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Libro N° 14834. ¿Quién Ha Visto El Viento? Mccullers, Carson.

Guillermo Molina Miranda mayo 27, 2026


© Libro N° 14834. ¿Quién Ha Visto El Viento? Mccullers, Carson. Emancipación. Febrero 21 de 2026

 

Título Original: © ¿Quién Ha Visto El Viento? Carson Mccullers

 

Versión Original: © ¿Quién Ha Visto El Viento? Carson Mccullers

 

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Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

¿QUIÉN HA VISTO EL VIENTO?

Carson Mccullers


¿Quién Ha Visto El Viento?

Carson Mccullers

Carson McCullers transmitió con una maestría insuperable la grandeza y la tragedia del alma humana. Su obra ha seducido a generaciones de lectores, mientras la crítica la encumbraba en el pedestal de los clásicos del siglo XX. Por estas páginas transitan el amor, la violencia, la soledad y el fracaso. Dotadas de una insólita musicalidad, desprenden una fuerza y una pasión que sacuden a quien las lee.

Carson Mccullers

¿Quién Ha Visto El Viento?

ePub r1.0

Titivillus 10-02-2026

Título original: ¿Quién ha visto el viento?

Carson McCullers, 2007

Traducción: José Luis López Muñoz & María Campuzano

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

Sucker[1]

Fue siempre como si tuviera un cuarto para mí solo. Sucker dormía en mi cama, pero no se entrometía en nada. La habitación era mía y yo la usaba como quería. Recuerdo que, en una ocasión, serré una trampilla en el suelo. El año pasado, cuando estaba en segundo de bachillerato, clavé con chinchetas en la pared algunas fotos de chicas, sacadas de revistas, y una de ellas estaba en paños menores. Mi madre nunca me llamaba la atención porque tenía que ocuparse de mis hermanos pequeños. Y Sucker pensaba siempre que todo lo que yo hacía estaba bien.

Cuando traía a cualquiera de mis amigos a mi cuarto, todo lo que tenía que hacer era mirar una vez a Sucker para que dejara lo que estuviera haciendo, tal vez me obsequiara con una media sonrisa, y se marchara sin rechistar. Por su parte, nunca trajo a ningún chico a nuestro cuarto. Tenía doce años, cuatro menos que yo, y sabía, sin que yo se lo dijera, que no quería gente de su edad hurgando en mis cosas.

La mitad del tiempo me olvidaba de que no es mi hermano, solo primo carnal, aunque prácticamente haya formado parte de nuestra familia desde siempre. Y es que sus padres murieron en un accidente cuando él era todavía muy pequeño. Para mí y para mis hermanas menores siempre ha sido como un hermano.

Sucker se acordaba siempre, palabra por palabra, de todo lo que yo decía y además se lo creía. De ahí le vino el apodo. Hace un par de años le dije una vez que si saltaba con un paraguas abierto desde el techo del garaje, funcionaría como paracaídas y no le pasaría nada. Lo hizo y se rompió una rodilla. Eso no es más que un ejemplo. Y lo más curioso es que por muchas veces que lo engañara seguía creyéndome. Y no porque fuera tonto: solo se comportaba así en su relación conmigo. Se fijaba en todo lo que yo hacía y lo asimilaba.

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Hay una cosa que he aprendido, algo que me hace sentirme culpable y es difícil de entender. Si una persona te admira mucho, la desprecias y te tiene sin cuidado; en cambio, casi con toda seguridad admiras a la persona que no te hace caso. No es fácil darse cuenta. Maybelle Watts, dos cursos por encima del mío, se comportaba como si fuese la Reina de Saba e incluso me humillaba. Pero yo hubiera hecho cualquier cosa por ganarme su afecto. Pensaba tanto en Maybelle de día y de noche que casi me volví loco. Desde que Sucker era un niño pequeño hasta que cumplió los doce años, supongo que lo traté tan mal como Maybelle a mí.

Ahora que Sucker ha cambiado tanto es un poco difícil recordarlo tal como era. Nunca imaginé que de repente pudiera suceder algo que nos hiciera tan distintos a los dos. Nunca se me ocurrió que para entender correctamente lo que ha sucedido querría recordarlo como era antes, hacer comparaciones y tratar de poner las cosas en orden. Si hubiera podido preverlo, quizá habría actuado de otra manera.

Nunca me fijé mucho en lo que hacía ni pensé en él; y si se considera el mucho tiempo que hemos compartido el mismo cuarto, es curioso las pocas cosas que recuerdo. Hablaba mucho consigo mismo cuando se creía solo: siempre sobre peleas con gángsters, sobre la vida en un rancho y otras niñerías por el estilo. Se metía en el cuarto de baño y se podía pasar allí una hora y a veces alzaba la voz muy emocionado y se le oía por toda la casa. De ordinario, sin embargo, hablaba más bien poco. No había muchos chicos en el barrio de los que pudiera ser amigo y su cara tenía la expresión de alguien que está viendo un partido con la esperanza de que lo inviten a jugar. No le importaba heredar las chaquetas y los jerséis que a mí se me quedaban pequeños, aunque las mangas le estuviesen demasiado grandes y sus muñecas parecieran tan finas y blancas como las de una niña. Así es como lo recuerdo: creciendo un poco todos los años pero sin dejar de ser el mismo. Tal era Sucker hasta hace pocos meses, cuando empezaron los problemas.

Maybelle tuvo que ver en cierto modo con lo que sucedió, así que supongo que debo empezar por ella. Hasta que la conocí yo no había dedicado mucho tiempo a las chicas. El otoño último se sentaba a mi lado en la clase de Ciencias y fue cuando empecé a fijarme en ella. Tiene el pelo rubio más luminoso que he visto nunca y de vez en cuando se lo riza con alguna sustancia pegajosa. Llevaba las uñas largas, arregladas y pintadas de rojo brillante. Durante la clase me dedicaba casi todo el tiempo

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a mirarla, excepto cuando me parecía que iba a volverse hacia mí o cuando el profesor me preguntaba. En primer lugar no era capaz de apartarlos ojos de sus manos, muy pequeñas y blancas, excepto por la laca roja, y porque al pasar las páginas de su libro —siempre muy despacio— se lamía el pulgar y alzaba el meñique. Es imposible describir a Maybelle. Todos los chicos están locos por ella, pero, por lo que a mí se refiere, ni siquiera se daba cuenta de mi existencia. También es cierto que me llevaba dos años. Entre clases me esforzaba por acercarme mucho a ella en los pasillos, pero apenas si me sonreía. Lo único que hacía yo era mirarla durante la clase de Ciencias, y a veces me parecía que el aula entera tenía que oír los latidos de mi corazón y me daban ganas de gritar o de salir corriendo e irme al infierno.

Por la noche, en la cama, pensaba en Maybelle. Con frecuencia eso hacía que no me durmiera hasta la una o las dos de la madrugada. A veces Sucker se despertaba y me preguntaba por qué no conseguía dormirme y yo le decía que se callara. Supongo que me porté mal muchas veces.

Tal vez quería hacer con él lo que Maybelle hacía conmigo. Siempre se sabía por su expresión cuando se herían sus sentimientos. No recuerdo todas las cosas desagradables que debí decirle porque incluso mientras las decía pensaba en Maybelle.

Aquello duró casi tres meses y luego, por alguna razón, Maybelle empezó a cambiar. Me hablaba en los pasillos y todas las mañanas eran mis deberes los que copiaba. A la hora del almuerzo bailé una vez con ella en el gimnasio. Una tarde hice de tripas corazón y me presenté en su casa con un cartón de cigarrillos. Sabía que fumaba en el sótano de las chicas y a veces fuera del instituto, y no quería ofrecerle dulces porque me parecía que eso ya no se llevaba. Estuvo muy amable y me pareció que todo iba a cambiar.

Fue precisamente aquella noche cuando empezaron los problemas. Llegué tarde a casa y Sucker ya se había dormido. Me sentía

demasiado feliz y entusiasmado para encontrar una postura cómoda y seguí despierto mucho tiempo pensando en Maybelle. Luego soñé con ella y me pareció que la besaba. Fue una sorpresa despertarme y encontrarme a oscuras. Me quedé quieto y pasó algún tiempo antes de que me diera cuenta de dónde estaba. El silencio era total y la noche muy oscura.

La voz de Sucker me sobresaltó.

—¿Pete?

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No le contesté y ni siquiera me moví.

—¿Me quieres tanto como si fuera tu hermano, verdad que sí, Pete? Yo no era capaz de superar tantas sorpresas y además aquello era la

realidad y no el otro sueño.

—Siempre me has querido como si fuera tu hermano, ¿verdad que sí? —Claro —le respondí.

Luego me levanté unos minutos. Hacía frío y me alegré de volver a la cama. Sucker se me pegó a la espalda. Yo lo sentía pequeño y cálido y notaba la tibieza de su respiración en el hombro.

—Hicieras lo que hicieses siempre he sabido que me querías.

Yo estaba despierto del todo, pero tenía una extraña confusión mental. Me sentía feliz por lo que había pasado con Maybelle, claro está, pero, al mismo tiempo, algo en Sucker y en su voz cuando dijo aquellas cosas hizo que me fijara. Supongo, de todos modos, que uno entiende mejor a la gente cuando es feliz que cuando está preocupado. Fue como si nunca hubiera pensado de verdad en Sucker hasta entonces. Sentí que siempre me había comportado mezquinamente con él. Una noche, pocas semanas antes, lo había oído llorar en la oscuridad. Dijo que había perdido la escopeta de aire comprimido de otro chico y que no se atrevía a contárselo a nadie. Quería que le dijera lo que debía hacer. Yo tenía sueño, le pedí que me dejara en paz y en vista de que insistía, le di una patada. Era solo una de las cosas que recordaba. Me pareció que Sucker había estado siempre muy solo. Tuve remordimientos.

No sé qué tiene una noche oscura y fría que hace que te sientas muy cerca de alguien con quien duermes. Cuando hablas con él es como si fuerais las únicas personas despiertas en toda la ciudad.

—Eres un chico estupendo, Sucker —le dije.

De pronto me pareció que lo quería más que a nadie entre mis conocidos: más que a ningún otro chico, más que a mis hermanas, más, en cierta manera, que a Maybelle. Tuve una sensación maravillosa y fue como cuando ponen música triste en las películas. Quise demostrarle la buena opinión que tenía de él y resarcirlo por la manera en que lo había tratado hasta entonces.

Conversamos un buen rato aquella noche. Sucker hablaba muy deprisa y era como si hubiera estado durante mucho tiempo acumulando cosas para contármelas. Mencionó que iba a intentar construir una canoa y que los chicos de nuestra calle no lo querían en su equipo de fútbol y no sé

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cuántas cosas más. Yo también le conté algo y era agradable pensar que se tomaba muy en serio todo lo que le decía. Hablé incluso un poco de Maybelle, aunque procuré que pereciera como si fuese ella la que me perseguía. Me hizo preguntas sobre el instituto y cosas por el estilo. Su voz revelaba entusiasmo y siguió hablando muy deprisa como si le faltara tiempo para decir todo lo que se le ocurría. Cuando me quedé dormido aún seguía hablando, y sentía su respiración en el hombro, cálida y próxima.

Durante las dos semanas siguientes vi mucho a Maybelle, que se comportaba como si de verdad yo le interesara un poco. La mitad del tiempo me sentía tan bien que no sabía qué hacer conmigo mismo.

Pero no me olvidé de Sucker. En los cajones de la cómoda guardaba un montón de cosas viejas: guantes de boxeo, libros de Tom Swift y aparejos de pesca de mala calidad. Se lo regalé todo. Tuvimos unas cuantas conversaciones más y fue de verdad como si lo conociera por primera vez. Cuando vi que tenía un corte muy largo en la mejilla supe que había estado haciendo el tonto con mi maquinilla nueva de afeitar, pero no dije nada. Ahora su cara parecía diferente. Su aspecto antes era tímido y como si tuviera miedo de recibir un golpe en la cabeza. Aquella expresión había desaparecido. Su cara, con los ojos muy abiertos, las orejas muy separadas y la boca nunca cerrada del todo, tenía el aire de una persona sorprendida pero a la espera de algo magnífico.

En una ocasión me dispuse incluso a señalárselo a Maybelle y a explicarle que era mi hermano pequeño. Estábamos en el cine por la tarde y ponían una película policíaca. Me había ganado un dólar trabajando para mi padre, y a Sucker le di veinticinco centavos para que se comprara unos dulces o lo que quisiera. Con el resto llevé a Maybelle al cine. Estábamos sentados al fondo y vi entrar a Sucker. Empezó a mirar a la pantalla tan pronto como el encargado le cortó la entrada y bajó por el pasillo tropezando y sin darse cuenta de adónde iba. Empecé a llamar la atención de Maybelle pero no acabé de decidirme. Sucker resultaba un poco absurdo al caminar como un borracho con los ojos clavados en la pantalla. Se limpiaba las gafas con el faldón de la camisa y llevaba los pantalones medio caídos. Siguió adelante hasta llegar a las primeras filas donde de ordinario se sientan los críos. No llegué a señalárselo a Maybelle. Pero me gustó que los dos hubieran visto una película con el dinero que había ganado yo.

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Me parece que las cosas siguieron así alrededor de un mes o seis semanas. Estaba tan contento que no conseguía ponerme a estudiar ni concentrarme en nada. Quería ser amigo de todo el mundo. Había veces en que necesitaba hablar con alguien. Y de ordinario esa persona era Sucker, tan encantado de la vida como yo. Una vez dijo: «Pete, que seas como mi hermano me importa más que ninguna otra cosa en el mundo».

Luego sucedió algo entre Maybelle y yo. No he logrado descubrir qué fue exactamente. Las chicas como ella son difíciles de entender. Empezó a tratarme de otra manera. Al principio no quería creerlo y trataba de pensar que era solo mi imaginación. No parecía alegrarse de verme. A menudo se iba a pasear con un tipo del equipo de fútbol que tiene un descapotable deportivo. El coche era del color del pelo de Maybelle, y después de las clases se marchaba con él, riendo y mirándolo a los ojos. No se me ocurría ninguna manera de evitarlo y me pasaba día y noche pensando en ella. Cuando por fin llegábamos a salir juntos adoptaba una actitud insolente y no me hacía el menor caso. Aquello me llevó a pensar que pasaba algo: me preocupaba que mis zapatos hicieran demasiado ruido al andar o que llevara abierta la bragueta o que le molestaran los granos que tenía en la barbilla. A veces, cuando Maybelle estaba delante, un demonio se apoderaba de mí y ponía gesto duro y llamaba a personas mayores por su apellido sin el «señor» delante y decía groserías. Por la noche me preguntaba qué era lo que me llevaba a hacer todo aquello hasta que el cansancio podía más y me dormía.

Al principio estaba tan preocupado que, sencillamente, me olvidé de Sucker. Luego, más adelante, empezó a sacarme de quicio. Siempre me esperaba hasta que yo volvía del instituto, siempre con aspecto de que tenía algo que decirme o de que quería que yo le contase algo. Me hizo una estantería para revistas en su clase de manualidades y una semana ahorró el dinero del almuerzo y me compró tres paquetes de cigarrillos. No parecía enterarse de que tenía otras cosas en la cabeza y de que no quería perder el tiempo con él. Todas las tardes era lo mismo: Sucker en mi cuarto con la expresión de estar esperando algo. Entonces le decía cualquier cosa o tal vez le contestaba con brusquedad y él acababa por marcharse.

No soy capaz de precisar los momentos y decir que eso sucedió un día y aquello otro al día siguiente. En parte porque estaba tan desorientado que las semanas se confundían unas con otras, me sentía fatal y todo me daba

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lo mismo. No hacíamos ni decíamos nada definitivo. Maybelle seguía paseándose con el tipo del descapotable amarillo y unas veces me sonreía y otras no. Por las tardes iba a los sitios donde pensaba que la encontraría. Y o bien me trataba casi amablemente y yo empezaba a pensar que las cosas se aclararían a la larga y que acabaría por quererme, o se comportaba de tal modo que si no hubiese sido chica habría querido agarrarla por aquel cuellecito suyo tan blanco y estrangularla. Cuanto más avergonzado me sentía por hacer el imbécil más iba tras ella.

Sucker me sacaba de quicio y mi irritación iba en aumento. Me miraba como si de algún modo me culpara de algo, aunque al mismo tiempo supiera que aquello no iba a durar mucho. Crecía muy deprisa y por alguna razón empezó a tartamudear. A veces tenía pesadillas o devolvía el desayuno. Mamá le compró un frasco de aceite de hígado de bacalao.

Luego todo terminó entre Maybelle y yo. La encontré al entrar en el drug store y le pedí una cita. Cuando dijo que no, hice un comentario sarcástico. Me respondió que estaba harta de verme mariposear a su alrededor y que nunca le había importado un pimiento. Así de claro. Me quedé clavado en el sitio y no abrí la boca. Volví muy despacio a casa.

Durante varias tardes no salí de mi cuarto. No quería ir a ningún sitio ni hablar con nadie. Cuando Sucker entraba y me miraba de una manera curiosa le gritaba que se marchara. No quería pensar en Maybelle y me ponía a leer Mecánica popular o tallaba un portacepillos de dientes que estaba haciendo. Me parecía que estaba sacándome a aquella chica de la cabeza francamente bien.

Pero no hay manera de controlar lo que te pasa por la noche. Eso es lo que hizo que las cosas estén como están hoy.

El caso es que pocas noches después de que Maybelle me dijera lo que me dijo volví a soñar con ella. Fue como la primera vez, y le apreté tanto el brazo a Sucker que lo desperté. 2 me buscó la mano.

—Pete, ¿qué te pasa?

De repente me atraganté de rabia; rabia contra mí mismo, contra el sueño y Maybelle y contra Sucker y las demás personas que conocía. Me acordé de las muchas veces que Maybelle me había humillado y de todo lo malo que me había sucedido. Por un segundo me pareció que nadie me iba a querer nunca excepto un pobre diablo como Sucker.

—¿Por qué hemos dejado de ser amigos como antes? ¿Por qué…?

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—¡Cierra la boca, maldita sea! —Aparté las sábanas, me levanté y encendí la luz. Sucker se incorporó en medio de la cama, parpadeando muy asustado.

Tenía algo dentro que me quemaba y no pude evitarlo. Creo que nadie se enfada hasta ese punto más de una vez. Me salieron las palabras antes de que supiera lo que iba a decir. Solo más tarde logré recordar todo lo que dije y entenderlo con claridad.

—¿Por qué no somos amigos? ¡Porque eres el tonto más crédulo que he visto nunca! ¡No le importas a nadie! ¡Y aunque a veces me hayas dado pena y haya tratado de portarme bien contigo no tienes que creer que me importe un rábano un pobre estúpido como tú!

Si le hubiera gritado o le hubiese pegado, habría sido mejor. Pero hablé despacio y como si estuviera muy tranquilo. Sucker tenía la boca medio abierta y dio la sensación de que le había alcanzado un rayo. Se quedó blanco como el papel y empezó a sudarle la frente. Se la secó con el revés de la mano y durante un minuto tuvo el brazo levantado como si estuviera apartando algo.

—No sabes absolutamente nada. ¿Has salido de verdad alguna vez a la calle? ¿Por qué no te buscas una novia y me dejas en paz? ¿En qué clase de mariquita te quieres convertir, si puede saberse?

Yo no sabía lo que iba a decir a continuación. No lo podía evitar ni tampoco era capaz de pensar.

Sucker no se movió. Llevaba una de mis chaquetas de pijama y su cuello resultaba flaco y pequeño. Se le había humedecido el pelo que le caía sobre la frente.

—¿Por qué tienes que estar siempre rondándome? ¿Es que no sabes cuándo estás de más?

Después recordé el cambio en la cara de Sucker. Poco a poco desapareció el aire de desconcierto y cerró la boca. Entornó los ojos y apretó los puños. Nunca había tenido una expresión semejante. Era como si se fuese haciendo mayor segundo a segundo. Le apareció una dureza en la mirada que de ordinario no se ve en un niño. Se le formó una gota de sudor barbilla abajo y no se dio cuenta. Siguió donde estaba, los ojos fijos en mí; no habló, su expresión era dura y no cambió.

—No; no sabes cuándo estás de más. Eres demasiado bobo. Como tu nombre. Un cándido total.

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Era como si se me hubiera reventado algo dentro. Apagué la luz y me senté en la silla junto a la ventana. Me temblaban las piernas y tenía encima tal cansancio que podría haberme puesto a dar gritos. El cuarto estaba frío y oscuro. Me quedé allí mucho tiempo y fumé un pitillo aplastado que había estado guardando. Fuera, el jardín estaba a oscuras y en silencio. Al cabo de un rato oí que Sucker se tumbaba.

Yo ya no estaba furioso, solo cansado. Me pareció horrible haber hablado de aquella manera a un chico que solo tenía doce años. No conseguía asimilarlo. Me dije que tenía que acercarme a él y tratar de arreglarlo. Pero me quedé donde estaba, sintiendo el frío cada vez más, y dejé pasar mucho tiempo. Planeé la manera de solucionar el problema a la mañana siguiente. Luego, tratando de que no sonaran los muelles del colchón, volví a la cama.

Sucker ya se había ido cuando me desperté al otro día. Y más tarde, cuando quise disculparme como me había propuesto, me miró de aquella nueva manera suya tan dura y fui incapaz de abrir la boca.

Todo eso pasó hace dos o tres meses. Desde entonces Sucker ha crecido más deprisa que ninguno de los chavales que conozco. Es casi tan alto como yo y sus huesos se han hecho más pesados y más grandes. Ha dejado de llevar mi ropa vieja y se ha comprado sus primeros pantalones largos, con tirantes de cuero para sostenerlos. Esos no son más que los cambios que se ven a primera vista y que se pueden expresar con palabras.

Nuestro cuarto ha dejado por completo de ser mío. Sucker reúne en casa a todo un grupo de críos y han fundado un club. Cuando no están cavando trincheras en algún solar y peleándose, están en mi habitación. En la puerta hay una chiquillada escrita con mercurocromo que dice: «Pobre del intruso que cruce este umbral», y la firma son unos huesos cruzados y sus iniciales secretas. Han conseguido una radio y todas las tardes ponen su música a todo volumen. En una ocasión, al volver a casa, oí que uno de los chicos decía algo a voz en grito sobre lo que había visto que pasaba en el asiento de atrás del coche de su hermano mayor. Adiviné lo que no llegué a oír. Eso es lo que hacen mi hermano y ella. Es la verdad… metidos en el coche. Por un momento Sucker pareció sorprendido y su cara recuperó su antigua expresión. Luego, sus rasgos volvieron a endurecerse. «Claro, estúpido. Menudo descubrimiento». No se fijaron en mí. Sucker empezó a contarles cómo tenía planeado hacerse trampero en Alaska en un par de años.

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Pero la mayor parte del tiempo está solo y entonces nuestras relaciones son aún peores. Se tumba en la cama con los pantalones largos de pana y los tirantes y se limita a mirarme con esa expresión dura, medio desdeñosa. Jugueteo con las cosas que tengo sobre mi mesa, pero no consigo centrarme a causa de esos ojos suyos. Y el caso es que debo estudiar porque me han suspendido en tres asignaturas este trimestre. Si no apruebo el inglés, no me graduaré el año que viene. No quiero ser un inútil y todo lo que necesito es ponerme a trabajar. Ni Maybelle ni ninguna otra chica me importan un rábano y ahora el único problema son mis relaciones con Sucker. No hablamos nunca, excepto cuando estamos delante de la familia. Ni siquiera me apetece llamarle ya Sucker y, a no ser que me olvide, utilizo Richard, su verdadero nombre. Por la noche no puedo estudiar con él en el cuarto y acabo en el drug store, donde me dedico a fumar y a no hacer nada con los tipos que van allí a perder el tiempo.

Más que nada, lo que quiero es tener de nuevo la conciencia tranquila. Echo de menos la relación divertida y triste que durante un tiempo tuvimos él y yo, y que antes de que sucediera nunca hubiera creído posible. Pero ahora todo es tan distinto que no parece que esté en mi mano arreglarlo. A veces he pensado que si nos desahogásemos con una buena pelea, eso ayudaría. Pero no me puedo pegar con él porque tiene cuatro años menos. Y otra cosa más: a veces esa mirada suya me hace casi creer que, si pudiera, me mataría.

Traducción de José Luis López Muñoz

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El patio de la calle Ochenta, zona oeste

Solo al llegar la primavera empecé a pensar en el tipo que vivía justo en la habitación frente a la mía. Durante todos los meses de invierno el patio que nos separaba estaba oscuro y entre las cuatro paredes de las habitacioncitas que se miraban desde los dos lados existía una sensación de privacidad. Los sonidos se apagaban y parecían muy lejanos, como sucede siempre cuando hace frío y todas las ventanas están cerradas. A menudo nevaba y al mirar fuera lo único que se veía eran los silenciosos copos blancos que caían sobre las paredes grises, las botellas de leche con un cerco de nieve, los recipientes de comida tapados y puestos en los alféizares de las ventanas, y quizá una luz que destacaba en la penumbra como una línea delgada detrás de cortinas cerradas. Durante todo aquel tiempo recuerdo haber tenido solo algunos vislumbres parciales del individuo que vivía frente a mí: sus cabellos rojos a través de los cristales helados de la ventana, la mano que aparecía sobre el alféizar para recuperar la comida, el fogonazo de su rostro tranquilo, somnoliento, cuando miraba hacia el patio. No le prestaba más atención que a cualquier otro de la docena, más o menos, de personas en aquel edificio. No veía nada inusual y no tenía ni idea de que llegaría a pensar en él como lo hice más adelante.

El invierno pasado tuve suficiente quehacer como para mantenerme ocupada sin necesidad de mirar por la ventana. Era mi primer año en la universidad y la primera vez que vivía en Nueva York. Tenía además la obligación de levantarme pronto y de conservar el trabajo a tiempo parcial que me ocupaba por las mañanas. He pensado a menudo que cuando eres una chica de dieciocho años y no te las puedes arreglar para parecer mayor, conseguir trabajo es más difícil que en ninguna otra época de la vida. Quizá diría la misma cosa —puede ser— si tuviera cuarenta. En cualquier caso aquellos meses me parecen ahora la época más dura de

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todas. Tenía que trabajar (o salir a buscar un empleo) por las mañanas, clases por la tarde y estudio y lectura por las noches, todo ello junto con la novedad y extrañeza del sitio donde vivía. Me dominaba una clase peculiar de hambre, hambre de alimentos y también de otras cosas, de la que no conseguía liberarme. Estaba demasiado ocupada para hacer amigos en la universidad y nunca había pasado tanto tiempo sola.

Ya entrada la noche me sentaba junto a la ventana y leía. Un amigo de mi pueblo me enviaba a veces tres o cuatro dólares para que le comprara determinados libros en las librerías de viejo, libros que él no conseguía en la biblioteca municipal. Me pedía las cosas más distintas: desde Crítica de la razón pura o Tertium Organum hasta autores como Marx, Strachey y George Soule. Mi amigo no se puede marchar de casa porque su padre está en el paro y es él quien saca adelante a su familia. Trabaja de mecánico en un garaje. Podría conseguir un empleo de oficinista, pero el sueldo de mecánico es mejor y, tumbado bajo un automóvil con la espalda en el suelo, tiene la oportunidad de pensar y de hacer planes. Antes de mandarle los libros por correo me los estudiaba y, aunque habíamos hablado —con palabras más sencillas— de muchas de las ideas que exponen, a veces encontraba una línea o dos que me precisaban y aseguraban una docena de cosas que solo sabía a medias.

A menudo frases así me emocionaban y hacían que me pasara mucho tiempo mirando por la ventana. Ahora me parece extraño imaginarme allí sola y a mi vecino dormido en su habitación al otro lado del patio sin que yo supiera nada de él ni sintiera el menor interés. El patio estaba oscuro por la noche, con la nieve en el tejado del primer piso, más abajo, como un pozo mudo que nunca se despertaría.

Luego, de manera gradual, empezó a llegar la primavera. No entiendo por qué me di tan poca cuenta de la manera en que las cosas empezaban a cambiar, de que el aire era más templado, de que el sol empezaba a lucir con más fuerza y a iluminar el patio y todas las habitaciones circundantes. Desaparecieron los escasos restos de nieve manchados del color gris del hollín y al mediodía el cielo adquiría un brillante color azul. Me di cuenta de que me podía poner un jersey en lugar del abrigo, de que los ruidos del exterior empezaban a precisarse tanto que me molestaban cuando leía, de que todas las mañanas el sol iluminaba la pared del edificio que tenía enfrente. Pero estaba muy ocupada con mi empleo y con la universidad y con la inquietud que me hacían sentir los libros que leía en mi tiempo

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libre. Solo me di cuenta del gran cambio que se había producido cuando una mañana descubrí que habían apagado la calefacción de nuestro edificio y me puse a mirar por la ventana abierta. Es extraño, pero fue también entonces cuando por primera vez vi con toda claridad a mi vecino pelirrojo.

Estaba en la misma postura que yo, las manos sobre el alféizar, mirando hacia afuera. El sol matutino le daba directamente en la cara y me sorprendió su proximidad y la nitidez con que lo veía. El pelo, resplandeciente con la luz del sol, se le alzaba desde la frente tan rojo y denso como una esponja. Advertí su boca enérgica, y unos hombros rectos y musculosos bajo la chaqueta azul del pijama. Tenía los párpados un poco caídos y por alguna razón eso le daba un aire prudente y meditativo. Mientras lo miraba, se apartó un momento de la ventana y regresó con un par de tiestos que colocó al sol sobre el alféizar. La distancia entre nosotros era tan escasa que veía con claridad sus manos cuadradas y precisas mientras manipulaba las plantas, tocando con cuidado las raíces y la tierra. Tarareaba tres notas una y otra vez, un breve conjunto que tenía más de expresión de bienestar que de melodía. Había algo en él que me hizo pensar que podría quedarme toda la mañana en la ventana mirándolo. Al cabo de un rato alzó una vez más los ojos al cielo, respiró hondo y volvió dentro.

Cuanto más subía la temperatura más cambiaban las cosas. Todos los que teníamos ventanas que daban al patio empezamos a correr las cortinas para que entrara el aire en nuestras habitaciones y a acercar la cama a la ventaba. Cuando ves dormir, vestirse y comer a la gente, tienes la sensación de que los entiendes, incluso aunque no sepas cómo se llaman. Además del pelirrojo había otros inquilinos en los que empecé a fijarme de cuando en cuando.

Estaba la violonchelista cuya habitación hacía ángulo recto con la mía y la pareja joven que vivía encima. Como me pasaba mucho tiempo delante de la ventana no me quedaba otro remedio que ver casi todo lo que les sucedía. Supe que los jóvenes iban a ser padres pronto y que, aunque la mujer no tenía muy buen aspecto, eran muy felices. También sabía de los altibajos de la violonchelista.

Cuando no leía por la noche me ponía a escribir a mi amigo, o pasaba a limpio con la máquina de escribir que me había regalado cuando vine a Nueva York las cosas que se me pasaban por la cabeza. (Mi amigo sabía

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que iba a tener que mecanografiar los trabajos de clase). Las cosas que escribía no tenían la menor importancia, solo se trataba de ideas que me venía bien sacarme de la cabeza. En cada hoja había muchas cosas tachadas y quizá unas pocas frases como esta: fascismo y guerra no pueden durar mucho tiempo porque son muerte y la muerte es el único mal en el mundo; o no está bien que el chico que se sienta a mi lado en Economía haya llevado periódicos bajo el jersey todo el invierno porque no tiene abrigo; o ¿cuáles son las cosas que sé y en las que siempre creeré? Mientras escribía frases así, veía con frecuencia al inquilino de enfrente y era como si estuviera en cierto modo ligado a lo que yo pensaba, como si conociese, quizá, las respuestas a los interrogantes que me preocupaban. Parecía muy tranquilo y muy seguro de sí mismo. Cuando en el patio empezamos a tener problemas no pude por menos de imaginar que era la persona capaz de resolverlos.

Los ensayos de la violonchelista molestaban a todo el mundo, sobre todo a la joven embarazada que vivía encima. Estaba muy nerviosa y daba la impresión de pasarlo muy mal. Tenía el rostro chupado, además del cuerpo deforme, y las manos delicadas como las patitas de un gorrión. La manera en que se peinaba, con el pelo tirante muy pegado a la cabeza, la hacía parecer una niña. A veces, cuando el violonchelo sonaba muy alto, la embarazada, fuera de sí, se inclinaba hacia la habitación de la otra como si estuviera a punto de llamarla para que lo dejara durante un rato. Su marido parecía tan joven como ella y se veía que eran felices. Tenían la cama muy cerca de la ventana y a menudo se sentaban encima a la turca, frente a frente, y hablaban y se reían. En una ocasión estaban sentados así mientras comían unas naranjas y tiraban las cáscaras por la ventana. El viento metió un trozo en la habitación de la violonchelista, que se puso a gritarles que dejaran de ensuciar a los demás con su basura. El joven se echó a reír, lo bastante fuerte como para que le oyera la violonchelista, pero la embarazada dejó sin terminar la media naranja que le quedaba.

Mi vecino pelirrojo estaba en casa la tarde que sucedió aquello. Oyó a la violonchelista y miró durante mucho tiempo a los tres. Había estado sentado, como hacía con frecuencia, en la silla junto a la ventana: en pijama, relajado y sin hacer nada en absoluto. (Cuando regresaba del trabajo era muy raro que volviese a salir). Había algo satisfecho y amable en su rostro y me pareció que quería solucionar la tensión entre las habitaciones. No hizo más que mirar, y ni siquiera se levantó de la silla,

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pero fue esa la sensación que tuve. Me desazona oír que las personas se gritan y aquella noche me sentía cansada y nerviosa. Dejé sobre la mesa el libro de Marx que estaba leyendo y me limité a mirar a mi vecino y a imaginarme su vida.

Creo que la violonchelista se mudó a nuestro edificio hacia primeros de mayo, porque no recuerdo oírla practicar durante el invierno. El sol entraba a raudales en su habitación a última hora de la tarde y revelaba, en la pared, una colección de lo que parecían ser fotografías clavadas con chinchetas. Salía con frecuencia y a veces recibía en casa a un determinado individuo. Al final del día se sentaba frente al patio con el violonchelo, las rodillas bien separadas para abrazar el instrumento, la falda alzada hasta los muslos para que las costuras no se dieran de sí. Su música sonaba áspera y la tocaba sin energía. Parecía caer en una especie de coma cuando trabajaba y su rostro adquiría un aire ligeramente vacuno. Casi siempre tenía medias secándose en la ventana (yo las veía con tanta claridad que puedo contar cómo a veces solo lavaba los pies para ahorrarse el desgaste y las molestias) y algunas mañanas había una baratija atada a la cuerda de la persiana.

A mí me parecía que mi vecino de enfrente entendía a la violonchelista y a todos los demás inquilinos del patio. Tenía la sensación de que nada le sorprendía y de que captaba más que la mayoría. Quizá fuese el aire reservado que le daban los párpados caídos. No estoy segura de cuál era el motivo. Solo sabía que me gustaba observarlo y pensar en él. Por la noche llegaba a su cuarto con una bolsa de papel, sacaba cuidadosamente la cena y se la tomaba. Más tarde se ponía el pijama y hacía ejercicios en la habitación; después, de ordinario, se sentaba sin hacer nada hasta cerca de medianoche. Cuidaba al máximo de las tareas del hogar y el alféizar de su ventana nunca estaba abarrotado. Se ocupaba de sus plantas todas las mañanas, y el sol le iluminaba el rostro, de una palidez saludable. A menudo las regaba con una perilla de goma que se parecía mucho a una jeringa para lavar oídos. Nunca llegué a imaginar a ciencia cierta en qué trabajaba durante el día.

Hacia finales de mayo hubo otro cambio en el patio. El joven cuya esposa estaba encinta dejó de ir a trabajar todos los días. Se adivinaba, por la expresión de sus rostros, que había perdido su empleo. Por las mañanas se quedaba en casa más de lo normal, le servía leche a su mujer de la botella de litro que seguían teniendo en el alféizar de la ventana, y estaba

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pendiente de que se la bebiera toda antes de que tuviera tiempo de agriarse. A veces, por la noche, después de que los demás se hubieran dormido, se oía el murmullo de su conversación. Después de un silencio, el marido decía escúchame con tanta fuerza que bastaba para despertarnos a todos, y luego bajaba el tono y reanudaba en voz baja su imperioso monólogo, dado que su mujer casi nunca decía nada. Su rostro parecía empequeñecerse, y a veces se sentaba en la cama durante horas con la boca medio abierta, como un niño que sueña.

Terminó el semestre en la universidad, pero me quedé en Nueva York porque tenía un trabajo a tiempo parcial y quería asistir a un curso de verano. Como no iba a clase veía a muy poca gente en la calle y pasaba más tiempo en casa. Tuve ocasiones de sobra para darme cuenta de lo que significaba que el marido empezara a presentarse con una botella de leche de medio litro en lugar de un litro entero, y que, finalmente, un día la botella fuese solo de cuarto.

Es difícil explicar cómo te sientes cuando ves a alguien que pasa hambre. Piensen que su habitación estaba solo a unos pocos metros de la mía y que me resultaba imposible no pensar en ellos. Al principio no creía en lo que veía. Esto no es una casa de vecindad en un barrio pobre, me decía. Vivimos en una parte de la ciudad bastante buena, de nivel medio, en la zona oeste de las calles Ochenta. Es cierto que nuestro patio es pequeño, que las habitaciones solo tienen el tamaño suficiente para una cama, un tocador y una mesa, y que estamos casi tan hacinados como en los barrios pobres. Desde la calle, sin embargo, estos edificios tienen buen aspecto; en las dos entradas hay un pequeño vestíbulo con algo semejante a mármol en el suelo, y un ascensor que nos evita subir a pie seis, ocho o diez tramos de escaleras. Desde la calle estos edificios parecen casi lujosos y no es posible que alguien que viva aquí pase hambre. Que les hayan reducido la leche a la cuarta parte de lo que solían recibir —me decía a mí misma— y que a él no lo vea comer (le daba a ella el sándwich que salía a comprar todas las tardes a la hora de la cena) no prueba que pasen hambre. Que la chica esté sentada todo el día, sin interesarse por nada excepto los alféizares de las ventanas donde algunos de nosotros ponemos la fruta, se debe a que va a tener un hijo muy pronto y eso es algo que se sale de lo corriente. Que él camine de un lado a otro del cuarto y le grite a veces a su mujer, con sensación de que la voz se le atraganta, no es más que su mal genio.

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Después de razonar conmigo misma de esa manera, siempre miraba a mi vecino pelirrojo. No es fácil explicar la fe que tenía en él. No sé qué es lo que podría haber esperado que hiciera, pero el sentimiento existía. Había renunciado a leer cuando volvía a casa y a menudo me limitaba a observarlo durante horas. Cuando nuestras miradas se cruzaban uno de los dos apartaba los ojos. Háganse cargo de que todos los vecinos del patio nos veíamos dormir y vestirnos y cómo pasábamos nuestras horas de ocio, pero no nos hablábamos nunca. Estábamos lo bastante cerca para tirarnos comida de una ventana a otra, lo bastante cerca para que una sola metralleta pudiera habernos matado a todos en un abrir y cerrar de ojos. Pero seguíamos comportándonos como desconocidos.

Al cabo de unos días la pareja joven ya no tenía botella de leche en el alféizar, ni grande ni pequeña, y él se quedaba en casa todo el día, con unas ojeras muy marcadas y la boca convertida en una afilada línea recta. Se le oía hablar en la cama todas las noches, empezando con su escúchame a voz en grito. De todo el patio, tan solo la violonchelista no llegó a manifestar con algún gesto, por insignificante que fuera, que no sentía la tensión.

Su habitación estaba inmediatamente debajo, de manera que probablemente no les había visto nunca la cara. Ahora ensayaba menos de lo habitual y salía más. El amigo que he mencionado estaba en su cuarto casi todas las noches. Era atildado como un gatito: pequeño, de cara redonda, piel grasa y grandes ojos almendrados. A veces todo el patio los oía pelearse y de ordinario, al cabo de un rato, se marchaban. Una noche la chelista trajo a casa uno de esos hombres-globo que venden en Broadway: un globo alargado para el cuerpo y otro pequeño y redondo para la cabeza, pintada con una boca sonriente. Era de color verde brillante, las piernas de papel crepé de color rosa y de cartón los pies, muy grandes y negros. Lo colgó de la cuerda de la persiana, donde se columpiaba, giraba lentamente y se le contorsionaban las piernas de papel cada vez que soplaba la brisa.

A finales de junio sentí que no iba a poder seguir mucho más tiempo en el patio. De no ser por mi vecino pelirrojo me habría mudado. Me habría ido antes, incluso, de la noche en que llegamos a la confrontación definitiva. Y es que me era imposible estudiar, no me centraba en nada.

Recuerdo muy bien una noche especialmente calurosa. La chelista y su amigo tenían la luz encendida, y lo mismo la pareja joven. Mi vecino de enfrente, sentado y en pijama, contemplaba el patio. Tenía una botella

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junto a la silla y se la llevaba a la boca de cuando en cuando. Había apoyado los pies en el alféizar y yo le veía los dedos de los pies, torcidos. Cuando hubo bebido una buena cantidad empezó a hablar solo. Yo no oía las palabras, que se mezclaban unas con otras y creaban un sonido uniforme que subía y bajaba. Tenía la sensación, sin embargo, de que podía estar hablando de la gente del patio porque, entre tragos, miraba sucesivamente a todas las ventanas. Era una sensación extraña, algo así como que su discurso podía arreglarnos la vida a todos si éramos capaces de entender sus palabras. Pero por mucho que me esforzara en escuchar, no oía nada de lo que decía. Solo miraba su sólida garganta y su rostro tranquilo que, incluso cuando estaba un poco borracho, no perdía su expresión de sabiduría escondida. No pasó nada. Nunca supe lo que estaba diciendo. Solo me quedó el convencimiento de que si hubiera hablado con voz un poco menos baja yo habría aprendido muchísimo.

Una semana después sucedió lo que hizo que todo acabara. Debían de ser alrededor de las dos de la madrugada cuando me despertó un ruido extraño. La noche estaba oscura y las luces apagadas. El ruido parecía venir del patio y mientras lo escuchaba apenas dejé de temblar. No era un ruido fuerte (no duermo muy bien, ya que de lo contrario no me habría despertado), pero había en él un algo animal, agudo y sin aliento, algo entre un gemido y una exclamación. Se me ocurrió que alguna vez había oído antes un sonido semejante, pero era una cosa demasiado remota para recordarla.

Fui a la ventana y desde allí me pareció que el ruido venía del cuarto de la chelista. No había ninguna luz encendida, el calor era intenso y el cielo estaba oscuro y sin luna. Me quedé allí mirando y, mientras trataba de imaginar cuál podía ser el problema, me llegó un grito desde el apartamento de la pareja joven que no seré capaz de olvidar por muchos años que viva. Era el marido, y las palabras alternaban con sonidos ahogados.

—¡Cállese! ¡Usted, la zorra de ahí abajo, cállese! Es insoportable… Por supuesto supe entonces cuál había sido el ruido. El joven abandonó

la frase a la mitad y en el patio se instaló un silencio de muerte. No hubo ningún chist, que es lo que de ordinario sigue aquí a un ruido nocturno. Se encendieron unas cuantas luces, pero eso fue todo. Me quedé en la ventana, sintiéndome mareada e incapaz de dejar de temblar. Miré hacia la habitación de mi vecino pelirrojo, que, al cabo de unos minutos, encendió

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la luz. Con ojos de sueño examinó todo el patio. Haga algo, haga algo, era lo que me hubiera gustado decirle. Al cabo de un momento se sentó con su pipa junto a la ventana y apagó la luz. Incluso cuando todos los demás parecían ya dormir de nuevo, persistía aún el olor a su tabaco en la oscuridad caliente del patio.

Después de aquella noche empezaron los cambios que han llevado a la situación actual. La pareja joven se mudó y su habitación quedó vacía. Ni mi vecino pelirrojo ni yo pasábamos tanto tiempo en casa como antes. No volví a ver al atildado amigo de la chelista y ella ensayaba con terrible energía, apretando mucho el arco contra las cuerdas. Muy temprano por la mañana, cuando recogía las medias y el sujetador que había puesto a secar, casi los arrancaba de la cuerda antes de volverse de espaldas a la ventana. El hombre-globo todavía colgaba de la persiana, balanceándose lentamente en el aire, sonriente y de color verde brillante.

Y ayer mi vecino pelirrojo también se marchó para siempre. Estamos a final de verano, la época en que, de ordinario, la gente se muda. Lo vi empaquetar todas sus pertenencias y traté de olvidarme de que nunca lo vería de nuevo. Pensé en que yo volvería pronto a la universidad y en la lista de lecturas que me iba a preparar. Lo observé como a un completo desconocido. Parecía más contento de lo que había estado en mucho tiempo, tarareó una breve melodía mientras hacía el equipaje, y estuvo acariciando un rato las plantas que tenía en el alféizar antes de retirarlas. Un momento antes de marcharse se colocó delante de la ventana para echar una última ojeada al patio. El resplandor exterior no le hizo guiñar los ojos, pero bajó los párpados casi hasta cerrarlos y el sol creó una nube de luz en torno a su pelo brillante que semejó una especie de aureola.

Hoy, esta noche, he pensado mucho en mi vecino. Una vez empecé a escribir sobre él a mi amigo el que trabaja de mecánico, pero al final lo dejé. Sin duda sería demasiado difícil explicarle a alguien, incluso a mi amigo, qué era lo que me pasaba. Cuando me pongo a pensar resulta que hay demasiadas cosas sobre él que no sé: su nombre, en qué trabaja, incluso su nacionalidad. Nunca llegó a hacer nada relacionado con el patio, y ni siquiera sé exactamente qué era lo que yo esperaba que hiciera. Por lo que se refiere a la pareja joven, no creo que hubiera podido ayudarles más que yo. Cuando repaso las veces que estuve mirándolo, no recuerdo que nunca hiciera nada fuera de lo corriente. Al describirlo, lo único que destaca es su pelo. En conjunto, podría parecer uno más entre un

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millón de hombres. Pero por extraño que suene, aún tengo la sensación de que hay algo en él que puede cambiar muchas situaciones y arreglarlas. Y una cosa como esa siempre tiene cierto sentido: mientras yo lo sienta así, de algún modo es verdad.

Traducción de José Luis López Muñoz

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Poldi

La lluvia helada que empezó a caer cuando solo le faltaba una manzana para llegar al hotel dejó sin color las luces que se encendían por entonces a lo largo de Broadway. Hans fijó la mirada en el letrero del Colton Arms, escondió unas hojas pautadas bajo el abrigo y apresuró el paso. Al entrar en el sombrío vestíbulo de mármol, su respiración se había convertido en jadeo y la partitura estaba arrugada.

Sonrió distraídamente al rostro que apareció ante él.

—Tercera planta esta vez.

Siempre se adivinaba la opinión del ascensorista sobre los huéspedes permanentes del hotel. Cuando aquellos por los que sentía el máximo respeto salían en sus pisos respectivos mantenía abierta la puerta unos instantes más en actitud untuosa. Hans tuvo que saltar disimuladamente para que la puerta corredera no le pellizcara los talones.

Poldi…

Se detuvo, inseguro, en el corredor mal iluminado. Del fondo le llegó el sonido de un violonchelo que tocaba una serie de frases descendentes que caían una sobre otra sin orden ni concierto, como un puñado de canicas derramándose escaleras abajo. Avanzó hasta la habitación donde sonaba la música y se detuvo un momento delante de la puerta, donde, con una chincheta, estaba clavada una nota escrita con letra temblorosa.

POLDI KLEIN

Se ruega no molestar durante los ensayos

La primera vez que vio aquel escrito, recordó Hans, tenía faltas de ortografía.

La calefacción del hotel apenas calentaba; los pliegues de su abrigo olían a húmedo y dejaban escapar vaharadas de frío. Recostarse sobre el

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radiador, caliente solo a medias, junto a la ventana del fondo, no le proporcionó ningún alivio.

Poldi: ¡he esperado tanto tiempo! ¡Y he recorrido tantas veces este pasillo mientras terminabas, pensando en las palabras que quiero decirte! Gott! Qué preciosa…, como un poema o un lied de Schumann. Empezar así. Poldi…

La mano de Hans se deslizó por el metal oxidado. Cálida, Poldi lo era siempre. ¡Qué no daría por estrecharla entre sus brazos!

Hans, sabes que los otros no han significado nada para mí. Joseph, Nikolay, Harry…, todos los hombres que he conocido. Y este Kurt… solo tres veces no era posible que ella… del que he hablado esta última semana… ¡Bah! No son nada todos ellos.

Hans se dio cuenta de que sus manos habían aplastado la música. Al mirar hacia el suelo vio que la última hoja, violentamente coloreada, estaba húmeda y desteñida, pero que a la partitura no le había pasado nada. Material de mala calidad. Qué se le iba a hacer…

Paseó de un extremo a otro del pasillo, restregándose la frente llena de granos. El violonchelo runruneó hacia las alturas en un confuso arpegio. Aquel concierto, el de Castelnuovo-Tedesco, ¿cuánto tiempo iba a seguir ensayándolo? Hans se detuvo y tendió la mano hacia el picaporte. No; se acordó de la vez que entró y Poldi lo miró…, lo miró y dijo…

La música le bailaba, exuberante, en la cabeza. Los dedos se le movieron mientras trataba de transcribir la partitura orquestal al piano. Ahora Poldi estaría inclinada hacia adelante, las manos deslizándose sobre el mástil.

La luz amarillenta de la ventana dejaba a oscuras la mayor parte del corredor. Con un impulso repentino Hans se arrodilló y trató de ver el interior de la habitación por el ojo de la cerradura.

Solo la pared y el rincón; debía de estar junto a la ventana. Únicamente la pared, con su hilera de fotografías de famosos —Casals; Piatigorsky, el chelista de su país que más le gustaba; Heifetz—, un par de tarjetas del día de san Valentín y felicitaciones de Navidad metidas entre las fotos. Cerca estaba el cuadro llamado Aurora, de la mujer descalza alzando una rosa, con el sucio sombrero de papel rosado que le dieron en el cotillón del último fin de año y que ella había colocado encima.

La música alcanzó un crescendo y concluyó con unos cuantos golpes rápidos. Ach! El último, un cuarto de tono desafinado. Poldi…

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Se puso en pie deprisa y, antes de que el ensayo continuara, llamó a la puerta.

—¿Quién es?

—Yo… Hans.

—Está bien. Pasa.

Iluminada por la luz insuficiente de la ventana que daba al patio y con las piernas muy separadas para sujetar el violonchelo, Poldi alzó las cejas, expectante, y dejó caer el arco al suelo.

Los ojos de Hans se pegaron a los hilos de lluvia en el cristal de la ventana.

—Solo he venido para enseñarte la nueva canción de moda que vamos a tocar esta noche. La que tú sugeriste.

Poldi se tiró de la falda que se le había subido por encima del elástico de la media y el gesto atrajo la mirada de Hans. Las pantorrillas se le marcaban mucho y tenía una pequeña carrera en una media. A Hans los granos de la frente se le enrojecieron todavía más y de nuevo miró furtivamente a la lluvia en la ventana.

—¿Me has oído ensayar desde fuera?

—Sí.

—Dime, Hans, ¿sonaba espiritual, te ha parecido que la música cantaba y que conseguía elevarte a un plano superior?

Tenía la cara encendida y una gota de sudor le descendió por el pequeño surco entre los pechos antes de desaparecer bajo el escote del vestido.

—Sí-í.

—Yo también lo creo. Estoy convencida de que he profundizado mucho en mi manera de tocar durante el último mes. —Se encogió de hombros en un gesto de sinceridad—. La vida me hace esas cosas; me sucede siempre que me pasa algo así. Aunque nunca tanto como ahora. Solo después de sufrir tocas de verdad.

—Eso es lo que dicen.

Poldi lo miró un momento con insistencia, como si esperase una confirmación más enérgica, y luego torció la boca enfurruñada.

—El roce, Hans, me está volviendo loca. Conoces esa cosa en mi de Fauré; el caso es que la partitura repite esa nota una y otra vez y casi me empuja a la bebida. Llego a tenerle miedo al mi, que destaca de una manera terrible. Qué se le va a hacer; aunque la próxima cosa que prepare

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estará probablemente en esa tonalidad… No; eso no serviría de nada. Además, el arreglo costaría un buen pico y tendría que dejarles el violonchelo unos cuantos días y ¿qué usaría yo? ¿Exactamente qué, me lo quieres decir?

Cuando Hans ganara dinero de verdad, Poldi podría tener… —No se nota mucho.

—Es una vergüenza, si quieres saberlo. Gente que toca rematadamente mal tiene buenos violonchelos y yo ni siquiera dispongo de uno decente. No es justo que deba conformarme con un roce como ese. Echa a perder mi manera de tocar… Te lo puede decir cualquiera. ¿Cómo voy a sacar un buen sonido de esa caja de zapatos?

Una frase de la sonata que estaba aprendiendo le entró y salió a Hans de la cabeza. «Poldi…» ¿De qué se trataba ahora? Te quiero te quiero.

—¿Y por qué me molesto de todos modos, con este trabajo miserable que tenemos?

Se levantó con un gesto teatral y apoyó el instrumento en el rincón más cercano. Cuando encendió la lámpara, el brillante círculo de luz provocó sombras que seguían las curvas de su cuerpo.

—Escucha, Hans, estoy tan angustiada que me dan ganas de gritar.

La lluvia salpicaba la ventana. Hans se restregó la frente y vio cómo Poldi iba y venía por el cuarto. De repente se fijó en la carrera de la media y, con un silbido de desagrado, se mojó un dedo con saliva y se inclinó para trasladar la humedad al extremo inferior de la carrera.

—Nadie tiene tantos problemas con las medias como las chelistas. ¿Y para qué? Por una habitación en el hotel y cinco dólares tengo que tocar tres horas de basura todas las noches de la semana. Necesito comprarme dos pares de medias al mes. Y si una noche solo les enjuago los pies, a la parte de arriba se le hacen carreras de todos modos.

Agarró unas medias que colgaban al lado de un sujetador en la ventana y, después de quitarse las que llevaba puestas, empezó a ponerse las nuevas. Tenía unas piernas muy blancas en las que destacaban algunos pelos oscuros. Y venas azules cerca de las rodillas.

—Perdóname, ¿no te importa, verdad que no? Te veo como mi hermano pequeño, en casa de mis padres. Y nos despedirán si bajo a tocar con medias como esas.

Hans se quedó junto a la ventana y examinó la pared del edificio vecino, desdibujada por la lluvia. Justo frente a él, en el alféizar de una

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ventana, había una botella de leche y un bote de mayonesa. Debajo alguien había colgado algo de ropa para secarla y se había olvidado de recogerla; las prendas ondeaban tristemente agitadas por el viento y la lluvia. Hermano pequeño. ¡Lo que le faltaba!

—Y vestidos —continuó Poldi, quejosa—. Todo el tiempo estallan por las costuras porque tienes que separar las rodillas. Pero antes todavía era peor. ¿Me conocías ya cuando todo el mundo llevaba unas faldas muy cortas?, y yo lo pasaba tan mal tratando de ser modesta cuando tocaba, sin perder por ello el estilo. ¿Me conocías entonces?

—No —respondió Hans—. Hace dos años los vestidos eran más o menos como ahora.

—Sí; fue hace dos años cuando nos conocimos, ¿no es cierto? —Estabas con Harry después del con…

—Escucha, Hans. —Se inclinó hacia adelante y lo miró, imperiosa. La tenía tan cerca que su perfume le llegó con fuerza a las ventanas de la nariz—. He estado como loca todo el día. Es por él, ya sabes.

—¿Quién?

—Sabes perfectamente de quién hablo. De él, ¡de Kurt! Hans, me quiere, ¿no te parece?

—Pero, Poldi…, ¿cuántas veces lo has visto? Apenas os conocéis. — Kurt la había dejado plantada en casa de los Levin cuando ella elogiaba su trabajo y…

—¿Qué importa que solo haya estado tres veces con él? Eso tendría que preocuparme a mí. Pero lo que cuenta es cómo me miró y su manera de hablar de mi interpretación. Tiene un alma extraordinaria. Se nota en su música. ¿Has oído alguna vez la sonata Marcha fúnebre de Beethoven tan bien interpretada como aquella noche?

—Estuvo bien…

—Le dijo a la señora Levin que yo tocaba con mucho temperamento.

No era capaz de mirarla; sus ojos grises siguieron enfocados en la lluvia.

—¡Es tan gemütlich! Ein Edel Mensch! Pero, ¿qué posibilidades tengo? ¿Eh, Hans?

—¡Qué sé yo!

—No pongas esa cara tan difícil. ¿Qué harías tú?

Hans trató de sonreír.

—¿Has… has sabido algo de él, te ha telefoneado o te ha escrito?

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—No…, pero estoy segura de que solo es una cuestión de delicadeza.

No quiere que yo me ofenda ni que lo rechace.

—¿No se va a casar con la hija de la señora Levin la primavera próxima?

—Sí. Pero es una equivocación. ¿Qué tiene que ver Kurt con una vaca como esa?

—Pero, Poldi…

Ella se alisó el pelo por detrás, alzando los brazos por encima de la cabeza de manera que sus amplios pechos se tensaron y los músculos de las axilas se marcaron por debajo de la delgada seda del vestido.

—En su concierto, ¿sabes?, tuve la impresión de que estaba tocando solo para mí. Me miró directamente cada vez que saludaba. Esa es la razón de que no respondiera a mi carta; tiene demasiado miedo a herir a alguien y además siempre me puede decir lo que quiera mediante su música.

En el flaco cuello de Hans la marcada nuez subió y bajó mientras tragaba.

—¿Le escribiste?

—Tuve que hacerlo. Una artista no puede contener la cosa más grande que le sucede.

—¿Qué le decías?

—Le dije lo mucho que lo quería; eso fue hace diez días, una semana después de que lo viera en casa de los Levin.

—¿Y no ha contestado?

—No. Pero, ¿es que no te das cuenta de lo que siente? Yo sabía que iba a reaccionar así, de manera que anteayer le mandé otra nota diciéndole que no se preocupara, que seré siempre la misma.

Hans se alisó maquinalmente con los dedos el nacimiento del pelo. —Pero, Poldi…, ha habido tantos…, y eso solo desde que te conozco. —Se levantó y posó un dedo sobre la fotografía inmediata a la de

Casals.

El rostro le sonreía. Los labios eran gruesos y estaban coronados por un bigote oscuro. En el cuello tenía una manchita redonda. Dos años antes Poldi se la había señalado infinidad de veces, explicándole que el sitio donde se colocaba el violín estaba siempre de color rojo furioso. Y contándole además cómo ella se lo acariciaba con el dedo, cómo había decidido llamarlo «Mala Suerte del Violinista» y cómo entre los dos habían acabado por dejarlo en «Mala». Durante unos momentos, Hans se

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quedó mirando aquella marca poco precisa en la fotografía, preguntándose si estaba de verdad en el retratado o era sencillamente consecuencia de las muchas veces que Poldi le había puesto el dedo encima para mostrárselo.

Los ojos del violinista lo examinaban con mirada penetrante y oscura.

Hans notó que le fallaban las rodillas; volvió a sentarse.

—Dime, Hans, me quiere…, ¿no te parece? ¿No crees que me quiere de verdad, pero está esperando a tener la seguridad de que es el buen momento para responder, verdad que sí?

Una niebla ligera parecía recubrir todos los objetos de la habitación.

—Sí —respondió despacio.

La expresión de Poldi cambió.

—¡Hans!

Se inclinó hacia adelante, estremecido.

—Tienes un aspecto muy raro. Se te mueve la nariz y te tiemblan los labios como si estuvieras a punto de llorar. ¿Qué…?

Poldi…

Una risa repentina se mezcló con el inicio de su pregunta:

—Te pareces a un gatito muy raro que tenía mi papá.

Hans se fue rápidamente hacia la ventana para que Poldi no le viese la cara. La lluvia todavía se deslizaba cristal abajo, plateada, opaca a medias. Se habían encendido las luces del edificio vecino y brillaban suavemente en el atardecer gris. Ach! Hans se mordió el labio. En una de las ventanas parecía que una mujer, alguien como Poldi, estaba en brazos de un hombre alto y fuerte de pelo oscuro. Y en el alféizar de la ventana de enfrente, junto a la botella de leche y al tarro de mayonesa, había un gatito rubio a merced de la lluvia. Despacio, Hans se frotó los ojos con los nudillos huesudos.

Traducción de José Luis López Muñoz

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El aliento del cielo

Su rostro joven y afilado examinó durante algún tiempo, con gesto insatisfecho, el suave azul del cielo que orlaba el horizonte. Luego, con un estremecimiento de la boca, abierta, descansó de nuevo la cabeza sobre la almohada, se inclinó el jipijapa sobre los ojos y se quedó inmóvil sobre la tumbona de lona a rayas. Sombras ajedrezadas se agitaban sobre la manta que cubría su delgado cuerpo. En los arbustos de reina de los prados, que a poca distancia multiplicaban sus flores blancas, se oía el zumbido de las abejas.

Constance se adormiló por un momento. La despertó el olor asfixiante de la paja caliente del sombrero y la voz de la señorita Whelan.

—Vamos. Aquí tienes tu leche.

Del aturdimiento provocado por el sueño surgió una pregunta que Constance no se proponía hacer, sobre la que ni siquiera había estado pensando de manera consciente.

—¿Dónde está mi madre?

La señorita Whelan sostenía la botella refulgente en sus manos regordetas. Al verterla, la leche hizo una espuma blanca bajo la luz del sol y adornó el vaso de escarcha cristalina.

—¿Dónde…? —repitió Constance, dejando que la palabra se deslizase con su escasa emisión de aliento.

—En algún sitio con tus hermanos. Mick ha armado un alboroto esta mañana sobre trajes de baño. Imagino que han ido al centro a comprarlos.

¡Qué alto hablaba! Lo bastante alto para destrozar las frágiles floraciones de reina de los prados, de manera que miles de diminutos pétalos caerían flotando, en un mágico caleidoscopio de blancura. Blancura silenciosa. Para que ella solo viera las ramas desnudas, espinosas.

—Apuesto a que tu madre se sorprende cuando te vea aquí fuera.

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—No —susurró Constance, sin saber la razón de su negativa.

—Yo pensaría que sí. Tu primer día al aire libre y todo eso. Por mi parte, no pensaba que fueras a convencer al médico para que te dejara salir. Sobre todo después de lo mal que lo pasaste anoche.

Constance miró fijamente la cara de la enfermera, la amplitud de su cuerpo vestido de blanco, sus manos plácidamente cruzadas sobre el estómago. Y luego de nuevo su cara, tan rosada y rolliza…, ¿por qué no le resultaban incómodos el peso y el color brillante? ¿Por qué no se le caía a veces cansadamente sobre el pecho…?

El odio hizo que le temblaran los labios y que su respiración se hiciera más superficial, más agitada.

Al cabo de un momento dijo:

—Si puedo hacer casi quinientos kilómetros la semana que viene, todo el camino hasta Mountain Heights, supongo que no me hará daño pasar un ratito en mi propio jardín.

La señorita Whelan movió una mano regordeta para apartarle a Constance el pelo de la cara.

—Vamos, vamos —dijo plácidamente—. El aire de allá arriba será la solución. No seas impaciente. Después de una pleuresía has de tomártelo con calma y tener cuidado.

Constance apretó los dientes con fuerza. «No permitas que llore», pensó. «Por favor, no permitas que esta mujer me vuelva a ver nunca cuando estoy llorando. No dejes que me mire ni que me vuelva a tocar. Por favor, no. Nunca jamás».

Cuando la enfermera se alejó con toda su gordura a través del césped y volvió a entrar en la casa, Constance se olvidó de llorar. Vio cómo una brisa alta hacía que las hojas de los robles al otro lado de la calle se agitaran al sol con un brillo plateado. Dejó que el vaso de leche le descansara sobre el pecho, doblando la cabeza ligeramente para tomar un sorbo de cuando en cuando.

Al aire libre otra vez. Bajo el cielo azul. Después de inhalar durante tantas semanas, en febriles respiraciones mezquinas, las paredes amarillas de su cuarto. Después de tener que contemplar el pesado pie de cama de su lecho, sintiendo que se caía y le aplastaba el tórax. Cielo azul. Frescor azul que se podía absorber hasta que toda ella estuviera empapada en su color. Miró hacia lo alto hasta que una humedad caliente se le acumuló en los ojos.

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Tan pronto como se oyó el ruido del coche en el extremo de la calle, Constance reconoció el resoplido del motor y volvió la cabeza hacia la franja de calzada visible desde donde estaba. El automóvil pareció inclinarse peligrosamente en el giro para entrar por la avenida de la casa y luego se detuvo ruidosamente con una sacudida. El cristal de una de las ventanillas posteriores tenía una grieta y lo habían remendado con una fea cinta adhesiva. Por encima asomaba la cabeza de un perro policía, lengua palpitante, cabeza ladeada.

Mick fue la primera en salir, acompañada del perro.

—¡Mira, mamá! —exclamó con una sana voz infantil que ascendió hasta convertirse casi en grito—. ¡Está fuera!

La señora Lane pisó el césped y miró a su hija sin expresión, pero tensa. Aspiró a fondo el cigarrillo que sostenía entre dedos nerviosos y lanzó al aire grises jirones de humo que se retorcieron al sol. —Vaya… —empezó Constance con voz sin entonación.

—Hola, forastera —dijo la señora Lane con crispada alegría—. ¿Quién te ha dejado salir?

Mick sujetaba al perro que tiraba de la correa.

—¡Mira, mamá! King está tratando de irse con ella. No se ha olvidado de Constance. ¿Ves? La conoce tan bien como a cualquiera… ¿Verdad que sí? Quieto, King, quieto.

—No grites tanto, Mick. Encierra a ese perro en el garaje. Detrás de su madre y de Mick apareció Howard, su rostro de catorce años, lleno de granos, dominado por la timidez.

—Hola, Cons —murmuró después de una pausa de movimientos inconexos—. ¿Qué tal te encuentras?

Verlos a los tres, a la sombra de los robles, hizo, por alguna razón, que a Constance se le acumulara el cansancio que no había sentido apenas desde que saliera al jardín. Sobre todo Mick, que trataba de sujetar a King con sus robustas piernecitas, aferrándose al cuerpo curvado del perro, que parecía dispuesto a saltarle encima a ella en cualquier momento.

—¿Ves, mamá? King…

La señora Lane movió un hombro, nerviosa.

—Mick… Howard, llévate a ese animal ahora mismo, y hazme caso, enciérralo en algún sitio. —Sus manos esbeltas hicieron un gesto impreciso—. En este mismo instante.

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Los niños miraron a Constance de reojo y atravesaron el césped en dirección al porche delantero.

—Bien… —dijo la señora Lane cuando se hubieron marchado—. ¿Te has liado la manta a la cabeza y has salido?

—El médico ha dicho que podía, por fin, y él y la señorita Whelan sacaron esa vieja silla de ruedas del sótano y… me han ayudado.

Las palabras, tantas de una sola vez, la fatigaron. Y cuando jadeó levemente para recobrar el aliento, la tos empezó de nuevo. Se volvió hacia un lado, un pañuelo de papel en la mano, y tosió hasta que el raquítico tallo de hierba en el que había fijado los ojos se grabó indeleblemente, como las grietas en el suelo junto a la cama, en su memoria. Cuando hubo terminado, metió el pañuelo de papel en una caja de cartón junto a la tumbona y miró a su madre, de pie junto al arbusto de reina de los prados, vuelta de espaldas, chamuscando las flores distraídamente con la punta del cigarrillo.

Constance dejó de mirar a su madre para contemplar el cielo azul. Le pareció que tenía que decir algo.

—Me gustaría fumarme un cigarrillo. —Pronunció las palabras despacio, acoplando las sílabas a las dificultades de la respiración.

La señora Lane se volvió. Su boca, cuyas comisuras temblaban ligeramente, se dilató en una sonrisa demasiado alegre.

—¡Eso sí que sería bonito! —Dejó caer el pitillo en la hierba y lo aplastó con el tacón del zapato—. Creo que quizá los suprima yo también durante una temporada. Tengo toda la boca llagada y como peluda, como un gatito sarnoso.

Constance rio débilmente. Cada risa era una pesada carga que la ayudaba a serenarse.

—Madre…

—Sí.

—El médico quería verte esta mañana. Ha dicho que lo llames.

La señora Lane rompió una ramita de reina de los prados y aplastó las flores con los dedos.

—Entraré en casa y hablaré con él. ¿Dónde está la señorita Whelan? ¿Todo lo que hace es sacarte al césped y dejarte sola cuando yo me voy…, a merced de los perros y…?

—No digas eso, madre. Está en casa. Hoy es su tarde libre, acuérdate.

—¿Hoy? Bueno, todavía es por la mañana.

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El susurro salió fuera fácilmente acompañado por la respiración.

—Madre…

—Sí, Constance.

—¿Volverás luego? —Miró en otra dirección mientras lo decía; miró el cielo, de un azul febril, ardiente.

—Si tú quieres, saldré.

Constance vio cómo su madre cruzaba el césped y tomaba el sendero de grava que llevaba a la puerta principal. Caminaba tan a saltos como una marioneta. Cada tobillo huesudo se lanzaba rígidamente delante del otro, los delgados brazos huesudos se balanceaban rígidos, el delicado cuello inclinado hacia un lado.

Constance miró de la leche al cielo y de nuevo a la leche.

—Madre —dijeron sus labios, pero todo lo que se oyó fue un cansado suspiro.

Apenas había empezado a beberse la leche. Dos manchas cremosas bajaban desde el borde del vaso, una junto a otra. Había bebido, por tanto, cuatro veces. Dos en la limpieza reluciente, dos más con un escalofrío y los ojos cerrados. Constance giró el vaso un centímetro y dejó que sus labios se hundieran en una parte que no estaba manchada. La leche se le deslizó fresca y soñolienta garganta abajo.

Cuando la señora Lane regresó, se había puesto los guantes blancos para trabajar en el jardín y llevaba unas ruidosas podaderas oxidadas.

—¿Has telefoneado al doctor Reece?

Las comisuras de la boca de la interpelada se movieron infinitesimalmente como si acabara de tragar.

—Sí.

—¿Y…?

—Piensa que lo mejor es… no retrasar la marcha demasiado. Tanto esperar… Cuanto antes te instales, mejor será.

—¿Cuándo, entonces? —Sintió que le temblaba el pulso en las puntas de los dedos como una abeja en una flor; que vibraba sobre el cristal frío.

—¿Qué te parece pasado mañana?

Notó que su respiración se acortaba hasta convertirse en jadeos calientes, ahogados. Asintió con la cabeza.

Desde la casa llegó el sonido de las voces de Mick y de Howard. Parecían discutir sobre los cinturones de sus trajes de baño. Las palabras de Mick se transformaron en un grito. Y luego los ruidos se calmaron.

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Por eso lloraba casi. Pensaba en el agua, en mirar sus grandes remolinos color de jade, en sentir su frescor en sus extremidades sudorosas, en atravesarla con largas brazadas sin esfuerzo. Agua fresca, del color del cielo.

—¡Me siento tan sucia…!

La señora Lane inmovilizó las podaderas. Sus cejas se alzaron temblorosas sobre las blancas floraciones que sostenía.

—¿Sucia?

—Sí, sí. No me he metido en una bañera desde… hace tres meses. Estoy harta de que solo se me pase una esponja…, y con tacañería…

Su madre se agachó para recoger del césped el envoltorio de un dulce, lo miró desconcertada durante un momento y después lo dejó caer de nuevo en el césped.

—Quiero ir a nadar…, sentir la frialdad del agua. No es justo…, no es justo que no pueda.

—Calla —dijo la señora Lane con un susurro malhumorado—. Calla, Constance. Es absurdo que te preocupes por tonterías.

—Y mi pelo… —Se llevó la mano al nudo grasiento que le sobresalía en la nuca—. No lo he lavado con agua desde… hace meses…, pelo asqueroso que va a acabar por volverme loca. No me importa soportar la pleuresía y los drenajes y la tuberculosis, pero…

La señora Lane apretaba tanto las flores que tenía en la mano que se doblaron sin fuerza unas sobre otras como avergonzadas.

—Calla —repitió con voz apagada—. No hace ninguna falta que te pongas así.

El cielo ardía brillante: llamas azul azabache. Asfixiante y asesino para el aire.

—Quizá si me lo cortara…

Las podaderas se cerraron despacio.

—Escucha, si quieres que lo haga…, supongo que te lo podría cortar. ¿De verdad lo quieres corto?

Constance torció la cabeza y alzó con dificultad una mano para tirar de las horquillas de bronce.

—Sí, muy corto. Quítamelo todo.

Frío y húmedo, el pesado pelo castaño, una vez suelto, colgaba muchos centímetros por debajo de la almohada. Vacilante, la señora Lane se

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inclinó y se apoderó de un mechón. Las hojas de la podadera, con un brillo cegador bajo el sol, empezaron a cortarlo despacio.

Mick apareció de repente por detrás de los arbustos de reina de los prados. Sin otra ropa que el pantalón de baño, brillaba al sol su rollizo tórax de un blanco sedoso. Inmediatamente por encima del redondo estómago de niña se dibujaban dos pequeños michelines.

—¡Mamá! ¿Se lo estás cortando tú?

La señora Lane, con gesto crispado, se quedó mirando el pelo que tenía en la mano.

—Buen trabajo —dijo alegremente—. Sin trasquilones en torno al cuello, espero.

—No —dijo Constance, mirando a su hermana pequeña. La niña extendió una mano abierta.

—Dámelo, mamá. Me servirá para rellenar un precioso almohadoncito para King. Puedo…

—No se te ocurra dejarle que toque esa porquería —dijo Constance sin abrir apenas la boca. Con una mano se revisó los tiesos mechones sueltos en torno al cuello y luego se recostó cansadamente y se puso a arrancar césped.

La señora Lane se agachó, retiró las flores blancas del periódico donde las había colocado, envolvió el pelo y dejó el bulto en el suelo, detrás de la tumbona de la enferma.

—Me lo llevaré cuando entre…

Las abejas zumbaban sobre la cálida quietud. La sombra se había espesado y las manchas oscuras que antes se agitaban junto a los robles estaban inmóviles ya. Constance se bajó la manta de viaje hasta las rodillas.

—¿Le has dicho a papá que me voy a ir tan pronto?

—Sí, le he telefoneado.

—¿A Mountain Heights? —preguntó Mick, mientras se sostenía en equilibrio, primero con una pierna desnuda y luego con la otra.

—Sí, Mick.

—Mamá, ¿no es ahí donde fuisteis a ver al tío Charlie?

—Sí.

—¿No nos mandó desde ahí unos dulces de cacto, hace ya mucho tiempo?

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Arrugas, delgadas y grises como una tela de araña, se extendieron por la piel pálida en torno a la boca y los ojos de la señora Lane.

—No, Mick. Mountain Heights está solo al otro lado de Atlanta.

Aquello era en Arizona.

—Tenían un gusto muy raro —comentó Mick.

La señora Lane empezó de nuevo a cortar las flores con apresurados tijeretazos.

—Me… me parece que oigo aullar a ese perro vuestro en algún sitio.

Ve a ocuparte de él, anda, Mick.

—No oyes a King, mamá. Howard le está enseñando a dar la mano en el porche de atrás. No me obligues a irme, por favor. —Se cubrió con las manos la suave redondez del estómago—. ¡Mira! No has dicho nada sobre mi traje de baño. ¿Verdad que me sienta bien, Constance?

La enferma miró los ansiosos músculos flexionados de la niña que tenía delante y luego volvió a mirar al cielo. Dos palabras se le formaron, inaudibles, en los labios.

—¡Vaya! Tengo que darme prisa y entrar. ¿Sabéis que nos están haciendo caminar por una especie de zanja para que este año no nos duelan los dedos de los pies? ¿Y que han instalado un tobogán nuevo?

—Obedéceme ahora mismo, Mick, y entra en casa.

La niña miró a su madre y echó a andar atravesando el césped. Al alcanzar el sendero que llevaba hasta la puerta hizo una pausa y, protegiéndose de la luz del sol con la mano, se volvió para mirarlas.

—¿Nos iremos pronto? —preguntó, más contenida.

—Sí; coge tus toallas y estate preparada.

Durante varios minutos ni la madre ni la hija dijeron nada. La señora Lane se movía espasmódicamente de los arbustos de reina de los prados a las flores de brillantes colores que bordeaban la entrada para vehículos, asestando precipitados tijeretazos a los capullos, mientras las sombras oscuras de sus pies la perseguían con la rechonchez característica del mediodía. Constance la vigilaba con ojos medio cerrados por el resol, con las huesudas manos sobre la dinamo retumbante y llena de burbujas que era su pecho. Finalmente, dio forma a las palabras con sus labios y las dejó salir:

—¿Voy a ir allí arriba yo sola?

—Por supuesto, cariño. Te subiremos a una bicicleta y te daremos un empujón…

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Constance aplastó con la lengua una cadena de flemas para no tener que escupirla y pensó en repetir la pregunta.

No había más flores que se pudieran cortar. La madre miró de reojo a su hija por encima del ramo que abrazaba, mientras su mano de venas azules cambiaba de posición sobre los tallos.

—Escucha, Constance… El club de jardinería tiene hoy una celebración de algún tipo. Todo el mundo se reúne a almorzar en el club y luego van a ir al jardín de alguien, uno que tiene rocas y plantas alpinas. He pensado que si me llevo a tus hermanos pequeños…, ¿no te importa que vaya, verdad que no?

—No —dijo Constance al cabo de un momento.

—La señorita Whelan ha prometido quedarse. Mañana quizá… Constance pensaba todavía en la pregunta que tenía que repetir, pero

las palabras se le pegaban a la garganta como pegajosas bolitas de mucosidad y le pareció que si trataba de expulsarlas, lloraría. Lo que dijo en cambio, sin motivo especial, fue:

—Preciosas.

—¿Verdad que sí? En especial la reina de los prados, tan grácil y blanca.

—Ni siquiera sabía que hubieran empezado a florecer hasta que he salido.

—¿No lo sabías? Te puse algunas en un jarrón la semana pasada.

—En un jarrón… —murmuró Constance.

—De noche, sobre todo. Es el momento de verlas. Anoche me quedé junto a la ventana…, y estaban iluminadas por la luna. Ya sabes lo blancas que están las flores a la luz de la luna…

De repente Constance alzó sus ojos brillantes hasta los de su madre. —Te oí —dijo, medio acusadoramente—. En el vestíbulo, arriba y

abajo. Tarde. En el cuarto de estar. Y me pareció que oía abrirse y cerrarse la puerta de la calle. Y una vez cuando estaba tosiendo miré por la ventana y me pareció ver un vestido blanco de aquí para allá por el césped como un fantasma…, como un…

—¡Calla! —dijo su madre con una voz tan llena de aristas como un cristal astillado—. Calla. Hablar es tan… agotador.

Era el momento de la pregunta, como si su garganta se hubiera hinchado con sus sílabas ya maduras.

—¿Voy a ir sola a Mountain Heights, o con la señorita Whelan, o…?

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—Voy a ir yo contigo. Te llevaré en el tren. Y me quedaré unos días hasta que te encuentres a gusto.

Su madre estaba de espaldas al sol, y detenía en parte el resplandor, de manera que pudo mirarla a los ojos. Eran del color del cielo con el frescor de la mañana. Ahora la miraban con una extraña quietud, una placidez vacía. Azules como el cielo antes de que el sol lo haya quemado hasta un fulgor gaseoso. Constance la miró con los labios separados, temblorosos, escuchando el ruido que le hacía la respiración.

—Madre…

El final de la palabra quedó ahogado por el primer estallido de tos. Se inclinó hacia un lado de la tumbona, sintiendo los golpes en el pecho como mazazos surgidos de algún lugar desconocido en su interior. Llegaron, uno tras otro, con idéntica fuerza. Y cuando se liberó del último, siempre en sordina, estaba tan cansada que se recostó con entregada flacidez sobre el brazo de la tumbona, preguntándose si tendría alguna vez la fuerza suficiente para alzar la cabeza y superar el mareo que sentía.

Durante el minuto de jadeos que siguió, los ojos que aún tenía delante se dilataron hasta cubrir la inmensidad del cielo. Constance miró, respiró, y se esforzó por mirar de nuevo.

La señora Lane se había dado la vuelta. Pero al cabo de un momento su voz resonó, amargamente llena de vida.

—Hasta luego, corazón… Me marcho ya. La señorita Whelan saldrá dentro de un minuto y será mejor que entres en seguida en casa. Adiós…

Mientras cruzaba el césped, Constance creyó advertir que un leve estremecimiento sacudía los hombros de su madre: un movimiento tan perceptible como el de una copa de cristal a la que se golpea con demasiada fuerza.

La señorita Whelan se mantuvo plácidamente en su línea de visión cuando se marchaban su madre y sus hermanos. Solo llegó a vislumbrar los cuerpos medio desnudos de Howard y de Mick y las toallas con que mutuamente se azotaban alegremente el trasero. Y a King, la boca jadeante asomada por encima del cristal astillado de la ventanilla del coche con su deprimente cinta adhesiva. Pero oyó perfectamente la excesiva aceleración del motor, la violenta protesta de la caja de cambios al salir el coche marcha atrás desde el garaje. E incluso después de que el último sonido del motor se difuminara en el silencio, era como si todavía pudiera ver el blanco rostro de su madre, siempre tenso, inclinado sobre el volante…

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—¿Qué sucede? —preguntó, apacible, la enfermera—. Confío en que no te duela otra vez el costado.

Constance agitó dos veces la cabeza sobre la almohada.

—Ya verás. Una vez que ya estés dentro de casa te encontrarás perfectamente.

Sus manos, tan flácidas y descoloridas como sebo, descendieron sobre la caliente humedad que le corría por las mejillas. Y Constance nadó sin respirar en un azul tan amplio e indiferente como el del cielo.

Traducción de José Luis López Muñoz

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El orfanato

Cómo el Hogar llegó a asociarse con el frasco siniestro pertenece a la lógica fluida de la infancia, porque al comienzo de este episodio yo no debía de tener más allá de siete años. Pero el Hogar, residencia de los huérfanos de nuestra ciudad, quizás fuese en parte responsable debido a su misteriosa fealdad. Era un edificio grande, con techo de dos aguas, pintado de un color verde negruzco, que tenía delante un patio cuidadosamente barrido y totalmente vacío con la excepción de dos magnolios. En el patio, rodeado por una verja de hierro forjado, se veía muy pocas veces a los huérfanos cuando te detenías en la acera para mirar dentro. El patio de atrás, por otro lado, fue para mí durante mucho tiempo un lugar secreto; el Hogar estaba en una esquina, y una alta valla de tablas ocultaba lo que sucedía dentro, pero cuando se pasaba por allí se oía el sonido de voces y en ocasiones el ruido de algo semejante a metales entrechocados. El secreto y los ruidos misteriosos me asustaban mucho. En el camino a casa desde la calle principal del pueblo pasaba a menudo por delante del Hogar con mi abuela, y ahora, en el recuerdo, tengo la sensación de que siempre lo hacíamos al atardecer y en invierno. Los sonidos de detrás de la valla de madera parecían teñidos de amenazas en la luz que se desvanecía, y la puerta de la verja delantera estaba increíblemente fría cuando se la tocaba. La melancolía del patio sin hierba e incluso el resplandor de luces amarillas detrás de ventanas estrechas parecía de algún modo corresponderse con la terrible información que por aquel entonces llegó a mis oídos.

Mi confidente fue una niña llamada Hattie, que debía de tener nueve o diez años. No recuerdo su apellido, pero hay algunos otros datos sobre la tal Hattie que son inolvidables. Para empezar me dijo que George Washington era tío suyo. En otra ocasión me explicó lo que hacía negros a los negros. Si una chica, me dijo, besaba a un chico, se convertía en una

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persona de color y, cuando se casaba, sus hijos también eran negros. Solo los hermanos eran la excepción a aquella regla. Hattie era pequeña para su edad y dentuda, de cabellos rubios grasientos que se sujetaba en la nuca con un pasador enjoyado. Se me había prohibido jugar con ella, quizá porque mi abuela o mis padres advertían un elemento malsano en aquella relación; si mi suposición es correcta, estaban por completo en lo cierto. Yo había besado en una ocasión a Tit, que era mi mejor amigo pero solo primo segundo, de manera que día a día me iba convirtiendo lentamente en una persona de color. Era verano y día a día me ponía más morena. Quizá confiaba en que Hattie, después de haberme revelado aquella terrible transformación, tuviera de algún modo el poder de detenerla. En el doble cautiverio de la culpa y del miedo, yo la seguía por todo el barrio y ella me pedía a menudo monedas de cinco y diez centavos.

Los recuerdos infantiles poseen una extraña cualidad volandera, y zonas de oscuridad rodean los espacios de luz. Los recuerdos de infancia son como velas encendidas en una hectárea de oscuridad, e iluminan escenas inmóviles, separándolas de la negrura circundante. No recuerdo dónde vivía Hattie, pero en cambio un corredor y una habitación de su casa poseen una nitidez asombrosa. Ni tampoco sé cómo sucedió que fui a aquella habitación, pero lo cierto es que estuve allí con Hattie y con mi primo, Tit. Era a última hora de la tarde y la habitación no estaba del todo oscura. Hattie llevaba un vestido indio, con una cinta para el pelo de brillantes plumas rojas y nos había preguntado si sabíamos de dónde venían los bebés. Las plumas indias de su cinta, por alguna razón, me daban miedo.

—Crecen dentro de las señoras —dijo Tit.

—Si juráis que nunca se lo diréis a ningún ser vivo, os enseñaré una cosa.

Debimos de jurar como nos pedía, aunque recuerdo cierta desconfianza y el temor a nuevas revelaciones. Hattie se subió a una silla y bajó algo de la estantería de un armario. Era un frasco, con una cosa extraña y roja dentro.

—¿Sabéis qué es esto? —preguntó.

Lo que había dentro del frasco no se parecía a nada que yo hubiera visto antes. Fue Tit quien preguntó:

—¿Qué es?

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Hattie esperó y en su rostro, debajo de la hilera de plumas, apareció una expresión astuta. Al cabo de unos momentos de suspense, dijo:

—Es un bebé muerto y escabechado.

El silencio en la habitación era completo. Tit y yo nos miramos de reojo horrorizados. No tuve valor para mirar de nuevo, pero Tit contemplaba el frasco con aterrada fascinación.

—¿De quién? —preguntó por fin en voz baja.

—Fíjate en la cabecita roja con la boca. Y las piernecitas rojas, aplastadas debajo. Mi hermano lo trajo a casa cuando estudiaba para ser boticario.

Tit extendió un dedo y tocó el frasco; después se puso la mano detrás de la espalda. Y volvió a preguntar, esta vez nada más que un susurro:

—¿De quién? ¿El bebé de quién?

—Era huérfano —dijo Hattie.

Recuerdo el ruido levísimo de nuestros pasos mientras salíamos de puntillas del cuarto, recuerdo que el corredor estaba oscuro y que al final había una cortina. Ese, por suerte, es mi último recuerdo de la tal Hattie. Pero el huérfano escabechado me obsesionó durante algún tiempo; una vez soñé que la Cosa había salido del frasco y deambulaba por el orfanato y yo estaba encerrada dentro y me estaba buscando… ¿Me creí que en aquella casa melancólica, con tejado de dos aguas, había estanterías llenas de aquellos frascos sobrecogedores? Probablemente sí…, y no. Porque el niño distingue dos capas de realidad: la del mundo, que se acepta como una inmensa confabulación de todos los adultos; y la no reconocida, la escondida y secreta, la profunda. En cualquier caso, seguí yendo muy pegada a mi abuela cuando, a última hora de la tarde, pasábamos junto al Hogar, al volver del centro. Por aquel entonces yo no conocía a ninguno de los huérfanos, dado que iban a la escuela de la calle Tercera.

Tuvieron que pasar varios años antes de que dos sucesos me hicieran entrar en contacto directo con el Hogar. Para entonces me consideraba ya una chica mayor, y había pasado por delante miles de veces, ya fuese a pie, con patines o en bicicleta. El terror había disminuido hasta convertirse en algo así como una peculiar fascinación. Siempre miraba fijamente el edificio al pasar y a veces veía a los huérfanos, que caminaban en formación, aunque con lentitud dominical, hacia la catequesis y los servicios religiosos después, los dos huérfanos de mayor tamaño delante y los dos más pequeños al final. Tenía unos once años cuando se produjeron

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cambios que me acercaron más como espectadora y abrieron una inesperada dimensión novelesca. En primer lugar, a mi abuela la hicieron miembro del Consejo del Orfanato. Eso sucedió en otoño. Luego, al comienzo del trimestre de primavera, los huérfanos se trasladaron al instituto de la calle Diecisiete, al que también iba yo, y tres de ellos estaban conmigo en sexto grado. El traslado se hizo debido a un cambio en los límites de los distritos escolares. A mi abuela la eligieron porque le gustaban los consejos, los comités y las reuniones de asociaciones, y porque había fallecido por entonces un anterior miembro del Consejo del Orfanato.

Mi abuela visitaba el Hogar una vez al mes, aproximadamente, y la acompañé en su segunda visita. Era el mejor momento de la semana, un viernes por la tarde, con la amplitud que daba a aquellas horas la proximidad del fin de semana. La tarde era fría y el sol del crepúsculo provocaba violentos reflejos en los cristales de las ventanas. Dentro, el Hogar era muy distinto de lo que había imaginado. El amplio vestíbulo estaba prácticamente vacío y en las habitaciones no había cortinas, ni alfombras, ni apenas muebles. El calor procedía solo de estufas en el comedor y en la sala común, junto al salón principal. La señora Wesley, la directora del Hogar, era una mujer grande, bastante dura de oído, que mantenía la boca ligeramente abierta cuando conversaba con personas importantes. Siempre parecía faltarle el aliento, y hablaba con acento nasal y voz plácida. Mi abuela había llevado algo de ropa (la señora Wesley lo llamaba prendas), donada por las diferentes iglesias de la ciudad y las dos se encerraron para cambiar impresiones en el frío salón principal. A mí me confiaron a los cuidados de una chica de mi misma edad, llamada Susie, y salimos de inmediato al patio de atrás, el que estaba rodeado por la valla de madera.

Aquella primera visita me resultó incómoda. Chicas de todas las edades jugaban a cosas distintas. Había en el patio una tabla flexible sobre dos soportes que permitía dar saltos, una barra fija y un juego de tejo dibujado en el suelo. La confusión me hizo ver aquel patio lleno de niños como un todo en completo desorden. Una niñita se me acercó para preguntarme qué era mi padre. Y, como tardaba en contestarle, dijo:

—El mío era vigilante de la vía del ferrocarril.

Luego corrió a la barra fija y se colgó de las rodillas: el pelo le cayó recto desde la cara, muy encarnada, y debajo de la falda llevaba unos

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pololos marrones de algodón.

Traducción de José Luis López Muñoz

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El instante de la hora siguiente

Ligeras como sombras, las manos de la mujer le acariciaron la cabeza y luego descansaron plácidamente; las puntas de sus dedos se inmovilizaron sobre las sienes del hombre, latieron con el cálido ritmo lento en el interior del cuerpo masculino, y con sus palmas cubrió su sólido cráneo.

—Vacuidad reverberante —murmuró él, de manera que las sílabas tropezaron pesadamente unas con otras.

Ella miró desde arriba su cuerpo relajado y fuerte que ocupaba toda la longitud del sofá. Un pie —el calcetín arrugado alrededor del tobillo— colgaba lacio sobre el borde. Y mientras ella miraba, su mano delicada abandonó el costado para trasladarse, tambaleante, hasta la boca y tocarse los labios que habían permanecido fruncidos y separados después de pronunciar aquellas palabras.

—Inmensa falsedad —articuló detrás de los dedos exploradores. —Creo que por esta noche ya has hablado bastante, cariño —dijo ella

—. El espectáculo ha terminado y el mono que toca el organillo ha muerto. Habían apagado la calefacción una hora antes y el apartamento

empezaba a quedarse frío. La mujer miró el reloj, cuyas manecillas señalaban la una. De todos modos, pensó, nunca tenían mucho calor a esa hora. Y en todo caso no hay corrientes; algunas opalinas espirales de humo permanecían inmóviles cerca del techo. Meditativamente su mirada pasó de la botella de whisky a las piezas de ajedrez revueltas sobre la mesa de juego; a un libro abierto y boca abajo en el suelo; a una hoja de lechuga que —desde que Marshall la había perdido mientras agitaba su sándwich

— yacía desconsolada en una esquina; y a las desperdigadas colillas y cerillas consumidas.

—Vamos, tápate —dijo con entonación ausente, desdoblando una manta situada en un extremo del sofá—. Te sientan muy mal las corrientes.

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El hombre abrió los ojos y la miró impasible: eran de color azul verdoso, como el jersey que llevaba. Una delicada red de hilillos de color rosa cruzaba el rabillo de uno, lo que por algún motivo le daba la expresión inocente de un conejo de Pascua. Siempre parecía tener bastantes menos de veinte años; con la cabeza recostada en sus rodillas de manera que la garganta se le arqueaba por encima del cuello abierto de la camisa y resultaba especialmente tierna por la suave silueta de vértebras y cartílagos; y con el pelo oscuro surgiendo de la palidez del rostro.

—Majestad vacante…

Al hablar bajó los párpados hasta que los ojos, debajo, quedaron reducidos a una rendija que parecía burlarse de ella. Y ella supo, con un sobresalto repentino, que no estaba tan borracho como fingía.

—No necesitas seguir pontificando —le dijo—. Phillip se ha ido a su casa y solo quedo yo.

—Está en la na… a… aturaleza de la cosas… que semejante punto de vista… vista…

—Se ha ido a casa —repitió ella—. Se cansó de oírte hablar. —Tuvo una imagen pasajera de Phillip inclinándose para recoger las colillas: pequeño, rubio, ágil, de ojos tranquilos—. Ha lavado los platos que hemos manchado y quería incluso barrer el suelo, pero no le he dejado.

—Es… un… —empezó Marshall.

—Viéndote, y viendo lo cansada que estaba yo, se ofreció incluso a desplegar el sofá-cama y a acostarte.

—Un procedimiento muy cuco —dijo Marshall moviendo solo los labios.

—Hice que se marchara. —Recordó por un momento su cara mientras cerraba la puerta entre los dos, el ruido de sus pasos escaleras abajo y el sentimiento, parte de pena por la soledad, parte de afecto, que la invadía siempre cuando escuchaba el ruido de otras personas lanzándose a la noche y alejándose de ellos.

—Oyéndolo…, se diría que lee exclusivamente a G. K. Chesterton y a George Moore —dijo él, dando una ebria entonación a las palabras—. ¿Quién ganó al ajedrez? ¿Él o yo?

—Tú —dijo ella—. Pero jugabas mejor antes de emborracharte. —Borracho… —murmuró Marshall, moviendo el largo cuerpo

relajadamente y cambiando la posición de la cabeza—. ¡Dios santo! Qué huesudas tienes las rodillas. Hue… sudas.

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—Pero tuve el convencimiento de que perdías la partida cuando hiciste aquel movimiento tan estúpido con el peón de la dama. —Pensó en los dedos de los dos suspendidos sobre la tallada precisión de sus piezas, el ceño fruncido, el resplandor de la luz en la botella que tenían al lado.

Marshall cerró de nuevo los ojos, las manos abandonadas sobre el pecho.

—Símil desastroso —murmuró—. Concedo lo de la montaña. Joyce ascendió trabajosamente… De acuerdo…, pero cuando llegó a la cima… cima llegó…

—No aguantas la bebida, cariño… —Colocó la mano sobre el débil ángulo de su barbilla y la dejó allí.

—No estaba dispuesto a decir que el mundo era pla… ano. Durante todo el tiempo era eso lo que decían. Además, los aldeanos podían ir de aquí para allá…, de aquí para allá con sus burros y verlo ellos mismos. Con sus asnos.

—Calla —dijo ella—. Has hablado sobre eso más que suficiente. Te pones con un tema y sigues y sigues ad infinitum. Y no aterrizas en ningún sitio.

—Un cráter… —hizo un ruido ronco al respirar—. Y, por lo menos, después de la inmensidad de su ascensión podía haber esperado… algún maravilloso despliegue de fuego del infierno…, algún…

La mano de la mujer le sujetó la barbilla y se la zarandeó.

—Calla —dijo—. Te oí cuando improvisabas con tanta brillantez sobre eso antes de que Phillip se marchara. Me ha parecido obsceno. Y casi lo había olvidado.

Un conato de sonrisa le cruzó la cara y sus ojos azules, casi cubiertos por los párpados, la miraron.

—¿Obsceno? ¿Por qué tienes que identificarte con esos símbolos… sim…?

—Si hablaras de esa manera con alguien que no fuese Phillip, te… te dejaría.

—Inmensa va… vacuidad —dijo Marshall, cerrando de nuevo los ojos

—. Oquedad mortal. Oquedad, repito. Quizá con las cenizas en el fondo de…

—Calla.

—Un cretino barrigudo que no cesa de retorcerse.

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A la mujer se le ocurrió de pronto que debía de haber bebido más de lo que creía, porque los objetos de la habitación parecían adoptar un extraño aire de sufrimiento. Las colillas daban la sensación de estar demasiado chupadas y mustias. La alfombra, casi nueva, parecía aplastada; y el dibujo, desaparecido a causa de las cenizas. Incluso lo que quedaba del whisky se veía pálido e inmóvil en la botella.

—¿Te sirve de alivio? —preguntó ella con calmosa lentitud—. Espero que en tiempos como estos…

Sintió la rigidez en el cuerpo de Marshall y que, como un niño mal educado, la interrumpía con un repentino estallido de tarareos nada melódicos.

La mujer se zafó de su cabeza y se puso en pie. La habitación parecía haberse hecho más pequeña, más desordenada, más apestosa por el humo y el licor derramado. Brillantes líneas blancas se le entretejieron delante de los ojos.

—Levántate —dijo con voz cansada—. Tengo que sacar la maldita cama y hacerla.

Marshall cruzó las manos sobre el estómago y siguió tumbado, sólidamente inmóvil.

—Eres odioso —dijo ella, abriendo la puerta del armario para sacar las sábanas y las mantas, dobladas en los estantes.

De nuevo encima de él, esperando a que se levantara, la palidez agotada del rostro de Marshall le produjo una punzada de dolor. Al igual que las sombras oscuras que le habían descendido hasta los pómulos y el pulso que siempre le latía con fuerza en el cuello cuando estaba borracho o fatigado.

—Escucha, Marshall, es una barbaridad que nos destrocemos de esta manera. Aunque no tengas que trabajar mañana…, quedan años…, cincuenta quizá…, por delante. —Pero las palabras sonaban falsas y ella misma solo era capaz de pensar en mañana.

Marshall tuvo que hacer esfuerzos para sentarse en el borde del sofá, y cuando lo consiguió, bajó la cabeza para apoyársela en las manos.

—Sí, Pollyanna[2] —murmuró—. Sí, mi querida Pol de la voz ronca…, Pol. Veinte es una edad de verdad encantadora. Demos gracias a Dios.

Las manos de Marshall, que él hundió entre su pelo y que luego cerró, convirtiéndolas en débiles puños, la llenaron de un amor repentino,

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intensísimo. Bruscamente alzó las esquinas de la manta y se la echó a él por encima de los hombros.

—Arriba, vamos. No nos podemos pasar toda la noche haciendo el tonto de esta manera.

—Vacuidad… —dijo Marshall cansinamente, sin acabar de cerrar la boca.

—¿No te encuentras bien?

Ciñéndose la manta, Marshall consiguió ponerse en pie y caminó pesadamente hacia la mesa de juego.

—¿Puede un hombre pensar alguna vez sin que lo llamen obsceno o enfermo o borracho? No. No existe comprensión para el pensamiento. Del pensamiento más profundo en la oscuridad. De opulentos cúmulos. Con sus culos.

La sábana se hinchó al caer por el aire y los curvos remolinos se transformaron en arrugas. Rápidamente la mujer arremetió las esquinas y alisó encima las mantas. Al volverse vio que Marshall, encorvado sobre la mesa de juego, se esforzaba torpemente por mantener en equilibrio a un peón sobre una torre. La manta a cuadros rojos le colgaba de los hombros y caía por detrás de la silla.

Se le ocurrió un comentario inteligente.

—Pareces —dijo— un rey pensativo en una casa de mala nota. —Se sentó en el sofá convertido en cama y se echó a reír.

Al hacer un gesto de enfado, a Marshall se le enredaron las manos con el ajedrez, y varias de las piezas cayeron ruidosamente al suelo.

—De acuerdo —dijo—. Ríete hasta reventar. Así es como se ha hecho siempre.

A ella la risa le agitaba el cuerpo como si todas las fibras de sus músculos hubieran perdido la elasticidad. Cuando terminó, el silencio en la habitación era total.

Al cabo de un momento, Marshall se quitó la manta, que cayó, arrugada, detrás de la silla.

—Está ciego —dijo en voz baja—. Casi ciego.

—Ten cuidado, es probable que haya una corriente. ¿Quién está ciego? —Joyce —dijo.

La mujer se sintió sin fuerzas después de reír y la habitación se le presentó con toda claridad en su dolorosa pequeñez.

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—Ese es el problema contigo, Marshall —dijo—. Cuando te pones así, sigues y sigues hasta que agotas a cualquiera.

La miró resentido.

—Tengo que decir que estás bonita cuando te emborrachas —replicó. —No me emborracho…, no podría aunque quisiera —dijo ella,

sintiendo un dolor que empezaba a pesarle detrás de los ojos. —Qué hay de aquella noche cuando…

—Te lo he contado —dijo ella con frialdad sin separar los dientes—. No estaba borracha. Estaba enferma. Y tú me hiciste salir y…

—Da lo mismo —le interrumpió él—. Eras una cosa digna de verse agarrada a aquella mesa. Da lo mismo. Una mujer enferma…, una mujer borracha…, ¡puf!

Incapaz de reaccionar, la mujer vio cómo se le bajaban los párpados hasta ocultar toda la bondad que había en sus ojos.

—Y una mujer embarazada —dijo—. Por supuesto. Será en algún momento dulce como este cuando vengas a susurrarme al oído con una sonrisa ingenua tu dulce y taimado secreto. Otro encantador pequeño Marshall. ¿No somos estupendos? Mira lo que sabemos hacer. Dios del cielo, qué cosa tan deprimente.

—Te aborrezco —dijo ella, viendo cómo sus manos (que sin duda no eran parte suya) empezaban a temblar—. Estas peleas de borrachos a medianoche…

Al sonreír, la boca de Marshall le pareció que adoptaba la misma apariencia de hendidura rosada que tenían sus ojos.

—Te encanta —susurró él, repentinamente sobrio—. ¿Qué harías si no me emborrachase una vez a la semana, para así manosearme pegajosamente? Y Marshall, cariño, esto y Marshall, aquello otro. Para pasarme por toda la cara tus deditos avariciosos… Sí, por supuesto, me quieres más cuando sufro. Eres… eres…

Mientras se tambaleaba al cruzar la habitación a ella le pareció ver que le temblaban los hombros.

—Vamos, mamá —la provocó él—. ¿Por qué no te ofreces a ayudarme para que no me orine fuera?

Al encerrarse en el baño de un portazo, algunas perchas vacías que colgaban del tirador chocaron entre sí con una larga resonancia metálica.

—Te voy a dejar… —exclamó ella sin convicción cuando cesó el ruido de las perchas. Pero aquellas palabras carecían de significado. Sin

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fuerzas, se sentó en la cama y miró la mustia hoja de lechuga al otro lado de la habitación. La pantalla de la lámpara estaba torcida a causa de un golpe y quedaba peligrosamente pegada a la bombilla, lo que hacía que arrojase un doloroso reguero de claridad a través de la grisura y desorden de la habitación.

—A dejar… —se repitió, todavía pensando en la suciedad que los rodeaba a altas horas de la noche.

Recordó el ruido de los pasos de Phillip mientras bajaba la escalera. Nocturno y hueco. Pensó en la oscuridad exterior y en los fríos árboles desnudos del comienzo de la primavera. Quería imaginarse abandonando el apartamento a aquella hora. Con Phillip tal vez. Pero cuando trató de verle la cara, el cuerpo, pequeño y tranquilo, los contornos eran imprecisos y faltaba la expresión. Solo recordaba la manera en que sus manos se habían metido hasta el fondo rugoso de un vaso con un paño de cocina, algo que había sucedido cuando poco antes la ayudaba a recoger los platos. Y mientras pensaba en seguir aquel sonido hueco, sus pasos se fueron debilitando hasta que solo quedó el silencio de la oscuridad.

Con un estremecimiento se levantó del sofá-cama y se acercó a la botella de whisky sobre la mesa de juego. Las distintas partes de su cuerpo las sentía como pesados apéndices; solo el dolor detrás de los ojos le parecía suyo. Vaciló, la mano en el cuello de la botella. Aquello… o uno de los Alka Seltzer en el cajón de arriba del escritorio. Pero la idea de la tableta blanca retorciéndose en lo alto del vaso, consumida por su propia efervescencia, le pareció del todo deprimente. Además, había la cantidad justa para una última copa. Se sirvió presurosa, notando de nuevo cómo la reluciente convexidad de la botella siempre la engañaba.

El whisky creó un violento camino cálido hasta el estómago, pero el resto de su cuerpo siguió helado. «Maldita sea», susurró, pensando en recoger la hoja de lechuga por la mañana, pensando en el frío de fuera y atenta a cualquier ruido de Marshall en el cuarto de baño. «Maldita sea. Nunca soy capaz de emborracharme como él».

Y mientras contemplaba la botella vacía, tuvo una de las grotescas imágenes que tendían a presentársele a aquella hora. Se vio —junto con Marshall— en el interior de la botella de whisky. Repugnantes en su pequeñez y perfección. Se deslizaban muy enfadados, arriba y abajo, por el frío cristal transparente como simios diminutos. Los vio por un momento, con narices aplastadas y con miradas de nostalgia. Y luego,

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después de sus frenesíes, los vio tumbados en el fondo —pálidos y exhaustos—, con aspecto de rollizos especímenes de laboratorio. Sin nada que decirse el uno al otro.

La enfermó el sonido de la botella al caer en la papelera entre cáscaras de naranja y papeles arrugados y golpear la hojalata del fondo.

—Ah… —dijo Marshall, abriendo la puerta y colocando cuidadosamente un pie fuera del baño—. Ah…, el disfrute más auténtico que le queda al ser humano. En el último momento culminante: mear.

La mujer se recostó en la puerta del armario, apretando la mejilla contra el frío reborde de la madera.

—Mira a ver si puedes desnudarte.

—Ah… —repitió Marshall, sentándose en el sofá-cama que ella había preparado. Sus manos abandonaron la bragueta y empezaron a maniobrar con el cinturón—. Todo menos el cinturón… No se puede dormir con una hebilla clavada en la tripa. Como tus rodillas. Hue… suda.

A ella le pareció que perdería el equilibrio al tratar de quitarse el cinturón de una sola vez (ya había sucedido, recordó, en una ocasión anterior). Lo que Marshall hizo en cambio fue sacarlo despacio, trabilla a trabilla, y cuando hubo terminado, lo colocó cuidadosamente debajo de la cama. Luego la miró. Se le caían las comisuras de la boca, creando hilos grises en la palidez del rostro. Abrió mucho los ojos al mirarla y, por un momento, le pareció que iba a echarse a llorar.

—Oye… —dijo despacio, con toda claridad.

La mujer solo oyó el dificultoso sonido de tragar saliva.

—Oye… —repitió. Y se tapó la cara con las manos.

Despacio, con un ritmo que no era de borrachera, su cuerpo se balanceó de lado a lado. Le temblaban los hombros, cubiertos por el jersey azul.

—Dios Todopoderoso —dijo en voz baja—. Cómo sufro.

La mujer encontró la fuerza para separarse de la puerta, enderezar la pantalla de la lámpara y apagar la luz. En la oscuridad, una curva azul se agitó delante de sus ojos, siguiendo los movimientos del cuerpo de Marshall. Y desde la cama le llegó el sonido de sus zapatos al caer al suelo, el gemido de los muelles al girarse hacia la pared.

Ella se tumbó a oscuras y alzó las mantas: de repente pesadas y frías al tacto. Al cubrir los hombros de Marshall notó que los muelles seguían crujiendo y que su cuerpo se estremecía.

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—Marshall —susurró—. ¿Tienes frío?

—Los escalofríos. Uno de esos malditos escalofríos.

Vagamente la mujer pensó en la botella de agua caliente cuyo tapón había desaparecido y en la lata de café, vacía en la cocina.

—Maldita sea… —repitió con entonación ausente.

Las rodillas de Marshall se acercaron apremiantes a las suyas en la oscuridad y sintió que todo su cuerpo se contraía en un rebujo estremecido. A pesar del cansancio buscó su cabeza y la atrajo hacía sí. Sus dedos acariciaron el hueco en lo alto del cuello, ascendieron por la hirsuta parte afeitada hasta los suaves cabellos en lo alto, y siguieron hasta las sienes, donde de nuevo sintió el latir del pulso.

—Oye… —repitió él, alzando la cabeza para que ella sintiera su respiración en la garganta.

—Sí, Marshall.

Sus manos se cerraron en puños que, tensos, golpearon la cama detrás de los hombros de la mujer. Luego se quedó tan quieto unos momentos que ella se llenó de un miedo extraño.

—Es así… —dijo él con una voz de la que había desaparecido toda inflexión—. El amor que siento por ti, cariño. A veces me parece que…, en algún instante como este…, me destruirá.

Luego ella sintió que sus manos se relajaban para posarse débilmente sobre su espalda, sintió cómo el catarro que había estado incubándose en él durante toda la velada hacía que su cuerpo se estremeciera, sacudido por grandes escalofríos.

—Sí —respiró ella, apretándole el cráneo contra el hueco entre sus pechos—. Sí —dijo tan pronto como las palabras y el gemido de los muelles y el olor rancio a humo en la oscuridad regresaron del lugar a donde, por un momento, todas las cosas se habían retirado.

Traducción de José Luis López Muñoz

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Así

Aunque Marian, mi hermana, tiene dieciocho años y es cinco mayor que yo, estábamos más unidas y nos divertíamos más juntas que la mayoría de las hermanas. Y, más o menos, lo mismo sucedía con Dan, nuestro hermano. En verano íbamos los tres juntos a nadar. De noche, en invierno, era frecuente que jugáramos al bridge de tres o al Michigan, con cinco o diez centavos de apuesta. Los tres nos divertíamos solos más que ninguna de las familias que conozco. Así era siempre hasta que ha pasado esto.

Y tampoco era que Marian se mostrase condescendiente conmigo. Es una chica muy lista y ha leído más libros que nadie entre la gente que yo conozco, profesores incluidos. Pero en el instituto nunca le daba por coquetear, ni por ir en coche con otras chicas y recoger a muchachos ni por aparcar en la heladería y todo ese tipo de cosas. Cuando no estaba leyendo, le gustaba jugar conmigo y con Dan. No era tan mayor como para despreocuparse de las tabletas de chocolate en el frigorífico ni para dormir tranquilamente la noche de Navidad, digamos, como hacen los adultos. En algunas cosas era como si yo misma tuviera más años que ella. Incluso cuando Tuck empezó a venir por casa el verano pasado, fui yo quien le decía a veces que no llevara calcetines cortos porque quizá fueran al centro o quien le insistía para que se depilara el entrecejo como las otras chicas.

Dentro de un año, en junio, Tuck se graduará en la universidad. Es un chico larguirucho, de mirada ávida, y tan inteligente que se paga los estudios gracias a una beca. Empezó a salir con Marian el verano pasado, con el coche familiar cuando se lo dejaban, y se ponía trajes blancos de lino muy bien planchados. Vino mucho en esa época, pero este verano lo ha hecho todavía con más frecuencia: antes de marcharse aparecía todas las noches a ver a mi hermana. No tengo nada contra él.

Las cosas empezaron a cambiar entre nosotras dos hace algún tiempo, aunque no me di cuenta por entonces. Solo este verano, después de cierta

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noche, se me ocurrió por primera vez que quizá podríamos llegar adonde estamos ahora.

Aquella noche era ya tarde cuando me desperté. Al abrir los ojos pensé por un momento que faltaba poco para el amanecer y me asusté al ver que Marian no estaba en su lado de la cama. Pero se trataba solo de la luz de la luna, que brillaba fría y blanca al otro lado de la ventana y hacía que las hojas de roble que bajaban hacia el jardín por delante de la casa parecieran tan negras como la pez y bien separadas unas de otras. Todavía estábamos a primeros de septiembre, pero no sentí ningún calor mirando la luz de la luna. Me tapé con la sábana y recorrí con los ojos las formas oscuras de los muebles en nuestro dormitorio.

Ese verano me había despertado muchas veces de noche. El caso es que Marian y yo siempre hemos compartido la habitación y cuando ella llegaba y encendía la luz para coger el camisón o lo que fuera, me despertaba. A mí me gustaba. Durante las vacaciones de verano no tenía que levantarme pronto para ir al instituto. A veces hablábamos durante mucho tiempo tumbadas en la cama. Me gustaba que me describiera los sitios donde Tuck y ella habían estado o reírme con ella de diferentes cosas. Muchas veces antes de aquella noche Marian me había hablado de Tuck como si yo fuese de su edad, preguntándome si me parecía que debía de haber dicho esto o aquello cuando él venía a casa y a veces me daba un abrazo después. Marian estaba de verdad loca por Tuck. Una vez me dijo: «Es tan encantador… Nunca pensé que pudiera conocer a nadie como él…»

También hablábamos de nuestro hermano. Dan tiene diecisiete años y su idea era empezar el preparatorio para la Politécnica en otoño. Dan se había hecho mayor ese verano. Una noche no apareció hasta las cuatro de la madrugada y con unas copas de más. Papá estuvo de uñas con él la semana siguiente. De manera que se fue de excursión y estuvo acampando con otros chicos unos cuantos días. Solía hablar con Marian y conmigo de motores diésel y de irse a América del Sur y cosas por el estilo, pero ese verano estaba ya muy callado y apenas nos decía nada a ninguno de la familia. Dan es muy alto y tan flaco como un palillo. Ahora tiene bultos en la cara y es torpe y no muy guapo. Sé que a veces pasea solo de noche y que quizá llega hasta los pinares más allá de los límites de nuestro pueblo.

Estaba en la cama pensando en cosas así y preguntándome qué hora era y cuándo aparecería Marian. Aquella noche, después de que mis

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hermanos se marcharan, me había reunido en la esquina con algunos chicos del barrio para tirar piedras a los faroles y tratar de matar algún murciélago. Al principio me daban escalofríos porque me imaginaba que eran vampiros pequeños como los de Drácula. Pero cuando vi que no eran mucho más grandes que una mariposa nocturna me dio igual que los mataran o no. Estaba sentada en la acera, dibujando con un palo en la calle polvorienta, cuando Manan y Tuck pasaron muy despacio en coche. Mi hermana estaba pegada a él. No hablaban ni sonreían: solo iban muy despacio calle adelante, muy juntos, la mirada al frente. Cuando pasaron y

vi quiénes eran, grité: —¡Marian!

El automóvil siguió adelante muy despacio y nadie me respondió. Así

que me quedé en mitad de la calle sintiéndome un poco estúpida, con todos los otros críos a mi alrededor.

Bubber, un niño odioso que vive en otra manzana de nuestra misma calle, se me acercó.

—¿Era tu hermana? —quiso saber.

Le dije que sí.

—Sí que iba pegada a ese chico —comentó.

Me enfadé muchísimo, como me sucede a veces. Me dejé llevar por la indignación y le tiré todas las piedras que tenía en la mano derecha. Bubber es tres años menor que yo y no estuvo bien, pero en primer lugar nunca lo he soportado y además a él le pareció que estaba diciendo una cosa muy divertida sobre Marian. Empezó a agarrarse el cuello y a berrear, y yo los dejé plantados, me volví a casa y me preparé para acostarme.

Cuando me desperté, empecé también a pensar en aquello al cabo de un rato y tenía aún presente al pobre Bubber Davis cuando oí el ruido de un coche que se acercaba a la manzana donde vivimos. Nuestra habitación da a la calle y el jardín que hay en medio es muy estrecho. Se ve y se oye todo lo que pasa en la acera y en la calle. El automóvil pasó con mucha lentitud por delante de la puerta principal y la luz de los faros se deslizó muy blanca y como a cámara lenta por las paredes de nuestro cuarto. Se detuvo en el escritorio de Marian, mostró con toda claridad los libros que estaban allí y medio paquete de chicles. Luego todo quedó de nuevo a oscuras y fuera solo brillaba la luna.

No se abrió la portezuela del coche pero yo les oía hablar. Le oía a él, quiero decir. Pero como lo hacía en voz muy baja, no captaba el

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significado, tan solo que parecía explicarle algo a mi hermana una y otra vez. A Marian no le oí pronunciar ni una palabra.

Aún estaba despierta cuando oí que alguien se apeaba del coche. Marian dijo: «No te bajes». Y luego un portazo y el ruido de los tacones de mi hermana por el caminito hasta la puerta, rápido y ligero, como si corriera.

Mamá la estaba esperando en el pasillo delante de nuestra habitación. Había oído cerrarse la puerta de la calle. Siempre está atenta a cuando llegan Marian y Dan y nunca se duerme hasta que vuelven. A veces me pregunto cómo puede estar tumbada a oscuras durante horas sin dormirse.

—Es la una y media, Marian —dijo—. Tendrías que haber vuelto antes.

Mi hermana no dijo nada.

—¿Lo has pasado bien?

Mamá es así. Me la imagino en el pasillo con el camisón hinchándosele alrededor y dejando ver sus piernas con un blancor de muerto y venas azules marcadas, bastante desarreglada. Mamá queda mejor cuando se viste para salir.

—Sí, lo hemos pasado estupendamente —dijo Marian. Su voz sonaba curiosa, como el piano en el gimnasio del instituto, demasiado alto y agudo. Curiosa, ya digo.

Mamá le estaba haciendo más preguntas. ¿Adónde habían ido? ¿Se habían encontrado con algún conocido? Todas esas cosas. Mamá es así.

—Buenas noches —dijo Marian con aquella voz desafinada.

Abrió muy deprisa la puerta de nuestro cuarto y entró. Me dispuse a hacerle saber que no dormía, pero me callé. Su respiración era agitada y fuerte en la oscuridad y estuvo un buen rato sin moverse. Al cabo de unos minutos buscó a tientas su camisón en el armario y se metió en la cama. Entonces la oí llorar.

—¿Te has peleado con Tuck? —le pregunté.

—No —me respondió. Luego cambió de idea—. Sí, nos hemos peleado.

Si hay una cosa que siempre me da escalofríos es oír llorar a alguien. —Yo que tú no me preocuparía. Seguro que hacéis las paces mañana. La luz de la luna entraba por la ventana y vi que Marian movía la

mandíbula de un lado a otro y miraba al techo. La estuve mirando durante mucho tiempo. La luz de la luna lo enfriaba todo y había una brisa también

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fresca que entraba por la ventana. Me acerqué como hago a veces para abrazarla, pensando que quizá dejara de mover la mandíbula de aquella manera y también de llorar.

Marian temblaba de pies a cabeza. Cuando la toqué saltó como si la hubiera pellizcado, me apartó muy deprisa y me dio patadas en las piernas.

—No —dijo—. Hazme el favor.

Quizás había enloquecido de repente, se me ocurrió. Lloraba más despacio pero con más sentimiento. Me asusté un poco, me levanté y fui un minuto al cuarto de baño. Mientras estaba allí miré por la ventana hacia la esquina de la calle donde está el farol. Entonces vi algo que tuve la seguridad de que a Marian le interesaría.

—¿Sabes? —le dije cuando volví a la cama.

Estaba lo más cerca del borde que podía ponerse, completamente rígida. No me contestó.

—El coche de Tuck está aparcado junto al farol de la esquina. Pegado a la acera. Lo sé por el maletero y los dos neumáticos de atrás. Lo he visto por la ventana del cuarto de baño.

Ni siquiera se movió.

—Debe de estar allí sentado. ¿Qué es lo que os pasa?

No dijo nada.

—No lo he visto, pero probablemente está sentado dentro del coche bajo el farol. Sin hacer nada.

Era como si no le importase o lo hubiera sabido todo el tiempo. Estaba lo más al borde de la cama que podía, las piernas extendidas y rígidas, las manos bien agarradas al borde del colchón y la cabeza sobre un brazo.

Siempre solía dormir despatarrada en mi lado de la cama, de manera que tenía que empujarla cuando hacía calor y a veces encender la luz y trazar una línea en el centro y hacerle ver que de verdad invadía mi lado. Aquella noche no iba a necesitar ninguna raya, pensé. Me sentía mal. Estuve contemplando mucho tiempo la luz de la luna antes de dormirme.

Al día siguiente era domingo y mamá y papá fueron a la iglesia por la mañana porque se cumplían años de la muerte de mi tía. Marian dijo que no se encontraba bien y no se levantó. Dan había salido y me quedé sola, de manera que, como es lógico, fui a nuestra habitación, con Marian. Estaba tan blanca como la almohada y tenía unas ojeras muy grandes. En un lado de la cara le saltaba un músculo como si estuviera masticando. No se había peinado y el pelo le caía sobre la almohada, rojo brillante y

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desordenado, pero bonito. El libro que leía se lo acercaba mucho a la cara. No movió los ojos cuando entré. Me pareció que tampoco los movía por la página.

El calor era espantoso aquella mañana. El sol hacía que todo centellease, de manera que mirar fuera hacía que te dolieran los ojos. En nuestro cuarto el calor era tan intenso que casi se podía tocar el aire con los dedos. Pero Marian se tapaba incluso los hombros con la sábana.

—¿Va a venir Tuck hoy? —le pregunté. Trataba de decir algo que le hiciera alegrarse un poco.

—¡Dios santo! ¿Es que no se puede tener un poco de paz en esta casa? Nunca solía decir cosas hirientes como aquella sin provocación previa.

Cosas hirientes, quizá, pero no malhumoradas.

—Claro —respondí—. No te preocupes, nadie se va a fijar en ti.

Me senté y fingí leer. Cuando se oían pasos por la calle, Marian apretaba el libro con más fuerza y me di cuenta de que escuchaba con toda su alma. Yo distingo con facilidad unos pasos de otros. Sé incluso sin mirar si la persona que pasa es de color o no. En su mayor parte la gente de color hace ruido como de arrastrar los pies. Cuando los pasos se alejaban ya, Marian aflojaba el libro y se mordía los labios. Lo mismo con los coches.

Me daba pena. Decidí allí y entonces que nunca permitiría que una pelea con un chico hiciera que me sintiera tan mal ni que tuviera un aspecto tan horrible como el de ella. Pero quería que mi hermana y yo volviéramos a ser las de antes. Los domingos por la mañana son ya bastante malos de por sí sin necesidad de añadirles otros problemas.

—Tú y yo nos peleamos mucho menos que la mayoría de las hermanas —dije—. Y cuando lo hacemos, se nos pasa en seguida, ¿no es cierto?

Murmuró algo y siguió con la mirada fija en el mismo lugar del libro.

—Eso está bien —dije.

Marian movía ligeramente la cabeza de lado a lado, una y otra vez, pero su expresión no cambiaba.

—Nunca estamos peleadas mucho tiempo como les pasa a las dos hermanas de Bubber Davis…

—No. —Respondió como si estuviera pensando en lo que le acababa de decir.

—Nunca nos hemos peleado tanto, que yo recuerde.

Al cabo de un minuto alzó la vista del libro por primera vez.

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—Yo sí recuerdo una pelea así —dijo de repente.

—¿Cuándo?

Sus ojos parecían verdes sobre la negrura de las ojeras y como si se estuvieran clavando en lo que veían.

—Tuviste que quedarte en casa todas las tardes durante una semana.

Fue hace mucho tiempo.

De pronto me acordé. No había pensado en ello durante mucho tiempo. Me negaba a recordarlo. Cuando Marian lo dijo se me vino todo a la memoria.

Hacía de verdad muchísimo tiempo: Marian tenía unos trece años. Si recuerdo bien, yo era mala e incluso más dura que ahora. A la tía a la que quería más que a todas las demás juntas le nació un hijo muerto y ella se murió. Después del funeral mamá nos explicó a Marian y a mí lo que había pasado. Las cosas nuevas que no me gustan me enfurecen siempre cuando me entero; me enfurecen muchísimo y me asustan.

No era eso de lo que hablaba Marian, sin embargo. Unos cuantos días después de aquello, mi hermana empezó con lo que a las chicas mayores les pasa todos los meses y por supuesto me enteré y me llevé un susto de muerte. Mamá me lo explicó, así como lo que Marian tenía que llevar. Sentí lo que había sentido por la muerte de mi tía, solo que diez veces peor. También vi a Marian de otra manera, y estaba tan enfadada que quería arremeter contra la gente y golpearla.

No lo olvidaré nunca. Marian estaba en nuestro cuarto, delante del espejo del tocador. Cuando me acordé de su cara de entonces me di cuenta de que estaba tan blanca como ahora sobre la almohada, con las mismas ojeras y con el pelo, lustroso, cayéndole por los hombros, aunque más joven.

Yo estaba en la cama, mordiéndome una rodilla con fuerza.

—Se te nota —dije—. ¡Ya lo creo que sí!

Llevaba un suéter y una falda azul plisada y estaba tan flaca toda ella que se le notaba un poco.

—Cualquiera se dará cuenta. Sin hacer ningún esfuerzo. Basta con mirarte y cualquiera se dará cuenta.

En el espejo estaba muy pálida y no se movió.

—Resulta horrible. Yo no seré nunca así. Se nota mucho y todo eso. Marian se echó a llorar y se lo dijo a nuestra madre y añadió que no iba

a ir al instituto ni nada parecido. Estuvo llorando mucho tiempo. Así de

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mala y de dura era yo entonces y aún lo soy a veces. Por eso tuve que quedarme en casa todas las tardes durante una semana hace mucho tiempo…

Tuck se presentó con su coche aquel domingo antes de la hora del almuerzo. Marian se levantó, se vistió a toda velocidad, y ni siquiera se pintó los labios. Dijo que comía fuera de casa. Casi todos los domingos pasábamos el día en familia, de manera que aquello era un poco extraño. No regresaron a casa hasta muy avanzada la tarde. Cuando el coche reapareció los demás estábamos en el porche delantero tomando té helado a causa del calor. Después de que se apearan, papá, que había estado de muy buen humor durante todo el día, insistió en que Tuck se quedara a tomar un vaso de té helado.

Tuck se sentó en el columpio de jardín con Marian, pero no se recostó ni apoyó los talones en el suelo, como si estuviera dispuesto a volver a levantarse en cualquier momento. Se cambiaba el vaso de mano una y otra vez y no paró de iniciar nuevas conversaciones. Marian y él no se miraron excepto de reojo y cuando lo hicieron no era como si estuvieran locos el uno por el otro. Era una mirada extraña. Casi como si tuvieran miedo de algo. Tuck se marchó en seguida.

—Ven a sentarte junto a tu papá, Gatita —dijo nuestro padre. Gatita es como llama cariñosamente a Marian cuando está de muy buen humor. Todavía le gusta mimarnos.

Marian fue a sentarse en el brazo de su sillón. Tan rígida como se había sentado Tuck, apartándose un poco, de manera que el brazo de papá no conseguía rodearle la cintura. Nuestro padre fumaba uno de sus puros y miraba hacia el jardín y los árboles, que empezaban a fundirse en la oscuridad del crepúsculo.

—¿Qué tal le van las cosas a mi chica grande en estos días?

—A papá todavía le gusta abrazarnos cuando está contento y tratarnos, también a Marian, como a niñas pequeñas.

—Bien —respondió ella. Se retorció un poco, como si quisiera levantarse y no supiera cómo hacerlo sin herir sus sentimientos.

—Tuck y tú os lo habéis pasado muy bien este verano, ¿no es cierto, Gatita?

—Sí —dijo ella. Había empezado a mover la mandíbula de un lado para otro. Yo quería decir algo pero no se me ocurría nada.

Papá dijo:

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—Tendrá que volver a la Politécnica más o menos por estas fechas, ¿no es así? ¿Cuánto tiempo le queda?

—Menos de una semana —respondió Marian. Se levantó tan deprisa que le tiró a papá el cigarro que sostenía entre los dedos. Ni siquiera se detuvo a recogerlo, sino que entró muy decidida en casa por la puerta principal. La oí llegar casi corriendo hasta nuestra habitación y el ruido que hizo al encerrarse dentro. Sabía que iba a echarse a llorar.

Hacía más calor que nunca. El jardín empezaba a quedarse a oscuras y el zumbido de las cigarras era tan agudo y continuo que no te dabas cuenta de que lo oías como no pensaras en ello. El cielo tenía un color gris azulado y los árboles en el solar al otro lado de la calle eran sombras oscuras. Me quedé en el porche con papá y mamá y oí cómo hablaban en voz baja aunque sin escuchar lo que decían. Quería ir a nuestro cuarto y hacer compañía a Marian, pero no me atrevía. Quería preguntarle cuál era el problema en realidad. ¿Lo terrible de la pelea con Tuck o que estaba tan loca por él que le entristecía su marcha? Durante un minuto pensé que no era ninguna de las dos cosas. Quería saberlo pero me daba miedo preguntar. De manera que seguí en el porche con las personas mayores. Nunca me he sentido tan sola como aquella noche. Si alguna vez pienso en estar triste, solo tengo que recordar cómo me sentí entonces: allí sentada, mirando las largas sombras azuladas del jardín y sintiendo que era la única hija que le quedaba a la familia y que Marian y Dan estaban muertos o se habían ido para siempre.

Ahora ya es octubre, el sol brilla mucho pero el día es fresco y el cielo tiene el color de mi sortija de turquesas. Dan se ha ido a estudiar a la Politécnica. Tuck también. Pero no es en absoluto como el otoño último. Vuelvo del instituto (ahora voy allí) y Marian quizá está sentada junto a la ventana y lee o escribe a Tuck o mira a la calle sin hacer nada. Está más delgada y a veces su cara me parece la de una persona mayor. O como si algo, de repente, le hubiera sentado mal. Ya no hacemos las cosas que solíamos. El tiempo es estupendo para preparar dulce de leche y tantas otras cosas. Pero Marian se limita a no hacer nada o a dar largos paseos a última hora de la tarde cuando refresca, ella sola. En ocasiones sonríe de una manera que desanima a cualquiera: como si yo fuera una niña ignorante y todo eso. Y más de una vez tengo ganas de llorar o de darle un puñetazo.

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Pero soy tan dura como la que más. Me las puedo arreglar sin nadie si es eso lo que quiere Marian o cualquier otra persona. Me alegro de tener trece años, de llevar calcetines y de hacer lo que me apetece. No quiero crecer más si es para convertirme en otra Manan. Pero no sucederá. Nunca me va a gustar nadie tanto como a Marian le gusta Tuck. Nunca permitiré que ningún chico ni ninguna cosa me hagan comportarme como se comporta ella. Y no voy a perder el tiempo tratando de conseguir que mi hermana vuelva a ser como antes. Me siento sola —es cierto—, pero no me importa. Sé que no hay manera de quedarme en los trece años toda la vida, pero sé que nunca dejaré que nada me cambie en absoluto, sea lo que sea.

Patino y monto en bicicleta y los viernes voy a los partidos de fútbol americano del instituto. Pero cuando una tarde todo el mundo se sentó en el gimnasio del sótano y empezaron a hablar de ciertas cosas —casarse y todo eso— me levanté en seguida para no oírlo y subí y me puse a jugar al baloncesto. Y cuando algunas de las chicas empezaron a decir que se iban a pintar los labios y a ponerse medias dije que yo no lo haría ni por mil dólares.

Ya ven que no seré nunca como Marian ahora. Por supuesto que no.

Cualquiera que me conozca se dará cuenta. Sencillamente no, eso es todo.

No quiero crecer si es para acabar así.

Traducción de José Luis López Muñoz

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Wunderkind

Entró en el cuarto de estar, con la carpeta de la música golpeándole contra las piernas con medias de invierno y el otro brazo caído por el contrapeso de los libros de clase; se quedó quieta un momento escuchando los sonidos que venían del estudio. Una procesión suave de acordes de piano y el afinar de un violín. Luego el señor Bilderbach la llamó con su voz gutural y pastosa:

—¿Eres tú, Bienchen?

Al tirar de sus mitones vio que sus dedos se contraían con los movimientos de la fuga que había estado estudiando esa mañana.

—Sí —contestó—. Soy yo.

—Un momento.

Se oía hablar al señor Lafkowitz; sus palabras se devanaban en un murmullo sedoso e ininteligible. Una voz casi de mujer, pensó, comparada con la del señor Bilderbach. La inquietud dispersó su atención. Manoseó el libro de geometría y Le Voyage de Monsieur Perrichon antes de dejarlos sobre la mesa. Se sentó en el sofá y empezó a sacar de la carpeta sus papeles de música. Se miró otra vez las manos, los tendones palpitantes que bajaban tensos de los nudillos, la herida de un dedo enfundada en una cintita enrollada y sucia. Al verla, se agudizó el miedo que le había empezado a atormentar en los últimos meses.

En voz baja se murmuró a sí misma unas palabras de aliento. Una buena lección, como antes. Cerró los labios cuando oyó el ruido pesado de los pasos del señor Bilderbach atravesando el suelo del estudio y el crujido de la puerta al abrirse.

Por un momento tuvo la extraña sensación de que durante los quince años de su vida, la mayor parte del tiempo se la había pasado mirando el rostro y los hombros que sobresalían ahora por detrás de la puerta, en un silencio que solo rompía el pellizcar asordinado y ausente de una cuerda

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de violín. El señor Bilderbach. Su profesor, el señor Bilderbach. Los ojos vivos detrás de las gafas con cerco de concha, el pelo suave y claro, y, debajo, la cara estrecha; los labios gruesos y cerrados con suavidad, el de abajo rosa y brillante de mordérselo con los dientes; las venas bifurcadas en las sienes latiendo tan claramente que se las podía ver desde el otro lado de la habitación.

—¿No has venido un poco temprano? —le preguntó echando una mirada al reloj de la chimenea, que, desde hacía un mes, señalaba las doce y cinco—. Ahí está Josef. Estamos mirando una sonatina de uno que él conoce.

—Muy bien —dijo ella tratando de sonreír—. La escucharé.

Le parecía ver sus dedos hundiéndose impotentes en una confusión de teclas de piano. Se sintió cansada, sintió que si él la seguía mirando mucho rato le temblarían las manos.

Él se quedó indeciso en mitad de la habitación. Apretó los dientes con fuerza en el labio inferior, hinchado y brillante.

—¿Tienes hambre, Bienchen? —preguntó—. Hay un poco de pastel de manzana que ha hecho Anna, y leche.

—Esperaré a después —dijo ella—. Gracias.

—Cuando termines de dar una clase muy buena, ¿eh? —Su sonrisa pareció desmigarse por las comisuras.

Se oyó un ruido detrás de él en el estudio y el señor Lafkowitz empujó la otra hoja de la puerta y se quedó quieto a su lado.

—¿Qué hay, Frances? —dijo sonriendo—. Y ¿qué tal va el trabajo? Sin quererlo, el señor Lafkowitz la hacía siempre sentirse sin gracia,

desgarbada. Era un hombre pequeñito, de aspecto fatigado cuando no sostenía el violín. Las cejas se curvaban muy altas sobre su cara cetrina de judío, como preguntando algo, pero los párpados se cerraban lánguidos e indiferentes. Hoy tenía un aire distraído. Le miró entrar en la habitación sin propósito visible, sosteniendo el arco con incrustaciones de nácar entre sus dedos tranquilos y haciendo pasar las crines blancas por el pedazo de resina. Hoy tenía los ojos como hendiduras agudas y brillantes y el pañuelo de hilo que le asomaba por el cuello oscurecía sus ojeras.

—Supongo que estás trabajando mucho ahora —sonrió el señor Lafkowitz, aunque ella no había contestado a su pregunta.

Ella miró al señor Bilderbach y él se volvió. Sus hombros pesados empujaron la puerta abriéndola y el último sol de la tarde entró por la

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ventana del estudio, una línea amarilla por el cuarto de estar polvoriento. Detrás de su profesor podía ver el largo piano agazapado, la ventana y el busto de Brahms.

—No —contestó ella a Lafkowitz—, lo estoy haciendo muy mal. — Sus dedos delgados aletearon por las hojas de música—. No sé lo que me pasa —dijo mirando la espalda musculosa e inclinada del señor Bilderbach, que estaba en tensión escuchando.

El señor Lafkowitz sonrió.

—Me parece que hay veces que uno… Sonó en el piano un acorde duro.

—¿No cree que sería mejor que siguiéramos con esto? —preguntó el señor Bilderbach.

—En seguida —dijo Lafkowitz dándole al arco otra pasada antes de dirigirse a la puerta. Pudo verle recoger su violín de encima del piano. Él la vio y bajó el instrumento—. ¿Has visto el retrato de Heime?

Sus dedos se agarraron con fuerza a los bordes agudos de la carpeta.

—¿Qué retrato? —preguntó.

—Uno de Heime en el Musical Courier que está ahí en la mesa. Detrás de la cubierta.

Empezó la sonatina. Discordante, pero de todas maneras sencilla. Vacía, pero con un estilo propio bien cortado. Frances tomó la revista y la abrió.

Ahí estaba Heime, en el ángulo de la izquierda. Sostenía el violín con los dedos curvados hacia abajo sobre las cuerdas, para el pizzicato. Con sus pantalones bombachos oscuros sujetos con cuidado bajo las rodillas y un jersey de cuello alto. Era una foto mala. Aunque estaba de perfil, sus ojos se volvían hacia el fotógrafo y parecía que el dedo iba a equivocarse de cuerda. Parecía sufrir de tenerse que volver hacia el aparato fotográfico. Estaba más delgado (la tripa ya no le sobresalía), pero no había cambiado mucho en estos seis meses. «Heime Israelsky, joven violinista de talento, fotografiado mientras ensaya en el estudio de su profesor en Riverside Drive. El joven maestro Israelsky, que pronto cumplirá quince años, ha sido invitado a tocar el Concierto de Beethoven…»

A ella, esa mañana, después de estudiar de seis a ocho, su padre la había hecho sentarse con la familia a desayunar. Odiaba el desayuno; luego se quedaba como marcada. Prefería esperar y comprarse cuatro barras de chocolate con sus veinte centavos del almuerzo y comérselas

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durante la clase, sacándolas a pedacitos del bolsillo, debajo del pañuelo, y parándose en seco cada vez que el papel de plata hacía ruido. Pero aquella mañana su padre le había puesto un huevo frito en el plato, y sabía que, si se rompía y el amarillo viscoso se escurría sobre el blanco, lloraría. Y había pasado eso. Esa sensación le venía también ahora. Dejó otra vez la revista con cuidado y cerró los ojos.

La música del estudio parecía buscar violentamente y sin gracia ninguna algo que no se podía lograr. Un momento después sus pensamientos se alejaron de Heime y el concierto y la foto, y revolotearon otra vez en torno a la lección. Se tumbó en el sofá hasta que pudo ver bien el estudio: los dos tocando, escudriñando las anotaciones sobre el piano, sacando con afán todo lo que estaba allí escrito.

No podía olvidar el recuerdo de la cara del señor Bilderbach cuando la había mirado un rato antes. Sus manos, que todavía se crispaban inconscientemente con los movimientos de la fuga, se agarraban a sus rodillas huesudas. Cansada, eso es lo que estaba. Y con aquella sensación de hundirse y disolverse en ondas, como la que le venía tan a menudo antes de echarse a dormir por la noche cuando había estudiado demasiado. Como aquellos medio sueños fatigosos que zumbaban y la arrastraban en sus torbellinos.

Una niña prodigio, Wunderkind, Wunderkind. Las sílabas le venían rodando a la manera alemana, le golpeaban contra los oídos y luego se hacían un murmullo. Y con los rostros girando, hinchándose hasta la distorsión, achicándose en pálidas burbujas. El señor Bilderbach, la señora Bilderbach, Heime, el señor Lafkowitz. Dando vueltas y más vueltas en círculo en torno al gutural Wunderkind. Y el señor Bilderbach, enorme en mitad del círculo, su rostro apremiante, y todos los demás a su alrededor.

Frases musicales balanceándose locamente. Notas que había tocado cayendo unas sobre otras como un puñado de canicas escaleras abajo. Bach, Debussy, Prokofiev, Brahms… llevando el compás grotescamente con el último latido de su cuerpo cansado y el círculo zumbante.

Algunas veces, cuando no había estudiado más de tres horas, o no había ido al instituto, los sueños no eran tan confusos. La música se remontaba con claridad en su cabeza y volvían pequeños recuerdos, rápidos y precisos, claros como esa ñoña estampita, La edad de la inocencia, que Heime le había dado al terminar el concierto en que tocaron juntos.

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Wunderkind, Wunderkind. Esto era lo que el señor Bilderbach la había llamado cuando, a los doce años, fue a su estudio por primera vez. Los alumnos mayores lo habían repetido.

No que el señor Bilderbach se lo hubiera dicho nunca a ella. «Bienchen…» (Ella tenía un nombre corriente, pero él lo usaba solamente cuando cometía equivocaciones muy grandes). «Bienchen», solía decir. «Sé que debe de ser terrible llevar todo el tiempo una cabeza tan cargada. Pobre Bienchen…»

El padre del señor Bilderbach fue un violinista holandés. Su madre era de Praga. Él había nacido en esa ciudad y había pasado su juventud en Alemania. ¡Cuántas veces había deseado ella no haber nacido y haberse criado simplemente en Cincinnati! «¿Cómo se dice queso en alemán?, señor Bilderbach». «¿Cómo es en holandés no lo entiendo?»

El primer día vino ella al estudio. Tocó toda la Rapsodia húngara n.º 2 de memoria. El cuarto ensombreciéndose con el crepúsculo. El rostro del señor Bilderbach al encorvarse sobre el piano.

—Ahora empezaremos todo otra vez —dijo aquel primer día—. Esto; tocar música, es algo más que una maña. Que los dedos de una niña de doce años cubran tantas teclas en un segundo, no quiere decir nada. —Se golpeó con su mano grandota el pecho ancho y la frente—: Aquí y aquí. Eres lo bastante mayor para entenderlo. —Encendió un cigarrillo y le sopló bromeando el humo sobre la cabeza—. Trabajar, trabajar, trabajar. Vamos a empezar ahora con estas Invenciones de Bach y estas piezas de Schumann. —Se movieron otra vez sus manos, ahora para tirar de la cadenilla de la lámpara que estaba detrás de ella y señalar la música—. Te voy a enseñar cómo quiero que estudies esto. Escucha con atención.

Había estado al piano casi tres horas y se sentía muy cansada. La voz honda del señor Bilderbach sonaba como si vagase dentro de ella desde hacía mucho tiempo. Quería alcanzar y tocar sus dedos flexibles y musculosos que señalaban las frases; quería sentir el anillo fulgurante y su mano velluda y fuerte.

Tenía clase los martes después del instituto y los sábados por la tarde. Muchas veces se quedaba después de terminar la lección del sábado y cenaba y dormía con ellos y a la mañana siguiente tomaba el tranvía para su casa. La señora Bilderbach la quería a su manera tranquila, casi en silencio. Era muy diferente de su marido. Era pacífica, gorda y lenta. Cuando no estaba en la cocina haciendo alguno de los ricos platos que a

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los dos les gustaban tanto, parecía pasarse todo el tiempo arriba, en su cama, leyendo revistas o, simplemente, mirando a la nada con una semisonrisa. Cuando se casaron en Alemania, ella se dedicaba a cantar lieder. Ya no volvió a cantar (decía que era por la garganta). Cuando el señor Bilderbach iba a la cocina a llamarla para que escuchara a un alumno, sonreía siempre y decía que estaba gut, muy gut.

Cuando Frances tenía trece años, se le ocurrió un día que los Bilderbach no tenían hijos. Le pareció extraño. Una vez estaba con la señora Bilderbach en la cocina cuando llegó del estudio él, en tensión, furioso contra algún alumno que le fastidiaba. Ella siguió batiendo la sopa espesa, hasta que el señor Bilderbach, con su mano, como a tientas, se apoyó en su hombro. Entonces se volvió, con aire plácido, mientras él la abrazaba y escondía su cara seca en la carne blanca y sin nervios de su cuello. Así estuvieron sin moverse. Luego él levantó bruscamente la cara, en la que la ira se había cambiado en una tranquila falta de expresión, y volvió a su estudio.

Desde que había empezado con el señor Bilderbach, no tenía tiempo de ver a la gente del colegio, y Heime había sido el único amigo de su edad. Era alumno del señor Lafkowitz y venía con él a casa del señor Bilderbach las tardes en que ella estaba allí. Oían tocar a sus profesores y, a veces, también ellos dos hacían juntos música de cámara, sonatas de Mozart o Bloch.

Wunderkind, Wunderkind.

Heime era un «niño prodigio». Él y ella luego.

Heime tocaba el violín desde los cuatro años. No tenía que ir al colegio, el hermano del señor Lafkowitz, que era tullido, le enseñaba por las tardes geometría, la historia de Europa y los verbos franceses. A los trece años tenía una técnica como el mejor violinista de Cincinnati, todo el mundo lo decía. Pero tocar el violín debe ser más fácil que el piano. Estaba segura de que lo era.

Heime parecía oler siempre a pantalones de pana, a la comida que había tomado y a resina. Casi siempre, también, tenía las manos sucias alrededor de los nudillos y los puños de la camisa le salían grisáceos por las mangas del jersey. Ella le miraba siempre las manos cuando tocaba: flacas solamente en las articulaciones, con duras burbujitas de carne rebosando encima de las uñas raspadas, y el pliegue, tan niño, que se le notaba en la muñeca arqueada.

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Lo mismo dormida que despierta, podía recordar el concierto solo en una nebulosa. No supo hasta algunos meses después que ella no había tenido éxito. Era verdad que los periódicos habían alabado a Heime más que a ella. Pero él era más pequeño. Cuando estaban de pie, juntos, en el escenario, él le llegaba solo a los hombros. Y eso para la gente hacía mucho, ya se sabe. También había aquello de la sonata que tocaron juntos. La de Bloch.

—No, no. No creo que esto sea lo apropiado —había dicho el señor Bilderbach cuando sugirieron lo de Bloch para finalizar el concierto—. Mejor eso de John Powell, la Sonata virginalesca.

Ella no lo había comprendido entonces; quería que fuera la de Bloch, igual que el señor Lafkowitz y Heime.

El señor Bilderbach había cedido. Después, cuando en las reseñas dijeron que le faltaba temperamento para esa clase de música, después que llamaron a su manera de tocar floja y sin sentimiento, se sintió defraudada. —Eso de oi-oi —dijo el señor Bilderbach dándole con los periódicos

— no es para ti, Bienchen. Deja eso para los Heime, los witzes y los eskis. Una niña prodigio. No importaba qué dijeran los periódicos; eso era lo

que él la había llamado. ¿Por qué Heime lo había hecho mucho mejor que ella en el concierto? En el colegio, a veces, cuando debería estar mirando al que resolvía el problema de geometría en la pizarra, la pregunta se revolvía como un cuchillo dentro de ella. Pensaba en ello en la cama y, a veces, hasta cuando debería estar concentrada en el piano. No era culpa de Bloch ni de que ella no fuera judía; no del todo, por lo menos. ¿Sería que Heime no tenía que ir al colegio y había empezado a tocar tan pequeño? ¿Sería…?

Por fin pensó que ya sabía el porqué.

—Toca la Fantasía y fuga —le había dicho el señor Bilderbach una tarde hacía un año, después de que él y el señor Lafkowitz habían terminado de leer algo de música juntos.

Mientras tocaba, le pareció que Bach le salía bien. Con el rabillo del ojo podía ver la expresión tranquila y contenta del rostro del señor Bilderbach, podía verle levantar las manos de los brazos de la silla en los momentos culminantes y luego dejarlas caer satisfechas, cuando los puntos cumbres de las frases habían salido bien. Ella se levantó del piano al terminar la pieza, tragando como para aflojar las ligaduras que la música parecía haberle atado alrededor de la garganta y del pecho. Pero…

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—Frances —había dicho entonces el señor Lafkowitz, mirándola de pronto con una curva en su boca fina y sus ojos casi cubiertos por sus pestañas delicadas—. ¿Sabes cuántos hijos tenía Bach?

Ella se volvió intrigada:

—Muchos, veintitantos…

—Bien, entonces… —los bordes de su sonrisa se marcaban suavemente en su cara pálida—. Entonces… no podía ser tan frío.

Al señor Bilderbach esto no le gustó; su refulgencia gutural de palabras alemanas parecía dejar oír Kind en alguna parte. El señor Lafkowitz levantó las cejas. Ella se había dado cuenta, pero quiso guardar un rostro inexperto y sin expresión porque era como al señor Bilderbach le gustaba verla.

Pero estas cosas no tenían nada que ver. No importaban mucho por lo menos, porque ya se haría mayor. El señor Bilderbach lo comprendía y, después de todo, tampoco el señor Lafkowitz había dicho en serio lo que dijo.

En sus sueños, el rostro del señor Bilderbach se ensanchaba y se contraía en el centro de un círculo en torbellino, los labios alzándose suavemente, las sienes insistiendo.

Pero, a veces, antes de dormirse, había recuerdos tan claros como cuando se remetió un agujero que tenía en la media para que lo tapara el zapato.

—¡Bienchen, Bienchen! —Y el traer la señora Bilderbach la cesta de la costura enseñándole cómo se zurcía y no eso de apretarlo todo en un montón arrebujado.

Y cuando se examinó de grado medio en el instituto: «¿Qué te vas a poner?», le preguntó la señora Bilderbach el domingo por la mañana, durante el desayuno, cuando ella les contó cómo habían ensayado la entrada en el salón de actos.

—Un traje de noche que se puso el año pasado mi prima.

—¡Ay, Bienchen! —dijo él dando vueltas con sus pesadas manos a la taza de café, mirándola, con pliegues alrededor de sus ojos risueños—. Apuesto a que sé lo que quiere Bienchen…

Él insistió. No le creyó cuando ella le dijo que, de verdad, no le importaba nada.

—Así, Anna —dijo, empujando la servilleta al otro lado de la mesa. Y cruzó la habitación con andares afectados, moviendo las caderas y girando

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los ojos detrás de las gafas de concha.

El sábado siguiente por la tarde, después de la clase, se la llevó a los almacenes de la ciudad. Sus dedos gruesos acariciaban los tejidos finos y los organdíes crujientes que las dependientas sacaban de sus perchas. Le ponía los colores junto a la cara, torciendo la cabeza a un lado, y escogió el rosa. También se acordó de los zapatos. Prefirió unos zapatos blancos de niña. A ella le parecieron un poco de señora vieja, y la etiqueta con la cruz roja en el talón les daba un aire de beneficencia. Pero no importaba. Cuando la señora Bilderbach empezó a acortarlo y a sujetarlo con alfileres, el señor Bilderbach interrumpió la clase para verlo y sugerir fruncidos en las caderas y en el cuello y una rosa de fantasía en el hombro. La música iba saliendo bien. Los trajes y la fiesta de fin de curso y demás no cambiaban nada.

Nada importaba mucho, excepto tocar la música como había que tocarla, haciendo salir lo que tenía dentro, tocando y tocando, hasta que el rostro del señor Bilderbach perdiera algo de su mirada apremiante. Poniendo en la música lo que ponían Myra Hess, Yehudi Menuhin… ¡Incluso Heime!

¿Qué le había empezado a pasar en los últimos cuatro meses? Las notas comenzaban a salir con una entonación muerta y rota. La adolescencia, pensó. Algunos niños prometen tocando y tocan y tocan hasta que, como ella, cualquier bobada les hace llorar. Y se cansan queriendo sacarlo bien, y están anhelando algo; algo extraño iba a pasar. ¡Pero ella no! Ella era como Heime. Tenía que serlo. Ella…

En otro tiempo, era seguro que tenía ese don. Y esas cosas no se pierden. Wunderkind… Wunderkind…, había dicho de ella el señor Bilderbach, arrastrando las palabras a la segura y profunda manera alemana. Y en los sueños más profundamente aún, más cierta que nunca. Con su cara como un espejismo ante ella, y las anhelantes frases musicales mezcladas en el zumbante girar y girar. Wunderkind, Wunderkind…

Aquella tarde, el señor Bilderbach no acompañó al señor Lafkowitz hasta la puerta, como de costumbre. Se quedó en el piano, apretando con suavidad una nota solitaria. Escuchando, Frances mira al violinista enrollarse la bufanda alrededor de la garganta pálida.

—Una buena fotografía de Heime —dijo ella cogiendo sus papeles de música—. Me escribió una carta hace un par de meses contándome que

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había oído a Schnabel y a Hubermann, y sobre el Carnegie Hall y lo que se come en la sala de té rusa.

Para retrasar un poco más su entrada en el estudio, esperó hasta que el señor Lafkowitz se dispuso a marchar y se quedó detrás de él hasta que abrió la puerta. El frío helado de fuera entró cortante en la habitación. Se hacía tarde y el aire estaba teñido del amarillo pálido del atardecer del crepúsculo invernal. Al girar la puerta en los goznes, la casa parecía más oscura y más silenciosa que nunca.

Cuando ella entró en el estudio, el señor Bilderbach se levantó del piano y, en silencio, la miró sentarse al teclado.

—Bueno, Bienchen —dijo—. Esta tarde vamos a empezar otra vez de nuevo. Desde el principio. Olvida estos últimos meses.

Parecía como si tratara de representar un papel en una película. Balanceaba su cuerpo sólido y se frotaba las manos, y hasta sonrió de una manera satisfecha, cinematográfica. Luego, de pronto, dejó esta actitud de manera brusca. Dejó caer sus hombros pesados y empezó a mirar el montón de música que ella había traído.

—Bach… no, todavía no, no —murmuró—. ¿Beethoven? Sí, la Sonata con variaciones, op. 26.

—Las teclas del piano la aprisionaban, tiesas y blancas como muertas. —Espera un momento —dijo él. Estaba de pie, en la curva del piano, apoyado de codos, mirándola—. Hoy espero algo de ti. Esta sonata es la primera sonata de Beethoven que estudiaste. No te falla ni una sola nota técnicamente; no tienes que preocuparte más que de la música. Eso es todo

lo que tienes que pensar.

Recorrió las páginas del tomo hasta que encontró dónde estaba. Luego empujó su silla hasta la mitad de la habitación, le dio la vuelta y se sentó a horcajadas, apoyándose en el respaldo.

Por alguna razón, ella sabía que esta postura de él tenía un buen efecto en su actuación. Pero sentía que hoy iba a verle con el rabillo del ojo y que se distraería. El señor Bilderbach estaba sentado, tieso, con las piernas en tensión. El pesado libro parecía balancearse peligrosamente sobre el respaldo de la silla. «Vamos ya», dijo él lanzando un disparo de sus ojos hacia ella.

Ella curvó las manos sobre las teclas y luego las hundió. Las primeras notas fueron demasiado fuertes, las otras frases siguieron secas. El señor Bilderbach levantó la mano de la música:

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—Espera; piensa un momento en lo que estás tocando. ¿Cómo está marcado este principio?

—An… andante.

—Muy bien. No lo hagas un adagio entonces. Y toca bien en las notas. No las arrastres por encima de esa manera. A ver. Un andante gracioso y expresivo.

Probó otra vez. Sus manos parecían estar separadas de la música que había dentro de ella.

—Escucha —interrumpió él—. ¿Cuál de estas variaciones domina el conjunto?

—La marcha fúnebre.

—Prepárate entonces para ella. Esto es un andante, pero no una pieza de salón según tú la has tocado. Empieza suavemente, piano, y no hagas el crescendo hasta llegar al arpegio. Hazlo cálido y dramático. Y aquí abajo, donde pone dolce, haz cantar a la melodía. Sabes ya todo eso. Ya lo hemos visto todo. Ahora tócalo. Siéntelo como Beethoven lo escribió. Siente esa tragedia y contención.

No podía dejar de mirarle a las manos. Parecían posarse intencionadamente en la música, dispuestas a levantarse en señal de parada tan pronto como ella empezara, con el brillo de su sortija avisándole el alto.

—Señor Bilderbach, puede ser que si yo…, si usted me dejara tocar la primera variación sin pararme, lo haría mejor.

—No te interrumpiré —dijo él.

Agachó demasiado su cara pálida sobre las teclas. Tocó la primera parte y, obedeciendo a una señal de él, empezó la segunda. No había faltas que le molestaran, pero las frases salían de sus dedos antes de que pudiera poner en ellas lo que sentía que quería decir.

Cuando terminó, él levantó la vista de la música y empezó a hablar con calma gris:

—No he oído casi esos acordes de la mano derecha. Y, por cierto, esta parte tendría que ir creciendo en intensidad, desarrollando los temas que tenían que haberse destacado en la primera parte. En fin, pasa a la siguiente.

Quería empezar con una tristeza contenida, para ir llegando paulatinamente a una expresión de dolor hondo, desbordante. Eso era lo

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que le decía la cabeza. Pero las manos parecían pegársele a las teclas como macarrones blandos y no podía imaginar cómo tenía que ser la música.

Cuando cesó de resonar la última nota, el señor Bilderbach cerró el libro y se levantó de la silla poco a poco. Movía la mandíbula inferior de un lado a otro y entre sus labios abiertos se podía ver la pequeña línea roja de la garganta y sus dientes amarillos de tabaco. Dejó el libro de Beethoven sobre el montón de música y apoyó los codos otra vez en el piano negro y suave.

—No —dijo sencillamente, mirándola. La boca de ella empezó a temblar. —No puedo remediarlo. Yo… Repentinamente, él se sonrió.

—Escucha, Bienchen —empezó con una voz suave, forzada—. ¿Tocas todavía El herrero armonioso, no? Te dije que no lo quitaras de tu repertorio.

—Sí —dijo ella—, lo toco de vez en cuando.

Era la voz que él usaba con los niños.

—¿Te acuerdas? Fue de las primeras cosas que tocamos juntos. Lo solías tocar muy fuerte, como si fueras de verdad la hija de un herrero. Ya ves, Bienchen, te conozco tan bien… como si fueras mi propia hija. Sé lo que tienes. Te he oído tocar tan bien… Solías tocar…

Se paró sin saber qué decir y chupó la colilla pulposa de su cigarrillo. El humo salía como adormecido de los rosados labios de él y se enredaba en una niebla gris por los lisos cabellos y la frente infantil de Frances.

—Hazlo sencillo y alegre —dijo él encendiendo la lámpara detrás de ella y alejándose del piano. Se quedó un momento dentro del círculo brillante que hacía la luz. Luego, impulsivamente, se puso casi en cuclillas —. Vigoroso —dijo.

No podía dejar de mirarle, sentado en un talón con el otro pie delante de él para guardar el equilibrio, los músculos de sus fuertes muslos en tensión bajo la tela de los pantalones, la espalda derecha, los codos apoyados sólidamente en las rodillas.

—Ahora, sencillamente —repitió con un gesto de sus manos carnosas —, piensa en el herrero, trabajando todo el día al sol. Trabajando tranquilo y sin que le molesten.

Ella no podía mirar al piano. La luz le iluminaba el vello de sus manos extendidas y hacía brillar los cristales de sus gafas.

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—¡Todo seguido! —ordenó él—. ¡Vamos ya!

Sintió que la médula de sus huesos se vaciaba y que no le quedaba sangre dentro. El corazón, que toda la tarde le había golpeado contra el pecho, lo sintió muerto, lo vio gris, blando y encogido por los bordes como una ostra.

El rostro del señor Bilderbach parecía vibrar en el espacio delante de ella, acercarse al ritmo de las sacudidas de las venas de sus sienes. Evasivamente ella miró al piano. Sus labios temblaban como jalea y una oleada de lágrimas silenciosas hizo que las teclas blancas se le empañaran con una línea aguanosa.

—No puedo —murmuró—. No sé por qué, pero no puedo. No puedo más.

El cuerpo tenso del señor Bilderbach se relajó y poniéndose la mano en el costado se levantó. Ella recogió su música y le pasó por delante corriendo.

Su abrigo. Los mitones. Los chanclos. Los libros del colegio y la cartera que él le había regalado en su cumpleaños. Todo lo que en el cuarto silencioso era suyo. Deprisa, antes de que él hablara.

Al atravesar el vestíbulo no pudo dejar de ver sus manos, colgando del cuerpo, que se apoyaba contra la puerta del estudio, relajado y sin designio. Cerró la puerta con fuerza. Con los libros y la cartera a rastras, bajó tropezándose por las escaleras de piedra, se equivocó de dirección al salir, corrió por la calle que se había vuelto una confusión de ruidos y bicicletas y juegos de otros niños.

Traducción de María Campuzano

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Los extranjeros

En agosto de 1935 un judío viajaba solo en uno de los asientos traseros de un autobús de línea en dirección sur. Caía la tarde y llevaba de viaje desde las cinco de la mañana. Eso quiere decir que había salido de Nueva York al amanecer y, con la excepción de algunas necesarias paradas breves, llevaba muchas horas esperando con paciencia, en su asiento trasero, a llegar a su destino. Quedaba tras él la gran ciudad, aquella maravilla de inmensidad y complicado diseño. Y el judío, que había iniciado a hora tan temprana su viaje, llevaba consigo un último recuerdo de una ciudad extrañamente vacía e irreal. Había caminado solo por las calles desiertas con las primeras luces del día. Hasta donde alcanzaba a ver se alzaban los rascacielos, de color amarillo y malva suave, nítidos y puntiagudos, recortándose como estalagmitas contra el cielo. Había escuchado el sonido tranquilo de sus propios pasos y por primera vez había oído en las calles de aquella ciudad las precisas inflexiones de una sola voz humana. Pero incluso en aquellos momentos persistía la sensación de multitud, la sutil advertencia de la furia estridente de unas horas que llegarían muy pronto, la agitación, el forcejeo constante en torno a las puertas de los vagones del metro, el inmenso rugido de la jornada en la ciudad. Tal era, por tanto, su última impresión del lugar que había dejado atrás. Y ahora, ante él, se presentaba el Sur.

El judío, de unos cincuenta años de edad, era un viajero paciente, de estatura media y apenas por debajo del peso normal. Como la tarde era cálida se había quitado la chaqueta oscura y la había colgado cuidadosamente del respaldo del asiento. Llevaba una camisa azul a rayas y pantalones grises a cuadros. Y con aquellos pantalones más bien gastados se mostraba cuidadoso casi hasta la obsesión, alzándose la tela de las rodillas cada vez que cruzaba las piernas y sacudiéndose con el pañuelo el polvo que entraba por la ventanilla abierta. Aunque no había ningún

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pasajero a su lado, se mantenía siempre dentro de los límites de su asiento. En la rejilla encima de su cabeza descansaban una fiambrera de cartón y un diccionario.

El judío era una persona observadora, y ya había estudiado con interés a cada uno de sus compañeros de viaje. En especial se había fijado en los dos negros que, si bien habían subido al autobús en puntos muy distantes, llevaban toda la tarde hablando y riendo juntos en el asiento de atrás. También contemplaba con interés el paisaje. Tenía un rostro sereno — aquel judío—, frente alta y blanca, ojos oscuros detrás de gafas con montura de concha y una boca pálida, más bien tensa. Y aun tratándose de un viajero paciente, de un hombre de gran compostura, tenía una costumbre molesta. Fumaba sin descanso y mientras lo hacía apretaba despacio el extremo del cigarrillo con el pulgar y el índice, frotándolo y sacando hebras de tabaco, de manera que con frecuencia el pitillo le quedaba tan irregular que se veía obligado a cortar el extremo antes de volvérselo a colocar entre los labios. Sus manos presentaban ligeros endurecimientos en las puntas de los dedos y estaban desarrolladas hasta un estado de delicada perfección muscular: eran manos de pianista.

A las siete acababa de iniciarse el largo atardecer del verano. Después de un día de luz deslumbradora y de calor, el cielo se había suavizado hasta alcanzar un tranquilo azul verdoso. El autobús recorría una polvorienta carretera sin asfaltar con muchas curvas, flanqueada por anchos algodonales. Fue allí donde se hizo una parada para recoger a un nuevo pasajero, un joven que llevaba una maleta barata de hojalata recién estrenada. Después de un momento de incómoda vacilación, se sentó al lado del judío.

—Buenas tardes, señor.

El judío sonrió —porque el joven tenía un rostro agradable, tostado por el sol— y respondió al saludo con voz suave y un acento no muy marcado. Durante algún tiempo fueron las únicas palabras que intercambiaron. El judío miraba por la ventanilla y el joven lo miraba tímidamente a él por el rabillo del ojo. Luego el judío tomó la fiambrera que estaba en la rejilla encima de su cabeza y se preparó para cenar. Dentro del recipiente había un sándwich de pan de centeno y dos tartaletas de limón.

—¿Quiere acompañarme? —preguntó cortésmente.

El joven se ruborizó.

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—Vaya, muy agradecido. Verá, cuando he llegado a casa tenía que lavarme y no he podido cenar. —Su mano bronceada se cernió indecisa sobre las dos tartaletas hasta que eligió la más pegajosa, que además estaba un poco aplastada por los bordes. Tenía una voz musical y cálida, con las vocales muy alargadas y enmudecidas las consonantes finales.

Los dos comieron en silencio con la lenta satisfacción de quien conoce el valor de los alimentos. Luego, cuando terminó su tartaleta, el judío se humedeció las puntas de los dedos con los labios y procedió a limpiárselas con el pañuelo. El joven le estuvo observando y lo imitó con mucha seriedad. Anochecía. A lo lejos apenas se distinguían ya los pinos y, a lo largo del camino, había luces que parpadeaban en las aisladas casitas al fondo de los cultivos. El judío había estado mirando con interés por la ventanilla y, finalmente, se volvió hacia el joven y le preguntó, con una inclinación de cabeza hacia los campos:

—¿Qué es eso?

El joven forzó la vista para mirar por encima de los árboles a la lejana silueta de una chimenea.

—No se lo puedo decir con seguridad desde aquí —respondió—.

Podría ser una desmotadora o incluso una serrería.

—Me refiero a eso que crece ahí fuera.

El joven estaba desconcertado.

—No entiendo de qué me habla.

—Las plantas con las flores blancas.

—¡Acabáramos! —dijo el sureño muy despacio—. Eso es algodón. —Algodón —repitió el judío—. Por supuesto. Tendría que haberlo

sabido.

Luego se produjo una larga pausa durante la cual el joven contempló al judío con asombro y fascinación. Varias veces se mojó los labios como disponiéndose a hablar. Después de meditar un rato, sonrió cordialmente y asintió con la cabeza en un gesto teatralmente amistoso. Y acto seguido (Dios sabe echando mano de qué experiencia en un café griego de algún pueblo perdido) se inclinó de manera que su cara quedó solo a unos centímetros de la del judío y dijo con un acento muy forzado:

—¿Es usted oriundo griego?

El judío, desconcertado, negó con la cabeza.

Pero el joven asintió y sonrió de manera más marcada aún. Luego repitió la pregunta en voz muy alta.

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—Digo que si es usted oriundo griego.

El judío se echó para atrás en el asiento.

—Le oigo perfectamente. Pero no entiendo esa expresión.

El crepúsculo estival tocaba a su fin. El autobús había dejado la carretera polvorienta y viajaba por otra, asfaltada ya, pero sinuosa. El cielo era de un intenso azul oscuro y la luna muy blanca. Los algodonales (que pertenecían quizá a alguna plantación enorme) habían quedado atrás y ahora, a ambos lados de la calzada, la tierra estaba en barbecho. En el horizonte, los árboles formaban una franja de negrura bajo el azul del cielo. El aire tenía un tono azul lavanda oscuro y la perspectiva era extrañamente engañosa, de manera que los objetos que estaban lejos parecían cercanos y las cosas próximas, distantes. El silencio se había adueñado del autobús. Solo se oía el latido vibrante del motor, tan constante que con el tiempo apenas se advertía.

El joven tostado por el sol suspiró. Y el judío lo miró rápidamente a la cara. El sureño sonrió y preguntó a su vecino en voz baja:

—¿Dónde está su hogar, señor?

El judío no tenía una respuesta inmediata a aquella pregunta. Sacó hebras de tabaco del extremo del cigarrillo que fumaba hasta dejarlo demasiado deshecho para seguir utilizándolo, y entonces aplastó la colilla contra el suelo.

—Tengo intención de establecerme en Lafayetteville, la ciudad a la que me dirijo.

Aquella respuesta, cuidadosa e indirecta era la mejor que podía dar. Porque debe entenderse de inmediato que no se trataba de un viajero ordinario: no era vecino de la gran ciudad que había dejado atrás. La duración de su viaje no había que medirla en horas, sino en años; no en cientos, sino en miles de kilómetros. E incluso tales mediciones solo serían precisas en un sentido. El viaje de aquel fugitivo —porque el judío había huido de su hogar en Munich dos años antes— se parecía más a un estado de espíritu que a una sucesión de viajes reducible a mapas y horarios. Detrás de él había un abismo de inquieto deambular, de suspense, de terror y de esperanza. Pero de todo aquello no podía hablar con un desconocido.

—Yo solo voy a un sitio que está a doscientos cincuenta kilómetros — dijo el joven—. Pero nunca me he alejado tanto de mi casa. El judío alzó las cejas en manifestación de una cortés sorpresa.

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—Voy a visitar a mi hermana, que solo lleva un año casada más o menos. Tengo la mejor opinión del mundo de esta hermana mía y ahora… —Vaciló y pareció rebuscar en la memoria alguna expresión exquisita y delicada—. Se encuentra en estado interesante. —Sus ojos azules se clavaron dubitativos en el judío como si dudase que una persona que nunca había visto un algodonal pudiera entender aquel otro fundamento del orden de la naturaleza.

El judío asintió con la cabeza y se mordió el labio inferior para no echarse a reír.

—Está casi a punto y su marido tiene que ocuparse de cosechar el tabaco. Así que he pensado en ayudarlos un poco.

—Espero que todo vaya bien —dijo el judío.

Aquí se produjo una interrupción. Ya era noche cerrada y el conductor detuvo el autobús en el arcén y encendió las luces del interior. La repentina claridad despertó a una niña que había estado durmiendo y que se puso nerviosa. Los negros del asiento de atrás, que llevaban mucho tiempo callados, reanudaron su lánguido diálogo. Un anciano situado en los asientos delanteros que hablaba con la vacía insistencia de los sordos empezó a bromear con su acompañante.

—En esa ciudad a la que va, ¿ya están sus parientes? —preguntó el joven.

—¿Mi familia? —El judío se quitó las gafas, empañó los cristales con el aliento y procedió a limpiarlos con la manga de la camisa—. No; se reunirán allí conmigo cuando me haya instalado; mi mujer y mis dos hijas.

El joven se inclinó hacia adelante para descansar los codos en las rodillas y abrazarse la barbilla con las manos. Con la luz eléctrica, su rostro parecía redondo, sonrosado y cálido. En el breve labio superior le brillaban gotas de sudor. Sus ojos azules tenían aire soñoliento y había algo infantil en la manera en que el sudor le pegaba a la frente el flequillo de color castaño claro.

—Tengo intención de casarme dentro de poco —dijo—. Llevo mucho tiempo echando un ojo a las chicas. Y ahora por fin las he dejado en tres.

—¿Tres?

—Sí; todas muy guapas. Y esa es otra razón de que me haya parecido conveniente hacer ahora este viaje. Cuando regrese a mi pueblo, ¿sabe usted?, volveré a verlas como si fuera la primera vez y quizá decida ya a quién me voy a declarar.

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El judío se rio: una suave risa cálida que lo cambió por completo. Toda huella de tensión desapareció de su rostro, echó la cabeza para atrás y unió las manos con fuerza. Y aunque la broma era a sus expensas, el joven sureño rio con él. Luego la risa del judío acabó tan bruscamente como había empezado: concluyó con una gran inspiración y suelta posterior de aire que se prolongó en un gemido. El judío cerró los ojos por un momento y pareció estar encontrando sitio, en algún repertorio interior de lo ridículo, para aquel bocado de diversión.

Los dos viajeros habían comido y reído juntos. Ya no eran desconocidos. El judío se colocó más cómodamente en su asiento, sacó un mondadientes del bolsillo del chaleco y lo utilizó discretamente, la boca medio escondida detrás de una mano. El joven se quitó la corbata y se desabrochó el cuello de la camisa hasta dejar al descubierto el inicio del vello castaño que le cubría el pecho. Pero era evidente que el sureño no se sentía tan a sus anchas como el judío. Algo le desconcertaba. Parecía querer formular un tipo de pregunta que le resultaba penosa y difícil. Se frotó el flequillo humedecido sobre la frente y formó una «o» con los labios, como si se dispusiera a silbar. Finalmente, dijo:

—¿Es usted extranjero?

—Sí.

—¿Viene de otro país?

El judío inclinó la cabeza y esperó. Pero el joven parecía incapaz de ir más allá. Y mientras el de más edad esperaba a que hablase o guardara silencio, el autobús se detuvo para recoger a una negra que le había hecho señas desde el borde de la carretera. El aspecto de aquella nueva pasajera perturbó al judío. La recién llegada era de edad indefinida y, de no haber estado vestida con unas sucias prendas que hacían las veces de vestido, incluso su sexo habría sido difícil de definir a primera vista. Resultaba deforme, si bien la deformidad no le afectaba a ningún miembro concreto; el cuerpo en su totalidad era raquítico y estaba torcido y sin desarrollar. Llevaba un deteriorado sombrero de fieltro, una falda negra con desgarrones y una blusa que había sido toscamente confeccionada a partir de un saco de harina. En una comisura de la boca tenía una llaga alarmante y detrás del labio inferior guardaba un trozo de tabaco de mascar. El blanco de sus ojos no era blanco en absoluto, sino de un fangoso color amarillo surcado por venillas rojas. Su rostro, en conjunto, tenía aspecto errante, famélico, ausente. Mientras avanzaba por el pasillo del autobús

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para ocupar un sitio en el último asiento, el judío se volvió, inquisitivo, hacia el joven y le preguntó en voz baja, pero tensa:

—¿Qué le pasa a esa mujer?

El otro se desconcertó.

—¿Quién? ¿Se refiere a esa negra?

—Chist… —le llamó la atención el judío, porque estaban sentados en la penúltima fila de asientos y la recién llegada estaba exactamente detrás de ellos Pero el sureño se había vuelto ya y miraba hacia atrás con tal fijeza que el judío se estremeció.

—No sé, yo creo que no le pasa nada —dijo cuando terminó su escrutinio—. Nada que yo vea.

El judío se mordió el labio, avergonzado. Frunció el ceño y sus ojos se llenaron de inquietud. Suspiró y miró por la ventanilla, si bien, a causa de la luz dentro del autobús y de la oscuridad exterior, había muy poco que ver. No advirtió que el joven trataba de llamar su atención y que había movido varias veces los labios como disponiéndose a hablar. Finalmente, formuló la pregunta:

—¿Ha estado alguna vez en París?

El judío dijo que sí.

—Ese es un sitio al que siempre he querido ir. Conocí a un tipo que estuvo allí en la guerra y por alguna razón toda mi vida he querido ir a París, Francia. Pero entiéndame bien… —El joven se detuvo y miró con ansiedad el rostro del judío—. Entienda que no se trata de las mujéreses — porque, quizá debido a la influencia de la cuidadosa pronunciación del judío y tal vez por algún equivocado intento de elegancia, el joven pronunció de hecho la palabra «mujéreses»—. No es por las chicas francesas de las que se oye hablar.

—¿Los edificios, los bulevares?

—No —dijo el otro con una perpleja agitación de cabeza—. No es ninguna de esas cosas. Por eso no lo entiendo. Porque cuando pienso en París solo tengo una cosa en la cabeza. —Cerró los ojos, pensativo—. Siempre veo el mismo callejón muy estrecho con casas altas a los dos lados. Es de noche, hace frío y llueve. Y no se ve a nadie, a excepción de un francés en la esquina con la gorra hundida hasta los ojos. —El joven miró inquieto la cara de su interlocutor—. ¿Cómo es posible que tenga esa sensación de nostalgia por algo como eso? ¿A usted qué le parece?

El judío movió dubitativo la cabeza.

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—Demasiado sol, quizá —dijo, por fin.

Poco después el joven llegó a su destino: un pueblito en un cruce de carreteras que parecía desierto. Y se tomó su tiempo para bajarse del autobús. Retiró la maleta de hojalata de la rejilla y estrechó la mano del judío.

—Hasta la vista, señor…

El hecho de no conocer el apellido de su compañero de viaje le supuso toda una sorpresa.

—Kerr —dijo el judío—. Felix Kerr.

El joven se apeó. En la misma parada la negra —aquella ruina humana que tanto había perturbado al judío— abandonó también el autobús. Y el señor Kerr se quedó de nuevo solo.

Abrió entonces la fiambrera y se comió el sándwich de pan de centeno. Después fumó varios pitillos. Durante algún tiempo permaneció con el rostro casi pegado a la ventanilla y trató de hacerse una idea del paisaje. Desde el crepúsculo habían aparecido nubes en el cielo y no se veían las estrellas. De cuando en cuando distinguía la silueta oscura de un edificio, vagas extensiones de tierra, o un grupo de árboles junto a la carretera. Finalmente, dejó de mirar fuera.

Dentro del autobús los pasajeros se habían instalado para pasar la noche. Unos cuantos dormían. El judío miró a su alrededor con curiosidad un tanto agotada. En una ocasión sonrió para sí mismo, una sonrisa mínima que le aguzó las comisuras de la boca. Pero luego, incluso antes de que se esfumase el último resto de aquella sonrisa, se produjo en él un cambio repentino. Había estado observando al anciano duro de oído, vestido con un mono, en el asiento delantero, y algún pequeño detalle pareció producirle de pronto una emoción muy intensa. Se le dibujó en el rostro una rápida mueca de dolor. Luego se quedó con la cabeza inclinada, apretándose la sien derecha con el pulgar, mientras se frotaba la frente con los demás dedos.

Porque aquel judío sufría. Aunque cuidase sus gastados pantalones a cuadros, aunque hubiese comido con gusto y se hubiera reído, aunque aguardase esperanzado aquel extraño hogar nuevo al que se dirigía…, a pesar de todas aquellas cosas su corazón escondía un intenso pesar oscuro. No sufría a causa de Ada, su excelente esposa, a la que había sido fiel durante veintisiete años, ni por su hija pequeña, Grissel, que era una niña encantadora. Las dos —Dios mediante— se reunirían con él tan pronto

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como pudiera prepararles un hogar. Su sufrimiento tampoco estaba relacionado con la preocupación por sus amigos, ni por la pérdida de su hogar, su seguridad y su contento. Sufría por su hija mayor, Karen, cuyo paradero y situación desconocía.

Y un dolor como ese no es una cosa constante, que exija ser medida, que se sienta en una proporción fija. Más bien (porque el judío era músico) un pesar así es como un tema subordinado pero apremiante en una obra orquestal, un motivo inacabable que regresa con todas las variaciones posibles de ritmo y colorido tonal y estructura melódica, tan pronto sugerido nerviosamente mediante un pasaje de rapidísimo spiccato ejecutado por las cuerdas, como emerge de nuevo en la melancolía pastoril del corno inglés, o suena en una versión estridente pero truncada en lo más profundo de los metales. Y este tema, aunque casi siempre sutilmente oculto, afecta por su insistencia misma a todo el conjunto de la pieza mucho más que las melodías en apariencia más importantes. Y también hay veces en las que ese motivo, tanto tiempo contenido, desbanca, a una señal, de manera volcánica, a todas las demás ideas musicales, exigiendo a la orquesta en su totalidad que recapitule con pasión todo lo que hasta aquel momento se ha insinuado. Pero existe aquí una diferencia con el dolor. Porque lo que activa un pesar latente no es una señal preestablecida, como sucede con el gesto de la mano del director. Se trata de lo imprevisto y de lo indirecto. De manera que el judío podía hablar de su hija con compostura y pronunciar su nombre sin que se le quebrara la voz. Pero cuando, en el autobús, vio a un anciano duro de oído inclinar la cabeza hacia un lado para oír algún fragmento de conversación, quedó a merced de su dolor. Porque su hija tenía la costumbre de escuchar con la misma inclinación de cabeza y de lanzar una mirada rápida solo cuando la persona que hablaba había terminado. Y el gesto casual de aquel anciano fue el aldabonazo que liberó en él la pena tanto tiempo contenida, de manera que hizo una mueca de dolor y bajó la cabeza.

Durante mucho tiempo permaneció tenso en su asiento, frotándose la frente. Más adelante, a las once de la noche, el autobús hizo una parada programada. Por turno, los viajeros visitaron apresuradamente un urinario estrecho y maloliente. Después, en un café, bebieron algo a grandes sorbos y encargaron, para llevar, alimentos que se podían comer con las manos. El judío se tomó una cerveza y al regresar al autobús se preparó para dormir. Sacó del bolsillo un pañuelo limpio, todavía sin desdoblar, se

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instaló en su rincón, con la cabeza apoyada en el hueco formado por la pared del autobús y el respaldo redondeado de su asiento, y procedió a colocarse el pañuelo sobre los ojos para protegerlos de la luz. Descansó así plácidamente con las piernas cruzadas y las manos ligeramente entrelazadas sobre el regazo. Al llegar las doce ya se había dormido.

Con un ritmo constante, en la oscuridad, el autobús viajó en dirección sur. En algún momento, a lo largo de la noche, las densas nubes de verano se dispersaron y el cielo quedó claro y estrellado. Cruzaban una larga llanura costera que se extiende al este de los Apalaches. La carretera serpenteaba a través de melancólicos algodonales, de tabacales y de largos y solitarios tramos de pinares. La luz de la luna dotaba de siluetas sombrías a las chozas de arrendatarios pegadas a la carretera. De cuando en cuando cruzaban dormidos pueblos a oscuras y a veces el autobús se detenía para recoger o depositar a algún viajero. El judío durmió con el sueño pesado de quienes están mortalmente cansados. En una ocasión las sacudidas del autobús hicieron que la cabeza se le cayera sobre el pecho, pero eso no le impidió seguir durmiendo. Luego, poco antes del amanecer, el autobús llegó a una población algo más grande que la mayoría de las que habían atravesado, se detuvo, y el conductor le puso una mano en el hombro para despertarlo. El viaje desde Nueva York había llegado a su fin.

Traducción de José Luis López Muñoz

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Sin título

El joven en el restaurante de la estación de autobuses no sabía ni el nombre ni el emplazamiento de la ciudad donde se encontraba, y todo su conocimiento de la hora en que vivía era que se situaba entre la medianoche y el amanecer. Se daba cuenta de que debía encontrarse ya en el Sur, pero que todavía le quedaban largas horas de viaje para llegar a su hogar. Durante mucho tiempo había estado en aquella mesa delante de una botella de cerveza medio vacía, en una postura desgarbada que le servía para descansar: los muslos caídos y separados y un pie cruzado sobre el tobillo del otro. El pelo, que le colgaba desgreñado sobre la frente, necesitaba un buen corte, y su gesto, cuando miraba hacia la mesa, aunque ensimismado, era expresivo y con cambios rápidos según el tenor de sus pensamientos. El rostro, enjuto, sugería inquietud y una actitud inquisitiva ingenua y descarnada. En el suelo, a su lado, descansaban dos maletas y una caja de embalaje, las tres bien etiquetadas con su nombre escrito a máquina, Andrew Leander, y con su dirección en una de las ciudades más importantes de Georgia.

Había llegado a aquel lugar dominado por una extraña embriaguez, producida en parte por los tragos de whisky de maíz que le había ofrecido un pasajero del autobús, pero sobre todo por una oleada de expectativas que le había asaltado durante las últimas horas del viaje. Y aquel sentimiento estaba lejos de ser inexplicable. Tres años antes, cuando tenía diecisiete, había abandonado su hogar por un dilema interior de violencia, para convertirse en un desgarbado trotamundos que se lanzaba con miedo a lo desconocido, convencido de que nunca regresaría. Y ahora, al cabo de tres años, volvía.

En el restaurante de aquella pequeña población innominada Andrew se había calmado un tanto. Durante los tres años de ausencia se había negado a pensar en su villa natal y en su familia: su padre; Sara y Mick, sus

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hermanas; y Vitalis, la chica de color que trabajaba para ellos. Pero sentado allí, con su cerveza (sintiéndose tan completamente forastero como si estuviera mágicamente suspendido por encima de la tierra), los recuerdos de todos ellos en el hogar familiar giraban en su interior con la claridad de un carrete de fotografías, unas veces preciso y estructurado, otras en un completo caos.

Y había un pequeño episodio que se le repetía en la cabeza una y otra vez aunque, hasta aquella noche, llevaba años sin pensar en él. La mayor de sus hermanas y él decidieron construir un planeador en el patio trasero de su casa, y quizá recordaba la escena con tanta insistencia porque lo que sintió entonces se parecía mucho a las expectativas que despertaba ahora su viaje.

Por entonces no eran más que críos, con la edad en la que las cosas nuevas que se aprenden en la radio, en los libros y en el cine llenan a cualquiera del más extraordinario de los entusiasmos. Andrew tenía trece años, Sara uno menos y la pequeña Mick (que no contaba para cosas como aquella) estaba aún en el jardín de infancia. Sara y él habían obtenido información sobre planeadores en una revista de ciencias en la biblioteca del instituto y habían empezado, de inmediato, a construir uno en el patio trasero de su casa. (Empezaron a construirlo una tarde a mitad de semana y para el sábado habían trabajado tanto que casi estaba terminado). El artículo no daba ninguna instrucción precisa para hacer el planeador; se habían dejado guiar por su propia imaginación y habían utilizado cualquier material disponible. Vitalis no quiso darles una sábana para vestir las alas, de manera que tuvieron que cortar la lona de su tienda de campaña. Para el armazón utilizaron cañas de bambú y algunos listones que les birlaron a los carpinteros que construían un garaje en la manzana de más arriba. Cuando estuvo terminado el planeador no era muy grande, y parecía bien distinto de los que habían visto en las películas, pero Sara y él no se cansaron de repetirse que era igual de bueno y que no había nada que le impidiera volar.

Aquel sábado fue un día que ninguno de ellos olvidaría jamás. El cielo era de un intenso color azul ardiente, el color de las llamas de gas, y a ratos corría una brisa espesa y sofocante. Sara y él habían estado toda la mañana trabajando al sol en el patio de atrás. El rostro de su hermana

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estaba tenso y pálido, debido a la emoción, y sus labios llenos, casi hoscos, destacaban rojos y secos, como si tuviera fiebre. No dejaba de correr de un sitio a otro para traer cosas que en su opinión se podían necesitar, las flacas piernas demasiado crecidas y torpes, el pelo húmedo colgándole por detrás de los hombros. Mick, la pequeña, los vigilaba desde los escalones de la puerta de atrás. A Andrew le parecía que eran todo lo distintas que pueden ser dos hermanas. Mick estaba tranquilamente sentada, las manos en las robustas rodillas, sin decir gran cosa pero contemplando todo lo que hacían sus hermanos con una mirada de asombro y la boca suavemente abierta. Incluso Vitalis estaba con ellos la mayor parte del tiempo. No sabía si creer o no en lo que hacían. Era una joven nerviosa, de piel muy clara, y algo en la aventura del planeador la emocionaba tanto como a los tres hermanos, y también la asustaba. Y mientras los observaba, no dejaba de juguetear con sus pendientes rojos ni de pellizcarse los gruesos labios temblorosos.

Todos sentían que había algo delirante en aquel día. Como si estuvieran aislados del resto del mundo y nada les importase excepto lo que ellos cuatro planeaban y preparaban en el patio tranquilo, bañado por el sol. Como si nunca hubieran querido otra cosa que, con el planeador, remontar el vuelo desde la tierra hasta el cálido cielo azul.

Lo que más les preocupaba era el lanzamiento. Andrew le decía una y otra vez a Sara:

—Deberíamos tener un coche para engancharlo, porque es así como los pilotos de verdad los echan a volar. O si no, una de esas cuerdas elásticas como las que describen en la revista.

Pero al lado de su garaje había un pino muy alto, con ramas que empezaban a crecer muy arriba y que se extendían casi hasta la casa. De una de ellas colgaba un columpio y desde allí se proponían iniciar su aventura. Sara y Andrew retiraron la tabla que servía de asiento y colocaron en su lugar un tablón más grande. Y gracias al impulso que les proporcionara el columpio esperaban iniciar el vuelo.

Vitalis tenía la sensación de que la responsabilidad de lo que pasara recaería sobre ella y estaba asustada.

—Siento todo el día una cosa muy rara.

Había una suave brisa caliente, y desde lo alto del pino llegaba un suave murmullo. Vitalis alzó las manos para sentir el viento y se quedó

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unos momentos mirando al cielo, tan concentrada como un salvaje absorto en oración.

—Creéis que solo porque vuestra madre ya no vive no tenéis que hacerle caso a nadie. ¿Por qué no esperáis hasta que vuelva a casa vuestro papá para preguntarle? Todo el día tengo la sensación de que algo malo va a suceder por culpa de esa cosa.

—Calla —dijo Sara.

—Sé que no es un aeroplano de verdad aunque tenga esas alas grandes hechas con los trozos de una tienda de campaña vieja. Y sé que sois tan de carne y hueso como yo. Y que es igual de fácil que os abráis la cabeza.

Pero a pesar de todo lo que decía, Vitalis creía en el planeador igual que ellos. Mientras estaba en la cocina la veían asomarse a la ventana cada pocos minutos para mirarlos, la ancha nariz pegada al cristal, estremecido el rostro oscuro.

Cuando terminaron casi se había ocultado el sol. El cielo había palidecido hasta un suave color verde jade y la brisa que había soplado casi todo el día les pareció más fresca y con más fuerza. El patio estaba muy silencioso y ni Andrew ni Sara dijeron nada ni se miraron mientras equilibraban, llenos de tensión, el planeador sobre el columpio. Habían discutido ya sobre quién sería el primero en pilotarlo y había ganado Andrew. Llamaron a Vitalis y le dijeron que ayudase a Sara a dar el último empujón; cuando se negó, la amenazaron con llamar a Chandler West o a algún otro chico del barrio y la convencieron de que más valía que fuese ella. La pequeña Mick se levantó de los escalones desde donde los había estado mirando todo el día y vio cómo su hermano se subía al columpio con mucho cuidado y se acuclillaba dentro del armazón del planeador, apoyando en la madera las suelas de goma de sus playeras.

—¿Crees que llegarás hasta Atlanta o Cleveland? —preguntó. Cleveland era la ciudad donde vivía su primo y por eso sabía cómo se llamaba.

A Andrew le pareció, mientras estaba allí acuclillado y trataba de mantenerse en equilibrio, que ya había abandonado el suelo. Sentía que el corazón le latía casi en la garganta y que le temblaban las manos.

—Y aunque este vientecillo de nada —dijo Vitalis— te suba por el aire, ¿qué vas a hacer después? ¿Vas a dar vueltas ahí arriba toda la noche como si fueras un ángel?

—¿Regresarás a tiempo para la cena, Drew? —preguntó Mick.

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Sara no parecía oír nada de lo que se decía. Tenía gotas de sudor en la frente y su hermano oía su respiración, rápida y superficial. Vitalis y ella agarraron cada cual una cuerda del columpio y tiraron con todas sus fuerzas. Incluso la pequeña Mick ayudó a equilibrar el planeador. Pareció que tardaban horas en alzar el aparato hasta la altura de sus cabezas mientras él esperaba, acuclillado en tensión, con los dientes bien apretados y los ojos medio cerrados. Durante aquel momento se vio remontando el vuelo, cada vez más alto, por el cielo azul, y la alegría que sintió no era comparable con ninguna otra.

A continuación llegó la parte que luego fue la más difícil de entender. Tan pronto como el planeador abandonó el columpio se estrelló y Andrew se dio un golpe tan fuerte que el estómago le dio vueltas y más vueltas con sensación de vértigo durante mucho tiempo, y le pareció que alguien le estaba pisando el pecho, lo que le impedía respirar. Pero por alguna razón no le importó en absoluto. Se levantó del suelo y fue como si se negara a creer lo que había sucedido. No se había caído con el planeador y al aparato no le había pasado nada, a excepción de un pequeño desgarrón en un ala. Se soltó la hebilla del cinturón y trató de respirar hondo. Ni Sara ni él hicieron el menor comentario: se mantuvieron ocupados, preparándose para el despegue siguiente. Y lo más extraño fue que los dos sabían que aquel segundo intento produciría exactamente los mismos resultados que el primero y que su planeador no volaría. En el fondo de su corazón lo sabían, pero había algo que les impedía pensar en ello: el deseo y el entusiasmo no les permitían descansar ni atender a razones.

La actitud de Vitalis fue distinta y su voz se alzó y se hizo más cantarina.

—Andrew casi se ha reventado y aún queréis seguir con esa cosa. Cuando estéis más cerca de cumplir los veinticinco y seáis tan mayores como yo aprenderéis a tener un poco más de sentido común.

Incluso Mick empezó a hablar. Callada por naturaleza, no había dicho más de diez palabras durante todo el tiempo. Era su manera de ser. Miraba con la boca medio abierta y parecía maravillarse y asimilar todo lo que uno hacía o decía sin tratar de responder.

—Cuando tenga doce años y sea una chica mayor voy volar y no me caeré. No tenéis más que esperar para ver.

—Deja de hablar así —intervino Vitalis. No quería estar presente, de manera que se metió en la casa. De cuando en cuando los hermanos veían

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su rostro oscuro que los miraba desde la ventana de la cocina.

Andrew tuvo que lanzar él solo a Sara. Cuando consiguió que estuviera a punto dentro del planeador y los dos en el columpio casi había anochecido. Su hermana se estrelló aún con más violencia, pero se comportó como si no se hubiera hecho daño y al principio Andrew no se dio cuenta del chichón encima de un ojo ni de la larga mancha de sangre en la rodilla donde se había raspado la piel. El planeador tampoco se había estropeado apenas aquella segunda vez y fue como si de verdad se hubieran vuelto locos, que era la opinión de Vitalis.

—Voy a intentarlo una vez más —dijo Sara—. Se sigue pegando al columpio y si lo arreglo, seguro que subirá.

Entró corriendo en la casa, aunque sin apoyarse en la pierna lastimada y regresó con un trozo de mantequilla sobre papel encerado para engrasar el columpio. La aguda voz cantarina de Vitalis los llamó desde la cocina pero nadie respondió.

Después del tercer intento se acabó todo. Andrew dejó que probase Sara, porque él pesaba demasiado para que lo lanzara ella. El planeador se hizo añicos hasta el punto de que ya no se sabía qué era y Andrew tuvo que ayudar a Sara a ponerse en pie. Se le había hinchado el ojo y parecía enferma. Apoyó todo su peso en una pierna, y cuando se levantó la falda para enseñarle un cardenal muy grande en el muslo, temblaba tanto que casi perdió el equilibrio. No había nada más que hacer y Andrew se sintió muerto y vacío por dentro.

Casi era de noche y se quedaron allí durante un rato, sin hacer otra cosa que mirarse. Mick aún seguía sentada en los escalones y los observaba con cara de susto sin decir nada. En la semioscuridad destacaba la palidez de sus rostros, y los olores de la cena procedentes de la cocina llenaban el aire, inmóvil y caliente. No se oía nada y de nuevo Andrew tuvo la peculiar sensación de que eran las únicas personas que había en el mundo.

Finalmente, Sara habló:

—No me importa nada. Me alegro de que lo hayamos hecho aunque no haya funcionado. Lo prefiero tal como está ahora a no haber intentado construirlo. Me tiene sin cuidado.

Andrew arrancó un trozo de la corteza del pino y miró a Vitalis, que se movía por el interior de la cocina iluminada por una suave luz amarilla.

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—Tendría que haber funcionado. Tendría que haber volado. No entiendo por qué no lo ha hecho.

En el cielo oscuro brillaba una estrella blanca. Muy despacio atravesaron el patio hacia los escalones traseros de la casa y se alegraron de que sus rostros quedasen medio ocultos por la oscuridad. Entraron en silencio y, después de aquello, Vitalis fue la única que volvió a hablar alguna vez de lo sucedido.

El joven terminó su cerveza e hizo una seña al camarero de aire soñoliento para que le trajera otra. De repente decidió no tomar el autobús siguiente, y quedarse en aquel pueblo desconocido hasta por la mañana. Cerró a medias los ojos para eliminar la violencia de la luz, a los escasos viajeros cansados que esperaban en las mesas, el sucio mantel a cuadros que tenía delante.

Le pareció que nadie había sentido nunca lo que él sentía. El pasado, los diecisiete años de su vida en casa, habían aparecido ante él como un oscuro y complejo arabesco. Pero no era un dibujo que se pudiera abarcar con una mirada porque se parecía más a una composición musical que se despliega de manera contrapuntística, voz a voz, y que no se entiende hasta que transcurre el tiempo necesario para interpretarla. Tomaba forma con un diseño impreciso, más compuesto de emociones que de sucesos. Los tres últimos años en Nueva York no entraban para nada en el conjunto, y no eran más que un fondo oscuro para reflejar ahora el esplendor de lo que había sucedido antes. Y a través de todo aquello, en correspondencia con los sentimientos entretejidos, su cabeza estaba llena de música.

La música siempre había tenido gran importancia para Sara y para él. Mucho tiempo atrás, antes incluso de que naciera Mick y cuando aún vivía su madre, tocaban juntos con peines envueltos en papel higiénico. Más adelante llegaron las armónicas compradas en la tienda de «todo a diez centavos» y las tristes canciones sin palabras que cantaba la gente de color. Luego Sara empezó a ir a clases de música y —aunque no le gustaban ni el profesor ni las piezas que tenía que aprender— no dejó nunca de practicar. Le agradaba tocar de oído las canciones de jazz que oía o, sencillamente,

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sentarse ante el piano, tecleando notas sueltas que no eran música en absoluto.

Andrew tenía unos doce años cuando la familia adquirió una radio y a partir de entonces las cosas empezaron a cambiar. Se dedicaron a sintonizar emisoras con música clásica y programas que eran muy distintos de lo que escuchaban hasta entonces. Por una parte aquella música les resultaba ajena, pero por otra era como si la hubieran esperado toda su vida. Luego su padre les regaló un gramófono y unos cuantos discos de ópera italiana. Una y otra vez daban cuerda al aparato hasta que a la larga gastaron los discos: ruidos rasposos empezaron a acompañar a la música, y los cantantes sonaban como si se estuvieran tapando la nariz. Al año siguiente recibieron algunas obras de Wagner y de Beethoven.

Todo aquello fue antes de que Sara tratase de escaparse de casa. Como vivían bajo el mismo techo y pasaban mucho tiempo juntos, Andrew apenas se daba cuenta de los cambios en su hermana. Crecía muy deprisa, por supuesto, y no se podía poner un vestido dos meses seguidos porque empezaba a enseñar las muñecas y la falda no le ocultaba las huesudas rodillas, pero eso no era lo importante. Su hermana le recordaba a alguien que —medio dormida— estuviese cruzando una habitación a oscuras y en la que se encendiera de pronto una luz. A menudo aparecía en su cara una expresión desconcertada, aturdida, que era difícil de entender.

Sara se lanzaba con toda su alma primero a una cosa y luego a otra. Durante algún tiempo fueron las películas. Iba al cine de sesión continua todos los sábados con él, con Chandler West y con el resto de la pandilla, pero cuando ya habían visto todo el programa, Sara seguía allí casi hasta que se hacía de noche. Siempre empezaba a mirar las imágenes en cuanto le cortaban la entrada y luego tropezaba pasillo abajo sin mirar siquiera a las butacas hasta llegar casi a la pantalla; entonces se sentaba más o menos en la tercera fila con el cuello echado hacia atrás y la boca medio abierta. Incluso después de haber visto dos veces todo el programa, aún seguía volviéndose hacia la pantalla mientras salía, de manera que tropezaba con la gente y era casi como si estuviera borracha. Los días de diario todo el dinero que le daban en casa para almorzar se lo gastaba (menos diez centavos) en comprar revistas de cine. Tenía fotografías de Clive Brook y de otras cuatro o cinco estrellas clavadas con chinchetas en su cuarto y cuando iba al drug store a por las revistas, pedía un batido de chocolate y hojeaba todo lo que tenían; al final se quedaba con las que más hablaban

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de los actores que le gustaban. Las películas fueron lo único que le interesó durante cosa de tres meses. Luego, de repente, aquello se acabó y ni siquiera siguió yendo a las sesiones de los sábados.

Lo que vino después fue el campamento para exploradoras al que iban a ir ella y las chicas que conocía, situado junto a un lago y a unos treinta kilómetros de la ciudad. Durante el mes precedente no habló de otra cosa. Se daba aires delante del espejo con los pantalones cortos de color caqui y las camisas de chico que se suponía que tenían que llevar, el pelo muy liso y pegado a la cabeza, pensando que era maravilloso tratar de comportarse como un varón. Pero al cabo de solo cuatro días en el campamento, cuando Andrew regresó una tarde a casa, se la encontró oyendo discos en el gramófono. Había conseguido que una de las monitoras la trajera del campamento y parecía muy desanimada. Contó que todo lo que hacían era nadar y echar carreras y disparar con arco. No había colchones en los catres y por la noche llegaban los mosquitos y además tenía dolores de crecimiento en las piernas y no conseguía dormir. «No hacía más que correr y correr y estar despierta toda la noche», no se cansaba de repetir. «No pasaba nada más». Andrew se rio de ella, pero cuando empezó a llorar —no de la manera en que berreaban las niñas como Mick, sino despacio y sin sollozar— fue casi como si él formara parte de su hermana y estuviese también llorando. Durante mucho rato se quedaron juntos, sentados en el suelo, escuchando discos. Siempre habían estado más unidos que la mayoría de otros hermanos.

Para ellos la música era semejante a lo que tenía que haber sido el planeador, pero sin obsesión repentina y con la ventaja de que no defraudaba nunca. Quizá como el whisky para su padre: algo que iba a acompañarlos toda la vida.

Desde que empezó a ir al instituto, Sara tocaba el piano más y más. Las clases, en cambio, le gustaban tan poco como a Andrew y a veces lo importunaba incluso para que le escribiera notas de excusa y las firmara como si fuera su padre. En el primer trimestre cosechó siete suspensos. Su padre nunca supo cómo tratar a Sara y siempre que hacía algo mal se limitaba a carraspear y a mirarla desconcertado como si no supiera de qué manera decir lo que pensaba. Sara se parecía a las fotos de su madre y él quería mucho a su hija, pero de una manera curiosa llena de timidez. No armó en absoluto un escándalo por los siete suspensos. Sara solo tenía

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doce años y, de todos modos, había empezado muy joven la enseñanza secundaria.

Hay una época en que los hijos quieren escaparse de casa, prescindiendo de lo bien que se lleven con su familia. Creen que se tienen que ir por algo que han hecho, o por algo que quieren hacer, o quizá no sepan siquiera el motivo por el que se escapan. Tal vez sea un tipo de hambre difícil de calmar que les hace querer marcharse en busca de algo. Andrew se escapó cuando tenía once años. Una vecina de pocos años más sacó el dinero que tenía depositado en la caja de ahorros del colegio y tomó un autobús para Hollywood porque la actriz a la que más admiraba contestó a una de sus cartas y le dijo que si iba alguna vez por California fuese a visitarla, invitándola además a bañarse en su piscina. Su familia tardó diez días en localizarla y luego su madre tuvo que ir a California para traerla a casa. Se había bañado en la piscina de la actriz y estaba buscando un trabajo en el cine. No sintió volver a casa. Incluso Chandler West, que siempre había sido lento y torpe, trató de escaparse. Aunque había vivido frente a la casa de los Leander toda la vida, había algo acerca de él que no lograban entender. Incluso cuando Sara y Andrew eran muy pequeños también lo sentían así. Chandler se fugó a raíz de suspender todas las asignaturas de un curso, la mayoría por segunda vez. Después dijo que quería construir una cabaña en los bosques del Canadá y vivir allí como trampero. Era demasiado torpe para hacer autostop y se limitó a seguir caminando hacia el Norte hasta que lo detuvieron por dormir en una zanja y lo devolvieron a casa. Su madre casi se volvió loca y mientras estuvo desaparecido tenía una mirada feroz, de animal salvaje. Cualquiera pensaría que Chandler era la única persona a la que había querido en su vida. Y quizá era de ella de quien huía su hijo.

De manera que lo que Sara hizo no tenía nada de extraordinario, excepto, claro está, para un adulto como su padre, que, sencillamente, no entendía cosas como aquellas. No existía ninguna razón de peso para que Sara quisiera marcharse. Fue solo la manera en que había empezado a sentirse durante el último año. Quizá la música tuviera algo que ver. O puede que hubiera crecido demasiado y no supiese qué hacer con su cuerpo.

Sucedió la mañana del lunes en que cumplió trece años. Vitalis había preparado muy bien la mesa del desayuno: puso flores y un mantel nuevo. Sara no parecía distinta de ningún otro día. Pero, de repente, mientras se

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comía los copos de avena vio un pelo muy rizado en su plato y se echó a llorar. Vitalis se sintió herida porque se había esforzado mucho para que el desayuno fuera un éxito. Sara cogió los libros de texto y salió a la calle. Dijo que no estaba enfadada con nadie por ningún motivo particular, pero que se marchaba de casa para siempre. Andrew sabía que hablaba por hablar y que solo estaría fuera hasta que se terminaran las clases. Si no hubiera sido por Vitalis, su padre no se habría enterado nunca. Sara salió corriendo a la calle y cuando llegó al solar vacío de la esquina tiró los libros de texto en la hierba alta que crecía allí. Cuando fuimos a recogerlos, el viento había esparcido hojas por todas partes: tareas para casa y cosas curiosas que Sara había dibujado en su bloc.

Vitalis telefoneó a su papá, que ya se había ido a trabajar y que volvió a casa en el coche. Estaba muy preocupado y serio. Apretaba una y otra vez el labio inferior contra los dientes y se aclaraba la garganta. Los tres se subieron al automóvil para salir a buscarla. El resto de la aventura de Sara habría sido divertido para quien lo viese desde fuera. La encontraron al cabo de media hora, en la carretera entre el instituto y el centro de la ciudad. Pero cuando el señor Leander tocó el claxon no quiso subirse al automóvil ni tampoco volverse para mirarlos. Siguió caminando con la cabeza muy alta y la falda plisada ondeándole por encima de las rodillas. Su papá no había estado nunca tan nervioso y enfadado. No podía apearse y perseguir a su hija calle adelante, de manera que tuvo que llevar el coche a paso de tortuga detrás de Sara y tocar el claxon. Se cruzaron con chicos y chicas que iban al instituto, y que se quedaron mirando y rieron a escondidas. Fue espantoso. En cuando a Andrew, estaba aún más enfadado que su padre. Si hubieran tenido un automóvil cerrado, se habría echado para atrás para que no le vieran la cara. Pero se trataba de un Ford modelo T y no podía hacer nada excepto disimular y tratar de parecer indiferente.

Al cabo de un rato, Sara se rindió y se subió al coche. Su papá no sabía qué decir y todos se quedaron muy quietos y en silencio. Sara estaba avergonzada y triste. Trató de fingir tarareando en voz baja con aire despreocupado. Todos se apearon sin hablar al llegar delante del instituto. Pero aquello no fue el final.

Al mes siguiente su tío Jim, que era familia por parte de madre, pasó por allí desde Detroit, camino de Florida, donde iba a pasar sus vacaciones. La tía Esther, su mujer, que era judía y tocaba el violín, lo acompañaba. Los dos querían mucho a Sara y en Navidades siempre le

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hacían un regalo mejor que el de Andrew o el de Mick. No tenían hijos y había algo que los hacía diferentes de la mayoría de los matrimonios. La primera noche se quedaron hasta muy tarde con su padre y quizá les contó todo lo que había pasado con Sara. El caso es que antes de que se marcharan, el señor Leander le preguntó a Sara si le gustaría irse un año a estudiar a Detroit y vivir allí con sus tíos. Respondió de inmediato que sí: nunca había llegado más allá de Atlanta y quería dormir en un tren, vivir en un sitio desconocido y ver la nieve en invierno.

Sucedió tan deprisa que Andrew no consiguió asimilarlo. Nunca se le había ocurrido que pudiera llegar un momento en que alguno de ellos se marchara durante una temporada tan larga. Sabía que su padre pensaba que Sara iba a llegar a una edad en la que quizá necesitara a alguien que estuviese en casa más tiempo que él. Por otra parte el clima de Detroit podía sentarle bien y era cierto que no tenían mucha más familia. Antes de que ellos nacieran, el tío Jim había vivido un año en su casa, cuando todavía era joven, antes de marcharse al Norte. Pero Andrew no entendía de todos modos que su padre dejara marchar a su hermana. Sara se fue al cabo de una semana, porque el curso escolar ya hacía un mes que había empezado y no querían que perdiera más clases. Fue tan repentino que Andrew no tuvo tiempo de pensar. Sara iba a ausentarse durante diez meses y le parecía casi tanto como si se fuera para siempre. Ignoraba que iba a pasar casi el doble antes de que volviera a verla. Andrew se sentía aturdido y su despedida fue casi como un sueño.

Aquel invierno la casa se convirtió en un lugar muy solitario. Mick era demasiado pequeña para pensar en otra cosa que comer, dormir y dibujar en papeles de colores en el jardín de infancia. Cuando Andrew volvía de clase todas las habitaciones le parecían silenciosas y horriblemente vacías. Las cosas solo eran diferentes en la cocina, con Vitalis siempre entre los pucheros y cantando; hacía calor y el aire estaba lleno de buenos olores y de vida. Y si no salía de casa, de ordinario se quedaba allí, mirándola, y hablaban mientras Vitalis le preparaba algo de comer. Sabía lo solo que se sentía y era buena con él.

La mayoría de las tardes Andrew salía con Chandler West y el resto de la pandilla de segundo año de instituto. Habían formado un club y un equipo de fútbol para novatos. En una de las esquinas de la manzana donde vivían se había vendido el solar y el comprador empezó a construirse una casa. Cuando los carpinteros y los albañiles se marchaban

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a última hora de la tarde, los de la pandilla se subían al tejado y corrían por las habitaciones vacías, aún sin terminar. Aquella casa le inspiraba a Andrew unos sentimientos extraños. Todas las tardes se quitaba los zapatos y los calcetines para no resbalarse mientras trepaba hasta la afilada arista del tejado. Luego se quedaba allí, extendiendo los brazos para mantener el equilibrio y mirando alrededor a todo lo que quedaba debajo o al cielo pálido del crepúsculo. Más abajo los otros chicos correteaban y se llamaban unos a otros: sus voces estaban cambiando y las habitaciones vacías provocaban ecos que se alargaban mucho, de manera que los sonidos no parecían humanos ni tener relación con las palabras.

Cuando estaba solo en el tejado, Andrew sentía siempre que necesitaba gritar, pero no sabía qué era lo que quería decir. Le parecía que si pudiera expresarlo con palabras, dejaría de ser un chico descalzo, de pies grandes y toscos, y manos que le colgaban torpemente de las mangas —que se le habían quedado cortas— de su camisa de leñador. Si encontraba las frases sería un gran hombre, una especie de Dios, y lo que gritara haría claras y sencillas las cosas que le preocupaban a él y a todo el mundo. Su voz sería potente y semejante a la música y hombres y mujeres saldrían de sus casas, le escucharían y sabrían que lo que decía era verdad, de manera que serían como una sola persona y el mundo en su totalidad lo entendería. Pero por intenso que fuera aquel sentimiento, nunca logró convertirlo en palabras. Se mantenía allí en equilibrio, atascado, pero dispuesto a estallar, y si su voz no hubiera sido chillona e insegura, habría intentado gritar la música de uno de sus discos de Wagner. No podía hacer nada. Y cuando el resto de la pandilla salía de la casa y lo veía allí arriba, Andrew sentía un pánico repentino, como si se le hubieran caído los pantalones de pana. Para cubrir su desnudez, gritaba algo estúpido como Amigos, romanos, compatriotas o Shake-Spear, dale una patada donde duela, y luego se bajaba del tejado sintiéndose vacío y avergonzado y más solo que nadie en el mundo.

Los sábados por la mañana trabajaba en la tienda de su padre, una joyería larga y estrecha en el centro de una de las principales manzanas comerciales de la ciudad. A todo lo largo del local había un escaparate muy bien iluminado, con secciones en las que se exhibían piedras preciosas y objetos de plata. La mesa de relojero del señor Leander estaba pegada a la fachada misma de la tienda, vuelta hacia el escaparate y hacia la calle. Día tras día el padre de Andrew se sentaba allí a trabajar: un hombre alto y robusto, de más de un metro ochenta, y con manos que al

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principio parecían demasiado grandes para el trabajo tan delicado que hacían. Pero después de mirarlo durante algún tiempo, esa primera sensación cambiaba. La gente que se fijaba en sus manos siempre quería seguir mirándolas: eran gruesas y no parecían tener ni huesos ni músculos, y la piel, oscurecida por los ácidos, era tan suave como seda antigua. Las manos no parecían estar de acuerdo con el resto de su persona, ni con su ancha espalda inclinada, ni con su cuello musculoso. Cuando hacía un trabajo difícil, toda su cara lo reflejaba. El ojo que sujetaba la lente de joyero miraba redondo, absorto y deforme, mientras cerraba el otro casi por completo. Todo su rostro, grande, parecía torcido, y se le abría un poco la boca por la tensión. Cuando no estaba ocupado le gustaba mirar las cabezas y los hombros de la gente que pasaba por la calle, pero nunca les prestaba atención si trabajaba.

En la tienda, su padre encargaba a Andrew cosas sin importancia como sacar brillo a los objetos de plata o hacer algún recado. A veces limpiaba muelles de relojes con un cepillito empapado en gasolina. De tarde en tarde, si había varios clientes en la tienda y la dependienta estaba ocupada, se colocaba un poco torpemente detrás del mostrador y trataba de vender algo. Pero la mayor parte del tiempo no tenía gran cosa que hacer excepto estar allí. Detestaba quedarse en la tienda los sábados porque siempre se le ocurrían otras muchas cosas que le gustaría hacer. Había ratos muy largos en los que el silencio era completo, con solo el tictac de los relojes de pulsera o los ecos de un reloj de pared al dar la hora.

En los días en que estaba allí Harry Minowitz, las cosas cambiaban. Harry se ocupaba del trabajo extra de dos o tres joyeros de la ciudad, y el señor Leander le dejaba utilizar la mesa de trabajo al fondo de la tienda a cambio de determinadas tareas. No había nada que Harry no supiera, incluso acerca de la más delicada mecánica de relojería, y a causa de eso (y también por otras razones) se le apodaba «el mago». Al padre de Andrew no le gustaban los judíos porque había una pareja en la ciudad que eran demasiado «resbaladizos» para su gusto y perjudiciales para el negocio de otros joyeros. De manera que resultaba curioso lo mucho que dependía de Minowitz.

Harry era pequeño y pálido y siempre parecía cansado. Su nariz resultaba grande para su rostro puntiagudo y, después de los ojos, era lo primero en que uno se fijaba, quizá porque tenía la costumbre de acariciársela despacio con el pulgar y el índice cuando estaba pensando:

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primero se palpaba la curva con suavidad y luego se aplastaba la punta. Cuando dudaba sobre una pregunta que se le hacía, no se encogía de hombros ni movía la cabeza, sino que, despacio, volvía hacia arriba las palmas de las manos y se sorbía hacia adentro las mejillas, ya de por sí hundidas. De ordinario le colgaba un pitillo de los labios, que siempre parecían demasiado relajados para sostenerlo. Sus ojos, oscuros, tenían una manera muy penetrante de mirar, pero luego los párpados se le caían de repente como si lo hubiera entendido todo y se aburriese a más no poder. Al mismo tiempo había en él un no sé qué de desenvuelto y desenfadado. Muy pulcro en su manera de vestir, se tocaba con un sombrero hongo inclinado hacia atrás. Nada sorprendía nunca a Harry, pero a su manera tranquila podía reírse siempre de todo, incluido él mismo. Había llegado a la ciudad diez años antes y vivía solo en una habitación pequeña en una de las calles más populosas junto al río. Aunque parecía conocer a la mitad de los habitantes de la ciudad por su nombre y su rostro, tenía pocos amigos y era un hombre solitario.

Durante el invierno que siguió a la marcha de Sara, cuando trabajaba los sábados en la tienda, a Andrew le gustaba observar a Harry y pensar sobre él. Hubo una época en que su mayor ambición era que «el mago», más que ninguna otra persona en el mundo, se fijase en él y lo admirase. Nunca había intentado imitar a su padre como hacían algunos chicos. Pero había en Harry un algo de seguridad en sí mismo y de despreocupación que le parecía maravilloso. Había vivido en ciudades como Los Ángeles o Nueva York, sabía idiomas y conocía a personas que eran completos extraños para hombres del estilo de su padre. Andrew quería hacerse amigo de Harry pero no sabía cómo proceder. Cuando estaban juntos algo le hacía hablar alto, poner cara de póquer y llamar a los adultos por el apellido sin darles el tratamiento de «señor». Luego se sentía violento, se tropezaba con sus pies, que eran muy grandes, y resultaba un incordio para todo el mundo. Andrew sentía que Harry se daba cuenta de todo y se reía, cosa que le enfadaba mucho. Había veces en las que si Minowitz no hubiera sido tan mayor habría buscado la manera de pelearse con él y de romperle la cara. Pero aunque Harry parecía de edad indefinida, Andrew sabía que más o menos rondaba los treinta; y un chico de catorce años de casi un metro ochenta no se podía pelear con un hombre más pequeño y que tenía muchos más años.

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Luego una mañana Harry trajo a la tienda «los muñecos». Alguien había puesto aquel nombre al conjunto de piezas de ajedrez en las que había trabajado durante diez años. Al principio fue una sorpresa descubrir que incluso Harry podía ser maniático acerca de algo: sabía que le gustaba el ajedrez y que era propietario de unas piezas de excelente calidad, pero eso era todo. Se enteró entonces de que Harry estaba dispuesto a ir a cualquier sitio en busca de contrincantes que estuviesen a su altura. Y que además de jugar también le gustaba sencillamente acariciar aquellas figurillas semejantes a muñecos y trabajarlas. Habían sido talladas años atrás por un amigo de su padre, con ébano y alguna otra madera ligera y muy dura. Algunas de las piezas tenían rostros chinos y todos sus rasgos eran curiosos y muy bellos. Durante años Harry había ocupado sus ratos libres haciéndoles incrustaciones con oro cincelado.

Aquellas piezas de ajedrez los convirtieron en amigos. Cuando Harry vio lo interesado que estaba el muchacho, empezó a hablarle de su trabajo y también a explicarle los movimientos del ajedrez. En pocas semanas aprendió a jugar aceptablemente para tratarse de un principiante. Y a partir de entonces Harry y él jugaban a menudo los sábados en la parte de atrás de la tienda. Andrew se aficionó tanto que incluso de noche, cuando no podía dormir, pensaba en el ajedrez. Nunca se le había ocurrido que un juego pudiera gustarle tanto.

A veces Harry lo invitaba a su habitación para pasar la tarde. El cuarto donde vivía estaba muy limpio y tenía muy pocas cosas. Se sentaban en silencio delante de una mesita y jugaban sin decir una palabra. Durante la partida, el rostro de Harry tenía un aspecto tan pálido y helado como una de sus piezas de ajedrez: solo movía las afiladas cejas negras y los dedos mientras se frotaba despacio la nariz. Las primeras veces Andrew se marchó nada más terminar las partidas, por temor a que si se quedaba más tiempo Harry se cansara de él y pensase que no era más que un crío aburrido. Pero antes de que se diera cuenta todo aquello había cambiado y se pasaban las horas hablando, a veces hasta muy avanzada la noche. Hubo ocasiones en las que Andrew casi tenía sensación de embriaguez cuando trataba de expresar todas las cosas que había guardado mucho tiempo encerradas en su interior. Hablaba y hablaba —hasta que se quedaba sin aliento y le ardían las mejillas— de las cosas que quería hacer y ver y sobre las que quería formarse una opinión. Harry escuchaba con la cabeza inclinada hacia un lado y el hecho de que callara sin sorprenderse de nada

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hacía que a Andrew las frases le vinieran a la boca más deprisa e incluso con mayor claridad que cuando las pensaba.

Harry hablaba siempre poco, pero las cosas que mencionaba sugerían más de lo que decía. Tenía un hermano menor, llamado Baruch, que estudiaba piano en Nueva York. La manera en que hablaba de él revelaba que le importaba más que nadie. Andrew trataba de imaginarse a Baruch y, de acuerdo con su idea, era más grande y estaba más seguro de sí mismo y sabía más que ninguno de los adolescentes de su pandilla. A menudo, cuando pensaba en aquel chico, se sentía triste y nostálgico por no conocerlo. Harry tenía más hermanos: uno que regentaba un estanco en Cincinnati y otro que era afinador de pianos. No cabía duda de que estaba muy unido a toda su familia, pero Baruch era su favorito.

A veces, mientras se apresuraba por calles oscuras de regreso a casa, Andrew sentía un peculiar escalofrío de miedo. No sabía muy bien por qué. Como si hubiera dado todo lo que tenía a un desconocido que podía estafarlo. Sentía deseos de correr sin parar por las calles oscuras. Una vez, cuando le sucedió eso, se detuvo en una esquina, se apoyó contra un farol y trató de recordar qué era exactamente lo que había dicho. Y el pánico se apoderó de él porque le pareció que lo que había tratado de contar lo dejaba demasiado al descubierto. Andrew no sabía el porqué. Las palabras le resonaban en la cabeza y se burlaban de él.

—¿No encuentras a veces horroroso ser quien eres? Me refiero a las veces en que te despiertas de repente y dices «soy yo» y te sientes asfixiado. Es como si todo lo que haces y piensas no fueran más que cabos sueltos y no hubiese nada que encajara. Tendría que existir una época en la que uno lo viese todo como a través de un periscopio. Una especie de… periscopio colosal donde nada queda fuera y todo encaja con lo demás. Y suceda lo que suceda después de eso, no…, no habrá nada que sobresalga como un pulgar lastimado y que haga que pierdas el equilibrio. Ese es uno de los motivos para que me guste el ajedrez, y es que funciona en cierto modo así. Y la música…, me refiero a la buena música. La mayor parte del jazz y las canciones de las películas son semejantes a algo que una cría como Mick dibujaría en la hoja de un bloc: quizá una línea temblorosa, borrada varias veces y descuidada. Pero la otra música es, a veces, como una gran composición maravillosa y durante un minuto te hace ser de otra manera. Pero volviendo al periscopio…, en realidad no existe una cosa así. Y quizá sea eso lo que todos quieren aunque no lo sepan. Intentan una

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cosa después de otra, pero esa necesidad nunca desaparece del todo.

Nunca.

Y cuando terminó de hablar el rostro de Harry seguía estando pálido y helado, como uno de sus pequeños reyes de ajedrez. Había asentido con movimientos de cabeza, y eso fue todo. Andrew lo detestaba. Pero con todo y con eso sabía que iba a volver a la semana siguiente.

Aquel año vagó por la ciudad con frecuencia. No solo llegó a conocer todas las calles del barrio residencial donde vivía, las de las principales manzanas del centro y los barrios negros, sino que también empezó a familiarizarse con la parte de la ciudad llamada South Highlands, el sitio donde se encontraban las industrias más importantes de la ciudad, las tres fábricas de algodón. A lo largo de más de un kilómetro río arriba solo había fábricas y las amontonadas callecitas de chozas donde vivían los obreros. Aquel barrio tan grande parecía casi completamente separado del resto de la ciudad y cuando Andrew empezó a ir por allí tuvo la impresión de estar a doscientos kilómetros de su casa. Algunas tardes recorría durante horas de un extremo a otro los empinados y sucios callejones. Caminaba sin hablar con nadie, las manos en los bolsillos, y cuanto más veía, más fuerte era la sensación de que tendría que seguir andando y andando por aquellas calles hasta tomar una decisión. En South Highlands vio cosas que le asustaron de una manera completamente nueva; nueva porque no le asustaron en lo personal, y porque ni siquiera era capaz de razonar el motivo. Pero el miedo seguía presente en su interior y a veces casi parecía que iba a asfixiarlo. La gente sentada en los escalones de una entrada o de pie en un umbral lo miraban siempre con fijeza, y la mayor parte de las caras eran de color amarillo pálido y carecían de expresión, excepto la de falta de interés. Las calles estaban llenas de chicos en mono. Una vez vio a un muchacho de su edad que orinaba en los escalones de su propia casa cuando había chicas alrededor. Otra vez un tipo a medio crecer trató de ponerle la zancadilla y Andrew tuvo que pelearse. Nunca había sido bueno como luchador, pero en una agarrada siempre usaba los puños y golpeaba con la cabeza. Aquel chico, sin embargo, era diferente. Peleaba como un gato, arañaba, mordía y gruñía en voz baja. Lo curioso fue que cuando Andrew casi tenía perdida la pelea y se encontraba en el suelo y estaba a punto de asfixiarse, su contrincante se quedó de repente flácido como un saco viejo y al cabo de un minuto más se rindió. Luego, cuando los dos estaban otra vez de pie y mirándose, el chaval hizo una cosa

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absurda. Escupió a Andrew, se tiró al suelo y se quedó allí, boca arriba. El escupitajo le cayó en un zapato y era muy espeso, como si el otro lo hubiera guardado durante mucho tiempo. Pero Andrew vio al chico allí tumbado en el suelo y se sintió mal y ni siquiera pensó en obligarlo a luchar de nuevo. Aquel día hacía frío, pero su contrincante no llevaba encima más que el mono, solo tenía huesos en el pecho y el estómago le sobresalía muchísimo. Se sintió tan disgustado como si hubiera pegado a un bebé o a una chica o a alguien a quien lo normal hubiera sido defender. Las roncas sirenas que señalaban el cambio de turno en la fábrica de algodón lo devolvieron al mundo exterior.

Pero incluso después de aquello había algo en él que le obligaba a recorrer las calles de South Highlands. Buscaba algo pero no sabía qué era.

En el barrio negro no sentía ningún miedo impreciso. Aquella zona de la ciudad era una especie de hogar para él, en especial la callecita llamada Sherman’s Quarter donde vivía Vitalis. Se hallaba en el límite de la ciudad y a pocas manzanas de su propia casa. La mayoría de las personas de color que vivían allí se ocupaban de los jardines de los blancos o cocinaban para ellos y les lavaban la ropa. Detrás del barrio se extendían los kilómetros de campos y pinares adonde Andrew iba de acampada. Desde pequeño sabía los nombres de todos los negros que vivían cerca. En aquellas salidas suyas pedía prestado cierto sabueso pequeño y flaco a un anciano que vivía al final del barrio, y si volvía con una zarigüeya o algún pez, a veces cocinaban lo que traía y se lo comían juntos. Andrew conocía el patio trasero de aquellas casas como el suyo propio: las ennegrecidas tinas de lavar, las duelas de los barriles, los ciruelos silvestres, los retretes, el viejo automóvil sin ruedas que llevaba años detrás de una de las casas. Conocía el barrio de los domingos por la mañana, cuando las mujeres peinaban y trenzaban el pelo de sus hijos al sol en los escalones de la entrada, las chicas de más edad se paseaban arriba y abajo con sus llamativos vestidos de seda que les llegaban hasta los pies, y los varones las miraban y silbaban blues suavemente. Y también estaba familiarizado con el tiempo de la sobremesa después de la comida dominical. Más tarde se encendían en las casas las lámparas de aceite que arrojaban largas sombras. Sin olvidar el olor a humo, a pescado y a maíz. Y siempre había alguien que bailaba o que tocaba la armónica.

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Pero también existían unas horas en las que el barrio negro era una incógnita para él: las de la madrugada. Varias veces, al volver tarde a casa después de cazar o sencillamente cuando estaba intranquilo, había recorrido las calles del barrio negro a esas horas. Las puertas estaban cerradas bajo la luz de la luna, las casas parecían encogerse y tenían el aspecto de chabolas que llevaran años deshabitadas. Al mismo tiempo se notaba ese silencio que nunca se da en un sitio desierto, y que solo se siente cuando hay mucha gente durmiendo. Pero mientras escuchaba aquella quietud extrema, siempre, poco a poco, tomaba conciencia de un sonido, que era el que volvía tan extraño el barrio a altas horas de la noche. No se trataba siempre del mismo ruido y parecía proceder de sitios distintos. Una vez era como una chica riendo, una joven que reía suavemente durante mucho tiempo. Otra vez era el discreto gemido de un hombre en la oscuridad. Un sonido como de música, aunque carecía de forma, pero le obligaba a detenerse, escuchar y estremecerse como con una canción. Y cuando volvía a su casa y se acostaba seguía teniendo dentro el sonido; Andrew se retorcía en la oscuridad y sus piernas y sus brazos se rozaban porque no encontraban descanso.

Nunca le habló a Harry Minowitz de aquellos paseos. No se imaginaba tratando de explicar a nadie aquel sonido, y menos que a nadie a Harry, porque se trataba de un secreto. Tampoco le habló nunca de Vitalis.

Cuando después de las clases volvía a la cocina y encontraba allí a la joven de color, había dos palabras que decía siempre. Era como contestar servidor cuando pasaban lista en el instituto. Dejaba los libros, se quedaba un momento en el umbral y decía: «Tengo hambre». La breve frase no cambiaba nunca y a menudo ni siquiera se daba cuenta de que la había dicho. En ocasiones, cuando acababa con toda la comida que era capaz de consumir y estaba todavía allí sentado en la silla delante del fogón, intranquilo pero sin querer aún marcharse, pronunciaba maquinalmente aquellas dos palabras. El simple hecho de contemplar a Vitalis se las traía a la cabeza.

—Comes más que ningún chico a medio crecer que haya visto nunca —decía ella—. ¿Qué demonios te pasa? Creo que comes tanto porque quieres hacer algo y no sabes qué.

Pero Vitalis siempre tenía comida para Andrew. Quizá caldo de cocido y pan de maíz o galletas y sirope. A veces, incluso, hacía dulces solo para él o cortaba un trozo de la carne que iba a servir para la cena.

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Contemplar a Vitalis era casi tan satisfactorio como comer y Andrew la seguía siempre con los ojos. No era de color negro carbón como algunas chicas de su raza y siempre llevaba el pelo bien trenzado y brillante con aceite. Todas las mañanas a primera hora, Sylvester, su novio, la acompañaba al trabajo, y de ordinario Vitalis llevaba un vestido llamativo de satén rojo, con pendientes y zapatos verdes de tacón alto. Luego, cuando llegaba a casa de los Leander, se quitaba los zapatos y movía un rato los dedos de los pies antes de ponerse las zapatillas de andar por casa. Siempre colgaba el vestido de satén en el porche trasero y lo sustituía por el de algodón a cuadros que usaba para trabajar. Tenía los andares de las mujeres de color que han llevado cestos de ropa en la cabeza. Vitalis era buena y no había nadie como ella.

Las conversaciones entre los dos eran afectuosas y sin mucha sustancia. A Vitalis no la atormentaba ni le preocupaba lo que no entendía. A veces Andrew le soltaba lo primera que se le pasaba por la cabeza y, en cierta manera, era como hablar consigo mismo. Las respuestas de Vitalis eran siempre tranquilizadoras. Le hacían sentirse de nuevo como un niño y se reía. Un día ella le habló un poco sobre Harry.

—Lo he visto muchas veces en la tienda de tu papá. No es más que un hombrecillo pálido, ¿no es eso? ¿Sabes una cosa divertida? Casi toda la gente pequeña e insignificante se da aires. Cuanto más pequeños son, más grandes se creen. Solo tienes que fijarte en cómo alzan la cabeza cuando caminan. Los hombres grandes, como Sylvester, y como vas a ser tú, no son así. Cuando miden un metro ochenta es fácil que se comporten con dulzura y que se avergüencen como niños. Una vez conocí a un enanito, un tal Hunch, que se daba muchos aires. Me gustaría que hubieras visto la manera que tenía de pasear los domingos. Llevaba un paraguas enorme y pisaba la calle como si fuera Dios…

Luego, una mañana, Andrew entró en la cocina después de escuchar un disco nuevo de Beethoven. Había tenido la música en la cabeza la mitad de la noche y se había despertado pronto para volver a oírlo antes de irse a clase. Al entrar en la cocina Vitalis se estaba cambiando de calzado.

—Cariño —dijo ella—. Qué pena que no hayas estado aquí hace un minuto. Entro en la cocina y tú tenías puesto el gramófono en tu habitación. Sonaba como la música que tocan las bandas para que desfile la gente. Luego he mirado al suelo y ¿sabes lo que he visto? Toda una familia de ratoncitos del tamaño de tu dedo, que se sostenían sobre las

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patas de atrás y bailaban. Te lo juro. A esos ratones les gusta una música así.

Quizás Andrew iba siempre a ver a Vitalis en busca de palabras como aquellas y por eso decía: «Tengo hambre». No era solo en busca de comida recalentada ni del café que pudiera darle.

A veces hablaban de Sara. Durante los dieciocho meses que estuvo fuera apenas escribió. Y cuando lo hacía, la carta era solo sobre la tía Esther, sus lecciones de música y lo que iban a cenar por la noche. Andrew se daba cuenta de que había cambiado. Y le parecía que tenía problemas o que le estaba sucediendo algo importante. Pero sin duda se mostraba muy reticente con él y lo más terrible era que cuando trataba de recordar su cara no la veía con claridad. Casi llegó a ser para él como su madre muerta.

De manera que Harry Minowitz y Vitalis fueron las personas más cercanas a él durante aquella época. Vitalis y Harry. Cuando trataba de pensar en los dos juntos no le quedaba más remedio que reírse. Era como poner rojo con el azul espliego; o una fuga de Bach con las tristes melodías que silba un negro. Todo lo que conocía funcionaba así. Nada encajaba.

Sara regresó, pero las cosas no cambiaron mucho. Ya no estaban tan unidos como antes. El señor Leander había pensado que ya era hora de que volviera a casa, pero su hija mayor no parecía sentirse a gusto con su familia. Y durante todo el año siguiente se quedaba a menudo muy callada y se limitaba a mirar al frente como si echara de menos a sus tíos. Los dos hermanos no salían con la misma pandilla de chicos y chicas, y muchas veces ni siquiera se esperaban para ir juntos a clase por las mañanas. Sara había aprendido mucha música en Detroit y su manera de tocar el piano era diferente y muy cuidadosa. Andrew se daba cuenta de que había intimado con su tía Esther, pero, por alguna razón, no hablaba mucho de ella.

El problema era que por entonces Andrew veía a Sara de una manera muy confusa. Como todas las demás cosas. Chifladas y cabeza abajo. Y él se estaba haciendo hombre y no sabía qué era lo que le esperaba. Y siempre tenía hambre y siempre le parecía que algo estaba a punto de suceder. Y lo que sucediera le parecía que iba a ser terrible y que iba a destruirlo. Pero no era capaz de transformar aquellos presentimientos en ideas. Incluso el tiempo —los dos años largos después del regreso de Sara — parecía haber pasado por su cuerpo pero no por su entendimiento. Solo

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habían sido largos meses de sentir que se hundía o de tranquilo vacío. Y cuando pensaba en ello apenas sacaba ninguna conclusión.

Estaba a punto de hacerse hombre y tenía diecisiete años.

Fue entonces cuando sucedió lo que, sin saberlo, había estado esperando. Nunca lo había imaginado y después le pareció que le había saltado encima sin saber cómo; mentalmente le pareció que fue así, pero hubo otra parte de él que vio las cosas de otra manera.

Sucedió al final del verano, pocas semanas antes de la fecha en que Andrew se proponía trasladarse a Atlanta para ingresar en la Escuela Politécnica. Él no deseaba ir, pero era una solución barata porque podía hacer allí el curso de ingreso y además su padre quería que se graduara allí y que fuese ingeniero. No parecía que tuviera otras posibilidades y en cierto modo estaba deseoso de marcharse de casa para poder vivir por su cuenta en un sitio nuevo. Aquella tarde de verano, a última hora, caminaba por el bosque de detrás de Sherman’s Quarter, pensando en sus estudios y en un centenar de cosas imprecisas. Recordar todas las otras veces que había caminado por allí le hizo sentirse inquieto, perdido y solo.

Casi se ponía el sol cuando salió del bosque y pasó por la calle donde vivía Vitalis. Aunque era domingo, las casas estaban en silencio y todo el mundo parecía haberse marchado. El aire era sofocante y se notaba el olor de las agujas de pino tostadas por el sol. Al fondo de las callecitas crecían malas hierbas que todo el mundo pisaba y también las primeras varas de oro. Mientras caminaba por delante de las casas, los tobillos grises por los lentos remolinos de polvo que levantaban sus pasos y los ojos cansados por la luz del sol, oyó de repente que Vitalis le hablaba.

—¿Qué haces por aquí, Andrew?

Estaba sentada en los escalones de la entrada de su casa y parecía sola en el barrio vacío.

—Nada —respondió él—. Dar un paseo.

—Tienen un funeral muy importante en nuestra iglesia. Esta vez se ha muerto el predicador. Ha ido todo el mundo menos yo. Acabo de volver de tu casa. También Sylvester se ha ido al funeral.

Andrew no sabía qué decir, pero el hecho de ver a Vitalis le hizo murmurar:

—¡Qué hambre tengo, caramba! Tanto caminar… Y sed… —Te daré algo.

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Se puso lentamente en pie y Andrew se dio cuenta entonces de que estaba descalza y de que sus medias y sus zapatos verdes estaban en el porche. Vitalis se agachó para ponérselos.

—Me los he quitado porque todo el mundo se ha ido excepto una señora enferma que vive en una de las casas del fondo de la calle. Estos zapatos verdes siempre me han aplastado los dedos…, y a veces sentir el suelo me descansa los pies.

En el rellano de la entrada trasera de la casa, Andrew se bebió el agua fresca y se echó un poco en la cara, que le ardía. De nuevo sintió como si estuviera oyendo el extraño sonido que había escuchado a altas horas de la noche por aquella calle. Cuando atravesó la casa donde Vitalis le había estado esperando sintió que le temblaba todo el cuerpo. No supo por qué los dos se detuvieron un momento en la habitacioncita a oscuras. El silencio era denso y un reloj hacía tictac muy despacio. Había una muñeca de celuloide con una falda de gasa en la repisa de la chimenea y el aire olía a cerrado y a moho.

—¿Qué te pasa, Andrew? ¿Por qué tiemblas de esa manera? ¿No te encuentras bien, corazón?

No fue él ni tampoco ella. Era aquella cosa en los dos. El extraño sonido que Andrew había oído de noche. La habitación oscura y el silencio. Y todas las tardes que había pasado con ella en la cocina. Y toda su hambre y las veces que había estado solo. Después de que sucediera fue lo que Andrew pensó.

Más tarde Vitalis salió de la casa con él y se pararon junto a un pino en el límite del bosque.

—Andrew, deja de mirarme de esa manera —repetía Vitalis—. No ha pasado nada. No te preocupes en absoluto.

Era como si la estuviese mirando desde el fondo de un pozo y no se le ocurriese nada más.

—No ha sucedido nada malo de verdad. Para mí no es la primera vez y tú ya eres un hombre. Deja de mirarme así, Andrew.

Nunca se le había pasado por la cabeza. Pero aquella posibilidad estaba allí esperando, se le había acercado sigilosamente y había silenciado sus otros pensamientos. Y no era la única cosa que lo desbordaría de aquel modo. Siempre. Siempre.

—No significa nada. Sylvester no lo sabrá nunca, ni tu papá. No lo habíamos preparado. No ha sido un pecado de verdad.

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Andrew se lo había imaginado cuando tuviera veinte años. Y la chica tendría un rostro blanco como una flor: eso era todo lo que sabía de ella.

—La gente no puede planearlo todo.

La dejó. Las piezas de ajedrez de Harry, aquellas figurillas tan precisas, nítidos problemas de geometría, música que se prolongaba inmensa y simétrica. Estaba completamente perdido y le pareció que sin duda había llegado el fin. Quiso abarcar todo lo que le había sucedido en la vida, abrazarlo y darle forma. Pero estaba completamente perdido. Solo y desnudo. Y junto con las piezas de ajedrez y la música se acordó de repente de un mapa aéreo de Nueva York que había visto una vez: con los afilados rascacielos y las manzanas claramente diferenciadas. Quería irse muy lejos y Atlanta estaba demasiado cerca. Recordó el mapa de Nueva York, helado y minucioso, y supo que era allí adonde iría. No sabía más.

En el restaurante de la estación de autobuses donde se había apeado, Andrew Leander terminó la última de sus cervezas. Estaban cerrando el local y ya no habría otro autobús para Georgia hasta la mañana siguiente. No podía sacarse de la cabeza ni a Vitalis, ni a Sara, ni a Harry, ni a su padre. Y había además otras personas. Se dio cuenta de pronto de que apenas se había acordado de Chandler. Chandler West, que vivía al otro lado de la calle, con quien había pasado tanto tiempo y que era al mismo tiempo tan difícil de entender. Y la chica que iba al instituto con las uñas pintadas de rojo. Y el muchachito llamado Peeper, que era poco más que una rata, y con el que había hablado una vez en South Highlands.

Se levantó de la mesa y recogió sus maletas. Era el último cliente y el camarero estaba esperando a que se fuera. Por un momento, Andrew se detuvo junto a la puerta que daba a la calle, oscura y silenciosa.

Cuando se sentó a la mesa todo le había parecido muy claro por primera vez. Y ahora estaba más perdido que nunca. Pero por alguna razón no importaba. Se sentía fuerte. En aquel lugar oscuro y somnoliento era un desconocido, pero después de tres años volvía a casa. No solo a Georgia sino a un hogar más cercano. Estaba borracho y tenía fuerza para dar forma a las cosas. Pensó en todas las personas de su familia a las que había querido. Y no sería él solo: encontraría el camino con su ayuda. Se sentía borracho y lleno de nostalgia del hogar. Quería salir, alzar la voz y buscar

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en la noche todo lo que quería. Estaba borracho de verdad. Era Andrew Leander.

—Escucha —le preguntó al muchacho que esperaba para cerrar la puerta—. ¿Me puedes dar el nombre de algún sitio por aquí cerca donde me alquilen una habitación para pasar la noche?

El otro le hizo algunas indicaciones que Andrew anotó en la parte más superficial de su cerebro. La calle estaba oscura y silenciosa y se quedó aún un momento más en el umbral.

—Escucha —dijo de nuevo—. Estaba medio borracho cuando me apeé del autobús. ¿Cómo se llama este lugar?

Traducción de José Luis López Muñoz

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El jockey

El jockey llegó a la puerta del comedor; después de un momento entró y se puso a un lado, quieto, con la espalda apoyada contra la pared. El local estaba lleno; era ya el tercer día de la temporada y todos los hoteles de la ciudad estaban repletos. En el comedor, unos ramitos de rosas de agosto habían dejado caer pétalos sobre los manteles blancos y desde el bar cercano llegaba un sonido de voces cálido y ronco. El jockey esperaba con la espalda pegada a la pared y observaba el comedor con ojos apretados, rugosos. Examinó la habitación y su mirada llegó hasta una mesa de la esquina de enfrente en la que estaban sentados tres hombres. Observando, el jockey levantó la barbilla y echó la cabeza hacia un lado; su cuerpo de enano se irguió rígido y apretó las manos con los dedos curvos hacia dentro como garfios de hierro. Así, en tensión, contra la pared del comedor, miraba y esperaba.

Aquella tarde llevaba un traje de seda china verde bien cortado a medida y del tamaño de un disfraz de niño. La camisa era amarilla; la corbata a rayas, de colores pastel. Iba sin sombrero y llevaba el pelo cepillado hacia la frente en una especie de flequillo mojado y tieso. Su rostro era chupado, gris y sin edad. Había hoyos de sombra en sus sienes y sus labios se crispaban en una sonrisa forzada. Después de un rato se dio cuenta de que le había visto uno de los tres hombres que él había mirado. Pero el jockey no saludó con la cabeza, levantó más la barbilla y metió el pulgar de su mano rígida en el bolsillo del chaleco.

Los tres hombres de la mesa de la esquina eran un entrenador, un corredor de apuestas y un hombre rico. El entrenador era Sylvester, un sujeto grandote, desgarbado, de nariz brillante y lentos ojos azules. El de las apuestas era Simmons. El hombre rico era el dueño de un caballo que se llamaba Seltzer, con el que el jockey había corrido aquella tarde. Los

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tres bebían whisky con soda, y un camarero uniformado con chaqueta blanca acababa de traer el plato principal de la cena.

Fue Sylvester el primero que vio al jockey. Desvió la vista en seguida, dejó su vaso de whisky y se frotó nervioso la punta de la nariz enrojecida.

—Es Bitsy Barlow —dijo—. Está ahí, al otro lado del comedor, mirándonos.

—¡Ah, el jockey! —dijo el hombre rico. Estaba de cara a la pared y casi dio media vuelta para mirar hacia atrás—. Dile que venga.

—¡No, por Dios! —dijo Sylvester.

—Está loco —dijo Simmons. La voz del corredor de apuestas era opaca y sin inflexiones. Tenía la cara de un jugador nato, ajustada cuidadosamente su expresión en equilibrio permanente de miedo y codicia.

—Bueno, yo no le llamaría eso precisamente —dijo Sylvester—. Le conozco desde hace tiempo. Estaba estupendamente hasta hace unos seis meses. Pero si sigue así, me parece que no dura otros seis meses, no puede.

—Fue aquello que le pasó en Miami —dijo Simmons.

—¿Qué? —preguntó el hombre rico.

Sylvester echó una mirada al jockey a través del comedor y se humedeció los labios con la lengua roja y carnosa.

—Un accidente. Un chico que se hirió en la pista. Se rompió una pierna y la cadera. Era muy amigo de Bitsy. Un irlandés. No era mal jinete tampoco.

—Es una pena —dijo el hombre rico.

—Sí. Eran muy amigos —dijo Sylvester—. Estaba siempre en el hotel en el cuarto de Bitsy. Solían jugar al póquer o se tumbaban en el suelo a leer juntos la página de deportes.

—Bueno, son cosas que pasan —dijo el hombre rico.

Simmons cortaba su filete. Tenía el tenedor sobre el plato y amontonaba cuidadosamente sobre él las setas con la hoja del cuchillo.

—Está loco —repetía—. A mí me pone nervioso.

Estaban ocupadas todas las mesas del comedor. En la mesa del centro había un grupo de fiesta y las mariposas blancas y verdes habían entrado desde la noche y revoloteaban alrededor de las llamas claras de las velas. Dos chicas con pantalones de franela y chaquetas sueltas entraron del brazo y fueron al bar. De la calle principal llegaban los ecos de la histérica barahúnda de la gente en vacación.

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—Aseguran que Saratoga es en agosto la ciudad más rica del mundo por cabeza —dijo Sylvester dirigiéndose al hombre rico—. ¿A usted qué le parece?

—No sé —dijo el hombre rico—. Podría serlo muy bien.

Simmons se limpió cuidadosamente la boca grasienta con la punta del índice:

—¿Y qué pasa con Hollywood? ¿Y Wall Street?

—Calla —dijo Sylvester—. Viene hacia acá.

El jockey había dejado la pared y se acercaba a la mesa de la esquina. Andaba pavoneándose, presumido, lanzando las piernas en un semicírculo a cada paso, taconeando viva y petulantemente sobre la alfombra de terciopelo rojo. Al andar se dio contra el codo de una mujer gorda vestida de satén blanco, que estaba en la mesa del banquete; el jockey retrocedió y se inclinó con cortesía estudiada, los ojos bien cerrados. Cuando hubo cruzado el comedor, acercó una silla y se sentó en una esquina de la mesa, entre Sylvester y el hombre rico, sin hacer el menor saludo ni cambiar en lo más mínimo su rostro gris e inmóvil.

—¿Has cenado? —preguntó Sylvester.

—Algunos lo llamarían cenar —la voz del jockey era alta, clara y amarga.

Sylvester puso el cuchillo y el tenedor cuidadosamente sobre el plato. El hombre rico cambió de postura, poniéndose de lado en la silla y cruzando las piernas. Llevaba pantalones grises de montar, las botas sucias y una chaqueta marrón muy estropeada. Ese era su atuendo día y noche durante las carreras, aunque nadie le había visto nunca a caballo. Simmons siguió con su cena.

—¿Quieres un poco de seltz? —preguntó Sylvester—. ¿O algo por el estilo?

El jockey no contestó. Sacó una petaca de oro del bolsillo y la abrió de golpe. Dentro había algunos pitillos y una navajita de oro minúscula. Usaba la navaja para cortar en dos los cigarrillos. Cuando hubo encendido el pitillo, levantó la mano llamando al camarero que pasaba junto a la mesa.

—Un whisky, por favor.

—Mira, chico —dijo Sylvester.

—No me llame chico.

—Sé razonable. Sabes que tienes que ser razonable.

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El jockey hizo una mueca rígida con el extremo izquierdo de la boca. Bajó los ojos mirando la comida que había encima de la mesa, pero los levantó en seguida. Delante del hombre rico había una cazuelita de pescado asado con salsa de crema y adornado con perejil. Sylvester había pedido unos huevos «Benedict». Había espárragos, maíz tostado con mantequilla y un platito con aceitunas negras. Había una fuente de patatas fritas en la esquina de la mesa, delante del jockey. No miró más la comida. Fijaba sus ojos apretados en el centro de mesa con rosas abiertas.

—Me figuro que no se acordarán de cierta persona que se llamaba McGuire —dijo.

—Oye, mira, —dijo Sylvester.

El camarero trajo el whisky y el jockey se sentó acariciando el vaso con sus manos pequeñas, fuertes y callosas. En la muñeca llevaba una cadena de oro que golpeaba contra el borde de la mesa. Después de dar vueltas al vaso entre las palmas de las manos, se bebió de pronto el whisky en dos tragos. Dejó el vaso con aire decidido.

—No, no creo que su memoria sea tan larga y amplia —dijo.

—Claro que sí, Bitsy —dijo Sylvester—. Pero, ¿por qué haces estas cosas? ¿Has tenido hoy noticias del chico?

—He tenido una carta —dijo el jockey—. A esa persona de la que hablábamos la han quitado del personal el miércoles. Tiene una pierna dos centímetros más corta que la otra. Eso es todo.

Sylvester chasqueó la lengua y movió la cabeza.

—Me hago cargo de lo que sientes.

—¿Sí? —El jockey miraba los platos de la mesa. Su mirada iba de la cazuelita de pescado al maíz y, finalmente, se fijó en la fuente de patatas fritas. Apretó la cara, y levantó la mirada rápidamente. Deshojó una rosa y cogió uno de los pétalos, lo estrujó entre los dedos y se lo metió en la boca.

—Bueno, son cosas que pasan —dijo el hombre rico.

El entrenador y el de las apuestas habían terminado de comer, pero quedaba comida en las fuentes. El hombre rico se lavó los dedos grasientos en el vaso de agua y se secó con la servilleta.

—¡Vaya! —dijo el jockey—. ¿No quieren que les traiga algo? ¿O quizá desean repetir? ¿Otro filete, señores, o…?

—Por favor —dijo Sylvester—. Sé razonable. ¿Por qué no te vas arriba?

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—Sí, ¿por qué no me voy? —dijo el jockey.

Su voz aflautada era todavía más alta y tenía algo del plañido agudo de la histeria.

—¿Por qué no me voy a mi maldito cuarto y le doy vueltas y escribo unas cartas y me voy a la cama como un buen chico? ¿Por qué no…? — Empujó su silla hacia atrás y se levantó—. ¡Oh, al cuerno! —dijo—. Váyanse al cuerno. Quiero algo de beber.

—Lo que te digo es que esto es tu funeral —dijo Sylvester—. Tú ya sabes el mal que esto te hace. Lo sabes de sobra.

El jockey cruzó el comedor y se acercó a la barra. Pidió un Manhattan y Sylvester le miró, de pie con los talones juntos, apretados, el cuerpo tieso como un soldado de plomo, con el meñique separado del vaso, y bebiendo despacio.

—Está loco —dijo Simmons—. Ya lo dije.

Sylvester se volvió al hombre rico:

—Si se toma una chuleta de cordero, se le ve la forma en el estómago una hora después. No digiere ya las cosas. Pesa cincuenta y un kilos. Ha engordado un kilo y medio desde que dejamos Miami. —Un jockey no debe beber —dijo el hombre rico.

—La comida no le satisface como antes y no la digiere. Si se toma una chuleta de cordero, se la puede ver saliendo de punta en el estómago y no le baja.

El jockey terminó su Manhattan. Tragó y aplastó la cereza del fondo del vaso con el dedo pulgar, y la apartó luego lejos de él. Las dos chicas en pantalones estaban de pie a su izquierda, mirándose, y al otro lado del bar dos chicos habían empezado una discusión sobre cuál era la montaña más alta del mundo. Todos estaban acompañados; no había nadie solo aquella noche. El jockey pagó con un billete nuevo de cincuenta dólares y no contó el cambio.

Volvió al comedor, a la mesa en la que estaban sentados los tres hombres, pero no se sentó.

—No, no me atrevería a pensar que la memoria de ustedes es tan buena —dijo. Era tan bajo que el borde de la mesa le llegaba casi al cinturón y cuando agarró la esquina con sus manos nervudas no tuvo que doblarse—. No, ustedes están demasiado ocupados en tragar cenas en restaurantes. Están demasiado…

—De veras —rogó Sylvester—. Tienes que ser razonable.

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—¡Razonable! ¡Razonable! —El rostro gris del jockey tembló, luego se detuvo en una sonrisa helada y desagradable. Sacudió la mesa hasta que los platos se tambalearon, y por un momento pareció que la iba a volcar. Pero de pronto lo dejó. Alargó la mano a la fuente que estaba a su lado y se metió deliberadamente en la boca un puñado de patatas fritas. Masticaba despacio, con el labio superior levantado, se volvió y escupió la masa pastosa sobre la suave alfombra roja que cubría el suelo—. ¡Depravados! —dijo. Y su voz sonaba delgada y rota. Saboreó la palabra como si tuviera un sabor que le gustara—. ¡Depravados! —repitió, y volviéndose se marchó del comedor con su rígido pavoneo.

Sylvester encogió uno de sus hombros pesados y caídos. El hombre rico secó un poco de agua que se había vertido sobre el mantel, y no hablaron hasta que vino el camarero a recoger los platos.

Traducción de María Campuzano

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Madame Zilensky y el rey de Finlandia

Todo el mérito de haber traído a Madame Zilensky a la Universidad de Ryder se debía al señor Brook, director del departamento de música. La universidad se consideraba afortunada, porque Madame Zilensky tenía una gran reputación, lo mismo como compositora que como pedagoga. El señor Brook se encargó personalmente de buscar una casa para Madame Zilensky, un sitio cómodo, con jardín, bastante cerca de la universidad y al lado de la casa de pisos donde él habitaba.

Nadie en Westbridge había conocido a Madame Zilensky antes de que viniera. El señor Brook había visto retratos suyos en las revistas de música, y una vez le había escrito para preguntarle sobre la autenticidad de cierto manuscrito de Buxtehude. También, cuando se decidió que viniera a la universidad, se habían intercambiado algunos telegramas y cartas sobre asuntos prácticos. Tenía una letra clara y recta, y lo único fuera de lo corriente en esas cartas era que hacían alguna referencia casual a objetos y personas completamente desconocidos al señor Brook, como «el gato amarillo de Lisboa» o «el pobre Heinrich». El señor Brook achacó estas distracciones a la confusión de la huida de Europa con su familia.

El señor Brook era una persona algo borrosa; años de minuetos de Mozart, de explicaciones sobre séptimas disminuidas y terceras menores, le habían dado en su vocación una paciencia alerta. Casi siempre estaba solo. Odiaba la rutina académica y las juntas. Años antes, cuando los del departamento de música habían decidido hacer un viaje juntos y pasar el verano en Salzburgo, en el último momento el señor Brook se escurrió del compromiso y se fue solo al Perú. Tenía algunas rarezas y era tolerante con las extravagancias de los demás; realmente casi le hacía gracia el ridículo. A menudo, cuando se enfrentaba con alguna situación grave e incongruente, sentía un cosquilleo interior, que endurecía su rostro largo y suave y agudizaba la luz de sus ojos grises.

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El señor Brook fue a recibir a Madame Zilensky a la estación de West-bridge una semana antes de empezar el semestre de otoño. La reconoció al punto. Era una mujer alta y erguida, con la cara pálida y ojerosa. Sus ojos estaban profundamente sombreados y llevaba el cabello oscuro echado hacia atrás desde la misma frente. Tenía manos largas y delicadas, muy sarmentosas. En toda su persona había algo noble y abstraído que hizo que el señor Brook retrocediera un poco y se quedara desabrochándose nervioso los gemelos. A pesar de sus vestidos (una falda larga negra y una chaqueta roja de cuero), daba una impresión de vaga elegancia. Con Madame Zilensky había tres niños, entre los diez y los seis años, los tres rubios, guapos y de ojos claros. Había otra persona, una mujer vieja, que luego resultó ser la criada finlandesa.

Este fue el grupo que encontró en la estación. El único equipaje que traían con ellos eran dos enormes cajas de manuscritos; el resto se lo habían dejado olvidado en la estación de Springfield cuando cambiaron de tren. Esto es algo que le puede pasar a cualquiera. Cuando el señor Brook los metió a todos en un taxi, pensó que lo peor ya había pasado, pero Madame Zilensky de pronto trató de saltar por encima de sus rodillas y salir.

—¡Dios mío! —dijo—. Me he dejado mi…, ¿cómo se dice?, mi tic tic-tic…

—¿Su reloj? —preguntó el señor Brook.

—¡Oh, no! —dijo ella con vehemencia—. Ya sabe usted, mi tictic-tic… —Y movía el índice de un lado a otro como un péndulo.

—Tic-tic —dijo el señor Brook llevándose las manos a la cabeza y cerrando los ojos—. ¿Es posible que quiera usted decir un metrónomo?

—¡Sí, sí! Creo que lo he debido perder donde cambiamos de tren.

El señor Brook pudo tranquilizarla. Hasta dijo, con una especie de galantería aturdida, que le buscaría uno al día siguiente. Pero, de momento, tenía que reconocerse que había algo extraño en este desconsuelo por el metrónomo, cuando faltaba todo el resto del equipaje.

Los Zilensky se instalaron en la casa de al lado y, aparentemente, todo iba bien. Los niños eran unos chicos tranquilos. Se llamaban Sigmund, Boris y Sammy. Estaban siempre juntos y se seguían el uno al otro en fila india, Sigmund delante por lo general. Entre ellos hablaban en algo que sonaba a un esperanto familiar hecho con ruso, francés, finlandés, alemán e inglés; cuando había gente alrededor estaban extrañamente silenciosos.

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Lo que al señor Brook le ponía incómodo no era nada de lo que los Zilensky hacían o decían. Eran pequeños detalles. Por ejemplo, cuando los niños estaban en una habitación, había algo que inconscientemente le molestaba. Por fin se dio cuenta de que los chicos Zilensky no pisaban nunca las alfombras: las bordeaban en fila india sobre el suelo desnudo, y si una habitación estaba toda alfombrada, se quedaban en la puerta y no entraban. Había otra cosa: habían pasado varias semanas y Madame Zilensky parecía no hacer el menor esfuerzo por instalarse y amueblar la casa con algo más que una mesa y unas camas. La puerta principal estaba abierta día y noche, y pronto la casa empezó a tener un aspecto extraño y destartalado, como un sitio abandonado hacía años.

La universidad podía estar satisfecha con Madame Zilensky. Enseñaba con tremenda insistencia y se indignaba profundamente si cualquier Mary Owens o Bernadine Smith no sacaba limpios los trinos de Scarlatti. Buscó cuatro pianos para su estudio y puso a cuatro asombradas estudiantes a tocar fugas de Bach juntas. La barahúnda que venía desde su parte de la sección era tremenda, pero Madame Zilensky parecía no tener nervios, y, si la voluntad y el esfuerzo puros pudieran transmitir una idea musical, realmente la Universidad de Ryder no hubiera podido pedir más. Por las noches Madame Zilensky trabajaba en su duodécima sinfonía. Parecía no dormir nunca; no importaba a qué hora de la noche se le ocurriera al señor Brook mirar por la ventana de su cuarto de estar, la luz del estudio de Madame Zilensky estaba siempre encendida. No, no era por ninguna causa profesional que el señor Brook estaba intrigado.

Fue a finales de octubre cuando por primera vez notó que había algo que indudablemente estaba mal. Había almorzado con Madame Zilensky y se había divertido con una descripción detallada que ella le había dado sobre un safari que había hecho en África en 1928. Después, por la tarde, se había parado delante de su despacho y se había quedado un tanto abstraída en la puerta.

El señor Brook la miró desde su escritorio y preguntó:

—¿Quiere usted algo?

—No, gracias —dijo Madame Zilensky. Tenía una voz baja, bella y sombría—. Estaba solo pensando. ¿Se acuerda usted del metrónomo? ¿Cree usted que quizá me lo habré dejado en casa de aquel francés?

—¿De quién? —preguntó el señor Brook.

—De ese francés con el que estuve casada —contestó.

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—Francés —dijo tímidamente el señor Brook. Trató de imaginarse al marido de Madame Zilensky, pero su mente se negó. Murmuró casi para él —: El padre de los niños.

—¡Oh, no! —dijo Madame Zilensky con decisión—. El padre de Sammy.

El señor Brook tuvo una rápida premonición. Su instinto le advirtió que no siguiera. Pero su amor al orden, su conciencia, le hicieron preguntar:

—¿Y el padre de los otros dos?

Madame Zilensky se llevó la mano a la nuca y se levantó el pelo corto y erizado. Su rostro estaba soñoliento y durante unos minutos no contestó. Luego dijo amablemente:

—Boris es de un polaco que tocaba el flautín.

—¿Y Sigmund? —preguntó luego. El señor Brook miró su escritorio ordenado, con la pila de ejercicios corregidos, los tres lápices bien afilados, el elegante pisapapeles de marfil. Cuando levantó la vista hacia Madame Zilensky, esta pensaba con esfuerzo. Miró alrededor por las esquinas de la habitación, los párpados bajos y la mandíbula moviéndose de un lado a otro. Finalmente, dijo—: ¿Hablábamos del padre de Sigmund?

—Bueno, no —dijo el señor Brook—. No hace falta que hablemos de ello.

Madame Zilensky contestó con voz a un tiempo orgullosa y terminante:

—Era un compatriota.

Al señor Brook realmente no le importaba la cosa. No tenía prejuicios; la gente se podía casar diecisiete veces y tener hijos chinos por lo que a él le tocaba. Pero había algo en la conversación con Madame Zilensky que le molestaba. Comprendió de repente. Los niños no se parecían en nada a Madame Zilensky pero eran iguales entre sí, y, teniendo padres diferentes, el señor Brook pensó que la semejanza era asombrosa.

Pero Madame Zilensky había terminado el asunto. Se subió la cremallera de la chaqueta de cuero y se volvió.

—Ahí es exactamente donde me lo he dejado —dijo con un rápido movimiento de cabeza—. Chez aquel francés.

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La vida en la sección de música transcurría tranquila. El señor Brook no tenía dificultades serias que resolver, como lo de la profesora de arpa del año anterior, que se fugó con un mecánico de automóviles. Había solo esa constante inquietud por Madame Zilensky. No podía aclarar qué le pasaba en su relación con ella y por qué sus sentimientos estaban tan confusos. Para empezar: ella era una gran viajera y sus conversaciones estaban salpicadas de referencias incongruentes sobre sitios lejanos. Podía pasarse días sin abrir la boca, rondando por los corredores con las manos en los bolsillos de la chaqueta y el rostro meditabundo. Y de pronto agarraba al señor Brook y se lanzaba a un largo monólogo, con ojos fieros y brillantes y voz vehemente y cálida. Tenía que hablar de todo o de nada. Pero había siempre algo raro, de una manera indirecta, en cualquier episodio que ella mencionara. Si hablaba de llevar a Sammy al peluquero, la impresión que producía era tan exótica como si estuviera hablando de una tarde en Bagdad. El señor Brook no podía aclararlo.

La verdad le llegó de repente, y la verdad lo aclaró todo perfectamente, o por lo menos despejó la situación. El señor Brook había vuelto temprano a casa y había encendido el fuego en la pequeña chimenea de su cuarto de estar. Se sentía a gusto y en paz aquella noche. Estaba sentado ante el fuego, en calcetines, con un tomo de William Blake en la mesa al lado y se había servido media copa de licor de melocotón. A las diez estaba dormitando cómodamente delante del fuego, su mente llena de frases nebulosas de Mahler y retazos de pensamientos flotantes, y, de pronto, de entre aquel delicado sopor, le vinieron a la memoria cuatro palabras: «el rey de Finlandia». Las palabras le parecían familiares, pero al principio no pudo localizarlas; luego, de pronto, pudo seguirles la pista. Estaba paseando aquella tarde por el campus, cuando Madame Zilensky le paró y empezó algún descabellado galimatías que escuchó solo a medias; estaba pensando en el montón de cánones que le habían hecho en la clase de contrapunto. Ahora le volvían las palabras con una exactitud molesta, las inflexiones de su voz… Madame Zilensky había empezado con la siguiente frase: «Un día, cuando estaba delante de una pátisserie, el rey de Finlandia pasó en un trineo».

El señor Brook se enderezó en la butaca con una sacudida y dejó la copa de licor. Esa mujer era una mentirosa patológica. Casi todas las palabras que pronunciaba fuera de la clase eran mentiras. Si había trabajado toda la noche, se desviaba de su camino para contar que había

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estado esa noche en el cine; si almorzaba en la Old Tavern, era seguro que aludiría a que había comido en casa con sus hijos. La mujer era sencillamente una mentirosa patológica y eso era todo.

El señor Brook hizo crujir sus nudillos y se levantó de la butaca. Su primera reacción fue de exasperación. ¡Que día tras día Madame Zilensky hubiera tenido la desfachatez de sentarse ahí, en su despacho, e inundarle con sus afrentosas falsedades! El señor Brook estaba furioso. Paseó arriba y abajo por la habitación, luego fue a la cocinita y se hizo un bocadillo de sardina.

Una hora después, sentado junto al fuego, su irritación se había cambiado en un asombro científico y meditativo; lo que tenía que hacer, se dijo, era mirar la situación de manera impersonal y ver a Madame Zilensky como un médico ve a un paciente enfermo. Sus mentiras eran de lo más inocente. No fingía nada con intención de engañar y las mentiras que contaba no las usaba, jamás, para ninguna ventaja posible. Esto era lo que desconcertaba; no había motivo detrás de todo aquello.

El señor Brook terminó el licor, y despacio, cuando era casi medianoche, comprendió aún mejor. La razón de las mentiras de Madame Zilensky era sencilla y triste. Toda su vida había trabajado en el piano, enseñando y escribiendo aquellas doce sinfonías hermosas e inmensas. Día y noche había luchado afanándose y volcando su alma en su trabajo, y apenas le quedaba algo de sí misma para más. Humana como era, sufría esa carencia, y hacía lo que podía para compensarla. Si pasaba la tarde inclinada sobre una mesa de la biblioteca y luego decía que había estado jugando a las cartas, era como si hubiera podido hacer las dos cosas. Por medio de sus mentiras vivía una doble vida; las mentiras doblaban lo poco de existencia que le quedaba fuera del trabajo y engrandecían el pequeño andrajo último de su vida personal.

El señor Brook miró al fuego y el rostro de Madame Zilensky estaba en su mente: un rostro severo, de ojos oscuros, cansados, y una boca delicadamente disciplinada. Notó algo cálido en su pecho, un sentimiento de piedad, de protección y de comprensión tremenda. Durante un rato permaneció en un bello estado de confusión.

Más tarde se lavó los dientes y se puso el pijama. Tenía que ser práctico. ¿Qué resolvía esto? ¿Y el francés, el polaco del flautín, Bagdad? ¿Y los niños, Sigmund, Boris y Sammy, quiénes eran? ¿Serían realmente sus hijos después de todo, o los habría reunido sencillamente de cualquier

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sitio? El señor Brook limpió los cristales de las gafas y las dejó en la mesilla de noche. Tenía que llegar a un acuerdo con ella. Si no, podía crearse en la sección una situación de lo más problemática. Eran las dos. Miró por la ventana y vio que la luz del cuarto de trabajo de Madame Zilensky estaba aún encendida. El señor Brook se metió en la cama y puso caras horribles en la oscuridad tratando de planear lo que le diría al día siguiente.

El señor Brook estaba en su despacho a las ocho. Acechaba detrás de su mesa, pronto a atrapar a Madame Zilensky cuando pasase por el corredor. No tuvo mucho que esperar, y en cuanto oyó sus pasos la llamó por su nombre.

Madame Zilensky se paró en la puerta. Tenía un aire vago y fatigado. —¿Cómo está usted? —dijo—. Yo he descansado tan bien esta

noche…

—Siéntese, por favor —dijo el señor Brook—. Me gustaría hablar un momento con usted.

Madame Zilensky puso a un lado su carpeta y se echó hacia atrás en la butaca, frente a él.

—¿Qué quiere? —preguntó.

—Ayer, mientras paseaba por el campus me habló usted —dijo él, despacio—. Y, si no me equivoco, creo que me dijo algo sobre una pastelería y el rey de Finlandia. Es así, ¿no?

Madame Zilensky volvía la cabeza hacia un lado y miraba con fijeza a una esquina de la ventana.

—Algo sobre una pastelería —repitió él.

El rostro cansado de Madame Zilensky se iluminó:

—¡Pues claro! —dijo vehemente—, le contaba que aquella vez que estaba frente a esa tienda y el rey de Finlandia…

—¡Madame Zilensky! —gritó el señor Brook—. No hay rey en Finlandia.

Madame Zilensky se quedó ausente por completo. Después de un instante empezó otra vez:

—Estaba delante de la pátisserie Bjarne, cuando volví los ojos de los pasteles y vi de pronto al rey de Finlandia…

—Madame Zilensky, acabo de decirle que no hay rey en Finlandia. —En Helsingfors —empezó ella de nuevo, desesperadamente, y otra

vez él la dejó llegar a lo del rey y no la dejó seguir más.

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—Finlandia es una república —dijo él—. No es posible que usted haya podido ver al rey de Finlandia. Por lo tanto, lo que acaba usted de decir es una falsedad, una pura falsedad.

Nunca en la vida pudo olvidar el señor Brook la cara de Madame Zilensky en aquel momento. Había en sus ojos sorpresa, consternación y una especie de horror acorralado. Era como una persona que mirara todo su mundo interior abierto en trozos y desintegrado.

—Crea usted que lo siento —dijo el señor Brook con verdadera pena.

Pero Madame Zilensky se repuso. Levantó la barbilla y dijo fríamente:

—Yo soy finlandesa.

—No lo dudo —contestó el señor Brook. Para sus adentros sí lo dudaba un poco.

—Nací en Finlandia y soy súbdita finlandesa.

—Es muy natural —dijo el señor Brook alzando más la voz.

—En la guerra —continuó ella acaloradamente— iba en motocicleta y era enlace.

—Su patriotismo no entra en esto.

—Solo porque estoy sacando los primeros papeles de nacionalización…

—¡Madame Zilensky! —dijo el señor Brook. Sus manos agarraban el borde del escritorio—. Esto es solamente un hecho sin importancia. La cosa es que usted mantenía y aseguraba que vio… que vio… —Pero no pudo terminar. El rostro de Madame Zilensky le hizo callarse. Estaba pálida como una muerta y había sombras alrededor de su boca. Tenía los ojos muy abiertos, tremendos y orgullosos. Y el señor Brook se sintió de pronto como un asesino. Una conmoción de sentimientos, comprensión, remordimiento y amor irrazonable le hizo taparse la cara con las manos… No pudo hablar hasta que su interior se aquietó y entonces dijo muy bajo —: Sí, claro, el rey de Finlandia. ¿Y era simpático?

Una hora después, el señor Brook estaba sentado mirando por la ventana de su despacho. Los árboles, a lo largo de la calle tranquila de Westbridge, estaban casi desnudos y los edificios grises de la universidad tenían un aire suave y triste. Mientras repasaba perezosamente el paisaje familiar, vio al viejo perro airedale de los Drake, que iba balanceándose calle abajo. Era algo que había visto antes cientos de veces; entonces, ¿qué era lo que le

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chocaba como extraño? Luego se dio cuenta con fría sorpresa de que el perro iba corriendo hacia atrás. El señor Brook miró al airedale hasta que le hubo perdido de vista, luego reanudó su trabajo con los cánones que le habían hecho en la clase de contrapunto.

Traducción de María Campuzano

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Correspondencia

113 WHITEHALL STREET

DARIEN, CONNECTICUT

ESTADOS UNIDOS

3 DE NOVIEMBRE DE 1941

Manoel García

Calle Sâo José 120,

Río de Janeiro,

Brasil,

América del Sur

Querido Manoel:

Imagino que al ver la dirección estadounidense de esta carta supondrás de qué se trata. En el tablón de anuncios de mi instituto he encontrado tu nombre en una lista de estudiantes sudamericanos con los que podemos escribirnos. Soy la persona que te ha elegido.

Quizá deba contarte algo acerca de mí. Soy una chica que cumplirá pronto catorce años y este es mi primer curso en el instituto. Es difícil describirme con exactitud. Soy alta y mi figura no es demasiado buena debido a que he crecido demasiado deprisa. Tengo los ojos de color azul y no sé exactamente de qué color dirías que es mi pelo excepto castaño claro. Me gusta jugar al baloncesto, hacer experimentos científicos (con un equipo de química, por ejemplo) y leer toda clase de libros.

Siempre he querido viajar, pero lo más lejos que he llegado ha sido a Portsmouth, en New Hampshire. Últimamente he pensado mucho en América del Sur. Desde que elegí tu nombre de la lista me he acordado muchas veces de ti y he imaginado cómo eres. He visto fotografías del puerto de Río de Janeiro y te veo mentalmente paseando por la playa y tomando el sol. Te imagino con ojos negros brillantes, piel morena y pelo negro rizado. Siempre me han gustado mucho los sudamericanos y he deseado viajar por toda América del Sur y especialmente visitar Río.

Puesto que vamos a ser amigos y a escribirnos, creo que debemos saber cuanto antes las cosas más importantes sobre el otro. Recientemente he pensado mucho en la vida. He reflexionado sobre muchas cosas como, por ejemplo, el motivo de que se nos haya puesto en la tierra. He decidido que no creo en Dios. No soy atea, por otra parte, y creo que hay alguna razón para todo y que no vivimos en vano. Cuando uno muere creo que al alma le sucede algo.

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No tengo claro aún lo que voy a ser y eso me preocupa. Unas veces pienso que quiero ser exploradora ártica y otras mi plan es ser reportera de un periódico como preparación para convertirme en escritora. Durante años he querido ser actriz trágica, e interpretar papeles tristes como Greta Garbo. Este verano, sin embargo, cuando organicé una representación de La dama de las camelias e interpreté a Camille fracasé de la manera más espantosa. Hicimos la función en nuestro garaje y me es imposible explicarte hasta qué punto salieron mal las cosas. Así que ahora pienso sobre todo en reportajes periodísticos, y de manera especial en una corresponsalía en el extranjero.

No me siento exactamente como otros alumnos de primer año en el instituto. Cuando alguna compañera pasa conmigo la noche del viernes, solo piensa en conocer gente en la heladería cercana a mi casa y en cosas por el estilo y por la noche, cuando ya estamos en la cama, si intento hablar de algún tema serio lo más normal es que se duerma. A todas ellas les tienen sin cuidado los países extranjeros. No es que yo le caiga mal a la gente ni nada por el estilo, pero la verdad es que mis compañeros de curso no me vuelven loca y a ellos les pasa lo mismo conmigo.

He pensado mucho tiempo en ti, Manoel, antes de escribir esta carta. Y estoy segurísima de que vamos a congeniar. ¿Te gustan los perros? Tengo un airedale que se llama Thomas y que es un perro de un solo amo. Siento que te conozco desde hace mucho tiempo y que podríamos hablar de todo tipo de cosas. Mi español no es demasiado bueno, como es lógico, ya que estoy aún en el primer trimestre. Pero me propongo estudiar con diligencia de manera que entendamos lo que decimos cuando nos conozcamos.

He pensado en muchas cosas. ¿Te gustaría venir y pasar conmigo tus vacaciones de verano el año que viene? Creo que sería maravilloso. También he pensado en otras posibilidades. Quizás al año siguiente, después de pasar un verano juntos, podrías quedarte en mi casa e ir al instituto aquí y a cambio yo viviría en tu casa e iría al instituto en Río. ¿Qué te parece? Todavía no he hablado de ello con mis padres porque antes quiero saber qué te parece a ti. Espero con impaciencia noticias tuyas para saber si estoy en lo cierto en cuanto a que estamos muy de acuerdo sobre la vida y otras cosas. Me puedes escribir y contarme lo que quieras, porque ya te he dicho que me parece que te conozco muy bien. Adiós, además de desearte toda clase de venturas imaginables.

Afectuosamente, tu amiga,

HENKY EVANS

P. D. En realidad me llamo Henrietta, pero mi familia y la gente del barrio me llaman Henky porque Henrietta suena un poco cursi. Te mando la carta por correo aéreo para que te llegue cuanto antes. Adiós de nuevo.

113 WHITEHALL STREET

DARIEN, CONNECTICUT

ESTADOS UNIDOS

25 DE NOVIEMBRE DE 1941

Manoel García

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Calle Sâo José 120,

Río de Janeiro,

Brasil,

América del Sur

Querido Manoel:

Han pasado tres semanas y pensaba que a estas alturas habría recibido una carta tuya. Es perfectamente posible, sin embargo, que el correo se retrase mucho más de lo que yo creía, sobre todo a causa de la guerra. Leo todos los periódicos y la situación del mundo me preocupa mucho. No tenía intención de volver a escribirte hasta tener noticias tuyas pero, como ya he dicho, en los días que corren debe de hacer falta mucho tiempo para que las cosas lleguen al extranjero.

Hoy no he ido a clase. Ayer por la mañana al despertarme me dolía todo y estaba hinchada y enrojecida, de manera que parecía como si tuviera por lo menos la viruela. Pero cuando vino el médico dijo que era urticaria. Tomé un medicamento y desde entonces he estado en la cama. Me dedico a estudiar latín porque estoy terriblemente cerca de que me suspendan. Me alegraré de que se me pase la urticaria.

Hay una cosa que olvidé en mi primera carta. Creo que deberíamos intercambiar fotos. Si tienes una tuya haz el favor de enviármela, porque de verdad quiero estar segura de que eres como me imagino. Te adjunto una instantánea. El perro que se está rascando en una esquina es Thomas y la casa al fondo es nuestra casa. El sol me daba en los ojos y por eso tengo la cara torcida de esa manera.

El otro día estuve leyendo un libro muy interesante sobre la reencarnación. Eso significa, en el caso de que no hayas leído nada sobre el tema, que uno vive muchas vidas y es una persona en un siglo y otra distinta después. Es muy interesante. Cuanto más pienso en ello más me parece que es verdad. ¿Qué opinas tú?

Una cosa que siempre he encontrado difícil de entender es eso de que cuando aquí es invierno, por debajo del ecuador es verano. Sé, por supuesto, a qué se debe, pero al mismo tiempo me parece extraño. Tú, por supuesto, estás acostumbrado a ello. Yo tengo que esforzarme por recordar que ahora es primavera donde tú estás, aunque aquí sea noviembre. Mientras que aquí los árboles no tienen hojas y está encendida la calefacción en Río de Janeiro acaba de empezar la primavera.

Todas las tardes espero la llegada del cartero. Estoy casi segura o tengo la corazonada de que voy a recibir noticias tuyas en el correo de esta tarde o de mañana. La comunicación debe de llevar más tiempo de lo que había imaginado, incluso por correo aéreo.

Tuya afectísima,

HENKY EVANS

113 WHITEHALL STREET

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DARIEN, CONNECTICUT

ESTADOS UNIDOS

29 DE DICIEMBRE DE 1941

Manoel García

Calle Sâo José 120,

Río de Janeiro,

Brasil,

América del Sur

Querido Manoel García:

No consigo entender por qué no he tenido noticias tuyas. ¿No has recibido mis dos cartas? A muchos de mis compañeros les ha llegado alguna respuesta hace ya tiempo. Casi han pasado dos meses desde que inicié esta correspondencia.

No hace mucho se me ha ocurrido que quizá no hayas sido capaz de encontrar a alguien que sepa inglés y que te traduzca lo que escribo. Pero me parece que tendrías que haber podido y que, de todos modos, se daba por sentado que los sudamericanos cuyos nombres figuraban en la lista estaban estudiando inglés.

Quizá se hayan perdido las dos cartas. Me doy cuenta de que las comunicaciones fallan a veces, sobre todo con motivo de la guerra. Pero incluso si se ha perdido una carta me parece a mí que la otra debería haber llegado perfectamente. No consigo entenderlo.

Pero tal vez existe alguna razón que yo no conozco. Quizá has estado muy enfermo en el hospital o tal vez tu familia se ha mudado. Quizá sepa de ti muy pronto y se arregle todo. Si lo que ha pasado ha sido uno de esos errores, por favor no pienses que estoy enfadada contigo por no haber tenido aún noticias tuyas. Todavía quiero de verdad que seamos amigos y nos escribamos porque siempre me han gustado mucho los países extranjeros y América del Sur, y desde el primer momento sentí que ya te conocía.

Me encuentro bien y espero que a ti te suceda lo mismo. He ganado una caja de dos kilos de bombones de licor en una rifa benéfica organizada para recaudar dinero para los menesterosos en Navidad.

Tan pronto como recibas esto haz el favor de contestar y explicar qué es lo que está mal, porque de lo contrario no puedo entender qué es lo que ha sucedido.

Te saluda atentamente, sinceramente tuya,

HENRIETTA EVANS

113 WHITEHALL STREET

DARIEN, CONNECTICUT

ESTADOS UNIDOS

20 DE ENERO DE 1942

Manoel García

Calle Sâo José 120,

Río de Janeiro,

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Brasil,

América del Sur

Querido señor García:

Le he enviado tres cartas con la mejor buena fe y esperaba que cumpliera usted su parte en el proyecto de que estudiantes de Estados Unidos y de América del Sur se escribieran. Casi todos mis compañeros de clase han recibido cartas y algunos hasta regalos en muestra de amistad, aunque en realidad no les hacen ninguna ilusión especial los países extranjeros, a diferencia de lo que me sucede a mí. Esperaba tener noticias suyas todos los días y le he dado, hasta donde me ha sido, posible, el beneficio de la duda. Pero ahora me doy cuenta del grave error que cometí.

Todo lo que quiero saber es esto. ¿Por qué hizo que pusieran su nombre en la lista si no tenía intención de cumplir su parte del acuerdo? Lo único que quiero decir es que si hubiera sabido entonces lo que sé hoy, sin la menor duda habría elegido a algún otro sudamericano.

Suya affma.,

MISS HENRIETTA HILL EVANS

P. D. No voy a seguir malgastando mi valioso tiempo escribiéndole.

Traducción de José Luis López Muñoz

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Un árbol. Una roca. Una nube

Llovía aquella mañana y todavía estaba muy oscuro. El chico de los periódicos había terminado casi su recorrido cuando llegó al cafetín y entró a tomarse una taza de café. Era un sitio que estaba abierto toda la noche y pertenecía a un hombre amargado y mezquino llamado Leo. Después de la calle desolada y vacía, tenía un aire simpático y alegre: junto a la barra había un par de soldados, tres tejedores de la fábrica y, en una esquina, un hombre encorvado, con las narices y media cara dentro de un jarro de cerveza. El chico llevaba un casco como el de los aviadores. Cuando entró en el café se desató el barboquejo y levantó la orejera derecha sobre su orejita colorada. Casi siempre, mientras bebía el café, alguien le decía algo cariñoso. Pero esa vez Leo no le miró y ninguno de los hombres le habló. Pagó, y ya se iba, cuando una voz llamó:

—¡Hijo! ¡Eh, hijo!

Se volvió y el hombre de la esquina le hacía señas con el dedo llamándole. Había levantado la cara del jarro de cerveza y parecía de repente muy alegre. El hombre era largo y pálido, con una gran nariz y el pelo anaranjado marchito.

—¡Eh, hijo!

El chico de los periódicos fue hacia él. Era un chiquillo escuchimizado de unos doce años, con un hombro más alto que otro por el peso del saco de periódicos. Tenía la cara chupada y pecosa y sus ojos eran unos ojos redondos de niño.

—¿Qué, señor?

El hombre puso una mano sobre los hombros del chico de los periódicos, luego le cogió la barbilla y le movió despacio la cara de un lado para otro. El chico retrocedió incómodo.

—Diga, ¿qué quiere?

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La voz del chico era chillona. El café de pronto se quedó muy silencioso. El hombre dijo despacio:

—Te quiero.

En la barra los hombres se rieron; el chico, que ya se había echado para atrás, y quería irse, no sabía qué hacer. Miró por encima del mostrador a Leo y Leo le miraba con una mueca aburrida de burla. El chico intentó reírse también, pero el hombre estaba serio y triste.

—No he querido tomarte el pelo, hijo. Siéntate y toma una cerveza conmigo. Tengo que explicarte una cosa —dijo.

Cautamente, con el rabillo del ojo, el chico de los periódicos consultó con los hombres de la barra preguntándoles qué hacer. Pero ellos habían vuelto a sus cervezas o a sus desayunos y no le hicieron caso. Leo puso en el mostrador una taza de café y una jarrita de nata.

—Es menor de edad —dijo.

El chico de los periódicos trepó hasta el taburete. Su oreja, debajo de la orejera levantada, era muy pequeña y muy colorada. El hombre asentía con la cabeza seriamente:

—Es importante —dijo. Y buscó en su bolsillo de atrás y sacó algo que enseñó en la palma de la mano para que lo viera el chico—. Míralo atentamente —dijo.

El chico miró, pero no había nada que mirar con atención. El hombre tenía una fotografía en la palma de la mano grande y mugrienta. Era un rostro de mujer, tan borroso que solamente se veían con claridad el traje y el sombrero que llevaba.

—¿Ves? —dijo el hombre.

El chico asintió y el hombre le enseñó otra fotografía. La mujer estaba de pie en una playa, en traje de baño. El traje de baño le hacía un estómago muy grande, eso era lo primero que se notaba.

—¿Has mirado bien? —Se inclinó más todavía acercándose y, finalmente, preguntó—: ¿La habías visto antes?

El chico estaba sentado sin moverse, mirando de soslayo al hombre.

—No, que yo sepa.

—Muy bien. —El hombre se volvió a meter las fotografías en el bolsillo—. Era mi mujer.

—¿Murió? —preguntó el chico.

Despacio, el hombre negó con la cabeza. Frunció los labios como si fuera a silbar y contestó de manera indecisa:

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—Eh… —dijo—. Te explicaré.

La cerveza, en el mostrador, delante del hombre, estaba en su gran jarro oscuro. No la cogió para beber; en vez de eso se inclinó y, poniendo la cara sobre el borde, estuvo así un momento. Luego, con ambas manos, agarró el jarro y sorbió.

—Cualquier noche te vas a dormir con tu narizota dentro de un jarro y te ahogarás —dijo Leo—. «Eminente forastero ahogado en cerveza». Sería una muerte muy graciosa.

El chico de los periódicos trató de hacer una seña a Leo. Cuando el hombre no miraba volvió la cabeza e hizo un gesto con la boca preguntando sin hablar: «¿Borracho?» Pero Leo solo levantó las cejas y se volvió para poner dos trozos de tocino en la parrilla. El hombre apartó de él el jarro, se irguió y juntó sus manos sueltas y huesudas sobre el mostrador. Tenía la cara triste, mirando al chico. No pestañeaba; solo, de vez en cuando, bajaba los ojos verde pálido. Estaba casi amaneciendo y el chico se cambió de hombro el peso del saco de periódicos.

—Estoy hablando de amor —dijo el hombre—. Para mí es una ciencia. El chico se empezó a escurrir del taburete. Pero el hombre levantó el

índice y hubo algo que retuvo al chico, que no le dejó moverse.

—Hace doce años me casé con la mujer de la fotografía. Fue mi mujer durante un año, nueve meses, tres días y dos noches. La quería. Sí… — Aclaró su voz ronca y dijo de nuevo—: La quería y pensaba que ella también me quería a mí. Yo era maquinista de ferrocarriles. Ella tenía todas las comodidades y lujos en casa. Nunca se me pasó por la cabeza que no estuviera satisfecha. Pero, ¿sabes lo que pasó?

—¡Hummm…! —dijo Leo.

El hombre no quitaba los ojos de la cara del chico:

—Me dejó. Una noche, cuando volví, la casa estaba vacía y ella se había ido. Me dejó.

—¿Con un fulano? —preguntó el chico.

Suavemente, el hombre puso la palma de la mano sobre el mostrador. —Claro, naturalmente, hijo. Una mujer no se escapa de esa manera,

sola.

El café estaba tranquilo; la lluvia, negra e interminable, en la calle. Leo aplastó el tocino que se estaba friendo con las púas de su gran tenedor:

—Así que llevas once años persiguiendo a esa… ¡Asqueroso viejo verde!

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El hombre miró a Leo por primera vez:

—Por favor, no seas grosero. Además, no te estoy hablando a ti. —Se volvió al chico y le dijo en un tono de confianza y secreto—: No vamos a hacerle ningún caso, ¿eh?

El chico de los periódicos asintió, no muy convencido.

—Fue así —continuó el hombre—. Soy una persona que se impresiona mucho con las cosas. Durante toda mi vida, una cosa tras otra me han ido impresionando: la luz de la luna, las piernas de una chica bonita… Una cosa tras otra. Pero la cuestión es que, cuando había disfrutado de algo, tenía una sensación extraña, como si estuviera dentro de mí andando suelta. Nada parecía llegar a terminarse ni a encajar con las otras cosas. ¿Mujeres? Ya tuve mi ración de ellas. Es lo mismo. Después, vagando sueltas en mí. Yo era un hombre que no había amado nunca.

Cerró los párpados muy despacio y el gesto fue como la caída del telón cuando termina un acto en el teatro. Cuando habló de nuevo tenía la voz excitada y las palabras venían deprisa; los lóbulos de sus orejas grandes y sueltas parecían temblar.

—Luego encontré a esta mujer. Yo tenía cincuenta y un años; ella siempre decía que tenía treinta. La encontré en una estación de servicio y nos casamos a los tres días. ¿Y sabes cómo nos fue? No puedo ni decírtelo. Todo lo que siempre había sentido estaba reunido alrededor de esta mujer. Ya no había más cosas sueltas dentro de mí, todo estaba concluido en ella.

El hombre se calló de repente y se dio golpes en la larga nariz. Su voz se sumergió en un tono bajo, firme, de reproche.

—No lo estoy explicando bien. Lo que pasó fue esto. Ahí estaban esos sentimientos hermosos y esos pequeños placeres sueltos, dentro de mí. Y esta mujer era para mi alma algo así como una cinta de montaje. Hacía pasar por ella esos poquitos de mí mismo y salía completo. ¿Me sigues ahora?

—¿Cómo se llamaba? —preguntó el chico.

—¡Oh! —dijo él—, la llamaba Dodo. Pero eso no tiene importancia. —¿Y trató usted de hacerla volver? El hombre no pareció oír.

—En esas circunstancias, ya te puedes imaginar cómo me quedé cuando me dejó.

Leo cogió el tocino de la parrilla y dobló dos tajadas dentro de un panecillo. Tenía una cara gris, con ojos hendidos, una nariz de pellizco

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salpicada de suaves sombras azules. Uno de los obreros textiles pidió más café y Leo se lo sirvió. Leo no dejaba que repitieran gratis. El obrero desayunaba allí todas las mañanas, pero cuanto más conocía Leo a sus clientes, más tacaño era con ellos. Royó su bocadillo como si se lo escatimara a sí mismo.

—¿Y no la encontró usted nunca?

El chico no sabía qué pensar del hombre, y su cara de niño parecía incierta, con una mezcla de curiosidad y duda. Era nuevo en el recorrido de los periódicos; todavía le parecía raro estar fuera por la ciudad en la madrugada negra y extraña.

—Sí —dijo el hombre—, tomé algunas medidas para hacerla volver. Estuve por ahí tratando de localizarla. Fui a Tulsa, donde ella tenía parientes. Y a Mobile. Fui a todas las ciudades que había mencionado alguna vez, buscando a todos los hombres que habían tenido alguna relación con ella. Tulsa, Atlanta, Chicago, Cheehaw, Memphis… Durante casi dos años corrí por el país tratando de encontrarla.

—Pero la pareja había desaparecido de la faz de la tierra —dijo Leo. —No le escuches —dijo el hombre confidencialmente—. Y además

olvida esos dos años. No son importantes. Lo que importa es que por el tercer año me empezó a pasar una cosa muy curiosa.

—¿Qué? —preguntó el chico.

El hombre se dobló e inclinó el jarro para beber un sorbo de cerveza. Pero mientras se agachaba sobre el jarro las aletas de la nariz le temblaron ligeramente; olfateó el olor rancio de la cerveza y no bebió.

—La verdad es que el amor es una cosa extraña. Al principio no pensaba más que en que volviera. Era una especie de manía. Luego, según pasaba el tiempo, trataba de recordarla, pero ¿sabes qué ocurría?

—No —dijo el chico.

—Cuando me tumbaba en la cama y trataba de pensar en ella, mi cabeza se quedaba en blanco. No podía verla. Y entonces sacaba sus fotografías y las miraba. Nada, no había nada que hacer. Era como si no la viera. ¿Puedes imaginarlo?

—¡Eh, tío! —gritó Leo a través del mostrador—. ¿Puedes imaginarte la cabeza de este borracho en blanco?

Despacio, como si espantara moscas, el hombre movió la mano. Tenía sus ojos verdes fijos y concentrados en la carita chupada del chico de los periódicos.

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—Pero un pedazo de cristal inesperado en la acera o una canción de cinco centavos en un gramófono automático, una sombra en una pared por la noche, y recordaba. A veces eso me ocurría por la calle y yo me echaba a llorar y me golpeaba la cabeza contra un farol. ¿Me comprendes?

—Un trozo de cristal… —dijo el chico.

—Cualquier cosa. Daba vueltas por ahí y no tenía poder sobre cómo y cuándo recordarla. Uno cree que se puede poner encima una especie de blindaje. Pero el recuerdo no viene al hombre así, de frente, viene por las esquinas, dando rodeos. Estaba a merced de todo lo que oía o veía. De repente, en vez de ser yo el que atravesara el país para encontrarla, empezó ella a perseguirme en mi propia alma. Ella persiguiéndome a mí, ¡fíjate! Y en mi alma.

El chico preguntó finalmente:

—¿Por qué parte del país estaba usted entonces?

—¡Huy! —gruñó el hombre—. Era un pobre mortal enfermo. Era como la viruela. Te confieso, hijo, que me emborraché, forniqué, cometí cualquier pecado que de pronto me apeteciera. Me avergüenza confesarlo, pero así es. Cuando recuerdo esa temporada, está todo confuso en mi mente; fue terrible.

El hombre inclinó la cabeza y pegó la frente al mostrador. Durante unos segundos estuvo así doblado, con la nuca nervuda cubierta de una pelambrera anaranjada y las manos, con sus largos dedos retorcidos, palma contra palma, en actitud de rezar. Luego el hombre se irguió; sonreía y de pronto su rostro fue un rostro radiante, trémulo y viejo.

—Pasó en el quinto año —dijo—. Y con él empezó mi ciencia.

La boca de Leo se movió con una mueca pálida y rápida:

—¡Vaya!, ninguno de nosotros se hace más joven —dijo. Luego, con furia repentina, hizo una pelota con el paño de secar que tenía en la mano y lo tiró con fuerza al suelo—: ¡Vaya Romeo viejo con el rabo a rastras!

—¿Qué pasó? —preguntó el chico.

La voz del viejo era alta y clara:

—Paz —contestó.

—¿Eh?

—Es difícil explicarlo científicamente, hijo. Me figuro que la explicación lógica es que ella y yo nos habíamos perseguido tanto tiempo que al fin nos hicimos un lío, nos echamos atrás y lo dejamos. Paz. Un vacío extraño y hermoso. Era primavera en Portland y llovía todas las

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tardes. Yo me quedaba allí, en mi cama, echado en la oscuridad. Y así me vino la sabiduría.

La luz del nuevo día teñía de azul pálido las ventanas del cafetín. Los dos soldados pagaron sus cervezas y abrieron la puerta; uno de ellos se peinó y sacudió sus polainas fangosas antes de salir. Los tres obreros se encorvaron en silencio sobre sus desayunos. El reloj de Leo sonó en la pared.

—Es esto. Escucha atentamente. Medité sobre el amor y saqué la conclusión. Me di cuenta de qué es lo que nos pasa. Los hombres se enamoran por primera vez. Y ¿de qué se enamoran?

La tierna boca del chico estaba medio abierta y no contestó.

—De una mujer —dijo el viejo—. Sin sabiduría, sin nada para poder ir por ahí, emprenden la experiencia más sagrada y peligrosa de este mundo. Se enamoran de una mujer. ¿Es esto, no, hijo? —Sí —dijo el chico desmayadamente.

—Empiezan por el revés del amor. Empiezan por el punto crítico. ¿Te das cuenta de por qué es algo tan desgraciado? ¿Sabes cómo deberían querer los hombres?

El viejo alargó la mano y agarró al chico por el cuello de la chaqueta de cuero. Le sacudió suavemente y sus ojos verdes miraron hacia abajo sin pestañear, graves.

—Hijo, ¿sabes cómo debería empezarse el amor?

El chico seguía sentado, pequeño, callado, tranquilo. Poco a poco movió la cabeza. El viejo se le acercó más y murmuró:

—Un árbol. Una roca. Una nube.

Todavía llovía fuera en la calle: una lluvia sin fin, suave y gris. La sirena de la fábrica sonó para el turno de las seis, y los tres obreros pagaron y se fueron. En el café no quedaban más que Leo, el viejo y el chico de los periódicos.

—El tiempo estaba así en Portland —dijo— en la época en que empezó mi sabiduría. Medité y empecé con precaución. Cogía cualquier cosa de la calle y me la llevaba a casa. Compré un pececillo dorado y me concentré en él y lo amé. Pasaba gradualmente de una cosa a otra. Día a día iba adquiriendo esa técnica. En el camino de Portland a San Diego…

—¡Oh, cierra el pico! —aulló Leo de repente—. ¡Calla, calla! El viejo seguía agarrando la chaqueta del chico; temblaba y su rostro estaba muy serio, iluminado, salvaje.

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—Ya hace seis años que voy por ahí solo haciéndome mi saber. Y ahora soy un maestro, hijo. Puedo amarlo todo. No tengo ya ni que pensar en ello. Veo una calle llena de gente y una luz hermosa entra dentro de mí. Miro a un pájaro en el cielo o me encuentro con un viajero en el camino. Cualquier cosa, hijo, o cualquier persona. ¡Todos desconocidos y todos amados! ¿Te das cuenta de lo que puede significar una ciencia como la mía?

El chico se sostenía, tieso, con las manos curvadas agarrando fuertemente el borde del mostrador. Al fin, preguntó:

—¿Y encontró a aquella señora?

—¿Qué? ¿Qué dices, hijo?

—Digo —preguntó tímidamente el chico—, ¿se ha vuelto a enamorar de alguna mujer?

El hombre aflojó las manos del cuello del chico. Se volvió y por primera vez asomó a sus ojos verdes una mirada vaga y dispersa. Levantó el jarro del mostrador y bebió la cerveza dorada. Movía la cabeza despacio, de un lado a otro. Por fin, contestó:

—No, hijo. Fíjate, ese es el último paso en mi ciencia. Voy con cuidado. Todavía no estoy preparado del todo.

—Bueno —dijo Leo—, bueno, bueno.

El viejo estaba de pie en el vano de la puerta abierta.

—Acuérdate —dijo. Allí, en medio de la húmeda luz gris de la madrugada, parecía encogido, andrajoso y frágil. Pero su sonrisa era luminosa—. Acuérdate de que te quiero —dijo, sacudiendo la cabeza por última vez. Y la puerta se cerró sin ruido detrás de él.

El chico no habló durante un buen rato. Se alisó el pelo sobre la frente, y pasó su dedito mugriento por el borde de la taza vacía. Después, sin mirar a Leo, preguntó:

—¿Estaba borracho?

—No —dijo Leo brevemente.

El chico levantó aún más su voz clara: —Entonces, ¿es un drogadicto? —No.

El chico miró a Leo, con su carita fea desesperada y su voz chillona y urgente:

—¿Está loco, pues? ¿Crees que está chiflado? —La voz del chico de los periódicos bajó de pronto con una duda—: ¿Eh, Leo? ¿O no? Pero Leo

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no le contestó. Hacía catorce años que tenía su café nocturno y se consideraba experto en locuras. Estaban los tipos de la ciudad y también los forasteros que llegaban como si vinieran del fondo de la noche. Conocía las manías de todos. Pero no quiso satisfacer la curiosidad del niño. Contrajo su cara pálida y siguió callado.

Así, el chico se bajó la orejera derecha del casco y, volviéndose para marcharse, hizo el único comentario que le parecía seguro, la única observación que no podía ser reída ni despreciada:

—Desde luego que ha hecho la mar de viajes.

Traducción de María Campuzano

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El arte y el señor Mahoney

Era un hombre grande, contratista de profesión, y estaba casado con la pequeña y perspicaz señora Mahoney, muy activa en el club y en los asuntos culturales. Hombre de negocios avisado (poseía un almacén de ladrillos y un taller para desbastar y cepillar madera), el señor Mahoney se manejaba pesadamente, con dócil afabilidad, bajo la dirección de la artística señora Mahoney. Su mujer lo tenía bien entrenado; estaba acostumbrado a hablar de «repertorio», y a escuchar conferencias y conciertos con la adecuada expresión de sumiso pesar. Era capaz de hablar de arte abstracto, e incluso había tomado parte en dos de las producciones del Little Theatre, una vez de mayordomo, la otra de soldado romano. El señor Mahoney, diligentemente entrenado, tantas veces amonestado, ¿cómo había podido ser responsable de que cayera sobre ellos semejante vergüenza?

El pianista de la noche era José Iturbi, y se trataba del primer concierto de la temporada, una función de gala. Los Mahoney habían trabajado mucho durante la campaña en pro de la Liga de las Tres Artes. El señor Mahoney, él solo, había vendido más de treinta abonos de temporada. A los más cosmopolitas entre sus conocidos del mundo de los negocios les habló de los conciertos programados como de un «orgullo para la comunidad» y de una «necesidad cultural». Los Mahoney habían prestado su coche y, en el escenario de su nueva casa de estilo Tudor encerada y adornada con flores para la ocasión, habían obsequiado a los abonados a una fiesta al aire libre, con tres criados negros uniformados de blanco que sirvieron los refrescos. El indudable prestigio de los Mahoney como mecenas del arte y de la cultura se lo tenían bien merecido.

El comienzo de la fatídica velada no dejó entrever lo que se preparaba.

El señor Mahoney cantó en la ducha y se vistió con minucioso cuidado.

Había traído una orquídea de la floristería de Duff. Cuando Ellie pasó

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desde su habitación —en la nueva casa tenían habitaciones separadas aunque contiguas—, él estaba cepillado y resplandeciente en su esmoquin, y ella, que llevaba la orquídea en el hombro de su vestido azul de crespón, se mostró satisfecha, le dio unas palmaditas en el brazo y dijo:

—Estás muy apuesto esta noche, Terence. De lo más distinguido.

El cuerpo robusto del señor Mahoney se estremeció de felicidad, y se le encendió el rostro rubicundo, con sienes de venas bifurcadas.

—Tú siempre estás igual de hermosa, Ellie. Siempre deslumbrante. A veces no entiendo por qué te casaste con…

Su mujer lo calló con un beso.

Iba a haber una recepción después del concierto en casa de los Harlow y, por supuesto, los Mahoney estaban invitados. La señora Harlow era la «jefa de la manada» en aquel prado de las cosas más selectas. ¡Ah, cómo despreciaba Ellie aquellas expresiones tan vulgares! Pero el señor Mahoney había olvidado todas las veces que había sido necesario llamarle la atención mientras caballerosamente le colocaba a su mujer el chal sobre los hombros.

La ironía fue que, hasta el momento mismo de su ignominia, el señor Mahoney había disfrutado con el concierto más que con ninguno de los anteriores. No fue preciso escuchar nada del serpenteante y tedioso Bach, y cuando el pianista tocó una pieza con ritmo de marcha, se encontró varias veces llevando con el pie el compás de la música. Mientras permanecía allí sentado, disfrutando de aquella pieza, miraba de cuando en cuando a Ellie. El rostro de su mujer tenía la expresión de dolor petrificado, inconsolable, que adoptaba siempre que escuchaba música clásica en un concierto. En los descansos entre interpretaciones se ponía la mano en la frente con aire trastornado, como si soportar tanta emoción fuese demasiado para ella. El señor Mahoney por su parte aplaudía con entusiasmo, agitando mucho sus rosadas manos regordetas, feliz con la oportunidad de moverse y reaccionar.

En el descanso los Mahoney salieron por separado al vestíbulo.

Terence se encontró con que le tocaba aguantar a la anciana señora Walker.

—Estoy deseando que llegue Chopin —dijo ella—. Siempre me gusta la música menor, ¿no le pasa a usted lo mismo?

—Imagino que disfruta usted sufriendo —respondió el señor Mahoney.

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La señorita Walker, la profesora de inglés, replicó sin demora:

—Es la melancolía del alma celta de mi madre. Sus antepasados vinieron de Irlanda, ¿sabe?

Sintiendo que, de algún modo, había dado un paso en falso, el señor

Mahoney dijo torpemente:

—También a mí me gusta la música menor.

Tip Mayberry lo cogió del brazo y le habló en tono de camaradería:

—Ese tipo aporrea a conciencia los marfiles.

El señor Mahoney adoptó un tono reservado:

—Tiene una técnica muy brillante.

—Aún nos queda una hora —se lamentó Tip Mayberry—. Ojalá nos pudiéramos escapar tú y yo.

El señor Mahoney se apartó discretamente.

Por su parte le gustaba el ambiente de las representaciones y de los conciertos en el Little Theatre: las telas y los prendidos de flores de las señoras y los correctos esmóquines de los caballeros. El orgullo y la satisfacción le caldeaban el alma mientras departía afablemente con otros espectadores en el vestíbulo del auditorio escolar, saludaba a las señoras y hablaba con autoridad reverente de movimientos y mazurcas.

Fue durante la primera obra después del descanso cuando se produjo el desastre. Se trataba de una larga sonata de Chopin: el primer movimiento, atronador; el segundo, entrecortado y voluble. Durante el tercero el señor Mahoney, sintiéndose cómplice, llevaba el ritmo con el pie: la rígida marcha fúnebre y un triste fragmento con aire de vals en el centro; la conclusión de la marcha fúnebre llegó con un estrepitoso acorde final. El pianista alzó la mano e incluso se inclinó un poco hacia atrás sobre el taburete del piano.

El señor Mahoney aplaudió. Estaba tan completamente seguro de que era el final de la sonata que aplaudió con entusiasmo media docena de veces antes de darse cuenta, para horror suyo, que había aplaudido solo. Con veloz energía diabólica José Iturbi se abalanzó de nuevo sobre las teclas del piano.

Al señor Mahoney lo agarrotó la desesperación. Los momentos que siguieron fueron los más terribles que recordaba. Las venas rojas de las sienes se le hincharon y oscurecieron y él procedió a apretarse las manos transgresoras entre los muslos.

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Si al menos Ellie le hubiera hecho alguna discreta señal para consolarlo. Pero cuando se atrevió a mirar en su dirección, el rostro de su esposa estaba helado y sus ojos miraban al escenario con desesperante intensidad. Después de algunos interminables minutos de humillación, el señor Mahoney extendió una mano tímidamente hacia el muslo de Ellie cubierto de crepé. La señora Mahoney se apartó de él y cruzó las piernas.

Durante casi una hora tuvo que sufrir la vergüenza pública. Por un momento reparó en Tip Mayberry, y una maldad desconocida se apoderó de su tierno corazón. Tip era incapaz de distinguir una sonata de los Blues del Navajazo en la Tripa. Y sin embargo allí estaba, pagado de sí mismo, sin que nadie se fijara en él. La señora Mahoney, por su parte, se negaba a aceptar la mirada angustiada de su marido.

Después tenían que ir a la fiesta. El señor Mahoney reconoció que era eso lo que había que hacer. Se dirigieron hacia allí en silencio, pero cuando estacionó el coche delante de la casa de los Harlow, la señora Mahoney dijo:

—Yo pensaría que cualquier persona con un mínimo de sentido común sabe lo bastante como para no aplaudir hasta que lo hayan hecho los demás.

Para él la fiesta fue un espanto. Los invitados rodearon a José Iturbi y le fueron presentados. (Todos sabían quién había aplaudido a excepción del señor Iturbi, que se mostró tan cordial con el culpable como con los demás). El señor Mahoney se quedó en un rincón, detrás del piano de cola bebiendo whisky. La anciana señora Walker y su hija, junto con la «jefa de la manada», no se apartaron ni un momento de José Iturbi. Ellie, por su parte, se dedicó a mirar los títulos de los libros en las estanterías. Sacó uno e incluso estuvo un rato leyéndolo de espaldas a la habitación. En el rincón, su marido permaneció aislado durante un buen número de cócteles. Y al final fue Tip Mayberry quien se acercó para hacerle compañía. «En mi opinión, después de todos los abonos que vendiste, tenías derecho a un aplauso de más». Acto seguido le hizo un lento guiño de secreta hermandad que, en aquel momento, el señor Mahoney casi estuvo dispuesto a aceptar.

Traducción de José Luis López Muñoz

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El transeúnte

Esa mañana, la frontera crepuscular entre el sueño y la vigilia era romana: fuentes salpicando y calles estrechas con arcos. La dorada y pródiga ciudad de flores y piedra pulida por los años. A veces, en su semiinconsciencia estaba otra vez en París, o entre escombros de guerra alemanes, o esquiando en Suiza y en un hotel en la nieve. Algunas veces también era un barbero de Georgia en una madrugada de caza. Era Roma esta mañana, en la región sin tiempo de los sueños.

John Ferris se despertaba en una habitación de un hotel en Nueva York. Tenía la sensación de que algo desagradable le esperaba; qué podría ser, no sabía. La sensación, sumergida en las exigencias mañaneras, se prolongó aun después de haberse vestido y haber bajado. Era un día de otoño despejado y un sol pálido, en rebanadas, se metía entre los rascacielos color pastel. Ferris entró en la cafetería de al lado y se sentó en el compartimiento del fondo junto al ventanal que daba a la acera. Pidió un desayuno a la americana de huevos revueltos y salchichas.

Ferris había venido de París al entierro de su padre, que había sido la semana anterior en su pueblo, en Georgia. El choque de la muerte le había hecho darse cuenta de que la juventud había ya pasado. Se le caía el pelo y las venas de sus ya desnudas sienes quedaban salientes latiendo; su cuerpo se conservaba bien, a no ser por una panza incipiente. Ferris había querido mucho a su padre y la unión entre ellos había sido antes muy fuerte, pero los años habían debilitado algo esta devoción filial; la muerte, aguardada durante mucho tiempo, le había dejado con una consternación imprevista. Había alargado lo posible su estancia en casa, junto a su madre y sus hermanos. Su avión para París salía a la mañana siguiente.

Ferris sacó la agenda de direcciones para confirmar un número. Iba volviendo las páginas con interés creciente. Nombres y direcciones de Nueva York, de capitales de Europa, unas pocas borrosas de su estado del

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Sur. Nombres borrosos en letras de molde, nombres borrachos, garrapateados. Betty Wills: un amor pasajero, ahora casada. Charlie Williams: herido en la selva de Hürtgen, paradero desconocido desde entonces. El gran viejo Williams… ¿vivía o había muerto? Don Walket: trabajando en la televisión y haciéndose rico. Henry Green: se chifló después de la guerra, ahora en un sanatorio, decían. Cozie Hall: había oído que había muerto. La atolondrada, la alegre Cozie… era extraño pensar que ella también, tan boba, podía morir. Al cerrar el cuaderno, Ferris padecía una impresión de azar, de tránsito, casi de miedo.

Fue entonces cuando su cuerpo dio una sacudida repentina. Miraba por la ventana cuando allí mismo, pasando por la acera, vio a su antigua mujer. Elizabeth pasaba muy cerca de él, andando despacio. Ferris no pudo comprender el estremecimiento salvaje de su corazón ni la sensación inmediata de desahogo y de gracia que le quedaron cuando ella hubo pasado.

Ferris pagó deprisa y salió corriendo a la calle. Elizabeth estaba en la esquina esperando para cruzar la Quinta Avenida. Corrió hacia ella pensando en hablarle, pero cambiaron las luces y ella cruzó la calle antes de que la alcanzara. Ferris la siguió. Al otro lado podría muy bien haberla alcanzado, pero se sorprendió rezagándose sin saber por qué. Llevaba el cabello castaño claro recogido con sencillez, y, mientras la observaba, se acordó Ferris de que su padre había dicho una vez que Elizabeth tenía «buenos andares». Elizabeth dobló la esquina siguiente y Ferris la siguió, aunque su intención de abordarla había desaparecido ya. Ferris se preguntó el porqué de la agitación de su cuerpo a la vista de Elizabeth, el sudor de sus manos, los fuertes latidos de su corazón.

Hacía ocho años que Ferris no había visto a su antigua mujer. Sabía que se había casado otra vez hacía tiempo. Y tenía niños. Durante los últimos años raramente había pensado en ella. Pero al principio, después del divorcio, la pérdida casi le había derrumbado. Luego, calmado por la acción del tiempo, había amado otra vez, y luego otra. Ahora era Jeannine. Desde luego, el amor por su antigua mujer había pasado hacía tiempo. ¿Por qué entonces el desasosiego de su cuerpo y la mente sacudida? Solo sabía que su corazón nublado estaba extrañamente en disonancia con el día de otoño soleado y claro. Ferris dio la vuelta de repente y, andando a grandes zancadas, casi corriendo, volvió deprisa al hotel.

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Ferris se sirvió de beber, aunque no eran aún las once. Tumbado en una butaca como una persona exhausta, se puso a contemplar su vaso de whisky. Tenía un día entero por delante, y se iba en avión a la mañana siguiente. Repasó sus obligaciones: llevar su equipaje a la Air France, almorzar con su jefe, comprarse unos zapatos y un abrigo… ¿No había algo más? Ferris terminó la bebida y abrió la guía de teléfonos.

La decisión de llamar a su antigua mujer fue impulsiva. El número venía en Bailey, el nombre del marido, y Ferris lo marcó sin tomarse tiempo para pensarlo. Elizabeth y él se habían intercambiado felicitaciones en Navidad, y Ferris le había mandado un juego de trinchar cuando recibió la participación de boda. No había razón para no llamar. Pero mientras esperaba, oyendo la llamada al otro lado, la duda empezó a inquietarle.

Elizabeth contestó; su voz familiar fue para él un nuevo choque. Tuvo que repetir su nombre dos veces, pero cuando fue identificado ella pareció alegrarse. Le dijo que estaba en la ciudad solo por un día. Ellos tenían un compromiso para ir al teatro, dijo ella, pero a ver si podía venir a cenar temprano. Ferris dijo que le encantaría.

Mientras iba de una cosa a otra, estaba aún molesto a ratos con la sensación de que algo importante se le olvidaba. Ferris se bañó y se cambió a última hora de la tarde, pensando a menudo en Jeannine: estaría con ella la próxima noche. «Jeannine», diría, «me encontré por casualidad con mi antigua mujer cuando estaba en Nueva York. Cené con ella, y con su marido, claro. Fue extraño verla después de todos estos años».

Elizabeth vivía en una Avenida Cincuenta y tantos Este, y, mientras Ferris iba en taxi desde el centro, vislumbraba en los cruces el ocaso prolongado, pero al llegar a su destino era ya noche otoñal. El lugar era un edificio con marquesina y portero; el apartamento de ella estaba en el séptimo piso.

—Entre, señor Ferris.

Preparado para Elizabeth, o hasta para el marido no imaginado, Ferris se quedó asombrado ante el chico pelirrojo y pecoso; sabía lo de los niños, pero su pensamiento no había sido capaz de imaginárselo de alguna manera. La sorpresa le hizo dar un paso atrás torpemente.

—Este es nuestro apartamento —dijo el niño respetuoso—. ¿No es usted el señor Ferris? Soy Bill, entre.

En el cuarto de estar, al otro lado del vestíbulo, el marido le dio otra sorpresa. Tampoco para él estaba preparado emocionalmente. Bailey era

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un hombre macizo, de cabello rojo, con ademanes decididos. Se levantó y le tendió la mano.

—Soy Bill Bailey. Encantado de conocerle. Elizabeth vendrá en seguida… Está terminando de vestirse.

Las últimas palabras despertaron una serie fluida de vibraciones, recuerdos de otros años. Elizabeth, clara, rosada y desnuda antes del baño. A medio vestir delante del espejo de su tocador, cepillándose el fino cabello castaño. Dulce intimidad casual, la amabilidad de la carne suave poseída sin discusión. Ferris alejó de sí los recuerdos indeseados y se obligó a encontrar la mirada de Bill Bailey.

—Bill, ¿quieres traer esa bandeja de bebidas que hay en la mesa de la cocina?

El niño obedeció con prontitud y, cuando se hubo ido, Ferris dijo:

—¡Qué chico más guapo tienen!

—Nosotros, por lo menos, lo creemos así.

Se hizo silencio hasta que el niño volvió con una bandeja de vasos y la coctelera con martinis. Con el estímulo de la bebida fueron sacando a flote la conversación: hablaron de Rusia y de la lluvia artificial en Nueva York, y del problema de los pisos en Manhattan y París.

—El señor Ferris volará mañana a través de todo el océano —le dijo Bailey al niño, que estaba encaramado en el brazo de su butaca, tranquilo y bien educado—. Apuesto a que te irías de polizón en su maleta.

Billy se echó para atrás sus lacios mechones de pelo:

—Yo quiero volar en un avión y ser periodista como el señor Ferris. — Y añadió con seguridad repentina—: Esto es lo que quiero ser cuando sea mayor.

Bailey dijo:

—Yo creí que querías ser médico.

—¡Sí! —dijo Billy—. Seré las dos cosas. También quiero ser un sabio de bombas atómicas. Elizabeth entró llevando en brazos una niña.

—¡Oh, John! —dijo. Y colocó a la niña en el regazo de su padre—. Es tan estupendo volver a verte… Me alegro tanto de que hayas podido venir…

La pequeña estaba sentada mimosamente en las rodillas de Bailey. Llevaba un trajecito de crepé rosa pálido cogido en los hombros con un lazo y una cinta de seda del mismo color sujetándole los suaves rizos pálidos. Tenía la piel tostada del verano y sus ojos castaños; estaban

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moteados de oro. Cuando alcanzó y señaló con el dedo las gafas de concha de su padre, este se las quitó y la dejó mirar un poco con ellas.

—¿Cómo está mi bomboncito?

Elizabeth estaba muy hermosa, más hermosa quizá de lo que Ferris la había visto jamás. Su cabello limpio y liso brillaba. Su rostro era más suave, brillante y sereno. Era una belleza de Madonna, que se avenía bien con el ambiente familiar.

—No has cambiado nada —dijo Elizabeth—. Pero ha pasado mucho tiempo.

—Ocho años. —Casi inconscientemente se llevó la mano al pelo que ya le clareaba, mientras se intercambiaban otras vaguedades.

Ferris se sintió de pronto un espectador, un intruso entre los Bailey. ¿Por qué había venido? Estaba sufriendo. Su propia vida le parecía tan solitaria, una columna frágil sin nada que soportar en medio del naufragio de los años. Sentía que no podría seguir mucho tiempo en la habitación familiar.

Miró el reloj.

—¿Vosotros vais al teatro?

—Es una pena —dijo Elizabeth—, pero teníamos este compromiso desde hace más de un mes.

Pero, John, seguro que cualquier día de estos te quedarás aquí. ¿No vas a ser un expatriado, no?

—Expatriado —repitió Ferris—. No me gusta mucho esa palabra.

—¿Qué palabra hay mejor? —preguntó ella.

Él pensó un momento:

—Transeúnte, quizá.

Ferris miró otra vez su reloj y Elizabeth se excusó:

—Si lo hubiera sabido con tiempo…

—Solo paso este día en la ciudad. Tuve que ir a casa inesperadamente.

¿Sabes? Papá murió la semana pasada.

—¿Papá Ferris ha muerto?

—Sí, en el Johns Hopkins. Estuvo enfermo allí casi un año. El entierro fue en casa, en Georgia.

—Cuánto lo siento, John. Papá Ferris fue siempre una de mis personas predilectas.

El niño se levantó por detrás de la butaca de modo que pudiera mirar el rostro de su madre. Preguntó:

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—¿Quién se ha muerto?

Ferris estaba muy olvidadizo para comprender; pensaba en la muerte de su padre. Vio otra vez el cadáver, tendido en la seda dorada dentro del ataúd. Le habían maquillado la cara de una manera grotesca y aquellas manos familiares yacían unidas y pesadas sobre un desbordamiento de rosas. El recuerdo se cerró y Ferris se despertó a la voz tranquila de Elizabeth.

—El padre del señor Ferris, Bill. Una gran persona; alguien a quien tú no conocías.

—Pero, ¿por qué le llamas Papá Ferris?

Bailey y Elizabeth intercambiaron una mirada furtiva. Fue Bailey el que contestó al niño:

—Hace mucho tiempo —dijo—, tu madre y el señor Ferris estuvieron casados. Pero antes de que nacieras, hace mucho tiempo.

—¿El señor Ferris?

El pequeño se quedó mirando a Ferris incrédulo y desconcertado. Y los ojos de Ferris, al devolverle la mirada, eran también algo incrédulos. ¿Sería verdaderamente cierto que una vez había llamado a esta extraña, a Elizabeth, «patito mío» durante noches de amor, que habían vivido juntos, habían compartido quizás un millar de días y noches y que, finalmente, habían soportado juntos, en medio de la tristeza de la soledad repentina, la pena de ver destruirse poco a poco (celos, alcohol y discusiones por dinero) el edificio del amor conyugal?

Bailey dijo a los niños:

—A alguien le toca cenar. ¡Hala, vamos! —¡Pero, papá! Mamá y el señor Ferris… Yo…

La mirada insistente de Bill, perpleja y con un brillo de hostilidad, le recordó a Ferris la mirada de otro niño. El hijo de Jeannine, un niño de siete años, de carita ensombrecida y rodillas huesudas al que Ferris evitaba y olvidaba con frecuencia.

—¡De frente, marchen! —Bailey llevó suavemente a Billy hacia la puerta.

—Di buenas noches, hijo.

—Buenas noches, señor Ferris. —Añadió con resentimiento—: Creí que me iba a quedar para la tarta.

—Puedes venir luego por la tarta —dijo Elizabeth—. Corre ahora con papá a cenar.

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Ferris y Elizabeth estaban solos. El peso de la situación gravitó sobre aquellos primeros momentos de silencio. Ferris pidió permiso para servirse otro cóctel y Elizabeth le puso la coctelera en la mesa a su lado. Miró el piano y observó la música en el atril.

—¿Tocas todavía tan bien como antes?

—Todavía disfruto tocando.

—Toca, por favor, Elizabeth.

Elizabeth se levantó inmediatamente. Su prontitud para tocar cuando se lo pedían había sido siempre una de sus amabilidades. Nunca se hacía rogar, excusándose. Ahora, mientras se acercaba al piano, había en ella, además, la prontitud del alivio.

Empezó con un preludio y fuga de Bach. El preludio era alegremente irisado, como un prisma en una habitación por la mañana. La primera voz de la fuga, un anuncio puro y solitario, se repitió entremezclada con una segunda voz y repetida otra vez dentro de un marco elaborado; la música múltiple, horizontal y serena, fluía con majestad, sin apresuramiento. La melodía principal se trenzaba con otras dos voces, embellecida con un sinfín de ingeniosidades, dominante unas veces, sumergidas otras, con la sublimidad de una cosa única que no teme rendirse al conjunto. Hacia el final, la densidad del material se reunió para la última insistencia, enriquecida sobre el primer motivo dominante, y la fuga terminó en un acorde, como una afirmación final. Ferris descansaba la cabeza sobre el respaldo de la butaca y cerró los ojos. En el silencio que siguió, una voz alta y clara vino de la habitación del otro lado del vestíbulo. «Papá, pero cómo podían mamá y el señor Ferris…» Luego se oyó cerrar una puerta.

El piano empezó otra vez. ¿Qué música era esta? Sin lugar, familiar, la melodía límpida llevaba mucho tiempo dormida en su corazón. Ahora le hablaba de otro tiempo, otro lugar; era la música que Elizabeth solía tocar. La melodía suave evocó un bosque de recuerdos. Ferris se perdió en el tumulto de anhelos pasados, conflictos, deseos ambivalentes. Era extraño que la música, ocasión de esta anarquía tumultuosa, fuera tan clara y serena. La melodía principal quedó rota por la aparición de la criada.

—Señora, la cena está servida.

Todavía, después que se sentó a la mesa entre sus anfitriones, la música interrumpida le oscurecía el humor. Estaba algo borracho.

—L’improvisation de la vie humaine —dijo—. No hay nada que te haga darte tanta cuenta de la improvisación de la existencia humana como

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una canción sin terminar, o un viejo cuaderno de direcciones.

—¿Un cuaderno de recuerdos? —repitió Bailey. Luego se calló prudente.

—Sigues siendo el mismo, John —dijo Elizabeth con algo de la antigua ternura.

La cena de aquella noche era al estilo del Sur, y los platos eran de los que a él le gustaban: pollo frito y pastel de maíz y batatas en dulce. Durante la comida, Elizabeth mantuvo viva la conversación cuando los silencios se hacían demasiado largos. Y así Ferris tuvo ocasión de hablar de Jeannine.

—La conocí el otoño pasado, hacia esta época, en Italia. Es cantante y tenía un contrato en Roma. Creo que nos casaremos pronto.

Las palabras parecían tan verdaderas, inevitables, que Ferris no se dio al principio cuenta de que mentía. Él y Jeannine no habían hablado nunca de matrimonio en todo el año. Y en realidad ella seguía casada con un ruso blanco, agente de bolsa en París, del que llevaba separada cinco años. Pero era demasiado tarde para corregir la mentira. Elizabeth ya estaba diciendo: «Me alegra mucho saberlo. Enhorabuena, Johnny».

Trató de compensarlo con cosas verdaderas:

—El otoño romano es tan bonito… Suave y florido. —Añadió—: Jeannine tiene un niño de seis años. Un chico curioso con tres idiomas; le llevo algunas veces a las Tullerías.

Mentira otra vez. Había llevado solo una vez al pequeño a los jardines. El pálido niño extranjero, con los pantaloncitos cortos que dejaban al descubierto las piernas huesudas, había echado su barco en el estanque de cemento y había montado en un caballito. El niño había querido entrar en el guiñol. Pero no había habido tiempo porque Ferris tenía un compromiso en el Hotel Scribe. Le había prometido que irían al guiñol otra tarde. Solamente había llevado una vez a Valentin a las Tullerías.

Hubo un revuelo. La criada trajo una tarta blanca con velas rojas. Los niños entraron en pijama. Ferris no comprendía aún.

—Felicidades, John —dijo Elizabeth—. Sopla las velas.

Ferris se acordó de que era el día de su cumpleaños. Las velas se fueron apagando despacio y olía a cera quemada. Ferris tenía treinta y ocho años. Las venas de sus sienes se oscurecieron y latieron de una manera visible.

—Es hora de ir al teatro.

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Ferris agradeció a Elizabeth la cena de cumpleaños y dijo los adioses apropiados. La familia entera le despidió en la puerta.

Una luna alta, fina, brillaba sobre los oscuros rascacielos mellados. En las calles hacía viento y frío. Ferris fue deprisa a la Tercera Avenida y llamó un taxi. Miraba la ciudad nocturna con la atención deliberada de la partida y quizá de despedida. Estaba solo. Deseó que llegara pronto la hora del vuelo y el viaje.

Al día siguiente miró la ciudad desde el cielo, bruñida al sol, de juguete, precisa. Luego, América se quedó atrás y solo estaba el Atlántico y la distante costa europea. El océano tenía un color lechoso, pálido, plácido bajo las nubes. Ferris dormitó casi todo el día. Hacia el atardecer pensaba en Elizabeth y en la visita de la tarde anterior. Pensó en Elizabeth entre su familia, con deseo, con envidia y una pena inexplicable. Buscó la melodía, la frase sin terminar que le había emocionado tanto. La cadencia, algunos sonidos dispersos, era todo lo que le quedaba; la melodía misma había huido. Había encontrado, en cambio, la primera voz de la fuga que Elizabeth había tocado, irónicamente invertida y en tono menor. Colgado sobre el océano, las preocupaciones por su soledad y por lo transitorio de las cosas dejaron de acongojarle y pensó en la muerte de su padre con ecuanimidad. A la hora de cenar, el avión llegó a la costa francesa.

A medianoche, Ferris cruzaba París en un taxi. El cielo estaba cubierto y la neblina ponía halos a las luces de la plaza de la Concordia. Los bistrós nocturnos brillaban en los pavimentos húmedos. Como siempre después de un vuelo transoceánico, el cambio de continentes era demasiado repentino. Nueva York por la mañana, esta noche París. Ferris entrevió el desorden de su vida; la sucesión de ciudades, de amores transitorios; y el tiempo, el siniestro deslizarse de los años, siempre el tiempo.

—Vite, vite! —llamó con terror—. Dépêchez-vous.

Valentin le abrió la puerta. El niño estaba en pijama, con una bata roja que le venía grande. Sus ojos grises estaban ensombrecidos y, al entrar Ferris en el piso, chispearon momentáneamente.

—J’attends, maman.

Jeannine cantaba en un club nocturno. No estaría en casa hasta dentro de una hora. Valentin volvió a un dibujo que estaba haciendo, acurrucándose con sus lápices sobre un papel extendido en el suelo. Ferris miró el dibujo: era uno que tocaba el banjo con las notas y las líneas onduladas saliéndole en un globito, como en las historietas.

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—Volveremos otra vez a las Tullerías.

El niño levantó la cabeza y Ferris se lo acercó a las rodillas. La melodía, la música sin terminar que Elizabeth había tocado le vino de repente a la memoria. Sin pedírselo, la memoria desembarcaba en él su carga; esta vez trayendo solo reconocimiento y súbita alegría.

—Monsieur Jean —dijo el niño—. ¿Le vio usted?

Confuso, Ferris pensó solamente en otro niño, el niño pecoso, mimado por su familia.

—¿A quién, Valentin?

—A su papá, en Georgia. —El niño añadió—: ¿Estaba bien? Ferris se apresuró a decir:

—Iremos a las Tullerías a menudo, a montar en el caballito y ver el guiñol. Lo veremos y no tendremos prisa nunca más.

—Monsieur Jean —dijo el niño—. El guiñol está cerrado ahora.

Otra vez el terror, la comprensión de años desperdiciados, y la muerte. Valentin, impulsivo y confiado, se acurrucaba entre sus brazos. Su mejilla tocó la mejilla suave y sintió el roce de las pestañas delicadas. Con íntima desesperación estrechó al niño como si una emoción tan cambiante como su amor pudiera dominar el pulso del tiempo.

Traducción de María Campuzano

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Dilema doméstico

El jueves, Martin Meadows salió de la oficina a tiempo de tomar el primer autobús directo para su casa. Era la hora en que el resplandor violeta del atardecer se extinguía en las calles fangosas, pero al dejar el autobús la parada del centro de la ciudad ya brillaba la gran noche ciudadana. Los jueves la criada tenía la tarde libre y a Martin le gustaba llegar a casa lo más pronto posible ahora que desde el año pasado su mujer no estaba… bien. Ese jueves estaba muy cansado y, con la esperanza de que ningún viajero habitual le escogiera para conversar, se enfrascó con atención en el periódico hasta que el autobús hubo cruzado el puente George Washington. Una vez en la carretera 9-W, Martin sentía siempre que el viaje estaba a la mitad; respiraba hondo incluso en invierno, cuando solamente estrías de corrientes cortaban el aire humoso del autobús, porque le parecía estar ya respirando el aire del campo. Solía ser en este punto cuando empezaba a descansar y pensaba con alegría en su casa. Pero en este último año la cercanía le traía solo una sensación de tensión y no sentía prisa de terminar el viaje. Esa tarde, Martin pegaba la cara a la ventanilla y miraba los campos vacíos y las solitarias luces de los barcos del río. Había una luna pálida sobre la tierra oscura y manchas de nieve gastada y porosa; a Martin el campo le parecía esa noche vasto y desolado. Tomó el sombrero de la rejilla y se metió el periódico doblado en el bolsillo del abrigo unos minutos antes de pulsar el timbre.

La casa estaba a una manzana de la parada del autobús junto al río, pero no directamente sobre la orilla; desde la ventana del cuarto de estar se podía ver el Hudson, mirando a través de la calle y del jardín de enfrente. La casa era moderna, casi demasiado blanca y nueva en el estrecho trocito de terreno. Durante el verano la hierba era suave y fresca, y Martin había puesto con cariño un borde de flores y un enrejado de rosas. Pero durante los meses fríos y áridos, el terreno estaba vacío y la casa parecía desnuda.

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Esta noche había luces encendidas en todas las habitaciones de la casa y Martin se apresuró por el camino de entrada. Delante de la escalera se paró para quitar de en medio una carretilla.

Los niños estaban en el cuarto de estar tan metidos en sus juegos que al principio no oyeron abrirse la puerta. Martin se quedó mirando a sus pequeños, tan a salvo y tan graciosos. Habían abierto el último cajón del escritorio y habían sacado los adornos de Navidad. Andy se las había arreglado para sacar las luces del árbol, y las bombillitas verdes y rojas brillaban en la alfombra del cuarto de estar con una alegría a destiempo. En ese momento estaba tratando de poner la ristra luminosa sobre el caballito de Marianne. Marianne estaba sentada en el suelo arrancando las alas a un ángel. Los niños le sobresaltaron con sus aullidos de acogida. Martin se subió a los hombros a la niña pequeñita y gordinflona y Andy se echó contra las piernas de su padre.

—¡Papaíto! ¡Papaíto! ¡Papaíto!

Martin dejó con cuidado a la pequeña y balanceó unas cuantas veces como un péndulo a Andy. Luego recogió el cordón del árbol de Navidad.

—¿Qué hace fuera todo esto? Ayudadme a ponerlo otra vez en el cajón. No tenéis que hacer bromas con el enchufe de la luz. Recuerda que te lo he dicho ya. En serio, Andy.

El pequeño de seis años asintió con la cabeza y cerró el cajón del escritorio. Martin le acarició el pelo rubio y suave, y su mano se demoró con ternura en la nuca del frágil cuello del niño.

—¿No habéis cenado, macaco?

—Hacía daño, el pan quemaba.

La niña se tambaleó en la alfombra y después del primer susto de la caída empezó a llorar. Martin la cogió y la llevó sobre los hombros a la cocina.

—Mira, papá —dijo Andy—. La tostada…

Emily había dejado la cena de los niños sobre la mesa esmaltada. Había dos platos con los restos de sopa de cereales y huevos, y unos vasos de plata que habían contenido leche. También había un plato de tostadas con canela, sin tocar, excepto la marca de los dientes de un mordisco. Martin olfateó el pedazo mordido y mordisqueó con cuidado. Luego tiró el pan al cubo de la basura.

—¡Uf! ¿Qué diablos…?

Emily había confundido la lata de canela con la de pimienta.

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—Casi me quemo —dijo Andy—. Bebí agua y me fui corriendo afuera y abrí la boca. Marianne no se comió ni nada.

—No comió nada —corrigió Martin. Estaba de pie, desolado, mirando en torno de las paredes de la cocina—. ¡Vaya! Es eso, me figuro —dijo al fin—. ¿Dónde está ahora vuestra madre?

—Está arriba, en el cuarto vuestro.

Martin dejó a los niños en la cocina y subió a ver a su mujer. Delante de la puerta esperó un momento para calmar su furia. No llamó y una vez dentro cerró la puerta detrás de él.

Emily estaba sentada en la mecedora, junto a la ventana del cuarto acogedor. Estaba bebiendo algo de un vaso y al entrar él lo puso precipitadamente en el suelo detrás de la silla. En su actitud había confusión y culpabilidad, que trató de esconder con una demostración de aparente vivacidad.

—¡Oh, Marty! ¡Ya estás en casa! ¡Cómo se me ha ido el tiempo! Iba a bajar ahora… —Corrió hacia él y le dio un beso con fuerte olor a jerez. Ante la impasibilidad de él retrocedió un poco y se rio nerviosa.

—¿Qué tienes, que estás ahí tieso como un palo? ¿Te pasa algo? —¿Algo a mí? —Martin se agachó sobre la mecedora y cogió del suelo

el vaso—. Si te pudieras dar cuenta de lo harto que estoy…, de lo malo que es esto para todos nosotros.

Emily habló con una voz falsa y trivial que Martin conocía de sobra. A veces, en ocasiones semejantes, afectaba un ligero acento británico, copiando quizás a alguna actriz que admiraba:

—No tengo ni la más remota idea de lo que quieres decir. A no ser que te refieras al vaso que he usado para beber una gota de jerez. He bebido un dedo de jerez, quizá dos. Pero, ¿qué hay de malo en ello? A ver, dime. Estoy muy bien. Muy bien.

—Sí, se ve a simple vista.

Mientras iba al cuarto de baño, Emily andaba con gravedad estudiada. Abrió el agua fría y se echó un poco a la cara haciendo hueco con las manos. Luego se secó a golpecitos con la punta de la toalla. Su rostro era de rasgos delicados y joven, perfecto.

—Bajaba justamente ahora a preparar la cena. —Se tambaleó y guardó el equilibrio agarrándose al marco de la puerta.

—Yo me ocuparé de la cena. Tú quédate aquí. Ya la subiré.

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—No haré nada de eso. ¿Por qué? ¿A quién se le ocurre semejante idea?

—Por favor —dijo Martin.

—Déjame. Estoy perfectamente. Iba a bajar ya… —Escúchame.

—¡Que te escuche tu abuela!

Fue hacia la puerta, pero Martin la agarró de un brazo.

—No quiero que los niños te vean en este estado. Sé razonable. —¿Qué estado? —De un tirón, Emily zafó su brazo. Su voz se alzó

enfadada—: Qué, porque bebo un par de sorbos por la tarde estás tratando de hacerme creer que soy una borracha. ¡Qué estado! Ni siquiera toco el whisky. Lo sabes bien. No ando emborrachándome por los bares. Algo que tú mismo no podrías decir. Ni siquiera tomo un cóctel con la cena. Lo único que hago es beber de vez en cuando una copa de jerez. ¿Qué hay de malo en esto, pregunto yo? ¡Estado!

Martin buscó palabras con que calmar a su mujer.

—Cenaremos tranquilamente los dos solos, aquí arriba. ¡Así me gustan las buenas chicas!

Emily se sentó en el borde de la cama y él abrió la puerta para salir rápidamente.

—Vuelvo volando.

Mientras estaba ocupado con la cena, abajo, se preguntó una vez más lo de siempre: ¿cómo le había caído este problema en su casa? También a él le había gustado siempre una copa. Cuando todavía vivían en Alabama se servían cócteles y bebidas como si nada. Durante años habían bebido una o dos, quizá tres copas antes de cenar y a la hora de acostarse un vaso grande. Las vísperas de fiesta se alegraban quizás hasta llegar a atontarse un poco. Pero el alcohol nunca le había parecido un problema, solamente un gasto grande, que con el aumento de la familia difícilmente se podían permitir. Hasta que su compañía no le trasladó a Nueva York, Martin no se dio cuenta de que realmente su mujer bebía demasiado. Poco o mucho, observó que estaba bebiendo durante todo el día.

Una vez visto el problema, trató de analizar la causa. El cambio de Alabama a Nueva York la había alterado, desde luego; acostumbrada al calor perezoso de una pequeña ciudad del Sur, a la vida familiar, los parientes y amigos de la infancia, no había logrado encajar en las costumbres más estrictas y aisladas del Norte. Los deberes de la

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maternidad y de la casa le eran insoportables. Llena de nostalgia por Paris City, no había hecho amistades en el ambiente suburbano. No leía más que revistas y novelas policíacas. Su vida interior era insuficiente sin el artificio del alcohol.

El descubrimiento de aquel vicio fue insidiosamente destruyendo en él la idea que se había formado de su mujer. A ratos, Emily era de una inexplicable maldad; había veces en que la bebida era causa de una explosión de tremenda ira. Martin se dio cuenta de que en Emily había una rudeza latente, que desmentía su sencillez natural. Mentía sobre la bebida y le engañaba con estratagemas insospechadas.

Y luego pasó el accidente. Cuando volvía una noche del trabajo a casa, hacía un año aproximadamente, le sorprendieron los gritos desde el cuarto de los niños. Se encontró a Emily sosteniendo a la pequeñita, desnuda y mojada del baño. Se le había caído la niña, su frágil cabecita se había dado contra el borde de la mesa y un hilo de sangre empapaba sus cabellos finísimos. Emily sollozaba borracha. Mientras Martin acunaba a la niña herida, infinitamente preciosa en aquel momento, tuvo una espeluznante visión del futuro.

Al día siguiente Marianne estaba bien. Emily prometió que nunca más tocaría el alcohol y, durante unas semanas, fría y abatida, mantuvo la promesa. Después empezó poco a poco —ni whisky ni ginebra, pero sí cerveza, jerez o licores extraños: una vez dio con una sombrerera llena de botellas vacías de crema de menta. Martin encontró una buena criada que llevaba la casa de una manera competente. Virgie era también de Alabama y Martin nunca se había atrevido a decir a Emily los sueldos acostumbrados en Nueva York. La bebida de Emily era ahora completamente secreta; lo hacía antes de que él llegara a casa. Generalmente los efectos eran casi imperceptibles: una dejadez en los movimientos o los ojos cargados. Los rastros de irresponsabilidad, como lo de las tostadas con pimienta en lugar de canela, eran raros, y Martin podía estar tranquilo cuando Virgie estaba en casa. Sin embargo, la preocupación estaba siempre latente, como una amenaza de desastre inconcreto que socavaba sus días.

—¡Marianne! —llamó Martin, porque hasta el recuerdo de aquello le traía la necesidad de asegurarse. La pequeña, curada ya, pero no por ello menos preciosa para su padre, entró en la cocina con su hermano. Martin siguió preparando la cena. Abrió una lata de sopa y puso dos chuletas en la

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sartén. Luego se sentó junto a la mesa y se subió a Marianne sobre las rodillas para hacer el caballito. Andy les miraba moviéndose con los dedos el diente que estaba para caerse desde hacía una semana.

—Andy el goloso —dijo Martin—. ¿Tienes todavía ese viejo chisme en la boca? Acércate; deja que papá lo mire.

—Tengo un cordel para arrancarlo. —El niño sacó del bolsillo un pedazo de hilo—. Virgie dijo que lo atara al diente y atara la otra punta al picaporte y que cerrara la puerta fuerte, pero fuerte, y de un solo golpe.

Martin sacó un pañuelo limpio y tocó el diente con cuidado:

—Este diente va a salir de la boca de mi Andy esta noche: si no, temo que vamos a tener un árbol de dientes en la familia.

—¿Un qué?

—Un árbol de dientes —dijo Martin—. En cuanto muerdas algo, te lo tragarás, y ese diente echará raíces en la tripita de Andy y crecerá un árbol de dientes con dientecitos afilados en vez de hojas.

—Eh, papaíto —dijo Andy. Pero se agarraba el diente con fuerza entre el índice y el pulgar pringoso—: No hay ningún árbol así; yo no vi uno nunca.

—No hay ningún árbol así y nunca he visto ninguno —corrigió el padre.

Martin se puso de pronto en tensión. Emily bajaba por la escalera. Escuchó sus pasos vacilantes, mientras con el brazo sujetaba angustiado al niño. Cuando Emily entró en la habitación, sus movimientos y su cara enrojecida delataban que había bebido otra vez. Empezó a abrir cajones y a poner la mesa.

—¡Estado! —dijo con voz turbia—. Me hablas así. No creas que me olvido. Me acuerdo de todas esas cochinas mentiras que me dices. No creas ni por un momento que me olvido.

—¡Emily! —rogó—. Los niños…

—Los niños, sí. No creas que no veo a través de tus sucios planes y

manejos. Aquí abajo tratando de volver a mis propios hijos en contra mía.

No creas que no veo ni comprendo.

—Emily, por favor, vete arriba.

—Sí, para que puedas poner a mis hijos…, a mis propios hijos… — Dos grandes lágrimas le rodaron por las mejillas—. Tratando de poner a mi hijo, a mi Andy, contra su propia madre.

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Con el impulso de la borrachera, Emily se arrodilló en el suelo delante del perplejo niño; guardó el equilibrio con las manos sobre los hombros del pequeño:

—Oye, Andy…, no hagas caso de ninguna de las mentiras que te cuenta tu padre. No creas nada de lo que te diga. Escucha, Andy, ¿qué te estaba diciendo papá antes de que bajara? —Dudando, el niño buscó el rostro de su padre—. Dímelo. Mamá quiere saberlo.

—Lo del árbol de dientes.

—¿Qué?

El niño se lo volvió a decir y ella repitió las palabras como un eco, con terror, incrédula:

—¡El árbol de dientes! —Osciló y volvió a agarrarse en los hombros del niño—. No sé de qué hablas, pero escucha, Andy, mamá está muy bien, ¿verdad? —Le rodaban las lágrimas por las mejillas; Andy retrocedió; estaba asustado. Agarrándose al borde de la mesa, Emily se puso en pie—. ¡Mira! Has puesto al niño en contra mía.

Marianne empezó a llorar y Martin la tomó en brazos.

—¡Muy bien! Puedes quedarte con tu niña. Desde el principio se te ha visto que la prefieres. No me importa, pero al menos puedes dejarme a mi hijo.

Andy se acercó a su padre y le agarró la pierna:

—Papaíto —sollozó.

Martin llevó a los niños al pie de la escalera:

—Andy, llévate a Marianne. Papá irá dentro de un momento.

—¿Y mamá? —preguntó el niño como en un susurro.

—Mamá se pondrá bien, no te apures.

Emily lloraba sobre la mesa de la cocina, con la cara tapada por el brazo. Martin sirvió una taza de caldo y se la puso delante. Sus sollozos roncos le pusieron nervioso; la vehemencia de su emoción, independientemente de la causa, despertó en él un sentimiento de ternura. Sin querer, le puso la mano sobre el cabello oscuro:

—Siéntate y tómate la sopa.

Su cara, al levantar los ojos, estaba purificada e implorante. La huida del niño o el contacto de la mano de Martin habían cambiado su actitud.

—Mar… Martin —sollozó—. Estoy tan avergonzada… —Bébete el caldo.

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Obedeciéndole, bebió entre suspiros entrecortados. Después de otra taza se dejó llevar por él hasta arriba, hasta su cuarto. Ahora era dócil y estaba más serena. Martin puso el camisón sobre la cama e iba a dejar el cuarto, cuando otra vez volvió la agitación del alcohol, una nueva oleada de la pena.

—Me volvió la espalda, Andy me miró y se volvió.

Martin, a pesar de que la impaciencia y el cansancio le endurecían la voz, contestó amablemente:

—Olvidas que Andy es todavía un niño, no puede entender qué significan esas escenas.

—¿Hice una escena? Martin, ¿hice una escena delante de los niños? Su cara horrorizada le conmovió y le divirtió contra su voluntad. —Déjalo ya. Ponte el camisón y vete a dormir.

—Mi pequeño huyó de mí. Andy miró a su madre y retrocedió. Los niños…

Estaba presa en la tristeza rítmica del alcohol. Martin se fue del cuarto diciendo:

—¡Por amor de Dios, vete a dormir! Los niños lo habrán olvidado mañana.

Mientras lo decía, pensó si sería verdad. ¿Desaparecería tan fácilmente la escena de la memoria o echaría raíces en la inconsciencia para enconarse con los años? Martin no lo sabía y la última alternativa le horrorizaba. Pensó en Emily, previó la humillación de la mañana siguiente; los trozos rotos de recuerdo, la lucidez que nace de la oscura ley de la vergüenza. Llamaría a la oficina de Nueva York dos veces, posiblemente tres o cuatro. Martin previó su azoramiento pensando si los demás de la oficina sospecharían. Creía que su secretaria había adivinado su preocupación hacía tiempo y que le tenía lástima. Por un momento se rebeló contra su destino; odiaba a su mujer.

Una vez en el cuarto de los niños cerró la puerta y por primera vez aquella tarde se sintió seguro. Marianne se tiró al suelo y se levantó otra vez llamando:

—Papá, mírame. —Se tiró y se levantó, y continuó así el juego de tirarse y llamar para que la viera. Andy estaba sentado en la sillita baja moviéndose el diente. Martin abrió el grifo, se lavó las manos en el lavabo y llamó al niño al cuarto de baño.

—Vamos a ver otra vez ese diente.

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Martin se sentó en el retrete sujetando a Andy entre las rodillas. La boca del niño estaba abierta y Martin agarró el diente. Un meneo, un tirón rápido y el blanco dientecito de leche estaba fuera. El rostro de Andy en el primer momento estaba entre aterrorizado, atónito y encantado. Tomó un sorbo de agua y escupió en el lavabo.

—¡Mira, papá, es sangre! ¡Marianne!

A Martin le encantaba bañar a sus hijos. Le gustaban mucho sus cuerpos tiernos, desnudos, mientras estaban así, en el agua, inermes. No tenía razón Emily cuando decía que tenía preferencias. Mientras Martin jabonaba el cuerpo delicado de su hijo, sentía que más cariño era imposible. Sin embargo reconocía que su modo de querer a uno y a otra no era exactamente el mismo. El cariño por su hija era más grave, tocado de un poco de melancolía, de una dulzura que casi llegaba a pena. Sus motes para el niño eran las bobadas de la inspiración de cada día; a la niña la llamaba siempre Marianne y su voz al nombrarla era una caricia. Martin secó a golpecitos la tripita gorda de la pequeña y el dulce, pequeño pliegue de la ingle. Los rostros limpios de los niños estaban radiantes como pétalos de flor, amados por igual.

—Voy a poner el diente debajo de la almohada. Me tienen que poner un cuarto de dólar.

—¿Y por qué?

—Tú lo sabes, papá. A Johnny le trajeron eso por su diente.

—¿Quién trae ese dinero? —preguntó Martin—. Yo creía que eran las hadas que lo dejaban por la noche. Aunque en mi tiempo eran diez centavos.

—Eso es lo que dicen en el parvulario.

—Y ¿quién lo pone?

—Los padres —dijo Andy—. Tú.

Martin estaba remetiendo la manta de la cama de Marianne. Su hija estaba ya dormida. Casi sin respirar, Martin se agachó y la besó en la frente, besó luego la manita que estaba con la palma hacia arriba, como sorprendida por el sueño junto a la cabeza.

—Buenas noches, Andy-grande.

La respuesta fue solo un murmullo soñoliento. Al cabo de un momento, Martin sacó su portamonedas y deslizó un cuarto de dólar debajo de la almohada. Dejó la lamparita de noche encendida en la habitación. Mientras Martin andaba por la cocina preparándose algo de

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comer, se dio cuenta de que los niños no habían hablado ni una sola vez de su madre, ni de la escena que les tenía que haber parecido incomprensible. Absorbidos por el momento —el diente, el baño, la moneda—, el paso fluido de su tiempo de niños había arrastrado esos episodios ligeros como hojas en la corriente rápida de un arroyo poco profundo, mientras que el enigma adulto había quedado varado en la orilla. Martin dio gracias a Dios por ello.

Pero su propia ira, escondida y reprimida, se despertó otra vez. Su juventud estaba desperdiciada por una borracha; su hombría, minada sutilmente. Y los niños, una vez pasada la inmunidad de la incomprensión… ¿Qué pasaría dentro de un año? Con los codos sobre la mesa, comía los alimentos como un animal, sin saborearlos. No se podría encubrir la verdad. Pronto habría chismorreo en la oficina y en la ciudad; su mujer era una mujer perdida. Perdida. Y él y sus hijos estaban envueltos en un futuro de degradación y ruina lenta.

Martin empujó la mesa y se fue al cuarto de estar. Siguió las líneas de un libro con los ojos, pero su mente conjuraba tristes imágenes: vio a sus hijos ahogados en un río, su mujer hecha una desgracia por la calle. A la hora de acostarse, la rabia, sorda y dura, era como un peso en su pecho, y arrastró los pies al subir la escalera.

El cuarto estaba oscuro, menos la rendija de luz de la puerta entreabierta del cuarto de baño. Martin se desnudó en silencio. Poco a poco, misteriosamente, ocurrió en él un cambio. Su mujer estaba dormida, su respiración tranquila se oía suavemente en la habitación. Los zapatos de tacón alto con las medias tiradas con descuido le llamaban en silencio. Su ropa interior estaba echada en desorden sobre la silla. Martin recogió la faja y el sostén de seda y los tuvo un momento en la mano. Por primera vez en la noche miró a su mujer. Sus ojos se posaron en la dulce frente, en el bello arco de las cejas. El arco que había heredado Marianne, con la curva al final de la nariz delicada. En su hijo podía rastrear los pómulos altos y la barbilla afilada. Emily tenía un cuerpo suave y ondulante, de pechos firmes. Mientras Martin contemplaba el sueño tranquilo de su mujer, el fantasma de la vieja ira se desvaneció. Todos los pensamientos de reproche o enfado estaban ahora lejos de él. Martin apagó la luz del cuarto de baño y levantó la ventana. Con cuidado, para que Emily no se despertara, se deslizó en la cama. A la luz de la luna contempló por última

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vez a su mujer. Sus manos buscaron la carne inmediata y la pena igualó al deseo en la inmensa complejidad del amor.

Traducción de María Campuzano

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Muchacho obsesionado

Hugh fue hasta la esquina de la casa en busca de su madre, pero no estaba en el jardín. A veces salía para hacer como que se ocupaba del arriate con las flores de primavera —carraspiques, minutisas, lobelias (los nombres se los había enseñado ella)—, pero hoy el césped con los arriates de flores de muchos colores estaba vacío bajo el delicado sol vespertino de mediados de abril. Hugh corrió de nuevo hacia la casa, seguido por John. Superaron los escalones de la entrada en dos saltos y la puerta de la calle se cerró con fuerza tras ellos.

—¡Mamá! —llamó Hugh.

Fue entonces, ante el silencio pertinaz mientras esperaban en el vestíbulo vacío, de suelo encerado, cuando Hugh sintió que pasaba algo raro. No había fuego en la chimenea del cuarto de estar, y como estaba acostumbrado al parpadeo de la lumbre del hogar durante los meses fríos, la habitación, en aquel primer día de primavera, parecía extrañamente desnuda y triste. Hugh se estremeció primero y luego se alegró de que John estuviera con él. El sol brillaba en un trozo rojo de la alfombra floreada. Rojo brillante, rojo oscuro, rojo muerto: a Hugh le enfermó el repentino recuerdo estremecido de «aquella otra vez». El rojo se oscureció hasta convertirse en negro vertiginoso.

—¿Te pasa algo, Brown? —preguntó John—. Estás muy pálido. Hugh se repuso y se llevó la mano a la frente.

—Nada. Volvamos a la cocina.

—No me puedo quedar más que un minuto —dijo John—. Estoy obligado a vender esas entradas. Tengo que merendar y salir corriendo.

La cocina, con los impecables paños a cuadros y los cacharros limpios, era en aquel momento la mejor habitación de la casa. Y sobre la mesa esmaltada había una tarta de limón hecha por ella. Tranquilizado ante la

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cocina de todos los días y la tarta, Hugh regresó al vestíbulo y alzó la cabeza para llamar escaleras arriba.

—¡Madre! ¡Mamá, por favor!

Tampoco ahora obtuvo respuesta.

—Mi madre ha hecho la tarta —dijo Hugh. Rápidamente encontró un cuchillo y la cortó, para disipar el sentimiento de terror, cada vez más intenso.

—¿Crees que la debes cortar, Brown?

—Por supuesto, Laney.

Aquella primavera se llamaban por el apellido, a no ser que se les olvidara. A Hugh le parecía deportivo y adulto y en cierto modo espléndido. John le gustaba más que ningún otro de sus condiscípulos. Era dos años mayor y, comparados con él, los otros chicos le parecían un estúpido montón de inútiles. John era el mejor alumno de segundo curso, inteligente pero sin ser el favorito de ningún profesor, y el mejor atleta por añadidura. Hugh estaba en primero y no tenía demasiados amigos; en cierto modo se había apartado de los demás porque tenía muchísimo miedo.

—Mamá siempre me prepara algo apetitoso para cuando vuelvo de clase. —Colocó una generosa porción de la tarta en un plato para John… para Laney.

—Está buena de verdad.

—La tapa es de galletas integrales machacadas, en lugar de la masa normal de las tartas —dijo Hugh—, porque la masa da mucho trabajo. A nosotros nos parece que la masa hecha con galletas integrales es igual de buena. Claro que mi madre podría hacer masa corriente si quisiera.

Hugh no se podía estar quieto y paseaba arriba y abajo por la cocina, mientras se comía el trozo de tarta que llevaba en la mano. Se había despeinado pasándose la mano por el pelo y sus amables ojos de color castaño dorado estaban llenos de dolorosa perplejidad. John, que seguía sentado a la mesa, sintió la inquietud de Hugh y cruzó las desgarbadas piernas.

—De verdad no tengo más remedio que vender esos tiques del Glee Club.

—No te vayas. Tienes toda la tarde. —A Hugh le daba miedo la casa vacía. Necesitaba a John, necesitaba a alguien; sobre todo necesitaba oír la

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voz de su madre y saber que estaba en la casa con él—. Quizá mamá se esté bañando. Voy a llamarla otra vez.

La respuesta a la tercera tentativa siguió siendo el silencio.

—Imagino que tu madre se ha ido al cine, o de compras o algo parecido.

—No —replicó Hugh—. Habría dejado una nota. Siempre lo hace si sale antes de que yo vuelva a casa.

—No la hemos buscado —dijo John—. Quizá la haya dejado debajo del felpudo o en algún sitio del cuarto de estar.

Hugh no se consolaba.

—No. La habría dejado debajo de la tarta. Sabe que vengo derecho a la cocina.

—Quizá la hayan llamado por teléfono o se le haya ocurrido de pronto algo que quería hacer.

—Es posible —dijo Hugh—. Ahora recuerdo que le dijo a mi padre que uno de estos días se iba a comprar ropa nueva. —Aquel rayo de esperanza murió nada más expresarlo. Se echó el pelo para atrás y salió de la cocina—. Será mejor que suba. Tengo que subir mientras todavía estás aquí.

Rodeó con el brazo el poste donde empezaba la barandilla de la escalera; el olor de la madera barnizada, la vista de la puerta blanca cerrada del cuarto de baño en lo alto hizo revivir «aquella otra vez». Se agarró al pasamanos y sus pies no se quisieron mover para iniciar la ascensión. El rojo volvió de nuevo a convertirse en una oscuridad mareante, arremolinada. Procedió a sentarse. Pon la cabeza entre las piernas, ordenó, acordándose de los primeros auxilios aprendidos con los exploradores.

—Hugh —llamó John—. ¡Hugh!

Mientras se le pasaba el mareo, Hugh aceptó una nueva desilusión: Laney le estaba llamando por su nombre de pila; pensaba sin duda que era un mariquita preocupándose tanto por su madre, indigno de utilizar con él el apellido a la manera deportiva y espléndida que habían usado antes. Se le pasó el mareo cuando regresó a la cocina.

—Brown —dijo John, y el pesar desapareció—. ¿Hay en esta residencia algo relacionado con una vaca? Me refiero a un líquido blanco, más consistente que el agua. En francés lo llaman lait. Aquí, sencillamente, la leche de toda la vida.

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La sensación de estupidez se redujo.

—¡Qué imbécil soy! Perdóname, Laney. Lo he olvidado por completo. —Hugh sacó la leche del frigorífico y localizó dos vasos—. No estaba pensando. Tenía la cabeza en otro sitio.

—Lo sé —dijo John. Al cabo de un momento preguntó con voz tranquila, mirando con fijeza a Hugh—: ¿Por qué te preocupa tanto tu madre, Hugh? ¿Está enferma?

Hugh se dio cuenta de que el nombre de pila no era un desaire: tan solo que John hablaba demasiado en serio para adoptar un tono deportivo. Ninguno de los amigos que había tenido nunca le gustaba tanto como Laney. Se sintió más descansado al otro lado de la mesa, más seguro en cierto modo. Al mirar los tranquilos ojos grises de su amigo, el bálsamo del afecto disipó el terror.

John preguntó de nuevo, siempre sereno:

—¿Está enferma tu madre?

Hugh no hubiera podido responder a ningún otro de sus condiscípulos. Excepto con su padre, no había hablado con nadie sobre su madre, e incluso los momentos de intimidad entre padre e hijo habían sido infrecuentes e indirectos. Solo podían abordar el tema cuando estaban ocupados con otra cosa, como durante sus trabajos de carpintería o en las dos veces que habían ido juntos de caza, o mientras preparaban la cena o fregaban los platos.

—No es enfermedad exactamente —dijo—, pero mi padre y yo hemos estado preocupados. Al menos lo hemos estado durante una temporada.

—¿Tiene que ver con el corazón? —preguntó John.

La voz de Hugh se tensó.

—¿Te enteraste de que me peleé con ese cretino de Clem Roberts? Le froté la cara contra el camino de grava y casi lo mato, te lo juro. Todavía tiene cicatrices o por lo menos llevó una venda dos días. En el instituto me castigaron a quedarme por las tardes una semana. Pero casi lo mato. Lo hubiera hecho, pero se presentó el señor Paxton y me sacó a rastras.

—Me lo han contado.

—¿Sabes por qué quería matarlo? John apartó los ojos por un momento.

Hugh se puso tenso; sus manos, todavía un poco informes, se agarraron al borde de la mesa; respiró hondo y habló con voz ronca.

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—Ese cerdo le contaba a todo el mundo que habíamos llevado a mi madre a Milledgeville. Iba diciendo por ahí que está loca.

—Hijo de puta.

—Mi madre estuvo en Milledgeville —dijo Hugh con voz nítida aunque derrotada—. Pero eso no significa que estuviera loca —añadió muy deprisa—. En ese hospital estatal tan grande hay edificios para personas que están locas, pero también hay otros pabellones para gente que solo está enferma. Mi madre lo estuvo una temporada. Mi padre y yo lo hablamos y decidimos que el hospital de Milledgeville era el lugar donde trabajaban los mejores médicos y donde la atenderían mejor. Pero de loca, nada. Tú la conoces, John. Tengo que subir —dijo de nuevo.

—Siempre he pensado que tu madre es una de las señoras más agradables de esta ciudad —respondió John.

—La verdad es que a mi madre le pasó una cosa extraña y después se deprimió.

La confesión, las primeras palabras con raíces profundas, abrieron el secreto infestado del corazón del muchacho, y siguió ya más deprisa, deseoso de hablar y encontrando en ello un alivio inesperado.

—El año pasado mi madre creyó que iba a tener un bebé. Habló de ello con mi padre y conmigo —dijo, orgulloso—. Queríamos una niña. Me iban a dejar que eligiera yo el nombre. Nos hacía una ilusión tremenda. Recuperé todos mis viejos juguetes…, el tren eléctrico y las vías… Iba a ponerle Crystal, ¿qué te parece ese nombre para una chica? A mí me hace pensar en algo brillante y delicado.

—¿El bebé nació muerto?

Incluso tratándose de John a Hugh se le encendieron las orejas y se las tocó con las manos, que estaban frías.

—No; lo llaman tumor. Fue eso lo que le sucedió a mi madre. Tuvieron que operarla en el hospital de aquí. —Estaba avergonzado y había bajado mucho la voz—. Luego sufrió algo llamado cambio de vida. —A Hugh se le hacían terribles las palabras—. Y después se deprimió. Papá dijo que había sido un choque para su sistema nervioso. Es algo que les pasa a las señoras; solo estaba deprimida y cansada.

Aunque no había nada rojo, ninguna cosa roja en toda la cocina, Hugh se acercaba a «la otra vez».

—Un día lo que le pasó fue algo así como que perdió la esperanza, un día el otoño pasado. —Los ojos de Hugh estaban muy abiertos y brillantes:

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de nuevo subía la escalera y abría la puerta del cuarto de baño… Se llevó la mano a los ojos para alejar el recuerdo—. Trató de… hacerse daño. La encontré al volver de clase.

John extendió una mano y acarició con cuidado el brazo de Hugh, cubierto por un jersey.

—No te preocupes. Mucha gente acaba en los hospitales porque están cansados y deprimidos. Le puede pasar a cualquiera.

—Tuvimos que llevarla al hospital, al mejor.

El recuerdo de aquellos largos, larguísimos meses estaba teñido de una soledad gris, tan cruel en su prolongada angustia como «la otra vez». ¿Cuánto había durado? En el hospital su madre podía pasear y siempre se ponía los zapatos.

—Esta tarta, desde luego, es estupenda —dijo John, solícito.

—Mi madre es una cocinera excelente. Prepara cosas como empanada de carne y budín de salmón, y también filetes y perritos calientes.

—Siento tener que salir corriendo nada más merendar —dijo John. A Hugh le daba tanto miedo quedarse solo que sintió la alarma en el ritmo acelerado de su propio corazón.

—No te vayas —suplicó—. Hablemos un rato.

—¿Hablar sobre qué?

Hugh no se lo pudo decir. Ni siquiera a John Laney. No era capaz de hablarle a nadie de la casa vacía ni del horror de entonces.

—¿Lloras alguna vez? —le preguntó a John—. Yo no.

—A veces, sí —reconoció John.

—Ojalá te hubiera conocido mejor cuando mamá estuvo fuera. Mi padre y yo salíamos a cazar casi todos los sábados. Vivíamos de codornices y pichones. Seguro que te habría gustado. —Luego añadió en voz más baja—: Los domingos íbamos al hospital.

—Es un asunto delicado vender esos tiques —dijo John—. Mucha gente no disfruta con las operetas del instituto. A no ser que conozcan a alguien personalmente, prefieren quedarse en casa con un buen programa de televisión. Mucha gente compra tiques sin otra razón que el espíritu cívico.

—Nosotros vamos a tener muy pronto un televisor.

—Yo no podría vivir sin televisión —dijo John.

El tono de voz de Hugh fue de disculpa.

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—Mi padre quiere pagar primero las facturas del hospital, porque las enfermedades, como todo el mundo sabe, son una cosa muy cara. Después vendrá el televisor.

John alzó su vaso de leche.

—Skol —dijo—. La palabra sueca para brindar. Trae buena suerte.

—Sabes muchas palabras de idiomas extranjeros.

—No tantas —dijo John sinceramente—. Solo kaput, adiós, skol y las cosas que aprendemos en la clase de francés. No es mucho.

—Es beaucoup —dijo Hugh, que se sintió ingenioso y complacido consigo mismo.

De repente la tensión acumulada se tradujo en actividad física. Hugh se apoderó de la pelota de baloncesto que estaba en el porche y corrió hacia el patio de atrás. Hizo varios regates y apuntó a la canasta que su padre le había instalado con motivo de su último cumpleaños. Al fallar, lanzó la pelota a John, que había salido tras él. Era agradable estar al aire libre y el alivio de un juego normal le trajo a la cabeza el primer verso de un poema. «Mi corazón es como un balón». De ordinario los poemas se le ocurrían cuando estaba tumbado en el suelo del cuarto de estar y se esforzaba por encontrar rimas, la lengua a un lado de la boca. Su madre lo llamaba Shelley-Poe cuando pasaba por encima, y a veces, sin apretar mucho, le ponía el pie en el trasero. A su madre siempre le gustaban sus poemas; hoy el segundo verso se le ocurrió en seguida, como por arte de magia. Se lo dijo a John en voz alta:

—«Mi corazón es como un balón, botando feliz por el corredor». ¿Qué te parece como principio de un poema?

—Me suena un poco chiflado —dijo John, aunque rectificó en seguida

—. Quiero decir que me suena… extraño. Eso es lo que he querido decir, extraño.

Hugh se dio cuenta de por qué John había cambiado de palabra y la euforia del juego y de los poemas lo abandonó al instante. Recogió la pelota y se quedó acunándola entre los brazos. La tarde era dorada y la enredadera de glicinia del porche estaba en plena floración, incólume. La glicinia era como una cascada de color lavanda. La brisa fresca olía a flores calentadas por el sol. El cielo estaba azul y sin nubes. Era el primer día cálido de la primavera.

—Tengo que largarme —dijo John.

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—¡No! —La voz de Hugh reflejaba desesperación—. ¿No quieres un poco más de tarta? No sé de nadie que se coma solo un trozo.

De nuevo entró en la casa con John y esta vez llamó solo por costumbre, como lo hacía siempre cuando entraba.

—¡Madre!

Sintió frío al abandonar el exterior luminoso y soleado: frío no solo por el tiempo sino porque estaba muy asustado.

—Mi madre lleva un mes en casa y todas las tardes ha estado aquí cuando he vuelto de clase. Siempre, siempre.

Se quedaron en la cocina mirando la tarta de limón. Y a Hugh la tarta cortada le pareció de algún modo… extraña. Mientras estaban quietos en la cocina, el silencio era escalofriante, y también extraño.

—¿No te parece silenciosa esta casa?

—Es porque no tenéis televisión. Nosotros la encendemos a las siete en punto y sigue así todo el día y la noche hasta que nos vamos a la cama. Tanto si hay alguien en el cuarto de estar como si no. Hay obras de teatro y parodias y chistes todo el tiempo.

—Nosotros tenemos radio, por supuesto, y un gramófono.

—Pero eso no hace tanta compañía como una buena televisión.

Cuando la tengas no te darás cuenta de si tu madre está en casa.

Hugh no respondió. Los pasos de ambos sonaron apagados en el vestíbulo. Sintió que se mareaba al detenerse en el primer escalón con el brazo alrededor del poste de la escalera. —Si pudieras subir un minuto…

La voz de John se volvió de pronto impaciente y subió de tono. —¿Cuántas veces te he dicho que estoy obligado a vender esos tiques?

Hay que tener espíritu cívico para cosas como los Glee Clubs. —Solo un segundo… Te quiero enseñar algo importante ahí arriba. John no preguntó qué era y Hugh, desesperado, trató de pensar en algo importante que hiciera subir a John. A la larga dijo:

—Estoy montando un aparato de alta fidelidad. Hay que saber mucho de electrónica…, mi padre me está ayudando.

Pero mientras hablaba sabía ya que John no se creía ni por lo más remoto aquella mentira. ¿Quién iba a comprar alta fidelidad sin tener siquiera un televisor? Miró con odio a John, de la manera en que se detesta a las personas a las que más se necesita. Tenía que decir algo más y se irguió todo lo que pudo.

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—Solo quiero que sepas lo mucho que aprecio tu amistad. Durante los últimos meses me he apartado un tanto de la gente.

—No tiene importancia, Brown. No tendría que preocuparte tanto que tu madre haya estado… donde estuvo.

John había puesto la mano en el pomo de la puerta y Hugh temblaba. —Pensé que si podías subir por solo un minuto…

John lo miró con ojos preocupados, desconcertados. Luego preguntó despacio:

—¿Hay algo arriba que te asusta?

Hugh quería contárselo todo. Pero no podía decirle lo que su madre había hecho aquella tarde de septiembre. Era demasiado terrible y… extraño. Era como algo que haría una interna, algo que no tenía nada que ver con su madre. Aunque sus ojos estaban llenos de terror y le temblaba todo el cuerpo, dijo:

—No estoy asustado.

—Bueno, hasta la vista. Siento marcharme, pero si tienes que hacerlo, tienes que hacerlo.

John cerró la puerta principal y Hugh se quedó solo en la casa vacía. Nada podía salvarlo ya. Incluso aunque toda una multitud de chicos estuviera viendo la televisión en la sala de estar, riendo con los gags y con los chistes, tampoco eso le serviría de nada. Tenía que subir y encontrarla. Trató de darse valor con la última cosa que había dicho John, y repitió las palabras en voz alta: «Si tienes que hacerlo, tienes que hacerlo». Pero las palabras no le transmitieron nada de la despreocupación y el valor de John; solo resultaron escalofriantes y extrañas en el silencio.

Se dio la vuelta despacio para subir la escalera. Su corazón no era como un balón, sino como un rápido tambor de jazz, que resonaba cada vez más deprisa mientras subía. Iba arrastrando los pies como si vadeara un río con el agua hasta las rodillas, y tenía que sujetarse al pasamanos. La casa parecía extraña, demencial. Al mirar desde arriba a la mesa del piso bajo con el jarrón de flores primaverales recién cortadas, también le parecieron en cierto modo extrañas. En el espejo del descansillo su propia cara le sobresaltó, hasta tal punto le pareció desencajada. La inicial del jersey de su instituto estaba del revés en el reflejo, y él tenía la boca abierta como un idiota de manicomio. La cerró y su aspecto mejoró. Pero los objetos que veía —la mesa abajo, el sofá arriba— parecían hasta cierto punto resquebrajados y discordantes debido al terror que sentía, aunque

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eran las cosas familiares de todos los días. Clavó los ojos en la puerta cerrada a la derecha de la escalera y el ritmo rápido del tambor de jazz aumentó.

Abrió la puerta del baño y por un instante el horror que le había perseguido toda la tarde le hizo ver de nuevo el cuarto como «la otra vez». Su madre tumbada y muerta y sangre por todas partes: la muñeca con las venas cortadas y un charco rojo que se había deslizado por la pared de la bañera y se había acumulado en el fondo. Hugh tocó el marco de la puerta y recobró el equilibrio. Luego el cuarto se estabilizó y se dio cuenta de que no era «la otra vez». El sol de abril llenaba de luz los limpios azulejos blancos. Solo había resplandor de cuarto de baño y la luz del sol en la ventana. Entró en el dormitorio y vio la cama vacía con la colcha de color rosa. Los accesorios habituales descansaban sobre el tocador. La habitación tenía el mismo aspecto de siempre y no había sucedido nada…, nada en absoluto, y Hugh se arrojó sobre la colcha rosa de la cama y lloró de alivio, y debido al tenso cansancio desolado que había durado demasiado tiempo. Los sollozos le sacudieron todo el cuerpo y tranquilizaron el tambor de jazz de su corazón acelerado.

No había llorado en todos aquellos meses. No había llorado «la otra vez», cuando, en la casa vacía, encontró a su madre ensangrentada de pies a cabeza. No lloró pero cometió un error de explorador. Alzó el pesado cuerpo antes de intentar vendarle la herida. No lloró cuando telefoneó a su padre. Tampoco lo hizo mientras decidían qué hacer. Ni cuando el médico propuso Milledgeville, ni siquiera cuando su padre y él la llevaron en el coche al hospital, aunque su padre sí lloró mientras regresaban a casa. Tampoco lloró por las cenas que preparaban: bistecs todas las noches durante un mes, hasta que sintieron que la carne se les salía por las orejas; luego se pasaron a los perritos calientes, hasta que también los aborrecieron. Les dio por repetir comidas hasta la saciedad y lo ensuciaban todo en la cocina, de manera que nunca estaba limpia excepto los sábados, cuando venía la asistenta. Hugh tampoco lloró durante aquellas tardes solitarias después de haberse peleado con Clem Roberts y de sentir que los otros chicos pensaban cosas raras de su madre. Se quedaba en casa en la cocina desordenada y comía galletas de higos o tabletas de chocolate. O iba a ver la televisión en casa de una vecina, la señorita Richards, una solterona adicta a los programas para solteronas. No lloró cuando su padre bebía tanto que perdió el apetito y él tenía que comer solo. Tampoco había

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llorado en aquellas largas esperas dominicales en sus visitas a Milledgeville, donde vio en dos ocasiones en un porche a una señora que estaba descalza y hablaba sola. Una señora que era una interna y que le produjo un horror indescriptible. No lloró cuando al principio su madre decía: No me castiguéis obligándome a quedarme aquí. Dejadme volver a casa. No había llorado con las terribles palabras que lo perseguían: «cambio de vida», «loca», «Milledgeville». Hugh no pudo llorar durante aquellos largos meses llenos de monotonía, de carencias y de miedo.

Siguió sollozando sobre la colcha rosa, de tacto suave y fresco contra sus mejillas húmedas. Sollozaba tan alto que no oyó abrirse la puerta principal, ni tampoco oyó a su madre cuando llamó desde el pie de la escalera. Todavía sollozaba cuando su madre lo tocó y Hugh hundió el rostro con fuerza en la colcha. Tensó incluso las piernas y pataleó.

—Vamos, vamos, Pitusín —dijo su madre, llamándolo por un nombre infantil, largo tiempo olvidado—. ¿Qué ha pasado?

Hugh redobló los sollozos, aunque su madre trataba de volverle la cara para verle los ojos. Quería preocuparla. No se volvió hasta que ella, finalmente, abandonó la cama y entonces la miró. Llevaba un vestido distinto: parecía seda azul en la pálida luz primaveral.

—¿Qué ha pasado, corazón?

El terror de la tarde había terminado, pero no se lo podía contar. No podía explicarle lo que había temido, ni explicarle el horror ante cosas que ya no estaban allí, pero que habían estado una vez.

—¿Por qué lo hiciste?

—He salido porque era el primer día cálido y de pronto me quería comprar algo de ropa nueva.

Pero Hugh no hablaba de ropa, pensaba en «la otra vez» y en el rencor que había empezado a nacerle cuando vio la sangre y el horror y sintió por qué me ha hecho esto a mí. Pensó en el rencor que sentía contra la persona que más quería en el mundo. Durante aquellos meses últimos, tan tristes, la indignación había rebotado sobre el amor, con mezclados sentimientos de culpa.

—Me he comprado dos vestidos y dos combinaciones. ¿Te gustan? —¡Me parecen horribles! —dijo Hugh muy enfadado—. Se te ve la

enagua.

Su madre giró sobre sí misma dos veces y se le vio muchísimo la combinación.

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—Se trata de que se vea, tontorrón. Es la moda.

—No me gusta de todos modos.

—He comido un sándwich en el salón de té con dos tazas de cacao y luego he ido a Mendel’s. Había tantas cosas bonitas que no conseguía marcharme. Compré los dos vestidos y ¡mira, Hugh! ¡Los zapatos!

Su madre se acercó a la cama y encendió la luz para que pudiese ver. Los zapatos no tenían tacón y eran azules, con destellos de diamantes sobre los dedos. Hugh no sabía cómo criticarlos.

—Parecen más zapatos de fiesta que calzado para salir a la calle. No había tenido nunca zapatos de color. No he podido resistirme.

Su madre hizo un conato de baile en dirección a la ventana, y consiguió que la combinación revoloteara por debajo del vestido nuevo. Hugh había dejado ya de llorar, pero seguía enfadado.

—No me gusta porque da la sensación de que tratas de parecer joven, y apuesto cualquier cosa a que has cumplido los cuarenta.

Su madre dejó de bailar y se quedó quieta junto a la ventana. El rostro se le llenó de tristeza.

—Cumpliré cuarenta y tres en junio.

Había conseguido herirla y de repente el enfado desapareció y solo quedó el amor.

—No debería haber dicho eso, mamá.

—Cuando estaba de compras me di cuenta de que llevaba más de un año sin pisar una tienda de modas. ¡Imagínate!

A Hugh le desarmó la tristeza tranquila de la persona a quien más quería. Le desarmó su amor y la belleza de su madre. Se limpió las lágrimas con la manga del jersey y se levantó de la cama.

—Nunca te he visto tan bonita, ni con un vestido y una enagua tan bonitos. —Se acuclilló delante de su madre y tocó los zapatos resplandecientes—. Los zapatos son de verdad fantásticos.

—En el mismo momento en que los vi pensé que te gustarían. — Levantó a Hugh y lo besó en la mejilla—. Ahora te he manchado de lápiz de labios.

Mientras se limpiaba el carmín, Hugh procedió a citar una réplica ingeniosa oída anteriormente:

—Eso solo demuestra que soy muy popular.

—Hugh, ¿por qué estabas llorando cuando he entrado? ¿Te ha pasado algo en el instituto?

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—Ha sido solo que cuando he entrado en casa y he descubierto que te habías ido y no habías dejado una nota ni nada…

—Me he olvidado por completo de la nota.

—Y toda la tarde he sentido… Vino John Laney conmigo, pero se tenía que ir a vender tiques del Glee Club. Toda la tarde he sentido…

—¿Qué? ¿Qué era lo que te pasaba?

Pero no podía hablarle del terror ni de su causa. Finalmente, dijo:

—Toda la tarde me he sentido… extraño.

Después, cuando su padre regresó a casa, llamó a Hugh para que saliera con él al patio de atrás. Parecía preocupado, como si hubiera descubierto que Hugh había dejado a la intemperie una herramienta valiosa. Pero no había ninguna, y la pelota de baloncesto estaba de nuevo en su sitio en el porche trasero.

—Hijo —empezó su padre—, hay algo de lo que quiero hablar contigo.

—Sí, papá.

—Tu madre me ha dicho que has estado llorando esta tarde. —No esperó a recibir una explicación—. Solo deseo que no tengamos secretos el uno para el otro. ¿Hay algo relacionado con las clases, o con chicas, o alguna otra cosa que te preocupa? ¿Por qué llorabas?

Hugh recordó la tarde y ya estaba muy lejos, tan distante como un paisaje visto por el lado equivocado de un telescopio.

—No lo sé —dijo—. Imagino que quizá estaba un poco nervioso. Su padre le pasó el brazo por encima del hombro.

—Nadie tiene razones para estar nervioso antes de cumplir los dieciséis. Todavía te queda mucho camino que recorrer.

—Lo sé.

—Nunca he visto a tu madre con tan buen aspecto. La encuentro alegre y preciosa, mejor que desde hace años. ¿No te das cuenta?

—La enagua…, la combinación está pensada para que se vea. Es la nueva moda.

—Muy pronto llegará el verano —dijo su padre—. Y saldremos de excursión, para comer al aire libre, los tres. —Aquellas palabras le trajeron al instante la visión de un brillo cegador sobre el arroyo dorado y de

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bosques con follaje de verano y llenos de aventuras. Su padre añadió—:

He venido aquí para decirte algo más.

—¿Sí, papá?

—Quiero que sepas que me doy cuenta de lo bien que te has portado durante toda esta época tan mala. Lo condenadamente bien que te has portado.

Su padre había utilizado una de esas palabras que solo se usan para hablar con los adultos. Tampoco era una persona que hiciera elogios con facilidad: siempre se mostraba muy estricto con las notas del colegio y con las herramientas fuera de su sitio. A él nunca lo elogiaba ni utilizaba palabras de personas mayores ni nada parecido. Hugh sintió que se le encendía la cara y se la tocó con las manos, que estaban frías.

—Solo quería decirte eso, hijo. —Zarandeó a Hugh por el hombro—. Serás más alto que tu padre en un año o poco más. —Volvió muy deprisa a entrar en la casa, y dejó que su hijo paladeara el dulce y desacostumbrado sabor del elogio.

Hugh se quedó en el jardín cada vez más en sombra hasta que se desvanecieron los colores del crepúsculo por el Oeste y la glicinia pasó al morado oscuro. La luz de la cocina estaba encendida y vio a su madre preparando la cena. Comprendió que algo había terminado; el terror estaba ya lejos de él, y también la indignación que había chocado con el amor, el miedo y la culpa. Aunque sentía que nunca lloraría de nuevo —o al menos hasta que cumpliera dieciséis años—, en el brillo de sus lágrimas resplandecía la cocina segura, iluminada, ahora que ya no era un chico obsesionado, ahora que, por así decirlo, estaba contento, ahora que ya no tenía miedo.

Traducción de José Luis López Muñoz

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¿Quién ha visto el viento?

Ken Harris había estado toda la tarde ante la máquina de escribir y una hoja en blanco. Era invierno y nevaba. La nieve ponía en sordina el tráfico, y el apartamento del Village estaba tan en silencio que le molestaba el tictac del despertador. Trabajaba en el dormitorio porque aquel cuarto, con las cosas de su mujer, le calmaba y le hacía sentirse menos solo. Su whisky de antes del almuerzo (¿o nada más despertarse?) había perdido mordiente con la lata de chile con carne consumida a solas en la cocina. A las cuatro metió el despertador en el cesto de la ropa y luego regresó a la máquina de escribir. La hoja seguía impoluta y el blanco de la holandesa le vaciaba la imaginación. Hubo sin embargo una época (¿cuánto tiempo había pasado?) en la que bastaba una canción en una esquina, una voz de la infancia, para que el panorama de la memoria condensara el pasado de manera que lo fortuito y lo verdadero se transfigurasen en una novela, en un relato… Hubo una época en la que la página en blanco llamaba y clasificaba los recuerdos y Ken sentía ese misterioso dominio de su arte. Una época, en pocas palabras, en la que era escritor y escribía casi todos los días. Trabajaba mucho, recomponía cuidadosamente las frases, tachaba las que resultaban ofensivas y cambiaba las palabras repetidas. Ahora estaba allí, encorvado y en cierto modo asustado, un tipo rubio cercano a los cuarenta, con sombras oscuras bajo unos ojos de color azul perla y labios llenos y pálidos. Pensaba en el viento abrasador del Texas de su infancia mientras miraba por la ventana la nieve que caía en Nueva York. Luego, de repente, se le abrió una puerta de la memoria y dijo unas palabras al tiempo que las escribía a máquina:

¿Quién ha visto el viento?

Ni tú ni yo lo hemos visto:

pero si los árboles se inclinan

el viento ha pasado allí mismo.

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La canción infantil le pareció tan siniestra que mientras estaba allí pensando en ella el sudor de la tensión le humedeció las palmas de las manos. Arrancó la hoja de la máquina de escribir y, después de romperla en mil pedazos, la arrojó a la papelera. Le consoló pensar que iba a una fiesta a las seis, se alegró de abandonar el apartamento silencioso, los versos destruidos, y de caminar por la calle, fría pero reconfortante.

El metro tenía la escasa luz de lo que está bajo tierra y después del olor de la nieve el aire allí era fétido. Ken reparó en un individuo tumbado en un banco, pero no se preguntó, como en otro tiempo, por la historia de aquel desconocido. Vio acercarse el primer vagón balanceante del tren que llegaba y retrocedió para evitar el viento cargado de carbonilla. Vio abrirse y cerrarse las puertas —era su tren— y siguió mirándolo con desamparo mientras se alejaba ruidosamente. La tristeza se apoderó de él mientras esperaba el siguiente.

El apartamento de los Rodgers estaba en un ático muy lejos hacia el Norte, y la fiesta había empezado ya. Se oía el rumor de las voces y se notaba el olor de la ginebra y de los canapés que se sirven en los cócteles. Mientras estaba con Esther Rodgers a la entrada de las habitaciones abarrotadas, dijo:

—En la actualidad, cuando entro en una fiesta con muchos invitados siempre me acuerdo de la última que dio el duque de Guermantes.

—¿Qué? —preguntó Esther.

—¿Recuerdas cuando Proust, el yo, el narrador, miraba a todas las caras conocidas y cavilaba sobre las alteraciones producidas por el tiempo? Un pasaje magnífico…, lo leo todos los años.

Esther pareció desconcertada.

—Hay demasiado ruido. ¿No viene tu mujer?

A Ken el rostro le tembló levemente antes de que procediera a apoderarse de uno de los martinis que ofrecía la criada.

—Se presentará cuando termine en la editorial.

—Trabaja demasiado…, todos esos manuscritos que leer…

—Cuando me encuentro en una fiesta como esta, siempre es lo mismo, casi exactamente. Pero existe una espantosa diferencia. Como si la tonalidad bajara, cambiase. La espantosa diferencia de los años que pasan, los trucos y el terror del tiempo, Proust…

Pero su anfitriona se había marchado y Ken se encontró solo en las habitaciones abarrotadas donde se celebraba la fiesta. Examinó las caras

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que había visto en otros acontecimientos similares durante los últimos trece años y, efectivamente, habían envejecido. Esther, por ejemplo, había engordado mucho y su vestido de terciopelo le quedaba estrecho: la vida disipada, pensó, y la hinchazón producida por el whisky. Se había originado un cambio: trece años antes, cuando Ken publicó Noche de oscuridad, Esther casi se lo hubiera comido vivo y en ningún caso lo habría dejado solo en un extremo de la habitación. Por aquellos días Ken era el muchacho de los cabellos dorados. El chico de los cabellos dorados de la Diosa Casquivana; ¿no era esa la Diosa del éxito, del dinero, de la juventud? Ken vio, junto a la ventana, a dos jóvenes escritores sureños, y comprendió que pasados diez años la Diosa Casquivana les reclamaría su capital de juventud. A Ken le agradó que se le hubiera ocurrido aquello y se comió una menudencia de jamón que estaban pasando en aquel momento.

Luego vio, al otro lado de la habitación, a alguien a quien admiraba: Mabel Goodley, pintora y autora de decorados teatrales. Llevaba el pelo corto y reluciente y le brillaban las gafas con la luz. A Mabel le había gustado Noche de oscuridad desde el primer momento y dio una fiesta en su honor cuando le concedieron la beca Guggenheim. Más importante aún, le había parecido que su segundo libro era mejor que el primero, a pesar de la estupidez de los críticos. Ken echó a andar hacia Mabel, pero lo detuvo John Howards, un editor al que veía a veces en las fiestas.

—Cómo le va —dijo Howards—, ¿qué está escribiendo en la actualidad, si no es una pregunta inoportuna?

Era un principio de conversación que Ken detestaba. Las respuestas posibles eran varias: unas veces decía que estaba terminando una novela larga, otras que estaba aposta en barbecho. Ninguna respuesta era buena, dijera lo que dijese. Se le encogió el escroto y trató desesperadamente de parecer despreocupado.

—Recuerdo muy bien el revuelo que provocó La habitación sin puerta en el mundo literario de aquellos días, un libro excelente.

Howards era alto y vestía un traje marrón de tweed. Ken alzó los ojos horrorizado, armándose de valor contra aquel ataque inesperado. Pero los ojos castaños de su interlocutor eran extrañamente inocentes y Ken no encontró en ellos malicia alguna. Una mujer con unas perlas muy ajustadas alrededor de la garganta dijo, después de un doloroso instante:

—Pero, cariño, el señor Harris no escribió La habitación sin puerta.

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—Oh —dijo Howards inútilmente.

Ken miró las perlas de la mujer y sintió deseos de estrangularla.

—No tiene la menor importancia.

El editor insistió, intentado reparar el daño causado.

—Pero usted es Ken Harris. Y está casado con Marian Campbell, la editora de ficción en…

La mujer se apresuró a decir:

—Ken Harris escribió Noche de oscuridad, una novela excelente. Harris se dio cuenta de que la garganta de la mujer quedaba preciosa con las perlas y el vestido negro. Su rostro se iluminó hasta que la otra dijo:

—Hace diez o quince años de eso, ¿no es cierto?

—Lo recuerdo —dijo el editor—, un libro magnífico. ¿Cómo he podido confundirlo? ¿Cuánto tiempo tendrá que pasar antes de que disfrutemos con un segundo libro?

—Escribí un segundo libro —dijo Ken—. Se hundió sin hacer ni una ola. Fracasó. —Después añadió a la defensiva—: Los críticos fueron aún más obtusos que de ordinario. Y yo no soy de los que escriben superventas.

—Lástima —dijo el editor—. A veces somos víctimas de la industria. —El libro era mejor que Noche de oscuridad. Algunos críticos lo

consideraron oscuro. Pero de Joyce dijeron lo mismo. —Y añadió, con la lealtad del escritor a su creación más reciente—: Era mucho mejor que el primero, y mi sensación es que no he hecho más que empezar a producir mi verdadera obra.

—Esa es la actitud —dijo el editor—. Lo más importante es seguir insistiendo. ¿Qué está escribiendo ahora, si no es una pregunta indiscreta? La violencia estalló de repente.

—No es asunto suyo. —Ken no lo dijo en voz muy alta, pero las palabras se oyeron, y se creó una repentina zona de silencio en la habitación—. Ni de usted ni de nadie.

Al cesar las demás voces se oyó la de la anciana señora Beckstein, que era sorda y estaba sentada en un rincón.

—¿Por qué compras tantos edredones?

Su hija soltera, que siempre acompañaba a su madre, custodiándola como si fuera miembro de una casa real o algún animal sagrado, y que hacía de traductora entre su madre y el mundo, dijo con firmeza:

—El señor Brown estaba diciendo…

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El murmullo de voces recobró fuerza y Ken fue a la mesa de las bebidas, se apoderó de otro martini y mojó un trozo de coliflor en algún tipo de salsa. Comió y bebió de espaldas a la ruidosa habitación. Luego cogió un tercer martini y se abrió paso hasta Mabel Goodley. Se sentó en una otomana a su lado, cuidadoso con su copa y un tanto ceremonioso.

—Ha sido un día muy cansado —dijo.

—¿Qué has hecho?

—Estar sentado sobre el trasero.

—Un escritor que conocí en otro tiempo acabó con problemas sacroilíacos por estar sentado tanto tiempo. ¿Podría llegar a sucederte algo semejante?

—No —respondió—. Te lo digo a ti, que eres la única persona sincera en esta habitación.

Ken había intentado muchas cosas distintas cuando empezaron las hojas en blanco. Había tratado de trabajar en la cama y durante algún tiempo escribió a mano. Se había acordado de Proust y de su habitación aislada con láminas de corcho, y por espacio de un mes usó tapones para los oídos, pero no mejoraron su rendimiento y la goma hizo que contrajera una infección causada por hongos. Luego se mudaron a Brooklyn Heights, pero tampoco sirvió de nada. Cuando se enteró de que Thomas Wolfe había escrito de pie, con el manuscrito apoyado en el frigorífico, también lo intentó. Pero lo que hacía era abrir el frigorífico y comer… Había probado a escribir borracho, cuando las ideas y las imágenes le parecían maravillosas, pero descubrió que empeoraban mucho cuando, ya sobrio, leía lo escrito. Había trabajado a primera hora de la mañana, completamente sobrio y muy deprimido. Había pensado en Thoreau y en Walden. Había soñado con el trabajo manual y con dedicarse al cultivo de las manzanas. Si pudiera dar largos paseos por los páramos la luz de la creación literaria lo iluminaría de nuevo…, ¿pero dónde están los páramos de Nueva York?

Se consolaba con los escritores que se habían sentido fracasados y cuya fama se consolidó después de muertos. Cuando tenía veinte años soñaba despierto que moriría a los treinta y que su nombre se pregonaría a voz en cuello después de que lo enterrasen. A los veinticinco, cuando había terminado Noche de oscuridad, soñaba despierto que moriría famoso, admirado por sus colegas, con una obra lograda a los treinta y cinco y la concesión del Premio Nobel en su lecho de muerte. Pero ahora

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que se acercaba a los cuarenta con dos libros —el primero un éxito, el segundo un fracaso defendible— ya no soñaba despierto sobre su muerte.

—Me pregunto por qué sigo escribiendo —dijo—. Solo se cosechan frustraciones.

Había esperado vagamente de Mabel, su amiga, que dijera tal vez algo sobre su condición de escritor nato, que le recordara incluso las obligaciones que le imponía su talento, que incluso mencionase la palabra «genio», ese término mágico que convierte las dificultades y el fracaso exterior en gloria sombría. Pero la respuesta de Mabel lo dejó consternado.

—Supongo que escribir es como el teatro. Una vez que escribes o actúas se te mete en la sangre.

Ken despreciaba a los actores: engreídos, afectados, siempre sin trabajo.

—No me parece que la interpretación sea un arte creativo, sino solo interpretativo. Mientras que el escritor, por su parte, ha de cincelar la roca fantasmal…

Vio entrar a su mujer procedente del vestíbulo. Marian era alta y esbelta, de cabellos negros, lisos y cortos, y llevaba un sencillo vestido negro, un vestido de aspecto profesional, sin adornos. Hacía trece años que se habían casado, el año de la publicación de Noche de oscuridad, y durante mucho tiempo Ken amó a su mujer con pasión. Hubo ocasiones en las que la esperaba con el asombro vertiginoso del amante y le embargaba un dulce temblor cuando por fin la veía. Era la época en la que hacían el amor casi todas las noches y a menudo por la mañana temprano. El primer año Marian, incluso, había vuelto a casa algunas veces a la hora del almuerzo y se habían amado desnudos a plena luz del día. Con el tiempo el deseo se calmó y el cuerpo de Ken dejó de temblar. Trabajaba en un segundo libro y avanzaba con dificultad. Luego le dieron una beca Guggenheim y, mientras Europa estaba en guerra, se marcharon a México. Él abandonó su libro y, aunque la euforia del éxito no le había abandonado aún, se sentía insatisfecho. Quería escribir, escribir y escribir, pero pasaba un mes tras otro y no escribía nada. Marian dijo que bebía demasiado y que solo hacía como que trabajaba y él le tiró un vaso de ron a la cara. Luego Ken se arrodilló y lloró. Estaba por primera vez en un país extranjero y el tiempo, automáticamente, era valioso porque se trataba de un país extranjero.

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Escribiría del azul del cielo a mediodía, de las sombras mexicanas, del aire de la montaña que tenía el frescor del agua. Pero pasaba un día y otro día —siempre valiosos porque estaba en un país extranjero— y no escribía nada. Ni siquiera aprendía español, y hasta le molestaba oír hablar a Marian con la cocinera y con otros mexicanos. (Para una mujer era más fácil aprender un idioma y además ya sabía francés). Y la baratura misma de México encarecía la vida; se gastaba el dinero como si fuese de mentirijillas o para usar en un escenario, y cuando llegaba el cheque de la Guggenheim ya se lo habían gastado. Pero estaba en un país extranjero y antes o después vivir en México sería valioso para él como escritor. Luego, al cabo de ocho meses, sucedió una cosa extraña: prácticamente sin aviso previo Marian tomó el avión y se volvió a Nueva York. Ken tuvo que interrumpir su año Guggenheim para seguirla. Y después no quiso vivir con él ni dejarlo vivir en su apartamento. Dijo que era como vivir con veinte emperadores romanos convertidos en uno y que no aguantaba más. Marian consiguió un puesto de ayudante del editor de ficción en una revista de modas mientras él vivía en un piso sin agua caliente: su matrimonio había fracasado y se habían separado, aunque Ken todavía trataba de seguirla por todas partes. La gente de la fundación Guggenheim no le renovó la beca y se gastó muy pronto el anticipo por su nuevo libro.

Una mañana por aquella época tuvo una experiencia que no olvidaría nunca, aunque no sucedió nada, absolutamente nada. Era un soleado día de otoño con un cielo hermoso y verde por encima de los rascacielos. Había ido a desayunar a una cafetería y estaba sentado junto a una brillante cristalera. La gente pasaba deprisa por la calle, todos camino de algún sitio. Dentro de la cafetería había el bullicio habitual del desayuno, el entrechocar de bandejas y el ruido de muchas voces. La gente entraba, comía y se marchaba, y todo el mundo parecía seguro de sí mismo y de adónde iba. Parecían dar como evidente una meta que no era únicamente la rutina de sus empleos y de sus citas. Aunque la mayoría de la gente estaba sola, de algún modo parecían los unos parte de los otros, y parte todos ellos de la luminosa ciudad otoñal. Solo él quedaba al margen, una cifra aislada en el diseño de una ciudad con un destino. Su mermelada resplandecía al sol y se la untó en una tostada pero no se la comió. El café tenía un brillo morado y había un resto de lápiz de labios en el borde de la taza. Fue una hora de desolación aunque no sucediera nada.

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Ahora en la fiesta, años después, el ruido, la seguridad de los otros y la conciencia de su aislamiento personal le recordó el desayuno en la cafetería y la hora presente se le hizo todavía más desolada por el imparable paso del tiempo.

—Ahí está Marian —dijo Mabel—. Parece cansada y más delgada. —Si la maldita fundación Guggenheim me hubiera renovado la beca,

la habría llevado un año a Europa —dijo Ken—. La Guggenheim de todos los demonios: ya no subvencionan a los que escribimos literatura. Solo a los físicos, gente como la que se está preparando para otra guerra.

La guerra mundial fue un alivio para Ken. Se alegró de abandonar el libro que iba mal, de abandonar su «roca fantasmal» por la experiencia común de aquellos días, porque la guerra fue sin duda la gran experiencia de su generación. Ken se graduó en la Escuela de Formación de Oficiales y cuando Marian lo vio con su uniforme, lloró y volvió a quererlo y ya no se habló más de divorcio. En su último permiso hicieron el amor con tanta frecuencia como en los primeros meses de matrimonio. En Inglaterra llovía todos los días y una vez un lord lo invitó a su castillo. Cruzó el canal el día D, y su batallón siguió adelante todo el camino hasta Schmitz. En un sótano de una ciudad en ruinas vio a un gato olfateando el rostro de un cadáver. Pasó miedo, pero no era el terror vacío de la cafetería ni la ansiedad ante la página en blanco de la máquina de escribir. Algo estaba sucediendo siempre: encontró tres jamones de Westfalia en la chimenea de la casa de un campesino y se rompió un brazo en un accidente de automóvil. La guerra era la gran experiencia de su generación y para un escritor todos los días eran automáticamente valiosos porque formaban parte de la guerra. Pero cuando se acabó, ¿de qué se podía escribir? ¿Del gato tranquilo y el cadáver, del lord inglés, del brazo roto?

En el apartamento del Village volvió al libro tanto tiempo abandonado. Durante una época, el año que siguió a la guerra, vivió la alegría del escritor cuando escribe. Una época en la que todo encajaba, desde una voz de la infancia a una canción en la esquina. En la extraña euforia de su trabajo solitario se produjo una síntesis del mundo. Escribía de otro tiempo, de otro lugar. Escribía de su juventud en la población ventosa y polvorienta de Texas que era su ciudad natal. Escribió sobre la rebelión de la juventud, la nostalgia de las ciudades llenas de luces, la añoranza de un

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lugar que no se ha visto nunca. Mientras escribía Una noche de verano vivía en un apartamento de Nueva York, pero su vida interior estaba en Texas y la distancia era más que espacio: era la triste separación entre la mediana edad y la juventud. De manera que mientras escribía el libro estaba dividido entre dos realidades: su vida diaria de Nueva York y la cadencia rememorada de su juventud tejana. Cuando se publicó el libro y las reseñas fueron indiferentes o malas, le pareció que lo aceptaba bien, hasta que los días de desolación se fueron encadenando uno tras otro y empezó el terror. Hizo cosas extrañas en aquella época. Una vez se encerró en el baño con una botella de lysol, tembloroso y aterrado. Estuvo allí media hora hasta que con un gran esfuerzo vertió despacio el jabón de brea en el lavabo. Luego se tumbó en la cama y lloró hasta que, al final de la tarde, se quedó dormido. En otra ocasión se sentó en el alféizar de la ventana y dejó que una docena de hojas en blanco descendieran flotando a la calle desde el sexto piso. El viento fue empujando los papeles a medida que los dejaba caer uno tras otro, y sintió un extraño júbilo mientras los veía volar. Más que lo absurdo de aquellas acciones, lo que le hizo darse cuenta de que estaba enfermo fue la extrema tensión que las acompañó.

Marian sugirió que fuese a un psiquiatra y él dijo que la psiquiatría se había convertido en un método de vanguardia para masturbarse. Luego se rio, pero Marian no le secundó y su risa solitaria terminó con un escalofrío de miedo. Al final Marian fue al psiquiatra y Ken tuvo celos de los dos: del médico porque era el árbitro de un matrimonio infeliz y de ella porque estaba más tranquila y él más desquiciado. Aquel año escribió algunos guiones para la televisión, ganó un par de miles de dólares y le compró a Marian un abrigo de piel de leopardo.

—¿Estás haciendo más programas para la televisión? —le preguntó Mabel Goodley.

—No —dijo—; estoy esforzándome todo lo que puedo por meterme en mi nuevo libro. Tú eres la única persona sincera que conozco. Contigo puedo hablar…

Desinhibido por el alcohol y confiando en la amistad (porque después de todo Mabel era de sus personas preferidas), empezó a hablar del libro que llevaba tanto tiempo queriendo escribir:

—El tema básico es traicionarse a uno mismo; y el personaje central, un abogado de una ciudad pequeña llamado Winkle. La acción se sitúa en mi ciudad natal, en Texas, y la mayoría de las escenas suceden en los

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mugrientos despachos del juzgado local. Al comenzar el libro Winkle se enfrenta con la siguiente situación… —Ken expuso su historia apasionadamente, hablando de los diferentes personajes y de sus motivos. Cuando Marian se acercó hablaba todavía, y le hizo gestos para que no le interrumpiera mientras miraba directamente a los ojos azules de Mabel, siempre discretamente ocultos detrás de las gafas. Luego, de repente, Ken tuvo la extraña sensación de lo déjà-vu. Sintió que en otra ocasión le había contado su libro a Mabel, en el mismo sitio y en las mismas circunstancias. Incluso la manera en que se movían las cortinas era la misma. De todos modos, detrás de las gafas las lágrimas hacían brillar los ojos de Mabel, y Ken se alegró de que se hubiera conmovido tanto—. De manera que Winkle se vio entonces empujado a divorciar… —le falló la voz—. Tengo la extraña sensación de que esto ya te lo he contado antes…

Mabel esperó un momento y Ken calló.

—Así es —dijo Mabel por fin—. Hace seis o siete años y en una fiesta que se parecía mucho a esta.

Ken no soportó la compasión que se leía en sus ojos o la vergüenza que latía en su propio cuerpo. Se levantó tambaleándose y tropezó con su copa.

Después del estruendo del interior de la casa, el silencio en la terracita era absoluto, a excepción del viento, que aumentaba la sensación de abandono y soledad. Para calmar su vergüenza dijo en voz alta algo intrascendente: «Vaya, por qué demonios…» y sonrió con desfallecida angustia. Pero su vergüenza ardía aún y se llevó la mano, fría, a la frente caliente, palpitante. Había dejado de nevar, pero el viento alzaba remolinos de copos hasta donde él estaba. La longitud de la terraza eran unos seis pasos y Ken los recorrió muy despacio, contemplando con atención creciente las huellas indecisas de sus estrechos zapatos. ¿Por qué las miraba con tanta tensión? ¿Y por qué estaba allí, solo en la terraza invernal donde la luz de la fiesta se convertía, sobre la nieve, en un rectángulo enfermizamente amarillo? ¿Y los pasos? Al final de la terraza había una pequeña barandilla que le llegaba a la cintura. Cuando se apoyó en ella sabía que estaba muy suelta y sintió que ya sabía que iba a estar suelta y siguió apoyándose en ella. Se encontraba en el piso decimoquinto y las luces de la ciudad se extendían ante sus ojos. Estaba pensando que si daba un empujón a la barandilla desvencijada se caería, pero siguió tranquilo,

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pegado a ella, notándola combada y sintiéndose de algún modo protegido, satisfecho.

Le pareció una perturbación injustificada el sonido de una voz desde la entrada de la terraza. Era Marian, que había exclamado suavemente:

—¡Ah!

Luego, al cabo de un momento, añadió:

—Ken, ven aquí. ¿Qué estás haciendo ahí fuera?

Ken se irguió. Luego, recuperado el equilibrio le dio a la barandilla un ligero empujón. No se rompió.

—Esta valla está podrida…, probablemente la nieve. Me pregunto cuántas personas se habrán suicidado aquí.

—¿Cuántas?

—Seguro. Es una cosa bien fácil.

—Vuelve.

Con mucho cuidado Ken regresó por las huellas que había dejado. —Debe de haber más de dos centímetros de nieve. —Se agachó y la

tocó con el índice—. No, cinco centímetros.

—Tengo frío. —Marian le puso la mano en la chaqueta, abrió la puerta y lo devolvió a la fiesta. Había disminuido la animación y la gente empezaba a marcharse. Con la claridad de la luz, después de la oscuridad exterior, Ken vio que Marian parecía cansada. Sus ojos negros estaban cargados de reproches, atribulados, y Ken no soportaba mirarlos.

—Cariño, ¿te duele la cabeza?

Marian se frotó suavemente la frente y el puente de la nariz con el índice.

—Me preocupa mucho verte en ese estado.

—¡Estado! ¿Yo?

—Recojamos nuestras cosas y marchémonos.

Pero Ken no soportaba mirar a Marian a los ojos y la detestaba por deducir que estaba borracho.

—Yo voy a ir ahora a la fiesta de Jim Johnson.

Después de buscar sus abrigos y de las descoyuntadas despedidas, un grupo pequeño descendió en el ascensor y se quedó en la acera, esperando que apareciera algún taxi. Compararon direcciones y Marian, Ken y el editor subieron al primer taxi en dirección al centro. La vergüenza de Ken se había adormecido un poco y durante el trayecto empezó a hablar de Mabel.

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—Es muy triste lo de Mabel —dijo.

—¿A qué te refieres? —preguntó Marian.

—A todo. Es evidente que se está viniendo abajo. Desintegrándose, pobrecilla.

Marian, a quien no le gustaba la conversación, le dijo a Howards:

—¿Qué tal si atravesamos el parque? Está bonito cuando nieva, y es

más rápido.

—Yo voy hasta la esquina de la Quinta Avenida con la calle Catorce —dijo Howards, antes de indicarle al chófer que, por favor, fuese por el parque.

—El problema con Mabel es que ya se ha convertido en un nombre del pasado. Hace diez años era una pintora y decoradora honesta. Quizá sea el fallo de la imaginación o tal vez los excesos en la bebida. Ha perdido la sinceridad y hace lo mismo una y otra vez, se repite todo el tiempo.

—Tonterías —dijo Marian—. Sigue mejorando año tras año y gana muchísimo dinero.

Estaban cruzando el parque y Ken contemplaba el paisaje invernal. Se había acumulado mucha nieve sobre los árboles y de vez en cuando el viento derribaba la que había en las ramas, aunque los árboles no se inclinaban. En el taxi Ken empezó a recitar la antigua canción infantil, y de nuevo las palabras le dejaron ecos siniestros y se le humedecieron las frías palmas de las manos.

—No me había vuelto a acordar de esos versitos festivos desde hacía muchos años —dijo Jack Howards.

—¿Festivos? Son tan terribles como Dostoievski.

—Recuerdo que solíamos cantarlos en el jardín de infancia. Y cuando un niño celebraba su cumpleaños había una cinta azul o rosa en su sillita y los demás entonábamos Cumpleaños feliz.

John Howards iba encorvado sobre el borde del asiento al lado de Marian. Era difícil imaginarse a aquel editor alto, voluminoso, con sus enormes chanclos, cantando años atrás en un jardín de infancia.

—¿De dónde es usted? —preguntó Ken.

—Kalamazoo —respondió Howards.

—Siempre me he preguntado si realmente existía un sitio así o se trataba de… una metáfora.

—Existía y existe un sitio así —dijo Howards—. Mi familia se mudó a Detroit cuando yo tenía diez años. —De nuevo Ken tuvo la sensación de lo

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desconocido y pensó que hay ciertas personas que han conservado tan poco de la niñez que la mención de sillas de jardín de infancia y de mudanzas familiares parece de algún modo estrafalaria. De repente concibió la idea de escribir un relato sobre un individuo así (lo llamaría El hombre del traje de tweed) y meditó en silencio mientras la historia se le desarrollaba en la cabeza, experimentando el antiguo júbilo que ahora sentía tan pocas veces.

—El hombre del tiempo dice que esta noche vamos a llegar a veinte bajo cero —intervino Marian.

—Me puede dejar aquí —le explicó Howards al taxista al tiempo que abría la cartera y le daba unos billetes a Marian—. Gracias por dejarme compartir su taxi. Y esa es mi parte —añadió con una sonrisa—. Ha sido un placer verla de nuevo. A ver si almorzamos juntos uno de estos días…, y traiga a su marido si no le importa venir. —Después de salir a trompicones del taxi se dirigió a Ken—: Estoy deseando leer su próximo libro, Harris.

—Idiota —dijo Ken después de que el taxi arrancara de nuevo—. Te dejaré en casa y luego me quedaré un rato en la fiesta de Jim Johnson.

—¿Quién es? ¿Por qué tienes que ir?

—Es un pintor que conozco y que me ha invitado.

—¡Te relacionas con tantísima gente en estos últimos tiempos! Sales con una pandilla y luego te cambias a otra.

Ken sabía que Marian tenía razón, pero no podía evitar comportarse así. En los últimos años entraba en un grupo —desde hacía ya mucho tiempo su círculo de amigos no coincidía con el de su mujer— hasta que se emborrachaba o hacía una escena, de manera que todo el entorno ligado al grupo se le hacía desagradable, se sentía fastidiado y comprendía que estaba de más. Entonces se cambiaba a otro grupo, y cada nuevo cambio era a un círculo menos estable que el anterior, con apartamentos menos acogedores y bebidas de peor calidad. Había llegado a un punto en el que se alegraba de ir a donde lo invitaran, aunque se tratase de desconocidos, con la esperanza de que una voz pudiera guiarlo y de que las endebles alegrías del alcohol calmaran sus nervios desquiciados.

—Ken, ¿por qué no buscas ayuda? No puedo seguir así.

—¿Por qué? ¿Cuál es el problema?

—Lo sabes bien. —La sentía tensa y rígida en el taxi—. ¿De verdad vas a ir a otra fiesta? ¿No ves que te estás destruyendo? ¿Por qué te

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apoyabas en la barandilla de la terraza? ¿No te das cuenta de que estás… enfermo? Ven a casa.

Las palabras de su mujer lo perturbaron, pero aquella noche no soportaba la idea de volver a casa con Marian. Tenía el presentimiento de que si se quedaban solos podía pasar algo terrible, y sus nervios le avisaban de aquel desastre todavía indefinido.

En otros tiempos se hubieran alegrado de volver solos a casa después de una fiesta, de hablar sobre la velada mientras bebían tranquilos unas copas, de tomar por asalto el frigorífico e irse a la cama, a salvo del mundo exterior. Luego, una noche, al regresar de una fiesta había sucedido algo: Ken dijo o hizo algo que no podía o no quería recordar; después solo quedaba la máquina de escribir aplastada y relámpagos de recuerdos vergonzosos con los que no era capaz de enfrentarse junto con la imagen de los ojos asustados de su mujer. Marian dejó de beber y trató de convencerlo para que acudiera a Alcohólicos Anónimos. Ken fue con ella a una reunión e incluso practicó la abstinencia durante cinco días, hasta que el horror de la noche que no recordaba quedó un poco distante. Después, cuando tuvo que beber solo, le molestaba la leche y el eterno café de Marian y a ella le molestaban sus bebidas alcohólicas. En aquella tensa situación Ken sintió que el psiquiatra era de algún modo el responsable y se preguntó si habría hipnotizado a su mujer. En cualquier caso las veladas pasaron a ser un desastre y todo resultaba forzado. Ahora, en el taxi, Ken sentía a Marian erguida y tensa y quería besarla como en los viejos tiempos cuando regresaban a casa después de una fiesta. Pero el cuerpo de su mujer no respondía al abrazo.

—Cariño, ¿por qué no repetimos lo que hacíamos antes? Volvemos a casa, nos ponemos a tono sin prisa y repasamos la velada. Antes te gustaba hacerlo. Disfrutabas tomando unas copas cuando estábamos tranquilos, solos. Bebe conmigo y pongámonos cómodos como en los viejos tiempos. Me saltaré esa otra fiesta si quieres. Por favor, cariño. No eres en absoluto una alcohólica. Y el que no bebas hace que me sienta como un borrachín…, que me sienta anormal. Y no eres ni por lo más remoto una alcohólica, como tampoco lo soy yo.

—Prepararé un poco de sopa y luego podemos irnos a la cama. —Pero su voz era imposible y a Ken le sonó condenatoria. Luego Marian añadió —: Me he esforzado tanto por salvar nuestro matrimonio y ayudarte. Pero

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es como luchar con arenas movedizas. Hay demasiadas cosas detrás de la bebida y estoy muy cansada.

—Solo me quedaré un minuto en la fiesta, ven conmigo.

—No puedo ir.

El taxi se detuvo y Marian pagó la carrera.

—¿Tienes dinero? —preguntó al salir del automóvil—. Si es que tienes que ir.

—Naturalmente.

El apartamento de Jim Johnson estaba muy lejos en el West Side, en un barrio de puertorriqueños. Había cubos de basura abiertos en los bordillos y el viento arremolinaba papeles sobre las aceras nevadas. Cuando el taxi se detuvo Ken estaba tan distraído que el chófer tuvo que llamarlo. Miró el taxímetro y abrió el billetero: no tenía ni un solo billete de dólar, únicamente cincuenta centavos, cantidad insuficiente.

—Me he quedado sin dinero, excepto estos cincuenta centavos —dijo Ken, entregando el dinero al conductor—. ¿Qué puedo hacer? El taxista lo miró.

—Nada, salga. No hay nada que hacer.

Ken se apeó.

—Quince centavos de menos y sin propina… Lo siento.

—Tendría que haber aceptado el dinero de la señora.

Aquella fiesta se celebraba en un apartamento del último piso de una casa sin ascensor ni agua caliente; en cada uno de los descansillos se acumulaban olores de comida. La habitación estaba abarrotada, fría, y las llamas de gas ardían azules en el fogón, con la puerta del horno abierta para que saliera el calor. Como había muy pocos muebles a excepción de un sofá-cama, la mayoría de los invitados se habían sentado en el suelo. Había hileras de lienzos apoyados contra la pared y sobre un caballete descansaba un cuadro de un vertedero de color morado con dos soles verdes. Ken se acomodó en el suelo junto a un joven de mejillas sonrosadas que vestía una chaqueta marrón de cuero.

—Siempre es relajante sentarse en el estudio de un pintor. Los pintores no tienen los problemas de los escritores. ¿Quién ha oído hablar de un pintor que se quede atascado? Nunca les falta algo con que trabajar:

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preparar el lienzo, los pinceles y todo lo demás. Mientras que una página en blanco…, los pintores no están neuróticos como muchos escritores.

—No estoy seguro —dijo el joven—. ¿No se cortó Van Gogh una oreja?

—Pero el olor a pintura, los colores y la actividad son relajantes. No como una hoja en blanco y una habitación silenciosa. Los pintores pueden silbar mientras trabajan e incluso hablar con otras personas.

—Conocí una vez a un pintor que mató a su mujer.

Cuando a Ken le ofrecieron un ponche de ron o una copa de jerez, eligió el jerez, al que encontró un sabor metálico, como si hubiera tenido monedas en remojo.

—¿Es usted pintor?

—No —dijo el joven—. Escritor…, quiero decir que escribo. —¿Cómo se llama?

—Mi nombre no le diría nada. Todavía no he publicado mi libro. — Después de una pausa añadió—: Me aceptaron un relato en Bolder Accent, una revista pequeña, no sé si habrá oído hablar de ella.

—¿Cuánto tiempo lleva escribiendo?

—Ocho…, diez años. Por supuesto tengo que trabajar en otras cosas a tiempo parcial, lo bastante para comer y pagar el alquiler.

—¿Qué clase de trabajos hace?

—Cualquier cosa. Durante un año trabajé en un depósito de cadáveres. El sueldo era estupendo y podía dedicar a escribir cuatro o cinco horas diarias. Pero al cabo de un año empecé a notar que aquel empleo no era bueno para mi trabajo. Todos aquellos cadáveres…, de manera que pasé a preparar perritos calientes en Coney Island. Ahora estoy de portero de noche en un hotel de mala muerte. Pero dispongo de toda la tarde en casa para escribir y por la noche pienso en mi libro…, y en ese lugar no faltan situaciones de interés humano. Historias para el futuro, ¿sabe?

—¿Qué le hace pensar que es escritor?

El entusiasmo se esfumó del rostro del joven y cuando se apretó la mejilla con los dedos le dejaron marcas blancas.

—Sencillamente lo sé. He trabajado mucho y tengo fe en mi talento. —Continuó después de una pausa—. Por supuesto un relato en una revista menor después de diez años no es un comienzo demasiado brillante. Pero piense en lo mucho que luchan casi todos los escritores, incluso los

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grandes genios. Dispongo de tiempo y de perseverancia, y cuando esta novela vea finalmente la luz, el mundo reconocerá mi talento.

A Ken le resultó desagradable la total sinceridad del joven, porque veía en ella algo que él había perdido hacía mucho tiempo.

—Talento —dijo con amargura—. Un talento pequeño, de un solo relato…, eso es la cosa más traicionera que Dios puede conceder. Trabajar y trabajar, con esperanza, con fe hasta que la juventud se consume… He visto esa situación demasiadas veces. Un talento pequeño es la mayor maldición divina.

—Pero ¿cómo sabe que tengo un talento pequeño, cómo sabe que no es grande? No lo sabe, ¡no ha leído nunca una sola palabra de lo que he escrito! —protestó el otro lleno de indignación.

—No pensaba en usted en particular. Hablo de manera abstracta.

El olor a gas era intenso en la habitación, y el humo del tabaco se acumulaba en capas cerca del techo, muy bajo. El suelo estaba frío y Ken se apoderó de un cojín cercano y se sentó encima.

—¿Qué tipo de cosas escribe?

—Mi último libro es sobre un individuo llamado Brown…, quería que fuese un nombre corriente, como un símbolo de la humanidad en general. Ama a su esposa, pero tiene que matarla porque…

—No me cuente más. Un escritor nunca debe hablar de su obra antes de terminarla. Además todo eso ya lo he oído antes.

—¿Cómo es posible? Nunca se lo he contado, no he terminado de decirle…

—Al final da lo mismo —dijo Ken—. Oí esa historia hace siete años…, ocho años en esta misma habitación.

El rostro sonrosado palideció.

—Señor Harris, aunque haya escrito dos libros que se han publicado, creo que es usted un hombre mezquino. —Alzó la voz—. ¡Haga el favor de dejarme en paz!

El joven se levantó, se subió la cremallera de su chaqueta de cuero y fue a colocarse, con expresión hosca, en una esquina de la habitación.

Al cabo de unos momentos Ken empezó a preguntarse por qué estaba allí. No conocía a nadie exceptuado el anfitrión, y el cuadro del vertedero y los dos soles le irritaba. En la habitación llena de desconocidos no había ninguna voz para guiarlo y el jerez le quemaba la boca, demasiado seca. Sin despedirse de nadie, Ken abandonó la habitación y bajó la escalera.

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Recordó que no tenía dinero y que no le quedaba otro remedio que volver andando. Todavía nevaba, el viento aullaba en las esquinas de las calles y la temperatura se acercaba a los veinte bajo cero. Estaba a muchas manzanas de su casa cuando vio un drug store en una esquina familiar y se le vino a la cabeza la idea de un café caliente. Si pudiera beber un poco de café que estuviera de verdad caliente, si pudiera calentarse las manos con la taza, se le aclararía el cerebro y tendría la energía suficiente para apretar el paso y enfrentarse, al llegar, con su mujer y con lo que iba a suceder. Luego pasó algo que en un primer momento le pareció ordinario, incluso natural. Un sujeto con sombrero hongo iba a cruzarse con él en la calle desierta y cuando estaban muy cerca el uno del otro, Ken dijo:

—Buenas noches, hace muchísimo frío, ¿no le parece?

El otro vaciló un momento.

—Espere —siguió Ken—. Me encuentro en un aprieto. He perdido el dinero que llevaba, no importa cómo, y me pregunto si podría darme unos centavos para una taza de café.

Una vez pronunciadas las palabras, Ken se dio cuenta de que la situación no era corriente y de que el desconocido y él intercambiaban esa mirada de vergüenza mutua, de desconfianza, que relaciona al mendigo con su posible benefactor. Ken se quedó con las manos en los bolsillos — había perdido los guantes en algún sitio—, el desconocido le lanzó una última mirada y apretó el paso.

—Espere —le llamó Ken—. Piensa usted que soy un atracador, ¡pero no es cierto! Soy escritor, no un delincuente.

El desconocido se apresuró hasta alcanzar el otro lado de la calle, la cartera chocándole con las rodillas mientras avanzaba. Ken llegó a su casa después de medianoche.

Marian estaba en la cama y tenía un vaso de leche en la mesilla de noche. Ken se preparó un whisky con soda y se lo llevó al dormitorio, aunque por entonces bebía de ordinario a escondidas y deprisa.

—¿Dónde está el despertador?

—En el cesto de la ropa.

Ken encontró el reloj y lo puso en la mesilla, junto a la leche. Marian le lanzó una mirada peculiar.

—¿Qué tal tu fiesta?

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—Horrible. —Al cabo de un rato añadió—: Esta ciudad es un lugar sombrío. Las fiestas, la gente…, los desconocidos desconfiados. —Es a ti a quien siempre le han gustado las fiestas.

—No, no me gustan. Ya no. —Se sentó en la cama de Marian, junto a ella, y de repente se le llenaron los ojos de lágrimas—. Cariño, ¿qué ha pasado con la granja donde íbamos a cultivar manzanas?

—¿Manzanas?

—Nuestra granja para cultivar manzanas. ¿No te acuerdas?

—¡Hace tantos años y han sucedido tantas cosas!

Pero aunque el sueño llevaba largo tiempo olvidado, su lozanía resurgió. Ken veía las flores de los manzanos bajo la lluvia primaveral, veía la vieja granja gris. Él ordeñaba al amanecer, luego se ocupaba de la huerta con verdes lechugas rizadas, del maíz en el verano polvoriento, de las berenjenas y las lombardas, brillantes por el rocío… El desayuno rural serían tortitas y salchichas de cerdos criados en casa. Terminados el desayuno y las tareas matutinas, Ken trabajaría cuatro horas en su novela y luego, por la tarde, se ocuparía de las cercas necesitadas de reparaciones y cortaría leña. Se imaginaba la granja en las cuatro estaciones: los períodos en los que estarían bloqueados por la nieve, cuando él terminaría toda una novela corta de un tirón; los días de mayo, suaves, dulces, luminosos; la charca verde del verano, donde pescaría truchas para su propio consumo; el octubre azul y las manzanas. El sueño, sin contaminación alguna de la realidad, era intenso, exacto.

—Y por las noches —dijo, viendo la luz del hogar y el alzarse y caer de las sombras en la pared de la granja— estudiaríamos de verdad a Shakespeare y leeríamos la Biblia de cabo a rabo.

Por un momento el sueño prendió de nuevo en Marian.

—Eso fue el primer año que estuvimos casados —dijo, con tono de agravio o de sorpresa—. Y después de iniciar el cultivo de las manzanas íbamos a tener un hijo.

—Lo recuerdo —dijo Ken de manera imprecisa, aunque era aquella una parte que había olvidado por completo. Veía un niño indefinido de unos seis años con pantalones vaqueros…, luego el niño desaparecía y se veía él, claramente, sobre el caballo (o más bien la mula), transportando el manuscrito terminado de una gran novela al pueblo más próximo para enviarla por correo a los editores.

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—Podríamos vivir con casi nada, y vivir bien. Yo haría todo el trabajo, porque la mano de obra es lo que trae cuenta en los días que corren, cultivaríamos todo lo que comiéramos. Tendríamos nuestros cerdos y una vaca y gallinas. —Después de una pausa, añadió—: Ni siquiera habría que pagar las bebidas alcohólicas. Yo mismo fabricaría sidra y aguardiente de manzana. Tendríamos una prensa y todo eso.

—Estoy cansada —dijo Marian, y se tocó la frente con los dedos. —Se acabaría el ir a fiestas en Nueva York y por las noches leeríamos

la Biblia de principio a fin. No lo he hecho nunca, ¿lo has hecho tú?

—No —dijo ella—, pero no necesitas dedicarte a cultivar manzanas para leer la Biblia.

—Quizá necesite de las manzanas para leer la Biblia y hasta para escribir bien.

—Bueno, tant pis. —La frase en francés indignó a Ken; durante un año antes de que se casaran, Marian había enseñado francés en un instituto y, a veces, cuando estaba molesta o decepcionada con él utilizaba una frase en francés que a menudo no entendía.

Sintió crecer entre ellos una tensión que quería evitar a toda costa. Siguió en la cama, encorvado y abatido, contemplando los grabados en la pared del dormitorio.

—Sucede que a mis esperanzas les ha sucedido algo completamente descabellado. Cuando era joven estaba convencido de que iba a ser un gran escritor. Luego pasaron los años, y ya me conformaba con ser un excelente escritor menor. ¿No notas la caída mortal en eso?

—No, estoy exhausta —dijo Marian al cabo de un rato—. También yo he pensado en la Biblia este año último. Uno de los primeros mandamientos es No adorarás a otros dioses. Pero tú y otros como tú habéis hecho un dios de la ilusión. Haces caso omiso de tus otras responsabilidades: familia, situación económica, incluso dignidad, amor propio. Haces caso omiso de todo lo que pueda interferir con tu extraño dios. El becerro de oro no fue nada comparado con esto.

—Y después de conformarme con no ser más que un escritor menor tuve que reducir aún más mis aspiraciones. Escribí guiones para la televisión y traté de convertirme en un escritorzuelo competente. Pero tampoco lo conseguí. ¿Entiendes el horror? Me convertí en mezquino, en envidioso: antes no lo había sido nunca, era razonablemente bueno cuando

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era feliz. Lo último y definitivo es renunciar por completo a escribir y conseguir un empleo como publicitario. ¿Te das cuenta del horror?

—He pensado con frecuencia que esa podría ser una solución.

Cualquier cosa, cariño, que te devuelva el amor propio.

—Sí —dijo Ken—. Pero preferiría trabajar en el depósito de cadáveres o preparar perritos calientes.

Los ojos de Marian se llenaron de aprensión.

—Es tarde. Acuéstate.

—En la granja de las manzanas trabajaría muchísimo, tareas manuales, además de escribir. Sería tranquilo y… sin riesgo. ¿Por qué no podemos hacerlo, amorcito?

Manían se estaba cortando un padrastro y ni siquiera lo miró.

—Quizá tu tía Rosa podría prestarme dinero… de una manera estrictamente legal, como una operación bancaria. Con hipotecas financieras sobre la granja y las cosechas. Y le dedicaría el primer libro que escribiera.

—Un préstamo…, ¡de mi tía Rose no! —Marian dejó las tijeras sobre la mesilla de noche—. Me voy a dormir.

—¿Por qué no crees en mí…, ni en la granja de las manzanas? ¿Por qué no quieres hacerlo? Sería tan tranquilo y tan sin riesgos… Estaríamos solos y muy lejos…, ¿por qué no quieres?

Los ojos negros de Marian estaban muy abiertos y Ken vio en ellos una expresión que solo había visto una vez antes.

—Porque —dijo muy despacio— no me quedaría sola contigo, ni me iría lejos, a esa descabellada granja, por nada del mundo, sin médicos, ni amigos ni ayuda. —La aprensión se había convertido en miedo y le brillaban los ojos de terror. Alzó la sábana con las manos.

La voz de Ken reflejó su consternación.

—¡Cariño, tú no me tienes miedo! Vaya, no te tocaría ni un pelo de la cabeza. Hasta me parece mal que sople el viento donde tú estás… No podría hacerte…

Marian se colocó la almohada y, volviéndose de espaldas, se tumbó.

—De acuerdo. Buenas noches.

Durante un rato Ken siguió aturdido, y luego se arrodilló en el suelo junto a la cama de Marian y le colocó suavemente una mano en las nalgas. La apagada pulsión del deseo revivió con el tacto.

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—¡Vamos! Me quito la ropa. Hagamos mimines. —Ken aguardó, pero Marian no se movió ni respondió.

—Vamos, amorcito.

—No —dijo ella. Pero el deseo de Ken iba en aumento y no se fijó en las palabras de su mujer, le temblaba la mano y las uñas parecían sucias sobre la sábana blanca—. Ya no —dijo—. Nunca jamás.

—Por favor, amor mío. Después podremos quedarnos tranquilos y dormir. Cariño mío, eres todo lo que tengo. ¡Eres el oro en mi vida!

Marian le apartó la mano y se irguió bruscamente. El miedo había sido reemplazado por un fogonazo de indignación, y la vena azul se le marcaba en la sien.

—Oro en tu vida… —Su voz intentó la ironía, sin conseguirlo—. En cualquier caso soy yo quien te gana el sustento de cada día.

El insulto contenido en aquellas palabras se le reveló despacio, luego la cólera saltó tan repentina como una llama.

—Me… me…

—Crees ser el único que ha sufrido un desengaño. Yo me casé con un escritor y creía que se iba a convertir en un gran escritor. Me parecía bien mantenerte…, pensaba que iba a merecer la pena. De manera que trabajé en una oficina mientras tú te quedabas aquí sentado, reduciendo tus aspiraciones. Dios mío, ¿qué es lo que nos ha pasado?

Ken trató de decir algo pero la rabia no le permitió hablar.

—Quizá te podrían haber ayudado. Si hubieras ido a un médico cuando empezaste a bloquearte. Pero los dos sabemos desde hace mucho tiempo que estás… enfermo.

Ken vio de nuevo la expresión que ya había visto antes —aquella mirada era lo único que recordaba de la horrible pérdida de memoria—: los ojos negros, brillantes por el miedo, y la vena que destacaba sobre la sien. Ken se contagió, reflejando la misma expresión de Marian, de manera que sus miradas se entrelazaron, encendidas por el terror.

Incapaz de soportarlo, Ken cogió las tijeras de la mesilla de noche y las alzó por encima de su cabeza, los ojos fijos en la vena de la sien de su mujer.

—¡Enfermo! —dijo por fin—. Quieres decir loco. Te voy a enseñar a tener miedo de que esté loco. Te voy a enseñar a hablar de mantenerme. ¡Te voy a enseñar a pensar que estoy loco!

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Los ojos de Marian brillaron preocupados y trató débilmente de moverse. La vena de la sien se le retorció.

—No te muevas. —Luego, con un gran esfuerzo abrió la mano y las tijeras cayeron sobre el suelo enmoquetado—. Lo siento —dijo—. Discúlpame. —Después de buscar por toda la habitación con expresión perdida vio la máquina de escribir y fue rápidamente a por ella.

—Me la llevo al cuarto de estar. No he terminado mi parte de hoy…, hay que ser disciplinado en cosas como esta.

Se sentó delante de la máquina en el cuarto de estar, alternando X y R por la diferencia entre el sonido de las dos letras. Después de rellenar unas cuantas líneas se detuvo y dijo con voz hueca:

—Esta historia se levanta ya sobre las patas de atrás. —Luego empezó a teclear: Están verdes, dijo la zorra. Lo escribió varias veces y se recostó en la silla.

—Corazón —suplicó con tono apremiante—. Sabes cómo te quiero. Eres la única mujer en la que he pensado nunca. Eres mi vida. ¿No lo entiendes, cielito?

Marian no respondió y solo el murmullo de los tubos de la calefacción interrumpía el silencio del apartamento.

—Perdóname —dijo Ken—. Siento mucho haber alzado las tijeras.

Sabes que ni siquiera te daría un pellizco fuerte. Dime que me perdonas.

Dímelo, por favor.

Pero la respuesta siguió sin llegar.

—Voy a ser un buen marido. Incluso conseguiré un empleo en una agencia de publicidad. Seré un poeta dominguero: solo escribiré los fines de semana y las fiestas. Lo haré, cariño, ¡lo haré! —dijo con desesperación

—. Aunque me gustaría mucho más preparar perritos calientes en el depósito de cadáveres.

¿Era la nieve lo que hacía tan silenciosa la habitación? Ken, que oía los latidos de su propio corazón, escribió:

¿Por qué estoy tan asustado?

¿¿Por qué estoy tan asustado??

¿¿¿Por qué estoy tan asustado???

Se levantó, fue a la cocina y abrió la puerta del frigorífico.

—Cariño, te voy a preparar algo delicioso para comer. ¿Qué es esa cosa oscura en el plato del rincón? Vaya, ¡no me digas que es el hígado

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que sobró de la cena el domingo pasado! ¡Siempre te han gustado mucho los higaditos de pollo! ¿O prefieres algo bien caliente, como una sopa? ¿Cuál de las dos cosas, cariño?

Ningún ruido.

—Apuesto cualquier cosa a que no has cenado. Tienes que estar agotada…, con esas fiestas terribles, y beber y caminar…, sin probar nada sólido. Necesitas que te cuide. Comeremos primero y luego haremos mimines.

Se quedó quieto, escuchando. Después, en las manos el hígado de pollo untado de gelatina, se llegó de puntillas al dormitorio. La habitación y el baño estaban vacíos. Con mucho cuidado colocó el hígado sobre el paño blanco del tocador. Luego se quedó en el umbral, con un pie alzado para caminar, que después se inmovilizó en el aire unos momentos. A continuación abrió armarios, hasta el de las escobas en la cocina, y miró detrás de los muebles, incluso debajo de la cama. Marian no estaba en ningún sitio. Finalmente, se dio cuenta de que el abrigo de leopardo y el bolso de su mujer habían desaparecido. Jadeaba cuando se sentó delante del teléfono.

—Qué tal, doctor. Ken Harris al habla. Mi mujer ha desaparecido. Sencillamente se ha marchado mientras yo escribía a máquina. ¿Está ahí con usted? ¿Le ha telefoneado? —Dibujó cuadrados y líneas ondulantes en el bloc de notas—. ¡Claro que sí, demonios, nos hemos peleado! Cogí las tijeras…, no, ¡no la toqué! No le haría daño por nada del mundo. No, no está herida…, ¿de dónde saca semejante idea? —Ken escuchó—. Solo le quiero decir esto. Sé que ha hipnotizado a mi esposa…, que le ha calentado la cabeza para volverla contra mí. Si sucede algo entre nosotros, lo voy a matar. Me presentaré en su entrometida consulta de Park Avenue y lo mataré bien muerto.

A solas en las habitaciones vacías, silenciosas, Ken sintió un miedo indefinible que le recordó su infancia obsesionada por los fantasmas. Se sentó en la cama, con los zapatos puestos, acunándose las rodillas con los dos brazos. Le vino a la cabeza un verso. «Amor mío, amor mío, ¿por qué me has dejado solo?» Sollozó y se mordió la rodilla a través del pantalón.

Después de un rato llamó a los lugares en los que pensó que podría encontrar a Marian, y acusó a sus amigos de entrometerse en su matrimonio o de esconder a su mujer… Cuando llamó a Mabel Goodley se había olvidado ya del episodio en la fiesta de los Rodgers y le dijo que

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quería ir a verla. Cuando ella le respondió que eran las tres de la madrugada y tenía que levantarse pronto, Ken preguntó para qué estaban los amigos si no era para ocasiones como aquella. Acto seguido la acusó de esconder a Marian, de entrometerse en su matrimonio y de estar compinchada con el malvado psiquiatra…

Al final de la noche dejó de nevar. El cielo del amanecer tenía color gris perla y el día iba a ser claro y muy frío. Al salir el sol, Ken se puso el abrigo y se fue a la calle, donde no había nadie en aquel momento. El sol moteaba de oro la nieve recién caída, y las sombras eran de color azul lavanda. Sus sentidos buscaban el helado resplandor de la mañana y estuvo pensando que debería escribir sobre un día así, que realmente se proponía escribir sobre algo así.

Convertido en una figura encorvada y ojerosa de mirada brillante y perdida, Ken se dirigió despacio hacia el metro. Pensó en las ruedas de los trenes y en el viento arenoso, en sus rugidos. Se preguntó si era cierto que en el momento de la muerte el cerebro se llena de las imágenes del pasado —los manzanos, los amores, la cadencia de las voces perdidas—, todo fundido y de vivos colores en el cerebro que muere. Caminaba muy despacio, los ojos fijos en sus pisadas solitarias y en la nieve virginal que tenía por delante.

Un policía a caballo pasó por la calzada cerca de él. El aliento del caballo se hizo visible en el aire frío e inmóvil, y sus ojos eran morados, transparentes.

—Oiga, agente. Tengo que presentar una denuncia. Mi mujer alzó las tijeras contra mí…, apuntando a esta vena azul. Luego abandonó el apartamento. Mi mujer está muy enferma…, loca. Habría que ayudarla antes de que suceda algo horrible. No ha querido cenar nada…, ni siquiera un higadito de pollo.

Ken siguió avanzando con dificultad, y el agente se lo quedó mirando mientras se alejaba. La meta de Ken era tan poco controlable como el viento que nadie ha visto; y él pensaba solo en sus pasos y en el camino inmaculado que tenía por delante.

Traducción de José Luis López Muñoz

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CARSON MCCULLERS (Columbus, Georgia, 1917 - Nyack, Nueva York, 1967), escritora estadounidense. En los años de su infancia en el Sur se grabaron en ella escenarios, imágenes y figuras que serán recurrencia obsesiva en su narrativa: los veranos enceguecedores, los pequeños cafés, los barrios venidos a menos y los extraños personajes embrutecidos por la opresión de la vida provinciana.

En su primera novela, El corazón es un cazador solitario (The Heart Is a Lonely Hunter, 1940), el tema de la incomunicación —constante fija de su mundo fantástico— encuentra una primera expresión. Pasiones incontrolables dominan el universo de Reflejos en un ojo dorado (Reflections in a Golden Eye, 1941), en la que la atracción entre los polos opuestos de la violencia y de la inocencia provocan la tragedia. En Frankie y la boda (The Member of the Wedding, 1946), el ojo adolescente de Frankie conmociona los eventos del amor y del matrimonio de que es testigo. En el volumen de cuentos La balada del café triste (The Ballad of the Sad Café, 1951), título del relato más largo que da título al libro, explora el tema del andrógino como imposible intento de unión entre los contrarios. En la última novela, Reloj sin manecillas (Clock Without

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Hands, 1961), McCullers afronta el tema de la muerte como espera de lo imposible, en una pequeña ciudad del Sur, desgarrada por el odio racial.

De forma póstuma apareció El corazón hipotecado (The Mortgaged Heart, 1968), recopilación de cuentos juveniles. El aparato gótico de la narrativa del Sur, cargado de ecos faulknerianos, deviene, en la elaboración de McCullers, un penetrante instrumento de indagación existencial.

Notas

[1] Sucker, en este contexto, significa «crédulo». (N. del t.) <<

[2] Referencia a la protagonista de la famosa novela del mismo nombre, publicada en 1913 por Eleanor Hodgman Porter, y de la que también existen varias versiones para el cine y la televisión. (N. del t.) <<



FIN

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