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Libro N° 14730. Louis Althusser: Mito Y Realidad. Díaz Castañón, María Del Pilar.

Guillermo Molina Miranda mayo 23, 2026


© Libro N° 14730. Louis Althusser: Mito Y Realidad. Díaz Castañón, María Del Pilar. Emancipación. Enero 24 de 2026

 

Título Original: © Louis Althusser: Mito Y Realidad. María Del Pilar Díaz Castañón

 

Versión Original: © Louis Althusser: Mito Y Realidad. María Del Pilar Díaz Castañón

 

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Guillermo Molina Miranda




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LOUIS ALTHUSSER:

MITO Y REALIDAD

María Del Pilar Díaz Castañón


 

 

 

Louis Althusser:

Mito Y Realidad

María Del Pilar Díaz Castañón

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

María del Pilar Díaz Castañón

 

 

 

no. 64: 100-108, octubre-diciembre de 2010.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Louis Althusser:

 

Mito Y Realidad

 

 

 

 

 

 

 

María Del Pilar Díaz Castañón

 

 

 

 

 

 

Profesora. Universidad De La Habana.

 

 

 

 

 

 

Nuestra pertenencia a este tiempo estuvo irrevocablemente marcada por él; por sus búsquedas, experimentos y riesgos.

 

Jacques Derrida

 

Discurso ante la tumba de Althusser

 

 

 

 

Hay muchas razones para escribir un texto. Umberto Eco sostuvo que había escrito El nombre de la rosa porque quería matar a un monje. Las líneas que siguen son resultado de la sorpresa. La cólera de Neptuno envió en 1993 a la desde entonces bien provista biblioteca submarina La imaginación al poder : ensayos sobre el marxismo althusseriano, y la autora —también de estas líneas— decidió dedicarse a otros empeños. Ello no obsta para constatar, con el debido asombro, que aún se habla del Louis Althusser de la primera etapa como del único, que se considera que «la ciencia en la que estaba pensando Althusser era la biología»1 en el Curso de filosofía para científicos, o que se afirma que del filósofo galo solo quedarán «las hermosas y poéticas cartas a su amante Franca».2

 

Las Lettres à Franca (1961-1973)3 fueron publicadas en 1998, y como señalara Élisabeth Roudinesco son la historia de un hombre que ama a una mujer, hasta

la locura, pero también la revelación de cuánta ayuda obtuvo el profesor galo de la brillante generación de alumnos de la École Normale Supérieure (ENS) no comprometidos en acciones concretas como sus mayores (resistencia o luchas anticoloniales), sino habitados por la utopía de una Revolución ideal que sería capaz de cambiar el lenguaje al estilo de Arthur Rimbaud y de modificar al hombre a la luz de Marx y de Freud.4

 

 

 

De hecho, a ellos se debe Leer El Capital, que, en propiedad, Althusser nunca leyó con detenimiento.5

 

La extrañeza aumenta cuando un ex alumno, que insiste en estudiar filosofía y además en Alemania, comenta que los jóvenes de izquierda de ese país tienen como canon «Ideología y aparatos ideológicos del Estado», texto por demás paradójico, perteneciente a la tercera etapa del autor. Como catalizador, fue suficiente. Georg W. F. Hegel tenía un hijo ilegítimo y escribió la Ciencia de la Lógica en seis meses, reconociendo que hubiera necesitado un año para llegar a la forma conveniente, pero que necesitaba dinero.6 La Lógica continúa siendo ineluctable. Lo que sigue es el muy apretado resultado de quince años de impaciente investigación, luchas en bibliotecas, reservas amarillas o de otro color, y sobre todo contribuciones de amistades de cualquier lugar del planeta. Como diría Kant, Sapere aude.

 

Si Paul Valéry, Arthur Rimbaud y Charles Baudelaire merecieron en su tiempo el calificativo de «poetas malditos», Georges Lukács, Karl Korsch, Ernst Bloch, Anton Pannekoek, Antonio Gramsci y Louis Althusser han disfrutado durante lustros el honor de ser los «filósofos malditos» de nuestra época. Fue el precio que debieron pagar por avizorar nuevos rumbos.

 

Pero no todos los herejes corrieron igual suerte. La de Louis Althusser (1918-1990) es, en muchos sentidos, única.

 

En primer lugar, creó una escuela en vida; en segundo, su pensamiento se desplegó en constante evolución, marcando etapas que no fueron comprendidas, ni aun por sus seguidores; por último, se convirtió en «piedra de toque» del marxismo dogmático, en la década de los 80 del siglo pasado, para el que refutar las provocativas tesis del filósofo francés devino procedimiento ideal para validar los esquemas del canon. Y last but not least, alcanzó una última y triste notoriedad mundial al asesinar a su mujer, lo que condenó su último decenio de vida a una muda reclusión total.

 

Así, en la época del dogmatismo rampante, cualquier artículo que abordase la relación ciencia-ideología, el problema de la periodización de las obras de Marx, la especificidad teórica de El Capital, o el problema del humanismo —por solo mencionar los aspectos más difundidos— incluía inevitablemente una destructiva referencia crítica a los planteamientos althusserianos. De este modo, se enjuiciaba la totalidad de la producción del pensador a partir de sus escritos del lapso 1960-65, y se ignoraba, además, la peculiar coyuntura teóricopolítica que reflejan. De igual manera se podría calificar a Marx de no marxista si únicamente se tiene en cuenta su tesis de doctorado.

 

Lo dicho indica la paradoja siguiente: el famoso Althusser es generalmente desconocido, pese a los innumerables estudios que sus seguidores y/o críticos han hecho de una u otra parte de su obra. Conocerla permite afirmar que, al igual que sus compañeros «malditos», realiza una reflexión que sugiere más interrogantes que respuestas. El mérito radica en haberlas planteado. Amén de ello, posibilita una conclusión: sin pretenderlo, el profesor comunista francés reproduce el viejo estilo de pensar dogmático que critica.

 

Filosofía = política

 

Demostrar lo dicho exige esbozar, siquiera someramente, los aspectos más significativos que, desde  el punto de vista teórico —y para nuestros propósitos— conformaron el panorama del marxismo anquilosado.7

 

En esta fase de comprensión estrecha de los objetivos, funciones y problemas del ideario marxista, la teoría filosófica fue reducida a su función ideológico política, divulgable y comprensible solo a través de la sistematización didáctica de los manuales y textos de instrucción. Como consecuencia de lo anterior, interrogantes claves que la revolución teórica había brindado a la polémica filosófica fueron tratadas de modo superficial o simplemente eliminadas como tales.

 

Así, la enigmática tesis engelsiana sobre el fin de la filosofía se repetía sin analizarla, asumiendo como respuesta lo que era solamente una indicación para la reflexión; la relación Hegel-Marx se abordaba de modo mecánico, por entender que todo idealismo era erróneo y estéril; el análisis de la historia de la filosofía devino esquemática exposición sucesiva de escuelas, donde el materialismo siempre resultaba triunfante frente al nocivo idealismo; el estudio filosófico de El Capital era, desde semejantes premisas, imposible, y se sustituía por el análisis económico y muchas veces economicista.

 

Textos claves como «Sobre el materialismo militante» e «Insistiendo sobre los errores de Trotsky y Bujarin» simplemente no se consultaban; incluso los fragmentarios pero canónicos Cuadernos filosóficos, publicados por vez primera —y con omisiones— en 1929, fueron tratados, al igual que los restantes escritos de Carlos Marx, Federico Engels y Vladimir I. Lenin, como un compendio de citas para avalar, con la autoridad de «los clásicos», cualquier cuestión que se plantease. Amén de ello, la formal división de la teoría en diamate hismat resucitaba la vieja ontología  

la sociología objetivista, haciendo regresar al marxismo a un pasado ya superado aun por el erróneamente despreciado Hegel. Los estudios originales sobre El Capital y los Grundrisse se desdeñaban, e incluso un especialista como Roman Rosdolsky sufrió el campo de concentración estalinista después de haber sobrevivido al hitleriano.

 

Desde luego, el triste panorama arriba esbozado no excluye la labor seria y reflexiva de brillantes especialistas soviéticos, cuyas contribuciones resultan, aún hoy, de extraordinario valor. No obstante, tales aportes aislados —amén de otros cuya publicación se impidió en la época y cuya divulgación solo comenzaría tras el desplome— no lograron cambiar el pedestre estilo de trabajo existente.

 

Sin embargo, las prácticas que el estalinismo fue fijando por oposición al estilo leninista promovieron, desde mediados de los años 20, sordas polémicas dentro del marxismo. Las numerosas interrogantes que estallaron en los planos político, moral, ideológico, estético y científico abordaban cuestiones periféricas, sin reconocer el verdadero problema en el que ahondaban: la especificidad y valía de la filosofía marxista como teoría revolucionaria, abierta, progresiva y crítica.

 

Pero tampoco fructificaron los intentos dedicados al asunto. Los planteamientos acerca del lugar histórico del marxismo en la historia de la filosofía y las reflexiones sobre su método; las indagaciones acerca del papel de Lenin en la formación de la filosofía y la política; las ideas acerca de la relación Hegel-Marx, la conciencia de clase y el marxismo ortodoxo; la consideración del marxismo como utopía realizable y por tanto ideológica, entre otras, fueron descalificados desde el punto de vista político sin ser sometidos a crítica teórica. No obstante, las preguntas continuaban sin respuesta.

 

 

Hermenéutica y teoría: la búsqueda del verdadero Marx

 

Resulta lógico que la ruptura del esquema político propiciada en febrero de 1956 generase una conmoción. El impacto moral, político y emocional provocado por las revelaciones del XX Congreso del PCUS desató una oleada de escepticismo y ansias renovadoras, lo que produjo dos tendencias principales, inspiradas ambas en el rechazo total a la teoría marxista-leninista dogmatizada. Pero se diferenciaban en sus propósitos y consecuencias. De un lado, se agrupaban quienes negaban toda valía al marxismo, considerándolo ya una propuesta superada, ya un sistema anquilosado que debía actualizarse a la luz de las nuevas condiciones históricas; de otro, aquellos que pretendían realizar el rescate del verdadero Marx, a partir de la lectura detallada de sus textos y de la oposición al diamat.

 

La necesidad de definición se veía mediada por un reconocimiento dual. Por una parte, resucitaban las viejas inter rog antes planteadas por Lukács, Korsch, Pannekoek y Bloch, prestigiadas tanto por la persecución sufrida como por el silencio que las condenó. Por otra, la nueva época obligaba a reconocer la existencia de problemas eminentemente filosóficos, que el marxismo manualesco no se atrevió a abordar. Los vacíos generados por esta ausencia reflexiva fueron ocupados por la filosofía no marxista contemporánea, que así quedaba validada por omisión.

 

Vale decir que razonar el marxismo en la década de los 60 no significaba comprender los textos de «los clásicos», ni solo tomar una posición ante el debate que tan tardíamente resurgía y cuya actualidad era innegable, sino, sobre todo, enfrentarse a un espacio «ocupado» por las preguntas —y respuestas— que se ofrecían como alternativa al marxismo. Y como ellas aparecían fuertemente entrelazadas con coyunturas culturales específicas, era preciso también tomar una posición al respecto. Urgía una interpretación nueva.

 

 

Francia, 1960: la eclosión cultural

 

El auge de la búsqueda intelectual en la Francia de los 60 se expresó en dominios bien diversos. La muy fijada tradición epistemológica se reafirmó a través de la polémica sobre la racionalidad o no de la ciencia;8 en el campo psicológico, la reintroducción del freudismo por Jacques Lacan provocó alteraciones y escisiones profundas, cuyas consecuencias se extendieron a toda la intelectualidad francesa;9 el resurgimiento de la lingüística estructural impregnó a los pensadores de la época de un espíritu sistémico, presto a aplicarse a cualquier dominio teórico. Por sí mismo, el estructuralismo ofrecía, a través de su interpretación de la historia, una normatividad fácilmente aceptable en el mundo convulsionado de la posguerra.

 

Si a lo dicho se suma la reflexión existencialista sobre el hombre y su soledad alienante, resulta comprensible que toda indagación sobre el marxismo provocada por el choque del XX Congreso no pudiese ignorar

 

—en ninguna de las dos vertientes indicadas— las expectativas despertadas por la eclosión cultural aquí esbozada grosso modo.

 

Paradójicamente, se impone recordar que el panorama teórico antes diseñado no desconocía el marxismo. Como señalara Max Weber, en el campo de las ciencias sociales era imposible hacerlo. Y esto explica el «lenguaje común» que por un lustro compartieron posiciones tan diversas como las de Jean Paul Sartre, Michel Foucault, Jacques Derrida, Claude Lévy Strauss y Louis Althusser.

 

 

 

 

 

 

 

El famoso Althusser: ciencia vs. ideología

 

 

Es e n Por M arx 1 0 d o n d e A l t h u s s e r d e c l a r a explícitamente su propósito de rescatar la radicalidad y originalidad teórica del pensamiento de Marx. A su juicio, la versión existente era el resultado de la dilución de la filosofía en la ideología política, disciplinas que en modo alguno podían identificarse sin pérdida de la especificidad teórica de lo filosófico.

 

Tal es el leit motiv de la primera y más famosa etapa (l960- l967) de la producción de este autor. En ella caracteriza el surgimiento del marxismo como resultado de un «corte epistemológico»,11 cuya consecuencia es la aparición de dos disciplinas simultáneas: la filosofía, o teoría de las prácticas teóricas,12 y el materialismo histórico o ciencia de la historia. El «corte», situado en 1845 (Tesis sobre Feuerbach y redacción de La ideología alemana), divide la historia del pensamiento filosófico en dos momentos: el ideológico, anterior a él, y el científico, cuya existencia inaugura con el surgimiento de la nueva problemática.

 

Ya desde aquí se aprecia la contraposición ciencia/ ideología, eje de todo el quehacer althusseriano. Las obras anteriores al corte son ideológicas, i.e., humanistas y empiristas; las posteriores son realmente científicas, pues expresan un conocimiento objetivo de lo real. La reproducción de la usual división materialismo dialéctico-materialismo histórico intenta subrayar el g rado de cientificidad del marxismo mediante la objetivista ciencia de la historia, mientras la filosofía deduce su cientificidad de su carácter no ideológico.

 

Pero como ni siquiera el «corte» garantiza la inmunidad ante la penetración «idealista, nociva y deformante» de la ideología, la filosofía es concebida como Teoría de las prácticas teóricas: i.e., metateoría que sirve a la clase obrera como arma revolucionaria, a l b r i n d a r l e e l m e c a n i s m o d e p r o d u c c i ó n d e conocimientos13 que per mite distinguir entre lo ideológico deformante y lo científico revolucionario.

 

Como ciencia de los modos de producción, de sus estructuras y formas de transición, la «ciencia de la historia» sustenta la explicación que como metateoría ofrece la filosofía, describiendo la sociedad como un «todo complejo estructurado ya dado», cuyas «estructuras en dominante» hallan su fundamento teórico en la contradicción superdeterminada.

 

La confusa ter minología empleada revela la influencia del estr ucturalismo y el psicoanálisis lacaniano y una ausencia: Hegel. Es que Althusser considera que no hay ni puede haber relación alguna entre el materialista Marx y el idealista Hegel, hasta el punto de calificar la problemática del joven Marx como kantiano-fichteana.

 

El rechazo a la dialéctica hegeliana, huella del viejo estilo de pensamiento dogmático que quiere superar,14 lo conduce a sostener la especificidad cualitativa de la contradicción marxista respecto a la hegeliana eliminando toda mediación entre los polos contrarios.

 

La superdeterminación solo supone la subordinación de un polo al otro, lo que excluye toda autonegatividad y presuposición real de los elementos que componen

una relación de contradicción.15

 

Nadie puede repudiar impunemente la dialéctica. En el caso del pensador que nos ocupa, ello tuvo como consecuencia una versión esquemática del todo social, donde el elemento material (siempre superdeter minado) condiciona inevitablemente el ideal, que carece de la más mínima independencia.

 

Tal modelo resultó extraordinariamente atractivo en América Latina (especialmente en México y Chile) pues sugería la idea de concentrar la lucha revolucionaria  en los aspectos materiales de la sociedad, cuya superdeterminación garantizaría automáticamente el cambio de los niveles estructurales.16

 

 

 

 

 

 

La paradoja de los «anti»

 

 

 

Pero Althusser no rechaza solo a Hegel, sino a todo idealismo. A su juicio, las filosofías «del origen o del sujeto» son ideológicas y enturbian la visión correcta de la realidad. Es por ello que caracteriza las enfermedades padecidas por el marxismo a través de sus célebres «anti»: humanismo abstracto, historicismo, empirismo y economicismo.

 

Las tesis del «anti», que tanto ruido hicieron, tienen un fundamento racional. Efectivamente, la versión dogmática de la filosofía se veía plagada de economicismo y empirismo: todo se explicaba directamente por la acción de la base económica, mientras los nuevos datos que podían contradecir la teoría se incorporaban mecánicamente a ella sin ser procesados. Ciertamente, Althusser tiene razón cuando, al tomar partido en la polémica de los Manuscritos, declara que Marx no postuló jamás un humanismo abstracto, sino bien concreto, referido al hombre socialmente entendido y no a una entelequia de valores espirituales inmutables. La explicación fue desoída, y el intenso debate giró en torno a la provocativa formulación: Marx era, teóricamente, antihumanista.

 

Lo mismo ocurrió con el antihistoricismo: negando que el marxismo postulara una sucesión mecánica de acontecimientos, sostiene la sujeción a leyes del devenir social, mensurable a través del tiempo histórico. Sin embargo, en torno a la afirmación se desató una encendida polémica, uno de cuyos momentos más relevantes fue el debate encabezado por Pierre Vilar acerca de la especificidad de la historia como ciencia social.17 Pero ya con ello la cuestión se trasladaba a un terreno que le era ajeno.

 

Los «anti» esconden aún otra paradoja: Althusser reproduce sus famosos «anti» en su obra. Demandando un humanismo real, la visión del sujeto que resulta de la

 

«ciencia de la historia» es pasiva y mecánica; luchando contra el economicismo, lo reproduce en su «todo complejo estructurado ya dado»,18 donde lo único que permite la autonomía de las estructuras es precisamente lo que lo impide, la contradicción superdeterminada; criticando el empirismo en la teoría (y acusando a Engels y Hegel de partidarios de la teoría empirista del concepto) lo plasma en Leer El Capital,19 cuando intenta explicar el proceso de ascenso de lo abstracto a lo concreto considerando lo abstracto como un aspecto específico del pensamiento ausente de lo concreto real.

 

Por otra parte, el esfuerzo por superar la escisión entre teoría y práctica mediante el concepto de práctica teórica resultó solo una fusión aparente. La teoría

 

«absorbe» para sí una práctica que no es precisamente la real, sino un proceso «práctico» (transformador) de la teoría en la producción de un nuevo conocimiento.

 

Así, se reduce la relación teoría-práctica a mero ejercicio epistemológico. Adscribiendo la práctica material a un dominio exclusivamente gnoseológico, de hecho obvia la especificidad de lo ideal, cuya actividad no presenta diferencia alguna respecto a la material. Ello le impide, entre otras cosas, la comprensión cabal de la subjetividad, defecto que Marx imputara al materialismo que lo precedió.

 

La contraposición racionalista ciencia/ideología pesa con demasiada fuerza sobre el filósofo francés. Especialmente el fantasma de la ideología, que no lo abandonará en todo su quehacer.

 

Considerando en la primera etapa la ideología como prisma deformante de la actividad del sujeto, pero resultado de ella, Althusser afirma que ya la Generalidad I, como resultado de la III, posee naturaleza ideológica. La ideología en el conocimiento penetra a través de la problemática y elementos que lo confor man; extendida al todo social, resulta presupuesto de toda práctica teórica y, por tanto, necesaria al acto cognoscitivo; premisa e inevitable resultado suyo. Ya aquí indica una de sus preocupaciones esenciales: cómo librar al sujeto de la deformación ideológica que él mismo produce. Sin embargo, no la resuelve, y fuerza es declarar que la ideología no constituye preocupación sustancial del primer Althusser.

 

Pese a ello, en un texto de transición reflexiona sobre el asunto, y caracteriza la ideología no solo en tanto conocimiento empírico deformador, sino como

 

«cierta representación del mundo que liga a los hombres con sus condiciones de existencia y a los hombres entre sí».20 Esta representación necesaria es un reflejo falso, adultera las relaciones reales justificando el poder de la clase dominante y transformando sus ideas en asimilables para los dominados. Puesto que la ideología funge como mediadora ideal entre las determinaciones estructurales y las disposiciones de la superestructura, a la que pertenece, su función es lograr la cohesión social.

 

Siendo tan objetiva y heterogénea como las propias relaciones materiales que la generan, la ideología no puede estudiarse a través de sus elementos aislados (representaciones, imágenes, señales, símbolos, ideas) sino como sistema, y tal labor solo puede emprenderla la filosofía, como «laboratorio» para la elaboración teórica de la ideología.

 

Sin duda, esta proposición es deudora de las consideraciones gramscianas al respecto. En el contexto de la primera etapa, queda a nivel de indicación; en la última adquirirá su máximo desarrollo, y es muy evidente la coincidencia con las tesis del pensador italiano.

 

El propio Althusser valoraría su primera etapa como teoricista, y la relación ciencia-ideología como un «boceto especulativo».21 De igual forma, consideró su tesis de la filosofía como teoría de las prácticas teóricas.

 

Como se ha visto, no se trata únicamente de especulación, sino de la reproducción negativa de las condiciones teóricas en que está inmerso. Trabajando contra la dilución de la filosofía en ideología política, la convier te en metateoría; luchando contra el economicismo, el empirismo y el humanismo abstracto, los reproduce; promoviendo la lectura marxista de El Capital, ofrece una visión de la obra que destruye la esencia del método de Marx.

 

¿Qué explica entonces la repercusión mundial de esta primera etapa, y la ignorancia casi total de las dos siguientes, mucho más ricas? Recuérdese cuál era la versión de la filosofía imperante. El lenguaje althusseriano, dubitativo y provocador, sacaba a la luz problemas hasta entonces omitidos, y lejos de proponer soluciones finitas, incitaba a la reflexión. Por otra parte, incorporaba a sus ideas las nuevas corrientes culturales, despojando a otras tendencias filosóficas del privilegio de su tratamiento.

 

En esencia, Althusser proponía a los comunistas hartos del canon una vuelta a Marx mismo, desechando los textos que pretendieron explicarlo. Claro que, como señalaba Marx, nadie se libra del estilo de pensamiento de su época; sus seguidores hicieron de Althusser un nuevo canon que contrapusieron al existente. Por tal razón, muchos de ellos ignoraron la fecundidad posterior de su pensamiento, y prefirieron quedarse en Por Marx y Leer El Capital.

 

 

El desconocido Althusser: la filosofía espontánea de los científicos

 

 

La fase más interesante del pensamiento de este autor es, realmente, un tránsito. Ubicada en los años 67-69, incluye dos textos fundamentales: Lenin y la filosofía y Curso de filosofía para científicos. En este momento de su quehacer, aborda con más seriedad el problema de la relación filosofía-ciencia, siempre en búsqueda de la especificidad de la primera. Concebida ahora como «línea de demarcación» entre lo científico y lo ideológico, ella define límites también para el interior de sí misma. Pero no es ciencia ni ideología y, sin embargo, distingue entre «lo científico de las ciencias y lo ideológico de las ideologías».22

 

¿Qué puede significar afirmación tan paradójica? Althusser pretende demostrar a los científicos la utilidad de la filosofía, y determinar a su vez la distinción con la ciencia. De ahí que, a través de las 25 tesis de su Curso..., establece tres índices diferenciadores principales:

 

 

 

 

La filosofía marxista-leninista solo podrá fungir como arma de la revolución si se transforma a sí misma, o sea, si realiza una «nueva práctica de la filosofía». Lograrla significa rescatar la función cosmovisiva que esta había perdido, al diluirse en los viejos esquemas.

 

 

1. El criterio verdad-error, típico de la ciencia, no es válido para la filosofía, cuyas tesis serán «justas» o no en dependencia de su acertada relación con la práctica.

 

2. Es la ideología, paradójicamente, el vínculo entre la filosofía y la ciencia, por cuanto subyace en la primera. Esta será tanto ideología teórica (científica o de los científicos) como práctica (normas valorativas que rigen la conducta del sujeto). La última será determinante, y es la ideología espontánea de la práctica científica el resultado de su interacción.

 

3. Puesto que el carácter deformante de la ideología se mantiene, la ciencia no puede eliminarla ni distinguirla; compete esta labor a la filosofía como «línea de demarcación» entre lo científico y lo ideológico.

 

Así, la filosofía realiza una función dual, pues demarca también para sí misma. Es ella quien articula la ciencia y la ideología (sin ser ninguna de las dos), y quien distingue lo ideológico de las ciencias rescatando su cientificidad, y supera, por la misma razón, lo ideológico que la constituye y entorpece la «justeza» de su línea política. Deviene el elemento que garantiza la cientificidad de la política y la política en la ciencia. La intervención de la filosofía en la ciencia se manifiesta como política científica, i.e., su táctica y estrategia.

 

Althusser brinda una excelente idea al insistir en que, debido a la diferencia en objeto, estructura, método y criterio de validación, la filosofía no puede intervenir directamente en la ciencia; lo hace a través de la Filosofía Espontánea de los Científicos (FEC), es decir, aquella que brota de la reflexión realizada por el investigador sobre su propio quehacer. Mas tampoco la FEC está a salvo de la nociva ideología, pues sus elementos constituyentes la incluyen: el Elemento 1 es materialista, pues proviene del interior de la ciencia; pero el Elemento 2, extracientífico, es idealista, por cuanto lo constituye la interrelación de las ideologías teóricas y prácticas. Así, la FEC no puede sistematizarse: debe acudir a un sistema propiamente filosófico, que la estructure a partir del método que solo la filosofía ofrece. Siguiendo a Engels, destaca que el éxito de esta empresa dependerá del cuerpo sistematizador que se emplee; a su juicio, el triunfo lo garantiza solo la dialéctica materialista.

 

 

La idea anterior constituye uno de los aportes más brillantes de Louis Althusser. Durante lustros, los filosofemas de manual se limitaron a afirmar la relación de la filosofía con la ciencia a partir del método que esta le brinda, a cambio del cual recibe conocimiento científico. Tal esquemática afir mación dejaba sin resolver el modo en que la filosofía, como tipo de saber especial, interactúa con el saber científico, y la convertía en asimiladora virtual de los resultados de este último. De aquí la proliferación de los numerosos «problemas filosóficos de las ciencias», algunos de los cuales tuvieron derivaciones risibles.

 

Althusser sigue aquí la lapidaria afirmación de Engels en Dialéctica de la Naturaleza, según la cual nadie puede pensar sin categorías, y aquel que cree hacerlo se limita a tomar el instrumental ofrecido por las filosofías de moda. Por otra parte, sugiere la idea de que la ciencia solo puede ofrecer un cuadro científico de lo real; necesita de la filosofía si tiene pretensiones cosmovisivas.

 

Pero el viejo teoricismo althusseriano resurge en la calificación y contraposición de los elementos de la FEC. De otro lado, la filosofía se halla en una postura bien incómoda, pues sin ser ciencia ni ideología debe «demarcar» entre ellas. Aunque establece que la filosofía demarca también en su propio interior, el autor solo muestra las diferencias filosofía-ciencia, pero no filosofía-ideología, que es solo una negación abstracta de la ciencia.

 

Del mismo modo, el criterio de validación de la filosofía —lo «justo» o no— resulta externo, en un intento más por incluir la determinabilidad de la práctica. De hecho, el sustrato de la referencia práctica de lo filosófico se reduce a la política, con lo cual la filosofía pierde su condición intrínseca de validarse a sí misma en el despliegue lógico de sus propias determinaciones.

 

En otras palabras, este esfuerzo no hace más que reproducir la premisa contra la que el propio Althusser trabaja: la versión de la filosofía como ideología política.

 

Aunque la ideología desempeña en esta etapa el rol de reproductora de las funciones sociales del sujeto, esto solo ocurre a nivel intelectual, por cuanto la ideología es un elemento de la «cultura».23

 

Pese a la dualidad que la condena, es en esta fase de tránsito que la filosofía alcanza la caracterización más cabal en la obra del pensador francés. En efecto: es en este período donde Althusser distingue con mayor rigor entre la filosofía y la ciencia, e indica con ello el camino para abordar la especificidad de la primera. Lamentablemente, tropieza con dos obstáculos que le impiden culminar su labor.

 

En primer lugar, la filosofía no se define por sí misma, sino en su relación distintiva con la ciencia. Esta es, además, según el profesor galo, «constitutiva» de la filosofía. Las vagas indicaciones que se hallan en el Curso... acerca del objeto, método y estructura de la filosofía solo estimulan la reflexión sin brindar determinación alguna.

 

En segundo lug ar, el teórico que nos ocupa tropieza con un fantasma cuya corporeidad lo rehúye: la ideología. Constatando su existencia e intuyendo algo de su función social, ella queda limitada al ámbito culturológico, y resulta, por eso mismo, ajena a la filosofía.

 

Como se aprecia, la riqueza de esta etapa radica más en lo que sugiere que en lo que afirma. De ella emanan dos problemas que resolver: la dualidad de la filosofía y el papel de la ideología en el todo social.

 

 

 

 

 

Ideología y aparatos ideológicos del Estado

 

 

Es en la tercera etapa (1969-1978) donde Althusser responde a estas interrogantes, al considerar que su existencia se debía a su olvido de la determinación de lo político en lo teórico. Así, definirá la filosofía como

 

«lucha de clases en la teoría», mientras que la ideología es al fin explicada como constituyente y reproductor del papel que todo sujeto desempeña en una sociedad dada, a partir de su tesis sobre los aparatos ideológicos del Estado (AIE).

 

Afirmar la filosofía como «lucha de clases en la teoría» significa, para el pensador francés, que en ella se reproduce la lucha social, pero en niveles más complejos. Apoyado en el Manifiesto Comunista, diseña la historia de la filosofía y de las ciencias como un constante «campo de batalla» teórico de tendencias opuestas, que reproduce el antagonismo materialismo/ idealismo.

 

Asumiendo directamente la contradicción clasista como lucha de tendencias filosóficas, el autor llega a una inevitable conclusión: la filosofía divide, ya que su función es elegir entre una u otra tendencia en la teoría y tomar partido al respecto. No obstante, considera que la división en el campo teórico no es fácil, pues la lucha de clases en la teoría expresa la lucha ideológica y es enmascarada por ella.

 

 

La vieja idea althusseriana acerca del carácter nocivo de la ideología reaparece aquí en dos direcciones que se complementan. Por una parte, todo idealismo filosófico es nocivo, o sea, ideológico, y representa una variante reaccionaria; por otra, también el materialismo se halla preso en las redes deformantes de una ideología que no genera, sino hereda de la clase dominante.

 

A diferencia de momentos anteriores, el filósofo comunista francés establece el origen de la ideología en la contradicción fuerzas productivas/relaciones de producción,24 e indica, siguiendo a Gramsci, el lugar donde se mueve y la función especial que desempeña.

 

Reproduciéndose a la vez que la fuerza de trabajo, se inscribe en la superestructura, pero no de manera pura. De hecho, la ideología dominante cumple su función de fijar al sujeto en una posición conveniente para la clase en el poder, de la que no puede —ni le interesa— salir.

 

Pero no realiza esta función por sí misma, sino a través de los AIE, integrados por las instituciones religiosas, jurídicas, escolares, políticas, sindicales, de información cultural y masiva, etc. Como se ve, incluyen las direcciones más importantes de la actividad espiritual del sujeto social, para quien pasan completamente inadvertidos por cuanto no parecen tener relación alguna con el Estado, ni cumplir función represiva evidente.

 

El papel de los AIE es garantizar el estatismo social en virtud del carácter autorreproductor de la ideología. De ello resulta que es la ideología dominante quien unifica, en última instancia, las diversas actividades que los AIE generan. La pregunta que se impone es:

 

¿puede el sujeto librarse de los AIE y emprender una labor subversiva social? Para Althusser la respuesta es negativa, por cuanto considera la historia como un proceso sin sujeto ni fin.25

 

Repitiendo su viejo prejuicio contra «las filosofías del origen o del sujeto», afirma que a Marx le es completamente ajena una visión de la historia que tenga al sujeto como protagonista. En consecuencia, el hombre no es sujeto de la historia, sino en la historia, a cuyas leyes se adapta, pues lo conducen objetivistamente por la tendencia del progreso social.

 

De hecho, el condicionamiento que los AIE suponen avala ya la pasividad del sujeto; la tesis del proceso sin sujeto ni fin no es más que su consecuencia obligada. Por eso la ideología —que no tiene historia— es el único «cemento» social aglutinador que existe en ella de modo temporal, garantizándola.

 

Como se ve, la comunidad con Gramsci que sugería la formulación de la ideología como elemento cohesionador a través de los AIE culmina en una diferencia radical. Si el teórico italiano la utiliza para explicar cómo lograr la revolución, el francés lo hace para caracterizar el estatismo burgués. Vale aclarar que este autor confía en la vitalidad de la ideología proletaria, a la que adscribe la capacidad de anticipar los aparatos ideológicos de la transición socialista y contribuir, por ese medio, a «la supresión del Estado y la supresión de los aparatos ideológicos del Estado en el comunismo».26 Sin embargo, tal tesis queda solo a nivel de indicación.

 

 

La transformación de la filosofía: el último Althusser

 

La contradicción entre la forzada pasividad del sujeto y la necesidad de subvertir el orden social imperante representada por su propia ideología parece hallar una solución en la última obra independiente de este pensador: La transformación de la filosofía (1976).

 

En esta conferencia, ofrecida en la Universidad de Granada, Althusser postula que la filosofía marxista- leninista solo podrá fungir como arma de la revolución si se transforma a sí misma, o sea, si realiza una «nueva práctica de la filosofía». Lograrla significa rescatar la función cosmovisiva que esta había perdido, al diluirse en los viejos esquemas. La transformación de la filosofía ocurre en la medida en que ella incorpora y ordena todas las formas de saber y las devuelve al mundo categorialmente traducidas, labor que puede lograr únicamente a través de un agente externo: la ideología. Gracias a su función cohesionadora, esta funge para la filosofía como prisma refractante de toda la actividad social. La filosofía desempeña entonces «su papel de cimiento teórico para la unidad de esta ideología».27

 

Gracias a la filosofía sería posible trascender los AIE, pues realiza su nueva práctica estructurando el resultado de la actividad espiritual y fijándolo en categorías que portan el germen de la nueva concepción del mundo.

 

Se hace evidente en esta proposición la influencia del teoricismo que marcó la primera etapa, ahora con resultados mucho más positivos. Althusser se inscribe aquí en el rescate de la especificidad de la filosofía como teoría revolucionaria, al destacar la función que los instrumentos lógicos desempeñan como síntesis de la práctica social.

 

Infortunadamente, la idea de la filosofía como arma revolucionaria quedó solo a nivel de consigna. El carácter discontinuo y polémico de los trabajos del pensador francés explica los mitos en torno a su obra, nacida de un ambiente contradictorio y convulso. Para los jóvenes que lucharon en París y Santiago Tlatelolco, Althusser será siempre el profesor de la Escuela Normal Superior que hablaba de un Marx creador y propició la publicación de los Cuadernos marxistas-leninistas; para otros, un teórico conservador que no rompió con la ortodoxia del Partido Comunista Francés (PCF). Que

 

 

se haya presentado un buen día ante el atónito conserje de la Rue d´Ulm para preguntar el horario de sus cursos cuando ya no daba ninguno,28 poco importa. En su papel de caïman (preparador de los futuros agregados en filosofía, tarea competitiva si las hay) influyó tanto a sus casi contemporáneos como a discípulos tardíos de la talla de Jacques Derrida y Michel Foucault.29

 

Más allá de loas y denuestos, la obra de este autor marcó a una generación y fue marcada por ella. Un estudio ponderado de su obra muestra la necesidad de recorrer los fértiles caminos que indicó para convertir realmente la filosofía en arma de la Revolución.

 

 

 

 

 

Notas

 

 

 

1. Néstor Kohan, El Capital. Historia y método. Una introducción,

 

Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004, p. 40.

 

 

 

2. León Rozitchner, «La tragedia del althusserianismo teórico», en Néstor Kohan, ob. cit., p. 485. Este impresionante texto transporta, en contrapunteo continuo, al olvidado Althusser hacia la contemporaneidad.

 

 

 

3. Louis Althusser, Lettres à Franca (1961-1973), Stock-IMEC, París,

 

1998.

 

 

 

4. Élisabeth Roudinesco, «L’éblouissement d’Althusser», Le Monde,

 

París, 30 de octubre de 1998.

 

 

 

5. Al parecer, se limitó a ojearlo para el seminario que daría lugar al libro. Testimonio de Pierre-Françcois Moreau (París, 1999), quien fuera discípulo de Althusser y es hoy un brillante especialista, mundialmente reconocido, sobre la filosofía de Baruch Spinoza. Y aunque toda autobiografía ha de tomarse con reservas, el propio Althusser lo afirma en Les faits (1976) y en L’avenir dure longtemps (1985), publicados por Stock-IMEC y C.F.L., París, 1992.

 

 

 

6. Véase este y otros detalles en Jacques D’Hondt, Hegel, Calmann- Lévy, París, 1998.

 

 

 

7. Para ello se empleará una periodización en tres etapas de la obra althusseriana, resultante del estudio acucioso que quien suscribe realizara durante algo más de un decenio sobre la obra, época e influencia en Europa y América Latina del profesor galo.

 

 

 

8. Es en este momento que renace el interés por las concepciones de Gastón Bachelard acerca de la ciencia, fundamentalmente gracias a los cursos de Alexandre Koyré. Para Althusser es un viejo conocido, pues fue Bachelard quien dirigió en 1948 su tesis de doctorado en Filosofía, cuyo tema tuvo como eje la Fenomenología del espíritu, y se defendió en 1948 como tesis de agrégation en Filosofía bajo el título

 

«La noción de contenido en la filosofía de Hegel».

 

 

 

9. Aunque las proposiciones lacanianas dividieron no solo a los psicoanalistas, sino a toda la intelectualidad francesa en torno a su reevaluación de Freud, la influencia más general de Jacques Lacan reconocida en la época fue la de los juegos del lenguaje, constatable desde el primer Althusser hasta la descontextualización derridiana y las propuestas de Georges Bataille y Gilles Deleuze. Véase Élisabeth Roudinesco, Histoire de la psychanalyse en France. 1925-1985, v. II, Éditions du Seuil, París, 1986.

 

 

 

10. Louis Althusser, Por Marx, Editora Revolucionaria, La Habana,

 

1966.

 

 

 

11. Ibídem, pp. 21-7.

 

 

 

 

12. Louis Althusser, Leer El Capital, t. 1, Editora Revolucionaria, La Habana, p. 65.

 

 

 

13. Sujeto, objeto y medio de conocimiento teórico, casualmente muy similares a la relación sujeto, objeto y medios de producción.

 

 

 

14. Y difícil de entender por parte de un especialista en la «Ciencia de la experiencia de la conciencia», como Hegel subtitula a la Fenomenología. Pero como aclaró Althusser en su primer ensayo autobiográfico, L’avenir dure longtemps, hubo de intervenir en una coyuntura en la cual el principal difusor de Hegel en Francia era Alexandre Kojève, quien a su juicio no había comprendido una palabra de Hegel ni de Marx. En cuestiones de interpretación…

 

 

 

15. Para quien hizo la tesis en el contenido de la filosofía hegeliana, más valía que hubiera explorado la forma en que la contradicción se determina, traspasa y despliega. Véase Georg W. F. Hegel, Ciencia de la Lógica, t. 1, «La infinitud afirmativa», o t. 2, «Doctrina de la esencia».

 

 

 

16. De hecho, es la amplia difusión —esquemática— de las primeras tesis althusserianas lo que explica la convicción del Gobierno de la Unidad Popular en Chile sobre que, una vez nacionalizadas las minas de cobre, la superestructura —Ejército incluido— seguiría automáticamente el movimiento de la base económica.

 

 

 

17. Pierre Vilar et al., Dialectique marxiste et pensée structurale: à propos des travaux d’Althusser, Maspero, París, 1986.

 

 

 

18. Es en esta etapa, y gracias precisamente a la relación que impone a las diversas estructuras autónomas mediante un «tiempo histórico» sintético externo, que Althusser hubo de enfrentar la acusación de estructuralismo, que aún lastra los juicios sobre su obra. Igual que ocurre con la de Michel Foucault, quien dedicó un irónico comentario a «los estructuralistas que no lo fueron». Véase Michel Foucault, «Structuralisme et post structuralisme», Dits et écrits. 1954-

 

1988, t. 4, Gallimard, París, 1994, p. 442.

 

 

 

19. Este texto, como se dice claramente en él, es el resultado de un seminario en donde los entonces más destacados alumnos del maestro —Etienne Balibar, Jacques Rancière, Pierre Mancherey— sostuvieron amplios debates cuyas conclusiones quedaron plasmadas por escrito. Sorprendente resulta su difusión e influencia, explicable entre los estudiosos de El Capital solo por la prestigiosa aura del filósofo francés.

 

 

 

 

20. Louis Althusser, «Teoría, práctica teórica y formación teórica. Ideología y lucha ideológica», Casa de las Américas, n. 34, La Habana, enero-febrero de 1966, p. 20.

 

 

 

21. Véase Louis Althusser, Elementos de autocrítica, Editorial Diez, Buenos Aires, 1975.

 

 

 

22. Louis Althusser, Curso de filosofía para científicos, Planeta-Agostini, Barcelona, 1985, p. 26.

 

 

 

23. El autor se refiere aquí a la cultura oficial, fijada en la enseñanza, cuya consecuencia es su reproducción a través de los cuadros intelectuales. Véase Louis Althusser, Curso..., ed. cit., p. 42.

 

 

 

24. Véase Louis Althusser, «Idéologie et appareils idéologiques d’état. Notes pour une recherche», La Pensée, n. 151, París, junio de 1970.

 

 

 

25. Louis Althusser, Réponse à John Lewis, Maspero, París, 1973.

 

 

 

26. Louis Althusser, «Nota sobre los AIE» (diciembre de 1976),

 

Nuevos escritos, Laia, Barcelona, 1978, p. 105.

 

 

 

27. Louis Althusser, La transformación de la filosofía, Universidad de

 

Granada, Granada, 1976, p. 38.

 

 

 

28. Testimonio de Pierre-François Moreau, ed. cit.

 

 

 

29. Y lamentablemente, también a discípulos díscolos como el mexicano Raúl Olmedo, a quien tuvo que desautorizar públicamente («Carta a Raúl Olmedo, 8 de enero de 1975», Historia y Sociedad, n. 17, México, D.F., 1978) o demasiado devotos, como la chilena Marta Harnecker, respecto a la cual Néstor Kohan señaló acertadamente la increíble labor de difusión que realizara en América Latina, y especialmente en el Chile de Salvador Allende. Véase Néstor Kohan, ob. cit, pp. 52-3 y p. 248, nota 1.

 

 

 

 

 

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FIN

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