos: tengo aquí excelentes alas de
Córcira.
EL
DELATOR.
¡Pobre de mi! ¡Es un azote!
PISTETERO.
¡Fuera de aquí volando! ¡Lárgate pronto, canalla
insoportable! Ya te haré yo sentir lo que se gana corrompiendo la justicia. (Al
esclavo.) Recojamos las alas y partamos.
CORO.
En nuestro vuelo hemos visto mil maravillas, mil
increíbles prodigios. Hay lejos de Cardias un árbol muy extraño llamado Cleónimo,
completamente inútil, aunque grande y tembloroso. En primavera produce siempre,
en vez de yemas, delaciones; y en invierno, en vez de hojas, deja caer escudos.
Hay también un país, junto a la región de las sombras en los desiertos oscuros,
donde los hombres comen y hablan con los héroes, excepto a la noche; cuando
esta llega su encuentro es peligroso. Pues si algún mortal tropezare entonces
con Orestes, sería despojado de
sus vestidos, y molido a palos de pies a cabeza.
PROMETEO.
¡Qué desgraciado soy! Procuremos que no me vea Júpiter.
¿Dónde está Pistetero?
PISTETERO.
¡Oh! ¿Qué es esto? ¿Un hombre tapado?
PROMETEO.
¿Ves algún dios detrás de mí?
PISTETERO.
Ninguno, por vida mía. ¿Pero quién eres?
PROMETEO.
¿Qué hora es?
PISTETERO.
¿Qué hora? Un poco más del medio día. ¿Pero quién eres?
PROMETEO.
¿Es el declinar del día o más tarde?
PISTETERO.
¡Oh, qué fastidioso!
PROMETEO.
¿Qué hace Júpiter? ¿Disipa o amontona las nubes?
PISTETERO.
¡Vete al infierno!
PROMETEO.
Entonces, me descubriré.
PISTETERO.
¡Oh, querido Prometeo!
PROMETEO.
¡Cuidado! ¡Cuidado! ¡No grites!
PISTETERO.
¿Qué ocurre?
PROMETEO.
¡Silencio! No pronuncies mi nombre; soy perdido si
Júpiter me llega a ver aquí. Si me cubres la cabeza con esta sombrilla, para
que no me vean los dioses, te contaré todo lo que pasa en el Olimpo.
PISTETERO.
¡Ah, ja, ja! Idea excelente y digna de Prometeo. Métete
pronto aquí debajo, y habla sin temor.
PROMETEO.
Escucha, pues.
PISTETERO.
Soy todo oídos: habla.
PROMETEO.
Júpiter está perdido.
PISTETERO.
¿Desde cuándo?
PROMETEO.
Desde que habéis fundado esta ciudad en el aire. Ningún
mortal ofrece ya sacrificios a los dioses, y no sube hasta nosotros el humo de
las víctimas. Privados de todas sus ofrendas, ayunamos como en las fiestas de
Ceres. Los dioses bárbaros,
enfurecidos por el hambre, gritan como los ilirios, y amenazan bajar contra
Júpiter, si no hace que vuelvan a abrirse los mercados, para que puedan
introducirse las entrañas de las víctimas.
PISTETERO.
¿Luego hay dioses bárbaros que habitan encima de
nosotros?
PROMETEO.
¿Pues si no hubiese dioses bárbaros, cuál podría ser el
patrón de Execéstides?
PISTETERO.
¿Y cómo se llaman esos dioses?
PROMETEO.
PISTETERO.
Comprendo. De
ahí, sin duda, viene la frase: «Ojalá te trituren».
PROMETEO.
Está claro. Te aseguro que pronto bajará para estipular
las condiciones de paz una embajada de Júpiter y de los Tríbalos superiores;
pero vosotros no debéis hacer pacto alguno mientras Júpiter no restituya el
cetro a las aves, y te dé por esposa a la Soberanía.
PISTETERO.
¿Quién es la Soberanía?
PROMETEO.
Una hermosísima doncella que maneja los rayos de Júpiter
y a cuyo cargo están todas las demás cosas: la prudencia, la equidad, la
modestia, la marina, las calumnias, la tesorería, y el pago del trióbolo.
PISTETERO.
De modo que es un administrador universal.
PROMETEO.
Precisamente. De suerte que si te la otorga, serás dueño
de todo. He venido para darte este consejo, pues siempre he querido mucho a los
hombres.
PISTETERO.
Es verdad; tú eres el único dios a quien debemos los
asados.
PROMETEO.
Sabes también que aborrezco a todos los dioses.
PISTETERO.
Sí, tú fuiste siempre su enemigo.
PROMETEO.
Un verdadero Timón para ellos. Pero dame la sombrilla
para que me vaya cuanto antes; si Júpiter me ve así desde el cielo, creerá que
voy siguiendo a una canéfora.
PISTETERO.
Para fingir mejor, coge este asiento y llévatelo con la
sombrilla.
CORO.
En el país de los Esciápodas hay un pantano donde evoca los
espíritus el desaseado Sócrates; allá fue también Pisandro, pidiendo ver su alma que le había
abandonado en vida; traía un camello por víctima en vez de un cordero, y cuando
lo degolló, dio un paso atrás como Ulises:
después Querefonte, el
murciélago, subió del Orco para beber la sangre.
NEPTUNO.
Estamos a la vista de Nefelococigia, a cuya ciudad
venimos. (Al Tríbalo.) ¡Eh, tú! ¿Qué haces? ¿Te echas el manto sobre el hombro
izquierdo? ¿No lo cambias al derecho?
¡Cómo, desdichado!, ¿tendrás el mismo defecto que Lespodias? ¡Oh democracia! ¿A dónde vamos a
parar? ¡Verse los dioses obligados a elegir semejante embajador!
EL
TRÍBALO.
Déjame en paz.
NEPTUNO.
¡Peste de estúpido! No he visto dios más bárbaro. Dime,
Hércules, ¿qué haremos?
HÉRCULES.
Ya lo has oído; mi intención es estrangular, sea el que
sea, a ese hombre que nos ha bloqueado.
NEPTUNO.
Pero, amigo mío, si hemos sido enviados a tratar de la
paz.
HÉRCULES.
Razón de más para estrangularle.
Alárgame el rallador; trae silfio; dame queso; atiza los
carbones.
Mortal, tres dioses te saludan.
PISTETERO.
Lo cubro de silfio.
HÉRCULES.
¿Qué carnes son esas?
PISTETERO.
Son unas aves que se han sublevado y conspirado contra el
partido popular.
HÉRCULES.
¿Y las cubres primero de silfio?
PISTETERO.
¡Salud, oh Hércules! ¿Qué ocurre?
HÉRCULES.
Venimos enviados por los dioses para cortar la guerra.
UN CRIADO.
No hay aceite en la alcuza.
PISTETERO.
Pues estos pajarillos tienen que estar bien rehogados.
HÉRCULES.
Nosotros nada ganamos con hacer la guerra; y vosotros, si
sois nuestros amigos, tendréis siempre agua de lluvia en las balsas y
disfrutaréis de días serenos. Venimos perfectamente autorizados para estipular
sobre este punto.
PISTETERO.
Nunca hemos sido los agresores, y ahora mismo estamos
dispuestos a hacer la paz que deseáis si os avenís a una condición equitativa:
tal es la de que Júpiter nos devuelva el cetro a las aves. Después de arreglado
este particular, invito a los embajadores a comer.
HÉRCULES.
Por mí eso basta, y declaro...
NEPTUNO.
¿Qué? ¡Desdichado! Eres glotón e imbécil. ¿Así piensas
despojar del mando a tu padre?
PISTETERO.
Te equivocas. ¿Acaso no seréis más poderosos si las aves
reinan sobre la tierra? Ahora, al abrigo de las nubes y bajando la cabeza, los
mortales perjuran impunemente de vosotros; pero si tuvieseis por aliadas a las aves,
cuando alguno jurase por el cuervo y por Júpiter, el cuervo se acercaría
furtivamente al perjuro, y le saltaría un ojo de un picotazo.
NEPTUNO.
HÉRCULES.
Me parece lo mismo.
PISTETERO
(Al Tríbalo).
Y tú, ¿qué opinas?
EL
TRÍBALO.
PISTETERO.
¿Lo ves? Es de la misma opinión. Oíd otra de las ventajas
que nuestra alianza os proporcionará. Si un hombre ofrece un sacrificio a
alguno de vosotros, y después difiere su realización diciendo: «Los dioses
tendrán paciencia», y por avaricia no cumple su voto, nosotros le obligaremos.
NEPTUNO.
¿Cómo? ¿De qué manera?
NEPTUNO.
Cuando nuestro hombre esté contando su dinero, o sentado
en el baño, un gavilán le arrebatará, sin que lo note, el precio de dos ovejas
y se lo llevará al dios burlado.
HÉRCULES.
Confirmo mi declaración de que debe devolvérsele el
cetro.
NEPTUNO.
Pregunta a Tríbalo.
HÉRCULES.
¡Eh, Tríbalo! ¿Quieres... una paliza?
EL
TRÍBALO.
Saunaca bactaricrousa.
HÉRCULES.
Dice que con mucho gusto.
NEPTUNO.
Si ambos sois de esa opinión, yo me adhiero a ella.
HÉRCULES.
Consentimos en la devolución del cetro.
PISTETERO.
¡Por vida mía, si me olvidaba de otra condición! Dejo a
Júpiter su Juno; pero exijo que me dé por esposa a la joven Soberanía.
NEPTUNO.
Está visto que no quieres la paz. Retirémonos.
PISTETERO.
Poco me importa. — Cocinero, que esté sabrosa la salsa.
HÉRCULES.
¡Qué particular es este Neptuno! ¿A dónde vas? ¿Hemos de
emprender la guerra por una mujer?
NEPTUNO.
¿Pues qué hemos de hacer?
HÉRCULES.
¿Qué? La paz.
NEPTUNO.
¡Cómo! ¿No conoces, imbécil, que te está engañando? Tú
mismo te arruinas. Si Júpiter muere después de haberle entregado el mando,
quedarás reducido a la miseria, pues a ti han de pasar todos los bienes que tu
padre deje a su muerte.
PISTETERO.
¡Ah, desdichado! ¡Cómo trata de confundirte! Ven acá y te
diré lo que hace al caso. Tu tío te engaña, pobre amigo; según la ley, no
puedes heredar ni un hilo de los bienes paternos, porque eres hijo bastardo y
no legítimo.
HÉRCULES.
¿Yo bastardo? ¿Qué dices?
PISTETERO.
La pura verdad: por ser hijo de una mujer extranjera. Y
si no, dime: ¿cómo Minerva, siendo hembra, pudiera ser única heredera de
Júpiter, si tuviera hermanos legítimos?
HÉRCULES.
¿Y si mi padre al morir me lega la parte correspondiente
a los bastardos?
PISTETERO.
HÉRCULES.
¿Luego ningún derecho tengo a suceder a mi padre?
PISTETERO.
Ninguno absolutamente. Dime: ¿tuvo tu padre cuidado de
inscribirte en el registro de alguna tribu?
HÉRCULES.
No por cierto; y a la verdad esto me admiraba.
PISTETERO.
Déjate de miradas feroces y de amenazas al cielo. Vive
con nosotros, que yo te nombraré rey, y te procuraré una vida a pedir de boca.
HÉRCULES.
Pues bien, creo justa tu petición de la doncella y te la
concedo.
PISTETERO.
Y tú ¿qué dices?
NEPTUNO.
Yo me opongo.
PISTETERO.
La resolución del asunto depende del Tríbalo. ¿Qué opinas
tú?
EL
TRÍBALO.
La grande y hermosa doncella, la Soberanía, al pájaro la
concedo.
HÉRCULES.
Dice que la concede.
NEPTUNO.
No, por Júpiter, no dice que se la concede sino en caso
de que emigre como las golondrinas.
PISTETERO.
Luego dice que es necesario concedérsela a las
golondrinas. Arreglaos los dos como podáis, y estipulad las condiciones: yo,
puesto que así os agrada, me callaré.
HÉRCULES.
Nos place concederte cuanto pides. Vente pronto con
nosotros al cielo, y te se entregará la Soberanía y todo lo demás.
PISTETERO.
Estas aves han sido muertas con mucha oportunidad para
las bodas.
HÉRCULES.
¿Queréis que entretanto me quede yo a asarlas? Vamos,
idos.
NEPTUNO.
¿Tú asarlas? Eres muy glotón. ¿No vienes con nosotros?
HÉRCULES.
¡Qué bien lo hubiera pasado!
PISTETERO.
Traedme un vestido nupcial.
CORO.
En Fanes,
junto a la Clepsidra, vive la pérfida nación de los Englotogastros, que siegan, siembran, vendimian y
recogen los higos con la lengua;
son de raza bárbara, y entre ellos se encuentran los Gorgias y Filipos. Estos Filipos Englotogastros han sido
la causa de que se introdujese en el Ática la costumbre de cortar aparte la
lengua de las víctimas.
UN
MENSAJERO.
¡Oh vosotros cuya dicha no puede expresarse con palabras,
raza de las aves tres veces feliz, recibid al nuevo rey en vuestras afortunadas
mansiones! Ya se acerca a su palacio resplandeciente de oro, rodeado de un
esplendor que envidiarían los astros: el claro sol no ha brillado nunca tanto
como la esposa que trae consigo, beldad incomprensible en cuya diestra vibra el
alado rayo de Júpiter: los más deliciosos perfumes suben hasta el cielo.
¡Espectáculo encantador! Una nube de perfumes impulsada por los Céfiros se
eleva en ondulante columna. Hele ahí. Musa divina, abre tus sagrados labios, y
entona cantos propicios.
SEMICORO.
¡Atrás! ¡A la derecha! ¡A la izquierda! ¡Adelante! ¡Revolotead en torno de ese mortal
feliz, que la fortuna colme de sus bienes! ¡Ah! ¡Qué gracia! ¡Qué hermosura!
¡Oh matrimonio dichoso para esta ciudad! ¡Gloria a ese hombre! Él ha abierto
nuevos e inmensos horizontes a las aves. Saludadle con el canto nupcial;
saludad también a su esposa la Soberanía.
SEMICORO.
Entre semejantes himnos enlazaron las Parcas a la
olímpica Juno con el rey de los dioses, de sublime trono. ¡Oh Himeneo!
¡Himeneo! El sonrosado Amor de áureas alas tenía las riendas y dirigía el carro
en las bodas de Júpiter y la celeste Juno. ¡Oh Himeneo! ¡Himeneo!
PISTETERO.
Me deleitan vuestros himnos, me complacen vuestros
cantos, me hechizan vuestras palabras. Celebrad ahora el mugir de los truenos
subterráneos, los relámpagos brillantes del nuevo Júpiter, y sus terribles y
deslumbradores rayos.
CORO.
¡Oh áureo fulgor del relámpago! ¡Oh dardos inflamados de
Júpiter! ¡Oh mugidos subterráneos y retumbantes truenos, nuncios de la lluvia!
En adelante, por orden de nuestro rey, haréis temblar la tierra. A la posesión
de la bella Soberanía debe este poder inmenso. ¡Oh Himeneo! ¡Himeneo!
PISTETERO.
Aves de toda especie, seguidme al palacio de Júpiter y al
tálamo nupcial. Dame la mano, esposa querida. Cógeme de las alas, y bailemos.
Yo te elevaré por los aires.
CORO.
¡Ea! ¡Ea! ¡Peán! ¡Viva el ilustre vencedor! ¡Viva el más
grande de los dioses!
FIN DE LAS
AVES.
Lisístrata,
como quien dice Pacífica, pues la etimología de esta palabra hace pensar en el
licenciamiento de las tropas, es un
nombre muy adecuado a la protagonista de una comedia cuyo objeto, como el de
Los Acarnienses, Las Aves y La Paz, es apartar a los atenienses de una guerra
interminable y desastrosa.
Lisístrata,
esposa de uno de los ciudadanos más influyentes de Atenas, harta de los males
de la guerra que afligen a su patria, y viendo el ningún interés que el pueblo
manifiesta por terminarlos, decídese a hacerlo por sí misma, reuniendo al
efecto a las mujeres de su país y de los demás pueblos beligerantes, y
comprometiéndolas solemnemente a abstenerse de todo trato con sus maridos
mientras estos no estipulen la deseada paz. Al mismo tiempo que se pacta esta
resistencia pasiva, otras mujeres se apoderan de la ciudadela y se hacen cargo
del tesoro en ella custodiado, persuadidas de que la falta de recursos
contribuirá no menos que los estímulos del amor, a la pacificación de Grecia.
En efecto, el miedo de perder su salario de jueces trae pronto a las puertas de
la ciudadela una turba de viejos animados de proyectos incendiarios, que son rechazados
mediante un diluvio de agua y otro de desvergüenzas, que las sitiadas y el
refuerzo de otra legión mujeril arrojan sin consideración sobre todos ellos.
Un
magistrado que acude después es también víctima del descoco femenino, y ve
arrollados y sopapeados por la nata y flor de las verduleras atenienses a todos
los arqueros de su guardia.
No
obstante este triunfo, la situación va haciéndose insostenible dentro y fuera
de la ciudadela. A Lisístrata le cuesta un trabajo infinito evitar la deserción
de sus soldados, que inventan mil pretextos especiosos para volver a sus casas;
mientras los hombres no aciertan a vivir más tiempo separados de sus mujeres.
En esto
llega un heraldo de Lacedemonia, pintando con vivos colores los males que
también allí afligen al sexo feo; en vista de lo cual, hay mutuo envío de
embajadores entre ambas ciudades, y se llega por fin a estipular la paz. Una
vez aceptado este acuerdo, ábrense las puertas de la ciudadela, las mujeres se
reúnen a sus esposos, y las ciudades rivales olvidan sus rencores, entre
cantos, danzas y festines, himnos a los dioses, burlas y algazara.
Lo que más
llama la atención en esta comedia es, además de la libertad con que el poeta
trata en ella de los asuntos más graves del Estado, la obscenidad abominable
que en ella domina, tanto en el asunto, como en los cuadros y detalles.
Ya en las
otras piezas de Aristófanes habrán podido observar nuestros lectores cuán poco
se respeta el pudor y la decencia en el teatro griego, por más que hemos
tratado de disimular sus desnudeces con el velo de una púdica perífrasis; pero
en la Lisístrata esta precaución es imposible, porque estando basada toda la
comedia en la singular tortura decretada contra los hombres, todas las pinturas
son de una libertad escandalosa, digna del obsceno pincel de Petronio, Marcial,
Apuleyo y Casti. Así es que, después de haber vacilado mucho tiempo sobre si
debíamos verter al castellano sus impúdicas escenas, solo nos hemos decidido a
hacerlo ante la consideración de que los lectores tienen derecho a conocer por
completo el teatro de Aristófanes; y aun con todo, nos hemos visto obligados a
poner en latín las escenas de más subida obscenidad, por si esta versión,
destinada, como todos los libros de esta especie, solo a personas ilustradas y
maduras, llegase a caer en manos inexpertas.
Aparte de
este defecto capital, que afea la Lisístrata, no puede menos de reconocerse que
bajo el punto de vista puramente literario abundan en ella bellezas estimables.
El
carácter de la protagonista está muy bien trazado y sostenido, observándose en
él cierto decoro y dignidad que contrasta agradablemente con las indecencias de
la comedia. La primera escena, dice Brumoy, es digna del arte más depurado, y
no lo son menos todas aquellas en que se ponen en juego, con admirable verdad,
todos los recursos de la coquetería y la astucia femeniles. Es de notar también
el lenguaje rudo y leal de los embajadores de Esparta, y tampoco puede menos de
verse con agrado el valor y puro patriotismo que revelan en Aristófanes la energía
con que, desafiando las iras del populacho inconstante, se atreve a decirle sin
rodeos las verdades más amargas.
La
representación de la Lisístrata, según se deduce de varios de sus pasajes y afirma rotundamente uno de sus
prefacios, tuvo lugar el año 412 antes de nuestra era, o por lo menos entre el
vigésimo y vigesimotercero de la Guerra del Peloponeso.
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LISÍSTRATA. |
|
CALÓNICE. |
|
MIRRINA. |
|
LÁMPITO. |
|
CORO DE ANCIANOS. |
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CORO DE MUJERES. |
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ESTRATILIS. |
|
UN MAGISTRADO. |
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ALGUNAS MUJERES. |
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CINESIAS. |
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UN MUCHACHO. |
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UN HERALDO DE
LACEDEMONIA. |
|
EMBAJADORES DE
LACEDEMONIA. |
|
ALGUNOS CURIOSOS. |
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UN ATENIENSE. |
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ARQUEROS. |
La escena
en Atenas: plaza pública.
LISÍSTRATA
(Sola).
¡Ah!, si se las hubiese citado a una fiesta de Baco, o de
Pan, o de Venus Colíade o Genetílide,
la multitud de tambores no permitiría transitar por las calles. Ahora no viene
ninguna, excepto esa buena vecina que sale de su casa. Salud, Calónice.
CALÓNICE.
Salud, Lisístrata. ¿Qué es lo que te aflige? Serena tu
frente, hija mía; no te sienta bien ese fruncido ceño.
LISÍSTRATA.
Calónice, me hierve la sangre. Me avergüenzo de mi sexo;
los hombres pretenden que somos astutas...
CALÓNICE.
Y lo somos, por Júpiter.
LISÍSTRATA.
Y cuando se las dice que acudan a este sitio, para tratar
de un importante asunto, duermen en vez de venir.
CALÓNICE.
Ya vendrán, querida: las mujeres no pueden salir tan
fácilmente de casa. Una está ocupada con su marido; otra despierta a su
esclavo; otra acuesta a su hijo; aquella le lava o le da de comer.
LISÍSTRATA.
Más graves son estos cuidados.
CALÓNICE.
Pero sepamos para qué nos convocas. ¿Qué cosa es? ¿Es
grande?
LISÍSTRATA.
Es grande.
CALÓNICE.
¿Es gruesa?
LISÍSTRATA.
Es gruesa.
CALÓNICE.
¿Pues cómo no hemos venido todas?
LISÍSTRATA.
No es lo que te figuras, pues de serlo ni una hubiera
faltado. Se trata de un plan que yo he trazado y revuelto en todos sentidos
durante mis insomnios.
CALÓNICE.
Precisamente habrá de ser muy sutil para darlo vuelta en
todos sentidos.
LISÍSTRATA.
Tan sutil que la salvación de la Grecia entera estriba en
las mujeres.
CALÓNICE.
¿En las mujeres? Liviano es su fundamento.
LISÍSTRATA.
En nosotras está, o el salvar la república, o el destruir
completamente a los peloponesios...
CALÓNICE.
Que no quede ni uno para muestra; me parece muy bien.
LISÍSTRATA.
Y aniquilar a todos los beocios.
CALÓNICE.
A todos no; perdona siquiera a las anguilas.
LISÍSTRATA.
A Atenas no la desearé semejante cosa; pero se me ocurre
otra idea. Si se nos agregasen todas las mujeres del Peloponeso y la Beocia,
quizá, aunando nuestros esfuerzos, pudiéramos salvar a Grecia.
CALÓNICE.
¿Pero acaso las mujeres pueden llevar a cabo empresa
alguna ilustre y sensata? Nosotras, que nos pasamos la vida encerradas en casa,
muy pintadas y adornadas, vestidas de túnicas amarillas y flotantes cimbéricas, y calzadas con elegantes peribárides.
LISÍSTRATA.
Precisamente en eso tengo yo puestas mis esperanzas de
salvación; en las túnicas amarillas, en los perfumes, en el colorete, en las
peribárides, en los vestidos transparentes.
CALÓNICE.
¿Cómo?
LISÍSTRATA.
De suerte que ninguno de los hombres de hoy día levantará
su lanza contra los otros...
CALÓNICE.
Por las dos diosas, me teñiré de amarillo una túnica.
LISÍSTRATA.
Ni embrazará el escudo...
CALÓNICE.
Me pondré una cimbérica.
LISÍSTRATA.
Ni empuñará la espada.
CALÓNICE.
Compraré unas peribárides.
LISÍSTRATA.
¿Pero no debían ya estar aquí todas las mujeres?
CALÓNICE.
Volando debían de haber venido hace tiempo.
LISÍSTRATA.
¡Ay, amiga mía! Has de ver que llegan demasiado tarde,
como verdaderas atenienses. No se distingue ninguna mujer de la costa ni de
Salamina.
CALÓNICE.
Pues de esas ya sé que se han embarcado muy de madrugada.
LISÍSTRATA.
Tampoco vienen las acarnienses, que yo esperaba y
confiaba que estarían aquí las primeras.
CALÓNICE.
Pues la mujer de Teógenes, sin duda pensando acudir, consultó
ayer la estatua de Hécate. Mira, ya llegan algunas; y otras, y otras. ¡Toma,
toma! ¿De dónde son?
LISÍSTRATA.
CALÓNICE.
Es verdad; parece que todo Anagiro se nos viene encima.
MIRRINA.
¿Quizá llegamos tarde, Lisístrata? ¿Qué dices? ¿Por qué
no respondes?
LISÍSTRATA.
No he de elogiar, Mirrina, tu falta de puntualidad en tan
importante asunto.
MIRRINA.
¡Si me vi y me deseé para hallar mi ceñidor a oscuras!
Mas, ya que la cosa urge, aquí nos tienes, habla.
LISÍSTRATA.
No, esperemos un poco a que lleguen las mujeres beocias y
peloponesias.
MIRRINA.
Tienes razón: mira, ahí viene Lámpito.
LISÍSTRATA.
Salud, Lámpito, mi querida lacedemonia. ¡Qué bella eres,
dulcísima amiga! ¡Qué buen color! ¡Qué robustez! Podrías estrangular un toro.
Ya lo creo, por los Dióscuros; como que hago gimnasia, y me doy con
los talones en las nalgas.
LISÍSTRATA.
¡Oh qué turgente seno!
LÁMPITO.
Me estáis tanteando como a las víctimas.
LISÍSTRATA.
¿De dónde es esa otra joven?
LÁMPITO.
Por los Dióscuros, es de una de las principales familias
de Beocia.
LISÍSTRATA.
¡Por Júpiter, mi querida beocia! Pareces un florido
jardín.
CALÓNICE.
Y muy limpio: le han arrancado todo el poleo.
LISÍSTRATA.
¿Y aquella otra niña?
LÁMPITO.
Es muy buena, por mi vida; pero es de Corinto.
LISÍSTRATA.
Comprendo, será buena como todas las de allí.
LÁMPITO.
¿Pero quién ha convocado esta asamblea de mujeres?
LISÍSTRATA.
Yo misma.
LÁMPITO.
Pues dinos lo que deseas.
LISÍSTRATA.
Sí por cierto, queridísima amiga.
MIRRINA.
Sepamos, por fin, cuál es el gran negocio.
LISÍSTRATA.
Voy a decíroslo; pero antes permitidme una sola pregunta.
MIRRINA.
Cuantas quieras.
LISÍSTRATA.
¿No sentís que los padres de vuestros hijos se hallen
lejos de vosotras en el ejército? Pues demasiado sé que todas tenéis los
maridos ausentes.
CALÓNICE.
El mío, ¡pobrecillo!, hace ya cinco meses que está en
Tracia vigilando a Éucrates.
Siete hace que está el mío en Pilos.
LÁMPITO.
El mío, cuando vuelve alguna vez del ejército, descuelga
en seguida el escudo y se marcha volando.
LISÍSTRATA.
¡No queda un amante para un remedio, y con la defección de los milesios se acabaron
todos los recursos para consolar nuestra viudez! Pues bien, si yo encontrase un medio
de poner fin a la guerra, ¿querríais secundarme?
MIRRINA.
Sí, por las dos diosas, aunque tuviese que dar en prenda
mi vestido y beberme el dinero el mismo día.
CALÓNICE.
Pues yo, aunque me tuviese que dejar partir en dos, como
un rodaballo, y dar la mitad de mí misma.
LÁMPITO.
Yo subiría a la cumbre del Taigeto, si allí hubiese de ver a la Paz.
LISÍSTRATA.
Pues bien, os lo diré: ya no hay para qué ocultaros nada.
Oh mujeres, si queremos obligar a los hombres a hacer la paz, es preciso
abstenernos...
MIRRINA.
¿De qué? Habla.
LISÍSTRATA.
¿Lo haréis?
MIRRINA.
Lo haremos, aunque nos cueste la vida.
LISÍSTRATA.
Es preciso abstenernos de los hombres... ¿Por qué me volvéis la espalda? ¿Adónde
vais? ¡Eh, vosotras! ¿Por qué os mordéis los labios y meneáis la cabeza? ¡Cómo!
¡Se os muda el color! ¡Una lágrima corre!... ¿Qué decís? ¿lo haréis o no lo
haréis?
MIRRINA.
Yo no puedo, que siga la guerra.
CALÓNICE.
Yo tampoco, que siga la guerra.
LISÍSTRATA.
¿Eso dices, mi valiente rodaballo? ¿Tú que hace un
instante te dejabas partir en dos?
CALÓNICE.
Sí, todo menos eso. Mándame si quieres andar entre
llamas. Pero, querida Lisístrata, semejante abstinencia... ¡Eso a nada puede
compararse!
LISÍSTRATA.
¿Y tú?
MIRRINA.
También yo prefiero andar entre llamas.
LISÍSTRATA.
¡Oh sexo disoluto! ¡Y luego nos admiraremos de ser
maltratadas en las tragedias! Solo servimos para el amor. Pero, querida lacedemonia, secunda mis
proyectos; que como tú me ayudes, aún podremos salvarlo todo.
LÁMPITO.
Muy triste es a la verdad dormir sin compañía, pero no
hay más remedio; es preciso conseguir la paz a todo trance.
LISÍSTRATA.
¡Oh amiga queridísima! ¡única mujer digna de este nombre!
CALÓNICE.
Pero si, lo que Dios no quiera, nos abstenemos
completamente de lo que dices, ¿conseguiremos por eso más pronto la paz?
LISÍSTRATA.
Mucho más pronto, por las diosas. Permanezcamos en casa,
bien pintadas, y sin más vestidos que una transparente túnica de Amorgos, y los hombres arderán en amorosos
deseos. Si entonces resistimos a sus instancias, estoy segura de que harán en
seguida la paz.
LÁMPITO.
Por eso, sin duda, cuando Menelao vio el seno desnudo de
Helena, arrojó la espada.
CALÓNICE.
Pero, desdichada, ¿y si nos abandonan nuestros maridos?
LISÍSTRATA.
Entonces, como
dice Ferécrates, «desollaremos un perro desollado».
CALÓNICE.
Esos simulacros nada valen; ¿y si nos cogen y nos
arrastran a su alcoba?
LISÍSTRATA.
Agárrate a la puerta.
CALÓNICE.
¿Y si nos pegan?
LISÍSTRATA.
Cede, pero de mala gana; no puede haber placer si hay violencia.
Además podemos atormentarlos de mil modos. No temas, pronto se cansarán; es
imposible un goce no recíproco.
CALÓNICE.
Si es esa vuestra opinión, me adhiero a ella.
LÁMPITO.
Nosotras quedamos en decidir a nuestros maridos a firmar
una paz leal y franca. ¿Pero quién será capaz de hacer otro tanto con el
populacho ateniense, tan enamorado de la guerra?
LISÍSTRATA.
No tengas cuidado; nosotras le persuadiremos.
LÁMPITO.
No lo conseguirás, mientras estén apasionados de sus
naves y se guarde en el templo de Minerva aquel inmenso tesoro.
LISÍSTRATA.
Todo eso está previsto; hoy mismo nos apoderaremos de la
ciudadela. Las mujeres de más edad están encargadas de ocuparla con pretexto de
ofrecer un sacrificio, mientras nosotras nos concertamos aquí.
LÁMPITO.
Todo irá bien, pues todo está perfectamente trazado.
LISÍSTRATA.
Entonces, Lámpito ¿por qué no nos comprometemos con un
juramento inquebrantable?
LÁMPITO.
Pronuncia tú la fórmula, y nosotras juraremos.
LISÍSTRATA.
Tienes razón. ¿Dónde está la mujer escita? ¿A dónde miras? Poned aquí un escudo
sobre la cara convexa, y traedme las víctimas.
CALÓNICE.
¿Qué juramento vamos a prestar, Lisístrata?
LISÍSTRATA.
¿Qué juramento? En Esquilo se degüella una oveja y se
jura sobre un escudo; nosotras haremos lo
mismo.
CALÓNICE.
Pero, Lisístrata mía, ¿cómo hemos de jurar sobre un
escudo, cuando se trata de la paz?
LISÍSTRATA.
¿Pues qué juramento haremos?
CALÓNICE.
Cojamos un caballo blanco; sacrifiquémosle, y juremos sobre su
cadáver.
LISÍSTRATA.
¿Y dónde vas a hallar un caballo blanco?
CALÓNICE.
¿Pues cómo juraremos?
LISÍSTRATA.
Voy a decírtelo. Coloquemos aquí una gran copa negra, inmolemos en ella un cántaro de vino de
Tasos, y juremos no mezclarle ni una gota de agua.
LÁMPITO.
¡Oh qué hermoso juramento! No hay palabras para elogiarle
bastante.
LISÍSTRATA.
Que me traigan una copa y un cántaro.
CALÓNICE.
Queridísimas amigas, ¡qué enorme cántaro! ¡con qué placer
lo iremos vaciando!
LISÍSTRATA.
Déjalo aquí, y pon la mano sobre la víctima. ¡Oh soberana Persuasión, y tú, copa de
la amistad, aceptad este sacrificio y sed propicias a las mujeres!
CALÓNICE.
¡Qué hermoso color tiene la sangre! ¡Qué bien corre!
LÁMPITO.
¡Por Cástor, qué buen olor despide!
LISÍSTRATA.
Amigas mías, dejadme jurar la primera.
CALÓNICE.
No, por Venus, que decida la suerte.
LISÍSTRATA.
Vamos, Lámpito, y vosotras extended la mano sobre la
copa; después, que una sola, en nombre de todas, repita mis palabras; así
prestaréis el mismo juramento y os comprometeréis a guardarlo.
Ningún
amante, ningún esposo...
CALÓNICE.
Ningún amante, ningún esposo...
LISÍSTRATA.
Podrá acercárseme enardecido de amor... Repite.
CALÓNICE.
Podrá acercárseme enardecido de amor... ¡Ay! Lisístrata,
me siento desfallecer.
LISÍSTRATA.
Viviré castamente en mi casa...
CALÓNICE.
Viviré castamente en mi casa...
LISÍSTRATA.
Cubierta solo de un transparente vestido azafranado, y
adornada...
CALÓNICE.
Cubierta solo de un transparente vestido azafranado, y
adornada...
LISÍSTRATA.
A fin de inspirar a mi esposo más ardientes deseos...
CALÓNICE.
A fin de inspirar a mi esposo más ardientes deseos...
LISÍSTRATA.
Pero nunca cederé de buen grado a sus instancias...
CALÓNICE.
Pero nunca cederé de buen grado a sus instancias...
LISÍSTRATA.
Y si, contra mi voluntad, me obligase...
CALÓNICE.
Y si, contra mi voluntad, me obligase...
LISÍSTRATA.
Permaneceré inanimada en sus brazos...
CALÓNICE.
Permaneceré inanimada en sus brazos...
. . . . .
. . . .
. . . . .
. . . .
LISÍSTRATA.
¡Que pueda beber este vino, si cumplo mi juramento!...
CALÓNICE.
¡Que pueda beber este vino, si cumplo mi juramento!...
LISÍSTRATA.
¡Y si no lo cumplo, que se me llene esta copa de agua!...
CALÓNICE.
¡Y si no lo cumplo, que se me llene esta copa de agua!...
LISÍSTRATA.
¿Juráis todas?
MIRRINA.
Sí, por Júpiter.
LISÍSTRATA.
Voy, pues, a sacrificar la víctima.
(Bebe.)
CALÓNICE.
Déjame un poco, querida mía, para que consolidemos
nuestra amistad.
LÁMPITO.
¿Qué gritos son esos?
LISÍSTRATA.
Lo que hace poco te decía. Son las mujeres que se
apoderan de la ciudadela. Tú, Lámpito, parte a arreglar tus cosas, y déjanos a
esas en rehenes. Corramos nosotras a encerrarnos en el alcázar y a defenderlo
con las demás compañeras.
CALÓNICE.
¿Crees que los hombres vendrán pronto a atacarnos?
LISÍSTRATA.
Nada se me da de ellos. Ni el incendio, ni todas sus
amenazas me harán abrir jamás aquellas puertas, si no aceptan la condición
convenida.
CALÓNICE.
Nunca, por Venus: de otro modo sería inmerecida la
opinión en que nos tienen de tercas y malvadas.
Anda, Draces; guíanos con precaución, aunque te quebrante
el hombro ese pesado haz de olivo verde. ¡Qué cosas tan inesperadas se ven
cuando se vive muchos años! ¡Ay, Estrimodoro! ¿Quién hubiera imaginado nunca
que había de llegar un día en que las mujeres, esa peste de nuestras casas,
alimentadas por nosotros con tanto regalo, se apoderarían de la estatua de
Minerva, y ocuparían mi ciudadela, y atrancarían sus puertas con barras y
cerrojos? Pero corramos, corramos al alcázar, amigo Filurgo; rodeemos de un
muro de faginas a las inventoras y ejecutoras de tan execrable hazaña; hagamos
una sola pira, y con nuestras propias manos abrasemos a todas sin excepción, y
a la esposa de Licón la primera.
¡No, por
Ceres, mientras yo viva no se burlarán de nosotros! Pues ni Cleómenes, cuando en otro tiempo se apoderó de la
ciudadela, pudo dejarla con honor; a pesar de sus humos lacedemonios, viose
obligado a capitular y a retirarse sin armas, sin más vestidos que una pequeña
túnica, lleno de andrajos, escuálido, hecho un oso sucio, como si en seis años
no se hubiese lavado. ¡Oh qué sitio aquel! Nuestros soldados, colocados de
diecisiete en fondo, cerraban la salida, y no se relevaban ni para dormir. ¿Y
no reprimiré con mi sola presencia la audacia de esas mujeres aborrecidas por
Eurípides y todos los dioses? Si tal sucede, consiento que sean derribados mis
trofeos de la Tetrápolis.
Mas para
llegar a la ciudadela, aún tengo que subir esa pendiente; procuremos arrastrar
estos haces, sin acudir a las bestias de carga; ¡ay! las leñas me destrozan los
hombros.
Sin embargo,
es necesario subir, y soplar el fuego, no vaya a apagársenos y a faltarme al
final de la jornada. ¡Fu!, ¡fu! (soplando). Justo cielo, ¡qué humo! Al salir
del brasero se lanza sobre mí, y me muerde los ojos como un perro rabioso. Es
fuego de Lemnos, no me cabe duda; de
otro modo no atacaría tan cruelmente mis ojos legañosos. Vamos, Lagnes,
corramos a la ciudadela y auxiliemos a la diosa. ¿Cuándo habrá ocasión mejor de
socorrerla? ¡Fu!, ¡fu! (soplando); ¡justo cielo!, ¡qué humo!
Este fuego
está vivo y arde por la gracia de los dioses. Mas ¿por qué no depositamos aquí
nuestros haces? ¿No sería mejor encender en el brasero un manojo de sarmientos
y lanzarlo contra las puertas, a modo de ariete? Si las mujeres no desatrancan
cuando se lo mandemos, será preciso incendiar las puertas y asfixiarlas con el
humo. Dejemos ya la carga. ¡Oh!, ¡oh!, ¡qué humareda! ¿No habrá por ahí algún
jefe de la expedición de Samos que
me ayude a descargar? ¡Ah! por fin se ven libres mis hombros. Vamos, brasero
mío, atiza el fuego, y enciéndeme cuanto antes esta tea. Ayúdame, divina
Victoria; castiguemos la audacia de las mujeres dueñas de la ciudadela, y
erijamos un trofeo triunfal.
Amigas mías, creo distinguir humo y llamas; parece un
incendio: acudamos a toda prisa. ¡Vuela, vuela, Nicódice, antes de que Cálica y
Cristila perezcan asfixiadas, víctimas de las leyes más crueles y de esos
malditos viejos! Pero, venerandas diosas, ¿llegaré demasiado tarde? Al amanecer
ya estaba yo en la fuente, y a duras penas conseguí llenar esta vasija: ¡tanta
era la confusión, el tumulto y el estrépito de los cántaros! A empellones con
las criadas y viles esclavos, conseguí salir con mi agua, y ahora me apresuro a
socorrer a mis amenazadas compañeras. Me han dicho que unos viejos chochos,
cargados con haces de cerca de tres talentos de peso, como para calentar un
baño, se dirigían hacia aquí con desusada furia, gritando, entre terribles
amenazas, que es preciso tostar a las pérfidas mujeres. Pero, venerable
Minerva, haz que, en vez de ser pasto de las llamas, consigan librar a la
Grecia y a sus ciudadanos de los horrores de la guerra. Con este objeto
ocuparon tu templo, santa patrona de refulgente casco de oro. Yo invoco tu
auxilio, ¡oh Tritogenia! Si algún hombre quiere abrasarlas, ven a traer agua
con nosotras.
¡Eh!,
¡eh!, deteneos. ¿Qué es eso,
grandísimos canallas? Los hombres honrados y piadosos no obran de esa manera.
CORO DE
VIEJOS.
¡Ah! He ahí una cosa con la cual no contábamos: un
enjambre de mujeres defiende el exterior de la ciudadela.
CORO DE
MUJERES.
¿Por qué nos teméis? ¿Acaso os parecemos muchas? Pues no
veis ni la diezmilésima parte.
CORO DE
VIEJOS.
Fedrias, ¿las permitiremos charlar de ese modo? ¿No
convendrá romperles un garrote en las costillas?
CORO DE
MUJERES.
Dejemos en el suelo nuestros cántaros; así no nos
estorbarán, si alguno trata de sentarnos la mano.
CORO DE
VIEJOS.
Si las hubiesen dado dos o tres bofetadas, como a Búpalo, no chillarían tanto.
CORO DE
MUJERES.
Anda, pégame; aquí te espero; pero te aseguro que en
adelante no te agarrará otra perra.
CORO DE
VIEJOS.
Si no callas, este garrote se encargará de que no llegues
a vieja.
CORO DE
MUJERES.
A ver; toca con un solo dedo a Estratilis.
CORO DE
VIEJOS.
¿Y si te derrengo a puñetazos? ¿Qué harás entonces?
CORO DE
MUJERES.
Te arrancaré a mordiscos los pulmones y las entrañas.
CORO DE
VIEJOS.
¡Ah! Eurípides es el más sabio de los poetas: sí, tiene
razón; la mujer es el animal más desvergonzado.
CORO DE
MUJERES.
Cojamos nuestros cántaros, Rodipa.
CORO DE
VIEJOS.
¿Para qué traes esa agua, mujer aborrecida de los dioses?
CORO DE
MUJERES.
¿Y tú ese fuego, cadáver ambulante? ¿Es para quemarte a
ti mismo?
CORO DE
VIEJOS.
Para encender una hoguera y quemar a tus amigas.
CORO DE
MUJERES.
Pues yo para apagar tu hoguera.
CORO DE
VIEJOS.
¿Tú apagarás mi fuego?
CORO DE
MUJERES.
Pronto lo verás.
CORO DE
VIEJOS.
No sé cómo no la tuesto a fuego lento con esta lámpara.
CORO DE
MUJERES.
Si estás sucio, te daré un baño.
CORO DE
VIEJOS.
¿Tú a mí un baño, puerca?
CORO DE
MUJERES.
Sí, un baño nupcial.
CORO DE
VIEJOS.
¿Oís sus desvergüenzas?
CORO DE
MUJERES.
Porque soy libre.
CORO DE
VIEJOS.
Ya reprimiré tus gritos.
CORO DE
MUJERES.
Yo haré que no juzgues más en el Heliástico.
CORO DE
VIEJOS.
Quémale el pelo.
CORO DE
MUJERES.
Agua, cumple
tu deber. (Arrojan el contenido de sus cántaros sobre los viejos.)
CORO DE
VIEJOS.
¡Ay desdichado!
CORO DE
MUJERES.
¿Estaba caliente?
CORO DE
VIEJOS.
¡Sí, caliente! Acaba, ¿qué haces?
CORO DE
MUJERES.
Te riego para que reverdezcas.
CORO DE
VIEJOS.
Ya estoy seco y tiritando.
CORO DE
MUJERES.
Caliéntate, puesto que tienes fuego.
¿Las mujeres no han manifestado ya suficientemente su
licencia con tanto estruendo de tambores, con tantas bacanales, y con sus
interminables lamentaciones sobre los terrados en las Adonias? El otro día las oí yo desde la
asamblea. Demóstrato, ese orador
que Júpiter confunda, proponía una expedición a Sicilia; y su mujer danzando
gritaba; «¡Ay, ay, Adonis!» Demóstrato proponía después que se hiciera una leva
en Zacinto, y su mujer, ya beoda, gritaba en el terrado: «¡Lamentad a Adonis!»
Y el maldito Colociges,
aborrecido por los dioses, se desgañitaba para hacerse oír. Ved a dónde llega
su desorden.
CORO DE
VIEJOS.
¿Pues qué dirías si hubieses oído sus insolencias?
Después de mil injurias, han arrojado sobre nosotros el agua de sus cántaros; y
nos vemos en la precisión de retorcer nuestros vestidos, como si nos hubiésemos
orinado.
EL
MAGISTRADO.
¡Bien hecho, por Neptuno! Nosotros mismos favorecemos la
perversidad de las mujeres, y les damos lecciones de disolución, cuyo fruto son
conspiraciones como la presente. Un marido va a una tienda y dice el artífice:
«Platero, bailando ayer a la tarde se le salió a mi mujer de su sitio el broche
de aquel collar que le hiciste; yo tengo que embarcarme hoy para Salamina; si
tienes tiempo, haz todos los posibles por ir al anochecer a mi casa y encajarle
el broche.» Otro se dirige a un zapatero joven y vigoroso, y le dice: «una de las correas le
lastima a mi mujer el dedo pequeño, que es muy delicado; vete al mediodía, y
procura estirársela»; y así andan las cosas tales, que yo, provisor, al
necesitar dinero para pagar a los remeros ajustados, me encuentro con que las
mujeres me cierran las puertas.
¿Pero qué gano estándome así? Pronto, traedme unas palancas, y yo castigaré su
atrevimiento. ¿A qué te quedas con la boca abierta, bribón? Y tú, ¿qué miras?
Sin duda tratas de ver alguna taberna. Pronto, derribad esas puertas con las
palancas. Yo también pongo manos en la obra.
LISÍSTRATA.
No derribéis nada; aquí me tenéis. ¿Para qué las
palancas? No es eso lo que os hace falta, sino sentido común.
EL
MAGISTRADO.
¿De veras, mujer abominable? ¿Dónde está el arquero?
Cógela y átale las manos a la espalda.
LISÍSTRATA.
Como llegue a tocarme nada más que con la punta de un
dedo, por Diana lo juro, aunque sea un funcionario público, me las pagará.
EL
MAGISTRADO.
¡Cómo! ¿Tienes miedo? Sujétala por la cintura. Ayúdale tú
también, y atadla entre los dos.
MUJER
PRIMERA.
¡Por Pandrosa!
Si llegas a tocarla, te pateo las tripas.
EL
MAGISTRADO.
¡Ah! ¡Las tripas! ¿Dónde está el otro arquero? Prendedme
también a esa que habla.
MUJER
SEGUNDA.
¡Por la fulgente luna, si la tocas con un dedo, pronto
necesitarás una venda!
EL
MAGISTRADO.
¿Qué significa esto? ¿Dónde está el arquero? Detenla. Ya
os cerraré yo todas las salidas.
MUJER
TERCERA.
¡Por Diana de Táuride, si te acercas a ella, te arranco
todos los cabellos, aunque te deshagas en llanto!
EL
MAGISTRADO.
¡Oh desdicha! mis arqueros me abandonan. ¡Cómo! ¿Nos dejaremos
vencer por unas mujeres? Adelante, escitas, estrechad vuestras filas, y
acometedlas.
LISÍSTRATA.
¡Por las diosas, os las vais a ver con cuatro valientes
batallones de mujeres bien armadas que tengo adentro!
EL
MAGISTRADO.
¡Escitas, atadles las manos!
LISÍSTRATA.
Salid, valientes compañeras; vendedoras de legumbres,
puches, ajos y verduras; panaderas y taberneras, derribadlos, pegadles,
desgarradlos; multiplicad vuestros insultos; haced gala de desvergüenza. Basta, retiraos; no despojéis a los
vencidos.
EL
MAGISTRADO.
¡Ah, qué mal lo han pasado mis arqueros!
LISÍSTRATA.
¿Pues qué se te figuraba? ¿Creías que te las ibas a haber
con unas esclavas? ¿Piensas que no hay valor en las mujeres?
EL
MAGISTRADO.
Sí, sí, demasiado valor; sobre todo cuando están cerca de
la taberna.
CORO DE
VIEJOS.
¡Magistrado, estás perdiendo el tiempo en palabras! ¿A
qué entras en contestaciones con esas fieras? ¿Ignoras el baño sin lejía que
acaban de darnos, estando completamente vestidos?
CORO DE
MUJERES.
Es que, amigo mío, a nosotras nadie nos sienta así como
así la mano: hazlo, y verás cómo te salto un ojo. A mí me gusta estarme
encerrada en casa, como una doncellita, sin hacer mal a nadie, ni siquiera
menear una paja; pero como alguno me irrite, soy una avispa.
CORO DE
VIEJOS.
¡Oh Júpiter! ¿Qué haremos con estas fieras? ¡Esto es
insoportable! (Al Magistrado.) Te es preciso averiguar con nosotros la causa de
este mal, y lo que pretenden al apoderarse de la ciudadela de Cranao, de esa
fortaleza inaccesible, y su venerado templo. Interrógales y no las creas; pero
reúne todos los indicios. Sería vergonzosa negligencia no esclarecer tan
importante asunto.
EL
MAGISTRADO.
Lo primero que deseo que me digáis es la intención con
que os habéis encerrado en la ciudadela.
LISÍSTRATA.
Con la de poner a salvo el tesoro y evitar la causa de la
guerra.
EL
MAGISTRADO.
Pues qué, ¿el dinero es la causa de la guerra?
LISÍSTRATA.
Y de todos los demás desórdenes. Pisandro y otros ambiciosos amotinan
continuamente las turbas, sin más objeto que el de robar a favor de la
confusión. Ahora, ya pueden hacer lo que se les antoje; porque lo que es de
este dinero no han de tocar ni un óbolo.
EL
MAGISTRADO.
¿Pues qué harás?
LISÍSTRATA.
¡Vaya una pregunta! Administrarlo nosotras.
EL
MAGISTRADO.
¿Administrar vosotras el tesoro?
LISÍSTRATA.
No comprendo tu asombro. ¿Acaso no administramos los
gastos de nuestras casas?
EL
MAGISTRADO.
Pero no es lo mismo.
LISÍSTRATA.
¿Por qué no es lo mismo?
EL
MAGISTRADO.
Ese dinero se destina a la guerra.
LISÍSTRATA.
La guerra ya no es necesaria.
EL
MAGISTRADO.
¡Cómo! ¿Y la defensa de la república?
LISÍSTRATA.
Nosotras la defenderemos.
EL
MAGISTRADO.
¿Vosotras?
LISÍSTRATA.
Sí, nosotras.
EL
MAGISTRADO.
Eso es indigno.
LISÍSTRATA.
Pues te defenderemos, mal que te pese.
EL
MAGISTRADO.
¡Qué atrocidad!
LISÍSTRATA.
¿Te enfadas, eh? Pues, amigo mío, no hay más remedio.
EL
MAGISTRADO.
Pero es inicuo, por Ceres.
LISÍSTRATA.
Pues se te defenderá.
EL
MAGISTRADO.
¿Y si no quiero?
LISÍSTRATA.
Con más motivo.
EL
MAGISTRADO.
¿Pero de dónde os ha venido la idea de ocuparos de la
guerra y de la paz?
LISÍSTRATA.
Os lo diremos.
EL
MAGISTRADO.
Habla pronto, o si no, habrá lágrimas.
LISÍSTRATA.
Escucha; y quietecitas las manos.
EL
MAGISTRADO.
No puedo; es tal mi ira, que me es difícil contenerla.
UNA MUJER.
Entonces a ti te tocará llorar.
EL
MAGISTRADO.
¡Caiga sobre ti el oráculo que acabas de graznar,
vejestorio! (A Lisístrata.) Habla tú.
LISÍSTRATA.
Voy. En la guerra anterior sobrellevábamos con paciencia
ejemplar todo lo que hacíais los hombres, porque no nos permitíais abrir la
boca. Vuestros proyectos no eran muy agradables que digamos: nosotras los
conocíamos, y más de una vez os vimos en casa tomar desacertadas resoluciones
en los más graves asuntos. Entonces, disimulando con una sonrisa nuestro
interno dolor, os preguntábamos: «¿Qué resolución sobre la paz habéis tomado
hoy en la asamblea?» «¿Qué te importa? —decía mi marido—: cállate;» y yo
callaba.
UNA MUJER.
Pues yo no me hubiera callado.
EL
MAGISTRADO.
Pues hubieras llorado por no callar.
LISÍSTRATA.
EL
MAGISTRADO.
Y tenía razón, por vida mía.
LISÍSTRATA.
¿Cómo que tenía razón? ¡Miserable! ¿No hemos de poder
daros un buen consejo cuando vemos que adoptáis resoluciones funestas? Cansadas
ya de oír a unos preguntar a gritos en las calles: «¿No hay un hombre en este
país?» y a otros responder: «No, ni uno»; las mujeres hemos tomado el partido
de reunirnos y salvar entre todas a la Grecia. ¿A qué habíamos de esperar más?
Por consiguiente, si queréis escuchar nuestros buenos consejos, y callaros a
vuestra vez, como nosotras entonces, conseguiremos arreglaros.
EL
MAGISTRADO.
¡Vosotras a nosotros! Vamos, ¡esto ya no puede tolerarse!
LISÍSTRATA.
¡Calla!
EL
MAGISTRADO.
¡Yo! ¡Callarme yo, porque tú me lo mandes, deslenguada!
¡Yo obedecer a quien lleva un velo en la cabeza! ¡Antes morir!
LISÍSTRATA.
Si no tienes más inconveniente que ese, toma mi velo,
rodéatelo a la cabeza, y calla. Toma también este canastillo; ponte un ceñidor,
y dedícate a hilar lana, mascullando habas: la guerra será asunto de mujeres.
CORO DE
MUJERES.
Mujeres, dejad vuestros cántaros, para que por nuestra
parte ayudemos también a nuestras amigas. Yo jamás me rendiré de bailar, ni el
cansancio hará flaquear mis rodillas. Quiero hacer causa común, y afrontar
todos los riesgos con esas compañeras tan valientes, tan ingeniosas, tan
bellas, tan atrevidas y discretas, raro conjunto de patriotismo y valor. Tú,
intrépida Lisístrata, y vosotras sus aliadas, no depongáis vuestra cólera; sed
siempre como un manojo de ortigas: los vientos son favorables.
LISÍSTRATA.
Si el amable Cupido y la diosa de Chipre derraman sobre nuestro seno los
atractivos del amor, e inspiran a los hombres ardientes y dulcísimos deseos, espero que los griegos llegarán a
llamamos las Lisímacas.
EL
MAGISTRADO.
¿Y por qué?
LISÍSTRATA.
Por haber puesto término a sus locuras y paseos con armas
en el mercado.
UNA MUJER.
Muy bien, por Venus de Pafos.
LISÍSTRATA.
Pues ahora se les ve recorrer armados de punta en blanco,
como frenéticos coribantes, la plaza en que se venden ollas y legumbres.
EL
MAGISTRADO.
Cierto, porque eso es propio de valientes.
LISÍSTRATA.
Pero es ridículo ver comprando pececillos a un hombrón en
cuyo escudo se ostenta una cabeza de Gorgona.
UNA MUJER.
El otro día vi yo a todo un filarconte de largos cabellos, echar en su casco
de bronce, sin apearse siquiera, las puches que una vieja acababa de venderle.
Otro tracio, agitando su escudo y su dardo, como Tereo, aterraba a una vendedora de higos, y
se le comía los mejores.
EL
MAGISTRADO.
¿Pero cómo podréis vosotras arreglar la enmarañada madeja
de la cosa pública en este país?
LISÍSTRATA.
Facilísimamente.
EL
MAGISTRADO.
¿Cómo? Dímelo.
LISÍSTRATA.
Mira, cuando se nos enreda el hilo, lo cogemos así y lo
sacamos del huso, tirando a un lado y a otro; pues bien, como nos dejen,
desenredaremos igualmente la guerra, enviando embajadas a un lado y a otro.
EL
MAGISTRADO.
Por tanto, imbéciles, pensáis arreglar los más peligrosos
negocios con los husos, el hilo y la lana.
LISÍSTRATA.
Si tuvieseis un átomo de sentido común, seguiríais en
política el ejemplo que os damos al trabajar la lana.
EL
MAGISTRADO.
¿Cómo? Sepamos.
LISÍSTRATA.
Así como nosotras principiamos por lavar la lana para
separarla de toda suciedad, vosotros debíais empezar por expulsar a palos de la
ciudad a los malvados, y separar la mala hierba; luego dividir a todos esos que
se coligan y apelotonan para apoderarse de los cargos públicos, y arrancarles
la cabeza; después amontonar en un canasto, para el bien común, los metecos, los
extranjeros, los amigos y los deudores al Estado, y cardarlos sin distinción. A
las ciudades pobladas por colonos de este país debíais de considerarlas
separadamente, como otros tantos pelotones colocados delante de nosotras, y en
seguida sacar un hilo de cada una de ellas, traerlo hasta aquí, reunirlos
todos, hacer un grande ovillo y tejer con él un manta para el pueblo.
EL
MAGISTRADO.
¿No es insufrible que pretenda hilarlo y devanarlo todo
quien ninguna participación tiene en la guerra?
LISÍSTRATA.
Pero, ¡maldito de Dios!, nosotras tenemos parte doble,
pues primero parimos los hijos, y después los enviamos al ejército.
EL
MAGISTRADO.
Calla: no recuerdes nuestros desastres.
LISÍSTRATA.
Después, en vez de gozar en la flor de nuestra juventud
de los placeres del amor, estamos como viudas, gracias a la guerra; y por
nosotras, pase; yo me aflijo por esas pobres doncellas que envejecen en su
lecho solitario.
EL
MAGISTRADO.
¿No envejecen también los hombres?
LISÍSTRATA.
¡Oh, eso es muy diferente! Un hombre, al volver de la
guerra, aunque tenga los cabellos blancos, se casa pronto con una tierna
doncellita. El tiempo de la mujer es muy corto, y si no lo aprovecha, ya nadie
la quiere, y se pasa la vida en consultar los augurios.
EL
MAGISTRADO.
Pero todo anciano que aún conserva algún vigor...
LISÍSTRATA.
¿Y tú, cuándo te piensas morir? Ya es tiempo; cómprate un
ataúd; mira, te voy a amasar la torta funeraria. Toma esta corona y cíñete las sienes.
MUJER
PRIMERA.
Toma estas cintas.
MUJER
SEGUNDA.
Ten esta otra corona.
LISÍSTRATA.
¿Qué te falta? ¿Qué deseas? Caronte te espera; tu tardanza le impide darse
a la vela.
EL
MAGISTRADO.
Estos ultrajes son insufribles. Voy a presentarme yo
mismo a mis colegas con esta facha.
LISÍSTRATA.
¿Te quejas porque aún no te hemos expuesto? No te apures; dentro de tres días
iremos de madrugada a ofrecerte la oblación de costumbre.
(Vanse
Lisístrata y el Magistrado. Los dos coros quedan solos en la escena.)
CORO DE
VIEJOS.
Ya no puede dormir ningún amigo de la libertad. Ea,
dispongámonos para esta grande empresa. Sospecho mayores peligros, y creo
percibir un olor a tiranía de Hipias; y mucho me temo que algunos lacedemonios,
reunidos en casa de Clístenes, hayan sido los incitadores de estas malditas
mujeres sugiriéndoles la idea de apoderarse de nuestro tesoro y del salario de
que vivimos. Indigno es, por vida mía, que se entrometan a dar consejos a los
ciudadanos y a hablar de cascos de bronce, y a tratar de la paz con los
lacedemonios, en quienes tengo menos confianza que en un lobo hambriento.
Amigos, no cabe duda, todas sus tramas tienden a restablecer la tiranía. Pero
jamás me tiranizarán; yo tomaré mis precauciones, y llevando mi espada en la
rama de mirto, estaré sobre las
armas en la plaza pública, junto a la estatua de Aristogitón. Allí permaneceré,
porque siento un vivo deseo de darle un bofetón a esa maldita vieja.
CORO DE
MUJERES.
Cuando vuelvas a tu casa no te conocerá ni la madre que
te parió. Pero, queridas ancianas,
dejemos esto en el suelo; nosotras, oh ciudadanos, vamos a principiar un
discurso muy útil a la república; y bien lo merece por haberme criado en el
seno de los placeres y del esplendor. A la edad de siete años ya llevé las ofrendas
misteriosas en la fiesta de Minerva; a los diez molía la cebada en honor de la
diosa; luego, ceñida de flotante túnica azafranada, me consagraron a Diana en
las Brauronias; y por último, ya
doncella núbil, fui canéfora, y rodeé mi garganta con el collar de higos. En pago de tantas distinciones, ¿no
deberé dar útiles consejos a mi patria? Aunque mujer, permitidme proponer un
remedio a nuestros males; que, al fin, al darle mis hijos, también pago mi
contribución al Estado. Pero vosotros, miserables viejos, ¿con qué contribuís?
Después de haber consumido lo que se llamaba el tesoro de los Abuelos, reunido durante las guerras médicas,
nada pagáis; y todos corremos grave riesgo de que nos arruinéis. ¿Qué podéis
responder a esto? Como me incomodes mucho, te siento en la cara este coturno, y
¡cuidado que pesa!
CORO DE
VIEJOS.
¿Puede haber mayor ultraje? La cosa va de mal en peor.
Todo hombre que se tenga por tal, tiene obligación de oponérseles. Pero
quitémonos la túnica. El hombre debe ante todo oler a hombre, y no estar
envuelto en sus vestidos. Ea, todos los que en nuestros buenos tiempos nos reunimos
en Lipsidrión, hombres de pies desnudos, hoy es preciso rejuvenecerse,
enderezar el cuerpo, despojarnos de la vejez. Si dejamos a las mujeres el menor
asidero, no cejarán ni un punto en sus esfuerzos, y las veremos construir
naves, pretender dar batallas navales y atacarnos a ejemplo de Artemisa. Si les place dedicarse a la
equitación, licenciaremos a nuestros caballeros. A la mujer la gusta mucho el
caballo; sobre él ataca vigorosamente, y no se cae por mucho que galope:
testigos las Amazonas que Micón
pintó combatiendo a los hombres. Por lo cual es preciso que nos apoderemos de
esta, y las metamos a todas el cuello en el cepo.
CORO DE
MUJERES.
¡Por las diosas! Si me irritas, suelto las riendas a mi
cólera, y te doy una tunda que te obligo a pedir socorro a tus vecinos. Amigas
mías, quitémonos también nosotras los vestidos: perciban esos carcamales el
olor a mujer enfurecida. Si alguno se acerca a mí, yo le aseguro que no ha de
comer más ajos ni habas negras. ¡Di una sola palabra! Estoy furiosa y te trataré
como el escarabajo al nido del águila. Ningún temor me dais mientras a mi lado
estén Lámpito y mi querida Ismenia, noble tebana. Aunque des siete decretos, no
podrás con nosotras, ¡miserable, detestado por tus vecinos y por todo el mundo!
Ayer mismo, para celebrar la fiesta de Hécate, quise traer de la vecindad una
muchacha buena y amable, muy querida por mis hijos, una anguila de Beocia, y se negaron a enviármela por tus
malditos decretos. Y nunca cesaréis de hacerlos, hasta que alguno os coja por
las piernas y os precipite cabeza abajo.
(A
Lisístrata.) Directora de esta noble empresa, ¿por qué sales tan triste de tu morada?
La indigna conducta de las mujeres, su inconstancia
verdaderamente femenil, eso es lo que me agita y llena de angustia.
CORO DE
MUJERES.
¿Qué dices, qué dices?
LISÍSTRATA.
La verdad, la verdad.
CORO DE
MUJERES.
¿Qué desgracia ocurre? Díselo a tus amigas.
LISÍSTRATA.
Vergonzoso es decirlo, y difícil callarlo.
CORO DE
MUJERES.
No me ocultes la desgracia que nos ocurre.
LISÍSTRATA.
Nos abrasa la lujuria, para decirlo de una vez.
CORO DE
MUJERES.
¡Oh Júpiter!
LISÍSTRATA.
¿A qué invocas a Júpiter? Esta es la pura verdad. No
puedo privarles más tiempo de sus maridos; pues se me escapan. La primera a
quien sorprendí abría un agujero junto a la gruta de Pan; la segunda se descolgaba por medio de
una polea; otra preparaba su deserción; otra, cogida a un pájaro, se disponía
volar a casa de Orsíloco, y la
he detenido por los cabellos; en fin, discurren todos los pretextos imaginables
para volver a sus hogares. Ahí viene una. ¡Eh! tú, ¿a dónde vas tan de prisa?
MUJER
PRIMERA.
Quiero ir a mi casa: tengo allí una porción de lana de
Mileto, que se la está comiendo la polilla.
LISÍSTRATA.
No hay polilla que valga. ¡Atrás!
MUJER
PRIMERA.
Volveré al instante, te lo juro por las diosas; volveré
en cuanto la haya tendido sobre el lecho.
LISÍSTRATA.
No la tiendas, ni te muevas de aquí.
MUJER
PRIMERA.
¿Y he de dejar perderse mi lana?
LISÍSTRATA.
No hay más remedio.
MUJER
SEGUNDA.
¡Desdichada! ¡Desdichada! Me he dejado en casa el lino
sin macear.
LISÍSTRATA.
Ya tenemos otra que quiere ir a macear su lino. Entra
aquí.
MUJER
SEGUNDA.
¡Te lo juro por Diana! Volveré en cuanto lo haya maceado.
LISÍSTRATA.
No lo macearás; porque si tú principias, otra querrá
hacer otro tanto.
MUJER
TERCERA.
Divina Lucina, retrasa mi parto hasta que llegue a un
lugar profano.
LISÍSTRATA.
¿Estás loca?
MUJER
TERCERA.
Voy a parir de un momento a otro.
LISÍSTRATA.
¿Pero si ayer no estabas encinta?
MUJER
TERCERA.
Pues hoy lo estoy. Déjame, Lisístrata, déjame salir en
busca de la comadre.
LISÍSTRATA.
¿Qué cuentos son esos? ¿Qué cosa dura tienes aquí?
MUJER
TERCERA.
Un niño varón.
LISÍSTRATA.
¡Ca! si es de metal y hueca. Veámosla. ¡Oh, tiene gracia!
¿Traes el casco de la diosa, y decías que estabas encinta?
MUJER
TERCERA.
Sí, por Júpiter, lo estoy.
LISÍSTRATA.
¿Pues por qué traías esto?
MUJER
TERCERA.
Para si me sobrevenía el parto en la ciudadela hacer con
él un nido, como las palomas.
LISÍSTRATA.
¿Qué dices? Esos son pretextos: la cosa está clara. ¿No
esperarás aquí el día de tu purificación?
MUJER
TERCERA.
No puedo dormir en la ciudadela desde que he visto la
serpiente que la guarda.
MUJER
CUARTA.
Yo, infeliz de mí, me muero de fatiga: el grito incesante
de las lechuzas no me deja conciliar el
sueño.
LISÍSTRATA.
¡Desdichadas! Basta de fingidos terrores. Quizá echáis de
menos a vuestros maridos. ¿Creéis que ellos no os desean también? Yo sé que
pasan noches crueles. Pero, amigas mías, resistíos sin flaquear, y tened aún un
poco de paciencia: un oráculo nos pronostica el triunfo, si no nos dividimos.
Oídlo.
CORO DE
MUJERES.
Sí, dinos el oráculo.
LISÍSTRATA.
Callad, pues. «Cuando las golondrinas, huyendo de las
abubillas, se reúnan en un lugar, y se abstengan de los machos, entonces
concluirán los males, y Júpiter tonante pondrá lo de abajo arriba...»
CORO DE
MUJERES
¿Nosotras estaremos encima?
LISÍSTRATA.
«Pero si las divide la discordia, y las golondrinas huyen
del sagrado templo, no habrá otra ave más lasciva.»
CORO DE
MUJERES.
El oráculo está claro. ¡Oh dioses! no hay que
desalentarse. Entremos. Vergonzoso sería, compañeras, el faltar al oráculo.
CORO DE
VIEJOS.
Quiero contaros una fábula que oí siendo niño. Es así:
Había un joven llamado Melanión, que
por odio al matrimonio se fue a un desierto; vivía en las montañas; cazaba
liebres, hacía lazos, y tenía un perro, y jamás volvió a su casa, ¡tanto
aborrecía a las mujeres!; y nosotros también, que no somos menos discretos que
Melanión.
UN VIEJO.
Vieja mía, quiero darte un beso...
UNA MUJER.
Llorarás, sin comer ajos.
EL VIEJO.
Y atizarte un puntapié.
LA MUJER.
Tu espesa barba es buen asidero.
EL VIEJO.
Mirónides era negro y velludo y el terror de todos sus
enemigos, lo mismo que Formión.
CORO DE
MUJERES.
También yo quiero contarte una fábula en respuesta a la
de Melanión. Había un tal Timón,
hombre intratable, inaccesible como si estuviese erizado de espinas, un
verdadero hijo de las Furias. El tal Timón, lleno de odio, huyó de vosotros
colmándoos de maldiciones. ¡Tanto aborrecía a los hombres! Sin embargo, era
apasionadísimo por las mujeres.
UNA MUJER.
¿Quieres que te sacuda un bofetón?
UN VIEJO.
No, no te tengo miedo.
LA MUJER.
Pues te daré un puntapié.
EL VIEJO.
Se te verá lo que no debe verse.
LA MUJER.
No se verá nada sucio; aunque soy vieja, la luz de la
lámpara me sirve de depilatorio.
LISÍSTRATA.
¡Eh! ¡Eh! Mujeres, acudid aprisa.
MUJER
PRIMERA.
¿Qué ocurre? Di, ¿por qué esos gritos?
LISÍSTRATA.
Un hombre, un hombre se acerca enfurecido por la cólera
de Venus. ¡Diosa reina de Chipre, Citera y Pafos, no te desvíes del principiado
camino!
MUJER
PRIMERA.
¿Dónde está? ¿Quién es?
LISÍSTRATA.
MUJER
PRIMERA.
En efecto, es un hombre. ¿Pero quién podrá ser?
LISÍSTRATA.
Mirad. ¿Le conocéis alguna de vosotras?
MIRRINA.
Yo le conozco: es mi marido Cinesias.
LISÍSTRATA
(A Mirrina).
Procura mortificarle y enardecerle la sangre fingiéndole
amor y desdén, y concediéndole todo cuanto pida, menos lo que la copa te prohíbe.
MIRRINA.
Pierde cuidado: eso corre de mi cuenta.
LISÍSTRATA.
Me quedo para ayudarte a engañarle y mortificarle.
Vosotras, retiraos.
CINESIAS.
¡Ay desdichado, qué horrible tormento! Se me figura que estoy sobre la rueda.
LISÍSTRATA.
¿Quién está ahí, más acá de los centinelas?
CINESIAS.
Yo.
LISÍSTRATA.
¿Un hombre?
CINESIAS.
Sí, un hombre.
LISÍSTRATA.
¡Pronto, fuera de ahí!
CINESIAS.
¿Quién eres tú para despacharme?
LISÍSTRATA.
El centinela de día.
CINESIAS.
Por los dioses te lo pido, llama a Mirrina.
LISÍSTRATA.
¡Me gusta! ¿Que llame a Mirrina? Y tú, ¿quién eres?
CINESIAS
Su marido Cinesias Peónides.
LISÍSTRATA.
Salud, carísimo; tu nombre no nos es desconocido, porque
a tu mujer nunca se le cae de la boca; si coge un huevo o una manzana, dice
siempre: «Esto para mi Cinesias.»
CINESIAS.
¡Oh soberanos dioses!
LISÍSTRATA.
Así es, por Venus. Siempre que se habla de hombres, tu
mujer suele decir: «Todo es nada en comparación de mi Cinesias.»
CINESIAS.
Vamos, llámala.
LISÍSTRATA.
¿Me darás algo por el servicio?
CINESIAS.
Ya lo creo; y en seguida, si quieres: mira, te daré lo
que tengo.
LISÍSTRATA.
Pues bajo a llamarla.
CINESIAS.
Anda lista. La vida no tiene encanto para mí desde que
abandonó el hogar; entro en él con hastío; la casa me parece un desierto; todos
los manjares insípidos: ¡tal es mi pena!
MIRRINA.
¡Le amo, sí, le amo! Pero él no quiere corresponderme. No
me obligues a ir a verle.
CINESIAS.
¡Oh dulcísima Mirrinita! ¿Por qué haces eso? Baja, baja.
MIRRINA.
No lo creas.
CINESIAS.
¿Cómo, Mirrina, no bajarás llamándote yo?
MIRRINA.
Me llamas sin necesidad.
CINESIAS.
¿Sin necesidad, y estoy pereciendo?
MIRRINA.
Me voy.
CINESIAS.
No, por piedad: oye siquiera al niño. Vamos, hijo mío,
¿no llamas a tu mamá?
EL NIÑO.
CINESIAS.
Vamos, ¿qué haces? ¿No te compadeces de esta pobre
criatura que hace seis días está sin madre que le asee?
MIRRINA.
Él ya me da lástima, pero su padre es muy descuidado.
CINESIAS.
Baja, loquilla, por amor a tu hijo.
MIRRINA.
¡Ah! ¡Lo que es haberlo parido! Vamos, ya bajo: ¿qué
remedio?
CINESIAS.
Me parece mucho más joven; ¡qué tierna es su mirada! Sin
duda su desdén y negativas enardecen mi amor.
MIRRINA.
Dulcísimo niño, hijo de un mal padre, y encanto de tu
mamá, toma, toma este beso.
CINESIAS.
¿Por qué haces eso, malvada, siguiendo el ejemplo de
otras mujeres con gran pena tuya y mía?
MIRRINA.
Quietas las manos.
CINESIAS.
Todo lo que hay en casa se está perdiendo.
MIRRINA.
Poco se me importa.
CINESIAS.
¿Se te importa poco que las gallinas desgarren tus telas?
MIRRINA.
Sí, por cierto.
CINESIAS.
¡Tanto tiempo como hace que no has celebrado las fiestas
de Venus! ¿No quieres venir?
MIRRINA.
No, mientras no hagáis la paz y concluyáis la guerra.
CINESIAS.
Bien; si te agrada, lo haremos.
MIRRINA.
Bien, si te agrada, volveré a casa; pero hasta entonces
estoy comprometida por un juramento.
CINESIAS.
Saltem aliquantisper mecum decumbe.
MYRRHINA.
Non sane: etsi non posse negari te a me amari.
CINESIAS.
Amas? cur ergo non decumbis, Myrrhinula?
MYRRHINA.
O ridende, num præsente puerulo?
CINESIAS.
Non hercle: sed tu, o Manes, fer eum domum. Ecce puerulus
jam tibi hinc amotus: tu vero non decumbes?
MYRRHINA.
Sed, o perdite, ubi id fieri potest?
CINESIAS.
Ad Panos sacellum percommode.
MYRRHINA.
At quomodo in arcem casta redire potero?
CINESIAS.
Facillume, in Clepsydra si laveris.
MYRRHINA.
Scilicet, o perdite, jurata pejerabo?
CINESIAS.
In caput meum vertat. De jurejurando ne sis sollicita.
MYRRHINA.
Agedum feram lectulum nobis.
CINESIAS.
Nequaquam: sufficit nobis humi cubare.
MYRRHINA.
Ita me Apollo juvet, ut ego te, quamvis turgentem
libidine, non reclinaverim humi.
CINESIAS.
Amat me valde, satis apparet, uxor.
MYRRHINA.
En, decumbe properans, et ego exuo vestes. At, perii,
teges efferenda est.
CINESIAS.
Quæ, malura, teges? Haud mihi quidem.
MYRRHINA.
Ita mihi Diana propitia sit: turpe enim est super loris
cubare.
CINESIAS.
Sine deosculer te.
MYRRHINA.
En.
CINESIAS.
Papæ! Revertere huc ergo quam celeriter.
MYRRHINA.
En teges. Decumbe: jam exuo vestes. Sed, perii! cervical
non habes.
CINESIAS.
At nihil opus est mihi.
MYRRHINA.
At ecastor mihi.
CINESIAS.
Profecto penis hicce uti Hercules hospitio excipietur.
MYRRHINA.
Surge, subsulta.
CINESIAS.
Jam omnia habeo.
MYRRHINA.
Itane omnia?
CINESIAS.
Agedum, o aurea.
MYRRHINA.
Jam strophium solvo: tu vero memento, ne, quam dedisti de
pace ineunda, fidem fallas.
CINESIAS.
Peream hercle prius.
MYRRHINA.
Sed lodicem non habes.
CINESIAS.
Nec hercle opus est: sed futuere volo.
MYRRHINA.
Ne sis sollicitus, et istud facies: cito enim redeo.
CINESIAS.
Stragulis perdet me hæc femina.
MYRRHINA.
Erigere.
CINESIAS.
At iste jamdudum erectus est.
MYRRHINA.
Vin’ ut te inungam?
CINESIAS.
Ne hoc Apollo sirit.
MYRRHINA.
Per Venerem, velis nolis, inungere.
CINESIAS.
Utinam, o supreme Jupiter, effusum fuisset istuc
unguentum!
MYRRHINA.
Porrige manum, sume et inungere.
CINESIAS.
Istuc hercle unguentum minime et suave, nisi terendo
bonum sit; nec concubitum olet.
MYRRHINA.
Me miseram! Rhodium unguentum extuli.
CINESIAS.
Bonum est: mitte hoc, o fatua.
MYRRHINA.
Nugaris.
CINESIAS.
Qui illum dii omnes perduint, qui primus coxit unguentum!
MYRRHINA.
Cape hoc alabastrum.
CINESIAS.
Sed aliud habeo. At tu, o perdita, decumbe, et ne fer
mihi quidquam.
MYRRHINA.
Istuc agam, ita me Diana amabit. Calceos igitur exuo.
Sed, o carissime, vide ut decernas aliquid de pace facienda.
CINESIAS.
Consulam. (Myrrhina aufugit.) Perdidit me et attrivit
mulier tum aliis omnibus, tum quod me excoriatum relinquens abiit. Hei mihi!
quid faciam? quem futuam, postquam spe excidi potiundæ pulcherrimæ? quomodo
hancce educabo? Ubi Cynalopex? loca mihi mercede nutricem.
CHORUS
SENUM.
In maxumis malis, o infelix, et animi angore cruciaris;
et me tui miseret. Heu! heu! Quinam renes possint durare? quis animus? qui
colei? quis penis intentus, nec mane permolens aliquam?
CINESIAS.
¡Oh Júpiter, qué horribles convulsiones!
CORO DE
VIEJOS.
¡Cómo se te ha burlado la más execrable y pérfida de las
mujeres!
CINESIAS.
Di la más amada, la más dulcísima.
CORO DE
VIEJOS.
¿Dulcísima? No, ¡cruel, muy cruel! ¡Oh Júpiter, envía una
violenta ráfaga que la levante como a paja ligera, y después de hacerla girar
arremolinada en los aires, la deje de repente en tierra y la clave... donde yo
me sé!
UN
HERALDO.
¿Dónde está el Senado ateniense? ¿Dónde están los
pritáneos? Tengo que comunicarles una noticia.
EL
MAGISTRADO.
EL
HERALDO.
¡Soy un heraldo, imbécil! Te lo juro por Cástor y Pólux;
vengo de Esparta para hacer la paz.
EL
MAGISTRADO.
¿Trayendo una lanza escondida?
EL
HERALDO.
No hay tal.
EL
MAGISTRADO.
¿Adónde te vuelves? ¿Por qué te estiras la túnica? ¿Te
has excoriado de tanto andar?
EL
HERALDO.
Este hombre es un idiota
EL
MAGISTRADO.
EL
HERALDO.
Te digo que no, y basta de bromas.
EL
MAGISTRADO.
¿Qué traes ahí?
EL
HERALDO.
Una escítala lacedemonia.
EL
MAGISTRADO.
Pase por escítala; pero dime la verdad; mira que lo sé
todo: ¿cómo andan las cosas en Lacedemonia?
EL
HERALDO.
Mal; todas en el aire, lo mismo las de Lacedemonia que
las de los aliados. Pelene nos es indispensable.
EL
MAGISTRADO.
¿Cuál es la causa de esa deplorable situación? ¿Quizá Pan irritado...?
EL
HERALDO.
No, Lámpito, según creo, fue la que principió; y en
seguida, a un tiempo y unánimes, todas las espartanas se han separado de sus
maridos.
EL
MAGISTRADO.
¿Y qué tal lo pasáis?
EL
HERALDO.
Horriblemente; andamos encorvados por las calles, como si
lleváramos linternas. Las mujeres han resuelto no permitirnos la menor caricia,
hasta que por unánime consentimiento hagamos la paz con toda la Grecia.
EL
MAGISTRADO.
Es una conspiración tramada por las mujeres de todos los
países. Ahora lo comprendo. Vete cuanto antes, y di a los lacedemonios que
manden embajadores con plenos poderes para tratar de la paz. Yo voy a decir al
Senado que os envíe otros; me bastará para persuadirle el hacerle ver nuestra
situación.
EL
HERALDO.
Voy volando: tu idea es excelente.
CORO DE
VIEJOS.
No hay bestia feroz, ni incendio más indomable que la
mujer. La pantera es menos desvergonzada.
CORO DE
MUJERES.
Si sabes eso, ¿por qué te obstinas en hacerme la guerra,
pudiendo, gran bribón, ser amigo mío?
CORO DE
VIEJOS.
No, jamás dejaré de aborrecer a las mujeres.
CORO DE
MUJERES.
Como quieras; mas por de pronto no puedo consentir que
estés desnudo. ¡Si vieras lo ridículo que estás! Vamos, voy a ponerte esta
túnica.
CORO DE
VIEJOS.
En eso tenéis razón, por vida mía; me la quité en aquel
arrebato de cólera.
CORO DE
MUJERES.
Ahora siquiera tienes facha de hombre, y no haces reír.
Si no me hubieras enojado tanto, te sacaría también un animalito que tienes en
el ojo.
CORO DE
VIEJOS.
Sin duda era eso lo que me mortificaba. Toma este anillo;
saca el insecto y enséñamelo. Me pica en el ojo hace un buen rato.
CORO DE
MUJERES.
Lo haré, aunque eres el hombre más gruñón... ¡Oh Júpiter,
qué enorme mosquito! ¿Lo ves? Debe ser de Tricoriso.
CORO DE
VIEJOS.
¡Ah, qué alivio te debo! Me estaba abriendo un pozo; así
es que en cuanto lo has sacado, me fluyen lágrimas en abundancia.
CORO DE
MUJERES.
Aunque eres muy bribón, yo te las enjugaré, y además te
daré un beso.
CORO DE
VIEJOS.
No me beses.
CORO DE
MUJERES.
Quieras o no.
CORO DE
VIEJOS.
¡Mala peste os lleve! ¿Habrase visto qué zalameras son?
Con razón se dice: «Ni con esas perversas, ni sin esas perversas.» Pero hagamos
las paces, y convengamos en no causarnos en adelante ningún mal; ni nosotros a
vosotras, ni vosotras a nosotros. Sancionemos nuestra amistad, uniendo nuestros
cantos.
CORO DE
MUJERES.
No pretendemos, ciudadanos, hablar mal de ninguno de
vosotros; al contrario, os deseamos y haremos todo género de beneficios; que
para males, los presentes bastan.
Acuda a nosotras todo hombre o mujer que necesite dinero, y recibirá tres
minas; pues adentro hay oro en abundancia, y nosotras también tenemos bolsa. Y
si la paz llega a hacerse, nadie tendrá que devolver la cantidad recibida.
Hemos convidado a cenar a unos caristios, personas buenas y valientes; tenemos
puches y un lechoncillo, recientemente inmolado, cuya carne será tierna y
sabrosa. Venid, pues, hoy a mi morada, y venid pronto, después del baño,
vosotros y vuestros hijos; entrad sin preguntar por nadie; seguid todo derecho,
como en vuestra casa, sin reparo alguno; porque la puerta estará... cerrada.
CORO DE
VIEJOS.
Allí vienen los embajadores espartanos, pisándose las
barbas; parece que traen una gamella colgada a la cintura.
¡Salud, en
primer lugar, lacedemonios! Y en seguida, decidnos qué tal os encontráis.
UN
LACEDEMONIO.
¿Qué necesidad hay de largos discursos? Mirad y ved.
CORO DE
VIEJOS.
¡Oh! El mal toma serias proporciones y va cada vez a
peor.
EL
LACEDEMONIO.
Es indecible. ¿A qué hablar más? Venga cualquiera, y
ajustemos la paz a cualquier precio.
CORO DE
VIEJOS.
Atqui et istos conspicor indigenas, tamquam luctatores a
ventre rejicientes vestes, ita ut athleticum quid hic morbus videatur.
ATHENIENSIS.
Quis indicet nobis Lysistratam, ubi sit? nam viri adsumus
et nos hujuscemodi.
CHORUS
SENUM.
Et alter hic morbus alteri congruit. Numquid mane tentigo
vos capit?
ATHENIENSIS.
Immo hercle perimus, dum hoc experimur. Quare, nisi pacem
inter nos quis ocius conciliet, fieri non poterit, quin Clisthenem futuamus.
CHORUS
SENUM.
Si sapitis, vestes sumetis, ut nequis eorum, qui Hermos
truncant, vos videat.
ATHENIENSIS.
Recte, ita me Jupiter amet, autumas.
LACO.
Ita me Castores, recte omnino. Agedum amiciamur.
ATHENIENSIS.
Salvete, o Lacones: turpe est, quod nobis accidit.
LACO.
O carissime, male utique nobis fuisset, si vidissent isti
viri mentulas nostras erectas.
EL
ATENIENSE.
Ea, lacedemonios, hablemos con franqueza. ¿A qué habéis
venido?
EL
LACEDEMONIO.
A tratar de la paz.
EL
ATENIENSE.
Muy bien, nosotros a lo mismo. ¿Mas por qué no llamamos a
Lisístrata? Es la única que puede arreglarnos.
EL
LACEDEMONIO.
Bueno, y si quieres también a Lisístrato.
CORO DE
VIEJOS.
Es inútil llamarla; sin duda os ha oído, y sale.
¡Salud,
mujer esforzadísima! Llegó la ocasión de mostrarte valiente o tímida, buena o
mala, severa o indulgente, sencilla o astuta. Los principales griegos,
seducidos por tus encantos, se confían a ti, y esperan que des fin a sus
agravios.
LISÍSTRATA.
No es cosa difícil, mientras su situación no les arrastre
a excesos nefandos. Pronto lo sabré. ¿Dónde está la Paz? Tráeme primero a los lacedemonios,
cogiéndoles de la mano, sin dureza ni altivez, y sin aquella grosería con la
cual les recibían nuestros esposos; al contrario, muéstrales esa
afabilidad, adorno de la mujer. Si se niegan a darte la mano, cógelos por otra
parte. Tráeme asimismo a los
atenienses, cogiéndoles por donde quieran. — Lacedemonios, colocaos junto a mí;
vosotros, atenienses, a este lado; ahora prestadme atención. No soy más que una
mujer, pero tengo sentido común; la naturaleza me dotó de un criterio claro,
que las lecciones de mi padre y de otros ancianos acertaron a desenvolver.
Quiero principiar por echaros en rostro faltas comunes a entrambos y
censurables con sobra de razón. Vosotros que en Olimpia, en las Termópilas, en
Delfos (¡cuántos lugares pudiera citar si quisiera extenderme!) rociáis los
mismos altares con igual agua lustral, y formáis una sola familia ante los
bárbaros enemigos, arruináis ahora con desoladora guerra la Grecia y sus
ciudades. Esto es lo primero que tenía que deciros.
EL
ATENIENSE.
Y a mi me mata el deseo.
LISÍSTRATA.
Ahora, lacedemonios, me dirijo a vosotros en particular.
¿No os acordáis de cuando el espartano Periclides llegó suplicante al pie de nuestras
aras, pálido, vestido de púrpura,
pidiendo a los atenienses tropas auxiliares? Porque entonces la Mesenia os
apuraba, y Neptuno estremecía vuestra tierra. Cimón partió con cuatro mil soldados,
y salvó a Lacedemonia. ¡Y después de tales beneficios devastáis los campos de
vuestros libertadores!
EL
ATENIENSE.
Sí, Lisístrata, obraron mal.
EL
LACEDEMONIO.
Obramos mal: pero es indecible la belleza de esto.
LISÍSTRATA.
¿Creéis, atenienses, que os voy a absolver de toda culpa?
¿No recordáis que también los lacedemonios, cuando vestíais la túnica de
esclavos, vinieron en armas, mataron gran número de tesalios y de amigos y
partidarios de Hipias, y fueron los únicos que en aquel memorable día os
devolvieron la libertad y cambiaron vuestra túnica servil por el manto de
ciudadanos?
EL
LACEDEMONIO.
No he visto mujer más hermosa.
EL
ATENIENSE.
Yo tampoco.
LISÍSTRATA.
Debiéndoos mutuamente tantos y tan preclaros beneficios,
¿por qué os hacéis la guerra, y no desistís de vuestros rencores? ¿Por qué no
os reconciliáis? Decid: ¿quién os lo impide?
EL
LACEDEMONIO.
Nosotros ya queremos, si se nos devuelve nuestro
baluarte.
LISÍSTRATA.
¿Cuál?, amigo.
EL
LACEDEMONIO.
Pilos, que reclamamos y apetecemos hace tiempo.
EL
ATENIENSE.
¡Por Neptuno! Nunca lo conseguiréis.
LISÍSTRATA.
Cedédselo, amigos míos.
EL
ATENIENSE.
Entonces, ¿dónde promoveremos alborotos?
LISÍSTRATA.
Exigid otra plaza en cambio.
EL
ATENIENSE.
Bueno, dadnos Equinonte, el golfo Maliense que la baña, y
los muros de Mégara, parecidos a dos piernas.
EL
LACEDEMONIO.
No, querido mío, no todo eso.
LISÍSTRATA.
Conveníos, no disputéis por dos piernas.
EL
ATENIENSE.
Yo estoy deseando desnudarme, y arar mis tierras.
EL
LACEDEMONIO.
LISÍSTRATA.
En cuanto se ajuste la paz haréis todo eso. Si la deseáis,
deliberad sobre el asunto, y partid a comunicar vuestra resolución a los
aliados.
EL
ATENIENSE.
¿A qué aliados, amiga mía? Nuestra situación es
insostenible. ¿Crees que a nuestros aliados no les pasará lo mismo?
EL
LACEDEMONIO.
A los míos, sí.
EL
ATENIENSE.
Pues no digo nada a los caristios.
LISÍSTRATA.
Perfectamente. Ahora purificaos para que las mujeres os
recibamos en la ciudadela, y vaciemos en obsequio vuestro nuestras cestas.
Juraos mutua fidelidad; después cada uno recobrará su esposa, y se marchará con
ella.
EL
ATENIENSE.
Vamos aprisa.
EL
LACEDEMONIO.
Llévame adonde quieras.
EL
ATENIENSE.
Sí, sí, volando.
CORO DE
MUJERES.
Tapices bordados, túnicas preciosas, vestidos rozagantes,
vasos de oro, todo cuanto tengo os lo ofrezco de buena voluntad para que lo
lleven vuestros hijos, o vuestra hija, si llega a ser canéfora. A todos os digo
que dispongáis de mis riquezas y cojáis en mi casa cuanto os agrade: de todo,
por bien sellado que se encuentre, podéis apoderaros rompiendo su cerradura.
Mas por mucho que miréis no veréis nada, a menos de que vuestros ojos sean más
perspicaces que los míos. El que no tenga comida para sus esclavos o numerosa
prole, encontrará en mi casa trigo molido y un enorme pan de un quénice. Todos
los pobres pueden acudir a mí con sacos y alforjas para recibir granos. Manes,
mi esclavo, se lo dará. Sin embargo, que nadie se acerque a mi puerta; cuidado
con el perro.
UN
CURIOSO.
Abre la puerta.
UN CRIADO.
Retírate. ¿Qué hacéis vosotros ahí? ¿Queréis que os
abrase con esta lámpara? ¡Qué gente tan molesta!
EL
CURIOSO.
No me retiraré.
EL CRIADO.
Bueno, ya que os empeñáis, nos aguantaremos aquí.
EL
CURIOSO.
Y nosotros nos aguantaremos contigo.
EL CRIADO.
¡Ah! ¿No os vais? Vuestros cabellos lo pagarán, y después
pondréis el grito en el cielo. ¿No os vais para que los lacedemonios se marchen
en paz después del festín?
EL
ATENIENSE.
Nunca he visto un banquete semejante. Los lacedemonios
estaban encantadores; y nosotros, después de beber, discretísimos.
CORO DE
VIEJOS.
Tienes razón, porque en ayunas desvariamos. Por lo cual,
si los atenienses me creyesen, deberíamos de ir siempre beodos a todas las
embajadas. ¿Entramos sin beber en Lacedemonia? Pues ya solo buscamos motivos de
discordia: no oímos lo que se nos dice: lo que no se nos dice nos inspira
sospechas; y al dar cuenta de lo ocurrido desnaturalizamos los hechos. Pero hoy
estábamos de tan buen talante que, si hubiesen cantado el escolio de Telamón en vez del de Clitágora, hubiéramos
aplaudido, dispuestos al perjurio.
EL CRIADO.
¿Ya vuelven otra vez? Largo de aquí, grandísimos
desollados.
EL
CURIOSO.
Por fin salen los convidados.
EL
LACEDEMONIO.
Queridísimo amigo, coge las flautas para que yo baile y
cante en honor de los atenienses y de nosotros mismos.
EL
ATENIENSE.
Sí, coge las flautas, por todos los dioses; nada me
divertirá tanto como el verte bailar.
CORO DE
LACEDEMONIOS.
Inspira, oh Mnemósine, a estos jóvenes y a mi Musa, sabedora
de nuestras ilustres hazañas y de las de los atenienses, que junto a Artemisio con ímpetu de dioses se lanzaron sobre
los bajeles enemigos y derrotaron a los Medas. Leónidas nos llevaba como
jabalíes que han aguzado sus colmillos; copiosa espuma cubría nuestros labios,
y corría por todo nuestro cuerpo. Porque los persas eran numerosos como las
arenas del mar. ¡Cazadora Diana, señora de las selvas, virgen celestial, ven y
patrocina nuestra alianza! ¡Que en adelante nos ligue una amistad fraternal,
jamás rota por la perfidia! ¡Senos propicia, doncella cazadora!
LISÍSTRATA.
Ea, ya que todo lo demás ha terminado tan felizmente,
lacedemonios, llevaos vuestras mujeres; y vosotros, atenienses, las vuestras;
que el esposo esté junto a su esposa y la esposa junto a su esposo; y en
celebridad de tan feliz suceso, dancemos en honor de los dioses y evitemos las
reincidencias.
CORO DE
ATENIENSES.
¡Que se presente el coro! ¡Que aparezcan las Gracias!
Invocad a Diana, invocad a su hermano, al benéfico Peán, director de las
danzas; invocad al dios de Nisa,
cuyos ojos centellean al fijarse en las Ménades; invocad a Júpiter, el de
coruscante rayo, a su veneranda esposa y a todas las deidades, eternos testigos
de esta paz ajustada bajo los auspicios de Venus. ¡Io! ¡Io! Peán ¡Bailad! ¡Io!
¡Io! Saltad como para celebrar una victoria. ¡Evoé! ¡Evoé! Lacedemonio, entona
un nuevo canto.
CORO DE
LACEDEMONIOS.
Desciende otra vez del amable Taigeto, Musa lacedemonia,
y ven a celebrar conmigo al Amicleo Apolo,
a Minerva Calcieca y a los fuertes
Tindáridas que se ejercitan en
la margen del Eurotas.
¡Oh!, ven,
tiende hacia mí tu rápido vuelo, y cantemos a Esparta, amante de los sagrados
coros y gallardas danzas que junto al Eurotas ejecutan sus doncellas, saltando
con la agilidad de jóvenes corceles, hiriendo el suelo con ligero pie, y, a
modo de tirsíferas bacantes, soltando al viento la destrenzada cabellera. La
casta hija de Leda las precede
radiante de hermosura. Ea, sujeta con una cinta tus flotantes cabellos y salta
como ligera cierva; arranca esos aplausos que animan los coros, y celebra a
Palas, la más fuerte y guerrera de las diosas.
FIN DE LISÍSTRATA.
FIN

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