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Libro N° 15273. El Bachiller. Nervo, Amado.


© Libro N° 15273. El Bachiller. Nervo, Amado. Emancipación. Junio 20 de 2026

 

Título Original: © El Bachiller. Amado Nervo

 

Versión Original: © El Bachiller. Amado Nervo

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

El Bachiller

Amado Nervo


 El bachiller Amado Nervo Publicado: 1920 Fuente: Obras completas de Amado Nervo, Volumen XIII Edición original: Biblioteca Nueva, Madrid, 1920




Ilustrador: De Marco


Obras completas de Amado Nervo, Volumen XIII Biblioteca Nueva, Madrid, 1920




I





Era huraño y, a la edad en que todos los niños buscan la zambra, procuraba el aislamiento.

A los trece años, habíase enamorado ya de tres mujeres, cuando menos, mayores todas que él; de ésta, porque la vio llorar; de aquélla, porque era triste; de la otra, porque cantaba una canción que extraordinariamente le conmovía.

Parecía su organismo fina cuerda tendida en el espacio, que vibra al menor golpe de aire.

De suerte que sus dolores eran intensos e intensos sus placeres; mas unos y otros silenciosos.

Murió su madre, y desde entonces su taciturnidad se volvió mayor.

Para sus amigos y para todos era un enigma, y causaba esa curiosidad que sienten la mujer ante un sobre sellado, y el investigador ante una necrópolis egipcia, no violada aún.

¿Qué había allí dentro? ¿Acaso un poema o una momia?

¡Ah…se iría a la tumba con su secreto!

La herencia materna, bien menguada, apenas bastó al joven para trasladarse a una ciudad lejana, donde un tío suyo, solterón, vivía y le llamaba, ofreciéndole encargarse de su educación.

Tenía entonces catorce años.

Era aquella ciudad, llamada Pradela, una de las pocas de su género que existen aún en México. De fisonomía medioeval, de costumbres patriarcales y, sobre todo, de ferviente religiosidad.

Influían en esto, sin duda, el clima, el apartamiento de todos los centros, a que contribuían los pésimos caminos carreteros, el temperamento linfático de los habitantes y otros factores igualmente poderosos. Ello es que, salvo los religiosos ejercicios, nada había en Pradela que sacar pudiese de quicio a los moradores, de muchachos, de cuyos hombros pendía la grasienta capa de casimir gris: único distintivo que acusaba su cualidad de estudiantes de facultad menor.

La puerta del Clerical, departamento del colegio destinado a los teólogos, daba asimismo paso, los jueves y los domingos, a grupos enlutados de jóvenes

originarios de todos los pueblos del distrito, o bien miembros de las familias conocidas de la ciudad, que iban de paseo.

El observador más ligero habría notado en aquellas caras las procedencias más diversas: el indio puro, con su cabello lacio, su aguileña nariz, sus ojos negros de reflejos azulados, su parsimonioso y grave movimiento; el rubio pecoso y el rubio limpio; el moreno claro y todos los tipos que forman en México la híbrida población.

Este venía de la sierra, aquél de la tierra caliente, éste de la región templada, aquél de la malsana costa, que el vasto distrito abrazaba zonas bien diversas; y, cada

año, diez o doce de aquellos jóvenes, recibidas las órdenes sagradas, tornaban definitivamente a sus pueblos, ya de vicarios, ya de curas, permaneciendo uno que

otro, los menos rudos, en la ciudad, con la perspectiva de una canonjía provechosa.

Cuando el reloj de la catedral sonaba las nueve y tres cuartos de la noche, dejábase

oir el lento y sonoro toque de queda, cuyas tristes inflexiones llevaban a todos los hogares una sensación indefinible de melancolía y de temor. Prolongábase este toque hasta las diez; y, tras breve intervalo de silencio, oíase de nuevo durante algunos minutos, recibiendo el toque segundo la denominación de queda grande.

Al escuchar el toque, el viejo médico dejaba su tertulia; la visita de confianza se despedía, y las calles, de suyo silenciosas durante el día, dejaban ver, a la luz de

ictérico farolillo de aceite, a tal o cual transeúnte que presuroso se dirigía a su casa, oyéndose por largo tiempo el eco medroso de sus pasos.

Las jóvenes de la ciudad,—porque las había a pesar de todo—, pálidas por lo general y de fisonomía pensativa, salían a la calle arrebujadas siempre con negro donde trocaba el legendario traje charro por la sotana clerical.

¿Amores? También florecían en aquella atmósfera pesada; mas, como la Reina de la noche, abrían su cáliz en el misterio, sin dejar por esto, semejantes a ella, de ser puros y sencillos. Vivían en silencio por breve tiempo y morían por fin bajo el yugo matrimonial, dirigidos, desde su alfa hasta su omega, por el prudente director espiritual de la doncella.







II

Tal era el medio en que debían desarrollarse las delicadas facultades de Felipe, quien, ávido de estudio, comenzó por dedicarse al del latín, que comprendía mínimos, medianos y mayores, y al cual debían seguir las matemáticas, la física y por último la lógica, coronamiento de la facultad menor y vestíbulo de las tres teologías: dogmática, moral y mística, y del derecho canónico, extenso y árido.

Su vida transcurrió desde entonces sin más agitaciones que las que su viciado carácter le proporcionaba; su fantasía, aguijoneada por el vigor naciente de la pubertad, iba perpetuamente, como hipógrifo sin freno, tras irrealizables y diversos fines. Atormentábale un deseo extraño de misterio, y mujer que a sus ojos mostrase la más leve apariencia de un enigma, convertíase en fantasma de sus días y sus noches.

Si pasaba frente a un caserón más silencioso que los otros y advertía en los balcones tiestos que revelaban cultivo o canarios que hablaban de mimos delicados, deteníase, e incrustándose en el marco de un zaguán, aguardaba las manos blancas, los ojos negros y el talle leve que necesariamente debían albergar

aquellos muros. A veces, y era lo más común, en el rectángulo de luz que limitaban las maderas al abrirse, destacábanse, ya la quintañona de cofia, espejuelos y camándula pendiente del cordón del Tercer orden; ya el fornido amo, que salía en busca de aire y que con las manos en los bolsillos del ajustado pantalón miraba el cielo, donde una noche de verano encendía todos sus luceros; pero a veces de viejo los ímpetus de aquel espíritu enfermo de anhelos imposibles.

Hubo de llegar el día de la elección de carrera. Terminaban las vacaciones del año de lógica y Felipe se hallaba a la sazón en el campo, en una propiedad de su tío, en compañía de Asunción, la hija del administrador, rapaza montaraz que le era adicta como un perro. Allí entreteníase en matar huilotas y ánsares, y en hacer estrofas a las tardes tristes y a las mañanas seductoras, cuando fué interrogado por don Jerónimo (este era el nombre del tío) aceica de tan importante asunto.

Quedóse el joven silencioso durante algunos instantes, y por fin dijo:

—Lopensaré.

La misma respuesta dio ocho días después.

Enero se acercaba, y pronto, caballeros en flacos rocines, empezarían a llegar a las puertas del colegio los gramáticos, los filósofos y los teólogos, ahitos de aire y de sol, de excursiones por las quebradas y de apetitosos almuerzos en el bohío, al pie del comal dorado, donde formaban ámpula las tortillas, esparciendo un olorcillo grato.

El tío repitió por tercera vez la pregunta. Había que comprar los textos y que sacar la matrícula. ¿En qué pensaba el buen Felipe?

El buen Felipe pensaba en algo raro sin duda, pues de algunos días a la fecha andaba más cabizbajo y paliducho que de costumbre, padeciendo frecuentes distracciones, de las cuales le despertaba el tío con vigorosos sacudimientos y esta exclamación:

—¡Pero canijo! ¿dónde te hallas?

A la tercera pregunta, el estudiante respondió, empero, con voz apagada:

—Estudiaré teología.

No sorprendió al viejo la respuesta, que aun cuando el chico no era muy dado a ejercicios piadosos, no se distinguía tampoco por su disipación; y además, nadie pasajera egida para que no se enfriasen sus buenos propósitos.

La transformación que tal resolución suponía había ido operándose en el alma del joven de una manera lenta, pero segura. Ya en el curso de su vida, la fibra mística, esa fibra latente en todo el organismo moderno, habíase estremecido en el seno del silencio; pero aquella última estancia en el campo, aquella continua comunión con la soledad, aquella triste solemnidad de las tardes otoñales habían concluido la obra, en consorcio con tales y cuales lecturas de santos, a las que, en medio de sus tedios frecuentes, acudiera.

Una idea capital flotaba sobre el báratro de contradictorios pensamientos que agitaban su cerebro. Tal idea podía formularse así: «Yo tengo un deseo inmenso de ser amado, amado de una manera exclusiva, absoluta, sin solución de continuidad, sin sombra de engaño, y necesito asimismo amar; pero de tal suerte, que jamás la fatiga me debilite, que jamás el hastío me hiele, que jamás el desencanto opaque las bellezas del objeto amado. Es preciso que éste sea perennemente joven y perennemente bello, y que cuanto más me abisme en la consideración de sus perfecciones, más me parezca que se ensanchan y se ensanchan hasta el infinito.»

Claro es que, con tal excelso ideal, todo lo creado estaba de más, y el convento se dibujó en la imaginación de Felipe como playa lejana donde las olas mundanales

iban a romper, murmurando no sé qué frases de despecho e impotencia.

Raneé sabía bien de esto; las cartujas ruinosas donde se oye el silencio son testigos aún de la incurable enfermedad que se llama: sed de misterio y de Dios.









III

Transcurrieron algunos días en que las tareas escolares, no metodizadas aún, efectuábanse de cualquier manera. Las aulas se henchían lentamente, y en los destinado a cumplimentar la máxima bíblica: Piensa en tus novísimos y no pecarás.

Los externos se habían acomodado ya en las salas destinadas a las cátedras, llevando a ellas cuantos utensilios les era dable, teniendo en cuenta el exiguo espacio de que disponían, y eran éstos calentaderas de campaña, vasos, cubiertos, peines, cepillos de dientes y algo más que hiciese cómoda su estancia en el colegio durante nueve días.

Los cuales se consagraban, respectivamente, a las meditaciones siguientes:

Principio y fin del hombre, El pecado venial, El pecado mortal, El hijo pródigo, La muerte. El juicio, El infierno y La gloria. Y pecador que maguer tamañas meditaciones saliese al mundo sin desempecatarse y propuesto con harta compunción de su ánima a llevar una santa vida, de seguro estaba dejado de la mano de Dios; que aquellos piadosos ejercicio, inspirados según la tradición por la Virgen misma al iluminado de Manresa, urgen al corazón en modo tal a santificarse, que no se puede resistir a la gracia.

Apenas abiertos los tales, reinó en el grande y obscuro Seminario un silencio que ni el tan decantado de las necrópolis igualársele pudiera. Hacíase todo a son de campana, y era la metálica voz de ésta la sola que se cernía en los ámbitos de los

amplios claustros, y parecía decir a todos, altisonante y querellosa, las palabras del sabio: Vanidad de vanidades y todo vanidad, fuera de amar a Dios y servirle a Él solo.

Desde el primer día, Felipe dióse a la piedad con empeño tal, que edificaba y acusaba una completa conversión. Él era el primero en entrar a las distribuciones y el último en abandonar la capilla; y el pedazo de muro que a su sitial correspondía en ella hubiera podido dar testimonio de su sed de penitencia, mostrando la sangre que lo salpicaba y que se renovaba a diario, cuando durante la distribución de la noche, apagadas las luces, los acólitos entonaban el Miserere.

No hay manera de describir el horror sublime de tal hora. El predicador, tras un discurso que procuraba hacer elocuente, terminadas apenas las frases de No era él de esos pusilánimes que hacen las cosas a medias. Convencido ya de que a Cristo sólo se va por la inocencia o la penitencia, escogía el segundo camino, que en su concepto era el solo que le restaba, y atormentando al jumentillo (palabra con que un asceta designaba su cuerpo), purgaba así ios desvarios de su cerebro pletórico de sueños.

Pasado el Miserere y salidos todos los ejercitantes de la capilla, permanecía en ella largo rato, sin atender a la campana que le llamaba a la cena; y concluido el examen de conciencia, última etapa del día, aún se quedaba ahí, frente al altar que mal aclaraba la temblorosa luz de una lámpara de aceite, perpetuamente encendida ante el divino Sacramento.

No quedaba sin recompensa por cierto devoción tan sincera: Felipe gustaba al pie del altar esa miel que los neófitos encuentran siempre en el primer período de su conversión, miel tan deliciosa que, paladeada una vez, quita el gusto por las otras dulzuras de la vida. El alma, con absoluto abandono de sí misma, reposa en los brazos de Dios, con la tranquila confianza del niño que duerme en el maternal regazo, y Dios le manda suavísimos consuelos. Vienen después ¡ay! horas y aun días y a veces años de aridez espiritual que atormenta a los que escalan ya las altas cimas de la perfección; horas, días y años en que el gusto por la oración

desaparece; en que Dios se esconde, y el alma, como la Esposa de los Cantares, pregunta en vano por Él; y los escrúpulos y las inquietudes y los recelos, cual siniestro enjambre de moscardones, zumban en rededor de la mente abatida y desolada. Mas Felipe empezaba apenas a cruzar las floridas laderas del fervor, y pareciéndole que su unión con Dios era íntima y absoluta, anhelaba sólo que una sotana, negra como el desencanto de lo creado, y un claustro, fuerte como la fe, le velasen para siempre las pálidas perspectivas de un mundo odiado y miserable.







IV

Muy breves transcurrieron para él los nueve días, y hecha al cabo de ellos cruentos suplicios a la pérdida de virtud tan amada, y que la misma María había rehusado la maternidad divina si debía ser con mengua de su pureza.

Era ésta un inmenso salón situado en la planta alta del edificio, con anchas ventanas que miraban al campo, con pesadas estanterías de roble y desgarbados atriles colocados aquí y allí.

El pergamino mostraba a cada paso su tez amarillenta, bajo la cual hallábanse, en el latín de la decadencia y la Edad Media, las extensas lucubraciones de los Santos Padres: el elocuente Crisóstomo, el profundo Agustino, el tierno Bernardo, el delicado Ambrosio, y los teólogos más modernos, descollando, en parte principal, la Summa del Sol de Aquino. También había clásicos latinos y españoles del siglo de oro.

¡Ohl ¡cuántas veces, cómodamente instalado cerca de alguna de las grandes ventanas, con el infolio abierto sobre los muslos, y sobre el infolio los codos y el rostro entre las manos, el bachiller seguía con vaga mirada el caprichoso giro de las nubes doradas, el vuelo irregular de las palomas que habían hecho nido en el vecino campanario, el zig-zag de alguna golondrina, precursora de la bandada que venía en pos de la tibia primavera, o el tenue fulgurar del rayo de sol que, atravesando la vidriera, jugaba con el polvo secular de la biblioteca y acariciaba con beso anémico los dorsos enormes y quietos de los libros, momias de antiguas creencias y de muertos ideales!

Sentía entonces su espíritu, como en los días lejanos ya de la infancia, el deseo de fundirse en el lampo reverberante, en el acre perfume de los cedros que bordaban la alameda cercana, en el aura vagarosa que agitaba débilmente los floridos ramajes del rosal del patio contiguo; sentía el anhelo, vago pero inmenso, de volar en medio de la radiosa serenidad de la tarde y escalar alturas desconocidas, y llegar por fin allá donde las últimas capas atmosféricas dejan ver sin velos de nubes la excelsitud de los espacios y la potente fulguración de los astros.

Cada día se rompía en su sentir uno de los ligeros lazos que, como tenues hilos de la Virgen, ataban su espíritu a la tierra; cada día suspiraba más por el aislamiento absoluto de lo creado, y el ansia de perfección ahondaba en su alma de una manera prodigiosa.

Y lo que al principio fué anhelo en el joven, convirtióse pronto en una obsesión. Esquivaba aun la mirada de una mujer, y cada vez que algún ímpetu natural conmovía su organismo, acudía a las mortificaciones más terribles: ya hundiendo en su cintura las aceradas púas del cilicio, ya fustigando sus carnes con gruesas disciplinas, ya llevando la frugalidad hasta el exceso.

En general, no había género de mortificación que no conociese. Si su curiosidad llevábale a ver tal o cual cosa sencilla, apenas advertía este movimiento, tornaba los ojos a otra parte. Si su apetito hallaba sabroso alguno de los humildes manjares del colegio, dejaba al punto el platillo; si le venía el deseo de conversar, callaba como un muerto; si el sueño pesaba sobre sus párpados en las horas calurosas de la siesta, bañábase el rostro con agua fría y proseguía con más ánimo el estudio, la oración o la lectura piadosa.

Tal mortificación perpetua hacía que su ánima se recogiera más y más en símisma, y que su sensibilidad se volviese más y más delicada y asustadiza.

¡Qué inmensos sobresaltos le producía la voz de una mujer! ¡Qué temores la menor forma que destacase en el vivo lienzo de su imaginación con las líneas harmoniosas de una Eva!

Rehusaba ir a paseo con los demás, y cuando se veía obligado a salir a la calle, bajaba temeroso los ojos y, semejante a ciervo joven, al menor roce de faldas, temblaba y se estremecía.

En compensación de tan continuadas inquietudes, hallaba cada día más sabrosas sus pláticas con Dios, y a veces, presa de emociones desconocidas, sentíase vecino del éxtasis.







V





A veces la versátil fantasía volaba hacia otra parte, mas con poderosos y continuados esfuerzos él la volvía al camino deseado.

Largo rato llevaba ya en la misma postura y entregado a la contemplación, cuando un fluido frío empezó a recorrer sus miembros, haciéndolos estremecer, y un sudor abundoso cubrió su frente.

Apoderóse de su espíritu un terror espantoso, ese terror pánico que paraliza el movimiento y casi casi los latidos del corazón.

Quiso gritar y no pudo, quiso levantarse y permaneció clavado al granito de la grada.

No se atrevió a abrir los ojos, temeroso de morir, como el pueblo hebreo ante los

relámpagos del Sinaí; y sin fuerzas para nada, aguardó el prodigio…

Entonces ocurrió una cosa excepcional.

Ante él se levantó, perfectamente determinada, perfectamente distinta, una figura; pero no la del Maestro; no era la radiante epifanía del Cristo con su amplia túnica púrpura, su corona de espinas, su rostro nobilísimo ensangrentado y sus manos heridas por los clavos; era una mujer, una mujer muy hermosa, rubia, de aventajada estatura, de rostro virginal y delicadas y encantadoras formas de nubil, que tendían sus curvas castas bajo el peplo vaporoso y diáfano.

Y…,¡extraña coincidencia!, aquella cara él la había visto en alguna parte…¿Dónde? La memoria se lo dijo al punto: en el campo, en la hacienda de su tío. Su compañera de infancia, la hija del administrador: Asunción.

¿Por qué surgía frente a él? Debía, es claro, cerrar los ojos ante la aparición, maligna sin duda, pero ¿cómo, si eran los del alma los que la veían?

Y su terror, desvaneciéndose lentamente, daba lugar a una sensación tibia y suave que llevaba el calor a los miembros rígidos y aceleraba los latidos del corazón.

La hermosa figura extendió las manos, las apoyó en la cabeza del bachiller y,

—¡Tejuro por tu divino Hijo, que está presente, conservarme limpio o morir!

¡Morir! y repitió el eco de las amplias bóvedas, y en la cripta abierta a los pies del altar, las vibraciones sonoras dijeron también:¡morir!

Pasados algunos momentos, Felipe dejó la capilla y salió al patio; sentía que se ahogaba.

La luna bañaba un ala del claustro, alargando sobre los pisos y los muros la sombra de los pilares jónicos.

En la gran fuente del patio, el chorro nítido saltaba, cayendo con monótono ruido sobre el agua donde cabrilleaba la luz.

Reinaba en derredor un casto misterio, una quietud que llenaba el alma de unción y la invitaba a elevarse a los cielos.

Felipe se apoyó en un pilar, y fijando sus miradas en el azul, inundado de plateadas olas, murmuró tristemente: «¡No quisiera vivir!»

¿Era que presentía la impotencia de la voluntad ante las grandes exigencias de la naturaleza, que tras largo adormecimiento recobraba en él sus bríos y prefería la

deserción a la lucha?

¿Acaso, microcosmos débil, sentía aletear en su rededor todas las fuerzas de la creación y estremecerlo, y adivinaba la derrota de su resistencia flaca?

¡Quién sabe! Ello es que aquella alma exaltada sintió hasta entonces cuan altas y cuan ásperas eran las cimas que pretendía escalar, y como ave cansada plegó las

alas…







VI

Volaban los días sin que alterasen la monotonía de aquella vida más que la lucha sorda mantenida con las bajas tendencias, las exaltaciones piadosas y los recelos


—Nose apure usted, tío—respondió el bachiller—, que cuanto más pronto me muera, menor será la cuenta que tenga que dar, y menores los peligros a que me vea expuesto.

—¡Bonita gracia! ¡Eso no es cristiano! ¿Sabes tú si Dios te quiere para ornamento de su Iglesia y edificación de sus fieles? Y si con rigores de penitencia exagerados

te matas, ¿no defraudas acaso la intención divina acerca de ti?

—Yodiré a usted, tío: ni creo que mi penitencia sea exagerada, ni mucho menos que desagrade a Dios; y si Él me quiere, como usted dice, para ornamento de su Iglesia (¡pobre ornamento sería yo por cierto!), tócale conservarme, como conservó a muchos de sus siervos en medio de grandes penalidades, comparadas con las cuales las mías resultan mezquinas y baladís.

—¡Ay,hijo! De todos modos, pienso que ahora más necesitas de aire puro y buena alimentación, que de penitencia, y así que acabes tu curso, te llevaré al rancho. ¡Ya verás qué lindo está aquello! Las milpas crecen que es un contento, y la carretilla verdea tan lozana y tupida, que las vacas la miran de lejos con envidia. En la presa hay más patos que tules, y en los vallados, las garzas morenas y blancas se cuentan por docenas. jY el monte! ¡Ahi te viera!; hay venados que es una bendición; tarde a

tarde bajan al aguaje y se abrevan tan tranquilos!… ¡Como nadie los persigue! Yo he dicho a todos los peones: «Cuidado con matarme una res, que ha de venir el niño Felipe cansado del encierro y con ímpetus de retozar, y no dejará ociosa la escopeta.» |Y aun no te he hablado de las lomas de la Trinidad! Te digo que estátodo aquello alfombrado de tempranillas color de pitajaya y de amapolas más rojas que esto. (Y el viejo mostraba su paliacate.) Vamos, que dan ganas de bendecir a Dios, que hace cosas tan hermosas. El mes que entra es la cosecha, y ya verás cuántas codornices hallas en el barbecho. El combate estará lucido. Nada que apenas despunten las secas, te vienes conmigo. En ocho días, con la vista del campo, destierras la tiricia, y con la leche recién ordeñada, te pones más colorado que un cardenal.

Sonreía el bachiller ante aquella sugestiva pintura; pero, como vulgarmente se dice, no le entraban las razones del tío, y a pesar de su afición decidida a la





atropellaban: éste, para besarle la mano; aquél, para ofrendarle rico queso de siete leches, amasado en artesa limpiecita, por su mujer; el otro, para contarle que la vaca pinta, que había corrido con el toro suizo, acababa de parir un becerrito más gordo que un lechoncillo y más travieso que un duende. Felipe atendía a todos con la sonrisa en los labios, cuando de pronto notó que los rancheros abrían filas para dejar el paso libre al administrador que, llevando a su hija de la mano, se adelantaba a saludarle. Saludáronle ambos, y la muchacha, más roja que la clavellina, púsole en las manos una bola de rica mantequilla envuelta en hojas de maíz, a tiempo que el administrador, hombre cuarentón, de fisonomía franca y expresiva, decía:

—Niño, ésta le trae ese regalo que ella misma preparó. Usted ha de dispensar. Yo le decía que no valía la pena, pero se empeñó en traérselo pues dice que allá en la

Pradela no la ha de probar tan buena y gorda.

La muchacha, con los ojos bajos, añadió:

—Estuve recogiendo todos los días, desde hace una semana, la mejor nata de la

olla, y creo que la mantequilla salió buena. Me acordé que le gustaba mucho, y dije: pues manos a la obra, que me lo ha de agradecer.

Hablaba con naturalidad, aunque un poco cortada.

¡Y cómo había crecido! Si parecía mentira que el día de Todos los Santos cumpliese apenas diez y seis años! No era ya aquella muchacha zancona y descuidada, que traveseaba todo el santo día en la casa y, jinete en briosos potros, ponía el Jesús en la boca con sus audacias a los rancheros.

Habíase vuelto muy aseñoradita y muy mona; se había estirado, cuando menos, cuatro dedos. Sus formas redondeábanse graciosamente, y la enagua de percal floreado, sobre la que caía al-beante delantal de lino, dejaba ver el nacimiento de una pierna torneada y firme y unos pieeezue-los que, aunque burdamente calzados, hacían ostentación de su pequenez y elegancia.

Una blusita de cambray, ornada de encajes, completaba el sencillo atavío, y sobre





observar que la sesión bajo el portal se prolongaba demasiado y que podían subir al comedor, donde todos estarían más cómodos.

Así lo hicieron, y acabada la comida, de la que, como de costumbre, participaron don Cipriano y su hija, que no perdía ocasión de atender al joven, éste se retiró a su cuarto, sentóse en el viejo sillón de cuero que fué testigo de sus sueños de adolescente, y con la mirada perdida en el pedazo de campo que dejaba ver la amplia ventana del fondo, púsose a pensar que había hecho mal en dejar su guarida, y que apenas el reumatismo y la clorosis le dejasen un poco, tornaría a aquel colegio de sus amores, donde nadie interrumpía sus pláticas con Cristo.







VII

No no se realizaron del todo las previsiones de don Jerónimo, el tío de Felipe, relativas a la salud de éste.

El reuma, si bien le daba algún respiro, no era tanto que le permitiese alejarse mucho de la casa para tomar sol, y a veces ni aun podía el joven dejar su habitación, desde la cual se contentaba con ver el campo y las lejanas montañas, teniendo siempre sobre las rodillas un libro piadoso: la Imitación de Cristo, las Confesiones, de San Agustín, o la Introducción a la vida devota, de San Francisco de Sales, obra que por suaves y floridas rampas conduce a las altísimas cumbres de la perfección.

Jueves y domingos, del vecino pueblo iba a la hacienda un vicario, que decía misa y con el cual confesaba Felipe, acercándose, cuando sus males se lo permitían, a la Sagrada Mesa.

La anemia sí cedía un poco, y las mejillas del bachiller iban adquiriendo el color de la vida.

Contra sus recelos y presunciones desconsoladoras, no se entibiaba en su alma el



Sus solicitudes para con Felipe iban en auge, y presentábanse a veces bajo formas tan delicadas, que necesariamente movían la gratitud del bachiller.

Mañana tras mañana, a las siete en punto, herían el oído de Felipe, ya despierto, discretísimos toques dados a la puerta, y se escuchaba al propio tiempo la voz fresca y argentina de la moza que preguntaba:

—¿Sepuede?

—Adelante—respondía el joven.

Y Asunción entraba llevando en las manos ancha bandeja donde humeaba una rica taza con Soconusco del mejor, rodeada de sabrosos molletes doraditos y

olorosos, y junto a ella un gran vaso repleto de leche.

Colocaba la bandeja sobre el velador, y dando los buenos días al joven, iba a sentarse al viejo sillón de cuero e iniciaba un monólogo de golondrina, vivo, sencillo y pintoresco.

—iQuédeseos tenía de que escampara, por ver ese cielo tan limpio de octubre, que no parece sino que lo han fregado con estropajo!

Cierto es que cuando se mete el sol en las tardes, no hay volcanes que parece que van a incendiar el cielo; pero en cambio, aquella bola de fuego que se hunde, se ve hermosísima. Son esas tardes muy majestuosas, y se siente cierta tristecita agradable y dan ganas de suspirar. En cambio, las mañanas alegran el alma; los borre-güitos de la majada de Antón, según le ha dicho él, tiemblan de frío, y por calentarse retozan; pero los animalitos son muy friolentos; no es para tanto. Ella

se levanta apenas clarea un poco y baja al corral para ver cómo ordeñan los mozos, y ella misma ordeña a la «Uva», su vaca negra predilecta, que ya la conoce. Allíaparta la leche para el niño (Felipe), de la más gorda, y después limpia las jaulas

de los pájaros. La canaria copetona, que la quiere mucho, pía cuando ella se acerca y destapa su jaula, y el zenzon-tle más pequeño la saluda ya con gorjeos débiles.

Y Felipe seguía con la imaginación aquellas escenas llenas de colorido; y cuando terminaba su desayuno, la muchacha dejaba el sillón, tomaba la bandeja y salía,



Asunción le decía:

«Niño, éntrese, que ya cae sereno; y le ofrecía el mórbido brazo para que se apoyara; desfallecía de tal suerte, que a no sostenerlo la robusta joven, cayera al suelo.

—¿Sepone malo?—preguntábale ella con interés; y él respondía con voz opaca:

—No, es que estoy débil, y como permanezco tanto tiempo inmóvil…

Y ya en su cuarto, cuando ella, tras hacerle la cama, salía, daba rienda suelta a sus angustias y lloraba.

Vamos: era imposible seguir así, imposible! Diría al vicario lo que pasaba y volvería a su colegio. [Maldito corazón que se sublevaba a cada paso e iba, a pesar de todas las filosofías, en pos del amor terreno! ¡Levantisca entraña incapaz de contenerse! Él la oprimiría, la marchitaría, la petrificaría, hasta que fuese una entraña muerta para otra cosa que para buscar a Dios.

Por desgracia, el vicario se puso enfermo y dejó de ir a la hacienda, y don Jerónimo, cuando oyó la proposición del bachiller, se encogió de hombros y le dijo:

—Loque es yo no te dejo ir hasta que te alivies.—¡Pero si no me he de aliviar aquíl

—¡Menos en Pradela! Sigue tomando tus medicinas y aguarda.

Fueron vanas las protestas. Felipe esperó al vicario y se encomendó a todos los Santos.

Al día siguiente del breve diálogo, don Jerónimo entró con Asunción, que, como de costumbre, llevaba el desayuno al bachiller, al cuarto de éste, y le dijo:

—Don Cipriano y yo nos vamos hoy al potrero de la Cruz a ver los herraderos de unas yeguas. Si estuvieras capaz de ir con nosotros, te divertirías; pero enfermo,

¡ni modo! No te apures, que ya te pasearemos. Hoy quédate leyendo y al cuidado



quebradiza hacía crepitar el viento. Más allá, a la falda de unas lomas, bajo la arboleda unos arrieros sesteaban con sus recuas, cantando a coro salados cantarcillos, que los oídos del bachiller percibían claramente:

Dices que me quieres mucho: no me subas tan arriba, que las hojas en el árbol no duran toda la vida.

La vacada pacía en los agostaderos, azotándose los flancos con el rabo, y, cerca del horizonte, las montañas obscuras recortaban el azul pálido del cielo con sus crestas irregulares.

Felipe, que tenía sobre las rodillas una entrega de una publicación intitulada Historia de la Iglesia, desfloraba lentamente, con aguda y filosa plegadera de

acero, sus páginas, y miraba de vez en cuando el panorama del valle, embebecido en sus ordinarios pensamientos.

Desfloradas todas las hojas del cuaderno, abriólo al azar y se encontró con el principio de un capítulo denominado Orígenes, el cual refería la historia de aquel padre de la Iglesia que se hizo célebre por haber sacrificado su virilidad en aras de su pureza, profesando la peregrina teoría de que la castidad, sin este sacrificio, era imposible.

Felipe leyó todo el capítulo y se quedó más pensativo aún, con el cuaderno sobre las rodillas y la aguda plegadera en la diestra.

A la sazón entró al cuarto Asunción, preguntando:

—¿Cómo ha seguido?

Felipe, con un ligero estremecimiento, contestó:

—Lomismo o peor; esta pierna—y señalaba la enferma—me duele mucho. Apenas puedo moverla.

—¿Ledoy la medicina?

—No, déjela; a la noche me curaré.



mi vocación…

—Poco entiendo yo de eso, niño; pero me parece que usted ha nacido para todo.

Yo le he visto montar un potro de segunda silla, con mucho valor; le he visto matar una garza al vuelo y guiar por gusto una yunta, abriendo un surco más derecho

que esto (y le mostraba su índice regordete y sonrosado). Entonces usted no se fijaba en mí: como yo era un marimacho insufrible, que, según dice mi padre, sólo

me entretenía en dar guerra… ¡Usted sirve para todo, es claro! Y yo he oído decir

al vicario, que por cualquier parte se va a Roma, es decir, que hay muchos caminos para el cielo, y que el casado que cumple bien con sus deberes, sube dere-chito a la

gloria. Usted es bueno y, ayudando a don Jerónimo, podía ser muy útil aquí entre nosotros sin ofender a Dios, antes haciendo bien a estas pobres gentes tan rudas, enseñándolas a vivir honradamente y socorriendo sus miserias. ¡Vamos, niño, no se ordene usted!

Felipe oía el discurso con signos de desaprobación, leve indicio de la tempestad que despertaba en su cerebro.

—Dice bien—cuchicheábale una voz allá dentro—; ¿por qué desertar de una vida donde tus energías pueden significar mucho en bien de tus semejantes? ¿No eres acaso una fuerza encaminada, como todas las creadas, a lograr un fin universal?¿Por qué intentas, pues, defraudar a la Naturaleza, que aguarda tu grano de arena? ¡Qué vas a hacer a un convento! ¡Qué hallarás ahí!

—¡Paz!—respondía mentalmente Felipe. Y la voz íntima añadía:

—¡Mentira! ¡No la hallarás! La paz es el premio de la lucha, y tú esquivas la lucha. La paz es la recompensa del deber cumplido, y tu deber es permanecer en la liza. Naciste para trabajar y amar. En el Universo todo trabaja y ama.

Desde la abeja que labra el panal, después de besar a la rosa, hasta el planeta que, tendiendo eternamente a acercarse al centro de su sistema, se perfecciona a través de los siglos. La atracción, en el espacio, es el amor de astro a astro, y en la tierra




inconscientemente, se puso en pie y rodeó con su redondo brazo el cuello del bachiller.

Él quiso levantarse y no pudo; quiso decir algo y se anudó la voz en su garganta. Ella se le acercaba más y más, y hubieran podido oirse los latidos de ambos

corazones agitados.

Había perdido la muchacha su natural timidez; además, no pensaba en aquellos momentos en algo que no fuese él, porque le amaba, sí, le amaba sin sospecharlo, hacía mucho tiempo, y por otra parte, la esplendidez de la tarde, las brisas

olorosas, la aproximación a su dueño y el silencio de la estancia, la volvían insensata. Así es que, acariciando con su mano mal cuidada de campesina la cabeza de Felipe, y comiéndoselo con ios ojos, le dijo, bajito, muy bajito:

—Note ordenes, no te ordenes… ¡Te quiero!

Felipe había tenido un momento para reflexionar. Se veía al borde del abismo, y todos sus tremendos temores místicos se levantaban, ahogando los contrarios pensamientos.

Hizo un supremo esfuerzo, y clavando con angustia sus ojos en los azules de Asunción:

—¡Vete!—le dijo— ¡vete, por piedad! Lo que pides es imposible. ¡Vete, por la salvación de mi alma!

Ella no le atendió, no le oyó casi; estaba loca, loca de deseos, de amor, de ternura.—¡Tequiero—repitió—, te quiero! ¡No te ordenes!

Y atrajo con fuerza a su pecho ardoroso aquella cabeza rebelde y la cubrió de besos cálidos, rápidos, indefinibles.

Felipe se sintió perdido; paseó la vista extraviada en rededor y quiso gritar:

«¡Socorro!»

Había caído de sus rodillas, con sus ropas, el cuaderno que leía, y la palabra



UN SUEÑO




I - LOPE DE FIGUEROA, PLATERO

Cuando Su Majestad abrió los ojos, todavía presa de cierta indecisión crepuscular que al despertarse había experimentado otras veces, y que era como la ilusión de que flotaba entre dos vidas, entre dos mundos, advirtió que la fina y vertical hebra de luz, que escapaba de las maderas de una ventana, era más pálida y más fina que de ordinario.

Su Majestad estaba de tal suerte familiarizado con aquella hebra de luz, que bien podía notar cosa tal. Por ella adivinaba a diario, sin necesidad de extender negligentemente la mano hacia la repetición que latía sobre la jaspeada malaquita de su mesa de noche, la hora exacta de la mañana, y aun el tiempo que hacía.

Todos los matices del tenue hilo de oro tenían para Su Majestad un lenguaje. Pero el de aquella mañana jamás lo había visto; se hubiera dicho que ni venía de la


cerrojos relucían. En las paredes, algunas estampas de santos y un retrato; en un rincón, una espada.

Su Majestad se frotó los párpados con vigor, y, cada vez más confuso, buscómaquinalmente la pera del timbre eléctrico, que caía casi sobre la almohada, aquella pera de ágata con botón de lapizlázuli, que tantas veces oprimió entre sus dedos, y a cuya trémula vibración respondía siempre el discreto rumor de una puerta, que, al entreabrirse, dejaba ver, bajo las colgaduras, la cabeza empolvada

de un gentilhombre de cámara. Pero no había timbre alguno… Su Majestad, sentado ya al borde del lecho, perdida absolutamente la moral, sintiendo algo asícomo una terrible desorientación de su espíritu, el derrumbamiento interior de toda su lógica—másaún, de su identidad —quedóse abismado.

En esto, la puerta que Su Majestad, por invencible hábito, suponía que era una ventana que caía sobre la gran plaza de Enrique V, se entreabrió, y una figura de mujer, alta, esbelta, armoniosa, se recortó en la amplia zona de luz que limitaban las maderas.

—Lope—dijo con voz dulcísima de un timbre de plata—, ¿estás ya despierto?

Su Majestad—o mejor dicho, Lope—, estupefacto, quiso balbucir algo; no pudo, y quedóse mirando, sin contestar, aquella aparición.

Era, a lo que podía verse, una mujer de veinte años a lo sumo, de una admirable belleza. Sus ojos, obscuros y radiantes, iluminaban el óvalo ideal de un rostro de virgen, y sus cabellos, partidos por en medio y recogidos luego a ambos lados, formando un trenzado gracioso que aprisionaba la robusta mata, eran de un castaño obscuro magnífico. Vestía modestamente saya y justillo negros, y de los lóbulos de sus orejas, que apenas asomaban al ras de las bandas de pelo, pendían largos aretes de oro, en los cuales rojeaban vivos corales.

—¿Duermes, Lope?—preguntó aún la voz de plata—. Tarde es ya, más de las siete…Recuerda que mañana ha de estar acabada la custodia. El hermano Lorenzo nos

ha dicho que en el convento la quieren para la fiesta de San Francisco, que es el jueves.




—¿Quiénha podido traerme aquí?… Yo soy el Rey…

—Cierto—dijo Mencía con tristeza—.¡Lo has dicho tanto en sueños!…—¡Cómoen sueños!

—Soñabas aguadamente. Hablabas de cosas que no me era dado entender. Dabas

títulos, conferías dignidades…

-¡Yo!

—Ibas de caza… Nunca, Lope, habías soñado tanto ni en voz tan alta… Por la mañana, tu dormir se volvió más tranquilo, y yo me marché a misa con ánimo de que reposaras aún hasta mi vuelta. Lope, mi Lope querido, ¿te vistes? Ya es

tarde… ¡Has de acabar mañana la custodia!

¿Sería dado, al que esto escribe, expresar la sensación de costumbres, de familiaridad, de hábito que iba rápidamente invadiendo el alma de Lope?

El pasmo se fué, se fué la estupefacción; quedaba un poco de asombre; lo sustituyócierta sorpresa, un resabio de extrañeza, de desorientación. Luego, nada, nada (tal es nuestra prodigiosa facultad de adaptación a las más extraordinarias circunstancias); nada que no fuera el sentimiento tranquilizador de la continuidad de una vida ya vivida, y que sólo había podido interrumpir por breves horas un ensueño engañoso: ¡que él había sido rey!

¡Peregrino ensueño! Mientras se vestía, referíalo a grandes rasgos a la ideal mujer de los ojos luminosos y de la voz de plata:

—Yoera rey, un rey viejo de un país poderoso del Norte de Europa. Vivía en un gran palacio rodeado de parques. Mis distracciones eran la caza y los viajes por mar en un «yate >. Poseía también automóviles.,.

Y seguía su historia.

La celeste criatura movía la cabeza, corroborando con signos afirmativos el relato de Lope entre sorprendida y confusa:



II - LOS SUEÑOS SON ASI

En la pieza contigua había una gran mesa, sobre la cual, en medio de un desorden de herramientas, de crisoles, de barras metálicas diversas, de envoltorios con limaduras y otros con piedras preciosas, se erguía una custodia de plata con relicario de oro.

Era la obra del platero Lope, para el convento.

No lejos de la mesa, un gran bastidor sobre toscos pies de madera enmarcaba, bien restirada, una tela de seda, bordada, en gran parte, con diversos motivos,

también de oro y plata, siendo el principal un divino Pastor que llevaba al hombro, amoroso, a la oveja perdida. Era aquella labor, visiblemente destinada a un

ornamento de iglesia, la obra de Mencía.

Mesa y bastidor estaban cerca de la única ventana de la habitación, a fin de recibir la luz que por ella entraba. En. el lado opuesto, en el intervalo existente entre una puerta y el ángulo del muro, había un escritorio de modesta apariencia, como todo el mobiliario. Sobre él un rimero de libros de piedad, de enseñanza o entretenimiento.

Entre los primeros, el Libro espiritual del Santísimo Sacramento de la Eucaristía, del Padre Juan de Avila, y un libro de horas. Entre los segundos, el Diálogo de te dignidad del hombre, del maestro Hernán Pérez de Oliva, y el Diálogo de la Lengua, de Juan de Valdés. Entre los últimos el Tratado de las tres grandes, conviene a saber: de la gran parlería, de la gran porfía y de la gran risa, del donoso Doctor don Francisco López de Villalobos; la Celestina, el Amadts, la Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, y la Diana, de Jorge Montemayor.

El resto del mobiliario constituíanlo algunos taburetes, un gran sillón de cuero y dos arcas, la una abierta por más señas, y dejando ver una ropilla de tisú, un jubón y unas calzas de velludo negro, que probablemente pertenecían a la indumentaria

escuchaba de los labios del religioso, sentía, según expresó a Lope, suaves transportes de piedad y algo como un íntimo deseo de entrar con su amado a esa custodia celeste, a ese tabernáculo ideal, a esa ciudad divina que estaría asentada sobre nubes, como Toledo sobre sus rocas, y cuyo interior debía asemejarse al de la Capilla de los Reyes de la Catedral, que era la obra religiosa de más magnificencia que ella había contemplado.

Faltaban por ajustar algunos topacios y amatistas, y por cincelar una torrecilla de

oro.

Lope, con una pericia de la cual minuto a minuto iba sorprendiéndose menos, púsose a la obra, en tanto que Mencía bordaba en su gran bastidor con manoságiles de reina antigua.

A medida que pasaban las horas, Lope sentíase más seguro, más orientado y sereno. Parecíale recordar el modesto e ignorado ayer, desde que tuvo uso de razón hasta que se enamoró de Mencía; desde que se casó con ella hasta ahora en que trabajara su custodia para el convento.

Todos los eslabones de la cadena de sus días que, momentos antes sueltos y esparcidos, quebrantaban su lógica y enredaban y confundían las perspectivas de su memoria, iban soldándose naturalmente y sin esfuerzo.

Sí, recordaba: él no había sido nunca más que Lope, Lope de Figueroa, natural de Toledo. Su padre fué librero, y en la calle de los Libreros había nacido él. Gracias al comercio del autor de sus días, pudo leer bastante, mucho para la época. Hubiera seguido aquel comercio, pero temprano se sintió tentado por el arte divino de la orfebrería. Siempre que lo llevaban a la Catedral, a San Juan de los Reyes, a Santo Tomás, y, en sus pequeños viajes, a algunas de las grandes iglesias de España, caía en éxtasis ante las custodias, los copones, los relicarios.

Se sabía de memoria los detalles de la mayor parte de estas obras maestras de metal que existían entonces en la Península, casi todas ellas en forma de quiméricas arquitecturas, en que la inspiración de los artistas no conocía límites


El nombre de Gregorio de Varona, que empezaba ya a ser célebre, era también de los que estaban siempre en sus labios; pero si profesaba el culto más ingenuo y fervoroso por todos estos grandes artistas, hay que convenir en que el de sus predilecciones era el abuelo Arfe, Enrique, y en que hubiera dado la mitad de su vida por ser el artífice de un fragmento siquiera de la gran custodia de plata (única que, como decimos, había podido contemplar, aunque por reproducciones o dibujos conocía las otras), que para el cardenal Ximénez ejecutó el artista, y que tantas veces vio esplender en medio del incienso, bajo las gigantescas naves de la catedral.

¡Sí, él fué siempre Lope de Figueroa, ahora estaba seguro de ello; Lope de Figueroa, de veintiséis años de edad; Lope de Figueroa, que se soñó rey! ¡Un rey viejo, de quién sabe qué reino fantástico, en quién sabe qué tiempos extraordinarios y peregrinos!

—Sin embargo, Mencía—insistió el platero al llegar a esta parte de sus pensamientos—, jurara que no he soñado, sino que he visto, que he tocado

aquello. Aún no puedo desacostumbrarme del todo a no ser lo que fui…, lo que imaginé que fui; de tal suerte era claro y preciso lo que soñaba.

—¡Lossueños son así!—respondió Mencía apaciblemente, sin levantar los ojos de

su bordado—. ¡Los sueños… son así! A mí me contristó mucho —siguió diciendo—, me hizo gran lástima verte en el lecho, sacudido por la ansiedad; quise

despertarte, pero no lo logré; tan pesadamente dormías… Por fortuna, a poco

desapareció el sobresalto… Ahora recuerdo que hablabas de un atentado contra un hijo que tenías, y pronunciabas palabras raras que nunca oí antes, y que infundían

a todos miedo, terror y espanto. Decías…, decías: «¡Los anarquistas!»

—Sí,cierto—exclamó Lope, sintiendo subir de nuevo a su cerebro una ola de

extrañeza—. Eran unos rebeldes…

—¿Como nuestros comuneros?

—Incomparablemente peores…; fuera de toda ley… ¿Y después?


repetían la voz del hombre; las había que, sin intermedio alguno, llevaban la palabra a distancias inmensas, y otras que lo hacían por ministerio de un hilo metálico; las había que reproducían las apariencias, aun las más fugitivas, de los

objetos y de las personas, como lo hacen los pintores, sólo que instantáneamente y de un modo mecánico; máquinas que escribían con sorprendente diligencia y nunca vista destreza, como no podrían hacerlo nuestros copistas, maguer sus abreviaturas, y con una claridad que en vano pretenderían emular nuestros calígrafos; máquinas que calculaban sin equivocarse jamás; máquinas que imprimían solas; máquinas que corrían vertiginosamente sobre dos bordes

paralelos de acero… Yo habitaba una ciudad llena de estas máquinas y de industrias innumerables. Los hombres sabían mucho más que sabemos hoy, y

eran mucho más libres…, pero no felices. Los metales que yo manejo con tanta fatiga y tan difícilmente trabajo, ellos los manejaban y trabajaban de modo que maravilla, y conocían además su esencia íntima, no a la manera de Avicena, de Arnaldo de Villanova o de Raimundo Lulio, que los tienen como engendrados por azogue y azufre, sino merced a las luces de una química más sabia; y habían descubierto otros nuevos, uno entre ellos que era acabado prodigio, porque en símismo llevaba una fuente de energía, de calor. Vestían las gentes de distinta manera que vestimos tú y yo, y vivían una vida agitada y afanosa; hablaban otro idioma. Y yo era rey, tenía ejércitos con armas de un alcance y de una precisión que apenas puedo comprender, y junto a las cuales nuestros arcabuces con sus pelotas, nuestras culebrinas de mayor alcance y nuestros cañones serían cosas de niños. ¡Poseía flotas, no compuestas de galeras, galeazas y galeones, no construidas a la manera de nuestras naos, no movidas a remo o a vela, sino por la fuerza del vapor, del vapor de agua, Mencía, el cual escapaba de ellas en

torbellinos negros, y algunas se sumergían como los peces,y…

—Imaginaciones del Malo han podido ser esas, Lope, tramadas con ánimo de perturbarte; y ello me contrista, te lo repito. Mi madre leíame que a San Antonio Abad le aparecían en confusión, en el desierto, seres absurdos y artificios malignos, nunca vistos por nadie. Tú, Lope, como ya te he dicho, quizás por la influencia de los libros que con ahinco lees, siempre has soñado mucho, y nunca







de una ciudad castellana, tendría la de la espaciosa plaza de su palacio—la plaza de EnriqueV—,limitada por suntuosas arquitecturas del Renacimiento, por luminosos alcázares de mármol, rodeados de terrazas amplísimas, y cortado en

dos su inmenso cuadrilátero por el gran río de ondas verdes, a través del cual daban zancadas los puentes de piedra y de hierro, hormigueantes siempre de una atareada multitud.

Pero no fué así.

La ventana de su habitación, más alta que la mayoría de los muros opuestos, daba a una callejuela que, con otras vecinas, luego iba a desembocar en la plaza de Zocodover. Desde ella se abarcaba perfectamente el vasto espacio de esta plaza con sus irregulares edificios y sus viejos soportales.

Una multitud, vestida de manera muy varia, pululaba en rededor de los puestos del mercado que, por ser martes, había. Quién compraba aves de todos géneros;

quién tarros de miel; quién queso libreado; quién mazapanes, hojaldres, bizcotelas y rosquillas, con o sin azúcar; quién aceites, mantecas y frutas de Andalucía.

Casi todos los balcones estaban engalanados con colgaduras diversas.

Preguntó Lope la razón, y Mencía díjole que la corte se encontraba en la ciudad imperial desde hacía algunos días, y que iba con pompa a todas partes, pasando casi siempre por la plaza.

Lope recorrió con la mirada atónita el panorama. La urdimbre de callejuelas se enredaba a sus pies. Bordábanlas en su mayoría muros bajos, con muy pocas ventanas, y todas las arquitecturas se codeaban en el más heteróclito contubernio. Campanarios, miradores, ajimeces, burdos o airosos portales encancelados, ventanas góticas, postigos enrejados; sobre la sinagoga, la cruz; junto a la pesada torre medioeval, áspera y fuerte como la de un castillo roquero, el alado minarete bordado de encajes; junto a la severidad de un cornisamento romano, la gracia enredada y traviesa de un arabesco que canta los atributos de Allah; un sobrio y reciente pórtico del cinquecento, junto a un arco mudejar o a un pórtico


medio de un erial.

Las calles, estrechas y torcidas, estaban limitadas por casas de un solo piso, porque la Regalía de Aposentos obligaba a quienes construían casas más altas y espaciosas a alojar a la nobleza, y, por lo tanto, los propietarios se defendían construyendo las llamadas casas a la malicia.

Las moradas de los grandes casi no se distinguían de las demás sino por los torreones que ostentaban.

La amplitud de la villa apenas si excedía al viejo ensanche hecho por los árabes, y en su mayor parte las antiguas murallas estaban en pie o dejaban ver su anterior

trazado, siguiendo un largo rodeo para llegar desde la calle o barranco de Segovia hasta el Alcázar.

En cambio era Madrid frecuentado por innumerables forasteros, y en su calle Mayor, siempre animada, y en sus muchas callejuelas, se codeaban ios soldados que había mojado la lluvia pertinaz de Flandes, y los que había tostado el sol de Nueva España; los veteranos que habían peleado en San Quintín (y aun algunos muy raros que recordaban las hazañas del César en Túnez), y los aventureros que andaban en busca de cualquier empresa (entonces se intentaba la de Portugal) a fin de emplear en ella su coraje, su arcabuz y su inútil espada; los bravos a quienes fué dado ver con don Juan de Austria los apretados trances y ía gloria de Lepanto, y los que, siguiendo las huellas de Pizarro, admiraron los portentos del Perú.

¡Cuántas veces, entre aquella turba de valientes o bravoneles, desencantado, triste, enfermo, recordando la libre vida de Italia, que amó tanto, paseana también con

su manquedad y su genio don Miguel de Cervantes Saavedra, hidalgo, soldado,

escritor de entremeses, alcabalero, comisionista, miserable, hambriento… y semidiós!

Toledo, pues, como insinuábamos al principio, a pesar de su grandeza y hermosura iba a convertirse en breve, gracias a Madrid, en una ciudad muerta, en una ciudad museo; pero también, y por esto mismo, en la Roma española, adonde


usanza de su país (y de los cuales había aún a la sazón muchos en Toledo), pasaba

orgullosa a la sombra secular de los vjejos muros, para salir a la riente plaza llena de bullicio. En otra parte, un caballero con ropilla y ropón de terciopelo azul salía del gran portal de un palacio, seguido de un escudero y de dos lebreles; y más lejos rodaba, desempedrando calles, un majestuoso y pesado coche, con muías uncidas de dos en dos.

Era incontable la multitud de tipos que desfilaban bajo aquel balcón tan vecino a los tejados, y Lope no se hartaba de verlos: junto al mendigo, la buscona; junto al arriero, el estudiante sopista que caminaba distraído con no sé qué mirajes de puchero; junto al lazarillo, el trajinante; junto a la dama, la moza de partido; junto al clérigo, el rufián, el cómico o el hijodalgo. Parecía aquella escena una novela de Cervantes puesta en movimiento.

De pronto, en medio de un gran estruendo de voces y gritos, de aclamaciones y ruidos entusiastas, desembocó en el Zocodover brillantísima comitiva de jinetes, formada toda de grandes señores castellanos, caballeros en ágiles y hermosos caballos engualdrapados con mucha riqueza.

Esta comitiva precedía a una litera rodeada por damas de la primer nobleza, a caballo también, y custodiada por elegantísimos pajes.

En la litera venía, sin duda, una princesa, cuando menos.

—Lareina doña Ana, la cuarta mujer del rey —cuchicheó ai oído de Lope la dulce voz de Mencía—. Es una señora muy buena—añadió.

La comitiva perdióse pronto en la tortuosidad de una de las calles, y no quedó ya más que el remolino del pueblo, a quien el respeto había atado un punto los labios, y que volvía a sus voces entusiastas, en confusión inextricable, mezcladas a los gritos de los mercaderes, que pregonaban las excelencias de sus artículos.







IV - UNA CONVERSACIÓN



contratado en Roma para que decorase la iglesia de Santo Domingo el Antiguo, y tenía aún en sus ojos todo el deslumbramiento de una adolescencia entusiasta, vivida en una tierra llena de las opulencias del Arte, frecuentando los grandes talleres, donde había conocido a los Veronés, a los Tin-toretto, donde había visto pasar como un Dios a Miguel Ángel, donde había tenido la honra de hablar con Tiziano Vecelli, amigo y maestro de Theotokopulos.

¡Tiziano! El inmenso artista había muerto en Venecia ese mismo 1576, de la peste, y a la edad de noventa y nueve años; y a Gaetano le había sido dado contemplarle, aún con el pincel en la maestra mano trémula, y honrado por artistas, por sabios y príncipes, al igual de un emperador.

Bastábale cerrar los ojos para ver la nobilísima figura, el rostro oval, impregnado de cierta vaga tristeza, la nariz de perfecta curva, la sedosa barba blanca del maestro incomparable.

—Bellas historias de Italia sabéis, Gaetano— dijo Mencía—. Y es donoso para contarlas— añadió volviéndose a Lope—; muchos donaires sabe mezclar con ellas.¿Venís aún a hablarnos del Tiziano, o de ese nuestro Greco de tan extravagante condición, y que, tras enojarse con el cabildo de la catedral, no es bastante cortesano para contentar siempre al Rey nuestro señor?

—Noes muy blando de carácter mi maestro; altivo se muestra siempre en demasía, y le he oído afirmar en muchas ocasiones que no hay precio para pagar

sus cuadros, y que a él los ducados que gana, que son tantos, nadie se los escatima, porque todos los grandes saben lo que vale. Pero altivo era también su maestro Tizia-no, al cual los propios reyes, como Francisco I, pedían con cierta humildad que les hiciese su retrato, y que fué honrado por el emperador Carlos V, señor del mundo, como lo ha sido por su hijo el rey don Felipe. Id al Alcázar de Madrid, id al Escorial y veréis en qué aprecio se tienen sus lienzos. La mayor parte de ellos fuémandada hacer por el Emperador y por el Rey con verdadero encarecimiento. Y a fe que razón han tenido en ufanarse de sus cuadros. Pues, ¿quién hubiera pintado como él a la hermosa emperatriz doña Isabel de Portugal? ¿Quién hubiera hecho



pensar que su primer maestro, Bellini, le predijo que no sería jamás sino un embadurnador cualquiera! ¡Si él y Giorgione, que lo envidiaban, le hubiesen visto después, venerado por el mundo, glorificado por todos los grandes de la tierra! ¡La gloria!—exclamó Gaetano a manera de síntesis—jqué bella es la gloria! ¿Cuándo la

alcanzaremos nosotros, Lope?… Porque yo creo en ella y la aguardo… Y vos, Mencía, ¿creéis en la gloria?

—¿Cómono he de creer en la gloria, si llevo el paraíso en el corazón?—respondióMencía mirando tiernamente a Lope.

—Bien decís, Mencía; el amor, un amor como el vuestro, es la gloria más real y

más pura. Acaso la prefiera a la de mi maestro el Greco… en cuyo triunfo creo ciegamente.

—Decid, Gaetano—insinuó Lope lleno de curiosidad—, ¿podríais vos proporcionarme una oportunidad de conocer al Greco?

—Nada más fácil, amigo mío, pues que le veo a diario. Esta siesta, a las dos, he de hablarle, y ciertamente podríais acompañarme. El os acogerá con extremada- simplicidad. ¿Adivináis— agregó el italiano después de una pausa—adonde iráDomenikos después, a las tres de la tarde precisamente, y por cierto en mi compañía?

—Noacierto…

—¡Pues a ver al Rey! -¿Al Rey?

—Sí,señor, al Rey. Su Majestad no piensa más que en el ornato de El Escorial.¿Sabéis que ha hecho a mi maestro numerosos encargos, entre ellos el cuadro del martirio de San Mauricio y sus compañeros, que Su Majestad desea vivamente, y

que ha de colocar en el Monasterio con todos los honores… cuando el Greco quiera concluirlo, que no sé cuándo será? Su Majestad le ha enviado ~a recordar desde Madrid, en diversas ocasiones, este cuadro; ahora que está en Toledo, le ha hecho llamar para hablarle de ello y quizás de otros trabajos.





cierto—siguió diciendo para disimular su turbación—lo que cuentan del Rey?—¡Tanto cuentan!—interrumpió Gaetano—. Referid vos, Lope, lo que sepáis.

—Cuentan—empezó éste—que a pesar de lo que se dice en contra, corteja mucho a las mujeres, y que frecuentemente se solaza en su compañía; cuentan que en Madrid, por las noches, recorre enmascarado las calles de la villa, no con ánimo pecaminoso, como lo hacía don Carlos, su hijo, quien paseaba disfrazado por los peores lugares, sino más bicm para investigar muchas cosas que de otra suerte no conocería; cuentan que no es tan enérgico como se afirma: que personalmente sería incapaz de negar nada, y que por eso gusta de dar sus órdenes a cierta distancia; cuentan que es tan orgulloso, que jamás sigue un consejo, a menos que no se le dé indirectamente y él lo escuche como a furto de todos. Cuentan (y en esto no hay mal, sino bien) que a sus solas compone versos y tañe la vihuela, y aun se repite una glosa suya que dice:

Contentamiento, ¿do estás que no te tiene ninguno?

Cuentan (y en esto sí hay [mal), que es disimulado y rencoroso, y que harto lo probó con los rigores de que dio muestra con el dicho príncipe don Carlos, más inadvertido que perverso, y con sus crueldades en los Países Bajos (donde han acabado por llamarle «el demonio del Mediodía:»). Cuentan, aunque no lo creen sino los maldicientes, que alguna parte tuvo en la muerte de su hermano don

Juan, cuya gloria y cuyas aspiraciones nunca vio con buenos ojos. Cuentan que…

—¿Ycómo no cuentan—interrumpió con cierto asomo de enfado Mencía—que es muy sabio, generoso y desprendido, como lo prueban las fundaciones del Archivo

de Simancas, de El Escorial, de la Universidad y colegios de Douai en Flandes y de las escuelas de Lovaina, de que he oído hablar mucho y con harto elogio a los padres del convento? ¿Cómo no cuentan que es muy devoto del Santísimo Sacramento, que es muy sobrio, que habla poco, que tiene gran paciencia, aun cuando le molestan de sobra; que trabaja más que su salud lo permite, que es harto capaz para cualquier negocio, que gusta de la soledad y se santifica en ella, que, poseyéndolo todo, de todo se muestra desasido, hallando paz su espíritu en





estilo frío, adusto, pero noble y majestuoso por sus proporciones, creado por Juan de Herrera, y que con mucho acierto sustituye a la prodigalidad de detalles

ornamentales del Renacimiento español, y, sobre todo, a ese plateresco de Egas, Badajoz y Vallejo, que no me seduce, por cierto.

—Por todas estas cosas y por otras muchas— dijo Lope, a manera de conclusión—quisiera ver al rey don Felipe II.

—¡Yvive Cristo que, o poco he de valer yo en el ánimo de mi maestro Theotokopuíos, o esta misma tarde, a las fres, iréis con nosotros al Alcázar!

—¡Melo prometéis?

—Oslo prometo. Antes de las dos vendré a buscaros.

Y dicho esto, Gaetano se despidió graciosamente, y alegre y ágil bajó los escalones de dos en dos.





V - DOMENIKOS THEOTOKOPULOS

Casi las dos, en efecto, y cuando Lope y Mencía habían concluido su sencilla pitanza, volvió Gaetano con ánimo de llevarse a Lope.

—Nole retengáis mucho—dijo Mencía al italiano—. La tarde será calurosa; si volviese a tiempo, holgaría de pasear con él.

—Tarde oscurece ahora—respondió Gaetano—. A las cinco le tendréis de regreso. Mencía despidió con tiernísima mirada a su esposo y fuese a continuar su

bordado, mientras los dos jóvenes se alejaban cogidos del brazo.

Cuando llegaron a la casa del Greco, éste comía aún, en una gran pieza, donde en cierta confusión había telas y muebles de bella y rara apariencia. Veíanse por todas partes bocetos y dibujos, entre ellos algunos del Tiziano; bronces y mármoles mutilados, de Grecia y Roma, varios paisajes del Archipiélago,




una historia.

En el mismo idioma saludóle Gaetano, añadiendo algunas palabras lisonjeras para presentarle a Lope, quien, un poco intimidado, se mantenía a cierta distancia.

—Sentaos, don Lope—dijo sin ceremonia alguna el Greco, en el peor español del mundo y con el más detestable de los acentos. Y, señalando al caballero que con él comía, el cual representaba poco más o menos su edad, y que con una simple inclinación de cabeza había respondido al saludo de Lope y de Gaetano, agregó, dirigiéndose al primero:

—Mirad bien a este caballero y decid si os place su retrato—. Y le indicaba en caballete cercano un lienzo, empezado, como los otros, numerosos, que se veían por todas partes.

En él, el caballero aparecía de pie y de frente, con la mano izquierda, larga y espatulada, apoyándose sobre el pecho, separados el pulgar, el índice y el dedo meñique, y unidos los otros dos en esa elegante disposición tan cara a los viejos maestros. La barba, negra y puntiaguda también, caía con cierta austeridad sobre su gola blanca, y sus ojos tranquilos parecían ver, sin mirar, un punto lejano. Al lado izquierdo, abocetado aún, se percibía el puño de su acero.

—Admirable es el lienzo—exclamó sinceramente Lope.

—¿Osgusta, eh? Pues a vos también he de retrataros un día—respondió, visiblemente complacido, el pintor.

-—¿Sabéis, Gaetano, que vuestro amigo tiene una fisonomía interesante?—agregó—.Mi maestro; el gran Tiziano, afirmaba que no se deben retratar sino aquellos rostros en los que la naturaleza ha impreso un especial carácter. No era él, ciertamente, un retratista complaciente, y aun los príncipes hubieron de insistir para que los pintase.

La acogida un poco brusca, pero llana y cordial del joven maestro, había quitado a Lope hasta la última briznaá¿su timidez característica en su nuevo estado.



y que frecuentemente hacía que le fueran a la mano en sus cuadros, cosa que a él le irritaba más allá de toda ponderación; y, por último, de un gran lienzo, que le habían encargado para la iglesia de Santo Tomás, esa vieja mezquita renovada en el siglo xiv por el Conde de Orgaz, y cuya graciosa y elegante torre mudejar era la que más en Toledo le gustaba.

—¿Yqué cuadro será ése, maestro?—preguntó Lope.

—Será—respondió Domenikos—el entierro de dicho Conde de Orgaz, que murióen 1323, y en el cual ha de verse la aparición de San Esteban y San Agustín. Magna

obra ha de ser, lo aseguro, de una ordenación y composición muy laboriosas. Toledo entera aparecerá en el lienzo, asentada en su trono de piedra, y haré de cada uno de los personajes que figuren en el cuadro un verdadero retrato.

—Vos—añadiódirigiéndose al caballero su comensal—por de contado que figuraréis allí. Afortunadamente—siguió diciendo con ironía—este cuadro no es para el rey don Felipe, y así no le pondrá peros.

—Apropósito, maestro—insinuó Gaetano—, Lope desearía acompañaros a ver al Rey, que tan pronto os recibirá. ¿Permitiréis que vaya conmigo?

—Vaya en buena hora—respondió el Greco—, si así le acomoda, que como en la antecámara real no pongan reparos, yo no he de ponerlos.







VI - EL REY DON FELIPE

El Greco y sus dos acompañantes vieron abrirse por fin una mampara, y fueron introducidos, de la antecámara donde esperaban hacía algunos minutos, y en la

que había varios lujosos guardias de la Borgoñona y la Alemana, con algunos monteros de Espinosa, a una espaciosa cuadra tapizada toda ella de maravillosos tapices de Flandes, y en la cual estaba el Rey, de pie, al lado de ancha mesa que

ostentaba gran cubierta de terciopelo con flecos y motas de oro, de las que por aquel tiempo se tejían y bordaban en Ñapóles, y sobre la cual se veían muchos





limitado siempre el número de los caballeros.

Era, según pudo ver Lope, de estatura mediana, esbelto aun a pesar de la edad, blanco y rubio. Llevaba recortada a la flamenca la barba, en la que con el oro radiaban ya algunas hebras de plata.

Su mirada, clara y profundamente tranquila, no tenía expresión alguna. Avanzaron los tres uno tras de otro, siendo Lope el último, e hincada la rodilla

besaron la real mano, cubierta por guante de ámbar, y quedaron después a respetuosa distancia, —Domenikos Theotokopulos—dijo el Rey con voz glacial, pero sin el menor asomo de dureza, al pintor, y sin mirarle a la cara—: deseo que pongáis más diligencia en los cuadros que se os han encomendado para El Escorial. Bien sabéis el empeño que he puesto en el ornato interior de las salas de los Capítulos, para que sean dignos de lá grandeza de toda la obra.

—Ylo serán ciertamente, señor—respondió el artista con su pésimo acento—; créame Vuestra Majestad que trabajo con empeño para servirle.

—Huélgome de ello—respondió don Felipe. —¿Habéis madurado ya el asunto de nuestro cuadro? De él, especialmente, quería hablaros. Debe ser este asunto, según sabéis, la negativa de San Mauricio, jefe de la legión cristiana de Tebas, a

sacrificar a los falsos dioses. Quiero que sea cuadro de mucha piedad y edificación. Tened, pues, buen ánimo y dadle pronto remate.

El Greco, que tenía sobre la conciencia su desvío para el cuadro, proveniente ya de que el asunto no le gustaba, ya de que no se le permitía en él ejercitar toda la independencia de su pincel, había pretextado que le faltaban elementos para su

obra. Así es que, ante la pregunta del Rey, halló que venía a pelo la excusa, y respondió:

—Antes lo hubiera, hecho de tener lo necesario. Juan de Herrera os habrá dicho,

señor…

—Sí,que os faltaban dineros y colores; de todo se os proveerá. Así lo he ordenado. El mismo Juan de Herrera, cuando vayáis a Madrid, os dará nuevos encargos.






Lope quiso responder; pero en aquel momento luchaban en su espíritu sensaciones y sentimientos muy encontrados. Del fondo de su ser subía algo como la convicción íntima de su personalidad anterior al sueño; también él era Rey, Rey descendiente de este monarca pálido, minucioso, devoto, displicente, mesurado y frío, cuya historia leyera tanto, y un choque de personalidades, de recuerdos confusos lo turbaba. No pudo hablar. El Rey, más afable aún, creyéndole intimidado, le dijo:

—¡Sosegaos, sosegaos! Y volviéndose al Greco:

—¿Habéis visto últimamente El Escorial?

—Lohe visto, señor; notable es su severidad, asi como la gallardía y hermosura de su iglesia. Herrera interpreta con suma pureza el Renacimiento. Es un artista sereno, sencillo y grande, y El Escorial digna obra suya y vuestra, señor.

—Pláceme lo que me decís, Domenikos Theo-tokopulos. Bien sabéis cfüe yo he

querido edificar un palacio para Dios… ;y una choza para mí!—añadió sonriendo levemente, tras de lo cual los tres besaron la mano que el monarca les tendía, dando por terminada la audiencia.







VII - MIRANDO CAER LA TARDE

Gaetano acompañó a Lope hasta el portal de su casa, después de haber dejado los dos a Domenikos en la suya, y allí se despidieron los amigos, aquél, siempre vivo y alegre, éste un poco impresionado y confuso todavía.

Cuando Lope subió a su bohardilla, Mencía trabajaba aún en su bastidor. Por la ventana abierta entraba la viva luz de una tarde estival.

La incomparable criatura dejó su labor y fué al encuentro de su marido, riente y



círculo en derredor de dos perillanes que, con no muy pulidas razones, se denostaban.

Habían reñido porque el uno, que estuvo en la Nueva España y sirvió al marqués del Valle, hijo de Hernán Cortés, encontrándose en la taberna vecina, donde jugaban a las tablas, charlaban o cantaban acompañados de la vihuela algunos soldados, había menospreciado al otro, el cual pretendía haber estado con los tercios españoles en la guerra de Francia, a las órdenes del conde de Egmont, cuando, según el primero, nunca fué más que un rapavelas de cierta iglesia de Medina del Campo, donde él le había conocido.

—Sino mirara que soy viejo—decía el supuesto sacristán a su antagonista—, os hundiría mi espada en el pecho, hasta los gavilanes.

—¡Si se creerá joven el sacristán!—contestaba con sorna el otro, que era un sesentón magro, barbicerrado, sucio y amarillo—; ¡si habrá pensado que mi pecho es tan blando como la cera de sus cirios! Vuélvase a la taberna a rascar la vihuela con la gente ruin y de poco precio a quien divierte, o vive Cristo que quedará más molido que alheña.

Lope y Mencía lograron, al fin, abrirse paso a través de los curiosos, y siguieron su camino.

Entraron bajo el Arco de la Sangre, que por una escalinata los llevó, pasando por el Parador del Sevillano, a Santa Cruz. El admirable edificio, con su hermosa

portada, su noble vestíbulo y su iglesia, detúvoles algunos minutos en su tranquilo y contemplativo vagar. Fueron después hasta la plaza del Alcázar, el cual se erguía

severo y triste en la paz de la tarde asoleada, y en cuyas escaleras el César Carlos

(que había mandado reedificarlo en los comienzos del siglo xvi), según sus propias palabras, se sentía emperador.

En el gran patio, rodeado de su doble columnata corintia, advirtieron gran bullicio de pajes, escuderos y soldados, y en la plaza, y en el espacio comprendido entre el edificio y Santiago de los Caballeros, vieron mucha gente baldía que aguardaba la



San Servando, acariciado por el sol, era imponente sobre toda ponderación. Del carácter guerrero religioso que desde la reconquista de Toledo por Alfonso VI, en

1085, había adquirido la fortaleza, y que había mostrado por espacio de algunos siglos, hasta principios del décimo-cuarto, en que los templarios la abandonaron, apenas si quedaban vestigios. El castillo restaurado en la época de las terribles luchas entre Don Pedro I y Don Enrique de Trastamara, ahora estaba de nuevo en ruinas, pero mostrando aún cierta dignidad medioeval en sus torres imperiosas.

Lope y Mencía contemplaron algunos instantes los descalabrados muros, y volvieron luego los ojos hacia la hermosa perspectiva cercana.

A sus pies corría el Tajo en su lecho de rocas, ciñendo casi por completo con sus brazos fluidos a la ciudad, como a una amada. Más allá, al otro lado del arrabal de Antequeruela, se adivinaba la Vega apacible y florida.

El cielo era de una incontaminada pureza. Una suave frescura primaveral llegaba de los campos, de las peñas, del río.

Mencía apoyó su cabeza en el hombro de Lope. Pasóle éste el brazo por el talle, y enamorados, mudos, felices, quedáronse contemplando el claro cristal de la tarde, la mansedumbre melancólica del paisaje, y escuchando el vago y complejo rumor que venía de Toledo, un rumor que parecía hecho de las voces de los vivos y de las voces de los muertos; de los carpetanos que fundaron la ciudad; de los romanos que la conquistaron; de los visigodos que en ella se convirtieron a Cristo; de los moros que la habitaron cuatro siglos y la hicieron próspera; de los castellanos que trajeron a ella su fe acorazada de acero; la voz de los padres antiguos que allícelebraban sus concilios y de los cardenales opulentos que se llamaban los Mendoza, los Tenorio, los Fonseca, los Ximenes, los Tavera, y que hicieron de aquellos peñascos diademados de almenas un imperio de arte y de pensamiento.

Y parecíale a Lope que dentro de él mismo se escuchaban también los rumores de todas las épocas; que en él gritaba la voz de los que se habían callado para

siempre; que era él como una continuación viva de los muertos; que siempre había vivido, que viviría siempre, juntando en su existencia los hilos de muchas




¡Para él habíala Dios hecho, tota pulchra; como los más claros cristales, clara; incorruptible como el oro e inocente como la rosa!

—¿Verdad que siempre me has amado?—la preguntó de pronto con indecibleímpetu, atrayendo su cabecita obscura, y buscando ávidamente el regalo de sus labios.

—¡Siempre!—respondió con simplicidad la voz de plata—. ¡Siempre!





VIII - ¡NO TE DUERMAS!

Empezaba a obscurecer, envaguecíanse ya los perfiles ásperos de las murallas y las rocas, y algunas estrellas punteaban el profundo azul.

Lope y Mencía levantáronse silenciosamente y, cogidos del brazo, echaron a andar hacia la ciudad, donde, en el laberinto de callejuelas, parecía enredarse ya, como una víbora negra, la noche.

Aquí y allí las estrechas y escasas ventanas se encendían; comenzaba a llamear el pálido aceite de las lámparas, que ardían en innumerables nichos y hornacinas ante los Cristos, las vírgenes y los santos. A veces tropezaban con tal o cual litera precedida de pajes con hachones, que luego se perdía fantásticamente en el declive de un callejón. Tras las ventanas, sólidamente enrejadas, se adivinaban siluetas de

mujeres pensativas…

Lope y Mencía caminaban lentamente.

Una gran tristeza caía sobre el alma de él, y un presentimiento poderoso decíale que ella también estaba triste.

Tristes los dos: ¿por qué?

Ella lo sintetizó más tarde en estas solas palabras: «¡Tengo miedo de que duermas!»





culpa; donde es saciado el hambriento, refrigerado el sediento y se cumple todo deseo; la ciudad mística de Jerusalén, que es como un vidrio purísimo, cuyos fundamentos están adornados de piedras preciosas; que no necesita luz, porque la claridad de Dios la ilumina, y su lucerna es el cordero.»

Mientras él quedaba contemplando aquella obra admirable de sus geniales manos de orfebre, Mencía fué a preparar la humilde cena, y volvió a poco con un cacharro que humeaba lentamente, despidiendo gratos olores.

—Berengenas con queso, de que tanto gustas—dijo.

Cenaron en una esquina de la mesa, muy juntos y muy silenciosos, mirándose casi de continuo, y sintiendo él que sobre la frugal pitanza querían caer sus lágrimas.

Tras unos cuantos-bocados, retiró Lope la escudilla con desgano, e impulsado por un incontenible ímpetu de ternura, ciñó suavemente a Mencía por el talle, llevóla hacia la ventana, arrellenóse allí en un viejo sitial de cuero, hizo-la a su vez sentarse sobre sus rodillas, y empezó a acariciarla castamente, pasándole la diestra, temblorosa, como para bendecirla, sobre los negros y abundantes

cabellos.

Ella quedósele mirando con una indecible expresión de amor y de angustia. Un vago entorpecimiento parecía ya amagar a Lope.

¡Qué bien estaba allí! Por la ventana entraban los hálitos primaverales y la luz de las estrellas. Toledo empezaba a dormir; íbanse apagando todos aquellos rumores, de los que Lope había creído discernir la voz de los vivos, mezclada con la voz de

los muertos… Amaba con todas las fuerzas de su corazón, era amado serenamente

por aquella santa y luminosa criatura… ¡Qué íntima sensación de seguridad y de

paz lo invadía…! ¡Qué bueno era apoyar su cabeza entorpecida en la blanda y

palpitante almohada de aquellos senosy…dormir… dormir…!

—¡No, no!—exclamó Mencía, como si hubiese seguido los pensamientos de Lope—¡No te duermas! ¡No te duermas! ¡Lope mío, por Dios, no te duermas!





—¡Másque una sombra!—repitió fúnebremente ia voz de plata.

Lope hizo un desesperado esfuerzo para contrarrestar el eatorpecimiento implacable que volvía de plomo sus párpados, y manteniendo los ojos bien abiertos y oprimiendo con fuerza entre sus brazos a aquella amada de misterio, empezó a besarla desesperadamente, y entre besos y lágrimas decíale:

—¡Note has de ir, no! ¡No he de perderte!, ¡señora mía!, ¡dueña mía, amada mía!,

¡no te has de ir! ¡No he de cerrar los ojos, no he de sucumbir al sueño!… ¡No te arrancarán de mis brazos, ni te devorarán las tinieblas! ¡Habré de amarte

siempre… despierto, en undía…sin fin… enun…perennedi…a!

Y ella, con una voz a cada instante más vaga, como si viniera de más lejos, repetía moviendo tristemente la cabeza:

—Noduermas, mi señor… no duermas…no…duer… mas.

¡Y los ojos de Lope se cerraban dulcemente, dulcemente; las formas de Mencíaíbanse desvaneciendo, desvaneciendo, desvaneciendo!







IX - SU MAJESTAD DESPIERTA

Cuando Su Majestad despertó era ya muy tarde. La viva hebra vertical que fingía como una soldadura de luz entre las dos maderas de la ventana, de aquella ventana de siempre, decía asaz la hora a la habitual pericia de sus ojos, tan hechos a contemplarla.

Una angustia inmensa pesaba sobre el espíritu del Monarca. De sus apagadas pupilas habían rodado en sueños lágrimas que humedecían aún la blancura de su barba.

Alargó la flaca diestra hacia el timbre eléctrico y lo oprimió con fuerza. Aún no se extinguía la trémula vibración a lo lejos, cuando una puerta se





Una princesa, pálida, alta, enlutada, con tocas de viuda que aprisionaban sus rizos nevados, llegó a poco a la presencia del soberano, y tras ella volvió a entornarse la puerta.

—Hermano mío—dijo con un casi imperceptible tono de ceremoniosa cordialidad—,¿estáis enfermo?

Su Majestad, por única respuesta, echóle al cuello los brazos, y olvidando todo protocolo y aquel dominio y señorío de sí mismo, que siempre le había caracterizado, púsose a llorar silenciosamente.

La austera princesa, sorprendida, mantenía sobre su hombro la cabeza de su hermano, y dejábalo aliviar una pena, al parecer tan honda, y que ella no podía adivinar; hasta que Su Majestad, desatando el afectuoso nudo, indicó a la dama un divancito rosa que se escondía en la penumbra de lejano rincón, y allí, sentado cerca de ella, le refirió melancólicamente la historia de Lope y de Mencía.

—Anuestra edad, señor—dijo, cuando la hubo oído la princesa—son muy

dolorosos esos ensueños…

—¿Pero no pensáis, hermana, que doña Mencía ha existido, que me quiso… que la

quise… en otro siglo, o cuando menos que amó a alguno de mis abuelos y él me legó misteriosa y calladamente, con su sangre, este amor y este recuerdo?

—¡Quiénsabe!—respondió la dama agitando con leve ritmo la pensativa cabeza—¡Quién sabe! Hay muchas cosas en los cielos y en la tierra que no comprende nuestra filosofía; pero en todo caso, señor, de eso hace más de tres siglos, y vuestra Mencía, de haber existido, no es ya sino un puñado de polvo en la humedad de una tumba lejana.

—Hermana mía, ¿no la veré, pues, nunca? ¿Nunca más he de verla? Yo la amé, sin

embargo… Estoy loco, hermana mía. ¡La amé y anhelo recobrarla!…

—¡Señor—replicó la princesa con voz apagada—, sois Rey, Rey poderoso; pero todo el poder de Vuestra Majestad no basta para aprisionar una sombra ni para







I

Toda la comedia o el drama de mi vida—no sé aún lo que es—dependió de una cerilla y de un soplo de viento, como dijo el otro.

¿Acaso dependen de algo menos tenue las grandes catástrofes de la historia? Acababa yo de cumplir treinta años; iba por una calle del barrio de Salamanca—

supongamos que por la de Ayala—; cogí un pitillo; quise encenderlo con mi peut-étre; no hubo manera: saqué mi caja de cerillas, pues soy hombre prevenido. Pero



reminiscencias de límpidas fuentes en la morena tierra.

Debo advertir, para que no se culpe a otro que a mí de mi desgracia, que no uno, sino varios amigos oficiosos y buenos, desaprobaron mi matrimonio.

Conocían a Luisa y sabían que era una mujer frivola, muy pagada de su

hermosura: de su pelo negro y luciente (no temas: no incurriré en la vulgaridad de decir que «como el ala del cuervo»); de su boca admirablemente dibujada (no receles que te diga que parecía «herida recién abierta»); de su cuello, digno de la Zulamita (lee lo que dice el Cantar de los Cantares); de la esbeltez, en suma, de su cuerpo.

—Esincapaz de querer a nadie. No está enamorada más que de la imagen que la devuelve su espejo—me cuchicheó Antonio Arévalo (que había sido su pretendiente).

—¡Semuere por los trapos!—me reveló su íntima amiga Leonor X.

—Tiene por las joyas una pasión de urraca-insinuó otra de sus amigas predilectas. Y lo peor es que todos y todas tenían razón.

Luisa era frivola, desamorada, amiga del lujo; muñeca de escaparate, incapaz de una sola virtud.

Pero yo la amaba, la amaba como sólo esa vez he amado en mi vida.

¿Qué es preferible—me decía para consolarme de mi desgracia—vivir con una santa a quien no queremos ni para remedio, o adorar a una diabla?

¿No optaríamos todos por lo segundo?

De las veinticuatro horas del día, Luisa me echaba a perder por lo menos seis; las que pasaba a su lado. Pero como en esta vida nada es constante, ni las perrerías de

una mujer, allá cada semana, o cada dos, tenía una hora amable, una hora dulce…¿y acaso una hora semanal o quincenal de felicidad (incomparable, por cierto) no paga sesenta o setenta de miseria?




solas lo que reza la célebre aguafuerte de Goya: «¡Quién nos desata! >, cuando empecé a advertir en Luisa signos inequívocos de que los dioses escuchaban mis súplicas.

El doctor y ella confirmaron mis deliciosas sospechas.

Como era una mujer elegante y vanidosa, discurrió pasar los meses de buena esperanza en el campo.

Busqué una quinta rodeada de árboles, cerca de una vieja ciudad castellana, y nos fuimos a vivir allí con nuestros criados de más confianza, un piano y algunas docenas de libros.

La soledad, el apartamiento, exasperaron los nervios de Luisa. Pero yo huía con mis libros a las habitaciones más apartadas del caserón y, contemplando a ratos el campo, y a ratos con mis autores favoritos, iba pasando el tiempo. Estaba visto

que la mala suerte (así lo creía yo en mi ceguera) me había de seguir a todos los escondrijos. A pesar de nuestras precauciones, el alumbramiento de Luisa fuéinesperado. El médico se hallaba en Valladolid, a cientos de kilómetros de nuestra quinta; la comadrona estuvo en su cometido a la altura de un zapato; y Luisa, a consecuencia de un descuido, tuvo una hemorragia tal, que por poco deja huérfana a la pobre niña que vino al mundo en circunstancias tan tristes.

Se salvó por milagro, pero quedó en un estado de debilidad tan grande, que un mes después apenas si podía penosamente andar.

Vino la anemia cerebral con todos sus horrores, y su memoria empezó a flaquear. Olvidaba con frecuencia los nombres de las cosas, se extraviaba en el caserón,

confundía a los criados. Un día desconoció a su propia hija. Pusiéronsela en el

regazo, y quedósela mirando con perplejidad…

Por fin llegó lo esperado con angustia: la amnesia completa.

El alma de Luisa, aquella alma frivola, locuela, mariposeante, cruel a veces… pero alma al fin, naufragaba en el océano de la inconsciencia. Como un telón negro, la




vida, como a una niña. Cabía enseñarla nociones simples, darla lecciones de cosas, sin fatigar su cerebro; seguir con ella en el campo, en un sitio sano y apartado, un procedimiento análogo al de los Kindergartens.

—Es—medijo el doctor, y me dio el porqué con explicaciones técnicas que no acertaría a repetir ni viene al caso—es como si hubiera vuelto a nacer.

-¿Ha leído usted—prosiguió con sonrisa ambigua—lo que dicen las religiones indias y algunos de los griegos acerca de la palingenesia?

- El alma, al encarnar, olvida toda su larga historia anterior, que, según parece, no le servirte de estímulo, sino de desconsuelo, y haría imposible sus relaciones con muchos de sus semejantes; pues es de clavo pasado que el interfecto ho soportaría la vista de su asesino, el marido engañado la de su mujer infiel, el comerciante la de su cajero ladrón; e inconcuso que, quien en otras vidas tropezó y cayó, perdería en la actual, con este recuerdo, la moral para regenerarse. El alma, pues, come «la flor de loto», pero no olvida en realidad ciertas cosas, según afirman los teorizantes.

»Sólo que sus recuerdos se transforman en instintos. El hábito no es más que un recuerdo despersonificado—dice Junet—. De ahí las simpatías y antipatías súbitas, las corazonadas, los presentimientos.

-Pues bien, el caso de su esposa es análogo.

-Renace ahora… Nada recuerda de su vida pasada: hasta ignora que tuvo una hija. Pero su memoria, que procederá como instinto mientras no cure de la amnesia, hará, así lo espero, que experimente simpatías por usted.

-Con dulzura, y, sobre todo, recuérdelo, sin fatiga, usted la reeducará.

-En suma—añadió—, la experiencia es nueva, dulce y tentadora. Con el mismo cuerpo de la mujer amada, el destino le otorga a usted un alma nueva, un alma

blanda que usted, si es artista, sabrá modelar…

Las palabras de aquel sabio médico—que por pura casualidad no era materialista



cure de la amnesia.

Al curar, pues, Luisa volvería al escenario de mi vida.

Quise saber a qué atenerme en todo, y páseme a leer revistas y libros adecuados que pude hallar a la mano.

En una revista cosmosófica, traducida por F. M., hallé lo siguiente de Carlos Ramus: «La doble personalidad es un estado que puede llevar a los sujetos a abandonar su familia y su trabajo e ir a otra ciudad, tomar otro nombre y otras

ocupaciones. Sus maneras y sus hábitos cambian completamente. Suelen recordar su estado normal, pero considerándolo con indiferencia, como si se refiriera a un tercero. La duración de tales estados puede variar desde algunas horas hasta algunos años; la vuelta al estado original es habitualmente repentina, y el hilo de sus recuerdos se reanuda en el punto exacto en que se interrumpió.»

Recordé el clásico caso, citado por William James, de aquel yanqui que durante semanas fué otro hombre; leí lo que dice Ribot; la teoría de Bergson acerca de este

punto…

En una revista de variedades encontré, guardándolo cuidadosamente, el párrafo que sigue:

«Un fenómeno extraordinario de multiplicidad.»

Uno de los fenómenos más extraordinarios que el mundo ha ofrecido a los hombres de ciencia, es el que ha sido objeto de un minucioso estudio por parte del doctor Alberto Wilson, en Inglaterra. Se trata de un ser humano que reúne en sídiez personalidades distintas y enteramente independientes una de otra. El sujeto es una joven, casi una niña, que a los trece años experimentó un ataque de grippe. Aunque curó de aquella enfermedad, en su inteligencia dejó la misma profundas huellas. Desde entonces, en efecto, parece como si la muchacha hubiese tenido diez cerebros diferentes: pues se han observado en ella diez personalidades perfectamente distintas, pasando de una a otra, de vez en cuando, de un modo irregular y sin que la paciente se diese cuenta de estos cambios.


a leer y escribir; en este estado la agradaban mucho las tormentas, y, siendo de

ordinario muy pacífica, en ocasiones mordía sus propias ropas, diciendo que un hombre malo se había apoderado de ella.

Algún tiempo después, la infeliz quedó sorda y muda, no pudiendo oir ni aun los ruidos más fuertes, y hablando por señas con toda facilidad. Pronto se reveló en ella una quinta personalidad. Cierto día empezó a hablar de nuevo, diciendo que solamente tenía tres días de edad; afirmaba también que el fuego era negro, y, lo que es más notable, todas las palabras que pronunciaba las decía al revés, esto es, empezando por la última letra sin equivocarse nunca. Pasado algún tiempo, su inteligencia pareció entrar en un período de normalidad, pero hubo que enseñarla a leer y escribir. Negaba haber visto jamás al doctor Wilson, y en ocasiones perdía por completo el uso de sus manos.

Vino después una séptima personalidad; la pobre muchacha se llamaba a sí misma Adjuice Uneza, y olvidó todo lo que había ocurrido recientemente, incluso los detalles de la casa del doctor; pero, en cambio, recordaba hechos acaecidos

muchos años antes.

Ultimamente, la muchacha ha quedado imbécil, y se ocupa en dibujar figuras incomprensibles y figurines como los de periódicos de modas, siendo de advertir

que ni en su estado normal, ni en ninguna de las otras nueve personalidades, aprendió a dibujar ni demostró aficiones artísticas.

En un libro francés especialista encontré asimismo las siguientes interesantes páginas que traduzco:

El alma es una cosa compleja; su unidad no existe sino con relación al individuo que se re conoce en lo que él llama su yo. Pero el dominio psíquico se compone de una multitud de pequeñas almas, cuya masa es divisible, y en la cual se manifiesta a veces cierto desorden.

Un hombre puede ser visto bajo dos aspectos muy diferentes; un profesor de matemáticas durante su clase no deja ver más que una parte de sí mismo, y hasta



representación no resiste al examen, porque el sujeto continúa en las generalidades, y sigue siendo incapaz de dar muestras de conocimientos especiales. Pero surge un nuevo personaje, y este no conoce ya a ninguna de las gentes que le rodean. Se presenta con un nuevo estado civil, y muestra que posee ciertos conocimientos que ninguna hipótesis permite atribuir al sujeto sonambúlico, que aparece entonces como poseído por una influencia extraña. Es

el fenómeno que ha ofrecido frecuentemente la señora Piper en estado de trance, y al cual la Sociedad de Investigaciones Psíquicas ha consagrado muchos gruesos volúmenes de sus anales.

Son estos, se dirá, hechos aún insuficientemente conocidos. Nosotros pretendemos que un hecho experimentado, observado por autoridades competentes, por inexplicado que sea, se convierte en una verdad empíricamente probada, lo que basta para que se le admita como base de deducciones futuras. El caso es inexplicable fisiológicamente: verdad útil de retener.

Pero, lo repetimos: caemos aquí en un abismo de complejidad. Parece algunas veces que una amnesia parcial ocasiona en el sujeto la desaparición de todo un

período de su existencia, y, lo que hay de más admirable es que nada, fuera de esto, indica en el paciente trastorno alguno. Así, una persona instruida y bien educada, va a caer en trance para despertarse en un estado en el cual habrácambiado de carácter, sin tener recuerdo alguno de su estado precedente. No conocerá ya ni a las personas de su intimidad; hasta el carácter de su letra habrácambiado. Será, en suma, otra persona. Una nueva crisis sobreviene, y el sujeto

despiértase en su primer estado, ignorando completamente el estado segundo que acaba de dejar.

El doctor Azam, de Burdeos, según creo, ha observado un caso que es ya clásico, en «Félida», cuyos cambios de personalidad se manifestaron durante largos años. Casi a diario la dominaba una crisis, y aparecía otra persona que ignoraba la romanza que la primera cantaba momentos antes de la crisis, y que era incapaz de continuar la labor de costura que traía entre manos. Era indispensable que su





existencia pasada, y cada período trae consigo los estados morbosos correspondientes. Se ve, por ejemplo, a un sujeto extremadamente miope y

obligado a usar gafas, que en uno de sus estados gozará de una vista excelente. En suma: cambio en el valor intelectual, cambio en lo físico, cambio en la memoria, combio en la moralidad. Hay en esto, verdaderamente, un misterio que la fisiología no explica y que la psicología está aún lejos de dilucidar.

Y con tales lecturas quedé más perplejo que autes, sin rumbo en ese abismo de lo fisiopsicológico inexplicable, hasta que opté, al fin, por el sabio expediente de aceptar los hechos como viniesen y dejarme guiar por ellos.







III

Empecé por llamar a mi esposa Blanca, como para hacer más real la idea de su renacimiento.

Luisa, aquella Luisa coqueta y veleidosa, maligna y vana, había muerto. De ella nacía Blanca (incipit vita nova).

Y de que nacía de veras, de que en ella había como un ser nuevo, fué temprano testimonio su dulzura.

Era dulce como una ovejuela. Tímida, medrosilla, puerilmente afectuosa. Obedecía a la menor de mis indicaciones con sumisión conmovedora.

Yo, sin fatigar en lo más mínimo su cerebro delicado, iba iniciándola blandamente en el aprendizaje de la vida.

Teníamos un vasto jardín, que descendía desde la escalinata de la eminente casa en ondulaciones verdes y aterciopeladas.

Las flores llenábanla de regocijo, y yo iba pacientemente enseñándoselas una a una y repitiendo sus nombres.




son novios y se casan.

(Debo advertir que yo no había intentado insinuarle siquiera la idea de que era mi esposa; parecíame aún harto complicada para su inteligencia, que florecía apenas, como nuevo y candoroso pensamiento).

—¿Ytú y yo nos queremos por ventura?— la pregunté.

—¡Yote quiero!—me respondió, zanjando dulcemente la cuestión y echando sus brazos a mi cuello.





—¿Yllevaré también zapatos blancos?—Naturalmente.

Los zapatos blancos la proporcionaban, sobre todo, el más aturdido regocijo. Acabó por enamorarse de tal manera de su proyecto, que el médico temió una

crisis si no se realizaba.

Imaginamos una comedia en una iglesia campesina, de por allí cerca, al amanecer.¿Pero querría el padre prestarse a la farsa?

Nos parecía imposible: le vimos, sin embargo, el médico y yo, y le explicamos el caso.

Era un sacerdote viejo, bonachón, ingenuo.

—Hay un medio—nos dijo—sin necesidad de recurrir a parodias irrespetuosas; que venga vestida de blanco al lado de usted; que oiga una misa en las gradas del altar, y después de la misa yo les daré una simple bendición.

—¿Ylos pajecillos? ¿Y el órgano?

—Eso puede arreglarse; no son detalles privativos del vínculo.

Yo, entusiasmado, procedí a los preparativos, especialmente al principal de todos:

el traje de boda.

Vino la modista; se discutieron telas y avíos, con júbilo enorme de Blanca. Dos semanas después, el traje estaba hecho.

—¿Ylos zapatitos?—preguntaba ella continuamente.

Los zapatitos, de la más nivea y fina piel, con lazos enflorecidos de azahar, llegaron a su vez.

jQué mañana aquélla! Aeabé por enamorarme de la situación, tan nueva, tan

graciosa, tan inesperada…





mí su rostro ayer aún pálido, hoy sonrosado, como si la débil llamita de una nueva

vida se encendiese allí en el altar… Me miraba con la clara mirada de sus grandes

ojos, llenos de vaguedad (de una vaguedad que no tenía la mirada de «Luisa»), de sus ojos divinos que eran como dos corolas de loto en el agua obscura de un lago, como dos urnas de ensueño.

Cuando el viejo sacerdote nos bendijo, estremecióse ella ligeramente, y una viva luz alumbró su cara morena.

Parecía como si su alma, a través de los velos y las brumas, rectificase su crueldad anterior, y reencarnase con el tácito y misterioso designio de consagrarse a mípara siempre.

Cuando bajamos, precedidos de dos niños rubios, que regaban flores y que iban vestidos de Luis XIV, color salmón, la rústica escalinata del templo, a lo largo de la cual algunos boquiabiertos aldeanos contemplábannos como a fantasmas, salía el sol, un amarillo y jovial sol de España.

Parecíame que ni Blanca ni yo pisábamos las gradas; éramos dos almas, nada más que dos almas que iban a vivir confundidas en aquel rayo de oro, por los siglos de los siglos.

jCuán gentil fué su abandono en mis brazos! ¡Cuan confiado y cuan tierno!…Sí, aquella era otra vida. En el ánfora de mit amores había nueva esencia.¡Incipit vita nova!

¡Cuántas cosas bellas, nobles, buenas, iba yo a escribir en la blanca página de esa alma! ¡Con cuánta delicadeza iba a cultivarla, a educarla!

Dije al principio que mi mujer no reconocía a nuestra hija, la cual, fenómeno estupendo, en su expresión, en su dulzura, en su suavidad celeste, parecíase a Blanca, no a Luisa.

Un instinto sagrado, empero, hacíala amarla. ¿No dicen los palingenésicos que, a través de la vida, los antiguos amores se vuelven instintos?









forma.

A medida que pasaban los días, después del de «nuestra boda», el carácter de Blanca se despuerilizaba, volviéndose de una más dulce gravedad.

Resolví que emprendiésemos un viaje: nuestro «segundo» viaje de novios; y, por un refinamiento muy comprensible, quise hacerlo con el mismo itinerario que el

primero: París, Suiza, Italia…

Dejé a Carmen en buenas manos, y partí con Blanca, loca de contento a la sola ida de meterse en un tren.

—¿Estaremos mucho tiempo en el coche?-— me preguntaba.

—Yalo creo; por lo menos un día y buena parte de la noche, para ir a Madrid; después, veintiséis horas en el sud-expreso, para ir a París, y luego horas y horas para ir a Suiza, para bajar a Italia.

—Eso, eso quiero yo; que estemos mucho tiempo.

El mundo no entraba aún—innecesario es decirlo—en la hirviente zona de la

guerra… del ciclón.

El mundo estaba todavía en paz.

Las grandes metrópolis vivían, confiadas, su vida de negocio, de placeres, de intelectualilismo.

París rebosaba en júbilo, en fiebre, en luz, en vitalidad. El corazón gigantesco del planeta latía con ritmo acelerado, pero isócrono, sin el menor presentimiento de la catástrofe.

Triunfaba el tango argentino. En la Abbaye Theleme, Chez Paillard, Chez Fisher, Chez Maxim, los buenos luises de oro se prodigaban entre canciones de Montmartre, melodías lánguidas de violines húngaros, roces de sedas, chasquear de besos.

Eran los tiempos en que el que firma esta verídica historia escribía.

















Mujeres que sólo se ven aquí, como cisnes, pasar,

y prometedoras de un bien¡que no tiene parí

Prestigio de flores de lis,

perfume de labios en flor…¡París, oh París, oh París,

invencible amorl







Blanca no recordó ni por un instante a la febril capital de las capitales. Encontraba en todo el sabor de lo nuevo. Se entregaba a la alegría del vivir, como una colegiala que acaba de dejar los tutelares muros del Sagrado Corazón y empieza su etapa mundana.

Todas las noches íbamos a un teatro distinto; mas yo tenía cuidado previamente de explicarla, con los detalles apropiados, el argumento de las diversas obras, para que se diese cuenta de ellas, pues de sobra está decir que su conocimiento del francés había naufragado con su memoria.

Sin embargo, al terminar la pieza, solía decirme que la había comprendido perfectamente.

Merced a una cuidadosa selección de los espectáculos, iba yo educando su nueva y admirable sensibilidad. La música, sobre todo, ayudaba a ello. La gran Opera, la Opera cómica, los conciertos Lamoureux, hasta el propio «concert Rouge», servíanme a maravilla de maestros.

Por esta época empecé asimismo a proporcionarla ciertas lecturas, diáfanas,

sencillas, de grandes autores…

Con qué fruición «plasmaba» yo, si cabe la palabra, aquella alma, mía, solo mía,






Condújela asustado a un café cercano de las galerías, y pedí un cordial. Me miraba sin hablar.

—¿Quéte pasa? ¿Qué tienes?—preguntábala yo con ansiosa insistencia.

—Nada—respondió por fin, débilmente; una sensación muy extraña. Me ha parecido, en un momento dado, con claridad como de relámpago, muy penosa,

que esta plaza la había yo visto ya, contigo…

Un pavor infinito me paralizó por unos instantes el corazón, y me puso frío en los huesos. Recordé mis diversas lecturas, y una frase corroboradora de ellas, del sabio especialista francés:

«La amnesia, vigorizando el organismo lentamente, suele curarse también lentamente.

»Los recuerdos, las imágenes, aislados y confundidos al principio como las estampas revueltas de una historia, van con blandura ordenándose, hasta que empieza la vida anterior a verse en fragmentos, y, por fin, en su integridad.

»Si esta operación se efectuase súbitamente, produciría un trastorno mental tan profundo, que podría sobrevenir la rotura de un vaso y la enajenación irremediable o la muerte; pero si paulatinamente la memoria va atando su

disperso haz, sólo produce trastornos relativos… Sin embargo—había añadido—pues que usted desea toda la verdad, le diré que, aun así, un organismo débil pocas veces sobrevive a la recuperación total de sus recuerdos. En el caso de la esposa de usted, nada quiero vaticinar. Sólo afirmaré que su juventud es la mejor garantía.

No una, varias veces, con disculpable egoísmo, había yo sentido el miedo, el pánico aquél ante la posibilidad de que «Luisa» recobrase sus potencias.

Era más que natural: la salud de «Luisa» significaría algo atroz, algo que cada vez me atrevía menos a considerar: significaría, sencillamente, la muerte de Blanca.

Mi Blanca idolatrada, el único ser que me había amado en la vida, se desvanecería


de ella no quedaría ni la sombra de una sombra…







IV

Con qué profundo, con qué infinito alivio la oí, pues, suspirar!

—Noha sido nada, ya estoy bien; ¿te ha pasado a tí algo por el estilo?

—Yalo creo—respondíla jovialmente—, es muy común. Los médicos afirman que se debe a un simple fenómeno de «duplicación», y cierto ilustre doctor y literato, amigo entrañable mío, el doctor E. Wilde, argentino, apunta a propósito de dicho fenómeno cosas muy curiosas.

—¿Quédice, a ver, qué dice?

—Pues dice «que una escena actual suele presentarse a la mente del espectador con todos los detalles y accidentes ya conocidos de una situación pasada en que se encontró hace tiempo, y aun de una futura que va a realizarse en el momento próximo, y en la que se ve de antemano, como un recuerdo, la tercera reproducción del mismo espectáculo, sabiéndose anticipadamente lo que va a

suceder… Que se puede tener, en una palabra, la noción de un hecho como sucedido dos veces, o de uno que va a repetirse inmediatamente.»

«Dickens—continúa Wilde—describe esta sensación como muy general. Conocemos, dice en David Copperfield, por experiencia, el sentimiento que nos invade a veces de que cuanto estamos diciendo o haciendo ha sido dicho o hecho anteriormente, hace largo tiempo; que hemos estado rodeados de las mismas

personas y de los mismos objetos, en las mismas circunstancias… que sabemos, en fin, perfectamente lo que se va a decir, como si lo recordáramos de repente.»

Los franceses llaman fausse reconnaissance a esta sensación: más propio sería llamarla, según el doctor Wilde, «doble percepción», en la cual el mismo acontecimiento parecería haber ocurrido en dos o más épocas.




propenso a sentir esa impresión.

(Con la explicación tan detallada del caso, yo pretendía que Blanca, demasiado instruida ya para comprenderlo, gracias a mí, no se preocupara más de él, sabiendo, sobre todo, que era conocido y corriente.)

—¿Ycómo lo sentía?

—Pues, verás: relata, por ejemplo, que en el curso de sus viajes llegó por primera vez a Nuremberg; fué a ver un casiillo, y hallándose enfrente de los arcos de piedra de la puerta y del frontispicio, dijo a su acompañante: «Yo he visto antes esto; adentro, en el patio, entre las columnas de una especie de claustro, está sentada una vieja.» Se abrió la puerta y, en efecto, había un patio, un claustro y una vieja sentada entre dos columnas.

—¡Quéextraordinario!…—exclamó Blanca, divertida verdaderamente con mi narración, que, sin embargo, en tratándose de tales o cuales vocablos, dejaba de entender.

Hícela gracia de una explicación de mi docto amigo Wilde, según el cual el hecho de la doble vista anacrónica del mismo objeto, en el pasado y en el presente, depende del pasaje al sensorio común, por dos vías diferentes, de una misma percepción, alojándose primero la que llegaba antes, transmitida directamente por el nervio óptico, y después la que hubiera recorrido vías combinadas: de esta

suerte la primera sería más antigua con relación a la otra.

Pero sí le referí, por curioso, lo que el mismo doctor nos recuerda de Dickens. En una de las novelas de éste, figura un vendedor de baratijas, que ejercía su comercio en la vía pública, junto a una casa grande y solemne. Nuestro hombre, al ver entrar en la casa y salir de ella constantemente a ciertos individuos, dedujo

que ellos la habitaban; y, no deteniéndose en esto, les puso nombres, los acomodóen sus diversos departamentos y les atribuyó en su fecunda imaginación costumbres determinadas.

Un día, por orden de la autoridad competente, entró en la vetusta mansión la




-¿Cuál? ¡Di cuáll

—Son recuerdos de vidas anteriores… ¡Quién sabe si tú y yo nos amamos ya en

otra vida, en Venecial…

—Debimos entonces amarnos mucho, ¿verdad?—preguntó deliciosamente—

puesto que nuestro amor ha durado hasta hoy… y aún ha crecido.

Estreché su mano con ternura, y echamos a andar en busca de nuestra góndola para volver al hotel.







V

Muchos días apacibles, radiosos, transcurrieron sin que el «fenómeno» volviera a producirse; pero una tarde, en Roma, a la sazón que desembocábamos en la plaza de San Pedro, ante la Basílica y las imponentes columnatas del Ber-nino, Blanca se repegó contra mí, y con un acento de verdadera angustia y desolación me dijo:—¡Pablo, yo ya he visto esto, seguramente contigo!

Y palideció horriblemente.

—No, hija mía: te he explicado de sobra en qué consiste tu ilusión…

—Pablo, no es ilusión; yo he visto esto… yo he estado aquí.

Y después de un momento de estupor:—¿Quiénsoy yo, Pablo? Tengo mucho

miedo… ¿Quién soy yo?

No quise ya dar un paso más, y, desolado, hube de llevarla a nuestro coche, que nos aguardaba cerca, y regresé con ella al hotel.

Después de aquel relámpago de lucidez, quedóse atontecida, muda, absorta y no pronunció una palabra más.

Temblaba de frío. Con ayuda de la doncella la metí en su cama, la arropé bien,



A lo menos ahora moría amándome, dejándome el más santo y perfumado recuerdo, mientras que de la otra suerte la substituiría lentamente la torva mujer que había hecho mi desgracia, y su perversidad acabaría acaso por empañar la sublime imagen del ángel que embelesaba mis días.

Después de una hora larga de tortura interior al borde del lecho en que Blanca dormía con sueño intranquilo, sacudida de vez en cuando por ligeros estremecimientos nerviosos, una doliente y rendida resignación fué invadiendo mi espíritu.

En suma, Él sabe bien lo que hace: para acrisolarme quiso que encontrara y amara yo a Luisa; pero como hasta en lo que parece más inexorable de sus decretos hay

(¡es Padre al fin!) un fondo de piedad, habíame otorgado, a raíz de un accidente que parecía mortal de necesidad, la merced incomparable de una mujer angélica, surgida milagrosamente de la otra.

Así, el ser que más mal me había hecho, hacíame ahora el máximo bien. Las caricias que la hosquedad de Luisa me negara, Blanca me las restituía

santamente…

Si Él estimaba en su inexcrutable justicia distributiva, que mi paga había sido por ahora bastante y que era preciso ofrecer nuevo tributo al dolor, ¡que se cumpliese su voluntad divinal

Deus dedit, deas abstulit…

Y recordaba las admirables palabras de Epicteto:

«Eh cualquier accidente que te acaezca, no digas nunca: «He perdido tal o cual

objeto»; di más bien: «Lo he devuelto». ¿Acaba de morir tu hijo?«Fué devuelto».¿Ha muerto tu mujer? «Fué devuelta». «Me han despojado de mi herencia,

dices»—Pues bien; tu herencia también ha sido devuelta.»

«—Pero el que me ha despojado es un mal hombre».—¿Y qué te importan las manos por las cuales tu heredad vuelve a Aquél de quien tú la tenías y que la reclama? Mientras que te la confía, mírala como bien de otro, y ten cuidado de ella





Yo había ya tomado una resolución: no más Italia. No volvería a ver con ella ciudad ni comarca ninguna que Luisa y yo hubiésemos visto juntos. Embarcaríamos en Ñapóles con rumbo a Barcelona.

Al día siguiente estábamos en el Hotel de Santa Lucía de Napóles.

Recordé las horas pasadas en mi «primer viaje de bodas» por la bahía de ensueño;

nuestras excursiones a la gruta azul, a Pompeya… a Pompeya sobre todo. Luisa me había echado a perder mi éxtasis en las calles solitarias de la ciudad única. Ni entendía nada de aquello, ni podía sentir la imperiosa evocación del pasado.

En vano me afanaba yo por reconstruirle la vida romana. Bostezaba, se impacientaba, y acabó por insistir en que volviésemos a Napóles temprano, «para tomar elté»con una amiga que la aguardaba en el hall del hotel.

Acaso Blanca, con su sencillez afectuosa, con su simplicidad, fuese mejor compañera de ensoñaciones que «la otra». No sabía de historia más que lo que yo le desmigajaba; pero sabía en cambio callar y acompañarme plácidamente por las vías milenarias.

No me atreví, sin embargo, a intentar la excursión, por miedo a una nueva desgarradura del pasado, y preparé nuestro embarque en el vapor italiano que regresaba a Barcelona.

La naturaleza me ayudaba en mi propósito. Una lluvia persistente volvía grises y monótones todos los paisajes, todas las perspectivas.

Ya en el Mediterráneo lució empero el sol, y el cielo se volvió de una incomparable limpidez.

Azul y manso se mostró el mar. Parecíamos navegar a través de un ensueño de turquesas.

La travesía fué un encanto. El vapor se detuvo en Genova la marmórea y en la vivaz y alegre Marsella.



Blanca y yo íbamos a buscar nuestro sitio predilecto, hacia popa, y en cierto rinconcito permanecíamos silenciosos, inadvertidos, con una de sus mano? en una de las mías.

La música nos llegaba de lejos, y sus melodías juntábanse a la cadencia leve de las

olas. No recuerdo de noches tan felices en recogimiento mayor y más completoéxtasis.

Pensé muchas veces que, fuese cual fuese en adelante mi destino, yo ya no tenía el derecho de quejarme.

El ánfora de mi alma había sido colmada de esencia.

Un piadoso e invisible Ganimedes echaba en mi crátera, hasta verterlo, el más generoso de sus vinos.

Sentía yo ya que el alma de Blanca, en un inalterable y celeste reposo, identificábase con la mía.

¿El alma de Blanca?

Sí, el alma de Blanca, que era al propio tiempo el alma de Luisa, purificada por el

amor que ésta no había acertado a sentir…

Un espíritu harto apegado a las mezquindades de la vida, por misericordioso decreto supremo habíase dormido en ios senos de la Amnesia, y despertando

habíase desnudado ya de toda su miseria, lavado ya de toda su vileza…

¿Para siempre?

Quién sabe, pero ¡a qué temer!

¿Aquellas horas no valían, por ventura, la eternidad?

El éxtasis, ¿no es la evasión por excelencia de las redes del tiempo y del espacio? Los bienaventurados no son felices durante toda la eternidady según nuestra

expresión obscura, que atribuye al no-tiempo duración.


Al volver al plano de la duración, uníamos los dos cabos sueltos de tiempo y nos dábamos cuenta de las horas transcurridas. Con la mirada vaga y los pies poco firmes, como el niño que se ha quedado traspuesto en un sillón y a quien se lleva a la cama, descendíamos casi automáticamente a nuestros camarotes, donde un sueño blando substituía al blando éxtasis.

¡Con qué tristeza volví a pisar tierra en Barcelona! Era el final de un corto ensueño. ¿Corto? ¡No!, de un ensueño en que habíamos aprisionado toda la eternidad.







VII

Recordaréis que os hablé al principio de amigos piadosos que, cuando resolvícasarme con Luisa, intentaron disuadirme, porque la conocían y trataban, y conociéndola y tratándola sabían que corría yo con ella al abismo?

Pues uno de estos benévolos amigos dio de manos a boca con nosotros en el paseo de Gracia, pocas horas después del desembarco.

En cuanto nos vio dirigióse rápido a saludarnos, y yo no tuve tiempo de prevenirlo acerca de la metamorfosis de mi esposa.

La escena fué por todo extremo pintoresca.—Hola, Pablo; hola, Luisa—exclamó.

«Luisa» se quedó inmóvil.

Yo estreché la mano de mi amigo y guiñé un ojo, guiño absolutamente inútil como ustedes comprenderán.

Insistió él en saludar a mi mujer, quien extendió al fin la diestra, que él besó, no sin cierto azoramiento.





ha visto a usted nunca.

Mi amigo abrió los ojos desmesuradamente.

Yo repetí un guiño que no advirtió en su estupor, y concluí:

—Hay parecidos así, y el caso nada tiene de extraordinario. Está usted disculpado, caballero; muy buenos días.

Y cogiendo a B!anca por el brazo, le dejé plantado en medio de la acera.

No le he vuelto a ver más, pero seguramente no cabe negarle el derecho que tiene a pensar que mi mujer y yo éramos, o unos mal criados llenos de humo, o unos farsantes, o unos mentecatos.

—¿Hasvisto cosa igual?—me preguntaba Blanca después.—Pero tú parecías

conocerle…

—Nopor cierto; como me saludaba con tanta amabilidad, le tendí la mano, pero

ignoro quién es: debes parecerte extraordinariamente a una amiga suya…

Y cambié de conversación, muy satisfecho en el fondo, después de las angustias de

Italia, de que mi Blanca no recordase…

¿Estaría salvada?







VIII

Volvimos a nuestro rinconcito campestre, a nuestra quinta llena de árboles y flores, y en el momento en que el ama ponía a Carmen (que tendía los brazos a su madre) en el regazo de Blanca, «la otra» se manifestó repentinamente con

irrupción patética, trágica…

¿Fué sólo la emoción del encuentro? ¿Fué el recuerdo, por el instinto reforzado?—¡Hija! ¡Hija mía!—gritó con acentos guturales «Luisa», y cubrió de besos







No supe qué responderla.

—¿Porqué estoy aquí?—insistió impaciente.—¿Qué jardín, qué árboles son éstos?

…Vamos, habla ¿por qué no respondes?

—Nose impaciente la señora—dijo el ama, a tiempo que procuraba retirar a Carmen de entre aquellos brazos—;la señora ha estado enferma, muy enferma, y

la han traído aquí a convalecer…

—¿Yde qué he estado enferma?

—Aconsecuencia de su alumbramiento.

—¡Hija mía!—prorrumpió de nuevo, y atrajo otra vez la niña a su pecho.

¿Lo creeréis? Hasta la expresión de sus ojos, hasta el tono de su voz, habían cambiado.

Como si una máscara de dulzura cayera de pronto, sus facciones recobraban, sobre todo al verme, la dureza habitual.

Salí de la habitación, fui a telefonear al viejo médico, que vino en seguida; y mientras la asistía y procuraba calmar la tremenda agitación nerviosa que siguió a la brusca e impensada recuperación de su memoria, yo, triste hasta la muerte, fuime a refugiar a uno de los bancos de piedra, a la sombra de un frondoso árbol, en el jardín.

La sensación de algo irremediable y fatal me subía del corazón a la garganta.

Una aplastante seguridad interior me decía que Blanca se había desvanecido para siempre, y como esta seguridad era intolerable, traté de combatirla, de aniquilarla con toda mi filosofía.

Blanca, es decir, aquella modalidad del espíritu de Luisa, ¿estaba de veras perdida sin remedio?

No; porque acaso lo mejor de esa alma era una zona ignorada de su conciencia, era el ángel verdadero que hasta el más vil de los hombres lleva aprisionado en su






Vino el doctor a interrumpir mis reflexiones:

—Amigo mío—me dijo—, su esposa se nos pone mala. La crisis ha sido demasiado aguda, demasiado repentina.

—¿Senos muere, doctor?

—¡Notanto! Hay juventud: lucharemos.

—Dígame la verdad, doctor; usted conoce la firmeza de mi carácter, y no debe

ocultarme nada.

—Pues bien,sí…pobre amigo mío: jse nos muere!

Mejor es así, pensé, aunque profundamente emocionado. Si la otra no había de

volver a mirarme, a sonreirme, a amarme… mejor era así.

Y, con paso firme, me dirigí a la alcoba en que estaba mi esposa tendida en el lecho.

Al llegar, sus grandes ojos negros me miraron con fijeza, pero no pareció ya reconocerme. Llenos estaban aquellos ojos de extravío y de sombra.

Toda la noche agonizó: yo no me apartaba ni un instante de su lado. Al amanecer, su lividez me dio miedo.

Toqué sus manos. Empezaban a enfriarse. No había hecho ningún movimiento. El estertor comenzaba, rispido, a resonar en la estancia.

¿Se iba a ir, pues, para siempre, sin una palabra, sin una mirada, sin un gesto de ternura que me denunciase a Blanca, que me revelasen que Blanca me amaba aún,

antes de perderse en el mar sin orillas?…

Apreté con desesperación sus manos heladas, y con un fervor inmenso pedí a lo Desconocido que aquella alma no se alejase sin renovar definitivamente su pacto de amor.






siempre,si…em…pre… Y expiró.





***



Cae la tarde.

Estoy en Biarritz, en lo alto de la Cote des Basques, frente al mar.

La puesta del sol ha sido imponente, como suelen serlo en aquellas encantadas playas.

Han pasado diez años.

Soy un cuarentón huraño, estudioso, y vivo consagrado a mi Carmen, que casi es ya una tobillera, esbelta, de piernas largas y ágiles, de rostro moreno, de inmensos

ojos claros.

Ahora juega, cerca de mí, con un gran perro de policía de pelambre obscuro, requemado en la cola y en las patas.

Con frecuencia se acerca a la gran poltrona de mimbre en que yo reposo mirando el mar, el cielo, las montañas, desde la sonriente terraza de nuestra villa, y me da

un beso.

Después desciende de la escalinata, y retoza con su perro sobre los céspedes del jardín.

La miro, como la he mirado siempre, sin cesar, desde que su madre se alejó; y advierto con infinita complacencia lo que ya, por lo demás, me sé de sobra: que en todo, en su carácter, en sus modales, en su placidez, en su aspecto dulce, bondadoso y sencillo, ha heredado a Blanca.

Nunca Luisa a asomado por las ingenuas ventanas de sus ojos.

Bendigo a Dios, que así como en el instante definitivo de aquella agonía rtie






EL SEXTO SENTIDO





I






profetas, los visionarios, las pitonisas, las sibilas… Lo inconsciente y lo consciente

están ligados por un tenue pasadizo… Ciertos seres privilegiados se aventuran enél, y vislumbran con más o menos certeza las arquitecturas vastas del porvenir, como desde un balcón se presiente el dédalo de calles y palacios de la ciudad en

tinieblas…

—¿Desuerte que usted insinúa la posibilidad de que todos veamos el futuro?

—Yalo creo; y antes de dos siglos, buena parte de la humanidad, los más afinados,

lo verán sin duda… Ahora mismo, dados los adelantos admirables de la histología,

un Ramón y Ca-jal… yo mismo, vamos, podría acaso dar a un cerebro, mediante

operación relativamente sencilla, esa facultad de percatarse del mañana, de

conocerlo, de verlo con la misma visión clara y precisa que se ve el ayer… Esto nada tiene en suma de extraordinario—siguió el doctor, sonriendo de la expresión de asombro que advertía en mi semblante:—¡Quién sabe si, desplazando ligeramente un lóbulo cerebral, si orientando de diferente modo la circunvolución de Broca, o desviando un haz de nervios, como asienta un perspicaz pensador, se

lograría el milagro!…

¿Pero habría hombre que se atreviese a ponerse en nuestras manos para esa

operación?

—Síque lo habría, doctor—exclamé yo con vehemencia—; sí que lo habría, y aquí

lo tiene usted a sus órdenes… Es decir, aquí me tiene usted.

—¡Cómo!¿Sería usted capaz?…

—Yalo creo… ¿Pero usted no sabe que hace muchos años, una curiosidad inmensa, la curiosidad del misterio, me abrasa las entrañas? Yo no vivo sino para

interrogar a la esfinge, rabiosamente… Sólo que la esfinge no me responde…

—Ysi sustituye usted su felicidad… su relativa felicidad actual, por un infierno, tal

como no lo soñó Dante… si va usted a padecer el suplicio inefable de ver acercarse el mal, la desgracia, la catástrofe, con toda claridad y evidencia, sin poder

evitarlos… ¿se imagina usted la situación de un pobre hombre que estuviese ligado


que su vida, al lado de ella, es el paraíso por excelencia; y que gracias a la maldita facultad de ver el futuro, adquirida merced a la operación que yo le haría, empieza a ver a la amada palidecer levemente dentro de un año, dentro de dos o tres, ir

languideciendo todos los días sin remedio, y por fin morir en sus brazos… En vano, espantado, se volverá usted hacia el presente, se refugiará temblando en el hoy delicioso, en vano se echará en los brazos de la esposa dilecta: la visión persistirá, porque no es sosa del ensueño ni de la pesadilla, sino la definición precisa del hecho futuro, del hecho existente ya; porque, en realidad, todo: el pasado, el presente y el futuro, existen de una manera simultánea en el mismo plano, en la misma dimensión; sólo que nuestra visión actual está limitada a una

zona, como está limitado nuestro oído, que no percibe más que cierta amplitud de

vibraciones, y nuestro ojo que no ve más que ciertos colores… ¡En! ¿qué piensa usted de ese tormento que le he descrito?

—¡Quesería inquisitorial, amigo mío; de un horror psicológico superior a todos los

cuentos de Poe… pero que no me arredra! El prestigio de la situación es tal, a pesar de la angustia inenarrable que trae aparejada, y tal la novedad del caso, que

en mí puede más la curiosidad que el miedo…

—¿Pero habla usted en serio?—exclamó el sabio con un tono de voz que yo no le conocía.—Mire usted que, para la ciencia, sería este experimento de que hablamos de un valor incalculable; mire usted que cambiaría el eje moral e intelectual del mundo; mire usted que el sabio que realizase con éxito este experimento, se

volvería casi un Dios…

—Pues inténtelo usted, doctor—le repliqué, estremeciéndome sin embargo, a

pesarmío—;aquí tiene usted un sujeto decidido, un paciente dócil… Si sé logra en mí la mutación, ambos compartiremos la gloria: usted, realizando el milagro, y yo,

gracias a mi temeridad inmensa, pu-diendo decir al mundo sus destinos… Seré un vidente mayor que todos los profetas, un oráculo superior a todos los oráculos; nunca en Delfos se agolparían las multitudes ansiosas como se agolparán a mi

puerta, invadidas por el estremecimiento del enigma…


y usted se sujetará a la prueba. Pero antes he de ensayar, no una, sino cien veces esta operación en animales diversos, especialmente en monos y en perros; claro que no van ellos a poder decirme si ven el futuro, pero habrá indicios seguros, aun procediendo de sus cerebros embrionarios; y además, lograré saber con certidumbre dos cosas: primera, que la operación es practicable sin peligro alguno de la vida, y segunda, que no trae como consecuencia la locura.

—Ensaye usted, doctor, cuanto guste; y así que esté seguro de la pericia y firmeza de su mano, dígamelo, para ir a extenderme sobre la mesa de su clínica, de donde

he de levantarme sabiendo tanto como los dioses…

—Deacuerdo—exclamó sencillamente el doctor.

Y nos estrechamos la diestra, con la decisión grave y casi teatral de quien sella un compromiso inmenso.




II

No voy a describir la operación de que fui objeto, los preliminares requeridos, las precauciones sin cuento que la precedieron, el malestar indefinible que la siguió, los días de fiebre y de semi-consciencia que pasé extendido en el lecho, las solicitudes, más que piadosas, llenas de curiosidad de los que me rodeaban, y el pasmo del doctor, y su expresión a la vez de miedo y de triunfo cuando empezó a palpar los resultados de su obra. Algo he de dejar a la imaginación de quien me lea, y dejo este período de crepúsculo, de alba mejor dicho, seguro de que la fantasía ajena completará mi historia con más colorido que la descripción propia. Empezaré por tanto a relatar lo que sentí y vi, en cuanto la primera hebra de lucidez se coló a mi espíritu.

Es claro que este «vi» se refiere a una visión interior, pero material, ya que estaba por imágenes constituida.

Mi situación era análoga a la de un hombre que se encontrase en la cima de una



escenario en que debían realizarse, todo estaba delante de mí en perspectiva admirable, y la sucesión de los hechos diversos se me revelaba por la reproducción del mismo hecho, con las variantes y las progresiones necesarias. Por ejemplo

(esta palabra «por ejemplo>, odiosa traducción de nuestra impotencia para expresar lo inefable, me choca y molesta sobremanera, pero hay que emplearla) veía yo el futuro como se ven las tiras de papel del kinetoscopio. Supongamos que se tratase de la caída de un hombre desde un balcón. Primero veía al hombre en el momento de desprenderse, luego desprendido, después agitándose en el aire, en seguida estrellándose en la acera Imaginemos que se tratase de un derrumbamiento: pues veía, primero, la casa en pie, luego agrietándose, después estremeciéndose, al fin desplomándose, como si fuesen, no una, sino varias casas

extendidas en estas diversas circunstancias a lo largo de un plano inmenso…

En cuanto a mí, me contemplaba en todos los actos futuros y sucesivos de mi vida; era aquélla una muchedumbre inmensa de yos, pero que, por razones que escapan a toda explicación, ni se atropellaban ni confundían, cabiendo todos en el plano ideal de que he hablado. Yo ahora, yo mañana, yo comiendo, yo durmiendo, yo

enfermo, yo en plena labor… y a lo lejos, como envuelto en tenuísima bruma, yo

siempre, pero más maduro… más viejo, en unión de hombres y mujeres conocidos

y desconocidos, de perspectivas de ciudades, de campos, de habitaciones…

Por último, en una lontananza que no estaba constituida precisamente por la distancia, sino por la muchedumbre de estados, de actos, de situaciones diversas, mi camino expiraba en vaguedades indecibles; y el panorama, sin aquélla como teoría inmóvil de seres y de cosas conmigo relacionados, continuaba imborrable,

lleno de figuras, de formas varias, de acciones por ejecutarse…

Cosa más peregrina aún: desde el momento en que, extendido en mi lecho, había comenzado a vislumbrar estas perspectivas, estos panoramas, los primeros

términos del paisaje interior iban acercándose, como una gran cinta móvil… como

un camino poblado de infinidad de fantasmas que viniese haciamí…Sólo que,

observando un poco, bien pronto caí en la cuenta de que aquello era inmóvil, y de




lo más mínimo; que me pareciese, por el contrario, no sólo natural, sino consubstancial a mí, en sumo grado. Al principio me contenté con divagar a través de las diversas perspectivas, perezosamente, sin interesarme en ninguna sucesión especial de hechos, pero después fui como aclarando mi visión, como desmadejándola y definiéndola, y entonces pude seguir los hilos, no sólo de mi propia vida, sino de muchas ajenas, pues a medida que más insistía en ver, se

ampliaban más los planos…

Mi asiduidad hizo que mirase en relativamente cercano devenir una vida, que suavemente empezaba en no sé qué recodo del futuro a unirse con la vida mía. Era

una mujer, era un rostro… era un fantasma, pero lleno de precisión y de prestigio.

Primero, el camino que parecía seguir era paralelo al mío; luego iba orientándose hacia mi camino; y, por fin, los dos se confundían en uno que ondulaba entre

flores… Pero—¡oh angustia presentida ya por el sabio, antes de practicar la

operación maravillosa de que había yo sido objeto!—las dos vidas se desunían en determinado punto del sendero, y aquella mujer desaparecía para siempre,

dejándome continuar solo el camino…

Cuando comencé a verla en esa zona luminosa de futuro que se extendía ante mi visión interior, estaba todavía lejos. Su infancia transcurría en un sitio delicioso. Era una villa, un castillo mejor dicho, rodeado de inmenso parque y enclavado sobre una eminencia que descendía en ondulaciones verdes y suaves, hasta muy cerca de una playa amplísima donde morían cantando las ondas azules y sonoras

del mar… ¿de qué mar?

Aquel paisaje lo mismo podía ser de Biarritz que de Trouville, de Niza que del Mar

del Plata… Lo indudable era que yo lo conocía, que había estado alguna vez allí.

Los primeros días de mi convalecencia los pasé con el alma vuelta toda hacia la visión futura, hacia la rapaza adorable, más adorable a medida que más la contemplaba, en aquella como lontananza gris perla, levemente dorada, en que su silueta rítmica parecía moverse.



una sensación como de rechazo flúidico, que los de ella, profundamente azules,

recibían a su vez su choque místico…Sí»por algunos instantes, aquella mujer que me estaba destinada, aquella niña que iba a amarme más tarde, y yo nos vimos a través del tiempo, con la misma precisión que si nos separase sólo el alféizar de

una ventana florida…

…Después, la jovencita volvió a sus juegos, y ya ño tornó a ponerse pensativa, y ya

no me vio más en aqueldía…



III

Al siguiente día, el médico, impaciente y nervioso ante mi silencio, se resolvió por fin a interrogarme de una manera directa, aprovechando la ausencia de los enfermos.

—¿Cómose siente usted?—me preguntó.

—¡Perfectamente!—le respondí con sequedad.—¿Nosufre usted?

—Nosufro.

—¿«Ve»usted?…—Veo.

—¿Todo?

—Absolutamente todo…

—¿Yexperimenta usted alguna sensación desagradable?

—Alcontrario…

—Sediría, sin embargo, que me guarda usted rencor…




adaptarme a este nuevo plano, a este nuevo universo… y, sobre todo, quiero estar solo con mi fantasma.

—¿Consu fantasma?…

—Sí,doctor, con mi fantasma, con mi adorado fantasma… Estoy enamorado de

una ¿cómo llamarle?… de una posibilidad; no, digo mal, estoy enamorado de una

imagen, pero de la imagen de una criatura viviente… Estoy… pero no me pregunte

usted nada, porque toda explicación profanaría la divina realidad de mi ensueño…Déjeme usted tranquilo, aquí, como me hallo, frente a esta gran ventana que da al jardín de la clínica, y por donde se cuelan hálitos ca-pitosos de primavera. Ordene

usted a los enfermeros que no me hablen; dígales que necesito para reponerme

mucho silencio y mucha paz… Y usted no me interrogue… en nombre de nuestra amistad.

Vi en la perplejidad del doctor que no comprendía (ni cómo había de comprender) mis palabras; pero, a fuer de hombre discreto, accedió sonriendo a lo que le pedía,

y me dejó tranquilo. Los enfermeros, por su parte, no me molestaron más. Acercábanse únicamente para alimentarme, y lo hacían en silencio, alejándose en cuanto su presencia dejaba de ser indispensable para éste u otros menesteres.

Empezó, pues, para mí, desde entonces, una vida única, paradisíaca. Absorto ante mi futuro, con la misma devoción con que los viejos se engolfan en su pasado, ya no más abría los ojos. El presente me era tedioso, y su desabrimiento parecíame mayor cada día. Mi solo consuelo consistía en sentir que un movimiento inexplicable y misterioso me acercaba a mi amada. Y a medida que me iba acercando, abarcaba, por decirlo así, más porción del camino futuro, y la veía mejor. Podía deliberadamente (y ésta era una de las condiciones más apetecibles de mi actual estado) detener mi mirada interior donde me placía, ya en una, ya en la otra etapa del futuro; de suerte que un día, por ejemplo, complacíame en contemplarla en sus juegos infantiles, en ese límite de oro en que va a acabar elángel y a empezar la mujer; otras veces iba más hacia adelante, allí donde su vida estaba ya muy cerca de la mía, y quedábame en éxtasis ante sus nacientes encantos de moza, ante las insinuaciones suaves y prometedoras de la curva, que





Entonces la ideal criatura suspendía sus juegos como en aquella tarde, y se sentaba pensativa en el banco de piedra, con los ojos clavados en un punto

hipotético. Era en ese instante cuando nuestras miradas se encontraban a través

del tiempo, produciéndose una turbación arcana, indecible, profunda…

Decir que este oso a la Quimera de hoy, pero realidad de mañana, que este flirt con un futuro de mujer es inexpresable, no es decir nada; afirmar que no hay palabras con qué describirlo, es ensuciar, opacar con clisés estúpidos la intangible verdad del ensueño. Yo no creo que ningún dios haya gozado lo que yo gozaba amando aquello que debía venir; no creo que en vida humana haya habido jamás el delicioso refinamiento de la mía; no imagino que las aventuras raras de la historia hayan tenido nunca la rareza de mi sin par aventura.

Era yo como un Tántalo al revés. Complacíame en ansiar el bien que forzosamente debía pertenecerme; en tener sed del agua mística y milagrosa, que sólo para mí se

despeñaba ya de las montañas del Ideal, y corría sonante y cristalina hacia mi

boca… Pero un día, a la beatitud empezó a suceder cierta leve impaciencia… A fuerza de ver y amar a aquella criatura, un vivo anhelo de poseerla, el viejo deseo, padre de la especie, empezó a morder cruelmente mis entrañas. Medía el camino que nos separaba aún, y lo encontraba más largo de lo que ansiaba mi anhelo. La certidumbre absoluta de que todo esfuerzo sería vano para anticipar los acontecimientos, acrecía mi deseo de posesión y, al fi n, éste se convirtió en una

fiebre, lenta primero, furiosa después… Una para mí visible cadena de sucesos, de hechos, de actos, me separaba de mi amada. Nadie en el mundo, ningún arbitrio, ningún conjuro era bastante a hacer más corta esta cadena. Lo que había de suceder sucedería, con la implacable lentitud de su concatenación rigurosa. Yo podía, único hombre sobre el haz de la tierra, ver mi futuro, pero no acercarlo ni

en el espesor de un cabello…

Que ella habría de venir hacia mí, era un hecho absoluto; pero que no llegaría sino «a su tiempo» y sazón; era absoluto también!

Tales consideraciones no hicieron más que enardecer mis deseos, que llegaron




ha podido encontrar en los tesoros del idioma, y de pronto, a un grito mío de ternura, más intenso y delirante que los otros, abrió los ojos, se incorporó, inquieta, apoyando su cabecita adorable en la diestra, permaneció algunos minutos mirando hacia el futuro, de donde le venían mis voces lejanas, tan insinuantes y poderosas que habían logrado traspasar el muro aquél, burlar la lógica del tiempo y llegara su oído de virgen, confusas quizá, pero con fuerzas suficientes para despertarla de su sueño.







IV

Al cabo de cierto tiempo llegó, empero, mi angustia a ser de tal manera insoportable, que resolví no ver más hacia aquella zona luminosa en que florecía, antes de pertenecerme, la vida que me estaba destinada, y procuré entretenerme viendo venir los hechos inmediatos, examinando los mañanas de cada hoy; pero entonces caí en un desaliento grande, porque todo empezó a perder su interés para mí. Muchas ideas que me parecían importantes, muchas acciones ejecutadas en otro tiempo hasta con énfasis, se perdían con sus consecuencias en un futuro cercano, sin haber servido de nada, sin dejar la menor estela, sin reforzar

posibilidad ninguna… ¡Qué pocas cosas, de las que hacemos con tanto afán los hombres, me parecían dignas de haberse ejecutado! Literatos y artistas que habían sacrificado todo al bombo, desaparecidos en absoluto unos cuantos días después de muertos en la memoria de los hombres! ¡Capitalistas que ahora pasaban la

pena negra para aumentar en algunas ruedas de oro o en algunas acciones su acervo, arruinados mañana y despreciados por aquellos a quienes habían negado todo servicio! ¡Viudas archiconsoladas en breve; señoritos elegantes, estafando algunos años después fuertes sumas; toda la miseria y la necedad del hoy, comprobada por el mañana implacable!

¡Cuánto desperdicio de hechos, de sucesos, de actos humanos, para obtenerse una mínima consecuencia en el porvenir! Y por lo que respecta a los hombres; cuántos,







estaban destinados a cepa de semidioses!…

¡Cuántos infelices vi despreciados por la pomposa suficiencia de nulidades, dando

origen, a través de sólo tres o cuatro generaciones, a inventores sorprendentes, a

reformadores admirables, a pastores de pueblos… mientras que los otros, los

orgullosos, solían acabar, a través de las mismas generaciones, en un hospital o un manicomio, en las personas de nietos y biznietos epilépticos, paralíticos,

imbéciles!…

¡Cuan noble y alta me pareció entonces la justicia, esa justicia distributiva de que antes había yo llegado a dudar! El espíritu humano necesitaba en absoluto el pulimento del dolor. Los cristianos hacían bien en considerar el dolor como la predestinación más alta. No sufrían mucho en la vida sino las almas de diamante destinadas a altos fines, las capaces de soportar el fuego; las almas de lodo, en cambio, eran tan felices en su epicureismo como el cerdo: epicurae grege

porcum… Y si los desheredados o los tristes de la vida hubiesen podido ver como yo la grandeza futura de su estirpe, la glorificación de su esfuerzo, la divinización

de su dolor actual, la importancia de este dolor para mejorar el mundo, de seguro que todos hubieran caído en éxtasis.

En cuanto a los poderosos de la tierra, de fijo que al vislumbrar lo que yo vislumbraba, no de la eternidad, sino del simple futuro, de su bienestar, del plato de lentejas por el que trocaban su primogenitura, se habrían apresurado a desprenderse de todo, absolutamente de todo, y a adoptar amorosísimamente la penuria, el abandono, el frío y la soledad de los genios y de los santos.

La humanidad vivía atada a la tierra con una cadena de oro y engañada por el oro mismo, presumiendo que sólo dentro de ese torbellino de metal era posible la vida. En un siglo de progreso desigual, en un período de mercadería, el hombre iba animalizándose lentamente, sin una brizna ya de energías íntimas para las cosas esenciales, para la contemplación del universo. Y como procuraba pulir y

afinar su espíritu para volverlo indestructible, inmortal, sólo su oro le sobrevivía, y eso en manos de otros (¡cuan otros, sí!), de aquellos por quienes había trabajado,





venir cotidiano, y que de pronto estallan en llamarada divina ante la muda estupefacción de las razas.







V

En cuanto pude levantarme, el operador no me perdonó ya mi silencio ni mi apartamiento. Puesto que podía yo lozanear como planta que vuelve a la vida, puesto que a mi rostro los colores tornaban y mi pulso latía con firmeza, ya no era justo que él esperase más su gran parte de triunfo, de gloria, a que le hacía acreedor la nunca vista operación en mí practicada con tanto éxito, gracias a su pericia.

No hubo, pues, remedio. Fué preciso ir de aquí para allí: primero a la Escuela de Medicina, después a otros innumerables centros científicos, donde fui objeto de la más irritante curiosidad, pues aquellos sabios escudriñaban mis impresiones y sensaciones con desplante verdaderamente vejatorio, e iban anotando las respuestas que daba yo a su metódico e indigesto cuestionario, con una minuciosidad insoportable.

Fueron esos días de dura prueba para mí. No me daba punto de reposo, y en la noche volvía tan fatigado a mi rincón, que mi único anhelo era la inconsciencia bienhechora del sueño; inconsciencia relativa, a decir verdad, pues, en mi nuevo estado, los ensueños tenían extraordinaria y angustiosa lucidez.

Naturalmente, mi retrato, mi biografía, mis impresiones, abultadas por reporters, el relato nimio de la operación famosa (con proyecciones cinematográficas) y otras lindezas por el estilo, llenaron páginas de revistas y diarios, especialistas o no. El

operador crecía en gloria y fama a cada instante. Era el hombre del día en el mundo. Varios yanquis excéntricos le habían telegrafiado pidiéndole que les

operase, y él empezaba a tarifar, sin andarse con remilgos, las intervenciones quirúrgicas de nuevo cuño, la «Martinización>, como llamaba ya a su




se la enfoca. Podía ya discernir perfectamente las circunstancias en que debía efectuarse el primer encuentro. Dentro de un período de tiempo, difícil de medir, dado que justamente mi visión lo anulaba; en una playa, que no era aquella en que me hallaba a la sazón, pero que acaso no estaba muy lejana, ese servidor del Misterio que se llama el Azar, debía apersonarnos y hacer surgir en nuestros

espíritus la eterna Ilusión, madre de las razas… (En su espíritu debiera yo más bien decir, porque yo me había anticipado al destino, merced a una treta

milagrosa, y amaba ya a la que iba a venir, como si la tuviese por primera vez entre mis brazos).

Se acercaba, pues, se acercaba… Todos los instantes, como invisibles manos, la

empujaban haciamí…

¡Amar así, qué delicia…! ¡sin miedo al mañana, que indefectiblemente nos ha de traer el bien; al mañana, que a otros les quita y a mí iba a darme; al mañana, que

por lo desconocido es para todos amenaza, y para mí solo era esperanza…!

¡Amarasí…!Pero ¡oh, miseria nuestra!, ¿por ventura el amor no es planta de talíndole, que sólo puede germinar, crecer, vivir entre el miedo, la angustia, lo

imprevisto?…

¿No es tal nuestra idiosincrasia, que dejamos el bien cierto y grande por el bien mediocre e hipotético?

Y lo imprevisto, sobre todo, ¿no es el señuelo por excelencia del amor?

Así, pues, aquella dicha cierta, acariciada, detalle a detalle, noche y día, por la facultad nueva, por el sexto sentido nato gracias a la operación famosa, por cierta

iba siendo menos dicha… En cambio, tales y cuales males futuros, enfermedades, disgustos, fracasos, y sobre todo la visión de la muerte, que, a pesar de mi voluntad, solía surgir precisa en la lontananza, seguida de una zona obscura, muy

obscura, empezaban a mortificarme más de la cuenta.

Yo era un dios (¡qué duda cabe, si poseía lo que mortal ninguno poseyó nunca!); pero por lo mismo, comenzaba a padecer el espantoso tormento de los dioses: ¡la



insípido y poco deseable. Y yo, que había ido a la playa solitaria a recrearme con mi fantasma, eché a correr una noche de allí, a todo el vapor del expreso, hacia Biarritz, en busca de gente, de trivialidad, de ruido, de aturdimiento, que me despegasen de mi yo, de mi visión, de mi lucidez, de mi insoportable sentido

nuevo…

Risas, músicas y charlas de casinos, cafés invadidos por multitudes triviales, elegantes y cosmopolitas, bocinear de automóviles, ecos de deportes: eso, eso

quería yo e iba a buscarlo…

He dicho ya—y, si no lo dije, bien está que ahora lo exprese—que mi visión del futuro era voluntaria. La operación de mi cerebro, al obtenerla, era análoga al esfuerzo más o menos leve que hacemos para recordar. Al futuro me asomaba yo, como se asoma uno a la ventana para ver el paisaje. Libre quedaba, pues, de asomarme; pero así como a pesar de nuestra voluntad y del dominio que tenemos sobre nuestra imaginación, ésta nos impone a veces imágenes ob-sesoras de las que difícilmente nos desembarazamos, así también, con mucho esfuerzo, podía yo esquivar mis visiones del mañana. Sin embargo, desde que llegué a Biarritz, de tal suerte me lancé a la vida mundana, supe meterme en un torbellino tal, que ya ni de día ni de noche torné a la dolorosa o plácida contemplación de lo venidero, y ni siquiera fijé una sola vez los ojos interiores en mi fantasma.

Todos los días jugaba al golf (deporte que fué siempre mi predilección), acompañado de insulsos pollos de lo más granado del cosmopolitismo veraniego de la Costa de Plata. Meter una bola en un agujero me resultaba tan calmante como ver correr el agua. Y cierta tarde gloriosa, de esas en que el sol, estriado de bandas de nubes, cae con una pompa incomparable, manchando de rojo la arisca Cote de Basques, el ideal Rocher de la Vierge y el fantástico y gracioso semicírculo de palacios que dominan la grande plage, mientras distraído contemplaba a una miss recorrer kilómetros con la consabida pelota, vi de pronto venir en mi

dirección a una jo-vencita vestida de blanco, ligera, ágil, sonriente…incomparablemente graciosa.

Bella creatara di bianco vestita…


Sí, bien lo sé: vosotras, almas ingenuas, que no dormís tranquilas hasta que no sabéis el desenlace de una novela, que no la juzgáis completa si queda flotando un hilo, almas que cada día sois menos; vosotras querríais que yo os dijese lo que pasó después: nuestras dichas, nuestros éxtasis, nuestras lágrimas, los horrores y

las delicias del privilegio tremendo que me había sido otorgado… ¡Pero para qué,

amigos míos, para qué! Esta historia no debe tener fin, creédmelo…




FIN

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