Libro N° 14727. Los Hermanos Dagobé. Guimarães Rosa, João.
© Libro N° 14727. Los Hermanos Dagobé. Guimarães Rosa, João. Emancipación. Enero 24 de 2026
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LOS HERMANOS DAGOBÉ
João Guimarães Rosa
Los Hermanos
Dagobé
João Guimarães Rosa
Enorme desgracia. Estábase en el velatorio de
Damastor Dagobé, el más viejo de los cuatro hermanos, absolutamente
facinerosos. La casa no era pequeña, pero mal cabían en ella los que iban a
hacer guardia. Todos preferían permanecer cerca del difunto, todos temían, más
o menos, a los tres vivos.
Demonios, los Dagobés, gente que no gustaba. Vivían
en estrecha desunión, sin mujer en el lar, sin más pariente, bajo la jefatura
despótica del recién finado. Éste había sido el peor de los peores, el cabeza,
fierabrás y maestro, que metió en la obligación de la mala fama a los jóvenes
-los nenes, según su rudo decir.
Ahora, sin embargo, mientras que el muerto, fuera
de semejantes condiciones, dejaba de ofrecer peligro, conservando -bajo la luz
de las velas, entre aquellas flores- sólo aquella mueca involuntaria, el mentón
de piraña, la nariz toda torcida y su inventario de maldades. Bajo la mirada de
los tres de luto, se le debía todavía, a pesar de todo, mostrar respeto;
convenía.
Servíase, de vez en cuando, café, aguardiente
quemado, palomitas de maíz, al uso. Sonaba un vocear sencillo, bajo, de los
grupos de personas, en la oscuridad o en el foco de las lamparitas y faroles.
Allá afuera, la noche cerrada; había llovido un poco. Raramente, uno hablaba
más fuerte y súbito se moderaba, y compungíase, recordando su descuido. En fin,
lo mismo de lo mismo, una ceremonia, al estilo de allá. Pero todo tenía un aire
espantoso.
He aquí que un mequetrefe pacífico y honesto,
llamado Liojorge, apreciado por todos, fue quien había enviado a Damastor
Dagobé al destierro de los muertos. El Dagobé, sin motivo aparente, le había
amenazado con cortarle las orejas. Entonces, cuando le vio, avanzó hacía él,
mostrando el puñal; pero el tranquilo del muchacho, que manejaba un pistolón,
le pegó un tiro entre los dos pechos, por encima del corazón. Hasta entonces
vivió Téllez.
Después de tamaño suceso, sin embargo, se
espantaban de que los hermanos no se hubiesen cobrado venganza. En su lugar, se
apresuraron a organizar velatorio y entierro. Y resultaba bien extraño.
Tanto más que aquel pobre Liojorge permanecía aún
en la aldea, solo en casa, resignado ya a lo peor, sin ánimo de ningún
movimiento.
¿Podía entenderse aquello? Ellos, los Dagobés que
aún vivían, hacían los debidos honores, serenos y hasta sin jaleo, pero con
alguna alegría. Derval, el benjamín, principalmente, se movía social, tan
diligente, con los que llegaban o estaban: Perdone las molestias... Doricón, el
más viejo ahora, se mostraba ya solemne sucesor de Damastor, corpulento como
él, entre leonino y mular, el mismo mentón avanzado y los ojitos venenosos;
miraba hacia lo alto, con especial compostura, pronunciaba: ¡Dios lo tenga en su
gloria! Y el del medio, Dismundo, hermoso hombre, ponía una devoción
sentimental, sostenida, en mirar al cuerpo en la mesa: Mi buen hermano...
En efecto, el finado, tan sórdidamente avaro, o
más, cuanto mandón y cruel, se sabía que había dejado buena cuantía de dinero,
en billetes, en el banco.
Sea así, como si nada: a nadie engañaban. Sabían
bien hasta-qué-punto, lo que todavía no estaban haciendo. Aquello sería cosa de
fieras. Pero después. Sólo querían ir por partes, nada de apresurarse, a su
propio ritmo. Sangre por sangre; pero por una noche, unas horas, mientras
honraban al fallecido, podían suspenderse las armas, en el falso fiar. Después
del cementerio, sí, agarraban al Liojorge, con él terminaban.
Siendo lo que se comentaba, en los rincones, sin
ocio de lengua y labios, en un murmullo, entre tantas perturbaciones. Por lo
que aquellos Dagobés, brutos sólo de arrebatos, pero matreros también, de los
que guardan la lumbre en el puchero, y jefes de todo, no iban a dejar una paga
en paz: se veía que ya tenían sus intenciones. Era así por lo que no conseguían
disimular cierto contento canalla, casi riéndose. Saboreaban ya el sangrar.
Siempre, a cada momento posible, sutilmente tornaban a juntarse, en un vano de
ventana, en frecuente parloteo. Bebían. Nunca uno de los tres se distanciaba de
los otros; ¿por qué se mostraban así de cautos? Y a ellos llegaba, de vez en
cuando, algún compareciente, además de compadre, de confianza -traía noticias,
cuchicheaban.
¡Asombroso! Íbanse y veníanse, en lo abierto de la
noche, y lo que trataban de proponer, era sólo por el rapaz Liojorge, criminal
en legítima defensa, por mano de quien el Dagobé Damastor hizo desde aquí el
viaje. Se sabía ya que, entre los veladores, siempre alguien, poco a poco,
filtraba palabras. El Liojorge, solo en su morada, sin compañeros, ¿enloquecía?
Lo cierto, no tenía la maña como para aprovecharse y escapar, lo que de nada
serviría: fuese adonde fuese, pronto lo agarraban los tres. Inútil resistir,
inútil huir, inútil todo. Debía humillarse, acobardado: por allá, meándose de
miedo, sin medios, sin valor, sin armas. ¡Ya era alma para sufragios! Y, no es
que, sin embar...
Sólo una primera idea. Con que alguien que de allá
viniera y volviese, a los dueños del muerto, y transmitiera un mensaje, el
resumen de este recado. Que el rapaz Liojorge, osado labrador, afirmaba que no
había querido matar al hermano de ningún ciudadano cristiano, sólo apretó el
gatillo en el postrer instante, para tratar de librarse, por fatalidad, del
desastre. Que había matado con respeto. Y que, con ánimo de probarlo, estaba
dispuesto a presentarse, desarmado, allí mismo, dando fe de ir, personalmente,
para declarar su manifiesta falta de culpa, en caso de que mostrasen lealtad.
Un pálido estupor. ¿Sabía en qué asunto se metía?
De miedo, aquel Liojorge había enloquecido, ya estaba sentenciado. ¿Tendría el
valor? Que viniese: saltar de la sartén a las brasas. Y hasta daba escalofríos
-respecto a lo que se sabía- que, presente el matador, torna a brotar sangre
del matado. Tiempos, estos. Y era que, en aquel lugar, no había autoridad.
La gente espiaba a los Dagobés, aquellos tres
vivaces. ¡Güeno’stá!, decía tan sólo el Dismundo. El Derval: ¡Haiga paz!,
hospitalario, la casa honraba. Serio, en sí, enorme el Doricón. Sólo hizo no
decir. Subió la seriedad. Recelosos, los presentes tomaban más aguardiente
quemado. Había caído otra lluvia. El plazo de un velatorio, a veces, se demora
mucho.
Mal acabaran el oír. Se suspendió el indagar. Otros
embajadores llegaban. ¿Querrían conciliar las paces, o poner urgencia en la
maldad? ¡La extravagante proposición! La cual era: que el Liojorge se ofrecía a
ayudar a cargar el ataúd. ¿Habían oído bien? Un loco -y las tres fieras locas,
las que ya había, ¿no bastaban?
Lo que nadie creía: tomó el orden de palabra el
Doricón, con un gesto destemplado. Habló indiferentemente, se le dilataban los
fríos ojos. Entonces, que sí, que viniese -dijo- después de cerrado el ataúd.
La urdida situación. Uno ve lo inesperado.
¿Y si fuese? La gente iba a ver, a la espera. Con
el taciturno peso en los corazones; un cierto susto propagado, por lo menos.
Eran horas peligrosas. Y despuntó despacio el día. Ya mañana. El difunto hedía
un poco. Arre.
Sin cena, se cerró el ataúd, sin jaculatorias. El
ataúd, de ancha tapa. Miraban con odio los Dagobés -sería odio al Liojorge-.
Supuesto esto, se cuchicheaba. Rumor general, el "lugubarullo", Ya
que ya, viene él... y otras concisas palabras.
En efecto, llegaba. Había que abrir de par en par
los ojos. Alto, el mozo Liojorge, despojado de todo atinar. No se presentaba
animosamente, ni para afrentar. Sería así el alma entregada, con humildad
mortal. Se dirigió a los tres: -¡Con Jesús! -él, con firmeza. ¿Y entonces?
Derval, Dismundo y Doricón -el cual, el demonio de modo humano- poco menos que
habló: -¡Hum... Ah! Vaya cosa.
Hubo que escoger para acarrear: tres hombres a cada
lado. El Liojorge agarró el asa, al frente, por el lado izquierdo -le
indicaron-. Y lo rodeaban los Dagobés, el odio en torno suyo. Entonces fue
saliendo el cortejo, terminado lo interminable. Sorteado así, ramillete de
gente, una pequeña multitud. Toda la calle embarrada. Los entrometidos más
adelante, los prudentes en la retaguardia. Se buscaba el suelo con la mirada.
Al frente de todo, el ataúd, con las vaivenes naturales. Y los perversos
Dagobés. Y el Liojorge, al lado. El importante entierro. Se caminaba.
Bajo el retintín, muy de paso. En aquel entremedio,
todos, en cuchicheo o silencio, se entendían, con hambre de preguntar. El
Liojorge aquél, sin escapatoria. Tenía que hacer bien su parte: tener las
orejas gachas. El valiente, sin retorno. Como un criado. El ataúd parecía tan
pesado. Los tres Dagobés, armados. Capaces de cualquier sorpresa, ya estaban
con la mirada enfilada. Sin verse, se adivinaba. Y, en aquello, caía una
lluviecita. Caras y ropas se empapaban. El Liojorge -¡tan aterrorizado!- su
prudencia en el ir, su tranquilidad de esclavo. ¿Rezaba? No se sentía parte de
sí, sólo una presencia fatal.
Y, ahora, ya se sabía: bajado el cajón a la fosa, a
quemarropa lo mataban; en el expirar de un credo. La lluviecita ya se
ablandaba. ¿No se iba a pasar por la iglesia? No, en el lugar no había cura.
Se proseguía.
Y entraban en el cementerio. Aquí, todos vienen a
dormir -rezaba el letrero del portón-. Hízose el constipado airado compaña, en
el barro, al lado del hoyo; muchos, sin embargo, más atrás, preparando el
huye-huye. La fuerte "circunspectancia". Ninguna despedida: al
una-vez Dagobé, Damastor. Depositado hondo, en forma, por medio de tensas
cuerdas. Tierra encima: pala y pala; asustaba a la gente, aquel son. ¿Y ahora?
El rapaz Liojorge esperaba, escurriéndose dentro de
sí. ¿Veía sólo siete palmos de tierra para él, delante de su nariz? Tuvo un
mirar penoso. Se retorcía el silencio. Los dos, Dismundo y Derval, exploraban
al Doricón. Súbito, sí: el hombre se estiró de hombros, ¿sólo ahora veía al
otro, en medio de aquello?
Le miró brevemente. ¿Se llevó la mano al cinturón?
No. La gente era lo que así preveía, la falsa percepción del gesto. Sólo dijo,
súbitamente, oyose:
-Mozo, váyase usted, recójase. Sucede que mi
añorado hermano era un condenado diablo...
Dijo aquello, bajo y casi inaudible. Entonces se
volvió hacia los presentes. Sus otros dos hermanos, también. A todos
agradecían. Si no es que sonreían, apresurados. Se sacudían de los pies el
barro, se limpiaban las caras del que les había saltado. Doricón, ya fugaz,
dijo, completó: ...Nosotros nos vamos a vivir a un pueblo grande... El entierro
había terminado... Y otra lluvia empezaba.
FIN
Os irmão Dagobé
FIN

