Libro N° 14949. La Alondra Cantarina Y Saltarina. Hermanos Grimm.
© Libro N° 14949. La Alondra Cantarina Y Saltarina. Hermanos Grimm. Emancipación. Marzo 21 de 2026
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LA
ALONDRA CANTARINA Y SALTARINA
Hermanos
Grimm
La Alondra Cantarina Y Saltarina
Hermanos Grimm
La Alondra Cantarina Y Saltarina
Hermanos Grimm
Érase una vez un hombre que, antes de salir para un largo viaje,
preguntó a sus tres hijas qué querían que les trajese. La mayor le pidió
perlas; la segunda, diamantes; pero la tercera dijo:
- Padre querido, yo deseo una alondrita que cante y salte.
Respondióle el padre:
- Si puedo encontrarla, la tendrás -y, besando a las tres, se marchó.
Cuando fue la hora de regresar a su casa, tenía ya comprados los
diamantes y las perlas para las dos hijas mayores, pero en cuanto a la alondra
cantarina y saltarina que le pidiera la menor, no había logrado encontrarla en
ningún sitio, y le pesaba, porque aquella hija era su preferida.
He aquí que su camino pasaba por un bosque, en medio del cual
levantábase un magnífico palacio, y cerca de él había un árbol. Sucedió que en
lo más alto de aquel árbol descubrió nuestro hombre una alondra que estaba
cantando y saltando:
- ¡Vienes como llovida del cielo! -exclamó, alegre, y, llamando a un
criado suyo, mandóle que subiese a la copa del árbol para coger al pajarillo.
Pero al acercarse al árbol, saltó de repente un fiero león, sacudiendo la
melena y rugiendo de tal modo, que todo el follaje de los árboles circundantes
se puso a temblar.
- ¡Devoraré a quien pretenda robarme mi alondra saltarina y cantarina!
Excusose entonces el hombre:
- Ignoraba que el pájaro fuese tuyo; repararé mi falta y te pagaré un
buen rescate en dinero; mas perdóname la vida.
Dijo el león:
- Nada puede salvarte, excepto la promesa de entregarme lo primero que
salga a tu encuentro cuando llegues a tu casa. Si te avienes a esta condición,
te perdonaré la vida y encima te daré el pájaro para tu hija.
Pero el hombre se negó, diciendo:
- Podría ser mi hija menor, que es la que más me quiere y sale siempre a
recibirme cuando vuelvo a casa.
El criado, asustado, le dijo:
- No ha de ser precisamente vuestra hija la que salga a vuestro
encuentro; a lo mejor será un gato o un perro.
El hombre se dejó persuadir y, cogiendo la alondra, prometió dar al león
lo primero que encontrase al llegar a casa.
Y he aquí que al entrar en su morada, ¿quién había de ser la primera en
salir a recibirlo, sino su querida hijita menor? Acudió corriendo a besarlo y
abrazarlo, y, al ver que le traía su alondra saltarina y cantarina, no cabía en
sí de contento. El padre, empero, en vez de alegrarse, rompió a llorar,
diciendo:
- Hijita mía, cara he pagado esta avecilla, pues por ella he debido
prometer entregarte a un león salvaje que, cuando te tenga en su poder, te
destrozará y devorará -y le contó lo que le había sucedido, pidiéndole que no
fuese, pasara lo que pasara. Pero ella lo consoló y le dijo:
- Padre mío, debéis cumplir lo que prometisteis; iré, y estoy segura de
que sabré amansar al león y regresaré a vuestro lado sana y salva.
A la mañana siguiente pidió que le indicasen el camino, y, después de
despedirse de todos, entró confiada en el bosque. Pero resultó que el león era
un príncipe encantado, que durante el día estaba convertido en aquel animal,
así como todos sus servidores, y al llegar la noche recobraban su figura
humana. Al llegar, la muchachita fue acogida amistosamente y conducida al
palacio, y cuando se hizo de noche, viose ante un gallardo y hermoso joven, con
el cual se casó con gran solemnidad. Vivieron juntos muy a gusto, velando de
noche y durmiendo de día. Al volver a palacio en cierta ocasión, dijo el
príncipe:
- Mañana se da una gran fiesta en casa de tu padre, porque se casa tu
hermana mayor; si te apetece ir, mis leones te acompañarán.
Respondió ella afirmativamente, diciendo que le agradaría mucho volver a
ver a su padre, por lo que emprendió el camino, acompañada de los leones. Fue
recibida con grandísimo regocijo, pues todos creían que el león la había
destrozado, y que estaba muerta desde hacía mucho tiempo. Pero ella les explicó
cuán apuesto marido tenía y lo bien que lo pasaba, y se quedó con los suyos
hasta el fin de la boda; luego se volvió al bosque. Al casarse la hija segunda
y habiendo sido también invitada la princesa, dijo ésta al león:
- Esta vez no quiero ir sola; tú debes venir conmigo.
Pero su marido le explicó que el hacerlo era en extremo peligroso para
él, pues sólo con que le tocase un rayo de luz procedente de un fuego
cualquiera, se transformaría en paloma y habría de permanecer siete años
volando con estas aves.
- ¡No temas! -exclamó ella-. Ven conmigo. Ya procuraré yo guardarte de
todo rayo de luz.
Marcháronse, pues, los dos, llevándose a su hijo de poca edad. La
princesa, al llegar a la casa, mandó que enmurallasen una sala, de manera que
no pudiese penetrar en ella ni un solo rayo de luz; allí permanecería su esposo
mientras estuviesen encendidas las luces de la fiesta. Pero la puerta, que era
de madera verde, se rajó, produciéndose una pequeñísima grieta de la que nadie
se dio cuenta. Celebróse la ceremonia con toda pompa y magnificencia, y, de
regreso a la casa la comitiva, al pasar por delante de la sala con todos sus
hachones y velas encendidos, un rayo luminoso, fino como un cabello, fue a dar
en el príncipe, quien, en el acto, quedó transformado. Cuando su esposa entró
en la estancia a buscarlo, no lo vio en ninguna parte, y sí, en cambio, una
blanca paloma. Díjole ésta:
- Por espacio de siete años tengo que estar volando errante por el
mundo; pero cada siete pasos dejaré caer una roja gota de sangre y una pluma
blanca; ellas te mostrarán el camino, y, si sigues las huellas, podrás
redimirme.
Echó la paloma a volar, saliendo por la puerta, y la princesa la siguió,
y cada siete pasos caían una gotita de sangre roja y una blanca plumita, que le
indicaban el camino. Siguió ella andando por el vasto mundo, sin volverse a
mirar atrás ni descansar jamás, y así transcurrieron casi los siete años, con
gran alegría suya, pensando que ya no faltaba mucho para su desencanto. Un día,
al disponerse a proseguir su camino, de pronto dejaron de caer las gotitas de
sangre y las plumas, y, cuando levantó la vista, la paloma había desaparecido.
Y pensando: "Los humanos no pueden ayudarme en este trance", subió al
encuentro del Sol y le dijo:
- Tú que envías tus rayos a todas las grietas y todas las cúspides, ¿no
has visto una paloma blanca?
- No -respondióle el Sol-, no he visto ninguna, pero aquí te regalo una
cajita; ábrela cuando te halles en gran necesidad.
Después de dar las gracias al Sol, siguió caminando hasta la noche, y
cuando salió la Luna se dirigió a ella y le dijo:
- Tú que brillas durante toda la noche e iluminas campos y bosques, ¿no
has visto volar una paloma blanca?.
- No -replicó la Luna-, no la he visto, pero te hago obsequio de un
huevo, rómpelo cuando te encuentres en gran necesidad.
Dio las gracias a la Luna, y continuó su camino, hasta que empezó a
soplar la brisa nocturna, a la cual se dirigió también, diciéndole:
- Tú que soplas sobre todos los árboles y sobre todas las hojas, ¿no has
visto volar una paloma blanca?
- No -respondióle la brisa-, no he visto ninguna, pero preguntaré a los
otros tres vientos, tal vez ellos la hayan visto.
Vinieron el de Levante y el de Poniente, pero ninguno había visto nada,
y acudió luego el de Mediodía y dijo:
- Yo he visto la paloma blanca, que ha volado hasta el Mar Rojo, donde
se ha vuelto a transformar en león, pues han transcurrido los siete años; y
allí el león está librando combate con un dragón, pero este dragón es una
princesa encantada.
Y luego díjole la brisa nocturna:
- Voy a darte un consejo. Vete al Mar Rojo; en su orilla derecha hay
unas grandes varas; cuéntalas y corta la undécima y con ella golpeas al dragón;
entonces el león lo vencerá y ambos recobrarán su forma humana. Mira después a
tu alrededor y descubrirás el ave llamada grifo, que habita los parajes del Mar
Rojo; tú y tu amado os montáis en ella, y el animal os conducirá a vuestra
casa, volando por encima del mar. Aquí te doy también una nuez. Cuando te
encuentres en medio del mar, suéltala; brotará enseguida y saldrá del agua un
gran nogal donde el ave podrá descansar; pues, si no pudiese hacerlo, no
tendría la fuerza necesaria para transportaras hasta la orilla opuesta. Si te
olvidas de soltar la nuez, el grifo os echará al mar.
Partió la joven princesa y le sucedió todo tal como le dijera la brisa
nocturna. Contó las varas del borde del mar, cortó la undécima y, golpeando con
ella al dragón, fue éste vencido por el león, y en el acto recuperaron uno y
otro sus respectivas figuras humanas. Pero no bien la otra princesa, la que
había estado encantada en forma de dragón, quedó libre del hechizo, cogió al
joven del brazo, montó con él en el grifo y emprendió el vuelo, quedando la
desventurada esposa abandonada nuevamente en un país remoto. En el primer
momento se sintió muy abatida y se echó a llorar, pero, al fin, cobró nuevos
ánimos y dijo:
- Seguiré caminando, mientras el viento sople y el gallo cante, hasta
encontrarlo.
Y recorrió largos, largos caminos, y llegó, por fin, al palacio donde
los dos moraban y se enteró de que se preparaban las fiestas de su boda. Díjose
ella: "Dios no me abandonará" y, abriendo la cajita que le diera el
Sol, vio que había dentro un vestido brillante como el propio Astro. Se lo puso
y entró en el palacio, donde todos los presentes, e incluso la misma novia, se
quedaron mirándola con asombro y pasmo. El vestido gustó tanto a la prometida,
que pensó adquirirlo para su boda, y preguntó a la forastera si lo tenía en
venta:
- No por dinero -respondió ella-, sino por carne y sangre.
Preguntóle la novia qué quería significar con aquellas palabras, y ella
le respondió:
- Dejadme dormir una noche en el mismo aposento en que duerme el novio.
La princesa se negó al principio, pero deseaba tan ávidamente el
vestido, que al fin se avino, aunque ordenó secretamente al ayuda de cámara que
administrase un somnífero al príncipe. Llegada la noche, y cuando ya el joven
dormía, introdujeron en la habitación a su esposa, quien, sentándose a la vera
de la cama, dijo:
- Te estuve siguiendo por espacio de siete años; fui a las mansiones del
Sol, de la Luna y de los cuatro vientos a preguntar por ti, y te presté ayuda
contra el dragón. ¿Y vas a olvidarme ahora?
Pero el príncipe dormía tan profundamente, que sólo percibió un ligero
rumor, como el del viento murmurando entre los abetos del bosque.
A la mañana, la joven fue despedida, después de haber entregado el
vestido. Y al ver que tampoco aquello le había servido se dirigió a un prado,
llena de tristeza y amargura, se tumbó en el suelo y prorrumpió en amargo
llanto. Pero entonces le vino a la memoria el huevo que le había dado la Luna.
Lo rompió y apareció una gallina clueca con doce polluelos, todos de oro, que
corrían ligeros piando y picoteando, y volvían a refugiarse bajo las alas de la
madre, y era un espectáculo como no pudiera imaginarse otro más delicioso en el
mundo entero. Levantóse, y los dejó correr por el prado, hasta que la novia los
vio desde su ventana y, prendándose de los polluelos, bajó a preguntar si los
tenía en venta:
- No por dinero -respondió la joven-, sino por carne, y sangre; déjame
pasar otra noche en el aposento donde duerme el novio.
- De acuerdo -asintió la prometida, pensando que la engañaría como la
vez anterior. Pero el príncipe, al ir a acostarse, preguntó a su ayuda de
cámara qué rumores y murmullos eran aquellos que habían agitado su sueño la
otra noche, y entonces el criado le contó todo lo ocurrido. Cómo le habían
mandado darle un soporífero porque una pobre muchacha iba a pasar la noche en
su aposento, y cómo debía repetir la operación. Díjole el príncipe:
- Vierte el narcótico al lado de la cama.
Fue introducida nuevamente su esposa, y cuando se puso a darle cuenta de
su triste suerte, reconociéndola él por la voz, se incorporó y exclamó:
- ¡Ahora sí que estoy desencantado! Todo esto ha sido como un sueño,
pues la princesa forastera me hechizó y me obligó a olvidarte, pero Dios viene
a librarme a tiempo de mi ofuscación.
Y los dos esposos se marcharon en secreto del palacio al amparo de la
oscuridad, pues temían la intervención del padre de la princesa, que era brujo,
y, montaron en el ave grifo, que los llevó a través del Mar Rojo; y, al llegar
a la mitad, la esposa soltó la nuez. Enseguida salió del seno de las olas un
poderoso nogal, en cuya copa se posó el ave a descansar, y luego los llevó a su
casa, donde encontraron a su hijo, crecido y hermoso, y vivieron ya felices
hasta el día de su muerte.
* * *
* *
FIN

