Libro N° 14959. La Embajada Estadounidense. Ngozi Adichie, Chimamanda.
© Libro N° 14959. La Embajada Estadounidense. Ngozi Adichie, Chimamanda. Emancipación. Marzo 28 de 2026
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Versión Original: © La Embajada Estadounidense. Chimamanda Ngozi Adichie
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Portada E.O. de:
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LA
EMBAJADA ESTADOUNIDENSE
Chimamanda
Ngozi Adichie
La Embajada Estadounidense
Chimamanda Ngozi Adichie
La embajada estadounidense
Chimamanda Ngozi Adichie
Prism International 40.3, primavera de 2002
Traducción: Aurora Echevarría
«La embajada estadounidense» (The American Embassy) es un relato
de Chimamanda Ngozi Adichie publicado en Prism International en
la primavera de 2002. Una mujer nigeriana hace fila en la embajada
estadounidense en Lagos, buscando asilo político tras una serie de eventos que
han destrozado su vida. Mientras espera, el bullicio de su entorno contrasta
con el peso emocional que lleva: el dolor por la pérdida de su hijo y la huida
de su marido, un periodista perseguido por denunciar al gobierno. Entre los
comentarios de otros solicitantes y el caos cotidiano de la calle, ella
reflexiona sobre su identidad, su pasado y el precio de una posible nueva vida
lejos de su tierra. La decisión que debe tomar será crucial y definitiva.
Hacía cola a la puerta de la Embajada estadounidense de Lagos, mirando
al frente sin apenas moverse, con una carpeta de plástico azul bajo el brazo.
Era la persona cuarenta y ocho de una cola de casi doscientas que se extendía
desde las verjas cerradas de la Embajada estadounidense, pasando por delante de
las verjas más pequeñas y cubiertas de enredadera de la Embajada checa. No se
fijó en los vendedores de periódicos que tocaban silbatos y te ponían The
Guardian, The news y The Vanguard en la cara. Ni en los
mendigos que iban de un lado para otro con un plato esmaltado. Ni en las
bicicletas de los vendedores de helados que pasaban tocando el timbre. No se
abanicó con una revista ni apartó de un manotazo la mosca que le rodeaba la
oreja. El hombre que tenía detrás le dio unos golpecitos en la espalda y
preguntó:
—¿Tienes cambio, abeg? Dos de diez por uno de veinte.
Y ella lo miró un rato para enfocarlo y recordar dónde estaba antes de
sacudir la cabeza.
—No.
El aire estaba cargado de calor húmedo. Pesaba sobre su cabeza,
haciéndole aún más difícil mantener la mente vacía, que era lo que el doctor
Balogun le había recomendado el día anterior. No había querido recetarle más
tranquilizantes porque necesitaba estar despierta para la entrevista del
visado. Era muy fácil decirlo, como si ella supiera qué hacer para tener la
mente vacía, como si estuviera en su poder hacerlo, como si ella provocara esas
imágenes del cuerpo pequeño y rollizo de su hijo Ugonna derrumbándose, la
salpicadura en su pecho tan roja que quería regañarlo por jugar con el aceite
de palma de la cocina. No es que él pudiera llegar al estante de los aceites y
las especias, o desenroscar el tapón de la botella de plástico del aceite de
palma. Sólo tenía cuatro años.
El hombre de detrás le dio de nuevo unos golpecitos. Ella se volvió
sobresaltada y casi gritó a causa del dolor agudo que le recorrió la espalda.
Torcedura muscular, había dicho el doctor Balogun, asombrado de que no tuviera
nada más grave después de haberse tirado por el balcón.
—Mira qué está haciendo ese soldado inútil —dijo el hombre.
Ella giró el cuello despacio para mirar hacia el otro lado de la calle.
Se había reunido una pequeña multitud. Un soldado azotaba a un hombre con gafas
con un látigo largo que se curvaba en el aire antes de aterrizarle en la cara o
en el cuello, no estaba segura porque tenía las manos levantadas para
protegerse. Vio cómo las gafas se le resbalaban y le caían. Vio el tacón de la
bota del soldado aplastar la montura negra, los cristales coloreados.
—Mira cómo suplica la gente al soldado —continuó el hombre a sus
espaldas—. Estamos demasiado acostumbrados a suplicar a los soldados.
Ella no dijo nada. Él era perseverante en su amabilidad, a diferencia de
la mujer que tenía delante, que había exclamado: «¡Estoy hablando contigo y
sólo me miras como un mu-mu!», y desde entonces le hacía el vacío.
Tal vez él se preguntaba por qué ella no participaba de la camaradería que se
había extendido entre los demás componentes de la cola. Porque todos habían
madrugado (los que habían dormido) para llegar a la Embajada estadounidense
antes del amanecer; porque todos se habían peleado para ponerse en la cola de
los visados, esquivando los látigos de los soldados que los llevaban de un lado
para otro; porque todos temían que la Embajada estadounidense decidiera no
abrir sus puertas y tener que volver al cabo de dos días, ya que estaba cerrada
los miércoles; por todo ello habían hecho amistad. Las mujeres y los hombres
con camisa de cuello abotonado intercambiaban periódicos y denuncias del
gobierno del general Abacha mientras los jóvenes, con tejanos y savoir-faire,
se daban mutuamente consejos sobre cómo responder las preguntas para obtener un
visado de estudiante.
—Mírale la cara, cuánta sangre. Se la ha cortado el látigo —dijo el
hombre de detrás.
Ella no miró, porque sabía que la sangre sería tan roja como el aceite
de palma fresco. En lugar de ello miró hacia Eleke Crescent, una sinuosa calle
de embajadas con grandes extensiones de césped y una multitud a ambos lados.
Una acera viviente. Un mercado que nacía durante el horario de la Embajada
estadounidense y desaparecía en cuanto ésta cerraba sus puertas. Estaba el
puesto de alquiler de sillas cuyo montón, a cien nairas la hora, disminuía a
toda velocidad. Las maderas apoyadas sobre bloques de cemento con caramelos,
mangos y naranjas expuestos. Los jóvenes que llevaban sobre la cabeza bandejas
de cigarrillos apoyadas en rollos de tela. Los mendigos ciegos con lazarillos
que cantaban bendiciones en inglés, yoruba, lengua criolla, igbo o hausa cuando
alguien echaba monedas en su plato. Y, por supuesto, el estudio de fotos
improvisado. Un hombre alto detrás de un trípode, con un letrero escrito con
tiza en el que se leía: «Fotos excelentes en sólo una hora, según las
especificaciones para un visado estadounidense». Ella se había hecho las fotos
allí, sentada en un taburete desvencijado, y no le sorprendió salir granulada y
con la cara mucho más clara. Pero no tenía otra alternativa, no había podido
hacérselas antes.
Hacía dos días había enterrado a su hijo en una tumba cercana a un
huerto en su ciudad natal de Umunnachi, rodeada de personas bien intencionadas
a quienes no recordaba. El día anterior había llevado a su marido dentro del
maletero de su Toyota a la casa de un amigo que lo había sacado
clandestinamente del país. Y el anterior no le había hecho falta hacerse una
foto de pasaporte; su vida había sido normal y había llevado a Ugonna al
colegio, le había comprado una salchicha envuelta en hojaldre en Mr. Biggs,
había cantado con Majek Fashek que sonaba por la radio del coche. Si un adivino
le hubiera dicho que en unos pocos días no reconocería su vida, se habría
reído. Tal vez hasta le habría dado diez narias más por tener una imaginación
tan desbordante.
—A veces me pregunto si la gente de la Embajada estadounidense mira por
la ventana y disfruta viendo latigar a los soldados —decía el hombre de detrás.
Ella deseó que se callara. Eran sus comentarios lo que hacía tan difícil
tener la mente en blanco, vacía de pensamientos de Ugonna. Volvió a mirar hacia
el otro lado de la calle; el soldado se alejaba y aún a esa distancia alcanzó a
ver su ceño fruncido. El ceño de un adulto que podía latigar a otro si quería y
cuando quería. Su arrogancia al andar era tan ostentosa como la de los hombres
que hacía cuatro noches habían tirado abajo la puerta trasera y habían
irrumpido en su casa.
—¿Dónde está tu marido? ¿Dónde está?
Habían abierto los armarios de las dos habitaciones, hasta los cajones.
Ella podría haberles dicho que su marido medía más de metro ochenta, que no
podía esconderse en un cajón. Tres hombres con pantalones negros. Olían a
alcohol y a sopa de pimentón, y cuando mucho más tarde abrazó el cuerpo inerte
de Ugonna, supo que no volvería a comer sopa de pimentón.
—¿Adónde se ha ido tu marido? ¿Adónde? —Le pusieron una pistola en la
sien.
—No lo sé. Se fue ayer —respondió ella, y se quedó quieta mientras
notaba la orina tibia que le caía por las piernas.
Uno de ellos, el que llevaba una camiseta negra con capucha y olía más
fuerte a alcohol, tenía los ojos sorprendentemente enrojecidos, tanto que
parecían escocerle. Fue el que más gritó, dando patadas al televisor.
—¿Sabes el artículo que escribió tu marido en el periódico? ¿Sabes que
es un mentiroso? ¿Sabes que los que son como él deberían estar en la cárcel por
causar problemas, porque, no quieren que Nigeria avance?
Se sentó en el sofá donde su marido siempre veía las noticias de la
noche de la NTA y tiró de ella hasta sentarla torpemente en su regazo. Le clavó
la pistola en la cintura.
—¿Por qué te casaste con un alborotador, mujer?
Ella sintió su horrible dureza, olió su aliento fermentado.
—Déjala en paz —dijo el otro, el de la calvicie que brillaba como si
estuviera cubierta de vaselina—. Vámonos.
Ella se soltó y se levantó del sofá, y el hombre de la camiseta con
capucha, todavía sentado, le pegó por detrás. Fue entonces cuando Ugonna se
echó a llorar y corrió hacia ella. El hombre de la camiseta con capucha se rió
de lo blando que era el cuerpo de ella mientras agitaba la pistola. Ugonna
gritó; nunca gritaba cuando lloraba, no era esa clase de niño. Entonces la
pistola se disparó y en el pecho de Ugonna apareció una salpicadura de aceite
de palma.
—Mira estas naranjas —decía el hombre de detrás, ofreciéndole una bolsa
de plástico con seis naranjas peladas.
Ella no lo había visto comprarlas. Sacudió la cabeza.
—Gracias.
—Coge una. Me he fijado en que no has comido nada desde esta mañana.
Ella lo miró bien por primera vez. Un rostro anodino con una piel oscura
anormalmente tersa para un hombre. Había grandes aspiraciones en su camisa
impecablemente planchada y su corbata azul, y en el cuidado con que hablaba
inglés, como si temiera cometer un error. Tal vez trabajaba para uno de los
bancos de nueva generación y se ganaba mucho mejor la vida de lo que ella nunca
había creído posible.
—No, gracias.
La mujer de delante se volvió para mirarla antes de ponerse a hablar con
alguien sobre un servicio eclesial específico llamado el Ministerio del Milagro
del Visado Estadounidense.
—Debería comer algo —insistió el hombre de detrás, aunque dejó de
ofrecerle las naranjas.
Ella volvió a sacudir la cabeza; seguía notando el dolor en un punto
entre los ojos. Era como si al saltar del balcón se le hubieran aflojado partes
dentro de la cabeza que entrechocaban dolorosamente. Saltar no había sido su
única opción, podría haberse subido al mango cuya rama llegaba al balcón o
haber bajado corriendo por las escaleras. Los hombres habían estado discutiendo
tan acaloradamente que habían dejado fuera la realidad, y por un momento creyó
que el estallido no había sido un arma sino la clase de trueno que estallaba al
comienzo de harmattan, la salpicadura roja había sido realmente
aceite de palma y Ugonna había logrado alcanzar la botella de algún modo y
había fingido que se desmayaba, aunque nunca había jugado a eso. Luego las
palabras de los hombres la hicieron retroceder. «¿Crees que dirá a la gente que
ha sido un accidente? ¿Es esto lo que Oga nos pidió que hiciéramos? ¡Un niño!
Tenemos que golpear a la madre. No, eso multiplicará por dos el problema.
¡Vámonos de aquí, amigo!».
Ella había salido entonces al balcón y había saltado por encima de la
barandilla sin pensar en los dos pisos, y había gateado hasta el contenedor que
había junto a la verja. Cuando oyó el rugido del coche alejarse, volvió a su
piso oliendo a las pieles de plátano podrido del contenedor. Sostuvo el cuerpo
de Ugonna en sus brazos, estrechó su silencioso pecho contra el suyo y se dio
cuenta de que nunca se había sentido tan avergonzada. Le había fallado.
—Estás impaciente por conseguir tu visado, ¿eh? —preguntó el hombre de
detrás.
Ella se encogió de hombros para evitar que le doliera la espalda y se
obligó a sonreír.
—Sólo acuérdate de mirar a los ojos al entrevistador mientras te hace
preguntas. Aunque cometas un error, no te corrijas, o creerán que estás
mintiendo. Tengo muchos amigos a los que han rechazado por tonterías. Yo voy a
pedir un visado para visitante. Mi hermano vive en Texas, y quiero ir allí de
vacaciones.
Hablaba como las voces que la habían rodeado, personas que habían
ayudado a escapar a su marido y a organizar el funeral de Ugonna, que la habían
llevado a la embajada. No desfallezcas mientras respondes las preguntas, le
habían dicho las voces. Háblales de Ugonna, cómo era, pero no exageres, porque
todos los días la gente les miente para obtener visados, sobre parientes
muertos que nunca han nacido. Haz que Ugonna parezca real. Llora, pero no
demasiado.
—Ya no dan visados de inmigración a nuestra gente a menos que el
solicitante sea rico según sus criterios. Pero tengo entendido que en Europa la
gente no tiene problemas en conseguirlos. ¿Vas a pedir un visado de inmigrante
o de visitante?
—Asilo político. —Ella no lo miró a la cara; más bien percibió su
sorpresa.
—¿Asilo político? Será muy difícil de demostrar.
Ella se preguntó si había leído The New Nigeria, si había
oído hablar de su marido. Probablemente sí. Todo el que apoyaba la prensa
defensora de la democracia conocía a su marido, sobre todo porque era el primer
periodista que había tachado públicamente de farsa el complot de golpe de
Estado, y que había escrito un artículo acusando al general Abacha de haberse
inventado un golpe para tomarse la libertad de matar y encarcelar a sus
adversarios. Los soldados habían irrumpido en las oficinas del periódico y se
habían llevado un elevado número de ejemplares de esa edición en un camión
negro; aun así, habían circulado fotocopias por Lagos; un vecino había visto un
ejemplar pegado a la pared de un puente junto a letreros que anunciaban
cruzadas religiosas y películas recién estrenadas. Los soldados habían detenido
dos semanas a su marido y le habían cortado la piel de la frente, dejándole una
cicatriz en forma de L. Los amigos le habían tocado la cicatriz cuando se
reunieron en su piso para celebrar su puesta en libertad con botellas de
whisky. Ella recordaba que alguien le había dicho «Nigeria se arreglará gracias
a ti», y recordaba la expresión de su marido, esa emocionada mirada de mesías
mientras hablaba del soldado que le había ofrecido un cigarrillo después de
golpearlo, sin parar de tartamudear como solía hacer cuando estaba muy animado.
El tartamudeo le había parecido encantador hacía años; ya no.
—Mucha gente pide asilo político y no lo consigue —dijo el hombre a sus
espaldas, quien tal vez había estado hablando todo el tiempo.
—¿Lees The New Nigeria? —preguntó ella.
No volvió la cara hacia el hombre. En lugar de ello observó cómo más
adelante una pareja compraba unos paquetes de galletas; los paquetes crujieron
al abrirse.
—Sí. ¿Quieres uno? Puede que todavía les quede alguno a los vendedores.
—No. Sólo lo preguntaba.
—Es un gran periódico. Esos dos editores son la clase de personas que
Nigeria necesita. Ponen en peligro su vida para decirnos la verdad. Son
realmente valientes. Ojalá hubiera más gente con esa clase de coraje.
No era coraje sino egoísmo exacerbado. Hacía un mes, cuando su marido
había olvidado la boda de un primo de ella a pesar de haber accedido a ser el
padrino, y le había dicho que no podía anular su viaje a Kaduna porque su
entrevista al periodista detenido era demasiado importante, ella había mirado
al hombre motivado y distante con quien se había casado, y había dicho: «No
eres el único que odia el gobierno». Asistió sola a la boda y él se fue a
Kaduna, y cuando volvió apenas hablaron; la mayor parte de su conversación
siempre había girado en torno a Ugonna, de todos modos. No creerás lo que ha
dicho hoy el niño, decía ella cuando él volvía del trabajo, y pasaba a explicar
con detalle que Ugonna había dicho que en sus copos de avena Quaker había
pimienta y no pensaba comérselos. O cómo la había ayudado a correr las
cortinas.
—Entonces, ¿cree que lo que hacen esos editores es valiente? —Ella se
volvió hacia el hombre de detrás.
—Por supuesto. No todos podemos hacerlo. Ése es el verdadero problema de
este país, no tenemos suficientes valientes.
Él le lanzó una mirada llena de desconfianza y superioridad moral, como
si se cuestionara si era defensora del gobierno, una de esas personas que
criticaban los movimientos a favor de la democracia y sostenían que en Nigeria
sólo funcionaría un gobierno militar. En otras circunstancias ella podría
haberle hablado de su carrera periodística, empezando por la universidad en
Zaria, cuando había organizado una manifestación para protestar contra la
decisión del gobierno del general Buhara de recortar los subsidios de los
estudiantes. Podría haberle hablado de que había colaborado para el Evening
News de Lagos, que había cubierto la noticia del intento de asesinato
del director de The Guardian, y cómo había dimitido cuando por fin
se quedó embarazada, porque su marido y ella llevaban cuatro años intentándolo
y ella tenía el útero lleno de fibromas.
Dio la espalda al hombre y observó cómo los mendigos recorrían la cola
de los visados. Hombres altos y delgados con largas túnicas mugrientas que
pasaban cuentas de rezo citando el Corán; mujeres con ojos ictéricos que
llevaban bebés enfermos con telas deshilachadas a la espalda; una pareja ciega
conducida por su hija, con medallas azules de la Virgen María que les colgaban
del cuello. Se acercó un vendedor de periódicos tocando un silbato. Ella no
vio The New Nigeria entre los periódicos que sostenía en
equilibrio en el brazo. Tal vez se había agotado. El último artículo de su
marido, «De los tiempos de Abacha hasta hoy: 1993-1997», no le había preocupado
al principio, porque no había escrito nada nuevo sobre él, sólo sobre listas de
asesinatos, contratos fallidos y dinero desaparecido. No es que los nigerianos
desconocieran esa información. No había esperado que el artículo provocara
muchos problemas o atrajera mucha atención, pero apenas un día después de su
publicación, la radio BBC lo comentó en las noticias y entrevistó a un
catedrático de ciencias políticas nigeriano que vivía en el exilio, quien
afirmó que su marido merecía un premio en Derechos Humanos. «Lucha con la pluma
contra la represión, presta su voz a los que no tienen voz, da a conocer al
mundo la realidad».
Su marido había tratado de ocultarle su nerviosismo. Pero después de que
alguien telefoneara de forma anónima —recibía continuamente llamadas anónimas,
era esa clase de periodista, de los que siempre cultivaban las amistades— para
decirle que el jefe de Estado en persona estaba furioso, dejó de disimular; le
permitió ver cómo le temblaban las manos. Los soldados se dirigían hacia allí
para detenerlo, dijo el que llamó. Corría la voz de que sería el último
arresto, que nunca volvería. Unos minutos después de la llamada se escondió en
el maletero del coche, para que, si le preguntaban los soldados, el vigilante
pudiera afirmar con sinceridad que no sabía adonde se había ido su marido. Ella
llevó a Ugonna a la casa de un vecino y empezó a rociar el maletero de agua,
pese a las prisas que le metió su marido, porque le pareció que sería más
fresco y respiraría mejor. Lo llevó a la casa de su coeditor. Al día siguiente
él la llamó desde la República de Benín; el coeditor tenía contactos que lo
habían llevado a la frontera. Su visado estadounidense, que había obtenido para
asistir a un curso formativo de Atlanta, seguía siendo válido y en cuanto
llegara a Nueva York pediría asilo político. Ella le dijo que no se preocupara,
que ella y Ugonna estarían bien, que al final del trimestre escolar solicitaría
un visado y se reunirían con él en Estados Unidos. Esa noche Ugonna estuvo
intranquilo y ella dejó que se quedara levantado hasta tarde jugando con su
coche mientras ella leía. Cuando vio a los tres hombres irrumpir por la puerta
de la cocina, se odió por no haber insistido a Ugonna que se acostara. Ojalá…
—Ah, este sol es despiadado. Los de la embajada estadounidense podrían
construir al menos un toldo para nosotros —dijo el hombre a sus espaldas—.
Podrían utilizar parte del dinero que recaudan con nuestros visados.
Alguien detrás de él dijo que los americanos se quedaban con el dinero
recaudado. Otro replicó que los hacían esperar al sol a propósito. Y otro se
rió. Ella hizo señas a la pareja de mendigos ciegos y buscó en su bolso un
billete de veinte nairas. Cuando lo echó al plato, ellos cantaron «Dios te
bendiga. Tendrás dinero, tendrás un buen marido, tendrás un buen empleo» en
lengua criolla, y a continuación en igbo y en yoruba.
Ella los observó alejarse. No le habían dicho: «Tendrás muchos hijos».
Había oído cómo se lo decían a la mujer de delante.
Las puertas de la embajada se abrieron de par en par y un hombre con
uniforme marrón gritó:
—Que pasen los primeros cincuenta de la cola y rellenen las solicitudes.
Los demás, vuelvan otro día. La embajada sólo puede atender hoy a cincuenta.
—¿Hemos tenido suerte, abi?, —dijo el hombre a sus espaldas.
Ella observó a la entrevistadora de los visados sentada detrás de la
cristalera, el pelo castaño que le caía lacio por el cuello doblado, la forma
en que sus ojos verdes miraban los papeles por encima de una montura plateada,
como si las gafas fueran innecesarias.
—¿Puede volver a explicarme su caso, señora? No me ha dado detalles
—pidió con una sonrisa alentadora.
Ésa era su oportunidad para hablar de Ugonna, ella lo sabía. Miró hacia
la ventanilla contigua, un hombre con traje oscuro inclinado hacia la
cristalera en actitud reverencial, como si rezara al entrevistador del otro
lado. Y se dio cuenta de que prefería morir a manos del hombre de camisa negra
con capucha o del de la brillante calva antes de decir una palabra sobre Ugonna
a esa entrevistadora o a cualquier otra persona de la Embajada estadounidense.
Antes de vender a Ugonna por un visado para ponerse ella a salvo.
Habían matado a su hijo, eso era todo lo que podía decir. Lo habían
matado. Nada sobre su risa, que le empezaba aguda y tintineante por encima de
la cabeza. O lo que le gustaban los dulces y las galletas. O cómo le agarraba
el cuello con fuerza cuando la abrazaba. O que su marido dijo que sería un
artista porque en lugar de intentar construir algo con sus bloques los colocaba
uno al lado del otro, alternando los colores. Ellos no merecían saber nada.
—¿Señora? ¿Dice que fue el gobierno? —preguntó la entrevistadora de los
visados.
El «gobierno» era una etiqueta tan grande que era liberadora, daba a la
gente margen para maniobrar, excusarse y volver a acusar. Tres hombres. Tres
hombres como su marido, su hermano o el hombre que tenía detrás en la cola del
visado. Tres hombres.
—Sí. Eran agentes del gobierno.
—¿Puede demostrarlo? ¿Tiene pruebas que lo demuestren?
—Sí. Pero lo enterré ayer. El cuerpo de mi hijo.
—Señora, siento lo de su hijo —dijo la entrevistadora—. Pero necesito
pruebas de que fue el gobierno. Hay luchas entre grupos étnicos, hay asesinatos
personales. Necesito pruebas de que fue cosa del gobierno y necesito pruebas de
que su vida corre peligro si permanece en Nigeria.
Ella miró los labios rosa pálido que se movían dejando ver unos dientes
diminutos. Unos labios rosa pálido en una cara aislada y pecosa. Le urgía
preguntar a la entrevistadora si unos artículos de The New Nigeria justificaban
la vida de un niño. Pero no lo hizo. Dudaba que ella estuviera al corriente de
los periódicos a favor de la democracia o de las largas y agotadoras colas que
se formaban fuera de las verjas de la embajada, en zonas acordonadas y sin sombra
donde bajo un sol de justicia brotaban amistades, jaquecas y desesperación.
—¿Señora? Estados Unidos ofrece una nueva vida a las víctimas de la
persecución política, pero necesita pruebas.
Una nueva vida. Era Ugonna quien le había dado una nueva vida, y le
sorprendió lo deprisa que se adaptó a su nueva identidad, la nueva persona en
la que él la había convertido. «Soy la madre de Ugonna», decía en su
parvulario, a los profesores, a los padres de otros niños. En su funeral que
celebraron en Umunnachi, como sus amigas y familiares habían ido con vestidos
del mismo estampado de Ankara, alguien había preguntado «¿Quién es la madre?»,
y ella había levantado la cabeza, momentáneamente alerta. «Yo soy la madre de
Ugonna». Quería regresar a la casa de sus antepasados y plantar ixoras, de
aquellas cuyos tallos delgados como agujas había sorbido de niña. Bastaría con
una planta, tan pequeña era su tumba. Cuando floreciera y las flores dieran la
bienvenida a las abejas, quería arrancarlas y sorberlas acuclillada en la
tierra. Luego colocaría las flores sorbidas una al lado de la otra, como había
hecho Ugonna con sus bloques. Se dio cuenta de que ésa era la nueva vida que
ella quería.
En la ventanilla contigua, el entrevistador americano hablaba demasiado
alto por el micrófono.
—¡No voy a aceptar sus mentiras, señor!
El solicitante nigeriano con traje oscuro empezó a gritar y hacer
gestos.
—¡Esto es vergonzoso! ¿Cómo puede tratar así a la gente? ¡Llevaré este
asunto a Washington!
Y agitó su carpeta de plástico transparente repleta de documentos, hasta
que un guardia de seguridad se acercó y se lo llevó de allí.
—¿Señora? ¿Señora?
¿Era cosa de su imaginación o había compasión en la cara de la
entrevistadora? Vio la rapidez con que se echaba hacia atrás su pelo dorado
rojizo, aunque no le molestara, y cómo éste se quedaba quieto sobre su cuello,
enmarcando una cara pálida. Su futuro estaba en esa cara. La cara de una
persona que no la comprendía, que probablemente no cocinaba con aceite de
palma, ni sabía que el aceite de palma si estaba fresco era de un rojo muy
brillante, y cuando no, se volvía de un naranja grumoso.
Se dio la vuelta muy despacio y se encaminó hacia la puerta. Oyó la voz
de la entrevistadora a sus espaldas.
—¿Señora?
Ella no se volvió. Salió de la embajada estadounidense, se abrió paso
entre los mendigos que seguían dando vueltas con sus platos esmaltados y se
subió al coche.
FIN

