Libro N° 14729. Los Escritores Y Leviatán. Matar Un Elefante. Orwell, George
© Libro N° 14729. Los Escritores Y Leviatán. Matar Un Elefante. Orwell, George. Emancipación. Enero 24 de 2026
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LOS ESCRITORES Y LEVIATÁN
MATAR UN ELEFANTE
George Orwell
Los Escritores Y Leviatán
Matar Un Elefante
George Orwell
DOCUMENTO
LOS ESCRITORES Y LEVIATAN
MATAR UN ELEFANTE
DOS ARTÍCULOS DE GEORGE ORWELL
George Orwell*
Conocido sobre todo por las sombrías reflexiones acerca del poder totali- tario que desarrolló en Rebelión en la Granja y en 1984 —sus dos novelas más famosas—, George Orwell dejó una extensa producción de ensayos y artículos periodísticos. Hay quienes consideran que fue uno de los pocos anarquistas que sobrevivieron a la polarización entre capitalismo y socia- lismo de la política británica, pero donde quiera que se lo clasifique, lo cierto es que su pensamiento estuvo animado por un p r o f u n d o y urgente rechazo a las opresiones de todo género que las sociedades ejercen sobre el individuo.
Estos artículos dan cuenta en mayor o menor medida de ese rechazo.
El primero —Los Escritores y Leuiatán— se refiere a cierto tipo de opre- siones mentales y plantea u n problema —el del artista o intelectual com- prometido— del que Orwell tomó conciencia antes que gran parte de la intelectualidad europea.
El segundo artículo —Matar un Elefante— es, antes que nada, u n relato
escrito por u n espíritu libre y dotado de especial sentido del humor. Se refiere con sentimientos encontrados a u n episodio autobiográfico que ilustra, en forma casi patética, la brecha entre el papel que imponen las propias convicciones ideológicas y el que impone la realidad. La experiencia corresponde a la j u v e n t u d del escritor, tuvo lugar en Birmania y en una época en que el autor profesaba un repudio absoluto a la dominación que el Imperio Británico ejercía sobre sus colonias.-
* Destacado novelista británico. Nació en 1903 y murió en 1950. Varias de sus obras estuvieron recorridas por el alarmante diagnóstico de u n siglo que ha logrado combinar la credulidad de las masas con el dominio abusi- vo de las élites y de las ideologías colectivistas. Fustigó duramente en sus escritos el dogmatismo intelectual y el oportunismo político del comu- nismo y luchó junto a la república en la Guerra Civil Española. Durante la Segunda Guerra se distinguió por sus planteamientos antibelicistas y escépticos frente a todo mesianismo político.
Los Escritores y Leviatán
La posición del escritor en una era de control estatal es asunto que ya se ha analizado en forma relativamente amplia, aun cuando no se dispone todavía, en su mayor parte, de las pruebas que po- drían ser pertinentes. Aquí no quiero expresar una opinión ni en pro ni en contra del patrocinio de las artes por el Estado, sino seña- lar simplemente que la clase de estado que nos gobierne tiene que depender en parte del ambiente intelectual vigente; es decir, en este aspecto, en parte de la actitud de los propios escritores y artistas, y de su disposición o falta de ella para mantener vivo el espíritu libe- ral. Si en diez años nos encontramos temblando ante una persona como Zhdanov, probablemente será porque eso es lo que habremos merecido. Es evidente que entre los intelectuales literarios ingleses ya hay en acción fuertes tendencias hacia el totalitarismo. Pero aquí no me preocupa ningún movimiento organizado y consciente como
es el comunismo, sino puramente el efecto que tiene, sobre personas
de buena voluntad, el pensamiento político y la necesidad de aban- derizarse políticamente. Esta es una edad política. La guerra, el fas- cismo, los campos de concentración, los palos de luma, las bombas atómicas, son las cosas en que pensamos todos los días, aunque no
las nombremos abiertamente. Esto no lo podemos evitar. Si uno está en un barco que naufraga, pensará en naufragios. Pero no sólo se limita así nuestro tema sino que toda nuestra actitud hacia la li- teratura se tiñe con lealtades que comprendemos, al menos de manera intermitente, que no son literarias. A menudo da la impre- sión de que la crítica literaria, aun en el mejor de los casos, es frau- dulenta puesto que en ausencia total de normas aceptadas de cual- quier índole, de alguna referencia externa que pueda dar sentido a la afirmación de que tal y tal libro es "bueno" o "malo", todo juicio
literario consiste en inventar un conjunto de reglas para justificar una preferencia instintiva. La verdadera reacción que uno tiene ante un libro, cuando llega a tenerla, es, habitualmente, "este libro me gusta" o "no me gusta", y lo que sigue es una racionalización. Pero decir "este libro me gusta" no es, creo yo, una reacción no literaria; la reacción no literaria es decir: "Este libro está de mi parte, por lo tanto debo descubrirle méritos". Es claro que cuando uno alaba u n
libro por razones políticas, puede mostrarse emocionalmente since-
ro, en el sentido de que uno de veras siente u n a fuerte aprobación, pero también ocurre a menudo que la solidaridad partidista exija una pura mentira. Cualquiera que esté acostumbrado a reseñar li- bros para publicaciones políticas lo sabe. En general, si uno escribe para un diario con el cual está de acuerdo, peca por acción, y si lohace para uno del color opuesto, peca por omisión. En todo caso, hay innumerables libros polémicos: libros en pro o en contra de la Rusia soviética, en pro o en contra del sionismo, en pro o en contra de la Iglesia Católica, etc., a los que se juzga antes de leerlos, de he- cho antes de que se escriban. Uno sabe de antemano qué acogida van a tener en cuáles diarios. Y sin embargo, con una falta de honra- dez que suele no ser consciente ni siquiera en una cuarta parte, se mantiene la ficción de que se aplican normas literarias auténticas.
Por cierto que la invasión de la literatura por la política tenía que ocurrir. Tenía que ocurrir, aun cuando el problema del totalita- rismo no hubiera surgido jamás, porque se nos ha producido una suerte de remordimiento que nuestros abuelos no tenían, una con- ciencia de la enorme injusticia y miseria del mundo, y un sentimiento de culpabilidad porque uno debería hacer algo al respecto, que torna imposible mantener una actitud puramente estética ante la vida. Nadie podría, hoy, dedicarse a la literatura con la concentra- ción absoluta de Joyce o de Henry James. Pero, lamentablemente,
aceptar responsabilidad política hoy significa rendirse a las orto- doxias y las "líneas del partido", con toda la timidez y falta de hon- radez que ello significa. En comparación con los escritores Victoria- nos, tenemos el inconveniente de vivir entre ideologías políticas cla-
ramente definidas y de saber de un vistazo, por lo general, cuáles
pensamientos son heréticos. El intelectual literario moderno vive y escribe con temor constante, no, por cierto, de la opinión pública en el sentido más amplio, sino de la opinión pública dentro de su propio grupo. En general, por suerte, hay más de un grupo, pero también en cualquier momento dado existe una ortodoxia dominan- te. Para atacarla se necesita tener la piel dura y estar dispuesto a re- ducir a la mitad los ingresos durante largos años. Es evidente que desde hace unos quince años la ortodoxia dominante, especialmente entre los jóvenes, ha sido la "izquierda". Las palabras claves son "progresista", "democrático" y "revolucionario", mientras que las etiquetas que hay que evitar a toda costa son "burgués", "reaccio- nario" y "fascista". Hoy en día casi todos, incluso la mayoría de los católicos y conservadores, son "progresistas" o al menos quieren que se les tenga por tales. Nadie, que yo sepa, jamás dice de sí mis-
mo que es "burgués", así como nadie que tenga la instrucción sufi-
ciente para conocer la palabra reconoce que es culpable del antise-
mitismo. Somos todos buenos demócratas, antifascistas, antimperia-
listas, despreciativos de las diferencias de clase, impermeables al pre- juicio racial, y así sucesivamente. Tampoco cabe duda de que la or- todoxia "izquierdista" de hoy es mejor que la ortodoxia conserva-
dora beata y más bien afectada que predominaba veinte años atrás,
cuando el Criterion y (en menor escala) el London Mercury eran las
revistas literarias dominantes. Porque a lo menos su objeto implícito es una forma viable de sociedad que mucha gente en realidad desea.
Pero también tienen sus falsedades propias que, como no se las pue- de reconocer, hacen imposible el análisis serio de ciertas cuestiones.
ron personas que no tenían posibilidad i n m ediata de alcanzar el poder. Era, por tanto, una ideología extrema, absolutamente desdeño- sa de reyes, gobiernos, leyes, cárceles, fuerzas policiales, ejércitos, banderas, fronteras, patriotismo, moral convencional y, en el hecho,
de todo el orden de cosas existente. Hasta bien entrado el período
de que hay memoria viviente, en todos los países las fuerzas de la iz- quierda lucharon contra una tiranía que parecía invencible, y era fá-
cil suponer que si sólo se pudiera derrocar esa tiranía en particular,
la del capitalismo, el socialismo vendría en seguida. Además, la iz- quierda había heredado del liberalismo ciertos postulados claramen- te discutibles, como la idea de que la verdad ha de prevalecer y la persecución ha de derrotarse a sí misma, o de que el hombre es por naturaleza bueno y sólo lo corrompe su entorno. Esta ideología per-
feccionista ha perdurado en casi todos nosotros y en su nombre es que protestamos cuando (por ejemplo) un gobierno laborista aprue- ba ingresos inmensos para las hijas del rey o se muestra vacilante pa- ra nacionalizar la siderurgia. Pero también hemos acumulado en
nuestra mente toda una serie de contradicciones no confesadas, con-
secuencias de sucesivos choques con la realidad.
El primer choque f u e la revolución rusa. Por motivos más bien complejos, casi toda la izquierda inglesa se ha visto obligada a acep- tar que el régimen ruso es "socialista", aunque reconoce en su fuero interno que tanto su espíritu como su práctica son bien extraños a todo lo que se entiende por "socialismo" en este país. De aquí ha
surgido una especie de manera de pensar esquizofrénica, en la que
una palabra como "democracia" puede tener dos significados irre- conciliables y cosas como campos de concentración y deportaciones en masa pueden estar simultáneamente bien y mal. El golpe siguien-
te a la ideología izquierdista f u e el surgimiento del fascismo, el cual sacudió el pacifismo y el internacionalismo de la izquierda sin
efectuar una reformulación definida de la doctrina. La experiencia
de la ocupación alemana enseñó a los pueblos de Europa algo que los pueblos coloniales ya sabían, esto es, que los antagonismos de
clase no tienen mayor importancia y que existe algo que se llama
interés nacional. Después de Hitler, resultaba difícil sostener seria- mente que "el enemigo está en tu propio país" y que la independen-
cia nacional no tiene valor. Pero aun cuando todos sabemos esto y si es preciso actuamos en consecuencia, todavía nos parece que decirlo en voz alta sería una suerte de traición. Y por último, la mayor di-
ficultad de todas, existe el hecho de que la izquierda está ahora en el poder y se ve obligada a asumir responsabilidades y a tomar deci- siones auténticas.
Los gobiernos de izquierda siempre desilusionan a sus partida-
rios porque, aun si la prosperidad que han prometido fuera alcanza- ble, siempre es necesario un incómodo período de transición, del cual poco se dijo antes. En este momento vemos a nuestro propio gobierno, en sus desesperados apuros económicos, luchando contra su propia propaganda pasada. La crisis en que nos hallamos ahora no es una calamidad repentina e inesperada, como un terremoto, ni la guerra la causó sino sólo la apresuró. Hace decenios se pudo pre- ver que algo así iba a suceder. Desde el siglo XIX nuestro ingreso nacional, dependiente en parte de los intereses de inversiones ex-
tranjeras y de mercados cautivos y materias primas baratas en países coloniales, ha sido extremadamente precario. Era seguro que, tarde o temprano, algo andaría mal y nos veríamos obligados a equilibrar las exportaciones con las importaciones; y cuando eso ocurriera el nivel de vida en Gran Bretaña, incluso el de la clase obrera, tendría que caer, al menos temporalmente. Y sin embargo los partidos de
izquierda incluso cuando vociferaban contra el imperialismo, nunca
dejaron esto en claro. En ocasiones estaban dispuestos a reconocer que los obreros británicos se habían beneficiado, en alguna medida,
con el saqueo de Asia y África, pero siempre dejaban la impresión de que podíamos renunciar al botín y no obstante arreglárnoslas pa- ra seguir prósperos. En gran medida, en verdad, se conquistó a los o- breros para el socialismo porque se les dijo que eran explotados, cuando la dura verdad es que, en términos mundiales, eran explota- dores. Ahora, según parece, se ha llegado al punto en que el nivel de vida de la clase obrera no se puede mantener, ni hablar de elevarlo. Aunque estrujemos a los ricos hasta que desaparezcan, la masa del pueblo tiene que consumir menos o bien producir más. ¿O es que exagero el lío en que estamos metidos? Puede ser, y me alegraría de saberme equivocado. Pero lo que quiero destacar es que este asunto no se puede analizar de verdad entre personas fieles a la ideología de izquierda. La reducción de los salarios y el aumento de las horas de trabajo se ven como medidas antisocialistas y por eso hay que descartarlas de antemano, sea cual fuere la situación económica. Su- gerir que puedan ser inevitables, significa simplemente verse emba- durnado con aquellas etiquetas que nos tienen a todos aterrados. Es mucho más prudente esquivar el bulto y fingir que podemos arreglarlo todo con la redistribución del ingreso nacional existente.
Aceptar una ortodoxia, siempre significa heredar contradiccio- nes sin resolver. Tómese, por ejemplo, el hecho de que a toda per- sona sensible le repugna el industrialismo y sus productos, y sin embargo está consciente de que la conquista de la pobreza y la emancipación de la clase obrera exigen no menos industrialización, sino cada vez más. O tómese el hecho de que algunas tareas son ab- solutamente necesarias, pero nunca se cumplen salvo bajo alguna
forma de coacción. O el hecho de que es imposible tener u n a polí- tica exterior positiva sin tener fuerzas armadas poderosas. Se po- drían multiplicar los ejemplos. En cada u n o de dichos casos existe una conclusión que está perfectamente clara, pero que sólo se pue- de sacar si uno es privadamente desleal a la ideología oficial. La reacción normal es la de relegar la cuestión, sin resolver, a u n rin- cón de la mente y luego continuar repitiendo frases hechas contradescubrir los efectos de esta clase de pensamiento.
No quiero decir, desde luego, que la f a l t a de honradez mental sea propia de los socialistas y de los izquierdistas en general, o que sea más frecuente entre ellos. Es simplemente que al parecer la aceptación de cualquiera disciplina política es incompatible con la
integridad literaria. Lo dicho vale igualmente para los movimientos como el pacifismo y el personalismo, que dicen situarse fuera de la lucha política común. De hecho, parece que el solo sonido de las palabras terminadas en "ismo" trajera consigo el olor de la propa- ganda. Las lealtades de grupo son necesarias, y con todo son vene- nosas para la literatura, mientras la literatura sea obra de individuos. Tan pronto como se les permite ejercer una influencia, siquiera negativa, sobre la obra creativa, se produce no sólo la falsificación sino a menudo el verdadero agotamiento de las facultades inventivas.
¿Y entonces qué? ¿Debemos concluir que es deber de todo escritor "no meterse en política"? ¡Por supuesto que no! En todo caso, como ya lo dije, ninguna persona pensante puede dejar since- ramente de meterse en política, ni lo hace, dada la época en que vivimos. Sólo propongo que debemos hacer una distinción, más níti- da que la que hacemos ahora, entre nuestras lealtades políticas y lite- rarias y que debemos reconocer que la disposición a realizar ciertas cosas ingratas pero necesarias no lleva consigo ninguna obligación de tragarse las creencias que habitualmente las acompañan. Cuando un escritor se ocupa de política debe hacerlo como ciudadano, como ser humano, pero no como escritor. No creo que, puramente en aras de su sensibilidad, tenga el derecho de esquivar el sucio trabajo corriente de la política. Igual que cualquier persona, debe estar dispuesto a pronunciar discursos en salas cruzadas por corrien- tes de aire, pintar pavimentos con tiza, conseguir votos, distribuir panfletos, hasta pelear en guerras civiles si es necesario. Pero haga lo que haga al servicio de su partido, jamás debe escribir en su favor. Debe dejar en claro que su oficio es cosa aparte. Y debe ser capaz de actuar en colaboración mientras rechaza por completo, si lo desea, la ideología oficial. Nunca debe retroceder ante una sucesión de
pensamientos porque podría conducir a una herejía, y no debe sen- tirlo mucho si se husmea su postura no ortodoxa, lo que probable- mente ocurrirá. Quizás incluso sea mala seña en un escritor que no se le sospeche hoy de tener tendencias reaccionarias, así como hace veinte años era mala seña que no se le sospechara de tener tenden- cias comunistas.
Pero ¿quiere decir todo esto que el escritor no sólo debe negar-
se a dejar que lo dominen los caciques políticos sino que debe abste- nerse de escribir sobre política? Otra vez, ¡por supuesto que no! No
hay ningún motivo para que no escriba de la manera más burdamen- te política si lo desea. Sólo que debe hacerlo como individuo, como un extraño, cuando más como un guerrillero impropio en el flanco de un ejército regular. Esta actitud es bien compatible con la utilidad política corriente. Es razonable, por ejemplo, estar dispuesto a luchar en una guerra porque uno estima que la guerra hay que ga- narla, y al mismo tiempo negarse a escribir propaganda de guerra. A veces, si el escritor es honrado, sus escritos y sus actividades políti- cas pueden incluso contradecirse. Hay ocasiones en que ello es clara- mente inconveniente; pero entonces el remedio no está en falsificar los propios impulsos sino en guardar silencio.
Proponer que en tiempos de conflicto un escritor creativo tie- ne que partir su vida en dos compartimientos puede aparecer derro- tista o frivolo; pero en la práctica no veo qué otra cosa puede hacer. Encerrarse en una torre de marfil es imposible e inconveniente. Ren- dirse subjetivamente, no puramente a una máquina partidista sino incluso a una ideología de grupo, es destruirse uno mismo como es- critor. El dilema nos parece doloroso porque vemos la necesidad de meternos en política y al mismo tiempo vemos lo puerca y degra- dante que es. Y la mayoría de nosotros todavía conserva una moro- sa creencia de que toda opción, incluso toda opción política, se rea- liza entre el bien y el mal, y que si una cosa es necesaria también es buena. Pienso que debemos deshacernos de esta creencia que perte- nece a la niñez. En política, uno nunca puede hacer más que decidir cuál de dos males es el menor, y hay situaciones de las cuales sólo se puede escapar si se actúa como un demonio o un loco. La guerra, por ejemplo, puede ser necesaria, pero no es, por cierto, ni buena ni
cuerda. Incluso, una elección general no es precisamente un espec-
táculo grato ni edificante. Si uno tiene que tomar parte en cosas se-
mejantes, y yo estimo que sí hay que hacerlo, salvo que uno tenga un blindaje de vejez, estupidez o hipocresía, entonces también hay que mantener parte de uno mismo intacta. Para la mayoría de la gente, el problema no se presenta de la misma manera, porque ya
tienen la vida partida. Viven auténticamente sólo en sus horas de
ocio y no existe ningún lazo emocional entre su trabajo y sus activi-
dades políticas. Tampoco, en general, se les pide, en nombre de la lealtad política, que se rebajen a trabajar. Al artista, en especial al escritor, se le pide justamente eso aunque, en verdad, eso es lo único que los políticos jamás le piden. Si se niega, eso no quiere decir que quede condenado a la inactividad. Una mitad de él, que en cierto sentido es todo él, puede actuar tan resueltamente, incluso tan vio- lentamente si es preciso, como cualquiera. Pero los escritos, en la medida en que tienen algún valor, serán siempre la obra de aquel ser más cuerdo que se hace a un lado, registra las cosas que se hacen y reconoce su necesidad, pero se niega a dejarse engañar acerca de su índole verdadera.
Matar un Elefante
En Moulmein, en la Baja Birmania, mucha gente me odiaba: es la única vez en mi vida que he tenido la importancia suficiente para que esto me ocurra. Yo era oficial de policía subdivisional del pue blo y, de una manera vaga y pequeña, reinaba un sentimiento anti- europeo muy amargo. Nadie tenía el valor de iniciar una revuelta, pero si una mujer europea pasaba sola por los bazares era probable que alguien le escupiera jugo de betel sobre el vestido. Como oficial de policía, yo ofrecía un blanco obvio y me molestaban cada vez que parecía que podían hacerlo sin peligro. Cuando un ágil birmano me hizo una zancadilla en la cancha de fútbol y el arbitro (otro birma- no) miró hacia otro lado, la multitud chilló con una risa horrible. Esto ocurrió más de una vez. Por último, las burlonas caras amari- llas de los jóvenes que me salían al encuentro en todas partes, los insultos que se me gritaban cuando me encontraba a una distancia prudente, terminaron por alterarme los nervios. Los jóvenes sacer- dotes budistas eran los peores de todos. Había varios miles en el pueblo y ninguno, al parecer, tenía nada que hacer sino pararse en las esquinas y burlarse de los europeos.
Todo esto causaba perplejidad y desazón. Porque en esa época yo ya había resuelto que el imperialismo era una cosa mala y que cuanto antes dejara mi puesto y saliera de allí, mejor. En teoría, y en secreto, por cierto, yo estaba por entero de parte de los birmanos y por entero en contra de sus opresores, los británicos. En cuanto a mi trabajo, lo aborrecía con más amargura que la que tal vez pueda expresar. En un trabajo semejante se ve de cerca la puerca labor del
Imperio. Los míseros presos acurrucados en las jaulas hediondas de los calabozos, las caras grises, acobardadas, de los reos de mucho tiempo, las cicatrices en las nalgas de los hombres a quienes habían
azotado con cañas de bambú, todo ello me oprimía con un intolera- ble sentido de culpa. Pero no podía ver nada en su perspectiva. Era joven y poco educado y había tenido que rumiar mis problemas en el silencio absoluto que se le impone a todo inglés en el Oriente. Ni
siquiera sabía que el Imperio Británico agoniza, menos aún que era harto mejor que los imperios jóvenes que van a suplantarlo. Todo lo que sabía era que estaba atrapado entre mi odio hacia el imperio al cual servía y mi ira contra las bestezuelas malignas que trataban de hacer imposible mi trabajo. Con una parte de la mente pensaba en el gobierno británico como una tiranía inquebrantable, como algo a- tornillado fuertemente, in sécula seculorum, sobre la voluntad de pueblos postrados; con otra parte pensaba que la mayor delicia del mundo sería hundir una bayoneta en las entrañas de un sacerdote budista. Semejantes sentimientos son subproductos normales del imperialismo; pregúntenle a cualquier funcionario anglo-indio, si logran pillarlo fuera de servicio.
Un día ocurrió algo que de manera indirecta resultó revelador. Fue u n incidente minúsculo en sí, pero me dio u n atisbo, como no lo había tenido antes, de la verdadera índole del imperialismo, de los verdaderos motivos por los cuales actúan los gobiernos despóti- cos. Una mañana, m u y temprano, me llamó por teléfono u n sub- inspector de una estación de policía al otro extremo del pueblo y me dijo que un elefante estaba haciendo destrozos en el bazar. ¿Podría yo ir, por favor, y hacer algo al respecto? Yo no sabía qué cosa podría hacer, pero quise ver lo que estaba ocurriendo; me monté en un caballo y salí. Llevé mi fusil, un Winchester .44 antiguo, dema- siado chico para matar un elefante, pero pensé que el ruido podría
resultar útil in terrorem. Diversos birmanos me detuvieron en el camino y me contaron las fechorías del elefante. No era un elefante salvaje, por supuesto, sino uno manso atacado de "must". Lo ha- bían encadenado, como se hace siempre con los elefantes mansos cuando les toca su ataque de "must", pero la noche anterior había roto la cadena y se había escapado. Su mahut, la única persona que podía manejarlo en tal estado, salió en pos del animal, pero equivo-
có el camino y ahora se encontraba a doce horas de distancia, y en la
mañana el elefante reapareció repentinamente en el pueblo. La po- blación birmana carecía de armas y era impotente frente a él. Ya había destruido la choza de bambú de alguien, mató una vaca y sa- queó unos puestos de fruta para comerse las existencias; también se encontró con el carro basurero municipal y, cuando el conductor saltó al suelo y puso pies en polvorosa, volcó el carro y lo maltrató violentamente. El subinspector birmano y algunos policías indios me esperaban en el barrio donde se había visto al elefante. Era un barrio pobrísimo, un laberinto de escuálidas chozas de bambú te- chadas con hojas de palmera, que serpenteaban por todo un empi- nado faldeo. Recuerdo que era una mañana nublada, bochornosa, al comienzo de las lluvias. Empezamos a preguntar a la gente adonde se había ido el elefante y, como siempre, no logramos obtener ninguna
información definida. Es lo que sucede invariablemente en el Orien- te: a distancia una historia parece bastante clara, pero a medida que uno se acerca al lugar de los hechos se torna cada vez más vaga. Al- gunos dijeron que el elefante se había ido en cierta dirección, algu- nos que se había ido en otra, algunos aseguraron que ni siquiera ha-
bían oído mentar a un elefante. Ya casi me había persuadido de que todo el cuento era una sarta de mentiras cuando oímos gritos a cor-
ta distancia de nosotros. Hubo un fuerte grito escandalizado:
— ¡Fuera, niño! ¡Fuera ahora mismo!, y una vieja con una vara en la mano dobló la esquina de una choza, espantando con violencia una nube de chicos desnudos. Otras mujeres venían detrás, chasquean- do la lengua y dando exclamaciones: evidentemente había algo que los niños no debían haber visto. Rodeé la choza y vi el cadáver de un hombre despatarrado en el barro. Era indio, un peón dravidio ne- gro, casi desnudo, y no podía estar muerto mucho rato. Decía la gente que el elefante apareció de repente detrás de la choza, lo co- gió con la trompa, le puso una pata en la espalda y lo hundió en la tierra. Era la estación lluviosa y el terreno estaba blando; con la cara había abierto una zanja de un pie de profundidad y un par de yar- das de largo. Yacía de bruces, con los brazos en cruz y la cabeza tor- cida hacia un lado. Tenía la cara cubierta de lodo, los ojos abiertos, los dientes descubiertos y riendo con una expresión de insoportable angustia. (Nunca me digan, a propósito, que los muertos tienen aspecto apacible. Casi todos los cadáveres que he visto parecían demo- nios.) La fricción de la pata del enorme animal le había pelado la piel de la espalda tan limpiamente como uno descuera un conejo. En c u a n t o vi al m u e r t o envié a un ordenanza a la casa de u n amigo, q u e estaba cerca, a pedir prestado un fusil para elefantes. Ya había despachado de vuelta al caballo, pues no quería que enloqueciera de
espanto y me echara por tierra si olía al elefante.
El ordenanza volvió al poco rato con un fusil y cinco cartu- chos; mientras, algunos birmanos habían venido a decirnos que el elefante estaba en los campos de arroz, más abajo, a pocos cientos de yardas de distancia. Cuando eché a andar, virtualmente todos los ha- bitantes del barrio salieron de las casas y me siguieron. Habían visto el fusil y gritaban animadamente que yo iba a matar al elefante. No
se habían interesado mayormente por el elefante cuando éste sólo se ocupó de destruirles los hogares, pero era otra cosa ahora que lo
iban a matar. Era un poco de diversión para ellos, como lo hubiera sido para una muchedumbre inglesa; además, querían la carne. Me sentí vagamente inquieto. No tenía ninguna intención de matar al elefante, sólo había enviado por el fusil para defenderme en caso
necesario, y es siempre inquietante que una muchedumbre lo siga a
uno. Marché cerro abajo, con cara de imbécil y sintiéndome tal,
con el fusil al hombro y un creciente ejército de gente que me pisa- ba los talones. Al fondo, cuando uno se alejaba de las chozas, había un camino asfaltado y más allá un erial pantanoso de campos de arroz, de mil yardas de ancho, sin arar todavía pero empapado con las primeras lluvias y salpicado de pasto grueso. El elefante se hallaba
a ocho yardas del camino, con el costado izquierdo hacia nosotros.
No hizo el menor caso de la muchedumbre que se acercaba. Estaba arrancando manojos de pasto, los golpeaba contra sus rodillas para
limpiarlos y se los metía a la boca.
Yo me detuve en el camino. Tan pronto como vi el elefante, supe con absoluta certeza que no debía matarlo. Es cosa seria matar
un elefante de trabajo, algo así como destruir una maquinaria in-
mensa y costosa, y es obvio que uno no debe hacerlo si es posible evitarlo. Y a esa distancia, comiendo apaciblemente, el elefante no
se veía más peligroso que una vaca. Pensé entonces, y lo pienso aho- ra, que su ataque de "must" ya estaba pasando; en cuyo caso vaga- ría por ahí sin hacer daño hasta que volviera su mahut y lo cogiera. Además, yo no tenía ningún deseo de matarlo. Decidí que lo vigi- laría un rato para cerciorarme de que no volviera a ponerse salvaje y luego regresaría a casa.
Pero en ese instante di una mirada hacia atrás a la muchedum- bre que me había seguido. Era una multitud inmensa, dos mil por lo menos, y seguía aumentando por minutos. Bloqueaba el camino por un largo trecho a cada lado. Miré aquel mar de caras amarillas sobre las vestimentas chillonas, las caras todas felices y animadas por esta diversión, todos convencidos de que al elefante lo iban a matar. Me observaban como observarían a un prestidigitador a punto de realizarun truco. Yo no les gustaba, pero con el fusil mágico en la mano valía la pena por un momento observarme. Y de pronto comprendí que iba a tener que matar al elefante después de todo. El pueblo lo esperaba y yo tenía que hacerlo; podía sentir esas dos mil volunta- des que me empujaban hacia adelante, irresistibles. Y en ese instan- te, de pie allí con el fusil en la mano, f u e cuando me di cuenta por primera vez de la vaciedad, la inutilidad del dominio del hombre blanco sobre el Oriente. Aquí estaba yo, el hombre blanco con su fusil, de pie frente a la multitud nativa desarmada, al parecer prota-
gonista de la pieza; pero en realidad no era más que un títere ridícu- lo, empujado de acá para allá por la voluntad de esas caras amarillas que estaban detrás de mí. En ese momento comprendí que cuando el hombre blanco se convierte en tirano es su propia libertad lo que destruye. Se convierte en un maniquí hueco, amanerado, la figura
convencionalizada del señor. Porque es condición de su gobierno que deberá pasar la vida procurando impresionar a los "nativos", y por eso en toda crisis tiene que hacer lo que los "nativos" esperan que haga. Lleva una máscara y su rostro se adapta a ella. Yo tenía que matar al elefante. Me comprometí a hacerlo cuando envié a buscar el fusil. El señor tiene que comportarse como tal; tiene que aparecer resuelto, seguro de lo que quiere y debe hacer cosas defi- nidas. Venir hasta aquí desde tan lejos, fusil en mano, con dos mil personas detrás, y luego alejarme débilmente sin haber hecho nada... no, era imposible. La multitud se reiría de mí. Y mi vida entera, la vida de todo hombre blanco en el Oriente, era una sola y larga lucha por evitar que se rieran de mí.
Pero yo no quería matar al elefante. Lo observé batiendo su manojo de pasto contra sus rodillas, con ese aire de abuela preocu- pada que tienen los elefantes. Me pareció que matarlo sería un cri- men. A esa edad no tenía remilgos por matar animales, pero nunca le había disparado a un elefante ni había querido hacerlo. (No sé por qué, siempre parece peor si uno mata un animal grande.) Ade- más, había que pensar en el dueño del animal. Vivo, el elefante valía cien libras por lo menos; muerto; valdría sólo lo que sus colmi- llos, cinco libras, posiblemente. Pero tenía que actuar pronto. Me dirigí a unos birmanos con aspecto de gente de experiencia, que estaban allí cuando llegamos, y les pregunté cómo se comportaba el elefante. Todos dijeron lo mismo: que no hacía caso si lo dejaban tranquilo, pero que podía cargar si uno se acercaba demasiado.
Me resultaba perfectamente claro lo que debía hacer. Debía acercarme a, digamos, veinticinco yardas del elefante y probar su conducta. Si cargaba podía disparar, si no me hacía caso no habría peligro en dejarlo hasta que volviera el mahut. Pero también com- prendí que no iba a hacer cosa semejante. Tenía mala puntería con fusil y el terreno era un barro blando en el que me hundiría a cada paso. Si el elefante cargaba y yo erraba el tiro, tendría más o menos la misma expectativa que una rana al paso de una aplanadora. Pero aun entonces no pensaba tanto en mi propia suerte, sólo en aquellas caras amarillas vigilantes detrás de mí. Porque en ese momento, con la multitud que me observaba, yo no sentía miedo en el sentido corriente de la palabra, como lo hubiera sentido si hubiera estado solo. Un hombre blanco no debe asustarse delante de los "nativos"; y así, en general, no se asusta. El único pensamiento que tenía en la cabeza era que si algo andaba mal, esos dos mil birmanos iban a ver- me perseguido, atrapado, pisoteado y reducido a un despojo sonrien- te como aquel indio arriba del cerro. Y si eso ocurría era bien pro- bable que más de alguno se reiría. Eso no podía ser. No quedaba sino una alternativa. Metí los cartuchos en la cámara y me tendí en el camino para apuntar mejor.
La muchedumbre se quedó inmóvil y un suspiro largo, profun- do, dichoso, como de gente que ve abrirse por fin el telón del tea- tro, surgió de innumerables gargantas. Iban a tener su diversión des- pués de todo. El fusil era una bella arma alemana con miras de pelo. Yo no sabía entonces que para disparar a un elefante uno debe
apuntar a cortar una barra imaginaria que va de un oído al otro. Como el elefante estaba de costado, yo debía haber apuntado dere- cho al oído; en realidad, apunté varias pulgadas más adelante, pen- sando que el cerebro estaría más adelante.
Cuando tiré el gatillo no oí el estampido ni sentí el retroceso, uno nunca lo hace cuando el disparo da en el blanco, pero escuché el rugido diabólico de regocijo que brotó de la multitud. En ese ins- tante, en un tiempo demasiado breve, uno pensaría, siquiera para que la bala le hubiera dado, un cambio misterioso y terrible se había producido en el elefante. Ni se movió ni cayó, pero todas las líneas de su cuerpo cambiaron. De repente se vio abatido, encogido, in- mensamente viejo, como si el espantoso impacto de la bala lo hubie- ra paralizado sin derrumbarlo. Por fin, después de un rato que pare- ció muy largo, pienso que serían quizá cinco segundos, cayó floja- mente de rodillas. La boca babeaba. Parecía que una enorme senili-
dad se había abatido sobre él. Uno podía imaginar que tenía miles de años de edad. Disparé de nuevo al mismo lugar. Con el segundo
tiro no se derrumbó sino que se alzó con desesperada lentitud y se puso de pie débilmente, con las patas flojas y la cabeza gacha. Dis-
paré por tercera vez. Ese f u e el tiro que lo liquidó. Uno pudo ver có- mo la agonía le sacudió todo el cuerpo y les arrebató a las piernas el último resto de fuerza. Pero al caer pareció por un momento que se erguía, porque al doblarse las patas traseras pareció que se levantaba como una enorme roca que se vuelca, la trompa elevada al cielo co- mo un árbol. Trompeteó, por primera y única vez. Y en seguida ca- yó, con la panza hacia mí, con un estruendo que estremeció el suelo hasta donde yo me encontraba.
Me levanté. Los birmanos ya pasaban a mi lado corriendo por el barro. Era evidente que el elefante no volvería a levantarse más, pero no estaba muerto. Respiraba m u y rítmicamente con largos es- tertores, el gran monte de su costado subía y bajaba. Tenía la boca m u y abierta, se veía hasta m u y adentro, cavernas de gargante rosapálido. Esperé largo rato que muriera, pero su respiración no se debilitaba. Por último, le disparé los dos tiros que me quedaban en el lugar donde supuse que tendría que estar el corazón. La sangre es- pesa brotó como un terciopelo rojo, pero aún no murió. Su cuerpo ni siquiera se estremeció cuando le dieron los disparos, la respiración
torturada siguió sin pausa. Se moría, m u y lentamente y con penosa agonía, pero en algún mundo remoto donde ni siquiera una bala podía ya hacerle daño. Me pareció que tenía que ponerle fin a aquel ruido espantoso. Era terrible ver a esa gran bestia tendida, incapaz de moverse y sin embargo incapaz de morir, y sin siquiera poder darle un golpe de gracia. Envié a buscar mi propio fusil pequeño y le disparé una y otra vez en el corazón y en la garganta. Al parecer las balas no hicieron impresión. Los estertores atormentados conti- nuaron con la regularidad del tictac de un reloj.
Al último, no pude soportarlo más y me fui. Aun antes de retirarme, los birmanos ya venían con cuchillos y canastos, y según me contaron, por la tarde ya tenían descarnado el cadáver casi hasta los huesos.
Después, por cierto, hubo discusiones interminables por el elefante. El dueño estaba furioso, pero era sólo u n indio y no podía hacer nada. Además, legalmente yo había procedido bien, porque a un elefante enloquecido hay que matarlo, como a u n perro
rabioso, si su dueño no consigue dominarlo. Entre los europeos, las opiniones estaban divididas. Los mayores decían que yo tenía razón; los más jóvenes, que era una barbaridad matar un elefante porque
mató a un peón, porque un elefante vale mucho más que ningún maldito peón indio. Y después me alegré mucho de que hubiera muerto el peón; eso me daba legalmente la razón y me ofrecía un pretexto suficiente para matar al elefante. Muchas veces me he preguntado si alguno de los otros se dio cuenta de que lo hice solamente para no quedar como imbécil.
FIN

