Libro N° 14961. El Nieto. Aguirre, Margarita
© Libro N° 14961. El Nieto. Aguirre, Margarita. Emancipación. Marzo 28 de 2026
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EL
NIETO
Margarita
Aguirre
El Nieto
Margarita Aguirre
El Nieto
Margarita Aguirre
Antología del nuevo cuento chileno (1954)
Sinopsis: «El nieto» es un cuento de la
escritora chilena Margarita Aguirre, publicado en 1954 en el libro Antología
del nuevo cuento chileno. Guillermo es un niño que vive junto a su abuela,
una anciana de comportamiento extraño que habla de duendes y hadas. Mientras
sus hermanos pasan el día fuera, él permanece sentado escuchándola y observando
desde lejos a Isabel, una niña que vive al otro lado de la calle. Tímido y
solitario, Guillermo imagina cómo sería acercarse a ella y tener por fin una
amiga, aunque salir al mundo exterior le produce temor.
En las ventanas de la casa de Isabel hay pequeños maceteros pintados de
rojo, las cortinas son claras, y en el jardín florece un aromo. Isabel lleva
dos trenzas negras a la espalda. Los domingos sus moños son blancos. Tiene una
muñeca, una pelota de colores y un perro tan lanudo como una ovejita. Supe que
se llamaba Isabel, y su nombre me pareció dulce, tanto, que lo estuve
repitiendo en voz baja durante todo un día.
—Los duendes no salen a la calle —me dice la abuela—. ¿No lo sabes?, se
han transformado en ratones .
Yo he visto ratones y no me parecen bonitos: caminan muy ligero.
—Abuela —le digo—, los ratones no son bonitos, y hasta me parece que son
malos.
Ella me mira ausente.
—Tus hermanos son malos, están siempre en la calle —murmura.
—¿A usted le gustaría salir? —le pregunto.
—Hubo un tiempo en que los duendes dormían en mi cama —continúa.
Quedo callado. Pensando. Debo preguntarle a Isabel: «¿Quieres jugar
conmigo?, ¿puedo acompañarte?» Seguramente ella me tomaría de la mano y nos
iríamos al parque.
—Las Isabeles son todas princesas, querido. ¿Lo sabes? —dice la abuela.
—No, abuela, no lo sabía.
—Si fuéramos amigos, te lo habría dicho antes — continúa.
No le contesto. Recuerdo que una vez escuché en la carnicería a una
mujer que le decía a otra: «Me sonrió de una manera que de inmediato nos
hicimos amigos». Yo siempre sonrío. Confusamente sonrío a todo el mundo, desde
pequeño. Si tropiezo con alguien, sonrío. Si me miran, sonrío. Antes de hablar,
mis palabras son primero una sonrisa. Es una mueca que mis labios hacen por si
solos. Mi sonrisa es una disculpa: defensa. Sonrío porque no soy más que esto:
una sonrisa. Pero no tengo amigos. Vivo con mi abuela. Mis hermanos también
viven aquí, pero ellos salen todo el día y yo me quedo siempre sentado en un
banco, escuchando a mi abuela.
—Los duendes me miran, querido —dice la abuela.
—¿Y le sonríen, abuela?
—Las sonrisas quedan para las hadas, que nunca están seguras de lo que
quieren —me responde.
—Yo creo que basta una sonrisa para ser amigos.
—Tonterías. Eso dicen los que salen a la calle y se miran en los
escaparates de las tiendas. Los espejos no mienten, y ellos nunca están de
broma. ¿Has oído reírse a un espejo?
Tal vez a Isabel no le gusten las sonrisas. Francamente, no sé por qué
pienso en ella. Mejor sería olvidarla. Imaginarme que nunca la he visto.
Después de todo, no es demasiado difícil. Yo puedo imaginar cualquier cosa. Los
recuerdos que nunca han existido son los mejores. Puedo recordar cosas muy
bonitas, y no vienen de ninguna parte.
—Hace muchos años me hablaron de las hadas —musita la abuela—. Una vieja
me contó que se escondían en las parvas de paja. Pero era una vieja sin dientes
y mentía.
—El abuelo tampoco tiene dientes —respondo.
La abuela se yergue en su silla.
—Pero él es militar y usa espada y casco y botones dorados.
—¿Cuando hay desfiles pasan muchos militares? —pregunto.
Sus manos se sueltan en la falda.
—Alfonso nunca lo ha dicho. No sé.
Si hay un desfile, iré a verlo con Isabel. Pero nunca hay desfiles por
estas calles. Y yo tengo miedo de salir de mi calle, pues una noche que lo hice
tropecé con una mujer que tenía los labios pintados de un color muy rojo.
Aproximándose disimuladamente, comenzó a palparme por todas partes. ¡Era
horrible! Me sentí avergonzado y ardía. De un automóvil le gritaron que me
dejase tranquilo, ella rió y me dejó para subirse al automóvil. Al reír, su
boca exhaló un aliento pegajoso. Y durante mucho tiempo, al recordarla, mi
cuerpo se encogía y tiritaba, y un gusto amargo subía a mi boca.
Isabel es distinta, pero no debo pensar en ella ni en la calle. Pero
tengo ganas de salir. Dicen que mi abuela está loca. El cartero ha dicho que
soy un niño raro, que no tengo amigos. Me bastaría cruzar la calle, hablar a mi
vecina y todo sería diferente. Entonces, al verme, el cartero y las mujeres del
barrio no dirían más que soy raro. Porque mis hermanos son muy distintos a mi.
Ellos salen y tienen amigos.
—Los dedos dicen palabras chiquitas y entonces crecen las uñas —dice la
abuela.
—Abuela, ¿por qué dices estas cosas?
—Son los dedos, te he dicho.
La casa de mi vecina me gusta mucho, demasiado. Le conté al cura
Martínez que yo había vivido en una casa como ésa, pero que quedaba muy lejos,
que mi mamá debía tomar un tren para ir a misa los domingos y que entonces le
llevaba ramos de aromo a la Virgen. Teníamos una alcancía en el salón de
visitas, y la habitación de mi mamá era pequeña. El aromo entraba por la
ventana. Sus ramas amarillas llegaban hasta la colcha con tules. A mi me
gustaba darme vueltas en la cama, mientras el olor del aromo y sus resplandores
me mareaban. Pero nada de esto es cierto. Creo que yo nunca tuve una mamá, ni
una casa, ni aromo que entrara por su ventana. Son mentiras que le cuento al
cura Martínez cuando viene los martes a conversar con la abuela.
—¿Me estás escuchando? —Interrumpe la abuela.
—Sí, abuela —le digo.
—Entonces, no pongas esa cara. Si te digo estas cosas, es por tu propio
bien. No vayas después a meterme miedo con los guardianes. Desde hace tiempo me
persiguen. Te han mandado a ti para espiarme.
—¿Por qué crees eso, abuela? Yo no digo nada.
—Es que nunca estás como esta tarde, sentado a mi lado, jugando con el
sol.
Un hilo de baba corre por su cara.
—Esta tarde me gusta el sol —contesto.
El hilo llega ya a su arrugada barbilla.
—Esta tarde pareces un cuarto sin luz —continúa la abuela.
—Esta tarde tengo ganas de salir.
No quiero ver cómo la gota cae sobre su cuello. Ella canturrea.
—Triluca barena, aloma de seste.
—Abuela, ¿qué puedo hacer? —pregunto.
—Aloma en el pese, triluca barena —sigue tarareando.
La gota ya se desliza.
—Quisiera inventar palabras como usted y ser feliz, pero no puedo.
—Scht, alese, motranco pasito, aloma de seste, triluca barena. Scht. Te
voy a decir lo que debes hacer. No tengas miedo. Jugaremos al tren. Verás que
te va a gustar. Scht. Scht. Scht. Scht. Scht. Yo soy la locomotora. ¡Vamos! Tú
eres el primer vagón. Scht. Scht. Scht. Scht. Scht. Scht. Scht. Scht. Scht.
Quiero huir.
—¡No puedo, abuela!, no tengo ganas.
Ella se levanta iracunda.
—¡Vamos! Agárrate a mi cintura. Scht. Scht. Scht. Scht. Scht.
—¡Déjame, abuela!; ¡por favor, déjame!
—No te vayas, bermejito. Quiero jugar al tren
Scht. Scht. Scht. Scht.
Sin saber cómo, me encuentro en la calle, apoyado en la verja de la
puerta. Entonces sale mi vecina y se queda mirándome. Cruzo la calle y me
detengo frente a ella. Le pregunto:
—¿Por qué me miras?
Y ella se echa a reír, jugando con sus trenzas.
—¿Me miras porque quieres jugar conmigo? —continúo.
—Andate a tu casa —me responde—. Voy a jugar con mis amigas.
—No quiero irme a casa y tampoco me interesa jugar contigo —le digo.
—Entonces, ¿para qué me hablas? —me pregunta.
Aprieto los puños. Enrojezco, clavado en el suelo como una piedra.
—No hablo contigo —le respondo sin mirarla.
Ella suelta una carcajada. Sus ojos brillan.
—Tonto —me dice, muerta de risa—. Eres el nieto raro, tu abuela está
loca.
Grita:
—¡Carmen, Caarmen!, ¡ven a ver a éste!
La muchacha viene hasta nosotros, me mira de arriba abajo, pregunta:
—¿Quién es?
—El de enfrente —contesta Isabel, señalando mi casa—. Es el nieto de la
loca.
—Mi casa es muy bonita por dentro —balbuceo—, y mi abuela es muy buena.
Y las dos ríen. Carmen dice:
—Seguramente tu casa es un palacio, tu abuela una reina y tú eres un
príncipe, ¿no es cierto? A ver, paséate. Queremos admirarte.
Deseo irme, pero me aplauden.
—Muy bien, muy bien. Lo has hecho muy bien. ¿Qué más sabes hacer?
La voz de Carmen es chillona y su nariz está cubierta de pecas.
—Sé hacer muchas cosas —contesto. .
Isabel toma por el brazo a su amiga y, sin mirarme, la invita:
—Bueno, vamos a patinar.
Entonces la llamo, porque necesito ver sus ojos.
—Isabel…
—¿Cómo sabes que me llamo Isabel? —me Interrumpe.
Tengo miedo de que mis piernas se doblen y bajo la vista.
—Bueno, vamos a patinar —dice Carmen, y mirándome burlonamente, agrega—:
¿Tú no quieres venir, príncipe?
—Claro, ven, ven —dice Isabel, empujándome.
—Déjame —le ruego—, quiero irme a casa.
—Quieres irte porque no sabes patinar.
—Claro que sé patinar.
—Entonces, ven.
Miento:
—Es que se me rompieron los patines.
Carmen interrumpe impaciente:
—Bueno, bueno, yo te presto los de mi hermano.
Camino junto a ellas hasta la esquina. Carmen entra corriendo en su casa
y sale cargada de patines. Isabel me pregunta:
—¿Cómo te llamas?
—Guillermo —contesto, y busco sus ojos.
—Tengo un primo que se llama Guillermo. Es grande. Está en sexto año,
pero siempre viene a verme. ¿Por qué pones esa cara? ¡Si te vieras en el
espejo! Pareces un pescado. ¡Carmen, Carmen! —grita a su amiga—. Parece un
pescado.
Se sientan en el borde de la acera y les escucho decir:
—Te apuesto a que no sabe patinar. Es un farsante.
—¡Qué bueno!, así nos vamos a reír cuando se caiga.
—¿Por qué no te pones los patines? —gritan.
Titubeo.
—No me gusta patinar.
—Mentiroso —me insulta Isabel con desprecio—; lo que pasa es que no
sabes.
—Claro que sé.
—Entonces te corro una carrera.
Me siento en el suelo e intento colocarme los patines. Carmen e Isabel
ríen a gritos al ver mis esfuerzos.
—Así no, tonto, así —dice Carmen, ayudándome—. Bueno, ahora levántate.
Busco apoyarme en ella, pero ya se ha retirado. Alargo mis brazos
desesperadamente hacia el vacío. Pero es inútil: caigo. Desde el suelo veo cómo
ríen de mi.
—Es un pescado aleteando, es un pescado —barbotea Isabel, sofocando
carcajadas.
¡Quisiera morirme ahora mismo!, y que ellas fueran las culpables, si,
que en medio de sus risas descubrieran con espanto mi muerte. Quedo inmóvil,
tenso de indignación y de malos deseos.
—Ya, levántate —me ordenan.
No obedezco.
—¡Vamos! —insiste Carmen—. Estás muy ridículo así.
Casi inconscientemente comienzo a enderezarme. Dolorido, no tanto por
los golpes, como por la imposibilidad de morirme. Isabel se acerca y me empuja
por la espalda. Nuevamente caigo y esta vez es mi cabeza la que golpea el
pavimento. Isabel acompaña con sus risas mi nueva caída. Carmen mira asustada,
diciendo:
—Cuidado, Isabel, puede hacerse daño de verdad, es muy flaco.
—Es un pescado —le contesta riendo Isabel.
Carmen está seria, y la risa de Isabel resuena dura y sin sentido.
Isabel parece avergonzarse de esa risa.
—Esto le pasa por farsante —trata de dar una explicación, sin dirigirse
a nadie en particular.
Lentamente saco los patines de mis pies y los dejo en el suelo. Me
incorporo y comienzo a caminar sin mirarlas.
—¿Te vas? —pregunta Carmen.
No contesto. Camino en el vacío. Ni siquiera recuerdo que ellas están
allí, a mi espalda.
—Hasta luego —me gritan.
Pero ya no las escucho. Es como si no existieran. Como si nada
existiera.
—No te enojes —ruega Isabel—. No te enojes, pescadito. Ven a jugar con
nosotras.
Su voz no logra sacarme del sopor que me invade. Abro la reja de mi casa
sin haber vuelto a mirarlas y ni siquiera sé si continúan llamándome.
Dentro, la abuela es un tren todavía. En su pechera brilla la baba.
—¡Bermejito! —grita al verme—. Eres el tren de carga y no podemos
retrasarnos.
Me agarro a su cintura y juntos corremos por el corredor. Y mientras
ella bufa, dejo que por fin salgan las lágrimas de mis ojos.
—Scht. Scht. Scht. Tilín, tilín. Estación a la vista. Scht. Scht. Scht.
Scht.
FIN

