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Libro N° 14746. Tecnología Y Anarquismo. Bookchin, Murray.



© Libro N° 14746. Tecnología Y Anarquismo. Bookchin, Murray. Emancipación. Enero 24 de 2026

 

Título Original: © Tecnología Y Anarquismo. Murray Bookchin

 

Versión Original: © Tecnología Y Anarquismo. Murray Bookchin

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

TECNOLOGÍA Y ANARQUISMO

Murray Bookchin


 

 

 

 

Tecnología Y Anarquismo

Murray Bookchin

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ÍNDICE

 

 

 

 

Presentación de Chantal López y Omar Cortés a la edición virtual.

 

TECNOLOGÍA Y ANARQUISMO

 

Nota editorial de Chantal López y Omar Cortés a la edición impresa

 

Murray Bookchin por Murray Bookchin

 

Hacia una tecnología liberadora

 

Técnica y libertad

 

Las posibilidades de la tecnología moderna

 

La nueva tecnología y la escala humana

 

El uso ecológico de la técnica

 

La técnica al servicio de la vida

 

Autogestión y nueva tecnología

 

 

 

 

 

 

 

 

Presentación

 

 

 

 

Del año 1984, cuando editamos bajo el sello Ediciones Antorcha esta breve selección de escritos del notabilísimo libertario, Murray Bookchin (1921-2006), al 2011, cuando la estamos colocando en los estantes de nuestra Biblioteca Virtual Antorcha, han transcurrido veintisiete años y la situación del mundo ha dado un giro insospechable en muchos campos.

 

Los cambios tecnológicos han sido vertiginosos, máxime si le añadimos la revolución cibernética. Concretamente, y ateniéndonos a la presente edición virtual, veintisiete años atrás no podíamos concebirla; en ese momento, que ya sentimos lejano, no había más alternativa que la edición impresa para divulgar lo que se considerase digno de serlo. Ahora, las posibilidades se han ampliado considerablemente gracias a las nuevas tecnologías.

 

Lo que señalamos sobre la posibilidad actual de elaborar ediciones virtuales y las opciones que ello genera en el campo de la divulgación, pueden extenderse a la investigación, la producción, la comercialización, los servicios. En fin, los adelantos técnicos habidos en los últimos veinticinco años, han sido de tal talante que han abierto nuevas perspectivas al género humano. Sin embargo, y aunque cueste trabajo entenderlo, la situación de las colectividades humanas permanece igual y quizá, incluso, en no pocos casos, peor que cuando los referidos avances no se habían producido.

 

¿A qué podemos atribuir esta innegable realidad? ¿Por qué el sufrimiento y la insatisfacción continúan en las colectividades humanas no obstante el cúmulo de avances tecnológicos logrados?

 

Sin duda que la falla ha de encontrarse principalmente en las formas de organización económicas, políticas y sociales prevalecientes. De tal razón era consciente Murray Bookchin, y de ahí la importancia de su plan alternativo basado en su concepto anarquista comunalista, plan que conllevaba un resurgimiento de la creatividad humana para replantear las relaciones entre el individuo y sus agrupaciones de referencia, y de éstas con la comunidad que les da cohesión y coherencia, al mismo tiempo que con el entorno natural que las nutre y les proporciona infinidad de satisfactores.

 

Tal replanteamiento habría de manifestarse en un nuevo concepto de vida social que amplie los horizontes y las perspectivas de las comunidades humanas. Pero muchos intereses económicos, políticos y sociales terminan siendo afectados en la medida en que comienza a realizarse, por lo que las agrupaciones que se sienten perjudicadas reaccionan contra el desarrollo de tal replanteamiento buscando detenerle a como de lugar, y de aquí que se genere una lucha, a veces silenciosa, y otras veces estruendosa, entre quienes buscan llevar a la práctica el replanteamiento y los que se oponen.

 

Los frentes en los que se desarrolla esa cotidiana y persistente lucha son muy variados, teniendo como escenario la sociedad entera.

 

El asunto, pues, no es para nada sencillo. Bookchin lo tiene tan claro, que incluso percibe en los medios libertarios un campo de batalla en los que se generan los forcejeos y las luchas que inundan el medio social, entre los partidarios de la puesta en práctica del referido replanteamiento y quienes por x, z o y razones a ello se oponen. Esta lucha, cuyo desenlace quizá abarque a varias generaciones, constituirá en sí misma una especie de laboratorio en el que irán probándose las propuestas y contrapropuestas, lo que traerá como consecuencia constantes mejoras en el replanteamiento interhumano, intergrupal e intercomunitario. No es pues dable, en la óptica de Bookchin, el esperar un rompimiento apocalíptico que señale, de acuerdo al imaginario decimonónico socialista, anarquista o comunista, un antes y un después.

 

En fin, esperamos que el contenido de esta breve selección de textos invite a la reflexión proporcionando elementos de valía a quien se aventure a transitar por sus interesantes párrafos.

 

Chantal López y Omar Cortés

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NOTA EDITORIAL

 

Analizar las posibilidades que brinda la técnica moderna para la implantación de los principios sociales del anarquismo es tarea que lleva a cabo Murray Bookchin en esta compilación que hemos realizado y que incluye también un autoanálisis de su evolución política.

 

Evidentemente, de las opiniones de M. Bookchin emana una visión contemporánea del anarquismo que por su misma actualidad genera polémicas entre los distintos sectores de esta corriente política; lo que viene a corroborar una vez más dos observaciones fundamentales, la primera: que donde hay debate y polémica, hay vida; la segunda, que el anarquismo no es un conjunto doctrinal anquilosado, incapaz de enfrentar el presente y el futuro con optimismo halagador.

 

Ahora bien, dicho esto, debemos hacer hincapié en que las opciones presentadas por M. Bookchin son para ponerse en práctica en países que cuentan con un alto nivel de desarrollo tecnológico;igualmente, notamos cierta despreocupación en cuanto a las relaciones entre las llamadas zonas o países desarrollados y aquellos que no lo son. Así mismo la crítica esbozada contra el sindicalismo anarquista y sus fines da base para un prolongado debate. Ni que decir de su concepción de autogestión y de su feroz ataque a la óptica exclusivamente economicista de la misma.

 

Habría muchos más puntos que debatir. Por ejemplo, si las alternativas de Bookchin están pensadas para solucionar los problemas propios de los países desarrollados, en cuanto al uso de los hidrocarburos, poner en práctica estas alternativas equivaldría a perjudicar a los países exportadores de estas materias cuya economía está basada en mayor o menor medida en estas fuentes de ingreso.

 

Por lo tanto viene a la mente -como anarquistas- la pregunta siguiente: ¿hasta qué punto estas alternativas pueden ser aceptadas por las organizaciones, individualidades o simpatizantes del anarquismo residentes en el Tercer y en el Cuarto Mundo? Aquí, nos encontramos, de nuevo -ya Ricardo Flores Magón y demás miembros de la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano, lo enfrentaron en su momento- ante un viejo problema que hasta el momento no ha sido superado en el seno del anarquismo: ¿es el anarquismo una alternativa social propia únicamente de las regiones europeas y de los Estados Unidos de Norteamérica o, por el contrario, es una alternativa internacionalista que evidentemente adquiere características particulares en cada región o país? De ser correcta una visión internacionalista ¿de qué forma se pueden dirimir las diferencias que, como en este punto, podrían desembocar en un tácito y claro conflicto de intereses?

 

En fín, los ensayos que aquí publicamos dan bases para realizar refrescantes y saludables polémicas sobre asuntos controvertidos, ya que invitan a pensar, a reflexionar, con el fin de encontrar alternativas deseables para todos.

 

Chantal López y Omar Cortés

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Murray Bookchin

 

MURRAY BOOKCHIN POR MURRAY BOOKCHIN

 

Nací por completo en el seno del movimiento revolucionario. Mis abuelos maternos eran miembros del Partido Social-Revolucionario Ruso, los famosos narodniki o populistas, quienes fueron sumamente influenciados por Bakunin aunque de modo indirecto. Habiendo vivido en Besarabia, en la frontera entre Rusia y el imperio austro-húngaro, participaron activamente en los transportes de material y de propaganda revolucionaria adentro y afuera de la Rusia zarista. Mi abuela materna y mi madre se vieron obligadas a abandonar Rusia después de la revolución de 1905, mientras la noche contrarrevolucionaria envolvía en la penumbra al país. Ellas se instalaron en Nueva York, en donde participaron inmediatamente en el Club de los trabajadores rusos cuyos numerosos miembros eran anarquistas. Mi madre, obrera, se adhirió al sindicáto revolucionario I. W. W. durante el más dramático periodo que vivió esta organización. Ella me contaba muchas anécdotas sobre Big Bill Baywood, sobre Emma Goldman y sobre otros famosos revolucionarios de aquel tiempo.

 

Nací en 1921 en Nueva York en el momento en que todo un mundo de ideas revolucionarias y de numerosos exiliados políticos, principalmente rusos, agitaban el medio en el que me iba a desenvolver. De hecho comenzaba a hablar ruso, pero mis padres que se habían conocido en la sede de la I.W.W. y eran ambos de origen ruso, dejaron de dirigirse a mí en esta lengua. Querían evitar que yo hablase con un acento extranjero. Así perdí todo lo que sabía del ruso; sólo me acuerdo de los cantos revolucionarios y de algunas palabras aprendidas siendo niño.

 

Crecí escuchando las historias de los grandes revolucionarios rusos: Stenka Razin y Emilio Pugachev ocuparon el lugar de Robin Hood y de Daniel Boone.

 

En 1930, cuando tenía nueve años entré en los Jóvenes Pioneros, el movimiento comunista que agrupaba a los niños. Ahí debía aprender todo del marxismo, del leninismo, de la historia del socialismo, de las revoluciones, del movimiento obrero, etc. Si alguna lección saqué de esta experiencia es que un niño aún siendo muy pequeño, si es suficientemente motivado, puede absorber una enorme cantidad de informaciones, mucho más de lo que pueden imaginarse los adultos y los mismos maestros.

 

Aunque tuviese una comprensión muy limitada e ingenua de lo que mis profesores stalinistas me hacían tragar, me acuerdo de este periodo (la gran depresión, el surgimiento del fascismo alemán, las colas frente a las panaderías, las huelgas y, más tarde -en 1934- la revuelta de los trabajadores austriacos en Viena y de los mineros en las Asturias) con tanta precisión como la guerra del Viet Nam o del mayo 68 francés.

 

Los años 30 marcaron el apogeo del movimiento obrero no sólo en Europa sino también en América. Hubo grandes huelgas que se iniciaron con la ocupación de las fábricas en París en 1935 y que siguieron con los mismos métodos los trabajadores americanos. El nuevo sindicato C.I.O. (Congress of Industrial Organizations) se propagaba en toda la nación y hubo conflictos sangrientos para poder sindicalizar a los trabajadores del acero, del automóvil, de las minas, de los transportes y del textil.

 

Como mis padres eran obreros, y muy pobres, no me era posible quedarme sin ocupación y así muy pronto tuve que trabajar: primero como vendedor de periódicos, luego en las grandes fábricas de New Jersey. Es ahí, en una fundidora, que comencé a interesarme en el militantismo sindical, no bajo su forma burocrática, sino como delegado de sección (Shop steward), luego como secretario del sindicato y como organizador, únicamente remunerado cuando debía ausentarme de mi trabajo.

 

Más tarde, después de haber pasado un periodo en el ejército, me convertí en trabajador de la industria automotriz, en el tiempo en que los United Automobile Workers (U.A.W.) seguía siendo el sindicato más activo y democrático, hasta diría yo el más revolucionario después de la I.W.W.

 

Sin embargo tres cosas comenzaron a influenciar profundamente mi vida: en los años 35-36 la totalidad de la Internacional Comunista pasó de unas posiciones de ultraizquierda de luchas revolucionarias a una clara posición reformista de compromiso con la burguesía (el frente popular). Abandoné la Liga de las Juventudes Comunistas (en aquellos tiempos había pasado de la organización de los niños a la organización de la juventud) e intenté fundar un nuevo movimiento realmente revolucionario.

 

La revolución española me regresó a las filas de la Liga Comunista, pues no logré encontrar una organización cualquiera a través de la cual pudiese ayudar a España. Los comunistas, trabajando con los demócratas, monopolizaban totalmente el movimiento neoyorquino de apoyo a España (Support Spain). En particular, la revuelta de mayo de 1937 en Barcelona me perturbó: yo no podía creer que una tan amplia rebeldía de los trabajadores fuese inspirada por los fascistas y que los anarquistas sólo eran agentes del fascismo. Deliberadamente rompí con la disciplina del partido e iba a escuchar a Norman Thomas, el líder del Partido Socialista americano que daba un informe sobre su visita a España. Quedé impresionado por lo que contaba sobre las intrigas de los comunistas en este país: tenía dieciséis años y aún era muy ingenuo, pero mi experiencia, por muy limitada que fuera, y mis profundos instintos revolucionarios fueron muy sacudidos por esta información; Finalmente los juicios de Moscú destruyeron por completo la confianza que yo tenía en los comunistas.

 

Yo no podía llegar a creer que mis viejos maestros bolcheviques, en particular Bujarin, se habían vuelto agentes de Hitler y no me sentía dispuesto a sostener a Roosevelt como lo pedía la línea del Frente Popular.

 

En 37-38 yo estaba a punto de ser expulsado de los Jóvenes Comunistas: invitaba a trotskistas a dar conferencias en mi grupo de jóvenes y leía libremente todo lo que quería, burlándome totalmente de la línea del Partido.

 

Finalmente fui expulsado en 1939 y me volví trotskista. Pero con ellos, todo lo que había visto y criticado en el movimiento comunista se repitió de nuevo. A la mitad de los años 40's, dejé de ser un leninista de cualquier clase que fuera; progresivamente me acercaba a las posiciones del socialismo libertario y a principios de los años 50's a las del anarquismo.

 

Pienso que fue la revolución húngara y el debate muy relativo, de 1956 que me condujo a afirmarme como anarquista. Así comencé a estudiar muy seriamente la historia de ese movimiento, en particular la revolución española. Lo que redondeó, por así decirlo, mi educación política, fúe el declive del movimiento obrero en América.

 

Había militado durante diez años en la industria pesada, como sindicalista y revolucionario, en la organización más radical y activa de esta época: la U.A.W, antes de que ésta fuera destruida por los burócratas, en 1947 o 1948, participé en la huelga de la General Motors que duró meses y meses. Cuando ganamos la huelga y regresamos al trabajo me di cuenta de un total cambio tanto en la organización como entre los trabajadores. Desde aquel momento era claro que el sindicalismo era aceptado por la burguesía; que los trabajadores habían abandonado su espíritu revolucionario y que sólo se interesaban en las ventajas materiales; a final de cuentas reinaba una atmósfera de desmovilización en la clase.

 

De repente comprendí que la revolución española había sido el apogeo y al mismo tiempó el fin de cien años de historia revolucionaria de la clase obrera.

 

Comencé a revisar enteramente la historia del movimiento obrero, de junio de 1848 a julio de 1936, siendo mis ideas expresadas en el último capítulo de mi libro Los anarquistas españoles y en mi artículo Autogestión y nueva tecnología.

 

Entonces comencé a volver a examinar todas mis ideas. En 1952, escribí un artículo sobre la ecología que en 1962 se convirtió en libro: Nuestro ambiente artificial y más tarde un tratado anarquista sobre el mismo argumento (Postscarcity anarchism). Ahora estoy terminando un voluminoso trabajo La ecología de la libertad, que reúne todo lo que desarrollé a partir de 1950.Entonces comencé a volcarme hacia el movimiento antinuclear, dejando el movimiento sindical (que, desde un punto de vista revolucionario, está en la actualidad totalmente moribundo), y desde entonces, siempre me he interesado en todo lo que concierne a la ecología. También comencé a examinar el papel de la jerarquía y no únicamente el de las clases, y tuve la convicción de que la revolución debía también hacerse en las cocinas, las recámaras, en realidad en el seno mismo de la sensibilidad individual y no solamente en las fábricas. Es por esto que me interesé de sobremanera al nuevo feminismo que, en sus mejores aspectos planteaba implícitamente tales problemas.

 

En fin, al buscar una alternativa al sindicalismo llegué a estudiar el anarco-comunalismo (no pienso en Paul Brousse, sino más bien en Pedro Kropotkin) y las maneras en que funciona la democracia directa, en el nivel de los barrios y de las ciudades, en la antigua Atenas, en las comunas medievales, en las secciones del París revolucionario de 1793, en las asambleas de ciudadanos de la Nueva Inglaterra, en la Comuna de París de 1871 y las comparé con los consejos obreros y las formas de organización sindical poniendo especial atención en el impacto de la jerarquía de fábricas sobre la mentalidad de los trabajadores. En 1960, seguí atentamente el movimiento de lQs derechos cívicos desarrollados por los negros, y me interesé en los Students for a Democratic Society (S.D.S.) y en la contracultura. Fui a París en 1968 hacia el final de los acontecimientos de mayo-junio. De ellos hice reportajes detallados expresando un punto de vista anarquista que fueron publicados en la prensa revolucionaria americana.

 

Cuando la contracuItura comenzó a dejar las ciudades, fui a instalarme en el Vermount, el Estado tal vez más libertario de Nueva Inglaterra, en donde viví en una comunidad y enseñé en el Goddard College. Fundé el Institut for Social Ecology en donde intenté trasmitir y en parte practicar lo que había escrito sobre la ecología. También enseño con mucha libertad en un colegio del New Jersey en donde muchos estudiantes míos son trabajadores, y sigo manteniendo relaciones estrechas con el movimiento obrero. Desgraciadamente, ningún nuevo argumento ni acontecimientos vinieron a cambiar mi punto de vista sobre él.

 

Viajo mucho a través de toda América, lo que me permite tener una visión directa de lo que ocurre. Podría decir muchas cosas sobre lo que vi en los Estados Unidos y que contradice totalmente lo que expresa la prensa europea. Quisiera decir a mis camaradas europeos -a mis hermanos y hermanas en Italia y otras partes- que la gente en los Estados Unidos no está deslizándose hacia la derecha. A pesar de la elección de Reagan, existe un profundo descontento entre la población, los principios de un movimiento contra la militarización, de un nuevo radicalismo social que se extiende a la ecología, al feminismo, a los movimientos de barrios en las ciudades.

 

Los americanos son naturalmente libertarios. Toda la tradición social de América desde la revolución hasta nuestros días, siempre ha valorizado los derechos del individuo, la autonomía personal, la descentralización y un odio claro hacia el Estado. Durante años, esta tradición libertaría ha sido sumergida por las formas de socialismo importadas por los inmigrados alemanes, hebreos, rusos y españoles. Durante años las ideas de izquierda han sido desarrolladas en un idioma que la mayor parte de los americanos no comprendía y en formas tomadas de Europa, pero, esta inmigración se detuvo hace mucho tiempo y los mismos inmigrados han comenzado a desaparecer. Aún si esto puede parecer dramático, esto nos lleva a afrontar, todos, esta realidad, a desarrollar nuestras ideas en inglés, no en alemán, en italiano, hebreo o ruso, ni en términos marxistas, leninistas, o agregaría yo, sirviéndose de los pensamientos de Mao Tse Tung o de Ho-Chi-Minh: ahora debemos apropiamos de nuestra tradición -como todos deberían hacerlo y desarrollar su contenido revolucionario. Si algo me han enseñado mis cincuenta años de vida es que en primer lugar el mundo cambió profundamente desde la época histórica del movimiento obrero; en segundo, que el anarquismo no es sólo un cuerpo de ideas, una ideología congelada, definida de una vez por todas por sus dizque fundadores sino ante todo un movimiento social que toma su vida en la acción real de las gentes; y, en fin, que debemos buscar las ralces del anarquismo en las tradiciones específicas de cada pueblo, y no en las ideas inventadas en las academias e impuestas. por el peso de culturas completamente diferentes o por otras situaciones sociales. Esta sensibilidad para con la unicidad, la variedad y la diversidad es, en mi opinión, la más elevada forma de internacionalismo revolucionario, pues permite la creatividad cultural, social e histórica y no deja lugar a la homogeneidad y a la uniformidad totalitaria.

 

 

 

 

 

 

HACIA UNA TECNOLOGÍA LIBERADORA

 

Nunca, desde los días de la Revolución Industrial, la actitud popular frente a la técnica se mostró tan fluctuante como en los últimos decenios.

 

Durante la mayor parte de las décadas del veinte y del treinta, la opinión pública evidenció general beneplácito ante las innovaciones técnicas, y se identificaba el bienestar humano con los adelantos industriales. Fue entonces cuando los apologistas soviéticos excusaban a Stalin y a sus horrendos crímenes y brutales métodos aduciendo simplemente que era el industrializador de la Rusia moderna. Esta fue también la época en que la crítica de la sociedad capitalista encontraba sus mejores argumentos en la cruda realidad del estancamiento económico y técnico de los Estados Unidos y Europa occidental. Para muchos, existía una relación directa, unívoca, entre el progreso técnico y el social; se caía en un fetichismo que hacía de la industrialización un ídolo que justificaba los programas y planes económicos más vituperables.

 

Hoy por hoy, tal posición nos parecería ingenua. Salvo quizá los técnicos y los hombres de ciencia que hacen la quincalla, los avances tecnológicos despiertan en la generalidad de la gente un doble sentimiento, una reacción esquizoide diríase; por un lado, el acuciante temor ante una posible destrucción atómica de la humanidad y por el otro, la esperanza de lograr la abundancia material, el ocio y la seguridad.

 

Tampoco la técnica está de acuerdo consigo misma: la bomba se contrapone al reactor nuclear; el cohete intercontinental, al satélite de comunicaciones. La propia disciplina tecnológica se nos aparece tan pronto enemiga, tan pronto amiga de la humanidad. Incluso ciencias tradicionalmente centradas en el hombre, tal como la medicina, se encuentran ahora en una situación ambivalente; así, los recientes progresos de la quimioterapia se ven contrapesados por las investigaciones iniciadas en el campo de la guerra biológica: una esperanza y un peligro.

 

No es de sorprender, pues, que esta tensión entre la promesa de un bien y la amenaza de un mal incline al hombre cada vez más a rechazar la técnica y el espíritu tecnológico por perniciosos. Se tiende a ver en la técnica a un ente demoníaco, dotado de siniestra vida propia y capaz de mecanizar al ser humano, cuando no de exterminarlo.

 

El profundo pesimismo que provoca tal punto de vista suele ser tan simplista como el optimismo que primaba en décadas anteriores. En rigor, el gran peligro que corremos actualmente, es el de dejar que nÜestro temor nos impida ver con claridad las perspectivas que ofrece la técnica, nos haga olvidar que ella puede contribuir a nuestra liberación y, peor aún, nos induzca a permitir con pasividad fatalista que se la emplee con fines destructivos.Si no queremos que esta nueva forma de fatalismo social nos paralice, hemos de hacer un balance.

 

Este ensayo se propone buscar respuesta a tres interrogantes: ¿Hay posibilidad de que la técnica moderna ayude a liberar material y espiritualmente al hombre? ¿Tenemos manera de hacer de la máquina el instrumento de una sociedad orgánica cuyo eje y medida sea el ser humano? Por último, ¿cómo pueden utilizarse la nueva técnica y los nuevos recursos de manera ecológica, es decir para promover el equilibrio en la naturaleza, el desarrollo pleno y duradero de las regiones naturales y la creación de comunidades orgánicas y animadas por un espíritu humano?

 

El quid de la cuestión se encuentra en la palabra posibilidad. No puedo asegurar que la técnica tenga que traer necesariamente la liberación del hombre o que ella sea siempre beneficiosa para su desarrollo; tengo sí, la certeza de que el hombre no ha nacido para ser esclavo de la técnica y el pensamiento tecnológico, como quieren dar a entender Juenger y Elul en sus obras sobre el tema (1).

 

Trataré de mostrar, por el contrario, que un modo de vida orgánico privado de sus elementos inorgánicos, tecnológicos (sean materias primas o máquinas en abundancia), sería tan poco funcional como un ser humano sin esqueleto. La técnica, me permito decir, ha de concebirse como la estructura indispensable en la que se apoyan todas las instituciones vivas de un organismo social dinámico.

 

Nota

 

(1) Tanto Juenger como Elul parecen creer que el envilecimiento del hombre por la máquina es inherente al desarrollo de la tecnología, por cuyo motivo concluyen sus consíderaciones con una triste nota de resignada aceptación. La obra de estos dos autores refleja el fatalismo social al que me refiero, especialmente la de Elul, cuyos puntos de vísta son más sintomáticos de la condición humana contemporánea. Ver Friedrích Georg Juenger, The Failure of Technology (escrita antes de la segunda guerra mundial), y Jacques Elul, The Technological Society (que data de la década de 1960).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

HACIA UNA TECNOLOGÍA LIBERADORA

TECNICA Y LIBERTAD

 

El año de 1848 marca un momento decisivo en la historia de las revoluciones modernas: el marxismo se definió como ideología alternativa a través de las páginas del Manifiesto Comunista y el proletariado, se definió como fuerza política en las barricadas de junio, a través de la acción de los trabajadores parisienses. Cabe destacar, además, que entonces, entrando ya el siglo XIX en su segunda mitad culminaba la era tecnológica del vapor, comenzada con la máquina de Newcomen un siglo y medio atrás.

 

Si mucho asombra la convergencia en un solo año de acontecimientos tan trascendentales en el campo ideológiCo, político y técnico, más maravilla comprobar hasta qué punto los objetivos revolucionarios expresados en el Manifiesto Comunista y los ideales socialistas que impregnaban el pensamiento de los trabájadores de París se adelantaban a las posibilidades industriales de la época.

 

Hacia 1840 la Revolución Industrial se limitaba fundamentalmente a tres esferas de la economía: la industria textil, la del hierro y los transportes. La invención de la máquina de hilar de Arkwright, la máquina de vapor de Watt y el telar de vapor de Cartwright significó la aparición de la fábrica textil; por otra parte, una serie de notables innovaciones en la técnica de la fabricación del hierro permitió obtener a bajo precio metales de gran calidad necesarios para la expansión de los establecimientos fabriles y de un medio de transporte recientemente descubierto, el ferrocarril.

 

Pero estas innovaciones, si bien importantísimas, no se vieron acompañadas de cambios equiparables en otras ramas de la tecnología. Por ejemplo, las máquinas de vapor de la época rara vez desarrollaban una potencia superior a los 15 caballos de fuerza, rendimiento ínfimo si se lo compara con el de las poderosas turbinas modernas; y los mejores altos hornos producían poco más de 100 toneladas de hierro por semana, pequeñísima fracción de las 2 a 3 mil toneladas diarias que salen de los hornos empleados en la actualidad. Peor aún, los restantes niveles de la economía no recibieron casi el beneficio de los adelantos técnicos.

 

Los métodos usados para extraer los minerales, puntal de la nueva metalurgia, eran prácticamente los mismos que se aplicaban desde él Renacimiento.

 

El minero seguía trabajando el filón con una pica de mano y una barra, en tanto que las bombas de drenaje, los sistemas de ventilación y los medios de acarreo no eran mucho mejores que los descritos en la obra clásica sobre minería escrita por Agrícola tres siglos antes. La agricultura apenas comenzaba a despertar de su sueño secular. Si bien se habían desmontado grandes extensiones de tierra para su cultivo, el estudio del suelo seguía siendo una novedad; y la tradición y el espíritu conservador pesaban tanto que la cosecha se realizaba principalmente a mano, a pesar de que ya en 1822 se había perfeccionado una segadora mecánica.

 

Los edificios, grandes moles profusamente ornadas, eran construidos casi puramente a fuerza de músculo, pues la grúa de mano y el torno eran los principales elementos mecánicos empleados. El acero era todavía relativamente raro. Hacia 1850 se le cotizaba a 250 dólares la tonelada; y sólo con el descubrimiento del convertidor de Bessemer, la siderurgia salió de su estancamiento de siglos. Por último, aunque los instrumentos de precisión habían avanzado enormemente, recordemos que los intentos de Charles Babbage de construir un calculador mecánico se vieron completamente desbaratados por la falta de medios mecánicos adecuados.

 

He pasado revista a esta etapa de la evolución tecnológica porque tanto las promesas que ella encerraba como sus limitaciones ejercieron una profunda influencia sobre la idea de libertad de los revolucionarios del siglo XIX.

 

Las innovaciones en la técnica textil y metalúrgica abrieron nuevos horizontes y constituyeron un estímulo cualitativamente único para el pensamiento socialista utópico.

 

El teórico revolucionario creyó poder, por primera vez en la historia, anclar sus sueños de una sociedad liberadora en una visible perspectiva de abundancia material y mayor ocio para la masa de la humanidad. A su entender, el socialismo podía basarse más en el egoísmo del hombre que en su dudosa nobleza de alma y espíritu.

 

Los adelantos técnicos transmutaron el ideal socialista de una esperanza vaga y humanitaria en un programa práctico, superior en realismo a todos los modos de pensamiento burgueses imperantes.

 

Este nuevo sentido del realismo obligó a muchos teóricos socialistas, particularmente Marx y Engels, a ocuparse de las limitaciones técnicas de su época. Se veían frente a un problema estratégico: ninguna revolución había contado nunca con un nivel técnico tan elevado como para lograr que el hombre se viera libre de apuros materiales, del trabajo penoso y de la lucha por la vida. Por encendidos y elevados que fueran los ideales revolucionarios del pasado, la gran mayoría del pueblo, agobiado por las necesidades materiales debía abandonar la escena de la historia para volver a su trabajo, dejando así las riendas de la sociedad en manos de una nueva clase explotadora que podía entregarse al ocio. Por cierto que ningún intento de establecer una justa repartición de la riqueza en una sociedad de escaso desarrollo técnico habría logrado eliminar las privaciones; sólo habría conseguido hacer de la pobreza una característica general de la sociedad en su conjunto, y recrear así las condiciones para la renovación de la lucha por los bienes materiales, el surgimiento de nuevas formas de propiedad y, finalmente, de un nuevo ordenamiento social con su clase dominante. El desarrollo de las fuerzas de la producción es la premisa práctica absolutamente imprescindible (para el comunismo), escribió Marx en 1846, porque sin él la miseria se generaliza, y con la miseria la lucha por las necesidades retorna, lo cual significa que toda la vieja mierda revivira.

 

Y a decir verdad, virtualmente todas las utopías, las teorías y los programas revolucionarios de principios del siglo XIX giraron en torno del problema de la necesidad, se polarizaron en la pobreza y el trabajo. El problema de la necesidad -la formulación de teorías que encontraran la manera de distribuir las labores y los bienes materlales de modo equitativo en una etapa relativamente temprana del desarrollo tecnológico- impregnaba el pensamiento revolucionario con una intensidad sólo comparable a la que presenta la cuestión del pecado original en la teología cristiana. El que los hombres tendrían que dedicar una parte sustancial de su tiempo al trabajo, por el cual recibirían una escueta retribución, era premisa fundamental de toda ideología socialista, fuera ella autoritaria o libertaria, utópica o científica, marxista o anarquista.

 

En la idea marxista de una economía planificada va implícito el hecho, incontestablemente patente en la época de Marx, de que el socialismo debería seguir afrontando la falta relativa de recursos. Los hombres se verían obligados a planear -en rigor, a restringir- la distribución de los bienes y a racionalizar -en rigor, intensificar- el uso de la fuerza laboral.

 

En un régimen socialista, el trabajo sería considerado como un deber, una responsabilidad que correspondía tomar a todo individuo físicamente apto. Hasta el gran libertario Proudhon dio a entender esto mismo cuando dijo: Sí, la vida es una lucha. Pero no una lucha entre hombre y hombre, sino entre hombre y Naturaleza; y es deber de todos participar en ella. Estas afirmaciones tan austeras, de carácter casi bíblico, en cuanto a la importancia de la lucha y del deber reflejan la dureza del pensamiento socialista de la Revolución Industrial.

 

La forma de encarar la miseria y el trabajo secular -problema perpetuado por la primera etapa de la Revolución Industrial- fue lo que produjo la gran divergencia en las ideas revolucionarias del socialismo y del anarquismo. En caso de revolución la libertad seguiría quedando circunscripta a las necesidades. ¿Cómo habría de administrarse este mundo de necesidades? ¿Cómo se decidiría la distribución de los bienes y los deberes?

 

Marx dejaba la decisión a cargo de un poder estatal, un Estado proletario transitorio, sin duda, pero de todos modos un cuerpo coercitivo ubicado por encima de la sociedad. Según Marx, el Estado iría caducando a medida que avanzara la técnica y extendiera el reino de la libertad al darle a la humanidad abundancia material y tiempo libre para controlar directamente sus asuntos. Este extraño cálculo sobre la necesidad y la libertad, que requiere justamente la intervención del Estado, difiere muy poco en lo político de la corriente de opinión democrático-burguesa radical, propia del siglo pasado.

 

La esperanza anarquista de lograr la abolición inmediata del Estado descansaba principalmente en la creencia de que el hombre posee instintos sociales viables. A juicio de Bakunin, la costumbre obligaría al individuo antisocial a respetar los valores y las necesidades colectivos sin que la sociedad tuviera que someterlo a coerción. En cambio, Kropotkin, que ejerció mayor influencia sobre los anarquistas en este terreno especulativo, afirmó que en el hombre existe una propensión a la ayuda mutua -en esencia, un instinto social- y que ello constituiría la base segura de la solidaridad en una comunidad anarquista, concepto que dedujo perspicazmente de sus estudios de la evolución animal y social (1).

 

El hecho es que, tanto en el marxismo como en el anarquismo, la respuesta al problema de las necesidades y del trabajo está plagada de ambigüedades. El reino de la necesidad se imponía brutalmente; era imposible reducirlo a la nada con simples teorías o conjeturas. Los marxistas esperaban dominarlo mediante un Estado; los anarquistas, creían haber hallado la salida en sus comunidades libres. Pero, dado el escaso desarrollo tecnológico del siglo pasado, ambas escuelas de pensamiento se reducían en último análisis a un acto de fe, a una esperanza. Los anarquistas alegaban que todo poder estatal transitorio, por revolucionaria que fuera su retórica y democrática su estructura, tendería a perpetuarse, a convertirse en un fin en sí mismo, a preservar precisamente las mismas condiciones materiales y sociales para cuya eliminación había sido creado. Tal poder estatal llegaría a caducar, es decir a promover su propia disolución, únicamente si sus jefes y burócratas fueran hombres de cualidades morales sobrehumanas. Los marxistas, a su vez, invocaban la historia para dar prueba de que la costumbre y la propensión mutualista nunca fueron barreras eficaces para contener las presiones de las necesidades materiales, las arremetidas de la propiedad y, por último, la explotación y el dominio de una clase por otra. Consecuentemente, descartaron al anarquismo por considerarlo una doctrina ética que resucitaba la mística del hombre natural.y de sus virtudes sociales innatas. El problema de la miseria y del trabajo -el reino de la necesidad- nunca fue resuelto satisfactoriamente por ninguna de las dos doctrinas en el siglo pasado. Queda a favor del anarquismo el haberse mantenido absolutamente fíel a su elevado ideal de libertad -el ideal de la organización espontánea, la comunidad y la abolición de toda autoridad-, aunque esto equivalía a reconocerla como ideología del futuro, de la época en que la técnica pusiera término al reino de la necesidad. Por el contrario, el marxismo fue haciendo cada vez más concesiones en detrimento de su ideal de libertad, al que restringió tristemente con etapas transitorias y recursos políticos, al punto que en la actualidad su único objetivo es un férreo poder, la eficiencia pragmática y la centralización social; vale decir que se ha convertido en una ideología prácticamente idéntica a las del capitalismo estatal del presente (2).

 

Asombra comprobar durante cuánto tiempo el problema de las necesidades materiales y del trabajo fue la preocupación fundamental de la teoría revolucionaria. En un lapso de sólo nueve décadas -de 1850 hasta 1940- la sociedad occidental creó, atravesó y superó dos etapas importantísimas de la historia tecnológica: la era paleotécnica, basada en el carbón y el acero, la era neotécnica, fundada en la energía eléctrica, las sustancias químicas sintéticas, la electriCidad y los motores de combustión interna. Por rara ironía, estas dos eras tecnológicas parecieron aumentar la importancia del trabajo en la vida social. A medida que crecía la proporción de obreros industriales en relación al número de las demás clases sociales, el trabajo -el trabajo arduo y absorbente- iba subiendo en la escala de valores del pensamiento revolucionario. Durante ese periodo, la propaganda de los socialistas sonaba cual himno al trabajo; se exaltaba al obrero, presentándolo como el único elemento útil de la trama social. Se le atribuía una capacidad instintiva superior, que lo convertía en árbitro de la filosofía, el arte y la organización social. Esta curiosa inclinación a poner el trabajo por encima de todo, esta ética laboral puritana de la izquierda, no fue disminuyendo con el paso del tiempo sino todo lo contrario, y hacia 1930 adquirió fuerza imperiosa.

 

La desocupación en masa hizo del empleo y de la organización social del trabajo el tema central de la propaganda socialista. En lugar de postular fundamentalmente la necesidad de emancipar al hombre de las penas del trabajo, los socialistas tendían a pintar a la sociedad socialista como una suerte de colmena rumorosa donde se desplegaba una gran actividad industrial que daba ocupación a todos. Los comunistas no se cansaban de poner a Rusia como modelo de país socialista, en el que toda persona físicamente apta tenía empleo, en el que siempre había oportunidad de trabajar.

 

Por sorprendente que nos parezca hoy en día, el hecho es que hace poco menos de una generación, el socialismo era identificado con una sociedad cuyo pivote y fin último era el trabajo, y la libertad se asimilaba a la seguridad material proporcionada por la eliminación de la desocupación. Así, el mundo de la necesidad invadió y corrompió sutilmente el ideal de libertad.

 

Si las ideas socialistas de la generación precedente nos parecen ahora anacrónicas ello no se debe a que el hombre de hoy haya alcanzado una comprensión superior. Los tres últimos decenios, particularmente los años finales de la década de 1950, señalan un momento decisivo en el desarrollo tecnológico: en ellos se produjo una revolución tecnológica que niega todos los valores, los esquemas políticos y las miras sociales sostenidos por la humanidad en el transcurso de su historia conocida.

 

Tras miles de años de tormentoso desarrollo, los países de Occidente, y potencialmente la humanidad toda, se ven frente a la posibilidad de instaurar un mundo de abundancia en el que no habrá obligación de trabajar, una época en la cual todos los medios de vida y los lujos podrán ser provistos casi enteramente por la máquina.

 

Como veremos en la sección siguiente, ha surgido una nueva técnica capaz de reemplazar el reino de la necesidad por el reino de la libertad. Tan obvio es esto para millones de personas de los Estados Unidos y Europa, que ya no requiere explicación elaborada ni exégesis teórica. Esta revolución tecnológica y las perspectivas que abre para la sociedad constituyen las premisas del estilo de vida radicalmente distinto adoptado por muchos jóvenes, que pertenecen a una generación desembarazada de los valores y de las seculares tradiciones de sus mayores, que ponían sus miras esencialmente en el trabajo. Incluso la proposición de que se garantice a todos una renta anual sin tomar en cuenta si quien la recibe trabaja o no, suena cual lejano eco de una nueva realidad que llena el pensamiento de la juventud actual (3).

 

A partir de 1960, con los progresos de la cibernética, la imagen de una vida libre de los afanes del trabajo pasó a ser artículo de fe para un número cada vez mayor de jóvenes. En realidad, el verdadero problema que se nos presenta hoy en día no es el saber si la nueva técnica puede proporcionamos los medios de vida en una sociedad donde no haya obligación de trabajar, sino el determinar si ella puede humanizar a la sociedad, contribuir a la creación de nuevas relaciones entre los hombres. La exigencia de una renta anual garantizada se apoya exclusivamente en las promesas cuantitativas que encierra la tecnología cibernética, es decir en la posibilidad de satisfacer las necesidades materiales fundamentales sin tener que trabajar.

 

Admito que esta solución cuantitativa, si así puede decirse, está quedando atrás respecto a los avances tecnológicos que ya abren las perspectivas de una solución cualitativa, a saber, la posibilidad de concretar un estilo de vida comunitario, descentralizado o, como yo prefiero denominarlo, formas ecológicas de agrupamiento humano (4).

 

Lo que planteo, en efecto, es un interrogante distinto de los que habitualmente inspira la técnica moderna: ¿demarca ella una nueva dimensión de la libertad humana, de la liberación del hombre? ¿Puede liberarnos de las necesidades materiales y del trabajo, amén de contribuir directamente a formar una comunidad humana armoniosa y equilibrada, una comunidad que constituya el suelo fértil donde el hombre pueda florecer plena e ilimitadamente? ¿Servirá no sólo para eliminar la eterna lucha por la existencia sino también para alentar el deseo de creación tanto en lo individual como en lo colectivo?

 

Nota

 

(1) Véase, Kropotkin, Pedro, El apoyo mutuo. Un factor de la evolución.

 

(2) Por mi parte, pienso que la evolución del Estado proletario de Rusia viene a confirmar de modo contundente la crítica anarquista del estatismo marxista. Por cierto que los marxistas modernos harían bien en consultar El Capital a fin de conocer los conceptos de Marx acerca del fetichismo de los objetos; así comprenderían mejor por qué todo tiende a convertirse en un fin en sí mismo cuando lo único que importaba es la obtención y el intercambio de objetos. Por lo demás, se ha simplificado groseramente la crítica marxista del comunitarismo anarquista. Este tema está magníficamente tratado en el libro de Buber Caminos de Utopía (Fondo de Cultura Económica, México).

 

(3) Esta afirmación que quizá a principios de la década de 1970 podía deslumbrar a más de uno, e incluso pregonarse como posibilidad social, ahora, a mitad del 2011, esto es, a un poco más de cuarenta años, pareciese una broma de mal gusto si tomamos en cuenta la famosa generación de los nini -esto es, los jóvenes que ni estudian ni trabajan, al igual que las poquísimas oportunidades que la juventud de los denominados países del primer mundo tienen ante sí. Se nos podrá señalar que ello es consecuencia de que la revolución liberadora no se produjo, lo que sin duda es evidente, más esto no representa justificación de ningún tipo, por lo que este tipo de afirmaciones deben ser cuidadosamente reflexionadas sobre todo para no llenarnos la mente de fantasías que nos impidan ver la realidad y laborar or su transformación de manera coherente y no disparatada. (Nota de Chantal López y Omar Cortés a la presente edición cibernética).

 

(4) Permítaseme añadir que un enfoque exclusivamente cuantitativo de la nueva técnica no sólo es arcaico desde el punto de vista económico sino que involucra un retroceso en lo moral. Participa del viejo principio moral de la justicia, a distinción del nuevo principio moral de la liberación. Históricamente, el concepto de justicia corresponde a un mundo donde reina la necesidad material y hay obligación de trabajar; es propio de un mundo en el que los recursos son relativamente escasos y, por tanto, deben ser repartidos según un principio moral que señala lo justo o injusto. La justicia, incluso la igualitaria, encierra una idea de limitación porque se presupone que los bienes han de distribuirse en forma restringida y que el hombre ha de dedicar sacrificadamente su tiempo y energía a la producción. Una vez que trascendamos el concepto de justicia, de limitación -esto es, cuando hayamos pasado de las posibilidades cuantitativas de la tecnología moderna a las cualitativas- entraremos en el inexplorado reino de la liberación, de la libertad ilimitada basada en la organización espontánea y el acceso sin trabas a todos los medios necesarios para la vida humana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LAS POSIBILIDADES DE LA TECNOLOGÍA MODERNA

 

Permítaseme buscar respuesta a estas preguntas señalando un rasgo fundamental de la tecnología moderna: por primera vez en la historia, la tecnología tiene ante sí un horizonte indefinido. Con esto quiero decir que ha adquirido desarrollo tal, que su posibilidad de crear máquinas capaces de desempeñar los trabajos tradicionalmente ejecutados por el hombre no conoce límites ahora. La tecnología ha pasado finalmente del campo de la invención al de la construcción, del descubrimiento casual a la innovación sistemática.

 

El doctor Vannevar Busch, ex director de la Oficina de Investigación y Desarrollo Científico explica de manera suficientemente clara el significado de este avance cualitativo:

 

Supongamos que hace medio siglo alguien hubiera propuesto crear un aparatito que, puesto en un automóvil, lo hiciera seguir automáticamente, aún estando dormido el conductor, una línea blanca pintada a lo largo del camino ... Todos se habrían reído de él, y le habrían dicho que su idea era descabellada. Así habría ocurrido hace cincuenta años. Pero supongamos que hoy alguien pidiera tal aparatito y estuviera dispuesto a pagarlo, dejando de lado toda consideración en cuanto a su utilidad verdadera. Habría muchas empresas prestas a firmar un contrato y construir el artefacto. No se requeriría un proceso de invención. En nuestro país hay miles de jóvenes para quienes sería un placer fabricar este dispositivo. Simplemente, tomarían del armario células fotoeléctricas, tubos termoiónicos, servomecanismos y relais; y si se lo pidieran, harían un modelo que sin duda funcionaría perfectamente. El hecho es que la existencia de gran cantidad de artefactos baratos, seguros y adaptables a varios usos y la existencia de individuos que saben muy bien cómo emplearlos, hacen que la construcción de artefactos automáticos se convierta en un procedimiento simple y rutinario. Ya no es cuestión de averiguar si algo se puede hacer, sino de decidir si vale la pena hacerlo.

 

Aquí Busch pone de relieve los dos rasgos primordiales de la así llamada segunda revolución industrial: las posibilidades de la tecnología moderna y el criterio mercantil e inhumano con que se la encara y, por ende, limitado.

 

Sería ocioso referirme al hecho de que el factor costo -el factor lucro, para decirlo más claramente- inhibe el uso de las innovaciones tecnológicas, así como promueve su aplicación en diversas industrias. Es bien sabido que en muchos campos de la economía a menudo la mano de obra resulta más barata que la máquina. Prefiero pasar revista a ciertos aspectos del proceso que condujo a la tecnología a su situación actual; además, hablaré sobre ciertas aplicaciones práctiras que han modificado pr0fundamente el papel del trabajo humano en la industria y la agricultura.

 

Acaso lo que más influyó para dar tan tremendo impulso a la tecnologia fue la creciente interpenetración de la abstracción científica, las matemáticas y los medios analíticos con las tareas concretas, pragmáticas y más bien mundanas de la industria. Este nuevo orden de relaciones es relativamente reciente. Siempre lo técnico estuvo totalmente separadp de lo especulativo, teórico, mental; cisma este provocado por la neta división que existía entre las clases ociosas y las trabajadoras en la sociedad de la antigüedad y del medievo. Poco a poco, se tendieron algunos puentes entre amos dominios; más ello fue fundamentalmente obra inspirada y episódica de unos pocos hombres extraordinarios, los precursores de las ciencias aplicadas.

 

En realidad, éstas tomaron forma en el Renacimiento y comenzaron a florecer verdaderamente en el siglo XIX, cuando el saber científico -el creciente cuerpo de generalizaciones acerca del mundo físico- fertilizo el terrenal reino de la tecnología.

 

El auténtico héroe de la nueva interrelación de lo científico con lo tecnológico no es el inventor, el James Watt o el Thomas Edison, sino el investigador sistemático de miras universales, el Michael Faraday, cuyo aporte enriquece simultáneamente a la ciencia abstracta y a la ingeniería práctica.

 

En nuestros días, la síntesis representada por la obra del genio inspirado, singular, reposa en el equipo de especialistas anónimos -la corporación de físicos, biólogos, ingenieros y técnicos-, lo que sin duda presenta grandes ventajas, pero también el inconveniente de la falta de visión, imaginación e inspiración que caracterizan a la organización burocrática.

 

Otro factor importante, aunque no tan evidente, es el desarrollo industrial en sí. Este no es exclusivamente tecnológico en el sentido de que sólo significa el reemplazo de la mano de obra por la máquina. Uno de los medios más eficaces para aumentar la producción ha sido la continua reorganización de los procesos laborales, la ampliación y perfeccionamiento de la división del trabajo; Curiosamente -por una dialéctica interna propia- la creciente descomposición de las tareas hasta extremos cada vez más inhumanos, su desmenuzamiento en una serie de operaciones fragmentadas e intolerablemente minúsculas conducente a una cruel simplificación del proceso laboral, da nacimiento a la máquina que reunirá en una sola operación mecanizada todas esas manipulaciones aisladas.

 

Históricamente, sería difícil dilucidar cómo surgió la producción mecanizada en gran escala, cómo la máquina fue desplazando a la mano de obra, sin seguir las sucesivas etapas evolutivas de la industria: 1°) el artesanado, en la cual un trabajador independiente y profundo conocedor de su oficio realiza las más diversas operaciones para producir un único objeto; 2°) el purgatorio de la fábrica, donde todas esas tareas son fragmentadas y distribuidas entre multitud de jorñaleros ño especializados o semi especializados; 3°) el establecimiento fabril totalmente mecanizado, en el cual la máquina cumple la labor de muchos obreros y sólo requiere para su manejo de unos pocos hombres; 4°) la planta 'automatizada cibernéticamente, que ya no requiere operarios sino técnicos supervisores y expertos en el cuidado y manteniento de los sistemas automáticos.

 

Si seguimos profundizando en la materia, descubriremos otro aspecto importante: que la máquina, otrora simple prolongación del músculo humano, ha pasado a ser una prolongación del sistema nervioso humano.

 

En el pasado, las herramientas y las máquinas le servían al hombre para aumentar su capacidad física para dominar a las fuerzas naturales y tomar las materias primas. Los dispositivos mecánicos y los motores creados durante los siglos XVIII y XIX no vinieron a reemplazar a los bíceps humanos, sino a ampliar su eficiencia. Aunque las máquinas incrementaron enormemente la producción, todavía se necesitaba de los músculos y la inteligencia del trabajador para manejarlas, aún tratándose de operaciones medianamente simples. El avance técnico podía medirse estrictamente por el grado de productividad: un hombre, con determinada máquina, producía cinco, diez, cincuenta o cien artículos más que antes de emplearla. El martillo de vapor de Nasmyth, expuesto en 1851, moldeaba vigas de hierro con unos pocos golpes, labor que, hecha a pulso, habría insumido largas horas. Con todo, para levantar, sostener y sacar la pieza fundida, se precisaba de la fuerza mascular y la razón de media docena de operarios en buenas condiciones físicas.

 

Con el tiempo, se fueron inventando artefactos que ahorraron esfuerzo humano, mas la acción y la inteligencia del hombre siguieron siendo indispensables para el manejo de la máquina y, por tanto, parte imprescindible del proceso de producción.

 

Para que una máquina sea totalmente automática y aplicable a una compleja industria para la producción en gran escala, debe cumplir por lo menos tres principios técnicos fundamentales: tener la capacidad de corregir sus propios errores; estar provista de elementos sensoriales que reemplacen a los sentidos de la vista, el oído y el tacto del trabajador; y, por último, incluir dispositivos que hagan las veces de las facultades mentales del hombre, es decir que la doten de discernimiento, habilidad y memoria. El uso efectivo de estos tres principios presupone contar con los medios técnicos sin los cuales sería imposible aplicar a las operaciones industriales esos dispositivos que hacen que la máquina se comporte como si poseyera sentidos y cerebro; presupone estar en condiciones de adaptar las maquinarias existentes o crear otras nuevas para manipular, conformar, armar, embalar y transportar productos acabados y semiacabados.

 

El empleo de medios de control automático y autocorrectivos en las operaciones industriales no es cosa nueva. El regulador de Watt, inventado en 1788, es un órgano cibernético elemental utilizado para la autonormalización de laS máquinas de vapor. Unido por brazos metálicos a la válvula de la máquina, el regulador consiste esquemáticamente en una fina varilla rotativa que sostiene un par de bolas de metal con movimiento libre. Cuando la máquina aumenta el número de revoluciones por minuto, la varilla comienza a rotar más rápidamente y produce una fuerza centrífuga que impulsa las bolas hacia afuera, las que cierran la válvula; inversamente, si ésta no recibe vapor suficiente para mantener la velocidad de giro, las bolas caen hacia adentro, agrandando la abertura de la válvula. El termostato que regula el funcionamiento de los sistemas de calefacción se basa en un principio similar: fijada de antemano la temperatura deseada, pone automáticamente en marcha el equipo cuando la temperatura desciende por debajo del nivel establecido y lo apaga cuando se eleva por encima de él.

 

Estos dos dispositivos reguladores constituyen un ejemplo ilustrativo de lo que ha dado en llamarse el principio de realimentación. En los equipos electrónicos modernos, toda alteración en el funcionamiento de la máquina produce señales eléctricas que son transmitidas al dispositivo de control de manera que éste automáticamente corrige la desviación o el error. Las señales eléctricas inducidas por el error son amplificadas por el sistema de control, que luego las transmite a otros dispositivos que se encargan de volver la máquina a su punto ideal.

 

Llámase sistema cerrado al que emplea la desviación respecto a una norma para regular la máquina. Su contrario es el sistema abierto, en el cual los dispositivos cumplen su misión independientemente de la función específica del artefacto (por ejemplo, un interruptor de luz manual o las levas que hacen girar automáticamente un ventilador eléctrico). Así, si se mueve el interruptor, la luz eléctrica se prenderá o apagará, sea de día o de noche; igualmente, el ventilador rotará con igual velocidad, esté el ambiente muy cálido o relativamente fresco. En suma, el ventilador será automático en el sentido popular de la palabra, pero no se autorregula en lo que a su función concierne.

 

Indudablemente, el descubrimiento de dispositivos sensibles constituye un importante paso adelante en la creación de mecanismos de control autorreguladores. Hoy en día, contamos en este campo con termocuplas, células fotoeléctricas, aparatos de rayos X, cámaras de televisión y transmisores de radar. Conjunta o separadamente, confieren a la máquina un asombroso grado de autonomía. Aún sin los computadores, estos dispositivos sensibles permiten realizar operaciones extremadamente peligrosas por control remoto, de modo que permiten al operario, ubicarse a gran distancia del punto donde se efectúa el trabajo. También pueden emplearse para convertir muchos sistemas abiertos tradicionales en sistemas cerrados, con lo cual se amplía el radio de acción de las operaciones automáticas.

 

Tomemos el caso de la iluminación eléctrica manejada mediante reloj; trátase de un sistema abierto medianamente simple cuya eficacia depende por completo de factores mecánicos. Pero si se la regula con una célula fotoeléctrica que hace apagar las luces cuando amanece, habremos perfeccionado la iluminación artificial, le habremos dado capacidad de adaptación, porque se encenderá y apagará con la puesta y la salida del sol. De esta suerte, el sistema guarda relación directa con su función.

 

El computador, capaz de realizar todas las tareas rutinarias que agobiaban al trabajador hace poco menos de una generación, inicia una nueva era en la industria. Básicamente, el computador digital es un calculador electrónico que realiza operaciones aritméticas a una velocidad incomparablemente mayor que el cerebro humano (1). Y en esto reside justamente su importancia: su enorme rapidez, que le otorga superioridad cuantitativa sobre la capacidad del hombre, tiene un profundo significado cualitativo. En virtud de su rapidez, el computador puede efectuar operaciones matemáticas y lógicas sumamente difíciles y complicadas; gracias a su memoria, que almacena millones de datos e informaciones, y el uso del sistema de numeración binario (que consta únicamente de los números O y 1) un calculador digital es capaz de realizar operaciones que se aproximan a muchas actividades lógicas extremadamente complejas de la mente humana. No sabemos si la inteligencia del computador llegará alguna vez a crear o innovar; debemos esperar, puesto que la técnica de las computadoras avanza día a día a pasos agigantados, sufriendo en poco tiempo cambios verdaderamente revolucionarios.

 

De lo que no cabe la menor duda es de que el calculador digital está ya en condiciones de hacerse cargo de las gravosas tareas mentales que en nada requieren el ejercicio de las facultades creadoras del hombre en la industria, la ciencia, la ingeniería, la recepción de informaciones, la documentación y el transporte. El hombre moderno ha fabricado un cerebro electrónico para coordinar, guiar y evaluar la mayoría de las operaciones fabriles rutinarias. Empleados adecuadamente dentro de la esfera de acción a la cual están destinados, los computadores son más rápidos y eficientes que el ser humano.

 

En términos generales, ¿cuál es el significado concreto de esta nueva revolución industrial? ¿Cuáles son sus consecuencias inmediatas y previsibles en lo que al trabajo concierne?

 

Veamos la repercusión que tuvo la nueva técnica en los procesos de producción. Tomaremos el caso de la fábrica de motores de automóvil Ford de Cleveland. El increíble cambio sufrido por este establecimiento en sólo una década nos permitió valorar hasta qué punto el desarrollo técnico de todas las industrias puede contribuir a la liberación del hombre.

 

Hasta el momento en que la cibernética comenzó a aplicarse en la industria del automotor, la planta Ford empleaba unos trescientos obreros que, utilizando gran variedad de herramientas y máquinas, tardaban más de tres semanas para transformar un bloque de fundición en un motor completo. Con el uso de los llamados sistemas mecánicos automatizados, esas tres semanas se redujeron a menos de quince minutos. Del personal de trescientos, sólo quedaron unas pocas personas encargadas de vigilar el tablero de control automático. Más tarde se añadió un computador al sistema mecánico, con lo que se lo convirtió en un verdadero sistema cerrado, en un órgano cibernético. El computador dirige todo el proceso mecánico mediante pulsos electrónicos cuya frecuencia es de 300,000 ciclos por segundo. Pero aún este sistema es ya anticuado.

 

La próxima generación de máquinas computadoras tendrá una frecuencia mil veces mayor, es decir de 300 millones de ciclos por segundo, observa Alice Mary Hilton. Las frecuencias de un millón o de mil millones de ciclos por segundo escapan a la comprensión de nuestras mentes finitas. Lo que sí se entiende perfectamente es que, en sólo uno o dos años, hemos avanzado mil veces. Estamos en condiciones de procesar una información mil veces más voluminosa que antes, o bien de procesar igual cantidad de información, con una velocidad mil veces mayor. En resumidas cuentas, una tarea que requería dieciséis horas puede ahora realizarse en un minuto, ¡y sin intervención humana! Un sistema capaz de actuar así no sólo gobierna un tren de montaje, sino todo un proceso industrial, la fabricación completa de un objeto.

 

No hay razón para que los principios técnicos básicos aplicados para convertir una fábrica de motores de automóvil en un organismo cibernético no puedan utilizarse en todos los campos de la producción en gran escala, desde la industria metalúrgica hasta la alimentaria, desde la electrónica hasta la juguetera, desde la construcción de puentes prefabricados hasta la de casas prefabricadas.

 

Muchas de las fases de la siderurgia, de la producción de herramientas y matrices, de la fabricación de equipos electrónicos, de la elaboración de substancias químicas -en fin, la lista sería prácticamente interminable- están ya automatizadas parcial o totalmente.

 

El principal factor que impide la completa automatización de todas las etapas de la industria moderna es el enorme gasto que insumiría el reemplazar las instalaciones existentes con otras nuevas, más complicadas; el segundo factor es el innato espíritu conservador de buena parte de las grandes compañías. Finalmente, como ya dije, en diversas industrias resulta más barata la mano de obra que la máquina.

 

A no dudarlo, cada industria tiene sus problemas particulares, de modo que la introducción de las nuevas técnicas cibernéticas haría surgir multitud de complicaciones, cuya solución exigiría cuidadoso estudio y grandes esfuerzos. En muchos casos, sería preciso alterar la forma del producto y la disposición de la planta industrial para adaptar el proceso fabril a la técnica de la automatización.

 

Mas aseverar que por ese motivo es imposible automatizar completamente tal o cual industria, es tan ridículo como si, hace unos años se hubiera afirmado que no era factible volar porque la hélice de un aeroplano experimental no giraba a velocidad suficiente o porque el armazón era demasiado frágil como para resistir las sacudidas del viento.

 

No hay industria que no pueda automatizarse totalmente si estamos dispuesto a adaptar el producto, las instalaciones, los procedimientos de producción y los métodos de manipulación a las nuevas circunstancias.

 

En rigor, la mayor dificultad para planear cómo, dónde y cuándo determinada industria ha de automatizarse no estriba en los problemas específicos que se presentarán, sino en el constante progreso de la tecnología moderna, que da enormes saltos de año en año. Prácticamente, todo proyecto de automatización ha de ser tenido como provisorio, pues no bien lo ponemos en el papel, nos enteramos de nuevos y notables avances que dejan ya atrás las ideas esbozadas.

 

Sin embargo, creo acertado y útil referirme a la aplicación de la nueva tecnología en el campo laboral que embrutece y envilece al hombre como ningún otro. Así como, según aseguran los pensadores radicales, la posición de la mujer dentro de la sociedad da la pauta del nivel moral de ésta, también cabría decir que la sensibilidad de una sociedad respecto al sufrimiento humano puede medirse por las condiciones en que deben desenvolverse los obreros empleados en la obtención de las materias primas, específicamente en las minas y canteras.

 

Antiguamente, el trabajo en las minas era un modo de castigo, reservado principalmente a los criminales más recalcitrantes, los esclavos más rebeldes y los prisioneros de guerra más aborrecidos. La mina es la imagen del infierno hecha realidad diaria: mundo lúgubre, donde cuerpo y alma se atrofian; mortecino reino inorgánico, traicionera caverna que hace del hombre un triste autómata obligado a trabajar dura y penosamente.

 

El campo, el bosque, el arroyo y el océano son el medio natural de la vida humana: la mina no es más que mineral, metal, escribe Lewis Mumford.

 

... Al abrir las entrañas de la tierra para hurgar en su interior, el minero pierde la noción de la forma; sólo ve pura materia, y hasta que llega al filón, esa materia no es más que un obstáculo que va quitando tenazmente de su camino. Si alguna forma ve dibujada en las paredes de su cueva a la luz vacilante de su candela, es la monstruosa proyección de su pico o de su brazo: son las formas del horror. El día, ha sido abolido y el ritmo de la naturaleza, quebrado; aquí es donde surgió el trabajo ininterrumpido día y noche. El minero tiene que vivir con luz artificial aunque fuera el sol brille radiante; y en los yacimientos más profundos, ha menester de ventilación artificial: todo un triunfo del medio ambiente fabricado.

 

La eliminación del trabajo humano en la extracción de los minerales constituiría de por sí un índice de las posibilidades liberadoras de la tecnología. Y el que podamos decir que esto ya se ha logrado, aunque no sea más que en un solo caso por el momento, es muestra de que en el futuro la técnica dispensará al hombre del trabajo aflictivo.

 

El primer gran paso en este sentido, por lo menos en lo que a la industria carbonífera concierne, fue dado con la creación de una gigantesca máquina provista de cuchillas de 2,70 m que saca ocho toneladas de carbón por minuto. Gracias a esta extractora continua, a las cargadoras móviles, los taladros eléctricos y otras mejoras, en minas de zonas como la de Virginia Occidental, se redujo la cantidad de mineros a un tercio del número empleado en 1948 y se duplicó la producción individual. Pese a ser esto un gran adelanto, seguíase necesitando del hombre para ubicar y manejar las máquinas; pero ahora, con los últimos progresos técnicos, nos es ya dable prescindir por completo del minero, cuyas tareas pueden ser cumplidas por dispositivos sensibles basados en el principio del radar.

 

Las máquinas automáticas dotadas de elementos sensoriales posibilitan la eliminación del trabajador no sólo de las grandes minas, tan necesarias para la economía, sino también de la agricultura, si se la organiza según los moldes de la industria moderna. Aunque es muy cuestionable la conveniencia de industrializar y mecanizar la actividad agraria (punto que retornaré luego), el hecho es que, si la sociedad decide hacerlo, fácil será automatizar importantes ramas de la agricultura moderna, desde el cultivo del algodón hasta el del arroz. Podríamos manejar casi cualquier máquina, sea una pala gigante en una mina abierta o una cosechadora en una gran planicie, mediante órganos cibernéticos sensibles o por contral remoto con cámaras de televisión. La cantidad de trabajo que insumiría el manejo de estos dispositivos y máquinas desde una distancia segura y una cómoda ubicación sería mínima, en caso de que se requiera intervención humana.

 

No está muy lejano el día en que una economía organizada racionalmente construirá fábricas completas, compactas, en forma automática, sin que el hombre ponga mano en ello; en que los componentes de las máquinas se producirán con tan poco esfuerzo que la atención de éstas se reducirá al simple acto de quitar una pieza defectuosa para reemplazarla por otra en buen estado, tarea tan pesada como la de sacar y poner una bandeja; en que las máquinas, en suma, se encargarán de fabricar y reparar la mayoría de los aparatos necesarios para mantener una economía altamente industrializada.

 

Semejante técnica, encauzada totalmente a llenar las necesidades humanas dejando de lado toda consideración en cuanto a ganancias o pérdidas, traería al mundo una abundancia sin precedentes, aún en relación a los standard de opulencia material de los países occidentales prósperos. La máquina puesta al servicio del hombre eliminaría el ponos de la necesidad y el trabajo aflictivo, la condena de vivir en una sociedad basada en la escasez y el trabajo obligatorio, donde imperan la frustración, el sufrimiento y la deshumanización.

 

En tales circunstancias, los problemas que se plantean en torno de las consecuencias y posibilidades del uso de la cibernética en la técnica no atañen ya a la satisfacción de las necesidades materiales del hombre sino a la reintegración de la sociedad.

 

Sería responsabilidad nuestra determinar ahora mismo cómo habrán de emplearse la máquina, la fábrica y la mina para promover la solidaridad humana, el logro de una relación equilibrada con el medio natural y de una comunidad verdaderamente orgánica. ¿Deberá utilizarse la nueva técnica en gran escala, sobre la base de una economía nacional que abarque gigantescas empresas industriales?

 

Este tipo de organización industrial -en rigor, una prolongación de la Revolución Industrial- demandaría un sistema centralizado para la planificación de la economía nacional así como la delegación de la autoridad en manos de representantes económicos y políticos investidos de poderes estratégicos y de mando, poderes consolidados por el dominio que esos representantes estarían en situación de ejercer sobre la industria, convertida en un enorme establecimiento socializado, o de dimensiones nacionales y carácter anónimo.

 

Por su índole misma, la industria en gran escala es terreno fértil para la proliferación de modos burocráticos de administración, trátese de empresas privadas o dirigidas por los trabajadores. Cuando la industria es socializada al punto de trascender la escala humana, se convierte en el más firme apoyo material del Estado autoritario y centralista.

 

Acaso la nueva técnica se preste a la producción en pequeña escala, basada en una economía regional y estructurada a medida del hombre. Este tipo de organización industrial propende a dejar las decisiones económicas estratégicas a cargo de la comunidad de cada lugar, cuyas asambleas populares y cuyos consejos técnicos se encuentran perfectamente dentro del alcance de los individuos que la componen. En la medida en que la producción material se descentralice y localice, se afianzará la primacía de la comunidad sobre las instituciones nacionales, suponiendo que alguna de ellas tendiera a adquirir cierto predominio.

 

La autoridad pertenece fundamentalmente a la asamblea popular, en la que se practica la democracia directa de persona a persona; la autoridad de la asamblea se ve cualitativamente fortalecida por el hecho de que ella es la que dispone exclusivamente de todos los recursos materiales de la sociedad.

 

Como vemos, lo importante es dilucidar si la sociedad ha de organizarse en torno de la tecnología o si ésta debe organizarse en torno de la sociedad.

 

Hallaremos la respuesta analizando la nueva tecnología a fin de descubrir si hay manera de utilizarla a escala humana.

 

Nota

(1) Los computadores actualmente en uso divídense en dos amplias categorías: el computador analógíco y el digítal. El primero tiene aplicación más bien limitada en las operaciones industriales; aquí me refiero exclusivamente a las computadoras digitales.

 

 

LA NUEVA TECNOLOGÍA Y LA ESCALA HUMANA

 

En 1945, J. Presper Eckert y John W. Mauchly, de la Universidad de Pennsylvania, presentaron el ENIAC, primer computador digital totalmente realizado según principios electrónicos. Estaba destinado a resolver problemas de balística y su proyecto y construcción llevó cerca de tres años. El aparato era inmenso. Ocupaba 135 metros cuadrados de superficie y pesaba más de 30 toneladas. Incluía 18.800 tubos de vacío con 500.000 conexiones (que Eckert y Mauchly tardaron dos años y medio en soldar), una amplia red de resistencias y kilómetros de cables. El computador llevaba anexo un gran acondicionador de aire para enfriar los elementos electrónicos; además, se descomponía a menudo o presentaba grandes irregularidades, lo cual significaba una gran pérdida de tiempo en reparaciones. Pese a todo, en comparación con los calculadores anteriores, ENIAC era una verdadera maravilla de la electrónica. Efectuaba 5.000 cálculos por segundo y generaba señales eléctricas a raz6n de 100.000 ciclos por segundo. Ninguno de los calculadores mecánicos o electrónicos entonces en uso se aproximaba siquiera a tal velocidad.

 

Unos veinte años después, la Computer Control Company de Framingham, Massachusetts, ofrecía al público su DDP-124. Trátase de un computador pequeño, compacto, muy semejante a un receptor de radio de dormitorio; con la máquina de escribir y la memoria a él adosadós, ocupa cómodamente un escritorio de oficina común. El DDP-124 realiza más de 285.000 operaciones por segundo. Tiene una verdadera memoria, ampliable hasta una capacidad de 33.000 palabras (en cambio, la memoria del ENIAC se fijaba mediante conexiones variables y estaba muy lejos de poseer la flexibilidad de los computadores actuales); su frecuencia es de 1.750 millones de ciclos por segundo. No precisa acondicionador de aire, es absolutamente infalible y presenta muy pocos problemas para su cuidado y mantenimiento. Su costo es infinitamente inferior al del ENIAC.

 

La diferencia entre el ENIAC y el DDP-124 es de grado antes que de fondo. Excepción hecha de la memoria, los dos computadores dígitos se basan en los mismos principios electrónicos fundamentales. El ENIAC, empero, estaba compuesto primordialmente de piezas electrónicas tradicionales (tubos de vacío, resistencias, etc.) y miles de metros de cables; por su parte, el DDP-124 está constituido principalmente por microcircuitos. Estos microcircuitos son por lo general pequeñísimos, no alcanzan a medir más que una fracción de pulgada, y encierran el equivalente de gran número de piezas electrónicas clave del ENIAC.

 

Paralelamente a la disminución del tamaño de los elementos componentes del computador, se ha verificado tan notable perfeccionamiento de los medios técnicos clásicos que día a día se crean máquinas de todo tipo cada vez más pequeñas.

 

Ejemplo de ello es la extraordinaria reducción sufrida por los pantagruélicos talleres para laminado en caliente de marcha continua. Una instalación típica es de las más caras y de mayores dimensiones de la industria moderna. Puede considerársela como una sola máquina, que mide unos 800 metros de largo y es capaz de estirar un lingote de acero de 10 toneladas y 15 centímetros de grosor por 130 centímetros de ancho hasta convertirlo en una lámina de metal de un grosor cercano a los 0.2 centímetros. En el proceso, el lingote es desnudado de sus escamas, pasado por un laminador de enormes cilindros y luego sometido a una serie de operaciones destinadas a dar los toques finales. Toda la instalación, incluyendo los hornos de calentamiento, los trenes de laminación, el tanque de decapado y el edificio puede alcanzar un costo superior a los 50 millones de dólares y ocupar una superficie de 2 hectáreas. Produce 300 toneladas de chapas de acero por hora. Una buena instalación debe contar con gran cantidad de hornos de coque, de hornos de túnel, trenes desbastadores, etc. Todo esto, junto con los trenes de laminación en caliente y en frío, puede cubrir varios kilómetros cuadrados de superficie. Trátase de un complejo siderúrgico moderno, cuya magnitud lo ubica necesariamente en el orden de lo nacional, que necesita grandes cantidades de materias primas (por lo general provenientes de lugares lejanos) y cuya producción está destinada a grandes mercados nacionales e internacionales. Aún totalmente automatizado, un establecimiento de esta naturaleza trasciende por mucho la capacidad de una comunidad pequeña, descentralizada; el tipo de administración que exige es esencialmente de alcances nacionales. En suma, trátase de una actividad económica que, por su índole, inclina la balanza a favor de las instituciones centralistas.

 

Afortunadamente, disponemos ahora de medios como para reemplazar, en muchos aspectos con ventajas, al complejo siderúrgico arriba descrito.

 

Así, pueden usarse hornos eléctricos en lugar de los altos hornos. Son en general pequeños y producen excelente arrabio y acero utilizando no sólo coque como agente reductor, sino también antracita, hulla, carbón vegetal y hasta lignita. Otro de los procedimientos a nuestro alcance es el de Hoganas, por el cual se reduce mineral muy rico o concentrado a esponja de hierro mediante gas natural. También tenemos el método Wiberg, que emplea monóxido de carbono y un poco de hidrógeno para efectuar la reducción. Sea como fuere, el hecho es que nos es posible eliminar los hornos de coque, los altos hornos, los hornos de túnel y, quizá, hasta los agentes reductores sólidos. Pero el más importante aporte en los esfuerzos tendientes a dar menores dimensiones a los complejos siderúrgicos -lo cual los tornará accesibles a una comunidad pequeña- es la instalación ideada por T. Sendzimir. El gran tren de laminación en caliente de marcha continua es condensado en un único tren planetario y un pequeño anexo para las operaciones de acabado. Los lingotes de acero calientes, de 2% pulgadas de grosor, pasan por dos pares de cilindros chicos, también calientes, hacia los cilindros laminadores; todo esto va montado en dos jaulas circulares que además contienen dos tambores de retorno. Las jaulas y los cilindros de retorno giran a distinta velocidad, haciendo rotar los cilindros laminadores en dos sentidos, con lo cual se somete al lingote de acero a una terrible presión que lo reduce a un grosor de apenas una décima de pulgada.

 

La idea de Sendzimir es un verdadero golpe de genio; al girar en las dos jaulas circulares, los pequeños cilindros laminadores adquieren una fuerza que sólo podrían desarrollar cuatro poderosos trenes de laminación y seis trenes desbastadores. Esto significa que el laminado en caliente no necesita ya de establecimientos tan enormes. Además, la fundición continua permite obtener lingotes de acero sin costosas y voluminosas instalaciones.

 

En resumen: con varios hornos eléctricos, la fundición continua, un tren de laminación planetario y un pequeño tren de laminación en frío de marcha continua, que en total ocuparían de media a una hectárea, una comunidad mediana tendría los medios como para producir y trabajar el acero de acuerdo a sus necesidades particulares.

 

Este complejo siderúrgico, de escasas dimensiones y gran perfección, produciría un acero de muy buena calidad con mucho menos gasto y desperdicio; aun no siendo automatizado, en relación a un complejo común, requeriría menor cantidad de operarios; y podría reducir mineral pobre en hierro con mayor eficacia y facilidad. Finalmente, puesto que el laminador planetario produce chapas lustrosas y limpias sometiéndolas a la acción de chorros de agua de elevada presión, no se necesita usar ácidos para el decapado, con lo cual se elimina uno de los más graves inconvenientes de la industria siderúrgica: la contaminación de las corrientes de agua donde se arrojan los desechos.

 

El complejo siderúrgico que acabo de describir no alcanzaría para abastecer a un mercado nacional como el que existe actualmente en los Estados Unidos, por ejemplo. Sólo basta para llenar las necesidades de comunidades pequeñas o medianas y de países de escaso desarrollo industrial. Por lo común, los hornos eléctricos producen de 100 a 250 toneladas de hierro fundido por día, cuando un alto horno funde unas 3.000 toneladas diarias. La instalación de Sendzimir lamina sólo 100 toneladas de metal por hora, aproximadamente una tercera parte de la producción de un tren de laminación en caliente de marcha continua. Sin embargo, la capacidad de producción de nuestro hipotético complejo constituye precisamente una de sus mayores virtudes. Como los productos serían de tan buena calidad que sufrirían poco desgaste y no sería menester reponerlos de continuo, habría menor demanda. Por otra parte, dado que se emplearía mineral de hierro, combustible y agentes reductores en pequeñas tandas, muchas comunidades se bastarían con sus propios recursos de materia prima, sin verse obligadas a acudir a centros nacionales, cosa que fortalecería la independencia de la comunidad y favorecería la descentralización de la vida económica, amén de ahorrar gastos de transporte. Lo que parecería una repetición inútil y costosa de una actividad fácilmente desarrollada por unos pocos complejos siderúrgicos centralizados probaría ser, a la larga, la solución más conveniente y deseable, tanto desde el punto de vista económico como el social.

 

La nueva técnica no sólo ha creado piezas electrónicas en miniatura o los medios adecuados para descentralizar la producción, también nos ha dado máquinas que se adaptan a los más diversos usos.

 

Durante más de un siglo, primó la tendencia a crear máquinas cada vez más especializadas y destinadas a un único propósito, fenómeno que era reflejo de la profunda y creciente división del trabajo que iba agarrotando crecientemente a la actividad fabril. Se subordinaba la función al producto.

 

Con el tiempo, tan estrecho enfoque pragmático desvió a la industria del camino racional en la creación de maquinarias, observan Eric W. Leaver y John J. Brown. La llevó a una especialización más y más antieconómica ... La especialización de la máquina tendiente a adaptarla a la producción de un objeto determinado limita totalmente su utilidad, que se acaba en cuanto desaparece la necesidad de fabricar ese producto único. Si analizamos correctamente, el trabajo que realiza una máquina puede reducirse a una serie de operaciones básicas -dar forma, sostener, cortar, etc.-, funciones que debidamente definidas pueden conjugarse en un solo aparato, al que podrá dársele la aplicación requerida en cada caso.

 

Un taladro que llenara las condiciones postuladas por Leaver y Brown serviría para hacer agujeros de todo calibre, que dejaran pasar desde un fino alambre hasta un caño.

 

Otrora se consideraba que máquinas de tan amplia capacidad eran completamente prohibitivas desde el punto de vista económico. Sin embargo, ya a mediados de la década de 1950 se idearon y pusieron en uso varias máquinas de este tipo. En 1954 se fabricó en Suiza una perforadora horizontal para la River Rouge Plant de la Ford Motor Company, sita en Dearbon, Michigan. Esta agujereadora sería un magnífico espécimen de la máquina múltiple de Leaver y Brown; dotada de cinco calibradores ópticos iluminados de tipo microscópico, hace agujeros más pequeños que el ojo de una aguja y más grandes que el puño de un hombre. Las perforaciones presentan un error menor de diez milésimas de pulgada,

 

Las máquinas multiuso revisten una importancia digna de subrayarse. Con ellas, un solo establecimiento industrial estaría en situación de producir una asombrosa cantidad de objetos. Una comunidad pequeña o mediana podría satisfacer gran parte de la demanda local de cierto número de productos con un mínimo de instalaciones industriales aprovechadas al máximo. Se eliminarían las pérdidas ocasionadas por la caída en desuso de las maquinarias, y los establecimientos se utilizarían para distintos propósitos.

 

Merced a la flexibilidad y amplitud que esto otorgaría a la vida económica de la comunidad, ésta lograría una capacidad para autoabastecerse y un grado de autarquía como no vemos en ninguno de los países de industria avanzada de la actualidad. En cuanto a la readaptación de las maquinarias para nuevos usos, resultaría muchísimo más fácil y barata, pues, en general, consistiría en una graduación de las operaciones que es capaz de realizar la máquina y no exactamente en una modificación de su estructura o sus características. Si se tratara, por ejemplo, de una perforadora, no habría más que cambiar la mecha; y si fuera un torno, bastaría con reemplazar la cuchilla.

 

Por último, la automatización de las máquinas múltiples no presentaría mayores obstáculos; para introducirlos en una instalación industrial automatizada, se requeriría una alteración de los circuitos y de los programas antes que de la forma y la estructura de las máquinas en sí.

 

Desde luego, las máquinas especializadas seguirían existiendo para cumplir la misma función que llenan hoy, a saber, la fabricación en gran escala de productos de abundante uso y de corta vida.

 

Hay en la actualidad magníficas máquinas de este tipo notablemente automatizadas; suelen ser pequeñas instalaciones que las comunidades no centralizadas podrían adoptar sin grandes modificaciones. Ejemplo de ello son las máquinas de embotellar y envasar, que constituyen instalaciones compactas, automáticas y sumamente racionalizadas. Para cuando estén establecidas las comunidades descentralizadas, sin duda contaremos ya con maquinarias automáticas de menores dimensiones para las industrias textil, química y alimentaria. Y supongo que también las fábricas de automotores habrán evolucionado en este sentido para el día en que automóviles, autobuses y camiones se muevan a impulsos de la energía eléctrica.

 

Muchos de los grandes establecimientos que quedarán podrían descentralizarse eficazmente reduciendo sus dimensiones al máximo y disponiendo las cosas de manera que fueran explotados simultáneamente por varias comunidades.

 

No pretendo afirmar que todas las actividades económicas humanas son susceptibles de descentralización completa, pero creo que la mayoría puede llevarse a dimensiones humanas y comunitarias. Baste decir que es posible trasladar el mayor peso de la economía de los organismos nacionales a los comunitarios, de las instituciones burocráticas centralizadas a las asambleas populares locales, a fin de cimentar la soberanía de la comunidad libre sobre un sólido fundamento industrial.

 

Tal mutación comprendería un cambio histórico cualitativo, un cambio social revolucionario de vastas proporciones, sin precedentes en la evolución técnica y social del hombre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL USO ECOLÓGICO DE LA TÉCNICA

 

Hasta ahora me he ocupado de aspectos tangibles, netamente objetivos, como son la posibilidad de eliminar el trabajo penoso, la inseguridad material y la centralización de la economía. Ahora pasaré a referirme a un problema que puede parecer algo subjetivo, pero que considero de absoluta importancia: la necesidad de lograr que el hombre vuelva a saber de su dependencia respecto al mundo natural, que su interrelación con la naturaleza sea parte viva de su cultura.

 

Tal problema es característico y propio de esta sociedad nuestra, tan urbanizada e industrializada. En casi todas las civilizaciones preindustriales, el hombre no necesitaba que se le explicara su relación con el medio natural, ésta era bien clara, evidente y viable, y estaba santificada plenamente por la tradición y los mitos. La sucesión de las estaciones, las variaciones pluviales, el ciclo vital de las plantas y los animales con que el hombre se alimentaba y vestía, los caracteres distintivos de la zona ocupada por la comunidad, eran todos elementos familiares, comprensibles, que despertaban en él un sentido de reverencia religiosa, de comunión con la naturaleza, y, más pragmáticamente, un respetuoso sentimiento de dependencia.

 

Rara vez encontramos entre las primeras civilizaciones occidentales una tiranía social tan despótica y despiadada que ignorara tal relación. Las invasiones de los bárbaros y, más engañosamente, el desarrollo de las civilizaciones comerciales pueden haber destruido las conquistas logradas por las culturas agrarias establecidas, pero normalmente -aún cuando involucraran una explotación del hombre- los sistemas basados en la agricultura sólo excepcionalmente provocaron la destrucción del suelo y los terrenos.

 

Durante los periodos más opresivos de la historia del antiguo Egipto y la Mesopotamia, las clases dominantes se preocupaban por mantener los canales de irrigación en buen estado y promover métodos racionales para el cultivo de plantas alimenticias. Incluso los antiguos griegos, cuya heredad estaba constituida por un suelo montañoso de escasa profundidad y sometido a marcada erosión, tuvieron la inteligencia de convertir las laderas boscosas en huertos y viñedos, que eran las formas de cultivo que admitían esas tierras.

 

Durante la Edad Media, el duro suelo europeo fue trabajado paciente y hábilmente hasta tornarlo apto para la agricultura.

 

En términos generales, el medio natural empezó a ser explotado implacablemente cuando surgieron los sistemas agrícolas comerciales y las sociedades urbanizadas en extremo. Uno de los más tristes casos de inutilización del suelo que hallamos en el mundo antiguo es el de las chacras comerciales de Africa del Norte y la Península Itálica, donde se empleaban esclavos.

 

En cuanto a nuestra época el desarrollo de la técnica y el crecimiento de las ciudades han alienado al hombre de la naturaleza, provocando su total separación de ella. El hombre occidental está encerrado en un medio urbano esencialmente artificial, se encuentra físicamente alejado de la tierra y la máquina se interpone en su relación con el mundo natural. Amén de desconocer de dónde proviene y cómo se producen la mayoría de los bienes que consume, le presentan su alimento de manera tal que conserva poco o nada de la forma del animal o la planta con que ha sido preparado. Encajonado en un medio urbano aséptico (casi institucional en forma y apariencia), el hombre moderno se ve privado incluso de actuar como espectador de la actividad agrícola e industrial que satisface sus necesidades materiales. Es pura y exclusivamente un consumidor, un receptáculo insensible. Sería injusto afirmar que no respeta su medio natural; lo trágico es que no tiene casi idea de qué es la ecología o de lo que se requiere para mantener el equilibrio del mundo que lo circunda.

 

Es preciso restaurar el equilibrio, no sólo en la naturaleza sino también entre ella y el ser humano.

 

En otro ensayo, traté de demostrar que, si no se equilibra de alguna manera la relación entre el hombre y su contorno, la especie humana corre el grave peligro de extinguirse (1). Aquí me propongo mostrar cómo puede aplicarse la nueva técnica con criterio ecológico a los fines de cristalizar el sentimiento de dependencia del hombre respecto a su medio natural; quiero probar que, al reintroducir el mundo natural en la experiencia humana, contribuiremos a la integración del hombre.

 

Los utopistas clásicos comprendieron plenamente que el primer paso en este sentido ha de consistir en eliminar la oposición entre ciudad y campo.

 

Es imposible dijo Fourier hace casi un siglo y medio, organizar agrupaciones humanas estables y bien equilibradas sin hacer entrar en juego las labores del campo, o al menos el jardín, la huerta, el ganado y la manada, el corral y gran variedad de especies tanto animales como vegetales. Consternado ante los efectos sociales de la Revolución Industrial, añadía Fourier: En Inglaterra ignoran este principio y experimentan con artesanos, únicamente con el trabajo industrial, que no basta por sí solo para mantener la unión social.

 

Aseverar que el habitante de la ciudad moderna debería gozar nuevamente de las labores del campo suena a broma. El retorno a la agricultura campesina propia del tiempo de Fourier no es posible ni deseable. Charles Gide estaba muy en lo cierto cuando señaló que el quehacer agrícola no es necesariamente más atractivo que el indústrial; la labranza ha sido siempre considerada ... como el tipo de trabajo más penoso: es el trabajo que se hace con el sudor de la frente. La idea de Fourier de que en los falansterios se cultivaran principalmente frutas y hortalizas en lugar de cereales, no es respuesta suficiente. a esta objeción. Si no nos proyectáramos más allá y recurriéramos sin más a los procedimientos actuales, la única alternativa que nos quedaría para salir de la agricultura campesina sería una forma de explotación agropecuaria muy especializada y centralizada que empleara métodos semejantes a los de la industria moderna. En realidad, de este modo, en lugar de implantar un equilibrio entre ciudad y campo, nos encontraríamos sumidos en un medio artificial que habría neutralizado totalmente al natural.

 

Si convenimos en que la comunidad debe volver a integrarse físicamente con la tierra, que ha de desenvolverse en un contorno agrícola que patentice la dependencia del hombre respecto a la naturaleza, entonces el problema reside en hallar la manera de efectuar esta transformación sin restaurar el trabajo penoso. En suma, ¿cómo podrían practicarse la labranza, las formas de cultivo ecológicas y la explotación agropecuaria en escala humana y sin sacrificar la mecanización?

 

Algunos de los procesos más promisorios logrados en la esfera de la agricultura después de la segunda guerra mundial préstanse por igual para la explotación de la tierra en pequeña escala, en sus formas ecológicas, y para el tipo de explotación comercial, con grandes establecimientos organizados a imagen de la industria, como los que se han generalizado en las últimas décadas.

 

Veamos algunos casos concretos. Las faenas del campo, pueden mecanizarse en forma racional con el inteligente aprovechamiento de máquinas y dispositivos ya existentes, que virtualmente eximirían al hombre de los trabajos rurales fatigosos. Ejemplo ilustrativo de este principio es la alimentación mecanizada del ganado. Si se interconectan varios silos de manera que se mezclen los distintos forrajes y granos y luego se transporta mecánicamente esta mezcla a los pesebres, con sólo apretar unos botones y mover unas llaves se habrá cumplido en pocos minutos una tarea que seis hombres, trabajando con horquillas y baldes, tardan medio día en realizar. Este tipo de mecanización es intrínsecamente neutro. En efecto, el sistema es aplicable a haciendas de miles de cabezas o de sólo unos cientos; permite utilizar indistintamente alimentos naturales o sintéticos, enriquecidos con hormonas; y puede utilizarse en chacras relativamente pequeñas de ganadería mixta, o en establecimientos de todo tamaño dedicados al ganado vacuno para la industria lechera o de la carne. En una palabra, este procedimiento puede ponerse al servicio de las formas de explotación comercial más abusivas o de la más sensible aplicación de los principios de la ecología.

 

Igual sucede con la mayoría de las maquinarias agrícolas creadas (en muchos casos simplemente readaptadas para su uso múltiple) en los últimos años. El tractor moderno, por ejemplo, es una extraordinaria muestra del ingenio mecánico. Los modelos de jardín pueden usarse sin dificultad para toda clase de tareas; ligeros y muy fáciles de manejar, siguen las sinuosidades del terreno más escabroso sin dañar la tierra. Los tractores grandes, especialmente los destinados a zonas cálidas, suelen tener cabinas con aire acondicionado; además del equipo de arrastre vienen provistos de accesorios para cavar agujeros para postes, realizar el trabajo de camiones recolectores y aun generar energía eléctrica para los elevadores de granos. Además, se han ideado arados aptos para hacer frente a cualquier dificultad que se presente en la labranza. Hay incluso modelos avanzados que se regulan hidráulicamente para seguir los altibajos del terreno. También se cuenta con sembradoras mecánicas para prácticamente todo tipo de cosecha; las que arrojan simultáneamente semillas, fertilizantes y plaguicidas (desde luego); conjugan varias operaciones en una sola, lo cual redunda en beneficio del suelo por evitarse el apelmazamiento que produce el paso repetido de máquinas pesadas.

 

La variedad de cosechadoras mecánicas ha alcanzado proporciones asombrosas. Hay cosechadoras para los más diversos tipos de hortalizas, bayas, vides, sembrados de campo abierto y, desde luego, cereales. Los graneros, los corrales, los depósitos, han 'sido totalmente revolucionados con los mecanismos de transporte automático, los silos herméticos, los eliminadores automáticos de estiércol, los aparatos para regular la temperatura y humedad ambientes, en fin, una lista interminable. Las cosechas se desgranan, limpian, cuentan, congelan o envasan, embolsan, empaquetan y embalan, todo ello mecánicamente. La construcción de zanjas de riego cementadas ha quedado reducida a una simple operación mecánica ejecutada por una o dos máquinas excavador as. Los terrenos de subsuelo o de desagüe malos pueden mejorarse mediante equipos removedores e implementos de labranza que penetran más allá de la primera capa de tierra.

 

A pesar de que una parte de las investigaciones agronómicas se dedican a la creación de agentes químicos perniciosos y cultivos de dudoso valor nutritivo, se han producido extraordinarios adelantos en lo que al mejoramiento genético de las plantas se refiere. Así, se han hallado muchas variedades de cereales y verduras resistentes a los insectos depredadores, a las enfermedades y al frío. En muchos casos, estas variedades representan decididamente un mejoramiento de los ancestrales tipos naturales y han posibilitado la explotación de extensas superficies desaprovechadas por falta de cultivos adecuados a sus condiciones. El plan de reforestación de la gran llanura central de EE.UU., tímidamente iniciado hacia 1920, poco a poco va transformando esa región otrora inhóspita y estéril en una planicie apta para la agricultura y ecológicamente más equilibrada. Los árboles actúan como rompevientos en el invierno y sirven de refugio a los pájaros y a los mamíferos pequeños en las épocas de calor. Contribuyen a la conservación del suelo y de la humedad, ayudan a mantener la cantidad de insectos bajo control e impiden que los vientos dañen las cosechas en los meses estivales. La aplicación de planes de este tipo podría mejorar notablemente la ecología de cualquier comarca. En cuanto al referido programa de reforestación (que se llevó a cabo en buena parte sin ayuda estatal) es uno de los pocos casos en que el hombre se ha preocupado por mejorar el medio natural para poner una zona en condiciones óptimas.

 

Detengámonos aquí para imaginar cómo nuestra comunidad libre se integrará con su medio natural. Suponemos que su instalación ha sido precedida de cuidadosos estudios acerca de su ecología natural: las condiciones atmosféricas y climáticas, los recursos acuáticos, las formaciones geológicas, las materias primas, el suelo, la fauna y la flora. El número de habitantes se mantiene conscientemente dentro de los limites impuestos por la capacidad de absorción de la zona. El aprovechamiento del suelo se rige enteramente por principios ecológicos a fin de conservar el equilibrio entre el medio geobiológico y sus ocupantes. La comunidad, de vida industrial independiente, forma una unidad bien definida dentro de una matriz natural, una unidad que se encuentra social y artísticamente en equilibrio con su contorno.

 

Muy mecanizada está la actividad agropecuaria, que procura alcanzar un máximo de variedad en lo que a cultivos, ganado y vegetación arbórea se refiere. Hay preocupación por promover la mayor diversidad de flora y fauna a fin de evitar las plagas y aumentar la belleza del paisaje. Sólo se permite la explotación agrícola y ganadera en gran escala allí donde no afecta la ecología del lugar. Por cultivarse toda clase de plantas alimenticias, la agricultura corre por cuenta de pequeñas chacras separadas entre sí por franjas arboladas, grupos de arbustos y, donde es posible, por prados y campos de pastoreo. En terreno ondulante, montañoso o accidentado, las superficies de gran declive están cubiertas de árboles a los efectos de prevenir la erosión y la pérdida de agua. El suelo es objeto de detenido estudio para destinar cada parcela al tipo de cultivo que mejor se presta a sus condiciones.

 

Se busca aunar campo y ciudad sin sacrificar ninguno de los beneficios que uno y otro pueden ofrecer a la experiencia humana. La región ecológica forma el linde social, cultural y biológico de la comunidad o del grupo de comunidades que comparten sus riquezas naturales. Cada centro comunitario está ornado de plantas, floridos jardines, atractivas alamedas, parques, e incluso arroyuelos y estanques habitados por peces y aves acuáticas. La zona rural, que provee los alimentos y las materias primas, no sólo constituye el contorno inmediato de la comunidad, tan cercano que puede llegarse a él a pie, sino que también penetra en ella. Aunque ciudad y campo conservan su individualidad, aunque se exaltan y acentúan sus atributos particulares la naturaleza está presente en todo el radio urbano en tanto que la ciudad parece haber acariciado a la naturaleza, dejando en ella un delicado sello humano.

 

Pienso que en una comunidad libre, la agricultura se practicará como si fuera una artesanía más, que servirá como expresión personal y deparará gran placer al agricultor. Este, libre de las tareas pesadas merced a la mecanización, cumplirá su labor con la misma actitud gozosa y creadora que suele ponerse en la jardinería. La agricultura será parte viva de la sociedad humana, motivo de una actividad física placentera, -en virtud de sus exigencias ecológicas- un desafío para el intelecto, la ciencia y el arte. Los miembros de la comunidad se identificarán con la vida que los rodea tan orgánicamente como la comunidad misma se funde con la naturaleza, propio del hombre desde tiempo inmemorial. La naturaleza, junto con los modos de pensamiento orgánicos que siempre nacen a su abrigo, será parte integral de la cultura humana; reaparecerá con nuevo espíritu en la pintura, la literatura, la filosofía, la danza, la arquitectura, los objetos domésticos, e incluso en los gestos y actividades cotidianas. La cultura y la psiquis humana se verán penetradas por un nuevo espíritu.

 

La región no será explotada sino utilizada lo más plenamente posible. Esto es importantísimo para que la dependencia de la comunidad respecto a su contorno se asiente sobre bases firmes para que el hombre adquiera un profundo y perdurable respeto por las necesidades del mundo natural, un respeto sabedor de que él es condición fundamental de la supervivencia y el bienestar humanos. Se procurará satisfacer las necesidades del grupo comunitario con los medios de que se disponga en la localidad, vale decir emplear las fuentes de energía, los minerales, los árboles, el suelo, el agua, los animales y las plantas con criterio racional y humano, sin violar los principios ecológicos. En lo que a esto se refiere, imagino que la comunidad utilizará nuevas técnicas actualmente en vías de desarrollo, muchas de las cuales se prestan admirablemente para una economía basada en los recursos locales. Aludo a la extracción de minerales que se encuentran diluidos o en forma de vestigios en la tierra, el agua y el aire; el aprovechamiento de la energía solar, eólica, geotérmica e hidroeléctrica; al uso de bombas térmicas, combustibles vegetales, estanques solares, conversores termo eléctricos y, eventualmente, a las reacciones termonucleares controladas.

 

Hay una especie de arqueología industrial que nos revela la existencia, en distintos lugares, de una actividad floreciente e interrumpida ha mucho por nuestros predecesores. Desde el Valle del Hudson hasta el Rin, desde los Apalaches hasta los Pirineos, hallamos restos de minas y de industrias metalúrgicas muy desarrolladas, vestigios dispersos de industrias locales y señales de un quehacer agropecuario abandonado largo tiempo atrás; todos rastros dejados por comunidades que llegaron a prosperar en base a los recursos naturales de la zona donde estaban establecidas. En muchos casos, estas comunidades comenzaron a decaer porque los productos por ellas provistos fueron radiados por industrias que contaban con un mercado nacional, se basaban en las técnicas de producción en masa y poseían importantes fuentes de materia prima. Las riquezas de que antaño gozaron esas comunidades no han desaparecido, aguardan que alguien vaya a usufructuarIas; si bien despreciables para una sociedad muy urbanizada, son eminentemente adecuadas para la comunidad descentralizada y sólo requieren la aplicación de técnicas industriales aptas para la producción de calidad y en pequeña escala. Si hiciéramos un serio inventario de los recursos existentes en muchas regiones despobladas del orbe, descubriríamos que ofrecen la posibilidad de satisfacer las necesidades materiales de una comunidad en mayor medida de lo que pudiera pensarse.

 

Con su continua evolución, la tecnología tiende a ampliar esas posibilidades locales. Como ejemplo, veremos de qué modo los progresos tecnológicos permiten utilizar industrialmente elementos al parecer inferiores e inaprovechables. Durante fines del siglo pasado y principios del actual, la cadena de Mesabi de Minnesota proveyó a la siderurgia de los EE.UU. de mineral muy rico en hierro, lo cual contribuyó a la pronta prosperidad de la metalurgia del país. Al gastarse estas reservas, no hubo más remedio que recurrir al piso taconiense, cuyo mineral metalífero apenas contiene un cuarenta por ciento de hierro. Resulta virtualmente imposible trabajar este piso con los métodos clásicos, pues un taladro de aire comprimido tarda una hora para penetrar treinta centímetros. Afortunadamente, la creación de un taladro de soplete, que horada la piedra a razón de seis a nueve metros por hora, permitió la explotación de estos yacimientos. El mineral así sacado es sometido a proceso de pulverización, separación y aglomeración, según procedimientos perfeccionados recientemente que lo hacen aprovechable para la industria siderúrgica.

 

Cuando hayamos ascendido al próximo peldaño tecnológico, tal vez descubramos la manera de extraer sustancias químicas y minerales muy diluidos o difusos de la tierra, los desechos gaseosos y el mar. Muchos de los metales más valiosos son en realidad bastante abundantes, pero se los encuentra muy diseminados o en forma de vestigios. No hay prácticamente terrón de tierra o piedra que no contenga, en orden creciente, restos de oro, uranio, ciertos elementos útiles para la industria, como son el magnesio, el zinc, el cobre y el azufre. El hierro compone el 5% de la corteza terrestre. ¿Cómo adueñarnos de todas estas sustancias? El problema ha sido resuelto, en principio al menos, por las técnicas analíticas de las que se valen los químicos para descubrirlas. Como bien dice el talentoso químico Jacob Rosin, el hecho de que sean obtenibles en el laboratorio, abona la esperanza de que alguna vez podrá extraérseles en cantidad suficiente como para abastecer a un tipo de comunidad como será la descentralizada.

 

Hace ya más de medio siglo que el nitrógeno empleado comercialmente en todo el mundo se saca de la atmósfera. El magnesió, el cloro, el bromo y la sosa cáustica se toman del agua de mar; el azufre proviene del sulfato de calcio y de los desperdicios industriales. La electrólisis de soluciones salinas podría proveer abundancia de hidrógeno a la industria, pero por lo común se lo obtiene por combustión o de las emanaciones de los procesos de obtención industrial del cloro. Si hubiera forma de recuperar el carbono contenido en el humo y evitar que se disipara en el aire con otros compuestos gaseosos, dispondríamos de enormes cantidades de este elemento, que raramente se encuentra aislado en la naturaleza. El mayor problema de los químicos consiste en hallar los medios para separar del agua de mar y de las rocas comunes las sustancias simples y compuestas de valor con energía de bajo costo. Cuéntase actualmente cón dos métodos -el intercambio iónico y la eromatografía-, que de ser perfeccionados para su uso industrial, podrían emplearse para seleccionar o separar los elementos deseados de sus soluciones; mas la cantidad de energía que requieren estos métodos involucraría gastos que sobrepasarían las posibilidades económicas de cualquier sociedad. Si no se hallan procedimientos nuevos, totalmente distintos a los conocidos, es muy difícil que las fuentes de energía de que disponemos -combustibles fósiles como el carbón y el petróleo- sirvan para solucionar el problema de la obtención de substancias químicas.

 

En realidad, no falta energía per se para realizar los sueños tecnológicos más extravagantes del hombre; sucede simplemente que estamos dando los primeros pasos en el aprovechamiento de fuentes energéticas que se ofrecen generosa e ilimitadamente. La energía de la radiación solar que llega a la superficie terrestre se estima en aproximadamente 3.200 Q, es decir 3.000 veces más de lo que cOnsume la humanidad en un año (2). Una fracción se convierte en viento o es utilizada por la vegetación para la fotosíntesis; pero de ella resta una fabulosa cantidad que, teóricamente, podría emplearse para usos industriales y domésticos. La cuestión es encontrar la manera de aprovecharla, aunque sólo fuera para satisfacer parte de nuestras necesidades. Si pudiera tomarse la energía solar para calentar los edificios, por ejemplo, el veinte o treinta por ciento de los recursos destinados a tal propósito pasarían a cumplir otras funciones. Y si también halláramos el modo de cocer los alimentos, calentar agua, fundir metales y producir energía eléctrica, necesitaríamos relativamente poco de los combustibles fósiles. Lo terrible es que en los últimos años se han creado dispositivos que permiten usar la radiación solar para los fines mencionados. Tenemos ya la forma de calentar las casas, cocinar, hervir agua, derretir metales y producir electricidad mediante artefactos que emplean exclusivamente la energía del sol; pero, desgraciadamente, esto no puede hacerse con eficacia en todas las latitudes habitadas por el hombre, de suerte que aún quedan por resolver muchos problemas técnicos a los que sólo se hallará solución mediante intensas y profundas investigaciones.

 

Hay ya varios edificios dotados de calefacción solar. En los Estados Unidos, las más famosas son las construcciones experimentales del MIT de Massachusetts, la casa Lof de Denver, las casas Thomason de Washington, D. C., y la casa con calefacción solar construida por la Asociación de Energía Solar Aplicada cerca de Phoenix, Arizona, que mereció un premio. Thomason, en cuyos edificios los gastos de combustible apenas llegan a los cinco dólares anuales, parece haber creado uno de los sistemas más prácticos existentes en la actualidad. La energía térmica del sol es recogida por una porción del techo y luego transferida por agua circulante a un tanque que se encuentra en el sótano. (Cabe añadir que esta agua puede emplearse también para enfriar la casa y, en caso de urgencia, como agua potable y para apagar incendios.) Este sistema es muy ingenioso, simple y de costo relativamente bajo. Ubicada en Washington, cerca del paralelo 40, la casa se encuentra sobre el borde de la cintura solar, que es la faja geográfica comprendida entre los paralelos 40 de latitud norte y sur, y donde mejor pueden aprovecharse los rayos solares para los usos domésticos e industriales. El hecho de que el método de Thomason sólo requiere una ínfima cantidad de combustible común suplementario, hace pensar que la calefacción solar es la ideal para las regiones de clima similar o más cálido.

 

Esto no significa, desde luego, que la calefacción solar es inaplicable en latitudes septentrionales o ep zonas más frías. En estas áreas podría utilizarse la energía radiante del sol de dos maneras: con sistemas de calefacción más elaborados que redujeran el consumo de combustible corriente a niveles próximos a los logrados con el método de Thomason o bien con sistemas simples que llenen del 10 al 50 por ciento de sus necesidades con los combustibles tradicionales. Como bien señala Hans Thirring, con el pensamiento puesto en el costo y en el esfuerzo, cualquiera sea el caso:

 

La gran ventaja que presenta la calefacción solar reside en que no hay gastos de funcionamiento, salvo los de la electricidad consumida por los ventiladores, que es verdaderamente despreciable. Por tanto, el dinero invertido en la instalación es el único gasto que insume la calefacción de la casa durante toda su existencia. Además, el sistema funciona automáticamente, sin soltar humo, hollín o vapores, y exime de trabajo como cargar la caldera, vigilar el combustible, limpieza, reparaciones, etc., etc. Un país que añada la radiación solar a sus fuentes de energía aumentará sus riquezas; y si todas las casas situadas en regiones de condiciones favorables estuvieran equipadas con calefacción solar se ahorrarían millones por año en combustible. Telkes, Hottel, Lof, Bliss y otros hombres de ciencia que están abriendo caminos en materia de aprovechamiento de la energía térmica solar son verdaderos precursores en un campo aún inexplorado de cuyas posibilidades sólo el futuro dirá.

 

Resulta significativo que los conceptos de Thirring parezcan apelar a un mundo ahogado por consideraciones de lucro (particularmente las de las industrias enriquecidas por la explotación de los combustibles corrientes), que tenga que presentar tales argumentos como justificativo para incitar al estudio de una fuente de energía vergonzosamente descuidada.

 

Actualmente la energía solar se utiliza sobre todo para cocer alimentos y calentar agua. Hay miles de cocinas solares en diversos países en desarrollo, en el Japón y en las zonas cálidas de los Estados Unidos. Una cocina solar consiste simplemente en un reflector esférico que concentra el calor en una placa que asa carne o hierve un litro de agua en sólo quince minutos cuando hay sol resplandeciente. Portátil, segura y limpia, no requiere combustible ni fósforos, ni produce humo. El horno solar portátil alcanza temperaturas de hasta 4500 y es aún más pequeño y fácil de usar que una cocina solar. La energía radiante del sol se emplea también para calentar el agua de casas privadas, edificios de departamentos, lavanderías y piscinas de natación. En Florida existen ya 25.000 dispositivos de este tipo, cuyo uso se va extendiendo también a California.

 

Los avances técnicos más impresionantes logrados en el campo del aprovechamiento de la energía solar son los dispositivos aplicables a la industria, aunque en la mayoría de los casos se trata de procedimientos auxiliares, cuando no experimentales. El más sencillo es el horno solar. Consta de un solo espejo parabólico de grandes dimensiones o, más comúnmente, de una serie de espejos parabólicos montados en una voluminosa caja. El colector recibe los rayos solares a través de un helióstato, fotmado por varios espejos reflectores pequeños dispuestos horizontalmente en fila y que siguen el movimiento del sol. Ya hay varios cientos de estos hornos en uso. Uno de los más grandes, el de Mont Louis, del doctor Félix Trombe, produce 75 kilovátios de energía eléctrica; se lo utiliza principalmente para investigacIOnes sobre temperaturas elevadas y se presta magníficamente para la fundición industrial de metales. En efecto, dado que los rayos del sol no contienen impurezas, el horno puede fundir 50 kilos de metal sin que se produzca la contaminación propia de los métodos de fundición clásicos. Un horno solar construido en Nattick, Massachusetts, por la Intendencia del Ejército de los EE.UU. entrega temperaturas de hasta 5.000°C, suficientes para fundir vigas de acero en doble T; exteriormente, semeja una pequeña pantalla cinematográfica salpicada de espejos cóncavos.

 

Los hornos solares tienen muchas limitaciones, pero no hay por qué pensar que ellas sean insuperables. Por ejemplo, su eficacia se ve apreciablemente afectada por brumas, nieblas, nubes, polvo atmosférico y vientos fuertes que desvían el equipo e impiden la exacta concentración de los rayos solares en el foco. Entre otras soluciones, se ha probado poner los dispositivos bajo techo corredizo, cubrir los espejos y alojarlos con materiales apropiados en cajas especialmente fuertes y firmes. Por otro lado, los hornos solares son limpios, eficientes, cuando las condiciones son propicias, y producen metales de gran pureza, cosa que ninguno de los hornos corrientes podría igualar.

 

Igualmente promisorios son los resultados de los intentos de convertir la energía solar en electricidad. Teóricamente, la energía que recibe un metro cuadrado de superficie sobre la que los rayos solares caen en forma perpendicular es del orden dé un kilovatiq hora. Si pensamos que en las zonas áridas del mundo hay millones y millones de kilómetros cuadrados de tierras desérticas desaprovechadas, que podrían utilizarse para producir electricidad, observa Thirring, llegaremos a la comprobación de que, con sólo ocupar el uno por ciento de esos terrenos para establecer centrales eléctricas solares, podría obtenerse una cantidad de energía infinitamente superior a la que proveen todas las centrales comunes del mundo juntas, que asciende a unos 200 millones de kilovatios. En la práctica, la idea de Thirring no pudo llevarse a cabo debido a consideraciones de costo, factores de mercado (no hay actualmente gran demanda de electricidad en los países en desarrollo que poseen esas regiones cálidas especialmente aptas para esta forma de aprovechamiento de la energía solar) y sobre todo, debido al espíritu conservador de quienes tienen en sus manos todo lo referente a la producción de electricidad. En los últimos años, el mayor interés dentro de la conversión de energía solar en electricidad se ha centrado en la creación de baterías solares, debido sobre todo a la búsqueda de elementos útiles para los vuelos espaciales.

 

Las baterías solares -empleadas con muy buen éxito en los viajes espaciales- se basan en el efecto termoeléctrico. Cuando se soldan dos barras metálicas, de antimonio y bismuto, por ejemplo, de manera que formen un circuito cerrado, si se produce una diferencia de temperatura, digamos por mayor calentamiento de uno de los metales, pasa por el circuito una corriente eléctrica. Merced al perfeccionamiento de las baterías solares, en las últimas décadas se han logrado dispositivos que tienen una capacidad de conversión de un quince por ciento; seguramente, en un futuro no muy lejano, se llegará a una eficacia del veinte al veinticinco por ciento. Las baterías solares, agrupadas en grandes paneles, se han empleado ya para alimentar autos eléctricos, botes pequeños, instalaciones telefónicas y, de una o varias juntas, para radios, fonógrafos, relojes, máquinas de coser y otros aparatos. Se cree que algún día el costo de las baterías solares se reducirá al punto que será factible utilizarlas para proveer de corriente eléctrica a las casas e incluso a pequeños establecimientos industriales.

 

Por último, hay aún otro modo de usar la energía solar; por calentamiento de una masa de agua. Hace ya tiempo que los ingenieros estudian la manera de obtener corriente eléctrica de las diferencias de temperatura provocadas en el agua del mar por los rayos del sol. Si se construyen tanques de agua que cumplan ciertos requisitos que lo adecúen para la función deseada, puede obtenerse anualmente 30 millones de kilovatios hora por cada kilómetro cuadrado de superficie de agua, rendimiento equiparable al de cualquier central eléctrica de mediana potencia que trabaje más de doce horas diarias. La corriente eléctrica se reduciría así sin gastos de combustible, con sólo poner el agua al sol, como dice Henry Tabor. El calor acumulado en el fondo del estanque se extraería haciendo circular el agua caliente por una cámara de intercambio térmico, de donde el líquido sería devuelto al estanque. Si en las comarcas calurosas, que serían las más propicias para este procedimiento, se dedicaran 25.000 kilómetros cuadrados de superficie acuática a la producción de electricidad, podría abastecerse a 400 millones de personas.

 

Las mareas representan otro recurso aún inexplorado que daría electricidad a muchas zonas costeras. Bastaría encontrar la manera de aprisionar las aguas que suben con la marea alta en una dársena natural -una bahía o desembocadura de un río, por ejemplo- para luego soltarlas durante la baja, a fin de mover las turbinas con el torrente así creado. Existen muchos lugares que presentan condiciones muy adecuadas para generar electricidad con la fuerza de las mareas. En Francia ya se ha construido una inmensa central cerca de la boca del río Rance, en St. Malo, que se espera producirá 820 kilovatios hora por año. En ese mismo país, planean levantar otro dique en la bahía del Mont Saint-Michel. Por lo que a Inglaterra se refiere, la confluencia de los ríos Severn y Wye se presta magníficamente para una central de este tipo. Tal represa proveería una cantidad de electricidad equivalente a la que se obtiene con un millón de toneladas de carbón por año. Otro lugar soberbio es la bahía de Passaquoddy, ubicada en la frontera entre Maine y New Brunswick. Otros sitios ideales se encuentran en el Golfo de Mezen, sobre la costa rusa que se abre hacia el Océano Artico, la Península de Kola y el Mar de Okhotsk. La Argentina proyecta construir un embalse en el estuario del río Deseado, cerca de Puerto Deseado, sobre el Atlántico. Muchos son los parajes marítimos que se prestarían al aprovechamiento de la fuerza de la marea, pero excepción hecha de Francia, ningún país se ha puesto seriamente a explotar esta fuente de energía eléctrica.

 

Las diferencias de temperatura del agua del mar o de la tierra podrían utilizarse para generar electricidad en cantidades considerables o producir calor para usos domésticos. En las capas superficiales de las aguas tropicales es fácil hallar diferencias de temperatura de hasta 17 grados centígrados; en el litoral de Siberia, hay en invierno diferencia de 30 grados entre el aire y el agua que se encuentra por debajo de la capa de hielo. A medida que descendemos, el interior de la tierra va aumentando su temperatura, de modo que tenemos varios niveles de diferencia térmica con respecto a la superficie. Podrían emplearse bombas de calor para producir diferencias térmicas destinadas a impulsar turbinas de vapor para la industria o simplemente para la calefacción de las casas. La bomba térmica se basa en un principio similar al del refrigerador mecánico: un refrigerante que circula por una cañería toma el calor de determinado medio, lo disipa. y vuelve a repetir el ciclo. Durante los meses invernales, se utilizarían las bombas para hacer circular pOr una cavidad poco profunda una substancia refrigerante que absorbiera el calor de las capas de tierra cercanas a la superficie y transportara ese calor a un edificio. En el verano, se invertiría el proceso; se quitaría el calor de las casas para disiparlo en la tierra. En una sociedad centralizada, que se sirve enteramente de la energía obtenida mediante el carbón, el petróleo o las reacciones nucleares, la bomba térmica parece demasiado costosa; la electricidad consumida por este aparato lo hace prohibitivamente oneroso. En una sociedad humana, descentralizada, que dispone de la energía del sol y la del viento, y en la que el factor costo queda subordinado a las necesidades del hombre, esta bomba sería un medio ideal para calentar ambientes en las latitudes septentrionales de clima templado y subártico. No se requieren costosas chimeneas, no se contamina el aire y no hay que tomarse la molestia de alimentar hornos y sacar cenizas. Si obtuviéramos electricidad o calor directo de la energía solar, la del viento o las diferencias de temperatura, el sistema de calefacción de las casas y de las fabricas se sostendría por sí solo; se ahorrarían los valiosos hidrocarburos y no se dependería de un abastecimiento externo.

 

Mencioné el viento como posible fuente de energía. En realidad, los desplazamientos del aire podrían usarse en gran escala' para suministrar corriente eléctrica a muchas regiones del globo. Cerca de 90 Q de la energía solar que cae sobre la tierra se transforma en viento. Aunque gran parte se pierde en la circulación de las capas de aire que se encuentran de 9 a 12 mil metros sobre el nivel del mar, en los estratos cercanos a la superficie de la tierra el viento despliega buena cantidad de energía aprovechable. Un informe de las Naciones Unidas, en el que se dan cifras monetarias como medida de la conveniencia y posibilidad de establecer centrales eléctricas que utilicen energía eólica, muestra que en áreas adecuadas el costo general sería de 5 milésimos de dólar por kilovatio, es decir aproximadamente el mismo que el de la electricidad generada mediante los combustibles tradicionales. Ya se han construido varias centrales movidas por el viento y los resultados son óptimos. El famoso generador de 1.250 kilovatios de Grandpa's Knob, cerca de Rutland, Vermont, proveía de corriente alternada a la Central Vermont Public Service Co. hasta que la carencia de repuestos durante la segunda guerra mundial impidió mantener las instalaciones en buen estado. Posteriormente se crearon otros generadores de mayor potencia y eficacia que aquél. Por encargo de la Federal Power Commission, P. H. Thomas ideó un molino de viento capaz de entregar 7.500 kilovatios y que requería una inversión de 68 dólares por kilovatio. Eugene Ayers señala que si el proyecto de Thomas se llevara a la práctica e insumiera el doble del gasto calculado por su creador, las turbinas de viento resultarían igualmente ventajosas respecto a las centrales hidroeléctricas, que cuestan cerca de 300 dólares por kilovatio. Hay muchos puntos geográficos que reúnen magníficamente condiciones para el aprovechamiento de la fuerza eólica con posibilidades tal vez insospechadas. En Inglaterra, por ejemplo, donde se hizo un cuidadoso estudio durante tres años a fin de determinar cuáles serían los lugares aptos para establecer instalaciones movidas por el viento, se llegó a la conclusión de que los nuevos tipos de turbinas tenían capacidad para generar varios millones de kilovatios, lo cual significaría un ahorro anual de dos a cuatro millones de toneladas de carbón.

 

No nos engañemos en cuanto a las perspectivas de la extracción de los vestigios minerales de las rocas, la absorción de energía de las radiaciones solares y del viento y el uso de las bombas térmicas: salvo el movimiento de las mareas y las aguas oceánicas, no se trata de fuentes de recursos naturales que pueden proveer las enormes cantidades de materias primas y de energía que se requieren para mantener los poblados de gran densidad demográfica y las industrias muy centralizadas. Los dispositivos solares, las turbinas de viento y las bombas térmicas sólo tienen la posibilidad de producir cantidades relativamente pequeñas de energía. Si se les emplea localmente y de modo que se complementen entre sí, llenarían ampliamente las necesidades de una comunidad pequeña; por el momento, nada anuncia que llegará a adquirir capacidad como para generar corriente eléctrica suficiente para abastecer a ciudades como Nueva York, Londres, París u otras zonas megalopólicas.

 

El hecho de que estos medios sean de alcances limitados podría representar, empero, una gran ventaja desde el punto de vista ecológico. El sol, el viento y la tierra son realidades empíricas ante las cuales el hombre se ha mostrado sensible y reverente desde tiempos inmemoriales. Estos elementos prístinos crearon en el ser humano un sentido de dependencia y de respeto frente a su medio natural, sentimiento que contuvo sus actividades destructoras. La Revolución Industrial y el mundo urbanizado que la siguió hicieron olvidar el papel de la naturaleza en la experiencia humana; literalmente, el sol quedó oculto tras una mortaja de humo, los gigantescos edificios cerraron el paso a los vientos y la tierra se vio profanada por las ciudades en expansión. La dependencia del hombre respecto al mundo se tornó invisible, más exactamente, tomó carácter teórico e intelectual, pasó a ser tema de estudio de libros de texto, monografías, conferencias y laboratorios. Cierto es que esta dependencia teórica nos dio cierto conocimiento (parcial, en el mejor de los casos) del mundo natural; pero esta parcialidad nos privó de la dependencia sensorial, del contacto directo con la naturaleza y del sentimiento de comunión con ella. Con eso perdimos parte de nosotros mismos, dejamos de ser animales sensibles. Quedamos alienados de la naturaleza. En suma, nuestra tecnología y nuestro ambiente se hicieron totalmente inanimados, totalmente artificiales, porque son algo físico, puramente inorgánico, que fomenta la desanimización del hombre y de su pensamiento.

 

El reintegrar el sol, el viento, la tierra, en fin, el mundo de la vida, al reino de la técnica, a lós medios de supervivencia del hombre, representaría una renovación revolucionaria de los lazos entre éste y la naturaleza. Y devolverle esto al hombre de manera que se despierte, en él un sentimiento de unión con la comarca donde se asienta la comunidad, un sentimiento de dependencia respecto al todo pero también respecto a una región especifica, de caracteres propios y distintivos, daria un viso verdaderamente ecológico a la reinstauración del vínculo con la naturaleza. Vemos aquí otra de las ventajas de los alcances limitados a que nos referimos antes. En efecto, es difícil que la energía solar, o la fuerza del viento o el calor tomado de la tierra bastaran de por sí y aisladamente para llenar las necesidades energéticas de la comunidad libre; en la mayoría de los casos, ésta debería recurrir a varios de dichos medios, combinándolos en distintas proporciones, según la latitud, los vientos y las reservas geotérmicas. De tal suerte, la relación del hombre con el lugar en que le toca vivir se vería reforzada por la ecología del sistema energético de que dispusiera.

 

Creo que así se logrará un verdadero sistema ecológico, un fino e inteligente entrelazamiento de recursos regionales, realzado por el continuo estudio y la modificación ingeniosa. A medida que crezca el sentimiento regionalista en la comunidad, toda fuente de recursos propia de la zona encontrará su puesto en un equilibrio natural y estable, en una unidad de elementos sociales, tecnológicos y naturales verdaderamente orgánica. El arte asimilará a la técnica y adquirirá su sentido más profundo al convertirse en arte social, en el arte de la comunidad como proceso vivo. De dimensiones pequeñas o moderadas, la comunidad libre podrá cambiar el ritmo de vida, los moldes laborales del hombre, su arquitectura, sus sistemas de transporte y de comunicación, de modo que todo retome una dimensión total y realmente moderna. El vehículo eléctrico, silencioso, lento y limpio pasará a ser el transporte intraurbano y reemplazará por completo a nuestros ruidosos, sucios y veloces automóviles. Las comunidades se comunicarán entre sí mediante monorrieles, con lo que los ferrocarriles quedarán eliminados y se reducirá la cantidad de rutas que hienden los campos. La artesanía recuperará su honrosa posición como complemento de la fábrica; será una forma de actividad artística doméstica, de la vida cotidiana. Imagino, además, que los actuales criterios de producción basados estrictamente en factores cuantitativos desaparecerán a favor de una preocupación por lograr un alto nivel de excelencia; el respeto por la durabilidad de los productos y la conservación de las materias primas desplazará al espíritu vil y mezquino que crea productos destinados a caer pronto en desuso y conduce a una insensata sociedad de consumo. La comunidad se convertirá en un hermoso escenario donde la vida se desarrollará armoniosamente, será fuente de vida para la cultura y nutrirá una solidaridad humana nacida de lo más profundo del ser individual.

 

Notas

 

(1) Ver Lewis Herber, Ecology and Revolutionary Thought, Anarchy N° 69, noviembre de 1966.

 

(2) Q equivale a 2.93 X 1014 kilovatios-hora.

 

 

 

 

 

 

 

LA TÉCNICA AL SERVICIO DE LA VIDA

 

En la revolución del futuro, la tarea fundamental de la técnica consistirá en proveer profusión de productos con un mínimo de trabajo. Propósito inmediato de esto será el posibilitar el permanente acceso del pueblo revolucionario a la liza social, el mantener permanente la revolución.

 

Hasta ahora, todas las revoluciones sociales fracasaron porque los sones del toque a rebato se veían ensordecidos por el estrépito del taller. Los sueños de libertad y de abundancia se ahogaban en la prosaica necesidad material de producir para poder sobrevivir. Una mirada retrospectiva nos muestra una triste verdad histórica: siempre que la revolución significó constante sacrificio y negación para el pueblo, las riendas del poder cayeron en manos de los profesionales de la política, de los mediocres de Termidor.

 

Hasta qué punto comprendieron esta realidad los girondinos liberales de la Convención Francesa, lo prueba el hecho de que trataran de amenguar el fervor revolucionario de las asambleas populares de París -las grandes Secciones de 1793- ordenando que las reuniones se cerraran a las diez de la noche, o, como dice Carlyle, antes de que los trabajadores vinieran ..., idea muy astuta y certera. En esencia, la tragedia de las revoluciones del pasado fue que, tarde o temprano, sus puertas se clausuraban a las diez de la noche. La función más crítica de la tecnología moderna será mantener siempre abiertas las puertas de la revolución.

 

Hace medio siglo, mientras los teóricos del comunismo y de la socialdemocracia se llenaban la boca hablando de trabajo para todos, esos magníficos locos, los dadaístas, pedían la desocupación para todo el mundo. Los acontecimientos posteriores en nada han desmerecido esta exigencia; muy por el contrario, le han dado forma y contenido. Desde ese momento el trabajo queda reducido a su mínima expresión o desaparece por entero, el problema de la subsistencia penetra el problema de la vida; y es seguro que la propia tecnología cesará de ser sierva que llena las necesidades inmediatas del hombre para convertirse en fiel colaboradora de su actividad creadora.

 

Consideremos este aspecto atentamente.

 

Estamos cansados de oír que la tecnología es una prolongación del hombre; pero esta expresión es equívoca si se la quiere aplicar a la tecnología en su conjunto. Tiene validez primordialmente en lo que atañe al taller artesanal, clásico y, quizá, a las primeras etapas del maquinismo. El artesano domina a la herramienta; su labor, sus inclinaciones artísticas y su personalidad son los factores soberanos en el proceso de producción. Aquí el trabajo no es simplemente un gasto de energía sino la obra personal y sensible de un hombre cuyo quehacer está dirigido a preparar, informar y, finalmente, embellecer el objeto que sus manos crean para uso de otros seres humanos. El artesano guía a su instrumento, y no éste al artesano. Toda alienación que pueda existir entre el artífice y lo que produce queda superado de inmediato por un juicio artístico, un juicio atinente a algo por hacer, como apuntó Friedrich Wilhelmsen. La herramienta amplía la capacidad del artesano como hombre, como humano; amplía la facultad de plasmar su arte, su propio yo creador, en la materia prima.

 

El maquinismo tiende a romper la relación íntima entre el hombre y los medios de producción. En la medida en que la máquina es un artefacto que funciona por sí mismo, obliga al trabajador a realizar tareas industriales prefijadas sobre las cuales no tiene influencia ni dominio personal alguno. La máquina se presenta como fuerza extraña, ajena y sin embargo enlazada a la producción de todo lo que hace a la supervivencia humana. Habiendo comenzado como prolongación del hombre, la técnica se transforma en una fuerza superior a éste, que orquesta su vida según una partitura compuesta por una burocracia industrial; no por hombres, lo repito, sino por burocracias, es decir por máquinas sociales.

 

Con la aparición de la máquina totalmente automática como medio de producción predominante, el hombre pasa a ser una prolongación de la máquina, no sólo de los artefactos mecánicos empleados en el proceso productor sino también de los artefactos sociales que intervienen en el proceso social.

 

El hombre deja de existir como cosa en sí en casi tOdos los aspectos. La sociedad se regimenta por una máxima despiadada: la producción por la producción misma. La degradación del ser humano en su descenso de la categoría de artesano a la de obrero, de la personalidad activa a la crecientemente pasiva, es completada por su reducción a mero consumidor: un ente económico cuyos gustos, valores, pensamiento y sensibilidad están manejados por equipos burocráticos. El hombre, estandarizado por la máquina, queda finalmente reducido él mismo a una máquina.

 

A esto tendemos. El hombre-máquina, he ahí el ideal burocrático (1). Un ideal continuamente desafiado por el renacer de la vida, el resurgimiento del espíritu joven y las contradicciones que perturban a la burocracia. Por eso, pese a oponer violenta resistencia, cada generación es sometida a un proceso de asimilación. La burocracia, a su vez, jamás hace honor a su ideal técnico. Atiborrada de individuos mediocres, yerra continuamente. Incapaz de adaptarse a las nuevas situaciones, queda siempre a la zaga; carente de sensatez, sufre de inercia social y sólo sacude su letargo por casualidad. Las fuerzas de la vida se encargan de ensanchar toda brecha que se abre en la máquina social.

 

¿Cómo podemos salvar el abismo que separa al hombre -ser vivo-, de la máquina -cosa muerta-, sin sacrificar ni a uno ni a otro? ¿Cómo haremos para que la técnica no esté sólo al servicio de la supervivencia sino de la vida plenamente humana?

 

Tonto sería responder a esto con seguridad olímpica. Al hombre liberado le sería dado escoger entre gran variedad de alternativas mutuamente excluyentes o combinables entre sí, tal vez basadas en innovaciones tecnológicas imprevisibles. Como solución drástica, la humanidad podría simplemente optar por hacer la tecnología a un lado; podría soterrar a la máquina cibernética en un submundo tecnológico, apartándola totalmente de la vida social, la comunidad y la actividad creadora.

 

Prácticamente aislada de la saciedad, la máquina trabajaría para el hombre. Ella lo haría todo, y los miembros de la comunidad libre no tendrían más que ir a recoger los productos elaborados en los establecimientos industriales totalmente automatizados, ponerlos en su canasta y llevárselos a casa.

 

La industria, como el sistema nervioso vegetativo, funcionaría por sí misma y sólo se requeriría de vez en cuando una reparación, así como sucede con nuestro organismo cuando sufre alguna enfermedad. La separación entre hombre y máquina no quedaría así salvada; simplemente se daría la espalda al problema.

 

No creo que esto sea solución para nada. Equivaldría a cerrar las puertas de una experiencia humana vital: el incentivo de la actividad productora, el incentivo de la máquina. La técnica puede cumplir un papel muy importante en la formación de la personalidad del hombre. Todo arte, como puntualizó Lewis Mumford, tiene su lado técnico: el impulso inmanente de lo espontáneo hacia la expresión ordenada, la necesidad de mantener el contacto con el mundo objetivo aún durante los momentos de subjetividad más sublimes y extáticos, la obligada contraposición a la subjetividad desordenada y una inclinación a lo concreto que responde con pareja sensibilidad a todos los estímulos y, por ende, a ninguno (2).

 

Pienso que la sociedad liberada no querrá renegar de la técnica, precisamente porque su estado de libertad le permitirá hallar el equilibrio. Tal vez elija asimilar la máquina a la artesanía artística. Esto significa que en el proceso de la producción la máquina realizará todo lo que sea trabajo mientras que el hombre se encargará de dar el toque artístico; ésta será su participación en la actividad creadora de la comunidad.

 

La rueda, por ejemplo, vino a aliviar la tarea del alfarero, quien al no tener que moldear sus cachorros con los antiguos métodos manuales, pudo trabajar más libremente; incluso el torno proporcionó al artesano cierta desenvoltura para dar forma a salientes y combas, observa Mumford.

 

Igualmente no hay razón para que no puedan usarse las maquinarias automáticas de modo que la terminación del producto, especialmente si es para uso personal, sea encomendada a los miembros de la comunidad. La máquina cargará con las labores pesadas, como las de la minería, la fundición, el transporte y la elaboración de las materias primas, y se confiarán las etapas finales de terminación artística y artesanal a las manos humanas.

 

Para construir sus grandiosas catedrales, el hombre medieval tenía que labrar piedra por piedra, dándole a todas igual forma y tamaño para lograr su perfecto ensamble; tarea ingrata, repetida y monótona, que hoy correría por cuenta de la máquina, capaz de efectuarla con la mayor rapidez y facilidad. Una vez colocados en su lugar los bloques de piedra, entraba en juego el artesano; el trabajo no humano cedía lugar al trabajo creador, propiamente humano.

 

En una comunidad liberada, la combinación de la máquina industrial con la herramienta artesanal podría alcanzar un grado de perfección, de interdependencia creadora sin paralelo en la historia de la humanidad. El retorno a la artesanía dejaría de ser el nostálgico sueño de visionarios como William Morris. Entonces sí podríamos hablar de un nuevo progreso cualitativo de la técnica, porque ella se habría puesto al servicio de la vida.

 

Habiendo adquirido un vitalizante respeto por el medio y los recursos naturales, la comunidad libre, descentralizada, dará nueva interpretación al vocablo necesidad.

 

En lugar de extenderse indefinidamente, el reino de la necesidad de Marx tenderá a contraerse; las necesidades serán encaradas desde un punto de vista humano y resueltas en base a una evaluación superior de la vida y de la actividad creadora.

 

Ya no se buscarán la cantidad y la uniformidad, sino la calidad y el valor artístico; ya no importará vender a toda costa, sino fabricar productos duraderos; ya no se producirán artículos que se modificarán sin ton ni son año tras año, sino objetos que serán apreciados por sus méritos, santificados por un sentido de la tradición y de reverencia por la personalidad y el arte de las generaciones pasadas; ya la masificación no bastardeará el gusto, y las innovaciones se harán con respeto por las inclinaciones naturales del hombre.

 

En todas las esferas se propenderá a conservar, no a dilapidar. Libre de la férula burocrática, el hombre redescubrirá la belleza de una vida material más simple, ordenada y tranquila.

 

Los vestidos, la alimentación, el mobiliario y las casas serán más artísticos, personales y espartanos. No habrá más cosas impuestas, porque todo estará destinado al hombre, hecho a su medida. El repulsivo rito de la compraventa avariciosa será suplantado por el sentido acto de hacer y dar. Las cosas cesarán de ser muleta de egos empobrecidos y nexo entre individuos informes y frustrados; pasarán a ser obra de una personalidad plenamente realizada y creadora, y el don de un yo integrado y en continua evolución.

 

La técnica humanizada podría cumplir el papel vital de unir a las comunidades entre sí. En efecto, una tecnología que se oriente a un renacer de la artesanía y se adapte a un nuevo concepto de las necesidades materiales, podrá ser también nervio y sostén de una confederación. La centralización nacional del quehacer económico e industrial involucra el peligro de hacer que la técnica trascienda la escala humana, se expanda ilimitadamente y se preste a los manejos burocráticos. En la medida en que la comunidad pierda el dominio material de las cosas, tanto en lo técnico como en lo económico, las instituciones centralizadas acrecentarán su poder sobre la existencia humana y amenazarán transformarse en fuerzas de coerción.

 

Para que la técnica esté al servicio de la vida debe asentarse en la comunidad, conformarse a las necesidades de ésta y mantenerse dentro de una escala regional.

 

No obstante, si varios grupos comunitarios compartieran las fábricas y los recursos zonales se promovería la solidaridad entre ellos, surgiría una confederación basada no sólo en la comunidad de intereses culturales y espirituales sino también de necesidades materiales. Según sean los recursos y el carácter particular de cada región, puede lograrse un equilibrio racional y humano entre la autarquía, la confederación industrial y la coordinación nacional de la economía; de todos modos, el peso de la vida económica debe ser llevado fundamentalmente por las comunidades, tanto por separado como en grupos regionales.

 

¿Es la sociedad tan compleja que una civilización avanzada no se concilia con una técnica descentralizada y puesta al servicio del hombre?

 

Mi respuesta es un categórico ¡no! Gran parte de la complejidad social de nuestro tiempo proviene del papeleo, los manejos administrativos, las maniobras y el constante desperdicio de la empresa capitalista. El pequeño burgués mira con reverencia los archivos burgueses: las filas y filas de armarios repletos de facturas, libros de contabilidad, pólizas de seguros, formularios de impuestos ... y los inevitables expedientes. Admira fascinado la sabiduría de los directores de la industria, los ingenieros, los traficantes de la novedad, los dictadores de las finanzas y los arquitectos de un mercado que todo lo acepta. Se inclina incondicionalmente ante la superchería del Estado: la policía, los tribunales, las cárceles, las oficinas nacionales, las secretarías, todo el repugnante, relajante aparato de coerción, control y dominio. La sociedad moderna es increiblemente compleja -de una complejidad que sobrepasa la comprensión humana- si admitimos que sus premisas son la propiedad, la producción por la producción misma, la competencia, la acumulación de capitales, la explotación, las finanzas, la centralización, la coerción, la burocracia; en suma, la dominación del hombre por el hombre.

 

Ligadas a cada una de estas premisas tenemos las instituciones que le dan forma concreta, a saber las oficinas, el plantel de millones de empleados, los formularios y cantidades siderales de papeles, escritorios, máquinas de escribir, teléfonos y, naturalmente, hileras de ficheros.

 

Como en las novelas de Kafka, son reales, pero parecen sombras indefinibles que oscurecen el paisaje social con su presencia de pesadilla. La economía tiene mayor realidad y es fácil de dominar con la mente y los sentidos. Pero ella también resulta intrincada si aceptamos que los botones han de venir en mil formas distintas y las telas, en infinita variedad de calidades y diseños para crear la ilusión de la novedad y la renovación, que los botiquines deben estar llenos hasta el tope de una fabulosa diversidad de productos farmacéuticos y lociones, y las cocinas atiborradas de infinito número de tontos adminículos (recordemos el abrelatas eléctrico); en fin, una lista interminable (3).

 

Si de este odioso cúmulo de basuras, seleccionáramos un par de artículos de buena calidad de cada una de las categorías más útiles, y si elimináramos la economía monetaria, el poder estatal, el sistema de créditos, el papeleo y la policía necesarios para mantener a la sociedad en una forzada situación de necesidad, inseguridad y sojuzgación, la sociedad adquiriría características razonablemente humanas y se simplificaría en grado sumo.

 

No es mi intención réstar importancia al hecho de que detrás de cada metro de cable eléctrico de calidad hay minas de cobre, las maquinarias requeridas para su explotación, fábricas de material aislante, complejos donde se funde y moldea el cobre, sistemas de transporte para distribuir el producto final; y que a su vez detrás de todo esto, hay otras minas, fábricas, talleres, etc., etc.

 

Los yacimientos de cobre explotables mediante las maquinarias existentes no se encuentran en cualquier parte, aunque es posible obtener del material de deshecho de las actividades de la sociedad actual cobre y otros metales útiles en cantidades suficientes como para proveer a las necesidades de las generaciones futuras. Pero admitamos que el cobre entre en la categoría de las materias que sólo pueden ser proporcionadas por una organización nacional central. ¿Sería tal organismo central absolutamente imprescindible? De ninguna manera. En primer lugar, las comunidades libres y autónomas que posean cobre podrán entregar el metal a otras que no lo tengan y recibir en cambio otros productos equivalentes. El trueque no ha menester de la mediación de instituciones burocráticas centralizadas. En segundo lugar, cosa quizá más significativa, una comunidad que viva en una región rica en cobre no limitará su quehacer económico a la minería, la cual sólo será uno de los ingredientes de un todo más amplio, pleno y orgánico. Lo mismo vale para las comunidades que se desenvuelvan en climas especialmente propicios para el cultivo de plantas difíciles de obtener, o para las que cuenten con elementos poco comunes y sumamente valiosos para la sociedad en su conjunto.

 

Cada comunidad gozará de una autarquía local o regional casi completa y, quizá, en muchos casos, absoluta. Tratará de llegar a constituirse en unidad integral, no sólo porque ello le otorgará la independencia material (por importante que ella sea), sino también porque es en esa unidad, que el hombre logrará su plenitud, viviendo en relación simbiótica con su contorno. Aun cuando una parte considerable de la economía caiga dentro de la esfera de un organismo nacional, el peso económico general de la sociedad recaerá siempre sobre la comunidad. Cuando las comunidades sean lo que deben ser, ya una parte de la humanidad no tendrá que sacrificarse en aras de los intereses de la humanidad toda.

 

En el fondo de la conducta humana existe un septido básico de decencia, sentimiento solidario y ayuda mutua. Aun en esta horrible sociedad burguesa, no es raro que un adulto auxilie a un niño en peligro a pesar de arriesgar con ello su propia vida; no extraña que un minero desafíe a la muerte para rescatar a sus compañeros atrapados en un derrumbe o que un soldado cruce la línea de fuego para poner a salvo a un camarada herido. Lo que sí nos choca es ver que muchas veces se niega ayuda; es enteramos, por ejemplo, de que en un vecindario de clase media nadie quiso acudir a los gritos de socorro de una muchacha a quien asesinaban.

 

Sin embargo, nada hay en nuestra sociedad que parezca fomentar y asegurar el más mínimo grado de solidaridad. Si alguna manifestación solidaria hay, ella se da pese a la sociedad, contra su realidad, como interminable lucha entre la decencia innata del hombre y la indecencia inmanente de la sociedad. ¡Cómo se comportarían los seres humanos si su decencia interior tuviera oportunidad de entrar en pleno ejercicio, si la sociedad se ganara el respeto y aun el amor del individuo!

 

Somos todavía los retoños de una historia innoble, tinta en sangre, llena de violencia: somos el producto de la dominación del hombre por el hombre. Tal vez nunca logremos acabar con ella; tal vez el futuro sólo encierre para nosotros y nuestra falsa civilización un ocaso de los dioses como el de la Tetralogía wagneriana. ¡Cuán inútil y tonto habrá sido todo! Pero también se nos ofrece la alternativa de poner punto final a tal dominación, en cuyo caso conseguiríamos por fin romper las cadenas que nos atan al pasado y establecer una sociedad anarquista, humana. ¿No sería el colmo del absurdo, del descaro, valorar la conducta de las generaciones futuras con los mismos criterios que despreciamos en nuestro tiempo? ¡No más preguntas ingenuas!

 

Los hombres libres no serán codiciosos, una comunidad liberada no pretenderá dominar a las otras porque puede tener el monopolio del cobre, el experto en computadoras no intentará esclavizar al mecánico, ya no se escribirán sentimentales novelas acerca de desfallecientes vírgenes tísicas. Sólo una cosa hemos de pedirle a los hombres libres del futuro: que nos perdonen el haber dilatado tanto las cosas y haberlas hecho tan difíciles. Como Brecht, podemos rogarles que se esfuercen por mirarnos con ojos benévolos, que se muestren comprensivos para con nosotros y entiendan que vivimos sumidos en los abismos de un averno social.

 

Pero, a qué preocupamos, si ellos seguramente sabrán qué pensar sin que nosotros se lo digamos.

 

Notas

 

(1) El hombre ideal de la burocracia policial es un individuo cuyos pensamientos íntimos pueden ser invadidos con detectores de mentiras, artefactos electrónicos que captan las conversaciones y drogas de la verdad. El hombre ideal de la burocracia política es un individuo cuya vida íntima puede ser moldeada mediante sustancias químicas capaces de producir mutaciones genéticas y que en lo social es asimilado por los medios de comunicación masivos. El hombre ideal de la burocracia industrial es un individuo cuya vida íntima puede ser invadida con la propaganda subliminal, de segura eficacia. El hombre ideal de la burocracia militar es un individuo cuya vida íntima puede ser invadida por una regimentación que ordena el genocidio. Por eso el hombre es clasificado, prontuariado y movilizado en campañas que van desde la caridad hasta lo bélico. El horrible desprecio por la personalidad humana implícito en estos ideales, estudios y campañas crea el clima moral propicio para el asesinato en masa, para actos de los cuales los acólitos de Stalin y Hitler no fueron más que precursores.

 

(2) La expresión subjetividad desordenada pertenece a Mumford, pero la defenderé a muerte, aun cuando resulte ofensiva para las personas por quienes siento la mayor afinidad. Me refiero a los radicales subversivos: los artistas, poetas y revolucionarios que buscan las experiencias extáticas, alucinantes, en parte para encontrarse a sí mismos y en parte como reacción de rebeldía contra las exigencias de un mundo grotescamente burocratizado e institucionalizado. Como estado permanente y fin en si mismo, la subjetividad desordenada puede conducir a igual grado de deshumanización que la sociedad más burocrática de la actualidad. Puede llegarse a un punto en el que no haya diferencia intrínseca entre una y otra, en el que ambas se unan en el precepto: la alucinación por la alucinación misma. El sistema sólo puede salir ganancioso con la mistificación de la realidad existente. ¿Qué más alucinante que la producción por la producción misma, el consumo por el consumo, la desenfrenada acumulación de dinero, el culto de la autoridad y el Estado, el miedo de hacer frente a la vida real que invade el alma del pequeño burgués? La naturaleza genera el orden dialécticamente, a través de la espontaneidad. Al tratar de extinguir la espontaneidad y someter al hombre a una tiranía burocrática, la sociedad actual produce desorden, violencia y crueldad. Distingamos orden de burocracia a fin de dar una visión exacta de nuestra sociedad: ella no es ordenada sino burocrática, no es práctica pues desborda de alucinantes símbolos de poder y riqueza, no es real y racional en el sentido hegeliano sino fetichista y lógica únicamente en su mantener una fatal coherencia vacía de verdad. ¡Volver a lo dionisíaco y órfico, 'sí! !A los claustros y al medioevo, jamás!

 

(3) Para mayor ilustración, léanse los avisos de las revistas femeninas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

AUTOGESTIÓN Y NUEVA TECNOLOGÍA

 

El concepto de autogestión, en toda la riqueza y variedad de sus significados, ha estado siempre estrechamente relacionado con la idea de progreso técnico; a menudo, hasta tal punto, que a esta conexión no se le ha prestado la atención específica que merecería.

 

No pretendo proponer una teoría -inevitablemente tosca y reductiva- basada sobre el determinismo tecnológico. Está claro que el hombre es un ser social que crea valores, instituciones y relaciones culturales que favorecen o impiden la evolución técnica.

 

Viene ahora al caso, recordar que invenciones técnicas consideradas de importancia vital para el capitalismo y la sociedad industrial (como, por ejemplo, la máquina de vapor), ya eran conocidas en la civilización helénica hace más de dos mil años. El que esta fuente vital de energía haya sido siempre considerada poco más que un juguete, demuestra claramente qué enorme influjo han tenido los valores y las culturas de la antigüedad en el desarrollo de la técnica y, particularmente, en los periodos históricos no caracterizados por una mentalidad mercantilista.

 

Sin embargo, sería igualmente prueba de escaso valor y, en cierto sentido, sería también reductivo no reconocer que la técnica, al tiempo que se consolidaba en una u otra forma, ha contribuido ampliamente a hacer que el hombre definiera e interpretase el concepto de autogestión. Esto es cierto sobre todo hoy que la autogestión se entiende en sentido preferentemente económico, como control obrero, democracia industrial, participación económica e incluso, por parte del anarcosindicalismo, como propuesta revolucionaria de colectivización económica.

 

Veremos después cómo esta interpretación puramente economicista de la autogestión ha conseguido quitar cualquier valor a las restantes interpretaciones del término, es decir a aquellas formas de organización que se remontan a las confederaciones municipales de la sociedad medieval, a las secciones de la Francia revolucionaria de 1793 y a la Comuna de París. Sin embargo, hay una cosa que está clara: cuando se habla de autogestión hoy, nos referimos a una forma determinada de sindicalismo. Nos referimos a una concepción económica relativa a la organización del trabajo, al empleo de las máquinas y los aparatos, al uso racional de los recursos materiales. En resumen, nos referimos a la técnica.

 

Sin embargo, si apelamos a la técnica abrimos el camino a una serie de paradojas que no pueden liquidarse con bonitos artificios retóricos o con moralismos de andar por casa. Si el papel de la técnica en el desarrollo de la sociedad y del pensamiento a menudo ha sido sobrevalorado por escritores de diversas tendencias en el campo social, como Marshall MacLuhan y Jacques Ellul, no por ello se puede ignorar su influencia en el proceso de formación de las instituciones sociales y de las orientaciones culturales.

 

El significado exquisitamente economicístico que tan a menudo atribuimos al término autogestión, constituye, por sí mismo, una clara demostración de la medida en que la sociedad industrial tiende a industrializar su propio lenguaje (1.

 

El término autogestión se disocia intelectualmente en sus dos componentes, ideológicamente contrapuestas la una a la otra. La gestión tiende a prevalecer sobre el auto (de sí, pará sí); la administración tiende a asumir el control sobre la autonomía del individuo.

 

Gracias a la influencia ejercida por los valores tecnocráticos sobre el pensamiento del hombre, la individualidad -que reviste una importancia fundamental en la concepción libertaria de la organización de la vida en todos sus aspectos-, tiende a ser sustituida, con un juego sutil pero inexorable, por las virtudes de eficaces estrategias administrativas. Como consecuencia, se va promoviendo la autogestión no tanto con finalidad libertaria cuanto por metas funcionales, y esto ocurre incluso en los sindicalistas más comprometidos.

 

Se nos empuja a creer que lo pequeño es hermoso porque eso presupone el concepto de energía más que el de una dimensión humana capaz de hacer la sociedad comprensible y controlable por todos. La iniciativa individual autónoma y la autogestión se ven como aspectos de la logística industrial para la solución de problemas no morales ni sociales, sino económicos y técnicos. Y por eso, la propia sociedad tecnocrática, negadora de la individualidad del hombre, propone los términos del discurso para quien quiere sustituirla por una sociedad más libertaria. Es la propia sociedad tecnocrática quien estimula la sensibilidad de sus más feroces adversarios, quien establece los parámetros de la crítica y de la práctica subversiva industrializando el sindicalismo.

 

No menos paradójica parece la limitada naturaleza del propio concepto de autogestión cuando demuestra que no es capaz de poner a discusión sus propias premisas tecnológicas.

 

¿Podemos quizá afirmar, sin temor a desmentidos, que las empresas colectivizadas, controladas por los trabajadores, han cambiado de forma decisiva el status social, cultural e intelectual de los obreros? ¿Las fábricas, las minas y las grandes empresas se han transformado, quizá, en paraísos libertarios sólo porque están dirigidas -incluso anárquicamente- por comités obreros? ¿Eliminando la explotación económica nos hemos liberado realmente de la dominación social? ¿Haciendo desaparecer las clases hemos destruido las estructuras jerárquicas? En resumen: ¿las técnicas de hoy pueden continuar siendo substancialmente las mismas si los hombres que las controlan deben transformar profundamente su propia naturaleza de seres humanos?

 

He aquí que los conceptos de control obrero, democracia industrial y participación económica, deben enfrentarse con la explotación tecnológica en sus formas más acérrimas. Quizá la crítica más convincente al concepto sindicalista de organización económica está representada, precisamente, por la evidencia del carácter intrínsecamente autoritario de la tecnología. Una crítica tal se ha avanzado, como veremos, no sólo por los ideólogos de orientación claramente burguesa, sino también por los presuntos exponentes del área radical.

 

Desde cualquier perspectiva política, esta crítica se sostiene en la común convicción de la neutralidad social de la tecnología. La concepción funcional según la cual la tecnología no es más que el instrumento inanimado a través del cual se realiza el metabolismo del hombre con la naturaleza, es ampliamente aceptada y asumida.

 

Que las fábricas sean los lugares de la autoridad se considera como un hecho natural (es decir, un hecho que trasciende la esfera ética y es independiente de cualquier consideración de carácter social).

 

Desgraciadamente cuando se sacan de su contexto histórico y social las consideraciones éticas sobre la tecnología, tienden a prevalecer las meramente funcionales (y es por el mismo motivo por el que desaparecen las primeras): unas y otras, de hecho, dan por descontado que la tecnología es un hecho puramente proyectual, algo dado que puede ser más o menos eficiente.

 

Sólo muy recientemente se ha comenzado a poner en duda este carácter de cosa dada" atribuido a la tecnología, y se ha visto, en particular, a propósito de las instalaciones para la explotación de la energía nuclear. Después del método de Three-Mile-Island,en Harrisburg, ha comenzado a difundirse la idea de que incluso el átomo pacífico es, por su naturaleza intrínseca, un átomo demoníaco. Lo que es particularmente significativo a propósito de este incidente nuclear, es el hecho de que los críticos de la energía atómica hayan conseguido atraer la atención pública sobre las nuevas tecnologías, ecológicas e implícitamente más humanísticas, que solamente esperan ser perfeccionadas y aplicadas.

 

La distinción entre tecnologías buenas y malas -o sea, la valoración del progreso técnico en términos éticos-, está hoy más viva y difundida de cuanto lo había estado nunca, desde los tiempos de la primera revolución industrial.

 

Lo que quería resaltar aquí es la necesidad, para quienes luchan en favor de la autogestión, de luchar sobre bases éticas, como hacen los que se oponen a las centrales nucleares. Aparte, también quería verificar si las fábricas, las minas y las empresas agrícolas modernas, pueden ser legítimamente consideradas lugares en los cuales aplicar el concepto anarquista de autogestión (y en caso contrario, cuáles son las posibilidades alternativas de legitimar este concepto a un nuevo nivel ético, social y cultural).

 

El problema es hoy más importante que nunca porque la autogestión está siendo cada vez más, reducida a un puro problema técnico relativo a la dirección empresarial, y, por tanto consonante con los sectores más sofisticados de la burguesía y de los movimientos neo-marxistas.

 

El control obrero puede incluso entrar a formar parte de las más normales estrategias de dirección empresarial, con tal de que los trabajadores no aspiren a convertirse en algo diferente. Puede ser incluso deseable -e incluso productivo- que sean ellos quienes tomen las decisiones, a pesar de lo extremado que resulte su lenguaje y lo originales que sean las instituciones por medio de las cuales gestionen la empresa, con tal de que contribuyan a la racionalización técnica de las operaciones industriales.

 

Sin embargo, si la autogestión no es más que una manera diferente de gestionar las formas tecnológicas existentes; si el trabajo de gestionar se limita a ser socializado o colectivizado, en lugar de transformarse en una forma significativa de expresiqn autónoma (y si estos íntimos, e incluso diría insidiosos, cambios de las condiciones materiales de vida coinciden con la idea de libertad), entonces la autogestión se convierte en un objetivo privado de todo valor.

 

Desde este punto de vista, si incluso la libertad debe ser recuperada por la semántica tecnocrática, es necesario reexaminar a fondo el propio concepto de autogestión. Y lo mejor será que analicemos, y muy a fondo, los dos elementos del término autogestión -sobre todo en relación con el progreso tecnológico-, antes de sintetizarlos de nuevo en un ideal libertario.

 

El auto deriva del concepto helénico de autonomía, de autogobierno (self-rule) del individuo. Es sobre el térmmo gobierno que queremos insistir. Hoy, el significado que se atribuye al término autonomía, es decir el de simple independencia, testimonia nuestra tendencia a reducir en sentido economicista términos que tenían un valor bien distinto en épocas históricas ajenas a la mentalidad mercantilista.

 

Para los griegos, los conceptos de individualidad y de gobierno, de gobierno social, estaban estrechamente relacionados, y se valoraba la capacidad del individuo para participar directamente en el gobierno de la sociedad, antes incluso de que estuviera en condiciones de resolver sus intereses económicos. El propio término economía tenía una connotación más doméstica -relativa al oikos- que social, y las actividades a que se refería, aunque necesarias, se consideraban, en cierto sentido, inferiores en relación a las concernientes a la participación en la vida comunitaria de la polis.

 

La individualidad, por tanto, estaba ligada no tanto a la organización de la vida material, como al poder del ciudadano en la gestión de la vida social. En efecto, la capacidad de ejercitar poder en el interior de la sociedad -la posibilidad de ser un individuo-, presuponía una libertad material garantizada por una eficiente gestión de la economía doméstica. Pero dado que la oikos estaba garantizada, la individualidad presuponía mucho más, y este más asume un enorme significado en nuestros días que han reducido el ego a la impotencia y la individualidad a un eufemismo para definir el egoísmo.

 

Para empezar, la individualidad suponía el reconocimiento de la competencia individual. El concepto de autonomía, de autogobierno, habría perdido todo significado si la confraternidad de individuos que constituían la polis helénica (y en particular la democracia ateniense), no hubiera estado formada por hombres de carácter fuerte, capaces de cumplir las enormes responsabilidades de gobierno.

 

En resumen, la polis se basaba en la seguridad de que sus ciudadanos podían ser investidos de poder porque estaban dotados de las capacidades individuales necesarias para gestionarlo de un modo digno. La educación de los ciudadanos en el gobierno era, por ello, una educación en la competencia, en la inteligencia, en la probidad moral y el compromiso social. La ecclesia de Atenas, la asamblea popular de los ciudadanos que se reunía al menos cuarenta veces al año, era el banco de pruebas de esta educación; la verdadera escuela, en cambio, era el agora, la plaza pública donde se desarrollaban todas las transacciones de negocios y las discusiones. La individualidad se originó, sobre todo, por una política de la personalidad, y no por un proceso de producción (2). Desde un punto de vista etimológico no tiene casi sentido disociar el término auto de la capacidad de ejercitar un control sobre la vida social, de gobernar en el sentido que entendían los griegos. Si disminuimos su significado caracterial -de sus connotaciones fuerza y probidad moral-, la individualidad se convierte en sinónimo de puro egoísmo, de aquel semblante de personalidad humana, neurótico y vacío como una cáscara., que yace entre las basuras de la sociedad burguesa como una escoria de la producción industrial.

 

Quitar a la autonomía individual estas connotaciones personales significa desnaturalizar, irresponsablemente, el sentido de las palabras formadas por el prefijo auto. La iniciativa autónoma, para usar otro termino corriente, implica la activación de estas fuertes cónnotaciones personales de los procesos sociales. También ésta se basa en una política de la. personalidad que educa al individuo y lo hace capaz de intervenir directamente para modificar el curso de los acontecimientos sociales y, en el plano activo, tomar parte en una práctica social común. Sin la capacidad personal de juicio, la fuerza moral, la voluntad y la sensibilidad para actuar en este sentido total y directo, el individuo se atrofiaría y su actividad se reduciría a una relación de obediencia y mandato. En este sentido, iniciativa autónoma solamente puede querer decir acción directa. Pero la acción directa como norma puede entenderse solamente como práctica del individuo comprometido en el proceso social que estos mismos términos presuponen. El auto, la educación en la individualidad y su ejercicio -casi un entrenamiento cotidiano para la formación de la personalidad individual-, constituyen un fin en sí, el momento culminante de lo que tenemos la costumbre de definir como proceso de auto-realización.

 

La organización anárquica, con su política de acción directa, es, por definición, el instrumento educativo para la consecución de estos antiguos objetivos. Es el agora donde, como antaño, se realiza la política de la personalidad. En su medio, los grupos de afinidad representan una forma de asociación única en su género, fundada sobre el reconocimiento de la capacidad y la competencia de todos sus miembros o, por lo menos, sobre el reconocimiento de la necesidad de alcanzar este nivel de individualidad.

 

Cuando estos grupos cesan de ejercitar su obra educativa en este sentido, se convierten en otra cosa. Peor aún, producen militantes y no anarquistas, subordinados y no individuos. En su acepción ideal, el grupo anarquista de afinidad es una asociación sobre bases éticas de individuos libres y dotados de gran fuerza moral, con capacidad para autogobernarse consensualmente utilizando y respetando las respectivas capacidades y competencias. Sólo si alcanzan esta condición, y consecuentemente, sólo si alcanzan a través de un proceso revolucionario el estado de individuos, sus miembros pueden definirse como verdaderos revolucionarios: ciudadanos de una futura sociedad libertaria.

 

He tratado estos aspectos del problema del auto, de la autonomía individual -y sólo la escasez de espacio me impide profundizarlos ulteriormente como merecerían-, porque se han convertido en los puntos débiles del concepto de autogestión. Hasta que no se haya alcanzado, al menos, a un nivel mínimo, este grado de individualidad, el concepto de autogestión continuará siendo una contradicción en sus términos.

 

La autogestión, si no existen individuos capaces de gestionarse autónomamente, corre el riesgo de transformarse en cualquier cosa que sea exactamente su opuesto: una jerarquía basada en la pbediencia y el mandato.

 

La abolición de las clases no compromete mínimamente la existencia de estas relaciones jerárquicas. Estas pueden subsistir en el interior de la familia, entre los sexos y entre los diferentes grupos de edad, entre los grupos étnicos y en el interior de los organismos burocráticos, lo mismo que en los grupos sociales administrativos que pretenden realizar la política de una organización o de una sociedad libertaria.

 

Ninguna organización social, ni siquiera los más intransigentes grupos anarquistas, pueden ser inmunizados contra el virus de la jerarquía, si no es a través del filtro de la autoconsciencia, derivada de la autorrealización de las potencialidades existentes en cada individuo. Este es el mensaje que todas las filosofías occidentales, de Sócrates a Hegel, nos han lanzado. Su llamada al discernimiento y a la autoconsciencia como únicas vías para acceder a la verdad y a la iluminación interior del conocimiento, tienen hoy un valor aún mayor del que tenía en épocas remotas, y socialmente menos confusas, que la nuestra.

 

Antes de examinar los problemas que plantea la tecnología en el proceso de autoformación, es importante recordar que el concepto de auto-gobierno -de autonomía-, precede históricamente, al más moderno de autogestión.

 

Paradójicamente, es significativo el hecho de que hoy autonomía sea sinónimo de independencia, con referencia al ego materialista. burgués, más que al individuo comprometido socialmente. El auto-gobierno se entiende para toda la sociedad en su conjunto y no sólo para la economía. La individualidad helénica encontraba su expresión más plena en la polis sobre la oikos, en la comunidad social sobre la comunidad técnica. Si rozamos apenas los confines de la historia, la autogestión se nos aparece como forma de gobierno de los pueblos, de los barrios y de las ciudades. La esfera técnica es del todo secundaria en relación con la esfera social.

 

En las dos revoluciones que inauguran la era moderna de la política del siglo -la americana y la francesa-, el concepto de autogestión nace de las asambleas ciudadanas libertarías que se reúnen por todas partes, de Boston a Charleston, y de las secciones populares de los barrios de París. La naturaleza profundamente cívica de esta autogestión'contrasta netamente con aquella, puramente económica, que hoy se le atribuye. En sus escritos, Kropotkin discutió ya ampliamente este problema,y no es el caso de profundizado más en este trabajo con otros ejemplos. Queda, sin embargo, el hecho de que en la práctica libertaria, el concepto de autogestión tiene un significado mucho más amplio y profundo del que se le da corrientemente en nuestros días.

 

En esta transformación la tecnología ha jugado un papel mucho más determinante que el que se le atribuye. Los procesos de producción artesanal de las sociedades pre-capitalistas garantizaban siempre un espacio material para el desarrollo subterráneo de un proceso libertario, incluso cuando la centralización política del Estado se encontraba notablemente desarrollada. En la pase de las instituciones imperiales de las naciones europeas y asiáticas, se encontraban sistemas de organización social como los clanes, los pueblos y las confraternidades, que ni los ejércitos, ni los onerosos impuestos sobre la producción agrícola, podían destruir. Tanto Marx como Kropotkin han descrito, en sus obras, esta estructura social arcaica -un mundo antiguo-, prácticamente inmóvil y aparentemente anónimo, inmutable e indestructible.

 

La polis helénica, y la congregación cristiana añadieron al cuadro el toque de individualidad -de autonomía y de autoconsciencia-, a fin de que el concepto de autodeterminación no brillara demasiado en un mundo netamente caracterizado en sentido individualista. En las democracias urbanas de la Europa central y de Italia, como en las polis griegas, la autodeterminación municipal de la ciudad, con dimensiones apropiadas a la medida del hombre, floreció, si bien por poco tiempo, en su significado más completo. Se habían puesto así las bases de aquel individualismo socialmente comprometido que caracterizaría, algunos siglos más tarde, el espíritu de la revolución americana y francesa, y habría definido, en nuestra época, las concepciones más avanzadas de autonomía individual, de sociabilidad, de autogestión.

 

No es posible, ni social ni tecnológicamente, regresar a aquellas épocas del pasado. Sus límites los tenemos hoy demasiado claros para que se pueda justificar la más mínima nostalgia del tiempo que fue. Pero las fuerzas sociales y tecnológicas que han causado la ruina de aquellos valores son mucho más transitorias de lo que generalmente pensamos.

 

Me limitaré aquí a tomar en consideración las dimensiones tecnológicas del problema, dejando aparte los aspectos institucionales.

 

Entre todos los elementos de transformación tecnológica que separan nuestra época del pasado, la invención más importante es precisamente aquella que tiene menos características mecánicas: la fábrica.

 

A riesgo de parecer exagerado, querría afirmar aquí que ni la máquina de vapor de Watt, ni el convertidor de Bessemer, tuvieron un significado y un peso similares al simple proceso de racionalización del trabajo, de su transformación en una máquina industrial para la producción de bienes de consumo. La mecanización, en el sentido convencional del término, favoreció enormemente este proceso -pero fue la sistemática racionalización de la fuerza de trabajo al servicio de una cada vez mayor especialización productiva, la que demolió completamente la estructura tecnológica de las sociedades autogestionadas, y acabó con la habilidad profesional del trabajador en singular-, o sea, la autonomía individual en la esfera económica.

 

Parémonos un momento a pensar en el significado de estas afirmaciones.

 

El artesanado se basa sobre la habilidad manual del singular y sobre el uso de pocos instrumentos y aparatos. Pero sobre todo, es importante la habilidad del singular: el ejercicio y la experiencia en las expresiones manuales, a menudo con connotaciones culturales; la habilidad en el uso de las manos y la coordinación de los movimientos; la reacción a una vasta serie de estímulos y la expresión original de la propia individualidad. La atmósfera es aquella de los cantos del trabajo, la espiritualidad aquella inserta en el placer de disfrutar y plasmar las posibilidades latentes en las materias primas, para conseguir formas útiles y agradables. No es casualidad que, según Platón, la divinidad no sea más que un artesano que imprime forma a la materia.

 

Es evidente cuáles son los presupuestos sobre los que se fundan las líneas características de esta actividad: un virtuosismo personal lleno, profundo, que no es puramente técnico, sino ético, espiritual y estético. La dimensión artesana es amor, y no esclavitud del trabajo. Estimula y agudiza los sentidos, no los obstruye. Da, en lugar de arrebatar, dignidad al hombre. Libera el espíritu, no lo esteriliza. En el campo técnico, constituye la expresión por excelencia de la individualidad, de la caracterización personal, de la conciencia, de la libertad. El sentido de estas palabras se desprende de cualquier obra de arte y de cualquier objeto de buena producción artesanal.

 

El trabajador en la fábrica no tiene más que una lejana memoria, y vive sobre ella. El alboroto de la fábrica ahoga cualquier pensamiento, por no hablar de los cantos; la división del trabajo no permite al obrero ninguna relación con lo que produce; la racionalización del trabajo obtura los sentidos y agota el cuerpo. No hay ningún espacio en la fábrica para las formas de expresión del artesano -por el arte o la espiritualidad-, sino únicamente una interacción con los objetos que reduce a objeto al propio trabajador. La distinción entre obrero y artesano no necesita muchas explicadones. Pero hay dos buenos motivos para considerar una verdadera calamidad, tanto desde el punto de vista social como desde el caracterial, la transformación de la producción artesanal en producción manufacturera. En primer lugar la deshumanización del obrero y su transformación en elemento de una masa; en segundo lugar, la reducción del trabajador a elemento de una estructura jerárquica.

 

Es bastante significativo que Marx y Engels hayan adoptado la involución del artesano en obrero como prueba de la naturaleza intrínsecamente revolucionaria del proletariado. Y precisamente en esta burda mistificación del destino del proletariado es en la que, a menudo, el sindicalismo sigue la vía trazada por el marxismo. Es común, en ambas ideologías, la convicción de que la fábrica es la escuela de revolución (en el caso del sindicalismo, de reconstrucción social), más que lo contrario. Ambas ideologías, por otra parte, tienen una gran confianza en el papel de la fábrica como lugar de movilización social.

 

Para bien o para mal, Marx y Engels expresan esta concepción mucho mejor de lo que suelen hacerlo los teóricos del sindicalismo, y del anarcosindicalismo.

 

Concebido como masa o como clase, el proletariado marxista se convierte en un puro y simple instrumento de la historia. Esta misma despersonalización, para colmo. de ironías, le libera de cualquier caracterización humana, más allá de las necesidades urgentes, que no pueden ocultarse, absolutamente imperativas ... Como simple clase o agente social, no tiene voluntad personal, sino únicamente histórica. Es un instrumento de la historia en el más puro sentido del término. Por eso, para Marx, el problema no es qué cosas este o aquel proletario, ni siquiera todo el proletariado, consideran como objetivos. El problema es qué cosa es el proletariado, y qué cosas, como consecuencia de su ser, deberá hacer.

 

El ser, por tanto, es diferente de la persona, la acción no depende de la voluntad, la actividad social está separada de la indIvidualidad. En efecto, es precisamente este despojar al proletariado de su individualidad .este deshumanizarlo-, el que le confiere la cualidad de agente social universal, el que le confiere cualidades sociales casi trascendentales.

 

Los conceptos que he citado, sacados de La sagrada familia de los primeros años 40, impregnan todos los escritos de Marx durante algunos decenios. Si no se tienen presentes al leer las obras posteriores éstas resultan incomprensibles, llenas como están de retórica acerca de la superioridad moral del proletariado.

 

Como consecuencia, no sorprende que Marx conciba la fábrica como una especie de coso eclesiástico para la educación de su agente social. La tecnología asume, por tanto, la función no sólo de un instrumento para la realización del metabolismo del hombre con la naturaleza, sino incluso del metabolismo del hombre consigo mismo. Paralelamente con la centralización de la industria, a través de la competición y la expropiación crecen la miseria, la opresión, la esclavitud, la degradación y la explotación; pero, al mismo tiempo, crece también la rebelión de la clase trabajadora, una clase cada vez más numerosa, instruida, unida y organizada por el propio mecanismo del proceso de producción capitalista, afirma. Marx en una de las últimas páginas del primer volumen de El Capital. El monopolio capitalista se transforma en un tronco en los pies del propio modo de producción, que se ha desarrollado a su lado y por debajo ... el cordón que lo une se rompe. Para la propiedad privada capitalista suena la campana de muerte. Los expropiadores son expropiados (el subrayado es mío).

 

La importancia de estas famosas palabras de Marx reside en la importancia que concede a la fábrica, a su función educativa, de unificación y de organización del proletariado por obra del propio mecanismo del proceso de producción capitalista. Se podría casi decir que la fábrica produce revolucionarios con la misma impersonalidad con que produce bienes de consumo. Pero aún más significativo es el hecho de que produzca también al proletariado. Esta concepción es también típica del sindicalismo. En ambos casos, la estructura de la fábrica no es simplemente una estructura técnica, sino también una estructura social. Marx tiende a despreciarla históricamente como reino de necesidades materiales, cuya influencia sobre la vida deberá, al final, atenuarse por el tiempo libre a disposición del comunismo.

 

Estamos por tanto frente a la paradoja que constituye el inquietante nudo de la cuestión: la fábrica, de hecho, lejos de actuar como fuerza de cambio social, lo hace como fuerza regresiva.

 

Tanto el marxismo como el sindicalismo, en virtud de su concepción de la fábrica como enclave social revolucionario, deben reformular la idea de autogestión para significar la gestión industrial del individuo.

 

Para Marx esto no representa un problema. No pueden darse individualidades en el interior de la fábrica. La fábrica no sirve sólo para movilizar e instruir al proletariado, sino también para deshumanizarlo. La libertad no hay que buscarIa en el interior, sino fuera de ella. La libertad, en efecto, no puede consistir en otra cosa que en el hecho de que el hombre socializado, los productores asociados, regulen de forma racional sus relaciones de intercambio con la naturaleza y asuman colectivamente el control, en lugar de ser dominados por una fuerza ciega ..., observa Marx en el tercer volumen de El Capital.

 

Pero queda siempre el reino de las necesidades materiales. Por encima de él se inicia ese desarrollo de la potencialidad humana que constituye su propio fin, la verdadera dimensión de la libertad la cual, sin embargo, puede basarse y desarrollarse sólo sobre las necesidades. Su premisa fundamental es la reducción del horario de trabajo.

 

Obviamente, la fábrica concebida como reino de necesidades materiales no exige necesariamente la autogestión. Es más, se trata de la antítesis exacta de una escuela de auto-formación, de formación del individuo, como el agora con su concepción helénica de la educación.

 

Remedando a sus adversarios sindicalistas al pedir el control obrero sobre la industria, los marxistas contemporáneos no hacen más que tergiversar el espíritu del concepto de la libertad de Marx. Esto significa disminuir, haciéndolo en su nombre, a un gran pensador, al usar términos completamente extraños a sus ideas.

 

Engels, en carpbio, en el ensayo Sobre la autoridad extrema burdamente la crítica de Marx al anarquismo precisamente sobre la base del funcionamiento de la fábrica.

 

La autoridad concebida como la imposición de nuestra voluntad sobre la de los otros, como subordinación, es inevitable en una sociedad industrial, incluso comunista. Es un fenómeno connatural a la tecnología moderna, indispensable (según Engels) como la propia fábrica.

 

Engels procede, por tanto, a exponer detalladamente esta concepción adversa al anarquismo con toda la ramplonería filistea de una mente victoriana. La coordinación de las operaciones industriales requiere disciplina y subordinación al mando, más aún, al despotismo de las máquinas automáticas, y presupone la necesidad de una autoridad ... de una autoridad imperiosa, (lo subrayado es mío). Engels no elude ni siquiera los más obtusos prejuicios sobre este argumento. Pasa con ligereza, de la autoridad de las máquinas hiladQras (¡nada menos!), a la obediencia inmediata y absoluta, debida al capitán de un barco. Confunde la coordinación con el mando, la organización con la jerarquía, el acuerdo con la dominación, y más aún, con la dominacion imperiosa.

 

Pero aún más significativas que los sofismas del escrito de Engels son las insidiosas verdades que contiene. La fábrica es, en realidad, exactamente el reino de las necesidades materiales -de la libertad-. Es una escuela jerárquica, de obediencia y mandato, no revolucionaria y liberadora. Reproduce en cada momento, en cada hora, el servilismo del proletariado, y no su despegue revolucionario de sentido histórico. No impide, ciertamente, que sea reducido. a objeto, sino que atenta contra su individualidad, contra su capacidad de trascender las necesidades. Como consecuencia, puesto que la autodeterminación, la iniciativa autónoma y la indiviaualidad son la propia esencia de la dimensión de la libertad, hay que negarlas a la base material de la sociedad, para poder encontrar una afirmación sólo en las superestructuras (al menos hasta que la fábrica y las técnicas de producción capitalista, sean concebidas exclusivamente desde el punto de vista técnico, como elementos connaturales a la producción).

 

Debemos presumir, por otra parte, que este reino deshumanizado de necesidades -avalado por una autoridad imperiosa- puede en alguna forma, elevar y acrecentar la conciencia de clase del trabajador deshumanizado, transformándola en una conciencia social universal; y que este obrero, despojado y privado de cualquier individualidad en una vida de trabajo cotidrano; pueda de alguna forma recuperar el compromiso y la competencia social necesarias para un proceso revolucionario a gran escala, y para la construcción de una sociedad verdaderamente libre, basada en la autodeterminación en el sentido más auténtico del término. En, fin, debemos pensar que esta sociedad libre pueda eliminar la jerarquía por una parte, mientras la conserva imperiosa por otra. Llevado a la lógica extrema, la paradoja adquiere proporciones absurdas. La jerarquía, como un mono de trabajo, se convierte en un instrumento del que se desviste al reino de la libertad para colocárselo al reino de las necesidades. Como un columpio, la libertad oscila en el punto en que situamos el eje social: quizá en el centro de la mesa en una determinada fase de la historia, o más desplazada hacia una u otra extremidad en otra fase, pero siempre de forma que la medida sea equiparable a la jornada de trabajo.

 

Esta fatal paradoja es común al comunismo lo mismo que al sindicalismo. Lo que redime a este último es la implícita complicidad -igualmente implícita, también, en las obras de Charles Fourier-, de la necesidad de privar a la tecnología de su carácter jerárquico y, gris, monótono, para poder crear una sociedad libre. En las doctrinas sindicalistas, sin embargo, esta complicidad es, a menudo, distorsionada por la aceptación de la fábrica como infraestructura dé la nueva sociedad en el interior de la vieja, como paradigma de la organización de la clase obrera y como escuela para la humanización del proletariado, así como para su movilización como fuerza social revolucionaria.

 

La tecnología, por tanto, constituye un grave dilema para la concepción libertaria de la autogestión. ¿De dónde sacarán los trabajadores -y en general, todos los oprimidos: las mujeres, los jóvenes, los ancianos, los grupos étnicos, las comunidades culturales-, la subjetividad necesaria para el desarrollo de la individualidad? ¿Con qué tecnologías se puede sustituir la movilización jerárquica de la fuerza de trabajo en las fábricas?

 

En fin, ¿cuáles son las componentes de la gestión que conllevan el desarrollo de una verdadera, auténtica competencia, de probidad moral y de discernimiento?

 

La respuesta a cada una de estas preguntas requeriría un libro entero. En este ensayo me limitaré a responder brevemente a la segunda cuestión: es decir, a esbozar cuáles son las nuevas tecnologías, potencialmente no jerárquicas, con las que será posible sustituir las fábricas por una sociedad anarquista.

 

La tecnología no es un hecho más natural de lo que pueden serlo los alimentos tratados químicamenfe con que nos nutrimos, y las bebidas fermentadas sintéticamente que bebemos. Lejos de ser una cosa fija, inmutable, es, potencialmente, uno de los modos más maleables con que el hombre entra en relación metabólica con la naturaleza.

 

Las instituciones, los valores y las fórmulas culturales a través de las cuales el hombre crea una relación metabólica con el mundo natural, son a menudo menos modificables que los aparatos y las máquinas que les confieren una tangibilidad material. Su función primaria respecto a las relaciones sociales, a pesar de lo que afirman los teóricos del determinismo tecnológico, no es más que un mito. Están inmersas. en cambio, en un universo social de interacciones, necesidades, voluntad e interacción humanas.

 

La fábrica resalta su dimensión social como por venganza. Su aparición en el mundo no estuvo determinada por factores puramente mecánicos, sino orgánicos. Constituye un medio para racionalizar el trabajo, no para adornarlo con nuevos instrumentos. Si esto se comprende bien, la fábrica deja de gozar aquella autonomía que le fue atribuida por Engels y sus acólitos. Será el reino de las necesidades únicamente mientras existan necesidades que justifiquen su existencia. Estas necesidades, sin embargo, no tienen una naturaleza exclusivamente técnica; por el contrario, son en gran parte de tipo social. La fábrica es el reino de la jerarquía y de la dominación, no el campo de batalla de los conflictos entre el hombre y la naturaleza. Y una vez que sus funciones como elemento de dominación resultan evidentes, podemos empezar a preguntarnos qué objetivo tiene perpetuar su existencia. De la misma manera, el dinero, las armas y las instalaciones nucleares, son los instrumentos de una sociedad enloquecida.

 

Pero, si la sociedad consigue curarse de su locura, nos preguntamos de nuevo: ¿para qué conservarlos? Las necesidades son un fenómeno que depende de condicionamientos sociales -y Marx lo sabía bien-, que pueden tener carácter racional o irracional. Por eso, el reino de las necesidades es tan elástico y sus límites tienen, en fin de cuentas, escaso significa~o; de hecho, resulta socialmente necesario como la concepción que el hombre tiene de la libertad. Separar uno de la otra. es pura abstracción ideológica, ya que la libertad podría no estar, de hecho, basada sobre el reino de las necesidades, sino ser, por el contrario, el elemento determinante.

 

En los mejores escritos de Fourier se contiene, implícitamente, esta conclusión. Los dos reinos, de la necesidad y la libertad, se han vuelto a' sintetizar a un nivel más elevado de comportamiento y de valores sociales, en el que la felicidad, la creatividad y el placer, son fines en sí mismos. La libertad prevalece sobre las necesidades y la felicidad sobre el trabajo. Pero una concepción tan amplia y radical no puede expresarse sólo de forma abstracta; debe tener un fundamento concreto, de lo' contrario las enormes posibilidades de lo real se convierten en categorías elusivas que niegan la reivindicación de la imaginación. De aquí el enorme poder del pensamiento utópico en sus formas más elevadas: la habilidad de dar una representación casi visual de aquello que, a menudo, queda confinado en el ámbito abstracto de ideologías contrastantes. Consideremos concretamente, y por tanto utópicamente, las alternativas en base a las cuales es posible transformar una ardua fatiga en una fiesta gozosa: una recolección en los campos acompañada de danzas, fiestas, cantos y desfiles, paragonada con la monotonía del propio trabajo mecanizado.

 

La primera forma refuerza la comunidad; la otra, favorece el aislamiento en un sentido opresivo. Un mismo trabajo que desarrollado con espíritu estético puede resolverse en una obra de arte, realizado, en cambio, bajo el yugo de ía dominación puede ser una fatiga insoportable.

 

La afirmación según la cual todo trabajo oneroso es también tormentoso, constituye un juicio social determinado por la propia estructura de la sociedad, no por las condiciones técnicas del propio trabajo. El empresario que pide silencio a sus obreros, no es más que un proveedor de trabajo, un patrono. En ausencia de constricciones sociales que identifiquen la responsabilidad con la renuncia y la eficiencia con la sobriedad, el propio trabajo se podría efectuar en forma de juego, creativa, fantasiosa, incluso artística.

 

En otro escrito he enumerado las alternativas posibles hoya las formas tecnológicas existentes(3). Desde entonces, tendría mucho que cambiar y mucho que añadir a lo que éscribí. Quizá más importante aún que lo que puede encontrarse en buenos libros como Radical Technology y otras obras de libertarios ingleses, hay algunos principios que quería subrayar en este escrito.

 

Está naciendo una nueva tecnología, una tecnología no menos significativa para nuestro futuro de lo que lo es la fábrica para el presente. Potencialmente, esta se presta a una criba concienzuda de las formas tecnológicas existentes según el grado de integridad económica y según la capacidad para influir sobre la libertad del hombre. Por sí misma, puede consistir en una tecnología fuertemente descentralizada a la medida del hombre, simple desde el punto de vista constructivo, y orientada en sentido naturalista. Puede sacar provecho de la energía del sol y del viento, de los residuos reciclados y de los recursos renovables, como la madera. Ofrece la posibilidad de cultivar el alimento en formas espiritual y materialmente gratificantes de horticultura. Es respetuosa con el ambiente natural y, lo que resulta todavía más significativo, con la autonomía del individuo y de la comunidad.

 

Se podría definir esta tecnología como tecnología popular. Los huertecillos comunitarios de cultivo intensivo explotados por los habitantes de Nueva York en las escuálidas áreas del ghetto, los colectores solares de construcción casera que empiezan a aparecer sobre los techos de las casas de vecindad, los pequeños molinos de viento que les añaden para generar corriente eléctrica, todo esto es la expresión de nuevas iniciativas asumidas por comunidades hasta ahora pasivas, que reivindican el derecho a ejercitar un control directo sobre la propia vida. Lo importante no es que una cooperativa alimenticia pueda sustituir a un gigantesco supermercado, o que un huerto comunitario proporcione, alternativamente, los productos de la industria agrícola, o que un generador accionado por viento sustituya a un servicio público ya drásticamente obsoleto. Las cooperativas, los huertos y los molinos de viento son los símbolos tecnológicos de un renacimiento de aquella individualidad que ha estado siempre negada a las masas del ghetto, y de un sentido creciente de competencia que, regularmente, le viene siendo negado al ciudadano-cliente. La imagen de la fábrica de la ciudad, e incluso de los ciudadanos, se ha djsparado tan lejos en reprimir incluso los menores destellos de vida pública, que las alternativas técnicas e institucionales representan quizá la única posibilidad de hacer renacer la autogestión en sus formas cívicas tradicionales.

 

Si se da por descontado el silencio de las fábricas, las voces más fuertes que invocan el derecho a la autogestión, se elevan de los barrios de centros urbanos (quizá su lugar de origen más natural), de los movimientos feministas y ecológicos, de las masas que han conquistado un nuevo grado de autonomía personal, cultural, sexual y cívica.

 

La nueva tecnología a que apuntan no ha iniciado este proceso de desarrollo. Al menos ese puede ser el resultado de un nuevo sentido de la competencia y la individualidad, producido por una tecnología opresiva y represiva. La energía solar y eólica, y los huertos comunitarios, son medios técnicos mucho más antiguos que la fábrica. El hecho de que la tecnología popular los haya recuperado es síntoma de una fuerte voluntad de cortar los puentes con un sistema social que tiene su punto más débil, y al mismo tiempo más fuerte, en su naturaleza omnicomprensiva. Sin embargo, estas tecnologías alternativas determinan un nuevo contexto, quizá de valor histórico, para la transformación social. Demuestran la posibilidad tangible para una recuperación de la autogestión con toda la riqueza de matices que tenía en el pasado, pero sin volver atrás en el tiempo. Su concreción la hace profundamente utópica, no visionaria sino realista.

 

Finalmente, como instrumentos educativos para la comunidad, tienden a crear una política de la personalidad que se puede paragonar a la de los grupos de afinidad anarquistas.

 

Las alternativas están en conflicto unas con otras en una medida paragonable sólo al grado de corrupción de la sociedad tradicional en las vísperas de ía era capitalista. También la nueva tecnología puede caer en el error de la centralización corporativa: las bases para la explotación de la energía solar, los satélites especiales, una industria agrícola orgánica parangonable a aquella envenenada por los productos químicos de hoy. Los huertos, los paneles solares, los molinos Ni los marxistas, ni el sindicalismo pueden comprender la naturaleza de estas alternativas, y todavía menos las sutiles implicaciones que de ellas pueden derivarse. Y sin embargo, pocas veces ha habido mayor necesidad de un análisis profundo y serio acerca de las posibilidades que se intuyen, de las nuevas direcciones que la humanidad puede seguir por los caminos de la historia. A falta de una interpretación libertaria de estas vías, de una consciencia libertaria que articule la lógica de la nueva estructura tecnológica, podremos quizá asistir a la integración de la tecnología popular en la sociedad tecnocrática y managerial. En este caso, nos veremos reducidos como un coro griego, a lamentarnos y a lanzar maldiciones contra un destino que se deja controlar por fuerzas superiores a su control de decidir con anticipación el futuro de la sociedad. Y esta será una actitud no sólo poco heroica, sino inútil y vana.

 

Notas

 

(1) Téngase en cuenta, como prueba de cuanto se ha dicho, la medida en que, por ejemplo, han entrado en el lenguaje cotidiano los términos propios de la cibernética. Cuando discutimos no preguntamos el parecer de nuestro interlocutor, sino su feedback; es más, no mantenemos ya diálogos, sino que solicitamos un input. Esta siniestra invasión del mundo del logos (en su significado más amplio, del mundo de la palabra y el pensamiento), por parte de la terminología electrónica de la tecnocracia moderna, representa una subversión no sólo de la interacción humana a cualquier nivel de experiencia social, sino incluso de la personalidad del hombre como fenómeno orgánico y de desarrollo, man a Machine (El hombre máquina) de La Mattrie, asume la dimensión moderna de un sistema cibernético, y no sólo en los atributos físicos, sino incluso en su propia subjetividad.

 

(2) Evidentemente, uso el término política en el sentido helénico de la administración de la polis, y no en el sentido electoral. Los atenienses consideraban la administración de la ciudad no sólo una actividad social de importancia vital en la que todos los ciudadanos debían tomar parte, sino tambíén un proceso educativo continuo.

 

(3) Véase Hacia un tecnología liberadora.


FIN

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