Libro N° 14947. Hermano Alegre. Hermanos Grimm
© Libro N° 14947. Hermano Alegre. Hermanos Grimm. Emancipación. Marzo 21 de 2026
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HERMANO
ALEGRE
Hermanos
Grimm
Hermano Alegre
Hermanos Grimm
Hermano Alegre
Hermanos Grimm
Hubo una vez una gran guerra, terminada la cual, fueron licenciados
muchos soldados. Entre ellos estaba el Hermano Alegre, que, con su licencia, no
recibió más ayuda de costas que un panecillo de munición y cuatro cruzados. Y
con todo esto se marchó.
Pero San Pedro se había apostado en el camino, disfrazado de mendigo, y,
al pasar Hermano Alegre le pidió limosna. Respondióle éste:
- ¿Qué puedo darte, buen mendigo? Fui soldado, me licenciaron y no tengo
sino un pan de munición y cuatro cruzados en dinero. Cuando lo haya terminado,
tendré que mendigar como tú. Algo voy a darte, de todos modos. Partió el pan en
cuatro pedazos y dio al mendigo uno y un cruzado. Agradecióselo
San Pedro y volvió a situarse más lejos, tomando la figura de otro
mendigo; cuando pasó el soldado, pidióle nuevamente limosna.
Hermano Alegre repitió lo que la vez anterior, y le dio otra cuarta
parte del pan y otro cruzado. San Pedro le dio las gracias y, adoptando de
nuevo figura de mendigo, lo aguardó más adelante para solicitar otra vez su
limosna . Hermano Alegre le dio la tercera porción del pan y el tercer cruzado.
San Pedro le dio las gracias, y hermano alegre continuó su ruta sin más
que la última cuarta parte del pan y el último cruzado. Entrando, con ello, en
un mesón, se comió el pan y se gastó el cruzado en cerveza. Luego reemprendió
la marcha y entonces San Pedro le salió al encuentro en forma de soldado
licenciado, y le dijo:
- buenos días, compañero, ¿no podrías darme un trocito de pan y un
cruzado para echar un trago?
- ¿De dónde quieres que lo saque?- le respondó Hermano Alegre, -me han
licenciado sin darme otra cosa que un pan de munición y cuatro cruzado en
dinero. Me topé en la carretera con tres pobres; a cada uno le di la cuarta
parte del pan y un cruzado. La última cuarta parte me la he comido en el mesón,
y con el último cruzado he comprado cerveza. Ahora soy pobre como una rata y,
puesto que tú tampoco tienes nada, podríamos ir a mendigar juntos.
- No -respondió San Pedro, -no será necesario. Yo entiendo algo de
medicina y espero ganarme lo suficiente para vivir.
- Sí- dijo Hermano Alegre, -pues yo no entiendo pizca en este arte, así,
me tocará mendigar solo.-
- Vente conmigo- le dijo San Pedro, -nos partiremos lo que yo gane.
- Por mí, de perlas- exclamó Hermano Alegre; y emprendieron juntos el
camino. No tardaron en llegar a una casa de campo, de cuyo interior salían
agudos gritos y lamentaciones. Al entrar se encontraron con que el marido se
hallaba a punto de morir, por lo que la mujer lloraba a voz en grito.
- Basta de llorar y gritar -le dijo San Pedro-, yo curaré a vuestro
marido -y sacándose una pomada del bolsillo, en un santiamén hubo curado al
hombre, el cual se levantó completamente sano. El hombre y la mujer, fuera de
sí de alegría, le dijeron
- ¿cómo podremos pagaros? ¿Qué podríamos daros? Pero San Pedro se negó a
aceptar nada, y cuanto más insistían los labriegos, tanto más se resistía él.
Hermano Alegre, dando un codazo a San Pedro, le susurró
- ¡acepta algo, hombre, bien lo necesitamos! Por fin, la campesina trajo
un cordero y dijo a San Pedro que debía aceptarlo; pero él no lo quería.
Hermano Alegre, dándole otro codazo, insistió a su vez
- ¡tómalo, zoquete, bien sabes que lo necesitamos! Al cabo, respondió
San Pedro
- bBueno, me quedaré con el cordero; pero no quiero llevarlo; si tú
quieres, carga con él.
- ¡Si sólo es eso! -exclamó el otro-. ¡Claro que lo llevaré! -. Y se lo
cargó al hombro.
Siguieron caminando hasta llegar a un bosque; el cordero le pesaba a
Hermano Alegre, y además tenía hambre, por lo que dijo a San Pedro
- mira, éste es un buen lugar; podríamos degollar el cordero, asarlo y
comérnoslo.
- No tengo inconveniente -respondió su compañero-; pero como yo no
entiendo nada de cocina, lo habrás de hacer tú, ahí tienes un caldero; yo,
mientras tanto, daré unas vueltas por aquí Pero no empieces a comer hasta que
venga yo. Volveré a tiempo.
- Márchate tranquilo -dijo hermano alegre-. Yo entiendo de cocina y
sabré arreglarme. Marchóse San Pedro, y Hermano Alegre sacrificó el cordero,
encendió fuego, echó la carne en el caldero y la puso a cocer. El guiso estaba
ya a punto, y San Pedro no volvía; entonces Hermano Alegre lo sacó del caldero,
lo cortó en pedazos y encontró el corazón:
- Esto debe ser lo mejor, se dijo; probó un pedacito y, a continuación,
se lo comió entero. Llegó, al fin, San Pedro y le dijo
-puedes comerte todo el cordero; déjame sólo el corazón. Hermano Alegre
cogió cuchillo y tenedor y se puso a hurgar entre la carne, como si buscara el
corazón y no lo hallara, hasta que, al fin, dijo
-pues no está.
- ¡Cómo! -dijo el apóstol. -¿Pues dónde quieres que esté? - No sé
-respondió Hermano Alegre-. Pero, ¡seremos tontos los dos! ¡Estamos buscando el
corazón del cordero, y a ninguno se le ha ocurrido que los corderos no tienen
corazón!
- ¡Con qué me sales ahora! -dijo San Pedro. -Todos los animales tienen
corazón, ¿por qué no habría de tenerlo el cordero? -
-No, hermano, puedes creerlo; los corderos no tienen corazón. Piénsalo
un poco y comprenderás que no lo pueden tener.
- En fin, dejémoslo -dijo San Pedro-. Puesto que no hay corazón, yo no
quiero nada. Puedes comértelo todo. - Lo que me sobre lo guardaré en la mochila
-dijo Hermano Alegre, y, después de comerse la mitad, metió el resto en su
mochila. Siguieron andando, y San Pedro hizo que un gran río se atravesara en
su camino, de modo que no tenían más remedio que cruzarlo. Dijo San Pedro:
- Pasa tú delante. - No -respondió Hermano Alegre-, tú primero,
-pensando: "Si el río es demasiado profundo, yo me quedo atrás".
Pasó San Pedro, y el agua sólo le llegó hasta la rodilla. Entró entonces
en él Hermano Alegre; pero se hundía cada vez más, hasta que el agua le llegó
al cuello. Gritó entonces:
- ¡Hermano, ayúdame! Y dijo San Pedro - ¿quieres confesar que te has
comido el corazón del cordero?
- ¡No -respondió, - no me lo he comido!
El agua continuaba subiendo, y le llegaba ya hasta la boca.
-¡Ayúdame, hermano!- exclamó el soldado.
Volvió a preguntarle San Pedro - ¿quieres confesar que te comiste el
corazón del cordero?
- ¡No -repitió, - no me lo he comido!
Pero el santo, no queriendo que se ahogase, hizo bajar el agua y lo
ayudó a llegar a la orilla. Continuaron adelante y llegaron a un reino, donde
les dijeron que la hija del rey se hallaba en trance de muerte. - Anda, hermano
-dijo el soldado a San Pedro, -esto nos viene al pelo. Si la curamos, se nos
habrán acabado las preocupaciones para siempre. Pero San Pedro no se daba gran
prisa. - ¡Vamos, aligera las piernas, hermanito! -ledecía, ¡tenemos que llegar
a tiempo!
Pero San Pedro avanzaba cada vez con mayor lentitud, a pesar de la
insistencia y las recriminaciones de Hermano Alegre; y, así, les llegó la
noticia de que la princesa había muerto. - ¡Ahí tienes! -dijo el Hermano
Alegre, ¡todo, por tu cachaza! - No te preocupes - le contestó San Pedro,
-puedo hacer algo más que curar enfermos; puedo también resucitar muertos.
- ¡Anda! -dijo Hermano Alegre, -si es así, ¡no te digo nada! Por lo
menos has de pedir la mitad del reino.-
Y se presentaron en palacio, donde todo era tristeza y aflicción. Pero
San Pedro dijo al rey que resucitaría a su hija.
Conducido a presencia de la difunta, dijo
- que me traigan un caldero con agua.
Luego hizo salir a todo el mundo; y se quedó sólo Hermano Alegre.
Seguidamente cortó todos los miembros de la difunta, los echó en el agua
y, después de encender fuego debajo del caldero, los puso a cocer. Cuando ya
toda la carne se hubo separado de los huesos, sacó el blanco esqueleto y lo
colocó sobre una mesa, disponiendo los huesos en su orden natural. Cuando lo
tuvo hecho, avanzó y dijo por tres veces
- ¡en el nombre de la Santísima Trinidad, muerta, levántate!; y, a la
tercera, la princesa recobró la vida, quedando sana y hermosa.
El rey se alegró sobremanera y dijo a San Pedro
- señala tú mismo la recompensa que quieras; te la daré, aunque me pidas
la mitad del reino. Pero San Pedro le contestó
- ¡no pido nada! -¡Valiente tonto!-, pensó Hermano Alegre, y, dando un
codazo a su compañero, le dijo: - ¡No seas bobo! Si tú no quieres nada, yo, por
lo menos, necesito algo. Pero San Pedro se empeñó en no aceptar nada. Sin
embargo, observando el rey que el otro quedaba descontento, mandó a su tesorero
que le llenase de oro su mochila.
Marcháronse los dos, y, al llegar a un bosque, dijo San Pedro a Hermano
Alegre
- Ahora nos repartiremos el oro. - Muy bien -asintió el otro-. Manos a
la obra. Y San Pedro lo repartió en tres partes, mientras su compañero pensaba
¡a éste le falta algún tornillo! Hace tres partes, cuando sólo somos
dos.
Pero dijo San Pedro
- he hecho tres partes exactamente iguales: una para mí, otra para ti, y
la tercera para el que se comió el corazón del cordero.
- ¡Oh, fui yo quien se lo comió! -exclamó Hermano Alegre, embolsando el
oro. -Esto puedes creérmelo. - ¡Cómo puede ser esto!- dijo San Pedro, - si un
cordero no tiene corazón. -
¡Vamos, hermano! ¡Tonterías! Un cordero tiene corazón como todos los
animales. ¿Por qué no iban a tenerlo?
- Está bien- dijo San Pedro, -guárdate el oro; pero no quiero seguir
contigo; seguiré solo mi camino.
- Como quieras, hermanito- respondióle el soldado-. ¡Adiós! San Perdro
tomó otra carretera, mientras Hermano Alegre pensaba -mejor que se marche,
pues, bien mirado, es un santo bien extraño.
Tenía ahora bastante dinero; pero como era un manirroto y no sabía
administrarlo, lo derrochó en poco tiempo, y pronto volvió a estar sin blanca.
En esto llegó a un país donde le dijeron que la hija del Rey acababa de morir.
- ¡Bien! -pensó.- Ésta es la mía. La resucitaré y me haré pagar bien. ¡Así da
gusto! -. Y, presentándose al rey, le ofreció devolver la vida a la princesa.
Es el caso que había llegado a oídos del rey que un soldado licenciado
andaba por el mundo resucitando muertos, y pensó que bien podía tratarse de
Hermano Alegre; sin embargo, no fiándose del todo, consultó primero a sus
consejeros, los cuales opinaron que merecía la pena realizar la prueba, dado
que la princesa, de todos modos, estaba muerta. Mandó entonces Hermano Alegre
que le trajese un caldero con agua y, haciendo salir a todos, cortó los
miembros del cadáver, los echó en el agua y encendió fuego, tal como lo hubiera
visto hacer a San Pedro. Comenzó el agua a hervir, y la carne se desprendió;
sacando entonces los huesos, los puso sobre la mesa; pero como no sabía en qué
orden debía colocarlos, los juntó de cualquier modo. Luego se adelantó y
exclamó
- ¡en nombre de la Santísima Trinidad, muerta, levántate! - y lo dijo
tres veces, pero los huesos no se movieron.
Volvió a repetirlo tres veces, pero otra vez en vano. -¡Diablo de mujer!
¡Levántate!- gritó entonces, -o lo pasarás mal!
Apenas había pronunciado estas palabras, San Pedro entró de pronto por
la ventana, presentándose en su anterior figura de soldado licenciado y dijo
- Hombre impío, ¿qué estás haciendo? ¿Cómo quieres que resucite a la
muerta, si le has puesto los huesos de cualquier modo?
- Hermanito, lo hice lo mejor que supe - le respondió Hermano Alegre.
- Por esta vez te sacaré de apuros; pero, tenlo bien entendido: si otra
vez te metes en estas cosas, te costará caro. Además, no pedirás nada al rey ni
aceptarás la más mínima recompensa por lo de hoy.- Entonces San Pedro dispuso
los huesos en el orden debido y pronunció por tres veces
- ¡en nombre de la Santísima Trinidad, muerta, levántate! -, a lo cual
la princesa se incorporó, sana y hermosa como antes, mientras el santo salía de
la habitación por la ventana.
Hermano Alegre, aunque satisfecho de haber salido tan bien parado de la
aventura, estaba colérico por no poder cobrarse el servicio.
- Me gustaría saber -pensaba - qué diablos tiene en la cabeza, que lo
que me da con una mano me lo quita con la otra. ¡Esto no tiene sentido!
El rey ofreció al Hermano Alegre lo que quisiera. Éste, aunque no podía
aceptar nada, se las arregló con indirectas y astucias para que el monarca le
llenase de oro la mochila, y con eso, se marchó.
Al salir, lo aguardaba en la puerta San Pedro, y le dijo
- mira, que clase de hombre eres. ¿No te prohibí que aceptases nada? Y
ahora te llevas la mochila llena de oro.-
- ¡Qué otra cosa podía hacer! -replicó Hermano Alegre-. ¡Si me lo han
metido a la fuerza!
- Pues atiende a lo que te digo, que no vuelvas a hacer estas cosas o lo
vas a pasar mal.
- ¡No te preocupes, hermano! Ahora tengo oro. ¿Por qué debería ocuparme
en lavar huesos?
- Sí- dijo San Pedro, ¡con lo que te va a durar este oro! Mas para que
no vuelvas a meterte en lo que no debes, daré a tu mochila la virtud de que se
llene con todo lo que desees. Adiós, pues ya no volverás a verme.
- ¡Vaya con Dios! -le respondió Hermano Alegre, pensando -me alegro de
perderte de vista, bicho raro; no hay peligro de que te siga.
Y ni por un momento se acordó del don maravilloso adjudicado a su
morral.
Hermano Alegre anduvo con su oro de un lugar a otro, malgastándolo y
gastándolo a manos llenas, como la primera vez.
Al quedarle ya nada más que cuatro cruzados, pasó por delante de un
mesón pensó -voy a gastar lo que me queda-, y pidió vino por tres cruzados y
pan por un cruzado. Mientras comía y bebía, llegó a sus narices el olor de unos
gansos asados. Hermano Alegre, mirando y mirando, vio que el mesonero tenía un
par de gansos en el horno. Entonces se le ocurrió lo que le dijera su antiguo
compañero respecto a la virtud de su mochila.
-¡Vaya! Vamos a probarlo con los gansos.
Salió a la puerta y dijo:
- Deseo que los dos gansos asados pasen del horno a mi mochila.-
Pronunciadas estas palabras, abrió la mochila para mirar su interior, y
allí estaban los dos gansos.
-¡Ay, así está bien!- pensó, ¡ahora soy un hombre de fortuna! se marchó,
llegó a un prado y sacó los gansos para comérselos. En éstas pasaron dos
menestrales y se quedaron mirando con ojos hambrientos uno de los gansos,
todavía intacto. Hermano Alegre pensó - con uno tienes bastante-, y llamando a
los dos mozos, les dijo
- tomad este ganso y os lo coméis a mi salud.-
Le dieron las gracias, cogieron el ganso, se fueron al mesón, pidieron
media jarra de vino y un pan, desenvolvieron el ganso que les acababan de
regalar y comenzaron a comer.
Al verlos la posadera dijo a su marido
- esos dos se están comiendo un ganso; ve a ver que no sea uno de los
que están asándose en el horno.
Fue el ventero, y el horno estaba vacío.
- ¡Cómo, bribonzazos! ¡Pues sí que os saldría barato el asado! ¡Pagadme
en el acto, si no queréis que os friegue las espaldas con jarabe de palo!
Los dos dijeron - no somos ladrones; este ganso nos lo ha regalado un
soldado licenciado que estaba ahí en aquel prado.
- ¡A mí no me tomáis el pelo! El soldado estuvo aquí, y salió por la
puerta, como una persona honrada; yo no lo perdí de vista. ¡Vosotros sois los
ladrones y vais a pagarme!
Pero como no tenían dinero, el dueño tomó un bastón los echó a la calle
a garrotazos.
Hermano Alegre siguió su camino y llegó a un lugar donde se levantaba un
magnífico palacio, a poca distancia de una mísero mesón. Entró en el hostal y
pidió cama para la noche; pero el hostelero lo rechazó, diciendo
- No hay sitio, tengo la casa llena de viajeros distinguidos.
- ¡Me extraña- dijo Hermano Alegre, -que se hospeden en vuestra casa!
¿Por qué no se alojan en aquel magnífico palacio?
- Sí, contestó el hostelero, - cualquiera pasa allí la noche. Aún no lo
ha probado nadie que haya salido con vida.
- Si otros lo han probado-, dijo Hermano Alegre, también lo haré yo -.
- No lo intentéis –le aconsejó el hostelero-; os jugáis la cabeza con
ello.
- Eso no me costará el pellejo- dijo Hermano alegre, -dadme la llave y
algo bueno de comer y beber.
El hostelero le dio las llaves y comida y bebida, y con todo ello,
Hermano Alegre se dirigió al castillo. Se dio allí un buen banquete, y cuando,
al fin, le entró sueño, se tumbó en el suelo, puesto que no había cama. No
tardó en dormirse. Avanzada ya la noche, lo despertó un fuerte ruido, y, al
despabilarse, vio que en la habitación había nueve demonios feos, bailando en
círculo, a su alrededor.
Hermano Alegre dijo
- ¡bueno, bailad cuanto queráis, pero no os acerquéis a mí!
Los diablos, sin embargo, se aproximaban cada vez más, hasta que casi le
pisotearon la cara con sus repugnantes pezuñas.
¡Quietos, fantasmas endiablados!- dijo, pero iban demasiado lejos.
Al fin, Hermano Alegre se enfureció y les gritó
- ¡vaya, quiero meter paz en un momento! -y, agarrando una pata de
silla, arremetió contra toda aquella caterva. Pero nueve diablos eran demasiado
para un solo soldado, y, a pesar de que el hombre pegaba al que tenía delante,
los otros le tiraban de los cabellos por detrás y lo dejaban hecho una lástima.
- ¡Gentuza del diablo! -exclamó, esto pasa ya de la medida. ¡Ahora vais
a ver! ¡Todos a mi mochila!
¡Cataplum! ¡Ya todos estaban dentro! Él ató la mochila y la echó en un
rincón. Instantáneamente quedó todo en silencio, y Hermano Alegre, echándose de
nuevo, pudo dormir tranquilo hasta bien entrada la mañana. Acudieron entonces
el hostelero y el noble propietario del palacio y querían ver qué tal le había
ido la prueba, y, al encontrarlo sano y satisfecho, le preguntaron admirados
- ¿no os han hecho nada los espíritus?
- ¡Cómo que no! -les respondió Hermano Alegre, ahí los tengo a los nueve
en la mochila. Podéis instalaros sin temor en vuestro palacio; desde hoy,
ninguno volverá a meterse en él.
Entonces el noble le dio las gracias, recompensándolo ricamente y le
propuso que se quedase a su servicio, asegurándole que nada le faltaría durante
el resto de su vida.
- No -respondió, -estoy acostumbrado a la vida de trotamundos y quiero
seguirla.
Y se marchó, entró en una herrería, y, poniendo la mochila que contenía
los nueve diablos sobre el yunque, pidió al herrero y sus oficiales que
empezasen a martillazos con ella. Esos se pusieron a golpear con grandes
martillos y con todas sus fuerzas, así que los diablos armaban un estrepitoso
griterío. Cuando, al fin, abrió la mochila, ocho estaban muertos, pero uno, que
había logrado refugiarse en un pliegue de la tela y seguía vivo, saltó afuera y
corrió a refugiarse al infierno.
Hermano Alegre siguió vagando por el mundo durante mucho tiempo todavía,
y quien supiera de sus aventuras podría contar de él y sin acabar. Pero, viejo
al fin, comenzó a pensar en la muerte. Se fue a visitar a un ermitaño, que
tenía fama de hombre piadoso, y le dijo
- estoy cansado de mi vida errante y ahora quisiera tomar el camino que
lleva al cielo.
El ermitaño respondió
- hay dos caminos, uno, ancho y agradable, conduce al infierno; otro,
estrecho y duro, va al cielo.
- ¡Tonto sería- pensó Hermano Alegre, - si eligiese el duro y estrecho!
Y, así, se puso en camino y tomó el holgado y agradable, que lo condujo
ante un gran portal negro, que era el del infierno. Hermano Alegre llamó, y el
portero se asomó a ver quién llegaba. Pero al ver a Hermano Alegre se asustó,
pues era nada menos que el noveno de aquellos diablos que habían quedado
aprisionados en la mochila, el único que salió bien librado. Por eso echó
rápidamente el cerrojo, acudió ante el jefe de los demonios y le dijo
- ahí fuera está un tío con una mochila que quiere entrar. Pero no lo
permitáis, pues se metería el infierno entero en la mochila. Una vez estuve yo
dentro, y por poco me mata a martillazos.
Pues le dijeron a Hermano Alegre que se volviese, pues allí no entraría.
- Puesto que aquí no me quieren- pensó, voy a probar si me admiten en el
cielo. ¡En uno u otro sitio tengo que quedarme!
Entonces dio la vuelta y siguió el camino hasta llegar a la puerta del
paraíso y llamó a la puerta.
San Pedro se encontraba exactamente en la portería. Hermano Alegre lo
reconoció en seguida y pensó -éste es un viejo amigo; aquí tendrás más suerte.
Pero San Pedro le dijo
- pienso que quieres entrar en el cielo.
- Déjame entrar, hermano; en un lugar u otro tengo que refugiarme. Si me
hubiesen admitido en el infierno, no habría venido hasta aquí.
- No -dijo San Pedro, -aquí no entras.
- Está bien; pero si no quieres dejarme pasar, quédate también con la
mochila; no quiero guardar nada que venga de ti- dijo Hermano Alegre.
- Dámela- respondió San Pedro. Entonces le alargó la mochila a través de
la reja al cielo, y San Pedro la tomó y la colgó al lado de su asiento. Dijo
entonces Hermano Alegre
- ¡ahora deseo estar dentro de la mochila!
Y, ¡cataplum!, en un santiamén estuvo en ella, y, por tanto, en el
cielo. Y San Pedro no tuvo más remedio que admitirlo.
* * *
* *
FIN

