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Libro N° 14833. Bajo El Bosque Lácteo. Comedia Para Voces. Thomas, Dylan.

Guillermo Molina Miranda mayo 27, 2026


© Libro N° 14833. Bajo El Bosque Lácteo. Comedia Para Voces. Thomas, Dylan. Emancipación. Febrero 21 de 2026

 

Título Original: © Bajo El Bosque Lácteo. Comedia Para Voces. Dylan Thomas

 

Versión Original: © Bajo El Bosque Lácteo. Comedia Para Voces. Dylan Thomas

 

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https://ww3.lectulandia.co/book/bajo-el-bosque-lacteo/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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BAJO EL BOSQUE LÁCTEO

Comedia Para Voces

Dylan Thomas


 

 

 

 

 

Bajo El Bosque Lácteo

Comedia Para Voces

Dylan Thomas


 

 

 

 

Bajo el bosque lácteo es un guión radiofónico que Dylan Thomas dejó sin finalizar. El subtítulo, «Comedia de voces», hace justicia a este alucinado contrapunto que rehíla una obra cuyos personajes proceden de no sabemos qué mundos, en cualquier caso ingrávidos y muy lejanos. Llegan envueltos en un silencio amniótico, sólo interrumpido por las sorprendentes apariciones de los habitantes de un pueblo imaginario llamado Llareggub, que Thomas convierte en real para todo aquel que adivine en la literatura un país donde la vida es posible. Es fácil imaginar la ilusionada espera de los oyentes, ya de noche, a que sonasen en las radios de los hogares ingleses las voces de esta alocada trama de personajes que espolean la imaginación, pero también la melancolía de un lugar que nunca será posible visitar, por más que la primera voz fuera, en aquella velada de 1954, la de Richard Burton. Thomas trabajó en el texto con una cierta intensidad entre 1952 y 1953, por lo que dejó una versión casi definitiva antes de embarcar hacia Estados Unidos, donde leyó el guión en un auditorio de Cambridge (Massachusetts) atestado de público. Poco después, lo grabó en el centro cultural 92nd Street Y, en Nueva York, en el Upper East Side de Manhattan, todavía existente. El eco de la obra no quedó apagado, por lo que en 1972 una producción cinematográfica recreó este onírico bosque y reunió, entre otros, al mencionado Richard Burton, a Elizabeth Taylor y a Peter O’Toole. Las escenificaciones teatrales de Bajo el bosque lácteo se han sucedido, y en más de una ocasión han encontrado en Anthony Hopkins al narrador de la primera voz, esa que comienza diciendo: «Para empezar por el principio: Es una noche de primavera, sin luna, sin estrellas, negra como una Biblia en las silenciosas calles empedradas del pueblo…».



 

 

 

 

 

 

 

Dylan Thomas

 

Bajo El Bosque Lácteo

 

Comedia Para Voces

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 09.02.2026



 

 

Título original: Under Milk Wood: The Definitive Edition

 

Dylan Thomas, 1954

 

Traducción: Ramón Andrés

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1



 

 

 

 

 

 

 

Nota preliminar

 

 

 

Imagino un libro inexpugnable como un castillo, con sus portones y un ancho alamud de hierro, que un ariete, en este caso un traductor, trata de derribar. A veces no es la fuerza, sino la insistencia la que vence, como sucede en una escena de Andrei Rublev, la película de Andrei Tarkovsky. Sin embargo, no siempre es posible el asalto, y la fortificación sigue sin conquistar. Es verdad que la obcecación, que en su etimología no esconde que se trata de un nublar la vista, propicia que volvamos a pasar por el mismo camino. Hace más de treinta años decidí traducir este intraducible guión radiofónico de Dylan Thomas, que tan bien se presta para una escucha con poca luz o una representación en un pequeño escenario. Había descubierto su poesía mucho tiempo antes, extraña y descabalgada a veces, pero intensa y de invención prodigiosa. Por más que hayan pasado más de tres decenios, y pese a que las lecturas y la vida me han entregado a regiones bien distintas de las suyas, nunca dejaré de agradecer aquel estallido que supuso la llegada del intempestivo Thomas a mis manos aún jóvenes. He señalado, es cierto, que el aquí presentado es un texto intraducible, no sólo por lo reconocible de mi incapacidad, sino porque se trata de una obra de muy compleja interpretación, desde el punto de vista de su esmerilado lenguaje, enzarzado en constantes juegos de palabras y giros tomados del habla de las gentes campesinas y marineras de aquel Gales en decadencia, tras el embate de la Segunda Guerra Mundial. Algo quedaba, sin embargo, del aura del legendario Eisteddfod, que en la Edad Media convocaba a los bardos y poetas del país. Gracias a esta herencia, los grandes metafísicos Henry Vaughan y George Herbert prendieron la que ha sido una llama incesante en la poesía galesa donde, aparte de Dylan Thomas, encontramos en época reciente, entre otros, al irreductible sacerdote anglicano Robert Stuart Thomas (R. S. Thomas), que, tras su jubilación, decidió vivir en una cabaña sin calefacción y desprovisto de toda comodidad: abominaba las estufas, los electrodomésticos y cuanto, según él, hiciera ruido.

 

La versión que aquí se ofrece poco tiene en común con la publicada en 1997, tan llena de zozobras y de pasos perdidos. Ahora, en la medida de lo posible, se entrega reparada en este nuevo intento de acercarse a una escritura que siempre se nos escapa de las manos, como los peces del río Dewi que cruzan este bosque lácteo hacia el sueño de su desembocadura. Nunca podremos preguntar a Dylan Thomas qué quiso decir con esa frase, qué en aquel verso, qué procuró expresar en tal o cual imagen cargada de tanta oscuridad como de ingenio. Y aun así, nos es dado pasear con certidumbre, a través de este teatro de voces que es Bajo el bosque lácteo, por las calles de la imaginaria Llareggub, que Dylan Thomas contempla desde una ventana de su casa de Laugharne, en el estuario del río Taf.

 

RAMÓN ANDRÉS



 

 

 

 

Un comentario a Under Milk Wood

 

 

 

 

I

 

 

Dylan Thomas entregó una copia del manuscrito de este guión radiofónico, titulado Under Milk Wood (Bajo el bosque lácteo), a Douglas Cleverdon el 15 de octubre de 1953, cuatro días antes de partir hacia Nueva York. El poeta estaba descontento y también contrariado porque un tercer viaje a los Estados Unidos suponía un esfuerzo que no podía afrontar. No deseaba alejarse de las tierras de Gales, de aquellos campos de maíz y manzanos, de rías trucheras y rompientes salpicados de albatros. No es extraño que, en medio de su desavenencia con la situación, perdiera el original de la obra, tal vez en un taxi o en uno de los bares londinenses en los que emprendía sus interminables noches etílicas. Finalmente Cleverdon, productor de la BBC, le entregó, en la misma Victoria Air Terminal, dos copias que él mismo había hecho. Incluso Londres, donde acudía a menudo huyendo de su esposa Caitlin Macnamara y del ambiente familiar, remachado por tres hijos, se le antojaba ahora un lugar inhóspito, tiznado por el hollín del que hablaba Blake. Ni la niebla podía mitigar los ásperos contornos del que sería su último y atolondrado año de vida.

 

Ciertamente, dejar su casa, conocida como Boathouse, en Laugharne —él había nacido en Swansea, en 1914, a unas dos horas—, suponía echarle un pulso —otro más— a su situación. Allí tenía un hogar al que, de manera inexplicable, llegaban treguas repentinas, una casa en la que ocultarse tras una sombra almenada de cervezas. Escribía en una caseta contigua, un viejo garaje de madera que habilitó al efecto. Al atardecer, en medio del paisaje de un estuario y de pequeños puentes, solía ir en busca de berberechos, un fruto fácil que la bajamar dejaba al albedrío de los lugareños y las gaviotas. Muchas veces la cena de los Thomas, y también el almuerzo, consistía en ese marisco. Y luego la noche, las conversaciones y socarronerías soltadas al vuelo en los mejores tratos con la barra del Brown’s Hotel, donde el alcohol y el juego de los dardos ocupaban el ánimo de ese hombre bajito que perjuraba en un mal galés. Porque, efectivamente, confesaba en una carta a Stephen Spender que desconocía la lengua de su querido Gales. La vuelta a casa, las más de las veces a cuatro patas, con toda la ebriedad posible, dejaba en poca cosa a los estibadores de Anglesey. Para no despertar al vecindario se descalzaba, no fuera que el sonoro zigzagueo delatara al hijo de David John Thomas, maestro de escuela. El eco de unos pasos sobre el empedrado es un efecto que aparece de manera repetida en su poesía, al igual que en Under Milk Wood. La obra de Dylan Thomas está llena de escondites y sonoridades.

 

Había prometido a Caitlin que durante su estancia americana moderaría sus costumbres, la responsabilidad ahora era mayor, pues allí le esperaba Igor Stravinski, con quien debía colaborar como libretista en una nueva ópera. La fama que precedía a Thomas era por lo menos singular, actor de un sinfín de episodios disparatados, hombre de hora intempestiva, emboscado en la violencia de su ingenio, frecuentador de personajes desdibujados, como el de la poetisa Anna Wickham, que dicen se ahorcó al enterarse de que había subido el precio del tabaco. Su visita a la casa del estirado Chaplin, en la que acabó orinando desde un luminoso patio con balaustrada para asombro de todos los invitados, entre los que se encontraban Thomas Mann y Katharine Hepburn, o la escena en la Universidad de Santa Bárbara, donde, después de una lectura poética, se bajó el pantalón para hacer sus necesidades en un seto del rectorado, corrieron como la pólvora. Los pequeños hurtos a sus amigos — transistores, relojes, marcos, bandejas de plata— dan fe del talante del que fuera uno de los poetas más dotados de su tiempo. Y eso que Dylan Thomas llegó a ganar bastante dinero en aquellos años de techo agrietado, de posguerra dura como el pan de racionamiento. Ocultaba a Caitlin las ganancias, que apuraba, y nunca mejor dicho, en unos vasos entrechocados con desconocidos. No una sino varias veces Caitlin tuvo que pedir dinero prestado a los vecinos para remediar la cena de sus hijos. En un artículo publicado en The Guardian el 2 de agosto de 1994, en el que se da noticia de la muerte de Caitlin en Sicilia, su autor Ellison habla «de una mujer heroica», cuyo espíritu «arrojado y tenaz» le permitió sortear los desmanes de su esposo. No es que su economía estuviera maltrecha, sencillamente no había economía. El dinero entraba y salía a una velocidad de vértigo tintineando en las cajas de los bares, como las monedas de Mog Edwards en la colina. Había trabajado como locutor y guionista en la BBC, donde era apreciado por su talento. En su haber, más de doscientas grabaciones para esta emisora y guiones, al menos cinco, destinados a unas películas producidas por Strand Films. La familiaridad con los estudios de grabación incentivaron sin duda la idea de este tejido de voces que sueñan bajo el cielo galés.

 

 

 

 

II

 

 

Under Milk Wood es, como ha quedado dicho, un guión radiofónico que Dylan Thomas escribió a lo largo de trece años. Pese a su lenta elaboración, no le dedicó el tiempo que la crítica, de modo algo exagerado, suele señalar. Largos intervalos, a veces de años, enlazan su escritura, al final precipitada por la insistencia de Cleverdon. Thomas se avino a finalizarlo con una cierta presura, entre otras cosas porque necesitaba dinero. Su estreno, si bien con el texto inacabado, había tenido lugar en una sala del Museo Fogg de la Universidad de Harvard el día 3 de mayo de 1953, precisamente cuando se cumplía su segunda gira americana. Thomas leyó en solitario todo el guión. Aunque Under Milk Wood transcurre en un escenario exterior, el del señalado pueblecito de Llareggub, es en realidad una obra llena de túneles por los que deambulan las vidas más extremas, un paisaje humano de fuerzas contrarias en el cual, a lo largo de una jornada de «atardecer pecador», Jack el Negro, el capitán Cat, Bessie la Cabezuda y muchos otros vecinos de ese trozo mágico de costa, sazonan su disparatada existencia con miradas aviesas y sueños escindidos. Es una creación de espirales interiores, de deseos, diálogos y figuras que pueblan una escenografía veteada de solanas y establos, de corrales y escolleras recostadas a despecho de las voces de los ahogados, de mesas de plato escaso y cielos graves. Es el mundo físico de A Winter’s Tale y de Poem on his Birthday.

 

El enigmático título de la obra responde, sin embargo, a un hecho: el «bosque lácteo» no es otro que el bosquecillo que hay en The Laques, desde donde se divisa el pueblo, y que era propiedad de Dickie Lewis, el encargado de llevar la leche a los Thomas. Es una clave más, una



 

 

 

 

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contraseña humorística, una chanza del guión que fuera titulado originariamente The Town That Was Mad (El pueblo que estaba loco). Al poco tiempo, su autor decidió otro título, Llareggub, a Piece for Radio Perhaps, y, como tal, fue publicado, al menos de forma parcial, en la revista Botteghe oscure (IX, 1952). El subtítulo indica que la idea original de Thomas fue convirtiéndose en una «obra para voces», o mejor dicho, en una personificación de voces. Sólo a la ampliación del manuscrito y antes de marchar hacia los Estados Unidos por tercera vez, adquirió la forma definitiva: Under Milk Wood, a Play for Voices.

 

Después de algunos ensayos junto a otros actores, impresionados por la vehemencia y la timbrada voz de Thomas, de la que dan testimonio las grabaciones conservadas —leyó las partes de la Primera voz y Eli Jenkins —, se presentó la nueva versión del guión en el Brinnin’s Poetry Centre de Nueva York el sábado 24 de octubre ante unas mil personas, a la que siguió una sesión dominical con igual número de asistentes. El cansancio, unido a una diabetes no diagnosticada y a los excesos y a su familiaridad con las madrugadas, forzaron a los pocos días su ingreso en el Hospital St. Vincent, donde entró en coma irreversible a causa de una neumonía. La administración de cortisona y morfina, se especula que en una dosis excesiva por parte del doctor Milton Feltenstein, resultó mortal para un cuerpo etílicamente saturado que ya no respondía. John Malcolm Brinnin —quien había organizado los viajes de Thomas a los Estados Unidos y publicado a la muerte de este un libro de éxito, Dylan Thomas in America, 1956— envió un telegrama a Caitlin informándole de la gravedad de la situación. Su biógrafo George Tremlett (Dylan Thomas, 1991; traducción española de 1996) lo cuenta así: «Aquel día, el 5 de noviembre, una unidad de radiodifusión exterior de la BBC se hallaba en Laugharne emitiendo un programa sobre el pueblo que contenía un fragmento, escrito y grabado por Thomas, en el que manifestaba su afecto por aquel lugar y sus gentes. Caitlin estaba sentada entre el público, escuchando el programa, cuando le entregaron el telegrama».

 

Los lectores de Thomas esperan encontrar en Under Milk Wood otro libro de poemas; sin embargo, no lo olvidemos, se trata de un guión radiofónico, todo él estrambótico, que pide otra suerte de lectura y también una percepción distinta. Under Milk Wood es la obra de un artesano, una página que le quita diezmos a la razón, un «drama o comedia para voces» lleno de cambios rítmicos y dramáticos, fracturas, superposiciones de



 

 

 

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planos e innumerables juegos léxicos y fonéticos, muchos de ellos humorísticos y tomados de los toscos habitantes de Laugharne.

 

La fuerza de tan llamativo guión reside en la amplia acumulación de registros que facilitan la coexistencia del lenguaje coloquial, obsceno a veces, con la expresión más puramente poética. En el discurso y caracterización de sus personajes encontramos más que tradición, evocación literaria, desde la personalidad del capitán Cat, no ajena a la del intrépido Ahab de Moby Dick, hasta la espontaneidad de Dickens, el claroscuro de Blake y la comicidad de la poesía burlesca medieval, sobre todo de Chaucer. También es primordial la obra de Edgar Lee Masters, Spoon River Anthology, que le facilitó en parte la nervadura onírica de su escrito, empezando por The Hill y siguiendo con el perfil de quienes la pueblan, Benjamin Pantier, Trainos el boticario, Zenas Witt y la inefabilidad de tantos otros. Sin embargo, hay una influencia determinante en Under Milk Wood que explica el desconcierto del lector y también su ulterior fascinación. En su edición publicada por J. M. Dent & Sons Ltd., en 1995, Walford Davies y Ralph Maud lo subrayan: la mecánica narrativa, las incursiones en el inconsciente, la hipérbole y la articulación del material, son una herencia del Ulysses de James Joyce, concretamente de «Circe». Sin su lectura son inexplicables muchos pasajes de esta creación, en la que no se asoman, como sucede en su poesía, las miradas de William Drummond y sobre todo de Thomas Traherne y Henry Vaughan. Y todo ello visto desde las vaguadas y atajos que roturan el «muslo del gigante blanco» (In the White Giant’s Thigh), acaso la colina de Llareggub. En la percepción de Thomas es significativo el desnivel orográfico, la contemplación desde lo alto de un monte o bien desde una planicie mirando hacia las cumbres. Es el trazo diagonal que busca la proporción humana que diría Jean Paris, la observación hecha declive. No hay acción sin una pendiente por la que ruedan las vidas.

 

 

 

 

III

 

 

Amigo de Thomas desde la infancia, el compositor Daniel Jones, autor de My Friend Dylan Thomas (1977), señalaba que la mejor lectura a la que asistió fue interpretada por actores con acento galés. Pensemos que la



 

 

 

 

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edición de Under Milk Wood preparada por Jones (J. M. Dent & Sons Ltd., Londres, 1954/1974) incluso contiene una tabla de «Notes on Pronunciation». Sólo así los guiños, los chistes, las inflexiones y las revueltas del lenguaje adquieren significación, imposibles de reproducir en una traducción. Hay que estar en la negruzca taberna portuaria o en la barra del Brown’s Hotel para comprender los chascarrillos y las idas y venidas de una lengua que en boca de los pescadores y los granjeros se vuelve turbulenta y mordaz. Las propias partituras de Jones, escritas para los poemas y canciones que aparecen en Under Milk Wood, reflejan la inmediatez del texto de Thomas, heredero del diálogo cortante y laberíntico de aquellas gentes cuyos hijos, afirma Tremlett, reconocen en el guión radiofónico a sus antecesores: «Ah, sí, el capitán Cat… Ese era Johnny Thomas, que vivía en Holloway. Por eso nosotros le llamamos Johnny Holloway. Johnny había estado en la mar, viajando por el mundo, y no paraba de contar historias. Dylan se pasaba las horas hablando con él

 

[…]     Butcher Beynon era en realidad Eyon el carnicero, que también poseía un local llamado The Butcher’s Arms, en St. Clears […] Y había una tal Rosie Probert, que perdió a su bebé en el riachuelo que pasa por debajo de Horsepool Road» (Ibid., pág. 276).

Jones, nacido en Pembroke, la ciudad en que pasó su infancia el estrafalario señor Waldo, dedicó la Sinfonía n.º 4 (1954) a la memoria de Thomas y se relacionó con Stravinski, quien, por cierto, había pedido a Auden años antes el libreto de The Rake’s Progress. Fue precisamente Auden quien le habló de Thomas por primera vez. Stravinski, entusiasmado luego con la poesía del galés, le propuso el proyecto operístico encargado por la Universidad de Boston: una escena de la Odisea cuyas arias debía escribir el poeta. Anton Craft recoge en Strawinsky Gespräche (1987) (traducción española de 1991) el siguiente testimonio: (habla Stravinski): «En cuanto lo vi, supe que era imposible no quererlo, era un hombre nervioso, que fumaba sin parar y se quejaba de fuertes dolores de gota […]. Me habló de Yeats, de quien dijo que era el mayor poeta lírico después de Shakespeare […]. Me prometió ir a verme tan pronto como pudiera […]. Le contesté el 25 de octubre a Nueva York pidiéndole que me dijese cuándo esperaba llegar a Hollywood. Aguardaba un telegrama suyo anunciando la hora de llegada de su avión. El 9 de noviembre llegó el telegrama. Decía que Dylan Thomas acababa de morir. Sólo pude echarme a llorar» (pág. 101).



 

 

 

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IV

 

 

La antigua idea de traducir y publicar Under Milk Wood responde al deseo de difundir una obra no del todo conocida entre nosotros. Por más que parezca una obviedad, se trata, ciertamente, de una obra para ser escuchada. No conviene olvidarlo. Como quiera que Thomas conocía bien la técnica radiofónica, en la que debe contemplarse una tendencia a la exageración de las palabras, a la exaltación de las situaciones y recargo de las características físicas de los personajes, a fin de que el oyente recomponga la escena en su mente, forzó las frases e hizo estallar por los aires la ilación narrativa. Por esta razón he incorporado ocasionales signos de admiración que no aparecen en el original, guiado por la escucha de la lectura de Richard Burton —que produjo Cleverdon en 1963, reeditada en 1995 por la misma BBC—, y recreado algunas canciones y alusiones burlescas con el propósito de adaptarlas al público español. Si se tiene en cuenta que Dylan Thomas hizo retoques para adecuarlos a la mentalidad de los oyentes estadounidenses, podemos suponer la distancia de significados insalvable entre dos lenguas tan distintas como la inglesa y la española. Pese a tratarse de una obra inacabada, y que de haber vivido unos años más Thomas habría añadido y quitado el suficiente material como para redondearla, la deslumbrante visión del transcurrir humano en un pueblecito nos lleva a la literatura, es decir, a lo imprevisible.

 

Sólo me queda agradecer a la galesa Rebecca Warden que haya atendido estoicamente mis reiteradas dudas. Y no puedo olvidar la generosidad de Laia Salvat, que me trajo desde Irlanda unas partituras de Daniel Jones llenas de árboles lácteos. También el afecto para Juan Gabriel López Guix, con quien se inició este proyecto, y que los desórdenes de la vida, tan sinuosos y de caminos escondidos como los de la obra de Thomas, no han permitido culminarlo juntos. Finalmente, recordar que la primera emisión del guión en la BBC tuvo lugar el 25 de enero de 1954, dos meses después de la muerte del poeta.

 

RAMÓN ANDRÉS



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Bajo el bosque lácteo



 

 

Comedia para voces



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Llareggub, según un apunte de Dylan Thomas



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Nota sobre el texto

 

 

 

La presente traducción sigue los criterios establecidos por Walford Davies y Ralph Maud en su edición de Under Milk Wood, en la que las voces primera y segunda se funden en una única voz, expresada como «Primera voz» al inicio de la obra, con una tipografía que se distingue de la correspondiente a las partes de los personajes que intervienen. El propósito de este cambio no es otro que facilitar la lectura, y debe tenerse en cuenta que en ningún momento afecta a lo que Dylan Thomas escribió. Asimismo, para marcar la entrada de la «Segunda voz», en principio pensada como relevo de la principal, un cambio que obedecía a lo que el poeta quería matizar o modular del escrito, se ha decidido bajar un espacio.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Personajes por orden de aparición

 

 

 

La mayor parte de los nombres de los personajes de Under Milk Wood encierran un juego, un doble sentido, una pirueta burlona. Aunque no aconsejable en todos los casos, se han traducido aquí algunos que sí adquieren un sentido en español, en especial los que corresponden a un oficio o profesión, usual en los apellidos británicos, y también los que hacen referencia a una característica del protagonista o a su lugar de procedencia. Así, Nogood Boyo es Boyo el Simple, ya que Nogood, traducido como «tonto» o «inútil», recuerda el sentido de «muchacho que no es bueno». Gossamer Beynon es Liviana Beynon, pues Gossamer significa «frívola», «ligera», mientras que Lily Smalls es Lily Calzas: Smalls es un término arcaizante que designa la ropa interior o los calzones. Lord Cut-Glass, literalmente «Lord Cristal tallado», se ha traducido como Lord Cristalfino por ser más eufónico y por conservar también el sentido —irónico en este caso— de refinamiento. Algo similar sucede con Dai Bread, que si bien equivale a Dai Pan se ha cambiado aquí por Dai Panecillos, ya que Dai Pan recuerda a oídos de un español un nombre de sonido oriental. Organ Morgan posee un doble significado, tanto el del instrumento musical como el de un órgano físico, lo que sirve a Thomas para bromear. Por otra parte, Ocky Milkman, Butcher Beynon, Jack Black, Evans the Death y Bessie Bighead, son, respectivamente, Ocky el Lechero, Beynon el Carnicero, Jack el Negro, Evans el Muerto y Bessie la Cabezuda. La opción de no traducir el nombre del capitán Cat —capitán Gato— viene de la ambigüedad que el autor otorga a dicho apelativo, ya que puede tratarse de un apellido o de un apodo. Tampoco se han traducido los nombres de Polly Garter —Garter es un apellido común, pero también significa «ligas»— y Willy Nilly, una expresión que significa «de buen o mal grado».

 

PRIMERA VOZ



 

 

 

 

 

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SEGUNDA VOZ

 

AHOGADO PRIMERO

 

CAPITÁN CAT

 

AHOGADO SEGUNDO

 

VOZ DE MUCHACHA

 

AHOGADO TERCERO

 

AHOGADO CUARTO

 

AHOGADO QUINTO

 

SEÑOR EDWARDS [MOG EDWARDS]

 

SEÑORITA PRICE [MYFANWY PRICE]

 

JACK EL NEGRO

 

MADRE

 

NIÑO

 

ESPOSA

 

SEÑOR WALDO [BLODWEN BOWEN]

 

VECINA PRIMERA

 

VECINA SEGUNDA

 

VECINA TERCERA

 

VECINA CUARTA

 

OTRA MADRE

 

NIÑA

 

MUJER PRIMERA

 

SACERDOTE

 

MUJER SEGUNDA

 

MUJER TERCERA

 

MUJER CUARTA

 

MUJER QUINTA

 

SEÑORA OGMORE-PRITCHARD

 

SEÑOR OGMORE

 

SEÑOR PRITCHARD

 

LIVIANA BEYNON [SEÑORA BEYNON]

 

ORGAN MORGAN

 

UTAH WATKINS

 

SEÑORA UTAH WATKINS



 

 

 

 

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OCKY EL LECHERO

 

UNA VOZ

 

LILY CALZAS

 

SEÑORA CABAÑA DEL ROSAL [MAE DE LA ROSALEDA]

 

BEYNON EL CARNICERO

 

REVERENDO ELI JENKINS

 

SEÑOR PUGH

 

MARY ANN LA MARINERA

 

DAI PANECILLOS

 

POLLY GARTER

 

BOYO EL SIMPLE

 

LORD CRISTALFINO

 

VOZ DE UNA GUÍA TURÍSTICA

 

SEÑORA PUGH

 

SEÑORA DAI PANECILLOS UNO

 

SEÑORA DAI PANECILLOS DOS

 

WILLY NILLY

 

SEÑORA CHERRY OWEN [CHERRY OWEN]

 

CHERRY OWEN

 

SIMBAD [SIMBAD EL MARINO]

 

ANCIANO

 

SEÑORA ORGAN MORGAN

 

EVANS EL MUERTO

 

PESCADOR

 

SEÑORA WALDO

 

VOCES DE NIÑOS

 

VOCES DE NIÑAS

 

NIÑO PRIMERO

 

NIÑO SEGUNDO

 

NIÑO TERCERO

 

ROSIE PROBERT

 

BESSIE LA CABEZUDA

 

PRIMER BEBEDOR

 

SEGUNDO BEBEDOR



 

 

 

 

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[Silencio]

 

PRIMERA VOZ [En voz baja]

Para empezar por el principio[1]:

Es una noche de primavera, sin luna, sin estrellas, negra como una Biblia en las silenciosas calles empedradas del pueblo, en el bosque que va encorvado de galanes y conejos, que cojea hasta perderse en la hondonada, camino de un mar negroendrino, corvinegro, lentinegro, que columpia barcas pesqueras. Las casas, ciegas como topos (aunque esta noche los topos ven mejor que nunca en los hocicudos sotos de terciopelo), o ciegas como el capitán Cat, allá, en la plazuela escondida como un embozado, junto a la bomba de agua y la torre del reloj, en este sitio de tiendas que, cuando están cerradas, llevan luto; en el ambulatorio envuelto con velos de viuda. Y toda la gente del pueblecito, arrullado y apaciguado hasta enmudecer, duerme.

 

Silencio, duermen los niños, los granjeros, los pescadores, los tenderos y los jubilados, el remendón, el maestro, el cartero, el tabernero y el dueño de la funeraria, duermen la mujer fácil, el borracho, la modista, el reverendo, el policía, las vendedoras de berberechos con andares de pato, las pulcras esposas. Las muchachas reposan blandas en el lecho, se deslizan sueño abajo por entre ajuares y su anillo de prometida, con himeneos de luciérnagas entre los acordes de un órgano que tañe un bosque bajo sus naves. Los muchachos sueñan que hacen sus trastadas, sueñan los corcoveos de los ranchos de la noche. Sueñan un mar negriabanderado de piratas. Y en los prados dormitan las estatuas de caballos de antracita, las vacas se adormilan en los establos, y los perros en los patios de hocico húmedo se enroscan en su sueño. Los gatos reposan en insospechados rincones o cruzan furtivos, ágiles, cautos, la sola nube de tejados.

 

Puedes oír posarse el rocío, cómo respira el pueblo silencioso. Sólo tus ojos están abiertos para verlo, negro y recogido, quieto,

 

lento, respirando hondo.



 

 

 

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Y tú, a solas, puedes oír también la caída invisible de las estrellas, el devaneo de la oscuridad que va a dar paso al alba, salpicada de un relente que apenas roza el encrespado mar negruzco, grávido de argentados peces, donde la «Aretusa», la «Zarapito», la «Alondra», la «Zanzíbar», la «Rhiannon», la «Errante», la «Cormorán» y la «Estrella de Gales» se mecen y navegan.

 

Escucha[2]. Es la noche que callejea, es la procesión del viento salino, su música lenta por la calle de la Coronación y el callejón de las Conchas. Es la hierba que crece en la colina de Llareggub, la caída de las estrellas y el rocío, el sueño de los pájaros en el bosque lácteo.

 

Escucha. Es la noche en la gélida capilla ovillada que canta himnos con bonete, lleva unos broches y viste de muselina negra, pajarita y botas lustradas con lazada, que tose como una cabra al relamer caramelos de menta, cabeceando aleluyas. Noche en la cervecería, callada como en una partida de dominó; noche como una rata sigilosa que se ha puesto guantes en los desvanes de Ocky el Lechero; noche en la panadería de Dai Panecillos, por donde revolotean sus sombras como harina negra. Es la noche en la cuesta del Burro, que trota silente con algas en los cascos, corretea por los empedrados de moluscos, frente a la cortina que desdibuja la maceta de helecho, un libro y chucherías de cristal, armonio, hornacina, acuarelas de aficionado, de las que están hechas en casa, perrito de porcelana y cajita rosada de té. Es la noche, que se arrebuja como un pollino en el cuarto de los niños.

 

Mira, es la noche que se abraza majestuosa y muda a los cerezos de la calle de la Coronación y atraviesa el cementerio de Bethesda, noche en el viento apocado, que usa guantes y se sacude el rocío mientras da tumbos frente a la taberna Blasón de los Marinos.

El tiempo pasa. Escucha. El tiempo pasa.

 

Acércate, acércate más.

 

Sólo tú puedes oír cómo duermen las casas en las calles de la lenta, profunda, salobre, callada tiniebla de vendaje nocturno. Sólo tú puedes ver, en los dormitorios de postigo entrecerrado, la ropa interior y las enaguas reposar en las sillas, las jarras y los aguamaniles, las dentaduras postizas hundidas en los vasos, las Tablas de la Ley colgadas en la pared, las amarillentas fotografías de unos difuntos que



 

 

 

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todavía aguardan a que salga el pajarito. Sólo tú puedes oír y contemplar, tras los ojos de cuantos duermen, los giros y los países, los laberintos, los colores, los duelos, los arcoíris y las melodías, los vuelos y los deseos, las caídas, las desazones y la vastedad de los mares de sus sueños.

 

Desde donde estás, puedes oír sus sueños.

 

El capitán Cat, el ciego marino que ya no se hace a la mar, que duerme en una botella en forma de barco, ahí, metido en la litera del mejor camarote de su casa, Villa Goleta, adornada con caracolas y paredes revocadas de conchas, sueña los mares como ninguno de los que inundaron la cubierta de su barco, el «Kidwelly», y ahora son tan sólo un bufido en las sábanas, viscosas de medusas; lo arrastran hacia la hondura salada de unas abisales tinieblas[3], tras el empapelado verde del fondo marino, donde los peces lo mordisquean, lo rebañan hasta los huesos, mientras los que yacen ahogados desde hace ya tanto tiempo se le acercan y aplastan la nariz contra su cuerpo…

 

AHOGADO PRIMERO

 

¿Se acuerda de mí, capitán?

 

 

CAPITÁN CAT

 

¡Eres Williams, el danzarín!

 

 

AHOGADO PRIMERO

 

Perdí el compás en Nantucket[4].

 

AHOGADO SEGUNDO

 

¡Eh, capitán! ¿Ve esos huesos blancos que le hablan? Soy Tom-Fred, el fogonero… Una vez compartimos una chica, se llamaba señorita Probert…

 

VOZ DE MUJER

 

Rosie Probert, callejuela del Pato, 33. Venga, podéis subir. Estoy muerta.

 

AHOGADO TERCERO



 

 

 

 

 

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Capitán, oiga, soy Jonah Jarvis, ¡ah!, cuánto me divertí, ¡aunque bien lo pagué! ¡Acabé mal!

 

AHOGADO CUARTO

 

Alfred Pomeroy Jones, leguleyo de los mares, nacido en Mumbles, todo el cuerpo tatuado de sirenas, que cantaba igual que un ruiseñor. Empapado de alcohol como una esponja, le aticé un jarrazo en medio de la cabeza… Morí lleno de ampollas…

 

AHOGADO PRIMERO

 

Este cráneo que le habla al oído es

 

 

AHOGADO QUINTO

 

Bevan el Rizos. Dígale a mi tía que fui yo quien empeñó el reloj chapado de bronce…

 

CAPITÁN CAT

 

¡De acuerdo, de acuerdo, Rizos, lo haré!

 

 

AHOGADO SEGUNDO

 

Dígale a mi parienta que no, que yo nunca

 

 

AHOGADO TERCERO

 

nunca hice tal cosa…

 

 

AHOGADO CUARTO

 

Sí que lo hizo, ¡sí!

 

 

AHOGADO QUINTO

 

¿Y ahora, quién le llevará cocos, chales y loros a mi Gwen?

 

 

AHOGADO PRIMERO

 

¿Qué tal va por ahí arriba?

 

 

AHOGADO SEGUNDO

 

¿Hay ron y pan de algas?

 

 

AHOGADO TERCERO



 

 

 

 

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¿Tetas prietas como petirrojos?

 

 

AHOGADO CUARTO

 

¿Concertinas?

 

 

AHOGADO QUINTO

 

¿La campana de Ebenezer?[5]

 

AHOGADO PRIMERO

 

¿Jarana y cebollas?

 

 

AHOGADO SEGUNDO

 

¿Y gorriones y margaritas?

 

 

AHOGADO TERCERO

 

¿Hay pescado en conserva?

 

 

AHOGADO CUARTO

 

¿Manteca y podencos?

 

 

AHOGADO QUINTO

 

¿Canciones de cuna?

 

 

AHOGADO PRIMERO

 

¿Ropa tendida en los cabos?

 

 

AHOGADO SEGUNDO

 

Y las chicas de siempre, ¿siguen en la barra?

 

 

AHOGADO TERCERO

 

¿Cómo van las cosas por Dowlais?

 

 

AHOGADO CUARTO

 

¿Y quién ordeña las vacas en Maesgwyn?

 

 

AHOGADO QUINTO

 

¿Se le hacen hoyuelos cuando sonríe?



 

 

 

 

 

 

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AHOGADO PRIMERO

 

¿Qué aroma tiene el perejil?

 

 

CAPITÁN CAT

 

¡Oh, mis queridos muertos!

 

Desde donde estáis podéis oír en esta noche de primavera sin luna, en el callejón de las Conchas, a la señorita Price, modista y confitera, que sueña con su amante, alto como la torre del reloj, Sansón con melena de jarabe amarillo, de hercúleos muslos, ardiente voz, que ha tomado del bajo de los truenos, y pecho de percebe, que abate con los ojos de soplete a los moluscos y va a abrazarla en la soledad con su cuerpo de bolsa de agua caliente…

 

SEÑOR EDWARDS

 

¡Myfanwy Price!

 

 

SEÑORITA PRICE

 

¡Señor Mog Edwards!

 

 

SEÑOR EDWARDS

 

Soy un vendedor de paños loco de amor. Te amo más que a toda la franela y calicó, que a todo el pabilo, cotonada, paño y merino, cretona, crespón, muselina, popelín, terliz y sarga que pueda haber en la Gran Pañería del mundo. He venido a llevarte a mi Emporio, allí, en la colina, donde el cambio de las monedas tintinea en los alambres. Tira de una vez tus chinelitas y la chaquetilla de lana galesa, que yo calentaré las sábanas con una tostadora eléctrica y me tenderé a tu lado como si fuera el asado del domingo…

 

SEÑORITA PRICE

 

Y yo tejeré una bolsa azul nomeolvides para que el dinerito esté cómodo. Y calentaré tu corazón junto al fuego para que lo arropes bajo la camiseta cuando la tienda esté cerrada…

 

SEÑOR EDWARDS

 

Myfanwy, Myfanwy, antes de que los ratones apuren hasta el último cajón de tus prendas, dirás



 

 

 

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SEÑORITA PRICE

 

sí, Mog, sí, Mog, sí, sí, sí…[6]

 

SEÑOR EDWARDS

 

Y todas las campanillas de las cajas registradoras del pueblo tañerán por nuestra boda.

 

[Sonido de cajas registradoras y campanas de iglesia]

 

Ven, cruza la penumbra ahora, sube por la calle como ese oscuro mar que te empuja a la noche cerrada, que ondea como las aguas, ve hacia la buhardilla irrespirable de negrura bíblica que cubre el taller de Jack el Negro, el remendón, donde duerme ferozmente solo. Jack el Negro, que está metido en un camisón cogido a los tobillos con gomas, sueña que va a la caza de libertinas parejas por la ancha cama del bosque de hierba lleno de renuevos y agrazón; sueña que da patadas a los borrachos que están en el suelo, entre saliva y serrín; sueña que echa de los bailes de poca monta a las chicas descaradas y desnudas de sus pesadillas…

 

JACK EL NEGRO [En voz alta]

¡Ah, qué asco![7]

 

¡Ah, qué asco!

 

Evans el Muerto, el enterrador,

 

 

EVANS EL MUERTO

 

ríe a carcajadas en el interior de su sueño, retuerce los dedos de los pies cuando ve, en su despertar de hace cincuenta años, espesarse la nieve en el corral de los gansos, detrás de la casa soñolienta. Y sale corriendo hacia el prado donde su madre prepara un pastel galés en la nieve, y va, y al poco le roba al vuelo un puñado de copos y pasas para volver a la cama a comérselos fríos, bajo las tibias sábanas, mientras la madre trajina y danza en su blanca cocina mientras perjura por la pillería.

 

Y en la cabañita de ojos rosa, al lado de la que tiene el enterrador, duermen, solos, los cien afables y roncadores kilos del señor Waldo,



 

 

 

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cazaconejos, barbero, herbolario, médico de gatos y curandero, manos regordetas y rosadas las suyas, vueltas hacia arriba, sobre el edredón remendado. Sus botas negras, relucientes, están puestas con cuidado en la palangana, el sombrero de hongo colgado de un clavo sobre la cama, una jarra de leche espesa, una tostada fría de mermelada bajo su almohada; y, sudado en la oscuridad, sueña…

 

MADRE

 

Un cerdito encontró una trufa,

 

otro la cocinó,

 

otro le puso sal,

 

otro la sirvió,

 

¡y el pequeño se la comió!

 

NIÑO

 

gro gro gro gro gro

 

 

MADRE

 

camino de su casa.

 

ESPOSA [Gritando]

 

¡Waldo! ¡Waldooo!

 

 

SEÑOR WALDO

 

¿Sí, Blodwen, amor?

 

 

ESPOSA

 

Oh, qué dirán los vecinos, qué dirán…

 

 

VECINA PRIMERA

 

¡Pobre señora Waldo!

 

 

VECINA SEGUNDA

 

¡Lo que tiene que aguantar!

 

 

VECINA PRIMERA

 

No tendría que haberse casado



 

 

 

 

 

 

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VECINA SEGUNDA

 

si no se hubiera visto obligada…

 

 

VECINA PRIMERA

 

Ya le ocurrió a su madre.

 

 

VECINA SEGUNDA

 

¡Vaya un marido!

 

 

VECINA PRIMERA

 

Malo como su padre

 

 

VECINA SEGUNDA

 

Ya sabe dónde acabó

 

 

VECINA PRIMERA

 

En el manicomio

 

 

VECINA SEGUNDA

 

Llamando a gritos a su madre.

 

 

VECINA PRIMERA

 

Todos los sábados

 

 

VECINA SEGUNDA

 

¡Le falta un tornillo!

 

 

VECINA PRIMERA

 

Y dale y dale y dale

 

 

VECINA SEGUNDA

 

Con esa Beattie Morris

 

 

VECINA PRIMERA

 

Allí, arriba en la cantera

 

 

VECINA SEGUNDA

 

¡Ya ha visto al crío!



 

 

 

 

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VECINA PRIMERA

 

La nariz igualita que su padre.

 

 

VECINA SEGUNDA

 

¡Ah, me parte el corazón!

 

 

VECINA PRIMERA

 

Qué no hará por beber

 

 

VECINA SEGUNDA

 

Se vendió la pianola

 

 

VECINA PRIMERA

 

Y la máquina de coser

 

 

VECINA SEGUNDA

 

¡Cayéndose por las cunetas!

 

 

VECINA PRIMERA

 

Hablaba con las farolas

 

 

VECINA SEGUNDA

 

¡Y con qué lenguaje!

 

 

VECINA PRIMERA

 

¡Cantaba sentado en el retrete!

 

 

VECINA SEGUNDA

 

Pobre señora Waldo.

 

ESPOSA [Lloriqueando]

 

¡Oh, Waldo, Waldo!

 

 

SEÑOR WALDO

 

Calla, amor, calla… no digas nada, que ahora soy el viudo Waldo

 

MADRE [Chillando]

 

¡Waldo, Waldooo!



 

 

 

 

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NIÑO

 

¿Sí, mamita?

 

 

MADRE

 

Oh, qué dirán los vecinos, qué dirán…

 

 

VECINA TERCERA

 

Negro como una chimenea

 

 

VECINA CUARTA

 

Llamando a los timbres

 

 

VECINA TERCERA

 

Rompiendo los cristales de las ventanas

 

 

VECINA CUARTA

 

¡Haciendo tortitas en el barro!

 

 

VECINA TERCERA

 

Robando grosellas

 

 

VECINA CUARTA

 

Rayando las paredes, ¡bah!

 

 

VECINA TERCERA

 

Lo vi detrás de los matojos

 

 

VECINA CUARTA

 

con besuqueos

 

 

VECINA TERCERA

 

Mándelo sin cenar a la cama

 

 

VECINA CUARTA

 

¡Hay que darle un purgante y encerrarlo en el cuarto oscuro!

 

 

VECINA TERCERA

 

¡Al reformatorio!



 

 

 

 

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VECINA CUARTA

 

¡Al reformatorio!

 

VECINAS [Juntas]

 

¡Y darle con una zapatilla en el culo!

 

OTRA MADRE [Chillando]

 

¡Waldo, Waldooo! ¿Qué estás haciendo con nuestra Matti?

 

 

NIÑO

 

Dame un beso, Matti Richards.

 

 

NIÑA

 

Pues dame un penique.

 

 

SEÑOR WALDO

 

Sólo tengo medio.

 

 

MUJER PRIMERA

 

Mis labios valen un penique…

 

 

REVERENDO

 

¿Quieres a Matti Richards

 

 

MUJER SEGUNDA

 

Dulcie Prothero

 

 

MUJER TERCERA

 

Effie Bevan

 

 

MUJER CUARTA

 

Lil Tarrodecola

 

 

MUJER QUINTA

 

Señora Flusher

 

 

ESPOSA

 

Blodwen Bowen



 

 

 

 

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SACERDOTE

 

por horrible esposa en la adversidad?

 

NIÑO [Chillando]

 

¡No, no, no!

 

Ahora, dentro del camisón de crinolina blanco como un iceberg, santamente blanqueada, bajo las castas sábanas árticas, en su refrotada y primorosa habitación, desafiando al polvo, en la peripuesta e impoluta Vista Bahía, pensión situada en lo alto del pueblo, la señora Ogmore-Pritchard (viuda dos veces, del señor Ogmore, hecho puro linóleo, jubilado, y del señor Pritchard, frustrado corredor de apuestas, a los cuales los barridos, los fregados, el estropajo, el zumbido de la aspiradora y el espeso olor de la cera volvió locos, y por eso, qué ironía, engulleron el desinfectante) se agita en su dormir enjuagado, y entre sueños pega un codazo en las costillas del difunto señor Ogmore, y otro más en las del difunto señor Pritchard, acostados como fantasmas, uno a su derecha, otro a su izquierda.

 

SEÑORA OGMORE-PRITCHARD

 

¡Señor Ogmore!

 

¡Señor Pritchard!

 

Es la hora de inhalar el bálsamo.

 

SEÑOR OGMORE

 

¡Oh, señora Ogmore!

 

 

SEÑOR PRITCHARD

 

¡Oh, señora Pritchard!

 

 

SEÑORA OGMORE-PRITCHARD

 

Pronto será la hora de levantarse.

 

¡A ver, las tareas de hoy, decidlas en orden!

 

SEÑOR OGMORE

 

Tengo que guardar el pijama en el cajón que pone «pijamas».



 

 

 

 

 

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SEÑOR PRITCHARD

 

Y yo, tomar un baño frío, que me sienta bien.

 

 

SEÑOR OGMORE

 

Y yo, ponerme la faja de franela, por esas cosas de la ciática.

 

 

SEÑOR PRITCHARD

 

Y yo, vestirme tras la cortina y luego atarme el delantal.

 

 

SEÑOR OGMORE

 

Y yo, sonarme las narices.

 

 

SEÑORA OGMORE-PRITCHARD

 

En el jardín, por favor.

 

 

SEÑOR OGMORE

 

Con un papelito fino, que luego echaré al fuego.

 

 

SEÑOR PRITCHARD

 

Y tomaré las sales, que entonan el cuerpo.

 

 

SEÑOR OGMORE

 

Hervir el agua para matar todos los microbios.

 

 

SEÑOR PRITCHARD

 

Y yo prepararme una infusión, que no lleve tanino.

 

 

SEÑOR OGMORE

 

Y tomar una galleta de carbón, que me hace bien[8].

 

SEÑOR PRITCHARD

 

Y fumar una pipa con hierbas mezcladas para el asma.

 

 

SEÑORA OGMORE-PRITCHARD

 

¡Pero que sea en la leñera, por favor!

 

 

SEÑOR PRITCHARD

 

Y quitar el polvo del salón y fumigar el canario.



 

 

 

 

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SEÑOR OGMORE

 

Ponerme los guantes de goma y espulgar al pequinés.

 

 

SEÑOR PRITCHARD

 

Y yo, quitar el polvo de las persianas y luego subirlas.

 

 

SEÑORA OGMORE-PRITCHARD

 

Antes de que entre, cuida que el sol se limpie las suelas de los zapatos.

 

En casa de Beynon, el carnicero, su hija Liviana Beynon, maestrilla de escuela, en su más profundo dormir, sueña que huronea suavemente bajo un montón de plumas de pollo, en un matadero en el que hay cortinajes de indiana y tres habitaciones. Descubre, sin atisbo de asombro, a un desaliñado hombrecillo de coleta reseca que le guiña el ojo insinuante desde una saca de papel.

 

ORGAN MORGAN

 

¡Socorro!

 

Grita en su sueño Organ Morgan, el organista,

 

¡Qué alborozo, qué de música hay en la calle de la Coronación! ¡Las mujeres han echado a graznar como gansos y los niños cantan ópera! El policía Atilla Rees se ha puesto a cantar llevando el compás con la porra, junto a la bomba de agua. ¡Oh! las vacas del Prado Dominical campanillean como un tirar de renos, y en la azotea de Villa Händel las damas de la caridad danzan en su vuelo de enaguas a la luz de la luna.

 

LIVIANA BEYNON

 

¡Al fin, amor mío!

 

[Suspira Liviana Beynon. Y la cola, ruda, rojiza, se menea]

 

Al otro lado del pueblo, junto al mar, el señor y la señora Floyd, los vendedores de berberechos, duermen silenciosos como la muerte, desdentados, con arrugas, apretados, salados y tiznados como dos viejos y ahumados arenques enlatados.



 

 

 

 

 

 

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Y todavía más alejado, allá, donde la Granja del Lago Salado[9], el señor Utah Watkins pasa la noche contando unos corderos que saltan sonrientes los vallados de la colina. Tienen el rostro de su mujer, ovejillas que hacen calceta y balan tal cual lo hace la señora Utah Watkins.

 

UTAH WATKINS [Bostezando]

 

Treinta y cuatro, treinta y cinco, treinta y seis, cuarenta y ocho, ochenta y nueve…

 

SEÑORA UTAH WATKINS [Balando]

 

Punto del derecho,

 

dos del revés,

 

me lo salto…

 

Ocky el Lechero, dormido como si se hubiera ahogado en el callejón de las Conchas, vacía sus lecheras en el río Dawi,

 

OCKY EL LECHERO [Susurrando]

 

sin reparar en gastos,

 

y solloza como un funeral.

 

Cherry Owen, el de la casa de al lado, acerca a sus labios una jarra de la que no sale nada. La agita. Se convierte en un pez… se lo bebe.

 

El policía Atilla Rees

 

ATILLA REES

 

cae de la cama hecho un nudo, quieto en la oscuridad, resoplando todavía su sirena entre la niebla. Busca el casco bajo la cama, lo arrastra despacio; pero desde lo hondo de la celda de su sueño una voz, mezquina, bisbisea,

 

UNA VOZ [Murmurando]

 

mañana te arrepentirás de esto,

 

 

ATILLA REES

 

y se encarama de nuevo al lecho.



 

 

 

 

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[Su casco orinal chorrea, retumba en la oscuridad.]

 

Willy Nilly, el cartero, dormido calle arriba, recorre catorce millas para entregar las cartas como hace todos los días de la noche, y ¡toc! ¡toc!, llama recio y seco a la puerta de la señora Willy Nilly.

 

SEÑORA WILLY NILLY

 

¡Por favor, no me pegue, señor maestro!

 

solloza la esposa a su lado. Aunque cada noche de su vida conyugal ha llegado tarde a la escuela…

 

Y, apostado en la barra de la taberna «Brazos tatuados», Simbad el Marino abraza su almohada húmeda de secreto nombre: Liviana Beynon.

 

Un ricachón agarra a Lily Calzas en el lavadero.

 

LILY CALZAS

 

¡Oh, viejo ricachón!

 

Mae, la hija mayor de la señora Cabaña del Rosal, monda su propia piel rosiblanca ante un fogón, dentro de una torreta que está en el interior de una cueva, bajo un salto de agua, en un bosque en el que aguarda, pelada como una cebolla, a que el señor Right, como una trucha reluciente, salte por entre el ardiente y hueco chapoteo de hojarasca.

 

MAE DE LA ROSALEDA [Acercándose mucho, con voz suave, alargando las

 

palabras]

 

Llámame Dolores,

 

como en los cuentos.

 

Sola hasta la muerte, Bessie la Cabezuda, nacida en el hospicio, sirvienta, oliendo siempre a establo, suelta ronquidos de notas graves y desabridas sobre el suelo pajizo de uno de los cobertizos de la Granja del Lago Salado. En sus sueños prepara un ramillete de margaritas en el Prado del Domingo para depositarlo en la tumba de Gomer Owen, que una vez la besó junto a la pocilga cuando estaba



 

 

 

 

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distraída. Nunca le volvió a dar otro beso, pero ella, por más que se hiciera la olvidadiza, lo esperaba.

 

Mientras, los inspectores de la Sociedad Protectora de Animales descienden hasta el sueño de la señora de Beynon el Carnicero para perseguirlo por vender

 

BEYNON EL CARNICERO

 

carne de búho, ojos de perro, filete humano.

 

El señor Beynon, con su mandil ensangrentado, baja ligero por la calle de la Coronación. Lleva un dedo que no es suyo en la boca. Cariacontecido y con dormir astuto, burla sus sueños y

 

BEYNON EL CARNICERO

 

a lomos de un cerdo va cazando menudillos de aves salvajes.

 

ORGAN MORGAN [Con voz aguda y suave]

 

¡Socorro!

 

LIVIANA BEYNON [Suavemente]

 

¡Zorrito amado!

 

Ahora, detrás de los ojos y los secretos de cuantos sueñan por las callejuelas, que el mar arrulla hasta dormirlas, mira las golosinas y las chucherías, los corchos y los botones brillantes, las bolsas, los huesos, las cenizas y las cáscaras, la caspa y los trozos de uña, la saliva, los copos de nieve y las plumas caídas de los sueños, los naufragios y los arenques y las conchas y las raspas, el aceite de ballena y la luz de luna y los pececillos salados que nos ofrece en un plato el mar que se ha ocultado…

 

Los búhos van de cacería. Mira, mírala bien, ululante, sobrevolando las lápidas de Bethesda, una de esas aves se abate y da alcance a un ratón que está en la losa donde se lee: «Hannah Rees, amada esposa». Y en la calle de la Coronación, que sólo tú puedes ver cuán cerrada es la oscura bóveda celeste de su capilla, el reverendo Eli Jenkins, poeta, predicador, se da la vuelta en lo más hondo de su sueño, camino del alba, y sueña con



 

 

 

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REVERENDO ELI JENKINS

 

el concurso de los juegos florales[10].

 

Toda la noche, metido en su harapiento camisón de druida, al tañido de la lira y el caramillo[11], inventa enmarañadas rimas entre las cervezas de un tabernucho ennegrecido de clérigos.

 

El señor Pugh, director de la escuela, sumergido a muchas brazas de sueño, finge estar dormido, fisga zorruno bajo el gorro de dormir, y

 

SEÑOR PUGH

 

¡Pssst!

 

[silba]

 

Asesinato.

 

La señora Organ Morgan, que tiene una tienda de ultramarinos, enroscada y gris como un lirón, recogidas las patas sobre las orejas, conjura

 

SEÑORA ORGAN MORGAN

 

Silencio.

 

Duerme plácida en una bahía de lana, y a su lado el trompiestridente Organ Morgan no ronca más fuerte que una araña.

 

Mary Ann la Marinera sueña

 

 

MARY ANN LA MARINERA

 

el Jardín del Edén.

 

Viene con sus zuecos y su blusón de trabajo

 

 

MARY ANN LA MARINERA

 

de la cocina embaldosada, reluciente, de muro blanco en el que cuelgan los dibujos de la catequesis dominical y el calendario del labrador. Clavados en el techo, los garfios ensartan unas lonchas de tocino. Desciende acompasada por los senderos de conchas de



 

 

 

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berberechos hacia al huerto, que tiene la forma de pastel de manzana, e inclina el cuello bajo la ropa tendida, el delantal enzarzándose en la negra grosella al pasar por entre las hileras de alubias, de cebollas, de tomates que maduran cerca del muro. Al llegar junto a un anciano que toca el armonio, se sienta a su lado, sobre la hierba, y allí desgrana guisantes que se amontonan lentos en su falda, que peina el rocío.

 

En la cuesta del Burro, recubierta por las pieles de los sueños, Dai Panecillos, Polly Garter, Boyo el Simple y Lord Cristalfino suspiran antes de que asome el alba, y sueñan

 

DAI PANECILLOS

 

Harenes.

 

 

POLLY GARTER

 

Niños.

 

 

BOYO EL SIMPLE

 

Nada.

 

 

LORD CRISTALFINO

 

Clin clin, clin clin, clin clin, clin clin.

 

El tiempo pasa. Escucha. El tiempo pasa.

 

Un búho regresa a su hogar sobre Bethesda, más allá, vuelve a la capilla de su agujero en el roble[12].

 

El amanecer, trecho a trecho, se avecina.

 

[Un tañido de campana a lo lejos, suena muy débil]

 

Detén el paso en la colina, quédate en ella. Es la colina de Llareggub, antigua como todas las lomas, alta, fresca, verde. Desde su pequeño cerco de piedras, no hecho por los druidas sino por Billy, el de la señora Beynon, puedes contemplar el pueblo, ver cómo duerme a pie de aurora.

 

Puedes oír retozar a las torcaces lastimeras en el lecho. Un perro ladra dormido, pasados los corrales. El pueblo se riza como un lago entre las neblinas que despiertan.



 

 

 

 

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VOZ DE UNA GUÍA TURÍSTICA

 

Algo menos de quinientas almas viven en las tres pintorescas calles, los pocos caminitos y las granjas esparcidas aquí y allá, que forman este pequeño y decadente lugar acuoso, que bien podría llamarse «agua estancada de la vida», eso sí, sin ofender a los lugareños, que todavía guardan un peculiar humor, llamémosle «corrosivo». La que es la vía principal, calle de la Coronación, consta en su mayor parte de casas modestas de dos pisos, cuya humildad maldisimulan con vivos colores y un abundante uso del rosa. Quedan en pie algunas de los tiempos dieciochescos, de más oropel pero casi en ruinas. Aunque para el excursionista, el deportista, el convaleciente en busca de calma y el conductor dominguero tenga pocos atractivos, para el contemplativo que quiera pasar unas horas puede encontrar en sus calles empedradas y en su puertecillo de pescadores, en sus varias y curiosas costumbres, y también en la conversación de sus «héroes» locales, un dejo variopinto del pasado que ya se ha perdido en las ciudades. Aseguran que el Dewi baja lleno de truchas, pero el saqueo de los furtivos lo ha dejado en poca cosa. El único lugar de culto, con su descuidado cementerio, carece de interés arquitectónico.

 

[Canta un gallo]

 

Ahora, sobre nuestra verde colina, la soberanía del cielo va abriéndose a una mañana primaveral de alondras, cuervos y campanas.

 

[Tañidos lentos de campana]

 

¿Quién toca la campana del Ayuntamiento sino el ciego capitán Cat? ¿Quién tira de su cuerda? Va despertando del sueño uno a uno, hoy como todas las mañanas. Y al correr del tiempo, cuando veas la nieve arreciando su grosor en las chimeneas, el capitán Cat, con la gorra de marino y botas de goma, seguirá repicando el nuevo día con el estruendoso tañido de en-pie-todos-fuera-de-la-cama.

 

El reverendo Eli Jenkins, en su rectoría de Bethesda, sale a oscuras del camastro y a tientas se enfunda el traje negro de cura mientras va peinando hacia atrás su blanca melena de bardo. En su



 

 

 

 

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desaliño olvida lavarse, baja las escaleras medio calzándose, abre la puerta delantera, se detiene en el zaguán y, contemplando el día y la colina eterna mientras el mar se aplasta en los rompientes y suena la algarabía de los pájaros, recuerda los versos que ha escrito y los salmodia hacia una desierta calle de la Coronación, que, desperezándose, sube las persianas.

 

REVERENDO ELI JENKINS

 

¡Amado Gales!, sé que hay pueblos

 

más hermosos que el nuestro,

 

más bellas y altas las colinas,

 

y más floridos sotos,

 

y arboledas más densas y dichosas

 

ornadas por el trino de las aves,

 

poetas que loan la mañana hermosa

 

con un canto más dulce que el mío.

 

Oh, Cader Idris, que escinde la tormenta, en torno a la gloriosa Moel y Wyddfa; Carnedd Llewelyn, gentil nacida, Plinlimmon, antiguo en la memoria,

 

junto a los montes donde el rey Arturo sueña, el alto desafío de Penmaen Mawr

 

a la colina de Llareggub, a su lado no más que un topo, un pigmeo ante un gigante.

 

Junto al Sawdde y el Eden, el Dovey, el Senni y el Dee, El Edw y el Aled y otros más de caudal crecido,

 

El Taff y el Towy de curso ancho y libre, y el Llyfnant en su salto,

 

Claerwen, Cleddau, Dulas, Daw,

 

Ely, Gwili, Need, Ogwr,

 

qué pequeño, Señor, es nuestro Dewi, ¡un niño en su cuna de juncos!



 

 

 

 

 

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Y, junto al Carreg Cennen, rey del tiempo, tan sólo nuestra Heron Head

 

es un peñasco con su manto hecho de algas, adonde las gaviotas van para estar solas.

 

No más que una vaguada es nuestro bosque lácteo, abierta a la Golden Grove, junto a Grongar, pero, ah, ah que si me dieran a elegir, quisiera en mi vida, y aún un trecho más,

 

irme al retiro de estas arboledas,

 

por la senda vagar de la Grosella,

 

por la cuesta del Burro,

 

oír a la luz del día cómo canta el Dewi, y por nunca alejarme del lugar.

 

El reverendo Eli Jenkins cierra la puerta delantera. El oficio de las mañanas ha terminado.

 

[Tañidos lentos]

 

Ahora, desperezada al fin por la campana del Ayuntamiento al tañido de en-pie-todos-cabeza-dormida-Polly-pon-a-calentar-agua, Lily Calzas, el tesoro de la señora Beynon, baja las escaleras desde un sueño en el que un príncipe y ella han pasado toda la noche haciendo de las suyas en la oscuridad del bosque lácteo. Pone el agua a hervir en el fogoncillo que hay en la cocina de la señora Beynon, se mira en el espejo de afeitar que tiene el señor Beynon colgado encima del fregadero, y:

 

LILY CALZAS

 

¡Oh, mira qué cara!

 

¿De dónde has sacado ese pelo?

 

¡De un gato viejo!

 

Pues entonces, cariño, devuélveselo.

 

¡Oh, mira qué permanente!



 

 

 

 

 

 

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Lily, ¿de dónde has sacado esa nariz?

 

La he sacado de mi padre, infeliz.

 

¡Pues te la han puesto al revés!

 

¡Vaya narizotas! ¡Vaya!

 

¡Mira qué cutis tienes!

 

Oh, no, no, mira el tuyo.

 

Necesita un colorete,

 

O que lo cubra un velo.

 

¡Oh, mira qué encanto!

 

Lily, ¿y esa sonrisa de dónde la has sacado?

 

¿Y a ti qué te importa?

 

Bah, nadie te quiere.

 

Sí, eso es lo que tú crees.

 

Y pues, ¿quién te quiere, dime?

 

¡Que no te lo digo!

 

Venga, Lily, venga.

 

¿Me prometes no contarlo?

 

Lo prometo.

 

Y con la voz velada y los labios rozando el reflejo de su imagen, suspira un nombre y empaña el espejo.

 

SEÑORA BEYNON [Gritando, desde arriba]

 

¡Lily!

 

LILY CALZAS [Gritando]

 

Sí, señora…

 

 

SEÑORA BEYNON

 

¿Eh chiquilla, dónde está mi té?

 

 

LILY CALZAS

 

[Bajito] ¿Dónde va a estar? ¿En el cestillo del gato?

 

[Alto]        Ya voy, señora…



 

 

 

 

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En la escuela de enfrente, el señor Pugh, murmurando escalera arriba, le lleva el té a su mujer:

 

SEÑOR PUGH

 

Aquí tienes el arsénico, querida.

 

Y tu bizcocho de herbicida.

 

Ya he estrangulado al periquito,

 

he escupido en los jarrones,

 

he puesto el queso en las ratoneras…

 

Aquí tienes tu… [La puerta rechina al abrirse] delicioso té, querida.

 

SEÑORA PUGH

 

Lleva demasiado azúcar.

 

 

SEÑOR PUGH

 

Amor, ¡si todavía no lo has probado!

 

 

SEÑORA PUGH

 

¡Pues entonces demasiada leche! ¿Ha declamado ya su poema el reverendo Jenkins?

 

SEÑOR PUGH

 

Sí, querida.

 

 

SEÑORA PUGH

 

Entonces, es hora de levantarse. Acércame las gafas. No, ¡las de leer no! Quiero mirar afuera, quiero ver

 

al tesoro, a Lily Calzas, fregar arrodillada en el escalón del zaguán.

 

No quiero perderme la rojez de sus rodillas.

 

¡Se ha remangado el vestido, se lo ha embutido en las calzas! ¡Pero qué descaro!

 

El policía Atilla Rees, ancho como un buey, con sus botas que parecen barcazas, sale de la Casa de las Rejas, resoplando como una res, rojo igual que un filete, las cejas fruncidas bajo el casco húmedo…



 

 

 

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para detener a Polly Garter, recuerda lo que te digo.

 

 

SEÑOR PUGH

 

¿Por qué, querida?

 

 

SEÑORA PUGH

 

Por tener niños.

 

… va cansino hasta la orilla para ver si el mar sigue allí.

 

Mary Ann la Marinera abre la ventana de su habitación, que está encima de la taberna y clama al cielo:

 

MARY ANN LA MARINERA

 

¡Tengo ochenta y cinco años, tres meses y un día!

 

 

SEÑORA PUGH

 

Hay que reconocer, en su favor, que lleva las cuentas con cuidado.

 

Apostado en el antepecho del ventanal de su alcoba, Organ Morgan tañe unos acordes a las gaviotas mañaneras, esas esposas-trampa de los peces, que, irrumpiendo impertinentes en la cuesta del Burro, observan:

 

DAI PANECILLOS

 

A mí, Dai Panecillos, volando hacia la panadería mientras me meto los faldones en el pantalón, abrochándome el chaleco, ¡ping! me salta un botón. ¿Por qué los cosen tan mal? No tengo tiempo de desayunar. No hay desayuno. ¡Ah, aquí están tus mujeres!

 

SEÑORA DAI PANECILLOS UNO

 

A mí, señora Dai Panecillos Uno, con un sombrero y mantón, sin corsés de los antiguos, qué bien estar cómoda, ¡está bien estar bien!, repicando con los zuecos en el empedrado para molestar a alguna vecina que salga al paso. Oh, señora Sara, hermosa, ¿no le sobra algún pan? Dai Panecillos se ha olvidado de traerlo. ¡Qué mañana tan espléndida! ¿Cómo está hoy de sus hemorroides? Eso sí que es una buena noticia, qué alivio al sentarse. Hasta luego, señora Sara.



 

 

 

 

 

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SEÑORA DAI PANECILLOS DOS

 

A mí, señora Dai Panecillos Dos, que me he vestido de gitana para tener más gracia, me he metido entre volantes de seda escarlata que dejan al aire mis rodillas, hermosas rodillas sucias, que se vea mi cuerpo de baya tostada bajo las enaguas, zapatos de tacón, aunque a uno le falta ese dichoso tacón para que lo sea de verdad, peineta de concha que ensarta el llameante vuelo de mis cabellos negros, sin más que un toque de perfume. Medio echada y contenta en el umbral de casa, leeré vuestra suerte en las hojas de té, el sol encenderá mi pipa y a contraluz me fruncirá la frente.

 

LORD CRISTALFINO

 

A mí, Lord Cristalfino, con la levita vieja que fuera de Eli Jenkins, y unos pantalones de cartero comprados en la tienda de ropa usada de Bethesda, voy corriendo hacia afuera para vaciar los baldes de agua sucia —¡eh, vete con cuidado Rover!—, y luego, aprisa, hacia adentro otra vez, clin clin.

 

BOYO EL SIMPLE

 

A mí, Boyo el Simple, haciendo bellaquerías en el lavadero.

 

 

SEÑORITA PRICE

 

A mí, señorita Price, con mi bonita bata de lino y dibujitos, pizpireta entre las pinzas y las cuerdas de tender, ligera como un pajarillo, y entonces pío pío, vuelvo a mi huevito, calentito y envuelto en un trapito para comérmelo, con las tostaditas crujientes, la mantequilla y la mermelada hecha en casa.

 

POLLY GARTER

 

A mí, Polly Garter, bajo el tendedero, mientras doy el pecho en el jardín a mi niñito recién nacido. Lo único que crece en este jardín es la colada… ¡y los niños! ¿Y dónde viven sus padres, amor mío, dime dónde? Detrás de las colinas, allá a lo lejos. ¡Oh, cómo me miras! Ya sé qué piensas, ¡pobre criaturita de leche! Piensas: «no eres mejor de lo que debieras», y aun así me conformo. A Dios gracias, ¿no es terrible la vida?



 

 

 

 

 

 

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[Una sola nota sostenida por voces masculinas con el melodioso y dulce acento galés]

 

Ahora, en la cocina las sartenes salpican, ronronean las ollas y los gatos. El pueblo huele a algas y a desayunos por el camino abajo de Vista Bahía, donde la señora Ogmore-Pritchard, con una bata y pañuelo atado en la cabeza, antes de emprenderla con su escobón contra el polvo, picotea un pan sin levadura y da sorbitos a un té con peladuras de limón. El olor llega hasta la Cabaña de Abajo, donde el señor Waldo, con un sombrero de hongo y una servilleta por babero, se zampa una tortita y unos arenques ahumados. Bebe a tragos del botellón de la salsa. Mary Ann la Marinera

 

MARY ANN LA MARINERA

 

alaba al Señor que inventó las gachas.

 

El señor Pugh

 

 

SEÑOR PUGH

 

recuerda el polvillo esmerilado de sus pócimas mientras hace malabares con la tortilla.

 

La señora Pugh

 

 

SEÑORA PUGH

 

le pega la bronca al salero.

 

Willy Nilly, el cartero

 

 

WILLY NILLY

 

traga el último tazón de té negro y salado, camina zambo, va rezongando hacia el patio que cloquea, donde una tremolina de gallinas se lamenta de su ración de pan mojado en té.

 

La señora Willy Nilly

 

 

SEÑORA WILLY NILLY



 

 

 

 

 

 

 

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llena de té hasta por debajo de la papada, incuba el burbujeo de un aquelarre de ollas silbadoras y calientes, siempre dispuesta a abrir las cartas con el vapor que echan.

 

El reverendo Eli Jenkins

 

 

REVERENDO ELI JENKINS

 

encuentra una rima y… moja la pluma en el chocolate.

 

Lord Cristalfino, en su chinchineante cocina

 

 

LORD CRISTALFINO

 

salta de reloj en reloj con un haz de llaves relojeras en una mano; en la otra, lleva una cabeza de pescado.

 

El ciego capitán Cat, en su fogón marinero

 

 

CAPITÁN CAT

 

saborea el pescadito frito entre sus finos dedos.

 

En su habitación de la cuesta del Burro, que hace las veces de dormitorio, salón, cocina y lavadero, el señor y la señora Cherry Owen se sientan ante la cena de ayer: cebollas hervidas sin pelar y caldo de patatas, corteza de tocino, puerros, huesos.

 

SEÑORA CHERRY OWEN

 

¿Ves aquella mancha en la pared, al lado del retrato de tía Blossom? Es de cuando me lanzaste la tarta.

 

[Cherry Owen se ríe encantado]

 

¡Ah! ¡Me fue de un tris!

 

 

CHERRY OWEN

 

¡Tampoco acierto nunca a darle a tía Blossom!

 

 

SEÑORA CHERRY OWEN

 

¿Te acuerdas de anoche, muchachito? Entraste tambaleándote como un cura, borracho como una cuba, con un balde rezumante y una barquilla



 

 

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de pescado llena de cerveza bien tostada; me miraste y dijiste: «¡Ha llegado Dios!», y, al tropezar con el cubo, caíste cuan largo eres. ¡Todo quedó sembrado de botellas y anguilas!

 

CHERRY OWEN

 

¿Y me hice daño?

 

 

SEÑORA CHERRY OWEN

 

Te quitaste el pantalón y empezaste a decir, airado: «¿Alguien quiere pelea?» «¡Oh, babuina vieja!»

 

CHERRY OWEN

 

Dame un beso.

 

 

SEÑORA CHERRY OWEN

 

Y luego empezaste a cantar «Maná del Cielo», como si fueras un tenor y un bajo a la vez.

 

CHERRY OWEN

 

Siempre canto «Maná del Cielo».

 

 

SEÑORA CHERRY OWEN

 

Y después subiste a la mesa y te pusiste a bailar.

 

 

CHERRY OWEN

 

¿De verdad?

 

 

SEÑORA CHERRY OWEN

 

¡Que si lo hiciste!

 

 

CHERRY OWEN

 

Y luego, ¿qué más se me ocurrió?

 

 

SEÑORA CHERRY OWEN

 

Llorabas como un crío y decías que eras un pobre huerfanito borracho, y que no tenías adónde ir sino a la fosa.

 

CHERRY OWEN



 

 

 

 

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¿Y qué otra cosa dije, amor?

 

 

SEÑORA CHERRY OWEN

 

De nuevo empezaste a bailar sobre la mesa y asegurabas que eras ¡el rey Salomón Owen y yo tu reina de Saba!

 

CHERRY OWEN [En voz baja]

 

¿Y luego?

 

 

SEÑORA CHERRY OWEN

 

Te llevé a la cama, y ronca que te ronca toda la noche como una auténtica cervecería.

 

[El señor y la señora Cherry Owen ríen complacidos]

 

De la carnicería de Beynon sale un olor a hígado frito y cebolla que se deslíe por la calle de la Coronación. ¡Y escucha! En el oscuro comedor de la trastienda, los señores Beynon, servidos por su tesoro, gozan, entre bocado y bocado, de su parranda mañanera, y ella, la señora Beynon, le va dando trocitos de cartílago a su orondo gato por debajo de un mantel con su flequillo y todo.

 

[El gato ronronea]

 

 

SEÑORA BEYNON

 

¡Mira cómo le gusta el hígado, Ben!

 

 

SEÑOR BEYNON

 

No me sorprende, Bess. Es de su hermano.

 

SEÑORA BEYNON [Gritando]

 

¡Ah! ¿Has oído eso, Lily?

 

 

LILY CALZAS

 

Sí, señora.

 

 

SEÑORA BEYNON

 

¡Comemos carne de minino!



 

 

 

 

 

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LILY CALZAS

 

Sí, señora.

 

 

SEÑORA BEYNON

 

¡Oh, carnicero de gatos!

 

 

SEÑOR BEYNON

 

Sí, pero estaba castrado.

 

SEÑORA BEYNON [Histérica]

 

¡Y eso qué importa!

 

 

SEÑOR BEYNON

 

Ayer comimos topo.

 

 

SEÑORA BEYNON

 

¡Oh, Lily, Lily!

 

 

SEÑOR BEYNON

 

Y el lunes nutria, y el martes musaraña.

 

[La señora Beynon grita]

 

 

LILY CALZAS

 

¡Venga, señora Beynon! Es el más mentiroso del pueblo.

 

 

SEÑORA BEYNON

 

¡Cómo te atreves a decir semejantes cosas del señor Beynon!

 

 

LILY CALZAS

 

Lo sabe todo el mundo, mi ama.

 

 

SEÑORA BEYNON

 

El señor Beynon nunca miente. ¿Verdad que no, Ben?

 

 

SEÑOR BEYNON

 

No, Bess. Y ahora me voy con mi cuchillito afilado a buscar perritos…



 

 

 

 

 

 

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SEÑORA BEYNON

 

¡Oh, Lily, Lily!

 

Calle arriba, en el «Blasón de los Marinos», el nieto de Mary Ann la Marinera, Simbad el Marino, se traga una pinta de cerveza, acodado en la soleada barra de la taberna. Un reloj, metido en un barquito, señala las once y media. Las once y media es la hora de abrir. Hace cincuenta años que las saetas se detuvieron a las once y media. En el Blasón de los Marinos siempre, siempre es la hora de abrir.

 

SIMBAD

 

¡A tu salud, Simbad!

 

Sacan a pasear por el pueblo, una vez aseados, a los niños y los ancianos, van en sus destartalados cochecitos, los llevan por los soleados empedrados de conchas y los patios que se abren bajo el ondeo de la ropa interior, y allí los dejan. Llora un niño.

 

ANCIANO

 

Yo quiero mi pipa y él su biberón.

 

[Suena la campana de la escuela]

 

Las narices limpias, las cabezas despiojadas y peinadas, las rodillas bien frotadas, las orejas escudriñadas, y así van, así van los niños regañados a la escuela.

 

[Voces de niños por doquier]

 

Los pescadores refunfuñan a las redes. Boyo el Simple sale en la Zanzíbar, deja los remos, se desliza lento por la bahía colmada de pececillos, y, echándose sobre el agua que aún no ha achicado, entre hilazas y patas de cangrejo, mira el cielo de primavera.

 

BOYO EL SIMPLE [En voz baja, perezosamente] No sé quién hay ahí arriba, ni me importa.



 

 

 

 

 

 

 

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Vuelve la cabeza y observa la colina de Llareggub, contempla a través de la espuma verde de los enjabonados árboles los blancos y diseminados caserones que los granjerillos silban, allí, donde hay ladridos y un mugir de vacas. Todo ocurre demasiado lejos para que tú y Boyo el Simple podáis oírlo. En el pueblo, las tiendas rechinan al abrirse. A la puerta de los Almacenes Manchester, el señor Edwards, con su pajarita y un sombrero de paja, mira el indolente pasar de los transeúntes mientras va tomando a ojo sus medidas para las camisas de franela a rayas, para los sudarios y las blusas floreadas. Resopla contra sí mismo como un fuelle, apostado detrás de la oscuridad de su ojo:

 

SEÑOR EDWARDS [Murmurando]

 

Amo a la señorita Price…

 

En un tenducho se vende jarabe, el local sirve también de oficina de correos. Un coche repleto de aves, con su granjero y todo, va hacia el mercado. En la esquina de la calle Coronación, las lecheras de metal están alineadas, parecen pequeños guardias plateados. Sentado ante la ventana de Villa Goleta, el ciego capitán Cat escucha la mañana del pueblo.

 

[Suena a lo lejos la campana de la escuela. Voces de niños. Resuenan sus pasos en el empedrado]

 

CAPITÁN CAT [En voz baja, para sí]

 

Maggie Richards, Ricky Rhys, Tommy Powell, nuestra Saly, el pequeño Gerwain, Billy Swansea con voz perruna, uno de los del señor Waldo, el horrible Humphrey, Jackie, que se traga los mocos… ¿Dónde está Albie, el hijo de Dick? ¿Y los muchachos de Ty-pant? Quizá estén otra vez con urticaria.

 

[Un grito repentino entre las voces de los niños]

 

Alguien ha pegado a Maggie Richards. Me juego algo a que ha sido Billy Swansea. Nunca hay que confiar en un chico que ladra.

 

[Llanto y aullidos]



 

 

 

 

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¡He acertado otra vez! ¡Ha sido Billy!

 

Y el griterío de los niños va perdiéndose en la lejanía.

 

[Toc toc, el cartero llama a una puerta, distante]

 

Ese es Willy Nilly llamando flojito a la puerta de Vista Bahía. Toc toc. La aldaba lleva un guante de piel de cabrito. ¿Quién ha enviado una carta a la señora Ogmore-Pritchard?

 

[Suaves aldabonazos otra vez, a lo lejos]

 

¡Cuidado! Ahora la señora Ogmore-Pritchard está fregando la entrada, quiere dejarla como un espejo. Cada uno de sus escalones es una auténtica pastilla de jabón. ¡Ojo con esos zapatones! La vieja Bessie sería capaz de encerar la hierba para que los pájaros resbalaran.

 

WILLY NILLY

 

Buenas, señora Ogmore-Pritchard.

 

 

SEÑORA OGMORE-PRITCHARD

 

Buenos días, cartero.

 

 

WILLY NILLY

 

Tengo una carta para usted, lleva un sobre dentro sellado y una dirección escrita. Viene de Builth Wells. La manda un señor que quiere estudiar los pájaros y quiere saber si puede alquilarle una habitación con baño durante dos semanas. Es vegetariano.

 

SEÑORA OGMORE-PRITCHARD

 

No.

 

WILLY NILLY [Con aire persuasivo]

 

Ni se enteraría de que lo hospeda, señora Ogmore-Pritchard. Saldría al amanecer con su bolsa de migas y su pequeño catalejo…

 

SEÑORA OGMORE-PRITCHARD



 

 

 

 

 

 

 

Página 54



¡Y regresaría a las tantas, cubierto de plumas! No quiero a nadie husmeando por mis habitaciones, tan bonitas y pulcras como están, ni que empañe las sillas con el aliento mientras pasa.

 

WILLY NILLY

 

¡Por mi honor que no respirará!

 

 

SEÑORA OGMORE-PRITCHARD

 

…    y pisando mis alfombras, estornudando encima de mis vajillas, durmiendo en mis sábanas… ¡oh!

 

WILLY NILLY

 

Señora Ogmore-Pritchard, no ande pensando cosas que no son… sólo quiere una habitación individual.

 

[Se oye un portazo]

 

CAPITÁN CAT [Suavemente]

 

Y vuelve a la cocina para abrillantar las patatas.

 

El capitán Cat oye a lo lejos, en el distante empedrado, los pasos de Willy Nilly…

 

Uno, dos, tres, cuatro, cinco… Esta es la señora Cabaña del Rosal. ¿Qué día es? Hoy llega una carta desde Gorslas para su hermana. ¿Cómo están los dientes de los mellizos? ¿Crecen bien? Ahora se detiene en la escuela.

 

WILLY NILLY

 

¡Buenos días, señora Pugh! La señora Ogmore-Pritchard no quiere hospedar al señor de Builth Wells porque dice que dormirá en sus sábanas… Y los dientes de los mellizos de la hermana de la señora Cabaña del Rosal, que vive en Gorslas, ya empiezan a apuntar…

 

SEÑORA PUGH

 

Entrégueme el paquete.

 

 

WILLY NILLY



 

 

 

 

 

Página 55



Oh, es para el señor Pugh.

 

 

SEÑORA PUGH

 

Eso a usted no le importa. ¿Qué hay dentro?

 

 

WILLY NILLY

 

Un libro que se titula Vidas de los grandes envenenadores.

 

 

CAPITÁN CAT

 

Ahora se dirige a los Almacenes Manchester.

 

 

WILLY NILLY

 

¡Buenos días, señor Edwards! Apenas si hay noticias. La señora Ogmore-Pritchard no quiere pájaros en su casa, y el señor Pugh se ha comprado un libro sobre cómo quitarse de encima a su mujer.

 

SEÑOR EDWARDS

 

¿Me traes la nueva de «su» carta?

 

 

WILLY NILLY

 

La señorita Price lo ama a usted de todo corazón. Hoy huele a espliego, y aunque se le ha terminado el licor de saúco, todavía le queda dulce de membrillo. Está bordando unas rosas en las servilletas. La semana pasada vendió tres cajas de caramelos, media lata de gelatina y seis postales en color de Llareggub. Suya para siempre, le manda veintiún besos.

 

SEÑOR EDWARDS

 

¡Ah, Willy Nilly! ¡Es un tesoro! Ahí tienes mi carta. Llévala a sus manos, ¡aprisa!

 

[Pasos lentos en el empedrado.

 

Se acercan otros pasos más rápidos]

 

 

CAPITÁN CAT

 

El señor Waldo espabila el paso hacia la taberna Blasón de los Marinos. Una pinta de cerveza con un huevo dentro.



 

 

 

 

 

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[Los pasos se detienen]

 

[En voz baja] Hay una carta para él.

 

 

WILLY NILLY

 

Señor Waldo, tenga, le llega otro reconocimiento de paternidad.

 

Los pasos se apresuran por la calle empedrada y suben los tres escalones de la taberna Blasón de los Marinos.

 

SEÑOR WALDO [Gritando]

 

¡Rápido, Simbad! Una jarra de cerveza. ¡Y sin huevo!

 

Ahora, por la calle hay un bullir de gente.

 

 

CAPITÁN CAT

 

Esta mañana han salido todas las mujeres a tomar el sol. Ya se va notando la primavera. Ahí va la señora Cherry, se la reconoce por el trotecillo, pimpante como una margarita. ¿Y la que charla junto a la bomba de agua? La señora Floyd y Boyo hablan de los lenguados. ¿Y qué conversación permitirán los lenguados? Aquella otra es la señora Dai Panecillos Uno, oscilando calle arriba como gelatina. A cada meneo suyo suena un chap chap chap. ¿Y esa otra? La señora Beynon, la carnicera, con su gato negro, el predilecto, siguiéndola a todas partes con su miauuu. Por allí va la señora Veintitrés, importante. El sol se levanta, y al atardecer se oculta por su papada; cuando al fin cierra los ojos, anochece. De buena mañana tacones altos. Son los de Mae, la hija mayor de la señora Cabaña del Rosal, que tiene diecisiete años y a la que todavía no han besado ¡ja ja! Pasa moceando bajo mi ventana, lleva las cabras al prado para ordeñarlas. ¡Oh, pienso en tiempos pasados! No llegan hasta aquí las voces de las mujeres que están junto a la bomba. Lo de siempre. ¿Quién está embarazada, quién ha puesto un ojo morado a alguien, quién ha visto a Polly Garter pasear su barrigota al aire? ¡Debería existir una ley! ¿Han visto el nuevo jersey malva de la señora Beynon?, era el cochambroso de color gris que ahora lo ha teñido. ¿Quién ha muerto, quién está muriendo? ¡Qué día tan bonito! ¡Qué caro el jabón de escamas!



 

 

 

 

 

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[Música de órgano en la lejanía]

 

Organ Morgan la emprende de buena mañana. Ah, la primavera.

 

Y oye el ruido de las lecheras plateadas.

 

Ocky el Lechero ya ha empezado el reparto. Hay que decir que su leche es fresca como el rocío… En verdad, la mitad es rocío… va aguando al pueblo. ¡Ocky, no disimules!

 

Alguien se acerca. Las voces que rodean la bomba de agua saben que alguien se acerca. ¡Y qué silencio! Por el ruido de ese silencio se adivina que es Polly Garter. [Más alto]. Hola, Polly. ¿Quién anda ahí?

 

POLLY GARTER [Desde afuera]

 

Yo, querido.

 

 

CAPITÁN CAT

 

Esa sí es Polly Garter. [Suavemente] Hola, Polly, amor mío.

 

¿No oyes a las mujeres con sus graznidos de oca, habla que te habla, siempre estorbándose hasta que se escabullen de la gente a saltos? Dime, ¿cuál de sus gansos de maridos te abrazaba? Dime, ¿cuál gimió en el bosque lácteo retozando en tus brazos lúbricos y maternales, en tu corpachón de armario, amor? Anda, corre, friega el Salón de baile de la Asociación de Madres. Tú eres una de ellas, pero esta noche no moverás el traserillo rechoncho ni pisarás con mantecosos pies el suelo de esta fiesta bendita de anillos nupciales, aunque ellos, los padres de familia, esos valseantes ganadores del pan-con-el-su-dor-de-su-fren-te, vayan a adormilarse de hastío y perjuren porque han sido arrancados de la espesa humareda del Blasón de los Marinos.

 

[Canta un gallo]

 

 

CAPITÁN CAT

 

Demasiado tarde, gallo, demasiado tarde,



 

 

 

 

 

 

 

 

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porque ha pasado por el pueblo la mitad de la mañana y no cesa de trajinar como las abejas.

 

[Música de órgano que se apaga en el silencio]

 

Suena el troc troc de los caballos en el empedrado de las calles rumorosas, vueltas color de miel bajo el sol. Hay martilleos en las herraduras, gorjeos, cloqueos, conversaciones, algarabía en las ramas curvadas de pájaros, rebuznos en la cuesta del Burro. El pan va horneándose, gruñen los cerdos, se oye el tris tras del carnicero, tintinean las lecheras plateadas, en las tiendas suenan las campanillas de las cajas, tosen las ovejas, los perros ladran, las sierras cantan. Ah, el relincho matinal de la primavera, su mugido que llega de las granjas que danzan con zuecos: es la parlera muchedumbre de las gaviotas sobre el río y un mar en el que tiemblan las barcas, el leve burbujeo de las conchas en la arena, la desbandada de las zancudas, el grito del chorlito y el graznido del cuervo, el arrullo de las palomas, los tañidos de los relojes, el bramido del toro y el desharrapado estrépito que viene del patio escolar. Mientras, las mujeres, parlanchinas y de arañazo fino, acuden a la tienda de la señora Organ Morgan en la que se encuentra de todo: natillas, cubos, alheña, ratoneras, camaroneras, azúcar, sellos, confeti, parafina, hachas y silbatos.

 

MUJER PRIMERA

 

La señora Ogmore-Pritchard

 

 

MUJER SEGUNDA

 

¡qué aires se da!

 

 

MUJER PRIMERA

 

cazó a un hombre en Builth Wells

 

 

MUJER TERCERA

 

que tiene un catalejo para avistar pájaros

 

 

MUJER SEGUNDA

 

dijo Willy Nilly.



 

 

 

 

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MUJER TERCERA

 

¿Se acuerdan de su primer marido? Ese sí que no necesitaba catalejo,

 

 

MUJER PRIMERA

 

las miraba por el ojo de la cerradura mientras se desnudaban

 

 

MUJER TERCERA

 

y gritaba: ¡eaaa![13]

 

MUJER SEGUNDA

 

pero el señor Ogmore era todo un caballero

 

 

MUJER PRIMERA

 

pese a que ahorcara a su collie.

 

 

MUJER TERCERA

 

¿Habéis visto a la señora de Beynon el Carnicero?

 

 

MUJER SEGUNDA

 

Dijo que su marido hacía picadillo de perro

 

 

MUJER PRIMERA

 

¡Anda! ¡Qué tomadura de pelo!

 

 

MUJER TERCERA

 

Pero no se lo diga, sea buena

 

 

MUJER SEGUNDA

 

o creerá que ella está tratando de quitárselo y comerse ese picadillo…

 

 

MUJER CUARTA

 

Pensándolo bien, cuánto bruto hay por aquí.

 

 

MUJER PRIMERA

 

Y si no, fíjense en ese Boyo el Simple,

 

 

MUJER SEGUNDA

 

que hasta le da pereza limpiarse las narices



 

 

 

 

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MUJER TERCERA

 

y a diario sale de pesca, y lo único que ha pescado es una tal señora Samuels

 

MUJER PRIMERA

 

que pasó una semana en el agua

 

 

MUJER SEGUNDA

 

¿Y qué me dicen de la mujer de Ocky el Lechero? Nadie la ha visto

 

 

MUJER PRIMERA

 

cuentan que la guarda en el armario ¡junto a las botellas vacías!

 

 

MUJER TERCERA

 

y basta pensar en Dai Panecillos, con dos esposas

 

 

MUJER SEGUNDA

 

una para el día y otra para la noche

 

 

MUJER CUARTA

 

¡Hay que ver qué bestias son los hombres!

 

 

MUJER TERCERA

 

¿Y cómo está Organ Morgan, señora Morgan?

 

 

MUJER PRIMERA

 

Se la ve con un aire cansado

 

 

MUJER SEGUNDA

 

siempre le toca el órgano, ¡dale y dale!

 

 

MUJER TERCERA

 

¡órgano hasta medianoche! ¡dale y dale!

 

 

SEÑORA ORGAN MORGAN

 

¡Oh, soy una mártir de la música!



 

 

 

 

 

 

 

 

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Afuera, el sol desciende a brincos sobre el hosco y destartalado pueblo, cruza por entre los setos del camino de la Grosella y atiza a los pájaros a su canción. La primavera descarga su verdeluz a lo largo del camino de las Conchas, donde las caracolas sueltan un eco. Llareggub, en este escorzo de la mañana, es un fruto silvestre, caliente, y, bajo un resplandor todavía joven, las calles, los campos, los arenales y las aguas, saltan al relumbre del sol.

 

Evans el Muerto oprime fuerte, con guantes negros, el ataúd de su pecho, no fuera a escapársele el corazón.

 

EVANS EL MUERTO [Áspero]

 

¿Dónde está tu dignidad? Venga, ¡échate!

 

La primavera, como una cuchara, revuelve a la maestra de escuela Liviana Beynon.

 

LIVIANA BEYNON [Lloriqueando]

 

Oh, ¿qué puedo hacer? ¡Si me agito jamás seré exquisita!

 

La primavera, en esta mañana restallante, espumea en su sola llama dentro de Jack el Negro, mientras remienda el zapato de tacón alto de la señora Dai Panecillos Dos, la gitana; a duros martillazos lo remacha, a duros martillazos lo machaca.

 

JACK EL NEGRO [A ritmo de martillo]

 

No hay pierna que sea del pie de este zapato.

 

El sol y una brisa verdosa embarcan de nuevo al capitán Cat en la memoria del mar.

 

CAPITÁN CAT

 

No, yo me quedo con la mulata. ¡Dios! ¿Quién es el capitán aquí? Parlez-vous jig jig, Madam?[14]

 

Mary Ann la Marinera habla para sus adentros, a media voz, mientras mira la colina de Llareggub desde el cuarto en el que nació.

 

MARY ANN LA MARINERA [En voz alta]



 

 

 

 

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Es primavera en Llareggub bajo el sol de mi vejez, y esta es la Tierra Prometida.

 

[Un coro de niños entona de pronto una sola y aguda nota, alegre, que se alarga como un suspiro]

 

Y en la cocina de Willy Nilly el cartero, que es oscura y siempre crepita, que es húmeda y pigmea, aneblada con una nubecilla de té, donde hierven los cazos como gatos que escupen y saltan sobre los fogones, la señora Willy Nilly abre en el vapor la carta que Mog Edwards ha escrito a la señorita Price, la lee en voz alta a Willy Nilly con un parpadeo bajo el rayo de sol primaveral que entra por la única ventana cerrada y lagrimosa. En la puerta trasera, las gallinas, como emporradas, hechas un desastre, reclaman lastimeras el negro té de regaliz con su fondo de ciénaga.

 

SEÑORA WILLY NILLY

 

De Almacenes Manchester (antigua Casa Ojiculo)[15], Llareggub. Propietario único: el señor Mog Edwards, lencero, mercero, sastre, creador de ropa para espectáculos. Negligés, ropa interior, trajes de media tarde, vestidos de noche, ajuares y pañales. También prendas de confección para todas las ocasiones. Especialidad en ropa económica y para labriegos y granjeros. Compramos ropa usada. Entre nuestra satisfecha clientela se cuentan Ministros de la Fe y Jueces de Paz. Pruebas y retoques a horas convenidas. Vean nuestros anuncios semanales en el «Clarín de Twll». Amada Myfanwy Price, esposa celestial,

 

SEÑOR EDWARDS

 

te amo hasta que la muerte nos separe, y luego estaremos juntos para siempre. Hoy ha llegado de Carmarthen una remesa de cintas con los colores del arcoíris. Desearía atarte una de ellas en tu pelo, una cinta blanca, pero no es posible tanta dicha. Esta noche te he soñado húmeda, rezumante, sentada en mis rodillas mientras el reverendo Jenkins pasaba por la calle. ¡Veo que tienes una sirena en tus rodillas!, me dijo, y se quitó el sombrero. Él sí es un buen cristiano, no como Cherry Owen, que dijo: ¡tienes que echarla de nuevo al agua! El



 

 

 

 

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negocio va en picado. Polly Garter se compró un par de ligas con un bordado de rosas, pero sin las medias. ¿Para qué le servirán? Y el señor Waldo quería venderme un enorme camisón de mujer, que dice haberse encontrado, y ya sabemos dónde. He vendido un cartoncillo de alfileres a Tom el Marinero para hurgarse los dientes. Si todo continúa así, iré a dar con mis huesos al asilo de los pobres. Mi corazón está en tu pecho, y el tuyo, en el mío. Que Dios esté siempre contigo, Myfanwy Price, y te conserve hermosa para mí en la Mansión de los Cielos. Debo terminar aquí. Eternamente tuyo, Mog Edwards.

 

SEÑORA WILLY NILLY

 

Y después viene una frase publicitaria con un sello que pone:

 

¡¡¡Compre en Casa Mog!!!

 

Y Willy Nilly, gruñendo, regresa cauto por la parte trasera a la choza de tres escaños llamada Cámara de los Comunes, donde las gallinas se lamentan. En el estallido primaveral, ve el descenso de las gaviotas en torbellino hacia un puerto donde los pescadores escupen y sostienen la mañana, ese puerto desde el que contemplan un mar reposado, preñado de peces hasta el confín que se adormece en su azul. Dinero verde y dorado, tabaco, salmón envasado, sombreros de plumas, tarros de pasta de pescado y calor para próximo el invierno, se entretejen y deslizan por las frías calles marinas, brillan en forma de peces como iluminadas por el rayo. Pero los pescadores, en la zarca dejadez de sus ojos, miran indolentes el agua, susurrante, láctea, sin rizos ni ondas, pero, cansados, la ven como si disparara cañonazos y echara serpientes y asolase el pueblo con tifones.

 

PESCADOR

 

¡Demasiado movida para salir hoy!

 

Y dan gracias a Dios, y escupen a una gaviota porque dicen que esto les da suerte. Con lentitud de musgo, silenciosos, todavía calmo el mar, regresan calle arriba, hacia la taberna Blasón de los Marinos, mientras los niños

 

[Suena la campana de la escuela]



 

 

 

 

 

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corretean y brincan a empellones cantando desde la escuela hasta el barrizal del patio, y a su canción se une la del capitán Cat, que canturrea en la ventana.

 

CAPITÁN CAT [Al compás de la canción] Johnnie Crack y Flossie Snail

 

en un cubo de ordeño al niño guardaban, Flossie Snail y Johnnie Crack, uno lo metía, otro lo sacaba.

Me toca meterlo, dice Flossie;

 

y luego sacarlo de nuevo.

 

Y ahora es mi turno, dice Johnnie,

 

Y sacarlo, darle un beso, vuelta a meterlo.

 

Johnnie Crack y Flossie Snail

 

en un cubo al niño guardan,

 

¡el uno lo mete, el otro lo saca!,

 

le dan cerveza negra, negra se la dan.

 

Johnnie Crack y Flossie Snail

 

dicen, ¡tin tan! Les hace bien a los niños si duermen en la lechera, vela, vela.

 

[Una pausa larga]

 

La música de las esferas se oye nítida en el bosque lácteo. Es «El susurro de la primavera».

 

Un coro canta, alegre aunque tenue, en el cementerio de Bethesda.

 

La vegetación se da al amor entre las voces de los tenores.

 

Y los perros ladran hasta agotarse.

 

La señora Ogmore-Pritchard suelta un eructo en un pañuelito mientras persigue con el matamoscas los rayos del sol, pero ni siquiera ella es capaz de ahuyentar la primavera: en los cuencos crece la margarita.

La señora Dai Panecillos Uno y la señora Dai Panecillos Dos están sentadas fuera de su casa de la cuesta del Burro, una floreciendo morena, otra floreciendo regordita bajo un sol vivo y humedecido de rocío. La señora Dai Panecillos Dos consulta una bola de cristal, la



 

 

 

 

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estrecha entre las enaguas amarillas y sucias, bien prieta entre los fuertes y oscuros muslos.

 

SEÑORA DAI PANECILLOS DOS

 

Hazme una cruz en la mano con una moneda de plata, cógela de lo que gastamos para comer. ¡Ah, qué veo!

 

SEÑORA DAI PANECILLOS UNO

 

¿Dime, dime qué ves, bonita?

 

 

SEÑORA DAI PANECILLOS DOS

 

Un colchón de plumas. Y tres almohadas. Y en la cabecera de la cama, un letrerito. No acierto a leerlo, todo está entre nubes. Pero ahora se van, se van. A ver, a ver… ¡Ah, sí!… pone: «Dios es amor».

 

SEÑORA DAI PANECILLOS UNO [Contenta]

 

Oh, es nuestra cama.

 

 

SEÑORA DAI PANECILLOS DOS

 

Ahora esta visión se diluye, el sol gira como una peonza. Pero ¿quién sale por ahí, detrás de sus rayos? Un hombrecillo peludo, de labios rosados y carnosos. Es tuerto.

 

SEÑORA DAI PANECILLO UNO

 

¡Es Dai! ¡Dai Panecillos!

 

 

SEÑORA DAI PANECILLOS DOS

 

¡Shsss! ¡Shsss! Otra vez el colchón de plumas. Dai se quita las botas y la camisa por la cabeza. Se golpea el pecho con los puños, se sube a la cama.

 

SEÑORA DAI PANECILLOS UNO

 

¡Qué más! ¡Sigue, Sigue!

 

 

SEÑORA DAI PANECILLOS DOS

 

Hay dos mujeres acostadas. Las mira con la camisa todavía medio puesta en la cabeza, y deja escapar un silbido entre los dientes. Ahora, con sus bracitos cortos, abraza a una de ellas.



 

 

 

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SEÑORA DAI PANECILLOS UNO

 

¿A cuál, a cuál?

 

 

SEÑORA DAI PANECILLOS DOS

 

No lo veo bien. Han vuelto esos nubarrones.

 

 

SEÑORA DAI PANECILLOS UNO

 

¡Ah, malditas nubes!

 

La mañana entera es una canción. El reverendo Eli Jenkins, ocupado con sus visitas matinales, se detiene ante el casino para oír cómo canta Polly Garter, que friega el suelo de la Asociación de Madres de Familia para el baile de esta noche.

 

POLLY GARTER [Cantando]

 

Yo amaba a un muchacho que se llamaba Tom, igual que un oso, fuerte, sus dos metros de largo. Yo amaba a un muchacho que se llamaba Dick, grande como un barril, un ancho de tres pies. Yo amaba a un muchacho que se llamaba Harry, sus dos metros de altura, dulce como una cereza. Pero mi amor más cierto, dormido o despierto,

 

se llamaba Willy Wee, y está dos metros bajo tierra.

 

¡Oh, Tom! ¡Oh, Dick! ¡Oh, Harry! ¡Qué hombres sin igual!

 

Nunca he de encontrar amores como el suyo, pero era Willy Wee quien me sentó en su falda, Willy, el chiquito Willy Weazel, nacido para mí.

 

Ahora me persiguen los hombres del lugar,

 

me buscan y revuelcan, me toman en sus brazos, pero sea quien sea el que conmigo se acueste, Johnnie el de la colina, o Jack el marinero, mientras soy su delicia, yo pienso siempre, siempre, en Tom, en Dick, en Harry, altos como los árboles; mas si recuerdo a uno estando en el lecho,

es el chiquito Willy Wee, que se cayó y murió.



 

 

 

 

 

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¡Oh, Tom! ¡Oh, Dick! ¡Oh, Harry! ¡Qué hombres sin igual!

 

Yo nunca he de encontrar amores como el suyo,

 

pero era Willy Wee quien me sentó en su falda, Willy, el chiquito Willy Weazel, nacido para mí.

 

REVERENDO ELI JENKINS

 

¡Alabado sea el Señor! ¡Somos un país musical!

 

Y el reverendo Jenkins se apresura a llevar jalea y poemas a los enfermos del lugar.

 

El pueblo está a rebosar, como un huevo de periquito a punto de romper.

 

SEÑOR WALDO

 

Aquí está el reverendo,

 

dice el señor Waldo, todavía sin lavarse, apostado en el ahumado ventanal de arenques del Blasón de los Marinos,

 

SEÑOR WALDO

 

con su paraguas y sus odas. Llénalas, Simbad, que hoy invito yo.

 

Los pescadores, silenciosos, apuran sus jarras de cerveza.

 

 

SIMBAD

 

Oh, señor Waldo,

 

suspira Simbad el Marino,

 

estoy loco por esa Liviana Beynon. ¡Es una mujer de bandera!

 

Amor, canta la primavera, canta, la hierba rebota bajo los traseros de los pájaros y los corderos.

 

Y Liviana Beynon, la maestra, revuelve la cuchara y, temblorosa, enseña la lección a sus vándalos.

 

VOCES DE NIÑOS

 

Un amante y su media doncella,



 

 

 

 

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con un hola, un ho y un hola, tararí…

 

 

LIVIANA BEYNON

 

¡Oh, no, así no! ¡A ver si lo decís bien, niños!

 

Repetid conmigo, es así como os digo:

 

Un amante y su muchacha,

 

con un hola, un ho y un hola, tararí…

 

SIMBAD EL MARINO

 

Oh, Waldo,

 

dice Simbad el Marino,

 

ella, por cierto, no es medio doncella, sino mujer entera.

 

Y el señor Waldo, que piensa en una mujer inocente como Eva, y punzante como la ciática para compartir su cama de bizcocho, contesta

 

SEÑOR WALDO

 

¡Qué va! No conozco a ninguna que lo sea.

 

 

SIMBAD

 

Y a poco que muriera mi abuela, le juro, señor Waldo, que me arrodillaría ante la señorita Liviana Beynon, y le diría

 

VOCES DE NIÑOS

 

Los pajarillos cantan ea, ea,

 

y los dulces amantes

 

aman la primavera…

 

Todavía arrodillada, Polly Garter canta

 

 

POLLY GARTER

 

¡Oh, Tom! ¡Oh, Dick! ¡Oh, Harry! ¡Qué hombres! Pero nunca he de encontrar…

 

NIÑOS



 

 

 

Página 69



din don

 

 

POLLY GARTER

 

a alguien como él.

 

Y la clase de la mañana ha terminado. El capitán Cat, en el ojo de buey de su goleta, las cortinas abiertas a la luz primaveral, escucha la revoltosa chiquillada jugar a las prendas, revolcándose, cantando coplas y versos en las calles empedradas.

 

VOCES DE NIÑAS

 

Llama a los chicos, Gwennie,

 

que tanto jaleo arman.

 

NIÑA

 

¡Chicos, chicos, chicos,

 

venid conmigo!

 

VOCES DE NIÑAS

 

¡Chicos, chicos, chicos,

 

Venid a besar a Gwennie,

 

besadla donde dice,

 

o dadle un penique!

 

¡Anda, Gwennie, anda!

 

NIÑA

 

Bésame en la senda de la Grosella,

 

en la senda de la Grosella, bésame.

 

El beso, o el penique.

 

¿Cómo te llamas?

 

NIÑO PRIMERO

 

Billy.

 

 

NIÑA

 

Bésame en la senda de la Grosella,

 

en la senda de la Grosella, bésame.

 

Billy, bobo, el beso o el penique.



 

 

 

 

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NIÑO PRIMERO

 

Gwennie, Gwennie,

 

en la senda de la Grosella te beso,

 

¡y el penique no suelto!

 

VOCES DE NIÑAS

 

¡Chicos, chicos, chicos,

 

besad a Gwennie,

 

besadla donde dice,

 

o dadle un penique!

 

¡Anda, Gwennie, anda!

 

NIÑA

 

En la colina de Llareggub, bésame,

 

o el penique me debes.

 

¿Cómo te llamas?

 

NIÑO SEGUNDO

 

Johnnie Cristo.

 

 

NIÑA

 

En la colina de Llareggub, bésame Johnnie Cristo, o, ya sabes, señor, dame un penique.

 

NIÑO SEGUNDO

 

Gwennie, Gwennie,

 

en la colina de Llareggub te beso,

 

¡y el penique no suelto!

 

VOCES DE NIÑAS

 

¡Chicos, chicos, chicos,

 

besad a Gwennie,

 

besadla donde dice,

 

o dadle un penique!

 

¡Anda, Gwennie, anda!

 

NIÑA



 

 

 

 

 

Página 71



En el bosque lácteo, bésame,

 

bésame en el bosque lácteo,

 

o el penique me debes…

 

¿Cómo te llamas?

 

TERCER NIÑO

 

Dicky.

 

 

NIÑA

 

Dame un beso en el bosque lácteo, Dicky, o dame enseguida el penique.

 

NIÑO TERCERO

 

Gwennie, Gwennie,

 

no he de besarte en el bosque lácteo.

 

 

VOCES DE NIÑAS

 

¿Por qué?

 

 

NIÑO TERCERO

 

Mi mamá dice que no haga eso.

 

 

VOCES DE NIÑAS

 

Cobarde, cobarde, gallina,

 

dale un penique a Gwennie.

 

NIÑA

 

Dame un penique.

 

 

TERCER NIÑO

 

Ni eso tengo.

 

 

VOCES DE NIÑAS

 

¡Echadlo al río,

 

con el agua hasta su hígado,

 

aprisa, aprisa, Dick marrano,

 

dadle en el culo

 

con una vara de ruibarbo!



 

 

 

 

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¡Ay!

 

¡Cállate!

 

Y las niñas chillonas lo cercan entre burlas, gritan, lo agarran, lo zurran. Lloriqueando colina abajo, cayéndosele el pantalón remendado, siente el ardor de sus mejillas salpicadas de lágrimas mientras desciende y oye a las hermanas vencedoras graznar como pájaros; llevan el trofeo de sus botones en las garras, y los hermanos, hechos unos gallos, corriendo tras él gritándole su mote y la vergüenza de su madre, le recuerdan, sañudos, la maldad del padre con las ligeras y sórdidas mujeres que viven descalzas en las casuchas de las colinas. Aunque ahora nada de eso importa, y busca lloriqueando a su madre lechosa, su sopa de puerros, su cestillo con manteca, su cuajada y sus pasteles galeses; busca los gruesos brazos maternales oliendo a cama después del parto, a cocina alumbrada por el abrazo de la luna. Nunca lo olvidará, mientras va chapoteando, cegado, hacia su casa por el lacrimoso fin del mundo. Luego, sus torturadores, dándose palos, corren a la tienda de caramelos del callejón de las Conchas con sus peniques pringosos como la miel para comprarle a la señorita Myfanwy Price, pizpireta y pulcra como un petirrojo apretado en su chulería, con sus nalguitas redondas y tersas, pirulís grandes como verrugas que cambian de color al chuparlos, caramelos de licor, anises, gominolas, regaliz empalagoso, dulzón, guirlache para estirar como si tuvieran otra lengua roja y gomosa, chicle para pegar los rizos de las niñas, pastillas rojas para la tos, que se escupen como sangre, cucuruchos de helado, diente de león y bardana, jarabes de frambuesa y cereza, gaseosas espumeantes… ¡Phsss! ¡Ahí van los tapones y el gas!

 

Liviana Beynon sale de la escuela con tacón alto. El sol zumba en las flores de algodón que lleva cosidas en su vestido, va hacia la campana de su corazón, y, echado, liba la miel dando besos de amante ebrio y juguetón en su pecho de baya rojiza. En la calle, los árboles y las ventanas arrancan miradas humeantes de tan calientes, que susurran: «¡Liviana!», y se la comen con los ojos, la desvisten hasta los pezones y las abejas del vestidito. Pasa por delante de la taberna Blasón de los Marinos, desnuda en su relumbre, única mujer en la tierra de Dai



 

 

 

 

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Adán. Simbad el Marino pone sobre sus muslos, todavía húmedos por el rocío del primer jardín donde creció el hombre y cantó el gallo, sus reverentes manos barbudas como chivos.

 

LIVIANA BEYNON

 

No me importa que él sea vulgar,

 

le musita a su propio interior, profundo como una lechuga[16].

 

me lo tragaría entero. ¡No me importa que no pronuncie las haches!

 

le dice a su propia primavera, desnuda, luminosa madre-nutricia-del-mundo, con caderas de Eva,

 

¡mientras sea todo él pepino y zarpas!

 

Simbad el Marino la ve pasar, recatada, orgullosa y maestrilla en su fresco vestido floreado, su sombrero desafiando al sol, sin una mirada, ni una cancioncilla siquiera, ni un golpe de cadera. Contempla a la hija del carnicero, inquebrantable virgen de hielo oculta por siempre al ávido abrazo de sus ojos.

 

SIMBAD EL MARINO

 

¡Oh, Liviana Beynon! ¿a qué tanto orgullo?

 

Le dice quejumbroso a su cerveza.

 

¡Oh, hermosa Liviana B., quiero, quiero que seas mía! Ojalá fueras menos leída.

 

Ella siente el cosquilleo de su barba cabruna en el centro del mundo como un manojo de alambre ardiendo, pero huye con un dulce terror de su látigo y del incendio de sus cejas y sus patillas. Ya en la cocina, se sienta ante un plato a rebosar de patatas fritas y riñoncillos de cordero.

 

En el caserón de la escuela, en la oscura sala de postigos cerrados, polvorienta, resonante como un comedor en una cripta, el señor y la señora Pugh permanecen silenciosos ante un pastel casero de carne



 

 

 

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fría y grisácea. Mientras pincha la vianda amortajada, el señor Pugh lee las Vidas de los grandes envenenadores. Ha forrado el libro con papel de embalar. Sigiloso, entre lentos bocados, mira de reojo a la señora Pugh. La envenena con la mirada y sigue leyendo y subrayando algunos pasajes envuelto en una secreta sonrisa.

 

SEÑORA PUGH

 

La gente educada no lee en la mesa,

 

dice la señora Pugh. Y, con el agua turbia de un caldo de guisantes, traga una tableta digestiva tan grande como una píldora de caballo.

 

[Pausa]

 

Hay personas que se han educado en pocilgas.

 

 

SEÑOR PUGH

 

Querida, que yo sepa los cerdos no leen en la mesa.

 

Con amargura, quita el polvo de la vinajera descascarillada, ese polvo que, poco a poco, como una fina lluvia de mosquitos, va posándose sobre el pastel.

 

Los cerdos, querida, no saben leer.

 

 

SEÑORA PUGH

 

¡Sé de uno que sí sabe!

 

A solas, en el silbante laboratorio de cumplir sus deseos, el señor Pugh brega con cubetas y frascos maléficos, va a hurtadillas entre bosquecillos de hierbas mortíferas. Mientras, la agonía ya ha empezado a danzar en los crisoles, está preparando un bebedizo venenoso para la señora Pugh, desconocido por cuantos toxicólogos existen, un brebaje que la abrasará y atravesará como una víbora hasta que las orejas le queden como higos, y los dedos de los pies se le hinchen y pongan negros como globos y le salga un vapor rechiflando por el ombligo.



 

 

 

 

 

 

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SEÑOR PUGH

 

Tú eres la que mejor lo sabe, querida,

 

dice el señor Pugh, y, veloz como el rayo, le da una ahogadilla en el caldo de rata.

 

SEÑORA PUGH

 

¿Qué libro tienes ahí, junto al plato?

 

 

SEÑOR PUGH

 

Es una obra teológica, querida. Vidas de los grandes santos…

 

La señora Pugh sonríe, y un carámbano se forma de pronto en el frío de la cripta-comedor.

 

SEÑORA PUGH

 

Esta mañana te he visto hablar con una santa. Santa Polly Garter. Anoche la martirizaron otra vez en el bosque lácteo. La señora Organ Morgan la vio con el señor Waldo.

 

SEÑORA ORGAN MORGAN

 

Y cuando me vieron, hacían ver que buscaban nidos,

 

dice la señora Organ Morgan a su marido, con una boca a rebosar de pescado como un pelícano.

 

SEÑORA ORGAN MORGAN

 

Pero, me dije, no se buscan nidos en camiseta y calzoncillos largos, como los que llevaba el señor Waldo, ni con el vestido remangado hasta el cuello, como Polly Garter. ¡No me engañaron!

 

Un trago de pelícano, y el lenguado visto y no visto. Se relame y vuelve a pinchar.

 

SEÑORA ORGAN MORGAN

 

Y cuando se piensa en la legión de niños que tiene, a una no se le ocurre otra cosa que decir que mejor estaría sin andar buscando nidos. Sí, es lo único que se me ocurre decir. No es el pasatiempo ideal para



 

 

 

 

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una mujer que ni siquiera sabe dar un no a los enanos. ¿Te acuerdas de Tom Spit? No era más alto que un niño, y le hizo dos. Aunque en verdad, Fred Spit y Arthur son dos muchachos encantadores. Unas veces prefiero a Fred, y otras a Arthur. Y a ti, Organ, ¿cuál te gusta más?

 

ORGAN MORGAN

 

Oh, a mí Bach, sin duda. Yo siempre Bach, Bach.

 

 

SEÑORA ORGAN MORGAN

 

Organ Morgan, ¡no has escuchando ni palabra de lo que estaba diciendo! Contigo siempre el órgano y más órgano… dale y dale al órgano.

 

Y ella rompe a llorar, y, en medio de su aullido salado, ensarta certera un lenguadillo y se lo traga ¡Y hasta el pelícano si lo hubiera!

 

ORGAN MORGAN

 

Y luego Palestrina,

 

dice Organ Morgan.

 

Lord Cristalfino, solitario, en su cocina llena de tiempo, se agacha ante el comedero de su perro, en el que pone Fido[17]. Hay unos restos de pescado picante. Escucha las voces de sus sesenta y seis relojes, uno por cada año de su atolondrada existencia, y contempla, con agrado, sus caras lunares, sus caras blancas y negras, sus caras de sonoros labios que con su tic tac bisbisean el paso del mundo. Relojes que se atrasan, relojes que se adelantan, latidos pendulantes, relojes de porcelana china, despertadores, relojes de caja, de cucú, en forma de rehilante Arca de Noé, relojes que murmuran en barcos de mármol, relojes en el vientre de mujeres de cristal, relojes de arena con campanillas, relojes que dicen «el tiempo pasa», relojes que cantan melodías, relojes Vesubio con lava y negras campanas, relojes Niágara por donde se despeña el tic tac, relojes viejos con barbas de ébano que lloran la fuga del tiempo, relojes sin manecillas que al tañer no se reconocen en las horas. Cada una de sus sesenta y seis voces van a su aire, y entonan un canto distinto. Lord Cristalfino vive



 

 

 

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en una casa y en una vida asediadas. En cualquier momento, en cualquier día oscuro, acaso un enemigo desconocido baje por la colina saqueando salvajemente lo que halle a su encuentro, pero no le cogerá desprevenido. En su cocina viscosa de pescado, sesenta y seis horas distintas dan el tic, dan el tac, suenan, repican, tañen, tocan.

 

La lujuria y la cadencia, la espuma y la brisa esmeralda, el resonar de alabanza de los pájaros y el cuerpo de la primavera, con sus pechos prietos de leche fluvial de mayo, nada significan para ese señorial devorador de cabezas de pescado sino un paso más hacia las legiones y cohortes del Último Día Negro, esas que lo asolarán y saquearán todo al descender por la colina de Armageddon, hasta llegar a su casucha guardada con dos cerrojos y postigos de herrumbrosos goznes, tictaqueante, turbia de polvo, allá abajo, en el confín del pueblo que ha enloquecido de amor.

 

POLLY GARTER

 

Yo nunca he de encontrar amores como el suyo,

 

canturrea y suspira la bonita Polly.

 

POLLY GARTER [Canta]

 

Cuando los granjerillos en el día de fiesta bajen de las colinas, dancen y beban alegres,

 

antes de que el sol decline, me perderé en sus brazos.

 

Vienen de las granjas perdidas los buenos chicos malos.

 

Pero yo siempre pienso, cuando me acuesto con ellos, en mi chiquito Willy, que está muerto, muerto, muerto…

 

[Un largo silencio]

 

La lenta y soleada tarde, arrulladora, bosteza y vaga por el pueblo amodorrado. El mar se reclina en la costa, chapotea holgazán con los peces dormidos en su falda. Hay una calma de domingo en los prados, y los emborlados toros apenas entreabren los ojos; pacen las cabras en las cañadas y las margaritas descansan felices al descuido. Los estanques sestean, los patos se deslizan silenciosos. Se hunden las



 

 

 

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nubes en la almohada de la colina de Llareggub y los cerdos gruñen revolcándose en su baño de lodo, sonríen mientras resoplan entre sueños. Sueñan un mundo de suciedad salpicado de bellotas, sueñan un hociqueo de trufas, sueñan con las tetas de las cerdas en forma de gaita[18], con los berridos y la pestilencia cuando las cerdas en celo les dan el «sí». Se calientan en el barro, ponen el morro a un sol que ama a los puercos. Sus colas retuercen su espiral. Juguetean, babean, roncan hasta llegar a un sueño profundo después su hartazgo porcino. Y los asnos echan angélicas cabezadas en la cuesta del Burro.

 

SEÑORA PUGH

 

Las personas educadas,

 

rezonga con desaire la gélida señora Pugh,

 

no se duermen en la mesa.

 

El señor Pugh despierta, finge una sonrisa dulzona que esconde la peor de las intenciones: todo él es una sombra triste y gris bajo su bigote llorón de morsa, color amarillento de huevo y nicotina; se lo dejó crecer, espeso y largo, victoriano, en memoria del doctor Crippen[19].

 

Al menos deberías esperar a estar en tu pocilga,

 

dice la señora Pugh, suave como una navaja de afeitar. Su media sonrisa aduladora y enjuta, se hiela. Artero y silencioso, se desliza como un zorro hacia su guarida de alquimista, y allí, en medio del círculo silbante y de ácido prúsico de calderos y frascos rebosantes de viruela y peste negra, prepara, chup chup, un cocido de estramonio, nicotina y rana caliente, adobado con cianuro y salivajos de murciélago para su punzante estalactita, para esa harpía chinchosa que es su mujer, detestable y seca como un cascanueces.

 

SEÑOR PUGH

 

Disculpa, querida,

 

susurra irónico.



 

 

 

 

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ROSIE PROBERT

El capitán Cat, en su ventana, de par en par al sol y a un mar de goletas que surcó antaño, cuando sus ojos eran azules y encendidos, dormita y viaja; un aro en la oreja, los pies venciendo el bamboleo de la cubierta y un «Te quiero Rosie Probert» tatuado en el vientre. Emprende una bronca con botellas rotas en el turbio babel de los oscuros bares de los muelles; en cada puerto obsceno trisca por entre una manada de vaquillas de vida alegre, lanzándose aquí y allá, abrazándose a las muertas ahogadas de grandes pechos enrojecidos. Mientras duerme y navega, llora, las lágrimas corren por el gran tizón de su nariz.

 

De entre las voces de su sueño, que desciende al galope, hay una que recuerda con más cariño. Rosie, la de un despertar perezoso, sin más vestido que su rubia melena, que compartió con Tom-Fred el fogonero y otros muchos marineros, le habla de cerca, clara, desde la habitación de sus cenizas. En esta bahía y refugio, docenas de flotas echaron el ancla para el breve cielo de una noche; pero ella sólo le habla al soñoliento capitán Cat. La señorita Probert…

 

ROSIE PROBERT

 

de la calle del Pato, Jack. Grazna dos veces y pregunta por Rosie…

 

es el único amor de su vida de marino, prieta de mujeres como sardinas enlatadas.

 

[En voz baja]

 

¿Qué mares contemplaste,

Tom Cat, Tom Cat[20],

cuando los surcabas

 

hace ya tanto, tanto?

 

¿Qué monstruos resoplaban

 

en el verde ondulante

 

cuando tú eras mi dueño?

 

CAPITÁN CAT

 

Ah, te diré la verdad:

 

mares vociferantes como focas,



 

 

 

 

 

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mares verdes, azules,

 

mares llenos de anguilas,

 

de tritones y ballenas.

 

ROSIE PROBERT

 

¿Y qué mares navegaste,

 

oh, viejo ballenero, cuando tú,

 

sobre grasientas olas de ballena,

 

entre Gales y San Francisco,

 

eras el contramaestre mío?

 

CAPITÁN CAT

 

Cierto como el ahora,

 

Rosie, golfilla amada de Tom Cat,

 

marinerita de agua dulce,

 

de los amores el más grato,

 

fácil entre las fáciles,

 

mi siempre más dulce amiga,

 

mares verdes como alubias,

 

mares de cisnes resbalando

 

bajo una luna con aullidos de foca.

 

 

ROSIE PROBERT

 

¿Qué mares te mecieron,

 

oh, mi pequeño timonel,

 

mi esposo más querido,

 

con botas altas y deseos,

 

mi pato, ballenero mío,

 

miel mía, mi papaíto,

 

mi azucarado y guapo marino,

 

con mi nombre en tu vientre

 

cuando eras un muchacho,

 

hace ya tanto, tanto?

 

CAPITÁN CAT

 

No he de mentirte,

 

que no he visto mecerse



 

 

 

 

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mejor otros mares que el tuyo,

 

aguas que surcamos juntos.

 

Acuéstate y reposa,

 

deja que naufrague en tus muslos.

 

ROSIE PROBERT

 

Llama dos veces, Jack,

 

al portón de mi tumba,

 

y pregunta por Rosie.

 

CAPITÁN CAT

 

Rosie Probert.

 

 

ROSIE PROBERT

 

Recuérdala.

 

Ella ya va olvidando…

 

La tierra que llenó su boca

 

desaparece entre sus manos.

 

Recuérdame.

 

Yo te he olvidado.

 

Me marcho hacia la sombra de la sombra por siempre.

 

He olvidado, incluso, mi nacimiento.

 

NIÑA

 

Mira,

 

dice una niña a su madre al pasar ante la ventana de Villa Goleta,

 

¡el capitán Cat está llorando!

 

El capitán Cat está llorando

 

 

CAPITÁN CAT

 

¡Vuelve, vuelve!

 

por los silencios y los ecos de los periplos de la noche eterna.



 

 

 

 

 

 

 

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NIÑA

 

Llora y le destila la nariz,

 

dice la niña. Madre e hija siguen calle abajo.

 

Se le ha puesto la nariz como un fresón,

 

insiste la niña. Y al poco, ella también lo olvida. Observa a Boyo el Simple pescar desde la «Zanzíbar» en el centro quieto de la bahía azul en forma de saco.

 

Boyo el Simple ayer me dio tres peniques, pero yo no quise,

 

cuenta la niña a su madre.

 

Boyo ha pescado un corsé de ballena. No ha logrado otra cosa en todo el día.

 

BOYO EL SIMPLE

 

¡Qué diablos de pez tan raro!

 

La señora Dai Panecillos Dos va vestida de gitana por el lento ojo de la mente de Boyo el Simple, adornada sólo con un brazalete.

 

Está en camisón.

 

[Suplicante] ¿Le gustaría este remojado corsé tan bonito, señora Dai Panecillos Dos?

 

SEÑORA DAI PANECILLOS DOS

 

¡No, no me gustaría nada!

 

 

BOYO EL SIMPLE

 

¿Y un bocado de mi manzanita?

 

le ofrece sin esperanza alguna.

 

Ella sacude su camisón de bronce, y él la echa aprisa de su pensamiento. Cuando vuelve, como un vendaval al centro inyectado de sangre de su ojo, imagina una geisha, vestida con un kimono de papel de arroz, que le sonríe con un rictus y lo reverencia.



 

 

 

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Yo quiero ser un buen chico, pero nadie me deja,

 

suspira, mientras ella se inclina en un cortés saludo. La tierra se difumina, y el mar, silencioso como un rebaño, se retira. De la tibia nube blanca en la que descansa, llega una inquietante música oriental, sedosa, con un eco de campanillas, que le hace evanescerse en un instante japonés.

 

La tarde tiene un rumor de abejas perezosas en torno a las flores de Mae de la Rosaleda. Adormecida, preguntándole al amor, deshoja una margarita en el prado donde las cabras runrunean y le dan mansos testarazos al sol.

 

MAE DE LA ROSALEDA [Con desgana]

 

Me quiere

 

no me quiere

 

me quiere

 

no me quiere

 

¡Me quiere! ¡Maldito viejo verde!

 

Indolente, se desentumece sobre la blanda hierba y los tréboles. Diecisiete años ¡y todavía no la han ablandado en la hierba! ¡ja ja!

 

El reverendo Eli Jenkins, ennegrecido de tinta en el fresco salón de delante, que él llama sala de la poesía, sólo dice la verdad en la obra de su vida, el Libro blanco de Llareggub[21] —población, industrias principales, navegación, historia, topografía, flora y fauna del pueblo en que profesa—. Cuelgan de las paredes retratos de bardos y de predicadores famosos, recubiertos de pieles[22] y lana desde sus ojos estrábicos hasta la rótula, pesados igual que ovejas, y, junto a ellos, las desvaídas acuarelas de un colorín de señora verde-pálido del bosque lácteo, muy parecido a una ensalada de lechuga que agoniza. Su madre, apoyada en la maceta de una palmerita, cintura de anillo nupcial y busto entablillado como una mesa de mantel negro, sufre dentro de su corsé.

 

REVERENDO ELI JENKINS

 

Oh, ángeles, tened cuidado con vuestros cuchillos y tenedores,



 

 

 

 

 

 

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musita al rezar. No hay retratos conocidos de su padre Esaú, que, desposeído del alzacuellos canino de cura a causa de su vicio, en una siega y por error, fue guadañado hasta el hueso mientras dormía con su ebriedad en el trigal. Perdió toda ambición y murió, con una sola pierna.

 

¡Pobre papá!

 

se lamenta el reverendo Eli,

 

¡morir a causa de la bebida y la agricultura!

 

El granjero Watkins, en la Granja del Lago Salado, detesta las vacas de la colina cuando las llama para ordeñar.

 

UTAH WATKINS [Furioso]

 

¡Malditas, malditas lecherías ambulantes!

 

Una vaca lo besa.

 

¡Mátala a bocados!

 

grita a su perro sordo, que sonríe y le lame las manos.

 

¡Cornéalo, siéntate encima suyo, Margarita!

 

chilla a la vaca que lo ha raspado con la lengua. Y ella muge dóciles palabras mientras su dueño patalea furioso entre esas esclavas de resuello estival, que, delicadamente, caminan hacia la granja. La llegada del fin del día de primavera reverbera en los lagos de sus grandes ojos. Bessie la Cabezuda las saluda con los nombres que les puso cuando eran doncellas:

 

BESSIE LA CABEZUDA

 

Espiga, Bea, Clarita, Lena,

 

Abanico del castillo,

 

Teodosia y Gabriela.

 

y bajan la cabeza.



 

 

 

 

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Busca el nombre de Bessie la Cabezuda en el Libro blanco de Llareggub y hallarás los pocos hechos deshilvanados y el único hilo pobre y reluciente de su historia puesto en sus páginas con tanta devoción y primor, como el mechón de pelo de un primer amor perdido. Concebida en el bosque lácteo, nacida en un granero, envuelta en un papel, abandonada en un portal, creció, ronca y cabezuda en la oscuridad, hasta que un día Gomer Owen, muerto hace mucho, la besó al descuido por una apuesta que había hecho. Ahora, a plena luz, trabaja, canta, ordeña, llama a las vacas por sus dulces nombres y luego duerme hasta que la noche le chupa el alma y la escupe al cielo. A la luz de su amor de toda la vida, Bessie ordeña santamente las afectuosas vacas de ojos lacustres, mientras el atardecer cae como una lenta llovizna sobre el establo, el mar y el pueblo.

 

Utah Watkins, enfurecido aún, montado en un caballo de tiro, perjura en la solana de la granja.

 

UTAH WATKINS

 

¡Galopa, lisiado de las narices…!

 

y el enorme caballo relincha suavemente como si le hubiera dado un azucarillo.

 

Ahora, en el pueblo, cae la noche. Cada calle empedrada, cada calle del burro, del pato, de las grosellas, es un camino del crepúsculo; y el anochecer, con su polvillo ceremonial que flota, la primera nieve de este oscurecimiento y el sueño de los pájaros, se abandonan al desnudo ocaso de este lugar de amor. Llareggub es la capital del atardecer.

La señora Ogmore-Pritchard, al caer la primera gota de la ducha crepuscular, cierra todas las puertas que dan a la mar, cierra los ventanales ya desinfectados, se sienta tiesa, como un sueño bien enjuagado, en una higiénica silla de respaldo alto, y se impone entonces un dormir rápido y frío. A la una, a las dos, el señor Ogmore y el señor Pritchard, que durante todo el difunto día han estado tramando en la leñera la destrucción sin piedad de su vítrea viuda, suspiran desganados y se acercan con timidez a su impoluta casa.



 

 

 

 

Página 86



 

SEÑOR PRITCHARD

 

Usted primero, señor Ogmore.

 

 

SEÑOR OGMORE

 

Usted primero, señor Pritchard.

 

 

SEÑOR PRITCHARD

 

No, no, señor Ogmore, usted la dejó viuda primero.

 

Y por el ojo de la cerradura, con lágrimas donde antaño hubo unos ojos[23], languidecen y murmuran.

 

SEÑORA OGMORE-PRITCHARD

 

Maridos,

 

dice ella en su sueño. En su voz hay un amor amargo que se dirige a uno de los fantasmas que se deslizan. El señor Ogmore espera que no vaya por él. Y lo mismo le ocurre al señor Pritchard.

 

¡Os amo a los dos!

 

SEÑOR OGMORE [Con terror]

 

¡Oh, señora Ogmore!

 

SEÑOR PRITCHARD [Asustado]

 

¡Oh, señora Pritchard!

 

 

SEÑORA OGMORE-PRITCHARD

 

Pronto será la hora de acostarse… Repetid en orden vuestras tareas.

 

 

SEÑOR OGMORE Y SEÑOR PRITCHARD

 

Hemos de coger los pijamas del cajón que pone pijamas.

 

SEÑORA OGMORE-PRITCHARD [Con frialdad]

 

Y luego os los tenéis que quitar y volver a guardar.

 

 

SEGUNDA VOZ



 

 

 

 

 

 

 

Página 87



Abajo, en el pueblo crepuscular, Mae de la Rosaleda, todavía echada en los tréboles, escucha el ramoneo de las cabras, y con un pintalabios se dibuja un arillo en los pezones.

 

MAE DE LA ROSALEDA

 

Soy fácil. Soy un bicho. ¡Vaya pieza! ¡Dios me castigará! Tengo diecisiete años. ¡Iré derechita al infierno!

 

les dice a las cabras.

 

Ya lo veréis. ¡Voy a pecar hasta reventar!

 

Se recuesta, esperando que le ocurra eso… Las cabras rumian con sorna.

 

Y, en la puerta de la casa de Bethesda, el reverendo Eli Jenkins recita a la colina Llareggub su poema dedicado al atardecer.

 

REVERENDO ELI JENKINS

 

Al despertarme, todas las mañanas te glorifico y rezo, Dios amado, e imploro que tus ojos amorosos velen por cuantos hemos de ser polvo.

 

Y, cuando el sol se oculte tras los cerros, pido tu bendición para este pueblo, porque la vida es frágil, es un hilo que, lento, va segando el nuevo día.

 

Y aun no siendo del todo buenos ni malos, los que en el bosque lácteo habitamos,

 

henos aquí entregados, oh, Dios, que sólo miras de nuestro rostro el lado más hermoso.

 

¡Concédenos un día más, Señor!

 

Venga tu mano a bendecir la noche,

 

que de nuevo al sol podamos saludar, humildes, y un eterno ¡hasta luego! entonar.



 

 

 

 

 

 

Página 88



Jack el Negro prepara un nuevo encuentro con su Satán en el bosque. Hace que rechinen sus dientes nocturnos, cierra los ojos, se mete religiosamente en sus pantalones, cosida la bragueta con hilo de zapatero, y sale, linterna y Biblia en mano, astuto y contento, hacia un crepúsculo que ya es pecador.

 

JACK EL NEGRO

 

¡A Gomorra!

 

Y Lily Calzas está con Boyo el Simple haciendo truhanadas en el lavadero.

 

Y Cherry Owen, sobrio como un domingo, aunque como todos los días de la semana sale alegre como un sábado, cuando va a emborracharse igual que un cura. Lo de cada noche.

 

CHERRY OWEN

 

Yo siempre digo que ella tiene dos maridos,

 

dice Cherry Owen,

 

uno borrachuzo,

 

y otro abstemio.

 

Y la señora Cherry dice, simplemente

 

 

SEÑORA CHERRY OWEN

 

¿No soy una mujer afortunada? Porque los quiero a los dos.

 

 

SIMBAD

 

Buenas noches, Cherry.

 

 

CHERRY OWEN

 

Buenas noches, Simbad.

 

 

SIMBAD

 

¿Qué vas a tomar?

 

 

CHERRY OWEN



 

 

 

 

 

Página 89



Demasiado.

 

 

SIMBAD

 

El Blasón de los Marinos está siempre abierto,

 

Simbad sufre en silencio, tan roto está su corazón,

 

…   Oh, Liviana, ¡ábreme el tuyo!

 

El atardecer se ha ahogado para siempre… hasta que amanezca. Ahora, de pronto, es noche cerrada. El pueblo, batido por el viento, es una colina de ventanas. Cerca de las olas rompientes, las bombillas de las farolas claman el nuevo día tras sus cristales, gritan el regreso de los muertos que han huido hacia el mar. La oscuridad vocea por todas partes, promete y canta unas nanas a los viejos y los niños para que se duerman de una vez.

 

VOZ DE MUJER PRIMERA

 

Duérmete, niño, ea, ea, que viene el coco…

 

VOZ DE MUJER SEGUNDA [Cantando]

 

Duerme, duerme, abuelito, en la copa del árbol, que cuando el viento sople, tu cuna mecerá; si la rama se rompe, la camita a tierra irá, a tierra el abuelito y al traste sus barbas.

 

Las hijas cubren a los ancianos, ya han perdido las alas, pero tienen los ojos fijos como loros, y desde su sombra diminuta, junto a la lumbre de los rincones alumbrados por el joven bullicio de la cocina, vigilan toda la noche con la mirada alerta y vidriosa, no fuera la muerte a sorprenderlos dormidos.

 

Las muchachas solteras, solas en sus secretas alcobas nupciales, se empolvan y rizan el pelo para el Baile del Mundo.

 

[Música de acordeón, un tanto apagada]



 

 

 

 

 

 

 

 

Página 90



Ponen un gesto arrogante ante el espejo, como diciendo a los chicos de la calle: «ven aquí», que bajo un viento repentino esperan, apoyados en las esquinas y a la luz de las farolas, echarle un silbido e ir tras ella.

 

[Música de acordeón más fuerte,

 

para luego apagarse lenta]

 

Los bebedores, en el Blasón de los Marinos, beben para que el baile fracase.

 

PRIMER BEBEDOR

 

¡Abajo los valses y el saltar a la comba!

 

 

SEGUNDO BEBEDOR

 

Bailar no es cosa natural,

 

dice juiciosamente Cherry Owen, que acaba de soplarse diecisiete jarras de amarga cerveza galesa, lisa, medio caliente, sosa, aguachinada.

 

El brillo de la linterna de un granjero chispea en la ladera de Llareggub.

La colina de Llareggub, escribe el reverendo Jenkins en su salón de poesía, es un místico túmulo, monumento de los pueblos que habitaban la región de Llareggub antes de que los celtas abandonaran la Tierra del Verano, donde los viejos hechiceros se hacían esposas con las flores.

 

[La música de acordeón se desvanece en el silencio]

 

El señor Waldo, en su rincón del Blasón de los Marinos, canta:

 

 

SEÑOR WALDO

 

En Pembroke, cuando era un muchacho[24], vivía en la torre del castillo,

 

seis peniques me daban de soldada,

 

deshollinando toda la jornada.



 

 

 

 

 

 

Página 91



 

Seis fríos peniques yo cobraba,

 

ni un céntimo el sueldo se alargaba,

 

a poco la comida me llegaba,

 

sólo ginebra y berros me compraba.

 

Ni tenedor ni cuchillo precisaba,

 

sin servilleta me las arreglaba,

 

no más que unos berros yo probaba,

 

y una ginebra hecha de berraza.

 

¿Quién ha visto a un muchacho tan falto de todo, sin apenas hueso y carne, llorando ante un licor de triste vaso que le hacía penar hasta acostarse?

 

Deshollinando, deshollinador,

 

lloraba por las calles de Pembroke,

 

descalzo en la nieve, más que pobre,

 

hasta que una muchacha se apiadó.

 

Me dijo, oh, pobrecillo deshollinador, ¡tan negro, solo como un as de picas! ven, que mi chimenea nadie limpia desde que mi marido se marchó.

 

¡Ven a deshollinar mi chimenea,

 

ven a deshollinar mi chimenea,

 

me susurró con algo de rubor!

 

¡Ven a deshollinar mi chimenea,

 

ven a deshollinar mi chimenea,

 

y no te olvides el escobillón!

 

El ciego capitán Cat se encarama a la litera. Como gato que es, ve en la oscuridad. En el viaje de sus lágrimas, se hace a la mar para contemplar a los muertos.

 

CAPITÁN CAT





¡Williams, el bailarín!

 

 

AHOGADO PRIMERO

 

Todavía bailo.

 

 

CAPITÁN CAT

 

¡Jonah Jarvis!

 

 

AHOGADO SEGUNDO

 

Sigo aquí.

 

La calavera de Bevan el Rizos.

 

 

ROSIE PROBERT

 

Rosie, en lo alto, con Dios. Se me ha olvidado morir.

 

Salen los muertos con sus trajes de domingo.

 

Escucha cómo rompe las sombras.

 

Organ Morgan se encamina a la capilla para tañer el órgano. Toca de noche, solo, siempre solo, para quien quiera escucharle: amantes, jaraneros, muertos silenciosos, vagabundos, ovejas. Ve a Bach echado sobre una lápida.

 

ORGAN MORGAN

 

¡Johann Sebastian!

 

CHERRY OWEN [Borracho]

 

¿Quién?

 

 

ORGAN MORGAN

 

¡Johann Sebastian, todopoderoso Bach! ¡Oh, Bach, mi Bach!

 

 

CHERRY OWEN

 

¡Vete al infierno!

 

dice Cherry Owen, que descansa en el camino hecho de una lápida que conduce a su casa.




El señor Mog Edwards y la señorita Myfanwy Price, dichosamente separados, el uno en lo alto del pueblo, la otra junto al mar, se escriben noche tras noche cartas de amor y de deseo. En el cálido Libro blanco de Llareggub hallarás los pequeños mapas de las islas de su estar conforme.

 

MYFANWY PRICE

 

¡Oh, querido Mog, soy tuya para siempre!

 

Y ella mira satisfecha todos los rincones de su irreprochable habitación, de pulcritud siempre reciente, a la que el señor Mog Edwards nunca entrará.

 

MOG EDWARDS

 

¡Ven a mis brazos, Myfanwy!

 

Y abraza su dinero amado, lo estrecha contra su propio corazón.

 

Y el señor Waldo, borracho en el oscuro bosque, aprieta a su amada Polly Garter ante los ojos y las lenguas viperinas del vecindario y los pájaros, pero no le importa, se relame los labios enrojecidos y deseosos.

Pero no es el nombre de Waldo el que Polly Garter susurra mientras yace bajo el roble y corresponde a su amor, no: pronuncia ese otro que está a dos metros bajo la tierra fría.

 

POLLY GARTER [Canta]

 

Yo siempre pienso, cuando me acuesto con ellos, en mi chiquito Willy Wee, que ha muerto, muerto, muerto.

 

Oscurece la delgada noche, y una brisa que viene de las aguas encrespadas suspira por las calles, lo hace bajo un bosque lácteo que despierta. Es el bosque en el que cada árbol hunde sus pezuñas en la mirada negra y socarrona de los cazadores de amantes; el jardín creado por Dios para Mary Ann la Marinera, que sabe que el cielo está aquí para los elegidos por el fuego divino en estas tierras de Llareggub; el bosque, que es la capilla de lechos que los labriegos han hecho con sus manos para yacer con su amiga en los días de fiesta; y para el reverendo Eli Jenkins ese bosque no es más que un verde 

sermón de hojas sobre la inocencia de los hombres; el bosque que, de pronto, sacudido por el viento, despierta sobresaltado por segunda y oscura vez en este día de primavera.


 

 

 


 

DYLAN THOMAS (Swansea, Gales, 1914-Nueva York, 1953) fue poeta, autor de cuentos y guionista que alcanzó gran celebridad con sus intervenciones radiofónicas en la BBC londinense, no sólo por el contenido de las lecturas y la inventiva de sus guiones, sino también por su voz profunda, de resonancia bárdica. Heredero de la tradición poética galesa, este hombre de vida intempestiva y temeraria estuvo marcado, en lo literario, por la poesía metafísica de los maestros ingleses del siglo XVII —siempre cercano a Henry Vaughan, Andrew Marwell y George Herbert —, la mirada visionaria y audaz de William Blake y, en menor medida, por la huella del imaginario surrealista. Sin embargo, su lenguaje luminoso y a la vez turbulento, la continua magia de su imponente y desconcertante ritmo, unido a una indómita genialidad y a una música que sólo puede ser deudora de un oído privilegiado, hicieron de él un poeta único, inexplicable por lo insólito, alejado de la poesía social propia de su tiempo —que tuvo como voces destacadas a Stephen Spender y W. H. Auden—, aunque no por ello carente de un compromiso moral y de una complicidad y comprensión hacia las vidas sencillas y desventuradas. Sus lecturas públicas le valieron un gran reconocimiento, tanto en su país natal como en Estados Unidos, adonde viajó en tres ocasiones; la última de ellas contempló la lectura de Bajo el del amor (The Map of Love) (1939) y, sobre todo, Muertes y entradas (Deaths and Entrances) (1946). En el dormir campestre (In Country Sleep) es uno de sus poemas últimos e inacabados, como también es de póstuma publicación Elegía (Elegy), en la que, arrodillado ante un moribundo, escribe: «Ve tranquilo a la colina de tu crucifixión».

 

Thomas falleció en Nueva York, enfermo y devastado por el alcohol, un 9 de noviembre de 1953, a los treinta y nueve años, cuando ya se había comprometido a colaborar con Ígor Stravinski para la escritura de unas arias que el compositor le había solicitado con motivo de una nueva ópera. A menos de un año de la desaparición del poeta, Stravinski escribió, a modo de homenaje, In memoriam Dylan Thomas, para tenor, cuarteto de Cuerda y cuarteto de trombones, estrenado en septiembre de 1954.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Notas



[1] To begin at the beginning: Tomado de Dickens, en A Tale of Two Cities (II, 15). Cuando el peón de gorra azul pregunta al tabernero: «¿Por dónde empiezo, señor?», Defarge responde: «Pues empieza por el principio». En la escena que Dickens recrea más adelante, en ese mismo capítulo, sucede el atardecer de un lugar, cuando «todo el pueblo va a dormir». <<

 

[2]  Listen: «Escucha». Dylan Thomas emplea la repetición del término como procedimiento narrativo de forma similar en A Winter’s Tale. <<

 

[3]Deep into the Davy dark: En argot de los marineros británicos refiere el fondo del mar donde reposan los muertos. Thomas recurre a la misma expresión en I see the boys of summer in their ruin (II), cuando señala: «The bright-eyed worm on Davy’s lamp». <<


[4] I lost my step in Nantucket: Isla adámica al sur de Cape Cod. Herman Melville la describe como «el sitio donde se varó la primera ballena muerta de América» (Moby Dick, II), «una mera colina solitaria y un codo de arena» en la que, señala, se llevan «trozos de madera como en Roma los trozos de la verdadera Cruz; que la gente allí planta setas delante de casa para ponerse a su sombra en verano» (ibid. XIV). También el capitán Ahab, dice «lost his step».
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[5] Ebenezer: Capilla que toma el nombre de la Ebenezer Society, una secta protestante y pacifista.
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[6] yes, yes, yes…: En su edición de Under Milk Wood Walford Davies y Ralph Maud (J. M. Dent & Sons Ltd, Londres, 1995) subrayan esta reiteración como uno de los rasgos deudores de Thomas para con el Ulysses de James Joyce, en este caso tomada del soliloquio final de Molly Bloom. <<


[7] Ach y fi!: Interjección galesa que expresa repugnancia, desaprobación, asco.
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[8]charcoal biscuit: Tipo de galleta cuya masa contenía diminutos trocitos de carbón, que, según creencia, facilitaban la digestión.
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[9] Salt Lake Farm: Thomas se refiere a la actual Salt House Farm, situada en Laugharne, en el declive de Sir John’s Hill.
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[10] Eisteddfodau: En la tradición galesa, una reunión poética a la que acudían los mejores bardos. Con el tiempo se convirtió en una suerte de certamen anual que todavía viene celebrándose (Royal National Eisteddfod of Wales).
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[11]   to the music of crwth and pibgorn: Instrumentos musicales de la tradición galesa. El crwth es una lira que a partir del siglo X pasó a tocarse

 

con arco. Procedente del norte de Europa, llegó a Irlanda a finales del siglo V, y de ahí pasó a Gales. Es posible que su nombre esté relacionado con el gaélico cruisigh, «música». El pibgorn es un instrumento pastoril de lengüeta sencilla, del que hay documentación en Gales desde el siglo XV; su aspecto recuerda en algo a la alboka vasca. <<


[12]De nuevo una idea que aparece en Moby Dick, pues Melville escribe: «Ahí están sus árboles, cada cual con su tronco hueco, como si hubiera dentro un ermitaño y un crucifijo» (I). <<

 

[13] Tallyho: Grito del cazador al levantar la presa. <<


[14]  jigjig: Argot portuario usado internacionalmente para referir el comercio con las prostitutas. <<

 

[15] Twll: Literalmente, en galés «ojete, ano». <<

 

[16] she whispers to her salad-day deep self: Parodia de las palabras de Cleopatra al final del Acto I, en las que recuerda sus años juveniles y de «juicio inmaduro»: «My salad days, / When I was green in judgement» (William Shakespeare, Antony and Cleopatra, I, 5). <<


[17]      Thomas acude a una idea similar en el poema Out of the sighs, cuando «busca a tientas la sustancia bajo el plato del perro»: «Groping for matter under the dog’s plate».
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[18]
Recordemos la metáfora de Altarwise by owl-ligth (VI): «The bagpipe-breasted ladies in the deadweed». <<


[19] in memory of Doctor Crippen: Hawley Harvey Crippen (1862-1910), médico estadounidense ejecutado en Londres por envenenar a su mujer. <<

 

[20]      Tom Cat, Tom Cat: Significa «gato macho». En Lament, escribe: «No springtailed tom in the red hot town». <<

 

[21]in the White Book of Llareggub: Waldford Davies y Ralph Maud (Ibid. p. 77) observan en este pasaje una parodia de los libros y colecciones que recrean la historia y literatura de Gales, a menudo titulados bajo la referencia a un color, como por ejemplo: Black Book of Carmarthen, Red Book of Hergest, White Book of Rhydderch, etcétera. <<


[22]preachers, all fur and wool: La imaginería nos lleva al fragmento de In the White Giant’s Thigh en el que aparecen frailes escurridizos y ataviados con pieles: «The scurrying, furred small friars squeal». <<

 

[23]     with tears where their eyes once were: Shakespeare dice: «Those are pearls that were his eyes» (The Tempest, I, 2, 399). <<

 

[24] Thomas imita el estilo de las baladas que en los siglos XVIII y XIX

 

cantaban los músicos ambulantes por las ciudades de Gran Bretaña (urban ballad), canciones jocosas y pícaras; solían acompañarse con una viola de rueda o cinfonía (hurdy-gurdy), o bien con un rabelillo (humstrum) propio de los mendigos, que lo empezaron a usar en el siglo XVII. <<



 



FIN

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