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© Libro N° 14847. La Emancipación Femenina. Toggliati, Palmiro. Emancipación. Febrero 21 de 2026

 

Título Original: © La Emancipación Femenina. Palmiro Toggliati

 

Versión Original: © La Emancipación Femenina. Palmiro Toggliati

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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LA EMANCIPACIÓN FEMENINA

Palmiro Toggliati


La Emancipación Femenina

Palmiro Toggliati

«La emancipación de la mujer no es y no puede ser problema de un solo partido, ni aun de una sola clase. Esto interesa a todas las mujeres, excepto, se entiende, a aquellos pequeños grupos ligados por motivos de interés a las castas dirigentes privilegiadas, responsables de la ruina en que nos encontramos y que no quieren que el pueblo renueve a Italia según sus aspiraciones. Con excepción de estos grupos, se debe realizar la unidad de todas las mujeres italianas, consideradas en su conjunto como una masa que tiene intereses comunes, porque está toda interesada en su propia emancipación, en la profunda transformación de las propias condiciones de existencia y, por ende, en la renovación de todo el país, sin el que esta transformación no es posible.» Figura intelectual de primer orden del comunismo internacional del siglo XX, la posición de Palmiro Togliatti en torno a la necesaria emergencia del papel político y social de la mujer en la sociedad contemporánea fue preclara y comprometida. Desde la «emancipación de la mujer», pasando por el «voto de la mujer» y el «derecho al trabajo», este libro recoge sus más importantes intervenciones respecto a la cuestión femenina en los años siguientes a la liberación italiana del poder fascista.

Palmiro Toggliati

La Emancipación Femenina

ePub r1.0

Titivillus 08-02-2026

Título original: L’emancipazione femmnile

Palmiro Toggliati, 1965

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

Prólogo[1]

Ha sido durante la Resistencia cuando la mujer italiana conquistó una nueva función en la sociedad. La Resistencia luchó para abrir de par en par esta puerta. Antes no habíamos tenido jamás —y lo recordaba hace ya veinte años el camarada Togliatti en la I Conferencia nacional de las mujeres comunistas— un momento de la historia italiana que considerase a la mujer sujeto activo, intérprete de un gran movimiento popular. Ha sido la Resistencia la que operó este cambio, cuando el pueblo humilde y generoso —son palabras de Piero Calamandrei— empuñó las armas para conquistar la libertad y las mujeres estuvieron al lado de los hombres, y no alguna mujer, sino decenas de millares, mejor dicho, centenas y centenas de millares, si unimos a las mensajeras, a las gappistas[2] y a las partisanas, todas las mujeres que participaron en la Resistencia italiana: bien ocultando heridos y prisioneros huidos, bien reuniendo víveres y ropas, bien trabajando en las fábricas y en los campos o amotinándose en una manifestación de protesta.

En innumerables acciones como estas, humanas y heroicas a un tiempo, surgió un sentido nuevo de la unidad, la conciencia de la necesidad de estar unidos, de ser muchos, de ser fuertes, de poder conquistar de este modo, en una Italia liberada del fascismo, un puesto adecuado al propio trabajo y a la propia función social. Así, por primera vez, las mujeres entraron en la historia de Italia, y entraron con la frente levantada, como protagonistas, como factor decisivo. Se puede muy bien afirmar que ellas fueron el alma y el corazón de la Resistencia, porque sin su amplia participación, sin su afectuosa solidaridad, el movimiento partisano no habría tenido extensión, el impulso y la solidez que tuvo.

Como comunistas estamos orgullosos de haber contribuido de una manera tan amplia en el ingreso de la mujer como protagonista en la vida política italiana. Como comunistas estamos orgullosos de haber tenido a nuestro lado desde las primeras batallas a tantas y tan fervorosas compañeras combatiendo por la libertad.

Hemos comprendido desde el inicio la máxima del camarada Togliatti: «La democracia italiana tiene necesidad de la mujer, y la mujer tiene necesidad de la democracia», y no podemos menos de alegrarnos que, desde el principio, tantas mujeres hayan reconocido en nuestro partido el más válido defensor de la causa de la mujer y de la causa de la democracia y hayan dado a nuestro partido su preciosa aportación de inteligencia, de trabajo y de heroísmo.

En la lucha de liberación nacional hemos empeñado todas nuestras energías afrontando enormes sacrificios. Lo hemos hecho porque este era el camino que se debía seguir para reconquistar la libertad y la independencia de la patria.

La Resistencia ha sido una gran lección de heroísmo y de amor patrio, pero ha sido también una gran lección de solidaridad y de unión nacional. Esta lección no la hemos olvidado. También por esto, celebrando la aportación de las mujeres comunistas a la lucha de liberación, celebramos igualmente la aportación de todas las mujeres italianas, de las mujeres socialistas, democristianas, del partido de acción, de las independientes, que han participado con nosotros en la lucha de liberación. A todas va nuestro homenaje y nuestro reconocimiento. Va a las 70 000 mujeres pertenecientes a los grupos de defensa de la mujer, a las 35 000 partisanas combatientes, a las 4600 mujeres arrestadas, torturadas, condenadas, a las 623 mujeres fusiladas o caídas en combate, a las 2750 mujeres deportadas en los campos de concentración nazis, a las 512 mujeres comisarias de formación partisana, a las 16 mujeres condecoradas con la máxima distinción militar, la medalla de oro, y a las 17 condecoradas con la medalla de plata.

Permitidme que nombre a una sola de estas mujeres: una madre, una madre de héroes, la madre de los siete hermanos Cervi. Permitidme que exalte en su nombre el coraje, la fiereza, la dignidad, los sacrificios de todas las madres, de todas las combatientes por la libertad, de todas las mujeres que de una manera o de otra han participado en la lucha de liberación nacional. Permitidme que exalte en el nombre de Genoveva Cervi, madre de encarcelados y de mártires antifascistas, las madres, las mujeres y las hijas de todos los camaradas y de todos los antifascistas que en los veinte años de dictadura mussoliniana han sido arrojados en la cárcel, han sido obligados a emigrar, han acudido a España a combatir por la libertad de aquel pueblo y por la libertad de nuestro pueblo.

Ofenderíamos a nuestras madres si dijésemos que no han llorado cuando nos han visto partir, cuando se enteraron de que estábamos en prisión, cuando permanecieron durante largos, interminables meses sin una señal de vida, cuando recibieron la terrible noticia de que su hijo ya no existía. Más que las durezas de la lucha pesaban sobre el ánimo de los combatientes las angustias de las madres. «Ya no sé qué escribirte para consolarte y hacerte estar con el ánimo tranquilo», escribía Gramsci a su madre. «La cárcel es una cosa abominable, pero para mí —añadía Gramsci

— sería aún peor la deshonra por debilidad moral y por bellaquería.» Y en la víspera del proceso que lo debía condenar a morir en la cárcel, Gramsci aún escribía a su madre: «Querría, para estar verdaderamente tranquilo, que tú no te asustases o turbases excesivamente cualquiera que sea la condena que quieran darme. Que tú comprendieses bien, incluso con el sentimiento, que yo soy un detenido político y seré un condenado político, que no tengo y no tendré jamás por qué avergonzarme de esta situación. Que, en el fondo, la detención y la condena las he querido en cierta manera yo mismo, porque no he querido jamás cambiar mis opiniones por las que estaría dispuesto a dar la vida y no solo estar en prisión».

Y así concluía Gramsci esta carta a su madre: «Querría abrazarte yo mismo muy estrechamente para que comprendieses cuán bien te quiero y cómo querría consolarte de este disgusto que te he dado: pero no podía actuar de otro modo. La vida es así de dura, y los hijos deben dar algunas veces grandes dolores a sus mamás si quieren conservar su honor y su dignidad de hombres».

Es en estas cartas de los antifascistas encarcelados, es en las cartas de los condenados a muerte de la Resistencia, en donde aparece del modo más inmediato y más profundo el sentido de nuestra lucha de más de veinte años en contra del fascismo. Hemos querido ser, todos, solo combatientes por la libertad, combatientes por la dignidad y el rescate de nuestro pueblo, combatientes contra aquel monstruoso régimen que fue el régimen fascista, que fue el régimen nazi. Aquellos regímenes los hemos abatido después de tantos años de sufrimientos, de sacrificios y de luchas.

En la exaltación de la victoria y en los horrores de los exterminios conocidos pensábamos que ninguna cosa semejante podría volver a darse jamás sobre la tierra. Desgraciadamente, la brutalidad de los poderosos y de los explotadores no conoce fin. Después de los horrores nazis, hemos conocido los horrores de los imperialistas franceses en contra del pueblo

argelino, y hoy conocemos los horrores de los imperialistas americanos contra el pueblo vietnamita, contra el pueblo de Santo Domingo.

Al recordar nuestra lucha de liberación nacional no podemos olvidar la heroica lucha de todos los pueblos por su libertad e independencia nacional. Esta manifestación de mujeres comunistas, de mujeres de la Resistencia italiana, no puede dejar de enviar un saludo solidario y augural a todas las mujeres que se han batido y se baten en los diversos países por la causa de la libertad.

Vaya un saludo particular a las mujeres argelinas, que tanto han sufrido en la larga y denodada lucha contra el colonialismo francés; vaya, junto al saludo, el augurio que hacemos a todo el pueblo argelino para que encuentre su unidad, amenazada por los acontecimientos de estos días, y para que Ben Bella y los otros dirigentes del Frente de Liberación Nacional sean restituidos a la libertad y puedan volver a su puesto de lucha.

Vaya nuestra admiración y nuestra solidaridad activa a los guerrilleros y a las mujeres combatientes del Vietnam y el augurio de victoria para su sacrosanta lucha por la libertad y la independencia de su país.

A los veinte años de la liberación es justo hacer el balance de la situación a la que hemos llegado. En gran parte lo habéis hecho vosotros en vuestra Conferencia. Nosotros nos encontramos ahora en una situación política y económica, social y moral que presenta graves elementos de crisis. Aquel soplo renovador que las fuerzas más progresistas del centro izquierda se proponían llevar a la vida del país no se ha conseguido.

Desde hace dos años, en el interior del centro izquierda han prevalecido siempre más las fuerzas conservadoras, que tienen en el grupo dirigente de la Democracia Cristiana su punto de fuerza. No se ha registrado ningún progreso sustancial en ningún campo de la vida nacional. No en el campo de la vida económica, porque, al contrario, el paro obrero ha vuelto a ser un fenómeno de la masa, con más de un millón de trabajadoras y trabajadores sin empleo. No en el campo de la organización democrática de la sociedad, porque no se ha realizado ninguna de las reformas que también se encontraban en los compromisos programáticos del centro izquierda, y los problemas regionales están aún sin solucionar. No en el campo de la moralidad, que también venía indicado como uno de los objetivos principales, porque, por el contrario,

no ha habido jamás tanto escándalo y tanta corrupción como en el vértice mismo del Estado y de la Administración.

No ha habido innovaciones en el campo de la política exterior, aunque el presidente del consejo de este Gobierno de centro izquierda, el honorable Moro, ha podido manifestar «comprensión» y «solidaridad» hacia la guerra bárbara que los Estados Unidos sostienen contra el pueblo vietnamita, y que ha provocado ya en el mundo un nuevo grave estado de tensión y perjudicado los pocos progresos conseguidos por la vía de la pacífica coexistencia.

En este cuadro general es en donde se debe valorar el punto actual del proceso de emancipación femenina. Reconocemos que en los años pasados este proceso ha dado pasos hacia adelante no menospreciables, debido especialmente a vuestro mérito y a nuestro partido. Hace un par de años se había llegado a un nivel de ocupación femenina que rozaba el 30 por 100 de la mano de obra total del país, y este se encaminaba de esta manera a alcanzar a los países capitalistas más desarrollados. Un paso más hacia adelante estaba representado por la conquista, después de largas luchas, de la igualdad de retribución entre el hombre y la mujer. También estos hechos expresaban el nuevo puesto, no solamente desde el punto de vista económico, que la mujer andaba conquistando en la sociedad. Pero este proceso se ha detenido ahora, mejor dicho, ha dado graves pasos hacia atrás. Según estadísticas oficiales, el número de mujeres ocupadas disminuye desde julio de 1963 a enero de este año en más de 700 000. No es esta una cifra de poco peso. Al contrario: corresponde a la población de una gran ciudad italiana, corresponde a más del 11 por 100 de toda la mano de obra femenina. Estas cifras ponen a plena luz toda la cuestión femenina.

Dijo el camarada Togliatti que «en las relaciones sociales el trabajo es la sustancia de la persona humana». Sin el trabajo, el desarrollo de la personalidad femenina permanece inevitablemente unilateral y casi siempre limitado. La pérdida de trabajo, en poco más de un año, por parte de más de 700 000 trabajadoras constituye no solo un drama personal para quien ha sido afectado por él, sino también un grave golpe dado a la misma posibilidad de progreso de la sociedad italiana.

Por ello ha hecho muy bien vuestra Conferencia en exigir que la programación —que debe orientar la política gubernativa en los próximos años— se ponga como fin, al menos, el aumento gradual de la ocupación

femenina, dé soluciones al problema de la vivienda para las grandes masas populares y provea a la organización de servicios comunes según una concepción moderna de la vida. La educación preescolar, la educación general básica, la educación profesional, deben asegurar a los jóvenes la instrucción y la educación requeridas por la exigencia de la sociedad moderna.

Nuestro partido comparte la idea formulada por la Conferencia, que la vía maestra para la renovación de la familia italiana está en un impulso cada vez mayor a la ocupación de la mujer y a la transformación de la sociedad, y hace propia la propuesta de una reforma de la educación familiar que se base en la igualdad de los cónyuges en sus relaciones recíprocas y en las relaciones con los hijos.

También en Italia debe ser posible, respetando al máximo los sentimientos religiosos de los ciudadanos, llegar a la disolución del vínculo matrimonial cuando las condiciones de convivencia se hayan vuelto imposibles. Certifico que las compañeras han hecho una gran aportación con su Conferencia a la clarificación y a la elaboración de los problemas que provienen de las masas femeninas en general y de la situación italiana en particular.

El partido mantendrá y reforzará el carácter específico de la política de emancipación femenina ligándola siempre y favoreciendo al partido a conectarla con los grandes temas de las reformas, de la programación, de la construcción de una nueva unidad.

Estoy de acuerdo con la compañera Jotti, que ha puesto de relieve en su informe que una masa de casi medio millón de comunistas ejerce todavía una influencia demasiado escasa en el interior del partido y, además, manifiesta una limitada capacidad de iniciativa en las relaciones con los otros movimientos políticos, con las grandes masas y en el terreno de la acción política en el más estricto sentido. Todavía se manifiestan más graves insuficiencias en la acción de conquista de las nuevas generaciones femeninas a la política del partido.

Estas constataciones deben comprometernos a superar todas estas deficiencias. Creo que se deben admitir sin más las sugerencias organizativas emanadas de la Conferencia: mantenimiento de las instancias de trabajo femenino a todos los niveles de la organización del partido; esfuerzo continuo para dar autoridad y autonomía de iniciativa a los cuadros del movimiento feminista; presencia de compañeras dirigentes

en todos los organismos de dirección del partido; formación de nuevas levas de cuadros femeninos y promoción de los cuadros ya formados a puestos de responsabilidad en el trabajo general del partido.

Son varios millones de mujeres que votan por nuestro partido, que expresan en número creciente en cada elección su confianza en nuestra lucha y en nuestra política. Pero muy a menudo la acción del partido hacia estas masas femeninas es demasiado discontinua y legada preferentemente a momentos electorales. Muy frecuentemente —y lo hemos afirmado en el documento para la preparación de esta IV Conferencia de las mujeres comunistas— las condiciones de vida y de trabajo de las masas femeninas no son un permanente punto de partida de nuestra acción.

Vosotras, camaradas, habéis afrontado todos estos problemas en vuestra Conferencia. Habéis afirmado la necesidad de conquistar con nuestra actividad y con nuestra lucha a un mayor número de mujeres. Todo esto está bien, todo esto es necesario. Pero yo querría recordaros, y querría recordar, sobre todo, a los dirigentes de nuestro partido, que todo esto no es aún suficiente. Lo que cuenta es saber crear en todas nuestras organizaciones las condiciones para que este gran número de compañeras pueda tomar una parte de primer plano en toda la actividad del partido. Lo que cuenta es saber proyectar hacia las grandes masas del pueblo esta nuestra gran fuerza combativa, saber hacerla llegar a ser la fuerza estimuladora, organizadora, arrebatadora de un grande y potente movimiento unitario y popular por la emancipación femenina.

La emancipación de la mujer —dijo Togliatti en la primera Conferencia de las mujeres comunistas— no es y no puede ser problema de un solo partido ni tampoco de una sola clase. Con excepción de los pequeños grupos, ligados por razón de interés a las castas privilegiadas, la emancipación femenina interesa a todas las mujeres, porque todas las mujeres están interesadas en su propia emancipación, en la profunda transformación de las propias condiciones de existencia y, por consiguiente, en la renovación de todo el país, sin la cual esta transformación no es posible. La emancipación de la mujer constituye, por tanto, un momento y una condición del desarrollo general de la sociedad. Pero en este desarrollo los conflictos de fondo se presentan continuamente de nuevo en una lucha ininterrumpida entre las fuerzas que quieren llevar a cabo una obra de renovación y las fuerzas que, por el contrario, luchan para que no se renueve nada.

Actualmente se da el caso de grupos de dirigentes democristianos que gobiernan la política del centro izquierda y a los cuales, por desgracia, se alinean continuamente también los ministros socialistas. Es necesario liberar a Italia del fantasma de centro izquierda, ahora obstáculo al progreso del país, ha dicho la compañera Jotti en su informe. Es preciso dar hoy vida —ha precisado aún— a un movimiento unitario tan amplio, a un debate político tan cerrado, que no demos tregua a los partidos y a los gobiernos.

No se trata de volver a formas antiguas de unidad que han pasado de moda, pensamos en formas nuevas de colaboración y de unidad, correspondientes a los problemas y a las exigencias de hoy, y que son las condiciones para ir adelante. Ni las fuerzas democráticas ni las fuerzas de izquierda pueden sacar provecho de que se mantengan las actuales divisiones, los nuevos fraccionamientos. Pueden tan solo sacar ganancia las fuerzas de derecha en su tentativa de impedir todo desarrollo democrático, toda reforma, todo progreso en la construcción de una sociedad más cívica y más moderna. Pueden sacar ganancia solo las fuerzas conservadoras que tienen la dirección del centro izquierda y que buscan, cada vez más, aprisionar al partido socialista.

Es desde aquí, y desde las exigencias de hoy y de mañana, que han surgido nuestras propuestas de crear nuevas relaciones entre todas las fuerzas de izquierda, laicas y católicas, entre todas las fuerzas socialistas, y la indicación de una perspectiva que contemple la creación de un partido único de la clase obrera. Se ha dicho justamente en esta Conferencia que nosotros no pensamos en una simple suma de las fuerzas organizadas en los partidos que se vuelven hoy al socialismo. Nosotros pensamos que se trata de dar vida a algo nuevo que no solo corrija los defectos, sino, especialmente, supere los límites de toda fuerza socialista, comprendido nuestro partido, y aproveche todas las experiencias, todas las aportaciones válidas. Y tenemos puesta la mirada no solo en los militantes, no solo en las fuerzas organizadas, sino, además de estas, tenemos puesta la mirada en los obreros, en las mujeres, en los jóvenes, en los intelectuales, en todos aquellos que aspiran a la renovación socialista de nuestro país y que están dispuestos a luchar por ello.

Es una perspectiva nueva aquella que nosotros señalamos: es una inversión de la tendencia del proceso de fraccionamiento del movimiento obrero italiano, el predominio de la colaboración y de la unidad, en donde

hasta ahora han prevalecido los contrastes y las divisiones. Es un proceso, este, que nosotros no concebimos solo como un diálogo en la cumbre, sino como un movimiento que parta de las cosas concretas, de los problemas, de las tareas, de las posibilidades de hoy.

Esta es la vía que nosotros indicamos para salir de la crisis que hoy atormenta a nuestro país y que es una crisis política, económica, social y moral. Esta es la vía para salir de la crisis de una manera positiva, para avanzar hacia adelante. Por esta vía es hoy posible hacer un nuevo relance, dar un nuevo desarrollo a la lucha por la emancipación femenina y avanzar hacia la sociedad socialista, en la cual la mujer tendrá reconocidos todos sus derechos y podrá desarrollar plenamente su personalidad.

Lo que nosotros queremos hoy es realizar plenamente los grandes ideales de la Resistencia, que han sido los ideales de libertad, de democracia y de justicia. Vosotras, compañeras, habéis sido el alma y el corazón de la Resistencia. Vosotras debéis ser también hoy el alma y el corazón de las batallas que nos esperan, el alma y el corazón de las nuevas relaciones de colaboración y de unidad que queremos establecer con todas las fuerzas de izquierda, con todas las fuerzas socialistas.

Es una gran tarea la que proponemos, a nosotros y a vosotras, pero es con un gran espíritu que la afrontamos. Lograremos así superar todos los obstáculos, todas las dificultades, todas las incomprensiones que encontraremos en nuestro camino.

A todas vosotras, a todas vuestras organizaciones, yo quisiera en este momento exigir un compromiso concreto: llegar a aquel día de agosto en el que se conmemorará el primer aniversario de la muerte del camarada Togliatti con un partido más fuerte, con un partido que haya superado por doquier el número de los inscritos en el año pasado, que haya realizado acontecimientos importantes en el reclutamiento de nuevas camaradas, de nuevos camaradas, de nuevos jóvenes. Celebraremos así del mejor modo el recuerdo del camarada Togliatti, y lo celebraréis de la manera más digna, sobre todo, vosotras, mujeres, que tanto debéis al pensamiento y a la obra de Palmiro Togliatti.

Cuando pensamos en la enseñanza de Togliatti, nosotros encontramos, como un punto firme, su discurso de 1945, en la I Conferencia de las mujeres comunistas. De aquel discurso se han derivado todas las indicaciones necesarias para asegurar una nueva función a la mujer, una

función más cívica y más moderna en una sociedad profundamente renovada.

Aquel discurso ha sido uno de los grandes discursos de elaboración de la política de la vía italiana al socialismo, uno de los grandes discursos de elaboración de nuestra política de avanzada democracia, una de las piedras miliares en la vía de la construcción de un partido nuevo, un partido que tuviese el carácter que nosotros hemos querido dar a nuestro partido y que hoy representa una de las razones de fondo de nuestra fuerza, de nuestros vínculos con las masas, de nuestros éxitos.

En este campo ha sido mérito de Togliatti el haber colocado el problema femenino en la realidad histórica en la cual debía ser situado, y de haber visto la lucha por la emancipación femenina como parte integrante y esencial de la lucha por la renovación democrática de Italia. La fuerza de esta concepción, de este planteamiento, consiste en unir estrechamente el problema de la emancipación a los problemas generales de la lucha de clase obrera y de las fuerzas populares.

La emancipación venía a ser de este modo para Togliatti uno de los temas esenciales de la lucha de las clases trabajadoras femeninas, de la lucha por la construcción de una sociedad nueva, de la lucha por abrir también en Italia, en la democracia y en la paz, la vía de avance al socialismo.

Al mismo tiempo, sin embargo, la lucha por la emancipación conservaba, en la concepción de Togliatti, su momento específico, su momento autónomo, y entre los dos elementos no había contradicción, sino un nexo dialéctico profundo. Y era, al mismo tiempo, una visión histórica profunda, un saber mirar siempre a las grandes tendencias de la historia, a los procesos en desarrollo.

Recordaréis que cuando en 1945 se discutió y se decidió el voto a las mujeres hubo entonces algunas resistencias, incluso en nuestras propias filas. Para algunos, el voto a las mujeres podía ser un riesgo. ¿Cómo habrían votado tantos millones de mujeres? Eran los conservadores — permitidme que los defina de esta manera— los que no sabían ni querían mirar más allá de un resultado electoral. Mas Togliatti fue, también en esto, firme y lineal. Es un proceso de renovación de la nación, dijo él entonces, y este proceso necesita de la participación de las mujeres, de una madurez democrática de las mujeres. Podemos incluso tener un resultado no bueno en la primera prueba, pero un Partido Comunista, cuyo objetivo esencial es exactamente esta renovación de la sociedad, no puede pensar, ni aun por un instante, en renunciar a introducir a la gran masa de las mujeres en lo más vivo de la lucha política.

Por lo cual no debemos ofrecer una resistencia conservadora o instrumental al voto de las mujeres, sino un compromiso por la conquista femenina de nuestros ideales de libertad y de renovación en el cuadro de un planteamiento justo, marxista y profundamente nacional, del problema de la emancipación de la mujer. Visión amplia, abierta, de todos los problemas que la emancipación comporta, de las alianzas con todas las fuerzas democráticas, laicas y católicas que en esta lucha se deben llevar a cabo.

También partiendo de aquí estableció Togliatti de una manera nueva el problema de la religión y de las mujeres católicas. La religión vista no como un obstáculo, sino como un estímulo posible para las mujeres católicas en la lucha por una sociedad más justa, más avanzada, que no vuelva a conocer todas las maldades, todas las injusticias que todavía vemos hoy. Una visión unitaria, pues, y la conciencia profunda de que la unidad es el camino a través del cual pasa nuestra lucha por una Italia nueva, profundamente renovada política, económica, social y moralmente, por una Italia que avance hacia el socialismo.

Esta, compañeras, ha sido la enseñanza de Togliatti. Esta ha sido y será la línea de nuestro partido, este el sentido profundo de la acción que con ímpetu renovado llevamos a cabo para crear nuevas relaciones entre todas las fuerzas democráticas de izquierda, para crear nuevas relaciones entre todas las fuerzas socialistas.

Luigi Longo

I

La emancipación de la mujer: un problema

central de la renovación del Estado y de la

sociedad italiana[3]

Compañeras, no tengo necesidad de decir muchas palabras para expresaros la satisfacción que siente la dirección de nuestro partido al veros reunidas en número tan grande en este primer Coloquio nacional de las mujeres comunistas. Hemos escuchado con satisfacción los informes que habéis hecho sobre vuestra actividad. Estamos alegres y orgullosos al constatar el espíritu que os ha guiado en el trabajo de vuestras organizaciones y os anima hoy en los trabajos de este coloquio. Estamos alegres y orgullosos al ver que unidas por primera vez, llegadas de todas las partes de Italia: las combatientes, las militantes y las trabajadoras vinculadas a nuestro gran partido, que se empeñan en dedicar la mayor parte posible de sus energías al triunfo de las ideas y del programa por el cual nosotros luchamos.

Ya desde el inicio de la actividad legal de nuestro partido hemos establecido con gran energía la cuestión del trabajo que los comunistas deben desarrollar en el seno de las masas trabajadoras femeninas y, dándonos cuenta de las dificultades que en un país como Italia existen para el desarrollo de esta actividad, hemos hecho un esfuerzo particular para encontrar formas de organización de las mujeres comunistas que permitieran, ante todo, la adhesión al partido de numerosos grupos de mujeres conscientes de nuestros fines y al mismo tiempo permitieran a las mujeres comunistas, y al Partido Comunista en su conjunto, ofrecer una aportación importante a la lucha por la emancipación de las mujeres italianas. Estamos contentos al ver que, siguiendo los consejos que os hemos dado, habéis logrado obtener incluso en las zonas y regiones más difíciles resultados notables. Las cifras que habéis dado aquí de las mujeres inscritas a nuestro partido representan una gran victoria. Significan que comienza a existir en Italia no solamente en el seno de la clase obrera y en las masas trabajadoras masculinas, sino también en el seno de las masas trabajadoras femeninas una vanguardia conocedora de los grandes objetivos por los cuales se necesita hoy combatir si se quiere llevar a nuestro país a una profunda regeneración, si se quiere renovarlo profundamente en la vida económica, política y social.

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Mas quiero poneros en guardia inmediatamente contra la excesiva satisfacción de los resultados conseguidos por vosotras. Es cierto que hemos dado un primer gran paso hacia adelante. Pero también es cierto que este paso y el progreso notable que esto significa no pueden considerarse aún suficientes. En primer lugar, tengamos presente que las fuerzas que hemos logrado conquistar en nuestra organización y en nuestro programa no nos proporcionan aún todos los elementos que el partido necesita para desarrollar su trabajo entre las mujeres en la medida requerida por la situación. En segundo lugar, pensamos que las fuerzas femeninas reunidas hoy en nuestras filas no son todavía plenamente utilizadas de manera racional y justa y, por tanto, no rinden aún todo lo que deberían rendir. Habéis dicho aquí que son 80 000 mujeres comunistas inscritas en las organizaciones del partido más abajo de la línea gótica[4]. Es una cifra que parece enorme, especialmente para quien conoce las condiciones de existencia de las masas trabajadoras femeninas en esta región. Sin embargo, aunque la cifra sea imponente, si consideramos la manera como se desarrolla la lucha política y social en esta parte de Italia, es cierto que no percibimos aún la influencia que una gran fuerza semejante debería ejercer. Esto quiere decir que nuestras fuerzas no son aún utilizadas de modo plenamente racional y eficaz. Esto quiere decir que, después del primer gran paso hacia adelante que habéis dado, deben darse aún otros grandes pasos hacia adelante.

Además, os invito a prestar atención al hecho de que este número de afiliados está muy desigualmente distribuido en nuestras organizaciones. Ello es más grande allí en donde los núcleos proletarios son regulares; disminuye proporcionalmente en donde tales grupos son menos densos, y llega a ser relativamente muy pequeño, por ejemplo, en una gran ciudad como Roma, en donde también hay una gran masa de mujeres trabajadoras, que pueden y deben ser conducidas por nosotros a vivir una vida política nueva, a dar su aportación activa a la reconstrucción del país.

Deseo también decir algunas palabras, al comienzo de mi intervención, de amistosa y fraterna crítica por el modo como algunas cuestiones que interesan a vuestra Conferencia han sido tratadas en algunas de vuestras intervenciones. Es, sin duda, muy interesante todo aquello que he oído decir por vosotras, y me han referido que son muy interesantes las cosas dichas por las compañeras y que no he podido escuchar. Os invitamos, pues, a continuar dando en vuestras intervenciones toda la aportación de

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que sois capaces en la solución de vuestros y nuestros problemas: y os invitamos especialmente a ofrecer esta aportación de modo que os sea fecundo un intercambio de experiencias entre las compañeras que han trabajado en determinadas condiciones y han logrado dar grandes pasos hacia adelante, y aquellas que, por el contrario, aún se debaten frente a dificultades que no logran superar. Me parece, sin embargo, que habéis concedido un carácter demasiado restringido a vuestro debate, como si la cuestión del trabajo entre las mujeres fuese esencial y casi exclusivamente una cuestión del partido, esto es, conseguir tener en el partido muchas mujeres, conseguir atraer a muchas mujeres a nuestra influencia, conseguir conquistar y consolidar posiciones que mañana pueden permitir al partido afirmarse en el campo electoral y en otros campos análogos.

Todo esto es justo que se haga, pero deja, no digo aparte, sino en segundo lugar la cuestión fundamental, aquella que debería ser el centro de vuestra atención, de vuestros debates y de todo vuestro trabajo, y que no es cuestión del partido en el sentido estricto de la palabra, porque atañe a toda la sociedad italiana el grado de desarrollo a que ella ha llegado y el progreso que le queremos atribuir. Quiero decir la cuestión de la emancipación de las masas femeninas en el sentido más amplio y más profundo. Es evidente que para afrontar este problema y dar a la solución del mismo una aportación válida tenemos necesidad de tener muchas mujeres en el partido, tenemos necesidad de tener una influencia en medio de las masas trabajadoras femeninas que no siguen y no pueden aún seguir al Partido Comunista, tenemos necesidad de todo aquello que vosotras estáis haciendo y también de otras muchas cosas, teniendo, sin embargo, siempre presente qué es el partido. El partido es una organización política que no es y no puede ser un fin en sí mismo. El partido es un instrumento político y de organización que nosotros construimos para emplearlo en favor de las masas trabajadoras, en favor del pueblo, en favor de nuestro país, en favor de Italia. Por esto, cuando hablamos de las tareas de nuestros afiliados, debemos considerarlo siempre en relación con algo que está por encima del partido mismo, y que es el interés general de la nación italiana.

Me parece que en vuestras discusiones no se ha sacado todavía a la luz con suficiente energía esta cuestión. Esto es, me parece que no lo habéis puesto aún en la luz justa, ni que todo nuestro trabajo —en el campo que os interesa— ha vuelto a llevar a cabo la emancipación de la mujer, ni cuál es el valor de esta emancipación en la actual sociedad italiana, ni cuáles

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son las exigencias fundamentales de la lucha que se debe llevar a cabo para la emancipación de la mujer. Es necesario ampliar la visión de las mujeres que se inscriben en el partido; es necesario hacerles comprender que no trabajan solo por esta organización a la cual han venido y con la cual os habéis empezado a encariñar, y está bien que os encariñéis siempre más, pero que su trabajo es una aportación indispensable para lograr dar libertad, dignidad, nueva vida, trabajo, alegría y bienestar a todas las mujeres italianas. Es preciso, en fin, que nosotros mismos y vosotras antes que nadie sepáis exactamente cuáles son las profundas transformaciones de la vida económica, política y social italiana, que están ligadas a la emancipación de la mujer y que en gran medida la condicionan.

¿Cuál es la situación que tenemos ante nosotros hoy? Hoy está en curso en Italia un profundo proceso de renovación, está en curso aquella que no dudo en llamar una revolución democrática. Italia se está renovando a través de la dura prueba del hundimiento del fascismo, de la derrota y de la destrucción de tantos bienes materiales y morales. Ella se está transformando profundamente, y este proceso de transformación no es un asunto que pueda ser limitado a una determinada actividad legislativa o a determinadas medidas económicas o políticas. No: la renovación que en este momento se inicia para nosotros es algo más amplio, más radical, más profundo. Aquellos hombres políticos que piensan o parecen pensar que todo se puede reducir a hacer una rotación de Gobierno, a los hombres que ya los precedieron e inspiraron pésimos ensayos hace más de veinte años, o bien que para contentar al pueblo basta con hacer algunas leyes nuevas o retocar algún artículo de una Constitución, se equivocan totalmente. Ellos se equivocan especialmente porque no se dan cuenta de que, en el exterior y en contra de su voluntad conservadora, está ya en curso un proceso de renovación por obra del pueblo mismo, que se ha despertado a través de los sufrimientos, que se ha batido por salvar a Italia de la catástrofe, y del cual surge un movimiento renovador que tiene una impronta claramente democrática, mas netamente revolucionaria, porque tiende a crear un régimen completamente nuevo en comparación no solo con el fascismo, sino también con los ordenamientos que lo precedieron. En otras palabras: se está desarrollando en Italia aquella revolución democrática que en nuestro país no ha sido jamás ni llevada a fondo ni desarrollada seriamente, que, iniciada en el siglo pasado, ha dado algunos pasos hacia adelante, pero no había logrado jamás triunfar.

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Que sea la democracia y que sea la revolución democrática creo no tener necesidad de explicarlo. Democracia es un gobierno del pueblo, en interés del pueblo, bajo el control del pueblo; y una revolución democrática existe cuando un gobierno semejante viene conquistado a través de una profunda agitación popular, que arrolla ante sí todas las resistencias, como la insurrección nacional del Norte ha encontrado los últimos residuos fascistas y los invasores alemanes.

Pero si es cierto que está en curso en Italia una revolución democrática, es al mismo tiempo cierto que la revolución democrática que se desarrolla hoy en nuestro país tiene una impronta particular. Ha habido en la historia muchas revoluciones democráticas, empezando por la inglesa y por la francesa. Ha habido tentativas de revolución democrática más o menos logradas en Alemania, en Italia, en todos los países de Europa, pero ninguna de estas revoluciones democráticas puede ser identificada con lo que está sucediendo hoy en nuestro país. La revolución democrática que se inicia en Italia en el periodo histórico que estamos viviendo es una revolución que tiene un carácter propio, particular, que se deriva de las condiciones mismas en que se encuentra hoy Italia. Este carácter particular me parece que está determinado, sobre todo, por tres elementos.

En primer lugar, se trata de una revolución democrática que se desarrolla en un país que ha sufrido más de veinte años la tiranía fascista y que por la tiranía fascista ha sido llevado a la ruina. El fascismo al derrumbarse ha despertado en torno a sí un montón de ruinas, pero, sobre todo, eso mismo ha dejado en el país una profunda aspiración de Justicia. La mayoría de los italianos comprende y siente que si el país quiere salvarse, deben ser rigurosamente castigados los responsables de su catástrofe. Este hecho da una impronta particular a nuestra revolución democrática porque excluye de la dirección económica y política de la nación ante todo a los fascistas, esto es, la parte más reaccionaria de la sociedad capitalista italiana, aquella parte que es directamente responsable o más bien cómplice de todo aquello que aconteció. Además de esto, la mayor parte del pueblo siente que si se quiere renovar verdaderamente nuestra vida e impedir todo posible brote reaccionario, no se puede confiar el compromiso de la reconstrucción a aquellos elementos conservadores que han puesto a Italia, en el pasado, en aquel plano inclinado sobre el que, deslizándose, ha terminado inexorablemente, por necesidad histórica y política, en el fascismo, en la derrota y en la catástrofe. Esta es la

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primera particularidad de la revolución democrática italiana en el momento presente, particularidad que resumiría diciendo que nuestra revolución democrática se desarrolla en condiciones políticas e históricas tales que excluyen de la dirección del país a gran parte de los viejos grupos dirigentes burgueses e imponen el advenimiento de nuevos grupos políticos y sociales a la dirección de toda la vida nacional.

Segundo elemento característico es que nuestra revolución democrática se desarrolla hoy en un ambiente social profundamente distinto, por ejemplo, de aquel en el cual se desarrollaron la Revolución inglesa, la Revolución francesa y también el Risorgimento italiano, que igualmente tuvo, a pesar de sus debilidades, el carácter de revolución democrática. En el pasado, al tiempo de los movimientos revolucionarios que he señalado, la clase obrera estaba en los inicios de su formación y, por consiguiente, estaba dispuesta a luchar y se batía por la conquista de la libertad. No estaba, sin embargo, en disposición de dar a todo el movimiento una impronta determinada, correspondiente a sus intereses concretos y a sus aspiraciones ideales. Hoy la clase obrera ha adquirido una fuerza propia, un peso social propio, una organización propia, una disciplina propia y una conciencia que no tenía hace siglo y medio, ni siquiera hace cincuenta años. Hoy, pues, en torno de la clase obrera se acogen las masas trabajadoras, manuales e intelectuales, de la ciudad y del campo, en las cuales se irradia la fuerza y la conciencia de clase obrera y que avanzan por ello con un espíritu nuevo en la escena de la historia. Clase obrera y masas trabajadoras exigen dar su impronta al giro democrático que se está desarrollando y, dada la quiebra de las viejas castas dirigentes reaccionarias, exigen asumir una parte dirigente de primer plano en la resolución de todas las cuestiones que son establecidas por una revolución democrática y en la dirección del país en general. Esto tiene como consecuencia inevitable que los problemas de la emancipación económica y social de los trabajadores y todas las cuestiones conectadas con los mismos comienzan a ser solucionadas, conforme al deseo del pueblo, en el curso mismo del giro democrático. Esta es la segunda particularidad de la revolución democrática italiana en el momento actual, particularidad que resumiría diciendo que nuestra revolución democrática se desarrolla en condiciones políticas e históricas tales que imponen la solución, en el curso de la misma, de los problemas económicos y sociales

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nuevos, los cuales no se dieron y, por tanto, no fueron resueltos en el curso de revoluciones democráticas de otros países y de otras épocas.

Tercer elemento característico es que nuestra actual revolución democrática se desarrolla en un país que está profundamente desorganizado, cuyas riquezas están en gran parte destruidas, que tiene un aparato productivo revuelto y en parte en grado de no funcionar más, en una situación, por tanto, en la que se presentan problemas dificilísimos, que interesan de cerca no solo a los trabajadores, sino a todos los demás estratos sociales ligados a la producción. El elemento nuevo consiste aquí en el hecho de que estos problemas no pueden ser resueltos volviendo a los criterios tradicionales de la dirección de la vida económica. No se puede decir hoy en Italia que basta «dejar hacer, dejar pasar», porque, si se dice y si se hace así, la inevitable consecuencia será una nueva ventaja de los grupos egoístas y reaccionarios que una vez ya nos han llevado a la ruina, será el triunfo de la más vil de las especulaciones y será, por consiguiente, inevitablemente, la ruina material y moral no solo de los trabajadores, sino de todos los hombres honestos y sinceros. Es preciso adoptar un criterio nuevo. No se puede y no se debe excluir la iniciativa privada del campo de la reconstrucción económica, pero al mismo tiempo se puede y se debe excluir la especulación, se puede y se debe exigir y obtener que los intereses generales del país prevalezcan sobre los intereses egoístas del grupo. De aquí la tercera particularidad de la revolución democrática italiana en el momento presente, particularidad que resumiría diciendo que la vida económica del país, en sus nuevos aspectos concretos, inmediatos y urgentes, debe ser regulada según principios de justicia social y de solidaridad nacional.

Me parece que estas son las principales características nuevas de la revolución democrática que se está desarrollando hoy en Italia y de lo que deriva que todas las cuestiones, ya económicas, ya sociales, que hoy se presentan al pueblo italiano, deben ser resueltas de un modo diferente de como fueron resueltas por las revoluciones democráticas precedentes, o en el curso de las mismas, y que la misma democracia que se forja hoy en nuestro país debe tener una impronta particular. Esta no puede ser pura y simplemente el viejo régimen parlamentario burgués que existía entre nosotros antes del fascismo, no puede ser tampoco una simple reproducción de los regímenes que salieron de la revolución burguesa democrática del siglo pasado, sino que debe ser una democracia de tipo

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nuevo, una democracia antifascista, popular, progresiva; debe ser un régimen que tenga en cuenta todas las experiencias que el pueblo ha tenido en el curso de los decenios de la opresión y de la miseria, y que sobre la base de estas experiencias construya una sociedad en la cual lo que ha acontecido en el pasado no pueda repetirse más, en la cual nuevos grupos políticos y sociales, esto es, la clase obrera, las masas trabajadoras, tomando la dirección de la vida del país, den a la misma una impronta nueva. Esta es la democracia por la que nosotros combatimos. Y es en esto por lo que nos encontramos en desacuerdo con los elementos de otros partidos políticos, que también forman parte del frente unido del comité de liberación nacional, pero que todavía no conocen y no comprenden esta novedad, y se oponen, por tanto, a las transformaciones económicas y políticas hacia las que tienden las aspiraciones populares y que son una necesidad de nuestra vida nacional. A estos elementos indicamos una vez más el peligro y la imposibilidad de permanecer en una dirección política que no posea la energía necesaria para gobernar de una manera nueva, encaminando el país a aquellas transformaciones que serán decididas por los representantes del pueblo reunidos en Asamblea Constituyente, y mientras tanto destruyendo todos los residuos fascistas, restaurando de verdad la libertad e iniciando la reconstrucción con espíritu de justicia social y de solidaridad nacional. Nosotros no queremos que se cree una separación, que pronto se volvería un abismo, entre la dirección del país y las masas populares que anhelan una renovación profunda. Nuestra posición es, por consiguiente, la única que consiente mantener la necesaria unidad entre el pueblo y el Gobierno y, por tanto, la única que tiende a crear una normalidad de vida democrática.

No tengo la intención de indicar aquí cuáles son las medidas concretas de renovación política y social que nosotros proponemos. Sabed que esencialmente se trata de la proclamación de la República, de una profunda reforma agraria y de una profunda reforma del sistema industrial y bancario. Como veis, se trata en parte de reivindicaciones que la clase obrera no pudo y no podía poner en el curso de las precedentes revoluciones democráticas. Al lado de estas reivindicaciones de carácter económico y político general, hay otras exigencias de renovación, de naturaleza social y moral, que hoy se presentan y deberán ser satisfechas. Entre ellas pongo en primer lugar la de la emancipación de la mujer.

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Ninguna de las revoluciones democráticas de los siglos pasados ha resuelto el problema de la emancipación de la mujer. La mujer salió de la Revolución francesa sin un reconocimiento de la igualdad de sus derechos civiles y políticos. Los gigantes que proclamaron los derechos del hombre no tuvieron la capacidad y el coraje de llegar a la proclamación de los derechos de la mujer, y no lo tuvieron por razones de orden económico y social bien determinadas. La legislación civil y política salida de la Revolución francesa, y que constituye después el modelo para la legislación de casi todos los Estados de Europa, es una legislación que sanciona la inferioridad de la mujer. Por lo que respecta a las condiciones de hecho, a pesar de que muchas mujeres de excepción y masas de mujeres del pueblo, por ejemplo en Francia, han luchado denodadamente contra la tiranía y por la libertad, las sociedades que surgieron de las revoluciones democráticas burguesas del siglo pasado eran sociedades en las cuales la mujer no tenía la parte que le corresponde en la construcción y dirección de la vida económica, política y social. El problema de la emancipación de la mujer comenzó a asomarse bastantes decenios después, por un empuje dado por la evolución misma del capitalismo, que atraía a las mujeres a una actividad productiva, y especialmente por la influencia ejercida por el desarrollo del movimiento para la emancipación de la clase obrera.

Hoy hemos llegado a un punto tal de desarrollo económico y de despertar de la conciencia popular, y son tales las exigencias que nosotros ponemos, que la emancipación de la mujer debe ser uno de los problemas centrales de la renovación del Estado italiano y de la sociedad italiana. Si queremos efectivamente llevar a término en Italia una revolución democrática, que transforme nuestras instituciones políticas, nuestra vida económica y nuestras costumbres, debemos resolver el problema de la emancipación de la mujer y resolverlo bajo todos sus aspectos, es decir, bajo el aspecto económico, político, social y moral, en el sentido más amplio de la palabra. Si no salimos bien en este compromiso, no podremos dar a la democracia italiana aquella impronta nueva, popular y progresiva que queremos darle.

Sin embargo, no ocultamos las dificultades. Estas derivan del hecho que la mujer ha visto siempre desconocidos sus derechos en la sociedad italiana, ha sido explotada y oprimida. No solo no ha gozado jamás de plenos derechos cívicos y políticos, sino que de hecho no ha sido admitida,

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o ha sido admitida solo en parte y a través de grandes resistencias, a participar en una actividad productiva y constructiva.

La situación de la mujer italiana ha sido siempre, también en el último siglo, una de las más atrasadas en comparación a la de las mujeres de otros países. Si vosotras hojeáis nuestra historia, encontraréis raramente figuras de mujeres que se afirmaron con una personalidad propia, como las encontráis, en cambio, en la historia de otros países.

Incluso en nuestra literatura —lo reconoció uno de nuestros más grandes pensadores, Francesco De Sanctis—, con excepción de Francesca di Dante, no hay una figura de mujer que tenga una marcada personalidad propia. Beatrice, Laura, son imágenes ideales abstractas pero no mujeres verdaderas, y de su estirpe desciende la galería de figuras femeninas de convención, sin alma y sin sangre. La Lucía de Los novios es una pobre mujer del pueblo, que hasta tal punto no logra tener una personalidad propia, que incluso para distinguir del modo más elemental el bien del mal necesita que venga a explicárselo un fraile. No hablaremos, pues, de la literatura moderna, en donde la mujer es reducida a instrumento insignificante de placer de los otros, perdiendo incluso la robusta salud de las burguesas de Boccaccio; y de los llamados grandes novelistas de fines del siglo pasado, esta imagen de degeneración desciende cada vez más abajo, en los cuentos, en las revistas de gran tirada, en los guiones cinematográficos y, finalmente, en las revistas pornográficas o cuasi pornográficas, con un proceso de envilecimiento y degradación que culminó en el periodo fascista. Las grandes figuras humanas de mujer creadas por un Shakespeare, por un Racine, por un Goethe, por un Tolstói, no las encontramos en nuestra literatura, y esto es un espejo fiel de la posición atrasada ocupada por la mujer en la sociedad italiana. Hasta en los relatos populares el elemento femenino se torna algo genérico y evanescente —el hada benéfica que socorre al niño perdido en el bosque —, no se encarna en figuras de carne y hueso, como se encuentran, por ejemplo, en la literatura popular de los pueblos eslavos.

También en el Resurgimiento, que fue, a pesar de todo, época de despertar nacional y popular, la mujer es, entre nosotros, madre, mujer de héroes, pero no es ella misma heroína en el sentido activo de la palabra, no participa en primer plano en la lucha por la liberación del país. La Cairoli, la Garibaldi, la Confalonieri, son excepciones, y son grandes mujeres casi por reflejo de otras personalidades que las dominan, más que por sí

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mismas, por su pensamiento, por su acción. Y aquí, camaradas, está la gran importancia, casi querría decir la gran novedad histórica de aquello que ha acaecido en el curso de los últimos años y de los últimos meses en nuestro país, cuando algunas mujeres entraron a formar parte de las organizaciones clandestinas de lucha por la libertad y contra el fascismo; cuando algunas mujeres vistieron el uniforme del combatiente por la libertad, tomaron las armas, demostraron haber reunido un tal alto grado de responsabilidad cívica y política, una tan marcada personalidad por la que han podido afrontar el sacrificio y el martirio, que han podido tocar las más altas cumbres del heroísmo.

He oído que habéis celebrado en esta Conferencia a las mujeres de nuestro partido y de otros partidos, a las mujeres del pueblo que se sacrificaron, que han caído combatiendo. Creo, sin embargo, que se deberá valorar su heroísmo y su sacrificio mucho más de lo que se ha hecho hasta hoy, porque esto es un acontecimiento nuevo en la historia de Italia, que puede ciertamente significar el inicio de una renovación moral, política y social profunda para grandes masas que hasta ayer estuvieron excluidas de la vida política, a quienes fue negada aquella paridad de derechos que se refieren a toda persona humana. Estas mujeres nuevas, caídas por la libertad y por la patria, Anna Maria Enriques, Vittoria Nenni, Irma Bandiera, las hermanas Arduino[5] y cientos y cientos más, vosotras tenéis el deber de hacerlas tan populares que sus nombres sean conocidos por todas las mujeres italianas. Si me permitís hacer una propuesta, querría que se hicieran millones de imágenes en color de estas mujeres para distribuirlas entre las mujeres del pueblo, para que las guardaran junto a las imágenes de los santos. Ellas cayeron por vosotras, por vuestra emancipación. Ellas nos dieron la certeza de la victoria de la causa femenina, porque aportaron a la nación entera la prueba de que la mujer italiana es capaz de renovarse, es capaz de dar en las primeras filas su aportación a la nueva historia de Italia. Lo que ellas han hecho y, sobre todo el gran número de estas combatientes, es algo tan nuevo que hasta sorprende. Cuando la energía nueva de las mujeres entra con tan gran ímpetu en la vida de un pueblo, quiere decir que para este pueblo ha ciertamente despuntado la aurora de una gran renovación. Guiadas por el ejemplo arrebatador de estas mártires, las mujeres italianas sabrán emanciparse de todo atraso y de toda servidumbre, sabrán estar en primera

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fila en la construcción de un nuevo régimen democrático y en la solución de todas nuestras actuales dificultades.

He hablado del tradicional atraso de las masas femeninas italianas. Mas no creo, camaradas, que la culpa de este atraso deba estar relacionado con el hecho de que las mujeres italianas están profundamente ligadas a la religión católica. No lo creo, en primer lugar, porque hay países, en Europa y en América, en donde las mujeres, a pesar de estar profundamente vinculadas a la religión católica o a la protestante, han dado grandes pasos adelante por la vía del progreso cívico y político, conquistándose una neta personalidad y un puesto importante en la vida de la nación. Además, si hojeáis bien en la historia de nuestro país, encontraréis que las únicas mujeres que tuvieron una personalidad marcada, inconfundible, fueron religiosas, como santa Clara, partícipe de la fundación de aquel movimiento franciscano, que fue al principio un movimiento de renovación social con impronta comunista, o como santa Catalina, que hablaba de tú a tú con reyes, con príncipes y emperadores, y debatía con todos ellos los más graves problemas de su tiempo. No creo, pues, que la religiosidad de las mujeres italianas sea la causa de su atraso, como no creo que esta religiosidad pueda ser un obstáculo en la lucha de las mujeres por su emancipación y por la democracia, a menos, se entiende, que no intervengan elementos de propaganda conservadora y reaccionaria extraños al ánimo de la mujer y extraños también al verdadero sentimiento religioso.

La verdadera causa del atraso de las mujeres italianas debe buscarse en el atraso de las estructuras económicas y, por consiguiente, en el atraso de las estructuras cívicas que reinan en nuestro país. Esto es verdadero, en primer lugar, para el campo en el que los residuos del feudalismo, renacido también allí en donde antes tendía a desaparecer y reforzado entre nosotros por doquier después del Renacimiento, viven todavía y son más o menos sensibles en casi todas las regiones de Italia central y meridional. El atraso de las mujeres deriva, pues, del hecho de que las estructuras sociales y cívicas atrasadas se trasladan del campo a la ciudad y a casi todos los estratos de la población masculina y femenina, entran en la familia y crean en ella una atmósfera particular de desigualdad y de opresión, dando origen a una familia que en algunas regiones de Italia es todavía el tipo sencillamente feudal.

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Otro de los motivos que determina el atraso de las masas femeninas es que en Italia no ha habido jamás una verdadera vida democrática: hemos tenido regímenes que se llamaban liberales, instituciones que se llamaban democráticas, pero una verdadera vida democrática, es decir, una dirección del Estado ejercida por las masas trabajadoras a través de sus representantes libremente elegidos y bajo el control de las masas, una vida política tal, no ha existido jamás y nosotros debemos conquistarla hoy. El progreso de la mujer que se ha verificado en los otros países europeos después de la Primera Guerra Mundial, no se ha dado entre nosotros, antes al contrario, en este preciso momento ha intervenido el fascismo con una serie de medidas sagazmente estudiadas y aplicadas con unos medios de control y represión que se extendían a todo el país, apartando a la mujer de decenios atrás del acceso al trabajo productivo. Ha habido leyes, circulares, instrucciones especiales emanadas de la Cámara de los fascios, que tendían a excluir a las mujeres de las fábricas, de los empleos, de las profesiones liberales y hasta de las escuelas. Ha habido una ley fascista que hacía pagar dobles tasas a las estudiantes de las escuelas medias y de las universidades. Hubo incluso un secretario del partido fascista, Augusto Turati —que no comprendo cómo no había encontrado aún su Piazzale Loreto—, que hizo un discurso en el que protestaba incluso porque las mujeres frecuentaban la iglesia, ya que esto las apartaba de sus tareas domésticas. La bestial campaña demográfica ha hecho el resto. Las consecuencias de todo esto han sido trágicas para la mujer italiana. En las provincias meridionales, en la Campania, en Calabria, en Basilicata, el régimen fascista ha detenido el proceso de eliminación del analfabetismo femenino. La cifra de las mujeres que saben leer y escribir, desde 1921 a 1936, no aumenta con el mismo ritmo con que aumentaba en los veinte o cincuenta años precedentes. El fascismo ha llevado a la mujer a la ignorancia y a la esclavitud y la ha corrompido con la difusión de toda una literatura de mala ley, que tendía a difundir en medio de las masas de mujeres alejadas de la actividad productiva verdaderos y auténticos gérmenes de degeneración.

Para hacer desaparecer todo esto se debe desarrollar un gran trabajo, parte integrante de la batalla por la emancipación de la mujer italiana. Esta batalla es para nosotros, que somos demócratas de manera consecuente, de importancia vital.

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Si la democracia italiana quiere afirmarse como democracia nueva, antifascista, popular y progresiva, debe emancipar a la mujer. Así ella podrá asumir la impronta que imponen los tiempos y que quiere el pueblo, y crearse una base inquebrantable.

La democracia italiana tiene necesidad de la mujer y la mujer tiene necesidad de la democracia. Esto quiere decir que todas las cuestiones ligadas a la formación y afirmación de un nuevo régimen democrático, están estrechamente ligadas también a la emancipación de las mujeres, al advenimiento de las mujeres a la vida política y a la libertad, de manera que ellas se aventuren, a través de una gran revolución de naturaleza social y moral, a conquistar en la sociedad italiana el puesto que les ha sido negado hasta ahora y que, en cambio, son capaces de desempeñar.

La democracia italiana tiene necesidad de la mujer por razones profundas. Sobre las ruinas del fascismo nosotros queremos construir una Italia nueva, y no la vieja Italia reaccionaria, conservadora, hipócrita y corrompida. Si volviésemos a la vieja Italia, de la cual ya salió una vez el fascismo, acontecería inevitablemente que el fascismo o un régimen reaccionario semejante nos precipitaría, una vez más, en la catástrofe. Nosotros no queremos eliminar el fascismo solamente en el sentido que queremos llevar a fondo y con justicia la expurgación, alejar los fascistas y los filofascistas del aparato estatal, castigar a los que deben ser castigados según el sentido de justicia del pueblo. Queremos eliminar de la conciencia de los italianos las ideas generatrices y directrices del fascismo, los principios sobre los que estaba basada la sociedad fascista, que son principios profundamente contrarios al ánimo femenino.

Queremos una sociedad que no esté construida sobre la mentira, sobre el engaño del pueblo por parte de una reducida camarilla de dirigentes sin escrúpulos, ocupados únicamente en buscar sus intereses. Cuando se habla de justicia social, justicia social debe ser. Cuando se habla de la llegada del pueblo al gobierno de la cosa pública, de gobierno en interés de todo el pueblo, bajo el control del pueblo, así debe ser realmente.

Queremos una Italia en la que sea eliminado completamente de los ánimos y no pueda inspirar la acción del gobierno el espíritu de agresión, de rapiña, de donde salieron los armamentos, las guerras coloniales, la autarquía, la ruina de nuestra economía y, finalmente, esta última guerra criminal que ha arrancado a las mujeres los hijos y los maridos, que ha destrozado las familias italianas, que ha disgregado toda la sociedad

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italiana y nos ha conducido a la catástrofe. El advenimiento de la mujer a la vida política como fuerza autónoma, que tenga conciencia de lo que se hace en torno a la misma, que sea capaz de juzgar según su buen sentido y de imponer una determinada línea de conducta a los dirigentes de todo el país, es necesario, es indispensable, si queremos obtener este resultado, fundar un régimen de paz y hacer de Italia un artífice de paz también en las relaciones internacionales.

Tenemos necesidad de liquidar en nuestro país el espíritu de violencia y atropello de los privilegios contra los pobres, de los propietarios contra los explotados; de crear un espíritu de fraternidad y solidaridad nacional entre todos los que trabajan, unidos todos para impedir que la reacción florezca de nuevo, para reivindicar sus derechos y crear una sociedad en la que no haya explotación en el trabajo. Las mujeres, que tienen un sentido de hermandad y de solidaridad más vivo que los hombres (tal vez porque quedaron durante largo tiempo alejadas de esta áspera lucha en defensa de posiciones privilegiadas de casta), pueden ofrecer una aportación decisiva para liquidar los residuos del odio reaccionario que aún vive en tantas partes de la sociedad italiana, y que es un obstáculo muy grande en la construcción de un régimen de verdadera libertad.

Cuando vemos, finalmente, las tareas inmediatas, enormes, que están ante nosotros en este país devastado, saqueado, destruido, en el que los trabajadores no piden otra cosa que volver a trabajar para producir en el interés propio y en el interés de todos, reclaman no producir ya más para los infames especuladores, sentimos que la mujer, libre y emancipada, arropada en torno a sus organizaciones, puede ofrecer una aportación decisiva, puede ser una de las fuerzas que se aventuran a imponer a todo el país una política de solidaridad nacional, social y humana, apremiando así la solución de todos los problemas de la reconstrucción económica y política.

En un país tan profundamente trastornado, en el que han venido a menos muchos de aquellos lazos de solidaridad que unen a los hombres en el trabajo y en la vida de todos los días, tenemos necesidad de una manera particular de reconstruir y defender la unidad familiar. Tenemos necesidad de una familia renovada, de una familia sin la impronta feudal que ha tenido y que aún tiene en muchas regiones de Italia, que se libere de la corrupción y de la hipocresía que ha hecho entrar al fascismo y que sea un centro de solidaridad humana elemental. Por ello somos contrarios a poner

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cualquier problema que tienda a romper o debilitar la unidad familiar. Queremos hacer de la familia italiana no solo un centro de solidaridad, sino también un centro de lucha contra la propagación de la corrupción provocada por la política de clases dirigentes fascistas, contra la plaga vergonzosa de la prostitución, especialmente en las grandes ciudades, en donde han pasado ejércitos que parece se han comportado según la vieja norma de los conquistadores, para quienes las mujeres no serían más que instrumentos de disfrute de los soldados. Tenemos necesidad de defender la familia, finalmente, para resolver el problema de la infancia. Existen demasiados niños en Italia que van descalzos, que han perdido a sus padres, que sufren, que no comen lo suficiente y que se corrompen, que si no son salvados de la situación en la que se encuentran no podrán llegar a ser jóvenes robustos, hombres audaces y valientes. Queremos que en la familia y en torno a la familia italiana defendida y renovada, crezcan niños sanos, que aprendan de nuevo a reír y a jugar, que vayan tranquilamente a la escuela, que salgan del infierno material y moral en que muchos se encuentran ahora y del cual debemos sacarlos a toda costa.

Por todo esto, camaradas, cuando he oído en las intervenciones de algunas de vosotras que existen puntos de disensión y de contraste, y a veces de lucha abierta entre vosotras, mujeres de un partido democrático avanzado, y las mujeres inscritas en las organizaciones católicas, me han asombrado, en parte, y desagradado especialmente. No veo por qué no puede haber una colaboración estrecha, de todos los días, entre las mujeres comunistas, socialistas y otras de ideas avanzadas, que pueden ser también religiosas, y la gran masa de mujeres que no han despertado todavía a una vida política, o bien aquellas mujeres que, nuevamente atentas a la vida política, pertenecen a un partido como el de la Democracia Cristiana. No veo por qué al tratar de resolver las cuestiones de la mujer, de la familia, de la infancia, etc., al afrontar con espíritu de solidaridad nacional y social nuestras más graves dificultades, no pueda darse una colaboración auténtica con las mujeres que tienen sentimientos religiosos. Los sentimientos religiosos no están en contradicción con lo que nosotros estimamos que debe hacerse hoy para renovar la sociedad italiana; por consiguiente, pueden servir de ayuda para comprender y difundir mejor el espíritu de justicia, de fraternidad y de solidaridad que las mujeres comunistas quieren hacer triunfar en la vida política de nuestro país. En cuanto a las calumnias de que vosotras sois objeto, es ciertamente doloroso

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que estas vengan lanzadas por hombres que se dicen ministros de la verdad y que, continuando de esta manera las estúpidas e injuriosas campañas del fascismo contra la clase obrera y contra nuestro partido, demuestran que no saben liberarse del hábito de un régimen que estaba basado en la impostura. Lo que la clase obrera y los comunistas son y saben hacer por su país, lo hemos demostrado con la acción y con el sacrificio y está esculpido en el corazón del pueblo, que no miente y no se deja engañar. Vosotras hacéis bien en rechazar con la mayor calma toda calumnia y dejar a los otros la grave responsabilidad de romper la unidad del pueblo, hoy tan necesaria. Mas continuad de una manera especial trabajando como los mejores amigos del pueblo y defensores de sus intereses contra los de sus enemigos. Será esto el mejor modo de arrancar la máscara a los calumniadores y de forzarlos a avergonzarse de sus bajas acciones. Nosotros seguimos siendo los campeones de la unidad popular, y tanto más lo queremos ser en la lucha por la emancipación de la mujer.

La emancipación de la mujer, en efecto, no es y no puede ser problema de un solo partido ni aun de una sola clase. Esto interesa a todas las mujeres, excepto, se entiende, a aquellos pequeños grupos ligados por motivos de interés a las castas dirigentes privilegiadas, responsables de la ruina en que nos encontramos y que no quieren que el pueblo renueve a Italia según sus aspiraciones. Con excepción de estos grupos, se debe realizar la unidad de todas las mujeres italianas, consideradas en su conjunto como una masa que tiene intereses comunes, porque está toda interesada en su propia emancipación, en la profunda transformación de las propias condiciones de existencia y, por ende, en la renovación de todo el país, sin el que esta transformación no es posible.

Por ello, cuando nos preguntaron qué queríamos para las mujeres, dimos una respuesta muy simple. En primer lugar, dijimos a las mujeres: si queréis aportar una ayuda efectiva a Italia para su propio resurgimiento, reivindicad todos los derechos de las mujeres, luchad por el reconocimiento completo de estos derechos, especialmente por la igualdad completa con los hombres en la vida política, económica y social. En la medida en que logréis romper todas estas cadenas que han impedido a las mujeres afirmarse como una gran masa en progreso y formarse su propia personalidad, vosotras haréis un servicio a toda Italia. De acuerdo con esto, hemos luchado para que fuese concedido a las mujeres el voto activo y pasivo en las elecciones administrativas y políticas, sin tener para nada

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en cuenta las consecuencias que podrían derivarse para nuestro partido. Voten a quien voten, las mujeres deben obtener el reconocimiento de este derecho elemental. Las mujeres que todavía no han comprendido la solución justa que debe darse a determinados problemas votarán de acuerdo con su conciencia y su convicción, pero no se dirá jamás que el Partido Comunista, el partido de la libertad y del progreso, es capaz de poner, por un mezquino interés de partido, la más pequeña barrera al progreso y a la emancipación de las masas femeninas.

La segunda cosa que hemos dicho a las mujeres es la de unirse para crear una gran organización en la cual se encontrasen juntas; discutiesen sus problemas; elaborasen sus reivindicaciones; hiciesen sacar a la superficie de la vida nacional a sus dirigentes, de cualquier convicción política que fuesen; creasen, en fin, una gran fuerza organizada y unitaria que pudiese dar una aportación efectiva al renacimiento de Italia.

Compañeras, esta es la orientación que hemos dado como Partido Comunista a nuestras camaradas dirigentes del trabajo femenino del partido. Cuando se ha tratado de la creación de la Unione delle Donne Italiane (UDI)[6] hemos invitado a estas camaradas a ofrecer su aportación con todas sus fuerzas para la creación de una gran asociación femenina sin partido; sin cuestionar lo más mínimo dentro de esta organización la tendencia ideológica o de prestigio y, sobre todo, sin buscar en modo alguno hacer de esta organización un instrumento del Partido Comunista. La Unión de las Mujeres debe ser únicamente un instrumento de lucha de todas las mujeres por la conquista de sus derechos y de su libertad. En esta posición estamos hoy y nos mantendremos mañana y siempre.

Por ello, deseo dirigir un reproche cariñoso a las compañeras que interviniendo en esta tribuna han dado la impresión de considerar la unidad de las mujeres italianas y la organización en la cual esta unidad se realiza, como instrumentos que deberían servir para extender la influencia de nuestro partido. La influencia de nuestro partido se difunde a través de la propaganda del mismo partido. La Unión de las Mujeres Italianas es otra cosa: es una gran organización en la cual debéis moveros y colaborar con todas las mujeres de todo credo y de toda opinión, sin dar a las secciones de la UDI una impronta de sucursal del Partido Comunista y buscando, sobre todo, que entren en estas secciones el mayor número posible de mujeres trabajadoras.

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Pero me parece que en este campo las mujeres italianas no han obtenido aún resultados precisos. No se ve todavía, no se siente aún, en la vida política italiana, la existencia de una gran asociación de mujeres. Solo se ha notado en un caso: en el alboroto pro concesión del voto a las mujeres. Aquí, la UDI ha desempeñado un buen papel y nos alegramos de ello, pero no se han hecho sentir aún el planteamiento y la solución de todos los otros infinitos problemas que interesan a las masas femeninas, y al país en general, la existencia de una gran asociación de mujeres que intervenga como elemento de estímulo democrático, de ayuda y, en ciertos casos, de equilibrio.

He hecho recientemente un viaje a varias regiones de Italia. He visto secciones de todos los partidos, pero en ninguna parte he visto una sede de la UDI, ni he advertido que estuviese en curso un congreso de la UDI o una acción política específica. Esto quiere decir que las iniciativas de esta organización son todavía muy limitadas. No se excluye que esto acontezca porque esta asociación tiene aún muy marcada la impronta de un organismo en el que las dirigentes sienten celos las unas de las otras y no comprenden que los intereses del propio partido no se hacen allí, porque allí es necesario trabajar juntas por los intereses de las mujeres y del país en general. Os invito, camaradas comunistas, a estudiar seriamente esta cuestión, a corregir los errores que aún se dan en muchas localidades por nuestra parte, a renovar vuestro método de trabajo en este campo y a ofrecer con vuestras fuerzas una aportación mucho mayor que hasta ahora; a la creación de una gran organización unitaria en la cual todas las mujeres italianas, sin distinción de partidos, se sientan en su propia casa. Si para conseguir esto estimáis sugerir a la UDI formas de organización más fáciles, que no imiten mucho las de un partido político o de un sindicato, haced propuestas en esta dirección a las mujeres de otras corrientes que dirigen la UDI, pero no penséis que las mujeres han conseguido ya los resultados que les son necesarios en la creación de una propia y gran organización de masas.

Sé que las mujeres pertenecientes a las organizaciones católicas no quisieron pertenecer a la UDI, porque estiman que para sus fines particulares sobran sus organizaciones. Esta es una cosa que no nos interesa. Las mujeres que pertenecen a la Democracia Cristiana resuelven los problemas de su organización como quieren ellas, y nosotros resolveremos como queramos los problemas de la organización de las

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mujeres comunistas. Estimo, sin embargo, que una colaboración entre las mujeres que se reúnen en esta asociación democrática que es la UDI y las mujeres que se reúnen en las asociaciones católicas, es útil y necesaria a la causa por la cual luchan todas las mujeres. No se trata, pues, de andar sacando a esta o aquella mujer católica de esta o aquella organización para hacerla entrar a formar parte de una sección de la UDI. Se trata de crear con vuestro trabajo, y con el trabajo de las mujeres de otros partidos y de otras tendencias, una gran asociación de mujeres, que será la UDI, y estipular con las asociaciones femeninas católicas —si es posible— un pacto, que podría ser también de tipo federativo, para poder lograr la unidad de todas las mujeres en la lucha por sus derechos. Vosotras tal vez lo ignoréis, pero es bueno recordarlo: hasta 1923 ha existido en Italia un Consejo Nacional de las Mujeres, que reunía a organizaciones de diverso tipo. Ciertamente era una organización que trabajaba con una determinada impronta, que correspondía al clima político de aquellos tiempos. Vosotras debéis dar al trabajo de las mujeres una orientación nueva, moderna, correspondiente al clima político de hoy. Pero el renacimiento de tal organismo unitario no podría ser más que saludado por todo buen democrático. Naturalmente, estos son consejos que yo os doy a vosotras, y que vosotras debéis tratar juntas con los dirigentes de la UDI. Permitidme tan solo que añada que si lográis obtener un resultado positivo, no será al Partido Comunista al que habréis hecho dar un paso adelante, ni a la UDI como tal, que ya no tiene bastante prestigio, sino a la sociedad italiana, porque veremos aparecer, finalmente, en la escena política una gran organización femenina unitaria, incluso en forma federativa, una organización que pueda hablar en nombre de todas las mujeres, que pueda decir una palabra de justicia, de fraternidad, de unidad, de solidaridad nacional, en interés de todos.

Quiero añadir, finalmente, dos palabras en lo que respecta a la mujer dentro de nuestro partido. He dicho que la democracia italiana tiene necesidad de la mujer. Permitidme que continúe afirmando que también nuestro partido tiene necesidad de las mujeres y por un motivo muy simple. Hemos lanzado como idea prioritaria, para nuestro partido en cuanto tal, la de la creación de un partido nuevo, de un partido en el que no solo la línea política, sino también las formas de organización y de trabajo, sean plenamente adecuadas a la situación en la que se encuentra hoy Italia; un partido popular, vinculado con todos los estratos de la población

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trabajadora y, por ende, capaz de intervenir activa y ampliamente, con funciones constructivas, en la vida política del país. La creación de un partido similar está ligada en gran parte a la posibilidad de fusión de nuestro partido con el partido socialista. Está vinculada a la superación de otras muchas graves dificultades. Para superar algunas de estas dificultades tenemos necesidad de la ayuda de las mujeres. Un partido no podrá ser jamás popular si no hay en su seno un gran número de mujeres. Partido popular no es solamente el que habla en nombre del pueblo o que está unido con grandes organizaciones de trabajadores por la actividad de sus militantes. Un partido verdaderamente popular es aquel que logra establecer enlaces propios con todos los lugares en donde el pueblo está reunido y en acción: por tanto, con las fábricas, con los campos, con los oficios, con los navíos, con los sindicatos y con las cooperativas. Pero el pueblo se encuentra, ante todo, en casa, en donde están las mujeres, que marcan la vida familiar. Hasta que no logremos tener enlaces con la casa y, por ende, con los barrios populares, con los mercados, con todos aquellos lugares en los que se desenvuelve de forma elemental la vida de la mayoría del pueblo, no podremos decir que hemos logrado constituir un partido popular. El partido socialista se hizo popular en el pasado cuando en todos los hogares se encontraba la imagen de Karl Marx al lado de aquella de Jesucristo. Tal vez las mujeres no sabían quién era Karl Marx, pero la presencia por doquier de su imagen tenía una enorme importancia porque quería decir que estaban penetrando por todas partes algunas ideas elementales del socialismo. Lo mismo debe suceder hoy con nuestro partido y con las ideas que este propugna. Nuestro partido debe llegar a ser el partido del pueblo italiano que vive del propio trabajo y quiere crear una Italia nueva y libre. Por ello debemos unirnos con todos los estratos de la población y por ello tenemos necesidad de muchas mujeres. Deben unirse a nosotros las obreras que tienen conciencia de nuestros objetivos políticos y sociales; deben unirse las intelectuales, las estudiantes, las empleadas, conscientes del rumbo que queremos dar a la vida política del país; deben unirse a nosotros las campesinas, las amas de casa, las pequeñas comerciantes que no viven de la especulación, las mujeres de los obreros y de los artesanos. Cuando tengamos en el partido, y en torno a nosotros, a grandes masas de mujeres, entonces podremos hacer comprender a todos lo que somos, podremos deshacer para siempre todas las calumnias que se propagan a nuestra cuenta, convencer a todo el pueblo que los comunistas

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son, ante todo, personas honestas y que son los verdaderos luchadores por los intereses de todo el país.

Os invito, por tanto, a estudiar con gran cuidado las formas de vuestro trabajo, de vuestra propaganda y de vuestra organización. Hacedlas lo más simples y fáciles que os sea posible. Para una mujer que vive todo el día en casa, junto a la cocina, y que de cuando en cuando sale a hacer la compra, basta a veces, para iluminar su conciencia y atraerla a nosotros, que asista una vez por semana a escuchar sencillas conversaciones en el círculo comunista y que lea algún opúsculo elemental, impreso con grandes caracteres y con ilustraciones. Las mujeres que entran en el partido no tienen necesariamente que ser mártires o heroínas, ni siquiera mujeres que sepan hablar en los mítines. Nosotros no pretendemos que las mujeres comunistas se separen de su vida cotidiana, que renuncien a aquellas cosas que estiman ser sus deberes, que pierdan de cualquier modo los atributos y las gracias de su feminidad. Queremos que todas las mujeres del pueblo sepan cómo en nuestras filas hay hombres y mujeres que saben también morir por el bien del pueblo y por su ideal; pero en la gran masa de mujeres que se orientan hacia nosotros pidámosles tan solo que se unan para reflexionar en común acerca de su situación y de las dificultades de su existencia, para encontrar en común la manera de remediarlos. A nosotros corresponde hacerles comprender que la solución de estas dificultades, aun de las más pequeñas, está ligada al hecho de que se logre renovar profundamente la sociedad italiana, darle un aire nuevo, hacer de este modo que la voluntad del pueblo logre finalmente triunfar.

En esta Conferencia habéis empezado a sentir que sois verdaderamente una fuerza. Espero que adquiráis en el curso de vuestros trabajos una conciencia más clara de vuestras tareas y especialmente del modo como debéis trabajar para ofrecer una mayor aportación a la actividad general del partido. Volveréis a vuestras organizaciones más fuertes políticamente, mejor armadas, mejor adiestradas. Aquello que hemos querido daros es, ante todo, la conciencia de que el partido se refuerza no cuando se cierra en sí, sino cuando todos sus miembros se tornan más conscientes de los objetivos generales por los que se lucha y por la parte que le concierne en la renovación del país. Solamente entonces el partido llega a ser aquella fuerza que Italia necesita para renacer. Procuraremos daros la mayor ayuda posible, intervendremos ante todas las organizaciones para que superen las resistencias de carácter oscurantista —diría— que existen a veces en las

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filas mismas del partido, en el desarrollo del trabajo entre las mujeres. Exigiremos y haremos de manera que los camaradas trabajen también por el movimiento femenino cuando las mujeres no sean lo suficientemente numerosas o lo suficientemente expertas. Pero el éxito de vuestra actividad depende esencialmente de vosotras. Permaneced aquí reunidas todo el tiempo que sea necesario para discutir todos vuestros problemas; poned por escrito las observaciones y los consejos que queráis que sean presentados a las organizaciones periféricas, procurad rectificar vuestro trabajo allí donde hayáis cometido algún error; orientad bien a las compañeras todavía mal orientadas; dadnos la ayuda necesaria para crear un partido popular; haced de este modo que las mujeres italianas, por obra vuestra y de todas las mujeres democráticas, estén en situación de ofrecer la aportación decisiva que deben dar para la creación de la nueva Italia.

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II

La Unión de las Mujeres debe ser solo el

instrumento de lucha de todas las mujeres

por la conquista de sus derechos y de la

libertad[7]

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Compañeros y compañeras, antes de nada debo hacer una observación: a causa de un equívoco, esta reunión, que debería haber estado reservada a las delegadas de la Conferencia de la UDI y a algunos camaradas de la dirección del partido, ha cambiado un poco su carácter porque han sido invitados y están presentes también compañeros y compañeras de Roma. Nuestra intención era la de encontrarnos con las compañeras delegadas a la Conferencia y ver un poco cómo había marchado, hacer nuestras observaciones, escuchar las suyas y sacar las conclusiones del trabajo. En una Asamblea, por el contrario, tan numerosa será difícil mantener en la reunión este carácter. Hablaremos, sin embargo, de las mismas cosas y yo procuraré atenerme lo más posible a lo que era el propósito primero.

El trabajo femenino del partido nos ha dado hasta ahora resultados bastante importantes, tales que en otra situación del país podríamos estar satisfechos de lo que se ha obtenido. Sin embargo, no estamos satisfechos. No estamos satisfechos porque si consideramos la situación completa del país tal y como está ante nosotros, y sobre todo como se ha revelado también a aquellos que todavía no la comprendían, a través de los resultados del referéndum y de las elecciones, vemos que, en conjunto, el sector femenino es aún un sector muy débil.

Conoced la crítica que hemos hecho de los resultados electorales; sabed que hemos constatado que estos han sido para el partido un gran éxito dadas las condiciones del país. Y sabed también que después de esta observación hemos constatado que dos de los objetivos propuestos no han podido ser alcanzados: uno era el de tener la mayoría entre comunistas y socialistas; el otro, el de ser, al menos, el segundo partido de la Asamblea. Una de las causas de este doble fracaso hay que buscarla, sin duda, en la debilidad de nuestro trabajo femenino. Sería un grave error si dijésemos que las mujeres en Italia han votado contra los comunistas; pero si esto no se puede decir, se debe señalar que ha sido mucho más fácil llevar adelante entre las mujeres la agitación anticomunista y que en algunas regiones, donde hemos sido particularmente débiles, el voto de las mujeres ha

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agravado nuestra posición. Esto ha sucedido no solo en el Mezzogiorno — no se debe echar siempre la culpa al Mezzogiorno—, sino también en regiones características del norte, donde existen, por ejemplo, amplios sectores de obreras textiles; en grandes ciudades, donde más de la mitad de la población está compuesta de mujeres, y en otros lugares. En estos lugares aconteció que la masa de mujeres, bajo el balance de los resultados electorales, ha sido desfavorable a nuestro partido. De esto nos hemos preocupado después de las elecciones y, por tanto, nos hemos dirigido inmediatamente al partido llamando la atención de sus cuadros y de sus organizaciones sobre la gravedad del problema.

Todos hablan en este momento de disminuir la influencia electoral de la Democracia Cristiana, esto es, de lograr reducir la masa de los ocho millones de votos democristianos, que pesa en el Parlamento y en el país de una manera determinante, y por lo que el pueblo paga las consecuencias en la vida de todos los días. Las consecuencias las pagan ya las amas de casa cuando van a hacer la compra; los parados, que no consiguen encontrar trabajo porque no se llevan a cabo planes de trabajos públicos, y los pagaremos también en otros campos de la actividad nacional. Pues bien, si tomamos esta masa de ocho millones de votos democristianos, creo que no sería errado decir que en la misma los votos del electorado femenino están en una proporción que no corresponde a la de los hombres y mujeres en el cuerpo del electorado en general. Es decir, hay muchas más mujeres que votaron por la Democracia Cristiana que hombres, lo que quiere decir que cuando se habla de reducir los ocho millones de votos de la Democracia Cristiana surge la cuestión no solo de ir a separar de este partido a los obreros, campesinos, pequeños y medianos agricultores que le han dado el voto, sino especialmente lograr apartar del cuerpo electoral de la Democracia Cristiana a las masas de mujeres. Por ello, inmediatamente después de las elecciones hemos llamado a nuestras compañeras que dirigen el trabajo femenino y les hemos puesto un objetivo concreto: conseguir multiplicar por dos la influencia del partido en las masas femeninas en las próximas elecciones. Allí donde teníamos como partido una influencia de cincuenta, debimos lograr tenerla de cien; allí donde existe una organización democrática femenina de trescientas-cuatrocientas mil mujeres, debe llegar a influenciar a un millón. La tarea corresponde, como veis, no solo a las compañeras que trabajan por el partido, que hacen propaganda y agitación del partido, sino, en primer

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lugar, a las compañeras que trabajan en una organización de masas como es la UDI.

Pero el tiempo que tenéis ante vosotras no es mucho. Será necesario andar de prisa. Para lograr dar los primeros pasos hemos aconsejado a nuestras compañeras que trabajan en la UDI que propusieran la convocatoria de esta Conferencia, que debía servir como primer paso para lograr ver en qué situación se encuentra esta organización, cómo se ha desarrollado hasta hoy, cómo se puede todavía desarrollar, cuáles son las directrices en las que es necesario trabajar para lograr desarrollarla más y para alcanzar el objetivo concreto de redoblar su influencia entre las masas femeninas.

No he seguido personalmente los trabajos de la Conferencia, he escuchado las informaciones que me han sido dadas, he leído las resoluciones aprobadas por vosotras y los informes que han sido hechos. Es probable que, queriendo penetrar a fondo en la discusión de todos los trabajos realizados, vosotras mismas descubriréis los elementos negativos. Hemos asistido ciertamente a la Conferencia de las debilidades. Querría exhortaros en conjunto a no ser pesimistas ante los resultados de la Conferencia misma. En nuestros cuadros femeninos aflora muchas veces la tendencia a desanimarse fácilmente ante las primeras dificultades. Para un comunista esto no funciona así. Sucede frecuentemente que cuando nos disponemos a hacer por primera vez un trabajo difícil, no logramos hacer todo rápidamente, como sería necesario. También cuando hemos comenzado a organizar el partido, no hemos acertado inmediatamente el camino justo: más bien se ha intentado. Lo esencial es que un comunista debe tener confianza en sus propias fuerzas y debe trabajar siempre con un profundo sentido de optimismo, que deriva no solo de la convicción de que nuestra causa vencerá, sino, sobre todo, de la capacidad de no desmoralizarse jamás y de saber superar en el curso del trabajo los propios defectos, después de haberlos descubierto y criticado. Por ello, si también en vuestra Conferencia han aflorado elementos negativos, si se han dado episodios que podían haberse evitado, es preciso tener presente el hecho de que habéis logrado organizar en poquísimo tiempo una reunión nacional de vuestra organización, a la entrada del invierno, para examinar algunas de las cuestiones que más interesan al conjunto femenino, especialmente en este periodo, en que se acercan las dificultades invernales, el hecho de que habéis logrado poneros de acuerdo en algunos puntos programáticos y

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a cambiar entre vosotras la experiencia de las diversas regiones: todo esto ofrece una buena base para poder caminar hacia adelante en vuestro trabajo más rápidamente y mejor que antes.

Ciertamente ha habido también deficiencias en la misma convocatoria y en la manera como ha resultado la composición de la Conferencia.

El hecho de que el Mezzogiorno haya estado tan poco representado — a excepción de Sicilia y de Reggio Calabria, de donde vino una compañera que se dedica solo al trabajo del partido— demuestra que las cosas en esta parte de Italia no van bien. En el resto de Italia, las cosas van mejor, pero incluso allí, no en todos los sitios. Hemos comparado, una vez más, la gran afirmación de las organizaciones emilianas y toscanas: en estas regiones ha habido organizaciones que solamente mandaron delegadas comunistas (¡estad atentas compañeras de Reggio!). Han aparecido, pues, una vez más, las debilidades del Véneto, de la Lombardía, del Piamonte. El cuadro, por tanto, es un poco variado. Pero en conjunto creo que dado que el trabajo ha sido hecho con solo vuestras fuerzas, mientras los otros partidos os dieron una ayuda no muy grande, podéis estar satisfechas del resultado obtenido. Se trata ahora de caminar adelante. ¿De qué manera? ¿Qué hacer? ¿Cómo orientarse?

Creo que dejando un poco de lado las cuestiones de la Conferencia, tal vez lo mejor sea precisar, una vez más, ante vosotras, camaradas comunistas, cuál es la línea de nuestro partido en lo tocante al trabajo entre las mujeres, porque cuando esto esté claro no tendréis más equívocos, nos entenderemos en todo lo demás y podréis trabajar mejor. Esto es necesario porque durante cierto periodo de tiempo también en nuestro partido no estuvo clara la línea de trabajo entre las masas femeninas. Ha habido incertidumbres, ha habido perplejidades, resistencias claramente individuales a la línea fijada por el núcleo del partido para el trabajo femenino.

Nuestra línea se reduce a algunos puntos muy simples, elaborados hace dos años en Nápoles, en el momento en que advertimos que se andaba inevitablemente en la concesión del voto a las mujeres y a la introducción en la vida política de millones y millones de mujeres, y era necesario, por tanto, dar al trabajo femenino del partido un relieve y una eficacia que no había tenido jamás en el pasado. Recuerdo cómo en el pasado se hacía el trabajo femenino en el núcleo del partido. En 1922, en 1924, en la emigración y durante el periodo de ilegalidad, el trabajo femenino era

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siempre considerado como algo marginal, confiado a una sección especial de trabajo después de tantas otras y de la que se ocupaba de cuando en cuando. El partido no partía de la constatación de que más de la mitad de la población está compuesta de mujeres, que deben ser captadas con una lucha y un trabajo particular e intenso.

Hoy, por el contrario, partimos de manera directa de esta constatación. Si nuestro trabajo entre las mujeres correspondiese a la situación de hecho, debería ser igual a la mitad del trabajo total del partido, ya que la mitad (mejor dicho, más de la mitad) de la población es femenina. ¿Y cómo vamos a captarlas si no dedicamos a esta conquista tanto trabajo como dedicamos a la conquista de las masas masculinas?

Nuestra línea política, que parte de una consideración de este género, se puede resumir en tres puntos:

Poner el trabajo entre las mujeres como una de las tareas centrales del partido.

Crear en la base una organización separada de mujeres para lograr rápidamente, quemando las etapas, llevar al partido o reunir en torno al mismo las masas de mujeres, así como estamos llevando al partido a las masas de los trabajadores.

Crear, de acuerdo con otras fuerzas democráticas, una organización femenina de masas construida de tal manera que pueda aspirar —no digo tener en sus filas— a influenciar a todas las mujeres italianas, excepto las de los grupos que son restos de la influencia de un partido democrático, es decir, los grupos reaccionarios contra los que luchamos.

Son estos los tres principios sobre los que hemos programado nuestro trabajo. Tal vez estos principios no han sido formulados claramente por nosotros desde el comienzo, y esto ha sido un error nuestro. Pero estaban muy claros en nuestra mente y en todas las de las compañeras que han venido a pedir consejo, los hemos explicado siempre porque se debía seguir la línea correspondiente a los tres puntos mencionados más arriba. Nos ocupamos ahora brevemente de cada uno de estos tres puntos para ver si el partido ha comprendido esta línea de trabajo y de lucha por la conquista de las masas femeninas y si la ha aplicado con la necesaria tenacidad y constancia.

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Primer punto. Poner el trabajo con las mujeres entre las tareas centrales del partido. Aquí creo que hemos encontrado la resistencia más grande y, sin hacernos ilusiones, podemos decir que no ha sido aún superada.

La mayor parte de las federaciones no han comprendido aún que el trabajo entre las mujeres es una de las tareas centrales del partido; prevalece aún en muchas federaciones, incluso en las mejores, la orientación que hace considerar el trabajo con las mujeres como un trabajo marginal, confiado a una sección de trabajo como tantas otras, y esta equivocada orientación daña al partido, daña a nuestra causa y daña a la causa de la democracia en Italia. Desgraciadamente, la resistencia más fuerte se encuentra en los hombres, pero se da también una resistencia entre las mujeres, y si debe hacerse una crítica, creo que tal crítica debe hacerse a los compañeros y a las compañeras.

En el Mezzogiorno, desgraciadamente, prevalece también en nuestros compañeros la mentalidad que está difundida en todos los estamentos de la población masculina, que excluye la posibilidad de arrastrar a la mujer a un trabajo político de manera consecuente. Por ello, se constata que el compañero busca que esté ausente de este trabajo la mujer que vive en su familia. Esta mentalidad, por demás, la he encontrado no solo en el Mezzogiorno. En una federación de la Toscana, las compañeras me han dicho que también allí existe la misma mentalidad, y tened presente que se trata de una federación bastante fuerte, que ha tenido discretos resultados electorales.

Hay que llevar a cabo una lucha para lograr liquidar una mentalidad atrasada que prevalece aún en las filas de nuestro partido y en donde existen manifestaciones condenables de todo género. Se trata principalmente del hecho de que en él no se debaten las cuestiones femeninas, que no se ponen en el orden del día de los comités federales y de sección los problemas que interesan a las mujeres, que se descuida sistemáticamente este trabajo y que una vez que se ha puesto una mujer a hacerlo, ya no se interesa más por lo que ella hace ni se le da ayuda alguna. Todo esto tiene como resultado que, al final, el trabajo con las mujeres termina por salir de la esfera de la atención de los compañeros.

A veces, pues, se advierten manifestaciones aún peores, especialmente en las regiones más atrasadas; manifestaciones que llamaría burguesas en relación con las mujeres. Se constata el hecho de que no se puede tratar el problema de las mujeres sin que, también si se trata de una reunión de

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elementos responsables del partido, no se desvíe a la chanza, y a una chanza que es ofensiva para nuestras compañeras. Vosotras sabéis que nosotros no somos ni puritanos ni frailes y no exigimos de ningún modo que vosotras os hagáis monjas, a menos que tengáis la vocación necesaria para ello. Sin embargo, esto no debe significar que en los grupos del partido haya que comportarse, respecto a las compañeras, de una manera no correcta, se les deba exponer a chanzas de doble sentido que les humillan y les ofenden. Es esta una actitud equivocada que debe eliminarse lo más pronto posible, porque revela un grave atraso ideológico y político y porque es un obstáculo real a la difusión de nuestra influencia entre las mujeres, a las que se debe hacer sentir en todo instante que el problema de su emancipación, de su libertad, de su dignidad, se vive en el partido por todos, y se vive, afirmaría, incluso en las cosas más elementales.

Pero se trata de una resistencia que hay que superar incluso entre las mujeres. Resistencia que hemos encontrado especialmente entre las compañeras veteranas y también entre las jóvenes, pero que se consideran veteranas por su experiencia. Ellas, ante la exigencia de dedicarse al trabajo femenino, lo que es a menudo necesario dadas sus cualidades, que les permiten acercarse a las masas femeninas mucho mejor de todo lo que pueda hacer un hombre, rechazan la invitación porque dicen que no vale la pena llevar a cabo un trabajo entre las mujeres, porque ellas no entienden nada o porque el trabajo entre ellas es ingrato, enojoso o qué sé yo. Esta resistencia se encuentra a veces también en compañeras muy buenas, que apenas han conquistado cierta experiencia y capacidad de trabajo de partido, pero parece que se han puesto ideológicamente los pantalones y no quieren saber más del trabajo entre las mujeres.

Pero la resistencia a colocar el trabajo con las mujeres entre las tareas centrales no se expresa solamente en estas actitudes psicológicas; esta toma aspectos organizativos bastante peligrosos, porque llevan no solamente a descuidar el trabajo femenino, sino a descuidar los cuadros femeninos, a no comprender que si queremos desarrollar el trabajo entre las mujeres debemos tener cuadros femeninos y prestar atención a la formación de los mismos.

Después de las elecciones, cuando nuestras federaciones han sido invitadas a desmovilizar una parte de su aparato que trabajaba a expensas del partido, han comenzado todas a despedir a las mujeres, no

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comprendiendo que este método de desmovilizar los cuadros femeninos es equivocado; no comprendiendo que, por lo menos, se debía seguir el criterio que entre los cuadros del partido, y también entre los compañeros empleados del partido, se debía tender a tener el mismo porcentaje de hombres y mujeres que están inscritos (si allí es el 20 por 100 de mujeres inscritas, debía haber allí el 20 por 100 de cuadros). Me diréis que el cálculo es un poco mecánico. Es cierto. Pero en un partido como el nuestro, que tiene tal escasez de cuadros femeninos —por lo que no logramos reunir un cuadro nacional que os satisfaga—, este criterio, según me fue sugerido en las federaciones, vale, al menos, como estímulo y para hacerles comprender cuánto hay por hacer todavía en este campo y cuánto debe ser hecho.

Por lo que se refiere al primer punto de nuestra línea política, creo que se puede decir que esto no se ha comprendido y no se ha traducido en la práctica. El trabajo femenino no está todavía considerado por todo el partido como una de nuestras tareas centrales.

Segundo punto. Organización separada de la base. Sobre este punto, desgraciadamente, no se ha discutido abiertamente, con claridad, pero ha habido una resistencia sorda en su puesta en práctica.

Las compañeras no han tenido el coraje de escribir a la dirección del partido diciendo: «Nosotras, camaradas de Milán, de Turín, de Génova, etc., no estamos de acuerdo con la directiva por estos y por otros motivos». Esto deben hacerlo las camaradas cuando no están de acuerdo sobre un punto cualquiera de la línea del partido y de esta manera la periferia colabora con el centro del partido, lo orienta, lo ayuda a tener una línea justa.

Las compañeras de bastantes localidades, pues, no han dicho nada, pero entre ellas andaban diciendo que la creación de una organización separada de la base es absurda y, naturalmente, cuando se parte del prejuicio de que es absurdo hacer una determinada cosa, esta cosa no se hace nunca. Esto es tan cierto, que cuando por lo de la lucha electoral política y administrativa anduvimos por ciertas federaciones —y esto después de un año de la liberación— hemos encontrado con sorpresa que se ignoraba prácticamente nuestra directiva. Por consiguiente, había fábricas compuestas especialmente por mujeres en donde no solo no nos fue posible penetrar, sino que no nos han dejado siquiera hablar. Hay zonas textiles en donde hemos llevado muy pocos votos, y solo ahora se ha

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iniciado el trabajo para ver la manera de establecer entre las textiles una organización del partido.

Las directivas dadas por el partido eran justas. Correspondían a la situación del país después de veinte años de dictadura fascista; sin embargo, las compañeras no las han comprendido, y hubo, por ende, una resistencia sorda a su puesta en práctica. Según mi punto de vista, es en esta resistencia en donde es necesario concretar una de las causas determinantes del escaso resultado electoral de algunas regiones, especialmente entre las masas femeninas.

¿Por qué hemos aconsejado al partido la organización femenina separada de la base y después hemos hecho de este consejo una directiva? Porque teníamos y tenemos prisa en conquistar a las mujeres en Italia: este es el verdadero y único motivo. Teníamos ante nuestros ojos la perspectiva de una batalla electoral después de ocho o diez meses de la liberación y ahora tenemos la perspectiva de una nueva batalla electoral dentro de ocho o diez meses. La laguna de nuestra influencia entre las mujeres debía ser suplida rápidamente. Una de las cualidades de un buen comunista es la de no estar ligado formal y rígidamente a ningún esquema organizativo. No existe forma alguna de organización que sea verdadera y justa para todo tiempo y lugar. Es necesario saberla adaptar siempre a la situación y a los objetivos que se quieran conseguir. Nuestro objetivo hoy es el de tener a las mujeres con nosotros. Superemos, pues, todas las resistencias, superemos el hecho de que las mujeres no quieran venir a formar parte de la célula masculina y formemos la célula femenina de la base.

La primera experiencia la hemos hecho en el Meridione (Italia meridional) y ha dado resultado. Pero a pesar de esto, la resistencia continúa aún, y si vamos a cualquier organización a informarnos cómo va la organización de las células femeninas, vemos que empiezan solo ahora a comprender que deben crear esta organización.

Después de haber puesto de relieve el valor importantísimo, cuasi decisivo, de esta directiva de organización para la captación de las masas femeninas, no se ha consolidado todavía en ciertas partes de Italia; deseo, sin embargo, precisar algunas cosas, y precisamente qué deben hacer las células femeninas y cómo puede y debe ser ampliada esta forma de organización.

En primer lugar, es necesario estar atentos a no reducir la célula femenina separada a un organismo que se ocupe solo de cuestiones

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femeninas; es este un grave peligro, porque en tal caso no tendríais un organismo de partido, sino sencillamente una fracción de la UDI. Es necesario llegar a conseguir que en las células femeninas se discuta de toda la política del partido, de todas las cuestiones que en aquel momento interesan al partido.

En segundo lugar, el hecho de que existan cuerpos de base puramente femeninos debe tener una cierta repercusión en el partido, incluso en los grados más altos. Debe haber también en los grados más altos determinadas iniciativas que no existen aún en nuestro partido. Por ejemplo: reunión de cuadros solamente femeninos para discutir sobre los problemas del partido en general. Es esta una cosa que debe hacerse porque solo de esta manera los dirigentes de la federación pueden tener contacto con los cuadros femeninos del partido y ver a qué punto de desarrollo han llegado. Otra iniciativa que hay que asumir es la de dar clases solo para mujeres, para cuadros dirigentes femeninos, en los que la enseñanza será adaptada al nivel de estos cuadros y en los que se obtendrá un mayor conocimiento de los mismos.

Tercer punto. La creación de una organización femenina de masas. Hemos hablado bastantes veces de la UDI. Recuerdo haber hablado de la misma hace más de un año en un discurso. Anduve hoy revisando aquello que había dicho entonces y me parece que no hay nada que cambiar. Pero también aquí es necesario reconocer que los compañeros y compañeras no han comprendido nuestra línea. Por ello repito lo que he dicho antes: si no estáis de acuerdo decidlo claramente para que se pueda examinar cuál es su origen y aclarar las cosas. ¡Pero ay si el partido tuviese que orientarse de modo equivocado en este propósito, aunque fuese solo en una de sus partes! Esto, en cambio, me parece que está sucediendo ahora mismo. Algunos de los nuestros, de hecho, han tenido la sensación de que después de las elecciones del 2 de junio hay en el partido una corriente que abogaba por la liquidación de la UDI. Y esto mismo en el momento en el que aparecía más clara que nunca la necesidad de una organización femenina diferenciada que nos permitiese facilitar la solución del problema de la conquista de los millones de mujeres que, si no han votado contra los partidos democráticos de izquierda, tampoco han votado por los mismos. Es evidente la existencia de esta corriente, que suscita una profunda desorientación política y organizativa a la que es necesario hacer frente. Es necesario, por ello, decir claramente que la dirección del partido

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condena de la manera más decidida el hecho de que se sostenga una perspectiva semejante de liquidación de aquella organización de masas femenina que es la UDI. Una perspectiva tal está en contra de la línea del partido y daña a la misma. Quien piense así, díganos claramente por qué avanza esta perspectiva o propuesta o lo que sea; por qué quiere destruir este instrumento, creado por las masas femeninas para su emancipación; así háganos saber en interés de quién habla. Puede darse el caso de que hable en interés de nuestros enemigos. Ciertamente no habla en nuestro interés y en el de la democracia.

Sobre este punto, pues, no se ve apenas la mínima duda o resistencia. Es necesario dar una batalla política para persuadir y convencer a los compañeros y rebatir y destruir sus falsos argumentos. Una batalla que tenéis que dar vosotras en las conferencias de organización. La UDI debe continuar existiendo. Toda tendencia a liquidarla está condenada del modo más enérgico por el partido.

Pero nosotros condenamos del modo más enérgico —y aquí convendría discutir a fondo con bastantes de vosotras— también la tendencia a confundir la UDI con el partido. La UDI no es el partido. La colaboración entre esta organización y el partido es análoga a la que debe existir entre el partido y el sindicato. El partido es la organización política de la vanguardia, mientras que la organización sindical tiene otros objetivos más amplios y no es una organización de vanguardia, sino de masas, con formas organizativas y fines diferentes y, por ende, diferenciada del partido en todas sus características principales. Lo mismo vale para la UDI. Desgraciadamente, aún existe hoy en el partido la tendencia a identificar o confundir la UDI con el partido. Esta tendencia se expresa a veces en el hecho de que la UDI y el partido tienen la misma sede, lo que debe evitarse por norma, o bien en el hecho de que los correspondientes cuadros son los mismos o bien en el hecho de que tienen las mismas iniciativas y, de este modo, viene desapareciendo toda distinción entre las dos organizaciones.

La UDI no es el partido, y esto significa también que las comunistas no deben esforzarse por tener en sus manos todo lo que se refiere a la organización y dirección de la UDI. Si la UDI es una organización de masas, será tanto más eficaz, servirá tanto más a sus fines, cuanto más sean llevadas a la misma y tengan puestos de dirección no solamente las mujeres comunistas, sino las democráticas, las socialistas, las accionistas,

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las independientes, esto es, masas de mujeres que no son y no pueden ser comunistas. Entonces la UDI podrá llegar a ser verdaderamente lo que nosotros hemos pensado: una organización que tienda a tener bajo su influencia a todas las mujeres italianas.

Naturalmente, para hacer entrar en la UDI a mujeres de otros partidos y mujeres que no pertenezcan a ningún partido es necesario darles puestos de dirección. Es necesario hacerles ver que cuentan algo en esta organización, que no somos nosotros los que decidimos. La organización de la UDI debe tener su propia vida interior democrática, y si alguna vez no lográis, vosotras comunistas, hacer triunfar vuestras ideas, esto no es nada trágico.

En la vida cotidiana de los grupos no debéis exigir que todos piensen como vosotras. Nosotros no podemos exigir esto en el sindicato, en la cooperativa y en ninguna organización de masas; más bien es necesario dejar que en las organizaciones de masas, y especialmente en las femeninas, se desarrolle también la personalidad de los otros. Una dirigente socialista que venga a la UDI deberá ser también una dirigente en la UDI, y vosotras debéis actuar de modo que lo sea efectivamente. Naturalmente, los comunistas, cuando están en una organización de masas, procuran hacer prevalecer aquella línea que es del interés de toda la masa, pero no deben proponerse estar ellos en todo. Esto es profundamente erróneo. Es necesario, pues, ampliar la UDI lo más posible, haciendo adherirse y subir a puestos de dirección, local y nacionalmente, a miembros de otros partidos, elaborando con ellos, sobre la base de relaciones políticas fraternas, un programa sobre el que se mantenga la unidad de la organización. Quitad de la mente la representación del comunista que a través de astucias y trucos logra meter en el saco a todos sus adversarios. Nuestros objetivos son claros, públicos. Nosotros nos presentamos a las masas abiertamente, y si hay alguno que trabaja y lucha en nuestra contra porque no conoce nuestros objetivos, es nuestro deber hacérselos conocer. Así, cuando hablamos de unidad para alcanzar un determinado fin, cuando decimos a las mujeres católicas que vengan con nosotros para hacer la campaña invernal de ayuda a las mujeres y a los niños, no utilizamos ninguna maniobra. ¡Seamos sinceros! Queremos sinceramente la colaboración con las católicas para el bien común. ¡No pensamos en modo alguno coger en una emboscada o engañar a la señora Federici o a otras! Estaríamos muy contentos si esta señora viniese a

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trabajar con nosotros, porque esto serviría para dar un mayor impulso a la acción que queremos desarrollar en favor de todos los desheredados. Esto, y no una ridícula habilidad de engañar a los otros, es la base de la política de unidad que debéis seguir.

La última cuestión relativa a la UDI es la de la forma de organización. También sobre esta cuestión la incomprensión entre nosotros y nuestras mujeres ha sido completa. Hemos discutido sobre este problema en la dirección del partido y en la secretaría varias veces, y hemos dicho siempre a nuestras compañeras, en relación con la forma de organización, que no se organizara la UDI como se organiza el partido, porque no lo habrían conseguido y porque no era necesario ni útil. Si queréis dar carnés —hemos dicho— para crear un vínculo visible entre las inscritas, dadlos. Pero no es este el camino para resolver la cuestión, y vosotras no lograréis crear una gran organización femenina de masas distribuyendo solamente carnés. Si tenéis, por tanto, compañeras buenas que sean capaces de trabajar, no las metáis a hacer este trabajo, sino hacedles que hagan su verdadero trabajo de masas, encargadles que pongan en marcha las iniciativas más diversas en favor de las mujeres, de las familias, de los niños, etc., porque este es el verdadero modo de crear la UDI y también de organizarla. Es necesario, pues, una forma de organización diversa de la del partido y de la de los sindicatos. Es necesaria una forma de organización elástica, no rígida. Solamente dando a la UDI esta estructura organizativa lograréis hacer de la misma un organismo verdaderamente de masas de notable importancia.

No sé si hoy estamos capacitados y si estáis ya de acuerdo con todo lo que se refiere a esta línea organizativa, pero si vosotras empezáis a trabajar sobre este terreno, veréis que las dificultades desaparecerán y que la UDI tomará un nuevo y gran impulso.

A propósito de la UDI, quiero tratar otras dos cuestiones. La primera es la de los cuadros dirigentes de la UDI nacional, regional, urbana. Mi impresión general es que estos son aún muy reducidos. ¿Cómo se llevó a cabo el reclutamiento de estos cuadros? Esto se hizo en el partido o entre los elementos simpatizantes o entre los elementos de otros partidos que eran muy próximos a nosotros, de manera que si no hubiese alguna pequeña diferencia serían comunistas. Después fue la gran aportación de las campañas de la izquierda cristiana, que eran también, por lo demás, muy próximas a nuestro partido tanto como orientación política como por

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ideología. El punto de partida, pues, para la formación de los cuadros ha sido el Partido Comunista. Vosotras, en cambio, debéis hacer el esfuerzo por lograr reforzar los cuadros dirigentes de la UDI siguiendo la vía opuesta.

Id y ved, estudiad localmente, conoced a las mujeres en cada una de las regiones, en cada una de las ciudades, y veréis que como la nación tiene sus cuadros masculinos que no coinciden con las personas que se sientan en la Asamblea Constituyente, así hay cuadros femeninos que comienzan —diría— por las estudiantes que tienen en la clase un prestigio y continúan con las maestras, las profesoras más conocidas, las directoras de escuela, las escritoras, las intelectuales y no intelectuales, las obreras conocidas en las fábricas, etcétera.

Procurad hacer este trabajo diminuto, paciente, para conocer estos cuadros y después procurad que vengan estos elementos a la UDI aunque no tengan fisonomía política, y esforzaos para que continúen también en la UDI los cuadros dirigentes de masas femeninas como lo han sido antes en su ambiente de trabajo.

He aquí un problema que, creo, debería ser estudiado por nosotros y que debéis procurar resolver, porque de otro modo los cuadros dirigentes de la UDI serán siempre muy reducidos, se creará un fenómeno de estancamiento, incluso de disgregación. Ampliad los cuadros dirigentes incluso si las nuevas mujeres que entren así en la UDI no puedan tener de repente aquellas cualidades que puede tener una comunista, una accionista, una socialista, que son militantes políticas.

La otra cuestión que deseo tratar —y que es la más difícil tal vez— es la de las mujeres de la gran ciudad. En los campos —sobre todo en los emilianos, toscanos y lombardos— logramos ya dar pasos importantes hacia adelante entre las mujeres; procurad, pues, aplicar el mismo método en las aldeas del Mezzogiorno. En las grandes ciudades, en cambio, ¿qué experiencia tenemos en la captación y organización de masas femeninas? Ninguna o casi ninguna. Sin embargo, en las ciudades la mayoría del cuerpo electoral está en las mujeres. He aquí, pues, un grave defecto del trabajo de nuestras compañeras y de nuestras organizaciones de partido y de masas. Nuestras compañeras de Milán, por ejemplo, en lugar de obstaculizar la iniciativa de la secretaría de favorecer la formación de las células femeninas, debían plantearse el problema: ¿Cómo organizamos a todas estas mecanógrafas, empleadas, dependientas de comercio,

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estudiantes y amas de casa que son la gran masa femenina de Milán? ¿Cómo nos acercamos a ellas? ¿Qué iniciativa hemos tomado? ¿Qué resultados concretos ha obtenido nuestra iniciativa?

Hasta hoy quienes hacen este trabajo son las organizaciones de Acción Católica, que han sabido organizar, por ejemplo, «la jornada de la mecanógrafa» y otras cosas por el estilo. En las ciudades, cuando se llega a un millón o millón y medio de habitantes, el problema femenino se presenta con aspectos particulares. Os pediría que estudiaseis estos aspectos, porque creo que si no lográis dar un paso hacia adelante en las grandes ciudades, nuestro trabajo femenino quedará siempre estancado.

Quiero, finalmente, decir dos palabras acerca de nuestros cuadros de partido femeninos. Comprendo en este momento que las cosas deberían decirse, no a vosotras, sino a las federaciones, que descuidan la formación de cuadros femeninos, o más bien no dan a este problema ninguna atención, mejor dicho, desarrollan una acción que tiende a desmoralizar a los que ya están. Sé que nuestros cuadros femeninos tienen defectos. Incluso las mejores compañeras que tenemos en el núcleo del partido tienen defectos, por lo que no siempre es fácil trabajar con ellas. Estos defectos se acentúan cuando se desciende más abajo, dado que allí faltan las compañeras que tienen una cierta experiencia. Los compañeros que tienen una cierta experiencia de organización de partido deben procurar prestarles una ayuda a las compañeras y no desmoralizarlas. Deben saber pedir lo que las compañeras pueden dar y procurar que hagan un esfuerzo que les empuje hacia adelante. Es necesario ayudar a las mujeres a superar sus defectos y a que vean lo esencial en las cuestiones. Y esta es tarea de los dirigentes del partido. ¿Cuál es el camino a seguir?

No hay una receta porque cada uno debe corregir sus propios errores. Pero si me preguntáis, en general, qué es un buen camarada, os puedo decir que un buen camarada debe cumplir tres exigencias. Debe conocer antes de nada la línea política del partido. Esta es la primera cualidad para ser un buen camarada. Cada vez que el partido realiza un acto político en una dirección o en otra, el buen camarada debe poseer la brújula que lo guíe y le haga comprender por qué el partido hace aquella cosa, toma aquella iniciativa. Para hacer esto es necesario conocer la línea política del partido. Ahora bien, ¿cuál es la línea política de nuestro partido? ¿Por qué lucha nuestro partido? Nuestro partido lucha por una sociedad socialista, lucha por el socialismo; mas hoy la lucha por el socialismo se desarrolla

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en condiciones internacionales y nacionales concretas, por lo que nosotros nos esforzamos por acercar lo más posible la sociedad italiana a las formas socialistas manteniéndose sobre el terreno de la democracia. He aquí la línea de nuestro partido, la que nosotros traducimos en una fórmula general cuando decimos que luchamos por una democracia que avanza. A la luz de esta norma general es necesario saber comprender en todo momento todo acto concreto que nosotros hacemos. Cada vez que tomamos una iniciativa de lucha lo hacemos para captar nuevos estratos a la influencia del partido. Pero nosotros mantenemos la lucha en los límites que nos permiten avanzar hacia el socialismo moviéndonos sobre el terreno democrático sobre el que estamos trabajando. Lucha, por consiguiente, por el socialismo en un terreno democrático, lucha por la captación a nuestra influencia de estratos siempre más amplios de ciudadanos, de manera que podamos colocar al Partido Comunista al frente de todo el país —hombres, mujeres, jóvenes y viejos— para llevarlo a la lucha por una sociedad socialista.

La segunda cosa necesaria para ser un buen camarada es la de trabajar por el partido en una medida más o menos grande. Aquí están aquellos que dedican al partido toda su actividad. Esto no se puede exigir a todos los camaradas. Pero a todos los camaradas se les exige que dediquen al partido una parte de su actividad; si no, no son camaradas. Y lo mismo vale para las mujeres. A todas las mujeres que vengan al partido es necesario exigirles que desempeñen una tarea, aunque sea limitada, como puede ser la de controlar lo que se dice en las filas de mujeres nuevas un manifiesto, difundirlo en su ambiente. Haced que las compañeras realicen un trabajo, aunque sea limitado, pero sistemático, de manera que el trabajo por el partido llegue a ser un objetivo que se inserte regularmente en su vida. Este es el segundo requisito para un buen camarada, requisito que ahora mismo se da en muy pocas de nuestras compañeras, porque de 400 000 inscritas, se contarán apenas 10 000 que trabajan de manera regular por el partido. Cuando hayamos logrado tener 100 000 o 200 000 mujeres que realizan una actividad continua por el partido, habremos conseguido una capacidad tal de penetración en las masas que inmediatamente os daréis cuenta de que el partido empieza a estar presente en donde antes no lo había estado jamás.

Mas para ser un buen camarada es necesario aún una tercera cosa. Es necesario la adhesión al partido, aquel vínculo especial por el que el

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partido viene a ser en la propia existencia algo muy serio, algo que no puede ser ya considerado de una manera frívola, algo al que se siente la necesidad de sacrificar una parte de sí mismo. No todos los inscritos en el partido pueden encontrarse en la condición de tener que sacrificar su existencia al partido, como tantos han sabido hacerlo. Sin embargo, todos deben sentir que ellos deben dar al partido una parte de sí mismos. Sin esto no se es buen camarada, además de no poder pertenecer a los cuadros del partido. Esto, más bien, es el elemento esencial, porque cuando se produce esto, incluso las deficiencias que se puedan dar en el conocimiento de la línea del partido o en el trabajo pueden ser superadas con mayor facilidad. Procurad, pues, crear en las mujeres este lazo con el partido. En muchos de nuestros comités federales, en la cumbre, en la periferia, se notan resistencias, se producen contrastes que no siempre son debidos al hecho de que los problemas que se tratan sean difíciles, sino a la poca vinculación al partido, por lo que la propia vanidad, el propio orgullo, llegan a ser a veces un hecho de importancia casi decisiva. Para quien, en cambio, tiene una sólida vinculación al partido, este es un hecho de importancia secundaria, porque él siente que ante el partido se puede y se debe, cuando es necesario, sacrificar la propia personalidad. En el Partido Comunista aquel que da algo a la causa del partido y del socialismo encontrará siempre, más pronto o más tarde, el puesto que le corresponde en la estima de la clase obrera y del pueblo.

Concluyo dirigiéndome particularmente a las más jóvenes camaradas para decirles una cosa que ya he tenido la oportunidad de decir en otras ocasiones. Vosotras habéis venido al partido hace dos, tres años, habéis combatido, habéis cumplido con vuestro deber en la lucha de la liberación y posteriormente. ¡Pero cuántos que han cumplido con su deber en la lucha de liberación, salidos después de esta lucha se encuentran hoy solos y su personalidad no cuenta ya nada! Pensad un poco en todos los combatientes del partido de acción: ¿quién no se acuerda ya de los mismos? ¿Qué parte tienen en la vida del país? ¿Por qué ocurre esto? Porque no encontraron el partido en el que insertar la propia personalidad y la propia actividad que diese a estas el valor y el relieve que se merecen. Vosotras, en cambio, lo habéis conseguido, habéis encontrado esta gran organización que ha sido creada con el trabajo, con el heroísmo, con el sacrificio de decenas, centenas y millares de mujeres y de hombres que han demostrado incluso con el sacrificio de su vida su vinculación al partido. Pensad en Gramsci.

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Todos los que lo han conocido dicen que era, en nuestros tiempos, el hombre que tenía el talento más profundo, la mente más abierta, más límpida, la fantasía más férvida y también el corazón más sensible. Este hombre ha dado al partido su propia vida, y vosotras, entrando en el partido, habéis hecho vuestra —afirmaría— una parte de este enorme capital que él ha dado a la clase obrera y a las masas trabajadoras, sacrificando su existencia para crear el Partido Comunista, para hacerlo vivir, para hacer así que fuese algo serio, que tuviese raíces que no podrán jamás ser arrancadas. Y como él, centenares de compañeros han dado la vida por el partido. Vosotras habéis entrado jóvenes en el partido, sois la esperanza, no digo nuestra, sino del país, de la clase obrera, de la nación italiana. Pero seréis tal esperanza en la medida en que sepáis permanecer vinculadas a la gran tradición del Partido Comunista, en la medida en que vuestra pertenencia al partido sea el engrandecimiento de estas tradiciones.

Os he hablado de las tareas de vuestro trabajo de masas, pero que no os asombre que termine, por el contrario, haciendo esta llamada a una cada día más sólida vinculación al partido. Sin la guía del partido no se vence ninguna batalla y, sobre todo, no se vence la gran batalla que debemos llevar a cabo para hacer de Italia una Italia socialista.

Ojalá sepáis trabajar en esta organización de masas y trabajar como mujeres, sin rechazar a nadie, atrayendo a todos los que sea necesario atraer para hacer así que la UDI llegue a ser la organización que influencie a todas las mujeres italianas democráticas, a todas las mujeres que quieran la libertad y el progreso. Pero tened presente que lograréis tanto mejor y tanto más rápidamente cumplir con esta tarea cuanto más sepáis trabajar en la línea del Partido Comunista y con un sólido, infranqueable, invencible espíritu de vinculación a nuestro partido.

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III

«¿Ha sido justo dar el voto a las

mujeres?»[8]

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Compañeras, no tengo la intención de añadir muchas palabras después de lo que ya se ha dicho por las compañeras que han abierto esta reunión o por las compañeras que han intervenido.

Ante todo quiero complacerme con vosotras por el tono general de la reunión. Por las cosas que he escuchado resulta claro, me parece, que el trabajo no se desarrolla aún por doquier, del mismo modo que hay puestos en donde avanza mejor, puestos en donde apenas ha comenzado y no se han obtenido todavía grandes resultados. Esto es inevitable y es también verdad que estamos aún a cierta distancia de las elecciones. Sin embargo, lo que me parece que debe ser considerado satisfactorio es que la orientación general de nuestra actividad, de nuestra propaganda y el modo como procuráis tomar contactos con las masas trabajadoras femeninas, son justos.

Otra cosa que quiero subrayar, y que me parece favorable, es que hay en Roma, más que en otras partes del partido —en donde falta—, una conmoción, un impulso, un elemento sentimental, una búsqueda de motivos simples que permiten aproximarnos a todas las mujeres, convencerlas, arrastrarlas con nosotros, partiendo de una visión de los problemas elementales de su vida. Esto es justo, esto está bien. Por ende, me parece que en general se puede tener una impresión positiva, favorable, de la reunión de hoy.

Hoy no tenemos que tratar cuestiones de principio por lo que se refiere a nuestro trabajo entre las mujeres.

Sabed que en torno a la cuestión del modo de cómo consideramos la actividad del partido entre las mujeres, de los objetivos que nos proponemos y del modo como trabajamos para llegar a conseguirlos, y en torno a la cuestión más general del lugar que concedemos a la mujer en la sociedad nacional, hemos hecho bastante desde la liberación, y en la elaboración y precisión de estas cuestiones he dado la aportación que debía dar. No hay hoy nada que revisar. Sin embargo, hay que reconocer que la aplicación no ha sido siempre y de modo continuo correspondiente

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a las posiciones que habíamos tomado. Es esta una de las deficiencias más graves de la actividad de nuestro partido. De ordinario, cuando son las elecciones, se hacen grandes exclamaciones de asombro porque parece que solo en aquel momento se constata que las mujeres son más de la mitad de los electores. Solo en aquel momento nos acordamos de esto. Pero si las mujeres son más de la mitad de la población de electores, quiere decir que son más de la mitad de la población adulta. Y es muy extraño que un partido que dice ser —y lo es— un partido que tiene sus raíces en el pueblo y que trabaja y lucha por la conquista de la mayoría de la población trabajadora, se dé cuenta de que las mujeres son más de la mitad de la población tan solo cuando hay que hacer las elecciones.

Es evidente que si este asombro se expresa cuando son las elecciones, quiere decir que día a día, en el curso de la actividad corriente del trabajo del partido, esta cuestión se deja un poco de lado. De aquí se llega a un cierto momento en que se está preocupado del modo como votarán las mujeres. Encontráis camaradas, simpatizantes, amigos, que desean ardientemente que salga de la consulta electoral una victoria de las fuerzas democráticas y populares, y os preguntan con preocupación: «¿Pero cómo votarán las mujeres?». Parece que solo se dan cuenta en este momento de que las mujeres son un elemento constitutivo de la sociedad.

Entonces surge aquella pregunta que me han escuchado formular una vez más cuando he visitado, hace ocho días, la federación de Agrigento, en Sicilia, y que hacen de ordinario viejos camaradas: «¿Ha sido verdaderamente justo el dar el voto a las mujeres? ¿Si no hubiésemos dado el voto a las mujeres no hubiera sido mejor? ¿No hubiéramos obtenido un resultado más favorable en las elecciones de la Constituyente del 18 de abril, en las elecciones municipales y provinciales sucesivas?». Es necesario rechazar de manera decisiva, por razones de principio y también por razones de hecho, estas preocupaciones y el estado de ánimo que inspiran estas preguntas. No se puede considerar la llegada a la vida política de más de la mitad de la población de un Estado como un problema electoral. No. Este es un problema de progreso de la democracia general, de progreso de la humanidad, de liberación de toda la sociedad de lo que son los viejos vínculos que tienden a mantenerla esclavizada, atada, a impedir su progreso.

Pero yo deseo que la cuestión sea examinada no solamente según esta visión general, sino también concretamente y en la línea de hecho. Cuando

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hemos llegado a estudiar con atención si realmente se podía decir que una mayoría reaccionaria en una o en otra localidad dependía del voto de las mujeres, no hemos logrado jamás tener un resultado tal que nos permitiese afirmar que esto era verdad. Más o menos se llegaba a decir que las mujeres habían votado como los hombres, tal vez un poco más a la derecha. En otros lugares decían lo contrario, y a mí me aconteció, ya en el curso de esta discusión de hace ocho día en Sicilia, ya en aquella provincia en donde me habían hecho la pregunta de si había sido justo dar el voto a las mujeres, descubrir que en uno de los más grandes centros de esta provincia ocurrió este hecho: había cuatro mesas electorales, y no sé si a propósito o por casualidad, en una de estas cuatro mesas los votantes eran todas mujeres. Pues bien, en esta mesa hemos tenido mayoría absoluta. Esto me ha impresionado profundamente, porque después, al preguntar, al ver qué trabajo se había hecho allí en particular con las mujeres, encontraba que no había habido un trabajo particular, sino un trabajo más o menos como el hecho en todo el resto de nuestra organización, y sabed que no siempre el trabajo con las mujeres se hizo bien, porque hay prejuicios, dificultades, obstáculos y falta de cuadros femeninos que se dediquen a este trabajo. No obstante, he aquí cuál ha sido el resultado.

Ahora bien, por este ejemplo y por las consideraciones generales y de hecho, no quiero sacar otra conclusión, es decir, que las mujeres votan por nosotros más que los hombres, porque también sería un yerro. Es necesario, en cambio, que examinemos más atentamente qué representan las mujeres en el cuerpo electoral para lograr sacar desde aquí conclusiones para nuestro trabajo.

Debemos reconocer, ante todo, que en el cuerpo electoral las mujeres son aquella parte en la que nosotros hemos trabajado menos antes de las elecciones. Esta es la realidad. ¿Por qué? Porque hay hábitos inveterados que no se logran superar. Porque en determinados periodos de tiempo el trabajo femenino es dejado solamente a los grupos femeninos y del mismo no se ocupan los organismos dirigentes políticos de la federación, de modo que se dé un impulso hacia adelante en todo el trabajo. Porque se deja que el trabajo entre las mujeres se haga solamente por las mujeres; si nos vienen, bien; si no, paciencia. No sé a las mujeres la ayuda que debería darse, y el resultado es que, en sustancia, la masa electoral femenina es una masa en la que hemos trabajado menos que en la masa electoral

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masculina. También porque la femenina no está organizada como la masa electoral masculina.

¿Cuántas son las mujeres y cuántos los hombres inscritos en los sindicatos? Encontráis que entre los hombres trabajadores la mayoría está inscrita en los sindicatos, mientras que entre las mujeres, ante todo una gran parte no trabaja y no puede por ello estar inscrita en los sindicatos, y de las que trabajan, solamente una parte se inscribe y está activa en el sindicato. No hagamos, pues, examen a las otras organizaciones: políticas, culturales, deportivas, cooperativas, etc. Tenéis, pues, ante vosotras una parte del electorado en la que se ha trabajado menos y que está menos organizada. Si hemos tenido un resultado menor favorable del que podemos tener en la masa del electorado masculino, esto depende de estas condiciones generales.

Para comprender cómo se debe trabajar con las mujeres debemos ver aún cuáles son algunas lagunas de las características del electorado femenino. La primera observación es que cuando hay un mitin electoral, hay pocas mujeres. Esto es un hecho que constatamos siempre. Cuando hago un mitin viene muchísima gente; sin embargo, no logro jamás ver que las espectadoras sean más que los espectadores. Encontramos muchas mujeres solamente en donde el partido es muy fuerte o cuando se hacen reuniones en una localidad un poco descentrada, allí en donde el mitin y el nombre del orador logran despertar el interés de toda la población, llevarla a una plaza. Pero también en este caso no encontráis mujeres de todas las edades, sino solamente mujeres de una cierta edad. La mujer muy joven y la mujer entrada en años no van a los mítines, mientras que sí van los jóvenes y los viejos. Esta es una característica particular del electorado femenino que debemos tener en cuenta.

Otra observación que debemos hacer es que el electorado femenino es sin duda el que menos lee los periódicos, y no porque las mujeres sean más duras de mollera, por usar una expresión coloquial del que vosotras os habéis servido aquí, menos instruidas, etc. Es que muchas mujeres han hecho tan solo los primeros estudios elementales y después no pudieron continuar adelante; han tenido que dejarlos después de la tercera clase; algunas ni siquiera llegaron a la tercera clase, y leer un periódico para ellas representa una fatiga, y después, cuando el hombre, el marido o el padre lleva el periódico a casa, no quiere que los otros lo lean porque está todavía difundida la opinión de que leer el periódico es algo que despierta

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instintos de rebelión, y el padre de familia, o el hermano entrado en años, no quiere que estos instintos se despierten en la mujer, en la hija o en la hermana. Por ello la mujer lee menos el periódico. Ahora bien, una gran parte de nuestra propaganda se hace en los periódicos, así como se hace una gran parte de la propaganda adversaria. Pero los adversarios tienen otras formas de organización y otros modos de acercarse a las mujeres que nosotros no tenemos. Por ejemplo, la misa. En la misa, contrariamente al mitin, hay siempre más mujeres que hombres, y la misa, hoy, desde que son convocados los comicios electorales, es en parte un mitin, porque creo que no existe ningún predicador, ningún comentador del Evangelio que no meta, aunque no de manera descarada, la punta política electoral. Se da aquí un contacto del adversario con la masa electoral femenina que nosotros no tenemos. Si ante nosotros tuviésemos solo al partido liberal u otros partidos que no tienen este medio particular de contacto con las masas femeninas, la cosa se pondría de manera distinta. Pero cuando nos encontramos de frente con esta forma de contacto semanal y a veces bisemanal con las masas femeninas que tiene lugar en la iglesia, entonces es necesario tenerlo en cuenta.

Hay después otra cuestión que no se refiere solo a la manera como viven las mujeres, sino al modo como son educadas y orientadas. La mayor parte de las mujeres vive inmersa en el ambiente familiar. Tan solo una parte de las mujeres italianas sale del ambiente familiar para ir a trabajar y vuelve por su cuenta llevando a la familia la aportación de su propio trabajo, de su propio salario, del propio sueldo. La mayoría vive casi exclusivamente en el círculo cerrado de aquella asociación elemental que es la familia, en la cual el marido, el hombre, lleva el salario, el sueldo, y a la mujer pertenece el preocuparse de llegar con el mismo hasta fin del mes y de estar atenta a que no ocurra nada extraordinario, porque si llega a ocurrir, el salario o el sueldo será insuficiente. Todo esto crea en la mujer un espíritu de temor y de sujeción, por lo que si hacéis una encuesta entre las masas de la población, encontraréis que entre los ciudadanos que piensan que no se puede cambiar el estado actual de las cosas, la mayoría son mujeres. Esto es así porque su vida está hecha de obediencia a una autoridad y de costumbres, de rutina, de cosas que se hacen todos los días, todas las tardes, todas las semanas, de igual manera, sin salir jamás de aquel círculo. ¿Qué ocurrirá si cambia el Gobierno? Es difícil hacer comprender a una mujer que vive de la manera que he dicho —y de esta

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manera vive una gran masa de mujeres en las familias— estas cosas. Por ello, cuando se plantea el problema electoral y decimos nosotros que «es necesario cambiar algo», encontraréis entre las mujeres siempre el mayor número de las que dicen que no se puede cambiar. Encontráis en estas mujeres un espíritu conservador que no deriva de una convicción y ni siquiera del hecho que hayan reflexionado a fondo en sus condiciones de existencia, en los términos del problema de su salario, del sueldo de su marido, de los precios en el mercado. No, no han pensado en ello. Y no porque sean conservadoras por naturaleza o estén inspiradas por ideas reaccionarias, sino únicamente porque están inmersas en un ambiente especial del que deriva una mentalidad consuetudinaria y piensan que no se puede cambiar nada.

Cuando discutís con una mujer del pueblo, con un ama de casa, con una mujer de un obrero, fácilmente podéis llegar a la conclusión de que es injusto lo que ellas sufren, que son injustas las condiciones en que viven, que son injustas las condiciones de la sociedad. Pero al final encontráis de frente esta objeción: «¿Pero cómo se hace cambiar esto? No se puede cambiar…; ha sido siempre así…». Y sobre este estado de ánimo trabajan los propagandistas religiosos. Encontráis en las mujeres una especie de concepción pasiva de la autoridad. La autoridad del Estado, del Gobierno, está ahí; es necesario obedecer. Es injusto, saben que es injusto; sufren, saben que sufren; si las cosas anduvieran de manera distinta en lo alto estarían personalmente mejor. ¡Pero son las autoridades las que deciden esto; no se puede ir en contra de la autoridad!…

Y aquí se plantea la cuestión de la religión. Una compañera ha intervenido planteando el problema de manera muy amplia; ha hablado de las ideas de igualdad que hay en el cristianismo y que son también ideas que animan nuestro movimiento. Esta es una manera ya avanzada de razonar. Se puede y se debe también razonar de esta manera con las mujeres religiosas, pero lo esencial es que nosotros dejemos de lado sus convicciones religiosas y logremos desprenderlas del espíritu conservador que deriva de su modo de existencia, por el que ellas piensan que no es posible cambiar las cosas de como están ahora, que hay un Gobierno malo, pero siempre lo ha habido, que las elecciones no sirven para nada, etcétera.

Se podrían añadir otras muchas observaciones, pero estas me parecen las cosas más esenciales para definir a la masa electoral femenina que nosotros sentimos aún hostil y con la que es más difícil trabajar. Mas en

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sustancia esta masa se parece a las masas masculinas que viven en condiciones análogas a aquellas en que viven las mujeres, que no han experimentado jamás una propaganda socialista, que están ligados a una organización reaccionaria como la de los clérigos, etc. Id a razonar con ciertos montañeses o con ciertos estratos de ciudadanos y encontraréis la misma orientación social conservadora, el mismo temor a moverse, la misma convicción de que no es posible cambiar nada, y esto deriva más de la manera como viven los hombres que de la manera como razonan y piensan, porque un pensamiento independiente no se ha desarrollado aún en estos estratos.

Entonces, ¿cómo se puede trabajar con estas masas? Es evidente que lo que se necesita hacer es un enorme trabajo de persuasión, y este trabajo de persuasión debe ser mucho más intenso, mucho más paciente, mucho más minucioso del que se hace entre una masa de electorado, tanto masculina como femenina, que esté ya habituada al debate político. Cuando hablo ante un público de obreros, de trabajadores, de empleados de cualquier tendencia que han venido espontáneamente al mitin, leen los periódicos, discuten, etc., ciertamente el mitin ya les da una orientación en muchos casos. Para la mujer, en cambio, el mitin da solo un empuje. Es necesario por ello llevar a las mujeres al mitin, llevarlas lo más que se pueda. Si pudiésemos organizar mítines solo para mujeres (pero es difícil, pocas organizaciones logran llevar a cabo esta tarea) sería muy útil, pero antes y después del mitin hay todo un trabajo de persuasión, de convicción. Y esto se puede hacer solo con el contacto personal. En donde sea necesario hacer este trabajo, ¿cómo se puede hacer?

Ante todo creo que es un error llevar a cabo este trabajo solo con las mujeres. Esta es una asamblea de activistas femeninas y está bien. Pero yo no estoy convencido de que la actividad masculina de la Federación de Roma esté bien orientada en el trabajo con las mujeres. Es esta una observación, mas puede llegar a ser también una crítica. Cuando una gran organización femenina, la UDI, lanza la contraseña de convocar una semana de las electoras, esta organización se dirige evidentemente a las mujeres. Pero cuando nosotros como partido hemos dicho que había que apoyar esta iniciativa para que tenga todo el éxito que debe tener para orientar a las mujeres en las elecciones del 7 de junio, hemos dicho implícita y explícitamente que también los hombres se deben interesar por la semana de las electoras. Esta es una tarea de los propagandistas

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habituales del partido, cualquiera que sea su sexo. Como veis, aquí hay también una crítica, y creo que se refiere a la organización romana y probablemente a muchas otras organizaciones. Deberemos corregir este error, y ojalá se corrigiese, al menos en parte, antes del 7 de junio. Es necesario mover por la propaganda entre las mujeres también al activo del partido en general, y no solo a la sección femenina. Es necesario que las secciones del partido consideren la semana de las electoras como una celebración, una fiesta, una tarea de trabajo que les corresponde como sección de partido y no solo para las mujeres que son parte de la sección, y por término medio son probablemente la cuarta parte de los inscritos en el partido de Roma, a veces un poco más, a veces un poco menos. En el material que las secciones preparan, en las reuniones que hacen, en los mítines, en las conversaciones, en las asambleas que se organizan en la sección, tened en cuenta siempre que las mujeres son más de la mitad de los electores. No os pido que más de la mitad de la propaganda sea limitada a las cosas femeninas —porque en muchas cuestiones hay coincidencia entre las cosas que se refieren a los hombres y las que se refieren a las mujeres—, pero no creáis haber resuelto vuestra tarea cuando habéis propuesto en compañía juntamente una hermosa actividad femenina como esta, y habéis orientado bien vuestro trabajo entre las mujeres activas inscritas en el partido. Debéis orientar también a los hombres para el trabajo entre las mujeres, así como debéis hacer trabajar también a las mujeres para conquistar el voto a los electores para el Partido Comunista y para los partidos democráticos.

¿En dónde se debe hacer el trabajo? Aquí he visto que la orientación es justa, porque me parece que lo habéis orientado especialmente hacia la casa, tal vez demasiado poco hacia el lugar del trabajo. Tened en cuenta que también en Roma hay lugares en donde trabajan muchas mujeres (Manufacturas del tabaco, Poligráfico, etc.). Y después estad atentas porque tenéis la mujer del obrero, con la cual también es necesario trabajar, partiendo del lugar de trabajo, del trabajo que hacen los obreros, de la célula, etc. No olvidéis esto. Sin embargo, es justo que hagáis hincapié especialmente sobre aquello que llamáis el trabajo capilar en las casas, en las familias, es decir, partiendo del núcleo familiar. Pero ¿cómo? Me parece que aquí podéis y debéis perfeccionaros mucho. Vosotras tenéis grupos de mujeres activistas, bravas, que recorren las casas y las familias, etc. Esto está bien, esto debe hacerse. Continuad haciéndolo y con ímpetu.

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Esto va bien. Es un trabajo que da frutos y que es necesario continuar poniéndolo en el centro.

Sin embargo, ¿cómo se mantiene el contacto con aquellas mujeres que vosotras habéis conquistado en la reunión del edificio de viviendas? «Hemos hablado con diez mujeres —decís vosotras—; algunas nos han tratado mal, otras han consentido.» Ahora bien, con aquellas que han consentido, ¿cómo trabajáis a continuación? Las reuniones en los edificios las hacen también los democristianos, y en los ambientes de la pequeña y mediana burguesía, el liberal también hace reuniones de este tipo. Después está el confesor, la iglesia, la misa, la predicación; hay, por tanto, toda una acción que tiende a destruir los resultados de la nuestra. Por ello, es necesario que logréis hacer permanente el lazo que habéis logrado establecer, a través de reuniones de bloques de casas y de visitas, con aquellas mujeres que habéis logrado persuadir que os den el voto.

¿Cómo se consigue esto? Según mi punto de vista, debéis partir también de la familia, procurando crear en ellas un pequeño núcleo familiar permanente de dos o tres personas. No sé exactamente cuántas familias puede haber en Roma y cuántas son las familias en que hay un comunista; pero, sin duda, deben ser muchas. Se llega a una familia en la que hay un comunista sobre cinco o seis. Ahora bien, este comunista, hombre o mujer, ¿qué hace? ¿Hace un trabajo en el bloque de casas? Él debe comenzar a conquistar a alguno en su familia, debe lograr organizar un grupo de dos o tres, de manera que en aquella familia en donde hay un comunista, sean dos o tres personas las que se empeñen en una acción de propaganda electoral. ¿Y en qué dirección? En la dirección de la familia que está al lado, en el piso de arriba, en el piso de abajo y en donde no haya ningún comunista, pero con la que hay relaciones normales. Yo creo que sería una gran cosa si de todas las familias italianas en donde hay un comunista saliese un trabajo hacia otra familia en donde no hubiera un comunista. Así haríamos ya un gran trabajo de propaganda. Lograríamos interesar inmediatamente a más de un millón de familias. Aunque nosotros seamos dos millones y medio de comunistas, dado que hay también familias con dos o tres inscritos, podríamos, haciendo una media, llegar a un millón doscientas mil familias en las que hay un comunista. Deberíamos, pues, tener la posibilidad, a través de la acción que he dicho, de llegar a otro millón doscientas mil familias en las que no hay ningún comunista. Procurad estudiar esta cuestión.

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He visto que al plantear vuestras cuestiones bastantes compañeras han dicho cosas interesantes, han demostrado capacidad e inteligencia. Igualmente, las compañeras que han hablado de una manera más coloquial han demostrado estar más directamente en contacto con las masas populares. Reflexionad todas sobre estas cuestiones y procurad dar un impulso en esta dirección.

Lo ha dicho muy bien la compañera Colleferro: nosotros somos fuertes, pero a menudo en donde somos particularmente fuertes, nos cerramos en nosotros mismos, no vemos más allá de nuestra familia en donde ya ha sido aceptado el comunismo, es el pensamiento y la idea central que prevalece; hay otra familia en donde tal vez no piensan en nada de esto o son democristianos, pero que podrían ser conquistados si se les hablase bien.

No conviene encerrarse en sí mismos, no conviene conformarse con el hecho de que hemos llegado a ser muchos a través de años de trabajo, que somos un gran partido y que en las elecciones, sin duda, tendremos tantos votos; conviene, por el contrario, ver que hay siempre alguno más allá de nosotros que debe ser aún captado. Nuestro partido se encuentra hoy en el periodo en que su objetivo fundamental es la conquista de la mayoría, que es el medio de lograr modificar las condiciones económicas y políticas de la sociedad a favor de los trabajadores. Cada paso que nos hace avanzar más allá, hacia los que debemos todavía conquistar, es un paso hacia el mejoramiento de las condiciones de existencia y de vida de todo el pueblo.

Dos palabras ahora sobre la manera de hacer la propaganda. Aquí no tengo muchas cosas que decir. De lo que he oído a las compañeras llego a la conclusión de que, en resumen, los puntos de partida de vuestra propaganda son exactos. Conviene partir para la propaganda entre las mujeres de cosas más simples, más elementales. No tantas cifras. Si dais cifras, que sean las del precio del pan, que las mujeres saben cuál era hace cuatro-cinco años y cuál es ahora mismo. Si vosotras empezáis a dar cifras de billones, las mujeres sencillas comprenden poco, porque ni siquiera saben qué quiere decir un billón, mientras que del pan todas saben qué es, saben qué quiere decir cuando cuesta dieciséis liras de más el kilogramo, comprenden que dieciséis liras de más representan una buena rebanada de menos.

Es necesario partir de las cosas que interesan directamente al núcleo familiar del hombre que trabaja, del obrero, del empleado, del joven que

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va a la escuela, de la chica que se tiene que casar y no puede hacerlo porque no tiene dinero para el ajuar o no hay la posibilidad de encontrar una vivienda por su precio prohibitivo.

De estas cosas elementales es necesario lograr después subir más arriba, a algunas cuestiones generales y a una última, sobre todo. ¿Cuáles son las cuestiones generales? La cuestión de la guerra que nos amenaza y la cuestión de las persecuciones de los trabajadores: de las medidas tomadas contra los ferroviarios que han hecho huelga, por ejemplo, o contra las obreras tabacaleras que no han trabajado para protestar contra la ley de fraude, y las otras persecuciones de los trabajadores, que han llegado hasta los disparos contra los obreros que piden trabajo, contra los campesinos que procuran ocupar la tierra, etcétera.

Pero hay más allá de esta otra cuestión, que debéis conseguir plantear cuando habláis con las mujeres de todo el pueblo, pero especialmente con las mujeres de clase media, y es de su emancipación. Hay mujeres que no han llegado todavía a hacer suya esta aspiración, pero ya ha llegado a la mayoría. Las mujeres quieren tener una vida más libre, más independiente, no tan ligada a la vieja costumbre paternalista que les oprime. Querrían no solo estar mejor, sino también vivir mejor, ser más respetadas, tener un puesto mejor en la sociedad. El otro día en Ancona recibí una carta de una mujer que me preguntaba si teniendo la izquierda la mayoría, las mujeres podrían esperar que se hiciera aplicar la Constitución, en la que se habla de la igualdad de los ciudadanos de ambos sexos, y en particular de los cónyuges. Esta señora plantea el problema de la emancipación de la mujer. Puede darse el caso de que haya mujeres que viven en condiciones más apuradas, que no sientan este problema todavía, mas esto se siente en las ciudades, en la clase media, y se siente también por las que no os hablan de él. Ahora bien, vosotras debéis lograr hacer comprender que no se podrán dar pasos adelante hacia la emancipación de la mujer, si no se mejoran las condiciones objetivas de la existencia de todos los trabajadores, si no se sube el salario, si no hay trabajo para todos, si no tenemos mejores sueldos, si no se consigue una pensión razonable para el viejo que vive en casa y que necesita mantenerse. Cuando todas estas cuestiones económicas se agolpan y pesan en el núcleo familiar, quien lleva el peso más grande, quien pierde no solo el propio bienestar, sino la propia libertad, el propio desarrollo espiritual, es especialmente la mujer.

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Un aumento del bienestar general hace avanzar a la mujer en la línea de su emancipación. Una política de miseria, de persecución de los trabajadores, de guerra, empuja por el contrario atrás a las mujeres hacia las viejas formas de opresión, de esclavitud, de las cuales ellas se quisieran liberar.

Y al final, cuando hayáis hecho toda vuestra propaganda y demostrado por qué las cosas andan mal, es decir, a causa de la política de preparación a la guerra, de explotación, de persecución, etc., al final, en la mayor parte de las mujeres surge la pregunta: pero ¿podrá cambiarse esta vez? Y nosotros debemos lograr dar la necesaria convicción, y no solamente la impresión de que se puede cambiar. Es tan cierto que se puede cambiar, que los adversarios hicieron la ley del fraude para procurar poner un último remedio a la gran oleada de progreso, de libertad, de emancipación de los hombres y de las mujeres que avanza. Han hecho una ley del fraude porque saben que no nos lo darán más, que están perdiendo las últimas posiciones. Este mismo hecho quiere decir que las viejas clases dirigentes ven que la conciencia del pueblo ha avanzado tanto y las condiciones objetivas están tan maduras, que el cambio no se puede evitar más. En este caso esto depende del modo como se votará, porque no se vote por el partido dominante. Depende de esto que las cosas cambien y es esta la convicción que debéis dar a las mujeres. Si lográis inculcarles esta convicción, también se logrará superar el obstáculo de la religión. Es necesario partir de las cosas más simples y llegar a esta convicción: luchar para que se cambie, para que se pueda cambiar.

Por lo demás, incluso entre nosotros comunistas, se nos hace alguna vez la pregunta si se logrará vencer y es justo que se haga. En cuanto a la respuesta, se debe tener en cuenta ya el valor que tiene para nosotros, en general, toda lucha electoral; ya el valor que tiene, en particular, esta lucha electoral. Por lo que se refiere a esta lucha electoral, mi juicio es que es una en la que exista la más grande posibilidad de que logremos cambiar la situación.

Todo lo que hace el adversario, su turbación al comienzo, el carácter incierto de sus alianzas, la discordia en el propio campo, las cosas dichas por sus propagandistas, empezando por De Gasperi[9] hasta más abajo, todo demuestra que ellos notan que madura una situación en la que acabará su prepotencia y las cosas deberán cambiar. Es decir, es esta una de las luchas electorales en la que tenemos las más grandes posibilidades y

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probabilidades para nosotros de tener una estupenda victoria. Se puede impedir a los democristianos que lleguen a un 50 por 100 más uno de los votos. A esto, sin embargo, querría añadir todavía una observación, y aquí me dirijo tanto a los camaradas que tienen más experiencia como a los que tienen menos. Tened presente siempre lo que vale, en general, para nosotros, para un partido de la clase obrera, que es un partido revolucionario, la lucha electoral. Las luchas electorales tienen siempre para nosotros un resultado positivo cuando son combatidas con empuje, con entusiasmo, con un programa claro, simple, que convenza al pueblo, que sea en interés de las grandes masas y que nosotros logremos hacer penetrar en la conciencia de una parte siempre más grande de las masas trabajadoras. Cuando se hace esto, las luchas electorales tienen siempre un resultado positivo. ¿Cuál es otro de los motivos por los que han hecho la ley del fraude? Porque han visto también, después de aquella estrepitosa victoria del 18 de abril, que no se puede gobernar contra el pueblo y sin el pueblo. Han visto que las cuestiones que planteaban no eran vitales para el país y ellos estaban obligados a reconocerlo y debían batirse sobre el mismo terreno. Aunque con mayor incomodidad, hemos logrado avanzar, hemos reforzado el partido y los sindicatos, hemos defendido el salario e impuesto soluciones a los problemas añejos de nuestro país, y ellos se vieron obligados a caminar de prisa, con despecho y fatiga, para hacer ver que hacen algo en los ámbitos sobre los que nosotros nos batimos. ¡Ved cómo hemos avanzado! De cualquier modo que vayan las cosas, trabajemos, pues, de modo que esta lucha electoral nos haga avanzar en la conquista de nuevas conciencias, de nuevas posiciones; en el reforzamiento del frente del trabajo, del frente de la clase obrera, del pueblo, que lucha por la paz, por la libertad, por el socialismo. Esta será ya una victoria.

Y después —repito— recordad que además de esto existen hoy condiciones extremadamente favorables porque la lucha se concluya para nosotros con una victoria positiva en el campo electoral. Trabajad bien y venceremos.

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IV

La cuestión de la posición creada a las

mujeres en la sociedad, que en esencia es la

cuestión de las relaciones generales que se

establecen entre las mujeres y los hombres,

no puede reducirse al mero aspecto

económico[10]

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Realmente, compañeras, mi opinión era que sería suficiente mi presencia para renovar el saludo de la dirección de nuestro partido a esta, vuestra Conferencia, y subrayar la importancia que a la misma atribuimos. El camarada Berlinguer[11] me ha dicho, por el contrario, que esta opinión mía era ilusoria y que se esperaba que yo interviniese en vuestro debate. Lo haré brevemente refiriéndome al tema mismo de vuestra Conferencia, que si no me equivoco es el de estudiar la aportación que las muchachas inscritas en la Federación Juvenil Comunista quieren y pueden dar a la solución de la cuestión de la emancipación femenina.

En esta formulación, como vosotras veis, se entrecruzan dos cuestiones: la primera se refiere al modo como trabajamos para realizar una captación cada vez más amplia de los jóvenes a las ideas políticas y sociales más avanzadas, que representamos nosotros y defendemos en la sociedad, es decir, al comunismo, al socialismo. La segunda se refiere, por el contrario, a la emancipación de la mujer, el modo como este problema se presenta a las jóvenes generaciones de mujeres y lo que ellas pueden hacer para acercarse a una solución.

Y es precisamente sobre esta última cuestión sobre la que intento intervenir para procurar precisar algunas cosas, ya que no me parece que a propósito del significado de la emancipación femenina, y del modo de trabajar para llevarla a cabo, exista una claridad completa no solamente en la sociedad en general, sino tal vez ni siquiera en todas las filas de nuestro movimiento.

No existe claridad, en general, en la sociedad. Ahora mismo me decía una camarada de Roma que en esta ciudad cuando se habla de emancipación de la mujer y de las mujeres emancipadas, se quiere calificar como algo reprobable. El término «mujer emancipada» tendría aquí este particular significado, y es evidente que donde las cosas están así debe hacerse un trabajo preliminar de clarificación para explicar el significado de las palabras. No creo que sea difícil hacerlo, pero de todos modos también ha de hacerse esta cosa. El término «emancipación femenina» es,

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en efecto, tradicional, tanto en el movimiento femenino como en el movimiento democrático, para indicar una profunda transformación de relaciones sociales y de costumbres en favor de las mujeres, así como la reivindicación de más elevadas relaciones morales, y no se puede renunciar a ello.

En general, es mérito no solamente de nuestro partido, sino también de los socialistas, de las organizaciones femeninas democráticas y de los sindicatos confederados, haber insistido —especialmente en los últimos tiempos— en el planteamiento de la cuestión de la emancipación femenina como cuestión grave, en cuya solución se necesita trabajar con seriedad.

Es necesario reconocer también que en Italia, desde que hemos instaurado un régimen democrático, se han hecho progresos, y progresos de cierta importancia, en la vía que debe llevar a resolver la cuestión de la emancipación femenina. Estos progresos están escritos en nuestra Constitución, allí donde sanciona paridad de derechos entre los hombres y las mujeres y se reflejan en el ordenamiento político de nuestro país. Mas si queréis ver algo más próximo, daos cuenta inmediatamente de que las cosas son más complicadas de lo que nos parecen a simple vista.

Es cierto, por ejemplo, que una de las reivindicaciones principales — en ciertos momentos y en determinados países hasta la reivindicación principal del movimiento femenino más avanzado— ha sido la de la concesión del derecho de voto a la mujer. En la misma Europa existen aún países en donde las mujeres no votan. Debe ser considerado, por ello, una gran conquista de la democracia italiana el hecho de que las mujeres italianas tengan los mismos derechos electorales que los hombres.

Basta, sin embargo, una mínima reflexión para hacer descubrir la diferencia que hay entre la forma y la sustancia; entre el reconocimiento de ciertos derechos y la verdadera, sustancial emancipación, es decir, liberación de las mujeres de las condiciones de inferioridad en que son tenidas. Podéis decir vosotras, en efecto, por el mero hecho de que vote la mujer, ¿se han cambiado radicalmente las condiciones efectivas en las que ella se encuentra en la sociedad italiana? No. No lo podéis decir. Más bien, cuando habláis del voto de las mujeres os encontráis siempre, hasta en las filas de nuestro movimiento, la opinión que en sustancia afirma que el voto de las mujeres ha sido más un obstáculo que un progreso. Si las mujeres no hubiesen votado el 2 de junio de 1946, el 18 de abril de 1948, el 7 de junio de 1953 —dicen los que expresan esta opinión—, el

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porcentaje de los votos ganados por los partidos de izquierda hubiera sido proporcionalmente superior. De aquí concluyen que no ha sido justo conceder el voto a las mujeres. Es una conclusión radicalmente equivocada, como ya lo hemos demostrado otras veces de manera extensa. Pero el hecho mismo de que exista esta opinión nos demuestra cómo la forma y la sustancia en este caso no coinciden. Es un hecho incontrovertible, pues, que, por otra parte, es decir, por parte de los partidos reaccionarios y del partido típicamente reaccionario que existe en Italia, que es el partido clerical, el voto a las mujeres ha sido reivindicado como un medio para lograr frenar la marcha hacia adelante de las organizaciones democráticas y, sobre todo, del movimiento democrático más avanzado, comunista y socialista. Por ello, cuando van a ser las elecciones se ponen en acción, por parte de la organización clerical, todos los medios posibles para ejercer sobre las mujeres una influencia reaccionaria, para impedir que voten libremente, que expresen un voto conforme a sus intereses y a su conciencia, que está madurando en ellas, de estos mismos intereses.

Si se busca descubrir el fondo de las cosas, la verdadera ventaja del hecho de que se haya concedido el voto a las mujeres radica precisamente aquí: no solamente las mujeres han sido, como los hombres, investidas de una nueva dignidad y responsabilidad política, lo que es fundamental para su emancipación, sino que se ha abierto en el país una gran lucha para la elevación de la conciencia de las mujeres a posiciones más avanzadas, mientras que hay quien se esfuerza por mantenerlas ligadas a posiciones de conservación y de reacción. Ved, pues, cómo la cuestión es complicada. No basta con mirar las formas, es decir, a los derechos concedidos por la Constitución y por las leyes.

Es necesario ir a la sustancia. No es suficiente que a una mujer le sea concedido el derecho al voto para que tú puedas estar seguro de que esta mujer —si, por ejemplo, es una obrera— vote según los intereses de la clase obrera. Pero el hecho de que ella vote plantea concretamente la tarea de abordarla, iluminarla, instruirla, elevarla, educarla hacia una conciencia política superior. Haciendo esto se llega inevitablemente a descubrir la necesidad de que se modifique la posición de la mujer en la sociedad; se llega a reconocer cuáles son los términos reales del problema de la emancipación femenina y se comienza a trabajar y a luchar de modo más eficaz para resolver este problema. Las mujeres que han llegado a

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comprender los verdaderos términos de esta cuestión, es decir, a comprender cuáles son las causas verdaderas que provocan su actual inferioridad jurídica y social y qué se debe hacer para cambiarlas, no podrán más que unirse a la gran formación de los trabajadores en marcha para construir una nueva sociedad.

Por otra parte, incluso en lo que toca a la simple forma, sabemos que en la Constitución está escrito con todas las letras que no deben existir diferencias jurídicas y de dignidad social entre los hombres y las mujeres por razón de sexo; que debe haber igualdad moral y jurídica entre los cónyuges; que la mujer trabajadora debe tener iguales derechos y las mismas retribuciones a igualdad de trabajo. Pero si vemos cómo están las cosas, encontramos que la realidad es completamente diversa. Estas normas constitucionales son contradichas por la práctica general, ya de las administraciones del Estado, ya de los que explotan a los hombres y a las mujeres en las fábricas.

Aquí se han citado ejemplos gravísimos de injusticias que son ejercidas contra las mujeres y las jóvenes en el trabajo y con ocasión del trabajo, que no serían ejercidas contra los hombres. Estos han conseguido, en efecto, una defensa sindical más eficaz. En contra de las mujeres, pues, interviene una costumbre que en esto, como en otros campos que afectan directamente a las mujeres, está atrasada, penetrada de arbitrariedades, de oscurantismo, de corrupción y hasta de barbarie.

Hay categorías de mujeres trabajadoras que solo desde hace poco tiempo entraron en la escena de la defensa de los derechos del trabajo. Solamente desde hace algunos años se oye hablar de las recolectoras de la aceituna, y esto porque hemos comenzado nosotros a interesarnos por estas mujeres, por estas muchachas, para denunciar el modo como son explotadas. Hasta ayer su mano de obra era considerada como algo que no valía nada. ¡El gran propietario de la tierra la utilizaba con la convicción de que las mujeres debían estar agradecidas porque les concedía un puesto de trabajo y un mendrugo de pan a cambio del trabajo! Y esto porque se trataba de mujeres, de muchachas.

Si queremos conocer cuál es efectivamente la posición de la mujer en la sociedad debemos procurar comprender, más allá de la forma, cuáles son en la sociedad las relaciones generales que se establecen entre los hombres y, a partir de aquí, cuál es la organización de la sociedad misma. Así se llega a la que es nuestra posición fundamental sobre el problema

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que nos interesa. El destino de la mujer en la sociedad no depende solamente de las leyes y de los adornos, no depende del hecho de que los hombres sean más o menos bien educados al tratar a las mujeres, que den pruebas hacia las mismas de mayor o menor gentileza o espíritu de caballerosidad, sino que depende del modo como la sociedad está organizada, de lo que la organización de la sociedad es hoy y de lo que será mañana. Esta es la cuestión fundamental.

Recordad cuántos cumplidos se han dirigido a las mujeres en la literatura de todos los tiempos, desde que se hizo una guerra por el honor de Elena de Esparta, y más tarde, hasta las poesías caballerescas y la novela del Ochocientos. Pero en el tiempo de Elena toda la sociedad estaba fundada en la esclavitud y la mujer era también una esclava, y esclavizada de una manera o de otra, conforme al ordenamiento social existente y de las costumbres consecuentes, lo continuó siendo hasta nuestros días y lo es aún ahora.

Si queremos cambiar la suerte que ha cabido a la mujer en la sociedad debemos, ante todo, trabajar y combatir para mejorar las condiciones de la sociedad actual, es decir, para tornar a una sociedad moderna más libre, más democrática, para obtener que sean siempre más ampliamente reconocidos y respetados los derechos de los que trabajan y la dignidad de todas las personas humanas sea valorada igualmente y respetada por todos los que organizan este ámbito de la vida social. En segundo lugar, debemos llevar una lucha eficaz para crear una sociedad que sea plenamente democrática, es decir, una sociedad en la que los derechos de los que trabajan y la dignidad de los hombres que viven del trabajo sean asegurados plenamente y para siempre. Pero esto solo puede darse en una sociedad en la que se hayan transformado las bases económicas: una sociedad socialista. El fin de la explotación del trabajo es la condición esencial para que todas las personas humanas puedan ser libres, puedan tener igual dignidad. Por ello, los fundadores de nuestro movimiento proclamaron que la emancipación de la mujer está ligada a la emancipación del obrero y, desde esta posición, nosotros recabamos no solo una orientación general en el planteamiento de las cuestiones femeninas, sino también una guía del trabajo práctico.

He escuchado, pues, y aprendido con ganas todo lo que se ha dicho en esta reunión acerca del trabajo desarrollado con las mujeres trabajadoras, con las obreras, campesinas, maestras, empleadas, dependientas de

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comercio, braceras, textiles, recolectoras de la aceituna, con todas las mujeres que están insertas de manera activa en el proceso de producción o tienden a insertarse, como son las estudiantes. Aquí nos encontramos con una mujer que, por el hecho mismo de que ya participa en el proceso de la producción, está en el grado de comprender mejor el reclamo que brota de las cosas y nuestro reclamo de la necesidad de que ella tenga una vida libre, lo que quiere decir que tenga una personalidad y una dignidad personal, que sea apreciada y respetada de la misma manera que deben serlo todos los hombres. Es esta una fuerza nueva sobre la que se puede apoyar para plantear y resolver todos los problemas femeninos. En la atención particular dada a esta fuerza nueva está nuestro gran progreso con respecto a todos los viejos movimientos femeninos o feministas. Nosotros somos favorables, pues, a que la mujer entre, en la mayor medida posible, en el proceso de la producción, y somos contrarios a todas las medidas, presentadas bajo cualquier máscara, que tiendan a excluir a la mujer del trabajo socialmente útil.

Sin duda que la mujer que entra en el proceso de producción tiene necesidad de una tutela particular, sobre todo si es una mujer joven. Pero hoy sucede lo contrario: sucede que los que proclaman que la mujer debe quedar fuera del proceso de producción para que no sean turbados sus rasgos ideales, quedan después indiferentes al hecho de que las mujeres sean tratadas como aquellas obreras textiles de las que nos hablaba hace poco una compañera, como las recolectoras de la aceituna de las tierras meridionales, como las braceras de Ferrara, como la gran mayoría de mujeres que hoy ya viven del trabajo en Italia.

Por ello, todo lo que vosotras hacéis para estudiar los aspectos económicos de la vida de las mujeres que están ya insertas en el proceso de producción, todo lo que hacéis para conseguir que nuevos grupos de mujeres entren en el proceso de producción y en el mismo encuentren una nueva dignidad y una defensa, todo esto es justo. Este es el punto de partida de todas nuestras acciones y si se debe hacer alguna crítica a nuestras compañeras —tanto adultas como jóvenes— es que se interesan aún demasiado poco por la organización y por la tutela de las mujeres trabajadoras, de modo que hay categorías enteras de jóvenes trabajadoras (las dependientas del comercio, por ejemplo, y otras muchas) de las que estamos todavía demasiado lejos.

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Dicho esto, me doy cuenta de que se me podría objetar que esta es una limitación, y la objeción sería válida si al considerar los problemas femeninos y al determinar en relación con los mismos nuestras tareas nos cerrásemos aquí. Pero aquí no nos cerramos. Aquí no nos debemos cerrar. En organizar a las mujeres trabajadoras, defenderlas, procurarles mejores condiciones de vida, un reconocimiento mayor de sus derechos, una libertad más amplia y una conciencia social más elevada está la palanca principal de nuestros trabajo. Pero ¡ay si hacemos solo esto! Esto querría decir que no veríamos en su integridad el problema de la emancipación de la mujer, que no lograríamos plantearlo y resolverlo de forma adecuada.

Las cuestiones que encontráis cuando os ocupáis de la mujer que trabaja en las oficinas, en los campos, en las escuelas, etc., son cuestiones que se refieren solo a una parte hoy reducida de mujeres en Italia. Solamente en los países socialistas, la mujer está generalmente integrada en el proceso de la producción.

La emancipación de la mujer es, en cambio, una cuestión que interesa a todas las mujeres, incluso a aquellas que no van a trabajar por una retribución, en la fábrica o en otra parte. He aquí, pues, una particularidad de esta cuestión que no puede dejar de tenerse en cuenta.

¿Y por qué la cuestión de su emancipación interesa a todas las mujeres? Porque en realidad a todas las mujeres —aparte del pequeño estrato de las que pertenecen a los grupos dirigentes más ricos y más elevados, que viven sin que una luz ideal ilumine su conciencia y a menudo vegetan en las márgenes de la decadencia y de la corrupción—, a todas las mujeres, repito, en nuestra moderna sociedad se les exige un trabajo, pero que no es reconocido como tal. No hay mujer en una familia normal, y en la condición normal social italiana, sobre la que no pese la responsabilidad y la gravedad de un trabajo. Pero este trabajo no es reconocido. Mejor dicho, está difundida la tendencia a considerar a las mujeres un poco holgazanas, mientras que, en realidad, pesa sobre las mismas siempre o casi siempre una grave responsabilidad y un verdadero y auténtico trabajo, que exige capacidad física y capacidad mental y de organización.

Este es el motivo más profundo por el que la cuestión de la emancipación femenina no puede dejar de interesar a todas las mujeres. De la falta de reconocimiento del trabajo y de la responsabilidad que pesa sobre las mujeres en la vida doméstica derivan todas las consecuencias que

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vosotras conocéis y que se manifiestan en el ámbito de la ideología y de las costumbres, es decir, deriva el juicio de inferioridad que se tiene de la mujer en general. A su vez, la ideología y las costumbres reaccionan sobre las mismas relaciones económicas, de modo que incluso para la mujer que trabaja con un sueldo fijo se crean condiciones tan duras como las que vosotras habéis tratado ampliamente.

La cuestión del puesto concedido a la mujer en la sociedad, que en sustancia es la cuestión de las relaciones generales que se establecen entre las mujeres y los hombres, no puede ser reducida únicamente al aspecto económico. Lenin, hablando con Clara Zetkin, lo dijo de manera muy clara: «La tendencia a reducir directamente a la base económica de la sociedad la modificación de estas relaciones (entre hombres y mujeres), sin tener en cuenta su relación con toda la ideología, sería no del marxismo, sino del racionalismo» (Clara Zetkin: Apuntes de mi diario).

La manera como la mujer es considerada en la sociedad concierne no solo a la legislación y a la defensa económica de quien trabaja, sino a todo lo que se llama costumbres.

Un gran poeta inglés (de quien como poeta no quiero decir nada malo, se entiende), para definir la posición recíproca del hombre y de la mujer, dijo que «el hombre ha sido hecho por Dios y la mujer ha sido hecha por el hombre». Veis que la distinción es profunda, pero esta es la concepción que aún prevalece hoy. En esta expresión encontráis, si la traducís en otros términos, la ausencia total de reconocimiento de un trabajo autónomo que sea realizado por una mujer y por ello casi una negación de su personalidad. Su fin —el hombre— no está en la ley, sino fuera de la ley.

Y aquí se debería abrir el capítulo de la actividad práctica, tanto de propaganda como de organización, que deriva de haber reconocido este servicio amplio, general, del problema de la emancipación femenina. Aquello a lo que nosotros tendemos es a la creación de unas costumbres nuevas, pero los modos de trabajo y las vías de aproximar a todas las mujeres que están interesadas en obtener esto son múltiples, casi innumerables. En cada caso se trata de ayudar a las mujeres, cualquiera que sea el punto de partida de su condición actual, a desarrollar su actividad, a tener una libertad, una dignidad y, en definitiva, a afirmarse en el mundo y abrirse un camino propio.

¿Estamos hoy en condiciones nosotros, comunistas italianos, de dirigir en este campo una acción que tenga una eficacia real, es decir, que no sea

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de simple predicación propagandística, como lo fue en el pasado la de muchos grupos feministas? Sí. Creo que estamos en condiciones de hacerlo. La fuerza y la amplitud misma de nuestro movimiento actual no solamente nos consienten entrar en este campo más amplio, sino que nos empujan a entrar. Retened la cifra, conocida por todos, de dos millones y medio de inscritos en nuestro partido, entre jóvenes y adultos, hombres y mujeres, y preguntaos cuántas son las familias italianas en las que nosotros estamos presentes, cuántas las villas, cuántas las fábricas, cuántas las oficinas, barrios de ciudad y escuelas. Llegaréis a la conclusión de que nosotros estamos un poco por todas partes hoy, lo que nos empuja a descubrir y nos impone descubrir siempre nuevos aspectos de la vida asociada de los hombres y de intervenir de manera activa para modificar las relaciones sociales de acuerdo a los ideales de libertad y de justicia que nos inspiran. La emancipación de la mujer llega por esta vía, para nosotros, cuestión concreta en todos sus aspectos más diversos, comenzando por la familia (a menudo por la familia del camarada), hasta llegar al debate en el Parlamento Nacional.

Hoy no hay nadie que rehúya sobre cualquier materia la discusión con nosotros. Antes bien, entre todas las personas honestas que conozcan a un comunista prevalece de ordinario el juicio positivo, que se expresa con la frase: «¡Si todos fuesen como este!…». El juicio negativo, que se hace circular por la publicidad reaccionaria y clerical, se reserva de ordinario a los comunistas que no se conocen y de los que se puede pensar cualquier cosa. En general, pues, se quiere conocer lo que nosotros proponemos, lo que nosotros queremos. La postura sanfedista propia hoy, por lo demás, no solo de clericales, sino también de liberales e incluso de socialdemócratas, consiste, en cambio, en presentarnos como gente, con la cual no se puede discutir y ni siquiera se puede aproximar sin desdoro.

Esta mañana cayó en mis manos el último número del periodiquillo semanal al que ha dado vida hace poco tiempo el partido clerical con la finalidad —han dicho— de restablecer la suerte de este partido educando mejor a sus socios y a sus cuadros. ¡Vedlo! Ved estas viñetas; ved las estúpidas injurias con las que son comentadas estas viñetas. Este es un periódico que no puede servir más que para educar a la bestialidad, si por bestialidad se entiende la incapacidad incluso de discutir con sus semejantes; la tendencia a reducir a quienquiera que no esté de acuerdo con ellos al nivel de un animal. He aquí un monstruo informe. Es el

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secretario del Partido Comunista. Y debe ser un pérfido organizador de atentados, porque en la cintura lleva ensartados los cartuchos y las bombas de mano como se acostumbra entre los bandidos sicilianos, lo que observo sin querer hacer alusiones. Si sois un obrero que hace huelga porque sus hijos tienen hambre, aquí seréis representado como una especie de grueso piojo. Si sois una muchacha comunista, debéis por fuerza semejaros a una bruja. Pero no me interesa la pobreza intelectual revelada por esta incapacidad de servirse con inteligencia hasta de la caricatura política. Me interesa subrayar que esta vulgaridad grosera tiene un fin preciso, el de dar a entender que nosotros somos una canalla a la que no se puede acercar, con la que es absurdo discutir.

Mi opinión, sin embargo, es que en esta postura de nuestros enemigos hay que encontrar tal vez una de las causas subsidiarias de nuestro éxito y de nuestro progreso. Una vez se discutía con comunistas, con socialistas, para intentar demostrar que la instauración de una economía y de un sistema social organizado para satisfacer los intereses y las aspiraciones de los trabajadores, y no solamente para recabar provecho de la explotación del trabajo, fuese o no fuese posible. Hoy creen tener éxito predicando que los comunistas tienen tres narices y que un dirigente comunista debe ser execrado, porque cuando va a un país frío se pone un gorro para que lo resguarde del frío. El hecho a nosotros no puede traernos más que satisfacciones. Mientras no tengan otra cosa para combatir contra nosotros que lo del gorro de pelo y las tres narices, podemos estar seguros que no irán muy adelante. La gente común, simple, honesta, quiere continuar y continúa con nosotros el debate serio partiendo de las cuestiones que le angustian, basándose en el modo como la vida social está hoy organizada y dirigida. A través de esta discusión y con todo nuestro trabajo nosotros la conquistamos.

Este es, compañeras, el terreno sobre el cual debéis entrar y debéis moveros cada vez más eficazmente también vosotras. La emancipación de la mujer, por un lado, en todos sus múltiples aspectos, y la conquista para el comunismo de las nuevas generaciones femeninas: he aquí la trama sobre la que debéis tejer. A ella están ligadas todas vuestras tareas prácticas. No creáis que se hará sin una reflexión y sin un fin que hayamos decidido que debe haber una organización separada de muchachas comunistas, y que esta organización debe encabezar la Federación Juvenil Comunista. Con esta doble decisión hemos querido, por un lado, subrayar

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la importancia de los problemas de la emancipación femenina, a cuya solución debéis contribuir trabajando como jóvenes mujeres, con vuestra actividad específica, vuestra organización, vuestra iniciativa concreta. En segundo lugar, hemos querido que estuvieseis ligadas a la Organización Juvenil Comunista, porque esta es una organización de jóvenes que trabaja y combate por una renovación del mundo, por la construcción de un mundo nuevo. Solamente a esta luz pueden ser vistos de modo justo y justamente resueltos los problemas de la emancipación de la mujer.

Lo que he escuchado de las intervenciones que se han hecho me ha probado que vuestra organización no solamente existe, sino que trabaja, y trabaja según una dirección exacta. La exhortación que quiero daros es que no os liguéis demasiado a un solo tipo de trabajo, sino que busquéis y encontréis formas siempre nuevas de actividad en los campos más diversos. He escuchado expresar desagrado por el hecho de que aún hay demasiadas muchachas que leen los famosos tebeos. Pero ¿qué deben leer las muchachas para distraerse un poco? ¿Qué damos a estas muchachas y a las mujeres que pueda aliviarlas del peso o del aburrimiento del trabajo cotidiano en la oficina, en casa, en la fábrica? ¿Hemos creado para las mujeres y para las muchachas bibliotequillas circulantes —aunque pequeñas— con libros de puro recreo y de instrucción accesible? Las iniciativas de diversión son raras para los grupos del partido; para vosotras, en cambio, deben representar una actividad intensa, que debe insertarse al lado de las restantes tareas. Una muchacha no puede tener continuamente el rostro serio, no puede estar ligada continuamente solo a tareas de lucha política o sindical, de propaganda o de estudio. La personalidad de la muchacha es algo particular y siempre variado y, para ello debéis saber cómo adecuar las formas de vuestro trabajo, la multiplicidad de vuestras iniciativas. Optimo, saludable, el hecho de que sea notable ya vuestra actividad de naturaleza económico-social. Tened, sin embargo, análogas iniciativas en otras direcciones. Así lograréis conocer, abordar a nuevos grupos de muchachas, hablar con ellas, comprenderlas, hacerles comprender que nuestras aspiraciones pueden y deber ser también las suyas.

Gran variedad de trabajo práctico, pues, tenido fuertemente junto con una visión unitaria de la sociedad actual y de los problemas que en ella surgen para vosotras y para todas las mujeres. Y la unidad debe ser dada por los objetivos generales, que militando con nosotros, vosotras hacéis

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vuestros, y por la ideología que los justifica. No creáis, sin embargo, que cuando os hablamos de «ideología» os exijamos cosas demasiado difíciles: leer libros pesados, meditar sobre cuestiones complicadas, que solo un amplio conocimiento científico permite aclarar. Todo esto podrá venir y vendrá después para aquellas que os han llamado. Mas hay algo que es de todos, que queremos transmitir a todos, que es la verdadera sustancia de nuestra ideología. Y es una cosa sencilla. Ante todo, la visión de un mundo nuevo que brota de la crítica del presente. La visión de un mundo en el que no haya explotación laboral, en que todos los hombres sean libres e iguales, en que ningún pueblo sea más oprimido, sino que todos sean dueños de su destino y vivan en paz. Este es el mundo en que, al fin, las mujeres gozarán de una paridad plena de derechos y de dignidad personal y social. Al lado de esta visión de un mundo nuevo, pues, debe estar para cada una de vosotras la conciencia de poder contribuir con su trabajo, incluso el más sencillo que os toque en suerte, a operar esta renovación, a adelantar el día en que este mundo nuevo, socialista y comunista, abrazará a toda la humanidad libre y hermanada. Haced que penetren en vosotros estas sencillas convicciones y podréis decir que poseéis también vosotras la savia y la llave de nuestra ideología.

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V

La presencia de esta gran fuerza de mujeres

organizada en el Partido Comunista es ya

un elemento de transformación y renovación

de la sociedad italiana[12]

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Llegados al final de los trabajos de esta II Conferencia nacional de las mujeres comunistas creo que están claras para todas vosotras las razones por las que los órganos dirigentes de nuestro partido han querido que esta Conferencia fuese convocada. Debe resultar claro a todas vosotras que esta Conferencia no ha sido convocada para tratar cuestiones del funcionamiento interno, decimos, de nuestro partido, o de una parte, sino para afrontar temas y problemas generales que atañen a todo el conjunto de nuestra actividad y para indicar los medios y formas de trabajo a través de los cuales nuestro partido, y en particular las mujeres comunistas, puedan dar una más eficaz aportación para resolver los problemas que atañen a toda la dirección política de nuestro país.

Está bien advertir qué cuestiones de funcionamiento interno del partido que se planteen de modo separado de los problemas generales de nuestra actividad y de los problemas que están ante todo el país en un momento determinado, no existen o existen solamente como excepción. La organización de nuestro partido no es otra que un instrumento que nosotros ponemos al servicio de una lucha política y de una lucha ideal, y por ello al servicio de la clase obrera y de las masas populares, para la consecución de los objetivos que la clase obrera y las masas populares se plantean en la situación determinada del país.

No existen cuestiones que atañan a un sector determinado de la actividad del partido que no estén ligadas a problemas de dirección general, a las orientaciones y a los cambios de las masas trabajadoras, a transformaciones económicas y políticas habidas o que están madurando. Esta verdad, que es de orden general, vale en particular para las organizaciones femeninas del partido, porque es un error particularmente grave considerar estas organizaciones como algo separado de la vida y de las luchas generales del partido, de los movimientos que se desarrollan en todo el país.

Anticipado esto, digo que a nosotros nos urgía, ante todo, controlar la manera de cómo han sido realizadas las tareas que hemos fijado al partido

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y a las masas populares italianas en los años 1945-1946 al salir del terrible periodo de tiranía fascista, de la guerra de liberación, y hemos dado nuestra aportación decisiva para fundar la democracia italiana.

Os propusimos entonces algunos objetivos fundamentales. El primero era que queríamos conquistar a las mujeres italianas, en su gran mayoría, para la democracia, haciendo de las mismas una fuerza de progreso y de renovación cívica y social. Queríamos de este modo ofrecer una eficaz aportación para superar la vieja costumbre todavía existente en Italia en lo que se refería y se refiere a las relaciones entre los hombres y las mujeres y por ello la organización de la vida cívica. En segundo lugar, queríamos conquistar una vanguardia combativa y numerosa de mujeres para el movimiento comunista, siendo este una postura necesaria para que pudiésemos trabajar concretamente para obtener aquel primer resultado y alcanzar los otros objetivos que junto con el mismo se planteaban. Queríamos a continuación, junto con las mujeres de inspiración democrática que pertenecían a otros partidos, a corrientes diversas e incluso lejanas a la nuestra, contribuir a dar vida a una organización de masas femeninas unitaria, que fuese una gran palestra para despertar y educar a la mayor parte de las mujeres italianas a la vida política y a una vida democrática, para llevarlas a la lucha por sus reivindicaciones fundamentales y para las reivindicaciones democráticas de todo el pueblo.

Cumpliendo con estas tareas os proponíamos que asignaseis una gran aportación a la emancipación de las mujeres italianas haciendo penetrar profundamente la idea de la emancipación femenina en la clase obrera y entre los trabajadores, atrayendo a esta idea a grupos cada vez más numerosos de ciudadanos.

¿Cómo hemos trabajado para alcanzar estos resultados y qué hemos obtenido?

Hay que reconocer que muchas posturas sostenidas por nosotros entonces eran nuevas. No se habían afirmado casi nunca con aquella claridad y con aquel espíritu de importancia en el seno del movimiento democrático y ni siquiera en el seno del movimiento socialista de la clase obrera. No hay que extrañarse, por tanto, de que las cosas que os proponíamos hacer entonces no se hayan llevado a la práctica inmediatamente. No hay que extrañarse si en la aplicación de la línea indicada por nosotros hubo pausas, dudas y equivocaciones. Téngase presente que por parte de determinadas autoridades, que tienen un gran

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prestigio especialmente entre las masas femeninas, se ejerce en el curso del último decenio una presión particular en las masas trabajadoras, y en particular sobre las mujeres, para impedir que las mismas se alistasen como fuerza activa al lado de las vanguardias del movimiento democrático, que participasen activamente en el movimiento comunista y socialista. Tengamos además presente que hemos atravesado durante largos años un periodo de presiones antidemocráticas que se han ejercitado en las organizaciones de los trabajadores, en las ciudades y en los pueblos, con el fin de frenar su actividad, de impedir su desarrollo y, a veces también, intentando con la violencia y con la corrupción dividirlas o causarles otro daño.

A pesar de estas circunstancias negativas podemos afirmar que, en el trabajo realizado para la consecución de estos objetivos que habíamos fijado, se han conseguido progresos notables y que estos progresos pueden incluso considerarse superiores a las esperanzas que podíamos tener entonces.

Y comenzamos por las cifras: en 1945, en la primera Conferencia nacional femenina, las mujeres adscritas a nuestra organización eran 80 000, pero este número no se refería a todas las regiones de Italia.

Hoy, lo repetimos una vez más, las inscritas en nuestro partido son 575 000 y a ellas deben añadirse alrededor de 100 000 muchachas inscritas en la organización de la FGCI[13]. Estos números nos dan el retrato de un verdadero y gran partido. En Italia hay sin duda algunos partidos que estarían contentos de poder contar con un tal número de socios contando, incluso, con hombres y mujeres, jóvenes y viejos juntos.

La existencia de esta gran fuerza organizada, encuadrada en nuestras organizaciones, dirigida por gran parte de cuadros femeninos y por otros que dirigen en general a nuestro partido, es ya un elemento de transformación y renovación de la sociedad italiana. El hecho de que en Italia, con toda la presión reaccionaria que ha sido ejercida durante años y años en las masas femeninas para tenerlas alejadas de la vida política, para inculcarles el terror al comunismo y tenerlas sujetas a las viejas esclavitudes, sean hoy más de 650 000 las mujeres y las jóvenes comunistas, es un hecho, no solamente de importancia tal que no puede ser descuidado por nadie, sino que ya modifica algo de la estructura misma de la sociedad.

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Pero no debemos mirar solo la cantidad. Queremos fijarnos también en la calidad. Mujeres comunistas, jóvenes muchachas comunistas, ¿qué quiere decir? ¿Qué es una mujer comunista? ¿Podemos aquí limitarnos a decir, así, pura y simplemente, que se trata de mujeres y de muchachas mejores que las otras? Yo no partiría de una afirmación semejante porque temería pecar por un lado, tal vez, de presunción y, por otro, ciertamente de desprecio por otras fuerzas femeninas que se mueven en la sociedad italiana. Pero contamos con el hecho de que la mujer inscrita a la organización de un partido de vanguardia de la clase obrera, de inspiración socialista y de acción comunista como es el nuestro, es una mujer muy distinta de lo común, es una mujer en la que se ha iniciado ya un proceso de profunda renovación y este proceso ha llegado ya a dar toda una serie de resultados positivos. Para precisar mejor en qué consiste esta novedad querría partir de algunas críticas que de ordinario se mueven contra nosotros, de algunos ataques que se lanzan contra nuestro movimiento.

Vosotros sois sujetos ruines —se dice— y se precisa que esto se debe a que somos materialistas, disgregadores de la sociedad, porque predicamos la lucha de clases. Naturalmente, cuando se nos acusa de ser materialistas no se hace referencia a opiniones filosóficas. El materialismo, como sabéis, es una corriente de la filosofía, pero por lo que sé refiere a las opiniones filosóficas nosotros no buscamos la adhesión a una corriente determinada para dar un carné al que quiere combatir a nuestro lado, con tal que se adhiera al programa que nosotros presentamos y que es un programa de renovación socialista de la sociedad. Esto está escrito con todas las letras en el Estatuto de nuestro partido. Cuando se nos acusa de ser materialistas, y exigimos que se precise la acusación, se busca la manera de salir del terreno de los debates filosóficos afirmando que el defecto y pecado nuestro, por el que se nos llama de aquel modo, está en el hecho de que nosotros solo nos ocupamos de las cosas materiales, del modo como se paga a la gente, del modo como vive, del modo como está el grado de dar una satisfacción a las exigencias de la propia existencia, de la más pequeña a la más elevada. Vosotros partís siempre de la consideración de estos hechos materiales —se nos dice— en lugar de partir de los intereses espirituales y referiros a las cosas más elevadas, que no tienen nada que ver con la baja materialidad. Y poco a poco se alarga el cuadro para llegar a la conclusión de que este materialismo que nosotros infundiríamos a las grandes masas de la población trabajadora sería la gran

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plaga del tiempo presente. ¡Ved qué distinta era la gente sencilla de los tiempos pasados de la de hoy! Sus deseos eran moderados, sus exigencias y aspiraciones, limitadas y modestas. Con frecuencia no tenían más aspiración que tener un mendrugo de pan y un poco de sopa para el domingo y las fiestas de precepto, excepto aquellas en que es necesario ayunar, se entiende. Hoy, por el contrario, todos reclaman un salario suficiente a sus necesidades y quieren un trabajo para poder recibir este salario y luego, gradualmente, después de haber satisfecho determinadas exigencias elementales, fomentan otras nuevas y las necesidades y las demandas aumentan de tal manera que ya no es posible satisfacerlas. Todo esto deriva, dicen, del materialismo que nosotros habríamos alimentado entre las masas trabajadoras y esto es lo que sacude a toda la sociedad, porque todas estas pretensiones exageradas no pueden ser ya satisfechas sin que se perturbe todo un orden establecido.

Pero ¿cómo están de verdad las cosas? Querría, ante todo, que respondiesen a esta pregunta aquellas de vosotras que saben cómo viven realmente las mujeres trabajadoras, qué hacen parte de las familias en donde se vive solamente del trabajo, del trabajo asalariado o del trabajo que se hace en un pequeño trozo de tierra insuficiente que aporte los medios para el sustentamiento de toda la familia. Falta o es insuficiente la casa, falta la cama para dormir, falta el agua para lavarse. ¿Es, pues, señal de orientación materialista reivindicar una casa decente y un lecho y agua para miles y decenas de millares de personas que viven en los suburbios de las grandes ciudades como Roma, Milán o de tantas otras? ¿Es materialismo reivindicar una casa habitable y no un tugurio infecto para los pastores de Cerdeña, para los pequeños aldeanos de nuestros Alpes, para las poblaciones de nuestro Mezzogiorno y de otras regiones de Italia? ¿Cómo se han comportado y se comportan las clases dominantes a propósito de estos problemas? He ahí la pregunta que es necesario plantear. Las clases dominantes, que no estarían infectadas de materialismo, pero angelicalmente idealistas, han tenido siempre y tienen aún casas suficientes, no solo para sus necesidades, sino para aquellas de otras muchas familias. En el pasado se han construido casas lujosas dejando dormir en las cabañas al aldeano, al artesano, al obrero. No fueron considerados por esto materialistas. Si nosotros exigimos, pues, un techo para todos, ¿por qué se nos ha de tachar de materialistas junto con los ciudadanos que empujan estas reivindicaciones?

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Ayer leía que en Milán han construido una casa que tiene 114 metros de altura, más alta que la catedral y tal alta que los que habitarán en los últimos pisos estarán sobre las nubes y tendrán así la impresión de vivir en el cielo. Esta casa ha costado cinco mil millones —se dice— pero ni siquiera sé si la cifra es exacta. Para construirla se han empleado 50 000 quintales de cemento, 40 kilómetros de tuberías, 30 000 kilogramos de acero inoxidable. Cada metro cuadrado de los apartamentos de esta casa cuesta 150 000 liras y los apartamentos se venden cada uno por unos centenares de millones. Con estos medios se podría hacer desaparecer algunos arrabales de tugurios, se podría dar agua a algunas villas. He aquí cómo las clases dirigentes resuelven el problema de la vivienda. Pero ellos no son materialistas, no, por favor, son seguidores de los valores del espíritu. Materialista es la mujer de los arrabales de Roma que no puede vivir en su choza. Materialistas son los miles de familias de esta condición, pero que hoy se rebelan a esta condición. ¡He aquí cómo avanzan los materialistas!

¡Y cuántas son las familias en donde falta el pan o es insuficiente! ¿Conque es materialismo reivindicar el pan? Pero ¿qué pide el hombre del pueblo que no tiene pan suficiente para su familia? Pide solo poder trabajar y trabajando obtener lo que es necesario a su subsistencia y a la de los suyos. Las clases dominantes han tenido siempre el pan y la sopa, pero lo han tenido sin trabajar, explotando el trabajo de los otros y sirviéndose de su posición de dominio para satisfacer de sobra todas las exigencias de su vida material.

Pero una sociedad en la que existe este desequilibrio entre los que viven en aquel palacio, entre los que habitan en villas principescas y los que están sin vivienda y sin pan, ¿se puede decir tal vez que sea una sociedad unida? No. Esta es una sociedad profundamente dividida, mejor dicho, destrozada en su propio seno. Esta es la realidad de la existencia de las clases. Nosotros no predicamos la división y el contraste de las clases, pero constatamos su existencia. No seremos nosotros los que dividamos la sociedad en pobres y ricos, en privilegiados y desheredados. Es la sociedad misma en la que vivimos hoy, es la sociedad capitalista en ocaso que contiene en sí esta ruptura. Nosotros lo vemos y recabamos las consecuencias. Los que piden trabajo y quieren satisfacer las exigencias de la propia existencia tienen derecho a hacerlo, no pueden dejar de hacerlo. Ellos deben obtener que sus demandas sean satisfechas. Y si es cierto que

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esto no se puede hacer sin perturbar el orden actual, vemos nosotros en esto la condena de la sociedad actual, capitalista y dividida en clases, y en la que, por el modo mismo en que está organizada, la mayor parte de las riquezas servirá siempre para satisfacer también los caprichos de las clases privilegiadas, mientras faltarán los medios para satisfacer las exigencias de la gente pobre, que vive solamente del propio trabajo.

Por consiguiente, nosotros representamos, si acaso lo preferís, el materialismo de la gran masa del pueblo frente al de la pequeña casta de los privilegiados. Ambas cosas son, sin embargo, muy diferentes. Hay una diferencia profunda entre lo que nosotros decimos a los trabajadores, entre la lucha a la que nosotros llamamos, y la conducta de las clases dominantes del pasado y del presente. Las clases dominantes han satisfecho siempre sus exigencias explotando a los que estaban por debajo, creando y manteniendo en la existencia desigualdades profundas entre el rico y el pobre, entre el que posee y el que no tiene nada, entre el privilegiado y el desheredado. De este modo se han satisfecho a sí mismos y condenado a los otros a la indigencia. Nosotros, por el contrario, queremos una transformación profunda de todo el orden económico y social. Nosotros vamos más allá de las reivindicaciones de cada uno, que también queremos satisfacer. Nosotros queremos, en efecto, crear una sociedad que no esté más dividida en clases, como la actual, y que desaparezca, por tanto, la causa profunda de la miseria y del malestar de la mayoría. Queremos una sociedad en donde exista una igualdad no solamente formal, sino sustancial entre todos los hombres, pero esta igualdad sustancial no podrá haberla jamás mientras uno sea el explotador y otro el explotado. Nosotros trabajamos, pues, para que sea creada, mediante el esfuerzo de los trabajadores, todos unidos, organizados en grandes asociaciones, como es nuestro partido y como son los sindicatos, una sociedad nueva, en la que el principio que regule las relaciones entre los hombres sea el principio de la solidaridad y de la fraternidad. En esta sociedad, las riquezas deberán ser utilizadas para el bienestar de todos y no solamente para satisfacer los caprichos y el lujo de pequeños grupos de privilegiados. Nosotros luchamos para que esta transformación se dé en todo el mundo. Queremos que todas las naciones puedan libremente caminar por la vía que conduce a la creación de esta nueva sociedad, sean libres e independientes y vivan en paz entre ellos.

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He aquí por qué luchamos, por qué combatimos nosotros. Pero si esta es nuestra concepción en sus líneas fundamentales, indicadas rapidísimamente, se comprende cómo debe ser la mujer que pertenece a nuestro movimiento. Se comprende en qué consiste el elemento nuevo en la formación, en el carácter y en la actividad de esta mujer. La mujer comunista es aquella en la que se cumple un profundo progreso de la inteligencia, de la voluntad y del sentimiento. En esta mujer, en efecto, la inteligencia está orientada a buscar no solo cuáles son los defectos de nuestra sociedad, cómo está organizada y se desarrolla, sino cómo se trabaja para crear una sociedad nueva; la voluntad es tal que estimula a unirse, a moverse, a trabajar para eliminar las causas que hacen de este modo infeliz la vida en la mayoría del género humano actual en los países capitalistas, y el sentimiento que tiende a prevalecer es el de solidaridad y unidad entre todos los hombres que viven de su trabajo y que trabajando y combatiendo unidos quieren fundar un mundo que esté regido por las leyes y en interés del trabajo.

Se ha dicho, no recuerdo por quién, que al socialismo pueden llegar por tres cosas diversas: la necesidad, el corazón y el entendimiento. La necesidad empuja a la lucha por las propias reivindicaciones inmediatas; el corazón inspira sentimientos de solidaridad y de hermandad entre todos los trabajadores; el entendimiento hace ver en dónde están los defectos de la sociedad capitalista y cómo surge de su seno una sociedad nueva. Hay verdad en esta afirmación, pero lo que yo intento subrayar es que en el que es conscientemente comunista estos impulsos diversos se esclarecen y sostienen recíprocamente y se fundan conjuntamente, lo que da lugar a una personalidad nueva, distinta de la de aquel que siendo también un honesto ciudadano o una excelentísima mujer, no participa todavía en nuestro movimiento. Esta es, esta debe ser la personalidad de las mujeres comunistas, capaces de difundir en su entorno una luz más viva porque son capaces de explicar el por qué las cosas van de este modo y cómo pueden ser cambiadas: capaces de construir y animar una organización de hombres decididos a reivindicar sus derechos, a defender sus intereses y a renovar el mundo. Capaces de suscitar sentimientos de solidaridad y de hermandad, de dar empuje y entusiasmo a un gran movimiento que avanza por la vía de la renovación de la sociedad. Esto debe ser, cualitativamente, la mujer comunista, y esto sé que son, en su gran mayoría, por lo menos, las mujeres que pertenecen a nuestro partido; lo son, en particular, aquellas

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que, como vosotras, son dirigentes en uno u otro grado de nuestra organización.

Los progresos que nosotros hemos hecho en la creación de mujeres dotadas de esta nueva personalidad, permitidme que os diga que han sido perceptibles en esta misma Conferencia, en su modo de trabajar y en sus decisiones.

Considero un hecho muy positivo que no se hayan hecho ya resonar las viejas y vacías recriminaciones contra los hombres que se desinteresan por el trabajo de las mujeres, etc. Estas recriminaciones no tenían ni tienen un gran valor desde el momento en que no llevan a la concreta formulación de exigencias claras de orientación política, de actividad organizativa y de trabajo preciso. Los problemas que se plantean a un partido como el nuestro, que llama a las mujeres a su emancipación y que quiere organizar en su propio seno la parte más avanzada de las mujeres que viven del trabajo, se resuelve no lamentándose, no recriminando, sino trabajando, y a través del trabajo haciendo salir a la luz las cuestiones que deben ser resueltas, con todos sus elementos, de la manera que sea posible resolverlas. En este sentido, el debate que se ha desarrollado aquí ha sido concreto, claro, positivo y, por lo que sé, también se ha trabajado bien en las comisiones, de manera que contribuirá ciertamente a hacer trabajar mejor y progresar a todo nuestro partido.

En conjunto, pues, estimo que se puede decir que hoy tenemos en el partido una sólida vanguardia de mujeres en las que se ha formado o se está formando aquel nuevo carácter que se exige de aquellos que quieren combatir por la emancipación de todas las mujeres, por el progreso de toda la sociedad.

Permitidme, sin embargo, que os diga ahora mismo que una vanguardia es tal solamente si forma parte de un ejército y solamente si está unida con el resto del ejército. Un pelotón que se haya apartado del ejército, que haya perdido sus lazos con el grueso de las tropas a las que pertenecía, no es ya una vanguardia, ha perdido este carácter. La vanguardia debe estar siempre unida con el ejército. Las mujeres que son parte de la vanguardia comunista de la clase obrera y de los trabajadores, si quieren ser consideradas una vanguardia, deben estar, pues, estrechamente unidas con las grandes masas de mujeres trabajadoras y también de las mujeres no trabajadoras.

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Las masas con las que debéis estar unidas son las de las mujeres italianas. Acerca del modo como viven, como trabajan, como sufren y como se mueven en defensa propia, se ha dado un magnífico retrato en las intervenciones de nuestra Conferencia. Resumiendo, ¿qué situación podemos decir que existe hoy en lo que se refiere a las condiciones de la mujer? Existe, creo yo, una situación análoga a la que existe en el resto de la sociedad italiana, tal vez un poco empeorada. Hemos partido de una gran aspiración y de algunas, mejor dicho, muchas y grandes promesas. Aspiraciones y promesas que no han sido satisfechas sino en medida demasiado pequeña. Se han dado normas que sancionan la igualdad de los derechos entre los hombres y las mujeres y, por ende, sancionan uno de los elementos fundamentales para la solución del problema de la emancipación femenina. Estas normas, sin embargo, se han cumplido solo en parte y en pequeñísima parte.

En una grandísima parte de la vida civil han sido o no realizadas o completamente ignoradas, por lo que el problema del estado social concedido a la mujer en la sociedad italiana está lejos hoy de ser resuelto según las líneas que fueron trazadas cuando se pusieron las bases de nuestro actual régimen democrático.

A pesar de que sea esta la situación de hecho, sin embargo se ha llevado a cabo un gran progreso, y este progreso se expresa en la formación entre las mujeres de una conciencia más fuerte de sus derechos, en la creación de organizaciones femeninas que antes no existían y, por consiguiente, en el desarrollo de un amplio movimiento de las mujeres por su emancipación.

Si en concreto la sociedad italiana ha hecho también pocos progresos en esta dirección, estos han sido realizados en el sentido de que la cuestión de la emancipación femenina se vive hoy por decenas y centenas de millares de mujeres que antes la ignoraban completamente. Se ha producido, pues, en las masas femeninas un notable despertar. Las mujeres comienzan por este camino, si no por otro, a entrar en la vida política colectiva y activa, a hacer oír su voz, a exigir que sean satisfechas sus reivindicaciones, a tener peso de alguna manera en la balanza de los acontecimientos.

La situación es diferente entre la ciudad y el campo. Mi opinión es que en la ciudad ha aumentado el número de las mujeres que estudian, que trabajan y que tienden por ello a una existencia independiente. En las

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clases urbanas, además, tiende a modificarse la concepción tradicional reaccionaria de la familia que pesaba y pesa aún sobre las mujeres, que les impide moverse para su emancipación, para renovar su existencia.

En el campo, por el contrario, según mi modo de ver, los progresos en esta dirección son menos sensibles y, en cambio, ha aumentado el número de las mujeres que participan o han participado concretamente en luchas reales por sus intereses económicos, por la defensa de los intereses de sus familiares o para sostener las reivindicaciones de las organizaciones de los trabajadores. Este progreso es naturalmente más sensible allí en donde son más fuertes las organizaciones de la clase obrera, de los braceros, de los colonos, de los trabajadores en general.

Por lo que se refiere a la situación económica hay, sin duda, grupos de mujeres que han mejorado un poco sus condiciones de vida. En conjunto, sin embargo, creo que debemos registrar una tendencia al empeoramiento y esta tendencia viene acentuada por el peso que ejerce en toda la economía nacional la existencia de millones de desempleados, del cierre de industrias particularmente importantes para las mujeres, como la industria textil, de fenómenos de crisis que se dan en el campo y de algunos hechos de orden particular, como, por ejemplo, la preocupante difusión del trabajo de las mujeres a domicilio en regiones de Italia enteras. Esta difusión se acompaña con el cierre de fábricas y obradores en donde trabajaban antes las mujeres y empeora la condición de la mujer, porque, aunque se permite algún aumento de los ingresos familiares, la somete a un doble trabajo, el doméstico y el que hace para el empresario.

De todos modos, por lo que se refiere a las condiciones económicas de las mujeres en nuestro país, creo que la investigación deberá hacerse ante las compañeras que dirigen nuestro trabajo femenino, de manera que se pueda tener un retrato más preciso y sepamos, por tanto, dirigir mejor nuestra actividad.

De este retrato, o al menos de lo poco que he pretendido dar en el mismo, creo que se precisa qué significa en Italia la lucha por la emancipación de la mujer. Digo «en Italia», porque las cosas pueden presentarse de diversas maneras en otros países. Entre nosotros la lucha por la emancipación de la mujer se torna y es esencialmente una lucha, por un lado, de los derechos, es decir, por la igualdad jurídica con los hombres y por su uso, es decir, por la realización de hecho de esta igualdad; y, por otro, es una lucha contra la miseria, por la elevación del nivel de vida de

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las grandes masas trabajadoras en las ciudades y en el campo. Estos dos aspectos confluyen para hacer de este modo que el movimiento por la emancipación de la mujer se presente como parte esencial de la lucha general por la renovación democrática de nuestra sociedad.

Habéis hecho muy bien en subrayar en vuestra Conferencia el derecho que las mujeres tienen al trabajo, a la paridad de salario, porque este es un elemento esencial para la emancipación de la mujer. Habéis hecho muy bien en subrayar este derecho, incluso frente a la situación económica desgraciada en la que se encuentra Italia, frente al mar de miseria que todavía circunda las islas en donde viven los acomodados privilegiados. No se combate la miseria disminuyendo el número de las personas que trabajan. Por tanto, la cuestión del derecho de las mujeres al trabajo se une al problema de renovación económica de nuestra sociedad.

Habéis hecho muy bien en unir esta reivindicación con las otras reivindicaciones y luchas de naturaleza económica que atañen a determinadas categorías, grupos y estratos sociales. Habéis hecho muy bien en subrayar que el movimiento por la emancipación de la mujer debe afrontar las cuestiones de costumbres, cultura, escuela, en donde se encuentra siempre la misma cuestión de las relaciones entre el hombre y la mujer, relaciones que deben ser renovadas, poniéndolas en un plano de paridad, de nobleza, de recíproca libertad, honestidad y sinceridad.

El campo que está ante nosotros, en la lucha por la emancipación de la mujer, puede incluso en un determinado momento no tener límites. Pero ya somos un gran movimiento; las fuerzas democráticas que se mueven ya en nuestras filas son tan grandes y es tan fuerte la influencia de nuestras justas posiciones que junto con nosotros y a nuestro lado pueden y deben ser afrontados claramente y tratados con seguridad todos los aspectos del movimiento por la emancipación de la mujer.

La lucha por la emancipación de la mujer tiene un carácter que no se debe olvidar jamás y es precisamente su multiplicidad, por lo que la misma actividad de las organizaciones de masas femeninas tiende necesariamente sobre una sola línea general a quebrarse en numerosas formas de movimientos concretos por objetivos parciales determinados. Las mujeres están de hecho en todos los estratos de la sociedad, pertenecen a todas las categorías sociales, pueden tener los intereses más diversos; pero en esta diversidad debemos saber reconocer siempre el

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elemento fundamental que las puede unir a todas en la reivindicación y en el movimiento por su emancipación.

De aquí deriva la necesidad de una gran organización de mujeres italianas que sea única y compacta, pero al mismo tiempo sea múltiple en sus iniciativas en favor de las mujeres, de las familias, de la infancia, y múltiple, por tanto, en sus formas de actividad. Esta organización existe, nosotros participamos en la misma y en la misma debemos continuar dando nuestra aportación, trabajar en la misma con todas nuestras fuerzas para que se extienda y desarrolle siempre nuevas formas de actividad para que pueda llegar a ser verdaderamente la organización de la mayoría de las mujeres italianas unidas en torno a la bandera de su emancipación.

Yo estimo que existen las condiciones —y una de las condiciones es la existencia de este gran número de mujeres y de muchachas comunistas— para que esta organización se desarrolle cada vez más, llegue a ser más valiosa y más eficiente. Existen las condiciones porque las masas femeninas italianas movidas por su emancipación, afrontando y resolviendo todas las cuestiones de los derechos y de las reivindicaciones económicas que a la misma están ligadas, logran dar una nueva y potente aportación a la lucha por la renovación democrática y política de la sociedad italiana.

He aquí, pues, la tarea principal que os señalamos, mejor dicho, que nos señalamos a nosotros. Si logramos realizarla habremos con ello hecho más potente todo el movimiento italiano de las masas trabajadoras para obtener una profunda transformación de los rumbos políticos del país.

En la situación italiana actual es necesario estar atentos antes de nada a este movimiento de la clase obrera y de las masas populares de la ciudad y del campo, si se quiere comprender algo de lo que ha sucedido en el pasado y de lo que puede suceder en los años que nos esperan.

Hemos sufrido veinte años de tiranía fascista. ¿Por qué hemos podido liberarnos de esta tiranía? No solamente porque se ha producido la derrota militar del fascismo, sino ante todo porque ha habido durante años y decenios un movimiento obrero y popular de resistencia y lucha contra el fascismo, y este movimiento se ha alargado, poco a poco, hasta abarcar a toda la porción mejor del pueblo.

Hoy tenemos una República democrática y una Constitución republicana que tiene un fuerte contenido social y afirma los derechos fundamentales de libertad de los ciudadanos y en particular de los

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trabajadores. ¿Cómo hemos llegado a este resultado? Hemos llegado a él porque se ha desencadenado en Italia durante y después de la guerra un movimiento popular irresistible que ha contribuido a dar el golpe de gracia a la tiranía fascista y ha impuesto sus propias orientaciones de democracia y de progreso a toda la sociedad.

Durante ocho o nueve años el pueblo ha sufrido una presión antidemocrática continua por parte del partido aún dominante. Esta presión se ha ejercido a favor de los viejos grupos privilegiados y contra las fuerzas avanzadas de la democracia, contra el movimiento obrero comunista y socialista. Ahora bien, a pesar de que esta presión antidemocrática se ejerció en todas las formas que vosotras conocéis y durante tantos años seguidos, no ha logrado prevalecer. Durante todos estos años ha habido, de hecho, continuamente un movimiento de masas organizado que ha resistido a todo acto que venía realizado por las autoridades para pisotear los derechos del ciudadano, para impedir el avance de los trabajadores y rechazar sus reivindicaciones. Cuando, finalmente, se ha barruntado la amenaza de una especie de golpe de Estado para destrozar la democracia y dar vida, con una ley del fraude, a un régimen de tipo dictatorial, una vez más la tentativa reaccionaria chocó contra un gran movimiento de masas que ha tenido su expresión en las elecciones del 7 de junio. La victoria conseguida el 7 de junio ha sido una consecuencia de este gran movimiento, así como ha sido consecuencia de un gran movimiento de masas todo lo que se ha logrado arrebatar al partido dominante para mejorar las condiciones de los trabajadores del campo y de la ciudad.

¿Cuál es la situación actual? Se puede afirmar que desde el 7 de junio en adelante la sociedad política italiana no se ha movido. Entre los grupos políticamente dirigentes se discute de lo que se debe hacer y siempre se vuelve a la misma discusión. Lo único que no se nos quiere ceder es el reconocer que los partidos que habían dirigido Italia hasta aquel momento no han tenido ya el consenso de la mayoría de la población, mientras que bastante más de la tercera parte de la población se ha alistado con los partidos más avanzados de la democracia. Todavía hoy las esferas políticas dirigentes viven en el decaimiento y en la confusión provocados por estos dos hechos entre las fuerzas antidemocráticas, conservadoras y reaccionarias. Como nosotros somos, como comunistas, parte esencial del movimiento democrático que el 7 de junio reportó aquella victoria,

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continúan y continuarán, quién sabe por cuanto tiempo, las discusiones sobre la línea de conducta que se debería seguir para lograr hacernos desaparecer de la escena política o, por lo menos, reducir de manera sensible nuestra fuerza y nuestra influencia.

¡Interesante pero estéril debate! Los unos dicen que para arruinar el movimiento comunista el único medio es hacer uso de la violencia abierta, e invocan su aplicación. Aunque alguno conservó la suficiente memoria para recordar que el fascismo durante veinte años ejerció la violencia más exacerbada contra nosotros y que nosotros hemos vuelto a la luz del sol, después de veinte años, bastante más fuertes que antes. Entonces se busca hacer una corrección. La violencia abierta deberá dejarse aparte —dicen —, pero ocurrirá una presión antidemocrática continua, ejercida por el aparato del Estado, por las autoridades, por las organizaciones políticas que pertenecen al Gobierno. Pero también esto se ha hecho desde el 18 de abril de 1948 hasta el 7 de junio de 1953 y el 7 de junio una vez más hemos salido más fuertes que antes. ¿Es, pues, necesario para aislarnos y dejarnos de lado lanzar el grito fuerte de alarma contra la amenaza terrible que nosotros haríamos pesar sobre la sociedad? Así hablan unos, pero alguno objeta inmediatamente que si se hace saber a todos que los comunistas quieren cambiar radicalmente las condiciones de la sociedad actual, sucederá que millones y millones de mujeres y de hombres se unirán a nosotros, porque son millones y millones los ciudadanos que aspiran a tal cambio radical, ya que en las condiciones actuales no pueden vivir. Por tanto, han decidido ahora que es necesario difundir la voz de que el comunismo está en decadencia, de que el comunismo está en crisis y pierde terreno. Se olvida que ya De Gasperi, después del 7 de junio, en una entrevista que tal vez alguno recuerda, se había dolido de que después de haber oído decir durante tanto tiempo que el comunismo estaba en crisis, al final se le había visto más fuerte que antes. No es necesario, pues, que los que difunden estos rumores a cuenta nuestra con el fin de justificar su política, no es necesario que nos crean.

No es nunca conveniente creer en las propias mentiras, si no se termina por dar con la cabeza contra el muro.

En esta confusión hay alguno que empieza a sostener que en lo que respecta a nuestro partido y al movimiento obrero democrático avanzado lo único que debe hacerse y seguir es el método de la legalidad. Nosotros constatamos que esta postura es más justa que todas las demás. Añadamos,

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sin embargo, que el método de la legalidad, es decir, el respeto de la ley, no puede ser una concesión que se haga a este o aquel movimiento, sino un deber de los gobernantes mientras existan la Constitución y las leyes, ante todo para trazar la línea de conducta que los gobernantes deben seguir.

A todos aquellos que se ocupan tanto de nosotros no tenemos más que repetir lo que siempre hemos dicho y repetido. Si caminamos hacia adelante, si logramos poco a poco organizar mejor nuestros lazos con la clase obrera y con el pueblo, es porque las exigencias que nosotros representamos, y por las que trabajamos y combatimos, brotan de un desarrollo de fuerzas reales que no pueden ser conciliadas. Las fuerzas que se reúnen detrás de nosotros son las fuerzas que brotan del mismo seno de la sociedad y son empujadas por las condiciones de esta sociedad para reivindicar las transformaciones por las cuales trabajamos nosotros. La conciencia nueva que representamos se forma sobre la base de cambios de fuerzas reales. Por ello, es algo que no puede suprimirse. Los sentimientos y las ideas que dominan en nuestras filas son sentimientos e ideas que maduran en el ánimo de centenares de millares, de millones de hombres, que se dan cuenta de que debe crearse un mundo nuevo, distinto del que ha existido hasta ahora, si se quiere que todos los hombres puedan vivir de un modo que sea digno de ellos. Solo con estas consideraciones se explica que los medios adoptados contra nosotros a la larga se deshagan, aunque se puedan obtener determinados resultados parciales, provocar determinados altos y bajos en nuestro movimiento. Solo así se explica que nosotros seamos en todo el mundo, además de en nuestro país, una fuerza inmensa. Seamos una clase nueva, una clase que, llevada por la historia, ha tomado en las propias manos, firmemente, el destino de una parte tan grande de la humanidad y está segura de sí misma, porque siente la propia capacidad de enderezar y dirigir de manera nueva la sociedad en donde ella domina.

Precisamente porque sabemos que es una fuerza grande y segura de sí, precisamente porque sentimos el deber de presentar siempre soluciones razonables a todos los problemas que están ante la sociedad nacional y ante la sociedad de las naciones en un momento determinado. Lo hemos hecho desde el comienzo de nuestra existencia como gran movimiento legal y tenemos el orgullo de afirmar que si se hubiesen seguido nuestros consejos, si se hubiesen acogido nuestras propuestas, si se hubiesen

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aplicado los programas que nosotros presentábamos, las condiciones de las cosas en Italia serían hoy mucho mejores para la gran masa de la población trabajadora.

Continuamos, pues, por el camino que siempre hemos seguido. Sabemos que nos encontramos en un recodo de la situación internacional y en un recodo en el campo de las relaciones políticas internas. En el campo internacional, madura el fin de la Guerra Fría. Se ha registrado la bancarrota de las viejas políticas fundadas sobre la amenaza, sobre la fuerza, sobre el terreno de la guerra. Se busca, pues, una política nueva y ya se han dado serios pasos hacia ella, hacia la recíproca comprensión y la coexistencia pacífica de todos los Estados, hacia las negociaciones amistosas para resolver todas las cuestiones controvertidas. De este modo se tiende a conservar y hacer permanente la paz, de la que el mundo tiene hoy más necesidad que del aire, porque si llegase a estallar un conflicto ya no se podrían prever cuáles serían las consecuencias exterminadoras de nuestra civilización.

Por lo que se refiere a las relaciones internas, la situación es hoy bastante complicada, porque siempre se revela más el contraste entre fuerzas que se mueven según líneas que si todavía no son aún abiertamente contrastantes, son sin embargo profundamente diversas. Por un lado, están aquí los que comprenden que el Gobierno debe abandonar la guerra fría entre los ciudadanos y volver al respeto de las leyes; están aquí los que quieren la aplicación de la Constitución y llegan hasta a prever y auspiciar el advenimiento de las clases trabajadoras a la dirección política del país, como está previsto por lo demás en nuestra Constitución. Por otra parte, está aquí el que no solamente resiste obstinadamente a cualquier paso que se dé en esta dirección, sino que se organiza y prepara resistencias y movimientos que deberían servir para retrocedernos hacia atrás, hacia la guerra fría contra los trabajadores, hacia una exasperación de todas las relaciones políticas internas en perjuicio de las clases más numerosas, es decir, de las clases trabajadoras de las ciudades y del campo. Esto sucede, pues, en un momento en que la situación económica del país tiende a agravarse, y por parte de los privilegiados, como siempre sucede en estos casos, se intenta echar sobre las clases trabajadoras y más débiles, sobre los que viven solo del trabajo, las consecuencias de este agravamiento.

En esta situación continuamos reivindicando un cambio profundo de los rumbos de la política italiana, ya sea en lo que se refiere a las

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relaciones de Italia en el mundo, ya por lo que se refiere a las relaciones políticas internas. El objetivo concreto y limitado que proponemos es, en uno como en el otro de estos campos, la distensión. Pero ¿qué quiere decir distensión? Como siempre, nosotros comunistas, que queremos una transformación profunda de la sociedad en sentido socialista y trabajamos por la misma, como nunca, ¿podemos hablar al mismo tiempo de distensión de las relaciones internacionales y nacionales? ¿No es esta la acostumbrada piel de cordero hecha para esconder el semblante de lobo rapaz?

La respuesta a quien razona de este modo es sencilla. No hay duda de que nosotros permanecemos fieles a nuestros principios y a nuestros ideales. Somos un movimiento que quiere una transformación socialista de las relaciones económicas y políticas sobre las que está fundada la sociedad. Esto no quita que en cada momento presentemos a todos los ciudadanos las soluciones concretas que son adecuadas a la situación y que son del interés de todos.

El progreso se hace caminando y nosotros queremos indicar, cada vez, cuál es el paso que estimamos debe darse para ir hacia adelante. Si nuestras soluciones son justas, si ellas, como esta de la distensión, recogen adhesiones cada vez más amplias entre los ciudadanos, es porque la vía misma que lleva al socialismo es una vía que es del interés de todos. Incluso al reivindicar transformaciones socialistas de la sociedad, nosotros no nos movemos por otro interés y por otra exigencia que la de resolver del mejor modo posible los problemas que están en el corazón de las grandes masas de los ciudadanos que viven de su trabajo. No se olvide que nosotros hemos reivindicado siempre una política de distensión en las relaciones internacionales. Por ello hemos participado en los grandes movimientos populares para pedir la prohibición de las armas atómicas, un encuentro de los Grandes que dirigen la política internacional, una nueva organización de las relaciones internacionales para garantizar la paz. De la misma manera, hemos reivindicado una distensión en las relaciones internas, desde que hemos visto que la exasperación de la lucha de las autoridades gubernativas y de los partidos dominantes contra las masas trabajadoras avanzadas no era en beneficio de nuestro país, mejor dicho, le hacía daño. En fin, nosotros tenemos una Constitución y lo que nosotros reivindicamos está escrito en esta Constitución con todas las letras. Y está escrito no en pro de los intereses de los pequeños grupos privilegiados,

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sino para satisfacer las exigencias y las aspiraciones de la mayoría de los ciudadanos.

Es evidente que nuestra búsqueda de una política de distensión contiene elementos nuevos respecto a lo que decíamos en el pasado. Una política concreta y nueva de paz se ha hecho hoy cada vez más claramente posible por los progresos que la distensión ha hecho y hace en el campo internacional. El fin de la guerra fría contra los trabajadores es la única manera de salir del callejón sin salida en que se encuentra la política italiana desde el 7 de junio en adelante. Pero quiero subrayar en particular que no es posible una distensión de las relaciones internas si no se lleva una política económica que no haga recaer sobre las grandes masas trabajadoras las consecuencias de las dificultades económicas que Italia está atravesando en este momento. Medidas concretas de progreso social deben acompañar el gran proceso de distensión de las relaciones internacionales que está en curso en el mundo, y que el proceso de distensión que nosotros auspiciamos se inicia también en el interior del país. Cuando hablamos de «apertura a la izquierda» queremos indicar aquella determinada acción parlamentaria que permita dirigirse, una vez más, hacia la realización de una amplia unidad de fuerzas populares sobre las que pueda apoyarse un Gobierno que respete la Constitución y la aplique integralmente en interés de todos.

¿Lograremos, camaradas, obtener progresos en la realización de estos objetivos que hoy ponemos a la sociedad italiana? Sí, creo que lo lograremos y precisamente en la medida en que logremos dar vida a un gran movimiento popular para estas reivindicaciones que el pueblo siente y debe hacer propias en medida siempre más amplia. He aquí, pues, la tarea del partido por lo que se refiere a las masas femeninas. Es necesario insertar en grado cada vez mayor a las masas femeninas en el movimiento popular que reivindica una distensión de las relaciones internas y un cambio de los rumbos de la política seguida en los años pasados.

De aquí la importancia particular del trabajo que vosotras y todo el partido debéis realizar con las masas trabajadoras femeninas, y en especial, con algunos de sus sectores, por ejemplo, las masas femeninas católicas.

Me ocupo de este punto, no solo porque en la Conferencia se ha hablado de él, sino también porque se presentan algunas dificultades supletorias. Estas dificultades no tienen, sin embargo, mucho que ver con la religión, a no ser por las intimidaciones que determinados grupos de la

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población femenina sufren por obra de las autoridades religiosas y que tienden a tenerlas alejadas de la lucha por el mejoramiento de sus condiciones de vida y por el cambio de las orientaciones políticas del país. Las dificultades están, por el contrario, principalmente —creo yo— en concepciones tradicionales que impiden aún a muchas, a demasiadas mujeres, comprender que las condiciones de su vida y de la sociedad pueden cambiarse a través de la acción de los hombres que son parte de la misma sociedad. Muchas, demasiadas mujeres —como también muchos hombres— aún no logran comprender que las condiciones de la sociedad no han sido creadas desde la eternidad y no deben, por tanto, ser siempre inexorablemente las mismas, sino que han sido hechas por hombres que han mandado y gobernado, y los hombres, las masas de los hombres que viven del trabajo están en situación, organizándose y moviéndose, de crear condiciones nuevas, diversas y, por ende, dar vida a un mundo mejor. Por esto reclamamos siempre la atención de todos sobre lo que ha sucedido en aquella inmensa parte del mundo que va desde el corazón de Europa hasta el océano Pacífico, en donde las condiciones de la sociedad han sido radicalmente modificadas en un punto fundamental, porque allí no hay ya más explotadores y explotados, sino que hay regímenes libres en donde manda el pueblo y todas las riquezas de la sociedad son puestas en provecho e interés de todos. Es necesario trabajar bastante, con argumentos y con ejemplos convincentes, para superar estas concepciones tradicionales, que son el verdadero obstáculo para un nuevo y gran progreso en la conquista de las masas femeninas.

Por lo que se refiere a las así llamadas corrientes sociales del movimiento católico, estas corrientes pueden ser consideradas como una ayuda o como un obstáculo, según el modo como trabajemos y nos pongamos ante las mismas. En general, y particularmente cuando se trata de dirigentes de estas corrientes, las reivindicaciones sociales que ellos adelantan y que van en la dirección de una mayor justicia distributiva, de un mejoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores, etc., muy frecuentemente no son otra cosa que instrumentos empleados para lograr mantener una influencia entre el pueblo e impedir una extensión de la influencia y del trabajo de las organizaciones democráticas avanzadas y en especial de los comunistas.

El camarada Gramsci subrayaba, analizando estas corrientes del pensamiento social de los católicos, cómo los mismos no llegan nunca a

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un programa político concreto o económico que sea obligatorio para todos los católicos. Se trata más bien de un «conjunto de argumentaciones» y de propósitos que son avanzados aquí y allí, bajo la dirección de determinados exponentes o grupos del mundo católico para obtener fines determinados. Esto en lo que se refiere a los dirigentes. Cuando se trata, por el contrario, de las masas, las cosas cambian, porque los trabajadores católicos cuando oyen hablar de mayor justicia social creen lo que se les dice, querrían que lo que se les promete fuese realizado.

De aquí se deriva la posición que nosotros debemos tener. A los jefes, a los dirigentes o, por lo menos, a los que creemos que son sinceros en sus palabras y en los propósitos, les pedimos que sean consecuentes, que hagan lo que dicen querer hacer. Si estiman de veras que se deben transformar profundamente las condiciones de la sociedad capitalista italiana en interés de las masas menos acomodadas o pobres, nosotros pedimos que realicen actos concretos en esta dirección y colaboren con los que, como nosotros, combaten día a día por esta transformación. A las masas les pedimos que trabajen con nosotros. Por esto nos acercamos, hablamos con ellas, establecemos el diálogo que, si es verdaderamente tal, debe culminar en una colaboración para lograr determinados objetivos comunes.

Ved, por ejemplo, este alcalde de Florencia, La Pira, de quien tanto se habla hoy en Italia y en el mundo. Nosotros no podemos más que aprobar las iniciativas que él toma en determinadas direcciones. Cuando organiza una conferencia internacional, que es una aportación a la lucha por la distensión y por la paz, aplaudimos y participamos en la iniciativa. Cuando dice que es necesario, superando toda suerte de obstáculos, buscar la manera de dar trabajo y casa a todos, impedir que se robe el trabajo a los que ya están en la fábrica e ingeniarse para resolver los problemas de la miseria y del desempleo, también en este caso no podemos más que estar de acuerdo, porque estos son objetivos serios y vitales. Estamos, pues, dispuestos a apoyar toda acción que se desarrolle para conseguirlo. Pero fuera de esto preguntamos: ¿Por qué el alcalde de Firenze no desarrolla una acción consecuente, como miembro autorizado del partido hoy dominante, para obtener que cambien las orientaciones de este partido en el sentido que él reivindica?

Dentro de pocos meses tendrán lugar las elecciones administrativas en su ciudad. ¿Por qué el alcalde de Florencia no procura tomar un contacto

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concreto con nosotros, con los socialistas, con los demócratas de ideas sociales avanzadas, con el fin de lograr una unidad de fuerza que también busque a través de la obra de la Administración comunal dar una aportación efectiva para lograr los objetivos que él dice ser los suyos? ¿O debemos verlo todavía una vez más ser el exponente, en la próxima competición administrativa, propio de los grupos sociales que son contrarios a cualquier medida radical en favor de las masas trabajadoras más desgraciadas?

Pensad, sin embargo, que también en otros campos, además del católico, hay grupos de mujeres no orientadas aún hacia nosotros, pero con las cuales debemos iniciar un diálogo y establecer un contacto y una colaboración. Pueden ser mujeres de orientación socialdemocrática, a veces también de orientación conservadora, pero son frecuentemente mujeres que sienten al igual que las otras los problemas de su emancipación, y sobre este terreno se abre la posibilidad de un acercamiento, de una discusión, de una colaboración.

Son muchísimas las posibilidades de extender ulteriormente el vasto frente de las mujeres que se mueven por su emancipación y de orientarlas en el sentido del progreso, de la renovación de la sociedad italiana. Estoy convencido de que esta Conferencia será una aportación a la solución de este problema, que ayudará en esta dirección a lograr nuevos y fecundos resultados.

He oído referir el éxito de los trabajos de vuestras comisiones, y esto es ciertamente justo, que deberá ser tomado en serio por todo el partido y que dará al partido una gran ayuda.

Está bien que se hayan superado viejas posturas que podían obstaculizar el desarrollo de nuestro trabajo entre las mujeres. Debemos partir siempre de la convicción de que el trabajo de las mujeres es elemento esencial de nuestra política y de nuestro trabajo, pero que tiene sus particularidades y debe por ello ser realizado de manera particular y a través de una organización particular. A esto se unen las cuestiones de las comisiones femeninas, de las células femeninas, de los cuadros y de la propaganda.

Las comisiones femeninas deben continuar existiendo. Sería un grave error renunciar a su existencia y a su función, porque ellas son un centro de organización y de impulso de todo el trabajo del partido entre las mujeres, pero sería igualmente un grave error si por el hecho de que están

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aquí comisiones femeninas y dirigentes políticos y organizativos del partido no se ocupasen ya de esta rama de actividad, que debe, por el contrario, ser considerada siempre como rama fundamental.

Las células femeninas deben continuar existiendo, pero deben ocuparse no solamente del trabajo limitado entre las mujeres, sino de toda actividad del partido, porque esta es una condición para que las mujeres puedan adelantar en sus capacidades, en su conciencia y en su acción. Lo mismo en lo que se refiere a los cuadros femeninos. No encuentro que haya un contenido digno para que se examine seriamente la cuestión de si las mujeres que empiezan a desarrollar sus capacidades deben ser utilizadas mejor en desarrollar un trabajo entre las mujeres o más bien un trabajo general del partido. ¿Es que el trabajo femenino no es parte integrante y esencial del trabajo general del partido? Con esto no quiero decir que no debamos llevar adelante las mujeres, poco a poco, a que ellas desarrollen sus capacidades, que no debamos hacerlas conocer y hacerlas populares. Tenemos todavía graves defectos en este campo. No damos a conocer suficiente, no tratamos bastante bien a nuestras militantes, a estas denodadas luchadoras de las oficinas y de las fábricas, de las fábricas textiles, de los campos. Debemos darlas a conocer más, pero quede bien claro que cuando ellas hacen el trabajo entre las mujeres, cumplen una tarea esencial de nuestro partido.

Por lo que se refiere a la propaganda quiero hacer una observación un poco amarga. Nosotros no tenemos aún medios bastante eficaces de propaganda entre las mujeres. Tenemos el mitin, pero las mujeres no lo frecuentan de buena gana. Tenemos L’Unitá y debemos aumentar mucho el número de las familias a las que llegue. Pero leer L’Unitá es todavía para muchos algo difícil. ¿Cómo llegamos, pues, a la mujer que apenas sabe deletrear algunas palabras, que no está al nivel de leer un artículo editorial, que no va a los mítines? Debemos encontrar formas particulares de propaganda. No sé cuáles pueden ser: lo habéis estudiado en las comisiones o lo estudiaréis con la ayuda de los comités federales, pero estas formas deben encontrarse porque debemos conseguir que llegue nuestra palabra a las mujeres muchísimo más allá de cuanto se ha conseguido y se consigue aún hoy.

Por lo que se refiere a las organizaciones de masas y a la necesidad de que ellas no sean confundidas con la organización del partido, se han

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dicho en la Conferencia cosas decisivas que valen como orientación de trabajo para todos nosotros.

Estas son las cuestiones que quería plantearos. En la conclusión, querría proponer algún objetivo para el futuro. Creo que el año próximo estaría bien que nos propusiésemos reclutar para el partido algunas decenas de miles de mujeres, además de las que ya están inscritas. Pero debemos proponeros especialmente que reforcéis las organizaciones femeninas de masas, en la acción que ellas conducen para la emancipación de la mujer, para la renovación social y política de la sociedad italiana. Este es nuestro objetivo fundamental. Realizarlo significa extender el frente democrático a nuevas masas de miles y decenas de millares de mujeres.

¿Estamos en condiciones de obtener este resultado? ¿Tenemos lo que es necesario para obtenerlo? Creo que sí. Lo tenemos en nuestro partido, en la fraterna amistad y alianza que nos une a los compañeros socialistas, en las organizaciones de masas que existen, en su actual fuerza y en su prestigio ya bastante grandes, lo tenemos en vosotras, caras compañeras, que sois una parte tan preciosa de nuestro partido. Juntos, todos juntos, hombres y mujeres, vayamos adelante, seguros de que lograremos dar una nueva aportación para la renovación de la sociedad italiana.

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VI

La clave para la solución del problema de la

emancipación está en el hecho de que las

mujeres accedan a lo que en las relaciones

sociales es la sustancia de la persona

humana, es decir, al trabajo[14]

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Estoy alegre de traer a vuestra asamblea el saludo del Comité central del partido y de todo nuestro partido. Es un saludo fraterno, cordial, lleno de afecto, lleno al mismo tiempo de atención hacia los problemas que interesan a vosotras y a vuestro trabajo. Deseo también regocijarme con vosotras por el éxito cierto —hasta ahora evidente— de vuestra Conferencia. Regocijarme con vuestras dirigentes y especialmente con las compañeras que han llevado a cabo el trabajo de preparación en las provincias, en la periferia. Habéis logrado organizar una asamblea verdaderamente nacional digna de mención, de jóvenes mujeres, de muchachas de gran belleza, de vivacidad, de inteligencia, capaces, sin duda, de comprender cuáles son hoy vuestras tareas y de trabajar para actualizarlas.

Sabíamos, por otra parte, que la organización de las muchachas comunistas es uno de los sectores más vigorosos y prometedores de nuestro movimiento. Aquí se manifiesta un empuje de naturaleza particular, que proviene de las masas femeninas y juveniles al mismo tiempo y del que debemos saber reconocer la naturaleza y las causas. Ello expresa un proceso que atañe a toda la sociedad italiana y, en particular, a las nuevas generaciones y es parte importante de la formación en las mujeres italianas, de aspiraciones nuevas y de una nueva conciencia, que ya en otras ocasiones hemos tenido oportunidad de resaltar. Es un proceso característico del momento presente que asume tanto las relaciones económicas como las costumbres.

Quien tiene experiencia del pasado lo advierte mejor. Las mujeres italianas están adquiriendo una conciencia de sí mismas y de sus problemas que ya se acerca a la que existe en los países más adelantados en este aspecto. Contribuyen múltiples factores a ello. Contribuye naturalmente a ello la nueva situación democrática, la viva lucha económica y política característica hoy de Italia. Pero también contribuyen de un modo tal vez más eficaz otros factores, el progreso técnico, los medios de comunicación e información, la difusión de los aparatos de

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radio y de televisión, la difusión entre las masas de nuevas publicaciones de gran tirada. También las mujeres más simples, de cultura atrasada, son atraídas por los torbellinos de la vida moderna, aprenden a conocer el mundo, las grandes ciudades, los nuevos métodos de trabajo y de vida, distintos y alejados de los tradicionales, atávicos, de los que pensaban que no se podían desprender.

La mujer aprende que el mundo puede cambiar y que está cambiando y que ella misma puede tener una vida diversa, más atrayente, mejor. Hechos en apariencia de orden secundario y que a veces son juzgados como manías de nuevo tipo, la frecuencia del cine, la popularidad de las estrellas del cine y de la canción, etc., contribuyen al mismo proceso o señalan su amplitud. La búsqueda de lo nuevo, de lo que apasiona, de lo que libera de las miserias presentes, asalta de modo particularmente intenso a las masas femeninas. Contiene ya en sí un germen, una posición nueva de la mujer respecto a los hechos y a las perspectivas de la propia existencia y de la propia suerte.

Por ello, el tema de la emancipación femenina que precisamente hemos colocado nosotros desde el principio en el centro de nuestro trabajo con las mujeres, se ha vuelto un tema ante el cual nadie se puede sustraer, que se discute y se mueve generalmente. Vosotras podéis encontrar muchas, muchísimas muchachas que si les presentáis este tema en los términos generales, o no os comprenden o sin más están prontas a declarar su desacuerdo. Pero examinad la vida cotidiana de estas muchachas, cómo viven, qué hacen y después qué piensan de su futuro y qué aspiraciones germinan en su ánimo. Advertiréis que hay en la mayoría, de un modo o de otro, aquella nueva búsqueda, aquel empuje hacia una nueva vida para las mujeres, que es la sustancia de la lucha por la emancipación.

Sin embargo, conquistar la emancipación de la mujer no es nada fácil. El pasado descansa sobre las masas femeninas y masculinas con un peso aplastante que se hace sentir en la práctica de la vida familiar y social, así como en el campo de las ideas. La mujer en todos los pasados ordenamientos históricamente conocidos, no ha sido jamás libre, no ha contado por lo que vale, no ha estado en la situación de formarse y afirmar su propia personalidad. Sí, ha habido mujeres eminentes: emperatrices, reinas, santas, poetisas, escritoras. Ellas son la prueba de lo que la mujer puede hacer. Pero si pensáis en la vida y en el destino de una simple muchacha y advertís que no había una ley que decidiera acerca de su

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suerte, de su futuro, del modo de su existencia, sino que había siempre algún otro. Si quería obrar a su manera era una rebelde que se castigaba con el convento y también con lo peor. Decidía sobre ella la autoridad familiar, la necesidad interna del ordenamiento de la propiedad o el arbitrio de otro muy frecuentemente. La manera como la mujer debía vivir estaba establecida. Establecidas sus incumbencias, sus rígidos deberes. Sobre esta base se ha elaborado, a través de los siglos, toda una concepción —una ideología— que tiende a hacer ideal esta condición de la mujer como ser cuyo destino estaba preestablecido. Esta concepción ha penetrado en la moral tradicional, la literatura y el arte. Se ha proclamado que esta ausencia de libertad, es decir, de posibilidad de libre desarrollo de la propia persona, correspondía a una «misión», y esto todavía se predica groseramente confundiendo la fisiología, que es una cosa, con el conjunto de una existencia humana, que es algo muy distinto. Por ello sucede que mientras la búsqueda de una nueva manera de existencia para las mujeres surge del desarrollo mismo de la civilización moderna, se encuentran tan fuertes resistencias a las reivindicaciones y a las transformaciones que se requieren para la emancipación de las mujeres. Es preciso ver cómo se superan estas resistencias y cuál es, pues, el camino que debemos señalar y recorrer para renovar la vida de las masas femeninas.

La compañera que ha abierto con su intervención vuestros trabajos ha aludido a quien considera que el problema de la emancipación femenina se resuelve con transformaciones técnicas: el día que puedan estar a disposición de todas las mujeres lavadoras y otras instalaciones mecánicas para sus trabajos domésticos, aquel día la vida de la mujer de casa sería distinta y las mujeres serán más libres. Pero ¿libres de hacer qué cosa? Nosotros no negamos la importancia grandísima del progreso técnico para aligerar el peso de los trabajos de casa, pero el centro de la cuestión es otro. El centro de la cuestión es el libre desarrollo de una personalidad femenina y para esto no son necesarias solamente máquinas nuevas. Es necesaria una nueva concepción de la vida y del puesto de la mujer en la sociedad.

Más estrechamente vinculados a la concepción tradicional son, por el contrario, los que hacen de la posición y del destino de la mujer un problema solamente de moral. Una mujer —dicen— que acepta libremente los límites y el peso de la vida familiar es siempre muy libre porque obedece a una elección personal. Ciertísimo. Pero en esta elección fue ella

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misma libre o más bien, ¿no fue obligada porque de otro modo le estaría cerrado todo camino? ¿Qué vale, pues, este razonamiento para la joven mujer que aspira a una elección libre y, además, quiere que su elección no signifique supresión de su personalidad, sino pleno desarrollo de la misma, en condiciones nuevas, según sus capacidades y el ambiente en que ella vive? ¿Qué vale para la mujer que quiere ser y contar algo por sí misma?

Es necesario remontarse a la raíz social de las relaciones en que vive hoy la mujer y a las condiciones que pesan sobre la misma. La clave para la solución del problema de la emancipación no está ni en una predicación moral ni en una simple transformación técnica. Está en el hecho de que las mujeres accedan a la que es, en las relaciones sociales, la sustancia de la persona humana, es decir, el trabajo. El hombre llega a ser un ser social en cuanto trabaja y su personalidad se afirma y desarrolla en la medida en que él puede libremente escoger su trabajo. Por esto, el hombre estudia, adquiere ciertas capacidades trabajadoras, las perfecciona. Lo mismo debe poder llegar a ser para la mujer. Muchachas y mujeres deben tener la posibilidad de poder acceder al trabajo en la manera y condiciones tales que el trabajo sea apreciado y retribuido como el que realiza el hombre. Esto es para nosotros, y debe llegar a ser para todas las mujeres, el punto de partida, la cuestión decisiva.

¿Se puede en la sociedad actual llegar a cumplir este derecho de la mujer al trabajo? Para responder no debemos juzgar solo por nuestro país, en donde existe un fuerte número de desempleados y en donde la misma economía capitalista está todavía atrasada. Hay otros países capitalistas, bastante más avanzados que el nuestro, en donde la mayor parte de las mujeres trabaja y existe por ello una base material para resolver la cuestión de la emancipación. También en estos países más avanzados la cuestión no está nunca resuelta del todo. Hay un límite más o menos amplio, según las circunstancias, que viene dado por la permanencia de la explotación del trabajo, ya sea masculino o femenino, y, por ende, de la miseria de vastos estratos populares, de la permanencia de los privilegiados de las clases dirigentes capitalistas y de la ausencia de un verdadero régimen democrático. Este límite se destruye y se extiende a la esfera de la libertad de la mujer en la medida en que se combata para crear una sociedad nueva y se logre crearla.

Por ello decimos que la emancipación de la mujer está estrechamente vinculada a la emancipación del obrero. Muchos repiten, sin embargo, esta

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fórmula sin saber con precisión qué quiere decir y por ello está bien recordarlo. Quiere decir que la posibilidad para la mujer de conquistar a través del trabajo su personalidad y desarrollarla plenamente, no existe totalmente si no es en una sociedad en la que el obrero esté emancipado de la explotación capitalista y el trabajo sea la base y la ley de todo ordenamiento social.

Son estos los principios, muchachas comunistas, de los que debéis adueñaros y sobre los que deben estar fundados vuestra propaganda y vuestro trabajo. Nosotros volvemos siempre sobre la necesidad de una amplia y eficaz propaganda del socialismo y del comunismo. Pero ¿cómo se hace esta propaganda? Es un error considerar que consiste únicamente en contar lo que sucede en países lejanos y confrontarlo con nuestras condiciones. Esto sirve, pero no basta, y en ciertos casos puede incluso crear confusión si no se tiene siempre presente que la clase obrera, cuando toma el poder para construir una sociedad socialista, no puede partir más que de las condiciones de su país y a veces debe trabajar y luchar a la larga para superar el atraso y la rutina. La propaganda más eficaz para el socialismo se hace partiendo de nuestras condiciones, de los problemas, de las miserias, de los sufrimientos, de las aspiraciones que existen en nuestras masas trabajadoras, entre las muchachas como entre los obreros, entre los ciudadanos, etc. La propaganda socialista consiste en hacer comprender que hoy se puede, organizándose y luchando, obtener mucho, pero que la solución radical de las cuestiones que están maduras en las cosas y en la conciencia de los trabajadores se podrá conseguir de modo radical y sin posibilidad de vuelta atrás solo en una sociedad nueva, en la cual desaparezcan la explotación de los trabajadores y los privilegios de los capitalistas. No bastan las máquinas, no bastan las prédicas: las muchachas, las mujeres, podrán tener su vida y su personalidad plenas solo cuando sean transformadas las relaciones de producción y las de las clases. Entonces todas las mujeres podrán ser verdaderamente libres y su dignidad será igual que la de los hombres.

Naturalmente que esta perspectiva debe ser indicada partiendo siempre de las condiciones actuales, de las cuestiones que hoy se sienten y del modo como se sienten.

Las condiciones actuales, por lo demás, son más favorables que las del pasado. Y aquí me quiero referir concretamente a la situación política.

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Observad lo que está aconteciendo. Se puede decir que, a excepción del nuestro, todos los partidos que tienen una base en el pueblo están atravesando crisis evidentes y profundas.

El partido socialdemócrata es víctima de una escisión. Lo abandonan grupos de socios y de dirigentes, porque se están dando cuenta de que la acción desarrollada por su partido durante unos diez años no ha llevado a la solución de las graves cuestiones que están ante las clases trabajadoras y ante todo el país. Los que abandonan el partido socialdemócrata no todos tienen ciertamente clara la sustancia de los fatales errores y de las verdaderas traiciones de las que son responsables sus jefes. Sin embargo, hay en ellos un germen de una conciencia y de unas orientaciones nuevas, y este germen es necesario saber descubrirlo y trabajar para que dé frutos positivos.

Los radicales, estos sabiondos que durante años y años han vociferado la crisis del Partido Comunista, están hoy reducidos a preguntarse si su partido debe continuar existiendo mientras algunos de los suyos comienzan a darse cuenta de que su anticomunismo es un peso muerto del que deben liberarse.

En el mismo partido socialista existe una situación crítica y de movimiento. Se discute si es justa y necesaria la unidad de acción con nuestro partido que existió en el pasado y hoy ya no existe. Se discute el mismo tema que surge de la escisión socialdemócrata, el tema de los motivos por los que las clases trabajadoras no han logrado avanzar más rápidamente hacia sus objetivos, por la conquista de una renovación de Italia y de un nuevo orden social. También con los trabajadores socialistas hay un gran trabajo que realizar, de acercamiento, de recíproca comprensión y de esclarecimiento.

En cuanto a la Democracia Cristiana y a otras organizaciones católicas, también en ellas la crisis es más profunda que en las otras y por motivos que deben interesaros de modo directo. El partido de la Democracia Cristiana, después de haber roto en 1947 la unidad de las fuerzas populares, se echó en los brazos de la gran burguesía y gobernó en interés de la misma. Así sucede que su influencia entre las masas sufrió serios golpes, su ley del fraude fue suspendida, sus filas se empobrecen, se abre una lucha seria entre sus diversas tendencias. Los dirigentes democristianos, y de manera especial el grupo llamado fanfaniano, buscaron una vía de salida remedando ciertos aspectos de nuestro trabajo,

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es decir, dando a su partido un carácter de masas y coordinando para ello una vastísima red de organizaciones de masas de la más diversa naturaleza. Era evidente que en esta actividad ellos podían tener inmediatamente grandes éxitos, teniendo a su disposición, para lograr sus objetivos, por un lado, el Gobierno, y por otro, la organización misma de la Iglesia católica, con todos sus articulados, que dirigen la Acción Católica y que van desde las ACLI[15] a las Hijas de María, a las Juanísimas, etcétera.

A estas se deben añadir los sindicatos y una potente organización rural. Todas ellas llegaron a ser, centrándose en las parroquias, correas de transmisión de la influencia de la Democracia Cristiana, para dar a este partido la posibilidad de controlar la mayoría de la población trabajadora y de los electores, y hacer después lo que quiere en la dirección de la economía y de la política nacional. Sin embargo, para llevar a cabo este plan se requería que a los trabajadores pertenecientes a las organizaciones católicas no se les hablase solo de religión, sino que se trataran también las cuestiones sindicales, si se trataba de obreros; las cuestiones de la emancipación femenina, si se trata de mujeres; de la tierra y del contrato agrario, si se trataba de campesinos. Acaecía, pues, que avanzaban bajo el impulso de las masas trabajadoras y para darles satisfacciones, reivindicaciones que coincidían con las nuestras o eran paralelas. Era desarrollado de esta manera por los democristianos todo un trabajo de agitación sobre el terreno económico y social, para apoyo del plan de conquista de la dirección totalitaria de la vida nacional.

Ahora bien, este plan ha chocado hoy contra una serie de escollos y su actuación sufre una profunda crisis. Los escollos, es decir, los obstáculos, surgen de la situación objetiva, de las dificultades económicas, pero, sobre todo, de las demandas de las masas trabajadoras, de la resistencia y de las luchas de estas. Hasta que durante algunos años las condiciones económicas eran favorables, incluso si continuaban existiendo profundos contrastes entre ricos y pobres y abismos de miseria, la Democracia Cristiana podía hacer frente a la situación con alguna promesa y alguna concesión. Hoy, los márgenes son restringidos; tienden a desaparecer. Las promesas no pueden mantenerse; las concesiones serias son siempre muy difíciles. Los campesinos que ya no están en condiciones ni siquiera de pagar las cuotas de la Seguridad Social, y si no las pagan pierden sus bienes, comienzan a preguntarse adónde les han llevado los dirigentes

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católicos y buscan otra vía distinta. El obrero que había puesto su confianza en la organización sindical democristiana, que no se había inscrito en el sindicato de clases, se da cuenta, frente a la prepotencia de los patrones, a los salarios base, al despido, de que ha errado el camino. Un despertar de esta naturaleza se da en ingentes masas de trabajadores, mientras el partido democristiano, quitada la máscara de las promesas y de las concesiones, cambia su postura política aliándose abiertamente en el Parlamento con los grupos que expresan la voluntad de las clases dirigentes burguesas, de los grandes industriales, de los agrarios, de la parte más reaccionaria del país. Y es a este despertar que vosotros debéis prestar atención para descubrir en el mismo los gérmenes de nuevas orientaciones y de una situación nueva.

Por ello cuando oís hablar de crisis de la Democracia Cristiana y advertís los signos, no os contentéis con frotaros las manos y decir que las cosas andan bien para nosotros. Tanto la crisis de la Democracia Cristiana como la de la socialdemocracia y la misma lucha que divide a los socialistas, también os plantean tareas particulares. En torno a vosotras, en el ámbito familiar, en la casa, en el suburbio, en el trabajo, en la diversión, se mueven y viven miles y miles de muchachas inscritas en la Acción Católica, pertenecientes a distintos partidos del nuestro, o también del todo desorganizadas, en las que hay ciertamente elementos del despertar, de que hablaba anteriormente. Y vosotras debéis saber descubrirlas y con vuestro trabajo hacerlas venir a la luz y a la madurez, llevándolas a la adhesión consciente de nuevas orientaciones políticas, prácticas e ideales.

Las cuestiones que debéis afrontar para cumplir esta tarea son las cuestiones centrales y tradicionales de nuestro movimiento. El problema de la paz y de la guerra; el problema de la miseria y de los privilegios; el problema del trabajo, del desempleo, del salario; el problema de la libertad y de la injusta opresión por parte de los privilegiados y del Estado, de las amenazas al régimen democrático. Son, sin embargo, temas que hay que afrontar hoy con nuevo ánimo, sabiendo que la situación es seria y que solamente extendiendo la resistencia y la lucha de nuevos grupos de trabajadores, ayer aún impedidos de obrar porque eran socios de organizaciones católicas y democristianas, solamente así se logrará mejorar las condiciones de vida de todos y avanzar. Es necesario ver claramente que hoy las potencias del privilegio intentan atacar las posiciones de los trabajadores, y de aquí concluir que los trabajadores no

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tienen ante sí otro camino útil que acercarse, conocerse mejor, unirse y obrar unidos. Si logramos hacerlo, la resistencia y la lucha serán menos duras, el éxito es más seguro.

Estas son, compañeras, las pocas cosas sobre las que quería llamar vuestra atención. Y ahora querría terminar pidiéndoos a vosotras, militantes de nuestra organización juvenil y muchas de vosotras también de organizaciones femeninas de masas, un particular compromiso de trabajo. De un trabajo que tienda a ampliar nuestra influencia en todas las direcciones, como organización, como orientación política y como dirección ideal.

Sé que vuestra organización es fuerte y numerosa. Mas ved qué grande es la masa de muchachas aún alejadas de nosotros, que ni siquiera conocemos, cuyos problemas ignoramos, a quienes no llega aún ni siquiera una palabra nuestra. ¿Cómo haremos para superar esta separación si no sabemos más, si no hay, como vosotras, numerosas compañeras jóvenes capaces de trabajar en medio de todas las categorías de muchachas que hoy hay en Italia? La dificultad consiste tal vez para vosotras en saber bien de qué parte se comienza este trabajo, cuál es su contenido y su finalidad. Para esto quisiera daros un consejo. No seáis esquemáticas. Sobre todo entre las jóvenes este es el más serio de los defectos. Es evidente que el punto de partida más próximo y obvio para acercarse a las jóvenes de diversas categorías son sus reivindicaciones de naturaleza económica. Así, para el hijo del aparcero que ve al padre arrojado de la finca, para el hijo del bracero a quien se ha sido quitado la base imponible, para la aprendiza que vive en condiciones que aquí han sido denunciadas, para la obrera o empleada que pierde el trabajo si se casa o si tiene un niño. En cada uno de estos casos, y en infinidad de otros análogos, hay un terreno de reivindicaciones económicas no difícil de encontrar. Tened cuidado, sin embargo, que cuando se trata de masas juveniles, este no puede ser el único punto de partida. Aquí debe unirse una demanda y un impulso ideal; debe unirse aquí el inicio, la búsqueda de una consciencia nueva, de un nuevo modo de juzgar las relaciones entre los hombres y la realidad social que nos circunda. Esta realidad se puede y se debe cambiar: de este conocimiento nace la visión de un mundo nuevo, de una sociedad distinta, en donde la vida del joven obrero y campesino será digna de ser vivida porque se le abrirán todas las perspectivas de mejoramiento y progreso; en donde la aprendiza no será ya una especie de sierva; en donde la escuela

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dará a todos los jóvenes la instrucción a la que aspiran y de la que tienen necesidad; en donde las muchachas y las mujeres serán finalmente libres de las cadenas que les impiden crear hoy su porvenir; en donde ningún ser humano será ya explotado.

Si queréis conquistar a las jóvenes generaciones, no debéis separar jamás de la agitación, por motivos inmediatos concretos, esta visión de un gran avance de los trabajadores hacia el socialismo y el comunismo.

Y así entre las jóvenes mujeres. En la sociedad que nosotros queremos crear, su destino será muy distinto del actual. Nosotros no aceptamos la tradicional concepción de las relaciones entre el hombre y la mujer, que está empapada de hipocresía y de manifiesta injusticia hacia los que son menos fuertes. También nuestra concepción de la familia es diversa y nueva, porque nosotros rechazamos la visión de la familia en la que la mujer, vinculada a un trabajo enojoso y pesado, obligada a la obediencia y a la sumisión, termina por perder toda su personalidad. Pensamos en una familia fundada en relaciones de afecto, de sinceridad y de igualdad, inserta en una organización social que haga menos pesado para cada uno, con adecuadas instituciones, tanto el cuidado y la asistencia de los niños como la iniciación de los jóvenes a una profesión segura, el cuidado de los enfermos y de los viejos. Cuando cumplís incluso la más pequeña de estas tareas de vuestra organización, debéis tener en vuestro ánimo la visión de esta sociedad nueva por la que combatimos y una chispa de este foco debéis saber transmitirla a las muchachas con las que os encontráis, trabajáis, habláis, os divertís. Solamente así lograréis transmitir a las masas juveniles aquel empuje ideal que es la sustancia de todo nuestro movimiento, que nos hace seguros para el porvenir.

Este es el compromiso de trabajo al que os llamo. Extender la organización, reforzarla entre las masas en el trabajo y en sus rumbos ideales. Estoy seguro que haréis cuanto está de vuestra parte para obtenerlo y de esta manera daréis, con vuestra capacidad, con vuestra energía juvenil, con vuestra inteligencia y con vuestro sufrimiento, una aportación cada vez más grande a la victoria de la causa por la emancipación de las mujeres y por la emancipación del trabajo.


Secretario general del Partido Comunista Italiano (PCI) desde 1927 hasta su muerte en 1964, la grandeza política e intelectual de Palmiro Togliatti es hoy indiscutible. Fundador del PCI en 1921, exiliado político en los años veinte y treinta, delegado de la Internacional Comunista en la Guerra Civil Española y líder del mayor partido comunista de la Europa occidental durante más de treinta años, su importancia e influencia sobrepasaron con mucho las fronteras de Italia.

[1] Del discurso de Luigi Longo, Celebrazione del contributo delle donne comuniste alla lotta di liberazione nazionale en el Teatro Adriano, al final de la IV Conferencia nacional de las mujeres comunistas (Roma, 29 de junio de 1965). Luigi Longo (1900-1980) fue secretario general del Partido Comunista Italiano de 1964 a 1972, sucediendo a Palmiro Togliatti, que lo había sido desde 1927 hasta su muerte, en 1964. <<

[2] Mujeres pertenecientes a un GAP (Gruppo di Azione Patriotica), grupo partisano italiano de 1943-1945, especializado en audaces golpes de mano y atentados en la ciudad. [N. del T.] <<

[3] Discurso pronunciado en la I Conferenza femminile del Partito comunista italiano, celebrada en Roma del 2 al 5 de junio de 1945. <<

[4] La línea gótica fue un sistema defensivo preparado por los alemanes en 1944 a lo largo de la cresta de los Apeninos para detener el avance aliado; se extendía desde el mar Adriático al Tirreno y tenía una extensión de 320 kilómetros. <<

[5] Anna Maria Enriques (1907-1944) apoyó el movimiento partisano italiano y fue fusilada por los nazis; recibió postmórtem la Medalla de Oro del Valor Militar. Vittoria Nenni (1915-1943), hija del dirigente histórico del Partido Socialista Italiano, Pietro Nenni, fue arrestada por la Gestapo y enviada a Auschwitz, donde murió. Irma Bandiera (1915-1944) fue miembro del Gruppo di Azione Patriotica y murió a manos de los fascistas italianos. Las hermanas Arduino, Vera (1926-1945) y Libera (1929-1945), con solo dieciocho y dieciséis años fueron asesinadas en Turín por fascistas de las Brigadas Negras. <<

[6] Organización de las Mujeres Italianas, cuyas siglas en italiano son UDI y con las que se nombrará a lo largo del texto. <<

[7] Discurso a las delegadas comunistas en la Conferenza dell’ Unione delle donne italiane, celebrada en Roma el 8 de septiembre de 1946. <<

[8] Discurso pronunciado el 13 de mayo de 1953 en la reunión de las activistas de Roma. <<

[9] Alcide de Gasperi (1881-1954) fundó la Democracia Cristiana y la dirigió desde 1945 a 1953. <<

[10] Discurso pronunciado en la I Conferencia nacional de las jóvenes comunistas, celebrada en Roma los días 26-28 de febrero de 1954. <<

[11] Enrico Berlinguer (1922-1984) fue uno de los líderes más populares del Partido Comunista Italiano, que dirigió desde 1972 hasta su muerte. <<

[12] Discurso pronunciado en la conclusión de los trabajos de la

II Conferencia nacional de las mujeres comunistas, celebrada en Roma el 23 de octubre de 1955. <<

[13] Siglas que corresponde a la Federazione Giovanile Comunista Italiana (Federación Juvenil Comunista Italiana). <<

[14] Intervención en la II Conferencia nacional de las mujeres comunistas. Roma, marzo de 1959. <<

[15] Siglas que corresponden a la Associazioni Cristiane dei Lavoratori Italiani (Asociaciones Cristianas de los Trabajadores Italianos). <<


FIN

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