Libro N° 14728. Los Destructores De Vórtices. “Doc” Smith, E. E.
© Libro N° 14728. Los Destructores De Vórtices. “Doc” Smith, E. E. Emancipación. Enero 24 de 2026
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LOS DESTRUCTORES DE
VÓRTICES
E. E. “Doc” Smith
Los
Destructores De Vórtices
E. E. “Doc” Smith
Instrumentos de seguridad que no protegen. Navíos
«insumergibles» sepultados bajo las aguas de la tierra, en los días anteriores
al Bergenholm y a la energía atómica y cósmica.
Especialmente, instrumentos de seguridad que,
mientras protegen de un agente destructor, atraen como un imán a otro igual o
peor. Algo similar a lo que ocurre con los cables aislados que van dentro de
las paredes de una casa de madera. Protegen los conductores eléctricos contra
un accidental cortocircuito externo pero, puestos en tierra inadecuadamente,
como necesariamente tienen que ir, pueden atraer, y en ocasiones han atraído, a
la incalculable fuerza del rayo. Entonces, la existencia de la casa, volatilizada,
fundida, y llameando incandescente a lo largo, alto y ancho, se contará por
minutos.
Había concretamente cuatro pararrayos: los
pararrayos que protegían la casa de Neal Cloud, construida de cromo, vidrio y
plástico. Aquellas varillas llevaban una adecuada toma de tierra mediante
cables de cobre argentífero tan gruesos como el brazo de un hombre fuerte.
Porque Neal Cloud, físico atómico, conocía el rayo y no deseaba correr el menor
riesgo en cuanto a la seguridad de su adorable esposa y de sus tres
maravillosos hijos.
Pero no sabía, ni sospechaba siquiera, que, bajo
ciertas condiciones de potencial atmosférico y de tensión magnético terrestre,
su perfectamente diseñado sistema de pararrayos podía llegar a ser un
gigantesco imán que atrajera a los vórtices volantes de desintegración atómica.
Y ahora, Neal Cloud, físico atómico, aparecía
sentado en su despacho con una forzada y triste apatía. Su cara tenía un color
blanco mezclado de gris amarillento y sus manos, de prominentes tendones, se
asían rígidas a los brazos del sillón. Sus ojos, enérgicos e inmóviles, miraban
fijamente, sin ver, como si traspasaran el pequeño retrato tridimensional de
todo lo que constituía la razón de vivir.
Porque su guardián contra el rayo había sido un
imán de vórtices en el momento en que un infortunado sujeto había intentado
abatir a un vórtice atómico «suelto». Aquel individuo murió, naturalmente (casi
siempre morían) y el vórtice, en vez de ser destruido, quedó simplemente
desbaratado y se convirtió en una infinidad de energía furiosa e incontrolada,
bastante más parecida a un puñado de materia desgajada de un sol que a ninguna
otra cosa con la que el hombre esté familiarizado, se precipitó como un meteoro
hacia abajo contra la nueva casa de Neal Cloud,
Aquella casa no ardió: simplemente, explotó. Nada
de ella, dentro de ella, o alrededor de ella, pudo escapar al desastre. En una
fracción de segundo el lugar quedó transformado en un cráter de lava hirviente,
llenando la atmósfera de vapores venenosos hasta una altura de varias millas e
irradiando a todo el espacio circundante un torbellino letal.
La catástrofe, cósmicamente, era infinitesimal.
Desde que el hombre había aprendido a liberar la energía intraatómica, los
vórtices de desintegración habían estado fuera de control. Tales accidentes
habían venido sucediendo, sucedían y sucederían indefinidamente. Más de un
mundo, quizá, había sido o sería consumido hasta el último gramo por semejantes
vórtices atómicos sueltos. Pero poco importaba. ¿Qué importancia real pueden
tener unos granitos de arena para una playa oceánica de cinco mil millas de longitud,
cien de ancho y diez de profundidad? E incluso para aquel individual granito de
arena llamado «Tierra» (o «Sol Tres», como se le denominaba en el lenguaje
moderno,«Tellus de Sol» o, simplemente, «Tellus») la cuestión era de desdeñable
importancia. Había muerto un hombre; pero, al morir, había añadido una página
más al gran volumen ya archivado de resultados negativos. El que la señora
Cloud y sus hijos hubieran perecido también constituía un mero infortunio. El
vórtice en sí no era todavía una verdadera amenaza para Tellus. Era una más, y
así pasaría mucho tiempo antes de que aquello sucediera, antes incluso de que
los vórtices sueltos más antiguos de Tellus hubieran devastado gran parte de su
masa o envenenado su atmósfera, sus científicos habrían resuelto el problema.
Resultaba inconcebible que Tellus, el punto de origen, y el centro mismo de la
Civilización Galáctica, fueran a dejar de existir.
Pero para Neal Cloud el accidente representaba la
mayor catástrofe de su vida. Su universo personal estaba destrozado, en ruinas;
lo que quedaba no merecía la pena de recogerlo. El y Jo llevaban casados casi
veinte años, y los lazos de unión entre ambos habían sido más fuertes, más
profundos, más verdaderos, con el pasar del tiempo. Y los niños... No podía
haber sucedido, no tenía que haberle sucedido precisamente a él. Pero el
destino le había jugado aquella pasada. Todos perdidos, perdidos, PERDIDOS...
Y para Neal Cloud, físico atómico, sentado en su
despacho con rostro de desesperada y horrible abstracción, cuyos pensamientos
taladraban su cerebro como fantasías tétricas, la catástrofe resultaba
doblemente irritante a causa de su cruel ironía, porque él era precisamente el
segundo, empezando por arriba, del Laboratorio de Investigaciones Atómicas. La
tarea de su vida había consistido en buscar el medio de extinguir aquellos
mismos vórtices desmandados que le habían destruido cuanto tenía.
Su mirada se concentraba vagamente en el retrato.
Sus ojos eran claros, grises, honrados... con arrugas de carácter y humor...
unos labios dulcemente curvados dispuestos a sonreír o a besar...
Apartó la vista del cuadro y se puso a escribir
apresuradamente sobre una hoja de papel. Luego, levantándose envarado, tomó el
cuadro y se lo llevó mecánicamente, como si fuera un autómata, a través de la
habitación, hasta un horno. Como si estuviera depositando una reliquia en un
santuario, colocó el bloque de plástico entre dos electrodos, y oprimió un
interruptor. Cuando el arco incandescente hubo consumado su obra, Neal Cloud se
volvió y entregó el papel a un hombre alto, vestido con un traje de cuero gris,
que le había estado contemplando en silencio con ojos comprensivos. Para el
iniciado resultará de gran importancia el hecho de que aquel Laboratorio
estuviera regido por un Hombre de la Lente no adscrito.
—Y después de esto, Phil, ya no me queda más que...
El Hombre de la Lente gris tomó el documento, lo
miró y, lenta y meticulosamente, lo rompió en dieciséis trocitos iguales.
—Oh, no Storm —negó con tono amable—. No admito tu
dimisión. Un permiso indefinido, sí; pero no la renuncia.
—¿Por qué? —apenas fue una pregunta; la voz de
Cloud salía uniforme, sin acento—.No valdría ni el papel que estropeara.
—Ahora, no —admitió el Hombre de la Lente—, pero el
futuro ya es otra cosa. Hasta aquí no he dicho nada. ¿Qué podría decir
conociéndote a ti y a Jo? —sus dos manos se mantuvieron unidas en un amistoso
apretón—. En cuanto al futuro... Creo, sin embargo, que nada puedo decirte
mejor que estas cuatro palabras: El tiempo lo borra todo.
—¿Usted lo cree así?—No lo creo, Storm; lo sé. He
vivido mucho. Tú eres un hombre demasiado valioso. El mundo te necesita y no
puedes sustraerte a ello. Tienes un puesto en el mundo y volverás... —al Hombre
de la Lente se le ocurrió una idea repentina, y prosiguió hablando en tono
alterado—: ¿No irás a cometer la tontería de...? Por supuesto que no. Tú sabes
aceptarlos infortunios de la vida.
—Descuide, no lo haré. El suicidio no fue nunca la
solución a ningún problema. No era la solución. Hasta aquel momento, el
suicidio no había entrado en la mente de Cloud, y lo rechazó al instante. No
correspondía a la clase de hombres que toman el camino más fácil.
Tras una breve despedida, Cloud se dirigió al
ascensor y descendió al garaje. Subió a su formidable Dekhotinsky Dieciséis
Especial azul y emprendió la marcha.
El tráfico era tan denso que los protectores y
parachoques de su coche pasaban rozando a los demás, mientras iba conduciendo
con su habitual pericia y sangre fría; ni aún conscientemente se daba cuenta de
que había otros vehículos a su alrededor. Aminoraba la marcha, hacía un giro,
paraba, aceleraba al máximo, todo ello en correctores puesta, puramente
automática, a las señales luminosas de todas clases y colores. Conscientemente,
ni siquiera sabía adonde iba, ni le importaba. Y si realmente pensaba algo, su
entumecido cerebro sólo le permitía intentar evadirse de su propia y amarga
imaginación. Si realmente pensaba algo, debía saber que era una evasión inútil,
sin esperanza. Pero no pensaba: simplemente actuaba, en silencio, comido por la
angustia. Sus ojos veían ópticamente, su cuerpo reaccionaba de manera mecánica,
su cerebro pensante estaba totalmente vacuo.
Se lanzó vertiginosamente por una vía suburbana
elevada, para entrar en la superautopista transcontinental. Luego fue cortando
calle tras calle hasta desembocar en otra vía «ilimitada». Ilimitada, se
entiende, salvo que era limitada para coches de no menos de setecientos
caballos de fuerza, en perfectas condiciones mecánicas y guiados por
conductores inscritos y capacitados para conducir a velocidades no inferiores a
ciento veinticinco millas por hora. Al llegar a la estación de control,
encendió su número de registro y empujó el pie derecho hasta el fondo del
acelerador.
Todo el mundo sabe que un Dekhotinsky Deportivo
ordinario hará las ciento cuarenta millas bien medidas en una hora completa,
pero que muy pocos conductores ordinarios han llegado a comprobar lo que es
capaz de correr uno de esos fabulosos Dieciséis. Sencillamente, no han llegado
a obtener el rendimiento de su velocidad máxima.
Cloud «Storm» lo obtuvo aquel día. Aguantó a aquel
Juggernaut de dos toneladas y media en una carretera abierta durante dos horas
cumplidas. Pero de nada le sirvió. No podía dejar atrás los recuerdos que le
acompañaban. Allí estaban Jo y los niños. Pero, más que nada, estaba Jo. El
coche era de Jo tanto como suyo. Era Jo quien lo había bautizado con el
cariñoso sobrenombre de «Babe, el gran buey azul» porque, al igual que la
fabulosa bestia de Paul Bunyan, le faltaba muy poco para tener seis pies entre ojo
y ojo. Todo lo que había tenido el matrimonio durante su vida había sido así.
Ella iba ahora acompañándole sentada junto a él. Cada recuerdo cariñoso, dulce,
grato, amable, de su esposa, iba a su lado; y detrás, tan sólo al alcance del
rabillo del ojo, estaban los tres niños. Y delante, para el resto de su vida,
un vacío más grande y desierto que el que cubre los espacios intergalácticos.
¡Imposible! No podía seguir soportando mucho más tiempo aquella...
Allá al frente, al fondo de la carretera, aparecía
encendido un octágono de color rojo brillante. Significaba ¡«STOP»! en
cualquier idioma. Cloud soltó el pie del acelerador y pisó sus potentes frenos.
Se detuvo ante el puesto de control, y un oficial de impecable uniforme le dijo
gesticulando:
—Lo siento, señor, pero tendrá que desviarse. Junto
a esta carretera hay un vórtice atómico suelto...
—¡Oh! Pero si es el doctor Cloud... —los ojos del
policía brillaron con la señal del reconocimiento—. No le había reconocido al
principio. Hasta dentro de dos o tres millas más adelante no tendrá que ponerse
el traje protector... Bueno, eso no lo sabe nadie mejor que usted. No nos
dijeron que lo habían mandado llamar. Es una buena noticia; lo único que
sabíamos es que trataban de desviar la tormenta hacia el cañón mediante fuertes
presiones.
—No me mandaron llamar —repuso Cloud, tratando de
sonreír—. Sólo estaba dando una vuelta, y ni siquiera traigo mi traje
protector. Así que sospecho que tendré que volverme atrás yo también.
Dio media vuelta con el Especial. De modo que un
nuevo vórtice suelto... Podía haber un centenar de ellos diseminados por un
radio de doscientas millas. Eran hermanos del que había exterminado a su esposa
e hijos, la infernal prole de aquel maldito vórtice Número Once al que había
intentado destruir el incompetente y desmanotado estúpido... A su mente acudió
la imagen penetrante del Número Once, tal como lo había visto la última vez, y
simultáneamente le sacudió una idea como un enorme puñetazo.
Se puso a pensar. Ahora pensaba «realmente»: era un
pensamiento claro, intenso, convincente. Si pudiera hacerlo... Si consiguiera
apagar la llama atómica de un vórtice atómico... No era exactamente una
venganza, pero... ¡Por las ardientes entrañas del Klono! ¡Sería posible lo que
pensaba! ¡Tenía que serlo!
Y, con ceño torvo y silencioso, pero despierto en
todas las fibras de su ser, Cloud regresó a la ciudad con la misma rapidez con
que había huido de ella.
Si el Hombre de la Lente quedó sorprendido por la
súbita reaparición de Cloud en el laboratorio, no lo demostró en lo más mínimo.
Tampoco hizo el menor comentario cuando el que había sido su primer ayudante
comenzó a manipular en armarios, cajones, medidores, bobinas, trajes, válvulas
y otros atavíos e instrumentos.
—Creo que eso era todo cuanto necesitaba, jefe
—dijo finalmente Cloud—. Aquí tiene un cheque en blanco. Si este material no
diera resultado, rellene el cheque a su voluntad, ¿quiere?
—No —contestó el Hombre de la Lente, rompiendo el
cheque exactamente igual que lo había hecho con el impreso de renuncia—. Si
deseas el material para unos propósitos legítimos, ha de ser en el servicio de
Patrulla y corriendo los riesgos propios de ella. Si, por el contrario, lo que
pretendes es destruir un vórtice, ese material no saldrá de aquí. Es una orden
terminante, Storm.
—Tiene razón y a la vez está equivocado, Phil
—declaró Cloud sin la menor timidez—.Efectivamente, me propongo volar el
vórtice Número Once con duodec, pero no como un pretexto para el suicidio, como
cree usted.
—¿De qué forma piensas hacerlo? —el interrogante
del corpulento Hombre de la Lente llevaba implícito un marcado escepticismo—.
No podrás conseguirlo si no es debido a un accidente fortuito, casi imposible
de producir. Tú mismo has sido de todos nosotros el que más se ha opuesto a
esos intentos suicidas.
—Lo sé; no tuve la solución hasta hace pocas horas.
Se me ocurrió de golpe. Es curioso que lo haya tenido siempre a la vista y no
se me ocurriera antes.
—Esto es lo que ocurre con la mayoría de problemas
—admitió el jefe—. No es evidente hasta que uno no da con la ecuación clave.
Bueno, desearía llegar a convencerme de ello, pero te aseguro que no te será
fácil hacerlo. De todos modos, será otro quien realice el trabajo, no tú.
—Cuando lo haya conseguido se dará usted perfecta
cuenta de por qué tengo tanta necesidad de hacerlo yo mismo. ¿Pero por qué me
va a ser tan difícil convencerle?
—Debido a la variabilidad —respondió el viejo—.
Para que la carga de explosivos resulte efectiva en el momento del impacto,
debe coincidir, dentro de unos límites muy reducidos, con la actividad del
propio vórtice. Una carga demasiado pequeña hará que se convierta en varios
vórtices diseminados que, si bien son inferiores al original, son, sin embargo,
lo suficientemente grandes como para subsistir por sí mismos. Si la carga es
demasiado grande, entonces reavivará al vórtice original, aún mayor, en su primitivo
cráter. Y varía tanto la actividad de ambos en cuanto a magnitud, máxima y
mínima, y su ciclo resulta tan errático (ya que puede discrepar de segundos a
horas, aparentemente sin ton ni son) que han fracasado totalmente cuantas
tentativas se han hecho en cualquier instante predeterminado. Ni siquiera
lograron resolverlo Kinnison, ni Cardynge, ni la Conferencia de Científicos...
como tampoco consiguieron producir un haz tractor que actuara a manera de sirga
sobre los vórtices.
—Pero descubrieron —objetó Cloud— que era
susceptible de pronosticarse, al menos por breves segundos (la longitud del
tiempo es directamente proporcional a la longitud del ciclo en cuestión),
mediante una prolongación del cálculo de las superficies curvadas.
—¡Hum! —resopló el Hombre de la Lente—. ¿Y qué? ¿De
qué serviría una previsión de diez segundos, cuando a una máquina calculadora
le costaría una hora el resolver las ecuaciones...? ¡Oh...! —se interrumpió,
mirándole con asombro—: ¡Oh! había olvidado que eres un calculador insuperable,
un prodigio nato en matemáticas que jamás necesitó utilizar la máquina
calculadora, ni siquiera para computar una órbita... Pero hay otras cosas.
—Las hay, y muchas. Naturalmente, ya he tenido en
cuenta el ángulo calculador; pero había otras cosas mucho más difíciles de
solucionar que la propia variabilidad...
—¿Cuáles? —preguntó el Hombre de la Lente.—El miedo
—replicó hoscamente Cloud—. Nada más pensar en que puedo encontrarme luchando a
brazo partido con un vórtice se me paraliza el cerebro. Es el miedo
inconfundible, puro y natural que el ser humano tiene? la muerte, el miedo que
hace perder al hombre su dominio sobre sí mismo y le hace ver la misma muerte
que tan penosamente está tratando de eludir. Eso era lo que me detenía.
—Bien... puede que tengas razón —ponderó el Hombre
de la Lente, repiqueteando sordamente sobre su mesa con los dedos—. Y, ahora,
ya no tienes miedo a la muerte; ni siquiera subconscientemente. Pero asegúrame
una cosa, Storm: dime que no la vas a invitar.
—No la invitaré, señor. Sobre todo ahora que tengo
una misión por cumplir. Pero eso es todo cuanto puedo prometer. No haré ningún
esfuerzo sobrehumano para evitarla. En consideración a mi deber, adoptaré las
debidas precauciones pero, si me vence, nada importa. Cuanto más rápido suceda,
mejor; antes me habré reunido con Jo.
—¿De veras lo crees así?—Implícitamente.—Entonces,
los vórtices son tan buenos como apagados Su oportunidad de acabar con la
Patrulla no son mayores que las de Boskone.
—Eso pienso —dijo casi malhumorado—. La única
oportunidad que tiene de vencerme es si cometo un error, cosa que no creo.
—¿Cuál será tu ángulo? —preguntó el Hombre de la
Lente con los ojos iluminados por el interés—. No podrás emplear el ataque
acostumbrado; tu tiempo va a ser demasiado breve.
—Algo así —dijo Cloud. Y, tomando una hoja de papel
de dibujo, trazó un croquis rápidamente—. Aquí está el cráter, con el vórtice
al fondo. Por medio de los instrumentos de observación o desde un armazón
acorazado de mi invención, obtendré los datos relativos a masa, emisión,
máxima, mínima, etcétera. Entonces les encargo que me preparen tres bombas de
duodec, una equivalente a la actividad que me propongo atacar, y las dos
restantes con una tolerancia de un cinco por ciento en más y en menos con
relación a la cifra obtenida, embaladas en cajas de neocarballo y de una
consistencia computada exactamente para que aguanten hasta encontrarse sobre el
centro del vórtice. Entonces, yo me lanzo en un traje volante, blindado y
protegido, digamos por aquí...
—En ese caso, además del traje, deberás utilizar un
«flitter» monoplaza —le interrumpió el jefe—. Son demasiados instrumentos para
un traje, y no digamos las bombas. Además, necesitarás mayor protección de la
que puede proporcionarte un traje. No nos será difícil transformar un «flitter»
en bombardero.
—Cielos, eso sería mucho mejor. En tal caso, puedo
dirigir mi «flitter» en una trayectoria de proyectil así, cuyo objetivo será el
centro del vórtice, ¿comprende? A diez segundos de distancia, aproximadamente
en este punto, tomo las lecturas instantáneas, resuelvo las ecuaciones sobre la
superficie curvada para cierto tiempo cero...
—¿Y si el ciclo no te permite dar con la solución
en diez segundos?
—Entonces seguirá probando hasta que me lo permita.
—Y si no es una vez, será otra.
—Exactamente. Entonces, teniendo todo dispuesto
para el momento cero, y suponiendo que la actividad esté próxima al valor
postulado...
—Suponte que, no sucede así —gruñó el jefe.
—Entonces aceleraré o desaceleraré...
—¿Resolviendo nuevas ecuaciones al mismo tiempo?
—Claro; sin interrupción de clase alguna, hasta que
la actividad, calculada en el momento cero, coincida con una de mis bombas.
Entonces suelto dicha bomba, me lanzo en un viraje brusco y, ¡ZASSS!, adiós muy
buenas —terminó haciendo un gesto expresivo con una rotación del brazo.
—Bonito panorama —dijo el Hombre de la Lente lleno
de dudas—. Y tú, mientras tanto, cogido en medio de la explosión, con dos
bombas de duodec pegadas al traje o dentro del «flitter».
—Oh, no. Me habré desprendido de ellas varios
segundos antes y no me explotarán encima.
—Eso espero. ¿Pero te has dado cuenta de lo
atareado que vas a estar durante esos diez o doce segundos?
—Perfectamente— repuso Cloud, y su rostro se volvió
sombrío—. Pero me hallaré en pleno control de mis actos. No tendré miedo a nada
de lo que suceda; «a nada». Y ahí está precisamente el mal —terminó en voz
baja.
—Qué demonio, adelante con ello —aceptó finalmente
el Hombre de la Lente—. Hay todavía muchas coses que no nos han mencionado,
pero probablemente podrás solucionarlas sobre la marcha. Creo que voy a ir a
echar una mano a los muchachos de la estación de alerta mientras haces los
preparativos. ¿Cuándo opinas que podrás salir?
—¿Cuánto tardarán en tener listo el «flitter»?
—Un par de días. ¿Qué te parece el sábado por la
mañana?
—El sábado, diez, a las ocho en punto. Allí nos
veremos.
Y nuevamente Neal Cloud y Babe, el gran buey azul,
volaron sobre la carretera. Y a medida que iba tragando millas, el físico
rumiaba dentro de su mente la misión que se había impuesto a sí mismo.
Al igual que el fuego, sólo que peor, la energía
intraatómica era un buen servidor, pero un dueño implacable. El hombre la había
liberado, realmente, antes de dominarla. De hecho, todavía no estaba regulada
por completo, ni tal vez lo estuviera nunca. Lo estaba en cuanto a ciertas
dimensiones y actividades. Aquellos elementos de auto limitación, contados a
millones, eran los servidores. Podían ser manejados, aislados, controlados; en
verdad, de no ser sometidos a un excitante bombardeo y a una cuidadosísima
alimentación, escaparían al control. Y, de cuando en cuando, debido a alguna de
la docena de razones ignotas, ya que la ciencia conocía fundamentalmente muy
poco sobre la verdadera interioridad de las reacciones intraatómicas, uno de
aquellos reducidos y domesticados vórtices de auto limitación se transformaba
en otro mayor y autosuficiente, igual que una nova. Entonces dejaba de ser un
servidor para convertirse en un dueño. Tales transformaciones se producían,
quizá, sólo una vez o dos a lo largo de un siglo sobre la Tierra. Lo malo era
que no desaparecían jamás, que seguían existiendo como una amenaza
«permanente». Y jamás se obtenían referencias porque, cada vez que se
presentaba la ocasión, arrasaban lo que caía a su paso. Todo instrumento u
objeto sólido dentro de un radio de cien pies se derretía en la grasienta y
ennegrecida escoria hirviente de su cráter.
Por suerte, la proporción de su desarrollo era
lenta; casi tan lenta como persistente, pues, de lo contrario, a la
civilización apenas si le quedaría un poco de sitio en el planeta. Y a menos
que se lograra hacer algo antes de no muchos años acerca de los vórtices
sueltos, las consecuencias iban a ser realmente graves. Esta era la razón de
que, se hubiera creado este laboratorio.
Hasta entonces, nada se había conseguido realmente.
El haz tractor que habría desviado a los vórtices aún no estaba proyectado. No
podía emplearse ningún elemento material, pues se disgregaba. Desde hacía algún
tiempo se empleaban los rayos dé presión que desviaban los vórtices hacia los
desiertos, a no ser que resultara más económico el dejarlos enseñorearse de las
tierras que devastaban. Con un poco de suerte, valiéndose del duodec, habían
conseguido desmenuzarlos en otros muchos pequeñísimos, autolimitados. El duodec
aplilatomato era el explosivo detonante más poderoso y terrorífico jamás
inventado en todos los planetas conocidos de la Primera Galaxia. Pero se había
cobrado un pavoroso desquite en vidas y materia. El duodec, asimismo, había
causado mayores daños que los remediados, toda vez que desperdigaba
generalmente al vórtice en lugar de extinguirlo.
Ni que decir tiene que se habían ofrecido infinidad
de proyectos con gran variedad de fantasías. Algunos de ellos hasta parecían
practicables. Otros habían sido probados, y algunos estaban siendo
experimentados. Había uno, que parecía ir ganando mayores partidarios,
consistente en construir una colosal estructura hemisférica bajo el terreno y
alrededor del vórtice, instalando un dispositivo de disparo a control remoto
para hacer volar toda el área, lo cual resultaba tal vez factible desde el
punto de vista de la ingeniería. Eran proyectos capaces de ocasionar daños tan
grandes que no se experimentaban como no fuese bajo las mayores condiciones de
seguridad. En suma, que la represión de los vórtices sueltos seguía siendo un
problema sin resolver.
El vórtice Número Uno, el más antiguo y el peor de
los conocidos en Tellus, había sido desviado hacia tierras incultas, y allí, a
las ocho en punto del día 10, Cloud comenzaba a trabajar sobre él.
La «estación de observación», en vez de ser una
desvencijada estructura como podía dar a entender la despreocupada terminología
del Hombre de la Lente, era, de hecho, todo un observatorio plenamente
equipado. Su personal no era numeroso; constaba de ocho hombres, que trabajaban
en tres turnos alternos de ocho horas a razón de dos hombres en cada turno.
¡Pero los instrumentos...! Para desarrollarlos se habían requerido cientos de
años humanos de tiempo y auténticos milagros de investigación, sin desdeñar los
problemas que había entrañado el desarrollo de los conductores protegidos
capaces de pasar, a través de pantallas de fuerza quíntuples, los impulsos
transformados de las mismas radiaciones contra las cuales aquellas pantallas
eran muy efectivas. Porque el laboratorio, así como sus largos accesos, debía
de estar fuertemente protegido; sin semejante protección, no podría existir
allí la vida.
Este problema y muchos más se habían resuelto, no
obstante, y allí estaban los instrumentos. Cada fase y factor de la existencia
y actividad del vórtice se medían y registraban continuamente, a lo largo de
cada minuto de cada día de cada año. Y los datos obtenidos se resumían e
integraban en una gráfica «Sigma». Esta gráfica, si bien aparecía tan sólo como
una línea tortuosa y sin sentido para el profano, constituía una completa
fuente de información a los ojos del iniciado en la materia.
Cloud contempló la gráfica «Sigma» correspondiente
a las últimas cuarenta y ocho horas y frunció el ceño, porque una punta
sobresaliente de la línea, de una hora escasa de existencia, apuntaba ahora
sobre la línea superior del diagrama.
—Mal asunto, ¿eh, Frank? —gruñó.
—Bastante malo, Storm. Y va empeorando —asintió el
observador—. No me sorprendería que Carlowitz estuviera en lo cierto; si no se
está preparando para reventar por su parte alta, yo soy una tía solterona de
Zabiskan.
—No hay periodicidad ni ecuación, desde luego. —Fue
una afirmación, no una pregunta.
El Hombre de la Lente ignoró completamente, al
igual que el observador, aunque con menos petulancia, la clara posibilidad de
que, en cualquier momento, el laboratorio y todo su contenido quedase
desintegrado.
—Nada en absoluto —añadió llanamente Cloud. El no
necesitaba pasarse largo tiempo ante una máquina calculadora. De un solo
vistazo ya sabía, ignorando más razones, que no sería posible establecer una
ecuación que--se ajustara siquiera a la situación ascendente de aquella gráfica
«Sigma» desenfrenada y cambiante—. Pero la mayoría de los ciclos cortan esta
ordenada aquí (siete cincuenta y uno), y así lo tomaré para mis cálculos. Esto
significa un 9,9, o seis kilogramos de carga básica de duodec, con la alternativa
de un cinco por ciento en más y en menos. La proposición ha de ser de cincuenta
y tres milímetros de neocarballoy como base. ¿Está listo?
—Todo como dijiste —le informó el observador—. Lo
tendrán aquí dentro de quince minutos.
—¡Rayos, a vestirse tocan! ¿Qué estoy esperando?
El Hombre de la Lente y el observador le ayudaron a
ponerse el engorroso y gruesamente acolchado traje blindado. Comprobaron todos
los instrumentos del mismo, asegurándose de que los dispositivos de protección
y seguridad funcionaban con plena eficiencia. Luego, los tres se encaminaron
hacia el «flitter». Realmente, era una canoa supersónica, un torpedo de cortas
alas y grotescos timones multidireccionales a base de cohetes propulsores que
actuaban en cualquier sentido, en completa maniobrabilidad. Pero éste tenía
algo más que no llevaban los «flitters» ordinarios: en torno a su aguda proa,
debidamente espaciados, asomaba la boca, abierta como en un bostezo, de un
lanzabombas triple.
Nuevas comprobaciones. El Hombre de la Lente y el
blindado Cloud sabían que cada uno de las docenas de instrumentos, a bordo del
«flitter», funcionaban con precisión; sin embargo, todos fueron comprobados con
los instrumentos maestros del laboratorio.
Cuando llegaron las bombas, las cargaron y Cloud,
agitando el brazo en un descuidado saludo, subió al diminuto compartimiento de
pilotaje. El «flitter» carecía de cámara reguladora de presión, pues su espacio
no se lo permitía. La masiva puerta quedó herméticamente cerrada sobre sus
juntas de fibra y sus pesadas palancas encajaron en sus lugares. Una forma
acolchada descendió sobre el piloto inmovilizado su cuerpo, a excepción de
brazos y piernas.
Luego, después de asegurarse de que sus dos
compañeros se habían puesto a cubierto, Cloud disparó el «flitter» al aire en
dirección al hirviente infierno que era el Vórtice Atómico Suelto Número Uno.
Porque, sin lugar a dudas, era un infierno hirviente.
Su cráter tenía un reborde altamente irregular, con
una milla completa de diámetro y, tal vez, un cuarto de profundidad. No era,
sin embargo, un cono perfecto porque su fondo, al hallarse en gran parte en
fusión debido a la incandescencia, se encontraba prácticamente horizontal,
salvo una depresión en su centro, donde realmente se localizaba el vórtice. Las
paredes de la depresión eran escarpadas y llenas de accidentes, variando en
elevación y forma según la dureza y resistencia de los estratos que las componían.
Sus secciones ora se tornaban de un vapor cegador e insoportablemente blanco
que salía al exterior en llamaradas ígneas, ora se enfriaban merced a una
bocanada de aire para cambiar a un rabioso escarlata, mientras que de sus
entrañas brotaba un indolente río de lava. En ocasiones, una parte de su pared
adoptaba incluso un tono negro, cubriéndose de escorias volcánicas o de
brillantes estratos obsidianos.
Pero siempre, desde cualquier parte, se estaba
infiltrando en el cráter un enorme volumen de aire. Se precipitaba dentro, en
forma de aire ordinario, pero luego salía despedido hacia arriba como una
columna rabiosa y ensoberbecida, totalmente transformado. Nadie sabía, ni aún
sabe, qué cambio, operan los vórtices sueltos en las moléculas y átomos del
aire. En efecto; debido a la extrema variabilidad, ya referida, probablemente
su acción es sucesiva, sin que vuelva a repetirse dos veces.
De lo que no hay duda es de que existe de hecho una
escasa combustión; es decir, salvo la forzosa combinación del nitrógeno, argón,
xenón y criptón con el' oxígeno.
Hay, sin embargo, consunción, mucha consunción. Y
lo que ocasiona el increíblemente intenso bombardeo resulta transformado. Y su
alteración es tan profunda y desconocida que la atmósfera salida del cráter ya
no es, en modo alguno, como el aire que conocemos. Puede que sea corrosivo, tal
vez venenoso, en sus múltiples formas; a lo mejor es simplemente distinto. Pero
de lo que no cabe duda es de que ya no se trata del mismo aire que los seres
humanos estamos acostumbrados a respirar. Y es esta amenaza, lo que acabaría
con la posibilidad de vida sobre la superficie de la Tierra.
Resulta verdaderamente difícil describir el aspecto
de un vórtice atómico suelto para quienes nunca vieron uno, como por fortuna no
lo han visto la mayoría de las personas. Prácticamente, toda su aterradora
radiación está en aquellos octavos del espectro que resultan invisibles al ojo
humano. Basta decir, pues, que tenía una temperatura media efectiva en su
superficie de unos quince mil grados absolutos (dos veces y media más fuerte
que el calor reinante en el sol de Tellus), y que estaba irradiando, a aquella
incomprensible temperatura, toda frecuencia posible, liberando así el aire
hacia el exterior.
Y, mientras tanto, Neal Cloud, lleno de espanto,
traspasaba con su «flitter» aquella lóbrega y letal atmósfera, estableciendo
ecuaciones tomadas de sus aparatos medidores y resolviéndolas casi
instantáneamente con su prodigioso cerebro matemático. Porque el nivel de
actividad, incluso en sus depresiones más bajas, resultaba muy por encima del
nivel que había previsto. La piel le picaba y comenzaba a quemarse. Los ojos le
escocían y le dolían. No ignoraba lo que significaban aquellos síntomas; ni
siquiera 'las poderosas pantallas protectoras del «flitter» lograban contener
la radiación. Ni su traje protector ni sus gafas especiales conseguían librarle
de lo que se infiltraba dentro del «flitter». Pero aún no se daba por vencido.
La actividad descendería probablemente en un momento dado. Si esto sucediera,
tenía que actuar rápido. Por otra parte, también podía volar en pedazos de un
instante a otro.
Existían dos escuelas matemáticas a este respecto.
Una sostenía que el vórtice, sin ninguna carga esencial en su condición o
naturaleza física, seguiría aumentando sus proporciones; seguiría creciendo
indefinidamente hasta que, en unión de los otros vórtices del planeta, hubiera
convertido en energía toda la masa del mundo.
La segunda escuela, de la que el susodicho
Carlowitz era el más patente portavoz, afirmaba que, alcanzado cierto grado de
desarrollo, la energía interna del vórtice alcanzaría proporciones tan
fabulosas que no podría mantenerse el equilibrio generación-radiación. Aquello,
por supuesto, daría lugar a una explosión, cuya naturaleza y consecuencia
solían ser explicadas insistentemente por el matemático Carlowitz, con malsano
deleite profesional. Ninguna escuela, sin embargo, podía probar su teoría, o la
probaba basándose en sus imperfectas matemáticas, pero entre ellas se odiaban y
menospreciaban ruidosa y encarnizadamente.
Y ahora que Cloud estudiaba a través de sus casi
opacas defensas a aquella indescriptible bola de fuego devoradora, a aquella
monstruosidad arrolladura que pudo haber salido de la fosa más profunda de los
ardientes infiernos mitológicos, se sentía poderosamente inclinado en favor de
Carlowitz. No parecía posible que cualquier explosión fuera atraer (mayores
males de los ya existentes. Y estaba persuadido de que, con tal explosión,
aquella amenaza sería triturada y desintegrada en millas a la redonda, totalmente
hecha trizas.
La actividad del vórtice se mantenía alta,
demasiado alta. En la pequeña cabina demando del «flitter» la temperatura
seguía aumentando. Le aumentaba el dolor de los ojos, y cada vez le quemaba más
la piel. Presionando un botón de comunicación, habló:
—Phil; quiero tres bombas más. Igual a éstas, pero
de mayor potencia.
—Conforme pero, si haces eso, el descenso habrá de
ser al mínimo —le advirtió el Hombre de la Lente—. Es totalmente imprevisible,
ya sabes.
—Es posible. Tendré que olvidarme del cinco por
ciento de margen y picar de morro. Ahora o nunca. Pídame dos más; una, la mitad
de las que tengo aquí, y la otra el doble. Facilitó las cifras para la carga y
el envoltorio de los explosivos—. ¡Ahí Rómpame un tarro de ese mejunje contra
las quemaduras. Me estoy derritiendo de calor.
Cloud aterrizó. Se despojó de todas sus ropas, y el
observador le estuvo embadurnando hasta la última pulgada cuadrada de su
epidermis con aquella pasta espesa que servía no sólo como una pantalla
altamente eficaz contra las radiaciones, sino también como un buen remedio para
nuevas quemaduras. Igualmente, se cambió las gafas por otro par de mayor
grosor, más fuertes y más oscuras. Llegaron las dos bombas pedidas, y las
sustituyeron por dos de la carga original.
—Mientras estaba allá arriba se me ocurrió una idea
—dijo entonces Cloud a los observadores—. Veinte kilogramos de duodec no es
precisamente un cohete verbenero, pero ¿qué menos podemos lanzar? ¿Tienen
ustedes idea de lo que va a ser de la energía que hay encerrada dentro del
vórtice cuando lo haya volado?
—Me lo imagino —repuso el Hombre de la Lente
frunciendo el ceño pensativo—. Pero carezco de datos.
—Lo mismo me ocurre a mí. Pero creo que harían muy
bien en retirarse a la nueva estación; a dónde tenían pensado protegerse si las
cosas empeorasen.
—Pero ¿y los instrumentos...?
El Hombre de la Lente no estaba pensando en los
instrumentos en sí, que, carecían de valor comparados con la vida humana, sino
en las grabaciones que aquellos instrumentos proporcionarían. Estas grabaciones
tenían un valor incalculable.
—Ya lo grabaré yo también en cinta a bordo del
«flitter» —le recordó Cloud.
—Pero suponte que...
—¿Qué el «flitter» no consigue su propósito? En tal
caso la estación no servirá de nada. ¡Qué equivocado estaba Cloud!
—Pues, por si acaso, nos iremos cuando tú te
retires —decidió el jefe. Cloud se encontró de nuevo en el aire, dándose cuenta
de que la actividad, si bien era alta, no lo era demasiado, y fluctuaba con
excesiva celeridad. No conseguía disponer de cinco minutos que se ajustaran
fielmente a lo previsto, y mucho menos de diez. De forma que se puso a esperar,
lo más cerca de aquel horrible centro de desintegración que le permitía su
arrojo.
El «flitter» se hallaba suspendido en el aire,
inmóvil, haciendo silbar suavemente sus cohetes de sustentación. Cloud conocía
a la milésima su altitud sobre el suelo. Sabía con increíble precisión la
distancia que le separaba del vórtice. Conocía igualmente, con la misma
certeza, la densidad de la atmósfera y la velocidad y dirección exacta del
viento. Y de ahí que, al poder leer con la suficiente proximidad las
momentáneas variaciones de las ciclónicas tormentas que se agitaban dentro de
cráter, también le era posible computar con gran facilidad el curso y velocidad
necesarios para arrojar la bomba en el centro exacto del vórtice en una
fracción de tiempo dada. La parte más peliaguda, lo que nadie había conseguido
hacer hasta entonces, era pronosticar, con la antelación útil necesaria, hasta
dónde debía aproximarse a la actividad cuantitativa del vórtice, con
posibilidad de éxito. Porque, como ya se había dicho, tenía que volarlo por
exceso no por defecto, puesen este último caso no conseguiría más que desperdigar
al vórtice por todo el Estado.
Por consiguiente, Cloud centró toda su atención en
los instrumentos de medición que tenía delante; se concentró con toda la fuerza
de las fibras de su ser, con todas las células de su cerebro.
De pronto, casi imperceptiblemente, el diagrama
«Sigma» dio signos de horizontalidad. En aquel instante, el cerebro de Cloud
comenzó a trazar simultáneas ecuaciones, nueve de ellas implicando factores
desconocidos, una integración en cuatro dimensiones. Pero no importaba; Cloud
las fue resolviendo laboriosamente, un factor cada vez. Sin poder explicarse
cómo había llegado a ello, supo la respuesta, exactamente igual que es capaz de
percibir el poselniano o el rigeliano cada partícula componente por separado de
un sólido opaco tridimensional, sin poder explicar cómo trabaja su sentido de
la percepción. Eso era cuanto sabía.
De cualquier modo, en virtud de un sentido o
facultad que caracteriza a todo prodigio matemático, Cloud supo que, en el
tiempo de ocho segundos y tres décimas a partir de aquel instante observado, la
actividad del vórtice se hallaría ligeramente, aunque no mucho, por debajo del
coeficiente de su bomba más pesada. Con otro arranque mental de su cerebro,
supo exactamente la velocidad que precisaría. Su mano accionó sobre los mandos,
su pie derecho piso enérgicamente a fondo contra el botón de disparo y, aunque
el trepidante «flitter» se disparó hacia abajo en una aceleración de ocho
gravedades telúricas, Cloud sabía a la milésima de segundo cuánto tiempo
tendría que mantener aquella aceleración para lograr la velocidad requerida. Si
bien no resultaba realmente larga en cuanto a tiempo, sí lo era respecto a la
incomodidad que implicaba. Le llevó mucho más cerca de vórtice de lo que había
pretendido; en efecto, se encontró justamente sobre el propio cráter.
Pero mantuvo el curso calculado y, en el preciso
instante, cortó la marcha y soltó la bomba más grande. Entonces, con una
rapidez que sólo dejaba ver una mancha de su imagen aceleró nuevamente hasta
las ocho gravedades y comenzó a describir círculos como sólo es capaz de
hacerlo un «speedster» o un «flitter». Prácticamente inconsciente debido al
terrible efecto de la aceleración lineal y angular, Cloud lanzó las dos bombas
pequeñas. No le importaba que no cayeran en el centro del cráter ni cerca del
observatorio, pues ya lo había previsto. Luego, sin esperar a completar el
círculo o a enderezar el vuelo del vehículo, la mano de Cloud se asió a la
palanca cuyo cierre accionaría al Bergenholmy dejaría al «flitter» libre de
inercia.
Demasiado tarde. Aquello parecía un infierno, con
el pequeño vehículo velocísimo aún inerte. Sin embargo, Cloud se había movido
rápido. Su entrenado cuerpo y mente habían estado trabajando con la mayor
rapidez y en perfecta coordinación. Simplemente, había faltado tiempo, Si
hubiera dispuesto del tiempo deseado, diez segundos completos, o siquiera
nueve, lo habría conseguido, pero...
A partir de entonces, a pesar de lo que había
sucedido, Cloud defendió su acción. ¡Tenía que alcanzar la lectura 8,3 de
segundo! Otra décima de segundo y la bomba no caería a tiempo, no llevaría la
deriva del cinco por ciento que necesitaba. Y ahora ya no podía tampoco esperar
a otra ocasión. Sus pantallas protectoras ya no resistían más y, si aguardaba a
que se presentara otra ocasión, quedaría carbonizado dentro de su puesto.
La bomba salió disparada y fue a hacer impacto
directo, exactamente en el lugar deseado. Su penetración fue perfecta. La
envoltura de neocarballoy sólo resistió el tiempo necesario, y la terrorífica
carga de duodec hizo explosión si no exactamente en el centro del vórtice, al
menos sí lo suficientemente cerca de él como para cumplir su cometido. En otras
palabras; las suposiciones de Cloud resultaron en extremo aproximadas. Pero el
tiempo, en conjunto, había sido demasiado corto.
No había salido el «flitter» del cráter cuando la
bomba hizo explosión. Pero no fue sólo la explosión de la bomba; los
pronósticos de Cloud quedaron materializados y, además, la descomunal energía
del vórtice se fundió con la del duodec detonante para formar un todo
completamente incomprensible.
En parte, el infernal torrente de lava hirviendo
que había dentro de aquella diabólica caldera fue impulsado hacia abajo por la
imponente fuerza de la explosión y, en parte, fue arrojado fuera en masas, en
gotas y a torrentes. Y los enfurecidos aires provocados por la explosión
acometían contra los fragmentos, los hacían añicos, y los arrojaban todavía con
mayor violencia en su carrera. Y solidificado, golpeaba impetuoso contra las
paredes del cráter, arremetiendo con tal furia que hacía derrumbarse hacia afuera
la muralla pétrea y compacta, para abrir brechas irregulares en torno al
cráter, por donde salían los gases chirriantes que luego se mezclaban con la
atmósfera.
Por otra parte, la onda expansiva originada, o los
fragmentos volantes, o lo que fuera, alcanzó también a las dos bombas sueltas y
las hizo explotar, añadiendo su contribución a la ya de por sí formidable
concentración de fuerza. No se encontraban tan cerca del«flitter» como para
destruirle, pero sí lo suficiente como para no hacerle ni a él ni a su piloto
ningún bien.
La primera terrorífica sacudida alcanzó al
«flitter» cuando la mano derecha de Cloud se encontraba en el aire,
dirigiéndose al panel para manipular en el Berg. El impacto agitó su brazo
hacia abajo y a un lado, haciendo que se fracturasen los dos huesos del
antebrazo al ser golpeado contra el borde del cuadro. Cuando llegó la segunda
conmoción, un instante después, quedó rota su pierna izquierda. Entonces empezó
el desastre.
Pedazos de rocas sólidas o semifundidas aporreaban
el casco del «flitter», destruyéndole las alas y los timones de profundidad.
Incandescentes bloques de escoria derretida se precipitaban contra los cohetes
y toberas, que después se solidificaban y los ocluían. El endeble artefacto
volador había caído presa de aquellas descomunales fuerzas que le llevaban de
aquí par allá sin poder resistirse a ellas, lo mismo que una hoja suelta a
merced de las aguas de unas cataratas. Y el cerebro de Cloud se encontraba tan
hueco como un huevo, a causa de las violentas concusiones que caían sobre él
desde tan distintas partes y casi todas al mismo tiempo. Sin embargo, con un
solo brazo, una sola pierna y las pocas células de su cerebro que todavía le
funcionaban, el físico seguía luchando.
Haciendo un supremo esfuerzo de voluntad y nervio,
desplazó su mano izquierda sobre el teclado giratorio del interruptor del
Bergenholm. Lo impulsó y, en el momento de cerrarlo, descendió sobre él una
inmensa y tranquila paz, como si fuera un manto. Porque, afortunadamente, el
Berg seguía funcionando; el «flitter» y cuanto llevaba a bordo se encontraba
libre de inercia. Nada importante podía golpearle y producirle ningún mal.
Ahora podía fluctuar sin esfuerzo, alejándose de la más leve amenaza que se le
acercara.
Cloud deseó desvanecerse entonces, pero no lo hizo
por completo. En vez de ello, trató de volver la vista, turbia, para mirar al
cráter. Nueve décimas partes de sus placas visuales no funcionaban, pero
finalmente logró echar un vistazo. ¡Excelente! Todo había salido bien. No
estaba sorprendido; tenía plena confianza en que todo iba a salir bien. Tampoco
había diseminado ningún micro-vórtice. No podía haberlo sido, pues la única
posibilidad de que así ocurriera era disparando sobre la parte superior del mismo
y no en la inferior.
Su segundo esfuerzo consistió en localizar el
observatorio secundario, donde tenía que aterrizar, y también en esto tuvo
éxito. Le quedaba la suficiente inteligencia como para comprender que con todos
los cohetes prácticamente ocluidos y las alas y la cola fuera de funcionamiento
podía aterrizar por inercia con aquel pequeño aparato. Sin embargo, no le
quedaba otra solución que efectuar un descenso libre.
Y a fuerza de habilidad y con un empleo
extremadamente no ortodoxo de los cohetes que le quedaban en uso hizo un
aterrizaje libre, casi dentro de los límites del campo del observatorio. Una
vez posado del todo, dejó el «flitter» a merced de su inercia.
Pero, como ya se ha dicho, su cerebro no funcionaba
del todo bien; había mantenido a su aparato libre de inercia algunos segundos
más de lo que creía, y ni siquiera se daba perfecta cuenta de las colisiones
que había soportado. Como consecuencia de estas cosas, su velocidad intrínseca
no se ajustaba exactamente a la del terreno donde reposaba. Así, cuando Cloud
cortó el Bergenholm, devolviendo con ello al «flitter» la velocidad e inercia
absolutas que tenía antes de entrar en caída libre, dio lugar a una decreciente
colisión final.
Hubo un último y terrible golpetazo cuando el
Inmóvil vehículo topó contra el suelo, igualmente inmóvil; y Cloud «Storm»,
destructor de vórtices, se apagó como una luz proverbial.
Llegaron los redoblados servicios de socorro. El
piloto estaba inconsciente y las puertas del «flitter» no podían ser abiertas
desde el exterior, pero aquéllos no eran unos obstáculos insuperables. Una
plancha, ya suelta, estaba siendo retirada, y el piloto era cuidadosamente
sacado de su prisión y era llevado urgentemente al Hospital de la Base dentro
de la ambulancia bajo la inmediata asistencia facultativa.
Y más tarde, en una oficina privada de aquel
hospital, el jefe del laboratorio de Investigaciones Atómicas, vestido de gris,
aguardaba sentado, pero no pacientemente.
—¿Cómo está, Lacy? —preguntó el jefe de Sanidad
Militar que entró en la habitación —. No morirá, ¿verdad?
—Claro que no, Phil; decididamente, no —repuso Lacy
con vivacidad—. Posee un esqueleto verdaderamente bueno. Las quemaduras son
superficiales, y responderá enseguida al tratamiento. Los efectos retardados y
profundos de las radiaciones a las que estuvo expuesto pueden ser neutralizados
con entera eficacia. Ni siquiera va a necesitar de un tratamiento «Phillips»
para la restauración de las partes dañadas, salvo posiblemente para unos
cuantos músculos descompuestos o cosa parecida.
—Pero ha sufrido bastantes lesiones serias, ¿no? Sé
que se le fracturó un brazo y una pierna, al menos.
—Son solamente simples fracturas; carecen de
importancia —Lacy hizo un gesto despectivo con la mano para implicar que eran
simples huesos rotos—. Estará fuera dentro de pocas semanas.
—¿Cuánto tiempo tengo que esperar para verle?
—preguntó el Hombre de la Lente-físico —.Tengo que tratar con él de cosas
importantes y debo entregarle un mensaje lo antes posible.
Lacy arrugó los labios. Luego dijo:
—Puedes verle ahora mismo. Ha recobrado el
conocimiento, y es lo suficientemente fuerte. No mucho tiempo, desde luego.
Phil... quince minutos a lo sumo.
—De acuerdo, y gracias.
Una enfermera llevó al Hombre de la Lente visitante
junto a la cama de Cloud.—¡Hola, estup...! —exclamó alegremente—. Eso de
«estup» es un abreviativo de estupendo, no de estúpido —aclaró.
—Hola, jefe. Me alegra ver a alguien. Siéntese.
—Eres el hombre más buscado de la Galaxia —le dijo
el visitante al enfermo—, sin exceptuar a Kimball Kinnison. Mira este carrete
de cinta, y sólo es el primero. Lo he traído para que lo leas a tus anchas. Tan
pronto como un planeta se entere de que contamos con un destructor de vórtices,
con un experto que realmente sabe dónde hay que pegar (y las noticias viajan
con gran rapidez), ese planeta envía una petición de Primera Clase A,
doblemente urgente, reclamando tus servicios.
»A lo que parece, Sirio IV fue el primero que hizo
la oferta, pero Aldebarán II le fue a la zaga y, desde entonces, todos los
canales están ocupados. Canopus, Vega, Rigel, Spica... Todos, desde Alsakan a
Vandemar, te están reclamando. Les hemos contestado diciendo que no
recibiríamos a ninguna delegación personal; tuvimos que arrojar materialmente a
una pareja de chickladorianos de cabello rosado, para convencerlos de nuestras
intenciones, y de que se tendría en cuenta la edad y condición del vórtice de
que se trate, sin prioridad en la petición formulada.
—Exactamente —convino Cloud—. Considero que es la
única forma de realizarlo.—Así que olvídate de ese trauma psíquico... Bueno, no
quiero decir eso —se apresuró a rectificar el Hombre de la Lente—. Ya me
entiendes. El deseo de vivir es el factor más importante para la recuperación
de un hombre. Ahora hay muchos mundos que reclaman tus servicios para que
renuncies a ello, ¿no crees?
—Supongo que sí —asintió Cloud sombrío—. Pronto
saldré de aquí. Y continuaré mi labor hasta que uno de esos vórtices termine lo
que éste ha empezado.
—Hijo mío, entonces te morirás de viejo —le aseguró
el Hombre de la Lente—. Poseemos muchos datos; toda la información que
necesitamos. Ya sabemos lo qué hay que hacer con tus pantallas protectoras. La
próxima vez no pasará a través de ellas más que la luz, y sólo la que tu
desees. Podrás quedar esperando tan cerca del vórtice como quieras durante el
tiempo que te plazca, hasta poseer con exactitud los datos de actividad e
intervalo de tiempo que necesites. Estarás tan seguro y cómodo como si te
encontraras en tu propia cama.
—¿Eso es cierto?—Absolutamente; o, al menos, tan
seguro como podemos estarlo de algo que no hemos experimentado nunca. Pero veo
que el ángel guardián que tienes aquí está mirando al reloj implacablemente,
así que tendré que irme antes de que me echen. ¿Está todo claro, Storm?
—Tan claro como el éter, jefe.
Y así es como «Storm» Cloud, físico atómico, se
convirtió en el mejor especialista de los anales de la ciencia y cómo llegó a
ser el único destructor de vórtices de la Galaxia.
FIN

