Libro N° 14731. Revolución No Es Dictadura. La Gestión Directa De Las Bases En El Socialismo. Fabbri, Luigi
© Libro N° 14731. Revolución No Es Dictadura. La Gestión Directa De Las Bases En El Socialismo. Fabbri, Luigi. Emancipación. Enero 24 de 2026
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REVOLUCIÓN
NO ES DICTADURA
La
Gestión Directa De Las Bases En El Socialismo
Luigi
Fabbri
Revolución
No Es
Dictadura
La Gestión Directa De Las Bases En El Socialismo
Luigi Fabbri
Colección CONCEPTO Y
REALIDAD
LUIGI FABBRI
REVOLUCION
NO ES
DICTADURA
La gestión directa de las bases en el socialismo
EDITORIAL ACCION DIRECTA
Montevideo - Buenos Aires
PRESENTACION
En el proceso
pre-revolucionario del Uruguay, la se-lección de los trabajos de Luigi Fabbri,
que definen un concepto de revolución, se convierte en un material ine-ludible,
ya que aporta a la clarificación del verdadero contenido de la eterna oposición
entre libertad y auto-ridad, entre acción directa y estatismo, entre revolución
"desde abajo" y revolución "desde arriba", que ha lle-nado
toda la historia pasada y trabaja como nunca en el mundo contemporáneo,
decidiendo la suerte de las
revoluciones en
acción y de aquellas que aún están ges-tándose.
"La destrucción de hecho del régimen político y so-
cial pre-existente,
es fundamentalmente la culminación de una evolución anterior que se traduce en
la realidad rompiendo violentamente las formas sociales y la envol-tura
política qlle ha dejado de ser apta para contenerla". Esa revolución
posibilita la instauración de un orden nuevo, sin explotados. ni explotadores
política y económi. camente. Lo contrario, mediante teorías falsas que
pre-suponen la conservación de algunas formas del Estado tradicional o la
hegemonía de determinado grupo polí-tico sobre las masas populares es la
contrarrevolución.
Todo intento de
conservación de lo viejo adoptado como medio para defender lo nuevo, servirá no
para salvar a la revolución, sino para favorecer la reacción de lo viejo o la
degeneración de lo nuevo.
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Aquellos que ven en
el Estado un instrumento revo-lucionario caen en una concepción errónea y
potencial-mente reaccionaria, sea su conquista p.or la vía parla-mentaria y, en
este caso los trabajadores no conquis-tarán el Estado sino ellos y su
movimiento serán conquis-tados por el Estado burgués, o ya sea por el empleo de
la violencia revolucionaria que restaurará el poder de una clase en forma
burocrática y elitista, frustrando la par-ticipación popular que combatió y
resistió.
La liberación
supone la libertad: y no puede ser rea-lizada sino cnando es obra de individnos
y organiza-ciones libres de los deberes y de los intereses de la do-minación y
de la opresión.
"Del sistema
que se adopte para la defensa de la re-volución dependerá en gran parte la
suerte de Za re-volnción" tal es la premisa de la cnal parte el
revolucio-nario Lnigi Fabbri.
Defender
intensamente la revolnción implica combatir en el curso de los acontecimientos
todos los obstáculos
y peligros
interpuestos en el
camino hacia el
socialismo. Exige la destrucción
radical de todas
las institucio-nes bnrguesas
y dnrante la transitoriedad en
que lo nnevo no se
ha afirmado definitivamente, combatir
sin asco el peligro
de la conversión
del período transitorio
en prin-cipio o teoría;
el período de
transición es un
hecho, no
un pnnClpw.
Requiere la
creación de las nnevas instituciones don-de el pueblo no se encuentre en
inferioridad política, pues de lo contrario, apenas desvanecidas las
agitacio-nes populares un grupo de salvadores u orientadores
--antoelegidos- del
proletariado, irán al poder y deter-minarán la snerte del pneblo. La capacidad
política del pneblo se logra sólo a través de la gestión directa del mismo en
sus organizaciones de base y del ordenamien-to social federativo.
8
"O las cosas
son administradas por los protagonistas y por parte de los interesados mismos y
en tal caso se realiza la anarquía, o las cosas son administradas se-gún
las-leyes hechas por los administradores y entonces existe el gobierno, el
Estado, que fatalmente será con-
trarrevolucionario,
a pesar de las más revolucionarias intenciones de los hombres detentadores del
gobierno".
"Revolución no
es dictadura" constituye una guía es-clnrecedora para muchos de los que
asoman a la tarea revolucionaria, un alerta a los exitistas que hacen del
cambio social una esquematización de tablero de aje-drez 'Y una reafirmación
para los que diariamente enca-ran la revolución eomo el e;ercicio directo,
pleno y colectivo del poder por parte de organizaciones de base.
A quí, esta línea
radical y creciente que apunta hacia una liberación definitiva se perfila en
numerosos mo-vimientos y acciones de resistencia y creación: Liceos Po-pulares
(respuesta creativa ante el cierre de los li-ceos oficiales por parte de la
Interventora de Secunda-ria); nuevas formas organizativas en el estudiantado de
Secundaria; planteas de diversos gremios sobre reestruc-
turación sindical
-ver a modo de ejemplo documentos del "Equipo de Militantes por la
Reestructura Sindical, A . E . B . u. ", 1.969 (Bancarios), Lista 2 de los
militantes de la Asociación de Funcionarios del CASMU, afiliada a la FUS, sobre
la posición con respecto a la CNT-; asambleas barriales para resistir el
"Registro de Vecin-dad", etc. También existen experiencias de
administra-ción colectiva y directa de los medios de producción por parte de
los trabajadores: Hospital Popular durante la huelga de la Salud; ocupaciones y
puesta en fun-cionamiento de fábricas bajo control obrero: Lanasur,
Sapriza-Grundel, Alpargatas, Funsa, talleres de los dia-rios "Ya" y
"BP", y últimamente talleres de AFE.
9
Claramente
expuesta, con coherencia y continuidad de 'Orientación, la idea anarquista
anti-estatal y revolucio-naria, "la mejor guía para una acción
,verdaderamente eficaz ¡:nmediata y futura tendiente a la Libe1'ación",
encuentra en este libro un apoyo dinamizador. Apor-ta a nivel teórico el
andamiaje que la acción cotidiana y comprometida exige. Su importancia se
acrecienta hoy, :ya que en la encrucijada en que nos encontramos, las ideas son
un factor importante de cambio.
C. F.
CONCEPCION ANARQUISTA
DE LA REVOlUCION
La revolución, en
el lenguaje político y social, -y también en el lenguaje popular- es un
movimiento general a través del cual un pueblo o una clase, sa-liendo de la
legalidad y transformando las institucio-nes vigentes, despedazando el pacto
leonino impues-to por los dominadores a las clases dominadas, con una serie más
o menos larga de insurrecciones, re-vueltas, motines, atentados y luchas de
toda especie, abate definitivamente el régimen político y social al cual hasta
entonces estaba sometido, e instaura un orden nuevo.
El derrumbe de un
régimen se efectúa por lo ge-neral en un tiempo relativamente breve.
La revolución, y por
lo tanto la demolición de hecho de un régimen político y social
preexistente, es en realidad la culminación de una evolución anterior que se
traduce en la realidad material rompiendo violentamente las formas sociales y
la envoltura po-lítica que ha dejado de ser apta para contenerla. Acaba con el
retorno a un estado normal, cuando la lucha ha cesado, sea que la victoria
permita a la re-volución instaurar un nuevo régimen, sea que su de-rrota
parcial o total restaure en parte o totalmente lo antiguo, dando lugar a la
contrarrevolución.
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La característica
principal, por la que se puede decir que la revolución ha comenzado, es el
aparta-miento de la legalidad, la ruptura del. equilibrio y la disciplina
estatal, la acción impune y victoriosa de la calle contra la ley. Previamente a
un hecho específico y resolutivo de este género no hay revolución aÚn. Puede
haber un estado de ánimo revoluciona- /rio, una preparación revolucionaria, una
condición de cosas más o menos favorable a la revolución; pueden darse
episodios más o menos afortunados de revuel-ta, tentativas insurreccionales,
huelgas violentas o no, demostraciones sangrientas también, atentados, etc.
Pero mientras la fuerza se encuentre de parte de la ley vieja y del viejo
poder, no se ha entrado todavía en el período revolucionario.
La lucha contra el
Estado, defensor armado del ré-gimen es, pues, la condición sine qua. non de la
re-volución. Esta tiende a limitar lo más posible el poder del Estado y a
desarrollar el espíritu de libertad; a impulsar hasta el límite máximo posible
al pueblo, a los sÚbditos de la víspera, a los explotados y a los oprimidos,
hacia el uso de todas las libertades indi-viduales y colectivas.
En el ejercicio de
la libertad, no impedido por le-yes y gobiernos, reside la salvación de toda
revolu-ción, la garantía de que ésta no sea limitada o dete-nida en sus
progresos, su mejor salvaguardia contra las tentativas internas y externas de
despedazada.
Violencia Iibertaria y violencia gubernamental
Algunos dicen:
"Comprendemos que, siendo vosotros como anarquistas, contrarios a toda
idea de gobierno,
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seáis adversarios
de la dictadura que es su expresión más autoritaria; pero no se trata de
proponerla como fin sino como medio, antipático quizás pero necesario, como la
violencia es también un medio necesario pero antipático durante el período
provisorio revolucionario, indispensable para vencer las resistencias y los
contraataques burgueses".
Una cosa es la
violencia y otra la autoridad guber-namental, sea ésta dictatorial o no. Aunque
es ver-dad, en efecto, que todas las autoridades guberna-mentales se basan en
la violencia, sería inexacto y errÓneo decir que toda "violencia" es
un acto de au-toridad, por lo cual si es necesaria la primera, se haga
indispensable la segunda.
La violencia es un
medio que asume el carácter de la finalidad en la cual es adoptada, de la forma
cÓmo es empleada y de las personas que de ella se sirven. Es un acto de
autoridad cuando se adopta para imponer a los demás una conducta al paladar del
que manda, cuando es emanación gubernamental o patronal y sirve para mantener
en la esclavitud a los pueblos y clases, para impedír la libertad indivi-dual
de los sÚbditos, pO,ra hacer obedecer por la fuerza. Es al contrario, violencia
libertaría, es decir, acto de libertad y de liberaciÓn, cuando es empleada
contra el que manda por el que ya no quiere obede-cer; cuando está dirigida a
impedir, disminuir o des-truir una esclavitud cualquiera, individual o
colecti-va, económica o política, y es adoptada por los opri-midos
directamente, individuos o pueblos o clases,
contra el gobierno
y las clases dominantes. Tal vio-lencia es la revolución en acción. Pero cesa
de ser
libertaria y por
consiguiente revolucionaria cuando, apenas vencido el viejo poder, quiere ella
misma con-
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vertirse en poder y
se cristaliza en una forma cual-quiera de gobierno.
Es ése el momento
más peligroso ~e toda revolu-ción: es decir, cuando la violencia libertaria y
re-volucionaria vencedora se transforma en violencia
autoritaria y
contrarrevolucionaria, moderadora y limitadora de la victoria popular
insurreccional, es el momento en que la revolución puede devorar se a sí misma,
si adquieren ventaja las tendencias jacobinas, estatales, que hasta ahora, a
través del socialismo marxista, se manifiestan favorables al establecimiento de
un gobierno dictatorial. Deber específico de los anarquistas, derivado de sus
mismas concepciones teóricas y prácticas, es el de reaccionar contra tales
tendencias
autoritarias y liberticidas, con la propa-ganda hoy, con la acción mañana.
Aquellos que hacen
una distinción entre anarquía teórica y anarquía práctica, para sostener que la
anarquía práctica no debiera ser anárquica sino dic-tatorial, no han
comprendido bien la esencia del anar-quismo, en el que no es posible dividir la
teoría de la práctica en cuanto para los anarquista s la teoría surge de la
práctica y es a su vez una guía de la
conducta, una
verdadera y propia pedagogía de la acción.
El anarquismo, teoría
de la revolución
Muchos creen que la
anarquía consiste sólo en la afirmación revolucionaria e ideal a la vez, de una
sociedad sin
gobierno a instaurar en el porvenir,· pero sin relación con la realidad actual;
según tales, hoy podemos o debemos obrar en contradicción con
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los fines que nos
proponemos, sin escrúpulos y sin lí-mites. Así, con respecto a la anarquía,
ayer nos acon-sejaban votar provisoriarnente en las elecciones, coma hoy nos
proponen que aceptemos provisoriarnente la dictadura llamada proletaria o
revolucionaria.
¡Pero nada de eso!
Si fuéramos anarquistas sólo en el fin y no en los medios nuestro partido sería
inútil; porque la frase de Bovio de que anárquico es el pen-samiento y hacia la
anarquía marcha la hístmia pue-de ser dicha y aprobada (como en efecto muchos
dicen suscribida), también por aquellos que militan en otros partidos
progresistas. Lo que nos distingue, no sólo en teoría sino también en la
práctica, de los otros partidos, es que no sólo tenemos un propósito anarquista
sino también un movimiento anarquista, una metodología anarquista, en cuanto
pensamos que el camino a recorrer, sea durante el período prepara-
torio de la
propaganda, sea en el revolucionario, es el camino de la libertad.
La función del
anarquismo no es tanto la de pro-fetizar un porvenir de libertad como la de
preparado. Si todo el anarquismo consistiera en la visión lejana de una
sociedad sin Estado, o bien en afirmar los derechos individuales, o en una
cuestión puramente espiritual, abstracta de la realidad vivida y concer-niente
sólo a las conciencias particulares, no habría ninguna necesidad de un
movimiento político y so-cia.l anarquista. Si el anarquismo fuera simplemente
una ética individual, para cultivar en sí mismo, adap·· tándose al mismo tiempo
en la vida material a actos y a movimientos en contradicción con ella, nos
po-dríamos llamar anarquista s y pertenecer al mismo tiempo a los más diversos
partidos; y podrían ser lla-mados anarquistas muchos que, no obstante ser en
15
~;í11lisrnos
espiritualmente e intelectualmente eman-cipados, son y permane~en en el terreno
práctico co-rno enemigos nuestros.
Pero el anarquismo
es otra cosa. No es un medio para encerrarse en la torre de marfil, sino una
ma-nifestación del pueblo, proletaria y revolucionaria, una activa
participación en el movimiento de eman-cipación humana con criterio y finalidad
igualitaria y libertaria al mismo tiempo. La parte más impor-tante de su
programa no consiste solamente en el sueñ.o, (~ue sin embargo deseamos que se
realice, de llna suciedad sin patrones y sin gobiernos, sino sobre todo en la
conoepcíón libertaría de la revolución, en la revolución contra el Estado y no
por medio del Estado, en la idea que la li.beJta.d no sólo es el calor vital
que animará el nuevo mundo futuro, sino tam-bién y sobre todo hoy mismo, un
arma de combate contra el viejo mundo. En este sentido el anarquismo es una
verdadera y propia teoría de la revolución.
Tanto la propaganda
de hoy como la revolución de rnañana tienen y tendrán por consiguiente
nece-sidad del máximo posible de libertad para desenvol-verse. Esto no impide
que se deban y puedan prose-guir lo mismo, aunque una menor o mayor porción de
libertad nos sea quitada; pero nuestro interés es tener y querer la mayor parte
posible. De otro modo no seríamos anarquistas. En otros términos, nosotros
pensamos que cuanto
más libertariamente obremos tanto más contribuiremos, no sólo al acercamiento
hacia la anarquía,
sino también a consolidar la revo-lución; mientras que alejaremos y
debilitaremos la revolución toda vez que recurramos a sistemas auto-· ritarios.
Defender la libertad para nosotros y para to-dos, combatir por la libertad
siempre más amplia y
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completa, tal es,
pues, nuestra función de hoy, de mañana y de siempre, en la teoría y en la
práctica.
La libertad en
el pmceso die cambio
¿Libertad también
para nuestros enemigos?, se nos pregunta. La pregunta es ingenua y equívoca.
Con los enemigos estamos en lucha y en la pelea no se reconoce al enemigo
ninguna libertad, ni siquiera la de vivir. Si fueran solamente enemigos
teóricos, si los encontráramos desarmados, en la imposibilidad de atentar a
nuestra libertad, despojados de todo privi-legio y por tanto en igualdad de
condiciones, sería entonces admisible. Pero preocuparse de la libertad de
nuestros enemigos cuando nosotros tenemos algún pobre diario y unos pocos
semanarios, mientras ellos poseen centenares de diarios de gran tiraje, cuando
ellos están armados y nosotros desarmados, mientras ellos están en el poder y
nosotros somos los súbditos, mientras ellos son ricos y nosotros pobres ¡quiá!
Sería ridículo... ¡Sería lo mismo que reconocer a un ase-sino la libertad de
matamosl Tal libertad se la nega-
mos y la negaremos
siempre, aun en el período revo'" lucionario, mientras ellos conserven sus
condiciones de verdugos y nosotros no hayamos conquistado toda
y completamente
nuestra libertad, no sólo de derecho sino taínbién de hecho.
Pero esta libertad
no podremos conquistada sino empleándola también como instrumento, donde la
acción dependa de nosotros; es decir, dando desde hoy una dirección siempre más
libre y libertaria a nuestro movimiento, al movimiento proletario y po-pular; desarrollando
el espíritu de libertad, de auto-
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nomía y de libre
iniciativa en el seno de las masas; educando a éstas en una intolerancia cada
vez ma-
yor hacia todo
poder autoritario y .político, estimu-lando el espíritu de independencia de
juicio y de acción hacia los jefes de toda especie; acostumbrando al pueblo al
desprecio de todo freno y disciplina im-puesto por otros y desde arriba, es
decir que no sea el freno de la propia conciencia y la disciplina libre-mente
acogida y aceptada, y apoyada sólo mientras sea considerada buena y útil a los
fines revoluciona-rios y libertarios que nos hemos propuesto.
Es claro que una
masa educada en esta escuela, movimiento que tenga esta dirección (como lo es
el movimiento anarquista) encontrará en la revolución la ocasión y el medio
para desarrollarse en su sentido propio hasta límites hoy ni siquiera
imaginable s, y ése será el obstáculo natural y voluntario al mismo tiempo para
la formación y afianzamiento de cual-quier gobierno más o menos dictatorial.
Entre ese movimiento hacia una siempre mayor libertad y la tendencia
centralizadora y dictatorial no puede exis-tir más que un conflicto más o menos
fuerte y vio-lento, con mayores o menores treguas, según las cir-
.cunstancias. ¡Pero
nunca podrá haber armonía!
y esto ha de
ocurrir no por una ilusión exclusiva-mente doctrinaria y abstracta, sino porque
los nega-dores del poder -es éste, repetimos, el lado más importante de la
teoría anarquista, que quiere ser la
más práctica de las
teorías- piensan que la revolu-ción sin la libertad nos llevaría a una nueva
tiranía;
que el gobierno,
por el solo hecho de ser tal, tiende a detener y limitar la revolución; y que
está en inte-· res de la revolución y de su progresivo desarrollo combatir y
obstaculizar toda centralización de pode-
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res, impedir la
formación de todo gobierno, si es posible, o impedir al menos que se refuerce,
se haga estable y se consolide. Vale decir que el interés de la revolución es
contrario a la tendencia que tiene en sí toda dictadura, por proletaria o
revolucionaria que se diga, a hacerse fuerte, estable y sólida.
¡Pero no!, replican
otros; se trataría de una dicta-dura pl'ovisoria en tanto dure la labor de
destrucción de la burguesía, a fin de combatir a ésta, de ven-ceda y de
expropiada.
Cuando se dice
dictadura se sobreentiende siempre provisoria, aun en el significado burgués e
histórico de la palabra. Todas las dictaduras, en los tiempos pasados, fueron
provisorias en las intenciones de sus promotores y, nominalmente, también de
hecho. Las intenciones en tal caso valen poco, ya que se trata de formar un
organismo complejo que seguiría su natu-raleza y sus leyes, y anularía toda
apriorística inten-ción contraria o limitadora. Lo que debemos ver es: primero,
si las consecuencias del régimen dictatorial son más dañinas que ventajosas
para la revolución; segundo, si los fines destructores y reconstructivos para
los que se quisiera la dictadura no pueden ser
logrados también, o
mejor aÚn, sin ella, por el ancho camino de la libertad.
Nosotros creemos
que esto es posible; y que la re-volución es más fuerte, más incoercible, más
difícil
de derrotar cuando
no tiene un centro donde pueda ser herida; cuando está en todas partes, sobre
todos los puntos del territorio y en toda partes el pueblo procede libremente a
realizar los dos fines principa-les de la revolución: la destitución de la autoridad
y la expropiación de los patrones.
19
Papel de las minorlasrevolucionarias
Cuando censuramos a
la concepción .dictatorial de la revolución el grave error de imponer la
voluntad de una pequeña minoría a la gran mayoría de la pobla-ción, se nos
responde que las revoluciones son hechas por las minorías.
También en la
literatura anarquista se encuentra a menudo repetida esa expresión, que
contiene, efecti-vamente, una gran verdad histórica. Pero es preciso
comprenderla en su verdadero significado revolucio-nario y no darle, como los
bolcheviques, un sentido que nunca tuvo antes de ahora. Que las revoluciones
sean hechas por la minoría es en efecto verdad ...
hasta cierto punto.
Las minorías, en realidad, inician la revolución, toman la iniciativa de la
acción, des-trozan las primeras puertas, abaten los primeros obs-táculos, ya
que saben atreverse a lo que amedrenta-ria a las mayorías inertes o
conservadoras en su amor a la vida sosegada y en su temor a los riesgos.
Pero si una vez
destrozadas las primeras ligaduras, las masas populares no siguen a las
minorías auda-ces, el acto de éstas será seguido por la reacción del viejo
régimen que se toma la revancha, o bien se re-suelve en la sustitución de una
dominación por otra, de un privilegio por otro. Es decir, es preciso que la
minoría rebelde tenga más o menos el consentimiento de la mayoría, que
interprete las necesidades y los sentimientos latentes y, vencido el primer
obstáculo, realice las aspiraciones populares, deje a las masas en libertad de
organizarse a su modo y llegue a ser en cierto sentido mayoría.
Si esto no ocurre,
no decimos por eso que la mi-noría deje de tener el mismo derecho de antes a la
re-
20
vuelta. Según el
concepto anarquista de la libertad todos los oprimidos tienen derecho a
rebelarse contra la opresión, el individuo igual que la colectividad, las
minorías lo mismo que las mayorías. Pero una cosa es rebelarse contra la
opresión y otra convertirse en opresor a su vez, como muchas veces hemos dicho.
Aun cuando las mayorías toleren la opresión o sean sus cómplices, la minoría
que se sienta oprimida tie-ne derecho a rebelarse, a desear su libertad. Pero
el mismo o mayor derecho tendría la mayoría contra cualquier minoría que
pretendiera sujuzgarla con al-gún pretexto.
Por lo demás, en
los hechos reales, los opres'ores constituyen siempre una minoría, tanto si
oprimen abiertamente en su propio nombre, como si ejercen la opresión en nombre
de hipotéticas colectividades o mayorías. La revuelta es por consiguiente al
princi-pio la obra de una minoría consciente, insurreccio-nada en medio de una
mayoría oprimida, contra otra minoría tiránica; pero tal revuelta transformada
en revolución puede tener eficacia renovadora o libera-dora solamente si con su
ejemplo logra sacudir a la mayoría, arrastrarla, ponerla en movimiento,
conquis-tar su apoyo y adhesión.
Abandonada o
rechazada por las mayorías popula-res, la revuelta, si es derrotada, pasará a
la historia como un movimiento heroico y malogrado, fecundo precursor de los
tiempos, etapa sangrienta pero in-dispensable de una segura victoria en el
futuro. Del otro lado, si la minoría rebelde resulta vencedora y se convierte
en dueña del poder a despecho de la mayoría, en nuevo yugo sobre el cuello de
los súb-
ditos, acabaría
matando la revolución misma por ella suscitada.
21
En cierto sentido
se podría decir que, si una mino-ría rebelde no logra con su ímpetu arrastrar
tras de sí a la mayoría de los oprimidos, sel.ía más útil para la revolución
que fuera derrotada y sacrificada. Ya que si, con la victoria ella se viera
transformada en opresora, acabaría extinguiendo en las masas toda fe en la
revolución, haciéndoles quizás odiosa una re-volución de la cual surge nada
menos que una nueva tiranía, cuyo peso y cuyo mal sería sentido por todos,
cualquiera que fuere el pretexto y el nombre con que la cubriera.
El "terrorismo, popular"
Especialmente después de la
revolución rusa, la idea
del poder
dictatorial de la revolución viene siendo defendida como un medio necesario de
lucha contra
los enemigos
internos, contra las tentativas de los ex-dominadores deseosos de reconquistar
el poder eco-nómico y político. El gobierno serviría pues, para organizar en
los primeros momentos de mayor peligro, el terrorismo antiburgués en defensa de
la revolución. Hablamos del "terrorismo" no en su significado
par-ticular de política terrorista de gobierno, sino en el sentido general del
uso de la violencia hasta los ex-tremos límites más mortíferos, que puede
realizarse tanto por un gobierno por intermedio de sus gendar-mes, como
directamente por el pueblo en el curso de un motín y durante la revolución.
No negamos
absolutamente la necesidad del uso del terror, especialmente cuando vienen en
ayuda de los· enemigos internos, con sus fuerzas armadas, los ene-migos
externos. El terrorismo revolucionario es una
22
consecuencia
inevitable toda vez que el territorio, donde la revolución no ha sido reforzada
todavía su-
ficientemente, es
invadido por ejércitos reaccionarios. Toda emboscada de la contrarrevolución,
en el inte-
rior, es demasiado
funesta en tales circunstancias para que no deba ser exterminada a sangre y
fuego.
El terror se hace inevitable cuando la revolución
está asediada por
todas partes. Sin la amenaza exter-na, las amenazas contrarrevolucionarias
internas no
causarían miedo;
basta para tenerlas inactivas la visión de su impotencia material. Dejadas
tranquilas puede ser igualmente un error, y quizás un peligro para el porvenir,
pero no constituyen un peligro inmediato.
Por esto se puede
fácilmente dejarse arrastrar por un sentimiento de generosidad y de piedad
hacia los propios enemigos. Pero cuando estos enemigos tienen más allá de las
fronteras fuerzas armadas listas para intervenir en su socorro, cuando
encuentran aliados en los enemigos del exterior, entonces se convierten en un
peligro, que se hace tanto más fuerte cuanto más avanza desde fuera el otro
peligro. Su supresión llega entonces a ser cuestión de vida o muerte;
Cuanto más
inexorable es la revolución en tales es-collos, tanto mejor logra evitar más
grandes luchas en el porvenir. Una excesiva tolerancia de hoy po-dría mañana
hacer necesario un rigor doblemente grave. ¡Si después ella tuviera por
consecuencia la derrota de la revolución, muchos más tremendos es-
tragos vendrían a
castigar la debilidad con el terror blanco de la contrarrevolución!
Ningún derecho
tiene la burguesía para escandali-zarse del terrorismo de la revolución, cuando
en sus
revoluciones ha
hecho otro tanto y cuando se ha ser-vido después del terror en su beneficio,
empleándolo
23
contra el pueblo
toda vez que éste ha intentado se-riamente sacudir el yugo, con una ferocidad
que nin-guna revolución alcanzó jamás.
Como anarquistas,
sin embargo, nosotros hacemos todas nuestras reservas, no contra el uso del
terror en lineas generales, sino contra el terrorismo codificado, legalizado,
convertido en instrumento de gobierno, aunque sea de un gobierno que se diga y
se crea re-volucionario. El terrorismo a.utoritario, en realidad, por el hecho
de ser tal, cesa de ser revolucionario, ~e
transforma en una
amenaza perenne para la revolu-ción y también en una causa de debilidad. La
violen-
cia encuentra en la
lucha y en la necesidad de libe-rarse de una opresión violenta su
justificación; pero la legalización de la violencia, el gobierno violento,
es ya por sí mismo
una prepotencia, una nueva opre-sión.
Resulta por eso
causa de debilidad para el terro-rismo revolucionario ser ejercido, no
libremente por el pueblo y contra sus enemigos solamente, ni tam-poco por
iniciativa independiente de los grupos re-volucionarios, sino únicamente por el
gobierno, con la consecuencia natural que el gobierno persigue al
mismo tiempo que a
los verdaderos enemigos dé la revolución, también a los revolucionarios
sinceros,
más avanzados que
él pero que no le son afectos. Además el terrorismo, como acto de autoridad
guber-namental es más susceptible de recoger aquellas an-tipatías y aversiones
populares que siempre se deter-minan en oposición a todo gobierno, de cualquier
especie que sea, y sólo porque es gobierno. El go-bierno, aun cuando recurra a
medidas radicales, por· la responsabilidad que pesa sobre sí y por todo el
complejo de influencias que sufre del exterior y del
24
interior, es
llevado inevitablemente a consideraciones y a actos más violentos o más suaves
por criterios sugeridos, más que por el interés del pueblo y de la revolución,
por la necesidad de defender su poder y su personal seguridad presente o futura
o también por el simple buen nombre de sus componentes.
Para desembarazarse
en cada lugar de la burgue-sía, para proceder a la realización de aquellas
medi-das sumarias que pueden ser necesarias en· una revo-lución, no hay
necesidad de órdenes de arriba. Pues quien está en el poder, por un sentido
natural de responsabilidad, puede tener vacilaciones y escrúpu-los peligrosos
que las masas no tienen. La acción directa popular -que podríamos llamar
terrorismo libertario- es por lo tanto siempre más radical, sin contar que,
localmente, se puede saber dónde y cómO actuar mucho mejor que desde el lejano
poder cen-tral, el cual estaría obligado a confiarse en tribunales, mucho menos
justos y al mismo tiempo más feroces que la sumaria justicia popular. Estos
tribunales, aun cuando realicen actos de verdadera justicia, no obran por
sentimiento sino por mandato, se hacen, por con-siguiente, antipáticos al
pueblo, por su frialdad y se sienten inclinados a rodear sus actos de crueldad,
quizás necesaria, con una teatralidad inútil y con una hipócrita ostentación de
la igualdad legislativa in.-existente e imposible.
En todas las
revoluciones, apenas la justicia popu-lar se hace legal, organizada desde
arriba, poco a poco, se transforma en injusticia. Se hace, tal vez, más cruel,
pero es llevada también a herir a los mis-mos revolucionarios, a respetar
frecuentemente a los enemigos, a convertirse en un instrumento del poder
central en sentido siempre más represivo y contrarre-
..•25
volucionario. No
sólo, pues, como instrumento de violencia destructiva se puede prescindir del
po-der en la revolución, sino que tambié,n la misma vio-
lencia es más
eficaz y radical cuanto menos se con-centra en una autoridad determinada.
Nuestras
consideraciones aspiran, sobre todo, a te-ner un valor en el lugar donde
vivimos, como norma
y guía de una eventual revolución más o menos
pró-xima, para lo cual tenemos el deber de no imitar ciegamente lo que se dice
o nos imaginamos que se ha hecho en otra parte, sino preparar positivamente el
terreno para nuestra revolución, viendo lo que con-viene y lo que no conviene
para su triunfo, dadas las condiciones nuestr~, los medios de que podemos
disponer y los fines que nos proponemos con la revo-lución aquí, en nuestro
ambiente, con nuestros senti-mientos y nuestra<;ideas.
Aquellos que citan
tan a menudo a Lenin, deben recordar, a propósito, el honesto consejo que dio a
los revolucionarios de Hungría, cuando estalló allí la desgraciada revolución
que tan mal acabó, advirtién-doles que tuvieran cuidado en no remedar lo que había
acontecido en Rusia, porque allí se habían co-metido errores que era necesario
evitar y porque lo que podía ser útil, necesario o inevitable en Rusia, podía
ser, al contrario, superfluo o nocivo en otras partes. El consejo de Lenin es
bueno para los revo-lucionarios de todos los países.
26
INSURRECCION
y EXPROPIACION
De la revolución
surgirá un estado de cosas que será el resultado del libre desarrollo de las
fuerzas popu-lares en el seno de la revolución misma, de la volun-tad del
proletariado, emancipado del yugo patronal
y gubernamental y reorganizado en la forma que
creyera más conveniente. Los organismos nuevos, que se habrán formado para
proveer a las necesidades de la vida social; las varias agrupaciones, pequeñas
o grandes, locales o regionales, nacionales o internacio-nales, creadas por el
impulso de las más variadas necesidades, serán lo que sus componentes quieran.
Lo importante (a
fin de que la revolución no haya sido hecha inútilmente) es que nadie pueda
explotar más el trabajo ajeno, que nadie se encuentre obligado a trabajar para
otros, que unos no deban sufrir una forma de organización impuesta por la
fuerza, por los otros y que las distintas agrupaciones sean libres de
desarrollar la propia actividad en la órbita del bien colectivo (es decir de
modo que no perjudique a los demás) y de cooperar con cuantos tienen con ellos
identidad de fines o alguna necesidad común que proveer.
Cuando el
proletariado se haya desembarazado de sus dominadores políticos y económicos el
mayor de
27
los errores sería
imponerle, contra su voluntad, un tipo único de organización social que, por
perfecto que sea idealmente, perderá toda vi¡tud por el solo hecho de ser
impuesto a la fuerza. La imposición violenta, por obra de un gobierno central y
dictato-rial, podrá tener el éxito momentáneo y aparente de todas las cosas
hechas por la fuerza. Pero cuando naturalmente, el esfuerzo violento de los
dictadores se haya agotado, la revuelta, por largo tiempo com-primida,
estallará; y los gobernantes deberán adver-tir a su costa y riesgo que
contribuyeron a hacer odioso entre las masas aquel ideal en nombre del cual
habían ejercido la autoridad y la coacción.
No, 5,610 un cambio polftico
Una de las razones que aportan los socialistas favo-
rables a la
dictadura es la de que tendremos necesi-
dad de un período de "gobierno fuerte" proletario,
durante y después de la revolución, para hacer y
llevar a buen
término la expropiación de los capita-listas.
"Conquistemos
con la revolución el gobierno y, por medio de los poderes públicos formados de
un modo gradual, electoral o insurreccionalmente, por los pro-letarios, por un
período más o menos largo pero siempre de algunos años, procederemos a la ex-propiación
legal de .la burguesía. Continuarán exis>-tiendo burgueses no expropiados
todavía.; habrá aún dos clases: el proletariado, clase dominante, y la bur-
guesía, dominada y
en camino de su gradual eUmi-' nación." #
• Bordiga, Ah1adeo. Soviet, periódico bolchevique, 5-X-1919.
28
Aquellos que hablan
así conciben todavía la revo-lución según el viejo sentido político. Es decir,
quie-ren una revolución política. Luego, como piensan que los socialistas irán
al poder, después, según ellos, se-rán éstos quienes harán por medio del gobierno
la revolución social. Es una. de aquellas formas de socia-lismo utópico que
Federico Engels criticaba hacia 1878 polemizando con Diihring, demostrando como
siendo la fuerza económica la causa primera del po-der político éste no puede
mantenerse en manos del proletariado si el proletariado no transforma (tnte
todo los
instrumentos de la producción en propiedad del Estado, esto es si ante todo no
lleva a cabo la
expropiación.
Los anarquistas,
como se sabe, quieren hacer de otro modo la expropiación. Los instrumentos de
la producción deberán pasar directamente a manos de los trabajadores, de sus
organismos de producción.
Nosotros pensamos
además que el poder político no es solamente efecto de la fuerza económica,
sino que uno y otro son vuelta a vuelta, causa y efecto.
Pero aun
prescindiendo de las razones particulares, sugeridas por la concepción
anarquista, y siguiendo las ideas generales admitidas por los socialistas,
.es-pecialmente por los marxistas, nos parece que es ra-dicalmente errónea la
opinión de aquellos que inten-tan sustraer a la acción insurreccional de las
masas
la tarea de la
expropiación para confiarla a un go-bierno revolucionario o
post-revolucionario.
Nosotros no creemos
en las virtudes reconstructi-vas y organizadoras del Estado y por eso somos
anar-quistas; pero también aquellos que no lo son, pen-sando que una forma
estatal puede ser necesaria para mantener unido al cuerpo social, si son
socialistas, y marxistas particularmente, no pueden admitir como
29
posible la
existencia de un Estado proletario y socia-lista mientras perdure el patronato,
es decir mientras el proletariado continúe siendo explota.do y dominado
económicamente por la burguesía.
¿Cómo podría el
proletariado ser y permanecer como clase dominante, políticamente, y quedar al
mis-mo tiempo como clase económicamente sometida? A nosotros nos parece esto un
error gravísimo de aquellos que, sugestionados por el ejemplo ruso, no se dan cuenta
de que los socialistas no sólo pueden equivocarse, sino también ser obligados
por la fuerza de las circunstancias a hacer lo que no sería aconse-jable de
ningÚn modo en situaciones distintas.
Si el proletariado,
o en su nombre una minoría conciente, lograra con la revolución abatir el
gobierno central burgués y no aprovechara inmediatamente la ausencia del perro
de guardia para expropiar a la burguesía en todos los puntos del territorio; si
inme-diatamente la acción de las grandes masas no sustitu-yera o no entrara en
la liza alIado de la minoría que
abrió el camino, de
modo que por doquiera los pro-letarios tomaran en sus manos la administración
de la
propiedad, sino que
al contrario dejaran esa propie-dad en pie (es decir que los burgueses quedaran
como propietarios de la riqueza) contentándose ellos con llegar a ser los
gobernantes, o mejor quizás con nombrados, o poder ser simplemente los
privilegiaaos en el derecho a votar, es fácil prever los graves suce-sos que
ocurrirían sin necesidad de tener dotes de profeta.
La previsión es
completamente marxista, pero no por eso menos justa. Pasado el primer momento
de conmoción, el gobierno político volverá a ser determi" nado por el
factor económico. Que los gobernantes
30
se digan, o hayan
sido, socialistas o proletarios tiene poca importancia; ellos, para permanecer
en el po-der, no podrán ser más que la expresión más o menos disimulada de la
clase que ha quedado económica-mente como privilegiada. Si la mayoría de los traba-jadores
ha de estar entonces bajo la dependencia económica de la burguesía, cuando
deban elegirse los representantes, se elegirá en gran parte a quienes quiera la
burguesía ... igual que hoy. Hoy votan tam-bién los burgueses, pero sus votos
no bastarían de ningÚn modo para constituir una mayoría parlamen-taria; y si la
mayoría del parlamento es burguesa se debe a que la mayoría de los proletarios
votan por sus explotadores. Después de la revolución, si los pa-trones quedan
tales, el sufragio universal proletario servirá cuando más para crear una nueva
forma de politiquería y de burocracia, especialmente de inter-mediarios entre
la clase obrera y la clase burguesa,
los que, como todos
los intermediarios, con ropajes y nombres nuevos, acabarían obrando en interés
de los económicamente más fueItes.
La existencia del
gobierno al día siguiente de la revolución, mientras no sea posible abolido,
será un peligro permanente para la revolución misma; pero el peligro será doble
si a su lado, aunque sea también formalmente hostil, continúa existiendo el privilegio
económico. Los dos privilegios, el del poder y el de la riqueza, antes o
después acabarán poniéndose de acuerdo contra las masas populares, y los frutos
de la revolución serán por cierto diezmados. El gobierno, aunque se diga
socialista, no escapará a las leyes de su naturaleza; cambiarán las personas de
los privile-giados, las formas del privilegio, las divisiones de clases, habrá
cambios de puestos en la riqueza, etc.,
31
pero el Estado, al
continuar existiendo como fuente de privilegios políticos, tenderá siempre a
reflejar los intereses de la clase que goce del privilegio econó-mico y por
tanto a conservar a éste, abatiendo las
ramas secas pero
favoreciendo su continua repro-ducción.
Para impedir todo
eso, aun según el concepto mar-xista que da al Estado una tarea de
reconstrucción y de organización, en tanto que deja la tarea destruc-tiva a la
revolución, es absolutamente necesario que la revolución, desde su primer
momento, sea radical-mente expropiadora. Es tanto más necesario esto según
nosotros, los anarquistas, que tenemos todas las razones para temer que el
nuevo Estado, eventual-mente surgido de la revolución, para poner un dique a
ésta velando por la conservación propia, acabe apo-yándose en la burguesía
superviviente, toda vez que a ésta le sea dejada la enorme fuerza
qUE)constituye la riqueza.
Quien tiene el
poder sobre las cosas tiene el poder sobre las personas, como decía Malatesta.
La burgue-sía que siga siendo dueña de la propiedad, por un período más o menos
largo, pero siempre mesurable por años, tendrá todo el tiempo que necesite para
reponerse y volver
a adueñarse de la autoridad po-lítica.
La expropiación debe ser
inmediata
Negar la función
expropiadora de la revolución, en-tendida como acto resolutivo que rompe las
resisten-O ciaspolíticas y armadas de la burguesía, es inconce-bible,
impracticable e inconciliable con el triunfo de
32
la revolución
misma. ¡Pero tal vez, por fortuna, es imposible evitar esa función!
El pueblo, el
proletariado, no concibe la revolución sino como acto de expropiación. Si le
decimos: "deja las riquezas a los señores y mándanos a nosotros al
gobierno, que después pensaremos en hacértelas en-tregar poco a poco",
correremos el riesgo de que se nos rían en la cara y de que nos digan que no
de-sean absolutamente hacerse agujerear la piel en las trincheras de la
revolución por nuestra linda cara! Para interesar desde el primer momento a las
gran-des masas en la causa de la revolución es preciso que ésta tenga
inmediatamente un contenido, un fin, un objetivo práctico e inmediato de
carácter económico.
Si se dejara
solamente al poder revolucionario cen..-tral la tarea de la expropiación,
ocurriría también la desdicha de que las grandes masas alejadas de los centros
urbanos perderían todo interés en la revolu-ción y podrían poco a poco ver
entibiados sus entu-siasmos y aun ser ganadas por la reacción, con otros
motivos y pretextos sugeridos por las tradiciones y supersticiones del pasado.
Es preciso que en
toda ciudad, en toda comarca y aldea, así como en los campos, vencida la
resistencia del poder político, los proletarios sean llamados in-mediatamente
-si no lo hacen espontáneamente, co-mo es más probable- a apoderarse localmente
de la propiedad territorial, industrial, bancaria, etc. y a proceder a un
inmediato incendio de todos los títulos
de propiedad, de
los archivos catastrales, notariales, etc.
Muchos burgueses
(es natural) en el primer mo-mento del conflicto desaparecerán en las formas
más diversas. Pero, si a la expropiación los proletarios qui-
33
sieran agregar
también una especie de temporal "se-cuestro de personas", contra los
sobrevivientes, bien como rehenes, o bien porque tal cosa puede semos
necesaria a fin de
proseguir técnicami:mte la produc-ción, será este un asunto a ser considerado
en el
terreno de los,
hechos y en modo alguno a ser des-cartado de antemano. La forma práctica de
proceder es cuestión a ser discutida, pero sólo después de estar de acuerdo con
el principio general de que se debe, desde el primer momento insurreccional,
echar mano a la expropiación; sobre lo demás será fácil entenderse luego. No
faltan para esta tarea los orga-nismos proletarios necesarios -grupos locales,
organi-zaciones y sindicatos proletarios y corporativos, co-mités o consejos
obreros, por comuna, por provincia o región, etc.- a través y por medio de los
cuales el proletariado ejercerá, con su acción directa, la propia fuerza
expropiadora, sin confiar la misión a un Es-tado central, proletario de nombre,
pero de hecho
compuesto por unas
cuantas personas de un solo par-tido.
Cómo se ha podido
negar que esto sea posible, has-ta el punto de preferir la acción problemática
de un Estado, no lo comprendemos. Sin embargo no vemoS nosotros solamente tal
posibilidad, sino que la ven también otros socialistas, entre ellos una parte de
los
bolcheviques rusos,
que precisamente por ello se lla-man o han sido llamados
"inmediatistas".
Más que posible, la
expropiación desde el primer momento insurreccional, decíamos más arriba, es
qui-zás inevitable. La expropiación, es decir la toma de posesión de las
fábricas, de los establecimientos, de los instrumentos de trabajo en general y
de todos los productos acumulados, es una de .las formas con que
34
se iniciará la
revolución; en cierto modo podría tam-bién preceder en parte a la insurrección
misma.
Todo esto es ya una
demostración de lo erróneo que resulta aquella especie de fatalismo por el cual
ciertos socialistas marxistas creen que es imposible expropiar a .la burguesía
desdeZos primeros actos re~ volucionarios. Son palabras textuales que hemos
visto emplear aquí y allí por los periódicos bolchevizantes; pero en vano
buscamos en ellos argumentos concre-tos, fuera de las usuales afirmaciones
axiomáticas y
apriorísticas, que
demuestren esa pretendida impo-sibilidad.
¿Es verdaderamente
tan difícil para los obreros proseguir trabajando por su propia cuenta, después
de haber expulsado a los amos? ¡Pero si los obreros están ya en las fábricas,
los inquilinos en las casas, los campesinos en las tierras, etc., etc.! Y aun
dónde
sea preciso
proceder directamente a la ocupación, una vez vencida la resistencia armada
gubernamental, el hacerla no puede exigir más que un esfuerzo mí-nimo. ¿Para
qué confiar tal misión expropiadora a un gobierno dictatorial central que
complique las co-sas y las postergue siempre más?
Dejemos aparte,
porque la cuestión no obstante estar ligada es distinta y puede ser resuelta
aislada-
mente, el otro
problema sobre la utilidad, inutilidad o daño de la existencia del Estado
dentro de la so-
ciedad socialista,
si la función del socialismo se con-cilia o no con él y si en interés del
socialismo conviene más apoderarse de él que combatido y tender a ani-quilado.
Aislemos un poco
esta cuestión de la posibilidad histórica, social y técnica de iniciar la
expropiación por parte del proletariado, desde el primer momento de la
revolución y durante el período insurreccional.
35
Sobre la
teoría de las
"etap,as fatal,e,s"
Aun aquellos que
citan en su apoyo el Manifiesto comunista. de 1847 se equivocan; y a costa de
hacer-les repetir (como se nos ha dicho, y algo semejante decía también
Plejanof de Bakunin) que somos los rutinarios del marxismo, insistimos en
sostener este concepto esencialmente marxista: que el gobierno es siempre la
expresión de la clase económicamente más fuerte, el cómplice y el aliado de
ésta. Dado y no concedido que un Estado deba existir después de la revolución,
pasado el período insurrecci:onal, si en
ese período los
burgueses no fueron expropiados, es decir convertidos en los más débiles aun
económica-
mente, en breve
volverían a ser los más fuertes aun políticamente. Mejor dicho, el gobierno,
aun el de nombre y de apariencia socialista, haciendo un poco de lugar a tal o
cual advenedizo, volvería a ser en realidad un gobierno burgués.
No hay nada en el
Manifiesto comunista que revele en sus autores una opinión contraria a ésta.
Hacia el fin del segundo capítulo se trata la intervención des>-p6tica del
proletariado, por medio del dominio polí~ tico, en cuyas manos centralizará
todos los instrume11t-tos de la producción, en el derecho de propiedad y en las
relaciones de la producción burg'J1,esa.concepto; discutible desde el punto de
vista anarquista, pero nada absolutamente inconciliable con la expropiación a
realizar en el primer período insurreccional, con-temporáneamente a la
destrucción del gobierno bur-gués o inmediatamente después. Es claro que
noso-tros no creemos en la posibilidad de una «socializa-ción instantánea', ya
que ni siquiera la insurrección podría ser instantánea. Y además nosotros
hablamos
36
de la expropiación,
del acto material de quitar la ri-queza a los capitalistas, y no del proceso de
la orga-nización socialista, que exigirá un tiempo mayor, si bien nos parece
excesivo el espacio de una genera-ción imaginada por el bolchevique ruso Radeck.
Para volver a Marx,
en apoyo de esto, agreguemos que ese final del Il capítulo, que sólo en
apariencias o por lo menos bastante lejanamente y no de un mo-do seguro, se
acerca al concepto dictatorial, se refiere
a 1847; y los mismos Marx y Engels advertían en
un prólogo de 1872 que "la aplicación práctica de los principios generales
dependerá en todo lugar y en toda época de las condiciones históricas del
mo-mento; y no se debe dar por esto demasiada impor-tancia a los propósitos
revolucionarios que se leen al
final del capítulo
Il, que podrían ser distintos bajo otras relaciones diversas". Más
adelante ellos mismos
advierten que no
basta, como demostró la Comuna, que la clase obrera tome posesión de la
maquinaria del Estado tal cual es para. dirigirla hacia sus prO'-ptos, f'tnes..
'(t
Creemos no
contradecir sino completar el pensa-miento añadiendo: es preciso también tomar
posesión de la riqueza social, de los engranajes de la produc-ción y del
consumo, sin admitir, claro está, desde nuestro punto de vista, que la máquina
estatal deba ser conquistada en vez de destruida; y todo esto des-de el primer
momento.
Carlos Radeck escribía hace
tiempo que "la
dic-
tadura es la forma
de dominio por la cual una clase dicta sin consideraciones su voluntad a las
demás
clases". Ahora
bien, nosotros pensamos que no es pre-
* Marx, Karl y Engels, Federico. Manifiesto Comunista.
37
ciso la dictadura
para obrar sin consideración alguna contra la burguesía y nos parece que, con o
sin dicta-dura, con la acción gubernamental o con la acción di-recta
proletaria, el mejor modo de obrar si.n considera-ciones contra el capitalismo
es el de comenzar por ex-
propiarlo desde los
primeros instantes de la revolu-ción. Pero Radeck agrega: La revolución
socialista es
un largo proceso
que comienza con el destronamiento de .la clase capitalista, pero termina
solamente con la transformación de la economía capitalista en econo-mía
soci.alista, en la república cooperativa obrera; este proceso exigirá cuando
menos una generación de dictadura. proletaria, etc. ¡¡, Dejando aparte por un
instante la cuestión de la dictadura, no obstante que aún admitiendo la
dictadura persiste la necesidad de la expropiación insurreccional de la
burguesía, ob-servamos que el largo proceso a que se refiere Ra-deck incluye
toda la compleja revolución socialista y no solamente el hecho material de la
expropiación. y si este proceso debe empeza.r con el destronamiento de la clase
capitalista estamos de acuerdo; pero sos-tenemos que no es posible "destronar
una clase" con sólo arrojarla del poder político, es decir sin desar-marla
del arma formidable de la riqueza.
Vale decir que una
insurrección afortunada puede echar del gobierno a los burgueses y hacerlo
ocupar por los obreros (o lo que es más probable por los abogados de los
obreros), pero si aquellos no son expropiados insurreccionalmente y se espera
que el gobierno lo haga más tarde, por leyes, decretos, ete., será propiamente
como decir ¡espera caballo mío que la hierba crezca! La insurrección puede por'
* Radek, C. El desarrollo del socialismo: de la ciencia a la acci6n.
38
un período breve
romper las leyes del determinismo económico, es decir vencer las resistencias
armadas
de una clase
económicamente poderosa, pero para lle-gar a la victoria es necesario que
transforme con su misma violencia, en el breve ciclo de su acción, las
condiciones económicas de tal modo que éstas deter-minen a su vez un mayor
desarrollo de la revolución y la derrota definitiva de los elementos burgueses
que quisieran levantar de nuevo la cabeza.
Para esto es
necesario quitar la propiedad a los burgueses, desde el primer momento, de
manera que no sean más de ningún modo los privilegiados. Des-pués ... ¡el que
no trabaja no come! Pero si no se hace así y se confía la tarea de la
expropiación al gobierno dictatorial socialista, para que éste tarde en sus
trabajos al menos una generación -si por lo tanto se da tiempo a la burguesía
de respirar en sus pala-cios, en sus tierras y en sus fábricas- no pasará
mu-cho sin que vuelva a tener su gobierno, poco importa que sea de nombre
socialista o proletario.
Cuando más habrá
cambiado esto: que ciertos bur-gueses habrán desaparecido en la tempestad o se
ha-brán convertido en proletarios, que la burguesía se renovará, incorporándose
a ella ciertas élites de obre-ros privilegiados, de hombres de partido, dirigentes,
cte., pero la revolución no habrá alcanzado su fin:
el comunismo.
Que nadie
esté sometido ni
explotado
Preguntábamos más
arriba qué dificultades reales (vencida la oposición gubernamental) podrían
impedir que la actividad expropiadora se desarrolle pronta-
39
mente, como tarea
paralela a la insurrección o que sucediese inmediatamente al derrumbamiento del
po-der estatal. Un razonamiento abstracto o puramente dialéctico, sea aun
marxista, no basta· para hacemos comprender cómo y por qué los campesinos
deberán continuar reconociendo al propietario y llevándole una parte o todos
los frutos de la tierra por ellos tra-bajada; por qué los trabajadores de los
establecimien-tos y fábricas no podrán expulsar al patrón y conti-nuar
trabajando por cuenta de la comunidad popular; por qué el pueblo no podrá
apoderarse de toda la sustancia útil para mantenerse, vestirse y calentarse,
distribuyendo rápidamente entre todos lo más ne-cesario y reuniendo el resto en
los almacenes pues tos a disposición de la comunidad; qué es en suma lo que
pueda impedir a los trabajadores obrar a su manera y tomar lo que deseen desde
el momento que no hay ya un gobierno que defienda a los propieta-rios y a los
capitalistas. Estos probablemente desapa-recerán, ¡al menos mientras un nuevo
gobierno no les devuelva una cierta seguridad de poder reaparecer
tranquilamente!
¿Por qué ha de ser
imposible todo esto? ¿Quién o cómo podrá impedirlo? Su posibilidad técnica, tal
como hi entendemos nosotros, será indudablemente difícil de explicar en el
lenguaje pseudo-científicopre-ferido por los marxistas, porque las cosas
demasiado sencillas se dicen bien solamente con un lenguaje sencillo y común.
Pero cuando estas cosas son dichas a los proletarios, éstos las comprenden; y
comprenden perfectamente que no son muy difíciles de realizar y que todo lo
dispondrían bastante bien por sí mismos.
Ciertamente no
basta quitar la riqueza a los patro-nes, no basta quitarles los medios de
producción; es
40
preciso también
continuar produciendo. Es preciso por consiguiente organizar la producción de
un modo socialista. También esto hay que hacerlo rápidamente,
porque sin comer
tampoco se vive en el período re-volucionario.
Se nos puede
objetar que la realización de la ex-propiación, o al menos el hecho de que no
haya más amos, dependerá también de la posibilidad de vivir sin éstos, de
sustituirlos ventajosamente en la organi:-zación de la producción. No tenemos
dificultad en reconocer que para llegar a la socialización completa será
necesario un período más largo del simplemente insurreccional y expropiador.
Pero esto no significa que desde el primer momento, sea en un régimen to-davía
no perfectamente organizado en sentido comu-nista, sea quizás después de
algunas dificultades, no se pueda vivir, no nos podamos acomodar de modo tal
que ninguno de nosotros tenga necesidad de ~e-jarse explotar y oprimir por los
demás para ir viviendo.
Porque en realidad
lo importante para el socialismo es esto: que cada unO' pueda satisfacer sus
necesioo.. des sin dejarse explotar y oprimir por otro. Es esto lo que quieren
los trabajadores y el medio para conse-guir tal posibilidad y mantenerla, es decir,
el tipo de organización social para adoptar, viene en segundo lugar, y sólo en
cuanto es necesario para alcanzar el fin expresado.
Dos fases de la revolución socialista
Una cosa es la
expropiación y otra la organización comunista de la sociedad. La primera es el
acto ma-terial con que se destruye el derecho de propiedad,
41
el cual es menester
realizar rápidamente; la otra es un acto de reconstrucción que también es
preciso con-siderar de inmediato, pero que ser;Í necesariamente más extenso y
complejo que el de la destrucción.
Es menester desde
el primer momento no sólo con-tinuar produciendo para vivir, sino comenzar a
orga-nizar con método la producción, proseguida y al mismo tiempo organizar la
distribución y el consumo. Pero para todo ello el medio más inhábil e
incompe-tente de todos es propiamente el de un gobierno, compuesto de pocas
personas, que lo dirigen todo desde su puesto central. Esto sigue siendo así
tanto si esas personas fueron al poder por un golpe de mano, como si fueron
llevadas por medio de eleccio-nes proletarias.
Mayores y mejores
virtudes organizadoras (sin los defectos y peligros de la burocracia estatal)
tiene la acción directa proletaria y popular, procedente de su iniciativa, por
medio de los propios organismos li-bres, salidos y formados en su seno. Tales organismos,
a través de los cuales se proseguirán las funciones de la producción y de la
distribución -y que al mismo tiempo garantizarán un mínimo de orden y de
coor-dinación indispensables- serán, además de los nÚcleos que surjan
espontáneamente de la revolución, preci-samente aquellas agrupaciones ya
existentes, proleta-rias, socialistas, sindicalistas, anarquistas, los
sindica-tos y las uniones de oficio, organizados por localidad o por industria
según los casos, las cooperativas de clase, las ligas campesinas, los consejos
de fábrica y, en fin, aquellos comités o soviets comunales, regiona-
les· e
interregionales de los que nos llega el ejemplo de los comienzos de la
revolución en Rusia.
Nosotros somos comunistas, en efecto, porque es-
42
tamos convencidos
de que tal resultado se puede ob-tener durable y definitivamente sólo por medio
de la socialización de la propiedad en sentido comunista. Pero lo que importa
es que el resultado se consiga; y la primera condición para alcanzado, el primer
paso, es el de quitar. a los ricos los medios de explotar a los pobres: es
decir, despojados de sus riquezas privadas.
He aquí por qué la
expropiación es la condición primera del desarrollo y aun del triunfo de la
revolu-ciÓn. Los términos medios, el dejar subsistir formas de explotación, es
decir, el dejar a los capitalistas la fuerza económica, que para ellos es el
medio de ac-ción específica, equivale a dejar los dientes a la ví-bora. Se
debería seguir luchando contra ellos enton-ces y no se llegaría a estar nunca
seguro de vencerlos completamente. Si la insurrección, al contrario, fueTa
expropiadora, la víbora se haría innocua, los capita-listas no tendrían ya
dientes para morder y la socie-dad no pondría en sus manos ningún arma.
Realizada la
expropiación, la libertad (que no debe confundirse con la libre concurrencia,
con la libertad
económica de
producción y de explotación del régi-men capitalista) no estará en pugna con
las necesi-dades de la producción para todos y con la igualdad social. La
contradicción existente hoy a causa de las divisiones de clases y del monopolio
burgués será suprimida y quedará imposibilitada con la expro-piación.
Marx y Engels, en
su Manif.iesto, llegaban hasta a afirmar que "el comunismo no quita a
nadie la fa-cultad de apropiarse los productos sociales, impide sólo valerse de
ellos para esclavizar el trabajo ajeno". Que el trabajo no sea
esclavizado: he aquí el princi-
43
pío verdaderamente socialista; vale decir, el socia-
lismo es una
afirmación y no una negación de la libertad.
Ciertamente, una
vez derribado el Éstado burgués
y expropiados los
capitalistas, la obra de socialización definitiva no se hará instantáneamente
sino -tanto
dentro de una
dirección autoritaria, como siguiendo las normas libertarias, pero mejor con
estas últimas-a través de un período de organización experimental. La
organización socialista de la producción y del consumo, como de las otras
relaciones sociales, podrá tener su principio, y es bueno que lo tenga, desde
el primer momento de la revolución, pero no podrá ser bastante completa ni
definitiva mientras el pueblo no pueda dedicarse a ella sin ninguna otra
preocupación, mientras en la calma y en la paz no se puedan en-
sayar las formas
más apropiadas, perfeccionadas y ultimadas.
Desde ya:
capacitación y programa
Mientras dure el
trabajo de reorganización, hasta tan-to el Estado burgués haya sido derribado y
el capita-lismo expropiado, lo importante será evitar la posi-bilidad de toda
nueva explotación y opresión de los trabajadores, porque es esto lo que podría hacer
re-nacer al capitalismo de sus propias cenizas. Para evitado, el remedio
preventivo más radical es la ex-propiación inmediata por medio de la
insurrección. Cuando los trabajadores hayan echado mano a la pro-piedad y no
exista por otra parte la violencia estatal para tenedos sometidos, ni para
defender contra ellos a cualquier rico que intente resistirse o a cualquier
44
pobre que quiera
enriquecerse, los ricos no podrán existir más y no habrá tampoco más
asalariados. Es decir, será imposible aquel sometimiento al traba40 ajeno, del
que habla Marx, aun cuando la reorganiza-ción social no haya sido todavía
ultimada.
A menos ... a menos
que el peligro no venga de la eventual dictadura socialista que, vencidas las
re-sistencias del viejo régimen, llegue a convertirse a su vez en opresora de
la nueva sociedad, transformando a los h'abajadores de esclavos del capital privado
en esclavos del Estado. Volvemos así a nuestra preocu-pación constante, una de
las preocupaciones que nos hacen ser anarquistas.
Recordemos, bien
que lo hayamos dicho ya, que nosotros consideramos aquí a los Soviets como
asocia-ciones de productores, para la producción y el con-sumo comunistas, las
cuales no tienen de ninguna manera necesidad de ser superpuestas por un
gobierno
dictatorial que
solamente obstaculizaría y estorbaría la útil función económica.
A todos estos
distintos tipos de organización pue-den agregarse otros. Organizaciones obreras
y profe-sionales que hoy son extrañas o demasiado tímidas y moderadas, serán
ciertamente utilizadas por la revo-lución: sociedades médicas, corporaciones de
emplea-dos, de ferroviarios, de telegrafistas, de personal téc-nico,
ingenieros, químicos, etc., así como también ciertas instituciones de origen y
de naturaleza bur-guesa (después de haber expulsado a los capitalistas y toda
dirección no exclusivamente técnica, se com-prende), pero asimilables y
fácilmente transformables en organismos de vida revolucionaria, como entidades
autónomas y cooperativas de consumo, ciertos gran-des almacenes de
aprovisionamiento y oficinas públi-
45
l:as y privadas de
distribución, algunos de los más importantes servicios de utilidad general, que
hoy son administrados con el único fin de especular o como instrumentos de
gobierno, etc. El personal empleado, aun cuando no sea estrictamente
proletario, pero que constituya una categoría poco distinta, no tendría
necesidad del gobierno y del ministro o del patrón y del empresario para
continuar su trabajo. Algunas ocupaciones y servicios podrán también tener
necesi-dad de una organización de tipo centralizado y mu-chas otras no. Pero
esta especie de centralización, de funciones y no de poderes, especialmente
para un tipo particular de servicio, es muy diversa de la cen-tralización de
funciones y de poderes al mismo tiem-po, de todos los servicios como de toda la
autoridad, en manos de un gobierno dictatorial único. Aun para tales servicios
y trabajos el gobierno sería, por lo me-nos superfluo.
Pero para que la
revolución pueda tomar una orien-tación tan libeltaria, descentralizada,
antiestatal, es
preciso que también
la anterior preparación moral y material y por consiguiente nuestra propaganda,
se encuentre informada por tales principios. En lugar de habituar a las masas a
la idea de la dictadura y esperar de la conquista del poder el medio único de
desatar todos los nudos, en lugar de atribuir toda ta-rea técnica
revolucionaria a los comités centrales, a la dirección de un partido o de una
confederación, etc., es preciso preparar los grupos y organismos ya existentes
para desempeñar la tarea hacia la cual se sienten más capaces o capacitados
para alguna si no lo están todavía; y al mismo tiempo formar aquellos' nuevos
organismos, más o menos embrionarios, de dis-tribuciÓn, de reedificación y de
elaboración que se
46
pueden prever
necesarios, de modo que no nos encon-tremos al día siguiente del derrumbamiento
del poder sin nada listo, sin un preciso programa práctico para realizar y por
consiguiente obligados a tolerar que un nuevo poder sustituya al antiguo, en
sustitución ta111-bien de nuestra ausente capacidad coordinadora y productiva.
47
EL MIEDO A LA LIBERTAD
La aberración de
los que ven la salvación de la revo-lución en la dictaduri, después de haber
hecho du-rante una larga serie de años de la causa del socia-lismo también una
causa de libertad, no es distinta de la aberración de aquellos revolucionarios
que, al estallar la primera guerra mundial, vieron comprome-tidos de repente la
libertad y el socialismo, no tanto por la guerra en sí, como por la amenaza de
victoria de una de las partes beligerantes.
En realidad estos
últimos estaban nuevamente ofus-
cados después de
casi un siglo de experimentos, por la ilusión democrática, y confiaban de nuevo
a la democracia burguesa una misión salvadora. Los par-tidarios de la dictadura
proletaria caen en un error semejante, creyendo traer un remedio al sustituir
la más o menos enmascarada dictadura burguesa por aquella de los representantes
de los trabajadores. Y a nosotros, que afirmamos que se debe dejar que la
re-volución se desencadene con el máximo posible de libertad, dejando el camino
abierto a todas las inicia-tivas populares, nos responden con una cantidad de
objeciones, que pueden ser resumidas en un senti-miento único, que por lo demás
no son capaces de confesar ni siquiera a sí mismos: el miedo a la liber•.. tad.
Después de haber exaltado al proletariado ahora
49
lo reputan en lo
íntimo de su pensamiento incapaz de administrar por sí propio sus intereses y
piensan en el nuevo freno que será necesario pon<:rle para guiarlo "por
la fuerza" hacia la liberación.
Hacen como el
enfermo que debía sufrir una ope-ración y fue el más audaz, aun contra los
médicos, en sostener que la operación se imponía, en desemola, en apresurar los
preparativos con la esperanza de cu-rar; y después, en el último momento, se
niega y pre-fiere una inyección de morfina que calma por el momento el dolor,
da la ilusión pasajera del mejora-miento, pero deja intacto el mal y el peligro
de la muerte. Tiene una porción de escrúpulos, de temores y todas sus
objeciones son dirigidas a retardar el mo-
mento del acto
operatorio, que sería el acto de su verdadera curación.
Pretextos intel,eduales para la
dictadura
Todas las
objeciones que presentan los partidarios de la dictadura giran en torno a este
principal argumen-to: de la incapacidad de la clase obrera para gober-narse por
sí misma, para sustituir a la burguesía en
.la administración
de la producción, para mantener el orden sin el gobierno; es decir, le
reconocen sólo la ~apacidad de elegir representantes y gobernantes.
Naturalmente, no declaran este concepto con nuestras mismas palabras; antes
bien, lo enmascaran a sí mis-mos más celosamente que a los otros con
razonamien-tos teóricos diversos. Pero su preocupación dominante eS ésta: que
la libertad es peligrosa, que la autoridad es necesaria para el pueblo, así
como los ateos bur·
50
gueses dicen que la
religión es necesaria para no desviarse del buen camino.
Puede suceder, en
efecto, que la autoridad se haga necesaria, pero no porque sea algo
"natural" y porque no se pueda pasar sin ella, sino por el hecho de
que el pueblo se ha habituado a considerarla indispensa-ble; porque en lugar de
enseñársele a obrar por sí y las·formas cómo podría por su propia cuenta
resolver las dificultades, se le mantiene sobre este punto en las tinieblas,
más bien se le oculta la verdad, y para tenerlo más sometido se le muestra todo
fácil; porque se le enseña desde ahora que, apenas sacudido el yugo actual,
deberá crearse inmediatamente un nuevo go~ bierno que se ocupará de pensar cómo
debe dirigir y atender todo más tarde.
Aquellos que hablan
de la dictadura como de un mal necesario en el primer período de la revolución
-en el cual, por lo contrario, sería necesario un má-ximo de libertad-, no
advierten que ellos mismos contribuyen a hacerla necesaria con su propia
propa-ganda. Muchas cosas se hacen inevitables a fuerza de creerlas y de
quererlas como tales; en realidad, las creamos nosotros mismos. Asísucede con
la dictadura,
que los marxistas
están preparando con su propagan-da, en lugar de estudiar la posibilidad de
evitar este mal, esta preventiva amputación de la revolución. Ellos no encaran
por completo el problema, precisa-mente porque no tienen bastante fe en la
libertad, porque, al contrario, apoyan toda su fe en la autori-dad. Por
consiguiente, no pueden resolver el problec ma. Lo resolvemos, sin embargo,
nosotros, los anar-quistas, que vemos en la libertad el mejor medio
para la revolución:
para hacerla, para vivirla y para continuarla.
51
El temor al
desorden, al desencadenamiento de las pasiones, al florecimiento de los
egoísmos, a los des~ ahogos de la brutalidad, de la indisciplina y de la
negligencia, etc., fue siempre el prefexto con que se
ha justificado toda
tiranía y combatido toda idea de revolución.
¡Es curioso que
algunos socialistas encuentren jus-tamente en este hecho una justificación de
sus ideas dictatoriales! Se desarrolla en sustancia este concepto: que también
la burguesía hizo su revolución impo-niendo la dictadura, que en realidad
vivimos bajo la dictadura burguesa, que la burguesía, para hacer la gu~rra,
acentuó su centralización dictatorial, etc., y que por eso también el
proletariado tiene derecho a hacer lo mismo. Que tenga derecho frente a la
bur-guesía, es decir, que la burguesía sea la menos auto--rizada para
escandalizarse ante la idea de una dicta-dura proletaria, puede ser un
argumento justo; antes bien, agregaríamos nosotros, que la burguesía hace mal
en alarmarse, aun desde su punto de vista, por-que peor suerte le reservaría una
revolución verdade-ramente libre de toda traba gubernamental. Pero que
el proletariado
tenga interés en recurrir a la dicta-dura, esto es harina de otro costal.
El ejemplo de que
haya servido a la burguesía no prueba nada; antes bien, prueba lo contrario. La
revolución social no puede tener la misma orienta-ción que la burguesía; y
además, una cosa es revo-lución y otra la guerra. No todos los medios que son
buenos para la guerra o para una revolución burgue-
sa, son buenos para
una revolución social. La centra-1ización autoritaria de la dictadura es un
medio to-
talmente
perjudicial, en cuanto es el más adecuado para transformar una revolución
social en revolución
52
exclusivamente
política -en especial al quitar alpuer blo la iniciativa de la expropiación
inmediata- vale decir preparar, desde el punto de vista proletario y
humano, el mismo
fracaso de las revoluciones prece-dentes.
Esas revoluciones,
que sin embargo fueron hechas especialmente por el pueblo, el cual era también
en-tonces impulsado por un deseo de liberación comple-ta y de igualdad no
solamente política, terminaron en el triunfo de una clase sobre otras,
justamente por-que la dictadura llamada revolucionaria preparó e hi-zo posible
tal triunfo. Si la burguesía la empleó fue precisamente para sofocar la
revolución, porque te-nía interés en ello. El proletariado tiene, al contrario,
un interés opuesto, es decir, que la revolución no sea sofocada, sino que
realice su curso completo. Ladic-tadura, por lo tanto, iría contra su interés.
Es verdad que una
dictadura proletaria y revolu-cionaria podría también trastornar, arruinar y
anular los privilegios actuales de la burguesía; pero ya que, debiendo ser
limitada en sus componentes, sería siem-pre la dictadura de algunos partidos o
de algunas clases, se vería inclinada no a destruir todo gobierno de partido y
toda división de clases, sino a sustituir el gobierno actual por otro, el
actual dominio de cla-se por otro de clase también. Y naturalmente, como la
existencia de un gobierno implica la existencia de súbditos, la existencia de
una clase dominante signi-fica la existencia de otras clases dominadas y
explo-tadas. Sería el mismo perro con diferente collar.
53
Chaleco de fuerza para la
revolución
No somos profetas
ni hijos de profetas y no podemos prever el modo como todo esto podrá
acontecer. Pero reclamamos la atención de los lectores, y en especial de los
socialistas, sobre este hecho: que el proletaria-do no es una clase única y
homogénea, sino un con-junto de categorías diversas, de algunas especies de
subclases, etc., en medio de la cual hay más o menos privilegiados, más o menos
evolucionados y aun al-gunos que son, en cierto modo, parásitos de los otros.
Hay en esa clase minorías y mayorías, divisiones de partido, de intereses, etc.
Hoy todo esto se advierte menos, porque la dominación burguesa obliga un poco a
todos a ser solidarios contra ella; pero el hecho es evidente para quien
estudie de cerca el movimiento obrero y corporativo. Ahora bien, la dictadura
prole-taria, que seguramente iría a pasar a manos de las categorías obreras más
desarrolladas, mejor organiza-das y armadas, podría dar lugar a la constitución
de la clase dominante futura, a la cual ya le agrada lla-marse a sí misma élite
obrera, para daño no sola-mente de la burguesía, simplemente destronada en las
personas de sus miembros, sino también de las gran-
des masas menos
favorecidas por la posición en que se encuentran en el momento de la
revolución.
Se constituirá de
seguro otra clase dominante -po-dría más bien llamarse una casta, muy semejante
a la actual casta burocrática gubernamental, a la cual justamente sustituiría-
integrada por todos los actua-les funcionarios de los partidos, de las organizaciones,
de los sindicatos, etc. Además, la dictadura tendría también, junto con el
gobierno central, sus órganos, sus empleados, sus ejércitos, sus magistrados, y
éstos,
54
junto con los
funcionarios actuales del proletariado, podrían precisamente constituir la
máquina estatal para el dominio futuro, en nombre de una parte pri-vilegiada
del proletariado y aliada a ella. La cual, naturalmente, cesaría de ser, en los
hechos, "proleta-riado" y se volvería más o menos (el nombre importa
poco) lo que en realidad es hoy la burguesía. Las cosas podrían ocurrir
diversamente en los detalles; podrían también tomar otra orientación, pero
sería parecida a ésta y tendría los mismos inconvenientes.
En líneas
generales, el camino de la dictadura no puede conducir la revolución más que a
una perspec-tiva de este género, es decir, a lo contrario de la
Finalidad principal
del anarquismo, del socialismo y de la revolución social.
Tan erróneo es
decir que se quiere la dictadura para la revolución como que se la desea para
la gue-rra. Que se la quiera para la guerra que la burguesía y el Estado hacen
con la piel de los proletarios, es natural. Se trata de hacer la guerra por la
fuerza, de hacer combatir por la fuerza a la mayoría del pueblo contra sus
propios intereses, contra sus ideas, contra su libmtad, y es natural que para
obligado se necesite un verdadero esfuerzo violento, una autori-dad coercitiva,
y que el gobierno se arme de todos los poderes en su contra.
Pero la revolución
es otra cosa: es la lucha que el pueblo emprende por su voluntad (o cuya
voluntad es determinada por los hechos) en el sentiqo de sus intereses, de sus
ideas, de su libertad. Es preciso, por consiguiente, no refrenarlo, sino dejado
libre en sus movimientos; desencadenar con entera libertad sus
amores y sus odios, para que brote el máximo de
energía necesaria
para vencer la oposición violenta de los dominadores.
55
Todo poder
limitador de su libertad, de su espí-ritu de iniciativa y de su violencia sería
un obstáculo
para el triunfo de
la revolución; la cu~l no se pierde nunca porque se atreva demasiado, sino sólo
cuando
es tímida y se
atreve muy poco.
Los temido,s "excesos revolucionarios"
El temor al
desorden y a sus consecuencias es una superstición infantil, como el temor a
caerse del niño que hace poco aprendió a caminar.
Ninguna revolución
está exenta de desorden, por lo menos en sus comienzos. Aun en las revoluciones
más suaves, más
educadas y más burguesas no se pudo evitar; ni se lo evitará en una revolución
social, que sacude completamente y desde su base a la so-ciedad. Pero
ciertamente, para que la vida sea posi-ble, es preciso que un orden se
establezca cuanto antes. Pero el problema que se presenta no es el de un nuevo
gobierno, sino el de saber qué es lo más apropiado para restablecer el orden,
cómo se puede establecer un orden mejor: un gobierno más o menos dictatorial o
bien la libre iniciativa popular.
Los marxistas optan
por un gobierno revoluciona-rio; nosotros, al contrario, creemos que el
gobierno, peor aún si es dictatorial, será un elemento más de desorden, puesto
que establecerá un orden artificial y nunca de acuerdo a las tendencias y a las
necesi-dades de las masas. Estas por el contrario, a través de las propias
instituciones libres podrán bastante me-jor y más ordenadamente proceder por
vía directa, desde ellas mismas, a organizarse en forma tal que quede asegurado
el "orden" necesario, es decir, el
56
orden libre y
voluntario, no el artificial y oficial que los gobiernos mandan e imponen desde
arriba.
Este orden en el
desorden ha sido visto y admirado en casi todas las revoluciones y durante los
'períodos de conmociones populares. A menudo se notó, en ta-les períodos, una
enorme disminución de los fenóme-nos de delincuencia común. Cuando desaparecen
los esbirros y el gobierno es inexistente, se puede decir que el pueblo asume
por sí mismo la responsabilidad del orden, no por delegación de terceros, sino
direc-tamente, en todo lugar, con los m,edios y personas de que localmente
dispone. Algunas veces, sin em-bargo, va también más allá de los límites, como
cuando, en 1848, fusilaba aun a cualquier mísero la-drón inconciente detenido
infraganti.
Este espíritu de
orden del pueblo ha sido adver-tido por todos los historiadores en los períodos
inme-diatamente sucesivos a las insurrecciones, cuando el viejo gobierno había
sido derrumbado y reducido a
la impotencia y el
nuevo no había sido creado toda-vía o era aún demasiado débil. Esto se vio en
los
meses más
desordenados, que los historiadores bur-gueses llaman de anarquía, de la
revolución de 1789-93, tanto en la ciudad como en el campo; así también en las
diversas revoluciones europeas de 1848 y des-pués en la Comuna de 1871. El
desorden vino más tarde, con el retorno de un gobierno regular, fuera éste el
viejo o el nuevo. Aunque hayan ocurrido siempre inconvenientes, como es
natural, jamás los hubo en los períodos "anárquicos" de tal magnitud
como aquellos que se han debido deplorar luego can el retorno del
"orden" impuesto por un gobierno cual-quiera.
No hay, por otra
parte, que bautizar como excesos
57
revolucionarios,
como desórdenes, ciertos actos de vio-lencia contra la propiedad y las
personas, que son verdaderos y propios episodios de la. revolución, in-
separables de ésta,
por medio de los cuales y a tra-vés de los cuales toda revolución se realiza.
La revo-
lución del 89, por
ejemplo, es inconcebible sin el ahorcamiento de los acaparadores y de los
causantes del hambre del pueblo, sin el incendio de los casti-llos, sin las
jornadas de Setiembre, sin los llamados
excesos de Marat,
de los hebertistas, etc. Esta especie de desorden es totalmente inevitable
antes de alcanzar
el orden nuevo que
a nosotros nos importa; es preciso, por lo tanto, dejarle toda la libertad para
manifes-tarse y para desarrollarse. Bastante más perjudicial sería querer
detenerlo, como sería perjudicial oponer un dique a un torrente cuyas aguas,
obstaculizadas en su curso natural se verterían en turbión para arrui-nar los
campos vecinos; mientras que dejándolas pro-seguir libremente su curso
llegarían antes a la lla-nura, donde proseguirían su camino hacia el mar,
siempre con la más grande tranquilidad.
El pueblo ha
mostrado esa misma capacidad de orden en todas las revoluciones, aun en un
sentido
positivo, es decir
como espíritu de organización para la satisfacción de aquellas múltiples
necesidades que aún en tiempos revolucionarios tienen su imprescin-dible
imperativo categórico. "Es preciso no haber
visto nunca en obra
al pueblo laborioso; es preciso haber tenido toda la vida la nariz metida en
los in-
folios y no conocer
nada del pueblo para poder dudar de él; hablad al contrario, del espíritu de
organiza-ción de ese gran desconocido que es el Pueblo a aquellos que 10 vieron
en París en los días de las barricadas o en Londres, durante la gran huelga de
los docks de 1887, cuando debía sostener un millón
58
de hambrientos, y
os dirán cuán superior es a todos los burócratas de nuestras
administraciones". "
Ni espontaneísmo ni uniformización
Sin embargo, no hay
que caer en el optimismo exce-sivo de Kropotkin, que conduciría a dejarse
arrastrar
por la corriente, a
no tener casi necesidad de pensar antes de obrar.
Es preciso
plantear, primeramente los problemas de la acción y de la producción,
preparando los ánimos, las voluntades, los instrumentos adecuados a la futura
iniciativa popular, para que haya en todos los pun-tos del territorio en
revolución los hombres, los gru-pos que la salven de ser presa de la
imprevisión y de tener que abdicar en las manos de un poder cen-tral
cualquiera. Es decir, se impone una preparación práctica, positiva más que
negativa, de las minorías revolucionarias y libertarias, desde antes de la
revo-lución, para que puedan obrar y responder a las ne-cesidades que se
presenten sin necesidad de confiarse a un gobierno.
Miguel Bakunin veía
esta necesidad; es completa-mente justo su concepto de llegar a despertar la
vida espontánea y todas las potencias locales sobre el ma-yor número posible de
puntos por medio de minorías revolucionarias que, pilotos invisibles en medio
de la tempestad popular, produjeran la anarquía y la guiaran, no por virtud de
un poder ostensible, oficial, sino con el ejemplo de la propia actividad
iniciadora. Pero para que esta fuerza pueda obrar «es necesario
• Kropotkin,
,P. La conquista del
pan.
59
que ella exista
(advierte Bakunin) porque no se con-certará por sí sold'.
Si en todo barrio,
pueblo, campo, 'fábrica, si en todo centro, etc., existieran grupos resueltos
que to-maran desde el primer momento, teniendo los medios y la preparación, la
iniciativa revolucionaria, tanto para la destrucción del viejo régimen como para
la continuación de la producción, todo pretexto de ha-cer surgir una autoridad
gubernamental o dictatorial moriría en germen. La autoridad sería tan
desmenu-zada, tan pulverizada, que no existiría más como po-der coercitivo;
estando en cada uno y en todas partes, impediría cualquier tentativa de
centralización. Pre-parar de este modo la posibilidad del desarrollo de las
iniciativas locales, especiales, por lugares o por funciones, significará dar a
la revolución el modo de caminar libremente sin los torniquetes deformadores y
homicidas de la dictadura.
Se dice que es
necesaria la dictadura para organizar la lucha contra las resistencias
burguesas. ¿Por qué? La revolución puede ser considerada como dividida en dos
grandes períodos: el que antecede al derrum-bamiento del poder político de la
burguesía y el período posterior. Mientras el poder gubernamental burgués no
haya sido derribado, toda dictadura pro-letaria es imposible; existe solamente,
todavía, la dictadura burguesa. Vencido el gobierno burgués, que constituye la
resistencia armada de la clase capitalista, queda implícitamente desarmada y
derrotada también ésta. Sus elementos pueden, aquí y allá, prolongar,
por grupos, la
resistencia; pero entonces se encuen-tran en una situación de absoluta
inferioridad frente
al proletariado,
mucho más numeroso que ella y des-de ese momento armado y tal vez mejor armado
que
60
ella. Para sofocar
estas resistencias no sólo es inútil constituir un gobierno central, sino que
éste serviría mucho más para aniquilar la libre acción insurreccional local,
que en todo sitio procede a limpiar el terreno y a desembarazarse de los
reaccionarios del propio lu-gar, salvo, se entiende, cuando es menester
convenir con las otras localidades para correr en ayuda de
aquellas donde los
revolucionarios se encuentren ne-cesitados.
Los distintos
centros revolucionarios se federarán, estarán en contacto continuo para la
recíproca ayuda, según un tipo de organización federalista completa-mente
opuesta a la dictatorial. Esto evitará el grave inconveniente que se presentó
durante la revolución francesa, y parece que también en Rusia, de que con las
mejores intenciones del mundo el gobierno central dicte órdenes contrarias al
espíritu dominante en ésta o en aquella región, en contraste con intereses
colec-tivos legítimos de ciertas poblaciones lejanas o de categorías obreras
menos favorecidas, etc., contribu-yendo así a disminuir el fervor
revolucionario y a favorecer los planes de los contrarrevolucionarios.
Especialmente puede
suceder esto cuando, para la labor de expropiación, se quisieran adoptar
criterios únicos de forma y de procedimiento, que al contrario, debieran variar
según las circunstancias y las tenden-cias de las masas, de localidad a
localidad.
En todo caso, las
dificultades que surjan después serán siempre mejor resueltas por los
organismos obreros que por un gobierno central. A menos que se insista en el
propósito, absolutamente antirrevolu-cionario y utópico, de contentarse con la
conquista
del poder y dejar
la expropiación para más tarde, como obra oficial del Estado dictatorial
socialista.
¡Pues eso sería
el desastre para la
revolución!
61
Abolición de
todas las "élit.es"
Pero el miedo a la
libertad, lo que es prácticamente igual, el culto a la autoridad, pone en
labios de los partidarios de la "dictadura" argumentos que son ya una
condena explícita de la dictadura misma. Ellos dicen frecuentemente. ¿Pero no
hace lo mismo la bur-guesía? Se dice que la dictadura del proletariado se-ría
la dictadura de una "élite"; pero la dictadura
actual de la
burguesía ¿no es ta,mbién la dictadura de una "élite"?
¡Justísimo! Pero la
revolución no debe sustituir una élite por otra, sino abolirlas todas. ¡Si, al
contrario, su resultado no fuera más que el de sustituir una dic-tadura por
otra tanto vale prever desde ya el fracaso de la revolución! Si tal es el fin que
se proponen los partidarios de la dictadura proletaria, entonces se comprende
también por qué asignan a la revolución, como función primordial, la de
suprimir la libertad, es decir, una función opuesta a la que está en la
na-turaleza de toda revolución: la conquista de una libertad siempre mayor.
Esto explica
también el lenguaje de los socialistas autoritarios y dictatoriales cuando
acusan de demago-gia democrática y pequeño-burguesa a la viva preo-cupación de
los anarquistas por defender la libertad. Sin embargo, nosotros compartimos
enteramente su hostilidad hacia la democracia burguesa y pequeño-burguesa; y
así en nuestra aversión, nos mostramos más coherentes que esos socialistas no
aceptando ser-vimos de las instituciones parlamentarias y administra-tivas
burguesas para nuestra lucha revolucionaria. Pero mientras nuestra enemistad
hacia la democracia y el liberalismo burgués mira al porvenir y es una supe-
62
raClOn de las
mismas, el espíritu antidemocrático de los partidarios de la dictadura es un
retorno al pasado. A los anarquista s no les basta la poca libertad conce-dida
por los regímenes democráticos; en cambio los partidarios de la dictadura
piensan quitarle al pueblo aún ese poco de libertad. Si, pues, las
preocupaciones libertarias de los anarquistas pueden ser tachadas de
"democráticas", nosotros podemos devolver la acusa-ción diciendo que
las aspiraciones dictatoriales de
esos socialistas
tienden a una vuelta al absolutismo, a la autocracia.
Naturalmente esos
socialistas no se dan cuenta de estas peligrosas tendencias de sus sistema y
dicen por eso que desean todo 10 contrario de aquello que ta-les tendencias
implican. Los hechos de Rusia podrían, tal vez, bien conocidos, instruirlos
mucho al respecto.
En Rusia la
revolución ha sido obra mucho más de la libre acción popular que del gobierno
bolche-vique. Las fuerzas obreras y campesinas, aprovechán-dose, especiJalmente
durante el primer año, de la debilidad de los diversos gobiernos que se
sucedie-ron en el poder, rompieron, pedazo a pedazo, el an-tiguo régimen,
trastornando todos los valores sociales, iniciando en vasta escala la
expropiación, echando las bases de las nuevas instituciones de producción y de
organización, que después el gobierno bolchevique redujo bajo su férreo dominio
militarista y dictatorial. Es la -libertad, no la dictadura, la que libró a
Rusia del zarismo y de todas las insidias de la burguesía liberal y de la
social-democracia patriótica y guerre-rista; es la libertad la que hizo y
mantuvo la revolu-ción. La dictadura ha recogido los frutos simplemente. Aún
más: los ha dispersado y despilfarrado.
La revolución libertará de su estrecha cárcel al
G3
espíritu de
libertad y una vez libre se convertirá en gigante, como el genio de la fábula
que un incauto dejó escapar del vaso en que estaba encerrado por la magia.
Volver a echarle mano, volver a empeque-ñecerlo, a encerrarlo y a encadenarlo
será imposible, aun para esos mismos que contribuyeron a desenca-denarlo.
Especialmente en los países latinos, donde las tendencias anarquistas y
rebeldes están tan des-arrolladas, donde los anarquistas propiamente dichos
tienen como fuerza pública social una influencia que la revolución de seguro
aumentará enormemente, se necesitaría, para llegar a constituir un gobierno
fuer-te, una dictadura como la que figura en el programa bolchevique, o para
intentarlo solamente, esfuerzos de tal magnitud que consumirían y agotarían las
me-jores energías socialistas y revolucionarias.
Sería una pérdida
que no tendría compensación. Serían esfuerzos, sacrificios, tiempo y tal vez
mucha
sangre sustraidos
al trabajo libre y tanto más vital de una verdadera reconstrucción de la
sociedad hu-
mana.
64
LA PRODUCCION
DURANTE EL PROCESO DE CAMBIO
Nosotros no negamos
absolutamente la importancia del problema de la continuación e intensificación
de la producción. Lo hemos dicho ya; y repetimos aho-ra que ello debiera ser
resuelto cuidadosamente para tener una norma aproximada sobre lo que sea ne-cesario
realizar, para evitar ilusiones y sobre todo para que todos adquieran plena
conciencia de las dificul-tades que una revolución encontrará. Posiblemente
aquí también los anarquistas participan del equívoco general entre todos los
socialistas de ver las cosas bajo un prisma demasiado rosado. El único, tal
vez, que entre nosotros ha reaccionado contra ese opti-mismo ingenuo ha sido
Malatesta, sosteniendo que la revolución se convertirá, apenas victoriosa, en
un pro-blema de producción; pues no es verdad lo que al-gunos creyeron durante
un cierto tiempo, que bastaba derribar al gobierno y expulsar a los señores
para que todo se acomodara por sí mismo, para que haya me-dios de alimentación
para todos hasta tanto se pueda volver pacíficamente de nuevo a vivir una vida
tran-quila.
65
Sobre la disciplina del
trabajo
Desde el primer
momento nos encOl~traremos en la estrechez.
Es preciso, pues, persuadirse y hacer comprender
a la clase obrera -de modo que
desde ahora esta idea
se encuentre íntimamente ligada en la
conciencia de
todos a
la idea de revolución- que la revolución no
debe y no puede ser una "huelga general" propia-
mente dicha más que en
los primeros instantes; y que
casi inmediatamente los ferrocarriles y los
navíos de-
ben volver
a circular y los trabajadores a producir los
artículos de primera necesidad.
Esto debe ocurrir aun
mientras se combate. Es de-
cir mientras una
parte de la población obrera, la más joven y ardiente, se oponga a la
resistencia armada burguesa y no pueda pensar en otra cosa, otra parte, más
débil e inapta para combatir, comprendidas las mujeres, es preciso que trabaje
en la retaguardia de la revolución para que no falte, ni a los combatientes ni
a la restante población el pan, el vestido, el fuego. Sólo para los primeros
días podrán bastar las provi-siones secuestradas en los almacenes y en las
despen-sas privadas de la burguesía; en breve plazo no habrá ningún comestible
que expropiar. Esto debe servir de consejo a los revolucionarios para no hacer
dema-siados derroches y para evitar destrucciones inútiles desde los primeros
momentos, y a la clase obrera en general para volver rápidamente al trabajo, no
ya para los demás sino para sí misma. De otro modo el ham-bre abrirá las
puertas y recibirá con los brazos abier-tos al primer aventurero armado que
desde un país . reaccionario cualquiera se presente a restablecer la tiranía,
llevando o aun prometiendo solamente un poco de pan.
66
Pero es utópico,
por no decir alocado, pensar que la clase obrera, inmediatamente después de
haber sa-cudido el yugo, pueda ser forzada por un nuevo go-bierno, aunque se
haya constituido en su nombre, a trabajar como antes.
Un gobierno que
pretendiera disciplinar con la fuerza, desde el centro, el trabajo de la clase
obrera de toda una nación y obligar a ésta a la obediencia debiera transformar
toda fábrica en un cuartel, en el cual una mitad armada estaría para vigilar a
la otra mitad que trabaja. Y aún así no se lograría resultado alguno y la clase
trabajadora se rebelaría muy pronto.
Detengámonos en
esta crítica apriorística; ya que no es posible que ningún socialista piense
algo seme-jante. Pero la verdad es que se debiera llegar a tales conclusiones
al aceptar, aun en el terreno de la pro-ducción, en el terreno económico, el
concepto de la organización y de la disciplina "dictatorial" del
tra-bajo. Por eso nos parece imposible (pero la experien-cia demuestra que es
así) que Lenin y sus partidarios interpreten la disciplina en el sentido
restringido de someter a la autoridad central gubernamental toda la clase
trabajadora, como si fuera un ejército obli-gado a obedecer sin discutir las
órdenes de mando de los jefes.
Porque si en lo que
respecta al trabajo, ellos qui-sieran decir que en toda fábrica, taller o
granja de producción los obreros deben estar ordenados de modo que se obtenga
el máximo de producción con un' mÍ-nimo esfuerzo y desperdicio de material, en
eso tendrían razón. Sólo hemos de notar que los marxis-tas tienen demasiada
inclinación para conseguir este objeto, a recurrir a la disciplina exterior
coercitiva, a la autoridad imperativa de los dirigentes, que ocu-
67
parían mañana en
las fábricas el puesto de los ac-tuales capataces, directores, etc., no
exclusivamente técnicos. Tales innumerables pequeñas "dictaduras"
tantas como fueren los grupos de obreros trabajando en una misma producción,
sería algo distinto e infi-nitamente menos opresivo (porque es más fácil
refre-nar por la acción directa de los trabajadores) que la dictadura estatal
propiamente dicha. Pero también en esto creemos que los marxistas, si
insistieran, se equi-vocarían. Nosotros, aun en el ámbito restringido de la
fábrica, del taller, de la granja, del campo -indus-trial, agrícola, de
servicios públicos, etc.- pensamos que es necesario, más útil y menos nocivo
hacer un llamado a la disciplina moral interior de cada indivi-duo, al acuerdo
entre los obreros sobre el modo de ejecutar el trabajo y, en fin, a su
espontáneo recono-cimiento de la mayor competencia de la dirección técnica para
dar la mejor dirección y para guiar el trabajo. El ingeniero, en este sentido,
es una autori-dad legítima sobre los trabajadores, como el médico sobre los
enfermeros, cuando tal autoridad no rebasa de su especial y exclusiva
competencia técnica.
Pero este espíritu
de disciplina moral, de autogo-bierno como dicen los ingleses, vale decir la
capaci-dad de la clase obrera para gobernarse a sí misma, no podrá formarse del
todo, los obreros no podrán adquirida suficientemente, hasta tanto no sea posible
moverse con libertad, experimentando las propias fuerzas al contacto con los
hechos y gozando de plena independencia. La libertad se adquiere en la libertad
y se afina y perfecciona ejercitándola libremente.
68
Formas diversas:
dentro del socialismo
Es verdad también
que tal capacidad, y el espíritu de disciplina moral o de autogobierno, no se
llegaría a formar espontáneamente más que con una extrema lentitud;
precisamente por eso es necesario desde ahora creado o estimulado y cultivado
con la propa-ganda, la discusión, la preparación, primero mental y después
material, a través de las varias formas de
organización libre
de la clase obrera y de los grupos revolucionarios.
En este punto nos
asaltan las objeciones de algu-nos que, en especial porque están impresionados
por el caso de Rusia, acerca de las dificultades surgidas para la socialización
de la tierra, piensan que puede ser necesaria una autoridad central coercitiva,
es de-cir la dictadura, para forzar a los elementos campe-sinos al régimen
socialista, para vencer su apego a la propiedad privada de la tierra, para
realizar tam-
bién en la campaña,
de buen grado o por fuerza, el comunismo.
Lo que sabemos nos
parece que ha confirmado del todo una antigua idea anarquista; es decir que si
la violencia revolucionaria es Útil y necesaria para ven-cer la organización
burguesa y estatal, para destruir las organizaciones opresivas actuales, para hacer
pe~ dazos nuestras cadenas políticas y económicas, en la obra de
reconstrucción, en cambio, la violencia se convierte en nociva, a menos que se
trate de la nece-saria para defender el trabajo reconstructivo de los ataques
de la violencia exterior. No podremos por eso emplear Útilmente la violencia
contra aquellos que deben ser nuestros cooperadores, nuestros colaborado-res en
la sociedad comunista, para obligados a tal
69
colaboración, sin
poner en peligro la existencia mis-ma de la nueva sociedad. Obrando así
construiremos
el edificio sobre
bases de arena, y la primer sacudida 10 echará por tierra.
Derribado el Estado
burgués y aniquilado el capi-talismo, la reconstrucción social debe poder
obtenerse por cooperación voluntaria, libertaria, a través de la persuación y
el ejemplo, a través de experimentos siempre más amplios y multiformes y no
obligada-mente uniformes. En qué medida será esto posible des-
de el primer
momento no lo podemos prever, pero cier-tamente no debemos nosotros mismos
creamos desde
ya obstáculos
artificiales, además de aquellos que in-evitablemente surgirán al querer
establecerse un plan fijo y único de reconstrucción para ser impuesto por las
buenas o por las malas. La tarea de la revolución es la de libertamos de la
tiranía del Estado y de la explotación de los patrones, la de salvamos o
defen-demos de las tentativas de un nuevo gobierno o de nuevos amos, de quitar
de en medio toda institución de poder y de impedir toda condición que permita o
haga posible que un hombre pueda vivir explotando a otros, haciéndoles depender
de él y trabajar para él.
Esto es importante
para la revolución y para el socialismo: que nadie más sea explotado ni trabaje
por un salario dependiendo de otro que gane más. Obteniendo esto, estaremos ya
en el socialismo. Lue-go, en cuanto a los varios sistemas de organización del
trabajo, de repartir los productos, etc., sería erró-neo imponer por la fuerza
un tipo único para todos. Nosotros somos comunistas porque creemos que la
organización comunista de la producción y del con-sumo es el más perfecto tipo
realizable de socialismo, en armonía con las múltiples necesidades. de bienes-
70
tal' y de libertad
de todos los hombres. Queremos para nosotros, por consiguiente, la libertad de
organi-zamos en comunismo en todas aquellas partes donde
sea posible y donde
encontremos gentes de acuerdo con nuestra manera de encarar ese asunto. Pero no
pretendemos imponer
por la fuerza a los demás nues-tro sistema, seguros de que nuestro ejemplo será
el mejor medio de persuadir a los demás a seguimos, como el ejemplo ajeno podrá
servimos a su vez para mejorar, modificar, perfeccionar nuestro sistema.
Nada impedirá que,
a nuestro lado, en ciertos ra" mas de producción, para ciertos géneros de
consumo, se experimenten sistemas diversos, siempre que en nosotros y en los
demás presida el espíritu de apoyo mutuo, para los intercambios, para los
servicios públi-cos comunes, etc., y siempre que ningún sistema permi-ta forma
alguna de explotación del hombre por el hom-bre. Entre los varios tipos de
organización podrá ha-berlos más o menos centralizados, según el género de
trabajo, de servicio público, de necesidades del am-biente, etc. Los sistemas y
los organismos se modifi-carán sucesivamente, según la experiencia, sobre el
ejemplo de aquellos que resulten mejores, es decir que cuesten menos trabajo y
sean más útiles y pro-ductivos para el bien de todos.
Aun en un régimen
completamente anárquico es-tamos persuadidos que, aunque la organización de la
producción y del consumo sobre bases comunistas ' será el tipo dominante y la
regla general (y precisa-mente porque será una regla libre y no obligatoria-mente
impuesta a todos), no impedirá ella que subsis-tan -o por voluntad de los
individuos o por especia-les necesidades del ambiente o del trabajo- formas
diversas de organización, colectivistas, mutualistas,
71
etc., y aun algunas
formas de propiedad individual, a condición de que ésta no implique
sometimiento o explotación de nadie.
La actitud correcta,
frente al campesinado
Tanto más necesario
será semejante estado de tole-rancia recíproca en un período revolucionario,
esto es de tolerancia entre los explotados, entendámonos bien, entre los
oprimidos y entre los trabajadores li-bertados del yugo, no de tolerancia hacia
los opreso-res y los explotadores y sus inicuas tentativas de apoderarse de
nuevo del poder y del privilegio.
Entre los
trabajadores, a quienes la revolución hizo libres de sus propios actos, desde
el principio y desde el primer momento que las resistencias estatales ha-yan
sido vencidas y comience el período de defensa y de organización
revolucionarias, deberá reinar el máximo acuerdo posible; y este acuerdo no
deberá ser sacrificado a la idea de obligar por la fuerza a clases, grupos o
individuos determinados del prole-tariado a plegarse a un tipo único
preconcebido de organización, no querido por ellos, aun cuando sea óptimo
teóricamente. Sobre todo es preciso evitar se-mejantes actos imperiosos contra
la clase campesina,
, más capaz de interpretarlos en un sentido
hostil, me-nos preparada para los cambios improvisados y más enemiga de ellos;
y por otra parte demasiado nume-rosa para poderla dominar o para poder
descuidar su hostilidad.
Sentimos con
claridad que, aunque no fuéramos anarquistas y no nos aconsejara el espíritu de
libertad
72
que nos es
peculiar, consecuentemente con nuestros principios, una actitud semejante, la
tendríamos igual-mente por un sentido práctico de oportunidad revo-lucionaria,
por la cual la revolución debe cuidadosa-mente evitar crearse hostilidades de
cualquier especie entre las masas populares, debe huir de los escollos de la
discordia y no debe estar obligada a dirigir las propias fuerzas más que contra
las fuerzas reacciona-rias y contrarrevolucionarias enemigas. Conciliar el
apoyo y las
simpatías de todas las corrientes proleta-rias y populares, dejándolas en
libertad de desarrollo y de experimentación -cuando no se trate, se com-prende,
de tendencias reaccionarias partidarias del viejo régimen, en cuyo caso son
combatidas justamente como enemigas- tal debe ser la tarea de la revolu-ción. y
esta misión libertaría se encuentra en absoluto
contraste con la práctica dictatorial, con toda tenta-
tiva de sobreponer
un Estado centralizado a la re-volución.
Pueden ver aquí
perfectamente aquellos que nos objetan que los anarquistas tenemos razón en la
teo-ría pero no en la práctica (y si fuera verdad signifi-caría simplemente que
la teoría sería errónea) o que por lo menos nos acusan de no tener en cuenta el
lado práctico de
las cuestiones y de limitamos sólo a una discusión doctrinaria, como en esta
cuestión
de la dictadura, la
teoría y la práctica van completa-mente de acuerdo, demostración evidente de
que el anarquismo es una doctrina vital, realista e idealista al mismo tiempo,
la mejor no sólo en su visión de
la sociedad futura
sino también como guía práctica en la conducta de la revolución.
Al día siguiente de
la revolución nos encontraremos de hecho en estas condiciones. Donde subsiste
el
73
arrendamiento, los
arrendatarios, eliminados los pa-trones, se convertirían en propietarios únicos
de la tierra por ellos trabajada. Los campesinos que ya son pequeños
propietarios de la poca tierra que ocupan y trabajan, quedarían como están.
Donde subsiste el latifundio y la tierra es poseída por los patrones y
trabajada por los jornaleros, o no trabajada del todo, o dejada para pastoreo,
etc., se determinarían inme-diatamente dos hechos. En las regiones más
atrasa-das, o donde la tradición de la conquista de la tierra perdura, los
trabajadores de la tierra invadirán los campos y se los repartirán. Donde al
contrario, el "hambre de tierra" no se siente o se siente menos,
donde las masas campesinas son más modernas, donde están desarrolladas las
organizaciones de resistencia y las cooperativas campesinas, las granjas, las
propie-dades comunes, los vastos establecimientos agríco-
las podrán
inmediatamente ser organizados de un modo comunista.
Ningt'lll
inconveniente habrá para que las cosas queden en este estado durante todo el
período revo-lucionario. La pequeña propiedad territorial, de re-ciente
formación, no podrá ser un obstáculo a la revolución, al comunismo de la ciudad
o de otras re-giones, desde el momento que no tendrá necesidad de obreros
asalariados porque se bastará a sí misma; y por otra parte jornaleros y
trabajadores de la tierra en cualquier forma asalariados, no serán encontrados
ya, o porque se han convertido en pequeños propie-tarios, o porque han sido
absorbidos por los estable-cimientos agrarios comunistas. Lo importante será,
pues, dar a todos la seguridad de que el nuevo ré-gimen defenderá la nueva
situación contra las tenta-tivas reaccionarias y de que no podrá cambiada sin
el expreso y voluntario consentimiento de los intere-
74
sados. Lo
importante será entonces dirigir a los tra-' bajadores de la tierra, cualquiera
que sea su sistema, hacia un cultivo intensivo del suelo para alcanzar el
máximo rendimiento de los productos indispensables a la vida. Lo importante
será, una vez más, propor-cionar abundantemente a los campesinos, sin
distin-ción alguna, -para que e110sen cambio no mezquinen a la población urbana
los productos de la tierra- las materias primas, como los abonos, el vestido,
el cal-zado, los instrumentos agrícolas de toda especie, desde los más simples
arados a las máquinas más perfeccionadas.
Si las
organizaciones proletarias de la ciudad hicie-ran esto no habría necesidad de
dictadura para obli-gar a los campesinos a trabajar y a dades de comer.
Los campesinns
serían los mejores aliados de la re-volución.
Conseguida la
victoria, después, cuando todas las resistencias burguesas hayan sido vencidas,
en la fa-milia humana que entonces resultará, se podrá ir discutiendo con los
campesinos mismos sobre la me-jor organización de los terrenos cultivables. Y
será, tenemos fe en dIo, el ejemplo de la granja agrícola comunista la que poco
a poco persuadirá a todos y poco a poco absorberá a los pequeños
establecimien-tos familiares, heredados de la vieja sociedad o for-mados
durante el primer período revolucionario. Así se llegará al comunismo
anárquico.
Delegación de funciones
y no
delegación de poderes
Un amigo al que sometimos el
dilema planteado por
75
Malatesta -o las
cosas son administradas según los libres pactos de los interesado.s y por parte
de los interesados mismos, y entonces tenemos la anarquía., o son administradas
segÚn las leyes hechas por los administradores y entonces tenemos el gobiemo o
Estado, que fatalmente se hace tiránico- nos obje-
taba que precisamente falta lo esencial: la facultad
de administrar. ¿Pero qué es lo que confiere esta
facultad? No
ciertamente el hecho de ser los expo-nentes más descollante s de un partido, ni
el de haber
sido nombrados
diputados o comisarios del pueblo. Se trata de una facultad técnica que no es
privilegio de los gobernantes, como no es preciso ser gobernante para poder
ejercitarla.
N osotros no
excluimos los administradores técnicos, a condición de que éstos sean elegidos
entre los inte-resados, condición principal para que sean competen-tes y
administren según los pactos libremente estipu-lados entre los interesados
mismos. Es decir que se
trata de delegación
de funciones siempre revocables y no de delegación de poderes. Mientras esto no
sea
posible y sean los llamados administradores quienes
hagan la ley según la cual administrarán, es decir
mientras sean
gobernantes, es evidente que no habrá anarquía. En tal caso, cuya posibilidad
no excluimos,
la función de los
anarquistas consiste en hacer pro-paganda y luchar para que el libre acuerdo
sustituya a la ley coercitiva, pero de ningún modo convertirse en
administradores-gobernantes.
Aún hoy, por 10
demás, los que administran, en el sentido práctico de la palabra, no son los
gobernan-
tes; éstos, al
contrario, dificultan la administración de los servicios y de la riqueza
pública, mandan a los
verdaderos administradores y desvían y hacen dege-
76
nerar su misión en
beneficio propio. ¿Acaso la industria o el comercio, los ferrocarriles, los
correos y telégra-fos, todos los servicios públicos, etc., están admini.s-
trados por los
gobiernos o por los ministros? Los ver-daderos administradores son los
funcionarios técnicos
dependientes, casi
siempre desconocidos, que, por lo que de útil y necesario hacen, ninguna
ventaja tienen
en ser funcionarios
estatales, al contrario, les perju-dica el servilismo que entorpece sus
servicios.
De igual modo en la
gestión de la riqueza privada, la función administrativa más útil, la única
necesaria,
no es ciertamente
la de los accionistas, de los propie-tarios y de los banqueros, sino la del
personal admi-nistrativo de cada servicio, de cada fábrica, de cada
establecimiento, de cada empresa, estipendiado o asa-
lariado y no
patrono. Ahora bien, ¿por qué no debe-rían usufructuarse sus facultades
administrativas en
modo libertario, sin sobreponerle órganos de coer-
ción y de
contralor, inútiles en la práctica cuando no nocivos?
Claro que mientras
los interesados, o por lo menos un núméro suficiente de ellos, no tengan una
cierta conciencia de sus necesidades y del mejor modo de satisfacerlas y de sus
derechos y deberes, no será po-sible la anarquía. Pero esta conciencia no se podrá
formar en ellos mandándolos, imponiéndosela con h fuerza, sino creándoles
nuevas condiciones que hagan
posible la
formación y desarrollo de tal conciencia. En la servidumbre no se forman
hombres libres, fue-
ra de pequeñas
minorías; únicamente la libertad puede dar la conciencia libertaria a las
grandes ma-yorías. Y he aquí por qué es necesario que haya, durante y después
de la revolución, un partido que combata principalmente por la libertad, que
conquiste y defienda la mayor suma de libertad para todos.
77
Cierto que la
libertad no es el Único problema so-cial importante y nosotros no queremos
dejar olvida-dos los demás; pero es uno de los más importantes; antes bien, nos
parece que después dél problema del pan, es el más importante de todos. Hasta
se podría sos-tener que el problema de la libertad está en primera línea, si se
piensa que el salariado es una forma de servidumbre, que, en sustancia, los
patrones son los opresores, los enemigos de la libertad de los obrerps a
quienes explotan; si se piensa que, si estuviéramos libres de la opresiÓn
estatal, si el gobierno no n'os impidiera toda libertad de movimiento, pronto
nos habríamos desembarazado de cualquiera otra opresiÓn y resuelto todos los
demás problemas. No sería difícil
demostrar que cada
problema social se reduce en Últi-mo an:ílisis a una cuestiÓn de libertad.
&lientras no
haya libertad para todos, la oposiciÓn al gobierno, la oposiciÓn a la autoridad
será la condi-ciÓn principal e indispensable de todo progreso. Al contrario,
toda pretenciÓn autoritaria y coercitiva, más o menos legalizada, tiende a
detener cualquier clase dc progreso, comprendido el econÓmico de la
produc-ciÓn. ¡Figurémonos entonces lo que ocurriría cuando la coerciÓn tendiese
a establecer por medio del centra-lismo un sistema Único de trabajar y de
producir!
La imposiciÓn
autoritaria de un tipo Único de co-munismo ordenada dictatorialmente por el
Estado, mientras, por una parte multiplicaría los enemigos de la revoluciÓn y
podría determinar el fracaso de ésta,
por otra nos
llevaría, aÚn en el caso de que triunfase, al comunismo de Estado, es decir: a
la creación de
un patrón Único y
central, que resumiría las dos tira-nías actuales, la del gobierno y la del
propietario. Nos conduciría, por 10 tanto, en la mejor de las hipÓtesis, a un
fin opuesto a la anarquía.
78
LA DEFENSA ARMADA
DE LA REVOlUCION
Una de las más
serias dificultades que puede obs-taculizar el desarrollo de la revolución,
cuando esta-lla en un solo país por vasto que éste sea, es la hos-tilidad de
los gobiernos burgueses extranjeros, espe-cialmente cuando esa hostilidad se
expresa por me-dio de una verdadera guerra armada, con tentativas
de sofocar la
revolución invadiendo con ejércitos el territorio insurrecto.
Es preciso entonces
defender, aun militarmente, el territorio de la revolución: esto es evidente.
Mientras
perdure tal
necesidad deberá mantenerse un ejército, deberán existir todos aquellos órganos
anexos y afines, con los cuales todo principio anárquico está en abier-ta
contradicción. No porque sean medios violentos, entendámonos bien, sino porque
son violentos en una forma más o menos gubernamental. :Mientras dure es-ta
necesidad no será tal vez posible una organización verdaderamente anárquica, al
menos en los primeros momentos; lo que sin embargo equivale a decir que tal
necesidad será un freno peligroso para la revolu-ción y que mientras ella
subsista la revoluciÓn no po-
drá desarrollarse y
sufrirá forzosamente una deten-ción en su curso.
En todo caso el ejemplo ruso y de casi todas las
79
revoluciones
precedentes demuestran que la ámenaza militar exterior es una eventualidad que
es menester examinar. Admitido lo inevitable, es decir que la re-volución debe
defenderse, el problema de la dictadura se presenta en estos términos: ¿Es
necesaria para la defensa del país. en revolución la concentración de los
poderes más absolutos en manos de un gobierno dic-tatorial? ¿Es más útil este
sistema o más bien (aun bajo la amenaza exterior) es necesario y más útil
con-servar el máximo de libertad posible, el máximo de autonomía a cada
organismo particular y a cada lo-calidad? Nosotros, inútil es decido, nos
inclinamos por la segunda hipótesis, de cuya exactitud estamos firme-mente
convencidos, no por un dogmático apriorismo, sino por la enseñanza que nos
proporcionan las revo-luciones pasadas y por el examen objetivo de las
con-diciones en que tendrá que desarrollarse la revolución proletaria.
La revolución francesa
y un juic.io die Miguel Bakunin
A la defensa contra
las insidia s internas no puede concurrir eficazmente y con verdadera
inexorabilidad más que la acción directa y libre del pueblo. Cuando en 1792 los
ejércitos de la reacción europea invadie-ron a Francia para sofocar la
revolución y restablecer el poder real, los ejércitos franceses fueron
derrotados al principio; y la victoria no se alcanzó sino cuando los soldados
se persuadieron de que defendían real-mente la revolución, asegurados de esto
por las noti-cias de que la libre acción directa del pueblo de Pa-rís había
derrotado el 10 de Agosto a los nobles atrin-
80
cherados en las
Tullerías y puesto bajo llave a la fa-milia real -"el lobo, la loba y los
lobeznos"- y en el siguiente mes de Setiembre había hecho una verdade-ra
limpieza radical de cuantos enemigos internos pu-do prender. El gobierno
revolucionario no habría nun-ca podido lograr esto; lo que es preciso es pues,
ante todo, en el interior, dejar en libertad al pueblo para exterminar sus
enemigos y no centralizar esta tarea en manos del gobierno.
Pero aun como
cooperación activa en la obra de defensa militar será mucho más útil confiar en
la
iniciativa popular
que se manifiesta en la libertad, que no en los engranajes gubernamentales, en
los centra-lismos dictatoriales, en las concentraciones burocráti-cas, que
neutralizan los esfuerzos y la voluntad, impi-den los servicios y desperdician,
deterioran, destruyen materiales, provisiones, víveres, etc.
También Bakunin se
preocupó en su tiempo de la necesidad de defender el territorio de la
revolución
contra las
invasiones reaccionarias y extranjeras cuan-do, al día siguiente de Sedan en
1870, el pueblo fran-cés se libró del imperio de Napoleón el Pequeño,
proclamando la república, pero se encontró en la ne-cesidad de salvar su
incipiente libertad de los ejérci-tos alemanes vencedores. En su libro El
imperio knuto - germánico y la Revolución Social Bakunin sostenía que no había
otra salvación para Francia más que la de transformar la revolución de política
en social, la de dar al pueblo el máximo de libertad y al proletariado la
sensación de que luchaba por una patria que había llegado a ser realmente suya.
Naturalmente
Bakunin no disimulaba la necesidad, para la defensa militar de la revolución,
de una disci-
plina y también de
una cierta autoridad jerárquica en las milicias.
81
Pero se cuidaba bien de
sacrificar a esta necesidad
el principio mismo
de la libertad, es decir
uno de los
resortes más
potentes de la revolución, -uno de los coe-ficientes más eficaces de victoria
contra los mismos
enemigos externos.
"Amante
apasionado de la libertad, confieso que desconfío mucho de aquellos que tienen
siempre la palabra disciplina en la boca, especialmente cuando significa
despotismo de un lado y automatismo del otro ... La extraña esclavitud que la
sociedad fran-cesa soporta desde la gran .revolución deriva en gran parte del
culto a la disciplina del Estado, heredado de Robespierre y de los jacobinos.
Este culto pierde a Francia, paralizando la única causa y el único medio de
liberación que le queda: el desenvolvimien-to libre de las fuerzas populares; y
haciéndole bus-car su salvación en la autoridad y en la acción ilusoria de un
Estado, que no representa hoy nada más que una vana pretensión despótica,
acompañada de una impotencia absoluta.
"Pero, por
enemigo que sea yo de lo que en Fran-cia se llama disciplina, reconozco sin
embargo que una cierta disciplina, no automática, sino voluntaria y razonada,
que armonice con la libertad individual, es y será siempre necesaria para todo
trabajo o acción colectiva. En el momento de la acción, en medio de la lucha,
las funciones se dividen según las facultades de cada uno estimadas por la
colectividad entera; unos dirigen y mandan, otros ejecutan. Pero ninguna
función se petrifica ni se fija ni permanece irrevoca-blemente confiada a la
misma persona. El orden y el progreso jerárquico no existen; de modo que el
co-mandante de ayer puede convertirse hoy en subalter-no. Nadie se eleva por
encima de los demás o, si se
82
eleva, no es más
que para volver a caer un instante después, como las olas del mar que vuelven
siempre al nivel saludable de la igualdad", l>
Técnicas militares adecuadas
Todo esto es dicho
en lo que respecta al gobierno civil, para poder reducirlo a los mínimos
términos po-sibles, y al mismo tiempo en lo que se refiere al gobier-no militar
de la guerra de defensa. Con tal motivo no estará demás recordar otra opinión
competente de al-guien que, a pesar de ser revolucionario y socialista de
tendencias libertarias, fue también un militar pro-fesional, un estudioso de
las cosas militares y de la guerra, que estudió el arte de la guerra en los
libros y sobre todo en los hechos, participando en las revolu-ciones y en las
guerras de 1848-1849: Carlos Pisacane,
un práctico mucho
más que un teórico de la revolu-ción.
Después de haber
llegado, en el estudio de las gue-rras de aquellos años, a la conclusión de que
si las masas no realizaran directamente el concepto de la revolución el
Gobierno surgido de la insurrección no
hará más que
sustituitse al caído .Y combatirá la re-volución si no está de acuerdo con las
ideas de los
individuos que lo
componen; después de haber dicho en otro ensayo sobre la Revolución que la
dictadura, impotente para producir el bien .Y fuente de todo mal, es del mismo
modo impotente por completo para di,. rigir la guerra (y la afirmación es
seguida de una lar-ga demostración), n vuelve sobre el mismo argumento
* Bakunin,
M. Oeuvres, v.
)1, pp. 296-297.
** Pisacane, C. Guerra combattute in Italia, p.
317 Y Saggio sulla Rivoluzione, p. 203.
83
en otro libro por
muchos olvidado, dedicado exclusi-vamente a cuestiones militares. "
Sobre la forma
técnica de organizar .las milicias de defensa de la revolución, en un régimen
de libertad, no es nuestra tarea discutir aquí. Sería sin embargo necesario que
esta cuestión fuera estudiada anticipa-damente, en lugar de ocuparse con toda
comodidad en pensar lo que podrá hacer la indeseable dictadu-ra o que el pueblo
improvise.
Carlos Pisacane
demuestra que una buena defensa armada de la revolución es incompatible con un
ré-gimen dictatorial.
"Decir a una -.::iudad:
reconoced tal jefe;
prescribir
los límites de una sublevación es perderlo todo, es
prueba de
falta de sentido práctico; y es extraño que
aquellos que no
hablan de otra
cosa que del arrojo y
de la
exaltación populachera pretendan después que
todo se
doblegue a su
voluntad suprema; para ellos
son pueblo solamente los
que obedecen ... ¡Necios!
Expulsado el enemigo, libre la ciudad, los ciudada-
nos, festejada ya la victoria, se adormecen sobre los lau-
reles ... y eligen un gobierno, le dejan el
cuidado de
disponer de todo y,
sin mirar a su alrededor, no se
preocupan más que de
prepararse a la
defensa ... y
el gobierno entre tanto se ocupará en buscar los
ge-
nerales, en
implantar el ejército, escogiendo los
jefes
entre los amigos,
y así mueren miserablemente las re-
voluciones. Para volver a dades vida no
hay otro me-
dio que mantener al pueblo en constante movimiento
y n.o abandonar la suerte en manos de los
dictado-
res ... Sin esperar la sentencia de los dictadores o con-
sultar la voluntad de tantos que en parecidos casos
" Pisacane, C. Ordinamento e Costituzione delle
Milizie Italiane. Palermo, 1901.
84
quieren gobernar,
las organizaciones tanto militares como civiles surgirán de las entrañas mismas
de la nac ción. La unidad resultará precisamente de la absolt/i-ta libertad
proclamada. como I'3Y soberana". ;:;
Para señalar
algunos de los sistemas aconsejados por Pisacane, diremos que él postula que la
marcha de las operaciones militares sea independiente del po-der político, que
las fuerzas armadas no sean supe-riores a las necesarias, según las fronteras a
defender, que las jerarquías y los grados se encuentren limita-dos a lo más
indispensable y representen una verda-dera diversidad de funciones, que los
militares se ha-llen convencidos de la bondad de la causa por la cual combaten,
que todo oficial sea nombrado por libre elección de aquellos a quienes deberá
mandar, que los intereses de las milicias se encuentren ligados a los de toda
la colectividad y que su utilidad dependa de la propia condición de ciudadanos
y no de solda· dos, que la unidad de acción resulte no de la autori-dad de los
jefes sino de la forma de instrucción de las masas, a fin de transformar el
innoble dogma de la obediencia ci.c?gaen convicción profunda. ""
Se podría señalar
aquí otros medios aun útiles para refrenar la siempre posible tendencia de los
jefes mi-litares a extralimitar y extender su autoridad en per-juiCio de la
revolución. Por ejemplo; el sistema adop-tado en cierto modo por la revolución
francesa; yala-bado también por Mazzini, de delegar comisionados civiles,
representantes de la revolución ante los solda-dos, pero no enviados por un
poder central sino por las comunidades libres, parIas Comunas revoluciona-rias,
entre los soldados que ellas mismas han propor-
* Pisacane,
C. come ordinare
le nazione armata,
p. 148-154.
•• Ibid.,
p. 137.
85
cionado. Estos
comisionados estarían investidos de un poder mayor qiw los demás, de modo tal
que los sol-dados de la revolución se sientan siem,pre acompaña-dos por la
solidaridad de todo el país y que la vigi-lancia de éste refrene los deseos
autoritarios y liber-ticidas, posibles de desarrollar en cualquiera, por
cual-quier motivo.
Pero es inútil,
repetimos, entrar en tales particula-ridades, que hemos indicado sólo para dar
una idea de la que pensamas. TampocO' se padrá abtener en esta dirección nada
perfecta ya que, para bien o para mal, ella será siempre una dirección nada
anárquica por cierta. Algunas defectas, previsibles desde ahara y visibles para
el lectar anarquista, padrán ser elimina-dos, algunas imperfeccianes evitadas;
pero la cantra-dicción subsistirá, coma un hecha que habrá que su-frir par
fuerza mayor. Pera una cosa es sufrir par fuerza de la adapción de algunas
medidas autorita-rias, buscanda las menas autaritarias pasibles y limi-tanda
todo la más el pader, y atra casa bien distinta es elegir entre esas medidas
justamente la más auta-ritaria y la más tiránica que existe -cama la
dictadu-ra- haciéndose a priori sus preganeros y presentán-dala a las masas
cama un ideal que merece ser al-canzada.
NO' hay que
descuidar, además, en la propaganda, el elementa psicalógica. En cambia las
marxistas, in-dicando al puebla cama su fin más digno el estable-cimiento de la
dictadura, contra la cual siempre, aun-que fuera necesaria, sería preciso tener
alerta la des-canfianza praletaria, carren el peligra de preparar un terrena
propicia para los enemigas de la clase trabaja-dara; por esa un mal día, en
lugar de la dictadura
del praletariada,
padremas encantrarnas con la del militarisma al cuella.
86
Una defensa anárquica de la revolución
Que sea posible una
defensa anárquica de la revolu-ción, aun militarmente, bien que a nosotros
mismos nos parezca dificil, no es sin embargo una posibili-dad que debe ser
excluída del todo, cuando aun hasta una revista completamente favorable a la
dictadura proletaria nos hablaba en 1919 de la resistencia opues-ta a Denikin
en Ukrania por el general anarquista Mackno, una de las personalidades más
notables del país (según se expresaba el susodicho periódico) y que ejerce
sobre las masas una enorme influencia.
"Anarquista
militante, enemigo de toda dictadura centralizadora, aun en materia militar, se
comprende que suscite la animosidad de Trotzky, que no quería colaborar con los
voluntarios. El es, sin embargo, un espíritu ardoroso y sincero; hombre por lo
demás com-pletamente devoto al régimen de los Soviets, pero ba-sado en una
descentralización regionalista. La revo-lución le deberá mucho; tal vez por su
esfuerzo toda
la Ukrania llegue a
ser sovietista en la próxima pri-n1avera". (t
Mackno dirigió un
tiempo las bandas insurrectas contra la política agraria del partido comunista,
ins-pirada en ún programa inadecuado a las condiciones del país; así al no ser
éstas tenidas en cuenta por los bolchevi<;!ues, determinaron la enemistad de
una gran parte de la población. Esto confirmaría cuanto hemos dicho más arriba,
aun en lo referente a la cuestión de las relaciones entre los revolucionarios
de la industria
urbana y las masas
compesinas. Pero las mismas ban-das que ayer, porque eran anti-bolcheviques,
fueron consideradas antirrevolucionarias, se convirtieron des-pués en la más
formidable amenaza a las espaldas de
* L'O'rdineNuovo,
N9 29, Turin, 13-XI'I-1919.
87
los generales
reaccionarios Denikin y Wrangel; y en realidad favorecieron las mismas
operaciones mili-tares del ejército rojo comunista.
De cualquier modo,
nosotros comprendemos que, después de la revolución, podría instaurarse en el
territorio de ésta un régimen no anarquista y que aun, al menos por ahora, ésta
sea la eventualidad más posible y más probable. Lo que puede ocurrir, sea porque
la mayoría de los trabajadores que parti-cipan en el movimiento parezcan más
bien propen-sos a un régimen socialista o republicano, mientras que los
proletarios anarquistas constituyen todavía una minoría; sea por la influencia
de factores diver-sos y externos, entre los cuales hay que enumerar la
eventualidad arriba examinada de ataques militares de parte de los Estados
burgueses extranjeros. Noso-tros podemos desear que la revolución tome una
determinada orientación; la revolución, por la fuerza de los acontecimientos,
por circunstancias imprevis-tas, por voluntad de las masas, etc., puede luego
to-mar una dirección contraria, considerada por nosotros como menos provechosa.
Defender la
revolución:
un deber supremo
Pero en tal caso,
¿debemos nosotros los anarquista s ponemos contra la revolución o retirarnos
desdeñosos al Monte Sagrado, encerramos en la torre de marfil de nuestra
intransigencia, rehusando nuestras fuerzas a la defensa de la revolución, sólo
porque ésta no mar-cha completamente de acuerdo con nuestros deseos? ¡Ni en
sueños! Podemos y debemos rehusamos a con-
88
tribuir a los
errores ajenos, pero nuestro deber de luchadores contra el Estado burgués,
contra el capi-talismo y sus supervivencias, por la expropiación y la libertad,
es un deber que subsiste y que debemos cumplir con tanta mayor energía cuanto
más avanza-das e intransigentes son nuestras ideas. Permanece ín-tegro para los
anarquistas el deber y el interés de defender la revolución, a pesar de su
orientación estatal y a pesar de sus métodos, contra los enemigos de dentro y
de fuera.
Estar ausentes,
rehusar al supremo deber de la de-fensa de la revolución, significaría en
realidad trai-cionarse a sí mismos, por cuanto en los resultados se tendría una
revolución aÚn menos radical y menos libertaria. Al contrario, cualquier
gobierno que surja de la revolución será tanto menos opresor y permitirá tanta
mayor libertad cuanto más los libertarios, es decir los defensores de la
libertad, hayan sido y si-gan siendo los esforzado s defensores de la
revolución en todos los campos de la multiforme batalla. La revolución estará
animada de tanto mayor espíritu igualitario, cuanto más existan en el país
fuerzas de oposición, ultrarrevolucionarias y libertarias, que de~ fenderán aun
en el interior el espíritu integral. de la revolución; cuanto más numerosos
sean los núcleos, las asociaciones y las instituciones que reivindiquen la
libertad de administrar por su propia cuenta los pro-pios intereses y de
organizar con análoga libertad las propias relaciones con el resto de la
sociedad.
Se objeta que esta
oposición al poder futuro podría favorecer las tentativas
contrarrevolucionarias del in-
terior y del
exterior, debilitar la posición general y la defensa militar de la revolución.
Decir esto signi-fica no comprender el carácter y el espíritu de la
89
oposición
antigubernamental y anárquica. Por otra parte la falta de una oposición al
gobierno podría muy bien provocar una degeneración más grande en
él, hasta el punto
de convertir al gobierno mismo en el centro de la tan temida contrarrevolución.
Pero
aunque esto
no aconteciera se
debe comprender que
la oposición
anarquista estaría siempre en una direc-ción aún más revolucionaria, es decir
encaminada a
herir con toda la
posible energía e intransigencia los restos del pasado y nunca a favorecerlos;
por lo de-más, aun estando en la oposición, ella no por eso de-jaría de dar su
concurso más activo -antes bien éste
sería siempre
seguro e infaltable- para combatir en el terreno de la acción, de acuerdo con
las demás
fuerzas
revolucionarias de otro género, cualquier ten-tativa reaccionaria y burguesa de
fuera o de dentro.
Se suele decir
entre nosotros, desde los tiempos de Bakunin, que la revolución será anárquica
o no será; pero hay quien entiende erróneamente esta fórmu-la, como si
dijéramos: o la revolución tendrá una orientación anárquica y se encaminará
hacia la anar-quía o, en caso contrario, no queremos saber nada de ella. No es
esto. Bakunin quería hacer comprender que, para tener éxito, la revolución
necesita que se desaten todas las fuerzas latentes en el pueblo, sin frenos ni
coerciones, en todas partes y en todos los sentidos, y de hecho, así es de
prever que ocurra en el primer momento insurrecccional. Si se perdiera
de-masiado tiempo ordenando, supervisando, etc., si en todas partes se
esperaran órdenes de los jefes o de un centro, es casi seguro que la reacción
nos ganaría
el terreno. El
triunfo de la revolución será más seguro si la iniciativa revolucionaria se
desarrolla voluntaria
en todas partes del
territorio, ataca directamente los
90
organismos
autoritarios y, una vez abatidos, pasa a la expropiación.
Concurrirán en la
revolución, y podrán ser también muy útiles, las fuerzas organizadas,
ordenadas, mo-vidas por éste o aquél centro, guiadas por je-fes, etc. Pero
estas fuerzas solas serían insuficientes y llegarían siempre demasiado tarde si
la primera ac-ción anarquista, más o menos indisciplinada formal-mente, pero
unánime por una disciplina interior más sólida (puesto que estará formada de
una unidad de tendencias) no hubiera vencido las primeras resisten-cias,
desembarazado el terreno de operaciones e im-pedido a las fuerzas enemigas -con
el asalto imprevis-to y en todos los puntos- el poder reunirse, concer-tarse y
coligarse. Aun en este sentido, pues, la ac-ción anarquista (entendida no
solamente en el signi-ficado de partido, sino en modo más general) tiene una
función imprescindible que, si renunciáramos a ella para incorporamos en una
especie de ejército con
sus cuadros
esperando órdenes ¿e jefes o de centros, tal vez "l;enunciaríamos la
victoria.
La revolución, por
lo tanto, aunque no sea anarquista en el sentido que quisiéramos, no dejará de
ser una revolución y no nos impedirá tomar parte en ella; por más o menos
anárquica que sea, más o menos autoritaria, lo cierto es que cuanto más
anárquica sea
la revolución tanto
más completa será y mayores pro-babilidades tendrá al vencer. La misión de los
anar-
quistas, pues,
estriba en imprimir a la revolución la dirección más anárquica posible.
91
Una firme orientación libertaria
Si de la revolución
no surgiera la anarquía es previ-sible que daría lugar a la instauración de una
repú-blica socialista; pero la forma de política importará poco y mucho más en
cambio la sustancia que con-tenga. Ahora bien, de la revolución surgirá una
forma de gobierno tanto más débil y por consiguiente tanto menos opresora
cuanto más avanzada y radical haya sido la revolución misma y cuanto más
hayamos no-sotros participado en ella, aportando nuestro ardiente espíritu de
libertad, destruyendo todas las posibles supervivencias autoritarias y
realizando en el mayor grado las organizaciones autónomas para la vida co-
lectiva. Aun en el
seno de un régimen no anarquista, nosotros deberemos tentar la realización de
tanta
anarquía como lo permitan nuestras fuerzas.
Esta será la acción
precisa de los anarquista s para la defensa de la revolución. ¡De este deber y
de su importancia no se dan cuenta aquellos a quienes basta la hipótesis de
quede la revolución no puede surgir. la anarquía. para deducir que debiéramos ...
provisoria-mente renunciar a ella y hacemos, también nosotros, partidarios del
gobierno que se constituya y hasta quizás entrar a formar parte de él!
be la revolución podría también salir
una repúblic~
burguesa y tal
eventualidad no n()s impediría parti-cipar igualmente en la revolución con
nuestro propio
programa, ¿pero
debiéramos aun en este caso hacer~ nos partidarios y coopera.dores del nuevo
régimen? Todos comprenden que no es posible. Y bien, en la misma situación nos
encontraremos siempre, como opositores desde fuera, mientras de la revolución
no surja un régimen anarquista.
92
Por lo demás no es
del todo imposible que la re-volución pueda ocurrir en un sentido libertario,
ya que tenemos en número suficiente, partidarios con-vencidos y dispuestos a
darle tal orientación. Hoy, en el período de la propaganda y de la preparación
re-volucionaria, tal propaganda y preparación no puede por nuestra parte tener
otra orientación que la anar-quista, para que aumente siempre más el número de
los convencidos y se difunda ampliamente entre las masas el espíritu libertario
y para lograr al mismo tiempo que, al estallar, pueda la revolución desarro-
llarse en el
sentido deseado por nosotros, por com-pleto o lo más posible. Y esto ocurrirá
en una medida
tanto mayor cuanto
más propaganda y preparación anarquista hayamos hecho. Si al contrario,
comenzá-
ramos desde hoy,
como quisieran ciertos socialistas amigos nuestros, a sostener que para el
triunfo de la revolución es necesario un gobierno, o más bien uoa dictadura,
contribuiríamos a crear o a aumentar ar-tíficialmente tal necesidad, en lugar
de eliminarla; y difundiríamos así entre las masas un espiritu contra-rio a
nuestras ideas y a los intereses de la revolución.
Debemos pues
propagar hoy, lo más posible, ideas y sentimientos que puedan dar un espíritu y
una
orientación
anárquica a la revolución; y en tiempo de revolución deberemos reivindicar el
derecho de
aplicar tal
orientación, aun como minoda. Será esta la mejor defensa que podremos hacer de
la revolución.
NuestI:as ideas,
las concepciones que tenemos de la organización social futura, nuestro criterio
sobre el desarrollo de la revolución nos imponen pues una determinada línea de
conducta aun en la muy pro-bable eventualidad del establecimiento, en el período
revolucionario, de un nuevo gobierno, ya sea más
93
liberal, con una
forma de república social de tipo fe-deralista, ya sea más autoritario y
centralizado, como lo auspician los partidarios de la dicta{lura proletaria y
como toda dictadura es por propia naturaleza.
Esta línea de
conducta -que debe ser al mismo tiempo revolucionaria y anarquista- surge
implícita-mente de todo cuanto hemos dicho hasta aquí; y ex-plícitamente, en
gran parte, ha sido expuesta por
nosotros cuando
hemos admitido la hipótesis de la necesidad de una defensa militar de la
revolución
y por consiguiente
de alguna forma de autoridad y de un mínimoinevitable de instituciones
gubernamen-tales. Si ha de ocurrir o no, en todo o en parte, tal hipótesis, no
es cuestión para ser discutida aquí. No-sotros preferimos que no ocurra y en
evitarla debemos trabajar todos, pero la cuestión es otra. Es decir,
ad-mitiendo que ese estado de cosas se realice, centra nuestros deseos y
nuestros esfuerzos, por prevalencia de opuestos pareceres, por circunstancias
imprevistas o por fuerza mayor de los acontecimientos; entonces, en relación a
nuestras ideas, es decir para alcanzar más solícitamente su realización, en el
interés práo-tico de la revolución misma, ¿qué actitud podrán
adoptar más
útilmente los anarquistas en especial y las fuerzas más concientemente
revolucionarias del
proletariado en
general?
Es esto
precisamente lo que trataremos de ver en el siguiente capítulo.
94
PAPEL DE LOS ANARQUISTAS
EN LOS
PERIODOS DE TRANSICION
El movimiento
proletario y subversivo está dividido hoy en fracciones y corrientes más o
menos hostiles entre sí que, sin embargo, tienen un mínimo de obje-tivos
comunes a realizar, en especial de demoli-ción, y que por otra parte no podrán
realizar sin
unirse de hecho,
aunque sólo sea transitoriamente, en el momento de la acción.
Los anarquistas,
los socialistas y las uniones profe-sionales de una u otra orientación tienden
juntamente
a derribar las
instituciones políticas y económicas actuales.
Queriendo encuadrar
todo el movimiento y toda la revolución bajo su autoridad y su Única dirección,
aceptan (los marxistas) toda colaboración extraña que los ayude, pero sin
reconocer a ésta ninguna libertad de iniciativa; y de aquí deriva un perpetuo
obstáculo para una verdadera concordia que de otro modo se-ría posible. De tal
manera ellos se extralimitan de su función específica, que impide a los
anarquistas des-arrollar la propia. Pero en cambio nuestra función no nos
impediría absolutamente cooperar con los socia-listas, siempre que éstos
estuvieran animados de un mayor espíritu de tolerancia y de comprensión para
95
todas aquellas
cosas en que armonizamos y para to-dos aquellos fines que tenemos en común.
Siempre que los
socialistas empeñan. una lucha aun parcial, contra el capitalismo y contra el
gobierno, por mejoras inmediatas, por una disminución de la explotación y de la
opresión, por un aumento del bien-estar y de la libertad, están seguros de la
solidaridad de los anarquista s en el terreno de la acción directa popular y
proletaria. Tanto más nos solidarizaremos,
a su lado y a la
vanguardia, cuanto más lleguemos al terreno de la lucha en un conflicto
definitivo con-
tra el
capitalismo y el
Estado.
El periodo
revolucionario no será breve
La disidencia se manifiesta allí donde comienza la
función específica
de los anarquista s como revolucio-narios y como enemigos de la autoridad.
Aun estando
presentes en todas partes donde hay lucha, por pequeños o grandes fines, contra
el privi-legio económico o político, los anarquistas no callan que todo
mejoramiento obtenido mientras dura la opresión capitalista y estatal, es
ilusorio o de breve duración. Después de la guerra esto resulta aún más
verdadero. Por otra parte, si su solidaridad es plena y entusiasta cuando se
trata de la acción del pueblo que sale a la calle, del proletariado que se
organiza y hace huelgas parciales o generales, que toma por campo de lucha la
fábrica y el taller, que resiste o ataca al capitalismo directamente en su
mismo te-
rreno, k"
anarquistas se vuelven neta mente hostiles a toda tentativa de transformar el
estado de lucha en
acomodamientos con el enemigo, en colaboraciones
96
de clase, en
participaciones en las funciones directi-vas del capitalismo y representativas
del Estado burgués.
Está allí la razón
por la cual los anarquistas son y permanecen adversarios de la política
electoral y parlamentaria del reformismo legalista y colabora-cionista, de toda
relación que no sea de enemistad y de contienda reñida contra los patrones y
contra -el gobierno. La función, el deber de los anarquistas, en el movimiento
social actual, consiste precisamente, como revolucionarios que son, en esto: en
mantener abierto el surco y vivo el estado de lucha entre pro-letariado y
capitalismo, entre pueblo y gobierno; como enemigos de todo poder, en tener
despierto el espíritu de revuelta contra toda autoridad coercitiva y legal, en
combatir aún en medio del movimiento proletario, las tendencias autoritarias,
centralizadoras y dictato-riales de individuos, de grupos o de partidos. Así
los anarquistas dan al problema del Estado en la prác-tica, en la acción
inmediata, día por día, la misma solución negativa que en la teoría, ya sea
trabajando en la disgregación y destrucción del Estado actual (aun
conjuntamente con otras fuerzas que cooperen con fines diversos), ya sea
obstaculizando desde ahora
la formación o la
consolidación de un Estado o go-bierno futuro. La lucha contra el Estado es la
fun-
ción principal que,
sin excluir las otras funciones, caracteriza al anarquismo frente a todos los
demás partidos.
Cuanto más
desarrollen los anarquista s
esta función
. propia tanto más
se acercará la revolución y se desa-rrollará en el sentido de una mayor
justicia y de una más amplia libertad.
Pero para ejercer tal
función revolucionaria y liber-
97
taria los
anarquistas tienen necesidad de permanecer lo más posible siendo ellos mismos,
es decir no dejarse absorber por los partidos o mo.vimientos que eventualmente
se encuentren próximos y con los cua-les tienen ocasión de luchar alguna
batalla comÚn, sean socialistas, sindicalistas o republicanos. También la
influencia que nosotros pudiéramos ejercer sobre esos partidos y movimientos
distintos del nuestro será tanto mayor y más eficaz si proviene de fuera,
abierta
y explícitamente,
que si procede engañosa y disimu-lada desde dentro.
Es fácil comprender
que el resultado de actitud tan intransigente sea impedir a los anarquista s
obte-ner ciertos resultados, apoyar a la clase obrera en circunstanci'as
determinadas en que -por no tener los obreros suficiente voluntad de sacrificio
para Ile-gal' directamente al fin, o por figurárseles tal sacrifi-cio
desproporcionado para la pequeñez del mismo fin- es imposible tener un éxito
sin pactar con el enemigo, sin compromisos con el capitalismo y el Es-tado, sin
recurrir a las leyes, sin servirse del concurso de los poli tic astros.
En este caso los
anarquista s, si son verdaderamente tales, tienen el valor de no preocuparse
por el éxito y de decir a los compañeros trabajadores: "Renun-ciad a un
resultado que os cuesta en dignidad y en renuncia al porvenir más de lo que
obtendréis, y tra-bajad en fortificaros para estar en condiciones de ob-tener
mucho más con vuestra acción directa; pero si nuestro consejo no os persuade,
no esperéis de no-sotros el concurso de un acto que no aprobamos, que no entra
en nuestra misión, y volveos a otra parte en busca de ayuda".
Este lenguaje y esta actitud no son adecuados, es
98
cierto, para
granjeamos en tiempos ordinarios, la aten-ción de las grandes masas. Pero así
preparamos el terreno para los tiempos extraordinarios. Es decir, for-mamos la
minoría revolucionaria cuya misión es dar los primeros golpes de pico en las
puertas cerradas del porvenir. Entonces los anarquistas no estarán ya solos, y
las minorías se convertirán en mayorías. Pero esto sucederá a condición de que
tales minorías nO abdiquen hoy en su específica misión negadora,
in-transigente, "futurista", demasiado seducidas por el deseo de
acrecentar las propias filas más allá de lo posible y de bastarse para todas
las necesidades que se presenten en cada circunstancia.
Los anarquistas,
partido de minoría, no serían bas-tantes para todas las funciones del
movimiento social y obrero. Sin preocuparse de una cosecha prematú~ ra, dejando
a los demás todos los aparentes éxitos in-mediatos, dejan atrás también las
funciones de tran-sigencia, de sumisión o de autoritarismo, que la baja
mentalidad de las grandes masas crea y alimenta. Se mueven libres e
independientes en el seno de la masa, en contacto con ella, partícipes de sus
sacrificios y de sus agitaciones, pero no de sus debilidades, de sus
transacciones y de sus renunciamientos.
Este es,
entiéndase, el programa ideal del anarquis-mo, lo cual no excluye que,
personalmente, por des-
gracia, también los
anarquistas transijan, renuncien y se muestren débiles. Nosotros hablamos de la
direc-
ción general
anárquica, que debe estar en concordan-cia con las ideas que la animan. En la
realidad pue-de incurrir en faltas y errores, como ocurre con los demás
partidos. Pero lo que la distingue de éstos es el reconocimiento de los propios
errores, inevitables siempre en el que se agita y obra, y su esfuerzo con-
99
[inuo por evitados
y corregidos, para realizar en el mayor grado posible su función específica de
ser el puñado de levadura del que habla la parábola bíblica.
Fermento de
libertad y de revuelta, además de divulgador de ideas, el anarquismo tiene como
tal, y en consonancia eon su programa, un terreno tan vasto por cultivar, que
no le queda tiempo ni modo de invadir el campo de las actividades ajenas, para
lo cual es por otra parte poco apto. Si lograra hacer culminar, cosa nada
fácil, su misión específica, ha-
brá aportado el
máximo y mejor tributo a la revolu-ción o a la reedificación de la futura
"ciudad del
buen acuerdo"
de la que nos hablaba Beclus, en la cual los hombres vivirán según justicia,
libres e iguales.
La tarea y la
función de los anarquistas, antes y durante la revolución, tiene un fin
determinado, un
determinado campo
de acción y no pueden pretender abarcar todas las necesidades, resolver todas
las cues-
tiones que se van
presentando hasta el día que sea posible instaurar un régimen comunista
anárquico.
Es verdad además -y
sólo los adversarios de mala fe pueden imputarnos una opuesta creencia
infantil-que es muy poco probable un salto desde el actual estado de cosas a
otro perfectamente de acuerdo con nuestras ideas y nuestros programas. Una
revolución es necesaria, ante todo para que cambie el ambiente y transforme,
como en un crisol, la conciencia de las mayorías; y tal vez no baste una
revolución sola. El período revolucionario no será breve, ni bastarán para
superado las insurrecciones del primer momento. Du-rante este período se
experimentarán regímenes di-versos, más o menos imperfectos, más o menos auto-
100
ritarios, más o
menos mancillados de violencia, de injusticia y de desigualdad.
¡Nada más probable
y más natural! La humanidad prosigue su camino a través de caídas y de errores;
y aun las caídas y los errores cumplen una función útil, ya que sin ellos, sin
las lecciones de los dolores que producen, los hombres no saben acercarse a la
ver-
dad. Puede ocurrir
por lo tanto, que la revolución noS brinde resultados con los cuales nosotros
los anar-
quistas no
estaremos conformes: una repúbliea más o menos socialista, una dictadura más o
menos tirá-
nica, nuevos
gobiernos y nuevas explotaciones, pri-vilegios o injusticias de otro género,
etc., y que todo esto asuma un carácter de necesidad por nuestra dec bilidad y
por la inconciencia de las masas, porque en medio o fuera de nosotros las
fuerzas enemigas son todavía muchas, porque los ciegos egoísmos y las
supersticiones impiden la armonía de las voluntades y de los intereses, porque
en una palabra; faltan to-davía las condiciones reales necesarias para el
cum-plimiento de nuestros anhelos.
Sobre una
confusión oportunista
y bien, existen
aquellos que, en vista de estas difi-cultades, se desconocen a sí mismos y a
los propios fines político-sociales para ajustarse desde ahora a las
dificultades que entrevén, para transigir con el error y con la tiranía. Puesto
que prevén un estado de co-sas imperfecto lo aceptan sin más, en la noble
im-paciencia de salir del estado actual más imperfecto todavía; ven el error y
el daño futuro, y desde que lo consideran inevitable se convierten en sus
partida-
101
rios. Renuncian así
al fin último del socialismo libre, del anarquismo comunista, para correr en
pos de tran-sacciones que les parecen necesarias.: la república social, la
constituyente, la dictadura proletaria, el so-cialismo marxista, acomodándose
de tal modo en el hecho, sino en las palabras, a los otros partidos, sir-viendo
a otros fines y a otros intereses, relegando para otros tiempos lo mejor que
tienen en la mente.
"¿Debemos pues
sacrificar el bien próximo a algo mejor lejano y correr el riesgo de hacer así
el juego a los enemigos del proletariado y de la libertad?" -se preguntan
ellos. Y agregan el eterno argumento, justo en sí, pero que los oportunistas
han tergiversado hasta la falsificación: Es preciso ser prácticos.
Ahora bien, la
cuestión es verdaderamente ésta: ¿es más práctico adaptarse al mal, aunque sea
inevitable, al error aunque sea transitoriamente impuesto por las
circunstancias, hasta el punto de hacerse sus partida-rios, o por el contrario
resistir al error y al mallo más
posible,
mostrándolos en su verdadera luz y proyec-tando continuamente sobre los hechos
las soluciones
que creemos
mejores? Nosotros pensamos que es mu-cho más práctico el segundo método que el
primero. Así y todo, las previsiones sobre la dirección que to-marán los
acontecimientos, las nuestras como las aje-nas, podrían estar equivocadas y
luego desmentidas por los acontecimientos mismos. Elegir un camino que parece
erróneo, sobre la base de previsiones para el futuro, podría conducimos a algún
desastre del cual seríamos responsables precisamente porque conocía-mos de
antemano el error que aceptábamos.
Pero, aparte de
esto y aun si las previsiones men-cionadas se confirmaran, es un hecho
innegable que
un mal cualquiera o un error inevitable serán verda-
102
deramente
transitorios y cesarán cuanto antes, si llega a haber quienes se resistan a
ellos, quienes mantengan viva la conciencia del mal y del error, de los
perjui-cios que pueden surgir, de las necesidades de libe~ rarse y de acabar
con ellos lo más pronto posible. Si al contrario todos se adaptan a esa
situación y, aÚn antes que las circunstancias lo impongan por fuerza, se va
creando ya entre el pueblo un estado de ánimo favorable al error, y entre tanto
aquellos que conocen el mejor camino de la verdad y de la justicia renuncian
anticipadamente a él por temor a lo peor; el mal y el error echarán entonces
raíces más profundas, tendrán por consiguiente medios aptos para consolidarse y
el día que se quiera abatirIos se-rán necesarios esfuerzos y sacrificios
increíblemente más penosos y más duros.
Todo esto no
significa que se deba sacrificar, en homenaje a algo mejor lejano, aquel poco
de bienes-tar que se puede obtener inmediatamente; no quiere
decir esto que la
búsqueda de una mayor libertad y una superior justicia deba asumir formas y
mani-festaciones que en la realidad lleguen a ser útiles a la reacción y puedan
ser explotadas por los enemigos de la emancipación obrera.
Si en previsión de
que el punto de llegada más probable de la revolución sea una república más o
menos dictatorial o socialista, renunciáramos desde ahora a nuestra función de
anarquistas y nos adhi-riéramos al movimiento y a la propaganda parIamen-tarista
o socialista dictatorial, mientras no llegáramos a ser en tal caso más que un
inútil duplicado de otros partidos, nos cerraríamos de hecho el propio camino a
recorrer, cesaríamos de ser una fuerza indepen-diente y seríamos absorbidos por
los partidos de go-
103
biemo de mañana.
Los anarquistas abdicarían, en una palabra, de sus funciones de defensores de
la libertad y de propulsores de la revolución.
Para que los
anarquistas puedan ejercer tales fun-ciones de propulsores es necesario que
queden fuera "empujando el carro", según una expresión que Maz-zini
usaba para sus partidarios.
Así pues, jamás
podrán asumir las responsabilida-des del gobierno, por revolucionario que éste
sea o se diga; jamás se atarán las manos, hasta el punto de poder ser obligados
a obrar contra las propias convicciones o a no obrar libremente según las más distintas
e imprevistas necesidades del momento re-volucionario. Cuando hablamos de
rechazar responsa-bilidades nos referimos siempre a las que pueden alejamos del
pueblo, hacemos perder el contacto con él, disminuir las simpatías; aquellas
que puedan reti-ramos de los puestos de vanguardia hacia los de retaguardia; no
las responsabilidades, se entiende, inherentes al hecho insurreccional y
revolucionario frente a la burguesía. Debemos reafirmar que somos un partido
del porvenir y no comprometer ese porve-nir con renuncias de hecho que nos aten
demasiado
al presente y sean
un obstáculo para proceder más allá.
los soviets o
consejos obreros
Frente a la
dictadura proletaria, al gobierno revolu-cionario, nuestro puesto está pues en
la oposición: una
oposición
intransigente en los principios y en la rea-lidad más o menos benévola, más o
menos activa, CO!}
mayores o
menores treguas, según lo que el gobier-
104-
no sea o haga y
según las necesidades impelentes de la lucha contra las fuerzas burguesas o
reaccionarias, supervivientes en el interior o procedentes del exterior.
Ciertamente la
oposición frente a un gobierno o dic-tadura obrera, socialista y
revolucionaria, por contra-ria que ésta pueda ser a nuestra convicciones, no
po-dría tener el mismo carácter que la oposición actual, verdadera hostilidad
de enemigos, al gobierno y a la dictadura burguesa. Por lo menos, no asumiría
tal as-pecto sino cuando el llamado gobierno obrero llevara al extremo sus
provocaciones liberticidas y se convir-tiera realmente en un peligro para la
revolución de igual gravedad quc el de la reacción burguesa.
El norte de los
anarquistas en su acción será sobre todo el interés de la revolución. Para todo
aquello que los socialistas en el poder hagan de bueno, habrá siempre el
concurso, libre y voluntario pero eficaz, de todos los revolucionarios
sinceros, comprendidos los anarquistas, tanto en lo que se refiere a la lucha
con-tra la burguesía, como al trabajo de reconstrucción y
de defensa del
pueblo contra las necesidades y con-tra el hambre.
"Nosotros
estaremos con los socialistas (decía un periódico anarquista) mientras se
encuentren en la oposición; en contra de ellos desde el momento mis-mo que
asuman el poder, uniéndo8e solamente a ellos en la lucha contra la reacción y
en defensa de la re~ volución y ayudándoles o secundándolos en todo aquello de
bueno y de socialista que hagan; comba-
tiéndolos honesta
pero fieramente en lo que hagan de malo a fin de extraer todo el contenido
social-liber-
tario' de la
Revolución".
Para este fin
creemos que, mucho más que las po-lémicas y las formas violentas e irritantes
de lucha,
105
mucho más que las
palabras y las afirmaciones dog-máticas, favorecerán los hechos.
Los anarquistas,
dondequiera se encuentren en nú-mero suficiente o tengan bastantes
simpatizantes y masas dispuestas en su favor, aprovecharán la desa-paración de
los organismos estatales y la consecuen-te mayor libertad para proceder desde
el primer mo-mento a la expropiación, para destruir todo residuo de los
regímenes autoritarios, para organizar la vida social sobre bases comunistas y
libertarias, para crear todas las formas posibles de asociación libre a fin de
satisfacer las necesidades de toda especie del pueblo trabajador, sin cuidarse
de las órdenes contrarias que puedan venir de los nuevos gobiernos que han de
sur-gir en las regiones más atrasadas. Y procederán a fe-derar entre sÍ, a
medida que surjan, estas institucio-nes populares libres, a fin de constituir
una fuerza, un baluarte de la libertad, no importa si en minoría, que tenga a
raya al nuevo poder y asegure la necesa-ria autonomía a tales actividades
prácticas de la ini-ciativa proletaria y libertaria.
El régimen de los
soviets, en el sentido exacto de la palabra (y no como ha llegado a ocurrir en
Rusia, la expresión de un gobierno dictatorial de partido que ha subyugado,
domesticado y subordinado los soviets, impidiéndoles toda vida libre y toda
oposición) nos parece que se acerca mucho a un tipo de organización social como
el que nosotros deseamos o por lo menos que tenga ya un contenido libertario
como para per-mitir una evolución hacia la anarquía, a través de las
modificaciones y adaptaciones sucesivamente s1.1:-geridas por la experiencia y
por la necesidad. Los so-viets repl'eSentM en realidad -decía bien el
anarquis-ta italiano Luis Bertoni- el poder más amplio, más
106
numeroso, di.recto
y popular que se haya tenido hasta ahora en la historia, por cons,iguiente el
menos ab~ soluto y ti.ránico, el menos dictatorial.
En estos organismos
nuevos, surgidos de la acción directa del proletariado, en estas instituciones
de la producción y distribución organizadas y administra-das por los mismos
productores y consumidores, con-cebidas libres de toda superposición del poder poli-fieo,
que llegue a predominar en los soviets y se colo-que por encima del movimiento
a.utónomo de los trGt-hajadores (como decía Malatesta), los anarquistas po-drán
desarrollar toda su acción precisamente para combatir, obstaculizar, limitar al
menos, el pod('Jr ar-
bitrario de las
dictaduras personales o de partido que eventualmente se crearan en el seno de
la revolución.
En los soviets, los
anarquista s y los revolucionarios en general, podrán desarrollar ampliamente
su doble misión negativa y positiva: de defensa de la libertad
contra cualquier
nuevo poder que se forme y de re-construcción social sobre bases comunistas.
Los so-
viets, suficientes
de por sÍ, junto a las otras organiza-ciones proletarias, para todas las
necesidades de la vida de una sociedad sin Estado, representarán fren-te a
cualquier gobierno que se quiera constituir, la resistencia popular, la libre
iniciativa, el espíritu de indepedencia de las masas; serán los núcleos
autó-nomos de los productores, federado s entre sí, desde las ciudades o aldeas
a las provincias, a las regiones, a los más vastos territorios nacionales,
hasta las uniones internacionales, según las funciones, los géneros de
producción, los servicios públicos, las exigencias del consumo y todas las
necesidades a que deban proveer.
Defender su
autonomía de las exigencias y de las invasiones y explotaciones estatales será
una función
107
necesaria,
eminentemente revolucionaria, además de anarquista, hasta que llegue el día en
que tal auto1 nomía sea completa con la eliminación. absoluta de todo Estado o
dictadura. Sólo entonces se podrá de-cir que la revolución social ha triunfado
completa-mente y la emancipación del proletariado, y con él de la humanidad
entera, ha sido verdaderamente al-canzada.
Es esta una misión
relativamente limitada, no hay duda; pero para cumplida no tendremos nunca tan
abundantes fuerzas como para permitimos el lujo de dedicarnos también a tareas
que no nos corresponden.
Indudablemente, si
faltaran las condiciones necesa-rias para el establecimiento de un régimen
anarquista, surgiría un gobierno cualquiera, más o menos revolu-cionario, y por
lo tanto sería preciso que algún gru-po o partido asumiera esta misión de
gobernar.
Ya que hacemos tal
comprobación, ¿deberemos no-sotros los anarquistas asumir esa tarea? ¡Nunca! Si
el rebaño humano tiene todavía necesidad de pasto-res, que lo elija donde
quiera entre los elementos más adaptables que nosotros. Nosotros, que no
queremos pastores, no queremos tampoco serIo ni sabríamos ser-Io. Continuaremos
estando por eso contra todos los pas-tores, en la medida que ellos mismos se lo
merezcan, tanto más hostiles cuanto más propensos los veamos a emplear el
bastón o las tijeras de esquilar. Y co-menzaremos mientras tanto nosotros
mismos, desde el principio, por negamos a ser oprimidos, apaleados, esquilados.
lOS
"El partido
revolucionario por excelencia debe ser anarquista"
Los marxistas dicen siempre que la "dictadura" se-
rá pasajera, un
estado imperfecto de transición, algo así como una dolorosa necesidad. Hemos
demostrado
los errores y
peligros que hay en esta creencia; pero dado y no concedido que la dictadura
sea realmente necesaria, será siempre un error presentarla coma un fin ideal a
conseguir" hacer de ella una bandera para ser colocada en el puesto de la
bandera de la libertad. De todos modos se debe convenir que una de las
condiciones indispensa.bles para que tal dicta-dura sea provisoria y pasajera
en realidad, para que no se consolide y no preludie una estable y duradera
tiranía futura, es decir para que pueda cesar cuanto antes, es que exista
contra y fuera de ella una posi-ción alerta y enérgica entre los
revolucionarios, una llama viva de libertad, un partido fuerte que le im-pida
solidificar se y la combata de modo que logre destruida apenas haya perdido su
razón de ser .. , ¡si es que la ha tenido alguna vez!
Función natural del
anarquismo, <lue le pertene-ce por su misma esencia y por su tradición, será
la de representar en la revolución esta oposición más revolucionaria aún, esta
llama de libertad: el porve-nir, en una palabra. Aquellos que te.men de esto
una ventaja para la reacción están en un grave error. ¡Triunfaría la
contrarrevolución si la tendencia anar-quista faltara, eso sí! Y nunca ella
será demasiado. El espíritu de revuelta del anarquismo, instintivo o con-
ciente, fue el alma
de todas las revoluciones y tan!o más lo será de la revolución social. La cual
no tendrá
nada que temer y todo que esperar de nuestro celo-
109
so amor a la
libertad, de nuestra oposición razonada y esclarecida a todo poder oficial que
se le sobrepon-ga, porque será siempre una oposiciól1 subordinada a los
intereses superiores de la revolución misma.
Los anarquistas no
olvidarán nunca que, hasta tan-to la revolución no haya vencido a sus enemigos,
to-dos sus esfuerzos deberán ir dirigidos contra éstos; y por tanto defenderán
la revolución, cualquiera que sea su orientación, de las insidias y de los asaltos
de las fuerzas burguesas y reaccionarias, con una intran-sigencia y con un
ardor superiores a todo partido.
Decía Juan Bovio
que el partido revolucionario por excelencia debe ser anarquista. Y así será.
La revolu-ción podrá ser hecha, lo repetimos por milésima vez, aún con una
orientación no anarquista, pero será tan-to más completa cuando más anarquista
sea; y se sal-vará de un retorno al pasado, de un salto atrás, es de-cir habrá
triunfado del todo, sólo cuando haya dado a los hombres toda la libertad,
haciendo imposible cualquier dominación y cualquier dictadura de cual-quier
especie que sea y bajo cualquier nombre que se esconda. He ahí por qué,
continuando el combate por la anarquía y no por la dictadura, sosteniendo que
la práctica libertaria de la revolución es más útil pa-ra su buen éxito que
toda práctica autoritaria, esta-mos seguros no sólo de seguir siendo
coheren-tes con nuestro ideal, sino también de estar y de per-manecer más que
los otros grupos y partidos en el terreno de la realidad; es decir de ser los
mejores ar-tífices prácticos del triunfo de la revolución.
Si en esta fuerte y
profunda convicción los anar-quistas llegan a ver sus esfuerzos coronados por
el
éxito en la
revolución que se aproxima, ninguna uti-lidad recabarán ni como individuos ni
como colecti-
110
vidad militante,
excepto la que obtengan en co.mún con los demás hombres, hechos más libres, en
una
sociedad más
rica, más fraternal y más
justa.
111
El ANARQUISMO
MILITANTE Y LA REVOLUCION
DE NUESTRO TIEMPO
Todos los partidos
políticos salidos de las revolu-ciones democráticas, desde el siglo XVIII hasta
hoy, han prometido y prometen, la libertad; pero todos los experimentos
democráticos han demostrado, inclu-so a los más sinceros, su impotencia y su
insuficienCia, y han culminado al fin en la reacción y la tiranía, -sea que los
mismos hombres de la democracia se hayan transformado en reaccionarios y
tiranos, sea que la ineptitud de su régimen les haya hecho dejar el puesto a
las fuerzas enemigas de la libertad.
Dos causas hicieron
inocuos los experimentos más ra-dicales y avanzados de la democracia liberal:
la eco-nomía capitalista que hace esclavos de los pocos po-seedores a la gran
masa de los trabajadores que na-da tienen, a pesar de las constituciones más libres
en las palabras; y la política estatal que confía la cus-todia de la libertad
de los ciudadanos precisamente a los entes, a los gobiernos, cuya función es
limitar El impedir la libertad. Con la espantosa guerra de 1914-18 y sus
consecuencias reaccionarias, todos los experi-mentos democráticos, desde los
más moderados a los más avanzados, acabaron en la bancarrota.
He ahi por
qué ha llegado la hora de
los anarquis-
113
tas, que desde hace
más de cincuenta años han intuí-do y demostrado que la libertad no se obtiene
más que con la libertad, por el camino qe la libertad, con medios de la
libertad. Después que los hechos han dado su razón negativamente, es decir, con
el fracaso de los métodos opuestos a los suyos, ha llegado para nosotros el
momento de tener razón positivamente, poniendo en acción los métodos que
creemos mejores y los únicos eficaces.
La concepción anarquista
Los anarquistas
constituyen el único partido políti-co-social, y el primero en la historia, que
tiene un programa integral, completo y coherente de libertad. La anarquía es en
el verdadero sentido de la pala-bra, el ideal de la libertad.
El programa
anarquista se diferencia de los progra-mas de todos los otros partidos, sobre
todo porque no es un programa de gobierno, es decir, no espera su realización
de la conquista del poder político; nin-gún gobierno podría realizado "por
la contradicción que no lo consiente". Los anarquista s no dicen al
proletariado, al pueblo: "Dadnos en la mano el ti-món del Estado y os
daremos la libertad". Al contra-
rio, ellos dicen:
"Ningún poder gubernativo podrá ja-más libertaras, ni aunque lo ocupásemos
nosotros mismos; la libertad la tendréis solamente cuando la
conquistéis
vosotros mismos, con vuestro esfuerzo cons-ciente y racional, sin esperada de
lo alto; y una vez conquistada, la conservaréis sólo si sabéis organizar sobre
bases libres e igualitarias vuestra vida social, impidiendo que entre vosotros
se constituya un poder
114
coercitivo
cualquiera, y defendiendo vosotros mismos, con vuestras fuerzas directas, la
libertad conquistada,
contra quien la
asedie desde dentro o la asalte desde fuera".
La libertad, que es
fundamento, punto de partida y de llegada, y simultáneamente método de combate,
del programa anarquista, es la única digna de tal nom-bre, pues es reivindicada
como derecho individual y colectivo, y afirmada como deber de la conducta en
todos los campos de la actividad humana.
El anarquismo
reivindica la libertad del hombre -de todos los hombres- como individuo y como
miem-bro de la sociedad, contra todas las coerciones politi-caso Propicia, por
tanto, la eliminación de todas las instituciones estatales o gubernativas que
tienen ca-rácter y función autoritarios y de dominio, y la trans-formación de
las otras en libres organizaciones de las relaciones sociales. A la
organización cerrada, guber-nativa y estatal de esas relaciones deberá suceder
la organización voluntaria, por mutuo acuerdo, siempre rescindible, basada en
convenios recíprocos y en la ayuda mutua. La libertad de cada uno será la
garan-tía de la libertad de todos; y cada cual será, en cam-bio, más libre en
razón de la mayor libertad de que gocen todos los demás. En un ambiente tal
cualquier veleidad autoritaria sería impotente, pues, por un lado, le faltaría
el privilegio de la fuerza y del poder adqui-rido para imponerse a los otros, y
hallaría además en la libertad de todos los restantes, puestos en las mis-mas
condiciones de acción, la resistencia y el impe-dimento insuperables a su
desarrollo.
La libertad en el
campo moral y politico sería pala-bra vacía de sentido, por lo menos para la
gran ma:-yoría de los hombres, si no fuese integrada o, mejor,
115
,iAF,i no e,tuviera
ba"da en la má, integral libertad en
el plano económico.
No, entiéndase bien, aquella "li-bertad económica" prestigiada por
ciertos economistas burgueses, que entienden con eso la facultad ilimita-da de
los capitalistas de explotar a los trabajadores y de hacerse la competencia en
perjuicio de la pro-ducción y, por tanto, en perjuicio de todos los
consu-midores: ésa usurpa el nombre de libertad, pues no es más que
arbitrariedad y privilegio.
La libertad querida
por los anarquista s en el te-rreno económico, es la libertad del hombre -de
to-
dos los hombres- en
su cualidad de trabajador y de productor y, por consiguiente, también de
consumi-dor, contra las coerciones económicas del capitalismo y el monopolio de
la propiedad: es decir, el fin de la tiranía sobre el asalariado, por el cual
hoy la gran masa dc los trabajadores desposeídos es esclava de los pocos
detentadorcs de la riqueza social, los pa-trones, que con el torniquete del
hambre, la constri-ñen a permanecer bajo el yugo. La permanencia de los
trabajadores, es decir de la gran mayoría de los hombres, en esa inicua e
injusta condición de des-igualdad y de sujeción, es la que ha frustrado, so-bre
todo, los esfuerzos heroicos de las revoluciones
del siglo pasado y
ha hecho ineficientes e insuficien-tes todas las reivindicaciones de libertad.
La libera-
ción del pueblo de
las cadenas de la miseria es, por eso, condición indispensable de todas las
otras liber-tades, y será la garantía primera y mejor, después de la
revolución, contra la vuelta a los viejos regímenes autoritarios y estatales.
La socialización de
la propiedad, es decir, la ri-queza social sustraída al privilegio y al
monopolio .de pocos es convertida en patrimonio común de todos
116
los trabajadores
productores, administrada por los in-teresados mediante la libre y armónica
organización de la producción y del consumo según las necesida-
des individuales y
colectivas, es por eso la concepción de las relaciones entre los hombres en el
terreno eco-
nómico más en
armonía con las reivindicaciones li-bertarías del anarquismo.
Tal concepción ha
sido sintetizada desde hace cer-ca de cincuenta años -·en los Últimos congresos
de la primera Internacional- con la fórmula del "comunis-mo
anárquico", pero ésta no se entiende como un lecho de Procusto, reservado
a priori y por fuerza a todos los miembros de la sociedad, sino como resul-tado
de la experimentación y cooperación libres de los interesados, en relación con
las posibilidades, con-diciones y necesidades de los diversos momentos y del
ambiente y, sobre todo, subordinado a la persuasión
y aceptación de
todos los que deberán realizarlo y vivirlo en la nueva sociedad.
De la sociedad
actual de injusticia, de explotación y de tiranía a la sociedad nueva más justa
de la igual-dad y de la libertad no se irá, se nos objeta, de un salto por un
golpe de varita mágica.
¡Evidentemente! La
constitución anarquista de la sociedad será el resultado de una sucesión de
progre-sos en sentido libertario, evoluciones ya lentas, ya rá-pidas,
revoluciones más o menos violentas, derrotas y victorias parciales, incluso
regresiones; y todo eso a través de vastos movimientos sociales y políticos, en
los que participarán todos los pueblos, y no solamente el hecho del pequeño
número de individuos que se proclaman anarquistas.
Pero sería una
error ceer que todo este movimiento incesante de evolución y revolución entre
los pueblos
117
ocurre
automáticamente, como por una fuerza natural inconsciente e independiente de la
voluntad humana. Al contrario, todo lo que prevemos ocurrirá solo en la medida
que haya hombres que lo quieran, más o menas claramente, más o menos
completamente; y nosotros mismos lo prevemos justamente porque lo queremos, del
mismo modo que el peregrino prevé la meta a que
llegará justamente
porque la quiere alcanzar y marcha hacia ella.
La poutica de los anarquistas
Nosotros no negamos
que en el vasto movimiento social, a través del cual la humanidad progresa
reali-zándose a sí misma, obran muchas fuerzas, ciegamen-te, por impulsos
contradictorios, bajo la influencia de instintos y necesidades momentáneas, de
pasiones arro-lladoras, de acciones y reacciones que casi se diría me-cánicas,
inconcientes o muy débilmente concientes. Pero es también verdad que esas
fuerzas, a pesar de su enorme cantidad, por sí solas no producirían el
progreso, y podrían significar también una regresión (y, en efecto, a veces la
determinan). La inmensa re-serva de energías que hay en ellas se vuelve útil al
progreso sólo en cuanto en medio de ellas hay tam-bién fuerzas concientes; y se
vuelve tanto más útil y fecunda, cuando más los instintos e impulsos se
transforman en voluntad conciente. De aquí la ne-cesidad de tal transformación,
que es la tarea ince-sante de la propaganda, la misión de las minorías
vo-luntarias, la misión de los movimientos de ideas.
La misión de la
minoría anarquista, de su mo-vimiento y de su propaganda, es que se formen lo
118
más numerosas
posible las conciencias libertarias; que se determine cada vez más fuerte en
las masas la necesidad de libertad; que la voluntad de libertad se vuelva cada
vez más difundida y consciente de su objetivo y de sus caminos. Esta minoría no
puede es-perar, ciertamente, que ha de convertirse en mayoría antes de la
revolución (y tal vez de más de una re-volución), es decir, antes de que sean
eliminados tan-tos obstáculos materiales, económicos y políticos, que impiden a
las grandes masas una visión clara de su mismo interÓs de libpración; pero,
cuando haya alcan-zado una fuerza suficiente, puede ser la vanguardia que abra
con un acto de voluntad la puerta que cierra las vías del porvenir. Es ya desde
ahora el fermento, el gránulo de levadura del que habla la Biblia; y más lo
será en el seno de la revolución en la cual repre-sentará, lo repito, con más
conciencia que todas las otras fuerzas, la voluntad de libertad.
Desde ahora, y para
eso la política de los anarquis-tas -entendida la palabra "política"
en el sentido de agitación y de acción revolucionaria contra las insti-tuciones
políticas dominantes-, quiere ser una políti-ca de libertad en todos los campos,
hasta en las más pequeñas manifestaciones de su movimiento. Donde quiera que se
reivindique un derecho cualquiera, aun-que sea parcial, de libertad, -libertad
de pensamien-to, de palabra, de prensa, de reunión, de asociación, de
manifestación, de huelga, de experimentación so-cial, etc.,- allí hay un puesto
de combate para los anarquistas, solidarios con todos los explotados y los
oprimidos, con todos los rebeldes, contra toda manifes-tación política o
económica de la autoridad y de la dominación del hombre sobre el hombre. Con
mayor razón, por tanto, habrá un puesto de combate para
119
los anarquistas, en
toda revolución, por medio de la cual un pueblo o una clase subyugada se
esfuerce por abatir una tiranía, por alcanzar un obje.tivo liberador.
Hacia la revolución de
la libertad
Pero en las luchas
parciales como en las generales, en las pequeñas y en las grandes, debidas a la
pro-pia iniciativa o a iniciativas ajenas, en su movimiento de partido como en
los movimientos más vastos, obre-ros y del pueblo, en los propios grupos y en
las or-ganizaciones de propaganda y de acción como en las asociaciones
proletarias más amplias y de clase, los anarquistas mantienen constantemente su
conducta so-bre líneas directrices y bases de libertad.
Libertad, en primer
lugar, del movimiento frente a todos los otros movimientos más o menos afines
cola-
terales, en el
sentido de su absoluta independencia y autonomía. No teniendo objetivos
materiales propios, individuales o de partido que alcanzar (aparte de la
emancipación de todos), el anarquista no sufre celos: aprueba y apoya toda
reivindicación de libertad de cualquier parte que proceda; pero, no teniendo
liga-men o vínculos políticos de interés con ningÚn parti-do, combate sin
trabas a todos los partidos y mo-vimientos en la medida que representen
obstáculos a los fines libertario s y revolucionarios.
La libertad es la
guía y la norma de conducta del anarquismo en su desenvolvimiento interno. Este
re-pudia el concepto de disciplina cerrada y coercitiva a la que desea ver
sustituida por la disciplina moral y voluntaria, por el libre consentimiento
recíproco. Re-pudia toda forma de organización centralizada, auto-
120
ritaria,
burocrática y jerárquica, y organiza en cambio, sus fuerzas sobre la base de la
autonomía de los indivi~
duo s en los grupos
y de los grupos en las asociacio-nes más vastas: sobre la base del libre
acuerdo para la propaganda y para la lucha, coordinado y cada vez más amplio y
extendido en el tiempo y en el es-pacio. Así, cuando los anarquistas participan
en otros movimientos y organizaciones, en donde creen nece-saria y útil la
propia intervención desde el punto de vista anarquista y revolucionario, si no
logran impri-mides la propia orientación, combaten en ellos todos los defectos
de autoritarismo que encuentran.
Este es el camino
por el cual se va hacia la revo-lución de la libertad, -hacia una revolución
que no repita el error (en parte inevitable, pero en parte debi-do también a la
ceguera de los revolucionarios), de las revoluciones pasadas: es decir, de una revolución
que en el acto de abatir una tiranía no eche, en el terre-
no fertilizado por
la sangre de tantos mártires y hé-roes, la semilla funesta de una tiranía
nueva.
¿Podrá ser
libertaria, y por tanto integralmente li-beradora, la revolución que se anuncia
y que tal vez la misma reacción estatal y capitalista está provocan-do hoy con
sus horribles excesos? No lo sabemos; y hasta es lícito dudar de ello, porque
la misma tira-nía, que puede provocar el estallido de la revuelta, no dejará de
comunicar a la revolución un poco de su morbo autoritario. Eso no impedirá a
los anarquis-tas saludar con alegría tal revolución, por imperfec~ ta que pueda
ser, ni participar en ella con todas sus fuerzas y entusiasmo; así como no ha
impedido has-ta aquí, y no impedirá nunca, prepararse y hacer to-do lo que
puedan por apresurar su advenimiento.
Pero la
preparación revolucionaria de
los anarquis-
121
tas, hoy, como su
preparación en la revolución, ma-ñana, no tiene ni puede tener un carácter
pasivo, de aquiescencia a los efectos autoritarios que prevén en ella desde
ahora. Desde ahora, al contrario, oponen su "concepción libertaria de la
revolución" a la con-cepción autoritaria de todos los otros reformadores y
revolucionarios, sea a la democrática que, entre otros, sostienen los
socialistas legalistas, sea a la despóti-ca de los comunistas estatales y de
los dictatoriales. Cuando los anarquistas hablan, pues, de preparación
revolucionaria, no entienden solamente la preparación material de la caída de
las tiranías existentes, sino la preparación también para ejercer en la
revolución toda su influencia con la propaganda y el ejemplo, a fin de que
resulte lo más libertaria posible aun en el caso, hoy previsible, de que su
orientación general no sea del todo en el sentido por ellos querido.
Es preciso que la
revolución encuentre en el pue-blo, lo más difundidos posible, la necesidad y
el sen-timiento de la libertad, para que constituyan un di-que a las tendencias
naturalmente despóticas de los
eventuales nuevos
gobiernos que se formen; y éstos deben hallar en las minorías conscientemente
liber-
tarias una fuerza
de oposición moral y material orga-nizada que, sin servir al juego de las
viejas reacciones en acecho, impida su consolidación y salve la revo-lución de
la detención y de la muerte a que la lle-varía todo poder estatal, aun surgido
de su seno y desempeñado en su nombre.
Mientras la
libertad no sea completa para todos, la revolución no habrá terminado o, si
hubiere termina-
do, dejaría en
herencia la necesidad de una nueva revolución. Y la bandera de la revolución de
los ven-
cedores del
momento, enseñoreados del gobierno, <:le-
122
berá pasar a las
manos de las oposiciones más avan-zadas que quedaron fieles a la causa de la
libertad, -hasta el día que ésta triunfe en una humanidad fra-ternal que no
sepa ya de dominadores y de súbditos, de explotadores y de explotados.
Justificación moral die
la vi1'Jlenc~iarevolucionaria
Ciertamente, los
defensores del actual estado de cosas tienen algún derecho o razón para imputar
a los revolucionarios y a la revolución los males que sin embargo, cUas
preconizan frenéticamente, cuando hablan de manías sanguinarias, de furias
destructoras o de otras tonterías parecidas, -ellos que defienden un sistema de
cosas que aniquila más vidas humanas y destruye más riquezas de lo que podría
hacerla la más costosa revolución. Pero no es menos verdad que la revolución,
por la fuerza misma de las cosas y por las necesidades de su triunfo, costará
siempre muchí-simo, y no raramente se encontrará en contradicción consigo
misma, es decir, con aquellos principios de justicia, de igualdad y de libertad
de los que ha partido.
Por ejemplo: una de
las reivindicaciones básicas del anarquismo es el derecho a la vida. La primera
liber-tad que los anarquistas -los "libertarios"- reivindican para
todos los hombres es la libertad de vivir. No podría ser de otro modo. Sin embargo,
la revolución, con sus revueltas, deberá pasar sobre el cuerpo de sus enemigos:
es decir, será constituida por toda una serie de atentados a la integridad
física, a la vida, de los enemigos del pueblo, y al mismo tiempo arries-gará en
sus luchas la vida de una infinidad de revolu-
123
cionarios. Hay, por
lo tanto, una cierta contradicción momentánea, de hecho, entre el fin, último
ideal del
anarquismo, y los
medios de los anarguistas revolu-cionarios.
El mismo razonamiento se
podría hacer respecto de
todo el complejo de
la violencia revolucionaria. Cuan-do ésta es un acto de liberación
indudablemente tie-
nc en sí
su justificación moral, pues en sustancia es
acto de legítima
defensa. Pero, aun en tal caso, aun cuando sc limita exclusivamente a destruir
una auto-
ridad, no es por
eso menos, en cierto sentido, también ella, un acto de autoridad. Eso aparece
claro si se piensa que la violencia revolucionaria es siempre el hecho de
minorías que, al levantarse contra la vio-lencia de una minoría enemiga, -la
minoría de los privilegiados-, imponen de hecho un cambio de es-tado a las
mayorías apáticas, a las mayorías que por ley de adaptación se han resignado
ayer a ser oprimi-das y explotadas y tienden en el fondo a conservar más que a
cambiar la propia situación. Y que, una vez roto el equilibrio por la violencia
revolucionaria y creada una situación nueva, podrán adaptarse a la situación
nueva y al hecho cumplido, y también a consolidado y alegrarse de él.
Eso, en teoría,
puede estar en contradicción con el principio absoluto de libertad; pero no se
puede ne-gar que es una necesidad imprescindible de toda re-volución y de todo
progreso. No hay que olvidar nun-ca, por lo demás, cuando examinamos los
problemas prácticos, para resolverlos en la vida y con los medios que la vida
nos ofrece, que lo absoluto está más allá
de nuestras
posibilidades; que en la vida y en la lu-cha todo es relativo. Lo absoluto debe
servimos de
guía, de faro
hacia el cual dirigimos, para ir siempre
124
hacia él Y no
volver atrás; pero si no hubiéramos de movemos más que para realizarlo de un
modo com-pleto, nos condenaríamos a la inmovilidad eterna.
La pura lógica de
la coherencia absoluta no podría
ser, por lo tanto,
el objetivo de un verdadero revolucio-nario. Cuando la revolución ha estallado,
todo debe
ser subordinado al
triunfo de la revolución, a la ne-cesidad de vencer y de aniquilar todas las
fuerzas enemigas. Esta es la única lógica, la verdadera, po-sible para la
revolución.
En todos los casos:
participar activamente
La revolución es un
poco el caos, hecho de contra-dicciones, de progresos y de retrocesos súbitos,
de impulsos sublimes y de actos inhumanos, en el que todas las pasiones y todas
las fuerzas sociales y to-dos los instintos entran en juego; y a veces pasiones
e instintos que en
períodos normales no se puede va-cilar en condenar, en una revolución se
convierten en
coeficientes de
triunfo y de progreso. A menudo, ade-más, hasta hombres y grupos y fracciones
que antes de la revolución están del todo separados del movi-miento, hostiles y
también hostilizados por los revo-lucionarios, por interés o por los fines
eg'Jistas menos plausibles, se unen a la revoluciÓn o la favorecen. Y los
revolucionarios conscientes deben tener presente también estas fuerzas, para
poderlas explotar sin re-pugnancias sentimentales; de otro modo se correría el
peligro de verIas utilizadas por el enemigo.
No se puede, por lo
tanto, tener en cuenta demasiado al pie de la letra las fórmulas y los
programas en
125
tiempo de guerra
efectiva; y la revolución es una gue-rra, la guerra de los oprimidos contra los
opresores. En este sentido todas las fuerzas que gebilitan, com-baten y
contríbuyen a destruir las fuerzas enemigas, deben ser utilizadas. ¡Ah!
ciertamente, en período re-volucionario tenemos también el hampa, que se
le-vanta con propósitos de saqueo; tenemos a los am-biciosos que aspiran
hipócritamente a destituir a los dominadores actuales para ponerse en su lugar;
y alguna vez estos últimos consiguen ponerse a la ca-beza de la revolución,
limitando un poco sus reivin-dicaciones y exagerando un poco sus promesas. Eso
crea la necesidad de oponerse a tales gérmenes laten-tes de sucesiva reacción,
pero no puede constituir nunca un motivo para los revolucionarios que les
lle-ve a obstaculizar la revolución ya ponerse a un lado co-mo si la cosa no
les interesase. ¡Sería un verdadero crimen contra la causa de los oprimidos!
Cuando las praderas
están secas, basta un chispa-zo, para que sobrevenga el incendio.
Interés y deber de
anarquistas será participar en la revolución, de cualquier modo que estalle,
para im-primirle lo más posible una orientación socialista y libertaría, para
conquistar combatiendo la fuerza mo-ral y material con que oponerse luego a
quien qui-siera explotar y hacer desviar el movimiento. Es pre-ciso comprometer
con actos resolutivos de expropia-ción y de destrucción, la revolución misma a
los ojos de quien la quisiera reducir a un simple "quítate de ahí para que
me ponga yo"; es decir, es preciso ha-cer imposible una reconciliación de
los revoluciona-rios más moderados con el viejo régimen, para que la revolución
vaya lo más lejos posible y cave más hondo el abismo entre el pasado y el
porvenir.
126
Imaginemos que la
revolución estalle muy pronto, mucho antes (como es más que probable) de que se
hayan creado las posibilidades psicológicas y mate-riales de victoria para los
anarquistas. La revolución podría tener fuera de la anarquía, tres orientaciones
distintas: republicano-burguesa, social-demócrata, co-munista-dictatorial.
Todas estas tres hipótesis tienen en su favor elementos y también en contra; es
inútil aquí hacer previsiones. Pero admitamos una cualquie-ra de esas
hipótesis: ¿,deberían, por consiguiente, los revolucionarios anarquistas, sólo
porque el movimien-to tendrá, en prevalencia, una bandera diversa de la suya y
adversa a ellos, quedar a un lado desdeñosos, esperando musulmanamente que la
revolución se vuel-va anarquista por sí sola? Si hiciesen así, marcarían, como
partido militante, el propio suicidio, y aleja-rían enormemente el día del
triunfo de los propios principios.
Al contrario, por
lo tanto, los anarquistas participa-rán activamente en la revolución,
cualquiera que sea su orientación y como quiera que la infIuencien sus jueces
eventuales: en todos los casos. Y podrán estar seguros de que, aun cuando no
triunfen las propias reivindicaciones libertarías e igualitarias, llegarán
tanto más próximas al triunfo cuanto más enérgicos y activos hayan sido en la
revolución sus partidarios, cuanto más hayan impregnado éstos a la revolución
de sus propias ideas y tendencias. Con la propia par-ticipación en la
revolución habrán conquistado una fuerza moral y material suficiente, por lo
menos, para poner un dique al autoritarismo ajeno, para impedir que éste supere
ciertos límites, para obtener por fin de la revolución los mayores frutos
posibles, utiliza-bles luego en interés del proletariado y de la futura
victoria anarquista.
127
Cualquiera que sea
el poder político que logre so-breponerse a la revolución, ésta, por su acción
co-rrosiva y demoledora, lesionará siempre, al menos al comienzo, todas las
autoridades más débiles y sacudi-das; y misión de la oposición anarquista será
justa-mente el impedir a esas autoridades reforzarse, apro-vechar su debilidad
para constituir núcleos y orga-nismos propios de vida autónoma y prolongar lo
más posible el ejercicio de la libertad. Esto podrá hacerlo si durante la
revolución ha sabido hacerse valer, au-mentar su prestigio, conquistarse la
adhesión de más vastas masas, dando ejemplo de la lucha, del ataque, del
sacrificio, pero sin dejarse absorber ni explotar ciegamente por los otros
partidos, sino conservando siempre la propia fisonomía distinta y sus
caracte-rísticas de movimiento y de partido de libertad.
La afirmación de
proudhon, de que el "mejor me-dio de evitar los daños de una revolución es
el de par-ticipar en ella", tiene sobre todo valor en esto: que la
participación de los revolucionarios más avanzados y más idealistas en la
revolución es el mejor medio pDsible para hacer que la revolución se desarrolle
del modo más conveniente a los intereses de las clases
oprimidas y a la
causa de la libertad y de la justicia social.
No pued,e haber revoluciones "puras"
La valOIización de
la revolución no puede inferir-se, por tanto, -como hacen por motivos diversos
tan-to los reaccionarios como los socialistas legalista s-de los daños
materiales de la revolución misma, del nÚmero de las vidas humanas consumidas,
de sus con-
128
tradicciones
inevitables con los principios abstr!l~tos, de las intenciones particulares de
las divel'sas agl1l-paciones que se adhieren a ella, de los
.errOl"esytl:l.:m-bién de las torpezas con que pueda ser mancill¡¡¡.do el
movimiento insurreccional, sino sólo por la ol"ien-tación general que se puede
hacer prevalecer en eJl!l, por los resultados morales y materiales que puede
dar, de modo que a su triunfo siga una elevación y una ganancia de libertad y
de bienestar para .el pueblo. Es preciso también que una derrota eventu-al
tenga por consecuencia un paso adelante hac.ia una sucesiva revolución
victoriosa, y que constituY!lell la historia una afirmación enérgica de la
voluntad po-pular que aspira a una civilización superior, entendi:-da esta
palabra "civilización" no en el sentido bW'-gués y convencional, sino
en el sentido anarquista de una más difundida justicia para todos, de una
ele-vación de las masas, sca moral o material, sea inte-lectual o política.
Los reaccionarios y
los conservadores hablan a me-nudo y de buena gana, en tiempo de revolución, de
hampa y de "bandidos". Las revoluciones del 89, la del 48 y del 71 en
Europa, y la última en Rusia, a es-cuchar a los cronistas moderados del tiempo,
estu-vieron llenas de actos de bandidismo. Ahora bien; aun sin tener en cuenta
el hecho de que a menudo los "bandidos" no eran para aquellos más que
los verdaderos revolucionarios, es cierto que las revolu-ciones hacen salir a
la superficie muchas escorias so-ciales, muchas fuerzas oscuras poco nobles en
su ori-gen. ¿Yeso qué significa?
Se podría decir,
entre otras cosas, que los llamados "bajos fondos", en donde la
revolución recluta auto-máticamente una parte de Sl,lS milicias, son también
129
pueblo, incluso la
parte más desgraciada del pueblo, la que en tiempos normales sufre más con el
rég¡¡" men de opresión y de explotación, y que son una con-secuencia de la
injusta estructura social. La revolu-ción se hace también para ellos, por su redención,
o para la de sus descendientes, del embrutecimiento y del crimen que la
opresión política y económica tien-
de a perpetuar.
Pero esta consideración doctrinaria y humanitaria tiene un valor secundario
frente a la con-
sideración más
importante que la revolución es un cri-sol que no puede elegir previamente la
leña que ha de arder y el metal que ha de fundir. Se produce
in-dependientemente de la voluntad de los promotores y de los combatientes
individuales, poniendo en jue-go todas las fuerzas, todas las voluntades, todas
las pasiones, todos los instintos, todos los ideales y todos
los intereses que
hallan eco en ella, y no podría ser de otro modo.
El que no la quiere
así no es un revolucionario, no es verdaderamente un enemigo de los opresores y
de los explotadores más que ... en teoría. El que qui-
, siera hacer una revolución como se ejecuta un
con-trato, el que quisiera medir exactamente la entrada y la salida, el que en
la gran llamarada quisiera se-parar la leña buena de la dañada y casi la
concebie-ra como una hoguera estética y de plantas perfu-madas, ése debe
resignarse a sufrir el mundo innoble como es hoy, es decir, a soportar para
siempre los innumerables males ocasionados por la injusticia so-cial (tantos
que en comparación la revolución más desgraciada no podría producir más), pues
una re-volución ideal -incluso anarquista-, pero regulada, acompasada y
equilibrada, ideada bajo la guía de las propias preocupaciones abstractas, por
nobilísimas que sen, no tendrá nunca lugar.
130
Sin embargo, la
revolución tiene por sí una virtud moral y consecuencias morales enormes. La
eficacia de la revolución en el sentido de las ideas del anar-
quismo estará en
relación directa en la preparación anterior hecha por los revolucionarios, con
lo que éstos hayan sabido impregnar de ideas y sentimientos socialistas y
libertarios al movimiento social y aque-llos ambientes y aquellas clases que
más seguramente
serán arrastrados
por los acontecimientos a la órbita revolucionaria.
Esto deben tener
presente los hombres de ideas, en el trazado de su misión como hombres de
acción,
la que consiste
también y sobre todo en preparar las condiciones materiales y morales y los
medios para que la revolución social sobrevenga lo antes posible y sea lo más
seguro posible su triunfo definitivo.
La revolución puede
decirse que es para la huma-nidad lo que es para un organismo enfermo una
in-tervención quirúrgica que al extirpar con dolor del
paciente algunos
tumores malignos, al precio de ese dolor relativamente momentáneo, salva de la
muer-
te el organismo
entero y le ahorra por un largo pe-ríodo sucesivo, sufrimientos infinitamente
más dolo-
rosos y más largos, permitiéndole saborear con la
tranquilidad
reconquistada, las alegrías superiores del cerebro y del corazón.
Educación práctica para
la revuelta
El efecto moral,
bueno según los anarquistas, de la revolución es ante todo el de generalizar el
es-píritu de revuelta, no sólo la revuelta material -sin la cual no hay
revolución posible- sino también la
131
revuelta contra las
viejas ideas hasta entonces consi-deradas como las más sagradas e inviolables;
no sÓlo la revuelta contra las instituciones, sino también COn-tra el espíritu
de esas instituciones .•
Antes de la
revoluciÓn las mayorías sociales duer-men o casi, sufren por todos los males
ocasionados por la mala organizaciÓn econÓmica y política, pero los soportan
como inevitables, y sÓlo cuando la deses-peraciÓn les empuja violentamente,
estalla en movi-mientos convulsivos, agotados pronto. Los revolucio-narios no
pueden, en tiempos normales, más que in-fluir indirectamente sobre esas
mayorías amodas; pueden hacerlas un poco simpatizantes con su obra, hacerlas
menos hostiles a sus ideas; pero más de eso difícilmente pueden conseguir. La
propaganda logra convertir y atraer a la Órbita del movimiento de cam-bio
social, solamente a un cierto número de indivi-duos que se debe tratar de que
sean lo más numeroso posible, pero que sería ilusiÓn creer que hayan de llegar
a ser mayoría antes de la revoluciÓn. La lÓgi-ca de las ideas, aun de las más
bellas y más cla-ras, persuade sÓlo a aquellos a quienes el tempera-mento, el
ambiente y otras circunstancias especiales vuelven permeables a la propaganda.
Las mayorías no se dejan convertir más que por los hechos. No sÓlo eso. Sino
que mientras existan las instituciones de pri-vilegio y de opresiÓn, ciertas
supersticiones morales que se formaron en los siglos continúan su influencia
también sobre aquellos que se dicen en palabras sus adversarios. El prestigio
que emana de la autoridad constituida, sea la autoridad de,l gobierno o la del
pa-trÓn, recibe el homenaje inconciente también de gran parte de la clase
trabajadora que ha adquirido ya una conciencia relativamente libre. El que vive
entre el llueblo sabe algo al respecto.
132
¿,Es de esperar con
la simple propaganda y también con la simple organización de clase vencer y
demoler
ese prestigio sobre
las multitudes que emana del po-der constituido de la sociedad burguesa, y
vencerlo
también en las
mayorías amorfas, cuando es tan di-fÍGil disminuirIo en las mismas minorías
conquistadas
ya en parte para
nuestro movimiento? ¡No! La nueva conciencia humana, libre de toda sumisión
espiritual
a la autoridad
patronal y gubernativa, no se formará más que con la destrucción de esa
autoridad. La re-volución será en este sentido la gran educadora de las masas
populares. No bastará la destrucción material, ni siquiera ella, del todo; pero
el hecho nuevo, la fal-ta de lo que puede alimentar el espíritu de sumisión,
creará las condiciones mejores de desarrollo para el espíritu de libertad y de
igualdad.
Utopías reformistas
Donde la propaganda
doctrinal y pacífica no llegue él alcanzar, la propaganda del hecho
revolucionario, logrará resultados hoy inesperables. Esto significará el
ingreso de las mayorías en unllUevo ambiente, donde al fin las palabras de
justicia social hechas realidad penetrarán en todos los corazones y en -todos
-los ce"
rebros; AntessBría
verdaderamente utopíasdñartal resultado.
Se objeta a menudo
a quien hace propaganda: de anarquismo, la falta de preparación de 'las masas
pa-ra la libertad, su ineducación, para las cuales una socie-dad sin gobierno
parecería imposible. En efecto, an-tes de la revolución dada la psicología colectiva
deter-minada por el ambiente actual, se puede decir muy
133
bien que ni
siquiera los anarquistas declarados serían capaces de vivir en cooperación
libre. El fracaso de tantos experimentos de vida comunitaria libre, en las
diversas tentativas de colonias libertatias, lo demues-tra, como demuestra la
imposibilidad en plena bur-guesía,de aislarse de ella y de sustraerse a los mil
ten-táculos de su influencia política. Pero no se tiene en
cuenta, en la
objeción aludida la eficacia educativa de la revolución.
La educación para
la revuelta, que antes de la re-volución es ejercida por las ideas de libertad
en pe-queñas minorías, y también sobre éstas con una efica-cia relativa, sólo
la revolución puede impulsarla más allá de los límites estrechos permitidos por
el ambien-te autoritario y capitalista actual, hacerle ganar terre-no en medio
de las más vastas colectividades, entre las masas populares y proletarias más
extensas, siem-
pre que,
naturalmente, la revolución sepa ser digna de su nombre, es decir, no sólo en
el derribamiento
de un viejo poder
en beneficio de un poder nuevo, sino en la demolición audaz de todo poder, vale
decir, la verdadera y propia revolución de la libertad.
No creemos en los
milagros y, por tanto, no atribui-mos a la revolución efectos mágicos. Los
adversarios de los anarquistas, especialmente los socialistas elec-toralistas,
a menudo les hacen la acusación de "mila-gris)mo"'revolucionario;
pero ellos deben reconOcer que, de cualquier modo, la papeleta electoral y la
conquista de los poderes públicos tienen una eficacia menos. " milagrosa
que la atribuida a la revolución.
Los efectos
morales, educativos, que los anarquis-tas esperan de la revolución son mucho
más lógicos y razonables, previsibles por quien conozca un poco de historia de
las revoluciones pasadas y un poco de la psicología popular.
Hoy, en el sistema
del cada uno para sí y ... el go-bierno para todos, las autoridad de lo alto
sustituye. y en parte impide la solidaridad en lo bajo. Sin la autoridad, el
pueblo sentirá, en cambio, más la solidaridad, como aquél a quien falta un
punto de sostén, tiende instintivamente la mano a sus vecinos. La necesidad
mayor, en un estado de libertad, del apoyo mutuo, determinará un mayor
desarrollo del amor y del respeto recíproco entre los hombres.
Aquellos que en
tiempo de revolución temen el desencadenamiento de las pasiones, la expansión
de la violencia individual y colectiva, el robo irracional, el saqueo destructor, los estupros, los
homicidios, etc ..olvidan la
historia de las revoluciones.
Otro efecto moral
de la revolución es éste: que sus-cita en el pueblo energías individuales y
colectivas ig-noradas hasta la víspera; y se forman en ella realmen-te
individuos nuevos, se revelan genios e ingenios has~ ta entonces dormidos u
ocultos. La revolución en ge-neral estalla después de un período de crisis y de
de-presión, o bien después de eiertas bonanzas caracte-rísticas que a veces
preceden a los huracanes. Y el huracán social pasará, renovador y purificador,
ha-ciendo surgir a la superficie fuerzas que no piden más que una impulsión
enérgica para sobrenadar; mientras que se hundirán en la nada tantas
medio-cridades que hoy se mueven por fuerza de inercia so-bre el estanque
pútrido. Será como respecto de cier-tos metales que se pueden obtener sólo a·
fuerza de fusiones a temperaturas fabulosas; el fuego febril de la acción
revolucionaria valorizará jóvenes energías que de otro modo no podrían
manifestarse, energías n6 sólo de destrucción, sino también de reconstrucci6n,
renovadoras desde
todo punto de vista intelectual y materiaL
135
/
No se trata de
sueltos retóricas sugeridos por la fan-tasía y por la fe ciega. Abrid la
historia de todos los pueblos y veréis los períodos más revolucionarios
caracterizados siempre por un despértar enorme de la intelectualidad humana,
por progresos de toda es-pecie, por descubrimientos científicos y
atrevimien-tos filosóficos, por mejoramientos económicos y por la aparición, eh
apariencia milagrosa, de genios en el arte o en la política, en las ciencias o
en la industria.
La revolución obliga a elegir un
puesto de lucha
La revolución,
precisamente porque disuelve todos los vínculos artificiales y autoritarios que
en tiempo nor-mallleutralizan las fuerzas y dejan inactivo el espíritu de
iniciativa de los más, pone a todos los individuos en la necesidad de
participar en la vida pública; pri-mero les obliga a elegir un puesto en la
lucha, pues difícijmente permite que 'alguno se pueda apartar completamente -y
entonces es natural que incluso los más perezosos entre los oprimidos, los que
más tien-den a adaptarse al ambiente, se adapten a la revolu-ción, que es hecha
en su interés-, después les impele a ocuparse, bajo el aguijón de la necesidad,
de todo lo que Se refiere a la vida económica y social. Todos soh interesados,
obligados por el instinto mismo de conservación, a buscar con otros el medio
común, entre la tempestad, para asegurarse el pan y la seguridad de vivir.
He ahí por
qué no es infundada, e
incluso es razonable y segura, la
esperanza que los anarquistas po-nen en una revolución social contra las
actuales dominaciones burguesas: la esperanza no sólo de un me-joramiento
material de las condiciones de vida para la gran masa trabajadora, esclava de
la servidumbre del salariado y sometida a la prepotencia del Estado, si-no
también la esperanza de que la revolución complete entre las mayorías oprimidas
la obra de educación del sentimiento de justicia, de libertad y de solidaridad
que podemos ejercer hoy sólo con una minoría relati-vamente pequeña; la
esperanza de que la revolución vuelva a despertar o cree las energías activas y
el es-píritu de iniciativa necesarios al establecimiento de un orden social
mejor; la esperanza de que en el crisol de la revolución se forme la conciencia
nueva de la humanidad.
INDICE
Presentación 7
CONCEPCION ANARQUISTA DE LA
REVOI.;UCION 11
Violencia Iibertaria y violencia gubernamental 12
El
anarquismO',teO'ríade la revalución 14
La libertad en el
proceso de cambia 17
Papel de las
minorías revalucionarias 20
El
"terrorismO'popular" 22
INSURRECCION y EXPROPIACION 27
NO'sólo un
cambio político 28
La expropiación debe ser inmediata 32
Sobre la teoría de
las "etapas fatales" 36
Que nadie esté
sametida ni explotado 39
Dos fases de la
revolución socialista 41
Oesde ya:
capacitación y programa 44
EL MIEDO A LA LIBERTAD 49
Pretextos actuales
para la dictadura 50
ChalecO'de fuerza
para la revolución 54
Los temidos
"excesos revO'lucionarios" 56
Ni espO'ntaneísmoni
unifO'rmización 59
AbO'liciónde tadas
las "élites" 62
LA PRODUCCION
DURA.NTE EL
PROCESO DE CAMBIO 65
Sabre la disciplina del trabaja 66
Farmas diversas: dentrO'del sacialismO' 69
La actitud carrecta frente al campesinadO' 72
Delegación de funcianes y nO'delegación
de paderes 75
LA DEFENSA ARMADA DE
LA REVOLUCION 79
La revalución francesa
y un juiciO'de
Miguel Bakunin 80
Técnicas militares adecuadas 83
Una defensa anárquica de la revalución 87
Defender la revolución: un deber suprema 88
Una ·firme arientación libertaria 92
PAPEL DE LOS ANARQUISTAS EN lOS
PERIODOS DE TRANSICION 95
El
períodO'revalucianaria no será
breve 96
Sobre una canfusión apartunista 101
Las saviets aconsejas abreras 104
"El partida
revoluciónario par excelencia
debe ser
anarqui$ta" 109
f,:.l
ANARQUISMO MILITANTE Y
LJ.\,
RE\fOLUCION DE NUESTRO
TiEMPO 113
La cancepción anarquista 114
I.el? política de las anarquistas.. 118
Hacia la revaluciónde la libert¡;¡d 120
Justificación maral
de la vialencia
revolucianaria 123
En todos las casas: Pí:¡rticipar activamente 125
NO'puede haber
revalucianes "puras" 128
Educación oráctica para la revuelta 131
Utopías reformistas 133
La revalución abliga
a elegir un puesta
de lucha 136
OBRAS PUBLICADAS
LA INSURGENCIA
ESTUDIANTIL LA HUELGA GENERALIZADA
FORMAS Y TENDENCIAS DEL ANARQUISMO
de Rene Furth
LA VANGUARDIA DE LA CONTRA·REVOtUCION
de Daniel y Gabriel Cohn-Bendit
EL IZQUIERDISMO:
REMEDIO A LA ENFERMEDAD SENIL DEL COMUNISMO de Daniel y Gabriel Cohn~Bendit
OBRAS EN PREPARACION
EXPLOTACION y
DOMINACION de Alfredo Errandonea
ACCION DIRECTA es
una editorial comprometida y no comercial, que define con su nombre objetivos y
medios que implican crear las condiciones de un pueblo fuerte, gestor directo
de sus propias realizaciones políticas y sociales, sin delegación en buro-cracias
,intermediarias.
Se terminó de imprimir el 5 de
octubre de 1971 en Imprenta Rusti, San Luis 1968.
FIN

