© Libro N° 14878. Una Ventana A La Oscuridad. Gillig, Rachel. Emancipación. Marzo 7 de 2026
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UNA
VENTANA A LA OSCURIDAD
Rachel
Gillig
Una Ventana A La Oscuridad
Rachel Gillig
Elspeth necesita a un monstruo. Y el monstruo podría ser ella. La joven necesita más que suerte para estar a salvo en el siniestro mundo rodeado de neblina al que llama hogar. Necesita a un monstruo. Ella lo llama el Tormento, un antiguo y perturbado espíritu atrapado en su cabeza. La protege. Guarda sus secretos. Pero todo tiene un precio, especialmente la magia. Cuando conoce a un misterioso salteador de caminos en el bosque, su vida da un drástico giro. El bandido resulta ser el sobrino del rey… y ha sido acusado de alta traición. Arrastrada a un mundo de sombras y engaños, Elspeth emprende una peligrosa misión: curar al reino de la magia oscura que lo está infectando. El joven y Elspeth tienen hasta el solsticio para reunir doce Cartas de la Providencia, la clave para la cura. Pero a medida que avanza su misión y su innegable atracción se vuelve más intensa, se verá obligada a hacer frente a su secreto más oscuro: el Tormento está, de un modo lento y tenebroso, empezando a controlar su mente. Y puede que Elspeth no tenga modo alguno de evitarlo.
Rachel Gillig
Una Ventana A La Oscuridad
ePub r1.0
Titivillus 26.02.2026
Título original: One Dark Window
Rachel Gillig, 2022
Traducción: Patricia Enríquez Espejo
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Para esas chicas reservadas con historias en la cabeza.
Por sus sueños… y sus tormentos.
CAPÍTULO I
La primera vez que los galenos vinieron a casa, yo tenía nueve años.
LMi tío y sus hombres no se encontraban allí. Mi prima Ione y sus hermanos armaban barullo jugando en la cocina, así que mi tía no oyó que llamaban a la puerta. De pronto, el primer hombre con toga blanca estaba plantado en el salón.
No tuvo tiempo de esconderme. Yo estaba dormida, descansando como un gato junto a la ventana. Cuando me sacudió para despertarme, su voz estaba teñida de miedo.
—Ve al bosque —me susurró mientras me abría la ventana y me empujaba con delicadeza a través del marco, hacia el suelo.
No caí sobre la cálida hierba veraniega. Me golpeé la cabeza contra una piedra y parpadeé. Las náuseas me provocaron un mareo que me hizo ver manchas oscuras. Sentía la cabeza cubierta por algo cálido, rojo y pegajoso.
Los escuché dentro de la casa, con sus pasos firmes cargados de malas intenciones.
«Levanta —dijo la voz en mi cabeza—. Levántate, Elspeth».
Me levanté tambaleándome, desesperada por llegar hasta la línea de árboles que quedaba justo al final del jardín. La neblina me envolvió y, a pesar de que no llevaba mi amuleto en el bolsillo, corrí hacia la arboleda.
Sin embargo, el dolor en la cabeza era demasiado intenso.
Volví a caerme. La sangre me resbalaba por el cuello. «¡Van a atraparme! —chillé hacia mi mente mientras sucumbía al miedo—. Van a matarme».
«Nadie te hará daño, niña —gruñó él dentro de mi cabeza—. Ahora ¡levántate!».
Lo intenté con todas mis fuerzas. Pero el golpe había sido muy intenso y, después de dar cinco pasos desesperados en los que tuve tan cerca la linde del bosque que casi pude olerlo, me desplomé sobre la tierra en un desmayo frío e inerte.
Ahora sé que lo que me sucedió después no fue un sueño. No podía haberlo sido. Nadie sueña cuando se desmaya. No soñé con nada en absoluto. Pero no sé de qué otro modo describirlo.
En el sueño, la neblina me cubría por completo, densa y oscura. Me hallaba en el jardín de mi tía, igual que hacía un momento. Podía ver y oír…, olía el aire, sentía la tierra debajo de la cabeza… Pero era incapaz de moverme.
—Ayuda —exclamé con un hilo de voz—. Ayúdame.
Unos pasos resonaron en mi mente, pesados y apremiantes. Las lágrimas me resbalaron por las mejillas. Me encogí, pero no podía ver nada. Tenía la visión borrosa, como si estuviera abriendo los ojos bajo el agua.
Un dolor agudo y violento me recorrió los brazos y, de repente, mis venas pasaron a ser negras como la tinta.
Grité. Grité tanto que el mundo a mi alrededor desapareció. Comencé a perder la visión, hasta que todo fue oscuridad.
Me desperté bajo un aliso, cobijada por la neblina y por la exuberante vegetación del bosque. El dolor que había sentido en las venas había desaparecido. De algún modo, pese a haberme abierto la cabeza, conseguí llegar hasta la línea de árboles. Me había librado de los galenos.
Sobreviviría.
Inspiré para llenarme los pulmones de aire y dejé escapar un sollozo de felicidad mientras mi mente seguía lidiando con la oleada de pánico, que amenazaba con sobrepasarme.
No fue hasta que me senté cuando sentí el dolor en las manos. Bajé la mirada hacia ellas. Tenía las palmas cubiertas de arañazos y hechas jirones, con los dedos empapados en sangre justo donde empezaban las uñas que, además de estar llenas de tierra, se me habían partido. A mi alrededor, el terreno estaba removido y la hierba, revuelta. Algo o alguien la había aplastado.
Algo o alguien me había ayudado a arrastrarme hasta un lugar seguro a través de la neblina.
Nunca me confesó cómo movió mi cuerpo, cómo consiguió salvarme ese día. Sigue siendo uno de sus muchos secretos, de esos que no se mencionan, que permanecen sin más en la oscuridad que pastoreamos.
Pese a todo, esa fue la primera vez que dejé de temer al Tormento, a la voz en mi cabeza, a la criatura de extraños ojos amarillos y voz aterciopelada e inquietante. Han pasado once años desde entonces, y ya no le temo en absoluto.
A pesar de que debería hacerlo.
Esa mañana recorrí el sendero del bosque para reunirme con Ione en la ciudad.
Unas nubes grises oscurecían mi camino, y la tierra estaba resbaladiza, cubierta de musgo. El bosque se aferraba a su agua, densa y húmeda, como si quisiera retar al inevitable cambio de estación. Solo los esporádicos cornejos creaban un contraste con ese brillo esmeralda; sus tonos rojos anaranjados resplandecían entre la neblina, fieros y orgullosos.
Los pájaros salieron revoloteando de un seto, sobresaltados por mis andares torpes, y alzaron el vuelo en desbandada. La neblina era tan densa que sus alas parecían removerla. Me coloqué la capucha sobre la cabeza y silbé una melodía. Era una de sus canciones, una de las muchas que la criatura tarareaba en los rincones más oscuros de mi mente. Una melodía antigua, lúgubre y suave en ese estruendo silencioso. Sonaba agradablemente en mis oídos y, cuando las últimas notas salieron de mis labios hacia el sendero, lamenté oírlas marcharse.
Me refugié en el fondo de mi mente… Quería sentir la oscuridad. Al no recibir respuesta, seguí mi camino.
Cuando mi ruta se volvió demasiado embarrada, me adentré en el bosque. Una zarza cargada de moras negras y jugosas me retrasó. Antes de comérmelas, saqué del bolsillo mi amuleto, la pata de un cuervo, y la retorcí. La neblina que se extendía por el borde del camino se aferraba a mí.
Las hormigas acabaron atrapadas en el jugo pegajoso con el que me había manchado los dedos. Me las quité de encima, y un intenso sabor ácido me quemó la lengua cuando accidentalmente ingerí un par de ellas. Me limpié los dedos en el vestido, cuya lana negra era tan oscura que ocultó por completo las manchas.
Ione me estaba esperando al final del camino, justo al otro lado de los árboles. Nos abrazamos y ella me tomó del brazo mientras me escudriñaba el rostro bajo la sombra de la capucha.
—No te habrás salido del sendero, ¿verdad, Bess?
—Solo un momento —respondí, y miré hacia las calles que quedaban frente a nosotras.
Nos encontrábamos en el límite de Blunder, la red de tiendas y calles adoquinadas que me infundía más temor que cualquier bosque oscuro. Sus habitantes iban de un lado para otro, y los ruidos, tanto humanos como animales, suponían un gran estruendo para mis oídos después de haber pasado tantas semanas en mi hogar en el bosque. Un carruaje pasó a toda prisa por delante de nosotras, y los cascos de los caballos repiquetearon contra la vieja calle de piedra. Un hombre vertió agua sucia desde su ventana, tres pisos por encima del suelo, y me salpicó un poco el bajo del
vestido negro. Los niños lloraban. Las mujeres gritaban y se inquietaban. Los comerciantes vociferaban para anunciar su mercancía y, en alguna parte, una campana repicaba. Era el pregonero de Blunder, que proclamaba la detención de tres bandidos.
Contuve el aliento y seguí a Ione calle arriba. Ralentizamos el paso para echar un vistazo en los puestos de los comerciantes y acariciar las nuevas telas que acababan de sacar de los escaparates de las tiendas. Ione pagó un penique por una bobina de cinta rosa y le dedicó al vendedor una sonrisa con la que dejó al descubierto el pequeño hueco entre sus paletas. Verla así me enterneció. Sentía un gran cariño por Ione, mi prima de cabello rubio como el sol.
Mi prima y yo éramos muy distintas. Ella era sincera, real. Se le reflejaban las emociones en el rostro, mientras que yo ocultaba las mías detrás de una compostura bien estudiada. Mi prima vivía con intensidad. Declaraba en voz alta sus deseos, sus temores y todo lo demás, dándole así gracias a la vida. Adondequiera que fuese, su naturalidad atraía tanto a personas como a animales. Hasta los árboles parecían inclinarse en su dirección. Todos la querían. Y ella les devolvía ese amor. Aunque eso pudiera perjudicarla.
Ione no fingía. Simplemente existía.
La envidiaba por ello. Yo era un animalillo asustado, rara vez sosegado. Necesitaba a Ione, su escudo de calidez y calma, sobre todo en días como aquel, el de mi cumpleaños, cuando visitaba la casa de mi padre.
Muy lejos, en lo más recóndito de mi mente, reverberó el lento rechinar de unos dientes. Apreté los míos y cerré los puños, pero no sirvió de nada. No había forma de controlar sus idas y venidas. Un chico me empujó para pasar por mi lado y dejó la mirada suspendida sobre mi rostro más tiempo de lo normal. Le dediqué una sonrisa forzada y me di la vuelta para pasarme con premura una mano por los músculos tensos de la frente hasta sentir que dejaba mi expresión impasible. Era un truco que llevaba años perfeccionando delante del espejo: me moldeaba el rostro como si fuera arcilla hasta que adoptaba el aspecto ambiguo y recatado de alguien sin nada que esconder.
Sentí cómo la criatura contemplaba a Ione a través de mis ojos. Cuando habló, su voz fue tan viscosa como el aceite: «Muchacha rubia,
dulce e inmaculada. Muchacha rubia y llana. Muchacha rubia, siempre subestimada. Muchacha rubia, jamás serás soberana».
«Shhh», le dije, dándole la espalda a mi prima.
Ione no sabía lo que me había hecho la infección. Al menos, no conocía su alcance. Nadie lo sabía. Ni siquiera mi tía Opal, quien me había acogido cuando deliraba a causa de la fiebre. Por la noche, cuando me subía la temperatura, amortiguaba el marco de la puerta con un tejido de lana y mantenía las ventanas cerradas para que no despertara a los otros niños con mi llanto. Me había administrado medicación para dormir y me había cubierto las venas urticantes con un emplasto. Me había leído esos libros que en el pasado mi tía había compartido con mi madre. Me había querido a pesar de lo que entrañaba darle cobijo a una niña que se había contagiado de la fiebre.
Cuando por fin abandoné mi dormitorio, mi tío y mis primos se habían quedado mirándome en busca de algún signo de magia, de cualquier cosa que pudiera delatarme.
Sin embargo, mi tía se había mantenido firme. Sí, había contraído esa fiebre que tanto se temía en Blunder, pero eso era todo. La infección no me había proporcionado magia. Ni los Espino ni la nueva familia de mi padre serían condenados por relacionarse conmigo, siempre y cuando mi infección siguiera siendo un secreto.
Y yo continuaría con mi vida.
Así se cuentan las mejores mentiras: con la dosis suficiente de verdad como para que resulten convincentes. Pasado un tiempo, hasta yo misma comencé a creer que la mentira era verdad, que no contaba con magia. Al fin y al cabo, no presentaba ninguno de los síntomas mágicos que a menudo acompañaban a la infección. No había desarrollado nuevas habilidades ni experimentado extrañas sensaciones. Crecí con el iluso convencimiento de que sería la única niña en sobrevivir a la infección sin ser contagiada por la magia.
Pero esa era una época que intentaba no recordar… Una época de inocencia. Antes de las cartas de la Providencia.
Antes del Tormento.
La voz de la criatura se extinguió hasta desaparecer, y la silenciosa sombra de su presencia se deslizó de nuevo hacia la oscuridad. Volví a ser dueña de mi mente, y el clamor de la ciudad invadió una vez más mis
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oídos mientras seguía a Ione a través de los puestos de los mercaderes hasta la calle del mercado.
Unos ecos agudos nos recibieron al doblar la siguiente esquina.
Alguien gritaba. Giré el cuello con brusquedad. Ione me agarró.
—Destreros —me dijo.
—O puede que Orithe Sauce y sus galenos —repliqué, al tiempo que aceleraba el paso y ojeaba las calles en busca de togas blancas.
Sonó otro grito, cuyas notas escalofriantes me erizaron el vello de la nuca. Giré la cabeza hacia la atestada plaza de adoquines, pero Ione tiró de mí. Lo único que vi antes de que doblásemos otra esquina fue a una mujer con la boca abierta en un lamento ahogado; se había subido las mangas de la capa para dejar a la vista sus venas, negras como la tinta.
Un momento después, la mujer desapareció detrás de cuatro hombres vestidos con capas negras: los destreros, los soldados de élite del rey. Los gritos nos siguieron mientras nos apresurábamos a recorrer las calles serpenteantes de Blunder. Para cuando llegamos a la verja delantera de la casa Bonetero, Ione y yo estábamos sin aliento.
La casa de mi padre era la más alta de su calle. Me quedé plantada en la puerta, con los gritos aún reverberando en mi mente. Ione, que tenía las mejillas sonrosadas después del camino cuesta arriba, le dedicó una sonrisa al guardia.
Las gran puerta de madera se abrió y reveló un amplio patio de ladrillo.
Entramos, Ione delante de mí. En el centro del patio, rodeado de arenisca, crecía un antiguo bonetero que había plantado mi bisabuelo. A diferencia del bonetero carmesí de nuestro estandarte, el árbol del patio seguía aferrándose a su color verde intenso, con sus delgadas ramas cargadas de hojas cerosas. Extendí la mano para tocar una de ellas, con mucho cuidado de no rozar el borde dentado. No era un árbol alto y regio, pero sí que era antiguo y… elegante.
Al lado del bonetero, todavía pequeño y poco maduro, había un mostajo.
En la zona norte del patio se hallaban los establos y, en la sur, la armería. No nos dirigimos a ninguno de esos lugares, sino que seguimos recto. Cuando llegamos a los escalones de piedra de la entrada de la casa, respiré hondo y controlé de nuevo mi expresión mientras llamaba tres veces a la gran puerta de roble.
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Nos recibió Balian, el mayordomo de mi padre.
—Buenas tardes —dijo, y entrecerró sus ojos marrones al cruzar su mirada con la mía. Al igual que el resto de los criados de mi padre, hacía mucho tiempo que había aprendido a andarse con ojo en presencia de la hija mayor de los Bonetero.
Había pasado un año desde mi última visita. Aun así, los tonos apagados de la casa me resultaban familiares. Los tapices y las alfombras seguían intactos. Balian prendió una vela, e Ione y yo lo seguimos más allá de la oscura escalera color cereza con una barandilla larga y sinuosa. Traté de no pensar en cuánto me gustaba deslizarme por esa barandilla de niña, ni en que la casa seguía igual desde entonces.
Traté de no pensar en nada.
Balian abrió la puerta redondeada que daba al salón. Pude oler la chimenea antes de sentirla. El exquisito aroma a cedro me hizo cosquillas en la nariz. En el interior, mi madrastra, Nerium, y mis medio hermanas, las gemelas Nya y Dimia, se levantaron de sus mullidas sillas.
Las gemelas tuvieron la decencia de sonreír, y unos hoyuelos idénticos aparecieron en sus mejillas redondeadas. Vi las facciones de mi padre reflejadas en sus rostros, sobre todo porque su madre, Nerium, no tenía un semblante propenso a las sonrisas auténticas. Mi madrastra me miró por encima de su delicada nariz mientras enroscaba la punta de su cabello blanco hasta la cintura en sus dedos delgados y nudosos.
Tenía el aspecto de un hermoso buitre, acomodada sobre su silla favorita. Me observó con esos penetrantes ojos azules, como si estuviera considerando si merecería la pena perder el tiempo conmigo.
Ione entró primero en la estancia y me ocultó de la vista de Nerium. Abracé a Nya y a Dimia, y ellas tuvieron mucho cuidado de no acercar
demasiado sus cuerpos al mío. Cuando Balian cerró la puerta, Ione y yo ocupamos nuestros asientos en las sillas elegantemente tapizadas dispuestas cerca del fuego, siendo yo quien se sentó en la más próxima a la chimenea.
Todo era tan rutinario que parecía ensayado.
Un jarrón lleno de flores de iris de un color violeta intenso se hallaba sobre la mesita situada al lado de mi silla. Pasé los dedos por los pétalos, con cuidado de no dañarlos. En el salón siempre había flores de iris.
—Qué flor tan deslucida —comentó Nerium, y me observó con los ojos entrecerrados antes de fijarlos en las flores—. No entiendo qué le ve
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tu padre.
Se me hizo un nudo en el estómago. Como ocurría con la mayoría de las cosas que me decía Nerium, había una cierta malicia en sus palabras delicadas y bien escogidas. Mi padre siempre tenía flores de iris en casa por una razón muy sencilla.
Iris era el nombre de mi madre.
—A mí me parecen preciosas —intervino Ione, que me dedicó una sonrisa para a continuación lanzarle una mirada cargada de ponzoña a mi madrastra.
Dimia, que a menudo rompía a reír cuando no tenía ni idea de lo que sucedía, soltó una risita nerviosa.
—Tienes buen aspecto —dijo, y se inclinó hacia Ione—. ¿Este vestido es nuevo?
Al otro lado de la chimenea, sentí los ojos de Nya clavados en mí, como si yo fuera un libro que le hubieran ordenado no leer. Cuando le devolví la mirada, la joven la apartó con un gesto cauteloso.
Mis medio hermanas no me querían. O, si lo hacían, habían perdido la práctica hacía mucho. Dimia y Nya habían nacido siete años después que yo y, a sus trece años, eran idénticas en casi todos los aspectos. Hubieran sido indistinguibles de no ser por la pálida marca de nacimiento que tenía Nya bajo la oreja izquierda. Durante toda mi vida me habían dedicado las mismas miradas de prudente curiosidad y habían reservado su dulzura la una para la otra.
Intercambié unas palabras vacías con Dimia. El calor de la chimenea no me afectaba en absoluto. Mi media hermana me contó que habían sido invitadas a celebrar el Equinoccio en Stone, el castillo del rey.
—Adoro el Equinoccio —dijo Dimia, en un tono más alto que el que estaban empleando su madre y su hermana. La joven tomó una galleta de mantequilla de la mesa auxiliar; había un aire soñador en sus ojos azules. Cuando volvió a hablar, las migas de la galleta salieron despedidas de sus labios.
—La música…, los bailes…, ¡los juegos!
—No todos los juegos son agradables —comentó Nya mientras le limpiaba a su gemela una miga de la comisura del labio—. ¿Recuerdas lo que sucedió el año pasado?
Nerium ensanchó las fosas nasales. Ione frunció el ceño. Dimia jugueteó con el dobladillo de su manga.
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Las miré sin comprender. Yo no lo recordaba, ya que no había acudido a esa fiesta.
—Al príncipe heredero Hauth le gusta jugar a verdad o mentira con su carta del Cáliz —explicó Nerium, sin molestarse en mirarme—. Se desató una pelea entre él y uno de los destreros. Creo que fue Jespyr Tejo. No entiendo por qué el rey cuenta con una mujer a su servicio. Soy incapaz de comprender…
«Tu padre se acerca».
De un modo tan repentino que me hizo dar un respingo, la voz del Tormento emergió de la oscuridad. La criatura se colocó detrás de mis ojos, apremiante. «¿No lo ves?».
Permanecí completamente inmóvil y cerré los párpados. Allí, en la oscuridad, el brillo de una luz de un azul regio no dejaba de aumentar de intensidad: una carta de la Providencia, la del Pozo. Parecía un faro del color de un zafiro que flotaba sobre el suelo. Sin duda estaba guardada en el bolsillo de mi padre. Como el resto de las cartas de la Providencia, el Pozo era del tamaño de una carta al uso, no mucho más grande que mi puño. Estaba rebordeada por un terciopelo muy antiguo.
Era ese terciopelo el que desprendía luz. Una luz que solo yo podía ver. O, mejor dicho, una luz que solo podía ver la criatura de mi mente.
La carta del Pozo había formado parte de la dote de mi madre, y valía tanto oro como la casa Bonetero en su totalidad. Era una de las doce cartas que componían la baraja de la Providencia. Tal y como se relataba en nuestro antiguo texto, El viejo libro de los Alisos, esas cartas no solo eran el mayor tesoro de Blunder, sino también el único modo legal de practicar magia. Cualquiera podía usarlas; solo necesitaba tocarlas e imbuirles su voluntad. Había que despejar la mente, sostener la carta en la mano y darle tres toques para disponer de su magia. A partir de ahí, la carta podía llevarse encima o guardarse en cualquier sitio, y la magia seguiría activa. Si se le daban otros tres toques o la utilizaba otra persona, el flujo de la magia se detendría.
No obstante, si se abusaba del uso de una carta, las consecuencias eran funestas.
Las cartas de la Providencia eran increíblemente excepcionales; su número era limitado. De niña tan solo había podido verlas de pasada.
Y en toda mi vida solo había tocado una.
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Me estremecí al recordar el tacto del terciopelo. La luz azul de la carta del Pozo de mi padre adquirió más intensidad. Cuando la puerta se abrió, la luz se coló en el salón, un faro deslumbrante que procedía del bolsillo del pecho de su jubón.
Erik Bonetero. Señor de uno de los linajes más antiguos de Blunder. Alto, severo, temible. Lo más doloroso de todo era que en el pasado había sido el capitán de los hombres cuyo propósito era cazar a aquellos que poseían magia… como yo.
Era un destrero hasta el tuétano.
Pero para mí era mucho más que un soldado. Era mi padre. Como todos los Bonetero que lo habían precedido, era un hombre de pocas palabras. Cuando se decidía a hablar, su voz era profunda y afilada, como las rocas dentadas ocultas bajo un puente levadizo. Su cabello contaba con vetas plateadas, y lo llevaba sujeto en la nuca con una tira de cuero. Al igual que Nerium, su mandíbula no era demasiado propensa a las sonrisas amables. Sin embargo, cuando dirigió la mirada hacia mí, sus cortantes ojos azules se suavizaron.
—Elspeth —me dijo. Sacó la mano de detrás de la espalda. Allí, de una delicadeza dolorosa en su puño encallecido, se hallaba un ramo de flores silvestres. Milenramas—. Feliz cumpleaños.
Sentí una opresión en el pecho. Incluso después de todo ese tiempo, de la muerte de mi madre y de mi infección, mi padre siempre me regalaba milenramas el día de mi cumpleaños. «Más bonita que la milenrama», me decía cuando era niña.
Me levanté del asiento y me acerqué a él. La luz azul de su bolsillo me deslumbraba. Cuando me colocó las milenramas en la mano, el olor a bosque me subió por la nariz. Debía de haberlas recogido esa misma mañana.
Intenté no mirarlo a los ojos durante demasiado rato. Con eso solo conseguiría incomodarnos a los dos.
—Gracias.
—Íbamos a reunirnos contigo en el comedor —le dijo mi madrastra a su esposo con un hilo de voz—. ¿Sucede algo?
La expresión de mi padre no revelaba nada.
—Estoy saludando a mi hija en mi propia casa, Nerium. ¿Te parece bien?
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Mi madrastra cerró bruscamente la boca. Ione se cubrió la suya con la mano para ocultar una sonrisa burlona.
Estuve a punto de sonreír yo también. Me causaba más satisfacción de la que debería escuchar a mi padre dar la cara por mí. No obstante, más intenso que lo que tiraba de la comisura de mis labios hacia arriba, era el dolor sordo y antiguo, anidado en mi pecho, que me recordaba lo que se interponía entre nosotros.
No siempre había dado la cara por mí. Balian asomó su cabeza calva en el salón. —La cena está lista, milord. Pato asado. Mi padre asintió con decisión. —¿Pasamos al comedor?
Mis medio hermanas abandonaron el salón, seguidas de mi padre. Ione fue la siguiente en salir, y yo fui justo detrás de ella.
Nerium me abordó en la puerta y me hundió sus dedos finos en el brazo.
—Tu padre quiere que este año acudas al Equinoccio con nosotros — me susurró, siseando—. Algo que, por supuesto, no harás.
Bajé la mirada hacia su mano sobre mi brazo.
—¿Y eso por qué, Nerium?
La mujer entornó sus ojos azules.
—La última vez, si no recuerdo mal, te pusiste en evidencia con ese chico, cuya madre, para que lo sepas, ha venido aquí en más de una ocasión con la esperanza de conocerte.
Hice una mueca. Casi había olvidado lo de Alyx. Habían pasado años desde aquello.
—Podrías haberle dicho dónde vivo realmente.
—¿Y dejar que la gente pregunte por qué tu padre te mandó a vivir allí? —Las arrugas de alrededor de sus labios se marcaron aún más—. Tenemos un acuerdo que nos favorece a todos, Elspeth. Tú permaneces alejada de la corte, a tu aire y lejos de nuestra vista, y tu padre paga a los Espino, una buena suma debo añadir, para que se encarguen de ti.
«Encargarse de mí». Como si fuera un caballo del establo de mi tío. Liberé mi brazo. Había perdido el apetito. Miré por encima del hombro de mi madrastra en busca de Ione, pero mi prima ya había entrado en el gran comedor.
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—De pronto se me han quitado las ganas de comer pato —dije entre dientes. Me aparté de mi madrastra y, al salir, me golpeé contra la puerta
—. Seguro que no te importará excusarme.
Casi pude oír la sonrisa de Nerium en su voz delicada y cruel:
—Como hago siempre.
Mantuve la compostura hasta que abandoné la casa Bonetero. Solo cuando las puertas de entrada se cerraron detrás de mí, me permití llorar.
Con la cabeza gacha y los ojos anegados en lágrimas, recorrí a paso ligero todo el camino hacia la vieja iglesia, en lo más alto de la ciudad, y no les di un respiro a mis pulmones oprimidos hasta que estuve sola en las calles vacías.
Me puse de rodillas y tosí. La rabia y el dolor me golpeaban con fuerza el pecho.
El Tormento se retorció en la oscuridad, como un lobo que pisoteara la hierba antes de tumbarse sobre ella. «Es una pena que hayamos tenido que marcharnos —dijo—. Estaba disfrutando mucho de esa conversación conmovedora con la querida Nerium».
Seguí caminando. Pateé una piedra con la punta de la bota hasta que desapareció entre la hierba alta que crecía entre el sendero y el río. «No tardarás en volver a verla».
«¿Y volverás a salir corriendo con el rabo entre las piernas?».
«¿Pretendías que me quedara después de eso?», le espeté.
«Sí. Porque huir es exactamente lo que ella quiere que hagas, querida». «Es más fácil así…, evitándoles. —Solté un suspiro. Huir. Es mi naturaleza. Además —añadí con la voz apagada—, si de verdad mi padre hubiera deseado mi compañía, no me habría abandonado hace once años.
Eso ya lo sabes… ¿Por qué me provocas así?».
Su risa resbaló por mí como el agua por las paredes de una caverna; resonó para luego desaparecer en un silencio vacío. «Porque, querida mía, esa es mi naturaleza».
Me senté junto al río y me deleité con el sonido agradable que producía el agua al correr. Jugueteé con las milenramas, arrancándoles los diminutos pétalos amarillos uno a uno. Luego, le compré una manzana y una cuña de queso curado a un vendedor ambulante y permanecí cerca del agua hasta que la luz de detrás de la neblina estuvo muy baja en el cielo. Había tenido la pequeña esperanza de que Ione se marcharía de la casa de mi padre antes de tiempo para seguirme, que tal vez recorreríamos juntas
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el camino de vuelta por el bosque. Sin embargo, la campana repicó siete veces y mi prima no apareció.
Me recogí el cabello en una trenza gruesa, me sacudí la tierra del trasero y lancé una última ojeada camino arriba, hacia la ciudad, antes de coger la pata de cuervo que llevaba en el bolsillo y adentrarme en el bosque.
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CAPÍTULO 2
odo comenzó la noche de la gran tormenta. El viento abrió los postigos de mi ventana, y los nítidos destellos de unos rayos Tproyectaron sombras grotescas en el suelo de mi dormitorio. Las escaleras crujieron cuando mi padre las subió de puntillas y los gritos de mi criada, que huía, resonaron por los pasillos. Cuando mi padre llegó a la puerta de
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mi dormitorio, me encontró inmóvil, delirando, con las venas oscuras como las raíces de un árbol. Me levantó de mi estrecha cama infantil y me metió en un carruaje.
Me desperté dos días más tarde en el bosque, al cuidado de mi tía Opal.
Una vez que me bajó la fiebre, comencé a despertarme todos los días al amanecer para inspeccionarme el cuerpo en busca de cualquier signo de magia. Pero la magia nunca llegó.
Todas las noches rezaba antes de dormir por que todo hubiera sido un grave error y mi padre no tardara en volver a llevarme a casa.
Sentía los ojos de todos sobre mí. Los criados se apresuraban a poner distancia y mi tío entornaba la mirada y se limitaba a aguardar. Incluso los caballos se alejaban de mí, ya que, de algún modo, eran capaces de percibir mi infección, ese leve brote de magia en mi sangre joven.
Cuando habían pasado cuatro meses desde mi llegada al bosque, mi tío y seis hombres más cruzaron la verja de la casa con sus caballos empapados en sudor. La espada de mi tío estaba cubierta de sangre. Oculté mi cuerpo desgarbado en la oscuridad del establo y los contemplé. Sentí curiosidad al ver que mi tío esbozaba una sonrisa triunfal. Llamó a Jedha, el maestro de armas, y hablaron en voz baja y apresurada antes de volver a la casa.
Yo permanecí entre las sombras y los seguí a través del vestíbulo hasta la biblioteca de caoba, cuyas puertas de madera se encontraban ligeramente entornadas. No recuerdo qué fue lo que se dijeron el uno al otro, cómo había conseguido mi tío arrebatarle la carta de la Providencia a los bandidos. Solo me acuerdo de que ambos se hallaban desbordados de emoción.
Aguardé hasta que se marcharon. Mi tío fue lo bastante idiota como para no guardar la carta bajo llave, y yo me dirigí al centro de la sala.
En la parte superior de la carta había dos palabras escritas: «El Tormento». Me quedé boquiabierta, con mis ojos de niña abiertos como platos. Conocía lo suficiente El viejo libro de los Alisos como para saber que de esa carta de la Providencia en particular solo existían dos ejemplares, y que su magia era formidable y aterradora. Al usarla, su portador adquiría el poder de comunicarse con las mentes de otras personas. Pero, si la usaba durante un tiempo prolongado, la carta le revelaría sus temores más oscuros.
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No obstante, no fue la reputación de la carta la que me cautivó, sino el monstruo. Me incliné sobre la mesa, incapaz de apartar la mirada de la criatura aterradora representada en el anverso de la carta. Su pelaje era áspero y le cubría las extremidades, descendiendo por la columna encorvada hasta llegar a la punta erizada de su cola. Sus dedos grises, sin pelo, eran espeluznantemente largos, y acababan en unas garras enormes y despiadadas. Su rostro no era el de un hombre ni el de una bestia, sino que pertenecía a algo intermedio. Me acerqué más a la carta, atraída por la mueca de la criatura, cuyos dientes afilados asomaban bajo un labio curvo.
Sus ojos me atraparon. Amarillos, tan resplandecientes como una antorcha, con unas pupilas alargadas, como de gato. La criatura me devolvió la mirada, inmóvil, sin parpadear y, pese a que estaba hecha de tinta y papel, sentí que me estaba observando con tanta atención como yo a ella.
Intentar explicar qué sucedió a continuación fue como tratar de arreglar un espejo hecho pedazos. Aunque pudiera recolocar algunas piezas, seguían existiendo grietas en mi memoria. De lo único de lo que estaba segura era del tacto del terciopelo color burdeos, de la increíble suavidad de los bordes de la carta del Tormento a medida que pasaba el dedo por encima.
Recuerdo el olor a sal y el dolor intenso que lo siguió. Debí de caerme o desmayarme, porque, cuando me desperté en el suelo de la biblioteca, fuera todo estaba oscuro. Tenía el vello de la nuca erizado y, cuando me senté, de algún modo fui consciente de que ya no estaba sola en la estancia.
Fue entonces cuando lo oí por primera vez, el sonido del entrechocar de esas garras largas e implacables.
Clic. Clic. Clic.
Salté hasta ponerme en pie y busqué al intruso en la biblioteca. Sin embargo, no había nadie. No fue hasta que se repitió ese sonido cuando me di cuenta de que la sala estaba vacía.
El intruso se hallaba en mi mente.
—¿Hola? —llamé, con la voz entrecortada.
El tono que usó era el de un hombre, un siseo y un ronroneo, aceite y bilis, siniestro y dulce, que reverberó en la oscuridad de mi mente. «Hola».
Grité y salí corriendo de la biblioteca. Pero no había forma de huir de lo que había hecho.
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De repente, todo quedó amargamente claro: la infección sí había hecho mella en mí. Tenía magia. Una magia extraña y terrible. Con un toque había bastado. Solo había tenido que apoyar el dedo sobre el terciopelo para absorber algo que se hallaba en el interior de la carta del Tormento de mi tío. Con tocarla una sola vez, su poder había anidado en los rincones de mi mente y había quedado atrapado allí.
Al principio, creí haber absorbido la propia carta, su magia. Pero, a pesar de todos mis esfuerzos, no podía comunicarme con las mentes de los demás. Solo podía hablar con esa voz, la del monstruo, la del Tormento. Me leí de principio a fin El viejo libro de los Alisos en busca de respuestas, hasta que me lo aprendí de memoria. En la descripción de la carta del Tormento, el Rey Pastor hablaba de hacer realidad los mayores temores de una persona, de cosas inquietantes y aterradoras. Esperé sentir miedo, tener sueños, tener pesadillas. Pero no sucedió nada de eso. Apretaba bien la mandíbula para evitar gritar cada vez que entraba a una estancia oscura, segura de que la criatura desgarraría el silencio con un chillido aterrador, pero el Tormento estuvo callado. No me atormentó.
No dijo nada en absoluto hasta el día en el que llegaron los galenos, cuando me salvó la vida.
Después de aquello, me familiaricé con los sonidos que profería con sus idas y venidas. Era un ser enigmático, con muchos secretos. Lo más raro era que contaba con magia propia. Bajo su mirada, las cartas de la Providencia resplandecían como una antorcha, con unos colores únicos que procedían del terciopelo de sus rebordes. Con él atrapado en mi mente, yo también podía ver las cartas. Y, cuando le pedía ayuda, me volvía más fuerte: podía correr más rápido durante más tiempo, y mis sentidos se aguzaban.
En ocasiones, la criatura permanecía latente, como si estuviera dormida. Otras, parecía apoderarse por completo de mis pensamientos. Cuando hablaba, su voz suave y espeluznante pronunciaba acertijos sonoros, a veces para citar El viejo libro de los Alisos y otras simplemente para provocarme.
No obstante, sin importar cuántas veces se lo preguntara, jamás me contaba quién era o cómo había acabado en la carta del Tormento.
Once años juntos.
Once años, y nunca se lo había contado a nadie.
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No solía caminar por el sendero del bosque por la noche, y mucho menos sola. Eché un vistazo hacia atrás por encima del hombro, de nuevo con la esperanza de que Ione me diera alcance, de que pudiéramos enfrentarnos a la oscuridad juntas, cogidas del brazo.
Sin embargo, lo único que se movió en el límite del bosque fue un búho blanco. Contemplé cómo alzaba el vuelo desde un matorral, y me sorprendí por lo rápido que volvía a descender. La noche caía sobre los árboles, y con ella llegaban los sonidos de los animales, de esas criaturas a las que la oscuridad envalentonaba. El Tormento se removió en el fondo de mi consciencia, lo que hizo que me estremeciera a pesar del aire templado.
Crucé los brazos contra el pecho y aceleré el paso. Solo me quedaban por recorrer un par de metros del sendero para ver las antorchas de la verja de la casa de mi tío dándome la bienvenida a mi hogar.
Pero, antes de doblar el segundo recodo, los salteadores de caminos se me echaron encima.
Salieron de entre la neblina como animales de presa. Dos de ellos llevaban una capa larga y oscura, además de una máscara que les cubría todo el rostro menos los ojos. El primero me agarró de la capucha y me colocó la otra mano sobre la boca para sofocar el grito que ya había abandonado mis labios. El segundo desenvainó una daga con la empuñadura de marfil pálido que llevaba en el cinturón y me apoyó la punta sobre el pecho.
—No hagas ruido y no tendré que usarla —me amenazó con voz grave
—. ¿Entendido?
No dije nada, completamente aterrada. Había recorrido ese bosque
durante casi la mitad de mi vida. Ni siquiera un perro me había salido jamás al paso, y mucho menos unos bandidos, tan cerca como estaba de la propiedad de mi tío. O bien eran demasiado atrevidos, o bien estaban desesperados.
Me adentré en la oscuridad de mi mente en busca del Tormento. La criatura reptó hacia delante con un siseo, alterada por mi miedo, despierta y presente detrás de mis ojos.
Asentí en dirección al bandido, con cuidado de no mover su daga.
El hombre dio un paso atrás.
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—¿Cómo te llamas?
«Miéntele», me susurró el Tormento.
Solté un suspiro entrecortado. El primer bandido aún me tenía agarrada por la capucha.
—J-J-Jayne. Jayne Milenrama.
—¿Y adónde te diriges, Jayne?
«Dile que no tienes nada de valor».
«¿Para que quieran que les pague en carne? No, gracias».
La rabia comenzó a hervir detrás de mi miedo. La ira del Tormento sabía a metal en mi lengua.
—Tra… trabajo al servicio de sir Espino —logré decir, y recé para que la notoriedad del apellido de mi tío los asustara.
No obstante, cuando el bandido que estaba detrás de mí soltó una carcajada, supe que había dicho lo que no debía.
—Entonces, estarás al corriente de lo de sus cartas —declaró—. Dinos dónde las guarda y te dejaremos ir.
Erguí la columna y cerré los puños. El castigo por robar cartas de la Providencia era una muerte lenta, horripilante y pública.
Lo que significaba que esos hombres no eran unos vulgares salteadores de caminos.
—Solo soy una criada —mentí—. No sé nada.
—Seguro que sí —dijo él mientras me tiraba de la capucha hasta que el broche del cierre me presionó la garganta—. Dínoslo.
«Déjame salir». El Tormento volvió a hablar; su voz se deslizó por entre sus dientes apretados.
«Cierra el pico y déjame pensar», estallé, con la mirada aún clavada en la daga.
—¿Hola? —dijo el bandido a mi espalda, tirándome de nuevo de la capucha—. ¿Me oyes? ¿Estás bien de la cabeza?
—Espera —le advirtió el que blandía la daga. No podía verle el rostro con la máscara, pero su mirada me mantenía clavada en el sitio. Cuando dio un paso hacia mí, me encogí. Su capa desprendía un aroma a clavos y humo de cedro.
—Regístrale los bolsillos —ordenó.
Unos dedos indiscretos me recorrieron los costados, me rodearon la cintura y bajaron por mi falda. Apreté la mandíbula y mantuve la cabeza
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alta. El Tormento permanecía callado, marcando un ritmo abrupto con las garras.
Clic. Clic. Clic.
—Nada —dijo el bandido que me había cacheado.
No obstante, el otro no parecía convencido. Lo que fuera que viera en mi mirada, lo que fuera que sospechara, era suficiente para que siguiese apuntándome justo por encima del corazón con su daga.
—Mira en sus mangas —dijo.
«Ayúdame —grité hacia mi mente—. ¡Ahora!».
El Tormento rompió a reír con un cruel siseo de serpiente. Un calor ardiente me recorrió los brazos. Me encorvé hacia delante con las venas en llamas, y solté un grito ahogado cuando la fuerza del Tormento me corrió por la sangre.
El hombre que estaba a mi espalda dio un paso atrás.
—¿Qué le sucede?
El salteador de caminos que blandía la daga me miró con los ojos muy abiertos y bajó el cuchillo. Fue solo un instante…, pero con eso bastó.
Los músculos me ardían con la fuerza del Tormento. Golpeé al bandido en el pecho, lo que hizo que se le escapara la daga de la mano y acabara cayendo de espaldas sobre el sendero. Se golpeó la cabeza contra la tierra justo cuando el bandido situado detrás de mí fue a desenvainar su espada.
No obstante, los reflejos del Tormento fueron más rápidos. Antes de que el hombre pudiera sacar la espada de su vaina, le agarré la muñeca, hundiéndole las uñas en la piel.
—No volváis por aquí —le dije con una voz que no me pertenecía del todo.
A continuación, haciendo uso de toda la fuerza del Tormento, lo saqué del camino y lo empujé hacia la neblina.
Unas ramas se partieron cuando el salteador de caminos cayó en el suelo del bosque. Soltó una maldición que reverberó en el aire húmedo del verano. No me quedé a verlo levantarse. Eché a correr… Me dirigí a toda velocidad a la casa de mi tío.
«Más rápido», pedí por encima del martilleo de mi propio corazón. Tenía las piernas doloridas por el esfuerzo. Daba unas zancadas tan
rápidas y decididas que mis talones apenas tocaban el suelo. Cuando llegué a la luz amarilla de las antorchas, me lancé contra el muro de
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ladrillo contiguo a la verja de mi tío y me obligué a respirar larga y profundamente.
Eché un vistazo por encima del hombro hacia el camino. Casi esperaba ver a los bandidos dándome caza. Sin embargo, todo lo que pude discernir en la oscuridad fueron los árboles y la neblina. El Tormento y yo volvíamos a estar solos.
Seguían ardiéndome los brazos, incluso cuando logré controlar mi respiración agitada. Me arremangué y contemplé el río de magia negro como la tinta que me corría por las venas, que se extendía desde el pliegue del codo hasta la muñeca. Tenía el mismo aspecto que aquella noche, hacía once años, cuando la fiebre se había apoderado de mí.
Tenía el mismo aspecto que cada vez que el Tormento me ayudaba. Aguardé a que la tinta desapareciera mientras apretaba los dientes
contra el calor ardiente. «¿Crees que se han dado cuenta de que estoy infectada?».
«Son ladrones de cartas. Si te denunciaran, se delatarían a sí mismos». Pasado un momento, el calor desapareció, aunque un escozor fantasma seguía recorriéndome los brazos. Me apoyé contra el muro de ladrillo y solté un suspiro tembloroso. «¿Por qué siempre tiene que quemar?»,
pregunté.
Pero el Tormento ya había comenzado a desvanecerse en el abismo oscuro de mi mente. «Mi magia viaja —dijo—. Mi magia quema. Mi magia calma. Mi magia aterra. Eres joven, aunque no demasiado osada. Yo soy inquebrantable… y con quinientos años a la espalda».
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CAPÍTULO 3
l mensajero llegó cuando estábamos sentados alrededor de la mesa del desayuno. Mis primos más pequeños se peleaban por unas Egalletas recién hechas mientras Ione y yo nos bebíamos nuestro té. Cuando el mayordomo entró en el comedor, mi prima se levantó a toda prisa; sus
ojos color avellana brillaban mientras abría el sobre.
—¡Sííííííííí! —exclamó a través del hueco de sus dientes. Mi tía agitó el cuchillo de untar en el aire. Ione le entregó la carta con las mejillas sonrosadas, dando saltitos. Su madre leyó un par de segundos antes de que
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mi tío, que esperaba impaciente en el otro extremo de la mesa, exigiera saber más.
—¿Y bien?
—Nos han invitado a acudir a Stone para el Equinoccio —respondió mi tía arrugando la nariz.
Ione soltó un chillido triunfal y mi tío se retorció los bigotes canosos, esbozando una sonrisa. Crucé las manos sobre el regazo e intenté pensar en una excusa para no acudir a la celebración del rey.
—No te alegres tanto —declaró mi tía, que le entregó la carta a su esposo—. Todavía vamos con retraso en el pago de los impuestos del año pasado, y el rey Serbal siempre reclama cada penique que se le debe. —Se retorció las manos en la falda—. En la ciudad se dice que esta ha sido la peor cosecha que ha habido en el reino en siglos.
Al otro lado de la mesa, mis primos se peleaban por la última salchicha, blandiendo los cubiertos de plata como si fueran armas de guerra.
—¿Por qué ha sido tan mala la cosecha? —preguntó Lyn—. ¿Ha sido por la neblina?
—¿A quién le importa la cosecha? —declaró Ione—. ¡Es el Equinoccio! —Se giró hacia su padre, eufórica—. ¿Asistiremos, padre? Por favor, di que iremos.
Mi tío untó su pan con mermelada de fresa y gruñó mientras comía.
—Sí, Ione —respondió—. Asistiremos.
Mi prima soltó un grito de alegría, sofocado por mi tía, que se había atragantado con el té.
—¿Ah, sí?
Mí tío le dio otro bocado a su tostada y se levantó de la mesa. Cuando regresó un momento después, una intensa luz burdeos brillaba en su bolsillo. Introdujo una mano en la chaqueta y sacó una carta de la Providencia de su interior. Recorrió el reborde burdeos con los dedos y luego la dejó sobre la mesa para acabar por completo con mi calma matutina.
Me quedé helada. Bajé la mirada hacia la carta del Tormento…, la misma que había tocado hacía once años.
—Ahí tienes nuestros impuestos —dijo mi tío—. Esto vale más de lo que debemos.
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El único sonido de la estancia fue el chirrido que hicieron las sillas contra el suelo cuando mi tía y mis primos se levantaron para inclinarse sobre la mesa y verla mejor.
—¿Eso es…? —susurró Ione.
—La carta del Tormento —declaró mi tía. Miró a su esposo completamente lívida—. Los reyes de Blunder llevan buscando esa carta desde mucho antes de que yo naciera, Tyrn. ¿Cómo diantres la has conseguido?
—Se la arrebaté a un bandido en el bosque hace años.
—¿Y no se te ocurrió contármelo entonces?
Mi tío le dedicó a su esposa una mirada de hastío.
—He estado reservándola. —Posó los ojos en Ione—. Para tiempos difíciles.
Mi tío, orondo y canoso, tomó asiento en la cabecera de la mesa, como siempre. Pero había algo extraño en su mirada… Su sonrisa transmitía algo que no le había visto antes. Algo falso.
A pesar de las preguntas de mi tía, no dio más detalles sobre cómo había obtenido la carta del Tormento, ni tampoco mencionó la sangre que yo había visto en su espada el día en el que la había traído a casa. Me apoyé contra el respaldo de la silla y lo contemplé. Sentí un escalofrío al pensar que sabía mucho menos de lo que creía sobre el hombre que presidía la mesa.
—¿Qué es esa cosa? —preguntó mi primo Aldrich, que se inclinó más sobre la carta. Entornó los ojos para ver mejor a la criatura retratada en ella, y su rostro se arrugó.
—Es un monstruo —susurró Lyn, que extendió la mano para tocarla. —¡No! —gritó Aldrich apartando la mano de su hermano—. Es muy
antigua. La romperás.
Mi tío resopló.
—¿Vuestra madre no os ha leído suficientes veces El viejo libro?
Al ver que mis primos guardaban silencio, mi tío tomó la carta y la sujetó entre el pulgar y el dedo índice de ambas manos.
Cuando hizo el amago de partirla por la mitad, me oí a mí misma soltar un grito ahogado.
Pero la carta no se rompió.
Mi tío volvió a depositarla sobre la mesa. El material estaba envejecido, pero no tenía ni una arruga.
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—Las cartas de la Providencia no pueden destruirse —les explicó a sus hijos—. Fueron creadas con una magia antigua.
Lyn se inclinó hacia delante y pegó la cara a la de su hermano. Aunque solo le sacaba un año, a Lyn le gustaba jugar a ser el maestro y que Aldrich fuera su alumno díscolo.
—Se refiere a la magia del Rey Pastor.
Aldrich lo apartó de un manotazo.
Mi tía habló con voz ronca, como gastada por el uso.
—Una magia que le otorgó el Ánima del Bosque y que luego él empleó para crear las cartas de la Providencia.
—«Le otorgó» —masculló mi tío—. Más bien lo infectó con ella.
El Tormento apretó la mandíbula y el rechinar de sus dientes resonó en mi cabeza. «Un corazón de oro puede acabar podrido. Lo que escribió, lo que hizo, todo en vano ha sido. Sus cartas son armas, su reino es cruel. Pastor de la inconsciencia, rey de los necios es».
Ione acarició el terciopelo burdeos que rodeaba la carta del Tormento. Me hizo encogerme al recordar la sensación de ese mismo tejido bajo mi piel.
—Debe de tener un gran valor para el rey Serbal —declaró mi prima.
Mi tío desvió la mirada hacia su hija.
—Sí que lo tiene, hija mía —le confirmó, y su sonrisa ya no era fingida, pero sí igual de inquietante—. Cuento con ello.
El ejemplar de mi tía de El viejo libro de los Alisos, el que había compartido con mi madre, se hallaba sobre un montón de libros en el suelo de la sala de estar. Lo tomé entre las manos y el tacto de su desgastada cubierta enseguida me resultó familiar. El libro olía a cuero antiguo, y su encuadernación era endeble como consecuencia del uso y del paso del tiempo. En la contraportada se encontraba la firma de mi tía, en la que usaba el apellido que en el pasado había compartido con mi madre, el que ostentaba antes de que su padre firmara un contrato de matrimonio con Tyrn Espino.
«Opal Mostajo». Y junto a él, escrito con la letra florida de mi madre, estaba su nombre: «Iris Mostajo».
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Pasé las páginas amarillentas. Al igual que mis primos, yo también había sentido curiosidad por las cartas de la Providencia de niña. Por la magia. Mi madre me dejaba subirme a su regazo mientras me leía su ejemplar de El viejo libro de los Alisos. Ella misma había hecho dibujos en los márgenes con tinta verde; representaciones garabateadas de árboles, doncellas y monstruos. Cuando me leía, su cabello oscuro le caía sobre el hombro y yo envolvía el meñique en él, perdida en el arrullo del lenguaje extraño y sobrecogedor del libro.
Un equinoccio de primavera, mi madre y yo fuimos a visitar a la tía Opal. Ione y yo nos sentamos sobre una alfombra de borreguillo, acurrucadas como gatitos, con los ojos muy abiertos mientras mi madre y mi tía respondían a nuestras preguntas sobre el singular libro del Rey Pastor.
—¿Por qué el Rey Pastor hizo las cartas de la Providencia? —les pregunté—. ¿Cómo las creó?
Mi tía se bajó las gafas de leer y me contempló con una solemnidad de la que rara vez hacía gala.
—Para responderte a eso —me dijo—, primero tenemos que fijarnos en el Ánima del Bosque.
A pesar del fuego crepitante, me estremecí. La descripción que daba el Rey Pastor del Ánima del Bosque era de esas que hacían que mi imaginación infantil se desbordara de terror. Una deidad atemporal que olía a magia, a sal, invisible en la neblina.
—Hace mucho tiempo —comenzó mi tía—, antes de que existieran las cartas de la Providencia, el Ánima del Bosque era nuestra deidad. El pueblo de Blunder recorría los bosques en su busca, siguiendo el olor a sal. Le pedían bendiciones y dones. Le rendían culto a sus bosques y adoptaban los nombres de los árboles como propios. Se trataba de una magia antigua, de una religión ancestral. —Su expresión pasó a ser sombría—. Debido a la veneración que este le había profesado, el Ánima del Bosque le concedió al Rey Pastor una magia peculiar y poderosa. Él quiso compartirla con su reino, y por eso creó las doce cartas de la Providencia. —Entonces, la voz de mi tía fue solemne—: Pero todo tiene un precio. Por cada una de las cartas, el Rey Pastor tuvo que entregarle algo al Ánima del Bosque.
—¿Como su alma? —preguntó Ione mientras se mordía las uñas.
Mi tía asintió.
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—Pero, al final, quien salió perdiendo fue el Ánima del Bosque. Con las cartas de la Providencia del Rey Pastor, la gente comenzó a tener la magia al alcance de su mano. No tenían que acudir al bosque y suplicar que el Ánima los bendijese. Una vez que dejó de ser venerada, el Ánima se volvió vengativa y traicionera. —Hizo una pausa y apretó los labios—. Por eso creó la neblina, para atraer a la gente de vuelta al bosque.
Yo era joven, pero incluso entonces sabía que debía tener cuidado con la neblina.
—Quienes se internan en ella pierden el rumbo y, a menudo, también la cabeza —añadió mi madre—. La neblina se extiende, aislándonos de los reinos vecinos. Y, lo que es peor, los niños que pasan demasiado tiempo en ella terminaban contrayendo una fiebre con la que se les oscurecen las venas. Los que sobreviven a la fiebre suelen presentar dones mágicos como los que el Ánima confería antes, solo que más indómitos, más peligrosos. —Le tembló la voz y se llevó una mano a la garganta—. Pero esos niños acaban sufriendo una degeneración con el paso del tiempo. Algunos desarrollan deformidades corporales, otros trastornos mentales. Muy pocos llegan a la vida adulta.
Ione y yo nos habíamos quedado inmóviles, absortas en la historia. Éramos demasiado jóvenes como para comprender los peligros del mundo que habitábamos con tanta inocencia.
—Con la intención de levantar la neblina —dijo mi tía—, el Rey Pastor se adentró en lo más profundo del bosque para negociar una vez más con el Ánima. Al regresar, escribió esto. —Y procedió a darle unos golpecitos a El viejo libro de los Alisos que tenía en su regazo—. Escribió sobre los peligros de la magia y sobre cómo protegerse en la neblina por medio de un amuleto. —Mi tía hizo una pausa para aportarle dramatismo a sus palabras—. Y, en la última página, el Rey Pastor indicó cómo destruir la neblina.
—¡Léelo! —pedimos Ione y yo al unísono.
Mi tía se aclaró la garganta y se volvió a colocar bien las gafas:
Cuando las sombras se alargan, los días se acortan
y el Ánima se fortalece, las doce se invocan.
A la Baraja llaman y ella las reclama.
Reúnenos, dicen, y la oscuridad será olvidada.
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En el árbol que da nombre al rey, con la sangre negra y
salada,
las doce se unirán y la enfermedad será sanada.
Desterrarán la neblina desde la montaña hasta el mar.
Nuevos comienzos, nuevos finales…
Pero su precio has de pagar.
Solté un chillido. El inquietante ritmo era como seda en mis oídos. Ione y yo nos miramos de reojo la una a la otra, con los labios curvados mientras disfrutábamos de la deliciosa oscuridad que emanaba de las palabras del Rey Pastor.
—Las cartas. La neblina. La sangre —continuó mi madre, en voz tan suave que parecía un susurro—. Entrelazadas se hallan en un delicado equilibrio, como la tela de una araña. Reúne las doce cartas de la Providencia con sangre negra y salada, y la infección sanarás. Así Blunder libre de la neblina quedará.
—Pero el Rey Pastor no acabó con la neblina ni curó la infección — añadió mi tía con gravedad—. El Ánima lo engañó, solo le dijo cómo levantar la neblina después de que él le entregara los Alisos Gemelos. Y, sin esa última carta, el Rey Pastor no podía completar la baraja. Y por eso nunca pudo disipar la neblina. Ningún rey ha podido desde entonces.
—Y ningún rey podrá —musitó mi madre—. No hasta que alguien encuentre la carta de los Alisos Gemelos y reúna toda la baraja. Hasta entonces…
Ione y yo compartimos una mirada sombría.
—La neblina seguirá extendiéndose.
Encontré a mi tía en el jardín, un lugar que su esposo rara vez visitaba, canturreando para sí misma. Prefería estar allí, entre la vegetación, alejada del ruido de la casa. El cabello áspero y rubio le caía por la espalda en unos rizos despeinados. Tenía tierra debajo de las uñas y patas de gallo en el borde de los ojos. Opal Espino no era tan refinada o delicada como el resto de las damas de Blunder. Eso hacía que ella y mi tío, un hombre de
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pocos escrúpulos, cuyo deseo de ser alguien importante en Blunder lo hacía gastar más dinero del que ganaba, fueran, sin duda, una pareja mal avenida.
Yo adoraba la belleza salvaje de mi tía. La veía en Ione. Algunos días incluso llegaba a vislumbrar la sombra del rostro de mi madre en sus facciones.
Cogí una hoja de menta y la trituré con las muelas. Los pájaros del jardín, al sentir que me aproximaba, guardaron silencio. Mi tía se dio la vuelta y sonrió, alentándome a que me acercara a su colección de hierbas.
—Estoy preparando una infusión —me dijo.
Miré el musgo que había mezclado con una sustancia blanquecina en el fondo del mortero. Cuando me incliné para verlo mejor, el aroma a matricaria me subió por la nariz.
—¿Qué es esto otro?
—Corteza de sauce blanco —me respondió—. Para el dolor de cabeza.
Me senté sobre la hierba junto a ella.
—Sobre lo de la celebración del Equinoccio —le dije—. No creo que deba acudir.
Opal resopló y volvió a inclinarse sobre su trabajo para golpear con el mortero la hierba, las semillas y la piedra.
—¿Ah, no?
Aldrich y Lyn atravesaron corriendo el jardín, gritando y blandiendo espadas de madera. Un momento después, se habían marchado, y surcaban el patio en su campaña despiadada. Cuando se hubieron esfumado, bajé la voz:
—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que estuve en la corte.
Además —murmuré—. Nerium detestaría verme allí.
—Razón de más para que vayas —masculló ella mientras agarraba con fuerza el mortero—. Ese joven se alegrará mucho de verte… El que te escribe cartas. ¿Cómo se llamaba…? ¿Alyc?
Resoplé. El segundo hijo de lord Laburno, el que tenía los ojos del color de las piedras de río. El chico que se había sentado a mi lado en la mesa del rey y me había hecho reír cuando tenía diecisiete años…, la última vez que había asistido a la celebración del Equinoccio.
El chico al que había besado como una tonta solo porque estaba aburrida.
—Alyx. Alyx Laburno.
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Mi tía me miró con una sonrisa asomando en la comisura de los labios. —Y ya no nos gusta ese Alyx, ¿no?
Agité la mano en el aire en un gesto desdeñoso.
—Tal vez nunca me gustó. Tal vez solo… estaba ahí.
Mi tía sacudió la cabeza y chasqueó la lengua. Pero la sonrisa en sus labios no hizo sino ensancharse.
—No siempre será así. Vivir como una ermitaña en casa de su tío no es lo ideal para una jovencita.
«La vieja bruja tiene razón».
Di un respingo y decapité sin querer una flor cercana.
Mi tía no se percató. Sacó un sobre de su delantal. Cuando me lo entregó, la tierra que tenía en la mano había dejado una huella.
No obstante, eso carecía de importancia. Conocía esa letra. Era la de mi padre. Y sabía qué era lo que iba a pedirme, igual que hacía cada año cuando el rey abría su castillo para el Equinoccio.
—Se está esforzando, Elspeth —me dijo mi tía, contemplándome. Pasé el pulgar por la carta, lo que hizo que la caligrafía descuidada de
mi padre se emborronara. No solo deseaba evitarlo a él, a mi madrastra y a mis medio hermanas. Existía otro motivo por el que no quería acudir a la corte, a la celebración del Equinoccio o a la ciudad.
La degeneración. Así era como el Rey Pastor la había llamado en El viejo libro de los Alisos. La enfermedad de la mente y del cuerpo que traía consigo la infección. Después de la fiebre, la infección otorgaba un extraño poder, unos dones mágicos. Sin embargo, todo tenía un precio. Para algunos, ese precio era evidente; sufrían un deterioro lento y agonizante que les drenaba la fuerza vital.
Para otros, como yo, suponía una losa desconocida e invisible que podía caer en cualquier momento. Y me parecía imprudente rodearme de desconocidos sabiendo que, en el instante más inesperado, la degeneración podía activarse en mi sangre. Podría acabar haciendo algo horrible delante del rey y sus galenos y destreros, lo que provocaría que acabaran llevándome a rastras a las mazmorras. O tal vez enfermara y, sin importar lo mucho que intentara ocultarlo, terminara consumiéndome hasta desaparecer.
Como le había pasado a mi madre.
Aparté la mirada de mi tía y acaricié con los dedos los pétalos violeta de una flor de iris.
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—Creo que sería mejor para todos que me quedara aquí.
Mi tía suspiró y habló con delicadeza mientras me acariciaba la mejilla.
—Nunca lograré entender lo que ha supuesto para ti —me dijo—. Solo quiero que sepas que hay gente que te quiere y que siempre tendrás un hogar aquí, conmigo. Pero no debes dejar que una fiebre que padeciste hace once años te impida vivir tu vida, Elspeth. Eres joven. Tienes toda la vida por delante. —Arrugó la nariz y volvió a fijar la mirada en su trabajo
—. Si no lo haces por ti, hazlo por mí. Pagaría lo que fuera por ver a Nerium Bonetero contrariada.
La noche anterior a nuestro viaje al castillo del rey para el Equinoccio, tuve un sueño.
No había soñado nada desde que había tocado la carta del Tormento. A pesar de sus muchos defectos, la criatura no me molestaba durante mis horas de descanso.
No sabía qué hacía él mientras yo dormía, y no respondía a mis preguntas cuando lo interrogaba al respecto. Antes solía pensar que él también dormía. No obstante, después de tantos años juntos, había llegado a la conclusión de que no dormía en absoluto. Simplemente se retiraba a una parte de mi mente a la que yo no tenía acceso. Allí permanecía callado y, cuando me iba a dormir, deambulaba libremente, sin la molestia, sin el estruendo de mis pensamientos.
Era como si, por una vez, fuese yo quien me adentrase en su interior.
En mi sueño, estaba en una habitación antigua cubierta de enredaderas. La madera del techo se había podrido, y los rayos de luz entraban por entre el dosel de vegetación. Por encima de mí, los pájaros cantaban. Era un día de verano cálido y puro, a pesar de la piedra fría y desgastada que me rodeaba.
No lograba recordar cómo había entrado en esa habitación. El sueño, como todos los sueños, carecía de un principio y de un final. En el centro de la estancia se erigía una roca, tan ancha y alta como una mesa. Sentado sobre ella había un hombre con una armadura dorada que hacía mucho que había perdido su lustre. Era anciano, mayor que mi padre, siniestro y severo. Cargaba con el peso de su armadura sin tambalearse, con una
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fuerza inquebrantable. En la cadera llevaba una espada antigua y oxidada, con unas ramas retorcidas talladas en la empuñadura, que la hacían parecer un cayado.
Perdido en sus pensamientos, tenía la cabeza apoyada en sus guanteletes, y no llegó a verme.
Aguardé a que levantara la mirada, arrastrando los pies por el suelo cubierto de hojas.
Cuando por fin me vio, solté un grito ahogado al reconocer la agudeza de sus ojos amarillos, sobrenaturales y felinos, con los iris dilatados y las pupilas estrechas.
Guardó silencio durante unos segundos. Me percaté de que lo había pillado por sorpresa, de que me había colado en un momento, en un lugar, que el Tormento no había tenido la intención de mostrarme.
La habitación desapareció y el trino de los pájaros se convirtió en silencio. Los árboles se vieron sustituidos por estanterías altas atestadas de libros, tomos y pergaminos. Un robusto escritorio tallado con madera de cerezo reemplazó a la roca.
Me hallaba en la biblioteca de mi tío, respirando entrecortadamente. El hombre y su armadura habían desaparecido. En su lugar se
encontraba una criatura, más animal que hombre. Un áspero pelaje negro le nacía de la espina dorsal. Se encorvó sobre la mesa. La longitud que alcanzaban sus dedos hacía imposible discernir dónde terminaba la carne y dónde empezaba la garra. Agitaba amenazadoramente su cola peluda y larga, como un gato furioso, y retorcía sus orejas puntiagudas hacia mí.
Lo contemplé. La fascinación y el temor me formaron un nudo en el estómago.
Entornó sus ojos amarillos.
—¿Has venido a espiarme?
Vacilé, sin saber cómo responderle. Podía darme cuenta de que estaba enfadado. Sin embargo, yo no era responsable del contenido de mis sueños. Inspiré para aunar el coraje necesario. —¿Quién era ese hombre de la armadura?
La criatura arrastró una garra por la mesa y arañó la madera. Sus labios oscuros y finos se curvaron hacia arriba.
—Me temo que alguien que murió hace mucho tiempo.
Permanecí en el centro de la alfombra de borrego de mi tío; su textura tan familiar fría bajo mis pies descalzos. Era tan extraño oír una voz y
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nunca poder ver la cara que se ocultaba detrás de ella… Escudriñé sus facciones, su boca oscura y sus dientes pequeños y afilados. Criatura, Tormento, hombre… Fuera lo que fuese, sin duda estaba destinado a martirizar a la gente, a ser lo bastante aterrador como para ponerle los pelos de punta a cualquiera.
A medida que los contornos de la biblioteca comenzaban a desaparecer, le espeté:
—Él también tenía los ojos amarillos.
El Tormento chasqueó la lengua y sonrió. Se sentó sobre el escritorio de mi tío y me miró desde arriba con esos mismos ojos dorados.
—¿Te gustaría escuchar una historia? —me susurró.
Sus palabras tenían eco. El sueño comenzaba a desvanecerse. Asentí y la biblioteca a mi alrededor se vio engullida por la oscuridad.
Lo único que quedó fue la voz del Tormento, sedosa e infinita. —Había una vez una joven —murmuró— perspicaz y bondadosa que
largo tiempo estuvo en el bosque, escondida entre las sombras. Había también un rey, un pastor por su cayado, que reinaba sobre la magia y escribió el viejo libro en el pasado. Los dos estaban muy unidos, así que en uno se fundieron: la joven, el rey… y el monstruo en el que se convirtieron.
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CAPÍTULO 4
l rey Serbal moraba en Stone, el castillo situado justo a las afueras de la ciudad, rodeado por colinas sin árboles, perfectas para la Eagricultura. No sabía decir si las colinas eran hermosas. No podía verlas.
Nadie podía.
La neblina era demasiado espesa.
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Como si hubiera sido hilada con lana de oveja, mágica y con olor a sal, la neblina cubría todo Blunder de gris. En el bosque su densidad era mayor. Cada año se expandía más, dejando a Blunder aislado del mundo exterior mientras se deslizaba por los campos y las granjas. Si la baraja de cartas de la Providencia no llegaba a completarse en mi generación, incluso la ciudad, incluso los senderos y lugares de residencia acabarían atrapados en sus garras.
Y el Ánima del Bosque vagaría libremente.
Sin embargo, las familias de Blunder habían aprendido hacía mucho a mantenerse a salvo de la neblina. Recorrían en masa el camino que atravesaba las grandes puertas de hierro hacia las tierras del rey, espoleados por la promesa del Equinoccio, una oportunidad para cenar en la mesa del monarca. Algunos llegaban en carruaje, pero la mayoría viajaba a pie, tal y como dictaba la tradición. Me agarré del brazo de Ione y mantuve la otra mano sobre el broche de mi capa.
A mi lado, mi prima me inundaba los oídos con un parloteo animado:
—¿Qué crees que le dará el rey Serbal a mi padre a cambio de la carta del Tormento? ¿Más cartas? ¿Oro? ¿Tierras? ¿Un puesto honorífico en su corte?
El Rey Pastor había creado setenta y ocho cartas de la Providencia, en orden descendente. Había doce Caballos Negros, propiedad exclusiva de la guardia de élite del rey, los destreros. Once Huevos de Oro. Diez Profetas. Nueve Águilas Blancas. Ocho Doncellas. Siete Cálices. Seis Pozos. Cinco Puertas de Hierro. Cuatro Guadañas. Tres Espejos. Dos Tormentos. Y solo una carta de los Alisos Gemelos.
Contar con una de las dos únicas cartas del Tormento era algo increíblemente excepcional. Lo que significaba que, a pesar de que los reyes de Blunder habían estado buscándolas durante décadas, mi tío había decidido mantener en secreto durante once años que estaba en posesión de una de ellas.
Volví la cabeza un momento para mirar a mi tío, que caminaba al ritmo de sus hijos, charlando. Su gesto era jovial. Se había recortado la barba y su cuello de seda era más elegante que los que solía lucir.
—Sospecho que tu padre ha tenido tiempo de sobra para decidir lo que le pedirá al rey a cambio de la carta del Tormento —respondí en un tono sombrío.
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La voz de la criatura se coló en mi mente, como el viento silbando a través de una ventana. «Las semillas del espino son pocas. Sus ramas marchitas se han quedado sin hojas. No pierdas de vista al que roba y negocia. Venderá tu alma para aliviar la carga que él soporta».
Ione se colocó el cabello rubio detrás de la oreja.
—Padre me ha pedido que lo acompañe cuando le presente la carta del Tormento al rey.
Aparté la vista de mi tío.
—¿Qué? ¿Por qué?
Mi prima arrugó los labios y los llevó a un lado y al otro, algo que hacía siempre que no tenía claro qué decir.
—Quiere presentarme al príncipe Hauth.
Resoplé.
—Parece más un castigo que una recompensa.
Ione siempre había sido generosa con su risa, una de las muchas cosas que adoraba de ella. Me hacía sentir que era mucho más graciosa de lo que era en realidad. Sin embargo, esta vez no se rio. Arrugó el ceño, y su mirada color avellana se volvió distante.
Muy despacio, comencé a entenderlo todo.
—Espera, ¿es que mi tío va a intercambiar la carta del Tormento… por la oportunidad de un acercamiento entre el príncipe heredero y tú?
Mi prima se encogió de hombros y le dio una patada a una piedra suelta del camino.
—¿Tan malo sería eso?
Parpadeé.
—¿Cómo no iba a serlo? —Bajé la voz y miré por encima de mi hombro al recordar a quién pertenecía el castillo en el que me estaba adentrando—. Ese hombre es un salvaje. Ambos príncipes lo son.
—¿Cómo lo sabes? —me espetó Ione—. ¿Los conoces?
—Son destreros —repliqué, con más rabia en la voz de la que pretendía—. Han sido entrenados para ser unos hombres violentos y temibles.
—No todos ellos. No hace mucho que tu padre era su capitán.
Se me tensaron los músculos de la mandíbula.
—Además —continuó mi prima—, tal vez Hauth sea un rey Serbal distinto a los que le han precedido.
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El Tormento gruñó ante el nombre de Serbal y arrastró las garras a lo largo de mi mente. Lo mandé callar.
—¿Y qué te hace pensar eso? —le pregunté a Ione.
—Es tan magnético, tan intuitivo… Un verdadero líder. Tal vez, bajo su mando, los destreros acaben convertidos en un símbolo de protección, y no de opresión. Quizás acabe siendo un rey que no haga daño a los contagiados por la infección, sino que los deje recuperarse. Un rey generoso, y no uno que infunda temor. Un mejor rey Serbal.
Me rechinaron los dientes. Cuando hablé, mi tono no fue amable.
—Ese Hauth Serbal no existe, Ione. Es una fantasía de tu imaginación.
Mi prima se soltó de mi brazo.
—Si todos fueran tan desconfiados como tú, Bess, Blunder no cambiaría nunca.
Solté una carcajada vacía.
—Es mejor ser desconfiada que una ilusa.
A Ione se le enrojecieron las mejillas, y una rabia poco habitual en ella le encendió la mirada.
—Tener esperanza no me convierte en una ilusa, Elspeth —dijo.
Abrí la boca para añadir algo, pero Ione se marchó hecha una furia. Me dejó sola, con sus palabras escociéndome igual que la picadura de una avispa. Recorrí el resto del camino sin compañía, sin dejar de desear que mi estancia en el castillo del rey se acabara cuanto antes.
Cruzamos el puente levadizo justo cuando el cielo comenzaba a oscurecerse. Aldrich y Lyn lanzaron piedras al foso y armaron un alegre alboroto, hasta que mi tía les tiró de las orejas y los metió en el castillo con el resto de nosotros.
Evité a Ione y, arrastrando los pies, me acerqué a mi padre y a mis medio hermanas, que estaban reunidos con otras familias de Blunder. A la mayoría de los allí presentes no los había visto desde hacía años, pero los reconocía por las insignias de los árboles que llevaban cosidas en sus túnicas y vestidos. Bonetero, Espino, Enebro, Aulaga, Fresno, etcétera. Esa era la tradición de nuestro reino, adoptar el nombre de los árboles; un antiguo homenaje al Ánima del Bosque.
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Nya y Dimia, con el bonetero bordado en sus vestidos de seda azul, se hallaban junto a la chimenea y me saludaron con la mano. Nerium estaba con ellas. Cuando me vio, los ojos, cuyos contornos tenía enrojecidos, se le salieron de las órbitas. Mi tía estaba en lo cierto. Era satisfactorio verla contrariada.
Cuando mi padre se me acercó, me tensé. Caminaba como un roble, firme, y le sacaba una cabeza de altura a los hombres que nos rodeaban. Su túnica era carmesí, como un bonetero. Me miró desde arriba con sus ojos azules, con sus emociones tan escondidas que bien podrían no haber existido.
—No estaba seguro de que fueras a venir.
Tomé mi amuleto, la pata de cuervo que tenía en el bolsillo, y la acaricié distraídamente. Un tic nervioso del que apenas era consciente.
—Han pasado tres años desde la última vez que estuve en Stone — dije. Levanté la mirada hacia el techo abovedado del castillo—. Es más frío de lo que recordaba.
Mi padre se detuvo. Bajó la mirada hacia mi rostro, solo para apartarla un segundo después.
—Tienes buen aspecto.
No dije nada; tan solo miré sus ojos, esperando que volviera a fijar su mirada en mí, a sabiendas de que no lo haría.
Se pasó la palma de la mano por la mandíbula para rozar sus callos con el vello duro de su barba sin afeitar.
—No será tan animado como otros Equinoccios —me comentó—. La cosecha no ha sido buena.
Asentí.
—Cada día que pasa la neblina parece más densa.
Mi padre echó un vistazo por detrás de mí hacia la multitud.
—El rey está impaciente por obtener las últimas dos cartas. Y está dispuesto a pagar generosamente por ellas.
Me encogí al recordar mi conversación con Ione.
El Tormento se arrastró por mi mente. «Tiempos desesperados», dijo. «Ninguna carta vale lo suficiente como para soportar una presentación
formal con el príncipe Hauth».
«Y lo dice la chica que habla con el monstruo en su cabeza. No es que tengas exactamente madera de princesa, ¿no crees, querida?».
Lo ignoré.
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—Dile al lacayo que envíe tu baúl a los aposentos de los Bonetero. Tendrás tu propia alcoba con nosotros. —Hizo una pausa—. Es decir, a no ser que desees alojarte con los Espino.
Tal vez lo hubiera hecho si Ione y yo no hubiéramos discutido hacía menos de una hora. Además, no importaba donde durmiera. La celebración del Equinoccio nada tenía qué ver con descansar.
—Gracias —le dije.
Mi padre vio a alguien entre la multitud y se apresuró a apoyar la mano sobre mi hombro.
—Me alegro de verte, Elspeth.
Un segundo después se había ido, y avanzaba por entre la multitud en dirección a la gran escalera. Lo contemplé alejarse y lancé una última mirada hacia la puerta antes de que los guardias la cerraran. Los últimos destellos de la grisácea luz del día desaparecían tras las amenazantes nubes nocturnas.
Miré mi reflejo en una ventana de camino al gran comedor. Estaba pálida, con los pómulos demasiado marcados y los ojos oscuros insondables, infinitos. Arrugué la cara hacia la mujer del cristal y suspiré, decidida a mantener las conversaciones más triviales que pudiera y a irme pronto a la cama.
No había dado más de tres pasos en el vestíbulo cuando me percaté de que hubiese sido mejor esconderme en mi dormitorio de manera indefinida. Alyx Laburno, resplandeciente y vestido con el color de su casa, el amarillo, se encontraba en la entrada del comedor. Su cabello castaño estaba impecablemente peinado a un lado, salvo por un par de mechones revueltos en la coronilla, donde se le formaba un remolino indomable. Cuando sus ojos de un castaño ceniza se encontraron con los míos, esbozó una sonrisa tan amplia que pude verle todos los dientes.
—Mierda —mascullé.
El Tormento gruñó.
—Elspeth —dijo Alyx, que se apresuró a acercarse—. Creía haberos visto antes, pero temí haberlo soñado después de tanto desearlo.
Por suerte, el castillo Laburno se encontraba en el extremo opuesto de Blunder a la casa Espino. Las posibilidades de encontrarme con Alyx,
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siquiera en la ciudad, eran escasas. Tal vez por eso había acabado arrimándome a él en una parte tranquila del jardín del rey cuando tenía diecisiete años… Porque nunca tendría que volver a verlo.
Pero eso solo habría sido posible si hubiera evitado acudir al Equinoccio.
Eludí su abrazo y, en su lugar, le ofrecí una mano.
—Hola, Alyx.
Me recorrió el rostro con la mirada. Cuando me acarició la mano con los labios, la retiré y sentí un nudo de remordimiento e incomodidad en el estómago, al que siguió una pizca de repulsión. Lo dejé atrás para acceder al gran comedor.
—Deberíamos entrar.
Alyx, de pies rápidos, me alcanzó en un segundo.
—Sería un gran honor si os sentarais a mi lado, señorita Bonetero. —Debo sentarme con mi padre —respondí sin mirarlo. —¿Debería pedir su permiso para que os sentarais conmigo? El Tormento maldijo en voz baja.
«Por los árboles, cuánto lo odio».
«Es considerado. —La culpa me reconcomía—. Y yo me he portado fatal con él».
«No veo ningún problema en eso».
El comedor, largo y retumbante, irradiaba color. Las largas mesas exhibían una cubertería de plata resplandeciente y un sinfín de velas. Detrás de la mesa del rey, fuera del alcance de la luz de las velas, conté ocho destreros. Cada uno llevaba una carta del Caballo Negro en el bolsillo.
Me había llevado once años de práctica mantener una expresión neutra. Las palmas de las manos comenzaron a sudarme. Nerium pasó por delante de mí entre la multitud. La seguí, alejándome de Alyx, de los colores y de las luces procedentes de las cartas de la Providencia guardadas en bolsillos y faltriqueras que brillaban a mi alrededor. El color amarillo del Huevo de Oro. El turquesa del Cáliz. El blanco intenso del Águila Blanca. El gris del Profeta. El rojo de la Guadaña. Y el más oscuro de todos, el del Caballo Negro.
El Tormento se removió incómodo y reptó a través de mi mente. «Ver colores no puede hacerte daño —murmuró—. En cambio, los destreros y ese chico insufrible…».
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Me lancé hacia el primer asiento libre que encontré.
—En otra ocasión —declaré, y miré a Alyx por encima de mi hombro. La decepción hizo que su sonrisa flaqueara. Me dedicó una breve
reverencia y desapareció en la larga mesa.
Apreté la mandíbula y me froté los ojos con las palmas de las manos. No me percaté de que la gente a mi alrededor se había puesto en pie para brindar por el rey hasta que una mano me tomó del codo y tiró de mí hacia arriba.
—¡Por el Equinoccio! —exclamó la multitud, y el entrechocar de las copas llenó el comedor.
Alcé mi propio cáliz y me uní al brindis del chico que tenía al lado, el que me había hecho ponerme en pie. Vi una nariz con un montón de pecas bajo unos curiosos ojos grisáceos.
—Gracias —le dije.
El chico volvió a servirse vino, y luego me sirvió a mí.
—¿Os encontráis bien, señorita?
Le di un gran sorbo a mi copa. Cuando volví a levantar la vista, el chico me contemplaba.
—Nunca he estado mejor —respondí.
Él siguió mi ejemplo y le dio un gran sorbo al vino. Cuando sonrió, me entraron ganas de devolverle la sonrisa. La vitalidad de esos peculiares ojos era contagiosa.
—No os conozco —le dije.
Era más alto que yo, aunque sin duda también más joven. Al decirme su nombre, hundió los hombros y se acercó más a mí, como si fuera un secreto.
—Me llamo Emory —confesó—. Emory Tejo.
Me atraganté con el vino que aún tenía en el fondo de la garganta. Al otro lado de la mesa, mis medio hermanas me observaron con gestos idénticos de curiosidad. Probablemente se estuvieran preguntando, igual que yo, cómo había logrado procurarme un asiento junto al sobrino más joven del rey.
—Yo me llamo Elspeth —le dije con los labios apretados.
Emory le dio otro sorbo a su vino.
—¿De qué familia procedéis?
—De los Bonetero.
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—Elspeth Bonetero —me dijo, y desplazó la mirada a lo largo de la mesa para luego volver a posarla en mí—. Elspeth Bonetero. Suena bien.
Los criados sirvieron el primer plato, una sopa de verano, y la calma cayó sobre la sala mientras las familias más poderosas de Blunder se deleitaban en poder comer en la mesa del rey. Sin embargo, yo había perdido el apetito. Contemplé la comida y no fui capaz de tocarla. El vino comenzaba a revolverme el estómago.
—Opino lo mismo —declaró Emory Tejo mientras apartaba su cuenco y le daba otro gran sorbo a su copa—. ¿Para qué llenarse el estómago con el caldo?
La persona que se sentaba al otro lado de Emory le asestó un codazo, y el chico se dio la vuelta para escuchar unas palabras pronunciadas en un tono bajo y seco. Vi un mechón de cabello castaño iluminado por el resplandor rojo como la sangre de una carta de la Guadaña.
No tuve que fijarme demasiado para saber de quién se trataba. Solo había cuatro Guadañas en Blunder, y pertenecían en exclusiva a la familia Serbal. El príncipe Renelm Serbal, segundo en la línea de sucesión al trono, se hallaba sentado al otro lado de Emory, susurrándole a su primo algo al oído que yo no pude oír.
El chico le dio la espalda al príncipe y vació su copa, tras lo cual torció los labios en una sonrisa ladeada.
—Mis disculpas —me dijo—. Suelo ser mucho más agradable. El Equinoccio provoca… un extraño efecto en mí. Me estabais hablando sobre vos.
¿Eso hacía? No podía concentrarme. El vino daba vueltas en mi estómago vacío. Me sentía mareada, cansada, y el alcohol estaba nublándome los pensamientos. Me sobrevino una oleada de náuseas, que de algún modo empeoró debido al clamor que había estallado en la sala. Tan acuciante era la necesidad que sentía de salir corriendo de allí que acabé agarrándome a la silla.
Me obligué a parpadear. Casi me había olvidado por completo del chico que tenía al lado.
—Lo siento —le dije—. No me encuentro muy bien esta noche. —¿Estáis indispuesta?
—No, solo… solo necesito tomar el aire.
La silla de Emory chirrió contra el suelo de piedra. Cuando el sobrino del rey me ofreció su brazo, retrocedí.
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—No es necesario.
Emory volvió a sonreír. Tenía los labios y los dientes manchados de morado.
—Tranquila, Bonetero. Hasta yo me doy cuenta de que no queréis estar aquí.
Me tomó del brazo. Esta vez, le permití que me levantara de forma lenta y vacilante.
Emory y yo avanzamos a contracorriente por entre una marea de criados que transportaban el segundo plato sobre bandejas de plata. Lo seguí hasta que salimos del gran comedor y llegamos a la escalera. No había nadie a nuestro alrededor. Ni cartas de la Providencia ni destreros. Me agarré al pasamanos de la escalera y respiré hondo. Mi cuerpo comenzó a relajarse despacio.
No me percaté de que Emory había robado una jarra de vino hasta que me la pasó.
—¿Queréis un poco más? —me ofreció.
La rechacé con un gesto de la mano. Emory le dio un buen trago. El vino le resbaló por la barbilla y cayó sobre su cuello verde de terciopelo hermosamente bordado. Se secó la boca con la manga y me sonrió; había un cierto aire ausente en su mirada grisácea.
—Estáis increíblemente pálida —comentó, y me ofreció una vez más la jarra de vino.
La rechacé con un gesto por segunda vez y mi mano rozó la suya. —Gradas por vuestra ayuda —le dije—. Pero desde aquí ya puedo ir
yo sola.
Por un momento, Emory guardó silencio y bajó la mirada al punto en el que mis dedos le habían rozado el dorso de la mano. Cuando habló, su voz sonó irregular.
—Os acompañaré a donde tengáis que ir. Conozco este castillo mejor que las ratas.
Comencé a subir los peldaños.
—Encontraré el camino.
Me alcanzó a mitad de las escaleras y acortó la distancia entre ambos, rápido como una serpiente. El aliento le olía a vino.
—Bonetero —dijo, y la palabra salió de entre sus dientes como si fuera un siseo. Alargó una mano hacia mí y me agarró del brazo.
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Retrocedí hasta que tuve la columna vertebral contra el pasamanos. El gran comedor se extendía debajo de mí. Miré por detrás del hombro y el pánico me llenó la garganta de bilis. Si me caía, si el chico me empujaba por encima del pasamanos, ¿me mataría la caída?
«No creo que te matase —dijo el Tormento—. Solo acabarías lisiada.
Te romperías algo».
«¿Qué está haciendo?», exclamé.
Contemplé el rostro de Emory e intenté pensar en cómo librarme de ese chico extraño y voluble. Cuando me encogí, soltó una carcajada. El eco de unas risas entrecortadas nos llegó desde la estancia de abajo.
—Hay algo raro en vos, Bonetero.
Me agarró con más fuerza el brazo y bajó la otra mano a mi muñeca.
Tenía la palma húmeda cuando la apoyó contra mi piel desnuda.
—Os veo, Elspeth Bonetero. —Su voz sonaba cerca y lejos al mismo tiempo, como si hablara bajo el agua—. Veo a una hermosa doncella con el cabello negro y largo y los ojos oscuros como el carbón. Veo una mirada amarilla entrecerrada de odio. Veo oscuridad y sombras. —Torció los labios en una sonrisa inquietante—. Y veo tus dedos largos y pálidos cubiertos de sangre.
Me quedé de piedra, inmovilizada por el miedo y por la forma en la que el chico me agarraba. Intenté zafarme de él. Cuando no me soltó, levanté la otra mano y solté un siseo.
Lo abofeteé con fuerza.
En la mejilla ya enrojecida de Emory apareció la marca oscura de mi mano. Me desplacé para alejarme de él, para huir, pero me sujetaba del brazo con tal fuerza que grité de dolor.
Sin embargo, antes de que pudiera pedir ayuda hacia la oscuridad de mi mente, donde habitaba el Tormento, oí pasos en el rellano. Un momento después, Emory me liberó el brazo al ser empujado con mucha fuerza escaleras abajo por alguien que llevaba una capa negra.
Me tambaleé y corrí escaleras arriba, pero acabé tropezándome con el vestido.
Cuando bajé la vista, Emory estaba tirado al pie de la escalera. Un hombre alto se cernía sobre él. No oí las palabras que intercambiaron, ya que la voz de Emory se veía interrumpida por unos incontrolables ataques de risa. No obstante, el tono bajo y comedido del recién llegado bastó para tranquilizar al chico.
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El hombre levantó a Emory del suelo y le indicó con la mano que tomara la dirección por la que habíamos venido.
El chico caminó con dificultad, agotado de repente, y regresó al gran comedor. Me froté el brazo y observé cómo se marchaba, aunque Emory no dirigió los ojos hacia mí ni una vez, como si ya me hubiera olvidado.
Para cuando el hombre se me acercó, ya me había puesto en pie. —Siento lo de mi hermano, señorita —me dijo, al tiempo que bajaba la
mirada—. Su comportamiento es inexcusable.
Me quedé allí, rígida, contemplando al hombre alto de capa oscura. —Elm, mi primo, me ha informado de que Emory había estado
bebiendo. He venido para asegurarme de que todo iba bien.
Ante mi silencio, el hombre levantó la vista y me contempló por primera vez. Al igual que su hermano pequeño, tenía los ojos grises, que resaltaban sobre su suave tez cobriza. Siguió observándome por encima de esa nariz larga y formidable, escudriñándome el rostro con la mirada.
Se me cortó la respiración y un escalofrío me subió por la columna. Era indudablemente atractivo, ese hombre que permanecía allí plantado como si fuera una de las estatuas del jardín de su tío: frío y firme como una piedra. No se presentó. No hacía falta. Sabía quién era.
Ravyn Tejo. El sobrino mayor del rey. El sucesor de mi padre. El capitán de los destreros.
Creí que me derretía bajo su mirada, pero no aparté los ojos; intentaba aparentar un valor que no tenía.
—No os he visto en el gran comedor —le dije—. Es decir…, me refiero a que… —Solté el aire por la nariz—. No os había visto antes.
—Ni yo a vos —me dijo—. ¿A qué casa pertenecéis?
El Tormento respondió con un siseo. Me enderecé, y el bonetero que llevaba bordado en las mangas de mi vestido me delató.
—Bonetero —declaré, dando un paso hacia atrás—. Mi padre es… —Sé quién es vuestro padre. —Ravyn entornó la mirada—. Y también
sé que Erik tiene solo dos hijas que viven con él en la casa Bonetero. ¿Por qué no vivís con vuestra familia, señorita Bonetero?
Me remetí un mechón de pelo suelto detrás de la oreja.
—No creo que eso sea asunto vuestro.
Si le sorprendió mi descaro, el capitán de los destreros no lo demostró. Aun así, palidecí por la imprudencia que había cometido cuando recordé,
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con una punzada de terror, con quien estaba hablando, lo peligrosa que era esa persona.
—Disculpadme —le dije—. Estoy muy cansada.
—Por supuesto. —Ravyn subió las escaleras. De su capa negra emanaba un fuerte olor al mundo del otro lado de los muros del castillo: a cedro y a clavo, a humo y a lana húmeda—. Os acompañaré a vuestros aposentos.
Tomó una antorcha de la pared y me guio por una serie de largos pasillos. Sobre las paredes colgaban los imponentes tapices del rey Serbal, tejidos con exquisitos colores, que rendían homenaje a las cartas de la Providencia. Pasé los dedos por el gris del Profeta, que representaba a un anciano envuelto en una capa larga con capucha. Lo sentí áspero bajo mi tacto.
Tres puertas después de haber dejado atrás ese tapiz, nos detuvimos, con la antorcha titilando entre los dos.
—Los aposentos de sir Bonetero —me informó Ravyn con voz sedosa.
Debería haberle agradecido la caballerosidad que me había dispensado. No obstante, sentía el vino amargo en el estómago, y el incidente en la escalera me había dejado exhausta. Trasteé con el cerrojo y se me enganchó la manga en el pomo de la puerta.
—Permitidme —me dijo él, y la abrió por mí.
Me encogí y entré en la estancia. Estaba deseando cerrar los ojos y olvidar todo ese día.
—Gracias.
El capitán de los destreros asintió; la luz de la antorcha proyectaba sombras severas sobre su rostro.
—No me he presentado. Soy Ravyn Tejo.
Hasta el sonido de su nombre hizo que el estómago se me cerrara.
—Lo sé.
Mantuvo el rostro impasible, sin dedicarme una sonrisa ni una reverencia. Se limitó a echarme un último vistazo y se dio la vuelta para dirigirse con su antorcha hacia la oscuridad del pasillo. Sus últimas palabras fueron:
—Que durmáis bien, señorita Bonetero.
Sucumbí en cuestión de segundos. Cerré los ojos y cedí al cansancio, dejando atrás los pensamientos sobre los hermanos Tejo para sustituirlos por la dicha oscura del sueño.
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Aun así, mientras caía en la inconsciencia, no pude evitar preguntarme cómo era posible que hubieran avisado a Ravyn Tejo de los malos modales de Emory, y que hubiera acudido a controlar a su hermano, cuando él no estaba cerca del gran comedor esa noche.
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CAPÍTULO 5
a luz del sol me atravesó los párpados. Al abrirlos, me recibió un grito ahogado, y encontré cuatro ojos clavados en mí.
LDimia y Nya estaban sentadas una a cada lado de mi cama, observándome como buitres.
Me senté. Tenía un fuerte dolor de cabeza.
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—¿Qué hora es?
—Casi mediodía —dijo Nya.
Dimia, que era considerablemente menos delicada que su hermana, se acercó tanto a mí que pude verle los puntos negros de la barbilla.
—Te vimos abandonar el comedor con Emory Tejo.
La miré parpadeando.
—¿Hay alguna pregunta que quieras hacerme, Dimia?
La puerta se abrió de golpe. Me incorporé más en la cama y entorné los ojos mientras Nerium entraba en el dormitorio.
—Por fin se despierta la princesa durmiente —dijo con una sonrisa perturbadora al tiempo que arrastraba las uñas por el marco de la puerta. Cuando desplazó su mirada altiva hacia sus hijas, aún sentadas a ambos lados de mi cama, su sonrisa se desvaneció—. ¿De qué estáis hablando?
—De Emory Tejo —respondió Dimia. Pestañeó—. Es tremendamente guapo.
Nerium soltó una risa nerviosa.
—No es el tipo de compañía que debería tener una joven sofisticada.
—Fijó su mirada en mí—. Hasta tú harías bien en evitarlo, Elspeth.
Me levanté de la cama.
—Tus consejos siempre son de mucha ayuda, Nerium. —Me acerqué a la jofaina y me eché agua en la cara. Si la habían calentado, había tenido que ser hacía muchas horas. Ahora estaba tan helada que dolía—. Y, para vuestra información, Emory Tejo es un verdadero cerdo.
Mis medio hermanas fruncieron el ceño y adoptaron idénticas expresiones de curiosa diversión. Hasta Nerium se inclinó hacia delante, deseosa de enterarse de algún chismorreo.
—Ese chico no está bien del todo —comentó Nya. Se remetió un mechón de pelo rubio detrás de la oreja—. Cuando no está recluido en sus aposentos por haber contraído alguna enfermedad, está borracho como una cuba y dice cosas rarísimas. —Se acercó a mí y, con la voz teñida de un entusiasmo mal disimulado, prosiguió—: ¿A ti te dijo algo… extraño?
La risa melosa del Tormento se adhirió a los rincones de mi mente. Me estremecí y sentí frío, no solo por efecto del agua. «El chico
mencionó la mirada amarilla. ¿Cómo es posible que supiera lo de tus ojos? ¿Crees que…?».
«¿Qué sabe que hay un monstruo de quinientos años que acecha en los rincones más oscuros de tu mente?».
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«Eso es imposible. —Tiré hacia abajo del dobladillo del camisón—.
Aun así…, había algo muy inquietante en él».
Veía que la confusión comenzaba a aflorar en los rostros de mis medio hermanas, como a menudo sucedía cuando la conversación en el interior de mi cabeza se alargaba demasiado. Distraída, me pasé una mano por el pelo y me encogí de hombros, exhibiendo un desinterés que no sentía.
—Estaba borracho —comenté—. Ni siquiera fue capaz de subir las escaleras.
—Da gracias —dijo Nya—. Es muy patoso. No recuerdo una cena en la casa Bonetero en la que no rompiera algo.
—Eso fue hace siglos —apostilló su madre—. Lleva casi dos años viviendo aquí.
Enarqué una ceja.
—¿Los Tejo han enviado a Emory a vivir aquí en Stone con el rey?
¿Por qué?
Nerium me miró igual que miraba a su perro cuando se meaba en la alfombra: con gran disgusto.
—Para que el príncipe Renelm controle su odioso temperamento, por supuesto.
En ese momento recordé la luz roja que la noche anterior había visto brillar en el asiento contiguo al de Emory. La carta de la Guadaña del príncipe Renelm. Una carta reservada a la realeza. Con ella, el príncipe tenía el poder de controlar a quien quisiera, de la forma que eligiera.
Antes de poder controlar la mueca que se formaba en mi rostro, mi padre abrió la puerta del dormitorio, sorprendiéndonos a las cuatro. Carraspeó.
—¿Te encuentras mejor, Elspeth?
Era una sensación extraña que los cuatro estuvieran en mi dormitorio al mismo tiempo. Empezaba a arrepentirme de no haberme alojado con los Espino.
—Mucho mejor —mentí.
—Te has perdido el desayuno, pero, cuando los hombres salgamos a cazar, hay programado un paseo por los jardines.
Sentí piedras en el estómago al pensar en recorrer ese jardín con una horda de mujeres de Blunder. Cuando mi padre cerró la puerta, mis medio hermanas se apresuraron a volver a su dormitorio, pegado al mío, para sumirse en la tarea de escoger un vestido.
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Yo me decanté por uno gris de un lino delicado, no demasiado grueso ni aparatoso. Me coloqué un lazo gris a juego en el cabello, que me trencé formando una corona alrededor de la cabeza. Era el conjunto perfecto para un día cálido de finales de verano, con un color tan similar a la neblina que me sentía casi invisible.
Cuando bajé al gran comedor, me asomé por el pasamanos para echar un vistazo a la estancia inferior. Un montón de mujeres socializaban entre ellas, disfrutando las unas de la compañía de las otras, pero no divisé ni a Ione ni a mi tía.
Mi madrastra y mis medio hermanas no tardaron en abandonarme, sin molestarse en ofrecerme compañía o presentarme a alguien. Delante de mí, abrieron una de las puertas que daba al exterior y todas la cruzamos, para ser guiadas hasta el jardín por unos criados vestidos de morado. La calidez del verano flotaba sobre la neblina como si fuera vapor.
Merodeé sin rumbo por la periferia de la multitud. Mis zapatos no contaban con esos tacones que estaban de moda, y di gracias por lo silenciosos que eran mis pasos. Dejé una mano suspendida sobre la vegetación del jardín para pasar los dedos por los delicados pétalos y tallos de las flores del rey.
Escuché a las mujeres que tenía cerca. La cadencia y el ritmo de la conversación me arrullaron. Más adelante, el color gris de dos cartas del Profeta resplandecía entre la multitud. Y, un poco más allá, distinguí la embaucadora luz rosa de la carta de la Doncella.
«Ten cautela ante el rubor —recitó el Tormento mientras olisqueaba el aire—. Ten cautela ante el rosal. Ten cautela ante la belleza divina, pues no tiene rival».
Empecé a echar de menos el sonido de la voz de Ione en mis oídos. Comencé a buscar su cabello rubio entre la gente, ansiosa por solucionar nuestras diferencias. Tal vez mi prima estuviese en lo cierto y yo fuera demasiado desconfiada, demasiado introvertida, demasiado ajena a la noción de esperanza. Admiraba la disposición con la que ella aceptaba los cambios, lo mucho que anhelaba ver desaparecer las viejas y crueles costumbres de Blunder. Si el mundo llegaba a cambiar alguna vez, si se llegaba a cuidar de los contagiados en lugar de darles caza como a animales, sería gracias a la labor y el corazón de alguien como Ione.
No obstante, sin importar cuánto me esforzara en buscarla, no lograba encontrarla.
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En cambio, me topé con mi tía. Se había detenido a un lado del camino para admirar el esplendor de las flores del rey. Apoyé una mano en su espalda y ella me abrazó de todo corazón.
Permanecí un rato entre sus brazos. Olía a romero y a tierra cálida, blanda y húmeda. No le conté lo de mi pelea con Ione. En su lugar, caminamos por entre la marea de mujeres con los brazos entrelazados y hablando en voz baja.
—¿Qué puedes contarme sobre Emory Tejo, tía? Movió las cejas de arriba abajo en mi dirección. —Es un poco joven para ti, ¿no, querida? El Tormento soltó una carcajada cortante.
—No me refería a eso. —Bajé la voz y la arrastré hasta una parte más tranquila del sendero—. ¿Crees que alguien, aparte de mí, ha sobrevivido a la fiebre y ha pasado de la infancia? —El estómago me dio un vuelco—. ¿Sin ser descubierto?
Fuera lo que fuese lo que mi tía esperaba que le preguntara, no tenía nada que ver con eso. Las líneas de su rostro se tensaron y, al hablar, le salió un hilo de voz.
—No lo sé, Elspeth. Lo dudo. —Seguramente habrá alguien más que…
—Los destreros y los galenos traen aquí, a Stone, a todos los niños contagiados. A las mazmorras. Y ya sabemos qué es lo que ocurre en esas mazmorras.
Me estremecí.
—Me temo que es la ley.
—Sí, pero yo sigo aquí —susurré—. Mi padre era destrero del rey, y él no me entregó cuando padecí la fiebre. Seguramente otros padres hayan hecho lo mismo.
—Lo han intentado. Pero, aunque la infección fue horrible para ti, Elspeth, no fue algo permanente. No posees magia ni nada que te ponga en evidencia y que haga que los destreros puedan localizarte. Otros no tienen tanta suerte.
Aparté la mirada. Pero, antes de que pudiera añadir nada, alguien se nos acercó por detrás. Cuando me di la vuelta, una luz rosa cayó sobre mis ojos. Me tropecé con mi tía y ambas chocamos contra un seto alto.
Ione, iluminada por la intensa luz rosa de la Doncella, me miró desde arriba.
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Mi tía se apartó del seto, se puso en pie y se sacudió la falda.
—Cielo santo, Elspeth. —Tiró de mí para levantarme y comenzó a retirarme las hojas que se me habían enganchado en el pelo, pero yo la aparté con la mano. En lo único en lo que podía pensar era en la carta rosa que mi prima llevaba en el bolsillo.
Y en todo lo que implicaba su magia.
En la oscuridad, el Tormento comenzó a merodear, alerta, pendiente. «Interesante —ronroneó—. ¿Un obsequio del rey Serbal a cambio de la carta del Tormento de tu tío?».
«No —logré decir. Mi mente no dejaba de dar vueltas y de sucumbir al pánico—. La carta de la Doncella no tiene ningún valor en comparación con la del Tormento».
«Entonces, quizás la carta de la Doncella es simplemente parte de una recompensa mucho más generosa».
Recorrí el rostro de Ione con la mirada. Sus facciones seguían siendo las mismas de siempre. Su rostro no había cambiado con la belleza que prometía la carta. Sentí un ligero alivio. «No la está usando».
«Aún», replicó el Tormento.
Ione frunció el ceño.
—¿Elspeth?
La multitud comenzó a empujarnos. Podía oír las risitas de quienes nos habían visto caer, de las mujeres de Blunder que pasaban por mi lado y me miraban de soslayo.
Contemplé a mi prima. Dirigí los ojos hacia la luz rosa de su bolsillo y luego hacia su cara.
—¿Dónde has estado? —le pregunté con dureza—. Te he estado buscando.
La luz rosa que irradiaba la carta de la Doncella de Ione casi hizo que fuera imposible que viera cómo mi prima se ruborizaba. Pero lo vi.
—En ninguna parte —replicó—. Solo he estado paseando por el castillo.
Era una mala excusa, pero eso no suavizó el golpe. Ione me estaba ocultando algo. Cuando la mirada de mi prima se cruzó con la mía, estuve segura de que podía ver en mi rostro lo dolida que me sentía.
No obstante, eso solo pareció servir para que frunciera más el ceño. Independientemente de lo que hubiese sucedido desde nuestra discusión el día anterior, seguía estando enfadada conmigo.
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—Vamos —dijo mi tía—, sigamos caminando. Estamos bloqueando el camino.
No dije nada. De repente, en un ataque de rabia, alargué una mano y agarré a Ione de la manga para tirar de ella y sacarla del sendero.
—Bess, ¿qué…?
—Quiero hablar, Ione —le dije mientras nos alejábamos por el camino de gravilla que atravesaba la rosaleda. Le lancé a mi tía una mirada de soslayo—. Enseguida volvemos.
Tras doblar una esquina, las dos acabamos escondidas detrás de un seto. El aire olía a rosas marchitas, tan fragrantés que casi lograban enmascarar el hedor de su propia decadencia. Ione se zafó de mí. Incluso bañada por la luz rosa de la Doncella, pude discernir que se le habían enrojecido las mejillas.
—¿A ti qué te pasa, Bess?
—¿A mí, Ione? ¿Y a ti qué? ¿«Paseando por el castillo»?
—¿Qué pasa con eso?
—Que es mentira. —Me mordí el labio—. Te han presentado al príncipe Hauth, ¿no es así?
Mi prima se puso a la defensiva.
—Ya te lo había dicho, ¿no?
—Nunca me dijiste que te entregarían una carta de la Doncella.
Ione se quedó de piedra. Abrió mucho los ojos y me escudriñó el rostro.
—¿Cómo sabes lo de la carta?
Apreté la mandíbula.
—¿Te la dio él? ¿Hauth Serbal?
Ione frunció el ceño.
—No entiendo por qué odias tanto a los Serbal, Elspeth. Hauth cuenta con un legado de quinientos años de antigüedad. Necesita apoyo y comprensión, no ese resentimiento ciego. —Su voz, que solía ser muy dulce, se había endurecido—. ¿O es que solo piensas en ti misma?
El Tormento acechó entre las sombras de mi mente y susurró: «Rojas, siempre rojas son las bayas del serbal; su tierra oscurecida por la sangre mortal. No hay agua ni paño que su mancha pueda frenar. Reclamará a una doncella para su corazón asfixiar».
Se me encogió el estómago, y mi enfado con mi prima se transformó en desesperación. Alargué una mano hacia ella y clavé mis ojos en los
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suyos.
—No sé qué es lo que ha intercambiado mi tío por la carta del Tormento, pero, por favor, Ione, te suplico que no uses la Doncella. —Se me cerró la garganta—. Y si Hauth Serbal te pide que te cases con él, no debes aceptar.
Contemplé cómo Ione curvaba los labios hacia abajo, cómo sus ojos color avellana se anegaban en lágrimas y un mapa de líneas finas aparecía alrededor de ellos.
—Me pides demasiado, Elspeth. Y todo siempre en tu beneficio.
Sacudí la cabeza con vehemencia.
—¿Es que no lo entiendes? Eres perfecta, Ione. Tal y como eres. Con el hueco entre los dientes; con tu voz demasiado estruendosa por las mañanas; con las líneas que se te forman junto a los ojos cada vez que sonríes. La Doncella te arrebatará todas esas cosas. —Apreté la mandíbula para contener el nudo que me subía por la garganta—. Los Serbal te ofrecen esa carta como si se tratara de un regalo, pero lo hacen para controlarte, Ione. Para distraerte. Para que estés en deuda con ellos. Por favor, no se lo permitas.
A mi prima las lágrimas le caían por el rostro. Pero no se las secó; dejó que le bajaran por las mejillas y le resbalaran por las comisuras de la boca. Cuando habló, su voz fue entrecortada:
—¿Me quieres, Elspeth? —inquirió.
Algo se me partió dentro del pecho.
—Más que a nada.
Ione tomó aire de forma trémula, dos veces. Luego, despacio, como impulsada por una fuerza invisible, la mirada de mi prima adquirió fuerza, dureza.
Aun así, le tembló la voz al decir:
—Entonces déjame tomar mis propias decisiones.
Apartó su mano de la mía y, con unos pasos tan ligeros que apenas pude oírlos, desapareció sin mirar atrás, dejándome sola, desamparada, entre las rosas casi marchitas.
Me sentía tan completamente vacía que apenas noté las espinas que se me clavaron en las palmas de las manos mientras abandonaba el camino. Me
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adentré en el jardín y caminé hasta que eché a correr. Me dio igual salirme del sendero y acabar en la neblina. Corrí hasta que el corazón amenazó con estallarme. Entonces, en la base de un viejo álamo con las ramas caídas, en la linde del bosque, lloré.
Me senté junto al árbol y pasé los dedos por la tierra húmeda en la que la vegetación había comenzado a pudrirse. Con la otra mano retorcía mi amuleto. Me sequé los ojos con el dorso y las lágrimas provocaron que me escociera la piel allí donde me habían cortado las espinas. «Ella es mejor de lo que este miserable reino merece. Si hace un uso demasiado prolongado de la Doncella, todo eso desaparecerá. Pasará a ser una persona fría…, desalmada. Dejará de ser Ione».
Tomé una ramita de entre la vegetación y la partí varias veces, hasta que los pedazos fueron demasiado pequeños como para sostenerlos en la mano.
El Tormento hizo entrechocar sus garras. «La Doncella no es solo una carta de vanidad. La magia no está hecha para eso».
«Sí que lo es si solo la usa para impresionar a un príncipe», repliqué, con la voz cargada de ponzoña.
El Tormento rio por lo bajo. «Qué carta tan incomprendida la de la Doncella».
Me levanté sin decir nada, embargada por el bochorno y la pena.
«Al final —continuó la criatura—, no importa cómo y para qué se empleen las cartas. Todo tiene un precio, nada es seguro. La magia siempre conlleva un coste».
«Deja de repetir eso —le espeté, y lancé al suelo los trozos de la ramita partida—. Por una vez, cállate y déjame…».
—¿Señorita Bonetero?
La voz grave detrás de mí fue como un puñetazo en el estómago. Me di la vuelta.
Ravyn Tejo me contemplaba con sus ojos grises, ladeando la cabeza.
Tenía el aspecto de un grajo: severo, inteligente, gallardo.
No obstante, no miré el rostro del capitán mucho tiempo. Estaba demasiado embelesada con el color, con la luz, que irradiaba su bolsillo. Era más oscuro que el de la Doncella, pero igual de intenso. El miedo anidó en mi pecho y comencé a quedarme sin aire. Ya había visto antes ese tono en el terciopelo de una carta.
Burdeos. Un rojo intenso como la sangre.
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La segunda carta del Tormento.
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CAPÍTULO 6
avyn cambió el peso de una pierna a la otra. Cuando lo hizo, me percaté del juego de cuchillos que llevaba prendido del cinturón.
R—¿Qué os ha pasado en las manos, señorita Bonetero? —me preguntó.
Cuando logré hablar, lo hice entre dientes.
—Estaba admirando las rosas.
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Un hilo invisible tiró de la comisura de los labios de Ravyn hacia arriba. Se me acercó.
—¿Me permitís? —inquirió, y señaló mis manos.
Me había quedado de piedra, inmovilizada. Me tomó la mano izquierda y la giró para examinarme la palma. El capitán tenía la piel encallecida, pero su tacto era agradable. Me cubrió la mano con la suya con gentileza. No tocó los cortes que me habían hecho las espinas de las rosas, sino que se limitó a observarlos.
Hizo lo mismo con mi otra mano. Cuando hubo terminado, desplazó la mirada hacia mi rostro.
—Disculpadme, señorita Bonetero, pero debo preguntaros algo.
Aparté la mano y se me cerró la garganta.
—¿Sí?
—¿Qué hacíais hace quince días sola en el sendero del bosque al caer la noche?
La conmoción de haber descubierto la carta del Tormento en su bolsillo desapareció por completo, y un terror frío y nauseabundo ocupó su lugar. Percibí con todo lujo de detalles el sonido de los insectos y el batir de las alas de un búho. Contemplé el rostro de Ravyn Tejo, tal vez de verdad por primera vez… y no pude reconocerlo.
Pero los bandidos llevaban máscaras.
Bajé la mirada hacia su cinturón. Y ahí estaba, clara como el agua. La empuñadura de marfil…, la daga con la que me había apuntado al pecho.
«Es él —jadeé—. Ataqué al maldito capitán de los destreros».
Las garras del Tormento arañaron la oscuridad, y se le erizó el vello de la columna. «Déjame salir», siseó.
Frente a mí, Ravyn Tejo mantenía la calma, con los brazos cruzados sobre el pecho en una postura que estaba lejos de ser amenazadora. No se comportaba como el hombre peligroso con el que me había encontrado en el bosque, pero lo era.
Y yo le había atacado. Había atacado a un destrero. Un crimen castigado con la muerte.
«Él merodeaba por el sendero del bosque en busca de cartas —dijo el Tormento—. Un crimen que también se castiga con la muerte».
«Un crimen que solo yo presencié». Di varios pasos atrás.
—Debéis haberme confundido con otra persona, capitán. Sé bien que no debo recorrer el sendero del bosque cuando ha anochecido.
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Ravyn enarcó sus cejas oscuras.
—Vuestro rostro no es fácil de olvidar, señorita Bonetero. —Cuando me hizo la pregunta de nuevo, su voz transmitió una cierta amenaza—. ¿Qué hacíais en el sendero del bosque?
Volví a mirar hacia la daga prendida de su cinturón, pero él no hizo ademán de cogerla. Simplemente me observó con su mirada severa. No parecía nada conmovido por el pánico que me atenazaba la garganta.
Di otro paso atrás. «Va a detenerme —dije—. O peor, me matará para mantener su segundo trabajo en secreto».
A mi alrededor, la neblina era espesa, y el olor a sal se hallaba suspendido sobre el aire denso. Ya no oía a las mujeres en el jardín. Ni siquiera podía discernir en qué dirección se encontraba el castillo. Pero contaba con mi amuleto. Podía mantener a raya al Ánima del Bosque. Podía estar escondida el tiempo suficiente como para concebir un plan.
Enfrentarme cara a cara con el capitán de los destreros por segunda vez no era una opción.
—Lo siento muchísimo, capitán —dije mientras retrocedía hacia la neblina—. Mi familia me está esperando. —«Ayúdame a escapar — supliqué hacia la oscuridad de mi mente—. Ahora».
Me escabullí del capitán de los destreros y me adentré en la neblina, densa y hermética.
Nos engulló de inmediato, al Tormento y a mí, y el capitán y el bosque desaparecieron detrás de nosotros. El corazón me latía desbocado y me temblaban las manos. No obstante, si podía perderme en la neblina, tendría una oportunidad de perder de vista también a Ravyn Tejo.
«Nos sigue», declaró el Tormento.
Me recogí la falda y doblé a la izquierda. Había entrado en un campo en el que se cosechaba trigo. Parte de la siembra se había dejado abandonada y se echaba a perder sobre la tierra endurecida. Los tallos en el suelo me hacían resbalarme, pero no me tropecé.
Como un ave de presa, el capitán también había atravesado la neblina y alargaba sus fuertes brazos para darme alcance. Titubeé y se me enredaron los pies, pero los reflejos del Tormento eran rápidos. Antes de que Ravyn pudiera atraparme, ya me había escabullido, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.
—¡Deteneos! —me gritó a través de la neblina—. ¡No os haré daño!
¡Aguardad un momento!
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En la distancia, oí a los sabuesos. Me desvié, pero al tropezarme me había desorientado, por lo que había acabado perdida. Aun así, era más rápida que el capitán. Iba a lograr escapar…, sobreviviría. Solo necesitaba…
El olor a sal me subió por la nariz, como si alguien me hubiera salpicado la cara con agua helada del mar. La sentí en las orejas, en los ojos, en las fosas nasales, en el paladar. Empecé a toser y jadeé desesperada en busca de aire. De repente, mi mente y mi cuerpo se habían visto invadidos por algo inconcebible para mí.
«Esperad, Elspeth Bonetero —me pidió una voz grave en mi cabeza—.
No os haré daño».
Grité.
Se me enganchó el pie en un pedazo de tierra levantado y me caí, vencida por la gravedad y el sonido de la voz de Ravyn Tejo dentro de mi cabeza. Me tapé los oídos con las manos y volví a gritar. El terror me atravesó como las espinas de una zarza.
El capitán se abalanzó sobre mí en una ráfaga de color burdeos. Se echó al suelo, a mi lado, y se apresuró a taparme la boca con la mano.
—¡Silencio! —me dijo sin aliento—. O nos oirán.
El aullido de los perros sonó más cerca. Pude percibir el atronador ruido que proferían unos jinetes a caballo; sus escandalosas carcajadas retumbaban de manera inquietante a través de la neblina. Se trataba del rey y de sus hombres, que regresaban de la caza.
Me temblaron los dedos y sentí que me ardían los brazos a medida que la fuerza del Tormento me recorría. De un manotazo, aparté la mano de Ravyn de mi boca y me levanté bruscamente, lista para volver a echar a correr por la neblina.
Sin embargo, el capitán de los destreros me agarró de la pierna y volví a caer sobre la tierra endurecida.
—¡Soltadme! —grité. La fuerza del Tormento me tensaba los músculos. Me retorcí y empecé a asestarle patadas al capitán en el pecho y la cara.
El eco de las voces sonaba más cerca que antes.
—¡Ya basta! —dijo Ravyn entre dientes, enfadado, con la nariz sangrando y la mandíbula roja—. Si hacéis un solo ruido más, acabaremos muertos.
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Los gruñidos de los perros y los relinchos nerviosos de los corceles me llegaban con claridad. Casi podía entender lo que decían los hombres a caballo. Si hubiera querido llamarlos, sin duda me habrían oído.
«Quieta —siseó el Tormento, anticipándose—. El rey no es nuestro amigo».
Las venas me ardían, y aún tenía el olor de la sal en la nariz. Llevaba la manga desgarrada y algunos mechones sueltos a causa del forcejeo, con la trenza deshecha a lo largo de la espalda. Retorcí una y otra vez la pata de cuervo que llevaba en el bolsillo.
Ravyn observaba mi brazo. Bajé la mirada y contuve la respiración mientras intentaba cubrirme con los jirones de la manga la piel que quedaba a la vista. Pero era demasiado tarde. Ya me había visto las venas, oscuras y retorcidas.
Cuando alargó una mano para tocarme el brazo, me aparté con brusquedad.
—No voy a haceros daño —repitió—. En cambio, vos… —Se limpió la nariz ensangrentada con la manga y se encogió—. Joder. —Se pellizcó el puente de la nariz—. Ya van dos veces que me habéis dado una paliza y después habéis salido corriendo.
Dudaba que fuera la primera en romperle esa nariz prominente y picuda al capitán. Era un blanco muy fácil. Y no sentía ningún remordimiento. No veía a un joven atractivo con la mirada salvaje y la nariz ensangrentada.
Lo único que veía era a un destrero.
—Habéis usado la carta del Tormento conmigo —le espeté—. Salid de mi cabeza.
Ravyn extrajo la luz burdeos de su bolsillo y sostuvo la carta en la mano para que yo la viera. Su Tormento era idéntico al de mi tío, con el monstruo en el anverso igual de aterrador. El capitán entornó la mirada hacia mí y le dio tres toques a la carta con el dedo índice para luego volver a guardársela en el bolsillo.
—Ya está —dijo—. He dejado de usarla.
Estaba demasiado quieto…, demasiado serio como para que yo pudiera interpretar su gesto. Y no iba a confiar en un hombre que me resultaba impredecible. Ravyn volvió a concentrarse en mi brazo. Cuando bajé la mirada hacia la manga desgarrada, ambos lo contemplamos, pálido salvo por el río de tinta que me corría por las venas.
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La magia de la infección, negra como la noche.
El Tormento observó a Ravyn Tejo a través de mis ojos. Su voz sonó viscosa y desconfiada: «¿Qué tipo de criatura será él? —preguntó—. De piedra su máscara es. ¿Un capitán? ¿Un bandido? ¿O una bestia aún por conocer?».
Los ecos en la neblina comenzaron a desvanecerse; el rey y sus hombres seguían avanzando y se alejaban.
Al principio, el capitán no dijo nada. Tenía la mirada gris perdida en la oscuridad que serpenteaba por mi brazo. Aguardé, inmóvil. Cuando al fin habló, su voz fue comedida.
—¿Por esto es por lo que habéis huido?
Nadie hablaba sobre la infección. Era como la sombra oscura de la muerte, que vagaba por Blunder y aguardaba justo detrás de la linde del bosque. Todos la temían. Y el rey Serbal avivaba ese miedo por medio de los galenos y los destreros. Los vecinos se volvían unos contra otros ante cualquier signo de fiebre. Y con tanta inquietud, con tanto temor, el odio siempre acababa surgiendo.
Lo detectaba en los ojos de los demás, en sus voces. El pueblo de Blunder detestaba a quienes se habían contagiado de la infección casi tanto como a la enfermedad en sí misma. Eso los mantenía en un estado de vigilancia perpetua, con la mirada cansada y ansiosa y los labios apretados.
Sin embargo, mientras contemplaba el rostro de Ravyn Tejo, cuyos ojos recorrían mis venas oscuras, no detecté miedo ni resentimiento. Solo preocupación. Preocupación y asombro.
Había dado por hecho que sacaría los grilletes, que atravesaría el campo conmigo a rastras y me encerraría en una celda. Pero la quietud de su cuerpo junto al mío bastó para acallar esos pensamientos, aunque fuera por un instante.
Hasta el Tormento aguardaba en silencio.
—¿Y ahora qué? —le pregunté.
Parpadeó y volvió a fijar la mirada en mi rostro.
—¿Qué creéis que sucederá a continuación, señorita Bonetero?
Mi aprensión regresó tan rápido como se había apaciguado. Se me tensaron los hombros.
—No pienso acabar en una celda. Tendréis que matarme para llevarme allí.
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—No voy a mataros —me dijo mientras se ponía en pie—. Ni siquiera voy a deteneros. Pero debemos volver dentro.
Cuando me ofreció una mano, la rechacé. Retorcí la pata de cuervo en mi bolsillo y contemplé fijamente al capitán de los destreros, tratando de descubrir cuál era la trampa.
—¿Qué habéis oído? —le pregunté mientras le escudriñaba el rostro. Ravyn se alisó la camisa y se sacudió la tierra de las rodillas. —¿Oído?
—Habéis usado la carta del Tormento conmigo. ¿Qué habéis oído dentro de mi mente?
Levantó la vista. Tal vez fuera una pregunta demasiado directa. Por el modo en el que frunció el ceño, supe que no lo había comprendido.
Pero esa fue toda la respuesta que necesité. No había descubierto a la criatura de mi cabeza.
—Nada —me confesó—. Solo un ligero sonido…, como un golpeteo o un chasquido. ¿Por qué lo preguntáis?
La risa del Tormento retumbó, retorcida, y sus garras marcaron su ritmo incesante. Clic, clic, clic.
—Mi mente solo me pertenece a mí —le dije con frialdad—. No os he dado permiso para entrar en ella.
—No tenía tiempo de pedíroslo —replicó—. No cuando ibais a lanzaros de cabeza delante de mi tío, media docena de destreros y todos los caballeros del rey. —Dio un paso en la neblina, en dirección norte. Al ver que no me movía para seguirlo, se dio la vuelta y me miró con esos indescifrables ojos grises.
—Ya os lo he dicho —repetí—. No pienso ir a las mazmorras.
—Ni yo tampoco, Elspeth Bonetero.
Cuando seguí sin moverme, cruzó los brazos y habló con dureza:
—No estáis en peligro. Tenéis mi palabra. Vuestra infección no me preocupa. Solo deseo entender el don que poseéis. Y no tengo ninguna intención de hablar de ello en mitad del campo.
Me levanté despacio del suelo, arqueando la espalda como un gato, sin apartar ni un segundo la mirada del capitán.
—Os ahorraré las molestias —le dije—. No cuento con ningún tipo de magia.
No llamaría sonrisa al modo en el que torció los labios, pero tal vez fuera el gesto más parecido que podía adoptar después de los golpes que le
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había asestado en la cara.
—Sois una buena mentirosa —me dijo, y después se giró de nuevo hacia la neblina—. Encajaréis a la perfección.
«Así que se trata de una bestia aún por conocer», murmuró el Tormento.
Apreté la mandíbula sin apenas dar crédito a que yo, Elspeth Bonetero, estuviera siguiendo por voluntad propia al capitán de los destreros hacia el castillo del rey.
—Os acompañaré —le dije— siempre y cuando no atravesemos el jardín. —Pensé en Ione—. Quiero evitar a las mujeres y a sus cartas de la Providencia.
—Tomaremos la entrada este. —Y entonces, como sí acabara de oírme bien, giró la cabeza—. ¿Cómo sabéis que hay cartas de la Providencia en el jardín?
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CAPÍTULO 7
ncontramos una soga vieja que habían dejado allí los granjeros y que nos guio a través de la neblina de vuelta a Stone. Sentía Eespasmos en las piernas, listas para echar a correr ante cualquier señal de
peligro. Sin embargo, el capitán caminaba con paso firme.
Las maleza cubría los muros del lado este de Stone. Me temblaron las manos cuando nos topamos con una puerta redondeada de madera cubierta de telas de araña. Ravyn sacó una pequeña llave de latón que llevaba en el cinto. Oí el chasquido de la cerradura y, un momento después, el capitán
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abrió la puerta de un tirón, lo que provocó que se desprendieran las enredaderas y el polvo.
Ravyn la mantuvo abierta para que yo pasara, con los ojos grises fijos en mi rostro.
—Después de vos —me indicó.
Me quedé atrás, como un animal receloso de una trampa.
—Será mejor que no nos entretengamos. —Señaló hacia el interior—.
Id vos delante.
Eché un vistazo al pasillo oscuro frente a mí.
—¿Adónde conduce?
El capitán de los destreros se pasó una mano por la frente y habló en voz baja, teñida de impaciencia:
—Señorita Bonetero, no tenéis nada que temer de mí.
«Qué curioso que lo diga el hombre que podría haberte atravesado el corazón en el sendero del bosque».
Se me cortó la respiración al entrar en el tenebroso pasillo. Despacio, mis ojos comenzaron a adaptarse a la oscuridad.
—Por aquí —me indicó Ravyn tras cerrar la puerta. Me guio en una serie de giros y desvíos por un laberinto de pasillos altos y habitaciones sin señalizar.
Llegamos a una escalera de piedra que descendía hacia la negrura. La voz del Tormento me llegó a los oídos: «En el frío y la oscuridad, la piedra no envejece. La luz no llega donde las sombras oscurecen. Al final de las escaleras, atados o a punta de espada, van los niños enfermos a arder en la vieja atalaya».
Me estremecí. Las mazmorras del rey y los rumores de lo que allí sucedía hacía mucho que me obsesionaban. Miré hacia abajo por la escalera; esas sombras largas y tortuosas parecieron intentar agarrarme con unos dedos crueles y retorcidos.
No me percaté de que había dejado de andar hasta que Ravyn carraspeó y se detuvo un par de pasos por delante. Debió de ver el terror reflejado en mi rostro, ya que, durante un momento, la dureza de sus ojos se suavizó. Su mirada descendió por la escalera.
—Nunca os llevaré ahí abajo, señorita Bonetero. Tenéis mi palabra. Después de eso, volvió a girarse, y no me dejó otra opción que
seguirlo. Me condujo por otro pasillo con una larga galería de los antiguos reyes Serbal. Doblamos a la izquierda hacia un pasillo para el servicio, mal
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iluminado. Desde allí, bajamos un par de escalones que nos condujeron a una puerta hecha de una madera tan oscura que fui incapaz de averiguar su origen. Lo único que la diferenciaba de las demás eran los dos ciervos tallados en ella, justo debajo del marco.
Ravyn buscaba otra llave, pero su capa era tan oscura sobre su espalda ancha que robaba la poca luz que nos rodeaba. En contraste con la helada sombra de la mazmorra, sentía el calor que emanaba de él. De repente, fui muy consciente de lo cerca que estábamos, de la forma de sus omóplatos, de los callos de esos dedos que buscaban la llave correcta. Su capa olía a neblina y a clavo.
Percibir esa calidez me pareció algo demasiado íntimo. Intenté alejarme un poco, pero no había a dónde ir. Ravyn tomó otra llave, larga y de hierro, y la colocó en la cerradura, con lo que logró abrir la puerta con los ciervos tallados. Cuando volvió la cabeza para mirarme, tuve la certeza de que sabía que lo había estado observando.
Abrió la puerta de un empujón y me adentré en el interior de la estancia.
Un momento después, estaba pegada contra la pared de piedra, y el clamor de los ladridos de los perros me retumbaba en los oídos. Dos sabuesos con los dientes blancos y afilados me gruñían. Se habían levantado de su cama de heno al detectar a una intrusa.
En la negrura, el Tormento siseó y sacó sus garras. Pero, antes de que los perros pudieran tirárseme encima, Ravyn los apartó, arrastrándolos por el collar y dándoles órdenes severas.
Los sabuesos retrocedieron hasta su heno sin quitarme sus desconfiados ojos de encima.
—No son agresivos —dijo Ravyn—. Apenas ladran, los muy vagos.
No sé qué mosca les ha picado.
Me aparté de la pared.
—No suelo gustarles a los animales —murmuré, con el corazón latiéndome a toda prisa mientras analizaba mi entorno.
La estancia parecía un sótano abandonado. No había ventanas ni luz natural. En la pared más alejada, una pequeña chimenea iluminaba la habitación. Cerca de ella había una vieja mesa redonda rodeada de sillas dispares. Una estantería recorría la pared sur con viejos tomos cuyos contenidos seguramente eran más antiguos que la propia habitación.
«Bueno, no son las mazmorras».
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«No estés tan segura —dijo el Tormento—. Existen distintos tipos de jaula».
Ignoré el tono cortante de sus palabras y me acerqué a la mesa, atenta a los perros.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
El capitán se pasó los dedos por el pelo. La tensión le hacía arrugar los ojos.
—Esperad aquí. Volveré enseguida.
Se apresuró hacia la puerta. No me molesté en intentar escuchar el chasquido de la cerradura. Sabía que me había encerrado. Me acerqué a la estantería en busca de algo, cualquier cosa, que pudiera convertir en un arma. Los perros me observaban y gruñían con recelo, pero no se movieron de sus camas.
«Ahora nos toca esperar».
El Tormento hizo entrechocar sus uñas en una cacofonía horrible. «Sabe que estás infectada. Y sabe, en cierta medida, que estás al corriente de las cartas de la Providencia que hay en el castillo».
No había sido mi intención revelarle nada al capitán de los destreros cuando estábamos a solas en la neblina. Pero, en cuanto había mencionado lo de las cartas de la Providencia, Ravyn había aguzado el oído. Desde ese momento, yo había cerrado el pico, pero ya era demasiado tarde.
Di unos golpecitos nerviosos con el pie contra el suelo, a un ritmo caótico.
Sin embargo, el Tormento permanecía impasible ante mi desasosiego, y su voz sonó casi perezosa. «Supongamos que le confiesas sin más que puedes ver las cartas de la Providencia. O, más bien, que yo puedo verlas». Dejé de toquetear uno de los tomos cubiertos de polvo de la estantería.
«No seas idiota».
«Tal vez te sorprenda».
«Eso ya lo ha hecho —dije, y miré hacia la puerta mientras intentaba distinguir pasos—. No todas las sorpresas son buenas».
El Tormento rompió a reír, como si hubiera entendido un chiste que yo no había pillado.
«Hazme caso, va a poner a prueba tu magia. —Entrechocó sus garras —. O, siendo más exactos, pondrá a prueba la mía».
Solté un gemido contra mi manga y me retiré a una silla de madera. En la estancia no había ningún arma. Si me topara con algún peligro, solo
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podría contar con el arma que tenía dentro de mi cabeza.
Volvieron a oírse unos pasos en los escalones de piedra, seguidos del ruido de una llave. Los perros levantaron las orejas y yo me preparé.
Tres personas entraron en el sótano. Ravyn Tejo, un desconocido y una joven. Por la forma de la mandíbula firme de esta última, su cabello corto y oscuro y su cuerpo esbelto que, en lugar de en un vestido sofocante, iba enfundado en una túnica con elegantes ribetes, supe exactamente de quién se trataba.
Jespyr Tejo, la hermana pequeña de Ravyn y la única mujer destrera.
Formaban una fila irregular delante de mí y me miraban con cautela. El hombre que se hallaba entre los hermanos Tejo era mayor, con una túnica lisa y la barba sin recortar. Me quedé contemplándolo, incapaz de ubicarlo.
Entonces me percaté del pequeño sauce bordado con hilo blanco sobre el pecho de su túnica.
Me levanté de la silla de un salto.
—¿Habéis traído a un galeno? —exclamé—. Hubiera sido más fácil que me atravesarais con vuestra daga.
—Tranquila —dijo Ravyn con voz suave—. Solo queremos haceros unas preguntas. No va a denunciaros. ¿No es cierto, Filick?
—Estoy obligado a obedecer al capitán —declaró el hombre. Le guiñó el ojo a Ravyn y se acercó a la mesa con precaución, como si yo fuera una yegua salvaje y asustadiza. Tomó la silla que quedaba a mi derecha y se sentó.
—Me llamo Filick Sauce. ¿Cuál es vuestro nombre?
Le lancé a Ravyn una mirada rebosante de odio. Había logrado evitar a los galenos durante toda mi vida. Esta vez, no tenía donde esconderme.
Volví a sentarme en la silla y enderecé la espalda con una audacia que no sentía.
—Elspeth Bonetero —dije en un tono frío.
—¿Qué edad tenéis, Elspeth?
—Veinte años.
El galeno se inclinó hacia delante mientras me observaba. —¿Qué edad teníais cuando contrajisteis la infección? —Nueve.
—Ya veo. ¿Y qué habilidades mágicas os otorgó la enfermedad?
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Intenté no alterarme mientras sopesaba mis opciones. Si mentía y decía que no tenía magia, no me dejarían marcharme. Seguía siendo testigo de que el capitán de los destreros ejercía de bandido en la sombra.
«Querida mía, ¿y qué estaría buscando, vestido de negro de pies a cabeza en el sendero del bosque?».
Una chispa se prendió en mi mente. Existía un modo de mentir y decir la verdad al mismo tiempo.
Así es como se cuentan las mejores mentiras…, con un atisbo de verdad.
Respiré hondo una vez, y luego otra. Despacio, relajé los músculos del rostro, la tensión de la mandíbula, el entrecejo fruncido. Al coger aire por tercera vez, mi rostro se había vuelto inescrutable.
—Mi magia me muestra las cartas de la Providencia —declaré.
El galeno enarcó tanto las cejas que le desaparecieron bajo el nacimiento del pelo. Jespyr se quedó boquiabierta. A su lado, Ravyn se inclinó hacia mí y, por un instante, la conmoción tiró abajo esa máscara de piedra que le cubría el rostro.
Filick volvió a mirarme con atención.
—¿A qué os referís con que «os las muestra»? «Este galeno no es muy avispado que digamos».
—Cada carta posee un color, como una seña mágica —expliqué—, que corresponde al borde de terciopelo de la carta. Un Caballo Negro es negro. Un Pozo es azul. Una Doncella es rosa, etcétera.
—¿Y podéis ver esos colores? —inquirió Ravyn—. ¿Incluso a través de la neblina?
Solté el aire.
—Sí.
Jespyr dejó escapar una carcajada rápida y triunfal. —Brillante. Es justo lo que necesitamos para encontrar las… —Esperad un momento —la interrumpió Filick—. Si la señorita
Bonetero está diciendo la verdad…, y lleva once años en posesión de esa magia…, seguro que habrá sufrido las consecuencias. —Se le endureció el ceño—. La magia de la infección es degenerativa. Todo tiene un precio.
Mantuve el rostro impasible.
—Soy muy consciente de que la magia tiene un precio, galeno. —Bajé la voz—. Pero aún no he descubierto el alcance de mi deuda. No he sufrido ninguna degeneración.
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Llamaron a la puerta. Tres golpes, seguidos de un cuarto y de un quinto un segundo después. Ravyn acudió a abrir. No me percaté de la brillante luz que se colaba por el ojo de la cerradura, de ese rojo intenso como un rubí de la carta de la Guadaña que de pronto estaba en el interior de la estancia.
El príncipe Renelm Serbal se adentró en el sótano, con las botas aún manchadas de barro de la cacería. Me miró; sus ojos eran de un verde resplandeciente.
—¿Quién diantres es esta?
—Elspeth Bonetero —respondió Jespyr.
—La hija de Erik —añadió Ravyn, que le dedicó a su primo una mirada cargada de significado.
El príncipe me escudriñó. Me recordaba a un zorro, con su salvaje cabello rojizo y esos ojos brillantes e inteligentes.
—Soy Renelm —declaró, y entornó la mirada—. Pero podéis llamarme Elm.
Sabía quién era. Siempre lo había sabido. Renelm y su hermano mayor, Hauth, eran de esos príncipes salidos de las páginas de un cuento. Atractivos, listos, solteros. Solo que, en la versión del cuento del Tormento, no solo eran los queridos príncipes del reino.
También eran sus villanos.
La criatura gruñó detrás de mis ojos mientras contemplaba a Elm con las garras arqueadas. «Rojas, siempre rojas son las bayas del serbal; su tierra oscurecida por la sangre mortal. Hombre con carta roja nunca es de fiar. —La voz salía deslizándose de la bestia, como una niebla venenosa que me embotaba la mente—. No habrá paz mientras viva un Serbal».
Los músculos de mi garganta no cedieron ante el escalofrío que las palabras del Tormento me habían hecho sentir. La criatura les profesaba a los Serbal un odio infinito y vengativo. Y yo conocía la razón. El rey Serbal, al igual que sus predecesores, había empleado la antigua sabiduría de El viejo libro de los Alisos para infundir, cómo no, miedo a la magia. Había corrompido nuestro antiguo texto. Lo había profanado para convertirlo en un arma con la que controlar Blunder. Igual que había hecho con la Guadaña.
La carta roja. Solo existían cuatro en todo el reino. Y siempre habían estado en manos de los Serbal.
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Gracias a ellas, ostentaban un poder de persuasión insuperable. Tras tres toques a la Guadaña, una persona hacía cualquier cosa que le pidiera un Serbal. Si Elm me dijera que saltara a la pata coja sobre un acantilado, yo acabaría haciéndolo encantada, y no porque la Guadaña me moviera las piernas, sino porque provocaría en mí el deseo de saltar.
Contemplé la luz roja que emanaba del bolsillo del príncipe, sin estar segura de si lo que ardía en mi interior era la animadversión del Tormento o la mía propia.
Elm era más alto y delgado que Ravyn. Cuando me puse en pie, tuve que levantar la barbilla para mirarlo a la cara.
—Encantada de conoceros, milord —dije entre dientes—. Soy Elspeth Bonetero.
Una sonrisa pícara apareció en las comisuras de los labios de Elm. —Bonetero, ¿eh? —declaró—. ¿No sois Jayne Milenrama?
El estómago me dio un vuelco. Deslicé los ojos hacia Ravyn. Pero el capitán tenía de pronto la vista clavada en sus botas. El cuello y la mandíbula se le habían enrojecido ligeramente.
Di un paso atrás al recordar al segundo bandido, esos dedos que tiraron con fuerza de mi capucha, las notas hostiles que había en su voz mientras se abalanzaba sobre mí. Mi rabia no hizo sino crecer al darme cuenta de que estaba en una habitación con unos hombres extraños y peligrosos que habían tratado de hacerme daño hacía menos de tres semanas.
Volví a dejarme caer en la silla y me crucé de brazos. Si hubiera tenido más agallas, habría escupido a los pies del príncipe.
—Menuda familia tenéis —le dije a Ravyn, fulminándolo con la mirada—. Un ataque de los dos fue suficiente para mí. Decidle al príncipe que coja su Guadaña y se marche por donde ha venido o no diré ni pío.
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CAPITULO 8
e metí la mano en el bolsillo en busca de mi amuleto. Filick, Elm y Jespyr abandonaron el sótano uno a uno. Ravyn los
Msiguiófuera, donde intercambiaron unas palabras que no pude escuchar.
Tal vez, después de todo, iban a dejar que me matara.
El Tormento se agitó detrás de mis ojos, vigilando la puerta.
En aquella sala sin ventanas, no tenía ni idea de qué hora era. Me hundí en la silla, cansada. Un momento después, Ravyn volvió a entrar en la habitación. Solo que ahora su bolsillo rebosaba luz.
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Me senté mejor, con la espalda erguida y los ojos muy abiertos. Ahí llevaba guardadas algunas cartas de la Providencia. El Tormento había estado en lo cierto…, iba a ponerme a prueba.
El capitán se sentó a mi lado. Su rostro era una máscara de austeridad. Se introdujo la mano a tal velocidad en el bolsillo que no lo vi moverse. Dejó un Águila Blanca sobre la mesa. Me froté los ojos. Estaba más cansada de lo que creía, ya que, por un segundo, me pareció que la luz que procedía de las cartas que Ravyn llevaba en el bolsillo se hubiera extinguido.
El Águila Blanca representaba a un ave sobrevolando un campo de trigo, con los ojos anaranjados y las garras negras y afiladas. Por un lado estaba escrita la palabra «valor». En la otra cara, aparecía la imagen invertida y se leía «miedo».
Contemplé la carta y luego clavé la mirada en el capitán.
—¿Para qué es esto?
—¿Qué es lo que veis? —me preguntó—. ¿Qué color?
Me crucé de brazos.
—¿Acaso no he demostrado hace un momento que podía ver la Guadaña en el bolsillo de vuestro primo?
—Mucha gente sabe que Elm lleva siempre encima su Guadaña — replicó Ravyn—. Puede haber sido pura suerte.
—Yo no consideraría suerte nada de lo que ha pasado hoy, capitán.
Y ahí estaba de nuevo, esa curvatura en la comisura de los labios, ese asomo de sonrisa. Carraspeó y repitió:
—¿Qué color?
—Blanco.
Se llevó la mano al otro bolsillo y sacó un pañuelo de seda negro. —Decidme, señorita Bonetero, ¿podéis ver los colores con los ojos
cerrados?
Se me aceleró el pulso.
—Sí.
—Bien. —Se envolvió los nudillos con el pañuelo—. ¿Accederíais a vendaros los ojos?
Me mantuve en silencio. Ravyn aguardó, con el rostro inescrutable mientras me observaba. Cuando asentí, se puso en pie con el pañuelo de seda en la mano. Tamborileé con las uñas sobre la mesa y comencé a cerrar los párpados.
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A pesar del modo en el que sus dedos encallecidos se enganchaban en el tejido, el tacto de Ravyn era suave. Me remetió los mechones de cabello suelto detrás de las orejas. Luego, pasó el pañuelo dos veces alrededor de mis ojos y lo ató con un buen nudo en la nuca.
No veía nada, ya que el tejido era opaco. Parpadeé e inspiré, siendo consciente de que no existía ningún pañuelo lo suficientemente grueso en el mundo que ocultara el color de las cartas de la Providencia de la vista del Tormento.
Oí a Ravyn mover su silla hacia atrás.
—¿Continuamos? —inquirió.
Lo de antes no había sido a causa de mi cansancio… Los colores estridentes de su bolsillo volvieron a brillar. No fue hasta que Ravyn dejó la siguiente carta sobre la mesa cuando logré vislumbrar el color exacto.
Negro.
Incluso tras la oscuridad de la venda, distinguía ese tono. Negro como mis ojos, como mi magia.
—El Caballo Negro.
Narrado como si fuera un cuento de terror, El viejo libro de los Alisos relataba la historia de la baraja de las doce cartas de la Providencia: la magia que poseían, cómo usarlas y las consecuencias derivadas de abusar de ellas.
El Caballo Negro convertía a su portador en un maestro del combate. El Huevo Dorado garantizaba una gran riqueza. El Profeta permitía vislumbrar el futuro. El Águila Blanca aportaba valentía. La Doncella proporcionaba una gran belleza. El Cáliz transformaba cualquier líquido en suero de la verdad. El Pozo ayudaba a reconocer a los enemigos. La Puerta de Hierro infundía una agradable serenidad, sin importar a qué adversidad se enfrentase su portador. La Guadaña otorgaba el poder de controlar a otros. El Espejo concedía invisibilidad.
El Tormento permitía a quien usaba la carta entrar en la mente de otros. Los Alisos Gemelos podían comunicarse con la entidad más antigua de Blunder, el Ánima del Bosque.
No obstante, igual que la hoja de una espada contaba con dos filos, todas las cartas de la Providencia tenían dos caras. La magia conllevaba un precio. Si se hacía uso de ellas durante un tiempo prolongado, el Caballo Negro podía debilitar a su portador. El Huevo de Oro lo abocaba a una absoluta avaricia. El valor del Águila Blanca se veía reemplazado por el
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miedo. La clarividencia del Profeta impedía que quien la usaba pudiera hacer algo por cambiar el futuro. El suero de la verdad del Cáliz se transformaba en veneno. La belleza de la Doncella endurecía el corazón de quien la empleaba. El portador del Pozo acababa siendo traicionado por un amigo. La Puerta de Hierro robaba años de vida. La Guadaña causaba un gran dolor físico. El Espejo levantaba el velo entre mundos, lo que conllevaba ver fantasmas. El Tormento revelaba los temores más profundos de cada cual.
Y los Alisos Gemelos…, nadie sabía qué sucedía si se usaba esa carta durante demasiado tiempo. No había registros de que alguien lo hubiera hecho.
Un momento después, la oscuridad del Caballo Negro desapareció y otra carta ocupó la mesa.
Rosa. Un brillante color rosa claro.
Me retorcí en la silla.
—La Doncella —declaré—. He visto un par de esas rondando por ahí en este Equinoccio.
—¿Ah, sí?
Suspiré.
—Por desgracia.
—Parecéis no aprobar su uso.
Una punzada de dolor me atenazó el estómago. El rostro afilado de Ione apareció en mi mente.
—Mi opinión es irrelevante.
La risa del capitán le retumbó en el pecho. El tono rosa de la Doncella desapareció y fue sustituido por un turquesa pálido, el color del mar.
—El Cáliz.
Ravyn sacó otra.
Una luz intensa y gris flotó por la estancia.
—El Profeta.
La luz gris del Profeta parpadeó durante un momento. —Decidme, señorita Bonetero, ¿vos tenéis alguna carta? Me mordisqueé el labio inferior. —No.
—Pero vivís con vuestro tío. Seguro que él sí que posee alguna.
Me removí en mi sitio.
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—Eso parecíais pensar cuando me tendisteis una emboscada en el sendero.
No sabía si Ravyn Tejo sentía algún remordimiento. Exhibía una calma experta, y su tono no transmitía más que un modesto interés. Aun así, se apresuró a cambiar de tema.
—¿Cuántas personas están al corriente de vuestra infección? —me preguntó.
Me mordí la lengua y me retiré la venda de los ojos. Ravyn estaba sentado en su silla contemplándome. Busqué señales de hostilidad en su gesto, pero no encontré más que una curiosidad cautelosa.
—¿Cómo sé que no los detendréis por haberme protegido? —inquirí. —Supongo que no podéis saberlo —respondió él—. Pero, como habéis
podido comprobar, no os he detenido a vos, a una mujer muy contagiada de magia. —Ante mi silencio, ladeó la cabeza como un ave—. Simplemente intento comprender el alcance de vuestra condición.
Hice rechinar las muelas.
—¿Para qué? ¿Por qué no me habéis detenido?
—Porque no habéis hecho nada malo. —Hizo una pausa—. Y porque vuestra habilidad es extremadamente útil.
—¿Que no he hecho nada malo? —Enarqué las cejas—. He incumplido la ley…, y además gravemente.
No obstante, Ravyn se limitó a negar con la cabeza.
—No todo el mundo lo ve de ese modo.
—Vuestro tío sí, y eso es lo único que importa.
El capitán de los destreros me miró y, por un instante, sus ojos grises descendieron hasta mi boca.
—Me gustaría continuar, señorita Bonetero. —Señaló el pañuelo que descansaba de forma despreocupada sobre mi frente—. Si no os importa.
Tras soltar un suspiro altivo, volví a taparme los ojos. Una luz dorada inundó la estancia.
—El Huevo de Oro. —Cuando oí que la siguiente carta golpeaba la madera, parpadeé contra la oscuridad de la venda, esperando—. Adelante, continuad —dije.
—Ya he colocado una carta sobre la mesa —respondió Ravyn con calma.
—No veo ninguna carta.
—¿No veis ningún color?
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El Tormento se revolvió, y su susurro me hizo cosquillas en la oreja.
«No hay ninguna carta. Es un truco».
—No hay ningún color —insistí—. No puede haber ninguna carta.
—Os aseguro que sí la hay.
Me quité la venda de la cara de un tirón y un pequeño grito ahogado escapó de mis labios al contemplar la imagen de unos árboles ancestrales unidos por un terciopelo verde bosque. La carta de los Alisos Gemelos.
El Tormento y yo nos dimos cuenta de la verdad al mismo tiempo. La risa me atravesó la garganta.
—No contiene magia —dije—. Es solo papel y terciopelo. Es falsa.
Ravyn sonrió, y una sombra apareció bajo su llamativa nariz.
—¿Estáis segura?
—Completamente, capitán.
Cuando se guardó la carta falsa en el bolsillo, las otras se removieron y sus tonos titilaron. Pude vislumbrar la familiar luz burdeos entre el montón de colores. Entorné la mirada.
—Corren muchos rumores sobre las dos cartas del Tormento —dije con voz cortante—. Pero nadie parece saber que el rey tiene ya una en su poder. Una que su capitán usa con total libertad.
Ravyn no dijo nada. Cuando el silencio entre ambos se volvió demasiado tenso, tamborileé con las uñas sobre la mesa.
—¿Entonces? ¿He pasado vuestra prueba?
El capitán se reclinó en su silla, sin apartar los ojos grises de mi rostro. —Sí parece que podéis ver las cartas de la Providencia. Y habéis conseguido ocultarles vuestra infección tanto a los galenos como a los destreros, a pesar de ser la hija de uno. —Volvió a ladear la cabeza—.
¿Quién más está al corriente de vuestra habilidad para ver las cartas? Me puse tensa.
—Nadie.
Ravyn enarcó las cejas.
—¿Otra mentira, señorita Bonetero?
—¡No! —Me incliné hacia delante y le escudriñé el rostro—. Lo juro.
Mi familia cree que solo me contagié de la fiebre.
No dijo nada, para poner a prueba mi fortaleza con su silencio.
Mantuvo la mandíbula firme, como si fuera de piedra.
Cuanto más tiempo permanecía callado, más aumentaba mi rabia.
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«Sean cuales sean sus motivos —le dije al Tormento—, sigue siendo un destrero. Sigue siendo un salvaje que caza a niños contagiados y envía a sus familias a la tumba. Un paso en falso y, sin duda, hará lo mismo conmigo».
«Pues hazte indispensable, entonces —ronroneó el Tormento para provocarme—. Adelante, hazle una oferta. A ver qué está dispuesto a dar».
Me levanté de una forma tan brusca que mi silla cayó hacia atrás. Desde el rincón, los perros aullaron, y Ravyn se llevó una mano al
cinturón, con la mirada alerta.
—¿Qué sucede?
—Sé que queréis las cartas de la Providencia —le dije; las palabras salían a toda prisa de mi boca—. También sé que no queréis que el rey se entere. De lo contrario, no os habríais molestado en disfrazaros en el sendero del bosque. —Templé la voz—. Os ayudaré a encontrar las cartas. No le diré a nadie que os dedicáis a asaltar caminos con el príncipe. Y vos, a cambio, guardaréis mi secreto. Pero necesito algo más.
Ravyn cruzó los brazos y volvió a escudriñarme.
—Me temo que la decisión de qué hacer con vuestra magia no es solo mía.
Levanté la barbilla. Hasta reclinado tranquilamente en su asiento, Ravyn Tejo me aterraba.
El silencio se alargó, hasta que el capitán me preguntó al fin:
—¿Qué queréis exactamente, señorita Bonetero?
Me temblaron los dedos.
—Quiero que dejéis en paz a mi familia. No los castiguéis por ocultar mi infección.
Asintió despacio.
—Si eso es lo que deseáis…
—Y no volváis a casa de mi tío —añadí—. No posee ninguna carta que vos no me hayáis mostrado hoy.
—Creía que no sabíais nada de las cartas de vuestro tío.
Parpadeé.
—No iba a explicarle cómo robar a mi propia familia a un hombre que me apuntaba al pecho con un cuchillo.
—Muy valiente por vuestra parte. —Ravyn cambió de postura sobre la silla—. ¿Algo más?
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«Te dará lo que sea con tal de contar con tu magia —murmuró el Tormento—. Pídele alguna extravagancia».
«¿Cómo un procedimiento mágico para extraerme un parásito de la cabeza?». Mantuve el gesto neutro y los ojos fijos en el capitán de los destreros.
—Una última cosa.
—¿Sí?
Apoyé las manos contra la mesa y me incliné hacia delante sin apartar la mirada de la suya.
—Debéis jurarme que, sin importar lo que suceda, jamás volveréis a usar la carta del Tormento conmigo, capitán.
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CAPÍTULO 9
avyn me acompañó hasta la escalera.
Era la noche del Equinoccio. Pronto comenzaría el banquete, Rseguido de las celebraciones en la corte: bailes, juegos y todo tipo de desenfrenos motivados por el vino del rey.
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—Debo hablar con los demás. Seguro que seréis capaz de encontrar el camino de vuelta hacia vuestros aposentos —dijo mientras se giraba para marcharse. Entonces, como si hubiera olvidado algo, volvió a mirarme y su voz sonó menos tensa—: Os veré en la cena, señorita Bonetero.
«¿Una amenaza o una promesa?», dijo el Tormento en mi cabeza. Observé cómo el capitán recorría el pasillo a paso ligero. «No se fía de
mí».
«Le has vetado el acceso a tu mente. Si antes no creía que estuvieses ocultando algo, ahora sin duda lo hace».
«Sí que estoy ocultando algo —dije, jugueteando con el dobladillo de mi manga rasgada mientras subía las escaleras—. A ti».
El pasillo estaba atestado. Los criados entraban en las habitaciones con bandejas de vino. Los hombres se reunían en las puertas riendo y fumando. Me mantuve alejada de ellos y rocé el tapiz gris del Profeta. Tan repentinas fueron las ganas que sentí de regresar a la casa Espino, de distanciarme de todo y de todos, que me llevé una mano al estómago.
Cuando abrí la puerta de nuestros aposentos, me encontré a Nya en el salón.
—¡Por todos los cielos! —chilló. La doncella que la atendía tenía los nudillos blancos de tanto apretarle un corsé muy rígido—. Cierra la puerta. ¿Quieres que todo el mundo me vea en paños menores?
La ignoré y me dirigí a mi habitación. Cerré la puerta de un portazo. Me senté encima de la cama y los últimos rayos de luz gris se desvanecieron en la oscuridad. Había estado encerrada durante horas en ese sótano bajo el castillo. Había perdido la mayor parte del día por culpa de Ravyn Tejo. El capitán de los destreros era un hombre extraño. Había llegado a creer que alguien con su puesto sería menos sosegado, más brusco…, más cruel.
Me alegraba de haberme equivocado.
Aun así, su sosiego era, en cierto modo, sombrío. Podía verlo reflejado en su expresión, en el frío control de sus facciones. Él, igual que yo, había aprendido a mantener un gesto impasible, a ocultar sus pensamientos bajo una máscara de control y templanza.
Lo que significaba que, como yo, tenía cosas que ocultar.
¿Por qué si no iban su primo y él a acechar en el sendero del bosque, cuando tenían a su disposición a los poderosos destreros? Si el Tormento estaba en lo cierto, ese era el motivo por el que el capitán quería mi magia.
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Le intrigaba.
«Oscuro y severo es el capitán de los destreros. Con ojos grises y atentos, lo contempla todo desde los tejos. Sus alas son amplias y su pico afilado. Apresúrate, escóndete, o tu corazón acabará desgajado».
Dimia abrió la puerta sin llamar, con el cabello aún húmedo después del baño. Cuando me vio, apretó los labios formando una línea fina.
—¿Dónde te habías metido? Estás hecha un desastre.
—Estaba en el jardín.
—Todos estábamos en el jardín —comentó Nya, que siguió a su gemela al interior de mi habitación. El corsé le aflautaba ligeramente la voz—. Tú eres la única que ha vuelto con el vestido manchado de tierra y zarzas en el pelo.
—Daos prisa —les llegó la voz de Nerium desde la otra estancia—.
Nos esperan en el piso de abajo antes de la octava campanada.
Me retiré una ramita del pelo.
—¿Sabíais que a Ione le han entregado una carta de la Doncella? Mis medio hermanas giraron la cabeza hacia mí con brusquedad. —¿Cómo que le han entregado una? —inquirió Nya.
Dimia se lanzó a la cama, haciendo que sonaran los muelles del colchón.
—¿Quién se la ha dado?
—¿Cuánto ha costado?
—¿Ha cambiado mucho su aspecto?
Fui hacia el aseo mientras me quitaba el vestido sucio.
—Lo único que sé —dije— es que la llevaba encima esta mañana durante el recorrido del jardín. ¿No os ha dicho nada al respecto?
Dimia hizo un mohín.
—A mí nadie me dice nada.
Nya abrió la puerta del aseo con mi vestido verde oscuro en la mano.
Me lo entregó mientras lo examinaba.
—Está bastante bien confeccionado —comentó—. Aunque el color es un poco oscuro para el Equinoccio. ¿Te lo ha regalado padre?
—No —respondí; me pasé una toalla húmeda por la piel antes de aceptar el vestido—. Mi tío.
Nya enarcó las cejas.
—Es más generoso de lo que imaginaba si te consigue vestidos nuevos y ha gastado la mitad de su fortuna en una carta de la Doncella. ¿Quién
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diría que vivir en el bosque es tan rentable?
—No lo es —intervino Nerium, que entró en mi habitación sin esforzarse lo más mínimo en ocultar el hecho de que había estado escuchando detrás de la puerta—. Lo que significa que ha pedido dinero prestado. O que ha llegado a un trato y ha entregado a cambio algo de gran valor.
La risa del Tormento me pilló por sorpresa.
—Toma —me dijo Nya, que me entregó un peine de púas finas—.
Coge esto. Tienes el pelo más enredado que el nido de un pájaro.
Había un gran espejo plateado en la zona común. Una vez que me hube vestido, me acerqué a él, parpadeando ante la mujer que veía en el reflejo. Apenas me reconocía a mí misma en ese vestido de un verde intenso. Dimia se colocó a mi lado y se pellizcó las mejillas.
—Anoche, Alyx Laburno me preguntó por ti.
Me llevé una mano al rostro.
—No le habrás dicho nada, ¿no?
Nya frunció el ceño y formó una línea tensa con la boca.
—No entiendo por qué lo rechazas así —me espetó—. Es agradable y considerado…, demasiado bueno para ti.
—Eso es cierto —dije sin remordimientos.
Nerium apareció detrás de nosotras. Atusó a sus hijas y les pellizcó las mejillas hasta que a ambas se les sonrojaron.
—Ya han sonado las campanas. —Me miró rápidamente de arriba abajo—. Espero que esta noche no hagas nada que nos avergüence, Elspeth.
Se me ocurrían un par de cosas que podrían avergonzar a mi madrastra. Como, por ejemplo, que el capitán de los destreros me persiguiera por la neblina.
«Y que dejaras a dicho capitán inconsciente», dijo el Tormento.
Torcí el labio, pero no sonreí.
Mi padre nos esperaba en el pasillo para acompañarnos, junto con el resto de los hombres. Llevaba puesta su túnica de un intenso rojo carmesí. Le tendió una mano a Nerium. Las gemelas los siguieron, agarradas del brazo, y me dejaron a mí atrás; una sombra junto a su brillante bonetero rojo.
Nos adentramos en el pasillo y nos dirigimos hacia el gran comedor. Eché un vistazo alrededor en busca de Ione y su luz rosa, pero vi muy
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pocas cartas. Los colores que emanaban de tres centinelas destreros inundaban la estancia: un Huevo de Oro, un Cáliz y una Guadaña. No obstante, no había ninguna carta de la Doncella.
Cuando el encargado de anunciar a los invitados pronunció el apellido Bonetero, mi padre y Nerium fueron los primeros en dar un paso adelante, seguidos de mis medio hermanas y, por último, de mí. La multitud se giró para observarnos. El calor me arreboló las mejillas y apreté los puños contra el vestido, decidida a no sentirme tan apartada como ellos pretendían.
El príncipe Elm Serbal se hallaba al pie de la escalinata. La luz roja de su Guadaña nos iluminaba el camino.
Su sonrisa no se le reflejó en los ojos.
—Erik —saludó, extendiendo una mano—. Es una lástima que no nos viéramos en la cacería. Bienvenido al Equinoccio.
—Alteza. —Mi padre se inclinó en una profunda reverencia—.
Gracias por invitarnos.
—Siempre es un placer contar con vos y vuestras hijas.
Dimia soltó una risita y Nya le asestó un codazo. Ambas agacharon sus cuellos de cisne.
Elm les dedicó un leve asentimiento y arrugó la nariz pecosa como si hubiese olido algo podrido. Entonces, dirigió su mirada hacia mí.
—Esta debe de ser vuestra hija de vuestro primer matrimonio.
Mi padre miró hacia atrás, como si acabara de recordar mi presencia. —Elspeth lleva años sin venir al Equinoccio —dijo mientras me hacía
señas para que me acercase al frente—. Elspeth, seguro que recuerdas al príncipe Renelm.
Hice una reverencia. Cuando Elm alargó la mano a modo de saludo, nuestros dedos se rozaron, fríos e indiferentes.
—Bienvenida de nuevo a Stone, señorita Bonetero —me dijo con una mirada pícara—. ¿Me permitís acompañaros a vuestra mesa?
«No se debe confiar en los Serbal. Se aferran con desesperación a sus Guadañas, hambrientos de poder…, de control —declaró el Tormento en mitad del barullo—. Ten cautela».
Me puse tensa y bajé la mirada hacia la carta roja que Elm guardaba en el bolsillo. Aun así, lo agarré del brazo, y la tela de nuestras mangas se entremezcló. Solo era dos años mayor que yo, de la misma edad que Ione. Sus ojos verdes contrastaban con su tez aceitunada y, cuando la luz se
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reflejó en su cabello grueso y desaliñado, este se volvió del mismo color que las guirnaldas que colgaban de los arcos del gran comedor para el Equinoccio: de unos brillantes tonos otoñales.
No cabía duda de que era atractivo. Sin embargo, la luz roja de su Guadaña proyectaba unas sombras extrañas sobre sus facciones. Aparté la mirada, inquieta.
Nos deslizamos por la estancia con la segunda familia de mi padre detrás de nosotros y la gente abriéndonos paso. Con las velas y las antorchas encendidas, el gran comedor desprendía luz, lo que permitía apreciar los elegantes trajes de las casas de Blunder, con los árboles que les otorgaban sus apellidos bordados en el pecho de los vestidos y las túnicas.
Busqué a Ione y a los Espino, pero no los vi; la multitud era tan densa como la neblina.
Un criado pasó junto a nosotros con una bandeja de plata cargada de copas rebosantes. Elm tomó dos y me entregó una con brusquedad, lo que hizo que se derramara un poco de vino a nuestros pies. La tomé con ambas manos, feliz de no tener que seguir tocándolo a él.
El príncipe le dio un buen sorbo a su copa y recorrió la estancia con sus ojos verdes.
—Debéis de ser muy especial —me dijo en voz baja mientras saludaba con la cabeza a los miembros de la corte de su padre con los que nos cruzábamos—. No es habitual que Ravyn deje entrar a alguien en su círculo de confianza.
—¿Confianza?
—Habéis pasado horas los dos solos. —Una tensa sonrisa apareció en su boca—. Además, insiste en que vos y vuestra magia sois, de algún modo, útiles.
Contemplé al segundo hijo del rey mientras se me formaba un nudo en el estómago. Con cuánta facilidad se ponía esa máscara de cordialidad…, de simpatía. Pero en su voz detectaba la desaprobación, la duda. Las olía en él como si fueran humo.
Di un paso atrás. Desconfiaba del príncipe igual que él lo hacía de mí. Pero, antes de poder marcharme de su lado, un hombre alto, atractivo y corpulento se nos acercó. Todos tenían los ojos puestos en él.
—Hermano —saludó el príncipe heredero Hauth Serbal mientras desplazaba la mirada de Elm a mí—. ¿Quién es esta hermosa criatura?
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Si mi opinión sobre Elm era mala, la que tenía sobre Hauth era aún peor. El príncipe heredero era un salvaje. Envuelto por la luz roja de su carta de la Guadaña, Hauth no tenía escrúpulos a la hora de manipular a otros para que cumplieran sus órdenes, sobre todo a quienes desobedecían las leyes de Blunder.
Había llegado a oír que le gustaba ejecutar a los criminales empleando su Guadaña, que los obligaba a hacer cosas horribles en contra de su voluntad. A menudo congregaba a una gran multitud a las afueras de la ciudad y, después de darle tres toques a su carta, enviaba a los acusados, sin ningún amuleto, a morir entre la neblina, entregados a la sal y al hambre voraz del Ánima del Bosque.
Solo estar a su lado me puso la piel de gallina.
Hauth bajó los ojos hacia mí. Era más corpulento que su hermano, con unos músculos prominentes bajo su túnica dorada. Tenía la tez aceitunada y los ojos verdes característicos de los Serbal. No obstante, mientras que la mirada de Elm era penetrante y astuta, la de Hauth era descarada y agresiva.
—¿Sois la hija mayor de Erik?
—Es un placer conoceros, alteza —respondí bajando la cabeza. —¿No nos hemos visto antes?
Elm dejó escapar el aire entre los dientes.
—De ahí la presentación, hermano.
Hauth se acercó, me tomó la mano y me la besó.
—Más vale tarde que nunca.
Su hermano pequeño fingió una arcada.
—Suficiente —dijo, y me apartó del príncipe heredero antes de que este pudiera decir algo más. Sentía los ojos de Hauth clavados en mi espalda, pero no me di la vuelta. Tenía la piel erizada como consecuencia de su tacto—. Necesito otra copa —masculló Elm, y me abandonó sin siquiera mirarme—. No os alejéis demasiado, Bonetero.
Encontré a mi tía junto a una bandeja de comida.
Dio un respingo cuando le toqué el hombro, y luego me envolvió en un
gran abrazo. Cuando se apartó, me miró de arriba abajo con los ojos
abiertos como platos.
—¡Estás preciosa!
Escudriñé a la multitud que la rodeaba. Detecté las características riñas de mis primos pequeños, que corrían por la estancia y de cuyas bocas
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abiertas volaban migas de pan.
—¿Dónde está Ione? —inquirí—. Hemos… discutido. Quiero arreglar las cosas.
Las arrugas de la frente de mi tía se acentuaron. Las lágrimas le humedecieron los ojos. Se frotó la nariz.
—Ione está por ahí con su padre y con el rey. Ay, Elspeth. —Se llevó una manga a los ojos—. Tu tío es un hombre testarudo.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Qué quiere el rey de Ione?
Cuando mi tía habló, se le entrecortó la voz.
—Tu tío le ha entregado la carta del Tormento al rey y ha llegado a un acuerdo…, sin consultármelo.
Oímos un entrechocar de cubiertos que se acercaba a nosotras. Mis primos pasaron corriendo y riéndose con malicia.
—¡Benditos sean los árboles! —exclamó mi tía—. ¿Es que ninguno de mis hijos está bien de la cabeza? —Se estremeció y corrió tras ellos por entre la multitud.
Contemplé cómo se alejaba, con el estómago revuelto.
Una campana repicó en la cabecera de la mesa y la estancia comenzó a llenarse. Permanecí donde estaba, con los brazos cruzados sobre el pecho. El vestido se ceñía bien a mi figura y, por un momento, me quedé completamente inmóvil, envuelta en el suave tejido y absorta en mis pensamientos.
Alguien me dio un golpecito en el hombro.
—Estáis preciosa, Elspeth.
Solté un gemido al reconocer la voz: Alyx.
Cuando me di la vuelta, lo vi allí de pie, luciendo otra túnica de un amarillo intenso, con una amplia sonrisa y los ojos expectantes.
—Acabo de pedirle permiso a vuestro padre para que os sentéis con mis padres y conmigo —comentó—. Ha dado su consentimiento. —Hizo una pausa—. Si estáis de acuerdo, claro.
«Sé que nadie va a preguntarme qué es lo que yo quiero —declaró el Tormento, sarcástico hasta el tuétano—. Pero, por si sentías curiosidad, la respuesta es no. No, no estoy nada de acuerdo».
«Menuda sorpresa», mascullé.
—Escuchad, Alyx…
—Mi madre está deseando conoceros. Le ha hablado mucho de vos…
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No escuché el resto. Por encima del hombro de Alyx, divisé a alguien entre la multitud. Ravyn Tejo se hallaba a unos pasos de distancia, con las manos en la espalda, hablando con otros dos destreros. Se había cambiado la túnica desde la última vez que lo había visto. Ya no llevaba el cinturón con los cuchillos alrededor de la cintura, sino que lo había sustituido por la empuñadura dorada de una larga espada ceremonial. Su túnica era de color azul oscuro, con un ribete dorado y, a pesar de que estuve buscando el burdeos de la carta del Tormento, de sus bolsillos no emanaba ninguna luz. No llevaba cartas encima.
Hacía solo una hora que nos habíamos despedido. Sin embargo, no podía evitar sentir que cada vez que veía a Ravyn Tejo estaba ante un hombre distinto.
Atraído por mi mirada, giró la cabeza. Clavó sus ojos en los míos y los desplazó un instante hacia mi vestido, antes de percatarse de la presencia de Alyx. Por un breve segundo, me pareció ver que elevaba la comisura de los labios.
Alyx seguía hablando cuando Ravyn se nos acercó.
—Y yo… Ah, disculpadme, capitán Tejo —dijo el joven con una inclinación de cabeza—. No os había visto.
Ravyn le devolvió el saludo.
—¿Estáis disfrutando del Equinoccio, Laburno?
—Sí, mucho. Estaba invitando a la señorita Bonetero a acompañarnos a mi familia y a mí durante el banquete.
El capitán volvió a fijar sus ojos en mí. Ahí estaba de nuevo…, esa sonrisa pícara casi imperceptible.
—¿Y vos estáis disfrutando del Equinoccio, señorita Bonetero? —me preguntó.
—Todo lo posible —respondí, en un tono de voz más débil de lo que me habría gustado. Entonces, por despecho, añadí—: Aunque hay demasiados destreros presentes para mi gusto.
Ravyn enarcó una ceja.
—¿Tenéis algo contra los destreros, señorita Bonetero?
—No en contra de todos. —Le escudriñé el rostro. Cuando me percaté del moratón que le oscurecía el pómulo, donde le había pegado antes, una pequeña sonrisa se deslizó por mi boca—. Pero sí de muchos.
Alyx nos miró a uno y a otro.
—Bueno, deberíamos tomar asiento ya, Elspeth. Mis padres…
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Posé una mano sobre su brazo.
—Sois un encanto, Alyx, pero ya les había prometido a los Tejo que me sentaría con ellos esta noche. ¿No es así, capitán?
Alyx se detuvo. Ravyn se pasó una mano por la mandíbula para ocultar su gesto.
—Así es.
El joven Laburno me tomó de la mano y la atrapó bajo su brazo.
—Cuento con el permiso de vuestro padre, Elspeth.
—Pero no con el mío —dije, con más contundencia esta vez—. Si nos disculpáis…
Parecía que Alyx iba a protestar. Abrió la boca y enarcó una ceja. Sin embargo, la mirada glacial que le dedicó Ravyn bastó para sofocar cualquier chispa de ira que estuviera prendiendo en él. Me soltó de la mano, me miró entre enfadado y dolido, y se perdió entre la multitud.
Con los brazos cruzados, el capitán contempló cómo se alejaba.
—No es la victoria que esperaba el pobre Laburno.
—No —coincidí, y me froté la mano mientras la culpa me reconcomía
—. Alyx es demasiado bueno. Lo he tratado peor de lo que se merece. —Es con los buenos con quienes hay que andarse con ojo —declaró
Ravyn.
Levanté la mirada hacia él.
—¿Y qué hay de vos, capitán? ¿Sois demasiado bueno también? Cuando me miró, algo que no supe interpretar iluminaba su mirada
gris.
—No, señorita Bonetero —me dijo—. No soy nada bueno.
La campana volvió a sonar, esta vez con más insistencia. La multitud se desplazó hacia las mesas del centro de la estancia, iluminadas por las velas. Todos se apresuraron a ocupar su lugar. Yo me quedé atrás, sin tener claro cuál era el mío.
—Mi familia está por allí —me dijo Ravyn, que señaló hacia la mesa
—. Si lo de sentaros conmigo iba en serio.
Lo contemplé y respondí en un tono más frío de lo que pretendía. —Supongo que no tengo muchas opciones.
El capitán se encogió de hombros.
—Podríais sentaros con Jespyr. Es más fácil entablar conversación con ella. O, si lo preferís, Elm está justo ahí.
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—Preferiría volver a jugármela con Emory —repliqué—. ¿O se encuentra indispuesto?
Algo cruzó el afilado rostro de Ravyn. Un momento después, ese gesto desapareció y fue sustituido por su habitual serenidad fría.
—Mi hermano no acudirá a la velada de esta noche. —Me tendió un brazo—. ¿Vamos?
Me condujo en silencio hasta nuestros asientos. Acabamos muy cerca de la cabecera de la mesa, donde aguardamos con todos los demás la llegada del rey Serbal. Sentía mi mano cálida contra la manga de la túnica de Ravyn; me puse tensa, sin tener claro cuándo debía soltarlo.
Los destreros se alineaban en la pared frente a nosotros, a la sombra de sus Caballos Negros.
—Cuántos destreros —mascullé.
—Me temo que así es como se hacen las cosas en el hogar de mi tío. —También es el vuestro, ¿no?
—Mi deber requiere que permanezca aquí, con el rey —declaró él con expresión solemne—. Pero este no es mi hogar. La propiedad de mi familia se encuentra en la ciudad. Los destreros suelen entrenar allí, igual que en el pasado lo hacían en la casa Bonetero.
Fruncí el ceño.
—¿Habláis del castillo en lo alto de la colina?
—El mismo.
El castillo Tejo era antiguo; un recinto cargado de historia. La verja de hierro forjado y las oscuras hiedras trepadoras se encontraban bajo la sombra de unos tejos altos y aciagos. Allí dentro se encontraban un jardín de estatuas, un laberinto de piedra y setos, y la mansión imponente y siniestra.
De niña, había pasado por delante de la verja muchas veces, convencida de que bajo aquellos árboles se ocultaba algo a lo que debía temer.
Nunca había estado en el interior.
La campana sonó por tercera vez. Todos nos giramos hacia la cabecera de la mesa. El roce de los vestidos y el murmullo de las conversaciones se apagaron cuando un hombre salió al frente y se dispuso a hacer un anuncio.
—Os presentamos a su alteza real, el rey Quercus Serbal, gobernante de Blunder, custodio de las leyes y protector de las cartas de la
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Providencia.
Todos hicimos una reverencia cuando el rey entró. Recordaba vagamente las facciones del monarca de cuando lo había visto en mi infancia. A lo largo de los años, solo había podido verlo de reojo. Aun así, era evidente que aquel hombre pertenecía a la realeza. Vestido con una túnica dorada ribeteada con elegantes pieles y un serbal bordado en el pecho, el rey se erguía alto y audaz. Su cabello rubio ya canoso enmarcaba un rostro afilado, con una nariz ancha y torcida que el monarca se había roto hacía años.
No era un gobernante encantador ni delicado. «Formidable» y «cruel» eran dos adjetivos que encajaban mejor en su descripción. Y, a pesar de que Blunder no se había visto envuelto en ningún conflicto desde hacía cien años, el rey Serbal parecía más un gran guerrero plantado ante su ejército que un rey ante su corte.
—Su alteza —prosiguió el sirviente—. Hauth Serbal, príncipe heredero de Blunder, destrero y custodio de las leyes.
Hicimos otra reverencia. Aunque más atractivo que su padre, Hauth era, sin lugar a dudas, un Serbal. Corpulento, fuerte y cruel. Del bolsillo de su túnica plateada emanaban unas luces rojas y negras.
Fui a tomar asiento, pero Ravyn negó con la cabeza para advertirme que aguardara.
—Nos hemos reunido en este Equinoccio para honrar a nuestro gran reino —declaró el príncipe heredero—. Esta cosecha no ha sido fácil. El control del Ánima del Bosque sobre Blunder permanece. Aun así, celebremos nuestros triunfos, las mejoras que hemos conseguido para nuestras familias, para nuestra salud y, sobre todo, para el comercio y el uso de las cartas de la Providencia.
El gran comedor estalló en aplausos.
—Muchos de vosotros habéis compartido vuestra riqueza con mi familia —prosiguió Hauth—. Os lo agradezco. No obstante, por encima de la riqueza está el deber. Como príncipe heredero de Blunder, el mío es compartir el legado de mi padre, seguir su camino y el que El viejo libro de los Alisos ha marcado para todos.
El Tormento dejó escapar un siseo.
Hauth le lanzó una mirada a su padre y el rey asintió.
—Al igual que los reyes que lo han precedido, la misión de mi padre ha sido reunir las doce cartas de la Providencia —prosiguió, elevando la
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voz—. Con ellas lograremos levantar la neblina, desterrar al Ánima del Bosque y acabar con la infección mágica en Blunder. —Hizo una pausa—. Esta noche me alegra comunicaros que estamos más cerca de conseguirlo.
El príncipe heredero se giró hacia un lateral de la sala e instó a alguien, que yo no llegaba a ver, a dar un paso adelante.
Dos luces luchaban por imponerse. La primera era de color burdeos y la segunda, rosa. Las llevaba encima una mujer rubia de una belleza espectacular. El corazón me dio un vuelco cuando la voz de Hauth se impuso sobre el estruendo.
—Esta noche —declaró—, gracias a su generosa contribución, mi padre ha nombrado caballero a Tyrn Espino. Y nos enorgullece ofrecerle a su hija un lugar en nuestra familia real.
Los aplausos estallaron a mi alrededor y la sala se llenó de vítores y brindis. El clamor fue incomparable.
A mi lado, Ravyn Tejo soltó el aire con dificultad, como si se le hubiese congelado en los pulmones. Al otro lado de la mesa, Elm Serbal y Jespyr Tejo habían palidecido, y sus rostros reflejaban verdadera sorpresa.
Hauth tomó la mano de la hermosa mujer, que le entregó la luz burdeos y esbozó una sonrisa con sus labios carnosos. Alentado por el alboroto de la multitud, el príncipe heredero sostuvo en alto la carta de la Providencia que enmarcaba un terciopelo del color del vino.
—Os presento —anunció— a la elusiva carta de la Providencia, el Tormento, y a mi futura esposa, Ione Espino.
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CAPÍTULO 10
o podía apartar la mirada. Veía a Ione con claridad, a pesar de la ola de color que se extendía en torno a ella y la convertía en una Ncolumna de humo rosa. Le dio tres toques a su carta de la Doncella y activó su magia. A diferencia de por la mañana, cuando la había visto en el jardín, esta vez estaba cambiada sin lugar a dudas… Era la mujer más
bella que había visto nunca.
Y esa visión hizo que el miedo se apoderase de mí.
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Las lágrimas se me acumularon en los ojos. Su nueva belleza era tal que ya había comenzado a borrar de mi memoria cómo era su aspecto anterior: las facciones amables y suaves del antiguo rostro de mi prima. Tenía los labios más carnosos y, al sonreír, el hueco entre sus dientes había desaparecido. El cabello, de un dorado intenso, era más largo, más brillante, y le caía como una cascada por la espalda, ligero y al mismo tiempo denso. Sus pestañas eran largas y la nariz se le había estrechado levemente. Sus ojos color avellana brillaban con una vitalidad extraña, etérea. Cuando bajó la mirada hacia mi mesa, me obligué a apartar la vista.
Seguía siendo Ione, pero también era una desconocida.
Hubo un chirriar de sillas mientras las familias de Blunder tomaban asiento. Yo permanecí de pie, ajena al mundo.
Los brazos de Ravyn estaban rígidos cuando retiró mi silla para que me sentara. Como aun así no me moví, me rozó la espalda con su mano ancha.
—Por favor, tomad asiento, señorita Bonetero.
Sirvieron el primer plato entre el parloteo aún entusiasta de los comensales, pero no toqué la comida. Me limité a mirar fijamente el tenedor mientras los vestigios de mi vida anterior se me escapaban como el humo por una chimenea.
—¿Vuestro tío tenía en su poder la otra carta del Tormento? —me susurró Ravyn al oído.
Se me escaparon un par de lágrimas traicioneras.
—Sí.
—¿Y no se os ocurrió mencionármelo?
Levanté la vista hacia el capitán de los destreros, atraída por algo en su voz. Su piel cobriza había perdido su calidez y, al hablar, vi cómo se le tensaban los músculos de la barbilla, como si estuviera sometido a mucha presión.
Igual que si me hubieran quitado una venda, lo vi todo claro.
—Me mentisteis —declaré mientras un profundo miedo me atenazaba el pecho—. ¿Por qué iba el rey a querer la carta del Tormento de mi tío si su capitán ya contaba con una? —Me quedé sin aliento—. A no ser… que no lo sepa.
—Silencio —me advirtió. Dirigió la mirada hacia la cabecera de la mesa, hacia el rey. Entonces, como si le estuviera sacando las palabras a la fuerza, bajó la voz—. Nunca he mentido.
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Simplemente, disteis por sentado que el rey sabía que yo estaba en posesión de la carta del Tormento.
La criatura hizo entrechocar sus garras y soltó una carcajada sarcástica.
«Maravilloso —dijo—. Absolutamente maravilloso».
«Cállate y déjame pensar».
«¿No es evidente? El capitán de los destreros es un traidor sibilino y despreciable».
Tuve que sentarme sobre las manos para evitar que me temblaran. «Respóndeme a este acertijo —me pidió el Tormento—: ¿qué tiene dos
ojos para ver, dos orejas para oír y una lengua para mentir? —Como no respondí, soltó una risita—. Un bandido, querida niña».
«Pero Ravyn no ha actuado solo», repliqué, y dirigí la mirada hacia Elm.
«Eso es todavía más curioso —comentó el Tormento—. ¿Acaso el joven príncipe sabe que su primo le está ocultando una carta de la Providencia tan valiosa al rey? ¿O él también forma parte de la conspiración?».
Ravyn me observaba, a la espera.
Cuando por fin me decidí a hablar, me temblaba la voz.
—Explicadme qué está pasando —le pedí—. No voy a arriesgarme a que me tachen de traidora además de portadora de magia.
El capitán apoyó el codo sobre la mesa y la barbilla sobre la mano.
Habló a través de sus dedos, con la voz convertida en un gruñido ahogado.
—Os contaré lo que necesitáis saber. Pero no puedo hacerlo solo.
Tenemos un Consejo.
«Ten cautela —me dijo el Tormento, que tejía sus palabras en mi oído como la tela de una araña—. El tejo es astuto, su sombra desconocida. Se dobla sin partirse, sus secretos nunca olvida. Mira más allá de sus ramas retorcidas, ahonda bien hasta las raíces. ¿Va tras las cartas de la Providencia… o es el trono lo que ansia?».
Me giré hacia Ravyn, envalentonada.
—Debéis contármelo todo.
El capitán enarcó una ceja y me lanzó una mirada fulminante por encima de su larga nariz.
—Hay cosas que debo hacer…
—¿Queréis mi magia? —lo interrumpí—. Pues convocad a vuestro Consejo. Quiero la verdad. Ahora.
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Abandonamos la mesa por separado. Cuando por fin salí del gran comedor y me encontré con Ravyn al final del pasillo del servicio, no disimuló su impaciencia.
—¿Os ha visto alguien?
—No creo —respondí con los labios apretados—. Tal vez mi madrastra.
Tuve que levantarme la falda para poder seguirle el ritmo, y di gracias a que mi zapatero no me había puesto tacón en el calzado. Ravyn caminaba a paso ligero, entrando y saliendo de estancias en las que yo no había estado nunca.
Una de ellas, varios pisos por encima del gran comedor, estaba cerrada.
El capitán se llevó una la mano al bolsillo, sacó una llave y abrió la puerta. Se apresuró a entrar y, con un movimiento de cabeza, me indicó que pasara.
—¿Dónde estamos? —Caminé a tientas por la oscuridad y me golpeé el dedo del pie con algo endeble… Un libro.
—En mi habitación. Cerrad la puerta.
El dormitorio estaba a oscuras, salvo por una chimenea con el fuego medio consumido. El color rojo de las ascuas resplandecía contra la pared del fondo. Ravyn cruzó la estancia y soltó una maldición. Un libro salió volando de debajo de su bota y cayó varios metros más adelante. El capitán se agachó junto al fuego y lo avivó con su aliento, lo justo para encender una sola vela.
El olor a polvo con sutiles toques de clavo y cedro me subió por la nariz mientras echaba un vistazo por la estancia. No era de extrañar que Ravyn se hubiera tropezado. Había muchos libros tirados por el suelo, algunos apilados y otros bocabajo, con las páginas abiertas como las alas de un pájaro muerto. Lo mismo sucedía con la ropa. Túnicas, jubones y capas se amontonaban en el suelo, sobre el respaldo de las sillas o en el armazón de la cama, en la que apenas había mantas.
Si se hubiera tratado de un dormitorio más pequeño, habría parecido atestado, con todas sus pertenencias desperdigadas de cualquier manera, creando sombras y macabras sobre el suelo de madera. No obstante, la habitación del capitán era espaciosa, y parecía aún más grande por la
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ausencia de decoración. Los únicos muebles que había allí aparte de la cama eran unas cuantas sillas, un armario y un pequeño lavamanos en un rincón con un espejo avejentado mal apoyado sobre él.
No era lo que esperaba de una persona tan severa. Orden, limpieza y disciplina…, como mi padre. Esas eran las cualidades que le atribuía al capitán de los destreros.
O bien Ravyn Tejo se había quedado a medias mientras ordenaba su dormitorio, o bien se trataba de lo que cada vez parecía más evidente…
Que no era el hombre que me había imaginado que era.
El tintineo de las llaves me sacó de mi ensimismamiento. En el otro extremo de la estancia, la vela de Ravyn titiló hacia el armario. Detrás de este brillaba una intensa luz burdeos, tan oscura que costaba distinguirla.
La segunda carta del Tormento. La carta de Ravyn.
Mantuve una mano sobre el picaporte.
—¿Qué estáis haciendo?
—Queríais que convocara a mi Consejo, ¿no es así? ¿Esperabais acaso que lo hiciera delante de toda la corte de mi tío?
Oí cómo se abría el cerrojo. Ravyn abrió las puertas del armario y dejó salir más luz color burdeos. Tomó la carta del Tormento y le dio tres toques. Contuve el aliento y me encogí. Cuando no sucedió nada, el silencio empezó a resultarme ensordecedor.
—¿Cómo funciona? —solté—. La carta del Tormento.
—Funciona mejor cuando puedo concentrarme.
—Ya, pero ¿cómo hacéis para evitar escuchar los pensamientos de todo el castillo? ¿Hace falta…?
Ravyn me miró entornando los ojos.
—Concentración, señorita Bonetero. Mucha concentración. Así que, por favor, si no os importa, guardad absoluto silencio.
Apreté la mandíbula y recé para que no rompiera su promesa y se colara en mi mente.
«Guarda silencio. Sé lista. No podrá oír tus pensamientos a no ser que se concentre en ti».
«¿Por qué estás tan seguro?», exigí saber.
La risa del Tormento retumbó en la oscuridad.
«Sé un par de cosas sobre las cartas de la Providencia, querida».
«Lo dudo».
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El Tormento no dijo nada más. Su silencio era una provocación. Hasta eso parecía ser un juego para él.
Y, como en la mayoría de los juegos a los que me retaba, yo estaba a punto de perder.
«¿De verdad sabes algo sobre las cartas?», inquirí.
Volvió a reír, esta vez de forma más cruel. Definitiva.
Sacudí la cabeza.
«Eres de tan poca ayuda como siempre. Ahora cierra el pico o, de lo contrario, el capitán escuchará todo el ruido dentro de mi cabeza».
«Eres tú la que está gritando, Elspeth».
Se me ensancharon las fosas nasales.
«Solo intento salir de este enorme desastre sin informar al capitán de los destreros de que un monstruo de quinientos años vive dentro de mi cabeza».
«Querrás decir “traidor de tomo y lomo”, no “capitán”. Al fin y al cabo, querida, solo se crearon dos cartas del Tormento. Los Serbal llevan mucho tiempo buscando una, y resulta que la tienen aquí, escondida a plena vista en el castillo del rey, delante de sus narices».
Miré a Ravyn, que estaba tan inmóvil que bien podría haberse tratado de otro mueble de esa habitación en penumbra.
«No sabemos por qué le oculta esa carta del Tormento a su tío —dije
—. Podría existir un motivo plausible».
«Los motivos plausibles no sirven de nada en la horca. El bandido con
el verdugo se encontrará, de un modo u otro».
Ravyn le dio otros tres toques a la carta del Tormento y se la guardó en el bolsillo. Giró sobre sus talones y vino hacia mí tan rápido que di un respingo.
—He hablado con mi familia —me dijo—. Nos reuniremos con ellos en el sótano.
Abrí la boca al tiempo que empujaba el picaporte. Me preguntaba cuántos miembros de la familia de Ravyn estarían al tanto de su duplicidad, de su carta del Tormento. Pero, antes de poder abrir la boca para decir algo, el capitán se me echó encima. Apoyó una mano sobre la mía para evitar que pudiera abrir la puerta.
—¿Qué estáis…?
—¡Silencio! —me instó, y llevó un dedo a mis labios.
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Me quedé inmóvil y agucé el oído hasta que percibí el sonido de unos pasos.
—Últimamente siempre está de mal humor —dijo la voz de un hombre en el pasillo—. Incluso violento.
—Eso era de esperar —comentó otra voz, justo detrás de la puerta del dormitorio—. Sin una Guadaña, el chico puede volverse difícil de controlar.
Sentía como el pecho de Ravyn se encogía mientras contenía el aliento y unas afiladas líneas de tensión se le extendían por el rostro. Permanecí inmóvil, contemplándolo, y él mantuvo el dedo sobre mis labios. Lo tenía caliente, con la piel áspera. Intenté no mover la boca, atenuar la profunda incomodidad que sentía al encontrarme atrapada tan cerca del capitán de los destreros. Pero lo único que logré fue contener la respiración.
Y ni siquiera eso me duró mucho. Sobre todo por lo rápido que me latía el corazón. Inspiré con brusquedad y mis labios se abrieron contra la piel de su dedo. Ravyn bajó la mirada hacia mi boca. Deslizó el dedo por encima y sus ojos se encontraron con los míos durante un segundo, antes de que volviera a fijar la vista en la puerta. Y, aunque estaba demasiado oscuro como para estar segura, me pareció ver que se le ruborizaba el cuello.
Los hombres en el pasillo continuaron hablando.
—Puedo duplicar la dosis de sedación. Claro que, con lo protector que es el capitán de los destreros, me temo que no me permitirá administrársela.
—No molestes al capitán con noticias sobre su hermano —declaró el otro—. Si Emory te da algún problema, acude a mí. Y, hagas lo que hagas —le advirtió—, no dejes que el chico te toque. Eso solo te alterará.
Las voces se fueron perdiendo por el pasillo, cada vez más lejos. Un momento después, se habían marchado, y el latido de mi corazón pasó a ser el único sonido de la estancia.
Levanté los ojos hacia Ravyn, buscando unas respuestas en su rostro
que yo no lograba desentrañar. Emory. Hablaban de Emory…, de su
naturaleza peligrosa e inestable.
—¿Quiénes eran? —susurré.
—Galenos —respondió con unas arrugas marcadas en la frente—. El primo de Filick.
—¿Orithe Sauce? —logré decir.
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—¿Lo conocéis?
Un hombre larguirucho con los ojos lechosos apareció en mi mente. —Vino a casa de mi tío a buscar alguna señal de la infección entre mi
familia.
Ravyn se puso tenso.
—¿Y nunca os analizó la sangre?
—No. —Proferí un ruidito, como si alguien me apretara la garganta con los dedos—. Mi tía me ocultó.
El capitán bajó la mirada hacia mí. Una parte de la tensión había desaparecido de sus facciones. Apartó su mano de la mía aún sobre el picaporte, y me acarició los nudillos con su pulgar cálido y encallecido. Pretendía ser un gesto reconfortante, un ligero reconocimiento de mi miedo. Y así fue.
Pero eso no explicaba por qué ambos apartamos de inmediato los ojos. Ravyn se acercó al armario de caoba que se hallaba en el rincón más alejado del dormitorio, abierto. Oí el roce del tejido cuando apartó la ropa
hacia un lado y dejó a la vista el firme tablero de madera del fondo. Entrecerré los ojos. Había una carta en el armario, de eso estaba
segura. Pero no era capaz de distinguir su color…, solo que era oscura.
Ravyn golpeó la tabla tres veces. Al cuarto golpe, oí el eco del vacío. Con un gruñido, arrancó algo que yo no llegaba a ver de detrás del panel secreto del armario.
Solo cuando logró sacar la carta, comprendí cuál era su color. Un morado intenso y regio, como una piedra de amatista que una vez había visto en la calle del mercado. Esa segunda carta oculta era casi tan peculiar como el Tormento… e igual de aterradora.
El Espejo.
El Tormento arrastró sus garras por el interior de mi cabeza, como si estuviera atrapado detrás de unos barrotes. Sentí cómo se le extendía una sonrisa por el rostro, la forma en la que agitaba la cola.
«Esto es aún mejor».
De todas las cartas de la Providencia de las que se tenía constancia en El viejo libro de los Alisos, el Espejo era la que más me aterraba cuando era niña.
Retrocedí hasta chocar contra la puerta, temerosa de estar demasiado cerca de esa carta.
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«Cuánto temor —dijo el Tormento—. Cuánto poder. Ver más allá del velo…, menudo placer».
«Ser invisible no tiene nada de placentero —dije—. Ni ver a los muertos».
La criatura guardó silencio durante un momento.
«Algunos darían lo que fuera por hablar con sus difuntos seres queridos».
Ravyn cerró el armario y enfiló hacia la puerta, deteniéndose solo cuando nuestras miradas se encontraron.
—¿Qué sucede?
Me quedé contemplando la carta del Espejo que llevaba en la mano.
—¿Vais a usar eso?
—Es para vos.
Se me escapó el aire por la boca abierta. Me metí las manos en los bolsillos.
—No puedo —respondí demasiado rápido.
El capitán enarcó una ceja.
—Confiad en mí. Querréis evitar a Orithe.
«Esta es tu oportunidad —dijo el Tormento con la voz cargada de malicia—. Cuéntale cuál es tu verdadera magia. Adelante. Dile por qué te niegas a tocar las cartas de la Providencia».
«Esto no es ningún juego —le repliqué—. Si le cuento que puedo absorber cualquier carta que toque, querrá saber el resto. Descubrirá tu presencia».
«¿Y tan malo sería eso?».
Lo ignoré y me armé de valor.
—No tengo ninguna intención de usar las cartas de la Providencia —le dije a Ravyn.
El capitán clavó sus ojos grises en mi rostro.
—¿Y eso a qué se debe, señorita Bonetero?
—Todo tiene un precio —respondí, y me obligué a mantener la firmeza en la voz—. No corro riesgos. Ni siquiera con las cartas. Por favor, capitán, no puedo hacerlo.
Siguió una intensa pausa, en la que él dejó la mirada sobre mi rostro demasiado tiempo. Al fin, carraspeó.
—Muy bien. En ese caso, no os importará que la utilice yo, ¿verdad?
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La luz del pasillo inundó la estancia oscura cuando abrí la puerta. Me giré y aguardé para seguir a Ravyn, quien de repente se había esfumado…, había desaparecido.
Abrí mucho los ojos y solté un chillido.
Una ligera risa resonó en el espacio que había ocupado antes el capitán de los destreros.
—¿Cómo…? ¿Seguís…?
—Estoy justo aquí —dijo Ravyn, lo que provocó que yo diera un respingo.
Alargué la mano, esperando no toparme con nada, pero mis dedos tropezaron con la seda de la túnica y los músculos marcados del estómago del capitán.
Retiré la mano de inmediato.
—Ya. Mmm, lo lamento.
—Es mejor si no me ven —explicó—. Se supone que esta noche debería estar vigilando a los invitados. ¿Podéis ver la carta?
La luz morada flotaba como si tuviera vida propia, como un hada de color amatista en pleno vuelo.
—Sí.
—Bien. Ahora cerrad bien la boca y seguidme.
—Las cartas de la Providencia —mascullé mientras seguía las luces moradas y burdeos a través de Stone. Solo habían sido necesarios tres toques a la carta del Espejo para que funcionara. Aunque mi habilidad para absorber las cartas provocaba que estar tan cerca de ellas me cerrara el estómago de miedo, no podía evitar sentir una cierta fascinación por el poder que entrañaban.
Pero no alimenté esa fascinación. Era mejor dejarla morir de hambre; sabía que nunca volvería a tocar otra carta de la Providencia en mi vida.
El eco de la voz del Tormento reverberó en mi mente. «Todo tiene un precio —murmuró—. Nada es seguro. La magia es cálido amor, pero también odio oscuro. Conllevará un coste: aunque te encuentres, estarás perdido. La magia es cálido amor, pero…».
«¿Puedes dejarlo ya? —estallé—. Solo por esta noche, por una maldita noche, ¿puedes dejar estar El viejo libro de los Alisos?».
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No obstante, mi frustración pareció agradarle y, durante los siguientes minutos, seguí a Ravyn Tejo por el castillo acompañada del sonido de la risa del Tormento.
Cuando llegamos al pie de la escalera principal, me llegó el bullicio del gran comedor. La luz morada que flotaba en el aire se detuvo de forma brusca.
Me choqué con Ravyn y me golpeé la cara contra su omóplato. —¿Qué…?
—Elspeth —me llamó una voz.
Era una que conocía demasiado bien…, la cadencia fría y altiva de la voz de Nerium.
Sentí que se me revolvían las tripas. Cada zapateo suyo fue como un clavo en mi ataúd.
—Nerium —dije, y me froté la nariz, consciente de que estaba viendo a mi madrastra a través del cuerpo invisible de Ravyn—. ¿Estás disfrutando del Equinoccio?
—Estaba disfrutando bastante —me respondió, y se acercó tanto que Ravyn se vio obligado a quitarse de en medio para colocarse junto a mí. La voz de mi madrastra se volvió inquietantemente baja—. Hasta que te he visto abandonar la mesa del rey con Ravyn Tejo.
—Solo me estaba acompañando a…
—Ahórratelo —me espetó, y bajó aún más la voz cuando Wayland Pino y sus tres hijas pasaron por nuestro lado—. Me da igual con quien quieras echar por tierra tu reputación, pequeña idiota —me reprendió—, siempre y cuando no sea con el capitán de los destreros. ¿Acaso te has parado a pensar en lo que nos pasaría si él… —miró a su alrededor entornando su mirada azul— descubriera qué eres en realidad?
Dejé escapar un lento suspiro.
—¿Y qué soy, Nerium?
Entrecerró sus ojos azules como el hielo.
—Lo mismo que era tu madre. Rara, febril —susurró entre dientes—.
Infecta.
Nunca la había oído pronunciar esa palabra. Nunca se había atrevido, no delante de mi padre.
Pero el vino del rey la había envalentonado, había dejado salir aquel odio silencioso que sentía por mí, largamente reprimido.
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Su odio me dolía, pero no me sorprendió. En todo caso, sentí un ligero alivio por haber dejado las apariencias atrás. Pero había mencionado a mi madre. Y, por ese motivo, no iba a dejarla irse de rositas. Durante demasiado tiempo le había permitido que interpretara mi silencio como debilidad.
—No importa lo que fuera mi madre…, lo que sea yo. Siempre habrá alguien que se preocupe por gente como nosotras, Nerium.
—¿Cómo quién? ¿Como tu padre? —Su carcajada fue cortante; su objetivo era hacer daño—. Te envió lejos, querida. Tu padre te sacó de casa. ¿Cómo puedes estar tan segura de que le importas lo más mínimo?
Me mordí la cara interna de la mejilla y el calor comenzó a subirme por el rostro.
—Conserva las habitaciones tal y como las dejó mi madre, Nerium. Por eso se niega a que redecores la casa Bonetero. Mantiene las cosas exactamente como eran cuando ella vivía. Ordena que siempre haya flores de iris en el salón. —Apreté la mandíbula para impedir que se me saltasen las lágrimas—. No sé si yo le importo o no. Pero de lo que sí estoy segura es de que, mucho después de que tú y yo ya no estemos, cuando esa casa se venga abajo, solo quedarán dos cosas: el bonetero plantado en el centro del patio —la miré sin vacilación— y el mostajo que mi padre plantó a su lado el día en el que murió mi madre.
A Nerium se le empañaron los ojos. Apretó los labios y cerró los puños. Por un momento llegué a pensar que me pegaría. No obstante, no dijo nada.
Se dio la vuelta y volvió a unirse a las celebraciones con la misma premura con la que las había abandonado hacía un momento.
La contemplé alejarse e intenté no mirar hacia la luz morada que flotaba a mi lado.
—¿Conocíais a mi madrastra, capitán? —susurré mientras lo que quedaba de mi rabia se concentraba en una única lágrima que me resbaló por la mejilla—. Una mujer encantadora.
Con el mismo pulgar encallecido con el que me había acariciado los nudillos en su habitación, Ravyn me secó esa lágrima, arrastrándola hasta hacerla desaparecer. Se desvaneció en un instante. Su voz sonó cerca de mi oído.
—Vamos.
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Los pasillos del piso de abajo estaban mal iluminados. Solo la luz de las cartas de Ravyn evitaba que me tropezara. No tenía ni idea de cómo él era capaz de ver en la oscuridad. Tal vez estuviese acostumbrado a recorrer ese camino.
Reconocí el lugar antes de que llegásemos a las puertas con los ciervos tallados. Era la misma estancia en la que habíamos estado hacía unas horas. Di un respingo cuando el capitán de los destreros apareció de repente a mi lado.
—Lo habéis hecho bien —me dijo bajando la mirada hacia mí—. Con vuestra madrastra.
Me pasé una mano por el rostro.
—No nos llevamos muy bien.
—¿Siempre os habla de ese modo?
—Eso cuando se digna a hablarme. Aunque imagino que hubiera escogido mejor sus palabras si hubiese sabido que no estábamos solas.
Ravyn se guardó la carta del Espejo en el bolsillo. Su luz violeta se unió a la burdeos del Tormento.
—Debo advertiros —me dijo, y señaló hacia la puerta con la cabeza— que esto tampoco será agradable.
—¿A qué os referís?
—Dijisteis que queríais saberlo todo. Eso es un arma de doble filo, señorita Bonetero. —Llamó tres veces a la puerta. Luego, una cuarta y una quinta.
La puerta se abrió desde dentro, y en el umbral nos recibió el distintivo gruñido de los sabuesos. Entré detrás de Ravyn, agarrándome la falda, con el corazón en un puño.
Se hallaban sentados alrededor de una mesa redonda. Eran cinco: Jespyr Tejo, Elm Serbal, Filick Sauce y otras dos personas que no me habían presentado, pero que reconocí por la insignia del tejo que llevaban bordada en la ropa. Fenir y Morette Tejo. Los padres de Ravyn.
Había una única silla en mitad de la estancia, y la luz de la chimenea proyectaba sombras largas a su alrededor.
El capitán de los destreros la señaló, indicándome que me sentara.
El Tormento se deslizó hasta ocupar la primera fila de mi mente; pendiente, atento. «Que comiencen las pesquisas».
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CAPÍTULO 11
n la estancia había otras tres cartas de la Providencia además de la de Ravyn. La Guadaña de Elm, el Cáliz del bolsillo de la túnica de EJespyr y la luz gris de un Profeta que emanaba de Morette Tejo. Me agarré al borde de la silla mientras buscaba algún signo de compasión en sus
rostros.
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Pero me recibieron en silencio…, ocultos tras una máscara de impasibilidad.
La puerta del sótano se cerró de un portazo. Me empezaba a acostumbrar al sonido de aquellos cerrojos.
Como nadie decía nada, Ravyn carraspeó.
—Ella es Elspeth Bonetero, la primogénita de Erik, sobrina de Tyrn Espino.
Los presentes prorrumpieron en murmullos al oír el nombre de mi tío. Pasado un momento, el capitán de los destreros se dirigió a mí con un
gesto indescifrable.
—Estos son mi madre y mi padre, Morette y Fenir Tejo. Al galeno Sauce, a mi primo y a mi hermana ya los conocéis.
La tenue luz en la estancia hacía que fuera difícil apreciar el parecido entre Ravyn y sus padres. Morette era la hermana del rey, y sus ojos eran del verde de los Serbal. Fenir, al igual que Jespyr, tenía unos intensos ojos marrones, mucho más oscuros que lo de Ravyn y Emory, de un gris brumoso. La única similitud que veía entre ellos era esa nariz larga y elegante en el rostro severo de Fenir Tejo, igual que la del capitán.
—Tengo entendido, señorita Bonetero —declaró Fenir con voz grave
— que deseáis conocer la verdad sobre nosotros. La razón por la cual estamos buscando cartas de la Providencia.
Asentí, con los músculos en tensión.
—Antes de desvelaros la verdad, debemos asegurarnos de que la merezcáis —prosiguió—. ¿Estáis dispuesta a someteros a nuestro foro, a que este Consejo ponga a prueba vuestra integridad?
Ravyn se colocó detrás de mí. Volví la cabeza y lo fulminé con la mirada.
—¿Someterme?
El capitán se cruzó de brazos.
—Es lo que queríais, ¿no? Nuestra confianza. —Quería respuestas.
—Y yo una noche de borrachera desenfrenada —dijo Elm desde la mesa mientras hacía girar la Guadaña entre sus largos y finos dedos—. Y, a pesar de eso, aquí me tenéis, en este escobero por segunda vez hoy. Así que, si no es mucho pedir, señorita Bonetero, tomad asiento de una maldita vez para que podamos acabar con esto.
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Ravyn le lanzó a su primo una mirada asesina y se llevó una mano a la frente. Parecía cansado. Cansado y profundamente molesto.
—Solo de esta forma conseguiréis vuestras respuestas, señorita Bonetero —declaró—. Todo tiene un precio.
«Todo tiene un precio», murmuró el Tormento, dándole la razón. Solté un suspiro. Quería que mi voz transmitiera exasperación, pero se
me entrecortó y delató el desasosiego que había anidado en mi pecho.
—De acuerdo —dije—, me someteré a vuestro foro.
Elm y Jespyr se levantaron de sus asientos y se me acercaron. Ravyn se les unió.
—Es bastante simple, señorita Bonetero —me dijo el capitán—. Cada uno de nosotros posee una carta de la Providencia. Escoged una y procederemos a usarla.
Elm, Jespyr y Ravyn sacaron las cartas de sus bolsillos: la Guadaña, el Cáliz y el Tormento. Rojo, turquesa o burdeos. Control, suero de la verdad o introducirse en mi mente. El capitán de los destreros dejó el Espejo en el interior de su capa.
Al instante, se me formó un nudo en el estómago.
—Son para juzgar vuestra honestidad —dijo Jespyr.
«Más bien son para evitar que mientas», comentó el Tormento.
Ante mi silencio, Jespyr suavizó el tono:
—Me temo que es una prueba por la que todos tenemos que pasar. Desde la oscuridad, el Tormento volcó sus pensamientos sobre los
míos. «Escoge la Guadaña, niña. Confía en mí».
Miré a Elm. Incluso en esa postura desgarbada, el príncipe era sin lugar a dudas el más alto de los tres. Su cabello castaño le caía revuelto por la frente. Cuando me pilló mirándolo, me guiñó un ojo y torció los labios formando una sonrisa que recordaba a la mueca de un zorro. Me estaba retando.
La rabia hizo que me hirviera la sangre.
—La Guadaña —respondí, y crucé los brazos.
La sonrisa del Príncipe se ensanchó.
Jespyr se encogió de hombros y volvió a la mesa con Filick y sus padres. Elm siguió dándole vueltas a la carta de la Guadaña, girándola entre el pulgar y el índice mientras se acercaba a la chimenea y apoyaba el codo sobre la repisa.
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Ravyn no se sentó. Se guardó la carta del Tormento en el bolsillo y se acercó a la pared que quedaba frente a mí. Los perros lo siguieron entre bostezos antes de tirarse a sus pies. Solo podía ver la mitad de la cara del capitán; la otra mitad estaba oculta en las sombras. Sin embargo, lo que sí sabía es hacia dónde dirigía su mirada. Dos ojos del color de las nubes de tormenta estaban fijos en mí.
Se me aceleraron las pulsaciones.
Elm le dio tres toques a la carta roja.
—¿Alguna vez os habéis visto sometida al poder de la Guadaña, Bonetero?
—No.
—Es menos violento de lo que esperáis. No puedo obligaros a decirme la verdad, no como lo haría el Cáliz. Solo puedo influir en vuestras emociones, en vuestra disposición a contarme todo lo que quiero saber.
—Suena horrible.
El príncipe sonrió, pero no había ni rastro de humor en esos ojos verdes.
—Algunos creen que la Guadaña obliga a la mente a volverse contra sí misma, a sentir emociones que no son suyas. La verdad es que la carta no obliga a nada. Os sentiréis algo rara, puede que se os nuble la vista. Pero, al final, querréis hacer todo lo que yo os pida. Eso da algo menos de miedo, ¿no?
—No tengo miedo —dije entre dientes.
Me envolvió una sensación de calidez, de ligereza. Mi miedo y mi tensión habían desaparecido. De repente, la habitación parecía menos oscura. Los perros, acurrucados a los pies de Ravyn, formaban una estampa adorable. Cuando levanté la mirada hacia los demás, me sentí feliz, y mi ceño fruncido se transformó en una sonrisa que dejó al descubierto las líneas de expresión de la cara.
«Querida —dijo el Tormento—, no puedes ponerle tan fácil que te controle».
No podía evitarlo. Estaba feliz…, eufórica. Mis carcajadas inundaron la estancia como un pan que se elevara en un molde. Me sequé las lágrimas de los ojos y me llevé una mano a la boca para intentar sofocar las risitas que salían de mi interior. Miré a Ravyn, deseando vislumbrar esa elusiva media sonrisa. Me contemplaba desde las sombras, con la boca apretada. Saber que tenía la vista fija en mí me hizo todavía más feliz. Me
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doblé por la mitad con las manos en el estómago y liberé mi eterna tensión por medio de la risa, sin una preocupación en el mundo.
Mi alegría desapareció de repente, y fue sustituida por la desesperanza y una necesidad repentina y violenta de autolesionarme.
Me abofeteé a mí misma. Con fuerza.
El Tormento siseó, y su rabia se extendió por toda mi mente. Levanté la mirada hacia Elm con los ojos muy abiertos.
Sin embargo, la necesidad de hacerme daño siguió aumentando, insaciable, y solo pude aplacarla volviendo a abofetearme a mí misma. Solté un grito, con la mejilla dolorida, y de pronto fui consciente de que no tenía control sobre mis emociones, de que era incapaz de detenerlas.
En la mesa, mi público se removió incómodo.
—Elm —le advirtió Morette Tejo.
—Debo asegurarme de que tengo control sobre ella antes de empezar —declaró el príncipe, con su hermoso rostro en calma—. De lo contrario, puede haber grietas en mi poder de influencia.
Cuando me abofeteé por tercera vez, Ravyn se apartó de la pared con tanta brusquedad que los perros se levantaron de un salto, gruñendo.
—Suficiente —ordenó con un tono glacial.
—Vale, vale —dijo Elm, y me guiñó un ojo—. Lo siento. Tenía que asegurarme de que todo está bien atado.
Sentía la mejilla medio dormida. Me ardía.
—¿No podíais ponerme a dar vueltas por la habitación? —siseé entre dientes.
—Cualquiera puede hacer eso. No todos están dispuestos a pegarse a sí mismos.
«Debería haber escogido el Cáliz. Al menos Jespyr no es una cabrona furiosa».
«Cálmate —dijo el Tormento—. Déjale creer que tiene el control».
«Es que lo tiene».
Elm volvió a apoyarse contra la repisa de la chimenea y se inspeccionó las uñas, como si ya estuviera aburrido.
—Es toda tuya —le dijo a su tío.
Fenir Tejo cruzó las manos encima de la mesa.
—¿Por qué no empezáis hablándonos de vos, señorita Bonetero? Intenté ignorar el dolor de mi mejilla. El impulso de autolesionarme
había desaparecido. En su lugar, sentí un imperioso deseo de decir la
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verdad. Entorné la mirada hacia Elm, quien blandía la Guadaña que me empujaba a responder.
—Nací hace veinte años en la casa Bonetero, en Blunder —dije—.
Pero solo viví allí hasta los nueve años.
—¿Fue entonces cuando contrajisteis la infección y os marchasteis a la casa Espino?
Asentí.
—Vuestro padre era el capitán de los destreros —dijo Fenir con el ceño fruncido—. ¿Por qué no informó de que padecíais la fiebre?
Esperaba esa pregunta.
—Creyó que podría poner en riesgo a su segunda esposa y a sus hijas, por eso me envió lejos. —Se me endureció la voz—. Pero no deseaba verme morir.
Elm continuó limpiándose las uñas.
—¿Quién iba a decir que Erik Bonetero tiene corazón?
Fenir ignoró a su sobrino.
—¿Por qué os envió con los Espino?
—Mi madre y mi tía estaban muy unidas. —Hice una pausa—. Aunque sospecho que lo que convenció a mi padre fue que la casa Espino se encontraba en el bosque, lejos de miradas indiscretas. A cambio, le ofreció dinero a mi tío.
Jespyr se inclinó hacia delante. No pasé por alto la sorpresa que había en su voz.
—¿Erik les pagó para que os acogieran?
Dicho en voz alta, parecía lamentable. Pero yo no era de las que se compadecían.
—A quien pagó fue a mi tío —espeté—. Mi tía no se dejó comprar.
—Cómo le gusta el dinero al viejo Tyrn —masculló Elm.
Fenir me observaba y sopesaba mis palabras, aún no sabía con qué objetivo.
—Habéis vivido muchos años con los Espino. Debéis estar al corriente de cómo se topó vuestro tío con su carta del Tormento.
El estómago me dio un vuelco.
—No. Por entonces…, yo era una niña. Solo recuerdo que, cuando volvió a casa con ella, tenía la espada ensangrentada.
Fenir parpadeó.
—¿Una niña? ¿Desde cuándo tiene Tyrn la carta?
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Hice una mueca.
—Desde hace once años.
Un grito ahogado colectivo inundó la estancia.
—Esa carta vale una fortuna —exclamó Jespyr—. ¿Por qué diantres iba Tyrn Espino a aferrarse a ella durante tanto tiempo?
—Esperaba conseguir la oferta adecuada —declaró Morette Tejo, con su largo y oscuro cabello cayéndole sobre un hombro—. Y, ahora que su hija está prometida con Hauth, el linaje de Tyrn heredará el trono.
Se me revolvió el estómago. Tan frío…, tan calculador. Y entonces me di cuenta de que, aunque había pasado la mayor parte de mi vida en su casa, apenas conocía a mi tío.
Con la voz grave y áspera como la grava, Ravyn habló desde las sombras.
—Tengo unas cuantas preguntas.
Junto a la chimenea, Elm se irguió. Su gesto de aburrimiento desapareció y su rostro dibujó una sonrisa digna de un zorro. Sus ojos verdes se desplazaron entre el capitán de los destreros y yo. Fuese lo que fuese lo que esperara que sucediera, parecía que iba a hacerle pasar un buen rato.
Ravyn salió de entre las sombras y se plantó delante de mí, con los ojos fijos en mi rostro. Luché contra el impulso de retorcerme en mi asiento.
—¿Confiáis en nosotros, señorita Bonetero? —me dijo.
La influencia de la Guadaña me abrumaba. Lo único que quería era responder con absoluta sinceridad. Pero lo que Ravyn Tejo y su primo ignoraban era que tenía mucha práctica a la hora de luchar contra mi mente. Once años de práctica.
Me agarré con más fuerza a la silla, con las manos empapadas en sudor.
—Todavía no sé qué pensar —dije.
—¿Y en Ravyn? —inquirió Elm desde la chimenea—. Parecéis confiar en él.
Miré al capitán de los destreros, que seguía teniendo los ojos grises clavados en mí. Se hallaba de pie, con las manos a la espalda y los pies separados, alineados con los hombros. Tenía el aspecto de un soldado: estoico y severo.
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Sin embargo, Ravyn Tejo era más que un soldado. Era la sombra en el sendero del bosque. Era el guardián de las llaves y los secretos, invisible de no ser por las luces moradas y burdeos que portaba. Un hombre de muchas caras.
«Un traidor», sentenció el Tormento.
«Un bandido», respondí.
En cuanto nuestras miradas se encontraron y vi ese destello gris, volví a pensar en el momento en el que había estado apoyada contra la puerta del dormitorio de Ravyn, con su cuerpo alzándose sobre el mío y uno de sus dedos apoyado en mis labios.
Aparté la mirada. Rápido.
—¿Cómo voy a confiar en él? —le dije a Elm—. Acabamos de conocernos.
La sonrisa del príncipe no tuvo nada de amable.
—¿Lo consideráis atractivo?
Estaba jugando conmigo, como un gato con su presa. Me mordí la lengua, decidida a no responder, pero la influencia de la Guadaña, el deseo de contestar, me sobrepasaba.
Comenzó a dolerme la cabeza. El sudor me resbalaba por la frente y el cuello. Cuando hablé, mi voz sonó ahogada.
—Sí. —Y luego, por despecho, añadí—: Para ser un destrero.
Elm soltó una carcajada. Ravyn le fulminó con la mirada. Aun así, me percaté del modo en el que los labios del capitán se curvaban hacia arriba; esa elusiva media sonrisa de la que parecía que tirara un hilo invisible.
—Contadnos más sobre vuestra magia —intervino Filick Sauce desde la mesa—. ¿Solo sirve para ver el color de las cartas de la Providencia? ¿O poseéis otros dones?
«Ve con cuidado —me advirtió el Tormento—. ¿Sientes la influencia de la Guadaña?».
Sí que la sentía. Jamás había sentido una necesidad tan apremiante como la que me urgía a contarle al Consejo todo lo que quería saber sobre mí. Me sentía atrapada en el refugio en ruinas que era mi mente, como si la Guadaña estuviera golpeando el pilar que soportaba todo el peso y el techo de piedra de mi cabeza se estuviese agrietando.
Cuando me vio vacilar, Ravyn enarcó una ceja.
—Disculpadme, señorita Bonetero, pero no tenéis aspecto de ser alguien entrenado en combate. Tal vez un poco de suerte fue suficiente
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para que derribarais a Elm —me dijo, y dirigió la vista hacia su primo con una sonrisa burlona—, pero a mí no. ¿Contáis con algún otro tipo de magia?
Quería ser sincera. O más bien, Elm Serbal y su Guadaña querían que lo fuese. Miré a los demás. Estaban inclinados hacia delante en sus sillas, con los ojos clavados en mí, aguardando mi respuesta. Tenía las palmas mojadas con un sudor frío. Si decía algo que no debía, se percatarían de que no era mi magia lo que necesitaban…, sino al monstruo de mi cabeza.
«Ayúdame», supliqué hacia el vacío.
El Tormento reptó por nuestra oscuridad compartida, agitándose contra la corriente de la influencia de Elm. «Será más fácil conmigo aquí, querida. Al fin y al cabo, la Guadaña no tiene efecto sobre mí».
Parpadeé. «¿Cómo? ¿Y por qué no lo has dicho antes?».
«No me lo has preguntado».
Magia. La sentí como agua salada en la nariz. El Tormento se retorció y aflojó la cuerda que Elm Serbal me había atado alrededor de la mente. La magia de la Guadaña menguó, y el deseo de ser sincera, maleable y obediente comenzó a desaparecer. Se lo llevaba consigo una oleada de sal.
Solté un grito ahogado, como si estuviera cogiendo aire, y mi mente se relajó. Los últimos resquicios del control de la Guadaña se desvanecieron, como ondas sobre aguas tranquilas. Cuando hablé, mi voz sonó férrea.
—No —le contesté a Ravyn—. No poseo ningún otro tipo de magia.
Solo puedo ver las cartas de la Providencia.
El capitán entornó los ojos y ladeó la cabeza. Le sostuve la mirada y me obligué a mantenerme impasible. Si sospechaba que había burlado el control de la Guadaña, no lo dijo. Aun así, me percaté del atisbo de duda que apareció en sus ojos.
—¿Quién os entrenó para el combate? —inquirió. —Nadie —respondí—. Yo misma aprendí a sobrevivir. —¿Y jamás le habéis hablado a nadie sobre vuestra magia? Levanté la vista.
—Como ya os he dicho, capitán, nadie más lo sabe. Ni mi padre, ni mi madrastra, ni mis medio hermanas, ni mi tío, ni mi tía, ni mis primos. — Miré a los demás, irritada—. He evitado ir a la ciudad, he evitado a los destreros y a los galenos. He permanecido en el bosque, lugar que, hasta hace poco… —le lancé una mirada fría a Ravyn— era el sitio más seguro
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para mí. —Me crucé de brazos—. Hasta hoy, mi vida se ha basado en la cautela, no en la magia y el riesgo.
Un pesado silencio cayó sobre la estancia. Morette lo rompió con su voz austera:
—Entonces, procedamos. —Abrió las manos hacia la mesa—. ¿Alguien tiene algo más que preguntarle a la señorita Bonetero?
Nadie dijo nada.
Tras una pausa, la mirada de Morette volvió a mí. Su tono era más grave de lo que esperaba, tanto que casi podía oír el frío de su voz, esa absoluta determinación.
—¿Juráis que lo que os contemos no saldrá de esta habitación, Elspeth Bonetero? —dijo—. ¿Nos dais vuestra palabra?
Busqué en la oscuridad, pero el Tormento no se pronunció. Él, al igual que el resto, estaba esperando mi respuesta.
La Guadaña ya no me controlaba. Era libre de mentir.
Pero no lo hice.
—Sí —respondí—. Lo juro.
Ravyn se me acercó y se agachó junto a mi silla. Apoyó los brazos sobre su rodilla flexionada.
Si no hubiera estado vestido de negro por completo, igual de severo que un cuervo, tal vez me hubiera parecido un caballero arrodillándose ante una doncella, directamente salido de las páginas de un libro.
—Necesitamos que nos ayudéis a reunir la baraja de cartas de la Providencia, señorita Bonetero —me dijo.
De repente, me sentí como la niña que se sentaba junto a Ione mientras mi tía nos leía El viejo libro de los Alisos. El ritmo sedoso del antiguo texto me embargó. El poema que aparecía en la última página y la voz de mi madre, inundaron mi alma.
¿Qué era lo que me había dicho entonces?
«Las cartas. La neblina. La sangre. Entrelazadas se hallan en un delicado equilibrio, como la tela de una araña. Reúne las doce cartas de la Providencia con sangre negra y salada, y la infección sanarás. Así Blunder libre de la neblina quedará».
Contemplé los rostros que tenía a mi alrededor.
—El rey Serbal y todos los que lo han precedido han querido reunir la baraja. —Me agarré al borde de la silla con tanta fuerza que me dolieron los nudillos—. Pero vosotros no estáis trabajando para el rey Serbal. De lo
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contrario, ya le habríais entregado la carta del Tormento. Estáis reuniendo la baraja por vuestra cuenta… —Mis ojos volaron hacia la mesa—. ¿Habrá una rebelión? ¿Vais a derrocar al rey?
La voz de Fenir fue cortante.
—Nada parecido. Una rebelión destruiría Blunder.
«Entonces, ¿por qué no colaboran con el rey para reunir la baraja? — me dijo el Tormento, que reptaba por mi mente—. Están ocultando algo».
Aguardé, y la estancia se quedó tan silenciosa que parecía una tumba. —Con la baraja de cartas —prosiguió Fenir—, el rey acabará con la
neblina y recuperará Blunder de las garras del Ánima del Bosque. —Tomó la mano de su esposa con el rostro desencajado—. Y será capaz de curar la infección.
Esperé, con la respiración acelerada.
—Pero, tal y como nos recuerda El viejo libro de los Alisos —intervino Elm desde la chimenea, aún haciendo girar la Guadaña—, todo tiene un precio. Ahora que mi padre se ha hecho con el Tormento, solo necesita dos cosas para completar la baraja: la carta perdida de los Alisos Gemelos y sangre. Sangre contagiada. —Miró hacia las llamas, con los hombros tensos—. Y va a matar a Emory para conseguirla.
El extraño joven…, con su naturaleza errática y caprichosa. Lo que significaba que Emory Tejo no vivía en el castillo como muestra de la hospitalidad del rey.
Era un prisionero.
E iban a cometer traición para salvarlo.
Hasta el Tormento se quedó mudo de asombro.
Aparté la mirada, avergonzada de los pensamientos crueles que había tenido sobre Emory. El chico estaba enfermo, aturdido por la magia. Y su tío iba a sacrificarlo por ello.
Fácilmente podría haberme pasado a mí.
—Hay más —dijo Fenir, rompiendo el lúgubre silencio—, pero no hablaremos de ello aquí. Es tarde, y seguimos entre los muros del rey. Si accedéis a ayudarnos, os llevaremos al castillo Tejo.
Esta vez fue Jespyr quien habló. Su voz sonaba áspera, cálida, como el fuego crepitante.
—Solo nos faltan el Pozo, la Puerta de Hierro y los Alisos Gemelos — declaró—. Después de eso, tendremos nuestra baraja completa. — Entrelazó los dedos—. Hallar los Alisos Gemelos no será fácil. Pero, con
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vuestra habilidad para ver las cartas, contamos con una ventaja de la que carece el rey. Ayudadnos, Elspeth, y podremos curar a Emory de su infección. —Sus ojos castaños me escudriñaron el rostro—. Ayudadnos, y podremos curaros a vos.
Su plegaria me conmovió. Miré hacia Ravyn para hablar, para discutir…, no estaba segura. Pero no encontraba las palabras. De repente, me pareció muy joven, allí arrodillado. Solo entonces recordé que, a pesar de su rango, el capitán de los destreros no era mucho mayor que yo.
Aun así, tenía mis reticencias a la hora de unirme a él. No se había convertido en capitán de los hombres más peligrosos de Blunder por su cara bonita.
—¿Y qué sangre infectada usaréis para unificar la baraja si no es la de Emory? —pregunté mientras me retorcía las manos en la falda.
—La de alguien cercano al rey —me dijo Ravyn, con los hombros tensos—. Alguien que ha hecho mucho daño.
Mantuve el gesto impasible y acudí a mi mente.
«Si unen la baraja, ¿de verdad podrán curarme?».
«¿Quién dice que necesites una cura?».
«¡Hablo en serio!».
Su risa retumbó en la oscuridad cavernosa. «Sé lo que sé. Mis secretos profundos son. Pero mucho tiempo los he guardado y así seguirán con tesón».
Cerré los ojos y suspiré. Del mismo modo que no podía concebir Blunder sin la neblina, tampoco podía imaginar encontrar los Alisos Gemelos, una carta que llevaba perdida desde hacía siglos. Y, lo que era peor, se me retorcía el estómago al pensar en sacrificar a alguien, se lo mereciera o no, y derramar su sangre contagiada para unificar la baraja de cartas. Tal vez ese fuese el motivo de que la última página de El viejo libro de los Alisos siempre me recordara a un cuento de hadas, oscuro y extraño. Imposible.
Sentí todas las miradas puestas en mí. Sus hombros rígidos, el aire que compartíamos…, todo estaba en tensión y, sin embargo, también había esperanza. Estaban desesperados por que les brindase mi ayuda, mi magia.
Me froté los brazos, consciente de lo que aguardaba bajo mis mangas. Lo había sentido en mis venas desde el momento en el que le había pedido ayuda al Tormento, el momento en el que me había librado de la influencia de la Guadaña.
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Siempre estaba allí, igual que la criatura en mi mente, a la espera.
Negrura. Oscura como la tinta. Magia.
Una magia lo bastante poderosa como para encontrar una carta que llevaba quinientos años perdida.
—Lo haré —dije, con el corazón desbocado dentro del pecho—. A cambio de la cura, os ayudaré a encontrar los Alisos Gemelos.
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CAPÍTULO 12
speré en el exterior del sótano, sobre los escalones de piedra, con la cabeza entre las manos. Solo había pasado una hora desde que Emehabía reunido con el Consejo, pero me había parecido toda una vida. Por encima de mí, oí cómo las campanas daban las once. El banquete
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había terminado y los invitados se habían trasladado fuera para los bailes y el vino.
Dentro del sótano, debatían mi destino.
Giré mi amuleto entre los dedos.
Detrás de la puerta, podía distinguir la voz de lady Tejo del resto.
Alguien tosió. Me froté los ojos. «¿Por qué no me lo contaste?».
«¿Contarte el qué?».
«Que la Guadaña no tiene efecto sobre ti».
Un desagradable sonido chirriante reverberó en mi cabeza. El Tormento se hurgaba los dientes. «Ninguna de ellas funciona conmigo, querida».
Solté un grito ahogado. «¿Y se te olvidó mencionármelo? ¿Durante once años?».
«Sí que lo he mencionado, mi despistada compañera. —Arrastró las uñas contra los dientes—. Pero no puedes hacerme responsable de tu escasa comprensión».
Me hubiera gustado alargar una mano hacia la oscuridad y abofetearle ese rostro monstruoso. «Tú sí que sabes hacer que una chica se sienta especial».
Rompió a reír. «Pronto lo entenderás todo. La verdad siempre sale a la luz».
Si no hubiera estado tan agotada, tal vez se lo habría discutido, le habría insistido, deseosa de conocer los secretos que se guardaba como un dragón avaricioso. Aún había muchas cosas que no sabía de él.
Sin embargo, la criatura había escogido bien su momento, y había dejado una miga de pan en la cima de una montaña. Si quería saber más, tendría que esforzarme.
Y estaba demasiado cansada para eso.
Las risas procedentes del Equinoccio bajaban por las escaleras. Bostecé, y los párpados comenzaron a cerrárseme mientras miraba la puerta del sótano con el ceño fruncido. «¿Por qué tardan tanto?».
La cola del Tormento silbó al agitarse en el aire. «Averigualo».
«¿Y cómo voy a hacer eso?».
«A la antigua usanza».
«¿Y eso qué significa?».
«Que pegues la maldita oreja a la puerta».
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La madera era gruesa y era difícil distinguir las voces. Me acerqué hasta la puerta y recé porque los perros al otro lado no me delataran. Contuve el aliento y apoyé la oreja, pegándola contra el hueco que quedaba entre la madera y el marco de piedra.
—Los Espino necesitarán una razón para dejarla acudir al castillo Tejo —dijo alguien—. Y Erik también.
—No me fío de ella —declaró otra voz. Elm—. Sus gestos son demasiado calculados y sus palabras, muy cautelosas.
—Pues claro —dijo Jespyr—. Si no, no habría podido evitar a los destreros y a los galenos durante tanto tiempo.
—Su destino es estar aquí —añadió otra voz. Filick—. Morette lo ha visto. Elspeth va a ayudarnos a encontrar la baraja. ¿Qué más hay que discutir al respecto?
—La tía Morette no vio más que una sombra en el sendero del bosque —replicó Elm—. Discúlpame, tía, no dudo de ti ni de tu carta del Profeta. Pero tu descripción era imprecisa. Ravyn y yo podríamos habernos topado con cualquier otra persona esa noche.
El que habló a continuación fue Fenir:
—Y, sin embargo, os encontrasteis con una mujer con la habilidad de ver las cartas cuando solo nos quedan tres por encontrar.
—El Profeta me mostró una figura encapuchada con una sombra. —La voz de Morette Tejo se impuso por encima de las demás, dura y decidida
—. Incluso cuando la luz se desvaneció, la sombra permaneció allí. La figura caminaba hacia el bosque, y la seguían las cartas de la Providencia, una por una, acompañadas de una decimotercera que nunca había visto antes. Detrás de la figura vi a mi Emory, vivo y sano. Eso fue lo que vi. Por eso os pedí que vigilarais el sendero del bosque.
Todos guardaron silencio durante unos minutos. El corazón me latía desbocado en el pecho, y una pequeña pieza del puzle comenzó a colocarse para formar una imagen que todavía no llegaba a comprender.
Habían estado esperándome en el sendero del bosque, Ravyn y Elm, aunque aún no lo sabían. Y yo… formaba parte de una profecía de tal magnitud que me había conducido hasta los Tejo, una de las familias más antiguas de Blunder… y me había hecho caer de lleno en un complot.
Me mordí el labio y apreté la oreja contra la puerta, deseosa de oír más.
Fenir rompió el silencio.
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—Solo podemos seguir adelante —dijo—. Llevaremos a Elspeth a nuestro hogar y aprenderemos más sobre su magia. Cuando vayamos a buscar las cartas, ella nos acompañará.
Alguien resopló. Elm.
—No tenemos tiempo para jugar a ser los guardianes de una chica asustadiza.
—¿Asustadiza? —Jespyr soltó una carcajada—. Eso no fue lo que dijiste cuando volviste cojeando del sendero del bosque.
La voz de Ravyn se impuso en la estancia.
—Es cualquier cosa menos asustadiza. Seríamos unos idiotas si la subestimáramos.
—La casa Bonetero queda cerca —declaró Filick—. ¿Por qué no dejamos que se hospede con su propia familia?
—No —se apresuró a decir el capitán de los destreros.
—Si va a estar al tanto de nuestros planes, debemos tenerla cerca — dijo Fenir—. No podemos permitir que los Bonetero o cualquier otra persona se entrometa en nuestros asuntos.
—Lo que me lleva de nuevo a preguntar: ¿qué vamos a decirle a su familia? Necesitarán un motivo para dejarla con nosotros.
A aquello le siguió un silencio tenso. Me costaba controlar la respiración. Y me costaba aún más mantenerme fuera de la habitación como si fuese una niña mala mientras ellos debatían sobre mi futuro.
—Tengo una idea —declaró Jespyr, hablando despacio y en un tono amable, como si estuviera intentando calmar a un animal rabioso—. Pero no te va a gustar.
—Porque todo lo que ha pasado hasta ahora me ha parecido muy agradable.
—No me refería a ti, Elm —aclaró Jespyr—, sino a Ravyn.
Me pegué todavía más contra el hueco de la puerta, tanto que me comenzó a doler la cabeza.
La voz del capitán fue como un gruñido.
—¿De qué se trata, Jes?
—Intenta no negarte de primeras.
—Jespyr.
La joven hizo una pausa.
—¿Y si le decimos a Erik Bonetero y a los Espino que hemos invitado a Elspeth a alojarse en el castillo Tejo… para que tú la cortejes?
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Se me cortó la respiración y, de repente, mi cansancio desapareció. Me sentía despierta, con el pulso acelerado y un rubor inoportuno ascendiéndome por el cuello y la cara.
Detrás de la puerta, Elm soltó una carcajada.
Pero, por su tono, no parecía que a Ravyn le hiciera ninguna gracia.
—No. Ni hablar.
—¡Es una buena idea! Ya os han visto juntos hoy… Nadie sospechará el verdadero motivo por el que le hemos pedido que se aloje con nosotros en el castillo Tejo. —Ante el silencio mordaz que siguió, Jespyr soltó un suspiro—. No tienes que seducirla de verdad, solo dar la impresión de que lo estás haciendo. No sé, dedicarle alguna sonrisa de vez en cuando. Recuerdas cómo se hace eso, ¿no?
Todos comenzaron a hablar al mismo tiempo; sus voces se convirtieron en un zumbido caótico.
—No hace falta que demos muchas más explicaciones —añadió Fenir
—. Correrán rumores, claro. Ravyn no se ha tomado la molestia de cortejar a nadie antes.
—Por los árboles —masculló el aludido. Su voz destilaba enfado. Sin embargo, el tono de Morette era de entusiasmo.
—Tal vez podría funcionar. Si alguien pregunta, le diré que he invitado a la señorita Bonetero en nombre de Ravyn —declaró. Su tono se transformó en una reprimenda—. Y él no tiene que cortejar realmente a nadie, si tanto le desagrada todo el asunto.
—Supongo que no tengo voz ni voto en todo esto —dijo Ravyn, tras lo cual soltó un suspiro exagerado.
—No —comentó Jespyr, que parecía contentísima—. En absoluto. Fenir carraspeó.
—¿Y a qué ibas a oponerte exactamente, Ravyn? Es una joven lista y arrebatadora.
Comencé a preguntarme lo mismo. La negativa rotunda del capitán no ya a cortejarme, sino a fingir que lo hacía…, me hizo sentir como si me hubieran picado un montón de avispas: herida y muy cabreada.
—No os equivoquéis, claro que es guapa. Es solo que… —Ravyn guardó silencio. Después, sus palabras sonaron amargas—: Si esa artimaña funciona… —soltó un suspiro—, estoy dispuesto a intentarlo. Aunque dudo que sea capaz de interpretar el papel de galán de un modo convincente.
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Expulsé aire caliente por la nariz.
—No tenéis que hacerme ningún favor —dije en voz alta. Como si yo fuera a mostrar interés por alguien como él. Ya tenía bastantes problemas como para añadir a mi lista la tarea de sacarle una sonrisa a Ravyn Tejo.
En algún lugar de la oscuridad, resonó un ronroneo retorcido. «¿Cómo dice el viejo refrán? Algo sobre las jóvenes que protestan demasiado…».
Lo mandé callar. Pero justo cuando estaba convenciéndome a mí misma de que jugar al cortejo con Ravyn era lo último que quería hacer, al otro lado de la puerta llegaron a la conclusión contraria.
—Pues está decidido —dijo Morette con firmeza—. Se alojará en el castillo Tejo con el pretexto de un cortejo concertado con Ravyn. Se lo preguntaré esta noche a su padre y a los Espino. No le negarán una estancia prolongada con nosotros si les aseguro que yo estaré allí de carabina.
Se oyó un susurro de conformidad.
—Deberíamos llevarla allí esta misma noche.
La risita de Elm fue fácilmente identificable.
—¿No deberían ver al capitán en la celebración con su nueva conquista?
Fui incapaz de oír la respuesta de Ravyn, pero sin duda sonó amenazante.
—Tomémonos una hora para dejarnos ver en el Equinoccio —dijo Fenir—. Luego volveremos al castillo Tejo. —Se produjo una pausa—. ¿Te importaría ponerla al corriente, Ravyn?
Hubo ruido de pasos.
—¡Y no olvides sonreír! —le dijo Jespyr justo cuando giró el picaporte.
Me aparté de golpe de la puerta y estuve a punto de perder el equilibrio. Caí hacia atrás con un golpe sordo. Cuando Ravyn Tejo salió del sótano, levanté la vista desde el suelo con las mejillas ruborizadas, innegablemente culpable.
El capitán enarcó una ceja y me fulminó con la mirada.
—¿Acaso vuestra tía no os ha enseñado a no escuchar detrás de las puertas, señorita Bonetero?
Me levanté y adopté una postura desafiante mientras me sacudía la parte trasera del vestido.
—No estaba escuchando.
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El Tormento rompió a reír. «Vamos a tener que mejorar tus mentiras».
Ravyn cerró la puerta detrás de él.
—¿Cuánto habéis oído?
Me desplacé hasta el escalón que quedaba por encima de él, por lo que acabamos casi cara a cara. Casi.
—Lo suficiente.
Me miró sobre su nariz.
—¿Y estáis conforme con el plan?
Volví a sentir esa punzada en el pecho. Entorné la mirada.
—Si esa artimaña funciona, estoy dispuesta a intentarlo.
No pareció gustarle que usara sus propias palabras contra él. Me devolvió la mirada, escudriñándome el rostro con esos severos ojos grises. Los posó durante un momento sobre mi boca antes de apartarlos.
—¿Y qué pasa con Laburno?
—¿Qué pasa con él?
Ravyn ladeó la cabeza.
—Está enamorado de vos.
Me encogí y sacudí las manos, como para deshacerme de lo que había dicho.
—No somos nada. Un… —me costó pronunciar la palabra— un cortejo sería en vano. No le he hecho ninguna promesa.
Ravyn se limitó a contemplarme. Se agachó hasta casi sentarse y se frotó los ojos. Por un momento pareció agotado, completamente exhausto. Fue la primera vez que consideré que alguien podía haber tenido un día tan duro como el mío.
Con los ojos rojos de habérselos frotado, Ravyn levantó la mirada hacia mí.
—Doy por sentado que estar bajo la influencia de la Guadaña no es una sensación placentera. ¿Os encontráis bien?
Golpeé el escalón de piedra con el pie.
—Vuestro primo es un verdadero…
—Capullo. Lo sé. Pero era la Guadaña o el Cáliz, ya que el Tormento quedaba descartado.
Me percaté de la pulla que había en su voz. Apreté los labios mientras el capitán de los destreros me observaba. Como no le ofrecí ninguna explicación, prosiguió:
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—Encontrar las cartas será peligroso, señorita Bonetero. Sois consciente de ello.
Intenté encogerme de hombros, pero no había manera de ocultar la aprensión que me atenazaba el estómago.
—Por suerte, llevamos un tiempo actuando al margen de la ley.
Sabemos cómo manteneros a salvo.
—¿Y si me descubren? ¿Y si vuestro tío se entera de que estoy infectada?
Se puso en pie.
—Entonces, volveréis a estar en la misma situación en la que os encontré esta mañana. La diferencia es que ahora habéis ganado unos aliados notables.
Contemplé al sobrino del rey, buscando en él algo que no logré encontrar.
Miedo, aprensión, cualquier cosa que se asemejara a mi propia inquietud. No obstante, Ravyn Tejo estaba inmóvil, sereno como el cristal, indiferente al horrible riesgo que acababa de imponerme.
Me tembló la voz.
—¿Y si quisiera marcharme?
Me sostuvo la mirada.
—No sois prisionera.
«Existen muchas formas de retener a alguien», dijo el Tormento.
Intenté ignorarlo.
—¿Soy libre para volver a casa de mi tía si así lo deseo?
—Por supuesto —me dijo—. Aunque creía que queríais encontrar una cura.
—Sí que quiero.
—Entonces, ayudadnos. Ayudadnos para que nosotros podamos ayudaros a vos.
Acudí a la oscuridad de mi mente y aferré el vello áspero que recorría la columna vertebral del Tormento. «No saldré de esta ilesa sin tu ayuda».
La criatura se retorció y levantó las orejas. «¿Vas a darme carta blanca?».
Apreté los dientes. «Te pido que me mantengas con vida, Tormento.
Aunque solo sea el tiempo suficiente para al fin poder deshacerme de ti».
Su risa transitó mi mente, como un fantasma recorriendo un pasillo, cerca y lejos al mismo tiempo.
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Levanté la mirada hacia Ravyn. Durante once años, la infección había sido como tener una correa alrededor del cuello. Por culpa de esa correa me había acobardado, y la esperanza de que existiera una cura jamás se me había pasado por la cabeza.
Sin embargo, al mirar los ojos grises del capitán, un hombre que, por ley, debería haberme llevado a rastras a las mazmorras, sentía que el yugo empezaba a aflojarse. Me había abierto una puerta. Había tomado una llave de su cinturón y había desbloqueado una parte de Blunder en la que yo no me había permitido creer. Volvía a ser una niña que buscaba cobijo en El viejo libro de los Alisos. Existía la magia en el mundo. Una magia terrible y maravillosa. Una magia perfecta para deshacer otra magia. Una cura para la infección.
Y un modo de sacar al Tormento de mi cabeza.
—¿Cuándo empezamos? —le pregunté.
El capitán de los destreros dio un paso adelante. Nos quedamos frente a frente, y su sombra me cubrió por completo.
—Diría que ya lo hemos hecho.
A continuación, subió los escalones de dos en dos. Las cartas en su bolsillo proyectaban una luz inquietante sobre las oscuras paredes de piedra. Cuando se percató de que no lo seguía, se dio la vuelta y me dijo:
—Una hora, señorita Bonetero. Solo para que nos vean juntos.
Después de eso, nos libraremos de este miserable castillo.
La fiesta y los bailes habían pasado a los jardines. El clamor de un montón de familias reverberaba por los terrenos del castillo, rodeado por la neblina que se extendía justo al otro lado de los setos.
Atravesé con Ravyn el gran comedor, hasta que estuvimos de nuevo en la escalera principal.
—La celebración es por ahí —comenté, y señalé la amplia puerta dorada que conducía a los jardines.
—Quiero que veáis por qué hemos tomado este camino, señorita Bonetero —me respondió—. Por qué lo hemos arriesgado todo para conseguir las últimas tres cartas. —Volvió la cabeza para mirarme—. Emory —dijo—. Vamos a ver a Emory.
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El miedo se entremezcló con la curiosidad en mi estómago. Resultaba demasiado oscuro y cruel que el rey fuera a sacrificar a su propio sobrino, incluso si lo que buscaba era cambiar Blunder para siempre y para mejor.
«El reinado de un rey es una pesada carga —susurró el Tormento en un tono inusualmente solemne—. Las consecuencias de las decisiones de gran envergadura perduran durante siglos. Aun así, esas decisiones deben tomarse».
—¿Por qué Emory? —inquirí—. Sé que la infección es inusual, pero seguro que hay alguien más que…
—Debe derramarse sangre —dijo Ravyn con la voz distante—. ¿Acaso puede haber una elección fácil?
Ya nos encontrábamos una planta por encima de la de las dependencias que compartía con mi padre, mi madrastra y mis medio hermanas. Los escalones eran tan altos que me dolían las rodillas. Stone parecía ser una escalera infinita. Me levanté el vestido e intenté no jadear. Lo que fuera con tal de evitar que Ravyn Tejo volviera a escudriñarme desde detrás de esa nariz estilizada.
Cuando llegamos a la cuarta planta, apoyé la mano en la barandilla mientras fingía admirar el tapiz del Huevo de Oro y cogía aire.
Si Ravyn se percató de que estaba sin aliento, tuvo la decencia de no mencionarlo.
—Esta es el ala real —dijo—. Emory vive cómodamente aquí. Tanto como es posible. —Como yo no dije nada, bajó la voz—. Se está muriendo.
Dirigí la mirada hacia su rostro y se me olvidó respirar.
Ravyn prosiguió.
—Por eso el rey se ha decantado por la sangre de Emory para unir la baraja. Cree que está salvando a mi hermano de una degeneración larga y dolorosa. Le ofrece una muerte piadosa. —Hundió las botas en la alfombra que teníamos ahora bajo nuestros pies—. Mi tío podría haberlo enviado con los galenos, podría haberlo matado en cuanto descubrió lo de su infección. Pero no lo hizo. Infringió las normas. Lo dejó vivir. —Se pasó una mano por la frente—. Y yo se lo he pagado con mentiras.
Sentí la repentina necesidad de alargar una mano y tocarle el brazo.
Pero me parecía un gesto demasiado íntimo.
—No tendríais que haber mentido si el rey hubiera retirado a sus galenos y hubiera dejado que la gente como Emory y yo pudiéramos vivir
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nuestras vidas —le dije.
—He intentado solucionarlo de cientos de formas distintas. Pero el rey no admite discusión. Emory no ha sido discreto con su magia… Mucha gente adivinó lo de su infección. —Apretó los dientes—. Mi tío le debe lealtad a su linaje Serbal. Todos los contagiados de magia deben morir. — Ravyn se pasó una mano por el rostro—. Así que no tenemos otra opción. Si queremos salvar a Emory, debemos reunir la baraja nosotros mismos. Antes del solsticio de invierno.
—¿Por qué el solsticio?
—La magia de Emory se potencia con el cambio de estación. Y El viejo libro de los Alisos indica que las cartas deben reunirse en el momento más oscuro del año. —Respiró hondo—. Puede que Emory no sobreviva a otro año. Tal vez sea un mentiroso y un traidor —siguió—, pero al menos puedo decir que no hay nada que no haría para salvar a mi hermano.
Atravesamos un pasillo muy iluminado. La alfombra que pisábamos era de lana gruesa, de un rojo carmesí con hermosos bordados.
Había un guardia bajo cada una de las dos antorchas que flanqueaban la puerta alta y estrecha. Iban armados con espadas y una cuerda larga y siniestra. Al ver a Ravyn, se retiraron a las sombras.
El capitán los ignoró y abrió la puerta. Por el chirrido que produjo, supe que estaba fortificada. Entré detrás de Ravyn, examinando el entorno con los ojos bien abiertos.
El fuerte viento que entraba por la ventana había apagado las velas de la habitación. Ravyn cerró bien las persianas y yo choqué con una antigua mesa de roble en el centro de la estancia, boquiabierta.
La chimenea estaba encendida. Me llegó el olor a vino y al moho de los cientos de libros en las estanterías de caoba. Al otro lado de la mesa, junto a la pared más alejada, se hallaba una gran cama cubierta de mantas y más libros.
Sin embargo, a pesar de la calidez y del elegante mobiliario, la habitación seguía… inerte. Vacía.
Emory Tejo, el prisionero del rey, no estaba allí.
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CAPÍTULO 13
orrimos por el pasillo y descendimos por las escaleras de caracol hasta llegar a la puerta que daba a los jardines. Ravyn le dio un
Ctoquea su carta del Tormento y apretó la mandíbula.
—Mis padres y mi hermana van a registrar el castillo —dijo deteniéndose en seco ante la puerta y el bullicio que había al otro lado, en
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el exterior—. Podéis quedaros aquí a esperarlos si queréis.
Me esforcé en recuperar el aliento.
—¿Qué sucederá si no logramos encontrarlo?
—Lo haremos —afirmó Ravyn—. Cuando Emory está lo bastante lúcido como para engañar a los guardias, se limita a deambular por ahí. Pero preferiría que fuera mi familia la que diera con él, y no un galeno o un destrero.
Eché un vistazo hacia los jardines, donde se congregaba mucha gente.
—Necesitaréis otro par de ojos ahí fuera —dije—. Os acompañaré.
La música se colaba por las puertas abiertas. Los invitados del rey eran ruidosos. El velo del decoro comenzaba a desaparecer, y las risas retumbaban contra las paredes de piedra del castillo. Los criados rellenaban las copas de vino con presteza. Comenzó un baile, y la luz de las antorchas proyectó un suave resplandor por el jardín mientras las parejas se movían en vaivén bajo el aire húmedo de la noche.
Sin embargo, antes de que Ravyn y yo pudiéramos unirnos a la multitud, justo cuando las campanas marcaron el inicio de la medianoche, una voz atronadora atravesó el cavernoso vestíbulo a nuestra espalda, llamándonos.
Cuando me di la vuelta, la luz del vestíbulo parecía haberse atenuado. Tres destreros armados con Caballos Negros marchaban en nuestra dirección. Delante de ellos, bañado por la luz roja de su Guadaña, corpulento y fiero, se encontraba su alteza real, gobernante de Blunder, custodio de las leyes y protector de las cartas de la Providencia.
El rey Quercus Serbal.
Ravyn se guardó su carta del Tormento en el bolsillo.
—Tío —dijo con frialdad.
—¿Disfrutando del banquete? —le preguntó el rey, que se detuvo frente a nosotros.
—Bastante.
—Pareces sin aliento. —Como sus hijos, el rey hacía gala de unos ojos verdes e inteligentes—. ¿Sucede algo?
—Nada, majestad —le dijo Ravyn con el rostro impasible, como si lo tuviera tallado en piedra—. Acompañaba a la señorita Bonetero a los jardines.
Cuando el rey desvió la mirada hacia mí, sentí el latir de mi corazón en los oídos.
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—Señorita Bonetero —me dijo—. Por supuesto. La hija de Erik. No os había visto antes en la corte.
Tuve que esforzarme al máximo para sonreír. Espoleado por mi miedo, el Tormento se removió y sacó las garras. Di un paso adelante e hice una reverencia con las rodillas temblorosas.
—No suelo abandonar la comodidad de mi hogar, majestad.
Podía sentir la mirada del rey sobre mi rostro.
—Una lástima —declaró, y volvió a mirar a Ravyn—. Parece que habéis causado verdadera sensación.
El capitán permaneció quieto como una estatua, con la mandíbula apretada.
—Espero volver a veros pronto, señorita Bonetero —dijo el rey. Le lanzó a Ravyn una mirada penetrante. Un instante después, el capitán y yo nos vimos envueltos en una pesada nube de oscuridad mientras el rey y sus destreros desaparecían por el jardín.
Los observé alejarse, sin mirar a Ravyn a los ojos.
—Deberíamos encontrar a vuestro hermano antes de que el rey se entere de que se ha escapado de su habitación.
Volví a sentirla, esa vacilación de Ravyn Tejo, esa incomodidad porque el rey nos había visto juntos. ¿Sería la mentira lo que le molestaba, el hecho de tener que fingir que me cortejaba?
¿O sería a mí a quien no soportaba?
Embriagados por el vino del rey y mareados a causa del baile, los invitados se movían sin orden ni concierto por el sendero del jardín. Ravyn masculló entre dientes mientras nos abríamos camino a duras penas entre la multitud.
—Joder, cómo odio el Equinoccio.
La gente chocaba con nosotros. Vislumbré dos Águilas Blancas, las cartas de la valentía. Parpadeaban como la nieve en el viento, blancas e inmaculadas, en la parte menos concurrida de los jardines, cerca de la arboleda de serbales.
Entre las luces blancas se hallaba un chico de cabello oscuro que iba de un lado para otro con movimientos erráticos, como si todo el mundo a su alrededor le diera igual.
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Emory.
—¡Ahí! —dije mientras lo señalaba—. Lo veo.
Ravyn se abrió paso a empellones como un borrón oscuro, dejándome atrás. Intenté seguirlo con la mirada, pero un grupo de hombres borrachos me empujaron y me sacaron del camino.
Uno de ellos rompió a reír y me dio un golpecito en la cabeza como si fuera un animal. Cuando le aparté la mano, la multitud se arremolinó a nuestro alrededor. Los hombres volvieron a empujarme, esta vez con la fuerza suficiente como para tirarme al suelo.
Me caí sobre el camino. Golpeé el suelo con tanta fuerza que me quedé sin aire en los pulmones. Un momento después, alguien me tendió una mano y me sujetó por debajo del hombro. Fui a zafarme de él, pero me quedé inmóvil al reconocer al hombre que me había ayudado a levantarme.
Elm Serbal me miraba desde arriba con esos ojos de un verde intenso. Cuando estuve de pie, me envolvió con un brazo para protegerme de la multitud.
—¿Todo bien, Bonetero?
—Largaos —le dije. Recordaba tan bien lo que había sentido al abofetearme a mí misma que aún me dolía la mejilla.
—Creo que lo que queréis decir es «gracias» —comentó el príncipe mientras me sacaba del tumulto y me llevaba hacia el sendero.
—Soltadme. —Me retorcí, con el Tormento siseando detrás de mis pestañas.
—¿Y dejar que os pisoteen? —dijo Elm—. Acabaríais con nuestras aspiraciones incluso antes de haber empezado.
La multitud volvió a aglomerarse. Me pegué a Elm, y las estridentes risas de los borrachos nos envolvieron.
—Por los malditos árboles —declaró el príncipe, y sus dedos se tiñeron de rojo cuando sacó la Guadaña de su bolsillo y le dio tres toques. Durante un instante, recorrió el lugar con la mirada y pareció perderse en el fondo de sí mismo, consumido por la magia.
Lo contemplé; el terror y la fascinación me formaron un nudo en el estómago.
Todas las miradas se posaron en nosotros. Aun así, la gente comenzó a apartarse, empujada por la carta roja. Hombres y mujeres se desplazaban como cenizas al viento, hasta dejar un camino libre en mitad del caos. Cuando el sendero hacia la arboleda de serbales estuvo despejado, Elm
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volvió a darle tres toques a la Guadaña para liberar a la multitud de su control.
Avancé vacilante por ese nuevo camino improvisado. «Acaba de hacer que cincuenta personas sean tan dóciles como un cordero».
El Tormento chasqueó la lengua contra los dientes. «Pero a ti no pudo controlarte, ¿no es cierto?».
El camino se bifurcó y pasó por en medio de unos cuidados arbustos. Elm lideraba la marcha, presionándose la frente con la palma de las manos.
—¿Y bien? —dijo, y se guardó la Guadaña en el bolsillo de la túnica.
—Está por aquí —le contesté.
Emory Tejo y las luces del Águila Blanca volvieron a quedar a la vista. La carcajada de Emory se extendió por la arboleda. Se balanceaba, ya que estaba siendo zarandeado como una caña por dos hombres que portaban las cartas del Águila Blanca. Eran más altos que él, mayores y más corpulentos, y estaban muy enfadados. No lograba oír lo que decían, pero por su postura, por la tensión de sus hombros anchos, sabía que no estaban intercambiando palabras de cortesía con el sobrino más joven del
rey.
Un momento después, Emory estaba en el suelo. Le sangraba la nariz por el golpe que había recibido.
—Ya empezamos —dijo Elm, que aceleró el paso por el sendero del jardín.
Emory yacía sobre la hierba y hablaba entre ataques de risa. Elm y yo seguíamos estando demasiado lejos como para discernir sus palabras. No obstante, fuera lo que fuese lo que decía, bastó para que uno de los hombres lo levantara del suelo agarrándolo del cuello de la camisa.
Antes de que el hombre pudiera volver a golpearlo, un brazo envuelto en tejido negro le rodeó la garganta.
El capitán de los destreros había llegado.
Una vegetación oscura entró en la periferia de mi visión. El camino dibujó una curva, empujándonos a Elm y a mí hacia una hilera de setos. Cuando eché un vistazo por encima del seto, vi a Ravyn. Los tonos intensos del Tormento y el Espejo creaban un marcado contraste con las Águilas Blancas de esos hombres.
El segundo hombre dio un paso adelante.
—¡Este maldito renacuajo me ha robado del bolsillo!
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Ravyn soltó la garganta del primer hombre. —Es un crío insensato —dijo—. Idos. Ahora. —¡No hasta que me devuelva mi dinero!
Impulsado por el coraje que le proporcionaba su Águila Blanca, el primer hombre fue a asestarle a Ravyn un golpe con toda su fuerza, con el puño cerrado como si fuera un mazo. El capitán lo esquivó, moviéndose por entre las sombras. Se interpuso entre Emory y los hombres y apartó a su hermano del tumulto.
Emory se retiró hasta un árbol cercano, retorciéndose de risa. Escaló hasta una rama baja y se quedó allí, con los ojos bien abiertos y vidriosos.
Me dispuse a abrirme camino a través del seto, pero Elm me puso una mano en el hombro para detenerme.
—¿No vais a ayudarle? —exigí saber.
El príncipe se apoyó contra la vegetación y bostezó.
—Ha sido un día largo. Dejad que Ravyn se divierta.
El Tormento presenció el enfrentamiento desde detrás de mis ojos y movió la cola. Los hombres se movieron al unísono en un intento de pillar a Ravyn con la guardia baja. El capitán se limitó a darse la vuelta con una precisión feroz, y lanzó a uno al suelo con un golpe rápido en la mandíbula.
El hombre se desplomó bajo el serbal. Emory aulló desde donde se encontraba encaramado, con una sonrisa tan ancha que podía verle los dientes.
—Os pido disculpas por tener los dedos largos —dijo mientras dejaba caer las monedas de oro, una a una, sobre el pecho del hombre—. Me temo que es algo típico de mi familia.
Contemplé al chico, paralizada. Lo había sentido la otra noche, en las escaleras. Había algo extraño en Emory Tejo. Ahora comprendía de qué se trataba. La infección… estaba acabando con él, lo despojaba de su cordura.
«Está degenerándose —dijo el Tormento—. Poco a poco. La magia tiene un precio».
Retorcí la pata de cuervo que llevaba en el bolsillo.
—¿Qué clase de magia le ha otorgado a Emory su infección? Elm dirigió la mirada hacia su primo pequeño.
—Puede leer a la gente —afirmó—. Como si todos sus secretos estuviesen escritos en las páginas de un libro. Con un simple roce le basta.
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El frío me subió por la columna. «Veo una mirada amarilla entrecerrada de odio —me había dicho el chico—. Veo oscuridad y sombra. Y veo tus dedos largos y pálidos cubiertos de sangre».
Sin ser consciente de mi angustia, Elm prosiguió:
—Pero la infección le ha pasado factura. En los últimos dos años se ha vuelto más débil, voluble y violento. A veces ni siquiera recuerda a su propia familia. Cada solsticio y equinoccio parece hacerle empeorar.
Ravyn y el segundo hombre seguían enzarzados en una pelea. El capitán de los destreros detuvo un golpe al que respondió con un brutal revés. Elm los observaba mientras se crujía los nudillos uno a uno.
—Emory me habló de ti anoche —me dijo—. Comentó que había una mujer en el castillo con ojos negros y magia oscura. —Su sonrisa no se vio reflejada en sus ojos—. El pobre chico estaba demasiado emocionado. Nunca había conocido a otra persona infectada. Aparte de su hermano, claro.
Sentí como si tuviera cientos de abejas dentro de los pulmones, revoloteando en un intenso ataque de pánico. Me costaba respirar. El corazón se me salía del pecho y me subía por la garganta.
Ravyn Tejo. Contagiado.
«¿Lo sabías?», le pregunté al Tormento.
Ronroneó, y su tono transmitió una satisfacción que goteaba como la cera caliente. «Tenía mis sospechas».
«¿Y no te pareció prudente decírmelo?».
«Has tenido a ese hombre delante de ti todo el día. Seguro que te fijaste en algo más que en su cara bonita».
Mientras me contemplaba, Elm se fue percatando de la conmoción reflejada en mi rostro. Esta vez, me dedicó una ancha sonrisa.
—¿No te lo ha contado?
Parpadeé, y se me trabó la lengua.
—Es… está…
—Contagiado —repitió Elm—. Sí. Y bastante, me temo.
«¿Qué tipo de criatura será él? —dijo de nuevo el Tormento—. De piedra su máscara es. ¿Un capitán? ¿Un bandido? ¿O una bestia aún por conocer?».
El Tormento y yo echamos un vistazo a los arbustos, donde la pelea alcanzaba su punto álgido. Los dos oponentes de Ravyn estaban en pie, con sus Águilas Blancas resplandeciendo en sus bolsillos. Emory cacareó
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desde su posición en el árbol. Cuando el primer hombre avanzó para asestar un golpe, Ravyn le acertó en el estómago y lo hizo alejarse de un manotazo, como si no fuera más que un perro.
El segundo hombre, el que había pegado a Emory, atacó. Ravyn le respondió agarrándolo del codo. Un momento después, el hombre profirió un grito terrible y cayó al suelo con el brazo retorcido de forma antinatural contra su espalda.
Observé al capitán de los destreros, solo y victorioso, inclinarse sobre los hombres. No pude oír lo que les dijo. Aun así, no perdí detalle del modo en el que sus contrincantes se acobardaban, sin poder o querer volver a levantarse.
Ravyn les tendió la mano con la palma abierta y aguardó.
El Tormento se abalanzó hacia delante, codiciando mis ojos. Ambos contemplamos a los hombres, magullados y ensangrentados, depositar sus cartas del Águila Blanca en la mano extendida de Ravyn.
En cuanto las cartas tocaron la palma de la mano del capitán, el color blanco desapareció de ellas.
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CAPÍTULO 14
is pies se movieron solos. La confusión, la rabia y un total desconcierto se disputaban el dominio de mi cabeza y mi pecho.
MCuandome acerqué, Ravyn curvó los labios en una media sonrisa que desapareció en cuanto vio mi expresión.
—¿Qué sucede? —inquirió.
—Sé lo que sois —dije, y le apunté a la cara con un dedo acusatorio.
El capitán se irguió. No detecté ni rabia ni miedo en su expresión.
Guardó un prudente silencio y se acercó a mí. Cuando habló, lo hizo en
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voz baja.
—¿Lo sabéis?
—¿Quién es esta dama tan hermosa? —preguntó Emory mientras partía una ramita del serbal y le arrancaba las hojas una a una—. Me parece a mí que es un espíritu de los árboles. No…, ¡un rey, mejor dicho! —Ladeó la sonrisa—. Un villano.
—¡Emory! —estalló Ravyn, que miraba de reojo a su hermano—. Ya te has divertido bastante. Ahora, cállate.
—He dicho que es hermosa, ¿no? —El chico giraba sin parar la rama entre los dedos. Un momento después, maldijo porque se la había clavado en el ojo.
—Venga, venga —dijo Elm, que salió de detrás del seto, con la brillante Guadaña en su mano—. Esta noche hemos bebido demasiado, ¿verdad, amigo mío?
Emory espantó a su primo con la rama.
—Aléjate con esa carta, Rrrrenelm. No soy un bebé que necesite que lo acunen.
Cuando el príncipe deslizó la mirada hacia donde estábamos Ravyn y yo, muy rígidos y con la boca entreabierta, curvó los labios hasta esbozar una sonrisa culpable.
—Vosotros dos tenéis cosas de las que hablar. Yo me encargaré del salvaje.
—¿Salvaje? —Emory comenzó a escalar de nuevo el serbal—. Soy Emory Tydus Tejo, hijo de guerreros, descendiente de grandes hombres, heraldo de todo lo que está por…
Se cayó del árbol con un golpe sordo y la risa de Elm inundó el jardín. —Acompañadme —me dijo Ravyn sin mirarme, con la mandíbula
tensa.
Lo seguí otra vez por el sendero, pisando con rabia, sin poder frenar las palabras que me salían a borbotones de la boca.
—Primero lo de vuestra carta del Tormento y ahora esto. Estoy empezando a cansarme de vuestras mentiras por omisión, capitán.
Ravyn no dijo nada. Las risas y la música del Equinoccio aumentaban cada vez más de volumen. No obstante, antes de que pudiéramos volver a mezclarnos con la multitud, el capitán abandonó el sendero y se acercó a la sombra de un sicomoro.
No me quedó otra opción más que seguirlo.
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—Lo que no logro comprender —declaré, apartando las ramas a un lado hasta que quedamos cara a cara— es como habéis llevado una vida tan pública. Sois el capitán de los malditos destreros. Creía que vos, más que nadie, seríais irreprochable. —Me detuve. Mis palabras eran acaloradas—. Pero no lo sois, ¿verdad? Estáis contagiado.
—Bajad la puñetera voz —me dijo, acercándose a mí.
En algún lugar del fondo de mi mente, estallaron las alarmas. Me había pasado la mayor parte de mi vida teniendo mucho cuidado de no llamar la atención de un destrero, y mucho menos de provocar su ira. Sin embargo, por ruidosas que fueran, esas alarmas se vieron amortiguadas por un estruendo aún mayor…
El de mi rabia.
—¿Y bien? —dije entre dientes—. ¿Estáis o no estáis contagiado? Ravyn apartó la mirada. Guardó silencio durante largo rato, con los
labios apretados en una fina línea bajo la sombra de su nariz. Hasta que por fin respondió:
—Sí que lo estoy.
—¿Y el rey lo sabe?
—Sí. —Cambió el peso de un pie a otro y cruzó los brazos contra el pecho—. Os sorprendería la gente de la que se rodea mi tío.
—Y vos sois… ¿qué? ¿Su mascota mágica? ¿Intercambiáis vuestros servicios por una vida normal, mientras que el resto de los contagiados tenemos que ir de puntillas por el mundo, con nuestra ejecución a la vuelta de la esquina?
Ravyn se encogió y entrecerró los ojos grises.
Sin embargo, yo continué hablando. Me hervía la sangre.
—En el sótano, la luz de vuestras cartas parpadeó. No lo había entendido hasta ahora. —Bajé la mirada hasta su mano—. Las Águilas Blancas. En cuanto las tocasteis, perdieron su luz.
—Le escudriñé el rostro, viéndolo de verdad por primera vez. —¿Con qué magia contáis?
No me respondió con palabras. En su lugar, extendió la mano derecha entre los dos y fue abriendo los dedos despacio. Allí, en la palma de su mano, desprovistas de luz y color, estaban las dos Águilas Blancas.
Me dedicó una mirada fugaz. Luego giró la palma de la mano y dejó caer las cartas.
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En cuanto su piel dejó de estar en contacto con las Águilas Blancas, las cartas recuperaron su color. Me encogí, cegada por la luz. Las cartas cayeron al suelo como dos faros. Aterrizaron entre nuestros pies, con un color y un brillo tan intensos como los de cualquier otra carta de la Providencia.
Fijé los ojos en ellas y se me aceleró el pulso.
El Tormento lo comprendió antes que yo. Se abrió paso hasta la primera línea de mi mente, con la vista clavada en Ravyn, como si él también estuviera viendo al capitán por primera vez. «Doce cartas del Caballo Negro y, sin embargo, son trece destreros —murmuró—. ¿Alguna vez lo has visto portando un Caballo Negro? No, porque no puede usarlo. —Soltó una carcajada que me hizo sobresaltarme—. ¿Es que no lo ves? No puede hacer uso de las cartas de la Providencia. O, al menos, no de todas».
Levanté la mirada hacia el capitán. La luz blanca de las cartas proyectaba nuevas sombras sobre su rostro.
—¿No podéis usarlas?
Estaba inmóvil como una estatua.
—No, pero tampoco pueden utilizarlas en mi contra. Esa es la naturaleza de mi magia. Las cartas como el Cáliz, la Guadaña… no tienen ningún efecto sobre mí.
La cabeza comenzó a darme vueltas, como una hoja en un vendaval. —Pero he visto cartas en vuestro bolsillo. Cuando me cubristeis los
ojos, vi las luces. Y os he visto utilizar el Espejo y el Tormento.
Se agachó para recoger las Águilas Blancas del suelo y guardárselas en el bolsillo.
—Las cartas pierden su magia nada más tocar mi piel. El Espejo y el Tormento, y puede que quizás los Alisos Gemelos, son las únicas cartas que puedo usar.
Seguía sin entenderlo.
—¿Y por qué solo esas?
Una frustración perceptible apareció en el rostro de Ravyn Tejo. Abrió la boca para responder, pero el sonido de unas risitas al otro lado del sicomoro lo hizo guardar silencio.
Me di la vuelta y miré entre las ramas plagadas de hojas. Solo podía ver fragmentos de lo que estaba sucediendo. Los cortesanos recorrían el
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sendero ajenos a nuestra presencia, hablando en voz alta y desinhibida mientras deambulaban por los jardines.
Ravyn esperó a que pasaran de largo. Se acercó más a mí y me habló al oído.
—Este no es el momento ni el lugar para discutir esto, señorita Bonetero.
Y nada más decir eso, me echó a un lado, dejó atrás el refugio que nos proporcionaba el árbol y regresó al sendero.
Pretendía silenciarme, hacer que dejara de hablar de su infección. Pero había demasiadas preguntas, demasiadas verdades no dichas. Cerré los puños y lo seguí hasta el centro de los jardines, donde la celebración seguía en pleno apogeo.
De forma desafiante, lo agarré de la parte de atrás de la túnica y le di un tirón. Se detuvo en seco y se giró hacia mí como una gran ave de presa. No obstante, antes de que pudiera decir nada para soltar toda esa frustración reflejada en su gesto, alguien me llamó por mi nombre.
—¡Elspeth!
Miré por encima del hombro de Ravyn y reconocí la voz aguda y efervescente de Dimia. Se encontraba con un grupo de chicas a varios metros de distancia. Cuando nuestros ojos se encontraron, agitó una mano, lo que la hizo derramar el vino de su copa. Se sujetó la falda y vino hacia nosotros. La siguió una reticente Nya, cuya mirada azul, que solía ser perspicaz, ahora estaba vidriosa.
Ravyn puso los ojos en blanco y maldijo por lo bajo.
—Tomadme de la mano.
Fijé la mirada en su rostro. Un rostro que, en ese momento, quería arañarle.
—¿Qué?
—Se supone que os estoy cortejando —me dijo acercándose más a mí, con la voz convertida en un gruñido. Me ofreció una mano—. ¿O lo habéis olvidado?
Mis medio hermanas se encontraban a un paso de nosotros. No había tiempo para pensar. Coloqué mi mano en la de Ravyn. Se me cerró la garganta cuando entrelazó sus dedos con los míos. Tenía la piel áspera y los callos me rozaban suavemente el hueco entre los dedos.
Nos giramos hacia mis medio hermanas.
—Nya, Dimia —dije, jadeante—. ¿Estáis pasándolo bien?
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Las chicas sostenían unos vasos casi vacíos, llevaban los lazos del cabello sueltos y tenían las mejillas sonrojadas. Sin embargo, las gemelas solo estaban borrachas, no ciegas. Sus miradas pasaron de Ravyn a mí y, por último, a nuestras manos entrelazadas. Dimia abrió los ojos como platos, y un chillido de banshee se le escapó de los labios.
Nya no hizo más que mirarnos fijamente, boquiabierta, como un pescado.
—Parece que tú también estás disfrutando del Equinoccio, Elspeth — dijo Dimia, que le asestó un codazo indiscreto a su gemela en el costado.
Nya parpadeó y nos miró alternativamente a Ravyn ya mí.
—Pero ¿estáis…?
—Estábamos a punto de bailar —la interrumpió el capitán—. Ha sido un placer veros a ambas —dijo con desgana, y tiró de mí para alejarme de mis medio hermanas.
Nos adentramos en la multitud.
El baile ya había comenzado, y los laúdes y címbalos marcaban un ritmo constante. Ravyn y yo nos deslizamos hacia el círculo de bailarines, con su mano aún entrelazada en la mía. Me percaté del modo en el que más de un par de ojos nos seguían y de cómo los susurros acompañaban nuestros pasos.
Apreté la mandíbula y volví a sentir rabia cuando el capitán y yo nos emparejamos en la pista de baile. Ravyn no quería bailar para zafarse de mis medio hermanas, ni tampoco tenía ningún interés en participar en la frivolidad del Equinoccio.
El único motivo por el que sostenía mi mano y se había plantado conmigo delante de todo Blunder era para evitar que le hiciera más preguntas.
El eco de los susurros se extendió a nuestro alrededor; su ritmo aletargado competía con el de los instrumentos.
—¿De verdad es esto necesario? —inquirí mientras girábamos al compás de la música. Mi vestido se agitaba a la altura de mis caderas mientras girábamos en semicírculos, primero en una dirección y luego en la otra.
Ravyn me miró por encima de la nariz. Sentí su mano contra la parte baja de mi espalda.
—Confiad en mí —me dijo—. Fingir es solo la mitad del trabajo.
Le devolví la mirada.
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—Pero no confío en vos, capitán. ¿Cómo puedo fiarme de un hombre que no ha sido sincero conmigo?
El baile se ralentizó; el final se acercaba. Ravyn bajó la mano por mi columna, más despacio de lo que debería. Cuando se inclinó hacia mí, me acarició la oreja con la mandíbula.
—Yo diría que admitir una traición es ser increíblemente sincero, señorita Bonetero —susurró.
La canción terminó en un frenesí triunfal, seguido de un estallido de aplausos ebrios.
El capitán apartó la mano de mi espalda. Cuando nuestros dedos se separaron, se pasó la mano por la frente y el cabello oscuro. Sus ojos grises recorrieron mis mejillas encendidas, mi ceño fruncido y la línea de mis labios.
Pero no dijo nada.
El aire era irrespirable, y la multitud y el silencio de Ravyn Tejo lo acentuaban todavía más. Dejé de fruncir el ceño y lo fulminé con la mirada por última vez antes de regresar hecha una furia hacia el castillo.
Me topé con Emory y Elm, que estaban sentados cerca del gran comedor, sin duda de camino a los aposentos del chico. Debían de haberse detenido para beber algo.
Cuando el príncipe me vio, esbozó una sonrisa y levantó su copa en un brindis burlón.
—En honor al caballero y la dama del baile. Parece que habéis hecho las paces.
Lo ignoré y me froté el cuello, como si así pudiera borrar el rubor que se había asentado en mi piel. Desplacé los ojos hacia Emory, que se había levantado de su silla. Cuando el chico me vio, sus ojos grises se abrieron de par en par.
—El Tormento —dijo, citando El viejo libro de los Alisos y agitando un dedo en mi dirección como si estuviera dirigiendo a una orquesta invisible—. Ten cautela con la oscuridad. Ten cautela con el temor. Ten cautela con la voz que en la noche da pavor.
—Ya basta, Emory —se quejó Elm.
Cuando la sonrisa del chico se ensanchó, se me erizó el vello de la nuca. De repente, estaba segura de que, cuando me había tocado la mano en la escalera, Emory Tejo y su magia oscura y extraña habían visto todos mis secretos.
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—Se retuerce y a través de los pasillos, entre sombras, te llama. Ten cautela con la voz que en la noche da pavor.
Antes de que pudiera decir nada, antes incluso de que pudiera echarme a temblar, Emory sufrió una arcada, encorvó la espalda y escupió sangre sobre el suelo de piedra.
«Una lástima —declaró el Tormento—. Empezaba a caerme bien».
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CAPÍTULO 15
os caballos no aminoraron el paso hasta que nos encontramos a un kilómetro y medio de Stone, más allá de la primera colina. Solo Lentonces el traqueteo del carruaje de los Tejo logró acallar el inquietante
eco del Equinoccio.
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No había sido una despedida fácil. Mi tía se había abrazado a mí con lágrimas en los ojos, a pesar de que le había prometido que pronto volveríamos a estar juntas. Mi tío la había apartado de mi lado, mascullando algo sobre que era un milagro que los Tejo supieran que existía y, sobre todo, que quisieran alentar a su hijo mayor a que me cortejara. Se marcharon para ir en busca de Ione, pero no me quedé a despedirme de ella. No podía mentirle a mi prima, ni sobre los Tejo ni sobre el horrible sabor que me había dejado en la boca su compromiso con Hauth Serbal.
Además, no aguantaba ver su nuevo aspecto bajo la luz de la carta de la Doncella, que tanto había cambiado a la Ione con la que había crecido.
A los Tejo no les había ido mucho mejor. Emory había escupido más sangre y había lloriqueado sin consuelo cuando por fin había recordado el motivo por el que no podía acompañarnos. Elm se había ofrecido voluntario a quedarse y consolarlo, ya que la Guadaña era la mejor arma que tenían a su disposición para ayudar al chico a descansar como tan desesperadamente necesitaba.
Iba sentada en silencio mientras viajábamos, a una hora indeterminada entre la medianoche y el amanecer. El camino rural desde Stone hasta la ciudad estaba lleno de baches. Me sentía exhausta y sola. Y el traqueteo del carruaje hacía que fuera imposible descansar. Cuando me sumí en la oscuridad de mi mente, intenté dar con el Tormento, encontrar algo que me resultara familiar.
Allí estaba, acurrucado como un gato en un rincón de mi cabeza, callado.
Enfrente tenía a Jespyr, con la cabeza apoyada sobre el hombro de su madre y los ojos cerrados. Fenir se hallaba sentado a su otro lado, contemplando la oscuridad por la ventana del carruaje.
Tuve la desgracia, orquestada sin lugar a dudas por su hermana, de compartir asiento con Ravyn. Permanecimos en un silencio gélido, separados el uno del otro todo lo que la anchura del carruaje nos permitía. No lo miré. No lo había mirado desde que habíamos abandonado los jardines del rey.
Sin embargo, eso no sirvió para mitigar la rabia inesperada e inexplicable que sentía hacia el capitán de los destreros y sus secretos tan bien guardados. Nada podía borrar el recuerdo de sus dedos entrelazados
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con los míos, el modo en el que el aire tibio del jardín se había quedado atascado en mi garganta cuando me había acercado a él.
Solté un suspiro tembloroso para disipar la inoportuna agitación que sentía en el pecho. Morette levantó la mirada hacia mí, confundiendo mi inquietud por preocupación.
—Nuestro hogar es antiguo y peculiar —me dijo con voz cálida—.
Pero el castillo Tejo es un lugar seguro. Allí estarás cómoda.
Nadie habló durante el resto del camino. Para cuando las ruedas pisaron los adoquines, había empezado a pellizcarme a mí misma para permanecer despierta.
El carruaje se detuvo de forma brusca.
Miré fijamente hacia la oscuridad. Una verja de hierro forjado rodeaba el castillo situado en lo alto de una colina. Detrás se encontraba un jardín de esculturas, con estatuas y setos bajo la sombra de unos tejos centenarios de una altura que resultaba amenazante.
Fenir sacó la llave maestra de su cinturón, abrió la verja y sostuvo la puerta de hierro el tiempo suficiente para que el carruaje pudiera adentrarse en sus terrenos.
Los ángeles y las gárgolas me miraban desde sus pedestales. Me estremecí y recordé todas las veces que mi tía me había dicho que el castillo Tejo estaba encantado.
Nos bajamos del carruaje. Cuando llegamos a la alta y antigua puerta fortificada, hecha de roble, Fenir llamó golpeándola tres veces con la palma de la mano abierta.
Su mayordomo nos dio la bienvenida, abriendo la puerta de par en par e invitándonos a entrar.
—Os esperaba antes —dijo, con las sombras danzando sobre su rostro en el castillo poco iluminado.
—Hemos tenido problemas con Emory —le explicó Morette en tono grave.
El mayordomo se giró hacia mí. Era un hombre corpulento, no mucho más alto que yo, con unas cejas pobladas y canosas y unos ojos grandes y atentos. Cuando sonrió, se le movió el bigote.
—Bienvenida al castillo Tejo, milady. Soy Jon Abrojo.
Intenté devolverle la sonrisa, pero lo único que me salió fue un bostezo.
—Elspeth.
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—Debéis estar agotada —dijo Abrojo—. Permitidme que os acompañe a vuestra habitación.
La puerta del castillo se cerró de un portazo.
—Ya la acompaño yo —intervino Ravyn. Tomó el candelabro que le quedaba más cerca y prendió las mechas. Aguardó un momento a que la llama creciera y las sombras titilaron sobre sus facciones: las cejas, la nariz y la afilada barbilla. Tenía los ojos entrecerrados y la mirada fría.
Avanzó por el vestíbulo, dejando atrás la chimenea apagada para llegar hasta la larga escalera de caracol. De nuevo, no me quedó otra opción más que seguirlo.
Fui detrás de él arrastrando los pies y fulminándole la nuca con la mirada. Quería gritar, hacer añicos su fachada de control. Pero no encontraba las palabras. El día me las había arrebatado. Y la noche las había enterrado.
Quien mandaba ahora era el cansancio, y yo era una mera sierva. Ravyn me condujo por un pasillo oscuro con farolillos parpadeantes y
extraños retratos, en el que se extendía una larga fila de puertas. El Tormento olisqueó el aire e hizo rechinar los dientes mientras yo estudiaba mi entorno. Se le dilataron las pupilas, lo que mitigó la oscuridad del castillo.
Nos detuvimos hacia la mitad de ese pasillo de dormitorios. Ravyn abrió una puerta y la bisagra crujió dándonos la bienvenida. Me adentré en la estancia; la luz gris de la luna se colaba por la ventana. Me giré para cerrar la puerta, pero el capitán permanecía en el umbral con el ceño fruncido.
Mi voz sonó cortante.
—¿Algo más?
Se pasó una mano por la mandíbula y sacudió la cabeza.
—No era mi intención ser insensible, señorita Bonetero —dijo, y sus palabras estaban teñidas de cierta rabia—. Llevo tanto tiempo fingiendo, ocultando partes de mi ser, de mi magia, que he olvidado cómo hablar sobre ello. —Su mirada se encontró con la mía. Buscaba algo en mí que yo no sabía identificar—. ¿Podéis llegar a entenderlo?
Sí que podía. Mejor que nadie. ¿Acaso no le había ocultado yo mi habilidad de absorber el poder de las cartas de la Providencia desde el principio? ¿No le había mentido a su familia y les había dicho que podía ver las cartas de la Providencia, cuando la verdad era que quien lo hacía
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era un monstruo de quinientos años que moraba en mi cabeza? Yo cargaba con el peso de mis propias mentiras, de mantener a salvo mis propios secretos. Unos oscuros y peligrosos.
Tal vez por eso Ravyn Tejo consiguiera enfurecerme tanto. Era más fácil odiarlo por ser tan reservado y deshonesto que admitir que me detestaba a mí misma por lo mismo.
No obstante, no podía decirle nada de eso. Apenas era capaz de confesármelo a mí misma.
Di un paso al frente, obligando a Ravyn a salir de la estancia, y fingí una amabilidad que no sentía.
—Vuestra casa parece un lugar muy discreto, oculta aquí en el límite de la ciudad, tan cerca del bosque. Lejos de las malas lenguas.
Con el ceño fruncido, el capitán me recorrió el rostro con los ojos, como si fuera un libro escrito en un idioma que no podía descifrar.
—¿Y?
Me gustaba ver cómo le costaba comprenderme. Me había herido el orgullo y ahora mi orgullo reclamaba venganza.
—Eso aliviará la carga de tener que fingir un interés que, según tengo entendido, estáis lejos de sentir. —Mi sonrisa no me llegó a los ojos—. Aquí, lejos de los rumores, no tendremos que aparentar ser algo que no somos.
Ravyn no apartó los ojos de mi rostro. Si mis palabras le habían dolido, sus facciones impasibles no lo mostraron. Se inclinó hacia delante.
—¿Y qué somos, señorita Bonetero?
La intensidad de su mirada hizo que diera un paso atrás.
—Nada —le dije. Y, por despecho, añadí—: ¿No es eso lo que vos queríais?
Algo se prendió en los ojos grises del capitán. No era rabia, pero sí algo igual de intenso. Por un momento, la tensión se apoderó de su expresión impasible. Tenía los dedos flexionados alrededor del candelabro, los hombros rígidos y el cuerpo apuntando directamente hacia mí.
Sin embargo, no habló. No me dio ninguna explicación ni tampoco negó nada.
Su silencio me atravesaba las entrañas como una punzada amarga. En un intento de hacerle daño, solo había acabado hiriéndome a mí misma.
—Eso creía —estallé, y cerré la puerta de un portazo en la cara del capitán de los destreros.
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El sueño fue como un espectro y, cuando me desperté, se marchó, desvaneciéndose en el aire frío que se había instalado en mi habitación. Me envolví en las mantas e intenté volver a dormirme, pero no encontré ninguna calma y permanecí allí, helada e inquieta, temerosa de lo que el día pudiera traer consigo. Tenía miedo, pero también me sentía rebosante de expectación.
Había dormido con el vestido del Equinoccio puesto. Cuando me incorporé, vi que tenía marcas en los brazos allí donde la tela se me había clavado en la piel.
La estancia estaba oscura, con las cortinas corridas. Sin embargo, mi ritmo interior me indicaba que hacía ya mucho que había amanecido. Me senté y miré a mi alrededor con los ojos cansados.
—Ayúdame un poco —dije en voz alta.
Al principio no me respondió. «¿No puedes hacerlo tú misma?». —¿Y negarte el placer de regodearte en mi indefensión?
El Tormento resopló. Entonces, como si accionara un interruptor en el fondo de mi cabeza, se me dilataron las pupilas igual que las de un gato, y pude ver la forma de la habitación, los bordes del mobiliario, los tenues rayos de luz que se colaban por debajo de las cortinas.
La noche anterior no me había fijado demasiado en el dormitorio. Me había desplomado sobre la cama y me había resignado a dormir nada más cerrarle la puerta en las narices a Ravyn Tejo.
Mi habitación era pequeña pero bien decorada con muebles elegantes. El marco de la cama contaba con un delicado grabado en forma de remolino. La silla del rincón estaba tapizada con un brocado verde y dorado. Había un águila tallada en la repisa de caoba, con el pico abierto y las garras curvadas. Las cortinas eran de un carmesí intenso, y en la alfombra se había tejido una elaborada escena en la que se representaba a un caballero dorado a lomos de un caballo negro.
Me quedé mirando la alfombra, todavía medio dormida, y recorrí con los ojos al hombre sobre el caballo. No podía verle la cara: tenía la visera del casco bajada. Fue su armadura lo que me llamó la atención.
A pesar de estar tejida en lana, resplandecía, dorada y hermosa.
Me sacó de mis pensamientos un golpe en la puerta. Antes de que pudiera responder, esta se abrió de golpe y alguien entró dando pisotones
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con las botas.
—Elspeth… Ay, mierda, perdona. Creí que ya estarías despierta.
Jespyr.
Carraspeé.
—Estoy despierta.
La joven se detuvo.
—¿Y te has quedado ahí sentada? ¿A oscuras?
No exactamente.
—Me estaba desperezando.
Jespyr se adentró en la habitación, arrastrando algo tras ella. Cuando descorrió las cortinas, la luz gris de la mañana inundó la estancia. Dejó caer el pesado objeto a los pies de la cama.
Mi baúl, cargado con toda la ropa que había llevado conmigo al Equinoccio.
—Gracias. —Me encogí ante la luz matutina y dejé las piernas colgando por el lateral de la cama. Señalé hacia la alfombra—. Jespyr, ¿quién es ese?
Los ojos de la chica se deslizaron hacia el hombre con armadura. —Supuestamente se trata del Rey Pastor. Tenemos muchos retratos
suyos por el castillo, obtenidos por los Tejo a lo largo de los siglos.
Fruncí el ceño y escudriñé el tapiz de lana. Mirar al hombre con la armadura de oro me hacía pensar en un sueño olvidado. En un reflejo en el agua demasiado turbio como para distinguirlo.
El Tormento se colocó detrás de mis ojos, escondiéndose tras un silencio cargado y decidido.
—Tengo algo más para ti —me dijo Jespyr, sin mencionar el hecho de que seguía llevando la misma ropa del día anterior. Sacó un sobre del bolsillo de su túnica—. Ha llegado esta mañana.
Por los garabatos apresurados y la tinta salpicada sobre el pergamino allí donde había pasado la pluma, reconocí la letra de inmediato.
Era de mi tía.
Abrí el sobre y, de repente, sentí una gran nostalgia.
Querida Elspeth:
Me alegra, aunque debo decir que me ha sorprendido un poco, que hayas trabado amistad con Ravyn Tejo. Parece un
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hombre peculiar y severo. No obstante, los Tejo tienen una buena reputación, y su madre, Morette, es una buena mujer. Rezo por que te sientas como en casa en su compañía, y que el cambio sea bueno para ti.
Ahora que estás en el castillo Tejo y que Ione y tu tío se han quedado en la corte del rey, la casa Espino está muy vacía. Desearía poder retroceder en el tiempo, que hubiéramos decidido no acudir al Equinoccio y que todo siguiera igual que siempre. Pero no son más que los desvaríos de una mujer mayor que se aferra a sus costumbres. Si alguien merece un cambio de aires, esa eres tú, Elspeth.
Ten cuidado, mi amor. Y, si deseas complacer a esta pobre mujer…, ve con pies de plomo en el castillo Tejo. Allí hay magia antigua.
Firmó con el familiar lema de Blunder:
Cautela. Astucia. Bondad.
Opal
Jugueteé con los extremos deshilachados del pergamino, sintiendo un gran pesar en mi corazón.
«Está preocupada».
«Todos tenemos nuestros problemas», bostezó el Tormento.
«Es algo bueno que haya venido aquí —dije—. Ha sido lo correcto. Ayudarlos a encontrar las cartas…, ayudar a Emory, ayudarme a mí misma, después de pasar tantos años oculta con los Espino… Ha sido lo correcto».
«¿Intentas convencerme a mí o a ti misma?».
La cama tembló cuando Jespyr se lanzó a ella y aterrizó con fuerza a los pies.
—¿Malas noticias?
Negué con la cabeza.
—Una carta de mi tía. Debe de haberla escrito anoche, después de que abandonáramos Stone.
—Te tiene atada en corto, ¿no?
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Volví a negar con la cabeza.
—No paso demasiado tiempo lejos de ella. Se preocupa. —Luego, tras una pausa, añadí—: Todo está cambiando. Ione se ha prometido con un príncipe. Y yo estoy aquí, conspirando con vuestra familia. —Arrugué la nariz—. Me preocupa Ione, mi tía…, que nos pillen. Me preocupa todo.
Bajo la luz de la mañana, unas vetas doradas brillaban en los ojos marrones de Jespyr. Sus iris estaban cargados de fuego, muy distintos al tono luz de luna de los ojos grises de Ravyn y Emory. Llevaba el cabello oscuro ondulado, salvo por unos cuantos rizos rebeldes que le enmarcaban el rostro. Lo llevaba más corto de lo que dictaba la moda de la corte, atado detrás del cuello con una tira de piel. Su túnica, de un verde intenso con ribetes blancos, caía libremente por su esbelto cuerpo.
Cuando me sonrió, sin contenerse, no pude evitar devolverle el gesto. —Yo también me preocupo. —Se inclinó hacia atrás—. Me preocupa
Emory. Me preocupan Elm, y Ravyn, y yo misma. Que el rey, Hauth u otros destreros descubran nuestra doble vida. Que nos pillen. Estoy constantemente preocupada.
—¿Y cómo consigues seguir adelante?
Se encogió de hombros y cruzó las piernas, apoyando una bota sucia sobre la rodilla.
—Me digo a mí misma que soy más fuerte que mis dudas, que soy buena. Aunque no siempre me sienta así. —Abrió la boca para añadir algo más, pero pareció morderse la lengua. Se quedó contemplándome fijamente, con los ojos como platos.
Me removí, incómoda.
—¿Jespyr?
—Perdona —me dijo parpadeando—. La luz aquí juega malas pasadas.
Por un momento, tus ojos me han parecido casi amarillos.
Tuve que emplear todos mis años de práctica para mantener el gesto impasible. Parpadeé, y una risa nerviosa me subió por la garganta.
—Qué raro.
No obstante, Jespyr no pareció percatarse de mi incomodidad.
—Ya casi había olvidado mi cometido. Había venido a buscarte, Elspeth.
—¿Ah, sí?
—Sylvia Pino y sus hijas se irán antes del Equinoccio para volver a su casa. Mi madre habló anoche con Sylvia y la invitó a tomar el té aquí de
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vuelta de Stone. —Se levantó de la cama y dio pasos ligeros…, emocionada—. Tú y yo nos uniremos a ellas.
«Por los árboles —murmuró el Tormento mientras arrastraba sus garras—. ¿Ahora tenemos que jugar a tomar el té con los arribistas de Blunder? Dijiste que aliarnos con estos idiotas sería peligroso, pero no oí nada de que fuera a ser una tortura».
Hice una mueca.
—¿Tenéis una relación estrecha con los Pino?
—En absoluto. —Jespyr se apartó un rizo de los ojos—. Sylvia es una mujer odiosa. Sus hijas son más tolerables, si conseguimos encontrar un tema de conversación interesante. —Se señaló a sí misma, su túnica, sus calzas y sus botas embarradas—. No tengo muchas cosas en común con ellas.
—No sé cómo podría ayudarte yo. No soy…, mmm…, muy habladora.
El Tormento resopló en mi oído.
—Ah, pero esta vez —dijo Jespyr— tendremos algo de lo que hablar. —Al percatarse de mi expresión perpleja, rompió a reír—. No dejo de olvidar que no tienes ni idea de lo que está pasando.
Crucé los brazos.
—¿Y quién tiene la culpa de eso?
Me dedicó una sonrisa burlona.
—Ya, perdona. —Se aclaró la garganta—. Mi madre invitó a Sylvia Pino porque creemos que es muy probable que su esposo, Wayland, tenga en su poder la carta de la Puerta de Hierro. Tal vez Sylvia sea una arpía de armas tomar, pero sus hijas, benditas sean, son unas cotorras encantadoras.
Enarqué una ceja.
—¿Y qué pasará si nos dicen dónde guarda su padre la Puerta de Hierro?
La sonrisa de Jespyr era contagiosa.
—Entonces, estaremos un paso más cerca de robarla.
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CAPÍTULO 16
orette, Jespyr y yo aguardábamos en el salón, sentadas alrededor de una espaciosa mesa ovalada. De forma estratégica, Mhabíamos dejado una silla vacía entre cada una. Yo me había puesto un vestido gris oscuro y un chal blanco a juego que me había tejido mi tía,
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con un espino bordado en el centro. Me envolví con él el cuello y el pecho, acurrucándome en su calidez en busca de confort.
Enfrente de mí, Jespyr tironeaba de su cuello con volantes. Su madre había insistido, ya que un vestido no era opción para ella, en que se pusiera algo más formal que sus atuendos habituales, a los que Morette había llamado con retintín «andrajos de lana que ni un mozo de cuadra llevaría».
A Morette le centellearon los ojos cuando miró a su hija. —¿Estás bebiendo?
Jespyr escondió una petaca debajo de la mesa.
—No.
—¡No es ni mediodía!
—Considéralo una medicina. —Cuando su madre le dedicó una mirada fría como el hielo, Jespyr levantó las manos—. No puedes pretender que aguante a Sylvia Pino sin una sola gota de alcohol en el cuerpo.
—No la aguantaremos mucho rato si piensa que mi hija es una borracha.
Jespyr me pasó la petaca. Su contenido se agitó en la pequeña funda de cuero. Olí el vino.
—Bebe un poco —me alentó la destrera—. Hazme caso, te ayudará. Bajé la mirada hacia la petaca, con la mirada de Morette clavada en mí
desde el otro lado de la mesa.
«Adelante —me dijo el Tormento—. Lo que sea para acabar con mi sufrimiento».
«Cállate, gruñón».
Le quité la tapa y me la llevé a los labios. El vino estaba caliente, rico… Demasiado fuerte para esas horas de la mañana, pero su quemazón resultaba placentera.
—¿Va a acompañarnos alguien más hoy? —pregunté.
Jespyr me miró.
—¿Como quién? —Curvó los labios hacia arriba, pícara como un duende—. ¿Ravyn?
Le volví a pasar la petaca con ímpetu. La agarró con una mano, sin conseguir borrar esa sonrisa de su cara.
—Ha tenido que cabalgar de vuelta a Stone esta mañana temprano. No hay descanso para el capitán.
Se oyó el sonido de las ruedas de un carruaje. Las tres giramos la cabeza hacia la puerta del salón. Fuera, los cascos de los caballos
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repiqueteaban contra la piedra. Las ruedas se detuvieron y los corceles relincharon, solo para ser acallados por el parloteo agudo de varias voces que competían por imponerse.
Las mujeres Pino acababan de llegar.
—Recordad —dijo Morette en voz baja—. La clave es ser discretas.
No dejéis que vuestro interés en la Puerta de Hierro sea demasiado obvio.
Limitaos a hacer que hablen.
El mayordomo abrió la puerta del salón bruscamente, con tanta fuerza que el juego de té de plata tembló. Jon Abrojo no era un hombre delicado.
—Lady Sylvia Pino y sus hijas, milady.
—Gracias, Jon —dijo Morette enarcando las cejas. Un asentimiento de cabeza, una sonrisa, un suave gesto de invitación en dirección a la mesa. La función había comenzado—. Por favor, tomad asiento, Sylvia. Farrah, Gerta, Maylene, poneos cómodas.
Nos vimos flanqueadas por las Pino. Yo me encontraba sentada entre lady Pino y su hija mediana, Gerta. Jespyr se hallaba entre la mayor de las Pino, Farrah, y la pequeña, Maylene, que no era mucho mayor que mis medio hermanas.
Cuando cesó el rechinar de las sillas contra el suelo, antes de que alguien hablara, el silencio en la estancia fue tan apabullante que sentí que me asfixiaba. Le lancé a Jespyr una mirada de pánico, pero ella, la temible Jespyr Tejo, la única mujer destrera de Blunder, parecía tan incómoda como yo y se mordía una uña con expresión de animal enjaulado.
Jon trajinaba a nuestro alrededor, sirviendo el té. Para ser un hombre con un aspecto tan rudo, no derramó ni una sola gota. Morette carraspeó.
—¿Habéis disfrutado del Equinoccio, señoritas?
Lady Pino abrió esos labios fruncidos, pero su voz se vio acallada por las de sus hijas, que hablaban a la vez como gatos maullando, cada una narrando una historia del Equinoccio mejor que la anterior.
A mí me había acorralado Gerta, que se inclinó hacia mí y me contó, con todo lujo de detalles, cómo habían sido sus tres vestidos. No me importaba tratar el asunto, hay temas peores de los que hablar que la ropa, pero el Tormento estuvo todo el rato rechinando los dientes.
«Preferiría morir a causa de mil cortes —gimió—. Pregúntale dónde diantres está la Puerta de Hierro y acaba ya con esto».
«¿Y levantar todas las sospechas posibles cuando les hayan robado la carta? Que hablen mucho no significa que sean idiotas».
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«Eso es precisamente lo que son».
Apoyé la barbilla en la mano y me aseguré de que mi expresión siguiera siendo neutra y calmada.
—Hablando de vestidos bonitos —dijo Gerta, que le dio un gran sorbo al té—, vuestra prima Ione estaba deslumbrante cuando anunció su compromiso. —Enarcó una ceja, y un mechón de pelo rubio le cayó sobre los ojos. Se lo apartó—. No recuerdo haberla visto nunca tan favorecida…, y eso que la vi el año pasado en la corte.
Se me hizo un nudo en el estómago. Había muchos temas que no quería tocar, pero por encima de todos ellos estaba el de Ione.
«¿Por eso quieren mi ayuda…? ¿Para que mi relación con Ione las motive a hablarme de las cartas? —Miré hacia Morette—. Es un poco insensible».
«Tal vez les venga de familia».
Volví a girarme hacia Gerta mientras tomaba mi taza de té.
—Ione es muy afortunada —dije con voz tranquila—. Cuando se comprometió, le hicieron entrega de una carta de la Doncella.
A Gerta le brilló el rostro; abrió mucho los ojos y curvó los labios hacia arriba. Aquel rumor era tan jugoso para ella como si le hubiera hecho entrega de las llaves de la ciudad.
—¿Tiene una carta de la Doncella?
—Así es. —Alargué la mano hacia el plato de pan dulce del centro de la mesa, a pesar de que tenía un nudo en el estómago y no podía probar bocado—. Fue parte del acuerdo al que llegó mi tío. Le regaló al rey su carta del Tormento. El resto del trato es lo que visteis en el Equinoccio.
Gerta asintió. Echó un vistazo alrededor de la estancia.
—¿Y vos, Elspeth? También os ha ido bastante bien. Os han invitado a un castillo que la mayoría de nosotros no ha visto por dentro. —Le dio un sorbo al té—. ¿Vuestro padre ha hecho lo mismo y le ha ofrecido una carta al capitán de los destreros como dote?
Tosí. Jespyr me miró desde el otro lado de la mesa. Un rubor inesperado comenzó a cubrirme las mejillas.
—No estoy prometida con nadie —logré decir—. Y mucho menos con Ravyn Tejo.
La joven me dedicó una sonrisa cómplice.
—Claro que no.
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El ruido envolvía la mesa, pero intenté ignorar el resto de las voces. El Tormento arrastró sus garras por mi mente como si nada. «Sigue por ahí», dijo, con la voz viscosa como el aceite.
Respiré hondo.
—Bueno —le dije a Gerta—, mi padre recibió una carta como dote de mi madre. Supongo que algún día será mía. —Sonreí y recé por parecer inocente y poco ansiosa—. ¿Vuestro padre tiene alguna carta guardada para vuestra dote?
Gerta le dio un bocado al pan y se cubrió la boca con la mano al hablar.
—En teoría. —Puso los ojos en blanco—. Aunque sospecho que papá les tiene demasiado cariño como para desprenderse de ellas. Siempre las lleva encima, vaya a donde vaya, como un niño con sus juguetes.
Se me aceleró el pulso. Sin embargo, el rostro de Gerta permaneció impasible, y mantuvo el tono distendido y la mirada relajada. No dio señales de haberse percatado de que había hablado de más. Miré a Jespyr fijamente. Cuando sus ojos castaños se encontraron con los míos, enarcó una ceja.
Estábamos muy cerca de conseguirlo.
—¿Y quién podría culparle? —dije. El temblor de mi mano hacía que se formaran ondulaciones en el té. Dejé la taza en la mesa—. ¿Son unas cartas muy peculiares?
—No como para armar tanto alboroto —me respondió, desolada—. Solo un mísero Profeta. —Le dio un sorbo al té. Yo aguanté la respiración
—. Esa y una Puerta de Hierro. Una lástima, ¿verdad? Me hubiera encantado que tuviera una Doncella, como Ione.
Sonreí. Solo que esta vez, no tuve que fingir. —Sí que es una lástima.
Agitamos las manos para despedirnos del carruaje de las Pino a su paso por el jardín de esculturas, y solo las bajamos cuando este hubo desaparecido entre las sombras del atardecer, más oscuro de lo habitual debido a los imponentes tejos del camino de entrada.
—Vamos —dijo Morette, con su boca severa curvada en una sonrisa —. Fenir querrá enterarse de esto enseguida.
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El castillo Tejo era oscuro, antiguo, exuberante y extrañamente delicado. Sus techos eran abovedados, tan altos que tuve que doblar el cuello para admirarlos. Había tapices colgados por todas partes. En algunos se representaban doncellas y paisajes o criaturas del bosque, mientras que otros se dedicaban a las cartas de la Providencia.
Y, en algunos de ellos, siempre con la visera bajada, aparecía el caballero con armadura dorada de la alfombra de mi dormitorio.
Olí el cuero, la madera y los clavos. Un aroma cálido, intenso y antiguo. Reprimí las ganas de recorrer los pasillos de puntillas, ya que me parecía que el eco de mis pasos estaba fuera de lugar entre las paredes del castillo. Bien podría haber un espectro escondido detrás de los tapices, merodeando por los largos corredores.
La vigilia del Tormento se vio avivada por la piedra extraña y antigua. Podía sentir cómo se agitaba su consciencia, cómo despertaba su curiosidad. Seguí a Morette y a Jespyr hasta una segunda escalera de caracol. Deslicé la mano por la pared de piedra mientras olía las barandillas de cerezo y observaba cómo la débil luz del sol iluminaba miles de diminutas partículas de polvo suspendidas en el aire.
La escalera nos condujo hasta un vestíbulo plagado de libros y una amplia entrada. Las puertas de madera, con unos diseños grabados que no entendía, parecían muy pesadas. Se hallaban entreabiertas. Morette no se molestó en llamar; simplemente las empujó con los hombros para abrirlas del todo.
La luz de la tarde entraba en la espaciosa estancia a través de una fila de ventanas abovedadas. Unas estanterías de suelo a techo cubrían las paredes, a excepción de la que quedaba frente a las ventanas. Estaban plagadas de velas, plantas vivas y muertas, y libros. Un tabique, en el que habían pintado la insignia de un tejo, evitó que pudiera ver bien la zona en la que había una cama.
Fenir Tejo se encontraba sentado alrededor de la larga mesa de castaño en mitad de la habitación, concentrado en un pergamino. Cuando levantó la mirada y nos vio, abrió mucho sus ojos marrones.
—¿Y bien?
Jespyr corrió hacia él. Tomó una silla y la hizo girar sobre una sola pata hasta que quedó de espaldas a la mesa. Se dejó caer sobre ella de golpe y cruzó los brazos por encima del respaldo de la silla.
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—Wayland Pino tiene la Puerta de Hierro. La lleva encima. Ahora mismo.
Fenir clavó la mirada en Morette.
—¿De verdad?
La mujer asintió.
—Sigue en Stone, disfrutando del Equinoccio. Tiene previsto volver a casa mañana.
Era extraño ver sonreír a Fenir Tejo. No hubiera adivinado que un rostro tan severo era capaz de hacer eso. Pero le sentaba bien. Por un momento, vi en él las facciones de Emory.
—Tendremos que informar de inmediato a Ravyn y a Elm —dijo. —¿Para que actúen antes de que Pino abandone Stone? Fenir negó con la cabeza.
—Así habría demasiadas posibilidades de que los pillaran. Es mejor hacerlo al aire libre, donde puedan ocultarse en condiciones. —Se giró hacia su hija—. Debes ir con ellos.
Jespyr se pasó una mano por la frente.
—No hay descanso para el capitán y, al parecer, tampoco para su hermana. —Apartó la silla con un suspiro. Cuando pasó junto a mí, me puso una mano en el hombro—. Has hecho un buen trabajo hoy. Descansa. Vas a necesitarlo.
Salió de la estancia. La observé mientras una pregunta se formaba en mi mente. Tomé la silla que ella había abandonado, acercándome más a la mesa.
—A los hombres a quienes les arrebatáis las cartas —le dije a Fenir—, a los hombres como Pino, ¿les hacéis daño?
Fenir enarcó las cejas.
—¿Nos tomáis por unos matones desalmados, señorita Bonetero? Le devolví el gesto y enarqué las cejas a mi vez. —Dos de vuestros hijos son destreros, ¿no es así?
Morette carraspeó.
—Y ahí es donde intervenís vos, señorita Bonetero. Con vuestra atenta mirada deberíamos ser capaces de localizar y obtener la carta lo más rápido posible. La violencia es algo que queremos evitar.
Me removí en mi silla y recordé la daga con la empuñadura de marfil de Ravyn.
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—Mi mayordomo se nos unirá enseguida. —Fenir se dirigió hasta la estantería más alejada y sacó un tomo antiguo y cubierto de polvo—. Pero, mientras esperamos, hay algo que me gustaría que vierais, señorita Bonetero.
La portada de piel del tomo tenía dos alisos bordados, altos y estrechos, uno al lado del otro en perfecta armonía. Uno de los árboles estaba hecho con hilo negro y el otro, grisáceo a causa del tiempo, con hilo blanco. Era un libro más antiguo que la copia de mi tía, con la encuadernación más desgastada.
Lo reconocí de inmediato.
Fenir lo colocó encima de la mesa.
—¿Habéis estudiado El viejo libro de los Alisos, señorita Bonetero? Quise reírme. Si me lo hubiera pedido, se lo habría recitado de arriba
abajo.
—Un poco.
Fenir levantó la cubierta y tosió mientras pasaba las viejas páginas hasta llegar a la última. Leyó en voz alta:
Cuando las sombras se alargan, los días se acortan
y el Ánima se fortalece, las doce se invocan.
A la Baraja llaman y ella las reclama.
Reúnenos, dicen, y la oscuridad será olvidada.
En el árbol que da nombre al rey, con la sangre negra y
salada,
las doce se unirán y la enfermedad será sanada.
Desterrarán la neblina desde la montaña hasta el mar. Nuevos comienzos, nuevos finales…, pero su precio has de pagar.
—Las cartas, la neblina y la sangre —dije en un susurro.
Morette se nos unió en la mesa.
—Los reyes de Blunder llevan mucho tiempo intentando hacer lo que les indicó el Rey Pastor. Pero ninguno ha logrado unir la baraja de doce cartas. Nadie ha podido encontrar los Alisos Gemelos.
Tamborileé con los dedos sobre la mesa.
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—¿Y el rey Serbal sabe dónde encontrarla?
—No —respondió Fenir—. Lo ha consultado con los mejores cartógrafos del reino. Se reúnen alrededor de un viejo mapa de Blunder. A lo largo de los años, en ese mapa se han señalado todos los lugares en los que los hombres del rey han buscado. Aun así, no hay ni rastro de los Alisos Gemelos. No hay ningún registro de que se haya intercambiado por alguna cosa ni historial alguno de su uso. Los únicos dos documentos que la mencionan son El viejo libro de los Alisos y la historia de Brutus Serbal, el primer rey Serbal.
El Tormento siseó entre dientes al oír el nombre del antiguo rey. Tuve que contenerme todo lo posible para no reaccionar.
—¿Y qué decía Brutus acerca de los Alisos Gemelos? —inquirí.
—Lo mismo que el resto —respondió Morette—. Que un día el Rey Pastor se llevó la carta a la neblina y regresó sin ella.
Fruncí el ceño.
—Seguramente el Rey Pastor cuente con su propia historia…, con sus propios documentos.
La voz de Fenir fue grave.
—La mayoría de las cosas que sabemos sobre el Rey Pastor las hemos obtenido de las leyendas populares. Sus archivos se destruyeron, y ninguno de sus hijos sobrevivió para reclamar el trono. Brutus Serbal, el capitán de su guardia, se convirtió en el siguiente rey de Blunder.
El Tormento agitó la cola y se removió en la oscuridad de mi mente.
Hice una pausa.
—Supongamos que logramos encontrar los Alisos Gemelos. — Levanté la mirada hacia los Tejo—. ¿Qué sangre pretendéis usar para unir la baraja?
Fenir se inclinó hacia delante.
—Puede que ya lo conozcáis. Es el jefe de los galenos del rey. El hombre alto y delgado con los ojos inquietantemente pálidos. —¿Orithe Sauce? —exclamé—. ¿Está contagiado?
Fenir tomó El viejo libro de los Alisos con cuidado y lo volvió a colocar en la estantería.
—Igual que tú —dijo—. Orithe se contagió de niño. Pero el rey lo mantuvo con vida por un único motivo: su magia le permite detectar la infección en los demás. Sin duda, habréis visto el aparato que lleva alrededor de la mano.
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Sí que lo había visto. Era una garra de metal, con unas púas largas y terribles que salían de cada uno de sus pálidos dedos. Me quedé lívida.
—¿Orithe hace uso de eso, de ese artilugio, para ver la infección en otros?
La voz de Fenir fue severa.
—Afirma que puede detectar la infección en la sangre. —Frunció el ceño con fuerza—. Da caza y hace sangrar a cualquiera que sospeche que padece la fiebre. Por eso el rey lo nombró jefe de los galenos.
Me llevé los dedos a las sienes para calmar las vueltas que me estaba dando la cabeza.
—Evitaréis derramar la sangre de Emory y, en su lugar, usaréis la de Orithe —murmuré. «La del hombre responsable de las muertes de muchísimos niños infectados. Es matar dos pájaros…».
«De un tiro», concluyó el Tormento.
El mayordomo de Fenir abrió la puerta. Jon Abrojo me saludó con la cabeza y luego colocó una cartera de cuero repleta de colores brillantes encima de la mesa, frente a Fenir.
La luz inundó la estancia cuando el señor de la casa abrió la cartera.
—Nuestra colección, señorita Bonetero.
Examiné las cartas y entorné los ojos.
—No están todas.
—No —dijo Morette—. Los destreros guardan sus Caballos Negros. Y Elm, como ya sabréis, no está dispuesto a ir por ahí sin su Guadaña. El Espejo y el Tormento a menudo las lleva Ravyn encima.
Escudriñé los colores, parpadeé y volví a fijarme en ellos.
Gris, el Profeta.
Rosa, la Doncella.
Turquesa, el Cáliz.
Amarillo, el Huevo Dorado.
Blanco, el Águila Blanca.
—Faltan tres cartas —declaró Fenir—. El Pozo, la Puerta de Hierro y los Alisos Gemelos.
Contemplé la pila de cartas, con esa combinación cromática peculiar y hermosa, como si estuviera ante una vidriera.
—¿Tenéis algún plan para encontrar el Pozo?
—El Pozo va a ser complicado de conseguir —dijo Jon Abrojo mientras se frotaba la barba—. Dada la naturaleza de la carta, los hombres
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que tienden a quedársela son, por lo general, muy cautelosos.
Los Tejo guardaron silencio, ceñudos.
Me mordí el labio, dando golpecitos con las uñas contra la mesa. El Tormento se había deslizado para colocarse detrás de mis ojos, a la espera de que dijera algo. Cuando no hablé, su voz inundó mi mente como el vapor de un hervidor. «Adelante —me alentó—. Cuéntaselo».
Clavé la mirada en el revoltijo de colores que irradiaban las cartas de la Providencia. Las cartas, la neblina y la sangre.
Levanté la mirada hacia los Tejo.
—Conozco a alguien que posee una carta del Pozo —dije—. Vive justo al final de la calle.
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CAPÍTULO 17
la mañana siguiente, Ravyn regresó al castillo Tejo.
Cuando oí los cascos de los caballos, cerré con brusquedad el Atomoque estaba leyendo y salí de la biblioteca dejando tras de mí una nube de polvo. Recorrí los pasillos y los pasadizos hasta que di con una
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pequeña puerta de madera que conducía directamente desde el interior del castillo hasta sus salvajes jardines.
Me agaché detrás de un antiguo sauce, solté un largo suspiró y me lancé hacia una de las ramas más bajas, con el frío de la mañana atenazándome los dedos y las mejillas.
El Tormento canturreó, y sus palabras sonaron viscosas. «Oscuro y severo es el capitán de los destreros. Apostado en lo alto de los tejos, con ojos grises y añejos. Ten cautela con su magia, y también con su destino. Los Tejo y los Serbal amigos no serán».
«Cállate —le dije mientras apartaba la rama que tenía sobre la cabeza y dejaba que la luz de la mañana cayera sobre mi frente—. No quiero hablar de eso».
No obstante, daba igual que no habláramos de ello. Desde la noche en la que me habían atacado en el bosque, la línea entre hablar y pensar había comenzado a desdibujarse. Cuanta más ayuda le pedía, más fuerte se hacía la presencia del Tormento en mi cabeza. Entendía sus emociones, lo que le interesaba y lo que le repugnaba, sin necesidad de palabras. A veces lo sabía con tanta vehemencia que las confundía con las mías propias. Sentía su consciencia, su concentración. Cuando hacía uso de sus sentidos, lo veía todo más claro, oía mejor.
Sin embargo, no conocía su mente a fondo. Aún existían secretos entre nosotros.
Las tórtolas arrullaban, y los sonidos del amanecer en el jardín eran vivaces. Partí unas ramitas del sauce y las entrelacé para formar una sencilla corona que me coloqué en la cabeza. Con mi amuleto en la mano, abandoné el árbol y salí hacia la neblina, en busca del lugar en el jardín en el que crecían zanahorias silvestres.
Por lo que sabía, en el castillo Tejo no había jardineros. Por muy ordenado que mantuviese el castillo, los cuidados de Jon Abrojo no alcanzaban más allá del jardín de estatuas. Los jardines crecían salvajes. Eso me gustaba. A diferencia de los setos bien recortados y las flores de Stone, el castillo Tejo contaba con una ecléctica variedad de hierbas, plantas aromáticas y flores que daban la sensación de sublevarse y tomar el lugar por asalto. Salvajes, fuertes y libres.
El sendero empedrado había sido reclamado por la naturaleza. Pasé por encima de las piedras musgosas y me adentré entre la vegetación en busca de flores.
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Sin embargo, no era época de floración. El espíritu salvaje del jardín no tardaría en hartarse y replegarse sobre sí mismo, ya que, cada noche, el frío del invierno parecía acercarse más. Tuve que buscar bien entre las zarzas, pues solo las plantas más resguardadas seguían dispuestas a compartir sus flores conmigo. Me puse de rodillas y divisé un montón de flox de jardín, así que añadí varias flores a mi corona de sauce.
Un dolor punzante me atravesó la mano. Me giré, sin ser consciente de que la había apoyado sobre la zarza de un rosal, cuyos esquejes habían sido devorados por un ciervo hambriento. Solo quedaba una flor en pie. Roja como la sangre y tan fresca que casi podía sentir su olor. La rosa se erguía sola entre las espinas, como si estuviera esperando.
No la arranqué. En el pasado, me había llevado mi merecido por tratar de recoger rosas sin guantes ni tijeras. Aun así, deslicé un dedo por el tallo para verificar su fortaleza y lo afiladas que eran sus espinas, que presioné peligrosamente contra mi piel.
—Esas espinas son despiadadas —dijo una voz grave y familiar.
Me giré, con el corazón en un puño.
Ravyn se hallaba a unos pasos de distancia, con las botas, la capa y el cabello oscurecidos por la lluvia matutina. De su bolsillo salían esas conocidas luces burdeos y púrpura, que brillaban más que cualquier flor del jardín. En el cinturón llevaba la empuñadura de marfil de su daga y, cuando la desenvainó, se me tensaron los músculos al recordar la punta de la hoja apoyada en mi corazón.
No obstante, esta vez la hoja no me tocó. Ravyn se colocó a mi lado y tomó la rosa por su base. La levantó de entre las zarzas, liberándola de un solo corte. La sostuvo durante un momento sin decir nada, pero el silencio entre ambos era lo bastante atronador como para acallar hasta el más entusiasta canto de los pájaros.
Cuando al fin se dignó a hablar, su voz sonó ronca, como si llevara mucho tiempo sin usarla.
—¿Os encontráis bien?
Se me entrecortó la voz, conmocionada como estaba por su repentina aparición.
—Sí.
—¿Mi familia se está encargando de vos?
—No me he muerto de hambre, si es a eso a lo que os referís. —Saqué mi amuleto y lo retorcí entre los dedos—. Han sido amables. Me
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avergüenzo al pensar que de niña tenía miedo de atravesar vuestra verja.
—Miré hacia el jardín—. Es una propiedad preciosa.
—¿Y por qué teníais miedo?
Me encogí de hombros.
—Mi tía me había dicho que el castillo estaba encantado.
Ravyn elevó la comisura de la boca.
—Yo no la desacreditaría tan rápido. —Me recorrió el rostro con la mirada, desplazándola hacia la corona de flores que descansaba sobre mi cabeza. Ninguno de los dos dijimos nada. Un día separados había bastado para volver a convertirnos en desconocidos.
Si es que alguna vez habíamos llegado a ser otra cosa.
Ravyn dio un paso hacia delante mientras sostenía la rosa roja como la sangre en su mano y me la tendía.
—¿Me permitís?
Miré la rosa y luego volví a dirigir los ojos hacia su cara. Por los árboles, qué rostro. Contención y belleza. Una estatua imperfecta e imponente.
—Creía que íbamos a dejar de fingir —murmuré.
El capitán limpió la rosa de espinas con su daga.
—Solo es una flor. Las flores no se andan con jueguecitos. —Volvió a ofrecérmela, pidiéndome de nuevo permiso—. ¿Me permitís?
Esta vez, asentí. Se me acercó y colocó la rosa en lo alto de mi cabeza, enlazando el tallo en la corona de sauce con unos dedos diestros y fuertes. Cuando se retiró, su mano me rozó el cabello a la altura de la mejilla.
Permanecí inmóvil. Podía oler la lana húmeda de su capa, su aroma a humo y a clavo.
—¿Cómo sabíais que estaba aquí?
—No estabais en vuestro dormitorio. —Señaló el jardín—. Si yo intentara evitar a alguien, aquí es donde vendría.
Abrí la boca, pero no salió nada. No tenía ningún sentido seguir mintiendo.
Me dedicó una pequeña sonrisa.
—¿Os apetece que os haga un recorrido?
Miré a mi alrededor, al jardín ligeramente difuminado por la neblina.
—No sabía que este lugar siguiera un patrón.
—Más bien todo lo contrario —afirmó Ravyn—. Y eso lo convierte en la parte más interesante de la propiedad. Pero no se lo digáis a Abrojo. Se
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ofendería enormemente.
Aquello me hizo curvar las comisuras de los labios.
—Eso no os hará falta —me dijo cuando vio que me guardaba la pata de cuervo en el bolsillo—. No os ha hecho falta en once años.
Lo miré, perpleja.
—Pero la neblina… El Ánima del Bosque… —No atrapa a gente como nosotros —me dijo. —Pero el libro dice…
—Ambos contamos ya con una magia extraña. Somos esas cosas sobre las que advierte el libro, señorita Bonetero. —Sonrió y me indicó que lo siguiera por el sendero del jardín—. No debemos temer que haya un poco de sal en el ambiente.
Ravyn no conocía el nombre de las plantas ni de las flores. Por supuesto, sí el de los árboles. Lo seguí, guardando las distancias y oyendo su voz mientras admiraba el jardín. Las malas hierbas se aferraban al dobladillo de mi falda y las ramas bajas se me enganchaban en el cabello a medida que nos adentrábamos en la espesura, donde las zarzas no estaban acostumbradas a recibir visitantes y el sendero se hallaba prácticamente oculto.
—¿Adónde conduce esto? —inquirí, desenredándome el pelo de una rama baja.
—A las ruinas —respondió Ravyn—. Al castillo original. O más bien a lo que queda de él.
A pesar de su enfado, el interés del Tormento espoleó mis pasos. Seguí al capitán de los destreros por la espesura hasta que desembocamos en un prado. Abrí los ojos de par en par al ver el paraje: la hierba cubierta de rocío, los enormes árboles y el cementerio de piedra: los últimos resquicios de un castillo derrumbado, alojado en la neblina.
Sus piedras mantenían un equilibrio peculiar en mitad del prado. Caminé de puntillas entre los pilares derruidos de piedra caliza que se
hallaban desperdigados por la hierba, temerosa de que mis pasos pudieran hacerlos caer.
—No sabía que hubiera otro castillo aquí —murmuré.
Ravyn asintió.
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—Es antiguo…, más que Stone. Nadie sabe exactamente cuándo fue erigido. O cuándo fue asolado por el fuego. —Señaló hacia un punto al este de las ruinas, hacia una verja de hierro oxidada que asomaba entre la neblina—. Solo queda en pie una habitación.
El Tormento arrastró las garras por mi mente e inspiró hondo; la sal en el aire era abundante. Me apoyé contra uno de los pilares, pero enseguida me aparté, temerosa de derribarlo con mi peso.
Ravyn me observaba.
—No pasa nada —me dijo—. Llevan aquí cientos de años. No se caerán.
Sentía la arenisca áspera bajo la palma de la mano, que deslicé a lo largo del perímetro del pilar mientras examinaba las ruinas con los ojos muy abiertos.
—¿Qué es eso? —pregunté, y señalé una cámara de piedra situada bajo la sombra de un tejo alto y antiguo.
—La última habitación que queda en pie.
La cámara de piedra, rodeada de musgo y enredaderas, se alzaba en el borde de la neblina. Su aspecto era muy extraño, allí sola entre las ruinas, sin nada característico a excepción de una ventana a la oscuridad situada en la pared que estaba más al sur.
El Tormento sacudió la cola a través de mi mente, con esa cámara fija en nuestra visión compartida. «Entra», me dijo.
«¿Que entre adónde? —Mantuve la vista clavada en la estancia repleta de hiedra—. ¿Ahí?».
«Sí».
«¿Por qué?».
«Quiero verlo».
«No hay ninguna puerta. Solo…».
«Una ventana. —Su voz me inundó los oídos. Estaba cerca y lejos al mismo tiempo, viscosa como el aceite—. Es lo único que ella exigió».
«¿Quién?».
«El Ánima del Bosque».
Se me erizó el vello de la columna. «¿Has estado aquí antes?».
Él rompió a reír. Pero no de alegría. Era una risa vacía, siniestra. Igual que caer en un pozo. Igual que ser devorada por la oscuridad. Me arrebató algo, provocando que el lugar me aterrorizara… La cámara sin puertas… El Tormento estaba desesperado por que lo llevara dentro.
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Se me tensaron los músculos; todo mi cuerpo me rogaba que le hiciera caso…, que entrara en la cámara. Apreté la mandíbula y le di la espalda a la ventana oscura situada en el borde de la arboleda, negándole al Tormento su petición.
Un siseo monstruoso reverberó en mi mente.
Ravyn siguió hablando, ajeno a mi lucha interna.
—Los rumores son en gran parte folclore —dijo. Sacó la carta morada de su bolsillo y la hizo girar distraídamente en su mano—. Si este lugar de verdad está encantado y aquí hay fantasmas, son muy reacios a mostrarse. Al menos, ante mí.
Lo contemplé, obligándome a desviar la atención del Tormento y de la cámara mientras me giraba hacia la luz de la carta del Espejo en la mano de Ravyn.
—¿Qué se siente? —inquirí, siguiendo con la mirada el terciopelo color amatista que rodeaba los bordes de la carta—. ¿Al ser invisible?
El capitán hizo girar el Espejo entre los dedos, pasándolo de uno a otro tan rápido que la carta se convirtió en un borrón.
«Engreído», masculló el Tormento.
El aire que nos rodeaba cambió y, de repente, Ravyn se vio absorbido por el paisaje…, por la nada. Desapareció.
—La sensación es de frío. —Oí su voz en el aire—. Pero es soportable. —¿Podéis ver algún… espíritu?
—Aún no —respondió, y unos pasos invisibles se quedaron marcados en la hierba—. Tendría que permanecer así durante más tiempo. Intento no usar la carta muy a menudo.
La luz morada se aproximó. Me di la vuelta, contemplándola. Un momento después, Ravyn reapareció cerca de mí con una sonrisa pícara en los labios.
—Vos sois la única a la que no puedo acercarme sin ser visto.
Se me aceleró el pulso al ver cómo sonreía. Me aparté e intenté concentrarme en el prado cubierto de maleza mientras las preguntas rebosaban mi mente.
—¿Y la carta del Tormento? —inquirí—. Esa la usáis bastante a menudo.
No lo negó.
—¿Y sus efectos adversos? —Hice una pausa. Nunca había hablado con nadie que hubiera usado una carta del Tormento. Y, aunque estaba
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segura de que el monstruo que invadía mi cabeza era mucho más que la carta que había absorbido, aún había muchas cosas que desconocía—. ¿Veis a una criatura…? ¿Escucháis una voz?
Ravyn no respondió enseguida.
—Cada persona experimenta los efectos negativos de una carta de forma distinta.
—No sois muy claro con vuestras respuestas, capitán.
Clavó sus ojos grises en mi rostro.
—Cuando uso el Tormento durante demasiado tiempo, no veo a ninguna criatura. Pero la oigo. ¿Responde eso a vuestra pregunta, señorita Bonetero?
Ni por asomo.
—¿Y qué os dice?
—Es difícil de explicar —respondió, y se pasó una mano por la mandíbula—. La mayor parte del tiempo no dice nada. Pero, cuando lo hace…, es como si supiera todo lo que he llegado a pensar en mi vida…, todo lo que he temido. Me provoca, me dice que voy a fracasar…, que mis esfuerzos son inútiles. —Su mirada gris se encontró con la mía—. Pero es solo una voz, no una criatura.
—¿Cómo lo sabéis?
—Porque, cuando habla…, cuando repite mis peores miedos una y otra vez en mi mente…, no es la voz de ningún extraño —dijo con calma—. Es la mía.
Ravyn había regresado al castillo Tejo para robar la carta de la Puerta de Hierro. O más bien para llevarme a mí con él y que pudiera indicarles dónde estaba la carta a él y a sus compañeros… no sabía cómo llamarlos. Ladrones. Traidores. Bandidos.
Después de que Jespyr relatara lo que habíamos descubierto durante el té con las Pino, Ravyn y Elm habían comenzado a rastrear la ruta de viaje de Wayland Pino. Sus acompañantes y él viajarían en caravana desde Stone hasta sus respectivas propiedades, entre las que la casa Pino se encontraba la última. Interceptaríamos su carruaje en el sendero del bosque. Si partíamos del castillo Tejo después del mediodía, tendríamos tiempo de sobra para llegar al Bosque Oscuro antes de que cayera la
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noche. Allí, en el borde del sendero, justo detrás de la arboleda, esperaríamos a Wayland Pino.
Y le robaríamos su Puerta de Hierro.
Ravyn y yo abandonamos las ruinas atravesando la neblina, y las mismas ramas se me engancharon en el cabello. Me tropecé con la falda, y me habría caído de no ser porque había un boj firme al que agarrarme. Sin aliento, con el vestido húmedo y el dobladillo embarrado, salí de la espesura como una ogra, salvaje y cansada.
Ravyn, que tuvo el sentido común de no reírse, esperó mientras me retiraba las ramitas del pelo.
—Decidme, señorita Bonetero —me dijo mientras me observaba—. ¿Habéis blandido un arma antes?
Solté una maldición cuando una rama especialmente difícil se llevó consigo unos cuantos pelos de mi cabeza.
—¿Las tijeras de podar cuentan?
Esta vez sí que rompió a reír.
—Definitivamente, no.
Rodeamos el castillo. Los sirvientes pasaban por nuestro lado y le dedicaban a Ravyn pronunciadas reverencias. Oí el repiqueteo de los cascos sobre la piedra y el aullido de los sabuesos en la distancia. Habíamos dejado atrás la calma silenciosa del jardín y habíamos salido de la neblina en dirección al conjunto de construcciones del ala oeste de la propiedad.
—Vuestro padre dijo que no habría violencia. ¿Debo esperar un enfrentamiento, capitán?
—No —me respondió por encima de su hombro—. Pero imagino que, de todas formas, os gustaría contar con algo con lo que defenderos.
El sendero nos condujo al patio, una explanada de tierra situada en mitad de tres edificios. A la izquierda se hallaba la armería y a la derecha, los establos. Las construcciones se encontraban ya cubiertas por la sombra del castillo, pese a que no era ni mediodía.
Nos dirigimos hacia la armería. Allí las espadas, cuchillos, aljabas y flechas cubrían las paredes, y las estanterías estaban equipadas con todas las herramientas y armas que un guerrero podría necesitar. Los jubones, las armaduras y las cotas de malla se hallaban en cajas por el suelo. En el centro de la estancia había una gran tabla de roble sostenida por dos
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barriles, que rodeaban cuatro hombres y una mujer vestidos de cuero negro. Cuando se abrió la puerta, todos se giraron expectantes.
Los analicé con la respiración acelerada y superficial. Jespyr y el príncipe Renelm estaban juntos. La joven iba armada con un arco y una aljaba llena de flechas de pluma de ganso, y a Elm lo acompañaba su característico resplandor rojo. A su lado había dos hombres a los que no reconocía, que levantaron la mirada de una piedra de afilar mientras me escudriñaban con ojos furtivos.
El último del grupo era Jon Abrojo, que me saludó con una amplia sonrisa.
—Encantado de veros, milady. Bienvenida a nuestro excepcional grupo de rudos forajidos.
Oí cómo Ravyn cerraba la puerta detrás de nosotros, y las antorchas y la chimenea pasaron a ser las únicas fuentes de luz de la armería. Di un paso atrás, examinando por segunda vez la estancia.
—Estos son Wik Hiedra y su hermano, Petyr —me dijo Ravyn al oído —. A Abrojo ya lo conocéis, y también a mi hermana y a mi primo.
Ante mi silencio, el capitán de los destreros sonrió.
—Vamos, señorita Bonetero. Estoy seguro de que no es la primera vez que ve a un grupo de bandidos.
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CAPÍTULO 18
olo llevábamos un rato en la armería cuando Abrojo, con mucho tacto, dejó clarísimo que yo no les podría ayudar en nada con un
Svestido puesto.
Elm sonrió con malicia y me recorrió el cuerpo con sus ojos verdes, que fijó sobre la corona de flores de mi pelo.
—Pero se ha esforzado tanto en estar guapa hoy… Jespyr le asestó un codazo a su primo.
—Cierra el pico. Ya tenemos bastante sin tus tonterías. Llegaron dos criados que cargaban con un montón de prendas: una túnica, un jubón, una
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capa, unas calzas y botas. Lana, lino y cuero, todo negro. Uno a uno fueron marchándose, hasta dejarnos a Ravyn y a mí solos.
Fruncí el ceño mirando mi vestido gris con el bajo embarrado por el paseo por el jardín.
—No me había percatado de que mi ropa no era apropiada —le dije, de repente muy consciente de mi apariencia.
—No podemos ir por ahí con los blasones de nuestras familias, ¿no creéis? —me respondió Ravyn. Se detuvo y me retiró con delicadeza la corona de flores del pelo—. Haré que os envíen vuestra ropa a vuestros aposentos. Reuníos con nosotros cuando estéis lista.
No sabía si el capitán había vuelto la mirada hacia mí al salir de la armería, ya que estaba intentando con todas mis fuerzas no ser yo quien lo mirara a él.
Cinco minutos después, me encontraba apoyada contra la puerta, aunando coraje para abrirla.
El Tormento soltó aire caliente por las fosas nasales. «Por los árboles… Son solo calzas, Elspeth».
Me sentía expuesta, desnuda sin mi falda de lana. Me recogí el cabello en una larga trenza que comenzaba en la coronilla y me bajaba por la espalda, como una cuerda.
«La chica Tejo lleva túnica y pantalones, ¿por qué tú no?».
«Jespyr es mucho más imponente que yo. —Bajé la mirada hacia mis piernas—. Parezco un maldito mozo de cuadra».
«Lo que pareces, y tal vez siempre haya sido así, es increíblemente irrelevante».
Solté un gemido y deseé que se marchara de mi cabeza. Pero estaba en lo cierto. Aquello no giraba en torno a mí. Tenía que ver con las cartas, la neblina y la sangre. ¿Qué más daba si iba vestida con ropa sospechosamente similar a la que llevaba un chico de la edad de Emory? Si iba a unirme a un grupo de salteadores de caminos, debía adoptar el aspecto adecuado.
Después de soltar un suspiro tembloroso, crucé la puerta de la armería. Me esperaban fuera, reunidos en la entrada del patio. Cuando me vieron, uno de los hermanos Hiedra silbó, solo para ser silenciado por un
fuerte codazo de Jespyr.
No sabía hacia dónde mirar.
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—¿Y bien? —Di un paso al frente, con las manos ocultas dentro de las mangas—. ¿Voy mejor así para la misión?
Me percaté del modo en el que Ravyn me recorría el cuerpo con la mirada.
—Muchísimo mejor —dijo, y un rubor le subió por el cuello hacia las mejillas. Me entregó dos sofisticados guantes—. Vais a necesitarlos.
Clavé la mirada en ellos.
—¿Guantes de montar?
—¿Creíais que iríamos caminando? —respondió Elm.
—Iremos hasta el Bosque Oscuro a caballo —me explicó Jespyr—. El resto del camino lo haremos a pie, ocultos en la neblina. Cuando el carruaje de Pino pase por allí, lo detendremos. Entonces, nos indicaréis dónde encontrar su Puerta de Hierro y en menos de cinco minutos habremos acabado.
Escudriñé al grupo. Para no tener la intención de recurrir a la violencia, iban curiosamente bien armados.
—¿Y luego qué?
—Luego volveremos aquí —dijo Elm—. Y podréis decirnos a todos dónde se encuentra la carta del Pozo en casa de vuestro padre.
Ravyn, Elm y yo nos quedamos en el establo y los demás se retiraron en busca de los últimos suministros.
—Necesitaréis un caballo —me indicó Ravyn, que sacó a una yegua marrón de uno de los cubículos. Al verme palidecer y dar un paso atrás, enarcó una ceja—. No me digáis que nunca habéis montado a caballo.
El resoplido de Elm inundó el establo.
—Santo cielo, ¿qué habéis estado haciendo todos estos años en el bosque?
Deslicé la mirada hacia él y entrecerré los ojos.
—No les gusto mucho a los animales.
El príncipe tomó asiento en un banco cercano.
—Eso dice mucho de vos —dijo en voz baja.
Ravyn ignoró a su primo y me tendió las riendas.
—Los caballos son asustadizos —comentó—. Tendréis que estar relajada…, sentiros segura. Una vez que la yegua se sienta a salvo,
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confiará en vos. —Cuando no le acepté las riendas, el capitán se apoyó en la yegua—. ¿Queréis que os ayude?
Parecía estar retándome. Y me moría de ganas de dejarlo callado, de ver la sorpresa en su cara cuando tomara las riendas y montara a la bestia sin él. Pero no podía hacerlo. No tenía ni idea de caballos.
—Si no es mucha molestia, capitán.
Su expresión de piedra se suavizó. Elevó la comisura de los labios.
Había ganado el reto. Me tomó de la mano y me acercó a él.
—Poned la mano aquí —me dijo, sosteniéndome la mirada mientras él mismo me quitaba un guante. Colocó la palma de mi mano sobre el flanco del caballo, justo debajo de la silla de montar—. Sentid su respiración, su energía.
La yegua abrió mucho los ojos y ensanchó las fosas nasales cuando le acaricié el costado. Desplacé los dedos a lo largo de su ancho lomo y la crin áspera de su cuello. «Tranquila —me dije a mí misma—. Tranquila y segura».
«No te servirá de nada —ronroneó el Tormento—. Sabe que no estás sola. Sabe que no está a salvo».
La yegua se removió y dio un paso atrás, levantando la cabeza y moviendo la cola.
—Calma, chica —le dijo Ravyn, dándole una palmada firme. Cuando el animal se tranquilizó, el capitán volvió su mirada hacia mí—. ¿Os ayudo a montar?
Por los árboles, estaba harta de darle el gusto.
—De acuerdo —respondí.
Sin embargo, al final la victoria fue mía. Cuando Ravyn se me acercó, vaciló, y el rubor regresó a su mandíbula. Nuestros ojos se encontraron durante un instante. Luego, como si estuviera poniéndose a prueba a sí mismo, fue a agarrarme. Sus manos anchas y firmes me tomaron por la cintura, descansando un breve instante sobre mis caderas. Las tenía calientes. Acabé preguntándome qué sentiría si los callos de las palmas de sus manos me rozaran la piel desnuda.
El capitán inspiró profundamente, me levantó con facilidad y me colocó en la silla. Permanecí allí sentada un momento, sin saber qué hacer con las piernas. Parecía algo burdo balancear una pierna para montar a horcajadas, pero el instinto me decía que, si no lo hacía, recibiría más
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burlas mordaces por parte de Elm, que seguía sentado en el banco, con un gesto entre la diversión y la repugnancia pintado en su rostro principesco.
Sin embargo, en cuanto pasé la pierna por encima del lomo y flexioné los muslos alrededor de la silla de montar, sentí que había cometido un terrible error. La yegua desprendía un olor a heno y a sudor, y su piel se estremeció bajo mi contacto. Me senté con rigidez sobre la silla, agarrándome a la crin del animal como si me fuera la vida en ello.
—¿A qué me agarro?
—Para algo están las riendas —dijo Elm desde lejos.
Ravyn me puso una mano en el tobillo.
—Respirad hondo, señorita Bonetero. La yegua está nerviosa porque vos lo estáis.
—O porque no sabe qué es lo que sois exactamente —sugirió Elm. «Créeme, sabe exactamente lo que eres. —El Tormento soltó una
carcajada—. Atenta».
Un siseo se extendió por mi interior, un ruido animal que se apoderó de mis músculos. Una llamada secreta a la yegua sobre la que estaba montada.
El animal reculó, presa de un pánico repentino que le hizo salir relinchando del establo.
No recordaba haberme caído. Solo que me dolió a rabiar.
Cuando desperté, la yegua ya no estaba, y la risa lenta y sedosa del Tormento reverberaba en mi cráneo. Ravyn y Elm estaban agachados a mi lado, mirándome desde arriba con los ojos como platos.
—Por los árboles. —Ravyn me colocó una mano detrás del cuello, sosteniendo la parte superior de mi columna—. ¿Me oís?
Intenté erguirme. Me mareé y solté un suspiro largo y dolorido que me dejó sin aire en los pulmones.
—Os… lo dije —siseé—. No les gusto… a los animales.
Ravyn y Elm intercambiaron una mirada. Una pequeña sonrisa maliciosa apareció en los labios del príncipe.
—Bueno —dijo—, eso no me lo esperaba.
Tosí y logré adoptar una posición erguida.
—No os alegréis tanto.
Ravyn desplazó la mano desde mi cuello hasta mi hombro.
—¿Os habéis roto algo?
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«Solo mi orgullo —mascullé hacia la oscuridad—. ¿Qué diantres ha sido eso?».
«Me estaba divirtiendo un poco».
«¡Podría haber muerto!».
«No seas tan dramática —dijo el Tormento—. La gente se cae a diario de los caballos».
«Eso no lo convierte en una experiencia particularmente placentera». «Al menos ahora eres consciente de dónde te has metido…, de quién
eres realmente».
—¿Señorita Bonetero?
Estallé con el capitán de los destreros.
—No me he roto nada —respondí.
—¡Está bien! —gritó Elm hacia unos pasos que se acercaban a toda prisa hacia nosotros.
Jespyr y Abrojo se detuvieron en seco cuando estuvieron cerca.
—Sin duda os saldrán un par de moratones —dijo Abrojo.
Enrojecí por completo.
—¿Lo han visto todos?
—No —respondió Elm—. Solo los sirvientes, el flechero, los mozos de cuadra, el herrero…
—Suficiente —gruñó Ravyn—. Tenemos que irnos ya.
—No podemos irnos ahora —dijo Jespyr señalándome—. Se matará de una caída.
Elm bostezó.
—No le pasará nada. Atémosla a la bestia y se acabó.
Volví a sentir náuseas.
—¿Atarme?
—Nadie va a ataros a nada —sentenció Abrojo—. ¿Y un carruaje? Elm negó con la cabeza.
—Nos oirían a kilómetros de distancia.
Debatieron el asunto del transporte. Yo permanecí en silencio y mantuve la vista al frente mientras me pasaba los dedos por las costillas y hacía muecas de dolor.
Sin duda, me saldrían moratones.
—Sigo pensando que deberíamos usar un carruaje —declaró Jespyr—.
Si lo escondemos a kilómetro y medio del bosque, no nos oirán.
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—¿Y si deciden ir tras nosotros? —replicó el príncipe—. Por lo que sé, no eres capaz de correr más rápido que un caballo de guerra, prima.
Jespyr sacó su carta del Caballo Negro del bolsillo.
—¿Quieres apostar algo?
—Callaos los dos —intervino Ravyn—. Tomad vuestros amuletos y montad en vuestros caballos. Abrojo, ve a por los Hiedra. Salimos en cinco minutos.
Todos se dispersaron, aunque no antes de que Jespyr y Elm se dedicaran unas últimas miradas de reproche.
El capitán se giró hacia mí y, en voz baja, me dijo:
—¿Seguro que estáis bien?
Tosí y luego me encogí.
—Sobreviviré.
—¿Me permitís?
Y de nuevo me pedía permiso para tocarme. Asentí y, cuando su mano me palpó las costillas, casi me olvidé del dolor, preocupada porque sintiera el latido acelerado de mi corazón.
—Os pondréis bien —me dijo, y apartó la mano un poco demasiado rápido—. Lo lamento, señorita Bonetero. No tenemos más remedio que ir a caballo. Vuestra mejor opción es montar con nuestro jinete más avezado…, para así aplacar la desazón del animal.
Lo miré fijamente.
—¿Y quién es vuestro jinete más avezado?
La forma de cabalgar de Elm era parecida a su actitud en general:
implacable y brusca.
Para cuando llegamos al Bosque Oscuro, me sentía tan maltrecha y exhausta como si me hubiera caído de un caballo una docena de veces en lugar de solo una. Cuando desmontamos, el príncipe dejó escapar un suspiro exagerado.
—¡Por los árboles! —tosió—. ¿Acaso podéis estrujarme más? Siento como si hubiera llevado puesto un corsé.
—¿Estáis todos bien? —preguntó Jespyr unos pasos por delante. —De maravilla —respondió el príncipe entre dientes—. El mejor viaje
de mi vida.
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—No te lo estaba preguntando a ti.
—¿Quién más importa aquí?
Ravyn desmontó como una ráfaga de color negro.
—Vuestras riñas no impresionan a nadie —dijo—. Coged vuestros amuletos. A partir de ahora es mejor guardar silencio.
El Bosque Oscuro era una densa colección de álamos y zarzas. A los caballos los ponía nerviosos abandonar el sendero, pero los persuadimos con azúcar, para conseguir que se adentraran, inquietos, en la neblina.
Era una sensación extraña no contar con mi pata de cuervo. Para el resto, la necesidad de llevar encima un amuleto era más acuciante. Podía oler la sal en el aire. El Ánima del Bosque se cernía sobre la neblina, invisible, observando y manteniéndose a raya solo por nuestra magia y nuestros amuletos.
Los hermanos Hiedra llevaban unas plumas de halcón idénticas. Jespyr sostenía un pequeño fémur entre las palmas de las manos. Abrojo hacía girar el diente de un perro enganchado a un cordel de cuero. Elm se había envuelto los nudillos con una trenza de crin de caballo.
Seguí a Ravyn, cuyas luces burdeos y violeta se desplazaban con él por la neblina. Detrás de mí iba Jespyr, armada con un Caballo Negro. Abrojo y los Hiedra no portaban ninguna carta. Elm, que curiosamente había dejado su Guadaña atrás, cargaba con otro Caballo Negro y había tomado la retaguardia.
Abrojo repartió pan y queso. Comimos mientras caminábamos, como esos viajeros que salían en uno de los viejos libros de mi tía. En el crepúsculo, los grillos cantaron, despertando a los búhos y al resto de las criaturas de la noche.
La neblina se volvió más densa, tanto que engullía la tenue luz del sol y nos sumía en la oscuridad.
Piedras o zarzas, colina o valle. No importaba. Ravyn avanzaba con paso seguro. Sus botas no hacían ruido, su ritmo era infatigable. Se detuvo una sola vez y levantó una mano para que el grupo hiciera lo mismo, con la mirada fija en la neblina.
Me resbalé con unas hojas de álamo caídas. La visión del Tormento era lo único que evitaba que fuera completamente a ciegas.
—¿Cómo sabéis adónde vamos?
El capitán se encogió de hombros.
—Tengo mucha práctica.
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Desde delante, nos llegó el distante crujido de hojas secas. Un momento después, una cierva y su cervatillo se cruzaron en nuestro camino. Ravyn los observó con los hombros relajados y el rostro impasible. Solo cuando los animales abandonaron nuestro camino, nos hizo un gesto para que continuáramos avanzando.
La temperatura en el bosque descendió de repente. Me estremecí y me froté la nariz mientras el aire se volvía denso a nuestro alrededor.
—La sal es intensa —comenté.
—Es el Ánima del Bosque —respondió el capitán.
Mi tía me había contado muchas historias sobre cómo el Ánima podía adoptar formas de animales, pero nunca replicarlos con exactitud. Siempre había algo raro en las criaturas que simulaba ser. Sus huesos eran demasiado largos o sus dientes demasiado afilados.
Sus ojos demasiado sagaces.
Dirigí la vista hacia la neblina, pero la cierva y su cervatillo ya habían desaparecido.
—¿Creéis… —susurré hacia la espalda de Ravyn— que el Ánima se quedará en Blunder?
El capitán reflexionó sobre ello.
—El viejo libro dice que la magia fluctúa, como el agua salada en una corriente. Creo que el Ánima es la luna que ocasiona ese movimiento. Tira de nosotros hacia ella, pero también nos libera. No es buena ni mala. Es magia…, equilibrio. Eterna.
Detrás de mis ojos, El Tormento sacó las garras y susurró. «Pero el Ánima quedó desatendida, sus ruegos desestimados. Acabó del mapa desaparecida, igual que los Serbal a mí me traicionaron. Pero ella tiene el tiempo de su parte y yo nada olvido. La próxima corriente que llegue, la costa se llevará consigo».
Me estremecí, y no debido al frío.
—Así que no —prosiguió Ravyn—. No creo que el Ánima del Bosque vaya a desaparecer con la neblina. Pero tal vez deje de suponer un peligro. Quizás descanse.
Unos minutos después, el capitán se detuvo.
—Amarrad a los caballos aquí —le indicó al resto—. Veo el sendero a unos veinte pasos de distancia.
Me eché a un lado para alejarme de los animales. Cuando Ravyn se me acercó, sostenía un cuchillo entre las manos.
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—No son tijeras de podar —dijo, y me lo ofreció. Cuando me vio vacilar, sonrió—. No lo necesitaréis, pero vuestro disfraz quedará incompleto si no portáis un arma.
Me enganché el mango del cuchillo al cinturón.
—¿Y ahora qué? —inquirí, con un ligero temblor en la voz.
—Ahora esperaremos.
El desasosiego comenzó a crecer como un montón de tierra sobre una tumba nueva.
Una hora más tarde, seguía intentando no moverme. Los demás paseaban con calma, dispersos en la neblina entre los árboles, las rocas y los arbustos. Ravyn fue el único que permaneció inmóvil, con los ojos fijos en el sendero que tenía delante.
Cuando una ramita se partió bajo mis pies, el capitán salió de esa quietud y me lanzó una mirada furibunda.
—Lo siento —susurré.
Él se metió la mano en el bolsillo y sacó un trozo de tela oscura y sedosa… Era el trapo con el que me había tapado los ojos en el Equinoccio.
Me mordí el labio.
—¿Para qué es eso?
Sacó un segundo trapo del bolsillo y se lo colocó en el rostro, justo debajo de los ojos, tapándose la nariz, la boca y la mandíbula.
Una máscara.
El recuerdo de aquella noche en el sendero del bosque acudió de forma vivida a mi memoria: los hombres enmascarados, la violencia y el miedo. Retrocedí y tropecé con la maleza.
Ravyn debió de entenderlo porque, un momento después, se retiró la máscara.
—Lo siento —dijo, colocándose a mi lado y bajando la voz hasta que solo fue un susurro—. ¿Señorita Bonetero?
Me pasé la mano por la cara y no lo miré.
—Nunca pensé que acabaría vestida como una salteadora de caminos —conseguí articular—. Y ni más ni menos que con los mismos hombres que me atacaron.
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El capitán tomó una bocanada de aire.
—Si hubiera sabido que…
—¿Qué habríais hecho en ese caso? ¿Ser más simpático? —Se me ensancharon las fosas nasales—. Estaba sola en el sendero. Y los dos fuisteis horribles.
No lo negó. Después de una pausa larga e incómoda, suspiró. —Regresé al sendero, solo, a la noche siguiente. Estuve merodeando
por el bosque durante tres días, con la esperanza de volver a veros, de poder hablar con vos. —Miró a lo lejos—. La carta del Profeta nos proporciona información, pero con ciertas lagunas. Sí, mi madre predijo que estaríais allí…, vuestra conexión con las Cartas. Pero el resto eran todo conjeturas. No teníamos ni idea de dónde nos estábamos metiendo. Si hubiera sabido que contabais con magia… —Volvió a detenerse y frunció el ceño—. Quedamos muy pocos, señorita Bonetero. Sois más especial de lo que creéis. Y me duele pensar que tal vez os haya hecho daño. Lo… lamento. —Se detuvo—. Por los árboles, lo siento.
Escuché el viento que atravesaba bosque. Su calma se entremezclaba con la voz de Ravyn Tejo. Tenía un aspecto distinto cuando iba vestido de salteador de caminos…, estaba cambiado. Había desaparecido la personalidad severa y comedida que exhibía como capitán de los destreros. Allí, en el bosque, solo era un hombre con una capa negra que buscaba redimirse.
Alargué una mano.
—Estáis perdonado, pero con una condición.
Un hilo invisible tiró de los labios de Ravyn hacia arriba.
—¿Cuál?
Cuando nuestras manos se rozaron, se me enrojecieron las mejillas. —Llamadme Elspeth —dije—. Al fin y al cabo, estamos a punto de
cometer traición juntos.
Aunque con cautela, esa escurridiza media sonrisa apareció en la boca del capitán. Cuando me dio un apretón de manos, su piel callosa me rozó la palma.
Un silbido agudo atravesó los árboles, seguido de otro, y otro más.
La señal.
Ravyn se quedó petrificado, con su mano aún en la mía. El ruido de unos jinetes que se acercaban retumbaba en la distancia.
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—Será mejor que te pongas la máscara, Elspeth —me dijo—. Ha llegado la hora.
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CAPÍTULO 19
olo tardé un momento en darme cuenta de que algo iba mal. El ruido tumultuoso de los caballos me indicó que se trataba de un grupo Sgrande. Si no hubiera sabido que iban a pasar por allí, podría haber
confundido ese clamor con un trueno.
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Eché un vistazo a través de la neblina y contemplé cómo dos carruajes doblaban la curva; sus faroles proyectaban unas sombras fantasmales sobre el sendero. Las llamas se confundían con otra luz de un verde mohoso, cuyo origen estaba en el primer carruaje. Una luz que solo yo podía ver.
La Puerta de Hierro.
Pero, antes de que pudiera señalársela a Ravyn, el estruendo aumentó y aparecieron cuatro luces más a la vista, solo que estas no eran destellos de llamas ni brillaban tanto como la Puerta de Hierro. Eran oscuras, tan oscuras que sentí que me perdía en ellas.
Cuatro Caballos Negros, con sus jinetes a lomos de cuatro corceles de guerra que flanqueaban el carruaje. Cuatro Caballos Negros y una luz de un intenso color rojo.
Una carta de la Guadaña. Hauth Serbal.
Le di a Ravyn un tirón de la manga y el Tormento se arrastró detrás de mis ojos.
—El príncipe está aquí, con un Caballo Negro y la Guadaña. ¡No mencionasteis nada sobre que fuéramos a enfrentarnos a unos destreros!
El capitán apretó los músculos de la mandíbula. Por el tamaño que habían adoptado sus ojos y la rigidez de sus hombros, supe que estaba tan sorprendido como yo. Un momento después, se llevó la mano al bolsillo y le dio tres toques a su carta del Tormento, comunicándose así de forma silenciosa con los demás. Frunció el ceño con determinación.
Los caballos relincharon y levantaron las orejas.
Ravyn se giró hacia mí.
—¿Ves la Puerta de Hierro?
Parpadeé, boquiabierta.
—¿No seguiréis pensando en atacarlos?
El capitán miró al sendero y luego de nuevo a mí.
—Necesitamos esa carta.
—Pero los destreros…
Su voz fue dura. Sin embargo, cuando me miró, divisé un brillo salvaje en sus ojos que no había visto antes.
—Nos encargaremos de los destreros —afirmó—. Si nos abalanzamos ya sobre Hauth, no tendrá tiempo de concentrarse para usar la Guadaña. Cuanto antes recuperemos la Puerta de Hierro, antes podremos alejarnos del peligro. ¿Sigues queriendo ayudarnos, Elspeth?
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El Tormento no dijo nada. Aun así, sentí su peso allí sentado, agazapado, a la espera.
Respiré hondo, sintiendo los pulmones atenazados.
—La Puerta de Hierro está en el primer carruaje.
Los jinetes comenzaban a acercarse. Incluso a través de la neblina podía ver el polvo que levantaba su marcha impetuosa, a sus caballos empapados de sudor. Los cuervos alzaban el vuelo a su paso, graznando su malestar mientras los jinetes seguían trotando.
Ravyn se llevó la mano al bolsillo una vez más y sacó la carta del Espejo.
—¿Seguro que no quieres usar esto? Negué con la cabeza con vehemencia.
—Como quieras. —Le dio tres toques y desapareció—. Tú y yo saldremos los últimos. —Su voz sonó en el espacio que antes había ocupado su cuerpo—. Llévame hasta la Puerta de Hierro. Una vez que estemos cerca, corre de vuelta aquí y escóndete entre la neblina. ¿Entendido?
No me dio tiempo a responderle. Sin previo aviso, varias flechas con la punta de pluma de ganso y unas cuerdas atadas salieron disparadas hacia el sendero, bloqueándolo unos pasos por delante de los carruajes. Los Caballos Negros de Jespyr y Elm resplandecieron oscuros y amenazadores en la distancia. Los Hiedra y ellos siguieron disparando flechas y obstruyendo el camino, con lo que obligaron a los carruajes y los destreros a detenerse de golpe.
Los caballos relincharon. Uno se encabritó y lanzó a su jinete de bruces contra el suelo. No podía ver a Ravyn, pero lo sentía a mi lado. Un momento después, me cogió de la mano y atravesamos los árboles a toda velocidad hasta la refriega.
Se me aceleró el pulso y comencé a tomar bocanadas de aire desesperadas. Lo único que podía ver era el sendero que tenía delante, justo al otro lado de la línea de árboles, y a los hombres desperdigados por él, con una luz verde en el centro del grupo.
—¡Tomad las armas! —gritó uno de los destreros.
—¡Nos atacan! —exclamó otro.
Pero no tuvieron tiempo de reagruparse…, los salteadores ya habían llegado.
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Cuando las espadas se encontraron, el intenso entrechocar del acero contra el acero me turbó, demasiado fuerte para mis oídos. Ravyn tiró de mí hacia delante, hacia el sendero, agarrándome de la mano sin vacilar. Delante de nosotros, los hombres salían de los carruajes y los destreros se bajaban impetuosamente de los caballos con las armas desenvainadas.
Vi a Elm sendero arriba. Un momento después, los Hiedra se unieron a la refriega y fueron recibidos por Hauth y otros dos hombres. Se abalanzaron unos sobre los otros, poder contra poder, asestando golpes de una fuerza descomunal con sus espadas y sus puños. Sin embargo, Ravyn me llevó más allá de la escaramuza y no tardé en perderlos de vista a todos.
La luz verde de la Puerta de Hierro ya no se encontraba en el primer carruaje. Se había movido por el sendero, flotando sobre la capa de Wayland Pino. La luz giraba sobre sí misma mientras el hombre iba dando tumbos por entre el tumulto hasta colocarse entre los destreros y otro hombre armado.
—¡En la capa de Pino! —exclamé—. En el lado derecho.
El capitán me apretó la mano y tiró de mí hacia abajo justo cuando las flechas atravesaban el aire.
—Vete —me dijo, y de repente sentí la mano fría cuando me la soltó —. ¡Vete ya!
No esperé a que me lo repitiera una tercera vez.
Giré sobre mis talones y corrí, corrí con todas mis fuerzas. Levantaba la tierra a mi paso y me resbalaba. Esquivé por muy poco el tajo salvaje de la hoja de un destrero.
«Levántate —gruñó el Tormento, tan despierto que podía sentir sus garras dentro de mi cabeza—. ¡Levántate, Elspeth!».
El destrero se había dado la vuelta y luchaba a espada contra Jon Abrojo. Me levanté del suelo. Tenía la línea de los árboles y la neblina a solo quince pasos de distancia. Corrí mientras echaba la vista atrás para ver por última vez el resplandor de la Puerta de Hierro…
Para acabar chocándome directamente contra mi padre.
Parecía más alto, con el bonetero rojo como la sangre cosido en su capa color zafiro. En una mano sostenía una daga y en la otra blandía con mucha fuerza la espada de mi abuelo, que estaba usando en un feroz enfrentamiento contra Elm. A mí me prestó muy poca atención,
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devolviéndome el empujón con un fuerte codazo en la mejilla que volvió a mandarme al suelo.
La boca me supo a sangre y parpadeé, con la mirada desenfocada. Solo entonces me percaté de la figura familiar que había grabada en la puerta del segundo carruaje.
Un bonetero.
«Solo te has mordido la lengua, eso es todo —dijo el Tormento por encima del alboroto—. Levanta».
El estruendo del acero sonaba más cerca, como si lo tuviera encima. Me quedé a cuatro patas y gateé, lo que hizo que la tierra se pegara a las lágrimas que tenía en los ojos. Cuando llegué al borde del sendero, me lancé hacia una pila de hojas debajo de un alto álamo.
Me limpié la tierra de los ojos y volví la vista hacia el caos… en busca de mi padre. Se hallaba allí, todavía combatiendo contra Elm. Solo que ahora al príncipe se le había caído la espada al suelo. Sentí cómo el miedo me subía por la columna mientras veía a Elm en apuros, atrapado entre el carruaje y la hoja de mi padre, que caía sobre él. Esquivó tres golpes. Toda la concentración del príncipe estaba puesta en el siguiente movimiento de mi padre.
«Va a acabar herido», dije mientras el pánico me cerraba la garganta.
«¡No es tu puñetero problema!».
Una vez más, estaba en el suelo, buscando algo…, cualquier cosa.
Cerré los dedos en torno a una piedra gruesa y fría. Cuando me levanté,
Elm se había caído y yacía en la tierra.
Mi padre se cernía sobre él con la espada en la mano, a punto de asestarle el golpe de gracia.
Di un paso atrás hacia el sendero y cerré los ojos mientras acudía a la negrura de mi mente. Cuando hablé, la voz del Tormento se fundió con la mía en una disonancia que sonaba fuerte y decidida.
—No. Falles.
La roca le acertó a mi padre en la nuca, lo que provocó que se tambalease y no pudiese asestar ese último golpe. Elm no tardó en ponerse en pie y alejarse de la refriega bajo la sombra de su Caballo Negro.
Mi padre se giró en mi dirección, con la mirada teñida de una violencia que nunca le había visto.
«¿Y ahora qué?», siseó el Tormento.
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Retrocedí y, de repente, sentí que se me helaban las extremidades. Saqué el cuchillo del cinturón y lo sostuve de forma temblorosa entre mi padre y yo. «Ayúdame», le pedí a la criatura, con las piernas débiles a causa del pánico.
Mi padre frunció el ceño. Giró sobre sí mismo y llevó su daga hacia atrás.
—Malditos salteadores de caminos —dijo, y se preparó para lanzarla.
Para lanzármela a mí.
Supe que no fallaría. Había llegado hasta allí solo para que me asesinara el mismo hombre que, hacía once años, lo había arriesgado todo para mantenerme con vida.
«Ayúdame, ayúdame, ¡ayúdame!», grité hacia mi mente. Cerré los ojos mientras el sonido implacable de la daga atravesando el aire retumbaba en mi cuerpo.
La sal me inundó la nariz. Sentí como si me hubiera caído encima una cortina de hielo. Jadeé, desesperada por inspirar un aire que no podía alcanzar. El dolor me atravesó los brazos…, la magia oscura de la infección y la fuerza del Tormento me recorrían las venas. Cuando abrí los ojos, el mundo era brillante y vivido tras la mirada de la criatura. Mi padre se hallaba delante de mí, amedrentado, con una ligera sorpresa reflejada en su ceño oscuro…
En mi mano tenía su daga, que sujetaba con fuerza.
El Tormento había sido más rápido que él. Mis ojos, mis brazos, mi mente se movían con una furia descontrolada. En solo un par de pasos rápidos, acorté la distancia entre mi padre y yo. Antes de que él pudiera levantar su espada, le asesté una patada en el diafragma, tirándolo al suelo.
Cayó de bruces. Me cerní sobre él con una sonrisa retorcida en los labios y sostuve la punta de su daga contra su garganta.
—Ten cautela con el azul —recité; mi voz se entremezclaba con el tono viscoso del Tormento—. Ten cautela con la roca. Ten cautela con las sombras que el agua remolca. Los enemigos aguardan. En la puerta los lobos acechan. Ten cautela con las sombras que el agua remolca.
El miedo derribó la severidad de mi padre. Me miró desde abajo, con sus ojos azules vidriosos y muy abiertos. Cuando vio los míos por encima de la máscara, supe que no me había reconocido. Nunca me había visto con los ojos amarillos.
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Pero, antes de que pudiera decir nada, boquiabierto como estaba y con el rostro pálido como el de un fantasma, un caballo asustado pasó a toda prisa junto a nosotros y me hizo caer al suelo.
Se me escapó la daga de las manos y me golpeé la cabeza contra una roca. El mundo se tambaleó de repente, como si se hubiera puesto del revés.
Unas manos me agarraron. Intenté apartarlas a manotazos, pero no lo conseguí. Se me enturbió la visión y el calor que corría por mis venas fue tan intenso que comenzó a quemarme.
Un momento después, me levantaron del suelo y me pusieron en pie. Llevaba el rostro cubierto por una máscara. No obstante, reconocí sus
ojos, su voz. Cuando Jespyr me ofreció una mano, la tomé. El caos a nuestro alrededor era tan estruendoso como unos tambores de guerra.
Jespyr y yo nos lanzamos de cabeza hacia la neblina.
Me sentí perdida de inmediato, pero, a pesar de todo, corrí. Jespyr respiraba con dificultad, y tal vez hubiera podido seguir avanzando…
De no ser porque un destrero salió de entre la neblina y la derribó con todas sus fuerzas contra el suelo.
La destrera cayó con un golpe seco, arrastrándome con ella. Sofoqué un grito y el Tormento inundó mi mente. «Calla, niña —me advirtió—. Van a oírte».
Jespyr no tardó en ponerse en pie y se colocó delante de mí para protegerme, cara a cara con el otro destrero. Cuando el hombre se abalanzó sobre ella, bloqueó el golpe con su misma fuerza. Caballo Negro contra Caballo Negro. Sus espadas colisionaron, y un sonido desgarrador atravesó la neblina. Jespyr le asestó un codazo en la mandíbula a su oponente y este se tambaleó, dando un paso hacia atrás y blandiendo la espada con torpeza.
No obstante, el filo del arma alcanzó a rajarle la túnica negra a la destrera y le acertó en el hombro.
La joven siseó, pero no vaciló. Giró a una velocidad que yo apenas podía concebir y se colocó al lado del destrero, esquivando el segundo golpe de su espada.
El hombre soltó una maldición y sacó una daga increíblemente curva de su cinturón.
Antes de que pudiera acertarle con ella, Jespyr le golpeó en el lateral de la cabeza con el pomo de su espada, lo que le hizo perder el equilibrio.
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Con la mirada desenfocada, cayó al suelo a mis pies. Yació allí, inmóvil, con los ojos cerrados.
Me quedé mirándolo fijamente.
—¿Está…?
Jespyr se agachó a su lado. El hombro le sangraba allí donde la había cortado. Llevó dos dedos al cuello del destrero, justo debajo de la mandíbula.
—Solo está inconsciente —murmuró. Alzó la mirada hacia mí, deteniéndose en mis ojos—. ¿Estás bien?
Me sentía como si fuera de madera: rígida y astillada.
—Estoy bien —respondí entre dientes—. ¿Y cómo se encuentran los demás?
—No lo sé. —Se llevó una mano al bolsillo del pecho—. He acabado separándome de ellos. —Se le desencajó el rostro y movió la mano con más urgencia. Rebuscó en todos sus bolsillos, luego en su capa—. Mierda —jadeó.
—¿Qué?
—¡No está! —exclamó—. Mi amuleto. Debe de habérseme caído cuando el destrero chocó contra mí.
En alguna parte detrás de nosotras, una rama se partió.
—¿Qué ha sido eso? —inquirió Jespyr abriendo los ojos de par en par. —No deberíamos quedarnos aquí —conseguí decir, y estiré el cuello para mirar a nuestro alrededor—. El otro destrero no debe de andar muy
lejos.
Sin embargo, Jespyr se limitó a negar con la cabeza; sus ojos castaños estaban empañados por el miedo.
—No… no… —Tosió, como si hubiera tragado mucha agua—. ¿No la hueles? —me preguntó—. ¿Hueles la sal?
La contemplé con fijeza y sentí que se me helaba la respiración. —¿Jespyr?
Con dedos temblorosos, se frotó los ojos.
—No… no… no veo… —Parpadeó con insistencia—. ¡No, no, no! — gritó.
«¿Qué le está pasando?», dije hacia mi mente mientras un escalofrío me recorría la columna.
«¿No lo sabes? ¿No puedes olerlo?».
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La sal me inundó la nariz. Magia. Magia oscura y descontrolada. El Ánima del Bosque había llegado para equilibrar la balanza.
Para llevarse a Jespyr hacia la neblina.
Rebusqué en mi jubón con dedos temblorosos. Pero tenía los bolsillos vacíos. Había dejado mi amuleto en el castillo Tejo, bien guardado dentro de mi vestido.
Un zorro aulló en la distancia, lo que nos hizo dar un respingo.
—Jespyr, tenemos que salir de la neblina.
—No —consiguió decir—. El sendero… no… seguro. —Se giró hacia el oeste. Algo que yo no podía oír la estaba llamando—. Tenemos que adentrarnos más en el bosque.
—No —le dije—. Estás confusa. Tenemos que…
No me escuchó. Estaba perdida, con los ojos vidriosos. Un momento después, echó a correr, internándose entre los árboles. La neblina se la tragó.
Obligué a mis extremidades cansadas a seguirla. Mi corazón latía muy deprisa. Extendí las manos delante de mí. El camino estaba tan oscuro que parecía taparme los ojos. Sin embargo, estaba agotada después de haber experimentado la fuerza del Tormento y no me atrevía a volver a pedirle ayuda. Las ramas de los árboles me tironeaban del pelo, y la tierra bajo mis pies estaba plagada de raíces, lo que convertía cada paso en una trampa.
Delante de mí, un grito animal atravesó los árboles. El Tormento rio, y su voz ocupó toda mi mente. «El Ánima no perdona, no ofrece indultos. Te llama por tu nombre. Ni familia, ni amigo ni enemigo es. Vigila la neblina como un pastor a sus ovejas…».
Volvió a oírse el mismo grito, solo que esta vez discerní una palabra entre las frenéticas notas de su lamento.
—¡Ayuda!
No pertenecía a ningún animal; era de Jespyr.
«Y a los que atrapa, el sueño final les aguarda».
Sus gritos resonaron entre la neblina, asustados y terribles. Corrí hacia el sonido y encontré a Jespyr atrapada entre las enredaderas que crecían bajo un viejo álamo, con el tobillo preso entre las raíces.
Tenía la mirada desenfocada, perdida en algo muy lejano.
—Extremidades de la tierra, llevadme a casa —se rio entre dientes—.
No temas, Elspeth. Las raíces y los animales del bosque sirven al Espíritu,
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igual que tú y que yo.
Sentí que se me revolvía el estómago al ver su tobillo, que se había torcido de forma antinatural. Tomé mi cuchillo y la liberé de las enredaderas.
—Jespyr —le dije—. ¿Tu hermano lleva encima algún amuleto? No pareció oírme.
—Permaneceré… permaneceré en la oscuridad, nunca en la luz. —¡Jespyr!
La destrera parpadeó y comenzó a cavar en la tierra con las manos.
—Sí —logró decir—. Ravyn… Amuleto. Corre.
Atravesé el bosque con los ojos bien abiertos, desesperada por vislumbrar las luces burdeos y violeta del capitán de los destreros.
Pero no tardé en perderme, engullida por la neblina.
Busqué en la oscuridad cualquier destello de color, con los brazos extendidos para defenderme de las crueles zarzas que me arañaban la cara y se me enganchaban en el pelo. Los animales huían despavoridos a mi paso. Me apresuré, segura de que algo horrible le sucedería a Jespyr si no le encontraba algún amuleto.
Caí por un barranco. Las ramas me rompieron el pañuelo, que seguía cubriéndome la cara.
«¿Dónde está? —grité a mi mente—. ¿Qué camino tomo?».
«Espera —me advirtió el Tormento—. Escucha».
Agucé el oído. Al principio, lo único que percibí fue el latido de mi corazón. Pero, entonces…, pasos. Algo se dirigía hacia mí. O alguien.
Escudriñé el entorno agazapada en los matorrales, buscando algún color. Otro grito animal atravesó el bosque y tuve que sofocar un chillido. Quería gritar, pero el Tormento me indicó que guardara silencio, así que permanecí callada y esperé.
Se oyeron más pasos y el crujido de unas ramas que se partían bajo unos pies. Al otro lado de la maleza, difícil de discernir en la oscuridad, vi Caballos Negros y una Guadaña. Venían despacio desde el barranco, cautelosos, con las espadas desenvainadas. Eran tres destreros. Un cuarto Caballo Negro yacía en el suelo, inmóvil.
Me había perdido y había corrido hacia el mismo lugar del que habíamos huido.
«No te muevas», me dijo el Tormento.
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Me temblaron las manos. Me puse una sobre la boca y llevé la otra al mango del cuchillo que me había dado Ravyn. No podían verme detrás de la maleza, la neblina era demasiado densa. Pero estaban lo bastante cerca como para oírme.
Contuve el aliento.
Los hombres recogieron al destrero caído, colocándole los brazos alrededor de sus hombros. Uno de ellos soltó una maldición cuando un búho chilló entre los árboles, y el resto se retiraron detrás de él. Pese a su determinación, no tenían intención de quedarse demasiado tiempo fuera del sendero. Solo uno de ellos vaciló y escudriñó la neblina. Estaba a un tiro de piedra del matorral tras el que me escondía.
Tenía el rostro iluminado por las amenazantes luces de sus cartas:
negra y roja. Era el príncipe heredero de Blunder, el prometido de Ione.
Hauth Serbal.
Dio un paso hacia mí, aguzando el oído en mi dirección.
—¿Quién anda ahí?
Era un cazador, y yo la presa. Una lágrima fría me resbaló por la mejilla. No obstante, cuando miré a mi alrededor, el príncipe heredero había desaparecido.
Parpadeé y puse a prueba mi visión. Era imposible que Hauth hubiese utilizado una carta del Espejo… No había visto ninguna luz morada. Después de un tenso silencio, salí de entre la maleza y el seto se agitó. Me temblaban las manos.
Sin embargo, Hauth Serbal, junto con los otros destreros, había desaparecido.
Dejé escapar un suspiro tembloroso y volví hacia el barranco. Si lograba encontrar el camino de vuelta hasta los caballos, podría dar con el resto de mis compañeros. Y, lo más importante, encontraría a Ravyn y su amuleto de sobra.
Jespyr se estaba quedando sin tiempo.
No obstante, antes de que pudiera dar un paso, algo oscuro se movió a mi espalda a una velocidad sobrenatural. Se me erizó la nuca y me di la vuelta.
Salió disparado de entre la neblina a toda velocidad y me agarró de la muñeca. Intenté huir, pero me obligó a darme la vuelta. Su Caballo Negro y la Guadaña proyectaban un color siniestro frente a mis ojos.
—¿Quién eres? —dijo Hauth mientras me sacudía.
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Me retorció el brazo. Oí un crujido extraño y antinatural y, de repente, sentí un intenso dolor en la muñeca. Solté un grito. El dolor me subía por el brazo.
El siseo del Tormento se convirtió en un rugido. Inundó mi mente con una furia repentina y venenosa. «El príncipe de los salvajes», gruñó.
Hauth me sacudió la muñeca, entrecerrando los ojos como si estuviera intentando ver a través de mi máscara.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
No respondí. No tuve la oportunidad. Golpeé al príncipe heredero. Mi mano se convirtió en un borrón en la neblina. El sonido de algo que se rasgaba inundó el aire. Abrí mucho los ojos al bajar la mirada. Tenía la mano cubierta de sangre.
Y no era la mía.
Los gritos de Hauth se extendieron por el bosque.
—¿Quién eres? —repetía mientras se alejaba de mí con unos cortes terribles desde el hombro hasta la mandíbula.
No respondí. Ya había echado a correr a toda prisa hacia el bosque, con su sangre aún en mis dedos.
«¿Qué has hecho?», le grité a mi mente, demasiado temerosa como para mirar atrás.
La voz del Tormento era candente como un hierro fundido. «Rojas, siempre rojas son las bayas del serbal; su tierra oscurecida por la sangre mortal. Pero un príncipe un hombre es, y un hombre puede sangrar. A la doncella atacó… Pero fue el monstruo quien le respondió».
El eco de los alaridos de Hauth, guturales como los de un zorro, se extendía por el bosque. Me abrí paso entre los árboles, con los músculos tensos, desesperada por huir. No sabía si me dirigía hacia el norte o hacia el sur, solo que tenía que poner toda la distancia posible entre el príncipe heredero y yo.
Se me anegaron los ojos en lágrimas y la muñeca, roja e inflamada, me ardía de dolor. Cuando oí el crujido de unas hojas a mis espaldas, me desvié hacia la derecha, chocándome contra un arbusto de dafne. Los hierbajos se me enredaron en las piernas y caí al suelo con fuerza, incapaz de prepararme para el impacto.
Gemí; comenzó a emborronárseme la visión.
«Levanta —me ordenó el Tormento—. Levántate, Elspeth».
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Rodé sobre mí misma, escuchando al bosque. Oí unos pasos a través de la neblina, pero esta vez, al levantar la mirada, vislumbré unas débiles luces de colores en la distancia: burdeos, violeta y verde musgo. El Tormento, el Espejo y la Puerta de Hierro.
Ravyn.
Debía de haberme oído acercarme, porque, cuando atravesé bruscamente la neblina, él ya no estaba… Había desaparecido tras darle tres toques a su carta del Espejo.
Me choqué con fuerza contra él y solté el aire con alivio. Lo oí respirar y, de repente, el velo de magia se desvaneció. El capitán de los destreros reapareció delante de mí.
—Elspeth. —Abrió mucho los ojos por encima de la máscara mientras me examinaba—. ¿Qué…?
—¡Shhh! —le dije, y lo empujé detrás de un árbol tapándole la boca con la mano—. El príncipe heredero viene detrás de mí.
A Ravyn se le cortó la respiración. Se llevó la mano al cinturón y sacó su daga. Aparté mis dedos de su boca, despacio. Pero antes de que los retirara del todo, él me los agarró, entrelazándolos con los suyos. El chillido de un búho sonó cerca de nosotros y di un respingo. Sentía el rostro frío por las lágrimas que había derramado sin darme cuenta.
Ravyn me contempló, con el oído puesto en la neblina. Cuando la quietud se impuso, eché un vistazo al otro lado del árbol, en busca de cualquier señal de las luces negras y rojas de Hauth Serbal.
Pero allí no había nada. El príncipe heredero se había marchado…, había regresado al sendero a lamerse las heridas.
—Ya no veo sus cartas —susurré.
Ravyn envainó el cuchillo.
—Pino y su séquito han huido en su carruaje en cuanto nos hemos retirado. El segundo carruaje no ha tardado en seguirlos, pero los destreros se han quedado atrás, así que nos hemos dispersado. Dudo que los demás se hayan adentrado mucho en la neblina.
—Los he visto volver al sendero.
—¿Hauth te ha visto a ti?
Asentí.
—Creo que me ha roto la muñeca.
Al capitán le relampaguearon los ojos. Tomó mi brazo herido, pero me aparté.
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—No hay tiempo. Jespyr…, ha perdido su amuleto. —Enterré las botas en la tierra mientras tiraba de Ravyn para apartarlo del árbol—. Debemos volver atrás. Ahora.
Nos topamos con Jon Abrojo y nos apresuramos a adentrarnos en el bosque, con cuidado de no encontrarnos con destreros. Sin embargo, las luces negras y rojas no estaban a la vista. Temía no ser capaz de volver por el mismo camino, pero mi frenética huida de Hauth fue fácil de rastrear y, desde allí, encontramos el barranco que nos llevó de vuelta a Jespyr.
La destrera no había ido muy lejos; tenía el tobillo demasiado herido como para apoyarlo. Ravyn se agachó junto a su hermana y sacó del bolsillo un amuleto envuelto en un trozo de lino. Lo colocó sobre los dedos rígidos de Jespyr y apoyó su frente contra la de ella, susurrándole algo que no llegué a oír.
Los contemplé con el pulso acelerado. Un rato después, los ojos vidriosos de Jespyr recuperaron la vida y ella dejó de revolverse, de hacer esfuerzos por arrastrarse hacia la neblina.
Se encogió y se sentó.
—¿Qué diantres ha pasado?
—Has perdido tu amuleto —le dijo Ravyn, y le apartó a su hermana el pelo de los ojos—. Te has herido el tobillo. Pero todo va bien, Jes. Estás a salvo.
Suspiré, y el alivio que sentí se entremezcló con un dolor nauseabundo. Detrás de nosotros, los árboles crujían y el murmullo de una discusión atravesaba el bosque. Los Hiedra habían vuelto.
—¿Todo bien, chicos? —inquirió Abrojo.
Las blasfemias de Petyr inundaron el aire.
—Royce Tilo me ha roto la puta nariz.
—Es culpa tuya por no haberle dado una buena tunda —vociferó Wik. —El capitán nos indicó que no los matáramos, ¿no?
—¿Alguien os ha visto las caras? —exigió saber Abrojo—. ¿Os han reconocido?
—Desde luego que no.
—¿Estáis seguros?
—¿No te parezco seguro, Jon?
Se oyó el crujido de las hojas. Alguien corría hacia nosotros, una sombra oscura e infinita que se abría camino entre los árboles. Agarré a
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Abrojo del brazo para avisarlo, pero, antes de poder decir nada, una despeinada cabeza castaña apareció en la oscuridad.
Elm.
—¡Eh! —lo llamó Petyr—. Sí que has tardado.
El príncipe no estaba de humor.
—Y eso lo dice el imbécil que pensó que podía vencer a un destrero sin un Caballo Negro. Estarías desangrándote en el sendero si yo no hubiera intervenido para salvarte ese culo plano que tienes. —Miró a Ravyn y luego a Jespyr, todavía sentada en el suelo del bosque—. ¿Qué ha pasado?
—Perdió su amuleto —le explicó Abrojo—. Esta chica es fuerte como la sal. Se pondrá bien enseguida.
Elm volvió a posar los ojos en Ravyn.
—Espero que hayas conseguido esa puñetera carta.
—Sí que la tiene. —Wik rompió a reír—. Miradle esa cara de engreído.
—Entonces, veámosla —pidió Petyr.
Ravyn extrajo de su bolsillo una luz verde, que se apagó en cuanto la giró entre los dedos, con la comisura de los labios curvada hacia arriba en un gesto increíblemente arrogante. Algo se tensó en mi estómago al verlo regodearse.
Se pasaron la Puerta de Hierro entre ellos. Sus voces ya libres de tensión y sus suspiros de alivio llenaban el aire. Le devolvieron la carta a Ravyn, que se la guardó otra vez en el bolsillo. Una vez que dejó de tocarla, la luz verde volvió a brillar con fuerza.
El ambiente fue distendiéndose poco a poco y las risas reclamaron nuestro pequeño rincón del bosque. Me aparté un par de pasos, consciente de repente de lo dolorido que tenía el cuerpo. Encontré un tronco y me senté sobre él con brusquedad.
Elm se me acercó y me miró fijamente.
—Veo que seguís viva.
Conseguí asentir antes de que otra oleada de dolor me atenazara la muñeca. Sentía la piel caliente, inflamada y dolorida.
—¿Osha reconocido? —me preguntó.
—¿Quién? —dijo Ravyn, que nos observaba.
—Su padre.
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Abrojo levantó tanto las cejas que casi acabaron ocultas bajo el nacimiento de su pelo.
—¿Erik Bonetero estaba allí?
—En el segundo carruaje —dijo Elm mientras se limpiaba la sangre de la nariz—. El muy capullo me pilló desprevenido…, prácticamente se me tiró encima.
—¿Qué sucedió? —inquirió Jespyr. Se encogió al levantarse, inclinándose sobre Petyr en busca de apoyo.
—Sigo de una pieza, ¿no? —El príncipe me miró con las cejas enarcadas—. Ella se enfrentó a él.
Los demás guardaron silencio, con las miradas puestas en mí. Me sostuve el brazo y mantuve la vista fija en el suelo mientras dejaba escapar un suspiro largo y cansado.
—No me reconoció.
—¿Estáis segura? Porque, si lo ha hecho, entonces estamos… —¿De verdad creéis que intentaría matar a su propia hija?
Ravyn se me acercó y se agachó a mi lado. Me tomó la muñeca herida y la envolvió como pudo en su máscara de tela, sujetándome la articulación para que no pudiera moverla. Apreté los dientes, pero no aparté los ojos. Un par de lágrimas me resbalaron por las mejillas.
Elm nos observaba.
—¿Quién os ha hecho eso? —preguntó.
La voz del capitán fue fría.
—Hauth —dijo, y terminó de atarme el vendaje improvisado para alzar la mirada hacia mi rostro—. No has llegado a contarme cómo lograste huir de él.
Me puse tensa. La risa perversa del Tormento resonó en el vacío. Cuando hablé, las notas graves de mi voz eran viscosas, como empapadas en aceite.
—Tal vez haya sido él quien ha huido de mí.
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CAPÍTULO 20
os otros se adelantaron cabalgando, ya que el triunfo les hizo Lcaballo. avivar el paso. Solo Elm se quedó atrás, aguardando junto a su Apreté los dientes, espantada ante la idea de otro viaje a trompicones con el príncipe, con la muñeca dolorida. Pero, antes de llegar hasta él,
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Ravyn se interpuso entre su primo y yo.
—Te ahorraré a la pasajera —le dijo a Elm—. Ve con los demás.
El príncipe enarcó una ceja y sus ojos verdes nos miraron alternativamente a Ravyn y a mí.
—¿Estás seguro?
—Segurísimo.
—Por mí, estupendo —respondió—. Ya estoy bastante magullado sin un par de brazos estrujándome las costillas. —El príncipe montó en su corcel y lo espoleó sin mirar atrás para desaparecer tras la sombra de su Caballo Negro.
Me apoyé contra un árbol hueco. —¿Qué había en el pañuelo? —inquirí. —¿Qué pañuelo?
—El amuleto que le entregaste a Jespyr.
Ravyn ajustó la silla de montar.
—La cabeza de una víbora. La llevo cubierta para no clavarme los colmillos.
Enarqué las cejas.
—Creía que no llevabas ningún amuleto encima.
—Sí que lo llevo. —Me dedicó una sonrisa fugaz—. Solo que no por el mismo motivo que el resto.
Me estremecí y aparté la mirada.
—Supongo que morir envenenado es mejor que acabar siendo torturado en las mazmorras del rey. —Luego, tras una pausa, añadí—: Solo te quedan dos cartas por conseguir. Debes de estar satisfecho.
—Lo estoy —respondió el capitán mientras ajustaba la silla sobre su palafrén negro—. Aunque conseguirlas ha sido más difícil de lo que había pensado en un principio.
—Robarlas —lo corregí—. Ha sido más difícil robarlas.
Se dio la vuelta y se apoyó contra su caballo.
—Llámalo como quieras. Jamás habríamos vencido a los destreros si no hubiéramos sabido dónde exactamente tenía Pino su Puerta de Hierro. —Se le suavizó la voz—. No lo podríamos haber hecho sin ti.
Le dediqué una reverencia burlona.
—Me he jugado el cuello solo para que me deis las gracias, capitán. Ravyn espiró, y fue mitad suspiro y mitad algo más. Pero no dijo nada,
como si yo no acabara de reprocharle su agradecimiento. En su lugar,
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cruzó los brazos, y la sombra de su característica nariz se proyectó sobre su rostro.
—Antes me has asustado.
—¿A qué te refieres?
—A cómo saliste corriendo de entre los árboles… No parecías tú. — Guardó silencio mientras me contemplaba—. Es difícil de explicar.
—Inténtalo —le pedí.
Se encogió de hombros.
—Pensarás que estoy mal de la cabeza. —Ya es un poco tarde para eso, ¿no? Curvó los labios en una sonrisa.
—Es solo que, a veces, cuando te miro siento que te conozco…, que te comprendo. Y otras veces… —frunció el ceño— tus ojos centellean en un extraño color amarillo. Siento una quietud en ti que no reconozco. Una especie de oscuridad.
Cuando vio que permanecía en silencio, helada hasta los huesos, la voz del capitán siguió siendo amable.
—La verdad es —prosiguió, dándole una palmadita al caballo— que hay oscuridad dentro de todos nosotros. No necesitamos que nos lo diga El viejo libro de los Alisos. Tú y yo estamos contagiados y eso conlleva una magia extraña y espléndida. Pero siempre hay que pagar. Todo tiene un precio.
Cabalgamos en silencio a paso lento. Dormité pese a tener la muñeca dolorida. El sueño hacía que me pesara la cabeza. Sobre el sendero, la luna brillaba a través de la neblina. El bosque, plagado de ruidos animales, resonaba con el eco de búhos, grillos y gatos monteses que no se inmutaban ante nuestra intrusión.
Ravyn y yo no hablamos… ni sobre magia ni sobre mis extraños ojos amarillos. Tampoco sobre mi padre ni sobre Hauth. Silencio y calma. El sosiego se instaló detrás de mis párpados y me apoyé contra la espalda ancha del capitán, demasiado cansada como para mantenerme erguida, con el débil latido de su corazón apenas perceptible a través de su jubón.
Me sumí en mis pensamientos en busca del Tormento, que, desde el caos acontecido en el bosque, había permanecido callado.
Era extraño el silencio que guardaba la criatura cuando estaba en compañía de Ravyn. Casi como si se hubiera ido del todo.
Casi.
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Lo sentí en la oscuridad. Cuando llamé su atención, se removió, pero no habló, solo extendió las garras como un gato bostezando antes de retirarse hacia la negrura.
Dormí hasta que el familiar ruido metálico de los cascos sobre los adoquines llegó a mis oídos. La luna ya no se hallaba en lo más alto del cielo, sino que descansaba detrás de la torre este. Me incorporé dando un respingo; una ligera lluvia estaba atrapada en mis pestañas.
Habíamos regresado al castillo Tejo.
—¿Qué hora es?
—Un poco antes del amanecer —dijo Ravyn, cuya voz le retumbó en el pecho.
El capitán nos guio a través de la verja de hierro del castillo. Desmontó y sacó una llave maestra de la silla de montar. Oí el chasquido de la cerradura y bostecé, deseando más que nada llegar a mi cómoda cama y dormir largamente y sin sueños.
Ravyn condujo al caballo hacia la puerta del castillo. Cuando me resbalé del sillín, me agarró por la cintura y me bajó hasta los adoquines, flexionando los dedos justo por encima de la curvatura de mis caderas. Los dejó allí incluso cuando mis pies tocaron tierra firme.
Levanté la mirada, desesperada por dormir pero completamente despierta.
—En los próximos días habrá más miradas puestas en nosotros aparte de las de mi familia —dijo con voz baja en un susurro retumbante—. ¿Aún deseas seguir fingiendo?
No pronunció la palabra. «Cortejo». Se me agitó la respiración, como las alas de un pájaro enjaulado y nervioso. Sabía lo que quería decirle, pero algo pequeño y delicado en mi pecho se resistía a dejar escapar el sí que tenía en la punta de la lengua.
—¿Y tú?
Su silencio me transmitió cierta reticencia. Él también estaba atrapado en un mundo de cosas sin decir.
—De todo aquello que tengo que fingir —dijo mientras trazaba círculos con el pulgar a lo largo de mi cintura—, cortejarte parece ser lo más sencillo.
Su forma de escurrir el bulto me hizo enfurecer. Sin embargo, tan pronto como llegó, la furia se fue, dejando tras de sí unas brasas que me
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calentaban la parte baja del estómago. Cuando me aparté de su lado, sentía calor en todo el cuerpo.
Me encaminé hacia la puerta del castillo.
—Qué halagador.
Él se detuvo un momento.
—¿Y tu respuesta? —dijo a mi espalda.
Me di la vuelta. Me gustaba provocarlo. Más de lo que debería.
—Es exasperante, ¿verdad, capitán? Recibir tan solo respuestas a medias.
—Ravyn —dijo, recorriéndome el rostro con la mirada para posarla brevemente sobre mi boca—. Si queremos ser convincentes, debes llamarme Ravyn.
Una sonrisa se apoderó de mis labios.
—Entonces, buenas noches, Ravyn.
Me respondió con una sonrisa lenta y satisfecha.
—Me tomaré eso como una respuesta, Elspeth.
Recorrí de puntillas el castillo oscuro hasta mis aposentos y esperé a Filick. Notaba los párpados pesados. Cuando me senté encima de la cama, algo suave cedió bajo mi mano. La corona de flores que había hecho esa mañana estaba colocada sobre mi almohada. Cuando le di la vuelta, un pétalo de rosa cayó sobre mi mano, rojo como la sangre.
Me hallaba en la estancia antigua cubierta de enredaderas. La madera del techo se había podrido, y los rayos de sol entraban por entre el dosel de los árboles, naranja y amarillo. Los pájaros cantaban, juguetones. Solo que esta vez no era verano. El aire era más frío, un día de otoño fresco y puro.
Sentado sobre la roca oscura en el centro de la estancia descansaba el mismo caballero al que había visto en mi último sueño. Su armadura dorada hacía mucho que había perdido su lustre y brillaba muy débilmente bajo la luz otoñal. Sobre su cadera descansaba la misma espada antigua con unas extrañas ramas retorcidas talladas en su empuñadura.
Perdido como estaba en sus pensamientos, no me vio.
Esperé a que levantara la mirada y volví a hacer ruido con los pies sobre el suelo cubierto de hojas.
Cuando por fin me vio, abrió mucho los ojos.
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—Elspeth Bonetero —dijo, con sus ojos, extraños y amarillos, hipnotizándome—. Déjame salir.
La habitación estalló en llamas.
Me desperté sobresaltada, jadeando en busca de aire. Miré a mi alrededor, pero no había fuego. Estaba sola en mis aposentos en el castillo Tejo, sin fuego, sin llamas que me lamieran los laterales del rostro. La luz brillante de la mañana se colaba a través de los cristales. Parpadeé, sin estar segura de cuánto tiempo había estado durmiendo.
La noche anterior, Filick Sauce me había vendado la muñeca. No obstante, cuando salí de la cama y me puse de pie, un dolor lacerante me atravesó el brazo. Solté un siseo… Tenía la muñeca izquierda tan dolorida debajo del vendaje que se me había quedado la mano completamente inútil. Tardé unos buenos diez minutos en desprenderme de la ropa del día anterior, de esa tela negra hecha jirones y cubierta de polvo.
Mi doncella me había dejado una palangana con agua junto a la mesilla de noche. Me acerqué a ella, con todo el cuerpo dolorido. Me inspeccioné en mi pequeño espejo y me encogí. Tenía la espalda cubierta de unas horribles marcas violeta causadas por la caída del caballo. Debajo del ojo me había aparecido un moratón oscuro, por el golpe que me había asestado mi padre. Lo toqué y me estremecí al notar la piel irritada y dolorida.
Tenía inflamados hasta los ojos. Me los froté con la esperanza de mejorar mi aspecto. Sin embargo, cuando aparté las manos y volví a mirarme en el espejo, el corazón se me detuvo en el pecho. Me aparté de un salto y sofoqué el grito que me subía por la garganta.
Una criatura que no era ni un hombre ni un animal, con unas grandes orejas puntiagudas cubiertas de un pelaje erizado, me miraba con sus ojos amarillos abiertos de par en par.
Sin embargo, cuando miré de nuevo, había desaparecido. El rostro del espejo volvía a ser el mío. Solo que ahora tenía las facciones deformadas por el miedo y mis ojos oscuros estaban vidriosos y desorbitados de terror.
Mi tía me había contado una vez que mis extraños ojos del color del carbón eran especiales, incluso hermosos… Una ventana oscura al alma que había detrás de ellos. Sin embargo, mientras me miraba en el espejo,
vi que mis ojos se tornaban de ese color amarillo brillante y sobrecogedor. Eso me hizo preguntarme: ¿de quién era el alma que había ahí detrás?
¿Era la del Tormento? ¿O la mía?
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Bajé las escaleras a tientas, con los muslos agarrotados después de haber estado tanto tiempo sobre el caballo. Mantuve la mirada fija en mis pies, intentando evitar ver mi reflejo en las armaduras decorativas del castillo. Apenas reconocía el sonido de mis pasos en la escalera hasta que Ravyn, vestido como de costumbre completamente de negro, pronunció mi nombre desde un piso más arriba.
Su voz me hizo detenerme. Aguardé a que llegara al rellano. Cuando me dio alcance, sus ojos grises escudriñaron mi rostro.
—No te veo tan mal, ¿no? —inquirió, y desplazó la mirada hacia el moratón en mi mejilla—. ¿Cómo tienes la muñeca?
—Inflamada.
—¿Me permites? —me preguntó.
Asentí y noté sus manos cálidas contra las mías. Cuando bajó la vista hacia mi mano herida, un mechón de pelo oscuro se le escapó de detrás de la oreja y le cayó sobre la frente. Contuve el impulso de volver a colocárselo en su sitio. Con cuidado, me aflojó el vendaje blanco con el que Filick me había envuelto la muñeca la noche anterior. Hice una mueca cuando me lo retiró, ya que tenía la piel irritada e inflamada, cubierta de moratones violeta.
Los dedos de Ravyn acariciaron la articulación dañada. Volvió a colocarme la venda.
—No está tan mal como parece —me dijo—. Pero tampoco es que vos os asustéis con facilidad, ¿no es verdad, señorita Bonetero?
—Elspeth —le recordé.
Arrugó la nariz y elevó la comisura de la boca. Sentí que se me contraía el pecho al verlo sonreír.
—Algunas cosas sí que me asustan —respondí—. El rey. Los galenos.
Los destreros.
Ravyn ladeó la cabeza.
—¿Todos los destreros?
—No sé si a ti te sigo considerando uno de ellos.
—¿Y qué iba a ser si no?
Curvé los labios.
—Un salteador de caminos.
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Su sonrisa se ensanchó. Pero, antes de que pudiera responderme, la puerta del salón, al final de las escaleras, se abrió. Por ella salió Morette Tejo y, detrás, la mujer más hermosa que había visto en mi vida. Cuando ella me divisó a mí, entreabrió los labios.
—Ahí estás, prima —me dijo Ione mientras sus ojos color avellana nos miraban a Ravyn y a mí—. Por fin te has despertado.
Nos sentamos en el salón, junto al fuego. Ravyn y su madre ocupaban unas sillas con el respaldo alto. Frente a ellos, Ione y yo compartíamos un largo banco tapizado. Contemplé a mi prima de soslayo y me quedé embelesada con el etéreo brillo de su piel, su cabello, sus ojos, sin tener claro si su nueva belleza me causaba fascinación u horror.
Sin embargo, no veía ninguna luz rosa. Mi prima obtenía su belleza de la carta de la Doncella, pero, por algún motivo que no entendía, no la llevaba encima, un terrible riesgo que casi nadie se atrevía a correr.
La magia de las cartas de la Providencia no se hallaba limitada por la distancia. Podía activarse una carta y dejarse en otra parte. Pero, sin la Doncella cerca, Ione no podía liberar su magia cuando quisiera. Tampoco podía liberarse a sí misma de sus efectos negativos cuando inevitablemente aparecieran.
Y, en el caso de la Doncella, el efecto negativo suponía una gran traición para la Ione Espino que yo conocía.
La falta de humanidad.
Cuando me pilló mirándola, enarcó una ceja. —¿Qué ocurre, Bess? ¿Acaso ya no me reconoces? Apenas la reconocía. Hasta su voz era distinta. —Estás… encantadora.
—Estar prometida me sienta bien —me dijo, y clavó la mirada en el moratón de mi mejilla—. Es una lástima que a ti no te suceda lo mismo con tu nueva vida.
«Y ahí está —comentó el Tormento tan de repente que me hizo dar un respingo—. Una pizca de belleza, un poco de ingenio y un pequeño toque de descarada frialdad».
—La señorita Espino se dirige a su hogar desde Stone y ha tenido el detalle de hacernos una visita —declaró Morette, con un tono de voz
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amable, hospitalario. Sin embargo, como el resto de los Tejo, comenzaba a darme cuenta de cuándo fingía.
Estaba tan sorprendida como yo de ver a Ione en su castillo.
Mi prima esbozó una sonrisa. La Doncella le había borrado el hueco entre los dientes.
—Y qué amable por vuestra parte dejarme irrumpir aquí de esta manera. No visito el castillo Tejo desde mi infancia.
A pesar del dolor que me comprimía el estómago por lo mucho que la había echado de menos, no podía evitar sentir que algo crucial había cambiado entre nosotras. Nuestra riña en Stone y la magia de la Doncella nos estaban convirtiendo en dos desconocidas.
No obstante, Ione no comentó nada sobre nuestra discusión. Habló sobre Stone y sobre el final del Equinoccio, sobre la corte y el rey. Habló sobre los preparativos de la boda, pero dijo muy poco sobre Hauth, y nada sobre el motivo por el que se había presentado en el castillo Tejo.
Frente a nosotras, Morette interpretaba bien el papel de anfitriona, asintiendo y profiriendo pequeños ruiditos para responder a las frases de Ione. Sin embargo, parecía que a su hijo lo estuvieran arrastrando al patíbulo por el cuello. Arrellanado en su silla, Ravyn contemplaba cómo hablaba Ione con la boca apretada y la mirada vacía. Apoyó la barbilla en la mano, con el cabello oscuro cayéndole sobre la frente.
Parecía un crío petulante obligado a soportar un acto social, vestido completamente de negro. De una belleza dolorosa, injusta.
Debió de sentir que lo estaba observando porque, cuando levantó su mirada hacia la mía, sus ojos volvieron a iluminarse y esa elusiva media sonrisa regresó a su boca.
Lo sucedido la noche anterior regresó a mi mente. El latido del corazón de Ravyn en mi oído cuando me había apoyado contra su espalda. Su calidez envolviéndome. El tacto de sus manos en mi cintura.
Se produjo una pausa en la conversación. Todas las miradas estaban puestas en mí. Parpadeé, desconcentrada.
—Lo lamento, ¿qué?
—Te he preguntado qué te ha pasado —repitió Ione, con la voz extrañamente monótona. Fijó la mirada en mis vendajes—. En el brazo.
—Me caí de un caballo —respondí, quizás demasiado rápido.
Ione se llevó una mano a la boca, como si fuera a sofocar una risa.
Pero no profirió ninguna carcajada.
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—Cómo no. —Se retorció un mechón de pelo rubio—. Espero que no te hayan hecho esforzarte demasiado, Bess —dijo, y enarcó una ceja perfecta mientras deslizaba los ojos hacia Ravyn—. Los hombres de Blunder pueden llegar a ser muy obtusos en lo que respecta a las mujeres.
El capitán, demasiado relajado como para parecer incómodo, se metió las manos en los bolsillos y miró a Ione con fijeza.
—Vos lo sabéis mejor que nadie, señorita Espino. Al fin y al cabo, mi primo Hauth es un bruto redomado.
Como si lo hubieran mandado llamar, otro Serbal, otro bruto redomado, pasó junto a la puerta abierta. Cuando vio a Ravyn, Elm asomó su despeinada cabeza castaña por el salón.
—¿Y bien? —inquirió—. Ya están aquí, capitán. Espero que hayas tenido tiempo de calmar a las mariposas de tu estómago…
—Renelm —dijo Morette mientras miraba a Elm de forma amenazante
—. Tenemos visita.
Elm se dio la vuelta y se percató por primera vez de la presencia de
Ione. Contempló fijamente a mi prima con los ojos verdes abiertos de par en par. Luego los entrecerró y apretó los labios en una fina línea.
—¿Qué hacéis aquí, Espino?
Me giré hacia mi prima, esperando verla avergonzada, con las mejillas ruborizadas. Así era como habría reaccionado la antigua Ione ante una pregunta tan brusca de parte de un príncipe. Pero esta Ione era distinta. La Doncella la había transformado. Y no solo a nivel superficial. Le devolvió a Elm una mirada desafiante, cargada de la misma ira. De algún modo, aquello la hizo todavía más hermosa.
—He venido a hablar con vuestro hermano —dijo con voz pétrea—.
Tengo entendido que los destreros y él vienen hoy a entrenar aquí.
Miré a Ravyn de inmediato. Pero él permanecía inmóvil, con los ojos grises inexpresivos.
—Creía que habías venido a verme a mí, Ione —le dije, y me obligué a mantener un gesto sereno. Hauth Serbal, el hombre que había intentado arrancarme el brazo de cuajo, estaba allí. Allí.
Mi prima se encogió de hombros y cruzó las manos sobre su regazo. —Así mato dos pájaros de un tiro. Además, llevo sin venir al castillo
Tejo desde que era una niña…, cuando estaba segura de que este lugar estaba encantado.
Elm me miró de reojo.
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—¿Y quién dice que no lo esté?
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CAPITULO 21
one entrelazó su brazo con el mío mientras salíamos hacia la luz del mediodía, detrás de Ravyn y Elm, de camino al patio.
I—¿Me has oído? —me preguntó—. Un grupo de salteadores atacó a Hauth anoche en el sendero.
Intenté no encogerme.
—¿Y cómo iba a enterarme de eso, Ione?
—Di por sentado que te lo habría contado tu nuevo pretendiente.
Y ahí estaba de nuevo, ese tono mordaz con su voz suave.
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—¿Qué sucede, Ione?
Se mordió la parte interna de la mejilla y no me miró.
—Nada. Es solo que me sorprendió cuando padre me contó que Morette Tejo os había emparejado a su hijo y a ti, y que habías sido invitada aquí para que te cortejara. —Una leve risa retumbó en su pecho —. Casi no me lo podía creer.
—Igual que a mí me sorprendió escuchar que te habías prometido con Hauth Serbal.
—Somos las dos una caja de sorpresas —me dijo. La luz del mediodía proyectaba un cierto resplandor sobre sus mejillas—. Ten cuidado, Elspeth. No te dejes influenciar por una cara bonita. Hay tantas cosas en el mundo que desconoces… Como los hombres poderosos. Me preocupas. Mucho.
Pero no sonaba nada preocupada. Su voz era fría.
Retiré el brazo del suyo.
—No tienes de qué preocuparte —repliqué—. Sé apañármelas sola. La oscuridad se cernía delante de nosotras. Cruzamos una amplia
puerta hacia el patio. Allí aguardaban diez soldados, con sus Caballos Negros oscureciendo el cielo y sin ninguna insignia en sus túnicas.
Destreros.
Mi prima se llevó un dedo al labio inferior.
—Hablando de hombres poderosos, anoche Hauth se enfureció cuando se le escaparon los salteadores de caminos. —Una sonrisa, que no le había visto esbozar nunca, ocupó sus labios. Era casi perversa—. Los bandidos lo dejaron bastante malherido.
Dirigí la mirada hacia el príncipe heredero.
—Qué horror.
Hauth Serbal se hallaba con el resto de los destreros, con sus cartas de la Guadaña y el Caballo Negro en el bolsillo. Cuatro líneas de un rojo intenso le atravesaban el cuello y desaparecían justo por debajo de su túnica. Parecía como si un gato gigante lo hubiese arañado, porque tenía bien visibles unas marcas como de garra.
Pero no había sido cosa de un gato. Ni de lejos.
Contemplé el cuello del príncipe heredero. «¿De verdad… le he hecho yo eso?».
La risa del Tormento inundó mi mente, reverberando de forma sombría en la oscuridad cavernosa. «Si tienes que preguntarlo, no estás lista para
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conocer la respuesta».
Ravyn y él esperaban en el límite del patio. Ione y yo nos acercamos a ellos. El capitán no dijo nada y mantuvo la vista fija en los destreros. Sin embargo, bajó la mano a un costado y sus nudillos rozaron los míos, respondiendo así a una pregunta que no había formulado en voz alta.
—Los he mandado llamar yo —me dijo.
Levanté la mirada.
—¿Ah, sí?
—Entrenamos aquí cuando no estamos en Stone. Es evidente que necesitan practicar. Parece que cuatro de mis hombres, incluido el príncipe heredero, desafiaron mis órdenes y, en lugar de volver a la ciudad, prolongaron su estancia en el castillo del rey. Sufrieron una emboscada en el Bosque Oscuro. —Curvó los labios hacia arriba—. Hauth se encuentra bastante… agitado.
—Y hace bien en estarlo —comentó Elm mientras se limpiaba la tierra de debajo de las uñas—. Parece que alguien le dio una buena tunda anoche en el bosque.
Hauth cruzó el patio hasta llegar a nosotros. Lo acompañaba Royce Tilo, un destrero corpulento y musculoso con el cabello castaño corto y una frente pronunciada. Los había visto juntos muchas veces, a Hauth y a Tilo; eran parecidos en la severidad de su carácter y en las voces estruendosas y graves.
Los ojos verdes del príncipe heredero se desplazaron entre Ravyn y Elm.
—¿Y Jespyr?
El capitán ladeó la cabeza, la mar de tranquilo.
—Está en la cama, enferma —le explicó—. Le he dado la mañana libre.
—Levántala —exigió Hauth—. Necesitamos a todo el mundo aquí.
Ravyn no se movió.
—Estamos bien así.
Ione echó un vistazo por encima de mi hombro, atraída por la tensión entre el capitán de los destreros y su futuro esposo. Cuando posó la mirada sobre Hauth, en sus ojos color avellana creí atisbar un destello de algo… Una cosa distinta a la frialdad.
Algo que se parecía mucho al odio.
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Sin embargo, un momento después, había desaparecido y sus ojos con la forma de una luna menguante se vieron eclipsados por sus pestañas oscuras y largas.
Hauth apenas miró en dirección a su prometida: tenía los ojos clavados en mí.
—Querido —dijo Ione, su voz dulce como la música—. Seguro que recuerdas a mi prima, Elspeth. Está visitando a los Tejo.
El corazón me retumbaba contra los oídos. Escondí la muñeca inflamada bajo mi capa y puse una expresión imprecisa y recatada. Había llevado una máscara puesta. Aun así, detrás de los ojos verdes del príncipe heredero había cierto interés, algo perspicaz, violento e inteligente.
Cuando Hauth habló, su voz sonó distante y fría, muy distinta al encanto que había derrochado durante el Equinoccio.
—Nos conocimos en Stone. —Miró hacia Ravyn—. He oído que ella es el motivo por el que has estado tan desaparecido últimamente.
El capitán no perdió la compostura. —No te debo ninguna explicación, primo. Hauth flexionó los músculos bajo sus heridas. —¿Te has enterado de lo sucedido?
—¿Qué cuatro destreros y un puñado de hombres no pudieron plantarle cara a un grupo de malditos salteadores de caminos? —Elm guiñó un ojo—. Yo no pregonaría eso por ahí, hermano. No parece muy digno de un príncipe.
—Fue una emboscada —estalló Hauth—. Wayland Pino y Erik Bonetero se habían marchado de Stone. Nos encontramos con ellos de camino al pueblo. Ellos eran el objetivo de los salteadores. Acabaron hiriendo a tres hombres y robaron la Puerta de Hierro de Pino. —Se pasó una mano por los cortes de la mandíbula—. Uno de ellos me hizo esto — declaró.
Hauth tenía la mandíbula cubierta por una barba incipiente, con la piel demasiado en carne viva como para afeitarse. Seguí la línea de las heridas mientras por mi mente cruzó el recuerdo de él agarrándome del brazo, del grito que proferí y de la furia del Tormento.
El príncipe heredero me había sujetado de la muñeca, había escuchado mi grito. Era extraño que no les dijera que había sido una mujer la que le había atacado.
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La risa del Tormento fue como una cerilla encendida en la oscuridad y casi me hizo dar un respingo. «Orgullo —dijo—. Y lo que es peor, el orgullo de un necio».
Ravyn y Elm contemplaron la herida de Hauth.
—¿Pudiste ver quién te hizo eso? —le preguntó su hermano.
—Lo acorralé en el bosque —dijo—. El resto ya había huido, pero él estaba perdido, el muy idiota. —Sacó pecho—. Le rompí la muñeca.
Noté cómo se caldeaba el aire de mis pulmones. La ira del Tormento se estaba entremezclando con la mía.
A mi lado, Ravyn y Elm se habían quedado inmóviles. La única que se movió fue Ione. Giró la cabeza un centímetro, desviando la mirada color avellana de su prometido y fijándola en mi manga, justo por encima de mi muñeca rota.
No hice nada. Ni siquiera respiré.
—¿Lo detuviste? —preguntó Ravyn en un tono gélido.
—No —confesó Hauth—. Debía de llevar cuchillas en sus guantes, porque no tardó ni un segundo en rajarme la cara.
Elm jugueteó con su carta de la Guadaña, haciéndola girar entre sus dedos.
—Me sorprende que dejaras que alguien te pillara desprevenido. Y que, además, te destrozara esa bonita cara.
Ione se cubrió la boca con la mano, pero no antes de que me diera tiempo a vislumbrar una sonrisa en sus labios. Elm también se dio cuenta y su sonrisa se ensanchó aún más.
A Hauth se le enrojeció el cuello. Irguió los hombros y estiró los brazos.
—Ya me divertiré cuando los atrapemos y los colguemos en la plaza. Llevaremos al bandido ante el verdugo. Y si tiene que llegar un poco magullado, que así sea.
Los destreros murmuraron para darle la razón. El capitán los contempló con el rostro impasible y se limitó a flexionar uno de los músculos de su mandíbula. Por primera vez, llegué a considerar que Ravyn Tejo seguramente detestaba tener que fingir que defendía las leyes del rey en su papel de capitán de los destreros.
Sí, sin duda, era algo que aborrecía.
—Comencemos con el entrenamiento —declaró, y pasó al lado de Hauth para enfilar hacia el patio—. Primo, ¿qué te parece que hagamos
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una demostración de cómo protegerse contra un salteador de caminos? — inquirió—. A no ser que te preocupe que pueda destrozarte más esa bonita cara.
Hauth vaciló.
—Tilo te ayudará con la demostración.
El aludido ensanchó las fosas nasales.
—No pienso enfrentarme a él. —Bajó el tono de voz—. Con el malnacido contagiado.
Elm cerró la mano alrededor de su Guadaña.
—¿Qué has dicho?
Tilo dio un paso atrás y bajó la mirada hacia la carta roja en la mano del príncipe.
—Nada.
Elm suspiró. Cruzó los brazos contra el pecho y volvió la vista hacia su hermano.
—No temerás enfrentarte a él, ¿verdad?
Acorralado una vez más por culpa de su propio orgullo, Hauth apretó los dientes y le lanzó a su hermano pequeño una mirada asesina antes de dirigirse hacia el patio detrás de Ravyn.
Los destreros rodearon al capitán y al príncipe heredero. Yo permanecí entre Elm e Ione, con la muñeca dolorida y los músculos tensos. Los miembros de la casa Tejo se reunieron fuera, atraídos por los hombres del rey y la promesa de violencia.
—Recordad —les dijo Ravyn a los destreros—, un salteador de caminos no respeta nunca la ley. Puede que incluso él, o ella, estén contagiados. Toda cautela es poca. —Me echó un vistazo rápido por encima del hombro de su primo—. Los salteadores pueden ser mucho más formidables de lo que indican sus máscaras.
—Empieza ya —instó Elm.
El Caballo Negro de Hauth oscureció el patio. Le dio tres toques y luego se la guardó en el bolsillo. No tocó la Guadaña. Ravyn retorció la boca en una sonrisa pícara.
—Concentraos en sus manos —prosiguió—. Un salteador puede, con una sola mano, apuntaros al cuello con un puñal, pero estad seguros de que con la otra estará robándoos lo que tengáis en el bolsillo.
Le dio un manotazo a la mano de Hauth. Elm rio por lo bajo. Antes de que el príncipe heredero pudiera apartarse, Ravyn le asestó otro manotazo
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en la cara, con lo que le abrió una de las heridas.
—Usad bien vuestros Caballos Negros —les explicó Hauth a los destreros, limpiándose la sangre de las heridas con la manga—. Velocidad y precisión son vuestro mejor método de ataque.
El príncipe heredero se movió con una rapidez sobrenatural, cruzó a toda prisa el patio y le asestó un puñetazo en el estómago al capitán.
—Creía que la mayoría de las cartas de la Providencia no podían usarse contra Ravyn —le susurré a Elm.
—Hauth puede usar el Caballo Negro para incrementar su propia velocidad —me respondió en voz baja—. Pero ¿os habéis fijado en que no toca su Guadaña? Sabe que no funcionaría con Ravyn.
—Los salteadores de caminos son más letales cuando van en manada, como los lobos —les indicó Ravyn a los destreros—. Si los separáis, no serán más que perros rabiosos que acechan por el sendero del bosque. — Cerró los ojos y, esa vez, cuando Hauth se movió a una velocidad sobrenatural, alargó una mano y agarró a su primo de la capa, haciéndolo caer contra la tierra fría.
Hauth rodó por el suelo antes de que Ravyn le pisara el hombro con la bota. Un momento después, estaba en pie, con los labios retorcidos.
—¿Qué aspecto tenía? —le preguntó el capitán de los destreros mientras esquivaba un buen golpe—. El hombre que te destrozó la cara.
—¿Cómo voy a saberlo? —respondió el príncipe heredero, bloqueando otro guantazo de Ravyn—. Llevaba una máscara puesta.
—Anonimato —declaró el capitán al mismo tiempo que le asestaba a Hauth varios golpes a la altura de la oreja—. El anonimato es la mayor ventaja del bandido. Desenmascaradlo, y habréis acabado con él.
—O ella —susurró Ione, en voz tan baja que creí haberlo imaginado. Hauth sacó una daga de su cinturón. Ravyn entornó la mirada, dobló
las rodillas y rodeó al príncipe heredero. Se movía con pasos ligeros, como si caminara sobre cristal, y cuando Hauth blandió la daga, la esquivó.
Se movieron por el patio en una danza de pasos, fintas y choques.
^ Dejad de hacer el tonto —les abucheó Elm desde el borde—. Hemos venido a presenciar una buena paliza.
Hauth escupió sangre y cayó tras un intento fallido de ponerle la zancadilla a Ravyn. A mi lado, ni Ione ni Elm se molestaron en disimular sus sonrisas mientras contemplaban al capitán de los destreros dejar en ridículo al príncipe heredero.
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Cuando Hauth erró otro de sus golpes, soltó una maldición, con las venas del cuello marcadas.
—Rompiste una muñeca —le dijo Ravyn a su primo—. Al menos deberías ser capaz de hacerme sangrar.
Hauth lanzó la daga en el aire, cortándole el jubón a Ravyn justo por debajo del cuello. Me encogí y escudriñé su túnica en busca de señales de sangre. Sin embargo, el capitán de los destreros dio un giro y le asestó una patada a su atacante en las costillas, que envió al heredero al trono de vuelta al suelo.
Entonces, Ravyn le pisó la mano con todas sus fuerzas.
Un crujido enfermizo reverberó a través del patio, seguido de un brutal grito por parte del príncipe heredero. Me encogí y aparté la mirada. Elm se inclinó con los ojos muy abiertos. El Tormento siseó, satisfecho.
Ione se limitó a reírse.
Hicieron falta tres destreros para apartar a Ravyn de Hauth. —Soltadme —ladró el capitán, y abandonó el patio tras haber perdido
completamente el control a causa de la rabia—. El entrenamiento ha terminado.
Contemplé a los destreros que acompañaron al príncipe heredero lejos del patio. Hauth no dejaba de maldecir. Se acunaba la mano ensangrentada mientras los destreros y él desaparecían hacia el interior del castillo cubiertos por un halo de oscuridad.
—Sobrevivirá —dijo Ione en un tono de voz monótono. Giró sobre sus talones y abandonó el patio, con la luz mortecina del día reflejada en su largo cabello rubio.
El latido de mi corazón no se ralentizó hasta que el patio volvió a quedar en calma. Elm y yo éramos los únicos que seguíamos allí.
—¿Qué acaba de pasar?
El príncipe se encogió de hombros, con sus ojos verdes clavados en la figura de Ione en la distancia.
—Hauth te rompió la muñeca y Ravyn le ha destrozado la mano.
Equilibrio.
Busqué a Ione, pero escuché el retumbar bajo de la voz de Hauth saliendo de su habitación y fui de inmediato en dirección contraria. La mirada que
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mi prima le había dedicado a mi brazo en el patio me había inquietado. Y, aunque ella no tenía ninguna forma de saber lo que había ocurrido la otra noche en el bosque, la desconfianza me atormentaba. Había demasiadas cosas que no comprendía sobre esa nueva versión de Ione.
Y me asustaba no confiar en la persona que, hacía menos de quince días, había sido a quien mejor conocía en el mundo.
Ravyn, Jespyr y Elm cenaron con el resto de los destreros. Alrededor de la mesa del comedor, con forma de árbol largo y retorcido, solo estábamos sentados Fenir, Morette y yo. Cuando ambos decidieron acostarse pronto, no tuve nada que objetar.
Recorrí el largo pasillo de vuelta a mi habitación, tarareando una de las canciones del Tormento para mí misma. «Las cartas. La neblina. La sangre —me decía él desde la oscuridad—. Te estás acercando. ¿No hueles ya la sal?».
Delante de mí sonaron unos pasos, seguidos de susurros. Me habría metido en mi dormitorio, ya que me ponía nerviosa que me pillaran escuchando a hurtadillas, si no fuera porque había escuchado cómo una de las voces pronunciaba mi nombre.
Las palabras que Elm pronunció a continuación fueron medio susurradas, medio siseadas.
—No tenemos ni idea de lo que sucedió en el bosque —decía—. Bonetero… Sus habilidades…
—Son increíbles. Te salvó la vida. Creo que se ha ganado que le des un respiro de tu hostilidad habitual, ¿no crees?
—No digo que no le esté agradecido por poder vivir para contarlo, Ravyn. Solo que deberíamos andarnos con ojo. Hauth parecía haber sido atacado por un animal, no por una mujer. Hay muchas cosas que desconocemos sobre ella. —Guardó silencio un momento—. Tu carta del Tormento podría ayudarnos con eso.
Sentí que me quedaba helada.
El tono de Ravyn fue duro.
—No. No voy a hacer eso.
—No te supone ningún problema usarla con el resto de nosotros. ¿Por qué con ella sí?
—El resto de vosotros me habéis dado vuestro permiso. Ella no. —¿Y no crees que eso se debe a que esconde algo?
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—Ha tenido que ocultar cosas durante toda su vida —le espetó Ravyn —. ¿Es que no lo ves?
—Parece que no tan bien como tú.
—¿Qué significa eso?
—Nada —declaró Elm—. Pero no podemos permitirnos cometer errores, y menos cuando estamos tan cerca. Partirle la mano a Hauth, aunque he de decir que lo he disfrutado, ha sido temerario.
El capitán guardó silencio durante un momento.
—Lo sé.
—No deberías bajar la guardia, Ravyn. Y mucho menos por ella. —Tomo nota —dijo el capitán en un tono gélido—. Buenas noches,
primo.
Sonaron unos pasos. Tanteé el cerrojo de mi puerta, tratando de no hacer demasiado ruido. Apenas había entrado y cerrado detrás de mí cuando dieron tres fuertes golpes contra la madera.
El Tormento soltó un suspiro. «Te pones las cosas muy difíciles, querida».
—¿Quién es? —pregunté, con la voz aflautada, demasiado aguda y sin aliento.
—Ravyn.
Cuando abrí la puerta, sentí un nudo en el estómago. El capitán de los destreros estaba sorprendentemente atractivo con esa túnica de un verde intenso. Se apoyó contra el quicio de la puerta, marcando un ritmo monótono con sus dedos callosos sobre la vieja madera. Me contempló, con la cabeza ladeada como un ave rapaz curiosa.
—Creía que seguirías en la cena.
—Ninguno de los tres teníamos mucha hambre. Acabo de regresar.
—Ya. Te he oído.
No me preguntó si había estado escuchando su conversación. Sin duda, ya lo sabía. Soltó un profundo suspiro.
—Siento lo de hoy —me dijo—. Estoy seguro de que no ha sido fácil ver a Hauth después de lo de anoche.
El Tormento arrastró sus garras por mi mente.
—Lo de hoy no ha sido por ti —se justificó Ravyn—. Lo de romperle la mano. Es decir, sí que era por ti…, pero también iba más allá.
—¿Ah?
—Mí primo y yo tenemos una relación particularmente hostil.
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Resoplé.
—Ya me he dado cuenta.
—Hauth detesta la infección. Más que nadie. Y odia que su padre me convirtiera en capitán. —Se mordió el labio y tensó su postura—. Es él quien informó al rey de mi infección. Diez años después, hizo lo mismo cuando Emory se contagió de la fiebre.
Casi pude sentir la tensión de sus hombros. Quería alargar la mano y tocarlo, decirle que lo comprendía, tal vez mejor que nadie. No obstante, no lo hice.
—Pero no es eso por lo que he venido a verte —prosiguió.
—¿No?
—Hay algo que quería enseñarte ayer, solo que no tuve tiempo —me dijo—. Pero, si estás cansada, puede esperar.
Sí que estaba cansada. Pero algo me removía el estómago, algo que no podía nombrar y que, si ignoraba, estaría dándole vueltas toda la noche. Me apoyé contra el lado contrario del quicio de la puerta con las cejas enarcadas.
—¿De qué se trata?
Ravyn elevó la comisura del labio.
—Ya lo verás.
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CAPITULO 22
o tomamos las escaleras principales para salir del castillo, sino las del servicio. Nuestros pasos fueron presurosos hasta que Nllegamos a la pequeña puerta de madera que daba al jardín. Fuera, la luna llena proyectaba sombras inquietantes a través de la neblina y los terrenos
parecían espectrales bajo la brisa otoñal.
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Seguí a Ravyn por el mismo camino que habíamos recorrido el día anterior, con mucho cuidado de dónde pisaba. Cuando el ulular de un búho sonó por encima de mí, di un respingo y me acerqué más al capitán mientras me guiaba a través de las zarzas, con el camino inundado de sombras.
Las ruinas del antiguo castillo parecían aún más extrañas por la noche.
Se hallaban erigidas en mitad de la neblina, absorbiendo la luz de la luna.
Al borde del cementerio se encontraba la estancia de piedra, con su ventana oscura y siniestra.
La mirada del Tormento mitigó la oscuridad a mi alrededor. «Entra», murmuró.
—¿Vamos a entrar ahí? —susurré. Ravyn caminaba con determinación mientras nos llevaba más allá del tejo que se cernía amenazante.
—Sí.
La cámara no tenía puerta, solo esa única ventana. Ravyn se aupó al borde de la ventana con unos movimientos gráciles, producto de la práctica, como si lo hubiera hecho cientos de veces antes. Un momento después, ya estaba dentro.
Se inclinó sobre el alféizar y me tendió una mano.
Vacilé. Había algo mágico en el interior de esa cámara… Podía sentirlo debido al repentino y evidente olor a sal en mi nariz. De las profundidades de mi mente despertó el Tormento, que saltó hacia delante de un modo tan abrupto que estuve a punto de caerme.
«Entra», me urgió.
Tomé la mano de Ravyn y él me guio por encima del alféizar de piedra. Mis pies tocaron el suelo y, durante el medio segundo que tardé en adaptar la vista, todo estuvo completamente oscuro.
La estancia era cuadrada. La luz de la luna titilaba desde lo alto a causa del techo de madera podrido, fracturado. Podía ver la sombra de las ramas en el exterior, con el tejo vigilándonos a través del techo roto.
En el centro había una losa de piedra, alta y ancha. Se me cerró la garganta y miré a mi alrededor, esta vez a conciencia.
Reconocí el lugar: las paredes cubiertas de enredaderas…, el techo de madera roto…, la roca en el centro de la estancia.
Lo único que faltaba era el caballero con armadura encaramado a ella.
«Este es el lugar —jadeé—. La habitación de mis sueños».
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«Sí», respondió el Tormento, con la voz escurridiza, como un fantasma al viento.
«¿Qué es este sitio? ¿Quién era el hombre sentado en lo alto de la roca?».
«Es un lugar en el tiempo…, un hombre con defectos. Ambos por la rabia alimentados… y por la sal enterrados».
Ravyn y yo nos acercamos a la roca situada en mitad de la habitación.
—Cuando era niño —comenzó a explicarme—, me gustaba jugar aquí.
Me estremecí.
—Un lugar bastante terrorífico para jugar, ¿no crees?
Su mirada se encontró con la mía.
—Puede.
Acudí a mi mente, exigiendo una explicación, el motivo por el que el Tormento me había mostrado ese lugar en mis sueños. Pero la criatura permaneció en silencio, a la espera, observando.
—¿Por qué estamos aquí? —inquirí.
Ravyn sacó una mano de su capa.
—Te lo mostraré.
Colocó la palma de la mano recta en el centro de la losa de piedra mientras la luz de la luna bailaba sobre su piel. No vi la pequeña daga plateada que se había sacado del cinturón con un movimiento repentino y fluido. No vi nada en absoluto. Ravyn fue demasiado rápido.
Antes de que pudiera siquiera parpadear, el capitán de los destreros pasó a tener la mano cubierta de sangre.
—¿Qué haces? —exclamé.
Se guardó el cuchillo después de haberse infligido un corte en la carne por debajo del pulgar. La sangre le goteaba por las líneas de la palma de la mano hacia la roca que quedaba debajo.
—No te preocupes —me dijo, con la voz sorprendentemente tranquila para alguien que acababa de autolesionarse—. Mira.
Se me entrecortó la respiración cuando Ravyn giró la palma de la mano hacia la roca, y el mundo y el Tormento detrás de mis ojos se quedaron de pronto inmóviles. Entonces, de las profundidades de la roca, brillante y real, surgieron varios haces de luz inconfundibles.
Cartas de la Providencia, ocultas en lo más profundo de la antigua piedra, liberadas por medio de sangre.
«La sangre de Ravyn… Sangre contagiada. Sangre mágica».
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El centro de la roca, que antes había sido oscuro e impenetrable, ahora era claro como el agua. Podía ver a través de él. Era como asomarse por una puerta. En su interior se encontraban apiladas cartas de la Providencia, guardadas, escondidas y a la espera.
Me costó encontrar las palabras.
—¿Cómo…? ¿Cómo has…?
Ravyn esbozó una sonrisa y alargó la mano hacia el centro hueco de la piedra para tomar el montón de cartas de la Providencia.
Sus colores se desvanecieron, apagados por el contacto con Ravyn. Contemplé, fascinada, cómo las dejaba fuera de la roca. El color volvió a cada una de las cartas según las fue soltando.
El Profeta, la Doncella, el Cáliz, el Lluevo de Oro, el Águila Blanca y la recién adquirida Puerta de Hierro.
—Tu colección —dije, con la mirada perdida en los colores—. Tu padre me la había enseñado.
—Y aquí es donde la ocultamos —me confesó Ravyn, dándole una palmadita a la roca.
—¿Cómo diantres descubriste este escondite?
Se encogió de hombros.
—Jugando por aquí de niño. Me hice un corte en el hombro con la ventana y trastabillé, con la mano llena de sangre. Cuando toqué la roca… Bueno, ya lo has visto.
—Pero ¿por qué está aquí? —pregunté. El olor a sal inundaba la estancia—. ¿Qué es este lugar?
—No lo sé. Solo sé que es antiguo, tanto como las ruinas del exterior. —Se metió la mano en el bolsillo y sacó las luces burdeos y violeta: el Tormento y el Espejo—. Estas las encontré en el centro de la roca.
Llamé la atención de la oscuridad, del Tormento. Cuando habló, sus palabras cayeron como gotas de lluvia. «Una ofrenda pagada con sangre. Ese es el precio establecido por el Ánima…, siempre la sangre. Así que, en el límite del bosque, el Rey Pastor esta cámara le construyó, este altar. Y aquí, negociaron».
«¿Cómo sabes tanto al respecto?».
No me respondió. Pasé una mano sobre la roca. Su superficie era fría y áspera bajo mi palma.
Ravyn se limpió la sangre en la manga de su túnica.
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—Otros han intentado abrir la roca sin éxito. Si algo me sucediera, tú eres la única que puede abrirla. Solo la sangre contaminada puede destapar el abismo.
Levanté la mirada hacia él.
—¿Es que te va a pasar algo?
La sonrisa que estaba esbozando no llegó a su mirada.
—No si puedo evitarlo.
Recogió de nuevo las cartas. Cada una de ellas fue perdiendo su color nada más entrar en contacto con su piel. Cuando fue a tomar el Águila Blanca, lo agarré por la manga para detenerlo. Contemplé las cartas en su mano, todas sin color, salvo el Tormento y el Espejo.
—¿Por qué solo puedes usar esas dos?
Al principio, no dijo nada y dejó la vista clavada en mi rostro. Tal vez, como solía pasar entre nosotros, deseaba guardarse ese secreto. Sin embargo, le sostuve la mirada, a la espera, envalentonada por la quietud a nuestro alrededor.
—Tenía trece años cuando me contagié de la fiebre. Era mayor que muchos otros que se contagian —dijo al romper su silencio—. Pero no experimenté ninguna señal de magia, ninguna habilidad nueva. Evité a los galenos. Creía haberme librado de las consecuencias de la infección. Un año más tarde, estaba entrenando para ser destrero. —Se le ensombreció el tono—. Pero entonces, me ofrecieron un Caballo Negro y comprobé que no podía usar esa carta. No lograba hacer que funcionase sin importar cuánto me esforzase. —Hizo una pausa—. Hauth se lo contó a Orithe Sauce, que fue quien me clavó su garra y le confirmó mi infección al rey.
Nunca le había oído hablar tanto de seguido. Su voz era tan profunda como el agua oscura, suave e inquebrantable. Me arrullaba. Le recorrí el rostro con la mirada, perdida en su pasado, deseando conocer más sobre su historia.
Ravyn prosiguió.
—Pero al igual que su mascota Orithe, el rey supo ver que mi infección podía resultarle útil. A pesar de no contar con un Caballo Negro, me convertí en un mejor luchador que el resto de los destreros. No podía usar el Cáliz, pero tampoco podía ser usado contra mí. Nadie podía verme con la carta del Pozo. La Guadaña no podía controlarme. —Se detuvo—. Por eso me ascendió a capitán.
Se pasó una mano por el pelo.
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—Cada año que pasaba perdía la capacidad de usar otra carta. Solo me quedan el Espejo, el Tormento, y supongo que los Alisos Gemelos. — Cuando me vio abrir los ojos de par en par, se encogió de hombros—. La magia tiene un precio. Si no reunimos la baraja y sanamos mi infección, no seré capaz de usar ninguna de las cartas de la Providencia. —Me miró con el rostro ensombrecido. Su mirada se encontró con la mía—. No suelo hablar de ello, salvo con Elm.
Enarqué una ceja y tardé en encontrar las palabras.
—Pero él… Él es…
—Un Serbal.
—¿No temes que se lo cuente a su padre?
El capitán esbozó una sonrisa.
—Si lo conocieras, sabrías lo imposible que es eso. Elm es leal… hasta la médula.
Pensé en Ione. O más bien en cómo era antes Ione, lo que hizo que el estómago me diera un vuelco.
—¿Te es leal a ti y no a su propio padre o a su hermano?
Ravyn hizo una pausa.
—Elm era un niño listo. Pero detestaba entrenar, prefería estar rodeado de libros. Al rey no le gustaba su gentileza y lo consideraba débil, así que dejó a la reina a cargo de su crianza. Al fallecer ella, Elm pasó a ser… maltratado en Stone. —Le costaba encontrar las palabras—. Hauth lo martirizaba. Así que, un día, simplemente… lo traje a mi casa. Mis padres pasaron a convertirse en sus padres. Mis hermanos, en sus hermanos. Es cauteloso y desconfiado, pero moriría antes de traicionarnos.
Había algo nuevo, algo feroz y descarnado en el capitán de los destreros. Tal vez, al igual que a mí, la sal en el aire lo llevara al límite…, lo hiciera despertar. Había desaparecido esa expresión inflexible, esa austeridad inquebrantable. Y en su lugar se había instalado una determinación profunda.
Se giró hacia las cartas apoyadas sobre la roca. Las apiló y los colores desaparecieron en cuanto entraron en contacto con su piel. Entonces, alargó el brazo hacia la piedra y las devolvió a su sitio. Cuando retiró la mano, el color volvió a ellas.
Tomó el mismo cuchillo de antes de su cinturón y lo dirigió hacia la mano.
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—Espera —le dije mientras lo agarraba del brazo—. Permíteme hacerlo.
Frunció el ceño.
—No, Elspeth.
—Hablo en serio —sentencié. Cuando vi que no cedía, apreté la mandíbula—. Si quiero aprender a hacerlo como es debido, debes dejarme intentarlo.
Ravyn no soltó el cuchillo. No dijo nada. Parecía estar librando una batalla interna detrás de esos ojos grises. Aun así, no me entregó la daga.
—Pues vale —le dije, y me aparté de él.
Me agarró de la muñeca sana y me dio un tirón para que volviera a acercarme a él. Se llevó mi mano al pecho. Suspendió el cuchillo sobre ella como si fuera el arco de un violín, con el filo a un milímetro de la palma de mi mano.
—No es necesaria mucha sangre —me explicó, su voz convertida en un gruñido—. Solo un poco. Una ofrenda.
«Un trueque —dijo el Tormento—. Todo tiene un precio».
Ravyn tenía la piel áspera, como la cubierta de un libro abandonado hacía mucho. Pero estaba cálida. Contuve la respiración mientras esperaba a sentir el dolor de la hoja sin apartar mi mirada de la suya.
Deslizó el cuchillo a lo largo de la palma de mi mano. Jadeé y observé cómo un rastro de gotas rojas salía del casi invisible corte que acababa de infligirme. Me pellizcó la piel para que saliera más sangre a la superficie.
—Solo un cortecito —murmuró—. Nada demasiado profundo. No hay por qué dejar una cicatriz en estas hermosas manos.
Si aquello era doloroso, apenas lo sentí. Había algo que se agitaba en mi interior. Y no era del todo dolor, sino más bien un anhelo.
Ravyn guio mi mano hacia la roca y la presionó contra la superficie antigua y con relieve. Cuando la aparté, siguieron saliéndome algunas gotas de sangre. Un segundo después, las cartas habían desaparecido, selladas otra vez en la piedra y sumiendo de nuevo la estancia en la oscuridad.
Mi sangre también había desaparecido; mi ofrenda, perdida en la extraña magia de la roca.
—Todo tiene un precio —susurré.
Ravyn volvió a tomarme de la mano, en la que quedaban solo un par de gotas de sangre. Presionó dos dedos ásperos contra el corte y detuvo la
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hemorragia. Un mechón de pelo le cayó sobre la frente y bajó la mirada hacia mi palma.
Le aparté el cabello de la cara con mi otra mano, con los dedos temblorosos mientras le rozaba la frente.
El capitán levantó la mirada y la fijó sobre mi boca antes de volver a mis ojos. Me recorrió con los dedos la muñeca, inmóvil ante su tacto.
—Puedo sentir tu pulso. El corazón te late a toda prisa —me dijo. Agradecí la oscuridad de la noche, estar en esa cámara sombría. Si
hubiera sido de día, el intenso rubor en mis mejillas hubiera sido innegable.
Me sentía clavada al suelo, envuelta en un hilo invisible que me ataba al capitán de los destreros. Era dolorosamente consciente de lo cerca que estábamos el uno del otro; de la calidez que desprendía su cuerpo fornido; de la curva de mis pechos por encima del escote mientras tomaba bocanadas de aire rápidas e irregulares; de la sensación de su mano áspera sobre la mía.
—No sé por qué —respondí.
Curvó los labios en una leve sonrisa.
—¿No lo sabes?
Me quedé quieta, a la espera de que sucediera algo que no tenía el valor de nombrar. Con la mano que tenía libre, Ravyn me sostuvo un lateral del rostro y me acarició con el pulgar peligrosamente cerca de la boca.
Se me entrecortó la respiración y abrí los labios. Mis ganas se entremezclaban con una sensación que no lograba comprender. Ravyn dejó escapar un suspiro repentino y me acarició la piel del labio inferior con el pulgar.
Cuando se inclinó más hacia mí, cerré los ojos, con su boca a un instante de la mía. Su voz sonó entrecortada.
—¿Estás fingiendo ahora, Elspeth? —me preguntó mientras me rozaba la punta de la nariz con la suya—. Porque si es así… —Su aliento me removió las pestañas—. Se te da muy bien fingir.
Sus palabras despertaron algo en mí. La misma llamada que había sentido antes, el mismo anhelo. Quería que volviera a acariciarme la boca, sentir la textura de su piel áspera y endurecida. Mi cuerpo pedía a gritos, con inconsciencia e impaciencia, contacto físico.
Que él me tocara.
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—No mejor que a vos, capitán.
Ravyn tragó saliva y cerró los párpados. Apoyó mi mano con firmeza contra su pecho, justo por encima del emblema de los Tejo, en su corazón. Le latía a toda prisa, de forma irregular, como si acabara de terminar de correr. Cuando levanté la vista, me estaba contemplando, con la mirada más dulce que antes.
—¿Te parece a ti que estoy fingiendo ahora? —inquirió, con su boca más cerca, tanto que sus labios rozaban los míos.
Parecía… descarnado. Sincero. Algo con lo que no estaba nada familiarizada. Había hecho falta que fuera Ravyn Tejo, el capitán de los destreros, mi supuesto enemigo natural, el que me hiciera darme cuenta de lo que de verdad deseaba.
Dejar de fingir.
Nuestros labios se unieron en aquel lugar, entre la sal. Ravyn gimió contra mi boca y yo me pegué completamente a su cuerpo, anhelante…, deseosa de sentirlo contra el mío. Me recorrió la mandíbula con las manos hasta el hueco del cuello y hundió los dedos en mi pelo mientras abría su boca contra la mía. Nuestras lenguas colisionaron, tórridas y desconocidas, vacilantes al principio y ya luego con afán.
Logró sacarme de mi mente infestada por el Tormento y hacer que me sintiera yo misma. El beso se volvió más intenso. Apoyé una mano en la mandíbula de Ravyn y hundí los dedos en la barba incipiente que le crecía allí. No pensé en ser recatada con él. Estaba harta de fingir que no quería nada de esto.
El endurecimiento de su cuerpo me indicó que él sentía lo mismo. Me envolvió la parte baja de la espalda con su brazo para presionarme contra él. Me recorrió la mejilla con la boca y me mordisqueó el lóbulo de la oreja antes de bajar hacia el cuello. Un estremecimiento me subió por la columna. Sus dedos se curvaban en mi pelo, tirando de él lo suficiente como para echarme la cabeza hacia atrás y dejar mi cuello expuesto. Me besó por debajo de la oreja, bajo la mandíbula y descendió por la garganta.
Si hubiera mantenido los ojos cerrados, me habría rendido por completo a las caricias de Ravyn. Sin embargo, los abrí un poco y, cuando lo hice, algo detrás del hombro del capitán llamó mi atención. Una sombra que se movía por la cámara oscura. Cuando la seguí, volví a mirar la roca en mitad de la habitación, esa que, hacía tan solo un momento, Ravyn había abierto y yo había cerrado con sangre.
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Solo que ahora, encaramado a ella, se encontraba sentado el hombre de mis sueños con su armadura dorada emitiendo un leve resplandor.
Me observaba mientras yo estaba allí plantada con el capitán de los destreros. Cuando habló, reconocí el timbre sedoso de su voz:
—Elspeth Bonetero —me dijo. Sus ojos, tan extraños y amarillos, me tenían atrapada—. Déjame salir.
Me aparté de golpe de Ravyn, intentando con todas mis fuerzas sofocar un grito. Sin embargo, cuando volví la vista hacia la roca, el caballero había desaparecido. Lo único que quedaba allí era el olor a sal, invisible y suspendido a nuestro alrededor.
Ravyn abrió mucho los ojos, de un modo salvaje. Tenía el cabello oscuro revuelto y dejó caer las manos a los costados, esas que hacía un momento habían estado enredadas en mi cabello, en mi cuerpo. Incluso en la oscuridad pude ver el rubor que subía por su cuello. Abrió la boca para hablar, pero ya me había dado la vuelta, ya que me aterrorizaba permanecer un segundo más en esa cámara extraña y mágica.
—Lo siento —dije mientras me dirigía hacia la ventana—. Tengo que irme.
—Elspeth —me llamó.
No obstante, no me di la vuelta y él tuvo la decencia de no seguirme. Corrí hacia el prado, libre de sal… y de magia. Solté unas bocanadas de aire cortas y cálidas que no sirvieron para calmarme, y no dejé de correr hasta que llegué a la pequeña puerta de madera en la base del castillo.
«¿Qué me está pasando? —exclamé, y apreté los puños—. ¿Estoy perdiendo la cabeza?».
El Tormento se deslizó por entre mis pensamientos, como una serpiente sobre la hierba. «Solo sé lo que sé», murmuró.
Grité hacia el abismo de mi mente. «¡Se acabó, Tormento! Dime la verdad. ¿Quién es ese hombre? ¿Por qué no dejo de verlo?».
«Es un vestigio del pasado que merodea por la cámara que él mismo construyó para el Ánima del Bosque, nada más que un recuerdo del hombre que fue antaño. —Su voz se fue endureciendo—. El hombre que fui antaño».
Cerré la puerta de mi habitación de un portazo y me lancé hacia el interior. Tropecé con la alfombra. Solté una maldición y le asesté una patada a la lana envejecida.
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Dejé la vista clavada allí. Ahí estaba, tejido en la alfombra de mi dormitorio, a lomos de un caballo negro con su armadura dorada. El caballero de la cámara. Solo que ahora, mientras examinaba la lana, me fijé en un objeto en la distancia tejido en el borde verde de la alfombra, en el límite del bosque, justo antes de la línea de los árboles.
Una cámara sin puerta con una sola ventana a la oscuridad.
Mi juventud volvió a mí de golpe. Me vi de niña, absorta en el ejemplar de El viejo libro de los Alisos de mi tía, obsesionada con la página de la carta del Tormento. Había estado tan segura de que la criatura en mi mente era una encarnación de la propia carta, ya que el monstruo en su cara era exactamente como el mío, que no había llegado a entender lo que aparecía escrito un par de páginas antes:
Pero incompleto me sentía, a pesar de la colección completa que tenía. Así que para el Tormento…, el precio fue mi alma, sin lamentos.
Me llevé la mano a la boca con dedos temblorosos. Apenas tenía voz. —Pero eso significaría que absorbí tu alma cuando toqué la carta del
Tormento. Lo que a ti te convertiría en… el Rey Pastor.
Un gruñido, una mueca…, aceite y bilis. Su voz me llamó más alto que nunca, como si estuviera más cerca. Como si fuera más fuerte. «Por fin nos entendemos, mi querida Elspeth».
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CAPÍTULO 23
eñorita? ¿Señorita Bonetero?
—¿ Me desperté con un sobresalto, con la muñeca rígida y dolorida,Sy unos violentos escalofríos que me recorrían la columna.
Las palomas arrullaban por encima de mí. Me incorporé hasta sentarme, desconcertada, sorprendida por ver el cielo azul de la mañana y
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no el techo y las paredes de mi dormitorio. Me dolía la piel, que tenía erizada. Llevaba puesto mi camisón, sucio y húmedo a causa de la hierba aplastada debajo de mí. Miré a mi alrededor y reconocí los altos tejos y las zarzas del follaje descuidado a mi alrededor.
En la distancia se erigía la cámara de piedra, rodeada por la espesa neblina, que había abandonado hacía tan solo unas horas.
Filick Sauce me miraba desde arriba, con la capucha húmeda y los ojos muy abiertos.
—¿Os encontráis bien, señorita Bonetero? —inquirió.
Me levanté, con el cuerpo rígido de frío. Aún sentía pavor al encontrarme con un galeno, pese a que este estuviera al servicio del capitán de los destreros. Di un paso atrás.
No recordaba haberme quedado dormida ni haber dado un paseo improvisado de vuelta a la pradera. Acudí a la oscuridad de mi mente, encontré al Tormento acurrucado, silencioso durante su descanso, completamente satisfecho de no ofrecerme una explicación.
—Debo… Debo de haber caminado en sueños —dije.
Filick se desprendió de su capa y me la entregó.
—Vamos, os haré una taza de té. Estáis congelada.
No dejé de temblar hasta que estuve sentada unos buenos diez minutos junto a la chimenea de Filick. Pidió que nos trajeran té y me lo bebí de tres sorbos, sin ser apenas consciente de que el agua me quemaba la lengua. El galeno se sentó a mi lado y me retiró la venda de la muñeca inflamada.
—¿Suele sucederos a menudo? —preguntó cuando recobré un poco de color—. ¿Lo de caminar en sueños?
Negué con la cabeza.
—No.
—¿Habíais estado antes en las ruinas?
—Sí. —Me estremecí—. ¿Qué es esa cámara? La que cuenta con la roca mágica.
Filick le dio un sorbo a su té. —Entonces. ¿Ravyn os la ha mostrado?
El recuerdo de la noche anterior me inundó los sentidos. Me puse de cara al fuego y un rubor me subió hasta las mejillas.
Si el galeno se había percatado de ello, no lo mencionó.
—No estoy seguro. El castillo Tejo es antiguo y está plagado de reliquias —dijo—. En esa cámara hay una magia extraña y ancestral.
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Suelo entrar allí a menudo, por las mañanas.
Le dediqué un vistazo en el que había una buena dosis de desconfianza.
—Parecéis valorar mucho la magia ancestral —le dije—. Para ser un galeno.
Filick esbozó una sonrisa y tomó una venda limpia de sus estanterías.
—Los Sauce llevamos siendo galenos desde hace cientos de años. Hace siglos —prosiguió— ya sabíamos que la neblina estaba cargada de sal, de magia. Pero no la temíamos. Venerábamos al Ánima del Bosque y los dones que ella nos otorgaba. A quienes padecían la fiebre y su posterior degeneración se los trataba, no se les daba caza.
—¿Y qué fue lo que cambió? —pregunté.
Me envolvió la muñeca con la venda.
—No queda ningún relato, pero siguen existiendo historias…, pasadas de boca en boca. —Volvió a vendarme la muñeca con la destreza de alguien con mucha experiencia en heridas—. En detrimento de sí misma, el Ánima del Bosque le otorgó al Rey Pastor una magia tan grande que le permitió crear las cartas de la Providencia. Las compartió con su reino, y la gente dejó de acudir a los bosques para pedirle ayuda mágica al Ánima. En su lugar, comenzaron a disputarse las cartas, ávidos por conseguir una magia que no se degenerara.
Asentí. Mi tía me había contado esa historia.
—Y entonces, el Ánima creó la neblina para atraer a la gente de vuelta a ella. Por la fuerza.
—Eso es. —Filick frunció el ceño—. Cuando la neblina aisló Blunder del resto del mundo, el Rey Pastor fue a negociar con el Ánima. A su regreso escribió El viejo libro de los Alisos para que el pueblo de Blunder se protegiera a sí mismo con amuletos. Pero todo trato conlleva un precio.
—Los Alisos Gemelos.
—Los Alisos Gemelos. —El galeno sacudió la cabeza—. Un trato que solo un necio aceptaría.
—¿Por qué decís eso?
—El Ánima es astuta, «no es pariente, enemiga o amiga». —Filick se recostó contra su silla—. Se necesita la baraja completa para levantar la neblina, ¿no es así? Entonces, ¿por qué iba un rey, deseoso de salvar su reino de la neblina, a entregar los Alisos Gemelos, la única carta de ese tipo?
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Algo encajó en mi mente.
—El Ánima lo engañó —susurré, al recordar lo que mi tía me había contado hacía años—. El Rey Pastor no sabía que necesitaría los Alisos Gemelos para levantar la neblina hasta que hubo cerrado el trato.
Filick asintió.
—Es una de las teorías más comunes entre aquellos a los que nos gusta mirar al pasado. Y, a favor del Rey Pastor, hay que reconocer que no fue del todo un mal trato. Obtuvimos El viejo libro de los Alisos y aprendimos a ser cautos con la magia, a llevar amuletos encima cuando nos adentramos en la neblina. —Le dio un largo sorbo a su té—. ¿Me habíais preguntado qué fue lo que cambió? Brutus Serbal, el primer rey Serbal. Eso fue lo que cambió. Tomó El viejo libro de los Alisos y lo convirtió en doctrina, tergiversando las palabras hasta convertirlas en un arma contra cualquier infectado.
Me acercaba, cada vez estaba más cerca de saber, de entender algo que durante años había residido en los rincones oscuros de mi mente, oculto, pero siempre presente. Me incliné hacia delante.
—¿Por qué Brutus Serbal odiaba tanto la infección?
Filick tamborileó con los dedos sobre su taza.
—Tal vez temía la magia ancestral, esa que no podía controlar. —Se le ensombreció el ceño y desenfocó la mirada—. O tal vez, en un reino en el que el equilibrio es la única constante, simplemente intentó engañar a la balanza. Le arrebató el trono a un rey contagiado. Y ahora su linaje procura matar a cualquiera con bastante magia como para arrebatárselo otra vez a ellos.
Sentí un escalofrío.
—¿Fue eso lo que sucedió? ¿Serbal le robó el trono al Rey Pastor? Filick volvió a dirigir la mirada hacia mí, con el ceño más relajado. —Claro que todo esto no es más que una teoría, señorita Bonetero.
Una historia.
Pero no lo era. No para mí. —¿Qué le sucedió al Rey Pastor? —Murió. No conozco las circunstancias.
La oscuridad se adueñó de mis ojos. Por un momento, perdí la visión y el sonido de la risa del Tormento, vacía y cruel, sofocó todo el ruido.
Un instante después, desapareció y recuperé la visión. Filick debió de notar la desazón en mi mirada porque cuando me agarró la mano, tras
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haberme dejado la nueva venda perfectamente atada, me habló en un tono suave.
—Es fácil perderse en el pasado en un castillo tan extraño y antiguo como este. No os preocupéis, señorita Bonetero. Un error cometido hace quinientos años no tiene relevancia en el presente. Ravyn y vos encontraréis la carta de los Alisos Gemelos y reuniréis la baraja. Estoy seguro de ello.
Estaba intentando reconfortarme. Y, a pesar de que estaba segura de que Filick Sauce era uno de los hombres más inteligentes de Blunder, había una cosa en la que se equivocaba por completo.
Lo que había sucedido hacía quinientos años sí que tenía relevancia en el presente. Mucha más de la que había creído en un principio.
Me levanté de golpe de la silla.
—Gracias. Y disculpadme si os he interrumpido vuestro paseo matutino.
—En absoluto —me contestó, y me acompañó hasta la puerta.
Quizás debería haber regresado a mis aposentos…, debería haber echado a correr a toda prisa por el castillo con el bajo del vestido aún empapado a causa del rocío de la mañana. Sin embargo, me quedé en el umbral de la puerta del galeno.
—Hay algo que sigo sin entender —declaré.
—¿De qué se trata?
—La degeneración. —Intenté encontrar las palabras—. La de Ravyn no le permite usar las cartas. La de Emory lo está matando lentamente, tanto su cuerpo como su mente. —Me detuve—. Pero…, no soy capaz de entender cuál es la mía.
El rostro aventajado de Filick transmitió lástima.
—Ninguna infección es igual a otra, señorita Bonetero. La degeneración de Emory es generalizada mientras que la de Ravyn no parece afectar a su salud en absoluto. Pero lo que puede que sea cierto en el caso de los hermanos Tejo, tal vez no se aplique del todo a vos. — Sacudió la cabeza—. Ojalá pudiera ofreceros un mayor consuelo, pero lo cierto es que no sé nada más.
Sin palabras, le dediqué al galeno un simple asentimiento de cabeza y me encaminé hacia el pasillo.
Esperé hasta doblar la esquina para vociferarle a la oscuridad en mi cabeza. «¿Sonambulismo? —le espeté—. ¿En serio?».
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El Tormento se desperezó en mi mente. «¿Y qué pasa?».
«No puedes hacer eso…, aquí no. En ninguna parte…, pero ¡mucho menos aquí!».
«¿Quién dice que he hecho algo?».
«¡No me tomes por tonta, Tormento! —Mi tono fue afilado como una cuchilla—. ¿O debería llamarte Rey Pastor?».
Reptó por la oscuridad y su voz se transformó en un estruendo, como si hubiera muchas voces en lugar de solo la suya. «Llámame como quieras, Elspeth. Eso no cambiará nada».
Rechiné los dientes. Once años con sus juegos, con sus secretos, hirviendo dentro de mí. Lo único que sentía era rabia. El deseo de desterrarlo de mi mente era tan violento que le hubiera asestado un golpe a la pared si no hubiera sido de piedra. «Si es tu alma la que absorbí al tocar la carta del Tormento de mi tío, entonces absorbí a un rey. Pero tú… Tú no eres un rey. Eres un monstruo».
Volvió a reírse de mí. «Soy ambas cosas. —Se produjo una pausa—.
¿No recuerdas la historia, Elspeth? ¿Nuestra historia?».
El estómago me dio un vuelco. La historia. Susurros, cercanos y lejanos, que escuchaba siempre mientras me quedaba dormida. La canción de cuna de la doncella, del rey.
Del monstruo.
Me apoyé contra la pared, ya que de repente sentí que me flaqueaban las piernas. Me presioné la palma de la mano contra la frente. Pero eso solo hizo que la oscuridad de detrás de mis ojos me oprimiera todavía más. «¿Por qué puedo ver ahora tus recuerdos?».
«No necesitas que un galeno o yo te expliquemos el motivo. Ya cuentas con tu propia teoría al respecto».
Sacudí la cabeza. «¿Y bien? —exigí saber—. ¿Es cierto?».
«Dímelo tú».
«¡Te lo estoy preguntando a ti!».
«Ya conoces la respuesta. En el fondo, siempre lo has sabido».
Volví a sentir frío, uno profundo y helador que sin previo aviso emanó del centro de mi pecho. «Te estás fortaleciendo —susurré. Mi voz era apenas audible en el vacío oscuro—. Por eso estoy viendo tus recuerdos. Puede que no me esté debilitando como le pasa a Emory, pero…, me estoy desvaneciendo. —Se me formó un nudo en la garganta—. Esa es mi degeneración, ¿verdad?».
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No dijo nada. Chasqueó los dientes irregulares mientras abría y cerraba la mandíbula. Clic, clic, clic.
«Ese es mi precio —declaré al verlo todo claro de repente—. Cada vez que te pido ayuda, te vuelves más fuerte. Y yo… pierdo más el control».
«Ya te lo advertí, niña —me respondió—. Todo tiene un precio. Nada es seguro. La magia siempre conlleva un coste».
«Sí, pero no era consciente de que eso significaba que me arrebatarías el control de mi cuerpo…, ¡de mi mente!».
«No te estoy arrebatando nada, Elspeth Bonetero —siseó mientras sacaba las garras y de repente se volvía despiadado—. No puedo tomar nada. Solo puedo aceptar lo que se me entrega de buen grado. —Se deslizó hacia la oscuridad, presuroso de alejarse de mí—. Recuérdalo cuando por fin tengas la valentía para admitirlo. Al fin y al cabo, no he tomado nada que tú no me hayas entregado».
No lamenté su marcha. Volví a sentirme fría, asustada y vacía.
Pero ese vacío no tardó en dar paso a una cólera abrasadora. No me dejaría llevar a mi propia aniquilación, no iba a ser víctima de mi degeneración ni del Tormento. Me liberaría, me sanaría a mí misma y retomaría la vida que había perdido hacía once años.
En mi camino solo se interponían dos cartas de la Providencia.
Me apresuré a recorrer la galería para llegar a mi habitación, pero me detuve al escuchar el clamor procedente del piso de abajo.
Muchas voces se entremezclaban mientras discutían acaloradamente en el gran comedor del castillo Tejo. Escuché el entrechocar del acero: de armaduras, espadas y cotas de malla. Los destreros deambulaban por el piso de abajo con sus Caballos Negros emitiendo un resplandor siniestro debajo de sus capas. Algunos comían, otros examinaban sus armas. Hauth Serbal participaba en la discusión, con su espalda ancha cubierta por una capa negra. Hablaba con los demás en un tono seco, con su característica actitud dominante.
Curvé la comisura de los labios cuando divisé su mano izquierda herida, bien envuelta con una venda.
—¿Disfrutando de las vistas?
Di un respingo con tanta violencia que estuve a punto de caer por la barandilla.
Elm me contemplaba con una leve sonrisa de satisfacción plasmada en el rostro.
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—Perdonad —me dijo—. Creía que me habíais oído llegar.
—Pues no. —Cuando el príncipe me recorrió de arriba abajo con la mirada, me encogí, todavía envuelta en la capa de Filick Sauce y con el bajo del camisón empapado por el rocío de la mañana—. Me he perdido —mentí.
—¿Seguís sin orientaros por el castillo?
—Algo así.
El príncipe puso los ojos en blanco y señaló con el dedo justo detrás de nosotros.
—Ese pasillo os llevará de vuelta a la galería y al salón de invitados. Vuestra habitación debería encontrarse a lo largo de ese corredor. ¿O queréis que llame a Ravyn para que os acompañe? Estoy seguro de que estará encantado de…
—No —me apresuré a decir—. Encontraré el camino.
—Daos prisa —me respondió Elm al mismo tiempo que bajaba por las escaleras—. No tardaremos en marcharnos.
—¿Adónde vamos? —le pregunté. Pero ya estaba a mitad de camino. —Elm —siseé—. ¿Qué está pasando?
—Es día de mercado —me dijo sin detenerse—. Poneos los colores de vuestra casa. Eso si vuestro padre se ha dignado alguna vez a proporcionároslos.
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CAPÍTULO 24
e contemplé a mí misma en el espejo empañado, intentando recordar el rostro de mi madre. Su vestido era largo y estaba Mexquisitamente confeccionado, de un carmesí intenso…, como la sangre. En el pecho llevaba bordada una maraña de ramas doradas que se
entrelazaban para formar un bonetero alto y delicado.
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Tras su muerte había heredado ese vestido junto con algunas otras baratijas. Me lo había llevado al Equinoccio, pero me había ido de allí demasiado pronto como para tener la ocasión de ponérmelo. Su estilo estaba pasado de moda, pero a mí no me importaba que tuviera las mangas drapeadas. Me ayudarían a ocultar la muñeca vendada y dolorida.
Cuando la doncella fue a coger mi peine de madera, la detuve y señalé hacia la corona de flores en mi mesilla de noche.
—La rosa servirá —dije, y me recogí el cabello en una trenza larga y sencilla, y coloqué la flor por encima de la nuca.
Por costumbre, me guardé mi amuleto en el bolsillo de la falda. Sonreí cuando me miré en el espejo en busca de una energía que no sentía.
La mujer reflejada en él replicó mi sonrisa y sus ojos, de un amarillo felino, centellearon.
Jespyr me esperaba al pie de las escaleras, con el tobillo herido metido en una gruesa bota negra. Llevaba puesta su túnica oscura de destrera y el rostro cubierto con una intrincada máscara de fieltro del mismo color, tal y como dictaba la tradición del día de mercado. Cuando miró en mi dirección, enarcó las cejas por encima de la máscara.
—Estás encantadora —me dijo, y me ofreció un brazo—. Nunca te había visto lucir los colores de tu casa.
Como siempre, la sonrisa de Jespyr fue contagiosa.
—No he traído ninguna máscara —le confesé—. Casi nunca acudo al día de mercado.
—Abrojo encontrará una para ti —me comentó, y me tendió de nuevo el brazo—. ¿Vamos?
Cruzamos la vieja puerta de entrada para salir hacia la luz del día. Mi máscara era de un verde intenso salvo por el reborde dorado pintado alrededor de los ojos. La llevaba atada con un lazo de seda detrás de la cabeza y me cubría la cara desde las cejas hasta justo por debajo de los pómulos.
Divisé a Ione delante de mí con una máscara color crema y su vestido dorado con los dobladillos blancos típicos de los Espino. Fenir y Morette Tejo se hallaban juntos, vestidos ambos de color verde, con sus tejos bordados en el lomo de sus capas. Hauth no llevaba puesta ninguna
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máscara, con su rostro principesco expuesto, y había sustituido su capa negra de destrero por una túnica elegante con las ramas doradas de varios árboles prominentes tejidas en un patrón extraño y complejo sobre el pecho, cubierto por la insignia de los Serbal.
Se encontraba acompañado de Ione, cerca de Elm y Ravyn, quienes, con máscaras a juego, seguían haciendo gala del color negro de los destreros.
Se detuvieron a hablar mientras Jespyr y yo nos aproximábamos.
Volvieron sus miradas hacia mí.
Sentí una calidez en el pecho que me subió por el cuello y se asentó en mis mejillas. Como nadie dijo nada, Jespyr resopló.
—Es evidente que nunca han visto a una mujer.
Intenté no mirar hacia Ravyn. El recuerdo de la noche anterior me envolvía, igual que la sensación de su mano en mi pelo y su boca sobre la mía, que seguía siendo una sombra sobre mi piel. Sentí que me recorría con la mirada. Cuando por fin levanté la vista, vislumbré el atisbo de una sonrisa y cómo llevaba la mirada hacia la rosa en mi cabello.
Sin embargo, antes de que pudiera saludarme, Hauth se interpuso en su camino.
La voz del príncipe heredero era suave…, incluso volvía a ser encantadora.
—Señorita Bonetero —me dijo, y me ofreció la mano que no tenía herida.
Se la tomé, vacilante, y le dediqué una reverencia.
—Alteza.
—Debéis perdonar mis malos modales. Ayer fue un día duro.
El príncipe heredero no me soltó la mano y dejó la mirada clavada en mi rostro.
—Estáis arrebatadora incluso con esa máscara —me dijo, y me acercó más a él—. Me pregunto —prosiguió mientras le lanzaba a Ravyn una mirada por encima del hombro— qué es lo que veis en mi primo.
Por el tono socarrón de Hauth me percaté de que no tenía mucho interés en mí, simplemente era un juguete que podía robarle a su primo. Aun así, volví la mirada hacia el capitán de los destreros. Me percaté de la sombra de la barba y de cómo flexionaba el músculo de su mandíbula. Del marcado contorno a lo largo de su particular nariz. Del modo en el que el cabello, que no llevaba ni largo ni corto, le enmarcaba el rostro severo. De
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sus ojos grises, austeros bajo esa máscara negra, tan penetrantes que me atravesaban.
Eran todas esas cosas… y ninguna a la vez. Había algo más que me atraía hacia el capitán de los destreros. Algo que había pasado por alto y de lo que no me había dado cuenta al estar distraída por nuestra pantomima. Algo antiguo…, nacido de la sal. Él y yo éramos iguales. Contábamos con el don de una magia ancestral y terrible. Enredados en los secretos, ocultos en las medias verdades. Éramos la oscuridad en Blunder, el recordatorio de que la magia, salvaje y sin restricciones, prevalecía sin importar lo desesperadamente que los Serbal intentaran erradicarla. Éramos aquello a lo que debían temer.
Éramos el equilibrio.
Pero no podía decir nada de eso delante de Hauth Serbal. En su lugar, le dediqué a Ravyn una extraña sonrisa espontánea.
—Es muy… alto.
Al capitán le brillaron los ojos. Vio mi sonrisa y me la devolvió, dando un paso al frente. Cuando cuadró los hombros frente al príncipe heredero, me percaté de que Hauth se irguió, con la columna recta y la barbilla alta.
Pero no sirvió de nada. Ravyn era más alto que él. Y dado el modo condescendiente en el que había retorcido la boca, ese no era el único aspecto en el que se sentía superior a su primo. Me tendió una mano y se la tomé, agradecida de poder librarme del contacto con Hauth.
—Si has terminado de pavonearte —le dijo a su primo entrelazando sus dedos con los míos—, nos espera el día de mercado. Será mejor que os pongáis un guante sobre esa mano destrozada antes de que vuestros súbditos la vean, mi príncipe.
A Hauth se le ensancharon mucho las fosas nasales. Como no iba a permitir que lo miraran por encima del hombro, me agarró de la otra muñeca…, de la que tenía herida.
—Reservadme un baile en la plaza, ¿de acuerdo, señorita Bonetero? El dolor, tan intenso que vi las estrellas, me atravesó la muñeca y me
subió por el brazo. Me esforcé todo lo posible para no gritar. Y pese a que tenía el vendaje oculto bajo la manga, no había forma de ocultar la mueca en mi rostro.
El gesto de Hauth pasó de ser bravucón a sorprendido. Abrió mucho sus ojos verdes y los bajó hacia mi manga.
—¿Os pasa algo en el brazo, señorita Bonetero?
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A mi lado, Ravyn se quedó petrificado. Sin embargo, antes de que pudiera intervenir, algo cambió en la periferia de mi visión. Apareció una ráfaga de cabello de un rubio dorado y largo que reflejaba la luz.
Ione.
—Cuidado, querido —dijo, y se interpuso entre Hauth y yo, obligándolo así a soltarme del brazo. Su voz era más aguda de lo habitual, enfermizamente dulce—. Elspeth y yo fuimos a cabalgar ayer por la mañana. La pobre se cayó del caballo. —Clavó su mirada castaña en mí, entornada, intensa… Todo lo contrario a la dulzura de su voz—. ¿No es verdad, Bess?
Por un momento me pareció vislumbrar a la antigua Ione…, la que me libraba de las miradas frías de mi madrastra. Mi escudo. Ione Espino, siempre mi protectora. Asentí, con la muñeca aún dolorida.
—Así es.
El príncipe heredero desplazó la mirada de mí hacia Ione. Cuando la posó sobre su prometida, sus ojos verdes se vieron teñidos de frialdad.
No obstante, no tenía tiempo de ponerme a averiguar de qué iba todo eso o por qué Ione le había mentido por mí. Elm y Jespyr se abalanzaron sobre nosotros. La destrera entrelazó su brazo con el de su hermano y Elm hizo lo mismo con el mío, alejándonos a ambos de Hauth e Ione.
—Ya sabéis lo que dicen —comentó Elm—. Si bebes, no montes a caballo. Ahora, si hemos acabado con las cortesías, vámonos. Es casi mediodía y, hablando de beber, todavía no he alcanzado mi cuota de alcohol diaria.
Me arrastró por el jardín de esculturas hacia la verja de la entrada. Sentí cómo Hauth e Ione me observaban, pero no me di la vuelta. No podía dejarles vislumbrar el miedo en mis ojos. Ravyn me miró de reojo, pero su hermana tiraba de él con firmeza, manteniéndose delante de nosotros, con la cabeza inclinada hacia él mientras hablaban.
—¿Creéis que Hauth ha reconocido mi lesión? —le susurré a Elm.
El príncipe se pasó una mano por el cabello revuelto mientras me conducía hacia la verja que llevaba a la calle adoquinada.
—Mi hermano no es ni la mitad de listo de lo que se cree —me dijo—.
Por los árboles, Bonetero, quita esa cara de pánico.
Sin embargo, yo no estaba convencida. Hauth Serbal tenía algo que me inquietaba profundamente. Igual que en el bosque, no podía evitar sentir
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que me estaba dando caza. Con cada mirada, con cada contacto físico, lo que buscaba era matarme.
La calle estaba en pendiente y se iba atestando cada vez más a medida que nos acercábamos a la plaza de la calle del mercado. Estábamos cerca de la casa Bonetero. Llegaba a ver la bandera roja de la puerta de entrada. Un guardia se hallaba allí apostado, uno al que no había visto nunca.
Ralenticé el paso mientras una idea clara se formaba en mi mente. Sin embargo, cuando intenté abrirme paso entre el gentío para dirigirme a la puerta, Elm me retuvo.
—Seguid andando —me dijo.
—Solo iba a…
—Sé lo que ibais a hacer —me espetó—. Ahora no es el momento. —¿Por qué no? —exigí saber mientras me zafaba de su agarre—. Mi
padre no estará en casa. Puedo buscar su carta del Pozo.
Elm echó un vistazo calle arriba, pero Ravyn y Jespyr estaban ya demasiado lejos como para llamarlos. Soltó un quejido y masculló en voz baja.
—No me dejéis con esta mema.
Le pegué un tirón de la manga para obligarlo a mirarme.
—Es una buena idea —repliqué.
Me miró como si fuera un insecto al que le gustaría aplastar.
—¿Y qué creéis que va a pasar? ¿Que Erik habrá dejado su carta del Pozo encima de la mesa para que nosotros la robemos? Ahora no es el momento —repitió.
—Sois un príncipe… ¡Podéis hacer lo que os plazca! Lleváis encima una de las cartas más poderosas de la baraja. —Crucé los brazos contra el pecho—. ¿O es que os da demasiado miedo hacer algo sin la ayuda de Ravyn?
A Elm le relampaguearon los ojos y frunció el ceño con gesto desdeñoso. Entonces supe que había dado en el clavo.
—No más que vos, Bonetero —dijo en un tono peligrosamente bajo. —Intento lograr avances y no perder el tiempo con tanta tontería. —Esta tontería es la que hace que no parezcamos sospechosos —dijo
el príncipe. Me agarró el brazo con fuerza para alejarme de la casa de mi padre—. Vámonos.
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El Tormento se hallaba sentado como un gato enjaulado detrás de los barrotes de mi mente: inquieto, despierto y atento. Cuando nos adentramos en la calle del mercado, la larga y sinuosa columna vertebral de Blunder, con las cartas de la Providencia emanando luz de colores desde algunos bolsillos, me arañó la mente y su voz viscosa resonó en mis oídos.
«Ten cautela. Aquí hay más que destreros al servicio del rey».
No veía a Ravyn. Cuando Jespyr volvió a unirse a nosotros, con su alegre sonrisa intacta, Elm puso los ojos en blanco y masculló algo sobre que necesitaba una copa. Contemplé cómo se marchaba, con su luz roja desapareciendo entre la multitud, y me alegré de perderlo de vista.
A nuestro alrededor, las familias de Blunder lucían los colores de sus casas, algunos en ropajes viejos y desgastados y otros de nueva confección. Entraban y salían de las carpas y de los puestos, provocando con sus voces un apogeo de ruido que retumbaba contra los adoquines y los ladrillos desde todas las direcciones.
Un par de chicas con vestidos lilas pasaron por mi lado, entre risitas, mientras devoraban pedazos de tartaletas de limón. Sentí un dolor en el pecho al recordar cómo, antes de la infección, Ione y yo recorríamos juntas las calles adoquinadas durante el día de mercado. Corríamos entre los puestos y nos sentábamos junto a la fuente con unas jugosas manzanas de otoño. Ione vestida del blanco de los Espino y yo del rojo intenso de los Bonetero.
Parecía haber sido hacía toda una vida.
A mi lado, Jespyr pagó cinco peniques por un nuevo par de guantes de piel de oveja.
—Me encanta el día de mercado —declaró—. Le da una oportunidad a la gente de salir de sus rutinas…, de pasarlo bien. La vida no siempre gira en torno a la lucha con espadas y a robar cartas, ya sabes.
Volví a mirar calle arriba. La bandera carmesí en la puerta de la casa Bonetero seguía siendo visible. Quería decirle a la destrera que me estaba quedando sin tiempo, que, en mi cabeza, el Tormento se fortalecía cada vez más. Pero no lo hice.
Me aparté de Jespyr y deambulé por las calles adoquinadas. Me vi envuelta en el clamor de la multitud. Era todo color y ruido. Dejé que me meciese de un lado para otro, sin rumbo. El vestido de mi madre era una vela en un mar de caos.
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Nadie me molestó. Seguí caminando, preguntándome qué sentiría si el Tormento se apoderase por completo de mi mente. ¿Dolería o sería agradable, como colarse en el bosque sin ser detectada y desaparecer en la neblina? Tal vez dejara mi vestido atrás como señal de despedida al mundo y me internara entre los árboles como un fantasma para acabar consumida por la oscuridad y el musgo.
Sentí una mano sobre el hombro y, cuando me di la vuelta, Ravyn se encontraba allí, con la cabeza ladeada como de costumbre.
—Creía que estaba sola —le dije.
—¿Aquí? —inquirió, y señaló hacia el montón de gente que nos rodeaba.
Como no respondí, el capitán se acercó más a mí, protegiéndome con sus hombros anchos del vaivén de la muchedumbre. Sentí que se me constreñía el pecho dentro del vestido a causa del deseo de alargar la mano y tocarlo, que era tan fuerte como lo había sido la noche anterior.
Cuando me ofreció una mano, se la tomé. Flexionó los dedos alrededor de los míos y, cuando levanté la mirada hacia él, divisé una tensión que no había visto antes: cansancio y determinación. Qué atractivo era detrás de esa perfecta máscara de piedra. Me vi reflejada en su expresión. El violento mundo de los contagiados se hallaba plasmado en nuestros ceños del mismo modo: todo ese miedo, todo ese aislamiento. Vi el mundo a través de sus ojos grises, sentí el peso de sus responsabilidades y de sus traiciones como si fueran piedras cosidas en el tejido de mi vestido.
Me incliné hacia él.
—Quiero ayudar.
Sus dedos llegaron hasta mi mandíbula y me presionó justo por debajo de la barbilla con el pulgar.
—Ya estás ayudando, Elspeth. Más de lo que te imaginas.
—No paseándome por aquí —dije, y señalé hacia la multitud—. Me siento menos disfrazada cuando me visto de salteadora de caminos que cuando llevo los colores de mi familia.
—Ser una bandida es más fácil. Las cartas, la infección…, nada de eso importa. La familia, el deber…, lo acabas ocultando todo tras una máscara negra. Las cosas son más simples.
Solté un suspiro.
—Pero para la gente como nosotros las cosas nunca son simples, ¿no es verdad?
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Ravyn desplazó la mirada hacia la rosa en mi pelo. No dijo nada y el silencio se extendió entre nosotros como un alambre invisible, doloroso y tirante.
Detrás de mis ojos, la voz del Tormento sonó afectada. «El tiempo corre, querida —me dijo, colándose en mis oídos—. Dile lo que sientes. Si ni siquiera lo dices en voz alta, ¿acaso puede llegar a ser real?».
Me encogí. Ravyn me contemplaba, con esos ojos clavados en mi rostro. Intenté darme la vuelta, pero el pulgar con el que me sujetaba la barbilla no me lo permitió.
—¿Qué sucede? —me preguntó.
La culpa cayó sobre mí como una niebla espesa. Daba igual lo mucho que deseara dejar de fingir, los secretos prevalecían. Los míos y los del monstruo. Y no tenía ni idea de cómo incluir a Ravyn en ellos.
—Anoche… —comencé—. Cuando salí corriendo…
El capitán inspiró.
—Tal vez fue lo mejor.
El rechazo me dolió. Intenté apartarme de él.
—¿Ah, sí?
De nuevo, Ravyn mantuvo la mano en el sitio. Bajó la mirada hacia mi boca, con ambas cejas enarcadas.
—Cuando mi hermana sugirió que te pretendiera en el Equinoccio, me resistí a la idea.
Fruncí el ceño.
—Con rotundidad, además.
Me acarició la curva de la barbilla.
—Me resistí, Elspeth, porque en ese momento ya me imaginaba a mí mismo apoyando el dedo contra tus labios húmedos, igual que hice esa vez en mi habitación. —Contuvo el aliento y acercó la boca a mi oído—. Y eso no es nada en comparación con las perversiones que imaginé después de nuestra discusión en el jardín.
Dejé escapar un suspiro brusco mientras notaba cómo el calor se me extendía por el estómago.
—Me resistí —prosiguió Ravyn— porque no he dejado de pensar en ti desde esa primera noche en el sendero del bosque. Y en el Equinoccio fui consciente de que, cuanto más me acercara a ti, menos querría seguir siendo el capitán del rey…, menos querría seguir fingiendo. Y dejar de fingir es peligroso para mí, para mi familia. —Apoyó los labios contra mi
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oreja y soltó un susurro grave y áspero—. No es seguro que alguien se acerque mucho a mí. Soy un mentiroso, Elspeth. Un traidor. Y algún día llegará el momento de ajustar cuentas. —Se echó hacia atrás. Sus ojos grises transmitían tensión—. El bandido con el verdugo se encuentra. Siempre.
Su voz me sobresaltó. Tiró abajo la fachada de piedra que llevaba tanto tiempo imaginando a su alrededor… Se había caído esa máscara severa e intocable del capitán de los destreros. Ese era él, dejándome entrar…, mostrándome al verdadero Ravyn Tejo.
Un hombre tan aterrorizado ante el futuro como yo.
Me puse de puntillas y apoyé la frente contra la suya. Hablé en voz tan baja que apenas moví los labios.
—Pues sé un mentiroso, Ravyn. Traiciona. Pon patas arriba el reino que quiere vernos muertos a Emory, a ti y a mí. El rey te mantiene cerca de él para poder controlarte. Pero tú eres el único que puede enfrentarse a su carta de la Guadaña.
Me aparté y lo miré a los ojos.
—No son ellos los que ajustarán cuentas, Ravyn. Sino tú. Nosotros.
El pecho le subía y bajaba, con la mirada clavada en la mía. Por un momento pensé que se enfadaría, ya que había sido demasiado directa…, demasiado impulsiva. Seguía aprendiendo a descifrar las emociones que el capitán escondía detrás de esos ojos cautos.
Sin embargo, me envolvió con los brazos y me acercó a su pecho para fundirme en un abrazo tan profundo que me hizo olvidar por completo el día de mercado. Me sostuvo entre sus brazos, con la mejilla contra mi coronilla, con el corazón latiéndole contra mi oído. Inspiré su aroma, a cuero, humo y clavo, y me acomodé entre sus brazos como un conejillo atraído por un refugio cálido y seguro.
No había estado en brazos de nadie desde mi infancia. E incluso entonces nadie me había abrazado tan estrechamente, como si me necesitara entre sus brazos tanto como yo necesitaba que me abrazasen. Como si no importara nada más que sostenernos el uno al otro.
Como si contásemos con todo el tiempo del mundo.
Una voz familiar me despojó de esa comodidad.
—Aquí está —dijo, en un tono demasiado alto y achispado—. Con el capitán, tal y como os dije.
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Ravyn suspiró contra mi cabello. Cuando se apartó de mí, los cuatro se plantaron delante de nosotros, con los ojos muy abiertos. La curiosidad, la conmoción y la incredulidad reflejadas detrás de esos iris de un azul gélido.
Mi padre, mi madrastra y mis medio hermanas.
Mi padre, el antiguo capitán de los destreros, le estrechó la mano a su sustituto. Sus palmas tenían los mismos callos a causa de años de manejo de la espada. Ravyn y él les sacaban una cabeza a mis medio hermanas, a Nerium y a mí, con sus anchos hombros. Cuando se soltaron las manos, mi padre clavó la vista en mí.
Parpadeó y unos surcos marcados aparecieron en su ceño. Me estremecí bajo su mirada, recordando nuestro forcejeo en el sendero del bosque, la fuerza del Tormento y el terror en los ojos de mi padre. No obstante, cuando auné el coraje suficiente para devolverle la mirada, me percaté de que, en realidad, no me miraba a mí en absoluto.
Miraba el vestido de mi madre.
Hundió los hombros durante un instante. Flexionó los músculos de la mandíbula, como si intentara por todos los medios mantener la boca cerrada. Y sus ojos, de un azul brillante, se habían puesto vidriosos. Por fin, su mirada se encontró con la mía.
—Hola, Elspeth —me dijo—. Con ese vestido te pareces a tu madre. Nerium me dedicó una mirada fría, pero no tardó en esbozar una
sonrisa reticente cuando se dio cuenta de que el capitán de los destreros la fulminaba con la mirada. Me retorcí al lado de Ravyn mientras nuestros dedos seguían rozándose.
Mis medio hermanas se miraron entre ellas, hablando en un idioma silencioso que solo ellas conocían. Me di cuenta del modo en el que observaban al capitán, con los ojos desorbitados y entornados y los labios rosados entreabiertos.
Dimia se giró hacia mí, arrastrando a Nya tras ella. Cuando las gemelas entrelazaron sus brazos con los míos y me suplicaron que diésemos una vuelta por la plaza, no tuve ninguna excusa preparada. Le lancé a Ravyn una mirada de soslayo, pero las gemelas fueron muy rápidas; en mis oídos sus voces eran tan parecidas que armonizaban.
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Me arrastraron por la calle del mercado. La multitud bulliciosa se desplazaba a nuestro alrededor como un rebaño de coloridas ovejas. Me sentí irritada por no conocer realmente el motivo de ese asalto y me preparé para las preguntas que sabía que no tardarían en llegar. Y, aunque eran jóvenes y se dejaban llevar sobre todo por las fantasías, debía mantener mucho las distancias con mis medio hermanas.
Al fin y al cabo, eran hijas de Nerium.
Dimia nos detuvo cerca de la fuente.
—Elspeth —dijo con un tono rápido y escandaloso—. Estás siendo cortejada por Ravyn Tejo.
Aparté la mirada.
—¿Y?
Nya parpadeó en mi dirección. Ella no era tan delicada como Dimia.
Cruzó sus delgados brazos contra el pecho y fue directa:
—Es el capitán de los destreros. Podría enviar a sus hombres a nuestra casa en cuestión de segundos si descubriera que de niña contrajiste la fiebre.
Hablaba como su madre. Le lancé una mirada heladora.
—No hará nada de eso.
—¿Y por qué no iba a hacerlo?
Una familiar luz roja apareció en la periferia de mi visión.
Dimia se hurgaba las uñas, con la mirada brillante y la voz soñadora. —Tal vez porque le guste tanto Elspeth que no quiera arrestarla. —Se
llevó una mano al corazón—. Qué romántico.
«Esto es insufrible», masculló el Tormento.
La luz roja se acercaba.
—No todas las historias son un cuento de hadas, Dimia —le dije.
Nya entornó la mirada.
—Entonces, explícanos por qué te estaba abrazando.
Sin mucho disimulo, yo ya me estaba escabullendo.
Cuando mis medio hermanas gritaron para llamarme, me limité a despedirme con un gesto de la mano y seguí al hombre alto vestido de negro de cuyo bolsillo emanaba la luz roja.
Llegué hasta Elm en un par de pasos agigantados. Cuando entrelacé mi brazo con el suyo, se sobresaltó y derramó la mitad de su copa de vino en el suelo.
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El príncipe me miró desde arriba con sus grandes ojos verdes. Estuve a punto de sonreír.
—Tengo un favor que pediros —le dije, devolviéndole la mirada—.
Necesitaré vuestra carta para ello.
Un momento después, Nya y Dimia estaban riéndose como locas, con sus ojos azules desorbitados mientras soltaban risitas largas y musicales.
—¡Qué día tan hermoso! —exclamó Nya, con una sonrisa tan ancha que podía verle cada uno de los dientes.
—Vayamos a buscar el puesto de vino —graznó Dimia, despidiéndose de Elm y de mí con un rápido gesto de la mano antes de correr con su gemela por la plaza, con los lazos rojos de sus máscaras resplandeciendo bajo la luz del mediodía.
Solté una carcajada y las vi marcharse.
—Pobrecitas mías.
Los destreros pasaron junto a nosotros y le dedicaron un asentimiento de cabeza a Elm antes de dispersarse por toda la plaza. El príncipe le dio tres toques a su carta de la Guadaña para liberar a mis medio hermanas de su control. A continuación, procedió a vaciar lo que le quedaba en la copa.
—Tus familiares son un verdadero coñazo.
—La familia no se elige, ¿no?
El príncipe soltó una carcajada y tomó otra copa de vino de la mesa de un comerciante.
—Desgraciadamente, no.
No insistí en el asunto. No le pregunté qué era lo que había empujado al hijo pequeño del rey hacia un mundo sin ley y de traición, qué le había llevado a ponerse en contra de su propio padre. El temperamento del príncipe era tan cambiante que me ponía nerviosa y no creía que fuera a reaccionar bien si intentaba violar su intimidad.
—¿Vino? —me preguntó mientras tomaba una segunda copa. —Es un poco temprano, ¿no?
—¿Pretendéis soportar el día de mercado sobria? —Miró por entre los puestos y bajó la voz—. ¿No veis ninguna…, ya sabéis…, carta del Cáliz?
Eché un vistazo en busca del revelador color turquesa.
—No. ¿Por qué?
—Nunca se es demasiado precavido —dijo, y dio un buen sorbo—. El suero de la verdad es lo último que necesito ahora.
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El vino era más dulce de lo que había imaginado. Me lo bebí despacio mientras repasaba a la multitud con la mirada.
—¿Y ahora qué?
—Un par de familias recibirán como regalo algunas baratijas sin valor por parte de uno de los mercaderes de mi padre. Mi hermano y unos cuantos caballeros parlotearán sobre el intercambio de cartas y negarán haber cometido ellos ese crimen… Tal vez les pidan una exhibición a Ravyn y a los destreros. Lo mismo de siempre.
Tamborileé con un dedo sobre mi copa.
—Ahora podríamos estar en el interior de la casa de mi padre, haciendo algo verdaderamente útil.
—Hauth y los destreros notarían nuestra ausencia. Además —dijo Elm, y le dio otro buen sorbo al vino—, parecíais estar pasando un rato encantador reconectando con vuestras hermanas.
Puse los ojos en blanco.
—Medio hermanas.
—¿Qué querían?
—Nada —dije. Y tras una pausa, añadí—: Creen que Ravyn va a enterarse de lo que soy y que me arrestará.
Elm sonrió con la copa entre los labios.
—Puede que no os arreste —comentó—, pero acabará descubriendo qué sois en realidad. La verdad siempre sale a la luz.
Algo en su voz me chirrió.
—¿A qué os referís?
Elm se giró hacia mí y entornó sus ojos verdes.
—Para Ravyn es distinto —me dijo—. Vuestra infección, vuestra magia, no le sorprende. Cuando os mira, siente que os conoce…, quiere ayudaros. Le hacéis recordar por qué ha hecho todo esto y por qué continúa haciéndolo.
Le dio unos sorbos decididos a su copa, saboreando el vino.
—Pero cuando yo os miro, Bonetero, veo algo más —declaró—. Veo a una persona reservada, cautelosa. Veo a alguien que no ha sido sincera con nosotros.
Cuando palidecí de golpe, se limitó a sonreír.
—Una mujer que se ha pasado la mayor parte de su vida escondida en casa de su tío, callada y aislada, ¿y es capaz de plantarle cara a un
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caballero entrenado? ¿Y puede atrapar cuchillos en el aire y herir a mi hermano sin la ayuda de un Caballo Negro?
Me apartó el pelo de la frente y me lo colocó detrás de la oreja.
—Y vuestros ojos —prosiguió—. Negros como la tinta. Salvo cuando la luz incide en ellos de cierta manera, que puedo verlos amarillos. El mismo tono amarillo que vi hace dos noches en el bosque, cuando derribasteis a vuestro padre.
Sentí como si me hubiera atragantado.
En la oscuridad detrás mi mirada, el Tormento se deslizaba y arrastraba las garras por el hueso. «Déjame salir».
«Desde luego que no».
«Ya ha visto mis ojos. ¿Por qué no me dejas hablar con él?».
«Son mis ojos los que ha visto —tartamudeé—. ¡Los míos, no los tuyos! Deberían ser negros, no amarillos».
«¿Deberían? —ronroneó—. Tú misma lo has dicho. Me estoy fortaleciendo».
Cuando permanecí en silencio, el Tormento envolvió mi mente en la oscuridad. «Cuando acechan las sombras, lo que es tuyo es mío. Mi ayuda has pedido… y aquí la tienes ya. Con tus ojos veo, con tus oídos escucho. No hay vuelta atrás, querida… Este es el precio que hay que pagar».
Sentí náuseas. El vino se transformó en bilis en mi estómago. «¿Y qué le digo?».
—¿Elspeth?
«Dile la verdad».
«No puedo hacer eso».
—Elspeth.
Me alejé de la voz en mi cabeza y solté la copa, obligándome a ocultar las manos temblorosas dentro de las mangas de mi vestido.
Elm me contempló con fijeza y una parte de su frivolidad desapareció de su gesto.
—¿Sigues aquí? —me preguntó.
Pero no tuve tiempo de responderle. Apenas tuve un momento para prepararme antes de que tres destreros me empujaran a un lado mientras se abrían camino hacia el centro de la plaza con las armas desenvainadas.
—¡Abran paso! —gritó uno, y su voz atravesó a toda la multitud—. ¡Abran paso!
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El príncipe se acercó a ellos de inmediato, y todo rastro de ebriedad desapareció de su voz.
—¿Qué diantres sucede? —exigió saber.
—Un niño contagiado —respondió el destrero, sin aliento—. Lo ha traído el galeno Orithe. Los padres han sido detenidos. El príncipe heredero Hauth quiere utilizarlos para dar ejemplo.
De repente, la plaza se vio inundada por el color oscuro de los Caballos Negros. Cinco destreros más dieron un paso al frente. Entre ellos llevaban a un hombre y a una mujer ensangrentados. La multitud les abrió paso, rodeándolos.
Los gritos reverberaron y a mí me empujaron con el resto de los mirones hacia el borde de la plaza, donde Hauth Serbal y los destreros intentaban atarles las manos a los prisioneros. Un silencio cayó sobre la muchedumbre. Toda la alegría y la camaradería se habían esfumado y habían sido sustituidas por ese silencio enfermizo. Me envolví el pecho con los brazos y me retiré al interior de mi mente, en busca de algo de coraje.
Pero solo encontré oscuridad.
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CAPÍTULO 25
uando dieron el primer latigazo, un grito se extendió por entre la multitud. El hombre, al que le habían quitado la túnica, jadeaba Csinpalabras, con la sangre resbalándole por la espalda y acumulándose en las piedras que quedaban a sus pies. La mujer, atada por separado, lo
contemplaba como el resto de nosotros, con los ojos abiertos y vidriosos.
Tan asfixiante como el humo, el velo de la muerte cayó sobre la plaza. Se propagó por entre la multitud; me entró por los orificios de la nariz y me bajó por la garganta: sentí que me ahogaba. Se me acumularon las
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lágrimas en los ojos y, cuando el destrero volvió a chasquear su látigo, el sonido me atravesó, tan visceral que me hizo doblarme por la mitad.
Elm apoyó una mano bajo mi codo y no la movió, como si estuviera hecho de piedra. Solo cambió el gesto cuando Hauthse dirigió hacia la multitud. Entornó sus ojos verdes y apretó la boca en una línea recta al mirar a su hermano.
Las luces rojas y negras de las cartas de Hauth lo envolvían como una nube tóxica.
—Este hombre y esta mujer han traicionado nuestra confianza. —El látigo volvió a chasquear. La mujer profirió un grito ahogado, con la derrota reflejada en su rostro—. No denunciaron una infección — prosiguió el príncipe heredero—. Mantuvieron oculto a su hijo contagiado, permitiendo así que la infección se enconara, poniendo en riesgo a todo Blunder. —Volvió a sonar el látigo y di un respingo cuando un lamento largo y desesperado se extendió por toda la plaza—. Y ahora van a pagar el precio definitivo.
Estiré el cuello mientras buscaba entre el gentío.
—¿Y el niño? —susurré con la voz entrecortada.
Elm negó con la cabeza. Su mirada verde se había vuelto fría.
A mi alrededor, los ciudadanos de Blunder estaban petrificados sobre los adoquines. Con los rostros desencajados, pálidos. Algunos tenían lágrimas en los ojos. Otros no parecían ni pestañear. Algunos fruncían el ceño con el gesto retorcido. No se escuchaban gritos de triunfo ni ningún apoyo al príncipe heredero o a los destreros. No alentaban esa violencia.
Pero tenían demasiado miedo como para detenerla.
Cuando el destrero que sostenía el látigo dio un paso atrás, Hauth se colocó frente a los prisioneros y sacó la Guadaña de su bolsillo.
Le dio tres toques.
—Entregadme vuestros amuletos —les ordenó.
Los prisioneros buscaron entre su ropa, con la mirada apagada y perdida. Hauth aguardó con la palma de la mano extendida, como un recaudador de impuestos a la espera de recibir su dinero. La mujer sacó la pata de un conejo de su vestido. El hombre, con las manos ensangrentadas, una pluma de búho.
Se los entregaron al príncipe heredero, quien los aplastó bajo su bota. —La infección es una plaga —declaró, y sus palabras interrumpieron
aquel silencio cavernoso—. Es el veneno que se filtra a través de la
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neblina, creado por el Ánima del Bosque. Quienes no la denuncien, están cometiendo traición. —Se giró hacia los prisioneros—. Por la autoridad que me ha conferido el rey, yo, Hauth Serbal, príncipe heredero de Blunder, os condeno a muerte.
La repentina crudeza de los gritos de los destreros me atravesó los oídos, ya que resultaban dolorosos después de ese silencio sepulcral.
—¡Vamos! —exclamaban mientras le daban empellones a la multitud
—. ¡A la entrada de la ciudad!
A Elm y a mí nos empujaron desde todas direcciones y no nos quedó
otra que seguir la corriente de cuerpos a nuestro alrededor. El príncipe se agarró a mí, sujetándome con fuerza el brazo con los dedos mientras nos empujaban. Escuché los gemidos de los prisioneros a nuestras espaldas, pero no me giré, obligada a seguir avanzando por los destreros a caballo y el vaivén de la multitud.
Salimos de la plaza hacia la calle del mercado. Giré la cabeza de un lado a otro en busca de Ravyn o Jespyr, pero la muchedumbre era demasiado numerosa y no dejaban de sumarse mirones a ella.
La sombra de los Caballos Negros nos rodeaba.
Los destreros nos llevaron hasta el límite de la ciudad. Atravesamos las altas puertas fortificadas y luego seguimos avanzando unos cincuenta pasos por el sendero. Allí no había nada más que camino y un gran campo abierto. Hauth se colocó en el borde, acompañado por Tilo, otros dos destreros y los prisioneros ensangrentados.
Detrás de ellos, a menos de cincuenta pasos, se cernía la neblina, a la espera.
La multitud se detuvo de golpe. Acabé chocándome contra varias personas. Escuché el estallido de las voces de los destreros, el ruido de sus caballos.
—¡Abrid paso!
La mitad de Blunder ocupó el sendero. Teníamos un aspecto grotesco con los colores de nuestras casas y nuestros ropajes demasiado brillantes, demasiado vivos, para lo que estábamos a punto de presenciar. Cada vez estaba más pegada al costado de Elm a medida que la multitud se echaba a un lado para abrirle paso a los destreros, al príncipe heredero y a los prisioneros.
Un carruaje cruzó la entrada de la ciudad, con los caballos soltando vaho con sus relinchos. Frenó con brusquedad cerca de Hauth y de los
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prisioneros. De él salieron dos hombres completamente vestidos de blanco y, entre ellos, un chico que no tendría más de doce años.
Apreté la mandíbula y algo en mi interior comenzó a hervir. El siseo del Tormento me quemaba la mente.
Al igual que sus padres, el chico estaba maniatado. Esperaba ver lágrimas, lamentos de desesperación, pero el joven se mantuvo callado, con los hombros erguidos y los puños cerrados. Llevaba la camisa rota a la altura del cuello y el cabello sudado. El chico se había resistido a lo que fuera que hubiera sucedido.
Me incliné hacia Elm.
—¿Qué van a hacerle?
«¿Acaso no lo sabes?», susurró el Tormento.
La voz de Elm sonó vacía.
—Lo obligarán a observar cómo sus padres desaparecen entre la neblina. Luego lo llevarán a Stone. Si mi padre considera que su magia no le es de utilidad…
Parpadeé para contener las lágrimas de rabia.
—Lo asesinarán.
El príncipe no respondió. Tenía la mirada clavada en la parte trasera del carruaje. Me giré justo a tiempo para ver a un tercer galeno salir hacia el sendero. Era más alto que el resto, con una complexión más delgada… y unos ojos anormalmente pálidos.
Orithe Sauce, el líder de los galenos del rey.
Elm dio un respingo a mi lado.
—Hauth no debería hacer esto, no delante de todo el mundo. —Giró la cabeza de un lado a otro—. ¿Dónde narices está Ravyn?
Delante de nosotros, los galenos y el chico, que iba entre ellos, se unieron a Hauth. Orithe se subió una de las mangas de su toga blanca varios centímetros para dejar al descubierto el artilugio en forma de garra con unas puntas largas y amenazadoras que salían de cada uno de sus dedos pálidos. Se trataba de un aparato que tenía un único objetivo.
Hacer sangrar.
Cuando el galeno flexionó los dedos, las púas de metal produjeron un ruido chirriante, un siniestro clamor que atravesó a toda la multitud. El chico intentó avanzar hacia sus padres, pero Orithe extendió una púa hacia su garganta, obligándolo a permanecer inmóvil.
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Una sola gota de sangre cayó desde el cuello del chico. No era una herida mortal, pero bastaba para que Orithe Sauce pudiera condenarlo a muerte.
La voz del galeno retumbó en ese silencio tan absoluto.
—Este niño está contagiado. Su magia no está autorizada…, es peligrosa. Dejemos que su muerte, y la de aquellos que lo protegieron, sirva a modo de advertencia —declaró, con sus ojos pálidos muy abiertos
—. No hay forma de ocultar la infección. Ya sea hoy, mañana o dentro de unos años, acabaremos descubriendo a todo aquel que padece la fiebre, que sufre una degeneración o que posee magia no autorizada.
Hauth levantó su Guadaña por encima de la cabeza.
—La magia de las cartas es la única magia verdadera que existe. Todo lo demás es enfermedad. —Le dio tres toques a la carta y volvió a girarse hacia los prisioneros—. El pueblo de Blunder os entrega a la neblina a los que habéis quebrantado las leyes. —Curvó los labios en una sonrisa cruel —. Sed cautos. Sed astutos. Sed bondadosos.
Los prisioneros se giraron hacia la neblina. Sus movimientos eran
inestables y les temblaban las piernas. Por un segundo, pareció como si no fueran a salir del sendero.
Pero no había forma de resistirse a la carta roja.
La mujer avanzó hacia delante, profiriendo un grito espeluznante y dando pasos lentos y rígidos hacia el bosque. Su marido la seguía mientras miraba hacia atrás y le gritaba a su hijo algo que no logré escuchar.
Arrastraban los pies por la hierba muerta. En cuestión de un minuto, acabarían siendo engullidos completamente por la neblina.
El siseo del Tormento, el entrechocar de sus garras, sonaba en mis oídos, lo que acabó con mi miedo hasta que lo único que quedó fue rabia.
«Cuando se alargan las sombras, cuando nuestros nombres polvo son, lo que amamos, lo que odiamos, será podredumbre y desesperación. Todo será olvidado, salvo una inamovible verdad… ¿Qué fue lo que hicimos cuando se llevaron a los niños sin mirar atrás?».
Se me aceleró el pulso y las lágrimas me resbalaron por las mejillas.
—Debemos hacer algo, Elm.
El príncipe tenía sus ojos verdes clavados en los prisioneros, que cada vez se acercaban más a la neblina. Sentí cómo le temblaba el brazo, cómo se le tensaban los músculos de la mandíbula.
—No podemos correr el riesgo de que Orithe os vea —me dijo.
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—Puedo apañármelas. —Bajé la mirada hacia mi vestido rojo, con el bordado del bonetero—. Dejadme vuestra capa.
El príncipe tensó los hombros.
—¿Para qué?
Le pegué un tirón de la manga hasta que se le resbaló por el hombro.
—Cambiadme la máscara.
Elm maldijo por lo bajo y se desprendió de su capa. Me la coloqué por encima, con mi vestido rojo desapareciendo debajo de ella y esa lana tan gruesa que ocultaba toda la luz. Igual que su máscara. Me temblaron los dedos mientras me la ataba por detrás de la cabeza.
El príncipe se giró y buscó de nuevo entre la multitud. Sabía a quién intentaba encontrar. Pero no había tiempo. Lo agarré del brazo y lo miré a los ojos.
—No necesitáis a Ravyn —le dije en voz baja y apremiante—. El chico es inocente, igual que Emory. Sois de las personas más fuertes a las que he visto hacer uso de la magia. Contáis con una Guadaña. —Se me endureció el tono—. Debéis hacer algo.
Hauth y los destreros se hallaban frente a la neblina mientras observaban a los prisioneros y hablaban en voz baja. El príncipe heredero echó la cabeza hacia atrás para soltar una carcajada escandalosa y cruel.
El sonido de su risa activó algún tipo de resorte en Elm. El príncipe entornó sus ojos verdes y pasó de ser presa a depredador. Se llevó la mano al bolsillo, sacó su carta roja y masculló algo por lo bajo que no logré escuchar… Podría haberse tratado tanto de una oración como de una maldición.
Se escuchó cómo un grito ahogado se extendía por entre el gentío. Los galenos se giraron hacia la neblina con los ojos abiertos de par en par. Los destreros se irguieron. Hauth Serbal dejó de reírse de inmediato.
Los prisioneros habían parado de avanzar. Se hallaban petrificados a mitad de camino, como si estuvieran hechos de piedra, atrapados en mitad de una guerra entre príncipes. Serbal contra Serbal.
Guadaña contra Guadaña.
Elm se apartó de mi lado.
—Que no te vean —me dijo, con la vista puesta al frente—. No hagas ninguna estupidez. —Hizo girar la Guadaña entre sus dedos y se abrió paso entre la multitud como un actor en un bis, haciendo de todo Blunder su escenario.
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Cuando Hauth vio a su hermano, el verde de sus ojos pasó a verse eclipsado por el color rojo. Se le marcó la vena del cuello y cerró la mano sana formando un puño.
—¿Qué…?
Elm chasqueó la lengua.
—Has ido demasiado lejos, hermano. Hasta tratándose de ti, esto es pasarse.
Los galenos se acobardaron y le dejaron espacio de sobra a Elm. Me abrí camino a empellones a través del gentío apelotonado, con el Tormento espoleando mis pasos. Mantuve la vista clavada en el chico, que seguía de pie con el filo de la horrible garra de Orithe apuntándolo.
Rojo contra rojo. Los príncipes se plantaron cara a cara frente a su reino. Elm le sacaba una cabeza a su hermano, era esbelto y astuto, y su porte imperturbable suponía un claro contraste con el de Hauth, que bullía con rabia suficiente para los dos.
—Estoy en mi derecho de condenar a criminales —ladró el príncipe heredero—. Retira tu Guadaña. ¡Ahora!
Elm le dedicó a su hermano una sonrisa. Lo estaba retando.
—Creo que no.
Tilo se encontraba detrás de Hauth, con una mano sobre la empuñadura de su espada. Se abalanzó sobre Elm. No obstante, antes de que pudiera asestarle un golpe, el príncipe clavó la mirada en el destrero, completamente concentrado. Levantó una mano entre Tilo y él, con los dedos extendidos, y masculló unas palabras que no pude oír.
Tilo se detuvo a medio camino y luego, tras soltar un grito aterrador, se desplomó en el suelo a los pies de Elm. El príncipe lo miró desde arriba, con los labios curvados y una gota de sangre cayéndole de la nariz.
La Guadaña le estaba pasando factura.
El Tormento rompió a reír, implacable.
«Ten cautela con la roja. Ten cautela con la espada. Ten cautela con el dolor, pues es el precio que se paga. Controla lo que puedas, la muerte por nadie espera. Ten cautela con el dolor, pues es el precio que se paga».
Hauth miró a Tilo con desprecio y luego clavó la vista en los prisioneros. Seguían petrificados, a unos pasos de la neblina. Con sigilo, me acerqué más a los galenos, al chico. No tenía ningún plan. La sangre me retumbaba en los oídos y el Tormento hacía entrechocar sus garras para empujarme a seguir avanzando.
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Hauth abrió la boca. Todo su cuerpo clamaba violencia. Sin embargo, antes de que pudiera hablar, un murmullo recorrió toda la multitud y la colorida muchedumbre abrió paso a dos figuras, ambas vestidas completamente de negro con las manos en las empuñaduras de sus espadas.
Ravyn y Jespyr Tejo.
Y esa fue toda la distracción que necesitó Hauth. Le asestó un codazo en la cara a su hermano, lo que provocó que Elm diera un paso atrás y perdiera concentración.
Los padres del chico gritaron y comenzaron a mover los pies de nuevo, avanzando hacia la neblina. El chico forcejeó con los galenos y un grito de desesperación se le escapó de entre los labios. Me llevé una mano a la boca, con los ojos anegados en lágrimas mientras observaba cómo el padre del chico se perdía de vista, desapareciendo bajo un manto gris. La madre desapareció entre la neblina un momento después.
Sin embargo, sus voces siguieron escuchándose, unos gritos ininteligibles que cada vez sonaban más desesperados a medida que la sal en el aire les trastornaba las mentes.
Alguien gritaba órdenes. Era Ravyn. Los destreros bajaron de sus caballos y la mayoría de ellos se unieron a su capitán y a Jespyr, aunque algunos se colocaron detrás de Hauth. Escuché el entrechocar del acero, pero no me giré para verlo. Tenía la mirada clavada en el chico atrapado entre los hombres con togas blancas. Ahora estaba más cerca…, tanto que podía ver cómo el sudor de su ceño se le entremezclaba con las lágrimas.
Sentí un enorme empujón. El caos estalló entre la multitud. Ahora que ya no estaban obligados a quedarse allí como testigos, los hombres y las mujeres corrían hacia todas direcciones, desesperados por alejarse de los destreros y de sus rencillas internas. Una mujer chocó conmigo, golpeándome la muñeca rota. Vi las estrellas y el dolor fue insoportable. Sin embargo, mis piernas siguieron avanzando. Corrí, pidiéndole a gritos al monstruo una ayuda que necesitaba con desesperación.
«¡Ayúdame!».
Me ardieron las venas. El Tormento salió a la palestra, sumiendo mi mente en la oscuridad. Apreté el paso y fijé la mirada en Orithe Sauce, que se giró como si lo hubiera llamado.
Nos chocamos a toda velocidad. Él era más alto que yo…, y más ancho y pesado. Pero no era más fuerte que el Tormento. Se golpeó la
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cabeza contra el suelo con un ruido sordo, los ojos muy abiertos y la boca desencajada. Agitó su grotesca garra hacia mí, pero los dedos metálicos no me alcanzaron… Yo ya me estaba escabullendo.
Una mano me pegó un tirón desde detrás. Un segundo galeno. Le asesté un codazo en el diafragma, lo que le hizo caer sobre la hierba muerta entre toses violentas, tirando al chico con él. El tercer galeno no se acercó. Tenía los ojos abiertos de par en par y le temblaban las manos. Se giró sobre sus talones y echó a correr, uniéndose al caos frenético de la multitud.
El chico yacía en el borde del sendero. Intentó levantarse, pero antes de lograrlo, un metal atravesó el aire.
El joven gritó y la garra de Orithe Sauce lo agarró por el dobladillo de su túnica, clavándolo en el sitio. No recordaba haber saltado hacia delante. La oscuridad me cubría los ojos y, en cuestión de un momento, pasé a cernirme sobre Orithe, y le asesté una buena patada en la mandíbula con el talón del zapato que lo tiró de nuevo al suelo.
La túnica del chico quedó liberada. Dio unos cuantos pasos inestables.
Cuando levantó la mirada hacia mí, enderezó la columna.
—Acompáñame —jadeé mientras le tendía la mano.
El chico entornó la mirada e intentó verme el rostro debajo de la máscara. Un momento después, dirigió la vista por detrás de mi hombro. Cuando miré en esa dirección, vi al tercer galeno. Había traído consigo a un destrero con un Caballo Negro que lo envolvía en la oscuridad y sus ojos clavados en mí.
Tilo.
—Mierda —dije justo cuando el chico me tomó la mano. No miré atrás…, ni a Orithe ni a Ravyn. No había tiempo. Antes de que Tilo pudiera llegar hasta nosotros, el chico y yo nos lanzamos de cabeza a la neblina.
Sentía cómo el calor me recorría los brazos de arriba abajo y la presencia del Tormento me rodeaba como si fuera una segunda piel. Respiré hondo y tosí a causa de la sal espesa en el aire. Rebusqué con frenesí en el bolsillo de mi falda, envolviendo con los dedos el amuleto que ya no necesitaba y apretando el paso.
Tilo entró en la neblina detrás de nosotros. El aire denso distorsionaba el sonido de su acercamiento y sus pasos parecían estar cerca y lejos al mismo tiempo.
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Nos apresuramos a recorrer el prado. La hierba humedecía el bajo de mi vestido. Cuando el terreno pasó a ser inclinado, se me enredaron los pies, pero no me caí. Iba más rápida y segura que nunca. Detrás de mí, el chico jadeaba, poniendo todo su empeño en seguirme el paso.
La sal en el aire se me pegaba y hacía que me escocieran los ojos. Se me emborronó la visión a causa de las lágrimas. Cuando me froté los ojos para deshacerme de ellas, el mundo a mi alrededor desapareció. De repente, el cielo pasó a estar negro y la luz del día se desvaneció en la nada. Ya no estaba en el prado entre la ciudad y los bosques, sino en otro lugar. En un sitio plagado de sombras, largas y titilantes, con una extraña luz anaranjada reflejada sobre mi armadura dorada.
Giré la cabeza de golpe. Detrás de mí, las llamas ascendían hacia al cielo y las paredes de un enorme castillo se hallaban envueltas por un infierno. El chico seguía a mi espalda, salvo que ya no estaba solo. Más niños corrían detrás de nosotros, con sus rostros atemorizados iluminados por el fuego.
Unas palabras se formaron en la punta de mi lengua, pero no las pronuncié. Lo único que sentía era un miedo profundo y debilitante, y el impulso de seguir adelante, de salvar a los niños del fuego y del peligro que nos aguardaba si no huíamos. Fue entonces cuando me percaté de que, esperando en el borde de las llamas, descansaba la sombra de un antiguo tejo.
Había una cámara en el límite del prado, con una ventana a la oscuridad, negra e infinita, que me instaba a avanzar hacia ella.
—¡Señorita!
Me tropecé con el bajo del vestido y caí sobre la hierba. Tosí, sin aliento. Cuando levanté la mirada, el cielo volvía a ser gris, oculto detrás del dosel verde del bosque. La cámara había desaparecido, igual que el fuego y el humo en el aire. Lo único que quedaba allí era el chico, con los ojos muy abiertos mientras me miraba desde arriba.
—Los oigo, señorita.
Busqué al Tormento con desesperación en mi mente. La criatura había cerrado la mandíbula y había aguzado sus orejas puntiagudas para escuchar mejor. «Por allí —me dijo—. ¿No lo oyes?».
Sí que lo escuchaba. Unos gritos…, las voces de un hombre y una mujer en las profundidades de la neblina. Pero no estaban solos. Se escuchaban unas fuertes pisadas procedentes del lugar del que veníamos,
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el entrechocar del metal, la siniestra oscuridad de la carta del Caballo Negro.
«Se acerca —me advirtió el Tormento—. No puedes huir de él. Y menos con el chico».
Me apresuré a ponerme en pie y dejé el amuleto en la mano del joven. —Llévaselo a tus padres —le indiqué—. Tendrán que compartirlo,
pero debería servir para despertarlos.
El niño parpadeó mientras miraba la pata de cuervo.
—Pero vos os quedaréis sin amuleto.
—No lo necesito —le expliqué—. El Ánima no hiere a las personas como nosotros. —Comprobé que tenía la máscara bien colocada mientras los pasos de Tilo se acercaban—. Vete —le dije mientras lo soltaba.
Los pasos del chico sonaron como el aleteo de un pajarillo mientras huía por entre los árboles. No vi cómo se marchaba. Tenía la espalda encorvada y había aguzado el oído para escuchar al destrero. El siseo del Tormento me recorrió la columna, aturdiéndome y desdibujando el mundo a mi alrededor.
Tilo salió de la neblina, apuntando su espada directamente hacia mi cuello.
Lo esquivé. Cuando me erguí, tenía los dedos curvados y la mirada entornada. Corrí hacia delante, con pasos decididos mientras acortaba la distancia entre el soldado del rey y yo. Vi el miedo en sus ojos, la confusión y el pánico. Pero me dio igual. Estaba absorta en la magia y la ira del Tormento me envolvía.
Le asesté un golpe en la mandíbula y otro en las costillas. Cayó al suelo e intentó acuchillarme de un modo temerario. Pero fue como si intentara atacar a un fantasma. El Tormento se movía a la velocidad del rayo, retorciéndome el cuerpo. Apoyé un pie en el hombro del destrero, inmovilizándolo en el suelo y apartando su espada de una patada.
Me incliné sobre él con la mano contraída, como una garra. La sal me inundó la nariz y comenzaron a arderme los brazos. Por un momento, se me nubló la mente. Olvidé dónde estaba, qué había ido a hacer allí. Lo único que pude ver fue oscuridad.
Unos gritos que helaban la sangre me trajeron de vuelta a la realidad. «¡Detente!», le grité, pero era demasiado tarde. Tilo yacía en el suelo, con las manos en el cuello y la sangre borboteándole a través de los dedos.
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Me aparté de golpe, acorralada por una rabia amarga. Mis pensamientos batallaban contra la ira del Tormento, y la confusión y el miedo se apoderaban de mi mente. «¿Qué has hecho?», le grité.
La criatura no respondió. Pero no era necesario.
Sentí un grito atorado en la garganta. Me alejé del bosque con paso inestable. La sombra oscura del Caballo Negro del destrero no dejaba de menguar a medida que me abría camino a través de la neblina.
No vi al segundo destrero hasta que me choqué contra él.
Grité y empujé ese pecho envuelto en una túnica negra, pero me agarró de los brazos. Pronunció mi nombre. Sin embargo, apenas lo escuché. Tenía la mente fuera de control y la presencia del Tormento era tan fuerte que consiguió desconcertarme.
El destrero me acercó a él. Cuando levanté la mirada, vi los ojos grises que había detrás de la máscara.
El pecho de Ravyn Tejo se movía agitado contra el mío. Cuando habló, su voz sonó entrecortada.
—Elspeth… Elspeth, ¿puedes oírme?
Jadeé, con la respiración rápida y violenta. Las lágrimas me resbalaban por las mejillas, tenía sal en los ojos y la magia ardía en mis venas.
—Respira —me dijo mientras me tomaba del rostro—. Ya estás a salvo. Respira.
Parpadeé. Las llamas de la ira del Tormento seguían envolviéndome la mente. Me quedé sin voz y mi respiración pasó a ser rápida y entrecortada.
—El chico… El destrero… Mi magia. No… No sé qué ha pasado.
Se inclinó hacia mí, apoyó su frente contra la mía y sentí su aliento en la cara.
—Tienes los ojos amarillos.
Cerré los párpados de golpe. «Márchate, por favor», le supliqué al Tormento, siendo muy consciente de que no tenía otro sitio a donde ir. Escuché el eco de su risa y sus pasos lentos, sus garras dolorosas, mientras abandonaba mis pensamientos y se sumía en la oscuridad.
Solté un suspiro y Ravyn me tomó entre sus brazos. En cuanto sus dedos se encontraron con los míos, el capitán retrocedió, con la mirada fija en mis manos.
Cuando bajé la vista, vi que las tenía curvadas como si fueran garras.
Mis dedos, largos y pálidos, estaban cubiertos de sangre.
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CAPÍTULO 26
avyn me tomó de las manos y se las pasó por su túnica. La lana negra absorbió la sangre de mis dedos. Cuando me soltó, oculté Rlasmanos bajo mis mangas, cerrándolas en puños para evitar que me
temblaran.
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Ravyn tenía la voz calmada, la mirada indescifrable y la columna recta. El bandido había desaparecido. En su lugar se hallaba el capitán de los destreros, austero y frío de nuevo.
—¿De quién se trataba? —inquirió en voz baja.
No lo sabía. Lo único que conocía ahora era la rabia…, una rabia que no había sentido antes, tan fuerte que, incluso ahora, me costaba librarme de ella.
—Otro destrero —conseguí decir y señalé con la cabeza hacia el bosque—. Tilo.
Ravyn tensó los músculos de la mandíbula.
—¿Está muerto?
Sentí cómo se me retorcía el estómago.
—Herido.
—¿Y el chico?
—En el bosque.
Asintió con brusquedad y aguzó el oído hacia el viento.
—Vienen más destreros —me dijo—. Quédate aquí.
Un momento después, se marchó y desapareció entre la neblina. Podía seguir oyéndolo, su voz afilada como un cuchillo mientras el sonido de unos pesados pasos reverberaba a través del espacio gris y la sombra de dos Caballos Negros oscurecía la neblina.
Me quedé quieta, escuchando.
—Mimbre —dijo Ravyn—. Ve a por Aulaga y Haya y reúne a los galenos. Busca a cualquier herido entre el alboroto. —Se le endureció la voz—. Alerce, dirígete al oeste, hacia el bosque.
Se me revolvió el estómago, ya que sabía bien qué había al oeste de donde nos encontrábamos, tirado y sangrando bajo los árboles.
«¿Qué has hecho?», le espeté a voz en grito a la oscuridad.
El Tormento retrajo sus garras y habló despacio y con pereza: «Lo hemos hecho juntos. Igual que siempre».
«¡Yo no quería hacer eso!».
«Me pediste ayuda. Y yo te la proporcioné».
Negué con la cabeza.
«Eres un monstruo».
Ravyn volvió a aparecer como una ráfaga de color negro, con los ojos clavados en mi rostro.
—¿Elspeth?
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Me sequé las lágrimas de las mejillas y me encogí. El dolor de mi muñeca rota ardía con una intensidad renovada. Me sentía mareada, incapaz de valorar lo sucedido durante la última hora: Hauth y a lo que había condenado a los padres del chico; la violenta garra de Orithe; Elm y su Guadaña; la extraña visión que había sufrido mientras huía a través de la neblina; y la mirada de terror de Tilo cuando la rabia del Tormento tomó el control de mi cuerpo.
—¿Qué ha pasado, Elspeth? —inquirió Ravyn.
Cerré los ojos y respiré hondo.
—No podía permitir que Orithe se llevara a ese chico de vuelta a Stone.
El capitán dirigió la mirada a mi máscara, a mi capa.
—¿Te han reconocido?
—No creo. Todo ha pasado tan rápido. Elm… Su Guadaña… —Me detuve, con la mente hecha un lío, dividida entre los pensamientos del Tormento y los míos. Miré al capitán de los destreros—. Liberé al chico y lo llevé hasta la neblina. Le entregué mi amuleto para que intentara salvar a sus padres. Pero el destrero nos siguió. No… No pretendía…
Ravyn aguardó.
—¿Y ese color amarillo que se apodera de tus ojos? —inquirió.
—No puedo contártelo —le dije, con más contundencia que antes—.
Si lo hago, no querrás tener nada que ver conmigo.
El capitán suspiró.
—Entonces tu opinión sobre mí es más baja de lo que creía. —Se metió la mano en el bolsillo y le dio tres toques a la luz burdeos.
—¿Qué estás haciendo?
—Le digo a Jespyr que lleve a Orithe hasta Tilo. —La carta del Tormento en el bolsillo del capitán proyectó una sombra extraña a lo largo de su rostro. Pasado un momento, cerró los ojos en señal de concentración y volvió a darle otros tres toques a la carta—. Vámonos.
Nos apresuramos a subir la colina y a atravesar el prado en un silencio tenso. Sonaban voces en la neblina… Otros dos Caballos Negros se movían en la distancia. Ravyn tensó los hombros, pero no aminoró la marcha, solo se llevó un dedo a los labios para indicarme que guardara silencio.
No busqué al Tormento en la oscuridad. Aun así, sabía que él estaba allí, cerniéndose como una sombra en cada rincón de mi mente.
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Para cuando Ravyn y yo salimos de la neblina y regresamos al sendero principal, el caos había cesado. La multitud se había dispersado, había cruzado a toda prisa las puertas de entrada a Blunder, y la frivolidad del día de mercado había acabado hacía mucho.
—Quítate la máscara —me indicó Ravyn. Me recorrió la capa con la mirada…, la capa de Elm—. Eso también. Solo eres una doncella que ha acabado perdida en la neblina, ¿entendido?
Asentí. Pero esa mentira no borraba nada. Ya no tenía sangre en las manos, pero la sensación prevalecía. Una mancha oscura y amenazante.
Nos recibió una marea negra y roja: destreros y Hauth Serbal, apiñados en el borde de la neblina. La voz del príncipe heredero llegó sendero abajo, cruel y estruendosa.
Elm se apartó del resto, con las manos en los bolsillos y los ojos verdes apagados. Tenía los hombros encorvados y las mejillas pálidas. Una fina capa de sudor le brillaba sobre la frente. Me coloqué a su lado y le escudriñé el rostro.
—Veo que seguís viva —me dijo sin mirarme.
Le devolví su capa.
—¿Y vos?
—Estoy como una rosa. —Se llevó la manga al rostro y se limpió con ella la nariz. Cuando la apartó, tenía el puño oscurecido con sangre—. ¿Y el chico?
—Ha escapado, por ahora. Tilo me dio alcance. Nos enfrentamos. — Apreté la mandíbula, temerosa de vomitar—. Es posible que lo haya matado.
Elm me miró y enfocó la vista, despacio.
—¿No es eso algo que deberíais saber con certeza?
Los destreros le abrieron camino a Ravyn, con las cabezas gachas hacia su capitán. Él no les prestó atención, ya que tenía la mirada clavada en Hauth.
—¿Qué cojones te crees que estás haciendo? —le espetó, de un modo tan severo que me hizo encogerme—. ¿Has organizado una ejecución pública en día de mercado? —Su voz estaba teñida de ponzoña—. ¿Sin mi permiso?
El príncipe heredero se dio la vuelta, con la ancha mandíbula apretada y las mejillas enrojecidas.
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—Tengo todo el derecho a ejecutar a cualquier persona culpable de dar cobijo a un contagiado…
Ravyn acortó la distancia entre su primo y él, con una ira sin igual. —Tu derecho es hacer cumplir las leyes del rey —declaró—. Pero no
sin mi beneplácito. —Bajó la voz, y sus tonos susurrados y ásperos transmitieron una amenaza—. No creas que no estoy enterado de cómo promueves la disidencia entre mis filas, primo. Si lo que deseas es estar al mando… —Extendió mucho los brazos, en un gesto que parecía una invitación—. Tómalo.
A Hauth se le ensancharon las fosas nasales. A mi lado, en el rostro cansado de Elm apareció una sonrisa. Tanto él como Ravyn, y tal vez el resto de los destreros, sabían que el príncipe heredero no se la jugaría contra alguien que era inmune a la Guadaña.
Dado el destello de rabia que atravesó sus ojos verdes, Hauth también era consciente de ello.
Ravyn se giró hacia sus hombres.
—¿Seguiréis a un hombre que no está dispuesto ni a aceptar un simple desafío?
Los destreros no dijeron nada, permanecieron inmóviles como si estuvieran tallados en madera.
Su capitán sonrió con desdén.
—Vuestro príncipe es solo eso…, un príncipe. Y vosotros no sois sus matones. No perturbaréis la paz de Blunder ni obligaréis a sus ciudadanos a ser testigos de un acto cruel. Sois como las sombras…, silenciosos y raudos. Y, sobre todo, mantenéis vuestra palabra. Cautos. Astutos. Bondadosos. ¿Entendido?
Los destreros se llevaron las manos a la empuñadura de sus espadas con la mirada fija en Ravyn.
—Sí, capitán —dijeron al unísono.
El único que permaneció callado fue Hauth.
El capitán se giró hacia él.
—No te he oído, primo.
Hauth entornó sus ojos verdes.
—Ni yo a ti, capitán. Al fin y al cabo, cuando descubrieron al niño y se llamó a los destreros, no teníamos ninguna orden que seguir… No te encontrábamos por ningún sitio. —Miró por detrás del hombro de Ravyn y
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clavó sus ojos en los míos—. Incluso ahora, tu atención parece estar puesta en otra parte.
Ravyn se movió, incómodo, bloqueándome de la vista de Hauth. Por un momento, estuve segura de que explotaría, de que le partiría la otra mano a su primo. Pero no lo hizo. Simplemente fulminó al príncipe heredero con la mirada, completamente helada. Hauth se la devolvió hasta que la tonalidad roja de su rostro pasó a reflejarse en sus ojos. Entonces, desarmado contra el silencio inquebrantable de Ravyn, apretó los puños y bajó la mirada.
El capitán se dio la vuelta.
—Permaneced alerta —les ordenó a los destreros—. No dejéis que nadie que no lleve encima un Caballo Negro o el sello de los galenos cruce las puertas sin ser cacheado. Haced guardia. Si encontráis al chico o se os informa de otro contagio, id a buscarme al castillo Tejo.
—¿Y si no encontramos al chico? —inquirió un destrero.
Ravyn se alejó del grupo sin mirar atrás.
—Entonces dejad que el Ánima se quede con él —soltó.
Lo seguí sendero arriba, con Elm a la zaga. El cielo se había oscurecido y las sombras de las puertas de entrada a la ciudad se habían vuelto alargadas cuando volvimos a acceder a Blunder. Ninguno dijimos nada. El único sonido entre nosotros era el ruido que proferían nuestros talones contra las calles adoquinadas.
Entonces, como si me leyera el pensamiento, Ravyn habló:
—Jespyr buscará al chico y a sus padres —comentó mientras se sacaba la carta del Tormento del bolsillo y le daba tres toques—. Contamos con un lugar para chicos como él, si tenemos la suerte de ser los primeros en encontrarle.
Le miré fijamente a la espalda de la capa. —¿Ya habéis salvado antes a niños contagiados?
—Ese es el objetivo de reunir toda la baraja —murmuró Elm detrás de mí—. ¿O es que creíais que íbamos a cometer traición solo por diversión?
Ravyn se detuvo de golpe, de una forma tan repentina que tuve que echarme a un lado para esquivarlo.
Elm, que no fue tan ágil, chocó contra la espalda de Ravyn.
—Por los árboles…, ¿qué sucede?
El capitán tenía los ojos cerrados. Un momento después, le dio otros tres toques a su carta del Tormento.
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—Acabo de hablar con mi padre. —Abrió los ojos y miró fijamente a Elm—. Tenemos que regresar al castillo Tejo. Ahora mismo.
Sin una palabra más, el capitán de los destreros corrió calle arriba. Elm y yo compartimos una mirada de desconcierto. Un segundo después, echamos también a correr, zigzagueando por entre lo que quedaba de la concurrencia del día de mercado mientras hacíamos todo lo posible por seguirle el ritmo a Ravyn.
Corrimos hasta que nos encontramos con Fenir Tejo en la plaza. Había mandado llamar un carruaje.
—Daos prisa —dijo mientras subía al vehículo—. Abrojo dice que se coló por la verja después de que nos marchásemos esta mañana, lo que quiere decir que se escapó anoche. Si Orithe se entera, no tendrá miramientos con él.
—No se enterará —declaró Ravyn mientras cerraba la puerta de golpe
—. Estará horas ocupado.
El capitán se sentó junto al cochero y agarró las riendas. Espolearon a
los caballos y el carruaje avanzó hacia delante, con las cortinas oscuras echadas sobre las ventanas.
A mi lado, Elm tomaba bocanadas de aire, largas e irregulares. Se le acumulaba más sangre debajo de la nariz. Se la limpió. La fatiga se apoderó de sus hombros, se asentó detrás de sus ojos. El precio de la magia de la carta roja era elevado.
—¿Piensa alguien decirme qué es lo que está pasando? —exigió saber
—. ¿Quién se ha colado por la verja? ¿Por qué regresamos al castillo? La voz de Fenir fue grave.
—Emory —dijo—. Emory ha huido de Stone.
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CAPÍTULO 27
a lluvia comenzó a caer mucho antes de que llegáramos a la verja de entrada. Repiqueteaba contra el techo del carruaje, Lobligándonos a ralentizar el paso, y el cielo estaba oscuro a pesar de que
era temprano por la tarde.
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Cuando el carruaje se detuvo en el umbral del castillo Tejo, Ravyn bajó de un salto desde su asiento y abrió la puerta de golpe. Intenté escudriñar sus ojos grises, pero se dio la vuelta. Avanzaba con pasos nerviosos mientras nos conducía hacia el castillo.
Abrojo nos recibió en la puerta.
—Está en la biblioteca —dijo—. El pobre chico está calado hasta los huesos.
Seguí a Elm y a los Tejo. Nuestros pasos retumbaban al subir a toda prisa la escalera.
Las puertas de la biblioteca estaban abiertas. Sentí la calidez de la chimenea nada más poner un pie en la estancia. Sus llamas, altas y recién avivadas, convertían en vapor el agua de la lluvia de nuestras capas, el cabello y la piel.
Morette Tejo estaba paseándose por delante de la chimenea. Escuché a Fenir soltar un suspiro a la vez que desplazaba sus ojos castaños entre su esposa y el largo banco de madera que había aproximado hasta ella, cerca del fuego.
Un chico con el cabello oscuro y un puñado de pecas a lo largo de su nariz cobriza descansaba sobre ese banco. Tenía los ojos cerrados y los brazos cruzados a la perfección sobre las mantas que le cubrían el pecho, como si fuese un cadáver en un funeral.
Lo miré fijamente. Emory Tejo transmitía tanta desazón en reposo como la que dio en la noche del Equinoccio.
—Sigue teniendo los labios azules —comentó Morette, preocupada y ahora sentada en la cabecera del banco—. Elm, ayúdame a hacerlo entrar en calor.
El príncipe se llevó la mano al bolsillo para sacar su Guadaña y cerró los ojos, con la sombra del agotamiento marcada en su rostro. Aun así, la carta roja obedeció sus órdenes. Le dio tres toques y colocó una mano sobre Emory.
—Siente el calor, Em —masculló en voz baja—. Siente el fuego.
—Ha estado caminando toda la noche —dijo Morette en un susurro—.
No estoy segura de que el rey sepa que está aquí.
—Ya me encargaré yo de eso —declaró Ravyn, que se agachó junto a su hermano—. ¿Cuánto tiempo lleva dormido?
—Una hora. —Morette echó un vistazo hacia la puerta—. ¿Y Jespyr? Ravyn y yo intercambiamos una mirada.
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—Hubo un incidente —explicó él—. Está con los destreros.
Despacio, a Emory comenzaron a sonrosársele las mejillas. Abrió sus ojos grises y miró primero a su madre y luego a Ravyn y a Elm.
—No estoy muerto —dijo, y sonrió con picardía—. Solo dormido. Por ahora.
Elm golpeó las mantas con la mano.
—Esto no es una broma, Emory Tejo —le espetó—. No puedes viajar solo. ¿Y si te hubieras desviado del sendero…, y si te hubieras perdido en la neblina? ¿Entonces qué?
—Quería venir a casa. —Emory arrugó la nariz—. Pero nadie quería traerme.
—Eso es porque no debes abandonar Stone —le regañó Ravyn con voz severa. Cuando Fenir apoyó una mano sobre el hombro del capitán, Ravyn se desplazó hacia la chimenea, con la mirada perdida en las llamas—. Podrías haber muerto, Emory. ¿Cómo puedes ser tan temerario?
—Ya me estoy muriendo —replicó el chico—. Al menos así será a mi manera.
Sus palabras, aunque iban dirigidas a Ravyn, me sentaron como una patada en el estómago. Emory giró la cabeza. Se acomodó aún más entre las mantas y me miró con las comisuras de la boca curvadas hacia abajo.
—¿Quién es esa? —murmuró.
Los demás me miraron con la cara desencajada. —¿No la recuerdas? —le preguntó Elm. —¿Nos…? ¿Nos hemos visto antes? —Sí.
El chico entornó la mirada.
—No logro discernir su rostro.
Morette me indicó que me acercara más con una pequeña sonrisa triste. Ravyn se echó a un lado para hacerme espacio y nuestros cuerpos se tensaron cuando pasé por su lado.
Emory me contempló. Recordé lo que me había dicho Elm sobre su degeneración…, su humor cambiante, su pérdida de memoria. Abrí mucho los ojos, y el Tormento y yo observamos al chico con una fascinación mórbida.
—Hola —dije con voz temblorosa—. Soy Elspeth Bonetero. —Bonetero —repitió Emory. Desplazó sus ojos grises entre Elm y su
hermano—. ¿Es amiga vuestra?
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Elm abrió la boca, pero fue Ravyn quien respondió primero.
—Sí —dijo, con la voz más suave que antes—. Elspeth es una amiga. —Bonetero —masculló de nuevo el chico—. Un arbusto… No, un
árbol. ¿Tal vez ambas cosas? Sembrado por los pájaros y el viento. Antiguo, histórico. —Sus ojos transmitieron claridad y se sentó, con la clavícula prominente bajo el cuello de su túnica—. Bonetero —repitió—. Pequeño…, estacional. Ovalado, hojas con delicadas dentadas que amarillean durante el otoño o, en casos excepcionales, se vuelven de un rojo como la sangre. —Ladeó la cabeza mientras me escudriñaba. Se parecía tanto a su hermano mayor, en el físico y en los gestos, que bien podría haber estado mirando a un Ravyn del pasado, diez años más joven
—. Una vez estuve en un patio con un viejo bonetero que se erguía entre piedras —prosiguió Emory—. Vi a un hombre severo con una capa roja y una niña pequeña que siempre llevaba encima un espejo. —Parpadeó en mi dirección, como si estuviera intentando recordar un sueño que hacía mucho que había olvidado—. ¿Conocéis ese sitio?
—La casa Bonetero. Antes vivía allí —le respondí mientras analizaba su rostro—. No era una niña con un espejo… Son gemelas. El hombre de rojo es mi padre.
El chico se pasó una mano huesuda por la frente.
—Bonetero. —Escupió la palabra como si fuera una madeja de lana que estuviera desenrollando—. Lo lamento —dijo—. Últimamente tengo la cabeza en las nubes.
—Por favor —contesté, sin estar segura de si me sentía aliviada o abatida por el hecho de que la degeneración del chico me hubiera borrado de su memoria—, no os preocupéis.
Emory me sostuvo la mirada.
—Sois muy hermosa —musitó—. Tenéis los ojos tan oscuros…, infinitos. —Guardó silencio—. Como la doncella de un cuento. Como si el mismo Rey Pastor os hubiera creado con su pluma.
El Tormento rompió a reír, lo que hizo que un escalofrío me subiera por la columna. «Está al borde de la muerte y, aun así, el chico te entiende mejor que el resto de estos idiotas».
Apreté la mandíbula, con los horrores acontecidos en el día de mercado todavía muy recientes. «Cállate. Si alguna vez te he importado, cierra el pico».
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—Elspeth lo sabe todo sobre el Rey Pastor y El viejo libro de los Alisos —dijo Morette mientras le dedicaba una sonrisa a su hijo pequeño.
—Y sobre la infección —comentó Elm en voz baja.
Emory se inclinó hacia delante.
—¿Sabe también la señorita Bonetero que los Tejo somos los descendientes del Rey Pastor?
Ravyn y Elm soltaron un suspiro y pusieron los ojos en blanco. —Otra vez con lo mismo…
—¡Es verdad! —exclamó el chico—. La historia del Rey Pastor ha desaparecido, pero las historias de los Serbal resultan fascinantes si sabes leer entre líneas. Stone fue erigido por el primer rey Serbal, lo que significa que el Rey Pastor moraba en otro lugar. No hay ningún otro gran castillo en Blunder. —Curvó los labios—. Excepto el que se encuentra en ruinas aquí, en el castillo Tejo.
Ravyn esbozó una sonrisa.
—Las ruinas son antiguas… Quizás sea lo más antiguo que haya en Blunder. Aun así, lo único que eso demuestra es que, hace cientos de años, aquí había otro castillo.
Emory negó con la cabeza.
—Pero las ruinas no son lo más antiguo de Blunder. —Me miró, con un resplandor en sus ojos grises—. Lo más antiguo son los árboles. Si el Rey Pastor de verdad vivió aquí, habría adoptado el nombre de un árbol, igual que el resto. ¿Y qué tipo de árboles se encuentran plantados a lo largo de toda esta propiedad, incluso cerca de las ruinas? —Ensanchó su sonrisa—. Tejos.
Me quedé petrificada. Las ruinas…, la cámara. Él las había construido, eso ya me lo había dicho. Pero jamás me había dicho su nombre y no había ningún registro escrito de él. Nadie lo había pronunciado desde hacía quinientos años.
Esta vez, fui yo quien le arañó a él. «Tu nombre nunca se menciona en El viejo libro —susurré, y mi voz cayó sobre la oscuridad—. ¿Cuál es… tu verdadero nombre?».
El Tormento se me encaró con crueldad. «Mi nombre es ceniza —siseó —. Se lo llevó el viento».
Elm sonrió con socarronería.
—Y ahora toca la parte de la historia en la que Emory nos recuerda a todos que mis ancestros llegaron y destruyeron el castillo del Rey Pastor
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—comentó mientras le revolvía el cabello a su primo.
—Es una suposición razonable —respondió el chico—. El linaje de los Serbal está plagado de violencia. Al fin y al cabo, fueron los primeros en exterminar a quienes se contagiaban de magia.
—Y, aun así, unificaron el reino con las cartas de la Providencia y le ofrecieron al pueblo de Blunder una fuente de magia más segura —le discutió Elm.
—Después de acabar con todo y con todos los que no se sometieron a sus Guadañas.
—Parad ya los dos —dijo Fenir—. Esto nunca acaba bien.
Elm le guiñó un ojo a su primo pequeño.
Sonó un golpe en la puerta. Todos nos giramos para ver a Abrojo cargando precariamente con varios cuencos humeantes de comida.
—¿Alguien tiene hambre?
El delicioso olor a sopa, carne y pan inundó la biblioteca. Morette y Fenir alentaron a Emory a acercarse a la mesa que más cerca le quedaba. Cuando el chico se levantó, todos soltamos un grito ahogado. Las mantas se le habían caído y dejaban al descubierto la carne tirante y los huesos marcados. Hasta el Tormento siseó en señal de descontento al ver al chico, que había perdido incluso más peso en la semana que había pasado desde que lo había visto por última vez.
«¿Es que no le dan de comer en Stone?», inquirí.
El Tormento chasqueó la lengua contra los dientes. «El problema no es la comida. Se está degenerando. Primero su mente y ahora su cuerpo. — Bajó el tono de voz para decir—: Más rápido de lo que creía».
Ravyn se puso en pie y ayudó a su hermano a acercarse a la mesa. —Emory —le dijo, con la mandíbula apretada—, tengo que llevarte de
vuelta a Stone.
Su hermano mantuvo la mirada gacha.
—¿Seguro?
Morette tenía los ojos húmedos.
—Tiene que descansar. —Se le endureció la voz—. Deja que mi hermano se preocupe.
Ravyn se pasó una mano por la frente. No era Morette quien iba a tener que enfrentarse a la ira del rey cuando descubriera que Emory Tejo había desaparecido, sino él. No obstante, el capitán de los destreros no dijo nada.
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—Puede quedarse esta noche, pero mañana tengo que llevarlo de vuelta a Stone.
—Primero tiene que comer —declaró Elm con firmeza, y ocupó la silla al lado de la de Emory—. A todos nos vendría bien llevarnos algo de comida a la boca.
La comida olía deliciosamente, pero no tenía apetito.
—El jardín —dijo Emory, agarrando la cuchara con dedos temblorosos mientras tomaba sorbitos del cuenco humeante—. Quiero ver los árboles del jardín. —Se le entrecortó la voz—. Luego podrás llevarme de vuelta.
Nos sentamos alrededor de la mesa y observamos comer a Emory. El resto nos olvidamos de alimentarnos. A mi lado, con una postura rígida, Elm fulminaba con la mirada a Ravyn, que estaba al extremo de la mesa.
Pasado un minuto entero de silencio glacial, el capitán tiró su tenedor contra su plato.
—Por los árboles, Elm, ¿qué?
—Tengo que hablar contigo.
Ravyn señaló hacia la mesa con la palma de la mano abierta.
—Tienes toda mi atención.
Elm me miró de reojo.
—Lo dudo.
—Si tienes algo que decir —bramó Ravyn—, suéltalo ya. No tengo tiempo para tus rabietas de principito.
La voz de Elm sonó más grave, bullía de rabia.
—Muy bien. Creo que eres un idiota, primo.
Emory se llevó la manga a la boca para sofocar una carcajada. Como de costumbre, Ravyn mantuvo un tono calmado. —¿Por qué lo dices?
—Hoy podríamos haber entrado en la casa Bonetero, haber robado la carta del Pozo —declaró el príncipe—. Pero, en cambio, insististe en que acudiésemos a la calle del mercado porque querías estar cerca de ella — dijo—. Quien, permíteme añadir, ha estado a punto de echar por tierra todo nuestro plan al pavonearse delante del maldito Orithe Sauce.
Tosí con la copa de vino en la boca.
—Pero ¡si prácticamente os supliqué que vinierais conmigo a la casa Bonetero a buscar el Pozo!
Elm sacudió una mano delante de mi cara.
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—No dije que fuera una mala idea, solo que no era el mejor momento. —Arrugó la nariz—. Y no iba a daros la satisfacción de que creyerais haber tenido una idea medio buena, Bonetero.
Quise alargar la mano y retorcerle el cuello a ese Serbal.
Al otro lado de la mesa, Ravyn guardó silencio.
—Cuando regresemos a Stone, sufriremos las consecuencias —dijo Elm, que volvió a dirigir su rabia hacia su primo—. Ha mutilado a un destrero. Mi padre no se tomará bien que hayan atacado a su guardia ni tampoco que hayan frustrado la detención de un niño contagiado. —Se detuvo para lanzarme otra mirada insensible—. Sea cual sea la magia que posee, va más allá de su capacidad para detectar cartas de la Providencia. No me fío de ella.
—Yo sí —aseveró Ravyn, que cruzó los brazos contra el pecho—. Y con eso debería bastarte.
—¿Debería? ¿Es que no puedo tener mi propia opinión? ¿O acaso todos debemos arrodillarnos ante el capitán de los destreros?
—Puedes tener tu propia opinión —le respondió su primo—, pero debes saber que, al no conocer todos los hechos, pareces un idiota.
Elm alzó el volumen de su voz.
—Y dime, ¿qué hechos son esos?
—Quería que todos acudiéramos al día de mercado para que, si esta mañana los Hiedra robaban la carta del Pozo de la casa Bonetero, contáramos con una coartada.
Parpadeé. Al otro lado de la mesa, Fenir y Morette endurecieron el gesto.
—¿Los hermanos Hiedra estuvieron en casa de mi padre? —pregunté.
Fenir asintió.
—¿Y cuándo pensabais contarme lo que estabais planeando? —gritó Elm—. Supongo que cuando os conviniera.
—Me encanta cuando discuten —dijo Emory mientras miraba su sopa
—. Mantiene vivo mi delicado corazón. Fenir se pasó una mano por la barba.
—Doy por sentado que los hermanos Hiedra no han dado con la carta del Pozo.
Ravyn negó con la cabeza.
—Seguramente porque no sabían dónde tenían que buscarla — exclamé, y me levanté con brusquedad de mi asiento—. ¡Podría haberlos
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ayudado! Intenté entrar en la casa, pero Elm…
—Al menos veinte personas os habrían visto cruzando la entrada —me espetó el príncipe—. Además, el capitán nos ordenó no hacer nada.
Ravyn no parecía arrepentirse de nada.
—Solo informé a quienes eran imprescindibles para la misión.
—Es decir, a todos menos a mí y a la mujer trastornada con magia.
—¿Trastornada? —dijimos el Tormento y yo al unísono.
—No podemos permitirnos cometer errores, Elm —replicó Ravyn—. ¿Y si nos hubieran visto? Una cosa es robar una carta ocultos tras una máscara de bandido, pero entrar en casa de un hombre y robarle a plena luz del día es un riesgo que no podemos correr. A no ser que tengas el aguante para soportar un interrogatorio.
Elm frunció mucho el ceño y formó una línea tensa con los labios.
El ambiente en la biblioteca se enrareció.
—¿Habrá un interrogatorio? —pregunté—. ¿A pesar de que no nos han pillado con las manos en la masa?
Morette arrugó los labios hasta hacer una mueca.
—El robo de una carta es imperdonable. Mi hermano dejará que sea el propietario de la carta robada el que elija el castigo. Cualquiera puede ser interrogado sin importar su posición social. —Hizo una pausa—. Con una carta del Cáliz.
Ravyn le lanzó una mirada mordaz a Elm.
—Y es extremadamente difícil engañar al Cáliz.
Jespyr regresó al anochecer. No habían dado con el chico contagiado ni con sus padres. Tilo seguía vivo. Por los pelos. La joven arrastraba los pies, con una cojera notable al andar. Envolvió a Emory en un abrazo largo y fuerte y nos dio a todos las buenas noches.
Emory fue el siguiente en dormirse. Morette, sentada en una gran silla al lado de su cama, procedió a velar su sueño. Fenir, Ravyn, Elm y yo nos desplazamos al salón, con Abrojo entrando y saliendo de vez en cuando para rellenarnos las copas.
El vino me calentó el pecho y me quedé mirando fijamente el fuego mientras reprimía las ganas que tenía de contemplar a Ravyn, que estaba sentado frente a mí con una naturalidad ensayada. Cuando al final cedí y
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miré hacia él, me estaba observando, con su mirada gris indescifrable y acariciándose con las manos la barba incipiente a lo largo de su mandíbula.
No sabía en qué términos habíamos acabado el capitán y yo. La violencia del día de mercado había cogido ese sentimiento frágil y tácito que crecía entre nosotros y lo había lanzado hacia la oscuridad. Le sostuve la mirada e intenté buscar grietas en su inquebrantable calma. Anhelaba encontrarlas.
Elm levantó la mirada de su segunda copa y desplazó sus ojos verdes entre Ravyn y yo.
—Por los malditos árboles —masculló, y se levantó de la silla. Sin ni siquiera dar las buenas noches, tomó la jarra de vino de la mesa y abandonó el salón.
Fenir captó la indirecta. Carraspeó.
—Bueno, ya he tenido suficiente —dijo, y salió de la estancia, dejándonos al capitán de los destreros y a mí a solas.
Ravyn no apartó la mirada de mi rostro. Sin embargo, yo no era capaz de interpretar el suyo. Y me dolía, en algún punto entre los pulmones y el esternón, saber que volvía a mantener la guardia alta estando conmigo. Me temblaron los dedos con los que agarraba el tallo de mi copa.
—¿Hablabas en serio? —le pregunté mientras le devolvía la mirada—. ¿Confías en mí? ¿O solo lo decías porque tu primo estaba delante?
Ravyn acarició el borde de su copa con el pulgar.
—¿Qué te hace pensar eso?
—No… no lo hagas —le dije. Algo detrás de mis ojos comenzó a arder, pero lo eché a un lado—. No respondas a mi pregunta con otra pregunta. Estoy harta de eso.
El capitán enarcó una ceja y se inclinó sobre su silla.
—¿Y cómo quieres que hablemos, Elspeth?
Aparté la mirada, con un nudo en la garganta. Los músculos bajo mi ceño se tensaron para mantener todo aquello que aún no le había confesado bien oculto.
—Quiero que seamos sinceros —susurré. Me llevé una mano a la cara, pero ya era demasiado tarde. Ravyn había visto las lágrimas en mis ojos…, cómo se me había arrugado la frente. Había visto el miedo.
El Tormento salió deslizándose de la oscuridad y su voz acarició mi oído. «No debes tener miedo. —Su voz era viscosa como el aceite—. La
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magia acaba con todos nosotros».
«¡Lárgate!», le grité en mi mente.
«No puedes deshacer lo que ya ha comenzado. —Se detuvo, y su voz serpenteó mientras pasaba de largo—. No puedes separar la sal del estruendo. Pero si no me dejas salir a mí…, debes dejarlo entrar a él».
Cerré los ojos.
—Me estoy degenerando, Ravyn.
Escuché cómo inhalaba con brusquedad y luego el ruido metálico que produjo al dejar su copa sobre la bandeja. Se levantó de su asiento y se agachó a mi lado en un suspiro, con una mano sobre el brazo de la silla y la otra en mi rodilla.
—Cuéntamelo —me pidió.
—Es el motivo por el que ataqué al destrero… El motivo por el que Elm no confía en mí. Estoy cambiando. No como tú ni como Emory, pero lo estoy haciendo. —Intenté sentir al Tormento, pero se había quedado inquietantemente callado—. Y me estoy quedando sin tiempo.
—¿Se lo has contado a Filick?
—No puede hacer nada, Ravyn. Nadie puede.
Me agarró la rodilla con más fuerza.
—¿Qué tipo de degeneración sufres, Elspeth?
Sacudí la cabeza.
—Nunca he hablado sobre ello —le confesé. Me cubrí los ojos con la mano—. No puedo hacerlo.
Una lágrima cálida me resbaló por la mejilla y se quedó suspendida en el pliegue de mi boca. Ravyn la secó con el pulgar. Se inclinó más hacia mí.
—Todos tenemos secretos que nos vemos obligados a guardar, Elspeth —murmuró. Me levantó la barbilla. Cuando abrí los ojos, clavó su mirada en la mía—. Confío en ti. Conmigo estás a salvo. La magia, o puede que sea otra cosa, nos une. Solo quedan dos cartas más —dijo, y la punta de su nariz acarició la mía—. Y después serás libre.
Quise creerle, sentirme a salvo, como lo había hecho hacía unas horas, entre sus brazos. Deseaba que el mundo entero desapareciera, que él me protegiera de todo y de todos los que quisieran hacerme daño. Aun así, la inmensidad de los brazos de Ravyn Tejo, el calor que emanaba su piel o los músculos bajo su ropa no podían mantenerme a salvo de mí misma.
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Sin embargo, estaba más que dispuesta a perderme en sus caricias, solo para confirmarlo.
Me acerqué a él y llevé la mano a su nuca, aproximando su boca a la mía. Él soltó un suspiro que se convirtió en un rugido. Bajó la mano que tenía sobre mi barbilla hacia mi cuello y me presionó ligeramente el hueco de la garganta con el pulgar.
La silla crujió cuando Ravyn se pegó a mí y nuestro beso pasó a ser casi desesperado. Me subió la mano por la pierna y hundió los dedos en el tejido de mi vestido. Cuando me agarró de la piel blanda del muslo, solté un jadeo.
Ravyn se apartó, con las pupilas dilatadas y la boca inflamada. —¿Es…? ¿Quieres que pare?
—No —le dije, y volví a reclamar su boca. El vino, la luz del fuego y la desesperada necesidad de escapar de mi propio destino se entremezclaron en una corriente embriagadora. Encendió un fuego en mi interior, salvaje y desenfrenado, sin limitaciones.
Quise que me consumiera…, que él me hiciera arder.
Sonó un fuerte estruendo al otro lado del salón, seguido del eco de unos pasos rápidos, primero cerca y luego lejos. Sin duda debía de tratarse de Abrojo que volvía para rellenarnos el vino y que había acabado escabullándose a toda prisa.
Ravyn maldijo entre dientes. Me agarró de las caderas y me levantó de la silla. Cuando estuvimos de pie, se ajustó el jubón y me habló en un tono grave.
—Acompáñame.
Su habitación se encontraba al fondo del mismo pasillo que la mía y no estaba cerrada con llave. La abrió de golpe y me invitó a entrar mientras me acariciaba la parte baja de la espalda.
El olor a clavo, cedro, papel y cuero llegó hasta mí. Su habitación era una avalancha de olores: a hierbas secas, a estanterías plagadas de libros, a madera recién cortada para la chimenea, a pedazos de cedro cortados con distintas formas desperdigados por el suelo, algunos a medio tallar y otros tallados a la perfección. Su ropa estaba tirada sin orden ni concierto, arrugada en algunos rincones y sobre los muebles. Su cama era grande y estaba deshecha, con el pesado edredón tirado a los pies del colchón, como si lo hubiera pateado. Desordenado, cálido… Un caos agradable. El tipo de
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caos que suponía un marcado contraste con el frío y contenido capitán de los destreros.
Y me estaba mostrando todo eso a mí.
Ravyn cerró la puerta detrás de nosotros y se apoyó contra ella, con unas largas sombras proyectadas sobre su rostro al ser la chimenea la única luz en la estancia.
—Te mentiría si te dijera que esto no está siempre así de desordenado. —Me gusta —le dije, con la mirada fija demasiado tiempo sobre la
cama.
Era extraño pasar de tener mis manos sobre él a esto…, a que él estuviera apoyado contra la puerta y yo en mitad de la habitación sin saber qué decir o a dónde mirar. Me llevé una mano a la mejilla para tranquilizarme, pero conseguí el efecto contrario. El tacto de mi propia piel me hizo pensar en sus manos ásperas y fuertes sobre mí.
Ravyn me contempló, con un hilo invisible tirando de la comisura de su boca hacia arriba.
—¿Es esto lo que quieres, Elspeth?
Me apoyé contra el poste de la cama.
—¿Qué crees que quiero, Ravyn?
Entornó la mirada de forma peligrosa. Se apartó de la puerta y se acercó a mí.
—Creía que íbamos a dejar de responder preguntas con más preguntas. Me resultaba doloroso decir lo que quería en voz alta, como si estuviera forzando un músculo poco ejercitado. Quería bromear al respecto, hacerme la tímida, lo que fuera con tal de no sentirme tan
vulnerable y expuesta mientras se acortaba la distancia entre ambos.
No obstante, ya le había ocultado demasiadas cosas. En este aspecto, al menos, podía ser sincera. Me senté encima de la cama. Con mi mano buena, me retorcí la falda y el tejido se arrugó cuando me la subí por encima de la rodilla. Me traicionó el temblor de mi voz.
—Quiero estar aquí. Contigo.
Era complicado quitarle el jubón con una única mano. Él me ayudó, se inclinó sobre mí, con su boca sobre la mía. Después del jubón, llegó el turno de la túnica, que se sacó por la cabeza y lanzó sobre una pila de ropa. Le recorrí los músculos marcados del pecho con la mano, y luego los del estómago, deteniéndome justo por encima del ombligo.
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Se estremeció y se apartó. Deslizó las manos por mis piernas hacia arriba y me subió el vestido hasta que lo tuve entre el pliegue de los muslos. Me agarró las medias de lana con los dedos y me las bajó desde la cintura, acariciando mis curvas, tan despacio que quise gritar. Su boca seguía a sus manos. Su vello facial me raspaba el interior del muslo, la rodilla, la pantorrilla. Cuando me quitó las medias y las tiró sobre la pila de ropa en el suelo, volvió a ponerme las manos en los muslos.
Se me aceleró la respiración, que pasó a ser muy superficial. De repente me sentí aprisionada en ese vestido, con el corpiño tan apretado que se me clavaba donde no debía. Me lo desaté, con dedos torpes y ávidos, mientras aflojaba el largo cordón carmesí para liberarme.
El vestido se abrió. Tomé una buena bocanada de aire y luego otra, y mi pecho subió y bajó con premura, cubierto ahora tan solo por una fina camisola.
Ravyn desplazó las manos por mis caderas y recorrió con la mirada las curvas de mi cuerpo. Me miró a los ojos, me besó con intensidad y me arrastró hasta el borde de la cama.
—¿Puedo besarte?
Me tembló la voz.
—Ya es un poco tarde para preguntar eso, ¿no?
—No me refiero a la boca, Elspeth. —Su mirada pasó a ser pícara mientras se ponía de rodillas y me besaba la cara interna de la pierna, arrastrando los dientes sobre mi piel. Tras coger aire, me abrió lo bastante los muslos como para poder colocar sus anchos hombros en medio—. Sino aquí.
Me cubrí la boca con la mano y me recosté en la cama, sin aire y atrapada entre un suspiro y una maldición. Sentí cómo descendía el anhelo en mi estómago, al rojo vivo mientras se enroscaba, deseoso de recibir caricias. Cerré los ojos.
—Sí —respondí, y hundí los dedos en su pelo.
Ravyn suspiró pegado a mí y su agarre sobre mis caderas pasó a ser más férreo, asiéndose a mí. Cuando me besó por debajo de la falda, mi anhelo reaccionó, y el calor comenzó a llenarme por dentro.
No estaba acostumbrada a salir de mi cabeza. Pero ahí, inmovilizada en la cama de Ravyn Tejo, con sus caricias quemándome la piel, solo existía mi cuerpo, como si me estuviera asomando por una ventana abierta en la torre más alta de la casa Bonetero. Lo sentí en el estómago, en las
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palmas de las manos, en las plantas de los pies. Y con cada beso, con cada movimiento de su lengua, Ravyn hacía que se derrumbara el marco de la ventana imaginaria…, empujándome así hacia una caída inevitable y fatal.
No me dejó caer de inmediato. Por sus suspiros y los gruñidos ahogados y satisfechos que profería, se estaba tomando su tiempo conmigo. Me dejaba devastada.
—No pares —conseguí balbucir mientras cerraba los ojos con fuerza. Lo sentí jadear y, cuando comencé a caer al vacío desde la ventana,
torre abajo, cada parte de mí me siguió en el descenso. Proferí un grito, le tiré del pelo, flexioné las piernas y curvé los dedos de los pies.
Él se inclinó sobre mí y sonrió, como si supiera con exactitud lo minuciosamente que me había hecho derrumbarme. Subió la mano por mi estómago hasta mi pecho y me agarró un seno, justo por encima de mi corazón. Se agachó y me rozó los labios con los suyos.
—Tienes el corazón acelerado —me dijo con una sonrisa pícara.
De algún modo, acabamos en el suelo, revueltos entre sus pertenencias, enredados el uno en el otro. Hacía rato que nos habíamos quedado sin ropa. Atrapé a Ravyn con mi cuerpo, inmovilizándolo contra el suelo y tomándome mi tiempo con él.
Al principio me lo permitió. Me cedió el control y me agarró de las caderas con fuerza con las manos y el rostro tensos.
Pero hasta él, una persona con tanta contención, no pudo aguantar demasiado.
Me hizo girar hasta que acabé de espaldas contra el suelo en un rápido movimiento, sin llegar a separarnos. Sus labios acabaron en mi cuello y, cuando se pegó contra mí, con más intensidad que antes, solté un fuerte jadeo.
Mi nombre era un regalo en sus labios, como una ofrenda, como si estuviera entregándose por completo a mí solo con pronunciarlo.
—Elspeth. —Apoyó su frente contra la mía y se le aceleró la respiración—. Joder, Elspeth.
Yacimos deshechos en el suelo y contemplamos el fuego con la mirada cansada. Ravyn me recorrió la columna con un dedo y yo le acaricié las líneas de la garganta, la mandíbula, el ceño y la nariz torcida. Cuando no pude seguir con los ojos abiertos, me levantó del suelo y me llevó en brazos hasta la cama, envolviéndonos a ambos con el grueso edredón. Apoyé la cabeza contra su pecho, perdida en el sonido del latido de su
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corazón contra mi oído. Se alargó más y más, un latido eterno, una falsa promesa.
Como si todas mis tribulaciones fuesen a desaparecer solo por permanecer allí, desnuda, a su lado.
Como si tuviera todo el tiempo del mundo.
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CAPÍTULO 28
alí de la cama de Ravyn al amanecer, con cuidado de no despertarlo. Busqué con premura mi vestido entre la ropa en el suelo, pero solo Sencontré mi camisola. Hubiera buscado un poco más si Ravyn no se hubiera movido detrás de mí, mascullando algo en voz muy baja. Me quedé petrificada, pero el capitán seguía dormido, apoyado sobre su
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estómago y con esos hombros anchos subiendo y bajando mientras respiraba de forma rítmica. Me metí la camisola por la cabeza y recorrí de puntillas el caos en el suelo.
La puerta de su habitación era antigua y pesada. De esas traicioneras cuyos goznes solían chirriar. Contuve el aliento y tiré de ella con cuidado. La puerta me lo recompensó abriéndose con un ligero crujido. Salí hacia el pasillo y cerré detrás de mí mientras soltaba un suspiro triunfal.
—Espero que hayas tenido una noche agradable.
Me giré con el corazón en un puño.
Jespyr se encontraba a un par de puertas de distancia, vestida del color negro de los destreros. A pesar de la luz tenue, ya que las antorchas del pasillo aún no estaban encendidas, no cabía duda de que la joven tenía una sonrisa ancha y retorcida en la cara.
Crucé los brazos contra el pecho, ya que mi camisola era vergonzosamente transparente.
—Me has asustado.
—Perdona —dijo, aunque no parecía arrepentirse lo más mínimo. Me miró de arriba abajo y clavó la vista en mi cabello revuelto—. Parece que… has descansado.
—Gracias —le dije, y pasé por su lado. Me detuve junto a mi puerta—. No… has escuchado nada, ¿verdad?
Jespyr apretó los labios.
—¿Como qué?
—Nada. No importa. Nos vemos en el desayuno.
Entré en mi habitación y el retumbar bajo de su risa me siguió dentro. En el gran salón, la chimenea estaba encendida y habían servido el
desayuno sobre la mesa. Morette y Fenir se hallaban sentados con Emory, hablando en voz baja mientras lo agasajaban con mollejas y caldo de huesos. Me saludaron con su habitual simpatía y tomé asiento junto a Jespyr, cuyos pómulos se redondearon al verme.
—¿Qué? —inquirí entre dientes.
La joven sonrió mientras contemplaba los huevos en su plato.
—Nada.
Elm fue el siguiente en aparecer, con su catastrófico cabello castaño apuntando en todas direcciones como si hubiera dormido en mitad de un vendaval. Se desplomó contra su silla y bostezó mientras echaba un vistazo por la mesa.
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—¿Y Ravyn?
Jespyr arañó el plato con su tenedor. Le lancé una mirada asesina.
Abrojo entró en la estancia con otra hogaza de pan recién hecha.
Detrás de él, vestido con su uniforme de los destreros, llegó Ravyn.
Se me ruborizó el cuello. De repente, me concentré demasiado en mi plato.
—Huele increíble —dijo Ravyn, dándole una palmadita a Abrojo en la espalda. Alargó una mano por detrás de sus padres y de Emory, y robó una rebanada de pan del plato de su padre. Pasó junto a Elm, a quien le revolvió el pelo antes de tomar asiento.
Todos lo observaban con las cejas enarcadas. Cuando levanté la mirada, el capitán tenía la vista clavada en mí, con las comisuras de la boca hacia arriba y mordisqueándose el labio inferior.
—Buenos días.
Estaba arrebatadoramente guapo, demasiado engreído. Me escondí detrás de mi taza de té.
—Buenos días.
A su lado, Elm retorció el rostro al hacer una mueca.
—¿Qué leches te pasa?
Ravyn le dio un bocado a su pan y se recostó contra la silla.
—¿A qué te refieres?
—Estás sonriendo. —Su primo miró alrededor de la mesa—. ¿A nadie le parece que esto es de lo más inquietante?
A Jespyr le temblaron los hombros. Se llevó la servilleta a la boca mientras se le escapaba la risa.
—Le habíamos dicho que tenía que sonreír más, ¿no?
Le asesté una patada a la destrera por debajo de la mesa, lo que la hizo reír aún más alto. Frente a nosotras, Elm entornó los ojos y desplazó la mirada entre Jespyr, Ravyn y yo. Cuando se percató de lo rojo que se me había puesto el cuello y de la sonrisa descarada de su primo, profirió un vulgar puaj y tiró el tenedor sobre su plato.
—Y así de fácil me habéis hecho perder el apetito.
Desde el otro extremo de la mesa, Emory tosió. Cuando se llevó un pañuelo a la boca, este acabó manchado de rojo. El eco de su tos atravesó el salón, arrebatándonos las sonrisas y ensombreciendo de inmediato el ambiente, ya que todos lo recordamos de golpe.
Emory tenía que regresar a Stone ese mismo día.
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Jespyr fue a preparar el carruaje mientras el resto caminábamos por el jardín arrastrando los pies. La lluvia del amanecer había pasado a ser una bruma suave, pero la hierba estaba crecida. Mis botas y el bajo de mi vestido verde no tardaron mucho en oscurecerse a causa del agua.
Emory quería ver los árboles en el jardín antes de regresar a su jaula dorada en el castillo del rey. Caminaba por delante de los demás, con los ojos grises bien abiertos mientras vagaba por entre la niebla. Detrás de él, Elm tenía enrollado su amuleto de crin de caballo alrededor de los nudillos con la mirada clavada en su primo pequeño.
Ravyn y yo los seguíamos un paso por detrás, lo bastante alejados el uno del otro como para no tocarnos, pero lo bastante cerca como para que pudiera sentir ese hilo invisible que nos unía. Cuando se levantó viento, la sal me inundó la nariz. El aire frío me rozaba las mejillas y varios mechones de pelo oscuro se me posaron en la cara.
El dorso de la mano de Ravyn se rozó contra el mío.
—Me alegra que puedas ver su verdadero yo —dijo mientras señalaba con la cabeza a su hermano—. Ya no tiene muchos días así.
«¿Acaso alguien los tiene?».
Di un respingo cuando la voz del Tormento me pilló por sorpresa. No lo había escuchado desde el día anterior. Tonta de mí, había disfrutado de su ausencia, había llegado a fingir que mi mente era solo mía.
El agua de la lluvia caía de los árboles que teníamos encima, y me mojó la cabeza y los hombros. Podía oler el agua en la capa de lana de Ravyn. Me rodeó con un brazo y me arrastró hasta el mismo sauce en el que me había escondido de él aquella vez.
—Cuando me desperté, ya no estabas.
Me incliné hacia el capitán.
—Quería dejarte descansar.
Me besó y me enterró los dedos en el pelo enredado en mi nuca.
—No quiero descansar, Elspeth —murmuró contra mis labios—. Te quiero a ti.
Estaba envuelta en su calor, con su cuerpo protegiéndome de la brisa otoñal de Blunder que se colaba por entre las ramas del sauce. Mis brazos encajaban a la perfección alrededor de su cintura y los dejé allí, feliz de que me abrazara y me besara mientras el viento me despeinaba.
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Una pequeña y marcada tos reverberó cerca de nosotros. Emory nos echó un vistazo a través de las ramas del sauce, con una pícara sonrisa.
—Los he encontrado —le dijo a Elm—. Se estaban besando.
Me ruboricé por completo y enterré el rostro en la capa de Ravyn.
Él sonrió con timidez, me tomó la mano y salimos de vuelta al jardín. Elm y Emory nos esperaban en el camino, con los brazos cruzados contra el pecho. El príncipe puso los ojos en blanco.
—Por los árboles, ya lo pillamos. No tenéis que restregárnoslo en las narices.
—Qué lástima. —Emory soltó un suspiro mientras me recorría con la mirada—. Y yo que pensaba que había venido para besarme a mí. Así es el cuento, ¿no? Una doncella hermosa salva al chico enfermo con un beso…, el chico se salva milagrosamente y libra al reino de la magia negra.
—Casi —dijo Elm mientras dirigía sus ojos verdes hacia mí—. Sin embargo, en este cuento, la doncella tiene las manos manchadas de sangre.
Sabía lo que tenía que hacer. Dejé a Ravyn y a Elm discutiendo detrás de mí. Me apresuré a adelantarme y las ramas de siempre se me engancharon en el pelo.
—Emory —llamé al chico—. Espera.
El joven de ojos grises aguardó bajo un gran tejo mientras pasaba los dedos por sus ramas retorcidas. Cuando se giró hacia mí, las comisuras de los labios se le curvaron hacia arriba en una media sonrisa.
—¿Sí?
Me costó hablar. Estaba mojada, con el cabello pegado a los laterales de la cara. Cuando me lo aparté, la sal me inundó la nariz.
—Tengo que preguntarte algo —le dije mientras echaba un vistazo por detrás de mi hombro.
—¿Algo que no quieres que escuchen ni mi hermano ni mi primo? Dirigí la vista por detrás del chico. Más allá de las ramas del tejo
vislumbré las sombras de las ruinas de piedra. Allí, erigida entre la neblina bajo otro gran tejo, se encontraba la cámara, con su hipnotizante oscuridad siempre fija en su ventana.
—Necesito de tu magia, Emory —le pedí con voz temblorosa—.
Necesito que me toques otra vez.
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La viscosa voz del Tormento me atravesó la mente. «¿Es así como piensas conocer mis secretos, Elspeth Bonetero? ¿Robándolos?».
—¿Otra vez? —inquirió Emory.
«Ya conoces la verdad. —Su gruñido me inundó la mente—. Te he contado la historia».
Me concentré en el rostro del chico.
—No lo recuerdas, pero en el Equinoccio me tocaste el brazo. Me dijiste cosas sobre mí misma que nunca le había contado a nadie. Viste lo que había en mi mente. —Se me anegaron los ojos en lágrimas—. Quiero que vuelvas a mirar ahí, Emory. Por favor. Necesito saber quién… o qué… es en realidad.
—¿Quién? —preguntó Emory, tendiéndome una mano.
—Ya lo verás.
Cuando nuestras manos se unieron, Emory cerró los ojos. Flexionó los dedos alrededor de los míos y, cuando habló, su voz sonó extraña, como si estuviera atrapada en un frasco, cerca y lejos al mismo tiempo.
—Te veo, Elspeth Bonetero —me dijo—. Veo a una mujer con el cabello negro y largo y los ojos oscuros como el carbón. —Le temblaron los labios—. Y veo tus dedos, largos y pálidos, cubiertos de sangre.
—¿Qué más? —le supliqué—. ¿Ves al Rey Pastor? ¿Al hombre con la armadura dorada?
Negó con la cabeza mientras fruncía el ceño en señal de concentración. —Veo a una criatura enroscada alrededor de tu columna…, como si
estuviera engarzada a ti.
Un escalofrío me envolvió la garganta.
—¿Cuánto tiempo me queda antes de que me controle por completo? Emory puso los ojos en blanco.
—No mucho, Elspeth Bonetero. Está a punto.
Intenté apartar la mano, pero Emory me la agarraba con fuerza. Se le entrecortaba la voz.
—Se agazapa, pero no es ni un animal ni un hombre, sino algo entremedias. Se halla en la estancia que construyó para el Ánima del Bosque, encaramado a una roca alta y oscura. —A Emory se le retorció el rostro y sus facciones se contrajeron a causa del miedo—. Está susurrando algo.
—¿Qué dice? —pregunté con el corazón en un puño.
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Al chico le tembló la mano. Cuando habló, su voz sonó extraña…, resbaladiza.
—Había una vez una joven —comenzó a decir—, perspicaz y bondadosa que largo tiempo estuvo en el bosque, escondida entre las sombras. Había también un rey, un pastor por su cayado, que reinaba sobre la magia y escribió el viejo libro en el pasado. Los dos estaban muy unidos, así que en uno se fundieron…
No tuvo que terminar la frase. Me la sabía de memoria.
—La joven, el rey… —jadeé.
La voz del Tormento me abrasó la mente. «Y el monstruo en el que se convirtieron».
Emory abrió los ojos de golpe. Se le había quedado el rostro lívido. —Tus ojos —dijo con voz ahogada mientras las lágrimas le resbalaban
por las mejillas—. Los tienes amarillos.
Aparté la mirada y parpadeé con furia.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó el chico, con la voz aún entrecortada
—. Parecía salido de un sueño horrible.
—Ay, Emory —le dije, sintiéndome de repente muy culpable. Era tan
joven, cargaba con el gran peso de su degeneración. Sumarle a eso la carga de mis preocupaciones había sido muy egoísta…, había estado mal.
—Lo siento mucho. No debería haberte hecho esto.
Más allá del tejo, escuché los susurros de los demás.
—Emory —lo llamó Ravyn—. Es la hora.
Me giré hacia el chico con una mirada suplicante.
—No dirás nada, ¿verdad?
Intentó sonreír.
—No te preocupes —me dijo mientras se secaba las lágrimas de los ojos—. Por la mañana lo habré olvidado. Esa es una de las cosas buenas de mi degeneración. No recuerdo las pesadillas. —Me soltó la mano con sus ojos grises desolados—. Adiós, Elspeth Bonetero. Cautela. Astucia. Bondad.
Cuando nuestros dedos se separaron, sentí la mano fría. Quería volver a agarrarlo, a decirle que la historia era cierta, que, de algún modo, podía sanarlo. No con un beso, sino con las cartas, cuando las doce estuvieran juntas. Un medio para salvarlo…, para salvarme a mí misma.
Pero me había hartado de fingir. Así que no dije nada y me limité a encorvar la columna cuando el Tormento me clavó las uñas.
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CAPÍTULO 29
os niños me seguían con los ojos muy abiertos por el miedo. Echamos a correr. Nos perseguían a través de la maleza y nuestra Lropase nos enganchaba en las ramas bajas de los tejos sin podar. El cielo estaba negro, con la media luna oculta tras el humo. Cuando llegamos a la
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cámara de piedra en el límite del bosque, ayudé a los niños a auparse a la ventana y a cruzarla, uno a uno.
Alguien me esperaba ya allí, iluminado por la luz roja de su Guadaña. El dolor me atravesó cada uno de los huesos y, cuando tosí, la sangre salpicó mis dedos largos y pálidos.
Caí…, y la tierra me envolvió. El intenso olor a sal hizo que me picasen los ojos y la nariz hasta que el mundo a mi alrededor desapareció del todo y se convirtió en una oscuridad fría y aislada.
Grité, y los dedos de las manos y de los pies se me volvieron azules a causa del frío.
Me desperté del sueño, temblando en el suelo de la cámara en ruinas. La luz de la mañana se colaba por entre las ramas del tejo y el techo podrido. Contuve un grito, con la sensación de estar atrapada en la oscuridad aún en mi mente.
Había vuelto a caminar dormida.
«¿Qué es esto? —exigí saber, con el rostro húmedo por las lágrimas—.
¿Por qué me estás haciendo esto?».
La voz del Tormento retumbó en mi cabeza, como un espectro en el viento…, sin palabras, omnisciente.
Cuando me puse en pie, reprimí un grito al verme las manos y los brazos manchados de un rastro de tierra oscura que se me extendía desde el lecho de las uñas hasta los codos. Mi camisón estaba hecho jirones, con el tejido sucio y roto. Alrededor de mis pies había tierra suelta, removida alrededor de la base de la piedra mágica que Ravyn me había mostrado.
—¿Qué ha pasado? —pregunté en voz alta—. ¿Para qué me has traído aquí?
«Tenía que ver algo», me respondió, nada afectado por el horror que sentía.
Me estremecí y los dientes me castañearon cuando intenté limpiarme algo de tierra de las manos. Por encima de mí, los árboles crujieron cuando tres cuervos negros alzaron el vuelo. Un viento helador atravesó la cámara. La tierra se desplazó debajo de mis pies y acabé dirigiendo la mirada hacia la que había removida en la base de la piedra mágica.
—¿Qué hay ahí? —pregunté, y me agaché para verlo mejor.
Estaba oculto por la tierra. Tomé la esquina de mi camisón y lo limpié. Incluso entonces, no logré descifrarlo debido a las letras desgastadas por el tiempo y el deterioro.
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—¿Por qué iban a escribir una inscripción en la base de una roca?
El aliento de la criatura provocó que sintiera escalofríos por la columna.
«¿Es eso todo lo que ves?».
Di un paso atrás, examinando la tierra que había removido. Al otro lado de la roca sobresalía del suelo una figura larga y rectangular hecha de tierra revuelta y hierba. Parpadeé y luego volví a mirar.
«No se trata de una simple roca mágica que oculta las cartas de la Providencia». Llegué a esa conclusión mientras el terror se transformaba en un todo que me inundaba el pecho. La cámara se hallaba al final del cementerio. Y esa roca… Esa roca marcaba algo.
Era una lápida.
Me miré las manos. «¿De quién es esta tumba?», jadeé. El aliento me salía a bocanadas desesperadas e irregulares.
«¿Acaso no lo sabes?», susurró él.
Su risa me rodeó. De pronto, la estancia se oscureció y la quemazón que producía la sal fue tan fuerte que tosí entre las manos, asfixiándome con el aire. Lo último que vi antes de perder el equilibrio y caer hacia la oscuridad fueron mis dedos sucios de tierra, largos y rígidos, cubiertos de sangre.
Aparté la manta a un lado y jadeé en busca de aire. La cámara había desaparecido y la luz de la mañana estaba tamizada por los gruesos muros y el tejado del castillo Tejo. Estaba otra vez en mi dormitorio, en la cama…, despierta y liberada de un sueño terrible.
Me acerqué a la chimenea. El fuego de la noche anterior había quedado reducido a brasas. Alargué la mano hacia el atizador solo para acabar retrocediendo. Unos escalofríos me recorrieron la columna.
—No, no, no —comencé a lamentarme mientras me miraba los brazos embarrados, las uñas rotas. Bajé la vista hacia el camisón, cuya tela blanca estaba sucia y raída—. ¡Fue un sueño! —exclamé—. ¿Cómo…? No es… ¡Seguro que era un sueño!
El Tormento no me respondió.
—¡Basta! —le grité, con los ojos llorosos—. El Rey Pastor está muerto. Seas lo que seas…, su alma atrapada en la carta del Tormento,
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atrapada dentro de mí…, te suplico que me dejes en paz, por favor.
«No puedo hacer eso, querida mía».
—Esta también es mi vida, Tormento. Es mi mente en la que te has colado. Mi alma.
«Un alma a la que yo protejo —me respondió con la voz afilada—. Cuando eras una niña y los galenos se presentaron en la puerta de tu tío, ¿quién te llevó hasta un lugar seguro? Cuando el príncipe heredero te dio caza a través del bosque como si fueses un ciervo, ¿quién te protegió? Cuando el destrero fue a por tu garganta, ¿quién lo hizo caer al suelo? Desde el momento en que la infección llegó a tu sangre, el rey Serbal te tiene cogida por el cuello, Elspeth Bonetero. El único motivo por el que no te ha colgado aún es porque yo estoy aquí, sujetándote por las piernas».
Unas lágrimas de furia me anegaron los ojos. «Si hubiera muerto, tú también lo habrías hecho, Tormento. No finjas ni por un solo momento que has hecho todo esto porque te importo. El Rey Pastor está muerto — repetí—. Y tú… tú eres un monstruo».
«Sí que lo soy», respondió.
Me cubrí los oídos con las manos y siseé entre dientes.
—No pienso hacer esto… Hoy no —sentencié cuando mi miedo se vio eclipsado por mi rabia. «Hay mucho en juego».
«Una carta del Pozo», comentó, con un toque de burla en su voz.
«Es más que una carta del Pozo. —Tomé mi palangana y me froté la porquería de las uñas—. Es la undécima carta. La necesitamos. La necesito para poder deshacerme de ti».
El Tormento se sentó callado en la oscuridad mientras yo me limpiaba. Solo cuando hube terminado, después de que la doncella viniera a atarme el vestido negro, volvió a hablar. Su voz sonó lejana.
«Te queda muy poco tiempo, Elspeth».
«¿Qué diantres significa eso?».
No obstante, ya no estaba… Se había retirado a las profundidades de mi mente.
Elm y su luz roja me esperaban al pie de las escaleras. Cuando me vio, entornó sus ojos verdes.
—¿Qué sucede?
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—Nada —le dije mientras me tocaba el pelo—. ¿Por qué?
—Parecéis… inquieta.
—No he dormido bien.
—¿Estar lejos del capitán hace que os cueste descansar?
Cuando lo ignoré, el príncipe sonrió. Su rostro era muy apuesto cuando no se hallaba cubierto por su habitual hosquedad.
—¿Lista para festejar con vuestras hermanas? —inquirió.
—Medio hermanas.
Había pasado una semana entera desde que Ravyn, Jespyr y Elm habían abandonado el castillo Tejo con Emory. El rey, furioso al enterarse de la ineptitud de los destreros el día de mercado, había mantenido a su guardia aislada en Stone para «acabar con sus diferencias», tal y como indicaba Jespyr en su carta.
Lo que simplemente quería decir que el rey quebrantaría el espíritu de sus guardias con patrullas desde el amanecer hasta el atardecer y con unas sesiones de entrenamiento agotadoras.
Había intentado mantener la sonrisa en el rostro delante de Morette y Fenir, quienes no habían estado muy animados desde la marcha de Emory. No obstante, no tardé en aprender que a ellos les importaba muy poco si yo sonreía o no.
Al cuarto día, Morette recibió una nota manuscrita de mi padre, invitándonos a los Tejo y a mí a la casa Bonetero para una celebración que, como muchos otros eventos allí, había logrado eludir durante los últimos años.
El cumpleaños de Nya y Dimia.
Sin embargo, esta vez era distinto. Esta vez, acudiría al evento acompañada del capitán de los destreros, Jespyr Tejo y un príncipe. Esta vez, recorrería los pasillos de la casa Bonetero con un propósito y determinación. Esta vez, no me acobardaría ante la mirada de mi madrastra.
Esta vez, le robaría a mi padre la carta del Pozo.
Morette y Fenir se reunieron con nosotros en la puerta principal.
Cuando me abrazaron, sentí sus manos cálidas.
—No tardaremos en acudir —dijo Fenir. Le dio una palmadita en la espalda a Elm—. ¿Y Ravyn y Jespyr?
—Están acabando un asunto con los destreros. Se reunirán con nosotros en la puerta.
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Me despedí y seguí a Elm. Salimos por las puertas de entrada al castillo Tejo y recorrimos el jardín de estatuas. Sobre nosotros, el cielo otoñal se oscureció. Se avecinaba una tormenta. Podía sentirla en mi muñeca rota, cuando la venda de lino comenzó a apretarme bajo la manga negra.
Los cuervos graznaban desde los tejos. Parecían hacernos una advertencia que no lograba comprender aún.
—¿Cómo está Emory? —pregunté cuando llegamos a la puerta. —Débil —me respondió—. El rey no estaba nada contento con su
excursión hasta su casa. —Esbozó una media sonrisa—. Ni tampoco le gustó escuchar que un niño contagiado se había escapado y que un destrero había sido atacado. Tilo exhibirá unas cicatrices espectaculares cuando vuelva a ponerse en pie.
Me encogí y el estómago me dio un vuelco.
Elm bajó la voz mientras salíamos hacia la calle.
—Pero mi padre está distraído. Está obsesionado con encontrar la carta de los Alisos Gemelos antes del solsticio. Solo que no tiene ni idea de dónde buscarla.
—Ten cautela con la verde. Ten cautela con los árboles —dije. Mi voz no era del todo mía, y sonaba fina como un hilo—. Ten cautela con la canción del bosque que siempre te acompaña. Del camino te saldrás, una bendición y un castigo supondrá. Ten cautela con la canción del bosque que siempre te acompaña.
Elm me miró.
—¿Has estado leyendo El viejo libro de los Alisos últimamente?
No lo había leído. Y lo que había dicho había surgido de mí de forma involuntaria.
En la oscuridad, el chasquido de las garras del Tormento marcaba un ritmo lento y siniestro. Apreté la mandíbula por si decía algo más y mis pensamientos regresaron a la cámara oscura y a la tumba que se encontraba allí.
Elm interpretó mi silencio como recelo y dijo:
—Solo quedan dos cartas más, Bonetero. Pronto tendrás el gusto de recorrer estas calles completamente libre. —Hizo una mueca—. Y yo pronto tendré el placer de librar a Blunder del galeno Orithe Sauce.
No fuimos los primeros invitados en llegar a la casa Bonetero. Las antorchas ya estaban encendidas y una pequeña multitud se reunía a las
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puertas, con las voces atravesando la calle como el humo.
Los guardias se alinearon frente a la puerta, cada uno vestido con una capa roja. Al lado de uno de ellos se encontraba Jespyr y, al otro lado de la destrera, apoyado contra la pared de piedra como si ese lugar le perteneciera, estaba Ravyn Tejo.
El corazón me latió desbocado contra el pecho, como si unas alas oscuras y poderosas batieran en mi interior. El capitán estaba recién afeitado y tenía el cabello oscuro peinado hacia atrás. Sin embargo, parecía cansado…, más de lo que nunca lo había visto. Sus ojeras eran tan oscuras que bien podrían haber sido moratones. Tenía los nudillos enrojecidos y se le veía un corte en el labio inferior.
Cuando me miró a los ojos, se apartó de la pared y se entremezcló con la multitud a paso seguro. Curvó los labios hacia arriba cuando llegó a mi lado, colocó una mano sobre mi cintura y la otra en mi mejilla. Cuando se inclinó hacia mí, un par de mechones de su cabello oscuro le cayeron sobre el ceño.
—Elspeth —me dijo, y me besó en la boca.
Le aparté el pelo de la cara y lo miré de arriba abajo.
—El negro os sienta bien, capitán —le comenté—. Lo único que os falta es la máscara.
Ravyn sonrió de un modo casi infantil.
—Lo mismo os digo, señorita Bonetero.
Le acaricié la herida medio curada de su labio inferior con el dedo. —¿Qué ha pasado?
—Fue durante el entrenamiento —me dijo, encogiéndose de hombros
—. No he tenido ni un respiro desde el día de mercado. Jespyr se unió a nosotros y nos dedicó una mirada cálida.
—¿Todos listos?
—Por los árboles, sí —dijo Elm mientras profería un quejido—. Lo que sea con tal de acabar con sus susurros.
Cuando los guardias abrieron las puertas, accedimos al patio: el bonetero estaba plantado en su centro rodeado de luces doradas, además de lazos rojos que colgaban de sus ramas. Ravyn me envolvió los hombros con un brazo y los cuatro aguardamos junto a los demás mientras el resto de los invitados de mi padre iban entrando al patio.
Cuando sonó la campana por sexta vez, todas las miradas pasaron a estar puestas en las grandes puertas de entrada de la casa Bonetero, que
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ahora se estaban abriendo.
Todo el mundo estalló en aplausos. Balian, el mayordomo, presentó a mi padre, a mi madrastra y a mis medio hermanas. Observé cómo aparecían en el descansillo y les abrían la casa a sus invitados.
Nerium tenía la mano agarrada con fuerza a la de mi padre, que no sonreía, sino que exhibía su habitual austeridad. De su bolsillo no emanaba ninguna luz azul. No sabía dónde guardaba su carta del Pozo, pero no la llevaba encima.
Nya y Dimia hicieron una reverencia, disfrutando de los aplausos. Llevaban puestos unos vestidos rojos y cada una se había colocado a un lado de sus padres mientras esbozaban unas sonrisas idénticas.
Me incliné hacia Ravyn, pero no aplaudí. Para mí eran como extrañas… Unas desconocidas jóvenes y arrebatadoras. Durante años había recorrido los mismos pasillos que Nya y Dimia, había comido lo mismo que ellas, había disfrutado de las celebraciones de mis cumpleaños, había contemplado el mismo bonetero allí plantado. No obstante, la infección lo había cambiado todo. Mis medio hermanas y yo no éramos iguales. A ellas la vida las había protegido, como esas perlas que se conservaban en un estuche de terciopelo. Y yo…, no estaba hecha de nácar como las perlas.
Estaba hecha de sal.
—Las gemelas me dan mal rollo —masculló Elm en voz baja. Irguió la columna—. Ya están aquí.
La campana sonó dos veces consecutivas. La multitud en el patio abrió paso al rey después de que cruzara la puerta de entrada de la casa de mi padre. El rey Serbal tenía un porte imponente, vestido con seda dorada y con una capa con cuello de piel de zorro blanco. Detrás de él apareció Hauth y, a su lado, Ione, quien a pesar de no llevarla encima, sin duda seguía bajo el influjo de la carta de la Doncella. Mi tío apareció tras ella. Vestía un atuendo mucho más elegante del que había llevado en el Equinoccio.
Mi tía y mis primos pequeños no los acompañaban.
Entorné la mirada mientras observaba a Ione. Mi prima agarraba con fuerza la mano del príncipe heredero. Detrás de mi mirada, el Tormento se removió. «Muchacha rubia, belleza sin igual. Muchacha rubia, admirada y venerada. Muchacha rubia, corazón de piedra. Muchacha rubia, soberana cruel».
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Mi padre invitó al rey Serbal y a su corte a entrar en la casa Bonetero, lo que marcó el inicio de la celebración. El resto de los invitados los siguieron, elevando el volumen de sus voces a causa de la emoción. En alguna parte del interior de la casa, un violín y una flauta tocaban una vertiginosa melodía. Elm, Jespyr, Ravyn y yo permanecimos junto al bonetero.
El príncipe dejó escapar un largo suspiro y se agarró a las ramas.
—Que comience la fiesta.
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CAPÍTULO 30
odos se encontraban en el gran salón. Nadie me vio escabullirme escaleras arriba con el capitán de los destreros. O, si lo hicieron, Tsolovieron a una doncella que buscaba ocultarse entre las sombras con un hombre alto y atractivo. No sería la primera ni la última vez que algo así
sucedía.
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Un momento más tarde, Jespyr y Elm se nos unieron, tras subir las escaleras por turnos.
—Tenemos que separarnos —dijo Jespyr, con la mirada clavada en la larga y sinuosa escalera—. Cada uno debería encargarse de una planta.
Ravyn negó con la cabeza.
—Es mejor ir en parejas. Será menos sospechoso si alguien nos pilla merodeando por ahí.
—¿Eso crees? —Elm tamborileó con los dedos contra la barandilla.
Fijó sus ojos verdes en mí—. Muy bien. Bonetero, os venís conmigo.
Parpadeé.
—No lo diréis en serio.
—Claro que sí.
El capitán habló en voz baja.
—Debería venir conmigo.
—Por los árboles, Ravyn, sobrevivirás a estar un momento sin ella. — Ante la mirada que le dedicó su primo, Elm se limitó a cruzarse de brazos
—. A no ser, claro, que tu prioridad no sea encontrar la carta del Pozo. Ravyn no dijo nada más, tan solo me apretó los dedos de la mano con
los suyos.
—No me mires así. Llevas la carta del Espejo encima, y Jes es la mejor forzando cerraduras. De los dos, eres tú el que se lleva la mejor parte.
—No creo que mis habilidades para forzar cerraduras le atraigan mucho —murmuró Jespyr con la mano en la boca—. O puede que eso sea exactamente lo que…
—Callaos todos ya. Estamos perdiendo el tiempo. —Le solté la mano a Ravyn—. Elm y yo buscaremos en la biblioteca y luego nos dirigiremos a las habitaciones de invitados de la tercera planta. Vosotros dos comenzad con el dormitorio de mi padre. Se halla en el cuarto descansillo. Y luego dirigios a la quinta planta. —Volví la mirada hacia Ravyn—. Si no la encontramos, nos reuniremos en el gran salón y registraremos la planta baja.
Elm me dedicó un saludo militar.
—Sí, capitana.
—¿Y si alguien pregunta qué estáis haciendo el príncipe y tú? — inquirió Ravyn.
Elm le plantó en la cara a su primo la carta de la Guadaña.
—Los mandaré a que sigan su camino.
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—¿Y quién se encargará de la sexta planta? —preguntó Jespyr, que levantó otra vez la vista hacia las altas escaleras de caracol.
Negué con la cabeza.
—Mi padre ya nunca sube allí arriba.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque ahí es donde está mi dormitorio.
No encontramos la carta del Pozo en la biblioteca. Habría visto la luz de inmediato. Pero Elm insistió en rebuscar en cada uno de los libros y abrir cada cajón del escritorio de mi padre. Lo seguí, intentando ordenar el caos que dejaba tras de sí y asegurándome de que todo volvía a quedar en su sitio.
Pasamos a la siguiente estancia, y luego a la siguiente. Cuando ya no quedaban más habitaciones en la tercera planta, nos ocultamos entre las sombras, a la espera de que la escalera estuviese despejada por encima y por debajo de nosotros.
Elm ya comenzaba a perder la poca paciencia que tenía. Se pasó una mano por el cabello revuelto.
—¿Estáis segura de que no la habréis pasado por alto?
Le lancé una mirada mordaz.
—Si aquí hubiera una carta del Pozo, la habría visto.
—Tal vez no esté aquí porque vuestro padre la haya usado. —Bajó la voz—. Y nos haya visto gracias a ella.
Me mordí el labio inferior y los nervios se me acumularon en el estómago. «Ver a sus enemigos —dijo el Tormento—. Traicionado por un amigo. O, en este caso, por su hija, su sucesor, una destrera y un príncipe».
—¿Puedo ayudaros en algo, señorita Bonetero?
Elm y yo dimos un respingo, lo que hizo que el mayordomo de mi padre también lo diera. Balian tosió con delicadeza.
—Mis disculpas —dijo—. Vuestro padre desea mostrarle al rey uno de sus libros… Me ha pedido que venga a buscarlo.
No creía que hubiera nadie aquí arriba. —Miró detrás de mí y abrió los ojos como platos al reconocer a Elm.
No solía disfrutar de hacer sentir incómodas a otras personas, pero, en ese momento, sí que disfruté de la conmoción de Balian mientras me veía
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a mí, la mayor de las Bonetero, a quien le había mostrado tanta indiferencia y desconfianza, con la barbilla alta, enfundada en un elegante vestido negro y acompañada por el hijo del rey.
—¿Os uniréis a los demás en el piso de abajo, alteza? —le preguntó Balian al tiempo que le dedicaba una reverencia pronunciada.
—Enseguida —respondió Elm, que se estaba mordisqueando una uña, lo que no le daba precisamente un aspecto muy principesco.
—Podéis retiraros, Balian —declaré con una sonrisa forzada—. Estoy segura de que tenéis muchos asuntos que atender.
Cuando hablé, el mayordomo entornó la mirada durante un segundo y dejó atrás toda pretensión de civilidad. Parecía no importarle que estuviera con un príncipe. De igual modo, no aceptaba órdenes de la hija mayor…, de la hija contagiada.
—Muy bien —dijo, y pasó por mi lado.
Elm se llevó la mano a su bolsillo, del que emanaba una luz roja. —¿Qué sucede? ¿No le dedicáis ninguna reverencia a ella?
Balian vaciló. Me miró con las líneas del rostro tensas. De repente, se le emborronó la mirada y me dedicó una reverencia muy pronunciada y baja. Un momento después, se irguió de golpe, con los ojos más claros y abiertos. Le lanzó una mirada de terror al príncipe y luego se apresuró a recorrer el pasillo antes de desaparecer por las escaleras.
A mi lado, Elm soltó una carcajada y le dio tres toques a su Guadaña mientras la hacía girar entre sus largos dedos.
—No teníais por qué hacer eso —le dije a medida que subíamos por la escalera—. Solo es un hombrecillo pretencioso.
Los pasos del príncipe resonaron detrás de los míos.
—¿De qué sirve tener una Guadaña si no puedes divertirte con ella de vez en cuando?
Tuve que levantarme el bajo del vestido, ya que las escaleras de la casa Bonetero eran traicioneramente empinadas.
—No siempre parece ser divertido. En ocasiones da la sensación de que fuerais a desplomaros, como sucedió después del alboroto en el día de mercado.
La voz de Elm sonó fría.
—Todo tiene un precio.
—La carta de la Guadaña es la que tiene el precio más alto —comenté —. He oído que, si se usa durante un tiempo prolongado, el dolor se
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vuelve insoportable.
Fingió proferir un grito ahogado.
—Nadie me había informado de ello. ¡Dejaré de usarla de inmediato!
Fruncí el ceño.
—Es un riesgo.
—Igual que cometer traición —replicó—. Y, aun así, aquí estamos. Llegamos al descansillo de la cuarta planta y doblamos hacia la
derecha para seguir un pasillo largo y frío. Después llegamos a la escalera de caracol y al pasillo del servicio que conducía a los dormitorios de la cuarta planta.
La mirada del Tormento iluminó para mí las escaleras sumidas en la penumbra y, aunque no decía nada, podía escucharlo respirar en mis oídos.
—¿Y qué os llevó a vos a hacerlo? —le pregunté a Elm sin aire mientras subía por las escaleras—. Sois un destrero…, un príncipe, el segundo en la línea de sucesión. ¿Por qué ibais a arriesgarlo todo?
—Emory se está muriendo. Hago lo que tengo que hacer para salvarlo.
Eso es lo que hace la familia.
—¿Y los Serbal no son también vuestra familia?
—¿Y ellos no son la tuya? —inquirió, señalando hacia las paredes de la casa Bonetero.
Ralenticé el paso.
—Mi padre podría haberme delatado cuando me contagié, pero no lo hizo. —Arrugué la nariz—. Rompió las reglas por mí. Y lo que ve cuando me mira… es una regla quebrantada.
—¿Y si no lo hubiera hecho? —replicó Elm—. Supongamos que él, o alguien más, arriesgara su título, su vida, por la vuestra sin pedir nada a cambio. Alguien que conociera todos vuestros secretos, vuestra enfermedad, y no os temiera. ¿No lo elegiríais por encima de todos los demás?
Intenté no pensar en Ione. Pensé en mi tía, con sus fuertes y cálidos abrazos, su sabiduría. Recordé cómo se quedaba hasta tarde conmigo durante esas primeras semanas, cuando la fiebre me sobrepasaba. Pensé en su carta y en cómo, si regresara a casa, me abrazaría de nuevo.
Pensé en los Tejo, fieles y leales. En Fenir, Morette, Jespyr, e incluso en Jon Abrojo, que me miraban sin sentir miedo y no me ofrecían más que amabilidad.
Y en Ravyn.
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Al igual que con los cuervos, a los que me recordaba, en su mirada gris había una gran inteligencia. Cuando me miraba, sentía que me veía, que me conocía. Existía un hilo que nos unía, creado por el destino y la magia, que se extendía más allá del tiempo y del espacio. Ravyn y yo habíamos recorrido ese camino durante toda nuestra vida sin ser conscientes de que nos llevaría directamente hasta el otro. Me vi a mí misma a través de su mirada cautelosa y en la oscuridad que rebosaba en mis venas. Y, a pesar de que no me había percatado de ello hasta ese mismo momento, entre nosotros existía una magia que no tenía que ver con la sangre, con las cartas de la Providencia ni con nada parecido.
—Creo que lo comprendo —dije mientras llegábamos a lo alto de la escalera de caracol—. Y sí, creo que haría cualquier cosa por alguien así. Lo digo de corazón.
—¿Y no haríais también cualquier cosa para protegerlos? —prosiguió el príncipe, y sus palabras cayeron sobre mí como una sombra.
Me di la vuelta, ya que algo en su voz llamó mi atención. Cuando nuestras miradas se encontraron, el Tormento se revolvió, contemplando a Elm a través de mis ojos.
—Estáis preocupado por Ravyn —le dije, sabiendo que esa era la verdad—. Creéis que, solo porque guardo secretos, lo traicionaré… Que os traicionaré a todos.
No lo negó. Si no hubiera estado segura de que llevaba encima la Guadaña, habría pensado que entre nosotros se hallaba una carta del Tormento… Una certeza, una forma de leerme la mente. Al igual que le sucedía a Ravyn, la mirada del joven príncipe transmitía una gran inteligencia y, a pesar de que brillaban con el color verde de los Serbal, sus ojos eran igual de observadores, de avizores.
Salvo que los de Elm también rebosaban desconfianza.
—Jamás os traicionaré. —Cuando la risa del Tormento me inundó la mente como el humo, me encogí—. Al menos, no de forma consciente.
Elm enarcó las cejas.
—¿Qué significa eso?
Me di la vuelta y una lágrima fría me cayó desde la barbilla hasta el escalón superior que quedaba bajo mis pies.
—El tiempo lo dirá —contesté, y me adentré en el primer dormitorio de los criados—. De un modo u otro, la verdad saldrá a la luz.
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Una hora más tarde, nos reunimos con Ravyn y Jespyr al pie de la escalera, cerca del gran salón. El corazón me dio un vuelco… Ninguno de los dos emitía ninguna luz azul.
Jespyr se roía el dobladillo de su manga. Cuando nos vio, su voz sonó tensa.
—Por favor, decidme que la habéis encontrado.
Negué con la cabeza. La destrera maldijo en voz baja.
Elm se pasó una mano por la cara.
—¿Qué hora es?
Ravyn se giró hacia el gran salón, con los músculos de la mandíbula tensos.
—Acaba de sonar la novena campanada.
—Las festividades no terminarán hasta bien entrada la noche de mañana… Aún tenemos otro día para buscar.
Podía sentir cómo el pánico se apoderaba de mí. Me dolía la mandíbula de tanto apretarla, tenía los hombros rígidos y los puños apretados.
—Vosotros tres deberíais volver al salón… Dejad que el rey y su corte os vean. —Ravyn abrió la boca para llevarme la contraria, pero lo interrumpí y pasé por su lado—. Iré a buscaros en cuanto haya encontrado el Pozo.
Jespyr y Elm intercambiaron una mirada.
—¿Estás segura? —inquirió la destrera.
—Sí. —Solté una carcajada en voz baja—. Creedme, nadie va a percatarse de mi ausencia.
Algo cambió en la periferia de mi visión, acompañado de una voz suave de pajarillo.
—Venga ya, Bess —me dijo—. Qué poca confianza tienes en mí. Cuando me di la vuelta, Ione estaba allí, embutida en un vestido de un
color violeta intenso que nunca antes le había visto. El cuello bordado era de escote bajo, lo que dejaba al descubierto su piel de porcelana y la parte superior de sus pechos. Llevaba el cabello recogido en una trenza suelta, sin adornos salvo por un lazo dorado entremezclado en ella.
Parecía un rayo de luna, una dama de la noche, con una hermosura sin parangón. La contemplé boquiabierta, cautivada por cada curva y cada
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línea de su cuerpo. La única excepción eran sus ojos castaños, que incluso antes de la carta de la Doncella ya brillaban con una luz especial, como si se iluminaran desde dentro.
Solo que ahora estaban nublados. Desenfocados. Perdidos.
—Ven a sentarte conmigo —me dijo, y señaló con la cabeza hacia el gran salón. Les hizo un gesto con la mano a Ravyn, Jespyr y Elm—. Vosotros también.
Cuando se dio la vuelta, le lancé a Ravyn una mirada de desesperación.
«El Pozo», mascullé solo moviendo los labios.
El capitán observó cómo Ione entraba en el gran salón. Cuando mi prima miró hacia atrás, él me rodeó con el brazo y la seguimos juntos.
—Diez minutos —me dijo, pegado a mi cabello mientras les indicaba con la cabeza a Jespyr y a Elm que nos siguieran—. Y luego podrás continuar con tu búsqueda.
Ione nos condujo hasta el pasillo que formaban las mesas. Había mucho bullicio en el gran salón, con la risa y la música intentando imponerse mientras el sonido rebotaba contra el imponente techo. El rey estaba sentado junto a mi padre en la mesa principal, ambos con las cabezas gachas mientras hablaban. Al final de la mesa se encontraba Nerium, con los labios apretados y examinando a sus invitados. A su lado se hallaban las gemelas con las mejillas sonrosadas a causa del vino.
Mi prima nos hizo pasar por delante de ellas hasta llegar a una mesa vacía junto a la pared este. Allí, sobre una bandeja de plata, había seis copas de vino.
—Por favor, tomad asiento —dijo, y señaló hacia la mesa—. ¿Brindamos?
Nos sentamos alrededor de la mesa, despacio y de forma rígida, como si se nos hubiesen oxidado las articulaciones. Yo me senté entre Ravyn e Ione, con Jespyr y Elm frente a nosotros. Cada uno tomamos una copa de la bandeja y la sostuvimos en alto.
—Por Nya y Dimia —declaró Ione, y dio un trago largo—. Muchas felicidades.
—Muchas felicidades —repetimos el resto con un hilo de voz. Bebí de mi copa y me encogí. El vino era mucho más amargo de lo que había esperado.
Nadie dijo nada. Le lancé a Jespyr una mirada y ella se encogió de hombros, con los ojos muy abiertos. Me giré hacia Elm, confiando en que
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él diría algo, cualquier cosa que rompiera ese silencio insoportable.
Sin embargo, el príncipe también estaba callado, inclinado hacia delante en su asiento, con la mirada fija por completo en Ione. Un momento después, alargó la mano por encima de la mesa y la agarró de la cara, hundiéndole los dedos en las mejillas.
—Elm, ¿qué…?
—Callaos. —Le escudriñó el rostro a mi prima—. Señorita Espino — le dijo, con una voz extrañamente suave—. Ione.
Ella no le respondió ni le apartó la mano. Tampoco parpadeó, sino que permaneció con la mirada igual de desenfocada que antes.
Algo iba mal. Me agarré a la mesa.
—¿Qué sucede?
—Miradle los ojos —murmuró Elm—. Alguien está usando una Guadaña con ella. —Se llevó la mano al bolsillo sin apartar la vista de mi prima. Le dio tres toques a su Guadaña y con un tono amable dijo—: Confesad qué habéis hecho, Espino.
Ione parpadeó. Cuando habló, su voz sonó ahogada.
—Solo lo que él me ha ordenado —respondió.
Me quedé helada. Fue entonces cuando me di cuenta de que éramos cinco sentados alrededor de la mesa. Solo cinco.
Pero había seis copas.
Me giré hacia Ravyn. El capitán de los destreros se había quedado inmóvil y me agarraba de la mano con una fuerza descomunal.
Entonces, con la boca retorcida en una sonrisa cruel, envuelto por la luz roja de la Guadaña y por la turquesa del Cáliz, Hauth Serbal tomó asiento en la cabecera de la mesa. Nos miró a todos y rompió a reír.
—Venga —dijo—. Es la tradición en un cumpleaños. Seguro que no os importa que nos divirtamos un poco.
Sacó la Guadaña de su bolsillo y le dio tres toques.
—Gracias, querida mía.
La luz regresó a la mirada de Ione. Desplazó la vista desde Elm hasta Hauth y luego a la copa vacía. Ni siquiera el influjo de la Doncella pudo ocultar la palidez de sus mejillas.
Elm retiró los dedos de su rostro, con la mirada enfurecida mientras se giraba hacia su hermano.
—No te habrás atrevido —le espetó, y lanzó su copa vacía al suelo al mismo tiempo que la ira emanaba de su voz grave.
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—Sí que me he atrevido. —Hauth sonrió y se bebió de un trago la sexta copa—. Y ahora yo también me he sumado. ¿Te parece justo, hermano?
El Tormento lo comprendió todo antes que yo. Su rabia ardió dentro de mi ser, inundando de humo mis pensamientos.
Me dirigí a la criatura. «¿Qué está pasando?».
Saboreaba el vino en la lengua, amargo, nada que ver con cualquier otra bebida que hubiese probado en mi vida. La luz turquesa en el bolsillo del príncipe heredero. El Cáliz.
Contemplé mi copa boquiabierta y vi mi rostro reflejado de forma grotesca en los posos del vino.
«No. —Me temblaron los dedos—. No habrá sido capaz de hacerlo». No obstante, el rostro del príncipe heredero indicaba todo lo contrario,
con esa sonrisa engreída y triunfal en los labios mientras depositaba la carta del Cáliz encima de la mesa para que todos la viéramos.
—Solo faltan unos segundos para que surta efecto —dijo, y dirigió la mirada hacia Ravyn—. ¿Quién quiere empezar a decir la verdad?
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CAPÍTULO 31
e trataba de un juego al que ellos ya habían jugado antes. Solo que entonces todos habían sido más jóvenes y habían tenido muchas Smenos cosas que ocultar. Miré fijamente a Hauth y él me devolvió la
mirada mientras hacía girar la carta del Cáliz entre sus dedos toscos.
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«Si tienes algún secreto —comentó el Tormento—, el Cáliz lo revelará. El príncipe heredero busca saber la verdad. Y ahora la conseguirá por la fuerza».
—Muy bien —dijo Hauth mientras abría las manos, como si estuviera mostrándonos que no tenía nada que ocultar—. Empezaré yo. Podéis hacerme solo una pregunta cada uno, así que pensadla bien. Intentad no mentir demasiado… —Curvó los labios hacia arriba—. Bueno, esperemos que eso no pase. Jespyr, empieza.
La destrera parecía a punto de vomitar, con los labios tan apretados que casi parecían inexistentes.
—No me has preguntado nada —declaró la joven en voz baja; temblaba a causa de la rabia—. No es ningún juego si no hemos dado nuestro consentimiento para que se use el Cáliz con nosotros, Hauth.
El príncipe heredero se reclinó en la silla.
—Solo se negaría a jugar alguien que tuviera algo que esconder. — Desplazó la mirada por la mesa y fue fijándose en nuestros rostros—. Y no tenéis nada que ocultar, ¿verdad?
Jespyr entornó la mirada. Dejó su copa con fuerza sobre la bandeja. —Muy bien. Empezaré con una pregunta fácil, primo —dijo, y escupió
esa última palabra como si fuera veneno—. ¿Estás celoso de Ravyn? La risa de Hauth no se vio reflejada en su mirada.
—N… N… —Sin embargo, el vino, el Cáliz, no le permitía mentir—.
Sí —confesó.
Elm fue el siguiente. Estaba tan pálido como un muerto, pero consiguió mantener la cabeza alta.
—¿Estás intentando poner a los destreros en su contra?
De nuevo, Hauth intentó mentir. Se le marcaron las venas del cuello al enfrentarse a la cuerda invisible que le tiraba de la lengua. Por fin, confesó y le dedicó a Ravyn una mirada amarga.
—Sí.
El capitán de los destreros se la sostuvo. —¿Me retarás para hacerte con el mando?
Esa vez, el príncipe heredero ni siquiera intentó mentir.
—Sí.
El silencio se extendió por la mesa. Había llegado mi turno.
«Sé cauta —me susurró el Tormento—. Sé astuta».
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—¿Habéis usado la carta de la Guadaña con Ione en más de una ocasión? —inquirí; fue entre un siseo y un reproche ahogado.
Hauth esbozó una sonrisa. Mi ira no lo hizo ni inmutarse.
—Sí. —Se giró hacia Ione—. Tu turno, prometida mía.
Los ojos de mi prima, a pesar de brillar más que antes, no expresaban nada.
—No quiero jugar.
—Debes hacerlo —le dijo Hauth, y le dio una palmadita en el brazo, demasiado brusco como para tratarse de un gesto cariñoso—. Todos debemos hacerlo. Si no lo haces, pensaré que tienes algo que ocultar, querida mía.
Ione le dedicó una mirada vacía.
—Me da igual lo que pienses.
Algo se prendió en los ojos del príncipe heredero.
—Hazme una pregunta, Ione.
Quise alargar la mano por encima de la mesa y volver a rajarle la cara.
Ravyn, que percibió mi enfado, me agarró con más fuerza de la mano.
Ione apoyó un codo sobre la mesa y la barbilla sobre la mano mientras observaba a Hauth como alguien miraría la porquería pegada en la suela de un zapato.
—¿Has estado con otras mujeres desde que estamos prometidos?
Para haber montado tanto teatro, parecía que Hauth sí que tenía un par de cosas que ocultar. Se le puso el rostro morado, como si conteniendo la respiración fuese a ser capaz de soltar una mentira.
No obstante, la carta del Cáliz solo permitía la verdad.
—Sí —admitió.
Elm resopló, pero Ione permaneció sentada bajo una máscara de belleza imperturbable, al parecer indiferente ante la infidelidad de su esposo.
—Yo seré la siguiente —dijo mi prima. Levantó su mirada castaña de la mesa—. Pregúntame lo que quieras, Jespyr.
La mirada de la destrera fue dura, pero suavizó la voz.
—¿Hauth te está tratando bien, Ione?
Mi prima enarcó una de sus cejas perfectas.
—Tan bien como puede hacerlo un bruto como él.
Elm se inclinó hacia delante, demasiado callado, para analizar a Ione con sus ojos verdes.
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—¿Estáis enamorada de él?
Mi prima le sostuvo esa mirada intrusiva y también lo analizó a él.
—No.
Jespyr dejó escapar un silbido bajo. Era el turno de Ravyn.
—¿Qué es lo que pretendéis obtener de vuestra relación con los Serbal? —inquirió.
—Quiero conseguir poder —declaró Ione.
Sus palabras me aterraron, igual que la desolación de su tono. A la Ione a la que yo conocía le gustaba reírse, colocarse flores silvestres en el cabello, montar descalza el caballo de su padre por el sendero del bosque. Su fuerza procedía de su propia luz interior.
Una luz que había sido perturbada, oscurecida hasta convertirla en algo frío y duro. Indiferente.
La Doncella la había cambiado.
Era mi turno de hacerle una pregunta.
—¿Es esto lo que quieres realmente, Ione? —le pregunté, con las comisuras de la boca curvadas hacia abajo mientras desplazaba la mirada hacia Hauth—. ¿Casarte con él?
A mi prima le retumbó la risa en el pecho. Tenía el rostro perfecto y suave y las mejillas de color rosado.
—Eres igual que mi madre, Elspeth. Con la cabeza en las nubes. No te das cuenta de lo complicado que es para una mujer en Blunder tener poder…, vivir sin miedo. Porque nunca has querido ser más de lo que eres. Pero yo sí. —Cruzó las manos ante sí, con la mirada color avellana firme
—. Y si es necesario tener el corazón de piedra para vivir sin miedo, pues que así sea.
Me quedé ensimismada mirándole el rostro.
—Pero yo sí que quería ser más de lo que era, Ione —le dije. Me escocían los ojos—. Quería ser como tú.
Mis palabras no parecieron afectarle.
—Ahora eso no importa —respondió, y se llevó un dedo a los labios —. Ahora ambas somos ovejitas acurrucadas plácidamente en la guarida del lobo. ¿O es al revés?
El Tormento colocó los labios por encima de sus dientes serrados. «Me gusta esta Ione».
Creí que iba a vomitar. Miré a mi alrededor, preguntándome si podría huir, buscando alguna excusa para alejarme de esa mesa…, de esa Ione tan
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distinta, de la mirada fiera de Hauth Serbal.
«No puedes irte —me dijo el Tormento mientras daba golpecitos con las garras—. Tienes que quedarte, igual que el resto, y fingir. Igual que has hecho siempre».
—Mi turno —dijo Elm, con lo que consiguió desviar la atención de Ione y de mí—. Hacedme vuestras malditas preguntas.
La carta del Tormento bajo la mesa emitió una luz que percibí por el rabillo del ojo. Miré a Ravyn, pero parecía estar en otra parte, con la mirada clavada en su primo.
—¿Quién crees que es la persona de Blunder con más talento a la hora de usar la magia de las cartas? —le preguntó Jespyr.
Elm apoyó los codos sobre la mesa.
—Yo.
—Esa es solo su verdad —masculló Hauth por lo bajo.
Ione se inclinó hacia delante.
—¿Por qué no residís en Stone con vuestro padre y vuestro hermano? El poco color que le quedaba a Elm en el rostro se desvaneció. Le
vibró la garganta y supe, por el modo en el que se estaba resistiendo a responder, que intentaba mentir. Pero no podía engañar al Cáliz.
—Odio este lugar —repuso en una voz tan baja que casi no se le oía—. Lo echaría todo abajo si pudiera, le prendería fuego. Lo vería reducirse a cenizas.
El Tormento se removió en la oscuridad mientras flexionaba las garras y miraba a Elm.
Fuera lo que fuese lo que Ione había esperado que le respondiera, no era eso. Entonces mi prima dirigió la mirada hacia Hauth, que estaba completamente inmóvil, indiferente e impávido. Me pregunté cuánto sabría mi prima, si el príncipe heredero le habría contado cómo maltrataba a su hermano cuando los dos eran unos niños en Stone.
Ravyn rompió el silencio.
—Me toca. —Miró a su primo. No sabía qué se habían podido decir el uno al otro en el silencio. Tenían el rostro impasible salvo por un ligerísimo cambio en sus ojos—. ¿Confías en mí, Elm? —le preguntó el capitán.
—¿Acaso tengo otra opción? —Tras una pausa, sus ojos dejaron de estar vidriosos y Elm soltó un suspiro—. Sí. Confío en ti. Te confiaría hasta mi propia vida.
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Era mi turno. Quería preguntarle si también confiaba en mí, pero era demasiado arriesgado.
—¿Sentís dolor cuando usáis la Guadaña durante un tiempo prolongado?
Elm me miró fijamente durante un momento. La Guadaña era una carta de poder, de control. Y, para un príncipe de Blunder, la debilidad era un atributo imperdonable.
Sin embargo, a diferencia de su hermano, Elm no fingía carecer de debilidades. Esta vez ni siquiera intentó mentir.
—Sí —respondió a la vez que enderezaba la espalda y dejaba la mandíbula firme—. Siento como si unos cristales me atravesaran la cabeza.
Hauth contempló a su hermano pequeño.
—¿Crees que estás más capacitado que yo para ser rey?
Elm se giró hacia él.
—Sí —dijo, y la profundidad de esos ojos verdes, además del odio que se escondía detrás de ellos, fue tan intensa que me hizo encogerme—. Pero eso ya lo sabías.
Tuve la sensación de que la mesa llegaría a partirse debido a toda la tensión existente entre nosotros. «¿Y juegan a esto por diversión? —le siseé a la oscuridad—. Hay guerras que han estallado por mucho menos».
«Este juego en sí mismo es una guerra, querida —me dijo el Tormento
—. Y el Cáliz, la verdad…, esa es la mayor arma de todas». —Yo seré el siguiente —declaró Ravyn.
Hauth lo miró con desdén.
—¿Para qué? Ambos sabemos que dirás lo que te dé la gana, igual que siempre.
Al capitán se le relajaron las facciones…, las mantenía bajo control. «No puede usar el Cáliz —recordé—. Ni tampoco pueden usar el Cáliz contra él».
«Conque el capitán de los destreros hace lo que mejor se le da — declaró el Tormento—. Mentir».
Parecía que el príncipe heredero iba a volver a protestar, pero Ione ya se había inclinado hacia delante.
—¿Os importa Elspeth? —le preguntó—. ¿De verdad?
Ravyn flexionó los dedos contra mi mano.
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—Desde el momento en el que la conocí. —Hizo una pausa—. Puede que desde el mismo segundo en el que la vi.
Lo miré de reojo. Ione me contempló desde su asiento con una leve sonrisa sobre su impecable rostro de porcelana. Elm puso los ojos en blanco y Jespyr curvó los labios hacia arriba.
Hauth nos fulminó con la mirada.
—¿Qué es lo que haces cuando no estás con los destreros? —le preguntó a Ravyn—. ¿Adónde vas?
—Solo una pregunta —saltó Elm.
El príncipe heredero dio un manotazo contra la mesa.
—Puedo hacerle cientos de preguntas sin obtener ni un ápice de verdad. Ese es su don. ¿No es así, Ravyn?
Nadie dijo nada. El capitán permaneció con el rostro impasible, nada afectado por la ira de su primo y con libertad para mentir cuando quisiera.
—He estado ocupado —respondió—, llevando a cabo las órdenes del rey. ¿Qué otra cosa iba a estar haciendo?
A Hauth se le oscureció el ceño mientras volvía a reclinarse contra su silla.
Jespyr habló en un tono bajo.
—¿Desearías no haberte convertido en destrero…, llevar una vida corriente?
Los hermanos compartieron una mirada prolongada y las líneas a lo largo de la frente de Ravyn se relajaron.
—Solo los días en los que no tengo a mi hermana ahí para llevarme por el buen camino.
Y llegó el turno de Elm.
—Por los árboles, Ravyn, yo qué sé. —Se pasó la mano por la frente
—. ¿Crees que soy más guapo que tú?
El capitán elevó la comisura del labio.
—Sin lugar a dudas.
Había llegado mi turno de hacer una pregunta. Levanté la mirada hacia Ravyn y él me respondió con una sonrisa. Sus ojos grises estaban tan claros como el día en el que me había tomado de la mano y me había llevado a las profundidades del castillo, a un mundo lleno de secretos, traiciones y propósitos. Un mundo de bandidos y sal.
—¿Sigues fingiendo? —le pregunté, disfrutando de la mirada que me dedicó.
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Para mi sorpresa, Ravyn rompió a reír y, delante de los demás, se inclinó para besarme.
—Nunca he fingido —susurró contra mis labios.
Cuando levanté la vista, Hauth tenía la mirada clavada en mí. Había apoyado las manos sobre la mesa, con los dedos entrelazados y la luz turquesa del Cáliz atrapada debajo de ellos.
—Y ahora la persona a la que estaba deseando escuchar. Os toca responder a nuestras preguntas, señorita Bonetero.
Comenzaron a sudarme las palmas de las manos y mi respiración pasó a ser jadeante.
«Cálmate —me dijo el Tormento—. El Cáliz es la carta de la verdad. Pero la verdad puede ser tergiversada…, puede adornarse. La pregunta es igual de importante que la respuesta».
Apenas tuve tiempo de ordenar mis pensamientos antes de que Ione comenzara, con sus ojos color avellana cautelosos, a medio camino entre la curiosidad y el cálculo.
—¿Estás enamorada, Elspeth?
Sentí que me moría. Por primera vez en mi vida estuve a punto de odiar a mi prima. Me pregunté si la carta de la Doncella podría hacer algo para arreglarle el diente que quería romperle.
«Esto es horrible —gemí en mi cabeza—. Ayúdame».
«¿Ayudarte?».
«¡Ya me has oído! ¡Ayúdame!».
«El Cáliz afecta a la sangre —me explicó—. Mi fuerza, mi magia, no te librará de esto. —Su risa atravesó la oscuridad—. A no ser que quieras que le arranque la carta de la mano al príncipe heredero… y, ya que estoy, que le rompa todos los dedos».
«Eso no me ayuda en nada».
«Entonces, deberás encontrar un modo de eludir la magia del Cáliz».
El Tormento estaba en lo cierto… La magia del Cáliz era particular. No la sentía en mis venas ni percibía el habitual olor a Sal en la nariz. Se alojaba en algún lugar de mi cuerpo, atrapada, a la espera de que respondiera.
Cuando intenté mentir, acabé tosiendo. La sensación de estar ahogándome fue tan pronunciada que me lloraron los ojos.
—Venga ya —intervino Jespyr—. No hace falta que responda si no quiere.
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—El resto lo hemos hecho —dijo Hauth, que le guiñó un ojo a Ravyn
—. Dejémosla terminar.
Pero no podía. No estaba lista para decirlo, aunque lo sintiera. La
verdad era algo demasiado nuevo, tan frágil que podía romperse. Me esforcé por tergiversar la verdad…, pero la magia me inmovilizaba la lengua a cada intento, estrangulándome hasta que comencé a quedarme sin aire.
«Respira», me indicó el Tormento. Su voz era como una vela en la oscuridad.
A mi lado, Ravyn se movió incómodo.
—Elspeth. —Me estrechó la mano—. No tienes que…
—Sí —dije. La palabra se escapó de mi interior sin resistencia, con tanta facilidad que fue evidente que no podía tratarse más que de la verdad.
Intenté apartar mi mano de la de Ravyn, pero él no me lo permitió. Me acarició los nudillos con el pulgar. Aun así, no lo miré. Le dediqué a Ione una mirada resentida. Su pregunta había supuesto una violación de mi intimidad, me había sacado algo que aún no estaba lista para compartir.
Hauth vislumbró la incomodidad en mi rostro y disfrutó de ella, cerniéndose sobre mí. Como un depredador.
—Ahora la pregunta que estaba deseando hacer. —Se inclinó hacia delante—. Decidme, señorita Bonetero —comenzó, y su voz desprendía un encanto fingido—, ¿qué os ha sucedido en el brazo?
No tuve que levantar la mirada para saber que Ravyn, Jespyr y Elm se habían quedado rígidos en sus asientos. Ravyn me apretó la mano por debajo de la mesa, pero lo ignoré. Estaba petrificada, buscaba qué palabras podía pronunciar que no acabaran llevándome a la horca.
El Cáliz me retorció la lengua, bloqueó las mentiras antes de que llegaran a ella. Hauth había sido inteligente. No podía sonsacarle ningún secreto a Ravyn, un hombre inmune al Cáliz.
Pero sí que podía arrebatarme los míos. Y, con ellos, condenarnos a todos.
—Me… —dije, y me atraganté con la palabra—. Me… Me…
Ione apoyó una mano sobre el brazo del príncipe heredero.
—Ya te lo dije, se cayó…
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—Cierra el pico, Ione —bramó Hauth, apartándole la mano de un golpe.
—¿No ha soportado ya bastante tu desprecio? —le dijo Elm entre dientes.
—¿Y a ti qué más te da, hermano?
—Llámame anticuado, pero no creo que debas usar la Guadaña con la mujer con la que vas a casarte.
Los hermanos discutieron. Jespyr se sumó. Sin embargo, no escuché lo que estaban diciendo. Sentía como si me estuviera ahogando en mi propia bilis.
«Mantén la calma —me dijo la voz del Tormento, que escuchaba cerca y lejos a la vez—. Tarde o temprano, la verdad saldrá a la luz —ronroneó
—. Tú misma lo dijiste». «Pero ¡no de esta forma!».
Miré a Ravyn. Él debió de ver el miedo en mis ojos porque, cuando me devolvió la mirada, su rostro reflejaba un dolor que no había visto antes… Salvaje, protector. Me agarró de la mano y, aunque apenas movió los labios, pude distinguir las dos palabras que salieron de su boca.
—Déjame ayudarte.
Se me anegaron los ojos en lágrimas. A mi lado, la carta del Tormento de Ravyn volvió a resplandecer. La sal me inundó la nariz y me quedé petrificada al haber tardado demasiado en comprender a qué se refería.
«Déjame ayudarte».
—No, Ravyn… —jadeé.
Pero ya era demasiado tarde. Acababa de romper su promesa.
Sentí la intrusión en mi mente como si alguien me hubiera sumergido en agua helada. Lo sentí en las orejas…, en los ojos, en la nariz, en el paladar. Tosí e intenté tomar aire.
«No pasa nada, Elspeth —la voz de Ravyn retumbó en mi cabeza—. Puedes hacerlo… Escoge tus palabras con cautela. Te ha preguntado qué fue lo que sucedió, no cómo sucedió».
No obstante, apenas podía oírle. Estaba demasiado ocupada gritando, clavándole los dedos al capitán de los destreros en la palma de la mano. «¡No, no, no! ¡Te he dicho que no, Ravyn!».
«Respira, Elspeth —me indicó, y su voz sonó tranquila por encima del barullo—. Todo va a ir bien».
«¡Te había dicho que no, Ravyn! —le respondí—. Sal de aquí».
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Se removió, incómodo. La confusión y el dolor se vieron reflejados en su rostro. «Lo siento —me dijo—. Solo quería…».
El Tormento salió de la oscuridad igual que una bestia se abalanzaría sobre su presa. «Ya la has oído —declaró, tras lo que blandió sus garras y profirió un gruñido salvaje desde la garganta—. Largo, Ravyn Tejo. ¡Fuera de aquí!».
El capitán se cayó de golpe de la silla, lo que provocó que toda la mesa temblara.
—¡Cuidado! —le dijo Jespyr, que corrió a levantarse.
Los otros también se pusieron en pie y desplazaron la mirada entre el capitán de los destreros y yo; él estaba sentado en el suelo, aturdido, y con su hermoso rostro retorcido a causa del miedo.
Elm rodeó la mesa.
—Parece que hubieras visto a un fantasma.
Los ojos grises de Ravyn, muy abiertos y vidriosos, estaban clavados en mi rostro.
—No… No lo he visto.
—Siéntate —bramó Hauth. Avanzó hacia delante, echando a Ione a un lado y agarrándome a mí. Me apretó el brazo herido—. No pasa nada, señorita Bonetero. Podéis contarme la verdad —me dijo mientras me hundía el pulgar en la manga, en la muñeca rota—. Al fin y al cabo, solo es un juego.
Jespyr se abalanzó sobre él.
—¡Suéltala! —gritó y, al empujarle, los dedos del príncipe heredero me arañaron la muñeca antes de dejarme ir.
Vi las estrellas. El dolor me hizo sentir náuseas. Hauth y Jespyr se enzarzaron en una pelea. Elm levantaba a Ravyn del suelo. Nadie, salvo yo, vio a Ione tomar la carta del Cáliz de la mesa y, con la delicada punta del dedo, darle un toque y liberarme.
Intercambiamos una mirada. Abrí la boca para decir algo, pero ella ya se había levantado de la silla y se escabullía del gran comedor.
Ravyn estaba de pie, hecho una furia mientras se giraba hacia su primo.
—Esto ha sido una emboscada, no un juego —gruñó—. Ya te hemos consentido bastante. —Me tendió una mano y se la acepté. Luego, le hizo un gesto con la cabeza a Jespyr y a Elm—. Nos vamos.
Solté un suspiro de alivio y me puse en pie como pude.
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No obstante, el mundo a mi alrededor comenzó a dar vueltas y me cedieron las rodillas bajo el peso de mi cuerpo, que, de repente, sentía débil.
Caí y me estrellé contra el suelo.
Las náuseas me atenazaron el estómago y me dio una arcada cuando la bilis, espesa y rezumante, me subió por la garganta, estrangulándome. Cuando tosí hacia el suelo, expulsé algo oscuro y granulado, denso como la tierra en la que había cavado esa misma mañana. Me resbaló por entre los dedos, caliente y viscoso, dejando unos regueros largos y calientes que se me acumulaban sombríamente en las palmas de las manos.
No fue hasta que volví a toser cuando me percaté de que era sangre. Como una idiota, había intentado vencer al Cáliz. Había intentado
mentir en exceso.
En los segundos que pasaron antes de que vomitara una marea de sangre, recordé la insignia de la carta del Cáliz: «Suero de la verdad». Aquello se hallaba escrito por encima de la imagen de una copa que contenía un líquido rojo oscuro. En la otra cara, la copa aparecía del revés, con el líquido derramado, sin mesura…
«Veneno».
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CAPÍTULO 32
uando me desperté, la estancia estaba oscura, con el amanecer todavía asomando tímidamente en el horizonte. Me quedé con la
Cmirada perdida y un dolor punzante detrás de los ojos.
Lo primero que reconocí fue el techo. Había nudos en la madera que, si desenfocaba la mirada, se transformaban en rostros grotescos que me
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observaban desde arriba. Antes de llegar a ver algún monstruo en ellas, había llegado a imaginar que las formas en la madera eran criaturas que me cuidaban, que no eran ni benévolas ni malvadas.
Pero de eso hacía mucho tiempo.
Me incorporé en mi cama de la infancia y escudriñé la estancia con un fuerte dolor en la nuca. La habitación estaba exactamente como la recordaba: con un baúl plagado de vestidos y una casa de muñecas de madera. La pila de mantas, que ya se habían decolorado y estaban apolilladas, se encontraban donde las había dejado once años atrás.
No habían movido nada. La estancia estaba igual que siempre, inmune al paso del tiempo.
Lo único fuera de lugar era la silla de madera con respaldo alto, que habían sacado de un rincón y colocado al lado de la cama, y el hombre sentado en ella.
Ravyn estaba dormido, con la cabeza gacha…, como si estuviera rezando. Tenía el rostro relajado, sin rastro de tensión ni angustia. En su bolsillo resplandecían las familiares luces violeta y burdeos de sus cartas, imperturbables.
Estuve observándolo durante un rato, y la luz que entraba por mi ventana era cada vez más intensa. Me pregunté cómo habría llegado hasta aquí, a la parte más alta de la casa. También cómo me habrían curado tras haber sufrido las consecuencias del veneno del Cáliz.
Y, sobre todo, me preguntaba, con gran nerviosismo, si después de lo de la última noche, Ravyn Tejo habría cambiado irrevocablemente su opinión sobre mí.
Una mano cauta llamó tres veces a mi puerta. Cerré los ojos y fingí estar dormida.
El capitán se despertó sobresaltado y se puso en pie de repente.
—¿Quién es?
—Elm.
Escuché cómo abría el cerrojo desde dentro y cómo la puerta chirriaba. Los pasos de Elm sonaron apresurados cuando entró en la habitación y cerró tras de sí.
—¿Cómo está?
—Sigue dormida —murmuró Ravyn—. Filick se marchó hace unas horas.
—¿Ha perdido más sangre?
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—No.
—Mataría a Hauth —siseó Elm.
—Para empezar, lo más alarmante es por qué quiso usar el Cáliz — declaró el capitán de los destreros—. Tu hermano sospecha que éramos nosotros los que estábamos en el bosque esa noche. No tiene pruebas, pero sí sospechas.
—Debemos andarnos con cuidado, Ravyn.
—Soy muy consciente de ello.
—¿Has dormido algo?
El bostezo del capitán sirvió como respuesta.
—Vuelve a sentarte antes de que te desmayes —le dijo el príncipe.
La silla crujió bajo el peso de Ravyn. Mantuve los ojos cerrados, sin estar segura de cuándo debía hablar, o de si debía hacerlo en absoluto.
El capitán de los destreros bajó la voz.
—Anoche usé el Tormento con ella.
Se me tensaron los músculos.
Elm guardó silencio durante un momento.
—Lo usaste para ayudarla…, para aconsejarle cómo responder. Igual que hiciste conmigo.
—Desde el principio le dije que no lo usaría con ella. Le di mi palabra.
Elm resopló.
—Yo diría que lo de anoche cuenta como una circunstancia atenuante.
—Dudo que ella lo vea igual.
—¿Por qué?
Ravyn hizo una pausa. Cuando habló, lo hizo en voz baja y dubitativa. —No sé cómo explicarlo —comenzó—. No era como estar en la cabeza de cualquier otra persona en la que haya estado antes. Parecía que estuviera bajo el agua. Era oscuro y cambiante…, una tormenta. Cuando le hablé, pude oír su voz, pero estaba muy lejos. —Se detuvo y escuché cómo se pasaba las palmas de las manos por la cara—. No sé qué sucedió,
Elm. Debo de estar volviéndome loco.
«¿Vas a dejar que sufra de este modo?», susurró el Tormento.
Cerré los ojos con más fuerza aún. «¿Qué va a pensar de mí?».
«¿Acaso importa?».
«Por supuesto que importa. Él me importa».
«Pues no le mientas».
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Se me aceleró la respiración en el pecho. Abrí los ojos y me giré hacia Ravyn y Elm.
—Elspeth —me dijo el capitán, que acercó su silla a la cama. Me tomó de una mano—. ¿Cómo te sientes?
—Fatal —admití—. ¿Qué ha pasado?
—Después de que escupieras un lago de sangre —dijo Elm, que se apoyó contra el poste de mi cama—. Filick logró que ingirieras un antídoto. Te sentirás débil durante un tiempo.
Me froté la cabeza y fijé la mirada en la de Ravyn.
—Te pedí que no usaras la carta del Tormento conmigo —le dije. Mi voz no fue más que un susurro.
El bochorno le ensombreció al capitán su hermoso rostro.
—Lo sé —me respondió—. Lo siento. Creía que así te ayudaría. —Y entonces, como si le costara soltar esas palabras, dejó escapar un pequeño suspiro—. ¿Qué diablos sucedió, Elspeth? ¿Qué era esa voz?
—¿Voz? —inquirió Elm.
—Me habló una voz —explicó el capitán—. Fue como si estuviera dentro de mi mente. Lo escuché con absoluta claridad.
—¿Y qué te dijo?
Ravyn me miró, con esos ojos grises tan penetrantes.
—Me dijo que saliera de su cabeza.
Las lágrimas se me escapaban de los ojos y me traicionaban mientras me resbalaban por las mejillas. Ravyn alargó una mano hacia mi rostro.
—Elspeth —dijo. Pronunció mi nombre como si para él fuera algo valioso—. Sea lo que sea, te ayudaré. Solo pídemelo.
Negué con la cabeza.
—No puedes ayudarme, Ravyn.
—Pero puedo intentarlo, ¿no?
No obstante, no había pronunciado esas palabras… desde hacía once años. Había enterrado la verdad tan dentro mi ser que ya no sabía cómo desenterrarla.
Señalé hacia la luz burdeos de su bolsillo.
—Será mejor si te lo muestro.
Ravyn le dio tres toques a su carta del Tormento sin apartar la mirada de mi rostro. La intrusión en mi mente fue tan abrasiva como lo había sido la noche anterior…, como si me hubiera sumergido en agua helada. Detrás de mis ojos, el Tormento aguardó.
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«Sé amable con él», susurré.
Era extraño ver al capitán frente a mí y, al mismo tiempo, sentir su presencia en mi mente. «Ravyn», le dije.
«Elspeth».
La voz del Tormento era viscosa como el aceite. «Ravyn Tejo — declaró entonces—. Al menos esta vez has entrado con invitación».
Ravyn retrocedió con los ojos muy abiertos.
—¿Qué sucede? —preguntó Elm, y apoyó una mano en el hombro de su primo.
—Ahí hay algo —jadeó Ravyn—. Alguien más.
—¿Otra persona?
—No es una persona. No… No lo sé. —Me escudriñó el rostro—. ¿De qué se trata?
Señalé hacia la carta que tenía en la mano. En el anverso, justo por debajo del terciopelo burdeos, había dibujada una criatura. Una bestia de la oscuridad…
Un Tormento.
Ravyn parpadeó.
—Eso —dijo, y levantó la carta entre ambos—. ¿Esta cosa está en tu cabeza?
Elm se quedó lívido, con los ojos verdes vidriosos mientras agarraba con fuerza a Ravyn del hombro.
«¿Quién eres?», exigió saber el capitán, que le gritaba a la oscuridad.
El Tormento ni se inmutó ante su angustia. «El pastor de las sombras. El fantasma del miedo. El demonio de los sueños. Por la noche, el tormento».
«¿Y por qué estás en la cabeza de Elspeth?».
Mis pensamientos se distorsionaron delante de mis ojos. De repente, estaba de vuelta en la biblioteca de mi tío, con la carta del Tormento sobre el escritorio de madera de cerezo. Bajé la mirada hacia el monstruo en la carta. Ojos amarillos, garras terroríficas, el montón de pelo áspero que le bajaba por la columna mientras se sentaba encorvado y me miraba fijamente.
Vio cómo mis diminutas manos se dirigían hacia él. De pronto, el olor a sal inundó la biblioteca.
Todo se volvió negro.
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Frente a mí, a Ravyn se le había quedado el rostro petrificado y el terror fue solo visible en sus ojos.
—No lo entiendo —me dijo—. ¿Cómo entró en tu mente?
—Toqué la carta del Tormento de mi tío —respondí. Eché un vistazo hacia Elm—. Es mi habilidad…, mi magia. En cuanto una carta de la Providencia entra en contacto con mi piel, absorbo lo que sea que el Rey Pastor pagase a cambio de su creación.
Elm se atragantó al hablar.
—¿A qué te refieres con eso del pago?
Apreté los dientes.
—Cuando el Rey Pastor creó la baraja, el Ánima exigió un pago. Así que él le entregó algo a cambio de cada carta. Pagó con objetos, animales…
El príncipe sacudió la cabeza.
—No quiero que me narres todo el cuento, Bonetero. Solo lo esencial, por favor.
—Déjala hablar —le espetó Ravyn.
Tragué saliva y sentí las palabras atascadas en la garganta.
—Cuando el Rey Pastor creó la carta del Tormento, entregó una parte de sí mismo. —Cerré los ojos.
Ravyn habló en voz muy baja.
—Su alma.
Asentí.
—Eso fue lo que absorbí cuando toqué la carta del Tormento de mi tío. Ravyn y Elm me contemplaron, con los ojos muy abiertos, como si
nunca me hubieran visto de verdad.
—Pero si entregó su alma —susurró Elm mientras bajaba la mirada hacia la carta del Tormento de su primo— y tú la absorbiste, entonces la voz en tu cabeza…
La risa del Tormento inundó mi mente, lo que hizo que el capitán se encogiese.
Levanté la mirada. Por fin la verdad salía de mi interior, poco a poco.
—Es el Rey Pastor.
No había espacio suficiente en toda la casa Bonetero que pudiera albergar el pesado silencio que cayó sobre nosotros. Elm parecía estar a punto de gritar, con una mano sobre la boca, los ojos verdes abiertos como platos y el ceño fruncido a causa de la conmoción.
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Sin embargo, la reacción de Ravyn fue lo que más me asustó. Era de calma… Tenía el rostro impasible, como si estuviera hecho de piedra.
—¿Y qué pasa con el resto de las cartas de la Providencia? —inquirió —. ¿De verdad puedes verlas por su color?
Aparté la vista.
—Yo no, pero él sí.
—¿Quieres decir que esa criatura —comenzó a decir Elm mientras señalaba hacia la carta que Ravyn tenía en la mano— es el Rey Pastor? ¿Qué es él quien nos ha estado indicando dónde están las cartas?
—No es que hable por mí. —Me mordí la cara interna de la mejilla—.
Al menos, no a menudo.
—Pero sí que te ayuda —declaró Elm. La voz del príncipe adquiría cada vez más volumen—. Por eso puedes luchar… Por eso eres tan fuerte y rápida. ¿Cómo si no ibas a haber sobrevivido al ataque de tu padre aquella noche en el sendero? —Se giró hacia Ravyn y cuadró los hombros en una postura defensiva—. Así fue como hirió a Hauth…, como mutiló a Tilo. Él lo hizo por ella.
No me molesté en negarlo.
—Él no me presta su fuerza a no ser que se la pida.
—Ah, que tiene ética —bufó Elm—. Esto se pone cada vez mejor. Supongo que eso explica los ojos amarillos que todos hemos estado viendo estas últimas semanas.
Apreté la mandíbula y, de repente, el dolor de cabeza no fue nada en comparación con la desesperación arrolladora que me atenazaba el pecho. Quería llorar, recostarme sobre las almohadas y dormir durante cien años. El daño que me causaba su escrutinio y el miedo plasmado en las facciones de Ravyn eran más de lo que podía soportar.
El capitán subió una mano por mi brazo.
—Danos un momento, Elm.
El príncipe se mostró reacio.
—Esto confirma todo lo que te había dicho sobre ella. ¡Ha estado mintiéndonos todo este tiempo!
Ravyn miró a su primo de reojo.
—Por favor, vete.
A Elm se le ensombreció el ceño. Se dio la vuelta, con los hombros caídos, pero mantuvo la mandíbula tensa. Bajo la sombra de su gesto, vi que sus ojos verdes estaban entornados y vidriosos.
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Cuando cerró la puerta tras de sí, Ravyn se giró hacia mí con el ceño fruncido.
—¿Por qué no me lo habías dicho, Elspeth?
Giré el cuello y miré hacia la ventana.
—Solo sé lo que sé —le dije mientras apretaba los dientes—. Mis secretos profundos son. Pero mucho tiempo los he guardado, y así seguirán con tesón.
Ravyn me miró, con las cejas enarcadas.
«Ya lo has visto, igual que ellos —ronroneó el Tormento—. Viste el color amarillo en sus ojos la noche en la que la atacaste en el sendero del bosque. Los has visto muchísimas veces desde entonces».
«No me correspondía a mí exigir respuesta —respondió el capitán—.
¿Cómo podía saber que este era su secreto?». Me apretó el brazo.
—¿Lleva once años dentro de tu cabeza?
—Atrapado —le dije—. Igual que yo. Y se está haciendo más fuerte. Esa es mi degeneración. —Parpadeé y sentí un peso en la mente, como si me hundiera—. Cada vez que le pido ayuda, se fortalece.
—¿Alguna vez te ha hecho daño?
El Tormento siseó. «¿Daño? La protejo».
«Entonces, ¿por qué te estás fortaleciendo?», exigió saber Ravyn.
Las garras del Tormento repiquetearon contra el suelo oscuro de mi mente mientras se paseaba, inquieto. «Cuando Serbal me arrebató la vida, mi alma perduró, sellada en la carta del Tormento. Aguardé durante cientos de años, consumido por la furia y la sal. —Su voz se pegaba a mí, como si fuera cera—. Elspeth me sacó de la carta, de la oscuridad. Así que la protegí de un mundo que solo quería matarla. Hablé con ella a través de El viejo libro de los Alisos. Entonces ya era bondadosa, astuta. Pero le enseñé a ser cauta. Le otorgué mis dones…, mi fuerza. No obstante, todo tiene un precio, Ravyn Tejo. En especial, la magia».
La voz del capitán no fue más que un suave susurro. «¿Y qué sucederá cuando seas demasiado fuerte para la mente de Elspeth?».
El Tormento se limitó a rechinar los dientes a modo de respuesta, y eso fue todo.
Mis pensamientos se sumieron en la oscuridad. Casi podía sentir el pelaje áspero en la columna del Tormento, como si lo tuviera debajo de la mano. Su voz sonaba como cientos de pájaros que trinaban en mi mente.
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—Era su castillo…, el que está en ruinas. El primer rey Serbal lo hizo arder, y lo asesinó a él y a su familia. —Levanté la mirada hacia Ravyn con los ojos anegados en unas lágrimas saladas—. Está enterrado debajo de la roca en la cámara que se halla en el castillo Tejo.
Volvieron a llamar tres veces a la puerta, esta vez con apremio.
—Ahora no —espetó Ravyn.
—El rey quiere que bajemos —dijo la voz de Jespyr a través de la madera de la puerta—. Ahora mismo.
—Dile que estoy ocupado.
—Levantará sospechas que no estés con nosotros, Ravyn.
El capitán se pasó las manos por la cara. Las sombras debajo de sus ojos eran más pronunciadas bajo la claridad matutina.
—Enseguida voy.
Los pasos de Jespyr se desvanecieron escalera abajo.
—¿Qué quiere el rey? —pregunté—. Creía que todo el mundo se quedaría aquí para otra noche más de celebraciones.
—Sin duda querrá hablar sobre las patrullas —me respondió—. Desde que el chico y sus padres huyeron, mi tío ha exigido que los galenos hagan más inspecciones por la ciudad. Nosotros los acompañamos. Volveré antes de que anochezca.
Apartó su mano de la mía y le dio tres toques a su carta del Tormento para poner fin a nuestra conexión. Sentí tensión entre nosotros…, vacilación.
Sin embargo, cuando alargué la mano hacia él, ya estaba junto a la puerta.
—Seguiremos hablando cuando regrese —me dijo—. Descansa un poco, Elspeth.
Me quedé en la cama durante cinco minutos, tan nerviosa que mis piernas no paraban de moverse bajo las mantas.
«Tienes que descansar —me dijo el Tormento—. El veneno te ha debilitado».
Lo ignoré y balanceé las piernas sobre el borde de la cama.
Un golpe en la puerta me hizo quedarme inmóvil. Me senté, petrificada, a la espera.
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—¿Hola?
La puerta se abrió con un chirrido y entró mi padre, incómodo y con paso vacilante, como si yo fuera un gigante dormido.
—No sabía si estarías despierta —me dijo.
No respondí. Estaba demasiado ensimismada con la luz que emanaba de su bolsillo, cegadora y de un azul zafiro.
La carta del Pozo.
—¿Te encuentras mejor? —me preguntó.
Le dediqué una leve sonrisa y me obligué a mantener la calma. Cuando comenzaron a temblarme las manos, cuando todo mi cuerpo fue consciente de la presencia del Pozo, me senté encima de ellas.
—Estoy cansada, pero mejor.
Mi padre se detuvo al pie de la cama, con las piernas separadas en consonancia con los hombros y las manos a la espalda, como un verdadero destrero.
—Me he encontrado con Filick Sauce justo cuando se marchaba. ¿Dice que estabas usando el Cáliz?
—No fui yo, sino el príncipe Hauth —respondí en un tono frío—. Yo solo tuve la mala suerte de estar presente.
—Mmm. —Los ojos azules de mi padre recorrieron la habitación—. Deberías tener cuidado con el príncipe Hauth, Elspeth. No está… Es…
—¿Un hombre horrible?
Retorció la comisura de la boca.
—Es digno hijo de su padre.
No le pregunté qué quería decir con eso. Dudaba que, aunque lo hiciera, fuera a responderme.
—¿Y Ravyn Tejo?
Enderecé la espalada.
—¿Qué pasa con él?
Se encogió, claramente incómodo.
—Los dos parecéis disfrutar del cortejo.
«Hasta que se ha percatado de que un rey que lleva quinientos años muerto ocupa tu mente», dijo el Tormento.
Intenté sonreír.
—Me gusta mucho.
Mi padre se metió la mano en el bolsillo, con los dedos rígidos, y extrajo la brillante luz azul. Colocó la carta del Pozo a los pies de mi cama
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y retrocedió lentamente. Encima de la carta, sujeto tan solo con un trozo de cordel, había un tallo seco de milenrama.
—Tu madre me obsequió con esta carta cuando nos casamos —dijo en voz baja—. Se la había entregado su padre, pero ella quería que la tuviera yo. «¿Para qué necesito un Pozo? —me decía con su habitual tono desenfadado—. Solo un hombre necesitaría una carta para vigilar a sus enemigos».
Nunca hablaba de mi madre. Ver cómo se le ponían los ojos vidriosos me desgarró por dentro.
—Quiero que sea tuya —prosiguió mientras tomaba aire y se erguía un poco más que antes—. No tienes por qué entregársela a Ravyn Tejo. No tienes por qué dársela a nadie. Solo pensé que… —Apartó la mirada. La luz que entraba por las ventanas se le reflejó en los ojos y su voz no fue más que un susurro—. Si pudiera retroceder en el tiempo y hacer las cosas de otro modo, lo haría, Elspeth.
No me dio tiempo a responderle. Y era mejor así, ya que no sabía qué decir. Estaba demasiado sorprendida, demasiado conmovida, demasiado conmocionada como para saber qué decir, así que guardé silencio.
—Gracias —murmuré mientras mi padre salía por la puerta.
Mi vestido negro se encontraba hecho un gurruño en el suelo. Si lo había manchado de sangre, no se notaba en el tejido oscuro. Me vestí y bajé con sigilo las escaleras hasta la galería. La voz del rey resonaba con fuerza a través de la casa mientras los invitados de mi padre seguían dormidos.
Una nube de oscuridad emanaba de la planta baja. Los destreros todavía no habían salido a patrullar. Me deslicé por la galería y me asomé desde lo alto de la escalera. Cuando los destreros comenzaron a salir, Ravyn y Elm fueron los últimos en marcharse. Los contemplé. El rojo, el violeta y el burdeos eran los únicos colores en ese mar de negro.
Atraído por mi mirada, Ravyn se dio la vuelta y sus ojos grises no tardaron en encontrarme en la escalera.
Su rostro era indescifrable mientras se me acercaba. Me asomé por la barandilla y mi cabello largo quedó tendido entre ambos.
—La carta del Pozo está en mi dormitorio —le susurré.
Abrió los ojos de par en par.
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—¿Se la has robado a Erik?
—Me la ha dado él.
Enarcó una ceja.
—¿Sin más?
—Sin más.
Una pequeña carcajada le subió por la garganta.
—Enviaré a Filick a que vaya a ver cómo estás. Él se llevará la carta al castillo Tejo.
Sentí entre ambos la misma tensión que antes, la misma opresión. Me incliné un poco más sobre la balaustrada de madera de la escalera. Solo pude llegar hasta su hombro.
—Lo… Lo siento, Ravyn —me lamenté—. Siento no habértelo dicho. No creía que fueses a confiar en mí. Y necesitaba que lo hicieras si íbamos a reunir las cartas y a curarme.
El capitán sacudió la cabeza y alargó una mano. Me rozó la mejilla con la punta de los dedos.
—No me debes ninguna explicación, Elspeth. Fui yo quien faltó a su palabra.
—Debería habértelo contado antes —le dije—. No sabía cómo hacerlo.
Me dedicó una pequeña sonrisa triste.
—Lo sé.
Elm tosió mientras esperaba junto a la puerta. Dirigí la mirada hacia los labios de Ravyn. —¿Cuándo volverás?
—Esta noche —respondió, y me acarició los labios con el pulgar.
Me besó el cabello negro con mucha delicadeza. Un momento después, había cruzado el umbral de la casa Bonetero y estaba en el patio, pisoteando con las botas las primeras hojas rojas del otoño que caían del árbol vetusto.
El Tormento me arañó la mente con las garras.
—Ten cuidado —le susurré al viento mientras Ravyn Tejo desaparecía más allá de la puerta de entrada.
Si hubiera sabido que esas serían las últimas palabras que le diría en voz alta, tal vez hubiera escogido otras.
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CAPÍTULO 33
ilick vino y se fue, con la carta del Pozo bien guardada en su toga blanca de galeno. Lo acompañé hasta la puerta, pero no me sentí Fconfuerzas como para volver a mi habitación. Me quedé merodeando por el salón, cerca del fuego. Balian me había traído un caldo caliente al que le
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fui dando sorbitos mientras la casa se veía inundada por los ruidos de los invitados entusiastas.
No vi ni a Nerium ni a mis medio hermanas, y me sentí agradecida por ello. Sí que esperaba encontrarme con Ione en cuanto tuviera la energía como para mantenerme en pie.
«No —le dije al Tormento cuando lo sentí revolverse—. Quiero estar sola».
«Una lástima —me respondió mientras reptaba por mi mente—.
Alguien se acerca».
Me hundí en la silla y recé para que nadie se percatara de mi presencia. Sin embargo, cuando la puerta del salón se abrió, me quedé petrificada. Mi tío era la última persona a la que esperaba ver.
Estaba buscando algo y giraba la cabeza en todas direcciones. Cuando lo llamé por su nombre, dio un respingo.
—Elspeth. —Tosió—. Ahí estás.
Me puse en pie como pude.
—Aquí estoy.
—He oído que estabas enferma. ¿Ya te encuentras mejor?
Asentí con la cabeza.
—Una enfermedad pasajera.
Mi tío no parecía estar escuchándome. Tenía la mirada distante, clavada en la chimenea y alejada de mí. Entonces, tras una pausa brusca, me dijo:
—Tu tía está aquí. Te está buscando.
Una calidez me inundó el pecho y una sonrisa incontrolable asomó a mis labios.
—¿Dónde está?
—Esperándote en tu habitación. Le dije que te llevaría con ella. — Abrió la puerta y formó una línea fina y pálida con la boca—. Si te parece bien.
Recorrimos las escaleras en silencio. Me sentía débil a causa de los efectos secundarios del veneno. Tenía los músculos agarrotados y me vi obligada a tomar varios descansos. Mi tío iba detrás de mí. Sus pasos crujían mientras subíamos las escaleras.
Cuando llegamos al descansillo del quinto piso y solo nos quedaba una planta para llegar a mi dormitorio, mi tío se estremeció.
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Me di la vuelta, pero él apartó la mirada, con una sonrisa forzada en sus labios pálidos.
—Estoy bien —me dijo—. Solo tengo frío.
Tal vez así fuera. En aquella parte de la casa siempre hacía frío. Aun así, algo en su expresión me desconcertó. Las líneas marcadas de su rostro, su piel increíblemente pálida…, como si el que hubiese ingerido veneno hubiera sido él y no yo.
Y, sobre todo, seguía sin mirarme. Sentí que se me erizaba el vello de la nuca. Ladeé la cabeza.
—¿Va todo bien, tío?
Asintió con rigidez y señaló hacia las escaleras.
—Opal te espera.
«Oculta algo», murmuró el Tormento.
Seguí subiendo por las escaleras.
Cuando llegué a mi dormitorio, el viento soplaba a través de la ventana abierta. La luz gris de la tarde proyectaba unas sombras alargadas por el suelo de madera. Por encima de mí, una tela de araña colgaba entre las vigas, agitada por las corrientes de aire. Si no hubiese estado allí esa misma mañana, prueba de ello era la cama deshecha, habría pensado que la estancia estaba completamente abandonada, con todo en calma, muerto y frío.
Mi tía no estaba allí.
Sin embargo, Hauth Serbal se hallaba oculto entre las sombras del armario.
El Tormento siseó con furia y arrastró sus garras por la oscuridad.
«Corre».
Pero era demasiado tarde. Mi tío se había colocado detrás de mí y me obligaba a entrar en la estancia.
—¿Os encontráis mejor, señorita Bonetero? —inquirió Hauth con la voz suave.
Me choqué de espaldas contra mi tío y el pánico comenzó a cerrarme la garganta.
—¿Qué hacéis aquí?
El príncipe heredero sonrió.
—Le he pedido a vuestro tío que os traiga para que podamos hablar.
Me giré para ver a mi tío.
—¿Habéis usado vuestra Guadaña con él?
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Hauth esbozó una sonrisa.
—¿Queréis responder vos, Tyrn?
El rostro de mi tío me lo dijo todo. Tenía los ojos color avellana fijos en el suelo y el ceño fruncido a causa de la culpa. Clavé la mirada en él mientras esperaba a que hablara, a que me dijera que eso no era real…, que se había visto obligado a traicionarme y que no me había llevado hasta el príncipe heredero por voluntad propia.
No obstante, no dijo nada.
—¿Qué queréis? —volví a preguntar con voz temblorosa mientras me giraba hacia Hauth.
—Quiero la verdad —respondió el príncipe heredero—. Con Ravyn de patrulla, sabía que por fin os tendría para mí solo. Así que, respondedme, señorita Bonetero. —Bajó la mirada hacia mi manga—. ¿Qué os ha pasado en el brazo?
Estaba temblando y los dientes me rechinaban.
El príncipe heredero miró a mi tío y, con un tono despectivo, le dijo:
—Podéis marcharos, Tyrn. Si alguien os pregunta, aseguradles que Elspeth desea que no la molesten, que está bien y durmiendo. —Me dedicó una sonrisa—. Si es que a alguien le da por preguntar, claro.
—¡Tío! —lo llamé, tomándolo del brazo—. ¡No os marchéis!
No fue capaz de mirarme. Se zafó de mí y me cerró la puerta en la cara. Me abalancé sobre el pomo, pero ya había echado la llave, dejándome encerrada dentro con el príncipe heredero.
—¡Padre! —grité mientras aporreaba la madera—. ¡Quien sea! ¡Ione! ¡Balian! Ayuda…
Hauth estuvo a mi lado de inmediato y me tapó la boca con rudeza con su enorme mano para sofocar mis gritos.
—Silencio —me dijo al oído—. Solo quiero hablar. Nadie tiene que salir herido.
Me tambaleé y me giré lo bastante rápido como para abofetearlo. Le arañé la mejilla y la barbilla con las uñas, y le reabrí las heridas que le había dejado hacía una semana.
Hauth maldijo y se llevó la mano al bolsillo para extraer su Guadaña.
—Quédate quieta —me ordenó.
Sentí la sal en la nariz y la magia fue tan potente que me agarrotó los músculos. No podía moverme. Mi mente intentaba zafarse de la influencia
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de la Guadaña. Apreté los dientes y los puños. Cuando levanté la mirada hacia Hauth, vi que tenía una sonrisa engreída.
—No te resistas —me dijo—. Solo conseguirás hacerte daño.
Cerré los ojos. Se me agitó la respiración. No era el primer príncipe que había intentado que me acobardase ante la presencia de una carta roja. «No es real —me dije a mí misma, y apreté más los dientes—. Mi mente ha sido puesta a prueba, fortificada. La magia de la Guadaña no es más que una lluvia fuerte…, una tormenta diseñada para acobardarme».
Y ni el Tormento ni yo nos acobardábamos.
Rompí las cadenas a las que me sometía la Guadaña con un grito gutural. Hauth abrió los ojos verdes de par en par, boquiabierto. Me abalancé sobre él de forma salvaje, golpeándole la mano con mi puño…, la que Ravyn le había herido. Hauth siseó y dejó caer la Guadaña. Volví a golpearlo. Le acerté con la palma de la mano en la barbilla. Echó la cabeza hacia atrás con el rostro retorcido a causa del dolor. Cuando abrió sus ojos verdes, los tenía como ausentes.
Pero solo duró un momento. El príncipe heredero tenía otra carta en el bolsillo.
Un Caballo Negro.
Una luz oscura resplandeció. No lo vi moverse, ya que la carta le había proporcionado una velocidad repentina y extraordinaria. Golpeé al aire, pero él me agarró por la muñeca herida y me retorció el brazo hasta llevármelo a la espalda.
—¡Soltadme! —grité.
Me lanzó hacia el otro extremo de la habitación. Cuando intenté zafarme de él, me empujó contra la silla de madera que Ravyn había ocupado esa misma mañana. Me agarró de la garganta con firmeza con su enorme mano.
—Sé que erais vos la que estabais en el bosque —bramó—. Volved a gritar y esta vez no solo os partiré la muñeca. Os romperé el cuello.
Rompió la sábana en tiras y me inmovilizó en la silla con ellas, con las
manos atadas a la espalda. Forcejeé contra mis ataduras y sentí un dolor
acuciante en la muñeca rota.
—¿Qué queréis? —siseé.
El príncipe heredero recogió su Guadaña del suelo y le dio tres toques. —¿Creíais que soy idiota…, que ese día en el patio no os iba a preguntar por vuestra muñeca rota y vendada? —Flexionó la mano herida
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cubierta por un guante—. Llegué a pensar que esa noche en el bosque habíais contado con algún tipo de arma. Por el modo en el que me arañasteis… —Recorrió sus propias heridas con los dedos—. Estáis contagiada, ¿verdad, señorita Bonetero?
Me quedé lívida, invadida por un odio ardiente.
Hauth prosiguió.
—¿Por qué si no iba Ravyn a protegeros con tanto fervor? —Su sonrisa era cruel—. Vuestro tío me lo ha confirmado.
Sentí como si me estuviera asfixiando. Cuando intenté hablar, mi voz sonó irregular.
—Mi tío… ¿Os lo ha contado?
Asintió, con un toque de burla, frío y despiadado. Se guardó el Caballo Negro en el bolsillo y clavó la mirada en la luz de la tarde al otro lado de mi ventana.
—Para ser justos, Tyrn intentó no delataros. Pero darle cobijo a una niña contagiada es traición y conlleva una muerte verdaderamente terrible. Todos sus esfuerzos por encontrarla carta del Tormento, por negociar un puesto en la corte, habrían sido en vano. ¿Y por qué? —Entornó su mirada verde—. ¿Por una sobrina contagiada que le encasquetaron hace once años? —Sacudió la cabeza—. Tyrn puede conservar sus tierras, su título…, su vida. No busco acabar con él. Pero necesitaba su ayuda. O más bien, la vuestra.
No supe decir qué me daba más asco, si el hecho de que mi tío, mi propia familia, me hubiera traicionado con alguien como Hauth Serbal o que, en el fondo, no me sorprendiera en absoluto.
—¿Que os ayude con qué? —inquirí.
Hauth cruzó los brazos contra el pecho.
—Ravyn —declaró, y curvó los labios hacia arriba—. Quiero que me ayudéis con Ravyn.
Permanecí en silencio. El rugido del Tormento me recorría y me quemaba la lengua.
—Últimamente ha estado ausente —siguió el príncipe heredero—. Elm, Jespyr y él. Desaparecen durante las patrullas, siempre juntos. Son uña y carne. —Apretó la mandíbula—. Y, por supuesto, han mantenido vuestra infección en secreto. ¿Por qué iban a hacer eso, a no ser que formara parte de una conspiración mayor?
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Era una trampa… Una para Ravyn, Elm y Jespyr. Hauth había proporcionado la jaula, mi tío había activado el mecanismo y yo era el cebo.
Sentía que iba a vomitar.
—Ravyn no va a deciros nada —respondí mientras aunaba un coraje que en realidad no sentía—. Estáis perdiendo el tiempo.
—¿Seguro? —El príncipe heredero se inclinó tanto sobre mí que nuestras caras quedaron a la misma altura—. He visto cómo os mira. ¿Estaba en el bosque con vos la noche en la que me atacasteis? —Sonrió
—. Si quiere que no le cuente a mi padre lo de vuestra infección, será mejor que Ravyn me confiese todo lo que ha estado tramando. Renunciará a su puesto de capitán. —Me agarró de la cara, sujetándome la mandíbula con fuerza con la palma de la mano—. Y después de eso —dijo mientras me enseñaba los dientes—, si quedo satisfecho, tal vez considere dejaros a ambos con vida.
La oscuridad se agolpó en mi cabeza como el humo en un horno. Contemplé los ojos verdes de Hauth con esa misma rabia que había sentido en el pecho el día en el que había mutilado al destrero.
Le escupí al príncipe heredero en la cara.
Perdí la visión cuando los nudillos de Hauth, como si fueran piedras, colisionaron contra mi mejilla. Solté un gemido, con el rostro caliente allí donde me había golpeado. «¡Ayuda! —le grité a la oscuridad de mi mente. La muñeca herida me ardía mientras la retorcía contra las sábanas que me inmovilizaban—. Esto no puede acabar así».
El Tormento se enroscó en un rincón de mi mente. «No sé qué sucederá, Elspeth —me dijo—. Tu degeneración ya casi está llegando a su fin».
Pude ver el bonetero del patio a través de la ventana de mi habitación. Sus ramas carmesíes se balanceaban con valentía bajo la brisa otoñal. Susurré una despedida que nadie iba a escuchar y cerré los ojos, perdiendo de vista el bonetero y la habitación de mi infancia hasta que no quedaron más que sombras. Sombras y el Rey Pastor.
«Te estoy pidiendo tu ayuda —le dije con la voz clara—. Entiendo cuál es el precio que hay que pagar».
La oscuridad cayó sobre mí y sofocó mis sentidos. El Tormento se encontraba allí, en el centro de todo, a la espera…, observando. Cuando un
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golpe amenazador hizo temblar la puerta, abrí los ojos de golpe. Escuché su voz tan clara en mi cabeza que bien podría haber sido la mía.
«Tendrás que liberarte las manos».
Hauth se aproximó a la puerta.
—¿Quién es? —bramó.
Una voz sonó al otro lado de la madera.
Tiré de mi muñeca herida con todas mis fuerzas. Las sábanas se me clavaron en los brazos y me dejaron la piel en carne viva. Escuché cómo introducían una llave en la cerradura y cómo se abría el cerrojo.
«Concéntrate», gruñó el Tormento mientras me transmitía una magia ardiente por el brazo.
Apreté los dientes y cerré los ojos. La fuerza del Tormento me reforzó los músculos mientras me concentraba en las ataduras alrededor de la muñeca derecha. Tiré con tanta fuerza que me desgarré la piel. Cuando abrí los ojos, mi visión estaba plagada de motas blancas.
El dolor a lo largo de mi brazo era intenso, caliente y húmedo. Me resbalaba sangre fresca por los dedos y caía al suelo, goteaba sobre la madera.
No obstante, ya tenía las manos libres.
La puerta se abrió de golpe. Escuché el ruido de un metal y, cuando levanté la mirada, lo vi: alto, pálido y vestido de blanco. En sus dedos largos portaba un artilugio parecido a un guante con unas púas aterradoras que salían de cada dedo.
Una garra de metal.
—Hola —dijo Orithe Sauce, que me miraba desde arriba a través de unos ojos fríos—. Es un placer conoceros al fin, señorita Bonetero.
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CAPÍTULO 34
ontemplé el bonetero desde donde me encontraba, en el suelo. Su sombra se había alargado sobre la piedra y la luz otoñal se
Cdesvanecía con premura a medida que avanzaba la tarde.
«Regresarán de patrullar en cualquier momento —le susurré a la oscuridad—. Nos estamos quedando sin tiempo».
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Por encima de mí, Hauth y Orithe hablaban en susurros. De vez en cuando, el galeno me miraba, con esos ojos extrañamente claros nublados.
Solo había tardado unos segundos en confirmar mi magia y mi sangre manchaba ahora todo el suelo. Después de eso, Hauth y él me habían dejado en paz. Se habían apartado a un rincón de la habitación mientras hablaban sobre Ravyn, Jespyr y Elm, sobre lo que podría implicar su duplicidad, su traición. Durante un rato, casi se olvidaron de mí mientras la sangre brotaba de mis brazos, de la zona en la que me había liberado.
Las lágrimas me resbalaban por las mejillas y apretaba los dientes al pensar en lo que tendría que haber hecho. «Todo se ha ido al garete —dije hacia la oscuridad con la voz entrecortada—. Aunque Ravyn no admita haber robado las cartas o ser un salteador de caminos, saben que ha ocultado mi infección. Da igual cómo lo venda, está condenado. Lo matarán».
«Ravyn no tiene por qué morir —respondió el Tormento con un tono inquietantemente tranquilo. Entonces, tan silencioso que bien podría haberse tratado del viento que se colaba por la ventana, dijo—: ¿Confías en mí, Elspeth?».
Parpadeé a través de las lágrimas. «¿Acaso tengo elección?».
«Querida mía, siempre has tenido elección».
Abrí los ojos como platos ante el sonido que emitieron las puertas principales de la casa Bonetero, que retumbaron desde el patio hasta mi ventana abierta.
—Ravyn —jadeé.
Los destreros habían regresado.
Hauth y Orithe se asomaron desde mi ventana y el príncipe heredero esbozó una pequeña y amenazadora sonrisa.
—Apaga la luz —le indicó a Orithe—. Mantente cerca de la chica. Quiero dejarle muy claro a Ravyn que, si intenta salir de esta luchando, no tendrás ningún problema en atravesar el precioso cuello de su mascota con un cuchillo.
El galeno me miró.
—¿No deberíamos avisar al resto de los destreros, mi señor? —Todavía no —dijo Hauth—. Ravyn es inteligente. Para cuando mi
padre lo detenga por haberle dado cobijo a ella, se le habrán ocurrido infinidad de mentiras, y es inmune a cualquier interrogatorio al que lo
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sometamos. —Me miró de reojo—. Pero no nos dará problemas. Y menos si la vida de ella está en juego.
Los pasos eran cada vez más ruidosos en el patio. Vi la nube oscura que formaban los Caballos Negros al pasar por debajo del bonetero, iluminada solo por un pequeño cúmulo de color que, al estar junto a las otras cartas, poseía el mismo tono rojo oscuro que el de las hojas que caían del árbol.
Rojo. Violeta. Burdeos.
Ya casi estaban aquí.
La voz del Tormento atravesó mis pensamientos. «Ha llegado la hora». Grité. Incluso a través de la mordaza, mi grito inundó la estancia…, como el aullido de un animal apresado en una trampa. Cerré los ojos y dejé escapar el fuego de mis pulmones. Las cuerdas vocales se me
quedaron en carne viva mientras el grito se alargaba, incansable.
Orithe fue el primero en llegar hasta mí, pero le asesté una patada que le acertó en la rodilla. Cayó al suelo con un golpe sordo. Volví a gritar. Mis dientes rasgaban la mordaza.
—Ya basta —dijo Hauth al mismo tiempo que me abofeteaba y buscaba el Caballo Negro en su bolsillo—. Te juro que te partiré la cara si no te…
Salté de la silla y me abalancé sobre él.
El príncipe heredero saltó hacia un lado, tenía buenos reflejos. Volví a abalanzarme sobre él, con los dedos resbaladizos a causa de mi propia sangre. Esta vez le acerté con la palma de la mano en la barbilla.
Cayó al suelo con un fuerte estrépito.
A mi lado, Orithe se había levantado, con los ojos muy abiertos mientras corría junto a Hauth.
—¡Mi señor! —le dijo—. ¿Os encontráis bien?
Me sentía extraña dentro de mi cuerpo, débil y poderosa al mismo tiempo. La fuerza del Tormento giraba en mi interior como una rueda atascada en el fango. Corrí hacia la puerta, pero Hauth ya estaba en pie de nuevo y llevó todo su peso hacia su puño mientras me asestaba un puñetazo en el estómago.
Tosí y me doblé sobre mí misma al quedarme de forma violenta sin aire en los pulmones.
—Ayúdame a inmovilizarla —dijo el príncipe heredero, agarrándome del pelo con la mano mientras me obligaba a ponerme de pie.
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Grité cuando las puntas de las garras de Orithe se me clavaron en el brazo. Mi vestido negro no tardó en absorber la sangre mientras sus cuchillas me desgarraban la piel.
—Ponía en ese rincón —indicó Hauth—. Lejos de la puerta.
Me arrastraron hacia el otro extremo de la habitación y me tiraron contra la pared. Yací allí, mareada, y mi cuerpo se estremecía a medida que la magia me quemaba por dentro.
«¡Levántate! —me gritó la voz en la oscuridad—. Levanta, Elspeth». El galeno del rey se puso en cuclillas cerniéndose sobre mí, con los
ojos muy abiertos y pálidos mientras me arremangaba.
—Se te están oscureciendo las venas, niña. ¿Qué clase de magia posees?
No respondí. Me temblaba el cuerpo.
—Al rey no le agradará que te mate antes de presentarte ante él — murmuró Orithe—. Así que, por favor, por el bien de ambos, quédate quieta.
Siseé y le escupí sangre en su inmaculada capa blanca.
El galeno estuvo a punto de sonreír…, eso si las sonrisas se caracterizaran por ser amargas y cargadas de lástima.
—Esos ojos —dijo—. Tan oscuros. —Se quedó mirándome sin parpadear—. Son los mismos ojos que vi detrás de una máscara negra el día de mercado, antes de que el chico desapareciera entre la neblina.
Hauth levantó la cabeza.
—¿Vos lo ayudasteis a escapar? —me espetó.
Apreté la mandíbula y no dije nada, concentrando todo el odio que sentía en mi mirada mientras contemplaba al heredero al trono.
Hauth me miró con el ceño fruncido. De repente, estalló en carcajadas. —Fuisteis vos quien atacó a Tilo en la neblina, ¿no es así? Tenía las mismas marcas que yo —comentó, y se señaló los arañazos abiertos en su
cara—. Solo que las suyas casi le llegaban al hueso.
Cuando permanecí en silencio, desvió la mirada hacia la ventana y se alisó la túnica.
—Habéis malgastado vuestra energía, Bonetero. Igual que os he atrapado a vos, atraparé de nuevo a ese chico. Ya sea mañana, en quince días o dentro de un año… —Sonrió para sí mismo—. De igual modo, acabará en la hoguera.
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Un momento después, Hauth cayó al suelo, entre toses, con la fuerza de todo mi cuerpo contra su pecho. Comencé a asestarle un golpe tras otro en la cara. El vigor del Tormento había sido tan poderoso que ni siquiera Orithe me había visto moverme.
Hauth levantó las caderas y me tiró al suelo, aunque no antes de que le partiera uno de los párpados. Me puse en pie como pude, con mis reflejos más aguzados que nunca. El príncipe heredero se limpió con furia la cara mientras la sangre le entraba dentro del ojo. Se le había caído la Guadaña al suelo entre ambos.
Se lanzó a por ella y le dio tres toques.
—¡Quieta! —me ordenó.
Una risa extraña y animal me atravesó. Dirigí la vista hacia la carta en la mano del príncipe heredero.
—Esa carta no podrá ayudarte. Al menos, no contra mí —dije con la voz viscosa—. ¿Y qué eres tú sin ella?
La garra de Orithe atravesó el aire, con las puntas de las cuchillas a un suspiro de mi cara. Volvió a intentar atacarme, una y otra vez, y todas las veces conseguí esquivarlo.
Los ojos pálidos del galeno se abrieron de par en par cuando me retorcí, con unos rápidos movimientos antinaturales.
—¿Qué magia posee? —le preguntó a Hauth. Golpeó el aire y volvió a fallar.
Podía ver el blanco del ojo de Hauth.
—Tyrn dice que no tiene.
Llegué a la puerta…, rocé el cerrojo con los dedos. Tenía mi huida al alcance de la mano. Pero antes de poder abrirla, la sal me inundó los ojos y la nariz. Tosí. Me asfixiaba. Me había pillado por sorpresa.
La intrusión de la carta del Tormento.
«¿Elspeth? —me llamó la voz de Ravyn—. ¿Estás ahí?».
Quedé aturdida durante un segundo. Pero ese segundo fue todo lo que Orithe necesitó para envolverme su mortífera garra alrededor del cuello y apretar.
Me quedé petrificada. El movimiento de un solo músculo del galeno marcaba la diferencia entre la vida y la muerte.
—Vuestro padre querrá que lo informemos sobre esto de inmediato, mi señor —jadeó Orithe—. Tenemos que llamar a los destreros.
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—Está esquelética —estalló Hauth, que dio un paso hacia delante—.
Ya la inmovilizo yo.
«¿Elspeth?», escuché a Ravyn en mi cabeza, con la voz teñida de preocupación.
No tuve tiempo de responder. Un momento después, vi las estrellas. La mano brutal de Hauth me agarró del pelo y, con todas sus fuerzas, me golpeó la cabeza contra la pared de piedra.
Me desplomé. Mi cuerpo cayó igual que la tierra sobre una tumba.
Todo se volvió negro.
Sentí algo húmedo bajándome por el cuello y acumulándose en el suelo alrededor de mi cabello, caliente y pegajoso… Un halo oscuro de sangre.
—Le habéis partido la cabeza. —Escuché que decía Orithe por encima de mí.
—Sobrevivirá —aseguró el príncipe heredero, que se inclinó sobre mí. Me sacudió por los hombros con sus enormes manos. Al no moverme, me abofeteó—. Bonetero —bramó—. ¡Bonetero!
Pero yo ya estaba muy lejos de allí.
La voz de Ravyn desprendía pánico. «¡Elspeth! ¿Puedes oírme?».
El mundo se me escapaba. Los dedos de mis pies se hundían cada vez más en la tierra oscura.
Vi el rostro de mi tía mientras se agachaba sobre mí debajo de un aliso. Yo tenía las manos sucias por haber estado arañando la tierra para arrastrarme hasta un lugar seguro. Vi a Ione, la rebelde y dulce Ione, alargando la mano hacia mí mientras recorríamos las abarrotadas calles adoquinadas. Vi un ramo de milenrama en la mano de mi padre y luego divisé mis ojos amarillos en el espejo, el monstruo que me observaba en la oscuridad.
Vi a Ravyn Tejo contemplándome desde arriba. Pero no había miedo ni resentimiento en sus claros ojos grises. Solo preocupación… Preocupación y asombro.
«Ravyn —lo llamé. Se me escapaba la voz, cada vez más distante, decidida—. No vengas a por mí. Hauth y Orithe. Saben lo que soy. Están esperándote».
El capitán perdió todo el control en su voz y sus palabras pasaron a transmitir preocupación. «¿Dónde estás, Elspeth?».
«Te colgarán, Tejo —rugió el Tormento—. No puedes salvarla».
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«Pero sí que puedes encontrar los Alisos Gemelos, Ravyn —dije en la oscuridad—. Aún puedes salvar a Emory. —Me mordí el labio. Me temblaba la voz—. Pero no podrás hacerlo si Hauth y Orithe van a por ti».
—Por los árboles. —El príncipe heredero suspiró por encima de mí, sacudiéndome la cabeza mientras me agarraba de la barbilla—. ¡Bonetero! ¡Despertad!
«Elspeth —murmuró el Tormento. Mi nombre era como miel en sus labios—. Levanta».
Lo busqué en la oscuridad y, cuando mi mente acarició ese pelaje áspero en su espalda, no se apartó. «No puedo —le dije—. No puedo levantarme. Esta vez no. —Me sentía pesada, enterrada—. Pero tú sí que puedes».
«Elspeth».
«Iba a acabar sucediendo de todas formas, Tormento. Eres fuerte. Y yo… yo estoy muy cansada. Mi cabeza…».
La voz del monstruo no fue más que un susurro. «Déjame ayudarte». Me hundí aún más en la oscuridad. Unas nuevas visiones cruzaron mi
mente: lugares y personas a las que no reconocía, desconocidos con los ojos amarillos. Todos me sonrieron y el mundo a mi alrededor se meció, como una marea.
No obstante, tan rápido como había aparecido, la visión se desvaneció. Vi a un hombre correr a través de la neblina, con niños detrás de él, sus rostros pálidos a causa del miedo. Huían del castillo en llamas en lo alto de la colina y desaparecieron en la cámara que había debajo de los altos tejos.
Un chico con los ojos grises se hallaba en el borde de la neblina, con la luz roja de una Guadaña apuntando al suelo y un hombre enorme cuya capa lucía la insignia de los Serbal.
Vi el castillo en llamas, reducido a cenizas. De repente, mi mente se vio plagada de visiones de cientos de niños, con las venas negras como la tinta, que gritaban mientras los lanzaban a un infierno. Vi cómo la neblina se oscurecía, cómo sus tentáculos se alargaban más y más, aislando a Blunder del resto del mundo.
Siglos de rabia hirvieron en mi interior. El tiempo no lo marcaban ni el sol ni la luna. El odio me emponzoñó la sangre y me perdí en la oscuridad. Mi cuerpo se retorcía, los huesos se me partían, las garras arañaban, los ojos se me entornaban, hasta que mi cuerpo, monstruoso, adoptaba la misma forma que el odio en mi corazón.
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Un animal, una criatura de la oscuridad… Poderosa, vengativa y rebosante de furia.
Lo último que vi antes de abrir los ojos fue a una niña pequeña que se asomaba con timidez a un espejo, con la mirada oscura plagada de miedo.
—¿Tienes nombre? —susurró.
Le dediqué una sonrisa y un recuerdo apareció en los rincones de mi anciana mente. La magia extraña, la misma hermosa maravilla, de los niños que había conocido en el pasado. «Antes me llamaban rey — respondí mientras agitaba la cola—. Pero eso fue hace mucho tiempo».
—¿Cómo debo llamarte entonces?
«Nada, niña —dije, reptando de vuelta a la oscuridad—. Solo soy el viento entre los árboles, la sombra y el terror. El eco entre las hojas…, el tormento en la noche».
Me desperté de golpe con un ataque de tos y mi mente inundada por la voz de Ravyn.
«¡Elspeth! —gritaba—. Maldita sea, Elspeth, aguanta. Estamos en las escaleras. —Le temblaba la voz—. No tienes por qué hacer esto sola».
Hauth Serbal se cernía sobre mí mientras me agarraba de la barbilla. —Aquí estáis —me dijo—. Resulta que al final no estáis muerta. —La
confusión cruzó sus facciones. Frunció el ceño y se acercó más a mí—. ¿Qué le pasa en los ojos, Orithe?
—¿En los ojos, mi señor?
—Se le han puesto amarillos. Como si fuera un gato.
El galeno se acercó y me recorrió la mejilla con su garra de metal. —Qué extraño —dijo—. Hace un momento los tenía oscuros. Miramos a Orithe con la comisura de nuestros labios curvada, como si
tirara de ella un hilo invisible. Cuando Ravyn intentó llamarnos, apretamos los dientes y lo expulsamos de nuestra mente. «No intentes salvarnos, Ravyn Tejo —dijimos el Tormento y yo. Nuestras voces se entremezclaron en una disonancia extraña y reverberante—. No podemos ser salvados».
Atacamos sin temor.
La mirada de Orithe fue desorbitada y reculó. Pero era demasiado tarde. El Tormento empleó toda nuestra fuerza para arrancarle el guante de cuchillas de la mano, partiéndole los dedos y despellejándolo.
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Entonces, se lo metimos con gran vigor por la garganta.
Orithe profirió un grito gorgoteante y se salpicó de sangre la toga blanca. Se desplomó contra el suelo. La conmoción y el miedo fueron las últimas cosas que cruzaron sus ojos lechosos antes de quedarse completamente inmóvil. La sangre fue el último indicio de vida mientras goteaba, sin control, desde sus venas: oscura, mágica y fatal.
Hauth retrocedió.
—¡Detente! —ordenó.
Sonreímos y, cuando nos pusimos en pie, el mundo a nuestro alrededor se desvaneció. Tiempo y espacio, príncipe y rey, niño y ánima. Lo único que permaneció fue la magia…, negra como la tinta.
Poderosa, vengativa y rebosante de furia.
Nuestra voz era viscosa. Hauth nos miró fijamente a los ojos. Nos dirigimos hacia él, acorralándolo en un rincón de la estancia.
—Llegaron por la noche —dijimos—, la horda negra y roja. Quemaron mi castillo, mataron a mi familia. El usurpador fue coronado, a pesar de que mi sangre ni se había secado aún. Sin embargo, él no esperaba ese cambio en la marea. Nada es seguro y todo tiene un precio. Las deudas persiguen a todos los hombres, sin que importe su súplica. Cuando el Pastor regrese, será un nuevo día. Muerte a los Serbal…
»Y larga vida al rey.
La mejilla de Hauth se partió bajo nuestra mano. Se desplomó contra el suelo y jadeó. Su rostro perdía color y la sangre le brotaba desde la boca.
Bajé la mirada hacia él, sin sentir ninguna lástima. «Esto es el fin, ¿verdad? —murmuré mientras la oscuridad se apoderaba de mi visión—. Ahora desapareceré, y tú… te quedarás».
«Era inevitable —dijo el Tormento, hablando en voz cada vez más alta —. Esta es tu degeneración, Elspeth Bonetero. Todo tiene un precio».
El aire a mi alrededor se enrareció. Parpadeé para intentar alejar la oscuridad, como una niña que se resistía a quedarse dormida. «Prométeme que ayudarás a Ravyn. Y que salvarás a Emory».
«Ha llegado la hora, querida», ronroneó, arrullándome para que me durmiera.
«¡Prométemelo!».
El Tormento soltó un suspiro.
«Prometo ayudar a los Tejo en todos sus cometidos».
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Cerré los ojos y un último suspiro se me escapó de entre los labios. La historia… Nuestra historia. La del Tormento y la mía.
—Había una vez una joven —dije— perspicaz y bondadosa que largo tiempo estuvo en el bosque, escondida entre las sombras. Había también un rey, un pastor por su cayado, que reinaba sobre la magia y escribió el viejo libro en el pasado. Los dos estaban muy unidos, así que en uno se fundieron…
Lo último que escuché antes de acabar sepultada por la oscuridad fue la risa sedosa del Tormento, perversa y decidida. «La joven, el rey… y el monstruo en el que se convirtieron».
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CAPÍTULO 35
as mazmorras eran la parte más fría del castillo.
El capitán de los destreros y el príncipe aguardaban juntos y Lensilencio. Todavía no había amanecido. Ravyn daba suaves golpecitos con sus botas contra el suelo de piedra para evitar perder los dedos de los pies a causa del insoportable frío.
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—¿Has dormido algo? —le preguntó Elm, que exhalaba aire por las fosas nasales mientras paseaba por la antecámara. Había tirado una pequeña piedra al suelo. Elm la pateó una y otra vez, con los párpados pesados.
Ravyn hizo rechinar los dientes y el nudo en su estómago se tensó. —No dejo de tener pesadillas —confesó mientras se frotaba los ojos
con las palmas de las manos.
No tardó en apartar las manos y unos ojos amarillos aparecieron ante él. Incluso ahora, tres noches después, seguía viéndolos con claridad en sus pensamientos. No podía escapar de ellos. Esa noche en la casa Bonetero se le había quedado grabada en la mente con una claridad pasmosa.
Todo había sucedido muy rápido.
Las sombras los habían seguido como si fueran demonios mientras subían las escaleras de caracol de la casa Bonetero. Ravyn había acelerado el paso, con el corazón desbocado. Cuando llegó a la pequeña puerta del sexto piso, golpeó la madera con las manos mientras la llamaba con su carta del Tormento.
Pero solo se encontró con el silencio.
—¡Elspeth! —gritó, y el miedo lo envolvió como una soga alrededor del cuello.
A Elm se le habían puesto los nudillos blancos por forcejear con el cerrojo.
—Está cerrado.
—Rómpelo —estalló Ravyn, que se giró hacia Jespyr y el Caballo Negro que tenía su hermana en la mano.
Necesitaron asestar tres patadas para tirar la puerta abajo. Las astillas salieron volando como agujas de pino durante una tormenta.
—¡Elspeth! —la llamó Ravyn mientras se abría camino hacia la habitación. Sus botas resbalaron sobre un líquido oscuro que se acumulaba en el suelo de madera.
—Me cago en… —jadeó Elm—. ¿Qué ha pasado aquí?
El capitán escudriñó la estancia. Divisó el cuerpo sin vida de Orithe y luego a la mujer desplomada contra la pared más alejada. El viento que entraba por la ventana abierta le revolvía el largo cabello oscuro.
—Elspeth —la llamó mientras se abalanzaba sobre ella—. ¡Elspeth!
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Tenía la piel fría al tacto. Ravyn le pasó una mano por la mejilla y el estómago le dio un vuelco. Tenía el rostro amoratado y ensangrentado. El vestido estaba desgarrado a la altura de la manga y tenía el brazo cubierto de sangre seca y con unas marcas de garra claras y distintivas.
—Está muerto —declaró Elm, que se había inclinado sobre Orithe—.
Sin lugar a dudas.
—Elspeth —volvió a llamarla Ravyn mientras le recorría la piel con los dedos hasta por debajo de su mandíbula pálida, en busca de un latido. Cuando la joven se movió y tosió con violencia, el capitán sintió cómo se aligeraba la carga de sus hombros—. Elspeth. —Le temblaron las manos sobre la mandíbula de ella—. ¿Te encuentras bien?
—Hauth sigue vivo —dijo Jespyr desde el otro extremo de la habitación—. Aunque a duras penas. Sus piernas… No las tiene bien.
Sin embargo, Ravyn estaba demasiado concentrado en Elspeth Bonetero y en sus respiraciones largas y profundas como para prestarle atención a cualquier otra cosa. Le recorrió el cabello con dedos temblorosos. El alivio era tan dulce que casi podía saborearlo.
—Creía que estabas muerta —susurró.
—No lo estoy —respondió ella, con su voz extrañamente calmada—.
Solo… acabo de despertar.
—No te incorpores demasiado rápido —le advirtió Ravyn. La joven tenía el cabello de la nuca lleno de sangre—. Tómate tu tiempo.
—Ya he descansado bastante —dijo ella—. Más de lo que te puedas imaginar.
Mantuvo los ojos cerrados mientras Ravyn la ayudaba a incorporarse despacio.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó él, examinando por primera vez el caos a su alrededor.
—Iban a delatarte —respondió de forma brusca y seca—. Todo por lo que has trabajado tan duro iba a desvanecerse en tan solo un momento.
—Lo… ¿Lo has matado? —Jespyr parpadeó con los ojos clavados en el cuerpo sin vida de Orithe.
Elspeth se miró las manos, con las uñas oscuras y cubiertas de sangre. —Su garra fue la que inició la masacre de muchísimos niños con magia —contestó mientras flexionaba los dedos como si fueran zarpas—.
Se merecía morir del mismo modo.
La voz de Elm sonó vacía.
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—Íbamos a usar su sangre para salvar a Emory. Y tú acabas de derramarla por todo el suelo.
Elspeth hizo como si no lo hubiera oído. Cuando habló, su tono fue de calma.
—Deberíais llamar a los destreros. Es mejor que sepan que esto es solo obra mía.
Ravyn y su hermana intercambiaron una mirada.
—¿De qué estás hablando?
—Está sangrando —murmuró Elm—. Miradle la cabeza.
Ravyn se acercó más a Elspeth, desesperado por tenerla cerca de él, por sentirla segura entre sus brazos. Sin embargo, cuando le tocó el hombro con los dedos, ella se apartó con una mueca en los labios.
—No me toques —le dijo, con sus brillantes ojos amarillos.
Amarillos.
Amarillos como la llama de una antorcha. Amarillos como las monedas que el capitán coleccionaba de niño.
Amarillos y no negros.
El alivio se transformó en terror en la boca del estómago de Ravyn.
«Elspeth —llamó hacia la oscuridad—. ¡Elspeth!».
Pero no había más que silencio.
Entonces, como una serpiente que saliera reptando de debajo de las rocas, el Rey Pastor habló: «Ahora está tranquila, Ravyn Tejo. Déjala descansar».
«¿Qué diantres has hecho?», gritó Ravyn, ahondando aún más en la oscuridad.
«Me ha liberado —declaró el Tormento, que inundó la mente del capitán como si fuera humo—. Estoy aquí para ayudarte».
Ravyn se alejó de la criatura con la piel de Elspeth Bonetero. «Déjala salir —le gritó, con la voz teñida de miedo y rabia—. Déjala salir ahora mismo o te juro que…».
«¿Qué harás? —Los labios de la joven se curvaron—. ¿Cómo vas a herirme sin hacerle daño a ella?».
Elm dio un paso hacia delante y recorrió con la mirada el rostro de Elspeth, sus ojos amarillos, como de gato.
—¿Qué está pasando? —inquirió, y dirigió la mirada hacia su primo
—. ¿Qué ha hecho?
—No es Elspeth —dijo Ravyn con manos temblorosas—. Es él.
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Pero el monstruo detrás de los ojos de Elspeth se limitó a clavar la vista al frente, trazando con los dedos de la joven un ritmo invisible mientras extendía las manos con las muñecas juntas delante de ella.
—He matado al galeno del rey y he mutilado al heredero al trono — declaró—. Estoy contagiada con magia. —Se pasó los dientes por el labio inferior y curvó la boca en una sonrisa retorcida—. Me entrego al capitán de los destreros a la espera de las pesquisas del rey.
Elm le dio una patada a la piedra, y la lanzó contra la puerta de las mazmorras. El golpe provocó un estruendo. Ravyn dio un respingo y salió de sus pensamientos.
—Sea o no el Rey Pastor —le dijo a su primo, con la voz ronca por el desuso—, ha dejado claro que quiere ayudarnos.
Elm levantó la mirada.
—No puedes estar planteándote confiar en él.
—Y no lo hago —replicó el capitán—. Aun así, si no fuera por él, tal vez seríamos nosotros los que estuviéramos en esa celda.
El eco de unos pasos resonó desde la parte alta de la escalera. La luz amarilla de una antorcha iluminó las paredes a su alrededor.
—Ya están aquí —comentó el príncipe mientras se enderezaba.
El rey Serbal conducía a los destreros hacia las mazmorras. Sus pasos sonaban con fuerza contra los escalones de piedra. Tenía el ceño fruncido y un gesto decidido. Aun así, no podía ocultar su propia falta de sueño. Unas sombras oscuras le habían aparecido debajo de sus ojos verdes.
Su voz estaba teñida de rabia.
—¿Y bien?
—Cuando vos digáis, tío —le indicó Ravyn.
Jespyr y un segundo destrero sacaron unas llaves idénticas de sus capas. Cuando giraron las cerraduras, primero una y luego la otra, la antecámara retumbó.
—Allá vamos —dijo Jespyr mientras abría la puerta.
La zona norte de las mazmorras estaba oscura. Peor aún, estaba sumida en el silencio. Hacía tres días que el rey había ordenado que se vaciaran el resto de las celdas, ya que temía que Elspeth Bonetero pudiera
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emponzoñar las mentes de otros prisioneros con su magia peligrosa y oscura.
Cuando llegaron a la última celda del pasillo, se detuvieron y encendieron las antorchas de las paredes. La luz amarilla iluminó un cuerpo acurrucado y dormido sobre el suelo helado.
Ravyn tenía los puños apretados. El nudo de su estómago le subía por la garganta, asfixiándolo. Elspeth parecía tan tranquila, tan inmóvil, tan similar a la mujer que él había tenido entre sus brazos…
Solo que no lo era. Ahora era otra cosa. Y pensar que tal vez hubiera desaparecido para siempre le dolía más de lo que nunca hubiera imaginado.
Sin embargo, no podía dejar que se notara…, no podía ni pensarlo. Ravyn permaneció con el resto de los destreros, obligándose a ocultar todo el miedo, el dolor y el anhelo detrás del muro de piedra que había erigido alrededor de su corazón. Sus facciones permanecían impasibles, como si estuvieran congeladas, mientras la contemplaba a través de los barrotes de hierro con el resto de los presentes. Tenía la mandíbula apretada con determinación.
Encontraría la última carta. Haría desaparecer la neblina. Le salvaría la vida a Emory.
Y liberaría a Elspeth Bonetero de la oscuridad que la había consumido.
—¿Por qué no está encadenada? —bramó el rey.
Los destreros se movieron, incómodos.
—No pudimos encadenarla, mi señor —dijo Aulaga—. Era muy arriesgado.
—¿Arriesgado? Si solo es una muchacha.
—Su magia… —dijo otro, con el miedo palpable en su voz—. Varios
de nuestros hombres tuvieron que ser atendidos por los galenos por las
laceraciones profundas que sufrieron.
El rey Serbal irguió los hombros.
—Levantadla.
La mazmorra reverberó cuando dos destreros desenvainaron sus espadas y golpearon el acero contra los barrotes de hierro de la celda. El sonido se extendió por todo el lugar, con su siniestro eco retumbando por el pasillo.
Elspeth se movió y se sentó. Su largo cabello oscuro estaba tieso a causa de la sangre seca. Su aliento parecía formar vaho al salir por sus
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fosas nasales, pero no temblaba. Parecía indiferente ante el frío.
Ravyn observó cómo se le dilataban las grandes pupilas negras de sus ojos amarillos, que recordaban a las de un gato en la oscuridad.
—Mi capitán me ha dicho que no queréis hablar con él —expuso el rey
—. Que solo accedéis a hablar conmigo.
Elspeth giró el cuello y estiró los brazos uno tras otro.
—Me ha dicho que estáis contagiada —prosiguió—. Que podéis ver
las cartas de la Providencia.
La joven retorció la comisura de la boca mientras asentía con rigidez. —Y que tenéis algo que ofrecerme a cambio de vuestra miserable vida. Otro asentimiento, este acompañado del rechinar de sus dientes al abrir
y cerrar la boca de golpe. Clic, clic, clic.
—Pero habéis matado a mi galeno —siguió el rey, con la voz cargada de ponzoña—. Y mi hijo, en caso de que sobreviva, nunca volverá a ser el mismo. Sois uno de los enemigos más viles que se pueden tener. —Se inclinó contra los barrotes—. No hay nada que podáis ofrecerme que vaya a darme más satisfacción que observar cómo sufrís una muerte lenta y espantosa.
Elspeth ladeó la cabeza y entornó sus ojos amarillos.
—¿Habéis bajado hasta estos calabozos helados solo para decirme eso, usurpador?
El rey Serbal golpeó los barrotes con las palmas de las manos y sus anillos de oro tintinearon contra el hierro.
—He venido a deciros que sois una abominación. —Su control dio paso a una rabia ardiente y desenfrenada—. Una enfermedad. Y me encargaré de que todos los que os han dado cobijo acaben eviscerados como animales.
Ravyn y Elm intercambiaron una mirada de desesperación.
Sin embargo, Elspeth se limitó a sonreír.
—¿Sin ni siquiera escuchar mi oferta?
La furia del rey hizo que se le trabase la lengua.
—No tenéis nada que pueda querer.
Elspeth se levantó del suelo de la celda. Cuando estuvo en pie, se le curvó la columna, como si la doblara.
—Entonces, matadme —murmuró—. Eso no importa. Aunque lo hagáis, no moriré. Soy el pastor de las sombras. El fantasma del miedo. El
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demonio de los sueños. —Desplazó la mirada amarilla hacia Ravyn—. Por la noche, el tormento.
El rey Serbal fue a hablar…, a golpear una vez más los barrotes con las manos. Pero algo en la mirada de Elspeth le hizo detenerse y que la rabia se le atorase en la garganta.
La joven se desplazó por la celda con unos movimientos tan rápidos que algunos de los destreros retrocedieron.
Una sonrisa ancha e inquietante le hizo separar los labios. —Matadme, usurpador, y jamás reuniréis toda la baraja, jamás curaréis
la infección. La neblina continuará extendiéndose. El Ánima del Bosque acabará con todo Blunder y con todos los que están aquí. Tal vez yo desaparezca después de que mi cuerpo sufra los estragos de la violencia y el tiempo, pero dentro de cien años seréis vos, Serbal, quien acabaréis siendo olvidado. Vuestro castillo se verá reducido a cenizas. Los huesos de los destreros repiquetearán al ser movidos por el viento, colgados en las ventanas por los niños para ahuyentar a los cuervos. Vuestro linaje se pudrirá, vuestras cartas de la Providencia se perderán. Ya he visto todo eso antes, Serbal. Y huelo cómo se aproxima ahora a nosotros. La sal de la magia en el aire…, el cambio en la marea.
El silencio atravesó las mazmorras. El rey Serbal contempló a la criatura escondida bajo la piel de Elspeth, y el monstruo le devolvió la mirada con esos astutos ojos amarillos.
—¿Qué es lo que queréis? —susurró el rey.
Elspeth acarició los barrotes con los dedos, con sangre seca bajo las uñas.
—Lo mismo que vos —susurró mientras recorría todo el ancho de la celda—. Quiero reunir la baraja. Pero antes, debéis dejar que Emory Tejo regrese con sus padres.
A Ravyn se le cortó la respiración. A su lado, Elm y Jespyr se habían quedado petrificados, con unas expresiones entre el miedo y el asombro.
—¿Y por qué iba a hacer eso? —El rey dio un paso atrás—. Debéis saber que necesito su sangre.
—Ya descubriréis que no es así —aseveró Elspeth—. No cuando ya tenéis la mía.
—¿Intercambiaréis vuestra vida por la del chico?
—Esa es mi oferta.
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Ravyn activó la carta del Tormento que llevaba bajo la capa, y se asomó a la oscuridad en busca de algún rastro de Elspeth. Necesitaba escuchar su voz…, saber que seguía allí…
Pero no había nada. El Rey Pastor había bloqueado a Ravyn por completo.
—¿Y qué obtendré a cambio de prolongar vuestra miserable vida hasta el solsticio? —exigió saber el rey. La incertidumbre había conquistado su voz.
Elspeth siguió paseando por la celda. Solo se detuvo cuando quedó frente al rey.
—Obtendréis los Alisos Gemelos —declaró, dejando salir las palabras como si fueran la seda de una araña—. La carta que tanto anheláis, pero que no conseguís encontrar. La última.
El rey Serbal estuvo a punto de atragantarse con sus palabras.
—La carta de los Alisos Gemelos lleva perdida desde hace cientos de años —dijo—. ¿Qué os hace pensar que podéis encontrarla?
Elspeth bajó la voz hasta que solo fue un susurro, retorció su columna y entornó sus ojos amarillos, perversos e infinitos.
—La carta de los Alisos Gemelos se halla escondida en un lugar sin tiempo. En un lugar de gran dolor, sangre y excesos. Entre árboles centenarios, donde la neblina profunda es, se encuentra la última carta, latente, a la espera. El bosque desconoce el camino…, ningún sendero lleva hasta allí. Solo yo puedo encontrar los Alisos Gemelos…
»Pues fui yo quien los puso allí.
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AGRADECIMIENTOS
Entré en el mundo editorial de puntillas. Y aunque mis pasos han ido volviéndose más seguros, mis huellas siguen siendo tenues, ya que hay gente a mi lado que me lleva en volandas.
A John, mi marido, que presume de mí, que me sostiene y me da fuerzas, que siempre tiene la respuesta correcta y me dice «¡suena escalofriante!» cuando dudo de mí misma. Gracias. Te quiero. Este libro existe en gran parte por los ánimos que me has dado y tu incansable trabajo como compañero y padre.
A Whitney Ross, mi agente, de quien nunca puedo dejar de hablar… Eres la mejor. Gracias por ver el alma de Una ventana a la oscuridad a través de las zarzas y por trabajar conmigo para convertirla en la historia que es hoy. ¡Nada de esto habría sido posible sin ti!
A mi familia, grande y pequeña. A mamá, papá y Ben. Mi imaginación y mi amor por las historias empezó con vosotros. Gracias por quererme y por comprarme siempre libros. A Molly, cuya ayuda con Owen hizo que pudiera gestionar mis revisiones y mis otras miles de tareas relacionadas con el libro. Tienes mi agradecimiento y mi cariño.
A mis amigos. A aquellos que siempre me preguntan por lo que escribo con una alegría pura y siguen preguntándome, aunque me dé demasiada vergüenza responderles. Leah, Grace, Shannon, Lena, Laura, Katy. Sois mis soles. Gracias por preguntarme siempre.
A mi editora, Angeline Rodríguez. Gracias por ayudarme a inyectarles a estos personajes la angustia que necesitaban. Y a todo el equipo de Orbit, la gratitud que os debo es del tamaño de una montaña. Ha sido un placer trabajar con vosotros y ha sido un honor ver cómo mi historia se transformaba en un libro.
A todos mis lectores y a los autores que han aclamado Una ventana a la oscuridad con tanto entusiasmo, ¡gracias! Mis historias siempre habían sido solo para mí hasta que entré en la comunidad literaria. Ahora son para todos nosotros. Estoy deseando seguir compartiendo historias con vosotros. Gracias por ayudarme a convertir esto en el trabajo de mis sueños.
A Sarah García. Sé que este libro es demasiado aterrador para ti, y sé que te lo leerás de todas formas. Gracias. Por todo.
Y, por último, porque, aunque fuera de puntillas, no dejé de avanzar, me gustaría agradecérmelo a mí misma. Por mi trabajo duro. Por mi espíritu peculiar, sensible e imaginativo. En el fondo de mi ser, siempre supe que lo conseguiría.
RACHEL GILLIG nació y creció junto a la costa de California. Además de escritora, es profesora y se licenció en Teoría y Crítica Literarias en la UC Davis. Si no está acurrucada entre mantas soñando con su próxima novela, Rachel está en el jardín o dando un paseo con su marido, su hijo y su perro, Wally.
FIN

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