© Libro N° 15357. Comedias De Aristófanes. Tomo III. Aristófanes. Emancipación. Julio 18 de 2026
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
COMEDIAS
DE
ARISTÓFANES
TOMO III
Table of Contents
LAS FIESTAS DE
CERES Y PROSERPINA
LAS FIESTAS DE
CERES Y PROSERPINA
Primera edición SEP, 2025
D.R. © Secretaría de Educación
Pública, 2025
Argentina 28, Centro,
06020, Ciudad de México
ISBN 978-607-643-153-5
Prohibida su reproducción por
cualquier medio mecánico o electrónico sin la autorización escrita de los
editores.
Distribución gratuita-Prohibida
su venta
DE
ARISTÓFANES
TRADUCIDAS
DIRECTAMENTE DEL GRIEGO
POR
D.
FEDERICO BARÁIBAR Y ZUMÁRRAGA
TOMO III.
LAS FIESTAS DE CERES Y PROSERPINA
Ya en Los Acarnienses habíase burlado ingeniosamente Aristófanes
de las innovaciones dramáticas de Eurípides, criticando el falso patético que
trataba de obtener presentando a sus héroes cojos o reducidos a la mendicidad.
En Las fiestas de Ceres y en Las
Ranas le veremos nuevamente encarnizarse con su enemigo, sacando a luz
todos sus defectos y dando la voz de alerta a sus contemporáneos sobre las
peligrosas teorías artísticas y morales que en sus tragedias abundaban. No
puede desconocerse, pues de otro modo no se comprendería la virulencia y
ensañamiento con que Aristófanes le ataca, que entre ambos poetas debía de
haber motivos de resentimiento personal; pero hay también que hacer justicia a
la buena fe de nuestro poeta, y confesar que cuando sus censuras se limitan al
sistema dramático y moral de Eurípides, no deja por lo común de tener razón.
Dejando para el preliminar de Las Ranas el estudio de
los defectos literarios del émulo de Sófocles y Esquilo, nos limitaremos a
decir aquí que, en Las fiestas de Ceres, Aristófanes
ataca principalmente a Eurípides bajo el punto de vista de su célebre misoginia
o aborrecimiento de la mujer.
Aunque no
faltan autores que sinceran a Eurípides de este cargo, explicando sus injurias
al sexo bello por la situación de los personajes, y contraponiendo a sus
Medeas, Fedras y Estenebeas, las Ifigenias y Alcestes, tipos acabados de candor
y sacrificio conyugal; lo cierto es que hasta la tradición, apoyada sin duda en
datos de verdad, viene a corroborar la fama de misógino que tenía entre sus
contemporáneos. Una leyenda suponía, en efecto, que este poeta, como en otro
tiempo Orfeo en Tracia, había muerto en Macedonia a manos de las mujeres
irritadas por los ultrajes dirigidos a su sexo.
Las Tesmoforiazusas (Θεσμοφοριάζουσαι), pues este es el título
de la comedia, reunidas con motivo de celebrarse las fiestas de Ceres y
Proserpina, a las que ellas solo tenían derecho a asistir, tratan de aprovechar
esta ocasión para decretar contra su enemigo un castigo ejemplar. Eurípides,
sabedor de lo que pasa y queriendo conjurar la tormenta, suplica a su amigo
Agatón que, a favor de su aspecto mujeril, se introduzca en la asamblea
femenina y trate de apartarlas de su propósito. Ante la negativa de Agatón,
Mnesíloco, suegro de Eurípides, se decide a prestarle este servicio y acude al
sitio de la fiesta. Pero al defender a su yerno déjase arrastrar
imprudentemente por su pasión, y vomita contra el sexo bello las más espantosas
injurias. Hácese sospechoso con esto, y cuando Antístenes llega a toda prisa
anunciando que un hombre se ha introducido en el Tesmoforion disfrazado de
mujer, todas las miradas caen sobre Mnesíloco, que es sometido inmediatamente a
un reconocimiento riguroso. Descubierto el sacrílego fraude, es condenado a morir
atado a un poste, bajo la vigilancia de un escita.
Eurípides
acude en su socorro, ora fingiéndose Menelao, ora Perseo, ora la ninfa Eco,
pero todos sus esfuerzos son inútiles, hasta que, después de hacer las paces
con las mujeres mediante la condición de no hablar mal de ellas, consigue
evadirse con el infeliz Mnesíloco, burlando al arquero que le guardaba, con una
estratagema de mala ley.
Respecto
al mérito literario de esta comedia, es de notar que en ninguna otra de
Aristófanes se encuentra un plan tan bien trazado y seguido, ni tampoco más
viveza y animación. Abundan en ella parodias de muchos pasajes de Eurípides
cuya gracia se ha perdido para nosotros; y, lo que es peor, la afean a cada
momento indecencias y obscenidades reveladoras de tan repugnantes vicios, que
hemos tenido que dejarlas en griego, por no atrevernos a presentarlas ni aun
bajo el velo del latín.
Las fiestas de Ceres, según se deduce de varios pasajes de
las mismas, debieron representarse
el año 412 antes de Jesucristo, sin que tuvieran al parecer favorable acogida.
Aristófanes las retocó; pero la nueva edición tuvo tan poca fortuna como la
primera.
|
MNESÍLOCO, suegro de
Eurípides. |
|
EURÍPIDES. |
|
UN CRIADO DE AGATÓN. |
|
AGATÓN. |
|
CORO DE AGATÓN. |
|
UN HERALDO. |
|
CORO DE MUJERES, celebrando
las fiestas de Ceres y Proserpina. |
|
VARIAS MUJERES. |
|
CLÍSTENES. |
|
UN PRITÁNEO. |
|
UN ESCITA, arquero. |
LAS FIESTAS DE CERES Y PROSERPINA
MNESÍLOCO.
¡Oh
Júpiter! ¿Cuándo aparecerá la golondrina? Este hombre va a acabar conmigo
haciéndome correr desde el amanecer. ¿Podré, antes de que mi bazo estalle, saber adónde me conduces,
Eurípides?
EURÍPIDES.
No
debes oír lo que pronto has de ver.
MNESÍLOCO.
¿Cómo
dices? Repítelo. ¿No debo de oír...?
EURÍPIDES.
Lo que
pronto vas a ver...
MNESÍLOCO.
¿Tampoco
deberé ver...?
EURÍPIDES.
No, lo
que luego has de oír.
MNESÍLOCO.
¿Qué es
lo que me aconsejas? Confieso, sin embargo, que hablas muy bien. ¿Dices que no
debo oír ni ver?
EURÍPIDES.
Esas
dos funciones son en efecto distintas; una cosa es no ver, y otra no oír; tenlo
entendido.
MNESÍLOCO.
¿Cómo
distintas?
EURÍPIDES.
Escucha.
Cuando el Éter principió a separarse del Caos y engendró los animales que en su
seno se agitaban, con objeto de que viesen, les hizo primero los ojos redondos
como el disco del sol, y después les abrió los oídos en forma de embudo.
MNESÍLOCO.
¿Y por
causa del embudo, ni oigo ni veo? ¡Cuánto me alegro de haber aprendido estas
cosas! ¡Qué bueno es conversar con los sabios!
EURÍPIDES.
Yo
puedo enseñarte otras muchas parecidas.
MNESÍLOCO.
¡Ojalá
entre ellas me enseñaras el modo de quitarme la cojera!
EURÍPIDES.
Acércate
y atiende.
MNESÍLOCO.
Heme
aquí.
EURÍPIDES.
¿Ves
esa puertecita?
MNESÍLOCO.
Sin
duda; digo, creo verla.
EURÍPIDES.
Calla.
MNESÍLOCO.
¿Qué
calle yo la puerta?
EURÍPIDES.
Escucha.
MNESÍLOCO.
¿Qué yo
escuche y calle la puerta?
EURÍPIDES.
Agatón, famoso poeta trágico, vive ahí.
MNESÍLOCO.
¿Qué
Agatón es ese?
EURÍPIDES.
Es un
cierto Agatón...
MNESÍLOCO.
Moreno
y robusto, ¿verdad?
EURÍPIDES.
No, es
otro; ¿no lo has visto nunca?
MNESÍLOCO.
¿Tiene
una gran barba?
EURÍPIDES.
¿Pero
no lo has visto nunca?
MNESÍLOCO.
No, que
yo sepa.
EURÍPIDES.
Pues
estuviste con él, aunque quizá sin
conocerlo. Pero apartémonos, porque sale uno de sus criados, trayendo fuego y
ramas de mirto: sin duda va a ofrecer un sacrificio para el buen éxito de sus
poesías.
EL CRIADO.
Guarda,
oh pueblo, un silencio religioso; cierra tu boca; el coro sagrado de las Musas
entona sus himnos en la morada de mi señor. Refrene el Éter apacible el soplo de
los vientos: cese el rumor de las cerúleas ondas...
MNESÍLOCO.
EL CRIADO.
Duerma
la gente alada; párese el correr de las feroces alimañas en las selvas...
MNESÍLOCO.
Bómbalo
bombax.
EL CRIADO.
Porque
Agatón nuestro amo, el poeta de armoniosa lira, se prepara...
MNESÍLOCO.
EL CRIADO.
¿Quién
ha hablado?
MNESÍLOCO.
El Éter
apacible.
EL CRIADO.
A
colocar el armazón de un drama; para lo cual redondea nuevas formas poéticas,
tornea unos versos, suelda otros, forja sentencias, inventa metáforas, funde,
modela y vierte en el molde el asunto, que en sus manos es como blanda cera.
MNESÍLOCO.
EL CRIADO.
¿Qué
patán se aproxima a este recinto?
MNESÍLOCO.
Uno que
para perforar tu recinto y el del poeta de armoniosa lira, trae un excelente
instrumento.
EL CRIADO.
Anciano,
en tu juventud debiste ser muy insolente.
EURÍPIDES.
(A Mnesíloco.) Vamos, déjale en paz. — (Al criado.) Y tú, vete a llamar a Agatón
sin perder un instante.
EL CRIADO.
No hay
necesidad; mi amo vendrá muy pronto, porque ha principiado a componer versos, y
en el invierno no es fácil redondear las estrofas sin salir a tomar el sol.
(Vase.)
MNESÍLOCO.
Y yo,
¿qué haré?
EURÍPIDES.
Espera;
ya sale. ¡Oh Júpiter! ¿Qué suerte me reservas hoy?
MNESÍLOCO.
Por los
dioses, quiero saber lo que te pasa. ¿Por qué gimes? ¿Por qué te lamentas?
Siendo mi yerno, no debes tener secretos para mí.
EURÍPIDES.
Me
amenaza una gran desgracia.
MNESÍLOCO.
¿Cuál?
EURÍPIDES.
Hoy se
decidirá si Eurípides ha de vivir o morir.
MNESÍLOCO.
¿Cómo
es posible, no habiendo hoy sesión en los tribunales ni en el Senado, por ser
el tercer día de la fiesta, el día del medio de las Tesmoforias?
EURÍPIDES.
Precisamente
eso es lo que me hace presentir mi perdición. Las mujeres se han conjurado
contra mí, y están reunidas en el templo de las dos diosas para tratar de mi muerte.
MNESÍLOCO.
¿Por
qué motivo?
EURÍPIDES.
Porque
las injurio en mis tragedias.
MNESÍLOCO.
Por
Neptuno, se les está muy bien empleado. ¿Y cómo podrás evitar el golpe?
EURÍPIDES.
Si
consigo que el poeta trágico Agatón se presente en la fiesta.
MNESÍLOCO.
¿Para
qué? Dime.
EURÍPIDES.
Para
que asista a la reunión de las mujeres, y me defienda si hay necesidad.
MNESÍLOCO.
¿Franca
o disimuladamente?
EURÍPIDES.
Disimuladamente,
disfrazado de mujer.
MNESÍLOCO.
Excelente
idea y muy propia de ti. Tratándose de astucias, el triunfo es nuestro.
EURÍPIDES.
Calla.
MNESÍLOCO.
¿Pues?
EURÍPIDES.
Sale
Agatón.
MNESÍLOCO.
¿Dónde
está?
EURÍPIDES.
MNESÍLOCO.
Sin
duda estoy ciego; no veo ningún hombre; solo veo a Cirene.
EURÍPIDES.
Silencio;
ya se prepara a cantar.
MNESÍLOCO.
¿Va a
entonar una marcha de hormigas?
Doncellas,
recibid la sagrada antorcha, y
festejad con danzas y alaridos a las diosas infernales y a vuestra libre
patria.
¿De qué
deidad se celebra hoy la fiesta? Pronto estoy siempre a adorar a los dioses.
AGATÓN.
Canta,
oh Musa, a Febo, el del arco de oro, que levantó los muros de la ciudad del
Simois.
CORO.
¡Salve,
Febo; para ti mis himnos mejores, pues tú llevas la palma en el sacro certamen
de las Musas!
AGATÓN.
Ensalzad
a Diana, la virgen cazadora, errabunda por montañas y bosques.
CORO.
Celebremos
a porfía, y ensalcemos a la casta Diana, augusta hija de Latona.
AGATÓN.
Y a
Latona y a la cítara asiática, imitando el ritmo y el cadencioso compás de las
Gracias de Frigia.
CORO.
Celebremos
a la augusta Latona, y a la cítara madre de los himnos, para que nuestros
acentos varoniles hagan con fulgor repentino brillar los ojos de la adorable
diosa. ¡Ensalcemos al poderoso Apolo! ¡Salve, hijo feliz de la augusta Latona!
MNESÍLOCO.
¡Venerandas
Genetílides, qué dulce y voluptuosa
melodía! ¡Los besos son menos tiernos y lascivos! ¡Todo mi cuerpo se ha
estremecido de placer! Escucha,
muchacho, quienquiera que seas, pues voy a interrogarte con las palabras de
Esquilo en su Licurgo. ¿De dónde ha salido ese hombre
afeminado? ¿Cuál es su patria y su traje? ¡Qué contradicciones! ¡Una cítara y
una túnica azafranada! ¡Una lira y un tocado de mujer! ¡Un frasco de gimnasia y
un ceñidor! ¿Hay cosas más opuestas? ¡Un espejo y una espada! Tú mismo,
jovenzuelo, ¿qué eres? ¿Eres hombre? Entonces ¿dónde están las pruebas de tu virilidad, y el manto y el calzado propios de este
sexo? ¿Eres mujer? Entonces ¿dónde está el pecho levantado? ¿Qué dices? ¿Por
qué callas? Sea como quieras, pero te advierto que por la voz te conoceré en
seguida.
AGATÓN.
¡Anciano!
¡Anciano! He oído el silbido de la envidia, sin sentir el dolor de sus
mordeduras. Yo llevo un traje en consonancia con mis pensamientos. Pues un
poeta debe tener costumbres análogas a los dramas que compone. Si el asunto de
sus tragedias son las mujeres, su persona debe imitar la vida y el porte
mujeril.
MNESÍLOCO.
¿De
suerte que al componer la Fedra montarás a caballo?
AGATÓN.
Si los
asuntos son varoniles, ya tiene en su cuerpo todo lo necesario. Pero lo que no
tenemos por naturaleza, preciso es adquirirlo por la imitación.
MNESÍLOCO.
Por
consiguiente, cuando escribas dramas satíricos, llámame y yo me pondré detrás de ti en
la actitud requerida.
AGATÓN.
Además
parecerá muy mal un poeta grosero y velludo. Íbico, Anacreonte de Teos y Alceo, tan hábiles
en la armonía, llevaban mitras y bailaban las voluptuosas danzas de la Jonia; el mismo Frínico, de quien has oído hablar, unía a su
propia hermosura la de sus vestidos; así es que en sus dramas todo era hermoso.
Cada cual imprime a sus obras su propio carácter.
MNESÍLOCO.
Por eso
Filocles, que es feo, compone obras
feas; Jenocles, que es malo, malas;
y Teognis, que es frío, frías.
AGATÓN.
Es de
absoluta necesidad. Y sabiéndolo yo, he cuidado de mi persona.
MNESÍLOCO.
¿Cómo,
por los dioses?
EURÍPIDES.
Cesa de
ladrar. Yo era lo mismo cuando a la edad de ese principié a escribir.
MNESÍLOCO.
¡Vaya
unos modales, amigo!
EURÍPIDES.
Pero
déjame decir a lo que he venido.
AGATÓN.
Habla.
EURÍPIDES.
Agatón,
«es de hombres sabios el decir muchas cosas en pocas palabras. Herido por una
desgracia nueva, vengo a suplicarte.»
AGATÓN.
¿Para
qué me necesitas?
EURÍPIDES.
Las
mujeres, reunidas en el templo de las dos diosas, han resuelto hoy mi
perdición, porque hablo mal de ellas.
AGATÓN.
¿Y qué
socorro puedes esperar de mí?
EURÍPIDES.
Uno
grandísimo. Si te mezclas furtivamente entre las mujeres de modo que parezcas
una de tantas, y defiendes mi causa elocuentemente, conseguirás salvarme. Tú
eres el único capaz de hablar dignamente de mí.
AGATÓN.
¿Por
qué no vas a defenderte tú mismo?
EURÍPIDES.
Te lo
diré. En primer lugar, yo soy muy conocido, y además cano y barbudo; mientras
que tú eres de hermosa figura, blanco, imberbe; tienes voz atiplada y aspecto
delicado.
AGATÓN.
Eurípides...
EURÍPIDES.
¿Qué?
AGATÓN.
¿No has
dicho en alguna parte: «el ver la luz te alegra; ¿crees que no le alegra
también a tu padre?»?
EURÍPIDES.
Cierto.
AGATÓN.
No
esperes, por tanto, que yo me exponga en tu lugar: sería una locura. Sufre,
como es natural, tu propio infortunio. Las desgracias no deben sobrellevarse
con astucia, sino con paciencia.
MNESÍLOCO.
Así es
como tú has llegado al colmo de la infamia: a fuerza de paciencia.
EURÍPIDES.
¿Pero
por qué temes ir allá?
AGATÓN.
Me
tratarían peor que a ti.
EURÍPIDES.
¿Cómo?
AGATÓN.
¿Cómo?
Parecería que iba a robarles sus placeres nocturnos, y arrebatarles su Venus
íntima.
MNESÍLOCO.
¡Mira!
¿A robarles? Di más bien a prostituirte. ¡Por Júpiter! ¡Vaya un pretexto!
EURÍPIDES.
En qué
quedamos, ¿lo harás?
AGATÓN.
No lo
esperes.
EURÍPIDES.
¡Desdichado
de mí! ¡Estoy perdido!
MNESÍLOCO.
Eurípides,
mi querido yerno, no te desalientes.
EURÍPIDES.
¿Qué
hacer?
MNESÍLOCO.
Échale
a ese al infierno, y dispon de mí a tu antojo.
EURÍPIDES.
Pues tú
mismo te me ofreces, acepto. Vamos quítate ese vestido.
MNESÍLOCO.
Ya está
en el suelo. ¿Qué intentas hacer de mí?
EURÍPIDES.
Afeitarte
la barba y quemarte el pelo de más abajo.
MNESÍLOCO.
Haz lo
que gustes, ya que me he ofrecido.
EURÍPIDES.
Agatón,
tú siempre llevas navajas, préstanos una.
AGATÓN.
Cógela
de ese estuche.
EURÍPIDES.
Gracias.
Siéntate e hincha el carrillo derecho.
MNESÍLOCO.
¡Ay!
EURÍPIDES.
¿Por
qué gritas? Te voy a meter un tarugo en la boca, si no callas.
MNESÍLOCO.
¡Ay!
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
EURÍPIDES.
¿A
dónde corres?
MNESÍLOCO.
Al
templo de las Euménides; no, por
Ceres, no me he de estar ahí para que me hagas tajadas.
EURÍPIDES.
Se van
a reír de ti al verte con la cara medio afeitada.
MNESÍLOCO.
Poco me
importa.
EURÍPIDES.
No me
abandones, por los dioses te lo pido, ven acá.
MNESÍLOCO.
¡Desdichado
de mí!
EURÍPIDES.
Estáte
quieto y levanta la cabeza. ¿Adónde te vuelves?
MNESÍLOCO.
¡Mu!
¡Mu!
EURÍPIDES.
¿Por
qué muges? Ya está concluido todo.
MNESÍLOCO.
¡Infeliz,
voy a pelear armado a la ligera!
EURÍPIDES.
No
pienses en eso. Vas a estar hermosísimo. ¿Quieres mirarte?
MNESÍLOCO.
Sí,
dame un espejo.
EURÍPIDES.
¿Te
ves?
MNESÍLOCO.
EURÍPIDES.
Levántate
para que te queme el vello; ahora inclínate.
MNESÍLOCO
¡Cielo
santo! ¡Me vas a chamuscar como a un cerdo!
EURÍPIDES.
Traedme
una antorcha o una lámpara. Inclínate y cuídate solo de una cosa.
MNESÍLOCO.
Ya la
cuidaré, por Júpiter. ¡Oh, yo me abraso! ¡Agua, vecinos, agua, antes de que la
llama incendie mi trasero!
EURÍPIDES.
Tranquilízate.
MNESÍLOCO.
¿Quién
puede estar tranquilo cuando le están asando?
EURÍPIDES.
Ya no
tienes por qué inquietarte; lo peor está hecho.
MNESÍLOCO.
¡Oh,
qué hollín! Estoy completamente chamuscado
EURÍPIDES.
No te
cuides de eso; ya se te lavará con una esponja.
MNESÍLOCO.
¡Pobre
del que se atreva a lavarme el trasero!
EURÍPIDES.
Agatón,
ya que no quieres ayudarme, préstame a lo menos esa túnica y ese ceñidor; no
puedes decir que no los tienes.
AGATÓN.
Con
mucho gusto; tomad y usadlos.
MNESÍLOCO.
¿Qué me
pongo?
AGATÓN.
Ponte
primero esa túnica de color de azafrán.
MNESÍLOCO.
¡Por
Venus, qué buen olor echa a hombre!
Pónmela pronto: dame el ceñidor.
EURÍPIDES.
Toma.
MNESÍLOCO.
Ahora
dame algo para adornarme las piernas.
EURÍPIDES.
Necesitas
una cinta y una mitra.
AGATÓN.
Toma mi
gorro de dormir.
EURÍPIDES.
Por
Júpiter, es lo más a propósito.
MNESÍLOCO.
¿Me
caerá bien?
AGATÓN.
Admirablemente.
EURÍPIDES.
Venga
el manto.
AGATÓN.
Cógelo
de encima de la cama.
MNESÍLOCO.
Necesito
zapatos.
AGATÓN.
Ten
estos míos.
MNESÍLOCO.
¿Me
vendrán bien? Que a ti te gusta el calzado ancho.
AGATÓN.
Pruébatelos.
Ya tenéis todo cuanto os hace falta. Llevadme pronto adentro.
EURÍPIDES.
Pareces
completamente una mujer. Cuando hables, ten mucho cuidado de imitar la voz
femenina.
MNESÍLOCO.
Lo
procuraré.
EURÍPIDES.
Vete
ya.
MNESÍLOCO.
No, por
cierto, si antes no me juras...
EURÍPIDES.
¿Qué?
MNESÍLOCO.
Emplear
todos los medios para salvarme, si me ocurre alguna desgracia.
EURÍPIDES.
«Lo
juro por el Éter, morada de Júpiter.»
MNESÍLOCO.
¿No era
mejor que jurases por la familia de Hipócrates?
EURÍPIDES.
Pues
bien, juro por todos los dioses sin excepción.
MNESÍLOCO.
«Acuérdate
de que ha jurado el corazón y no la lengua.» Los juramentos de esta no los quiero.
EURÍPIDES.
Anda
listo; ya se ve en el templo de Ceres la señal de reunirse. Yo me retiro.
(Mutación de escena. Aparece el templo de Ceres y
Proserpina.)
Ven,
Trata, sígueme. Mira, Trata, cuánto humo despiden las antorchas. ¡Oh bellísimas
Tesmóforas, recibidme y despedidme propicias! Descárgate la cesta, Trata, y
saca la torta para que se la ofrezca a las dos diosas. ¡Oh augusta divinidad,
Ceres adorada, y tú, venerable Proserpina, permitidme presentaros muchas veces
oblaciones como esta! (y sobre todo que no me descubran). Conceded a mi hija un
esposo rico, aunque sea estúpido y necio, para que no piense más que en
divertirse. ¿Dónde encontraré un
sitio para poder oír a los oradores? Tú, Trata, márchate; las esclavas no
pueden asistir a esta reunión.
Guardad
el silencio religioso: guardad el silencio religioso. Orad a las Tesmóforas
Ceres y Proserpina, a Pluto. a Caligenia, a Curótrofe,
, a la Tierra, a Mercurio, a las Gracias, para que esta asamblea nos sea
propicia y útil a Atenas y a nosotras mismas. Pedidles también que aquella que
por sus ilustres hechos y discursos merezca más aplausos del pueblo ateniense y
de las mujeres, sea la vencedora. Dirigidles estas súplicas, y haced votos por
vuestra propia dicha. ¡Io Peán! ¡Io Peán! Congratulémonos.
CORO DE
MUJERES.
Esos
son nuestros votos. ¡Dígnense los dioses acogerlos! Omnipotente Júpiter, dios
de la lira de oro, adorado en Delos;
y tú, invencible diosa, doncella de cerúleos ojos y áurea lanza, patrona de la
más floreciente ciudad, acudid a
mi llamamiento; acude tú también, hermoso retoño de Latona, la de fúlgida mirada, virgen cazadora,
adorada bajo cien advocaciones; y tú, venerable Neptuno, soberano de las olas,
abandonando tu líquido palacio arremolinado por las tempestades y recorrido por
los peces, ven acompañado de las hijas de Nereo, y de las montañesas ninfas.
Mézclense a nuestras oraciones los acentos de la dorada lira, y reine el orden
en esta asamblea de nobles matronas.
EL
HERALDO.
Orad a
los dioses y diosas del Olimpo, de Delfos, de Delos, y a las demás deidades. Si
hay algún malvado que conspire contra el pueblo femenino o que ofrezca a
Eurípides o a los Medas una paz
perjudicial a las mujeres, o que aspire a la tiranía, o se proponga restablecer
a un usurpador; si hay un delator que denuncie a una mujer culpable de
suposición de prole, o una esclava que después de haber sido alcahueta de su
señora le vaya con el cuento al marido, y, encargada de llevar un recado,
traiga falsas noticias; si hay algún galanteador que engañe a una mujer y
después no la dé lo prometido; si hay una vieja que compra sus amantes o una
cortesana que por los regalos de otro abandona a su querido; si hay un
tabernero o tabernera que al vendernos un congio o una cótila nos engaña en la medida, pedid al
cielo los confunda a todos, con toda su familia, y que al propio tiempo os
colme de bienes a vosotras.
CORO.
Unánimes
pedimos que se cumplan nuestros votos en favor del pueblo y la república, y
que, como es justo, se otorgue la victoria a las que den mejores consejos. Las
que cometen fraudes y violan los más sagrados juramentos en provecho propio y
daño del común; las que tratan de derogar las antiguas leyes y decretos
promulgando otros nuevos; las que revelan nuestros secretos a los enemigos, e
introducen a los Medas en nuestro país para arruinarlo, esas son impías y
enemigas de la patria. Acoge tú nuestras preces, omnipotente Júpiter, para que,
aunque somos mujeres, nos sean propicios los dioses.
EL
HERALDO.
Escuchad
todas. «El Consejo de las mujeres, siendo presidente Timoclea, secretario
Lisila, y Sóstrata orador, ha
decretado: Que mañana día del medio de las Tesmoforias, por ser el más
desocupado, se destine ante todo a deliberar sobre el castigo que debe
imponerse a Eurípides, por sus ultrajes a todas.» ¿Quién pide la palabra?
MUJER
PRIMERA.
Yo.
EL
HERALDO.
Pues
ponte esa corona antes de hablar.
Callad. ¡Silencio! ¡Atención! Ya escupe, según acostumbran los oradores. Parece
que el discurso va a ser largo.
MUJER
PRIMERA.
No es
la ambición, ¡oh mujeres!, lo que me mueve a usar de la palabra, os lo juro por
las diosas. Muéveme solamente la indignación que me sofoca al veros
vilipendiadas por Eurípides, ese hijo de una verdulera. ¿Qué ultrajes hay que no nos prodigue?
¿Qué ocasión de calumniarnos desperdicia, en cuanto tiene muchos o pocos
oyentes, actores y coros? Nos llama adúlteras, desenvueltas, borrachas,
traidoras, charlatanas, inútiles para nada de provecho, peste de los hombres;
con lo cual cuando nuestros maridos vuelven del teatro nos miran de reojo, y
registran la casa para ver si hay oculto algún amante. Ya no nos permiten hacer
lo que hacíamos antes: ¡tales sospechas ha inspirado ese hombre a los esposos!
¿Se le ocurre a una de nosotras hacer una corona? Ya la creen enamorada. ¿Se deja otra caer una vasija al
correr en sus domésticas faenas? El marido pregunta en seguida: «¿En honor de
quién se ha quebrado esa olla?, sin duda del extranjero de Corinto.» ¿Está enferma alguna joven? Su hermano
dice al punto: «No me gusta el color de esa muchacha.» Si una mujer que no tiene hijos quiere
suponer un parto, ya no puede hacerlo, porque los hombres nos vigilan de cerca.
Para con los viejos que antes contraían matrimonio con jóvenes, también nos ha
desacreditado, y ninguno se casa después de haber oído aquel verso:
«La esposa
es reina del marido anciano.»
Él es
asimismo la causa de que nos cierren con cerrojos y sellos, y tengan para guardarnos esos perrazos
molosos, terror de los amantes.
Y esto, pase; pero ahora no podemos, como antes, sacar nosotras mismas de la
despensa harina, aceite y vino; pues nuestros maridos llevan siempre consigo no
sé qué condenadas llavecitas lacedemonias, secretas y de tres dientes. Sin
embargo, aún hubiéramos podido abrir las puertas más selladas, mandándonos
hacer por tres óbolos un anillo con la misma marca; pero ese maldito Eurípides,
perdición de las familias, ha enseñado a los hombres a llevar colgados del
cuello complicadísimos sellos de madera. Creo, por consiguiente, que es
necesario librarnos a toda costa de ese enemigo, dándole muerte con veneno u
otro medio cualquiera. Eso es lo que digo en alta voz; lo demás lo haré constar
en el registro del secretario.
CORO.
Nunca
he visto mujer más hábil y elocuente; todo lo que dice es justo; ha examinado
la cuestión bajo todos sus aspectos y los ha pesado todos. Su argumentación es
nutrida, sagaz y selecta; de suerte que si al lado de ella perorase Jenocles, hijo de Cárcino, os parecería, a mi
modo de ver, que solo decía vaciedades.
MUJER
SEGUNDA.
Habiendo
abarcado perfectamente la preopinante todos los extremos de la acusación, diré
muy pocas palabras, concretándome a manifestaros lo que a mí misma me sucede.
Murió mi marido en Chipre, dejándome cinco hijos pequeños, a los que sostenía a
duras penas, haciendo coronas en la plaza de los Mirtos. Con este recurso vivía así, así, es
verdad; pero al fin vivía: pues bien, desde que ese hombre en sus tragedias ha
demostrado al público que no existen los dioses, no vendo ni la mitad que antes. Por lo cual opino y os aconsejo que no
dejéis de castigarle: sobran causas para ello, pues siempre, amigas mías, nos
está ultrajando con la grosería propia del que se ha educado entre legumbres.
Yo voy a la plaza; tengo que hacer veinte coronas que me han encargado.
CORO.
Sus
palabras han sido más mordaces que las del primer discurso. ¡Qué gracia! ¡Qué
oportunidad! ¡Qué agudeza y qué astucia! Todo es claro y convincente. Sí, es
necesario imponerle una pena ejemplar por sus ultrajes.
MNESÍLOCO.
No me
asombra, oh mujeres, que tales acusaciones os irriten vivamente contra
Eurípides, y hagan hervir vuestra bilis. Yo misma, os lo juro por la salud de
mis hijos, yo misma detesto a ese hombre, pues sería menester estar loca para
no aborrecerle. No obstante, conviene que tengamos en confianza algunas
explicaciones; ahora estamos solas, y no hay miedo de que nuestras palabras se
divulguen. ¿Por qué le acusamos, por qué le hacemos gravísimas inculpaciones
solo por haber revelado dos o tres de nuestros defectos, cuando los tenemos
innumerables? Yo misma, para no hablar de otras, me reconozco culpable de
muchísimos pecados; el más grave lo cometí a los tres días de casada: mi marido
dormía a mi lado; yo tenía un amante, que me había seducido a la edad de siete
años: el tal, arrastrado por su amor, vino a la puerta de mi casa y la arañó
suavemente. Yo comprendí en seguida, y bajé con precaución: mi marido me
preguntó: «¿Adónde vas? — ¿Adónde? le respondí; siento dolores y retortijones
de vientre y bajo al excusado. — Anda, pues», me dijo. Él se puso a majar
semillas de cedro, anís y salvia, y
en tanto yo, después de tomar la precaución de mojar los goznes, me reuní a mi amante, y apoyada sobre
el altar del pórtico, y
agarrándome al tronco del laurel, me entregué a sus deseos. Sin embargo,
notadlo bien, nunca Eurípides ha hablado de esto, ni de nuestras complacencias
con los esclavos y muleteros cuando faltan amantes, ni de que después de haber
pasado una noche de libertinaje, acostumbramos a comer ajos a la mañana, para que al volver el
marido de su guardia no conciba la menor sospecha. ¿Lo veis? De esto nunca ha
dicho nada. Si maltrata a Fedra, ¿qué se nos importa? En cambio nunca ha
hablado de esas mujeres que despliegan a la luz un gran manto, y mientras el
marido admira los primores del trabajo, el galán logra escurrirse a favor de la
estratagema. Yo conocí a una que estuvo diez días fingiendo dolores de parto
hasta comprar una criatura. Su esposo, en tanto, corría por toda la ciudad en
busca de medicinas para acelerar el alumbramiento. Una vieja le trajo al fin,
metido en una olla, un niño con la boca tapada con cera para que no gritase:
entonces, a una señal de su cómplice, la mujer empezó a gritar: «Vete, marido
mío, vete que ya voy a parir.» La criatura, en efecto, pegaba pataditas en el
vientre... de la olla. Él se retiró tan contento; ella le quitó el taponcillo
de cera, y el niño principió a llorar. Entonces la maldita vieja que lo había traído,
corrió al esposo y le dijo sonriendo: «Un león, un león te acaba de nacer; es
tu vivo retrato, se te parece en todo.» ¿No es verdad que cometemos estas
perfidias? Sí, por Diana. ¿Entonces a qué irritarnos contra Eurípides porque
dice de nosotras menos de lo que en realidad hacemos?
CORO.
¡No
vuelvo de mi asombro! ¿De dónde ha sacado esas invenciones? ¿En qué país se ha
criado esa desvergonzada? Nunca hubiera creído que ninguna mujer se atreviese a
contar, ni aun entre nosotras, semejantes atrocidades. Pero ya puede esperarse
todo; tiene razón el proverbio antiguo: «Es necesario mirar debajo de todas las
piedras, no se oculte algún orador pronto a picarnos.» No hay nada peor que una mujer
naturalmente desvergonzada, como no sea otra mujer.
MUJER
TERCERA.
Por
Aglaura, amigas; habéis perdido el
juicio, o estáis hechizadas, u os sucede otro grave mal, para dejar a esa peste
insultarnos a todas. Si alguna de vosotras... pero no, nosotras y nuestras
criadas nos encargamos de vengarnos; vamos a coger ceniza de cualquier parte, y
a dejarla sin un pelo. Así
aprenderá a no hablar mal de las mujeres en lo sucesivo.
MNESÍLOCO.
¡Oh, no
hagáis tal! Si en una asamblea donde todas las ciudadanas podemos exponer con
toda libertad nuestras ideas he dicho lo que me parecía en defensa de
Eurípides, ¿será justo que me condenéis a la depilación?
MUJER
TERCERA.
¿Cómo
no ha de ser justo castigarte? Tú eres la única que te has atrevido a defender
a un hombre que ha colmado de oprobio a nuestro sexo; a un hombre que escoge de
intento para argumento de sus dramas aquellos asuntos donde hay mujeres
perversas, Fedras o Melanipes, y nunca se le ocurre escribir sobre
Penélope, solo porque fue casta.
MNESÍLOCO.
Yo sé
el motivo. Entre todas las mujeres del día no podréis encontrar una Penélope, y
sí infinitas Fedras.
MUJER
TERCERA.
¿No oís
lo que esa bribona vuelve a decir de nosotras?
MNESÍLOCO.
Pero,
por Júpiter, si aún no he dicho todo lo que sé. ¿Queréis más todavía?
MUJER
TERCERA.
No
puedes decir más: ya has vomitado cuanto sabías.
MNESÍLOCO.
Ni
tampoco la diezmilésima parte de lo que hacemos. No he dicho, por ejemplo, que
formamos con nuestras diademas una especie de tubo para sorber el vino.
MUJER
TERCERA.
¡Así
estalles!
MNESÍLOCO.
No he
dicho que en las Apaturias damos las
viandas a nuestros amantes, y después echamos la culpa al gato...
MUJER
TERCERA.
¡Eso es
insoportable! No sabes lo que te dices.
MNESÍLOCO.
Ni que
una mujer mató de un hachazo a su esposo, ni que otra le hizo perder la razón
con un filtro, ni que debajo de la bañera...
MUJER
TERCERA.
¡Que la
peste te lleve!
MNESÍLOCO.
Enterró
Acárnica a su padre.
MUJER
TERCERA.
¿Hay
paciencia para oír esto?
MNESÍLOCO.
Ni que
habiendo parido tu esclava un varón, supusiste que era tuyo, y le entregaste tu
hija.
MUJER
TERCERA.
Por las
diosas, lo que es eso no lo dejo yo pasar: te voy a arrancar el pelo.
MNESÍLOCO.
¡No me
tocarás por Júpiter!
MUJER TERCERA. (Dándole una bofetada.)
¡Toma!
MNESÍLOCO. (Contestándole con otra.)
¡Toma
tú!
MUJER
TERCERA.
MNESÍLOCO.
Acércate
nada más, y por Diana yo te...
MUJER
TERCERA.
¿Qué
harás tú?
MNESÍLOCO.
Te haré
echar la torta de sésamo que has
comido.
CORO.
Basta
de riñas; una mujer se dirige hacia nosotras corriendo: callad antes que
llegue, para oír con sosiego lo que va a decirnos.
CLÍSTENES.
Queridas
mujeres, a quienes imito en todo, mis mejillas imberbes demuestran la afección
que os tengo; maniático por vosotras, estoy siempre dispuesto a defendemos.
Hace un instante he oído hablar en el mercado de un negocio importantísimo que
os concierne, y vengo a revelároslo; y al propio tiempo a aconsejaros toméis
las precauciones necesarias para que no os coja desprevenidas un grande y
terrible daño.
CORO.
¿Qué
hay, niño mío? (Tienes tan tersas las mejillas, que bien puede llamársete así.)
CLÍSTENES.
Dicen
que Eurípides ha enviado hoy a aquí mismo a un anciano pariente suyo.
CORO.
¿Para
qué? ¿Con qué objeto?
CLÍSTENES.
Para
que se entere de vuestros discursos y le tenga al tanto de vuestros proyectos y
resoluciones.
CORO.
¿Pero cómo
no hemos conocido a ese hombre entre tantas mujeres?
CLÍSTENES.
Eurípides
le ha quemado y arrancado los pelos, y lo ha disfrazado completamente de mujer.
MNESÍLOCO.
¿Podéis
creer eso? ¿Ha de haber un hombre tan estúpido que se deje pelar de esa manera?
Yo no lo creo, ¡venerandas diosas!
CLÍSTENES.
¿Qué
sabes tú? Yo no hubiera venido a comunicaros esa noticia, si no se la hubiera
oído a personas que tienen motivos para saberla.
CORO.
Terrible
es la noticia. Ea, mujeres, no perdamos un momento; registremos, busquemos a
ese hombre, y veamos dónde ha podido ocultarse. Ayúdanos, Clístenes, y así,
amigo mío, te estaremos agradecidas por doble concepto.
CLÍSTENES.
Bueno,
manos a la obra. ¿Quién eres tú, la primera?
MNESÍLOCO.
(Aparte.)
¿Dónde
me esconderé?
CLÍSTENES.
Vais a
ser reconocidas.
MNESÍLOCO.
(Aparte.)
¡Pobre
de mí!
MUJER
CUARTA.
¿Quién
soy yo, preguntas? La mujer de Cleónimo.
CLÍSTENES.
¿Conocéis
a esta mujer?
CORO.
La
conocemos; pasa a otras.
CLÍSTENES.
¿Quién
es esa que lleva un niño?
MUJER
CUARTA.
Mi
nodriza, por Júpiter.
MNESÍLOCO.
(Aparte.)
¡Perdido soy! (Hace un movimiento para huir.)
CLÍSTENES.
(A Mnesíloco.)
¡Eh,
tú! ¿A dónde vas? Quieta en tu puesto. ¿Qué te pasa?
MNESÍLOCO.
Déjame
ir a orinar.
CLÍSTENES.
Eres
una desvergonzada. Anda; aquí te aguardo.
CORO.
Aguárdala
y no la pierdas de vista; es la única a quien no conocemos.
CLÍSTENES.
¿Vas a
estar orinando eternamente?
MNESÍLOCO.
¡Ay!
sí, amigo mío. Ayer comí berros, y tengo retención de orina.
CLÍSTENES.
¿Qué
estás hablando de berros? Ven acá pronto.
MNESÍLOCO.
¡Ah! no
arrastres así a una pobre enferma.
CLÍSTENES.
Responde:
¿quién es tu marido?
MNESÍLOCO.
¿Dices
que quién es mi marido? ¿Conoces en Cotócides a cierto...?
CLÍSTENES.
¿A
cierto...? ¿Quién?
MNESÍLOCO.
¿A
aquel a quien cierto día, el hijo de cierto...?
CLÍSTENES.
Tú
chocheas. ¿Has venido aquí antes de ahora?
MNESÍLOCO.
Sí,
todos los años.
CLÍSTENES.
¿Cuál
es tu compañera de tienda?
MNESÍLOCO.
Es una
tal... ¡Pobre de mí!
CLÍSTENES.
¿No
contestarás?
MUJER
QUINTA.
Déjate,
voy a hacerle varias preguntas sobre la ceremonia del año pasado; retírate,
porque como eres hombre no debes oírlas. Dime, ¿cuál fue la primera ceremonia
que hicimos?
MNESÍLOCO.
¿Cuál
fue la primera dices? Beber.
MUJER
QUINTA.
¿Y la
segunda?
MNESÍLOCO.
Brindar.
MUJER
QUINTA.
Te lo
habrá dicho alguno. ¿Y la tercera?
MNESÍLOCO.
Jenila
pidió una copa; porque no había orinal.
MUJER
QUINTA.
Eso no
es decir nada. — Ven acá, Clístenes: este es el hombre de que hablabas.
CLÍSTENES.
¿Qué
hago?
MUJER
QUINTA.
Quítale
los vestidos, pues contesta mal a todo.
MNESÍLOCO.
¡Cómo!
¿os atrevéis a desnudar a una madre de nueve hijos?
CLÍSTENES.
Suéltate
pronto el ceñidor, desvergonzadísima.
MUJER
QUINTA.
¡Qué
fuerte y robusta parece! ¡Calla! ¡y no tiene pechos como nosotras!
MNESÍLOCO.
Es que
soy estéril, y nunca he tenido hijos.
MUJER
QUINTA.
¿Ahora
con esas? Hace un momento tenías nueve.
CLÍSTENES.
MUJER
QUINTA.
No cabe
duda que es un hombre.
· · · · ·
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
· · · · ·
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
· · · · ·
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
¡Ah
malvado! por eso nos llenó de ultrajes en su defensa de Eurípides.
MNESÍLOCO.
¡Infeliz,
en qué berenjenal me he metido!
MUJER
QUINTA.
¿Qué
hacemos?
CLÍSTENES.
Guardadlo
bien, para que no se escape. Yo voy a dar parte de lo ocurrido a los Pritáneos.
Encendamos
las lámparas, quitémonos los mantos, y ceñida al cuerpo la túnica de una manera
viril, veamos si por casualidad ha
entrado otro hombre, y registremos todo el Pnix, las tiendas y las bocacalles.
¡Ea!
partamos con pie ligero, y examinémoslo todo sin chistar; correr es lo que
importa; no hay tiempo que perder, principiemos por hacer la ronda con la mayor
actividad. ¡Ea! registra, explora todos los rincones, para ver si se oculta
algún otro traidor. Dirige la vista en derredor, a la derecha, a la izquierda,
a todas partes; que nada escape a tu mirada perspicaz. El impío a quien
sorprendamos, sufrirá un castigo severo, para escarmiento de insolentes
criminales y sacrílegos. Reconocerá que hay dioses, y enseñará a los demás
hombres a venerarlos, a honrarlos como es debido, a obedecer a las leyes, y a
practicar la virtud. Si no lo hacen, oigan la pena que les aguarda: todo hombre
reo de sacrilegio, inflamado por su rabia y loco de furor, será para las
mujeres y los mortales un ejemplo viviente de que la venganza del cielo cae sin
tardanza sobre los impíos. — Pero ya creemos haber registrado todo
perfectamente; no hallamos ningún otro hombre oculto entre nosotras.
MUJER
SEXTA.
¡Eh!
¡eh! ¿Adónde huyes? ¡Detente! ¡Oh desdichada! ¡Desdichada! Se escapa después de
haberme arrebatado mi hijo del pecho.
MNESÍLOCO.
Grita
cuanto quieras; pero este no vuelve a mamar, mientras no me soltéis: aquí mismo
le abriré las venas con este cuchillo, y su sangre rociará el altar.
MUJER
SEXTA.
¡Oh,
desdichada de mí! ¡Socorredme, amigas mías; aterrad con vuestros gritos a ese
monstruo; arrebatadle su presa; no permitáis que así me prive de mi único hijo!
CORO.
¡Oh
Parcas venerandas! ¿qué nuevo atentado miro? Jamás he visto ni tanta audacia,
ni tanta desvergüenza. ¡Qué nuevo crimen ha perpetrado, amigas! ¡Qué nuevo
crimen!
MNESÍLOCO.
Yo
sabré refrenar vuestra insolencia.
CORO.
¿No es
esto el colmo de la indignidad?
MUJER
SEXTA.
Sí, es
indigno que me haya arrebatado mi pequeño.
CORO.
No he
visto cosa igual; por nada se avergüenza.
MNESÍLOCO.
Pues
aún no he concluido.
MUJER
SEXTA.
Vengas
de donde vengas, no te escaparás; no te irás sin castigo, para que luego te
rías a nuestra costa refiriendo tu atentado: vas a morir.
MNESÍLOCO.
¡Que
jamás se cumpla tu deseo!
CORO.
¿Cuál
de los dioses inmortales vendrá en socorro de un hombre tan impío como tú?
MNESÍLOCO.
Vuestros
gritos son inútiles: yo no suelto este niño.
CORO.
Por las
dos diosas, tampoco te burlarás impunemente de nosotras, ni dirás más
impiedades. A tus sacrílegos actos opondremos el condigno castigo. Pronto un
cambio de fortuna te hará sentir sus rigores. — Anda con esas mujeres; trae
leña para quemar a este malvado, y asarlo vivo sin pérdida de tiempo.
MUJER
SEXTA.
Mania, vamos a buscar sarmientos. — (A Mnesíloco.) Hoy te convierto en carbón.
MNESÍLOCO.
Asad,
quemad. — Pero tú, pobre criaturilla, quítate pronto el vestido cretense, y no acuses de tu muerte a ninguna
otra mujer más que a tu madre. Mas ¿qué veo? La niña se ha convertido en un
odre lleno de vino con zapatitos pérsicos. ¡Oh mujeres astutas y borrachonas,
inagotables en ardides para beber! ¡Providencia de los taberneros y peste de
los maridos! ¡Polilla de nuestras telas y ajuares!
MUJER
SEXTA.
Trae
muchos sarmientos, Mania.
MNESÍLOCO.
Sí,
trae. Pero, contéstame: ¿dices que has parido este muchacho?
MUJER
SEXTA.
Diez
meses lo llevé en mi seno.
MNESÍLOCO.
¿Que lo
llevaste?
MUJER
SEXTA.
Te lo
juro por Diana.
MNESÍLOCO.
¿Coge
tres cótilas o cuánto? Di.
MUJER
SEXTA.
¿Qué
has hecho, miserable? ¿Has desnudado a una criatura tan pequeñita?
MNESÍLOCO.
¿Tan
pequeñita?
MUJER
SEXTA.
Cierto
que es pequeñita.
MNESÍLOCO.
¿Pues
cuántos años tiene? ¿Ha visto tres o cuatro veces la fiesta de las copas?
MUJER
SEXTA.
¡Qué!
¡Si nació próximamente cuando las últimas Dionisiacas! Devuélvemelo.
MNESÍLOCO.
MUJER
SEXTA.
Pues te
quemaremos.
MNESÍLOCO.
Quemadme
y lo degüello.
MUJER
SEXTA.
¡Oh,
no, por piedad! Prefiero que me hagas a mí todo el mal que quieras.
MNESÍLOCO.
Me
pareces una buena madre; sin embargo, lo degollaré.
MUJER
SEXTA.
¡Hija
de mi corazón! Dame un vaso, Mania, para que al menos pueda recoger su sangre.
MNESÍLOCO.
Ponlo
debajo: te concedo esa gracia.
MUJER SEXTA.
¡Que el
cielo te confunda, monstruo feroz o implacable!
MNESÍLOCO.
Esta
piel pertenece a la sacerdotisa.
MUJER
SEXTA.
¿Qué es
lo que pertenece a la sacerdotisa?
MNESÍLOCO.
MUJER
SÉPTIMA.
Mica
infortunada, ¿quién te ha quitado tu hija? ¿Quién te ha arrebatado esa idolatrada
criatura?
MUJER
SEXTA.
Ese
infame. Ya que estás aquí, guárdalo bien, en tanto que yo voy con Clístenes a
denunciar sus crímenes a los Pritáneos.
MNESÍLOCO.
¡Ah!
¿Cómo salvarme? ¿Qué intentaré? ¿Qué imaginaré? El autor de todos mis males, el
que me metió en este desventurado negocio, no se presenta todavía. Veamos:
¿cómo podré enviarle un aviso?... ¡Ah! Palamedes me enseña un expediente ingenioso.
Escribiré, como él, mi infortunio en un remo, y lo arrojaré al mar. Pero aquí
no hay remos. ¿Dónde podré encontrarlos? ¿Dónde? ¡Qué idea! ¿Si hiciese
astillas esas estatuas, y escribiese en ellas como si fuesen remos?... Sí, será
mucho mejor. Al fin, estatuas y remos todo es madera. Ea, manos mías, emprended
la obra de salvación. Tablillas pulimentadas, nuncios de mi infortunio,
aprestaos a recibir las huellas del estilo. — ¡Oh! ¡Qué R tan fea! ¿Adónde va a
parar? — Partid ya en todas direcciones; apresuraos, tablillas mías, que mi
necesidad es apremiante.
CORO.
Volvámonos
hacia los espectadores para cantar nuestras propias alabanzas, aunque todo el
mundo hable mal de nosotras y nos llame peste del género humano, y causa de cuantos
pleitos, riñas, sediciones, guerras y pesares existen. Pero decidnos: Si somos
una peste, ¿por qué os casáis con nosotras? Si somos una peste, ¿por qué nos
prohibís salir de casa y asomarnos a las ventanas? Si somos una peste, ¿por qué
si sale vuestra mujer y no la encontráis en casa os enfurecéis como
energúmenos, en vez de regocijaros y dar gracias a los dioses de que la peste
haya abandonado vuestro hogar y de que estáis ya libres de huésped tan enojoso?
Si cansadas de jugar nos dormimos en casa de una amiga, en seguida vais a
buscar a vuestra peste, y rondáis en torno de su lecho. Si nos asomamos a la ventana,
todo el mundo se detiene a ver la peste; si ruborizadas nos retiramos, aumenta
el deseo de que la peste vuelva a presentarse. Está, pues, fuera de duda que
somos mucho mejores que vosotros, como lo prueba el más ligero examen.
Comparemos, si no, los dos sexos, y veamos cuál es peor: vosotros decís que el
nuestro, y nosotras que el vuestro. Examinémoslos y pongámoslos en parangón,
oponiendo uno a uno, hombres y mujeres. Carmino es inferior a Nausímaca; los hechos
son elocuentes. Cleofón está muy
por debajo de Salabacca. Con Aristómaca, la heroína de Maratón, ni con
Estratónice, hace mucho tiempo
que nadie se atreve a contender. Entre los senadores que el año último
abandonaron a otros sus cargos, ¿habrá alguno que pueda compararse con Eubula? Ni ellos mismos se atreverían.
Podemos, pues, gloriarnos de ser mucho mejores que los hombres. Tampoco se ve a
ninguna mujer pasearse por la ciudad en un carro magnífico después de haber
robado cincuenta talentos al Tesoro; nuestros mayores hurtos son de un poco de
trigo a nuestro esposo, y para eso se lo devolvemos en el mismo día. ¿Cuántos
de vosotros pudiéramos señalar que hacen otro tanto y que son también más
glotones que nosotras, y chocarreros y ladrones de vestidos y de esclavos?
¿Cuántos que ni siquiera saben cómo las mujeres conservan la herencia paterna?
Nosotras, en efecto, tenemos todavía nuestros cilindros, nuestras lanzaderas,
nuestros canastillos y quitasoles; al paso que muchos de nuestros maridos han
perdido unos sus lanzas, el asta y el hierro a la vez, y otros han arrojado en
el combate sus escudos.
Muchísimos
cargos podemos hacer las mujeres a los hombres, pero solo mencionaremos el más
grave de todos. Era justo que cuando una de nosotras diera a luz un ciudadano
útil, un taxiarco o un estratega, fuese honrada con alguna distinción,
como, por ejemplo, la de ocupar el primer puesto en las Estenias, las Esciras,
y otras fiestas que solemos celebrar. Por el contrario, la madre de un
ciudadano cobarde e inútil, de un trierarca holgazán, o de un piloto imperito
debería colocarse con el cabello cortado detrás de la que dio a luz un hombre
valeroso. Porque, decidme, ciudadanos, ¿no es injusto de veras que junto a la
madre de Lámaco se siente la de
Hipérbolo, vestida de blanco y
flotante el cabello, y que siga prestando a usura, cuando sus deudores, en vez
de pagarle el interés, debieran
decirle, llevándose el dinero: «¡Vaya, que eres digna de que se te pague
después de habernos parido tal alhaja!»?
MNESÍLOCO.
Me he
quedado bizco de tanto mirar a aquella parte, y Eurípides no parece. ¿Quién se
lo impedirá? ¡Ah, sin duda se avergüenza del frío Palamedes! ¿Con qué otro
drama le atraeré? ¡Ya di en ello! Voy a imitar su nueva Helena. Tengo un
vestido de mujer completo.
MUJER
SÉPTIMA.
¿Qué
intentas? ¿Qué miras? Me parece que te arrepentirás de tu Helena, si no te
estás quieto hasta que venga un Pritáneo.
MNESÍLOCO. (Fingiéndose Helena.)
«Este
es el Nilo, célebre por la hermosura de sus Ninfas: sus aguas, sustituyendo al
agua del cielo, riegan los campos del blanco Egipto que alimentan a sus
habitantes con la negra sirmea.»
MUJER
SÉPTIMA.
¡Por la
luciente Hécate! Eres un costal de astucias.
MNESÍLOCO.
«Mi
patria no carece de gloria; vi en Esparta la luz, y Tíndaro es mi padre.»
MUJER
SÉPTIMA.
¡Tíndaro
tu padre, perdido! Frinondas sí que lo es.
MNESÍLOCO.
MUJER
SÉPTIMA.
¿Vuelves
a fingirte mujer, sin haber sufrido todavía el castigo por el primer disfraz?
MNESÍLOCO.
«Mil
guerreros murieron por mí a orillas del Escamandro.»
MUJER
SÉPTIMA.
¡Ojalá
hubieses muerto tú también!
MNESÍLOCO.
«Y yo
estoy en estos lugares; ¡y mi esposo, el mísero Menelao, no viene todavía! ¡Ah! ¿Por qué vivo
aún?»
MUJER
SÉPTIMA.
Por la
cobardía de los cuervos.
MNESÍLOCO.
«¿Pero
qué dulce presentimiento hace palpitar mi corazón? ¡Oh Júpiter, no burles mi
esperanza!»
EURÍPIDES. (Fingiéndose Menelao.)
«¿Quién
es el dueño de esta fortificada mansión? ¿Acogerá a unos náufragos extranjeros,
que han sufrido sobre las olas del mar todos los horrores de la borrasca?»
MNESÍLOCO.
«Este
es el palacio de Proteo.»
EURÍPIDES.
¿De qué
Proteo?
MUJER
SÉPTIMA.
¿Habrá
mentiroso? Proteo ha muerto hace diez años.
EURÍPIDES.
«¿A qué
región ha arribado mi nave?»
MNESÍLOCO.
A
Egipto.
EURÍPIDES.
«¡Oh
infortunado! ¡Adónde nos arrojó la tempestad!»
MUJER
SÉPTIMA.
¿Pero
puedes creer las necedades que te cuenta ese perdido? Estás en el templo de
Ceres.
EURÍPIDES.
«¿Está
Proteo en su palacio, o fuera del alcance de la vista?»
MUJER
SÉPTIMA.
Por
fuerza estás mareado todavía. Acabas de oír que Proteo ha muerto, y preguntas
si está o no en su palacio.
EURÍPIDES.
«¡Ay,
murió! ¿Dónde descansan sus cenizas?»
MNESÍLOCO.
«¿Me
ves sentada sobre su tumba?»
MUJER
SÉPTIMA.
¡Que el
cielo te confunda! ¿Pues no dice que el altar es un sepulcro?
EURÍPIDES.
«¿Y por
qué, extranjera, estás sentada sobre ese mortuorio monumento envuelta en
fúnebre ropaje?»
MNESÍLOCO.
«Quieren
obligarme a unir mi destino al del hijo de Proteo.»
MUJER
SÉPTIMA.
¿Por
qué engañas a ese infeliz extranjero? — No le creas; es un bribón que se ha metido
entre las mujeres para robarnos las joyas.
MNESÍLOCO. (A la Mujer séptima.)
«Grita,
lléname de ultrajes.»
EURÍPIDES.
«Extranjera,
¿quién es esa anciana que te insulta?»
MNESÍLOCO.
«Es
Teonoe, hija de Proteo.»
MUJER
SÉPTIMA.
¡No,
por las diosas! Soy Crítila, hija de Antiteo, natural de Gargetes, y tú, un canalla.
MNESÍLOCO.
«Inútiles
palabras; jamás me casaré con tu hermano; jamás seré infiel a mi Menelao, que
combate bajo las murallas de Troya.»
EURÍPIDES.
«¡Mujer!
¿Qué has dicho? Vuelve hacia mí los rayos de tus ojos.»
MNESÍLOCO.
«Mis
ultrajadas mejillas me lo impiden.»
EURÍPIDES.
«¿Qué
miro? La voz se ahoga en mi garganta... ¡Dioses! ¿Qué facciones contemplo?
Mujer, ¿quién eres?»
MNESÍLOCO.
«Y tú
¿quién eres? Mi sorpresa es igual a la tuya.»
EURÍPIDES.
«¿Eres
griega o indígena?»
MNESÍLOCO.
«Griega;
pero yo anhelo saber tu patria.»
EURÍPIDES.
«Mujer,
te pareces extraordinariamente a Helena.»
MNESÍLOCO.
«Y tú a
Menelao; a lo menos en esos... perifollos.»
EURÍPIDES.
«El
mismo: yo soy aquel mortal infortunado.»
MNESÍLOCO.
«¡Oh!
¡Cuánto has tardado en venir a los brazos de tu esposa! Estréchame contra tu
corazón, esposo mío; ciñe mi cuello con tus manos; déjame que te bese. Pronto,
pronto, arráncame de estos funestos lugares.»
MUJER
SÉPTIMA.
¡Pobre
del que te lleve! Le sacudiré con esta antorcha.
EURÍPIDES.
«¿Me
prohíbes que me lleve a Esparta a mi esposa, a la hija de Tíndaro?»
MUJER
SÉPTIMA.
Me vas
pareciendo un redomado bribón, cómplice de ese otro canalla. No sin razón
charlabais tanto de Egipto. Pero ese
a lo menos tendrá su merecido. Ya vienen el Pritáneo y el arquero.
EURÍPIDES.
Esto va
mal. Tengo que retirarme con precaución.
MNESÍLOCO.
¿Y qué
haré yo, infeliz?
EURÍPIDES.
Tranquilízate.
Mientras me quede un soplo de vida, no te desampararé, a menos de que mis
infinitos ardides me abandonen.
MNESÍLOCO.
En este
anzuelo no ha caído nada.
EL
PRITÁNEO.
¿Es ese
el bribón que nos ha denunciado Clístenes? — ¡Eh, tú, no te escondas! —
Arquero, átale a ese poste, y sujétalo bien: encárgate de su guarda, y no
permitas que nadie se le acerque: si alguno se aproxima, hazle huir a
latigazos.
MUJER
SÉPTIMA.
Excelente
orden; pues hace un instante que por poco se me lo lleva otro bribón.
MNESÍLOCO.
Oh
Pritáneo, por esa diestra que tiendes de tan buena gana cuando alguno te ofrece
dinero, concédeme una pequeña gracia, ya que voy a morir.
EL
PRITÁNEO.
¿Qué
gracia?
MNESÍLOCO.
Manda
al arquero que me desnude, antes de atarme al poste, para que este pobre viejo
no cause risa con su túnica azafranada y su mitra a los mismos cuervos que se
lo han de comer.
EL
PRITÁNEO.
El
Senado ha dispuesto que se te exponga en ese traje, para que los transeúntes se
enteren de tu delito.
MNESÍLOCO
¡Oh
maldito disfraz! ¡A qué extremo me reduces! ¡No tengo ya esperanza de
salvación!
Ea,
divirtámonos, como es mujeril costumbre cuando celebramos los misterios de las
diosas, en estos festivos días que Pauson santifica con ayunos, rogando a las dos
venerables que los multipliquen en consideración a su persona.
Lanzaos
con pie ligero; formad ruedas; enlazad vuestras manos; saltad acompasadamente,
con vivos y cadenciosos movimientos; girad los ojos en torno y mirad a todas
partes. Al propio tiempo celebre el coro, con trasportes de religiosa alegría,
a la raza de los dioses celestiales.
¡Cuán
engañado está quien se imagine que, porque soy mujer, voy a hablar mal de los
hombres en el templo! Solo tratamos de ejecutar por primera vez, como el baile
lo exige, una armoniosa rueda.
Partid,
cantando al dios de la sonora lira, y a la casta deidad, armada del arco. ¡Salve, Apolo de rápidas flechas,
danos la victoria! Tributemos un justo homenaje a Juno, directora de todas las
danzas, guarda de las llaves del dulce himeneo.
Mercurio,
dios de los pastores, Pan, y vosotras, amadas Ninfas, conceded a los coros una
sonrisa benévola.
Ea,
partamos con nuevos bríos, y animémonos con vivos palmoteos. Divirtámonos, oh
mujeres, según es costumbre, y guardemos absoluto ayuno. Vuélvete ahora hacia
ese otro lado; marca el compás con el pie, y entona variados cánticos. Guíanos
tú, Baco, coronado de hiedra, pues en mis cantos y danzas te celebro a ti. ¡Oh
Evio! ¡Oh Dionisio! ¡Oh Bromio, hijo
de Semele!, que te complaces en mezclarte en las montañas a los coros de las
amables Ninfas, concluyendo tus himnos con el alegre ¡Evios! ¡Evios! ¡Evohé! —
Eco, la Ninfa del Citerón, repite tus acentos, que resuenan bajo las opacas
bóvedas del espeso follaje, y entre los peñascos de la selva; en torno de ti,
la hiedra enlaza sus ramos, cargados de flores.
EL
ARQUERO.
Vas a
pasar la pena negra, aquí, al aire libre.
MNESÍLOCO.
Arquero,
yo te suplico...
EL
ARQUERO.
Nada me
pidas.
MNESÍLOCO.
Afloja
un poco esa argolla.
EL
ARQUERO.
Ya voy
a hacerlo.
MNESÍLOCO.
¡Ay!
¡ay! La aprietas más.
EL
ARQUERO.
¿Quieres
más todavía?
MNESÍLOCO.
¡Ay!
que el cielo te confunda.
EL
ARQUERO.
Cállate,
pobre viejo. Voy a traer una estera, para guardarte con comodidad.
MNESÍLOCO.
¡Estos
son los placeres que tengo que agradecer a Eurípides!... Pero, ¡oh dioses y
Júpiter salvador!, aún tengo esperanzas. Parece que no piensa abandonarme...
Perseo al
desaparecer me indicó disimuladamente que me fingiese Andrómeda; ya estoy atado como aquella princesa
infeliz. No hay duda que vendrá a salvarme; de otro modo no hubiera huido
volando.
EURÍPIDES. (Fingiéndose Perseo.)
Ninfas
amadas, si pudiera acercarme sin que el escita me viera... ¿Me oyes tú,
moradora de los antros? En nombre
del pudor, permíteme acercarme a mi esposa.
¡Un
implacable verdugo ha encadenado al más infeliz de los mortales! Logró escapar
a duras penas de aquella repugnante vieja, y caí en un nuevo infortunio: ese
escita no se aparta de mi lado: desprovisto de toda defensa, voy a servir de
banquete a los cuervos. ¿Lo veis? Ya no tomo parte en los coros de las
doncellas, ni llevo el cestillo de los sufragios; cargada de prisiones, me veo
expuesta a la voracidad de la ballena Gláucetes.
¡Mujeres,
deplorad mi suerte con el himno de la esclavitud, y no con el del himeneo! ¡Ay,
que me agobian infinitos males!... ¡Infeliz, infeliz de mí... e infeliz por mis
parientes! Presa de tormentos injustos, mis ayes son capaces de arrancar
torrentes de lágrimas al insensible Tártaro. ¡Ay, ay! Socórreme, autor de mis
males, tú, que me rapaste primero y me enviaste después vestido de amarilla
túnica al templo donde estaban reunidas las mujeres. ¡Oh hado inexorable! ¡Oh
cruel destino! ¿Quién podrá ver sin compadecerse mi espantosa desdicha? ¡Ojalá
los rayos deslumbradores del Éter me aniquilen... a ese bárbaro! Porque ya no me es grato contemplar la
eterna luz, desde que colgado, estrangulado, loco de dolor, desciendo por el
camino más corto a la mansión de los muertos.
EURÍPIDES. (Fingiéndose la ninfa Eco.)
¡Salud,
hija querida! ¡Que los dioses confundan a tu padre Cefeo, que te ha expuesto de ese modo!
MNESÍLOCO. (Fingiéndose Andrómeda.)
¿Quién
eres tú que así te compadeces de mis males?
EURÍPIDES.
Soy
Eco, la ninfa que repite fielmente todas las voces; la misma que el año pasado
presté en este lugar mi eficaz ayuda a Eurípides. Pero, hija mía, lo que tú debes hacer
es lamentarte lastimosamente.
MNESÍLOCO.
Y tú
repetir mis gemidos.
EURÍPIDES.
Así lo
haré; principia.
MNESÍLOCO.
¡Oh
noche sagrada! ¡Cuán larga es tu carrera! ¡Cuán lento rueda tu carro por la
estrellada bóveda de los cielos y el venerando Olimpo!
EURÍPIDES.
Olimpo.
MNESÍLOCO.
¿Por
qué a Andrómeda le han tocado con preferencia todos los males en suerte?
EURÍPIDES.
En
suerte.
MNESÍLOCO.
¡Muerte
mísera!
EURÍPIDES.
¡Muerte
mísera!
MNESÍLOCO.
Me
asesinas, vieja charlatana.
EURÍPIDES.
Vieja
charlatana.
MNESÍLOCO.
A la
verdad, estás insoportable.
EURÍPIDES.
Insoportable.
MNESÍLOCO.
Amigo
mío, déjame lamentarme solo, y me darás gusto. Basta ya.
EURÍPIDES.
Basta
ya.
MNESÍLOCO.
¡Vete
al infierno!
EURÍPIDES.
¡Vete
al infierno!
MNESÍLOCO.
¡Qué
peste!
EURÍPIDES.
¡Qué
peste!
MNESÍLOCO.
¡Qué
necedad!
EURÍPIDES.
¡Qué
necedad!
MNESÍLOCO.
Lo vas
a sentir.
EURÍPIDES.
Lo vas
a sentir.
MNESÍLOCO.
Y vas a
clamar.
EURÍPIDES.
Y vas a
clamar.
EL
ARQUERO.
¡Eh,
tú! ¿qué charlas?
EURÍPIDES.
¡Eh,
tú! ¿qué charlas?
EL
ARQUERO.
Llamaré
a los Pritáneos.
EURÍPIDES.
Llamaré
a los Pritáneos.
EL
ARQUERO.
¡Es
extraño!
EURÍPIDES.
¡Es
extraño!
EL
ARQUERO.
¿De
dónde sale esa voz?
EURÍPIDES.
¿De
dónde sale esa voz?
EL
ARQUERO.
¿Hablas
tú?
EURÍPIDES.
¿Hablas
tú?
EL
ARQUERO.
¡Cuidado!
EURÍPIDES.
¡Cuidado!
EL
ARQUERO.
¿Te
burlas de mí?
EURÍPIDES.
¿Te
burlas de mí?
MNESÍLOCO.
Yo no,
esa mujer que está junto a ti.
EURÍPIDES.
Que
está junto a ti.
EL
ARQUERO.
¿Dónde
está esa bribona? ¡Ah, se escapa! ¿Adónde, adónde vas?
EURÍPIDES.
¿Adónde,
adónde vas?
EL
ARQUERO.
No te
escaparás.
EURÍPIDES.
No te
escaparás.
EL
ARQUERO.
¿Aún
charlas?
EURÍPIDES.
¿Aún
charlas?
EL
ARQUERO.
Coged a
esa bribona.
EURÍPIDES.
Coged a
esa bribona.
EL
ARQUERO.
¡Gárrula
y detestable mujer!
EURÍPIDES. (Fingiéndose Perseo.)
¡Oh
dioses! ¿A qué bárbara región me ha traído mi rápido vuelo? Yo soy Perseo, que
surcando el éter con mis alados pies, me encamino a Argos, llevando la cabeza
de la Gorgona.
EL
ARQUERO.
¿Qué
dices de la cabeza de Gorgo el escribano?
EURÍPIDES.
He
dicho la cabeza de la Gorgona.
EL
ARQUERO.
Pues
bien, de Gorgo.
EURÍPIDES.
¡Ah!
¿Qué veo? ¿Una doncella semejante a las diosas encadenada a ese escollo como un
navío en el puerto?
MNESÍLOCO.
Extranjero,
ten piedad de esta mísera, desata mis cadenas.
EL
ARQUERO.
Cállate.
¡Habrá audacia como la suya! ¡Está para morir y aún charla!
EURÍPIDES.
¡Oh
doncella! Muéveme a compasión el verte encadenada.
EL
ARQUERO.
Si no
es doncella; si es un viejo zorro, ladrón y canalla.
EURÍPIDES.
Tú
desbarras, escita; esa es Andrómeda, la hija de Cefeo.
EL
ARQUERO.
Míralo
bien; ¿te parece todavía una doncella?
EURÍPIDES.
Escita,
dame la mano, para que me acerque a esa joven. Todos los hombres tenemos
nuestro flaco; el mío es estar enamorado de esa virgen.
EL
ARQUERO.
No te
envidio el gusto. Puedes hacer de él lo que quieras, sin que tenga celos.
EURÍPIDES.
¿Por
qué no me permites desatarla, y arrojarme en los brazos y en el tálamo de una
esposa querida?
EL
ARQUERO.
Si tan
furiosamente adoras a ese anciano, esa tabla no debe ser obstáculo a tus deseos.
EURÍPIDES.
¡Ah!
voy a soltar sus ligaduras.
EL
ARQUERO.
Y yo a
majarte a palos.
EURÍPIDES.
Pues lo
haré.
EL
ARQUERO.
Pues te
cortaré la cabeza con mi espada.
EURÍPIDES.
¡Ay!
¿Qué hacer? ¿Qué razones emplear? Ese bárbaro no las comprendería. Quien a
ingenios rudos presenta pensamientos nuevos o ingeniosos, pierde sin fruto el
tiempo. Busquemos otro medio
apropiado a su condición.
EL
ARQUERO.
¡Zorro
maldito! ¡Cómo trataba de engañarme!
MNESÍLOCO.
No
olvides, Perseo, el infortunio en que me dejas.
EL ARQUERO.
Está
visto que quieres llevar unos cuantos latigazos.
Palas,
amiga de los coros, yo te invoco obedeciendo al sagrado rito. Ven, casta
doncella, libre del yugo de himeneo, protectora de nuestra ciudad, única guarda
de su poder y de sus puertas. Apareces enemiga natural de los tiranos; el
pueblo de las mujeres te llama; acude en compañía de la Paz, amiga de las
fiestas.
EURÍPIDES.
Mujeres,
si queréis reconciliaros conmigo, consiento y me comprometo a no hablar mal de
vosotras en adelante. Estas son mis condiciones de paz.
CORO.
¿Por
qué motivo nos la propones?
EURÍPIDES.
El hombre
que está atado a ese poste es mi suegro. Si me lo entregáis, no volveré a
hablar mal de vosotras; pero si no accedéis, me propongo denunciar a vuestros
maridos a su regreso de la guerra todas vuestras ocultas maquinaciones.
CORO.
Por lo
que a nosotras toca, quedan aceptadas tus condiciones; pero tienes que
persuadir a ese bárbaro.
EURÍPIDES.
Eso es
cuenta mía. (Vuelve disfrazado de vieja con una bailarina y una tañedora de
flauta.)
Acuérdate, Elafión, de hacer lo que
te he dicho en el camino. Pasa adelante, y recógete el vestido. — Tú, Teredón,
toca la flauta al modo pérsico.
EL
ARQUERO.
¿Qué
significa esa música? ¿Quién trata de excitarme?
EURÍPIDES.
(De vieja.)
Arquero,
esta muchacha necesita ejercitarse, pues tiene que ir a bailar delante de unos
hombres.
EL
ARQUERO.
Que
baile y se ejercite; yo no se lo he de impedir. ¡Qué ágil es! ¡Salta como una
pulga en un pellejo de carnero!
EURÍPIDES.
Vamos,
hija mía, quítate ese vestido; siéntate en las rodillas del escita, y alárgame
los pies para que te descalce.
EL
ARQUERO.
Sí, sí,
siéntate, niña mía. ¡Oh qué seno tan duro!
EURÍPIDES.
Toca
pronto la flauta. ¿Aún te da miedo el escita?
EL
ARQUERO.
¡Qué
hermosísima es!
EURÍPIDES.
¡Orden,
amigo mío!
EL
ARQUERO.
EURÍPIDES.
Bien. (A la
bailarina.)
Ponte el vestido: ya es hora de marchar.
EL
ARQUERO.
¿Sin
darme un beso?
EURÍPIDES.
Vamos,
bésale.
EL
ARQUERO.
¡Ajajá!
¡Qué boquita tan dulce! Ni la miel del Ática. Mas, ¿por qué no ha de pasar un
rato conmigo?
EURÍPIDES.
Adiós,
arquero, eso no es posible.
EL
ARQUERO.
Sí, sí,
viejecita mía, hazme ese favor.
EURÍPIDES.
¿Me
darás un dracma?
EL
ARQUERO.
Sí, sí,
te lo daré.
EURÍPIDES.
Pues
venga el dinero.
EL
ARQUERO.
No
tengo un óbolo, pero toma mi carcaj.
EURÍPIDES.
Traerás
aquí a la muchacha.
EL
ARQUERO.
Sígueme,
hermosa; tú, viejecita mía, guarda en tanto a ese anciano. ¿Cómo te llamas?
EURÍPIDES.
Artemisia.
EL
ARQUERO.
No se
me olvidará. Artamuxia.
(Vase con la bailarina.)
EURÍPIDES.
Astuto
Mercurio, todo sale a pedir de boca. Corre, pobre muchacho, corre con la
bailarina, mientras yo le desato. — Tú, en cuanto te suelte, huye a toda prisa,
y refúgiate en casa, entre tu mujer y tus hijos.
MNESÍLOCO.
Esa es
cuenta mía, en cuanto me vea libre.
EURÍPIDES.
Ya lo
estás. Ahora huye, antes de que venga el arquero y te sorprenda.
MNESÍLOCO.
Ya lo
hago.
(Se van Eurípides y Mnesíloco.)
EL
ARQUERO.
Viejecita
mía, ¡qué hermosa hijita tienes! ¡Lo más dócil, lo más amable!... ¿Dónde está
la vieja? ¡Ah, estoy perdido! ¿Adónde se ha ido el viejo? Vieja, viejecita mía,
eso no está bien hecho. Artamuxia me ha engañado. Lejos de mí, maldito carcaj.
Con razón te llaman así; por ti me ha engañado la vieja. ¡Ay! ¿Qué haré? ¿Dónde está la
viejecita? ¡Artamuxia!
CORO.
¿Preguntas
por una vieja que llevaba una lira?
EL
ARQUERO.
Sí, sí.
¿La habéis visto?
CORO.
Se
marchó de aquí seguida de un viejo.
EL
ARQUERO.
¿Un
viejo con una túnica amarilla?
CORO.
Eso es.
Aún podrás alcanzarlos si los persigues por ahí.
EL
ARQUERO.
¡Maldita
vieja! ¿Por cuál camino huyó? ¡Artamuxia!
CORO.
Sube
todo derecho. ¿Adónde corres? Vuelve atrás: sigue la dirección contraria.
EL
ARQUERO.
¡Pobre
de mí! Y en tanto huye Artamuxia.
CORO.
Corre,
corre. ¡Ojalá un viento favorable se te lleve... al infierno! Pero ya es hora
de que cesen nuestros juegos y de retirarnos a nuestros hogares. ¡Plegue a las
Tesmóforas sernos propicias en premio de nuestro trabajo!
FIN DE LAS
FIESTAS DE CERES Y PROSERPINA.
Baco, en
cuyo honor se celebraban los certámenes trágicos y cómicos por haber tenido
origen en sus fiestas, cansado de las malísimas tragedias que se representaban
después de la muerte de Sófocles y Eurípides, se decide a descender al infierno
en busca de un buen poeta. Para conseguir su objeto, y recordando que Hércules
había ya realizado empresa tan peligrosa, llama al templo de este héroe, y
después de adquirir las noticias necesarias para el viaje, parte acompañado de
su esclavo Jantias y disfrazado con la piel de león y la clava de Alcides.
Al llegar
a la laguna Estigia, Caronte le admite en su barca, y durante el trayecto óyese
el canto de las ranas, que graznan a su sabor, insultando con su estrepitosa
alegría las molestias que el dios experimenta. Este episodio completamente
desligado de la comedia es, sin embargo, el que le da título.
Después de
varias peripecias que ponen de manifiesto la cobardía de Baco, y de sufrir este
los insultos y malos tratamientos de dos taberneras y Éaco, que le confunden
con Hércules, penetra en el palacio de Plutón, precisamente cuando todo el
infierno se halla conmovido por una terrible disputa entre Esquilo y Eurípides,
a causa de pretender este ocupar el trono de la tragedia. Baco es elegido juez,
y ambos rivales, en una larga escena interesantísima bajo el punto de vista de
crítica literaria, se echan en cara todos los vicios y defectos de sus obras.
Cansado Esquilo de las sutilezas y argucias de su adversario, propone la prueba
decisiva de pesar los versos de uno y otro en una balanza, y consigue un
triunfo completo. En vista de lo cual, Baco se lo lleva a la tierra,
desentendiéndose del compromiso contraído con Eurípides; y Esquilo, al partir,
entrega el cetro trágico a Sófocles, que ha presenciado la discusión con un
silencio lleno de modestia.
El objeto
principal de Las Ranas, como de la breve exposición de
su argumento se deduce, es atacar el sistema dramático de Eurípides, en el cual
veía Aristófanes iniciarse la decadencia de la tragedia. Los más perspicaces
críticos modernos no han podido menos de reconocer lo justificado de sus censuras,
que en esta comedia rara vez se apartan de aquella decencia y miramiento poco
frecuentes en otras del mismo autor. Fuera, en efecto, de alguna que otra
maligna alusión al oficio de la madre de Eurípides y a las relaciones de
Cefisofonte con su esposa, y de cierta violencia en la censura, natural en boca
de Esquilo, a quien se pinta terriblemente irritado, cuanto se dice respecto al
rebajamiento de los caracteres, del estilo y de los asuntos, a la inmoralidad
de muchas de las fábulas y sentencias, al alambicamiento y sutileza de los
pensamientos, a las sofísticas y antitrágicas discusiones y a la poca habilidad
y verosimilitud en la exposición y desarrollo de la acción, es indudablemente
cierto, y como tal ha sido reconocido por los más entusiastas admiradores de
Eurípides.
Otra de
las cosas que llaman la atención en Las Ranas de
Aristófanes es la burla que en ella se hace de varias divinidades del Olimpo, y
muy especialmente de Baco, cuya fiesta se solemnizaba con la representación de
esta comedia. El dios tutelar del arte dramático aparece cobarde y fanfarrón, y
sujeto a las contingencias del más débil de los mortales; y su hermano, el
esforzado Alcides, da muestras de aquella glotonería, por la cual ya le vimos
caracterizado en Las Aves.
A pesar de
que el objeto de Aristófanes bien claro está, como queda dicho, que no es otro
que satirizar a dioses y poetas, algunos han querido encontrar una intención
política más profunda y trascendental en Las Ranas,
creyendo que su fin era censurar al gobierno ateniense porque abría demasiado
la mano en la cuestión de admitir en su seno esclavos y extranjeros. Mas aunque
es cierto que el poeta toca repetidas veces este punto en su comedia, no lo es
menos que lo hace solo de pasada, sin manifestar que su intención principal sea
esa.
Las Ranas se representaron, según indican sus prologuistas griegos y se
desprende de diferentes pasajes de
la misma, el año 406 antes de Jesucristo, correspondiente al vigesimosexto de
la guerra. Agradó tanto a los espectadores, que, no contentos con darle la
preferencia sobre otras dos de Platón y Frínico, le concedieron el honor raro y
singular de pedir una segunda representación.
|
JANTIAS. |
|
BACO. |
|
HÉRCULES. |
|
UN MUERTO. |
|
CARONTE. |
|
CORO DE RANAS. |
|
CORO DE INICIADOS. |
|
ÉACO. |
|
UNA CRIADA DE PROSERPINA. |
|
DOS TABERNERAS. |
|
EURÍPIDES. |
|
ESQUILO. |
|
PLUTÓN. |
La escena
pasa al principio en el camino de Atenas a los Infiernos; después en los
Infiernos mismos.
JANTIAS.
¿Diré,
dueño mío, alguno de esos chistes de cajón que siempre hacen reír a los
espectadores?
BACO.
Di lo
que se te antoje, excepto el consabido: «No puedo más.» Pues estoy harto de oírlo.
JANTIAS.
¿Y
algún otro más gracioso?
BACO.
Con tal
que no sea el «estoy hecho pedazos.»
JANTIAS.
¿Entonces
no he de decir ninguna agudeza?
BACO.
Sí, por
cierto, y sin ningún temor. Solo te prohíbo...
JANTIAS.
¿Qué?
BACO.
Decir,
al cambiar el hato de hombro, que no puedes aguantar cierta necesidad.
JANTIAS.
¿Tampoco
que si alguno no me alivia de este enorme peso, tendré que dar suelta a algún
gas?
BACO.
Nada de
eso, te lo suplico: a no ser cuando tenga que vomitar.
JANTIAS.
No sé
entonces qué necesidad había de echarme al hombro esta carga, para no poder
hacer ninguna de aquellas cosas tan frecuentes en Frínico, Licis y Amipsias,
que siempre introducen en sus comedias mozos de cordel.
BACO.
No
hagas tal; porque cuando yo me siento entre los espectadores y miro invenciones
tan vulgares, envejezco más de un año.
JANTIAS.
¡Desdichado
hombro mío! Sufres y no se te permite hacer reír.
BACO.
¿No es
esto el colmo de la insolencia y de la flojedad? Yo, Baco, hijo del ánfora, voy a pie y me fatigo, mientras le cedo
a ese sibarita mi asno para que vaya a su gusto y no tenga nada que llevar.
JANTIAS.
Pues
qué, ¿no llevo yo nada?
BACO.
¿Cómo
has de llevar si eres llevado?
JANTIAS.
Sí, con
este equipaje encima.
BACO.
¿Cómo?
JANTIAS.
Que
pesa mucho.
BACO.
¿Pero
dejará de llevar el asno lo que tú llevas?
JANTIAS.
Por
Júpiter, lo que yo llevo no lo lleva él.
BACO.
Pero
¿cómo puedes llevar nada, siendo llevado por otro?
JANTIAS.
No lo
sé; pero lo cierto es que mi hombro no puede resistir más.
BACO.
Pues
aseguras que el asno no te sirve de nada, cárgate el asno y llévalo a tu vez.
JANTIAS.
¡Triste
de mí! ¿Por qué no estuve en la última batalla naval? Ya me hubieras pagado esa bromita.
BACO.
Apéate,
bribón; voy a llamar a esta puerta, donde tengo que hacer mi primera parada.
¡Esclavo! ¡Eh! ¡Esclavo!
HÉRCULES.
¿Quieres
derribar la puerta? Quienquiera que sea, llama como un centauro. Vamos, ¿qué ocurre?
BACO.
¡Jantias!
JANTIAS.
¿Qué?
BACO.
¿No has
advertido?
JANTIAS.
¿El
qué?
BACO.
El
miedo que le he dado.
JANTIAS.
¡Bah!
Tú estás loco.
HÉRCULES.
Por
Ceres, no puedo contener la risa; por más que me muerdo los labios, sin embargo
me río.
BACO.
Acércate,
amigo mío; te necesito.
HÉRCULES.
¡Oh! Me
es imposible no soltar la carcajada, al ver una piel de león debajo de una
túnica amarilla. ¿Qué intentas? ¿Qué
tienen que ver la maza y los coturnos? ¿Por qué país has viajado?
BACO.
HÉRCULES.
¿Y
diste una batalla naval?
BACO.
Ya lo
creo, y echamos a pique doce o trece naves enemigas.
HÉRCULES.
¿Vosotros?
BACO.
Por
Apolo te lo juro.
HÉRCULES.
BACO.
Estaba
yo en la nave, leyendo para mí la Andrómeda, cuando de repente se apodera de mi
corazón un vivo deseo...
HÉRCULES.
¿Un
deseo? ¿De qué especie?
BACO.
HÉRCULES.
¿De una
mujer?
BACO.
No.
HÉRCULES.
¿De un
muchacho?
BACO.
Ni por
pienso.
HÉRCULES.
¿Entonces
de un hombre?
BACO.
Eso es.
HÉRCULES.
Como
estabas con Clístenes...
BACO.
No te
burles, hermano mío; me siento mal de veras; el tal deseo me martiriza.
HÉRCULES.
Pero,
hermanito, sepamos cuál es.
BACO.
No
puedo revelártelo, pero te lo daré a entender por medio de un enigma. Di, ¿no
te ha asaltado alguna vez un repentino deseo de comer puches?
HÉRCULES.
¿De
puches? Ya lo creo: mil veces en mi vida.
BACO.
¿Comprendes
bien? ¿O me explico más?
HÉRCULES.
Lo que
es de los puches, no tienes que decir más; lo entiendo perfectamente.
BACO.
Pues
bien, tal es el deseo que me devora por Eurípides...
HÉRCULES.
BACO.
Y
ningún hombre me disuadirá de que vaya a buscarle.
HÉRCULES.
¿A los
profundos infiernos?
BACO.
Y más
abajo, si es preciso.
HÉRCULES.
Pero,
¿para qué lo necesitas?
BACO.
Me hace
falta un buen poeta, y no hay
ninguno, pues los vivos todos son detestables.
HÉRCULES.
BACO.
Ese es
el único bueno que resta; si es que él es el bueno, pues tengo mis dudas sobre
el particular.
Ya que
tienes absoluta necesidad de sacar algún poeta de los infiernos, ¿por qué no te
llevas a Sófocles, que es superior a Eurípides?
BACO.
No,
antes quiero probar a Iofonte y ver lo que puede hacer sin Sófocles. Además,
como Eurípides es muy astuto, desplegará todos sus ardides para escaparse
conmigo, mientras que el otro es tan sencillote allí como aquí.
HÉRCULES.
Y
Agatón, ¿dónde está?
BACO.
Aquel
buen poeta y amigo querido me abandonó y partió.
HÉRCULES.
¿Adónde
se fue el mísero?
BACO.
Al
banquete de los bienaventurados.
HÉRCULES.
BACO.
¡Qué el
cielo le confunda!
HÉRCULES.
JANTIAS.
¡De mí
ni una palabra! Y se me está hundiendo el hombro.
HÉRCULES.
¿Pero
no componen también tragedias otros diez mil mozalbetes infinitamente más
habladores que Eurípides?
BACO.
Esos
son ramillos sin savia, verdaderos poetas-golondrinas, gárrulos e
insustanciales, peste del arte, que en cuanto la Musa trágica les concede el
más pequeño favor lanzan de una vez todo su talento, y caen extenuados de fatiga.
¡Oh! Por mucho que busques, no hallarás uno de esos vates fecundos que seducen
con sus magníficas palabras.
HÉRCULES.
¿Cómo
fecundos?
BACO.
Sí,
fecundos y capaces de inventar estas atrevidas expresiones: «el éter,
habitacioncita de Júpiter», «el pie del tiempo», «el corazón no quiere jurar, pero la lengua perjura sin la
complicidad del corazón.»
HÉRCULES.
¿Y eso
te gusta?
BACO.
Estoy
más que loco por ellas.
HÉRCULES.
Si son
necedades, tú mismo lo conoces.
BACO.
«No
habites en mi espíritu: ya tienes tú tu casa.»
HÉRCULES.
Pues
todo eso es lo más detestable.
BACO.
En
comer me podrás dar lecciones.
JANTIAS.
BACO.
Escucha
ahora la razón de haberme vestido como tú. Es para que me digas, por si tengo
necesidad, los huéspedes que te acogieron cuando fuiste a buscar al Cerbero.
Indícamelos, y también los puertos, panaderías, lupanares, paradores, posadas,
fuentes, caminos, ciudades, figones, y las tabernas donde haya menos chinches.
¡De mí
ni una palabra!
HÉRCULES.
¿Te
atreverás a ir, temerario?
BACO.
No
hables una palabra en contra de mi proyecto; indícame solamente el camino más
corto para ir al infierno: un camino que ni sea demasiado caliente, ni
demasiado frío.
HÉRCULES.
¿Cuál
camino te indicaré el primero? ¿Cuál? ¡Ah! Este: coges un banquillo y una soga,
y te cuelgas.
BACO.
¡Otro!
Ese es asfixiante.
HÉRCULES.
Hay
otro camino muy corto y muy trillado: el del mortero.
BACO.
¿Te
refieres a la cicuta?
HÉRCULES.
Precisamente.
BACO.
Ese es
frío y glacial: en seguida se hielan las piernas.
HÉRCULES.
¿Quieres
que te diga uno muy rápido y pendiente?
BACO.
Sí, sí,
por cierto; pues no soy muy andarín.
HÉRCULES.
BACO.
¿Y
después?
HÉRCULES.
Sube a
lo alto de la torre...
BACO.
¿Para
qué?
HÉRCULES.
Ten
fijos los ojos en la antorcha, hasta que se dé la señal; y cuando los
espectadores te manden que la tires, te arrojas tú mismo.
BACO.
¿Adónde?
HÉRCULES.
Abajo.
BACO.
Y me
romperé las dos membranas del cerebro. No me gusta ese camino.
HÉRCULES.
¿Pues
cuál?
BACO.
Aquel por
donde tú fuiste.
HÉRCULES.
Pero es
sumamente largo. Lo primero que encontrarás será una laguna inmensa y
profundísima.
BACO.
¿Cómo
la atravesaré?
HÉRCULES.
Un
barquero viejo te pasará en un botecillo, mediante el pago de dos óbolos.
BACO.
¡Oh,
qué poder tienen en todas partes los dos óbolos! ¿Cómo han llegado hasta allí?
HÉRCULES.
Teseo los llevó. Después verás una multitud
de serpientes y monstruos horrendos.
BACO.
No
trates de meterme miedo y aterrarme; no me disuadirás.
HÉRCULES.
Luego
un vasto cenagal, lleno de inmundicias, y sumergidos en él todos los que
faltaron a los deberes de la hospitalidad, los que negaron el salario a su
bardaje, y los que maltrataron a su madre, abofetearon a su padre o copiaron
algún pasaje de Mórsimo.
BACO.
A esos
deberían agregarse todos los que aprendieron la danza pírrica de Cinesias.
HÉRCULES.
Más
lejos encantará tus oídos el dulce sonido de las flautas; verás bosquecillos de
mirtos iluminados por una luz purísima como la de aquí; encontrarás grupos
bienaventurados de hombres y mujeres, y escucharás alegres palmoteos.
BACO.
Y esos,
¿quiénes son?
HÉRCULES.
JANTIAS.
Y yo el
asno portador de los misterios;
pero, por Júpiter, no los llevaré más.
HÉRCULES.
Que te
dirán todo cuanto necesites, pues habitan en el mismo camino, junto a la puerta
del palacio de Plutón. Conque, hermano mío, feliz viaje.
BACO.
¡Adiós!
Y que Júpiter te oiga. (A Jantias.) Vuelve a cargarte
el hato.
JANTIAS.
¿Antes
de habérmelo descargado?
BACO.
Y a
escape.
JANTIAS.
No, no,
te lo suplico: más vale que te ajustes con algún muerto de los que
necesariamente tienen que recorrer este camino.
BACO.
¿Y si
no lo encuentro?
JANTIAS.
Entonces
llévame.
BACO.
Tienes
razón. Ahí traen precisamente a un muerto. ¡Eh, tú, a ti te digo, el muerto!
¿Quieres llevar un hatillo a los infiernos?
UN MUERTO.
¿Es
pesado?
BACO.
Míralo.
EL MUERTO.
¿Me
pagarás dos dracmas?
BACO.
¡Oh,
no! Menos.
EL MUERTO.
Adelante,
sepultureros.
BACO.
Espera
un poco, amigo mío, para ver si podemos arreglarnos.
EL MUERTO.
Si no me
das dos dracmas, excusas de hablar.
BACO.
EL MUERTO.
¡Antes
resucitar!
JANTIAS.
¡Qué
soberbio es el maldito! ¿Y no se le castigará? Iré yo mismo.
BACO.
Eres un
buen muchacho. Dirijámonos a la barca.
CARONTE.
¡Hoop!
Aborda.
JANTIAS.
¿Qué es
eso?
BACO.
Es la
laguna de que nos ha hablado Hércules; ya veo la barca.
JANTIAS.
Por
Neptuno, ese es Caronte.
BACO.
¡Salud,
Caronte! ¡Salud, Caronte! ¡Salud, Caronte!
CARONTE.
¿Quién
viene del país de las miserias y cuidados a los campos del reposo y del Leteo,
a trasquilar la lana de los asnos, a la
morada de los cerberios, a los
infiernos y al Ténaro?
BACO.
Yo.
CARONTE.
Entra
al punto.
BACO.
¿Adónde
nos vas a llevar? ¿Al infierno, de veras?
CARONTE.
Sí, por
Júpiter, para servirte. Vamos, entra.
BACO.
Ven
acá, muchacho.
CARONTE.
No paso
al esclavo si no ha combatido en alguna batalla naval por salvar el pellejo.
JANTIAS.
No
pude, porque tenía entonces los ojos malos.
CARONTE.
Pues
tienes que dar la vuelta a la laguna.
JANTIAS.
¿Y
dónde me detengo?
CARONTE.
En la
piedra de Aveno, junto a las posadas.
BACO.
¿Has
entendido?
JANTIAS.
Perfectamente.
¡Qué desgraciado soy! Sin duda al salir de casa tuve algún encuentro de mal
agüero.
(Vase.)
CARONTE.
(A Baco.) Siéntate al remo. — Si hay
algún otro que desee pasar, que se apresure. — ¡Eh, tú! ¿Qué haces?
BACO.
¿Qué he
de hacer? Me he sentado sobre el remo como me has dicho.
CARONTE.
Colócate
ahí, panzón.
BACO.
Ya
estoy.
CARONTE.
Adelanta
los brazos; extiéndelos.
BACO.
Ya
están.
CARONTE.
¡Basta
de tonterías! Rema vigorosamente.
BACO.
¿Cómo
he de poder remar si no conozco este oficio, ni he estado nunca en Salamina?
CARONTE.
Facilísimamente;
porque en cuanto cojas el remo vas a oír bellísimos cánticos.
BACO.
¿De
quién?
CARONTE.
De las
ranas, émulas de los cisnes; ¡son deliciosos!
BACO.
Ea,
manda la maniobra.
CARONTE.
¡Hoop,
op! ¡Hoop, op!
Brekekekex,
coax, coax; brekekekex, coax, coax. Húmedas hijas de los pantanos, mezclemos
nuestro cántico sonoro a los dulces sonidos de las flautas, coax, coax;
repitamos los himnos que en honor de Baco Niseo, hijo de Júpiter, entonamos en la
sagrada fiesta de las ollas,
cuando la multitud embriagada se dirige a nuestro templo del pantano. Brekekekex, coax, coax.
BACO.
Principian
a dolerme las nalgas, carísima coax, coax. — Pero a vosotras no se os importa
nada.
LAS RANAS.
Brekekekex,
coax, coax.
BACO.
¡Así
reventéis con vuestro coax! ¡Siempre coax, coax!
LAS RANAS.
Y con
razón, imbécil. Porque yo soy la favorita de las Musas, hábiles tañedoras de la
lira, y del cornípedo Pan, diestro en el caramillo. Me ama también el citarista
Apolo, porque hago crecer en los pantanos cañas para los puentes de sus liras.
Brekekekex, coax, coax.
BACO.
Ya se
me han levantado ampollas; tengo el trasero inundado de sudor, y pienso que
pronto empezaré a decir, brekekekex, coax, coax. Pero callad, raza graznadora.
LAS RANAS.
¡Callar!
Al contrario, cantaremos más fuerte. Porque a nosotras nos deleita en los días
apacibles saltar entre el fleos y la
juncia, entonando los himnos que solemos cantar cuando nadamos; o bien, cuando
Júpiter vierte la lluvia, sumergidas en el fondo de nuestras moradas, unir
nuestras ágiles voces al ruido de las gotas. Brekekekex, coax, coax.
BACO.
Os
prohíbo cantar.
LAS RANAS.
El
silencio es para nosotras insoportable.
BACO.
Más
insoportable es para mí el destrozarme remando.
LAS RANAS.
Brekekekex,
coax, coax.
BACO.
¡Ojalá
reventéis! Poco me importaría.
LAS RANAS.
Pues
nosotras graznaremos a toda voz, desde la mañana hasta la noche, brekekekex,
coax, coax.
BACO.
En eso
no me ganaréis.
LAS RANAS.
Ni tú a
nosotras.
BACO.
Ni
vosotras a mí. Graznaré, si es preciso, todo el día hasta dominar vuestro coax.
Brekekekex, coax, coax. Ya sabía yo que os había de hacer callar.
CARONTE.
¡Eh!
Para, para. Empuja el bote a la orilla con el remo. Desembarca, y paga.
BACO.
Ahí
tienes dos óbolos. — ¡Jantias! ¿Dónde está Jantias? ¡Eh, Jantias!
JANTIAS.
¡Eh!
BACO.
Ven
acá.
JANTIAS.
Salud,
amo mío.
BACO.
¿Qué es
lo que hay ahí?
JANTIAS.
Tinieblas
y cieno.
BACO.
¿Has
visto en algún lugar a los parricidas y perjuros de que aquel nos habló?
JANTIAS.
¿No los
has visto tú?
BACO.
Por
Neptuno, ahora los veo. Ea, ¿qué hacemos?
JANTIAS.
Lo
mejor será ir más adelante, porque este es el sitio donde nos dijo que estaban
los monstruos horrendos.
BACO.
¡Cómo
se va a fastidiar! Nos contaba fábulas para meterme miedo; fue pura envidia.
¡Como sabe que yo soy lo más bravo...! Hércules es muy arrogante. Yo quisiera
tener algún encuentro, alguna ocasión de hacer famoso mi viaje.
JANTIAS.
Por
Júpiter, siento no sé qué ruido.
BACO. (Asustado.)
¿Dónde?
¿dónde?
JANTIAS.
Detrás.
BACO.
Anda
detrás.
JANTIAS.
No, es
delante.
BACO.
Pues
anda delante.
JANTIAS.
Por
Júpiter, veo un monstruo gigantesco.
BACO.
¿Cómo
es?
JANTIAS.
¡Horrendo!
Toma toda clase de formas: ya es un buey, ya es un mico, ya una mujer muy
hermosa.
BACO.
¿Dónde
está? ¡Oh! Voy a salirle al encuentro.
JANTIAS.
Ya no
es mujer; ahora es un perro.
BACO.
JANTIAS.
Todo su
rostro está lleno de fuego.
BACO.
Tiene
una pierna de bronce.
JANTIAS.
Y otra
de asno. Tenlo por seguro.
BACO.
¿Adónde
me escapo?
JANTIAS.
¿Y yo?
BACO.
¡Oh
sacerdote!, sálvame para que pueda
beber contigo.
JANTIAS.
¡Estamos
perdidos, Hércules poderoso!
BACO.
No lo
mientes, querido mío; no pronuncies su nombre.
JANTIAS.
Entonces
diré: ¡Oh Baco!
BACO.
Menos
aún.
JANTIAS.
Sigue
todo derecho. — Aquí, aquí, amo mío.
BACO.
¿Qué
pasa?
JANTIAS.
Tranquilízate:
la cosa va bien; ya podemos decir como Hegéloco: «Después de la tempestad veo
la calma.» Empusa ha desaparecido.
BACO.
Júramelo.
JANTIAS.
Lo juro
por Júpiter.
BACO.
Júralo
otra vez.
JANTIAS.
Lo juro
por Júpiter.
BACO.
Vuélmelo
a jurar.
JANTIAS.
Lo juro
por Júpiter.
BACO.
¡Oh,
cómo he palidecido al ver esa fantasma!
JANTIAS.
Pues
ese otro se ha puesto rojo de miedo.
BACO.
¡Ay!
¿Cuál es la causa de todos estos males? ¿A qué dios acusaré de mi desgraciada
suerte? «¿Al Éter, habitacioncita de Júpiter, o al pie del Tiempo?»
JANTIAS.
¡Eh,
tú!
BACO.
¿Qué
hay?
JANTIAS.
¿No has
oído?
BACO.
¿Qué?
JANTIAS.
Las
flautas.
BACO.
Es
verdad, también ha llegado hasta mí el perfume místico de las antorchas.
Cállate y escuchémoslos escondidos.
¡Yaco,
oh Yaco! ¡Yaco, oh Yaco!
JANTIAS.
Eso
mismo es, dueño mío; son los juegos de los iniciados de que nos hablaba; pues
cantan a Yaco, como Diágoras.
BACO.
También
a mí me lo parece. Por lo cual, lo mejor es guardar silencio, hasta enterarnos
bien de lo que sea.
CORO.
Yaco,
veneradísimo Yaco, oye la voz de los que adoran tus misterios, y acude a este
prado, tu mansión favorita, para dirigir sus coros; ven, y haciendo retemblar
sobre tu cabeza la corona de mirto cuajado de bayas, ejecuta con atrevido pie
aquella suelta y regocijada danza llena de gracias, solemne y mística, puro
encanto de los iniciados.
JANTIAS.
Augusta
y veneranda Ceres, ¡qué delicioso olor a carne de cerdo ha acariciado mis
narices!
BACO.
Vamos,
¿será necesario darte un pedazo para que calles?
CORO.
Reanima
la luz de las flameantes antorchas, blandiéndolas en tus manos. ¡Yaco, oh Yaco,
fúlgida estrella de la iniciación nocturna! El prado deslumbra lleno de luces:
vigorízanse las rodillas del anciano; disípanse sus penas, y aligérasele la
carga de los años para poder formar parte de los sagrados coros. Guía tú,
deidad resplandeciente, sobre esta fresca y florida alfombra las danzas de la
garrida juventud. ¡Silencio! Lejos de aquí, profanos, almas impuras, nunca
admitidos a las fiestas y danzas de las nobles Piérides, ni iniciados en el
misterioso lenguaje ditirámbico del taurófago Cratino, apasionados de los versos chocarreros o
inoportunos chistes. Lejos de aquí todo el que, en vez de reprimir una sedición
funesta y mirar por el bien de sus conciudadanos, atiza y exacerba las
discordias, atento solo a saciar la propia avaricia. Lejos de aquí el que,
estando al frente de una ciudad agobiada por la desgracia, se deja sobornar y
entrega una fortaleza o las naves; o el que, como ese infame Torición, cobrador de vigésimas, exporta de
Egina a Epidauro cueros, lino, pez y demás mercancías
prohibidas. Lejos de aquí todo el que aconseja a cualquiera que preste a
nuestros enemigos dinero para la construcción de naves, o mancha de inmundicia las imágenes de
Hécate, mientras entona ditirambos. Lejos de aquí todo orador que cercena
el salario a los poetas porque le
pusieron en escena en las fiestas nacionales de Baco. A todos esos les digo,
una y cien veces, que dejen libre el campo a los rústicos coros. Vosotros,
elevad vuestros cantos y los himnos nocturnos propios de estas fiestas.
Adelántese
cada cual osadamente por los prados floridos de esta profunda mansión, dando
rienda suelta a los chistes, burlas y dicterios. ¡Basta de festines! ¡Adelante!
Celebrad a nuestra divina protectora,
que ha prometido defender siempre este país, a pesar de Torición.
Ea,
principiad ahora otros himnos en honor de la frugífera Ceres; celebradla en
religiosos cantos.
Oh Ceres,
reina de los puros misterios, senos propicia y protege a tu coro; permíteme
entregarme en todo tiempo a los juegos y a las danzas, y que mezclando mil
donaires y discretas razones, llegue a merecer con obra digna de tus fiestas
ser ceñido por las bandas triunfales.
Ea, invoca
ahora en tus cantos al numen jovial, eterno compañero de estas danzas.
Veneradísimo
Yaco, inventor de las suavísimas melodías que en estas fiestas se cantan, ven a
acompañarnos al templo de la diosa, y prueba que puedes recorrer sin fatigarte
un largo camino. Yaco, amigo del
baile, guía mis pasos; tú has desgarrado mis sandalias y pobres vestidos, para
que causen risa y me permitan danzar con más desenfado.
Yaco,
amigo del baile, guía mis pasos. Mirando de reojo, acabo de ver una hermosísima
doncella, por cuya túnica desgarrada asomaba indiscretamente parte de su seno; Yaco, amigo del baile, guía mis
pasos.
BACO.
Sí, a
mí me gusta unirme a esos coros, y deseo bailar con ella.
JANTIAS.
Yo
también.
CORO.
¿Queréis
que nos burlemos juntos de Arquedemo?
A los siete años no era todavía ciudadano, y ahora es jefe de los muertos de la
tierra, y ejerce allí el
principado de la bribonería. He oído que Clístenes se arranca sobre los sepulcros
los pelos de las nalgas y se araña las mejillas: tendido sobre las tumbas gime, llora y
llama desolado a Sebine de Anaflisto. También cuentan que Calias, el hijo de
Hipobino, cubierto de una piel de
león, se entrega sobre sus naves
a un combate amoroso.
BACO.
¿Podrías
decirnos dónde está la morada de Plutón? Somos unos extranjeros recién
llegados.
CORO.
No
vayas más lejos, ni repitas la pregunta: sabed que estáis en su misma puerta.
BACO.
Muchacho,
coge de nuevo el hato.
JANTIAS.
La
eterna muletilla de «la Corinto de Júpiter» se
repite con el hato.
CORO.
Sobre
el césped de este florido bosque bailad en rueda en honor de la diosa los admitidos a esta piadosa fiesta.
BACO.
Yo voy
a ir con las doncellas y matronas al sitio donde se celebra la velada de las
diosas, llevando la sagrada antorcha.
CORO.
Vamos a
los prados floridos, esmaltados de rosas, a recrearnos, según costumbre, en
esas brillantes danzas presididas por las bienaventuradas Parcas. El sol y la
luna solo lucen para nosotros los iniciados, que durante la vida fuimos
benéficos con propios y extraños.
BACO.
¿Cómo
llamaré a esta puerta? ¿Cómo? ¿De qué manera acostumbran a llamar las gentes de
este país?
JANTIAS.
No
pierdas el tiempo; llama con la fuerza de Hércules, para no estar en
contradicción con tu disfraz.
BACO.
¡Esclavo!
¡Esclavo!
ÉACO.
¿Quién
va?
BACO.
Hércules
el valeroso.
ÉACO.
¡Ah
infame, atrevido, sin vergüenza, canalla, más canalla que todos los canallas
juntos, tú nos llevaste nuestro perro Cerbero retorciéndole el pescuezo, y escapaste
con él estando yo encargado de su guarda! Pero ya has caído en mi poder: las
negras rocas de la Estigia, y el peñasco ensangrentado del Aquerón te cierran
el paso; los perros vagabundos del Cocito, y la Hidra de cien cabezas te
desgarrarán las entrañas; la murena Tartesia devorará tus pulmones; y las Gorgonas
Titrasias se llevarán entre las
uñas, revueltos con los intestinos, tus sanguinolentos riñones. ¡Ah, corro a llamarlas!
JANTIAS.
¡Puf!
¿Qué has hecho?
BACO.
Una
libación; invoca al dios.
JANTIAS.
¡Qué
ridiculez! Levántate pronto, antes de que algún extraño te vea.
BACO.
Me
siento desfallecer; ponme una esponja sobre el corazón.
JANTIAS.
Toma.
BACO.
Acércate.
JANTIAS.
¿Dónde
está? ¡Santos dioses! ¿Aquí tienes el corazón?
BACO.
De
miedo se me ha caído al bajo vientre.
JANTIAS.
Eres el
más cobarde de los dioses y los hombres.
BACO.
¡Yo
cobarde! ¡Y te he pedido una esponja! Nadie en mi lugar hubiera hecho otro
tanto.
JANTIAS.
¿Pues
qué?
BACO.
Un
cobarde hubiera quedado tendido sobre su propia inmundicia, y yo me he
levantado y me he limpiado.
JANTIAS.
¡Gran
hazaña, por Neptuno!
BACO.
Ya lo
creo, por Júpiter. ¿No has temblado tú al oír sus gritos y formidables
amenazas?
JANTIAS.
No se
me importó de ellas ni un comino.
BACO.
Ea, si
eres tan valiente y animoso, haz mi papel, y puesto que nada te hace temblar,
toma la clava y la piel de león; yo a mi vez llevaré el hato.
JANTIAS.
Venga
al momento; es necesario obedecer. Contempla a Hércules-Jantias, y mira si soy
un cobarde y si me parezco a ti.
BACO.
A mí en
nada; eres el vivo retrato del bribón melitense. Ea, voy a cargarme el equipaje.
UNA
CRIADA.
¿Eres
tú, querido Hércules? Entra, entra. En cuanto la diosa ha sabido tu venida ha mandado amasar
pan, cocer dos o tres ollas de legumbres y puches, asar un buey entero, y
preparar tortas y pasteles; vamos, entra.
JANTIAS.
Gracias.
Es mucho honor.
LA CRIADA.
¡Ah,
por Apolo! No te dejaré marchar. Ha cocido aves; ha frito deliciosas confituras
y preparado un vino exquisito. Vamos, entra conmigo.
JANTIAS.
Mil
gracias.
LA CRIADA.
¿Estás
loco? No te he de soltar. Tiene también a tu disposición una bellísima tañedora
de flauta y dos o tres bailarinas.
JANTIAS.
¿Qué
dices? ¿Bailarinas?
LA CRIADA.
En la
flor de la juventud, y recién salidas del tocador. Pero entra; el cocinero iba
ya a sacar del fuego los peces, y a llevarlos a la mesa.
JANTIAS.
Sea;
vete a decir a esas bailarinas que entro al instante. Tú, muchacho, sígueme con
el hato al hombro.
BACO.
¡Eh,
tú, alto! Sin duda has tomado en serio el papel de Hércules que yo te he dado
en broma. Basta de sandeces, Jantias; vuelve a cargarte el hato.
JANTIAS.
¿Qué es
esto? Creo que no pensarás quitarme lo que me has dado.
BACO.
Es más,
lo hago, y al momento. ¡Pronto! Venga esa piel.
JANTIAS.
Pongo a
los dioses por testigos y les encomiendo mi venganza.
BACO.
¿A qué
dioses? ¿Habrá necedad e insensatez como la tuya? ¡Un esclavo, un mortal,
querer pasar por hijo de Alcmena!
JANTIAS.
¡Bien!
¡Bien! Toma tu traje. Quizá me necesites algún día, si Dios quiere.
CORO.
Todo
hombre cuerdo, sensato y experimentado sabe buscar el costado de la nave que se
sumerge menos, en vez de estarse como una figura pintada, siempre en la misma
actitud; pero solo un hombre hábil, como Terámenes, sabe cambiar a medida de su
conveniencia.
BACO.
¿No
sería ridículo ver a Jantias, a un esclavo, tendido sobre tapices de Mileto,
acariciar a una bailarina y pedirme el orinal, mientras yo le miraba
arrascándome, expuesto a que ese
bribón me saltase de un puñetazo los dientes de delante?
TABERNERA
PRIMERA.
¡Platana!
¡Platana! Ven acá. Ese es aquel
canalla que entró un día en nuestra taberna y se nos comió dieciséis panes.
TABERNERA
SEGUNDA.
Justamente.
El mismo.
JANTIAS.
Esto va
mal para alguno.
TABERNERA
PRIMERA.
Y
además veinte tajadas de carne cocida, de a medio óbolo cada una.
JANTIAS.
Alguno
lo va a pagar.
TABERNERA
PRIMERA.
Y ajos
sin cuento.
BACO.
Tú
deliras, mujer; no sabes lo que te dices.
TABERNERA
PRIMERA.
¿Creías
que no te iba a conocer porque te has puesto coturnos? Pues aún no he dicho nada de aquella
enormidad de pescados.
TABERNERA
SEGUNDA.
Ni de
aquel queso fresco que se me tragó, ¡pobre de mí!, con cesto y todo; y cuando
le exigí el pago me lanzó una mirada feroz y empezó a mugir.
JANTIAS.
Esas
son cosas suyas; en todas partes hace lo mismo.
TABERNERA
SEGUNDA.
Y
desenvainó su espada como un energúmeno.
TABERNERA
PRIMERA.
¡Ay!
Sí.
TABERNERA
SEGUNDA.
Nosotras
espantadas nos subimos de un salto al sobradillo, y él se escapó llevándosenos
las cestas.
JANTIAS.
Eso es
muy propio de él. Pero no debíais de haberlo dejado así.
TABERNERA
PPIMERA.
Anda,
llama a Cleón, nuestro protector.
TABERNERA
SEGUNDA.
Y tú
trata de hallar a Hipérbolo, para
que nos las pague todas juntas ese bribón.
TABERNERA
PRIMERA.
¡Maldito
gaznate! ¡Mi mayor placer sería majarte con un canto esas muelas con que
devoraste mis provisiones!
TABERNERA
SEGUNDA.
Yo
quisiera arrojarte al Báratro.
TABERNERA
PRIMERA.
Y yo
segarte con una hoz esa condenada garganta, por donde pasaron mis ricos
tripacallos. Voy en busca de Cleón para que te cite hoy mismo a juicio y
desenrede este embrollo.
(Vanse.)
BACO.
Que me
muera si no es verdad que quiero a Jantias como a las niñas de mis ojos.
JANTIAS.
Te veo,
te veo. Excusas de hablar más. No quiero hacer de Hércules.
BACO.
¡Oh, no
digas eso, Jantias mío!
JANTIAS.
¿Pero
cómo he de poder pasar por el hijo de Alcmena, yo, un esclavo, un mortal?
BACO.
Vamos,
ya sé que estás enfadado y no te falta razón: aunque me pegases no te
replicaría. Mira, si en adelante vuelvo a quitarte estos atavíos, haga el cielo
que seamos exterminados yo, mi mujer, mis hijos, toda mi casta, y el legañoso
Arquedemo.
JANTIAS.
Recibo
tu juramento, y acepto el papel de Hércules con esa condición.
CORO.
Ahora,
después de haber vestido de nuevo tu traje de Hércules, tienes que aparentar
juveniles bríos y lanzar torvas miradas a ejemplo del dios que representas;
pues si representas mal tu papel y te muestras flojo o cobarde, volverás a
cargar con el hato.
JANTIAS.
Os
agradezco el consejo, amigos míos; pero eso ya lo tenía yo pensado. Si la cosa
va bien, ya veréis cómo quiere volver a desnudarme; lo tengo previsto; sin
embargo, no por eso dejaré de manifestarme fuerte y arrogante, y de mirar con
el gesto avinagrado del que mastica orégano. Llegó a lo que parece el momento
de obrar, pues oigo rechinar la puerta.
ÉACO. (A sus esclavos.)
Atadme
pronto a ese ladrón de perros, para
castigarle; despachad.
BACO.
Esto va
mal para alguno.
JANTIAS.
¡Ay del
que se acerque!
ÉACO.
¡Cómo!
¿Te resistes? ¡Eh, Ditilas, Esceblias, Párdocas, avanzad y combatid con él!
BACO.
¿No es
insufrible que después de robar a otros trate todavía de maltratarles?
JANTIAS.
Eso
pasa ya de la raya.
ÉACO.
Sí, es
insufrible e intolerable.
JANTIAS.
Aniquíleme
Júpiter si jamás he venido aquí o te he robado el valor de un cabello. Quiero
darte una prueba de generosidad; apodérate de ese esclavo; somételo al
tormento, y si llegas a averiguar
algo contra mí, dame la muerte.
ÉACO.
¿A qué
tormento le someteré?
JANTIAS.
A
todos; átalo a una escalera, dale de palos, desuéllalo, tortúralo, échale
vinagre en las narices, cárgale de ladrillos; en fin, emplea todos los medios,
menos el de azotarle con ajos o puerros verdes.
ÉACO.
Muy
bien dicho; mas si estropeo a tu esclavo, ¿me exigirás los daños y perjuicios?
JANTIAS.
No lo
temas; puedes llevártelo y someterlo a la tortura.
ÉACO.
Lo haré
aquí mismo, para que hable delante de ti. — Tú, deja la carga, y cuidado con
mentir.
BACO.
Prohíbo
que nadie me atormente; yo soy inmortal; si lo haces, todo el mal caerá sobre
ti.
ÉACO.
¿Qué
dices?
BACO.
Digo
que yo soy un inmortal, Baco, hijo de Júpiter, y que ese es un esclavo.
ÉACO. (A Jantias.)
¿Has
oído?
JANTIAS.
Perfectamente;
por lo mismo hay que azotarle más fuerte; si es un dios, no sentirá los golpes.
BACO.
¿Por
qué, pues, ya que pretendes pasar por un inmortal, no has de someterte también
a la fustigación?
JANTIAS.
Tienes
razón. Aquel que llore antes, o se muestre sensible a los palos, es señal de
que no es dios.
ÉACO.
Eres
indudablemente un hombre generoso: no rehuyes nada de lo que es justo. Ea,
desnudaos.
JANTIAS.
¿Cómo
nos darás tormento conforme a justicia?
ÉACO.
Nada
más fácil; se os distribuirán los golpes alternativamente.
JANTIAS.
¡Feliz
idea!
ÉACO.
¡Toma! (Pega a Jantias.)
JANTIAS.
Observa
si me muevo.
ÉACO.
Pues ya
te he pegado.
JANTIAS.
No, por
cierto.
ÉACO.
Parece
que no los has sentido. Ahora voy a sacudirle a este otro.
BACO.
¿Cuándo?
ÉACO.
Sí, ya
te he pegado.
BACO.
¿Cómo?
¿Si ni siquiera me has hecho estornudar?
ÉACO.
Lo
ignoro; repetiré con el otro.
JANTIAS.
Anda
listo. ¡Ay! ¡ay! ¡ay!
ÉACO.
¡Hola!
¿Qué significa ese ay, ay, ay? Duele, ¿eh?
JANTIAS.
¡Ca!
estaba pensando en la fiesta de Hércules, que se celebra en Diomea.
ÉACO.
¡Qué
hombre tan piadoso! Volvamos al otro.
BACO.
¡Oh,
oh!
ÉACO.
¿Qué te
pasa?
BACO.
ÉACO.
¿Y eso
te hace llorar?
BACO.
No, es
que he olido cebollas.
ÉACO.
¿No se
te importan nada los palos?
BACO.
Nada
absolutamente.
ÉACO.
Volvamos
a este.
JANTIAS.
¡Ay de
mí!
ÉACO.
¿Qué te
pasa?
JANTIAS:
Sácame
esta espina.
ÉACO.
¿Qué
significa eso? Ahora al otro.
BACO.
«¡Apolo
adorado en Delos y Delfos!»
JANTIAS.
Ya le
duele. ¿No has oído?
BACO.
No, es
que me he acordado de un verso de Hiponacte.
JANTIAS.
No
adelantas nada; pega en los costados.
ÉACO.
Es
verdad; vamos, presenta el vientre.
BACO.
¡Oh
Neptuno!...
JANTIAS.
Alguien
se lamenta.
BACO.
«...
Que reina sobre los promontorios del Egeo, o sobre el salado abismo del cerúleo
mar.»
ÉACO.
Por
Ceres, no puedo conocer cuál de vosotros es dios. Entrad; mi amo y Proserpina,
que son también dioses, os podrán reconocer.
BACO.
Tienes
razón. Pero eso debía de habérsete ocurrido antes de azotarme.
Musa,
asiste a nuestros sagrados coros; ven a deleitarte con mis versos y a
contemplar esa infinita muchedumbre, entre la cual hallarás muchos hábiles
ciudadanos más noblemente ambiciosos que ese Cleofón, de cuyos gárrulos labios se escapa
incesantemente un sonido ingrato, como el de la golondrina de Tracia, posada
sobre un ramo en aquella bárbara región: ahora grazna ya los lamentables cantos
del ruiseñor, porque va a morir, aun cuando en la votación resulte empate.
Justo es
que el sagrado coro dé a la república consejos y enseñanzas. Nuestra primera
atención debe ser establecer la igualdad entre los ciudadanos y librarlos de
temores; después, si alguno faltó, engañado por los artificios de Frínico, creo que debe permitírsele defenderse
y justificarse, pues es vergonzoso que a los que tomaron parte una vez en una
batalla naval los equiparéis a
los Plateenses, convirtiéndolos de esclavos en señores. No es que yo halle esto
censurable; al contrario, lo aplaudo y pienso que es lo único en que
estuvisteis acertados; pero entiendo que sería igualmente justo que los que
tantas veces, lo mismo ellos que sus padres, pelearon en el mar con nosotros y
nos están unidos por su nacimiento, obtuvieran el perdón de su única falta. Aplacad, pues, un poco vuestra
indignación, discretísimos atenienses, y procuremos que cuantos combatieron en
nuestras galeras formen una sola familia, y alcancen con su rehabilitación el
pleno goce de los derechos de ciudadanos: el mostrarnos tan altivos y soberbios
en la concesión de la ciudadanía, sobre todo ahora que fluctuamos a merced de
las olas, es una imprudencia de
que en el porvenir nos arrepentiremos. Si soy hábil en conocer la vida y
costumbres de los que habrán de arrepentirse de su conducta, me parece que no
está lejos la hora del castigo del pequeño Clígenes, ese mico revoltoso que es el peor de
cuantos bañeros mezclan a la ceniza falso nitro y tierra de Cimolia. Él ya lo conoce; y por eso va armado
siempre de un grueso garrote, receloso de que, al encontrarle ebrio, le
despojen de sus vestidos.
Muchas
veces he notado que en nuestra ciudad sucede con los buenos y malos ciudadanos
lo mismo que con las piezas de oro antiguas y modernas. Las primeras no
falsificadas, y las mejores sin disputa, por su buen cuño y excelente sonido,
son corrientes en todas partes entre griegos y bárbaros, y sin embargo no las
usamos para nada, prefiriendo esas detestables piezas de cobre, recientemente
acuñadas, cuya mala ley es notoria.
Del mismo modo despreciamos y ultrajamos a cuantos ciudadanos sabemos que son
nobles, modestos, justos, buenos, honrados, hábiles en la palestra, en las
danzas y en la música, y preferimos para todos los cargos a hombres sin
vergüenza, extranjeros, esclavos, bribones de mala ralea, advenedizos que antes
la república no hubiera admitido ni para víctimas expiatorias. Ahora, pues,
insensatos, mudad de costumbres y utilizad de nuevo a las gentes honradas, pues
de esta suerte, si os va bien, seréis elogiados, y si algún mal os resulta, al
menos dirán los sabios que habéis caído con honra.
ÉACO.
¡Por
Júpiter salvador, tu amo es todo un excelente sujeto!
JANTIAS.
¿Un
excelente sujeto? Ya lo creo, no sabe más que beber y amar.
ÉACO.
Lo que
me asombra es que no te haya castigado por haberte fingido el amo siendo el
siervo.
JANTIAS.
Es que
se hubiera arrepentido.
ÉACO.
En eso
obraste como buen esclavo; a mí me gusta hacer lo mismo.
JANTIAS.
Te
gusta hacer eso, ¿eh?
ÉACO.
Yo soy
feliz cuando digo pestes de mi dueño sin que él me oiga.
JANTIAS.
¿Y
cuando te marchas gruñendo después de haber recibido una paliza?
ÉACO.
También
estoy satisfecho.
JANTIAS.
¿Y si
te metes en lo que no te importa?
ÉACO.
No
conozco nada más grato.
JANTIAS.
¡Oh
Júpiter! ¿Y si escuchas la conversación de los amos?
ÉACO.
Me
vuelvo loco de júbilo.
JANTIAS.
¿Y
cuando se la cuentas a los vecinos?
ÉACO.
¡Oh,
con eso no hay placer comparable!
JANTIAS.
¡Oh
Apolo! Dame tu mano, amigo, y permíteme que te abrace. Ahora, en nombre de
Júpiter vapuleado, dime qué
significan ese estruendo, ese griterío y esas disputas que se oyen allá dentro.
ÉACO.
Son
Esquilo y Eurípides.
JANTIAS.
¿Cómo?
ÉACO.
Se ha
promovido una contienda, una gran contienda entre los muertos, una verdadera
sedición.
JANTIAS.
¿Por
qué motivo?
ÉACO.
Hay
aquí establecida una ley, en virtud de la cual todo hombre superior a sus
émulos en las artes más nobles o importantes, tiene derecho a ser alimentado en
el Pritáneo y a sentarse junto a Plutón...
JANTIAS.
Entiendo.
ÉACO.
Hasta
que venga otro más hábil en el mismo arte: entonces el primero debe cederle el
puesto.
JANTIAS.
¿Y eso
por qué le alborota a Esquilo?
ÉACO.
Porque,
como príncipe en el género, ocupaba el trono de la tragedia.
JANTIAS.
Y ahora
¿quién?
ÉACO.
Cuando
Eurípides descendió a estos lugares, dio una muestra de sus versos a los
rateros, cortadores de bolsas, parricidas y horadadores de paredes que pululan
en el infierno: toda esta canalla en cuanto oyeron sus dimes y diretes, sus
discreteos y sutilezas, enloquecieron por él, y le proclamaron el sabio de los
sabios. Entonces Eurípides, hinchado de orgullo, se apoderó del trono que
ocupaba Esquilo.
JANTIAS.
¿Y no
le han apedreado?
ÉACO.
Al
contrario, la multitud clamaba por un juicio en que se decidiese cuál de los
dos era el mejor poeta.
JANTIAS.
¿Aquella
multitud de bribones?
ÉACO.
¡Y con
qué gritos! Llegaban hasta el cielo.
JANTIAS.
¿Pero
Esquilo no tenía defensores?
ÉACO.
Aquí
como ahí, el número de los buenos es
muy exiguo.
JANTIAS.
¿Qué
piensa hacer Plutón?
ÉACO.
Abrir
cuanto antes un certamen, para probar y decidir sobre el mérito de cada uno.
JANTIAS.
¿Y cómo
es que Sófocles no ha reclamado el trono?
ÉACO.
¡Oh!
Ese es muy distinto. En cuanto llegó abrazó a Esquilo y le tendió la mano,
dejándole en posesión pacífica del trono. Ahora, como dice Clidémides, está de reserva; si vence Esquilo,
permanecerá en su puesto; pero si es vencido, disputará con Eurípides.
JANTIAS.
¿Cuándo
va a ser eso?
ÉACO.
Dentro
de muy poco va a principiar aquí mismo el gran combate. Su ingenio poético va a
ser pesado en una balanza.
JANTIAS.
¡Cómo!
¿Se pesan las tragedias?
ÉACO.
Traerán
reglas, y varas de medir versos, y moldes cuadriláteros, como los de los
ladrillos, diámetros y cuñas. Pues Eurípides dice que ha de examinar las
tragedias verso por verso.
JANTIAS.
Esquilo,
a mi ver, llevará todo eso muy a mal.
ÉACO.
Bajaba
la cabeza y lanzaba miradas furiosas.
JANTIAS.
¿Y
quién será juez?
ÉACO.
Ahí
estaba la dificultad, porque hay gran carestía de hombres sensatos. A Esquilo
no le agradaban los atenienses.
JANTIAS.
Quizá
porque veía entre ellos muchos ladrones.
ÉACO.
Y
además no les creía muy aptos para apreciar el ingenio de los poetas. Por fin,
encomendaron el asunto a tu señor, como perito en la materia. Pero entremos;
pues cuando los amos tienen gran interés por alguna cosa, suelen pagarlo
nuestras costillas.
¡Oh,
qué horrenda cólera hervirá en el pecho del grandilocuente poeta, cuando vea a
su facundo enemigo aguzar provocativamente sus dientes! ¡Qué terribles miradas
le hará lanzar el furor! ¡Qué lucha entre las palabras de penachudo casco y
ondulante cimera y las sutilezas artificiosas! ¡Qué combate de gigantescos
períodos con frases atrevidas y pigmeas! Verase al titán erizando las crines de
su espesa melena y, frunciendo espantosamente el entrecejo, rugir con poderoso
aliento versos compactos como la tablazón de un navío; mientras el otro,
tascando el freno de la envidia, pondrá en movimiento su ágil y afilada lengua
y, arrojándose sobre las palabras de su rival, desmenuzará su estilo, y
reducirá a polvo el producto de su inspiración vigorosa.
EURÍPIDES.
No te
empeñes; no he de ceder el trono, porque le soy superior en la poesía.
BACO.
¿Por
qué te callas, Esquilo? Ya entiendes lo que ha dicho.
EURÍPIDES.
Primero
se estará callando con gravedad; es una especie de charlatanería peculiar a sus
tragedias.
BACO.
No
tanta arrogancia, amigo mío.
EURÍPIDES.
¡Sí, le
conozco hace tiempo! ¡Y conozco también sus caracteres feroces, y su lenguaje
altivo, desenfrenado, desmedido, sin regla, enfático y cuajado de palabras
hinchadas y vacías!
ESQUILO.
¿Y eres
tú, hijo de una rústica diosa, tú,
colector de necedades, fabricante de mendigos y remendón de andrajos, quien se
atreve a decirme...? Pero tu audacia no ha de quedar impune.
BACO.
Basta,
Esquilo; no te dejes arrebatar por la ira.
ESQUILO.
No
callaré sin haber demostrado hasta la evidencia lo que vale ese insolente con
todos sus cojos.
BACO.
¡Esclavos,
traed una oveja, una oveja negra,
pues la tempestad va a estallar!
ESQUILO.
¿No te
avergüenzas de tus monólogos cretenses, y de los incestuosos himeneos que has
introducido en el arte trágico?
BACO.
Modérate,
venerable Esquilo. — Tú, mi pobre Eurípides, déjate de temeridades y escapa de
esta granizada, no te acierte en la sien con alguna de esas grandiosas palabras
que haga saltar a tu Télefo. — Vamos, Esquilo, calma; no discutas con esa
furia. Los poetas no deben injuriarse como si fuesen panaderas; tú gritas desde
el principio, como una encina a la que se prende fuego.
EURÍPIDES.
Estoy
dispuesto a luchar; yo no retrocedo: lo mismo me da atacar, que ser atacado;
admito discusión sobre cuanto quiera; sobre los versos, el diálogo, los coros,
el nervio trágico, el Peleo, el Eolo,
el Meleagro, y hasta sobre el mismo Télefo.
BACO.
¿Y tú,
Esquilo, qué piensas hacer?
ESQUILO.
Yo no
hubiera querido combatir aquí; pues entre los dos la lucha es desigual.
BACO.
¿Por
qué?
ESQUILO.
Porque
mis tragedias me han sobrevivido, y
las suyas murieron con él; de suerte que puede utilizarlas contra mí. Sin embargo,
ya que lo deseas, hay que obedecerte.
BACO.
Ea,
traedme fuego e incienso; antes de la contienda, quiero suplicar a los dioses
que me inspiren una decisión acertada sobre este certamen. Vosotros, entonad un
himno a las Musas.
CORO.
Hijas
de Júpiter, castas Musas, que leéis en la mente ingeniosa y sutil de los
forjadores de sentencias, cuando, aguzando su talento y desplegando todos sus
artificiosos recursos, descienden a combatir sobre la arena de la discusión,
venid a contemplar la fuerza de estos dos robustos atletas, y otorgad al uno
grandiosas frases, y al otro limaduras de versos. El gran certamen de ingenio
va a principiar.
BACO.
Orad
también vosotros, antes de recitar vuestros versos.
ESQUILO.
¡Oh
Ceres, que has formado mi inteligencia, hazme digno de tus misterios!
BACO. (A Eurípides.)
Quema
tú también incienso.
EURÍPIDES.
Gracias,
yo dirijo mis oraciones a otros dioses.
BACO.
¿Dioses
particulares tuyos y recién acuñados?
EURÍPIDES.
Precisamente.
BACO.
Invoca,
pues, a esos dioses tuyos.
EURÍPIDES.
Éter,
de que me alimento, volubilidad de la lengua, ingenio sutil, olfato finísimo,
haced que triture los argumentos de mi adversario.
CORO.
Deseosos
estamos de saber, doctos poetas, qué terreno vais a elegir para principiar la
lucha. Vuestra lengua empieza ya a desencadenarse, y ni a vuestro pecho le
falta valor, ni energía a vuestra mente. Debemos, pues, esperar que el uno
atacará con lenguaje limado y pulido; y que el otro, lanzándole inmensas
palabras, pulverizará sus infinitas triquiñuelas.
BACO.
Vamos,
principiad cuanto antes, pero en estilo elegante, sin figuras ni vulgaridades.
EURÍPIDES.
Hablaré
en último término de mí y del carácter de mi poesía; pues lo primero que me
propongo demostrar es que ese es un charlatán y un impostor, que engañaba a su
grosero auditorio con recursos pobres, aprendidos en la escuela de Frínico. Por ejemplo, presentando en escena un
personaje velado, como Aquiles o Níobe, que se pavoneaban sin mostrar el
rostro ni pronunciar una palabra...
BACO.
Es
verdad, por Júpiter.
EURÍPIDES.
El coro
endilgaba en tanto cuatro tiradas de versos, y ellos se estaban sin decir esta
boca es mía.
BACO.
A mí me
agradaba más aquel silencio que la charla que hoy emplean.
EURÍPIDES.
Porque
eres un estúpido; tenlo por cierto.
BACO.
Así lo
creo; pero ¿por qué lo hacía?
EURÍPIDES.
Por
charlatanismo; así, el espectador esperaba sin moverse a que Níobe hablase
algo, y mientras, el drama iba adelante.
BACO.
¡Malvado!
¡Cómo me engañaba! (A Esquilo.) ¿Por qué te agitas e impacientas?
EURÍPIDES.
Porque
le confundo. Después de haberse pasado la mitad de la tragedia con estas
vaciedades, soltaba una docena de palabrotas campanudas, muy fruncidas de
entrecejo y empenachadas, verdaderos espantajos que aterraban a los
espectadores asombrados.
ESQUILO.
¡Oh
rabia!
BACO. (A Esquilo.)
¡Silencio!
EURÍPIDES.
Y no
decía nada inteligible...
BACO. (A Esquilo.)
No
rechines los dientes.
EURÍPIDES.
Pues
todo se volvían Escamandros, y fosos, y enseñas de escudos, y águilas-grifos de
bronce, y palabras ampulosas, difíciles de comprender.
BACO.
Es
verdad; yo me pasé en claro toda una noche tratando de averiguar qué pájaro era
su gran gallo amarillo.
ESQUILO.
¡Ignorantón!
Es la figura que se pone en la popa de las naves.
BACO.
Pues yo
creía que era Erixis, hijo de Filóxeno.
EURÍPIDES.
¿Qué
necesidad había de gallos en las tragedias?
ESQUILO.
Y tú,
enemigo de los dioses, ¿qué has hecho?
EURÍPIDES.
No he
presentado en mis dramas grandes gallos ni hircociervos como los que se ven en
los tapices de Persia. Yo había recibido de tus manos la tragedia cargada de
inútil y pomposo fárrago, y principié por aliviarla de su molesto peso, y curar
su hinchazón por medio de versitos, digresiones sutiles, cocimientos de acelgas
blancas, y jugos perfectamente
filtrados de filosóficas vaciedades; después la alimenté de monólogos,
mezclados con algo de Cefisofonte;
y jamás dije a la ventura cuanto se me ocurría, ni lo revolví todo sin
distinción: el primer personaje que se presentaba en escena explicaba el
carácter y el nacimiento del drama.
ESQUILO.
Mejor
era eso que decir el tuyo.
EURÍPIDES.
Después,
desde los primeros versos, cada personaje desempeñaba su papel; y hablaban
todos, la mujer, el esclavo, el dueño, la joven y la vieja.
ESQUILO.
¿No
merecería la muerte tal atrevimiento?
EURÍPIDES.
Al
contrario, mi objeto era agradar al pueblo.
BACO.
Déjate
de eso, amigo; ese es tu punto flaco.
EURÍPIDES.
Luego
enseñé a los espectadores el arte de hablar.
ESQUILO.
Lo
reconozco; ¡ojalá hubieras reventado antes!
EURÍPIDES.
Y el
modo de usar las palabras en línea recta, o en ángulo, y el arte de discurrir,
ver, entender, engañar, amar, intrigar, sospechar, pensar en todo...
ESQUILO.
Lo
reconozco también.
EURÍPIDES.
Puse en
escena la vida de familia y las cosas más usuales y comunes, lo cual es
atrevido, pues todo el mundo puede emitir sobre ellas su opinión; no aturdí a
los espectadores con incomprensible y fastuosa palabrería; ni los aterré con
Cicnos y Memnones, guiando corceles llenos de campanillas
y penachos. Ved sus discípulos y los míos. Los suyos son Formisio y Megenetes, de Magnesia, armados de lanzas, cascos,
barbas y sarcásticas sonrisas; los míos, Clitofonte, y el elegante Terámenes.
BACO.
¿Terámenes?
¿Ese hombre astuto y bueno para todo, que cuando cae en algún mal negocio y le
ve las orejas al lobo, suele escurrir el bulto, diciendo que no es de Quíos,
sino de Ceos?
EURÍPIDES.
Así he
conseguido perfeccionar la inteligencia de los hombres, introduciendo en mis
dramas el raciocinio y la meditación; de suerte que ahora todo lo comprenden y
penetran, y han llegado a administrar mejor que antes sus casas,
inspeccionándolo todo, y diciendo: «¿En qué anda tal asunto? ¿Dónde está tal
cosa? ¿Quién ha cogido esta otra?»
BACO.
Es
verdad; ya en cuanto un ateniense entra en su casa llama a sus esclavos y les
pregunta: «¿Dónde está la olla? ¿Quién se ha comido la cabeza de sardina? El
plato que compré el año pasado ¿ha fenecido? ¿Dónde está el ajo de ayer? ¿Quién
ha mordisqueado la aceituna?» Y
antes se estaban hechos unos bobos, con la boca abierta, como imbéciles
papanatas.
CORO.
«Tú lo
ves, ínclito Aquiles.» Vamos, ¿qué
dices tú a todo eso? Procura que la ira no te arrastre más allá de la meta,
pues te ha dicho cosas terribles. Noble Esquilo, no le respondas con ferocidad,
recoge tus velas y deja solo algunos cabos a merced de los vientos; dirige con
circunspección tu nave, y no avances hasta conseguir una brisa leda y apacible.
Vamos, tú que fuiste el primero de los griegos en dar pompa y elevación al estilo exornando la Musa
trágica, abre atrevidamente tus esclusas.
ESQUILO.
Esta
lucha me enfurece; solo al considerar que tengo que disputar con él, hierve mi
bilis. ¡Mas que no crea haberme vencido! Respóndeme: ¿qué es lo que se admira
en un poeta?
EURÍPIDES.
Los
hábiles consejos que hacen mejor a los ciudadanos.
ESQUILO.
Y si
tú, lejos de obrar así, los has hecho malísimos, de nobles y buenos que eran
antes, ¿cuál castigo merecerás?
BACO.
La
muerte; no lo preguntes.
ESQUILO.
Pues
bien, mira cómo te los dejé yo: valientes, de elevada estatura, sin rehuir las públicas cargas, no holgazanes, charlatanes y bribones
como los de hoy, sino apasionados por las lanzas, las picas, los cascos de
blancas cimeras, las grebas y corazas, verdaderos corazones de hierro,
defendidos por el séptuple escudo de Áyax.
EURÍPIDES.
El mal
va en aumento: me va a aplastar bajo el peso de tantas armas.
BACO.
¿Y cómo
conseguiste hacerlos tan valientes? Responde, Esquilo, y modera tu arrogante
jactancia.
ESQUILO.
Componiendo
un drama lleno del espíritu de Marte.
BACO.
¿Cuál?
ESQUILO.
Los Siete sobre Tebas. Todos los espectadores salían llenos
de bélico furor.
BACO.
En eso
obraste mal; pues hiciste que los tebanos fueran mucho más atrevidos para la
guerra, lo cual merece castigo.
ESQUILO.
Vosotros
podíais también haberos dedicado a ello, pero no quisisteis. Después con Los Persas, mi obra maestra, os inspiré un ardiente deseo de
vencer siempre a los enemigos.
BACO.
Es
verdad; me alegré mucho a la noticia de la muerte de Darío; y el coro palmoteó al punto,
exclamando: ¡Victoria!
ESQUILO.
Estos
son los asuntos que deben tratar los poetas. Considerad, si no, qué servicios
prestaron los más ilustres desde la antigüedad más remota: Orfeo nos enseñó las iniciaciones y el
horror al homicidio; Museo, los
remedios de las enfermedades y los oráculos; Hesíodo, la agricultura y el
tiempo de las sementeras y recolecciones; y al divino Homero, ¿de dónde le ha
venido tanta gloria, sino de haber enseñado cosas útiles, la estrategia, las
virtudes bélicas y la profesión de las armas?
BACO.
Sin
embargo, no ha podido instruir en nada al architonto de Pantacles; hace poco debía de ir al frente de una
procesión, y después de haberse atado el casco, se acordó de que no le había
puesto la cimera.
ESQUILO.
En
cambio ha educado a otros mil valientes, entre ellos el héroe Lámaco. Inspirándose en él mi fantasía,
representó las hazañas de los Patroclos y los
Teucros, bravos como leones,
para excitar a imitarlos a todos los ciudadanos en cuanto resuena el bélico
clarín. Nunca puse en escena Fedras ni impúdicas Estenebeas; y nadie podrá decir que he pintado en
mis versos una mujer enamorada.
EURÍPIDES.
Es
verdad, jamás has conocido a Venus.
ESQUILO.
Ni la
quiero conocer; en cambio, por tu mal, tú y los tuyos la conocéis demasiado.
BACO.
Cierto,
cierto; los delitos que imputaste a las mujeres de otros los viste en la tuya
propia.
EURÍPIDES.
Pero,
importuno, ¿qué mal hacen a la república mis Estenebeas?
ESQUILO.
Las
nobles esposas de los ciudadanos nobles han bebido la cicuta arrastradas por la
vergüenza que les han causado tus Belerofontes.
EURÍPIDES.
¿He
cambiado en lo más mínimo la historia de Fedra?
ESQUILO.
Es
verdad, no la has cambiado; pero un buen poeta debe ocultar el vicio y no
sacarlo a luz y ponerlo en escena;
pues ha de ser para los adultos lo que para los niños los maestros. Nuestra
obligación es enseñar solo el bien.
EURÍPIDES.
¿Y
cuando tú hablas de los Licabetos y de las altas cumbres del Parnaso, nos enseñas el bien? ¿Por qué no
empleas un lenguaje humano?
ESQUILO.
Pero,
desdichado, las expresiones deben ser proporcionadas a la elevación de las
sentencias y pensamientos. El lenguaje de los semidioses debe ser sublime, lo
mismo que sus vestiduras deben ser más ostentosas que las nuestras. Lo que yo
ennoblecí, tú lo has degradado.
EURÍPIDES.
¿Cómo?
ESQUILO.
En
primer lugar, vistiendo de harapos a los reyes para que inspirasen más profunda
compasión.
EURÍPIDES.
¿Qué
mal hay en eso?
ESQUILO.
Por
culpa tuya ningún rico quiere armar ya a su costa una galera; pues para
librarse del compromiso se cubre de andrajos, llora y dice que es pobre.
BACO.
Es
verdad, por Ceres; y debajo lleva una túnica de lana fina; y después de
habernos engañado se le ve aparecer en la pescadería...
ESQUILO.
En
segundo lugar, tú has inspirado tal afición a la charlatanería y las argucias,
que las palestras están abandonadas, los jóvenes corrompidos, y los marineros se atreven a
contradecir a sus comandantes; en mis tiempos no sabían más que pedir su ración
de pan y gritar «¡Rippape!»
BACO.
¡Oh!,
pues ahora, ya saben lanzar un flato
a la boca del remero del banco inferior y embrear a sus compañeros; y cuando
desembarcan, robar los vestidos al primer transeúnte, y pasarse el tiempo en
discusiones, sin cuidarse de remar, dejando que la nave bogue a la ventura.
ESQUILO.
¿De qué
crímenes no es autor? ¿No ha puesto en escena alcahuetas, mujeres que paren en
sagrado, hermanas incestuosas, y otras que dicen que la vida no es la
vida? Así es que nuestra ciudad
se ha plagado de escribanos y bufones, especie de monos que tienen al pueblo
constantemente engañado; mientras que ya nadie sabe llevar una antorcha, por falta de ejercicio.
BACO.
Nadie,
es verdad; así es que en las Panateneas me faltó poco para morir de risa viendo
a un hombre blanco, gordo y pesado que corría encorvado y con un trabajo
infinito, mucho más atrás que los otros. En la puerta del Cerámico, los
espectadores le pegaron en el vientre, en el pecho, en los costados y en las
nalgas, hasta que, en vista de aquella lluvia de palmadas, mi hombre soltó un
flato con el cual apagó la antorcha y
se escapó.
CORO.
El
negocio es importante; la disputa vehemente; grave la guerra. Difícil será el
formar opinión, pues si el uno ataca vigorosamente, el otro huye el cuerpo con
agilidad y responde con destreza. No permanezcáis siempre en el mismo terreno:
tenéis abiertos muchos caminos e infinitas argucias. Decid, exponed, manifestad
todos vuestros recursos viejos y nuevos; aventurad algunos argumentos
alambicados e ingeniosos. No temáis que la ignorancia de los espectadores no
pueda comprender vuestras sutilezas; lejos de ser gente ruda, todos se han
ejercitado, y cada cual tiene su libro donde aprende sabias lecciones; además
su natural ingenio está hoy más aguzado que nunca. Nada temáis, emplead todos
los medios, pues estáis ante un público ilustrado.
EURÍPIDES.
Empecemos
por sus prólogos; siendo lo primero que se encuentra en una tragedia, es
natural que principiemos por ellos el estudio de este hábil poeta. Era oscuro
en la exposición de sus asuntos.
BACO.
¿Cuál
de sus prólogos vas a examinar?
EURÍPIDES.
Muchos.
Recítame por de pronto el de la Orestiada.
BACO.
Silencio
todos. Recita tú, Esquilo.
ESQUILO.
«Subterráneo
Mercurio, que vigilas
Sobre el
paterno reino, dame ayuda;
Vengo al
fin a mi patria y entro en ella.»
BACO.
¿Hallas
alguna falta en esos versos?
EURÍPIDES.
Más de
doce.
BACO.
Pero si
no son más que tres versos.
EURÍPIDES.
Es que
cada uno tiene veinte faltas.
BACO.
Esquilo,
te aconsejo que te calles: si no, además de esos tres yambos, te censurará
otros muchos.
ESQUILO.
¿Yo
callarme delante de ese?
BACO.
Si me
haces caso.
EURÍPIDES.
En el
principio ha cometido ya una falta enorme.
ESQUILO. (A Baco.)
¿No ves
que no tienes razón?
BACO.
Sea. A
mí poco me importa.
ESQUILO. (A Eurípides.)
¿Dónde
dices que está la falta?
EURÍPIDES.
Repite
desde el principio.
ESQUILO.
Mercurio
subterráneo, que vigilas
Sobre el
paterno reino...
EURÍPIDES.
Eso lo
dice Orestes ante la tumba de su padre, ¿verdad?
ESQUILO.
No lo
niego.
EURÍPIDES.
¿De
suerte que quiere decir que Mercurio velaba por su padre, para que cayendo en
un pérfido lazo fuese vilmente asesinado por su mujer?
ESQUILO.
No es
al dios de la astucia, sino al Mercurio benéfico al que llama subterráneo; y lo
prueba diciendo que recibió esa misión de su padre.
EURÍPIDES.
Entonces
el yerro es más grande de lo que yo pretendía; pues si recibió de su padre
aquella misión subterránea...
BACO.
Es que
su padre le había nombrado enterrador.
ESQUILO.
¡Ay
Baco! tu vino no está perfumado.
BACO.
Recita
el otro verso; y tú acecha sus faltas.
ESQUILO.
«... dame
ayuda;
Vengo al
fin a mi patria y entro en ella.»
EURÍPIDES.
El
sabio Esquilo nos dice dos veces la misma cosa.
BACO.
¿Cómo
dos veces?
EURÍPIDES.
Examina
esa frase y te haré ver la repetición. «Vengo al fin a mi patria», dice, «y
entro en ella.» Vengo es enteramente lo mismo que entro.
BACO.
Entiendo;
es como si uno dijera a su vecino: «Préstame la artesa, o si quieres el arca de
amasar.»
ESQUILO.
No es
lo mismo, charlatán; mi verso es inmejorable.
BACO.
¿Cómo?
Pruébamelo.
ESQUILO.
Todo el
que goza de los derechos de ciudadanía puede venir a
su patria, porque viene sin haber experimentado antes
ningún infortunio; pero el desterrado viene y entra.
BACO.
¡Muy
bien, por Apolo! ¿Qué dices a eso, Eurípides?
EURÍPIDES.
Digo
que Orestes no entró en su patria, porque vino
secretamente, sin haber obtenido la competente autorización de los que entonces
ejercían el mando.
BACO.
¡Muy
bien, por Mercurio! Pero no te comprendo.
EURÍPIDES.
Recita,
pues, otro.
BACO.
Vamos,
Esquilo, recítalo pronto. Tú acecha las faltas.
ESQUILO.
«Invocando
los manes de mi padre
Sobre su
propia tumba, que se digne
Oírme y
escucharme le suplico.»
EURÍPIDES.
Otra
repetición: oír y escuchar
son dos cosas idénticas.
BACO.
Pero,
desdichado, ¿no ves que estaba hablando con los muertos, a los que no basta
invocar tres veces?
ESQUILO.
Y tú,
¿cómo hacías los prólogos?
EURÍPIDES.
Te lo
voy a decir; y si encuentras una sola repetición, o un solo ripio, me doy por
vencido.
BACO.
Empieza
ya: mi deber es escucharte; veamos qué hermosos son los versos de tus prólogos.
EURÍPIDES.
«Edipo,
que al principio era dichoso.»
ESQUILO.
De
ningún modo; su sino era la desgracia, pues ya antes de ser engendrado, Apolo
predijo que mataría a su padre, y aún no había nacido. ¿Cómo, pues, al
principio era dichoso?
EURÍPIDES.
«¡Mortal
infelicísimo fue luego!»
ESQUILO.
De
ningún modo, repito. No dejó de ser lo que era. Además esa felicidad fue
imposible. Apenas nació ya le expusieron metido en una olla en el rigor del invierno, para que no
llegase a ser el asesino de su padre; después, por desgracia suya, llegó al
palacio de Pólibo, con los pies hinchados; luego, joven todavía, se casó con una
vieja, que por añadidura era su madre, y por último se sacó los ojos.
BACO.
¡Feliz
él si hubiera mandado la escuadra con Erasínides!
EURÍPIDES.
Desbarras,
mis prólogos son buenos.
ESQUILO.
Por
Júpiter, no pienso ir desmenuzando tus versos palabra por palabra, sino con la
ayuda de los dioses aniquilar tus prólogos sin más que con una pequeña alcuza.
EURÍPIDES.
¿Con
una alcuza?
ESQUILO.
Sí, con
una sola; pues tus yambos son de tal naturaleza que se les puede añadir lo que
se quiera, un pellejito, una alcucita, un saquito, como te lo demostraré en
seguida.
EURÍPIDES.
¿Tú
demostrarme eso?
ESQUILO.
Sí, yo.
BACO.
Vamos,
recita.
EURÍPIDES.
Cuando,
según la fama más creída,
Con sus
cincuenta hijas llegó Egipto
ESQUILO.
EURÍPIDES.
¿Qué
alcuza? ¡Así te mueras!
BACO.
Recita
otro prólogo, y veamos.
EURÍPIDES.
Baco, que
armado del pomposo tirso
Y cubierto
de pieles de cervato,
Danza en
las cumbres del Parnaso agreste
ESQUILO.
Perdió su
alcuza.
BACO.
De
nuevo nos sacude con su alcuza.
EURÍPIDES.
No nos
fastidiará más, pues a este prólogo no le podrá colgar la alcuza.
No existe, no, felicidad
completa;
Tal de
ilustre familia, es pobre; y otro
Perdió su
alcuza.
BACO.
¡Eurípides!
EURÍPIDES.
¿Qué
hay?
BACO.
Recoge
velas; pues esta alcuza va a convertirse en huracán.
EURÍPIDES.
Poco se
me importa, por Ceres; ya verás cómo se lo hago soltar de las manos.
BACO.
Continúa
recitando, y mucho ojo con la alcuza.
EURÍPIDES.
La ciudad
de Sidón abandonando
ESQUILO.
Perdió su
alcuza.
BACO.
¡Ay,
amigo mío! Cómprale esa bendita alcuza, pues, si no, nos va a echar a pique
todos los prólogos.
EURÍPIDES.
¡Cómo!
¿yo comprársela?
BACO.
Si me
haces caso.
EURÍPIDES.
No, por
cierto. Puedo citarle una porción de prólogos, a los que no podrá aplicarles la
alcuza.
Pélope,
hijo de Tántalo, partiendo
Para Pisa,
animando los corceles
ESQUILO.
Perdió su
alcuza.
BACO.
¿Lo
ves? De nuevo le ha colgado su alcuza. Vamos, Esquilo, véndesela a cualquier
precio; que tú por un óbolo podrás comprar otra hermosísima.
EURÍPIDES.
Te digo
que no; aún me quedan muchos.
ESQUILO.
Perdió su
alcuza.
EURÍPIDES.
Déjame
acabar el primer verso.
Eneo en su
heredad, habiendo un día
Pingüe
cosecha recogido y de ella
Ofrecido a
los dioses las primicias
En piadosa
oblación...
ESQUILO.
Perdió su
alcuza.
BACO.
¡Durante
el sacrificio! ¿Quién se la quitó?
EURÍPIDES.
Permíteme,
amigo mío, que pruebe con este verso:
Jove (la
verdad misma lo asegura)
BACO.
Estás
perdido; en seguida va a añadir: «Perdió su alcuza.» Porque la tal alcuza se
adhiere a tus prólogos como el orzuelo a los párpados. Pero, por todos los
dioses, pasa ya a ocuparte de la parte lírica de sus dramas.
EURÍPIDES.
Puedo
demostrar hasta la evidencia que sus cantos son perversos y llenos de las
mismas repeticiones.
CORO.
¿En qué
parará esto? Ansioso estoy de saber qué censuras se atreverá a presentar contra
sus infinitos y bellísisimos cantos, tan superiores a los de los poetas del
día; no acierto a comprender en qué podrá motejar a este rey de las fiestas de
Baco, y le auguro una derrota.
EURÍPIDES.
¡Sí!
¡Admirables cantos líricos! Ahora se verá, pues voy a reunirlos todos en uno.
BACO.
Y yo a
llevar la cuenta con estas piedrecitas.
EURÍPIDES.
Aquiles, rey de Ftía, ¿por qué, si oyes
El
estruendo feral de la matanza,
A aliviar
sus trabajos, di, no vuelas?
Nosotros,
habitantes de este lago,
Culto
rendimos al sagaz Mercurio,
Egregio
fundador de nuestra raza,
Y a
aliviar sus trabajos tú no corres.
BACO.
Ya
tienes dos trabajos, Esquilo.
EURÍPIDES.
¡Oh, el
más ilustre aqueo, ínclito Atrida!
Jefe de
muchos pueblos poderosos,
¿A aliviar
sus trabajos tú no corres?
BACO.
Ya el
tercer trabajo, Esquilo.
EURÍPIDES.
Silencio: las proféticas Melisas
De Diana
van a abrir el templo augusto,
¿Y a
aliviar sus trabajos tú no vuelas?
Yo puedo proclamar que los guerreros
Partieron
con auspicios la victoria,
A aliviar
sus trabajos tú no corres.
BACO.
¡Soberano
Júpiter! ¡Qué infinidad de trabajos! Quiero ir a
bañarme; pues con tantos trabajos, se me han inflamado
los riñones.
EURÍPIDES.
Por
favor, no te vayas antes de oír este canto arreglado para cítara.
BACO.
Sea;
pero pronto y sin trabajos.
¿Por qué
los dos monarcas que comandan
La
ardiente juventud de los Aqueos,
Flatotrato-flatotrat,
La
aterradora Esfinge han enviado,
Perro
factor de negros infortunios?
Flatotrato-flatotrat,
Vibrando
el asta en la potente garra
El ave que
impetuosa y vengadora,
Flatotrato-flatotrat.
Entrega al
crudo diente de los perros,
Osados
vagabundos de los aires,
Flatotrato-flatotrat,
Los que se
inclinan al partido de Áyax,
Flatotrato-flatotrat.
BACO.
¿Qué es
ese flatotrat? ¿En Maratón, o dónde has recogido ese canto de aguadores?
ESQUILO.
No; yo
di a lo que era ya bueno una forma igualmente bella, para que no se dijese que
cogía en el jardín sagrado de las Musas las mismas flores que Frínico. Pero Eurípides, para tomar sus cantos,
acude a los de todas las meretrices, y a los escolios de Meleto, a los aires de la flauta caria, a los
acentos doloridos, y a los himnos coreográficos, como os lo voy a demostrar
sobre la marcha. Traedme una lira. ¿Pero qué necesidad hay de lira para este?
¿Dónde está la mujer que toca las castañuelas? Ven, oh Musa de Eurípides. Tú
eres la única digna de modular sus canciones.
BACO.
¿No ha
imitado nunca esa Musa a las Lesbenses?
Alciones
que gorjeáis sobre las olas
Infinitas
del piélago salado,
Con gotas
titilantes
De rocío
menudas y cambiantes
El nítido
plumaje salpicado;
Arañas que
en los lóbregos rincones
De las
habitaciones
Hi-i-i-láis la trama prodigiosa
Con la
pata ligera,
Y con la
resonante lanzadera.
El delfín
cautivado
Por el son
de las flautas delicadas,
Augurando
un buen viaje,
Salta
regocijado
En torno
de las proas azuladas.
Adorno de
la vid, crespo follaje,
Sostén
lozano del racimo bello,
Enlaza,
hijo, tus brazos a mi cuello.
¿Ves tú el
ritmo?
BACO.
Lo veo.
ESQUILO.
¡Cómo!
¿Lo ves?
BACO.
Lo veo.
ESQUILO.
¿Y tú,
autor de semejantes versos; tú que imitas al componerlos las doce posturas de
Cirene, te atreves a censurar los
míos? Tales son sus cantos líricos: examinemos ahora sus monólogos:
Oscuridad
profunda de la noche,
Del fondo
de tu abismo tenebroso
¿Qué
ensueño pavoroso
Envías a
mi mente conturbada?
Sin duda
es un aborto del averno,
Un alma
inanimada,
De
horrible aspecto y de letal mirada,
Un hijo de
la noche y del infierno,
De uñas de
acero y veste rozagante.
La lámpara
brillante,
Esclavas,
encended, y al cristalino
Río
hurtadle la linfa en vuestras urnas;
Calentadla
y podré de este divino
Sueño
purificarme,
Que en las
horas nocturnas
Ha venido
espantoso a atormentarme.
¡Oh
Neptuno! ¿Qué es esto?
El
prodigio funesto
Ved, mis
consortes en destino impío,
¡Ah, Glice
sin entrañas
Huye,
huye, y se lleva el gallo mío!
¡Ninfas de
las montañas,
Y tú,
Mania, prended, prended a Glice!
Yo que
estaba ¡infelice!
A mi labor
atenta
El blanco
lino hi-i-i-i-ilando
Que mi
rueca cubría,
Y el
ovillo formando
Que al
despuntar el día
En la
plaza pensaba
A buen
precio vender; mas él volaba,
¡Ay!,
volaba y con alas incansables
Por el
éter cruzaba;
Y penas,
penas, ¡ay!, interminables,
Me dejó
solamente,
Y
tristezas y enojos,
Y
convertidos en perenne fuente
De
lágrimas, ¡de lágrimas mis ojos!
Cretenses,
acudid; hijos del Ida,
Con el
arco homicida
En mi
auxilio volad, cercad la casa;
Divina
cazadora,
Diana
gentil, acude con tus canes
Y registra
los últimos desvanes.
Hécate,
hija de Júpiter, enciende
Dos
antorchas, y guía
A la
mansión de la ladrona Glice;
Quizá,
quizá a su luz, ¡ay infelice!
Pueda
encontrar la pobre hacienda mía.
BACO.
Basta
de coros.
ESQUILO.
Sí,
basta. Ahora quiero traer una balanza, pues es el único medio de aquilatar el
valor de nuestra poesía, y calcular el peso de nuestras palabras.
BACO.
Vamos,
venid. Me veo reducido a vender por libras el numen de los poetas, como si
fuese queso.
CORO.
Las
gentes de talento son muy ingeniosas. He ahí una idea peregrina, admirable y
extraña que antes a nadie se le había ocurrido. Yo, si alguno me lo hubiese
contado, no le hubiera dado crédito pensando que deliraba.
BACO.
Ea,
acercaos a los platillos...
ESQUILO Y
EURÍPIDES.
Ya
estamos.
BACO.
Recitad
teniéndolos cogidos, cada uno un verso, y no los soltéis hasta que yo diga:
¡Cucú!
ESQUILO Y
EURÍPIDES.
Ya
están cogidos.
BACO.
Decid
ya un verso sobre la balanza.
EURÍPIDES.
«¡Oh, si
el Argos jamás volado hubiera!...»
ESQUILO.
«¡Oh río
Esperquio! ¡Oh pastos de los toros!...»
BACO.
¡Cucú!
Soltad. ¡Oh! el verso de Esquilo baja mucho más.
EURÍPIDES.
¿Por
qué?
BACO.
Porque,
a ejemplo de los vendedores de lana, ha mojado su verso, poniendo en él un río,
y tú le has aligerado poniéndole alas.
EURÍPIDES.
Que
recite otro y lo pese.
BACO.
Coged
de nuevo los platillos.
ESQUILO Y
EURÍPIDES.
Ya
están.
BACO. (A Eurípides.)
Di.
EURÍPIDES.
«De la
Persuasión dulce es la elocuencia
ESQUILO.
«Solo la
muerte es la deidad que no ama
BACO.
Soltad,
soltad. De nuevo la balanza cae hacia el lado de Esquilo; y es porque ha echado
en el plato la Muerte, que es el más pesado de los males.
EURÍPIDES.
Y yo la
Persuasión; mi verso es inmejorable.
BACO.
Pero la
Persuasión es cosa ligera y de poco peso. Vamos, busca entre tus versos más
pesados uno muy robusto y vigoroso que incline la balanza a tu favor.
EURÍPIDES.
¿Pero
dónde encontrarlo? ¿Dónde?
BACO.
Yo te
lo diré: «Aquiles ha sacado dos y cuatro.» Recitad; esta es la última prueba.
EURÍPIDES.
«Se apoderó
de una ferrada maza...»
ESQUILO.
«El carro
sobre el carro, y el cadáver
BACO. (A Eurípides.)
Otra
vez te ha vencido.
EURÍPIDES.
¿Cómo?
BACO.
Ha
puesto dos carros y dos cadáveres, cuyo peso no podrían levantar ni cien
egipcios.
ESQUILO.
Dejémonos
de disputar verso por verso: póngase Eurípides en un plato de la balanza, con
sus hijos, su mujer, Cefisofonte y
todos sus libros, y yo pondré solamente dos versos en el otro.
BACO.
Ambos
poetas son amigos míos, y no quiero decidir la cuestión, pues sentiría
enemistarme con uno de ellos. El uno me parece muy diestro; el otro me encanta.
Entonces
no has logrado el objeto de tu viaje.
BACO.
¿Y si
sentencio?
PLUTÓN.
Te
llevarás al que prefieras; y no habrás hecho en balde el viaje.
BACO.
Gracias,
Plutón. Ahora, escuchadme: yo he bajado aquí en busca de un poeta...
EURÍPIDES.
¿Para
qué?
BACO.
Para
que la ciudad, una vez libre de peligros, haga representar sus tragedias. Estoy
resuelto a llevarme aquel de vosotros que me dé un buen consejo para la
república. Decidme: ¿qué pensáis de Alcibíades? Esta es cuestión que ha puesto
a parir a Atenas.
EURÍPIDES.
¿Y qué
piensa de él?
BACO.
¿Qué
piensa? Le desea, le aborrece y no puede pasarse sin él. Vamos, decid vuestra
opinión.
EURÍPIDES.
Detesto
al ciudadano lento en ayudar a su patria, pronto en hacerla daño, hábil para el
propio interés, torpe para los del Estado.
BACO.
¡Bien,
por Neptuno! Sepamos ahora tu parecer.
ESQUILO.
No
conviene criar en la ciudad al cachorro del león. Lo mejor es esto; pero una
vez criado, es necesario someterse a sus caprichos.
BACO.
Por
Júpiter salvador, quedo en la misma indecisión; el uno habló con ingenio y el
otro con claridad. Decidme ambos vuestra opinión sobre los medios de salvar la
república.
EURÍPIDES.
Poniendo
a Cinesias, a modo de alas, sobre Cleócrito, de suerte que el viento se llevase a
ambos sobre las olas del mar...
BACO.
La idea
es chistosa, pero ¿a dónde vas a parar?
EURÍPIDES.
Cuando
hubiera una batalla naval podrían echar vinagre a los ojos de nuestros
enemigos. Pero voy a deciros otra cosa.
BACO.
Di.
EURÍPIDES.
Si
confiamos en lo que ahora desconfiamos, y desconfiamos en lo que ahora
confiamos...
BACO.
¿Cómo?
No entiendo. Dilo más llana y comprensiblemente.
EURÍPIDES.
Si
desconfiamos de los ciudadanos en que hoy confiamos, y empleamos a los que
tenemos en olvido, quizá nos salvaremos. Pues si con aquellos somos infelices,
¿no conseguiremos ser felices empleando a sus contrarios?
BACO.
¡Admirable!
Eres el hombre más ingenioso, un verdadero Palamedes. Dime, ¿esa idea es tuya o de
Cefisofonte?
EURÍPIDES.
Es mía;
la del vinagre es de Cefisofonte.
BACO.
¿Qué
dices tú?
ESQUILO.
Dime
antes a quiénes emplea la república. ¿A los hombres de bien?
BACO.
No; los
aborrece de muerte.
ESQUILO.
¿Le
agradan los malos?
BACO.
Tampoco;
pero la necesidad le obliga a echar mano de ellos.
ESQUILO.
¿Qué
medios de salvación puede haber para una ciudad que no quiere paño fino ni
burdo?
BACO.
Por
favor, Esquilo, discurre alguno que nos saque del abismo.
ESQUILO.
En la
tierra te lo diré; aquí no quiero.
BACO.
De
ningún modo; envíales desde aquí la felicidad.
ESQUILO.
Se
salvarán cuando crean que la tierra de sus enemigos es suya, y la suya de sus
enemigos; y que sus naves son sus riquezas, y sus riquezas su ruina.
BACO.
Muy
bien; pero los jueces lo devoran todo.
PLUTÓN. (A Baco.)
Sentencia.
BACO.
Sentenciad
vosotros. Yo elijo al predilecto de mi corazón.
EURÍPIDES.
Tomaste
a los dioses por testigos de que me llevarías. Sé fiel a tu juramento y elige a
tus amigos.
BACO.
«La
lengua ha jurado», pero escojo a Esquilo.
EURÍPIDES.
¿Qué
has hecho, miserable?
BACO.
¿Yo?
Declarar vencedor a Esquilo. ¿Por qué no?
EURÍPIDES.
¿Y aún
te atreves a mirarme a la cara después de tu vergonzosa felonía?
BACO.
¿Hay
algo vergonzoso mientras el auditorio no lo tenga por tal?
EURÍPIDES.
Cruel,
¿me vas a dejar entre los muertos?
BACO.
¿Quién
sabe si el vivir es morir, si el respirar es comer, si el sueño es un vellón?
PLUTÓN.
Entrad.
Baco, ven conmigo.
BACO.
¿Para
qué?
PLUTÓN.
Para
que os dé hospitalidad antes de que partáis.
BACO.
Bien
dicho, por Júpiter; eso me agrada más.
CORO.
¡Feliz
el poseedor de toda la sabiduría! Mil pruebas lo demuestran. Esquilo, gracias a
su ingenio y habilidad, vuelve a su casa para dicha de sus conciudadanos,
amigos y parientes. Guardémonos de charlar con Sócrates, despreciando la música
y demás accesorios importantes de las Musas trágicas. El pasarse la vida en
discursos enfáticos y vanas sutilezas, es haber perdido el juicio.
PLUTÓN.
Parte
gozoso, Esquilo; salva nuestra ciudad con tus buenos consejos y castiga a los
tontos: ¡hay tantos! Entrega esta cuerda a Cleofón, esta a los recaudadores Mírmex y
Nicómaco, y esta a Arquénomo, y diles que se vengan por aquí pronto
y sin tardar. Pues si no bajan en seguida, los agarro, los marco a fuego, y atándolos de pies y manos con
Adimante, hijo de Leucólofo, los
precipito, hechos un fardo, a los infiernos.
ESQUILO.
Cumpliré
tus órdenes: coloca tú en mi trono a Sófocles para que me lo conserve y guarde,
por si acaso vuelvo; porque después de mí, le creo el más hábil. En cuanto a
ese intrigante, impostor y chocarrero, haz que jamás ocupe mi puesto, aun
cuando quieran dárselo contra su voluntad.
PLUTÓN. (Al Coro.)
Alumbradle
con vuestras sagradas antorchas, y acompañadle cantando sus propios himnos y
coros.
CORO.
Dioses
infernales, conceded un buen viaje al poeta que retorna a la luz, y a nuestra
ciudad grandes y sensatos pensamientos. De esta suerte nos libraréis de los
grandes males y del horrible estruendo de las armas. Cleofón y los que como él piensan,
váyanse a pelear a su patria.
FIN DE LAS
RANAS.
Protágoras,
y después Platón, en sus tratados de República, habían
sentado teorías peligrosas que el mágico estilo del segundo hacía más de temer.
Aparte de mil innovaciones en lo relativo al gobierno y administración de los
estados, las ideas más repugnantes a la naturaleza humana, que descuellan en la
república del fundador de la Academia, son las relativas a la comunidad de
bienes, y sobre todo a la de hijos y mujeres, reglamentada con detalles dignos
de una ley para el fomento de la cría caballar. Aristófanes, que ya había combatido
enérgicamente a los filósofos en Las Nubes, vuelve
a la carga contra ellos en Las Junteras, cubriendo de ridículo sus hipótesis y
quimeras sobre los dos puntos principales que acabamos de indicar; y mostrando
con una serie de cuadros y de escenas, llenas de colorido y de verdad, los
extremos a que conduciría el planteamiento de un comunismo absurdo.
El poeta
se vale en Las Junteras como en La
Lisístrata del sexo femenino para lograr su objeto, presentándonos una
nueva conspiración mujeril. Las atenienses, capitaneadas por Praxágora,
resuelven introducir cambios fundamentales en la constitución de la república.
Disfrazadas de hombres, armadas de bastones lacedemonios, envueltas en los
mantos de sus maridos, y oculto el rostro en sendas barbas postizas, invaden el
Pnix antes de amanecer, no sin haber tenido un ensayo de oratoria.
Aprovechándose de la pereza de los ciudadanos y de lo que les retrasa el no
hallar sus vestidos, hacen aprobar una ley estableciendo la comunidad más
completa en los bienes y en los goces del amor. Síguese una admirable escena
del mismo corte de la del Justo y el Injusto en Las Nubes, en la cual
Aristófanes pinta de mano maestra esos dos eternos tipos del bueno y del mal
ciudadano, del hombre amante de la justicia y del que solo atiende a su
particular interés. Vienen después otras en que varias viejas y una muchacha se
disputan, con arreglo a las disposiciones recientes, el amor de un hermoso
joven, descendiendo en ellas la Musa aristofánica, como lo resbaladizo del
asunto hace suponer, a su acostumbrada licencia y obscenidad.
En esta
comedia no hay que buscar el desarrollo de la acción, nudo, intriga ni
desenlace, pues no es, como casi todas las de Aristófanes, especialmente Las Ranas y La Paz, más que una
serie de cuadros y animadas pinturas llenas de alegría, de chistes, de sales
cómicas y de verdad. Entre los especiales méritos de Las
Junteras, es de notar la elevación y gracia de su estilo, que en casi
todas sus escenas tiene, al decir de Brumoy, un aire trágico, parodia del de La Melanipe de Eurípides, en que este delineaba el tipo de
la mujer-filósofo, y que en las arengas preparatorias presenta burlescas
imitaciones de los discursos que solían pronunciarse en el Pnix.
Las Junteras, según el dato nada más que probable
que su verso 194 nos proporciona, debieron representarse el año 393 antes de
Jesucristo, pues la alianza de que dicho pasaje hace mención se cree fuera la
de los atenienses con los de Corinto, Beocia y Argólida en contra de Esparta,
la cual se pactó en el referido año.
En esta
comedia falta la parábasis, sin duda porque, después de la toma de Atenas por
Lisandro, el gobierno de los Treinta prohibió a los poetas cómicos hacer
alusiones personales y atacar la política, reduciéndoles a los límites de la
sátira general.
|
PRAXÁGORA. |
|
VARIAS MUJERES. |
|
CORO DE MUJERES. |
|
BLÉPIRO. |
|
UN HOMBRE. |
|
CREMES. |
|
CIUDADANO 1.º, que aporta sus
bienes al común. |
|
CIUDADANO 2.º, que no los
aporta. |
|
UN HERALDO. |
|
VARIAS VIEJAS. |
|
UNA JOVEN. |
|
UN JOVEN. |
|
UNA CRIADA. |
|
EL DUEÑO. |
La acción
pasa en la plaza pública de Atenas.
PRAXÁGORA. (Adelantándose con una lámpara en la
mano.)
¡Brillante
resplandor de mi lámpara de arcilla,
que desde esta altura atraes todas las miradas; tú, cuyo nacimiento y aventuras
quiero celebrar, hija de la rápida rueda del alfarero, émula del sol por el
fulgor radiante de tu pábilo, haz con los movimientos de tu llama la convenida
señal! Tú eres la única confidente de nuestros secretos, y lo eres con motivo,
pues cuando en nuestros dormitorios ensayamos las diferentes posiciones del
amor, sola nos asistes, y nadie te rechaza por testigo de sus voluptuosos
movimientos. Tú sola, al abrasar su vegetación feraz, iluminas nuestros
recónditos encantos. Tú sola nos
acompañas cuando furtivamente penetramos en las despensas llenas de báquicos
néctares y sazonadas frutas; y, aunque cómplice de nuestras fechorías, jamás se
las revelas a la vecindad. Justo es, por tanto, que sepas también los actuales
proyectos aprobados por las mujeres mis amigas en las fiestas de los Esciros. Pero ninguna de las que deben acudir
se presenta, y empieza ya a clarear el día y de un momento a otro dará
principio la asamblea. Es necesario apoderarnos de nuestros puestos, que, como
yo recordaréis, dijo el otro día Firómaco, deben ser los otros, y una
vez sentadas, mantenernos ocultas. ¿Qué les ocurrirá? ¿Quizá no habrán podido
ponerse las barbas postizas como quedó acordado? ¿Les será difícil apoderarse
de los trajes de sus maridos? — ¡Ah!, allí veo una luz que se aproxima. Voy a
retirarme un poco, no sea un hombre.
MUJER
PRIMERA.
Ya es
hora de marchar: cuando salíamos de casa, el heraldo ha cantado por segunda
vez.
PRAXÁGORA.
Yo he
pasado toda la noche en vela esperándoos. Aguardad, voy a llamar a esta vecina
arañando suavemente su puerta; porque es preciso que su marido nada note.
MUJER
SEGUNDA.
Ya he
oído, al ponerme los zapatos, el ruido de tus dedos, pues no estaba dormida;
pero mi esposo, que es un marinero de Salamina, no me ha dejado descansar en
toda la noche; en este mismo momento he podido por fin apoderarme de sus
vestidos.
MUJER
PRIMERA.
Ya
vienen Clináreta, Sóstrata y su vecina Filéneta.
PRAXÁGORA.
¡Apresuraos!
Glice ha jurado que la que llegue la última pagará en castigo tres congios de
vino y un quénice de garbanzos.
MUJER
PRIMERA.
¿Ves a
Melística, la mujer de Esmicitión, que viene con los zapatos de su marido? Esa
es la única, a mi parecer, que se ha separado sin dificultad de su esposo.
MUJER
SEGUNDA.
Mirad a
Gensístrata, la mujer del tabernero, con su lámpara en la mano, acompañada de
las esposas de Filodoreto y Querétades.
PRAXÁGORA.
Veo
también a otras muchas, flor y nata de la ciudad, que se dirigen hacia
nosotras.
MUJER
TERCERA.
Querida
mía, me ha costado un trabajo infinito el poder escaparme de casa sin que me
vieran. Mi marido ha estado tosiendo toda la noche por haber cenado demasiadas sardinas.
PRAXÁGORA.
Sentaos;
y ya que estáis reunidas, decidme si habéis cumplido o no lo que acordamos en
la fiesta de los Esciros.
MUJER
CUARTA.
Yo sí.
Lo primero que hice, como convinimos, fue ponerme los sobacos más hirsutos que
un matorral. Después, cuando mi marido se iba a la plaza, me untaba con aceite
de pies a cabeza, y me tostaba al sol durante todo el día.
MUJER
QUINTA.
Yo
también he suprimido el uso de la navaja para estar completamente velluda, y no
parecer mujer en nada absolutamente.
PRAXÁGORA.
¿Traéis
las barbas con que acordamos presentarnos todas en la asamblea?
MUJER
CUARTA.
¡Por
Hécate! Yo tengo una hermosísima.
MUJER
QUINTA.
Y yo
otra más bella que la de Epícrates.
PRAXÁGORA.
Y
vosotras, ¿qué decís?
MUJER
CUARTA.
Hacen
señas afirmativas.
PRAXÁGORA.
También
veo que os habéis provisto de lo demás; pues traéis calzado lacedemonio,
bastones y trajes de hombre, como dijimos.
MUJER
SEXTA.
Yo
traigo el bastón de Lamia, a quien se lo he quitado mientras dormía.
PRAXÁGORA.
Es uno
de aquellos bastones bajo cuyo peso se doblega.
MUJER
SEXTA.
¡Por
Júpiter salvador! Si ese hombre se pusiera la piel de Argos, sería el único para administrar la cosa
pública.
PRAXÁGORA.
Ea,
mientras hay todavía estrellas en el cielo dispongamos lo que debemos hacer;
pues la asamblea, para la cual venimos dispuestas, principiará con la aurora.
MUJER
PRIMERA.
¡Por
Júpiter! Tú debes tomar asiento al lado de la tribuna, frente a los Pritáneos.
MUJER
SÉPTIMA.
Yo me
he traído esta lana para carmenarla durante la asamblea.
PRAXÁGORA.
¿Durante
la asamblea? ¡Desdichada!
MUJER
SÉPTIMA.
Sin
género de duda. ¿Dejaré de oír porque esté cardando? Tengo a mis hijitos
desnudos.
PRAXÁGORA.
¡Esta
quiere cardar cuando es preciso no dejar ver a los asistentes ninguna parte de
nuestro cuerpo! ¡Estaría bonito que en medio de la multitud una de nosotras se
lanzase a la tribuna, y se dejase ver al natural! Por el contrario, si envueltas en
nuestros mantos ocupamos los primeros puestos, nadie nos reconocerá; y si
además sacamos fuera del embozo nuestras soberbias barbas y las dejamos
extenderse sobre el pecho, ¿quién será capaz de no tomarnos por hombres?
Agirrio, gracias a la barba de
Prónomo, engañó a todo el mundo:
antes era mujer, y ahora, como sabéis, ocupa el primer puesto en la ciudad. Por
tanto, yo os conjuro por el día que va a nacer, a que acometamos esta audaz y
grande empresa para ver si logramos apoderarnos del gobierno en pro de la
república; porque al presente ni a remo ni a vela se mueve la nave del Estado.
MUJER
SÉPTIMA.
¿Pero
cómo podrán encontrarse oradores en una junta de mujeres?
PRAXÁGORA.
Nada
más fácil. Es cosa corriente que los jóvenes más disolutos sean en general los
de mejor palabra; y, por fortuna, esta condición no nos falta a nosotras.
MUJER
SÉPTIMA.
No sé,
no sé; la inexperiencia es peligrosa.
PRAXÁGORA.
Por eso
mismo nos hemos reunido aquí, para preparar nuestros discursos. Vamos, poneos
pronto las barbas, tú y todas las que se han ejercitado en hablar.
MUJER
OCTAVA.
Pero,
loca, ¿quién de nosotras no sabe hablar?
PRAXÁGORA.
Ea,
ponte la barba y conviértete cuanto antes en hombre. Aquí dejo las coronas; ahora me voy a plantar yo también la
barba, por si acaso tengo necesidad de decir algo.
MUJER
SEGUNDA.
Querida
Praxágora, ¡mira, mira qué ridiculez!
PRAXÁGORA.
¿Cómo
ridiculez?
MUJER
SEGUNDA.
Nuestras
barbas parecen una sarta de calamares asados.
PRAXÁGORA.
Purificador,
da vuelta con el gato; adelante;
silencio. Arífrades, pasa y
ocupa tu puesto. ¿Quién quiere usar de la palabra?
MUJER
OCTAVA.
Yo.
PRAXÁGORA.
Ponte
esa corona, y buena suerte.
MUJER
OCTAVA.
Ya
está.
PRAXÁGORA.
Principia,
pues.
MUJER
OCTAVA.
¿Antes
de beber?
PRAXÁGORA.
¿Cómo
beber?
MUJER
OCTAVA.
Pues si
no, necia, ¿para qué necesito la corona?
PRAXÁGORA.
Vete;
quizá allí nos hubieras hecho lo mismo.
MUJER
OCTAVA.
¿Pero
suelen beber los hombres en la asamblea?
PRAXÁGORA.
¡Vuelta
al beber!
MUJER
OCTAVA.
Sí, por
Diana, y de lo más puro. Por eso, a los que los examinan y estudian
detenidamente les parecen sus insensatos decretos resoluciones de borrachos.
Además, si no hubiese vino, ¿cómo harían las libaciones a Júpiter, y demás
ceremonias? Por otra parte, suelen maltratarse como personas que han bebido
demasiado, y los arqueros se ven obligados a llevarse de la asamblea a más de
un borracho revoltoso.
PRAXÁGORA.
Vete y
siéntate; no sirves para nada.
MUJER
OCTAVA.
Para
eso, maldita la falta que me hacía el haberme puesto la barba: la sed me abrasa
las entrañas.
PRAXÁGORA.
¿Hay
alguna otra que quiera hablar?
MUJER
NOVENA.
Yo.
PRAXÁGORA.
Pues
ponte la corona: la cosa marcha. Procura pronunciar un discurso bello y
vigoroso, apoyándote con majestad sobre tu báculo.
MUJER
NOVENA.
«Hubiera
deseado ciertamente que cualquiera de los que están avezados a las lides
oratorias me hubiera permitido con lo excelente de sus proposiciones permanecer
tranquilo en mi lugar; mas no puedo consentir, por lo que a mí respecta, que en
las tabernas se construyan aljibes. ¡No, por
las dos diosas!...»
PRAXÁGORA.
¡Por
las dos diosas! ¿En qué estás
pensando, desdichada?
MUJER
NOVENA.
¿Qué
hay? Todavía no te he pedido de beber.
PRAXÁGORA.
Es
verdad; pero, siendo hombre, has jurado por las dos diosas: lo demás ha estado
bien.
MUJER
NOVENA.
Tienes
razón, por Apolo.
PRAXÁGORA.
¡Basta!
No doy un paso para ir a la asamblea sin que todo quede perfectamente
arreglado.
MUJER
NOVENA.
Dame la
corona: voy a arengar de nuevo. Ahora ya creo que lo he pensado bien. «En
cuanto a mí, oh mujeres aquí reunidas...»
PRAXÁGORA.
¡Desdichada!
ahora dices «mujeres» en vez de hombres.
MUJER
NOVENA.
Epígono tiene la culpa. Le estaba mirando, y
he creído que hablaba delante de mujeres.
PRAXÁGORA.
Retírate
a tu asiento. Yo misma hablaré por vosotras y me ceñiré la corona, pidiendo
antes a los dioses que concedan un éxito feliz a nuestra empresa.
«La
felicidad de este país me interesa tanto como a vosotros, y me conduelen y
lastiman los desórdenes de nuestra ciudad. Véola, en efecto, siempre gobernada
por perversos jefes; y considero que si uno llega a ser bueno un solo día,
luego es malo otros diez. ¿Queréis encomendar a otro el gobierno? De seguro que
será peor. Difícil es, ciudadanos, corregir ese vuestro descontentadizo humor,
que os hace temer a los que os aman, y suplicar incesantemente a los que os
detestan. Hubo un tiempo en que no teníamos asambleas, y pensábamos que Agirrio era un bribón; hoy, que las tenemos,
el que recibe dinero no tiene boca para ponderarlas; mas el que nada recibe,
juzga dignos de pena capital a los que trafican con las públicas
deliberaciones.»
MUJER
PRIMERA.
¡Muy
bien dicho, por Venus!
PRAXÁGORA.
¡Infeliz,
has nombrado a Venus! Nos dejarás lucidas si sales con esa pata de gallo en la
asamblea.
MUJER
PRIMERA.
Pero no
lo diré.
PRAXÁGORA.
Bueno
es que no te acostumbres.
«Cuando
deliberábamos sobre la alianza, todo
el mundo decía que era inminente la perdición de la república si no se llegaba
a hacer: hízose por fin, y todo el mundo lo llevó tan a mal que el orador que
la había aconsejado huyó y no ha vuelto a parecer. Es necesario armar naves —sostienen
los pobres. —No es necesario —opinan los labradores y los ricos. —¿Os
indisponéis con los corintios? Ellos os pagan en la misma moneda. Ahora, pues,
que los tenéis amigos, sedlo vosotros también. El argivo es ignorante; pero
Hierónimo es un sabio. ¿Asoma
una ligera esperanza de salvación?
En seguida la rechazáis... Ni el mismo Trasíbulo
si fuese llamado...
·
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·»
MUJER
PRIMERA.
¡Qué
hombre tan hábil!
PRAXÁGORA.
Ese
elogio ya está en regla. «¡Tú, oh pueblo, eres la causa de todos estos males!
Pues te haces pagar un sueldo de los fondos del Estado, con lo cual cada uno
mira solo a su particular provecho, y la cosa pública anda cojeando como Ésimo. Pero si me atendéis, aún podéis
salvaros. Mi opinión es que debe entregarse a las mujeres el gobierno de la
ciudad, ya que son intendentes y administradores de nuestras casas.»
MUJER
SEGUNDA.
¡Bravo!
¡Bravo! ¡Bravo! Prosigue, amigo mío, prosigue.
PRAXÁGORA.
«Os
demostraré que son infinitamente más sensatas que nosotros. En primer lugar,
todas, según la antigua costumbre, lavan la lana en agua caliente, y jamás se
las ve intentar temerarias novedades. Si la ciudad de Atenas imitase esta
conducta y se dejase de innovaciones peligrosas, ¿no tendría asegurada su
salvación? Se sientan para freír las viandas, como antes; llevan la carga en la
cabeza, como antes; celebran las Tesmoforias, como antes; amasan las tortas,
como antes; hacen rabiar a sus maridos, como antes; ocultan en casa a los
galanes, como antes; sisan, como antes; les gusta el vino puro, como antes; y
se complacen en el amor, como antes. Entregándoles, oh ciudadanos, las riendas
del gobierno, no nos cansemos en inútiles disputas, ni les preguntemos lo que
van a hacer; dejémoslas en plena libertad de acción, considerando solamente
que, como son madres, pondrán todo su empeño en economizar soldados. Además,
¿quién les suministrará con más celo las provisiones que la que les parió? La
mujer es ingeniosísima como nadie para reunir riquezas; y si llegan a mandar,
no se las engañará fácilmente, por cuanto ya están acostumbradas a hacerlo. No
enumeraré las demás ventajas; seguid mis consejos, y seréis felices toda la
vida.»
MUJER
PRIMERA..
¡Divina,
admirable, dulcísima Praxágora! ¿Dónde has aprendido a hablar tan bien, amiga
mía?
PRAXÁGORA.
En el
tiempo de la fuga habité con mi
esposo en el Pnix, y, a fuerza de oír a los oradores, he aprendido a arengar.
MUJER
PRIMERA.
Ya no
me extraña que seas tan hábil y elocuente. Tú serás nuestro jefe: procura poner
en práctica tus proyectos. Pero si Céfalo se lanza sobre ti para injuriarte,
¿cómo le replicarás en la asamblea?
PRAXÁGORA.
Le diré
que delira.
MUJER
PRIMERA.
Eso lo
sabe todo el mundo.
PRAXÁGORA.
Que es
un atrabiliario.
MUJER
PRIMERA.
También
eso se sabe.
PRAXÁGORA.
Que es
tan buen político como mal alfarero.
MUJER
PRIMERA.
¿Y si
te insulta el legañoso Neóclides?
PRAXÁGORA.
A ese
le diré que vaya a mirar por el trasero de un perro.
MUJER
PRIMERA.
PRAXÁGORA.
Les
empujaré yo; en ese ejercicio pocos me ganarán.
MUJER
PRIMERA.
En una
cosa no hemos pensado: si se te llevan los arqueros, ¿qué harás?
PRAXÁGORA.
Me
defenderé poniéndome así, en jarras, y no me dejaré coger por medio del cuerpo.
MUJER
PRIMERA.
Si te
sujetan, nosotras les diremos que te suelten.
MUJER
SEGUNDA.
Todo
eso está perfectamente dispuesto; pero de lo que no nos hemos ocupado es de la
manera de levantar las manos en la
junta: nosotras que solo estamos acostumbradas a levantar las piernas.
PRAXÁGORA.
Eso es
lo difícil; y sin embargo no hay más remedio que alzar las manos, descubriendo
el brazo hasta el hombro. Vamos, levantaos las túnicas, y poneos pronto los
zapatos lacedemonios como habéis visto que lo hacen nuestros maridos todos los
días al salir o al dirigirse a la asamblea. En cuanto os hayáis calzado
perfectamente, sujetaos las barbas; después de atadas estas con todo esmero,
envolveos en los mantos sustraídos a vuestros esposos, y marchad, apoyándoos en
los bastones, y entonando alguna vieja canción a imitación de los campesinos.
MUJER
SEGUNDA.
Bien
dicho; pero cojámosles la delantera, pues creo que otras mujeres vendrán del
campo al Pnix.
PRAXÁGORA.
Apresuraos;
ya sabéis que los que no están en el Pnix desde el amanecer, vuelven sin
recibir el menor regalo.
CORO.
Llegó
el momento de partir, ¡oh hombres! (esta palabra no debe caérsenos nunca de la
boca por temor a un descuido, porque a la verdad no lo pasaríamos muy bien, si
se nos sorprendiera fraguando esta conspiración en las tinieblas). Hombres,
vamos a la asamblea.
Procuremos
expulsar a los que vengan de la ciudad; antes, cuando solo recibían un óbolo por asistir a la asamblea, se estaban
de sobremesa charlando con sus convidados; pero ahora la concurrencia es
extraordinaria. En el arcontado del valiente Mirónides nadie se hubiera atrevido a cobrar
sueldo por su intervención en los negocios públicos, sino que todo el mundo
acudía trayéndose su botita de vino con un pedazo de pan, dos cebollas y tres o
cuatro aceitunas. Hoy, en cuanto se hace algo por la república, en seguida se
reclama el trióbolo, como un mercenario albañil.
(Vanse.)
¿Qué es
esto? ¿Adónde se ha marchado mi mujer? La aurora despunta ya y no parece por
ninguna parte. Largo rato hace que, atormentado por una perentoria necesidad, ando a oscuras buscando mi manto y mis
zapatos; pero, a pesar de mi empeño, no he podido encontrarlos a tientas; y
como el ciudadano excremento llama impaciente a mi puerta, me he visto obligado
a coger este chal de mi mujer y a calzarme los borceguíes pérsicos. ¿Mas dónde
encontraré un lugar limpio en que poder hacer del cuerpo? ¡Eh!, de noche todos
los sitios son buenos, y nadie me verá. ¡Pobre de mí! ¡Qué desgraciado soy por
haberme casado en la vejez! ¡Oh! ¡bien merezco ser majado a golpes! De seguro
que no habrá salido para nada bueno. Pero sea lo que sea, desahoguémonos.
UN HOMBRE.
¿Quién
va? ¿No es mi vecino Blépiro? ¡Por Júpiter! El mismo. Dime, ¿qué es eso de
color rojo? ¿Cinesias te ha llenado
quizá de inmundicia?
BLÉPIRO.
No. He
salido de casa con el vestido de color de azafrán que suele ponerse mi mujer.
EL HOMBRE.
¿Pues
dónde está tu manto?
BLÉPIRO.
No lo
sé: lo he estado buscando mucho tiempo sobre la cama, y no lo he podido hallar.
EL HOMBRE.
¿Y por
qué no has dicho a tu mujer que te lo buscase?
BLÉPIRO.
¡Si no
está en casa! ¡Si se ha escurrido yo no sé cómo! Por lo cual temo no me esté
jugando alguna mala partida.
EL HOMBRE.
Por
Neptuno, entonces te pasa lo mismo que a mí. También mi mujer ha desaparecido
llevándoseme el manto que suelo usar; y no es eso lo peor, sino que también me
ha cogido los zapatos, pues no he podido encontrarlos en ninguna parte.
BLÉPIRO.
Por
Baco, ni yo mi calzado lacedemonio; y como apremiaba la necesidad, me he puesto
a toda prisa sus coturnos, por no ensuciar la colcha, que está recién lavada.
EL HOMBRE.
¿Qué
podrá ser esto? ¿Le habrá convidado a comer alguna de sus amigas?
BLÉPIRO.
Eso
creo yo; porque no es mala, que yo sepa.
EL HOMBRE.
¿Pero
estás haciendo sogas? Ya es hora de ir
a la asamblea; pero tengo que hallar mi manto, pues no tengo más que uno.
BLÉPIRO.
Yo
también, en cuanto acabe. Una maldita pera silvestre me obstruye la salida.
EL HOMBRE.
Será la
misma que se le atravesó a Trasíbulo
con motivo de los lacedemonios.
BLÉPIRO.
¡Por
Baco, no hay quien la arranque! ¿Qué haré? Porque no es solo el mal presente lo
que me aflige, sino el pensar por dónde habrá de salir lo que coma. Este
maldito Acradusio ha cerrado la
puerta a cal y canto. ¿Quién me traerá un médico? ¿Y cuál? ¿Cuál es el más
entendido en esta especialidad de la obstetricia? ¿Quizá Aminón? Pero no querrá venir. Buscadme a
Antístenes a toda costa: a
juzgar por sus suspiros debe ser práctico en esto de estreñimientos. ¡Augusta
Lucina, no me dejes morir de
esta obstrucción para ser después juguete de los cómicos!
CREMES.
¡Eh,
tú! ¿Qué haces? ¿Tus necesidades?
BLÉPIRO.
¿Yo?
No; me levanto: ya he concluido.
CREMES.
¿Te has
puesto el vestido de tu mujer?
BLÉPIRO.
Lo he
cogido sin saber, en la oscuridad. ¿De dónde vienes tú?
CREMES.
De la
asamblea.
BLÉPIRO.
Pues
qué, ¿se ha concluido?
CREMES.
Ya lo
creo, al amanecer. Por Júpiter, no me he reído poco viendo la pintura roja extendida con profusión por todo el
recinto.
BLÉPIRO.
¿Habrás
recibido el trióbolo?
CREMES.
¡Ojalá!
Llegué tarde. Eso es lo que siento: volverme a casa con el zurrón vacío.
BLÉPIRO.
¿Cómo
ha sido eso?
CREMES.
Ha
habido en el Pnix una concurrencia de hombres como no hay memoria. Al verles,
les tomamos a todos por zapateros,
pues solo se veían rostros blancos en aquella muchedumbre que llenaba la
asamblea; por eso no he cobrado el trióbolo, y como yo, otros muchos.
BLÉPIRO.
¿De
suerte que yo tampoco lo cobraría aunque fuera?
CREMES.
No, por
cierto; aunque hubieses ido al segundo canto del gallo.
BLÉPIRO.
¡Infeliz
de mí! «¡Oh Antíloco! Llórame más vivo sin el trióbolo que muerto con él:
perdido soy.» ¿Pero por qué acudió
esa multitud tan temprano?
CREMES.
Los
Pritáneos habían resuelto abrir un debate sobre el medio de salvar la
república. Al instante se plantó el primero en la tribuna el legañoso
Neóclides, y al punto gritó el
pueblo en masa (ya puedes figurarte con qué fuerza): «¿No es una indignidad
que, tratándose de la salvación de la república, se atreva a arengarnos ese que
ni siquiera ha podido salvar sus pestañas?» Entonces Neóclides, replicando y
mirando en derredor: «¿Pues qué debía hacer?», ha dicho.
BLÉPIRO.
«Machacar
ajos, con jugo de laserpicio y euforbio de Lacedemonia y untarte con ello los
párpados a la noche», le contesto yo, si estoy presente.
CREMES.
Después
de Neóclides, el ingenioso Eveón se
ha presentado desnudo, según creían los más, aunque él aseguraba que llevaba manto,
y ha pronunciado un discurso lleno de espíritu popular. «Ya veis, decía, que yo
mismo tengo necesidad de ser salvado, y que me hacen falta precisa dieciséis
dracmas; sin embargo, no por eso
dejaré de hablar de los medios de salvar a la república y a los ciudadanos. En
efecto, si al principiar el invierno los bataneros suministrasen mantos de
abrigo a los necesitados, ninguno de nosotros sería atacado nunca por la pleuresía.
Además, propongo que los que carezcan de camas y de colchas, se vayan después
del baño a dormir a casa de un curtidor, el cual, si se niega a abrir la puerta
en invierno, debe ser condenado a pagar tres pieles de multa.»
BLÉPIRO.
¡Excelente
idea! Pero hubiera debido añadir (y de seguro que nadie le contradice) que los
vendedores de harina tendrán obligación de dar tres quénices a los indigentes
bajo las más severas penas; así, al menos, Nausícides podría ser útil al pueblo.
CREMES.
Luego
ha subido a la tribuna un hermoso joven,
muy blanco y parecido a Nicias,
y ha principiado por decir que convenía entregar a las mujeres el gobierno de
la república. Entóneos la muchedumbre de zapateros empezó a alborotarse y a gritar que
tenía razón; pero los habitantes del campo se opusieron vivamente.
BLÉPIRO.
Y les
sobraban motivos, ¡por Júpiter!
CREMES.
Pero
eran menos. En tanto el orador continuaba vociferando más y mejor, haciendo mil
elogios de las mujeres y diciendo tempestades de ti.
BLÉPIRO.
¿Pues
qué dijo?
CREMES.
Primero,
que eras un bribón.
BLÉPIRO.
¿Y tú?
CREMES.
No me
preguntes todavía... Después, un ladrón.
BLÉPIRO.
¿Yo
solo?
CREMES.
Sí, por
cierto; y un delator.
BLÉPIRO.
¿Yo
solo?
CREMES.
Tú, y
toda esa turba.
BLÉPIRO.
¿Quién
dirá lo contrario?
CREMES.
«Las
mujeres, proseguía, están llenas de discreción y dotadas de especial aptitud
para atesorar: las mujeres no divulgan jamás los secretos de las Tesmoforias;
al paso que tú y yo (añadía) revelamos siempre las decisiones del Senado.»
BLÉPIRO.
Y no
mentía, ¡por Mercurio!
CREMES.
«Las
mujeres, continuaba, se prestan unas a otras vestidos, alhajas, plata, vasos, a
solas, sin testigos, y se lo devuelven todo religiosamente, sin engañarse
nunca, lo cual no hacemos la mayor parte de los hombres.»
BLÉPIRO.
¡Por
Neptuno! es cierto; y aunque haya habido testigos.
CREMES.
«Las
mujeres jamás delatan ni persiguen a nadie en justicia, ni conspiran contra el
gobierno democrático.» En fin, concluyó concediéndoles todas las buenas prendas
imaginables.
BLÉPIRO.
¿Y qué
se resolvió por último?
CREMES.
Encomendarlas
la dirección del Estado: es la única novedad que no se había ensayado en
Atenas.
BLÉPIRO.
¿Eso se
decretó?
CREMES.
Yo te
lo aseguro.
BLÉPIRO.
¿De
modo que quedan a cargo de las mujeres todas las cosas que antes estaban al
nuestro?
CREMES.
Eso es.
BLÉPIRO.
¿Y en
vez de ir yo, será mi mujer la que vaya al tribunal?
CREMES.
Y tu
mujer y no tú será la que en adelante alimente a los hijos.
BLÉPIRO.
¿Y no
tendré que bostezar desde el amanecer?
CREMES.
No, por
cierto, todo es ya cuidado de las mujeres; tú te quedarás en casa con entera
comodidad.
BLÉPIRO.
Solo
una cosa es de temer para las personas de nuestra edad, y es que en cuanto se
apoderen de las riendas del gobierno, no nos obliguen...
CREMES.
¿A qué?
BLÉPIRO.
A
pagarles el débito.
CREMES.
¿Y si
no podemos?
BLÉPIRO.
No nos
darán de comer.
CREMES.
Pues
bien, arréglatelas de modo que comas y pagues.
BLÉPIRO.
Siempre
es odioso lo que se hace por fuerza.
CREMES.
Pero
cuando el bien de la república lo exige, debemos resignarnos: ya sabes que de
antiguo se dice que nuestros más insensatos y descabellados decretos son los
que suelen darnos resultados mejores. ¡Augusta Palas y demás diosas, haced que
así sea! — Yo me voy. Pásalo bien.
BLÉPIRO.
Igualmente,
Cremes.
(Vanse.)
En
marcha, adelante. ¿Nos sigue algún hombre? Vuélvete y mira; ten mucho cuidado,
porque hay una multitud de redomados bribones, que espían por detrás nuestro
talante. Haz al andar el mayor ruido posible. Sería para todas la mayor
vergüenza el ser sorprendidas por los hombres. Envuélvete bien, mira a todas
partes, a la derecha, a la izquierda, no fracase nuestra empresa. Apretemos el
paso: ya estamos cerca del lugar de donde partimos para la asamblea; ya se ve
la casa de nuestra generala, la atrevida autora del decreto aprobado por los
ciudadanos. Vamos, no hay que retrasarse y dar tiempo a que alguno nos sorprenda
con barbas postizas y nos denuncie. Retirémonos a la sombra, detrás de esa
pared, y, mirando con precaución, cambiémonos de traje y vistámonos con el
ordinario. No hay que tardar. Mirad, ya viene de la asamblea nuestra generala.
Apresuraos todas; es ridículo el tener aún puestas estas barbas, mucho más
cuando aquellas compañeras vuelven ya con su habitual vestido.
PRAXÁGORA.
¡Oh
mujeres! todos nuestros proyectos se han visto coronados por el éxito más
favorable. Antes de que ningún hombre os vea, arrojad los mantos, quitaos ese
calzado, desatad las correas lacedemonias y dejad los bastones. Encárgate tú
del tocado de esas mujeres; yo voy a entrar con precaución en casa antes de que
me vea mi marido, y a poner el manto y demás prendas en el sitio de donde las
cogí.
CORO.
Ya
están cumplidas todas las órdenes; solo falta que ahora nos digas lo que
debemos hacer para demostrarte nuestra sumisión, pues nunca he visto mujer más
hábil y enérgica que tú.
PRAXÁGORA.
Quedaos
para que me aconsejéis sobre el ejercicio de la autoridad de que acabo de ser
investida. Ya en medio del tumulto he tenido ocasión de observar vuestra
energía para los más arduos negocios.
BLÉPIRO.
¡Eh,
Praxágora! ¿De dónde vienes?
PRAXÁGORA.
¿Qué se
te importa, querido mío?
BLÉPIRO.
¿Qué se
me importa? ¡Vaya una pregunta!
PRAXÁGORA.
Al
menos no dirás que vengo de los brazos de un amante.
BLÉPIRO.
No de
uno solo, quizá.
PRAXÁGORA.
Puedes
averiguarlo.
BLÉPIRO.
¿Cómo?
PRAXÁGORA.
Mira si
mi cabeza huele a perfumes.
BLÉPIRO.
¿Pues
qué, los perfumes son indispensables para esas cosas?
PRAXÁGORA.
Para mí
sí lo son.
BLÉPIRO.
¿Adónde
has ido tan temprano y tan callandito llevándote mi manto?
PRAXÁGORA.
Me ha
enviado a llamar una de mis amigas, que estaba con dolores de parto.
BLÉPIRO.
¿Y no
podías habérmelo dicho antes de marcharte?
PRAXÁGORA.
Pero,
marido mío, ¿había de dejarla sin asistencia en una necesidad tan urgente?
BLÉPIRO.
Bastaba
una palabra. Aquí hay gato encerrado.
PRAXÁGORA.
¡No,
por las dos diosas! Fui como estaba, porque me decía que acudiera a toda prisa.
BLÉPIRO.
¿Y por
qué no llevaste tus vestidos? Lejos de eso te apoderas de los míos, me echas
encima la túnica, y te largas dejándome como a un cadáver, salvo las coronas y
los perfumes.
PRAXÁGORA.
Hacía
frío y yo soy débil y delicada, y te cogí el manto por llevar más abrigo:
además, marido mío, te dejé bien calentito bajo las colchas.
BLÉPIRO.
¿Y los
zapatos lacedemonios y el bastón, para qué te los llevaste?
PRAXÁGORA.
Para
defender el manto, cambié mis zapatos por los tuyos, y me fui a imitación tuya
pisando con gran fuerza y golpeando las piedras con el bastón.
BLÉPIRO.
¿Sabes
que te has perdido un sextario de trigo, que me hubieran dado en la asamblea?
PRAXÁGORA.
No te
apures; ha tenido un niño.
BLÉPIRO.
¿La
asamblea?
PRAXÁGORA.
No, hombre,
la mujer que me ha llamado. ¿Pero de veras ha habido asamblea?
BLÉPIRO.
Sí, por
cierto; ¿no te acuerdas que te lo dije ayer?
PRAXÁGORA.
Sí,
ahora recuerdo.
BLÉPIRO.
¿Sabes
lo que se ha resuelto en ella?
PRAXÁGORA.
No.
BLÉPIRO.
Pues,
hija mía, en adelante ya puedes tratarte a cuerpo de rey. Dicen que se os ha
encomendado la república.
PRAXÁGORA.
¿Para
qué? ¿Para hilar?
BLÉPIRO.
No,
para administrar...
PRAXÁGORA.
¿El
qué?
BLÉPIRO.
Todos
los asuntos del Estado.
PRAXÁGORA.
¡Por
Venus! La república será feliz en adelante.
BLÉPIRO.
¿Por
qué?
PRAXÁGORA.
Por mil
razones. No se permitirá a los atrevidos mancharla con torpes atentados, ni
levantar falsos testimonios, ni hacer calumniosas delaciones...
BLÉPIRO.
De
ningún modo hagas eso, por todos los dioses; ¿no veis que nos vais a quitar los
medios de vivir?
CORO.
Querido
mío, deja hablar a tu mujer.
PRAXÁGORA.
Ni
robar, ni envidiar a los vecinos, ni estar desnudo, ni ser pobre, ni injuriar,
ni tomar prendas a los deudores.
CORO.
¡Por
Neptuno!, grandes promesas, si no son mentira.
PRAXÁGORA.
Yo las
realizaré; tú (Al Coro) me harás justicia; y tú (A Blépiro) tendrás que callar.
CORO.
Ahora
es la ocasión de poner en juego los recursos de tu ingenio, y de probar tu amor
al pueblo y lo que sabes hacer en favor de tus amigas. Ahora es la ocasión de
desplegar en provecho de todos esa hábil inteligencia que colme de infinitas
prosperidades la vida de un pueblo culto, demostrando su inagotable poder.
Ahora es, sí, la ocasión, porque nuestra república necesita de un plan
sabiamente combinado. Pero tengamos cuidado de hacer cosas nunca hechas ni
dichas; porque nuestros hombres aborrecen lo que están acostumbrados a ver. No
tardes; pon en seguida manos a la obra. La prontitud es singularmente grata a
los espectadores.
PRAXÁGORA.
Yo
confío en la bondad de mis consejos; pero mucho temo que los espectadores no
quieran aceptar mis novedades, y se aferren a las antiguas y acostumbradas
prácticas: esto es lo que me inquieta.
BLÉPIRO.
No
temas por tus innovaciones; al contrario, el apetecerlas y aceptarlas es
nuestro flaco, así como el despreciar lo antiguo.
PRAXÁGORA.
Pues
bien, que nadie me contradiga ni interrumpa antes de conocer mi sistema y de
haberme oído. Quiero que todos los bienes sean comunes, y que todos tengan
igual parte en ellos y vivan de los mismos; que no sea este rico y aquel pobre;
que no cultive uno un inmenso campo y otro no tenga donde sepultar su cadáver;
que no haya quien lleve cien esclavos, y quien carezca de un solo servicio; en
una palabra, establezco una vida común e igual para todos.
BLÉPIRO.
¿Cómo
ha de ser común?
PRAXÁGORA.
Comiendo
tú estiércol antes que yo.
BLÉPIRO.
¿También
será común el estiércol?
PRAXÁGORA.
¡No,
por cierto! Pero me has interrumpido. Iba a decir que haré primero comunes los
campos, el dinero y las demás propiedades. Y después, con todo este acervo de
bienes os alimentaremos, administrándolos económica y cuidadosamente.
BLÉPIRO.
¿Y el
que no posee tierras, sino dinero, dáricos y otras riquezas que no están a la
vista?
PRAXÁGORA.
Las
aportará al acervo común, y si no, será reo de perjurio.
BLÉPIRO.
Como
que por ese medio las ha ganado.
PRAXÁGORA.
Pero no
le servirán absolutamente de nada.
BLÉPIRO.
¿Por
qué?
PRAXÁGORA.
Porque
la pobreza no obligará a trabajar a nadie. Todo será de todos; panes, pescados,
pasteles, túnicas, vinos, coronas, garbanzos. ¿Qué provecho obtendría por tanto
de no aportar a la comunidad sus bienes? Dinos tu opinión sobre esto.
BLÉPIRO.
¿Los
que disfrutan de todas esas cosas no son los ladrones más grandes?
PRAXÁGORA.
Antes
sí, amigo mío, bajo el antiguo régimen; mas ahora que todo será común, ¿qué
provecho podrá haber en no traer su parte?
BLÉPIRO.
Si
alguno ve a una linda muchacha y se le antoja gozar de sus encantos, con los
bienes reservados podrá hacerla un obsequio, y de este modo obtener su amor,
sin dejar de percibir su parte de los bienes comunes.
PRAXÁGORA.
Es que
lo podrá obtener gratis. Pues yo haré que las mujeres sean también comunes y
den hijos al que los quiera.
BLÉPIRO.
¿Pero
no ves que todos se dirigirán a la más hermosa?
PRAXÁGORA.
Las más
feas e imperfectas estarán junto a las más lindas, y todo el que solicite a una
de estas, deberá antes consumir un turno con las primeras.
BLÉPIRO.
¿Pero
no ves que, conforme a tu sistema, los ya machuchos estaremos exánimes cuando lleguemos a las hermosas?
PRAXÁGORA.
Tampoco
se resistirán.
BLÉPIRO.
¿A qué?
PRAXÁGORA.
Tranquilízate,
no se resistirán.
BLÉPIRO.
Pero ¿a
qué, te digo?
PRAXÁGORA.
Al
amor. Esto por lo que a vosotros respecta.
BLÉPIRO.
En
cuanto a vosotras está muy bien entendido; pues habéis tomado todas las
precauciones para que ninguna carezca de galán. Pero, ¿y los hombres? ¿Qué haremos?
Pues las mujeres rechazarán a los feos y se entregarán a los hermosos.
PRAXÁGORA.
Los
hombres feos acecharán a los hermosos al salir de los banquetes y en los sitios
públicos; y no se permitirá tampoco a las mujeres cohabitar con los buenos
mozos sin haber cedido antes a las instancias de los deformes y chiquituelos.
BLÉPIRO.
De
suerte que ahora la nariz de Lisícrates hará la competencia a los más
gallardos mancebos.
PRAXÁGORA.
¡Eso
es, por Apolo! Esta decisión es eminentemente popular. ¡Mira que será
mortificación para uno de esos vanitontos que llevan los dedos cargados de
sortijas, cuando un viejo calzado con gruesos zapatones le diga: «Amigo mío,
paso al más anciano; espera a que yo haya concluido; resígnate a ser plato de
segunda mesa!»
BLÉPIRO.
Pero si
vivimos de esa manera, ¿cómo podrá cada cual reconocer a sus hijos?
PRAXÁGORA.
¿Y qué
necesidad hay? Los jóvenes creerán que son sus padres todas las personas de más
edad.
BLÉPIRO.
Pero
entonces, so color de ignorarlo, ¿no estrangularán sin ningún empacho a todo
viejo, cuando ahora lo hacen,
sabiendo a ciencia cierta que son sus padres?
PRAXÁGORA.
Los
presentes no lo permitirán. Antes a nadie le importaba que apaleasen a los
padres ajenos; pero ahora todo el mundo, en cuanto oiga que ha sido maltratado
un anciano, le defenderá en la duda de si será su propio padre.
BLÉPIRO.
En eso
no andas descaminada. Pero te aseguro que pasaría un mal rato si Epicuro o
Leucólofas se me acercasen llamándome
papá.
PRAXÁGORA.
Peor
rato pasarías...
BLÉPIRO.
¿Cómo?
PRAXÁGORA.
Si
Arístilo te diese un beso llamándote
su padre.
BLÉPIRO.
¡Pobre
de él, si se atrevía!
PRAXÁGORA.
Pero tú
olerías a calamento. Además, como ha
nacido antes del decreto, no tienes que temer sus ósculos.
BLÉPIRO.
No
podría aguantarlo. ¿Pero quién cultivará la tierra?
PRAXÁGORA.
Los
esclavos. Tú no tendrás más que hacer que acudir limpio y perfumado al banquete
cuando sea de diez pies la sombra del cuadrante solar.
BLÉPIRO.
¿Quién
nos proporcionará los vestidos? Quisiera saber esto.
PRAXÁGORA.
Usad
por de pronto los que tenéis; después ya os haremos otros.
BLÉPIRO.
Una
sola pregunta: Si los magistrados condenan a uno a una multa, ¿de dónde tomará
el dinero para pagarla? No es justo que sea del tesoro común.
PRAXÁGORA.
Pero no
habrá ya procesos.
BLÉPIRO.
¡Cuánto
les pesará a muchos!
PRAXÁGORA.
Así lo
he decidido. Además, amigo mío, ¿para qué había de haberlos?
BLÉPIRO.
¡Para
mil cosas, por Apolo! En primer lugar, para el caso de negarse una deuda.
PRAXÁGORA.
Siendo
todos los bienes comunes, ¿de dónde había de sacar dinero el prestamista? Sería
un ladrón manifiesto.
BLÉPIRO.
¡Muy
bien, por Ceres! A otra cosa. Los que después de bien bebidos maltratan a los
transeúntes, ¿con qué pagarán la indemnización correspondiente? Esto sí que no
lo resuelves.
PRAXÁGORA.
Con su
ordinaria pitanza: con este castigo de estómago no volverán a excederse así
como quiera.
BLÉPIRO.
¿No
habrá ya ladrones?
PRAXÁGORA.
¿Quién
ha de robar siendo comunes los bienes?
BLÉPIRO.
¿No
despojarán a la noche a los transeúntes?
PRAXÁGORA.
No, por
cierto. Lo mismo si duermes en tu casa, que si duermes fuera de ella, como
sucedía antes, todo el mundo tendrá con qué vivir. Si alguno quiere despojar de
sus vestidos a otro, este se los cederá de buen grado; ¿a qué ha de oponerse?
Ya sabe que ha de recibir del Estado otros mejores.
BLÉPIRO.
¿No
habrá juegos de azar?
PRAXÁGORA.
¿Qué se
ha de ganar jugando?
BLÉPIRO.
¿Qué
género de vida vas a establecer?
PRAXÁGORA.
Un
comunismo perfecto. Atenas será como una sola casa, en que todo pertenecerá a
todos, hasta el punto de que se podrá pasar libremente de una habitación a
otra.
BLÉPIRO.
¿Dónde
se darán las comidas?
PRAXÁGORA.
Todos
los pórticos y tribunales se convertirán en comedores.
BLÉPIRO.
¿Y la
tribuna para qué servirá?
PRAXÁGORA.
Para
colocar las cráteras y los cántaros de agua; un coro de niños celebrará desde
ella la gloria de los valientes y el oprobio de los cobardes; así, si hay
alguno de estos, se retirará de la mesa avergonzado.
BLÉPIRO.
¡Buena
idea, por Apolo! ¿Y dónde colocarás las urnas de los sorteos?
PRAXÁGORA.
Las
pondré en la plaza pública y junto a la estatua de Harmodio; iré sacando de ellas los nombres de
los ciudadanos, hasta que todos se vayan contentos, sabiendo la letra a qué les
ha tocado ir a comer; así, el
heraldo pregonará que los de la letra Beta vayan a
comer al pórtico Basílico; los de la Zeta, al de
Teseo, y los de la Kappa, al mercado de las harinas.
BLÉPIRO.
¿Para
atracarse de trigo?
PRAXÁGORA.
No,
para cenar.
BLÉPIRO.
Y al
que no le toque en suerte ninguna letra para cenar, se le arrojará de todas
partes.
PRAXÁGORA.
Eso no
sucederá; porque tendremos especial cuidado en dar copiosamente de todo a
todos; de manera que cada cual se retirará del banquete, ebrio con su corona y
su antorcha. Entonces las mujeres os saldrán al encuentro, cuando volváis del
festín, diciéndoos: «Ven acá, tenemos una hermosa muchacha.» «Aquí hay una
hermosa y blanca como la nieve —os gritará otra desde un piso alto—, pero antes
es preciso que compartas mi tálamo.» Los hombres feos seguiréis a los jóvenes
gallardos, exclamando: «¡Eh, tú! ¿a qué tanta prisa? No has de conseguir nada
por mucho que corras; la ley nos ha concedido a los feos el derecho de
prelación; y en tanto podéis entreteneros en el vestíbulo, jugando con las
hojas de higuera.» Vamos, dime, ¿no
te agrada este sistema?
BLÉPIRO.
Muchísimo.
PRAXÁGORA.
Ahora
tengo que ir a la plaza a recibir los bienes que vayan depositándose, y a
escoger por heraldo una mujer de buena voz. Es un deber ineludible que me
impone mi cualidad de jefe y la necesidad de proveer a la mesa común, si he de
daros hoy, como pienso, el primer banquete.
BLÉPIRO.
¿Desde
hoy ya?
PRAXÁGORA.
Sin
duda. En seguida voy a suprimir las cortesanas.
BLÉPIRO.
¿Por
qué?
PRAXÁGORA.
A la
vista está: para que no se nos lleven la flor de la juventud. No es justo que
unas esclavas bien adornadas roben sus placeres a las mujeres libres.
Cohabitarán solo con los esclavos, y solo para ellos emplearán sus deleites.
BLÉPIRO.
Anda,
yo te acompañaré, para que me miren los transeúntes y digan: mirad el marido de
nuestra generala.
(Vanse Blépiro y Praxágora.)
(Falta el
Coro.)
Voy a
preparar mis enseres para llevarlos a la plaza, y a hacer inventario de toda mi
hacienda. Ven, hermosa zaranda, tú eres mi bien más precioso; ven, llena aún de
la harina de la cual has cernido tantos sacos, a servir de Canéfora en la procesión de mis muebles. ¿Dónde
está la porta-sombrilla? Esta
olla hará sus veces: ¡qué negra está, justo cielo! no lo estaría más si en ella
se hubiesen cocido las drogas con que Lisícrates se tiñe las canas. Ponte a su lado,
lindo tocador; y tú, trípode, desempeña las funciones de hidriáfora; a ti, oh gallo, cuyo canto matinal me
ha despertado tantas veces para ir a la asamblea, te reservo el papel de
citarista. Adelántate, escacéfora,
con el gran cuenco de la miel cubierto por entrelazadas ramas de olivo, y
tráete también los dos trípodes y la alcuza. Los pucheros y demás menudencias que
se queden ahí.
CIUDADANO
SEGUNDO.
¿Yo
entregar mis bienes? ¡Qué insensatez! ¡Qué locura! Jamás lo haré, por Neptuno.
Veamos antes lo que pasa, y después meditemos mucho sobre la tal medida. Pues
qué, ¿he de sacrificar sin más ni más el fruto de mis sudores y economías antes
de saber a fondo todo lo que hay? — ¡Eh, tú! ¿Qué significan esos muebles? ¿Con
qué objeto los has sacado? ¿Vas a mudarte de casa, o los llevas a empeñar?
CIUDADANO
PRIMERO.
No.
CIUDADANO
SEGUNDO.
¿Pues
para qué has puesto en fila todo tu ajuar? ¿Envías una procesión a Hierón el
pregonero?
CIUDADANO
PRIMERO.
No, por
Júpiter; voy a depositarlo en la plaza pública conforme a la última ley.
CIUDADANO
SEGUNDO.
¿A
depositarlo?
CIUDADANO
PRIMERO.
Sí.
CIUDADANO
SEGUNDO.
¡Por
Júpiter salvador, tú estás loco!
CIUDADANO
PRIMERO.
¿Cómo?
CIUDADANO
SEGUNDO.
¿Cómo?
A la vista está.
CIUDADANO
PRIMERO.
Pues
qué, ¿no debo cumplir las leyes?
CIUDADANO
SEGUNDO.
¿Cuáles?
¡Desdichado!
CIUDADANO
PRIMERO.
Las promulgadas.
CIUDADANO
SEGUNDO.
¿Las
promulgadas? ¡Qué imbécil eres!
CIUDADANO
PRIMERO.
¿Imbécil?
CIUDADANO
SEGUNDO.
Sí,
amigo; y el más tonto de todos los tontos habidos y por haber.
CIUDADANO
PRIMERO.
¿Porque
cumplo las prescripciones legales?
CIUDADANO
SEGUNDO.
¿Pues
qué, un hombre honrado tiene ese deber?
CIUDADANO
PRTMERO.
Es el
principal.
CIUDADANO
SEGUNDO.
¡Estúpido
rematado!
CIUDADANO
PRIMERO.
¿Pero
tú no piensas depositar tus bienes?
CIUDADANO
SEGUNDO.
Me
guardaré muy bien, antes de ver la resolución que adopta la mayoría.
CIUDADANO
PRIMERO.
¿Puede
ser otra que la de llevar al acervo común todos los bienes?
CIUDADANO
SEGUNDO.
Cuando
lo vea, lo creeré.
CIUDADANO
PRIMERO.
Por las
calles no se habla de otra cosa.
CIUDADANO
SEGUNDO.
Se
hablará.
CIUDADANO
PRIMERO.
Todos
dicen que van a llevar su parte.
CIUDADANO
SEGUNDO.
Se
dirá.
CIUDADANO
PRIMERO.
Me
matas con tu desconfianza.
CIUDADANO
SEGUNDO.
Se
desconfiará.
CIUDADANO
PRIMERO.
¡Que
Júpiter te confunda!
CIUDADANO
SEGUNDO.
Se te
confundirá. ¿Crees que todo ciudadano que tenga un átomo de juicio ha de llevar
nada? No estamos acostumbrados a dar: solo nos gusta recibir, en lo cual
imitamos a los dioses. Para convencerte, no tienes más que mirarles a las
manos: sus imágenes, cuando les pedimos dones y mercedes, nos alargan las manos
vueltas hacia arriba; no en actitud de dar, sino de recibir.
CIUDADANO
PRIMERO.
¡Miserable!
Déjame cumplir con mi deber. ¿Dónde está mi correa?
CIUDADANO
SEGUNDO.
¿Pero
de veras lo vas a llevar?
CIUDADANO
PRIMERO.
Sí, por
cierto; mira, ya he atado este par de trípodes.
CIUDADANO
SEGUNDO.
¡Qué
locura! ¿Por qué no esperas a ver lo que hacen los demás, y después...?
CIUDADANO
PRIMERO.
Después,
¿qué?
CIUDADANO
SEGUNDO.
Esperar
de nuevo y dar tiempo.
CIUDADANO
PRIMERO.
¿A qué?
CIUDADANO
SEGUNDO.
A que
haya un terremoto o un relámpago de mal agüero, o a que pase una comadreja, y
verás, imbécil, cómo nadie lleva nada al depósito.
CIUDADANO
PRIMERO.
Tendría
gracia que por estar esperando no encontrase dónde depositar mis cosas.
CIUDADANO
SEGUNDO.
No te
apures por eso, y sí de cómo las has de recuperar. Aunque tardes un mes,
hallarás sitio de sobra.
CIUDADANO
PRIMERO.
¿Cómo?
CIUDADANO
SEGUNDO.
Yo los
conozco perfectamente. En seguida dan un decreto, y después no lo cumplen.
CIUDADANO
PRIMERO.
Todos
aportarán sus bienes, amigo.
CIUDADANO
SEGUNDO.
¿Y si
no los aportan?
CIUDADANO
PRIMERO.
No te
quepa duda, los aportarán.
CIUDADANO
SEGUNDO.
¿Y si
no los aportan, qué?
CIUDADANO
PRIMERO.
Les
obligaremos.
CIUDADANO
SEGUNDO.
¿Y si
son más fuertes?
CIUDADANO
PRIMERO.
Dejaré
mis muebles y me iré.
CIUDADANO
SEGUNDO.
¿Y si
te los venden, qué?
CIUDADANO
PRIMERO.
¡Ojalá
revientes!
CIUDADANO
SEGUNDO.
¿Y si
reviento, qué?
CIUDADANO
PRIMERO.
Harás
perfectamente.
CIUDADANO
SEGUNDO.
¿De
modo que persistes en llevarlos?
CIUDADANO
PRIMERO.
Sí, por
cierto; pues ya veo a mis vecinos que se disponen a llevar los suyos.
CIUDADANO
SEGUNDO.
¿Quién?
¿Antístenes? Prefiriría mil veces el
estarse treinta días seguidos sentado en un bacín.
CIUDADANO
PRIMERO.
¡Vete
al infierno!
CIUDADANO
SEGUNDO.
Y
Calímaco, el maestro de coros, ¿qué
llevará a la comunidad?
CIUDADANO
PRIMERO.
CIUDADANO
SEGUNDO.
¡Este
hombre quiere arruinarse!
CIUDADANO
PRIMERO.
¡Maldiciente!
CIUDADANO
SEGUNDO.
¿Maldiciente?
¿Pues no estamos viendo todos los días decretos semejantes? ¿No te acuerdas de
aquel que se dio sobre la sal?
CIUDADANO
PRIMERO.
Me
acuerdo.
CIUDADANO
SEGUNDO.
¿Y de
aquel otro sobre las monedas de cobre? ¿Te acuerdas?
CIUDADANO
PRIMERO.
Ya lo
creo, ¡como que me causó poco perjuicio aquella maldita moneda! Con la venta de
mis uvas me había llenado la boca de monedas de cobre, y me dirigí al mercado a
comprar harina: tenía ya abierto el saco, para recibirla, cuando, hete aquí que
el pregonero grita: «Nadie debe recibir en adelante la moneda de cobre; solo
será corriente la de plata.»
CIUDADANO
SEGUNDO.
Y hace
poco, ¿no jurábamos todos que el impuesto de la cuadragésima, ideado por
Eurípides, proporcionaría quinientos
talentos al Estado? No había quien no pusiese en las nubes al inventor; pero
cuando, vista la cosa con detenimiento, se comprendió que era, como suele
decirse: «la Corinto de Júpiter»,
y que no producía nada, todo el mundo se desató contra Eurípides.
CIUDADANO
PRIMERO.
Las
circunstancias han variado. Entonces gobernábamos nosotros, y ahora las
mujeres.
CIUDADANO
SEGUNDO.
¡Por
Neptuno, ya tendré buen cuidado de que no se orinen en mis barbas!
CIUDADANO
PRIMERO.
No sé
qué sandeces dices. — Esclavo, cárgate ese fardo.
Ciudadanos,
acudid todos, pues principia a plantearse la nueva ley; presentaos a nuestra
generala, para que la suerte designe el lugar donde cada uno debe comer; ya
están las mesas dispuestas y cargadas de manjares exquisitos, y los lechos
adornados de colchas y tapices; ya el agua y el vino se mezclan en las cráteras
junto a la fila de las mujeres encargadas de los perfumes; ya se asan pescados,
se clavan liebres en los asadores, se tejen coronas y se fríen pastelillos; las
jóvenes cuidan los puches de habas que hierven en las ollas, y entre ellas
Esmeo, con su uniforme de
caballería, friega los platos de las mujeres; Gerón, con una hermosa túnica y finos
zapatos, se presenta riendo con
otro jovencito; ya se ha desprendido de su manto y grueso calzado. Venid, el
panadero os espera; ejercitad bien vuestras mandíbulas.
CIUDADANO
SEGUNDO.
Sí,
iré. ¿Por qué me había de retrasar cuando la república lo manda?
CIUDADANO
PRIMERO.
¿Adónde
vas sin haber depositado tus bienes?
CIUDADANO
SEGUNDO.
Al
banquete.
CIUDADANO
PRIMERO.
Si las
mujeres tienen un átomo de juicio, no lo consentirán antes de que hagas el
depósito.
CIUDADANO
SEGUNDO.
Ya lo
haré.
CIUDADANO
PRIMERO.
¿Cuándo?
CIUDADANO
SEGUNDO.
Te
aseguro que habrá otros menos solícitos que yo.
CIUDADANO
PRIMERO.
Y
mientras tanto, ¿vas a comer?
CIUDADANO
SEGUNDO.
¿Pues
qué he de hacer? Todo hombre sensato debe prestar su apoyo a la república.
CIUDADANO
PRIMERO.
¿Y si
te prohíben entrar?
CIUDADANO
SEGUNDO.
Bajaré
la cabeza y entraré.
CIUDADANO
PRIMERO.
¿Y si
te apalean?
CIUDADANO
SEGUNDO.
Las
citaré a juicio.
CIUDADANO
PRIMERO.
¿Y si
se ríen de ti?
CIUDADANO
SEGUNDO.
Me
apostaré a la puerta...
CIUDADANO
PRIMERO.
¿Y qué
harás?
CIUDADANO
SEGUNDO.
Y
arrebataré al paso los manjares.
CIUDADANO
PRIMERO.
Anda,
pues; pero detrás de mí. Vosotros, Sicón y Parmenón, cargad con mis enseres.
CIUDADANO
SEGUNDO.
Vamos,
yo te ayudaré a llevarlos.
CIUDADANO
PRIMERO.
¿Tú?,
de ningún modo. Me temo que ante nuestra generala digas que son tuyos los
muebles que yo deposito.
CIUDADANO
SEGUNDO.
¡Por
Júpiter!, yo necesito hallar un medio de conservar mis bienes y participar de
la comida común. — ¡Ah, excelente idea! ¡Pronto, pronto, a comer!
(Vase.)
VIEJA
PRIMERA.
¿Cómo
no vendrá ningún hombre? Pues ya es hora pasada. Yo me estoy aquí llena de
albayalde, vestida de amarillo, cantando entre dientes, loqueando, y dispuesta
a arrojarme en brazos del primer transeúnte. ¡Oh Musas! Descended a mis labios
e inspiradme una voluptuosa canción al modo jonio.
UNA JOVEN.
¿Te has
asomado a la ventana antes que yo, vieja podrida? Creías, sin duda, que estando
yo ausente ibas a vendimiar la viña abandonada y a atraer alguno con las
canciones. Si tú haces eso, yo también cantaré; pues aunque a los espectadores
les parecerá gastado y fastidioso el procedimiento, no dejarán de encontrarlo
algo cómico y divertido.
VIEJA
PRIMERA.
Habla
con ese carcamal y llévatelo. — Tú, mi joven flautista, coge tus instrumentos y
toca una melodía digna de ti y de mí. Quien ame el placer, debe buscarlo en mis
brazos. Las jovencitas carecen de la experiencia, dote de las ya maduras.
Ninguna sabe querer como yo a mi amigo; a todas les gusta volar de flor en
flor.
LA JOVEN.
No
hables mal de las jóvenes: el placer reside en su cuerpo delicado y florece en
su blanco seno. Tú, vejestorio, estás expuesta y embalsamada; solo la muerte te
llamará: «amor mío».
VIEJA
PRIMERA.
¡Ojalá
pierdas la sensibilidad! ¡Ojalá no encuentres el lecho cuando quieras
entregarte a un hombre! ¡Ojalá al ir
a besarle estreches una víbora contra tu corazón!
LA JOVEN.
¡Ay!,
¡ay!, ¿qué haré? No viene mi amigo: estoy sola; mi madre ha salido, y de las
demás me importa poco. — Nodriza mía, llama a
Ortágoras, para que goces de los
derechos de tu edad.
VIEJA
PRIMERA.
Pobrecilla,
eres apasionada como una jonia, y no
me pareces novicia en los placeres de Lesbos. Pero no podrás arrebatarme mis
placeres, ni robarme un solo instante de las deliciosas horas que me
pertenecen.
LA JOVEN.
Canta
cuanto quieras y alarga el hocico por la ventana como una gata; a pesar de
todo, nadie entrará en tu casa antes que en la mía.
VIEJA
PRIMERA.
Si
entran, será para llevarte a enterrar.
LA JOVEN.
Sería
una cosa nueva, vieja podrida.
VIEJA
PRIMERA.
No, por
cierto.
LA JOVEN.
Claro,
¿qué puede decirse de nuevo a una vieja?
VIEJA
PRIMERA.
Mi
vejez no te causará perjuicio.
LA JOVEN.
¿Pues
qué? ¿Tu colorete o tu albayalde?
VIEJA
PRIMERA.
¿Por
qué me hablas?
LA JOVEN.
¿Por
qué miras?
VIEJA
PRIMERA.
¿Yo? Le
canto a solas a Epígenes, mi amante.
LA JOVEN.
VIEJA
PRIMERA.
El
mismo Epígenes te lo probará: va a venir dentro de poco. Míralo, ahí está.
LA JOVEN.
Pero no
piensa en ti, vieja bribona.
VIEJA
PRIMERA.
Sí, por
cierto, apestada.
LA JOVEN.
Él
mismo nos lo probará: yo me retiro de la ventana.
VIEJA
PRIMERA.
Y yo
también, para que veas que no me engaño.
EL JOVEN.
¡Oh, si
pudiese estrechar entre mis brazos a la joven, sin sufrir antes las caricias de
la vieja! Esto es intolerable para un hombre libre.
VIEJA
PRIMERA.
¡Por
Júpiter! Las sufrirás, mal que te pese. No creas que esta es una vejez caída en
desuso. La ley ha de cumplirse, pues
vivimos bajo un régimen democrático. Me retiro para observar sus movimientos.
EL JOVEN.
¡Ojalá,
oh dioses, encuentre sola a aquella linda muchacha! El vino, que me enardece,
me hace venir a buscarla.
LA JOVEN.
He
engañado a la maldita vieja. Se retiró, creyendo que yo me iba a estar en casa.
VIEJA
PRIMERA.
Es el
mismo, el mismo de quien hablamos. — Ven acá, dueño mío, ven a pasar la noche
entre mis brazos. Los bucles de tus cabellos me tienen loca de amor; una pasión
frenética arde en mi pecho y me consume. Oye mis súplicas, Cupido, y haz que
venga a compartir mi tálamo.
EL JOVEN.
Ven
acá, ven acá, baja a abrir la puerta, si no quieres verme morir en su dintel.
¡Oh amada mía! quiero embriagarme con tus caricias. ¡Oh Venus! ¿Por qué me inspiras este
frenético deseo? — Oye mis súplicas, Cupido, y haz que venga a compartir mi
tálamo. ¡Qué impotente es la palabra para pintar mi pasión! Abre la puerta,
dulce amiga: estréchame entre tus brazos; pon fin a mi tormento. Ídolo mío,
hija de Venus, abeja de las Musas, alumna de la gracia, vivo retrato del
placer, abre la puerta,
estréchame entre tus brazos; pon fin a mi tormento.
VIEJA
PRIMERA.
¡Eh,
tú! ¿Por qué llamas? ¿Me buscas?
EL JOVEN.
No.
VIEJA
PRIMERA.
Sin
embargo, llamabas.
EL JOVEN.
¡Antes
morir!
VIEJA
PRIMERA.
¿Por
qué vienes con esa antorcha?
EL JOVEN.
Busco a
un hombre de Anaflisto.
VIEJA
PRIMERA.
¿Cuál?
EL JOVEN.
No es
Sebine, a quien tal vez esperas.
VIEJA
PRIMERA.
¡Sí,
por Venus!, quieras o no.
EL JOVEN.
No
entendemos de lo que cuenta sesenta años, y lo dejamos para más adelante; solo
juzgamos de lo que tiene menos de veinte.
VIEJA
PRIMERA.
Eso era
bajo el antiguo régimen, querido mío; pero ahora es preciso que nos juzguéis a
nosotras primero.
EL JOVEN.
Si
quiero, según la ley del juego de damas.
VIEJA
PRIMERA.
Cuando
comes no es la ley según el juego de damas.
EL JOVEN.
No te
entiendo; voy a llamar a esa puerta.
VIEJA
PRIMERA.
Después
de haber llamado a la mía.
EL JOVEN.
Por
ahora, no tengo necesidad de criba.
(La vieja baja y sale de la casa.)
VIEJA
PRIMERA.
Sé que
me amas; solo que estás asombrado de verme fuera; vamos, dame un beso.
EL JOVEN.
Pero,
amiga mía, tengo miedo a tu amante.
VIEJA
PRIMERA.
¿A
cuál?
EL JOVEN.
VIEJA
PRIMERA.
¿Quién
es?
EL JOVEN.
Uno que
pinta vasos sobre los féretros. Entra pronto, no vaya a verte en la puerta.
VIEJA
PRIMERA.
Ya sé,
ya sé lo que tú quieres.
EL JOVEN.
También
se yo lo que quieres tú.
VIEJA
PRIMERA.
Mas te
juro por Venus, que me ha favorecido, que no te he de soltar.
EL JOVEN.
Chocheas,
viejecita mía.
VIEJA
PRIMERA.
Y tú te
chanceas; pero tendrás que compartir mi lecho.
EL JOVEN.
¿Qué
necesidad hay de comprar ganchos para sacar los cubos de los pozos? Con echar
esta vieja, se conseguirá el mismo objeto.
VIEJA
PRIMERA.
Déjate
de burlas, pobre muchacho, y sígueme.
EL JOVEN.
Ninguna
obligación tengo, a no ser que hayas pagado a la república la quingentésima de tus años.
VIEJA
PRIMERA.
Por
Venus, sígueme: a mí nada me complace tanto como el amor de los muchachos de tu
edad.
EL JOVEN.
Pues a
mí nada me desagrada tanto como el amor de tus coetáneas; jamás podré
quererlas.
VIEJA
PRIMERA.
¡Por
Júpiter! Esto te obligará.
EL JOVEN.
¿Qué es
eso?
VIEJA
PRIMERA.
Un
decreto con arreglo al cual tienes que entrar en mi casa.
EL JOVEN.
Dilo y
veamos.
VIEJA
PRIMERA.
Escucha:
«Han resuelto las mujeres que cuando un joven ame a una doncella no podrá gozar
de sus favores sin haber otorgado previamente los suyos a una anciana: si
atento solo a su pasión por la joven se negase a cumplimentar el precitado
requisito, las mujeres de avanzada edad tendrán derecho a prenderle y a
arrastrarle impunemente por donde más lo sienta.»
EL JOVEN.
¡Ay de
mí! Voy a ser un nuevo Procusto.
VIEJA
PRIMERA.
Es
necesario obedecer nuestras leyes.
EL JOVEN.
¿Y si
alguno de mis amigos o conciudadanos viniese a rescatarme?
VIEJA
PRIMERA.
Ningún
hombre puede disponer de cosa alguna cuyo valor exceda al de una medimna.
EL JOVEN.
¿No
puedo oponerme?
VIEJA PRIMERA.
Todos
los rodeos están prohibidos.
EL JOVEN.
VIEJA
PRIMERA.
Y yo
haré que te arrepientas de haberlo alegado.
EL JOVEN.
¿Qué
debo hacer?
VIEJA
PRIMERA.
Entrar
en mi casa.
EL JOVEN.
¿Indispensablemente?
VIEJA
PRIMERA.
Como si
Diomedes lo ordenase.
EL JOVEN.
Pues
bien, extiende una capa de orégano sobre cuatro ramas; cíñete de bandas la
cabeza, y coloca junto a ti los vasos de perfumes, y en la puerta el cántaro de
agua lustral.
VIEJA
PRIMERA.
También
me comprarás una corona.
EL JOVEN.
¡Sí,
por Júpiter! Con tal que sea de cirios, pues creo que expirarás en cuanto
entres en tu casa.
LA JOVEN.
¿Adónde
arrastras a ese joven?
VIEJA
PRIMERA.
A mi
casa; porque es mío.
LA JOVEN.
Es una
locura. Es demasiado joven para ti; mejor puedes ser su madre que su esposa.
Con ese sistema vais a llenar el mundo de Edipos.
VIEJA
PRIMERA.
Calla,
sierpe. La envidia te hace hablar así; pero la has de pagar.
LA JOVEN.
¡Por
Júpiter salvador, qué gran servicio me has prestado librándome de esa vieja!
¡Esta noche te probaré mi ardiente gratitud!
VIEJA
SEGUNDA.
¡Eh,
eh! ¿adónde te llevas a ese? Según la ley, mi derecho a sus abrazos es
preferente.
EL JOVEN.
¡Oh
desdicha! ¿De dónde sales, vieja condenada? Esta es mil veces peor que la
primera.
VIEJA
SEGUNDA.
Ven
acá.
EL JOVEN.
(A la joven.)
¡Por
todos los dioses! no dejes que esa vieja me obligue a seguirla.
VIEJA
SEGUNDA.
La ley
te obliga, yo no.
EL JOVEN.
Di más
bien una Empusa con todo el cuerpo
plagado de úlceras hediondas.
VIEJA
SEGUNDA.
Sígueme,
corazoncito mío, y déjate de charla.
EL JOVEN.
Déjame
ir a hacer una necesidad, para que pueda recobrarme un poco; si no, el miedo me
obligará a pintar de rojo el dintel de esa puerta.
VIEJA
SEGUNDA.
Ven, no
temas; en casa lo harás.
EL JOVEN.
¡Oh!,
temo hacer más de lo que quiero; déjame, te daré dos buenos fiadores.
VIEJA
SEGUNDA.
No los
admito.
VIEJA
TERCERA.
¡Eh,
tú! ¿Adónde vas con esa vieja?
EL JOVEN.
No voy,
me llevan. Quienquiera que seas, ojalá te colme el cielo de bendiciones, por
venir a ayudarme en este apuro. ¡Oh
Hércules! ¡Oh Panes! ¡Oh Coribantes! ¡Oh Dióscuros! Ese monstruo es
infinitamente más horrible. ¿Pero qué es, Júpiter poderoso? ¿Es una mona
rebozada en albayalde, o el espectro de una vieja vuelta de los infiernos?
VIEJA
TERCERA.
No te
burles, y sígueme por aquí.
VIEJA
SEGUNDA.
No, por
aquí.
VIEJA
TERCERA.
Nunca
te soltaré.
VIEJA
SEGUNDA.
Yo
tampoco.
EL JOVEN.
Me vais
a descuartizar, viejas malditas.
VIEJA
SEGUNDA.
La ley
manda que me sigas.
VIEJA
TERCERA.
Como no
se presente otra vieja más fea.
EL JOVEN.
Pero si
me matáis así, ¿cómo he de poder acercarme a aquella hermosa?
VIEJA
TERCERA.
Arréglatelas
como puedas; por de pronto obedéceme.
EL JOVEN.
¿Con
cuál de vosotras debo cumplir primero?
VIEJA
SEGUNDA.
¿No lo
sabes? Ven conmigo.
EL JOVEN.
Pues
que me suelte esta otra.
VIEJA
TERCERA.
No, ven
conmigo.
EL JOVEN.
Iré, si
esta me suelta.
VIEJA
SEGUNDA.
Pues yo
no te suelto.
VIEJA
TERCERA.
Ni yo.
EL JOVEN.
Sois
muy malas barqueras.
VIEJA
SEGUNDA.
¿Por
qué?
EL JOVEN.
Porque
haréis pedazos a los pasajeros tirando a un lado y a otro.
VIEJA
SEGUNDA.
Calla,
y ven por aquí.
VIEJA
TERCERA.
No, por
aquí.
EL JOVEN.
Estamos
en el caso del decreto de Canono,
pues tengo que partirme en dos para daros gusto. ¿Pero cómo he de poder manejar
dos remos a un mismo tiempo?
VIEJA
SEGUNDA.
Muy
fácilmente, comiéndote un puchero de cebollas.
EL JOVEN.
¡Ay de
mí! ¡Ya estoy junto a la puerta!
VIEJA TERCERA. (A la vieja segunda.)
Nada
conseguirás, porque entraré contigo.
EL JOVEN.
No, por
todos los dioses: mejor es un mal que dos.
VIEJA
TERCERA.
Por
Hécate, quieras o no, así ha de ser.
EL JOVEN.
¡Negro
infortunio! ¡Permanecer todo el día y toda la noche en brazos de una vieja
hedionda, y para fin de fiesta caer de nuevo entre los de esa rana cuyas
mejillas parecen dos alcuzas! ¿Hay
desgracia como la mía? Sin duda nací con mal sino, pues tengo que nadar entre
estos monstruos. Si algún mal me sucede al navegar sobre estas fétidas
letrinas, acordaos de sepultarme bajo el mismo dintel de la puerta; y a la que
me sobreviva untadle todo el cuerpo de hirviente pez. Cubridla hasta el tobillo
de fundido plomo, y colocadla sobre mi tumba, a guisa de lámpara funeraria.
¡Qué
felicidad la del pueblo ateniense! ¡Qué felicidad la mía! ¡Y, sobre todo, qué
felicidad la de mi señora!
¡Felices
todos vosotros, vecinos y conciudadanos, y cuantos estáis a nuestras puertas; y
feliz con ellos yo, simple sirvienta, que he llenado mi cabellera de perfumes!
¡Y qué exquisitos, Júpiter soberano! Pero el perfume de las ánforas llenas de
vino de Tasos es más exquisito todavía; este aroma se conserva largo tiempo,
los otros se desvanecen en seguida. ¡Sí, excelsos dioses, el perfume de las
ánforas es mil y mil veces preferible! ¡Echadme vino! Echadme; pues alegra toda
la noche a la que ha sabido elegirlo. — Pero, amigas, decidme dónde está mi
dueño, el marido de mi señora.
CORO.
Si te
quedas ahí, me parece que lo encontrarás.
LA CRIADA.
Tenéis
razón; ya viene a cenar. ¡Oh dueño mío! ¡Hombre feliz! ¡Hombre mil veces feliz!
EL DUEÑO.
¿Yo?
LA CRIADA.
Sí, tú,
y más feliz que ninguno, por Júpiter. ¿Puede haber nadie más dichoso que tú,
que en una población de más de treinta mil ciudadanos eres el único que no ha
cenado?
CORO.
Es
verdaderamente un hombre feliz.
LA CRIADA.
¿Adónde,
adónde vas?
EL DUEÑO.
A
cenar.
LA CRIADA.
Serás
el último, por Venus. Sin embargo, mi señora me ha dicho que te lleve, y
contigo a esas muchachas. Aún queda mucho vino de Quíos y otras mil cosas
buenas. — ¡Ea, no tardemos! Los espectadores que nos favorecen, y los jueces
imparciales, pueden venir también: les daremos de todo. Así, pues, di
generosamente a todo el mundo, sin omitir a nadie, invitando a viejos, jóvenes
y niños, que tendrán cena dispuesta para todos... si van a sus casas.
CORO.
Corro
al festín, llevando mi antorcha con gracia. ¿Qué esperas tú? ¿Por qué no vienes
con esas muchachas? Mientras bajas con ellas, yo entonaré un canto a propósito
para abrir el apetito. Pero antes quiero dar al jurado un pequeño consejo. Que
los sabios me juzguen por lo que en esta comedia hay de sabio, y los que gusten
de chistes por los muchos chistes que en ella he derramado. Así, si no me
engaño, me someto al parecer de todos. No me perjudique el haberme tocado en
suerte ser el primero; no lo
olvidéis; y fieles a vuestro juramento, juzgad siempre con rectitud a los
coros; no seáis como esas viles cortesanas que solo se acuerdan de lo último
que han recibido.
SEMI-CORO.
¡Ya es
hora, amigas mías! Ya es hora, si queremos concluir, de dirigirnos al banquete
danzando. Partid y ajustad vuestros pasos al ritmo cretense.
SEMI-CORO.
Así lo
hago.
CORO.
Marchad
vosotras, ligera y acompasadamente. Pronto se van a servir ostras, cecina,
rayas, lampreas, pedazos de sesos en salsa picante, silfio, puerros empapados
en miel, tordos, mirlos, palominos torcaces, palomas, crestas de gallo asadas,
chochas, pichones, liebres cocidas en arrope, y sustancia de alones. Ya lo sabéis; pronto, amigas mías,
coged un plato, y en seguida un vaso, y a comer.
SEMI-CORO.
Las
otras devoran ya.
CORO.
¡Saltemos!
¡Bailemos! ¡Ea! ¡Ea! ¡Al festín! ¡Ea! ¡Ea! ¡Victoria! ¡Victoria!
FIN DE LAS
JUNTERAS.
Después de
haber combatido en Las Junteras los absurdos de
ciertas teorías comunistas, vuelve Aristófanes en el Pluto
a tratar por medio de una ingeniosa alegoría la gran cuestión del pauperismo y
de la desigual e injusta distribución de las riquezas.
Pluto, el
dios del oro, está ciego y distribuye sus bienes al azar, enriqueciendo a todos
los bribones e intrigantes, y dejando en la miseria a los hombres virtuosos y
trabajadores. Cremilo, honrado labrador, le encuentra en tan lastimoso estado,
y, obedeciendo a un oráculo de Apolo, trata de devolverle la vista venciendo la
resistencia del dios, a quien tiene atemorizado una amenaza de Júpiter. Después
de sostener Cremilo una violenta discusión con la Pobreza, en que esta se
presenta como la causa de todos los bienes y la fuente de toda felicidad, lleva
a Pluto al templo de Esculapio, donde recobra la vista. Una multitud inmensa se
agolpa en derredor del dios, deseosa de conseguir sus favores, pero él los
reserva para los hombres de bien, hasta entonces desdeñados. Un delator, una
vieja verde, Mercurio y el sacerdote de Júpiter aparecen sucesivamente
lamentando la situación a que les ha reducido la curación de Pluto, y la
comedia acaba con una procesión para instalar al dios en su antiguo puesto,
detrás del templo de Minerva.
Aunque
velado por la multitud de sofismas, alegorías, narraciones burlescas, alusiones
satíricas y discusiones y chistosos incidentes que constituyen la trama de esta
comedia, se ve que el remedio eficaz, en concepto de Aristófanes, para la
pobreza pública no era el dejar a todos los ciudadanos en una holgazanería
llena de abundancia, ideal de los pueblos antiguos, sino el trabajo, condición
necesaria de nuestra naturaleza y cuya conveniente utilidad sostiene la Pobreza
para llegar al quod satis est y a la aurea mediocritas, que constituyen nuestra felicidad
relativa, demostrando que el oro por sí mismo no constituye la riqueza.
Lo que más
llama la atención en el Pluto y le distingue de las
otras comedias de Aristófanes, es su lenguaje comedido y casi limpio de las
obscenidades y bufonadas que afean el de otras piezas; la sátira es además
mucho menos cáustica y mordaz, y el sangriento sarcasmo está sustituido casi
siempre por una agradable ironía. El coro desempeña un papel menos importante,
y las alusiones personales escasean: falta además la Parábasis,
característica, como hemos visto, de la comedia antigua, por lo cual muchos escritores
consideran el Pluto como perteneciente a la llamada media. Por esto mismo, hallándose desprovista del interés
político, el poeta puso sin duda mayor cuidado en el desarrollo de su plan,
desenvolviéndolo con un arte parecido al de Las Nubes,
y embelleciéndole con chistes espirituales y de buen gusto.
El Pluto se representó en dos épocas distintas: la primera vez
en el año 408 o el 409 antes de Jesucristo; y la segunda en 390, aunque
entonces con el nombre de Araros, hijo de nuestro poeta.
La edición
que hasta nosotros ha llegado no es, según todas las apariencias, ni la primera
ni la segunda, sino una refundición de ambas, hecha quizá por algún gramático,
tomando trozos de una y otra. Pues la falta de Parábasis y diferentes alusiones
a sucesos políticos posteriores al 409 demuestran que no puede ser la
representada en esta fecha, al paso que aquellos pasajes en que se ataca
personalmente a varios ciudadanos influyentes no pertenecen a la de 390, en
cuya época los Treinta habían prohibido a los cómicos el satirizar a nadie por
su nombre.
|
CARIÓN. |
|
CREMILO. |
|
PLUTO. |
|
CORO DE LABRADORES. |
|
BLEPSIDEMO. |
|
LA POBREZA. |
|
LA MUJER DE CREMILO. |
|
UN HOMBRE HONRADO. |
|
UN DELATOR. |
|
UNA VIEJA. |
|
UN JOVEN. |
|
MERCURIO. |
|
UN SACERDOTE DE JÚPITER. |
La acción
pasa delante de la casa de Cremilo.
CARIÓN.
¡Oh
Júpiter! ¡Oh dioses! ¡Qué terrible cosa es servir a un amo demente! Si el
esclavo da los mejores consejos y al dueño no se le antoja seguirlos, no por
eso deja de participar de su desgracia. Porque la fortuna no nos permite
disponer de este cuerpo que es nuestro y muy nuestro, y se lo da al que lo ha
comprado. ¡Así anda el mundo! Tengo que dirigir a Apolo, al dios cuya pitonisa
profetiza desde el áureo trípode, una justa acusación: siendo médico y hábil
adivino, según se asegura, ha dejado salir de su templo a mi amo loco,
obstinado en seguir a un ciego y empeñado en oponerse al buen sentido, según el
cual quien tiene buenos ojos debe guiar al que carece de ellos; pero a mi señor
no hay medio de hacérselo comprender, y se va detrás del ciego, y por añadidura
me obliga a ir también, sin responder a mis preguntas. No, dueño mío, yo no
puedo callar si no me dices por qué seguimos a ese hombre; te atormentaré, ya
que gracias a mi corona no puedes castigarme.
CREMILO.
Pero si
me fastidias mucho, te quitaré la corona y te sacudiré de lo lindo.
CARIÓN.
¡Como
si callaras! No pienso dejarte en paz hasta que me digas quién es ese. Ten
presente que te lo pregunto por tu propio interés.
CREMILO.
Bueno,
no te lo ocultaré, aunque solo sea porque eres el más fiel y el más ladrón de
mis criados. Yo, siendo piadoso y
justo, era pobre y desgraciado.
CARIÓN.
Lo sé.
CREMILO.
Y
otros, sacrílegos, oradores, delatores y
malvados, se enriquecían.
Lo
creo.
CREMILO.
En
vista de esto fui a consultar al dios, no por mí, que veo ya agotarse mi triste
vida, sino por mi único hijo, si convendría que, cambiando de conducta, se
hiciese canalla, injusto y malvado, puesto que este parece ser el camino de la
fortuna.
CARIÓN.
¿Y qué
ha respondido Apolo en medio de sus coronas?
CREMILO.
Vas a
saberlo. En términos claros y precisos me mandó seguir al primero que me
encontrase al salir del templo, y que no me separase de él hasta llevarlo a mi
casa.
CARIÓN.
¿Quién
fue el primero que encontraste?
CREMILO.
Ese.
CARIÓN.
¡Imbécil!
¿No has comprendido el espíritu del oráculo que te ordena educar a tu hijo a la
usanza del país?
CREMILO.
¿De qué
lo infieres?
CARIÓN.
Está
claro, hasta para un ciego, que hoy día lo más provechoso es prescindir de todo
honrado pensamiento.
CREMILO.
No
puede ser ese el espíritu del oráculo, sino otro más noble y elevado. Si ese
hombre nos dijera quién es y por qué ha venido, quizá pudiéramos comprender el
sentido misterioso del oráculo en cuestión.
CARIÓN. (A Pluto.)
¡Eh,
tú! Dinos quién eres, antes de que el efecto siga a la amenaza. ¡Vamos, pronto,
pronto!
PLUTO.
¡Vete
al infierno!
CARIÓN.
¿Has
oído cómo te dice quién es?
CREMILO.
Eso va
contigo y no conmigo, porque le preguntas de un modo grosero y brutal. — Amigo
mío, si te agrada la conversación de los hombres honrados, respóndeme.
PLUTO.
¡Ahórcate!
CARIÓN.
¡Vaya
un hombre y un agüero que te envía el dios!
CREMILO. (A Pluto.)
¡Por
Ceres, no has de seguir burlándote!
CARIÓN.
Si no
declaras tu nombre, te hago añicos.
PLUTO.
Amigos,
dejadme en paz.
CREMILO.
Nunca.
CARIÓN.
No hay
medio mejor, dueño mío; voy a matar a ese tunante. Lo llevaré al borde de un
abismo, y lo abandonaré allí, para que se precipite y se rompa la cabeza.
CREMILO.
Llévatelo
cuanto antes.
PLUTO.
¡No!
¡No!
CREMILO.
¿Responderás?
PLUTO.
Pero
cuando os diga quién soy, sé muy bien que me maltrataréis; no me dejaréis
marchar.
CREMILO.
¡Por
los dioses! En cuanto quieras.
PLUTO.
Principiad
por soltarme.
CREMILO.
Ya
estás suelto.
PLUTO.
Oíd,
pues, ya que es preciso revelaros lo que había resuelto ocultar. — Yo soy
Pluto.
CREMILO.
¡Grandísimo
bribón! ¿Eres Pluto y lo callabas?
CARIÓN.
¡Tú
Pluto en tan miserable estado!
CREMILO.
¡Oh
Apolo! ¡Oh dioses! ¡Oh genios! ¡Oh Júpiter! ¿Qué dices? ¿Es verdad que eres tú?
PLUTO.
Sí.
CREMILO.
¿El
mismo?
PLUTO.
CREMILO.
¿Pero
de dónde vienes tan puerco?
PLUTO.
De casa
de Patroclo, que no se ha lavado en toda su vida.
CREMILO.
¿Y tu
enfermedad de dónde procede? Responde.
PLUTO.
Me la
ha producido Júpiter, por odio a los hombres. Yo, desde jovencito, le había
amenazado con visitar solamente la casa de las personas justas, sabias y
modestas, y él me dejó ciego para que no las conociese. ¡Tanto detesta a las
gentes honradas!
CREMILO.
Pues la
verdad es que solo los hombres buenos y justos le reverencian.
PLUTO.
Tienes
razón.
CREMILO.
Y dime,
¿si recobrases de la vista huirías de los malos?
PLUTO.
Sí, por
cierto.
CREMILO.
¿Y
visitarías a los buenos?
PLUTO.
Seguramente:
¡hace tanto tiempo que no los he visto!
CREMILO.
No
tiene nada de particular; yo tengo buenos ojos y tampoco los veo.
PLUTO.
Ahora
dejadme; ya os lo he dicho todo.
CREMILO.
No, por
cierto: ahora te retendremos con más motivo.
PLUTO.
¿No
decía yo que habíais de atormentarme?
CREMILO.
Vamos,
te lo suplico, déjate convencer y no me abandones. No encontrarás, por mucho
que busques, un hombre mejor que yo. No, por Júpiter, no hay otro como yo.
PLUTO.
Lo
mismo dicen todos; pero en cuanto me poseen y se hacen ricos, su perversidad no
tiene límites.
CREMILO.
Es
verdad, pero no todos son malos.
PLUTO.
Todos
sin excepción.
CARIÓN.
Ya te
volveré esa palabrita al cuerpo.
CREMILO.
Pero a
lo menos debes saber las ventajas que conseguirás estando con nosotros:
préstame atención. Yo espero, con ayuda de los dioses, curarte la ceguera y
devolverte la vista.
PLUTO.
No
harás tal; no quiero recobrarla.
CREMILO.
¿Qué
dices?
CARIÓN.
Este
hombre se complace en su infortunio.
PLUTO.
Júpiter
(lo sé muy bien), en cuanto supiese que habías hecho esa locura, me
pulverizaría.
CREMILO.
¿No lo
hace ya, dejándote ir a tientas expuesto a mil peligros?
PLUTO.
Lo
ignoro; pero le tengo un miedo cerval.
CREMILO.
Pero
dime, ¡oh el más cobarde de todos los dioses! ¿Crees que el poder de Júpiter y
sus rayos valdrían un comino si recobrases la vista, aunque solo por poco
tiempo?
PLUTO.
¡Oh, no
digas eso, desdichado!
CREMILO.
Tranquilízate;
yo te demostraré que eres mucho más poderoso que Júpiter.
PLUTO.
¿Yo?
CREMILO.
Sí, por
el cielo. ¿Quién da a Júpiter su poder sobre los demás dioses?
PLUTO.
El
dinero; porque tiene muchísimo.
CREMILO.
Y bien,
¿quién le suministra ese dinero?
CARIÓN.
Pluto.
CREMILO.
Y el
mismo Júpiter, ¿a quién debe los sacrificios que se le ofrecen? ¿No es a Pluto?
CARIÓN.
Es
verdad, se le pide sin rebozo la riqueza.
CREMILO.
Por
tanto, siendo Pluto la causa de esos sacrificios, ¿no pudiera darles también
fin si se le antojara?
PLUTO.
¿Cómo?
CREMILO.
Ningún
hombre podría en adelante ofrecer en sacrificio ni un buey, ni una torta, ni
nada absolutamente contra tu voluntad.
PLUTO.
¿Cómo?
CREMILO.
¿Cómo?
Porque nadie podría comprar nada si tú no le dabas el dinero; por consiguiente,
en tu mano está el anular el poder de Júpiter el día en que te incomode.
PLUTO.
¿Qué
dices? ¿Por mí le ofrecen sacrificios?
CREMILO.
Y lo
repito; cuanto hay de brillante, de gracioso y de bello entre los hombres se te
debe a ti; pues todo depende de la riqueza.
CARIÓN.
Yo, por
ejemplo, soy esclavo por un poco de dinero; si hubiera sido rico, sería libre.
CREMILO.
¿Y no
sabes lo que se cuenta de las cortesanas de Corinto? Cuando se les acerca un pobre, ni
siquiera le miran; pero como sea un rico, no le hacen esperar un momento.
CARIÓN.
Lo
mismo hacen los muchachos; el interés y no el amor les guía.
CREMILO.
No los
honrados, sino los que se prostituyen a cualquiera; los primeros no piden
dinero.
CARIÓN.
¿Pues
qué piden?
CREMILO.
Uno, un
buen caballo; otro, perros de caza.
CARIÓN.
Les da
vergüenza exigir dinero, y mudan de nombre a su vileza.
CREMILO.
A ti se
debe el nacimiento de todas las artes y de las invenciones más ingeniosas de
los hombres. Por ti, y solo por ti, uno corta cueros sentado en su taller; otro
forja el bronce; otro trabaja en madera; otro refina el oro que de ti ha
recibido; otro roba en las calles; otro horada paredes; otro es batanero; otro
lava pieles; otro las curte; otro vende cebollas; otro, sorprendido en
adulterio, sufre, por ti también, la depilación.
PLUTO.
¡Triste
de mí! ¡Cuánto tiempo he estado sin saberlo!
CARIÓN.
¿No es
él quien ensoberbece al gran rey?
¿No es él quien convoca a la asamblea a los ciudadanos? ¿No es él quien equipa los trirremes? ¿No es él quien mantiene nuestros
mercenarios de Corinto? ¿No es él
quien hará desesperar a Pánfilo,
y con Pánfilo al comerciante de agujas? ¿No es él quien da tantos humos a Agirrio? ¿No es él quien incita a Filepsio a recitar sus fábulas? ¿No es él quien
envía auxiliares al Egipto? ¿No es
por él por quien Lais ama a Filónides? ¿No es él por quien la torre de
Timoteo?...
CREMILO. (A Carión.)
Que
ojalá te aplaste. — (A Pluto.) En una palabra, por ti
se hace todo. Tú eres la causa de todos nuestros males y de todos nuestros
bienes; tenlo entendido.
CARIÓN.
En la
guerra la victoria se inclina siempre del lado donde tú pesas.
PLUTO.
¿Yo
solo puedo hacer tantas cosas?
CREMILO.
Y otras
muchas más, ¡por Júpiter! Así es que nadie se cansa de ti. Todas las demás
cosas llegan a saciar: el amor...
CARIÓN.
El pan.
CREMILO.
La
música.
CARIÓN.
Las
golosinas.
CREMILO.
Los
honores.
CARIÓN.
Las
tortas.
CREMILO.
La
virtud.
CARIÓN.
Los
higos.
CREMILO.
La
ambición.
CARIÓN.
Las
puches.
CREMILO.
Los
grados militares.
CARIÓN.
Las
lentejas.
CREMILO.
Pero de
ti nunca se ha saciado nadie. Si se tienen trece talentos. se desea con mayor afán reunir
dieciséis. ¿Se consignen los dieciséis? Pues se apetecen cuarenta, y se dice
que no hay con qué vivir.
PLUTO.
Me
parece muy bien todo lo que decís; solo me inquieta una cosa.
CREMILO.
¿Cuál?
PLUTO.
El cómo
conseguiré hacerme dueño de ese poder que decís que tengo.
CREMILO.
¡Por
Júpiter! Con muchísima razón dice todo el mundo que la riqueza es la cosa más
cobarde.
PLUTO.
No, por
cierto; me ha calumniado un ladrón. Habiendo penetrado un día en mi casa, no
pudo llevarse nada, porque todo lo encontró cerrado; y en despecho llamó
cobardía a mi previsión.
CREMILO.
No tengas
ningún cuidado; si estás dispuesto a secundar mi empresa, te volveré una vista
más penetrante que la de Linceo.
PLUTO.
¿Cómo
podrás hacer eso siendo un simple mortal?
CREMILO.
Tengo
buenas esperanzas por lo que me dijo el mismo Apolo agitando el laurel de la
pitonisa.
PLUTO.
¿De
modo que también aquel lo sabe?
CREMILO.
Seguramente.
PLUTO.
Cuidado
no...
CREMILO.
Nada
temas, querido mío; yo estoy decidido, tenlo bien presente, a conseguir mi
objeto, aunque deba morir en la demanda.
CARIÓN.
Y, si
quieres, yo también.
CREMILO.
Además
nos ayudarán en nuestra empresa todos los hombres honrados, que carecen hasta
de un bocado de pan.
PLUTO.
¡Ay,
qué pobres son esos auxiliares!
CREMILO.
No lo
serán cuando se hagan ricos. — (A Carión.) Corre a
todo correr...
CARIÓN.
¿Qué
hago? Di.
CREMILO.
Llama a
nuestros compañeros los labradores (estoy seguro de que los hallarás en el
campo en su penosa faena), para que vengan a participar con nosotros de los
dones de Pluto.
CARIÓN.
Voy;
pero es preciso que alguno se encargue de llevar a casa este tasajo de carne.
CREMILO.
Yo me
encargo de eso: corre. — Tú, Pluto, el más poderoso de los dioses, entra
conmigo en mi morada. Esa es la casa que hoy has de colmar de riquezas bien o
mal adquiridas.
PLUTO.
Pongo
por testigos a los dioses de que nunca he entrado a gusto en ninguna casa
extraña; porque jamás lo he pasado bien en ninguna. Pues si por casualidad me
alojo en la habitación de un avaro, en seguida me mete debajo de tierra, y
cuando algún honrado amigo le viene a pedir prestado un poquito de dinero, dice
que jamás me ha visto. Si, al contrario, es la de un pródigo sin juicio, me
entrega al punto a los juegos de azar y a las cortesanas, y en pocos momentos
me veo en la puerta de la calle completamente desnudo.
CREMILO.
Es que
nunca has tropezado con un hombre moderado como yo lo soy en todas mis
acciones. A mí me gusta como a nadie la economía, pero también el gastar,
cuando es necesario. Pero entremos, pues quiero que te vean mi mujer y mi único
hijo, el ser a quien más amo después de ti.
PLUTO.
Lo
creo.
CREMILO.
¿A qué
te había de ocultar la verdad?
(Entran en la casa.)
· · · · ·
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
(Falta.)
CARIÓN.
Amigos
y paisanos, laboriosos agricultores que tantas veces habéis comido ajos con mi
señor, venid, apresuraos, corred, no hay que perder un instante, acudid en
nuestro auxilio.
CORO.
¿No ves
que ya nos apresuramos cuanto es posible a unos hombres débiles y viejos?
¿Crees tú que debo de correr antes de haberme dicho por qué nos llama tu amo?
CARIÓN.
¿No te
lo he dicho hace un año? Sin duda te has vuelto sordo. Mi dueño quiere
anunciaros que en adelante nadaréis todos en la abundancia, libres de esa vida
ruda y miserable.
CORO.
Pero
¿de qué se trata, o de dónde procede eso que nos dice?
CARIÓN.
Se ha
presentado aquí, mis pobres amigos, con un viejo sucio, encorvado, miserable,
calvo, lleno de arrugas, sin dientes, y, por Júpiter, creo que hasta
circuncidado.
CORO.
¡Es una
noticia preciosa! ¿Qué nos cuentas? Repítelo. ¿Querrás decir que se ha traído
un montón de dinero?
CARIÓN.
Sí, un
montón de achaques de la vejez.
CORO.
¿Crees
que si nos engañas te vas a ir impune, teniendo yo un garrote en la mano?
CARIÓN.
¿Por
tan desvergonzado me tenéis que me juzgáis incapaz de hablaros formalmente?
CORO.
¡Qué
impávido es el gran bellaco! Sus piernas gritan ya: ¡ay!, ¡ay!, y piden a voz
en grito los cepos y las cuñas.
CARIÓN.
La
letra que te ha tocado en suerte te
designa para ir a juzgar en el ataúd; ¿por qué no vas? Caronte te dará las
insignias.
CORO.
¡Así
revientes! ¡Qué mal intencionado y fastidioso empeño de burlarnos, y de no
acabar de decirnos para qué nos llama tu señor! Habla, ya ves que, aunque
rendidos de fatiga y escasos de tiempo, hemos acudido a toda prisa, pasando a
través de innumerables ajos.
CARIÓN.
No os
lo ocultaré más tiempo: mi amo, amigos míos, ha venido con Pluto en persona,
que os enriquecerá.
CORO.
¿De
veras? ¿Seremos todos ricos?
CARIÓN.
Seguramente;
y también seréis Midas, si os salen orejas
de asno.
CORO.
¡Qué
alegría! ¡Qué placer! Voy a bailar de gusto, si es verdad lo que dices.
CARIÓN.
Yo
también, trettanelo, quiero, imitando al Cíclope, haceros andar a puntapiés. Ea, gritad,
hijos míos; dad balidos melodiosos, como las ovejas o las cabras de penetrante
olor, y seguidme a guisa de chivos lujuriosos enardecidos de amor.
CORO.
Nosotros
también trettanelo queremos, cuando balando
encontremos al Cíclope, es decir, a
ti mismo, lleno de basura, con una alforja atestada de verdolagas cubiertas de
rocío, pastoreando borracho tus ovejas, y dormido en el primer sitio donde el
sueño te rinda, coger un inmenso y encendido tizón y dejarte ciego.
CARIÓN.
Yo he
de imitar en todo a la hechicera Circe, cuyos mágicos brebajes hicieron en
Corinto que los compañeros de Filónides se atracasen, como cerdos, de
excrementos por ella preparados. Vosotros, gruñendo de alegría, seguid a
vuestra madre, marranillos.
CORO.
Nosotros,
imitando en nuestro júbilo al hijo de Laertes, nos apoderaremos de Circe, la de los mágicos brebajes, y mal
olientes pomadas, y te colgaremos de donde más te duela; te untaremos la narices de estiércol
como a un chivo; y al relamerte, cual otro Arístilo, los entreabiertos labios, exclamarás:
«Seguid a vuestra madre, marranillos.»
CARIÓN.
¡Ea,
cesen los jocosos insultos! Entonad otro género de versos. Yo voy a entrar en
casa y a coger, a escondidas de mi amo, un poco de pan y carne: en cuanto lo
coma volveré al trabajo.
CREMILO.
El
deciros salud, conciudadanos míos, es una fórmula vieja y muy gastada;
prefiero, pues, abrazaros cordialmente por la prontitud y buena voluntad con
que habéis acudido. Procurad ayudarme con igual eficacia en todo lo demás, y
lograremos entre todos salvar al dios.
CORO.
Pierde
cuidado. Verás brillar en mis ojos la mirada de Marte. Sería absurdo, en
efecto, que los que por tres óbolos nos estrujamos diariamente en la asamblea,
nos dejáramos arrebatar a Pluto en persona.
CREMILO.
Veo a
Blepsidemo que se acerca a nosotros. Su andar precipitado me demuestra que ha
oído algo de lo que ocurre.
BLEPSIDEMO.
¿Qué
sucede? ¿Cómo y cuándo se ha enriquecido Cremilo tan de súbito? Yo no lo creo;
sin embargo, los habituales concurrentes a las barberías no hablan de otra cosa que de su
repentino enriquecimiento. Pero aún me admira más el que, a pesar de su
próspera fortuna, mande llamar a los amigos: esto es apartarse de todos los
usos y costumbres.
CREMILO.
Por los
dioses, todo lo diré sin rebozo. Sí, Blepsidemo, mi situación actual es mejor
que la de ayer; quiero hacerte partícipe de mi suerte, como a uno de mis amigos.
BLEPSIDEMO.
¿De
veras eres rico como dicen?
CREMILO.
Lo seré
muy pronto, si Dios quiere. Pero hay todavía un riesgo que correr.
BLEPSIDEMO.
¿Cuál?
CREMILO.
El de
que...
BLEPSIDEMO.
Acaba
de decir.
CREMILO.
Si
logramos nuestro objeto, seremos perpetuamente felices; pero si no lo
conseguimos, nuestra ruina será total.
BLEPSIDEMO.
Me
parece que te has metido en un mal negocio; esto me da mala espina.
Enriquecerse súbitamente, y andarse después con temores, demuestra que no se ha
obrado bien.
CREMILO.
¿Cómo
que no he obrado bien?
BLEPSIDEMO.
Tal vez
has robado plata u oro en el templo del dios a quien has consultado, y te
arrepientes de tu acción.
CREMILO.
Nunca.
¡Apolo me libre de ello!
BLEPSIDEMO.
Déjate
de rodeos, amigo mío; está claro como la luz.
CREMILO.
No
sospeches de mí semejante cosa.
BLEPSIDEMO.
¡Ah!
¡No hay un solo hombre honrado! Todos son esclavos del dinero.
CREMILO.
¡Por
Ceres! ¿Tú has perdido el juicio?
BLEPSIDEMO.
¡Qué
cambio de costumbres!
CREMILO.
Pero,
amigo mío, tú estás loco.
BLEPSIDEMO.
Su
semblante está agitado e intranquilo, prueba evidente de que ha perpetrado
algún crimen.
CREMILO.
¡Oh! Ya
comprendo adónde van a parar tus declamaciones: supones que he hurtado alguna
suma para exigirme una parte.
BLEPSIDEMO.
¿Yo una
parte? ¿De qué?
CREMILO.
Pero no
es eso, sino cosa muy distinta.
BLEPSIDEMO.
¿Acaso
en vez de hurto ha sido robo?
CREMILO.
Decididamente
estás dejado de la mano de Dios.
BLEPSIDEMO.
¿Pero
no has hecho daño a nadie?
CREMILO.
No.
BLEPSIDEMO.
¡Oh
Hércules! ¿Qué medio emplearé? Está visto que no quieres confesar la verdad.
CREMILO.
¡Si me
acusas antes de oírme!
BLEPSIDEMO.
Amigo
mío, antes de que el asunto se divulgue, yo lo arreglaré a poca costa, tapando
la boca a los oradores con algún dinero.
CREMILO.
Tienes
toda la traza, querido mío, de gastar tres minas en el negocio y presentarme
una cuenta de doce.
BLEPSIDEMO.
Se me
figura ver a alguno sentado al pie
del tribunal con su mujer y sus hijos y el ramo de olivo de los suplicantes en
la mano, enteramente parecido a los Heráclidas de Pánfilo.
CREMILO.
No,
pobre hombre, yo enriqueceré solamente a los hombres honrados, ingeniosos y
modestos.
BLEPSIDEMO.
¿Qué
dices? ¿Tanto has robado?
CREMILO.
¡Oh, me
matas con tus injurias!
BLEPSIDEMO.
Tú
mismo corres a la muerte, según creo.
CREMILO.
No, por
cierto, imbécil: Pluto está en mi casa.
BLEPSIDEMO.
¿Cuál
Pluto?
CREMILO.
El
mismo dios.
BLEPSIDEMO.
¿Y
dónde está?
CREMILO.
Ahí
dentro.
BLEPSIDEMO.
¿Dónde?
CREMILO.
En mi
casa.
BLEPSIDEMO.
¿En tu
casa?
CREMILO.
Sí.
BLEPSIDEMO.
¡Vete
al infierno! ¿Pluto en tu casa?
CREMILO.
Te lo
juro por los dioses.
BLEPSIDEMO.
¿Pero
es verdad?
CREMILO.
Es
verdad.
BLEPSIDEMO.
Júralo
por Vesta.
CREMILO.
Y por
Neptuno.
BLEPSIDEMO.
¿Por el
dios del mar?
CREMILO.
Y por
otro Neptuno, si hay otro.
BLEPSIDEMO.
¿Y no
lo envías a casa de tus buenos amigos?
CREMILO.
Aún no
estamos en ese caso.
BLEPSIDEMO.
¿Qué
dices? ¿No habrá partición?
CREMILO.
No.
Antes es necesario...
BLEPSIDEMO.
¿Qué?
CREMILO.
Devolverle
la vista.
BLEPSIDEMO.
¡La
vista! ¿A quién?
CREMILO.
A Pluto;
es indispensable, sin perdonar medio.
BLEPSIDEMO.
¡Pero
está ciego de veras!
CREMILO.
Sí, por
el cielo.
BLEPSIDEMO.
Ya no
me admira que nunca haya venido a mi casa.
CREMILO.
Ahora
ya irá, si place a los dioses.
BLEPSIDEMO.
¿No
convendría llamar a algún médico?
CREMILO.
¿Qué
médico hay ahora en la ciudad? Donde no hay recompensa no hay talento.
BLEPSIDEMO.
Sin
embargo, veamos.
CREMILO.
No hay
ninguno.
BLEPSIDEMO.
Lo
mismo creo.
CREMILO.
No, por
Júpiter; lo mejor será, como yo había pensado, llevarle a dormir al templo de
Esculapio.
BLEPSIDEMO.
Ese es,
sin duda, el más eficaz remedio. ¡Ea!, no tardes; procura concluir pronto.
CREMILO.
Ya voy.
BLEPSIDEMO.
Corre.
CREMILO.
Eso
hago.
LA
POBREZA.
¡Atrevidos,
miserables, sacrílegos! ¿Qué intentáis, débiles y temerarios mortales? ¿Adónde
huís? Deteneos.
BLEPSIDEMO.
¡Oh
Hércules!
LA
POBREZA.
¡Perversos,
yo os daré vuestro merecido! Osáis llevar a cabo un proyecto intolerable, un
proyecto como nunca lo han intentado los hombres ni los dioses; moriréis sin
remedio.
CREMILO.
¿Pero
quién eres? ¡Qué espantosa palidez!
BLEPSIDEMO.
Es
quizá una furia de teatro; hay en su
mirada algo de trágico y feroz.
CREMILO.
Pero no
tiene antorchas.
BLEPSIDEMO.
Pues
pagará su audacia.
LA
POBREZA.
¿Quién
pensáis que soy?
CREMILO.
Una
tabernera o una vendedora de huevos. De otro modo no te hubieras lanzado con
tan destempladas voces sobre nosotros, que en nada te hemos ofendido.
LA
POBREZA.
¿De
veras, eh? ¿Os parece que todavía es poco el tratar de echarme de todas partes?
CREMILO.
¿No te
queda el Báratro? ¿Pero quién eres?
Vamos, dínoslo pronto.
LA
POBREZA.
Yo soy
quien os castigará hoy mismo por haber pretendido expulsarme de aquí.
BLEPSIDEMO.
¿Si
será esa tabernera de la vecindad que siempre me engaña en la medida?
LA
POBREZA.
Yo soy
la Pobreza, que vivo con vosotros hace muchos años.
BLEPSIDEMO.
¡Soberano
Apolo! ¡Dioses inmortales! ¿Adónde me escapo?
CREMILO.
¿Adónde
vas? ¡Cobarde! ¿No te quedarás ahí?
BLEPSIDEMO.
Ni por
cuanto hay.
CREMILO.
¿No te
quedas? ¿Y dos hombres hemos de huir de una mujer?
BLEPSIDEMO.
¡Desventurado!
¡Es la Pobreza! El monstruo más horrendo y pestilente.
CREMILO.
Quédate,
por favor; quédate.
BLEPSIDEMO.
No y
no.
CREMILO.
Pero,
amigo, comprende que cometeremos un crimen infinitamente mayor si huimos,
abandonando cobardemente al dios, sin intentar siquiera la lucha.
BLEPSIDEMO.
¿Y con
qué armas? ¿Con qué fuerzas? ¿Hay coraza o escudo que esa maldita no haya
llevado a empeñar?
CREMILO.
Tranquilízate;
el dios sin más que sus propios recursos la vencerá.
LA
POBREZA.
¿Aún os
atrevéis a chistar, desalmados, después de haber sido cogidos in fraganti del más abominable delito?
CREMILO.
Y tú,
mujer que el cielo confunda, ¿por qué nos insultas no habiéndote ofendido en
nada?
LA
POBREZA.
¿En
nada, eh? ¿Se os figura que no me perjudicáis tratando de devolver la vista a
Pluto?
CREMILO.
¡Cómo!
¿Es perjudicarte el colmar de bienes a todos los hombres?
LA
POBREZA.
¿Qué
proyectáis para su felicidad?
CREMILO.
¿Qué?
Por de pronto expulsarte de Grecia.
LA
POBREZA.
¿Expulsarme?
¿Pudierais hacer un mal mayor a los hombres?
CREMILO.
¿Un mal
mayor? Sí... el no realizar nuestro proyecto.
LA
POBREZA.
Ea,
consiento en explicaros las razones que sobre el particular me asisten: os
demostraré que yo soy la causa única de todos vuestros bienes, y el único
sostén de vuestra vida: si no consigo probároslo, podréis hacer lo que queráis.
CREMILO.
¿Te
atreves a decir eso, desollada?
LA
POBREZA.
Déjame
hablar; pues creo facilísimo demostrarte que vas por muy errada senda al tratar
de enriquecer a los buenos.
CREMILO.
¡Vergas
y garrotes! ¿Para cuándo os guardáis?
LA
POBREZA.
No te
quejes y alborotes antes de escucharme.
CREMILO.
¿Quién
puede callar al oír semejantes desatinos?
LA
POBREZA.
Todo el
que esté en su sano juicio.
CREMILO.
¿Qué
multa quieres que te imponga si pierdes tu pleito?
LA
POBREZA.
La que
te parezca.
CREMILO.
Está
bien.
LA
POBREZA.
En
cambio, vosotros, si sois vencidos, quedaréis sujetos a las mismas condiciones.
BLEPSIDEMO.
¿Crees
que bastarán veinte muertes?
CREMILO.
Para
ella, sí; para nosotros, con dos sobra.
LA
POBREZA.
Vuestra
perdición es inevitable. ¿Qué podréis oponerme?
CORO.
Buscad
ingeniosas razones; aducid sólidos argumentos que la confundan; no hay que
cejar un punto.
CREMILO.
Teniendo
por verdad evidente y universalmente reconocida la justicia de que todos los
hombres de bien vivan prósperamente y sufran la suerte contraria los impíos y
malvados, y anhelando ver cumplido nuestro propósito, hemos hallado, por fin,
un bello, generoso y utilísimo modo de realizarlo. En efecto, si Pluto recobra
la vista y deja de caminar a tientas, se dirigirá a las personas honradas para
no abandonarlas nunca, huyendo siempre de los impíos y malvados. Ahora bien,
¿qué se conseguirá con esto? Se conseguirá que todos los hombres sean buenos,
ricos y piadosos. ¿Creéis que pueda encontrarse nada mejor?
BLEPSIDEMO.
Nada;
aquí estoy yo para atestiguarlo; no se lo preguntes a esa.
CREMILO.
Estando
arreglada de esta suerte la humana vida, ¿quién no creerá que todo es locura, o
más bien frenesí? Los más de los hombres, que son los perversos, nadan en las
riquezas injustamente acumuladas; mientras muchos otros de intachable honradez,
arrastran una vida llena de privaciones y miserias, sin tener en casi todo el
decurso de su existencia más compañera que tú. Por tanto, si Pluto recobra la
vista y abandona este camino, ¿quién duda que podrá seguir otro infinitamente
mejor para los hombres?
LA
POBREZA.
Estos
dos ancianos se dejan alucinar como nadie en el mundo, y deliran y desbarran al
unísono con pasmosa unanimidad. Pero yo os aseguro que, si vuestros deseos se
realizan, ningún provecho sacaréis. Porque si Pluto recobra la vista y
distribuye sus favores con igualdad, nadie querrá dedicarse a las artes ni a
las ciencias. Y una vez suprimidas estas dos condiciones de existencia, ¿habrá
quien quiera forjar el hierro, construir naves, coser vestidos, hacer ruedas,
cortar cueros, fabricar ladrillos, lavar, curtir, arar los campos, segar los
dones de Ceres, pudiendo todos vivir en la holganza y desdeñar el trabajo?
CREMILO.
¡Necedades!
Todos esos oficios que acabas de decir los ejercen los esclavos.
LA
POBREZA.
¿Y cómo
tendrás esclavos?
CREMILO.
Los
compraremos.
LA
POBREZA.
¿Y
quiénes serán los primeros vendedores si todos tienen dinero?
CREMILO.
Cualquier
codicioso comerciante a su vuelta de Tesalia, donde hay muchos traficantes en
esclavos.
LA
POBREZA.
Es que,
según tu propio sistema, no habrá ningún mercader de esclavos. ¿Qué hombre rico
arriesgará su vida en semejante tráfico? Por consiguiente, viéndote obligado a
cavar la tierra y a otros trabajos igualmente penosos, pasarás una vida mucho
más angustiada.
CREMILO.
¡Ojalá
la pases tú!
LA
POBREZA.
No
podrás dormir sobre una cama, porque no las habrá; ni sobre colchas, ¿quién
querrá tejerlas sobrándole el oro? Cuando te cases con una hermosa joven, no
tendrás ni esencias para perfumarla, ni trajes ricos en colores y bordados con
que vestirla. ¿De qué servirá, pues, la riqueza, careciendo de todas estas
cosas? Por el contrario, gracias a mí, tenéis a mano cuanto os hace falta. Yo
soy una adusta señora que con el temor de la indigencia y del hambre obligo al
artífice a ganarse la vida.
¿Qué
cosa buena puedes darnos tú, como no sean quemaduras en los baños, y turbas de chiquillos, y viejecitas
hambrientas, y nubes infinitas de chinches, pulgas y piojos que, pululando con
molesto zumbido sobre nuestra cabeza, nos despiertan gritando: «Tendrás hambre,
pero levántate»? Y además, por vestido unos jirones; por lecho, un jergón de
junco, plagado de chinches, enemigas del sueño; por colcha, una estera podrida;
por almohada, una piedra grande; por pan, raíces de malvas; por pasteles, hojas
de rábanos secos; por escabel, la tapa de una tinaja rota; por artesa, las
costillas de una cuba, y para eso rajada. ¿No quedan perfectamente enumerados
los bienes que proporcionas a los hombres?
LA
POBREZA.
No has
descrito mi vida, sino la de los mendigos.
CREMILO.
La
pobreza y la mendicidad son hermanas carnales.
LA
POBREZA.
Para
vosotros, que tenéis por iguales a Dionisio y Trasíbulo; pero mi vida ni es ni será nunca así.
La vida del mendigo que acabas de pintar consiste en vivir sin poseer nada; la
del pobre en vivir con economía, en trabajar, en no tener nada superfluo ni
carecer de lo necesario.
CREMILO.
¡Por
Ceres! ¡Deliciosa vida! ¡Economizar y trabajar sin descanso para no dejar a
nuestra muerte con qué pagar el entierro!
LA
POBREZA.
Te ríes
y te burlas en lugar de hablar formalmente, sin comprender que yo perfecciono
el espíritu y el cuerpo de los hombres mucho más que Pluto. Con él son gotosos,
ventrudos, pesados, extraordinariamente gruesos; conmigo delgados, esbeltos
como avispas, terror de sus adversarios.
CREMILO.
Quizá a
fuerza de hambre les das esa esbeltez de avispas.
LA
POBREZA.
Ahora
os hablaré de la templanza, y os demostraré que la modestia vive conmigo y no
con Pluto.
CREMILO.
Debe
ser muy modesto el hurtar y el horadar paredes.
BLEPSIDEMO.
¿Quién
lo duda? Todas esas cosas se hacen escondiéndose. ¿Quieres más modestia?
LA
POBREZA.
Fíjate
en lo que pasa con los oradores: mientras son pobres, son justos con la
república y el pueblo; pero en cuanto se enriquecen a costa del Estado, se
hacen injustos, venden a la multitud y atacan al gobierno democrático.
CREMILO.
Tus
cargos son exactos, aunque tu lengua sea viperina; pero no te ensoberbezcas por
eso, que te has de arrepentir del temerario arrojo con que pretendes probarnos
las ventajas de la pobreza.
LA
POBREZA.
Como no
puedes refutar mis argumentos, alborotas y dices necedades.
CREMILO.
¿Cómo,
pues, huyen todos de ti?
LA POBREZA.
Porque
mejoro sus costumbres. Más claramente vemos lo mismo en los muchachos; huyen de
sus padres, que solo anhelan su dicha. ¡Tan difícil es distinguir lo que es
justo!
CREMILO.
Dirás
también que Júpiter no sabe distinguir lo que es bueno, porque tiene riquezas.
BLEPSIDEMO.
Y nos
envía la pobreza.
LA
POBREZA.
¡Qué
telarañas tenéis en los ojos, carcamales del siglo de Saturno! Júpiter también es pobre; y voy a
probároslo. Si fuese rico, ¿cómo en los juegos olímpicos por él establecidos,
al reunir cada cinco años toda la Grecia, había de contentarse con dar a los
vendedores una sencilla corona de olivo? De oro se la daría, si fuese rico.
CREMILO.
Prueba
eso mismo la grande estimación en que tiene las riquezas. Por economía, por
evitar gastos, regala a los vencedores coronas de ningún valor, y se guarda las
riquezas.
LA
POBREZA.
Mil
veces más vergonzosa que la pobreza es esa avaricia sórdida o insaciable que le
supones.
CREMILO.
¡Que
Júpiter te confunda con tu corona de olivo!
LA
POBREZA.
¡Atreverse
a decir que la pobreza no es el manantial de todos los bienes!
CREMILO.
LA
POBREZA.
«¿Oís
lo que dice, habitantes de Argos?»
CREMILO.
LA
POBREZA.
¡Triste
de mí! ¿Qué haré?
CREMILO.
Irte al
infierno, y quitarte pronto de delante.
LA
POBREZA.
¿Adónde
iré?
CREMILO.
A la
horca; pero, ¡pronto, pronto!
LA
POBREZA.
Algún
día me llamaréis.
CREMILO.
Entonces
volverás; ahora márchate. Prefiero ser rico, mal que te pese.
BLEPSIDEMO.
Y yo,
por Júpiter, en cuanto me enriquezca quiero comer espléndidamente con mi mujer
y mis hijos, salir del baño limpio y reluciente, y reírme en las barbas de los
trabajadores y la pobreza.
Por fin
se fue esa condenada. Llevemos al dios cuanto antes al templo de Esculapio,
para que se acueste en él.
BLEPSIDEMO.
Sin
perder un instante, no venga algún otro a impedirnos hacer todo lo necesario.
CREMILO.
¡Eh!,
Carión, es preciso traer las colchas, y llevar a Pluto como el ritual
prescribe; no se te olvide nada de lo que hay preparado.
CORO.
· · · · ·
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
(Falta.)
CARIÓN.
¡Ancianos
que en las fiestas de Teseo empapáis
mendruguillos de pan en la salsa de los pobres, cuán grande es vuestra
felicidad! ¡Qué afortunados sois vosotros y todos los hombres de bien!
CORO.
¿Qué
ocurre, buen amigo? Pareces portador de una noticia agradable.
CARIÓN.
¡Qué
dicha la de mi amo, o, por mejor decir, la de Pluto! Era ciego y ha recobrado
la vista; sus ojos lanzan brillantes destellos, gracias a la solicitud de
Esculapio.
CORO.
¡Oh
gratísima nueva! ¡Oh colmo de felicidad!
CARIÓN.
Es
preciso alegrarse aunque no se quiera.
CORO.
Con
resonante voz celebraré al hijo del ilustre Júpiter, a Esculapio, astro que
vivifica a los mortales.
LA MUJER
DE CREMILO.
¿Qué
significan esos gritos? ¿Hay alguna buena noticia? Te esperaba dentro de casa,
llena de impaciencia.
CARIÓN.
Pronto,
pronto, saca vino, señora mía; también tú beberás: ya sabemos que te gusta. Te
traigo en compendio todos los bienes.
LA MUJER.
¿Dónde
están?
CARIÓN.
En mis
palabras, lo vas a ver.
LA MUJER.
¡Vamos!
Acaba de explicarte.
CARIÓN.
Escucha,
pues: voy a contarte todo el negocio desde los pies a la cabeza.
LA MUJER.
¿A la
cabeza? No, cuidado con ella.
CARIÓN.
Luego
no aceptas los bienes que se te meten en casa.
LA MUJER.
Lo que
no quiero son negocios.
CARIÓN.
En
cuanto llegamos al templo con el dios, entonces tan miserable y ahora dichoso y
feliz como ninguno, nuestro primer cuidado fue llevarle al mar y en seguida
bañarle.
LA MUJER.
¡Por
Júpiter! ¡Vaya una felicidad! Meter a un viejo en agua fría.
CARIÓN.
Luego
volvimos al santuario de Esculapio, y colocamos sobre el altar tortas y otras
ofrendas, entregamos harina de flor a la devoradora llama de Vulcano, acostamos
a Pluto con las solemnidades de costumbre, y después cada cual se arregló un
lecho de hojas.
LA MUJER.
¿Había
más gente implorando al dios?
CARIÓN.
LA MUJER.
¡Ah
grandísimo canalla! ¿No temías al dios?
CARIÓN.
Sí,
temía que con sus coronas llegase a la olla antes que yo; su sacerdote me había
abierto los ojos. La viejecita, al oír un ruido, extendía ya la mano para
apartar la olla; entonces yo, imitando a la serpiente pareas, di un silbido y la mordí. La vieja
retiró vivamente la mano; se acurrucó en su lecho, se tapó con la colcha y
lanzó de miedo un flato más pestilente que el de una comadreja. Entonces yo me
atraqué de puches, y volví bien repleto a mi cama.
LA MUJER.
Y el
dios, ¿no aparecía?
CARIÓN.
Aún no.
Luego hice otra de las mías: al acercarse el mismo Esculapio solté una
estrepitosa descarga, pues tenía el vientre lleno de aire.
LA MUJER.
¡Sin
duda le darías asco!
CARIÓN.
¡Ca!
Yaso, que le seguía, fue quien se
ruborizó, y Panacea se apartó
tapándose las narices, porque yo no huelo a incienso.
LA MUJER.
¿Y el
dios?
CARIÓN.
No hizo
caso.
LA MUJER.
De modo
que le crees un grosero.
CARIÓN.
No; le
creo aficionado a la basura y nada más.
LA MUJER.
¡Ah,
bellaco!
CARIÓN.
Después
me metí en el lecho lleno de temor; el dios giró su visita, examinando con
orden e interés a todos los enfermos, y luego un esclavo le trajo un matraz de
piedra con su mano correspondiente y una cajita.
LA MUJER.
¿De
piedra?
CARIÓN.
¡Por
Júpiter! La caja no.
LA MUJER.
Pero,
bribón, ¿cómo podías verlo si estabas tapado?
CARIÓN.
Por los
agujeros del manto, que no son pocos a fe mía. Lo primero que preparó fue un
ungüento para Neóclides; puso en el matraz tres cabezas de ajos de Tenos, y las majó mezclándolas goma y
cebollas albarranas; humedeció la masa con vinagre de Esfeto, y se la aplicó al paciente sobre los
ojos, habiéndole vuelto antes los párpados para que fuese el dolor más vivo.
Neóclides grita, aúlla, salta del lecho y quiere huir; pero el dios le dijo
sonriendo: «Quédate ahí con tu ungüento; así no podrás presentarte en la
asamblea y hacerla cómplice de tus perjurios.»
LA MUJER.
¡Qué
amante de la república y qué discreto es ese dios!
CARIÓN.
Después
se sentó junto al lecho de Pluto: tocole primero la cabeza; luego le limpió los
párpados con un lienzo muy fino; Panacea le cubrió el cráneo y toda la cara con
un velo de púrpura; por último, Esculapio silbó, y dos inmensas serpientes se
lanzaron del fondo del santuario.
LA MUJER.
¡Soberanos
dioses!
CARIÓN.
Deslizáronse
suavemente bajo el velo de púrpura, y a lo que me pareció, le lamieron los
párpados, y en menos tiempo que el que tú necesitas para beberte diez cótilas
de vino, Pluto, señora mía, se levantó con vista ya. Loco de júbilo, palmoteé y
desperté a mi dueño: el dios y las serpientes se escondieron al punto en el
interior del santuario. Pero los que tenían sus lechos junto al de Pluto le
abrazaron con indescriptible cariño, y estuvieron despiertos toda la noche
hasta que amaneció. Yo daba al dios las gracias más expresivas por haber sanado
tan pronto a Pluto y aumentado la ceguera de Neóclides.
LA MUJER.
¡Oh
Esculapio, qué grande es tu poder! Pero, dime, ¿dónde está Pluto?
CARIÓN.
Ya
viene. Pero le rodeaba una inmensa multitud. Los hombres de bien, reducidos
hasta ahora a una existencia mezquina, le abrazaban y le saludaban en la
efusión del más completo regocijo: los antes ricos y poseedores de una gran
fortuna malamente adquirida, fruncían el ceño y dejaban traslucir su temor en
la inquietud de sus miradas. Los primeros le seguían ceñidos de guirnaldas,
risueños y decidores, y la tierra resonaba bajo el acompasado andar de los
ancianos. Ea, ordenad el baile, saltad, constituid los coros; y nunca volveréis
a oír al entrar en vuestra casa la terrible frase: «No hay harina en el saco.»
LA MUJER.
¡Por
Hécate! En albricias de tu buena nueva voy a ponerte una corona de pastelillos.
CARIÓN.
No
tardes, porque ya se acercan a la puerta.
LA MUJER.
Ea, voy
adentro a disponer las oblaciones de costumbre para celebrar la entrada de esos
ojos recientemente adquiridos para la luz.
CARIÓN.
Y yo a
salirles al encuentro.
· · · · ·
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
(Falta.)
PLUTO.
¡Yo te
saludo, oh sol! ¡Yo te saludo también, ínclita tierra de Palas, generoso país
de Cécrope, que me has dado hospitalidad! Me avergüenzo de mi suerte infeliz.
¡Yo, sin saberlo, haber vivido con semejantes hombres! ¡Yo, ignorante de todo,
haber huido de los únicos acreedores a mi amistad! ¡Ay, triste! ¡Cuán errados
eran mis caminos! Pero cambiaré de conducta, y demostraré a todos los hombres
que al entregarme a los perversos lo hice contra mi voluntad.
CREMILO.
¡Idos
al infierno! ¡Qué fastidiosos son todos estos amigos que le asedian a uno en
cuanto mejora de fortuna! ¡Cómo me codean y me martirizan las piernas a fuerza
de querer demostrarme su cariño! ¿Quién ha dejado de saludarme? ¡Qué
muchedumbre de ancianos me rodeó en la plaza!
LA MUJER.
¡Salud
al más querido de los hombres! ¡Salud también a vosotros! ¡Oh Pluto, permíteme,
como es costumbre, ofrecerte estos dones de bienvenida!
PLUTO.
No.
Esta casa es la primera que visito después de mi curación, y de ella nada debo
llevarme; al contrario, debo traerla mis dones.
LA MUJER.
¿Rehúsas
estos regalos?
PLUTO.
Los
aceptaré dentro, junto al hogar, como es costumbre. Así evitaremos además una
escena ridícula. No está bien que el poeta haga reír a los espectadores
arrojándoles golosinas e higos secos.
LA MUJER.
Tienes
razón. Mira, ya se había levantado Dexínico para atrapar los higos en el aire.
(Entran todos en la casa.)
CORO.
· · · · ·
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
(Falta.)
CARIÓN.
¡Qué
agradable es, amigos míos, la felicidad, sobre todo cuando nada cuesta! Un
montón de bienes se ha colado de rondón en nuestra casa, sin que hayamos hecho
mal a nadie. ¡De este modo sí que es buena la abundancia! La artesa está llena
de blanca harina, y las tinajas de rojo y perfumado vino; el oro y la plata,
¡parece increíble!, no caben en los cofres; la cisterna se halla atestada de
aceite; los frascos, de perfumes, y el frutero, de higos. Las vinagreras, las
escudillas y las ollas son todas de bronce; de plata, las fuentes semipodridas
en que antes servíamos la pesca; en fin, hasta el sillico se ha hecho de marfil, repentinamente.
Los esclavos jugamos a pares o nones con monedas de oro, y, ¡oh refinamiento de
sensualidad!, usamos para limpiarnos tallos de ajo, en vez de piedras. En
este instante, mi amo, con su correspondiente corona, está sacrificando un
cerdo, un carnero y un chivo; el humo me ha obligado a salir; no podía parar
dentro de casa. ¡Tanto me picaban los ojos!
UN HOMBRE
HONRADO.
Sígueme,
niño; vamos en busca del dios.
CREMILO.
¡Hola!
¿Quién va?
EL HOMBRE
HONRADO.
Un
hombre, hace poco infeliz y ahora afortunado.
CREMILO.
Tú eres
a lo que veo un hombre de bien.
EL HOMBRE
HONRADO.
Seguramente.
CREMILO.
¿Y qué
deseas?
EL HOMBRE
HONRADO.
Dar
gracias al dios por sus inmensos beneficios. Habiendo heredado de mi padre una
fortuna bastante regular, me dediqué a aliviar las necesidades de mis amigos,
creyendo que esto era lo mejor que puede hacerse en la vida.
CREMILO.
¿Y te
arruinaste muy pronto?
EL HOMBRE
HONRADO.
Por
completo.
CREMILO.
¿Y
quedaste en la miseria?
EL HOMBRE
HONRADO.
Más
completa. Yo pensaba que los amigos necesitados, a quienes había socorrido,
continuarían siéndolo en la desgracia, pero, ¡ay!, se apartaban de mí, y
fingían no verme.
CREMILO.
Y hasta
se burlarían de ti; estoy seguro.
EL HOMBRE
HONRADO.
Completamente.
La pobreza de mi ajuar me ha perdido.
CREMILO.
Pero ya
no es así.
EL HOMBRE
HONRADO.
Precisamente
eso me hace venir a tributar al dios una adoración merecida.
CREMILO.
¿Y qué
tiene que ver con el dios el manto agujereado del esclavo que te acompaña?
EL HOMBRE
HONRADO.
Lo
traigo con intención de dedicárselo.
CREMILO.
¿Es el
que llevabas cuando te iniciaste en los grandes misterios?
EL HOMBRE
HONRADO.
No;
pero me he helado con él durante trece años.
CREMILO.
¿Y esos
borceguíes?
EL HOMBRE
HONRADO.
También
sufrieron conmigo los rigores del invierno.
CREMILO.
¿Los
traes para consagrárselos?
EL HOMBRE
HONRADO.
Sí, por
cierto.
CREMILO.
¡Magníficas
ofrendas vas a presentar al dios!
UN
DELATOR.
¡Ay
infeliz! ¡Estoy arruinado, perdido! ¡Oh suerte tres y cuatro y cinco y doce y
diez mil veces infortunada! ¡Ay, me agobian desdichas sin número!
CREMILO.
¡Oh
Apolo preservador! ¡Oh dioses tutelares! ¿Qué desgracia le habrá sucedido a ese
hombre?
EL
DELATOR.
¿No es
insoportable lo que me sucede? ¡Todo lo he perdido! Ese dios me ha despojado de
todos mis bienes. ¡Oh, ya volverá a quedarse ciego, si hay justicia en el
mundo!
EL HOMBRE
HONRADO.
Empiezo
a comprender; es sin duda un hombre arruinado; no tiene traza de ser de moneda
corriente.
CREMILO.
Tienes
razón; pero su ruina es justa.
EL
DELATOR.
¿Dónde
está, dónde está el dios que había prometido enriquecernos a todos en cuanto
recobrase la vista? Lo que ha hecho ha sido arruinar a algunos.
CREMILO.
¿A
quién ha maltratado de ese modo?
EL
DELATOR.
A mí
mismo.
CREMILO.
¿Eras,
por tanto, un malhechor, un ladrón?
EL
DELATOR.
Vosotros
lo seréis, ¡por Júpiter! No me cabe duda de que ambos guardáis mi dinero.
CARIÓN.
¡Por la
venerable Ceres, qué insolente se presenta el delator! Debe azuzarle el hambre.
EL
DELATOR.
Vas a
comparecer sin perder un instante en la plaza pública; la rueda y el tormento
te obligarán a confesar tus crímenes.
CARIÓN.
¡Mucho
ojo, mala pécora!
EL HOMBRE
HONRADO.
¡Oh,
por Júpiter salvador, qué agradecidos deberán estar a Pluto todos los griegos,
si les libra de esta peste de delatores!
EL
DELATOR.
¡Oh
rabia! ¿También tú te burlas? ¡Tú eres cómplice de su robo! Y si no, contesta:
¿de dónde has sacado ese vestido nuevo? Ayer te vi hecho un andrajo.
EL HOMBRE
HONRADO.
No te
temo, gracias a este anillo que le compré a Eudemo por
un dracma.
CREMILO.
No hay
anillo que valga contra la mordedura de un delator.
EL
DELATOR.
¿Puede
haber mayor ultraje? Os burláis; pero aún no habéis dicho lo que aquí hacéis;
seguramente que no es nada bueno.
CREMILO.
Nada
bueno para ti; tenlo presente.
EL
DELATOR.
Vais a
comer a mis expensas, por Júpiter.
CREMILO.
¡Impostor!
¡Ojalá revientes tú y tu testigo sin haberos desayunado!
EL
DELATOR.
¿Podéis
negarlo, bribones? Hasta aquí llega el olor de los peces y de los asados; ¡hu!
¡hu! ¡hu! ¡hu! ¡hu! ¡hu! (Olfatea.)
CREMILO.
¿Hueles
algo, canalla?
EL HOMBRE
HONRADO.
Es el
frío sin duda. ¡Cómo lleva tan raído el manto!
EL
DELATOR.
¡Vive
Dios! ¡Esto no puede tolerarse! ¡Burlarse de mí esa gentuza! ¡Qué indignidad!
¡Verse tratado así un hombre honrado, un buen ciudadano!
CREMILO.
¿Tú,
hombre honrado y buen ciudadano?
EL
DELATOR.
Como
ninguno.
CREMILO.
¡Pues
bien!, responde a mis preguntas.
EL
DELATOR.
¿Cuáles?
CREMILO.
¿Eres
labrador?
EL
DELATOR.
¿Por
tan loco me tienes?
CREMILO.
¿Comerciante?
EL
DELATOR.
Paso
por tal, cuando me hace falta.
CREMILO.
Por
último, ¿has aprendido algún oficio?
EL
DELATOR.
No, por
cierto.
CREMILO.
¿Pues
de qué vivías si no hacías nada?
EL
DELATOR.
Velo
sobre todos los asuntos públicos y privados.
CREMILO.
¿Tú? ¿Y
por qué?
EL
DELATOR.
Porque
quiero.
CREMILO.
¿Cómo
has de ser un hombre honrado, grandísimo ladrón, haciéndote odioso a todo el
mundo por meterte en lo que no se te importa?
EL
DELATOR.
¿No ha
de importarme, imbécil, el servir a mi patria con todas mis fuerzas?
CREMILO.
¿Pues
qué, el meterse en camisa ajena es servir a la patria?
EL
DELATOR.
Sí, y
el mantener las leyes establecidas y el no permitir que nadie las quebrante.
CREMILO.
¿No
tiene para eso la república sus tribunales?
EL
DELATOR.
¿Y
quién acusa?
CREMILO.
EL
DELATOR.
Pues
bien, ese soy yo; por eso todos los negocios del Estado son de mi competencia.
CREMILO.
¡Buen
magistrado, vive Dios! ¿Pero no preferirías vivir tranquilamente sin hacer
nada?
EL
DELATOR.
No
ocuparse de nada es vivir como un borrego.
CREMILO.
¿No
quieres mejorar de vida?
EL
DELATOR.
No, aun
cuando me des a Pluto en persona y el silfio de Bato.
CREMILO.
Quítate
el vestido.
CARIÓN.
¡Eh!, a
ti te dice.
CREMILO.
En
seguida, descálzate.
CARIÓN.
Todo
eso va contigo.
EL
DELATOR.
Acérquese
quien se atreva.
CARIÓN.
Yo me
acerco.
EL
DELATOR.
¡Oh, me
desnudan en pleno día!
CARIÓN.
Consecuencias
de meterse en negocios ajenos y comer a costa del prójimo.
EL
DELATOR. (A un testigo.)
¿No ves
lo que me hacen? Sé testigo.
CARIÓN.
Tu
testigo ha puesto pies en polvorosa.
EL
DELATOR.
¡Ay!
¡Estoy solo, y cogido!
CARIÓN.
¿Ahora
gritas?
EL
DELATOR.
¡Ay de
mí!, repito.
CARIÓN.
Alárgame
ese manto destrozado y se lo pondré a este delator.
EL HOMBRE
HONRADO.
No, no,
está hace tiempo consagrado a Pluto.
CARIÓN.
¿Dónde
podrá estar mejor que sobre los hombros de este infame bandido? A Pluto es
necesario dedicarle vestidos mejores.
EL HOMBRE
HONRADO.
Y con
los zapatos, ¿qué hacemos?
CARIÓN.
Voy a
clavárselos en la frente, como si fuese un acebuche sagrado.
EL
DELATOR.
Me
marcho, porque conozco que podéis más que yo; pero como encuentre un auxiliar,
siquiera sea débil como una tabla de higuera, me he de vengar de ese dios tan
poderoso que, por su sola autoridad, sin consultar previamente ni al Senado ni
al pueblo, echa por tierra la democracia.
EL HOMBRE
HONRADO.
Ahora
que vas cubierto con mi armadura,
corre a los baños, y para calentarte, apodérate del primer puesto, que yo
durante tanto tiempo he ocupado.
CREMILO.
Pero el
bañero, agarrándole por donde más le duela, le pondrá bonitamente en la calle;
pues a la primera ojeada comprenderá que es un bribón. Entremos nosotros, para
que adores al dios.
· · · · ·
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
(Falta.)
UNA VIEJA.
Buenos
ancianos, ¿he llegado a la casa donde habita el nuevo dios, o he equivocado el
camino?
CORO.
Estás a
su puerta, hermosa niña, tu pregunta es
oportunísima.
LA VIEJA.
Voy a
llamar a alguno de la casa.
CREMILO.
No es
necesario: aquí me tienes; ¿qué es lo que te trae? Habla.
LA VIEJA.
Soy
víctima, amigo mío, de la acción más inicua o infame desde que ese dios ha
recobrado la vista; mi existencia es insoportable.
CREMILO.
¿Cómo?
¿Serás acaso un delator-hembra?
LA VIEJA.
No, por
cierto.
CREMILO.
¿Te
habrá correspondido mala letra en el sorteo para beber?
LA VIEJA.
Tú te
ríes, y yo, ¡infeliz!, muero devorada por una pasión.
CREMILO.
Vamos,
acaba de decir cuál es la pasión que te devora
LA VIEJA.
Escucha:
yo amaba a un joven pobre; ¡pero tan hermoso, tan bien formado, tan bueno! Todo
cuanto le pedía me lo daba con la mayor solicitud y cariño; yo a mi vez no le
negaba nada.
CREMILO.
¿Y qué
solía pedirte?
LA VIEJA.
Poca
cosa; era conmigo lo más vergonzoso... Unas veces veinte dracmas para comprarse
un traje; otras, ocho para unos zapatos; ya me decía que regalase túnicas a sus
hermanas y un vestidillo a su madre; ya necesitaba cuatro medimnas de trigo.
CREMILO.
No es
mucho a la verdad; su discreción es admirable.
LA VIEJA.
Y aun
eso, según solía decirme, no me lo pedía por vil interés, sino por pura
amistad. Por ejemplo, un vestido regalado por mí era un constante recuerdo.
CREMILO.
Ese
hombre te quería extraordinariamente.
LA VIEJA.
Pero ahora
no es así. ¡Cómo se ha cambiado el pérfido! Hoy le había enviado este pastel
con otras golosinas que ves en este plato, indicándole que a la noche iría...
CREMILO.
¿Y qué
ha hecho?
LA VIEJA.
Me ha
devuelto mis regalos, y además este otro pastel, con la condición de que no
pusiese los pies en su casa, añadiendo este insulto:
«Eran en
otro tiempo los milesios
CREMILO.
Pues no
es tan malo el muchacho: ahora que es rico no le gustan las lentejas; antes la necesidad le obligaba comer
de todo.
LA VIEJA.
Por las
dos diosas te lo juro, antes estaba continuamente a la puerta de mi casa.
CREMILO.
¿Para
llevarte a enterrar?
LA VIEJA.
No,
sino por el gusto de escuchar mi voz.
CREMILO.
Ya
sería por ver si le dabas algo.
LA VIEJA.
Cuando
estaba triste me llamaba con ternura: «patito mío, palomita mía».
CREMILO.
Y
después te pediría dinero para unos zapatos.
LA VIEJA.
Habiendo
ido en carro a la celebración de los
grandes misterios, porque me miró por casualidad no sé quién, lo tomó tan a
pecho que me estuvo pegando todo el día. ¡Tan celoso era el pobre!
CREMILO.
Sin
duda deseaba comer solo.
LA VIEJA.
Solía
decirme que mis manos eran hermosísimas.
CREMILO.
Cuando
le alargaban veinte dracmas.
LA VIEJA.
Que mi
cutis exhalaba un olor suavísimo...
CREMILO.
Cuando
le servías vino de Tasos.
LA VIEJA.
Ponderaba
la ternura y brillantez de mis ojos.
CREMILO.
No era
lerdo el mozo. ¡Qué bien sabía explotar a una impúdica vieja!
LA VIEJA.
Creo,
por tanto, querido mío, que Pluto obra muy mal al conducirse así, después de
haber prometido su constante ayuda a las víctimas de cualquiera injusticia.
CREMILO.
¿Qué
quieres que haga? Dilo, cumplirá tu deseo.
LA VIEJA.
Es muy
justo, por Júpiter, obligar al que de mí ha recibido tantos favores, a
hacérmelos a su vez: de otro modo, no es digno de disfrutar del bien más
pequeño.
CREMILO.
¿No te
manifestaba su reconocimiento todas las noches?
LA VIEJA.
Pero me
prometía no abandonarme jamás mientras viviera.
CREMILO.
Muy
bien; pero creerá que ya no existes.
LA VIEJA.
¡Ay,
amigo de mi alma, estoy consumida por el pesar!
CREMILO.
Más
aún; me parece que has entrado ya en putrefacción.
LA VIEJA.
CREMILO.
Con tal
que ese anillo fuese el aro de una criba.
LA VIEJA.
¿Qué
veo? ahí viene el joven de quien me estaba quejando: tiene traza de dirigirse a
una orgía.
CREMILO.
Está
claro: lleva, en efecto, una corona y una tea.
EL JOVEN.
¡Salud!
LA VIEJA.
¿Qué
dice?
EL JOVEN.
Mi
anciana amiga, ¡qué pronto has encanecido! ¡Es asombroso!
LA VIEJA.
¡Triste
de mí! ¡Cuántos insultos!
CREMILO.
Sin
duda hace mucho tiempo que no te ha visto.
LA VIEJA.
¡Mucho
tiempo! Ayer estuvo conmigo.
CREMILO.
Le pasa
lo contrario que a otros muchos: el vino, según parece, le aclara la vista.
LA VIEJA.
No;
siempre es un desvergonzado.
EL JOVEN.
¡Oh
Neptuno, rey del mar! ¡Oh vetustas divinidades, cuántas arrugas tiene en la
cara!
LA VIEJA.
¡Eh!
¡Eh! Aparta la antorcha.
CREMILO.
Tiene
razón; si le salta una sola chispa, arderá como un tronco de olivo seco.
EL JOVEN.
¿Quieres
jugar un momento conmigo?
LA VIEJA.
¿En
dónde, pérfido?
EL JOVEN.
Aquí,
con nueces.
LA VIEJA.
¿A qué
juego?
EL JOVEN.
A
adivinar cuántos dientes conservas.
CREMILO.
Yo
adivinaré también; le quedan tres o cuatro.
EL JOVEN.
Has
perdido; no tiene más que una muela.
LA VIEJA.
¡Hombre
infame! ¿Has perdido el juicio para sacarme los trapos a la colada delante de tanta gente?
EL JOVEN.
No te
vendría mal una buena jabonadura.
CREMILO.
Te
equivocas; ahora está perfectamente pintada, y si la lavases se le quitaría el
albayalde y se pondrían de manifiesto todas sus arrugas.
LA VIEJA.
Para
ser tan viejo, me pareces muy poco formal.
EL JOVEN.
¡Ah! Te
hace carantoñas y te abraza la cintura creyendo que nadie le ve.
LA VIEJA.
¡No,
por Venus! ¡No, infame!
CREMILO.
Hécate
me preserve de tal locura. Pero, mi joven amigo, yo no puedo consentir que
aborrezcas a esta muchacha.
EL JOVEN.
Si la
idolatro.
CREMILO.
Sin
embargo, te acusa...
EL JOVEN.
¿De
qué?
CREMILO.
De que
eres un insolente, que le has dicho:
«Eran en
otro tiempo los milesios
Varones
esforzados...»
EL JOVEN.
Vamos,
no quiero disputártela.
CREMILO.
¿Por
qué?
EL JOVEN.
Por
respeto a tu edad: a otro nunca se lo hubiera consentido. Vete en paz con la
muchacha.
CREMILO.
Entiendo,
entiendo: no quieres vivir ya con ella.
LA VIEJA.
¿Y
quién lo consentirá?
EL JOVEN.
Yo no
puedo tener relaciones con una vieja que cuenta trece mil años de amoríos.
CREMILO.
Sin
embargo, pues no te desdeñaste de beber el vino, justo es que apures la hez.
EL JOVEN.
Pero
esta es sumamente rancia y corrompida.
CREMILO.
Pásala
por la manga y se purificará.
EL JOVEN.
Pero
entra: yo te sigo para ofrecer al dios estas coronas.
LA VIEJA.
Yo
también, porque tengo que decirle una cosa.
EL JOVEN.
Entonces,
no entro.
CREMILO.
Tranquilízate:
no te violará.
EL JOVEN.
Tienes
razón: harto tiempo la he manejado a mi antojo.
LA VIEJA.
Entra;
yo te sigo.
CREMILO.
¡Oh
Júpiter! La viejecilla se pega al mozo con la insistencia de una lapa.
(Entran todos.)
CORO.
· · · · ·
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
(Falta.)
CARIÓN.
¿Quién
va? ¿Quién llama? ¿Qué es esto? No distingo a nadie; sin duda la puerta ha
rechinado sin que ninguno la toque.
MERCURIO.
¡Hola!
Carión: aguarda.
CARIÓN.
¿Eras
tú el que tan estrepitosamente golpeaba la puerta?
MERCURIO.
No,
pero me disponía a llamar cuando has abierto. Ea, corre y advierte a tu amo que
sin perder un instante se me presente con su mujer, sus hijos, sus criados, su
perro, tú y su marrano.
CARIÓN.
¿Pues
qué ocurre?
MERCURIO.
Júpiter,
gran bribón, quiere aderezaros a todos en la misma cazuela y arrojaros al
Báratro.
CARIÓN.
¡Cuidado
con la lengua, pregonero de desgracias! Mas, ¿por qué piensa tratarnos de ese
modo?
MERCURIO.
Porque
habéis cometido el crimen más horrendo. Desde que Pluto ha recobrado la vista
nadie nos ofrece a los dioses ni incienso, ni laureles, ni tortas, ni víctimas,
ni nada, en fin.
CARIÓN.
Ni se
os ofrecerán nunca: nos gobernabais muy mal.
MERCURIO.
De los
otros dioses poco se me importa; pero yo me siento desfallecer y morir.
CARIÓN.
¡Qué
discreción!
MERCURIO.
Antes,
de par de mañana, me ofrecían ya en los figones toda clase de deliciosos
manjares, sopa en vino, miel, higos secos y, en fin, cuanto es digno de mi
paladar; pero ahora, muerto de inanición, me estoy echado todo el día, con los
pies en el aire.
CARIÓN.
Y se te
está muy bien empleado: ¿por qué dejabas multar a los que te trataban tan a
cuerpo de rey?
MERCURIO.
¡Ay
triste de mí! ¡Ay torta querida que me amasaban el cuatro de cada mes!
CARIÓN.
«Tu
amor está ausente; inútilmente le llamas.»
MERCURIO.
¡Ay
sabrosa pierna que yo devoraba!
CARIÓN.
Pues
bien; salta sobre un pie en ese odre para distraerte.
MERCURIO.
¡Ay
intestinos calientes que yo comía!
CARIÓN.
Sin
duda los tuyos están atormentados por un cólico.
MERCURIO.
¡Ay
deliciosa copa, mitad vino y mitad agua!
CARIÓN.
Bébete
eso, y lárgate volando.
MERCURIO.
¿Querrás
hacerme un favor, amigo mío?
CARIÓN.
Si
puedo, con mucho gusto.
MERCURIO.
¿No
podrías darme un pan bien cocido, y una gran tajada, de las víctimas que estáis
sacrificando en casa?
CARIÓN.
Pero es
un sacrilegio el sacarlas.
MERCURIO.
Ya
sabes que cuando le robabas alguna cosa a tu dueño, yo siempre procuraba que no
lo supiese.
CARIÓN.
Con la
condición de partir los provechos, ladrón redomado; porque casi siempre
recibías una exquisita torta.
MERCURIO.
Que te
la comías tú solo.
CARIÓN.
¿Acaso
participabas tú de mis golpes, cuando yo era sorprendido?
MERCURIO.
Olvida
los pasados males, ya que has tomado a File. En nombre de los dioses, recibidme en
vuestra casa.
CARIÓN.
¿Y
abandonarás a los dioses por habitar con nosotros?
MERCURIO.
Vuestra
vida es mucho mejor.
CARIÓN.
¿Cómo?
¿Crees honrosa semejante deserción?
MERCURIO.
«Patria
es todo país donde se vive bien.»
CARIÓN.
¿Pero
qué ocupación podemos darte aquí?
MERCURIO.
CARIÓN.
¿Portero?
Maldita falta nos hace la chismografía porteril.
MERCURIO.
Comerciante.
CARIÓN.
Si
somos ricos, ¿para qué hemos de mantener un Mercurio revendedor?
MERCURIO.
CARIÓN.
¿Intrigas?
quita allá. Sencillez de costumbres es lo que hace falta.
MERCURIO.
Guía.
CARIÓN.
El dios
ve perfectamente, y ya no necesita guía.
MERCURIO.
Pues
bien, seré presidente de los juegos. ¿Qué dirás ahora? Pluto debe instituir
certámenes escénicos y gímnicos.
CARIÓN.
¡Qué
bueno es tener muchos nombres! Así ha encontrado el medio de ganarse la vida.
No sin razón todos los jueces se afanan por ser inscritos en varios tribunales.
MERCURIO.
¿De
modo que me admitiréis para ese empleo?
CARIÓN.
Vete al
pozo a lavar estas entrañas de las víctimas, para que sobre la marcha nos
demuestres que entiendes de servir.
UN
SACERDOTE DE JÚPITER.
¿Quién
podrá decirme dónde está Cremilo?
CREMILO.
¿Qué
ocurre, buen amigo?
EL
SACERDOTE.
Nada de
bueno. Desde que Pluto ha recobrado la vista, me muero de hambre; yo, todo un
sacerdote de Júpiter salvador, no tengo que comer.
CREMILO.
Por los
dioses, ¿cuál es la causa de tu laceria?
EL
SACERDOTE.
Nadie
ofrece el menor sacrificio.
CREMILO.
¿Por
qué?
EL
SACERDOTE.
Por que
todos son ricos. Antes, cuando nada tenían, el mercader que regresaba sano a su
casa, y el reo que conseguía la absolución, nunca dejaban de ofrecer alguna
víctima. Cuando alguno ofrecía un sacrificio favorable, era de rigor que el
sacerdote asistiese al festín; pero ahora nadie sacrifica, nadie entra en el
templo, como no sea millares de personas para atestarlo con sus excrementos.
CREMILO.
¿No
tomas también tu parte de esas ofrendas?
EL
SACERDOTE.
De modo
que espontáneamente me he despedido de Júpiter salvador, para establecerme
aquí.
CREMILO.
Tranquilízate;
pues, dios mediante, todo saldrá a pedir de boca. Júpiter salvador está aquí;
ha venido también espontáneamente.
EL
SACERDOTE.
¡Oh,
qué buena noticia!
CREMILO.
Aguarda
un poco; vamos a colocar a Pluto en el lugar que antes ocupaba, como guardián
perpetuo del tesoro de Minerva. ¡Eh,
vengan las antorchas encendidas! Tú las llevarás delante del dios.
EL
SACERDOTE.
Está
muy bien dispuesto.
CREMILO.
Llamad
a Pluto.
LA VIEJA.
Y yo,
¿qué hago?
CREMILO.
Ponte
sobre la cabeza esas ollas
consagradas al dios, y llévalas con majestad y decoro; precisamente tienes un
vestido de diversos colores.
LA VIEJA.
¿Y el
asunto que me ha traído?
CREMILO.
Todo se
arreglará. El joven irá a tu casa esta noche.
LA VIEJA.
Si me
respondes de que vendrá, llevaré las ollas.
CREMILO.
Sucede
en estas ollas lo contrario que en las demás. Ordinariamente la tez arrugada se forma encima; pero en estas la tez
arrugada va debajo.
CORO.
Tampoco
nosotros debemos permanecer aquí; preciso es que nos retiremos y marchemos
cantando tras la procesión.
FIN DE
PLUTO.
FIN

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