Libro N° 14948. Los Niños De Oro. Hermanos Grimm.
© Libro N° 14948. Los Niños De Oro. Hermanos Grimm. Emancipación. Marzo 21 de 2026
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LOS
NIÑOS DE ORO
Hermanos
Grimm
Los Niños De Oro
Hermanos Grimm
Los Niños De Oro
Hermanos Grimm
Éranse un hombre y una mujer muy pobres; no tenían más que una pequeña
choza, y sólo comían lo que el hombre pescaba el mismo día. Sucedió que el
pescador, al sacar una vez la red del agua, encontró en ella un pez de oro, y
mientras lo contemplaba admirado, púsose el animal a hablar, y dijo:
- Óyeme, pescador; si me devuelves al agua, convertiré tu pobre choza en
un magnífico palacio.
Respondióle el pescador:
- ¿De qué me servirá un palacio, si no tengo qué comer?
Y contestó el pez:
- También remediaré esto, pues habrá en el palacio un armario que, cada
vez que lo abras, aparecerá lleno de platos con los manjares más selectos y
apetitosos que quedas desear.
- Si es así - respondió el hombre, - bien puedo hacerte el favor que me
pides.
- Sí - dijo el pez, - pero hay una condición: No debes descubrir a nadie
en el mundo, sea quien fuere, de dónde te ha venido la fortuna. Una sola
palabra que digas, y todo desaparecerá.
El hombre volvió a echar al agua el pez milagroso y se fue a su casa.
Pero donde antes se levantaba su choza, había ahora un gran palacio. Abriendo
unos ojos como naranjas, entró y se encontró a su mujer en una espléndida sala,
ataviada con hermosos vestidos. Contentísima, le preguntó:
- Marido mío, ¿cómo ha sido esto? ¡La verdad es que me gusta!
- Sí - respondióle el hombre, - a mí también; pero vengo con gran
apetito, dame algo de comer.
- No tengo nada - respondió ella - ni encuentro nada en la nueva casa.
- No hay que apurarse - dijo el hombre; - veo allí un gran armario:
ábrelo.
Y al abrir el armario aparecieron pasteles, carne, fruta y vino, que
daba gloria verlos. Exclamó entonces la mujer, no cabiendo en sí de gozo:
- Corazón, ¿qué puedes ambicionar aún?
Y se sentaron, y comieron y bebieron en buena paz y compañía. Cuando
hubieron terminado, preguntó la mujer:
- Pero, marido, ¿de dónde nos viene toda esta riqueza?
- No me lo preguntes - respondió él -, no me está permitido decirlo. Si
lo revelara, perderíamos toda esta fortuna.
- Como quieras - dijo la mujer. - Si es que no debo saberlo, no pensaré
más en ello.
Pero su idea era muy distinta, y no dejó en paz a su marido de día ni de
noche, fastidiándolo y pinchándole con tanta insistencia que, perdida ya la
paciencia, el hombre acabó por revelarle que todo les venía de un prodigioso
pez de oro que había pescado y vuelto a poner en libertad a cambio de aquellos
favores. Apenas había terminado de hablar, desapareció el hermoso palacio con
su armario, y hételos de nuevo en su mísera choza.
El hombre no tuvo más recurso que reanudar su vida de trabajo y salir a
pescar; pero quiso la suerte que el mismo pez volviese a caer en sus redes.
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- Óyeme - le dijo; - si otra vez me echas al agua, te devolveré el
palacio con el armario lleno de guisos y asados; pero mantente firme y no
descubras a nadie quién te lo ha dado, o volverás a perderlo.
- Me guardaré muy bien - respondió el pescador, soltando nuevamente al
pez en el agua.
Y al llegar a su casa, la encontró otra vez en gran esplendor, y a su
mujer, encantada con su suerte. Pero la curiosidad no la dejaba vivir, y a los
dos días ya estaba preguntando otra vez cómo había ocurrido aquello y a qué se
debía. El hombre se mantuvo firme una temporada; pero, al fin, exasperado por
la importunidad de su esposa, reventó y descubrió el secreto; y, en el mismo
instante desapareció el palacio, y el matrimonio se encontró en su vieja
cabaña.
- Estarás satisfecha - le regañó el marido. - Otra vez nos tocará pasar
hambre.
- ¡Ay! - replicó ella. - Prefiero no tener riquezas, si no puedo saber
de dónde me vienen; la curiosidad no me deja vivir.
Volvió el hombre a la pesca, y, al cabo de un tiempo - el destino lo
tenía dispuesto, - capturó por vez tercera al pez de oro.
- Escúchame - dijo éste, - bien veo que habré de caer siempre en tus
manos. Llévame a tu casa y córtame en seis pedazos: dos, los darás a comer a tu
esposa; otros dos, a tu caballo, y los dos restantes, los entierras; de todos
obtendrás bendiciones.
Hizo el hombre tal como el pez le había indicado, y sucedió que de los
dos pedazos que plantara en tierra brotaron dos lirios de oro; la yegua tuvo
dos potrillos de oro; y la mujer dio a luz dos niños de oro también.
Crecieron los hijos, altos y hermosos, y con ellos crecieron los lirios
y los caballos. Cuando ya fueron mayores, dijeron un día:
- Padre, vamos a montar los caballos de oro y a correr mundo.
Pero él les respondió, con tristeza:
- ¿Qué será de mí, si os marcháis y no tengo noticias de vosotros?
Y dijeron los niños:
- Os quedan los dos lirios de oro. Por ellos sabréis cómo nos van las
cosas: Mientras se mantengan frescos y lozanos, gozaremos de buena salud; si se
marchitan, es que estaremos enfermos; si mueren, es que también nosotros
habremos muerto.
Pusiéronse en camino y llegaron a una hospedería llena de gente que, al
ver a los dos niños de oro, empezó a reírse y burlarse de ellos. Al oír uno de
los dos hermanos aquellas burlas, se avergonzó y, renunciando a irse por el
mundo, regresó a la casa paterna, mientras el otro seguía adelante y llegaba a
un gran bosque. Al disponerse a entrar en él, le dijo la gente del lugar:
- No te aventures a atravesarlo, pues está lleno de bandidos y lo
pasarás mal; y si ven que eres de oro y tu caballo también, te quitarán la
vida.
Pero el mozo, sin arredrarse, exclamó:
- ¡Pues pasaré!
Procuróse pieles de oso, con las cuales se cubrió a sí mismo y al
caballo, de modo que no se viese nada del oro, y entró en el bosque, muy
confiado. Al poco tiempo oyó un rumor entre las matas, y unas voces de hombres
que hablaban entre sí. Dijo una:
- ¡Ahí viene un hombre!
Y respondía otra:
- Déjalo pasar, es un cazador de osos, más pobre y pelado que una rata
de sacristía. ¡Qué podríamos sacar de él!
Y de este modo el niño de oro atravesó el bosque sin sufrir ningún daño.
Al llegar un día a un, pueblo, vio a una muchacha tan hermosa, que pensó
que no podía haber otra igual. Prendado de ella, fue a su encuentro y le dijo:
- Te amo con todo mi corazón, ¿quieres ser mi esposa?
A la muchacha le gustó también tanto el mozo que, aceptando su
ofrecimiento, le respondió:
- Sí, quiero ser tu esposa, y te guardaré fidelidad toda la vida.
Casáronse y estando en plena alegría y regocijo, llegó a casa el padre
de la novia, y al ver aquella boda, admirado, preguntó:
- ¿Dónde está el novio?
Le enseñaron el niño de oro, que seguía cubierto con las pieles de oso;
el hombre se enfadó mucho:
- ¡Jamás un cazador de osos se casará con mi hija! - exclamó, tratando
de matarlo. Su hija se deshizo en súplicas y le dijo:
- Es mi marido y lo quiero de corazón - y, al fin, logró apaciguarlo.
Sin embargo, el hombre no lograba quitarse aquella preocupación de la cabeza, y
a la mañana siguiente se levantó de madrugada dispuesto a saber si su yerno era
un mendigo andrajoso y vulgar. Al entrar en el dormitorio vio en la cama a un
apuesto joven, todo él de oro, las pieles de oso esparcidas por el suelo.
Retirándose pensó: "¡Qué suerte tuve al reprimir mi cólera; habría
cometido un gran disparate!".
Mientras tanto el muchacho soñaba que estaba de cacería, persiguiendo un
hermoso ciervo, y al despertarse dijo a su esposa:
- Me voy de caza.
Sintió ella angustia, y le rogó que se quedase a su lado: - Puede
ocurrirse una desgracia - le dijo.
Pero él insistió:
- Debo ir, e iré.
Se fue, pues, al bosque, y al poco rato descubrió a cierta distancia un
altivo ciervo, igual al que viera en sueños. Apuntóle para disparar, pero el
animal pegó un brinco y escapó. El mozo se lanzó en su persecución, saltando
fosos y atravesando matorrales, sin detenerse en toda la jornada; pero, al
anochecer, el ciervo desapareció. Al mirar el joven a su alrededor, vio que se
hallaba frente a una casita, en la que vivía una bruja. La vieja salió a abrir
al llamar él a la puerta, y le preguntó:
- ¿Qué buscas tan tarde, en medio de este inmenso bosque?
Dijo él:
- ¿Habéis visto un ciervo?
- Sí - respondió la mujer, - bien conozco al ciervo - y mientras ella
hablaba, un perrillo, que había salido también de la casa, ladraba furiosamente
al forastero.
- ¡Vas a callarte, maldito perro! - gritó el cazador. - ¡Si no te
callas, te pego un tiro!
A lo cual replicó la vieja, colérica:
- ¡Cómo!, ¿a mi perrito te atreverías a matar? - y, en el acto, lo dejó
transformado en una piedra. Su esposa estuvo aguardándolo inútilmente, y
pensando: "De seguro le ha sucedido lo que me temía; ¡me lo daba el
corazón!".
En la casa paterna, el otro hermano no perdía de vista los lirios de
oro, y se dio cuenta de que uno se marchitaba bruscamente. "¡Dios mío! -
pensó, - a mi hermano le debe haber ocurrido alguna gran desgracia. Tengo que
ir en su busca, quizá llegue a tiempo de salvarlo". Su padre le dijo:
- Quédate aquí, pues si también a ti te pierdo, ¿qué podré hacer ya?
Pero el muchacho respondió:
- Es preciso que me marche, es mi deber.
Y, montando en su caballo de oro, púsose en camino y llegó al gran
bosque donde su hermano estaba transformado en piedra. La bruja salió de su
casa y lo llamó, con intención de encantarlo también a él. Pero el mozo le
gritó desde lejos:
- ¡Si no devuelves la vida a mi hermano, te mato de un tiro!
La vieja, a regañadientes, tocó la piedra con el dedo e inmediatamente
el hermano recobró su ser natural. Los dos muchachos sintieron una gran alegría
al verse y, después de besarse y abrazarse, se alejaron juntos del bosque,
dirigiéndose uno a casa de su esposa y el otro a la de su padre. Dijo éste al
verlo llegar:
- Ya sabía que habías salvado a tu hermano, pues el lirio de oro se
enderezó y vuelve a estar lozano.
Y, desde entonces, vivieron todos contentos y felices hasta el fin de
sus días.
* * *
* *
FIN

