Libro N° 14960. Algo Alrededor De Tu Cuello. Ngozi Adichie, Chimamanda
© Libro N° 14960. Algo Alrededor De Tu Cuello. Ngozi Adichie, Chimamanda. Emancipación. Marzo 28 de 2026
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ALGO
ALREDEDOR DE TU CUELLO
Chimamanda
Ngozi Adichie
Algo Alrededor De Tu Cuello
Chimamanda Ngozi Adichie
Algo alrededor de tu cuello
Chimamanda Ngozi Adichie
Prospect, 20 de junio de 2004
Traducción: Aurora Echevarría
«Algo alrededor de tu cuello», cuento de Chimamanda Ngozi Adichie, es
una historia conmovedora sobre una joven nigeriana que experimenta la ilusión y
la desilusión de la vida en Estados Unidos. Al ganar la lotería de visados,
espera encontrar un futuro prometedor, pero se enfrenta a la realidad de la
soledad, la explotación y el choque cultural. La narrativa explora su viaje de
autodescubrimiento y adaptación, tocando temas de identidad, expectativas y la
búsqueda de un sentido de pertenencia en un entorno extranjero. La historia
también aborda las complejidades de las relaciones interculturales y el impacto
emocional de la distancia con su familia y su tierra natal.
Creías que en Estados Unidos todo el mundo tenía un coche y una pistola;
tus tíos y tus primos también lo creían. Justo después de que te tocara el
visado a Estados Unidos en la lotería, te dijeron: «Dentro de un mes tendrás un
gran coche. Luego una gran casa. Pero no te compres una pistola como esos
americanos».
Entraron en tropel en la habitación de Lagos donde vivías con tus padres
y tus tres hermanas, y se apoyaron contra las paredes despintadas, porque no
había suficientes sillas para todos, para decirte adiós en voz alta y añadir
muy bajito lo que querían que les mandaras. Al lado del coche y la gran casa (y
posiblemente la pistola), lo que ellos querían eran tonterías: bolsos, zapatos,
perfumes y ropa. Tú dijiste que no había problema.
Tu tío de América, que había inscrito a toda la familia en la lotería de
visados, te ofreció que vivieras con él hasta que consiguieras arreglártelas
por ti sola. Fue a recogerte al aeropuerto y te compró un enorme perrito
caliente con mostaza que te causó náuseas. Tu iniciación a Estados Unidos, dijo
riéndose. Vivía en una pequeña ciudad de blancos en Maine, en una casa de
treinta años junto a un lago. Te explicó que la compañía para la que trabajaba
le había ofrecido unos cuantos miles de dólares más que el sueldo medio además
de la opción de compra de acciones, sólo porque estaban desesperados por dar
una imagen de diversidad. En todos los folletos aparecía una foto suya, hasta
en los que no tenían nada que ver con su departamento. Se rio y dijo que era un
buen trabajo, que valía la pena vivir en una ciudad de blancos aunque su mujer
tenía que conducir una hora para encontrar una peluquería que le arreglara el
pelo. El secreto estaba en comprender lo que era Estados Unidos, un toma y
daca. Renunciabas a muchas cosas pero ganabas otras tantas.
Te enseñó a rellenar una solicitud de empleo para cajera en una estación
de servicio de Main Street y te apuntó a un centro de educación terciaria,
donde las chicas tenían los muslos gruesos, y llevaban las uñas pintadas de
rojo brillante y autobronceador que las hacía parecer naranjas. Te preguntaban
dónde habías aprendido inglés, si en África había casas de verdad y si antes de
ir a Estados Unidos habías visto un coche. Se quedaban perplejas con tu pelo.
¿Se levanta o cae cuando te quitas las trenzas?, querían saber. ¿Se queda todo
él levantado? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Utilizas un peine? Tú sonreías agarrotada
cuando te hacían esas preguntas. Tu tío te dijo que contaras con ello, una
mezcla de ignorancia y arrogancia, lo llamó. Luego dijo que a los pocos meses
de que ellos se mudaran a su barrio, los vecinos comentaban que las ardillas
habían empezado a desaparecer. Habían oído decir que los africanos comían toda
clase de animales salvajes.
Te reías con tu tío y te sentías a gusto en su casa; su mujer te
llamaba nwanne, hermana, y sus dos hijos en edad escolar, tía.
Hablaban igbo y comían garri al mediodía, y era como estar en
casa. Hasta que tu tío entró en el abarrotado sótano donde dormías entre cajas
y cartones, y te atrajo hacia sí a la fuerza, apretándote las nalgas y
gimiendo. No era tu tío en realidad; era un hermano del marido de la hermana de
tu padre, no tenía ningún lazo consanguíneo. Cuando lo rechazaste, él se sentó
en tu cama —era su casa, después de todo—, sonrió y dijo que a los veintidós
años ya no eras una niña. Que si le dejabas continuar haría muchas cosas por
ti. Las mujeres listas lo hacían continuamente. ¿Cómo creía que lo habían
conseguido todas esas mujeres de Lagos con empleos bien remunerados? Hasta las
mujeres de la ciudad de Nueva York.
Te encerraste en el cuarto de baño hasta que subió de nuevo y a la
mañana siguiente te marchaste. Echaste a andar por la larga carretera
serpenteante oliendo las crías de pescado del lago. Lo viste pasar en coche.
Siempre te había dejado en Main Street, pero ese día no tocó la bocina. Te
preguntaste cómo explicaría a su mujer que te habías ido. Luego recordaste lo
que te había dicho, que Estados Unidos era un toma y daca.
Terminaste en Connecticut, otra ciudad pequeña, porque era la última
parada del autobús Greyhound al que te subiste. Entraste en un restaurante con
un toldo limpio y reluciente, y te ofreciste a trabajar por dos dólares menos
que las demás camareras. El gerente, Juan, tenía el pelo negro azabache y
sonrió dejando ver un diente de oro. Dijo que nunca había tenido una empleada
nigeriana, pero que todos los inmigrantes trabajaban duro. Lo sabía, lo había
visto. Te pagaría un dólar menos pero en negro; no le gustaban todos los
impuestos que le hacían pagar.
No podías permitirte seguir estudiando porque tenías que pagar el
alquiler de una diminuta habitación con la moqueta manchada. Además, en la
pequeña ciudad de Connecticut no había ningún centro de educación terciaria y
los créditos de la universidad estatal costaban demasiado. De modo que ibas a
la biblioteca municipal, consultabas los programas de estudios en las websites
y leías algunos de los libros que recomendaban. A veces te sentabas en el
colchón con bultos de tu cama individual y pensabas en tu casa, en tus tías que
vendían pescado seco con plátano, engatusando a los transeúntes para que les
compraran y acto seguido insultándolos por no hacerlo; tus tíos que bebían la
ginebra local y hacinaban a su familia y sus vidas en habitaciones
individuales; tus amigos que habían ido a despedirse antes de que te fueras,
para alegrarse de que hubieras ganado el visado y para confesarte su envidia;
tus padres que a menudo se cogían de la mano al ir a la iglesia los domingos
por la mañana mientras los vecinos de las habitaciones contiguas se reían y
burlaban de ellos; tu padre que volvía del trabajo con los viejos periódicos
del jefe y obligaba a tus hermanos a leerlos; tu madre cuyo sueldo apenas daba
para pagar las matrículas de tus hermanos en la escuela secundaria donde los
profesores daban un sobresaliente cuando alguien les entregaba un sobre marrón.
Tú nunca habías tenido que pagar por un sobresaliente, nunca habías dado
un sobre marrón a un profesor de la escuela secundaria. Aun así, comprabas
sobres alargados y marrones para enviar la mitad de tu sueldo a la dirección de
la paraestatal donde limpiaba tu madre; siempre utilizabas los billetes de
dólar que te daba Juan porque, a diferencia de los de las propinas, eran
nuevos. Todos los meses. Envolvías el dinero en una hoja blanca pero no
escribías nada. No había nada de que escribir.
Las semanas que siguieron, sin embargo, te entraron ganas de escribir
porque tenías cosas que contar. Querías escribir sobre la asombrosa franqueza
de los norteamericanos, lo deseosos que estaban de hablarte de la lucha de su
madre contra el cáncer o del bebé prematuro de su cuñada, la clase de cosas que
uno debía ocultar o revelar sólo a los familiares bien intencionados. Quería
escribir sobre la cantidad de comida que dejaban en el plato junto a unos
billetes arrugados, como si fuera una ofrenda, una expiación por la comida
desperdiciada. Querías escribir sobre la niña que empezó a berrear, a mesarse
su pelo rubio y a tirar las cartas de los menús al suelo, y sobre sus padres
que, en lugar de hacerla callar, le suplicaron, a una niña que no tenía ni cinco
años, y luego todos se levantaron y se marcharon. Querías escribir sobre los
ricos que vestían con ropa vieja y zapatillas de deporte tronadas, que tenían
el aspecto de los vigilantes nocturnos que había frente a los grandes recintos
de Lagos. Querías escribir que los norteamericanos ricos eran delgados mientras
que los norteamericanos pobres eran gordos, y que muchos no tenían una gran
casa y un coche; sin embargo, seguías sin estar muy segura de las pistolas,
porque podían llevarlas en el bolsillo.
No era sólo a tus padres a los que querías escribir, también a tus
amigos, a tus primos y tíos. Pero no podías permitirte comprar suficientes
perfumes, bolsos y zapatos para todos, y pagar el alquiler con lo que ganabas
de camarera, de modo que no escribías a nadie.
Nadie sabía dónde estabas, porque no se lo habías dicho a nadie. A veces
te sentías invisible e intentabas cruzar la pared de tu habitación y salir al
pasillo, y cuando chocabas con ella, te salían moretones en los brazos. Una vez
Juan te preguntó si te pegaba algún hombre, porque se ocuparía de él, y tú te
reíste de forma misteriosa.
Por la noche algo se enroscaba alrededor de tu cuello. Algo que casi te
asfixiaba antes de que te quedaras dormida.
Muchos clientes del restaurante te preguntaban cuándo habías llegado de
Jamaica, porque se creían que todos los negros con acento extranjero eran
jamaicanos. O los que adivinaban que eras africana, te decían que les encantaba
los elefantes y que querían ir de safari.
De modo que cuando él te preguntó en la penumbra del restaurante,
después de que le recitaras las especialidades del día, de qué país africano
eras, respondiste Nigeria y esperaste que dijera que había hecho un donativo
para luchar contra el sida en Botswana. Pero él te preguntó si eras yoruba o
igbo, porque no tenías cara de fulani. Te sorprendiste; pensaste que debía de
ser profesor de antropología en la universidad estatal, un poco joven a sus
veinte años largos, pero nunca se sabía. Igbo, respondiste. Él te preguntó cómo
te llamabas y dijo que Akunna era un nombre bonito. Afortunadamente, no te
preguntó qué significaba, porque estabas harta de que la gente dijera: ¿La
riqueza de tu padre? ¿Quieres decir que tu padre te venderá a un marido?
Él te explicó que había estado en Ghana, Uganda y Tanzania, que le
gustaba la poesía de Okot p’Bitek y las novelas de Amos Tutuola, que había
leído mucho sobre los países africanos subsaharianos, su historia, sus
complejidades. Querías sentir desdén y demostrarlo al llevarle lo que había
pedido, porque son igual de condescendientes los blancos que sienten demasiado
entusiasmo por África que los que no sienten ninguno. Pero él no sacudió la
cabeza con superioridad como ese profesor Cobbledick del centro de educación
terciaria de Maine durante una discusión en clase sobre la descolonización de
África. No puso la expresión del profesor Cobbledick, esa expresión de quien se
cree mejor que la gente que conoce. Volvió al día siguiente y se sentó a la
misma mesa, y cuando le preguntaste si estaba bueno el pollo, te preguntó a su
vez si habías crecido en Lagos. Volvió un tercer día y antes de pedir empezó a
hablarte de su viaje a Bombay, y que quería ir a Lagos para ver cómo vivía
realmente la gente en los barrios de chabolas, porque él nunca hacía las
estúpidas rutas turísticas cuando viajaba al extranjero. Habló sin parar y
tuviste que decirle que iba en contra de las normas del restaurante. Él te rozó
la mano cuando dejaste el vaso de agua en la mesa. El cuarto día, cuando lo
viste llegar, dijiste a Juan que no querías atender más esa mesa. Esa noche
después de tu turno él te esperaba fuera con unos auriculares puestos, y te
propuso salir con él porque tu nombre rimaba con hakuna matata y El
rey león era la única película sensiblera que le había gustado. Tú no
sabías qué era El rey león. Lo miraste a la brillante luz y te
fijaste en que tenía los ojos del color del aceite de oliva extra virgen, un
dorado verdoso. Ese aceite era lo único que te gustaba, te gustaba de verdad,
de Estados Unidos.
Él era estudiante de último curso en la universidad estatal. Te dijo
cuántos años tenía y le preguntaste por qué no se había licenciado aún. Después
de todo estaban en Estados Unidos, no era como en su país donde las
universidades cerraban tan a menudo que las carreras se alargaban tres años más
y los profesores se sumaban a huelga tras huelga y aun así no cobraban. Él
respondió que se había tomado un par de años sabáticos para encontrarse a sí
mismo y viajar por Africa y Asia sobre todo. Le preguntaste dónde acabó
encontrándose y él se rio. Tú no te reíste. No sabías que la gente podía
escoger sencillamente no estudiar, que la gente podía dictar el curso de su
vida. Estabas acostumbrada a aceptar lo que la vida te daba, a escribir lo que
la vida te dictaba.
Rehusaste salir con él los siguientes cuatro días, porque no te sentías
cómoda con la intensidad de su expresión, esa forma de consumirte con la mirada
que te impulsaba a despedirte y al mismo tiempo te hacía reacia a irte. Pero
cuando la quinta noche no lo viste al salir de tu turno, te entró el pánico.
Rezaste por primera vez en mucho tiempo, y cuando apareció detrás de ti y dijo
«eh», dijiste que sí, que saldrías con él, aun antes de que él te lo pidiera.
Temiste que no volviera a preguntártelo.
Al día siguiente te invitó a cenar al Chang’s y en tu galleta de la
suerte encontraste dos papelitos. Los dos estaban en blanco.
Supiste que te sentías cómoda con él cuando le contaste que veías
Jeopardy en el televisor del restaurante y que apoyabas a los participantes por
el siguiente orden: mujeres negras, hombres negros, mujeres blancas y, por
último, hombres blancos, lo que significaba que nunca apoyabas a los hombres
blancos. Él se rio y dijo que estaba acostumbrado a que nadie lo apoyara, que
su madre era profesora de estudios de la mujer.
Y supiste que habías entrado en confianza cuando le dijiste que en
realidad tu padre no era maestro de escuela en Lagos, sino chófer en una
compañía de la construcción. Y le explicaste aquel día que os visteis atrapados
en un atasco en Lagos en el destartalado Peugeot 504 que conducía tu padre;
llovía y tu asiento estaba mojado porque había un agujero en el techo oxidado.
Había mucho tráfico, siempre había mucho tráfico en Lagos, y cuando llovía era
el caos. Las carreteras se convertían en charcos lodosos, los coches se
quedaban atascados y algunos de tus primos se ganaban algo de dinero
ofreciéndose a empujarlos. La lluvia, el barro resbaladizo, pensaste, hicieron
que tu padre pisara demasiado tarde los frenos aquel día. Oíste la abolladura
antes de notarla. El coche contra el que tu padre había chocado era grande,
extranjero, de color verde oscuro con los faros dorados como los ojos de un
leopardo. Tu padre se puso a llorar y a suplicar aun antes de bajar del coche,
y se tumbó en la carretera provocando bocinazos. Lo siento, señor, lo siento,
señor, repetía. Si nos vende a mí y a toda mi familia no le dará ni para
comprar un neumático. Lo siento, señor.
El pez gordo sentado en el asiento trasero no se apeó pero lo hizo su
chófer, que examinó los daños y miró con el rabillo del ojo la forma
espatarrada de tu padre suplicando como si fuera pornografía, un espectáculo
con el que le avergonzaba admitir que disfrutaba. Al final dejó marchar a tu
padre. Lo despidió con un ademán. Se oyeron más bocinazos y los conductores
blasfemaron. Cuando tu padre se sentó de nuevo al volante, te negaste a
mirarlo, porque era como los cerdos que se revolcaban en los pantanos de detrás
del mercado. Tu padre era nsi. Mierda.
Después de oírte, él apretó los labios y te cogió la mano, y dijo que
entendía cómo te sentías. Tú le apartaste, repentinamente enfadada, porque se
creía que el mundo estaba o tenía que estar lleno de gente como él. Le dijiste
que no había nada que entender, que así eran las cosas.
Encontró la tienda africana en las páginas amarillas de Hartford y te
llevó a ella. Al ver la familiaridad con que se movía por ella, inclinando la
botella de vino de palma para ver cuánto sedimento había en el fondo, el dueño
ghanés le preguntó si era africano como algunos keniatas o sudafricanos
blancos, y él respondió que sí pero que llevaba mucho tiempo en Estados Unidos.
Pareció satisfecho de que el dueño le creyera. Esa noche tú cocinaste con lo
que habías comprado, y después de comer garry y sopa de onugbu,
él vomitó en tu fregadero. Pero no te importó, porque ahora podrías cocinar
sopa de onugbu con carne.
Él no comía carne porque no aprobaba cómo mataban los animales; dijo que
el miedo de los animales liberaba toxinas y que las toxinas del miedo volvían
paranoica a la gente. Los trozos de carne que comías en tu país, cuando había
carne, eran del tamaño de tu dedo índice. Pero no se lo dijiste. Tampoco le
dijiste que los cubos de dawadawa con los que tu madre
cocinaba todo, porque el curry y el tomillo eran demasiado caros, tenían
glutamato monosódico, eran glutamato monosódico. Él decía que
el glutamato monosódico provocaba cáncer, que era la razón por la que le
gustaba el restaurante Chang’s; Chang no cocinaba con glutamato monosódico.
Una vez dijo al camarero del Chang’s que había estado recientemente en
Shanghai y que hablaba algo de mandarín. El camarero, entusiasmado, le dijo
cuál era la mejor sopa, luego preguntó: «¿Tiene novia en Shanghai?». Y él
sonrió y no dijo nada.
Tú perdiste el apetito, en lo más profundo del pecho sentiste un nudo.
Esa noche no gemiste cuando estuvo dentro de ti, te mordiste los labios y
fingiste que no te habías corrido porque sabías que él se preocuparía. Más
tarde le explicaste la razón de tu enfado, que a pesar de que habíais ido
juntos al Chang’s tan a menudo y os habíais besado antes de que llegaran los
platos, el chino había asumido que tú no podías ser su novia, y él había
sonreído y no había dicho nada. Antes de disculparse, te miró sin comprender y
supiste que no lo entendía.
Te hacía regalos y cuando tú protestabas por el precio, él decía que su
abuelo de Boston había sido rico, pero se apresuraba a añadir que había
repartido su fortuna entre muchos y que el fondo fideicomiso que le había
dejado a él no era tan grande. Sus regalos te dejaban confundida. Una bola de
cristal del tamaño de un puño dentro de la cual había una pequeña muñeca bien
proporcionada y vestida de rosa que daba vueltas si la sacudías. Una piedra
brillante cuya superficie adquiría el color de lo que tocabas. Un pañuelo caro
pintado a mano en México. Por fin le dijiste, con la voz cargada de ironía, que
en el mundo del que venías los regalos siempre eran útiles. La piedra, por
ejemplo, tendría utilidad si se pudiera moler algo con ella. Él se rio mucho y
muy fuerte, pero tú no te reíste con él. Te diste cuenta de que en su mundo él
podía comprar regalos que eran sólo eso y nada más, no tenían ninguna utilidad.
Cuando él empezó a comprarte zapatos, ropa y libros, le pediste que no lo
hiciera, que no querías regalos. Él te los compraba de todos modos y tú los
guardabas para tus primos y tus tíos, para cuando fueras a verlos algún día,
aunque no sabías cómo ibas a permitirte comprar un billete y pagar al mismo
tiempo el alquiler. Él dijo que quería conocer Nigeria y que pagaría los
billetes de los dos. Tú no querías que él pagara tu billete. No querías que
fuera a Nigeria y que añadiera tu país a la lista de países donde iba a mirar
embobado cómo vivían los pobres que nunca podrían mirar embobados su vida. Se
lo dijiste un día soleado que te llevó a ver el estrecho de Long Island y
discutisteis, alzasteis la voz mientras caminabais a lo largo de las aguas
tranquilas. Él dijo que te equivocabas al decir que tenía una actitud de
superioridad moral. Tú le dijiste que se equivocaba al creer que sólo los
pobres de Bombay eran indios de verdad. ¿Acaso él no era un norteamericano de
verdad porque no vivía como los pobres obesos que habíais visto en Hartford? Él
se adelantó, con el torso desnudo y pálido, levantando arena con las chanclas,
pero luego retrocedió y te tendió una mano. Os reconciliasteis e hicisteis el
amor, y os acariciasteis el pelo, el suyo suave y rubio como las oscilantes
espigas del maíz al crecer, el tuyo oscuro y saltarín como el relleno de una
almohada. A él le había dado demasiado el sol y tenía la piel del color de una
sandía madura y tú le besaste la espalda antes de extenderle una loción.
Ese algo que se te enroscaba en el cuello, lo que casi te asfixiaba
antes de quedarte dormida, empezó a aflojarse hasta desprenderse.
Sabías que no erais normales por la reacción de la gente, el modo en que
las personas desagradables se mostraban demasiado desagradables y las
agradables demasiado agradables. Los hombres y mujeres blancos de edad avanzada
que murmuraban y lo fulminaban a él con la mirada, los hombres negros que
sacudían la cabeza al verte, las mujeres negras cuyos ojos compasivos
lamentaban tu falta de autoestima, tu odio hacia ti misma, o te dedicaban
breves sonrisas de solidaridad; los hombres negros que se esforzaban por
perdonarte, saludándolo a él con un hola demasiado estridente; los hombres y
mujeres blancos que decían «Qué buena pareja hacen» demasiado alegremente,
demasiado fuerte, como para demostrarse a sí mismos lo abiertos de miras que
eran.
Pero los padres de él eran diferentes; casi te hicieron creer que todo
era normal. Su madre te dijo que él nunca había traído a casa a una amiga,
excepto para el baile de fin de curso del instituto, y él sonrió brevemente y
te cogió la mano. El mantel ocultaba vuestras manos entrelazadas. Él te apretó
la tuya y tú le apretaste la suya, y te preguntaste por qué estaba tan rígido,
por qué sus ojos color aceite de oliva extra virgen se ensombrecían cuando
hablaba con sus padres. Su madre se quedó encantada cuando te preguntó si
habías leído a Nawal el Saadawi y tú respondiste que sí. Su padre te preguntó
si la comida india se parecía a la nigeriana, y te tomaron el pelo con pagar
cuando llegó la cuenta. Los miraste y agradeciste que no te contemplaran como
un trofeo exótico, un colmillo de marfil.
Luego él te habló de sus problemas con sus padres, cómo racionaban su
amor como si fuera un pastel de cumpleaños, cómo le daban sólo un trozo grande
si accedía a estudiar Derecho. Tú trataste de solidarizarte con él. Pero sólo
conseguiste enfadarte.
Te enfadaste aún más cuando él te dijo que se había negado a ir con
ellos un par de semanas a Canadá, a su casa de veraneo de Quebec. Hasta le
habían pedido que te llevara. Él le había enseñado fotos de la casa y te
preguntaste por qué lo llamaba casa cuando los edificios de ese tamaño en tu
país eran bancos o iglesias. Se te cayó un vaso y se hizo añicos contra el
suelo de madera de su apartamento, y él te preguntó qué pasaba y tú le dijiste
nada, aunque pensaste que pasaban muchas cosas. Más tarde, en la ducha, te
echaste a llorar. Observaste cómo el agua diluía las lágrimas sin saber por qué
llorabas.
Por fin escribiste a casa. Una carta breve a tus padres entre los
crujientes billetes de dólar junto con tu dirección. Recibiste una respuesta
por courier unos días después. Era tu madre quien escribía; lo supiste por la
letra de patas de araña, por las faltas de ortografía.
Tu padre había muerto; se había desplomado sobre el volante del coche de
la compañía. Hacía cinco meses, escribía. Habían utilizado el dinero que habías
enviado para darle un buen funeral. Habían matado una cabra para los invitados
y lo habían enterrado en un buen ataúd. Te acurrucaste en la cama, con las
rodillas contra el pecho, y trataste de recordar qué habías estado haciendo
mientras tu padre moría, qué habías estado haciendo en los meses que llevaba
muerto. Tal vez había muerto el día que habías amanecido con el cuerpo lleno de
granos duros como el arroz crudo que no habías sabido explicar, de los que Juan
se había burlado diciendo que te iba a llevar al chef para que el calor de la
cocina te calentara. Tal vez había muerto uno de esos días que ibas en coche a
Mystic o veías un partido del Manchester o cenabas en el Chang’s.
Él te abrazó mientras llorabas, te acarició el pelo, se ofreció a
pagarte un billete, a acompañarte a ver a tu familia. Le dijiste que no, que
necesitabas ir tú sola. Él te preguntó si volverías, te recordó que tenías una
tarjeta de residencia y que la perderías si no regresabas en un año. Te dijo
que ya sabías qué quería decir, que si volverías, ¿volverías?
Tú te diste la vuelta sin decir nada, y cuando te llevó en coche al
aeropuerto, lo abrazaste muy fuerte durante largo rato y luego lo soltaste.
FIN

