© Libro N° 14746. Tecnología Y Anarquismo. Bookchin, Murray. Emancipación. Enero 24 de 2026
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TECNOLOGÍA
Y ANARQUISMO
Murray
Bookchin
Tecnología Y Anarquismo
Murray Bookchin
ÍNDICE
Presentación de
Chantal López y Omar Cortés a la edición virtual.
TECNOLOGÍA Y
ANARQUISMO
Nota editorial de
Chantal López y Omar Cortés a la edición impresa
Murray Bookchin por
Murray Bookchin
Hacia una
tecnología liberadora
Técnica y libertad
Las posibilidades
de la tecnología moderna
La nueva tecnología
y la escala humana
El uso ecológico de
la técnica
La técnica al
servicio de la vida
Autogestión y nueva
tecnología
Presentación
Del año 1984, cuando editamos bajo el sello Ediciones Antorcha esta
breve selección de escritos del notabilísimo libertario, Murray Bookchin
(1921-2006), al 2011, cuando la estamos colocando en los estantes de nuestra
Biblioteca Virtual Antorcha, han transcurrido veintisiete años y la situación
del mundo ha dado un giro insospechable en muchos campos.
Los cambios tecnológicos han sido vertiginosos, máxime si le añadimos la
revolución cibernética. Concretamente, y ateniéndonos a la presente edición
virtual, veintisiete años atrás no podíamos concebirla; en ese momento, que ya
sentimos lejano, no había más alternativa que la edición impresa para divulgar
lo que se considerase digno de serlo. Ahora, las posibilidades se han ampliado
considerablemente gracias a las nuevas tecnologías.
Lo que señalamos sobre la posibilidad actual de elaborar ediciones
virtuales y las opciones que ello genera en el campo de la divulgación, pueden
extenderse a la investigación, la producción, la comercialización, los
servicios. En fin, los adelantos técnicos habidos en los últimos veinticinco
años, han sido de tal talante que han abierto nuevas perspectivas al género
humano. Sin embargo, y aunque cueste trabajo entenderlo, la situación de las
colectividades humanas permanece igual y quizá, incluso, en no pocos casos,
peor que cuando los referidos avances no se habían producido.
¿A qué podemos atribuir esta innegable realidad? ¿Por qué el sufrimiento
y la insatisfacción continúan en las colectividades humanas no obstante el
cúmulo de avances tecnológicos logrados?
Sin duda que la falla ha de encontrarse principalmente en las formas de
organización económicas, políticas y sociales prevalecientes. De tal razón era
consciente Murray Bookchin, y de ahí la importancia de su plan alternativo
basado en su concepto anarquista comunalista, plan que conllevaba un
resurgimiento de la creatividad humana para replantear las relaciones entre el
individuo y sus agrupaciones de referencia, y de éstas con la comunidad que les
da cohesión y coherencia, al mismo tiempo que con el entorno natural que las
nutre y les proporciona infinidad de satisfactores.
Tal replanteamiento habría de manifestarse en un nuevo concepto de vida
social que amplie los horizontes y las perspectivas de las comunidades humanas.
Pero muchos intereses económicos, políticos y sociales terminan siendo
afectados en la medida en que comienza a realizarse, por lo que las
agrupaciones que se sienten perjudicadas reaccionan contra el desarrollo de tal
replanteamiento buscando detenerle a como de lugar, y de aquí que se genere una
lucha, a veces silenciosa, y otras veces estruendosa, entre quienes buscan
llevar a la práctica el replanteamiento y los que se oponen.
Los frentes en los que se desarrolla esa cotidiana y persistente lucha
son muy variados, teniendo como escenario la sociedad entera.
El asunto, pues, no es para nada sencillo. Bookchin lo tiene tan claro,
que incluso percibe en los medios libertarios un campo de batalla en los que se
generan los forcejeos y las luchas que inundan el medio social, entre los
partidarios de la puesta en práctica del referido replanteamiento y quienes por
x, z o y razones a ello se oponen. Esta lucha, cuyo desenlace quizá abarque a
varias generaciones, constituirá en sí misma una especie de laboratorio en el
que irán probándose las propuestas y contrapropuestas, lo que traerá como
consecuencia constantes mejoras en el replanteamiento interhumano, intergrupal
e intercomunitario. No es pues dable, en la óptica de Bookchin, el esperar un
rompimiento apocalíptico que señale, de acuerdo al imaginario decimonónico
socialista, anarquista o comunista, un antes y un después.
En fin, esperamos que el contenido de esta breve selección de textos
invite a la reflexión proporcionando elementos de valía a quien se aventure a
transitar por sus interesantes párrafos.
Chantal López y Omar Cortés
NOTA EDITORIAL
Analizar las posibilidades que brinda la técnica moderna para la
implantación de los principios sociales del anarquismo es tarea que lleva a
cabo Murray Bookchin en esta compilación que hemos realizado y que incluye
también un autoanálisis de su evolución política.
Evidentemente, de las opiniones de M. Bookchin emana una visión
contemporánea del anarquismo que por su misma actualidad genera polémicas entre
los distintos sectores de esta corriente política; lo que viene a corroborar
una vez más dos observaciones fundamentales, la primera: que donde hay debate y
polémica, hay vida; la segunda, que el anarquismo no es un conjunto doctrinal
anquilosado, incapaz de enfrentar el presente y el futuro con optimismo
halagador.
Ahora bien, dicho esto, debemos hacer hincapié en que las opciones
presentadas por M. Bookchin son para ponerse en práctica en países que cuentan
con un alto nivel de desarrollo tecnológico;igualmente, notamos cierta
despreocupación en cuanto a las relaciones entre las llamadas zonas o países
desarrollados y aquellos que no lo son. Así mismo la crítica esbozada contra el
sindicalismo anarquista y sus fines da base para un prolongado debate. Ni que
decir de su concepción de autogestión y de su feroz ataque a la óptica
exclusivamente economicista de la misma.
Habría muchos más puntos que debatir. Por ejemplo, si las alternativas
de Bookchin están pensadas para solucionar los problemas propios de los países
desarrollados, en cuanto al uso de los hidrocarburos, poner en práctica estas
alternativas equivaldría a perjudicar a los países exportadores de estas
materias cuya economía está basada en mayor o menor medida en estas fuentes de
ingreso.
Por lo tanto viene a la mente -como anarquistas- la pregunta siguiente:
¿hasta qué punto estas alternativas pueden ser aceptadas por las
organizaciones, individualidades o simpatizantes del anarquismo residentes en
el Tercer y en el Cuarto Mundo? Aquí, nos encontramos, de nuevo -ya Ricardo
Flores Magón y demás miembros de la Junta Organizadora del Partido Liberal
Mexicano, lo enfrentaron en su momento- ante un viejo problema que hasta el
momento no ha sido superado en el seno del anarquismo: ¿es el anarquismo una
alternativa social propia únicamente de las regiones europeas y de los Estados
Unidos de Norteamérica o, por el contrario, es una alternativa
internacionalista que evidentemente adquiere características particulares en
cada región o país? De ser correcta una visión internacionalista ¿de qué forma
se pueden dirimir las diferencias que, como en este punto, podrían desembocar
en un tácito y claro conflicto de intereses?
En fín, los ensayos que aquí publicamos dan bases para realizar
refrescantes y saludables polémicas sobre asuntos controvertidos, ya que
invitan a pensar, a reflexionar, con el fin de encontrar alternativas deseables
para todos.
Chantal López y Omar Cortés
Murray Bookchin
MURRAY BOOKCHIN POR MURRAY BOOKCHIN
Nací por completo en el seno del movimiento revolucionario. Mis abuelos
maternos eran miembros del Partido Social-Revolucionario Ruso, los famosos
narodniki o populistas, quienes fueron sumamente influenciados por Bakunin
aunque de modo indirecto. Habiendo vivido en Besarabia, en la frontera entre
Rusia y el imperio austro-húngaro, participaron activamente en los transportes
de material y de propaganda revolucionaria adentro y afuera de la Rusia
zarista. Mi abuela materna y mi madre se vieron obligadas a abandonar Rusia
después de la revolución de 1905, mientras la noche contrarrevolucionaria
envolvía en la penumbra al país. Ellas se instalaron en Nueva York, en donde
participaron inmediatamente en el Club de los trabajadores rusos cuyos
numerosos miembros eran anarquistas. Mi madre, obrera, se adhirió al sindicáto
revolucionario I. W. W. durante el más dramático periodo que vivió esta
organización. Ella me contaba muchas anécdotas sobre Big Bill Baywood, sobre
Emma Goldman y sobre otros famosos revolucionarios de aquel tiempo.
Nací en 1921 en Nueva York en el momento en que todo un mundo de ideas
revolucionarias y de numerosos exiliados políticos, principalmente rusos,
agitaban el medio en el que me iba a desenvolver. De hecho comenzaba a hablar
ruso, pero mis padres que se habían conocido en la sede de la I.W.W. y eran
ambos de origen ruso, dejaron de dirigirse a mí en esta lengua. Querían evitar
que yo hablase con un acento extranjero. Así perdí todo lo que sabía del ruso;
sólo me acuerdo de los cantos revolucionarios y de algunas palabras aprendidas
siendo niño.
Crecí escuchando las historias de los grandes revolucionarios rusos:
Stenka Razin y Emilio Pugachev ocuparon el lugar de Robin Hood y de Daniel
Boone.
En 1930, cuando tenía nueve años entré en los Jóvenes Pioneros, el
movimiento comunista que agrupaba a los niños. Ahí debía aprender todo del
marxismo, del leninismo, de la historia del socialismo, de las revoluciones,
del movimiento obrero, etc. Si alguna lección saqué de esta experiencia es que
un niño aún siendo muy pequeño, si es suficientemente motivado, puede absorber
una enorme cantidad de informaciones, mucho más de lo que pueden imaginarse los
adultos y los mismos maestros.
Aunque tuviese una comprensión muy limitada e ingenua de lo que mis
profesores stalinistas me hacían tragar, me acuerdo de este periodo (la gran
depresión, el surgimiento del fascismo alemán, las colas frente a las
panaderías, las huelgas y, más tarde -en 1934- la revuelta de los trabajadores
austriacos en Viena y de los mineros en las Asturias) con tanta precisión como
la guerra del Viet Nam o del mayo 68 francés.
Los años 30 marcaron el apogeo del movimiento obrero no sólo en Europa
sino también en América. Hubo grandes huelgas que se iniciaron con la ocupación
de las fábricas en París en 1935 y que siguieron con los mismos métodos los
trabajadores americanos. El nuevo sindicato C.I.O. (Congress of Industrial
Organizations) se propagaba en toda la nación y hubo conflictos sangrientos
para poder sindicalizar a los trabajadores del acero, del automóvil, de las
minas, de los transportes y del textil.
Como mis padres eran obreros, y muy pobres, no me era posible quedarme
sin ocupación y así muy pronto tuve que trabajar: primero como vendedor de
periódicos, luego en las grandes fábricas de New Jersey. Es ahí, en una
fundidora, que comencé a interesarme en el militantismo sindical, no bajo su
forma burocrática, sino como delegado de sección (Shop steward), luego como
secretario del sindicato y como organizador, únicamente remunerado cuando debía
ausentarme de mi trabajo.
Más tarde, después de haber pasado un periodo en el ejército, me
convertí en trabajador de la industria automotriz, en el tiempo en que los
United Automobile Workers (U.A.W.) seguía siendo el sindicato más activo y
democrático, hasta diría yo el más revolucionario después de la I.W.W.
Sin embargo tres cosas comenzaron a influenciar profundamente mi vida:
en los años 35-36 la totalidad de la Internacional Comunista pasó de unas
posiciones de ultraizquierda de luchas revolucionarias a una clara posición
reformista de compromiso con la burguesía (el frente popular). Abandoné la Liga
de las Juventudes Comunistas (en aquellos tiempos había pasado de la
organización de los niños a la organización de la juventud) e intenté fundar un
nuevo movimiento realmente revolucionario.
La revolución española me regresó a las filas de la Liga Comunista, pues
no logré encontrar una organización cualquiera a través de la cual pudiese
ayudar a España. Los comunistas, trabajando con los demócratas, monopolizaban
totalmente el movimiento neoyorquino de apoyo a España (Support Spain). En
particular, la revuelta de mayo de 1937 en Barcelona me perturbó: yo no podía
creer que una tan amplia rebeldía de los trabajadores fuese inspirada por los
fascistas y que los anarquistas sólo eran agentes del fascismo. Deliberadamente
rompí con la disciplina del partido e iba a escuchar a Norman Thomas, el líder
del Partido Socialista americano que daba un informe sobre su visita a España.
Quedé impresionado por lo que contaba sobre las intrigas de los comunistas en
este país: tenía dieciséis años y aún era muy ingenuo, pero mi experiencia, por
muy limitada que fuera, y mis profundos instintos revolucionarios fueron muy
sacudidos por esta información; Finalmente los juicios de Moscú destruyeron por
completo la confianza que yo tenía en los comunistas.
Yo no podía llegar a creer que mis viejos maestros bolcheviques, en
particular Bujarin, se habían vuelto agentes de Hitler y no me sentía dispuesto
a sostener a Roosevelt como lo pedía la línea del Frente Popular.
En 37-38 yo estaba a punto de ser expulsado de los Jóvenes Comunistas:
invitaba a trotskistas a dar conferencias en mi grupo de jóvenes y leía
libremente todo lo que quería, burlándome totalmente de la línea del Partido.
Finalmente fui expulsado en 1939 y me volví trotskista. Pero con ellos,
todo lo que había visto y criticado en el movimiento comunista se repitió de
nuevo. A la mitad de los años 40's, dejé de ser un leninista de cualquier clase
que fuera; progresivamente me acercaba a las posiciones del socialismo
libertario y a principios de los años 50's a las del anarquismo.
Pienso que fue la revolución húngara y el debate muy relativo, de 1956
que me condujo a afirmarme como anarquista. Así comencé a estudiar muy
seriamente la historia de ese movimiento, en particular la revolución española.
Lo que redondeó, por así decirlo, mi educación política, fúe el declive del
movimiento obrero en América.
Había militado durante diez años en la industria pesada, como
sindicalista y revolucionario, en la organización más radical y activa de esta
época: la U.A.W, antes de que ésta fuera destruida por los burócratas, en 1947
o 1948, participé en la huelga de la General Motors que duró meses y meses.
Cuando ganamos la huelga y regresamos al trabajo me di cuenta de un total
cambio tanto en la organización como entre los trabajadores. Desde aquel
momento era claro que el sindicalismo era aceptado por la burguesía; que los
trabajadores habían abandonado su espíritu revolucionario y que sólo se
interesaban en las ventajas materiales; a final de cuentas reinaba una
atmósfera de desmovilización en la clase.
De repente comprendí que la revolución española había sido el apogeo y
al mismo tiempó el fin de cien años de historia revolucionaria de la clase
obrera.
Comencé a revisar enteramente la historia del movimiento obrero, de
junio de 1848 a julio de 1936, siendo mis ideas expresadas en el último
capítulo de mi libro Los anarquistas españoles y en mi artículo Autogestión y
nueva tecnología.
Entonces comencé a volver a examinar todas mis ideas. En 1952, escribí
un artículo sobre la ecología que en 1962 se convirtió en libro: Nuestro
ambiente artificial y más tarde un tratado anarquista sobre el mismo argumento
(Postscarcity anarchism). Ahora estoy terminando un voluminoso trabajo La
ecología de la libertad, que reúne todo lo que desarrollé a partir de
1950.Entonces comencé a volcarme hacia el movimiento antinuclear, dejando el
movimiento sindical (que, desde un punto de vista revolucionario, está en la
actualidad totalmente moribundo), y desde entonces, siempre me he interesado en
todo lo que concierne a la ecología. También comencé a examinar el papel de la
jerarquía y no únicamente el de las clases, y tuve la convicción de que la
revolución debía también hacerse en las cocinas, las recámaras, en realidad en
el seno mismo de la sensibilidad individual y no solamente en las fábricas. Es
por esto que me interesé de sobremanera al nuevo feminismo que, en sus mejores
aspectos planteaba implícitamente tales problemas.
En fin, al buscar una alternativa al sindicalismo llegué a estudiar el
anarco-comunalismo (no pienso en Paul Brousse, sino más bien en Pedro
Kropotkin) y las maneras en que funciona la democracia directa, en el nivel de
los barrios y de las ciudades, en la antigua Atenas, en las comunas medievales,
en las secciones del París revolucionario de 1793, en las asambleas de
ciudadanos de la Nueva Inglaterra, en la Comuna de París de 1871 y las comparé
con los consejos obreros y las formas de organización sindical poniendo
especial atención en el impacto de la jerarquía de fábricas sobre la mentalidad
de los trabajadores. En 1960, seguí atentamente el movimiento de lQs derechos
cívicos desarrollados por los negros, y me interesé en los Students for a
Democratic Society (S.D.S.) y en la contracultura. Fui a París en 1968 hacia el
final de los acontecimientos de mayo-junio. De ellos hice reportajes detallados
expresando un punto de vista anarquista que fueron publicados en la prensa
revolucionaria americana.
Cuando la contracuItura comenzó a dejar las ciudades, fui a instalarme
en el Vermount, el Estado tal vez más libertario de Nueva Inglaterra, en donde
viví en una comunidad y enseñé en el Goddard College. Fundé el Institut for
Social Ecology en donde intenté trasmitir y en parte practicar lo que había
escrito sobre la ecología. También enseño con mucha libertad en un colegio del
New Jersey en donde muchos estudiantes míos son trabajadores, y sigo
manteniendo relaciones estrechas con el movimiento obrero. Desgraciadamente,
ningún nuevo argumento ni acontecimientos vinieron a cambiar mi punto de vista
sobre él.
Viajo mucho a través de toda América, lo que me permite tener una visión
directa de lo que ocurre. Podría decir muchas cosas sobre lo que vi en los
Estados Unidos y que contradice totalmente lo que expresa la prensa europea.
Quisiera decir a mis camaradas europeos -a mis hermanos y hermanas en Italia y
otras partes- que la gente en los Estados Unidos no está deslizándose hacia la
derecha. A pesar de la elección de Reagan, existe un profundo descontento entre
la población, los principios de un movimiento contra la militarización, de un
nuevo radicalismo social que se extiende a la ecología, al feminismo, a los
movimientos de barrios en las ciudades.
Los americanos son naturalmente libertarios. Toda la tradición social de
América desde la revolución hasta nuestros días, siempre ha valorizado los
derechos del individuo, la autonomía personal, la descentralización y un odio
claro hacia el Estado. Durante años, esta tradición libertaría ha sido
sumergida por las formas de socialismo importadas por los inmigrados alemanes,
hebreos, rusos y españoles. Durante años las ideas de izquierda han sido
desarrolladas en un idioma que la mayor parte de los americanos no comprendía y
en formas tomadas de Europa, pero, esta inmigración se detuvo hace mucho tiempo
y los mismos inmigrados han comenzado a desaparecer. Aún si esto puede parecer
dramático, esto nos lleva a afrontar, todos, esta realidad, a desarrollar nuestras
ideas en inglés, no en alemán, en italiano, hebreo o ruso, ni en términos
marxistas, leninistas, o agregaría yo, sirviéndose de los pensamientos de Mao
Tse Tung o de Ho-Chi-Minh: ahora debemos apropiamos de nuestra tradición -como
todos deberían hacerlo y desarrollar su contenido revolucionario. Si algo me
han enseñado mis cincuenta años de vida es que en primer lugar el mundo cambió
profundamente desde la época histórica del movimiento obrero; en segundo, que
el anarquismo no es sólo un cuerpo de ideas, una ideología congelada, definida
de una vez por todas por sus dizque fundadores sino ante todo un movimiento
social que toma su vida en la acción real de las gentes; y, en fin, que debemos
buscar las ralces del anarquismo en las tradiciones específicas de cada pueblo,
y no en las ideas inventadas en las academias e impuestas. por el peso de
culturas completamente diferentes o por otras situaciones sociales. Esta
sensibilidad para con la unicidad, la variedad y la diversidad es, en mi
opinión, la más elevada forma de internacionalismo revolucionario, pues permite
la creatividad cultural, social e histórica y no deja lugar a la homogeneidad y
a la uniformidad totalitaria.
HACIA UNA TECNOLOGÍA LIBERADORA
Nunca, desde los días de la Revolución Industrial, la actitud popular
frente a la técnica se mostró tan fluctuante como en los últimos decenios.
Durante la mayor parte de las décadas del veinte y del treinta, la
opinión pública evidenció general beneplácito ante las innovaciones técnicas, y
se identificaba el bienestar humano con los adelantos industriales. Fue
entonces cuando los apologistas soviéticos excusaban a Stalin y a sus horrendos
crímenes y brutales métodos aduciendo simplemente que era el industrializador
de la Rusia moderna. Esta fue también la época en que la crítica de la sociedad
capitalista encontraba sus mejores argumentos en la cruda realidad del
estancamiento económico y técnico de los Estados Unidos y Europa occidental.
Para muchos, existía una relación directa, unívoca, entre el progreso técnico y
el social; se caía en un fetichismo que hacía de la industrialización un ídolo
que justificaba los programas y planes económicos más vituperables.
Hoy por hoy, tal posición nos parecería ingenua. Salvo quizá los
técnicos y los hombres de ciencia que hacen la quincalla, los avances
tecnológicos despiertan en la generalidad de la gente un doble sentimiento, una
reacción esquizoide diríase; por un lado, el acuciante temor ante una posible
destrucción atómica de la humanidad y por el otro, la esperanza de lograr la
abundancia material, el ocio y la seguridad.
Tampoco la técnica está de acuerdo consigo misma: la bomba se contrapone
al reactor nuclear; el cohete intercontinental, al satélite de comunicaciones.
La propia disciplina tecnológica se nos aparece tan pronto enemiga, tan pronto
amiga de la humanidad. Incluso ciencias tradicionalmente centradas en el
hombre, tal como la medicina, se encuentran ahora en una situación ambivalente;
así, los recientes progresos de la quimioterapia se ven contrapesados por las
investigaciones iniciadas en el campo de la guerra biológica: una esperanza y
un peligro.
No es de sorprender, pues, que esta tensión entre la promesa de un bien
y la amenaza de un mal incline al hombre cada vez más a rechazar la técnica y
el espíritu tecnológico por perniciosos. Se tiende a ver en la técnica a un
ente demoníaco, dotado de siniestra vida propia y capaz de mecanizar al ser
humano, cuando no de exterminarlo.
El profundo pesimismo que provoca tal punto de vista suele ser tan
simplista como el optimismo que primaba en décadas anteriores. En rigor, el
gran peligro que corremos actualmente, es el de dejar que nÜestro temor nos
impida ver con claridad las perspectivas que ofrece la técnica, nos haga
olvidar que ella puede contribuir a nuestra liberación y, peor aún, nos induzca
a permitir con pasividad fatalista que se la emplee con fines destructivos.Si
no queremos que esta nueva forma de fatalismo social nos paralice, hemos de
hacer un balance.
Este ensayo se propone buscar respuesta a tres interrogantes: ¿Hay
posibilidad de que la técnica moderna ayude a liberar material y
espiritualmente al hombre? ¿Tenemos manera de hacer de la máquina el
instrumento de una sociedad orgánica cuyo eje y medida sea el ser humano? Por
último, ¿cómo pueden utilizarse la nueva técnica y los nuevos recursos de
manera ecológica, es decir para promover el equilibrio en la naturaleza, el
desarrollo pleno y duradero de las regiones naturales y la creación de comunidades
orgánicas y animadas por un espíritu humano?
El quid de la cuestión se encuentra en la palabra posibilidad. No puedo
asegurar que la técnica tenga que traer necesariamente la liberación del hombre
o que ella sea siempre beneficiosa para su desarrollo; tengo sí, la certeza de
que el hombre no ha nacido para ser esclavo de la técnica y el pensamiento
tecnológico, como quieren dar a entender Juenger y Elul en sus obras sobre el
tema (1).
Trataré de mostrar, por el contrario, que un modo de vida orgánico
privado de sus elementos inorgánicos, tecnológicos (sean materias primas o
máquinas en abundancia), sería tan poco funcional como un ser humano sin
esqueleto. La técnica, me permito decir, ha de concebirse como la estructura
indispensable en la que se apoyan todas las instituciones vivas de un organismo
social dinámico.
Nota
(1) Tanto Juenger como Elul parecen creer que el envilecimiento del
hombre por la máquina es inherente al desarrollo de la tecnología, por cuyo
motivo concluyen sus consíderaciones con una triste nota de resignada
aceptación. La obra de estos dos autores refleja el fatalismo social al que me
refiero, especialmente la de Elul, cuyos puntos de vísta son más sintomáticos
de la condición humana contemporánea. Ver Friedrích Georg Juenger, The Failure
of Technology (escrita antes de la segunda guerra mundial), y Jacques Elul, The
Technological Society (que data de la década de 1960).
HACIA UNA TECNOLOGÍA LIBERADORA
TECNICA Y LIBERTAD
El año de 1848 marca un momento decisivo en la historia de las
revoluciones modernas: el marxismo se definió como ideología alternativa a
través de las páginas del Manifiesto Comunista y el proletariado, se definió
como fuerza política en las barricadas de junio, a través de la acción de los
trabajadores parisienses. Cabe destacar, además, que entonces, entrando ya el
siglo XIX en su segunda mitad culminaba la era tecnológica del vapor, comenzada
con la máquina de Newcomen un siglo y medio atrás.
Si mucho asombra la convergencia en un solo año de acontecimientos tan
trascendentales en el campo ideológiCo, político y técnico, más maravilla
comprobar hasta qué punto los objetivos revolucionarios expresados en el
Manifiesto Comunista y los ideales socialistas que impregnaban el pensamiento
de los trabájadores de París se adelantaban a las posibilidades industriales de
la época.
Hacia 1840 la Revolución Industrial se limitaba fundamentalmente a tres
esferas de la economía: la industria textil, la del hierro y los transportes.
La invención de la máquina de hilar de Arkwright, la máquina de vapor de Watt y
el telar de vapor de Cartwright significó la aparición de la fábrica textil;
por otra parte, una serie de notables innovaciones en la técnica de la
fabricación del hierro permitió obtener a bajo precio metales de gran calidad
necesarios para la expansión de los establecimientos fabriles y de un medio de
transporte recientemente descubierto, el ferrocarril.
Pero estas innovaciones, si bien importantísimas, no se vieron
acompañadas de cambios equiparables en otras ramas de la tecnología. Por
ejemplo, las máquinas de vapor de la época rara vez desarrollaban una potencia
superior a los 15 caballos de fuerza, rendimiento ínfimo si se lo compara con
el de las poderosas turbinas modernas; y los mejores altos hornos producían
poco más de 100 toneladas de hierro por semana, pequeñísima fracción de las 2 a
3 mil toneladas diarias que salen de los hornos empleados en la actualidad.
Peor aún, los restantes niveles de la economía no recibieron casi el beneficio
de los adelantos técnicos.
Los métodos usados para extraer los minerales, puntal de la nueva
metalurgia, eran prácticamente los mismos que se aplicaban desde él
Renacimiento.
El minero seguía trabajando el filón con una pica de mano y una barra,
en tanto que las bombas de drenaje, los sistemas de ventilación y los medios de
acarreo no eran mucho mejores que los descritos en la obra clásica sobre
minería escrita por Agrícola tres siglos antes. La agricultura apenas comenzaba
a despertar de su sueño secular. Si bien se habían desmontado grandes
extensiones de tierra para su cultivo, el estudio del suelo seguía siendo una
novedad; y la tradición y el espíritu conservador pesaban tanto que la cosecha
se realizaba principalmente a mano, a pesar de que ya en 1822 se había
perfeccionado una segadora mecánica.
Los edificios, grandes moles profusamente ornadas, eran construidos casi
puramente a fuerza de músculo, pues la grúa de mano y el torno eran los
principales elementos mecánicos empleados. El acero era todavía relativamente
raro. Hacia 1850 se le cotizaba a 250 dólares la tonelada; y sólo con el
descubrimiento del convertidor de Bessemer, la siderurgia salió de su
estancamiento de siglos. Por último, aunque los instrumentos de precisión
habían avanzado enormemente, recordemos que los intentos de Charles Babbage de
construir un calculador mecánico se vieron completamente desbaratados por la
falta de medios mecánicos adecuados.
He pasado revista a esta etapa de la evolución tecnológica porque tanto
las promesas que ella encerraba como sus limitaciones ejercieron una profunda
influencia sobre la idea de libertad de los revolucionarios del siglo XIX.
Las innovaciones en la técnica textil y metalúrgica abrieron nuevos
horizontes y constituyeron un estímulo cualitativamente único para el
pensamiento socialista utópico.
El teórico revolucionario creyó poder, por primera vez en la historia,
anclar sus sueños de una sociedad liberadora en una visible perspectiva de
abundancia material y mayor ocio para la masa de la humanidad. A su entender,
el socialismo podía basarse más en el egoísmo del hombre que en su dudosa
nobleza de alma y espíritu.
Los adelantos técnicos transmutaron el ideal socialista de una esperanza
vaga y humanitaria en un programa práctico, superior en realismo a todos los
modos de pensamiento burgueses imperantes.
Este nuevo sentido del realismo obligó a muchos teóricos socialistas,
particularmente Marx y Engels, a ocuparse de las limitaciones técnicas de su
época. Se veían frente a un problema estratégico: ninguna revolución había
contado nunca con un nivel técnico tan elevado como para lograr que el hombre
se viera libre de apuros materiales, del trabajo penoso y de la lucha por la
vida. Por encendidos y elevados que fueran los ideales revolucionarios del
pasado, la gran mayoría del pueblo, agobiado por las necesidades materiales
debía abandonar la escena de la historia para volver a su trabajo, dejando así
las riendas de la sociedad en manos de una nueva clase explotadora que podía
entregarse al ocio. Por cierto que ningún intento de establecer una justa
repartición de la riqueza en una sociedad de escaso desarrollo técnico habría
logrado eliminar las privaciones; sólo habría conseguido hacer de la pobreza
una característica general de la sociedad en su conjunto, y recrear así las
condiciones para la renovación de la lucha por los bienes materiales, el
surgimiento de nuevas formas de propiedad y, finalmente, de un nuevo
ordenamiento social con su clase dominante. El desarrollo de las fuerzas de la
producción es la premisa práctica absolutamente imprescindible (para el
comunismo), escribió Marx en 1846, porque sin él la miseria se generaliza, y
con la miseria la lucha por las necesidades retorna, lo cual significa que toda
la vieja mierda revivira.
Y a decir verdad, virtualmente todas las utopías, las teorías y los
programas revolucionarios de principios del siglo XIX giraron en torno del
problema de la necesidad, se polarizaron en la pobreza y el trabajo. El
problema de la necesidad -la formulación de teorías que encontraran la manera
de distribuir las labores y los bienes materlales de modo equitativo en una
etapa relativamente temprana del desarrollo tecnológico- impregnaba el
pensamiento revolucionario con una intensidad sólo comparable a la que presenta
la cuestión del pecado original en la teología cristiana. El que los hombres
tendrían que dedicar una parte sustancial de su tiempo al trabajo, por el cual
recibirían una escueta retribución, era premisa fundamental de toda ideología
socialista, fuera ella autoritaria o libertaria, utópica o científica, marxista
o anarquista.
En la idea marxista de una economía planificada va implícito el hecho,
incontestablemente patente en la época de Marx, de que el socialismo debería
seguir afrontando la falta relativa de recursos. Los hombres se verían
obligados a planear -en rigor, a restringir- la distribución de los bienes y a
racionalizar -en rigor, intensificar- el uso de la fuerza laboral.
En un régimen socialista, el trabajo sería considerado como un deber,
una responsabilidad que correspondía tomar a todo individuo físicamente apto.
Hasta el gran libertario Proudhon dio a entender esto mismo cuando dijo: Sí, la
vida es una lucha. Pero no una lucha entre hombre y hombre, sino entre hombre y
Naturaleza; y es deber de todos participar en ella. Estas afirmaciones tan
austeras, de carácter casi bíblico, en cuanto a la importancia de la lucha y
del deber reflejan la dureza del pensamiento socialista de la Revolución
Industrial.
La forma de encarar la miseria y el trabajo secular -problema perpetuado
por la primera etapa de la Revolución Industrial- fue lo que produjo la gran
divergencia en las ideas revolucionarias del socialismo y del anarquismo. En
caso de revolución la libertad seguiría quedando circunscripta a las
necesidades. ¿Cómo habría de administrarse este mundo de necesidades? ¿Cómo se
decidiría la distribución de los bienes y los deberes?
Marx dejaba la decisión a cargo de un poder estatal, un Estado
proletario transitorio, sin duda, pero de todos modos un cuerpo coercitivo
ubicado por encima de la sociedad. Según Marx, el Estado iría caducando a
medida que avanzara la técnica y extendiera el reino de la libertad al darle a
la humanidad abundancia material y tiempo libre para controlar directamente sus
asuntos. Este extraño cálculo sobre la necesidad y la libertad, que requiere
justamente la intervención del Estado, difiere muy poco en lo político de la
corriente de opinión democrático-burguesa radical, propia del siglo pasado.
La esperanza anarquista de lograr la abolición inmediata del Estado
descansaba principalmente en la creencia de que el hombre posee instintos
sociales viables. A juicio de Bakunin, la costumbre obligaría al individuo
antisocial a respetar los valores y las necesidades colectivos sin que la
sociedad tuviera que someterlo a coerción. En cambio, Kropotkin, que ejerció
mayor influencia sobre los anarquistas en este terreno especulativo, afirmó que
en el hombre existe una propensión a la ayuda mutua -en esencia, un instinto
social- y que ello constituiría la base segura de la solidaridad en una
comunidad anarquista, concepto que dedujo perspicazmente de sus estudios de la
evolución animal y social (1).
El hecho es que, tanto en el marxismo como en el anarquismo, la
respuesta al problema de las necesidades y del trabajo está plagada de
ambigüedades. El reino de la necesidad se imponía brutalmente; era imposible
reducirlo a la nada con simples teorías o conjeturas. Los marxistas esperaban
dominarlo mediante un Estado; los anarquistas, creían haber hallado la salida
en sus comunidades libres. Pero, dado el escaso desarrollo tecnológico del
siglo pasado, ambas escuelas de pensamiento se reducían en último análisis a un
acto de fe, a una esperanza. Los anarquistas alegaban que todo poder estatal
transitorio, por revolucionaria que fuera su retórica y democrática su
estructura, tendería a perpetuarse, a convertirse en un fin en sí mismo, a
preservar precisamente las mismas condiciones materiales y sociales para cuya
eliminación había sido creado. Tal poder estatal llegaría a caducar, es decir a
promover su propia disolución, únicamente si sus jefes y burócratas fueran
hombres de cualidades morales sobrehumanas. Los marxistas, a su vez, invocaban
la historia para dar prueba de que la costumbre y la propensión mutualista
nunca fueron barreras eficaces para contener las presiones de las necesidades
materiales, las arremetidas de la propiedad y, por último, la explotación y el
dominio de una clase por otra. Consecuentemente, descartaron al anarquismo por
considerarlo una doctrina ética que resucitaba la mística del hombre natural.y
de sus virtudes sociales innatas. El problema de la miseria y del trabajo -el
reino de la necesidad- nunca fue resuelto satisfactoriamente por ninguna de las
dos doctrinas en el siglo pasado. Queda a favor del anarquismo el haberse
mantenido absolutamente fíel a su elevado ideal de libertad -el ideal de la
organización espontánea, la comunidad y la abolición de toda autoridad-, aunque
esto equivalía a reconocerla como ideología del futuro, de la época en que la
técnica pusiera término al reino de la necesidad. Por el contrario, el marxismo
fue haciendo cada vez más concesiones en detrimento de su ideal de libertad, al
que restringió tristemente con etapas transitorias y recursos políticos, al
punto que en la actualidad su único objetivo es un férreo poder, la eficiencia
pragmática y la centralización social; vale decir que se ha convertido en una
ideología prácticamente idéntica a las del capitalismo estatal del presente
(2).
Asombra comprobar durante cuánto tiempo el problema de las necesidades
materiales y del trabajo fue la preocupación fundamental de la teoría
revolucionaria. En un lapso de sólo nueve décadas -de 1850 hasta 1940- la
sociedad occidental creó, atravesó y superó dos etapas importantísimas de la
historia tecnológica: la era paleotécnica, basada en el carbón y el acero, la
era neotécnica, fundada en la energía eléctrica, las sustancias químicas
sintéticas, la electriCidad y los motores de combustión interna. Por rara
ironía, estas dos eras tecnológicas parecieron aumentar la importancia del
trabajo en la vida social. A medida que crecía la proporción de obreros
industriales en relación al número de las demás clases sociales, el trabajo -el
trabajo arduo y absorbente- iba subiendo en la escala de valores del
pensamiento revolucionario. Durante ese periodo, la propaganda de los
socialistas sonaba cual himno al trabajo; se exaltaba al obrero, presentándolo
como el único elemento útil de la trama social. Se le atribuía una capacidad
instintiva superior, que lo convertía en árbitro de la filosofía, el arte y la
organización social. Esta curiosa inclinación a poner el trabajo por encima de
todo, esta ética laboral puritana de la izquierda, no fue disminuyendo con el
paso del tiempo sino todo lo contrario, y hacia 1930 adquirió fuerza imperiosa.
La desocupación en masa hizo del empleo y de la organización social del
trabajo el tema central de la propaganda socialista. En lugar de postular
fundamentalmente la necesidad de emancipar al hombre de las penas del trabajo,
los socialistas tendían a pintar a la sociedad socialista como una suerte de
colmena rumorosa donde se desplegaba una gran actividad industrial que daba
ocupación a todos. Los comunistas no se cansaban de poner a Rusia como modelo
de país socialista, en el que toda persona físicamente apta tenía empleo, en el
que siempre había oportunidad de trabajar.
Por sorprendente que nos parezca hoy en día, el hecho es que hace poco
menos de una generación, el socialismo era identificado con una sociedad cuyo
pivote y fin último era el trabajo, y la libertad se asimilaba a la seguridad
material proporcionada por la eliminación de la desocupación. Así, el mundo de
la necesidad invadió y corrompió sutilmente el ideal de libertad.
Si las ideas socialistas de la generación precedente nos parecen ahora
anacrónicas ello no se debe a que el hombre de hoy haya alcanzado una
comprensión superior. Los tres últimos decenios, particularmente los años
finales de la década de 1950, señalan un momento decisivo en el desarrollo
tecnológico: en ellos se produjo una revolución tecnológica que niega todos los
valores, los esquemas políticos y las miras sociales sostenidos por la
humanidad en el transcurso de su historia conocida.
Tras miles de años de tormentoso desarrollo, los países de Occidente, y
potencialmente la humanidad toda, se ven frente a la posibilidad de instaurar
un mundo de abundancia en el que no habrá obligación de trabajar, una época en
la cual todos los medios de vida y los lujos podrán ser provistos casi
enteramente por la máquina.
Como veremos en la sección siguiente, ha surgido una nueva técnica capaz
de reemplazar el reino de la necesidad por el reino de la libertad. Tan obvio
es esto para millones de personas de los Estados Unidos y Europa, que ya no
requiere explicación elaborada ni exégesis teórica. Esta revolución tecnológica
y las perspectivas que abre para la sociedad constituyen las premisas del
estilo de vida radicalmente distinto adoptado por muchos jóvenes, que
pertenecen a una generación desembarazada de los valores y de las seculares
tradiciones de sus mayores, que ponían sus miras esencialmente en el trabajo.
Incluso la proposición de que se garantice a todos una renta anual sin tomar en
cuenta si quien la recibe trabaja o no, suena cual lejano eco de una nueva
realidad que llena el pensamiento de la juventud actual (3).
A partir de 1960, con los progresos de la cibernética, la imagen de una
vida libre de los afanes del trabajo pasó a ser artículo de fe para un número
cada vez mayor de jóvenes. En realidad, el verdadero problema que se nos
presenta hoy en día no es el saber si la nueva técnica puede proporcionamos los
medios de vida en una sociedad donde no haya obligación de trabajar, sino el
determinar si ella puede humanizar a la sociedad, contribuir a la creación de
nuevas relaciones entre los hombres. La exigencia de una renta anual
garantizada se apoya exclusivamente en las promesas cuantitativas que encierra
la tecnología cibernética, es decir en la posibilidad de satisfacer las
necesidades materiales fundamentales sin tener que trabajar.
Admito que esta solución cuantitativa, si así puede decirse, está
quedando atrás respecto a los avances tecnológicos que ya abren las
perspectivas de una solución cualitativa, a saber, la posibilidad de concretar
un estilo de vida comunitario, descentralizado o, como yo prefiero denominarlo,
formas ecológicas de agrupamiento humano (4).
Lo que planteo, en efecto, es un interrogante distinto de los que
habitualmente inspira la técnica moderna: ¿demarca ella una nueva dimensión de
la libertad humana, de la liberación del hombre? ¿Puede liberarnos de las
necesidades materiales y del trabajo, amén de contribuir directamente a formar
una comunidad humana armoniosa y equilibrada, una comunidad que constituya el
suelo fértil donde el hombre pueda florecer plena e ilimitadamente? ¿Servirá no
sólo para eliminar la eterna lucha por la existencia sino también para alentar
el deseo de creación tanto en lo individual como en lo colectivo?
Nota
(1) Véase, Kropotkin, Pedro, El apoyo mutuo. Un factor de la evolución.
(2) Por mi parte, pienso que la evolución del Estado proletario de Rusia
viene a confirmar de modo contundente la crítica anarquista del estatismo
marxista. Por cierto que los marxistas modernos harían bien en consultar El
Capital a fin de conocer los conceptos de Marx acerca del fetichismo de los
objetos; así comprenderían mejor por qué todo tiende a convertirse en un fin en
sí mismo cuando lo único que importaba es la obtención y el intercambio de
objetos. Por lo demás, se ha simplificado groseramente la crítica marxista del
comunitarismo anarquista. Este tema está magníficamente tratado en el libro de
Buber Caminos de Utopía (Fondo de Cultura Económica, México).
(3) Esta afirmación que quizá a principios de la década de 1970 podía
deslumbrar a más de uno, e incluso pregonarse como posibilidad social, ahora, a
mitad del 2011, esto es, a un poco más de cuarenta años, pareciese una broma de
mal gusto si tomamos en cuenta la famosa generación de los nini -esto es, los
jóvenes que ni estudian ni trabajan, al igual que las poquísimas oportunidades
que la juventud de los denominados países del primer mundo tienen ante sí. Se
nos podrá señalar que ello es consecuencia de que la revolución liberadora no
se produjo, lo que sin duda es evidente, más esto no representa justificación
de ningún tipo, por lo que este tipo de afirmaciones deben ser cuidadosamente
reflexionadas sobre todo para no llenarnos la mente de fantasías que nos
impidan ver la realidad y laborar or su transformación de manera coherente y no
disparatada. (Nota de Chantal López y Omar Cortés a la presente edición
cibernética).
(4) Permítaseme añadir que un enfoque exclusivamente cuantitativo de la
nueva técnica no sólo es arcaico desde el punto de vista económico sino que
involucra un retroceso en lo moral. Participa del viejo principio moral de la
justicia, a distinción del nuevo principio moral de la liberación.
Históricamente, el concepto de justicia corresponde a un mundo donde reina la
necesidad material y hay obligación de trabajar; es propio de un mundo en el
que los recursos son relativamente escasos y, por tanto, deben ser repartidos
según un principio moral que señala lo justo o injusto. La justicia, incluso la
igualitaria, encierra una idea de limitación porque se presupone que los bienes
han de distribuirse en forma restringida y que el hombre ha de dedicar
sacrificadamente su tiempo y energía a la producción. Una vez que trascendamos
el concepto de justicia, de limitación -esto es, cuando hayamos pasado de las
posibilidades cuantitativas de la tecnología moderna a las cualitativas-
entraremos en el inexplorado reino de la liberación, de la libertad ilimitada
basada en la organización espontánea y el acceso sin trabas a todos los medios
necesarios para la vida humana.
LAS POSIBILIDADES DE LA TECNOLOGÍA MODERNA
Permítaseme buscar respuesta a estas preguntas señalando un rasgo
fundamental de la tecnología moderna: por primera vez en la historia, la
tecnología tiene ante sí un horizonte indefinido. Con esto quiero decir que ha
adquirido desarrollo tal, que su posibilidad de crear máquinas capaces de
desempeñar los trabajos tradicionalmente ejecutados por el hombre no conoce
límites ahora. La tecnología ha pasado finalmente del campo de la invención al
de la construcción, del descubrimiento casual a la innovación sistemática.
El doctor Vannevar Busch, ex director de la Oficina de Investigación y
Desarrollo Científico explica de manera suficientemente clara el significado de
este avance cualitativo:
Supongamos que hace medio siglo alguien hubiera propuesto crear un
aparatito que, puesto en un automóvil, lo hiciera seguir automáticamente, aún
estando dormido el conductor, una línea blanca pintada a lo largo del camino
... Todos se habrían reído de él, y le habrían dicho que su idea era
descabellada. Así habría ocurrido hace cincuenta años. Pero supongamos que hoy
alguien pidiera tal aparatito y estuviera dispuesto a pagarlo, dejando de lado
toda consideración en cuanto a su utilidad verdadera. Habría muchas empresas
prestas a firmar un contrato y construir el artefacto. No se requeriría un
proceso de invención. En nuestro país hay miles de jóvenes para quienes sería
un placer fabricar este dispositivo. Simplemente, tomarían del armario células
fotoeléctricas, tubos termoiónicos, servomecanismos y relais; y si se lo
pidieran, harían un modelo que sin duda funcionaría perfectamente. El hecho es
que la existencia de gran cantidad de artefactos baratos, seguros y adaptables
a varios usos y la existencia de individuos que saben muy bien cómo emplearlos,
hacen que la construcción de artefactos automáticos se convierta en un
procedimiento simple y rutinario. Ya no es cuestión de averiguar si algo se
puede hacer, sino de decidir si vale la pena hacerlo.
Aquí Busch pone de relieve los dos rasgos primordiales de la así llamada
segunda revolución industrial: las posibilidades de la tecnología moderna y el
criterio mercantil e inhumano con que se la encara y, por ende, limitado.
Sería ocioso referirme al hecho de que el factor costo -el factor lucro,
para decirlo más claramente- inhibe el uso de las innovaciones tecnológicas,
así como promueve su aplicación en diversas industrias. Es bien sabido que en
muchos campos de la economía a menudo la mano de obra resulta más barata que la
máquina. Prefiero pasar revista a ciertos aspectos del proceso que condujo a la
tecnología a su situación actual; además, hablaré sobre ciertas aplicaciones
práctiras que han modificado pr0fundamente el papel del trabajo humano en la
industria y la agricultura.
Acaso lo que más influyó para dar tan tremendo impulso a la tecnologia
fue la creciente interpenetración de la abstracción científica, las matemáticas
y los medios analíticos con las tareas concretas, pragmáticas y más bien
mundanas de la industria. Este nuevo orden de relaciones es relativamente
reciente. Siempre lo técnico estuvo totalmente separadp de lo especulativo,
teórico, mental; cisma este provocado por la neta división que existía entre
las clases ociosas y las trabajadoras en la sociedad de la antigüedad y del
medievo. Poco a poco, se tendieron algunos puentes entre amos dominios; más
ello fue fundamentalmente obra inspirada y episódica de unos pocos hombres
extraordinarios, los precursores de las ciencias aplicadas.
En realidad, éstas tomaron forma en el Renacimiento y comenzaron a
florecer verdaderamente en el siglo XIX, cuando el saber científico -el
creciente cuerpo de generalizaciones acerca del mundo físico- fertilizo el
terrenal reino de la tecnología.
El auténtico héroe de la nueva interrelación de lo científico con lo
tecnológico no es el inventor, el James Watt o el Thomas Edison, sino el
investigador sistemático de miras universales, el Michael Faraday, cuyo aporte
enriquece simultáneamente a la ciencia abstracta y a la ingeniería práctica.
En nuestros días, la síntesis representada por la obra del genio
inspirado, singular, reposa en el equipo de especialistas anónimos -la
corporación de físicos, biólogos, ingenieros y técnicos-, lo que sin duda
presenta grandes ventajas, pero también el inconveniente de la falta de visión,
imaginación e inspiración que caracterizan a la organización burocrática.
Otro factor importante, aunque no tan evidente, es el desarrollo
industrial en sí. Este no es exclusivamente tecnológico en el sentido de que
sólo significa el reemplazo de la mano de obra por la máquina. Uno de los
medios más eficaces para aumentar la producción ha sido la continua
reorganización de los procesos laborales, la ampliación y perfeccionamiento de
la división del trabajo; Curiosamente -por una dialéctica interna propia- la
creciente descomposición de las tareas hasta extremos cada vez más inhumanos,
su desmenuzamiento en una serie de operaciones fragmentadas e intolerablemente
minúsculas conducente a una cruel simplificación del proceso laboral, da
nacimiento a la máquina que reunirá en una sola operación mecanizada todas esas
manipulaciones aisladas.
Históricamente, sería difícil dilucidar cómo surgió la producción
mecanizada en gran escala, cómo la máquina fue desplazando a la mano de obra,
sin seguir las sucesivas etapas evolutivas de la industria: 1°) el artesanado,
en la cual un trabajador independiente y profundo conocedor de su oficio
realiza las más diversas operaciones para producir un único objeto; 2°) el
purgatorio de la fábrica, donde todas esas tareas son fragmentadas y
distribuidas entre multitud de jorñaleros ño especializados o semi especializados;
3°) el establecimiento fabril totalmente mecanizado, en el cual la máquina
cumple la labor de muchos obreros y sólo requiere para su manejo de unos pocos
hombres; 4°) la planta 'automatizada cibernéticamente, que ya no requiere
operarios sino técnicos supervisores y expertos en el cuidado y manteniento de
los sistemas automáticos.
Si seguimos profundizando en la materia, descubriremos otro aspecto
importante: que la máquina, otrora simple prolongación del músculo humano, ha
pasado a ser una prolongación del sistema nervioso humano.
En el pasado, las herramientas y las máquinas le servían al hombre para
aumentar su capacidad física para dominar a las fuerzas naturales y tomar las
materias primas. Los dispositivos mecánicos y los motores creados durante los
siglos XVIII y XIX no vinieron a reemplazar a los bíceps humanos, sino a
ampliar su eficiencia. Aunque las máquinas incrementaron enormemente la
producción, todavía se necesitaba de los músculos y la inteligencia del
trabajador para manejarlas, aún tratándose de operaciones medianamente simples.
El avance técnico podía medirse estrictamente por el grado de productividad: un
hombre, con determinada máquina, producía cinco, diez, cincuenta o cien
artículos más que antes de emplearla. El martillo de vapor de Nasmyth, expuesto
en 1851, moldeaba vigas de hierro con unos pocos golpes, labor que, hecha a
pulso, habría insumido largas horas. Con todo, para levantar, sostener y sacar
la pieza fundida, se precisaba de la fuerza mascular y la razón de media docena
de operarios en buenas condiciones físicas.
Con el tiempo, se fueron inventando artefactos que ahorraron esfuerzo
humano, mas la acción y la inteligencia del hombre siguieron siendo
indispensables para el manejo de la máquina y, por tanto, parte imprescindible
del proceso de producción.
Para que una máquina sea totalmente automática y aplicable a una
compleja industria para la producción en gran escala, debe cumplir por lo menos
tres principios técnicos fundamentales: tener la capacidad de corregir sus
propios errores; estar provista de elementos sensoriales que reemplacen a los
sentidos de la vista, el oído y el tacto del trabajador; y, por último, incluir
dispositivos que hagan las veces de las facultades mentales del hombre, es
decir que la doten de discernimiento, habilidad y memoria. El uso efectivo de
estos tres principios presupone contar con los medios técnicos sin los cuales
sería imposible aplicar a las operaciones industriales esos dispositivos que
hacen que la máquina se comporte como si poseyera sentidos y cerebro; presupone
estar en condiciones de adaptar las maquinarias existentes o crear otras nuevas
para manipular, conformar, armar, embalar y transportar productos acabados y
semiacabados.
El empleo de medios de control automático y autocorrectivos en las
operaciones industriales no es cosa nueva. El regulador de Watt, inventado en
1788, es un órgano cibernético elemental utilizado para la autonormalización de
laS máquinas de vapor. Unido por brazos metálicos a la válvula de la máquina,
el regulador consiste esquemáticamente en una fina varilla rotativa que
sostiene un par de bolas de metal con movimiento libre. Cuando la máquina
aumenta el número de revoluciones por minuto, la varilla comienza a rotar más
rápidamente y produce una fuerza centrífuga que impulsa las bolas hacia afuera,
las que cierran la válvula; inversamente, si ésta no recibe vapor suficiente
para mantener la velocidad de giro, las bolas caen hacia adentro, agrandando la
abertura de la válvula. El termostato que regula el funcionamiento de los
sistemas de calefacción se basa en un principio similar: fijada de antemano la
temperatura deseada, pone automáticamente en marcha el equipo cuando la
temperatura desciende por debajo del nivel establecido y lo apaga cuando se
eleva por encima de él.
Estos dos dispositivos reguladores constituyen un ejemplo ilustrativo de
lo que ha dado en llamarse el principio de realimentación. En los equipos
electrónicos modernos, toda alteración en el funcionamiento de la máquina
produce señales eléctricas que son transmitidas al dispositivo de control de
manera que éste automáticamente corrige la desviación o el error. Las señales
eléctricas inducidas por el error son amplificadas por el sistema de control,
que luego las transmite a otros dispositivos que se encargan de volver la
máquina a su punto ideal.
Llámase sistema cerrado al que emplea la desviación respecto a una norma
para regular la máquina. Su contrario es el sistema abierto, en el cual los
dispositivos cumplen su misión independientemente de la función específica del
artefacto (por ejemplo, un interruptor de luz manual o las levas que hacen
girar automáticamente un ventilador eléctrico). Así, si se mueve el
interruptor, la luz eléctrica se prenderá o apagará, sea de día o de noche;
igualmente, el ventilador rotará con igual velocidad, esté el ambiente muy
cálido o relativamente fresco. En suma, el ventilador será automático en el
sentido popular de la palabra, pero no se autorregula en lo que a su función
concierne.
Indudablemente, el descubrimiento de dispositivos sensibles constituye
un importante paso adelante en la creación de mecanismos de control
autorreguladores. Hoy en día, contamos en este campo con termocuplas, células
fotoeléctricas, aparatos de rayos X, cámaras de televisión y transmisores de
radar. Conjunta o separadamente, confieren a la máquina un asombroso grado de
autonomía. Aún sin los computadores, estos dispositivos sensibles permiten
realizar operaciones extremadamente peligrosas por control remoto, de modo que
permiten al operario, ubicarse a gran distancia del punto donde se efectúa el
trabajo. También pueden emplearse para convertir muchos sistemas abiertos
tradicionales en sistemas cerrados, con lo cual se amplía el radio de acción de
las operaciones automáticas.
Tomemos el caso de la iluminación eléctrica manejada mediante reloj;
trátase de un sistema abierto medianamente simple cuya eficacia depende por
completo de factores mecánicos. Pero si se la regula con una célula
fotoeléctrica que hace apagar las luces cuando amanece, habremos perfeccionado
la iluminación artificial, le habremos dado capacidad de adaptación, porque se
encenderá y apagará con la puesta y la salida del sol. De esta suerte, el
sistema guarda relación directa con su función.
El computador, capaz de realizar todas las tareas rutinarias que
agobiaban al trabajador hace poco menos de una generación, inicia una nueva era
en la industria. Básicamente, el computador digital es un calculador
electrónico que realiza operaciones aritméticas a una velocidad
incomparablemente mayor que el cerebro humano (1). Y en esto reside justamente
su importancia: su enorme rapidez, que le otorga superioridad cuantitativa
sobre la capacidad del hombre, tiene un profundo significado cualitativo. En
virtud de su rapidez, el computador puede efectuar operaciones matemáticas y
lógicas sumamente difíciles y complicadas; gracias a su memoria, que almacena
millones de datos e informaciones, y el uso del sistema de numeración binario
(que consta únicamente de los números O y 1) un calculador digital es capaz de
realizar operaciones que se aproximan a muchas actividades lógicas
extremadamente complejas de la mente humana. No sabemos si la inteligencia del
computador llegará alguna vez a crear o innovar; debemos esperar, puesto que la
técnica de las computadoras avanza día a día a pasos agigantados, sufriendo en
poco tiempo cambios verdaderamente revolucionarios.
De lo que no cabe la menor duda es de que el calculador digital está ya
en condiciones de hacerse cargo de las gravosas tareas mentales que en nada
requieren el ejercicio de las facultades creadoras del hombre en la industria,
la ciencia, la ingeniería, la recepción de informaciones, la documentación y el
transporte. El hombre moderno ha fabricado un cerebro electrónico para
coordinar, guiar y evaluar la mayoría de las operaciones fabriles rutinarias.
Empleados adecuadamente dentro de la esfera de acción a la cual están
destinados, los computadores son más rápidos y eficientes que el ser humano.
En términos generales, ¿cuál es el significado concreto de esta nueva
revolución industrial? ¿Cuáles son sus consecuencias inmediatas y previsibles
en lo que al trabajo concierne?
Veamos la repercusión que tuvo la nueva técnica en los procesos de
producción. Tomaremos el caso de la fábrica de motores de automóvil Ford de
Cleveland. El increíble cambio sufrido por este establecimiento en sólo una
década nos permitió valorar hasta qué punto el desarrollo técnico de todas las
industrias puede contribuir a la liberación del hombre.
Hasta el momento en que la cibernética comenzó a aplicarse en la
industria del automotor, la planta Ford empleaba unos trescientos obreros que,
utilizando gran variedad de herramientas y máquinas, tardaban más de tres
semanas para transformar un bloque de fundición en un motor completo. Con el
uso de los llamados sistemas mecánicos automatizados, esas tres semanas se
redujeron a menos de quince minutos. Del personal de trescientos, sólo quedaron
unas pocas personas encargadas de vigilar el tablero de control automático. Más
tarde se añadió un computador al sistema mecánico, con lo que se lo convirtió
en un verdadero sistema cerrado, en un órgano cibernético. El computador dirige
todo el proceso mecánico mediante pulsos electrónicos cuya frecuencia es de 300,000
ciclos por segundo. Pero aún este sistema es ya anticuado.
La próxima generación de máquinas computadoras tendrá una frecuencia mil
veces mayor, es decir de 300 millones de ciclos por segundo, observa Alice Mary
Hilton. Las frecuencias de un millón o de mil millones de ciclos por segundo
escapan a la comprensión de nuestras mentes finitas. Lo que sí se entiende
perfectamente es que, en sólo uno o dos años, hemos avanzado mil veces. Estamos
en condiciones de procesar una información mil veces más voluminosa que antes,
o bien de procesar igual cantidad de información, con una velocidad mil veces
mayor. En resumidas cuentas, una tarea que requería dieciséis horas puede ahora
realizarse en un minuto, ¡y sin intervención humana! Un sistema capaz de actuar
así no sólo gobierna un tren de montaje, sino todo un proceso industrial, la
fabricación completa de un objeto.
No hay razón para que los principios técnicos básicos aplicados para
convertir una fábrica de motores de automóvil en un organismo cibernético no
puedan utilizarse en todos los campos de la producción en gran escala, desde la
industria metalúrgica hasta la alimentaria, desde la electrónica hasta la
juguetera, desde la construcción de puentes prefabricados hasta la de casas
prefabricadas.
Muchas de las fases de la siderurgia, de la producción de herramientas y
matrices, de la fabricación de equipos electrónicos, de la elaboración de
substancias químicas -en fin, la lista sería prácticamente interminable- están
ya automatizadas parcial o totalmente.
El principal factor que impide la completa automatización de todas las
etapas de la industria moderna es el enorme gasto que insumiría el reemplazar
las instalaciones existentes con otras nuevas, más complicadas; el segundo
factor es el innato espíritu conservador de buena parte de las grandes
compañías. Finalmente, como ya dije, en diversas industrias resulta más barata
la mano de obra que la máquina.
A no dudarlo, cada industria tiene sus problemas particulares, de modo
que la introducción de las nuevas técnicas cibernéticas haría surgir multitud
de complicaciones, cuya solución exigiría cuidadoso estudio y grandes
esfuerzos. En muchos casos, sería preciso alterar la forma del producto y la
disposición de la planta industrial para adaptar el proceso fabril a la técnica
de la automatización.
Mas aseverar que por ese motivo es imposible automatizar completamente
tal o cual industria, es tan ridículo como si, hace unos años se hubiera
afirmado que no era factible volar porque la hélice de un aeroplano
experimental no giraba a velocidad suficiente o porque el armazón era demasiado
frágil como para resistir las sacudidas del viento.
No hay industria que no pueda automatizarse totalmente si estamos
dispuesto a adaptar el producto, las instalaciones, los procedimientos de
producción y los métodos de manipulación a las nuevas circunstancias.
En rigor, la mayor dificultad para planear cómo, dónde y cuándo
determinada industria ha de automatizarse no estriba en los problemas
específicos que se presentarán, sino en el constante progreso de la tecnología
moderna, que da enormes saltos de año en año. Prácticamente, todo proyecto de
automatización ha de ser tenido como provisorio, pues no bien lo ponemos en el
papel, nos enteramos de nuevos y notables avances que dejan ya atrás las ideas
esbozadas.
Sin embargo, creo acertado y útil referirme a la aplicación de la nueva
tecnología en el campo laboral que embrutece y envilece al hombre como ningún
otro. Así como, según aseguran los pensadores radicales, la posición de la
mujer dentro de la sociedad da la pauta del nivel moral de ésta, también cabría
decir que la sensibilidad de una sociedad respecto al sufrimiento humano puede
medirse por las condiciones en que deben desenvolverse los obreros empleados en
la obtención de las materias primas, específicamente en las minas y canteras.
Antiguamente, el trabajo en las minas era un modo de castigo, reservado
principalmente a los criminales más recalcitrantes, los esclavos más rebeldes y
los prisioneros de guerra más aborrecidos. La mina es la imagen del infierno
hecha realidad diaria: mundo lúgubre, donde cuerpo y alma se atrofian;
mortecino reino inorgánico, traicionera caverna que hace del hombre un triste
autómata obligado a trabajar dura y penosamente.
El campo, el bosque, el arroyo y el océano son el medio natural de la
vida humana: la mina no es más que mineral, metal, escribe Lewis Mumford.
... Al abrir las entrañas de la tierra para hurgar en su interior, el
minero pierde la noción de la forma; sólo ve pura materia, y hasta que llega al
filón, esa materia no es más que un obstáculo que va quitando tenazmente de su
camino. Si alguna forma ve dibujada en las paredes de su cueva a la luz
vacilante de su candela, es la monstruosa proyección de su pico o de su brazo:
son las formas del horror. El día, ha sido abolido y el ritmo de la naturaleza,
quebrado; aquí es donde surgió el trabajo ininterrumpido día y noche. El minero
tiene que vivir con luz artificial aunque fuera el sol brille radiante; y en
los yacimientos más profundos, ha menester de ventilación artificial: todo un
triunfo del medio ambiente fabricado.
La eliminación del trabajo humano en la extracción de los minerales
constituiría de por sí un índice de las posibilidades liberadoras de la
tecnología. Y el que podamos decir que esto ya se ha logrado, aunque no sea más
que en un solo caso por el momento, es muestra de que en el futuro la técnica
dispensará al hombre del trabajo aflictivo.
El primer gran paso en este sentido, por lo menos en lo que a la
industria carbonífera concierne, fue dado con la creación de una gigantesca
máquina provista de cuchillas de 2,70 m que saca ocho toneladas de carbón por
minuto. Gracias a esta extractora continua, a las cargadoras móviles, los
taladros eléctricos y otras mejoras, en minas de zonas como la de Virginia
Occidental, se redujo la cantidad de mineros a un tercio del número empleado en
1948 y se duplicó la producción individual. Pese a ser esto un gran adelanto,
seguíase necesitando del hombre para ubicar y manejar las máquinas; pero ahora,
con los últimos progresos técnicos, nos es ya dable prescindir por completo del
minero, cuyas tareas pueden ser cumplidas por dispositivos sensibles basados en
el principio del radar.
Las máquinas automáticas dotadas de elementos sensoriales posibilitan la
eliminación del trabajador no sólo de las grandes minas, tan necesarias para la
economía, sino también de la agricultura, si se la organiza según los moldes de
la industria moderna. Aunque es muy cuestionable la conveniencia de
industrializar y mecanizar la actividad agraria (punto que retornaré luego), el
hecho es que, si la sociedad decide hacerlo, fácil será automatizar importantes
ramas de la agricultura moderna, desde el cultivo del algodón hasta el del
arroz. Podríamos manejar casi cualquier máquina, sea una pala gigante en una
mina abierta o una cosechadora en una gran planicie, mediante órganos
cibernéticos sensibles o por contral remoto con cámaras de televisión. La
cantidad de trabajo que insumiría el manejo de estos dispositivos y máquinas
desde una distancia segura y una cómoda ubicación sería mínima, en caso de que
se requiera intervención humana.
No está muy lejano el día en que una economía organizada racionalmente
construirá fábricas completas, compactas, en forma automática, sin que el
hombre ponga mano en ello; en que los componentes de las máquinas se producirán
con tan poco esfuerzo que la atención de éstas se reducirá al simple acto de
quitar una pieza defectuosa para reemplazarla por otra en buen estado, tarea
tan pesada como la de sacar y poner una bandeja; en que las máquinas, en suma,
se encargarán de fabricar y reparar la mayoría de los aparatos necesarios para
mantener una economía altamente industrializada.
Semejante técnica, encauzada totalmente a llenar las necesidades humanas
dejando de lado toda consideración en cuanto a ganancias o pérdidas, traería al
mundo una abundancia sin precedentes, aún en relación a los standard de
opulencia material de los países occidentales prósperos. La máquina puesta al
servicio del hombre eliminaría el ponos de la necesidad y el trabajo aflictivo,
la condena de vivir en una sociedad basada en la escasez y el trabajo
obligatorio, donde imperan la frustración, el sufrimiento y la deshumanización.
En tales circunstancias, los problemas que se plantean en torno de las
consecuencias y posibilidades del uso de la cibernética en la técnica no atañen
ya a la satisfacción de las necesidades materiales del hombre sino a la
reintegración de la sociedad.
Sería responsabilidad nuestra determinar ahora mismo cómo habrán de
emplearse la máquina, la fábrica y la mina para promover la solidaridad humana,
el logro de una relación equilibrada con el medio natural y de una comunidad
verdaderamente orgánica. ¿Deberá utilizarse la nueva técnica en gran escala,
sobre la base de una economía nacional que abarque gigantescas empresas
industriales?
Este tipo de organización industrial -en rigor, una prolongación de la
Revolución Industrial- demandaría un sistema centralizado para la planificación
de la economía nacional así como la delegación de la autoridad en manos de
representantes económicos y políticos investidos de poderes estratégicos y de
mando, poderes consolidados por el dominio que esos representantes estarían en
situación de ejercer sobre la industria, convertida en un enorme
establecimiento socializado, o de dimensiones nacionales y carácter anónimo.
Por su índole misma, la industria en gran escala es terreno fértil para
la proliferación de modos burocráticos de administración, trátese de empresas
privadas o dirigidas por los trabajadores. Cuando la industria es socializada
al punto de trascender la escala humana, se convierte en el más firme apoyo
material del Estado autoritario y centralista.
Acaso la nueva técnica se preste a la producción en pequeña escala,
basada en una economía regional y estructurada a medida del hombre. Este tipo
de organización industrial propende a dejar las decisiones económicas
estratégicas a cargo de la comunidad de cada lugar, cuyas asambleas populares y
cuyos consejos técnicos se encuentran perfectamente dentro del alcance de los
individuos que la componen. En la medida en que la producción material se
descentralice y localice, se afianzará la primacía de la comunidad sobre las
instituciones nacionales, suponiendo que alguna de ellas tendiera a adquirir
cierto predominio.
La autoridad pertenece fundamentalmente a la asamblea popular, en la que
se practica la democracia directa de persona a persona; la autoridad de la
asamblea se ve cualitativamente fortalecida por el hecho de que ella es la que
dispone exclusivamente de todos los recursos materiales de la sociedad.
Como vemos, lo importante es dilucidar si la sociedad ha de organizarse
en torno de la tecnología o si ésta debe organizarse en torno de la sociedad.
Hallaremos la respuesta analizando la nueva tecnología a fin de
descubrir si hay manera de utilizarla a escala humana.
Nota
(1) Los computadores actualmente en uso divídense en dos amplias
categorías: el computador analógíco y el digítal. El primero tiene aplicación
más bien limitada en las operaciones industriales; aquí me refiero
exclusivamente a las computadoras digitales.
LA NUEVA TECNOLOGÍA Y LA ESCALA HUMANA
En 1945, J. Presper Eckert y John W. Mauchly, de la Universidad de
Pennsylvania, presentaron el ENIAC, primer computador digital totalmente
realizado según principios electrónicos. Estaba destinado a resolver problemas
de balística y su proyecto y construcción llevó cerca de tres años. El aparato
era inmenso. Ocupaba 135 metros cuadrados de superficie y pesaba más de 30
toneladas. Incluía 18.800 tubos de vacío con 500.000 conexiones (que Eckert y
Mauchly tardaron dos años y medio en soldar), una amplia red de resistencias y
kilómetros de cables. El computador llevaba anexo un gran acondicionador de
aire para enfriar los elementos electrónicos; además, se descomponía a menudo o
presentaba grandes irregularidades, lo cual significaba una gran pérdida de
tiempo en reparaciones. Pese a todo, en comparación con los calculadores
anteriores, ENIAC era una verdadera maravilla de la electrónica. Efectuaba
5.000 cálculos por segundo y generaba señales eléctricas a raz6n de 100.000
ciclos por segundo. Ninguno de los calculadores mecánicos o electrónicos
entonces en uso se aproximaba siquiera a tal velocidad.
Unos veinte años después, la Computer Control Company de Framingham,
Massachusetts, ofrecía al público su DDP-124. Trátase de un computador pequeño,
compacto, muy semejante a un receptor de radio de dormitorio; con la máquina de
escribir y la memoria a él adosadós, ocupa cómodamente un escritorio de oficina
común. El DDP-124 realiza más de 285.000 operaciones por segundo. Tiene una
verdadera memoria, ampliable hasta una capacidad de 33.000 palabras (en cambio,
la memoria del ENIAC se fijaba mediante conexiones variables y estaba muy lejos
de poseer la flexibilidad de los computadores actuales); su frecuencia es de
1.750 millones de ciclos por segundo. No precisa acondicionador de aire, es
absolutamente infalible y presenta muy pocos problemas para su cuidado y
mantenimiento. Su costo es infinitamente inferior al del ENIAC.
La diferencia entre el ENIAC y el DDP-124 es de grado antes que de
fondo. Excepción hecha de la memoria, los dos computadores dígitos se basan en
los mismos principios electrónicos fundamentales. El ENIAC, empero, estaba
compuesto primordialmente de piezas electrónicas tradicionales (tubos de vacío,
resistencias, etc.) y miles de metros de cables; por su parte, el DDP-124 está
constituido principalmente por microcircuitos. Estos microcircuitos son por lo
general pequeñísimos, no alcanzan a medir más que una fracción de pulgada, y
encierran el equivalente de gran número de piezas electrónicas clave del ENIAC.
Paralelamente a la disminución del tamaño de los elementos componentes
del computador, se ha verificado tan notable perfeccionamiento de los medios
técnicos clásicos que día a día se crean máquinas de todo tipo cada vez más
pequeñas.
Ejemplo de ello es la extraordinaria reducción sufrida por los
pantagruélicos talleres para laminado en caliente de marcha continua. Una
instalación típica es de las más caras y de mayores dimensiones de la industria
moderna. Puede considerársela como una sola máquina, que mide unos 800 metros
de largo y es capaz de estirar un lingote de acero de 10 toneladas y 15
centímetros de grosor por 130 centímetros de ancho hasta convertirlo en una
lámina de metal de un grosor cercano a los 0.2 centímetros. En el proceso, el
lingote es desnudado de sus escamas, pasado por un laminador de enormes
cilindros y luego sometido a una serie de operaciones destinadas a dar los
toques finales. Toda la instalación, incluyendo los hornos de calentamiento,
los trenes de laminación, el tanque de decapado y el edificio puede alcanzar un
costo superior a los 50 millones de dólares y ocupar una superficie de 2
hectáreas. Produce 300 toneladas de chapas de acero por hora. Una buena
instalación debe contar con gran cantidad de hornos de coque, de hornos de
túnel, trenes desbastadores, etc. Todo esto, junto con los trenes de laminación
en caliente y en frío, puede cubrir varios kilómetros cuadrados de superficie.
Trátase de un complejo siderúrgico moderno, cuya magnitud lo ubica necesariamente
en el orden de lo nacional, que necesita grandes cantidades de materias primas
(por lo general provenientes de lugares lejanos) y cuya producción está
destinada a grandes mercados nacionales e internacionales. Aún totalmente
automatizado, un establecimiento de esta naturaleza trasciende por mucho la
capacidad de una comunidad pequeña, descentralizada; el tipo de administración
que exige es esencialmente de alcances nacionales. En suma, trátase de una
actividad económica que, por su índole, inclina la balanza a favor de las
instituciones centralistas.
Afortunadamente, disponemos ahora de medios como para reemplazar, en
muchos aspectos con ventajas, al complejo siderúrgico arriba descrito.
Así, pueden usarse hornos eléctricos en lugar de los altos hornos. Son
en general pequeños y producen excelente arrabio y acero utilizando no sólo
coque como agente reductor, sino también antracita, hulla, carbón vegetal y
hasta lignita. Otro de los procedimientos a nuestro alcance es el de Hoganas,
por el cual se reduce mineral muy rico o concentrado a esponja de hierro
mediante gas natural. También tenemos el método Wiberg, que emplea monóxido de
carbono y un poco de hidrógeno para efectuar la reducción. Sea como fuere, el
hecho es que nos es posible eliminar los hornos de coque, los altos hornos, los
hornos de túnel y, quizá, hasta los agentes reductores sólidos. Pero el más
importante aporte en los esfuerzos tendientes a dar menores dimensiones a los complejos
siderúrgicos -lo cual los tornará accesibles a una comunidad pequeña- es la
instalación ideada por T. Sendzimir. El gran tren de laminación en caliente de
marcha continua es condensado en un único tren planetario y un pequeño anexo
para las operaciones de acabado. Los lingotes de acero calientes, de 2%
pulgadas de grosor, pasan por dos pares de cilindros chicos, también calientes,
hacia los cilindros laminadores; todo esto va montado en dos jaulas circulares
que además contienen dos tambores de retorno. Las jaulas y los cilindros de
retorno giran a distinta velocidad, haciendo rotar los cilindros laminadores en
dos sentidos, con lo cual se somete al lingote de acero a una terrible presión
que lo reduce a un grosor de apenas una décima de pulgada.
La idea de Sendzimir es un verdadero golpe de genio; al girar en las dos
jaulas circulares, los pequeños cilindros laminadores adquieren una fuerza que
sólo podrían desarrollar cuatro poderosos trenes de laminación y seis trenes
desbastadores. Esto significa que el laminado en caliente no necesita ya de
establecimientos tan enormes. Además, la fundición continua permite obtener
lingotes de acero sin costosas y voluminosas instalaciones.
En resumen: con varios hornos eléctricos, la fundición continua, un tren
de laminación planetario y un pequeño tren de laminación en frío de marcha
continua, que en total ocuparían de media a una hectárea, una comunidad mediana
tendría los medios como para producir y trabajar el acero de acuerdo a sus
necesidades particulares.
Este complejo siderúrgico, de escasas dimensiones y gran perfección,
produciría un acero de muy buena calidad con mucho menos gasto y desperdicio;
aun no siendo automatizado, en relación a un complejo común, requeriría menor
cantidad de operarios; y podría reducir mineral pobre en hierro con mayor
eficacia y facilidad. Finalmente, puesto que el laminador planetario produce
chapas lustrosas y limpias sometiéndolas a la acción de chorros de agua de
elevada presión, no se necesita usar ácidos para el decapado, con lo cual se
elimina uno de los más graves inconvenientes de la industria siderúrgica: la
contaminación de las corrientes de agua donde se arrojan los desechos.
El complejo siderúrgico que acabo de describir no alcanzaría para
abastecer a un mercado nacional como el que existe actualmente en los Estados
Unidos, por ejemplo. Sólo basta para llenar las necesidades de comunidades
pequeñas o medianas y de países de escaso desarrollo industrial. Por lo común,
los hornos eléctricos producen de 100 a 250 toneladas de hierro fundido por
día, cuando un alto horno funde unas 3.000 toneladas diarias. La instalación de
Sendzimir lamina sólo 100 toneladas de metal por hora, aproximadamente una
tercera parte de la producción de un tren de laminación en caliente de marcha
continua. Sin embargo, la capacidad de producción de nuestro hipotético
complejo constituye precisamente una de sus mayores virtudes. Como los
productos serían de tan buena calidad que sufrirían poco desgaste y no sería
menester reponerlos de continuo, habría menor demanda. Por otra parte, dado que
se emplearía mineral de hierro, combustible y agentes reductores en pequeñas
tandas, muchas comunidades se bastarían con sus propios recursos de materia
prima, sin verse obligadas a acudir a centros nacionales, cosa que fortalecería
la independencia de la comunidad y favorecería la descentralización de la vida
económica, amén de ahorrar gastos de transporte. Lo que parecería una
repetición inútil y costosa de una actividad fácilmente desarrollada por unos
pocos complejos siderúrgicos centralizados probaría ser, a la larga, la
solución más conveniente y deseable, tanto desde el punto de vista económico
como el social.
La nueva técnica no sólo ha creado piezas electrónicas en miniatura o
los medios adecuados para descentralizar la producción, también nos ha dado
máquinas que se adaptan a los más diversos usos.
Durante más de un siglo, primó la tendencia a crear máquinas cada vez
más especializadas y destinadas a un único propósito, fenómeno que era reflejo
de la profunda y creciente división del trabajo que iba agarrotando
crecientemente a la actividad fabril. Se subordinaba la función al producto.
Con el tiempo, tan estrecho enfoque pragmático desvió a la industria del
camino racional en la creación de maquinarias, observan Eric W. Leaver y John
J. Brown. La llevó a una especialización más y más antieconómica ... La
especialización de la máquina tendiente a adaptarla a la producción de un
objeto determinado limita totalmente su utilidad, que se acaba en cuanto
desaparece la necesidad de fabricar ese producto único. Si analizamos
correctamente, el trabajo que realiza una máquina puede reducirse a una serie
de operaciones básicas -dar forma, sostener, cortar, etc.-, funciones que
debidamente definidas pueden conjugarse en un solo aparato, al que podrá
dársele la aplicación requerida en cada caso.
Un taladro que llenara las condiciones postuladas por Leaver y Brown
serviría para hacer agujeros de todo calibre, que dejaran pasar desde un fino
alambre hasta un caño.
Otrora se consideraba que máquinas de tan amplia capacidad eran
completamente prohibitivas desde el punto de vista económico. Sin embargo, ya a
mediados de la década de 1950 se idearon y pusieron en uso varias máquinas de
este tipo. En 1954 se fabricó en Suiza una perforadora horizontal para la River
Rouge Plant de la Ford Motor Company, sita en Dearbon, Michigan. Esta
agujereadora sería un magnífico espécimen de la máquina múltiple de Leaver y
Brown; dotada de cinco calibradores ópticos iluminados de tipo microscópico,
hace agujeros más pequeños que el ojo de una aguja y más grandes que el puño de
un hombre. Las perforaciones presentan un error menor de diez milésimas de
pulgada,
Las máquinas multiuso revisten una importancia digna de subrayarse. Con
ellas, un solo establecimiento industrial estaría en situación de producir una
asombrosa cantidad de objetos. Una comunidad pequeña o mediana podría
satisfacer gran parte de la demanda local de cierto número de productos con un
mínimo de instalaciones industriales aprovechadas al máximo. Se eliminarían las
pérdidas ocasionadas por la caída en desuso de las maquinarias, y los
establecimientos se utilizarían para distintos propósitos.
Merced a la flexibilidad y amplitud que esto otorgaría a la vida
económica de la comunidad, ésta lograría una capacidad para autoabastecerse y
un grado de autarquía como no vemos en ninguno de los países de industria
avanzada de la actualidad. En cuanto a la readaptación de las maquinarias para
nuevos usos, resultaría muchísimo más fácil y barata, pues, en general,
consistiría en una graduación de las operaciones que es capaz de realizar la
máquina y no exactamente en una modificación de su estructura o sus
características. Si se tratara, por ejemplo, de una perforadora, no habría más
que cambiar la mecha; y si fuera un torno, bastaría con reemplazar la cuchilla.
Por último, la automatización de las máquinas múltiples no presentaría
mayores obstáculos; para introducirlos en una instalación industrial
automatizada, se requeriría una alteración de los circuitos y de los programas
antes que de la forma y la estructura de las máquinas en sí.
Desde luego, las máquinas especializadas seguirían existiendo para
cumplir la misma función que llenan hoy, a saber, la fabricación en gran escala
de productos de abundante uso y de corta vida.
Hay en la actualidad magníficas máquinas de este tipo notablemente
automatizadas; suelen ser pequeñas instalaciones que las comunidades no
centralizadas podrían adoptar sin grandes modificaciones. Ejemplo de ello son
las máquinas de embotellar y envasar, que constituyen instalaciones compactas,
automáticas y sumamente racionalizadas. Para cuando estén establecidas las
comunidades descentralizadas, sin duda contaremos ya con maquinarias
automáticas de menores dimensiones para las industrias textil, química y
alimentaria. Y supongo que también las fábricas de automotores habrán
evolucionado en este sentido para el día en que automóviles, autobuses y
camiones se muevan a impulsos de la energía eléctrica.
Muchos de los grandes establecimientos que quedarán podrían
descentralizarse eficazmente reduciendo sus dimensiones al máximo y disponiendo
las cosas de manera que fueran explotados simultáneamente por varias
comunidades.
No pretendo afirmar que todas las actividades económicas humanas son
susceptibles de descentralización completa, pero creo que la mayoría puede
llevarse a dimensiones humanas y comunitarias. Baste decir que es posible
trasladar el mayor peso de la economía de los organismos nacionales a los
comunitarios, de las instituciones burocráticas centralizadas a las asambleas
populares locales, a fin de cimentar la soberanía de la comunidad libre sobre
un sólido fundamento industrial.
Tal mutación comprendería un cambio histórico cualitativo, un cambio
social revolucionario de vastas proporciones, sin precedentes en la evolución
técnica y social del hombre.
EL USO ECOLÓGICO DE LA TÉCNICA
Hasta ahora me he ocupado de aspectos tangibles, netamente objetivos,
como son la posibilidad de eliminar el trabajo penoso, la inseguridad material
y la centralización de la economía. Ahora pasaré a referirme a un problema que
puede parecer algo subjetivo, pero que considero de absoluta importancia: la
necesidad de lograr que el hombre vuelva a saber de su dependencia respecto al
mundo natural, que su interrelación con la naturaleza sea parte viva de su
cultura.
Tal problema es característico y propio de esta sociedad nuestra, tan
urbanizada e industrializada. En casi todas las civilizaciones preindustriales,
el hombre no necesitaba que se le explicara su relación con el medio natural,
ésta era bien clara, evidente y viable, y estaba santificada plenamente por la
tradición y los mitos. La sucesión de las estaciones, las variaciones
pluviales, el ciclo vital de las plantas y los animales con que el hombre se
alimentaba y vestía, los caracteres distintivos de la zona ocupada por la
comunidad, eran todos elementos familiares, comprensibles, que despertaban en
él un sentido de reverencia religiosa, de comunión con la naturaleza, y, más
pragmáticamente, un respetuoso sentimiento de dependencia.
Rara vez encontramos entre las primeras civilizaciones occidentales una
tiranía social tan despótica y despiadada que ignorara tal relación. Las
invasiones de los bárbaros y, más engañosamente, el desarrollo de las
civilizaciones comerciales pueden haber destruido las conquistas logradas por
las culturas agrarias establecidas, pero normalmente -aún cuando involucraran
una explotación del hombre- los sistemas basados en la agricultura sólo
excepcionalmente provocaron la destrucción del suelo y los terrenos.
Durante los periodos más opresivos de la historia del antiguo Egipto y
la Mesopotamia, las clases dominantes se preocupaban por mantener los canales
de irrigación en buen estado y promover métodos racionales para el cultivo de
plantas alimenticias. Incluso los antiguos griegos, cuya heredad estaba
constituida por un suelo montañoso de escasa profundidad y sometido a marcada
erosión, tuvieron la inteligencia de convertir las laderas boscosas en huertos
y viñedos, que eran las formas de cultivo que admitían esas tierras.
Durante la Edad Media, el duro suelo europeo fue trabajado paciente y
hábilmente hasta tornarlo apto para la agricultura.
En términos generales, el medio natural empezó a ser explotado
implacablemente cuando surgieron los sistemas agrícolas comerciales y las
sociedades urbanizadas en extremo. Uno de los más tristes casos de
inutilización del suelo que hallamos en el mundo antiguo es el de las chacras
comerciales de Africa del Norte y la Península Itálica, donde se empleaban
esclavos.
En cuanto a nuestra época el desarrollo de la técnica y el crecimiento
de las ciudades han alienado al hombre de la naturaleza, provocando su total
separación de ella. El hombre occidental está encerrado en un medio urbano
esencialmente artificial, se encuentra físicamente alejado de la tierra y la
máquina se interpone en su relación con el mundo natural. Amén de desconocer de
dónde proviene y cómo se producen la mayoría de los bienes que consume, le
presentan su alimento de manera tal que conserva poco o nada de la forma del
animal o la planta con que ha sido preparado. Encajonado en un medio urbano
aséptico (casi institucional en forma y apariencia), el hombre moderno se ve
privado incluso de actuar como espectador de la actividad agrícola e industrial
que satisface sus necesidades materiales. Es pura y exclusivamente un
consumidor, un receptáculo insensible. Sería injusto afirmar que no respeta su
medio natural; lo trágico es que no tiene casi idea de qué es la ecología o de
lo que se requiere para mantener el equilibrio del mundo que lo circunda.
Es preciso restaurar el equilibrio, no sólo en la naturaleza sino
también entre ella y el ser humano.
En otro ensayo, traté de demostrar que, si no se equilibra de alguna
manera la relación entre el hombre y su contorno, la especie humana corre el
grave peligro de extinguirse (1). Aquí me propongo mostrar cómo puede aplicarse
la nueva técnica con criterio ecológico a los fines de cristalizar el
sentimiento de dependencia del hombre respecto a su medio natural; quiero
probar que, al reintroducir el mundo natural en la experiencia humana,
contribuiremos a la integración del hombre.
Los utopistas clásicos comprendieron plenamente que el primer paso en
este sentido ha de consistir en eliminar la oposición entre ciudad y campo.
Es imposible dijo Fourier hace casi un siglo y medio, organizar
agrupaciones humanas estables y bien equilibradas sin hacer entrar en juego las
labores del campo, o al menos el jardín, la huerta, el ganado y la manada, el
corral y gran variedad de especies tanto animales como vegetales. Consternado
ante los efectos sociales de la Revolución Industrial, añadía Fourier: En
Inglaterra ignoran este principio y experimentan con artesanos, únicamente con
el trabajo industrial, que no basta por sí solo para mantener la unión social.
Aseverar que el habitante de la ciudad moderna debería gozar nuevamente
de las labores del campo suena a broma. El retorno a la agricultura campesina
propia del tiempo de Fourier no es posible ni deseable. Charles Gide estaba muy
en lo cierto cuando señaló que el quehacer agrícola no es necesariamente más
atractivo que el indústrial; la labranza ha sido siempre considerada ... como
el tipo de trabajo más penoso: es el trabajo que se hace con el sudor de la
frente. La idea de Fourier de que en los falansterios se cultivaran
principalmente frutas y hortalizas en lugar de cereales, no es respuesta
suficiente. a esta objeción. Si no nos proyectáramos más allá y recurriéramos
sin más a los procedimientos actuales, la única alternativa que nos quedaría
para salir de la agricultura campesina sería una forma de explotación
agropecuaria muy especializada y centralizada que empleara métodos semejantes a
los de la industria moderna. En realidad, de este modo, en lugar de implantar
un equilibrio entre ciudad y campo, nos encontraríamos sumidos en un medio
artificial que habría neutralizado totalmente al natural.
Si convenimos en que la comunidad debe volver a integrarse físicamente
con la tierra, que ha de desenvolverse en un contorno agrícola que patentice la
dependencia del hombre respecto a la naturaleza, entonces el problema reside en
hallar la manera de efectuar esta transformación sin restaurar el trabajo
penoso. En suma, ¿cómo podrían practicarse la labranza, las formas de cultivo
ecológicas y la explotación agropecuaria en escala humana y sin sacrificar la
mecanización?
Algunos de los procesos más promisorios logrados en la esfera de la
agricultura después de la segunda guerra mundial préstanse por igual para la
explotación de la tierra en pequeña escala, en sus formas ecológicas, y para el
tipo de explotación comercial, con grandes establecimientos organizados a
imagen de la industria, como los que se han generalizado en las últimas
décadas.
Veamos algunos casos concretos. Las faenas del campo, pueden mecanizarse
en forma racional con el inteligente aprovechamiento de máquinas y dispositivos
ya existentes, que virtualmente eximirían al hombre de los trabajos rurales
fatigosos. Ejemplo ilustrativo de este principio es la alimentación mecanizada
del ganado. Si se interconectan varios silos de manera que se mezclen los
distintos forrajes y granos y luego se transporta mecánicamente esta mezcla a
los pesebres, con sólo apretar unos botones y mover unas llaves se habrá
cumplido en pocos minutos una tarea que seis hombres, trabajando con horquillas
y baldes, tardan medio día en realizar. Este tipo de mecanización es
intrínsecamente neutro. En efecto, el sistema es aplicable a haciendas de miles
de cabezas o de sólo unos cientos; permite utilizar indistintamente alimentos
naturales o sintéticos, enriquecidos con hormonas; y puede utilizarse en
chacras relativamente pequeñas de ganadería mixta, o en establecimientos de
todo tamaño dedicados al ganado vacuno para la industria lechera o de la carne.
En una palabra, este procedimiento puede ponerse al servicio de las formas de
explotación comercial más abusivas o de la más sensible aplicación de los
principios de la ecología.
Igual sucede con la mayoría de las maquinarias agrícolas creadas (en
muchos casos simplemente readaptadas para su uso múltiple) en los últimos años.
El tractor moderno, por ejemplo, es una extraordinaria muestra del ingenio
mecánico. Los modelos de jardín pueden usarse sin dificultad para toda clase de
tareas; ligeros y muy fáciles de manejar, siguen las sinuosidades del terreno
más escabroso sin dañar la tierra. Los tractores grandes, especialmente los
destinados a zonas cálidas, suelen tener cabinas con aire acondicionado; además
del equipo de arrastre vienen provistos de accesorios para cavar agujeros para
postes, realizar el trabajo de camiones recolectores y aun generar energía
eléctrica para los elevadores de granos. Además, se han ideado arados aptos
para hacer frente a cualquier dificultad que se presente en la labranza. Hay
incluso modelos avanzados que se regulan hidráulicamente para seguir los
altibajos del terreno. También se cuenta con sembradoras mecánicas para
prácticamente todo tipo de cosecha; las que arrojan simultáneamente semillas,
fertilizantes y plaguicidas (desde luego); conjugan varias operaciones en una
sola, lo cual redunda en beneficio del suelo por evitarse el apelmazamiento que
produce el paso repetido de máquinas pesadas.
La variedad de cosechadoras mecánicas ha alcanzado proporciones
asombrosas. Hay cosechadoras para los más diversos tipos de hortalizas, bayas,
vides, sembrados de campo abierto y, desde luego, cereales. Los graneros, los
corrales, los depósitos, han 'sido totalmente revolucionados con los mecanismos
de transporte automático, los silos herméticos, los eliminadores automáticos de
estiércol, los aparatos para regular la temperatura y humedad ambientes, en
fin, una lista interminable. Las cosechas se desgranan, limpian, cuentan,
congelan o envasan, embolsan, empaquetan y embalan, todo ello mecánicamente. La
construcción de zanjas de riego cementadas ha quedado reducida a una simple
operación mecánica ejecutada por una o dos máquinas excavador as. Los terrenos de
subsuelo o de desagüe malos pueden mejorarse mediante equipos removedores e
implementos de labranza que penetran más allá de la primera capa de tierra.
A pesar de que una parte de las investigaciones agronómicas se dedican a
la creación de agentes químicos perniciosos y cultivos de dudoso valor
nutritivo, se han producido extraordinarios adelantos en lo que al mejoramiento
genético de las plantas se refiere. Así, se han hallado muchas variedades de
cereales y verduras resistentes a los insectos depredadores, a las enfermedades
y al frío. En muchos casos, estas variedades representan decididamente un
mejoramiento de los ancestrales tipos naturales y han posibilitado la
explotación de extensas superficies desaprovechadas por falta de cultivos
adecuados a sus condiciones. El plan de reforestación de la gran llanura
central de EE.UU., tímidamente iniciado hacia 1920, poco a poco va
transformando esa región otrora inhóspita y estéril en una planicie apta para
la agricultura y ecológicamente más equilibrada. Los árboles actúan como
rompevientos en el invierno y sirven de refugio a los pájaros y a los mamíferos
pequeños en las épocas de calor. Contribuyen a la conservación del suelo y de
la humedad, ayudan a mantener la cantidad de insectos bajo control e impiden
que los vientos dañen las cosechas en los meses estivales. La aplicación de
planes de este tipo podría mejorar notablemente la ecología de cualquier comarca.
En cuanto al referido programa de reforestación (que se llevó a cabo en buena
parte sin ayuda estatal) es uno de los pocos casos en que el hombre se ha
preocupado por mejorar el medio natural para poner una zona en condiciones
óptimas.
Detengámonos aquí para imaginar cómo nuestra comunidad libre se
integrará con su medio natural. Suponemos que su instalación ha sido precedida
de cuidadosos estudios acerca de su ecología natural: las condiciones
atmosféricas y climáticas, los recursos acuáticos, las formaciones geológicas,
las materias primas, el suelo, la fauna y la flora. El número de habitantes se
mantiene conscientemente dentro de los limites impuestos por la capacidad de
absorción de la zona. El aprovechamiento del suelo se rige enteramente por
principios ecológicos a fin de conservar el equilibrio entre el medio
geobiológico y sus ocupantes. La comunidad, de vida industrial independiente,
forma una unidad bien definida dentro de una matriz natural, una unidad que se
encuentra social y artísticamente en equilibrio con su contorno.
Muy mecanizada está la actividad agropecuaria, que procura alcanzar un
máximo de variedad en lo que a cultivos, ganado y vegetación arbórea se
refiere. Hay preocupación por promover la mayor diversidad de flora y fauna a
fin de evitar las plagas y aumentar la belleza del paisaje. Sólo se permite la
explotación agrícola y ganadera en gran escala allí donde no afecta la ecología
del lugar. Por cultivarse toda clase de plantas alimenticias, la agricultura
corre por cuenta de pequeñas chacras separadas entre sí por franjas arboladas,
grupos de arbustos y, donde es posible, por prados y campos de pastoreo. En
terreno ondulante, montañoso o accidentado, las superficies de gran declive
están cubiertas de árboles a los efectos de prevenir la erosión y la pérdida de
agua. El suelo es objeto de detenido estudio para destinar cada parcela al tipo
de cultivo que mejor se presta a sus condiciones.
Se busca aunar campo y ciudad sin sacrificar ninguno de los beneficios
que uno y otro pueden ofrecer a la experiencia humana. La región ecológica
forma el linde social, cultural y biológico de la comunidad o del grupo de
comunidades que comparten sus riquezas naturales. Cada centro comunitario está
ornado de plantas, floridos jardines, atractivas alamedas, parques, e incluso
arroyuelos y estanques habitados por peces y aves acuáticas. La zona rural, que
provee los alimentos y las materias primas, no sólo constituye el contorno
inmediato de la comunidad, tan cercano que puede llegarse a él a pie, sino que
también penetra en ella. Aunque ciudad y campo conservan su individualidad,
aunque se exaltan y acentúan sus atributos particulares la naturaleza está presente
en todo el radio urbano en tanto que la ciudad parece haber acariciado a la
naturaleza, dejando en ella un delicado sello humano.
Pienso que en una comunidad libre, la agricultura se practicará como si
fuera una artesanía más, que servirá como expresión personal y deparará gran
placer al agricultor. Este, libre de las tareas pesadas merced a la
mecanización, cumplirá su labor con la misma actitud gozosa y creadora que
suele ponerse en la jardinería. La agricultura será parte viva de la sociedad
humana, motivo de una actividad física placentera, -en virtud de sus exigencias
ecológicas- un desafío para el intelecto, la ciencia y el arte. Los miembros de
la comunidad se identificarán con la vida que los rodea tan orgánicamente como
la comunidad misma se funde con la naturaleza, propio del hombre desde tiempo
inmemorial. La naturaleza, junto con los modos de pensamiento orgánicos que siempre
nacen a su abrigo, será parte integral de la cultura humana; reaparecerá con
nuevo espíritu en la pintura, la literatura, la filosofía, la danza, la
arquitectura, los objetos domésticos, e incluso en los gestos y actividades
cotidianas. La cultura y la psiquis humana se verán penetradas por un nuevo
espíritu.
La región no será explotada sino utilizada lo más plenamente posible.
Esto es importantísimo para que la dependencia de la comunidad respecto a su
contorno se asiente sobre bases firmes para que el hombre adquiera un profundo
y perdurable respeto por las necesidades del mundo natural, un respeto sabedor
de que él es condición fundamental de la supervivencia y el bienestar humanos.
Se procurará satisfacer las necesidades del grupo comunitario con los medios de
que se disponga en la localidad, vale decir emplear las fuentes de energía, los
minerales, los árboles, el suelo, el agua, los animales y las plantas con
criterio racional y humano, sin violar los principios ecológicos. En lo que a
esto se refiere, imagino que la comunidad utilizará nuevas técnicas actualmente
en vías de desarrollo, muchas de las cuales se prestan admirablemente para una
economía basada en los recursos locales. Aludo a la extracción de minerales que
se encuentran diluidos o en forma de vestigios en la tierra, el agua y el aire;
el aprovechamiento de la energía solar, eólica, geotérmica e hidroeléctrica; al
uso de bombas térmicas, combustibles vegetales, estanques solares, conversores
termo eléctricos y, eventualmente, a las reacciones termonucleares controladas.
Hay una especie de arqueología industrial que nos revela la existencia,
en distintos lugares, de una actividad floreciente e interrumpida ha mucho por
nuestros predecesores. Desde el Valle del Hudson hasta el Rin, desde los
Apalaches hasta los Pirineos, hallamos restos de minas y de industrias
metalúrgicas muy desarrolladas, vestigios dispersos de industrias locales y
señales de un quehacer agropecuario abandonado largo tiempo atrás; todos
rastros dejados por comunidades que llegaron a prosperar en base a los recursos
naturales de la zona donde estaban establecidas. En muchos casos, estas
comunidades comenzaron a decaer porque los productos por ellas provistos fueron
radiados por industrias que contaban con un mercado nacional, se basaban en las
técnicas de producción en masa y poseían importantes fuentes de materia prima.
Las riquezas de que antaño gozaron esas comunidades no han desaparecido,
aguardan que alguien vaya a usufructuarIas; si bien despreciables para una
sociedad muy urbanizada, son eminentemente adecuadas para la comunidad
descentralizada y sólo requieren la aplicación de técnicas industriales aptas
para la producción de calidad y en pequeña escala. Si hiciéramos un serio
inventario de los recursos existentes en muchas regiones despobladas del orbe,
descubriríamos que ofrecen la posibilidad de satisfacer las necesidades
materiales de una comunidad en mayor medida de lo que pudiera pensarse.
Con su continua evolución, la tecnología tiende a ampliar esas
posibilidades locales. Como ejemplo, veremos de qué modo los progresos
tecnológicos permiten utilizar industrialmente elementos al parecer inferiores
e inaprovechables. Durante fines del siglo pasado y principios del actual, la
cadena de Mesabi de Minnesota proveyó a la siderurgia de los EE.UU. de mineral
muy rico en hierro, lo cual contribuyó a la pronta prosperidad de la metalurgia
del país. Al gastarse estas reservas, no hubo más remedio que recurrir al piso
taconiense, cuyo mineral metalífero apenas contiene un cuarenta por ciento de
hierro. Resulta virtualmente imposible trabajar este piso con los métodos
clásicos, pues un taladro de aire comprimido tarda una hora para penetrar
treinta centímetros. Afortunadamente, la creación de un taladro de soplete, que
horada la piedra a razón de seis a nueve metros por hora, permitió la
explotación de estos yacimientos. El mineral así sacado es sometido a proceso
de pulverización, separación y aglomeración, según procedimientos
perfeccionados recientemente que lo hacen aprovechable para la industria
siderúrgica.
Cuando hayamos ascendido al próximo peldaño tecnológico, tal vez
descubramos la manera de extraer sustancias químicas y minerales muy diluidos o
difusos de la tierra, los desechos gaseosos y el mar. Muchos de los metales más
valiosos son en realidad bastante abundantes, pero se los encuentra muy
diseminados o en forma de vestigios. No hay prácticamente terrón de tierra o
piedra que no contenga, en orden creciente, restos de oro, uranio, ciertos
elementos útiles para la industria, como son el magnesio, el zinc, el cobre y
el azufre. El hierro compone el 5% de la corteza terrestre. ¿Cómo adueñarnos de
todas estas sustancias? El problema ha sido resuelto, en principio al menos,
por las técnicas analíticas de las que se valen los químicos para descubrirlas.
Como bien dice el talentoso químico Jacob Rosin, el hecho de que sean
obtenibles en el laboratorio, abona la esperanza de que alguna vez podrá
extraérseles en cantidad suficiente como para abastecer a un tipo de comunidad
como será la descentralizada.
Hace ya más de medio siglo que el nitrógeno empleado comercialmente en
todo el mundo se saca de la atmósfera. El magnesió, el cloro, el bromo y la
sosa cáustica se toman del agua de mar; el azufre proviene del sulfato de
calcio y de los desperdicios industriales. La electrólisis de soluciones
salinas podría proveer abundancia de hidrógeno a la industria, pero por lo
común se lo obtiene por combustión o de las emanaciones de los procesos de
obtención industrial del cloro. Si hubiera forma de recuperar el carbono
contenido en el humo y evitar que se disipara en el aire con otros compuestos
gaseosos, dispondríamos de enormes cantidades de este elemento, que raramente
se encuentra aislado en la naturaleza. El mayor problema de los químicos
consiste en hallar los medios para separar del agua de mar y de las rocas
comunes las sustancias simples y compuestas de valor con energía de bajo costo.
Cuéntase actualmente cón dos métodos -el intercambio iónico y la
eromatografía-, que de ser perfeccionados para su uso industrial, podrían
emplearse para seleccionar o separar los elementos deseados de sus soluciones;
mas la cantidad de energía que requieren estos métodos involucraría gastos que
sobrepasarían las posibilidades económicas de cualquier sociedad. Si no se
hallan procedimientos nuevos, totalmente distintos a los conocidos, es muy
difícil que las fuentes de energía de que disponemos -combustibles fósiles como
el carbón y el petróleo- sirvan para solucionar el problema de la obtención de
substancias químicas.
En realidad, no falta energía per se para realizar los sueños
tecnológicos más extravagantes del hombre; sucede simplemente que estamos dando
los primeros pasos en el aprovechamiento de fuentes energéticas que se ofrecen
generosa e ilimitadamente. La energía de la radiación solar que llega a la
superficie terrestre se estima en aproximadamente 3.200 Q, es decir 3.000 veces
más de lo que cOnsume la humanidad en un año (2). Una fracción se convierte en
viento o es utilizada por la vegetación para la fotosíntesis; pero de ella
resta una fabulosa cantidad que, teóricamente, podría emplearse para usos
industriales y domésticos. La cuestión es encontrar la manera de aprovecharla,
aunque sólo fuera para satisfacer parte de nuestras necesidades. Si pudiera
tomarse la energía solar para calentar los edificios, por ejemplo, el veinte o
treinta por ciento de los recursos destinados a tal propósito pasarían a
cumplir otras funciones. Y si también halláramos el modo de cocer los
alimentos, calentar agua, fundir metales y producir energía eléctrica,
necesitaríamos relativamente poco de los combustibles fósiles. Lo terrible es
que en los últimos años se han creado dispositivos que permiten usar la
radiación solar para los fines mencionados. Tenemos ya la forma de calentar las
casas, cocinar, hervir agua, derretir metales y producir electricidad mediante
artefactos que emplean exclusivamente la energía del sol; pero,
desgraciadamente, esto no puede hacerse con eficacia en todas las latitudes
habitadas por el hombre, de suerte que aún quedan por resolver muchos problemas
técnicos a los que sólo se hallará solución mediante intensas y profundas
investigaciones.
Hay ya varios edificios dotados de calefacción solar. En los Estados
Unidos, las más famosas son las construcciones experimentales del MIT de
Massachusetts, la casa Lof de Denver, las casas Thomason de Washington, D. C.,
y la casa con calefacción solar construida por la Asociación de Energía Solar
Aplicada cerca de Phoenix, Arizona, que mereció un premio. Thomason, en cuyos
edificios los gastos de combustible apenas llegan a los cinco dólares anuales,
parece haber creado uno de los sistemas más prácticos existentes en la
actualidad. La energía térmica del sol es recogida por una porción del techo y
luego transferida por agua circulante a un tanque que se encuentra en el
sótano. (Cabe añadir que esta agua puede emplearse también para enfriar la casa
y, en caso de urgencia, como agua potable y para apagar incendios.) Este
sistema es muy ingenioso, simple y de costo relativamente bajo. Ubicada en
Washington, cerca del paralelo 40, la casa se encuentra sobre el borde de la
cintura solar, que es la faja geográfica comprendida entre los paralelos 40 de
latitud norte y sur, y donde mejor pueden aprovecharse los rayos solares para
los usos domésticos e industriales. El hecho de que el método de Thomason sólo
requiere una ínfima cantidad de combustible común suplementario, hace pensar
que la calefacción solar es la ideal para las regiones de clima similar o más
cálido.
Esto no significa, desde luego, que la calefacción solar es inaplicable
en latitudes septentrionales o ep zonas más frías. En estas áreas podría
utilizarse la energía radiante del sol de dos maneras: con sistemas de
calefacción más elaborados que redujeran el consumo de combustible corriente a
niveles próximos a los logrados con el método de Thomason o bien con sistemas
simples que llenen del 10 al 50 por ciento de sus necesidades con los
combustibles tradicionales. Como bien señala Hans Thirring, con el pensamiento
puesto en el costo y en el esfuerzo, cualquiera sea el caso:
La gran ventaja que presenta la calefacción solar reside en que no hay
gastos de funcionamiento, salvo los de la electricidad consumida por los
ventiladores, que es verdaderamente despreciable. Por tanto, el dinero
invertido en la instalación es el único gasto que insume la calefacción de la
casa durante toda su existencia. Además, el sistema funciona automáticamente,
sin soltar humo, hollín o vapores, y exime de trabajo como cargar la caldera,
vigilar el combustible, limpieza, reparaciones, etc., etc. Un país que añada la
radiación solar a sus fuentes de energía aumentará sus riquezas; y si todas las
casas situadas en regiones de condiciones favorables estuvieran equipadas con
calefacción solar se ahorrarían millones por año en combustible. Telkes, Hottel,
Lof, Bliss y otros hombres de ciencia que están abriendo caminos en materia de
aprovechamiento de la energía térmica solar son verdaderos precursores en un
campo aún inexplorado de cuyas posibilidades sólo el futuro dirá.
Resulta significativo que los conceptos de Thirring parezcan apelar a un
mundo ahogado por consideraciones de lucro (particularmente las de las
industrias enriquecidas por la explotación de los combustibles corrientes), que
tenga que presentar tales argumentos como justificativo para incitar al estudio
de una fuente de energía vergonzosamente descuidada.
Actualmente la energía solar se utiliza sobre todo para cocer alimentos
y calentar agua. Hay miles de cocinas solares en diversos países en desarrollo,
en el Japón y en las zonas cálidas de los Estados Unidos. Una cocina solar
consiste simplemente en un reflector esférico que concentra el calor en una
placa que asa carne o hierve un litro de agua en sólo quince minutos cuando hay
sol resplandeciente. Portátil, segura y limpia, no requiere combustible ni
fósforos, ni produce humo. El horno solar portátil alcanza temperaturas de
hasta 4500 y es aún más pequeño y fácil de usar que una cocina solar. La
energía radiante del sol se emplea también para calentar el agua de casas
privadas, edificios de departamentos, lavanderías y piscinas de natación. En
Florida existen ya 25.000 dispositivos de este tipo, cuyo uso se va extendiendo
también a California.
Los avances técnicos más impresionantes logrados en el campo del
aprovechamiento de la energía solar son los dispositivos aplicables a la
industria, aunque en la mayoría de los casos se trata de procedimientos
auxiliares, cuando no experimentales. El más sencillo es el horno solar. Consta
de un solo espejo parabólico de grandes dimensiones o, más comúnmente, de una
serie de espejos parabólicos montados en una voluminosa caja. El colector
recibe los rayos solares a través de un helióstato, fotmado por varios espejos
reflectores pequeños dispuestos horizontalmente en fila y que siguen el
movimiento del sol. Ya hay varios cientos de estos hornos en uso. Uno de los
más grandes, el de Mont Louis, del doctor Félix Trombe, produce 75 kilovátios
de energía eléctrica; se lo utiliza principalmente para investigacIOnes sobre
temperaturas elevadas y se presta magníficamente para la fundición industrial
de metales. En efecto, dado que los rayos del sol no contienen impurezas, el
horno puede fundir 50 kilos de metal sin que se produzca la contaminación
propia de los métodos de fundición clásicos. Un horno solar construido en
Nattick, Massachusetts, por la Intendencia del Ejército de los EE.UU. entrega
temperaturas de hasta 5.000°C, suficientes para fundir vigas de acero en doble
T; exteriormente, semeja una pequeña pantalla cinematográfica salpicada de
espejos cóncavos.
Los hornos solares tienen muchas limitaciones, pero no hay por qué
pensar que ellas sean insuperables. Por ejemplo, su eficacia se ve
apreciablemente afectada por brumas, nieblas, nubes, polvo atmosférico y
vientos fuertes que desvían el equipo e impiden la exacta concentración de los
rayos solares en el foco. Entre otras soluciones, se ha probado poner los
dispositivos bajo techo corredizo, cubrir los espejos y alojarlos con
materiales apropiados en cajas especialmente fuertes y firmes. Por otro lado, los
hornos solares son limpios, eficientes, cuando las condiciones son propicias, y
producen metales de gran pureza, cosa que ninguno de los hornos corrientes
podría igualar.
Igualmente promisorios son los resultados de los intentos de convertir
la energía solar en electricidad. Teóricamente, la energía que recibe un metro
cuadrado de superficie sobre la que los rayos solares caen en forma
perpendicular es del orden dé un kilovatiq hora. Si pensamos que en las zonas
áridas del mundo hay millones y millones de kilómetros cuadrados de tierras
desérticas desaprovechadas, que podrían utilizarse para producir electricidad,
observa Thirring, llegaremos a la comprobación de que, con sólo ocupar el uno
por ciento de esos terrenos para establecer centrales eléctricas solares,
podría obtenerse una cantidad de energía infinitamente superior a la que
proveen todas las centrales comunes del mundo juntas, que asciende a unos 200
millones de kilovatios. En la práctica, la idea de Thirring no pudo llevarse a
cabo debido a consideraciones de costo, factores de mercado (no hay actualmente
gran demanda de electricidad en los países en desarrollo que poseen esas
regiones cálidas especialmente aptas para esta forma de aprovechamiento de la
energía solar) y sobre todo, debido al espíritu conservador de quienes tienen
en sus manos todo lo referente a la producción de electricidad. En los últimos
años, el mayor interés dentro de la conversión de energía solar en electricidad
se ha centrado en la creación de baterías solares, debido sobre todo a la
búsqueda de elementos útiles para los vuelos espaciales.
Las baterías solares -empleadas con muy buen éxito en los viajes
espaciales- se basan en el efecto termoeléctrico. Cuando se soldan dos barras
metálicas, de antimonio y bismuto, por ejemplo, de manera que formen un
circuito cerrado, si se produce una diferencia de temperatura, digamos por
mayor calentamiento de uno de los metales, pasa por el circuito una corriente
eléctrica. Merced al perfeccionamiento de las baterías solares, en las últimas
décadas se han logrado dispositivos que tienen una capacidad de conversión de
un quince por ciento; seguramente, en un futuro no muy lejano, se llegará a una
eficacia del veinte al veinticinco por ciento. Las baterías solares, agrupadas
en grandes paneles, se han empleado ya para alimentar autos eléctricos, botes
pequeños, instalaciones telefónicas y, de una o varias juntas, para radios,
fonógrafos, relojes, máquinas de coser y otros aparatos. Se cree que algún día
el costo de las baterías solares se reducirá al punto que será factible
utilizarlas para proveer de corriente eléctrica a las casas e incluso a
pequeños establecimientos industriales.
Por último, hay aún otro modo de usar la energía solar; por
calentamiento de una masa de agua. Hace ya tiempo que los ingenieros estudian
la manera de obtener corriente eléctrica de las diferencias de temperatura
provocadas en el agua del mar por los rayos del sol. Si se construyen tanques
de agua que cumplan ciertos requisitos que lo adecúen para la función deseada,
puede obtenerse anualmente 30 millones de kilovatios hora por cada kilómetro
cuadrado de superficie de agua, rendimiento equiparable al de cualquier central
eléctrica de mediana potencia que trabaje más de doce horas diarias. La
corriente eléctrica se reduciría así sin gastos de combustible, con sólo poner
el agua al sol, como dice Henry Tabor. El calor acumulado en el fondo del
estanque se extraería haciendo circular el agua caliente por una cámara de
intercambio térmico, de donde el líquido sería devuelto al estanque. Si en las
comarcas calurosas, que serían las más propicias para este procedimiento, se
dedicaran 25.000 kilómetros cuadrados de superficie acuática a la producción de
electricidad, podría abastecerse a 400 millones de personas.
Las mareas representan otro recurso aún inexplorado que daría
electricidad a muchas zonas costeras. Bastaría encontrar la manera de
aprisionar las aguas que suben con la marea alta en una dársena natural -una
bahía o desembocadura de un río, por ejemplo- para luego soltarlas durante la
baja, a fin de mover las turbinas con el torrente así creado. Existen muchos
lugares que presentan condiciones muy adecuadas para generar electricidad con
la fuerza de las mareas. En Francia ya se ha construido una inmensa central
cerca de la boca del río Rance, en St. Malo, que se espera producirá 820
kilovatios hora por año. En ese mismo país, planean levantar otro dique en la
bahía del Mont Saint-Michel. Por lo que a Inglaterra se refiere, la confluencia
de los ríos Severn y Wye se presta magníficamente para una central de este
tipo. Tal represa proveería una cantidad de electricidad equivalente a la que
se obtiene con un millón de toneladas de carbón por año. Otro lugar soberbio es
la bahía de Passaquoddy, ubicada en la frontera entre Maine y New Brunswick.
Otros sitios ideales se encuentran en el Golfo de Mezen, sobre la costa rusa
que se abre hacia el Océano Artico, la Península de Kola y el Mar de Okhotsk.
La Argentina proyecta construir un embalse en el estuario del río Deseado,
cerca de Puerto Deseado, sobre el Atlántico. Muchos son los parajes marítimos
que se prestarían al aprovechamiento de la fuerza de la marea, pero excepción
hecha de Francia, ningún país se ha puesto seriamente a explotar esta fuente de
energía eléctrica.
Las diferencias de temperatura del agua del mar o de la tierra podrían
utilizarse para generar electricidad en cantidades considerables o producir
calor para usos domésticos. En las capas superficiales de las aguas tropicales
es fácil hallar diferencias de temperatura de hasta 17 grados centígrados; en
el litoral de Siberia, hay en invierno diferencia de 30 grados entre el aire y
el agua que se encuentra por debajo de la capa de hielo. A medida que
descendemos, el interior de la tierra va aumentando su temperatura, de modo que
tenemos varios niveles de diferencia térmica con respecto a la superficie.
Podrían emplearse bombas de calor para producir diferencias térmicas destinadas
a impulsar turbinas de vapor para la industria o simplemente para la calefacción
de las casas. La bomba térmica se basa en un principio similar al del
refrigerador mecánico: un refrigerante que circula por una cañería toma el
calor de determinado medio, lo disipa. y vuelve a repetir el ciclo. Durante los
meses invernales, se utilizarían las bombas para hacer circular pOr una cavidad
poco profunda una substancia refrigerante que absorbiera el calor de las capas
de tierra cercanas a la superficie y transportara ese calor a un edificio. En
el verano, se invertiría el proceso; se quitaría el calor de las casas para
disiparlo en la tierra. En una sociedad centralizada, que se sirve enteramente
de la energía obtenida mediante el carbón, el petróleo o las reacciones
nucleares, la bomba térmica parece demasiado costosa; la electricidad consumida
por este aparato lo hace prohibitivamente oneroso. En una sociedad humana,
descentralizada, que dispone de la energía del sol y la del viento, y en la que
el factor costo queda subordinado a las necesidades del hombre, esta bomba
sería un medio ideal para calentar ambientes en las latitudes septentrionales
de clima templado y subártico. No se requieren costosas chimeneas, no se
contamina el aire y no hay que tomarse la molestia de alimentar hornos y sacar
cenizas. Si obtuviéramos electricidad o calor directo de la energía solar, la
del viento o las diferencias de temperatura, el sistema de calefacción de las
casas y de las fabricas se sostendría por sí solo; se ahorrarían los valiosos
hidrocarburos y no se dependería de un abastecimiento externo.
Mencioné el viento como posible fuente de energía. En realidad, los
desplazamientos del aire podrían usarse en gran escala' para suministrar
corriente eléctrica a muchas regiones del globo. Cerca de 90 Q de la energía
solar que cae sobre la tierra se transforma en viento. Aunque gran parte se
pierde en la circulación de las capas de aire que se encuentran de 9 a 12 mil
metros sobre el nivel del mar, en los estratos cercanos a la superficie de la
tierra el viento despliega buena cantidad de energía aprovechable. Un informe
de las Naciones Unidas, en el que se dan cifras monetarias como medida de la
conveniencia y posibilidad de establecer centrales eléctricas que utilicen
energía eólica, muestra que en áreas adecuadas el costo general sería de 5
milésimos de dólar por kilovatio, es decir aproximadamente el mismo que el de
la electricidad generada mediante los combustibles tradicionales. Ya se han
construido varias centrales movidas por el viento y los resultados son óptimos.
El famoso generador de 1.250 kilovatios de Grandpa's Knob, cerca de Rutland,
Vermont, proveía de corriente alternada a la Central Vermont Public Service Co.
hasta que la carencia de repuestos durante la segunda guerra mundial impidió
mantener las instalaciones en buen estado. Posteriormente se crearon otros
generadores de mayor potencia y eficacia que aquél. Por encargo de la Federal
Power Commission, P. H. Thomas ideó un molino de viento capaz de entregar 7.500
kilovatios y que requería una inversión de 68 dólares por kilovatio. Eugene Ayers
señala que si el proyecto de Thomas se llevara a la práctica e insumiera el
doble del gasto calculado por su creador, las turbinas de viento resultarían
igualmente ventajosas respecto a las centrales hidroeléctricas, que cuestan
cerca de 300 dólares por kilovatio. Hay muchos puntos geográficos que reúnen
magníficamente condiciones para el aprovechamiento de la fuerza eólica con
posibilidades tal vez insospechadas. En Inglaterra, por ejemplo, donde se hizo
un cuidadoso estudio durante tres años a fin de determinar cuáles serían los
lugares aptos para establecer instalaciones movidas por el viento, se llegó a
la conclusión de que los nuevos tipos de turbinas tenían capacidad para generar
varios millones de kilovatios, lo cual significaría un ahorro anual de dos a
cuatro millones de toneladas de carbón.
No nos engañemos en cuanto a las perspectivas de la extracción de los
vestigios minerales de las rocas, la absorción de energía de las radiaciones
solares y del viento y el uso de las bombas térmicas: salvo el movimiento de
las mareas y las aguas oceánicas, no se trata de fuentes de recursos naturales
que pueden proveer las enormes cantidades de materias primas y de energía que
se requieren para mantener los poblados de gran densidad demográfica y las
industrias muy centralizadas. Los dispositivos solares, las turbinas de viento
y las bombas térmicas sólo tienen la posibilidad de producir cantidades
relativamente pequeñas de energía. Si se les emplea localmente y de modo que se
complementen entre sí, llenarían ampliamente las necesidades de una comunidad pequeña;
por el momento, nada anuncia que llegará a adquirir capacidad como para generar
corriente eléctrica suficiente para abastecer a ciudades como Nueva York,
Londres, París u otras zonas megalopólicas.
El hecho de que estos medios sean de alcances limitados podría
representar, empero, una gran ventaja desde el punto de vista ecológico. El
sol, el viento y la tierra son realidades empíricas ante las cuales el hombre
se ha mostrado sensible y reverente desde tiempos inmemoriales. Estos elementos
prístinos crearon en el ser humano un sentido de dependencia y de respeto
frente a su medio natural, sentimiento que contuvo sus actividades
destructoras. La Revolución Industrial y el mundo urbanizado que la siguió
hicieron olvidar el papel de la naturaleza en la experiencia humana;
literalmente, el sol quedó oculto tras una mortaja de humo, los gigantescos
edificios cerraron el paso a los vientos y la tierra se vio profanada por las
ciudades en expansión. La dependencia del hombre respecto al mundo se tornó
invisible, más exactamente, tomó carácter teórico e intelectual, pasó a ser
tema de estudio de libros de texto, monografías, conferencias y laboratorios.
Cierto es que esta dependencia teórica nos dio cierto conocimiento (parcial, en
el mejor de los casos) del mundo natural; pero esta parcialidad nos privó de la
dependencia sensorial, del contacto directo con la naturaleza y del sentimiento
de comunión con ella. Con eso perdimos parte de nosotros mismos, dejamos de ser
animales sensibles. Quedamos alienados de la naturaleza. En suma, nuestra
tecnología y nuestro ambiente se hicieron totalmente inanimados, totalmente
artificiales, porque son algo físico, puramente inorgánico, que fomenta la
desanimización del hombre y de su pensamiento.
El reintegrar el sol, el viento, la tierra, en fin, el mundo de la vida,
al reino de la técnica, a lós medios de supervivencia del hombre, representaría
una renovación revolucionaria de los lazos entre éste y la naturaleza. Y
devolverle esto al hombre de manera que se despierte, en él un sentimiento de
unión con la comarca donde se asienta la comunidad, un sentimiento de
dependencia respecto al todo pero también respecto a una región especifica, de
caracteres propios y distintivos, daria un viso verdaderamente ecológico a la
reinstauración del vínculo con la naturaleza. Vemos aquí otra de las ventajas
de los alcances limitados a que nos referimos antes. En efecto, es difícil que
la energía solar, o la fuerza del viento o el calor tomado de la tierra bastaran
de por sí y aisladamente para llenar las necesidades energéticas de la
comunidad libre; en la mayoría de los casos, ésta debería recurrir a varios de
dichos medios, combinándolos en distintas proporciones, según la latitud, los
vientos y las reservas geotérmicas. De tal suerte, la relación del hombre con
el lugar en que le toca vivir se vería reforzada por la ecología del sistema
energético de que dispusiera.
Creo que así se logrará un verdadero sistema ecológico, un fino e
inteligente entrelazamiento de recursos regionales, realzado por el continuo
estudio y la modificación ingeniosa. A medida que crezca el sentimiento
regionalista en la comunidad, toda fuente de recursos propia de la zona
encontrará su puesto en un equilibrio natural y estable, en una unidad de
elementos sociales, tecnológicos y naturales verdaderamente orgánica. El arte
asimilará a la técnica y adquirirá su sentido más profundo al convertirse en
arte social, en el arte de la comunidad como proceso vivo. De dimensiones
pequeñas o moderadas, la comunidad libre podrá cambiar el ritmo de vida, los
moldes laborales del hombre, su arquitectura, sus sistemas de transporte y de
comunicación, de modo que todo retome una dimensión total y realmente moderna.
El vehículo eléctrico, silencioso, lento y limpio pasará a ser el transporte
intraurbano y reemplazará por completo a nuestros ruidosos, sucios y veloces
automóviles. Las comunidades se comunicarán entre sí mediante monorrieles, con
lo que los ferrocarriles quedarán eliminados y se reducirá la cantidad de rutas
que hienden los campos. La artesanía recuperará su honrosa posición como
complemento de la fábrica; será una forma de actividad artística doméstica, de
la vida cotidiana. Imagino, además, que los actuales criterios de producción
basados estrictamente en factores cuantitativos desaparecerán a favor de una
preocupación por lograr un alto nivel de excelencia; el respeto por la
durabilidad de los productos y la conservación de las materias primas
desplazará al espíritu vil y mezquino que crea productos destinados a caer
pronto en desuso y conduce a una insensata sociedad de consumo. La comunidad se
convertirá en un hermoso escenario donde la vida se desarrollará
armoniosamente, será fuente de vida para la cultura y nutrirá una solidaridad
humana nacida de lo más profundo del ser individual.
Notas
(1) Ver Lewis Herber, Ecology and Revolutionary Thought, Anarchy N° 69,
noviembre de 1966.
(2) Q equivale a 2.93 X 1014 kilovatios-hora.
LA TÉCNICA AL SERVICIO DE LA VIDA
En la revolución del futuro, la tarea fundamental de la técnica
consistirá en proveer profusión de productos con un mínimo de trabajo.
Propósito inmediato de esto será el posibilitar el permanente acceso del pueblo
revolucionario a la liza social, el mantener permanente la revolución.
Hasta ahora, todas las revoluciones sociales fracasaron porque los sones
del toque a rebato se veían ensordecidos por el estrépito del taller. Los
sueños de libertad y de abundancia se ahogaban en la prosaica necesidad
material de producir para poder sobrevivir. Una mirada retrospectiva nos
muestra una triste verdad histórica: siempre que la revolución significó
constante sacrificio y negación para el pueblo, las riendas del poder cayeron
en manos de los profesionales de la política, de los mediocres de Termidor.
Hasta qué punto comprendieron esta realidad los girondinos liberales de
la Convención Francesa, lo prueba el hecho de que trataran de amenguar el
fervor revolucionario de las asambleas populares de París -las grandes
Secciones de 1793- ordenando que las reuniones se cerraran a las diez de la
noche, o, como dice Carlyle, antes de que los trabajadores vinieran ..., idea
muy astuta y certera. En esencia, la tragedia de las revoluciones del pasado
fue que, tarde o temprano, sus puertas se clausuraban a las diez de la noche.
La función más crítica de la tecnología moderna será mantener siempre abiertas
las puertas de la revolución.
Hace medio siglo, mientras los teóricos del comunismo y de la
socialdemocracia se llenaban la boca hablando de trabajo para todos, esos
magníficos locos, los dadaístas, pedían la desocupación para todo el mundo. Los
acontecimientos posteriores en nada han desmerecido esta exigencia; muy por el
contrario, le han dado forma y contenido. Desde ese momento el trabajo queda
reducido a su mínima expresión o desaparece por entero, el problema de la
subsistencia penetra el problema de la vida; y es seguro que la propia
tecnología cesará de ser sierva que llena las necesidades inmediatas del hombre
para convertirse en fiel colaboradora de su actividad creadora.
Consideremos este aspecto atentamente.
Estamos cansados de oír que la tecnología es una prolongación del
hombre; pero esta expresión es equívoca si se la quiere aplicar a la tecnología
en su conjunto. Tiene validez primordialmente en lo que atañe al taller
artesanal, clásico y, quizá, a las primeras etapas del maquinismo. El artesano
domina a la herramienta; su labor, sus inclinaciones artísticas y su
personalidad son los factores soberanos en el proceso de producción. Aquí el
trabajo no es simplemente un gasto de energía sino la obra personal y sensible
de un hombre cuyo quehacer está dirigido a preparar, informar y, finalmente,
embellecer el objeto que sus manos crean para uso de otros seres humanos. El
artesano guía a su instrumento, y no éste al artesano. Toda alienación que
pueda existir entre el artífice y lo que produce queda superado de inmediato
por un juicio artístico, un juicio atinente a algo por hacer, como apuntó
Friedrich Wilhelmsen. La herramienta amplía la capacidad del artesano como
hombre, como humano; amplía la facultad de plasmar su arte, su propio yo
creador, en la materia prima.
El maquinismo tiende a romper la relación íntima entre el hombre y los
medios de producción. En la medida en que la máquina es un artefacto que
funciona por sí mismo, obliga al trabajador a realizar tareas industriales
prefijadas sobre las cuales no tiene influencia ni dominio personal alguno. La
máquina se presenta como fuerza extraña, ajena y sin embargo enlazada a la
producción de todo lo que hace a la supervivencia humana. Habiendo comenzado
como prolongación del hombre, la técnica se transforma en una fuerza superior a
éste, que orquesta su vida según una partitura compuesta por una burocracia
industrial; no por hombres, lo repito, sino por burocracias, es decir por
máquinas sociales.
Con la aparición de la máquina totalmente automática como medio de
producción predominante, el hombre pasa a ser una prolongación de la máquina,
no sólo de los artefactos mecánicos empleados en el proceso productor sino
también de los artefactos sociales que intervienen en el proceso social.
El hombre deja de existir como cosa en sí en casi tOdos los aspectos. La
sociedad se regimenta por una máxima despiadada: la producción por la
producción misma. La degradación del ser humano en su descenso de la categoría
de artesano a la de obrero, de la personalidad activa a la crecientemente
pasiva, es completada por su reducción a mero consumidor: un ente económico
cuyos gustos, valores, pensamiento y sensibilidad están manejados por equipos
burocráticos. El hombre, estandarizado por la máquina, queda finalmente
reducido él mismo a una máquina.
A esto tendemos. El hombre-máquina, he ahí el ideal burocrático (1). Un
ideal continuamente desafiado por el renacer de la vida, el resurgimiento del
espíritu joven y las contradicciones que perturban a la burocracia. Por eso,
pese a oponer violenta resistencia, cada generación es sometida a un proceso de
asimilación. La burocracia, a su vez, jamás hace honor a su ideal técnico.
Atiborrada de individuos mediocres, yerra continuamente. Incapaz de adaptarse a
las nuevas situaciones, queda siempre a la zaga; carente de sensatez, sufre de
inercia social y sólo sacude su letargo por casualidad. Las fuerzas de la vida
se encargan de ensanchar toda brecha que se abre en la máquina social.
¿Cómo podemos salvar el abismo que separa al hombre -ser vivo-, de la
máquina -cosa muerta-, sin sacrificar ni a uno ni a otro? ¿Cómo haremos para
que la técnica no esté sólo al servicio de la supervivencia sino de la vida
plenamente humana?
Tonto sería responder a esto con seguridad olímpica. Al hombre liberado
le sería dado escoger entre gran variedad de alternativas mutuamente
excluyentes o combinables entre sí, tal vez basadas en innovaciones
tecnológicas imprevisibles. Como solución drástica, la humanidad podría
simplemente optar por hacer la tecnología a un lado; podría soterrar a la
máquina cibernética en un submundo tecnológico, apartándola totalmente de la
vida social, la comunidad y la actividad creadora.
Prácticamente aislada de la saciedad, la máquina trabajaría para el
hombre. Ella lo haría todo, y los miembros de la comunidad libre no tendrían
más que ir a recoger los productos elaborados en los establecimientos
industriales totalmente automatizados, ponerlos en su canasta y llevárselos a
casa.
La industria, como el sistema nervioso vegetativo, funcionaría por sí
misma y sólo se requeriría de vez en cuando una reparación, así como sucede con
nuestro organismo cuando sufre alguna enfermedad. La separación entre hombre y
máquina no quedaría así salvada; simplemente se daría la espalda al problema.
No creo que esto sea solución para nada. Equivaldría a cerrar las
puertas de una experiencia humana vital: el incentivo de la actividad
productora, el incentivo de la máquina. La técnica puede cumplir un papel muy
importante en la formación de la personalidad del hombre. Todo arte, como
puntualizó Lewis Mumford, tiene su lado técnico: el impulso inmanente de lo
espontáneo hacia la expresión ordenada, la necesidad de mantener el contacto
con el mundo objetivo aún durante los momentos de subjetividad más sublimes y
extáticos, la obligada contraposición a la subjetividad desordenada y una
inclinación a lo concreto que responde con pareja sensibilidad a todos los
estímulos y, por ende, a ninguno (2).
Pienso que la sociedad liberada no querrá renegar de la técnica,
precisamente porque su estado de libertad le permitirá hallar el equilibrio.
Tal vez elija asimilar la máquina a la artesanía artística. Esto significa que
en el proceso de la producción la máquina realizará todo lo que sea trabajo
mientras que el hombre se encargará de dar el toque artístico; ésta será su
participación en la actividad creadora de la comunidad.
La rueda, por ejemplo, vino a aliviar la tarea del alfarero, quien al no
tener que moldear sus cachorros con los antiguos métodos manuales, pudo
trabajar más libremente; incluso el torno proporcionó al artesano cierta
desenvoltura para dar forma a salientes y combas, observa Mumford.
Igualmente no hay razón para que no puedan usarse las maquinarias
automáticas de modo que la terminación del producto, especialmente si es para
uso personal, sea encomendada a los miembros de la comunidad. La máquina
cargará con las labores pesadas, como las de la minería, la fundición, el
transporte y la elaboración de las materias primas, y se confiarán las etapas
finales de terminación artística y artesanal a las manos humanas.
Para construir sus grandiosas catedrales, el hombre medieval tenía que
labrar piedra por piedra, dándole a todas igual forma y tamaño para lograr su
perfecto ensamble; tarea ingrata, repetida y monótona, que hoy correría por
cuenta de la máquina, capaz de efectuarla con la mayor rapidez y facilidad. Una
vez colocados en su lugar los bloques de piedra, entraba en juego el artesano;
el trabajo no humano cedía lugar al trabajo creador, propiamente humano.
En una comunidad liberada, la combinación de la máquina industrial con
la herramienta artesanal podría alcanzar un grado de perfección, de
interdependencia creadora sin paralelo en la historia de la humanidad. El
retorno a la artesanía dejaría de ser el nostálgico sueño de visionarios como
William Morris. Entonces sí podríamos hablar de un nuevo progreso cualitativo
de la técnica, porque ella se habría puesto al servicio de la vida.
Habiendo adquirido un vitalizante respeto por el medio y los recursos
naturales, la comunidad libre, descentralizada, dará nueva interpretación al
vocablo necesidad.
En lugar de extenderse indefinidamente, el reino de la necesidad de Marx
tenderá a contraerse; las necesidades serán encaradas desde un punto de vista
humano y resueltas en base a una evaluación superior de la vida y de la
actividad creadora.
Ya no se buscarán la cantidad y la uniformidad, sino la calidad y el
valor artístico; ya no importará vender a toda costa, sino fabricar productos
duraderos; ya no se producirán artículos que se modificarán sin ton ni son año
tras año, sino objetos que serán apreciados por sus méritos, santificados por
un sentido de la tradición y de reverencia por la personalidad y el arte de las
generaciones pasadas; ya la masificación no bastardeará el gusto, y las
innovaciones se harán con respeto por las inclinaciones naturales del hombre.
En todas las esferas se propenderá a conservar, no a dilapidar. Libre de
la férula burocrática, el hombre redescubrirá la belleza de una vida material
más simple, ordenada y tranquila.
Los vestidos, la alimentación, el mobiliario y las casas serán más
artísticos, personales y espartanos. No habrá más cosas impuestas, porque todo
estará destinado al hombre, hecho a su medida. El repulsivo rito de la
compraventa avariciosa será suplantado por el sentido acto de hacer y dar. Las
cosas cesarán de ser muleta de egos empobrecidos y nexo entre individuos
informes y frustrados; pasarán a ser obra de una personalidad plenamente
realizada y creadora, y el don de un yo integrado y en continua evolución.
La técnica humanizada podría cumplir el papel vital de unir a las
comunidades entre sí. En efecto, una tecnología que se oriente a un renacer de
la artesanía y se adapte a un nuevo concepto de las necesidades materiales,
podrá ser también nervio y sostén de una confederación. La centralización
nacional del quehacer económico e industrial involucra el peligro de hacer que
la técnica trascienda la escala humana, se expanda ilimitadamente y se preste a
los manejos burocráticos. En la medida en que la comunidad pierda el dominio
material de las cosas, tanto en lo técnico como en lo económico, las
instituciones centralizadas acrecentarán su poder sobre la existencia humana y
amenazarán transformarse en fuerzas de coerción.
Para que la técnica esté al servicio de la vida debe asentarse en la
comunidad, conformarse a las necesidades de ésta y mantenerse dentro de una
escala regional.
No obstante, si varios grupos comunitarios compartieran las fábricas y
los recursos zonales se promovería la solidaridad entre ellos, surgiría una
confederación basada no sólo en la comunidad de intereses culturales y
espirituales sino también de necesidades materiales. Según sean los recursos y
el carácter particular de cada región, puede lograrse un equilibrio racional y
humano entre la autarquía, la confederación industrial y la coordinación
nacional de la economía; de todos modos, el peso de la vida económica debe ser
llevado fundamentalmente por las comunidades, tanto por separado como en grupos
regionales.
¿Es la sociedad tan compleja que una civilización avanzada no se
concilia con una técnica descentralizada y puesta al servicio del hombre?
Mi respuesta es un categórico ¡no! Gran parte de la complejidad social
de nuestro tiempo proviene del papeleo, los manejos administrativos, las
maniobras y el constante desperdicio de la empresa capitalista. El pequeño
burgués mira con reverencia los archivos burgueses: las filas y filas de
armarios repletos de facturas, libros de contabilidad, pólizas de seguros,
formularios de impuestos ... y los inevitables expedientes. Admira fascinado la
sabiduría de los directores de la industria, los ingenieros, los traficantes de
la novedad, los dictadores de las finanzas y los arquitectos de un mercado que
todo lo acepta. Se inclina incondicionalmente ante la superchería del Estado:
la policía, los tribunales, las cárceles, las oficinas nacionales, las
secretarías, todo el repugnante, relajante aparato de coerción, control y
dominio. La sociedad moderna es increiblemente compleja -de una complejidad que
sobrepasa la comprensión humana- si admitimos que sus premisas son la
propiedad, la producción por la producción misma, la competencia, la
acumulación de capitales, la explotación, las finanzas, la centralización, la
coerción, la burocracia; en suma, la dominación del hombre por el hombre.
Ligadas a cada una de estas premisas tenemos las instituciones que le
dan forma concreta, a saber las oficinas, el plantel de millones de empleados,
los formularios y cantidades siderales de papeles, escritorios, máquinas de
escribir, teléfonos y, naturalmente, hileras de ficheros.
Como en las novelas de Kafka, son reales, pero parecen sombras
indefinibles que oscurecen el paisaje social con su presencia de pesadilla. La
economía tiene mayor realidad y es fácil de dominar con la mente y los
sentidos. Pero ella también resulta intrincada si aceptamos que los botones han
de venir en mil formas distintas y las telas, en infinita variedad de calidades
y diseños para crear la ilusión de la novedad y la renovación, que los
botiquines deben estar llenos hasta el tope de una fabulosa diversidad de
productos farmacéuticos y lociones, y las cocinas atiborradas de infinito
número de tontos adminículos (recordemos el abrelatas eléctrico); en fin, una
lista interminable (3).
Si de este odioso cúmulo de basuras, seleccionáramos un par de artículos
de buena calidad de cada una de las categorías más útiles, y si elimináramos la
economía monetaria, el poder estatal, el sistema de créditos, el papeleo y la
policía necesarios para mantener a la sociedad en una forzada situación de
necesidad, inseguridad y sojuzgación, la sociedad adquiriría características
razonablemente humanas y se simplificaría en grado sumo.
No es mi intención réstar importancia al hecho de que detrás de cada
metro de cable eléctrico de calidad hay minas de cobre, las maquinarias
requeridas para su explotación, fábricas de material aislante, complejos donde
se funde y moldea el cobre, sistemas de transporte para distribuir el producto
final; y que a su vez detrás de todo esto, hay otras minas, fábricas, talleres,
etc., etc.
Los yacimientos de cobre explotables mediante las maquinarias existentes
no se encuentran en cualquier parte, aunque es posible obtener del material de
deshecho de las actividades de la sociedad actual cobre y otros metales útiles
en cantidades suficientes como para proveer a las necesidades de las
generaciones futuras. Pero admitamos que el cobre entre en la categoría de las
materias que sólo pueden ser proporcionadas por una organización nacional
central. ¿Sería tal organismo central absolutamente imprescindible? De ninguna
manera. En primer lugar, las comunidades libres y autónomas que posean cobre
podrán entregar el metal a otras que no lo tengan y recibir en cambio otros
productos equivalentes. El trueque no ha menester de la mediación de
instituciones burocráticas centralizadas. En segundo lugar, cosa quizá más
significativa, una comunidad que viva en una región rica en cobre no limitará
su quehacer económico a la minería, la cual sólo será uno de los ingredientes
de un todo más amplio, pleno y orgánico. Lo mismo vale para las comunidades que
se desenvuelvan en climas especialmente propicios para el cultivo de plantas
difíciles de obtener, o para las que cuenten con elementos poco comunes y
sumamente valiosos para la sociedad en su conjunto.
Cada comunidad gozará de una autarquía local o regional casi completa y,
quizá, en muchos casos, absoluta. Tratará de llegar a constituirse en unidad
integral, no sólo porque ello le otorgará la independencia material (por
importante que ella sea), sino también porque es en esa unidad, que el hombre
logrará su plenitud, viviendo en relación simbiótica con su contorno. Aun
cuando una parte considerable de la economía caiga dentro de la esfera de un
organismo nacional, el peso económico general de la sociedad recaerá siempre
sobre la comunidad. Cuando las comunidades sean lo que deben ser, ya una parte
de la humanidad no tendrá que sacrificarse en aras de los intereses de la
humanidad toda.
En el fondo de la conducta humana existe un septido básico de decencia,
sentimiento solidario y ayuda mutua. Aun en esta horrible sociedad burguesa, no
es raro que un adulto auxilie a un niño en peligro a pesar de arriesgar con
ello su propia vida; no extraña que un minero desafíe a la muerte para rescatar
a sus compañeros atrapados en un derrumbe o que un soldado cruce la línea de
fuego para poner a salvo a un camarada herido. Lo que sí nos choca es ver que
muchas veces se niega ayuda; es enteramos, por ejemplo, de que en un vecindario
de clase media nadie quiso acudir a los gritos de socorro de una muchacha a
quien asesinaban.
Sin embargo, nada hay en nuestra sociedad que parezca fomentar y
asegurar el más mínimo grado de solidaridad. Si alguna manifestación solidaria
hay, ella se da pese a la sociedad, contra su realidad, como interminable lucha
entre la decencia innata del hombre y la indecencia inmanente de la sociedad.
¡Cómo se comportarían los seres humanos si su decencia interior tuviera
oportunidad de entrar en pleno ejercicio, si la sociedad se ganara el respeto y
aun el amor del individuo!
Somos todavía los retoños de una historia innoble, tinta en sangre,
llena de violencia: somos el producto de la dominación del hombre por el
hombre. Tal vez nunca logremos acabar con ella; tal vez el futuro sólo encierre
para nosotros y nuestra falsa civilización un ocaso de los dioses como el de la
Tetralogía wagneriana. ¡Cuán inútil y tonto habrá sido todo! Pero también se
nos ofrece la alternativa de poner punto final a tal dominación, en cuyo caso
conseguiríamos por fin romper las cadenas que nos atan al pasado y establecer
una sociedad anarquista, humana. ¿No sería el colmo del absurdo, del descaro,
valorar la conducta de las generaciones futuras con los mismos criterios que
despreciamos en nuestro tiempo? ¡No más preguntas ingenuas!
Los hombres libres no serán codiciosos, una comunidad liberada no
pretenderá dominar a las otras porque puede tener el monopolio del cobre, el
experto en computadoras no intentará esclavizar al mecánico, ya no se
escribirán sentimentales novelas acerca de desfallecientes vírgenes tísicas.
Sólo una cosa hemos de pedirle a los hombres libres del futuro: que nos
perdonen el haber dilatado tanto las cosas y haberlas hecho tan difíciles. Como
Brecht, podemos rogarles que se esfuercen por mirarnos con ojos benévolos, que
se muestren comprensivos para con nosotros y entiendan que vivimos sumidos en
los abismos de un averno social.
Pero, a qué preocupamos, si ellos seguramente sabrán qué pensar sin que
nosotros se lo digamos.
Notas
(1) El hombre ideal de la burocracia policial es un individuo cuyos
pensamientos íntimos pueden ser invadidos con detectores de mentiras,
artefactos electrónicos que captan las conversaciones y drogas de la verdad. El
hombre ideal de la burocracia política es un individuo cuya vida íntima puede
ser moldeada mediante sustancias químicas capaces de producir mutaciones
genéticas y que en lo social es asimilado por los medios de comunicación
masivos. El hombre ideal de la burocracia industrial es un individuo cuya vida
íntima puede ser invadida con la propaganda subliminal, de segura eficacia. El
hombre ideal de la burocracia militar es un individuo cuya vida íntima puede
ser invadida por una regimentación que ordena el genocidio. Por eso el hombre
es clasificado, prontuariado y movilizado en campañas que van desde la caridad
hasta lo bélico. El horrible desprecio por la personalidad humana implícito en
estos ideales, estudios y campañas crea el clima moral propicio para el
asesinato en masa, para actos de los cuales los acólitos de Stalin y Hitler no
fueron más que precursores.
(2) La expresión subjetividad desordenada pertenece a Mumford, pero la
defenderé a muerte, aun cuando resulte ofensiva para las personas por quienes
siento la mayor afinidad. Me refiero a los radicales subversivos: los artistas,
poetas y revolucionarios que buscan las experiencias extáticas, alucinantes, en
parte para encontrarse a sí mismos y en parte como reacción de rebeldía contra
las exigencias de un mundo grotescamente burocratizado e institucionalizado.
Como estado permanente y fin en si mismo, la subjetividad desordenada puede
conducir a igual grado de deshumanización que la sociedad más burocrática de la
actualidad. Puede llegarse a un punto en el que no haya diferencia intrínseca
entre una y otra, en el que ambas se unan en el precepto: la alucinación por la
alucinación misma. El sistema sólo puede salir ganancioso con la mistificación
de la realidad existente. ¿Qué más alucinante que la producción por la
producción misma, el consumo por el consumo, la desenfrenada acumulación de
dinero, el culto de la autoridad y el Estado, el miedo de hacer frente a la
vida real que invade el alma del pequeño burgués? La naturaleza genera el orden
dialécticamente, a través de la espontaneidad. Al tratar de extinguir la
espontaneidad y someter al hombre a una tiranía burocrática, la sociedad actual
produce desorden, violencia y crueldad. Distingamos orden de burocracia a fin
de dar una visión exacta de nuestra sociedad: ella no es ordenada sino
burocrática, no es práctica pues desborda de alucinantes símbolos de poder y
riqueza, no es real y racional en el sentido hegeliano sino fetichista y lógica
únicamente en su mantener una fatal coherencia vacía de verdad. ¡Volver a lo
dionisíaco y órfico, 'sí! !A los claustros y al medioevo, jamás!
(3) Para mayor ilustración, léanse los avisos de las revistas femeninas.
AUTOGESTIÓN Y NUEVA TECNOLOGÍA
El concepto de autogestión, en toda la riqueza y variedad de sus
significados, ha estado siempre estrechamente relacionado con la idea de
progreso técnico; a menudo, hasta tal punto, que a esta conexión no se le ha
prestado la atención específica que merecería.
No pretendo proponer una teoría -inevitablemente tosca y reductiva-
basada sobre el determinismo tecnológico. Está claro que el hombre es un ser
social que crea valores, instituciones y relaciones culturales que favorecen o
impiden la evolución técnica.
Viene ahora al caso, recordar que invenciones técnicas consideradas de
importancia vital para el capitalismo y la sociedad industrial (como, por
ejemplo, la máquina de vapor), ya eran conocidas en la civilización helénica
hace más de dos mil años. El que esta fuente vital de energía haya sido siempre
considerada poco más que un juguete, demuestra claramente qué enorme influjo
han tenido los valores y las culturas de la antigüedad en el desarrollo de la
técnica y, particularmente, en los periodos históricos no caracterizados por
una mentalidad mercantilista.
Sin embargo, sería igualmente prueba de escaso valor y, en cierto
sentido, sería también reductivo no reconocer que la técnica, al tiempo que se
consolidaba en una u otra forma, ha contribuido ampliamente a hacer que el
hombre definiera e interpretase el concepto de autogestión. Esto es cierto
sobre todo hoy que la autogestión se entiende en sentido preferentemente
económico, como control obrero, democracia industrial, participación económica
e incluso, por parte del anarcosindicalismo, como propuesta revolucionaria de
colectivización económica.
Veremos después cómo esta interpretación puramente economicista de la
autogestión ha conseguido quitar cualquier valor a las restantes
interpretaciones del término, es decir a aquellas formas de organización que se
remontan a las confederaciones municipales de la sociedad medieval, a las
secciones de la Francia revolucionaria de 1793 y a la Comuna de París. Sin
embargo, hay una cosa que está clara: cuando se habla de autogestión hoy, nos
referimos a una forma determinada de sindicalismo. Nos referimos a una
concepción económica relativa a la organización del trabajo, al empleo de las
máquinas y los aparatos, al uso racional de los recursos materiales. En
resumen, nos referimos a la técnica.
Sin embargo, si apelamos a la técnica abrimos el camino a una serie de
paradojas que no pueden liquidarse con bonitos artificios retóricos o con
moralismos de andar por casa. Si el papel de la técnica en el desarrollo de la
sociedad y del pensamiento a menudo ha sido sobrevalorado por escritores de
diversas tendencias en el campo social, como Marshall MacLuhan y Jacques Ellul,
no por ello se puede ignorar su influencia en el proceso de formación de las
instituciones sociales y de las orientaciones culturales.
El significado exquisitamente economicístico que tan a menudo atribuimos
al término autogestión, constituye, por sí mismo, una clara demostración de la
medida en que la sociedad industrial tiende a industrializar su propio lenguaje
(1.
El término autogestión se disocia intelectualmente en sus dos
componentes, ideológicamente contrapuestas la una a la otra. La gestión tiende
a prevalecer sobre el auto (de sí, pará sí); la administración tiende a asumir
el control sobre la autonomía del individuo.
Gracias a la influencia ejercida por los valores tecnocráticos sobre el
pensamiento del hombre, la individualidad -que reviste una importancia
fundamental en la concepción libertaria de la organización de la vida en todos
sus aspectos-, tiende a ser sustituida, con un juego sutil pero inexorable, por
las virtudes de eficaces estrategias administrativas. Como consecuencia, se va
promoviendo la autogestión no tanto con finalidad libertaria cuanto por metas
funcionales, y esto ocurre incluso en los sindicalistas más comprometidos.
Se nos empuja a creer que lo pequeño es hermoso porque eso presupone el
concepto de energía más que el de una dimensión humana capaz de hacer la
sociedad comprensible y controlable por todos. La iniciativa individual
autónoma y la autogestión se ven como aspectos de la logística industrial para
la solución de problemas no morales ni sociales, sino económicos y técnicos. Y
por eso, la propia sociedad tecnocrática, negadora de la individualidad del
hombre, propone los términos del discurso para quien quiere sustituirla por una
sociedad más libertaria. Es la propia sociedad tecnocrática quien estimula la
sensibilidad de sus más feroces adversarios, quien establece los parámetros de
la crítica y de la práctica subversiva industrializando el sindicalismo.
No menos paradójica parece la limitada naturaleza del propio concepto de
autogestión cuando demuestra que no es capaz de poner a discusión sus propias
premisas tecnológicas.
¿Podemos quizá afirmar, sin temor a desmentidos, que las empresas
colectivizadas, controladas por los trabajadores, han cambiado de forma
decisiva el status social, cultural e intelectual de los obreros? ¿Las
fábricas, las minas y las grandes empresas se han transformado, quizá, en
paraísos libertarios sólo porque están dirigidas -incluso anárquicamente- por
comités obreros? ¿Eliminando la explotación económica nos hemos liberado
realmente de la dominación social? ¿Haciendo desaparecer las clases hemos destruido
las estructuras jerárquicas? En resumen: ¿las técnicas de hoy pueden continuar
siendo substancialmente las mismas si los hombres que las controlan deben
transformar profundamente su propia naturaleza de seres humanos?
He aquí que los conceptos de control obrero, democracia industrial y
participación económica, deben enfrentarse con la explotación tecnológica en
sus formas más acérrimas. Quizá la crítica más convincente al concepto
sindicalista de organización económica está representada, precisamente, por la
evidencia del carácter intrínsecamente autoritario de la tecnología. Una
crítica tal se ha avanzado, como veremos, no sólo por los ideólogos de
orientación claramente burguesa, sino también por los presuntos exponentes del
área radical.
Desde cualquier perspectiva política, esta crítica se sostiene en la
común convicción de la neutralidad social de la tecnología. La concepción
funcional según la cual la tecnología no es más que el instrumento inanimado a
través del cual se realiza el metabolismo del hombre con la naturaleza, es
ampliamente aceptada y asumida.
Que las fábricas sean los lugares de la autoridad se considera como un
hecho natural (es decir, un hecho que trasciende la esfera ética y es
independiente de cualquier consideración de carácter social).
Desgraciadamente cuando se sacan de su contexto histórico y social las
consideraciones éticas sobre la tecnología, tienden a prevalecer las meramente
funcionales (y es por el mismo motivo por el que desaparecen las primeras):
unas y otras, de hecho, dan por descontado que la tecnología es un hecho
puramente proyectual, algo dado que puede ser más o menos eficiente.
Sólo muy recientemente se ha comenzado a poner en duda este carácter de
cosa dada" atribuido a la tecnología, y se ha visto, en particular, a
propósito de las instalaciones para la explotación de la energía nuclear.
Después del método de Three-Mile-Island,en Harrisburg, ha comenzado a
difundirse la idea de que incluso el átomo pacífico es, por su naturaleza
intrínseca, un átomo demoníaco. Lo que es particularmente significativo a
propósito de este incidente nuclear, es el hecho de que los críticos de la energía
atómica hayan conseguido atraer la atención pública sobre las nuevas
tecnologías, ecológicas e implícitamente más humanísticas, que solamente
esperan ser perfeccionadas y aplicadas.
La distinción entre tecnologías buenas y malas -o sea, la valoración del
progreso técnico en términos éticos-, está hoy más viva y difundida de cuanto
lo había estado nunca, desde los tiempos de la primera revolución industrial.
Lo que quería resaltar aquí es la necesidad, para quienes luchan en
favor de la autogestión, de luchar sobre bases éticas, como hacen los que se
oponen a las centrales nucleares. Aparte, también quería verificar si las
fábricas, las minas y las empresas agrícolas modernas, pueden ser legítimamente
consideradas lugares en los cuales aplicar el concepto anarquista de
autogestión (y en caso contrario, cuáles son las posibilidades alternativas de
legitimar este concepto a un nuevo nivel ético, social y cultural).
El problema es hoy más importante que nunca porque la autogestión está
siendo cada vez más, reducida a un puro problema técnico relativo a la
dirección empresarial, y, por tanto consonante con los sectores más
sofisticados de la burguesía y de los movimientos neo-marxistas.
El control obrero puede incluso entrar a formar parte de las más
normales estrategias de dirección empresarial, con tal de que los trabajadores
no aspiren a convertirse en algo diferente. Puede ser incluso deseable -e
incluso productivo- que sean ellos quienes tomen las decisiones, a pesar de lo
extremado que resulte su lenguaje y lo originales que sean las instituciones
por medio de las cuales gestionen la empresa, con tal de que contribuyan a la
racionalización técnica de las operaciones industriales.
Sin embargo, si la autogestión no es más que una manera diferente de
gestionar las formas tecnológicas existentes; si el trabajo de gestionar se
limita a ser socializado o colectivizado, en lugar de transformarse en una
forma significativa de expresiqn autónoma (y si estos íntimos, e incluso diría
insidiosos, cambios de las condiciones materiales de vida coinciden con la idea
de libertad), entonces la autogestión se convierte en un objetivo privado de
todo valor.
Desde este punto de vista, si incluso la libertad debe ser recuperada
por la semántica tecnocrática, es necesario reexaminar a fondo el propio
concepto de autogestión. Y lo mejor será que analicemos, y muy a fondo, los dos
elementos del término autogestión -sobre todo en relación con el progreso
tecnológico-, antes de sintetizarlos de nuevo en un ideal libertario.
El auto deriva del concepto helénico de autonomía, de autogobierno
(self-rule) del individuo. Es sobre el térmmo gobierno que queremos insistir.
Hoy, el significado que se atribuye al término autonomía, es decir el de simple
independencia, testimonia nuestra tendencia a reducir en sentido economicista
términos que tenían un valor bien distinto en épocas históricas ajenas a la
mentalidad mercantilista.
Para los griegos, los conceptos de individualidad y de gobierno, de
gobierno social, estaban estrechamente relacionados, y se valoraba la capacidad
del individuo para participar directamente en el gobierno de la sociedad, antes
incluso de que estuviera en condiciones de resolver sus intereses económicos.
El propio término economía tenía una connotación más doméstica -relativa al
oikos- que social, y las actividades a que se refería, aunque necesarias, se
consideraban, en cierto sentido, inferiores en relación a las concernientes a
la participación en la vida comunitaria de la polis.
La individualidad, por tanto, estaba ligada no tanto a la organización
de la vida material, como al poder del ciudadano en la gestión de la vida
social. En efecto, la capacidad de ejercitar poder en el interior de la
sociedad -la posibilidad de ser un individuo-, presuponía una libertad material
garantizada por una eficiente gestión de la economía doméstica. Pero dado que
la oikos estaba garantizada, la individualidad presuponía mucho más, y este más
asume un enorme significado en nuestros días que han reducido el ego a la
impotencia y la individualidad a un eufemismo para definir el egoísmo.
Para empezar, la individualidad suponía el reconocimiento de la
competencia individual. El concepto de autonomía, de autogobierno, habría
perdido todo significado si la confraternidad de individuos que constituían la
polis helénica (y en particular la democracia ateniense), no hubiera estado
formada por hombres de carácter fuerte, capaces de cumplir las enormes
responsabilidades de gobierno.
En resumen, la polis se basaba en la seguridad de que sus ciudadanos
podían ser investidos de poder porque estaban dotados de las capacidades
individuales necesarias para gestionarlo de un modo digno. La educación de los
ciudadanos en el gobierno era, por ello, una educación en la competencia, en la
inteligencia, en la probidad moral y el compromiso social. La ecclesia de
Atenas, la asamblea popular de los ciudadanos que se reunía al menos cuarenta
veces al año, era el banco de pruebas de esta educación; la verdadera escuela,
en cambio, era el agora, la plaza pública donde se desarrollaban todas las
transacciones de negocios y las discusiones. La individualidad se originó,
sobre todo, por una política de la personalidad, y no por un proceso de
producción (2). Desde un punto de vista etimológico no tiene casi sentido
disociar el término auto de la capacidad de ejercitar un control sobre la vida
social, de gobernar en el sentido que entendían los griegos. Si disminuimos su
significado caracterial -de sus connotaciones fuerza y probidad moral-, la
individualidad se convierte en sinónimo de puro egoísmo, de aquel semblante de
personalidad humana, neurótico y vacío como una cáscara., que yace entre las
basuras de la sociedad burguesa como una escoria de la producción industrial.
Quitar a la autonomía individual estas connotaciones personales
significa desnaturalizar, irresponsablemente, el sentido de las palabras
formadas por el prefijo auto. La iniciativa autónoma, para usar otro termino
corriente, implica la activación de estas fuertes cónnotaciones personales de
los procesos sociales. También ésta se basa en una política de la. personalidad
que educa al individuo y lo hace capaz de intervenir directamente para
modificar el curso de los acontecimientos sociales y, en el plano activo, tomar
parte en una práctica social común. Sin la capacidad personal de juicio, la
fuerza moral, la voluntad y la sensibilidad para actuar en este sentido total y
directo, el individuo se atrofiaría y su actividad se reduciría a una relación
de obediencia y mandato. En este sentido, iniciativa autónoma solamente puede
querer decir acción directa. Pero la acción directa como norma puede entenderse
solamente como práctica del individuo comprometido en el proceso social que
estos mismos términos presuponen. El auto, la educación en la individualidad y
su ejercicio -casi un entrenamiento cotidiano para la formación de la
personalidad individual-, constituyen un fin en sí, el momento culminante de lo
que tenemos la costumbre de definir como proceso de auto-realización.
La organización anárquica, con su política de acción directa, es, por
definición, el instrumento educativo para la consecución de estos antiguos
objetivos. Es el agora donde, como antaño, se realiza la política de la
personalidad. En su medio, los grupos de afinidad representan una forma de
asociación única en su género, fundada sobre el reconocimiento de la capacidad
y la competencia de todos sus miembros o, por lo menos, sobre el reconocimiento
de la necesidad de alcanzar este nivel de individualidad.
Cuando estos grupos cesan de ejercitar su obra educativa en este
sentido, se convierten en otra cosa. Peor aún, producen militantes y no
anarquistas, subordinados y no individuos. En su acepción ideal, el grupo
anarquista de afinidad es una asociación sobre bases éticas de individuos
libres y dotados de gran fuerza moral, con capacidad para autogobernarse
consensualmente utilizando y respetando las respectivas capacidades y
competencias. Sólo si alcanzan esta condición, y consecuentemente, sólo si
alcanzan a través de un proceso revolucionario el estado de individuos, sus
miembros pueden definirse como verdaderos revolucionarios: ciudadanos de una
futura sociedad libertaria.
He tratado estos aspectos del problema del auto, de la autonomía
individual -y sólo la escasez de espacio me impide profundizarlos ulteriormente
como merecerían-, porque se han convertido en los puntos débiles del concepto
de autogestión. Hasta que no se haya alcanzado, al menos, a un nivel mínimo,
este grado de individualidad, el concepto de autogestión continuará siendo una
contradicción en sus términos.
La autogestión, si no existen individuos capaces de gestionarse
autónomamente, corre el riesgo de transformarse en cualquier cosa que sea
exactamente su opuesto: una jerarquía basada en la pbediencia y el mandato.
La abolición de las clases no compromete mínimamente la existencia de
estas relaciones jerárquicas. Estas pueden subsistir en el interior de la
familia, entre los sexos y entre los diferentes grupos de edad, entre los
grupos étnicos y en el interior de los organismos burocráticos, lo mismo que en
los grupos sociales administrativos que pretenden realizar la política de una
organización o de una sociedad libertaria.
Ninguna organización social, ni siquiera los más intransigentes grupos
anarquistas, pueden ser inmunizados contra el virus de la jerarquía, si no es a
través del filtro de la autoconsciencia, derivada de la autorrealización de las
potencialidades existentes en cada individuo. Este es el mensaje que todas las
filosofías occidentales, de Sócrates a Hegel, nos han lanzado. Su llamada al
discernimiento y a la autoconsciencia como únicas vías para acceder a la verdad
y a la iluminación interior del conocimiento, tienen hoy un valor aún mayor del
que tenía en épocas remotas, y socialmente menos confusas, que la nuestra.
Antes de examinar los problemas que plantea la tecnología en el proceso
de autoformación, es importante recordar que el concepto de auto-gobierno -de
autonomía-, precede históricamente, al más moderno de autogestión.
Paradójicamente, es significativo el hecho de que hoy autonomía sea
sinónimo de independencia, con referencia al ego materialista. burgués, más que
al individuo comprometido socialmente. El auto-gobierno se entiende para toda
la sociedad en su conjunto y no sólo para la economía. La individualidad
helénica encontraba su expresión más plena en la polis sobre la oikos, en la
comunidad social sobre la comunidad técnica. Si rozamos apenas los confines de
la historia, la autogestión se nos aparece como forma de gobierno de los
pueblos, de los barrios y de las ciudades. La esfera técnica es del todo
secundaria en relación con la esfera social.
En las dos revoluciones que inauguran la era moderna de la política del
siglo -la americana y la francesa-, el concepto de autogestión nace de las
asambleas ciudadanas libertarías que se reúnen por todas partes, de Boston a
Charleston, y de las secciones populares de los barrios de París. La naturaleza
profundamente cívica de esta autogestión'contrasta netamente con aquella,
puramente económica, que hoy se le atribuye. En sus escritos, Kropotkin
discutió ya ampliamente este problema,y no es el caso de profundizado más en
este trabajo con otros ejemplos. Queda, sin embargo, el hecho de que en la
práctica libertaria, el concepto de autogestión tiene un significado mucho más
amplio y profundo del que se le da corrientemente en nuestros días.
En esta transformación la tecnología ha jugado un papel mucho más
determinante que el que se le atribuye. Los procesos de producción artesanal de
las sociedades pre-capitalistas garantizaban siempre un espacio material para
el desarrollo subterráneo de un proceso libertario, incluso cuando la
centralización política del Estado se encontraba notablemente desarrollada. En
la pase de las instituciones imperiales de las naciones europeas y asiáticas,
se encontraban sistemas de organización social como los clanes, los pueblos y
las confraternidades, que ni los ejércitos, ni los onerosos impuestos sobre la
producción agrícola, podían destruir. Tanto Marx como Kropotkin han descrito,
en sus obras, esta estructura social arcaica -un mundo antiguo-, prácticamente
inmóvil y aparentemente anónimo, inmutable e indestructible.
La polis helénica, y la congregación cristiana añadieron al cuadro el
toque de individualidad -de autonomía y de autoconsciencia-, a fin de que el
concepto de autodeterminación no brillara demasiado en un mundo netamente
caracterizado en sentido individualista. En las democracias urbanas de la
Europa central y de Italia, como en las polis griegas, la autodeterminación
municipal de la ciudad, con dimensiones apropiadas a la medida del hombre,
floreció, si bien por poco tiempo, en su significado más completo. Se habían
puesto así las bases de aquel individualismo socialmente comprometido que
caracterizaría, algunos siglos más tarde, el espíritu de la revolución
americana y francesa, y habría definido, en nuestra época, las concepciones más
avanzadas de autonomía individual, de sociabilidad, de autogestión.
No es posible, ni social ni tecnológicamente, regresar a aquellas épocas
del pasado. Sus límites los tenemos hoy demasiado claros para que se pueda
justificar la más mínima nostalgia del tiempo que fue. Pero las fuerzas
sociales y tecnológicas que han causado la ruina de aquellos valores son mucho
más transitorias de lo que generalmente pensamos.
Me limitaré aquí a tomar en consideración las dimensiones tecnológicas
del problema, dejando aparte los aspectos institucionales.
Entre todos los elementos de transformación tecnológica que separan
nuestra época del pasado, la invención más importante es precisamente aquella
que tiene menos características mecánicas: la fábrica.
A riesgo de parecer exagerado, querría afirmar aquí que ni la máquina de
vapor de Watt, ni el convertidor de Bessemer, tuvieron un significado y un peso
similares al simple proceso de racionalización del trabajo, de su
transformación en una máquina industrial para la producción de bienes de
consumo. La mecanización, en el sentido convencional del término, favoreció
enormemente este proceso -pero fue la sistemática racionalización de la fuerza
de trabajo al servicio de una cada vez mayor especialización productiva, la que
demolió completamente la estructura tecnológica de las sociedades
autogestionadas, y acabó con la habilidad profesional del trabajador en
singular-, o sea, la autonomía individual en la esfera económica.
Parémonos un momento a pensar en el significado de estas afirmaciones.
El artesanado se basa sobre la habilidad manual del singular y sobre el
uso de pocos instrumentos y aparatos. Pero sobre todo, es importante la
habilidad del singular: el ejercicio y la experiencia en las expresiones
manuales, a menudo con connotaciones culturales; la habilidad en el uso de las
manos y la coordinación de los movimientos; la reacción a una vasta serie de
estímulos y la expresión original de la propia individualidad. La atmósfera es
aquella de los cantos del trabajo, la espiritualidad aquella inserta en el
placer de disfrutar y plasmar las posibilidades latentes en las materias
primas, para conseguir formas útiles y agradables. No es casualidad que, según
Platón, la divinidad no sea más que un artesano que imprime forma a la materia.
Es evidente cuáles son los presupuestos sobre los que se fundan las
líneas características de esta actividad: un virtuosismo personal lleno,
profundo, que no es puramente técnico, sino ético, espiritual y estético. La
dimensión artesana es amor, y no esclavitud del trabajo. Estimula y agudiza los
sentidos, no los obstruye. Da, en lugar de arrebatar, dignidad al hombre.
Libera el espíritu, no lo esteriliza. En el campo técnico, constituye la
expresión por excelencia de la individualidad, de la caracterización personal,
de la conciencia, de la libertad. El sentido de estas palabras se desprende de
cualquier obra de arte y de cualquier objeto de buena producción artesanal.
El trabajador en la fábrica no tiene más que una lejana memoria, y vive
sobre ella. El alboroto de la fábrica ahoga cualquier pensamiento, por no
hablar de los cantos; la división del trabajo no permite al obrero ninguna
relación con lo que produce; la racionalización del trabajo obtura los sentidos
y agota el cuerpo. No hay ningún espacio en la fábrica para las formas de
expresión del artesano -por el arte o la espiritualidad-, sino únicamente una
interacción con los objetos que reduce a objeto al propio trabajador. La
distinción entre obrero y artesano no necesita muchas explicadones. Pero hay
dos buenos motivos para considerar una verdadera calamidad, tanto desde el
punto de vista social como desde el caracterial, la transformación de la
producción artesanal en producción manufacturera. En primer lugar la
deshumanización del obrero y su transformación en elemento de una masa; en
segundo lugar, la reducción del trabajador a elemento de una estructura
jerárquica.
Es bastante significativo que Marx y Engels hayan adoptado la involución
del artesano en obrero como prueba de la naturaleza intrínsecamente
revolucionaria del proletariado. Y precisamente en esta burda mistificación del
destino del proletariado es en la que, a menudo, el sindicalismo sigue la vía
trazada por el marxismo. Es común, en ambas ideologías, la convicción de que la
fábrica es la escuela de revolución (en el caso del sindicalismo, de
reconstrucción social), más que lo contrario. Ambas ideologías, por otra parte,
tienen una gran confianza en el papel de la fábrica como lugar de movilización
social.
Para bien o para mal, Marx y Engels expresan esta concepción mucho mejor
de lo que suelen hacerlo los teóricos del sindicalismo, y del
anarcosindicalismo.
Concebido como masa o como clase, el proletariado marxista se convierte
en un puro y simple instrumento de la historia. Esta misma despersonalización,
para colmo. de ironías, le libera de cualquier caracterización humana, más allá
de las necesidades urgentes, que no pueden ocultarse, absolutamente imperativas
... Como simple clase o agente social, no tiene voluntad personal, sino
únicamente histórica. Es un instrumento de la historia en el más puro sentido
del término. Por eso, para Marx, el problema no es qué cosas este o aquel
proletario, ni siquiera todo el proletariado, consideran como objetivos. El
problema es qué cosa es el proletariado, y qué cosas, como consecuencia de su
ser, deberá hacer.
El ser, por tanto, es diferente de la persona, la acción no depende de
la voluntad, la actividad social está separada de la indIvidualidad. En efecto,
es precisamente este despojar al proletariado de su individualidad .este
deshumanizarlo-, el que le confiere la cualidad de agente social universal, el
que le confiere cualidades sociales casi trascendentales.
Los conceptos que he citado, sacados de La sagrada familia de los
primeros años 40, impregnan todos los escritos de Marx durante algunos
decenios. Si no se tienen presentes al leer las obras posteriores éstas
resultan incomprensibles, llenas como están de retórica acerca de la
superioridad moral del proletariado.
Como consecuencia, no sorprende que Marx conciba la fábrica como una
especie de coso eclesiástico para la educación de su agente social. La
tecnología asume, por tanto, la función no sólo de un instrumento para la
realización del metabolismo del hombre con la naturaleza, sino incluso del
metabolismo del hombre consigo mismo. Paralelamente con la centralización de la
industria, a través de la competición y la expropiación crecen la miseria, la
opresión, la esclavitud, la degradación y la explotación; pero, al mismo
tiempo, crece también la rebelión de la clase trabajadora, una clase cada vez
más numerosa, instruida, unida y organizada por el propio mecanismo del proceso
de producción capitalista, afirma. Marx en una de las últimas páginas del
primer volumen de El Capital. El monopolio capitalista se transforma en un
tronco en los pies del propio modo de producción, que se ha desarrollado a su
lado y por debajo ... el cordón que lo une se rompe. Para la propiedad privada
capitalista suena la campana de muerte. Los expropiadores son expropiados (el
subrayado es mío).
La importancia de estas famosas palabras de Marx reside en la
importancia que concede a la fábrica, a su función educativa, de unificación y
de organización del proletariado por obra del propio mecanismo del proceso de
producción capitalista. Se podría casi decir que la fábrica produce
revolucionarios con la misma impersonalidad con que produce bienes de consumo.
Pero aún más significativo es el hecho de que produzca también al proletariado.
Esta concepción es también típica del sindicalismo. En ambos casos, la
estructura de la fábrica no es simplemente una estructura técnica, sino también
una estructura social. Marx tiende a despreciarla históricamente como reino de
necesidades materiales, cuya influencia sobre la vida deberá, al final,
atenuarse por el tiempo libre a disposición del comunismo.
Estamos por tanto frente a la paradoja que constituye el inquietante
nudo de la cuestión: la fábrica, de hecho, lejos de actuar como fuerza de
cambio social, lo hace como fuerza regresiva.
Tanto el marxismo como el sindicalismo, en virtud de su concepción de la
fábrica como enclave social revolucionario, deben reformular la idea de
autogestión para significar la gestión industrial del individuo.
Para Marx esto no representa un problema. No pueden darse
individualidades en el interior de la fábrica. La fábrica no sirve sólo para
movilizar e instruir al proletariado, sino también para deshumanizarlo. La
libertad no hay que buscarIa en el interior, sino fuera de ella. La libertad,
en efecto, no puede consistir en otra cosa que en el hecho de que el hombre
socializado, los productores asociados, regulen de forma racional sus
relaciones de intercambio con la naturaleza y asuman colectivamente el control,
en lugar de ser dominados por una fuerza ciega ..., observa Marx en el tercer
volumen de El Capital.
Pero queda siempre el reino de las necesidades materiales. Por encima de
él se inicia ese desarrollo de la potencialidad humana que constituye su propio
fin, la verdadera dimensión de la libertad la cual, sin embargo, puede basarse
y desarrollarse sólo sobre las necesidades. Su premisa fundamental es la
reducción del horario de trabajo.
Obviamente, la fábrica concebida como reino de necesidades materiales no
exige necesariamente la autogestión. Es más, se trata de la antítesis exacta de
una escuela de auto-formación, de formación del individuo, como el agora con su
concepción helénica de la educación.
Remedando a sus adversarios sindicalistas al pedir el control obrero
sobre la industria, los marxistas contemporáneos no hacen más que tergiversar
el espíritu del concepto de la libertad de Marx. Esto significa disminuir,
haciéndolo en su nombre, a un gran pensador, al usar términos completamente
extraños a sus ideas.
Engels, en carpbio, en el ensayo Sobre la autoridad extrema burdamente
la crítica de Marx al anarquismo precisamente sobre la base del funcionamiento
de la fábrica.
La autoridad concebida como la imposición de nuestra voluntad sobre la
de los otros, como subordinación, es inevitable en una sociedad industrial,
incluso comunista. Es un fenómeno connatural a la tecnología moderna,
indispensable (según Engels) como la propia fábrica.
Engels procede, por tanto, a exponer detalladamente esta concepción
adversa al anarquismo con toda la ramplonería filistea de una mente victoriana.
La coordinación de las operaciones industriales requiere disciplina y
subordinación al mando, más aún, al despotismo de las máquinas automáticas, y
presupone la necesidad de una autoridad ... de una autoridad imperiosa, (lo
subrayado es mío). Engels no elude ni siquiera los más obtusos prejuicios sobre
este argumento. Pasa con ligereza, de la autoridad de las máquinas hiladQras
(¡nada menos!), a la obediencia inmediata y absoluta, debida al capitán de un
barco. Confunde la coordinación con el mando, la organización con la jerarquía,
el acuerdo con la dominación, y más aún, con la dominacion imperiosa.
Pero aún más significativas que los sofismas del escrito de Engels son
las insidiosas verdades que contiene. La fábrica es, en realidad, exactamente
el reino de las necesidades materiales -de la libertad-. Es una escuela
jerárquica, de obediencia y mandato, no revolucionaria y liberadora. Reproduce
en cada momento, en cada hora, el servilismo del proletariado, y no su despegue
revolucionario de sentido histórico. No impide, ciertamente, que sea reducido.
a objeto, sino que atenta contra su individualidad, contra su capacidad de
trascender las necesidades. Como consecuencia, puesto que la autodeterminación,
la iniciativa autónoma y la indiviaualidad son la propia esencia de la
dimensión de la libertad, hay que negarlas a la base material de la sociedad,
para poder encontrar una afirmación sólo en las superestructuras (al menos
hasta que la fábrica y las técnicas de producción capitalista, sean concebidas
exclusivamente desde el punto de vista técnico, como elementos connaturales a
la producción).
Debemos presumir, por otra parte, que este reino deshumanizado de
necesidades -avalado por una autoridad imperiosa- puede en alguna forma, elevar
y acrecentar la conciencia de clase del trabajador deshumanizado,
transformándola en una conciencia social universal; y que este obrero,
despojado y privado de cualquier individualidad en una vida de trabajo
cotidrano; pueda de alguna forma recuperar el compromiso y la competencia
social necesarias para un proceso revolucionario a gran escala, y para la
construcción de una sociedad verdaderamente libre, basada en la
autodeterminación en el sentido más auténtico del término. En, fin, debemos
pensar que esta sociedad libre pueda eliminar la jerarquía por una parte,
mientras la conserva imperiosa por otra. Llevado a la lógica extrema, la
paradoja adquiere proporciones absurdas. La jerarquía, como un mono de trabajo,
se convierte en un instrumento del que se desviste al reino de la libertad para
colocárselo al reino de las necesidades. Como un columpio, la libertad oscila
en el punto en que situamos el eje social: quizá en el centro de la mesa en una
determinada fase de la historia, o más desplazada hacia una u otra extremidad
en otra fase, pero siempre de forma que la medida sea equiparable a la jornada
de trabajo.
Esta fatal paradoja es común al comunismo lo mismo que al sindicalismo.
Lo que redime a este último es la implícita complicidad -igualmente implícita,
también, en las obras de Charles Fourier-, de la necesidad de privar a la
tecnología de su carácter jerárquico y, gris, monótono, para poder crear una
sociedad libre. En las doctrinas sindicalistas, sin embargo, esta complicidad
es, a menudo, distorsionada por la aceptación de la fábrica como
infraestructura dé la nueva sociedad en el interior de la vieja, como paradigma
de la organización de la clase obrera y como escuela para la humanización del
proletariado, así como para su movilización como fuerza social revolucionaria.
La tecnología, por tanto, constituye un grave dilema para la concepción
libertaria de la autogestión. ¿De dónde sacarán los trabajadores -y en general,
todos los oprimidos: las mujeres, los jóvenes, los ancianos, los grupos
étnicos, las comunidades culturales-, la subjetividad necesaria para el
desarrollo de la individualidad? ¿Con qué tecnologías se puede sustituir la
movilización jerárquica de la fuerza de trabajo en las fábricas?
En fin, ¿cuáles son las componentes de la gestión que conllevan el
desarrollo de una verdadera, auténtica competencia, de probidad moral y de
discernimiento?
La respuesta a cada una de estas preguntas requeriría un libro entero.
En este ensayo me limitaré a responder brevemente a la segunda cuestión: es
decir, a esbozar cuáles son las nuevas tecnologías, potencialmente no
jerárquicas, con las que será posible sustituir las fábricas por una sociedad
anarquista.
La tecnología no es un hecho más natural de lo que pueden serlo los
alimentos tratados químicamenfe con que nos nutrimos, y las bebidas fermentadas
sintéticamente que bebemos. Lejos de ser una cosa fija, inmutable, es,
potencialmente, uno de los modos más maleables con que el hombre entra en
relación metabólica con la naturaleza.
Las instituciones, los valores y las fórmulas culturales a través de las
cuales el hombre crea una relación metabólica con el mundo natural, son a
menudo menos modificables que los aparatos y las máquinas que les confieren una
tangibilidad material. Su función primaria respecto a las relaciones sociales,
a pesar de lo que afirman los teóricos del determinismo tecnológico, no es más
que un mito. Están inmersas. en cambio, en un universo social de interacciones,
necesidades, voluntad e interacción humanas.
La fábrica resalta su dimensión social como por venganza. Su aparición
en el mundo no estuvo determinada por factores puramente mecánicos, sino
orgánicos. Constituye un medio para racionalizar el trabajo, no para adornarlo
con nuevos instrumentos. Si esto se comprende bien, la fábrica deja de gozar
aquella autonomía que le fue atribuida por Engels y sus acólitos. Será el reino
de las necesidades únicamente mientras existan necesidades que justifiquen su
existencia. Estas necesidades, sin embargo, no tienen una naturaleza
exclusivamente técnica; por el contrario, son en gran parte de tipo social. La
fábrica es el reino de la jerarquía y de la dominación, no el campo de batalla
de los conflictos entre el hombre y la naturaleza. Y una vez que sus funciones
como elemento de dominación resultan evidentes, podemos empezar a preguntarnos
qué objetivo tiene perpetuar su existencia. De la misma manera, el dinero, las
armas y las instalaciones nucleares, son los instrumentos de una sociedad
enloquecida.
Pero, si la sociedad consigue curarse de su locura, nos preguntamos de
nuevo: ¿para qué conservarlos? Las necesidades son un fenómeno que depende de
condicionamientos sociales -y Marx lo sabía bien-, que pueden tener carácter
racional o irracional. Por eso, el reino de las necesidades es tan elástico y
sus límites tienen, en fin de cuentas, escaso significa~o; de hecho, resulta
socialmente necesario como la concepción que el hombre tiene de la libertad.
Separar uno de la otra. es pura abstracción ideológica, ya que la libertad
podría no estar, de hecho, basada sobre el reino de las necesidades, sino ser,
por el contrario, el elemento determinante.
En los mejores escritos de Fourier se contiene, implícitamente, esta
conclusión. Los dos reinos, de la necesidad y la libertad, se han vuelto a'
sintetizar a un nivel más elevado de comportamiento y de valores sociales, en
el que la felicidad, la creatividad y el placer, son fines en sí mismos. La
libertad prevalece sobre las necesidades y la felicidad sobre el trabajo. Pero
una concepción tan amplia y radical no puede expresarse sólo de forma
abstracta; debe tener un fundamento concreto, de lo' contrario las enormes
posibilidades de lo real se convierten en categorías elusivas que niegan la
reivindicación de la imaginación. De aquí el enorme poder del pensamiento
utópico en sus formas más elevadas: la habilidad de dar una representación casi
visual de aquello que, a menudo, queda confinado en el ámbito abstracto de
ideologías contrastantes. Consideremos concretamente, y por tanto utópicamente,
las alternativas en base a las cuales es posible transformar una ardua fatiga
en una fiesta gozosa: una recolección en los campos acompañada de danzas,
fiestas, cantos y desfiles, paragonada con la monotonía del propio trabajo
mecanizado.
La primera forma refuerza la comunidad; la otra, favorece el aislamiento
en un sentido opresivo. Un mismo trabajo que desarrollado con espíritu estético
puede resolverse en una obra de arte, realizado, en cambio, bajo el yugo de ía
dominación puede ser una fatiga insoportable.
La afirmación según la cual todo trabajo oneroso es también tormentoso,
constituye un juicio social determinado por la propia estructura de la
sociedad, no por las condiciones técnicas del propio trabajo. El empresario que
pide silencio a sus obreros, no es más que un proveedor de trabajo, un patrono.
En ausencia de constricciones sociales que identifiquen la responsabilidad con
la renuncia y la eficiencia con la sobriedad, el propio trabajo se podría
efectuar en forma de juego, creativa, fantasiosa, incluso artística.
En otro escrito he enumerado las alternativas posibles hoya las formas
tecnológicas existentes(3). Desde entonces, tendría mucho que cambiar y mucho
que añadir a lo que éscribí. Quizá más importante aún que lo que puede
encontrarse en buenos libros como Radical Technology y otras obras de
libertarios ingleses, hay algunos principios que quería subrayar en este
escrito.
Está naciendo una nueva tecnología, una tecnología no menos
significativa para nuestro futuro de lo que lo es la fábrica para el presente.
Potencialmente, esta se presta a una criba concienzuda de las formas
tecnológicas existentes según el grado de integridad económica y según la
capacidad para influir sobre la libertad del hombre. Por sí misma, puede
consistir en una tecnología fuertemente descentralizada a la medida del hombre,
simple desde el punto de vista constructivo, y orientada en sentido naturalista.
Puede sacar provecho de la energía del sol y del viento, de los residuos
reciclados y de los recursos renovables, como la madera. Ofrece la posibilidad
de cultivar el alimento en formas espiritual y materialmente gratificantes de
horticultura. Es respetuosa con el ambiente natural y, lo que resulta todavía
más significativo, con la autonomía del individuo y de la comunidad.
Se podría definir esta tecnología como tecnología popular. Los
huertecillos comunitarios de cultivo intensivo explotados por los habitantes de
Nueva York en las escuálidas áreas del ghetto, los colectores solares de
construcción casera que empiezan a aparecer sobre los techos de las casas de
vecindad, los pequeños molinos de viento que les añaden para generar corriente
eléctrica, todo esto es la expresión de nuevas iniciativas asumidas por
comunidades hasta ahora pasivas, que reivindican el derecho a ejercitar un
control directo sobre la propia vida. Lo importante no es que una cooperativa
alimenticia pueda sustituir a un gigantesco supermercado, o que un huerto
comunitario proporcione, alternativamente, los productos de la industria
agrícola, o que un generador accionado por viento sustituya a un servicio
público ya drásticamente obsoleto. Las cooperativas, los huertos y los molinos
de viento son los símbolos tecnológicos de un renacimiento de aquella
individualidad que ha estado siempre negada a las masas del ghetto, y de un
sentido creciente de competencia que, regularmente, le viene siendo negado al
ciudadano-cliente. La imagen de la fábrica de la ciudad, e incluso de los
ciudadanos, se ha djsparado tan lejos en reprimir incluso los menores destellos
de vida pública, que las alternativas técnicas e institucionales representan
quizá la única posibilidad de hacer renacer la autogestión en sus formas
cívicas tradicionales.
Si se da por descontado el silencio de las fábricas, las voces más
fuertes que invocan el derecho a la autogestión, se elevan de los barrios de
centros urbanos (quizá su lugar de origen más natural), de los movimientos
feministas y ecológicos, de las masas que han conquistado un nuevo grado de
autonomía personal, cultural, sexual y cívica.
La nueva tecnología a que apuntan no ha iniciado este proceso de
desarrollo. Al menos ese puede ser el resultado de un nuevo sentido de la
competencia y la individualidad, producido por una tecnología opresiva y
represiva. La energía solar y eólica, y los huertos comunitarios, son medios
técnicos mucho más antiguos que la fábrica. El hecho de que la tecnología
popular los haya recuperado es síntoma de una fuerte voluntad de cortar los
puentes con un sistema social que tiene su punto más débil, y al mismo tiempo
más fuerte, en su naturaleza omnicomprensiva. Sin embargo, estas tecnologías
alternativas determinan un nuevo contexto, quizá de valor histórico, para la
transformación social. Demuestran la posibilidad tangible para una recuperación
de la autogestión con toda la riqueza de matices que tenía en el pasado, pero
sin volver atrás en el tiempo. Su concreción la hace profundamente utópica, no
visionaria sino realista.
Finalmente, como instrumentos educativos para la comunidad, tienden a
crear una política de la personalidad que se puede paragonar a la de los grupos
de afinidad anarquistas.
Las alternativas están en conflicto unas con otras en una medida
paragonable sólo al grado de corrupción de la sociedad tradicional en las
vísperas de ía era capitalista. También la nueva tecnología puede caer en el
error de la centralización corporativa: las bases para la explotación de la
energía solar, los satélites especiales, una industria agrícola orgánica
parangonable a aquella envenenada por los productos químicos de hoy. Los
huertos, los paneles solares, los molinos Ni los marxistas, ni el sindicalismo
pueden comprender la naturaleza de estas alternativas, y todavía menos las
sutiles implicaciones que de ellas pueden derivarse. Y sin embargo, pocas veces
ha habido mayor necesidad de un análisis profundo y serio acerca de las
posibilidades que se intuyen, de las nuevas direcciones que la humanidad puede
seguir por los caminos de la historia. A falta de una interpretación libertaria
de estas vías, de una consciencia libertaria que articule la lógica de la nueva
estructura tecnológica, podremos quizá asistir a la integración de la
tecnología popular en la sociedad tecnocrática y managerial. En este caso, nos
veremos reducidos como un coro griego, a lamentarnos y a lanzar maldiciones
contra un destino que se deja controlar por fuerzas superiores a su control de
decidir con anticipación el futuro de la sociedad. Y esta será una actitud no
sólo poco heroica, sino inútil y vana.
Notas
(1) Téngase en cuenta, como prueba de cuanto se ha dicho, la medida en
que, por ejemplo, han entrado en el lenguaje cotidiano los términos propios de
la cibernética. Cuando discutimos no preguntamos el parecer de nuestro
interlocutor, sino su feedback; es más, no mantenemos ya diálogos, sino que
solicitamos un input. Esta siniestra invasión del mundo del logos (en su
significado más amplio, del mundo de la palabra y el pensamiento), por parte de
la terminología electrónica de la tecnocracia moderna, representa una
subversión no sólo de la interacción humana a cualquier nivel de experiencia
social, sino incluso de la personalidad del hombre como fenómeno orgánico y de
desarrollo, man a Machine (El hombre máquina) de La Mattrie, asume la dimensión
moderna de un sistema cibernético, y no sólo en los atributos físicos, sino
incluso en su propia subjetividad.
(2) Evidentemente, uso el término política en el sentido helénico de la
administración de la polis, y no en el sentido electoral. Los atenienses
consideraban la administración de la ciudad no sólo una actividad social de
importancia vital en la que todos los ciudadanos debían tomar parte, sino
tambíén un proceso educativo continuo.
(3) Véase Hacia un tecnología liberadora.
FIN

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