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Libro N° 14731. Revolución No Es Dictadura. La Gestión Directa De Las Bases En El Socialismo. Fabbri, Luigi

Guillermo Molina Miranda mayo 23, 2026


© Libro N° 14731. Revolución No     Es Dictadura. La Gestión Directa De Las Bases En El Socialismo. Fabbri, Luigi. Emancipación. Enero 24 de 2026

 

Título Original: © Revolución No                       Es Dictadura. La Gestión Directa De Las Bases En El Socialismo. Luigi Fabbri

 

Versión Original: © Revolución No                       Es Dictadura. La Gestión Directa De Las Bases En El Socialismo. Luigi Fabbri

 

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Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

REVOLUCIÓN NO ES DICTADURA

La Gestión Directa De Las Bases En El Socialismo

Luigi Fabbri


 

 

 

 

 

Revolución

No  Es Dictadura

La Gestión Directa De Las Bases En El Socialismo

Luigi  Fabbri

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Colección  CONCEPTO        Y  REALIDAD

 

LUIGI       FABBRI

 

 

 

 

 

 

 

 

REVOLUCION

 

NO  ES DICTADURA

 

 

La gestión directa de las bases en el socialismo

 


 

 

 

 

 

 

EDITORIAL      ACCION    DIRECTA

 

 

Montevideo        - Buenos     Aires

 

 

 

 

 

PRESENTACION

 

 

 

 

En el proceso pre-revolucionario del Uruguay, la se-lección de los trabajos de Luigi Fabbri, que definen un concepto de revolución, se convierte en un material ine-ludible, ya que aporta a la clarificación del verdadero contenido de la eterna oposición entre libertad y auto-ridad, entre acción directa y estatismo, entre revolución "desde abajo" y revolución "desde arriba", que ha lle-nado toda la historia pasada y trabaja como nunca en el mundo contemporáneo, decidiendo la suerte de las

 

revoluciones en acción y de aquellas que aún están ges-tándose.

 

"La  destrucción de      hecho del     régimen       político       y       so-

 

cial pre-existente, es fundamentalmente la culminación de una evolución anterior que se traduce en la realidad rompiendo violentamente las formas sociales y la envol-tura política qlle ha dejado de ser apta para contenerla". Esa revolución posibilita la instauración de un orden nuevo, sin explotados. ni explotadores política y económi. camente. Lo contrario, mediante teorías falsas que pre-suponen la conservación de algunas formas del Estado tradicional o la hegemonía de determinado grupo polí-tico sobre las masas populares es la contrarrevolución.

 

Todo intento de conservación de lo viejo adoptado como medio para defender lo nuevo, servirá no para salvar a la revolución, sino para favorecer la reacción de lo viejo o la degeneración de lo nuevo.

 

 

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Aquellos que ven en el Estado un instrumento revo-lucionario caen en una concepción errónea y potencial-mente reaccionaria, sea su conquista p.or la vía parla-mentaria y, en este caso los trabajadores no conquis-tarán el Estado sino ellos y su movimiento serán conquis-tados por el Estado burgués, o ya sea por el empleo de la violencia revolucionaria que restaurará el poder de una clase en forma burocrática y elitista, frustrando la par-ticipación popular que combatió y resistió.

 

La liberación supone la libertad: y no puede ser rea-lizada sino cnando es obra de individnos y organiza-ciones libres de los deberes y de los intereses de la do-minación y de la opresión.

 

"Del sistema que se adopte para la defensa de la re-volución dependerá en gran parte la suerte de Za re-volnción" tal es la premisa de la cnal parte el revolucio-nario Lnigi Fabbri.

 

Defender intensamente la revolnción implica combatir en el curso de los acontecimientos todos los obstáculos

 

y  peligros   interpuestos   en  el  camino  hacia  el  socialismo. Exige   la  destrucción    radical   de  todas   las  institucio-nes  bnrguesas  y  dnrante  la transitoriedad   en  que  lo nnevo no  se  ha  afirmado   definitivamente,    combatir   sin  asco  el peligro  de  la  conversión   del  período  transitorio   en  prin-cipio  o teoría;  el  período  de  transición   es  un  hecho,  no

 

un   pnnClpw.

 

Requiere la creación de las nnevas instituciones don-de el pueblo no se encuentre en inferioridad política, pues de lo contrario, apenas desvanecidas las agitacio-nes populares un grupo de salvadores u orientadores

 

--antoelegidos- del proletariado, irán al poder y deter-minarán la snerte del pneblo. La capacidad política del pneblo se logra sólo a través de la gestión directa del mismo en sus organizaciones de base y del ordenamien-to social federativo.

 

 

 

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"O las cosas son administradas por los protagonistas y por parte de los interesados mismos y en tal caso se realiza la anarquía, o las cosas son administradas se-gún las-leyes hechas por los administradores y entonces existe el gobierno, el Estado, que fatalmente será con-

 

trarrevolucionario, a pesar de las más revolucionarias intenciones de los hombres detentadores del gobierno".

 

"Revolución no es dictadura" constituye una guía es-clnrecedora para muchos de los que asoman a la tarea revolucionaria, un alerta a los exitistas que hacen del cambio social una esquematización de tablero de aje-drez 'Y una reafirmación para los que diariamente enca-ran la revolución eomo el e;ercicio directo, pleno y colectivo del poder por parte de organizaciones de base.

 

A quí, esta línea radical y creciente que apunta hacia una liberación definitiva se perfila en numerosos mo-vimientos y acciones de resistencia y creación: Liceos Po-pulares (respuesta creativa ante el cierre de los li-ceos oficiales por parte de la Interventora de Secunda-ria); nuevas formas organizativas en el estudiantado de Secundaria; planteas de diversos gremios sobre reestruc-

 

turación sindical -ver a modo de ejemplo documentos del "Equipo de Militantes por la Reestructura Sindical, A . E . B . u. ", 1.969 (Bancarios), Lista 2 de los militantes de la Asociación de Funcionarios del CASMU, afiliada a la FUS, sobre la posición con respecto a la CNT-; asambleas barriales para resistir el "Registro de Vecin-dad", etc. También existen experiencias de administra-ción colectiva y directa de los medios de producción por parte de los trabajadores: Hospital Popular durante la huelga de la Salud; ocupaciones y puesta en fun-cionamiento de fábricas bajo control obrero: Lanasur, Sapriza-Grundel, Alpargatas, Funsa, talleres de los dia-rios "Ya" y "BP", y últimamente talleres de AFE.

 

 

 

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Claramente expuesta, con coherencia y continuidad de 'Orientación, la idea anarquista anti-estatal y revolucio-naria, "la mejor guía para una acción ,verdaderamente eficaz ¡:nmediata y futura tendiente a la Libe1'ación", encuentra en este libro un apoyo dinamizador. Apor-ta a nivel teórico el andamiaje que la acción cotidiana y comprometida exige. Su importancia se acrecienta hoy, :ya que en la encrucijada en que nos encontramos, las ideas son un factor importante de cambio.

 

 

C.  F.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONCEPCION  ANARQUISTA

 

DE  LA     REVOlUCION

 

La revolución, en el lenguaje político y social, -y también en el lenguaje popular- es un movimiento general a través del cual un pueblo o una clase, sa-liendo de la legalidad y transformando las institucio-nes vigentes, despedazando el pacto leonino impues-to por los dominadores a las clases dominadas, con una serie más o menos larga de insurrecciones, re-vueltas, motines, atentados y luchas de toda especie, abate definitivamente el régimen político y social al cual hasta entonces estaba sometido, e instaura un orden nuevo.

 

El derrumbe de un régimen se efectúa por lo ge-neral en un tiempo relativamente breve.

 

La  revolución,   y       por  lo  tanto         la demolición       de  hecho de un régimen político y social preexistente, es en realidad la culminación de una evolución anterior que se traduce en la realidad material rompiendo violentamente las formas sociales y la envoltura po-lítica que ha dejado de ser apta para contenerla. Acaba con el retorno a un estado normal, cuando la lucha ha cesado, sea que la victoria permita a la re-volución instaurar un nuevo régimen, sea que su de-rrota parcial o total restaure en parte o totalmente lo antiguo, dando lugar a la contrarrevolución.

 

 

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La característica principal, por la que se puede decir que la revolución ha comenzado, es el aparta-miento de la legalidad, la ruptura del. equilibrio y la disciplina estatal, la acción impune y victoriosa de la calle contra la ley. Previamente a un hecho específico y resolutivo de este género no hay revolución aÚn. Puede haber un estado de ánimo revoluciona- /rio, una preparación revolucionaria, una condición de cosas más o menos favorable a la revolución; pueden darse episodios más o menos afortunados de revuel-ta, tentativas insurreccionales, huelgas violentas o no, demostraciones sangrientas también, atentados, etc. Pero mientras la fuerza se encuentre de parte de la ley vieja y del viejo poder, no se ha entrado todavía en el período revolucionario.

 

La lucha contra el Estado, defensor armado del ré-gimen es, pues, la condición sine qua. non de la re-volución. Esta tiende a limitar lo más posible el poder del Estado y a desarrollar el espíritu de libertad; a impulsar hasta el límite máximo posible al pueblo, a los sÚbditos de la víspera, a los explotados y a los oprimidos, hacia el uso de todas las libertades indi-viduales y colectivas.

 

En el ejercicio de la libertad, no impedido por le-yes y gobiernos, reside la salvación de toda revolu-ción, la garantía de que ésta no sea limitada o dete-nida en sus progresos, su mejor salvaguardia contra las tentativas internas y externas de despedazada.

 

 

Violencia  Iibertaria     y       violencia     gubernamental

 

Algunos dicen: "Comprendemos que, siendo vosotros como anarquistas, contrarios a toda idea de gobierno,

 

 

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seáis adversarios de la dictadura que es su expresión más autoritaria; pero no se trata de proponerla como fin sino como medio, antipático quizás pero necesario, como la violencia es también un medio necesario pero antipático durante el período provisorio revolucionario, indispensable para vencer las resistencias y los contraataques burgueses".

 

Una cosa es la violencia y otra la autoridad guber-namental, sea ésta dictatorial o no. Aunque es ver-dad, en efecto, que todas las autoridades guberna-mentales se basan en la violencia, sería inexacto y errÓneo decir que toda "violencia" es un acto de au-toridad, por lo cual si es necesaria la primera, se haga indispensable la segunda.

 

La violencia es un medio que asume el carácter de la finalidad en la cual es adoptada, de la forma cÓmo es empleada y de las personas que de ella se sirven. Es un acto de autoridad cuando se adopta para imponer a los demás una conducta al paladar del que manda, cuando es emanación gubernamental o patronal y sirve para mantener en la esclavitud a los pueblos y clases, para impedír la libertad indivi-dual de los sÚbditos, pO,ra hacer obedecer por la fuerza. Es al contrario, violencia libertaría, es decir, acto de libertad y de liberaciÓn, cuando es empleada contra el que manda por el que ya no quiere obede-cer; cuando está dirigida a impedir, disminuir o des-truir una esclavitud cualquiera, individual o colecti-va, económica o política, y es adoptada por los opri-midos directamente, individuos o pueblos o clases,

 

contra el gobierno y las clases dominantes. Tal vio-lencia es la revolución en acción. Pero cesa de ser

 

libertaria y por consiguiente revolucionaria cuando, apenas vencido el viejo poder, quiere ella misma con-

 

 

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vertirse en poder y se cristaliza en una forma cual-quiera de gobierno.

 

Es ése el momento más peligroso ~e toda revolu-ción: es decir, cuando la violencia libertaria y re-volucionaria vencedora se transforma en violencia

 

autoritaria y contrarrevolucionaria, moderadora y limitadora de la victoria popular insurreccional, es el momento en que la revolución puede devorar se a sí misma, si adquieren ventaja las tendencias jacobinas, estatales, que hasta ahora, a través del socialismo marxista, se manifiestan favorables al establecimiento de un gobierno dictatorial. Deber específico de los anarquistas, derivado de sus mismas concepciones teóricas y prácticas, es el de reaccionar contra tales

 

tendencias autoritarias y liberticidas, con la propa-ganda hoy, con la acción mañana.

 

Aquellos que hacen una distinción entre anarquía teórica y anarquía práctica, para sostener que la anarquía práctica no debiera ser anárquica sino dic-tatorial, no han comprendido bien la esencia del anar-quismo, en el que no es posible dividir la teoría de la práctica en cuanto para los anarquista s la teoría surge de la práctica y es a su vez una guía de la

 

conducta, una verdadera y propia pedagogía de la acción.

 

 

 

El anarquismo,   teoría  de  la  revolución

 

Muchos creen que la anarquía consiste sólo en la afirmación revolucionaria e ideal a la vez, de una

 

sociedad sin gobierno a instaurar en el porvenir,· pero sin relación con la realidad actual; según tales, hoy podemos o debemos obrar en contradicción con

 

 

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los fines que nos proponemos, sin escrúpulos y sin lí-mites. Así, con respecto a la anarquía, ayer nos acon-sejaban votar provisoriarnente en las elecciones, coma hoy nos proponen que aceptemos provisoriarnente la dictadura llamada proletaria o revolucionaria.

 

¡Pero nada de eso! Si fuéramos anarquistas sólo en el fin y no en los medios nuestro partido sería inútil; porque la frase de Bovio de que anárquico es el pen-samiento y hacia la anarquía marcha la hístmia pue-de ser dicha y aprobada (como en efecto muchos dicen suscribida), también por aquellos que militan en otros partidos progresistas. Lo que nos distingue, no sólo en teoría sino también en la práctica, de los otros partidos, es que no sólo tenemos un propósito anarquista sino también un movimiento anarquista, una metodología anarquista, en cuanto pensamos que el camino a recorrer, sea durante el período prepara-

 

torio de la propaganda, sea en el revolucionario, es el camino de la libertad.

 

La función del anarquismo no es tanto la de pro-fetizar un porvenir de libertad como la de preparado. Si todo el anarquismo consistiera en la visión lejana de una sociedad sin Estado, o bien en afirmar los derechos individuales, o en una cuestión puramente espiritual, abstracta de la realidad vivida y concer-niente sólo a las conciencias particulares, no habría ninguna necesidad de un movimiento político y so-cia.l anarquista. Si el anarquismo fuera simplemente una ética individual, para cultivar en sí mismo, adap·· tándose al mismo tiempo en la vida material a actos y a movimientos en contradicción con ella, nos po-dríamos llamar anarquista s y pertenecer al mismo tiempo a los más diversos partidos; y podrían ser lla-mados anarquistas muchos que, no obstante ser en

 

 

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~;í11lisrnos espiritualmente e intelectualmente eman-cipados, son y permane~en en el terreno práctico co-rno enemigos nuestros.

 

Pero el anarquismo es otra cosa. No es un medio para encerrarse en la torre de marfil, sino una ma-nifestación del pueblo, proletaria y revolucionaria, una activa participación en el movimiento de eman-cipación humana con criterio y finalidad igualitaria y libertaria al mismo tiempo. La parte más impor-tante de su programa no consiste solamente en el sueñ.o, (~ue sin embargo deseamos que se realice, de llna suciedad sin patrones y sin gobiernos, sino sobre todo en la conoepcíón libertaría de la revolución, en la revolución contra el Estado y no por medio del Estado, en la idea que la li.beJta.d no sólo es el calor vital que animará el nuevo mundo futuro, sino tam-bién y sobre todo hoy mismo, un arma de combate contra el viejo mundo. En este sentido el anarquismo es una verdadera y propia teoría de la revolución.

 

Tanto la propaganda de hoy como la revolución de rnañana tienen y tendrán por consiguiente nece-sidad del máximo posible de libertad para desenvol-verse. Esto no impide que se deban y puedan prose-guir lo mismo, aunque una menor o mayor porción de libertad nos sea quitada; pero nuestro interés es tener y querer la mayor parte posible. De otro modo no seríamos anarquistas. En otros términos, nosotros

 

pensamos que cuanto más libertariamente obremos tanto más contribuiremos, no sólo al acercamiento

 

hacia la anarquía, sino también a consolidar la revo-lución; mientras que alejaremos y debilitaremos la revolución toda vez que recurramos a sistemas auto-· ritarios. Defender la libertad para nosotros y para to-dos, combatir por la libertad siempre más amplia y

 

 

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completa, tal es, pues, nuestra función de hoy, de mañana y de siempre, en la teoría y en la práctica.

 

 

La libertad en  el  pmceso  die cambio

 

¿Libertad también para nuestros enemigos?, se nos pregunta. La pregunta es ingenua y equívoca. Con los enemigos estamos en lucha y en la pelea no se reconoce al enemigo ninguna libertad, ni siquiera la de vivir. Si fueran solamente enemigos teóricos, si los encontráramos desarmados, en la imposibilidad de atentar a nuestra libertad, despojados de todo privi-legio y por tanto en igualdad de condiciones, sería entonces admisible. Pero preocuparse de la libertad de nuestros enemigos cuando nosotros tenemos algún pobre diario y unos pocos semanarios, mientras ellos poseen centenares de diarios de gran tiraje, cuando ellos están armados y nosotros desarmados, mientras ellos están en el poder y nosotros somos los súbditos, mientras ellos son ricos y nosotros pobres ¡quiá! Sería ridículo... ¡Sería lo mismo que reconocer a un ase-sino la libertad de matamosl Tal libertad se la nega-

 

mos y la negaremos siempre, aun en el período revo'" lucionario, mientras ellos conserven sus condiciones de verdugos y nosotros no hayamos conquistado toda

 

y completamente nuestra libertad, no sólo de derecho sino taínbién de hecho.

 

Pero esta libertad no podremos conquistada sino empleándola también como instrumento, donde la acción dependa de nosotros; es decir, dando desde hoy una dirección siempre más libre y libertaria a nuestro movimiento, al movimiento proletario y po-pular; desarrollando el espíritu de libertad, de auto-

 

 

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nomía y de libre iniciativa en el seno de las masas; educando a éstas en una intolerancia cada vez ma-

 

yor hacia todo poder autoritario y .político, estimu-lando el espíritu de independencia de juicio y de acción hacia los jefes de toda especie; acostumbrando al pueblo al desprecio de todo freno y disciplina im-puesto por otros y desde arriba, es decir que no sea el freno de la propia conciencia y la disciplina libre-mente acogida y aceptada, y apoyada sólo mientras sea considerada buena y útil a los fines revoluciona-rios y libertarios que nos hemos propuesto.

 

Es claro que una masa educada en esta escuela, movimiento que tenga esta dirección (como lo es el movimiento anarquista) encontrará en la revolución la ocasión y el medio para desarrollarse en su sentido propio hasta límites hoy ni siquiera imaginable s, y ése será el obstáculo natural y voluntario al mismo tiempo para la formación y afianzamiento de cual-quier gobierno más o menos dictatorial. Entre ese movimiento hacia una siempre mayor libertad y la tendencia centralizadora y dictatorial no puede exis-tir más que un conflicto más o menos fuerte y vio-lento, con mayores o menores treguas, según las cir-

 

.cunstancias.       ¡Pero  nunca podrá haber armonía!

 

y esto ha de ocurrir no por una ilusión exclusiva-mente doctrinaria y abstracta, sino porque los nega-dores del poder -es éste, repetimos, el lado más importante de la teoría anarquista, que quiere ser la

 

más práctica de las teorías- piensan que la revolu-ción sin la libertad nos llevaría a una nueva tiranía;

 

que el gobierno, por el solo hecho de ser tal, tiende a detener y limitar la revolución; y que está en inte-· res de la revolución y de su progresivo desarrollo combatir y obstaculizar toda centralización de pode-

 

 

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res, impedir la formación de todo gobierno, si es posible, o impedir al menos que se refuerce, se haga estable y se consolide. Vale decir que el interés de la revolución es contrario a la tendencia que tiene en sí toda dictadura, por proletaria o revolucionaria que se diga, a hacerse fuerte, estable y sólida.

 

¡Pero no!, replican otros; se trataría de una dicta-dura pl'ovisoria en tanto dure la labor de destrucción de la burguesía, a fin de combatir a ésta, de ven-ceda y de expropiada.

 

Cuando se dice dictadura se sobreentiende siempre provisoria, aun en el significado burgués e histórico de la palabra. Todas las dictaduras, en los tiempos pasados, fueron provisorias en las intenciones de sus promotores y, nominalmente, también de hecho. Las intenciones en tal caso valen poco, ya que se trata de formar un organismo complejo que seguiría su natu-raleza y sus leyes, y anularía toda apriorística inten-ción contraria o limitadora. Lo que debemos ver es: primero, si las consecuencias del régimen dictatorial son más dañinas que ventajosas para la revolución; segundo, si los fines destructores y reconstructivos para los que se quisiera la dictadura no pueden ser

 

logrados también, o mejor aÚn, sin ella, por el ancho camino de la libertad.

 

Nosotros creemos que esto es posible; y que la re-volución es más fuerte, más incoercible, más difícil

 

de derrotar cuando no tiene un centro donde pueda ser herida; cuando está en todas partes, sobre todos los puntos del territorio y en toda partes el pueblo procede libremente a realizar los dos fines principa-les de la revolución: la destitución de la autoridad y la expropiación de los patrones.

 

 

 

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Papel        de      las     minorlasrevolucionarias

 

Cuando censuramos a la concepción .dictatorial de la revolución el grave error de imponer la voluntad de una pequeña minoría a la gran mayoría de la pobla-ción, se nos responde que las revoluciones son hechas por las minorías.

 

También en la literatura anarquista se encuentra a menudo repetida esa expresión, que contiene, efecti-vamente, una gran verdad histórica. Pero es preciso comprenderla en su verdadero significado revolucio-nario y no darle, como los bolcheviques, un sentido que nunca tuvo antes de ahora. Que las revoluciones sean hechas por la minoría es en efecto verdad ...

 

hasta cierto punto. Las minorías, en realidad, inician la revolución, toman la iniciativa de la acción, des-trozan las primeras puertas, abaten los primeros obs-táculos, ya que saben atreverse a lo que amedrenta-ria a las mayorías inertes o conservadoras en su amor a la vida sosegada y en su temor a los riesgos.

 

Pero si una vez destrozadas las primeras ligaduras, las masas populares no siguen a las minorías auda-ces, el acto de éstas será seguido por la reacción del viejo régimen que se toma la revancha, o bien se re-suelve en la sustitución de una dominación por otra, de un privilegio por otro. Es decir, es preciso que la minoría rebelde tenga más o menos el consentimiento de la mayoría, que interprete las necesidades y los sentimientos latentes y, vencido el primer obstáculo, realice las aspiraciones populares, deje a las masas en libertad de organizarse a su modo y llegue a ser en cierto sentido mayoría.

 

Si esto no ocurre, no decimos por eso que la mi-noría deje de tener el mismo derecho de antes a la re-

 

 

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vuelta. Según el concepto anarquista de la libertad todos los oprimidos tienen derecho a rebelarse contra la opresión, el individuo igual que la colectividad, las minorías lo mismo que las mayorías. Pero una cosa es rebelarse contra la opresión y otra convertirse en opresor a su vez, como muchas veces hemos dicho. Aun cuando las mayorías toleren la opresión o sean sus cómplices, la minoría que se sienta oprimida tie-ne derecho a rebelarse, a desear su libertad. Pero el mismo o mayor derecho tendría la mayoría contra cualquier minoría que pretendiera sujuzgarla con al-gún pretexto.

 

Por lo demás, en los hechos reales, los opres'ores constituyen siempre una minoría, tanto si oprimen abiertamente en su propio nombre, como si ejercen la opresión en nombre de hipotéticas colectividades o mayorías. La revuelta es por consiguiente al princi-pio la obra de una minoría consciente, insurreccio-nada en medio de una mayoría oprimida, contra otra minoría tiránica; pero tal revuelta transformada en revolución puede tener eficacia renovadora o libera-dora solamente si con su ejemplo logra sacudir a la mayoría, arrastrarla, ponerla en movimiento, conquis-tar su apoyo y adhesión.

 

Abandonada o rechazada por las mayorías popula-res, la revuelta, si es derrotada, pasará a la historia como un movimiento heroico y malogrado, fecundo precursor de los tiempos, etapa sangrienta pero in-dispensable de una segura victoria en el futuro. Del otro lado, si la minoría rebelde resulta vencedora y se convierte en dueña del poder a despecho de la mayoría, en nuevo yugo sobre el cuello de los súb-

 

ditos, acabaría matando la revolución misma por ella suscitada.

 

 

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En cierto sentido se podría decir que, si una mino-ría rebelde no logra con su ímpetu arrastrar tras de sí a la mayoría de los oprimidos, sel.ía más útil para la revolución que fuera derrotada y sacrificada. Ya que si, con la victoria ella se viera transformada en opresora, acabaría extinguiendo en las masas toda fe en la revolución, haciéndoles quizás odiosa una re-volución de la cual surge nada menos que una nueva tiranía, cuyo peso y cuyo mal sería sentido por todos, cualquiera que fuere el pretexto y el nombre con que la cubriera.

 

 

 

El    "terrorismo, popular"

 

Especialmente    después      de  la  revolución  rusa,  la  idea

del poder dictatorial de la revolución viene siendo defendida como un medio necesario de lucha contra

 

los enemigos internos, contra las tentativas de los ex-dominadores deseosos de reconquistar el poder eco-nómico y político. El gobierno serviría pues, para organizar en los primeros momentos de mayor peligro, el terrorismo antiburgués en defensa de la revolución. Hablamos del "terrorismo" no en su significado par-ticular de política terrorista de gobierno, sino en el sentido general del uso de la violencia hasta los ex-tremos límites más mortíferos, que puede realizarse tanto por un gobierno por intermedio de sus gendar-mes, como directamente por el pueblo en el curso de un motín y durante la revolución.

 

No negamos absolutamente la necesidad del uso del terror, especialmente cuando vienen en ayuda de los· enemigos internos, con sus fuerzas armadas, los ene-migos externos. El terrorismo revolucionario es una

 

 

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consecuencia inevitable toda vez que el territorio, donde la revolución no ha sido reforzada todavía su-

 

ficientemente, es invadido por ejércitos reaccionarios. Toda emboscada de la contrarrevolución, en el inte-

 

rior, es demasiado funesta en tales circunstancias para que no deba ser exterminada a sangre y fuego.

El    terror se  hace       inevitable    cuando        la       revolución

 

está asediada por todas partes. Sin la amenaza exter-na, las amenazas contrarrevolucionarias internas no

 

causarían miedo; basta para tenerlas inactivas la visión de su impotencia material. Dejadas tranquilas puede ser igualmente un error, y quizás un peligro para el porvenir, pero no constituyen un peligro inmediato.

 

Por esto se puede fácilmente dejarse arrastrar por un sentimiento de generosidad y de piedad hacia los propios enemigos. Pero cuando estos enemigos tienen más allá de las fronteras fuerzas armadas listas para intervenir en su socorro, cuando encuentran aliados en los enemigos del exterior, entonces se convierten en un peligro, que se hace tanto más fuerte cuanto más avanza desde fuera el otro peligro. Su supresión llega entonces a ser cuestión de vida o muerte;

 

Cuanto más inexorable es la revolución en tales es-collos, tanto mejor logra evitar más grandes luchas en el porvenir. Una excesiva tolerancia de hoy po-dría mañana hacer necesario un rigor doblemente grave. ¡Si después ella tuviera por consecuencia la derrota de la revolución, muchos más tremendos es-

 

tragos vendrían a castigar la debilidad con el terror blanco de la contrarrevolución!

 

Ningún derecho tiene la burguesía para escandali-zarse del terrorismo de la revolución, cuando en sus

 

revoluciones ha hecho otro tanto y cuando se ha ser-vido después del terror en su beneficio, empleándolo

 

 

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contra el pueblo toda vez que éste ha intentado se-riamente sacudir el yugo, con una ferocidad que nin-guna revolución alcanzó jamás.

 

Como anarquistas, sin embargo, nosotros hacemos todas nuestras reservas, no contra el uso del terror en lineas generales, sino contra el terrorismo codificado, legalizado, convertido en instrumento de gobierno, aunque sea de un gobierno que se diga y se crea re-volucionario. El terrorismo a.utoritario, en realidad, por el hecho de ser tal, cesa de ser revolucionario, ~e

 

transforma en una amenaza perenne para la revolu-ción y también en una causa de debilidad. La violen-

 

cia encuentra en la lucha y en la necesidad de libe-rarse de una opresión violenta su justificación; pero la legalización de la violencia, el gobierno violento,

es ya por sí mismo una prepotencia, una nueva opre-sión.

 

Resulta por eso causa de debilidad para el terro-rismo revolucionario ser ejercido, no libremente por el pueblo y contra sus enemigos solamente, ni tam-poco por iniciativa independiente de los grupos re-volucionarios, sino únicamente por el gobierno, con la consecuencia natural que el gobierno persigue al

 

mismo tiempo que a los verdaderos enemigos dé la revolución, también a los revolucionarios sinceros,

 

más avanzados que él pero que no le son afectos. Además el terrorismo, como acto de autoridad guber-namental es más susceptible de recoger aquellas an-tipatías y aversiones populares que siempre se deter-minan en oposición a todo gobierno, de cualquier especie que sea, y sólo porque es gobierno. El go-bierno, aun cuando recurra a medidas radicales, por· la responsabilidad que pesa sobre sí y por todo el complejo de influencias que sufre del exterior y del

 

 

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interior, es llevado inevitablemente a consideraciones y a actos más violentos o más suaves por criterios sugeridos, más que por el interés del pueblo y de la revolución, por la necesidad de defender su poder y su personal seguridad presente o futura o también por el simple buen nombre de sus componentes.

 

Para desembarazarse en cada lugar de la burgue-sía, para proceder a la realización de aquellas medi-das sumarias que pueden ser necesarias en· una revo-lución, no hay necesidad de órdenes de arriba. Pues quien está en el poder, por un sentido natural de responsabilidad, puede tener vacilaciones y escrúpu-los peligrosos que las masas no tienen. La acción directa popular -que podríamos llamar terrorismo libertario- es por lo tanto siempre más radical, sin contar que, localmente, se puede saber dónde y cómO actuar mucho mejor que desde el lejano poder cen-tral, el cual estaría obligado a confiarse en tribunales, mucho menos justos y al mismo tiempo más feroces que la sumaria justicia popular. Estos tribunales, aun cuando realicen actos de verdadera justicia, no obran por sentimiento sino por mandato, se hacen, por con-siguiente, antipáticos al pueblo, por su frialdad y se sienten inclinados a rodear sus actos de crueldad, quizás necesaria, con una teatralidad inútil y con una hipócrita ostentación de la igualdad legislativa in.-existente e imposible.

 

En todas las revoluciones, apenas la justicia popu-lar se hace legal, organizada desde arriba, poco a poco, se transforma en injusticia. Se hace, tal vez, más cruel, pero es llevada también a herir a los mis-mos revolucionarios, a respetar frecuentemente a los enemigos, a convertirse en un instrumento del poder central en sentido siempre más represivo y contrarre-

 

 

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volucionario. No sólo, pues, como instrumento de violencia destructiva se puede prescindir del po-der en la revolución, sino que tambié,n la misma vio-

 

lencia es más eficaz y radical cuanto menos se con-centra en una autoridad determinada.

 

Nuestras consideraciones aspiran, sobre todo, a te-ner un valor en el lugar donde vivimos, como norma

 

y guía de una eventual revolución más o menos pró-xima, para lo cual tenemos el deber de no imitar ciegamente lo que se dice o nos imaginamos que se ha hecho en otra parte, sino preparar positivamente el terreno para nuestra revolución, viendo lo que con-viene y lo que no conviene para su triunfo, dadas las condiciones nuestr~, los medios de que podemos disponer y los fines que nos proponemos con la revo-lución aquí, en nuestro ambiente, con nuestros senti-mientos y nuestra<;ideas.

 

Aquellos que citan tan a menudo a Lenin, deben recordar, a propósito, el honesto consejo que dio a los revolucionarios de Hungría, cuando estalló allí la desgraciada revolución que tan mal acabó, advirtién-doles que tuvieran cuidado en no remedar lo que había acontecido en Rusia, porque allí se habían co-metido errores que era necesario evitar y porque lo que podía ser útil, necesario o inevitable en Rusia, podía ser, al contrario, superfluo o nocivo en otras partes. El consejo de Lenin es bueno para los revo-lucionarios de todos los países.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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INSURRECCION

y EXPROPIACION

 

 

 

 

De la revolución surgirá un estado de cosas que será el resultado del libre desarrollo de las fuerzas popu-lares en el seno de la revolución misma, de la volun-tad del proletariado, emancipado del yugo patronal

 

y gubernamental y reorganizado en la forma que creyera más conveniente. Los organismos nuevos, que se habrán formado para proveer a las necesidades de la vida social; las varias agrupaciones, pequeñas o grandes, locales o regionales, nacionales o internacio-nales, creadas por el impulso de las más variadas necesidades, serán lo que sus componentes quieran.

 

Lo importante (a fin de que la revolución no haya sido hecha inútilmente) es que nadie pueda explotar más el trabajo ajeno, que nadie se encuentre obligado a trabajar para otros, que unos no deban sufrir una forma de organización impuesta por la fuerza, por los otros y que las distintas agrupaciones sean libres de desarrollar la propia actividad en la órbita del bien colectivo (es decir de modo que no perjudique a los demás) y de cooperar con cuantos tienen con ellos identidad de fines o alguna necesidad común que proveer.

 

Cuando el proletariado se haya desembarazado de sus dominadores políticos y económicos el mayor de

 

 

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los errores sería imponerle, contra su voluntad, un tipo único de organización social que, por perfecto que sea idealmente, perderá toda vi¡tud por el solo hecho de ser impuesto a la fuerza. La imposición violenta, por obra de un gobierno central y dictato-rial, podrá tener el éxito momentáneo y aparente de todas las cosas hechas por la fuerza. Pero cuando naturalmente, el esfuerzo violento de los dictadores se haya agotado, la revuelta, por largo tiempo com-primida, estallará; y los gobernantes deberán adver-tir a su costa y riesgo que contribuyeron a hacer odioso entre las masas aquel ideal en nombre del cual habían ejercido la autoridad y la coacción.

 

 

No, 5,610 un  cambio   polftico

 

Una de      las  razones que    aportan       los  socialistas      favo-

rables        a la  dictadura       es la  de       que    tendremos   necesi-

dad  de      un     período       de      "gobierno    fuerte"        proletario,

durante     y       después      de      la       revolución, para  hacer y

 

llevar a buen término la expropiación de los capita-listas.

 

"Conquistemos con la revolución el gobierno y, por medio de los poderes públicos formados de un modo gradual, electoral o insurreccionalmente, por los pro-letarios, por un período más o menos largo pero siempre de algunos años, procederemos a la ex-propiación legal de .la burguesía. Continuarán exis>-tiendo burgueses no expropiados todavía.; habrá aún dos clases: el proletariado, clase dominante, y la bur-

guesía, dominada y en camino de su gradual eUmi-' nación." #

 

• Bordiga,  Ah1adeo.    Soviet,        periódico    bolchevique,        5-X-1919.

 

 

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Aquellos que hablan así conciben todavía la revo-lución según el viejo sentido político. Es decir, quie-ren una revolución política. Luego, como piensan que los socialistas irán al poder, después, según ellos, se-rán éstos quienes harán por medio del gobierno la revolución social. Es una. de aquellas formas de socia-lismo utópico que Federico Engels criticaba hacia 1878 polemizando con Diihring, demostrando como siendo la fuerza económica la causa primera del po-der político éste no puede mantenerse en manos del proletariado si el proletariado no transforma (tnte

 

todo los instrumentos de la producción en propiedad del Estado, esto es si ante todo no lleva a cabo la

 

expropiación.

Los anarquistas, como se sabe, quieren hacer de otro modo la expropiación. Los instrumentos de la producción deberán pasar directamente a manos de los trabajadores, de sus organismos de producción.

 

Nosotros pensamos además que el poder político no es solamente efecto de la fuerza económica, sino que uno y otro son vuelta a vuelta, causa y efecto.

 

Pero aun prescindiendo de las razones particulares, sugeridas por la concepción anarquista, y siguiendo las ideas generales admitidas por los socialistas, .es-pecialmente por los marxistas, nos parece que es ra-dicalmente errónea la opinión de aquellos que inten-tan sustraer a la acción insurreccional de las masas

 

la tarea de la expropiación para confiarla a un go-bierno revolucionario o post-revolucionario.

 

Nosotros no creemos en las virtudes reconstructi-vas y organizadoras del Estado y por eso somos anar-quistas; pero también aquellos que no lo son, pen-sando que una forma estatal puede ser necesaria para mantener unido al cuerpo social, si son socialistas, y marxistas particularmente, no pueden admitir como

 

 

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posible la existencia de un Estado proletario y socia-lista mientras perdure el patronato, es decir mientras el proletariado continúe siendo explota.do y dominado económicamente por la burguesía.

 

¿Cómo podría el proletariado ser y permanecer como clase dominante, políticamente, y quedar al mis-mo tiempo como clase económicamente sometida? A nosotros nos parece esto un error gravísimo de aquellos que, sugestionados por el ejemplo ruso, no se dan cuenta de que los socialistas no sólo pueden equivocarse, sino también ser obligados por la fuerza de las circunstancias a hacer lo que no sería aconse-jable de ningÚn modo en situaciones distintas.

 

Si el proletariado, o en su nombre una minoría conciente, lograra con la revolución abatir el gobierno central burgués y no aprovechara inmediatamente la ausencia del perro de guardia para expropiar a la burguesía en todos los puntos del territorio; si inme-diatamente la acción de las grandes masas no sustitu-yera o no entrara en la liza alIado de la minoría que

 

abrió el camino, de modo que por doquiera los pro-letarios tomaran en sus manos la administración de la

 

propiedad, sino que al contrario dejaran esa propie-dad en pie (es decir que los burgueses quedaran como propietarios de la riqueza) contentándose ellos con llegar a ser los gobernantes, o mejor quizás con nombrados, o poder ser simplemente los privilegiaaos en el derecho a votar, es fácil prever los graves suce-sos que ocurrirían sin necesidad de tener dotes de profeta.

 

La previsión es completamente marxista, pero no por eso menos justa. Pasado el primer momento de conmoción, el gobierno político volverá a ser determi" nado por el factor económico. Que los gobernantes

 

 

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se digan, o hayan sido, socialistas o proletarios tiene poca importancia; ellos, para permanecer en el po-der, no podrán ser más que la expresión más o menos disimulada de la clase que ha quedado económica-mente como privilegiada. Si la mayoría de los traba-jadores ha de estar entonces bajo la dependencia económica de la burguesía, cuando deban elegirse los representantes, se elegirá en gran parte a quienes quiera la burguesía ... igual que hoy. Hoy votan tam-bién los burgueses, pero sus votos no bastarían de ningÚn modo para constituir una mayoría parlamen-taria; y si la mayoría del parlamento es burguesa se debe a que la mayoría de los proletarios votan por sus explotadores. Después de la revolución, si los pa-trones quedan tales, el sufragio universal proletario servirá cuando más para crear una nueva forma de politiquería y de burocracia, especialmente de inter-mediarios entre la clase obrera y la clase burguesa,

 

los que, como todos los intermediarios, con ropajes y nombres nuevos, acabarían obrando en interés de los económicamente más fueItes.

 

La existencia del gobierno al día siguiente de la revolución, mientras no sea posible abolido, será un peligro permanente para la revolución misma; pero el peligro será doble si a su lado, aunque sea también formalmente hostil, continúa existiendo el privilegio económico. Los dos privilegios, el del poder y el de la riqueza, antes o después acabarán poniéndose de acuerdo contra las masas populares, y los frutos de la revolución serán por cierto diezmados. El gobierno, aunque se diga socialista, no escapará a las leyes de su naturaleza; cambiarán las personas de los privile-giados, las formas del privilegio, las divisiones de clases, habrá cambios de puestos en la riqueza, etc.,

 

 

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pero el Estado, al continuar existiendo como fuente de privilegios políticos, tenderá siempre a reflejar los intereses de la clase que goce del privilegio econó-mico y por tanto a conservar a éste, abatiendo las

 

ramas secas pero favoreciendo su continua repro-ducción.

 

Para impedir todo eso, aun según el concepto mar-xista que da al Estado una tarea de reconstrucción y de organización, en tanto que deja la tarea destruc-tiva a la revolución, es absolutamente necesario que la revolución, desde su primer momento, sea radical-mente expropiadora. Es tanto más necesario esto según nosotros, los anarquistas, que tenemos todas las razones para temer que el nuevo Estado, eventual-mente surgido de la revolución, para poner un dique a ésta velando por la conservación propia, acabe apo-yándose en la burguesía superviviente, toda vez que a ésta le sea dejada la enorme fuerza qUE)constituye la riqueza.

 

Quien tiene el poder sobre las cosas tiene el poder sobre las personas, como decía Malatesta. La burgue-sía que siga siendo dueña de la propiedad, por un período más o menos largo, pero siempre mesurable por años, tendrá todo el tiempo que necesite para

 

reponerse y volver a adueñarse de la autoridad po-lítica.

 

 

La  expropiación debe  ser  inmediata

 

Negar la función expropiadora de la revolución, en-tendida como acto resolutivo que rompe las resisten-O ciaspolíticas y armadas de la burguesía, es inconce-bible, impracticable e inconciliable con el triunfo de

 

 

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la revolución misma. ¡Pero tal vez, por fortuna, es imposible evitar esa función!

 

El pueblo, el proletariado, no concibe la revolución sino como acto de expropiación. Si le decimos: "deja las riquezas a los señores y mándanos a nosotros al gobierno, que después pensaremos en hacértelas en-tregar poco a poco", correremos el riesgo de que se nos rían en la cara y de que nos digan que no de-sean absolutamente hacerse agujerear la piel en las trincheras de la revolución por nuestra linda cara! Para interesar desde el primer momento a las gran-des masas en la causa de la revolución es preciso que ésta tenga inmediatamente un contenido, un fin, un objetivo práctico e inmediato de carácter económico.

 

Si se dejara solamente al poder revolucionario cen..-tral la tarea de la expropiación, ocurriría también la desdicha de que las grandes masas alejadas de los centros urbanos perderían todo interés en la revolu-ción y podrían poco a poco ver entibiados sus entu-siasmos y aun ser ganadas por la reacción, con otros motivos y pretextos sugeridos por las tradiciones y supersticiones del pasado.

 

Es preciso que en toda ciudad, en toda comarca y aldea, así como en los campos, vencida la resistencia del poder político, los proletarios sean llamados in-mediatamente -si no lo hacen espontáneamente, co-mo es más probable- a apoderarse localmente de la propiedad territorial, industrial, bancaria, etc. y a proceder a un inmediato incendio de todos los títulos

de propiedad, de los archivos catastrales, notariales, etc.

 

Muchos burgueses (es natural) en el primer mo-mento del conflicto desaparecerán en las formas más diversas. Pero, si a la expropiación los proletarios qui-

 

 

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sieran agregar también una especie de temporal "se-cuestro de personas", contra los sobrevivientes, bien como rehenes, o bien porque tal cosa puede semos

 

necesaria a fin de proseguir técnicami:mte la produc-ción, será este un asunto a ser considerado en el

 

terreno de los, hechos y en modo alguno a ser des-cartado de antemano. La forma práctica de proceder es cuestión a ser discutida, pero sólo después de estar de acuerdo con el principio general de que se debe, desde el primer momento insurreccional, echar mano a la expropiación; sobre lo demás será fácil entenderse luego. No faltan para esta tarea los orga-nismos proletarios necesarios -grupos locales, organi-zaciones y sindicatos proletarios y corporativos, co-mités o consejos obreros, por comuna, por provincia o región, etc.- a través y por medio de los cuales el proletariado ejercerá, con su acción directa, la propia fuerza expropiadora, sin confiar la misión a un Es-tado central, proletario de nombre, pero de hecho

 

compuesto por unas cuantas personas de un solo par-tido.

 

Cómo se ha podido negar que esto sea posible, has-ta el punto de preferir la acción problemática de un Estado, no lo comprendemos. Sin embargo no vemoS nosotros solamente tal posibilidad, sino que la ven también otros socialistas, entre ellos una parte de los

 

bolcheviques rusos, que precisamente por ello se lla-man o han sido llamados "inmediatistas".

 

Más que posible, la expropiación desde el primer momento insurreccional, decíamos más arriba, es qui-zás inevitable. La expropiación, es decir la toma de posesión de las fábricas, de los establecimientos, de los instrumentos de trabajo en general y de todos los productos acumulados, es una de .las formas con que

 

 

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se iniciará la revolución; en cierto modo podría tam-bién preceder en parte a la insurrección misma.

 

Todo esto es ya una demostración de lo erróneo que resulta aquella especie de fatalismo por el cual ciertos socialistas marxistas creen que es imposible expropiar a .la burguesía desdeZos primeros actos re~ volucionarios. Son palabras textuales que hemos visto emplear aquí y allí por los periódicos bolchevizantes; pero en vano buscamos en ellos argumentos concre-tos, fuera de las usuales afirmaciones axiomáticas y

 

apriorísticas, que demuestren esa pretendida impo-sibilidad.

 

¿Es verdaderamente tan difícil para los obreros proseguir trabajando por su propia cuenta, después de haber expulsado a los amos? ¡Pero si los obreros están ya en las fábricas, los inquilinos en las casas, los campesinos en las tierras, etc., etc.! Y aun dónde

 

sea preciso proceder directamente a la ocupación, una vez vencida la resistencia armada gubernamental, el hacerla no puede exigir más que un esfuerzo mí-nimo. ¿Para qué confiar tal misión expropiadora a un gobierno dictatorial central que complique las co-sas y las postergue siempre más?

 

Dejemos aparte, porque la cuestión no obstante estar ligada es distinta y puede ser resuelta aislada-

 

mente, el otro problema sobre la utilidad, inutilidad o daño de la existencia del Estado dentro de la so-

 

ciedad socialista, si la función del socialismo se con-cilia o no con él y si en interés del socialismo conviene más apoderarse de él que combatido y tender a ani-quilado.

 

Aislemos un poco esta cuestión de la posibilidad histórica, social y técnica de iniciar la expropiación por parte del proletariado, desde el primer momento de la revolución y durante el período insurreccional.

 

 

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Sobre  la  teoría  de  las  "etap,as fatal,e,s"

 

Aun aquellos que citan en su apoyo el Manifiesto comunista. de 1847 se equivocan; y a costa de hacer-les repetir (como se nos ha dicho, y algo semejante decía también Plejanof de Bakunin) que somos los rutinarios del marxismo, insistimos en sostener este concepto esencialmente marxista: que el gobierno es siempre la expresión de la clase económicamente más fuerte, el cómplice y el aliado de ésta. Dado y no concedido que un Estado deba existir después de la revolución, pasado el período insurrecci:onal, si en

 

ese período los burgueses no fueron expropiados, es decir convertidos en los más débiles aun económica-

 

mente, en breve volverían a ser los más fuertes aun políticamente. Mejor dicho, el gobierno, aun el de nombre y de apariencia socialista, haciendo un poco de lugar a tal o cual advenedizo, volvería a ser en realidad un gobierno burgués.

 

No hay nada en el Manifiesto comunista que revele en sus autores una opinión contraria a ésta. Hacia el fin del segundo capítulo se trata la intervención des>-p6tica del proletariado, por medio del dominio polí~ tico, en cuyas manos centralizará todos los instrume11t-tos de la producción, en el derecho de propiedad y en las relaciones de la producción burg'J1,esa.concepto; discutible desde el punto de vista anarquista, pero nada absolutamente inconciliable con la expropiación a realizar en el primer período insurreccional, con-temporáneamente a la destrucción del gobierno bur-gués o inmediatamente después. Es claro que noso-tros no creemos en la posibilidad de una «socializa-ción instantánea', ya que ni siquiera la insurrección podría ser instantánea. Y además nosotros hablamos

 

 

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de la expropiación, del acto material de quitar la ri-queza a los capitalistas, y no del proceso de la orga-nización socialista, que exigirá un tiempo mayor, si bien nos parece excesivo el espacio de una genera-ción imaginada por el bolchevique ruso Radeck.

 

Para volver a Marx, en apoyo de esto, agreguemos que ese final del Il capítulo, que sólo en apariencias o por lo menos bastante lejanamente y no de un mo-do seguro, se acerca al concepto dictatorial, se refiere

 

a 1847; y los mismos Marx y Engels advertían en un prólogo de 1872 que "la aplicación práctica de los principios generales dependerá en todo lugar y en toda época de las condiciones históricas del mo-mento; y no se debe dar por esto demasiada impor-tancia a los propósitos revolucionarios que se leen al

 

final del capítulo Il, que podrían ser distintos bajo otras relaciones diversas". Más adelante ellos mismos

 

advierten que no basta, como demostró la Comuna, que la clase obrera tome posesión de la maquinaria del Estado tal cual es para. dirigirla hacia sus prO'-ptos, f'tnes.. '(t

 

Creemos no contradecir sino completar el pensa-miento añadiendo: es preciso también tomar posesión de la riqueza social, de los engranajes de la produc-ción y del consumo, sin admitir, claro está, desde nuestro punto de vista, que la máquina estatal deba ser conquistada en vez de destruida; y todo esto des-de el primer momento.

 

Carlos Radeck  escribía hace  tiempo        que  "la  dic-

tadura es la forma de dominio por la cual una clase dicta sin consideraciones su voluntad a las demás

 

clases". Ahora bien, nosotros pensamos que no es pre-

 

*  Marx,    Karl  y        Engels,  Federico. Manifiesto  Comunista.

 

 

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ciso la dictadura para obrar sin consideración alguna contra la burguesía y nos parece que, con o sin dicta-dura, con la acción gubernamental o con la acción di-recta proletaria, el mejor modo de obrar si.n considera-ciones contra el capitalismo es el de comenzar por ex-

 

propiarlo desde los primeros instantes de la revolu-ción. Pero Radeck agrega: La revolución socialista es

 

un largo proceso que comienza con el destronamiento de .la clase capitalista, pero termina solamente con la transformación de la economía capitalista en econo-mía soci.alista, en la república cooperativa obrera; este proceso exigirá cuando menos una generación de dictadura. proletaria, etc. ¡¡, Dejando aparte por un instante la cuestión de la dictadura, no obstante que aún admitiendo la dictadura persiste la necesidad de la expropiación insurreccional de la burguesía, ob-servamos que el largo proceso a que se refiere Ra-deck incluye toda la compleja revolución socialista y no solamente el hecho material de la expropiación. y si este proceso debe empeza.r con el destronamiento de la clase capitalista estamos de acuerdo; pero sos-tenemos que no es posible "destronar una clase" con sólo arrojarla del poder político, es decir sin desar-marla del arma formidable de la riqueza.

 

Vale decir que una insurrección afortunada puede echar del gobierno a los burgueses y hacerlo ocupar por los obreros (o lo que es más probable por los abogados de los obreros), pero si aquellos no son expropiados insurreccionalmente y se espera que el gobierno lo haga más tarde, por leyes, decretos, ete., será propiamente como decir ¡espera caballo mío que la hierba crezca! La insurrección puede por'

 

* Radek,   C.      El      desarrollo   del     socialismo: de      la       ciencia  a    la       acci6n.

 

 

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un período breve romper las leyes del determinismo económico, es decir vencer las resistencias armadas

 

de una clase económicamente poderosa, pero para lle-gar a la victoria es necesario que transforme con su misma violencia, en el breve ciclo de su acción, las condiciones económicas de tal modo que éstas deter-minen a su vez un mayor desarrollo de la revolución y la derrota definitiva de los elementos burgueses que quisieran levantar de nuevo la cabeza.

 

Para esto es necesario quitar la propiedad a los burgueses, desde el primer momento, de manera que no sean más de ningún modo los privilegiados. Des-pués ... ¡el que no trabaja no come! Pero si no se hace así y se confía la tarea de la expropiación al gobierno dictatorial socialista, para que éste tarde en sus trabajos al menos una generación -si por lo tanto se da tiempo a la burguesía de respirar en sus pala-cios, en sus tierras y en sus fábricas- no pasará mu-cho sin que vuelva a tener su gobierno, poco importa que sea de nombre socialista o proletario.

 

Cuando más habrá cambiado esto: que ciertos bur-gueses habrán desaparecido en la tempestad o se ha-brán convertido en proletarios, que la burguesía se renovará, incorporándose a ella ciertas élites de obre-ros privilegiados, de hombres de partido, dirigentes,

cte., pero  la       revolución  no     habrá alcanzado   su      fin:

el comunismo.

 

 

Que  nadie  esté  sometido     ni  explotado

 

Preguntábamos más arriba qué dificultades reales (vencida la oposición gubernamental) podrían impedir que la actividad expropiadora se desarrolle pronta-

 

 

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mente, como tarea paralela a la insurrección o que sucediese inmediatamente al derrumbamiento del po-der estatal. Un razonamiento abstracto o puramente dialéctico, sea aun marxista, no basta· para hacemos comprender cómo y por qué los campesinos deberán continuar reconociendo al propietario y llevándole una parte o todos los frutos de la tierra por ellos tra-bajada; por qué los trabajadores de los establecimien-tos y fábricas no podrán expulsar al patrón y conti-nuar trabajando por cuenta de la comunidad popular; por qué el pueblo no podrá apoderarse de toda la sustancia útil para mantenerse, vestirse y calentarse, distribuyendo rápidamente entre todos lo más ne-cesario y reuniendo el resto en los almacenes pues tos a disposición de la comunidad; qué es en suma lo que pueda impedir a los trabajadores obrar a su manera y tomar lo que deseen desde el momento que no hay ya un gobierno que defienda a los propieta-rios y a los capitalistas. Estos probablemente desapa-recerán, ¡al menos mientras un nuevo gobierno no les devuelva una cierta seguridad de poder reaparecer tranquilamente!

 

¿Por qué ha de ser imposible todo esto? ¿Quién o cómo podrá impedirlo? Su posibilidad técnica, tal como hi entendemos nosotros, será indudablemente difícil de explicar en el lenguaje pseudo-científicopre-ferido por los marxistas, porque las cosas demasiado sencillas se dicen bien solamente con un lenguaje sencillo y común. Pero cuando estas cosas son dichas a los proletarios, éstos las comprenden; y comprenden perfectamente que no son muy difíciles de realizar y que todo lo dispondrían bastante bien por sí mismos.

 

Ciertamente no basta quitar la riqueza a los patro-nes, no basta quitarles los medios de producción; es

 

 

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preciso también continuar produciendo. Es preciso por consiguiente organizar la producción de un modo socialista. También esto hay que hacerlo rápidamente,

 

porque sin comer tampoco se vive en el período re-volucionario.

 

Se nos puede objetar que la realización de la ex-propiación, o al menos el hecho de que no haya más amos, dependerá también de la posibilidad de vivir sin éstos, de sustituirlos ventajosamente en la organi:-zación de la producción. No tenemos dificultad en reconocer que para llegar a la socialización completa será necesario un período más largo del simplemente insurreccional y expropiador. Pero esto no significa que desde el primer momento, sea en un régimen to-davía no perfectamente organizado en sentido comu-nista, sea quizás después de algunas dificultades, no se pueda vivir, no nos podamos acomodar de modo tal que ninguno de nosotros tenga necesidad de ~e-jarse explotar y oprimir por los demás para ir viviendo.

 

Porque en realidad lo importante para el socialismo es esto: que cada unO' pueda satisfacer sus necesioo.. des sin dejarse explotar y oprimir por otro. Es esto lo que quieren los trabajadores y el medio para conse-guir tal posibilidad y mantenerla, es decir, el tipo de organización social para adoptar, viene en segundo lugar, y sólo en cuanto es necesario para alcanzar el fin expresado.

 

 

 

Dos fases  de la revolución    socialista

 

Una cosa es la expropiación y otra la organización comunista de la sociedad. La primera es el acto ma-terial con que se destruye el derecho de propiedad,

 

 

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el cual es menester realizar rápidamente; la otra es un acto de reconstrucción que también es preciso con-siderar de inmediato, pero que ser;Í necesariamente más extenso y complejo que el de la destrucción.

 

Es menester desde el primer momento no sólo con-tinuar produciendo para vivir, sino comenzar a orga-nizar con método la producción, proseguida y al mismo tiempo organizar la distribución y el consumo. Pero para todo ello el medio más inhábil e incompe-tente de todos es propiamente el de un gobierno, compuesto de pocas personas, que lo dirigen todo desde su puesto central. Esto sigue siendo así tanto si esas personas fueron al poder por un golpe de mano, como si fueron llevadas por medio de eleccio-nes proletarias.

 

Mayores y mejores virtudes organizadoras (sin los defectos y peligros de la burocracia estatal) tiene la acción directa proletaria y popular, procedente de su iniciativa, por medio de los propios organismos li-bres, salidos y formados en su seno. Tales organismos, a través de los cuales se proseguirán las funciones de la producción y de la distribución -y que al mismo tiempo garantizarán un mínimo de orden y de coor-dinación indispensables- serán, además de los nÚcleos que surjan espontáneamente de la revolución, preci-samente aquellas agrupaciones ya existentes, proleta-rias, socialistas, sindicalistas, anarquistas, los sindica-tos y las uniones de oficio, organizados por localidad o por industria según los casos, las cooperativas de clase, las ligas campesinas, los consejos de fábrica y, en fin, aquellos comités o soviets comunales, regiona-

 

les· e interregionales de los que nos llega el ejemplo de los comienzos de la revolución en Rusia.

 

Nosotros   somos         comunistas, en      efecto,         porque        es-

 

 

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tamos convencidos de que tal resultado se puede ob-tener durable y definitivamente sólo por medio de la socialización de la propiedad en sentido comunista. Pero lo que importa es que el resultado se consiga; y la primera condición para alcanzado, el primer paso, es el de quitar. a los ricos los medios de explotar a los pobres: es decir, despojados de sus riquezas privadas.

 

He aquí por qué la expropiación es la condición primera del desarrollo y aun del triunfo de la revolu-ciÓn. Los términos medios, el dejar subsistir formas de explotación, es decir, el dejar a los capitalistas la fuerza económica, que para ellos es el medio de ac-ción específica, equivale a dejar los dientes a la ví-bora. Se debería seguir luchando contra ellos enton-ces y no se llegaría a estar nunca seguro de vencerlos completamente. Si la insurrección, al contrario, fueTa expropiadora, la víbora se haría innocua, los capita-listas no tendrían ya dientes para morder y la socie-dad no pondría en sus manos ningún arma.

 

Realizada la expropiación, la libertad (que no debe confundirse con la libre concurrencia, con la libertad

 

económica de producción y de explotación del régi-men capitalista) no estará en pugna con las necesi-dades de la producción para todos y con la igualdad social. La contradicción existente hoy a causa de las divisiones de clases y del monopolio burgués será suprimida y quedará imposibilitada con la expro-piación.

 

Marx y Engels, en su Manif.iesto, llegaban hasta a afirmar que "el comunismo no quita a nadie la fa-cultad de apropiarse los productos sociales, impide sólo valerse de ellos para esclavizar el trabajo ajeno". Que el trabajo no sea esclavizado: he aquí el princi-

 

 

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pío verdaderamente      socialista; vale  decir,     el  socia-

lismo es una afirmación y no una negación de la libertad.

 

Ciertamente, una vez derribado el Éstado  burgués

y expropiados los capitalistas, la obra de socialización definitiva no se hará instantáneamente sino -tanto

 

dentro de una dirección autoritaria, como siguiendo las normas libertarias, pero mejor con estas últimas-a través de un período de organización experimental. La organización socialista de la producción y del consumo, como de las otras relaciones sociales, podrá tener su principio, y es bueno que lo tenga, desde el primer momento de la revolución, pero no podrá ser bastante completa ni definitiva mientras el pueblo no pueda dedicarse a ella sin ninguna otra preocupación, mientras en la calma y en la paz no se puedan en-

 

sayar las formas más apropiadas, perfeccionadas y ultimadas.

 

 

Desde ya: capacitación y programa

 

Mientras dure el trabajo de reorganización, hasta tan-to el Estado burgués haya sido derribado y el capita-lismo expropiado, lo importante será evitar la posi-bilidad de toda nueva explotación y opresión de los trabajadores, porque es esto lo que podría hacer re-nacer al capitalismo de sus propias cenizas. Para evitado, el remedio preventivo más radical es la ex-propiación inmediata por medio de la insurrección. Cuando los trabajadores hayan echado mano a la pro-piedad y no exista por otra parte la violencia estatal para tenedos sometidos, ni para defender contra ellos a cualquier rico que intente resistirse o a cualquier

 

 

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pobre que quiera enriquecerse, los ricos no podrán existir más y no habrá tampoco más asalariados. Es decir, será imposible aquel sometimiento al traba40 ajeno, del que habla Marx, aun cuando la reorganiza-ción social no haya sido todavía ultimada.

 

A menos ... a menos que el peligro no venga de la eventual dictadura socialista que, vencidas las re-sistencias del viejo régimen, llegue a convertirse a su vez en opresora de la nueva sociedad, transformando a los h'abajadores de esclavos del capital privado en esclavos del Estado. Volvemos así a nuestra preocu-pación constante, una de las preocupaciones que nos hacen ser anarquistas.

 

Recordemos, bien que lo hayamos dicho ya, que nosotros consideramos aquí a los Soviets como asocia-ciones de productores, para la producción y el con-sumo comunistas, las cuales no tienen de ninguna manera necesidad de ser superpuestas por un gobierno

 

dictatorial que solamente obstaculizaría y estorbaría la útil función económica.

 

A todos estos distintos tipos de organización pue-den agregarse otros. Organizaciones obreras y profe-sionales que hoy son extrañas o demasiado tímidas y moderadas, serán ciertamente utilizadas por la revo-lución: sociedades médicas, corporaciones de emplea-dos, de ferroviarios, de telegrafistas, de personal téc-nico, ingenieros, químicos, etc., así como también ciertas instituciones de origen y de naturaleza bur-guesa (después de haber expulsado a los capitalistas y toda dirección no exclusivamente técnica, se com-prende), pero asimilables y fácilmente transformables en organismos de vida revolucionaria, como entidades autónomas y cooperativas de consumo, ciertos gran-des almacenes de aprovisionamiento y oficinas públi-

 

 

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l:as y privadas de distribución, algunos de los más importantes servicios de utilidad general, que hoy son administrados con el único fin de especular o como instrumentos de gobierno, etc. El personal empleado, aun cuando no sea estrictamente proletario, pero que constituya una categoría poco distinta, no tendría necesidad del gobierno y del ministro o del patrón y del empresario para continuar su trabajo. Algunas ocupaciones y servicios podrán también tener necesi-dad de una organización de tipo centralizado y mu-chas otras no. Pero esta especie de centralización, de funciones y no de poderes, especialmente para un tipo particular de servicio, es muy diversa de la cen-tralización de funciones y de poderes al mismo tiem-po, de todos los servicios como de toda la autoridad, en manos de un gobierno dictatorial único. Aun para tales servicios y trabajos el gobierno sería, por lo me-nos superfluo.

 

Pero para que la revolución pueda tomar una orien-tación tan libeltaria, descentralizada, antiestatal, es

 

preciso que también la anterior preparación moral y material y por consiguiente nuestra propaganda, se encuentre informada por tales principios. En lugar de habituar a las masas a la idea de la dictadura y esperar de la conquista del poder el medio único de desatar todos los nudos, en lugar de atribuir toda ta-rea técnica revolucionaria a los comités centrales, a la dirección de un partido o de una confederación, etc., es preciso preparar los grupos y organismos ya existentes para desempeñar la tarea hacia la cual se sienten más capaces o capacitados para alguna si no lo están todavía; y al mismo tiempo formar aquellos' nuevos organismos, más o menos embrionarios, de dis-tribuciÓn, de reedificación y de elaboración que se

 

 

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pueden prever necesarios, de modo que no nos encon-tremos al día siguiente del derrumbamiento del poder sin nada listo, sin un preciso programa práctico para realizar y por consiguiente obligados a tolerar que un nuevo poder sustituya al antiguo, en sustitución ta111-bien de nuestra ausente capacidad coordinadora y productiva.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL   MIEDO      A       LA    LIBERTAD

 

 

 

La aberración de los que ven la salvación de la revo-lución en la dictaduri, después de haber hecho du-rante una larga serie de años de la causa del socia-lismo también una causa de libertad, no es distinta de la aberración de aquellos revolucionarios que, al estallar la primera guerra mundial, vieron comprome-tidos de repente la libertad y el socialismo, no tanto por la guerra en sí, como por la amenaza de victoria de una de las partes beligerantes.

En realidad estos últimos estaban nuevamente ofus-

 

cados después de casi un siglo de experimentos, por la ilusión democrática, y confiaban de nuevo a la democracia burguesa una misión salvadora. Los par-tidarios de la dictadura proletaria caen en un error semejante, creyendo traer un remedio al sustituir la más o menos enmascarada dictadura burguesa por aquella de los representantes de los trabajadores. Y a nosotros, que afirmamos que se debe dejar que la re-volución se desencadene con el máximo posible de libertad, dejando el camino abierto a todas las inicia-tivas populares, nos responden con una cantidad de objeciones, que pueden ser resumidas en un senti-miento único, que por lo demás no son capaces de confesar ni siquiera a sí mismos: el miedo a la liber•.. tad. Después de haber exaltado al proletariado ahora

 

 

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lo reputan en lo íntimo de su pensamiento incapaz de administrar por sí propio sus intereses y piensan en el nuevo freno que será necesario pon<:rle para guiarlo "por la fuerza" hacia la liberación.

 

Hacen como el enfermo que debía sufrir una ope-ración y fue el más audaz, aun contra los médicos, en sostener que la operación se imponía, en desemola, en apresurar los preparativos con la esperanza de cu-rar; y después, en el último momento, se niega y pre-fiere una inyección de morfina que calma por el momento el dolor, da la ilusión pasajera del mejora-miento, pero deja intacto el mal y el peligro de la muerte. Tiene una porción de escrúpulos, de temores y todas sus objeciones son dirigidas a retardar el mo-

 

mento del acto operatorio, que sería el acto de su verdadera curación.

 

 

 

Pretextos  intel,eduales para  la  dictadura

 

Todas las objeciones que presentan los partidarios de la dictadura giran en torno a este principal argumen-to: de la incapacidad de la clase obrera para gober-narse por sí misma, para sustituir a la burguesía en

 

.la administración de la producción, para mantener el orden sin el gobierno; es decir, le reconocen sólo la ~apacidad de elegir representantes y gobernantes. Naturalmente, no declaran este concepto con nuestras mismas palabras; antes bien, lo enmascaran a sí mis-mos más celosamente que a los otros con razonamien-tos teóricos diversos. Pero su preocupación dominante eS ésta: que la libertad es peligrosa, que la autoridad es necesaria para el pueblo, así como los ateos bur·

 

 

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gueses dicen que la religión es necesaria para no desviarse del buen camino.

 

Puede suceder, en efecto, que la autoridad se haga necesaria, pero no porque sea algo "natural" y porque no se pueda pasar sin ella, sino por el hecho de que el pueblo se ha habituado a considerarla indispensa-ble; porque en lugar de enseñársele a obrar por sí y las·formas cómo podría por su propia cuenta resolver las dificultades, se le mantiene sobre este punto en las tinieblas, más bien se le oculta la verdad, y para tenerlo más sometido se le muestra todo fácil; porque se le enseña desde ahora que, apenas sacudido el yugo actual, deberá crearse inmediatamente un nuevo go~ bierno que se ocupará de pensar cómo debe dirigir y atender todo más tarde.

 

Aquellos que hablan de la dictadura como de un mal necesario en el primer período de la revolución -en el cual, por lo contrario, sería necesario un má-ximo de libertad-, no advierten que ellos mismos contribuyen a hacerla necesaria con su propia propa-ganda. Muchas cosas se hacen inevitables a fuerza de creerlas y de quererlas como tales; en realidad, las creamos nosotros mismos. Asísucede con la dictadura,

 

que los marxistas están preparando con su propagan-da, en lugar de estudiar la posibilidad de evitar este mal, esta preventiva amputación de la revolución. Ellos no encaran por completo el problema, precisa-mente porque no tienen bastante fe en la libertad, porque, al contrario, apoyan toda su fe en la autori-dad. Por consiguiente, no pueden resolver el problec ma. Lo resolvemos, sin embargo, nosotros, los anar-quistas, que vemos en la libertad el mejor medio

 

para la revolución: para hacerla, para vivirla y para continuarla.

 

 

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El temor al desorden, al desencadenamiento de las pasiones, al florecimiento de los egoísmos, a los des~ ahogos de la brutalidad, de la indisciplina y de la negligencia, etc., fue siempre el prefexto con que se

 

ha justificado toda tiranía y combatido toda idea de revolución.

 

¡Es curioso que algunos socialistas encuentren jus-tamente en este hecho una justificación de sus ideas dictatoriales! Se desarrolla en sustancia este concepto: que también la burguesía hizo su revolución impo-niendo la dictadura, que en realidad vivimos bajo la dictadura burguesa, que la burguesía, para hacer la gu~rra, acentuó su centralización dictatorial, etc., y que por eso también el proletariado tiene derecho a hacer lo mismo. Que tenga derecho frente a la bur-guesía, es decir, que la burguesía sea la menos auto--rizada para escandalizarse ante la idea de una dicta-dura proletaria, puede ser un argumento justo; antes bien, agregaríamos nosotros, que la burguesía hace mal en alarmarse, aun desde su punto de vista, por-que peor suerte le reservaría una revolución verdade-ramente libre de toda traba gubernamental. Pero que

 

el proletariado tenga interés en recurrir a la dicta-dura, esto es harina de otro costal.

 

El ejemplo de que haya servido a la burguesía no prueba nada; antes bien, prueba lo contrario. La revolución social no puede tener la misma orienta-ción que la burguesía; y además, una cosa es revo-lución y otra la guerra. No todos los medios que son buenos para la guerra o para una revolución burgue-

 

sa, son buenos para una revolución social. La centra-1ización autoritaria de la dictadura es un medio to-

 

talmente perjudicial, en cuanto es el más adecuado para transformar una revolución social en revolución

 

 

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exclusivamente política -en especial al quitar alpuer blo la iniciativa de la expropiación inmediata- vale decir preparar, desde el punto de vista proletario y

 

humano, el mismo fracaso de las revoluciones prece-dentes.

 

Esas revoluciones, que sin embargo fueron hechas especialmente por el pueblo, el cual era también en-tonces impulsado por un deseo de liberación comple-ta y de igualdad no solamente política, terminaron en el triunfo de una clase sobre otras, justamente por-que la dictadura llamada revolucionaria preparó e hi-zo posible tal triunfo. Si la burguesía la empleó fue precisamente para sofocar la revolución, porque te-nía interés en ello. El proletariado tiene, al contrario, un interés opuesto, es decir, que la revolución no sea sofocada, sino que realice su curso completo. Ladic-tadura, por lo tanto, iría contra su interés.

 

Es verdad que una dictadura proletaria y revolu-cionaria podría también trastornar, arruinar y anular los privilegios actuales de la burguesía; pero ya que, debiendo ser limitada en sus componentes, sería siem-pre la dictadura de algunos partidos o de algunas clases, se vería inclinada no a destruir todo gobierno de partido y toda división de clases, sino a sustituir el gobierno actual por otro, el actual dominio de cla-se por otro de clase también. Y naturalmente, como la existencia de un gobierno implica la existencia de súbditos, la existencia de una clase dominante signi-fica la existencia de otras clases dominadas y explo-tadas. Sería el mismo perro con diferente collar.

 

 

 

 

 

 

 

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Chaleco  de fuerza        para  la  revolución

 

No somos profetas ni hijos de profetas y no podemos prever el modo como todo esto podrá acontecer. Pero reclamamos la atención de los lectores, y en especial de los socialistas, sobre este hecho: que el proletaria-do no es una clase única y homogénea, sino un con-junto de categorías diversas, de algunas especies de subclases, etc., en medio de la cual hay más o menos privilegiados, más o menos evolucionados y aun al-gunos que son, en cierto modo, parásitos de los otros. Hay en esa clase minorías y mayorías, divisiones de partido, de intereses, etc. Hoy todo esto se advierte menos, porque la dominación burguesa obliga un poco a todos a ser solidarios contra ella; pero el hecho es evidente para quien estudie de cerca el movimiento obrero y corporativo. Ahora bien, la dictadura prole-taria, que seguramente iría a pasar a manos de las categorías obreras más desarrolladas, mejor organiza-das y armadas, podría dar lugar a la constitución de la clase dominante futura, a la cual ya le agrada lla-marse a sí misma élite obrera, para daño no sola-mente de la burguesía, simplemente destronada en las personas de sus miembros, sino también de las gran-

 

des masas menos favorecidas por la posición en que se encuentran en el momento de la revolución.

 

Se constituirá de seguro otra clase dominante -po-dría más bien llamarse una casta, muy semejante a la actual casta burocrática gubernamental, a la cual justamente sustituiría- integrada por todos los actua-les funcionarios de los partidos, de las organizaciones, de los sindicatos, etc. Además, la dictadura tendría también, junto con el gobierno central, sus órganos, sus empleados, sus ejércitos, sus magistrados, y éstos,

 

 

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junto con los funcionarios actuales del proletariado, podrían precisamente constituir la máquina estatal para el dominio futuro, en nombre de una parte pri-vilegiada del proletariado y aliada a ella. La cual, naturalmente, cesaría de ser, en los hechos, "proleta-riado" y se volvería más o menos (el nombre importa poco) lo que en realidad es hoy la burguesía. Las cosas podrían ocurrir diversamente en los detalles; podrían también tomar otra orientación, pero sería parecida a ésta y tendría los mismos inconvenientes.

 

En líneas generales, el camino de la dictadura no puede conducir la revolución más que a una perspec-tiva de este género, es decir, a lo contrario de la

 

Finalidad principal del anarquismo, del socialismo y de la revolución social.

 

Tan erróneo es decir que se quiere la dictadura para la revolución como que se la desea para la gue-rra. Que se la quiera para la guerra que la burguesía y el Estado hacen con la piel de los proletarios, es natural. Se trata de hacer la guerra por la fuerza, de hacer combatir por la fuerza a la mayoría del pueblo contra sus propios intereses, contra sus ideas, contra su libmtad, y es natural que para obligado se necesite un verdadero esfuerzo violento, una autori-dad coercitiva, y que el gobierno se arme de todos los poderes en su contra.

 

Pero la revolución es otra cosa: es la lucha que el pueblo emprende por su voluntad (o cuya voluntad es determinada por los hechos) en el sentiqo de sus intereses, de sus ideas, de su libertad. Es preciso, por consiguiente, no refrenarlo, sino dejado libre en sus movimientos; desencadenar con entera libertad sus

 

amores      y       sus    odios, para  que    brote el       máximo      de

energía necesaria para vencer la oposición violenta de los dominadores.

 

 

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Todo poder limitador de su libertad, de su espí-ritu de iniciativa y de su violencia sería un obstáculo

 

para el triunfo de la revolución; la cu~l no se pierde nunca porque se atreva demasiado, sino sólo cuando

es tímida y se atreve muy poco.

 

 

Los temido,s  "excesos revolucionarios"

 

El temor al desorden y a sus consecuencias es una superstición infantil, como el temor a caerse del niño que hace poco aprendió a caminar.

 

Ninguna revolución está exenta de desorden, por lo menos en sus comienzos. Aun en las revoluciones

 

más suaves, más educadas y más burguesas no se pudo evitar; ni se lo evitará en una revolución social, que sacude completamente y desde su base a la so-ciedad. Pero ciertamente, para que la vida sea posi-ble, es preciso que un orden se establezca cuanto antes. Pero el problema que se presenta no es el de un nuevo gobierno, sino el de saber qué es lo más apropiado para restablecer el orden, cómo se puede establecer un orden mejor: un gobierno más o menos dictatorial o bien la libre iniciativa popular.

 

Los marxistas optan por un gobierno revoluciona-rio; nosotros, al contrario, creemos que el gobierno, peor aún si es dictatorial, será un elemento más de desorden, puesto que establecerá un orden artificial y nunca de acuerdo a las tendencias y a las necesi-dades de las masas. Estas por el contrario, a través de las propias instituciones libres podrán bastante me-jor y más ordenadamente proceder por vía directa, desde ellas mismas, a organizarse en forma tal que quede asegurado el "orden" necesario, es decir, el

 

 

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orden libre y voluntario, no el artificial y oficial que los gobiernos mandan e imponen desde arriba.

 

Este orden en el desorden ha sido visto y admirado en casi todas las revoluciones y durante los 'períodos de conmociones populares. A menudo se notó, en ta-les períodos, una enorme disminución de los fenóme-nos de delincuencia común. Cuando desaparecen los esbirros y el gobierno es inexistente, se puede decir que el pueblo asume por sí mismo la responsabilidad del orden, no por delegación de terceros, sino direc-tamente, en todo lugar, con los m,edios y personas de que localmente dispone. Algunas veces, sin em-bargo, va también más allá de los límites, como cuando, en 1848, fusilaba aun a cualquier mísero la-drón inconciente detenido infraganti.

 

Este espíritu de orden del pueblo ha sido adver-tido por todos los historiadores en los períodos inme-diatamente sucesivos a las insurrecciones, cuando el viejo gobierno había sido derrumbado y reducido a

 

la impotencia y el nuevo no había sido creado toda-vía o era aún demasiado débil. Esto se vio en los

 

meses más desordenados, que los historiadores bur-gueses llaman de anarquía, de la revolución de 1789-93, tanto en la ciudad como en el campo; así también en las diversas revoluciones europeas de 1848 y des-pués en la Comuna de 1871. El desorden vino más tarde, con el retorno de un gobierno regular, fuera éste el viejo o el nuevo. Aunque hayan ocurrido siempre inconvenientes, como es natural, jamás los hubo en los períodos "anárquicos" de tal magnitud como aquellos que se han debido deplorar luego can el retorno del "orden" impuesto por un gobierno cual-quiera.

 

No hay, por otra parte, que bautizar  como excesos

 

 

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revolucionarios, como desórdenes, ciertos actos de vio-lencia contra la propiedad y las personas, que son verdaderos y propios episodios de la. revolución, in-

 

separables de ésta, por medio de los cuales y a tra-vés de los cuales toda revolución se realiza. La revo-

 

lución del 89, por ejemplo, es inconcebible sin el ahorcamiento de los acaparadores y de los causantes del hambre del pueblo, sin el incendio de los casti-llos, sin las jornadas de Setiembre, sin los llamados

 

excesos de Marat, de los hebertistas, etc. Esta especie de desorden es totalmente inevitable antes de alcanzar

 

el orden nuevo que a nosotros nos importa; es preciso, por lo tanto, dejarle toda la libertad para manifes-tarse y para desarrollarse. Bastante más perjudicial sería querer detenerlo, como sería perjudicial oponer un dique a un torrente cuyas aguas, obstaculizadas en su curso natural se verterían en turbión para arrui-nar los campos vecinos; mientras que dejándolas pro-seguir libremente su curso llegarían antes a la lla-nura, donde proseguirían su camino hacia el mar, siempre con la más grande tranquilidad.

 

El pueblo ha mostrado esa misma capacidad de orden en todas las revoluciones, aun en un sentido

 

positivo, es decir como espíritu de organización para la satisfacción de aquellas múltiples necesidades que aún en tiempos revolucionarios tienen su imprescin-dible imperativo categórico. "Es preciso no haber

 

visto nunca en obra al pueblo laborioso; es preciso haber tenido toda la vida la nariz metida en los in-

 

folios y no conocer nada del pueblo para poder dudar de él; hablad al contrario, del espíritu de organiza-ción de ese gran desconocido que es el Pueblo a aquellos que 10 vieron en París en los días de las barricadas o en Londres, durante la gran huelga de los docks de 1887, cuando debía sostener un millón

 

 

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de hambrientos, y os dirán cuán superior es a todos los burócratas de nuestras administraciones". "

 

 

Ni  espontaneísmo       ni  uniformización

 

Sin embargo, no hay que caer en el optimismo exce-sivo de Kropotkin, que conduciría a dejarse arrastrar

 

por la corriente, a no tener casi necesidad de pensar antes de obrar.

 

Es preciso plantear, primeramente los problemas de la acción y de la producción, preparando los ánimos, las voluntades, los instrumentos adecuados a la futura iniciativa popular, para que haya en todos los pun-tos del territorio en revolución los hombres, los gru-pos que la salven de ser presa de la imprevisión y de tener que abdicar en las manos de un poder cen-tral cualquiera. Es decir, se impone una preparación práctica, positiva más que negativa, de las minorías revolucionarias y libertarias, desde antes de la revo-lución, para que puedan obrar y responder a las ne-cesidades que se presenten sin necesidad de confiarse a un gobierno.

 

Miguel Bakunin veía esta necesidad; es completa-mente justo su concepto de llegar a despertar la vida espontánea y todas las potencias locales sobre el ma-yor número posible de puntos por medio de minorías revolucionarias que, pilotos invisibles en medio de la tempestad popular, produjeran la anarquía y la guiaran, no por virtud de un poder ostensible, oficial, sino con el ejemplo de la propia actividad iniciadora. Pero para que esta fuerza pueda obrar «es necesario

 

• Kropotkin,  ,P. La  conquista   del  pan.

 

 

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que ella exista (advierte Bakunin) porque no se con-certará por sí sold'.

 

Si en todo barrio, pueblo, campo, 'fábrica, si en todo centro, etc., existieran grupos resueltos que to-maran desde el primer momento, teniendo los medios y la preparación, la iniciativa revolucionaria, tanto para la destrucción del viejo régimen como para la continuación de la producción, todo pretexto de ha-cer surgir una autoridad gubernamental o dictatorial moriría en germen. La autoridad sería tan desmenu-zada, tan pulverizada, que no existiría más como po-der coercitivo; estando en cada uno y en todas partes, impediría cualquier tentativa de centralización. Pre-parar de este modo la posibilidad del desarrollo de las iniciativas locales, especiales, por lugares o por funciones, significará dar a la revolución el modo de caminar libremente sin los torniquetes deformadores y homicidas de la dictadura.

 

Se dice que es necesaria la dictadura para organizar la lucha contra las resistencias burguesas. ¿Por qué? La revolución puede ser considerada como dividida en dos grandes períodos: el que antecede al derrum-bamiento del poder político de la burguesía y el período posterior. Mientras el poder gubernamental burgués no haya sido derribado, toda dictadura pro-letaria es imposible; existe solamente, todavía, la dictadura burguesa. Vencido el gobierno burgués, que constituye la resistencia armada de la clase capitalista, queda implícitamente desarmada y derrotada también ésta. Sus elementos pueden, aquí y allá, prolongar,

 

por grupos, la resistencia; pero entonces se encuen-tran en una situación de absoluta inferioridad frente

 

al proletariado, mucho más numeroso que ella y des-de ese momento armado y tal vez mejor armado que

 

 

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ella. Para sofocar estas resistencias no sólo es inútil constituir un gobierno central, sino que éste serviría mucho más para aniquilar la libre acción insurreccional local, que en todo sitio procede a limpiar el terreno y a desembarazarse de los reaccionarios del propio lu-gar, salvo, se entiende, cuando es menester convenir con las otras localidades para correr en ayuda de

 

aquellas donde los revolucionarios se encuentren ne-cesitados.

 

Los distintos centros revolucionarios se federarán, estarán en contacto continuo para la recíproca ayuda, según un tipo de organización federalista completa-mente opuesta a la dictatorial. Esto evitará el grave inconveniente que se presentó durante la revolución francesa, y parece que también en Rusia, de que con las mejores intenciones del mundo el gobierno central dicte órdenes contrarias al espíritu dominante en ésta o en aquella región, en contraste con intereses colec-tivos legítimos de ciertas poblaciones lejanas o de categorías obreras menos favorecidas, etc., contribu-yendo así a disminuir el fervor revolucionario y a favorecer los planes de los contrarrevolucionarios.

 

Especialmente puede suceder esto cuando, para la labor de expropiación, se quisieran adoptar criterios únicos de forma y de procedimiento, que al contrario, debieran variar según las circunstancias y las tenden-cias de las masas, de localidad a localidad.

 

En todo caso, las dificultades que surjan después serán siempre mejor resueltas por los organismos obreros que por un gobierno central. A menos que se insista en el propósito, absolutamente antirrevolu-cionario y utópico, de contentarse con la conquista

 

del poder y dejar la expropiación para más tarde, como obra oficial del Estado dictatorial socialista.

 

¡Pues  eso sería  el desastre    para  la  revolución!

 

 

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Abolición  de  todas     las "élit.es"

 

Pero el miedo a la libertad, lo que es prácticamente igual, el culto a la autoridad, pone en labios de los partidarios de la "dictadura" argumentos que son ya una condena explícita de la dictadura misma. Ellos dicen frecuentemente. ¿Pero no hace lo mismo la bur-guesía? Se dice que la dictadura del proletariado se-ría la dictadura de una "élite"; pero la dictadura

 

actual de la burguesía ¿no es ta,mbién la dictadura de una "élite"?

 

¡Justísimo! Pero la revolución no debe sustituir una élite por otra, sino abolirlas todas. ¡Si, al contrario, su resultado no fuera más que el de sustituir una dic-tadura por otra tanto vale prever desde ya el fracaso de la revolución! Si tal es el fin que se proponen los partidarios de la dictadura proletaria, entonces se comprende también por qué asignan a la revolución, como función primordial, la de suprimir la libertad, es decir, una función opuesta a la que está en la na-turaleza de toda revolución: la conquista de una libertad siempre mayor.

 

Esto explica también el lenguaje de los socialistas autoritarios y dictatoriales cuando acusan de demago-gia democrática y pequeño-burguesa a la viva preo-cupación de los anarquistas por defender la libertad. Sin embargo, nosotros compartimos enteramente su hostilidad hacia la democracia burguesa y pequeño-burguesa; y así en nuestra aversión, nos mostramos más coherentes que esos socialistas no aceptando ser-vimos de las instituciones parlamentarias y administra-tivas burguesas para nuestra lucha revolucionaria. Pero mientras nuestra enemistad hacia la democracia y el liberalismo burgués mira al porvenir y es una supe-

 

 

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raClOn de las mismas, el espíritu antidemocrático de los partidarios de la dictadura es un retorno al pasado. A los anarquista s no les basta la poca libertad conce-dida por los regímenes democráticos; en cambio los partidarios de la dictadura piensan quitarle al pueblo aún ese poco de libertad. Si, pues, las preocupaciones libertarias de los anarquistas pueden ser tachadas de "democráticas", nosotros podemos devolver la acusa-ción diciendo que las aspiraciones dictatoriales de

 

esos socialistas tienden a una vuelta al absolutismo, a la autocracia.

 

Naturalmente esos socialistas no se dan cuenta de estas peligrosas tendencias de sus sistema y dicen por eso que desean todo 10 contrario de aquello que ta-les tendencias implican. Los hechos de Rusia podrían, tal vez, bien conocidos, instruirlos mucho al respecto.

 

En Rusia la revolución ha sido obra mucho más de la libre acción popular que del gobierno bolche-vique. Las fuerzas obreras y campesinas, aprovechán-dose, especiJalmente durante el primer año, de la debilidad de los diversos gobiernos que se sucedie-ron en el poder, rompieron, pedazo a pedazo, el an-tiguo régimen, trastornando todos los valores sociales, iniciando en vasta escala la expropiación, echando las bases de las nuevas instituciones de producción y de organización, que después el gobierno bolchevique redujo bajo su férreo dominio militarista y dictatorial. Es la -libertad, no la dictadura, la que libró a Rusia del zarismo y de todas las insidias de la burguesía liberal y de la social-democracia patriótica y guerre-rista; es la libertad la que hizo y mantuvo la revolu-ción. La dictadura ha recogido los frutos simplemente. Aún más: los ha dispersado y despilfarrado.

 

La   revolución  libertará      de      su      estrecha      cárcel al

 

 

G3

 

 

espíritu de libertad y una vez libre se convertirá en gigante, como el genio de la fábula que un incauto dejó escapar del vaso en que estaba encerrado por la magia. Volver a echarle mano, volver a empeque-ñecerlo, a encerrarlo y a encadenarlo será imposible, aun para esos mismos que contribuyeron a desenca-denarlo. Especialmente en los países latinos, donde las tendencias anarquistas y rebeldes están tan des-arrolladas, donde los anarquistas propiamente dichos tienen como fuerza pública social una influencia que la revolución de seguro aumentará enormemente, se necesitaría, para llegar a constituir un gobierno fuer-te, una dictadura como la que figura en el programa bolchevique, o para intentarlo solamente, esfuerzos de tal magnitud que consumirían y agotarían las me-jores energías socialistas y revolucionarias.

 

Sería una pérdida que no tendría compensación. Serían esfuerzos, sacrificios, tiempo y tal vez mucha

sangre sustraidos al trabajo libre y tanto más vital de una verdadera reconstrucción de la sociedad hu-

mana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA PRODUCCION DURANTE EL PROCESO DE CAMBIO

 

 

 

Nosotros no negamos absolutamente la importancia del problema de la continuación e intensificación de la producción. Lo hemos dicho ya; y repetimos aho-ra que ello debiera ser resuelto cuidadosamente para tener una norma aproximada sobre lo que sea ne-cesario realizar, para evitar ilusiones y sobre todo para que todos adquieran plena conciencia de las dificul-tades que una revolución encontrará. Posiblemente aquí también los anarquistas participan del equívoco general entre todos los socialistas de ver las cosas bajo un prisma demasiado rosado. El único, tal vez, que entre nosotros ha reaccionado contra ese opti-mismo ingenuo ha sido Malatesta, sosteniendo que la revolución se convertirá, apenas victoriosa, en un pro-blema de producción; pues no es verdad lo que al-gunos creyeron durante un cierto tiempo, que bastaba derribar al gobierno y expulsar a los señores para que todo se acomodara por sí mismo, para que haya me-dios de alimentación para todos hasta tanto se pueda volver pacíficamente de nuevo a vivir una vida tran-quila.

 

 

 

 

 

 

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Sobre        la       disciplina    del  trabajo

 

Desde el primer momento nos encOl~traremos en la estrechez.

 

Es   preciso,       pues, persuadirse y        hacer comprender

a la clase obrera  -de     modo  que  desde  ahora esta idea

se  encuentre      íntimamente ligada en      la  conciencia       de

todos        a  la  idea    de      revolución- que    la       revolución  no

debe y        no     puede ser     una    "huelga       general"      propia-

mente  dicha       más  que     en los primeros     instantes;    y que

casi  inmediatamente    los ferrocarriles    y los navíos  de-

ben  volver  a circular   y los trabajadores a producir   los

artículos    de      primera       necesidad.

Esto debe  ocurrir        aun  mientras        se combate. Es  de-

 

cir mientras una parte de la población obrera, la más joven y ardiente, se oponga a la resistencia armada burguesa y no pueda pensar en otra cosa, otra parte, más débil e inapta para combatir, comprendidas las mujeres, es preciso que trabaje en la retaguardia de la revolución para que no falte, ni a los combatientes ni a la restante población el pan, el vestido, el fuego. Sólo para los primeros días podrán bastar las provi-siones secuestradas en los almacenes y en las despen-sas privadas de la burguesía; en breve plazo no habrá ningún comestible que expropiar. Esto debe servir de consejo a los revolucionarios para no hacer dema-siados derroches y para evitar destrucciones inútiles desde los primeros momentos, y a la clase obrera en general para volver rápidamente al trabajo, no ya para los demás sino para sí misma. De otro modo el ham-bre abrirá las puertas y recibirá con los brazos abier-tos al primer aventurero armado que desde un país . reaccionario cualquiera se presente a restablecer la tiranía, llevando o aun prometiendo solamente un poco de pan.

 

 

 

 

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Pero es utópico, por no decir alocado, pensar que la clase obrera, inmediatamente después de haber sa-cudido el yugo, pueda ser forzada por un nuevo go-bierno, aunque se haya constituido en su nombre, a trabajar como antes.

 

Un gobierno que pretendiera disciplinar con la fuerza, desde el centro, el trabajo de la clase obrera de toda una nación y obligar a ésta a la obediencia debiera transformar toda fábrica en un cuartel, en el cual una mitad armada estaría para vigilar a la otra mitad que trabaja. Y aún así no se lograría resultado alguno y la clase trabajadora se rebelaría muy pronto.

 

Detengámonos en esta crítica apriorística; ya que no es posible que ningún socialista piense algo seme-jante. Pero la verdad es que se debiera llegar a tales conclusiones al aceptar, aun en el terreno de la pro-ducción, en el terreno económico, el concepto de la organización y de la disciplina "dictatorial" del tra-bajo. Por eso nos parece imposible (pero la experien-cia demuestra que es así) que Lenin y sus partidarios interpreten la disciplina en el sentido restringido de someter a la autoridad central gubernamental toda la clase trabajadora, como si fuera un ejército obli-gado a obedecer sin discutir las órdenes de mando de los jefes.

 

Porque si en lo que respecta al trabajo, ellos qui-sieran decir que en toda fábrica, taller o granja de producción los obreros deben estar ordenados de modo que se obtenga el máximo de producción con un' mÍ-nimo esfuerzo y desperdicio de material, en eso tendrían razón. Sólo hemos de notar que los marxis-tas tienen demasiada inclinación para conseguir este objeto, a recurrir a la disciplina exterior coercitiva, a la autoridad imperativa de los dirigentes, que ocu-

 

 

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parían mañana en las fábricas el puesto de los ac-tuales capataces, directores, etc., no exclusivamente técnicos. Tales innumerables pequeñas "dictaduras" tantas como fueren los grupos de obreros trabajando en una misma producción, sería algo distinto e infi-nitamente menos opresivo (porque es más fácil refre-nar por la acción directa de los trabajadores) que la dictadura estatal propiamente dicha. Pero también en esto creemos que los marxistas, si insistieran, se equi-vocarían. Nosotros, aun en el ámbito restringido de la fábrica, del taller, de la granja, del campo -indus-trial, agrícola, de servicios públicos, etc.- pensamos que es necesario, más útil y menos nocivo hacer un llamado a la disciplina moral interior de cada indivi-duo, al acuerdo entre los obreros sobre el modo de ejecutar el trabajo y, en fin, a su espontáneo recono-cimiento de la mayor competencia de la dirección técnica para dar la mejor dirección y para guiar el trabajo. El ingeniero, en este sentido, es una autori-dad legítima sobre los trabajadores, como el médico sobre los enfermeros, cuando tal autoridad no rebasa de su especial y exclusiva competencia técnica.

 

Pero este espíritu de disciplina moral, de autogo-bierno como dicen los ingleses, vale decir la capaci-dad de la clase obrera para gobernarse a sí misma, no podrá formarse del todo, los obreros no podrán adquirida suficientemente, hasta tanto no sea posible moverse con libertad, experimentando las propias fuerzas al contacto con los hechos y gozando de plena independencia. La libertad se adquiere en la libertad y se afina y perfecciona ejercitándola libremente.

 

 

 

 

 

 

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Formas     diversas:  dentro   del  socialismo

 

Es verdad también que tal capacidad, y el espíritu de disciplina moral o de autogobierno, no se llegaría a formar espontáneamente más que con una extrema lentitud; precisamente por eso es necesario desde ahora creado o estimulado y cultivado con la propa-ganda, la discusión, la preparación, primero mental y después material, a través de las varias formas de

 

organización libre de la clase obrera y de los grupos revolucionarios.

 

En este punto nos asaltan las objeciones de algu-nos que, en especial porque están impresionados por el caso de Rusia, acerca de las dificultades surgidas para la socialización de la tierra, piensan que puede ser necesaria una autoridad central coercitiva, es de-cir la dictadura, para forzar a los elementos campe-sinos al régimen socialista, para vencer su apego a la propiedad privada de la tierra, para realizar tam-

bién en la campaña, de buen grado o por fuerza, el comunismo.

 

Lo que sabemos nos parece que ha confirmado del todo una antigua idea anarquista; es decir que si la violencia revolucionaria es Útil y necesaria para ven-cer la organización burguesa y estatal, para destruir las organizaciones opresivas actuales, para hacer pe~ dazos nuestras cadenas políticas y económicas, en la obra de reconstrucción, en cambio, la violencia se convierte en nociva, a menos que se trate de la nece-saria para defender el trabajo reconstructivo de los ataques de la violencia exterior. No podremos por eso emplear Útilmente la violencia contra aquellos que deben ser nuestros cooperadores, nuestros colaborado-res en la sociedad comunista, para obligados a tal

 

 

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colaboración, sin poner en peligro la existencia mis-ma de la nueva sociedad. Obrando así construiremos

 

el edificio sobre bases de arena, y la primer sacudida 10 echará por tierra.

 

Derribado el Estado burgués y aniquilado el capi-talismo, la reconstrucción social debe poder obtenerse por cooperación voluntaria, libertaria, a través de la persuación y el ejemplo, a través de experimentos siempre más amplios y multiformes y no obligada-mente uniformes. En qué medida será esto posible des-

de el primer momento no lo podemos prever, pero cier-tamente no debemos nosotros mismos creamos desde

 

ya obstáculos artificiales, además de aquellos que in-evitablemente surgirán al querer establecerse un plan fijo y único de reconstrucción para ser impuesto por las buenas o por las malas. La tarea de la revolución es la de libertamos de la tiranía del Estado y de la explotación de los patrones, la de salvamos o defen-demos de las tentativas de un nuevo gobierno o de nuevos amos, de quitar de en medio toda institución de poder y de impedir toda condición que permita o haga posible que un hombre pueda vivir explotando a otros, haciéndoles depender de él y trabajar para él.

 

Esto es importante para la revolución y para el socialismo: que nadie más sea explotado ni trabaje por un salario dependiendo de otro que gane más. Obteniendo esto, estaremos ya en el socialismo. Lue-go, en cuanto a los varios sistemas de organización del trabajo, de repartir los productos, etc., sería erró-neo imponer por la fuerza un tipo único para todos. Nosotros somos comunistas porque creemos que la organización comunista de la producción y del con-sumo es el más perfecto tipo realizable de socialismo, en armonía con las múltiples necesidades. de bienes-

 

 

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tal' y de libertad de todos los hombres. Queremos para nosotros, por consiguiente, la libertad de organi-zamos en comunismo en todas aquellas partes donde

sea posible y donde encontremos gentes de acuerdo con nuestra manera de encarar ese asunto. Pero no

 

pretendemos imponer por la fuerza a los demás nues-tro sistema, seguros de que nuestro ejemplo será el mejor medio de persuadir a los demás a seguimos, como el ejemplo ajeno podrá servimos a su vez para mejorar, modificar, perfeccionar nuestro sistema.

 

Nada impedirá que, a nuestro lado, en ciertos ra" mas de producción, para ciertos géneros de consumo, se experimenten sistemas diversos, siempre que en nosotros y en los demás presida el espíritu de apoyo mutuo, para los intercambios, para los servicios públi-cos comunes, etc., y siempre que ningún sistema permi-ta forma alguna de explotación del hombre por el hom-bre. Entre los varios tipos de organización podrá ha-berlos más o menos centralizados, según el género de trabajo, de servicio público, de necesidades del am-biente, etc. Los sistemas y los organismos se modifi-carán sucesivamente, según la experiencia, sobre el ejemplo de aquellos que resulten mejores, es decir que cuesten menos trabajo y sean más útiles y pro-ductivos para el bien de todos.

 

Aun en un régimen completamente anárquico es-tamos persuadidos que, aunque la organización de la producción y del consumo sobre bases comunistas ' será el tipo dominante y la regla general (y precisa-mente porque será una regla libre y no obligatoria-mente impuesta a todos), no impedirá ella que subsis-tan -o por voluntad de los individuos o por especia-les necesidades del ambiente o del trabajo- formas diversas de organización, colectivistas, mutualistas,

 

 

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etc., y aun algunas formas de propiedad individual, a condición de que ésta no implique sometimiento o explotación de nadie.

 

 

 

La  actitud correcta,

 

frente  al campesinado

 

Tanto más necesario será semejante estado de tole-rancia recíproca en un período revolucionario, esto es de tolerancia entre los explotados, entendámonos bien, entre los oprimidos y entre los trabajadores li-bertados del yugo, no de tolerancia hacia los opreso-res y los explotadores y sus inicuas tentativas de apoderarse de nuevo del poder y del privilegio.

 

Entre los trabajadores, a quienes la revolución hizo libres de sus propios actos, desde el principio y desde el primer momento que las resistencias estatales ha-yan sido vencidas y comience el período de defensa y de organización revolucionarias, deberá reinar el máximo acuerdo posible; y este acuerdo no deberá ser sacrificado a la idea de obligar por la fuerza a clases, grupos o individuos determinados del prole-tariado a plegarse a un tipo único preconcebido de organización, no querido por ellos, aun cuando sea óptimo teóricamente. Sobre todo es preciso evitar se-mejantes actos imperiosos contra la clase campesina,

 

, más capaz de interpretarlos en un sentido hostil, me-nos preparada para los cambios improvisados y más enemiga de ellos; y por otra parte demasiado nume-rosa para poderla dominar o para poder descuidar su hostilidad.

 

Sentimos con claridad que, aunque no fuéramos anarquistas y no nos aconsejara el espíritu de libertad

 

 

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que nos es peculiar, consecuentemente con nuestros principios, una actitud semejante, la tendríamos igual-mente por un sentido práctico de oportunidad revo-lucionaria, por la cual la revolución debe cuidadosa-mente evitar crearse hostilidades de cualquier especie entre las masas populares, debe huir de los escollos de la discordia y no debe estar obligada a dirigir las propias fuerzas más que contra las fuerzas reacciona-rias y contrarrevolucionarias enemigas. Conciliar el

 

apoyo y las simpatías de todas las corrientes proleta-rias y populares, dejándolas en libertad de desarrollo y de experimentación -cuando no se trate, se com-prende, de tendencias reaccionarias partidarias del viejo régimen, en cuyo caso son combatidas justamente como enemigas- tal debe ser la tarea de la revolu-ción. y esta misión libertaría se encuentra en absoluto

 

contraste   con    la       práctica      dictatorial,  con    toda  tenta-

tiva de sobreponer un Estado centralizado a la re-volución.

 

Pueden ver aquí perfectamente aquellos que nos objetan que los anarquistas tenemos razón en la teo-ría pero no en la práctica (y si fuera verdad signifi-caría simplemente que la teoría sería errónea) o que por lo menos nos acusan de no tener en cuenta el

 

lado práctico de las cuestiones y de limitamos sólo a una discusión doctrinaria, como en esta cuestión

 

de la dictadura, la teoría y la práctica van completa-mente de acuerdo, demostración evidente de que el anarquismo es una doctrina vital, realista e idealista al mismo tiempo, la mejor no sólo en su visión de

 

la sociedad futura sino también como guía práctica en la conducta de la revolución.

 

Al día siguiente de la revolución nos encontraremos de hecho en estas condiciones. Donde subsiste el

 

 

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arrendamiento, los arrendatarios, eliminados los pa-trones, se convertirían en propietarios únicos de la tierra por ellos trabajada. Los campesinos que ya son pequeños propietarios de la poca tierra que ocupan y trabajan, quedarían como están. Donde subsiste el latifundio y la tierra es poseída por los patrones y trabajada por los jornaleros, o no trabajada del todo, o dejada para pastoreo, etc., se determinarían inme-diatamente dos hechos. En las regiones más atrasa-das, o donde la tradición de la conquista de la tierra perdura, los trabajadores de la tierra invadirán los campos y se los repartirán. Donde al contrario, el "hambre de tierra" no se siente o se siente menos, donde las masas campesinas son más modernas, donde están desarrolladas las organizaciones de resistencia y las cooperativas campesinas, las granjas, las propie-dades comunes, los vastos establecimientos agríco-

 

las podrán inmediatamente ser organizados de un modo comunista.

 

Ningt'lll inconveniente habrá para que las cosas queden en este estado durante todo el período revo-lucionario. La pequeña propiedad territorial, de re-ciente formación, no podrá ser un obstáculo a la revolución, al comunismo de la ciudad o de otras re-giones, desde el momento que no tendrá necesidad de obreros asalariados porque se bastará a sí misma; y por otra parte jornaleros y trabajadores de la tierra en cualquier forma asalariados, no serán encontrados ya, o porque se han convertido en pequeños propie-tarios, o porque han sido absorbidos por los estable-cimientos agrarios comunistas. Lo importante será, pues, dar a todos la seguridad de que el nuevo ré-gimen defenderá la nueva situación contra las tenta-tivas reaccionarias y de que no podrá cambiada sin el expreso y voluntario consentimiento de los intere-

 

 

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sados. Lo importante será entonces dirigir a los tra-' bajadores de la tierra, cualquiera que sea su sistema, hacia un cultivo intensivo del suelo para alcanzar el máximo rendimiento de los productos indispensables a la vida. Lo importante será, una vez más, propor-cionar abundantemente a los campesinos, sin distin-ción alguna, -para que e110sen cambio no mezquinen a la población urbana los productos de la tierra- las materias primas, como los abonos, el vestido, el cal-zado, los instrumentos agrícolas de toda especie, desde los más simples arados a las máquinas más perfeccionadas.

 

Si las organizaciones proletarias de la ciudad hicie-ran esto no habría necesidad de dictadura para obli-gar a los campesinos a trabajar y a dades de comer.

 

Los campesinns serían los mejores aliados de la re-volución.

 

Conseguida la victoria, después, cuando todas las resistencias burguesas hayan sido vencidas, en la fa-milia humana que entonces resultará, se podrá ir discutiendo con los campesinos mismos sobre la me-jor organización de los terrenos cultivables. Y será, tenemos fe en dIo, el ejemplo de la granja agrícola comunista la que poco a poco persuadirá a todos y poco a poco absorberá a los pequeños establecimien-tos familiares, heredados de la vieja sociedad o for-mados durante el primer período revolucionario. Así se llegará al comunismo anárquico.

 

 

 

Delegación         de funciones

y no  delegación   de      poderes

 

Un   amigo al  que         sometimos  el  dilema    planteado    por

 

 

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Malatesta -o las cosas son administradas según los libres pactos de los interesado.s y por parte de los interesados mismos, y entonces tenemos la anarquía., o son administradas segÚn las leyes hechas por los administradores y entonces tenemos el gobiemo o Estado, que fatalmente se hace tiránico- nos obje-

 

taba que    precisamente        falta  lo       esencial:      la       facultad

 

de    administrar. ¿Pero qué    es      lo       que    confiere      esta

 

facultad? No ciertamente el hecho de ser los expo-nentes más descollante s de un partido, ni el de haber

 

sido nombrados diputados o comisarios del pueblo. Se trata de una facultad técnica que no es privilegio de los gobernantes, como no es preciso ser gobernante para poder ejercitarla.

 

N osotros no excluimos los administradores técnicos, a condición de que éstos sean elegidos entre los inte-resados, condición principal para que sean competen-tes y administren según los pactos libremente estipu-lados entre los interesados mismos. Es decir que se

 

trata de delegación de funciones siempre revocables y no de delegación de poderes. Mientras esto no sea

 

posible      y       sean  los     llamados     administradores    quienes

 

hagan        la       ley     según la       cual   administrarán,      es      decir

 

mientras sean gobernantes, es evidente que no habrá anarquía. En tal caso, cuya posibilidad no excluimos,

 

la función de los anarquistas consiste en hacer pro-paganda y luchar para que el libre acuerdo sustituya a la ley coercitiva, pero de ningún modo convertirse en administradores-gobernantes.

 

Aún hoy, por 10 demás, los que administran, en el sentido práctico de la palabra, no son los gobernan-

 

tes; éstos, al contrario, dificultan la administración de los servicios y de la riqueza pública, mandan a los

verdaderos administradores    y       desvían       y       hacen dege-

 

 

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nerar su misión en beneficio propio. ¿Acaso la industria o el comercio, los ferrocarriles, los correos y telégra-fos, todos los servicios públicos, etc., están admini.s-

 

trados por los gobiernos o por los ministros? Los ver-daderos administradores son los funcionarios técnicos

 

dependientes, casi siempre desconocidos, que, por lo que de útil y necesario hacen, ninguna ventaja tienen

 

en ser funcionarios estatales, al contrario, les perju-dica el servilismo que entorpece sus servicios.

 

De igual modo en la gestión de la riqueza privada, la función administrativa más útil, la única necesaria,

 

no es ciertamente la de los accionistas, de los propie-tarios y de los banqueros, sino la del personal admi-nistrativo de cada servicio, de cada fábrica, de cada establecimiento, de cada empresa, estipendiado o asa-

 

lariado y no patrono. Ahora bien, ¿por qué no debe-rían usufructuarse sus facultades administrativas en

 

modo        libertario,    sin     sobreponerle         órganos      de      coer-

ción y de contralor, inútiles en la práctica cuando no nocivos?

 

Claro que mientras los interesados, o por lo menos un núméro suficiente de ellos, no tengan una cierta conciencia de sus necesidades y del mejor modo de satisfacerlas y de sus derechos y deberes, no será po-sible la anarquía. Pero esta conciencia no se podrá formar en ellos mandándolos, imponiéndosela con h fuerza, sino creándoles nuevas condiciones que hagan

 

posible la formación y desarrollo de tal conciencia. En la servidumbre no se forman hombres libres, fue-

 

ra de pequeñas minorías; únicamente la libertad puede dar la conciencia libertaria a las grandes ma-yorías. Y he aquí por qué es necesario que haya, durante y después de la revolución, un partido que combata principalmente por la libertad, que conquiste y defienda la mayor suma de libertad para todos.

 

 

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Cierto que la libertad no es el Único problema so-cial importante y nosotros no queremos dejar olvida-dos los demás; pero es uno de los más importantes; antes bien, nos parece que después dél problema del pan, es el más importante de todos. Hasta se podría sos-tener que el problema de la libertad está en primera línea, si se piensa que el salariado es una forma de servidumbre, que, en sustancia, los patrones son los opresores, los enemigos de la libertad de los obrerps a quienes explotan; si se piensa que, si estuviéramos libres de la opresiÓn estatal, si el gobierno no n'os impidiera toda libertad de movimiento, pronto nos habríamos desembarazado de cualquiera otra opresiÓn y resuelto todos los demás problemas. No sería difícil

 

demostrar que cada problema social se reduce en Últi-mo an:ílisis a una cuestiÓn de libertad.

 

&lientras no haya libertad para todos, la oposiciÓn al gobierno, la oposiciÓn a la autoridad será la condi-ciÓn principal e indispensable de todo progreso. Al contrario, toda pretenciÓn autoritaria y coercitiva, más o menos legalizada, tiende a detener cualquier clase dc progreso, comprendido el econÓmico de la produc-ciÓn. ¡Figurémonos entonces lo que ocurriría cuando la coerciÓn tendiese a establecer por medio del centra-lismo un sistema Único de trabajar y de producir!

 

La imposiciÓn autoritaria de un tipo Único de co-munismo ordenada dictatorialmente por el Estado, mientras, por una parte multiplicaría los enemigos de la revoluciÓn y podría determinar el fracaso de ésta,

 

por otra nos llevaría, aÚn en el caso de que triunfase, al comunismo de Estado, es decir: a la creación de

 

un patrón Único y central, que resumiría las dos tira-nías actuales, la del gobierno y la del propietario. Nos conduciría, por 10 tanto, en la mejor de las hipÓtesis, a un fin opuesto a la anarquía.

 

 

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LA  DEFENSA  ARMADA

 

DE  LA     REVOlUCION

 

 

 

 

Una de las más serias dificultades que puede obs-taculizar el desarrollo de la revolución, cuando esta-lla en un solo país por vasto que éste sea, es la hos-tilidad de los gobiernos burgueses extranjeros, espe-cialmente cuando esa hostilidad se expresa por me-dio de una verdadera guerra armada, con tentativas

 

de sofocar la revolución invadiendo con ejércitos el territorio insurrecto.

 

Es preciso entonces defender, aun militarmente, el territorio de la revolución: esto es evidente. Mientras

 

perdure tal necesidad deberá mantenerse un ejército, deberán existir todos aquellos órganos anexos y afines, con los cuales todo principio anárquico está en abier-ta contradicción. No porque sean medios violentos, entendámonos bien, sino porque son violentos en una forma más o menos gubernamental. :Mientras dure es-ta necesidad no será tal vez posible una organización verdaderamente anárquica, al menos en los primeros momentos; lo que sin embargo equivale a decir que tal necesidad será un freno peligroso para la revolu-ción y que mientras ella subsista la revoluciÓn no po-

 

drá desarrollarse y sufrirá forzosamente una deten-ción en su curso.

 

En   todo  caso  el       ejemplo      ruso   y       de      casi  todas   las

 

 

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revoluciones precedentes demuestran que la ámenaza militar exterior es una eventualidad que es menester examinar. Admitido lo inevitable, es decir que la re-volución debe defenderse, el problema de la dictadura se presenta en estos términos: ¿Es necesaria para la defensa del país. en revolución la concentración de los poderes más absolutos en manos de un gobierno dic-tatorial? ¿Es más útil este sistema o más bien (aun bajo la amenaza exterior) es necesario y más útil con-servar el máximo de libertad posible, el máximo de autonomía a cada organismo particular y a cada lo-calidad? Nosotros, inútil es decido, nos inclinamos por la segunda hipótesis, de cuya exactitud estamos firme-mente convencidos, no por un dogmático apriorismo, sino por la enseñanza que nos proporcionan las revo-luciones pasadas y por el examen objetivo de las con-diciones en que tendrá que desarrollarse la revolución proletaria.

 

 

 

La revolución     francesa

 

y  un juic.io die   Miguel        Bakunin

 

A la defensa contra las insidia s internas no puede concurrir eficazmente y con verdadera inexorabilidad más que la acción directa y libre del pueblo. Cuando en 1792 los ejércitos de la reacción europea invadie-ron a Francia para sofocar la revolución y restablecer el poder real, los ejércitos franceses fueron derrotados al principio; y la victoria no se alcanzó sino cuando los soldados se persuadieron de que defendían real-mente la revolución, asegurados de esto por las noti-cias de que la libre acción directa del pueblo de Pa-rís había derrotado el 10 de Agosto a los nobles atrin-

 

 

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cherados en las Tullerías y puesto bajo llave a la fa-milia real -"el lobo, la loba y los lobeznos"- y en el siguiente mes de Setiembre había hecho una verdade-ra limpieza radical de cuantos enemigos internos pu-do prender. El gobierno revolucionario no habría nun-ca podido lograr esto; lo que es preciso es pues, ante todo, en el interior, dejar en libertad al pueblo para exterminar sus enemigos y no centralizar esta tarea en manos del gobierno.

 

Pero aun como cooperación activa en la obra de defensa militar será mucho más útil confiar en la

 

iniciativa popular que se manifiesta en la libertad, que no en los engranajes gubernamentales, en los centra-lismos dictatoriales, en las concentraciones burocráti-cas, que neutralizan los esfuerzos y la voluntad, impi-den los servicios y desperdician, deterioran, destruyen materiales, provisiones, víveres, etc.

 

También Bakunin se preocupó en su tiempo de la necesidad de defender el territorio de la revolución

 

contra las invasiones reaccionarias y extranjeras cuan-do, al día siguiente de Sedan en 1870, el pueblo fran-cés se libró del imperio de Napoleón el Pequeño, proclamando la república, pero se encontró en la ne-cesidad de salvar su incipiente libertad de los ejérci-tos alemanes vencedores. En su libro El imperio knuto - germánico y la Revolución Social Bakunin sostenía que no había otra salvación para Francia más que la de transformar la revolución de política en social, la de dar al pueblo el máximo de libertad y al proletariado la sensación de que luchaba por una patria que había llegado a ser realmente suya.

 

Naturalmente Bakunin no disimulaba la necesidad, para la defensa militar de la revolución, de una disci-

 

plina y también de una cierta autoridad jerárquica en las milicias.

 

 

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Pero  se cuidaba bien   de  sacrificar         a esta  necesidad

 

el principio         mismo  de  la libertad,    es decir  uno         de  los

resortes más potentes de la revolución, -uno de los coe-ficientes más eficaces de victoria contra los mismos

 

enemigos  externos.

 

"Amante apasionado de la libertad, confieso que desconfío mucho de aquellos que tienen siempre la palabra disciplina en la boca, especialmente cuando significa despotismo de un lado y automatismo del otro ... La extraña esclavitud que la sociedad fran-cesa soporta desde la gran .revolución deriva en gran parte del culto a la disciplina del Estado, heredado de Robespierre y de los jacobinos. Este culto pierde a Francia, paralizando la única causa y el único medio de liberación que le queda: el desenvolvimien-to libre de las fuerzas populares; y haciéndole bus-car su salvación en la autoridad y en la acción ilusoria de un Estado, que no representa hoy nada más que una vana pretensión despótica, acompañada de una impotencia absoluta.

 

"Pero, por enemigo que sea yo de lo que en Fran-cia se llama disciplina, reconozco sin embargo que una cierta disciplina, no automática, sino voluntaria y razonada, que armonice con la libertad individual, es y será siempre necesaria para todo trabajo o acción colectiva. En el momento de la acción, en medio de la lucha, las funciones se dividen según las facultades de cada uno estimadas por la colectividad entera; unos dirigen y mandan, otros ejecutan. Pero ninguna función se petrifica ni se fija ni permanece irrevoca-blemente confiada a la misma persona. El orden y el progreso jerárquico no existen; de modo que el co-mandante de ayer puede convertirse hoy en subalter-no. Nadie se eleva por encima de los demás o, si se

 

 

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eleva, no es más que para volver a caer un instante después, como las olas del mar que vuelven siempre al nivel saludable de la igualdad", l>

 

Técnicas   militares     adecuadas

 

Todo esto es dicho en lo que respecta al gobierno civil, para poder reducirlo a los mínimos términos po-sibles, y al mismo tiempo en lo que se refiere al gobier-no militar de la guerra de defensa. Con tal motivo no estará demás recordar otra opinión competente de al-guien que, a pesar de ser revolucionario y socialista de tendencias libertarias, fue también un militar pro-fesional, un estudioso de las cosas militares y de la guerra, que estudió el arte de la guerra en los libros y sobre todo en los hechos, participando en las revolu-ciones y en las guerras de 1848-1849: Carlos Pisacane,

 

un práctico mucho más que un teórico de la revolu-ción.

 

Después de haber llegado, en el estudio de las gue-rras de aquellos años, a la conclusión de que si las masas no realizaran directamente el concepto de la revolución el Gobierno surgido de la insurrección no

 

hará más que sustituitse al caído .Y combatirá la re-volución si no está de acuerdo con las ideas de los

 

individuos que lo componen; después de haber dicho en otro ensayo sobre la Revolución que la dictadura, impotente para producir el bien .Y fuente de todo mal, es del mismo modo impotente por completo para di,. rigir la guerra (y la afirmación es seguida de una lar-ga demostración), n vuelve sobre el mismo argumento

 

* Bakunin,   M.  Oeuvres,   v.  )1, pp.   296-297.

**    Pisacane, C. Guerra combattute in Italia, p. 317 Y Saggio sulla Rivoluzione, p. 203.

 

 

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en otro libro por muchos olvidado, dedicado exclusi-vamente a cuestiones militares. "

 

Sobre la forma técnica de organizar .las milicias de defensa de la revolución, en un régimen de libertad, no es nuestra tarea discutir aquí. Sería sin embargo necesario que esta cuestión fuera estudiada anticipa-damente, en lugar de ocuparse con toda comodidad en pensar lo que podrá hacer la indeseable dictadu-ra o que el pueblo improvise.

 

Carlos Pisacane demuestra que una buena defensa armada de la revolución es incompatible con un ré-gimen dictatorial.

 

"Decir       a una -.::iudad: reconoced       tal  jefe;  prescribir

los  límites de      una    sublevación es      perderlo      todo, es

prueba      de  falta      de  sentido  práctico;     y es extraño que

aquellos    que    no hablan    de  otra  cosa  que del  arrojo  y

de  la  exaltación populachera pretendan    después      que

todo se  doblegue a  su  voluntad      suprema;     para  ellos

son  pueblo         solamente   los  que       obedecen  ... ¡Necios!

Expulsado el       enemigo,     libre  la       ciudad,       los     ciudada-

nos, festejada     ya la victoria, se adormecen     sobre los lau-

reles ...      y eligen       un     gobierno,    le  dejan      el cuidado   de

disponer    de      todo  y,  sin  mirar         a        su  alrededor,       no      se

preocupan más   que    de  prepararse       a  la  defensa ...     y

el  gobierno        entre  tanto se  ocupará  en  buscar   los ge-

nerales,     en  implantar        el  ejército,  escogiendo  los  jefes

entre  los amigos,  y así mueren       miserablemente    las re-

voluciones.  Para volver  a dades     vida  no  hay  otro  me-

 

dio que  mantener        al  pueblo   en  constante        movimiento

y n.o abandonar   la  suerte     en      manos         de      los  dictado-

res ...         Sin esperar  la sentencia de los dictadores   o con-

 

sultar        la       voluntad     de      tantos que    en      parecidos    casos

 

" Pisacane, C. Ordinamento e Costituzione delle Milizie Italiane. Palermo, 1901.

 

 

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quieren gobernar, las organizaciones tanto militares como civiles surgirán de las entrañas mismas de la nac ción. La unidad resultará precisamente de la absolt/i-ta libertad proclamada. como I'3Y soberana". ;:;

 

Para señalar algunos de los sistemas aconsejados por Pisacane, diremos que él postula que la marcha de las operaciones militares sea independiente del po-der político, que las fuerzas armadas no sean supe-riores a las necesarias, según las fronteras a defender, que las jerarquías y los grados se encuentren limita-dos a lo más indispensable y representen una verda-dera diversidad de funciones, que los militares se ha-llen convencidos de la bondad de la causa por la cual combaten, que todo oficial sea nombrado por libre elección de aquellos a quienes deberá mandar, que los intereses de las milicias se encuentren ligados a los de toda la colectividad y que su utilidad dependa de la propia condición de ciudadanos y no de solda· dos, que la unidad de acción resulte no de la autori-dad de los jefes sino de la forma de instrucción de las masas, a fin de transformar el innoble dogma de la obediencia ci.c?gaen convicción profunda. ""

 

Se podría señalar aquí otros medios aun útiles para refrenar la siempre posible tendencia de los jefes mi-litares a extralimitar y extender su autoridad en per-juiCio de la revolución. Por ejemplo; el sistema adop-tado en cierto modo por la revolución francesa; yala-bado también por Mazzini, de delegar comisionados civiles, representantes de la revolución ante los solda-dos, pero no enviados por un poder central sino por las comunidades libres, parIas Comunas revoluciona-rias, entre los soldados que ellas mismas han propor-

 

* Pisacane,    C.  come   ordinare    le  nazione   armata,    p.  148-154.

••     Ibid.,  p.  137.

 

 

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cionado. Estos comisionados estarían investidos de un poder mayor qiw los demás, de modo tal que los sol-dados de la revolución se sientan siem,pre acompaña-dos por la solidaridad de todo el país y que la vigi-lancia de éste refrene los deseos autoritarios y liber-ticidas, posibles de desarrollar en cualquiera, por cual-quier motivo.

 

Pero es inútil, repetimos, entrar en tales particula-ridades, que hemos indicado sólo para dar una idea de la que pensamas. TampocO' se padrá abtener en esta dirección nada perfecta ya que, para bien o para mal, ella será siempre una dirección nada anárquica por cierta. Algunas defectas, previsibles desde ahara y visibles para el lectar anarquista, padrán ser elimina-dos, algunas imperfeccianes evitadas; pero la cantra-dicción subsistirá, coma un hecha que habrá que su-frir par fuerza mayor. Pera una cosa es sufrir par fuerza de la adapción de algunas medidas autorita-rias, buscanda las menas autaritarias pasibles y limi-tanda todo la más el pader, y atra casa bien distinta es elegir entre esas medidas justamente la más auta-ritaria y la más tiránica que existe -cama la dictadu-ra- haciéndose a priori sus preganeros y presentán-dala a las masas cama un ideal que merece ser al-canzada.

 

NO' hay que descuidar, además, en la propaganda, el elementa psicalógica. En cambia las marxistas, in-dicando al puebla cama su fin más digno el estable-cimiento de la dictadura, contra la cual siempre, aun-que fuera necesaria, sería preciso tener alerta la des-canfianza praletaria, carren el peligra de preparar un terrena propicia para los enemigas de la clase trabaja-dara; por esa un mal día, en lugar de la dictadura

 

del praletariada, padremas encantrarnas con la del militarisma al cuella.

 

 

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Una defensa       anárquica  de la revolución

 

Que sea posible una defensa anárquica de la revolu-ción, aun militarmente, bien que a nosotros mismos nos parezca dificil, no es sin embargo una posibili-dad que debe ser excluída del todo, cuando aun hasta una revista completamente favorable a la dictadura proletaria nos hablaba en 1919 de la resistencia opues-ta a Denikin en Ukrania por el general anarquista Mackno, una de las personalidades más notables del país (según se expresaba el susodicho periódico) y que ejerce sobre las masas una enorme influencia.

 

"Anarquista militante, enemigo de toda dictadura centralizadora, aun en materia militar, se comprende que suscite la animosidad de Trotzky, que no quería colaborar con los voluntarios. El es, sin embargo, un espíritu ardoroso y sincero; hombre por lo demás com-pletamente devoto al régimen de los Soviets, pero ba-sado en una descentralización regionalista. La revo-lución le deberá mucho; tal vez por su esfuerzo toda

 

la Ukrania llegue a ser sovietista en la próxima pri-n1avera". (t

 

Mackno dirigió un tiempo las bandas insurrectas contra la política agraria del partido comunista, ins-pirada en ún programa inadecuado a las condiciones del país; así al no ser éstas tenidas en cuenta por los bolchevi<;!ues, determinaron la enemistad de una gran parte de la población. Esto confirmaría cuanto hemos dicho más arriba, aun en lo referente a la cuestión de las relaciones entre los revolucionarios de la industria

 

urbana y las masas compesinas. Pero las mismas ban-das que ayer, porque eran anti-bolcheviques, fueron consideradas antirrevolucionarias, se convirtieron des-pués en la más formidable amenaza a las espaldas de

 

* L'O'rdineNuovo,  N9 29, Turin,  13-XI'I-1919.

 

 

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los generales reaccionarios Denikin y Wrangel; y en realidad favorecieron las mismas operaciones mili-tares del ejército rojo comunista.

 

De cualquier modo, nosotros comprendemos que, después de la revolución, podría instaurarse en el territorio de ésta un régimen no anarquista y que aun, al menos por ahora, ésta sea la eventualidad más posible y más probable. Lo que puede ocurrir, sea porque la mayoría de los trabajadores que parti-cipan en el movimiento parezcan más bien propen-sos a un régimen socialista o republicano, mientras que los proletarios anarquistas constituyen todavía una minoría; sea por la influencia de factores diver-sos y externos, entre los cuales hay que enumerar la eventualidad arriba examinada de ataques militares de parte de los Estados burgueses extranjeros. Noso-tros podemos desear que la revolución tome una determinada orientación; la revolución, por la fuerza de los acontecimientos, por circunstancias imprevis-tas, por voluntad de las masas, etc., puede luego to-mar una dirección contraria, considerada por nosotros como menos provechosa.

 

 

 

Defender   la  revolución:

 

un  deber supremo

 

Pero en tal caso, ¿debemos nosotros los anarquista s ponemos contra la revolución o retirarnos desdeñosos al Monte Sagrado, encerramos en la torre de marfil de nuestra intransigencia, rehusando nuestras fuerzas a la defensa de la revolución, sólo porque ésta no mar-cha completamente de acuerdo con nuestros deseos? ¡Ni en sueños! Podemos y debemos rehusamos a con-

 

 

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tribuir a los errores ajenos, pero nuestro deber de luchadores contra el Estado burgués, contra el capi-talismo y sus supervivencias, por la expropiación y la libertad, es un deber que subsiste y que debemos cumplir con tanta mayor energía cuanto más avanza-das e intransigentes son nuestras ideas. Permanece ín-tegro para los anarquistas el deber y el interés de defender la revolución, a pesar de su orientación estatal y a pesar de sus métodos, contra los enemigos de dentro y de fuera.

 

Estar ausentes, rehusar al supremo deber de la de-fensa de la revolución, significaría en realidad trai-cionarse a sí mismos, por cuanto en los resultados se tendría una revolución aÚn menos radical y menos libertaria. Al contrario, cualquier gobierno que surja de la revolución será tanto menos opresor y permitirá tanta mayor libertad cuanto más los libertarios, es decir los defensores de la libertad, hayan sido y si-gan siendo los esforzado s defensores de la revolución en todos los campos de la multiforme batalla. La revolución estará animada de tanto mayor espíritu igualitario, cuanto más existan en el país fuerzas de oposición, ultrarrevolucionarias y libertarias, que de~ fenderán aun en el interior el espíritu integral. de la revolución; cuanto más numerosos sean los núcleos, las asociaciones y las instituciones que reivindiquen la libertad de administrar por su propia cuenta los pro-pios intereses y de organizar con análoga libertad las propias relaciones con el resto de la sociedad.

 

Se objeta que esta oposición al poder futuro podría favorecer las tentativas contrarrevolucionarias del in-

 

terior y del exterior, debilitar la posición general y la defensa militar de la revolución. Decir esto signi-fica no comprender el carácter y el espíritu de la

 

 

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oposición antigubernamental y anárquica. Por otra parte la falta de una oposición al gobierno podría muy bien provocar una degeneración más grande en

 

él, hasta el punto de convertir al gobierno mismo en el centro de la tan temida contrarrevolución. Pero

 

aunque      esto  no  aconteciera       se  debe       comprender que

 

la oposición anarquista estaría siempre en una direc-ción aún más revolucionaria, es decir encaminada a

 

herir con toda la posible energía e intransigencia los restos del pasado y nunca a favorecerlos; por lo de-más, aun estando en la oposición, ella no por eso de-jaría de dar su concurso más activo -antes bien éste

 

sería siempre seguro e infaltable- para combatir en el terreno de la acción, de acuerdo con las demás

 

fuerzas revolucionarias de otro género, cualquier ten-tativa reaccionaria y burguesa de fuera o de dentro.

 

Se suele decir entre nosotros, desde los tiempos de Bakunin, que la revolución será anárquica o no será; pero hay quien entiende erróneamente esta fórmu-la, como si dijéramos: o la revolución tendrá una orientación anárquica y se encaminará hacia la anar-quía o, en caso contrario, no queremos saber nada de ella. No es esto. Bakunin quería hacer comprender que, para tener éxito, la revolución necesita que se desaten todas las fuerzas latentes en el pueblo, sin frenos ni coerciones, en todas partes y en todos los sentidos, y de hecho, así es de prever que ocurra en el primer momento insurrecccional. Si se perdiera de-masiado tiempo ordenando, supervisando, etc., si en todas partes se esperaran órdenes de los jefes o de un centro, es casi seguro que la reacción nos ganaría

 

el terreno. El triunfo de la revolución será más seguro si la iniciativa revolucionaria se desarrolla voluntaria

 

en  todas   partes del  territorio,       ataca directamente        los

 

 

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organismos autoritarios y, una vez abatidos, pasa a la expropiación.

 

Concurrirán en la revolución, y podrán ser también muy útiles, las fuerzas organizadas, ordenadas, mo-vidas por éste o aquél centro, guiadas por je-fes, etc. Pero estas fuerzas solas serían insuficientes y llegarían siempre demasiado tarde si la primera ac-ción anarquista, más o menos indisciplinada formal-mente, pero unánime por una disciplina interior más sólida (puesto que estará formada de una unidad de tendencias) no hubiera vencido las primeras resisten-cias, desembarazado el terreno de operaciones e im-pedido a las fuerzas enemigas -con el asalto imprevis-to y en todos los puntos- el poder reunirse, concer-tarse y coligarse. Aun en este sentido, pues, la ac-ción anarquista (entendida no solamente en el signi-ficado de partido, sino en modo más general) tiene una función imprescindible que, si renunciáramos a ella para incorporamos en una especie de ejército con

 

sus cuadros esperando órdenes ¿e jefes o de centros, tal vez "l;enunciaríamos la victoria.

 

La revolución, por lo tanto, aunque no sea anarquista en el sentido que quisiéramos, no dejará de ser una revolución y no nos impedirá tomar parte en ella; por más o menos anárquica que sea, más o menos autoritaria, lo cierto es que cuanto más anárquica sea

 

la revolución tanto más completa será y mayores pro-babilidades tendrá al vencer. La misión de los anar-

 

quistas, pues, estriba en imprimir a la revolución la dirección más anárquica posible.

 

 

 

 

 

 

 

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Una  firme orientación libertaria

 

Si de la revolución no surgiera la anarquía es previ-sible que daría lugar a la instauración de una repú-blica socialista; pero la forma de política importará poco y mucho más en cambio la sustancia que con-tenga. Ahora bien, de la revolución surgirá una forma de gobierno tanto más débil y por consiguiente tanto menos opresora cuanto más avanzada y radical haya sido la revolución misma y cuanto más hayamos no-sotros participado en ella, aportando nuestro ardiente espíritu de libertad, destruyendo todas las posibles supervivencias autoritarias y realizando en el mayor grado las organizaciones autónomas para la vida co-

 

lectiva. Aun en el seno de un régimen no anarquista, nosotros deberemos tentar la realización de tanta

 

anarquía    como lo  permitan nuestras      fuerzas.

 

Esta será la acción precisa de los anarquista s para la defensa de la revolución. ¡De este deber y de su importancia no se dan cuenta aquellos a quienes basta la hipótesis de quede la revolución no puede surgir. la anarquía. para deducir que debiéramos ... provisoria-mente renunciar a ella y hacemos, también nosotros, partidarios del gobierno que se constituya y hasta quizás entrar a formar parte de él!

 

be    la revolución        podría también     salir una      repúblic~

burguesa y tal eventualidad no n()s impediría parti-cipar igualmente en la revolución con nuestro propio

 

programa, ¿pero debiéramos aun en este caso hacer~ nos partidarios y coopera.dores del nuevo régimen? Todos comprenden que no es posible. Y bien, en la misma situación nos encontraremos siempre, como opositores desde fuera, mientras de la revolución no surja un régimen anarquista.

 

 

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Por lo demás no es del todo imposible que la re-volución pueda ocurrir en un sentido libertario, ya que tenemos en número suficiente, partidarios con-vencidos y dispuestos a darle tal orientación. Hoy, en el período de la propaganda y de la preparación re-volucionaria, tal propaganda y preparación no puede por nuestra parte tener otra orientación que la anar-quista, para que aumente siempre más el número de los convencidos y se difunda ampliamente entre las masas el espíritu libertario y para lograr al mismo tiempo que, al estallar, pueda la revolución desarro-

 

llarse en el sentido deseado por nosotros, por com-pleto o lo más posible. Y esto ocurrirá en una medida

 

tanto mayor cuanto más propaganda y preparación anarquista hayamos hecho. Si al contrario, comenzá-

 

ramos desde hoy, como quisieran ciertos socialistas amigos nuestros, a sostener que para el triunfo de la revolución es necesario un gobierno, o más bien uoa dictadura, contribuiríamos a crear o a aumentar ar-tíficialmente tal necesidad, en lugar de eliminarla; y difundiríamos así entre las masas un espiritu contra-rio a nuestras ideas y a los intereses de la revolución.

 

Debemos pues propagar hoy, lo más posible, ideas y sentimientos que puedan dar un espíritu y una

 

orientación anárquica a la revolución; y en tiempo de revolución deberemos reivindicar el derecho de

 

aplicar tal orientación, aun como minoda. Será esta la mejor defensa que podremos hacer de la revolución.

 

NuestI:as ideas, las concepciones que tenemos de la organización social futura, nuestro criterio sobre el desarrollo de la revolución nos imponen pues una determinada línea de conducta aun en la muy pro-bable eventualidad del establecimiento, en el período revolucionario, de un nuevo gobierno, ya sea más

 

 

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liberal, con una forma de república social de tipo fe-deralista, ya sea más autoritario y centralizado, como lo auspician los partidarios de la dicta{lura proletaria y como toda dictadura es por propia naturaleza.

 

Esta línea de conducta -que debe ser al mismo tiempo revolucionaria y anarquista- surge implícita-mente de todo cuanto hemos dicho hasta aquí; y ex-plícitamente, en gran parte, ha sido expuesta por

 

nosotros cuando hemos admitido la hipótesis de la necesidad de una defensa militar de la revolución

 

y por consiguiente de alguna forma de autoridad y de un mínimoinevitable de instituciones gubernamen-tales. Si ha de ocurrir o no, en todo o en parte, tal hipótesis, no es cuestión para ser discutida aquí. No-sotros preferimos que no ocurra y en evitarla debemos trabajar todos, pero la cuestión es otra. Es decir, ad-mitiendo que ese estado de cosas se realice, centra nuestros deseos y nuestros esfuerzos, por prevalencia de opuestos pareceres, por circunstancias imprevistas o por fuerza mayor de los acontecimientos; entonces, en relación a nuestras ideas, es decir para alcanzar más solícitamente su realización, en el interés práo-tico de la revolución misma, ¿qué actitud podrán

 

adoptar más útilmente los anarquistas en especial y las fuerzas más concientemente revolucionarias del

 

proletariado en general?

 

Es esto precisamente lo que trataremos de ver en el siguiente capítulo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PAPEL     DE    LOS  ANARQUISTAS

 

EN  LOS  PERIODOS DE TRANSICION

 

 

 

 

El movimiento proletario y subversivo está dividido hoy en fracciones y corrientes más o menos hostiles entre sí que, sin embargo, tienen un mínimo de obje-tivos comunes a realizar, en especial de demoli-ción, y que por otra parte no podrán realizar sin

 

unirse de hecho, aunque sólo sea transitoriamente, en el momento de la acción.

 

Los anarquistas, los socialistas y las uniones profe-sionales de una u otra orientación tienden juntamente

 

a derribar las instituciones políticas y económicas actuales.

 

Queriendo encuadrar todo el movimiento y toda la revolución bajo su autoridad y su Única dirección, aceptan (los marxistas) toda colaboración extraña que los ayude, pero sin reconocer a ésta ninguna libertad de iniciativa; y de aquí deriva un perpetuo obstáculo para una verdadera concordia que de otro modo se-ría posible. De tal manera ellos se extralimitan de su función específica, que impide a los anarquistas des-arrollar la propia. Pero en cambio nuestra función no nos impediría absolutamente cooperar con los socia-listas, siempre que éstos estuvieran animados de un mayor espíritu de tolerancia y de comprensión para

 

 

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todas aquellas cosas en que armonizamos y para to-dos aquellos fines que tenemos en común.

 

Siempre que los socialistas empeñan. una lucha aun parcial, contra el capitalismo y contra el gobierno, por mejoras inmediatas, por una disminución de la explotación y de la opresión, por un aumento del bien-estar y de la libertad, están seguros de la solidaridad de los anarquista s en el terreno de la acción directa popular y proletaria. Tanto más nos solidarizaremos,

 

a su lado y a la vanguardia, cuanto más lleguemos al terreno de la lucha en un conflicto definitivo con-

 

tra   el  capitalismo      y  el  Estado.

 

 

El  periodo  revolucionario    no  será       breve

 

La   disidencia   se      manifiesta   allí  donde   comienza    la

 

función específica de los anarquista s como revolucio-narios y como enemigos de la autoridad.

 

Aun estando presentes en todas partes donde hay lucha, por pequeños o grandes fines, contra el privi-legio económico o político, los anarquistas no callan que todo mejoramiento obtenido mientras dura la opresión capitalista y estatal, es ilusorio o de breve duración. Después de la guerra esto resulta aún más verdadero. Por otra parte, si su solidaridad es plena y entusiasta cuando se trata de la acción del pueblo que sale a la calle, del proletariado que se organiza y hace huelgas parciales o generales, que toma por campo de lucha la fábrica y el taller, que resiste o ataca al capitalismo directamente en su mismo te-

 

rreno, k" anarquistas se vuelven neta mente hostiles a toda tentativa de transformar el estado de lucha en

 

acomodamientos con    el       enemigo,     en      colaboraciones

 

 

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de clase, en participaciones en las funciones directi-vas del capitalismo y representativas del Estado burgués.

 

Está allí la razón por la cual los anarquistas son y permanecen adversarios de la política electoral y parlamentaria del reformismo legalista y colabora-cionista, de toda relación que no sea de enemistad y de contienda reñida contra los patrones y contra -el gobierno. La función, el deber de los anarquistas, en el movimiento social actual, consiste precisamente, como revolucionarios que son, en esto: en mantener abierto el surco y vivo el estado de lucha entre pro-letariado y capitalismo, entre pueblo y gobierno; como enemigos de todo poder, en tener despierto el espíritu de revuelta contra toda autoridad coercitiva y legal, en combatir aún en medio del movimiento proletario, las tendencias autoritarias, centralizadoras y dictato-riales de individuos, de grupos o de partidos. Así los anarquistas dan al problema del Estado en la prác-tica, en la acción inmediata, día por día, la misma solución negativa que en la teoría, ya sea trabajando en la disgregación y destrucción del Estado actual (aun conjuntamente con otras fuerzas que cooperen con fines diversos), ya sea obstaculizando desde ahora

 

la formación o la consolidación de un Estado o go-bierno futuro. La lucha contra el Estado es la fun-

 

ción principal que, sin excluir las otras funciones, caracteriza al anarquismo frente a todos los demás partidos.

 

Cuanto      más  desarrollen   los anarquista s esta  función

 

. propia tanto más se acercará la revolución y se desa-rrollará en el sentido de una mayor justicia y de una más amplia libertad.

 

Pero  para ejercer         tal  función revolucionaria      y liber-

 

 

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taria los anarquistas tienen necesidad de permanecer lo más posible siendo ellos mismos, es decir no dejarse absorber por los partidos o mo.vimientos que eventualmente se encuentren próximos y con los cua-les tienen ocasión de luchar alguna batalla comÚn, sean socialistas, sindicalistas o republicanos. También la influencia que nosotros pudiéramos ejercer sobre esos partidos y movimientos distintos del nuestro será tanto mayor y más eficaz si proviene de fuera, abierta

 

y explícitamente, que si procede engañosa y disimu-lada desde dentro.

 

Es fácil comprender que el resultado de actitud tan intransigente sea impedir a los anarquista s obte-ner ciertos resultados, apoyar a la clase obrera en circunstanci'as determinadas en que -por no tener los obreros suficiente voluntad de sacrificio para Ile-gal' directamente al fin, o por figurárseles tal sacrifi-cio desproporcionado para la pequeñez del mismo fin- es imposible tener un éxito sin pactar con el enemigo, sin compromisos con el capitalismo y el Es-tado, sin recurrir a las leyes, sin servirse del concurso de los poli tic astros.

 

En este caso los anarquista s, si son verdaderamente tales, tienen el valor de no preocuparse por el éxito y de decir a los compañeros trabajadores: "Renun-ciad a un resultado que os cuesta en dignidad y en renuncia al porvenir más de lo que obtendréis, y tra-bajad en fortificaros para estar en condiciones de ob-tener mucho más con vuestra acción directa; pero si nuestro consejo no os persuade, no esperéis de no-sotros el concurso de un acto que no aprobamos, que no entra en nuestra misión, y volveos a otra parte en busca de ayuda".

 

Este lenguaje      y  esta         actitud        no     son  adecuados,    es

 

 

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cierto, para granjeamos en tiempos ordinarios, la aten-ción de las grandes masas. Pero así preparamos el terreno para los tiempos extraordinarios. Es decir, for-mamos la minoría revolucionaria cuya misión es dar los primeros golpes de pico en las puertas cerradas del porvenir. Entonces los anarquistas no estarán ya solos, y las minorías se convertirán en mayorías. Pero esto sucederá a condición de que tales minorías nO abdiquen hoy en su específica misión negadora, in-transigente, "futurista", demasiado seducidas por el deseo de acrecentar las propias filas más allá de lo posible y de bastarse para todas las necesidades que se presenten en cada circunstancia.

 

Los anarquistas, partido de minoría, no serían bas-tantes para todas las funciones del movimiento social y obrero. Sin preocuparse de una cosecha prematú~ ra, dejando a los demás todos los aparentes éxitos in-mediatos, dejan atrás también las funciones de tran-sigencia, de sumisión o de autoritarismo, que la baja mentalidad de las grandes masas crea y alimenta. Se mueven libres e independientes en el seno de la masa, en contacto con ella, partícipes de sus sacrificios y de sus agitaciones, pero no de sus debilidades, de sus transacciones y de sus renunciamientos.

 

Este es, entiéndase, el programa ideal del anarquis-mo, lo cual no excluye que, personalmente, por des-

 

gracia, también los anarquistas transijan, renuncien y se muestren débiles. Nosotros hablamos de la direc-

 

ción general anárquica, que debe estar en concordan-cia con las ideas que la animan. En la realidad pue-de incurrir en faltas y errores, como ocurre con los demás partidos. Pero lo que la distingue de éstos es el reconocimiento de los propios errores, inevitables siempre en el que se agita y obra, y su esfuerzo con-

 

 

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[inuo por evitados y corregidos, para realizar en el mayor grado posible su función específica de ser el puñado de levadura del que habla la parábola bíblica.

 

Fermento de libertad y de revuelta, además de divulgador de ideas, el anarquismo tiene como tal, y en consonancia eon su programa, un terreno tan vasto por cultivar, que no le queda tiempo ni modo de invadir el campo de las actividades ajenas, para lo cual es por otra parte poco apto. Si lograra hacer culminar, cosa nada fácil, su misión específica, ha-

 

brá aportado el máximo y mejor tributo a la revolu-ción o a la reedificación de la futura "ciudad del

 

buen acuerdo" de la que nos hablaba Beclus, en la cual los hombres vivirán según justicia, libres e iguales.

 

La tarea y la función de los anarquistas, antes y durante la revolución, tiene un fin determinado, un

 

determinado campo de acción y no pueden pretender abarcar todas las necesidades, resolver todas las cues-

 

tiones que se van presentando hasta el día que sea posible instaurar un régimen comunista anárquico.

 

Es verdad además -y sólo los adversarios de mala fe pueden imputarnos una opuesta creencia infantil-que es muy poco probable un salto desde el actual estado de cosas a otro perfectamente de acuerdo con nuestras ideas y nuestros programas. Una revolución es necesaria, ante todo para que cambie el ambiente y transforme, como en un crisol, la conciencia de las mayorías; y tal vez no baste una revolución sola. El período revolucionario no será breve, ni bastarán para superado las insurrecciones del primer momento. Du-rante este período se experimentarán regímenes di-versos, más o menos imperfectos, más o menos auto-

 

 

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ritarios, más o menos mancillados de violencia, de injusticia y de desigualdad.

 

¡Nada más probable y más natural! La humanidad prosigue su camino a través de caídas y de errores; y aun las caídas y los errores cumplen una función útil, ya que sin ellos, sin las lecciones de los dolores que producen, los hombres no saben acercarse a la ver-

 

dad. Puede ocurrir por lo tanto, que la revolución noS brinde resultados con los cuales nosotros los anar-

 

quistas no estaremos conformes: una repúbliea más o menos socialista, una dictadura más o menos tirá-

 

nica, nuevos gobiernos y nuevas explotaciones, pri-vilegios o injusticias de otro género, etc., y que todo esto asuma un carácter de necesidad por nuestra dec bilidad y por la inconciencia de las masas, porque en medio o fuera de nosotros las fuerzas enemigas son todavía muchas, porque los ciegos egoísmos y las supersticiones impiden la armonía de las voluntades y de los intereses, porque en una palabra; faltan to-davía las condiciones reales necesarias para el cum-plimiento de nuestros anhelos.

 

 

 

Sobre        una  confusión      oportunista

 

y bien, existen aquellos que, en vista de estas difi-cultades, se desconocen a sí mismos y a los propios fines político-sociales para ajustarse desde ahora a las dificultades que entrevén, para transigir con el error y con la tiranía. Puesto que prevén un estado de co-sas imperfecto lo aceptan sin más, en la noble im-paciencia de salir del estado actual más imperfecto todavía; ven el error y el daño futuro, y desde que lo consideran inevitable se convierten en sus partida-

 

 

 

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rios. Renuncian así al fin último del socialismo libre, del anarquismo comunista, para correr en pos de tran-sacciones que les parecen necesarias.: la república social, la constituyente, la dictadura proletaria, el so-cialismo marxista, acomodándose de tal modo en el hecho, sino en las palabras, a los otros partidos, sir-viendo a otros fines y a otros intereses, relegando para otros tiempos lo mejor que tienen en la mente.

 

"¿Debemos pues sacrificar el bien próximo a algo mejor lejano y correr el riesgo de hacer así el juego a los enemigos del proletariado y de la libertad?" -se preguntan ellos. Y agregan el eterno argumento, justo en sí, pero que los oportunistas han tergiversado hasta la falsificación: Es preciso ser prácticos.

 

Ahora bien, la cuestión es verdaderamente ésta: ¿es más práctico adaptarse al mal, aunque sea inevitable, al error aunque sea transitoriamente impuesto por las circunstancias, hasta el punto de hacerse sus partida-rios, o por el contrario resistir al error y al mallo más

 

posible, mostrándolos en su verdadera luz y proyec-tando continuamente sobre los hechos las soluciones

 

que creemos mejores? Nosotros pensamos que es mu-cho más práctico el segundo método que el primero. Así y todo, las previsiones sobre la dirección que to-marán los acontecimientos, las nuestras como las aje-nas, podrían estar equivocadas y luego desmentidas por los acontecimientos mismos. Elegir un camino que parece erróneo, sobre la base de previsiones para el futuro, podría conducimos a algún desastre del cual seríamos responsables precisamente porque conocía-mos de antemano el error que aceptábamos.

 

Pero, aparte de esto y aun si las previsiones men-cionadas se confirmaran, es un hecho innegable que

 

un  mal      cualquiera   o un   error  inevitable    serán verda-

 

 

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deramente transitorios y cesarán cuanto antes, si llega a haber quienes se resistan a ellos, quienes mantengan viva la conciencia del mal y del error, de los perjui-cios que pueden surgir, de las necesidades de libe~ rarse y de acabar con ellos lo más pronto posible. Si al contrario todos se adaptan a esa situación y, aÚn antes que las circunstancias lo impongan por fuerza, se va creando ya entre el pueblo un estado de ánimo favorable al error, y entre tanto aquellos que conocen el mejor camino de la verdad y de la justicia renuncian anticipadamente a él por temor a lo peor; el mal y el error echarán entonces raíces más profundas, tendrán por consiguiente medios aptos para consolidarse y el día que se quiera abatirIos se-rán necesarios esfuerzos y sacrificios increíblemente más penosos y más duros.

 

Todo esto no significa que se deba sacrificar, en homenaje a algo mejor lejano, aquel poco de bienes-tar que se puede obtener inmediatamente; no quiere

 

decir esto que la búsqueda de una mayor libertad y una superior justicia deba asumir formas y mani-festaciones que en la realidad lleguen a ser útiles a la reacción y puedan ser explotadas por los enemigos de la emancipación obrera.

 

Si en previsión de que el punto de llegada más probable de la revolución sea una república más o menos dictatorial o socialista, renunciáramos desde ahora a nuestra función de anarquistas y nos adhi-riéramos al movimiento y a la propaganda parIamen-tarista o socialista dictatorial, mientras no llegáramos a ser en tal caso más que un inútil duplicado de otros partidos, nos cerraríamos de hecho el propio camino a recorrer, cesaríamos de ser una fuerza indepen-diente y seríamos absorbidos por los partidos de go-

 

 

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biemo de mañana. Los anarquistas abdicarían, en una palabra, de sus funciones de defensores de la libertad y de propulsores de la revolución.

 

Para que los anarquistas puedan ejercer tales fun-ciones de propulsores es necesario que queden fuera "empujando el carro", según una expresión que Maz-zini usaba para sus partidarios.

 

Así pues, jamás podrán asumir las responsabilida-des del gobierno, por revolucionario que éste sea o se diga; jamás se atarán las manos, hasta el punto de poder ser obligados a obrar contra las propias convicciones o a no obrar libremente según las más distintas e imprevistas necesidades del momento re-volucionario. Cuando hablamos de rechazar responsa-bilidades nos referimos siempre a las que pueden alejamos del pueblo, hacemos perder el contacto con él, disminuir las simpatías; aquellas que puedan reti-ramos de los puestos de vanguardia hacia los de retaguardia; no las responsabilidades, se entiende, inherentes al hecho insurreccional y revolucionario frente a la burguesía. Debemos reafirmar que somos un partido del porvenir y no comprometer ese porve-nir con renuncias de hecho que nos aten demasiado

 

al presente y sean un obstáculo para proceder más allá.

 

 

 

los   soviets        o consejos   obreros

 

Frente a la dictadura proletaria, al gobierno revolu-cionario, nuestro puesto está pues en la oposición: una

 

oposición intransigente en los principios y en la rea-lidad más o menos benévola, más o menos activa, CO!}

 

mayores    o  menores  treguas,      según lo  que        el       gobier-

 

 

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no sea o haga y según las necesidades impelentes de la lucha contra las fuerzas burguesas o reaccionarias, supervivientes en el interior o procedentes del exterior.

 

Ciertamente la oposición frente a un gobierno o dic-tadura obrera, socialista y revolucionaria, por contra-ria que ésta pueda ser a nuestra convicciones, no po-dría tener el mismo carácter que la oposición actual, verdadera hostilidad de enemigos, al gobierno y a la dictadura burguesa. Por lo menos, no asumiría tal as-pecto sino cuando el llamado gobierno obrero llevara al extremo sus provocaciones liberticidas y se convir-tiera realmente en un peligro para la revolución de igual gravedad quc el de la reacción burguesa.

 

El norte de los anarquistas en su acción será sobre todo el interés de la revolución. Para todo aquello que los socialistas en el poder hagan de bueno, habrá siempre el concurso, libre y voluntario pero eficaz, de todos los revolucionarios sinceros, comprendidos los anarquistas, tanto en lo que se refiere a la lucha con-tra la burguesía, como al trabajo de reconstrucción y

 

de defensa del pueblo contra las necesidades y con-tra el hambre.

 

"Nosotros estaremos con los socialistas (decía un periódico anarquista) mientras se encuentren en la oposición; en contra de ellos desde el momento mis-mo que asuman el poder, uniéndo8e solamente a ellos en la lucha contra la reacción y en defensa de la re~ volución y ayudándoles o secundándolos en todo aquello de bueno y de socialista que hagan; comba-

 

tiéndolos honesta pero fieramente en lo que hagan de malo a fin de extraer todo el contenido social-liber-

tario' de     la  Revolución".

 

Para este fin creemos que, mucho más que las po-lémicas y las formas violentas e irritantes de lucha,

 

 

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mucho más que las palabras y las afirmaciones dog-máticas, favorecerán los hechos.

 

Los anarquistas, dondequiera se encuentren en nú-mero suficiente o tengan bastantes simpatizantes y masas dispuestas en su favor, aprovecharán la desa-paración de los organismos estatales y la consecuen-te mayor libertad para proceder desde el primer mo-mento a la expropiación, para destruir todo residuo de los regímenes autoritarios, para organizar la vida social sobre bases comunistas y libertarias, para crear todas las formas posibles de asociación libre a fin de satisfacer las necesidades de toda especie del pueblo trabajador, sin cuidarse de las órdenes contrarias que puedan venir de los nuevos gobiernos que han de sur-gir en las regiones más atrasadas. Y procederán a fe-derar entre sÍ, a medida que surjan, estas institucio-nes populares libres, a fin de constituir una fuerza, un baluarte de la libertad, no importa si en minoría, que tenga a raya al nuevo poder y asegure la necesa-ria autonomía a tales actividades prácticas de la ini-ciativa proletaria y libertaria.

 

El régimen de los soviets, en el sentido exacto de la palabra (y no como ha llegado a ocurrir en Rusia, la expresión de un gobierno dictatorial de partido que ha subyugado, domesticado y subordinado los soviets, impidiéndoles toda vida libre y toda oposición) nos parece que se acerca mucho a un tipo de organización social como el que nosotros deseamos o por lo menos que tenga ya un contenido libertario como para per-mitir una evolución hacia la anarquía, a través de las modificaciones y adaptaciones sucesivamente s1.1:-geridas por la experiencia y por la necesidad. Los so-viets repl'eSentM en realidad -decía bien el anarquis-ta italiano Luis Bertoni- el poder más amplio, más

 

 

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numeroso, di.recto y popular que se haya tenido hasta ahora en la historia, por cons,iguiente el menos ab~ soluto y ti.ránico, el menos dictatorial.

 

En estos organismos nuevos, surgidos de la acción directa del proletariado, en estas instituciones de la producción y distribución organizadas y administra-das por los mismos productores y consumidores, con-cebidas libres de toda superposición del poder poli-fieo, que llegue a predominar en los soviets y se colo-que por encima del movimiento a.utónomo de los trGt-hajadores (como decía Malatesta), los anarquistas po-drán desarrollar toda su acción precisamente para combatir, obstaculizar, limitar al menos, el pod('Jr ar-

 

bitrario de las dictaduras personales o de partido que eventualmente se crearan en el seno de la revolución.

 

En los soviets, los anarquista s y los revolucionarios en general, podrán desarrollar ampliamente su doble misión negativa y positiva: de defensa de la libertad

 

contra cualquier nuevo poder que se forme y de re-construcción social sobre bases comunistas. Los so-

 

viets, suficientes de por sÍ, junto a las otras organiza-ciones proletarias, para todas las necesidades de la vida de una sociedad sin Estado, representarán fren-te a cualquier gobierno que se quiera constituir, la resistencia popular, la libre iniciativa, el espíritu de indepedencia de las masas; serán los núcleos autó-nomos de los productores, federado s entre sí, desde las ciudades o aldeas a las provincias, a las regiones, a los más vastos territorios nacionales, hasta las uniones internacionales, según las funciones, los géneros de producción, los servicios públicos, las exigencias del consumo y todas las necesidades a que deban proveer.

 

Defender su autonomía de las exigencias y de las invasiones y explotaciones estatales será una función

 

 

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necesaria, eminentemente revolucionaria, además de anarquista, hasta que llegue el día en que tal auto1 nomía sea completa con la eliminación. absoluta de todo Estado o dictadura. Sólo entonces se podrá de-cir que la revolución social ha triunfado completa-mente y la emancipación del proletariado, y con él de la humanidad entera, ha sido verdaderamente al-canzada.

 

Es esta una misión relativamente limitada, no hay duda; pero para cumplida no tendremos nunca tan abundantes fuerzas como para permitimos el lujo de dedicarnos también a tareas que no nos corresponden.

 

Indudablemente, si faltaran las condiciones necesa-rias para el establecimiento de un régimen anarquista, surgiría un gobierno cualquiera, más o menos revolu-cionario, y por lo tanto sería preciso que algún gru-po o partido asumiera esta misión de gobernar.

 

Ya que hacemos tal comprobación, ¿deberemos no-sotros los anarquistas asumir esa tarea? ¡Nunca! Si el rebaño humano tiene todavía necesidad de pasto-res, que lo elija donde quiera entre los elementos más adaptables que nosotros. Nosotros, que no queremos pastores, no queremos tampoco serIo ni sabríamos ser-Io. Continuaremos estando por eso contra todos los pas-tores, en la medida que ellos mismos se lo merezcan, tanto más hostiles cuanto más propensos los veamos a emplear el bastón o las tijeras de esquilar. Y co-menzaremos mientras tanto nosotros mismos, desde el principio, por negamos a ser oprimidos, apaleados, esquilados.

 

 

 

 

 

 

 

lOS

 

 

"El partido revolucionario por excelencia debe ser anarquista"

 

Los  marxistas    dicen siempre      que    la       "dictadura" se-

rá pasajera, un estado imperfecto de transición, algo así como una dolorosa necesidad. Hemos demostrado

 

los errores y peligros que hay en esta creencia; pero dado y no concedido que la dictadura sea realmente necesaria, será siempre un error presentarla coma un fin ideal a conseguir" hacer de ella una bandera para ser colocada en el puesto de la bandera de la libertad. De todos modos se debe convenir que una de las condiciones indispensa.bles para que tal dicta-dura sea provisoria y pasajera en realidad, para que no se consolide y no preludie una estable y duradera tiranía futura, es decir para que pueda cesar cuanto antes, es que exista contra y fuera de ella una posi-ción alerta y enérgica entre los revolucionarios, una llama viva de libertad, un partido fuerte que le im-pida solidificar se y la combata de modo que logre destruida apenas haya perdido su razón de ser .. , ¡si es que la ha tenido alguna vez!

 

Función natural del anarquismo, <lue le pertene-ce por su misma esencia y por su tradición, será la de representar en la revolución esta oposición más revolucionaria aún, esta llama de libertad: el porve-nir, en una palabra. Aquellos que te.men de esto una ventaja para la reacción están en un grave error. ¡Triunfaría la contrarrevolución si la tendencia anar-quista faltara, eso sí! Y nunca ella será demasiado. El espíritu de revuelta del anarquismo, instintivo o con-

 

ciente, fue el alma de todas las revoluciones y tan!o más lo será de la revolución social. La cual no tendrá

 

nada que    temer y  todo        que    esperar        de      nuestro       celo-

 

 

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so amor a la libertad, de nuestra oposición razonada y esclarecida a todo poder oficial que se le sobrepon-ga, porque será siempre una oposiciól1 subordinada a los intereses superiores de la revolución misma.

 

Los anarquistas no olvidarán nunca que, hasta tan-to la revolución no haya vencido a sus enemigos, to-dos sus esfuerzos deberán ir dirigidos contra éstos; y por tanto defenderán la revolución, cualquiera que sea su orientación, de las insidias y de los asaltos de las fuerzas burguesas y reaccionarias, con una intran-sigencia y con un ardor superiores a todo partido.

 

Decía Juan Bovio que el partido revolucionario por excelencia debe ser anarquista. Y así será. La revolu-ción podrá ser hecha, lo repetimos por milésima vez, aún con una orientación no anarquista, pero será tan-to más completa cuando más anarquista sea; y se sal-vará de un retorno al pasado, de un salto atrás, es de-cir habrá triunfado del todo, sólo cuando haya dado a los hombres toda la libertad, haciendo imposible cualquier dominación y cualquier dictadura de cual-quier especie que sea y bajo cualquier nombre que se esconda. He ahí por qué, continuando el combate por la anarquía y no por la dictadura, sosteniendo que la práctica libertaria de la revolución es más útil pa-ra su buen éxito que toda práctica autoritaria, esta-mos seguros no sólo de seguir siendo coheren-tes con nuestro ideal, sino también de estar y de per-manecer más que los otros grupos y partidos en el terreno de la realidad; es decir de ser los mejores ar-tífices prácticos del triunfo de la revolución.

 

Si en esta fuerte y profunda convicción los anar-quistas llegan a ver sus esfuerzos coronados por el

 

éxito en la revolución que se aproxima, ninguna uti-lidad recabarán ni como individuos ni como colecti-

 

 

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vidad militante, excepto la que obtengan en co.mún con los demás hombres, hechos más libres, en una

 

sociedad   más  rica,  más  fraternal y        más  justa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El ANARQUISMO MILITANTE Y LA REVOLUCION

 

DE  NUESTRO TIEMPO

 

 

 

 

Todos los partidos políticos salidos de las revolu-ciones democráticas, desde el siglo XVIII hasta hoy, han prometido y prometen, la libertad; pero todos los experimentos democráticos han demostrado, inclu-so a los más sinceros, su impotencia y su insuficienCia, y han culminado al fin en la reacción y la tiranía, -sea que los mismos hombres de la democracia se hayan transformado en reaccionarios y tiranos, sea que la ineptitud de su régimen les haya hecho dejar el puesto a las fuerzas enemigas de la libertad.

 

Dos causas hicieron inocuos los experimentos más ra-dicales y avanzados de la democracia liberal: la eco-nomía capitalista que hace esclavos de los pocos po-seedores a la gran masa de los trabajadores que na-da tienen, a pesar de las constituciones más libres en las palabras; y la política estatal que confía la cus-todia de la libertad de los ciudadanos precisamente a los entes, a los gobiernos, cuya función es limitar El impedir la libertad. Con la espantosa guerra de 1914-18 y sus consecuencias reaccionarias, todos los experi-mentos democráticos, desde los más moderados a los más avanzados, acabaron en la bancarrota.

 

He ahi  por  qué  ha      llegado        la hora        de  los anarquis-

 

 

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tas, que desde hace más de cincuenta años han intuí-do y demostrado que la libertad no se obtiene más que con la libertad, por el camino qe la libertad, con medios de la libertad. Después que los hechos han dado su razón negativamente, es decir, con el fracaso de los métodos opuestos a los suyos, ha llegado para nosotros el momento de tener razón positivamente, poniendo en acción los métodos que creemos mejores y los únicos eficaces.

 

 

 

La concepción    anarquista

 

Los anarquistas constituyen el único partido políti-co-social, y el primero en la historia, que tiene un programa integral, completo y coherente de libertad. La anarquía es en el verdadero sentido de la pala-bra, el ideal de la libertad.

 

El programa anarquista se diferencia de los progra-mas de todos los otros partidos, sobre todo porque no es un programa de gobierno, es decir, no espera su realización de la conquista del poder político; nin-gún gobierno podría realizado "por la contradicción que no lo consiente". Los anarquista s no dicen al proletariado, al pueblo: "Dadnos en la mano el ti-món del Estado y os daremos la libertad". Al contra-

 

rio, ellos dicen: "Ningún poder gubernativo podrá ja-más libertaras, ni aunque lo ocupásemos nosotros mismos; la libertad la tendréis solamente cuando la

 

conquistéis vosotros mismos, con vuestro esfuerzo cons-ciente y racional, sin esperada de lo alto; y una vez conquistada, la conservaréis sólo si sabéis organizar sobre bases libres e igualitarias vuestra vida social, impidiendo que entre vosotros se constituya un poder

 

 

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coercitivo cualquiera, y defendiendo vosotros mismos, con vuestras fuerzas directas, la libertad conquistada,

 

contra quien la asedie desde dentro o la asalte desde fuera".

 

La libertad, que es fundamento, punto de partida y de llegada, y simultáneamente método de combate, del programa anarquista, es la única digna de tal nom-bre, pues es reivindicada como derecho individual y colectivo, y afirmada como deber de la conducta en todos los campos de la actividad humana.

 

El anarquismo reivindica la libertad del hombre -de todos los hombres- como individuo y como miem-bro de la sociedad, contra todas las coerciones politi-caso Propicia, por tanto, la eliminación de todas las instituciones estatales o gubernativas que tienen ca-rácter y función autoritarios y de dominio, y la trans-formación de las otras en libres organizaciones de las relaciones sociales. A la organización cerrada, guber-nativa y estatal de esas relaciones deberá suceder la organización voluntaria, por mutuo acuerdo, siempre rescindible, basada en convenios recíprocos y en la ayuda mutua. La libertad de cada uno será la garan-tía de la libertad de todos; y cada cual será, en cam-bio, más libre en razón de la mayor libertad de que gocen todos los demás. En un ambiente tal cualquier veleidad autoritaria sería impotente, pues, por un lado, le faltaría el privilegio de la fuerza y del poder adqui-rido para imponerse a los otros, y hallaría además en la libertad de todos los restantes, puestos en las mis-mas condiciones de acción, la resistencia y el impe-dimento insuperables a su desarrollo.

 

La libertad en el campo moral y politico sería pala-bra vacía de sentido, por lo menos para la gran ma:-yoría de los hombres, si no fuese integrada o, mejor,

 

 

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,iAF,i no e,tuviera ba"da  en la má,  integral libertad  en

 

el plano económico. No, entiéndase bien, aquella "li-bertad económica" prestigiada por ciertos economistas burgueses, que entienden con eso la facultad ilimita-da de los capitalistas de explotar a los trabajadores y de hacerse la competencia en perjuicio de la pro-ducción y, por tanto, en perjuicio de todos los consu-midores: ésa usurpa el nombre de libertad, pues no es más que arbitrariedad y privilegio.

 

La libertad querida por los anarquista s en el te-rreno económico, es la libertad del hombre -de to-

 

dos los hombres- en su cualidad de trabajador y de productor y, por consiguiente, también de consumi-dor, contra las coerciones económicas del capitalismo y el monopolio de la propiedad: es decir, el fin de la tiranía sobre el asalariado, por el cual hoy la gran masa dc los trabajadores desposeídos es esclava de los pocos detentadorcs de la riqueza social, los pa-trones, que con el torniquete del hambre, la constri-ñen a permanecer bajo el yugo. La permanencia de los trabajadores, es decir de la gran mayoría de los hombres, en esa inicua e injusta condición de des-igualdad y de sujeción, es la que ha frustrado, so-bre todo, los esfuerzos heroicos de las revoluciones

 

del siglo pasado y ha hecho ineficientes e insuficien-tes todas las reivindicaciones de libertad. La libera-

 

ción del pueblo de las cadenas de la miseria es, por eso, condición indispensable de todas las otras liber-tades, y será la garantía primera y mejor, después de la revolución, contra la vuelta a los viejos regímenes autoritarios y estatales.

 

La socialización de la propiedad, es decir, la ri-queza social sustraída al privilegio y al monopolio .de pocos es convertida en patrimonio común de todos

 

 

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los trabajadores productores, administrada por los in-teresados mediante la libre y armónica organización de la producción y del consumo según las necesida-

 

des individuales y colectivas, es por eso la concepción de las relaciones entre los hombres en el terreno eco-

 

nómico más en armonía con las reivindicaciones li-bertarías del anarquismo.

 

Tal concepción ha sido sintetizada desde hace cer-ca de cincuenta años -·en los Últimos congresos de la primera Internacional- con la fórmula del "comunis-mo anárquico", pero ésta no se entiende como un lecho de Procusto, reservado a priori y por fuerza a todos los miembros de la sociedad, sino como resul-tado de la experimentación y cooperación libres de los interesados, en relación con las posibilidades, con-diciones y necesidades de los diversos momentos y del ambiente y, sobre todo, subordinado a la persuasión

 

y aceptación de todos los que deberán realizarlo y vivirlo en la nueva sociedad.

 

De la sociedad actual de injusticia, de explotación y de tiranía a la sociedad nueva más justa de la igual-dad y de la libertad no se irá, se nos objeta, de un salto por un golpe de varita mágica.

 

¡Evidentemente! La constitución anarquista de la sociedad será el resultado de una sucesión de progre-sos en sentido libertario, evoluciones ya lentas, ya rá-pidas, revoluciones más o menos violentas, derrotas y victorias parciales, incluso regresiones; y todo eso a través de vastos movimientos sociales y políticos, en los que participarán todos los pueblos, y no solamente el hecho del pequeño número de individuos que se proclaman anarquistas.

 

Pero sería una error ceer que todo este movimiento incesante de evolución y revolución entre los pueblos

 

 

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ocurre automáticamente, como por una fuerza natural inconsciente e independiente de la voluntad humana. Al contrario, todo lo que prevemos ocurrirá solo en la medida que haya hombres que lo quieran, más o menas claramente, más o menos completamente; y nosotros mismos lo prevemos justamente porque lo queremos, del mismo modo que el peregrino prevé la meta a que

 

llegará justamente porque la quiere alcanzar y marcha hacia ella.

 

 

La  poutica de  los anarquistas

 

Nosotros no negamos que en el vasto movimiento social, a través del cual la humanidad progresa reali-zándose a sí misma, obran muchas fuerzas, ciegamen-te, por impulsos contradictorios, bajo la influencia de instintos y necesidades momentáneas, de pasiones arro-lladoras, de acciones y reacciones que casi se diría me-cánicas, inconcientes o muy débilmente concientes. Pero es también verdad que esas fuerzas, a pesar de su enorme cantidad, por sí solas no producirían el progreso, y podrían significar también una regresión (y, en efecto, a veces la determinan). La inmensa re-serva de energías que hay en ellas se vuelve útil al progreso sólo en cuanto en medio de ellas hay tam-bién fuerzas concientes; y se vuelve tanto más útil y fecunda, cuando más los instintos e impulsos se transforman en voluntad conciente. De aquí la ne-cesidad de tal transformación, que es la tarea ince-sante de la propaganda, la misión de las minorías vo-luntarias, la misión de los movimientos de ideas.

 

La misión de la minoría anarquista, de su mo-vimiento y de su propaganda, es que se formen lo

 

 

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más numerosas posible las conciencias libertarias; que se determine cada vez más fuerte en las masas la necesidad de libertad; que la voluntad de libertad se vuelva cada vez más difundida y consciente de su objetivo y de sus caminos. Esta minoría no puede es-perar, ciertamente, que ha de convertirse en mayoría antes de la revolución (y tal vez de más de una re-volución), es decir, antes de que sean eliminados tan-tos obstáculos materiales, económicos y políticos, que impiden a las grandes masas una visión clara de su mismo interÓs de libpración; pero, cuando haya alcan-zado una fuerza suficiente, puede ser la vanguardia que abra con un acto de voluntad la puerta que cierra las vías del porvenir. Es ya desde ahora el fermento, el gránulo de levadura del que habla la Biblia; y más lo será en el seno de la revolución en la cual repre-sentará, lo repito, con más conciencia que todas las otras fuerzas, la voluntad de libertad.

 

Desde ahora, y para eso la política de los anarquis-tas -entendida la palabra "política" en el sentido de agitación y de acción revolucionaria contra las insti-tuciones políticas dominantes-, quiere ser una políti-ca de libertad en todos los campos, hasta en las más pequeñas manifestaciones de su movimiento. Donde quiera que se reivindique un derecho cualquiera, aun-que sea parcial, de libertad, -libertad de pensamien-to, de palabra, de prensa, de reunión, de asociación, de manifestación, de huelga, de experimentación so-cial, etc.,- allí hay un puesto de combate para los anarquistas, solidarios con todos los explotados y los oprimidos, con todos los rebeldes, contra toda manifes-tación política o económica de la autoridad y de la dominación del hombre sobre el hombre. Con mayor razón, por tanto, habrá un puesto de combate para

 

 

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los anarquistas, en toda revolución, por medio de la cual un pueblo o una clase subyugada se esfuerce por abatir una tiranía, por alcanzar un obje.tivo liberador.

 

 

Hacia  la revolución     de la libertad

 

Pero en las luchas parciales como en las generales, en las pequeñas y en las grandes, debidas a la pro-pia iniciativa o a iniciativas ajenas, en su movimiento de partido como en los movimientos más vastos, obre-ros y del pueblo, en los propios grupos y en las or-ganizaciones de propaganda y de acción como en las asociaciones proletarias más amplias y de clase, los anarquistas mantienen constantemente su conducta so-bre líneas directrices y bases de libertad.

 

Libertad, en primer lugar, del movimiento frente a todos los otros movimientos más o menos afines cola-

 

terales, en el sentido de su absoluta independencia y autonomía. No teniendo objetivos materiales propios, individuales o de partido que alcanzar (aparte de la emancipación de todos), el anarquista no sufre celos: aprueba y apoya toda reivindicación de libertad de cualquier parte que proceda; pero, no teniendo liga-men o vínculos políticos de interés con ningÚn parti-do, combate sin trabas a todos los partidos y mo-vimientos en la medida que representen obstáculos a los fines libertario s y revolucionarios.

 

La libertad es la guía y la norma de conducta del anarquismo en su desenvolvimiento interno. Este re-pudia el concepto de disciplina cerrada y coercitiva a la que desea ver sustituida por la disciplina moral y voluntaria, por el libre consentimiento recíproco. Re-pudia toda forma de organización centralizada, auto-

 

 

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ritaria, burocrática y jerárquica, y organiza en cambio, sus fuerzas sobre la base de la autonomía de los indivi~

 

duo s en los grupos y de los grupos en las asociacio-nes más vastas: sobre la base del libre acuerdo para la propaganda y para la lucha, coordinado y cada vez más amplio y extendido en el tiempo y en el es-pacio. Así, cuando los anarquistas participan en otros movimientos y organizaciones, en donde creen nece-saria y útil la propia intervención desde el punto de vista anarquista y revolucionario, si no logran impri-mides la propia orientación, combaten en ellos todos los defectos de autoritarismo que encuentran.

 

Este es el camino por el cual se va hacia la revo-lución de la libertad, -hacia una revolución que no repita el error (en parte inevitable, pero en parte debi-do también a la ceguera de los revolucionarios), de las revoluciones pasadas: es decir, de una revolución que en el acto de abatir una tiranía no eche, en el terre-

 

no fertilizado por la sangre de tantos mártires y hé-roes, la semilla funesta de una tiranía nueva.

 

¿Podrá ser libertaria, y por tanto integralmente li-beradora, la revolución que se anuncia y que tal vez la misma reacción estatal y capitalista está provocan-do hoy con sus horribles excesos? No lo sabemos; y hasta es lícito dudar de ello, porque la misma tira-nía, que puede provocar el estallido de la revuelta, no dejará de comunicar a la revolución un poco de su morbo autoritario. Eso no impedirá a los anarquis-tas saludar con alegría tal revolución, por imperfec~ ta que pueda ser, ni participar en ella con todas sus fuerzas y entusiasmo; así como no ha impedido has-ta aquí, y no impedirá nunca, prepararse y hacer to-do lo que puedan por apresurar su advenimiento.

 

Pero la  preparación      revolucionaria      de  los anarquis-

 

 

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tas, hoy, como su preparación en la revolución, ma-ñana, no tiene ni puede tener un carácter pasivo, de aquiescencia a los efectos autoritarios que prevén en ella desde ahora. Desde ahora, al contrario, oponen su "concepción libertaria de la revolución" a la con-cepción autoritaria de todos los otros reformadores y revolucionarios, sea a la democrática que, entre otros, sostienen los socialistas legalistas, sea a la despóti-ca de los comunistas estatales y de los dictatoriales. Cuando los anarquistas hablan, pues, de preparación revolucionaria, no entienden solamente la preparación material de la caída de las tiranías existentes, sino la preparación también para ejercer en la revolución toda su influencia con la propaganda y el ejemplo, a fin de que resulte lo más libertaria posible aun en el caso, hoy previsible, de que su orientación general no sea del todo en el sentido por ellos querido.

 

Es preciso que la revolución encuentre en el pue-blo, lo más difundidos posible, la necesidad y el sen-timiento de la libertad, para que constituyan un di-que a las tendencias naturalmente despóticas de los

 

eventuales nuevos gobiernos que se formen; y éstos deben hallar en las minorías conscientemente liber-

 

tarias una fuerza de oposición moral y material orga-nizada que, sin servir al juego de las viejas reacciones en acecho, impida su consolidación y salve la revo-lución de la detención y de la muerte a que la lle-varía todo poder estatal, aun surgido de su seno y desempeñado en su nombre.

 

Mientras la libertad no sea completa para todos, la revolución no habrá terminado o, si hubiere termina-

 

do, dejaría en herencia la necesidad de una nueva revolución. Y la bandera de la revolución de los ven-

 

cedores     del  momento,      enseñoreados        del     gobierno,    <:le-

 

 

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berá pasar a las manos de las oposiciones más avan-zadas que quedaron fieles a la causa de la libertad, -hasta el día que ésta triunfe en una humanidad fra-ternal que no sepa ya de dominadores y de súbditos, de explotadores y de explotados.

 

 

Justificación       moral die

 

la  vi1'Jlenc~iarevolucionaria

 

Ciertamente, los defensores del actual estado de cosas tienen algún derecho o razón para imputar a los revolucionarios y a la revolución los males que sin embargo, cUas preconizan frenéticamente, cuando hablan de manías sanguinarias, de furias destructoras o de otras tonterías parecidas, -ellos que defienden un sistema de cosas que aniquila más vidas humanas y destruye más riquezas de lo que podría hacerla la más costosa revolución. Pero no es menos verdad que la revolución, por la fuerza misma de las cosas y por las necesidades de su triunfo, costará siempre muchí-simo, y no raramente se encontrará en contradicción consigo misma, es decir, con aquellos principios de justicia, de igualdad y de libertad de los que ha partido.

 

Por ejemplo: una de las reivindicaciones básicas del anarquismo es el derecho a la vida. La primera liber-tad que los anarquistas -los "libertarios"- reivindican para todos los hombres es la libertad de vivir. No podría ser de otro modo. Sin embargo, la revolución, con sus revueltas, deberá pasar sobre el cuerpo de sus enemigos: es decir, será constituida por toda una serie de atentados a la integridad física, a la vida, de los enemigos del pueblo, y al mismo tiempo arries-gará en sus luchas la vida de una infinidad de revolu-

 

 

 

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cionarios. Hay, por lo tanto, una cierta contradicción momentánea, de hecho, entre el fin, último ideal del

 

anarquismo, y los medios de los anarguistas revolu-cionarios.

 

El mismo  razonamiento        se podría     hacer  respecto     de

todo el complejo de la violencia revolucionaria. Cuan-do ésta es un acto de liberación indudablemente tie-

 

nc    en      sí su  justificación moral,         pues  en      sustancia     es

acto de legítima defensa. Pero, aun en tal caso, aun cuando sc limita exclusivamente a destruir una auto-

 

ridad, no es por eso menos, en cierto sentido, también ella, un acto de autoridad. Eso aparece claro si se piensa que la violencia revolucionaria es siempre el hecho de minorías que, al levantarse contra la vio-lencia de una minoría enemiga, -la minoría de los privilegiados-, imponen de hecho un cambio de es-tado a las mayorías apáticas, a las mayorías que por ley de adaptación se han resignado ayer a ser oprimi-das y explotadas y tienden en el fondo a conservar más que a cambiar la propia situación. Y que, una vez roto el equilibrio por la violencia revolucionaria y creada una situación nueva, podrán adaptarse a la situación nueva y al hecho cumplido, y también a consolidado y alegrarse de él.

 

Eso, en teoría, puede estar en contradicción con el principio absoluto de libertad; pero no se puede ne-gar que es una necesidad imprescindible de toda re-volución y de todo progreso. No hay que olvidar nun-ca, por lo demás, cuando examinamos los problemas prácticos, para resolverlos en la vida y con los medios que la vida nos ofrece, que lo absoluto está más allá

 

de nuestras posibilidades; que en la vida y en la lu-cha todo es relativo. Lo absoluto debe servimos de

 

guía, de  faro  hacia      el cual         dirigimos,   para  ir  siempre

 

 

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hacia él Y no volver atrás; pero si no hubiéramos de movemos más que para realizarlo de un modo com-pleto, nos condenaríamos a la inmovilidad eterna.

La  pura    lógica de  la  coherencia  absoluta      no  podría

 

ser, por lo tanto, el objetivo de un verdadero revolucio-nario. Cuando la revolución ha estallado, todo debe

 

ser subordinado al triunfo de la revolución, a la ne-cesidad de vencer y de aniquilar todas las fuerzas enemigas. Esta es la única lógica, la verdadera, po-sible para la revolución.

 

 

 

En  todos  los  casos:

 

participar  activamente

 

La revolución es un poco el caos, hecho de contra-dicciones, de progresos y de retrocesos súbitos, de impulsos sublimes y de actos inhumanos, en el que todas las pasiones y todas las fuerzas sociales y to-dos los instintos entran en juego; y a veces pasiones

 

e instintos que en períodos normales no se puede va-cilar en condenar, en una revolución se convierten en

 

coeficientes de triunfo y de progreso. A menudo, ade-más, hasta hombres y grupos y fracciones que antes de la revolución están del todo separados del movi-miento, hostiles y también hostilizados por los revo-lucionarios, por interés o por los fines eg'Jistas menos plausibles, se unen a la revoluciÓn o la favorecen. Y los revolucionarios conscientes deben tener presente también estas fuerzas, para poderlas explotar sin re-pugnancias sentimentales; de otro modo se correría el peligro de verIas utilizadas por el enemigo.

 

No se puede, por lo tanto, tener en cuenta demasiado al pie de la letra las fórmulas y los programas en

 

 

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tiempo de guerra efectiva; y la revolución es una gue-rra, la guerra de los oprimidos contra los opresores. En este sentido todas las fuerzas que gebilitan, com-baten y contríbuyen a destruir las fuerzas enemigas, deben ser utilizadas. ¡Ah! ciertamente, en período re-volucionario tenemos también el hampa, que se le-vanta con propósitos de saqueo; tenemos a los am-biciosos que aspiran hipócritamente a destituir a los dominadores actuales para ponerse en su lugar; y alguna vez estos últimos consiguen ponerse a la ca-beza de la revolución, limitando un poco sus reivin-dicaciones y exagerando un poco sus promesas. Eso crea la necesidad de oponerse a tales gérmenes laten-tes de sucesiva reacción, pero no puede constituir nunca un motivo para los revolucionarios que les lle-ve a obstaculizar la revolución ya ponerse a un lado co-mo si la cosa no les interesase. ¡Sería un verdadero crimen contra la causa de los oprimidos!

 

Cuando las praderas están secas, basta un chispa-zo, para que sobrevenga el incendio.

 

Interés y deber de anarquistas será participar en la revolución, de cualquier modo que estalle, para im-primirle lo más posible una orientación socialista y libertaría, para conquistar combatiendo la fuerza mo-ral y material con que oponerse luego a quien qui-siera explotar y hacer desviar el movimiento. Es pre-ciso comprometer con actos resolutivos de expropia-ción y de destrucción, la revolución misma a los ojos de quien la quisiera reducir a un simple "quítate de ahí para que me ponga yo"; es decir, es preciso ha-cer imposible una reconciliación de los revoluciona-rios más moderados con el viejo régimen, para que la revolución vaya lo más lejos posible y cave más hondo el abismo entre el pasado y el porvenir.

 

 

126

 

 

Imaginemos que la revolución estalle muy pronto, mucho antes (como es más que probable) de que se hayan creado las posibilidades psicológicas y mate-riales de victoria para los anarquistas. La revolución podría tener fuera de la anarquía, tres orientaciones distintas: republicano-burguesa, social-demócrata, co-munista-dictatorial. Todas estas tres hipótesis tienen en su favor elementos y también en contra; es inútil aquí hacer previsiones. Pero admitamos una cualquie-ra de esas hipótesis: ¿,deberían, por consiguiente, los revolucionarios anarquistas, sólo porque el movimien-to tendrá, en prevalencia, una bandera diversa de la suya y adversa a ellos, quedar a un lado desdeñosos, esperando musulmanamente que la revolución se vuel-va anarquista por sí sola? Si hiciesen así, marcarían, como partido militante, el propio suicidio, y aleja-rían enormemente el día del triunfo de los propios principios.

 

Al contrario, por lo tanto, los anarquistas participa-rán activamente en la revolución, cualquiera que sea su orientación y como quiera que la infIuencien sus jueces eventuales: en todos los casos. Y podrán estar seguros de que, aun cuando no triunfen las propias reivindicaciones libertarías e igualitarias, llegarán tanto más próximas al triunfo cuanto más enérgicos y activos hayan sido en la revolución sus partidarios, cuanto más hayan impregnado éstos a la revolución de sus propias ideas y tendencias. Con la propia par-ticipación en la revolución habrán conquistado una fuerza moral y material suficiente, por lo menos, para poner un dique al autoritarismo ajeno, para impedir que éste supere ciertos límites, para obtener por fin de la revolución los mayores frutos posibles, utiliza-bles luego en interés del proletariado y de la futura victoria anarquista.

 

 

 

127

 

Cualquiera que sea el poder político que logre so-breponerse a la revolución, ésta, por su acción co-rrosiva y demoledora, lesionará siempre, al menos al comienzo, todas las autoridades más débiles y sacudi-das; y misión de la oposición anarquista será justa-mente el impedir a esas autoridades reforzarse, apro-vechar su debilidad para constituir núcleos y orga-nismos propios de vida autónoma y prolongar lo más posible el ejercicio de la libertad. Esto podrá hacerlo si durante la revolución ha sabido hacerse valer, au-mentar su prestigio, conquistarse la adhesión de más vastas masas, dando ejemplo de la lucha, del ataque, del sacrificio, pero sin dejarse absorber ni explotar ciegamente por los otros partidos, sino conservando siempre la propia fisonomía distinta y sus caracte-rísticas de movimiento y de partido de libertad.

 

La afirmación de proudhon, de que el "mejor me-dio de evitar los daños de una revolución es el de par-ticipar en ella", tiene sobre todo valor en esto: que la participación de los revolucionarios más avanzados y más idealistas en la revolución es el mejor medio pDsible para hacer que la revolución se desarrolle del modo más conveniente a los intereses de las clases

 

oprimidas y a la causa de la libertad y de la justicia social.

 

 

 

No   pued,e         haber revoluciones         "puras"

 

La valOIización de la revolución no puede inferir-se, por tanto, -como hacen por motivos diversos tan-to los reaccionarios como los socialistas legalista s-de los daños materiales de la revolución misma, del nÚmero de las vidas humanas consumidas, de sus con-

 

 

128

 

tradicciones inevitables con los principios abstr!l~tos, de las intenciones particulares de las divel'sas agl1l-paciones que se adhieren a ella, de los .errOl"esytl:l.:m-bién de las torpezas con que pueda ser mancill¡¡¡.do el movimiento insurreccional, sino sólo por la ol"ien-tación general que se puede hacer prevalecer en eJl!l, por los resultados morales y materiales que puede dar, de modo que a su triunfo siga una elevación y una ganancia de libertad y de bienestar para .el pueblo. Es preciso también que una derrota eventu-al tenga por consecuencia un paso adelante hac.ia una sucesiva revolución victoriosa, y que constituY!lell la historia una afirmación enérgica de la voluntad po-pular que aspira a una civilización superior, entendi:-da esta palabra "civilización" no en el sentido bW'-gués y convencional, sino en el sentido anarquista de una más difundida justicia para todos, de una ele-vación de las masas, sca moral o material, sea inte-lectual o política.

 

Los reaccionarios y los conservadores hablan a me-nudo y de buena gana, en tiempo de revolución, de hampa y de "bandidos". Las revoluciones del 89, la del 48 y del 71 en Europa, y la última en Rusia, a es-cuchar a los cronistas moderados del tiempo, estu-vieron llenas de actos de bandidismo. Ahora bien; aun sin tener en cuenta el hecho de que a menudo los "bandidos" no eran para aquellos más que los verdaderos revolucionarios, es cierto que las revolu-ciones hacen salir a la superficie muchas escorias so-ciales, muchas fuerzas oscuras poco nobles en su ori-gen. ¿Yeso qué significa?

 

Se podría decir, entre otras cosas, que los llamados "bajos fondos", en donde la revolución recluta auto-máticamente una parte de Sl,lS milicias, son también

 

 

129

 

pueblo, incluso la parte más desgraciada del pueblo, la que en tiempos normales sufre más con el rég¡¡" men de opresión y de explotación, y que son una con-secuencia de la injusta estructura social. La revolu-ción se hace también para ellos, por su redención, o para la de sus descendientes, del embrutecimiento y del crimen que la opresión política y económica tien-

de a perpetuar. Pero esta consideración doctrinaria y humanitaria tiene un valor secundario frente a la con-

 

sideración más importante que la revolución es un cri-sol que no puede elegir previamente la leña que ha de arder y el metal que ha de fundir. Se produce in-dependientemente de la voluntad de los promotores y de los combatientes individuales, poniendo en jue-go todas las fuerzas, todas las voluntades, todas las pasiones, todos los instintos, todos los ideales y todos

 

los intereses que hallan eco en ella, y no podría ser de otro modo.

 

El que no la quiere así no es un revolucionario, no es verdaderamente un enemigo de los opresores y de los explotadores más que ... en teoría. El que qui-

 

, siera hacer una revolución como se ejecuta un con-trato, el que quisiera medir exactamente la entrada y la salida, el que en la gran llamarada quisiera se-parar la leña buena de la dañada y casi la concebie-ra como una hoguera estética y de plantas perfu-madas, ése debe resignarse a sufrir el mundo innoble como es hoy, es decir, a soportar para siempre los innumerables males ocasionados por la injusticia so-cial (tantos que en comparación la revolución más desgraciada no podría producir más), pues una re-volución ideal -incluso anarquista-, pero regulada, acompasada y equilibrada, ideada bajo la guía de las propias preocupaciones abstractas, por nobilísimas que sen, no tendrá nunca lugar.

 

 

130

 

Sin embargo, la revolución tiene por sí una virtud moral y consecuencias morales enormes. La eficacia de la revolución en el sentido de las ideas del anar-

 

quismo estará en relación directa en la preparación anterior hecha por los revolucionarios, con lo que éstos hayan sabido impregnar de ideas y sentimientos socialistas y libertarios al movimiento social y aque-llos ambientes y aquellas clases que más seguramente

 

serán arrastrados por los acontecimientos a la órbita revolucionaria.

 

Esto deben tener presente los hombres de ideas, en el trazado de su misión como hombres de acción,

 

la que consiste también y sobre todo en preparar las condiciones materiales y morales y los medios para que la revolución social sobrevenga lo antes posible y sea lo más seguro posible su triunfo definitivo.

 

La revolución puede decirse que es para la huma-nidad lo que es para un organismo enfermo una in-tervención quirúrgica que al extirpar con dolor del

 

paciente algunos tumores malignos, al precio de ese dolor relativamente momentáneo, salva de la muer-

 

te el organismo entero y le ahorra por un largo pe-ríodo sucesivo, sufrimientos infinitamente más dolo-

rosos y      más   largos,  permitiéndole     saborear  con  la

tranquilidad reconquistada, las alegrías superiores del cerebro y del corazón.

 

 

Educación práctica      para la revuelta

 

El efecto moral, bueno según los anarquistas, de la revolución es ante todo el de generalizar el es-píritu de revuelta, no sólo la revuelta material -sin la cual no hay revolución posible- sino también la

 

 

131

 

revuelta contra las viejas ideas hasta entonces consi-deradas como las más sagradas e inviolables; no sÓlo la revuelta contra las instituciones, sino también COn-tra el espíritu de esas instituciones .•

 

Antes de la revoluciÓn las mayorías sociales duer-men o casi, sufren por todos los males ocasionados por la mala organizaciÓn econÓmica y política, pero los soportan como inevitables, y sÓlo cuando la deses-peraciÓn les empuja violentamente, estalla en movi-mientos convulsivos, agotados pronto. Los revolucio-narios no pueden, en tiempos normales, más que in-fluir indirectamente sobre esas mayorías amodas; pueden hacerlas un poco simpatizantes con su obra, hacerlas menos hostiles a sus ideas; pero más de eso difícilmente pueden conseguir. La propaganda logra convertir y atraer a la Órbita del movimiento de cam-bio social, solamente a un cierto número de indivi-duos que se debe tratar de que sean lo más numeroso posible, pero que sería ilusiÓn creer que hayan de llegar a ser mayoría antes de la revoluciÓn. La lÓgi-ca de las ideas, aun de las más bellas y más cla-ras, persuade sÓlo a aquellos a quienes el tempera-mento, el ambiente y otras circunstancias especiales vuelven permeables a la propaganda. Las mayorías no se dejan convertir más que por los hechos. No sÓlo eso. Sino que mientras existan las instituciones de pri-vilegio y de opresiÓn, ciertas supersticiones morales que se formaron en los siglos continúan su influencia también sobre aquellos que se dicen en palabras sus adversarios. El prestigio que emana de la autoridad constituida, sea la autoridad de,l gobierno o la del pa-trÓn, recibe el homenaje inconciente también de gran parte de la clase trabajadora que ha adquirido ya una conciencia relativamente libre. El que vive entre el llueblo sabe algo al respecto.

 

 

132

 

¿,Es de esperar con la simple propaganda y también con la simple organización de clase vencer y demoler

 

ese prestigio sobre las multitudes que emana del po-der constituido de la sociedad burguesa, y vencerlo

 

también en las mayorías amorfas, cuando es tan di-fÍGil disminuirIo en las mismas minorías conquistadas

 

ya en parte para nuestro movimiento? ¡No! La nueva conciencia humana, libre de toda sumisión espiritual

 

a la autoridad patronal y gubernativa, no se formará más que con la destrucción de esa autoridad. La re-volución será en este sentido la gran educadora de las masas populares. No bastará la destrucción material, ni siquiera ella, del todo; pero el hecho nuevo, la fal-ta de lo que puede alimentar el espíritu de sumisión, creará las condiciones mejores de desarrollo para el espíritu de libertad y de igualdad.

 

 

 

Utopías reformistas

 

Donde la propaganda doctrinal y pacífica no llegue él alcanzar, la propaganda del hecho revolucionario, logrará resultados hoy inesperables. Esto significará el ingreso de las mayorías en unllUevo ambiente, donde al fin las palabras de justicia social hechas realidad penetrarán en todos los corazones y en -todos -los ce"

 

rebros; AntessBría verdaderamente utopíasdñartal resultado.

 

Se objeta a menudo a quien hace propaganda: de anarquismo, la falta de preparación de 'las masas pa-ra la libertad, su ineducación, para las cuales una socie-dad sin gobierno parecería imposible. En efecto, an-tes de la revolución dada la psicología colectiva deter-minada por el ambiente actual, se puede decir muy

 

 

133

 

bien que ni siquiera los anarquistas declarados serían capaces de vivir en cooperación libre. El fracaso de tantos experimentos de vida comunitaria libre, en las diversas tentativas de colonias libertatias, lo demues-tra, como demuestra la imposibilidad en plena bur-guesía,de aislarse de ella y de sustraerse a los mil ten-táculos de su influencia política. Pero no se tiene en

cuenta, en la objeción aludida la eficacia educativa de la revolución.

 

La educación para la revuelta, que antes de la re-volución es ejercida por las ideas de libertad en pe-queñas minorías, y también sobre éstas con una efica-cia relativa, sólo la revolución puede impulsarla más allá de los límites estrechos permitidos por el ambien-te autoritario y capitalista actual, hacerle ganar terre-no en medio de las más vastas colectividades, entre las masas populares y proletarias más extensas, siem-

 

pre que, naturalmente, la revolución sepa ser digna de su nombre, es decir, no sólo en el derribamiento

 

de un viejo poder en beneficio de un poder nuevo, sino en la demolición audaz de todo poder, vale decir, la verdadera y propia revolución de la libertad.

 

No creemos en los milagros y, por tanto, no atribui-mos a la revolución efectos mágicos. Los adversarios de los anarquistas, especialmente los socialistas elec-toralistas, a menudo les hacen la acusación de "mila-gris)mo"'revolucionario; pero ellos deben reconOcer que, de cualquier modo, la papeleta electoral y la conquista de los poderes públicos tienen una eficacia menos. " milagrosa que la atribuida a la revolución.

 

Los efectos morales, educativos, que los anarquis-tas esperan de la revolución son mucho más lógicos y razonables, previsibles por quien conozca un poco de historia de las revoluciones pasadas y un poco de la psicología popular.

Hoy, en el sistema del cada uno para sí y ... el go-bierno para todos, las autoridad de lo alto sustituye. y en parte impide la solidaridad en lo bajo. Sin la autoridad, el pueblo sentirá, en cambio, más la solidaridad, como aquél a quien falta un punto de sostén, tiende instintivamente la mano a sus vecinos. La necesidad mayor, en un estado de libertad, del apoyo mutuo, determinará un mayor desarrollo del amor y del respeto recíproco entre los hombres.

 

Aquellos que en tiempo de revolución temen el desencadenamiento de las pasiones, la expansión de la violencia individual y colectiva, el robo irracional, el saqueo      destructor,  los     estupros,     los  homicidios,    etc ..olvidan la  historia     de las  revoluciones.

 

Otro efecto moral de la revolución es éste: que sus-cita en el pueblo energías individuales y colectivas ig-noradas hasta la víspera; y se forman en ella realmen-te individuos nuevos, se revelan genios e ingenios has~ ta entonces dormidos u ocultos. La revolución en ge-neral estalla después de un período de crisis y de de-presión, o bien después de eiertas bonanzas caracte-rísticas que a veces preceden a los huracanes. Y el huracán social pasará, renovador y purificador, ha-ciendo surgir a la superficie fuerzas que no piden más que una impulsión enérgica para sobrenadar; mientras que se hundirán en la nada tantas medio-cridades que hoy se mueven por fuerza de inercia so-bre el estanque pútrido. Será como respecto de cier-tos metales que se pueden obtener sólo a· fuerza de fusiones a temperaturas fabulosas; el fuego febril de la acción revolucionaria valorizará jóvenes energías que de otro modo no podrían manifestarse, energías n6 sólo de destrucción, sino también de reconstrucci6n,

 

renovadoras desde todo punto de vista intelectual y materiaL

 

 

 

135

 

/

 

No se trata de sueltos retóricas sugeridos por la fan-tasía y por la fe ciega. Abrid la historia de todos los pueblos y veréis los períodos más revolucionarios caracterizados siempre por un despértar enorme de la intelectualidad humana, por progresos de toda es-pecie, por descubrimientos científicos y atrevimien-tos filosóficos, por mejoramientos económicos y por la aparición, eh apariencia milagrosa, de genios en el arte o en la política, en las ciencias o en la industria.

 

 

La revolución     obliga a elegir  un  puesto de lucha

 

La revolución, precisamente porque disuelve todos los vínculos artificiales y autoritarios que en tiempo nor-mallleutralizan las fuerzas y dejan inactivo el espíritu de iniciativa de los más, pone a todos los individuos en la necesidad de participar en la vida pública; pri-mero les obliga a elegir un puesto en la lucha, pues difícijmente permite que 'alguno se pueda apartar completamente -y entonces es natural que incluso los más perezosos entre los oprimidos, los que más tien-den a adaptarse al ambiente, se adapten a la revolu-ción, que es hecha en su interés-, después les impele a ocuparse, bajo el aguijón de la necesidad, de todo lo que Se refiere a la vida económica y social. Todos soh interesados, obligados por el instinto mismo de conservación, a buscar con otros el medio común, entre la tempestad, para asegurarse el pan y la seguridad de vivir.

 

He  ahí por  qué  no  es infundada,  e incluso     es razonable y segura, la esperanza que los anarquistas po-nen en una revolución social contra las actuales dominaciones burguesas: la esperanza no sólo de un me-joramiento material de las condiciones de vida para la gran masa trabajadora, esclava de la servidumbre del salariado y sometida a la prepotencia del Estado, si-no también la esperanza de que la revolución complete entre las mayorías oprimidas la obra de educación del sentimiento de justicia, de libertad y de solidaridad que podemos ejercer hoy sólo con una minoría relati-vamente pequeña; la esperanza de que la revolución vuelva a despertar o cree las energías activas y el es-píritu de iniciativa necesarios al establecimiento de un orden social mejor; la esperanza de que en el crisol de la revolución se forme la conciencia nueva de la humanidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INDICE

 

Presentación                          7

CONCEPCION  ANARQUISTA    DE  LA      

REVOI.;UCION                   11

Violencia  Iibertaria y violencia gubernamental  12

El anarquismO',teO'ríade la revalución      14

La libertad en el proceso de cambia 17

Papel de las minorías revalucionarias        20

El "terrorismO'popular"         22

INSURRECCION        y EXPROPIACION       27

NO'sólo un cambio  político            28

La expropiación debe ser inmediata 32

Sobre la teoría de las "etapas fatales"        36

Que nadie esté sametida ni explotado        39

Dos fases de la revolución     socialista     41

Oesde ya: capacitación  y programa 44

EL MIEDO  A LA LIBERTAD                49

Pretextos actuales para la dictadura 50

ChalecO'de fuerza para la revolución        54

Los temidos "excesos revO'lucionarios"    56

Ni espO'ntaneísmoni unifO'rmización       59

AbO'liciónde tadas las "élites"         62

 

LA PRODUCCION

DURA.NTE EL 

PROCESO DE CAMBIO                                  65

Sabre        la       disciplina             del     trabaja        66

Farmas     diversas:     dentrO'del   sacialismO' 69

La actitud carrecta      frente al       campesinadO'       72

Delegación         de      funcianes    y        nO'delegación     

de paderes                                                                            75

LA DEFENSA  ARMADA   DE LA  REVOLUCION 79

La revalución   francesa  y  un juiciO'de   

Miguel      Bakunin                                                     80

Técnicas   militares     adecuadas            83

Una defensa       anárquica    de      la       revalución  87

Defender   la       revolución: un     deber  suprema     88

Una  ·firme         arientación  libertaria     92

PAPEL DE  LOS ANARQUISTAS  EN lOS     

PERIODOS                 DE TRANSICION                  95

El períodO'revalucianaria      no     será  breve  96

Sobre        una    canfusión    apartunista  101

Las saviets         aconsejas    abreras        104

"El  partida  revoluciónario   par excelencia       

debe  ser  anarqui$ta"                                         109

f,:.l ANARQUISMO   MILITANTE   Y  LJ.\,    

RE\fOLUCION  DE NUESTRO  TiEMPO        113

La cancepción    anarquista                      114

I.el?    política              de      las anarquistas..    118

Hacia        la       revaluciónde        la libert¡;¡d  120

Justificación    maral  de  la vialencia       

revolucianaria                                                             123

En todos   las     casas: Pí:¡rticipar activamente  125

NO'puede haber  revalucianes        "puras"       128

Educación oráctica      para  la       revuelta      131

Utopías     reformistas                                       133

La revalución   abliga  a elegir  un  puesta

de  lucha                                                                                        136

 

OBRAS    PUBLICADAS

 

 

LA INSURGENCIA ESTUDIANTIL LA HUELGA GENERALIZADA

 

FORMAS Y       TENDENCIAS    DEL  ANARQUISMO

de Rene Furth

 

LA  VANGUARDIA   DE    LA    CONTRA·REVOtUCION

 

de Daniel y  Gabriel Cohn-Bendit

 

EL IZQUIERDISMO: REMEDIO A LA ENFERMEDAD SENIL DEL COMUNISMO de Daniel y Gabriel Cohn~Bendit

 

OBRAS  EN PREPARACION

EXPLOTACION y DOMINACION de Alfredo Errandonea

ACCION DIRECTA es una editorial comprometida y no comercial, que define con su nombre objetivos y medios que implican crear las condiciones de un pueblo fuerte, gestor directo de sus propias realizaciones políticas y sociales, sin delegación en buro-cracias ,intermediarias.

 

 

 

 

 

Se terminó de      imprimir     el       5        de

octubre de 1971 en Imprenta Rusti, San Luis 1968.


FIN

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