Libro N° 14832. Inés. Garro, Elena.
© Libro N° 14832. Inés. Garro, Elena. Emancipación. Febrero 21 de 2026
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INÉS
Elena
Garro
Inés
Elena Garro
La virginal Inés es secuestrada por un círculo de malditos que ofician rituales de ignominia y crueldad: ella representa a la doncella inocente, preservada sin mácula en un convento hasta ser arrojada al mundo sometido por el demonio, la carne y las drogas. Condenada al encierro y la tortura, Inés, la víctima propiciatoria, elegida por los dioses o los demonios, solo piensa en huir. Con su angustia, su dolor y su sacrificio final contradice a quienes la inmolan, y los derrota.
Elena Garro, autora de Los recuerdos del porvenir, bajo voluntad expresa dejó por muchos años inédita esta novela, adelantada al narcorrealismo que ahora vivimos; en las páginas de este libro demuestra por qué es una de las más notables figuras de las letras mexicanas.
Elena Garro
Inés
ePub r1.0
Titivillus 05.02.2026
Elena Garro, 2008
Fotografía de portada: Roxana Ruiz y Diego Álvarez
Editor digital: Titivillus
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—No temas ir a un país extranjero. Vas a un lugar impecable, al cuidado de tu primo Jesús, y el propio señor se encargará de arreglarte los papeles de trabajo. ¡Confía en Dios, hija mía! Has tenido mucha suerte en haber encontrado tan excelente trabajo.
En el pequeño andén, las palabras de la Madre Superiora se confundieron con la llovizna que caía sobre los rieles y sobre su propio rostro. Inés guardó silencio. Miró su modesta maleta que contenía un traje gris, alguna ropa interior, un peine, un cepillo de dientes y un jabón de tocador. Inés contuvo las lágrimas y trató de no mirar al cielo, ni a las pocas personas que desde lejos contemplaban su partida con gesto mudo y sorprendido.
—Dios siempre nos ve, siempre nos cuida, recuerda que nunca nos deja de la mano. Aunque estés lejos, seguirás siendo nuestra hija muy querida y velaremos y rezaremos por ti todos los días.
Inés asintió con la cabeza. Llevaba puesto el abrigo de lana y calzaba los guantes de punto regalados por una señora protectora del convento de huérfanas en el que había crecido. En su bolso de mano guardaba algún dinero para el viaje.
—¡Vamos, ánimo! —exclamó la Madre Superiora cuando el tren amenazador como un monstruo se detuvo ante ellas.
La imagen de la Madre Superiora otorgándole la bendición, al lado del hombre que la ayudó a subir la maleta al tren, le pareció irreal. Angustiada, se preguntó si en verdad se marchaba de aquel andén español, del hombre que la despedía con la gorra en mano y de la cara sonrosada de sor Dolores. Al salir de la estación, el tren hizo una vuelta inesperada e Inés se encontró sola en su compartimiento de segunda clase. Lejos de las figuras conocidas, prefirió cerrar los ojos para no ver al mundo que la esperaba.
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Al día siguiente, el tren se detuvo en una estación enorme: Inés había llegado a París. Atontada, bajó del tren para buscar entre la gente el rostro olvidado de su primo Jesús. Lo recordaba rubio y pequeño de estatura.
Ahí estaba esperándola en el andén desconocido, haciendo señales vagas con la mano. Le pareció cansado, envuelto en su viejo gabán raído. Sonreía y se apresuró a cargarle la maleta. Ambos hablaron poco del pueblo y del convento que Inés acababa de abandonar. Confundidos entre la multitud de viajeros, buscaron una boca del Metro. Deambularon por los pasillos subterráneos por los que circulaba gente atareada. Cambiaron tres veces de tren. Cuando salieron nuevamente a la superficie, Inés se encontró en una hermosa plazoleta silenciosa y bordeada de castaños. Jesús sonrió satisfecho.
—¿Te gusta? Es el barrio más elegante de París.
Inés afirmó con la cabeza. Cruzaron la plazoleta y tomaron una avenida que desembocaba en ella. La avenida era de doble tránsito, con una calzada en el centro, sembrada de castaños desnudos y desdibujados por la neblina del invierno. A unos cuantos pasos de la plazoleta se detuvieron frente a un portal enorme, de madera pulida: esa era la casa, ese era su destino. Jesús pareció satisfecho al ver la sorpresa retratada en el rostro de su prima Inés, que por un instante reculó, como si algo le dijera que no debía entrar ahí.
—¿No te gusta? —preguntó su primo, orgulloso de la mansión en la que él prestaba sus servicios.
—Es muy grande… no sé si pueda con ella.
Entraron al patio embaldosado. Una marquesina cubría la escalinata de piedra que conducía a la mansión. A la izquierda estaba la puerta que llevaba a la conserjería en donde Suzanne, la mujer francesa de Jesús, y los niños le dieron la bienvenida y le ofrecieron un café caliente. La habitación era pobre, situada en un nivel más bajo que el patio embaldosado. Una ventana pequeña permitía mirar la calle de abajo hacia arriba. Sobre un muro descansaban los tableros con las llaves de las habitaciones, los timbres y algunas indicaciones. Cerca, estaba el conmutador telefónico con las clavijas para comunicar a toda la casa.
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Inés se sintió oprimida y escuchó con extrañeza la conversación de su prima y de sus sobrinos. Los niños tenían la palidez producida por el encierro y el aire cargado de olores malsanos que flotaba en aquella especie de sótano habitado. Inés recordó la frescura de la huerta del convento: ahí la gente andaba sobre la tierra, no se escondía en cuevas malolientes que los convertía en seres agobiados por un destino adverso. «¿Por qué habré venido aquí?», se preguntó. Jesús interrumpió sus cavilaciones, debía mostrarle la casa. Ambos avanzaron por la puerta cochera, cruzaron el patio embaldosado y subieron la escalinata. Inés se encontró en un vestíbulo enorme con los muros cubiertos de madera oscura y el suelo tapizado de rojo. De uno de sus costados partía una amplia escalera, también de madera oscura. El comedor, con los muros tapizados de espejos ahumados, era parecido a un viejo acuario en desuso.
Una serie de salones amplios, con el mobiliario en abandono, terminaba en el enorme salón de música en el que un gran piano negro semejaba un animal de lujo. Volvieron al comedor para visitar la antecocina y la cocina, ambas enormes, destartaladas, como si nadie hubiera entrado en ellas durante muchos años. Aturdida, Inés no escuchaba las explicaciones de su primo.
Regresaron al vestíbulo para tomar el pequeño ascensor que llevaba a los pisos superiores. Inés se encontró con habitaciones abandonadas con las cortinas mal colgadas y cubiertas de polvo.
—Esta es la habitación del señor —dijo Jesús con tono respetuoso.
El cuarto era enorme, situado en el último ángulo del vestíbulo del tercer piso. El lecho se escondía en un nicho envuelto en cortinajes pálidos; estaba colocado a la izquierda de la puerta de entrada. Una ventana alta daba a un patio interior. Había unos cuantos sillones y dos armarios empotrados en los muros. La habitación le resultó inquietante a Inés. Su primo la miró intranquilo, hubiera deseado que la joven dijera algo. Las mujeres reservadas lo ponían en guardia. Él prefería a las otras, a las habladoras, a las que no ven nada. Inés, con sus ojos indiferentes, registraba todo lo que él hubiera deseado que ignorara.
Subieron al último piso. Inés midió la terraza que abarcaba toda la fachada de la casa. Movió la cabeza. La terraza cubierta por cristales polvorientos era un granero de lujo, abandonado, sucio, con varias mesas y sillas plegadizas recostadas contra la pared. La presencia de un teléfono negro colocado en el suelo agregaba extrañeza a aquel lugar desolado.
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—¡Qué diferencia con el convento! —exclamó Inés—. Allá, el orden brillaba en los dormitorios, en el refectorio, en la capilla y en la huerta.
—Todo rigurosamente pulido —agregó.
Detrás de la terraza y subiendo una escalerilla interior se hallaban los cuartos de servicio, pequeños y lúgubres. Inés escogió el primero de ellos con los muros empapelados de color gris. Una cama de resortes vencidos, un armario desportillado, una silla y una mesa formaban el mobiliario. Jesús colocó la maleta de su prima junto a la cama.
—¿Quién vive en esta casa…?, se diría que no vive nadie.
Jesús se turbó, era difícil contestar a la pregunta de su prima que, envuelta en su modesto abrigo negro esperaba la respuesta.
—El señor. A veces come aquí y a veces también duerme.
—¿Quieres decir que aquí no vive nadie? ¿No hay señora?
—No…, no hay señora…
—¿El señor es viudo?
—Algo así.
—¿Y a quién debo obedecer?
—¡Al señor! Tal vez te llame hoy mismo —contestó Jesús con impaciencia.
Ambos guardaron silencio; se hallaban perplejos, y el primo parecía turbado.
—Si quieres baja después a la conserjería.
Inés arregló su nueva habitación y colocó en el armario sus pequeñas propiedades. Después volvió a inspeccionar la enorme casa deshabitada y su silencio le pareció un presagio de desgracia. El teléfono sonó intempestivamente.
—¿Quién es usted? —preguntó la voz de un hombre con acento extranjero.
—Soy Inés, la doncella —contestó ella asustada.
—¿A qué hora se presentó usted? —preguntó la voz.
—Llegué en el tren de las ocho cuarenta y cinco.
—Ya lo sé. Pero ¿a qué horas se presentó usted en la casa? —dijo la voz con irritación.
—Tal vez al cuarto para las diez…
—La veré más tarde.
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Inés empezó la limpieza de la casa por la habitación del señor. Al oscurecer, cuando frotaba los espejos del comedor, vio de pronto la imagen de un hombre reflejada una y otra vez en la superficie de los muros de azogue. El hombre se sostenía el rostro con el índice de la mano y la miraba con fijeza. Inés se sobresaltó. ¿Cómo había entrado? Ningún ruido había anunciado su presencia; se diría que brotaba de las profundidades del espejo.
—¿No tiene usted algo más propio que ponerse? No me gusta ese traje de monja —dijo el hombre, haciendo un gesto de disgusto profundo.
Inés se ruborizó hasta la raíz del cabello. No tenía nada más que ponerse.
—La señorita Ivette se encargará de darle órdenes —agregó el hombre. Inés creyó adivinar que aquel intruso surgido del azogue era el señor
de la casa.
—Muy bien, señor —contestó sin atreverse a preguntar quién era la señorita Ivette.
Hubo un silencio embarazoso. Inés sintió la mirada escrutadora de aquel hombre, que iba desde la punta de sus zapatos gruesos hasta sus cabellos recogidos en la nuca. Después, el hombre dio media vuelta y salió del comedor. Asustada, lo oyó subir la escalera y lo imaginó en su habitación, en donde permaneció un gran rato. Ella esperaba una orden que no se produjo. Lo vio salir y corrió a refugiarse en la conserjería. El señor le había producido miedo. Era tan extraño como su manera de vivir.
—¡Vamos!, no te alteres y trae tus papeles. El señor te arreglará el permiso de trabajo.
Subió a buscar su bolso donde guardaba su documentación. La casa oscura la intranquilizó y en pocos minutos volvió a reunirse con Jesús. La familia entera parecía cansada: Suzanne, en la pequeña cocina situada en el fondo de la habitación, calentaba un potaje; los niños, inclinados sobre sus libros escribían con aplicación; mientras que Jesús, con aire agobiado, contemplaba por la ventana abierta las piernas de los paseantes, que caminaban de prisa como si desearan alejarse de aquella ventana situada al ras de la acera. Después de un rato cogió los documentos de su prima y le ofreció una silla. Se diría que le costaba trabajo entablar una conversación con ella. La repentina aparición de una mujer lo hizo correr a su encuentro.
—Es Inés, señorita Ivette —dijo con voz respetuosa.
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La muchacha se encontró frente a un mujer de cejas espesas, quijada ancha, pelo cortado como hombre, zapatos de tacón bajo y abrigo de pieles lujosas. La intrusa la miraba con aire divertido.
—¿Qué hay en la cocina? —preguntó la recién llegada, volviéndose a Jesús.
—No hay nada, señorita.
La señorita Ivette ocupó una silla, abrió su bolso, sacó un papel y un lapicero de oro y apuntó el menú de Inés. Escrupulosamente anotó los precios, hizo la suma y le tendió unos francos a Jesús. Este firmó un recibo y guardó el dinero.
—Espero que no nos des disgustos —le dijo la mujer a Inés, al mismo tiempo que le propinaba unos golpecitos en la espalda como signo amistoso. Una vez en la puerta se volvió con aire sorprendido—: ¡Me olvidaba! Necesito los documentos de Inés para arreglarle su estancia y su permiso de trabajo. El señor desea que todo esté en regla.
Acuérdese, Jesús, que es muy ordenado y que tiene un corazón de oro. Jesús le entregó los documentos de su prima y salió a acompañar a la visitante. Por la ventana, Inés la vio subir a un lujoso automóvil inglés, mientras que Jesús mantenía abierta la portezuela. En su actitud respetuosa había un gran cansancio. Cuando volvió al lado de Inés y de Suzanne, miró despectivamente la pequeña suma de dinero depositada sobre la mesa
por Ivette y dijo:
—Tendrás que arreglarte con eso.
Los niños cenaron en la cocina y los tres primos compartieron el potaje y el pan. A esa hora, en el convento ya habían cenado en el gran refectorio oloroso a pan. En la cueva, nadie tenía ganas de conversar y los tres guardaron silencio para escuchar los ruidos amables de la calle, que se animaba con voces y pasos risueños y rápidos. Inés tenía miedo de subir a su habitación y para prolongar su estancia trató de establecer un diálogo con Suzanne:
—Desde muy pequeña me enseñaron a bordar, a lavar, a planchar, a coser, a cocinar…
Sus palabras cayeron sobre su prima sin obtener ningún eco y decidió salir de la conserjería e introducirse en la casa apagada. Encendiendo y apagando luces atravesó el vestíbulo, tomó el ascensor, llegó a la terraza
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empolvada y luego subió la escalerilla estrecha y de una carrera se metió en su habitación solitaria. Sabía que no podría dormir e intentó el rezo, pero no logró vencer al miedo. En el convento, la habían preparado para afrontar los peligros del mundo y las acechanzas del demonio, que aguarda en cada esquina y en cualquier rincón del mundo, y ahora supo que no estaba preparada y quiso huir del cuarto empapelado de muros estrechos. ¿Cómo había sucedido todo? Jesús se había dirigido al convento español de París y de ahí habían enviado la solicitud a San Sebastián. Así, Inés había encontrado aquel trabajo, en aquella casa que funcionaba de esa manera extravagante. En la solicitud, Jesús había puesto su nombre; la Superiora le dijo: «¿Qué mejor que ir a trabajar al amparo de tu primo mayor?» Se sintió oprimida por el silencio que surgía de todos los rincones en forma de ruidos amenazadores. No era un silencio pacificador. Por el contrario, estaba lleno de peligros que le impedían conciliar el sueño o continuar el rezo. La noche le pareció interminable y sus presagios la hicieron sudar frío, mientras su lecho ardía como un desierto de arena hirviente. Muy abajo estaba su familia que parecía tan triste como ella. Se preguntó si dormían y si en caso de peligro escucharían sus llamados de auxilio.
Por la mañana decidió anunciarle a su primo que deseaba regresar a
España, Jesús la miró aterrado:
—Calma, mujer, calma, ya te acostumbrarás.
—No, no me acostumbraré nunca. Quiero marcharme.
—Aguarda unos días, habrá que buscar un pretexto, el señor te ha pagado el viaje. Ahora no puedo decirle que te marchas… además te están arreglando tus papeles…
—Trabajaré unos días para devolver el dinero del billete…
Resignada, se decidió a limpiar la escalinata de entrada. Los escalones de piedra blanca estaban grises por la mugre acumulada. Desde ahí vio llegar varios automóviles que se estacionaron en el gran patio embaldosado. Jesús abría el portón de entrada y, una vez que estaban dentro, ayudaba a bajar de sus vehículos a sus ocupantes. Uno de ellos, alto, flaco, vestido de gris, dientes dispares y mirada astuta, se le acercó a ella para examinarla con descaro.
—El señor Almeida, secretario de la empresa —le explicó Jesús a Inés. —¡Saque de la cajuela del coche las pruebas de lámina que traigo! —le
ordenó Almeida al conserje.
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Continuó mirando a Inés sin dirigirle la palabra, sonrió mostrando sus dientes remendados de oro y desapareció por una puerta pequeña situada al fondo del patio, que comunicaba la casa con la oficina por medio de un pasillo secreto. Las oficinas daban a la calle paralela, situada a espaldas de la hermosa avenida sembrada de castaños. De un automóvil pequeño y viejo bajó un hombre altísimo envuelto en un abrigo negro, que miraba hacia todas partes a través de sus enormes gafas oscuras y gruesas. Tras él entró la señorita Ivette en su coche inglés. Ambos se dirigieron a la puertecilla del pasillo secreto. Jesús cerró de prisa la gran puerta cochera. Inés, sorprendida, observó la maniobra. El hombre del abrigo negro la había mirado groseramente e Ivette le dio alguna explicación, que ella no alcanzó a descifrar, ya que ambos hablaron en francés.
El patio quedó quieto y Jesús volvió a su conserjería. Inés empleó la mañana en limpiar un poco los salones vacíos. A la una en punto, la maniobra de los empleados volvió a repetirse, solo que ahora se iban a la calle y su primo abría y cerraba la gran puerta cochera con precaución. El hombre del abrigo negro salió precedido por la señorita Ivette. Parecían muy amigos.
—Sí, son muy amigos —exclamó Suzanne con tono despectivo. —¡Calla, mujer!, que podemos terminar todos en la calle… —ordenó
Jesús en voz baja.
—¡Bah!, las mujeres somos más discretas que los hombres —repuso su mujer con tranquilidad.
Al oscurecer, el viejo Enríquez, el conserje de la oficina, se reunió con ellos para tomar un café: venía a hablar de España y esperaba que Inés le diera noticias de lo que sucedía en su país. Enríquez esperaba todos los días el anuncio de la muerte de Franco. La muchacha apenas tuvo nada que decirle y le pareció terrible que hiciera veintiún años que aquel viejecillo hubiera abandonado Santander.
—Pero vuelva usted, hombre. Yo le digo que no le pasará absolutamente nada —le repitió Inés con voz acalorada.
—¡Que no puedo! Fui un líder importante, organicé algunas huelgas —confesó, mirándola con ojos apagados.
—Si no tiene usted delitos de sangre puede volver cuando le dé la gana.
—¿Delitos de sangre yo? ¡Vamos! Yo era obrero, ¡un buen líder! —y Enríquez guardó silencio.
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—Inés quiere saber quién es Grotowsky —intervino con voz burlona la mujer de Jesús.
Enríquez puso la cara en blanco, se quitó de los labios la colilla del «Gauloise» y exclamó en voz baja.
—¿Grotowsky…?, pero… ¿viene todavía por aquí…?
—¡Todos los días! Está en el cuartito detrás de tu oficina. ¡Emparedado!, e Ivette saca su portafolio lleno y él lo trae vacío — exclamó Suzanne, echándose a reír a carcajadas.
Enríquez permaneció mudo y Jesús se impacientó con su mujer:
—No debes hablar así. La señorita Ivette me ha dado pases para algunos de sus cines. Si quieres, Inés, puedes ir gratis; nosotros te regalaremos los pases —agregó, dirigiéndose a su prima.
La muchacha no supo qué decir. No entendía nada de lo que se decía o sucedía en aquella casa. Se sintió rodeada por extraños. Desde las ventanas interiores había observado las casas vecinas por las que circulaban niños, señoras y doncellas de cofias blancas. Las luces se encendían al mismo tiempo en los distintos pisos y las cortinas se corrían con exactitud. En cambio, la casa en la que se encontraba estaba siempre apagada, con la cocina fría, las cacerolas inútiles y las habitaciones vacías. Miró a Enríquez con compasión: ¡Veintiún años fuera de España! No le sorprendió su palidez, ni las arrugas profundas de su rostro, ni los dedos manchados de nicotina, ni tampoco su traje viejo y enorme que le colgaba de los hombros, dándole el aspecto de un mendigo. El viejo bebió el café con deleite. Antes de despedirse le prometió a Inés llevarla algún domingo a su casa a conocer a sus hijos y a su nieto.
A las diez de la noche Inés regresó a su habitación. Suzanne la acompañó hasta la escalinata de piedra, en donde le dio las buenas noches. Inés cruzó la casa apagada en silencio.
—¡Chist! —le dijo alguien cuando se dirigía al ascensor.
Petrificada por el miedo, no se atrevió a volver la cabeza y el llamado se repitió:
—¡Chist!
Unos pasos apagados por la alfombra se aproximaron a ella. —¡Mira! ¿Te asusté?
Inés se encontró frente a un ser del que no pudo distinguir el sexo en la penumbra que reinaba. Lucía pantalones gruesos de obrero, un suéter negro, cabellos cortos, boca gruesa y rostro mofletudo.
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—Soy Andrea. ¿En qué habitación voy a dormir?
—No lo sé…
—¡Pucha! ¿Querés decir que Javier me olvidó? —contestó, echándose a reír.
Inés hizo ademán de salir en busca de Jesús. La persona aquella no le inspiraba confianza. Tuvo la certeza de que era completamente inconsciente y capaz de cualquier abuso. Era un ser amoral. La mujer la detuvo con fuerza, sus manos cuadradas parecían tenazas.
—Mirá, dame cualquier cuarto y no molestés a ese enano mental. No vale la pena. Mañana le reclamaré a Javier su inconsciencia.
Andrea abrió la puertecilla del ascensor, empujó a Inés y ambas subieron al tercer piso. Conocía la casa mejor que Inés. Escogió su habitación, se echó boca arriba en la cama y miró a la doncella con ojos burlones. Inés pensó en un pequeño demonio que hubiera adoptado el aspecto de un obrero, simulando ser mujer, e hizo la señal de la cruz para conjurar aquella presencia equívoca. La mujer echada en la cama se sacudió de risa.
—Puedes irte. Si quiero bajaré a prepararme un café. Buenas noches. Echada sobre la cama, ahora parecía un enano grotesco. Inés salió de
puntillas. ¿Cómo había entrado aquella… cosa o persona? Si la casa vacía le producía miedo, la presencia de aquella mujer con los cabellos casi al rape le produjo terror. Subió sin aliento a la terraza, buscó el teléfono abandonado en el suelo y llamó a Jesús.
—No te preocupes, es Alejandra, se ha cambiado el nombre y ahora se llama Andrea. Es una pintora amiga del señor Javier. Me pregunto a qué horas se coló en la casa.
—¿Puedes decirme qué es el señor? —preguntó con firmeza Inés. —¡Hombre! Es un gran industrial, solo que ahora se le ha colocado
mucha gente rara…, pero inofensiva, esta quiere que la ayude en sus experimentos sobre los colores; en fin, que quieren sacarle ¡pasta…!
Inés se encerró en su cuartucho. Movió el armario y lo colocó contra la puerta; después se dirigió a la ventana y contempló la noche helada. ¡Industrial! En la voz de Andrea creyó reconocer el eco de algún viejo tango argentino que escuchó de niña. Se sintió súbitamente desamparada. Era inútil rezar. Las Aves Marías se interrumpían con los nombres de Grotowsky, Javier, Andrea e Ivette. De pronto recordó al hombre de cara astuta y dientes remendados de oro: «Almeida», «Almeida», se repitió,
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como si aquel nombre fuera decisivo en su vida y sintió rencor por la Madre Superiora: «Vas a un lugar impecable». ¿Por qué no hizo que alguien investigara aquel lugar impecable antes de enviarla? La culpa la tenía su primo Jesús; ¿cómo iba a sospechar sor Dolores de aquel primo solícito que se preocupaba por su triste suerte de huérfana?
Muy temprano bajó a la cocina y encontró los ceniceros llenos de colillas. Salió indignada, buscó la escalinata, abrió la puerta cochera y se echó a la calle. Iría al convento español. Ahí pediría que la enviaran a España. Las sirvientas de las casas vecinas la miraron con animosidad y ninguna quiso contestar a sus preguntas. No entendían el español y la trataban como a una apestada. Se alejó tratando de recordar cada puerta, cada árbol, cada banca, para poder volver a su destino si no encontraba el convento o la capilla española. Y continuó preguntando. La gente levantaba los hombros con desdén y seguían su camino. «Debería haber traído mi bolso para pagar un taxi.» Era inútil, recordó que solo tenía algunas pesetas. Desanimada rehizo el camino andado y entró en la casa. Jesús saltó sobre ella.
—¿Qué has hecho? Sola y sin documentación —le reprochó en voz baja.
Sin contestar a su pregunta se fue a la cocina, se preparó un café y lo bebió rencorosa. Suzanne apareció conciliadora.
—¡Quiero irme al pueblo! —repitió a cada razonamiento de su prima francesa.
—Estos nuevos amigos del señor son artistas. Ya se le pasará, volverá a andar con el gran mundo. Los pobres no te harán nada. Si insistes se lo diremos a la señorita Ivette, ella tiene tus papeles.
Consolada con la promesa de Suzanne, decidió dejar la casa limpia como una patena antes de marcharse. Se amarró los cabellos con un pañuelo de percal y con energía fregó los vidrios de las ventanas. Por la tarde se encontró frotando las colas de los faisanes de plata maciza que servían de centro de mesa en el comedor.
La voz extranjera del señor Javier le ordenó:
—¡Sirva usted un café a la señora!
Soltó la franela y se volvió con un sobresalto. Frente a ella estaba la mirada inmóvil de su patrón; atrás de él, una mujer de cabellos negros peinados en bandos y recogidos en la nuca en un moño bajo. La mujer se
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mordía las comisuras de los labios finos. Iba de negro. Llevaba enroscadas al cuello y a los brazos unas serpientes esmaltadas en verde y en azul.
—¿No escuchó usted que sirva un café a la señora? —repitió el señor Javier.
Inés se precipitó a la cocina. «¡Vaya maneras! Podían haberme llamado al salón», se dijo contrariada. La desconocida la alcanzó en la cocina para observarla en silencio. A Inés le temblaron las manos de ira. No acertaba a colocar las tacitas sobre la bandeja ni a encontrar las cucharillas. «Y esta, ¿por qué me ve así?», se preguntó, enrojeciendo de cólera ante la insolencia de la mujer vestida de negro.
—¿En los conventos no conocen el café? —preguntó la señora con acento extranjero y voz aguda.
—Sí, señora, claro que lo conocemos… —¡Ah!, yo creía que se privaban de todo.
La desconocida soltó una carcajada y salió seguida del señor Javier. Cuando Inés llegó al salón, la pareja había desaparecido. Desconcertada volvió a la cocina y depositó la bandeja con el café humeante sobre un mueble, para volver a la limpieza de la cola de los faisanes de plata, que de pronto le resultaron repugnantes con sus plumas labradas y sus ojos redondos e inexpresivos. Parecían pequeños dragones dispuestos a soplar fuego sobre su rostro. No podía explicarse la aparición y desaparición de la pareja. Por la noche, en la conserjería, le anunció a su primo:
—¡Me marcho!
—¿Por qué? ¿Te hizo algo la señora Gina?
Inés supo que así se llamaba la desconocida adornada de serpientes esmaltadas. Tal vez era la esposa del señor Javier, pero no lo preguntó. Solo quería irse de ahí. La entrada de la señorita Ivette interrumpió el diálogo.
—No, Inés, tú te marchas cuando hayamos encontrado una nueva doncella para el señor —dijo, con la colilla colgándole de una esquina de la boca.
Jesús presentó sumiso las cuentas de la víspera y aceptó los francos para los gastos del día siguiente. Apenas se hubo ido la señorita Ivette, Inés exclamó exasperada:
—¿Por qué? ¿Por qué no puedo marcharme? —y salió huyendo hacia su habitación.
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Al llegar al tercer piso escuchó quejidos y alaridos que salían del cuarto del señor y empavorecida regresó escaleras abajo a refugiarse al lado de sus primos.
—¡Vamos!, no es nada —aseguró Suzanne, sonriendo. Compartió el potaje y ya tarde Suzanne le dio un codazo: —Son ellos… —le dijo en voz baja.
No pudo dormir, se sentía amenazada por las serpientes de Gina y la mirada fija de Javier.
Por la mañana, limpió la casa sin atreverse a acercarse a la habitación del señor. Ya muy tarde abrió la puerta; un olor extraño y penetrante la hizo retroceder: olía a quemado y a materias descompuestas. La ventana estaba herméticamente cerrada. El cuarto padecía un desorden atroz, como si ahí se hubiera cometido un crimen. Sintió asco y miedo. Abrió la ventana, recogió las pijamas sucias, las sábanas desgarradas, las colillas y salió lo más pronto posible de aquella habitación rebelde al orden.
Cuando terminó su trabajo era de noche. Trató de olvidar la soledad, el abandono y el silencio poblado de ruidos atronadores. Por su estrecha ventana contempló el cielo, amparada por el rosario que guardaba en las manos.
Jesús le anunció solemne que el señor daba una fiesta. Inés recibió las órdenes dadas con minuciosidad por Ivette, la secretaria del señor Javier.
—Todo debe de estar listo a las nueve de la noche —terminó Ivette.
A esa hora, los faisanes presidían la mesa. Las copas y los cubiertos de plata repartían destellos que se apagaban en los espejos de azogue manchado. Inés se puso el hermoso mandil blanco que la Madre Superiora había bordado para tales ocasiones. Cepilló con cuidado sus cabellos castaños, los recogió en un moño sobre la nuca y se colocó la pequeña cofia blanca bordada por la Madre Superiora. Nadie podría decir que en España no sabían hacer las cosas.
De pie, a la entrada del vestíbulo, esperó la llegada de los invitados. Preocupada repasaba mentalmente las bandejas que había preparado en la cocina. ¡No faltaba nada!
Entraron dos hombres de cabelleras descuidadas y camisas a cuadros que la miraron con ironía.
—¡Carajo!, ¿no ha llegado Javier?
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Sin esperar respuesta ocuparon el diván de terciopelo rojo. Inés se mantuvo en su sitio sin atreverse a mirar a los desconocidos que hablaban en voz muy alta, fumaban con desparpajo y tiraban la ceniza sobre la alfombra. Andrea subió de dos zancadas los escalones de entrada, se plantó frente a ella y le hizo unos cariños.
—Mirá, no te acordás de mí. Soy Andrea. —¡Andrea! ¿Qué harías tú con este cascarón burgués?
—¿Yo? ¡Nomás prenderle fuego! ¿Para qué sirve esta barraca sino para arder…? —gritó la recién llegada.
Andrea corrió a reunirse con los hombres que la acogieron con aplausos. Hasta Inés llegaron frases sueltas de la conversación: «El fuego ardiente que yace entre mis muslos». «¡Eso es poesía! ¡Verdadera poesía, humana, amorosa, carnal y no tanta cretinada!» «¿Y qué pasa con Gina?» «¡Y yo que sé. Habrán tenido alguna bronca!»
Un señor alto, vestido de esmoquin, se inclinó ante Inés. Parecía sorprendido.
—¿El señor Javier…?
—No ha llegado todavía —contestó Inés, al tiempo que se decía: «Un despistado».
El señor se colocó en un sillón alejado del grupo. Se cruzó de brazos y esperó.
El señor Javier llegó vestido de negro, abrigo, suéter, calcetines, zapatos y pantalones. Se diría un agente de pompas fúnebres. Lo acompañaba Gina, también enlutada, con las serpientes enroscadas en los brazos y en el cuello. Sus amigos lo recibieron con júbilo.
—¿No ha llegado Torrejón? —preguntó Javier.
—¡Nooo! —gritaron a coro los demás invitados, salvo el señor de esmoquin que con timidez trataba de acercarse a Javier.
En grupo se dirigieron al salón de música. En unos minutos vaciaron las bandejas que Inés había preparado con esmero. Sentados en el suelo formaban un coro presidido por Gina, daban palmadas y reían a carcajadas. El señor de esmoquin se acercó con timidez a Javier:
—Querido amigo, ¿la ceremonia va a tener lugar? —preguntó con voz grave.
—No lo sé, no lo sabemos todavía…
El corro empezó a repetir en voz alta: Eneri-Aluap, Eneri-Aluap, Eneri-Aluap. Se tomaron las manos, cerraron los ojos y repitieron con más
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fuerza: Eneri-Aluap, Eneri-Aluap, Eneri-Aluap.
—¿Esto forma parte de la ceremonia? —preguntó el señor de esmoquin. Nadie le contestó. En la cocina Suzanne lavaba las copas. Inés le comunicó la fórmula que repetían en el salón: Eneri-Aluap.
—¡Bah!, no hagas caso, lo repiten siempre; son Irene y Paula dichos al revés. Creen que repitiéndolos al revés les dan mala suerte, las matan… ¡Vaya con estos ociosos!
El señor entró a la cocina para ordenarles que se retiraran pues ya no eran necesarias. Suzanne regresó a la conserjería, murmurando «¡vaya locos!», mientras que su prima subía a su habitación.
Hubiera deseado irse a dormir a la conserjería con sus familiares, pero la mirada severa del señor Javier le impidió hacerlo. Inés no había cenado y desde la ventana de su cuarto contempló las ramas desnudas de los árboles que descubrían la acera de la calle y la avenida. Desde su puesto vio llegar a nuevos grupos de invitados envueltos en mantas peruanas vistiendo pantalón de obrero. La casa permanecía en silencio, salvo algún alarido que de pronto atravesaba los techos y que le recordaba los alaridos de los indios en las películas que había visto de niña.
Por la mañana, la casa presentaba un aspecto desolador: los vasos, los platos, las colillas, las botellas vacías, los cubiertos, aparecían en el suelo, en los lugares más inesperados. Las escaleras estaban manchadas de vómitos y los retretes desbordados. Después de limpiar la mugre y el desorden dejados por la turba invasora de la noche anterior, Inés bajó a la conserjería.
—¡Comen en el suelo y se conducen como cerdos! —dijo indignada. Tenía ganas de llorar y miraba iracunda a su primo. Le pidió algunos
francos para tomar un taxi e ir al convento a pedirle a la Madre Superiora que la reclamara. Jesús bajó la cabeza; irían juntos el jueves, su día libre. Rendida por la faena del día, subió a su pequeña habitación. Pronto saldría de aquella pesadilla. Unos timbrazos destemplados la sacaron de su tranquilidad. Jesús le anunció por teléfono: «El señor te espera en el vestíbulo». Se vistió de prisa y bajó corriendo.
—Prepare usted una habitación. La señorita Irene va a pasar aquí unos días. Si comete algún acto despótico me avisará usted en seguida.
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Su actitud era de profundo disgusto. Se abotonó el gabán negro y desapareció.
Intrigada, Inés bajó a la conserjería.
—¿Quién es la señorita Irene?
—Su hija —contestó Jesús.
Por la tarde se presentó la visita. Inés se sorprendió al recibir en el vestíbulo a una adolescente rubia, que con timidez preguntó por su padre y que enrojeció al saber que se encontraba ausente. Parecía tener más miedo que la propia Inés. La recién llegada se quitó un guante y le tendió la mano a la doncella:
—Soy Irene…
Inés la condujo a una habitación vecina a la del señor y la ayudó a vaciar su maleta. Con esmero colgó sus blusas de colegiala, sus faldas y su abrigo dentro del armario. La presencia de la jovencita la alegró. La huésped se movía con timidez y bajó dócil a la hora que Inés le indicó que su cena estaba servida. Irene cenó sola en el enorme comedor de espejos cenagosos, sin saber que se comía la ración de Inés. Más tarde, la doncella bajó a compartir el potaje de su primo. Después se presentó en el cuarto de la silenciosa huésped.
—Si necesita algo me llama. Duerma tranquila.
Sentía compasión por la jovencita y le pareció increíble que su padre no se hubiera presentado a verla, estando su oficina a espaldas de la casa. La joven no preguntó nada.
Por la mañana escuchó la voz del señor en la habitación de su hija y los sollozos de esta. Huyó antes de que la sorprendieran escuchando. A los pocos minutos el señor Javier se presentó en la cocina.
—Usted no tiene ninguna obligación de recibir órdenes de Irene —le anunció, sonriendo por primera vez.
Inés iba a decir algo, pero el señor la interrumpió:
—Haga el favor de controlar el teléfono y dígame exactamente quién llamó. ¡Exactamente! Si habla esa mujer cuelga usted la bocina sin ninguna consideración. Le ruego que no se la comunique a Irene.
Y volvió a sonreír, satisfecho de la orden dada.
—Perdone, señor, ¿quién es esa mujer? —preguntó Inés, atónita.
—Paula, la madre de Irene.
Era la primera vez que Javier nombraba en su presencia a su esposa, y la llamaba «esa mujer». ¿Qué había hecho? Se lo preguntaría a Jesús. El
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señor la miraba con fijeza mientras se calzaba los guantes; después, abandonó la cocina y la casa.
Inés escuchó el timbre del teléfono, lo descolgó y volvió a colgarlo sin atreverse a escuchar la voz. El aparato repitió la llamada varías veces. Inés bajó a la conserjería. Se enfrentó a Jesús y preguntó con firmeza:
—¿Qué hizo?
Su primo enrojeció con violencia y guardó silencio. No deseaba hablar de Paula, ella le había conseguido trabajo en la conserjería. Inés repitió su pregunta:
—¿Qué hizo?
—¿No has oído cómo hablan de ella?
Por la cabeza de Inés cruzaron ideas locas. Imaginó robos, crímenes, y se quedó pensativa, tratando de descubrir el misterio que rodeaba a la madre de Irene.
—¿Qué hizo? —repitió Inés.
—¡Es muy simple! ¿Por qué tanto misterio? —interrumpió Suzanne. Jesús le hizo señas de guardar silencio, pero su mujer se lanzó a
charlar:
—Mira, Inés, la última vez que el señor la echó a la calle, ¡no volvió! Simplemente no le dio la gana volver a este palacete. Desapareció. Yo hubiera hecho lo mismo al día siguiente de casada. No creas Inés, no todo lo que reluce es oro. ¡Pobre mujer!, ¡lo que le aguantó a este loco! —dijo con brutalidad Suzanne.
Jesús miraba la calle. No deseaba escuchar a su mujer. El teléfono repicó varias veces, Suzanne lo descolgó y volvió a colgarlo sin escuchar la voz. Sabía que de la oficina escuchaban a través de la extensión y temía desobedecer la orden recibida. Se lo comunicó a Inés para ponerla en guardia contra la tentación de hablar con la madre de Irene. Jesús encendió un cigarrillo sin dejar de observar la calle helada.
—¡Ahí va! —dijo en voz muy baja.
Suzanne corrió a la ventana, seguida por Inés. Una mujer alta y rubia, envuelta en un abrigo marrón con cuello de castor, paseaba por la acera de enfrente, semioculta por los árboles desnudos.
—¿Estás segura de que es ella?
—¡Vamos! La conozco hace años, desde que instalaron estas oficinas. ¡Mírala! Mira cómo se vuelve para acá, está inquieta por su hija…
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Entró Almeida y los sorprendió mirando por la ventana. Con gesto decidido, él tomó su puesto en la ventana.
—¡Ah! ¡Cuidado! Mucho cuidado. Ya sabía que estarían espiando por la ventana. Nadie ignora que esa mujer está loca. Si todavía anda suelta es gracias a la benevolencia del señor. Acabará mal, ¡muy mal! —dijo Almeida, mordiéndose las uñas con fruición.
Suzanne volvió a su cocina; Jesús le hizo señas a Inés para que se fuera. Almeida sintió que la doncella iba a desaparecer y se volvió con rapidez a ella.
—Esta tarde hace alto aquí la señora Adriana. Descansará unas horas entre sus dos vuelos. Prepare una habitación, tenga listo un baño caliente y un buen té a la inglesa. La señora tomará su avión a las siete y cuarenta. ¡Por favor, no le diga a la que está aquí que tenemos visita! No creo que la señora Adriana apruebe la debilidad del señor Javier —ordenó con ademanes entrecortados y voz firme.
La doncella escuchó en silencio y subió a la habitación de Irene.
Encontró a la chica cosiendo un botón a una de sus faldas.
—Su madre anda por ahí… no salga ahora; el Almeida ese está en la conserjería. Yo iré a echar un vistazo. Espere, señorita Irene —le dijo en voz baja.
—Gracias, Inés, gracias —contestó Irene, ruborizándose.
La doncella fue a una habitación desde la que dominaba el patio embaldosado y la puerta que daba al pasillo secreto. Desde ahí vigilaría a Almeida. Al poco rato vio la figura flaca y ligeramente torcida del hombre. Sus cabellos negros vistos desde arriba parecían un penacho corto y erizado. Los automóviles se desdibujaban con la ligera neblina invernal. Inés corrió a encontrar a Irene.
—Puede salir, ya se ha marchado.
Irene se puso su abrigo, se calzó los guantes, la besó en las mejillas y bajó corriendo. Jesús la vio salir a la calle.
Inés preparó un cuarto en el segundo piso para «la señora que debía reposar entre sus dos vuelos». En la casa no había jabones perfumados y subió a coger el de Irene. «Menos mal que se marcha a las siete y cuarenta minutos», se repitió varias veces.
Irene regresó antes de que los empleados de su padre subieran a sus automóviles y se encerró en su habitación. A la una en punto se presentó
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en el comedor y comió en silencio la ración de Inés. La doncella le servía con esmero y las dos jóvenes cruzaron miradas de afecto.
—¿Tiene usted padre? —le preguntó Irene, turbándose ligeramente.
—Soy huérfana… —contestó Inés.
—¡Qué pena…!, ¡qué pena!
—Sí, una gran pena. Mi padre era un santo; sufrió un accidente, era albañil, ¿sabe señorita? Mi madre murió cuando nací.
—¿No la conoció?
—No, señorita. Conozco a mi otra madre, a la Madre Superiora del convento que me recogió…
—¿Un convento? ¿Vivió usted ahí? ¡Qué maravilla! La envidio, Inés.
No podían prolongar el diálogo, arriesgaban que alguien escuchara. Irene terminó su comida, le dio las gracias a Inés, depositó su servilleta sobre el mantel y subió a encerrarse en su cuarto.
El teléfono sobresaltó a la doncella. Era el señor, que anunciaba la inminente llegada de la señora Adriana.
—No se preocupe por el té. La señorita Ivette llevará los pastelillos, las tostadas y la mermelada. Procure usted que Irene no se deje ver. Si sale de su cuarto será suya la responsabilidad —le dijo con voz seca.
A las dos de la tarde, una limusina negra entró al patio de la casa. Jesús se precipitó a abrir la portezuela y ayudó a bajar a una mujer vestida con un abrigo ligero de jovencita. El azul marino iba mal con su piel oscura. Doña Adriana era muy alta y corpulenta, de nariz pronunciada, labios delgados y gesto adusto. Los botones dorados de su abrigo amenazaban con estallar a la altura de su abundante pecho. Un sombrerito de paja azul adornado de flores y unos guantes calados completaban el atuendo. Adriana lanzó una mirada llena de tedio y preguntó por el señor Javier, que avanzaba hacia ella con las dos manos tendidas, en un gesto anhelante. El señor, después de saludarla con efusión, la tomó del brazo y la condujo adentro de la casa.
—¡Estoy rendida! ¡Rendida! Tantas emociones fuertes…, tú sabes, verte a ti y con todo lo que me ha pasado. Un divorcio, una viudez y ahora otro divorcio y el matrimonio que me espera al llegar a mi casa. Es demasiado. ¿No te parece? Los hombres acabarán ¡matándome! Dime, ¿cómo me encuentras?
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—Estás perfecta. ¡Guapísima…!, ¡elegantísima! y, como siempre, llena de gracia y de buen humor —le contestó el señor Javier.
—¿Ves?, a ti es al hombre que yo no hubiera dejado ¡nunca! ¿Qué me cuentas de esa infeliz de Paula? No, no, no. No me cuentes nada. Debe de estar mordiéndose los codos de rabia. Tú sé firme con la mocosa. Si cedes, estás perdido.
Adriana y Javier se detenían en cada escalón para contarse algún episodio de sus vidas agitadas. Inés llevaba el maletín de viaje en la mano y se veía obligada a hacer un alto cada vez que se detenían ellos. «¡Qué piernas más flacas para un corpachón tan grande!», se repetía, observando la gruesa silueta de Adriana. La visita hablaba de prisa, gesticulaba con la voz, pero ningún músculo de su rostro engrasado se movía. Era como si hablara otra persona. Por su parte, el señor no dejaba de reír, aprobando las palabras de su amiga.
—Sabía que te ocuparías de mí. ¿Cómo ibas a dejarme sentada en un aeropuerto o en una cafetería? ¡Odio las cafeterías! Son tan vulgares… — exclamó Adriana al entrar en su habitación.
Satisfecha giró sobre sus talones, se quitó los guantes, los lanzó sobre la cama, se arrancó el sombrero, se deshizo el moño apretado que le restiraba los cabellos rizados y luego ella misma se echó de un golpe sobre la cama.
Inés hizo correr el agua caliente en la bañera y le tendió las toallas. —Estas españolas son buenas criadas —dijo Adriana con voz
displicente.
—A veces… —contestó el señor Javier.
—¿A veces? ¡Pero si tú solo tienes criados españoles! —protestó ella.
—Bueno, son la reserva de Europa.
La afirmación de Javier la hizo estallar de risa. Lo sacó a empujones de su cuarto.
—Espérame. Tomaremos juntos el té después de mi baño.
Javier esperó en el salón. Una hora después, Inés le avisó que la señora podía recibirlo.
La encontró sentada en la cama, envuelta en una bata de color azul marino. Estaba comiendo pastelillos.
—¡Barba Azul! No me dijiste que tenías a tu hija aquí.
—¿La viste…? ¿Salió a buscarte? Se le prohibió que saliera de su habitación. Me llegó hace dos noches. ¡Qué pesadilla! Quiere obligarme a
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dejarla vivir aquí. ¡Yo no puedo compartir el techo con ella! Mientras ella esté aquí, yo dormiré en un hotel. Lo cual me arruina. ¡Simplemente me arruina! Es ambiciosa, cree que viviendo aquí encontrará a algún millonario para casarse. No se quiere dar cuenta de que yo solo frecuento a viejos hombres de negocios. No sé que voy a hacer con esta chica…
—¡Muy fácil! Mándala con su madre. ¿Qué no tiene madre? Haces muy mal en tolerarle sus caprichos. Cuando abrí la puerta de su cuarto estaba echada sobre su cama mirando el techo, esperando el maná. ¿Te parece normal? Una chica fuerte como ella debería estar trabajando. Ya hablaré con ella. La vi, y qué bueno que lo hice, porque ya sabes que soy curiosa y quise echarle un vistazo a tu… ¡casota! —y Adriana se echó a reír—. Hablaré con ella ahora mismo —agregó.
Salió de la habitación y subió corriendo al tercer piso. Abrió la puerta del cuarto de Irene de un empellón. La jovencita, de pie ante una ventana, se volvió sobresaltada.
—¡Señora…!
—Mira, linda, vas a dejar tranquilo a tu papá. No eres bienvenida aquí. Estás muy fuerte y puedes trabajar. ¿No sabes que la gente trabaja? ¿O piensas solo abusar del trabajo de tu padre? No soy dura contigo, pero este no es tu sitio. Quiero abrirte los ojos. ¿Me entiendes?
Adriana se detuvo para estudiar el efecto de sus palabras sobre el rostro de Irene, que parpadeó como si una lágrima quisiera escaparse de sus ojos. Fijó la vista en el abdomen enorme de la señora, que se contraía a medida que hablaba, como si las palabras salieran de ahí y no de su garganta.
—No me mires así. Te tengo buena voluntad y solo deseo enseñarte tu lugar, que ¡no es este! Voy a ayudarte. ¡Espérame!
Y Adriana salió corriendo, para volver al cabo de unos instantes con un par de zapatos en la mano. Los tacones de los zapatos eran altísimos y uno de ellos estaba flojo. Los lanzó sobre la cama de Irene al mismo tiempo que decía:
—¿Ves?, ya tienes zapatos para buscar trabajo. Ahora, ¡a encontrarlo! —dio una palmada que sobresaltó a Irene, que miraba hipnotizada aquellos zapatos de tacón aguja.
Adriana se dispuso a abandonar el cuarto. Irene recogió los zapatos y corrió tras ella:
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—¡Señora!, ¡señora!, sus zapatos. No los necesito… yo no uso tacón alto, ni me gusta que me regalen nada, ni usado ni nuevo…
No se atrevió a abandonar la habitación. Desde el umbral de la puerta vio bajar a la mujer y escuchó sus palabras.
—Te serán útiles. Si no los quieres, dáselos a tu madre. Para que veas que soy buena amiga.
Adriana se encerró en su cuarto para continuar su conferencia con Javier.
—Creo que se irá en seguida. Bueno, si le queda algo de vergüenza — dijo, y fue lo último que escuchó Inés.
A las seis y media de la tarde, la señora subió a su limusina alquilada. Inés le alcanzó el maletín de viaje. Adriana, adentro del enorme automóvil, parecía un rajá hindú vestido de dama inglesa en primavera. Su gran nariz se volvió más severa. Recibió el maletín de manos de Inés y olvidó dar las gracias y la propina. Toda ella adoptó un aire hierático. Antes de subir al automóvil con ella, el señor Javier tuvo un aparte con Inés.
—Dígale a Irene que esta noche ceno aquí. Y usted prepare la cena para los dos.
La limusina abandonó el patio de la casa con gravedad.
Inés le comunicó la noticia a Irene y corrió a la cocina para preparar el menú miserable ordenado por la señorita Ivette. A las ocho y media en punto, el padre y la hija se encontraban sentados, cada uno en un extremo de la mesa. A Inés la atemorizaba el comedor iluminado por un candil de Murano, que producía reflejos grises en el azogue de los espejos, en los que se formaban mapas oscuros y dibujos peligrosos. Tenía la impresión de hallarse en un túnel sombrío o dentro de un pantano que lentamente se tragaba todo: mesa, cubiertos, comensales y a ella misma, para llevarla al fondo habitado por los seres informes y demoniacos. El señor se sirvió un copioso plato de ensalada.
—¿Qué pretendes? —le preguntó a su hija con voz impersonal.
La jovencita guardó silencio, sin apartar la vista de los faisanes de plata que servían de centro de mesa. Frente a ella estaba el muro de espejos y se negaba a levantar la vista y a encontrarse con su propia imagen sumergida en aquellas aguas verdosas. Además estaba a punto de
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llorar. Inés hubiera preferido no contemplar aquella escena. El señor Javier continuó:
—Adoras el lujo, chiquita. Eres como tu madre y yo no estoy dispuesto a que abuses de mi bondad.
—¡Papá…!
—¿Qué pretendes? ¿Un chantaje sentimental? ¡Te irás hoy mismo! — dijo el padre, masticando la ensalada.
—Pretendo sobrevivir… —contestó Irene sin mirarlo.
Inés salió del comedor. Volvió al cabo de un rato para anunciar que el café estaba servido en el salón fumador. Encontró a la jovencita sollozando de bruces sobre el mantel. El señor se levantó de la mesa.
—¿Entendiste que debes irte hoy mismo?
Irene no contestó, ni cambió de postura, ni calló sus sollozos. El señor Javier se dirigió tranquilo al salón fumador, seguido de Inés. Bebió el café a sorbitos y se enfrascó en la lectura del diario. La doncella volvió al comedor, en donde la jovencita continuaba sollozando sobre el mantel. No se atrevió a acercársele, lo que sucedía en esa casa era imprevisible y ella tenía miedo. Nerviosa, se fue a la cocina y a través de los cristales de la ventana miró caer la lluvia en el traspatio de la casa, por cuyos muros renegridos subían los tubos de la calefacción y del agua. También ella quería llorar. Lavó los platos, colgó los trapos de secar y se asomó al comedor. La señorita Irene ya no estaba. ¿Se habría ido? En el salón, el señor continuaba la lectura.
—¿Desea algo más el señor? —preguntó temerosa.
—¿Ya se fue Irene? —preguntó el señor Javier.
—No lo sé, señor.
Recibió la orden de subir al cuarto de la chica para cerciorarse de que ya se hubiera marchado. Subió despacio, le latía muy de prisa el corazón, y se encontró frente a la puerta cerrada del cuarto de la señorita. Llamó con los nudillos, pues hasta ella llegaron los hipos de su llanto. Empujó la puerta y halló a Irene echada en la cama y con el rostro escondido entre las almohadas.
—Señorita…
La joven no contestó. Tal vez el señor olvidaría sus amenazas. Inés se refugió en la habitación vecina, pues no deseaba que la encontraran en compañía de Irene. Sobrecogida, se colocó tras la puerta y aguardó un gran rato, escuchando caer la lluvia. Después, de puntillas, se acercó a la
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ventana y contempló las copas desnudas de los árboles irguiéndose negras y mojadas entre la neblina que subía de la calle, para unirse con el cielo bajo y borrado por la llovizna. Oyó cuando el señor la llamaba con el timbre y prefirió no aparecer. Así pensaría que estaba durmiendo y se marcharía a su otra casa con la señora Gina. Se equivocó: escuchó sus pasos subiendo la escalera, lo oyó abrir con violencia la puerta de la habitación del cuarto de su hija y encender la luz.
—¡Te ordené que te largaras, chiquita! —chilló furiosa la voz extranjera del señor Javier.
Escuchó cuando a golpes la arrancaba del lecho. La jovencita recibía los golpes en silencio. Inés quiso salir en su defensa, pero el miedo la paralizó.
—¡Lárgate ahora mismo!
Se abrió la puerta de la habitación de Irene y padre e hija fueron escaleras abajo. Inés salió de su escondite: Irene bajaba delante de su padre y trataba de contenerse la sangre que le brotaba de la nariz. En vano se cubría el rostro con las manos para defenderse de los golpes brutales que caían sobre ella. Llevaba puesto el traje de seda amarillo con lunares blancos, plisado como un abanico, con el que había cenado; calzaba unas sandalias muy usadas. Desde el barandal del tercer piso, los vio cruzar el vestíbulo. El padre le propinaba puntapiés en todo el cuerpo y la arrastraba de los cabellos hasta la puerta de salida. Luego, vio solo al señor dirigirse al salón fumador. Inés permaneció muda, hipnotizada por el tapiz rojo del vestíbulo. Al cabo de un rato apareció nuevamente el señor, se puso su abrigo negro, se calzó los guantes y se fue. La casa volvió a quedar sola. Aterrada bajó a la conserjería y se encontró con Jesús y con Suzanne discutiendo acaloradamente.
—¡Es una víbora!
—¡Calla! ¿Quieres que también nosotros vayamos a la calle?
Suzanne levantó los hombros y miró a su marido con desprecio. Inés permaneció muda en medio de la disputa. El teléfono interrumpió los gritos. Inés lo contestó y le llegó la voz desconocida de la madre de Irene.
—No está la señorita. El señor la golpeó y la echó a la calle —anunció con decisión.
Paula no hizo comentarios. Se limitó a preguntar con voz apagada: «¿Sabe usted adónde fue?» Inés lo ignoraba. Paula dio las gracias y cortó la comunicación. Era la medianoche, ya muy pasada.
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—¡Ya está! —dijo Inés con decisión.
Los tres sirvientes se miraron asustados.
—Seguramente Almeida la siguió cuando fue a ver a la señora esta mañana —dijo Suzanne pensativa.
—No está con su madre… —comentó Jesús con voz apagada.
La lluvia continuaba cayendo y los tres primos se preguntaron en voz baja en dónde se hallarían la madre y la hija a aquellas horas.
Una vez en su cuarto, Inés se preguntó muchas veces: «¿Por qué no defendí a la señorita?» En el convento se hablaba del pecado, pero no lo ilustraban con ejemplos, cuando menos con aquel ejemplo, y ella no había sabido actuar. La noche le pareció interminable. No podía imaginar adónde se hallaba Irene. Perseguida por la imagen de la chica, bajó a su habitación con la esperanza de encontrarla. En su cuarto, solo halló el camisón blanco tirado en el suelo y en el armario sus blusas y faldas colgadas con cuidado. Contempló fascinada el traje de fiesta de Irene hecho en organza blanca con minúsculas florecillas azules bordadas. Sobre la colcha, las manchas de sangre empezaban a secarse y tomaban un color ladrillo. Transida de horror y de frío, subió nuevamente a su cuartucho.
Por la mañana sorprendió a Jesús leyendo los diarios con avidez. ¿Qué buscaba? ¿Acaso su primo había imaginado lo mismo que ella?
—¿Qué dice? —preguntó inquieta, pues no hablaba francés. —Nada, lo de siempre…
El primero en llegar con aire satisfecho fue Grotowsky. Detrás de él entró la señorita Ivette y ambos cruzaron el patio embaldosado charlando con animación. Después llegó el turno de Almeida, que se detuvo unos minutos en la conserjería y miró a los empleados con aire malicioso.
—¡Cuidado! ¡Cuidado con esperar a la zorra esa! —dijo satisfecho. Nadie nombró a la señorita Irene, ni hizo alusión a su paso fugaz por la
casa. En la tarde, Inés volvió a presentar su renuncia a la señorita Ivette. La casa se le había vuelto odiosa y al subir y bajar las escaleras sentía que iba a empezar a lanzar alaridos y que nadie tendría poder para callarla.
—Es usted una caprichosa. Le dije que sus papeles están en trámite — contestó con severidad Ivette y se marchó enfadada. Olvidó dejar el dinero para la comida de la doncella. Jesús bajó la cabeza y Suzanne comentó:
—Se guardó el dinero. Así se volverá más rica.
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Inés salió al patio embaldosado, humedecido por una ligera llovizna. Los automóviles habían desaparecido y ella imaginó que daba vueltas en un patio de presidio. ¡Estaba perdida! Recordaba su vida en España como un paraíso perdido para siempre. ¿Por qué no podía ver los muros sosegados de su convento ni la huerta verde en la que amaba trabajar? El olor a la tierra le llegó como una bocanada de santidad, perfumada de tomillo. ¿Por qué debía estar en aquel patio inhóspito y extraño? No encontró respuesta y continuó girando por el patio húmedo. De pronto se encontró frente a la puertecilla abierta en el muro, por la que desaparecían todos los días los empleados de confianza de la empresa. La empujó, y cedió sin esfuerzo. Inés dudó unos instantes y luego, decidida, avanzó por el pasillo hasta llegar frente a otras dos puertas iguales. El pasadizo estaba iluminado por una bombilla eléctrica que proyectaba su sombra alargada sobre los muros encalados. Con precaución, Inés trató de abrir una de las dos puertas. Estaba cerrada con llave y su forcejeo resultó inútil. Aterrada escuchó que alguien se movía detrás de la madera y trató de escapar, pues la manecilla de la cerradura giró con sigilo y ante ella apareció la cara andrajosa de Enríquez.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó sobresaltado.
Inés le dio un ligero empellón y entró en el cuarto ridículamente estrecho. Asombrada miró en derredor suyo. Nunca se había encontrado en un lugar tan extravagante: los muros estaban cubiertos de ficheros y archiveros metálicos, así como de cajas fuertes empotradas en los muros, de manera que apenas si quedaba sitio para moverse. Frente a ella había una gran mesa y junto a esta, una silla confortable. No había ventanas. Enríquez la dejó mirar. Estaba asustado.
—Si alguien sabe que has entrado aquí…
—¿Qué pasa? —preguntó ella, contagiada por el terror que veía en Enríquez.
—No lo sé…, no lo sé…, ¡mira! —y señaló un círculo abierto en lo alto del muro, en el que había un ventilador.
Enríquez, poseído por una energía desconocida, puso la silla sobre la mesa e hizo que Inés se encaramara en ella para contemplar de cerca aquel ventilador cuyas aspas estaban colocadas de espaldas. Una vez arriba escuchó las órdenes del viejo: «¡Mira…! ¡Mira!» La muchacha miró entre las aspas del ventilador sin lograr distinguir nada, excepto oscuridad. «¡Espera!», ordenó Enríquez y salió de aquella habitación que tenía forma
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de caja fuerte. De pronto se encendió la luz e Inés pudo ver a través de las aspas del ventilador pedazos de vestíbulo de una oficina. «Aquí trabajo yo», escuchó decir a Enríquez muy cerca de ella, detrás del muro. Se puso sobre la punta de los pies y vio al hombrecillo del otro lado del muro, haciéndole señas amistosas, colocado cerca de una barandilla de madera. Un timbre sordo se dejó escuchar. «Así le aviso cuando llega algún inoportuno», explicó la voz de Enríquez desde el otro lado de la pared. «Busca el juego de espejos», ordenó el viejo. Un sistema de espejos pequeños y circulares anunciaba en la habitación-caja fuerte la presencia de Enríquez en el cuarto de enfrente donde se hallaba él. «Ingenioso, ¿eh?» Su risa sonó amarga. Apagó la luz y reapareció en el cuarto blindado en el que se hallaba Inés.
—Ahora baja de ahí —le ordenó.
Cuando Inés se encontró en el suelo miró sorprendida a Enríquez, este había perdido el miedo y sonreía con gesto irónico.
—No me juzgues mal. Gano un salario de hambre… y está bien. ¡Muy bien! ¿Qué puedes esperar de estos burgueses? No quiero manchar mi pasado revolucionario. ¿Sabes que yo organicé huelgas en Santander? ¡Eso sí que era duro, con la policía pisándome los talones! Ahora, bueno, ahora como y cierro los ojos. Y ¿qué puedo hacer? Dime, ¿qué puedo hacer?
Lo dejó hablar. Hubiera querido preguntarle qué significaba aquel cuarto blindado y la diaria presencia de Grotowsky escoltado por Ivette, pero comprendió que ya era bastante por ese día. Enríquez encendió su colilla y la fumó con avidez.
—Nunca digas que has entrado en el despacho de Grotowsky. ¡Nunca! ¿Sabes algo de la señora Paula? El miserable este la echó a la calle con lo puesto. ¿Qué te parece…? Ya sé, ya sé que también echó a la niña. ¿Tienes idea de adónde pudo ir? La chiquilla te tenía buena voluntad y pensé que podía haberte llamado.
Inés movió la cabeza. No, no la había llamado. La colilla pendía de los labios arrugados de Enríquez, que trataba de parecer tranquilo. Lo traicionaban sus ojos angustiados.
—Ahora márchate y no digas nada. Solo eres una pobre beata que no entiende gran cosa del mundo —dijo con voz cansada.
Inés volvió al pasadizo, cruzó el patio y entró a la vivienda de sus primos. «Hace un tiempo de perros», los escuchó decir.
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El cuarto de Grotowsky, la imagen de Irene, la voz de Paula las explicaciones de Enríquez, los ojillos de Almeida y las manchas de sangre en el cuarto de la señorita Irene, giraban desordenadas en su memoria.
—¿Así es el mundo? —preguntó en voz alta.
—¡Así es! —contestaron a coro Suzanne y Jesús.
—Tengo que volver al convento. En el pueblo me encontrarán algún trabajo.
—¡Calla! No insistas, me recuerdas a la señora, siempre deseando volver a su casa. A la señorita Ivette no le gusta que nadie se imponga.
—¿Quién es Ivette? Ella no puede imponerme su voluntad.
—¡Ya lo sé, chica! Pero resulta que es empleada de confianza de la casa y si la atosigas no te dará tus documentos en mucho tiempo. Ya te ha visto el temple de rebelde —contestó Jesús con violencia.
Inés comprendió que era mejor no exigir sus papeles. Continuaría escribiéndole a la Madre Superiora diciendo que todo iba bien. ¿Para qué afligirla? Sus cartas las entregaba a Jesús para que este las echara al correo. También era Jesús el que le daba las respuestas de la madre: «Hija querida, siento alguna pena oculta en tus queridas palabras…», decía siempre sor Dolores y le pedía: «Abre tu corazón». Solo le quedaba el rezo, llamaría con todas sus fuerzas a las puertas de Dios para que este la escuchara. «Y un buen día llegará Ivette para decirme: Mira, ya puedes marcharte.» Con ese pensamiento trató de dormir, pero el rostro ensangrentado de la señorita Irene se le aparecía apenas cerraba los ojos. «¡Debí defenderla! No la escuché, por eso Dios no me escucha a mí», se decía, y terminaba sollozando.
—Chica, se te está poniendo una mala cara, ¡que no veas! —le repetía Jesús por las mañanas.
—¿Sabes algo de la señorita Irene? —Nada, chica, como si se hubiera muerto. —No digas eso…
—Es un decir, no te pongas nerviosa.
El señor no había aparecido en la casa desde la noche en que echó a su hija a la calle. Iba a la oficina, pero evitaba verlos a ellos. La que continuaba viniendo todos los días era la señorita Ivette. Fumaba un cigarrillo con Jesús y con Suzanne, hacía las cuentas, dejaba el dinero para la comida de Inés y se marchaba en su coche inglés.
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—¡Quisiera saber qué comería la bruja esta con lo que deja! — comentaba indignada Suzanne.
—¿Qué comería? ¡Mierda! ¿Qué iba a comer con esta suma? — contestaba Jesús, esparciendo el dinero de un golpe. Las monedas rodaban por la mesa, pues Ivette dejaba siempre el dinero en suelto.
Inés limpió toda la casa. Lavó los cristales de las ventanas. Sacó brillo a las cerraduras de bronce de las puertas y arregló la terraza, que brillaba de limpieza. Colocó el teléfono negro sobre una mesita plegadiza y junto a esta puso cuatro sillas. «Hacen falta plantas.» No quedaba nada por pulir. «Me he deshecho las manos», se dijo, contemplándose los dedos enrojecidos e hinchados por el trabajo. «¿Y para qué…?» La respuesta se la dio Ivette.
—Mañana llega el señor Álvarez, un gran amigo del señor Javier.
Prepare usted una habitación para él —ordenó la mujer.
Inés eligió la habitación de Adriana. Colocó toallas limpias, estiró la cama, esponjó las almohadas y se dijo: «El jabón que se lo ponga él. No voy a comprárselo yo». Terminado su trabajo, cenó con sus primos. Iba a dormirse cuando el teléfono llamó intempestivamente.
—El señor avisa que hay invitados.
Con parsimonia se puso el traje negro, el mandil almidonado y la cofia. En el vestíbulo encontró reunidos a varios grupos de desconocidos. En un rincón descubrió a la señora Gina acompañada del señor Javier.
—Prepare copas. Nosotros ya trajimos todo lo demás —ordenó el señor.
—¡Oye grandísimo cabrón, vives como un gran burgués! Así vale la pena trabajar. ¡Qué vida de la gran puta te das! Mira este palacete digno de cualquier millonario. ¡No puedes quejarte, la vida te mima, te mima, gran cabrón! —el hombre que gritaba era gordo, alto, de cuerpo flácido, nariz roja, cejas espesas y voz y maneras de borracho.
Gina se echó sobre él, le tapó la boca con las manos y se echó a reír. —¡Cállate, Álvarez! No pongas el desorden, que esperamos a
Torrejón. ¡Esta noche sí viene!
Álvarez, el nuevo huésped, el hombre de la nariz roja, se echó a reír. —¿Esperan a Torrejón? ¡Eso ya está muy visto, muy aplaudido! Acá
llevan un gran retraso —y volvió a reír, mostrando sus dientes disparatados.
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—Siempre fuiste un nihilista, Álvarez. Te suplico que no eches a perder la ceremonia —lo atajó Javier con voz molesta.
—¡Torrejón!, ¡Torrejón!, ¡Torrejón! —clamaron los grupos esparcidos en el vestíbulo.
Gina y Javier unieron sus voces al llamado colectivo, dando golpes con las palmas de las manos. Álvarez reía a carcajadas.
—¡Vi a ese cabrón en Costa Rica! ¡No vale nada! —gritó con todas sus fuerzas.
Andrea, metida en sus viejos pantalones, se acercó a Inés con solicitud. —¿Puedo ayudarte en algo? ¡Mirá que sos una rica! ¿No querés que te
ayude? —le dijo con cariño al ver que Inés hacía un gesto de rechazo. —A esta señorita yo soy el único que puede ayudarla. ¡Señorita, a sus
pies! No se asuste. Usted es hija de María y yo soy hijo de un cura que vivió en mi pueblo —dijo Álvarez, inclinándose ante Inés, que lo miró petrificada de horror.
Andrea cogió del brazo a la doncella y se fue con ella a la cocina. —No lo tomes a mal. Está «mamáo», ya se le pasará —explicó la
visitante.
Con presteza, colocó copas en las bandejas, abrió paquetes, sacó bocadillos y repartió cubos de hielo en las cubetas de plata. Después puso a hervir agua en una olla muy grande. Con gesto natural le pasaba las bandejas preparadas a Inés.
La doncella salía a repartir bebidas y volvía a la cocina, en donde la mujer de pantalones viejos y cabello al rape continuaba su tarea.
—¡Pucha, que son unos hinchapelotas! Mirá cómo devuelven las bandejas. No hagás caso a ese Álvarez. ¡Es un boludo! —repitió Andrea varias veces.
En los salones, los invitados mascaban las almendras con algarabía.
Hablaban de sus viajes a Venecia, a Torremolinos y a la Feria de Sevilla.
—No pienso ir jamás a esa estupidez, para ver a millares de gente obtusa llevando en andas a un ídolo horrible —gritó Gina, festejando su frase con una carcajada.
Inés se volvió para no escuchar la blasfemia de la señora Gina. Observó entonces que bajo la escalera habían colocado mazos de velas negras.
—¡No mire, señorita! ¡No mire! —ordenó Álvarez, que seguía todos sus movimientos.
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Inés corrió a la cocina, en donde Andrea disculpó a Gina hablando de su belleza espectacular y de la ceremonia que se iba a efectuar en su honor.
—Esperamos a dos personas —dijo enigmática.
Las dos personas no tardaron en aparecer. Se trataba de un hombre pequeño, de cabeza picuda y nariz aplastada. El cabello negro y liso le crecía en desorden muy cerca de las cejas. Venía acompañado de una joven pálida, de grandes ojos negros, vestida con pantalón y suéter negro también. Su aparición iluminó el rostro del dueño de la casa.
—¡Torrejón…! ¡María…! —exclamó estrechándoles la mano con efusión.
—¿Trajiste el disco? —preguntó Gina, inclinando la cabeza ante aquel enano que parecía ser tan importante. Este mostró un bulto redondo y plano:
—Aquí está. María, dame el copal —ordenó el guatemalteco con una voz extrañamente aguda.
La muchacha entregó un paquete y sonrió con beatitud.
—¡Ah!, la vieja cultura india. ¡Los ritos antiguos! —exclamó Javier con su acento extranjero.
—Es María Sabina que viene a guiarnos desde Huautla —dijo Torrejón en actitud humilde, acariciando el bulto redondo y plano.
Los invitados se aglomeraron alrededor de Torrejón y de María. Algunos querían escuchar el disco inmediatamente; otros opinaban que primero había que cenar. Javier alzó la voz:
—¡Silencio! Estamos mal. Somos verdaderos occidentales y actuamos con voracidad, o dicho de otro modo: ¡actuamos como bárbaros!
Los invitados guardaron silencio y se sentaron en el suelo.
—¿Tenemos el magneto? —preguntó Torrejón en voz baja.
—Sí. Tenemos a dos refrigeradores, aparatos malditos: Paula e Irene —contestó Álvarez con su voz borracha.
—Hay que pronunciar siempre sus nombres al revés: Aluap y Eneri. Prohibo que se les nombre de otra manera. Hay que exterminar sus ráfagas heladas…
Gina se acercó a Inés:
—Puede usted retirarse —le dijo, mirándola con sus profundos ojos negros.
Inés contempló a la mujer, luego, en medio de la expectación general, dio media vuelta, tomó el ascensor y subió a su cuarto. Los invitados le
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producían miedo. Sentada en el borde de su cama vencida, murmuró: «Paciencia, paciencia», y escuchó que la casa entera había enmudecido. No quiso desvestirse. Temía que sucediera algo terrible y que la catástrofe la pillara en camisa de noche. Se quitó el mandil y la cofia y guardó las prendas en el armario. Después esperó. No sucedía nada, solo el silencio. Recordó: «Los refrigeradores Irene y Paula», y pensó que las tenían ahí y que entre todos se disponían a asesinarlas. «No, no estoy loca, me están volviendo loca», se dijo y siguió esperando. La impresionaba la profundidad del silencio, se quitó los zapatos y salió de puntillas. Caminó a tientas hasta alcanzar la barandilla del tercer piso. La casa estaba apagada y abajo, en el vestíbulo, un círculo de velas encendidas proyectaba las sombras de los invitados sentados a su alrededor, también en un círculo cerrado. En el centro resplandecía un círculo más pequeño. A Inés le pareció un espejo, vio que Torrejón escribía algo introduciendo un dedo en la superficie brillante y se dio cuenta de que se trataba de una palangana llena de agua en cuyo fondo habían colocado un espejo redondo. El indio escribía en el agua parsimoniosamente. Después rodeó la palangana de cenizas y ordenó que todos se tomaran de la mano. Hasta Inés subió un olor penetrante y desconocido. Vio a María colocar unas ollas de barro humeantes alrededor del círculo brillante. La chica regresó a ocupar su lugar entre los invitados a la ceremonia y todos pronunciaron palabras incomprensibles, mientras que Torrejón pedía:
—¡Que las cubra la campana! ¡Que las cubra la campana de vidrio! ¡Que las aísle de todo contacto! ¡Que las cubra la campana de vidrio! ¡Y que nunca más las infames Eneri y Aluap tengan relación con ser humano!
Dichas estas frases ocupó su lugar en el corro y murmuró las palabras que murmuraban los demás. De pronto Torrejón levantó la cabeza y anunció:
—Hermanos, ha caído el cono sobre ellas.
«Están locos», se dijo Inés y corrió a su cuarto. Se encerró con llave y puso el armario contra la puerta. En ese mismo instante, le llegó una voz de mujer recitando palabras desconocidas en tono monótono. Era un idioma extranjero en que de pronto aparecían: Virgen María, Arcángel San Miguel. Parecía una voz surgida del fondo del infierno, que inundaba el ambiente a través de los altavoces distribuidos estratégicamente por toda la casa. Movió ligeramente el armario y entreabrió la puerta, solo para darse cuenta de que los invitados guardaban silencio para escuchar los salmos
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repetidos una y otra vez por la voz de la mujer. Recordó el disco que había traído Torrejón, cerró su puerta y corrió el armario contra ella. La voz no terminaba nunca, continuaba nombrando a San Miguel Arcángel y a la Virgen María.
—¡Están blasfemando! —se dijo Inés con la voz llena de horror.
El disco continuaba girando, persiguiéndola hasta su cuartucho en el que se encontraba presa. A medida que avanzaba la noche, Inés se fue llenando de terror. Al amanecer escuchó carcajadas estridentes y carreras frenéticas. Se encogió en su cama y pidió clemencia al cielo: «Recuerda hija que Dios nunca nos deja de la mano», había dicho la Superiora en el pequeño andén mojado por la lluvia. «Me ha dejado de la mano a mí», se dijo al escuchar nuevos alaridos, que no opacaban los salmos del disco que continuaba girando.
Cuando los alaridos y los salmos cesaron, ya había amanecido y la mañana pálida de principios de primavera apareció pegada a los vidrios de su ventana. Inés continuó en su cuarto, escuchando ahora las manecillas de su reloj despertador que sonaba llamando a muerto. Sintió que cada uno de sus pasos minúsculos la precipitaba al instante al que ella no quería llegar. No sabía qué hacer, le daba miedo salir de su cuarto e internarse por la casa silenciosa.
A las nueve de la mañana decidió salir. Quitó el armario, abrió la puerta y avanzó por la casa. Llamó el ascensor y entró. Tirado en el fondo del aparato estaba el cuerpo de María, la joven que había llegado con Torrejón. Ahora solo llevaba puestas unas bragas negras y desgarradas. Inés detuvo el ascensor y salió. Se hallaba en el tercer piso y desde ahí echó a correr escaleras abajo hasta llegar a la conserjería, en donde encontró a Jesús.
—¡Hay una chica muerta en el ascensor!
—¡Bah!, se le pasarían las copas. Tú calla. No has visto nada — contestó su primo, mudando de color.
No creyó en la indiferencia de su primo y permaneció a su lado.
Suzanne preocupada le ofreció un café.
—No tengas miedo, algunos ya se fueron —le dijo conciliadora.
—El señor no va hoy a la oficina —anunció Jesús.
El aire en la conserjería era asfixiante, el matrimonio parecía agobiado, se diría que sentían vergüenza delante de ella. Al cabo de unos minutos de silencio obstinado, Inés prefirió volver a la casa.
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El comedor sombrío reflejaba en sus espejos el desorden nocturno. Inés creyó descubrir que las manchas se debían a los pecados que habían reflejado. La habitación guardaba el perfume que salía de los cacharros colocados por María en el círculo de velas encendidas. Abrió las ventanas y el aire primaveral barrió aquel aire descompuesto. Sobre la alfombra roja del vestíbulo estaban los goterones de cera negra consumida la noche anterior. Alguien había levantado la palangana con agua y borrado el círculo de ceniza, que ahora aparecía esparcido sobre la alfombra. Empezaría el quehacer por las habitaciones. Subió las escaleras para evitar el ascensor en el que yacía la chica desnuda y muerta. «Tú calla. Tú no has visto nada», le había ordenado Jesús.
Del cuarto del señor salían voces confusas y prefirió bajar nuevamente a la cocina. No sabía qué hacer. Nerviosa, quiso poner orden en los platos y en la comida manoseada. Cuando terminó su tarea, empezaba a oscurecer. Se sintió desamparada y subió a esconderse en su cuarto para llorar un poco. Evitó el ascensor. Al entrar a su cuartucho, encontró a María echada sobre su cama en actitud indecente. Inés retrocedió espantada. ¿Quién la había llevado ahí? El cabello negro y liso de la mujer pendía sobre el suelo, María abrió los ojos y la miró con fijeza.
—Hermana, ¿dónde está Torrejón? Tú eres buena, buena, amas el amor, eres dulce y me ayudarás a encontrarlo. Sí, me ayudarás, hermanita…
Inés guardó silencio y la muchacha continuó su monólogo:
—Él también es bueno, con él la paz reina sobre la tierra, los demonios se apaciguan y todos nos amamos. El amor envuelve al mundo. Un mundo florecido nacido después de la tempestad del odio. Yo te amo, él me ha enseñado a amarte. La vida es un girasol que él posee y al que hace girar para calentarnos a todos, ahora estoy hirviendo bajo sus pétalos, después del frío que cayó sobre todos nosotros. ¡El gran frío…! El frío negro, hermanita. Él es bueno, sabio, es el dueño de la luz y el ahuyentador de las tinieblas…
Inés encendió la luz para contemplar a aquella demente. Quería saber si no estaba herida, si no deliraba por la fiebre. Debería llamar a un médico, pero no conocía ninguno. Recordó al doctor Pajares, tan viejecito, visitando a las enfermas del convento. La voz de la mujer tendida en su cama la arrancó de sus recuerdos; como en una pesadilla, la mujer le
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tendía los brazos y le pedía ayuda. «¿Quién le desgarró las bragas?», se dijo. No tuvo tiempo de contestarse. Apareció Jesús.
—¡Ah!, está aquí. El señor Torrejón la busca —anunció.
María continuó su discurso:
—Hermano, que la luz del iluminado te socorra. Eres bueno…
La muchacha se contorsionaba de un modo desordenado y obsceno. —Inés, dile que está aquí, que venga conmigo —dijo Jesús con aire
asustado.
En el vestíbulo aguardaba Torrejón. Parecía un hongo achatado y venenoso. Vestía un blusón blanco y unas sandalias gruesas. Al ver a los primos, sus labios abultados se distendieron para mostrar unas encías rojas que contrastaban con la piel oscura y lustrosa.
—La señorita María está en mi cuarto —dijo la sirvienta.
El hombrecillo la miró con malicia y movió la cabeza de cabellos negros y duros.
—Debo llevármela, el señor Javier me lo acaba de ordenar —contestó con voz aguda, en la que había un respeto irónico por el dueño de la casa.
Al llegar a su habitación, el hombre contempló con dureza a María, que al verlo se enderezó en la cama.
—¡Vámonos! —ordenó el hombre.
La joven se dejó conducir, cubierta solo por las bragas desgarradas, mientras que de sus ojos fluían torrentes de lágrimas silenciosas. Inés quiso decir algo, pero la actitud amenazadora del hombrecillo la hizo callar. Lo vio entrar al ascensor acompañado de la joven y hundirse con ella en los pisos inferiores; tuvo la certeza de que la llevaba al infierno. Asustada corrió a la ventana de su habitación para espiar la calle, pero solo vio salir el lujoso automóvil de la señorita Ivette. Después supo por Jesús que Ivette se había llevado a los dos y que más tarde había vuelto con Torrejón para llevarse a Gina, a Andrea y al señor Javier.
—Se fueron todos. Mañana te ayudaré a limpiar la casa —le dijo Suzanne para tranquilizarla.
—Me marcharé mañana —anunció Inés.
—No insistas. Ya has visto demasiado. Espera, sé más lista —le aconsejó Suzanne.
—Se trata de gente demasiado bien, demasiado rica… ¿no comprendes? —le suplicó Jesús.
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—Este es un lugar maldito. ¡Están todos endemoniados! No quiero estar aquí. ¡Acuérdate Jesús de que acabarán matándome! —gritó exasperada.
—¡Mujer!, no exageres. Las mujeres sois tremendas. ¿Quién va a querer matarte a ti? —le contestó su primo, subiendo el tono de voz.
—¡Ellos! ¡Ellos…! —repitió Inés con lágrimas en los ojos.
—¡Vamos!, cálmate, tampoco son asesinos. Son unos pobres diablos. Ustedes los españoles exageran y dramatizan todo —intervino Suzanne, acariciando la cabeza de Inés.
—Te aseguro que están jugando a algún juego de moda. Si te pones en ese estado, nos echarán a todos. ¿Y adónde quieres que vaya con los críos? ¿A la calle, como la señorita Irene? —suplicó Jesús.
Inés no quiso oírlo, prefirió llorar a solas en su cuarto. Sin papeles, la policía le echaría el guante ¿y qué podía hacer una pobre sirvienta española en contra de aquella gente poderosa? Tendría paciencia y algún día encontraría la manera de volver a España, de donde no debió haber salido nunca. Se le ocurrió escribirle a la Madre Superiora, pero ¿cómo explicarle aquellas escenas diabólicas? ¿Qué pensaría de su primo Jesús? «Que es un degenerado, y sus hermanos viven en el pueblo…»
«Buscaré la manera, la buscaré, no voy a quedarme aquí toda la vida…»
Durante varios días limpió la casa y atendió al huésped Álvarez, al que procuraba no escuchar cuando a la hora del desayuno repetía: «Mastiquemos el cuero del hijo de José y de su concubina María», para después corear su propia frase con una carcajada llena de flemas. «Paciencia», se repitió Inés.
—¿El señor es judío? —le preguntó una mañana, en que no se sintió capaz de escuchar con calma la blasfemia.
Las risotadas de Álvarez se redoblaron y pareció próximo a ahogarse en flemas. Con los ojos inyectados de sangre a fuerza de reír, la miró largo rato y dijo:
—Sí, señorita hija de María. Pero converso y bautizado hace ya varias generaciones. ¿Quiere ver mi foto de mi primera comunión? ¡Qué burros son los españoles! ¡Qué burros! Solo un español es capaz de hacer esa pregunta… —y la risa lo hizo escupir un trago de café que trataba de beber en ese instante.
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—Muy burros, señor, pero muy cristianos —aseguró Inés enrojeciendo de ira. Y mentalmente se repitió: «Paciencia, paciencia». Para olvidar la grosería del hombre, quiso recordar los olores frescos de su pueblo lluvioso. «España está a un paso. Nadie la ha movido de sitio», se dijo en la cocina, mientras fregaba con empeño una olla de aluminio hasta dejarla brillante y plateada. Se fue a frotar las chapas de bronce de las puertas, necesitaba de la limpieza exterior para limpiarse un poco de la mugre interior que le colocaba cada día aquel grupo de blasfemos.
Desde la noche de la «ceremonia», el señor Javier había desaparecido y cuando el huésped salía ella se quedaba completamente sola en la inmensidad de la casa. Entonces podía contemplar a sus anchas los valles verdes y los manzanos florecidos de su pueblo. «Puedo ir a ver al Cónsul español», se dijo pensativa; la Madre Superiora tenía razón: «Dios nunca nos deja de la mano». Desde que estaba en París no había ido ni una sola vez a misa, Jesús se había negado a acompañarla. «Tiene miedo de que me queje con el señor cura… iré a ver al Cónsul.» Animada por esta súbita esperanza se durmió tranquila.
—Inés, la España está muy lejos, muy lejos, y es mejor para usted portarse con prudencia —le dijo Grotowsky al día siguiente, cuando ella limpiaba el patio embaldosado.
Era muy temprano y en las palabras del hombre creyó adivinar una amenaza. Al hombre le sudaba la nariz a pesar del aire fresco de la mañana. Inés había contemplado con alegría los brotes verdes en los castaños y ahora Grotowsky convertía en cenizas aquel día que apenas empezaba. Se preguntó si Enríquez la había delatado o si hablaba así por órdenes de Ivette.
—Más lejos está América y todos vuelven —contestó desafiando al gigantón.
—No todos, Inés. ¡No todos! —replicó Grotowsky un poco sorprendido. Se echó a reír, cruzó el patio y se introdujo por la puertecilla abierta en el muro.
Su risa le sonó a Inés como una sentencia y su presencia oculta en el cubículo disimulado detrás de la oficina de Enríquez le quitó el apetito.
—¡Come el potaje, que te has quedado como una espina! —suplicó Jesús.
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Inés se pasó la mano por los cabellos castaños y sintió que iba a llorar. Sí, era alta y delgada. Nunca fue gruesa; ¿qué importaba que perdiera algunos kilos? «Estás muy pálida», escuchó decir a Jesús. «¡No se ve él!», se dijo Inés. «¿Y cómo iba a tener buen color viviendo en las tinieblas de aquella casa, sometida a un rancho escaso como el de una prisión?» Había olvidado el sabor de la fruta y la alegría de vivir sin miedo. Muchas veces quiso preguntar por la señorita Irene, pero la atemorizaba la idea. ¡Nunca olvidaría a aquella chica chorreando sangre, bajando la escalera a puntapiés para alcanzar la calle helada! En el fondo la envidiaba. Hubiera deseado que el señor la echara a la calle a golpes. Así se libraría de aquella cárcel.
Al atardecer rehusó sombría el café que le ofreció Suzanne. ¡No lo quería! Los empleados ya se habían marchado y ella buscaba la manera de ir a una iglesia a confesarse. Pero para salir necesitaba el permiso de la señorita Ivette o del señor y este se empeñaba en continuar ausente de la casa. Jesús se negaba a acompañarla sin la autorización debida.
Entró Enríquez con aire furtivo y el tinte de la piel de color tierra.
Olvidó la presencia de Suzanne y le hizo señas de que se acercara:
—Parece que hay una cámara fotográfica que retrata a todos los que entramos ahí —le confió el viejo revolucionario en voz muy baja.
—¡Usted quiere asustarme! —gritó Inés.
—¡Calla! Te juro que es verdad. Grotowsky me mostró tu fotografía mientras fisgabas —aseguró con voz temblorosa y agregó—: También me enseñó la mía mostrándote todo…
Ambos se miraron inútiles, estaban desarmados.
—Estos extranjeros son unos demonios —susurró Inés.
—Sí que lo son —afirmó Enríquez.
Eran dos insectos atrapados en una enorme telaraña. Inés quería dilucidar el misterio. Lo que sucedía en la casa no era normal. Tenía que existir un cerebro que dirigiera aquel enredo.
—Mire, Enríquez, me parece que echan demasiado humo para ocultar a la armada. ¡Quisiera saber quién es el jefe de todo esto…!
—¡Don Javier, hombre! Eso está a la vista —dijo el viejo, sorprendido por las palabras de la muchacha.
—¡Claro…! pero me parece ¡tan imbécil!
—Así son los malos, hija mía, ¡imbéciles!
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Los castaños ya se habían cubierto de hojas verdes cuando el señor se presentó en la casa acompañado de Gina.
Los dos se instalaron en habitaciones vecinas. Álvarez sonrió satisfecho, se sentía menos solo.
—Ya era tiempo de que regresaras a tu palacete. ¿Qué te sirvo?
¿Whisky?
Gina hizo el recorrido de la propietaria con aire severo. Visitó los salones, los cuartos de dormir, la cocina, los baños, las escaleras, las habitaciones de los criados y la terraza.
—¡Está hecha un asco esta casa! Mire los vidrios —le dijo disgustada a Inés, que la seguía en silencio.
—Llovió y volvieron a ensuciarse los cristales —contestó la doncella. Gina la miró con ironía. Con la luz del sol la mujer era diferente: tenía los ojos cubiertos de venillas rojas. También la piel de las manos era
rojiza.
Durante la cena, Gina se quejó con Javier del estado «lamentable» de la casa.
—Procure usted mantener la terraza en mejores condiciones. ¿Qué hace usted durante todo el día? —le preguntó Javier a la doncella que servía con manos temblorosas.
Álvarez la miró con aire divertido, señaló el mandil blanco y la cofia de Inés y se echó a reír.
—Los criados son unos pobres esnobs, ¿verdad Javier? Creo que para esta señorita no somos lo bastante elegantes —comentó Álvarez, enrojeciendo de alegría.
—Los criados son pequeñoburgueses —afirmó Javier.
—¡Álvarez! No me dirás que esta señorita se ha criado entre príncipes —exclamó Gina, echándose a reír.
Álvarez estalló en carcajadas apocalípticas. Inés perdió los cubiertos ante las risas y las miradas de los comensales. Su turbación los llenó de júbilo.
—¡Calma, señorita, calma! Le ayudaremos todos a recoger los tenedores que Vuecencia dejó caer al suelo —y diciendo esto, Álvarez se puso a cuatro patas para recoger los cubiertos caídos bajo la mesa.
—¡Eres genial! —palmoteo Gina, ahogada por la risa.
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Cuando Inés se refugió en su cuartito se echó a llorar. Nadie la había humillado de esa manera. Era inútil dirigirse a su primo, tenía demasiado miedo. «¿Qué puedo hacer? Nunca más encontraré trabajo», se repetía con la vista baja.
Las noches volvieron a tornarse ruidosas: carcajadas estridentes, alaridos, carreras por la escalera y en la terraza ruido de vidrios rotos, sobresaltaban su sueño incompleto. «¡Están endemoniados!», se repetía Inés y trataba de no mirar por el hueco de la escalera el lugar en donde habían colocado los mazos de velas negras la noche de la «ceremonia». Tenía la seguridad de que ese lugar estaba maldito. Aquella mañana, cuando encontró la sangre en la terraza y las botellas rotas, tuvo la desagradable impresión de que habían matado a alguno de ellos. Aturdida limpió aquellos ríos de sangre coagulada y prefirió guardar silencio. ¿Qué habían hecho? Esperó a que salieran todos de sus cuartos para saber quién había sido la víctima de aquella broma macabra. Salieron todos pidiendo vasos de jugo de tomate. Parecían muy cansados, el jolgorio los había dejado extenuados. Inés encontró huellas de sangre en el ascensor y buscó las heridas en alguno de ellos, pero todos estaban intactos. Limpió el ascensor y preparó la comida.
Aprovechó la hora en que se bañaban para bajar a hablar con Jesús. —Mira, era un río de sangre… ¿te das cuenta?
—¡Calla! No fue nada, la señorita María se cortó las muñecas, pero Torrejón la llevó en seguida con un médico. Ahora parece que va muy bien —afirmó su primo, que estaba tan pálido que se diría que era él quien se había rebanado las venas de los brazos.
María volvió a los pocos días, acompañada de Torrejón y de Andrea. Torrejón sonreía, se deslizaba sin ruido, como si pidiera excusas por su presencia. Ahora lo acompañaba una jovencita rubia, de estatura muy pequeña y ojos claros, que lo contemplaba con adoración. Al principio, la muchacha llevaba alhajas costosas impropias de su edad; una noche apareció con una blusa vieja y extravagante, bordada con lanas de colores. Inés observó sus medias desgarradas, sus cabellos cortados a tijera y el gesto irritado. Los demás la trataban con mucha deferencia, asombrados de que se hubiera despojado de sus joyas.
—¡Mirá que Asunción es maravillosa! ¡Miércoles, si yo tuviera sus joyas estaría ahora mismo instalada en el Danieli, comiendo caviar y contemplando esos canales! ¡Ay!, mirá, esos canales, esas góndolas, ¿pero
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querés algo más sublime? —gritaba Andrea poniendo los ojos en blanco mientras que Asunción la miraba con reproche.
—Cállate, argentina lírica, es normal que la Chonita esté con nosotros, no nos hagamos los tontos, ¿pues qué no es hija natural del viejo de la leche condensada? —interrumpió Álvarez, soltando una carcajada apoplética.
—Mirá que sos un indecente. ¡Un miércoles de mierda! ¿Qué tiene que ver aquí la leche condensada? —rugió Andrea.
—¡Carajo! La leche está en el origen del amor de Asunción por el pueblo. ¿O no es así Chonita? Di la verdad, estás aquí frente al padre confesor —insistió Álvarez, enrojeciendo como una berenjena.
Asunción guardó silencio, arregló los pliegues de su blusa vieja y adoptó un aire majestuoso y despectivo. Torrejón corrió a su lado, le tomó la mano y exclamó en voz conciliadora:
—Amiga, tú estás por encima de todo. Tú flotas en la luz, las tinieblas no te alcanzan.
Al poco rato, Asunción y Torrejón abandonaron la casa.
—¡Qué lástima, podían haber cogido aquí! La Chonita todavía tiene prejuicios sociales, prejuicios de heredera natural… —y Álvarez volvió a reír, dispuesto a derribar con su risa los muros de la casa.
Andrea le dio la espalda y corrió a unirse con María que, lívida, había visto salir a la pareja.
—Mirá, nosotras dos vamos a organizar un jueguecito lindo, lindo… —María la escuchó inmóvil.
Muy tarde, Inés escuchó la voz nocturna del disco que salmodiaba en aquel lenguaje extraño y que repetía sin cansarse: Virgen María, Arcángel San Miguel. Inés se preguntó de qué estarían hechos aquellos países en donde se practicaban blasfemias y degeneraciones. Recordó que una de las huérfanas le había contado que Rumania estaba llena de hechiceros. «Tal vez el señor Javier es rumano», se dijo preocupada. La verdad es que no encontraba la respuesta a sus preguntas y solo sentía el impulso de echar a correr y olvidarse de lo que había visto y oído.
En la conserjería ya no pedía nada, ni hacía ningún comentario. ¿Para qué? Sabía de memoria que su primo Jesús le pediría quedarse por él y por sus hijos. Encontraba más consuelo en Enríquez, con el que había estrechado su amistad a partir de la tarde en que le reveló que ambos
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estaban fotografiados en la cámara secreta. Por la ventana de Jesús, vio las piernas delgadas de Asunción seguidas por las de Torrejón.
—¿Otra juerga? —preguntó Jesús.
—Así parece —contestó ella con voz resignada.
Mientras repartía las bebidas y los bocadillos a los invitados sentados en el suelo, se repetía: «Ivette debe dejar que me vaya». Los bocadillos los había llevado Asunción, que con voz humilde había suplicado:
—Acepten este tributo.
—Aceptado, hermana Leche —dijo Álvarez, al mismo tiempo que de un tirón le arrancó la falda.
Asunción corrió a refugiarse con Torrejón.
—¡Vuelve con tu hermano, perra! ¿Por qué lo rechazas? —le reprochó el hombrecillo.
Inés trató de ayudarle a ponerse la falda rota.
—Necesita unos puntos… —dijo la doncella. Asunción la miró con odio, levantó el brazo y le dio un bofetón.
Gina se sobresaltó, iba a decir algo, pero Javier comentó en voz muy alta:
—¡Buena casta!
Inés huyó a la cocina. Andrea llegó hasta ella, estaba turbada y quiso consolar a la muchacha.
—Mirá, debés entender a Asunción, es una niña millonaria que se está liberando de sus frustraciones; Torrejón trata de ayudarla, pero es un caso muy complejo. ¡Pucha!, que si es complejo, ¿comprendés ahora…?
Inés contestó con sequedad:
—Esa chica debería estar en su casa.
—Pero si ahí está. ¿No lo sabes? Sus padres nos tienen en gran estima —y Andrea se echó a reír.
Inés se arregló la cofia, recogería las copas y subiría a su cuarto. No deseaba estar en donde se hallara Asunción. Salió con rapidez de la cocina y recogió las copas con prisa. Vio que Asunción lamía con asiduidad la mano de Torrejón, mientras que este movía la cabeza con disgusto. Sonó el teléfono y Álvarez se precipitó a coger el aparato. Tapó la bocina con la mano y anunció con los ojos chisporroteantes de júbilo:
—¡Chist!, ¡es ella!
El corro, que unos segundos antes hablaba a un tiempo y reía a carcajadas, guardó silencio.
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—La «ceremonia» tuvo efecto —comentó Torrejón con voz pausada. Javier miró con fijeza a Álvarez, que sostenía la bocina cubierta con su
mano. Gina adoptó una actitud tensa. Asunción se deslizó con rapidez al lado de Álvarez, tratando de escuchar a través del aparato. Entonces, Álvarez habló con voz cambiada:
—No, señora Paula, el señor salió de viaje… No soy Jesús, soy el nuevo sirviente.
Cuando colgó el teléfono, un coro de risas y de exclamaciones obscenas estalló eufórico.
—¿Qué quería? ¿Dinero? ¿Quiere volverme loco? —preguntó Javier con voz lúgubre.
—Dijo algo de Irene. Le urgía comunicarse contigo —contestó Álvarez.
—¡Irene! —exclamaron a coro y luego prorrumpieron en risas.
—¡Sale garce! No permitas que te anule —gritó Asunción.
Gina se puso de pie y ayudada por Asunción preparó el disco de María Sabina.
A los pocos minutos se escuchó la voz extraña de la india lanzando encantamientos. Era necesario terminar de una vez por todas con Paula y con Irene. El teléfono se dejó oír otra vez. Los invitados guardaron silencio, Gina detuvo el disco y Álvarez se hizo cargo de la conversación telefónica.
—Parece que le sucedió algo a tu hija, está llamando desde el sur de Francia.
—¡Qué buena vida se dan esas dos putas! —dijo Asunción.
Inés dejó caer la bandeja. «Algo grave ha sucedido», se dijo, mientras recogía los trozos de cristal, las colillas y las cenizas esparcidas en el suelo. Escuchó que le ordenaban retirarse y corrió a su habitación. La voz amplificada de María Sabina no la dejó coordinar las ideas, ni conciliar el sueño.
A las siete de la mañana, cuando la casa había vuelto al silencio, la sobresaltó el timbre del teléfono.
—Señora Paula, llame al señor a su oficina más tarde —colgó, temblorosa, temía que alguien la hubiera escuchado por alguna extensión.
Por la noche, el señor Javier la acusó delante de sus invitados de haberle dicho a Paula que él estaba en la oficina. El teléfono llamó y el
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mismo Javier tomó la bocina con aire feroz, ante la aprobación de sus amigos.
—¡Irene!, no trates de chantajearme… ¿Qué dices…? ¿Estás en la ventana…? Pues ¡tírate!, ¡tírate!, ¡tírate!, ¡tírate!, ¡tírate…! —repitió una y otra vez, poseído por una fuerza desconocida, mientras que sus amigos aprobaban su orden con gestos enérgicos.
Inés huyó a su habitación y desde ahí le pareció escuchar el alarido de alguien que va por los aires cayendo de cabeza hacia el pavimento. El alarido se confundió de pronto con la voz de María Sabina que empezó a girar en el tocadiscos. Tuvo la certeza de haber sido testigo de un crimen cometido por teléfono y trató de rezar y pedir perdón por su cobardía.
En la mañana, la sorprendieron las copas verdes de los castaños que casi llegaban a su ventana. El verano daba sus primeros pasos y aquella casa permanecía en la repetición de las tinieblas.
Bajó y encontró cambios: Gina se había instalado en la habitación del señor Javier. María se iba a una isla griega. Por su parte, Álvarez anunció que estaba harto de París y que se marchaba a Inglaterra.
Inés pasó el día haciendo maletas. El grupo empezaba a desintegrarse y ella sintió alivio.
—Aprovecharemos ahora que empieza el verano para pedir tus documentos —le dijo Jesús lleno de esperanzas.
—Diremos que vas a aprovechar tus vacaciones para ir a visitar a la Madre Superiora. ¿Qué te parece? —agregó alegre.
—Sí, chica, necesitas un descanso. ¡Qué escándalos nocturnos! Menos mal que los niños están ya con sus abuelos —le dijo Suzanne dándole de palmadas en las mejillas.
Ambos habían envejecido en esos meses: estaban pálidos; Suzanne flotaba dentro de su traje de percal y a Jesús se le habían formado arrugas minúsculas como abanicos pequeños alrededor de los ojos rubios.
Al oscurecer salieron de viaje Álvarez y María. Jesús cerró el portón. —¡Vayan con viento fresco y que mal rayo los parta! Que nos han
jodido bien y todavía no sabemos cómo va a acabar todo esto —exclamó el hombre dando un puñetazo sobre su mesa.
El sábado de verano tocaba a su fin. Por la ventana pequeña de la conserjería se veían las filas de los troncos de los castaños. Jesús contempló las raíces y el nacimiento de los árboles guardados por rejillas
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redondas y metálicas puestas para defender el trozo de tierra en la que estaban sembrados.
—¡Hay que ver, hasta a los árboles se les cuida más que a la señorita Irene! —exclamó el hombre, moviendo la cabeza.
—Pero si un animal es mejor, mucho mejor que él —comentó Suzanne.
La avenida solitaria y perfumada por millares de hojas verdes parecía un camino inesperado a la dicha. Aquellos árboles inocentes ignoraban lo que sucedía en esa casa tenebrosa. Era glorioso escuchar el rumor de sus ramas y aspirar la frescura que derramaban sobre la acera. Inés recordó su pueblo reverdecido después del invierno. Le pareció que hasta ella llegaba el olor del tomillo y de la menta fresca. La belleza que llegaba del exterior llenó de esperanzas a los tres criados. También ellos, como los árboles, volverían a florecer. «¡Qué hermosa debe estar la huerta!», se dijo Inés con nostalgia.
El automóvil de Almeida se detuvo frente a la casa. El hombre bajó del auto, cruzó el portón abierto por Jesús y entró sin decir una palabra.
—No paran jamás —dijo Suzanne.
A los pocos momentos, el señor Javier llamó desde adentro de la casa para dar órdenes.
—Sí, señor… Sí, señor… Sí, señor…
Inés y Suzanne contemplaron los cambios de expresión en el rostro de Jesús. Cuando terminó la conversación, el hombre estaba muy pálido.
—La señorita Irene llega hoy. Es absolutamente indispensable que apaguemos las luces y que no contestemos ni al timbre de la puerta ni el teléfono. ¡Indispensable! —terminó.
Almeida apareció en el patio embaldosado y el conserje se apresuró a abrirle la puerta de salida.
—Espero que por una vez cumplan ustedes las órdenes —dijo Almeida antes de abandonar la casa.
Las mujeres lo vieron subir a su automóvil y partir sonriente. Un rato después apagaron la luz en la conserjería y le ordenaron a Inés que subiera a su cuarto y que cumpliera con las instrucciones recibidas.
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—¡No se te ocurra encender la luz de tu habitación! —dijo Jesús.
—¿Y la vamos a dejar en la calle? —preguntó la doncella.
—Yo qué sé. ¡Sube! —gritó Jesús, temiendo que su prima no entendiera cegada por la cólera.
Inés subió a tientas por las escaleras. La risa desenfrenada de Gina ocupaba el vestíbulo y los pisos superiores. La muchacha se encerró en su habitación para no escucharla. Desde su ventana espió la calle, quería saber si en verdad la señorita Irene volvía a la casa. «Pobre señorita Irene, algo le debe haber sucedido para regresar aquí.» La luz de las farolas llenaba de reflejos plateados las copas de los árboles frondosos y formaba cuevas habitadas por seres irreales. Muy abajo estaba el suelo y sus pesares, uniéndose a ella, que, por encima de las ramas, también estaba pesarosa. Si pudiera vivir en algún hueco fresco abierto entre las hojas, escaparía a la miseria que ahora la agobiaba. Las ramas se unían unas a otras para formar una amplia avenida suspendida en el aire, verde y plateada, que se perdía hasta el final de la noche clara del verano. Por esa avenida podía huir y correr a la felicidad tan alejada del ventanuco por el que espiaba la calle.
Escuchó detenerse un taxi y a través de las ramas vio la figura de la señorita Irene cargando una pequeña maleta. La acompañaba Paula. Supo que era ella por los cabellos rubios que brillaban muy abajo de las hojas. La madre acompañó a Irene a la puerta y regresó al taxi que echó a andar para perderse en la noche. El timbre de la puerta de la conserjería atravesó el vestíbulo y subió hasta su cuartucho lejano. Inés no se movió. La joven Irene llamó muchas veces a aquel timbre sonoro esperando una respuesta e ignorando que aquella puerta no iba a abrirse para ella. Irene, asombrada, repitió los timbrazos, levantó la cabeza y examinó las ventanas apagadas. Inés quiso bajar a abrir, pero la paralizó el miedo. Vio a Irene sentarse en su maleta a esperar y se sintió llena de compasión. «¡Qué alma más negra!», se dijo, pensando en Javier encerrado con Gina en su amplio cuarto de dormir.
Transcurrió más de una hora antes de que el teléfono empezara a llamar con insistencia. Sin duda era Paula que pedía noticias de su hija. Inés no lo tocó. El timbre de la puerta llamó con desesperación sucediéndose con los timbrazos del teléfono, llenándola de angustia, mientras la casa permanecía quieta y oscura. Inés se deslizó hasta el tercer piso de donde salían las carcajadas de Gina y una rendija de luz.
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—¡Es una loba! ¡Una loba! —se dijo ante aquellas risotadas que rodaban por las escaleras haciendo un ruido de platos rotos.
Con sigilo volvió a su puesto de observación. Irene continuaba sentada en su maleta. Desde su lugar vio cuando la policía se acercó a Irene y escuchó los timbrazos largos dados por el hombre de uniforme. Después vio cuando dos policías se llevaron a la jovencita. ¿Adónde la llevaban? A tientas bajó a la conserjería. La voz de Jesús le llegó en un susurro a través de las sombras.
—La policía se la llevó.
—Es menor de edad —suspiró Suzanne. —¿Y ellos qué hacen? —preguntó Jesús. —La loba se ríe. ¿No la escuchan?
¡La loba! Jesús recordó que la mujer era amiga de Ivette. De hecho fue la secretaria del señor la que presentó a Gina con la señora Paula. Esta acostumbraba invitarla a sus cocteles y a sus fines de semana en el campo. Fue Gina la primera en traer «bohemios» a la casa.
—Ivette, dile a Javier que no quiero a esta gentuza en la casa. —Yo no soy más que la secretaria. ¿Qué puedo hacer?
Los pleitos entre la señora y el señor Javier fueron en aumento. La noche en la que una mujer desnuda corrió escaleras abajo, la señora amenazó con el divorcio. Gina se puso de su parte, pero los escándalos continuaron. El señor Javier se volvió sombrío y sus arrebatos de cólera se hicieron peligrosos. Nunca fue amable. En poco tiempo, su figura baja y robusta tomó peso y sus cabellos grises se volvieron blancos. «Es la culpa de Paula», decía. Se compró una pistola que guardaba en la cajuela de su coche o en la mesilla de noche de su cuarto, «para defenderse de un posible ataque de Paula». La señorita Ivette era la única persona capaz de calmarlo y también la única que merecía toda su confianza. La noche en que echó a la calle a su mujer lo primero que hizo fue llamar a Ivette. Esta no hizo comentarios y prohibió a los criados hacerlos so pena de perder el empleo. Paula nunca volvió. Gina continuó viniendo hasta convertirse en la dueña de todo. También ella se negó a ver a Paula.
—Antes de la Gina esto no era tan malo… —suspiró Suzanne.
Un automóvil se detuvo frente a la casa y un hombre vestido de civil bajó de prisa y llamó con insistencia al timbre de la casa. Los tres criados guardaron el aliento.
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—¡Mierda…! ¡Canalla…! ¡Han descolgado el teléfono! —exclamó al no obtener respuesta.
Jesús se llenó de terror al descubrir que Irene estaba en el interior del automóvil. Por órdenes del señor había desconectado el teléfono media hora antes.
—Es la Secreta… —dijo Jesús en un susurro que Inés apenas alcanzó a
oír.
El automóvil esperó largo rato, al cabo del cual arrancó y se fue sin hacer ruido. Pasó varias veces frente a la casa. Al final se estacionó en la acera de enfrente, del otro lado del camellón de la avenida.
—Esto acabará mal —anunció Jesús.
Algo le dijo a Inés que las palabras de su primo eran proféticas y se sintió en peligro. Recordó la risa de Grotowsky: «España está muy lejos». ¿Qué quiso decir con aquella frase? Le escribiría a la Madre Superiora para pedirle auxilio y contarle lo que le sucedía. Ella misma saldría a echar la carta al correo. En sus cartas sor Dolores se quejaba de las pocas noticias que le daba: «¿Pasa algo, hija mía?», le preguntaba. Las cartas se las entregaba abiertas Jesús. «Son órdenes», le decía a manera de excusa. «No pasa nada, el trabajo me absorbe…», le contestaba Inés. Ahora le pediría que se dirigiera al Cónsul español para que este viniera a sacarla de ese infierno. Tomó la decisión en la oscuridad y subió a su cuarto a tientas.
Por su ventana vio que el auto de la policía continuaba estacionado en la calle de enfrente.
Jesús y Suzanne discutían en voz muy baja:
—Deberías avisarle al señor.
Jesús, cegado por las sombras, subió hasta la puerta cerrada del cuarto del señor Javier. Dudó mucho tiempo antes de llamar. «El tío este me va a tirar algo a la cabeza… y yo, bueno, no sé si pueda contenerme…» Al final llamó con los nudillos, estaba tembloroso.
—¿Quién llama? ¿No dije que no me molestaran? —contestó Javier abriendo de golpe. Estaba desnudo, con el rostro enrojecido y la mirada extraviada.
—Hay un coche de policía que vigila la casa. La señorita Irene está con ellos —se atrevió a murmurar.
—¡Absurdo! ¡Completamente absurdo! Usted delira —contestó Javier. Con pasos rápidos se dirigió a una habitación apagada con ventanas a la calle y miró afuera a través de las rendijas de la persiana cerrada. Volvió
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con pasos furiosos a su cuarto seguido por el conserje que trataba de ignorar su desnudez.
—¿A eso le llama usted un coche de policía? ¿No ve usted que es el auto de algún amigo de Irene? ¡Es el colmo del descaro! Esa niña y sus amigos poniéndole un cerco a mi casa. ¡El colmo! —y cerró de un golpe la puerta de su habitación.
Jesús regresó a su conserjería tropezando y jurando en la escalera:
—¡El tío está loco…! Además se está arruinando. Lo escuché en la oficina, cada mes tiene pérdidas enormes. Para mí que es el Almeida ese el que se lleva la tajada gorda —le sopló al oído a su mujer.
—¿Y qué me dices de Grotowsky?
—Bueno, ese robó siempre, para eso está, pero también mete dinero en la empresa. ¿No ves cuántas carantoñas le hace la Ivette? El peligroso es el nuevo, el Almeida, ¡vaya cara de bandido que tiene! Es él quien empuja al señor a tanta locura, el piojo ese…
La noche se alargaba, se diría que no iba a terminar nunca; Suzanne y Jesús continuaron vigilando al coche plantado en la acera de enfrente, que parecía dispuesto a no marcharse nunca.
A las siete de la mañana llegó el automóvil de Almeida, que enfiló el motor sobre la acera, justo frente al portón de la casa, al mismo tiempo que sonaba con urgencia el claxon. Jesús se precipitó a abrirle.
Inés desde su ventana vio que del automóvil negro descendían corriendo dos hombres y en unas cuantas zancadas alcanzaban el portón abierto, mientras que un tercero llevando la maleta de Irene corría cogido de la mano de la chica hasta llegar a la puerta abierta de la casa. Hasta Inés llegaron las voces airadas de los tres policías discutiendo con Almeida, que lívido de ira parecía querer fulminarlos con sus ojillos feroces.
—¡Es una casa privada! ¡No pueden pasar! —repetía Almeida.
Irene muy pálida contemplaba la escena.
—¿Es la casa de la menor, sí o no? —preguntó un policía.
—Sí…, es… —reconoció Almeida.
—¡Entre! Entre a su casa señorita —le ordenaron a Irene, que asustada cruzó el umbral y echó a correr hacia el interior.
—¡El nombre de su padre! Ha cometido el delito de abandono deliberado de una menor. Se negó a abrir la puerta y desconectó el teléfono. Lo constatamos en la oficina —gritó el policía más viejo, a quien la cara astuta de Almeida le producía cólera.
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«¡Ojalá que le rompa la cara!», pensó Jesús.
—El señor no está en París. No sé por qué no abrió este hombre — contestó Almeida señalando a Jesús.
Inés bajó corriendo las escaleras, a medio camino se encontró frente al señor y frente a Irene. El hombre llevaba la pijama en desorden y los ojos coléricos.
—¡No fue Inés la que me abrió, papá! Fue la policía… —¡Inés! ¡Échela a la calle! —ordenó Javier.
Inés se quedó inmóvil, creía que la Secreta vigilaba la calle. Ignoraba que en ese momento la policía se llevaba a Jesús y a Almeida a la comisaría para declarar que el señor se hallaba ausente, que la señorita Irene se había presentado de improviso, que los criados no esperaban a nadie y que además tenían órdenes estrictas de no abrir a desconocidos. El miedo los había obligado a atrincherarse en la conserjería.
—La señorita dijo algo muy distinto. Además no es una desconocida —les dijeron cuando ya habían firmado sus declaraciones.
Almeida y Jesús se miraron aterrados. Tenían suerte en que fuera domingo y solo hubiera personal de guardia. Pero el lunes… el lunes recomenzaría otra vez todo…
Desde la habitación llegaron los alaridos de Gina reclamando a Javier. Este dio algunos pasos. Inés aprovechó el momento para coger a la jovencita y llevarla corriendo a su cuartucho.
—¿Un café, señorita? —preguntó Inés.
—¿Un café…?
—No se mueva de aquí mientras se lo preparo —le ordenó la doncella. En el umbral de la puerta estrecha del cuartucho apareció Javier
sonriendo.
—Ven, Irene, Gina tiene algo que decirte.
Cogió a su hija por el brazo y ante la mirada atónita de Inés se llevó a la joven que se dejó guiar con mansedumbre. Inés los siguió de lejos. Los vio entrar a la habitación del señor y escuchó los alaridos de La Loba. No sabía qué hacer, los alaridos aumentaban, escuchó golpes violentos. Inés se precipitó a entrar: Gina, con los cabellos negros revueltos, los ojos fuera de las órbitas y la pijama desgarrada, arañaba los muros y profería frases obscenas:
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—¡Virgen hedionda, podrida! ¡Javier, dame un sacacorchos para desvirgarla yo misma! ¡Dámelo…! ¡Dámelo…! ¡Puta hipócrita…!
Javier, de pie, contemplaba la escena sonriendo de una manera extraña. Se había colocado junto a una ventana interior y miraba embelesado a Irene. La jovencita, puesta de rodillas en el suelo, miraba a Gina con terror, mientras que de una mejilla le corría la sangre como si le hubieran dado un navajazo. Tenía los cabellos en desorden y el traje desgarrado cubierto de sangre. Inés se precipitó sobre ella, la abrazó, la puso de pie y la sacó de ahí, en medio de los alaridos de La Loba, que amenazaba con matarla y fornicar ella misma con la puta Virgen María.
Inés, sosteniendo a Irene con fuerza, huyó a su cuartito y colocó el ropero contra la puerta. Irene la miraba hacer. El teléfono llamó y la doncella se precipitó a contestarlo.
—¡Por los clavos de Cristo, venga la señora! —gritó exasperada.
Javier llamó con suavidad a la puerta del cuartucho.
—Irene, Irene, ven, que Gina tiene algo que decirte —ordenó.
—En seguida va, señor —contestó Inés para dar tiempo a que llegara la señora.
Lo escuchó alejarse y esperó unos minutos. Después le anunció a Irene que ella iba a salir para esperar a su madre, y que apenas saliera corriera el armario sobre la puerta para evitar que entraran a atacarla. Irene asintió con la cabeza. La herida de la mejilla continuaba sangrando en abundancia. Inés, demudada, salió y desde afuera esperó a oír que la señorita se atrancara. Bajó por la escalera, iba llorando. A través de sus lágrimas vio subir a una mujer joven, vestida con unos pantalones de hilo de color canela y un tricot de hilo también del mismo color. Calzaba sandalias, estaba tostada por el sol, no llevaba maquillaje y sus cabellos rubios se balanceaban tranquilos.
—¿Usted es la señora Paula? —le preguntó Inés.
—Sí…, ¿por qué está abierto el portón? ¿No hay nadie…? ¿Por qué no contestaron anoche el teléfono? ¡Qué mal rato me hicieron pasar! — exclamó con los ojos muy abiertos.
Inés no supo qué decirle a aquella mujer de aspecto apacible, que ajena a lo que sucedía se dirigía a la puerta de la habitación de su marido. Iba a llamar con los nudillos, cuando Inés se le acercó. —¡Cuidado, señora! ¡Es una loba! ¡Una loba!
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Paula la miró asombrada. Tal vez la noche pasada sin dormir la había dejado sin reflejos o tal vez era simplemente una imbécil.
—¿Dónde está Irene? ¿Aquí…, con su padre? —preguntó mientras llamaba a la puerta con los nudillos.
—¿Quién molesta? —preguntó la voz de Javier.
—Soy yo, Paula. ¿Se puede?
Inés la miró boquiabierta. Un «¡pasa!» la dejó aún más intranquila. ¿Paula ignoraba lo que sucedía en aquella casa? La vio entrar y se acercó a la puerta a escuchar lo que sucedía adentro.
—¡Gina…! ¿Qué haces aquí…? ¿Cómo estás? —preguntó Paula sorprendida.
Se produjo un silencio. Después hubo una explosión de injurias de Gina. Se dejó oír la voz pausada de Paula: «¿Dónde está Irene?» La voz incoherente de Gina llenó la casa.
—¿Culpable? Tú siempre con culpables y con inocentes. ¡Burguesa! ¡No existe la culpa! ¡No existe! Te voy a arrancar la piel de la cara y nadie dirá que hay culpa. ¡Nadie! —gritó Gina.
—Estás borracha —contestó Paula con voz despectiva.
—¡Paula, escúchala! Y no culpes al alcohol de tu propia imbecilidad. Siempre fuiste una imbécil. ¡Inerte como un trozo de hielo! Gina es una ¡mujer! ¡Una mujer que huele a axila, que coge, que pega, que ama, que tiene flujo…!
—¡Por favor, no entres en detalles tan asquerosos! —suplicó Paula.
—¿Vas a escucharla? —gritó Javier.
—No escucho. Detesto las incoherencias.
—¡Puta! Te voy a arrancar la piel de la cara. ¡Frígida! —rugió Gina. La puerta se abrió y ante los ojos de Inés apareció Paula, que volvió a
cerrar la puerta con cuidado.
—¡Qué espectáculo! ¡Qué horror! Cómo se ha degradado este pobre hombre. ¿Dónde está Irene? —le preguntó a Inés.
La doncella, sin decir una palabra, la condujo hasta su cuartucho. Paula, al ver a su hija, retrocedió y sus dedos temblaron hasta dejar caer el cigarrillo encendido.
—¡Irene! ¡Por Dios santísimo! Vámonos de aquí —y su piel dorada se volvió intensamente pálida.
—¡Irene! Estás herida…, ¿para esto me ordenó tu padre que te trajera? ¡Dios mío, Irene, vámonos de aquí!
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La jovencita miró a su madre con reproche:
—Yo no soy como tú. Yo exijo mis derechos y no me voy. Esta es mi casa. ¡Mi casa! Ya me fui contigo cuando te echó a la calle y dormí contigo en la calle y luego en el colchón de Nicolle. ¡No me voy!
Paula se aterró, miró a Inés pidiéndole socorro. La doncella las contempló a las dos sin saber qué decir, ni qué partido tomar.
—¡Irene, por favor, vámonos! —suplicó Paula.
—¡No! Ya no les tengo miedo. ¡Ahora se van ellos! Esa señora no tiene ningún derecho en invadir mi casa. La policía está de mi parte.
—¿La policía…? ¿Quieres que nos mate tu padre…?
Paula se sentó en el borde de la cama. Parecía agobiada y se negaba a ver la sangre que manaba del rostro de su hija. La doncella supo que tenía miedo, mucho miedo.
—Perdone, Inés, ¿tiene usted un cigarrillo?
—La policía me dijo que es él quien ha cometido un delito —afirmó Irene.
Inés buscó algodón, alcohol y limpió el rostro de la jovencita, sin hacer caso de la madre que parecía ajena a lo que sucedía a su alrededor.
—La señorita pasó la noche con la policía —explicó Inés.
—¿Con la policía…? ¡No entiendo…! No entiendo nada. Irene, te lo suplico, vámonos de aquí…
Inés le relató lo sucedido, después trató de explicar lo que ocurría todas las noches en la casa y agregaba un final que condensaba todo: «¡Es una loba!», «¡una loba!», «¡una loba!» La palabra asustó aún más a Paula que insistió en que debían salir inmediatamente de ahí.
—Inés, avísale a mi padre que yo no salgo de aquí, que son él y su amante los que deben abandonar esta casa —le ordenó Irene a la doncella, y al ver que la muchacha no se movía cogió el teléfono y le pidió a Jesús que la comunicara con su padre. Una vez al habla con él, le comunicó su decisión y colgó el aparato.
—Irene, yo no puedo quedarme aquí. No tiene sentido y al final nos ma… —suplicó Paula.
—¡Vete! Después se irán ellos —afirmó Irene y se tendió en la cama de Inés.
La joven estaba intensamente pálida, tenía un ojo lastimado y el traje cubierto de sangre que empezaba a secarse.
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Paula inclinó la cabeza. Era evidente que padecía un terror profundo y que no estaba dispuesta a acompañar a su hija en aquella temeridad.
—Me quedo con usted señorita, aunque pueden… matarnos… —dijo Inés convencida de sus palabras.
—Trataré de llegar a un acuerdo con ellos —afirmó Paula con voz desmayada.
Le recomendó a Irene que no abandonara la habitación de la doncella, que pusiera el armario contra la puerta y bajó seguida por Inés hasta el tercer piso. Llamó con suavidad a la puerta del dormitorio de su marido.
—Soy Paula… —repitió varias veces sin obtener ninguna respuesta. Del interior del cuarto venían ruidos extraños, palabras obscenas y
blasfemias. Paula miró a la doncella con ojos aterrados, y esta observó su palidez mortal. Inés supo que la señora solo deseaba salir de ahí acompañada de su hija y no volver jamás. Era lo mismo que deseaba ella: huir hasta llegar a su convento. Solo ahí se sentiría segura.
—No, la señorita no se irá. Le han hecho demasiado daño —le dijo contestando a la pregunta que Paula no le formuló—. Vuelva más tarde la señora. Tal vez la señorita cambie de idea.
La acompañó a la escalera y la vio bajar, insegura, volviéndose en cada escalón para regalarle una sonrisa de disculpa ante su cobardía.
—Estaré en el café de la esquina, cualquier cosa que pase la sabré en seguida. Allí las espero… —le dijo al oído a Inés.
No sabía qué hacer y se dirigió a Jesús, al que encontró escondido en su cocina.
—Estuve en la policía…, aquí va a correr sangre… —exclamó el hombre al verla.
—¿Lo detuvieron por lo de la señorita…?
—¡Vaya si me detuvieron! Tuve que hacer una declaración llena de mentiras para cubrir al señor y al Almeida ese… El lunes volverán…
—No se preocupe, yo seré testigo de que usted no mintió. Ahora, escuche Jesús, no se asuste y fíjese en lo que le digo: me voy al café de la esquina; si sucede algo llámeme en seguida. ¡En seguida! No entiendo lo que pasa aquí. ¿Están locos…? ¡Dios mío! Jesús, ni una palabra de esto al señor. ¿Me lo jura? —suplicó Paula, temblorosa.
—Se lo juro.
Jesús la miró con atención: actuaba como siempre, usando palabras fáciles para restar importancia frente a los demás al pavor que le producía
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Javier. Hubiera deseado disculparse, pero ella no le dio pie para pedirle excusas. Paula sabía que también Jesús actuaba impulsado por el miedo. Repentinamente, el conserje sintió un odio irracional hacia su antigua patrona: ¡se lavaba las manos! Ponía más interés cuando le pedía: «Compre usted tulipanes blancos», que ahora que todo caía derrumbado ante sus ojos, hasta su propia hija.
Para vengarse por su falta de lágrimas y gritos, no le dijo que Almeida la acechaba en el patio.
En efecto, al salir de la conserjería, el hombre con ojos de serpiente le salió al paso y la arrinconó contra un muro. Ahí le habló en voz muy baja y Jesús vio el rostro de Paula volverse espantosamente pálido. Luego la dejó ir. Vio cómo subía la calle con pasos vacilantes. Satisfecho, Almeida entró a la conserjería.
—¿Por qué la dejó entrar…? Lo tiene usted absolutamente prohibido —le dijo aquel hombre de voz sibilina, cubierto con una cazadora inglesa que le colgaba de los hombros estrechos.
—Es la señora…
—¿La señora de quién?
Con disimulo, Almeida se acercó a la ventana para ver si el coche de la policía continuaba estacionado. Al comprobar su ausencia, sacó su automóvil y huyó con velocidad.
La casa permaneció silenciosa. Afuera, el verano esplendoroso llenaba el aire de polen, de hojas y de perfumes. Por la calzada avanzaron jinetes elegantes y despreocupados. Pasaron también automóviles abiertos con jóvenes vestidos de esport que se dirigían al campo. La iglesia vecina llamaba a misa y el domingo apacible subía al cielo ignorante de aquel antro encerrado detrás del portón de maderas preciosas y de bronces pulidos.
Jesús se dejó caer abatido sobre su propia mesa. ¿Por qué tenía la desdicha de estar entre las manos de aquellos extranjeros que practicaban ritos obscenos? La casa entera estaba contaminada por el mal y él, Jesús, tenía miedo. Hubiera deseado que aquella mañana la policía hubiera arrestado a todos y los hubiera condenado a cadena perpetua, ya que en cualquier momento ocurriría algo terrible que él era incapaz de impedir. Él era ateo, la religión era puerilidades y sin embargo ahora estaba
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convencido de la existencia del demonio y, como su prima, creía que el diablo mismo vivía acurrucado bajo la escalera. Supo en ese momento que el mal era secreto y recordó los anuncios en los diarios: «Especialista en enfermedades secretas…» En cambio el bien, la salud, se practicaba a la luz del día. Estaba preso en una red de la que no podía escapar y en cualquier momento el demonio se apoderaría de su persona y también él cometería crímenes obscenos. «La culpa la tiene el hambre, el hambre que me trajo aquí…» Decidió pedirle a Inés que rezara por él. Sintió sudores fríos: ¿por qué la había llamado? «No tengo disculpa, yo sabía lo que pasaba aquí.» Inés solo era una pobre huérfana, sin defensa, sin ninguna garantía… Ivette y Almeida interrumpieron sus cavilaciones.
—Jesús, el verano ya empezó y usted debe tomar sus vacaciones en Normandía —le dijo Ivette en voz muy alta.
El portero no contestó, la mujer lo había tomado por sorpresa. Se volvió a Almeida, que con sus ojillos juntos lo observaba con aire divertido. «¿Qué piensas hacer tú, mala leche?», se dijo, mirando al hombre con odio. Ivette dio varias vueltas por la habitación con el cigarrillo colgado en la comisura de los labios. Consultó su reloj masculino y ordenó con voz gruesa.
—Haga su maleta, Jesús, que lo vamos a llevar a la estación.
El hombre, muy pálido, permaneció cruzado de brazos recordando al demonio acurrucado debajo de la escalera.
—Sí, Jesús, los niños nos esperan allá —intervino Suzanne, dándose cuenta de la resistencia muda de su marido y del empeño de los otros en alejarlos de la casa. «Es para evitar que mañana vaya a la comisaría…», se dijo la mujer.
—¡Estoy esperando, Jesús! —insistió Ivette, rascándose la cabeza. Suzanne empezó a echar sus cosas y sus ropas en una vieja bolsa de
lona. ¿Por qué se los llevaban con tanta prisa? Sintió miedo y corrió hacia la pequeña repisa para recoger los peines, los cepillos de dientes, los jabones, sus tubos de labios, los que echaba en desorden dentro de la enorme bolsa. No era cosa de hacer un equipaje como los que había preparado en sus viajes anteriores. Jesús permanecía inmóvil, con los brazos cruzados, mientras la palidez de su rostro aumentaba de una manera alarmante y su nariz se afilaba como la de los muertos. A primera vista parecía que iba a darle un síncope. Ivette se acercó a él, le dio varias palmadas en la espalda para hacerlo volver a la realidad. Sus palmadas
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parecían muy cordiales, pero el hombre no pudo evitar hacer un gesto de repulsión al contacto de aquellas manos.
—¡Está usted muy tenso, Jesús, el campo le hará muchísimo bien! —le dijo Ivette, insistiendo en sus palmadas.
Suzanne arrastró la bolsa por el suelo de la habitación y la colocó a los pies de su marido. ¿No se daba cuenta el muy idiota que era necesario obedecer?
—Cárgalo, está muy pesado para mí —le dijo con voz suave.
Jesús no se movió. Fue Ivette la que se echó la bolsa al hombro y ordenó con voz fuerte:
—¡Vamos! ¡Vamos…!
—No puedo, debo despedirme de mi prima Inés —contestó el hombre con voz terca.
—¿De Inés? No querrá despedirse de usted ahora. Está con la señorita Irene —contestó Ivette.
—Además, ¿para qué?, si se la vamos a enviar esta noche en el nocturno. No deje de ir a esperarla a la estación —mintió Almeida con voz divertida.
—No puede viajar, no tiene sus papeles en regla…
—¡Aquí están sus papeles! —aseguró Ivette, golpeando con su mano libre el bolso que pendía de una correa a semejanza de los sacos de los carteros.
Ivette echó a andar hacia la puerta. Se volvió, miró iracunda a Jesús y gritó:
—¡En marcha!, que no es usted ningún niño de teta.
Salieron al patio embaldosado, Suzanne le entregó a Almeida las llaves de la conserjería; este aseguró con ellas la cerradura de la puerta y después las guardó en su bolsillo. Los cuatro alcanzaron el automóvil inglés de Ivette, que atravesó la ciudad, cruzó sus puentes y llegó a la estación a gran velocidad. Los subieron a un tren que no les convenía, ya que debían hacer varios cambios para un trayecto tan corto. Almeida e Ivette esperaron pacientes hasta verlos partir.
—¡Felices vacaciones! —les gritó Ivette.
Cuando el tren arrancó, Jesús se dejó caer en su asiento; iba agobiado por los remordimientos. Se debía haber impuesto e irse a despedir de Inés. «¡Cobarde! ¡Cobarde!», se repitió a sí mismo. De pronto recordó a la señora Paula que esperaba sus señales en el café de la esquina. ¿Quién iba
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a contestarle cuando llamara por teléfono? «¡No sé cómo no se ha vuelto loca esa mujer!», se dijo asombrado. Y si sucedía algo, ¿quién iba ir a decírselo al café? No quiso pensar, arriesgaba volverse loco. Trató de recordar a sus hijos, pero había olvidado sus caras, solo recordaba el rincón de la escalera en donde habían guardado las velas negras.
—Esos dos piensan hacer algo gordo. No teníamos más remedio que obedecer —dijo Suzanne que también iba preocupada y a quien la palidez de su marido le ponía la carne de gallina.
—¡Vaya que si lo piensan! —contestó Jesús.
—Bueno, pero no por eso tú vas a matarte del disgusto.
Su marido no contestó. Al cabo de un rato Suzanne dijo pensativa:
—Tienen un plan.
Pasarían treinta días antes de que los dejaran volver a París. Jesús volvió a pensar en su prima abandonada, la imaginó frente a la puerta cerrada de la conserjería y volver luego despavorida a su cuarto de la buhardilla. Después ya no vio nada…
A esa hora, Inés bajó a la conserjería a buscar a su primo, en su lugar se encontró con Almeida, recargado sobre la puerta de entrada de la vivienda de Jesús. El hombre la miró con cinismo.
—¿Y mis primos? —preguntó la muchacha con voz trémula.
—Se fueron de vacaciones. ¿No lo sabía? En verano se va todo el mundo —contestó el hombre con aire satisfecho.
Inés sintió que le flaqueaban las piernas. Se dirigió al portón de entrada y lo halló cerrado con llave. Procuró no ponerse demasiado pálida, pasó nuevamente frente a la conserjería, se detuvo un momento para decirle a Almeida:
—Usted está de broma.
Subió las gradas de piedra fingiendo indiferencia y una vez dentro de la casa se precipitó hasta llegar a su buhardilla. Trató de explicarle con calma a Irene la desaparición de Jesús y de Suzanne.
—¡Váyase usted, Inés! —le aconsejó la chica.
—El portón está cerrado y Almeida vigila —le contestó.
Irene se quedó pensativa unos minutos, después levantó la cabeza y miró de frente a la doncella:
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—Tienen miedo. Han cometido un delito. ¡Muchos delitos! Pero ahora se han pillado los dedos. En la policía consta que me dejaron en la calle con un propósito criminal, por eso quieren asustarnos. No tema nada, Inés. Lo único que pueden hacernos es matarnos, como usted dijo antes, pero se notaría mucho.
La doncella admiró la lucidez de la jovencita. No la dejaría, correrían la misma suerte. Ambas estaban muy cansadas, colocaron el armario sobre la puerta y decidieron dormir un rato. Ellos a esa hora estarían planeando su venganza, se dijo Irene con tranquilidad. Ocupó una orilla de la cama y en unos minutos su respiración se volvió acompasada, dormía. La doncella la observó con afecto, le dolían los golpes marcados en el rostro dormido. También ella dormiría un rato, ¡hacía tanto tiempo que el miedo le intranquilizaba el sueño! En unos minutos cayó profundamente dormida.
Despertó sobresaltada. El cielo empezaba a cubrirse de sombras ligeras, la casa estaba demasiado quieta y ella soñó que alguien había tratado de abrir la puerta. Irene dormía apacible, estaba muy pálida, necesitaba comer algo, pero no se atrevió a salir del cuarto. Gina o Javier podían venir a asesinar a la señorita. ¿Por qué le vino esa idea disparatada a la cabeza? Se asomó a la ventana y vio que el automóvil de Almeida ya se había marchado. Debían ser las siete de la noche. El cielo giraba con dulzura sobre las copas perfumadas de los árboles y por la calle pasaba gente vestida de claro. La oscuridad de su buhardilla la había engañado, proyectando sus sombras en el cielo todavía clarísimo. ¿Cómo podría ella, Inés, regresar al mundo amable en el que no sucedían los crímenes que ahora presenciaba? El teléfono se hallaba mudo y pensó que lo habían desconectado. Recordó a Paula, ¿estaría en el café? ¿Por qué no venía a buscar a su hija? «Tal vez vino y también desconectaron el timbre. Estos demonios son capaces de todo», se dijo, sintiendo que un escalofrío le recorría la espalda, como si el ángel de la muerte se hallara colocado a sus espaldas.
El crepúsculo empezó a caer con suavidad sobre las copas de los árboles. No quiso interrumpir el sueño de Irene. Tal vez era prudente revisar la casa y preparar algo de comer antes de que cayera la noche. Quitó el armario y salió con sigilo de su cuarto.
Bajó las escaleras anhelante, se detuvo frente a la puerta abierta del dormitorio de Javier. La habitación estaba silenciosa y apagada. Entró y la encontró vacía, contempló la cama deshecha y maloliente. Irene había
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logrado su propósito, La Loba había huido. Las cortinas estaban impregnadas del mismo olor que invadía la casa cuando organizaban los festines. Los armarios estaban abiertos y vacíos. Sí, Gina y Javier habían huido llevándose todas sus pertenencias. Revisó las habitaciones vacías. El enorme vestíbulo la recibió en silencio. Entró al salón de música y retrocedió asustada por el enorme piano que parecía un animal peligroso. ¡No había nadie! Al entrar al comedor le pareció ver reflejada en los espejos la figura de Almeida. Sintió vértigo y las imágenes repetidas en el azogue oscuro desaparecieron en una huida fantasmagórica. El miedo le producía alucinaciones. La vista de la cocina con la mesa lavada con arena la reconfortó. Puso a hervir agua, prepararía unas patatas viudas y un café. En la despensa quedaban trozos de pan. Ni la señorita Irene ni ella habían probado bocado en todo el día. Bajó al patio embaldosado para revisar la entrada de la casa. El portón y la puerta de la conserjería continuaban cerradas con llave. «¡Nos han dejado presas en la casa!», se dijo asustada. Ni siquiera podían llamar por teléfono para pedir auxilio, pues el conmutador telefónico se hallaba dentro de la vivienda de su primo. ¡Por eso no había llamado la señora Paula! «Podemos huir por alguna ventana», se dijo, y recordó que las persianas de las ventanas del primer piso estaban cerradas con enormes candados. Desesperada corrió a las gradas de piedra para ir en busca de Irene y comunicarle lo que sucedía. Era suicida permanecer en aquella trampa. «Tal vez echaron los candados en todas las ventanas», se dijo aterrada. Entró al vestíbulo que estaba ahora completamente a oscuras. A tientas buscó uno de los conmutadores de la luz, lo encendió y el vestíbulo continuó a oscuras. «Han desconectado la luz», se dijo, sintiendo que un sudor frío le recorría la frente, la nariz y el cuello. Estaba segura de haber dejado antes las luces encendidas. Quiso gritar: «¡Señorita Irene!», pero sintió presencias enemigas. De las sombras acumuladas bajo la escalera, surgieron dos sombras espesas que la sujetaron con fuerza: eran Almeida e Ivette.
—¡Inés! ¡Vámonos, el señor la espera! —ordenó Ivette en voz baja, muy extraña, que aumentó el terror de la doncella.
—No puedo, me espera la señorita Irene… —balbuceó Inés, temblando de terror.
—Su madre se encargará de ella —respondió Almeida, cerrando su mano como una tenaza de hierro sobre el brazo de la joven.
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—¡Mi ropa! —protestó Inés con la esperanza de que la dejaran subir para avisarle a Irene lo que sucedía.
—¡Te la llevaré mañana! —contestó furiosa Ivette, que la mantenía cogida por el cuello.
Con rapidez la arrastraron fuera de la casa, llegaron al portón, Almeida lo abrió y salieron a la calle. Una vez fuera el hombre cerró con llave la puerta de entrada.
—¡No grite si no quiere que la lleve a un manicomio! ¡Loca! —le dijo al comprobar que la muchacha trataba de debatirse.
—¡Loca! —le repitió.
La llevaban entre los dos, caminando de prisa, sostenida casi en vilo. Alcanzaron la esquina más próxima, dieron vuelta y encontraron el automóvil de Ivette. La introdujeron en el asiento delantero entre Ivette y Almeida. La secretaria llevaba el volante; a gran velocidad cruzaron la ciudad casi desierta, para luego estacionarse en una callejuela adoquinada, próxima a un hermoso parque.
—La señorita Irene… la señorita Irene… —balbuceó Inés en el colmo del terror.
De prisa también la introdujeron en un edificio y en el ascensor no cruzaron ni una palabra. «Estoy muerta… la señorita está muerta… nos van a asesinar… tenía razón la señora Paula», se repitió Inés cuando la arrastraron por un pasillo estrecho con varias puertas pequeñas y cerradas. Ivette llamó a una de ellas y Javier en persona apareció sonriente.
—¡Aquí tienes a Inés! —anunció Ivette triunfante, al mismo tiempo que le entregaba las llaves de la casa en donde Irene había quedado atrapada.
—¡Nos vamos, Almeida y yo tenemos una cena! —anunció Ivette dándole una palmada afectuosa a su amigo Javier.
—Creo, sin vanidad, que hicimos un buen trabajo, rápido y limpio — agregó Almeida que parecía satisfecho de su hazaña.
—Gracias, Almeida, siempre conté con su fidelidad —dijo Javier, tendiéndole la mano al hombre de ojos astutos que no podía separar la mirada de Inés.
La muchacha, de pie, temblaba visiblemente y la palidez de su rostro anunciaba que estaba próxima al desmayo.
Almeida e Ivette se marcharon en seguida.
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Inés se encontró a solas frente a su patrón, al que casi no distinguía, pues la vista se le había nublado. El lugar adonde la habían llevado era un piso estrecho. El saloncito se abría sobre la misma puerta de entrada y en él había algunos libros, un caballito arrancado de un tiovivo, pintado en color naranja, con tupidas crines blancas y enjaezado en oro. De los muros colgaban fotografías de hombres y de mujeres desnudas, en posturas osadas. Casi a su pesar, Inés levantó la vista y su mirada cayó sobre la fotografía de una mujer, que se repetía en todas las paredes. La mujer era vieja, se parecía a Almeida, estaba desnuda, con las piernas abiertas y el sexo cerrado con un candado. La doncella quiso ocultar el horror que le produjo aquella imagen horrible. Hubiera podido jurar que se trataba de Almeida si no estuviera desnuda y en aquella situación inconcebible. Sus trenzas ralas y sus ojillos tenían una expresión trágica. Inés retrocedió espantada.
—¡Ven acá! —le gritó la voz de Gina, que salió desnuda de atrás de una cortina de cretona sucia.
La cortina dividía al saloncito de una alcoba desde la que salió la risa apagada de Torrejón. Inés, sorprendida y aterrada, no pudo dar un paso. ¿Por qué estaba en ese lugar horrible? ¿Adónde la habían llevado? ¿Quién era el que iba a matarla? Los pechos de la señora Gina colgaban como globos desinflados. La joven la vio avanzar hacia ella y reculó instintivamente para evitar el contacto con aquella mujer que le producía terror. Tropezó con una mesita colocada junto a una ventana alta y cuadrada, que daba a un patio interior. Sobre la mesa, alguien había colocado un buzón rojo con el siguiente rótulo: «Misivas Lascivas». Inés trató de encontrar una puerta de escape.
—¡Ahí está! —gritó Gina, riendo a carcajadas.
Inés corrió y se encontró en una cocina estrecha como un retrete de pueblo.
«¿Y la señorita Irene…?, ¿qué hacía…?, ¿qué le harían…?», pensó confusamente. Recordó que estaba sola, encerrada en la enorme casa. «Se morirá de terror», y empezó a sollozar con desconsuelo. No se dio cuenta que desde la puerta de la cocinilla el señor Javier, Gina y Torrejón, los tres desnudos, la miraban, hacían señas y reían. Gina entró conciliadora; se colocó junto a ella:
—¿Te pasa algo Inés? —preguntó acariciándole la nuca.
—La señorita Irene… —contestó llorando.
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—No te preocupes por ella. Está bien guardada, se morirá de hambre y yo te llevaré a su entierro después de las vacaciones. En cambio, a ti te voy a cuidar mucho… —su risa estentórea calmó los sollozos de Inés, que la miró espantada.
Gina se acercó a la estufa y preparó una bebida que le ofreció a Inés.
La joven abrió los ojos, miró a la mujer y gritó:
—¡No lo quiero! ¡Auxilio! ¡Quieren envenenarme!
Torrejón le saltó encima para taparle la boca, en el forcejeo la tiró al suelo y retorciéndole los labios le repitió muchas veces:
—No grite, histérica. No grite, histérica… Después se volvió a Gina y ordenó: —¡Pásame el té!
Con una fuerza demoniaca logró abrirle la boca y le vertió el líquido a riesgo de ahogarla. Inés logró enderezarse y empezó a toser convulsivamente.
—¡Tómese el té! —le ordenó Torrejón al tiempo que le daba varias bofetadas.
Gina se arrodilló junto a ella:
—¡Bébelo! ¡Bébelo! Te hará bien, estás cansada —ordenó con suavidad.
«Tenía razón la señora Paula, nos deberíamos haber ido con ella», se repitió una y otra vez la joven mientras trataba de beber el líquido a sorbitos. La boca se le había hinchado con los golpes y no acertaba a beber correctamente. Vio a Torrejón que preparaba más líquido. «Mejor, me moriré de una vez», y las lágrimas brotaron de sus ojos con mansedumbre. Prefirió llorar con los ojos cerrados para no ver el rostro de la mujer que le producía aquel espanto. Gina y Torrejón la pusieron de pie, después la llevaron a un cuarto minúsculo que comunicaba con la cocina y la empujaron para hacerla caer sobre un catre.
—¡Duérmete! —le ordenó Torrejón.
—¡Duérmete! —repitió Gina, inclinándose sobre ella con los pechos colgantes muy cerca del rostro de la joven.
Inés durmió muchas horas y durante el sueño la visitaron personajes extraños; la habitación giró como si estuviera montada en un tiovivo. Despertó con dificultad: le dolía la nuca, tenía sed y por la rejilla abierta
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en lo alto del muro vio un trozo de cielo veraniego que se manchaba de colores oscuros. Hacía un calor asfixiante en aquel cuarto parecido a una celda de castigo. No sabía dónde se encontraba. Se levantó tambaleante y salió a la cocina y al saloncito, en donde la mujer desnuda con el candado cerrándole el sexo le recordó a Almeida y retrocedió con espanto. Quiso saber en qué lugar se hallaba, se dirigió a las cortinas de cretona, miró tras ellas y supo que se encontraba sola. Quiso salir de ahí, pero la puerta de entrada estaba cerrada con llave. Agobiada por la nueva soledad regresó a la cocina y trató de recordar lo sucedido: una niebla espesa le empañaba los hechos; sin embargo, el rostro ensangrentado de Irene y la escalera de la mansión empezaron a dibujarse en su memoria oscurecida. Frente a ella vio un refrigerador: «Aluap-Eneri» se dijo, y corrió a abrazarse a él. Después, invadida por una sed desconocida, lo abrió y bebió toda la leche que encontró. Un rato después, la cocina creció desmesuradamente y ella pidió auxilio repetidas veces, pero no escuchó su voz. O tal vez nadie la escuchaba. Vagamente se dijo que era Irene la que pedía socorro y se dejó caer al suelo. Permaneció ahí, soportando el vértigo incontenible que le produjo la leche. Tenía miedo, miedo de que alguien la viera y se arrastró al cuarto a esperar a que llegara la señorita Irene. De repente cayó una cortina negra que solo le permitió ver una pequeña rendija de luz. Quiso arrancarse los cabellos, pero no se los encontró. Tampoco encontró sus manos en aquella oscuridad profunda en la que se hallaba. Pensaba vertiginosamente hacia atrás, también caminaba hacia atrás por un túnel sin fondo, en el que solo había una rayita de luz deslumbradora. Durante muchos años caminó a gatas por el túnel negro buscándose los cabellos y las manos. En un momento se quedó quieta, tal vez se había muerto y ella lo ignoraba; alguna vez, en alguna parte, había escuchado la palabra ¡infierno…!, sí, infierno…
Cuando volvió la luz era de día. Alguien había levantado la cortina espesa de tinieblas y ella estaba tirada en la cocina estrecha. No pensó en nada, solo tenía sed. Hizo un esfuerzo y bebió agua del grifo. Había más leche y un poco de jamón en el refrigerador. Intentó rezar: Padre Nuestro… Padre Nuestro… Padre Nuestro… Padre Nuestro… había olvidado la oración y volvió a ocupar su lugar en el suelo, permaneció quieta hasta que oscureció y luego amaneció.
No supo cuando la señora Gina se inclinó sobre ella: su rostro enmarcado por sus cabellos negros la observaba con atención. Inés levantó
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una mano y tocó uno de sus pendientes de oro, que se alargaban como rayos solares deslumbradores que daban reflejos iridiscentes al cuello de la mujer inclinada sobre ella.
—¿Te sucede algo, Inés?
La doncella escuchó su propio nombre: «Inés», y le resultó asombroso. «Inés… Inés… Inés…», se dejó oír en aquella habitación asfixiante. Escuchó voces y carcajadas lejanas, que se acercaban peligrosamente a ella. Detrás de la señora Gina apareció el rostro de alguien a quien Inés recordaba vagamente.
—Ché soy yo. ¿Te sentís mal?
Era Andrea, con sus cabellos al rape y sus mejillas mofletudas. Por primera vez comprendió la fealdad agresiva de la pintora, le asustaron su nariz aplastada y su piel oscura perlada de sudor.
—No, no estoy bien…, no soy nadie… —dijo con lucidez y contempló a la mujer en mangas de camisa que charlaba animada con Gina. Veía los movimientos de sus labios gruesos, pero no escuchaba ningún sonido. Hizo un esfuerzo y le pareció que hablaban con ruidos animales, como si fueran dos cerdos gruñendo.
Andrea se sentó en el borde del camastro y sonrió mostrando sus dientes cuadrados con filetes de oro. Con suavidad, Andrea le pasó la mano por los cabellos bajo la mirada fija de Gina. En los brazos desnudos de la mujer, las serpientes esmaltadas abrían la boca y amenazaban con sus lenguas agudas. Andrea se alejó para volver con un plato que contenía rodajas de salami y aceitunas.
—Come algo.
—La señorita Irene… —balbuceó Inés.
—Ya comió. Está muy bien. Sos vos la enfermita —le explicó Andrea en voz baja.
La obligó a comer el salami y le sirvió una gran taza de café. Inés se sintió reconfortada. Repentinamente vio brillar las aceitunas que quedaban en el plato en todos los colores imaginables. Las había rojas, anaranjadas, azules, lanzaban rayos cegadores, de los que surgían círculos y triángulos rojos y azules que se acercaban peligrosamente a ella, acompañadas de sonidos estridentes, para alejarse después con la misma velocidad con la que le rozaban el cuerpo. En medio de aquella multitud de triángulos y círculos en movimiento, la señora Gina, con la nariz enormemente
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dilatada, permanecía de pie, observándola inmóvil y negra como una enorme figura amenazadora.
—La Loba…, me odia…, ¡me odian todos!, ¡yo los odio…! —gimió Inés, huyendo a la otra habitación estrecha para evitar ser alcanzada por la multitud de proyectiles multicolores que la perseguían.
Andrea continuaba sentada en el camastro, muy lejos de ella, en una esquina del cuarto que había crecido desmesuradamente. En medio del estrépito producido por los discos de colores, la señora Gina avanzó hasta ella, enorme y negra, la tomó del brazo y la llevó al camastro. Caminaron largo rato antes de llegar junto a Andrea, que sonrió con los dientes de una calavera, la obligó a acostarse y le acarició los cabellos castaños deshechos. Desde el techo del cuarto la miraba Torrejón con sus ojos redondos y su nariz aplastada.
—Necesita calor, calor humano, humano, humano, humano —decían los labios abultados del hombre.
Escuchó voces entrecortadas unidas a los ruidos agudos de los triángulos y de los círculos que viajaban sobre su cabeza. Las voces llegaban hasta ella con gran claridad o bien oscuras como piedras pesadas. En medio del estrépito escuchó la voz monótona de «María Sabina»:
—Virgen María… Arcángel San Miguel…
Estas palabras le produjeron visiones verdes que se extendían como praderas lejanas y perdidas que ella necesitaba alcanzar. Un tropel de vacas blancas con cencerros tintineantes desfiló por la llanura inalcanzable que la rodeaba.
A partir de ese momento su vida cambió: no sabía cuánto duraba una hora, ni el momento en que terminaba el día o si siempre era de noche. A veces la cocina misma entraba en su habitación y ella chocaba con los muros. A veces se encontraba a una distancia enorme de su cuarto. Inés casi siempre estaba sola y siempre se sentía enferma. Únicamente la visitaban Gina y Andrea, que la obligaban a beber leche y a comer. Después de la comida llegaban los colores, los ruidos estridentes y los rostros sin ojos de las mujeres. Estaba magullada y recordaba vagamente que se había azotado contra las paredes.
Cuando empezaron a llegar los invitados, la sentaron en corro junto a ellos y le pasaron el cigarrillo de mano en mano: «¡Tres chupadas!», «¡tres chupadas!», ordenaba una voz aguda que se separaba de la voz de «María Sabina», repitiendo sus salmos. A veces la sed la agobiaba y Torrejón
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solícito le proporcionaba gigantescos vasos de agua que ella bebía con avidez. El sol se convertía en un sol de sangre con manchas oscuras y ella era incapaz de mirar las rejillas de su habitación. Inés recordaba la sangre, recordaba que corría a borbotones sobre una tela amarilla llena de estrellitas blancas.
La cocina estaba atestada de platos sucios en los que crecían hongos verdes. Su vista le producía una risa incontenible:
—¡Miren…! ¡Miren…! —exclamaba en medio de grandes carcajadas. Sus patrones y sus amigos se desternillaban de risa. Le gustaba reír, se sentía ligera, después permanecía seria y apenas lograba avanzar unos pasos buscando el rostro de Gina bañado por una luz radiante que la invitaba a volver a la risa. De pronto se levantó enfurecida del corro y se lanzó contra una ventana, pero esta solo era la fotografía amplificada del
sexo encadenado de la india parecida a Almeida.
—¡No quiero ver a su madre! —gritó muchas veces.
Torrejón corrió hacia ella y la recogió del suelo con la frente herida por las astillas del vidrio. La sangre le cubría los ojos y resbalaba dulcemente hasta su cuello.
—¡Déjenla que se muera de una vez! —chilló la voz aguda de Asunción que con las bragas en la mano hacía figuras eróticas trepada en una silla.
Inés descubrió que de los ojos de Torrejón manaba una paz inefable, que se convirtió en ríos de sangre brotando inacabables de sus cuencas vacías. Dio alaridos agudos y corrió a la alcoba en donde fornicaban Gina y Javier y otros invitados, al compás de los salmos de «María Sabina». Gina se levantó del suelo, se dirigió a un mueble y avanzó hasta Inés blandiendo unas tijeras enormes.
—¡Ven! —le ordenó.
En el saloncito, la obligó a ponerse de rodillas frente a ella. Le revolvió los cabellos y con las tijeras que producían un ruido ensordecedor se los cortó poco a poco, colocando con cuidado, sobre la mesita con el buzón rojo de las Misivas Lascivas, las mechas sedosas que balanceaba en sus manos de uñas pintadas de laca roja. Cuando terminó la operación, la cabeza de Inés brillaba como la de una calavera. La tomó de la mano y la hizo dar varias vueltas para mostrarla a los invitados.
Nadie le había limpiado la sangre de la frente que continuaba manando. Algunos coágulos color granate le adornaban la frente como una
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corona lujosa. Los coágulos se formaban y crecían sobre las astillas de vidrio clavadas en la piel.
—Inés, ¿sabes quién es Clavileño? —preguntó el señor Javier.
La doncella no contestó. No veía a nadie, giraba sola en el vacío. Gina la tomó nuevamente de la mano y la colocó frente al caballito de feria, cuyos naranjas y dorados brillaban esplendorosamente. Le ordenó montarlo y la doncella obedeció hipnotizada. Le dolía la cabeza, había olvidado el golpe contra la fotografía del sexo encadenado de la vieja. Los invitados la rodearon, estaban desnudos, la miraban con fijeza y cada uno le ofreció tres chupadas de sus cigarrillos.
—¡Aspira, joven vestal! ¡Aspira! —le ordenaban con voz monótona. Inés trepada en el corcel obedecía las órdenes y aspiraba con firmeza el
humo de aquellos cigarrillos sudamericanos que hicieron que el caballo girara vertiginosamente.
—¡Viaja! ¡Viaja! ¡Viaja!, estás visitando el mundo entero, elévate, nunca más verás a una monja pestilente.
—¿Estás en onda? ¿Agarraste la onda? —preguntaba Torrejón, mientras Inés continuaba girando en medio de luces de colores y de voces estridentes.
Desde la mesa que sostenía el buzón de las Misivas Lascivas, el señor Javier la miraba con tal fijeza que sintió que sus ojos eran dos clavos negros que la clavaban al caballo. El rostro de su patrón se transformó en una calavera que flotaba sobre las calaveras de los otros. A Gina le quedaban los labios untados a los huesos de la cara. Los colmillos de Gina se alargaron y recordó que era La Loba.
—¡Au! ¡Que viene La Loba! —gritó con su voz de niña.
No supo quién la bajó del caballo cuando las paredes se acercaron para aplastarlos a todos. El cuarto estaba repleto: había dos Javieres, dos Torrejones, dos Ginas, dos Andreas, dos Asunciones, dos Inés y mientras una de ellas pedía auxilio, la otra Inés la miraba desde la puerta de la cocina. Se quedó quieta, fascinada por su doble, que desaliñada y sucia continuaba mirándola. Un tiempo después, su doble la llevó frente al espejo, en la soledad del retrete: «¿Quién me mira?», gritó al ver una imagen que no era la suya, con el cráneo rapado y la frente coronada de coágulos de sangre. Abajo, un rostro enjuto y verdoso movía la boca sin emitir una palabra.
—Ven conmigo —le dijo Gina, apareciendo a sus espaldas.
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La llevó a su camastro, en donde esperaba Torrejón y los otros estaban apiñados.
A partir de ese día, los delirios crecieron al compás de la voz de «María Sabina». Inés tenía miedo de caer dentro de un pozo negro abierto dentro de ella misma. Estaba llena de barrancos en donde crecían criaturas informes que la perseguían de día y de noche. A veces las miraba enroscarse en las patas de las sillas.
El señor Javier la interrogaba estrechamente. Durante los interrogatorios lo acompañaba la pintora Andrea.
—¿Vienen solos aquí…? ¿Vienen solos aquí…? ¿Vienen solos aquí…? —La señorita Irene se quedó sola… —contestaba llorando Inés.
El cuerpo compacto de Andrea y sus ojos de enano de América se abultaban a medida que se acercaban a ella. Inés trataba de concentrarse para encontrar las respuestas que exigían de ella y que se iban por su cerebro agujereado.
—No ha venido Jesús… —lloraba.
Andrea después del interrogatorio la llevaba a la cocina para darle su ración de leche. Después, acompañada de Javier, abandonaba la casa y ella se arrastraba por el suelo, se tapaba los ojos con las manos para no ver las luces infernales. A veces pasaban sobre ella Torrejón y Gina, se alejaban hasta perderse detrás de la cortina de cretona que se revolvía furiosa. Otras veces eran Gina y Andrea las que pasaban por encima de ella rumbo a la cretona. La cortina recibía descargas de discos rojos y anaranjados confundidos con las voces de las mujeres. El señor Javier llegaba envuelto en su gabán negro.
—¡Inés! ¡Póngase de pie!
—Estoy de pie… —contestaba ella, tirada en el suelo.
—¿Quién ha venido aquí?
—No ha venido la señora Paula, tiene miedo de que la maten…
Los nombres de Irene y de Paula permanecían intactos en su cabeza rota.
—¿Ha venido Torrejón?
—Sí, sí, vienen todos, todos, todos…
Pasó mucho tiempo. Javier se alejó, se acercó, abrió los cajones de la mesa, desapareció detrás de la cortina, volvió a aparecer entre los muros ondulantes. Contempló las fotografías de la mujer con el sexo cerrado por
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el candado. Hablaba solo. Se calzó los guantes y se fue. Inés se quedó sola.
La misma escena se repitió durante mucho tiempo.
Inés estaba siempre sola, tenía frío y tenía miedo. Por la ventana enrejada que daba al patio interior vio que estaba nevando. La nieve, primero blanca, fue cambiando de color hasta convertirse en trozos de ceniza. Se contempló las manos amoratadas por el frío. ¿Eran sus manos? Los huesos estaban a punto de romper el pellejo que los envolvía. Dando traspiés se fue a la cocina invadida de basura, de platos sucios y de excrementos. Estaba sola y sintió que el caballito de color naranja la seguía por la casa. Se volvió. No estaba a sus espaldas. Salió al saloncito para cerciorarse de que no se había movido de su lugar. El caballito la miró con sus ojos vidriosos, alzó el belfo, levantó las patas y dio un largo relincho.
Inés se escondió en su cuarto. Ahí pasó mucho mucho mucho tiempo y siempre era de noche. Ya nunca iba a amanecer. Inés había olvidado todo: el convento, España, el pueblo, la Madre Superiora, los manzanos; en su memoria se amontonaba un engrudo gris en el que a veces se dibujaba el rostro borrado de Irene o las palabras proféticas de Paula: «Pueden mat…» Aceptaba con resignación que la hubieran matado, que las hubieran matado a las tres. «Nos han matado, estoy en mi tumba…»; no lograba saber en cuál cementerio la habían enterrado. Por la mirilla del féretro veía nevar sobre el camposanto. ¿El camposanto? ¡No, no la habían enterrado en un lugar sagrado, la habían tirado en un muladar! Cuando se levantaba tambaleante para ir a beber un poco de leche, no era ella la que lo hacía, sino «la otra», a la que había visto en el espejo con la corona de rubíes y el rostro de una hoja seca. También encontraba en el refrigerador pedazos de pan que masticaba con furor, agazapada en el suelo, entre los excrementos y los platos rotos.
Una noche, la casa empezó a destruirse sola. ¡Tenía que suceder! Caían los muebles rotos, caían blasfemias, se sacudían las paredes, el piso se estremecía antes de hundirse. La voz del Demonio la llamaba a gritos: «¡Inés…!» «¡Inés…!» Ella no se movió. Sabía que alguna vez la casa terminaría así: ¡Suicidada! Era tiempo de que se cortara el cuello, después de tanta blasfemia. Se echó a reír a carcajadas. Los techos caerían abajo en unos instantes. De pronto cayó sobre ella un bulto gordo y pesado, era Gina.
—¡Inés! ¡Me mata!
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Recordó la mano justiciera de Dios y le pareció natural que la casa volara dinamitada por ella.
—¡Puta! ¡Dame esas acciones! —ahora era la voz del señor Javier que deseaba hacer desaparecer las acciones cometidas en esa casa por él y por La Loba. Una carcajada estridente coreó la reclamación.
—¡Se las di a Torrejón, a Torrejón, a Torrejón! —y las carcajadas continuaron.
Alguien entró a la cocina y revolvió los cuchillos. Inés vio que era Gina, que había salido de su cuartucho y que volvía hacia ella armada de un cuchillo enorme. Le urgió en voz baja. —Inés, Inés, ¡ayúdame a matarlo!
La doncella miró a la señora Gina que llevaba los cabellos revueltos y la mirada sanguinolenta.
—¿A quién? —preguntó en un susurro. —A él, a Javier. ¡Me odia! ¡Odia a Torrejón!
—Deme el cuchillo a mí —le dijo con suavidad y se lo quitó de la mano.
—¡Hay que matarlo! —urgió Gina.
—¡No matarás! —contestó Inés y retrocedió hasta el umbral de la puerta de su cuartucho.
Afuera continuaba el estrépito de muebles rotos, de blasfemias, de pasos pesados y de rugidos. La casa se estremecía. Inés se sentó en la orilla de su catre, estaba muy cansada y la tormenta que se abatía sobre el salón la aturdía.
Aturdida, recordó que no había olvidado el mandamiento: «No matarás», y tal vez esa frase terrible le produjo aquella enorme fatiga. Gina se sentó junto a ella y la abrazó.
—¡Ayúdame Inés! ¡Quiere matarme! —le susurró Gina al oído.
—¿Dónde está Dios? —preguntó Inés.
—¡No seas coñona! ¡Hay que matar a este! ¡Ayúdame! —le suplicó Gina en voz muy baja. Estaba temblorosa.
Entró Javier desnudo, con los cabellos blancos en desorden, la cara enrojecida por la ira y con un cubo de basura en la mano.
—¡Basura! ¡Basura! —gritó mientras vertía sobre ambas comida podrida, excrementos, latas vacías, materias descompuestas y papeles usados.
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Javier volvió a salir como un endemoniado, para volver con más basura que arrojó sobre ellas, al tiempo que repetía:
—¡Basura! ¡Basura!
Inés permaneció quieta con el rostro cubierto por desperdicios pestilentes. Gina, tumbada sobre la cama, temblaba bajo la porquería acumulada sobre ella, Javier entró varias veces, después dejó de blasfemar y abandonó el cuartucho. Ambas permanecieron inmóviles, mirando la ventanita alta y enrejada por la que empezaba a filtrarse la luz débil de la mañana. Febril, Gina buscó el cuchillo entre la basura.
—¡Ayúdame a matarlo Inés! —le volvió a suplicar.
Inés no se movió, el cuchillo estaba bajo su espalda. Seguramente el señor Javier, al golpearla, la hizo caer de espaldas. Vio de pie a la señora Gina, tenía la ropa desgarrada, los ojos desorbitados y se mordía los labios con furor. La vio salir y decidió seguirla. La encontró frente al señor Javier, que continuaba desnudo y con los cabellos erizados, buscando algo detrás de las fotografías, a las que luego estrellaba en el suelo para revisar dentro de los cartones que mantenían el cuadro. Arrancó de la pared la fotografía mayor de la vieja desnuda con el sexo encadenado, la vieja parecida a Almeida, y la arrojó con violencia. Las astillas saltaron en todas direcciones, pero tampoco ahí encontró lo que buscaba. Al quitar la foto, dejó al descubierto un hueco hecho en la pared en donde se escondía un teléfono. Javier marcó un número:
—¡Jesús, venga ahora mismo por mí! —ordenó con voz descompuesta. El nombre de Jesús produjo un calorcito en el pecho de Inés, que ya no escuchó cuando el señor le daba la dirección a su primo. «Jesús, es Jesús, es Jesús…» se repitió, sintiendo que también le subía una tibieza a los ojos
casi de lágrimas.
—¿Te vas? —rugió Gina con ojos desorbitados.
—Sí, me voy. A ver quién te compra ahora las joyas, las cremas, los trajes. ¡Vieja! Estás muy ¡vieja! Mírate con las tetas colgantes. Te mantienes a fuerza de tratamientos de belleza, a ver quién te los paga ahora —y se echó a reír satisfecho, mientras que Gina sorprendida se contemplaba los pechos iguales a dos globos vacíos.
—La señorita Irene… —dijo Inés con voz sonámbula.
—Está con su madre —le contestó el señor Javier con voz reposada. Gina, con el cabello revuelto, lo miraba sombría. Necesitaba los
papeles que Javier guardaba en la mano. La casa estaba convertida en
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escombros: las sillas rotas, el buzón rojo hecho astillas, la cortina desgarrada, los objetos destrozados, solo el caballito naranja permanecía intacto, contemplando con sus ojos de vidrio aquellas ruinas.
—¡Esto no va a quedar así! ¡Morirá alguien! —afirmó Gina, dando un paso adelante.
El señor Javier se había colocado muy cerca de la puerta de salida.
Llamó el timbre y cuando Javier abrió la puerta de golpe apareció Jesús.
—¡Vámonos! —ordenó el señor Javier.
—¡Sé muchas cosas, cabrón! ¡Morirá alguien si no me das esas acciones! —repitió Gina en presencia de Jesús.
—¡Vámonos! —ordenó nuevamente Javier, que ante la amenaza perdió el color.
Inés, como una mendiga medio desnuda, con el cráneo al rape, corrió hacia los dos hombres y se aferró a la manga del gabán negro, que el señor se había puesto como única ropa. Jesús la miró sin reconocerla, después gritó:
—¡Inés! —y se cubrió la cara con las manos. La creía en España a pesar de las cartas de la Madre Superiora que protestaba continuamente por el silencio guardado por su hija adoptiva Inés.
—¡Inés se queda conmigo! —afirmó Gina avanzando hacia ellos en actitud amenazadora.
—¡Señor!, ¡señor!, no quiero quedarme con La Loba —suplicó la criada aferrada a su manga.
—¡Inés se queda conmigo! —rugió Gina.
Jesús cogió a su prima de la mano —estaba muy pálido—, de un tirón la sacó del piso y salió él. Javier los siguió y los tres salieron huyendo.
—¡La encontraré! ¡Esa perra debe callar para siempre! —se escuchó la voz de Gina cerca del ascensor. Los tres corrieron escaleras abajo.
El aire helado de la calle golpeó con fuerza a la doncella. Jesús tuvo que sostenerla con una mano mientras que con la otra abría la portezuela del automóvil, para que entrara el señor. Después, él y su prima ocuparon el asiento delantero y el coche se alejó veloz de aquella callejuela solitaria.
—Hay que evitar el escándalo —dijo con firmeza la voz del señor Javier.
Jesús sabía que pronto alguien vendría a rescatar a Gina y que el grupo entero se pondría a la caza de los fugitivos.
—¿Adónde vamos, señor?
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—No lo sé…
Dieron varias vueltas por la ciudad. La gente de los automóviles miraba con estupor a Inés, que a la luz del día parecía la imagen de la muerte. Su cráneo afeitado y su rostro verdoso de mirada extraviada hacían que todos los conductores de los automóviles se volvieran a verla. A las once de la mañana, el señor todavía no había decidido su destino. Derrumbado en el asiento con el tinte grisáceo, la boca caída, parecía un hombre acabado. Había perdido el aplomo y había perdido la partida. Solo buscaba un lugar seguro donde esconderse de sus cómplices, mientras pasaba la tormenta o llegaba a algún acuerdo con ellos. ¿Un acuerdo? No había acuerdo posible. Tendría que ceder en todo o declarar la guerra abierta, y no estaba muy seguro… No, no estaba seguro de ganarla. Había ido demasiado lejos. La vanidad y la ambición lo habían cegado. La imagen de Inés en pleno día lo trastornaba. «Así me dejarán a mí», se repitió con horror.
Inés miraba las calles como a un papel en blanco. Jesús observaba de reojo sus cabellos afeitados y las arrugas profundas que caían de la nariz a las comisuras de los labios como dos cicatrices profundas. No era reconocible. Se diría que todos los vientos infernales habían soplado sobre su rostro, hacía apenas unos meses ¡joven! Inmóvil, parecía una piedra verdosa.
—¿Adónde vamos, señor?
—Lléveme a la casa de mi esposa —y dio una dirección.
Jesús se volvió incrédulo: «Mi esposa». Recordó lo sucedido a principios de julio: «Irene trató de tirarse por una ventana del tercer piso. Después bajó escalando el muro y estuvo enferma mucho tiempo. La señora Paula no presentó ninguna queja; al contrario, sostuvo lo que dije en la comisaría. Almeida, Gina, Ivette y el señor Javier celebraron su enfermedad brindando», se dijo Jesús y recordó algo más: «Si reaparecen ese par de arpías, recuérdeles la nochecita de julio», le había recomendado Ivette. Y ahora el señor Javier se iba a esconder en su casa. Jesús ignoraba que continuaban en París. Buscó la dirección dada por el señor Javier entre las callejuelas del Barrio Latino. Inés se cubría los ojos con las manos como si la débil luz invernal se los lastimara. Jesús se quitó el suéter que llevaba y se lo pasó a su prima, que medio desnuda tiritaba de frío.
Don Javier le ordenó detenerse frente a un portón viejo y sucio.
Bajaron los tres.
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—Gracias, Jesús. Si ocurre algo me avisa usted aquí…, aunque será mejor que suba usted primero para saber si están en casa —y señaló su aspecto extraño: zapatos sin calcetines y como único ropaje su abrigo negro, con las solapas remontadas. Había olvidado a Inés, que con ojos aterrados se colgó de su brazo:
—No quiero ir con La Loba… —le suplicó.
Javier la contempló incómodo. ¿Qué iba a hacer con aquella mujer impresentable? Echó mano al bolsillo de su gabán, no encontró ningún dinero y se volvió a Jesús:
—¡Ocúpese de ella! Ya arreglaré todo después.
El conserje le ordenó a su prima subir al automóvil y esperarlo. Después entró por el portal astroso, cruzó un patio muy antiguo y encontró la escalera de piedra que llevaba a los pisos superiores. Se detuvo frente a la puerta marcada con un número tres. Sobre ella no había ningún nombre. Llamó. La señora Paula, enfundada en unos pantalones y un tricot color vainilla, le abrió la puerta.
—¡Jesús…! ¿Qué sucede…? ¿Qué lo trae por aquí…? ¡Pase!
Lo recibió en un vestíbulo pequeño y blanco, apenas amueblado, del que partía una escalera de caracol que llevaba al segundo piso. Ahí todo era pequeño, menos las dos ventanas altas que daban al patio interior, cubiertas por cortinillas de muselina blanca. Sobre una mesa rústica había una olla de cobre con algunas flores; a un lado, un diván. Reinaba un silencio y un orden conventuales. El criado se sintió cohibido. Paula lo miraba asustada como si esperara una noticia terrible. «Vive en un piso de criados», se dijo Jesús, que no encontraba las palabras para anunciarle la llegada de don Javier. Paula siempre había vivido en las tinieblas, desconocía el carácter de su marido y desconocía a casi todas sus amistades; solo sufría de pavor ante su proximidad y ahora veía en Jesús a un portador del miedo. Evitó mirarlo: «¡Dios mío!, ¿qué nuevo truco habrá inventado ahora?» Levantó la vista y se encontró con Jesús, que mantenía la vista baja.
—Señora…
Lo interrumpió Irene, que en ese momento bajaba la escalerilla de caracol. Al verlo, su rostro adoptó una expresión de disgusto profundo. La muchachita estaba muy delgada y pálida. También ella llevaba pantalones y tricot de color durazno.
—¿Qué hace usted aquí…?
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—Señorita… yo…
Antes de que Jesús hubiera contestado, el señor Javier entró cabizbajo y con voz irónica saludó a su mujer y a su hija, que permanecieron boquiabiertas.
—Aquí me tienen… Increíble, ¿verdad? —dijo, tratando de esbozar una sonrisa de burla sobre sí mismo.
—¿Qué quieres? ¿Cómo te atreves a pisar esta casa? —preguntó la jovencita con voz fría.
—Estoy enfermo… enfermo… ¡miren! —y señaló su atuendo extraño.
—¿Quién te dio esta dirección? —preguntó Irene alarmada.
—¿Esta dirección…? ¿Qué quieres decir…?, te digo que estoy enfermo…
—No nos interesa tu salud —replicó Irene.
Javier dio unos pasos, se pasó la mano por los cabellos y se dejó caer abatido sobre el diván.
—Me encuentro muy mal, muy mal. He pensado matarme… no sé para qué vivo, para mí el suicidio no es un pecado, es ¡una solución! — terminó con voz cansada.
Jesús creyó en sus palabras. Era difícil que la esposa y la hija le creyeran, pues ignoraban lo que él acababa de ver con sus propios ojos.
—¡Mamá!, viene a destruirnos. ¡A destruirnos!
—¡Ah!, Irene, eres como yo: ¡rencorosa! Tu madre es distinta…
El señor Javier esperó, pero Paula permaneció quieta, con los brazos colgantes y la mirada vacía: su vida acababa de caer rota en mil pedazos. Vio que una cantidad de pájaros muertos caían a su alrededor y no pudo decir nada. Escuchó nuevamente: «Tu madre es distinta, es generosa, me duele verte tan llena de amargura, hija mía…» Detrás de aquellas palabras se escondían amenazas temibles. Contempló las manos enormes de Javier: estaban sucias. Con esas manos había hecho trizas su infancia y con sus pies cuadrados había pisoteado sus jardines y ahora continuaba destrozando a Irene, lo que quedaba intacto de Irene. Ella sabía que Javier no iba a suicidarse, pero no podía negarle el hospedaje que pedía; era vengativo y esta vez su venganza sería terrible. Algo fuera de lo común le había sucedido y necesitaba su ayuda. Javier nunca pedía perdón. En cambio imponía sus treguas. Las treguas que a él le convenían. ¿Para qué rehusarse? Su hija continuaba porfiando… escuchó a Javier reír a carcajadas y vio a Jesús que inclinaba la cabeza.
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—¡Si supieras, Irene…! ¡Si supieras, Paula! —alcanzó a decir Javier, convulsionado por la risa.
Miró a Jesús con complicidad y agregó: —Algún día se los diremos… ¿verdad, Jesús? —Sí, señor.
—Traiga mi ropa y no olvide mis objetos de afeitar.
Javier se tomó la cabeza entre las manos y permaneció así, en actitud vencida. ¡No fingía! Lo habían derrotado, se hallaba en un callejón sin salida y trataba de encontrar la solución: «Solo me queda la venganza… pero ¿cómo vengarme? Me han puesto en ridículo. ¡Estoy acabado! Paula puede ayudarme. Lo que menos imaginan es que estoy aquí con ella. ¡Pobre Paula, siempre tan estúpida! Reconozco que los estúpidos son muy útiles… pero ¿cómo vengarme?» La boca y las manos le temblaban, sus ojos enrojecidos se apagaron. Parecía muy enfermo y humillado. «Me han humillado… ¡malditos! Paula tiene razón en una sola cosa: ¡son gente del arroyo! Sí, del ¡arroyo!» Envuelto en aquel gabán de lujo, parecía un objeto extraño olvidado en ese piso modesto y casi desamueblado. «¡Qué mal viven!» Y Javier lanzó una mirada apagada en torno suyo.
Jesús abandonó la casa. El señor ya había encontrado un puerto seguro; ahora él debía ocuparse de Inés. Al llegar a la calle vio que su prima había desaparecido. Se sintió palidecer. Como loco entró en una ferretería situada junto al portal de la casa de la señora Paula. Sí, el propietario del comercio había visto a aquella mujer lívida, con el cráneo afeitado, esperar un rato y luego bajar del auto y salir corriendo hacia la derecha.
—¿Está loca? —preguntó el comerciante.
—No, no está loca… ha estado muy enferma. Si vuelve por aquí, por favor deténgala hasta que vuelva. Voy a buscarla.
Jesús subió al automóvil y salió en busca de su prima por las callejuelas del barrio. No podía andar muy lejos, desconocía la ciudad y fatalmente se perdería en aquellas calles tortuosas. Maldijo la hora en que escuchó la súplica de Ivette para que se dirigiera al convento español solicitando una doncella bien entrenada por las monjas. ¡Y él!, ¿por qué pidió a Inés? «¡Mal rayo me parta! Desde que esa chica llegó, he llevado una vida de infierno».
Además, Ivette lo había engañado: «Es para que se ocupe de la señorita Irene». «¡Me engañó como a un chino!» Ahora pasaba frente a los puestos de frutas, de faisanes, de conejos, de pescados expuestos a las
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miradas golosas de los compradores, temiendo hallarse repentinamente frente a una catástrofe. ¿Inés estaba loca? Se preguntó aterrado: «¿Qué le han hecho?», y escuchó la amenaza de Gina: «¡Encontraré a esa perra, sabe mucho!» No podría llevarla con Suzanne. Gina lo sabría inmediatamente, pero primero debía hallarla. Un sudor frío perlaba su frente mientras revisaba los portales con los ojos muy abiertos. «Pero ¿qué demonios le han hecho?», se repetía sin encontrar la respuesta. De pronto imaginó que Gina la había encontrado antes que él y quiso dirigirse al piso del que la había sacado unas horas antes. Primero debía consultarlo con el señor. Volvió a la dirección de Paula. El hombre de la ferretería lo llamó.
—La tengo aquí dentro. Apenas se marchó usted surgió ella de no sé dónde.
Jesús la encontró sentada en la trastienda, inmóvil, con la mirada perdida, cubierta con su viejo suéter gris. Notó que iba descalza. No escuchó cuando él la llamó por su nombre; tampoco lo reconoció. Había perdido la memoria. Se sintió perdido; Inés no escuchaba, parecía haberse sentado ahí dispuesta a quedarse, como si estuviera domesticada por una fuerza desconocida. El hombre le había ofrecido aquella silla en la trastienda oscura y ella permanecía inmóvil, obediente como si aceptara un castigo merecido. Se le ocurrió llamar a Enríquez, era el único que podía ayudarlo en aquel trance. Marcó el número de la conserjería de la oficina y pensó que debía actuar con suma prudencia ya que cualquiera podía escuchar por una extensión.
—¿Hay alguna novedad? —preguntó con voz tranquila.
—¡Hombre, que si la hay! La señora Gina está muy preocupada. Ya ha venido aquí varias veces a buscar al señor… parece que Inés le robó sus alhajas, es increíble, y nosotros que la creíamos en España. Increíble, ¿verdad? —contestó Enríquez a sabiendas de que Jesús había ido a buscar al señor a la casa donde se encontraba con Gina y temeroso de que Grotowsky supiera que él sabía. Lo que sí le había dado un mazazo sobre la cabeza era el asunto de Inés.
—¡Qué barbaridad…!, habrá que hacer algo. Cómo es posible que mi… ¿El señor no ha llamado? —preguntó Jesús, sudando frío al enterarse de que Gina rondaba la casa y había inventado la historia de las joyas.
—No, no ha llamado.
—Te veré más tarde —concluyó Jesús.
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Ahora estaba seguro de que era imposible acercarse a la casa o a la oficina en compañía de Inés. Era mejor subir y consultar el asunto con el señor. Le rogó al hombre del comercio que cuidara unos instantes más a la muchacha y subió de cuatro zancadas la escalera de la señora Paula. Ella misma le abrió la puerta.
—¿Qué sucede ahora? —preguntó la mujer con la voz desfallecida. —Necesito hablar con el señor…
—Está arriba. Dígame, Jesús, ¿Javier bebe mucho…?, ¿qué le pasa…? —le preguntó en voz muy baja.
—No lo sé, señora, no lo sé… —contestó sin atreverse a mirar el rostro de Paula sobre el que habían caído cenizas. Estaba sombría.
Subió de puntillas la escalera de caracol y se encontró al señor Javier echado sobre un diván cerca de una chimenea encendida. Tenía los ojos abiertos y miraba al techo con fijeza. No se movió al escuchar la entrada de Jesús.
—¿Me trajo mi ropa…? Súbala. ¿Trajo mis calmantes? —preguntó sin volverse a mirarlo.
—Señor, Inés ha perdido la razón. No puedo llevarla a casa, la señora Gina ha ido varias veces a buscarlo a usted y ha acusado a Inés de ro…
—¿A buscarme…? —preguntó Javier incorporándose y con un fulgor maléfico en los ojos.
—Sí, señor, a buscarlo a usted. Apenas pude hablar con Enríquez, pero me di cuenta de que anda desaforada. Acusa a Inés de robo y yo…
—¡No tiene importancia! Escóndala donde pueda… mire, en la casa de Enríquez me parece seguro… ¡En fin, no sé! Tal vez tenga usted un pariente alejado que le haga el favor, se le pagará bien. Mire, dígale a Ivette que le dé dinero… dígale que es para mí. A la señora Gina dígale que he vuelto con mi esposa. Se pondrá furiosa, ¡verdad! —y Javier se echó a reír a carcajadas.
—Sí, señor, se pondrá furiosa…
Javier se estiró en el diván y le suplicó que no lo molestara más.
Necesitaba dormir.
—Pasé una noche infernal. ¡In-fer-nal! Ah, no dé usted la dirección de mi esposa a nadie.
—Entendido, señor.
Le suplicó en seguida que cuando trajera su ropa, sus calmantes y sus objetos de afeitar debía dejarlos abajo. En el momento de retirarse, Javier
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lo llamó otra vez.
—¡Jesús! Avise usted en mi oficina que a partir de hoy estoy con mi esposa. Le repito, no dé la dirección.
Jesús quiso preguntarle si no sería peligroso para la señorita Irene y para la señora Paula que Gina conociera su escondite, pero el señor lo despidió con un gesto enérgico.
Abajo lo esperaba la señora. El miedo le había descompuesto el gesto, los cabellos y el rostro.
—Jesús, quisiera saber qué ha sucedido. Comprenda que para nosotras es un problema grave. Irene está en la cocina —y señaló la pequeña cocina que abría su puerta sobre el pequeño salón.
—El señor se lo dirá, señora…
—Usted sabe ¡que nunca me dice nada! —y Paula se dejó caer en el diván y permaneció con la vista fija en la pared. «¡Dios mío, todos los días debo construir mi vida y mi casa sobre arena!», se dijo y pensó en el hombre extraño que se hospedaba arriba en la habitación de dormir de ella y de Irene. «Cualquier día nos dará una patada o una cuchillada…», agregó para sí misma y sintió tal miedo que le pidió a Dios que la recogiera y que recogiera a su hija. «Es menor y puede quitármela…», recordó y se puso de pie inmediatamente para despedir al criado.
Jesús salió de prisa. Encontró a Inés en la trastienda. La tomó por un brazo y la joven se zafó de él aterrada.
—¿Quién es usted? —gimió.
—Alguien que la quiere bien —le explicó con dulzura el comerciante, que miraba a Jesús con compasión y movía la cabeza con pena.
Jesús la tomó otra vez del brazo, se excusó con el propietario de la ferretería y sacó por la fuerza a Inés hasta la calle. La subió de prisa al automóvil y arrancó con violencia. En el camino se dio cuenta que la chica deliraba. Había perdido la razón y la memoria, no lo reconocía. ¿Qué podía hacer él y qué podía hacer Enríquez? Gina la había acusado de robo de alhajas. A esa hora la policía debía estar buscándola. Enríquez y él eran dos españoles infelices, sin más apoyo que el que quisiera darles el señor Javier. Lo primero que investigarían era que la muchacha era su prima y la primera casa que visitarían sería la suya. Después la de Enríquez. Inés estaba condenada de antemano. El señor Javier no era de fiar. ¿Acaso no acababa de poner en peligro a Irene y a Paula refugiándose en su casa? Se dirigió a las afueras de París para poner a salvo a Inés en la casita de
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Ángela, la hija recién casada de Enríquez. La joven lo recibió sonriente.
La vista de Inés sentada en el automóvil la dejó atónita.
—¿Estás seguro de que es ella? —le preguntó asustada.
—¡Hombre, segurísimo! Mira en qué estado la dejaron estos bestias.
—Ven, rica, ven —la llamó Ángela ayudándola a bajar del auto.
Inés se dejó conducir hasta la salita modesta, se dejó sentar en una silla y se limitó a sollozar. De pronto abrió los ojos enrojecidos, miró para todas partes, se puso de pie y gritó:
—¡Las paredes se cierran…!, ¡se cierran…!
Jesús se apresuró a echar llave a la puerta de entrada y a asegurar las ventanas.
—¿Qué le hicieron? —preguntó asustada Ángela.
—¿Qué le hicieron? ¡Yo qué sé! Ahora no puede salir, la Gina esa la busca para meterla a la cárcel. Dice que le robó sus alhajas…
—¿A la cárcel? Ya se cuidará muy bien esa pájara de acercarse a la policía. Si la que debe estar en galeras es ella. Si la policía ve a Inés, le pedirá cuentas a esa bruja. De modo que de cárcel ¡nada! ¡Eso te lo digo yo!
Jesús la escuchó boquiabierto, pareció darse cuenta de que Ángela tenía razón, pero luego movió la cabeza con tristeza.
—No, no, no, tú no conoces el mundo. Lo único que cuenta es el ¡dinero!, y como nosotros no tenemos una perra gorda, estamos jodidos.
Inés continuaba de pie, llorando, mirando las paredes con ojos aterrados. Cuando lograron calmarla, la llevaron a una habitación, la acostaron y Ángela cerró la puerta con llave. Jesús debía ir a buscar la ropa del señor Javier.
—¡No me llames! Alguien podría escuchar. Yo llamaré de algún café. Si pasa algo, llama a tu padre y dile: me duele la garganta. ¿Entendido?
Ángela vio partir el automóvil. De pie en la puerta de su casa, sin palabras, aturdida por la tragedia encerrada en una de sus pocas y estrechas habitaciones, decidió esperar ahí la vuelta de su marido. El mundo le había revelado un rostro desconocido, que la aterraba. Ignoraba la hora, de pronto sintió una pena aguda en el corazón: «No es justo, no es justo», y corrió a la habitación en donde estaba encerrada Inés. Abrió la puerta y la contempló, inmóvil sobre la cama. No podía soportar la vista de su cabeza rapada y fue ella la que empezó a sollozar sin consuelo. Se
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acercó a Inés y le acarició una mano descarnada. «Te pondrás bien, te pondrás bien…», le repitió varias veces.
Suzanne esperaba a su marido en la puerta de la conserjería. También ella estaba descompuesta. Impaciente abrió la gran puerta de entrada y husmeó la calle elegante con las aceras cristalizadas por el frío.
—¡Mírala! Ahí está, su marido debe estar dentro —dijo Gina desde el interior de un coche estacionado en la acera de enfrente.
—¡Claro! Mirá que vista tenés —le contestó Andrea.
Jesús entró por la oficina, cruzó por el pasillo secreto y subió a la habitación del señor Javier. Recogió su ropa, sus calmantes y sus objetos de afeitar. Bajó con pasos fatigados, se acercó a la conserjería y al no ver a Suzanne volvió a tomar el pasillo secreto y al cabo de unos minutos alcanzó el automóvil. Recordó la cara de Almeida y el grito de Ivette cuando, según lo ordenado por el señor, anunció:
—El señor está viviendo con su señora esposa. Me encargó que les pasara la noticia.
—¿Vendrá a la oficina? —preguntó Almeida.
—¡No! Está reposando, no se encuentra bien.
La noticia de la presencia de Javier en la casa de Paula corrió como reguero de pólvora entre sus empleados: «Sufre una crisis pasajera…» «Pronto volverá con Gina…» «¡Pobre estúpida!, estará encantada…» «Hay que sacarlo de ahí inmediatamente», comentaron. Ivette llamó a los amigos para anunciarles lo que ocurría. «¡Pobre Javier! Me lo llevaré a mi casa mientras pasa la crisis.» Ivette se propuso encontrar la casa y el teléfono de Paula. Por la tarde ya los tenía y llamó. Le contestó Paula, pero ella insistió en hablar con Javier.
—¡Gracias, Ivy! ¡Gracias!, pero estoy con mi esposa —le contestó con petulancia.
Pasaron varios días iguales. A Paula le asombró que llamaran constantemente preguntando por Inés.
—¿Qué Inés? —preguntaba al principio.
—¡Inés! —contestaban las voces de hombre o de mujer que preguntaban por aquella mujer.
No podía creer que se tratara de Inés, la doncella a la que había visto la tarde de aquel domingo de julio del año pasado.
—No está aquí. ¡No insista! —contestaba.
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¿Por qué creían todos que la doncella vivía en su casa? Recordaba siempre agradecida lo que había hecho por su hija…, pero luego la había dejado encerrada en aquella casa, sin luz, sin teléfono, y la pobre Irene había sufrido un choque terrible. La vida era así: la gente cambiaba de opinión o fingía sentimientos que no sentía. Ahora, a pesar de las llamadas continuas, algo le impedía pensar en Inés, preguntarse con seriedad sobre la insistencia telefónica. Quizás se debía a la presencia de Javier, que postrado no dejaba de llamarla para decir incoherencias o para que ella le llevara un vaso de agua para que se tragara uno o dos «Libriums», unas cápsulas enormes, que Javier consumía como bombones. Javier había engordado mucho, su gordura era insalubre, en sus brazos aparecían grandes manchas de color púrpura. Varias veces Paula quiso llamar a un doctor, pero la cólera de su marido la detuvo.
—Lo mejor es suicidarse… Dime Paula, dime, ¿qué hicimos de nuestras vidas? Éramos jóvenes, éramos ricos, éramos guapos.
«¡Dios mío!, ¿por qué habrá venido?» No tenía valor ni para tomar a solas un baño. Por las noches no dormía, ni le permitía dormir a ella.
—Paula, suicídate conmigo —suplicaba.
—Es pecado, es pecado, es pecado… —lo había repetido ya tantas veces que ni ella misma creía ya en la palabra pecado.
Trataba de contener a Irene que guardaba un silencio obstinado. Una tarde Irene estalló:
—No me consueles. Sus asuntos no me interesan. Son pleitos estúpidos y mezquinos de viejos que han arruinado mi vida. ¿Tú no crees que yo quisiera llevar una vida normal, como la que llevan las otras chicas de mi edad? ¿Por qué siempre debo tener miedo?, ¿por qué las amantes del señor me odian si yo no me meto con ellas? Ya escuché cuando Jesús te dijo que tuvieras mucho cuidado conmigo… ¡Estoy harta! ¿Comprendes? ¿Qué tengo que ver con esa vieja cocotte…? —gritó Irene y se echó a llorar.
Paula sabía que su hija tenía razón. Imaginó lo que ella hubiera sentido si sus padres hubieran llevado una vida tan irregular y enrojeció de vergüenza.
—Tienes razón, Irene, voy a tratar de arreglar esto… Pero Paula no arregló nada. El asunto no tenía solución.
Cuando Javier volvió a la oficina Paula tuvo que acompañarlo. Le daba miedo atravesar las calles o encontrarse solo, como si temiera el ataque de
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algún enemigo y confiaba en la sangre fría de su mujer que nunca le había fallado en los momentos de peligro.
—Eres más fuerte que yo… mucho más fuerte. Yo no hubiera resistido lo que te hice —decía cabizbajo.
Se sentía humillado ante ella y ese sentimiento se iba volviendo nuevamente una fuerza destructora contra ella. Paula no se daba cuenta de los sentimientos complicados de Javier. Lo veía indefenso y viejo frente a un peligro que ella ignoraba, pero que a él lo dejaba paralizado. Lo dejaba en la esquina de su oficina y luego volvía a recogerlo. Pero se negaba a entrar en «aquel antro», como ella lo llamaba. Javier insistía en que entrara hasta su despacho.
—¡Evítame el disgusto de ver la cara de esa gente! —repetía Paula. Por las ventanas la espiaban los empleados y ella partía veloz. Volvía
caminando a su casa. Iba preocupada y la marcha le calmaba la angustia. Cruzaba siempre por el Puente de Alejandro y fue ahí, en medio de la neblina del invierno, cuando creyó ver al hombre que acostumbraba caminar detrás de ella hacía ya varios días. Se detuvo indecisa y se apoyó en el pretil para ver pasar a las barcazas que navegaban por el río. Se había equivocado, el hombre continuó su camino enfundado en su vieja gabardina, con las manos metidas en los bolsillos y la cabeza inclinada hacia el suelo. De reojo vio su rostro rojizo y sus cabellos sucios. Sin embargo Paula no quedó tranquila, el individuo tenía algo inquietante. «Imagino cosas estúpidas», se dijo y echó a andar. Al abandonar el puente volvió a tener la sensación de que alguien la seguía, se volvió y descubrió al hombre que sin ningún pudor caminaba detrás de ella. No sabía si entrar a su casa o seguir de frente. Por precaución se metió en un mercadillo y trató de perderse entre los compradores. Un rato más tarde corrió con precipitación a su casa. Prefirió no decirle nada a Irene. ¿Para qué preocuparla más? La jovencita tenía el aire desdichado, salía poco y apenas cruzaba palabra con ella.
—Es curioso, alguien me sigue… —le dijo a Javier cuando regresaban juntos de la oficina.
—Me alegra que me lo digas. Si quisieras hacerme el favor completo… —suspiró Javier.
En vano esperó Paula el final de la frase o la explicación de cuál era «el favor completo».
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Un sábado por la tarde los tres se sintieron presos en el pequeño piso de Paula. Irene echada en el diván del cuarto de entrada leía o fingía leer El diálogo de las Carmelitas para evitar hablar con sus padres. Javier, a su vez, estaba echado en el diván de la habitación superior y Paula giraba por las dos habitaciones sin saber qué decir o qué hacer. Tenía la impresión de que había agotado las palabras. Nada de lo que le dijera a Javier era escuchado; en cuanto a Irene, tenía tanto qué decirle que no sabía como empezar su discurso.
—¿Quieres ir al cine?
—No, prefiero leer.
Paula subió para hacerle la misma proposición a Javier.
—¿Al cine…?, es una idea. Se me había olvidado que la gente va al cine —contestó Javier con aire divertido.
A la entrada de un cine en los Campos Elíseos, Javier de pronto descubrió a un amigo suyo. Se le crispó la cara de disgusto. «Me va a ver con esta», se dijo sintiéndose humillado por su debilidad de haber vuelto cerca de Paula en vez de resistir el golpe solo.
—Ponte en otro lugar de la cola. Adentro siéntate en un lugar alejado del mío —le ordenó a su mujer.
Paula no replicó. Estaba acostumbrada a aquellas tonterías de su marido a las que llamaba «falta de educación». Se colocó en el extremo de la cola y desde ahí vio a Javier conversar con animación con un joven de camisa de cuadros y gamarra de pastor de ovejas. El hombre no era francés, tenía la mirada furtiva y los movimientos agitados. Una vez dentro de la sala ocuparon butacas vecinas. Paula se dedicó a mirar la película. Las tonterías de Javier habían dejado de interesarle. A la salida buscó con la mirada a su marido; al no descubrirlo, echó a andar a su casa. Unas calles más abajo la alcanzó Javier. Parecía de muy mal humor y ambos caminaron en silencio hasta las vecindades de su casa. Javier entró al restaurante «Le Petit Pave». Ocuparon una mesa en silencio. Paula se sentía incómoda, pues cuando revisaba el menú Javier le dijo con voz cortante:
—¡Haz el favor de pedir el plato menos caro! Gasté mucho con Gina. La grosería la hizo adrede. No le perdonaba a Paula que Hubert lo
hubiera visto con ella. No tenía apetito, escuchaba las bromas que a esas horas estarían haciendo todos sobre él: «Iba con la escudera». Así le había dicho Hubert: «¿Qué pasa ché? ¿Venís con la escudera?» Era una
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maldición que fuera tan débil de carácter. «Solo si se muriera podría liberarme de ella», se dijo mirándola con ojos llenos de pensamientos homicidas. Paula no pudo comer. Volvieron a la casa de mal humor. Irene ya se había dormido. Paula se acomodó en una orilla del diván de su hija. ¡Quería dormir!
Pasaron varios días y Javier empezó a salir solo por las noches. Paula debía esperar despierta su llegada como siempre, y para asegurarse de que no caería dormida Javier llamaba obsesivamente por teléfono: «Llego dentro de diez minutos», anunciaba. Al cabo de media hora llamaba nuevamente: «Llego en cinco minutos», y así hasta que amanecía. Ella nunca se enteró de sus andanzas ni de sus amigos, de manera que al menos en ese aspecto Javier no había cambiado. «¡Baja al portón!, estaré en cinco minutos.» Temblando de frío bajaba a abrir y a esperar la llegada de Javier. Fue un amanecer, cuando notó que el hombre de la gabardina sucia se hallaba apostado en la acera de enfrente. ¿Cómo cerrar? Javier se volvería loco de ira. ¿Y cómo esperar en ese lugar solitario con aquel individuo enfrente? El corazón le latió con violencia, observó al hombre, inmóvil, mirándola con fijeza, seguro de sí mismo. Bastaban cuatro zancadas para que llegara a ella… y no quiso pensar. Prefirió continuar de pie, fingiendo que no tenía ningún temor. Descubrió su repugnancia por los relojes, latían igual que su corazón, marcando el tiempo, un tiempo que nunca terminaba. «¿A qué hora llegará ese tipo?», se preguntó indignada. Y se sintió indigna. Pero debía obedecer las órdenes recibidas. El menor reparo, la menor rebeldía, le costaría un castigo grave. Lo sabía. Lo había experimentado muchos años y en tanto que Irene fuera menor de edad, su sujeción era completa. Vio al hombre de la gabardina sucia retirarse hacia la puerta cerrada de una pequeña pastelería y se puso en guardia. Era inútil ponerse en guardia, el terror le impediría gritar y si algo sucedía, sucedería en silencio. A pesar del abrigo grueso que llevaba, el frío la hizo temblar desordenadamente. Le castañeteaban los dientes. «Me los voy a romper», pensó. Quiso recordar la casa de sus padres, el automóvil de Javier se detuvo y él bajó colérico, igual a sí mismo.
—¿Qué ves? ¡Pareces una idiota! —le dijo dándole un empellón para hacerla entrar, mientras el automóvil se alejaba veloz.
—¡Nada! No veo nada. Eres un majadero —le contestó cuando subían las escaleras.
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Lo que Javier no deseaba que viera era que dentro del auto iban algunos amigos, entre los que se encontraba Gina.
Al día siguiente, Paula buscó con paciencia el momento propicio para hablar en calma con Javier. Por la tarde lo encontró de pie frente a la ventana con aire preocupado. Maquinalmente buscó en su bolsillo el frasco de «Librium», sacó un puñado y se trago las píldoras sin agua. Luego, se volvió a mirar por la ventana. Quería ignorar la presencia de Paula.
—Javier, me parece que debes volver con Gina. Aquí no te encuentras bien. Andas desasosegado, nervioso. ¿Por qué no asumes tu deseo, a pesar del riesgo que te suponga…?
Paula habló despacio, iba a tientas, ignoraba lo que le sucedía a su marido, por qué se sentía en peligro. Si no lo amenazara algo, no estaría ahí, soportándola, cuando era tan evidente que su presencia lo irritaba. Javier se volvió para interrumpirla.
—¡No se trata de eso! Necesito que me ayudes a ¡exterminar a Gina! —dijo con voz silbante.
Paula se dejó caer en el diván. Javier se acercó, ocupó un silloncito vecino y se dispuso a las confidencias. Sacó de su cartera una fotografía y se la tendió a Paula.
—Mira, está loca. ¿No lo ves…?
En la instantánea, Gina aparecía detrás de unas rejas, desnuda, con los pechos colgantes. Llevaba los cabellos sueltos y enmarañados. En verdad parecía una loca obscena. Las rejas la hicieron preguntar.
—¿Cuándo la encerraron?
—Está suelta, esa foto se la tomé yo en Niza —y se echó a reír a grandes carcajadas.
Javier acercó aún más el silloncito, cogió las manos de Paula y con voz persuasiva le explicó su plan.
—Gina es una usurpadora. Usurpó tu nombre para comprar unas joyas. Por lo tanto las joyas son tuyas. Yo las pagué y Gina ahora se niega a devolverlas. Tú, Paula, guiada por mí y por un abogado, debes acusarla de usurpación de nombre y de robo de joyas. Lo tengo todo muy bien pensado, está perdida —dijo Javier con voz concentrada de odio.
Paula sintió que el cuarto giraba en derredor suyo. Contempló a Javier sin esperanza y balbuceó:
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—¿Yo…? ¿Yo acusarla de robo? No puedo. Al final me triturarían todos… no puedo… ¿Por qué le regalaste mi nombre y las joyas…?
Javier se levantó de un salto, se colocó frente a su mujer e insistió:
—¡Debes hacerlo! ¡Ha usurpado tu nombre! ¡Debes hacerlo! Es muy fácil, tu firma es muy diferente a la de ella. Imitó tu letra, cogió tu nombre. Por favor, te lo suplico, no temas nada. ¡Nada!
Javier parecía fuera de sí, Paula no podía fallarle, era una venganza que había planeado durante sus horas de insomnio. Gina lo merecía, era una malvada. La estúpida de Paula ignoraba quién era aquella mujer. Él quedaría a salvo de sus amenazas y de su venganza que sería implacable.
—¡Escucha, Paula! ¡Así acabará en la cárcel y nos liberaremos de ella para siempre! ¡Para siempre! Seremos libres otra vez. ¿No te das cuenta? —suplicó Javier.
—Tú sabías todo lo que dices ahora y se las compraste. ¡No puedo hacerlo! A mi juicio no ha robado nada, puesto que también le regalaste mi nombre.
Javier dio varios pasos por la habitación. Su mujer no comprendía que necesitaba vengarse. ¡Vengarse!
—Paula, hazlo por mí, por nuestra hija, necesito ¡vengarme! —¿Vengarte de qué?
Javier no contestó, siguió insistiendo en la necesidad de denunciar a
Gina y al ver la obcecación de Paula se detuvo nuevamente frente a ella y
le dijo en voz muy baja:
—Hazlo por Inés…
—¿Por Inés…? ¿Qué tiene que ver Inés en todo esto? No entiendo nada. ¿Olvidas que Inés encerró a tu hija en tu casa y la dejó sola y a oscuras? ¿Era para que Irene se matara…? —¡No, no, no! —la interrumpió Javier.
El hombre se dejó caer en un sillón. Había olvidado aquel episodio. Tendría que confesarle todo a Paula, si no nunca la convencería de demandar a Gina. Levantó la cabeza, estaba fatigado, no fingía por esta vez.
—Paula, no fue Inés la que encerró a Irene, fueron Ivette y Almeida. Ellos planearon todo. Luego raptaron a Inés, dejaron a Irene a oscuras y bajo llave, con toda mala fe, y se llevaron bajo amenazas a Inés a un escondite que tiene Gina. Y Gina la volvió loca… ahora la busca, la busca por todas partes, ha contratado gentuza, alguno de ellos debe de ser el que
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te sigue, para saber si Inés no se esconde aquí. La busca para matarla. ¡Así de fácil! Yo no soporto más este juego. ¡No lo soporto! Hay que exterminar a Gina. ¿Sabes que Inés está escondida? Pero a veces se escapa y se pierde… Jesús y Enríquez están desesperados… Inés te anda buscando, también busca a Irene…
—¿Loca…? —murmuró Paula y sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
—¿Qué le hicieron? —preguntó con voz débil.
—No lo sé… la raparon, creo que también la golpearon… no lo sé. Lo único que me consta es que está loca y que Gina la busca. Sí, no tengas dudas, por eso te sigue ese hombre. Al principio estaban seguros de que estaba aquí. Ahora están convencidos de que tú la tienes escondida por otro lugar. No temas, no te harán nada ni a ti ni a la niña…
—Pueden secuestrar a Irene… —dijo temblando Paula.
—No les interesa. Por equis razones les interesa Inés. Mira, podemos esconderla aquí unos días y luego la podemos mandar a España, a su convento. ¿Comprendes? No quieren que se escape porque sabe demasiado, por eso no debe encontrarla Gina —suplicó Javier.
Paula permaneció muda, aturdida por la revelación de su marido: «Inés está loca. No quieren que se escape, sabe demasiado». ¿Qué sabía Inés? ¿Quiénes eran «ellos»? Un sudor frío le humedeció las sienes. «Les supliqué a Inés y a Irene que se salieran de esa casa, no me creyeron… era evidente que había ahí un peligro mortal», se dijo, recordando aquel domingo de principios de julio.
—Mira, traeremos a Inés a las seis de la mañana; ellos duermen a esa hora, la tenemos aquí unos días y la hija de Enríquez se la lleva a España. ¿Qué te parece?
—Si la descubren, nos matarán a las tres, ¿verdad? —preguntó Paula con voz pausada.
—¡Imposible! ¡Absolutamente imposible!, si tú demandas a Gina por usurpación de nombre y robo de joyas. ¡Es perfecto! —exclamó Javier.
El hombre se acercó a observarla y Paula trató de poner la mente en blanco, Javier era capaz de leerle el pensamiento. Encendió un cigarrillo y exclamó con voz que quiso ser natural.
—¡Lo pensaré…!
«¿Por qué no la llevan directamente de la casa de la hija de Enríquez a España? ¡No, nunca la llevarán, las monjas abrirían una investigación!», se
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dijo con tristeza. Escuchó exclamar a Javier:
—¡Ya lo sabía! Sí, sabía que tú te ocuparías de esa pobre chica. ¡Si la vieras no la reconocerías! Gina le afeitó la cabeza y tiene la cara llena de cicatrices…
—¡Lo pensaré…! —repitió Paula, que se sentía incapaz de pensar en nada.
—Inés preguntó mucho por Irene. Le preocupa —insistió Javier. Paula quedó sola en la casa y sintió que los muros de piedra caían
sobre ella con estruendo. «Lo normal sería llamar a la policía. Sí, eso es lo normal. ¿Por qué se va a permitir que asesinen a una chica de veintitrés años que no ha hecho absolutamente nada malo?» ¿Qué había hecho ella, Paula, para merecer aquel castigo de vivir siempre aterrada? ¿Siempre a ciegas? ¿En qué mundo se movía Javier y qué lo empujaba a mezclarla a ella y a su hija en aquellas tinieblas? ¿Quiénes eran «ellos» y por qué tenían poder para secuestrar, golpear y luego asesinar a una joven? Nunca lo sabría. Miró el teléfono, hacía ya varios días que no preguntaban por Inés. En el listín, buscó el número de la policía, lo marcó y cuando escuchó la voz del hombre diciendo «pólice», colgó el aparato. Podía ser una prueba de Javier y entonces ella y su hija estarían condenadas. La quietud y la soledad de su casa le recordaron que Irene había salido a tomar unas clases y le pareció que ya debería estar de vuelta. «¿Dónde anda…? ¿Por qué tarda tanto…?» Se le cerró la garganta, el espejo colocado arriba de la chimenea le devolvió su imagen pálida, con los rasgos distorsionados por el terror. Iría a buscar a su hija. ¡Iría inmediatamente! Se puso unos guantes y salió a la calle despavorida. En la acera encontró a Irene que volvía plácida.
—¿Qué te pasa…? ¡Mamá, creí que te habías vuelto loca! ¡No debiste venir…! —le reclamó Irene.
Entraron juntas a la casa. Paula no le confió a Irene los secretos de su padre, se fue a la pequeña cocina y preparó un café y unas tostadas. La imagen de Inés, desfigurada, la perseguía por todas partes. «¡Desfigurada…!», «la golpearon…» Le sirvió a su hija la bebida caliente, ella no probó nada. La aparición de François, un amigo de Irene, la tranquilizó. Le sirvió también a él una taza de café y decidió salir a dar una vuelta para calmarse los nervios. Podía estar tranquila, su hija quedaba en buena compañía.
—Vuelvo en seguida, François… —dijo antes de abandonar su casa.
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El golpe del viento frío sobre su rostro no logró calmar la tempestad que desataron las revelaciones de su marido. Buscó el río para caminar de prisa a lo largo de sus muelles. «Dios mío, Dios mío, Dios mío», eran las únicas palabras que se le ocurrían. Las hacía coincidir con el ritmo acelerado de sus pasos. Volvió a su casa ya al oscurecer, abrió la puerta y encontró a Irene instalada en el diván en actitud perpleja.
—Mamá, vino una mujer llamada Andrea. Dijo que tenía cita contigo. Echó a François, pues tenía que hablar de cosas íntimas contigo. Te esperó mucho rato. Le gustó la casa, pero la encontró muy pequeña: «Mirá, es un palomar», me dijo…
—¡Cállate! Yo no conozco a ninguna Andrea. ¿Qué quería? ¿Qué dijo? Dime exactamente lo que dijo… —exclamó temblorosa Paula.
—¡No me interrumpas! ¿Como te voy a contar todo si me interrumpes? Imagínate que me habló de Inés. Me dijo que la conoce muy bien, que estuvo con ella en el mismo convento. ¿No te parece raro…?
—Sí, muy raro. ¿Y tú qué le dijiste? ¿Qué le dijiste?, contesta pronto —gritó Paula muy agitada.
—Si te pones así, no te cuento nada. ¿Qué querías que le dijera?
¡Nada! La dejé hablar, pero me pareció raro que me preguntara que si no la
había visto. No quise contestarle…
—¿Por qué la dejaste entrar…?
El teléfono interrumpió el diálogo. Era Javier, que llamaba inquieto. Cuando Paula le dijo que una mujer llamada Andrea había visitado a Irene aprovechando su ausencia, Javier exclamó consternado:
—¡Qué mala fe…! ¡Qué mala fe! Te suplico Paula que no la reciban jamás.
—¿Quién es? —insistió Paula.
—Una joven admirable… una artista… y una ¡canallita! ¡Me la va a pagar!
—Javier, Irene dice que se trata de una mujer horrible, una especie de marimacho…
—¡No digas sandeces! Andrea es admirable, está llena de talento, pero no la reciban. ¡Se los suplico!
Javier volvió muy tarde. Paula lo esperó en el portal. El hombre se negó a decir una palabra sobre aquella Andrea que había ido expresamente a interrogar a Irene. Era claro que espió la salida de Paula para colarse en la casa. Paula no quiso insistir, era inútil. Estaba acostumbrada a sufrir
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interrogatorios, intrusiones y ofensas de personas desconocidas de ella y amigas de su marido.
Espió el sueño de Javier. ¿Qué secretos terribles ocultaba? Si aquella mujer Andrea no debía entrar a su casa no era para protección de ellas, sino para protegerse él de alguna posible indiscreción de la desconocida. De puntillas subió varias veces la escalera de caracol, entró al cuarto de Javier y se inclinó con cautela a observar aquel rostro semidormido que respiraba con brutalidad, tratando de guardar algún secreto que se le podía escapar durante el sueño. También dormido le inspiraba miedo. Vio sus cabellos prematuramente blancos esparcidos sobre la almohada blanca. Vio la mueca suelta y aterrada de la boca y se dijo: «Tiene mucho miedo». ¿Cuántas veces le había suplicado que hiciera un acto de contrición? Solo así lograría expulsar las tinieblas que anidaban en su pecho y en su cerebro, pero Javier le había contestado con un: «¡Idiota!, ¿un acto de contrición?», y se había echado a reír. Esa noche se convenció de que aquel ser que le inspiraba terror, estaba aterrado y que repandía ese sentimiento alrededor suyo. Siempre supo que era peligroso y en ese instante creyó adivinar hasta dónde llegaba su peligrosidad. Su debilidad se había convertido en cobardía y estaba dispuesto hasta tolerar el crimen con tal de no enfrentarse a un ser al que suponía más fuerte. Se retiró de puntillas. No durmió.
—Tú tienes más miedo que yo. Yo te temo a ti, pero tú ¿qué temes? Vives aterrado —le dijo por la mañana, cuando Javier bebía su café en la cama.
—Solo le temo a Gina… puede destruirme —confesó.
Se diría que sacaba un placer extraño al pronunciar sus verbos favoritos: destruir, exterminar y vengar.
—¿Y no temes que destruya también a Inés? Me parece una tarea más fácil que destruirte a ti —le dijo Paula con voz severa.
—¿No te das cuenta de que si destruye a Inés, también me destruye a mí? Por eso te pedí que la recogieras tú…
—Te dije que lo pensaría…
—¡No hablemos de ese tema! ¡Por favor! Yo trataré de arreglar las cosas como mejor pueda. Esa Gina es una ¡perversa! Esa sí que está loca. Es obscena. ¿Sabes que la locura en las mujeres se caracteriza por la obscenidad…?, aunque en Inés es diferente. La chica esa es una víctima…
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¿Cómo no fui capaz de verlo antes? —y masticó las tostadas con aire sombrío.
—¿Una víctima? Siempre has dicho que no hay víctimas ni verdugos. —En este caso sí hay una víctima: Inés. ¡Víctima de Gina! —afirmó
Javier.
Durante los dos días siguientes, Javier se mostró muy agitado: llegaba al amanecer, insultaba, trataba de golpear a Paula y no le permitía a Irene decir ni una sola palabra. Se diría que un nuevo demonio se había apoderado de él.
—¡Tú tendrás la culpa de lo que le suceda a Inés! —repetía sin cesar y agregaba algún insulto.
—¿Ves? Te lo dije, que nos iba a hacer polvo otra vez —le reprochaba Irene a su madre.
—¡Calma! Cuando se pone así es que ya se va a ir.
—Lo veremos —contestaba Paula.
La casa presentaba un aire sombrío, a pesar de que Paula continuaba limpiándola y colocando flores. Había algo indecible, algo aterrador que flotaba en los cuartos, en la cocina y en el baño, y que paralizaba a sus dos habitantes.
Jesús llegó por la tarde. Venía lívido, con la ropa flotante, estaba en los huesos, con la mirada apagada.
—Señora… ¿no ha visto usted a Inés? Desapareció hace dos días — explicó tembloroso.
Paula escuchó de labios del criado el aspecto terrible de la doncella:
—Salió descalza, no llevaba abrigo, y con esa cabeza afeitada… —
Jesús sollozó.
—¡Qué horror…! —dijo Paula con lágrimas en los ojos.
—Llevaba un vestido de Suzanne, negro, que le quedaba enorme… desvariaba.
Paula se tapó la cara con las manos.
—Yo la saqué de las garras de La Loba y ahora parece que ha vuelto a caer en ellas. ¿Quiere la señora preguntarle al señor si sabe algo?
—Sí, Jesús, se lo prometo.
—¿Y querría la señora cuidar de ella en el caso de que la encontremos?
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—Sí, me haré cargo de ella, no se preocupe —prometió.
«Yo misma la llevaré a España», se dijo con decisión.
—¿Sabe la señora que el señor sale de viaje? —preguntó el criado con la vista baja.
—No, no lo sabía… —y Paula sintió un escalofrío. «Sabe lo de Inés», se dijo, y miró a Jesús enfundado en su enorme abrigo de casimir raído y preguntó con voz firme:
—¿Ya dieron parte a la policía sobre la desaparición de Inés?
—No señora. Ivette… perdone, la señorita Ivette es la encargada de arreglar la documentación de Inés. Y resulta que mi prima todavía no está registrada. Por eso no ha querido que se dé parte todavía. Dicen que hoy estarán en regla los papeles de Inés y entonces…
—¡No importa! Vaya usted ahora mismo a dar parte a la policía —le ordenó Paula, enrojeciendo de ira.
El criado se retorció las manos huesudas y su tinte pálido se volvió terroso. ¿No se daba cuenta la señora de que no podía desobedecer las instrucciones dadas por «ellos»? Él, Jesús, Enríquez, su hija Ángela y el marido de esta, buscaban a Inés por todo París. Habían visitado los hospitales, las iglesias, los conventos, Inés era muy católica y podía haber buscado refugio en alguno de ellos. La víspera unos mendigos encontraron a Inés al amanecer frente a Notre Dame. Estaba de rodillas y lloraba a grandes sollozos. Cuando le preguntaron qué le sucedía, salió huyendo y desde entonces nadie la había vuelto a ver. Ángela había hablado con los mendigos.
—Comprenderá la señora que todos estamos agotados. La buscamos de día y de noche. Creemos que es más fácil encontrarla de noche… —el primo de Inés calló.
—Han visitado todo menos las comisarías —dijo Paula.
—De eso se ha encargado Ivette, perdone, señora, la señorita Ivette… Paula guardó silencio. ¿Cómo podía llegar Inés a su casa si ignoraba su
dirección? Jesús trataba de engañarla o de engañarse a sí mismo. —Inés no sabe mi dirección…
—Ya lo sabemos… pero pensamos que a lo mejor el señor la había encaminado hacia aquí…, ¡estaba tan preocupado el hombre…!
Jesús guardó silencio, era un despojo humano. Paula quiso ofrecerle un café.
—No, no, gracias señora, hace dos días que no tomo más que café…
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Le prometió ocuparse de la doncella si la encontraban y lo vio partir, fulminado por la desdicha que se abatía sobre él. También ella se quedó anonadada. ¿Qué podía hacer? Llevarse a la muchacha a España. «Si le devuelven sus documentos y si no los devuelven, la llevaré al Consulado español.» Debía esperar. ¿Acaso no había estado esperando desde que se casó con Javier? ¿Y qué esperaba? No le diría a Javier nada de su viaje. Esperaría a que él se lo dijera y a que le confesara qué habían hecho con Inés.
Su marido llegó al amanecer. Pidió excusas y quiso comer una ensalada. Estaba muy agitado y miraba con temor a Paula, que permanecía en silencio.
—Tengo algo que decirte. Mañana salgo de viaje, es algo que surgió hoy al oscurecer. Recibí un telegrama de Sidney y la oficina allá exige mi presencia. ¡Es algo sumamente urgente! Creo que volveré en unos cuantos días…
—¿Ya tienes los boletos?
—No… tuve que molestar a Ivy para rogarle que me consiga ¡un! sitio en el primer avión que encuentre. Estaré de vuelta en unos cuantos días… Javier se tomó el trabajo de hacer hincapié en que solo necesitaba ¡un!
boleto.
—Ah…
Pasaron el resto de la noche haciendo el equipaje. Paula se cuidó de decirle que estaba al corriente de la desaparición de Inés. Le dio miedo Javier, estaba segura de que huía de algo y ella no quiso ser testigo, era más prudente. Tal vez la visita de Jesús se debía a eso: los pobres criados esperaban que ella le sacara la verdad a su marido. ¡Era no conocerlo! Pasaron el resto de la noche haciendo el equipaje. Javier le suplicó que no despertara a Irene. A las seis de la mañana llamó Ivette.
—¡Ivy, eres un genio! ¿Cómo conseguiste el boleto…?
Javier cogió su maleta, se detuvo frente al espejo para echarse el último vistazo y bajó de prisa la escalerilla de caracol. Paula lo siguió. Su nudo de corbata era perfecto y la esquina del pañuelo blanco asomaba apenas en el bolsillo superior de la americana. Paula y su marido se detuvieron en la puerta.
—¿Quedé bien? —preguntó Javier, tocándose nerviosamente la corbata y la esquina del pañuelo.
—¡Perfecto!
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—¡Gracias, Paula! ¡Gracias! A mi vuelta trataremos de reconstruir nuestras vidas. Es horrible lo que hemos hecho con nuestra juventud.
Le tomó ambas manos y se las besó. Después la estrechó contra sí. —Paula, estaremos siempre juntos. Hasta en la tumba. No concibo que
me entierren lejos de ti. Nuestra lápida dirá simplemente: «Javier-Paula» —dijo con voz conmovida.
—Así será —contestó ella.
—Dale un beso a nuestra hija, yo no podría… —y los ojos se le enrojecieron con lágrimas.
—Que te diviertas, Javier.
Su marido bajó corriendo las escaleras. Por la ventana Paula lo vio cruzar el patio.
—Javier, no quiero verte nunca más. Ni en esta vida ni en la otra —le dijo en el momento en que terminaba de cruzar el patio y salía a la calle.
El día transcurrió en una calma extraña. Paula puso orden en la casa. Javier había dejado las dos habitaciones, el baño y la cocina vueltos al revés, como si por ahí hubiera cruzado algún ciclón. Después, ella y su hija durmieron un rato. Habían pasado unos meses infernales e insomnes. Al oscurecer, en medio de un silencio absoluto, despertaron, se ducharon, comieron algo y volvieron a dormir. Se sentían convalecientes de una larga enfermedad. Paula no supo la hora en que la despertó el teléfono, debía estar amaneciendo.
—Señora, soy Enríquez… sí, sí, perdone que la despierte… —la voz del viejo líder tenía lágrimas.
—No se preocupe, Enríquez, ¿qué sucede? —preguntó aterrada. —Encontramos a Inés… ¿sabe? Pero la señorita Ivette opina que no
debemos reconocerla. ¿Usted qué opina…? nosotros quisiéramos… —¿Está usted loco? ¿Cómo que no quieren reconocerla? ¡Tráigala aquí
ahora mismo! Y esa Ivette que no se meta, porque se las verá conmigo. —Señora, señora… Inés está en la morgue… acuchillada…
Paula dejó caer el teléfono. «¡No, no, no, no, no, no!», gritó sin parar durante algunos minutos. Cuando terminó de gritar, Enríquez ya se había ido del aparato.
—¡Mamá…! ¡Mamá…!, ¿te has vuelto loca? ¡Cálmate! ¡Cálmate, te lo suplico! —le pidió Irene, que había corrido a su lado al escuchar sus alaridos.
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—Sí, me he vuelto loca… tuve una pesadilla horrible, ¡horrible! —y se echó a llorar con desconsuelo.
Lloró mucho rato, esperando a que amaneciera. Entonces, se levantó, se duchó, se vistió y corrió a la calle a comprar los diarios. Volvió a su casa para leerlos con calma y encontrar la noticia tristísima de la muerte de Inés. Los revisó de prisa, con manos temblorosas y no encontró nada.
—¡Lo soñé! —gritó en voz alta.
Pero siguió hojeándolos, tal vez en alguna columna pequeña estaba la noticia. Sus ojos cayeron sobre un elegante grupo de viajeros. Al pie de la fotografía venían sus nombres: «El conocido hombre de negocios Javier, la hermosa señora Gina, la gran pintora Andrea, el científico Torrejón y la señorita Asunción, hacían un viaje de estudios, que los llevaría alrededor del mundo…»
Paula dejó caer los diarios. Sintió que no había nada qué hacer en el mundo. Irene le sirvió un café, que no tocó. Era difícil vivir, muy difícil y era tan fácil morir y ¡tan impune…!
Hacia las diez de la mañana llamó Jesús.
—¡Señora, no hay nada qué hacer! No podemos reclamar a Inés… Inés era una desconocida. No estaba registrada. Eso dictó la señorita Ivette… ¡una desconocida! Reclamarla sería ocasionar problemas a la oficina… y al señor. ¡Inés es una desconocida! —insistió el hombre.
—Sí, sí, justo, Inés es una desconocida… reclamarla le puede ocasionar dificultades a la oficina y al señor… Inés es una desconocida — repitió Paula.
—Señora, nos hubiera gustado enterrarla cristianamente… ella era tan creyente, tan católica… —expresó el hombre.
—Pero la señorita Ivette se opone. ¿O no es así? Ha decretado que Inés es solo una desconocida… —y Paula se echó a llorar con rabia, con tal furia que parecía que iba a arrancarse los ojos de las órbitas.
En el saloncito de Paula se abrió un enorme abanico de días sombríos, todos iguales a ese día, al anterior, al de hacía dos años y al de hacía diecisiete años. ¡Una desconocida! Nadie deseaba ver, ni enterrar cristianamente a la chica que habían asesinado. «¿Y si yo fuera a reconocerla y a identificarla? Nadie me creería.» Además, ¿cómo era Inés…?, trató de recordar su rostro fino, sus ojos castaños y sus cabellos sedosos: «Tenía una piel de rosa», pero le habían dicho que estaba muy desfigurada. ¡Nunca la reconocería! «Gina le afeitó la cabeza…»
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Desde que la señorita Ivette se encontró con Inés en la conserjería, supo que Jesús se había equivocado pidiendo a su prima. Inés no era la joven que ella esperaba. Su desenfado, sus maneras resueltas, su paso firme, su cabeza erguida y sus ojos, sobre todo sus ojos de mirada penetrante, registraban hasta el menor detalle, y descubrieron desde el primer día que había caído en el centro de un «ring». ¿Hasta dónde llegaron sus descubrimientos? La señorita Ivette lo ignoraba. En cambio estaba segura de que Inés no había entrado en contacto con la Iglesia. Ella veló personalmente para que Inés no se confesara nunca, ni asistiera a ninguna misa.
Durante muchos días y luego durante varios meses, la señorita Ivette la estudió a fondo: era rebelde, irreductible e implacable. Era necesario retenerla con subterfugios que no podían prolongarse eternamente. Su inteligencia era superior a la normal, su espíritu de análisis, perfecto.
Las monjas la habían preparado a conciencia para enfrentarse con el mundo, por eso estaba condenada a estrellarse. ¡Era fatal! No se pueden dejar cabos sueltos, ni testigos peligrosos cuando están de por medio muchos millones de dólares y muchas reputaciones ¡impecables! La Madre Superiora no se equivocó al decirle: «Vas a un lugar impecable». Se equivocó simplemente en su enviada. Debió escoger a alguien más flexible, menos observador, dotada de una inteligencia mediocre, que hubiera podido ser absorbida por el medio. Nunca imaginó que su protegida no saldría jamás de aquel lugar en verdad ¡impecable! La señorita Ivette tomó la decisión desde la primera noche en que dejó sobre la mesa de Jesús el dinero para la comida del día siguiente, que Inés no saldría de aquella casa. Las cartas cruzadas entre la Madre Superiora e Inés pasaban antes por sus manos y eran anotadas cuidadosamente.
La señorita Ivette era la única persona que no podía permitirse el lujo de equivocarse o de tolerar irregularidades como Inés. La señorita Ivette era la Directora Internacional del Círculo Industrial R. A. D. O. Los demás eran sus empleados. El menor de todos, pero el más ágil y vistoso era el pobre Javier. Hubiera sido muy brillante si no padeciera esas crisis agudas de sentimentalismo, que lo convertían en un socio peligroso. Después del «affaire» Inés, la señorita decidió enviarlo a un puesto muy subalterno en la ciudad de Toronto, Canadá. Naturalmente después de que terminara su
viaje alrededor del mundo, para evitar problemas y posibles comentarios desagradables.
La señorita Ivette temió siempre las investigaciones de la Iglesia. Fue Jesús, su primo, el encargado de declarar solemnemente que Inés se fugó a Brasil o a un país parecido con un pintor sin renombre.
Estaba previsto que el señor Javier no viera nunca más a Paula y a su hija que lo incitaban a sus crisis sentimentales. Javier entendió su enorme error y en pocos años llegó a ser la cabeza del Círculo Industrial R. A. D. O. de Toronto, Canadá.
Elena Garro (1916-1998) es una de las escritoras mexicanas más importantes del siglo XX. Vivió parte de su infancia en Iguala, Guerrero, de donde surgen muchas de sus historias. Estudió Letras Españolas en la UNAM. Se dio a conocer primero como dramaturga con las piezas contenidas en Un hogar sólido y otras piezas en un acto (1958); la obra que da título a esta colección fue incluida en la Antología de la literatura fantástica de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Autora también del drama Felipe Ángeles (1979) donde disecciona la traición a los ideales de la Revolución mexicana.
En su obra destacan La semana de colores, Andamos huyendo Lola, Testimonios sobre Mariana, Reencuentro de personajes, La casa junto al río, Y Matarazo no llamó?, Inés, Un corazón en un bote de basura, Revolucionarios mexicanos y El accidente y otros cuentos inéditos. La obra más internacional de su literatura es su primera novela: Los recuerdos del porvenir (1963, Premio Xavier Villaurrutia), considerada precursora del realismo mágico.
FIN

