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Libro N° 14724. Límite. Schätzing, Frank. Parte II.


© Libro N° 14724. Límite. Schätzing, Frank. Parte II. Emancipación. Enero 17 de 2026

 

Título Original: © Limit. © Verlag Kiepenheuer & Witsch, GmbH & Со. KG, 2009 © por la traducción, José Aníbal Campos, 2010

 

Versión Original: © Límite. Frank Schätzing. Parte II

 

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Portada E.O. de:  Imagen con Nano Banana 2

 

 

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

LÍMITE

Frank Schätzing

Parte II




Allí se alineaban consolas de juego y tumbonas transparentes, equipadas con gafas holográficas. Una galería ofrecía sitio para dos docenas de full-motion- suits, unos anillos entrelazados de hasta tres metros de diámetro a los que el cliente se dejaba uncir, vistiendo unos trajes con sensores, con los que se podía disfrutar de una absoluta libertad de movimiento. Más atrás se pasaba a las cabinas individuales, que podían cerrarse con llave, los baños, las duchas y los panales para dormir. La pared



posterior de aquel gigantesco recinto estaba ocupada por una especie de supermercado con bar. Unas fachadas de cristal hasta el suelo garantizaban vistas a la calle y al mercado. Aparte de los vigilantes del recibidor, no había personal. Todo estaba automatizado. En teoría, no había necesidad de salir nunca del Cyber Planet, suponiendo que alguien estuviera dispuesto a satisfacerse durante el resto de su vida con comida rápida y refrescos. La cadena atraía a sus clientes con ofertas fijas de hasta un año, con las que uno no tenía que hacer nada más salvo recorrer, con una de aquellas gafas, los universos



virtuales, ya fuera como observador pasivo o como creador activo. Allí se soñaba, se malsonaba, se vivía y se moría.

Jericho pagó por veinticuatro horas. Cuando entró en el recinto, casi la mitad de las tumbonas estaban ocupadas, y la mayoría estaban situadas a lo largo de la fachada de cristales. Por razones inescrutables, la mayor parte de los clientes buscaban la cercanía de la calle, a pesar de que, gracias a las gafas y los auriculares, permanecían completamente aislados del mundo exterior. Jericho divisó un sitio libre desde el cual tenía una vista completa



del Wongs World y del cruce donde estaba aparcado su coche, se echó en la tumbona y pulsó el botón situado en la patilla de sus gafas. El frente se reflejó en los cristales. Entonces el detective se introdujo en el oído el receptor a distancia de su móvil y se preparó para pasar una larga noche.

O varias.

Tal vez Yoyo ya hubiera puesto pies en polvorosa, y él y Zhao estaban allí agazapados, como dos idiotas, en aquella estación de servicio donde la gente acudía a repostar pesadillas.

Jericho bostezó.

De repente fue como si algo



absorbiera la luz de las calles. El frente de tormenta se vertió sobre Quyu y dejó caer un torrente de una agua negra como la pez. En unos pocos segundos, la calle estaba llena de basura flotante, la gente corría como loca de un lado para el otro, con los hombros encogidos, como si eso la ayudara a no quedar del todo empapada. Los consecutivos bombardeos de breves y violentos truenos se aproximaron. Jericho miró hacia el cielo partido en dos por las descargas eléctricas.

Era el preámbulo de un naufragio.

Al cabo de una hora, todo había pasado, pero la calle se había



transformado temporalmente en una versión en miniatura del río Yangtsé; la basura atascada había formado una graciosa reproducción de la presa de las Tres Gargantas. La tormenta se alejó tan rápidamente como había llegado, y aquel consomé de suciedad inició su retirada, arrastrando consigo los exponentes de una sociedad de desecho y dejando tras de sí innumerables ratas ahogadas que, gracias al vapor que ascendía desde la calle, conferían a la escena un aspecto teatral. Una hora más tarde, una bola abrasadora de color rojo intenso había ganado la batalla contra las nubes y dispensaba su fuego sobre



unas calles despobladas de turistas. El Wongs World dio entonces la bienvenida a una clientela de figuras pálidas, mujeres que salían de carpas y cobertizos —la insípida promesa de la noche— o se apostaban en el cruce, escasas de ropa.

Hacia las once, un joven soltó un profundo suspiro en la tumbona situada junto a Jericho, se arrancó las gafas de los ojos, se incorporó y arrojó una cascada de vómito líquido entre sus piernas. Los sistemas de autolimpieza de la tumbona se activaron con un zumbido, absorbieron aquello y cubrieron la superficie de desinfectante.



Jericho le preguntó si podía ayudarlo en algo.

El joven, de apenas unos dieciséis años, le dedicó un insulto dicho entre dientes y salió dando tumbos en dirección al bar. Estaba demacrado, su mirada ya no notaba la presencia de las cosas. Al cabo de un rato regresó masticando algo, algo que ni siquiera él mismo debía de saber con exactitud lo que era. Jericho sintió la urgencia de hacerle comprender el grado de deshidratación que experimentaba su cuerpo y regalarle una botella de agua, una botella que, probablemente, el joven, en gratitud, le habría arrojado en



pleno rostro. Si algo había quedado en sus ojos era la llameante agresividad de los que temen perder sus últimas ilusiones.



Y ninguno de los escáneres emitía aún la señal salvadora.




MONTES ALPES, LA LUNA

Al sureste del cerrado valle que marcaba el comienzo del Vallis Alpina, se extendían una serie de cumbres de llamativo aspecto que llegaban hasta el promontorio Agassiz, un cabo montañoso al borde del Mare Imbrium. En su conjunto, aquella formación recordaba más bien los bordes abiertos en las zonas de subducción terrestre, y no las montañas en anillo típicas de la Luna. Sólo desde una altura considerable se revelaba la inquietante

verdad: que el propio Mare Imbrium, como los demás maña, era un cráter de dimensiones colosales, surgido en los albores del satélite hacía más de tres mil millones de años, cuando su manto, situado bajo la superficie petrificada, era todavía líquido. Impactos devastadores habían abierto la joven corteza, y la lava había ascendido desde las profundidades, había corrido hacia las cuencas y creado aquellas oscuras llanuras de basalto a partir de las cuales algunos astrónomos como Riccioli habían deducido la existencia de mares lunares. En realidad, la cadena alpina en su conjunto, de doscientos cincuenta

kilómetros de largo, representaba solamente la décima parte de una pared en forma de anillo, tan colosal que los cráteres gigantescos del formato de Clavio, Copérnico o Ptolomeo, a su lado, se reducían a meras cicatrices dejadas por la viruela.

La más imponente de todas las acumulaciones alpinas era la del Mont Blanc. Con tres mil quinientos metros de altura, no conseguía superar a su equivalente terrestre, lo que no disminuía en nada su naturaleza titánica. Desde sus altas crestas no sólo se abría la desolada vastedad del Mare Imbrium, situado al suroeste, sino que también allí

arriba uno se sentía un poco más cerca de las estrellas, casi como si ahora ellas pudieran tomar nota de nuestra presencia y dedicarnos el conveniente saludo.

Y, en efecto, las estrellas saludaban. Cuando Julian levantó los ojos hacia Casiopea, con la repentina e inexplicable expectativa de ver la estela luminosa de una estrella fugaz, el cielo le respondió con miles de millones de ojos que cambiaban temporalmente de posición y se agrupaban para formar la esencia de una reprimenda cósmica, una única palabra claramente legible:

«¡Idiota!» En su subtexto, aquella frase le decía que no existían estrellas fugaces

donde no había atmósfera, en todo caso, los asteroides que atravesaban a toda velocidad la luz solar, así que, ¡a qué venía eso y, por favor, debía expresarse de un modo más preciso la próxima vez!

Julian se detuvo. Por supuesto que el cielo sólo formó la palabra muy brevemente, de modo que ni Mimi Parker, ni Mare Edwards, ni Eva Borelius o Karla Kramp la vieron mucho menos la vio Nina Hedegaard, que lideraba su pequeño colectivo de alpinistas, si es que era legítimo el término «alpinismo» aplicado a vencer un terreno moderadamente escarpado, con unos pocos cientos de metros. Al

alcance de la vista reposaba Calisto, que los había llevado desde el hotel hasta el pie de la cumbre, recorriendo los cuarenta kilómetros que los separaban del Gaia. Era un macizo transbordador de turbinas, con dimensiones para acoger a tres docenas de pasajeros, y de un aspecto hinchado, próximo al de un abejorro. Julian sabía que las generaciones de turistas futuros quedarían decepcionadas por el diseño de los vehículos lunares, pero no había el menor motivo para aplicar la aerodinámica en el vacío, a menos que... uno los construyera con forma aerodinámica porque sí.

La idea ofrecía cierto potencial para el coqueteo, pero Julian no coqueteaba. Las estrellas fugaces bloqueaban su pensamiento, aunque, a decir verdad, ni siquiera le interesaban particularmente.

¿Qué le había hecho, pues, pensar en ellas? ¿Había pensado en ellas realmente o, más bien, había reflexionado de forma general sobre ciertos fenómenos luminosos? Algo había pasado volando por su cerebro, algo salido del constante flujo de partículas de sus pensamientos y expresión de un todo más complejo. Julian siguió el rastro de la imagen, la persiguió a lo largo del día en un

trayecto regresivo que lo condujo hasta las primeras horas de la mañana, la sintetizó, la forzó dentro de unas coordenadas específicas, otorgándole un lugar en el espacio y en el tiempo: muy temprano en la mañana, poco antes de salir de su suite, levantó la mirada y vio algo que se iluminaba de pronto...

Y entonces se acordó.

Un reflejo de luz en el borde exterior izquierdo de la ventana que ocupaba la pared de la habitación vuelta hacia el cañón. Algo que pasaba rápidamente de derecha a izquierda, como una estrella fugaz, y tal vez sólo había que estar muy cansado y falto de sueño para no

identificar su verdadera naturaleza. ¡Y vaya si estaba cansado! Pero la mente de Julian era semejante a un archivo cinematográfico, ninguna escena se perdía. En una mirada retrospectiva, reconoció que aquel fenómeno no era de naturaleza virtual ni podía atribuirse a la fantasía, sino que tenía un origen extremadamente real; él, por tanto, había visto algo allí, al otro lado del valle, a la altura de los raíles del tren magnético, justamente encima de las vías, allí donde éstas doblaban hacia el norte...

Había visto el expreso lunar. Perplejo, se detuvo.

—...formas mucho más estrafalarias

que las que estamos acostumbrados a ver en la Tierra —explicaba en ese momento Nina Hedegaard, acercándose a un montón de rocas de basalto entrelazadas en forma de escultura cubista—. La razón para ello es que no hay viento que pula la roca, y por eso ésta no se erosiona. De ese modo surgen...

¡Había visto el tren! Había sido más bien la estela de una imagen, pero no pudo haber sido otra cosa, y el tren iba en dirección al Gaia.

Hacia el hotel.

—Resulta interesante las cosas que los pueblos han creído ver en la Luna —

decía Borelius en ese instante—.

¿Sabían que muchas de las civilizaciones tribales pacíficas siguen adorando este gran pedazo de roca como la gran fecundadora?

—¿Como fecundadora? — Hedegaard rió—. Ni siquiera el organismo unicelular más alegre podría sobrevivir aquí.

—Yo habría apostado por el Sol — dijo Mimi Parker. Cierta condena de todos los pueblos primitivos impregnaba ligeramente su tono, ya que sus representantes no habían venido al mundo siendo cristianos decentes—. El Sol como dador de vida, quiero decir.

—En las regiones tropicales resulta difícil verlo así —replicó Borelius—. O en el desierto. Allí, el sol te abrasa, y lo hace sin cesar durante los doce meses del año; quema las cosechas, seca los ríos, mata a la gente y al ganado, mientras que los escorpiones, los mosquitos y toda esa chusma venenosa prospera a las mil maravillas. La Luna, en cambio, proporciona frialdad y frescor. La poca y fugaz humedad se condensa para formar el rocío, y uno Puede descansar y dormir...

—Dormir juntos —completó Karla

Kramp.

—Exacto. Entre los maoríes, por

ejemplo, al hombre le corresponde la tarea de mantener abierta, con la ayuda del pene, la vagina de la mujer todo el tiempo necesario para que los rayos de la Luna penetren en ella. No es el hombre el que preña a la mujer, sino la Luna.

—Mira tú, qué guarra.

—Dios mío, Karla, qué implacable

—rió Edwards—. Pienso que eso no está en contradicción con la inmaculada concepción.

—¡Por favor! —se acaloró Parker

—. Será en todo caso una versión primitiva del asunto.

—¿Y por qué primitiva? —preguntó

Karla Kramp, al acecho.

—¿A usted no le parece primitivo?

—¿Que la Luna preñe a las mujeres? Eso sí, pero me parece tan primitivo como la idea de que un espíritu misterioso ande por ahí haciendo guarradas y luego nos venda el resultado como una concepción inmaculada.

—¡Tal vez no se pueda comparar ambas cosas!

—¿Por qué no?

—Porque... Bueno, porque no se puede comparar. Una cosa es superstición primitiva, y la otra...

—Yo sólo quiero entender.

—En fin, tolerancia aparte,

¿pretende usted en serio poner en duda...?

Un momento. ¿El expreso lunar? ¿El mismo con el que ellos habían ido allí? Había un segundo tren, cierto, y estaba aparcado en el polo, pero sólo entraba en acción si la cantidad de turistas superaba las capacidades del primero.

¿Había llegado alguien con el otro tren esa mañana, a las cinco y cuarto?

¿Y cómo él no sabía nada de eso?

¿Acaso Hanna habría visto algo?

—Ahí detrás, en alguna parte, debe de estar Plutón —dijo Edwards, intentando apaciguar el ambiente—. ¿Es tan pronunciada la curvatura?

—Sí, y aún hay otra cosa —dijo Hedegaard—. Podríamos distinguir desde aquí el borde superior del cráter, pero sucede que el flanco que da hacia nosotros está ahora mismo en la sombra. Es negro contra negro. Pero si se vuelven, pueden ver, en dirección al nordeste, el Vallis Alpina.

—¡Oh, sí! Fantástico.

—Es bastante largo —señaló

Parker.

—Ciento treinta y cuatro kilómetros. Como la mitad del Gran Cañón Avancen unos pasos más. Aquí arriba. Miren.

—¿Hacia dónde?

—Sigan mi dedo extendido. Aquel puntito de luz.

—¡Eh! ¿Acaso se trata...?

—Efectivamente —exclamó

Edwards—. ¡Es nuestro hotel!

—¿Qué? ¿Dónde?

—Allí.

—Si uno no lo supiera...

—Sinceramente, yo sólo veo sol y sombras.

—¡No, allí hay algo!

Confusión de voces, confusión en las cabezas. Sólo podía ser el segundo tren. Y si se miraba bien, tampoco era para asombrarse. Lynn y Dana Lawrence se ocupaban de todo. El hotel era su

dominio. ¿Él qué sabía? Tal vez habían llegado alimentos durante la madrugada,

¿oxígeno, combustible? Él era un huésped como los demás, podía darse por satisfecho de que todo funcionara de una manera tan impecable. ¡Orgulloso debía estar! Orgulloso de Lynn, daban igual los malos augurios que Tim pintara en su obstinación. ¡Ese chico era ridículo! ¿Acaso alguien estresado podía construir hoteles como el Gaia?

¿O acaso Lynn no era más que un reflejo sobre su retina, cuya verdadera naturaleza a él se le escapaba?

¡Increíble! Empezaba a hacer lo mismo.

—¿Julian?

—¿Qué?

—He propuesto que emprendamos el vuelo de regreso. —Tras el casco, la dulce sonrisa conspirativa de Hedegaard podía percibirse en cada palabra—. Mare y Mimi quieren ir a la cancha de tenis antes de la cena; además, así tendremos oportunidad de refrescarnos.

«Refrescarnos.» Bonita codificación. Su mano derecha se levantó mecánicamente para acariciarse la barba, pero lo que hizo fue lustrar el borde inferior del visor.

—Claro. Vámonos.

—Quizá me hayan visto ustedes en

escenas más espectaculares y las hayan tomado por auténticas, aunque su buen juicio les dijera que aquello no podía ser real de ningún modo. Pero ése es precisamente el trabajo de los ilusionistas: engañar a su buen juicio. Y créanme, la tecnología de animación moderna puede crear cualquier ilusión, cualquiera.

O'Keefe extendió los brazos mientras continuaba avanzando lentamente.

Pero las ilusiones no pueden generar sentimientos como los que yo siento en este instante. Porque lo que ustedes ven aquí no es un truco, sino, con mucho, el

lugar más excitante en el que haya estado jamás, mucho más espectacular que cualquier película.

O'Keefe se detuvo y se volvió hacia la cámara, con el reluciente Gaia de fondo.

—Antes, si querían ustedes volar a la Luna, tenían que confiarse a la butaca de un cine. Hoy pueden experimentar lo que yo estoy experimentando. Ver la Tierra insertada en un cielo estrellado tan maravilloso que es como si se mirara hasta el borde del universo. Podría pasar horas intentando describirles mis sensaciones, pero... — se detuvo y sonrió— yo sólo soy Perry

Rhodan. Permítanme que lo exprese con las palabras de Edward D. Mitchell, el sexto hombre en pisar el satélite de la Tierra, en febrero de 1971: «Y de repente, tras el horizonte de la Luna, en unos instantes prolongados como a cámara lenta, instantes de ilimitada majestuosidad, aparece una joya centelleante de color azul y blanco, una esfera luminosa, delicada, de tonos azul celeste, rodeada de unos velos blancos que giran lentamente. Poco a poco va emergiendo, como una perla, desde las profundidades del mar, inescrutable y misteriosa. Necesitas un breve instante para comprender que se trata de la

Tierra, nuestro hogar. Una visión que me cambió para toda la vida.»

—Gracias —exclamó Lynn—. ¡Ha quedado estupendo!

—No lo sé —dijo O'Keefe sacudiendo la cabeza. Pero entonces se dio cuenta de lo banal que resultaba negar con la cabeza vistiendo un traje espacial, algo que no ayudaba a la comprensión, ya que el casco no se movía a la par que la cabeza.

Peter Black controlaba el resultado en el monitor de su cámara estática. A través del visor cerrado, podía reconocerse bien el rostro de O'Keefe. Black había alzado el filtro de rayos uva

de tonos dorados; de lo contrario, el entorno se habría reflejado en el casco. A pesar de sus lentes de contacto revestidas, no podría caminar mucho tiempo por allí fuera. Y mucho menos era recomendable mirar al Sol.

—Así es, estupendo —confirmó

Black.

—Me parece que la cita es muy larga —dijo O'Keefe—. Demasiado larga. Es la más pura prédica, casi me quedo frito.

—Tiene cierta atmósfera sacra.

—No, sólo es larga, nada más.

—Intercalaremos tomas de la Tierra durante el montaje —dijo Lynn—. Pero,

si quieres, rodamos una alternativa. Hay otra cita de James Lovell: «Los hombres en la Tierra no comprenden lo que poseen. Tal vez porque muchos de ellos no han tenido la oportunidad de salir de ella y luego regresar.»

—Lovell no nos sirve —objetó

Black—. Jamás pisó la Luna.

—¿Y es eso tan importante? —

preguntó O'Keefe.

—Lo es; además, por otro motivo. Era el comandante del Apolo 13.

¿Alguien lo recuerda? «Houston, tenemos un problema.» Lovell y sus hombres estuvieron a punto de palmarla.

—¿No dijo Cernan nada inteligente?

—indagó Lynn—. Ése tenía un pico de oro.

—Ahora no se me ocurre nada.

—¿Y Armstrong?

—«Es un pequeño paso para el...»

—Olvídalo. ¿Y Aldrin? Black reflexionó.

—Sí, e incluso es algo corto: «Para quien ha estado en la Luna ya no quedan objetivos en la Tierra.»

—Suena un poco fatalista —

refunfuñó O'Keefe.

—¿Y qué hay de los monos? —dijo, inmiscuyéndose, la voz de Heidrun. O'Keefe la vio bajar la colina detrás de la cual estaba situado el Shepard's

Green, el campo de golf. Aun con la coraza y sin rostro, su élfica figura era inconfundible.

—¿Qué monos? —preguntó Lynn con voz un tanto chillona.

—¿No enviaron monos en alguna ocasión aquí arriba? ¿Qué dijeron esos monos?

—Creo que hablaban ruso —dijo

Black.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó O'Keefe, sonriendo—. ¿Ya no te apetece jugar al golf?

—Jamás he tenido ganas de jugar al golf—anunció Heidrun—. Sólo quería ver cómo Walo se caía en el polvo al

tomar impulso.

—Eso se lo diré.

—Ya lo sabe. ¿Acaso no te vanagloriaste de vencerme en una competición de natación, bocazas? Tendrías la oportunidad de hacerlo.

—¿Qué?, ¿ahora?

En lugar de responderle, Heidrun le dijo adiós con la mano y se marchó con paso de gacela.

—Tenemos que rodar —le gritó O'Keefe, lo que era tan inútil como negar con la cabeza, ya que la conexión por radio sólo era constante mientras se mantuviera el contacto visual.

—Te invitaré si ganas —le susurró

una pequeña serpiente blanca en su oído

—. Te invitaré a algo típico suizo, patatas salteadas con tocino y ragú.

—Eh, Finn —dijo Lynn.

—¿Mmmm?

—Creo que deberíamos parar. —

¿Se estaba equivocando o la voz de ella le parecía nerviosa? Ya durante todo el rodaje Lynn daba la impresión de estar tensa—. Me parece que la cita de Mitchell es muy adecuada.

O'Keefe vio cómo Heidrun tomaba el camino sobre el otro lado del cañón.

—Sí —convino el actor, pensativo

—. En realidad, a mí también.

Nina Hedegaard se refrescó, y Julian

se refrescó con ella. Él yacía de espaldas, mientras ella lo guiaba como si fuera una palanca de mando. En esencia, aparte de rodear sus nalgas con las manos y de ejercer su propia presión con alguna contracción ocasional, él no tenía que hacer nada más... Normalmente no tenía que hacerlo, ya que el cuerpo de ella, bronceado y con cierta pátina dorada, pesaba, desde hacía poco, sólo nueve kilos y medio, y mostraba cierta tendencia a rebotar con cada embestida demasiado apasionada. Por lo visto, en la Luna, la conquista del milímetro estratégicamente decisivo requería de la aplicación de fundamentales

conocimientos mecánicos: dónde aplicar el agarre exacto, qué aportación debía hacer la musculatura, los bíceps, los tríceps, el pectoralis major; había que compaginar los huesos de la cadera como dos bisagras, apretarlos con firmeza contra uno, alejarlos un poco en un ángulo delicadamente calculado, acercarlos otra vez de inmediato..., pero todo se hacía desalentadoramente complicado. En algún momento supieron a qué atenerse, pero Julian estaba concentrado del todo en el asunto. Mientras las caderas de ella rotaban a cámara lenta hacia un huracanado punto G de magnitud cinco, él sólo pensaba

idioteces. Por ejemplo, pensaba en las consecuencias directas del sexo en la Luna, cuando, en Nueva Zelanda, un par de impertinentes rayos lunares bastaban para engendrar pequeños maoríes.

¿Debía esperar un parto de decillizos?

¿Quedaría Nina agazapada en aquel retiro estalagmítico de Gaia, como la reina madre de un enjambre de termitas, con el vientre monstruosamente hinchado y soltando a la vida, cada cuatro segundos, a un nuevo hijo de la humanidad? ¿O tal vez, sencillamente, reventaría?

Julian miró el bosquecillo reluciente y cuidadosamente esquilado de la

entrepierna de Hedegaard, pero sólo vio pasar unos trenes diminutos, reflejos de unos hilillos de oro, mientras su propio expreso lunar seguía calentando la caldera con aplicación. Hedegaard empezó a soltar, entre gemidos, unas frases en danés —lo que, normalmente, era una muy buena señal—, sólo que hoy esas palabras tenían un sonido críptico en sus oídos, como si su persona hubiera de ser sacrificada sobre el altar del deseo, trayendo al mundo, tan pronto como fuera posible, a un nuevo Julian o a una nueva Juliana, convirtiendo a Hedegaard en la nueva señora Orley; entonces Julian empezó a sentir cierto

recelo. Hedegaard era veintiocho años más joven que él. Hasta entonces él no le había preguntado qué esperaba ella de todo aquello, y eso se debía a que, en los pocos instantes que tenían para estar a solas, resultaba imposible formular preguntas con la misma rapidez con la que ambos se despojaban de sus ropas. De todos modos, en algún momento se lo preguntaría. Sobre todo tendría que preguntárselo a sí mismo, lo que era mucho peor, ya que él conocía la respuesta, y no era, precisamente, la de un hombre de sesenta años.

Julian intentó prolongar el momento, pero finalmente eyaculó.

El clímax acabó en una breve desaparición de todo lo pensado hasta ese instante, barrió todas las circunvoluciones de su cerebro y consolidó la certeza de que «viejo» era una condición sobre la que pesaban veinte años más de los que él tenía. Por un momento se sintió sumergido en las aguas puras y deliciosas del ahora. Nina se acurrucó contra él, y de inmediato su recelo volvió a germinar. Como si el sexo no fuera más que el preámbulo libidinosamente formulado para ocultar montones de letras pequeñas, un suntuoso portal a través del cual se llegaba directamente al cuarto de los

niños, una pérfida maniobra de engaño. Desconcertado, contempló la rubia vellosidad de su pecho. No era que deseara que ella se marchara. En realidad no quería que Nina se fuera. Habría bastado con que ella se transformara en la astronauta cuyo trabajo consistía en entretener a los huéspedes, sin esa promesa húmeda en los ojos de no volver a dejarlo nunca más solo, de, a partir de entonces, ¡estar siempre ahí para él, toda la vida! Con la punta de los dedos, Julian enroscó el sedoso plumaje de la nuca de Nina, patéticamente conmovido consigo mismo.

—Debería pasarme por la central —

murmuró.

Unos sonidos malhumorados y sordos cuestionaron su propósito.

—Bueno, dentro de diez minutos —

aclaró él—. ¿Nos duchamos?

En el cuarto de baño podía verse la continuidad del omnipresente lujo en la decoración. De un ramillete de toberas generosamente arqueadas salió una cálida lluvia tropical, con gotas tan ligeras que, más que caer, llegaban hasta ellos flotando. Hedegaard insistió en enjabonarlo, e invirtió una enorme cantidad de espuma en una superficie bastante pequeña, aunque en plena

expansión. Su preocupación de que ella lo acaparase otra vez dio paso a la nueva excitación, la cabina de la ducha ofrecía abundante espacio y toda suerte de prácticas asas para agarrarse; Hedegaard arremetió contra él y él contra ella y, ¡zas!, en eso habían transcurrido otros treinta minutos.

—Bueno, ahora sí tengo que irme —

dijo Julian, envuelto en la toalla de rizo.

—¿Volveremos a vernos más tarde?

—preguntó ella—. ¿Después de la cena?

Con los ojos y las orejas cubiertos por la toalla, Julian no oyó lo que Nina le dijo, por lo menos no lo suficientemente alto, y cuando se

disponía a preguntarle, ella ya estaba hablando por teléfono con Peter Black sobre algún tema técnico. Rápidamente, se puso unos vaqueros y una camiseta, le estampó un beso a Nina y se escabulló antes de que ella terminara de hablar.

Unos segundos después entraba en la sala de control, donde se encontró con Lynn, sumida en una conversación en voz baja con Dana Lawrence. Ashwini Anand estaba programando las rutas para el día siguiente en un mapa tridimensional. La mitad del recinto estaba dominado por una pantalla holográfica cuyas ventanas reproducían las zonas comunes del hotel desde la

perspectiva de unas cámaras de seguridad. Únicamente las suites estaban exentas de vigilancia. En la piscina estaban Heidrun, Finn y Miranda competían a ver cuál de ellas chapoteaba más, mientras eran observadas por Olympiada Rogachova, cuyo marido estaba en el gimnasio y había iniciado una pugna con Evelyn Chambers en una competición de levantamiento de pesos colosales. Las cámaras del exterior mostraban a Mare Edwards y a Mimi Parker jugando al tenis, o por lo menos Julian supuso que se trataba de ellos, mientras que los golfistas emprendían el camino de

regreso al hotel desde el otro lado del desfiladero.

—¿Todo bien por aquí? —preguntó con acentuado buen humor.

—Perfecto —dijo Lynn, sonriendo. A Julian le llamó la atención el aspecto de su hija, que estaba blanca como la cal, como si fuera ella la única iluminada por otra fuente de luz en aquella habitación—. ¿Qué tal vuestra excursión?

—Polémica. Mimi y Karla estuvieron debatiendo sobre las costumbres de apareamiento de los animales superiores. Necesitamos un telescopio en el Mont Blanc.

—¿Para verlas a ellas? —preguntó

Lawrence sin el menor asomo de broma.

—No diga tonterías; para que se vea mejor el hotel. ¡Joder! Pensé que aquí arriba todos se abrazarían a causa de la emoción, y lo que hacen es echarse en cara al Espíritu Santo.

La mirada de Julian vagó hasta la ventana que mostraba la estación.

—¿Se ha marchado el tren otra vez?

—preguntó.

—¿Qué tren?

—El expreso lunar, el EL-2, quiero decir, el que vino anoche. ¿Ha partido otra vez?

Lawrence lo miró como si Julian le

hubiese arrojado un montón de sílabas a los pies y le hubiese exigido que las recogiera y armase una frase con ellas.

—El EL-2 no ha venido.

—¿Ah, no?

Anand se volvió y sonrió:

—No. Fue el EL-1, con el que llegaron ustedes ayer.

—Eso lo sé. ¿Y dónde ha estado? Quiero decir, entretanto.

—¿Entretanto?

—¿De qué estás hablando? —le preguntó Lynn.

—Bueno, de... —Julian se interrumpió.

En la imagen únicamente podía

verse, en efecto, un solo tren. Lo asaltó entonces la oscura sospecha de que ése era exactamente el expreso lunar que los había llevado hasta allí. De lo que se deducía que...

—Esta mañana arribó un tren —

insistió él con obstinación.

Su hija y Dana Lawrence intercambiaron una rápida mirada.

—¿Cuál? —preguntó Lawrence con cuidado, como si caminara sobre cristales rotos.

—Pues ése —dijo Julian, señalando impaciente la pantalla.

Silencio.

—Por supuesto que no —intentó

explicarle Anand nuevamente—. El EL-

1 no ha abandonado la estación desde su llegada.

—Pero yo lo vi.

—Julian... —empezó diciendo Lynn.

—¡Lo vi al mirar por la ventana!

—¡No puedes haberlo visto!

Si en ese momento Lynn le hubiese hecho saber que le había prestado el tren a una docena de aliens, su padre se habría mostrado menos inquieto. Unas horas antes Julian se habría visto tentado a atribuirlo todo a una ilusión de los sentidos. Pero no ahora.

—Vayamos por partes —dijo, suspirando—. Esta mañana me encontré

con Carl Hanna, ¿de acuerdo? Me lo tropecé a las cinco y media en el corredor, y allí...

—Por favor, ¿y qué hacías tú en el corredor a las cinco y media de la mañana?

—¡Eso ahora da igual! Antes, en cualquier caso...

¿Hanna? ¡Sí, Hanna! Tenía que preguntarle a Hanna. Tal vez él hubiera visto también ese tren misterioso. A fin de cuentas, estaba abajo antes que él, justo a la hora en que...

Un momento. Hanna salió a su encuentro viniendo de la estación.

—No puede ser —dijo para sí—.

No, no y no.

—¿No? —Lynn ladeó la cabeza—.

¿No, qué?

Era descabellado, totalmente absurdo. ¿Por qué iba Hanna a emprender una escapada con el expreso lunar?

—¿No es posible que lo hayas soñado? —insistió su hija—. ¿Una alucinación?

—Estaba despierto.

—Muy bien, estabas despierto. Y, volviendo sobre el tema, ¿qué hacías a las cinco y...?

—¡Una escapada senil! Dios santo, estaba dando un paseo.

Su mirada examinó la pared con los monitores. ¿Dónde estaba el canadiense? Allí, en el club Mama Killa. Estaba repanchigado sobre un diván, sorbiendo cócteles, en compañía de los Donoghue, los Nair y los Locatelli.

—Tal vez Julian tenga razón —dijo Dana Lawrence, pensativa—. Tal vez, efectivamente, hayamos pasado algo por alto.

—Tonterías, Dana, eso no es así. — Lynn negó con la cabeza—. Ambas sabemos que no salió ningún tren. Y Ashwini también lo sabe.

—¿Lo sabemos realmente?

—No han llegado suministros, nadie ha viajado a ninguna parte.

—Eso podemos averiguarlo enseguida. —Lawrence se acercó al panel de monitores y abrió un menú—. Sólo tenemos que ver las grabaciones.

—Es ridículo. ¡Absolutamente ridículo! —La mímica de Lynn se volvió tensa—. Para ello no tenemos que ver ninguna grabación.

—La verdad es que, aunque lo intente, no puedo entender por qué te cierras tanto a la idea —se asombró Julian—. Deja que echemos un vistazo a las cintas. Deberíamos haberlo hecho de inmediato.

—Julian, aquí lo tenemos todo bajo control.

—Eso, según se mire —repuso Lawrence—. En realidad, soy yo la que lo tiene todo controlado aquí, ¿no es así, Lynn? Para ello me contrató usted. Yo soy la principal responsable de la seguridad de su hotel y del bienestar de sus huéspedes, y a ello se opone la noticia de trenes magnéticos que, de pronto, empiezan a actuar por su cuenta.

Lynn se encogió de hombros. Lawrence esperó un momento y, a continuación, con un rápido movimiento de los dedos, empezó a teclear órdenes en el ordenador. Se abrió una nueva

ventana que mostró el interior de la estación. El código de tiempo indicaba que era una toma del 27 de mayo de

2025, a las cinco de la mañana.

—¿La hacemos retroceder un poco más?

—No —dijo Julian, negando con la cabeza—. Fue entre las cinco y cuarto y las cinco y media.

Lawrence asintió e hizo que la grabación pasara a cámara rápida.

Nada sucedió. El EL-1 no abandonaba la estación ni se veía arribar al EL-2. «Santo cielo —pensó Julian—, Lynn tiene razón. Estoy alucinando.» Buscó la mirada de su hija

y ella lo evitó, visiblemente ofendida porque él no la hubiera creído.

—Bueno —murmuró Julian—. Nada, lo siento.

—No pasa nada —dijo Lawrence muy seria—. Podría haber sido.

—Pero no fue —gruñó Lynn. Cuando ella, por fin, lo miró, sus pupilas centelleaban de ira—. ¿Estás realmente seguro de no haber soñado ese estúpido paseo? Tal vez ni siquiera estuviste en el corredor; tal vez estuvieras, sencillamente, en la cama.

—Ya lo he dicho, lo siento. — Estupefacto, Julian se preguntó qué la encendía tanto contra él. Él sólo había

querido cerciorarse—. Olvidémoslo. Me he equivocado.

En lugar de responderle, Lynn se plantó delante del panel de monitores, introdujo una serie de órdenes y abrió una segunda imagen. Lawrence la observó con los brazos cruzados, mientras que Ashwini Anand hacía como si no estuviera presente. Julian identificó el corredor soterrado, eran las cinco y veinte.

—De verdad que esto no es necesario —dijo entre dientes.

—¿Ah, no? —Lynn arqueó las cejas

—. ¿Cómo que no? Pero si querías cerciorarte.

Lynn miró la grabación antes de que su padre pudiera protestar una vez más. Al cabo de pocos segundos, apareció Carl Hanna y subió a una de las pasarelas mecánicas. Luego se acercó al final del corredor, miró por la ventana en dirección a la nave de la estación y desapareció en una de las rampas de acceso que llevaba hasta el tren, pero sólo para, segundos después, aparecer de nuevo y hacerse llevar de regreso. Casi al mismo tiempo Julian salió del ascensor.

—Te felicito —dijo Lynn con voz helada—. Has dicho la verdad.

—Lynn...

Ella se apartó el pelo rubio ceniza de la frente y se volvió hacia él. Aparte de la ira, Julian creyó reconocer en su mirada algo más. «Miedo», pensó. ¡Dios santo, su hija tenía miedo! Entonces, de manera inesperada, Lynn sonrió, y aquella sonrisa pareció borrar la ira de un modo tan definitivo que parecía que sólo conociera, en esta vida, la amabilidad y la indulgencia. Con un movimiento de la cadera, Lynn se acercó a donde estaba su padre, le estampó un sonoro beso en la mejilla y le lanzó un suave gancho de boxeo a la zona de las costillas.

—Házmelo saber cuando aterrice un

ovni —le dijo ella sonriendo irónicamente, para, a continuación, abandonar la central de control.

Julian la siguió con la mirada.

—Lo haré —masculló.

Y de repente lo asaltó la fantasmal idea de que su hija era una actriz.

Así y todo...

En un acto de obstinación infantil, Julian se dirigió al club Mama Killa cuya pista de baile estaba iluminada misteriosamente bajo el eterno espectáculo de luces del cielo estrellado. Michio Funaki preparaba cócteles detrás de la barra. Al verlo llegar, Warren Locatelli se puso en pie

como un resorte y levantó su copa con un gesto vehemente.

—¡Julian! ¡Éste ha sido el día de vacaciones más cojonudo que he tenido!

—Impresionante, de verdad —dijo Aileen Donoghue, soltando una risotada con tintineante tesitura de soprano—. Aunque haya que aprender a jugar de nuevo al golf.

—¡El golf es una porquería! — Locatelli apretó a Julian contra su pecho y lo atrajo hasta el grupo de asientos—. Carl y yo estuvimos dando vueltas como locos con esos buggies lunares, ¡son la hostia! Tienes que construir una pista de carreras, un auténtico paraje de El

hombre en la Luna.

—Sin embargo, ni siquiera consiguió ganar —dijo Momoka Omura, soltando una risita—. Casi aplasta su carrito.

—Casi me aplasta a mí —añadió Rebecca Hsu, metiendo un único cacahuete entre sus labios—. La compañía de Warren es inspiradora, sobre todo cuando uno reflexiona sobre futuros sepelios lunares.

—Hemos pasado un día estupendo

—sonrió Sushma Nair—. Siéntese con nosotros.

—enseguida —dijo Julian, sonriendo—. Sólo un minuto. Carl,

¿tienes un momento?

—Claro. —Hanna alzó las piernas de su diván.

—No te me pierdas de vista —rió Locatelli. Desde hacía poco, él y Hanna eran como uña y carne. La verbosidad y el silencio. De algún modo era extraño, pero por lo visto allí se estaba forjando una amistad. Julian y Hanna fueron hasta el bar, donde el primero pidió el cóctel más complicado que mostraba la carta, un Alpha Centauri.

—Escucha, me siento un poco estúpido —Julian esperó a que Funaki estuviera ocupado y bajó la voz—, pero tengo que preguntarte algo. Hoy, cuando

nos encontramos en el corredor, tú venías de la estación.

Hanna asintió.

—¿Y? —preguntó Julian.

—¿Y, qué?

—¿Echaste un vistazo dentro?

—¿En la estación? A través de la ventana. —Hanna reflexionó—. Luego entré en una de esas rampas de acceso. Ya sabes, estaba como loco buscando las salidas.

—¿Y entonces...? ¿Viste algo en la estación?

—¿Adonde quieres ir a parar en realidad?

—Me refiero a si el tren estaba allí.

¿Lo estaba? ¿Hizo alguna salida?

¿Entró?

—¿Qué? ¿El expreso lunar? No.

—Sólo estaba allí estacionado, ¿no?

—Exacto.

—¿Y estás cien por cien seguro de eso?

—Yo no vi nada más. ¿Por qué dices que te sientes estúpido?

—Porque... Bueno, eso no viene al caso —dijo Julian, pero de inmediato le contó a Hanna toda la historia, sólo por mera necesidad de desahogarse.

—Tal vez fuera uno de esos destellos que vemos aquí todo el tiempo

—repuso Hanna.

Julian sabía a qué aludía el canadiense. Partículas cargadas de energía, protones y pesados núcleos de átomos que, en ocasiones, penetraban el blindaje de las naves y las estaciones espaciales y reaccionaban con otros átomos en la retina creando unos breves destellos que eran percibidos por ésta, pero sólo cuando se mantenían los ojos cerrados. Con el tiempo, uno se acostumbraba a ellos, hasta que dejaban de llamar la atención. Tras el blindaje de regolito del dormitorio, esos destellos, prácticamente, no solían ocurrir. En el salón, sin embargo...

Funaki le puso delante el cóctel.

Julian miró fijamente el vaso, Pero sin tomar nota de su presencia.

—Sí, tal vez.

—Te habrás equivocado —dijo Hanna—. Si quieres mi consejo, deberías presentarle tus disculpas a Lynn y olvidar el asunto.

Pero Julian no podía olvidarlo. Algo no encajaba, no cuadraba. Sabía muy bien que había visto algo, y no sólo el tren. Algo más sutil mantenía ocupada su mente, un detalle decisivo que demostraba que no eran fantasías suyas. Había otra película interior que lo aclararía todo en cuanto consiguiera arrancársela al subconsciente y pudiera

verla, en detalle, para comprender lo que había visto, no sólo captado, le gustara o no.

Tenía que recordar.

«¡Recuerda!»

JUNEAU, ALASKA, ESTADOS UNIDOS

Loreena Keowa estaba irritada. El día del paseo en barco, Palstein había estado de acuerdo en que ella enviara al equipo de filmación, le había proporcionado toda una performance de sólidos sonidos originales, sin que desapareciera en ella esa sensación de familiaridad que normalmente desarrollaba con sus interlocutores. Entretanto, sabía que Palstein adoraba la estética cristalina de los números, con ayuda de la cual sometía todo y a todos

—incluido él mismo— a la proporcionalidad de la razón pura, sin restarle por ello emoción al trato personal. Estimaba la matemática sonora de un Johann Sebastian Bach, el minimalismo fractal de un Steve Reich, pero, por otra parte, estaba fascinado con la disolución de todas las estructuras y arcos narrativos en la música de György Ligeti. Poseía un piano Steinway, tocaba bien, aunque de forma un tanto mecánica, y tampoco tocaba música clásica, como había esperado Keowa, sino Beatles, Bur Bacharach, Billy Joel y Elvis Costello Poseía grabados de Mondrian, pero

también un original de Pollock, un ejemplo de salvaje desesperación cuyo aspecto hacía pensar que su creador había estado lanzando al lienzo alaridos de color.

Intrigada por conocer a la esposa de Palstein, Keowa había podido, finalmente, estrechar la mano a una persona de aspecto altivo que la acaparó al instante, la arrastró durante un cuarto de hora por los jardines japoneses por ella diseñados, al tiempo que reía con límpidas carcajadas sin ningún motivo aparente. La señora Palstein era arquitecta, según supo Keowa, y había diseñado la mayor parte de las

instalaciones de la casa. Empeñada en sacar réditos a la moneda de cambio de una cultura recién adquirida en aquella charla íntima con el señor Palstein, Keowa le formuló algunas preguntas acerca de Mies Van der Rohe, con lo que cosechó una enigmática sonrisa. De repente, la señora Palstein la trataba como a una conjurada. ¡Van der Rohe, claro! ¿No quería quedarse a cenar? Y mientras Keowa consideraba todavía la posibilidad de aceptar, sonó el teléfono de la dama, que, a continuación, se perdió en una conversación sobre migrañas y olvidó a Keowa de un modo tan absoluto que la activista buscó por

su cuenta el camino de regreso a la casa y, en vistas de que Palstein no formuló ninguna invitación similar, se marchó sin su cena.

Luego, ya en Juneau, Keowa admitió que le caía bien aquel magnate petrolero, le gustaba su amabilidad, sus buenas maneras y su mirada melancólica, ante la cual se sentía extrañamente desnuda. Sin embargo, aquel hombre seguía siendo para ella un ser desconocido. En lugar de volcarse de lleno en su reportaje, Loreena Keowa se dedicó a sus pesquisas, voló desde Texas hasta Calgary, Alberta, y allí le hizo una visita inesperada a la policía.

Con su rostro aindiado y su carisma singular, consiguió llegar hasta el despacho del teniente, quien le prometió informarle, a su debido tiempo, sobre cualquier progreso en las investigaciones. Keowa sacó sus antenas para los silencios y constató que no había progreso alguno, dio las gracias y tomó el siguiente vuelo de regreso a Juneau, al tiempo que, por el camino, daba instrucciones a su redacción para que le reunieran todo el material fílmico existente sobre el incidente ocurrido en Calgary. Tras el aterrizaje, hizo acudir a su despacho a un joven aprendiz que hacía sus prácticas en la redacción y le

explicó lo que tenían que buscar.

—Tengo claro —dijo— que la policía ha visto y analizado esas imágenes cientos de veces. Así que nosotros las veremos otras cien veces más, si eso sirve de algo. O doscientas, si puede ayudarnos.

Keowa extendió algunas páginas impresas encima de su escritorio que mostraban la plaza situada frente a la sede principal de Imperial Oil. En el momento del atentado, el complejo de edificios situado enfrente llevaba ya vacío varios meses, después de que una empresa de tecnología minera a cielo abierto terminara allí sus días de manera

estrepitosa.

—La policía ha llegado a la conclusión, a partir de una serie de motivos, de que el disparo fue hecho desde el edificio situado en el centro de los tres, los cuales, por cierto, están intercomunicados. Probablemente lo efectuaran desde una de las plantas superiores. El complejo dispone de salidas posteriores, laterales y frontales, de modo que son muchas las posibilidades de entrar o salir de él.

—¿Crees en serio que descubriremos algo que se les haya escapado a los polis?

—Sé optimista —dijo Keowa—.

Despierta y ríe.

—He visto previamente el material, Loreena. Casi todas las cámaras apuntaban a la multitud y a la tribuna. Sólo tras el atentado, algunos fueron lo suficientemente astutos como para volver las cámaras hacia el complejo, pero no se ve salir a nadie.

—¿Y quién dice que nos concentraremos en el complejo? Eso es lo que está haciendo la policía. Quiero que demos prioridad a la multitud apostada en la plaza.

—¿Quieres decir que el asesino partió de allí y entró en el edifìcio?

—Quiero decir que eres un pequeño

machista. Podría haber sido una asesina,

¿o no?

—¿Una asesina bastante chapucera?

—dijo el aprendiz, soltando una risita.

—Sigue así y ya te enterarás. Céntrate en cada personaje que esté en la plaza. Quiero saber si alguien filmó el edificio antes, durante o después del atentado.

—¡Vamos! Es puro trabajo de esclavo.

—No lloriquees. Ponte a ello. Yo me ocuparé de Youtube, Myspace, Smallworld y esas cosas.

Cuando su ayudante se disponía a visualizar las imágenes, ella, por su

parte, comenzó a confeccionar una lista de todas las decisiones significativas que Palstein había tomado o defendido durante los últimos seis meses. Asimismo, anotó cada una de las decisiones que se oponían a los intereses de otros. Se conectó a foros y blogs, siguió el debate en la red sobre los cierres de empresas, un debate matizado por el alivio de un lado y la ira del otro, pero siempre asociado al deseo de romperles la crisma a los del ramo petrolero, ponerlos de inmediato ante el paredón. Sin embargo, ninguna de aquellas entradas hacía sospechar que su autor tuviera relación alguna con el

atentado. La gente vinculada a la minería estaba enfadada, pero, por otro lado, estaba contenta, especialmente en las comunidades indias, de que el asunto tuviera su fin. A Keowa le llamó la atención que, durante las dos últimas décadas, los chinos habían estado interesándose bastante por las arenas bituminosas canadienses y habían invertido un montón de dinero en la minería a cielo abierto, dinero que ahora perdían. Había comprobado, además, que los propios chinos, a pesar de la revolución provocada por el helio 3, seguían dependiendo del petróleo y el gas en una medida desproporcionada.

Por otra parte, había en la actualidad tal cantidad de petróleo barato que cualquier cosa parecía más sensata que extraerlo precisamente a través del método menos rentable. Cuando, finalmente, en las primeras horas de la mañana, no encontró ya ninguna noticia de prensa ni ningún enlace en la red sobre el tema, inició un expediente sobre Orley Enterprises o, mejor dicho, sobre las aspiraciones de Palstein de participar en empresas como Orley Energy y Orley Space.

Y entonces, de pronto, le vino a la mente una idea.

Muerta de cansancio, empezó a

calzar su nueva teoría con algunos argumentos. En realidad, el asunto no era tan nuevo. Alguien intentaba minar el compromiso de Palstein con Orley. Sólo que ahora ella tenía la clara certeza de que el objetivo del atentado había consistido en evitar el viaje de Palstein a la Luna.

Si eso era cierto...

Ahora bien, ¿por qué motivos? ¿De qué habría tenido que hablar Palstein con Julian Orley allí arriba que no hubieran podido aclarar en la Tierra?

¿O se trataba de las otras personas a las que debía encontrar allí?

Necesitaba la lista de los

participantes en ese viaje.

Los ojos le ardían. Palstein no debía volar a la Luna. La idea prendió. Tuvo su continuidad, luego, en unos sueños frenéticos como los que suele provocar el dormir en las sillas de una oficina y que generaron en su cabeza —volcada hacia adelante de un modo alarmante— visiones de gente en trajes espaciales que se disparaba mutuamente desde edificios de moderno diseño, mientras ella estaba en el medio.

—Eh, Loreena.

—Mies Van der Rohe es muy popular en la Luna —murmuró ella.

—¿Qué es lo que roe?

Alguien rió. Había estado diciendo tonterías. Pestañeando, con las extremidades entumecidas, Loreena volvió en sí. El chico de prácticas estaba apoyado en el borde de la mesa y la miraba tan satisfecho como el gato Silvestre después de haberse zampado a Piolín.

—Mierda —murmuró Keowa—. Me he quedado dormida.

—Sí, yaces ahí como una res sacrificada. Sólo faltaría un cuchillo saliendo de tu pecho. Vamos, vuelve en ti, Pocahontas, échate una taza de café al coleto. ¡Tenemos algo! ¡Creo, de verdad, que tenemos algo!

Contacto con el enemigo

28 de mayo de 2025

QUYU, SHANGHAI, CHINA

Hacia la una, ya Jericho había hablado cuatro veces por teléfono con Zhao, quien en ese preciso instante era testigo de una reyerta multitudinaria y le aseguró estar divirtiéndose de lo lindo.

Los yonquis de la red entraban y salían. Algunos se cambiaban a las celdas para dormir. Eran casi exclusivamente hombres los que poblaban el Cyber Planet, las mujeres formaban una ínfima minoría, y la mayor parte de ellas eran muy mayores. Los

únicos que a Jericho le parecían personas medio sanas eran los usuarios de los full-motion-suits y las pasarelas móviles, quienes, forzosamente, hacían algo de ejercicio físico mientras exploraban aquellos universos virtuales. Muchos de ellos pasaban su tiempo en mundos paralelos como Second Life y Future Herat, o en Evolutionarium donde podían actuar como animales, desde dinosaurios hasta bacterias. Algunos de los que estaban tumbados movían sus manos dotadas de sensores, dibujaban crípticos dibujos en el aire, lo que era un indicio de que se esforzaban por desempeñar un papel activo. La

inmensa mayoría no movían ni un dedo. Habían alcanzado el estadio final, degradados a la condición de espectadores de su propio y prolongado deceso.

Curiosamente, la atmósfera ejercía un efecto catártico sobre Jericho, gracias al cual los ofensivos comentarios de Zhao desaparecían de un modo irreversible. Aquellos zombis cibernéticos parecían, en cierto modo, animarse a hacerle saber que se necesitaba solamente un insignificante esfuerzo de la voluntad para poner fin a la condición de su soledad, lo señalaban con sus dedos enflaquecidos, lo

culpaban de coquetear con la tristeza, de amurallarse en el pasado y sacar a colación sus miserias, lo devolvían de nuevo a la vida, que hasta ahora no había sido tan mala como él pensaba. Jericho tomó entonces miles de decisiones, pompas de jabón sobre cuya superficie vio la irisación de un futuro. De modo singular, aquel Cyber Planet le proporcionaba consuelo. Como si lo hubieran ensayado, en ese momento lo llamó Zhao y afirmó que sólo quería saber cómo le iba.

Estaba bien, le respondió el detective.

Y otra vez volvió a la espera.

Bastante familiarizado con mirar fija y estoicamente a un punto, el ir y venir del mercado empezaba a aburrirlo. La gente comía y bebía, regateaba, vagaba por allí, se apareaba, reía o se peleaba. La noche pertenecía a los gánsteres, allí vaciaban el botín del día, lo devolvían al ciclo de la codicia, y lo hacían pacíficamente, según parecía. Jericho empezó a envidiar a Zhao por aquella riña, y decidió fiarse durante un rato del escáner, sincronizó las gafas holográficas con el móvil y se conectó a Second Life. El mercado desapareció y dio paso a un bulevar con tascas, comercios y un cine. A través de la

pantalla táctil del móvil, Jericho dirigía a su avatar a lo largo de la calle. En ese mundo, Jericho tenía la piel oscura, llevaba el pelo negro y largo y se llamaba Juan Narciso Ucañán, un nombre que había leído hacía muchos años en algún thriller. A una mesa bajo el sol estaban sentadas tres mujeres jóvenes muy atractivas, todas con alas transparentes y afiligranadas antenas encima de los ojos.

—Hola —le dijo a una de ellas.

La joven levantó la vista y le dedicó una sonrisa radiante. El avatar de Jericho era una obra maestra de la programación y, aun para las elevadas

exigencias de Second Life, tenía un aspecto extraordinariamente atractivo.

—Me llamo Juan —dijo—. Soy nuevo aquí.

—Soy Inara —dijo la joven—. Inara

Gold.

—Eres muy guapa, Inara. ¿Tienes ganas de vivir una experiencia fuera de serie?

El avatar que se hacía llamar Inara vaciló. El titubeo era típico de la mujer que se ocultaba detrás.

—Estoy aquí con mis amigas —

repuso ella con una evasiva.

—Bueno, a mí me encantaría —dijo una de las amigas.

—A mí también —dijo la otra.

—Bien, hagamos algo los cuatro. — Juan Jericho mostró otra ancha sonrisa

—. Pero primero tengo que hablar algo con la más guapa de vosotras. Con Inara.

—¿Por qué conmigo?

—Porque tengo una sorpresa para ti

—dijo él, señalando una silla vacía—.

¿Puedo sentarme a tu lado?

La joven asintió. Sus grandes ojos dorados lo miraron fijamente. Él se inclinó hacia adelante y bajó la voz.

—¿Podemos tener un poco de tranquilidad, hermosa Inara? ¿Solos nosotros dos?

—Que por mí no sea, guapo.

—Nosotras ya nos largamos —dijo una de las amigas, levantándose.

La otra sacó una lengua bífida por entre los dientes y pescó un insecto que pasaba, se lo tragó y resopló ofendida. Ambas desplegaron sus alas y desaparecieron detrás de un frente de nubes de color rosa. Inara adoptó una postura afectada y sacó pecho. La tela de su diminuto top empezó a volverse transparente.

—Adoro las sorpresas —susurró la joven.

—Y ésta es una..., Emma.

Emma Deng se mostró tan sorprendida que por un momento perdió

el control sobre su ropa. El top desapareció y dejó al desnudo unos pechos de forma perfecta. Al instante siguiente, su torso se coloreó de negro.

—No te vayas, Emma —se apresuró a decir Jericho—. Eso sería un error.

—¿Quién eres tú? —dijo entre dientes la mujer que se hacía llamar Inara.

—Eso no viene al caso. —El avatar de Jericho cruzó las piernas—. Has malversado dos millones de yuanes y has pasado secretos de empresa a Microsoft. No es posible endosarse más problemas a la vez.

—¿Cómo...? ¿Cómo me has

encontrado?

—No ha sido difícil. Tus preferencias, tu semántica...

—¿Mi qué?

—Olvídalo. Me he especializado en hallar el rastro de personas en la red, eso es todo. Entretanto, has estado conectada el tiempo suficiente como para que pudiese localizarte.

Era mentira, pero Jericho sabía que Emma Deng no poseía los conocimientos necesarios para descubrir su embuste. Era una chica lista que había sabido aprovechar la circunstancia de su relación íntima con el mayor socio de la empresa donde trabajaba para cometer

todo tipo de estafas durante años.

—Si lo quisiera —continuó Jericho

—, la policía podría estar dentro de diez minutos a las puertas de tu casa. Podrías huir, pero ellos te encontrarían, del mismo modo que te he encontrado yo. Más tarde o más temprano te pillaremos, así que te aconsejo que me escuches.

La mujer se quedó tiesa. En su aspecto exterior, tenía tan poco que ver con la verdadera Emma Deng como Owen Jericho con Juan Narciso Ucañán Si uno se basaba en su perfil psicológico, la probabilidad de que Emma escogiera un cuerpo como el de Inara Gold oscilaba casi en un cien por

cien. Jericho estaba muy satisfecho consigo mismo.

—Escucho —soltó la mujer.

—Bien, el honorable Li Shiling está dispuesto a perdonarte. Ése es el mensaje que tengo que transmitirte.

Emma soltó una sonora carcajada.

—Me estás vacilando, ¿verdad?

—Para nada.

—Tío, puede que yo sea tonta, pero no tanto. Shiling va a hacer que arda en el infierno.

—Y nadie podría culparlo.

—Bueno, estupendo.

—Pero, por otra parte, el señor Li parece echar de menos las ventajas de tu

compañía. Desde tu partida, la vida le parece algo sosa, sobre todo en la zona de las ingles.

El hermoso rostro de Inara Gold manifestó entonces un odio visceral. Jericho supuso que la auténtica Emma estaría sentada delante de un escáner de cuerpo entero, el cual procesaba su mímica y su gestualidad en tiempo real y lo transmitía al avatar.

—¿Y qué más ha dicho ese cerdo?

—gruñó la mujer.

—No querrás oírlo.

—Claro que quiero. Deseo saber en qué me meto.

—¿Qué tal un refrescante baño en el

río Huangpu, tal vez, con unas bolas de plomo sujetas a los pies? ¡Por supuesto que está cabreado! En el segundo mejor de los casos, te entregaría a las autoridades. Pero él preferiría, según sus propias palabras, que le hicieras otra mamada.

—Shiling es asqueroso.

—Tan grave no parece haber sido.

—¡Él me obligó!

—¿A qué? ¿A aligerarlo de dos millones? ¿A venderle a la competencia unos planos de construcción? ¿A sonsacarlo para ganarte su confianza?

Emma miró hacia un lado.

—Bueno, ¿y qué es lo que quiere?

—Nada en especial. Que te cases con él.

—Mierda.

—Puede ser —dijo Jericho serenamente—. Hay mucha mierda también en el Huangpu. La calidad del agua ha disminuido extremadamente. El señor Li espera tu llamada al número que ya conoces, y quiere oír un «Sí» bien alto y articulado. ¿Qué me dices?

¿Te ves capaz? ¿Qué debo comunicarle?

—Mierda. ¡Mierda!

—Él quiere oír otra cosa. E ntr e ta nto , Diana había estado

investigando, a través del servidor correspondiente, la localización de

Emma. La mujer estaba en un piso en Hong Kong. Muy lejos, pero no lo suficiente. Ningún lugar sería muy lejos, a menos que abandonara el sistema solar.

—Tal vez hasta te compre un apartamento en Hong Kong —añadió Jericho en tono conciliador. Emma desistió.

—De acuerdo —dijo con voz chillona.

—El señor Li estará disponible para ti en cualquier momento. Antes de una hora quiere recibir tu feliz llamada; en otro caso me veré obligado a dar la voz de alarma para que empiece tu cacería.

—Jericho hizo una pausa—. No lo tomes como algo personal, Emma. Yo vivo de esto.

—Sí —susurró la mujer—. Todos somos prostitutas.

—Tú lo has dicho.

Jericho puso fin a la conexión y abandonó Second Life. La ventana de visión de las gafas se despejó. Por el mercado deambulaban los últimos merodeadores. La mayoría de los puestos de venta habían cerrado. Jericho visualizó la hora.

Las cuatro de la mañana.

—Diana —dijo a su móvil.

—Hola, Owen. ¿Todavía estás

despierto?

Jericho sonrió. La complicidad de un ordenador tenía algo especial cuando hablaba la voz de Diana. El detective miró a su alrededor. La mayoría de las tumbonas estaban vacías. Por aquí y por allá trabajaban los sistemas de limpieza. Hasta los yonquis desarrollaban cierta intuición para los horarios del día.

—Despiértame a las siete, Diana.

—Con mucho gusto, Owen. Ah,

¿Owen?

—¿Sí?

—Estoy recibiendo un mensaje para

ti.

—¿Me lo puedes leer en voz alta?

—Zhao Bide escribe: «No quisiera despertarle, por si acaso sus ojos se han cerrado por el peso de la responsabilidad. Dulces sueños. Cuando todo esto haya pasado, iremos a tomar algo.»

Jericho sonrió satisfecho.

—Respóndele que... No, deja, no le respondas nada. Plancharé un rato la oreja.

—¿Puedo hacer algo más por ti?

—No, Diana, muchas gracias.

—Hasta luego, Owen. Que duermas bien.

«Hasta luego, Owen.» Luego, Owen

Owen...

Luego, luego, luego... El tiempo pasa y pasa sin que ella regresara. Él yace en su cama y espera. Está en la cama de la sucia habitación que él, de corazón, espera poder abandonar un día con ella.

Pero Joanna no regresa.

En su lugar, unas criaturas gordas parecidas a chinches empiezan a trepar por el cubrecama... Tienen las garras torcidas y se aferran a las fibras de algodón... El crujido de las patas segmentadas... Los timbres de alarma... Tentáculos que palpan y que le rozan la planta de los pies... Alarma, alarma...

¡Despierta, Owen!

¡Despierta!

—¿Owen?

Jericho saltó del susto, su cuerpo era un único latido. —¿Owen?

La luz matutina se le clavó en los ojos.

—¿Qué hora es? —murmuró el detective.

—Son las seis y veinticinco —dijo Diana—. Perdona que te despierte antes de hora, pero tengo una llamada de prioridad uno para ti.

«Yoyo», le pasó por la cabeza como un disparo.

No, los escáneres trabajaban con independencia de Diana, lo habrían torturado con un ruido que desgarraba

los nervios y que era imposible no oír. Además, habría visto su figura en rojo. Pero entre las personas que empezaban a poblar poco a poco el mercado de nuevo, no había ningún Guardián.

—Comunícame —dijo Jericho con voz apagada.

—¿Qué pasa? ¿Duermes aún?

El cráneo cuadrado de Tu le sonrió. Tras él, el Serengeti —o algún paisaje parecido— despertaba a la vida. En cualquier caso, podían verse jirafas y elefantes en el entorno. Sobre unas montañas de colores pastel colgaba una naranja luminosa. Jericho se incorporó. Un ronquido generalizado inundaba el

Cyber Planet Sólo había una chica joven sentada sobre su catre con las piernas cruzadas y un café en la mano. No tenía aspecto de yonqui. Jericho se dijo que estaba haciendo una breve visita a fin de ver las noticias de la mañana.

—Estoy en Quyu —dijo el detective, reprimiendo un bostezo.

—Sólo pensé, al oír a tu recepcionista... Tiene una bonita voz, pero normalmente respondes tú mismo.

—Diana es...

—¿Llamas Diana a tu ordenador? —

preguntó Tu con interés.

—Ando escaso de personal, Tian. Tú tienes a Naomi. Había una serie de

televisión en la que un agente del FBI se pasaba todo el tiempo sosteniendo conferencias de larga distancia con su secretaria, pero jamás le había visto el rostro...

—¿Y ésa se llamaba Diana?

—Mmmm.

—Simpático —dijo Tu—. ¿Y qué te impide tener una secretaria de verdad?

—¿Dónde la voy a meter?

—Si es atractiva, en tu cama. Te has establecido recientemente, hijo mío. Vives en un loft en Xintiandi. Ya es hora de que arribes a tu nueva vida.

—Gracias, ya lo he hecho.

—Frecuentas a gente que, a la larga,

no muestra comprensión alguna hacia los ermitaños.

—¿Algo más, reverendo? —Jericho se incorporó a duras penas de la tumbona, caminó hasta el bar y escogió un capuchino—. ¿No quieres saber cómo vamos en nuestra búsqueda?

—No tenéis nada.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Si tuvierais algo, hace rato que me lo habrías restregado por las narices.

—Tu llamada tiene prioridad uno.

¿Por qué?

—Porque me precio de ser tu mejor colaborador —dijo Tu con una risita—. Querías saber a quién había telefoneado

el tal Wang antes de morir.

El café cayó borboteante en el vaso de cartón.

—¿Eso quiere decir que...?

—Sí, eso mismo. Te pasaré el registro de llamadas, todas las que realizó desde el 26 de mayo. Deberías hacerme un homenaje.

—¿Cómo lo has conseguido?

—Pues, sin duda, no revolviendo en sus restos. La suerte ha querido que juegue al golf con los ejecutivos de dos compañías de telefonía móvil. Y el chico estaba dado de alta en una de ellas. El hombre que conozco fue tan amable de pasarme los datos sin

hacerme preguntas.

—¡Hombre, Tian! —Jericho sopló su café—. Y por ello ahora le deberás todos los favores del mundo a ese tío,

¿no?

—De ninguna manera —dijo Tu, aburrido—. Es él quien me debe algo a mí.

—Bien, muy bien. —¿Qué harás ahora?

—Diana examinará continuamente la red en busca de textos reveladores, y Zhao y yo mantendremos la vista puesta en los mercados. Si no aparece nadie en el transcurso de las próximas horas, tendré que considerar la posibilidad de

ampliar el equipo de investigadores y hacer circular algunas fotos. Preferiría que pudiéramos evitar esto último. — Jericho hizo una pausa—. ¿Cómo transcurrió tu conversación con Chen Hongbing?

—Bueno, está preocupado.

—¿Y no lo tranquiliza al menos que ella esté libre?

—Hongbing ha elevado el estar preocupado a una forma de arte. Pero confía en ti.

Detrás de Tu, una enorme ave de rapiña levantó el vuelo, y una jirafa se le aproximó bastante.

—Dime una cosa, ¿dónde estás en

realidad?

—¿Dónde voy a estar? —dijo Tu, sonriendo—. En el despacho, por supuesto.

—¿Y dónde finges estar?

—En Sudáfrica. Es bonito, ¿verdad? Forma parte de la colección para el otoño. Ofreceremos doce entornos. El software inserta tu imagen en el ambiente en cuanto telefoneas, y te ajusta a él. ¿Has notado que el Sol brilla encima de mi calva?

—¿Y cuáles son los otros ambientes?

—¡Uno estupendo es el de la Luna!

—dijo Tu, radiante—. En el fondo se ve

la base lunar estadounidense, así como unas naves espaciales aterrizando. El programa te encasqueta un traje espacial, y se puede ver tu rostro a través del visor del casco. La voz se distorsiona un poco, al estilo de los alunizajes del último siglo.

—Un gran paso para la humanidad

—se mofó Jericho.

—Házmelo saber cuando haya novedades.

—Lo haré.

Jericho bebió un sorbo de su café. Estaba flojo y amargo. Necesitaba aire fresco con urgencia. Mientras atravesaba el recibidor, Diana le

comunicó que había recibido un paquete de datos de parte de Tu y que ya se lo había reenviado. El detective salió a la calle, sin perder de vista el monitor. Se hicieron visibles unos números, unas fechas y unas horas. Era el registro de llamadas de Wang. Diana comparó los datos recién llegados con los ya almacenados. Por supuesto que Jericho no esperaba encontrar ninguna coincidencia.

Pero Diana le hizo saber que había una.

El detective frunció el ceño. La noche anterior a su muerte, Grand Cherokee Wang había marcado un

número que también aparecía en la agenda de Jericho. Diana lo comparó con el número de identificación de usuario bajo el cual lo había guardado, de modo que no cupiera duda de con quién había hablado el estudiante aquel mediodía del 26 de mayo.

Jericho clavó la vista en el nombre. De repente se dio cuenta de que

había cometido un gravísimo error.

LA ACERÍA

Había optado por la confrontación directa, lo que lo obligaba a abandonar temporalmente su ubicación. Después de haber colocado otro escáner junto a la entrada del Cyber Planet, Jericho partió Si los espías detectaban a una de las personas buscadas, podría volver allí en unos pocos minutos.

Las calles estaban todavía vacías, así que avanzó sin problemas. Detrás de un edificio cubierto de hollín, detuvo el Toyota, se acomodó las gafas holográficas y se acercó a pie al Wongs

World. La fachada de cristal del Cyber Planet reflejaba el inicio de las actividades del mercado. Era evidente que esa filial de Wongs World estaba menos deteriorada que la otra. Tal y como Zhao le había descrito, faltaban los cobertizos para las prostitutas y los que practicaban los juegos de azar, todo parecía estar dedicado exclusivamente a la preparación de comidas y a la venta de alimentos. En cestas y cajas se ofrecían a la venta verduras, hierbas y especias. Con la ayuda de una vara provista de un lazo, una mujer pescó de una cesta la serpiente que le pedía una dienta; de pronto el reptil empezó a

retorcerse violentamente cuando la vendedora, con destreza, le cercenó el cuerpo y empezó a arrancarle la piel. Jericho apartó la vista e inhaló el aroma d e l wantan y de los bao zi recién hechos. Aquel chiringuito estaba muy concurrido. Dos jóvenes con los torsos relucientes por el sudor, envueltos en el vapor de las grandes ollas, agitaban sus cucharones y pasaban a través del mostrador cuencos con caldos y crujientes empanadillas rellenas de gambas o carne de cerdo. Jericho continuó, haciendo caso omiso de las muestras de malestar de su estómago. Podría comer más tarde. Cruzó la calle,

entró en el Cyber Planet y dejó vagar su mirada por el interior. No se veía a Zhao por ninguna parte; tampoco había ninguna litera. Tal vez hubiera ido al retrete. Jericho aguardó diez minutos, pero Zhao no apareció.

Volvió a salir.

Y de repente los vio.

Eran dos. Caminaban tranquilamente hacia el puesto de wantan y, sin proponérselo, miraron hacia donde estaba el detective. Sus contornos cobraron un color rojo brillante en el cristal de las gafas holográficas. El chico vestía pantalones vaqueros y una camiseta; la chica, por su parte, llevaba

una minifalda para la que le sobraban unos diez kilos, y una chaqueta de motorista en la que destacaba el logotipo de los City Demons. Cargados con bolsas de papel de Wongs World, hicieron que los sudorosos cocineros del puesto de wantan les llenaran unas bandejas de plástico con generosas raciones de su oferta, bandejas que ellos cogieron entre risas y chácharas y metieron luego en las bolsas. Parecían despreocupados y de muy buen humor. Charlaron durante un rato con otros clientes y luego continuaron su camino.

Compraron desayuno para medio regimiento. Jericho los siguió, mientras

el ordenador le suministraba detalles que iba retomando de la base de datos de Tu Tian. El nombre de la chica era Xiao Meiqi, más conocida como Maggie, una estudiante de ciencias informáticas. El chico se llamaba Jin Jia Wei y estudiaba ingeniería eléctrica. Según Tu, pertenecían al círculo íntimo de Yoyo. Contando a Daxiong, Jericho conocía ahora el rostro de cuatro de los seis disidentes, pero no cabía duda de que aquellos dos no vaciarían solos el contenido de las bolsas.

Jericho se les fue acercando al tiempo que seguía buscando a Zhao. A continuación, Maggie Xiao y Jian Jia

Wei se hicieron llenar unos termos de té, compraron cigarrillos, unos pastelillos con una pasta a base de nueces, miel y alubias rojas —algo que a Yoyo le encantaba, según recordaba Jericho—, y cruzaron la calle. En cuanto el detective vio sus motocicletas eléctricas estacionadas al otro lado, supo que no tenía ningún sentido continuar siguiéndolos a pie. Entonces, se volvió, arrancó el Toyota y lo condujo a través de la muchedumbre de viandantes y ciclistas. La calle era demasiado ancha para colgar tendederos de ropa, una circunstancia que aumentaba su visibilidad y le permitió ver, a pocos

kilómetros de distancia, la silueta de los altos hornos de la antigua acería. Jin y Maggie se dirigían allí a toda velocidad en sus motos. Segundos después, Jericho había dejado atrás el barullo del mercado y se vio delante de una explanada polvorienta, al otro lado de la cual se extendían las instalaciones de la antigua planta siderúrgica. Las motos iban dejando un rastro de humo. El detective evitó seguir a ambos jóvenes directamente, por lo que condujo el coche hacia la sombra de una hilera de casetas hechas con contenedores. Yoyo estaba en alguna parte de aquella enorme ruina industrial, de eso estaba

seguro. Con mirada anhelante, Jericho vio cómo las motocicletas ponían rumbo hacia el alto horno, que, a la luz de la aurora, se asemejaba bastante a la plataforma de lanzamiento de una nave espacial, con el mismo estilo que había imaginado para ellas Julio Verne. Era un cilindro en forma de barril que se iba afinando y tendría unos cincuenta metros de altura. Estaba envuelto por una estructura de soporte de acero que permitía intuir la presencia de la caldera de fusión. Los distintos niveles de los andamios, los puentes y las plataformas estaban interconectados por escaleras y puntales, y casi rebosaban de toda suerte

de bombas, generadores, reflectores, conductos y otros equipos. Una cinta transportadora conducía casi en vertical hasta la esclusa de llenado del horno. Un tubo de enormes proporciones se estiraba hacia el cielo y bajaba luego abruptamente hasta acabar en una especie de cazuela de gran tamaño, unida a tres enormes tanques en posición vertical. Todo en aquel universo parecía haberse unido y entremezclado de un modo orgánico. Todo lo que otrora había servido para el intercambio de gases y líquidos, los cableados, las tuberías y los conductos, cobraba ahora el aspecto de intestinos

irremediablemente enredados entre sí, como si las entrañas de aquella maquinaria colosal se hubieran vertido hacia afuera.

Justo delante del horno crecía del suelo una torre de barrotes que tenía casi la mitad de altura. Y, como puesta allí arriba por obra de un hechizo, reinaba en lo alto una casita de techo a dos aguas y ventanas en la punta, comunicada con la estructura del horno a través de una plataforma. Por lo visto, había servido en otros tiempos como central de mando. A diferencia de los demás edificios del entorno, sus ventanas estaban intactas. Jin y Maggie

dirigieron sus motos hacia una baja edificación contigua; aparecieron unos instantes después, balanceando sus bolsas de Wong, y empezaron a subir la zigzagueante escalera de la torre. Jericho aminoró la velocidad, se detuvo y fijó la mirada en la antigua central de mando.

¿Estaría Yoyo allí arriba?

En ese preciso momento, por el rabillo del ojo, notó cómo algo se acercaba desde el mercado y se detenía en el terreno baldío. El detective volvió la cabeza y vio a un hombre sentado sobre una motocicleta. Pero no, no era una motocicleta normal. Era como si

alguien hubiese cogido una moto de carreras y la hubiese cruzado con una orca y un sistema de turbinas para formar un híbrido cuyo propósito no se revelaba al observador a primera vista. Tenía aspecto robusto, un sillín ancho, revestimientos laterales cerrados y un parabrisas achatado; allí donde debía estar la rueda delantera se abría un agujero en forma de bostezo en el que centelleaban unos radios plateados. Por lo visto se trataba de una turbina. A un lado del volante y del asiento trasero brotaban unas toberas giratorias. Al parecer, aquel chisme se deslizaba sobre su panza plana y sobre unas aletas

puntiagudas que apuntaban hacia atrás. Sólo observando el aparato detenidamente, llamaba la atención el hecho de que a la panza le brotaba una rueda de morro y que las aletas terminaban en unas bolas acopladas, gracias a lo cual la máquina mostraba cierta capacidad para desplazarse a ras de suelo. Pero el verdadero propósito de aquella máquina era otro. Hacía años, cuando los primeros modelos estuvieron listos para ser producidos en serie, Jericho había solicitado una licencia para conducirlos, pero más tarde se arrepintió a la hora de hacer una adquisición que bien podía llevarlo a la

ruina. Eran caros, aquellos chismes. Muy caros para un tipo como Owen Jericho.

Y demasiado caros para alguien que viviera en Quyu.

¿Por qué estaba Zhao sentado en aquel aparato?

Sí, era Zhao Bide, que ahora miraba fijamente hacia el alto horno y observaba a Jin y a Maggie trepar por la escalera, sin notar la presencia de Jericho a la sombra del edificio; el hombre que, a pesar de todo lo que habían acordado, no le había informado de que estaba siguiendo a dos Guardianes que podían llevarlo con

cierta certeza hasta donde estaba Yoyo; el hombre cuyo número telefónico Grand Cherokee Wang había marcado la noche previa a su muerte para hablar con él durante un minuto, tal y como demostraban los datos aportados por Tu.

Wang había llamado a Zhao.

¿Por qué?

Electrizado por la inquietud, Jericho había ido hasta allí para pedirle cuentas a Zhao, que en ese momento se inclinaba hacia adelante y, con la manga de la chaqueta, limpiaba algo en el salpicadero de la moto, con el mismo gesto con el que había bruñido el cuadro de mandos del coche de Jericho.

Todo encajaba.

El asesino de Cherokee Wang, inmediatamente antes de su huida del World Financial Center; con su elegante traje cortado a medida, sus gafas tintadas, el bigote postizo y la peluca, que transformaban temporalmente sus proporcionados rasgos en la figura de Ryuichi Sakamoto, Zhao se había inclinado hacia adelante y había limpiado la consola de mando del Dragón de Plata. Pero Jericho no había prestado la atención debida, pues en realidad aquel hombre no le recordaba ni a una estrella japonesa del pop ni a un modelo; le recordaba todo el tiempo a...

Zhao Bide.

Había guiado al asesino tras la pista de Yoyo.

En el instante en el que Jericho pisó el acelerador, Zhao Bide arrancó su airbike. Un estruendo de turbinas barrió la plaza. El aparato puso las toberas en posición vertical, se balanceó un momento sobre las puntas de las aletas y subió disparado en línea recta; y fue entonces cuando Jericho comprendió que apenas existía una oportunidad de salvar a Yoyo.

Qué ridículamente sencillo había sido todo.

Y qué angustioso, al mismo tiempo.

Tanto, que a duras penas había conseguido, en esas últimas horas en las que el destino lo había obligado a volver a Quyu, resistirse a su aversión, una vez más con la prueba ante los ojos de que la sublimidad de la raza humana era el sueño febril de ciertos darwinistas con la mente infectada por la religión, un error que era preciso corregir. El mero asco lo había movido a hablar, delante de Jericho, de la escoria de la Creación, de la parte malograda del experimento. ¡Un descuido! Lo que Zhao, a duras penas, había conseguido transformar en sarcasmo reflejaba la indignación

sincera de Kenny Xin. La mayor parte de la especie era un enjambre parasitario, una vergüenza para cualquier Creador, si es que había alguno. Sólo unos pocos que sentían lo mismo habían actuado, según su criterio, con cierta consecuencia, como aquel romano que hizo arder su ciudad, aunque se dijera que había arruinado definitivamente el momento con su canto. A Xin le habría gustado ser testigo de aquel fuego purificador en el que la máscara de la miseria empezaba a ampollarse; le habría gustado, incluso, ¡ser ese fuego!

Visto sin apasionamientos, aquella mácula llamada Quyu no merecía otra

cosa más que ser reducida a cenizas. Mil millones y medio de personas vivían en barrios miserables en todo el mundo. Mil millones y medio de seres en los que la vida se había desperdiciado, gente que respiraba el valioso aire, que agotaba los preciados recursos sin por ello producir otra cosa que más miseria, hambre y desechos. Mil millones y medio de personas que asfixiaban al mundo. Y Quyu, en cualquier caso, sería un comienzo.

Sin embargo, Xin había aprendido a dominar sus emociones, a declararse independiente de los dictados de sus sentimientos. Con voluntad furibunda, se

había creado de nuevo a sí mismo, se había inmunizado y purificado. Y lo había hecho radicalmente, de tal modo que jamás se viera obligado a restregarse la piel del cuerpo en el esfuerzo por quitarse de encima la suciedad, las circunstancias que hilaron su nacimiento, las viscosas estelas de las intrusiones diarias, la costra de la desesperación. Había aprendido que sucumbiría si no lograba purificarse, y que la propia muerte, ese olor a orín de la capitulación, no prometía ninguna redención.

Por eso había actuado.

De vez en cuando, por las noches,

revivía el día una y otra vez. Era el tribunal penal de las llamas. Sentía en sus mejillas el calor abrasador, se veía enterrando su pringoso cadáver, percibía el despejado asombro de su cuerpo renacido en un milagro, la frenética alegría ante el inmenso poder del que dispondría en adelante. Era libre. Libre de hacer lo que se le antojara. Libre de meterse en la piel de quien quisiera, como en la de Zhao Bide, por ejemplo.

Qué ridículamente sencillo había sido pegarse a Jericho, ponerlo a su servicio. Puede que Grand Cherokee Wang fuera un idiota, pero Xin le debía

callada gratitud por la tarjeta de presentación del detective. Jericho lo había guiado hasta Quyu, al Andrómeda, donde Xin había decidido llevar aquel juego hasta sus últimas consecuencias. Esta vez no llevaría peluca, ni nariz falsa ni bigotes, sólo la ropa adecuada, sacada de su aspecto normal, ese que llevaba siempre consigo. Tal vez no pareciera lo suficientemente andrajoso, había descartado las aplicaciones, pero los pipas no se habían mostrado recelosos, al contrario, habían manifestado su gratitud por que alguien se ofreciera a ayudarlos a vaciar aquellos voluminosos contenedores, y,

al cabo de pocos minutos, le habían proporcionado toda la información necesaria para engañar a Jericho: el ass metal, los Pink Asses. ¿Qué otra cosa podría haber hecho el detective sino tomar a Xin por uno de los suyos?

Jericho había sido el ratón; él había sido el gato. Su plan había surgido de la improvisación: ataque, tregua, dos cervezas, un pacto. Hydra le había proporcionado suficientes conocimientos sobre la chica como para impresionar al detective. Alguna que otra respuesta le quedó a deber. Por ejemplo, la pregunta de Jericho sobre si él era un City Demon le vino como

anillo al dedo. No sabía nada sobre una organización con ese nombre. Eran muchas las cosas que no sabía y que el detective, sin sospechar nada, le había revelado amablemente como, por ejemplo, dónde preferían comprar Yoyo y sus Guardianes. Averiguar la ubicación de los mercados Wong fue cosa de un cuarto de hora. Zhao Bide era un socio leal, ayudaba lo que podía, y de esa ayuda también formaba parte llamar la atención de Jericho sobre el perseguidor, que era él mismo.

Había pasado la tarde en el Hyatt, se había duchado larga y profusamente a fin de, por lo menos, deshacerse del hedor

de Xaxus por espacio de algunas horas. Un mensaje le anunciaba que los profesionales que había solicitado habían llegado, que habría tres airbikes disponibles, todo tal y como él lo había pedido. Luego envió a los dos hombres delante y siguió sus pasos hacia el anochecer, sin prisa, de vuelta a la suciedad, a fin de recibir allí a Jericho.

Owen Jericho y él. Habían formado un buen equipo.

Ahora, sin embargo, desde que los escáneres habían anunciado la aparición de Maggie Xiao Meiqi y de Jin Jia Wei había llegado la hora de disolver aquella sociedad. Que Jericho se

pudriera en el Cyber Planet.

La airbike subió más alto, hasta que Xin pudo ver la planta de acero en su imponente abandono. Sólo se veían algunas personas aisladas, indigentes o bandas que habían encontrado cobijo en las naves de la antigua acería. Una pequeña tropa de motociclistas pasó por aquella sabana llena de escoria y se acercó. Mientras tanto, Xiao Meiqi y Ji Jia Wei habían subido por aquella escalera y llegado a la plataforma donde estaba la antigua central de mando del alto horno. La chica desapareció en el interior, mientras que Jia Wei se volvió y se puso a mirar la plaza.

Su mirada se dirigió al cielo.

Xin habló por el micrófono y dio las instrucciones. Luego hizo girar las toberas de la airbike y las colocó en posición horizontal.

De Jin Jia Wei podía decirse que era holgazán, rebelde y mostraba poco interés por sus estudios. En cambio, era u n hacker de mucho talento. Ni más ni menos. No compartía los ambiciosos planes de Yoyo ni le preguntaba acerca de ellos, ya que, en realidad, no le interesaban. ¿Que el propósito de Yoyo era cambiar el mundo? Bien. Por lo menos eso era más divertido que pudrirse en una sala de conferencias;

además, Jia Wei estaba loquito por la joven, como lo estaban todos. Como jefa ideológica del grupo, Yoyo encontraba motivos bastante estúpidos para entrar en redes ajenas, preferiblemente en las del Partido; ella, además, proporcionaba el equipamiento. Para Jin Jia Wei era como la tía que trabajaba en una tienda de juguetes, y él era el afortunado que Podía probar todas aquellas cosas que ella traía. Yoyo aportaba las ideas; él, en cambio, siempre tenía en reserva algún que otro truco. ¿Cómo se le llamaba a eso? ¿Una simbiosis?

Algo así.

Como algo positivo podía apuntarse

que él jamás hubiera traicionado a Yoyo. No lo haría por mero interés personal, ya que, después de todo, aquel grupo estaba y caería con ella, y con el repleto cajón mágico que Yoyo sacaba de Tu Technologies. Por ello estaba dispuesto a convertir los problemas de Yoyo en problemas propios, sobre todo teniendo en cuenta que se sentía un poco responsable de aquella tensa situación. En definitiva, había sido él quien la había metido en esa situación mortal y supersofisticada con la que la joven había tenido tanto éxito. Demasiado éxito, por desgracia. Ahora a Yoyo la asaltaban preocupaciones que le

robaban el sueño, por lo que, en los últimos dos días, Jia Wei había intentado averiguar lo que había salido mal aquella noche. Y había encontrado algo, una casi increíble coincidencia de hechos. Ahora, mientras miraba a la plaza envuelto en la nube de aromas de wantan salidos de las bolsas del Wong, se propuso hablar de ello con Yoyo en cuanto acabaran el desayuno. La cháchara de Maggie salía de la central que les servía de cuartel general después que el Andrómeda había dejado de ser seguro; alegremente, Maggie graznaba en su móvil y convocaba al resto del grupo.

—¡Desayuno! —chilló la joven.

Un desayuno, eso era lo que necesitaba ahora.

Pero, de repente, sus pies parecían haberse fijado al suelo. Desde su alta atalaya podía ver hasta la lejana coquería, cuya torre de extinción descollaba, triste, en el cielo. El terreno de la fábrica era enorme. Como un paréntesis, rodeaba la antigua urbanización con las viviendas de los obreros de la planta. Jin se preguntó de dónde saldría ese nuevo ruido que jamás había oído hasta entonces en aquel lugar, un bufido lejano, como si el aire ardiera sobre el Wongs World.

Entornó los ojos.

A la izquierda de la torre de extinción, algo colgaba del cielo.

Jin Jia Wei necesitó un segundo para comprender que aquello era el origen del bufido. Al instante siguiente identificó lo que era. Y aunque nunca se lo había oído decir a nadie, entre sus cualidades más destacadas estaba la intuición, y Jin percibió de inmediato el peligro que emanaba de aquel aparato.

Nadie poseía una airbike en Quyu. Jin dio un paso atrás. Entre el Wongs

World y el Cyber Planet vio aparecer otras dos de aquellas robustas máquinas, que se deslizaban muy pegadas al suelo.

Al mismo tiempo, un coche salió lentamente de detrás de unos contenedores cercanos y se dirigió al alto horno. La airbike pareció inflarse en el aire, una ilusión óptica provocada por la gran velocidad con la que se aproximaba.

—¡Yoyo! —gritó Jin.

Como un gordo pez volador, la máquina se acercaba a toda velocidad. Los reflejos del sol pasaron rápidamente sobre el achatado parabrisas y centellearon en el volante de la turbina delantera cuando el piloto desplazó su peso hacia un lado y se adentró en una curva. Jia Wei caminó de espaldas y

dando tumbos hacia el interior de la central, agarrando bien las bolsas, mientras el bufido se incrementaba y las fauces de la turbina empezaban a dilatarse, como si quisiera aspirarlo hacia la trituradora de su dentadura giratoria. Al instante siguiente, la airbike descendió, silenciando las voces de Maggie y de Yoyo con su ola de ruido, rozó el suelo de la plataforma, y Jia Wei vio brillar algo en la mano del piloto...

Xin disparó.

La munición atravesó el cuerpo del joven y las bolsas que éste sostenía entre sus brazos. La cara de Jia Wei

explotó, las botellas se rompieron, la sopa caliente, la cola y el café, la sangre y la masa cerebral, el wantan y las astillas de huesos salpicaron violentamente todo a su alrededor. Todavía el cuerpo destrozado de Jin caía hacia atrás, pero ya Xin había saltado del sillín y traspasado el umbral de la caseta.

Su mirada examinó el interior en una fracción de segundo, sondeó, categorizó, separando lo digno de conservarse de lo superfluo, lo interesante de lo absolutamente desdeñable. Había unos pupitres de mando con monitores apagados, ciegos por el polvo, que

indicaban la existencia antaño de un centro de control dotado con técnicas de medición y regulación, destinado a la vigilancia de los altos hornos. También era obvio el propósito para el que servía ahora aquel recinto. En el centro había varias mesas juntas, con aparatos muy modernos, monitores transparentes, ordenadores y teclados. Los catres situados contra la pared del fondo daban fe de que la central estaba habitada o era usada ocasionalmente como sitio para pernoctar.

Xin blandió el arma. La chica gordita alzó las manos, era Xiao Meiqi... ¿O se llamaba Maggie? Daba

igual. Tenía la boca muy abierta, los globos oculares parecían querer salirse de sus órbitas, lo que la hacía bastante fea. Xin disparó con la indiferencia con la que ciertos poderosos estrechan la mano de gente menos importante; con el cañón del arma, barrió todas las bolsas que la chica había dejado sobre la mesa y luego lo dirigió hacia Yoyo.

Ni un sonido salió de los labios de la joven.

Con curiosidad, Xin ladeó la cabeza y la contempló.

En ese momento, no sabía lo que había esperado encontrarse. Las personas muestran miedo y espanto de

diferentes formas. Jin Jia Wei, por ejemplo, había tenido, en el último segundo de su vida, el aspecto de alguien a quien casi se le puede exprimir el miedo del cuerpo. Los ojos de Meiqi, por su parte, le habían recordado el cuadro de Edvard Munch, El grito, en una imagen distorsionada de la propia joven. Pero había gente que, en el sufrimiento, mantenía la dignidad y la compostura. Meiqi no estaba entre estas últimas. Casi nadie lo estaba.

Sin embargo, Yoyo sólo lo miró fijamente.

Debía de haberse puesto en pie de un salto en el momento en el que Jia Wei

gritó su nombre, lo que explicaba su postura agazapada, como la de un gato. Sus ojos estaban dilatados, pero su rostro parecía curiosamente inexpresivo, era bien proporcionado, casi perfecto, salvo por la sombra visible alrededor de sus comisuras, que le confería un ligero aspecto ordinario. No obstante, era más hermosa que la mayoría de las mujeres que Xin había visto en su vida. Se preguntó cuánta dedicación requeriría esa belleza. Era casi una pena que no tuviera tiempo para averiguarlo.

Entonces el hombre vio cómo las manos de Yoyo empezaban a temblar.

Su resistencia se resquebrajaba.

Xin acercó una silla, tomó asiento en ella y bajó el arma.

—Tengo tres preguntas para ti —

dijo.

Yoyo guardó silencio. Xin dejó transcurrir unos segundos, esperó verla desplomarse pero, salvo sus temblores, nada había cambiado en su actitud. Seguía observándolo del mismo modo.

—Y a esas tres preguntas espero una respuesta rápida y sincera —continuó Xin—. Es decir, nada de evasivas. —El hombre sonrió, y lo hizo como se les sonríe a las mujeres cuyos favores uno intenta ganar con una actitud franca. Podrían muy bien haber estado sentados

en un bar elegante o en un agradable restaurante. A Xin le llamó la atención lo bien que se sentía en presencia de Yoyo. Tal vez sí que les quedara algún tiempo para ambos—. Luego —añadió en tono amable—, ya veremos.

Jericho no vio nada más que polvo, el polvo levantado por su propio coche cuando se detuvo junto al enrejado con un chirrido de los neumáticos. Sacó la Glock de su funda, abrió la puerta de un golpe y corrió hacia la escalera. Era de acero, como toda la estructura, y el ruido de sus pasos resonaba en ella.

¡Bonggg, bonggg!

Jericho maldijo en voz baja.

Subiendo dos escalones a la vez, intentó correr de puntillas, pero resbaló y se golpeó la rodilla con los barrotes de la escalera.

«¡Idiota!» Su única ventaja era que

Zhao no lo había visto.

En ese instante sonaron unos disparos arriba. Jericho continuó subiendo a toda prisa. Cuanto más se aproximaba a lo alto, tanto más sonoro era el bufido de la airbike en su oído. Zhao no había creído necesario apagar el motor. Estaba bien así. El aparato amortiguaría el ruido de sus pasos. El detective volvió la cabeza y vio cierto movimiento en la plaza. Eran los

motoristas. Sin prestarles atención, subió los últimos escalones, se detuvo y pisó el descansillo.

L a airbike estaba aparcada justo delante de él. La puerta de la central estaba abierta. Jericho saltó a la plataforma, se deslizó en dirección a la casa, se detuvo junto al marco de la puerta, con la espalda pegada a la pared y el arma a la altura de los ojos. En el interior se oía la voz de Zhao, que era amable y reconfortante:

—Primero: ¿cuánto sabes? Segundo:

¿a quién le has hablado de ello? Y la tercera pregunta, también muy sencilla de responder —hizo una pausa

dramática—, y ésa es la pregunta del premio, Yoyo, es: ¿dónde... está... tu... ordenador?

Yoyo estaba viva. Bien.

Lo que no estaba tan bien era que no pudiera ver al asesino y, por tanto, no supiera en qué dirección estaba mirando. Los ojos de Jericho recorrieron la fachada. Poco antes de llegar a la esquina del edificio, le llamó la atención la presencia de una pequeña ventana. Agachado, se deslizó hasta allí y echó un vistazo hacia el interior.

Yoyo estaba de pie tras una mesa llena de ordenadores. De Zhao sólo pudo ver las piernas, una mano y el

macizo cañón de su arma. Obviamente, estaba vuelto hacia Yoyo, lo que significaba que le daba la espalda a la puerta. La ventana estaba un tanto abierta, de modo que Jericho pudo oír cómo Zhao decía:

—Tan difícil no es, ¿no te parece? Yoyo negó en silencio con la cabeza.

—¿Entonces?

No hubo reacción. Zhao suspiró.

—Bien, puede que haya olvidado explicarte las reglas del juego. Las cosas funcionan así: yo pregunto y tú respondes. Mucho mejor sería que me entregaras en mano ese chisme. —El cañón del arma bajó—. No tienes que

hacer nada más, ¿de acuerdo? Si quedases a deberme la respuesta, te volaré el pie izquierdo.

Jericho ya había visto suficiente. Con unos pocos pasos estuvo junto a la puerta, saltó al interior y apuntó el arma contra la nuca de Zhao.

—¡Quédate sentado! Levanta las manos. Nada de heroicidades.

Su mirada abarcó la escena. A sus pies yacía el cuerpo del joven, deshecho, como si unas cargas explosivas hubiesen estallado en su cabeza y en su pecho. Unos pocos metros más allá estaba Maggie. Mantenía la cabeza gacha, sumida en la

contemplación silenciosa de su vientre, del que brotaban una gran cantidad de vísceras. El suelo, las sillas y la mesa estaban cubiertos de salpicaduras rojas. Atónito, Jericho se preguntó con qué habría disparado Zhao.

—Son dardos.

—¿Qué?

—Municiones con dardos —repitió Zhao con absoluta tranquilidad, como si Jericho hubiese hecho la pregunta en voz alta—. Tecnología de metal storm, cincuenta diminutas flechas de carburo de wolframio por cada disparo, cinco mil quinientos kilómetros por hora de velocidad. Atraviesan las planchas de

acero. Se pueden tener opiniones divididas con respecto a ellos, no cabe duda de que la guarrería que provocan es demasiada, pero, por otra parte...

—¡Cierra el pico! Las manos en alto.

Con lentitud angustiosa, Zhao hizo lo que Jericho le ordenaba. El detective sintió que le faltaba la respiración. Se sentía desamparado y ridículo. El labio inferior de Yoyo temblaba, su máscara cedía y daba paso al shock. Al mismo tiempo, sin embargo, percibía un destello de esperanza en sus ojos. Y algo más: era como si estuviera forjando algún plan en su cabeza...

El cuerpo de la joven se tensó.

—No —le advirtió Jericho—. Primero tenemos que poner bajo control a este cerdo.

Zhao soltó una penetrante carcajada.

—¿Y cómo piensas hacerlo? ¿Como en el Andrómeda?

—Cierra el pico.

—Podría haberte matado.

—Deja el arma en el suelo.

—Me debes un poco de respeto, pequeño Jericho.

—¡Te he dicho que dejes el arma en el suelo!

—¿Por qué no te vas a casa y olvidas todo este asunto? Me gustaría...

Entonces sonó un disparo seco. A pocos centímetros de Zhao, la bala de Jericho se clavó en el tablero de la mesa. El asesino suspiró. Volvió lentamente la cabeza, de modo que su perfil se hizo visible. Un transmisor diminuto se ocultaba en su oreja.

—De verdad, Owen, estás exagerando.

—¡Por última vez!

—Está bien. —Zhao se encogió de hombros—. La pondré en el suelo, ¿de acuerdo?

—No.

—¿Qué pasa ahora?

—Déjala caer.

—Pero...

—Sencillamente, déjala que se deslice por tus rodillas y alza las manos. Luego la golpeas con el pie y me la envías aquí.

—Cometes un error, Owen.

—He cometido un error. Vamos, o te vuelo la pierna izquierda.

Zhao sonrió débilmente. El arma cayó al suelo. Zhao la golpeó con la punta de la bota y la pistola se deslizó en dirección a donde estaba Jericho, quedando a mitad de camino entre ambos hombres.

—Dispárale —dijo Yoyo con voz ronca.

El detective la miró.

—Eso no sería...

—¡Dispárale! —Las lágrimas se le saltaban de los ojos. Sus rasgos se deformaron a causa de la aversión y la rabia—. ¡Mátalo, mata...!

—¡No! —dijo Jericho, negando enérgicamente con la cabeza—. Si queremos averiguar para quién trabaja, tenemos que...

Jericho continuó hablando, pero su voz quedó apagada por el bufido y el alarido de la airbike.

El sonido se había intensificado.

¿Por qué?

Yoyo soltó un grito y retrocedió. Un

golpe seco hizo temblar el suelo cuando algo se posó delante de la central. No era la moto de Zhao. Había más máquinas de aquéllas.

Zhao sonrió con sarcasmo.

En un momento de parálisis, Jericho no supo qué hacer. Si se volvía, en pocos segundos, el asesino entraría en posesión de su pistola. Pero, por otro lado, tenía que saber lo que estaba sucediendo fuera.

Y entonces lo comprendió.

¡El transmisor en la oreja de Zhao! Su voz había estado transmitiéndose todo el tiempo. Había llamado refuerzos. Zhao se levantó de su silla,

con los dedos aferrados al respaldo. Jericho alzó la Glock. Su enemigo se detuvo y se agachó como una fiera antes de dar el salto.

—Déjala caer —dijo una voz a sus espaldas.

—Yo, si fuera tú, haría lo que me dice, pequeño Owen.

—Primero acabaré contigo —dijo

Jericho.

—En ese caso, dispara. —Los oscuros ojos de Zhao se posaron en él, parecieron absorberlo. Lentamente, el hombre empezó a incorporarse—. Son dos hombres, y es a mí, únicamente, a quien debes el estar todavía con vida.

A espaldas de Jericho resonaron unos pasos. Una mano le pasó por encima del hombro y le agarró el arma. Jericho se la dejó arrebatar sin ofrecer resistencia. Su mirada buscó entonces la de Yoyo. La joven estaba bien pegada al pupitre de mando, le temblaban las pupilas.

Un puño lo empujó hacia adelante. Zhao lo recibió, tomó impulso con el

brazo y le pegó con la mano abierta en pleno rostro. Su cabeza voló hacia un lado. El siguiente golpe le acertó en el plexo solar y le sacó el aire de los pulmones. Asfixiándose, cayó de rodillas. Ahora podía ver a los dos

hombres, uno regordete, un asiático con barba que se estaba encargando de Yoyo, y otro delgado y rubio con cierto aire eslavo. Ambos llevaban pistolas del mismo tipo de la de su jefe. Zhao rió en voz baja. Se pasó la mano por la sedosa cabellera negra y se apartó el pelo de la frente, y entonces se alzó cuan alto era. Con pasos medidos, empezó a caminar alrededor de Jericho.

—Señores —dijo—. Acaban de ser testigos del triunfo de la mente sobre el estómago. El primado de la planificación. Sólo así puede explicarse que un hombre que me tenía prácticamente en su poder esté ahora

agachado a nuestros pies. Un detective, dicho sea de paso. Un profesional. —La última palabra se la escupió a Jericho delante de los pies—. No obstante, su visita nos resulta grata. Ahora tenemos la posibilidad de averiguar un par de cosas más. Podemos preguntarle al señor Jericho, por ejemplo, lo que él quería preguntarme a mí.

La diestra de Zhao salió disparada hacia adelante, agarró la cabellera de Jericho y lo atrajo hacia sí, de modo que el detective pudo percibir en su rostro el cálido aliento del asesino a sueldo.

—Se trata de quién nos ha encargado el trabajo. Eso siempre es interesante. A

nuestro huésped no debe de habérsele ocurrido espontáneamente la idea de buscar a la pequeña Yoyo. De modo que, ¿quién te ha encargado el trabajo?

¿No es así, Owen? Alguien te ha lanzado el palito. ¡Busca el palo, pequeño Owen! Encuentra a Yoyo. ¡Guau..., guau...! ¿Acaso hay alguien más de quien deba ocuparme?

Jericho rió, aunque la situación era de todo menos cómica.

—Procura no perderte entre tantos detalles.

—Tienes razón —dijo Zhao, resoplando. Luego lo empujó a un lado y se acercó a Yoyo, que ya ni siquiera

hacía intentos por ocultar su miedo. Le temblaba el labio inferior, unas gotas de sudor brillaban en sus mejillas—. Ocupémonos de nuestra simpática revolucionaria, la que quiere mejorar el mundo, y pidámosle ayuda para que responda a las preguntas que ya le hemos hecho. ¿Dónde... está... tu... ordenador?

Yoyo retrocedió. Una vez más, sus rasgos sufrieron una transformación, como si acabara de hacer un descubrimiento sorprendente. Zhao se detuvo, visiblemente irritado. En ese momento, Jericho oyó un tenue clic metálico.

—Tú no vas a hacer nada —dijo una voz.

Zhao se volvió, dos hombres jóvenes y una mujer con chaquetas de motoristas habían entrado en el recinto, llevaban armas automáticas que apuntaban a Xin y a sus dos acólitos, quienes, por su parte, también apuntaban a los recién llegados con los brazos extendidos. Uno de ellos era un gigante con el pecho en forma de tonel, brazos de gorila y un cráneo afeitado al cero. Una trabajada aplicación de color azul prolongaba la punta de su mentón en una ficticia barba de faraón. A Jericho se le cortó el aliento. Daxiong le había

desinformado de la manera más perversa, pero no había nadie en el mundo a quien quisiera ver más en ese momento que a él.

«Seis coreanos que se llevaron una paliza.»

Las ranuras de visión de Daxiong se dirigieron a Yoyo.

—Pasa a este lado —tronó su voz—. Y vosotros, permaneced ahí...

Su voz se apagó. Sólo en ese momento el gigante pareció percibir lo que había sucedido en la central de mando. Su mirada vagó desde el cadáver deshecho de Jia Wei hasta el cuerpo grotescamente mutilado de

Maggie. Sus ojillos rasgados se ampliaron de un modo imperceptible.

—Ellos los mataron —lloriqueó la joven que estaba a su lado. Su rostro había perdido todo color.

—Mierda —maldijo el otro joven

—. ¡Vaya mierda!

Los pensamientos de Jericho se sucedieron como en una carrera de perros. Miles de escenarios colmaron su capacidad de imaginación. Los asesinos, los City Demons, ambos se apuntaban mutuamente, la mirada de Zhao estaba fija, al acecho, mientras que la de Yoyo iba de uno a otro. Nadie se atrevía a moverse a causa del miedo de romper el

frágil equilibrio, lo que, de suceder, acabaría inevitablemente en un desastre.

Fue Yoyo la encargada de romper el hielo. Lentamente, caminó por el lado de Zhao y fue hasta donde estaba Daxiong. Zhao no se movió. Sólo sus ojos siguieron a la joven.

—Detente.

Lo dijo en voz baja, no fue más que un siseo; no obstante, consiguió ahogar el bufido de las airbikes, el jadeo canino de los otros, el martilleo en la cabeza de Jericho.

—No, ven aquí —le gritó Daxiong

—. No lo escuches...

—No podréis sobrevivir. —La voz

de Zhao se abrió paso como una serpiente—. No podéis matarnos a todos, así que no lo intentéis. Dadnos lo que queremos, decidnos lo que queremos oír y desapareceremos. Nadie saldrá herido.

—¿Como Jia Wei? —dijo llorando la muchacha con el arma—. ¿O como Maggie?

—Eso ha sido inevi... ¡No, no!

La joven había movido el arma un ápice, había dado un giro brusco hacia el asiático regordete y ahora lo apuntaba a la cabeza. Daxiong y el otro City Demon reaccionaron de manera parecida. Las mandíbulas del rubio

mascaban algo. Zhao alzó una mano en un gesto apaciguador.

—¡Ya se ha derramado suficiente sangre! Yoyo, escucha: has visto algo que no deberías haber visto. Fue una casualidad, una estúpida casualidad, pero eso no es un problema, podemos arreglarlo. Quiero tu ordenador, tengo que saber a quién le has confiado lo que has visto. Nadie aquí tiene por qué morir, te lo prometo. La supervivencia a cambio del silencio.

«Mientes —pensó Jericho—. Cada una de tus palabras es pura patraña.»

Yoyo, indecisa, se volvió hacia donde estaba Zhao y miró el hermoso

rostro del diablo.

—¡Sí, Yoyo, muy bien, eso está bien! —exclamó Zhao, asintiendo—. Os doy mi palabra de que a nadie le pasará nada mientras cooperéis.

—¡Mierda! —exclamó el joven que estaba junto a Daxiong—. ¡Todo esto no es más que una jodida mierda! Nos matarán en cuanto...

—¡Ten cuidado! —rugió el rubio.

—Kenny, esto no nos llevará a nada.

—El gordo temblaba por el nerviosismo

—. Tenemos que liquidarlos.

—¡Gordo asqueroso! Primero te vamos a...

—¡Cerrad el pico!

—¡Una palabra más y voy a...!

—¡Basta! ¡Basta todos!

Los ojos fueron nerviosamente de un lado para el otro, los dedos se tensaron sobre los gatillos. Era como si la habitación se hubiera llenado de repente de un gas inflamable, pensó Jericho, y todos amenazaran con accionar el mechero. Pero la autoridad de Zhao mantuvo en jaque a todos. No hubo explosión. Todavía.

—Por favor... Entrégame... el ordenador.

Yoyo se pasó la mano por el rostro, limpiándose las lágrimas y los mocos.

—¿Y luego nos dejarás marchar?

—Responde a mis preguntas y entrégame tu ordenador.

—¿Tengo tu palabra?

—Sí, después os dejaremos marchar.

—¿Prometes que a Daxiong, a Ziyi y... a Tony no les pasará nada? ¿Ni a ese... de ahí?

«Qué considerada», pensó Jericho.

—No lo escuches —dijo el detective—. Zhao va a...

—Jamás he incumplido mi palabra

—lo interrumpió Zhao, ignorándolo. Su voz sonaba amable y sincera—. Mira, yo estoy entrenado para matar personas. Como cualquier otro policía, como

cualquier soldado o agente. La seguridad nacional es un bien supremo, mayor que cualquier vida humana; eso, seguramente, puedes entenderlo. Pero cumpliré mi palabra.

—Si le entregas el ordenador, nos matará a todos —afirmó Jericho. Lo dijo en tono sereno, tanto como le fue posible

—. Soy un amigo, tu padre me ha enviado.

—Miente. —La voz de Zhao se abrió paso con tono halagüeño—.

¿Sabes una cosa? Deberías temerle mucho más a él que a mí. Está jugando a un pérfido juego contigo, cada una de sus palabras es mentira.

—Te matará —insistió Jericho.

—Bueno, que lo intente —dijo el joven cuyo nombre era Tony. Estiró el mentón hacia adelante en un gesto belicoso, pero su voz y su arma extendida temblaban de forma imperceptible.

Ziyi, la chica, empezó a llorar desconsoladamente.

—¡Entrégale de una vez el jodido ordenador!

—No lo hagas —dijo Jericho con insistencia—. Mientras no sepa dónde está tu ordenador, tendrá que mantenernos con vida.

—¡Cierra el pico! —lo increpó

Daxiong.

—¡Entrégale de una vez el maldito ordenador! —le gritó de nuevo Ziyi.

Yoyo se acercó a la mesa. Sus dedos volaron por encima de un aparato apenas más grande que una barrita de chocolate, acoplado a un teclado y un monitor.

—Cometes un error —dijo Jericho, desanimado; sintió cómo todas sus fuerzas lo abandonaban—. Te matará.

Zhao lo miró.

—¿Del mismo modo que mataste a

Grand Cherokee Wang, Jericho?

—¿Que yo hice qué? Yoyo se detuvo.

—¡Eso es absurdo! —exclamó Jericho negando con la cabeza—. Miente. Fue él quien...

—Cierra el pico de una vez —le gritó el gordo asiático, que movió su arma y apuntó a Jericho, quien en ese momento pudo ver, con asombrosa claridad, cada gota de sudor en la frente del asesino, muy juntas una de la otra, brillando como plástico de burbujas.

Daxiong apuntó al asiático. Los ojos de Zhao se agrandaron.

—¡No! —gritó.

El mechero se encendió.

Jericho vio a Tony levantar el arma;

luego se oyeron dos breves disparos

seguidos, y el gordo se desplomó al suelo. Todo sucedió simultáneamente. Con un estampido ensordecedor, la pistola del rubio se descargó y le voló la mitad del rostro a Tony. El chico cayó hacia adelante y le quitó la visibilidad a Daxiong, mientras Ziyi soltaba unos agudos chillidos y corría en dirección a la puerta. Zhao intentó agarrarla, pero falló y cayó cuan largo era hacia adelante. Jericho se abalanzó sobre el arma que estaba en el suelo. Rozó el cañón, pero Zhao fue más rápido; mientras tanto, Ziyi empezó a disparar con desenfreno a diestro y siniestro, y el rubio se resguardó bajo la mesa.

Se agachó.

Daxiong se precipitó, resbaló con la sangre de Jia Wei y se golpeó en la nuca con los tablones del suelo, arrastrando consigo a Jericho. Una ráfaga surcó el suelo a su lado. El detective se apartó rodando de costado y vio a Ziyi subirse sobre el cadáver de Tony, como un ángel vengador, y gritar y disparar a ciegas. Al instante siguiente, un surtidor de color rojo brotó del sitio donde antes había estado el brazo derecho de la joven. El estampido salido de la pistola de Zhao retumbó en todo el local mientras él corría hacia afuera. Ziyi se tambaleó. Con los ojos vidriosos y una

expresión de sorpresa absoluta, giró sobre sí misma y salpicó con los borbotones de su sangre al rubio, repartiéndola por sus ojos. El hombre alzó la mano para protegerse, evitando el cuerpo moribundo de la joven, pero perdió el equilibrio.

Jericho se levantó de un salto, a sus pies estaba el brazo cercenado de Ziyi, y de pronto el detective tuvo una visión y creyó estar viendo una representación teatral. Agradecido, sintió cómo algo en su fuero interno se apartaba y capitulaba. Una máquina asumió el control de su pensamiento y de sus gestos, una máquina cuya única

ambición ahora era seguir funcionando. Jericho se agachó, recogió el arma de los dedos inertes de la joven, apuntó con el cañón hacia donde estaba el asesino que había tropezado y disparó.

Estaba vacío.

Con un grito, el rubio apartó a la chica muerta, palpó en busca de su pistola y vació el cargador en el aire, cegado por la sangre de Ziyi. Jericho efectuó un giro para salir de la línea de fuego y le quitó el arma por encima de la cabeza. Sin dedicarle ni una mirada, saltó por entre los cuerpos allí tendidos y se apresuró a salir.

Por un breve instante, Xin pensó en

lo fácil que podría haber sido todo. Había hallado el rastro de la joven y de su ordenador. Saber cuál era, sacarle a la chica de quién más tenía que ocuparse ahora, habría sido cosa de pocos minutos. Xin estaba seguro de que Yoyo era muy sensible al dolor. Le habría revelado rápidamente lo que tenía que saber.

El trabajo podía estar terminado.

Sin embargo, en lugar de ello, como por arte de magia, había aparecido Owen Jericho. Xin no tenía ni la más remota idea de lo que había podido llevar al detective hasta él. ¿Acaso su disfraz no era perfecto? En ese

momento, eso no importaba demasiado. El alto horno descollaba oscuro y voluminoso ante sus ojos. Entre Yoyo y la escalera situada debajo había aparcadas dos airbikes. Confundida, la joven había perdido demasiado tiempo preguntándose cuál era el camino más corto, y en eso Xin había salido también a la galería y la había obligado a alejarse del rellano. El enrejado no le ofrecía la posibilidad de huir. De modo que Yoyo huyó a través del puente que unía la central con el alto horno, hacia el otro lado, y se adentró en la jungla de pasarelas, aparatos y tuberías que rodeaban las calderas de fundición.

Sin ninguna prisa especial, Xin la siguió. Cualquiera de los niveles de aquel armazón se comunicaba con el nivel superior por una escalerilla, pero hacia abajo el camino quedaba bloqueado por una estructura de soporte que se había desplomado. También Yoyo, entretanto, se había dado cuenta de su error. Miró alternativamente a Xin y a lo alto, mientras caminaba despacio hacia atrás. El hombre se detuvo.

—Yo no quería esto —gritó.

Los rasgos de Yoyo se volvieron borrosos. Por un momento creyó verla romper a llorar de nuevo.

—De todos modos, jamás tuve la

intención de entregarte el ordenador —

le gritó ella.

—¡Yoyo, lo siento!

—¡En ese caso, desaparece!

—¿Acaso no he cumplido mi palabra? —Entonces Xin sacó a relucir todo el matiz ofendido de que fue capaz

—. ¿Acaso la he incumplido?

—¡Que te den!

—¿Por qué no confías en mí?

—¡Quien confía en ti muere!

—Fue tu gente la que empezó, Yoyo. Sé razonable, sólo quiero hablar contigo.

La chica miró a sus espaldas, hacia arriba, y luego volvió a clavar la mirada

en Xin. Ya casi había alcanzado la escalera que conducía al siguiente nivel. Xin colocó la pistola delante de él y le mostró las manos abiertas.

—No más violencia, Yoyo. Nada de derramamientos de sangre. Lo juro.

La joven vaciló.

«Venga ya —pensó él—. No puedes bajar. Estás en una trampa, pequeña ratoncita. Ratoncita estúpida.»

Sin embargo, de repente, aquella ratoncita le pareció de todo menos desamparada. Irritado, se preguntó quién estaba actuando frente a quién allí. La chica se hallaba en estado de shock, eso era seguro, pero por la manera en que se

aproximó a la escalera, ya no recordaba a la Yoyo bañada en lágrimas, la que, hacía unos minutos, había estado dispuesta a entregarle el ordenador. Por su manera felina de moverse, Xin reconoció los años de permanente alerta en que había vivido, un entrenamiento que se basaba en la tenacidad, la desconfianza, la voluntad de supervivencia y la astucia.

Yoyo era más fuerte de lo que él había supuesto.

En el momento en que ella saltó a la escalera, Xin supo que cualquier otro intento de diplomacia era una pérdida de tiempo. Si es que en algún momento

había habido alguna oportunidad de convencer a la chica por medio de las palabras, éstas quedaban ahora descartadas para siempre.

Xin recogió su arma.

Tras él se infló el alarido de una turbina. Xin se volvió y vio a Jericho sobre el sillín de una airbike, haciendo un esfuerzo por arrancar el aparato. A la velocidad del rayo, sopesó sus opciones, pero Yoyo tenía prioridad. Ignoró al detective y corrió tras la joven que huía, sus pasos haciendo vibrar la pasarela; Xin vio su silueta corriendo a través de los barrotes. Con unas pocas zancadas, estuvo arriba, se encontró en

un camino hondo formado por puntales y tuberías, y consiguió ver unos cabellos ondeando al viento, en el instante en que Yoyo desaparecía tras un pilar herrumbroso; a continuación, los pasos de la joven resonaron en dirección al nivel superior.

Poco a poco, la chica empezaba a convertirse en una molesta carga. Era hora de poner fin a aquel asunto.

Xin corrió tras ella, subiendo nivel tras nivel, hasta tenerla en el sitio donde ya no había escapatoria. A unos pocos metros por encima de ella, el horno se estrechaba y desembocaba en una esclusa que, en tiempos remotos, servía

para verter en el interior el coque y el mineral de hierro. En lo alto se elevaba una estructura angulosa y rectangular que acababa en una imponente tubería de evacuación de aire y que distinguía a la estructura desde lejos. Unos andamiajes verticales llevaban hasta el punto más elevado, situado aproximadamente a unos setenta metros de altura. A partir de allí, lo único que tenían por encima de sus cabezas era el cielo. No había escapatoria posible, a menos que alguien se atreviera a balancearse por un tubo de unos veinte metros que conducía hacia abajo, para luego saltar otros diez metros hasta un enorme tanque parecido

a una caldera, donde concluía.

Xin se puso al acecho. Allí arriba reinaba un silencio desconcertante, como si el ruido lejano y difuso de la gran ciudad y el trasfondo sonoro de Xaxus fueran un mar batiendo sus olas por debajo de él. En algún lugar de la estratosfera cantaban las turbinas de los grandes aviones.

Alzó la cabeza. Yoyo había desaparecido.

Entonces la vio trepar.

Colgaba de los puntales como un mono, subía cada vez más, y entonces Xin comprendió que tal vez hubiera otra vía de escape. La esclusa colindaba con

una cinta transportadora. Ésta se extendía desde la punta del horno hasta el suelo, en horizontal, pero era transitable.

«Maldita mocosa.»

¿Acaso todavía la necesitaba viva? Ella había extendido su mano hacia el ordenador, no había duda de cuál era el aparato. Se encontraba aún en la central, sólo que Xin no sabía con quién habría hablado la joven del tema.

Maldiciendo, se dirigió a la escalera.

Un sonoro bufido se le acercó. Con una mano aferrada a los barrotes y la otra agarrando el arma, volvió la

cabeza.

L a airbike venía disparada directamente hacia él.

Jericho había ahogado la primera moto. Este modelo era nuevo y muy distinto de su antecesor. Los controles relucían sobre una pantalla de usuario, no había elementos mecánicos. Entonces el detective se bajó del asiento y saltó a la otra airbike, que mantenía el motor en marcha, y fue tanteando la pantalla táctil. Esta vez tuvo mejor suerte. La máquina reaccionó con la vehemencia de un toro azuzado, se encabritó y trató de derribarlo. Las manos del detective rodearon la cornamenta del manillar.

Antes había estado en posición horizontal, pero ahora se doblaba hacia arriba y podía girarse en cualquier dirección. La moto inició un violento movimiento giratorio. Como en un videojuego, la pantalla empezó a parpadear, mostrando sus indicaciones. Con muy buena suerte, Jericho tocó dos de ellas, y el movimiento en carrusel acabó, pero entonces la moto lo llevó hacia la fachada de la central de mando; poco antes de la colisión, el detective desplazó el peso de su cuerpo hacia un lado y voló hacia lo alto en una dilatada curva de ciento ochenta grados. La mirada de Jericho examinó el entorno.

No había rastro de Yoyo ni de Zhao. Poco a poco, el detective creyó

saber por dónde iban los tiros. Hizo ascender el aparato, aunque, al hacerlo, olvidó girar de manera sincrónica las toberas, y por eso se vio de nuevo en apuros, ya que la motocicleta se disparó hacia el cielo en un movimiento entorchado, como un cohete. Jericho notaba que se resbalaba del asiento; con dedos rápidos, se esforzó por corregir el error, recuperó el control y describió una nueva curva sin perder de vista la chimenea.

¡Allí estaban!

Yoyo había conseguido llegar a la

esclusa, de la que partía la cinta transportadora; la seguía Zhao, que colgaba debajo de ella a menos de dos metros de distancia. Jericho forzó a la máquina a bajar, y tuvo la esperanza de que ésta reaccionara como él deseaba. Vio al asesino estremecerse y encoger la cabeza entre los hombros. A menos de medio metro de Xin, Jericho hizo girar bruscamente la airbike, describió un círculo y puso rumbo otra vez hacia el horno. En el borde de la cinta transportadora, Yoyo realizaba una graciosa interpretación de lo que

qué cuando sobrevoló la cinta. Allí donde debían estar los rodillos y los puntales, una parte de la estructura, sencillamente, se había fracturado y había desaparecido. A una distancia enorme, se extendían únicamente los varillajes laterales. Llegar abajo habría requerido la experiencia profesional de un funámbulo.

Yoyo estaba en una trampa.

En voz alta, Jericho se maldijo. ¿Por qué no le había quitado la pistola al rubio? Dentro de la central había armas por todas partes. Enojado, vio cómo la cabeza y los hombros de Zhao se impulsaban por encima del borde. Con

un solo movimiento, el asesino estuvo sobre la esclusa. Yoyo retrocedió, caminó a cuatro patas y abrazó el varillaje de la cinta transportadora. Con gran agilidad, la joven se dejó caer hasta que sus pies tocaron una barra más baja que discurría en paralelo, buscó un sostén más o menos sólido y empezó a descender metro a metro...

Entonces resbaló.

Lleno de espanto, Jericho la vio caer. Algo estremeció todo su cuerpo. En el último segundo, los dedos de Yoyo se habían cerrado en torno a la barra sobre la que había estado apoyada hasta entonces, pero ahora pataleaba

sobre un abismo de unos setenta metros de profundidad.

Zhao miró hacia abajo.

Entonces el asesino abandonó la protección del andamiaje.

—Un grave error —murmuró

Jericho—. ¡Un error terrible!

A esas alturas, sus glándulas suprarrenales disparaban considerables salvas de adrenalina, la frecuencia cardíaca y la presión arterial, con su fusta, mantenían su cuerpo casi al nivel del heroísmo. Con cada segundo, la maquinaria le respondía mejor. Alentado por una oleada de ira y euforia, hizo avanzar la airbike y centró

su atención en Zhao, que en ese momento se ponía en cuclillas y hacía ademán de bajar hasta donde estaba Yoyo.

El asesino lo vio venir. Desconcertado, se detuvo. La moto

salió disparada por encima de la cinta transportadora. Cualquier otro habría sido barrido y lanzado al abismo, pero Zhao, con una nueva pirueta, consiguió regresar al borde de la esclusa. Su arma golpeteó en el fondo. Jericho hizo girar a la moto y vio al rubio salir dando tumbos de la central de mando y subir a una de las airbikes restantes. No había tiempo para ocuparse también de él. Los dedos de Jericho se movieron

rápidamente de un lado a otro. En alguna parte del monitor... No, error. Eso se hacía con los puños del manillar, ¿o no? Sólo necesitaba mover un poco hacia abajo el puño del manillar derecho para...

Demasiado.

Al igual que una piedra, la moto cayó en picado. Maldiciendo, Jericho la detuvo, aceleró y redujo de nuevo la velocidad hasta que, con las toberas jadeantes, se colocó directamente debajo de Yoyo, que colgaba de la barra y pataleaba con agitación.

—¡Salta! —le gritó el detective.

Ella lo miró con la cara deformada

por el esfuerzo, mientras sus dedos se resbalaban milímetro a milímetro. Unas ráfagas de viento alcanzaron la moto y la arrastraron consigo. La barra empezó a vibrar en el momento en que Zhao saltó con destreza desde el borde de la esclusa y se irguió sobre ella. Al parecer, el asesino no conocía el miedo a las alturas ni padecía de vértigo. Su mano derecha descendió hasta agarrar la muñeca de la joven. Jericho corrigió su posición, y la moto se situó otra vez debajo de Yoyo.

—¡Salta de una vez! ¡Salta!

Su pie derecho le golpeó la sien, hasta el punto de que Jericho quedó

atontado por un momento. Ahora estaba de nuevo debajo de ella; levantó la vista. Vio cómo los dedos de Zhao se extendían y rozaban los nudillos de la chica.

Yoyo se soltó.

Fue casi como si una bolsa de cemento cayera sobre él. Jericho se la había imaginado montando con elegancia sobre el asiento trasero, pero recibió su escarmiento. Yoyo se aferró a su chaqueta, se deslizó hacia abajo y se colgó de él como un gorila al neumático que cuelga en su jaula. Con ambas manos, Jericho la alzó mientras la moto se despeñaba hacia el suelo.

Ella gritó algo que sonó como un

«Tal vez».

¿Tal vez?

El ruido de la turbina cobró la categoría de aullido. Los dedos de Yoyo estaban por todas partes: en su ropa, en su cabello, en su rostro. El baldío polvoriento se les acercaba a toda velocidad. Iban a estrellarse.

Pero no se estrellaron, no murieron. Por lo visto, Jericho había hecho algo bien, porque en el momento en que las manos de ella se cerraron rodeando sus hombros y la joven apretó su pecho contra la espalda del detective, la moto, de repente, salió otra vez disparada

hacia lo alto.

—Tal vez...

Las ráfagas de viento se llevaron las palabras. Por la izquierda se les acercaba el rubio, su rostro era una máscara de salpicaduras de sangre, y sus ojos brillantes miraban hacia ellos, llenos de odio.

—¿Qué? —gritó Jericho.

—Tal vez —respondió ella—, la próxima ocasión, antes de empezar a volar, deberías aprender cómo se pilota esto, ¡imbécil!

Daxiong emergió a la superficie. Su primer impulso fue pedirle a Maggie un capuchino, con mucho azúcar y espuma,

por supuesto. A fin de cuentas, a eso habían ido allí: a desayunar juntos, algo habitual desde que Yoyo, como solía bromear Daxiong, había declarado de nuevo el Andrómeda su residencia de verano; sólo que, hasta la fecha, parecía más inteligente ocultarse por un tiempo en la acería.

Maggie siempre le llevaba el café. Los otros, Tony, Yoyo, la propia Maggie, Ziyi y Jia Wei, preferían tomar té, que era lo que se esperaba de los chinos. En el desayuno, comían religiosamente sus wantan y sus bao zi, devoraban panza de cerdo y fideos con caldo, se zampaban sus gambas

semicrudas, en fin, todo el programa. El corazón de Daxiong, en cambio, no sabía por qué motivo desconocido, se inclinaba hacia la Grande Nation, se desvivía por el cálido aroma de mantequilla de unos cruasanes recién horneados. Actualmente, Daxiong coqueteaba incluso con la posibilidad de tener genes franceses, cosa que ponía enérgicamente en duda cualquiera que lo mirara a la cara. Aquel gigante tenía rasgos tan mongoles como cualquier mongol. Además, Yoyo no se cansaba de exprimirle a la «auténtica China» — como ella solía decir— todas aquellas posibilidades de goce que para nada

necesitaban de las importaciones culturales de Occidente. Daxiong la dejaba hablar. Para él, el día comenzaba siempre con unos auténticos bigotes de leche espumosa. Y ese día, Maggie había graznado en el auricular de su móvil y convocado a un «¡Desayuno!», mientras Ziyi no paraba de gritar y chillar.

¿Por qué?

Oh, sí, había estado soñando. ¡Algo horrible! ¿Por qué soñaría tales cosas? Respondiendo a la llamada de Maggie, él, Ziyi y Tony se dirigían en sus motos hacia el alto horno cuando dos motocicletas voladoras, demasiado

caras como para que uno de ellos pudiera costeársela, aterrizaron en la plataforma de la central de mando, donde ya había aparcada una tercera. Era extraño. Mientras se acercaban, Daxiong había tratado de localizar a Maggie por teléfono para preguntarle qué pasaba con aquellos tipos, pero ella no le había respondido. Así que habían decidido sacar las armas de las alforjas, sólo por si acaso.

Un extraño sueño. Celebraban una fiesta. Todos se divertían, pero Jin Jia Wei no podía participar como era debido, ya que no quedaba mucho de él; Maggie, por su parte, tenía dolor de

estómago. A Tony le faltaba la mitad de la cara, y sí, ésa parecía ser la razón por la que Ziyi había empezado a gritar. Ahora todo encajaba. Pero ¿qué clase de gente era aquélla?

Daxiong abrió los ojos.

Xin reventaba a causa de la ira.

Con la agilidad de un mono en un árbol, saltó por encima del andamio, los puntales y las escaleras y volvió abajo. S u airbike estaba todavía en la plataforma, con el motor en marcha. Muy por debajo, el detective luchaba con la máquina que se había llevado en botín, y él y Yoyo estaban a punto de estrellarse.

«¡Jericho, esa garrapata!»

«¡Ojalá revienten! —pensó Xin—. Tengo el ordenador, Yoyo. ¿Con quién puedes haber hablado aparte de esos pocos amigos? Ahora están todos muertos, y yo ya no te necesito.»

Pero entonces Xin vio cómo Jericho recuperaba el control de la máquina, ganaba altura y se alejaba del alto horno...

También vio cómo lo forzaban a bajar.

¡Era el rubio!

Xin empezó a agitar ambos brazos.

—¡Acaba con ellos! —gritó—.

¡Elimina a esos dos!

No sabía si el rubio lo había oído. Rápidamente, saltó la barandilla de la pasarela, aterrizó con estruendo de suelas en la plataforma y corrió hacia su airbike. La turbina funcionaba. ¿No había estado Jericho trasteando la moto? Ante sus ojos, aquellos dos se alejaban a toda velocidad, se sumergían en el intrincado universo de la acería. Xin puso las toberas en posición vertical. La máquina bufó y empezó a vibrar.

—¡Vamos, vamos! —gritó.

Poco a poco, la airbike fue despegando, pero entonces algo le pasó silbando tan cerca de la cabeza que Xin casi pudo sentir la ráfaga de aire. Xin

alzó la máquina en el aire y vio que el gigante calvo de antes, en la central de mando, se le echaba encima con un arma en cada mano, disparando las dos a la vez. Xin lo atacó con un vuelo en picado. El gigante se echó al suelo. Con un resoplido de desprecio, elevó de nuevo la airbike y voló detrás de los otros.

Daxiong se incorporó. Su corazón latía aceleradamente, el sol caía sobre él y lo abrasaba. Por encima de aquellos centelleantes campos de escoria, la airbike iba ganando cada vez más en distancia; sin embargo, era evidente que una de las máquinas acosaba a la otra e

intentaba forzarla a aterrizar.

Uno de los asesinos yacía muerto en la central. ¿Quién conducía entonces la moto que huía?

¿Yoyo?

Mientras pensaba en ello, Daxiong corrió en zigzag escaleras abajo. Aparte de él —y probablemente de Yoyo—, ninguno de los Guardianes había sobrevivido a la matanza. Los restantes City Demons no sabían nada acerca de la doble vida que llevaban ellos seis, aunque tal vez intuyeran algunas cosas. Yoyo y él habían dado vida a los Demons como una forma de camuflaje. Un club de motociclismo no despertaba

sospechas, no era considerado una actividad intelectual ni subversiva. Podían reunirse sin problemas, sobre todo en Quyu. El año anterior se les habían sumado tres nuevos miembros. Tal vez —pensó Daxiong mientras plantaba sus ciento cincuenta kilos sobre el sillín de la moto— había llegado la hora de iniciar a los novatos. En sentido estricto, no le quedaba otra opción. Fuera quien fuese aquel oponente, era obvio que Los Guardianes se habían ido al diablo.

Mientras arrancaba, marcó un número.

El timbre sonó largo y tendido.

Luego respondió la voz del joven.

—¿Dónde estabas, maldita sea? —

resopló Daxiong.

Lau Ye bostezó y habló al mismo tiempo.

Luego preguntó algo.

—No preguntes, Ye —jadeó Daxiong en el móvil—. Reúne a Xiao- Tong y a Mak. ¡De inmediato! Ve hasta el alto horno y evacua la central, llevaos todo lo que encontréis, los ordenadores, los monitores.

El joven tartamudeó algo, a partir de lo cual Daxiong infirió que el chico no sabía dónde estaban los demás.

—¡Pues encuéntralos! —le gritó—.

Te lo explico después. ¿Qué? No, no lleves las cosas al Andrómeda, tampoco al taller. En ese caso, piensa en algo. Algún lugar con el que no puedan asociarnos. Ah, Ye... —dijo Daxiong, tragando en seco—. Encontraréis cadáveres. Mantened el control, ¿me oyes?

Daxiong puso fin a la conversación antes de que Ye pudiera hacerle más preguntas.

El aparato de Jericho recibió un golpe cuando la airbike del rubio colisionó contra la carrocería. Había intentado, una y otra vez, dirigir la moto al espacio aéreo situado sobre las casas

obreras de la acería, pero en cada ocasión el rubio los obligaba a regresar, los miraba con ojos desaforados e intentaba apuntarlos con el arma. Debajo de ellos se extendía el paisaje lunar de los escoriales. Una vez más, Jericho intentó salirse por la izquierda, pero el rubio aceleró y lo obligó a tomar la dirección opuesta.

—Pero ¿qué pretendes hacer? —le chilló la voz de Yoyo en sus oídos.

—¡Quitármelo de encima!

—¡No tendrás oportunidad de hacerlo en campo abierto! Atráelo hacia las instalaciones.

La airbike del rubio salió disparada

hacia lo alto y luego cayó en picado sobre ellos sin previo aviso. Jericho vio la panza de escualo de la moto muy pegada a ellos y descendió aún más. Muy cerca del suelo, empezaron a tambalearse.

—¡Presta atención! —le gritó Yoyo.

—¡Sé lo que hago! —La rabia hervía en su interior, pero, en realidad, no estaba seguro de lo que debía hacer. Directamente delante de ellos se alzaba una imponente chimenea.

—¡A la derecha! —chilló Yoyo—.

¡A la derecha!

La máquina del rubio siguió obligándolos a descender. La moto se

estampó contra la escoria seca, y empezó a pegar brincos y violentos bandazos. Un momento después, ya habían dado la vuelta a la chimenea, pero sólo para hallarse otra vez ante una nave del tamaño de un hangar. Ningún camino les permitía vadear el edificio ni pasar por encima de él. Estaban muy cerca, demasiado cerca. No había oportunidad de evitarla, dar media vuelta y eludir la colisión.

Pero ¡sí! La puerta de la nave estaba entreabierta.

Inmediatamente antes del choque, Jericho torció la máquina y atravesó el portón.

Lau Ye corrió por la oscura sala de conciertos del Andrómeda. Corrió todo lo a prisa que se lo permitieron sus flacuchas piernas.

«No hagas preguntas. No preguntes.» Ya estaba acostumbrado a las salidas de Daxiong, y nunca se había quejado. Lau Ye era un novicio en la orden de los City Demons, había sido el último en incorporarse, y era, con diferencia, el miembro más joven. Respetaba a Daxiong y a Yoyo, a Ziyi y a Maggie, a Tony y a Jia Wei. También respetaba mucho a Ma Mak y a HU Xiao-Tong, aunque estos últimos también habían sido acogidos

posteriormente en el club. Posteriormente en el sentido de que habían llegado cuando ya los otros, en conjunto, habían dado vida al club, con Daxiong como fundador y Yoyo en el papel de vicepresidenta.

Pero Ye no era ciego.

Había nacido en las casas obreras, poco después de que cerraron la planta de acero, no tenía formación escolar, pero, en su lugar, tenía un trato mucho más familiar que los otros con las características de Xaxus y de sus habitantes, y desde el principio jamás se tragó que los Demons fueran un mero club de motociclismo. También Daxiong

era oriundo de Quyu, pero se lo consideraba un tipo que se movía entre ambas fronteras, entre el universo de los conectados y el de los no conectados. Nadie dudaba de que, una buena mañana, despertaría del otro lado, se frotaría los ojos y viajaría con un coche elegante a un edificio climatizado para realizar allí alguna actividad bien pagada. Yoyo, por el contrario, al igual que Maggie, Ziyi, Tony y Jia Wei, encajaba en Quyu tan poco como un cuarteto de cuerda en el Andrómeda. En la antigua central de mando habían instalado una especie de Cyber Planet para privilegiados, y aunque Yoyo había

cargado aquellos carísimos ordenadores con toda clase de juegos estupendos, seguía sin ser una de ellos. Esa chica iba a la universidad. Todos ellos iban a la universidad para estudiar algo que los padres, normalmente, consideraban sensato.

Bueno, no los suyos.

Los padres de Lau Ye no se ocupaban mucho de él. A sus dieciséis años, Lau Ye muy bien podría estar viviendo en la Luna. El trabajo en el taller de Daxiong y los City Demons eran todo cuanto tenía, y le encantaba pertenecer a ese grupo. Por eso tampoco preguntaba nada. No preguntaba si su

modesta persona, también la de Xiao- Tong y Mak, sólo servían, eventualmente, para camuflar a un pequeño club conspirativo, de modo que éste fuera compatible con aquel barrio marginal. Tampoco preguntaba qué hacían los otros seis miembros durante sus frecuentes reuniones en la central de mando, cuando él, Xiao-Tong y Mak no estaban presentes. Pero eso sólo había durado hasta hacía pocos días, cuando Yoyo apareció completamente asustada por el taller. Entonces sí que le preguntó a Daxiong.

Su respuesta fue la de siempre:

—No preguntes.

—Sólo quiero saber si puedo hacer algo.

—Yoyo tiene problemas. Lo mejor es que permanezcas temporalmente en el taller y evites la central.

—¿Qué clase de problemas tiene?

—No preguntes.

«No preguntes.» Sólo que, tres días después, apareció por el taller aquel tipo de cabellos rubios y ojos azules, del que Daxiong dijo más tarde que parecía un... ¿escandinavo? ¡Eso, un escandinavo! Ye había estado charlando con el hombre, y había conseguido averiguar que estaba interesado en ir al Andrómeda.

—Estupendo —le había dicho más tarde a Daxiong—. Tengo la impresión de que lo has mandado a que se pierda en la maleza. ¿Por qué?

—No pre...

—Sí que pregunto.

Daxiong se había frotado la calva y el mentón, se había hurgado en las orejas, tirado de su barba postiza y, finalmente, le había gruñido:

—Puede que tengamos una visita indeseada. Malditos canallas.

—¿Como ese de antes?

—Exacto.

—¿Y qué quieren ésos de nosotros? Quiero decir, ¿qué quieren de vosotros?

¿Qué les habéis hecho... vosotros seis?

Daxiong se lo quedó mirando largo rato.

—Si te revelo algo dentro de poco, pequeño Ye, ¿mantendrás el pico cerrado y no se lo contarás a nadie?

—De acuerdo.

—¿Tampoco a Mak ni a Xiao-Tong?

—De... acuerdo.

—¿Tengo tu palabra?

—Por supuesto. Pero... ¿de qué se trata?

—No preguntes.

Pero ni siquiera ese día memorable la habitual respuesta negativa de Daxiong había sonado tan desesperada y

furibunda como la que acababa de oír. Lo que Ye había sospechado desde hacía mucho tiempo parecía confirmarse. Aquellos seis practicaban rituales conspirativos. A Ye le temblaron todos sus miembros cuando atravesó la nave del Andrómeda, que tras el concierto del día anterior parecía totalmente desolada y apenas transitable debido a los restos de comida, las botellas, las colillas y el instrumental usado en el consumo de drogas. El alcohol, el humor frío y el orín se unían para formar un ataque masivo a sus quimiorreceptores. Mak y Xiao-Tong estaban liados desde hacía cuatro

semanas y, al igual que él, habían ido al concierto. A continuación, se habían desmadrado. Hacia el amanecer, Ye ya estaba totalmente colocado y se había arrastrado por el escenario en dirección a la abandonada residencia veraniega de Yoyo. Todavía sentía la cabeza como una pecera cuya agua salpicaba hacia todos lados con el menor movimiento. Pero Daxiong había confiado en él.

«Encontraréis cadáveres...»

Algo terrible debía de haber sucedido. Ye sospechaba dónde podría encontrar a los otros dos. Ma Mak dormía con sus padres y sus hermanos en las ruinas de una casa a medio

derribar, situada en la linde de la urbanización obrera. La familia compartía un recinto diminuto, mientras que Hui Xiao-Tong vivía solo en un cobertizo con forma de cueva, situado muy cerca. Allí los encontraría.

Ye salió dando tumbos a la intensa luz, entornó los ojos y caminó a través de la plaza en dirección a su motocicleta.

El interior de la nave estaba a oscuras, era un espacio de dimensiones colosales, con un techo de unos veinte o treinta metros de altura, paredes remachadas y vigas de acero. Había grandes armazones que hacían pensar en

un antiguo almacén para las planchas de acero fundido.

Detrás de ellos sonaron algunos disparos. Su eco era devuelto por las paredes y los techos, como impactos acústicos.

—Presta atención, joder, y mira hacia adonde vuelas —le gritó Yoyo.

Jericho volvió la cabeza y vio al rubio ganar terreno.

—¡Baja más!

Su perseguidor se acercaba. Nuevamente, unos disparos atravesaron la nave silbando como latigazos. Acompañados por el alarido de la turbina, volaron por entre los armazones

de la pared trasera de la nave, y allí también encontraron un portón que llegaba hasta el techo y que, felizmente, estaba abierto. Al otro lado, se abría, como un bostezo, un nuevo recinto, aún más oscuro que el primero.

Algo con el aspecto de una grúa fue perfilándose en la oscuridad.

—¡Cuidado!

—Si cerraras el pico de una vez...

—¡Más alto! ¡Más alto!

Jericho obedeció. La airbike dio un brinco en una parábola casi asesina y pasó al otro lado de la grúa. De repente vio que estaba demasiado alto, casi pegado al techo. Brevemente, hizo rotar

las toberas en la posición opuesta. El aparato se colocó de través, salió disparado hacia abajo y empezó a girar en torno a su propio eje a una velocidad de vértigo. Dando vueltas, volaron hacia la otra nave. Jericho echó un rápido vistazo a su perseguidor, lo vio atravesar el portón muy pegado abajo y pasar a un vuelo en picado controlado; luego el rubio dirigió su moto hacia la de ellos y la embistió por un costado. Pero lo que había sido pensado para sacarlos de su trayecto tuvo el efecto contrario. Como por obra de un milagro, la máquina se estabilizó. De pronto se vieron en un vuelo en línea recta,

inquietantemente próximo a la pared. Jericho entornó los ojos. La nave le parecía ahora más grande y alta que la anterior. Cientos de rodillos dispuestos uno junto al otro discurrían por el suelo; se trataba, por lo visto, de una especie de cinta transportadora que conducía a una estructura que se elevaba hacia lo alto. Con su aspecto sombrío y voluminoso, parecía una prensa tipográfica, sólo que allí, tal vez, los libros que se imprimían eran hechos para cíclopes.

Estaban en un taller de laminado, pensó Jericho. Aquel chisme era una laminadora destinada a aplastar los

bloques de hierro incandescente para convertirlos en planchas. ¡Cuántas cosas sabía!

Una vez más, el rubio descendió e intentó acorralarlos contra la pared. Jericho miró hacia donde estaba el hombre. En su cara salpicada de sangre resplandecía una sonrisa triunfante.

Estaban a punto de estrellarse.

—¿Yoyo?

—¿Qué hay?

—¡Agárrate bien!

En el momento en que la joven se apretó contra él, Jericho hizo girar el volante y le propinó a la moto atacante un fuerte golpe con el fuselaje. Yoyo

dejó escapar un grito. Las astillas del parabrisas destrozado saltaron hacia todos lados. La moto del asesino a sueldo fue lanzada hacia un lado, su arma desapareció en la oscuridad. Jericho no le dejó ni un instante de respiro, embistió su moto por segunda vez, mientras avanzaban en paralelo en dirección a la laminadora.

—Saludos —le gritó el detective—.

¡Todavía te falta esto!

La tercera embestida acertó en la parte trasera de la moto del rubio. La airbike describió una voltereta en el aire y empezó a girar en remolino en dirección a la prensa. Jericho pasó por

su lado, vio al asesino manoteando y luchando por mantener el control y el equilibrio y se metió en la curva. Por los pelos, rodearon el coloso, pero el terrible ruido del choque no se produjo. En su lugar, se oyeron varios estampidos consecutivos. Jericho miró por el espejo retrovisor. ¡Increíble! De algún modo, aquel tío había conseguido evitar la colisión y depositar su moto en el suelo. Como un guijarro lanzado sobre la superficie de un lago, fue saltando por encima de los rodillos de la cinta transportadora, se volcó hacia un lado y arrojó a su jinete.

Ante sus ojos se abrían las fauces

del siguiente portón.

—Yoyo —gritó el detective hacia atrás—. ¿Cómo diablos conseguiremos salir de aquí?

—De ningún modo. —El brazo extendido de la joven señaló en dirección a la oscuridad—. Si atraviesas eso, vas directamente al infierno.

Xin no prestó la más mínima atención al único motorista que se esforzaba desesperadamente por perseguirlo. Aquel chico era ridículo. Era grande y torpe. Una broma, vamos. Ya podía vaciar tranquilamente su cargador en el aire. A su debido

momento, desearía no haber nacido jamás.

Xin buscó con la vista las airbikes.

Habían desaparecido.

Desconcertado, avanzó en círculos por la antigua fábrica, pero parecía que el cielo se hubiera tragado ambos aparatos. La última vez que los había visto estaban dando la vuelta al complejo de edificios tras el cual descollaba una única y enorme chimenea.

Allí perdió su rastro.

El quejido acatarrado de la motocicleta penetraba hasta arriba, donde él se encontraba. Coqueteó con la

idea de lanzarle un par de granadas, en plena calva, a aquel gigante. Su dedo índice dio unos golpecitos en un punto ubicado a un costado del salpicadero, y de inmediato una tapa se corrió hacia atrás en la parte situada sobre su rodilla derecha. Allí había un considerable arsenal de armamentos. Xin inspeccionó el contenido del compartimento situado en el otro lado. Había de todo: granadas de mano, ametralladoras. Con cuidado, casi con ternura, los dedos de Xin se deslizaron por la empuñadura del M-79, la escopeta lanzagranadas, con su ristra de cartuchos explosivos. Las tres airbikes disponían del mismo

armamento.

De modo que Jericho también disponía de él.

Xin apartó a un lado esa idea y echó un vistazo al altímetro. Ciento ochenta y ocho metros sobre cero. Con un impulso amainado, continuó su búsqueda. El cielo no podía tragarse tan pronto a nadie.

Si una parte del techo no hubiera permanecido abierta, habría estado todo oscuro como boca de lobo. Gracias a ello, sin embargo, algunas lanzas de luz natural caían en el interior, en una línea inclinada, y esculpían estrafalarios detalles sobre las paredes: pasillos

enrejados, escaleras, balcones, terrazas, tubos, cables, blindajes segmentados y remachados, imponentes escotillas abiertas.

Jericho frenó la moto bajo uno de los conos de luz. Con un tenue bramido, la moto quedó flotando en el aire preñado de trozos de hierro, óxido y rancios fragmentos de escoria.

El detective alzó la cabeza.

—Olvídalo —dijo Yoyo. El eco de su voz huyó a través de las paredes y los techos y quedó atrapado entre las estructuras—. Ahí arriba hay barrotes por todas partes. Ningún sitio por donde pasar.

Jericho maldijo y dejó que su mirada vagara por el recinto. Apenas estaba en condiciones de decir si aquella nave era de mayor tamaño que la anterior; en cualquier caso, su aspecto era monumental, casi wagneriano en sus dimensiones, una guarida de nibelungos en plena era industrial. La vigas de acero de varios metros de grosor se extendían a lo largo del techo, y de ellas colgaban unas góndolas abiertas, ancladas con enormes bisagras, cualquiera de ellas lo suficientemente grandes como para que un Toyota como el suyo cupiera en su interior. De la oscuridad de la bóveda del techo surgía

un tubo de unos tres metros de diámetro que conducía hasta abajo en un ángulo inclinado y acababa a media altura de la nave. Otras de las estructuras con forma de góndolas se distribuían por el suelo, y a lo largo de las paredes se apilaban varios contenedores.

Yoyo tenía razón. El conjunto tenía algo de infernal. Un infierno en frío. Todavía impresionado por sus insospechados conocimientos acerca de la laminadora, Jericho intentó recordar otra cosa que fuera característica de un lugar como aquél. Allí se fabricaba acero, en unos depósitos colosales llamados convertidores. Directamente

debajo de ellos se abrían las redondas y ladeadas bocas que servían de escotillas para entrar al corazón del volcán, aberturas que, en condiciones normales, resplandecían con los colores rojos y amarillos del hierro incandescente. Ahora, en cambio, mostraban un misterioso color negro. Eran tres.

Era un mundo apagado.

Desde el otro lado del pasillo les llegó el bramido de la airbike, un bramido que, de repente, se hizo más nítido.

La moto se acercaba.

—Eh, ¿qué pasa con eso? —Yoyo se inclinó hacia adelante y señaló una de

las bostezantes aberturas de los convertidores—. Ahí no podría encontrarnos.

Jericho no respondió. La moto habría cabido sin más en uno de los convertidores, además de ellos dos. La boca era lo suficientemente espaciosa, el recipiente era abultado y tenía varios metros de profundidad. No obstante, no le gustaba nada la idea de quedar atrapado allí abajo. El detective hizo ascender la moto en dirección al techo.

—No deberías habernos traído hasta aquí —vociferó Yoyo.

—Si hubieras cogido tu ordenador

—replicó él, malhumorado—. Así no

nos habríamos quedado aquí para servir de blanco a esos cazadores.

Entre dos vigas de acero, muy pegadas al techo, se extendía una plataforma con aspecto de vehículo. Desde allí se tenía una vista estupenda sobre la nave entera. Al fondo del todo se abrían las bocas de los convertidores, separados unos de otros por unas grandes escotillas blindadas. Los rayos del sol rozaron su moto, exploraron su forma y se alejaron. Con una concentración extrema, Jericho accionó el volante y las toberas generaron un ligero contraimpulso, el suficiente para que la máquina se desplazara lentamente

marcha atrás sobre el borde de la plataforma.

—Ya viene —le susurró Yoyo.

Un cono de luz penetró en la nave por uno de sus lados. El rubio había encendido la luz delantera. Sin hacer ruido, Jericho depositó la airbike sobre la plataforma y redujo la potencia del motor. El bramido se extinguió y sólo dejó un tímido zumbido. El detective se sentía casi orgulloso de sus habilidades como piloto. A causa del ruido de su propio aparato, el rubio no los oiría; además, la luz crepuscular se tragaría su silueta. Como un enorme insecto al acecho, la moto estaba agazapada bajo

el techo.

—Por cierto, sí que he cogido mi ordenador —le dijo Yoyo en un susurro.

Jericho se volvió hacia ella, presa del asombro.

—Pensé que...

—Aquél no era mi ordenador. Sólo lo hice para que él así lo creyera. Llevo el mío en el cinturón.

El detective alzó la mano y le hizo señas para que se callara. Abajo asomaba la figura de su perseguidor, que permaneció flotando lentamente por debajo de ellos. Su moto jadeaba tenuemente, un potente dedo de luz fría y blanca palpó el entorno. Jericho se

inclinó hacia adelante. El rubio giró la cabeza en todas direcciones, miró al techo, pero no pudo verlos, echó un vistazo por entre los contenedores. Pesada, en su mano derecha, reposaba el arma.

¿Acaso no la había perdido?

Jericho estaba perplejo. Era muy poco probable que, tras la colisión, el hombre hubiese vuelto a recoger su pistola. La fuerza del choque la había lanzado hacia las tinieblas del taller de laminado. Sólo había una explicación. Su moto estaba equipada con otras armas, lo que era válido seguramente para esa moto...

«A derecha e izquierda del tanque», pensó el detective. Sólo ahí había sitio, directamente delante de sus piernas.

Sus dedos palparon el revestimiento. No había duda. Allí había algunos depósitos, espacios huecos situados bajo los revestimientos. Pero ¿cómo se

abrían?

Abajo, el asesino recorría la nave. El ojo de luz examinaba los resquicios entre las estructuras y los contenedores, se deslizaba por pasillos y balcones. Sólo entonces a Jericho le llamó la atención que, en la parte trasera de la bóveda, se abría una caja en forma de túnel, hacia la que puso rumbo el

perseguidor. Unos raíles salían de ella y desembocaban en el interior de la nave. El rubio detuvo la moto y echó un vistazo dentro. Parecía estar sopesando si debía entrar o no antes de haber revisado toda la nave; entonces hizo un giro y se elevó.

Subía hacia donde estaban ellos. Diversos planes se sucedieron en la

mente de Jericho. Al cabo de pocos segundos, el asesino descubriría su desprotegida atalaya. Como un obseso, rebuscó en los revestimientos y en el salpicadero, confiando en hallar una posibilidad de abrir el compartimento de las armas. El bufido se acercaba.

Sentía en la nuca la respiración cálida de Yoyo, estiró el cuello y se arriesgó a echar un vistazo hacia abajo. El rubio había subido hasta el tercio superior de la nave.

No faltaba ni un metro para que los viera.

Sin embargo, no continuó subiendo. En lugar de ello, su mirada vagó

hacia abajo y se clavó en las bocas de los convertidores. Vueltos hacia él, con sus labios abultados, parecían querer absorberlo en su interior, y Jericho comprendió claramente lo que el rubio estaba pensando. La moto se detuvo sobre una de las bocas. Una negrura

como la tinta de imprenta predominaba en el interior de aquella caldera de fundición de acero, y era imposible distinguir si alguien se ocultaba dentro o no. Entonces el rubio metió la mano en un compartimento, sacó algo alargado y lo arrojó al interior; a continuación, se alejó de la zona de peligro.

Transcurrió un segundo. Otro, un tercero.

Un infierno.

Con un estruendo ensordecedor, la granada explotó. Una columna de fuego de un metro de alto salió disparada del convertidor en un torbellino cuando la presión de la explosión se descargó a

través de la abertura, y la nave quedó sumida en una luz roja incandescente. El humo se inflamó hacia todos lados. Jericho hizo una mueca a causa del dolor provocado en sus oídos por el estampido.

El estruendo de la detonación se reprodujo, se coló por las ranuras de luz del techo de la nave de los convertidores, cuyos cristales estaban rotos desde hacía tiempo, puso a vibrar las moléculas de aire por encima del complejo de la fábrica y salió disparado al cielo.

Daxiong lo oyó desde el suelo.

Xin lo oyó a doscientos metros por

encima del City Demon.

Algo había explotado. No podía decir dónde había ocurrido exactamente, pero estaba seguro de que había sido en una de las naves que se alineaban hacia el oeste de los altos hornos.

Daxiong, por el contrario, no dudó que la detonación había tenido su origen en la nave de los convertidores.

Hizo girar bruscamente la motocicleta, levantando la gravilla, y en ese mismo instante Xin cayó del cielo, como un halcón.

—¡Venga ya, maldita sea!

Lau Ye estaba sinceramente indignado. Se encontraba en el cobertizo

de Xiao-Tong, cambiando de posición de una pierna a la otra mientras observaba cómo sus amigos se metían en los pantalones y las camisetas como si el proceso de vestirse implicara unos riesgos incalculables. Ma Mak ponía de manifiesto el estoicismo de una zombi, y no le cohibió lo más mínimo que el pequeño Ye los hubiera encontrado desnudos, a ella y a XiaoTong, en una posición que no dejaba lugar a dudas sobre el tipo de actividad con la que se habían quedado dormidos. Xiao-Tong parpadeaba con violencia, como si intentara espantar a unos diminutos seres vivos del rabillo de sus ojos.

—¡Nos vamos ya! —Ye cerró los puños y dio unos pasos hacia ninguna parte—. Le prometí a Daxiong que nos daríamos prisa.

Un gruñido a dos voces resonó en la choza, pero por lo menos ambos consiguieron reprimirlo. Fuera, bajo la luz temprana del sol, ambos se agazaparon como vampiros.

—Necesito un té —murmuró Mak.

—Necesitas un polvo —sonrió Xiao-Tong, y le apretó una nalga. Ella se sacudió la mano de encima y se subió a duras penas sobre su moto.

—No estás bien de la cabeza.

—Ninguno de vosotros dos lo está

—dijo Ye, y le dio un empujón a Xiao- Tong, lo que, por lo menos, hizo que el joven, por fin, pasara una pierna por encima del sillín de la moto. No tenían que ir demasiado lejos. Pocos edificios más allá, calle arriba, estaba el Wongs World, y detrás se dibujaba, bajo la bruma matutina, la silueta de los altos hornos. Xiao-Tong señaló con un gesto débil en dirección al mercado.

—¿No podemos antes, por lo menos...?

—No —dijo rotundamente Ye—. Controlaos. La fiesta ha terminado.

Eso sonaba bien, muy adulto, según le pareció. Podía muy bien ser una frase

de Daxiong; en cualquier caso, causó una poderosa impresión en Xiao-Tong y en Mak. Sin contradecirlo, ambos arrancaron sus motos y lo siguieron calle arriba. Con cada metro que se acercaban a los altos hornos, las entrañas de Ye daban un nuevo vuelco, y un miedo horroroso se apoderó de él.

Daxiong había dicho algo de unos cadáveres.

Evitó decirles nada de ello a Xiao- Tong y a Mak. No por ahora. De momento, estaba muy contento por haber conseguido despertarlos.

Jericho contuvo el aliento.

El rubio había dirigido la airbike

por encima del segundo convertidor, con lo que estaba un trecho más cerca de ellos. Entonces sacó una nueva granada, tiró de la espoleta, arrojó el proyectil en el interior del depósito y se alejó. Hubo un estruendo, y el convertidor escupió fuego y humo.

—Larguémonos de aquí —le susurró

Yoyo al oído.

—Si lo hacemos, nos pillará — susurró, a su vez, Jericho—. No conseguiremos escapar otra vez.

No podían seguir huyendo eternamente. De alguna manera tenían que acabar con el rubio, sobre todo porque Jericho no tenía la menor duda

de que más tarde o más temprano tendrían que vérselas todavía con Zhao. Si es que era ése el verdadero nombre de aquel tipo. Uno de los asesinos lo había llamado Kenny.

¿Kenny Zhao Bide?

Su mirada voló de un lado a otro. Directamente debajo de ellos se abría, en un ancho bostezo, la boca del tercer convertidor, como si la caldera de acero esperase su alimento. «Como una cría de dinosaurio», pensó Jericho. Eso le parecían aquellas calderas. Pequeños pájaros agazapados en su nido, con los voraces picos abiertos, pidiendo que les dieran su ración de gusanos y

escarabajos. ¿Y qué eran los pájaros, sino dinosaurios en miniatura, cubiertos de plumas? Esos de allí eran enormes. Y tenían apetito de cosas más grandes. Seres humanos, por ejemplo.

Un instante después, la moto del rubio se acercó, quitándole a Jericho la visibilidad hacia el convertidor. El aparato se había detenido justo encima de la caldera, y estaba tan cerca que Jericho, estirando el brazo, podría haber tocado la cabeza al asesino. Una mirada hacia el techo le habría bastado al rubio para verlos, pero el hombre sólo parecía tener ojos para aquellas fauces, en cuyas profundidades suponía a los fugitivos.

Entonces el rubio se inclinó hacia adelante, metió la mano en el arsenal de armas y sacó otra granada.

—Agárrate bien —dijo Jericho lo más silenciosamente que pudo. Yoyo le apretó el brazo en señal de que había entendido.

El rubio tiró de la anilla de la granada.

Jericho aceleró.

L a airbike dio un salto hacia adelante y empezó a bajar hacia donde estaba el asesino. Por un instante, el detective vio al rubio como bajo el flash de una cámara, el brazo alzado con intenciones de lanzar la granada, la

cabeza en alto, los ojos abiertos de par en par a causa del desconcierto, el cuerpo petrificado.

Acto seguido, chocaron contra él.

Las dos turbinas aullaron. Jericho aumentó el impulso. Implacable, empujó a la moto enemiga dentro del convertidor, hizo girar el volante y huyó de nuevo hacia lo alto. El aparato del rubio siguió descendiendo, golpeó contra el borde de la abertura, fue lanzado por los aires y cayó con estrépito, arrastrando a su jinete dentro de la oscura boca de la caldera. Un golpeteo hueco acompañó a Yoyo y al detective en su camino hacia arriba. En

un esfuerzo desesperado por escapar al infierno que estaba a punto de desatarse, Jericho azuzó la propulsión de la moto al máximo, al tiempo que soltaba una sarta de jaculatorias dirigidas al techo de la nave.

Entonces tuvo lugar la detonación.

Un demonio se alzó desde el fondo de aquella olla de acero, se extendió en un bramido y desplegó sus alas de fuego. Su aliento hirviente alcanzó a Jericho y a Yoyo y lanzó la moto por los aires. Ambos fueron arrastrados a lo alto, dieron una voltereta y cayeron. A medida que el arsenal de armas del rubio fue estallando, una rápida sucesión

de explosiones similares a las de un cañón ahogó sus gritos. El volcán escupió fuego en todas direcciones, incendió la nave en un abrir y cerrar de ojos, mientras ellos dos caían al suelo en barrena, y Jericho intentaba frenéticamente controlar el volante. La moto inició un looping, fue rozando a lo largo de una pared y terminó en un aterrizaje forzoso sobre una plataforma. Al detective se le cortó el aliento. Yoyo soltó un grito, y a punto estuvo de romperle las costillas a Jericho a causa del miedo a ser arrojada de la moto. En medio de una lluvia de chispas, avanzaron por la plataforma en

dirección a una pared. Jericho frenó, contrarrestó el impulso. La máquina dio un bandazo, cambió de rumbo y colisionó contra una barandilla, ante la cual se mantuvo en pie por un breve instante —como si su conductor la hubiese aparcado allí correctamente—, soltó un gemido y se volcó.

Jericho cayó de espaldas. Junto a él, Yoyo rodó por el suelo y se incorporó. Su muslo no ofrecía muy buen aspecto: tenía los pantalones hechos jirones, la piel desgarrada y cubierta de sangre. Jericho se arrastró a cuatro patas en dirección a la barandilla, estiró la mano hacia los barrotes y fue incorporándose

con inseguridad. Todo a su alrededor estaba en llamas. Un humo alquitranado ascendía en volutas hacia el techo y empezaba a nublar toda la nave.

Tenían que salir de allí.

A su lado, a Yoyo se le doblaron las rodillas; la chica gemía de dolor. Él la ayudó a levantarse mientras miraba aquella pared de humo cada vez más densa. ¿Qué era aquello? Algo difuso surgió de entre las nubes hirvientes y las iluminó. Al principio Jericho Pensó en otro incendio, pero la luz era blanca, se repartía de forma homogénea y ganaba en intensidad.

El cuerpo de pez de una airbike

surgió en medio del humo.

Era Zhao.

Ye intentó luchar contra el temblor de sus rodillas cuando apoyó el pie en el peldaño más bajo de la escalera en zigzag. Su mirada recorrió toda la torre de barrotes hasta llegar a la plataforma sobre la que descansaba la antigua central de mando. De repente sentía temor ante lo que sus ojos verían allí arriba, y su miedo era tal que sus piernas amenazaron con negarse a dar un paso más.

Ye miró a su alrededor.

Debajo de los andamios había un coche aparcado, un Toyota de bastante

mal aspecto; un poco más allá, había dos motocicletas. Eso lo sorprendió. Por lo general, sus amigos, antes de subir, llevaban sus motos hasta el edificio adyacente, que estaba vacío.

Ye no podía apartar la mirada de las motos.

Una de ellas pertenecía a Tony. ¿Y la otra? No estaba seguro, pero le parecía que era la de Ziyi.

Tony... Ziyi...

¿Qué los esperaba allí arriba?

Mak subió al trote, mientras que Xiao-Tong la seguía como una sombra. Ye carraspeó.

—Esperad, tengo que deciros...

—No te quedes ahí —gruñó la chica

—; ahora que nos has sacado de la cama...

—Y a la hora perfecta —protestó

Xiao-Tong.

—...así que venga...

Ye se retorció las manos. No sabía qué hacer. Era hora de contarles que Daxiong había dicho algo acerca de unos muertos, que algo terrible había sucedido en la central. Sin embargo, Ye tenía la lengua pegada al paladar, sentía dolor al tragar. Separó los labios y emitió algo parecido a un graznido:

—Vale, ya voy.

Daxiong no había cruzado el taller

de laminado. Había un atajo, y él, al menos, esperaba que todavía fuera transitable. En otro tiempo, por los terrenos de la nave circulaban trenes, locomotoras de maniobras con vagones en forma de torpedo que se llenaban con el hierro fundido vaciado del alto horno. Desde allí se dirigían con su carga, a una temperatura de 1.400 grados, hacia la nave de los convertidores, donde el hierro era vertido en unas sartenes enormes y, de allí, pasaba a las cacerolas de acero.

Daxiong siguió el curso de los raíles, que lo llevaban unos dos kilómetros a lo largo de un terreno

baldío y desaparecían luego en un túnel, más bien un paso cubierto que desembocaba directamente en la nave de los convertidores. Un nuevo estruendo le llegó desde allí. Daxiong accionó el acelerador al máximo, metió la rueda delantera en uno de los raíles, haciendo que la moto patinara y lo echara fuera. Sobre los fondillos, Daxiong se deslizó detrás de la motocicleta, desconcertado por su propia estupidez. Luego se puso de pie y maldijo. Había salido ileso, pero el accidente le había hecho perder tiempo.

Sus ojos escudriñaron el cielo.

En ninguna parte había rastro alguno

de una airbike. Entonces levantó la moto del suelo e intentó arrancarla. Tras varios intentos y muchas palabras de ánimo, de las cuales la más frecuente fue

«Merde!», el aparato arrancó por fin, y Daxiong se internó en la oscuridad del paso techado. Lo que vio no fue alentador. Una locomotora reposaba a todo lo ancho sobre una sección de los raíles, mientras que la otra era obstruida por varios vagones en forma de torpedo acoplados entre sí. Apenas se podía pasar por la derecha ni por la izquierda, sólo el espacio situado entre los trenes mostraba el ancho requerido, pero también había algo que lo bloqueaba.

Debería haber atravesado el taller de laminado.

Forzado por las circunstancias, se detuvo, bajó y corrió hasta la barrera, que resultó ser un amasijo de barras retorcidas. Con todo el peso de sus ciento cincuenta kilos, se plantó delante de ellas y trató de alzarlas. Más allá podía ver la oscura abertura tras la cual se encontraba la nave. No estaba ni a veinte metros de allí.

Tenía que conseguir entrar.

En ese momento, resonó un tercer estampido; fue como una salva, pero mucho más ruidosa que la anterior. El pasaje se cubrió con una luz

incandescente, algo abrasador entró volando y se estrelló contra el suelo. Le siguieron otras explosiones. Como un obseso, Daxiong sacudió el varillaje hasta que éste empezó a aflojarse con un crujido. No era demasiado pesado, pero estaba irremediablemente encajado. Daxiong tensó los músculos. Al otro lado se había desatado un infierno, las llamas se recrudecieron. Daxiong resoplaba, tiraba y tiraba, presionaba, y de pronto el varillaje cedió y se movió un poco hacia un lado. De todos modos, la abertura apenas bastaba para que él pasara.

Xin se tapó la boca y la nariz con

una mano mientras dirigía la airbike a través de la humareda. Un humo picante hizo que las lágrimas le afloraran a los ojos. ¿Qué diablos había hecho el rubio allí? Esperaba que por lo menos hubiera merecido la pena. En medio de aquella negrura impenetrable, Xin vio supurar el fuego. Su mano derecha rodeó la empuñadura de la ametralladora en su funda y se retiró de nuevo.

Primero tenía que hallar el modo de salir de aquella cocción.

El humo se disipó y dejó la vista libre hacia la nave. Había fuego en cada rincón. Ni un alma a la vista, sólo una airbike volcada que colgaba de la

barandilla de una plataforma, abollada y ennegrecida. El parabrisas había desaparecido. Xin se dirigía hacia allí cuando un trueno hizo que toda la nave se estremeciera. Directamente detrás de él, una columna de fuego salió disparada hacia el aire; la onda expansiva alcanzó su máquina y la sacudió. Xin se elevó y notó un movimiento en la parte trasera de la nave.

Con un estruendo, algo salió disparado de la pared. Un motociclista. El gigante calvo.

Xin sacó el arma de la funda.

Una nube negra y grasienta se expandió y lo envolvió, una nube

hirviente y sofocante. Contuvo la respiración, hizo que la moto siguiera ascendiendo, pero no consiguió librarse de la nube. ¡Claro que no! El humo ascendía. ¡Pedazo de imbécil! Cegado y desorientado, dejó caer la máquina otra vez. Ni siquiera podían distinguirse las luces del cuadro de mandos. Entonces, echándolo a suertes, enfiló hacia la derecha y chocó contra algo; de inmediato, hizo girar el volante.

Tenía que bajar más, tenía que bajar. A su alrededor se oían los estertores

de los pequeños incendios que envolvían su airbike con un rojo y parpadeante resplandor. Xin creyó oír

voces provenientes de algún lugar; para evitar nuevas colisiones, reinició su avance y consiguió salir de la nube. Entonces, entre las lengüetas de las llamas y las banderolas de humo, vio la motocicleta.

Yoyo estaba sentada en el asiento trasero.

Xin soltó un grito de rabia. La motocicleta desaparecía a través del paso ancho y bajo por el que había llegado allí. Con las turbinas bufando, salió disparado tras aquellos dos y los siguió dentro del túnel. La moto pasó como un bólido entre dos trenes. Xin intentó calcular el espacio del que

disponía —ya que la airbike era mucho más ancha que las motocicletas normales—, pero vio que si tenía cuidado podría pasar.

No obstante, cuando apuntó para dispararle a la joven a la espalda, vio algo que bloqueaba el camino.

Unas barras. Dobladas, entrelazadas. Fuera de sí, tuvo que ver cómo Yoyo

y el gigante encogían las cabezas y lograban pasar a través de la estructura. Él, sin embargo, quedaría ensartado entre las varillas si intentaba cruzar. No había ninguna oportunidad. Su moto era demasiado ancha, demasiado alta. Xin hizo girar las toberas en sentido

contrario y desaceleró, pero el propio impulso que llevaba lo arrojó contra las barras. Por un momento, sintió la paralizadora sensación de la impotencia absoluta, pero entonces hizo girar bruscamente la moto y la colocó de costado, con lo que ésta se deslizó a lo largo de los trenes hasta que, por fin, disminuyó la velocidad. El metal chirrió contra el metal a medida que la moto iba reduciendo rápidamente el impulso.

El asesino contuvo la respiración.

L a airbike se detuvo a pocos centímetros del amasijo de barras.

Hirviendo de rabia, Xin miró a través de él. Allí detrás, en el sitio

donde acababa el paso techado, se veía la luz del día. La moto le envió un saludo de protesta con su motor eléctrico y se perdió de vista. Casi a punto de perder su dominio de sí, Xin hizo girar su airbike, voló de regreso a la nave de los convertidores, se precipitó dentro de la humareda y salió a toda prisa al exterior, atravesando el taller de laminado y los almacenes. Por encima del escorial, describió una pronunciada curva, dando gracias por el aire fresco, abrió la tapa del segundo depósito de armas y metió la mano en el interior. Cuando la sacó de nuevo, había en ella algo pesado y largo.

A toda velocidad, se dirigió hacia el alto horno.

Jericho escupió y tosió. El humo cubría cada rincón. De ningún modo podría hacer frente a otra escaramuza en aquel infierno. Si no salía de allí inmediatamente, sería demasiado tarde para todo. Unos minutos más y yacería allí, llenando sus pulmones de alquitrán, hasta que éstos adquirieran el color del regaliz.

Confiaba de todo corazón que Yoyo lo hubiese conseguido. Todo había sucedido tan rápidamente, que parecía casi irreal. Su huida bajo la protección de la plataforma. La moto de Zhao. Y

entonces, de repente, Daxiong. El asesino debía de haberlo visto, Pero algo le había impedido reaccionar de inmediato: el fuego, tal vez, o el humo. El tiempo había sido el suficiente para llegar hasta donde estaba Daxiong, que la moto de este último se detuviera y se quedara allí con el motor en marcha. En los rasgados ojos del gigante pudo verse un destello de perplejidad. ¿Cómo podría cargar a ambos en el estrecho asiento trasero de su moto?

—Vete, Yoyo —le había dicho

Jericho.

—No puedo dejarte...

—¡Vete, maldita sea! No me vengas

ahora con remilgos. ¡Largaos de aquí! Me las arreglaré.

Yoyo, con la cara tiznada por el hollín, desgreñada y con las huellas del shock en el rostro, lo había mirado; había rabia y determinación en sus ojos. Y, de pronto, él había notado en la joven aquella extraña tristeza que ya conocía por los vídeos de Chen. A continuación, Yoyo saltó sobre el asiento trasero de la moto de Daxiong, y fue entonces cuando Zhao los descubrió.

Jericho se aferraba a la esperanza de que hubieran podido escapar al asesino. La visibilidad era cada vez peor. Con la manga sobre la boca y la nariz, el

detective avanzó hacia la plataforma e inspeccionó la airbike. Estaba maltrecha, pero los daños parecían más bien de carácter cosmético. Confiaba en que el manillar no estuviera dañado; entonces se agachó y alzó la máquina.

Su mirada se posó en algo pequeño. Yacía en el suelo, junto a la airbike,

era una cosa achatada, de brillo plateado. Sorprendido, la recogió y la examinó por un lado y por el otro.

¡Era el ordenador de Yoyo! Seguramente lo había extraviado

allí, al volcarse la motocicleta.

¡Había encontrado el ordenador de

Yoyo!

Rápidamente, dejó caer el dispositivo en su chaqueta, saltó sobre el sillín y arrancó la moto. El familiar bufido se oyó una vez más.

Debía salir de allí.

Todo había resultado peor de lo que se había temido. Ma Mak había vomitado inmediatamente; Xiao-Tong empezó a gritar maldiciones y a mencionar los nombres de los muertos, causando la impresión de que ya no serviría para nada más.

Ye lloró.

Sabía que nunca podría librarse de tales imágenes. Nunca más en toda su vida. «No preguntes.»

—Tenemos que recoger todo esto —

dijo, sorbiéndose los mocos.

—No puedo —lloriqueó Mak.

—Se lo hemos prometido a Daxiong. Tiene algo que ver con lo sucedido aquí. Debemos sacarlo todo. —Ye empezó a desconectar los ordenadores de sus interfaces y a desmontar los monitores.

Xiao-Tong lo miró atónito.

—¿Qué ha pasado aquí? —susurró.

—No lo sé.

—¿Dónde está Yoyo?

—No tengo ni idea. ¿Me ayudas? Mak se enjugó la boca, agarró un

teclado y lo desenchufó. Finalmente, también Xiao-Tong empezó a colaborar.

Guardaron los equipos en cajas de cartón y lograron sacarlos a la plataforma. No tocaron los cuerpos, intentaron no mirarlos siquiera, trataron de no pisar los charcos de sangre todavía húmeda, algo, de por sí, imposible. Todo estaba cubierto de sangre, el recinto, la mesa, las pantallas, sencillamente todo. Mak cogió una caja, la alzó del suelo y volvió a dejarla. Ye vio cómo le temblaban los hombros. Su cabeza se balanceó de un lado a otro, negando los hechos al compás del péndulo de un reloj. Él le acarició la espalda, cogió la caja y, a través de la sangre de Tony —¿o acaso era la de Jia

Wei, o la de Ziyi?—, la llevó hacia afuera.

Por un momento se detuvo, jadeando y mirando al cielo.

¿Qué era aquello?

Desde más allá de las naves, algo se acercaba por el aire. Era rápido y se aproximaba a gran velocidad. Un claro bufido lo precedía. Era un aparato volador, como una motocicleta, pero sin ruedas. Alguien iba sentado en el sillín, conduciendo aquel chisme en dirección a la central.

Ye parpadeó, se tapó los ojos con la mano para cubrirse del sol.

¿Daxiong?

Poco a poco, pudo distinguir algunos detalles. No veía quién conducía la máquina, pero sí que el conductor, o el piloto, o como se llamara al que llevara aquel aparato, tenía algo alargado en la mano, algo que centelleó brevemente bajo la luz del sol.

—Eh, chicos —gritó—. Venid a ver es...

Algo se separó de la motocicleta voladora y se acercó a la velocidad de un cohete. Era un cohete.

—...to —susurró Ye.

Su último pensamiento fue que todo aquello no era más que un sueño, que nada de eso estaba sucediendo, porque

no podía suceder, no debía.

«No preguntes.» Xin se volvió.

La caseta sobre el andamio pareció inflarse brevemente, como si tomara aire. Luego la parte delantera se desprendió en medio de una nube de fuego, lanzando escombros en todas las direcciones. Con estruendo, los fragmentos golpearon contra la estructura del horno, contra las fachadas de los edificios adyacentes, sobre la explanada delantera. Xin se metió en la curva y lanzó varias granadas a la parte posterior. Lo que quedaba de las paredes laterales se hizo añicos; el

techo se vino abajo. Como cerillas se desmoronaron los puntales de la torre de barrotes sobre la que reposaba la plataforma con la central, que era ahora una ruina en llamas. Lentamente, ésta empezó a resbalar, provocando una lluvia de esquirlas encendidas; luego se partió por la mitad y lanzó hacia abajo un mar de chispas crepitantes a través de la torre de barrotes.

Una repentina satisfacción se apoderó de Xin cuando, en medio de aquella granizada de fuego, descubrió el Toyota de Jericho. Un instante después, ya no quedaba rastro del coche. Los elementos de la antigua central se

repartieron por el suelo, hasta quedar tan sólo algunos restos de la estructura de barrotes y una hoguera, el fanal de la fuerza exorcizante del armamento pesado.

Jericho sentía su corazón frío y entumecido en el pecho cuando salió disparado de la oscuridad de los almacenes. Vio gente corriendo por el escorial, gritando caóticamente, atraída por el rugido del fuego, cuya negra columna de humo, salpicada de chispas, se elevaba muy por encima del horno y ascendía hacia el sol pálido de la mañana.

¿Estaría Yoyo en el edificio?

¿Habrían regresado allí ella y Daxiong?

¿Acaso Zhao había conseguido pillarlos al final?

No. Zhao, Kenny o como se llamase aquel tipejo debía de haber destruido el edificio por alguna otra razón. Porque Yoyo le había hecho creer que su ordenador se encontraba allí. Xin había eliminado a la mayoría de Los Guardianes, y ahora también había destruido su lugar de reunión y toda la electrónica que había en él; había decapitado a la organización y asesinado a quienes Yoyo podría haberles contado algo.

De todo corazón, el detective

confiaba en que la ventaja de los dos chicos hubiese sido suficiente para escapar de Zhao.

A continuación, se acercó volando. La airbike resultaba ahora más difícil de manejar que antes del accidente en la nave de los convertidores. Tal vez una de las toberas se hubiera torcido y no se podía ajustar con precisión. Esforzándose por nivelar la posición inclinada de la máquina, no entendió de inmediato lo que estaba viendo allí. Como en un boceto, apareció la imagen de su coche en su memoria, estacionado bajo la torre. Sólo cuando estuvo lo suficientemente cerca del fuego, hasta el

punto de que el calor lo obligó a volver la cara, sintió la certeza de que en el fondo de aquella columna de llamas se achicharraba también su Toyota.

La angustia, el cansancio, todo quedó barrido por una oleada de ira; una rabia incontrolable se apoderó de él. Enardecido, buscó el mecanismo que abriera los compartimentos laterales, a fin de derribar a Zhao con sus propias armas. Pero nada se abrió, y a Zhao no se lo veía por ninguna parte.

El lugar se iba llenando de gente. Llegaban de todas partes, venían a pie, en bicicleta y en moto. Todo el Wongs World parecía verterse en dirección a

los altos hornos, y hasta el Cyber Planet abrió sus puertas y dejó salir a unas figuras pálidas, abrumadas por tanta realidad.

De nada servía. En tales circunstancias, era de esperar, incluso, que la policía se acordara del mundo olvidado. Jericho se elevó aún más. Notó que señalaban hacia él desde diferentes puntos; entonces aceleró y se alejó por encima de la urbanización.

Xin vio la airbike hacerse más pequeña.

A un buen trecho del lugar de aquellos acontecimientos, el asesino reinaba como un águila ratonera sobre la

cúspide de una chimenea. Había considerado brevemente la posibilidad de liquidar también a Jericho de un disparo, pero el detective aún podría serle útil. Así que, al final, lo dejó ir. Yoyo era más importante. La chica no podía haber llegado muy lejos pero, de todos modos, por ahora, tendría que acostumbrarse a la idea de haberla perdido. Había decidido quedarse allí por lo menos un rato para buscarla, hasta que se presentaran las fuerzas del orden.

A pesar de su derrota, en ese instante percibía una imagen clara del universo. Existencias que surgían y

explotaban como pompas de jabón, espuma ondulante del ser y el fenecer, mientras Kenny Xin, en cambio, era el centro, el punto en el que confluían todas las líneas. La idea lo tranquilizó. Había sembrado el caos y la destrucción en aras de compensar otros saldos más elevados. Los restos de la torre de barrotes fueron a unirse con los escombros en llamas que ya estaban en el suelo; en el oeste, las llamas subían disparadas desde la nave de los convertidores. Cualquier persona de más baja estirpe hablaría de destrucción, pero Xin no veía sino armonía. El fuego desplegó su efecto

purificador, curaba al mundo de la infecciosa plaga de la pobreza, quemaba el pus que supuraba desde el organismo de la megalópolis.

Al mismo tiempo, Xin, con laboriosidad de contable, recapituló su misión, traduciéndola al lenguaje del dinero. Porque Xin había aprendido a navegar con seguridad por el océano de sus Pensamientos. No cabía duda de que estaba loco, como siempre había afirmado su familia, sólo que él lo sabía. De todas las cosas que amaba de sí mismo, ésa lo llenaba de un orgullo muy especial, ser su propio analista, poder determinar distancias, saber que

era un psicópata impecable. ¡Qué

enorme poder ocultaba ese

conocimiento! Saber quién era. Ser en

un mismo segundo todo a la vez: un artista, un sádico, un ser empático, un ser superior, un hombre perfectamente igual a la media. Ahora, precisamente, el ambicioso había asumido la presidencia de todas sus otras personalidades, la figura que controlaba la parte contractual y prefería una vida en el mar, arrullado por el bullicio de espíritus serviles, una existencia como centro del universo. Fue este Xin sensato y calculador el que puso freno ahora a su álter ego pirómano y demente

y pensó en la eficacia.

El era tantos, tantos...

Allí arriba, en lo alto de la chimenea, Xin, el planificador, empezó a preguntarse lo que tendría que hacer para que Yoyo se presentase ante él de manera voluntaria.

JERICHO

Durante un tiempo, condujo la moto por debajo del viaducto de la autopista que separaba Quyu del mundo real. A sus pies, el ruidoso tráfico ansiaba llegar al oeste, y hallaba su contrapunto en el murmullo y el estruendo que causaban los COD que pasaban en ráfagas por la vía situada encima de él. Estaba atrapado en un sandwich de ruido. Cuando vio que, más allá de los pilares arqueados, dos vehículos volantes de la policía se acercaban a toda velocidad y con estrépito de sirenas, el detective se

internó entre un grupo de altos edificios en forma de estalagmitas y color arena

—muy característico en la estepa urbana de los distritos céntricos de Shanghai—, y siguió el trayecto de la avenida principal hacia Hongkou. Trató de mantenerse a la altura más baja posible en medio de aquel desfiladero de edificios. Probablemente estuviera contraviniendo, de forma punible, la normativa sobre la altitud mínima permitida, pero le daba algo de miedo subir con aquella airbike tan magullada. No tenía muchas ganas de vivir la experiencia de que las turbinas se le apagaran por encima de los tejados.

Esforzándose por mantener la moto en equilibrio se iba escabullendo por entre fachadas, pilares de las vías, postes de semáforo, tendidos eléctricos y señalizaciones, alternando la mirada hacia adelante, al espejo retrovisor y al cielo, esperando que en cualquier momento apareciera Zhao. Sólo cuando cruzó Hongkou y sacó la moto en dirección al río, empezó a creer que había conseguido quitarse de encima al asesino. Si es que Zhao había querido seguirlo. Jericho dobló hacia una de las animadas calles comerciales situadas tras las fachadas coloniales del Bund, aterrizó al oeste del parque Huaihai y

llevó la airbike hasta el aparcamiento subterráneo de Xintiandi. La rueda trasera izquierda se atascó y se arrastró sobre el asfalto, produciendo un chirrido. Por un breve instante, pensó dónde dejar la moto, hasta que le llegó el doloroso recuerdo de lo que le había sucedido a su coche.

Por lo menos ahora tenía espacio para aquel chisme.

El roce de la rueda defectuosa resonó con un eco pendenciero al chocar con las paredes de la entrada, cuando dirigió la airbike hacia la plaza de aparcamiento reservada a él. Jericho intentó dejar a un lado su ira por la

pérdida del coche y dar prioridad al bienestar de Yoyo. En un arrebato de altruismo, extendió su preocupación a Daxiong, mientras recorría a toda prisa el estacionamiento, confiando en no tropezarse con nadie que le viera la cara tiznada. El ascensor estaba vacío. Una luz uniforme salía de las paredes de la cabina; el generador zumbó amigablemente. Cuando por fin cerró a sus espaldas la puerta de su loft, nadie lo había visto.

Jericho dejó escapar el aire y se pasó las manos por la cara y el cabello.

Cerró los ojos.

De inmediato, empezó a ver

cadáveres, el joven con el rostro volado, la caída en giro de la chica moribunda, de cuya arteria del hombro, hecha pedazos, brotaban surtidores de un color rojo brillante, vio su brazo cercenado, el arma desprendiéndose de sus dedos engarrotados... ¿Qué había pasado? ¿Qué había salido mal? ¿No pretendía vivir una vida tranquila? Y ahora eso. En el transcurso de pocos días, había visto niños profanados, adolescentes mutilados, y a sí mismo, más muerto que vivo. ¿Era la realidad?

¿Un sueño, una película?

Una película, exacto. Sólo faltaban unas palomitas y algo frío para beber.

Apoyar la espalda. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Una segunda parte, algo así como Quyu, el retorno?

Las impresiones lo perseguían a dentelladas, como perros rabiosos. No podía dejar que todo aquello se le viniera encima. Jamás podría librarse de todo aquello, esas imágenes, desde ahora, formarían parte de su repertorio de noches en vela, pero ahora tenía que pensar tranquilamente. Superponer las ideas como cubos de madera. Construir un plan.

Repartiendo sin ningún cuidado zapatos, camiseta y pantalones por toda la habitación, fue al cuarto de baño,

abrió el grifo, se lavó el hollín y la sangre de la piel e hizo un balance de los hechos. Yoyo y Daxiong habían escapado. Era una hipótesis, lo admitía, una hipótesis temporalmente elevada a la categoría de hecho pero, a fin de cuentas, por algo había que empezar. En segundo lugar, Yoyo había logrado salvar su ordenador, que ahora estaba en su poder. Zhao, por supuesto, no sería tan ingenuo como para creer que los datos estuvieran exclusivamente en la memoria de ese dispositivo tan pequeño. La destrucción de la central no había sido un acto de mero capricho; había servido al propósito de destruir la

infraestructura del grupo y, en lo posible, cualquier otro aparato al que Yoyo hubiese transferido los datos. Por otro lado, la engañifa de Yoyo, cuando ésta le hizo entrever a Zhao que había dejado su ordenador en la central, podría haber tenido el efecto deseado. Zhao debía de creer que, por lo menos, había resuelto ese problema.

¿Qué haría a continuación?

La respuesta era obvia. Se preguntaría, por supuesto, lo que venía ocupándolo incesantemente desde hacía días: a quién le había hablado Yoyo de su descubrimiento, y cuál de esas personas seguía con vida.

«Yo lo sé —pensó el detective mientras los chorros de agua caliente masajeaban su cuello—. ¡No, mentira! No sé nada. Sé que ella ha descubierto algo, pero no sé qué es. Zhao, por su parte, sabe que yo no sé nada. Es bastante socrático. No soy realmente un confidente, sino sólo el testigo de algunos incidentes desagradables.»

¿Sólo? Eso era suficiente para ocupar el segundo puesto en la lista negra de Zhao, la de la gente que había que asesinar.

Por otra parte, ¿cuán alta era la probabilidad de que Zhao estuviera planeando matarlo también a él? Muy

alta, siendo realistas, pero por ahora sólo abrigaba la esperanza de que Jericho, ese tonto confiado, lo llevara una vez más hasta Yoyo.

Jericho se detuvo, el pelo era una escultura de espuma.

¿Por qué Zhao, entonces, no lo había seguido?

Muy sencillo. ¡Porque Yoyo, realmente, había logrado escapar! Zhao la creía todavía en Quyu. Había preferido continuar la búsqueda de la joven pero, aparte de eso, no necesitaba seguir a Jericho; después de todo, sabía dónde encontrarlo.

Sin embargo, él había ganado

tiempo.

¿Cuánto?

Se aclaró la espuma del cabello. Unos negros arroyos le corrieron por el pecho y los brazos, como si por los poros le saliera nueva suciedad. Un dolor ardiente le daba fe de las muchas abrasiones sufridas a raíz del accidente en la nave de los convertidores. Se preguntó cómo le estaría yendo a Yoyo. Sin duda debía de estar traumatizada, a pesar de que su boca parecía menos afectada por el shock y le hacía soltar improperios con toda tranquilidad, un indicio, a fin de cuentas, de alerta mental, o, al menos, de cierta

resistencia. Aquella chica, según le parecía al detective, era dura como el cuero de tiburón.

Jericho cerró el grifo del agua.

Más tarde o más temprano, Zhao se presentaría allí. No se podía descartar la posibilidad de que ya estuviera en camino. A tientas, Jericho buscó una toalla, corrió por la amplitud soleada de su loft mientras se secaba, una amplitud que ahora tendría que abandonar de nuevo. A continuación, se vistió con ropa limpia y puso orden, a toda prisa, en su cabello. Lo que vino entonces fue las varias veces ejercitada fuga de ese concepto general llamado Owen Jericho,

formado por él mismo y por Diana y sus extremidades mecánicas. Owen desacopló el disco duro —una unidad portátil del tamaño de una caja de zapatos— y lo metió, junto con el teclado, una pantalla táctil plegable y un monitor transparente de veinte pulgadas, en una mochila. Guardó, además, su tarjeta de identificación, dinero, su segundo teléfono móvil, un pequeño disco duro para copias de seguridad, el equipo de Yoyo, auriculares y las gafas holográficas de Tu. Luego metió también algo de ropa interior, camisetas, un segundo pantalón, unos mocasines, el kit de afeitar, bolígrafos y papel. Lo único

que quedó en el loft fue el panel de control y la pantalla grande, varios dispositivos de hardware y espacios de memoria, todos inútiles sin Diana, al igual que una prótesis que no tuviera quien la llevara. Cualquiera que entrara allí no encontraría ni un solo bit o un solo byte, y no podría reconstruir el trabajo del detective. Su apartamento estaba, en cierto sentido, libre de datos.

Jericho salió sin mirar atrás.

En el garaje soterrado, metió la mochila en el asiento trasero de la airbike y examinó la tobera torcida. Con ambas manos, la obligó a regresar a su posición normal. El resultado no fue

convincente, pero por lo menos ahora la turbina podía ajustarse de nuevo. Luego hizo unos arreglos en la «aleta caudal» del vehículo, lo condujo hasta la salida y tomó nota, con gruñona satisfacción, de la ausencia del chirrido. La rueda esférica giraba de nuevo. Había cambiado el coche por una airbike, no por propia voluntad, ciertamente, pero de todos modos era un buen trueque.

Afuera, el sol derramaba su luz como leche fosforescente. Jericho entornó los ojos pero no vio a Zhao por ninguna parte.

¿Adónde iba ahora?

Bueno, no tendría que viajar muy

lejos. En una ciudad como Shanghai, el mejor escondite estaba a la vuelta de la esquina. En lugar de dirigirse a la congestionada Huaihai Donglu, llegó a Liuhekou Lu a través de callejuelas menos concurridas que comunicaban Xintiandi con los jardines Yu. Liuhekou Lu tenía fama, desde hacía tiempo, de ser un residuo auténtico de aquella Shanghai colonial e irremediablemente romántica. Pero ¿qué era lo auténtico, visto a través de los siglos? «Sólo lo que existe», enseñaba el Partido. Antes había existido allí la nave de un mercado lleno de puestos de flores, del eco provocado por los chillidos de toda

clase de animales, de gallinas que estiraban las cabezas, dando fe de su frescura y su aptitud para ser devoradas, de grillos que subían con sus patas temblorosas las paredes de cristal de los botes de conserva, dando consuelo a sus propietarios, cuyas vidas no transcurrían de un modo esencialmente distinto. Tres años antes, la nave había tenido que dar paso a un vistoso complejo de casas shikumen, rodeadas de tascas, cibercafés, tiendas y galerías. Enfrente, en diagonal, se reafirmaban todavía unos pocos puestos de venta, los últimos, y lo hacían con la obstinación de esos señores de edad avanzada que de

repente se detienen en medio de la vía, delante de los coches, y alzan su bastón en gesto amenazante, hasta que algún amable conciudadano decide escoltarlos hasta la acera de enfrente e intenta convencerlos de la absoluta inutilidad de esa manera de actuar. Esos puestos eran todavía un trozo de la auténtica Shanghai. Mañana habrían desaparecido para dar paso a una nueva autenticidad.

Jericho dejó la moto en el segundo sótano del aparcamiento soterrado del complejo y desapareció por la esquina trasera de un restaurante, donde pidió un café. Aunque no tenía ni pizca de hambre, pidió también un poco de queso

y pan, le dio un mordisco, desparramando migas por toda la camiseta y los pantalones, y comprobó, con cierta satisfacción, que no lo devolvía al momento.

¿Cuán lejos llegaría Zhao?

El balance momentáneo era mucho más amargo que el café que se bebía con desgana. Ya no tenía coche, ni loft, porque éste estaría temporalmente inhabitado. Estaba en el punto de mira de un asesino a sueldo, acorralado contra la pared. No podía pensar en largarse. Estaba obligado a actuar, sólo que no se sentía capaz de hacerlo. Ningún camino lo conducía de nuevo a

la normalidad, salvo el del conocimiento. Entender cuál era el motivo de todo aquel drama. Averiguar quién le había hecho el encargo a Zhao.

Jericho miró fijamente hacia adelante.

¡Un momento! Tan incapacitado de actuar no estaba. Puede que Zhao lo hubiera forzado a pasar a la defensiva, pero poseía algo de lo que el asesino no tenía noticia. Su arma secreta, la clave de todo.

El ordenador de Yoyo.

Tenía que averiguar lo que ella había descubierto.

Entonces volvería a encontrarla para

devolvérsela a su padre. Chen Hongbing. ¿Era aconsejable llamarlo? Tu Tian había hecho el contacto, pero, en realidad, era Chen quien le había hecho el encargo. El hombre tenía derecho a ser informado, pero ¿qué le iba a decir? «Todo bien, Yoyo está estupendamente. No, honorable Chen, no es la policía la que anda detrás de ella, sólo un asesino chiflado con cierta debilidad por los explosivos, pero no se preocupe, su hija todavía tiene sus dos brazos y sus dos piernas, y la cara intacta, ¡ja, ja!» «¿Bueno, y dónde está la chica?» «¡Pues huyendo! Y yo también, por cierto. Que tenga un buen

día.»

¿Qué podía decir sin que el hombre se consumiera en su propia angustia?

¿Y si lo notificaba a la policía? Tendría que informar a los agentes de todo el trasfondo, por supuesto. Y también tendría que hablarles de Yoyo, lo que llevaba implícito ponerlos en alerta sobre la joven. Le preguntarían qué papel había desempeñado ella en la masacre, mirarían en su base de datos y encontrarían que Yoyo estaba fichada, que tenía incluso antecedentes penales. Imposible. La policía estaba descartada, aunque Zhao no fuera un policía, independientemente de lo que le hubiese

dicho a Yoyo en la central: «Estoy entrenado para matar personas. Como cualquier otro policía, como cualquier soldado o agente.»

¿Cómo cualquier agente?

«La seguridad nacional es un bien supremo, mayor que cualquier vida humana.»

El servicio secreto, en cualquier caso, ya había volado otras cosas por los aires. Sobre todo cuando se trataba de cuestiones de seguridad nacional. Lo de Zhao podía ser una fanfarronada, pero ¿qué pasaba si todo aquello contaba con el beneplácito de las autoridades?

¿Debía llamar a Tu de todos modos? Eran soluciones ineficaces, tanto la

una como la otra. Jericho se obligó a poner un poco de claridad. Lo primero era activar a Diana. El detective miró a su alrededor. El restaurante tenía ocupados dos tercios de sus mesas, y las más cercanas a él estaban vacías. Había algunos jóvenes aislados que escribían algo en sus portátiles o hablaban por teléfono. Jericho colocó delante de él el teclado y el monitor y conectó ambos con el disco duro principal de su mochila. Luego se puso dentro de la oreja la conexión de radio y acopló el sistema al ordenador de Yoyo. Apareció

un símbolo, un lobo agazapado que alzaba los belfos en un gesto de amenaza. Abajo se leían las siguientes palabras: «Te invito a cenar.»

«Sí, claro», pensó Jericho.

— Hol a, Diana —dijo el detective en voz baja.

—Hola, Owen. —Era el timbre aterciopelado de la voz de Diana, el consuelo de la máquina—. ¿Cómo te ha ido?

—Fatal.

—Lo siento. —Cuan sinceras sonaban sus palabras. Bien, por lo menos no era hipócrita—. ¿Puedo ayudarte?

«Podrías ser de carne y hueso», pensó Jericho.

—Por favor, abre el formato «Te invito a cenar». Los datos de acceso los encontrarás en «Archivos de Yoyo».

Durante apenas dos segundos reinó el silencio. Entonces, Diana dijo:

—Ese formato tiene varios bloqueos de seguridad. He podido aplicar con éxito tres de las herramientas, pero me falta el cuarto permiso de acceso.

—¿Cuáles son las herramientas que funcionaron?

—El iris, la voz y las huellas dactilares. Todas asignadas a Chen Yuyun.

—¿Y cuál es la que falta?

—Por lo que parece, se trata de una contraseña. ¿Debo descifrarla?

—Hazlo. ¿Tienes idea de cuánto tiempo te llevará descodificarla?

—Por desgracia, no. Por el momento, sólo puedo conjeturar que el código abarca varias palabras. O tal vez una palabra insólitamente larga. ¿Puedo hacer algo más por ti?

—Conéctate a la red —dijo Jericho

—. Eso es todo. Hasta luego, Diana.

—Hasta luego, Owen.

Jericho se conectó a Brilliant shit. Si sus sospechas eran correctas, el blog era utilizado por Los Guardianes como

una especie de buzón secreto y era chequeado con regularidad.

«Jericho a Demonio —escribió el detective—. Tengo tu ordenador.» Luego añadió su número de teléfono y una dirección de correo electrónico, se mantuvo conectado y guardó el blog como un icono. En cuanto alguien dejara un mensaje allí, Diana se lo advertiría de inmediato. Entretanto, se sentía un poco mejor. Dio un mordisco a su baguette, se sirvió café y decidió contactar con Tu.

Entonces entró una llamada para él. Jericho miró la pantalla. No había

imagen ni número.

¿Yoyo? ¿Tan pronto?

—Hola, Owen —dijo una voz bien conocida.

—Zhao. —Todo en Jericho se encogió y se convirtió en un grumo. El detective dejó transcurrir una breve pausa e intentó sonar sereno—. ¿O debo decir mejor Kenny?

—¿Kenny?

—¡No quieras parecer más tonto de lo que eres! ¿Acaso ese gordo repugnante no te llamó por ese nombre antes de palmarla?

—Ah, es cierto. —El otro rió por lo bajo—. Bueno, por mí... puedes llamarme Kenny.

—¿Kenny, qué? ¿Kenny Zhao Bide?

—Kenny está bien.

—Muy bien, Kenny. —Jericho respiró profundamente—. Abre bien las orejas. Yoyo se te ha escapado. Yo también escapé. No avanzarás un paso más mientras uno de nosotros tenga motivos para sentirse amenazado por ti.

En el auricular se oyó un suspiro de resignación.

—Yo no amenazo a nadie.

—Sí que amenazas. Matas a gente y vuelas edificios por los aires.

—Hay que afrontar los hechos, Owen. Habéis ofrecido una respetable resistencia, tú y la chica. Ha sido

admirable, sólo que no ha sido especialmente inteligente. Si Yoyo hubiera cooperado, todos podrían estar vivos ahora.

—Eso es ridículo.

—Fue su gente la que empezó a disparar.

—De ninguna manera. Ellos dispararon porque tú habías matado a Xiao Meiqi y a Jin Jia Wei.

—Eso fue indispensable.

—No me digas...

—De lo contrario, Yoyo apenas habría charlado conmigo. Más tarde puse todo mi empeño en evitar más derramamientos de sangre.

—¿Qué es lo que quieres, Kenny?

—¿Qué voy a querer? A Yoyo, por supuesto.

—¿Para hacerle qué?

Para preguntarle lo que sabe y a quién se lo ha contado.

—Tú...

—¡Tranquilo! —se le adelantó Kenny—. No me interesa matar a nadie más. Pero estoy bajo cierta presión,

¿entiendes? La presión del éxito. Son los tiempos en los que vivimos, todo el mundo quiere ver resultados todo el tiempo. ¿Qué harías tú en mi lugar, eh?

¿Retirarte sin haber hecho tu trabajo?

—Tú ya has hecho un buen trabajo,

Kenny. Destruiste el ordenador de Yoyo, toda la infraestructura de Los Guardianes. ¿Crees en serio que alguno de ellos querrá meterse contigo de nuevo?

—Owen —dijo Kenny, con el tono de un maestro que se ve obligado a explicar las cosas tres veces—. Yo no sé nada. No sé si destruí la infraestructura de Yoyo ni a cuál de los ordenadores ella pasó los datos; no sé si todo lo que estaba en la central se achicharró ni a quién se ha confiado la chica. ¿Qué pasa con ese niño gigante que andaba en la moto? ¿Y qué pasa contigo? ¿Acaso ella no te reveló nada?

—Así no avanzaremos. ¿Dónde estás, por cierto?

Kenny dejó transcurrir un instante.

—Un bonito piso. Por lo que veo, has puesto orden aquí.

Jericho sonrió ácidamente. Una amarga satisfacción se apoderó de él, por haber tenido la razón y haber puesto pies en polvorosa a tiempo.

—En la nevera encontrarás una cerveza fría —dijo—. Cógela y desaparece.

—No puedo hacerlo, Owen.

—¿Por qué no?

—¿Acaso tú, como yo, no tienes una misión que cumplir? ¿No estás

acostumbrado a acabar las cosas?

—Te lo digo otra vez...

—Imagínate el infierno, cuando las llamas salten a otras secciones del edificio.

A Jericho se le resecó la boca de pronto.

—¿Qué llamas?

—Las de tu piso. —La voz de Kenny había disminuido de volumen hasta convertirse en un susurro y, de repente, a Jericho le recordó una serpiente. Una serpiente enorme que hablaba, metida en la piel de un ser humano—. Pienso en la gente, y pienso en ti, por supuesto. Quiero decir, aquí todo se ve nuevo y

parece caro, probablemente hayas invertido en ello todos tus ahorros. ¿No sería terrible perder todo esto de golpe, sólo por mantener un asomo de corrección, por solidaridad con una chica rebelde?

Jericho guardó silencio.

—¿Te resulta más fácil ponerte ahora en mi lugar?

En la punta de la lengua de Jericho se agolparon miles de insultos. Pero en lugar de pronunciarlos, dijo con la mayor serenidad posible:

—Sí, creo que sí.

—Vaya, me quitas un peso de encima. ¡De verdad! Quiero decir,

hemos sido un equipo bastante bueno, Owen. Nuestros intereses difieren de un modo marginal, pero en el fondo ambos queremos lo mismo.

—¿Y bien?

—Pues dime, sencillamente, dónde está Yoyo.

—No lo sé.

Kenny pareció reflexionar sobre aquella respuesta.

—Bien. Te creo. De modo que tendrás que encontrarla para mí.

«Encontrarla...»

¡Dios santo! ¡Vaya si era idiota! No sabía de qué posibilidades disponía el asesino, pero no cabía duda de que todo

lo que él decía servía para prolongar aquella conversación. Kenny intentaba encontrarlo a él, localizarlo.

Sin vacilar, Jericho cortó la comunicación.

No había transcurrido ni un minuto cuando recibió un mensaje de voz.

—Te doy dos horas —siseó la voz de Kenny—. Ni un minuto más. Para entonces quiero oír algo que me satisfaga; en cualquier otro caso, me veré obligado a hacer un saneamiento radical.

Dos horas.

¿Qué podría conseguir Jericho en dos horas?

Con prisa, metió de nuevo el monitor y el teclado en la mochila, dejó un billete encima de la mesa y abandonó el restaurante sin mirar atrás ni una sola vez. Con pasos largos, caminó en dirección al ascensor, fue hasta el aparcamiento subterráneo, subió a la moto y la dirigió hacia Liuhekou Lu. Allí, la arrancó y puso rumbo hacia el río. Durante el breve vuelo, vio pasar una enorme ambulancia por debajo de él, lo suficientemente grande como para depositar la moto sobre ella y viajar a caballito. A lo lejos vio un enjambre de abejorros de extinción de incendios, unos vehículos no tripulados que ponían

rumbo hacia el interior de Pudong. Algunos vehículos volantes privados se cruzaron en su camino, y por encima del Huangpu avanzaban lentamente los zepelines de excursiones para turistas. Por un momento sopesó la posibilidad de volar hasta el World Financial Center y hacerle una visita a Tu, pero era demasiado temprano. Necesitaría tranquilidad para lo que se traía entre manos; además, tenía que buscar un sitio donde alojarse mientras Kenny le usurpara su nidito en Xintiandi.

Y sabía dónde hacerlo.

Los suntuosos edificios del Bund eran superados en altura por uno de los

hoteles más raros de Shanghai. Como una enorme flor de loto, el símbolo chino de la prosperidad y el bienestar, se abría hacia el cielo el techo del Westin Shanghai Bund Center. A algunos les recordaba un agave, otros identificaban un pólipo de exageradas dimensiones que extendía sus tentáculos para filtrar las aves y los vehículos voladores del aire. Jericho sólo veía en él un refugio cuyo director jugaba al golf en el mismo club que lo hacía Tu Tian. Una amistad casual que no contaba con la gratificación de la familiaridad, pero a Tu le caía bien el hombre, y solía alojar allí a algunos de sus socios en los

negocios, a quienes una estancia en el World Financial Center o en la torre Jin Mao les parecía demasiado ambiciosa. También Jericho gozaba de cierto trato especial, un favor del que hasta ese instante no había sacado provecho. Pero en estos momentos, con las pocas ganas que tenía de andar como un nómada de restaurante en restaurante, decidió hacer uso del mismo. Tras haber estacionado la moto delante de la entrada principal, entró en el vestíbulo y preguntó si tenían habitaciones individuales. Las cámaras integradas en el ambiente lo escanearon y transmitieron la información correspondiente a la recepcionista. Ésta

le dio la bienvenida por su nombre —un indicio de que sus datos ya estaban registrados— y le pidió que colocara su móvil sobre la pantalla táctil. El ordenador del hotel comparó la identificación de Jericho con los datos del establecimiento, autorizó la reserva y grabó los imprescindibles códigos de acceso en el disco duro del detective.

—¿Llevamos su coche al garaje soterrado? —preguntó la mujer, que tuvo la habilidad de hablar mientras sonreía sin que sus labios se tocaran.

—He traído una airbike —dijo

Jericho.

—Tenemos un puerto en la azotea,

como seguramente sabe —dijo aquella sonrisa colgada de unos puntos fijos en las comisuras de los labios—. ¿Desea que aparquemos la moto por usted?

—No, lo haré yo mismo —repuso el detective, sonriendo—. Para serle sincero, creo que necesito cada hora de vuelo.

—Oh, ya entiendo. —La sonrisa pasó de aquella cortesía rutinaria a una rutinaria cordialidad—. Que llegue usted bien allí arriba. Y no olvide que esa fachada ha visto cosas peores.

—Lo tendré en cuenta.

Jericho abandonó el vestíbulo e hizo que la airbike subiera a lo largo de la

pared exterior acristalada, todo el tiempo acompañado de su reflejo. Por primera vez era consciente de que no llevaba casco, como establecían las normas de esos vehículos. Un motivo más para mantenerse alejado de la policía. Si averiguaban que aquel aparato no estaba registrado a su nombre, no podría salir del paso con unas simples explicaciones.

El aparcamiento de la azotea estaba abierto y apenas ocupado, salvo por algunos transbordadores pertenecientes a la flotilla del hotel. Casi ninguno de los pronósticos de futuro del siglo XX se había resignado a prescindir de la

navegación aérea individual, urbana, y dirigida por rayos láser, pronósticos en los que la imagen de la ciudad estaba dominada, a todos los niveles, por vehículos volantes; sin embargo, los que ahora había estaban casi todos en manos de instituciones estatales y municipales, de algunas empresas de taxis muy exclusivas y de millonarios como Tu Tian. Desde un punto de vista meramente infraestructural, había, por supuesto, muchos motivos para aligerar el tráfico terrestre con algunas variantes aéreas, sólo que a esas consideraciones se les oponía un argumento descomunal: el consumo. Para contrarrestar la fuerza

de gravedad, eran necesarias turbinas muy potentes y una enorme cantidad de energía. La alternativa económica, el girocóptero, subía a las alturas como un helicóptero, gracias al movimiento giratorio de sus rotores, pero tenía el inconveniente de necesitar unas aspas demasiado largas. Haciendo un balance, el gasto necesario para hacer volar a los coches no estaba en adecuada proporción con el resultado, y tampoco l a s airbikes, aunque más económicas y asequibles, representaban una verdadera alternativa. Todavía eran demasiado caras, hasta el punto de que Jericho se preguntaba quién podía permitirse dotar

a un asesino con tres aparatos de aquéllos, los cuales, por lo demás, tenían algunas prestaciones especiales.

¿Quién podría hacerlo? ¿La policía, que adolecía de una crónica falta de recursos? Improbable. ¿Los servicios secretos? Podía ser. ¿Los militares?

¿Era Kenny un soldado? ¿Estaba el ejército detrás de él?

Con la mochila al hombro, Jericho bajó en el ascensor hasta la planta donde se encontraba su habitación y colocó el móvil en el enchufe situado junto a la puerta de la misma. Ésta se abrió y le dejó ver la habitación que había detrás. Estaba sobrecargada y decorada con

cierto conservadurismo, o por lo menos ésa fue su primera impresión. Todo estaba en muy buen estado, pero el estilo era un fracaso. A Jericho no le importó. En pocos minutos había liberado a Diana de su mochila y la había conectado a la red. Con ello, la habitación se convertía en su nueva agencia de detectives.

¿Prendería fuego Kenny al loft?

El detective se masajeó las sienes. No le habría asombrado, Pero, por otro lado, dudaba que el asesino se quedara esperando en Xintiandi hasta que él diera señales de vida. Kenny intentaría atrapar a Yoyo por sus propios medios,

quizá a sabiendas de que Jericho no estaba automáticamente dispuesto a establecer una colaboración sólo porque él sacara una caja de cerillas.

—¿Diana?

—Aquí estoy, Owen.

—¿Cómo va la búsqueda de esa contraseña?

La pregunta era estúpida. Mientras Diana no le comunicara ningún éxito, podía ahorrarse cualquier pregunta sobre el avance. Sin embargo, hablar con el ordenador le reportaba la sensación de ser el jefe de un pequeño equipo que hacía cuanto estaba a su alcance.

—Serás el primero en enterarte —le respondió Diana.

Jericho se quedó perplejo. ¿Aquello era sentido del humor? No estaba nada mal. El detective se arrojó sobre la enorme cama, cubierta con una tela de color amarillo chillón, y se sintió espantosamente cansado e inútil. Owen Jericho, el detective cibernético. Era para morirse de la risa. Su deber era encontrar a Yoyo, y lo que había hecho era arrojar a la chica a las fauces de un psicópata. ¿Cómo iba a explicarle eso a Tu, por no hablar de Chen Hongbing?

—¿Owen?

—¿Diana?

—En este instante, alguien está dejando un mensaje en Brilliant shit.

Jericho se incorporó y se apoyó sobre la espalda.

—Léemelo.

En un primer momento se sintió decepcionado. Eran unas coordenadas, no había remitente ni palabra alguna. Sólo la hora y la referencia de la entrada. Nada más.

Era una dirección en Second Life.

¿Sería de Yoyo?

Sintiendo en extremo pesadas la cabeza y las piernas, el detective se puso de pie a duras penas, se acercó al pequeño escritorio donde había

colocado el monitor y el teclado y leyó el breve texto. Al final, encontró una única letra que tal vez no hubiera oído la primera vez.

Una «D».

«Demon.»

Echó una ojeada al reloj. Eran poco más de las once. A las doce en punto, Yoyo lo esperaba en el mundo virtual. Suponiendo que aquel mensaje fuera realmente de la chica y no un nuevo intento de Kenny por localizarlo. ¿Le habría revelado al asesino la dirección del blog? No hasta donde alcanzaba a recordar. Ese Kenny no podía ser tan astuto como para aparecer ahora, de

repente, en aquel blog, Brilliant shit. De todos modos, era recomendable no correr ningún riesgo. A partir de ahora, toda comunicación online tendría lugar a través del programa de anonimización.

Jericho se tumbó de nuevo en la cama y miró al techo.

No había nada que pudiera hacer.

Al cabo de pocos minutos, una calma chicha se depositó sobre el revuelto mar de sus nervios. Jericho se quedó dormido, pero no fue un sueño reparador aquel en el que se sumió. Muy próximas a la superficie de la consciencia, lo visitaron las imágenes de torsos que se arrastraban, torsos que

no eran humanos, sino bocetos malogrados de criaturas humanas, grotescamente deformados e inconclusos, cubiertos de sangre y mucosidad, como recién nacidos. Vio criaturas sin piernas, cuyos rostros no eran más que superficies lisas y relucientes, cortadas en vertical por aberturas rosadas que se retorcían de un modo obsceno. Muñones semicalcinados brotaban de una docena —o más— de brazos semejantes a los de las arañas. En la costra de un tejido amorfo se abrían, de repente, ojos y bocas. Algo ciego y alargado se retorcía en dirección a él, sacando una lengua nudosa a través

de unas mandíbulas armadas de colmillos. Sin embargo, Jericho no sentía ningún miedo, sino una pesada tristeza, pues sabía que todas aquellas monstruosidades habían sido mejor diseñadas en otra vida, como él mismo.

Entonces cayó y se vio de nuevo en una cama, pero no la misma en la que había tendido sus huesos. Oscura y húmeda, iluminada por una luz lunar mortecina que incidía a través de una ventana mugrienta, daba contornos a la desolación de aquel cuarto casi vacío al que había ido a parar y parecía ejercer un curioso poder sobre él. En un sueño lúcido, vio claramente que, en realidad,

tendría que haber estado descansando en su confortable habitación, decorada de un modo conservador; sin embargo, no conseguía incorporarse ni abrir los ojos. Estaba encadenado a aquel moderno colchón como por un imán, empotrado en un silencio seco e inquietante.

Y, en medio de ese silencio, oyó de pronto el golpeteo de unas piernas reforzadas con quitina.

Unos pies dentados arañaban los bordes del cubrecama, se prendían al tejido y arrastraban sus gordos cuerpos segmentados hacia él. Una oleada de miedo asaltó al detective. Su espanto no se debía tanto a la cuestión sobre lo que

harían aquellas criaturas acorazadas con él, sino, sobre todo, a la más terrible de todas las conclusiones: que un pérfido capricho lo había lanzado de vuelta al pasado, a una fase de su vida que él creía superada. Su ascenso social en Shanghai, la paz que había sellado con Joanna, la llegada a Xintiandi, todo se revelaba como una fantasía, como el verdadero sueño del que lo sacaban ahora aquellos insectos invisibles con sus ruidos y sus crujidos.

En realidad, jamás había escapado del infierno.

Cerca de él, alguien empezó a lloriquear con unos sonidos intensos y

cantarines. Todo se sumía en las tinieblas, pues el hecho fehaciente de sus ojos cerrados empezaba a imponerse frente a la visión de aquella habitación terrible. Su mente hallaba el camino de regreso a la realidad, sólo que su cuerpo no parecía haberse enterado en absoluto. Jericho no reaccionaba a ningún esfuerzo por moverlo. El detective empezaba a luchar contra aquella extraña rigidez, y él mismo producía aquel gimoteo, auténticos sonidos que, al igual que él, podría haber oído cualquiera que hubiese estado en la habitación; finalmente, haciendo acopio de todas sus fuerzas, consiguió mover el

dedo meñique de su mano izquierda. Entretanto, ya estaba totalmente despierto. Recordó historias de personas que —aparentemente muertas

— habían sido llevadas a la tumba, mientras que, en realidad, percibían con claridad cristalina cada momento, sin tener la menor posibilidad de hacerse notar, y entonces el detective lloró aún más alto, presa del pánico y la desesperación.

Fue Diana la que lo salvó.

—Owen, he pirateado la contraseña de Yoyo.

Un estremecimiento recorrió su cuerpo paralizado. Jericho se incorporó

de golpe. La voz del ordenador había roto el hechizo, los sueños se hundieron, entre gárgaras, en el sumidero del olvido. Jericho respiró profundamente un par de veces antes de preguntar:

—¿Cuál es?

—«Devórame, y yo te devoraré desde dentro.»

«Dios mío, Yoyo —pensó él—. Qué teatral.» Al mismo tiempo, el detective sintió gratitud de que la chica, al parecer en un ataque de romanticismo rebelde, hubiera escogido aquella contraseña en lugar de decidirse por la variante más segura, la de una serie de letras y números escogida al azar, mucho más

difícil de descifrar.

—Descárgate el contenido —pidió el detective.

—Ya lo he hecho.

—Guárdalo en «Archivos de Yoyo».

—Con mucho gusto.

Jericho suspiró. ¿Cómo podía quitarle a Diana la costumbre de decir aquel «Con mucho gusto»? Aunque su voz y su tono le resultaban agradables, aquella frase le molestaba cada vez más. Tenía cierto regusto servil que le molestaba. Jericho se frotó los ojos y se agachó junto al borde de la silla del escritorio, con los ojos fijos en el monitor.

—Diana.

—¿Sí, Owen?

—¿Podrías...? En fin, ¿es posible que borres de tu vocabulario la expresión «Con mucho gusto»?

—¿A qué te refieres exactamente?

¿A «Con mucho gusto» o a «La expresión con mucho gusto»?

—«Con mucho gusto.»

—Puedo ofrecerte suprimir esa frase.

—Una idea estupenda. ¡Hazlo!

Casi esperó que el ordenador satisficiera su deseo con un nuevo «Con mucho gusto», pero Diana se limitó a decir suavemente:

—Hecho.

—Bien. —Había sido estremecedoramente fácil. ¿Cómo no se le había ocurrido antes?—. Muéstrame todas las descargas de «Archivos de Yoyo» efectuadas en mayo de este año, ordenadas por hora.

Una breve lista apareció en la pantalla, eran dos docenas de entradas. Jericho las repasó al vuelo y centró su atención en la hora inmediatamente anterior a la huida de Yoyo.

Ahí había algo.

De pronto, su cansancio había desaparecido. Media hora antes de que Yoyo dejara el piso compartido, se

habían transferido a su ordenador unos datos en dos archivos de distinto formato. Jericho ordenó a Diana que abriera uno de los dos, y éste se reveló como un símbolo reluciente formado por unas líneas entrelazadas. Latía como si respirara. Jericho lo observó con mayor detenimiento.

¿Eran serpientes?

En efecto, recordaba a un nido de serpientes. Serpientes que se unían en una especie de ojo de reptil. En el medio, parecía reposar un cuerpo del que brotaban los cuerpos de aquellas culebras: era una única criatura de aspecto surrealista que desató en Jericho

algunas asociaciones con ciertas visitas realizadas durante su época de escolar.

¿En qué parte de la mitología había serpientes que se arrastraban por todas partes?

Entonces observó el segundo archivo:

friends-of-iceland.com en-medio-de-suiza.es Brainlab.de/Quantengravitationsthe

kas-sel/32241/html Sustituir por: Vanessacraig.com Hoteconomics.com Littlewonder.at

Jericho se frotó el mentón.

No había que ser muy inteligente para entender lo que aquello significaba. Era preciso intercambiar tres sitios web. Se preguntó cómo Yoyo había conseguido los datos. Una tras otra, hizo q u e Diana fuera abriendo las tres primeras páginas, accesibles para cualquiera y con direcciones inocuas. La primera, friends-of-iceland, era un blog. Emigrantes de origen escocés establecidos en Islandia intercambiaban experiencias, daban algunos consejos útiles a los recién llegados y a aquellos que tenían en mente emigrar, y colgaban fotos en la red. En-medio-de-suiza estaba dedicada a los encantos de ese

país alpino. Creada en España, el sitio ofrecía abundante material gráfico sobre Suiza, presentado en películas en 3D. Jericho vio algunas de ellas. Habían sido filmadas desde un avión o un helicóptero. A baja altura, sobrevolaban Zúrich, los paisajes del cantón de Uri y pintorescos conjuntos de casas y graneros que parecían lanzados al azar en torno a las sinuosidades de un río.

Por su parte, Brainlab.de/Quantengravitationstheori uni-kassel/32241/html era una web alemana, y consistía en hileras de texto, muy pegadas las unas a las otras, que, en doce páginas, abordaban un fenómeno

conocido por la física como espuma cuántica. Describía lo que ocurría cuando se aplicaba la teoría cuántica y la teoría de la relatividad general a la longitud de Planck, con lo que se obtenía una espuma de burbujas espacio- temporales y un nuevo dilema científico, ya que ese burbujeo dejaba sin efecto los cálculos de la relatividad general. El texto mostraba una notable ausencia de párrafos, y había sido escrito, obviamente, para personas cuya idea del éxtasis era una pizarra llena de fórmulas garabateadas.

Escocia, España, Alemania. Los amigos de Islandia. La belleza de Suiza

La física cuántica.

Todo muy poco apropiado para desatar temores o espanto.

Comido por la curiosidad, Jericho descargó los otros sitios web que debían ser intercambiados con los primeros. Vanessa Craig resultó ser una estudiante de ciencias agrícolas de Dallas, Texas, que había pasado un par de meses en un intercambio en Rusia y que tenía muy poco interesante que contar en su diario online acerca de una pequeña ciudad universitaria próxima a Moscú. La chica sentía nostalgia, mal de amores, y se quejaba de las bajas temperaturas a las que el alma rusa debe su innata

melancolía. Tras Hoteconomics, por su parte, se ocultaba un blog americano sobre economía, y Littlewonder era un portal austríaco de juguetes hechos a mano, especializado en las necesidades de los niños en edad preescolar.

¿Qué era todo aquello? ¿Qué tenían en común unos relatos de viajes con juguetes, con la física cuántica, con la economía mundial y con los apuntes de una joven estadounidense que estaba todo el tiempo muerta de frío?

Nada.

Y eso era, exactamente, lo que calificaba aquellas páginas como buzones ciegos. Uno pasaba, les echaba

un vistazo, pero sin llevarse la menor sospecha de que pudieran contener algo distinto de lo que contenían. Yoyo debía de haber encontrado los puntos en común. Lo que no se veía pero estaba presente. Una vez más, Jericho abrió la dirección española con los vídeos de Suiza, marcó el icono de la serpiente y lo arrastró a la página.

No pasó nada. Como tirado por unas bandas elásticas, el icono se retiró de nuevo al espacio vacío del monitor.

—Qué raro —murmuró Jericho—. Habría jurado que...

Que era una máscara.

Una máscara para desvelar, en el

contexto aparentemente inocuo de las páginas, algunos contenidos ocultos. Un programa de descodificación. Una vez más, el detective arrastró el icono hasta el sitio español, pero de nuevo se le escabulló.

—A ver vosotros, amigos de Islandia. Veamos qué tenéis para ofrecer.

Y esta vez sucedió.

En el momento en que Jericho arrastró el icono de la serpiente hasta el blog, se abrió una ventana adicional que contenía unas pocas palabras, aparentemente inconexas, pero su instinto no lo había engañado:

Jan en dirección comercial: Oranienburger Straße, 50, invariable un que del si declaración del golpe gobierno desde el momento Donner Es.

—¡Lo sabía! ¡Lo sabía!

Jericho apretó los puños. La emoción del investigador se abrió Paso. El icono de la serpiente era una clave. Fuera quien fuese el que había dejado los mensajes en esas páginas, empleaba un algoritmo especial, y los parámetros de ese algoritmo estaban ocultos en la máscara. Jericho abrió entonces la página con el ensayo sobre la espuma

cuántica y repitió el procedimiento. El fragmento se completó con nuevas palabras:

Jan en Andre lleva dirección comercial: Oranienburger Straße, 50, 10117 Berlín, invariable un alto, de que él tiene conocimiento del si de De un modo u otro declaración haría del golpe gobierno chino ha desde el momento de y liquidar a Donner. Es.

¿«Es»? Fuera lo que fuese, eso sí que se prestaba mucho más para alarmar

a alguien que era un objetivo de la vigilancia del gobierno. Lo que en un inicio parecía un mero ejercicio dadaísta era, en realidad, un mensaje más extenso, cuyo texto estaba repartido en un número indeterminado de buzones.

Jericho reflexionó. Los buzones ciegos existían desde que los gobiernos y las instituciones se espiaban unos a otros, y los agentes tenían que evitar ser vistos juntos. En época de la guerra fría, ellos habían constituido la columna vertebral de las comunicaciones. Casi todo podía considerarse como buzón: contenedores de basura, el agujero del nudo de una rama, grietas en las

paredes, guías telefónicas públicas, revistas en salas de espera, azucareros y jarrones de los restaurantes, cisternas de baños públicos. El buzón era un lugar accesible para todo el mundo, donde se depositaba algo que cualquiera podía ver pero que sólo algunos iniciados identificaban como mensaje. Emisor y receptor se ponían de acuerdo sobre un sitio, el emisor depositaba lo que pensaba comunicar —documentos, microfilmes, dinero de rescate, material explosivo desde un punto de vista periodístico—, dejaba en un lugar acordado una señal indicando que algo estaba esperando en el buzón, y se

marchaba. Un poco más tarde, el receptor recogía el envío y, a su vez, dejaba otra señal indicando que el material había sido recogido, y también continuaba su camino. El sistema había perdurado mientras se dependió de la entrega física para ciertos dispositivos de hardware, pero desde que en Internet se transmitían mensajes cifrados, los buzones ciegos habían dejado de estar de moda y se reservaban para aquellos casos en los que lo transmitido no debía pasar de ningún modo a través del cable de fibra óptica.

Por lo menos era lo que se decía de ellos.

Sin embargo, en realidad los buzones ciegos estaban experimentando en la práctica un renacimiento sin precedentes, especialmente allí donde estaba prohibida toda encriptación electrónica o a ésta se le imponía la condición de depositar una segunda clave de acceso para la policía cibernética. Los nuevos buzones ciegos eran archivos inocuos y páginas web que cualquiera podía descargar. Lo que contenían era irrelevante mientras el contenido fuera el adecuado para la transmisión del mensaje. Una frase compuesta de doce palabras podía dividirse en doce partes y distribuirse

por doce páginas distintas. La primera palabra, «El», «La» o «Lo», podía aparecer en la segunda línea de cualquier relato de viajes; la segunda palabra, por su parte, podía estar en la sexta línea del tercer párrafo de un artículo científico; la tercera, a su vez, podía ocultarse tras la verborrea no filtrada de un adolescente, y cuando una palabra no debía aparecer de ningún modo, se la dividía en letras aisladas.

Sin embargo, nadie podía hacer nada con esos archivos mientras no estuviera en posesión de una clave que sacara las palabras o las letras fuera de su contexto, para unirlas en un nuevo

significado secreto, un enmascaramiento similar al que ya existía antes, con el que era posible entresacar de la Biblia o de las obras de Tolstói los contenidos más sorprendentes, simplemente con colocar una cartulina troquelada en diferentes puntos de una página en particular. Lo que podía leerse en el boquete iba generando el mensaje. En el mundo de la World Wide Web, esa máscara era un programa. Partes de ese programa habían llegado, por lo visto, hasta el ordenador de Yoyo, junto con la indicación de que tres buzones ciegos debían ser sustituidos por otros tres. Jericho no tenía ni idea de cuántos

buzones habría en total en juego. Podían ser docenas, centenares. Obviamente, se requerían más direcciones para descifrar el significado del mensaje; no obstante, ahora Jericho empezaba a entender por qué Yoyo había llegado al convencimiento de que se había tropezado con un avispero.

«Jan en Andre lleva dirección comercial: Oranienburger Straße, 50,

10117 Berlín.»

¿De quién se trataba? ¿De alguien llamado Jan o Andre, o Janen? ¿Podía

«llevarse» una dirección comercial? La elección de palabras era lamentable. Algo faltaba, pero la dirección parecía

estar completa.

«invariable un alto, de que él tiene conocimiento del si de.»

Algo no había variado, y alguien tenía conocimiento de algo.

«él tiene conocimiento de.»

¿Él? ¿Quién? ¿Jan, Andre, Janen?

«Jan en Andre.» ¿Era eso un nombre coherente?

Y ahora la parte candente:

«declaración haría del golpe gobierno chino.»

En este punto, a Yoyo debían de habérsele salido los ojos de las órbitas. El gobierno chino mencionado a la par con un golpe. Una persona tenía

«conocimiento» de ello, posiblemente muy a Pesar de los que planeaban el golpe. ¿A quién o a qué se le iba a dar ese golpe? ¿Al gobierno de Pekín?

¿Había planes de derrocamiento en el seno de la Asamblea Nacional, en los círculos de las fuerzas armadas, en el extranjero? Difícil de imaginar. Más bien cabía pensar que el golpe se refiriera a otro país, y que el gobierno chino estuviera involucrado. Un golpe que ya se había realizado, que había fracasado o que estaba por llevarse a cabo.

¿Había alguien que pudiera revelar el papel desempeñado por Pekín?

«desde el momento de y liquidar a

Donner. Es.»

Todo era un galimatías, excepto por una palabra: «liquidar.» ¿Liquidar a Donner? Como en otras partes, en ese fragmento también faltaban pasajes decisivos. Tal vez el texto pudiera completarse con unas pocas palabras, pero también cabía la posibilidad de que abarcara cientos de páginas, y todo lo que había podido entrever hasta el momento Jericho se revelaba como confuso. Pero en caso de que no, allí se hablaba de un asesinato, se lo anunciaba o, simplemente, se lo recomendaba.

El detective estudió la última línea

una vez más: «desde el momento.»

Se trataba de algo en proceso. ¿Un proceso que estaba en peligro? Yoyo debía de haber armado aquel puzle del mismo modo que lo estaba haciendo él, y habría llegado a las mismas conclusiones, por lo que, a continuación, corrió a ocultarse como si la estuviera persiguiendo el mismísimo diablo. A la seguridad del Estado chino podía considerársela como tal. No obstante, su huida no tenía sentido del todo. Desde hacía años, aquella chica se ocupaba de candente material de actualidad. Aquel fragmento debería haber despertado su curiosidad, haber desatado su

entusiasmo; sin embargo, la había sumido en un estado de pánico.

¿Había sido eso? ¿O quizá se había apresurado a ir a Quyu, entusiasmada, para reunir allí a Los Guardianes e investigar el trasfondo del asunto bajo la protección de la central?

No, eso estaba fuera de lugar. No habría dejado a su padre tanto tiempo sin noticias de ella. Sólo podía haber una razón: que temiera ponerlo en peligro a él, y ponerse en peligro a sí misma con un contacto demasiado directo. Yoyo contaba con que la estuvieran vigilando. ¡Más aún! Aquella noche debía de tener serios motivos de

preocupación de que su enemigo, después de que ella se coló en sus canales secretos de comunicación y fue advertida su presencia, estuviera ante las puertas de su piso en unos pocos minutos.

Ellos habían detectado la presencia de Yoyo. Jericho evocó en la memoria aquella entrada en Brilliant shit, hizo q u e Diana se la abriera y la leyó nuevamente:

Hola a todos. Desde hace un par de días estoy de nuevo en nuestra galaxia. He padecido mucho estrés últimamente, ¿hay

alguien que esté enfadado conmigo? No tuve otra alternativa, de verdad. Todo sucedió tan de prisa. Mierda. Qué rápidamente se cae en el olvido. Ahora sólo falta que me visiten de nuevo los viejos demonios. Bueno, estoy escribiendo nuevas canciones, pero sólo con la mitad del empeño. Por si acaso alguien de la banda pregunta, actuaremos en cuanto tenga listas un par de letras que suenen bien.

¡Hagamos prog!

Nadie con espíritu triunfante escribía de aquella manera. Era la llamada de auxilio de una persona que había perdido el control. En el momento en que Yoyo descargó esas direcciones y la máscara, debió de ver con claridad que la habían localizado. Ese había sido el motivo de su precipitada huida.

Una vez más, Jericho estudió aquel fragmento.

—Diana, busca la dirección

Oranienburger Straße, 50, 10117 Berlín.

La respuesta llegó a vuelta de correo. Jericho miró el reloj. Faltaban dos minutos para las doce. El detective enchufó las gafas holográficas al

ordenador, se conectó a la red e introdujo las coordenadas proporcionadas por Yoyo.

EL SEGUNDO MUNDO

Desde mediados de la década anterior, cuando Second Life se reestructuró a raíz del desplome que se avecinaba entonces, no existía ya un nodo central para las comunicaciones, del mismo modo que el espacio-tiempo no conocía un centro real, sino sólo puestos de observador en números infinitamente grandes, cada uno de los cuales creaba la ilusión de un centro, más o menos de la misma manera en que un habitante de la Tierra sentía que su posición era fija

y percibía el todo como algo que giraba en torno a él, que se alejaba o se acercaba a él. No era diferente lo que sentía un astronauta en la Luna o cualquier ser vivo en el universo, no importaba dónde estuviera. En el universo real, la totalidad de las partículas estaban interconectadas, a través de lo cual cada partícula podía ocupar un centro relativo.

De manera similar, Second Life se había ido conformando en una red de pares, la llamada red peer-to-peer, un sistema casi infinito, descentralizado y autoorganizado en el que cada servidor al igual que un planeta— formaba un

nodo central que estaba comunicado con todos los demás a través de un número indefinido de interfaces. Cada participante era, automáticamente, anfitrión y usuario de los mundos de otros. Lo que se desconocía era cuántos de esos «planetas» abarcaba Second Life, quiénes la habitaban o la controlaban. Por supuesto que había directorios, mapas cibernéticos, itinerarios y protocolos conocidos que hacían posible materializarse en el universo virtual, del mismo modo que el universo exterior estaba sujeto a las condiciones límite de la física. Conforme a esta norma, los avatares

viajaban a cualquier sitio de la red que les fuera conocido y al que tuvieran acceso. Sólo que ya apenas había nadie que lo conociera todo.

Jericho había esperado aterrizar en uno de esos sitios ignotos, pero las coordenadas de Yoyo conducían hasta un cruce de calles público. Para entonces, casi todas las metrópolis del mundo real tenían su equivalente virtual, de modo que Jericho no tuvo más que viajar de una Shanghai a otra para encontrarse de nuevo en la plaza del Pueblo, o por lo menos en una copia casi idéntica. A diferencia de la Shanghai real, allí no había atascos de

tráfico ni sitios como Quyu más allá de los límites de la ciudad. En cambio, constantemente aparecían nuevas obras en construcción, las cuales se mantenían por un tiempo, cambiaban su aspecto o desaparecían con la rapidez de un clic del ratón.

El constructor y dueño de la Shanghai virtual era el gobierno chino; su financiación, sin embargo, corría a cargo tanto de consorcios chinos como extranjeros. El Partido mantenía, además, una segunda Pekín, una segunda Hong Kong y una Chongqing virtual Como todas las metrópolis de la red, que imitaban a sus modelos reales, el

atractivo de la reproducción consistía en la relación entre la autenticidad y su superación. A nadie le asombraba ya que en la Shanghai virtual vivieran más estadounidenses que chinos, y que la mayoría de los avatares de aspecto asiático fueran robots, máquinas camufladas como seres vivos. A su vez, muchos chinos habían establecido su segunda residencia en la Nueva York virtual, en el París o el Berlín virtuales. Los franceses y los españoles preferían vivir en Marrakech, Estambul y Bagdad los alemanes y los irlandeses adoraban Roma; los británicos se sentían atraídos por Nueva Delhi y Ciudad del Cabo,

los indios por Londres. Cualquiera que soñase con vivir en Nueva York y no pudiera permitírselo, encontraba en la red una Gran Manzana asequible y auténtica, sólo que más desenfrenada, más avanzada y un poco más fascinante que la original. El que hacía negocios en el París virtual no buscaba el aislamiento, sino que estaba interesado en la mayor cantidad de conexiones posibles con el mundo real. BMW, Mercedes-Benz y otros fabricantes de coches no vendían en las ciberciudades ningún constructo salido de la fantasía, sino prototipos de los coches que pensaban fabricar.

En el fondo, las metrópolis de la red no eran más que colosales laboratorios de pruebas, en los que a nadie le parecía mal viajar con naves espaciales en lugar de con barco, siempre y cuando la Estatua de la Libertad estuviera en el sitio que le correspondía. Los propietarios de esas ciudades, es decir, los respectivos gobiernos, iniciaban en ellas un nuevo capítulo de la globalización, sobre todo remodelaban el universo de la gente de una manera muy particular. Es cierto que en la Nueva York virtual también había crímenes y terrorismo, se volaban edificios mediante ataques informáticos,

se agredía sexualmente a los avatares, se conocían los asaltos, los robos, las lesiones físicas y la violación; a uno podían encerrarlo o desterrarlo. Pero sólo había una cosa que no existía: la miseria.

No era de ningún modo una copia idealizada de la sociedad lo que surgía en la red. Allí uno podía enfermar, al gunos hackers introducían epidemias cibernéticas y propagaban virus. Podías tener un accidente o, sencillamente, podía irte mal, adquirir una adicción. En una época en la que existían delgadísimas pieles con sensores, en las que uno podía meterse para sentir —

también físicamente— la ilusión de una gráfica perfecta, el cibersexo era una fuente principal de ingresos y de egresos. Abundaban las ludopatías, los avatares sufrían de fobias, agorafobia, claustrofobia o aracnofobia. Lo único que no se percibía por ninguna parte era un exceso de población. Los pobres, como causa de todo mal, eran identificados y alejados de donde el ojo humano pudiera percibirlos. Los conectados se permitían tener una Bombay o un Río de Janeiro que crecían incesantemente, pero eso no iba aparejado con ningún empobrecimiento, ya que los bits y los bytes eran recursos

que existían en abundancia. Esas metrópolis cibernéticas habían sufrido incluso el azote de catástrofes naturales; quien vivía en Tokio, por ejemplo, ya esperaba de vez en cuando ser testigo de un pequeño terremoto.

Lo que no había eran barrios de chabolas.

La representación del mundo, tal y como éste podía ser, se convertía en el mundo mismo, con todos los lados luminosos y oscuros de la verdadera existencia, y proporcionaba la prueba de quien era el culpable de la penosa situación global. No era el capitalismo ni las sociedades industrializadas, que,

supuestamente, no querían compartir su riqueza. Aquel experimento virtual identificaba como culpables, con la implacabilidad del empirismo, a los que menos tenían: el ejército de pobres en Quyu, en las favelas brasileñas, en las gecekondular turcas, en los megabarrios de chabolas de Bombay y Nairobi, miles de millones de personas que tenían que vivir con menos de un dólar al día. En el ciberespacio, esas personas no estaban aisladas ni encerradas, no eran instrumentalizadas para llevar a cabo la lucha de clases, no eran objeto de cumbres del Tercer Mundo, de la ayuda para el desarrollo, de remordimientos

de consciencia o de negación, ni siquiera eran objeto de odio.

Sencillamente, no existían.

Y de pronto, todo funcionaba sin fricciones. ¿Dónde radicaba entonces el problema? ¿Quién era, entonces, el culpable de la falta de espacio, de la explotación abusiva, de la contaminación del medio ambiente, si ese universo virtual funcionaba a las mil maravillas sin la miseria? Los culpables eran los pobres. Era inútil enfatizar la imposibilidad de comparar ambos sistemas, el basado en el carbón y el basado en los datos almacenados. Con el ingenuo cinismo del filósofo que dice

que la raíz de todo mal humano es la superpoblación y luego se tapa los oídos en cuanto se habla de las consecuencias, los partidarios de la comunidad de la red señalaban que allí no había pobres. Y no porque se hubieran suspendido las subvenciones, porque se hubieran apisonado los barrios miserables o matado a millones de personas. Sencillamente, los pobres nunca habían asomado por allí. Second Life mostraba cómo se vería el mundo sin ellos, y, definitivamente, su aspecto era mucho me j o r , honi soit qui mal y pense,

«Vergüenza de aquel que de esto piense mal».

Claro que en el Shanghai virtual tampoco había otras cosas. No había contaminación, por ejemplo, lo cual siempre irritaba a Jericho, ya que la simulación consideraba los hábitos de visión humanos, y la ausencia de aquella permanente campana de bruma cambiaba completamente la impresión general.

Jericho miró a su alrededor y esperó.

Había avatares y robots de toda índole, muchos volaban o flotaban por encima del suelo. Apenas nadie andaba. En sí mismo, el hecho de andar gozaba de cierta popularidad en Second Life, pero sólo en tramos muy cortos. Sólo en

algunos universos rurales se tropezaba uno con peregrinos que caminaban durante horas y horas. Había un tráfico que fluía sin tropiezos incluso por encima de los edificios más altos. También en ello la Shanghai programada se diferenciaba bastante de la auténtica. En la red también se había hecho realidad la visión de una infraestructura para el desplazamiento por aire.

Un grupo de inmigrantes extraterrestres se movían gesticulando y haciendo ruido hacia el Museo de Arte de Shanghai. En los últimos tiempos habían venido apareciendo, cada vez en mayor número, unas criaturas reptiloides

de la constelación de Sirius. Nadie sabía a ciencia cierta quién los manejaba. Se los consideraba seres enigmáticos y toscos, hacían, con éxito, toda suerte de negocios con nuevas tecnologías destinadas a incrementar la capacidad sensitiva. La Shanghai virtual estaba sometida totalmente a la seguridad estatal, que mantenía bajo control aquella enorme metrópoli de la red con mucho esfuerzo y con el empleo de un sinnúmero de robots. Posiblemente los reptiloides fueran, sencillamente, un par de hackers a los que se toleraba, o tal vez fueran agentes encubiertos de la Cypol, la policía

cibernética. Los extraterrestres abundaban en todas las metrópolis, lo que ampliaba considerablemente las posibilidades del comercio. Por regla general, tras ellos se ocultaban ciertas empresas de software que tomaban en cuenta el hecho de que los universos virtuales tenían siempre nuevos alicientes que ofrecer. Las figuras lumínicas astrales de Aldebarán, por ejemplo, con las que uno podía fundirse temporalmente para conseguir el disfrute de vivencias sonoras insólitas, habían sido desenmascaradas, recientemente, como representantes de IBM.

Jericho se preguntó bajo qué ropaje

se le aparecería Yoyo.

Al cabo de un minuto vio atravesar la plaza, en dirección a él, a una mujer delicada, de aspecto francés, con unos grandes ojos oscuros y una melena tipo paje. Llevaba un conjunto de chaqueta y pantalón de color verde esmeralda y zapatos con tacón de aguja. A Jericho le pareció un personaje de alguna película hollywoodiense de los años sesenta, en las que las francesas aparecían tal y como los directores estadounidenses se las imaginaban. El detective, que tenía varias identidades en Second Life, había aparecido como él mismo, de modo que la mujer lo reconoció enseguida. Se

detuvo muy cerca de él, lo miró seriamente y le tendió la mano derecha abierta.

—¿Yoyo? —preguntó el detective. Ella se llevó un dedo a los labios, lo

agarró de la mano y lo arrastró consigo. Delante de una de las jardineras con flores, cerca de la boca del metro, se detuvo, lo soltó y abrió un pequeño bolso. Una lagartija de color verde esmeralda asomó la cabeza. Por un breve instante, los ojos dorados de la criatura se posaron en Jericho. Entonces, su cuerpo delgado salió disparado hacia arriba, aterrizó en el suelo, delante de sus pies, y avanzó serpenteando hacia la

jardinera de flores, donde se detuvo y se volvió hacia donde estaban ellos, como si quisiera asegurarse de que lo seguían.

Un instante después, una esfera transparente de casi tres metros de diámetro flotaba sobre el animal, que a continuación hizo un giro y mostró su lengua bífida.

—Un momento —dijo el detective

—. Antes de que...

La mujer lo atrajo hacia sí y le propinó un empujón. El impulso lo llevó directamente al interior de la esfera. Jericho se hundió en un asiento que, por lo que recordaba, hacía tan sólo un instante no estaba allí; por lo menos

desde fuera, la esfera parecía estar completamente vacía. Yoyo saltó tras él, se sentó a su lado y cruzó las piernas. A través del suelo transparente, el detective vio al lagarto que miraba hacia arriba.

A continuación, el animal desapareció. En el lugar donde había estado, se abrió una especie de pozo luminoso que no parecía tener fondo.

—¿Tienes buen estomagó? —La mujer sonrió; sus palabras sonaban tan francesas que habrían horrorizado a cualquier hijo de la Grande Nation ante la idea de hablar de esa manera.

Jericho se encogió de hombros.

—Eso depende de lo que...

—Bien.

Como una piedra, la esfera cayó dentro del pozo.

La ilusión fue tan real que los vasos de la piel de Jericho, los de sus músculos y su cerebro se contrajeron repentinamente; sus glándulas suprarrenales empezaron a bombear adrenalina al torrente sanguíneo de forma intermitente. El pulso y el ritmo cardíaco se aceleraron. Por un momento, se alegró realmente de no haberse llenado el estómago con un copioso desayuno. Descendieron a gran velocidad.

—Cierra los ojos o no lo soportarás

—le gorjeó su compañera, como si él hubiese expresado alguna queja. Jericho la miró. Ella seguía sonriendo, una sonrisa maliciosa, según le pareció al detective.

—Gracias, me gusta.

El factor sorpresa había pasado. A partir de ahora, podía escoger a qué sensaciones otorgaba preferencia. Sentarse en la habitación de un hotel y ver una película bien hecha, o experimentar todo aquello como era debido. Si llevase una piel de sensores, la elección habría sido difícil, casi imposible. Esas pieles suprimían

cualquier distancia con el mundo artificial, pero él sólo llevaba las gafas y los guantes. El resto de su equipo se había quedado en Xintiandi.

—Algunós prefierén que les pongán una inyección —dijo la francesa, impasible—. ¿Estuviste alguná vez en un tanqué?

Jericho asintió con la cabeza. En las grandes filiales de Cyber Planet, las visitadas por clientes de mejor posición, había tanques llenos de una solución salina en los que, vestido con la piel de sensores, uno flotaba en la ingravidez. Los ojos quedaban protegidos tras unas gafas de 3D, y el suministro de aire se

realizaba a través de unos diminutos tubos que apenas se notaban. Eran condiciones en las que uno vivía la virtualidad de tal modo que luego la realidad le parecía miserable, artificial y onerosa.

— U n a pequeñá inyección en el rabilló del ojó —continuó la mujer—. Eso parralizá los parpadós. Los ojós se humedecén, pero ya no puedés cerrarlos y tienés que verló todó. C'est pour les masochistes.

Era peor, con mucho, tener que oírlo todo, pensó Jericho. Por ejemplo, aquel estúpido acento. Jericho se preguntó de dónde conocía a aquella mujer.

Definitivamente, había salido de alguna vieja película.

—¿Adónde va esto, Yoyo? —

preguntó, aunque ya lo sospechaba.

Aquella conexión era un escondrijo, los llevaba fuera del universo vigilado de la Shanghai virtual hacia una región que probablemente fuera desconocida para los policías informáticos. Las luces se sucedían a toda velocidad, el centelleo era tremendo. La esfera empezó a girar. Jericho miró entre sus pies, a través del suelo de cristal, y no vio el final del pozo, sólo vio que éste parecía ampliarse.

—¿Yo Yó? —dijo ella, soltando una

sonora carcajada—. Yo no soy Yo Yó.

Le voilà!

Al instante siguiente, flotaron bajo un pulsante cielo estrellado. Ante sus ojos empezó a girar lentamente una estructura reluciente parecida a una galaxia en espiral, pero que, a la vez, podía ser cualquier otra cosa. Jericho tuvo la impresión de que era algo vivo. El detective se inclinó hacia adelante, pero su estancia en aquel continuo majestuoso sólo duró unos segundos; entonces salieron disparados hacia el centro de un tubo de luz.

Y flotaron de nuevo.

Esta vez supo que habían llegado a

su destino.

—¿Imprrésionadó? —preguntó la mujer.

Jericho guardó silencio. A varios kilómetros por debajo de ellos se extendía un océano infinito de color azul y verde. Unas nubes diminutas pasaban muy cerca de la superficie, con destellos rosados y naranjas en sus lomos. La esfera se hundió en algo más grande que flotaba por encima de las nubes, algo con una montaña y unas laderas boscosas, con cascadas, prados y playas. Jericho vio bandadas de criaturas aladas, animales colosales que pastaban en las orillas del centelleante

curso de un río, el cual se enroscaba como una serpiente alrededor de la cumbre de la montaña y desembocaba en el mar...

No, no desembocaba.

¡Se despeñaba en el mar!

Formando una banderola de espuma, el agua caía por encima del borde de la isla flotante y se distribuía en el verde y el azul del océano. Cuanto más se acercaban, tanto más le parecía a Jericho que se trataba de un gigantesco ovni. Entonces el detective alzó la cabeza y vio dos soles que brillaban en el cielo: uno emitía una luz blanquecina, y el otro estaba rodeado por una extraña

aura de color azul turquesa. Su vehículo descendió a mayor velocidad, luego frenó y siguió el transcurso del río. Jericho echó una breve mirada a los enormes animales, que no se parecían a nada que él hubiera visto antes. Luego salieron disparados a través de unas praderas ligeramente onduladas, más allá de las cuales el terreno caía hacia una playa de arenas blancas como la nieve.

—Vendrán a recogerte —dijo la francesa, e hizo un breve movimiento con la mano; la esfera desapareció, al igual que ella misma, y entonces Jericho se vio agachado en la arena.

—Estoy aquí —dijo Yoyo.

El detective alzó la cabeza y la vio caminar hacia él, descalza, con su esbelto cuerpo envuelto en una túnica corta y brillante. Su avatar era una copia perfecta de sí misma, lo que, en cierto modo, lo aliviaba. Tras esa copia estrafalaria de Irma La Dulce, había temido...

¡Eso era! La francesa le había recordado a un personaje cinematográfico, y ahora por fin sabía de quién se trataba. Era una copia, cien por cien, de Shirley MacLaine en su papel de Irma La Dulce. Una cinta prehistórica, que debía de tener sesenta

o setenta años. El hecho de que Jericho la conociera se debía a su pasión por el cine del siglo XX.

Yoyo lo contempló un rato en silencio. Luego dijo:

—¿Es cierto lo de Grand Cherokee?

—¿Qué?

—¿Que lo mataste?

Jericho negó con la cabeza.

—Lo que es cierto es que está muerto. Pero lo mató Kenny.

—¿Kenny?

—El hombre que también mató a tus amigos.

—No sé si puedo confiar en ti. —La joven se acercó a él y le clavó sus ojos

oscuros—. Me salvaste en la acería, pero eso no significa nada, ¿o sí?

—No —dijo él—. No necesariamente.

Ella asintió.

—Ven, caminemos un poco.

Jericho miró a su alrededor. No sabía cómo tomarse todo aquello. Un poco más allá, aterrizaban unas criaturas afiligranadas que no eran aves ni insectos, más bien le recordaban unas plantas voladoras. Él apartó la vista de ellas y ambos caminaron lentamente por la playa.

—Encontramos este océano tal como lo ves mientras buscábamos en la red

lugares seguros donde escondernos —le explicó Yoyo—. Fue pura casualidad. Tal vez deberíamos habernos mudado directamente aquí con toda la central, pero yo tenía mis dudas sobre si realmente podríamos estar aquí sin ser molestados.

—¿Vosotros no habéis programado este universo? —preguntó Jericho.

—La isla, sí. Pero todo lo demás estaba aquí. El océano, el cielo, las nubes, esos extraños animales en el agua, que a veces suben hasta muy cerca de la superficie. Los dos soles salen y. se ponen con una cierta diferencia de tiempo. También hay tierra. Pero hasta

ahora sólo hemos visto alguna a lo lejos.

—Alguien debe de haber creado todo esto.

—¿Tú crees?

—Habrá algún servidor que contenga los datos.

—Hasta ahora no hemos podido localizarlo. Creo más bien que toda la red participa en la creación de este paraje.

—Posiblemente sea una red del gobierno —comentó Jericho.

—No lo creo.

—¿Cómo puedes estar tan segura? Quiero decir, ¿qué significa todo esto?

¿Quién puede tener interés en crear un

mundo así? ¿Con qué fin?

—¿Como un fin en sí mismo, tal vez? —La joven se encogió de hombros

—. Hoy en día, nadie está en condiciones de abarcar la totalidad de Second Life. En los últimos años se han venido creando y modificando herramientas en un número inabarcable. Cada uno construye su propio mundo. La mayor parte es basura, pero hay cosas de una brillantez increíble. En unos lugares entras, en otros no. En general, está vigente la obligatoriedad del protocolo para que todos puedan ver lo que el otro ve, pero ni siquiera creo que eso siga siendo cierto. En algunas

regiones existe un predominio de algoritmos absolutamente extraños.

Jericho se había acercado casi al borde. Allí donde el agua debía cubrir la playa, la costa sufría una caída de vértigo. Muy Por debajo de ellos, la luz de los soles se fragmentaba sobre la superficie estriada del océano.

—¿Quieres decir que este mundo fue creado por robots?

—No soy de las imbéciles que se inventan una nueva religión a partir del espacio de memoria —dijo Yoyo, acercándose a él—. Pero lo que sí creo es que la inteligencia artificial comienza a penetrar en la web de una manera que

sus creadores no pudieron ni imaginar. Los ordenadores crean ordenadores. Second Life ha alcanzado una fase en la que se sigue desarrollando a partir de impulsos propios. Adaptación y selección, ¿entiendes? Nadie puede decir cuándo comenzó, y mucho menos dónde va a acabar. Lo que se está consumando es la continuación lógica de la evolución por otros medios. Un darwinismo cibernético.

—¿Cómo llegasteis hasta aquí?

—Te lo he dicho, por casualidad. Estábamos buscando un rincón a prueba de escuchas. Me parecía arcaico seguir agazapados en el Andrómeda o en la

antigua acería, como trabajadores inmigrantes, y donde los cerdos de la Cypol podían echarnos la puerta abajo en cualquier momento. Bueno, también en la red se echan puertas abajo. Si pones un cifrado, estás acabado, es como invitarlos a que te arresten. Siempre nos hemos comunicado a través de blogs, con programas de distorsión y anonimizadores. Sin embargo, eso no basta. Así que pensé que debíamos trasladarnos a Second Life. Aquí también buscan como locos, pero no saben dónde buscar, ninguna de sus ontologías o taxonomías funcionan aquí.

Jericho asintió. Second Life era

excelente como refugio si uno pretendía burlar la vigilancia del gobierno. Los mundos virtuales estaban estructurados de un modo mucho más complejo y eran más difíciles de controlar que los simples blogs o los foros de chat. Había una diferencia entre colocar piezas de un texto dentro de un contexto sospechoso y concluir que alguien pretendía conspirar o tenía cierta actitud dudosa a partir de las expresiones faciales, los gestos, la apariencia y el entorno de personas virtuales. En Second Life todo y todos podían ser un código, amigo o enemigo.

Era lógico, por tanto, que ningún organismo oficial en China tuviera

tantos empleados como el encargado de vigilar Internet. La Cypol intentaba penetrar en cualquier zona del universo virtual, cosa que, por supuesto, no conseguía, del mismo modo que la policía regular no lograba infiltrar masivamente a la población en el mundo real. Para mantener bajo vigilancia a millones y millones de usuarios, no contaba con el suficiente personal humano, a pesar de lo enorme que era su aparato. En consecuencia, la Cypol apostaba por la incertidumbre. Se sabía que no todo el mundo en Second Life era un agente del gobierno, pero podían serlo: la despierta mujer de negocios, el

banquero amistoso, la stripper, la complaciente pareja sexual, el extraterrestre o el dragón alado, el robot o el DJ; en última instancia, también podían serlo un árbol, una guitarra o todo un edificio. Otra consecuencia adicional de la crónica escasez de personal era que el gobierno trabajara con ejércitos de robots y avatares que no eran manejados por personas, sino por máquinas que fingían ser personas.

Entretanto, había programas robóticos muy sofisticados. De vez en cuando, durante sus misiones en Second Life, Jericho hacía que Diana cobrara forma virtual, y entonces su ordenador

aparecía con el aspecto de una elfa diminuta que revoloteaba, o con forma andrógina, con ojos negros de insecto y alas transparentes de libélula. Pero igualmente podía aparecer como una mujer seductora y hacer volver la cabeza a los chicos de verdad, que no se daban cuenta de que estaban flirteando con un ordenador. En esos momentos, Diana se convertía en un robot al que sólo podía seguírsele el rastro por la prueba de Turing, un procedimiento para el que, en el año 2025, aún ninguna máquina estaba preparada. Cualquiera podía realizar la prueba. Ésta consistía en implicar a una máquina en un diálogo

durante el tiempo necesario para que ésta revelase sus limitaciones cognitivas y se mostrara como un programa sofisticado pero corto de mente.

En ello radicaba el problema de los agentes-robot. Sin una inteligencia real y sin capacidad de abstracción, apenas estaban en condiciones de desvelar como códigos el comportamiento y el aspecto de personas virtuales. No era de extrañar, pues, que Yoyo y sus Guardianes hubiesen enfocado su atención hacia Second Life, ya que la estructura descentralizada de la red peer to peer se prestaba de manera ideal para erigir espacios ocultos, en ella no era

fácil determinar de manera inequívoca quién era receptor y quién emisor de los datos, y el número de universos se extendía hasta el infinito. De hecho, sólo era posible reconstruir los itinerarios de los datos entre los servidores. Estos últimos, en sí mismos, trabajaban de varias formas con porteros electrónicos. Quien visitaba un servidor y obtenía el permiso para entrar se sometía al control del respectivo web master; por el contrario, los visitantes del servidor no podían controlarse entre sí mientras no tuvieran la autorización necesaria.

El web master de la Shanghai virtual era Pekín. Si Jericho hubiera poseído

una agencia de detectives en la metrópoli virtual, sería entonces un inquilino del gobierno chino, lo que significaba que las autoridades podían llamar a su puerta y poner patas arriba su oficina electrónica con el pretexto de registrar, para lo cual, legalmente, necesitaban una orden judicial, que en China era fácil de obtener. Esa razón era suficiente para que Jericho nunca hubiera considerado establecer un despacho en la virtualidad.

En ese momento, el detective miró hacia la extensión azul y verde.

¿Era posible que ese mundo hubiese sido creado por una red de robots? Si

los ordenadores desarrollaban algo parecido a una aspiración estética, tendrían entonces como modelo a las criaturas humanas, aunque, al mismo tiempo, fueran irritantemente distintos.

—¿Y es segura la isla? Yoyo asintió.

—Estuvimos perforando en todos los rincones imaginables del ciberespacio a fin de construir nuestro propio planeta, y buscamos un sitio al que no todo el mundo pudiera llegar. Jia Wei... —la joven se detuvo— calculó simultáneamente millones de posibilidades, y entre ellas estaba la de modificar el protocolo. No en su

esencia, sólo de tal modo que los no enterados, los que no cuentan con la clave correspondiente, fueran a parar a una ensalada de datos. No tengo ni idea de cuántas variantes probamos, las fuimos generando de manera aleatoria, pues pensábamos que la idea era nueva. Pero en lugar de ello, aterrizamos.

—Y el protocolo es...

—Un pequeño lagarto verde.

Yoyo sonrió. Era la misma sonrisa triste que Jericho conocía de la grabación hecha por Chen Hongbing.

—Por supuesto que el servidor de la Shanghai virtual protocoliza la entrada, pero no da la voz de alarma. No registra

que, por un breve tiempo, se abre un gusano electrónico a través del cual uno puede escapar a una especie de universo paralelo. Para el servidor lo único que sucede es que alguien abre una puerta y la vuelve a cerrar.

—Me imaginaba algo parecido — asintió Jericho—. ¿Y quién es Irma La Dulce? ¿Un robot?

—¡Oye! —Yoyo arqueó una ceja en señal de sorpresa—. ¿Conoces a Irma La Dulce?

—Por supuesto.

—¡Qué vergüenza! Yo no tenía ni la menor idea de quién era cuando Daxiong me vino con ella.

—Es una película, una bonita película.

—Una película sobre una prostituta francesa.

—Tal vez no represente necesariamente la gloriosa cultura china

—dijo Jericho en tono indulgente—. Pero hay algo más, imagínate. El avatar es una copia perfecta de Shirley MacLaine.

—Ésa..., eh..., era una actriz, ¿no es cierto? Una francesa.

—Americana.

Yoyo pareció reflexionar, pero entonces, de repente, rompió a reír.

—Oh, eso hará que Daxiong se

recoma de rabia. Él cree que está muy bien informado.

—¿Sobre películas?

—No. Daxiong tiene una fijación con Francia. Como si nosotros no tuviéramos suficiente cultura propia. Puede pasarse el día parloteando acerca de... Bueno, da igual.

La joven se volvió y se pasó la mano por los ojos. Jericho la dejó tranquila. Cuando ella se dio la vuelta otra vez hacia él, vio los embadurnados restos de las lágrimas sobre sus mejillas.

—Tú tienes mi ordenador —dijo

Yoyo—. De modo que, ¿qué quieres?

¿Qué es lo que quieres de mí?

—Nada —respondió Jericho.

—¿Pero...?

—A mí me envía tu padre. Tiene un miedo terrible por ti.

—No creas que a mí me da igual —

repuso ella en tono belicoso.

—No lo creo —dijo Jericho, sacudiendo la cabeza—. Sé que no has querido preocuparlo. Pensaste que estaban vigilando tus comunicaciones, y si lo llamabas o le enviabas un correo electrónico, se lanzarían sobre él y le apretarían las tuercas. ¿Tengo razón?

Ella miró fijamente hacia adelante.

—Hongbing no está muy ducho en el manejo de los blogs y los mundos

virtuales —continuó Jericho—. Con un poco de suerte, sabe manejar un teléfono móvil antediluviano. Pero aparte de eso, se alivia con la idea de que su hija ha aprendido la lección. No sabe lo que haces, o digamos mejor que lo sospecha y no quiere saberlo. Y definitivamente no tiene ni la más remota idea de que Tu Tian te cubre las espaldas.

—¡Tian! —exclamó Yoyo—. Fue él quien te dio este encargo, ¿no es así?

—Él le dijo a tu padre que fuera a verme.

—Claro, ya que Hongbing jamás... Pero ¿por qué no...?

—¿Por qué no te envió ningún

mensaje al Andrómeda, a pesar de que sabía que te habías ocultado allí? Tengo entendido que nunca le hablaste del escondite en el alto horno, así que, al final, se puso nervioso...

—¿De qué conoces a Tian?

—Tian es mi amigo, y si me permites apostar, diría que es un miembro no oficial de Los Guardianes. Por lo menos os ha apoyado cuanto ha podido. Aquel chisme de la central salió de su empresa, ¿no es cierto? Tian, en su momento, fue un disidente como lo sois ahora vosotros.

—Como lo fuimos nosotros.

«Sí, claro», pensó Jericho. Menudo

tema tan deplorable. Hablaran de lo que hablasen, siempre irían a parar a ese punto.

—Tian no necesitaba enviarme ningún mensaje —dijo Yoyo—. Él sabía que eso no cambiaría las cosas.

—Precisamente. Pero sí que cambió algo cuando a Hongbing se le ocurrió la idea de encargarle a alguien que te buscara. Una empresa arriesgada. Puede que tu padre prefiera hacerse el ciego, pero lo que sí tuvo claro todo el tiempo era que no podía involucrar a la policía en esto. Creo que, en su fuero interno, sabe que tú sigues revolviendo los contenedores de basura en el patio

trasero del Partido. Por tanto, le preguntó a Tu Tian, del modo que se le pregunta a Tian por sus contactos, y también porque Hongbing, a regañadientes, aceptó que Tian estuviera más cerca de ti que él, que es tu propio...

—Eso no es cierto —lo increpó

Yoyo—. ¡Estás diciendo chorradas!

—Para él, las cosas son de tal modo que...

—¡Eso a ti no te importa! ¡En absoluto! ¿Está claro? Mantente fuera de mi vida privada.

Jericho inclinó la cabeza.

—Muy bien, princesa. Me mantendré

tan alejado como sea posible. Pero, dime, ¿qué pretendía hacer Tian? ¿Darle una palmadita a Hongbing en el hombro y decirle que no había motivos para preocuparse? ¿Sé yo algo que tú no sabes? Pero está bien, tu vida privada será algo sagrado, aun cuando todo esto me haya costado mi coche y posiblemente también mi piso, que en cualquier momento podría arder en llamas. Provocas un montón de estrés, Yoyo.

Una arruga de ira se formó en vertical entre sus dos cejas. Yoyo abrió la boca, pero Jericho le cortó la palabra con un gesto.

—Resérvate para más tarde.

—Pero...

—No podemos pasarnos todo el tiempo charlando en tu isla. Hagamos planes sobre cómo salir de este embrollo.

—¿Nosotros?

—Tú no escuchas, ¿verdad? —dijo Jericho, mostrando los dientes—. Estoy metido en esto tanto como tú, ¡así que despierta, jovencita! Has perdido a tus amigos. ¿Por qué crees que ha sucedido una cosa así? ¿Porque has levantado un poco de polvo? El Partido está acostumbrado a pisar la mierda de los disidentes. Y, por ello, lo más probable

es que te metan en chirona, pero no suelen enviar allí a alguien como Kenny.

Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas.

—Yo no podía...

Jericho se mordió los labios. Había estado a punto de cometer un error: atribuirle a Yoyo la culpa por la muerte de los demás chicos habría sido tan injusto como estúpido.

—Lo siento —se apresuró a decir el detective.

Ella se sorbió los mocos, caminó de un lado para el otro, y hendió el aire con sus manos temblorosas.

—Tal vez debería haber... Tal vez...

—No, está bien. No puedes hacer nada.

—¡Si no se me hubiera ocurrido esa estúpida idea...!

—Hablame de ello. ¿Qué fue lo que hiciste?

—Entonces nada de esto habría sucedido. Es culpa mía, yo...

—No, no lo es.

—¡Sí que lo es!

—No, Yoyo, no podías hacer nada. Cuéntame qué fue lo que hiciste. ¿Qué sucedió aquella noche?

—Yo no quería nada de esto. —Los labios le temblaban—. Soy la culpable de que todos hayan muerto. Todos han

muerto.

—Yoyo...

La joven se tapó el rostro con ambas manos. Jericho se le acercó, la tomó por las muñecas e intentó bajar sus manos. Ella se soltó de un tirón y se tambaleó, alejándose del detective.

Tras él se oyó un gruñido grave y gutural.

¿Y ahora qué pasaba? Lentamente, Jericho dio media vuelta y se vio frente a un enorme oso de ojos dorados.

«Impresionante», pensó.

—¿Daxiong?

El oso mostró los dientes. Jericho no se movió. Aquella bestia tenía más o

menos el tamaño de un poni mediano. Claro que no emanaba ningún peligro para él de aquella simulación, sólo que no sabía qué impulsos salían de los guantes. Estos se ocupaban de crear las sensaciones hápticas que simulaban los nervios. ¿Transmitirían también el dolor, en caso de que al animal se le ocurriera roerle los dedos?

—Ya está bien. —Yoyo se había parado a su lado. La joven acarició el pelaje del enorme animal y luego miró a Jericho. Su voz sonaba otra vez serena, casi inexpresiva.

—Aquella noche estuvimos probando algo —dijo—. Una vía para

enviar mensajes.

—¿Por correo electrónico?

—Sí. Todo fue idea mía, pero Jia

Wei nos proporcionó el método.

Yoyo le propinó un golpecito al oso en el hocico; el animal bajó la cabeza y al instante desapareció.

—Hay una serie de activistas a nivel mundial con los que mantenemos contacto —continuó la joven—. Sin ellos no accederíamos a algunas informaciones importantes. Claro que no está permitido preguntarle a Washington abiertamente qué cochinadas están asolando a tu país, y yo estoy registrada como disidente, ¿de acuerdo?

—Vale.

—De modo que Second Life es una vía para burlar a la Cypol, pero está siempre asociada a un esfuerzo enorme. Y eso está bien para reuniones como las nuestras, pero yo quería algo rápido, poco complicado, sencillamente para filtrar de vez en cuando alguna foto o un par de líneas. —Yoyo miró al punto donde había estado el oso—. Y los correos electrónicos están siempre viajando de un lado a otro. Eficientes correos, poco sospechosos, en los que no se dice nada que pueda horrorizar al buró político. Por eso intentamos saltar a un tren desconocido.

—¿Correos parásito?

—Parásitos, polizones, como quiera llamárseles. Jia Wei y yo escribimos un protocolo con el que es posible codificar mensajes en rumor blanco y luego descodificarlos otra vez, lo implementamos en el ordenador de Daxiong y en el mío y decidimos hacer una prueba.

Poco a poco, Jericho fue comprendiendo lo que había ocurrido la noche de marras. La idea básica era apropiada para inducir a error a los más listos profesionales de la vigilancia. En esencia, se basaba en la regla elemental del tráfico de correos electrónicos,

según la cual un mensaje es, ante todo, un montón de datos, pequeños viajeros a los que hay que trasladar. Por tanto, se los mete en un vagón de tren en calidad de pasajeros, apretujados en paquetes que, al igual que los vagones, tienen una longitud estándar. Cuando un vagón se llenaba, le sucedía el siguiente, y así hasta que el mensaje entero encontrara sitio y pudiera ser enviado, con la dirección web del destinatario a modo de locomotora.

Sin embargo, por lo general, la variedad en las cantidades de datos hacía que el último vagón quedara sólo parcialmente ocupado. La indicación

«fin del mensaje» definía dónde acababa éste, pero como un paquete sólo podía enviarse como un todo, la mayoría de las veces quedaba algún espacio libre de datos, el llamado «ruido blanco». En el momento del arribo, el ordenador del receptor recogía los datos oficiales del mensaje, cortaba el resto y lo desechaba. A nadie se le ocurría la idea de buscar otros contenidos en el ruido blanco, ya que se suponía que allí no se encontraría nada.

Y fue en ese punto donde surgió la idea. Fuera quien fuese al que se le ocurriera por primera vez, ésta era y seguía siendo genial. Un mensaje secreto

era codificado de tal forma que pareciera ruido blanco, de modo que el mensaje pudiera trocarse por auténtico ruido blanco y ser enviado como polizón a su destino. Sólo había un problema por resolver: era preciso que uno mismo enviara el mensaje, o tener acceso al equipo del remitente. Nada se oponía, ciertamente, a que los polizones viajaran en el propio tren, pero el que llamaba la atención aunque fuera una vez sabía que su tráfico de correos quedaría sometido a una vigilancia permanente. Algunos organismos estatales como la Cypol podían estar sobrecargados de faena pero no eran tontos, por eso no se podía

descartar que también echaran un vistazo en el ruido blanco.

No obstante, había una solución: utilizar el tráfico de correos de otros. Dos disidentes que quisieran enviarse un mensaje conspirativo necesitaban para ello, cada uno, un router —o llamémosle una parada ilegal— donde pudieran detener los trenes de datos que pasaban a toda prisa. Y por supuesto, tenían que ponerse de acuerdo sobre el tren que había que detener. Podía tratarse de las felicitaciones de cumpleaños que el señor Huang, de Shenzhen, enviaba a su sobrino Yi, residente en Pekín; ambos eran

ciudadanos de buena reputación, sobre los que, en relación con el gobierno, sólo podían decirse cosas buenas. El señor Huang, por tanto, enviaba sus felicitaciones sin sospechar que su tren haría una parada no prevista donde el disidente número uno, que extraería el ruido blanco, lo sustituiría por el mensaje camuflado y haría partir el tren nuevamente. Antes de que éste llegara a Yi, el tren sería detenido de nuevo, pero esta vez por el disidente número dos, que extraería el mensaje, lo descodificaría, lo reemplazaría por el auténtico ruido blanco y, sólo entonces, el mensaje seguiría su camino hacia el

sobrino de Pekín, quien tomaría nota de la estima en que lo tenía el señor Huang, pero sin que ni tío ni sobrino sospecharan el fin al que ambos habían servido. Todo aquello hacía pensar en esos incautos turistas a los que alguien les mete droga de contrabando en el equipaje; droga que luego, una vez llegados a casa, alguien se encargaba de sustraer nuevamente. La única diferencia, bastante significativa, por cierto, radicaba en que la droga, durante el transporte, no adoptaba el aspecto ni la textura de los calzoncillos metidos en la maleta.

—Claro que no fuimos tan ingenuos

como para creer que habíamos inventado el truco —dijo Yoyo—. No obstante, cualquier cosa es más probable que interceptar un correo ya ocupado por otro viajero camuflado.

—¿Y cuál fue el correo oficial que interceptaste?

—Venía de alguna autoridad —dijo la chica, encogiéndose de hombros—. El Ministerio de la Energía o algo así.

—¿De dónde exactamente?

—Espera... Era de... de... —La joven arrugó la frente y puso una expresión obstinada—. Bueno, no lo recuerdo.

—¿Cómo? —Jericho la miró

incrédulo—. ¿No recuerdas quién...?

—¡Dios santo, se trataba de una prueba! ¡Queríamos ver, simplemente, si conseguía entrar!

—¿Y qué fue lo que escribiste?

—Cualquier chorrada.

—¡Venga ya! ¿Qué?

—Pues escribí... —Yoyo pareció rumiar la frase varias veces antes de escupirla a los pies de Jericho—:

«Catch me if you can», «Cógeme si puedes».

—Catch me if you can?

—¿Acaso hablo mongol? ¡Sííí!

—¿Y por qué esa frase?

—¿Por qué, por qué?... —lo imitó

ella—. Da igual. La puse porque me pareció guay, por eso.

—Muy guay. En una prueba...

—¡Venga, hombre! —dijo ella, torciendo los ojos—. ¡Se suponía que... nadie... la leería!

Jericho soltó un suspiro y negó con la cabeza.

—Muy bien. ¿Qué más?

—El protocolo estaba concebido en tiempo real. Detener el correo, extraer el ruido, escribir el propio mensaje, cifrarlo y reenviarlo, todo simultáneamente. Pues, cuando estoy escribiendo, me doy cuenta, en ese instante, ¡de que hay algo allí!

Comprendo que no he extraído el ruido blanco, sino que he pillado material secreto.

—Porque alguien estaba intentando lo mismo que tú.

—Sí.

Jericho asintió. Para ser justos, tenía que admitir que Yoyo no había podido prever esa evolución de las cosas.

—Pero para entonces el correo ya estaba en camino de nuevo —dijo él—. E iba hacia la persona a la que estaba dirigido el material secreto. Sólo que el mensaje nunca llegó a su destino, porque tú lo habías extraído y reemplazado.

—Sin saberlo.

—No importa. Imagínate que alguien está esperando una información compleja y secreta. En su lugar, lo que lee es: «Catch me if you can.» — Jericho no pudo evitarlo. Levantó las manos y aplaudió ruidosamente—. Bravo, Yoyo. Una linda y sencilla provocación. Felicidades.

—¡Oye, vete a la mierda! Por supuesto que comprendí inmediatamente que alguien había entrado.

—Y que ese alguien estaba preparado.

—Sí, a diferencia de mí. —Yoyo puso cara agria—. Quiero decir, yo no sé si ellos habían contado

explícitamente con algo así, pero su defensa funciona, eso hay que admitirlo. Su cancerbero empezó a ladrar de inmediato: «¡Guau!» En la ruta definida, parecía un nodo adicional que no venía a cuento allí. «Grrrr, ¿dónde están nuestros datos?»

—¿Y te siguió el rastro de vuelta?

—¿Que si me siguió? —Yoyo soltó una risotada breve y cortante—. ¡Me atacaron! ¡Atacaron mi ordenador, no sé cómo, fue absolutamente aterrador! Cuando todavía estaba atónita por lo que me había pasado, veo cómo empiezan a descargar mis datos. Fueron más rápidos dejándome pelada que yo saliendo de la

red. Supieron de inmediato quién era yo... ¡y dónde estaba!

—¿Quieres decir que no usaste el anonimizador?

—No soy estúpida, ¿vale? —le espetó ella—. Claro que uso el anonimizador. Pero cuando pretendes implementar algo totalmente nuevo y jugar un poco, te ves obligado a abrir tu sistema por un corto período de tiempo, de lo contrario las herramientas de protección en el nivel inferior causarían interferencias; a fin de cuentas, para eso están.

—De modo que desactivaste algunos programas.

—Tenía que correr el riesgo. — Yoyo, furiosa, lo fulminó con la mirada

—. Tenía que asegurarme de que podíamos trabajar así.

—Bueno, pues ahora ya lo sabes.

—Muy bien, señor Superlisto —dijo ella, cruzándose de brazos—. ¿Cómo habrías procedido tú?

—Paso a paso —repuso Jericho—. Primero, extraería el anexo y comprobaría si está minado. A continuación, colocaría lo mío. Me dejaría abierta la opción de deshacerlo antes de enviar. Y, sobre todo, no escribiría cualquier frasecita autosuficiente, aun cuando la codificase

mil veces como ruido.

—¿De qué sirve una transferencia de datos que no tenga sentido?

—Estamos hablando de una prueba. Mientras no sepas definitivamente si tu transferencia de datos es segura, siempre todo puede parecer como un error de transmisión. Ellos se habrían preguntado, quizá, dónde se habría quedado su mensaje, pero no habrían pensado de inmediato que alguien estaba interfiriendo en su comunicación.

Ella lo miró fijamente, como si estuviera considerando la posibilidad de saltarle al cuello. Luego extendió ambos brazos y los dejó caer con desánimo.

—¡De acuerdo, fue un error!

—Un error enorme.

—¿Podía sospechar yo que, entre miles y miles de millones de mensajes, iría a toparme precisamente con uno que ya estaba infiltrado?

Jericho la observó. Su ira se había encendido por un breve instante, no tanto por el error en sí como por el hecho de que ese error lo hubiese cometido alguien con la experiencia de Yoyo. Con su autosuficiencia, la joven no sólo había puesto en juego su vida, sino que su grupo, casi en su totalidad, había sido asesinado, y el propio Jericho no se sentía precisamente seguro. Pero en ese

instante la ira se esfumó. Vio la mezcla de miedo y preocupación en la expresión de la joven, y sacudió la cabeza.

—No. No podías.

—En fin, ¿quién anda detrás de mí?

—De nosotros, Yoyo, permíteme la aclaración. Si es que me permites que te recuerde que estoy aquí y los problemas que tengo ahora mismo.

Ella apartó la cabeza. Miró hacia el mar y luego lo miró nuevamente.

—De acuerdo, de nosotros.

—Pues sin duda alguien con poder. Gente con dinero e influencias, y técnicamente muy bien pertrechada.

Francamente, dudo que sus comunicaciones estén todavía en una fase experimental. Tú estabas probando algo, pero lo que tú probabas lo vienen haciendo ellos desde hace bastante tiempo. Por azar, habéis usado el mismo protocolo, lo que os colocó en la situación de poder leer los datos del otro. A partir de ahí, lo demás es mera especulación, pero también creo que son lo suficientemente influyentes como para no depender de los correos electrónicos de otras personas.

—¿Quieres decir que...?

—Supongamos que envían esos correos desde sus propios servidores.

De manera absolutamente oficial. Ocupan puestos en instituciones públicas, pueden controlar el tráfico de entrada y de salida y meter dentro, a su antojo, todo lo imaginable.

—Suena a cuadros de alto rango.

—¿Piensas que es el Partido?

—¿Quién más podría ser? Todas las acciones de Los Guardianes se dirigen..., se dirigían contra el Partido. Y no nos engañemos: Los Guardianes son..., eran...

—...otra manera de decir «Yoyo».

—Yo era la cabeza. Junto con

Daxiong.

—Lo sé. Antes conspirabas

públicamente, lo que te costó un arresto. Desde entonces buscas otras vías para protegerte. Second Life, correos parásito. En esa búsqueda, sin proponértelo, te cuelas en una transferencia de datos y tus peores temores se hacen realidad. Allí se habla acerca de un golpe de Estado, de liquidar a alguien, se menciona al gobierno chino, todo suena a maniobras ilegales de tu querido Partido, y un momento después han descubierto tu rastro.

—¿Qué habrías hecho tú en mi lugar?

—¿Qué iba a hacer? —repuso

Jericho riendo sin ganas—. Me habría largado, lo mismo que hiciste tú.

—Es un consuelo —dijo la joven, vacilante—. En fin, ¿has estado...? ¿Te has metido en mi ordenador?

—Sí.

Jericho esperó un nuevo ataque de rabia, pero la chica sólo suspiró y miró hacia el océano.

—No temas —dijo el detective—. No he estado husmeando. Sólo he intentado poner algo de claridad en todo este asunto.

—¿Has podido hacer algo con la tercera página web?

—¿La de las películas sobre Suiza?

—Mmmm.

—Hasta ahora, no. Pero ahí tiene que haber algo. O bien se necesita una máscara aparte, o hemos pasado algo por alto. En este instante creo que se trata de un golpe en el que el gobierno chino está o estará involucrado; además, también se infiere que hay alguien que sabe demasiadas cosas y se está considerando liquidarlo.

—Alguien con el nombre de Jan o de

Andre.

—Más bien es Andre. ¿Has investigado esa dirección en Berlín?

—Sí.

—Es interesante, ¿no es cierto?

«Liquidar a Donner.» Y hay un Andre Donner en esa dirección que lleva un restaurante de especialidades sudafricanas.

—El Muntu. Hasta ahí he llegado yo también.

—Ya, pero ¿qué nos dice eso? — reflexionó Jericho—. ¿Corre Andre Donner peligro de que lo liquiden? Quiero decir, ¿qué sabe ese gastrónomo berlinés sobre la participación de Pekín en ciertos planes de golpe de Estado?

¿Y qué pasa con el segundo hombre?

—¿Jan?

—Sí. ¿Es él el asesino?

«O tal vez Jan y Kenny son la misma

persona», pensó Jericho, pero se reservó sus pensamientos. Su imaginación parecía estar soltando los globos de diálogo de un cómic. En el fondo, aquel fragmento de texto estaba demasiado mutilado como para poder sacar de él ninguna conclusión.

—Es un restaurante africano —dijo Yoyo en tono pensativo—. Y existe desde hace poco tiempo.

Jericho la miró con extrañeza.

—Bueno, he tenido más tiempo para ocuparme del asunto —añadió la joven

—. Hay críticas en la red. Donner inauguró el Muntu en diciembre de

2024...

—¿Sólo hace medio año?

—Exacto. Sobre su persona apenas se encuentran informaciones. Es un holandés que vivió durante un tiempo en Ciudad del Cabo y que tal vez haya nacido allí. Eso es todo. Pero la conexión con África es en otro sentido interesante...

—Ya que en África están familiarizados con los golpes de Estado

—asintió Jericho—. Eso quiere decir que debemos examinar en detalle la cronología más reciente de cualquier cambio de gobierno dudoso o violento. Es un punto de partida interesante. Sólo que Sudáfrica queda descartada;

mantiene su estabilidad desde hace bastante tiempo.

Ambos guardaron silencio durante un rato.

—Querías saber con quién teníamos que vérnoslas en este caso —dijo el detective finalmente—. Para organizar un golpe necesitas dinero e influencias, tanto políticas como económicas. Sobre todo necesitas disponer de un ejecutivo capaz y dispuesto a ejercer la violencia. Ahora bien, esa gente ha conseguido, en el menor tiempo imaginable, enviar tras de ti a un profesional y sus refuerzos. Gente armada como un ejército. Supongamos, por tanto, que detrás están

ciertos círculos del gobierno. En ese caso, puedo tranquilizarte en un sentido, creo.

Yoyo enarcó las cejas.

—Ellos no tienen interés en los disidentes —concluyó Jericho—. Lo que tú haces a ellos les da absolutamente igual. Se cargarían a cualquiera que se interpusiera en su camino.

—Muy tranquilizador —dijo Yoyo, en tono burlón—. Para ello disponen de un ejército de policías que, en su momento, pueden transmitirme la reconfortante sensación de que no me van a disparar por mis actividades como disidente. Gracias, Jericho. Por fin

puedo dormir tranquila otra vez.

Él dejó vagar la mirada a lo largo de la playa. De alguna manera, le parecía que el centelleo que se producía bajo aquellos dos soles cobraba vida. En la arena se formaban, de manera espontánea, ciertos dibujos que desaparecían de nuevo inmediatamente. Algunas de aquellas criaturas con forma de flor desplegaron sus alas, transparentes y nervudas como hojas. Unas nubes de polvo dorado brotaron debajo de ellas, y fueron llevadas más allá del borde de la isla, donde se dispersaron en el viento. Aquel mundo programado por Yoyo y Daxiong era de

una belleza inquietante.

—Bien. Propongo un par de cosas

—dijo el detective—. Primero necesito tu autorización para descargar tus datos en mi ordenador. Hasta donde puedo ver, todos los sistemas para copias de seguridad se han destruido.

—Salvo uno.

—Lo sé. ¿Puedo preguntar en qué ordenador estás conectada ahora?

Yoyo se mordió el labio y miró a su alrededor, como si hubiera alguien allí a quien tuviera que pedirle consejo.

—En el de Daxiong —dijo de mala gana.

—¿Dónde? ¿En el taller?

—Sí. Él vive ahí.

—Inmediatamente después de este encuentro, ambos desapareceréis de allí.

—El sótano de Daxiong está protegido, nosotros...

—Kenny dispara con cohetes —la interrumpió Jericho bruscamente—. Contra eso no hay protección que valga. El taller está inscrito como Demon Point, a nombre de los City Demons Será sólo una cuestión de tiempo que Kenny aparezca por allí o envíe a alguien. ¿Posee Daxiong una copia íntegra de tus datos?

—No.

—Entonces deja que yo me los

descargue.

—De acuerdo.

Jericho reflexionó un momento, contó los puntos con los dedos y añadió:

—En segundo lugar, seguiremos esa pista africana. En tercer lugar, intentaremos colarnos en la página web española de las películas sobre Suiza. Yo me encargaré de ambas cosas. Diana dispone de los programas necesarios, y ella...

—¿Diana?

—Sí, mi... mi... —De repente se sintió cohibido—. Da igual. En cuarto lugar, ¿qué tienen en común esas seis páginas, tanto las activas como las no

activas?

—Está claro. —Yoyo lo miró sin comprenderlo—. Contienen, o contenían...

—¿Y qué podemos concluir de ello?

—¡Oye! ¿Puedes dejar de hablar como un maldito sabelotodo?

—Alguien tiene que controlarlas — continuó Jericho, impasible—. De modo que la máscara siempre encaje. En cuanto al contenido, no parece haber ninguna conexión, todas las páginas son de acceso público, y están registradas en varios países. Pero ¿quién las inicia? Si conseguimos encontrar a un iniciador común a todas, podremos averiguar tal

vez qué otras páginas controla. Cuantas más páginas encontremos, tanto más podremos descifrar.

—No estoy preparada para hacer algo así. Y Tian tampoco.

—Pero yo sí —dijo Jericho, llenando sus pulmones de aire. Por un breve instante creyó estar respirando el aire claro del planeta oceánico, que llenaba sus capilares; sin embargo, sólo estaba respirando lo que el aire acondicionado escupía en su habitación. Con cada palabra, sentía que recuperaba sus fuerzas y su firmeza. La certeza de que ya no estaba expuesto, sin protección alguna, a Kenny y sus

secuaces, inundaba su consciencia como una sustancia luminosa—. En quinto lugar, supondremos que Andre Donner está en la misma lista que nosotros: la de las personas que hay que matar. Por tanto, tenemos dos motivos para entrar en contacto con él: para averiguar más cosas sobre este asunto que nos ocupa y para alertarlo.

—Si es que necesita que lo alertemos.

—No tenemos nada que perder. ¿No te parece?

—No.

—Pues entonces. —Jericho vaciló

—. Yoyo, no querría tener que repetir

esto una y otra vez, pero ¿a quién más le hablaste acerca de tu descubrimiento? Quiero decir, ¿quiénes de los que todavía siguen...?

—¿...de los que todavía siguen con vida? —preguntó ella con amargura.

Jericho guardó silencio.

—Sólo Daxiong —respondió la joven—. Y tú.

Yoyo se agachó y dejó correr entre sus dedos una arena nacarada. Los delgados arroyuelos formaron en el suelo enigmáticos dibujos antes de desaparecer en un centelleo. Entonces la joven alzó la cabeza.

—Quiero llamar a mi padre.

Jericho asintió.

—Esa iba a ser mi siguiente propuesta.

En silencio, el detective se preguntó si no sería más razonable establecer antes contacto con Tu. Pero esa decisión estaba en poder únicamente de la joven, que se fue incorporando lentamente y lo miró con unos ojos bellos y tristes.

—¿Quieres que te deje a solas? —

preguntó él.

—No. —Ella alzó la nariz en un gesto muy poco femenino y le dio la espalda—. Tal vez sea mejor que estés presente.

Los dedos de su mano derecha

partieron la nada y dibujaron algo en ella. Un instante después apareció un campo oscuro en el aire. Sonó un timbre de teléfono, de una profanidad casi absurda y fuera de lugar en ese mundo extraño.

—No ha activado el modo de imagen —dijo la joven, como si fuera necesario disculpar a Chen Hongbing en su atrasada mentalidad.

—Lo sé, tiene su viejo móvil. Tú se lo regalaste.

—Es un milagro incluso que lo use

—resopló la chica. El teléfono siguió sonando—. En realidad, tendría que estar en el concesionario. Si no me

contesta, lo llamaré...

El timbre cesó. Se oyó un tenue rumor, mezclado con unos ruidos aislados.

Yoyo miró a Jericho con ojos inseguros.

—¿Padre? —susurró ella.

La respuesta le llegó en voz baja. De manera funesta, se fue abriendo paso, como una serpiente gorda y pesada que se va incorporando para mirar a su siguiente víctima.

—No soy tu padre, Yoyo.

Jericho no sabía lo que pasaría. Yoyo estaba por los suelos; sus amigos, muertos. Tenía que procesar algunas

imágenes que sólo eran soportables en las pesadillas, y cuyo horror minaba hasta la luz de la luna. Pero para esa pesadilla no había despertar. Como un veneno, la voz de Kenny se fue colando en el idilio de la isla. Sin embargo, cuando Yoyo habló, no había más que una furia reprimida en sus palabras.

—¿Dónde está mi padre?

Kenny se tomó su tiempo para responder, mucho tiempo. Yoyo, por su parte, guardó silencio, con helada expectativa, y ambos callaron en una muda prueba de fuerza.

—Le he dado el día libre por hoy —

dijo el hombre finalmente. Coronó su

comentario con una risa grave y autosuficiente.

—Ésa no es la respuesta a mi pregunta.

—Nadie ha dicho que tú puedas hacer las preguntas.

—¿Él está bien?

—Muy bien. Está descansando.

La manera en que Kenny dijo «Muy bien» era la apropiada para hacerle suponer a cualquiera lo contrario. Yoyo cerró los puños.

—Presta atención, cerdo psicópata. Quiero hablar con mi padre ahora mismo, ¿me oyes? Luego podrás hacer todas las exigencias que quieras, pero

primero dame algún indicio de que sigue con vida, o seguirás hablando contigo mismo. ¿Lo has entendido aunque sea un poco?

Kenny dejó que la línea rumorease durante un rato.

—Yoyo, mi niña de jade —suspiró

—. Al parecer, tu visión del mundo se basa en una serie de malentendidos. En historias como ésta, los papeles están repartidos de un modo diferente. Cada palabra tuya que no obtenga mi aplauso incondicional se convertirá en dolor para Hongbing. Te dejaré pasar lo de cerdo psicópata. —Kenny rió—. Tal vez hasta tengas razón.

«Es vanidoso como un pavo real», pensó Jericho. Puede que Kenny fuera un ejemplar bastante exótico para ser un asesino a sueldo; más bien se correspondía con el perfil del psicópata asesino en serie. Era narcisista, estaba enamorado de sus propias palabras y le encantaba coquetear con la idea de ser insoportable.

—Un indicio de que está vivo —

insistió Yoyo.

De repente, el rectángulo negro cambió y la cara de Kenny llenó la pantalla casi por completo. Como el genio de una lámpara, flotó por encima de la playa nacarada. Luego desapareció

del ángulo visual de la cámara y pudo verse una habitación con ventanas en la parte trasera, a través de las cuales entraba la clara luz del día. Se vio el perfil oscuro de unos muebles, una silla en la que había alguien sentado. Delante había algo negro y macizo, con tres patas.

—Padre —susurró Yoyo.

—Diga algo, por favor, honorable

Chen —se oyó decir a Kenny.

Chen Hongbing permaneció inmóvil en su silla, como si estuviera pegado a ella. A contraluz, su rostro era apenas reconocible. Cuando habló, sonó como si alguien caminara por encima de un

manto de hojas secas.

—Yoyo. ¿Estás bien?

—Padre —gritó la joven—. ¡Todo saldrá bien! ¡Todo saldrá bien!

—Lo... siento mucho.

—No, soy yo la que lo siente —dijo Yoyo, y a continuación los ojos se le llenaron de lágrimas. Con un visible esfuerzo de su voluntad, se obligó a mantenerse tranquila.

Kenny volvió a aparecer en el encuadre.

—Es miserable la calidad de este móvil —dijo—. Me temo que tu padre apenas puede oírte. Tal vez deberías venir a visitarlo, ¿qué opinas?

—Si le haces algo... —empezó a decir Yoyo con voz temblorosa.

—Lo que le haga o no sólo depende de ti —respondió Kenny con frialdad—. Ahora mismo está bastante cómodo, sólo que su libertad de movimientos está un poco restringida. Está sentado frente al escáner de un rifle automático. Puede hablar y parpadear. Pero si se le ocurriera saltar de repente o levantar el brazo, el arma se dispararía. Por desgracia, eso también sucedería si se rasca. Bueno, a decir verdad, tal vez la comodidad no sea tanta.

—Por favor, no le hagas daño —

sollozó Yoyo.

—No tengo interés alguno en hacerle daño a nadie, lo creas o no. Así que ven, y hazlo pronto. —Kenny hizo una pausa. Cuando continuó hablando, el tono de serpiente había desaparecido de su voz. De pronto era amable, casi amistosa, era la voz con la que solía hablar Zhao Bide

—. Tu padre tiene mi palabra de que nada te sucederá, en caso de que cooperes. Eso incluye decirme los nombres de todos los que conocen el mensaje interceptado o su contenido. Además, debes entregarme toda memoria de datos, absolutamente toda, en la que hayas descargado una copia del mensaje.

—Tú destruíste mi ordenador —dijo

Yoyo.

—He destruido algo, sí. Pero ¿lo he destruido todo?

—No lo contradigas —le susurró

Jericho.

Ella guardó silencio.

—¿Lo ves? —dijo Kenny, sonriendo, como si viera confirmada su suposición—. Pero no te preocupes, cumpliré mi palabra. Y trae a ese gigante calvo, ya sabes quién. Entraréis por la puerta delantera, que está abierta.

—Kenny se detuvo; algo pareció pasarle por la cabeza. Entonces, preguntó—: El tal Owen Jericho, ¿ha establecido

contacto contigo?

—¿Jericho? —repitió Yoyo.

—Sí, el detective.

Jericho se había situado, desde el principio, fuera del campo visual del móvil, de modo que podía ver el escenario en el piso de Chen al revés, como en un espejo, pero sin que Kenny pudiera verlo a él. El detective le hizo una señal a Yoyo y negó con la cabeza enérgicamente.

—No tengo ni idea de dónde puede estar ese idiota —dijo la joven con desprecio.

—¿A qué viene tanta aspereza? — Kenny enarcó las cejas, sorprendido—.

Te salvó la vida.

—Ese tipo pretende joderme, al igual que tú, ¿o no? Tú mismo dijiste que había matado a Grand Cherokee.

Un asomo de satisfacción rodeó los labios de Kenny.

—Sí, claro. Bueno, ¿cuándo podrás venir?

—En cuanto me sea posible —

respondió Yoyo, y se sorbió los mocos

—. Depende del tráfico. Digamos,

¿dentro de un cuarto de hora? ¿Te parece bien?

—Muy bien. Tú y Daxiong Desarmados. Si veo un arma, Chen morirá. Si alguien más entra por esa

puerta, morirá. Si alguien intenta desactivar el fusil automático, éste se disparará. En cuanto lo aclaremos todo, saldremos juntos del edificio. Ah, y si hay refuerzos esperando fuera o a alguien se le ocurre hacer el héroe, Chen morirá también. Sólo podrá dejar esa silla cuando yo haya desactivado el dispositivo automático.

La conexión se cortó.

Desde lejos les llegó la extraña llamada de unos grandes animales. Una ráfaga de viento movió los arbustos que separaban la playa del prado e hizo bailotear las rosadas umbelas de las flores.

—Ese cerdo —exclamó Yoyo—. Ese maldito...

—Sea lo que sea, no es omnipotente.

—¿Ah, no? —le espetó ella—. ¡Pues has visto lo que está ocurriendo! ¿Crees en serio que dejará vivir a mi padre? ¿O a mí?

—Yoyo...

—¿Qué debo hacer? —La joven retrocedió, el labio inferior le temblaba. Entonces hizo un gesto de negación con la cabeza mientras las lágrimas le corrían por las mejillas—. ¿Qué diablos voy a hacer? ¿Qué debo hacer?

—Oye —dijo Jericho—. Lo sacaremos de ahí. Te lo prometo. Nadie

va a morir, ¿me oyes?

—¿Y cómo lo vas a hacer?

Jericho comenzó a caminar de un lado para el otro. Él tampoco sabía muy bien cómo iba a hacerlo. Un plan empezaba a cobrar forma en su cabeza de manera fragmentaria. Era una empresa descabellada que dependía de diversos factores. La fachada de cristales situada detrás de Chen Hongbing desempeñaba cierto papel así como la airbike que se había llevado en prenda. Tenía, además, que hablar con Tu Tian.

—Olvídalo —dijo Yoyo sin aliento

—. Vayámonos.

—Espera.

—¡No puedo esperar! Tengo que ir en busca de mi padre. Larguémonos — dijo Yoyo, tendiéndole la mano.

—enseguida.

—¡Ahora!

—Sólo un minuto. Yo...

—El detective se mordió el labio inferior—. Ya sé cómo lo haremos. ¡Lo sé!

HONGKOU

El edificio con el número 1276 de Siping Lu mantenía el monótono color pastel de todos los bloques de viviendas construidos a principios del milenio en el barrio shanghaiano de Hongkou. Cuando el tiempo estaba gris, parecía desaparecer en el cielo. A modo de contraste, unos cristales de un verde impertinente irrumpían en la fachada, otro recurso estilístico de aquella época en la que hasta los rascacielos mostraban el aspecto de un juguete barato.

A diferencia de los altos edificios de una calle más allá, el número 1276 se conformaba de seis plantas, disponía de balcones generosamente medidos y destacaba, además, por la insinuación de un techo de pagoda. A ambos lados de los balcones, se adherían al revoque las cajas empercudidas de los aires acondicionados. Con desgana, aleteaban al viento los jirones de un cartel transparente en el que los vecinos exigían la paralización inmediata de las obras del Maglev, otra vía que pasaría directamente ante su puerta y cuyos pilares ya sobresalían por encima de la calle. Aparte de ese tímido testimonio

de rebelión, el edificio no se diferenciaba en nada del número 1274 o del 1278.

En la cuarta planta del número 1276 vivía Chen Hongbing.

De treinta y ocho metros cuadrados, el piso abarcaba un salón con una pared de estanterías, un rincón que hacía las veces de comedor, un sofá cama y otro dormitorio, un diminuto cuarto de baño y una cocina apenas mayor en tamaño, abierta hacia una mesa de comedor. No había vestíbulo; en su lugar, un biombo tapaba la puerta de entrada hacia un lado, creando así cierto ambiente de intimidad.

Por lo menos, hasta hacía poco. Ahora el biombo estaba plegado y

apoyado contra la pared, de modo que podía verse toda el área de la entrada. Xin se había acomodado en el sofá, a un lado de la mesa, en cuyo extremo estaba sentado Chen Hongbing, como sumido en un estado de contemplación, alto, con su rostro anguloso, recto como una vela. Sus sienes brillaban bajo la luz que entraba por la fachada de vidrio y se refractaba en las diminutas gotas de sudor que cubrían la tersa piel del padre de Yoyo. Xin sopesaba el mando a distancia que servía para controlar el fusil automático; era un monitor

extraplano y ultraligero. Le había explicado al anciano que cualquier movimiento brusco provocaría su muerte. En realidad, el dispositivo automático no estaba activado, pues Xin no quería correr el riesgo de que el anciano provocara su propio deceso por mero nerviosismo.

—Tal vez debería tomarme como rehén —dijo Chen en medio del silencio.

Xin bostezó.

—¿Es que no lo he hecho ya?

—Quiero decir... Puedo ponerme en sus manos por más tiempo. Todo el tiempo necesario, hasta que usted no vea

en Yoyo ningún peligro.

—¿Y qué ganaríamos con eso?

—Que mi hija sobreviviría — respondió Chen con voz ronca. Era muy curiosa la manera en que Chen emitía sus palabras sin hacer ningún gesto, esforzándose por reducir a lo imprescindible, incluso, el movimiento de los labios.

Xin hizo como si tuviera que pensarlo.

—No. Su hija sobrevivirá en la medida en que sea capaz de convencerme.

—Yo sólo le ruego por la vida de mi hija —dijo Chen, respirando por lo bajo

—. Todo lo demás me da igual.

—Eso lo honra —dijo Xin—. Lo acerca a usted a la condición de los mártires.

De pronto, Xin creyó ver que el anciano sonreía. Había sido un gesto casi imperceptible, pero Xin tenía buen ojo para esos detalles.

—¿Qué le divierte tanto?

—Que usted no tiene en cuenta la situación. Cree que puede matarme, pero ya no es mucho lo que queda por matar. Llega usted demasiado tarde: yo ya estoy muerto.

Xin se disponía a responder pero, en vez de eso, contempló a aquel hombre

con renovado interés. En general,

otorgaba poco valor a los asuntos

privados de otra gente, sobre todo

cuando ésta tenía los minutos contados. Sin embargo, de pronto, sintió la apremiante necesidad de saber qué había querido decir Chen con aquella frase. Se puso de pie y se detuvo tras el trípode con el arma, de modo que ésta parecía salirle directamente de la barriga.

—Eso me lo tiene que explicar.

—No creo que le interese —dijo Chen, que alzó la mirada, dejando ver dos ojos como dos heridas.

De pronto Xin tuvo la sensación de

poder ver a través de aquel cuerpo enjuto, de estar contemplando el espejo negro de un lago bajo un cielo sin Luna. En lo más hondo de ese lago percibía un antiguo sufrimiento, un sentimiento de odio hacia sí mismo, de asco, oyó gritos y súplicas, ruidos metálicos y portazos, el gemido de la resignación, cuyo insípido eco se multiplicaba a través de infinitos corredores sin ventanas. Alguien había intentado quebrantar a Chen a lo largo de muchos años. Xin lo sabía sin saberlo. Sin esfuerzo alguno, podía identificar el lugar de confluencia, podía tocar aquellos puntos que vuelven vulnerable a la mayoría de la gente, del

mismo modo que había bastado una sola mirada a los ojos del detective para darse cuenta de su soledad.

—Usted ha estado en prisión —dijo

Xin.

—No directamente.

Xin mostró perplejidad. ¿Se había equivocado?

—En cualquier caso, le quitaron su libertad.

—¿La libertad? —Chen emitió un sonido que era una especie de estertor y suspiro—. ¿Qué es eso? ¿Acaso es usted ahora más libre que yo, aunque yo esté sentado en esta silla y usted esté de pie, delante de mí? ¿Le da libertad eso que

usted mantiene apuntando hacia mí?

¿Pierde usted su libertad cuando lo encierran en una celda?

Xin afiló los labios.

—Eso explíquemelo usted.

—No hace falta que nadie se lo explique —insistió Chen—. Lo sabe usted mejor que nadie.

—¿Qué?

—Usted sabe que todo el que amenaza a otra persona tiene miedo. Quien apunta con un arma a otra persona tiene miedo.

—Ah, ¿soy yo el que tiene miedo?

—rió Xin.

—Sí —contestó Chen de forma

lapidaria—. La represión siempre se basa en el miedo. Miedo a la opinión de los que piensan de un modo distinto. Miedo a ser desenmascarado. Miedo a perder el poder, al rechazo, a la insignificancia. Cuantas más armas emplee, tanto más altos serán los muros que levante; cuanto más sofisticado sea su método de tortura, tanto más mostrará usted su impotencia. ¿Recuerda lo de Tiananmen? ¿Recuerda lo que pasó en la plaza de la Puerta de la Paz Celestial?

—¿Las revueltas estudiantiles?

—No sé qué edad tendrá usted. Probablemente fuera un niño todavía cuando ocurrió aquello. Gente joven que

abogaba de forma pacífica por algo, cuyo significado más profundo había sido ya el objeto de esfuerzos por parte de otras personas: la libertad. Y frente a esos jóvenes, todo un Estado, casi paralizado, se estremeció hasta sus cimientos, de modo que al final enviaron los tanques y todo se sumió en el caos.

¿Quién, según usted, tenía entonces más miedo? ¿Los estudiantes o el Partido?

—Yo tenía cinco años —dijo Xin, perplejo ante el hecho de estar charlando con un rehén como si estuvieran sentados en una casa de té—.

¿Cómo diablos voy a saberlo?

—Lo sabe. Ahora mismo me está

apuntando con un arma.

—Es cierto, pero ¡creo que debería ser usted el que estuviera cagado de miedo, viejo!

—¿Ah, sí? —Una vez más, una sonrisa fantasmal torció los rasgos de Chen—. Pues, verá, tengo miedo, pero sólo temo por la vida de mi hija. Y otra cosa que me da miedo es haber enfocado mal las cosas, haber callado cuando correspondía hablar. Eso es todo. Esa arma suya no puede insuflarme miedo. Mis demonios internos son superiores a esa ridícula arma suya. Usted, sin embargo, tiene miedo a lo que le quedaría si se le despojara de esa arma

y de todos esos atributos de poder. Usted tiene miedo a volver atrás.

Xin miró fijamente al anciano.

—No hay vuelta atrás, ¿es que no lo ha entendido? Sólo nos queda avanzar en el tiempo. Sólo existe el permanente ahora. El pasado es ceniza.

—En eso estoy de acuerdo con usted. Con una diferencia: la ceniza es eso que destruye al hombre. Las consecuencias de la destrucción, sin embargo, perduran.

—Pero también uno puede purificarse con ello.

—¿Purificarse? —El desconcierto centelleó en la mirada de Chen—.

¿Purificarse de qué?

—De lo que fue. Puede hacerse si se deja en manos de las llamas. ¡Si usted lo quema todo! El fuego purifica su alma,

¿me entiende? Nace usted por segunda vez.

La mirada de asombro de Chen se clavó en la de Xin.

—¿Habla usted de venganza?

—¿Venganza? —Xin mostró los dientes—. La venganza sólo hace que un enemigo se crezca, le confiere importancia. ¡Hablo de una absoluta extinción! Hablo de superar la historia personal. Eso que lo ha estado atormentando. ¡Sus... demonios!

—¿Cree usted que se pueden quemar los demonios?

—¡Por supuesto que se puede! ¿Cuán estúpido se ha de ser como para negar esa certeza elemental? Todo el universo, todo ser, se basa en la transitoriedad.

—Pero ¿qué pasaría si comprobara usted que no existen los fantasmas? — dijo Chen tras un momento de reflexión

—. ¿Que no hay demonios? Que el pasado sólo se le ha impregnado como un reflejo y que esos fantasmas son parte de sí mismo. ¿Intentaría usted extinguirse a sí mismo? ¿No sería la purificación, en ese caso, una automutilación?

Xin bajó los párpados. Aquella conversación estaba tomando un cariz que lo fascinaba.

—¿Qué ha quemado usted? —

preguntó Chen.

El asesino reflexionó sobre la manera de explicárselo al anciano para que éste comprendiera su grandeza. Pero de repente oyó algo. Pasos en el rellano.

—Otra vez será, honorable Chen —

susurró Xin.

Rápidamente, volvió hasta el sofá y activó el mecanismo automático. Había llegado el momento. Con cualquier movimiento en falso que hiciera el anciano, su cuerpo quedaría hecho

jirones. Los pasos se acercaron.

Entonces la puerta se abrió de golpe

y...

Yoyo vio a su padre sentado en

aquella silla, con el cañón del rifle apuntando hacia él. El hombre no se movió, sólo sus globos oculares giraron lentamente en dirección a su hija. Yoyo sintió la tensión en el fornido cuerpo de Daxiong, que estaba a su lado, y entró, con el pequeño ordenador en su mano derecha. Al fondo, el asesino se incorporó desde el borde del sofá. También él sostenía algo en la mano, algo reluciente y extraplano.

—Hola, Yoyo —dijo Xin con un

siseo—. ¡Cuánto me alegro de verte otra vez!

—Padre —dijo la joven, sin responder a Xin—. ¿Estás bien?

Chen Hongbing intentó mostrar una sonrisa que le salió torcida.

—A pesar de las circunstancias, diría que sí.

—Estará bien mientras tú mantengas nuestro acuerdo —precisó Kenny—. El mecanismo automático está activado. Cualquier movimiento de Chen lo mataría. —Xin sostuvo en alto el mando a distancia—. Claro que también podría adelantarlo, así que cualquier cosa que tengáis pensado, olvidadlo.

—¿Qué tenemos que hacer ahora? —

gruñó Daxiong.

—Primero, cerrad la puerta a vuestras espaldas.

Daxiong le propinó un breve empujón a la puerta y ésta se cerró sin hacer ruido.

—¿Y ahora?

Kenny les dio la espalda y miró la fachada de cristales. No parecía tener mucha prisa. Yoyo sintió un escalofrío y levantó el ordenador.

—Era esto lo que querías —dijo la joven.

El asesino miró un momento hacia afuera. Luego se volvió hacia ellos.

—¿Es tu único respaldo?

—Digamos, en principio, que sí.

—¿Sí o no?

Poco a poco, Yoyo se iba poniendo nerviosa, pero intentaba que no se le notara. Algo debía de haber fallado.

¿Por qué tardaba tanto? ¿Dónde se había metido Jericho?

—¿Y bien? —dijo Kenny, animándola con un gesto—. Te escucho.

—No. Primero tenemos que aclarar algunas cosas.

—Creo recordar que lo hemos hablado todo claramente.

Ella negó con la cabeza.

—Todavía no hay nada claro. ¿Qué

garantía tenemos de que nos dejarás con vida?

Kenny sonrió como alguien que está experimentando una decepción con la que ya había contado.

—Ahórranos eso, Yoyo. No estamos aquí para negociar.

—Es cierto —resopló Daxiong—.

¿Sabes lo que creo? Que en cuanto tengas lo que quieres, nos liquidarás.

—Exacto —asintió Yoyo—. Así que, ¿por qué íbamos a contarte algo si, de todos modos, nos vas a matar? Tal vez sea mejor que nos llevemos un par de secretos a la tumba.

—Te di mi palabra —dijo Kenny en

voz muy baja—. Eso debería bastarte.

—Tu palabra ha demostrado no tener mucho valor esta mañana.

—Pero también podemos jugar al juego de otra forma —continuó Kenny, sin prestar atención al comentario de la joven—. No hay necesidad de que nadie muera de inmediato. Mira a tu padre, Yoyo. Es un hombre valiente que no teme a la muerte. Me obliga a admirarlo. Me pregunto cuánto dolor sería capaz de soportar.

Hongbing dejó escapar una risa gimoteante.

—Se asombraría usted —dijo el anciano.

El asesino sonrió.

—Enciende de una vez tu ordenador, descarga el archivo descodificado en el monitor y lánzamelo hacia aquí. No tienes opciones, Yoyo. Sólo tu buena fe.

«Jericho —pensó la chica—. Maldita sea. ¿Qué es lo que pasa? No podremos dar largas a este cabrón por más tiempo. ¿Dónde estás?»

Jericho maldijo.

Hasta el momento todo había salido de maravilla. Casi en demasía. Mientras Yoyo y Daxiong se ponían en camino hacia la casa de Chen, él había hablado con Tu y había conseguido abrir el depósito de armas de la airbike. Tenía

ahora un fusil automático con gran fuerza de percusión y mecanismo automático por láser, un arma que en ese instante reposaba, pesada y segura, en su mano; luego había arrancado la moto y la había dirigido sin problemas hacia el acordado punto de encuentro.

No lejos del edificio con el número

1276, se habían reunido para comentar brevemente la situación.

—Es el cuarto edificio en esta hilera

—había dicho Yoyo, señalando la calle

—. Los patios traseros son todos iguales, tienen césped y árboles y un camino que los comunica. Es la ventana de la izquierda, en la cuarta planta.

—Bien —asintió Jericho.

—¿Has traído mi ordenador?

—Sí. ¿Daxiong ha traído el suyo?

—Aquí está. —El gigante le puso en la mano un ordenador de aspecto algo anticuado. Jericho le pasó el fragmento de texto descodificado.

—¿Puedes devolverme el mío? —

preguntó Yoyo.

—Por supuesto. —Jericho volvió a guardar el ordenador de la joven—. Pero cuando todo esto haya acabado. Mientras tanto, estará más seguro conmigo. No debemos darle a Kenny ninguna oportunidad de arrebatártelo.

Yoyo no había replicado nada; él lo

interpretó como una señal de aprobación. El detective desvió su mirada hacia Daxiong y luego volvió a mirar a la joven.

—¿Todo claro?

—Hasta ahora, sí.

—Entraréis al piso dentro de cinco minutos.

—De acuerdo.

—Inmediatamente después, llegaré y le apretaré las clavijas a ése. ¿Alguna pregunta más?

Ambos habían negado con la cabeza.

—Bien.

—Dentro de cinco minutos.

¡Eso era ya! Pero él estaba todavía

en la esquina de la calle, pues de repente la airbike había adoptado el comportamiento caprichoso de una diva, y no quería entrar en escena por mucho que se la animara a ello.

—Vamos —la reprendió Jericho. Aquella parte de Hongkou era una

zona eminentemente residencial, y Siping Lu era una calle de acceso con varios carriles. Allí apenas había comercios ni restaurantes. En consecuencia, las aceras aparecían desoladas, sobre todo porque, a pesar de los cuarenta años transcurridos desde la legendaria apertura de Deng Xiaoping respecto de Occidente, la mayoría de los

chinos no encontraban placer alguno en el concepto de «pasear», algo tan grato a franceses, alemanes e italianos. El tráfico fluía rápidamente, segmentado a intervalos regulares por los puentes peatonales. Dado que la mayoría de los viajeros ya estaban en sus puestos de trabajo desde tempranas horas de la mañana, la cantidad de vehículos se mantenía dentro de ciertos límites. De la mediana que separaba las sendas brotaban los macizos pilares de la futura vía del Maglev, los cuales arrojaban sobre la calle unas sombras alargadas y amenazantes. Un pequeño parque con césped, estanque y bosquecillo ocupaba

el lado opuesto de la carretera, y en él, unos ancianos, seres sustraídos al tiempo, se ejercitaban en el arte del qi gong. Era como ver dos películas que transcurrían a velocidades distintas. Con aquel ballet a cámara lenta como telón de fondo, los coches parecían viajar a mayor velocidad. Nadie prestó atención a Jericho en su confrontación en voz alta con la airbike, que acabó con el detective hablando solo y la moto aferrada a su mutismo.

Los segundos volaban.

Finalmente, el detective interrumpió su monólogo y propinó al vehículo una patada en el lateral, que el revestimiento

de plástico amortiguó en silencio, algo casi equiparable a una humillación. Ansiosamente, Jericho repasó las alternativas. Y mientras pensaba, probó una vez más, en un gesto mecánico, a arrancar la moto, de modo que todavía seguía sumido en sus cavilaciones cuando, de repente, las aspas de las dos turbinas empezaron a girar, cada una en un sentido, y el típico bufido de la moto trepó por la escala de frecuencia, cada vez más y más alto, hasta que finalmente el aparato se puso en marcha como si jamás hubiese existido problema alguno.

—Bien —dijo Yoyo—. Tú ganas.

La joven se agachó y lanzó el

pequeño ordenador por el suelo hacia donde estaba Kenny. Cuando se incorporó de nuevo, su mirada chocó con la de Hongbing. El anciano parecía pedirle perdón por no haber ayudado a solucionar sus problemas, y por estar sentado allí, como paralizado. En realidad, el pérfido mecanismo concebido por Kenny le impedía arrojarse sobre aquel hombre que estaba amenazando a su hija. No avanzaría ni un metro ni se habría ganado nada.

—No puedes hacer nada —le dijo ella. Y, a continuación, aun con la confianza de que Jericho se presentaría de un modo u otro, añadió—: Pase lo

que pase, padre, no te muevas del sitio,

¿me oyes? Ni un milímetro.

—Es conmovedor —dijo Kenny, sonriendo—. Para vomitar.

Entonces el asesino recogió el ordenador y echó un breve vistazo a la pantalla. Luego dedicó a Yoyo una mirada despectiva.

—Un modelo bastante pasadito, ¿no te parece?

La joven se encogió de hombros.

—¿Estás segura de que me has entregado el aparato correcto?

—Es sólo para copias de seguridad.

—Muy bien, ahora la segunda parte.

¿Quién más sabe acerca de esa pequeña

excursión tuya por terrenos prohibidos?

—Daxiong —dijo Yoyo, señalando a su compañero—. Y Shi Wanxing.

Daxiong le dirigió una mirada de sorpresa. Kenny no era el único que, en ese momento, se estaba preguntando quién diablos era Shi Wanxing. Porque, efectivamente, Yoyo acababa de inventarse el nombre de una manera espontánea, con la esperanza de que Daxiong comprendiera el farol y le siguiera el juego. Ahora que el asesino tenía su ordenador —al menos el que Kenny tomaba como tal—, estaban prácticamente muertos. Debía intentar ganar tiempo.

—¿Wanxing? —Los ojos de Kenny se achicaron—. ¿Quién es ése?

—Él... —empezó diciendo Yoyo.

—Cierra el pico. —Kenny hizo un gesto con la cabeza dirigido a Daxiong

—. Le he preguntado a él.

Daxiong dejó transcurrir un segundo de silencio que pareció dilatarse una eternidad. Luego, con su mentón de faraón echado hacia adelante, dijo:

—Shi Wanxing es, aparte de nosotros dos, el único al que aún no has matado. El último sobreviviente de Los Guardianes. No sabía que Yoyo le hubiera contado nada.

Kenny frunció el ceño con recelo.

—Tampoco ella parecía saberlo hasta ahora.

—En relación con Wanxing, tenemos opiniones divergentes —gruñó Daxiong

—. Yoyo, por razones inescrutables, le tiene gran estima. Yo, por mi parte, no lo quería en el grupo. Es de esa clase de gente que habla demasiado.

«Rayos», pensó Yoyo.

—Wanxing es un excelente criptoanalista —replicó ella con tono obstinado.

—Y sólo por eso no deberías haberle pasado todos los datos — replicó Daxiong.

—¿Por qué no? Tenía que

descodificar la página con las películas sobre Suiza.

—¿Y? ¿Lo hizo?

—No tengo ni idea.

—¡Ése no ha hecho nada!

—¡Oye, Daxiong! —lo increpó Yoyo—. ¿De qué va todo esto? No se trata de que no soportes al chico.

—Es un cotilla.

—¡Yo confío en él!

—Pero no se puede confiar en él.

—Wanxing no es ningún cotilla.

—¡Una mierda! —exclamó Daxiong, enfurecido—. ¡Es lo único que sabe hacer, cotillear!

Kenny ladeó la cabeza. Parecía no

saber a ciencia cierta cómo tomarse aquella discusión.

—Si Wanxing ha hablado de esto con alguien más, es porque habrá necesitado otras herramientas —chilló Yoyo—. ¡Y todo porque tú no supiste apañártelas!

—Lo que dije...

—¿El qué?

—Que ahora Sara y Zheiying también están al corriente de ese jodido mensaje.

—¿Qué? ¿Por qué precisamente ellos?

—¿Que por qué? ¿Es que estás ciega? Porque él está chiflado por Sara.

—¡Tú también lo estás!

—Eh —exclamó Kenny.

—Tú no debes de estar bien de la cabeza —la increpó Daxiong—. ¿Te parece bien que hablemos de tu relación con Zheiying? De cómo te pones en ridículo sólo porque él...

—¡Eh! —gritó Kenny, arrojándole a

Daxiong su ordenador a los pies—.

¿Qué es todo esto? ¿Queréis tomarme el pelo? ¿Quién es el tal Wanxing?

¿Quiénes son esos otros? ¿Quiénes más saben de este asunto? Empezad a hablar de una vez, ¡o haré pedazos al viejo!

Yoyo abrió la boca y luego volvió a cerrarla. No podía dejar de mirar

fijamente al asesino, que parecía comprender algunas cosas: que estaban echándose un farol, por ejemplo, que trataban de darle largas. Que, en realidad, la mirada de ella estaba fija en un punto situado a sus espaldas, en el origen de aquel bufido del que Kenny no parecía haberse percatado, ya que se estaba dejando distraer por aquella simulada confrontación. Kenny era la bomba que había que desactivar, como en las viejas películas. Sólo faltaban unos pocos segundos. El reloj estaba a punto de marcar el cero, y había media docena de cables, todos del mismo color, pero sólo uno podía cortarse.

—Estás en el punto de mira —le dijo la joven con voz serena.

Xin miró su mando a distancia. El monitor le mostraba lo que veía el escáner del arma automática: Chen Hongbing comprimido en su silla; una parte de la fachada de cristales; una oscura silueta en el borde de la imagen.

Algo había aparecido detrás de él.

—Si mi padre muere, estarás muerto

—dijo Yoyo—. Si nos atacas o huyes, también. Así que escucha. Delante de la ventana está flotando, en este momento, una de tus airbikes. Owen Jericho está sentado en ella y tiene algo apuntando hacia ti. Yo no soy muy ducha en la

materia, pero por el tamaño, diría que con eso puede hacerte pedazos, así que intenta controlar tu temperamento.

Con precisión de contable, Xin puso orden en sus ideas y sus sentimientos. Dejaría el enfado para más tarde. Ni por un instante dudó que Yoyo le estuviera diciendo la verdad. Si Chen moría en ese segundo, él también moriría. La chica y su enorme amigo no estaban armados; él, sin embargo, llevaba un arma en la cintura del pantalón, lo que no era precisamente una ventaja, ya que antes de que lograra sacarla, estaría también muerto.

—¿Qué debo hacer? —preguntó con

serenidad.

—Desactiva el mecanismo automático del arma. Ese fusil de ahí. Quiero que mi padre se levante y venga hacia donde estamos nosotros.

—De acuerdo. Para eso tengo que usar el mando a distancia. Tengo que tocarlo, ¿de acuerdo?

—Si se trata de otro de tus trucos...

—tronó Daxiong.

—No soy un suicida. Es sólo un mando a distancia.

—Hazlo —asintió Yoyo.

Xin tecleó algo en la pantalla táctil y apagó el dispositivo automático. Hacía rato que el fusil no estaba programado

según los movimientos de Chen

Hongbing. Estaba otra vez

absolutamente bajo su control.

—Un momento. —Uno tras otro, Xin ajustó el ángulo de giro, la velocidad y la frecuencia de disparo—. Vale. Puede levantarse, honorable Chen. Vaya hacia donde está su hija.

Chen Hongbing pareció vacilar. Luego se levantó rápidamente de la

silla y se lanzó a un lado.

Xin se dejó caer al suelo y apretó la tecla «Inicio».

Los cavernícolas, los habitantes de la sabana, todos esos tipos de hombre habían sobrevivido hasta bien entrado el

siglo XXI. Observaban el movimiento de la hierba, oían lo que el viento les traía y estaban asombrosamente capacitados para procesar de forma simultánea una gran cantidad de estímulos y valorarlos a partir de la intuición. Algunas personas sabían sacar mayor partido a su herencia arcaica que otras, y algunas habían conservado, de manera extraordinaria, aquellos instintos que se habían ido formando en seis millones de años de historia de la humanidad.

Entre estas últimas estaba Owen

Jericho.

Había conducido la moto,

reduciendo impulso, hasta la fachada de cristales, siempre con el fusil automático en el brazo, de modo que el punto rojo del láser recayera sobre la espalda de Kenny. Flotaba allí como una libélula, a sabiendas de que el asesino debía de haber oído hacía rato el bufido de las turbinas, aunque no hubiera hecho ningún ademán de volverse. No estaba preparado para un ataque desde esa dirección. Lo tenían en un puño.

Yoyo dijo algo y señaló a su padre. El punto del láser vibró entre los

omóplatos de Kenny. El cuerpo alto y delgado de Chen se tensó, el asesino dobló los brazos en ángulo.

Posiblemente sostuviera algo en la mano izquierda que hacía funcionar con la derecha.

Entonces sucedió... La herencia arcaica de Jericho asumió el mando. Su percepción se aceleró tan rápidamente que el mundo pareció detenerse, y todas las frecuencias descendieron por debajo del límite de audición. Sólo un monótono rumor daba fe de la dilatada evolución de ciertos movimientos. Como si flotara en la ingravidez, Chen fue perdiendo el contacto con la silla, centímetro a centímetro, y ganando distancia del asiento, con la pierna izquierda plantada en el suelo y la

derecha en ángulo recto, mientras se lanzaba hacia un lado. Era el estudio de un salto y, antes de que se iniciara, Kenny reaccionó haciendo amago de arrojarse al suelo. Jericho registró todo eso, la desbandada de Chen y el salto de Kenny, estableció intuitivamente las asociaciones pertinentes y puso su atención en el rifle manejado por control remoto. Antes de que el trípode empezara a girar, él ya sabía que era eso, justamente, lo que pasaría. Chen huyó porque Kenny había retirado el foco del dispositivo automático de su persona. El asesino no se ponía a resguardo del arma de Jericho, sino de

la suya propia, que en esos segundos manejaba por control remoto, haciéndola disparar contra la fachada de vidrio del fondo.

El mismo algoritmo evolutivo al que debían el salto salvador los cazadores de hacía millones de años le permitió a Jericho ahora ascender antes de que el cañón del arma escupiera su primer disparo. Cuando el proyectil abandonó la boca del fusil, él ya había cambiado su posición.

Luego, todo empezó a ir más a prisa. El arma dio la vuelta sobre el trípode y disparó con frecuencias breves, a medida que seguía girando.

Todos los cristales se hicieron añicos. La ráfaga alcanzó la moto de Jericho, pero él ya se las había arreglado para tirar de la máquina hacia arriba, de modo que los impactos no lo alcanzaran. Dos de las balas impactaron contra las aspas giratorias de la turbina. Se oyó un sonido como el de una campana al romperse en pedazos. La airbike recibió un impacto tremendo.

Y Jericho se despeñó en vertical hacia el abismo.

—¡Al suelo! —gritó Daxiong.

El gigante se tiró en plancha. Ciento cincuenta kilos se pusieron en movimiento. En realidad, casi todo el

cuerpo de Daxiong se componía de músculos, de manera que el gigante consiguió propinar un empujón a Yoyo y alcanzar a Chen Hongbing con unos pocos pasos, mientras el arma lo seguía. Los disparos se clavaban en la pared y el mobiliario con un estruendo ensordecedor. De los agujeros que se abrían saltaban las astillas de la madera, los trozos de vidrio y revoque. Daxiong vio caer a Yoyo. Con una frecuencia de ocho disparos por segundo, el fusil hizo añicos la puerta de entrada del piso, delante de la cual la joven había estado hacía un momento, y siguió girando en pos de él, en una carrera agotadora.

Daxiong chocó con Hongbing y lo derribó al suelo.

La pared explotó por encima de sus cabezas.

Jericho siguió cayendo.

Al parecer, fueron factores inconexos los que se confabularon de un modo asombroso, entre ellos los principios constructivos de las máquinas voladoras, los efectos de la balística pesada y las ambiciones de la Oficina de Urbanismo y Zonas Verdes de la municipalidad. Tokio, por ejemplo, el símbolo por excelencia de un pueblo que había vivido siempre en condiciones de extrema falta de espacio,

tenía un compromiso, en cada metro cuadrado, con el espacio habitable, razón por la cual apenas se veía un árbol en toda la ciudad. Shanghai, sin embargo, presumía de sus parques y de sus calles plantadas de árboles, lo que elevaba enormemente la calidad de vida y, de paso, servía para amortiguar de manera notable la colisión de una airbike que caía en picado desde unos doce metros de altura. Favorecidos por el clima cálido y húmedo, los abedules de la parte posterior de Siping Lu habían crecido con exuberancia. La moto chocó contra la tupida copa de un árbol y tiró a Jericho. El detective cayó por entre el

ramaje —que frenó su caída—, manoteó tratando de agarrarse a algo y continuó cayendo, recibiendo los azotes de las ramas más finas y apaleado por otras cada vez más gruesas, hasta que consiguió agarrarse a una de ellas y quedó colgado, pataleando, a cuatro o cinco metros del patio.

Demasiada altura todavía para un salto.

¿Dónde estaba la airbike?

Un ruido de ramas partiéndose y astillándose le indicó que había adelantado a la moto en su caída. Ahora la máquina hacía estragos por encima de su cabeza. Jericho alzó los ojos y vio

que algo se acercaba volando hacia él, intentó esquivarlo, pero ya era demasiado tarde. Una rama lo golpeó en la frente.

Cuando su mirada se despejó de nuevo, la moto ya se despeñaba directamente hacia él.

Xin rodó de un lado a otro.

Ante sus ojos se agolpaban densas nubes del polvo de la argamasa. Cerca de la puerta destrozada, vio a Yoyo arrastrándose sobre los codos hacia donde estaba su padre. Mientras tanto, el fusil giratorio ya había cumplido su primera ronda e iniciaba la segunda escupiendo fuego.

—¡Yoyo, fuera! —oyó gritar a

Daxiong—. ¡Sal de aquí!

—¡Papá!

Xin esperó a que la ronda de disparos pasara por encima de su cabeza, se puso de pie de un salto y deslizó el dedo índice sobre la pantalla táctil del mando a distancia, detuvo el arma, movió el dedo hacia abajo y hacia la derecha y el fusil siguió sus movimientos, luego hizo bajar el cañón y éste escupió una ráfaga hacia el lugar donde Chen y el gigante empezaban a incorporarse. Los proyectiles erraron el blanco por un pelo. Agachados, se dirigieron a trompicones hacia la

habitación contigua. Xin disparó a la pared, pero el muro ya había resistido la primera ronda de disparos.

Daba igual. Allí al lado estaban en una trampa.

Con gesto sereno, Kenny Xin hizo que el arma realizara un giro hacia la izquierda. En staccato, el fusil clavó su carga en el hormigón, se abrió paso a través de un armario ya agujereado a medias y terminó de derribarlo. Los cráteres se alineaban muy pegados el uno al lado del otro, una zanja de destrucción que se fue multiplicando en dirección a la joven, que yacía en el suelo.

Yoyo lo miró fijamente. Presa del pánico, Yoyo intentó ponerse en pie, pero se movió con una lentitud ridícula. Sus ojos se abrieron de par en par cuando comprendió que iba a morir.

—Adiós, Yoyo —le dijo Xin con un siseo entre dientes.

Con las fauces de las turbinas por delante, la airbike se abría paso a través del ramaje, como si quisiera aplastar a Jericho y tragárselo al mismo tiempo.

¡Tenía que saltar!

De pronto, cesaron los ruidos de la madera astillándose. A menos de medio metro de distancia, el fuselaje de la máquina quedó encajado entre el ramaje

y se detuvo con un traqueteo. Los trozos de corteza, las hojas y las ramas cayeron en una lluvia sobre él. Jericho miró las reventadas aspas de la turbina, se movió, colgado de las manos, en dirección al tronco y vio, debajo de él, una delgada rama sobre la que podría apoyar un pie.

Bien mirado, era inquietantemente delgada.

Demasiado delgada.

De nuevo, empezó la lluvia sobre él. No tenía opción, de modo que se dejó caer, aterrizó sobre las dos piernas, sintió la madera ceder bajo su peso y

rodeó el tronco con los brazos.

Xin oyó el grito, pero éste no provenía de Yoyo, sino del gigante, que había salido precipitadamente, contra todo pronóstico, de la habitación de al lado y se había lanzado sobre el trípode con la fuerza de una bola de demolición, provocando que cayera. Los impactos cambiaron de dirección y se dirigieron al techo, donde empezaron a desprender fragmentos de piedra del grueso de un puño. Xin oprimió la tecla de «Stop» y sacó su arma de fuego. Vio a Chen Hongbing correr hacia Yoyo, que en ese instante saltaba y arrancaba los restos de la puerta del piso.

En el momento en que le apuntaba,

Daxiong le barrió las piernas.

Xin cayó de espaldas y rodó rápidamente hacia un lado. En el sitio donde había estado, el cuerpo de Daxiong apisonó el suelo. Xin alzó el arma, pero aquel mastodonte se incorporó con asombrosa destreza y se la derribó de un golpe. Xin le propinó una patada allí donde el pecho de armario de Daxiong limitaba con el cuello y que, de algún modo, debía de ser la laringe. La trabajada barba faraónica del joven se hizo añicos. El gigante se tambaleó y dejó escapar un estertor de asfixia. Con un salto veloz, Xin llegó donde estaba su pistola y

consiguió incluso tocar la empuñadura, pero entonces sintió que lo agarraban y lo alzaban en peso, como a un niño. Lanzando golpes a diestro y siniestro, intentó librarse del agarre. El efecto de la patada no había durado mucho. Las garras de Daxiong lo sujetaban como las mordazas de un torno de banco mientras lo llevaban hasta lo que había sido la fachada de cristales.

Era evidente lo que se traía entre manos.

En un intento a ciegas, Xin dobló el brazo hacia atrás y disparó. Un grito de dolor reprimido le hizo suponer que había acertado, pero eso no le impidió a

Daxiong alzarlo aún más y, con gran impulso, arrojarlo por una de las ventanas. No quedaban muchos cristales en los marcos. En otras circunstancias, el golpe habría significado una muerte segura, pero la herida le había arrebatado al gigante parte de su fuerza. Xin extendió los brazos y las piernas como un gato, buscó algo a lo que sujetarse y consiguió agarrar un puntal de madera que se había astillado bajo la lluvia de fuego. Su cuerpo describió un giro hacia afuera. Por un momento, vio el verde mar de hojas que se extendía debajo de él, tensó los músculos a fin de volver a entrar, pero entonces vio venir

volando el puño de Daxiong y resbaló. Xin cayó.

Pero la caída fue breve.

Ver la voluminosa caja del aire acondicionado y estirar la mano fue una acción simultánea. Un tirón recorrió el cuerpo de Xin cuando sus manos se aferraron a la caja, que se encorvó con un crujido. Por debajo de él se oía el ruido de ramas partiéndose y astillándose, como si un animal enorme hiciera estragos entre las copas de los árboles.

¿Era Jericho? El detective se había despeñado por el mismo sitio.

Nada interesante. Tenía que regresar

al piso. Haciendo uso de toda su fuerza, se irguió, pegó los pies a la pared y empezó a escalar.

Jericho se aferraba desesperadamente al tronco. Los pies se le resbalaban. No había ni una corteza donde clavarlos. A menos de tres metros sobre el suelo, decidió soltarse, se dejó caer y aterrizó sobre los dos pies, perdió el equilibrio, cayó de espaldas y vio la airbike que se le venía encima.

«Una moto cae de un árbol y mata a un detective.»

Había titulares que era preferible no imaginar.

Con todas sus fuerzas, se catapultó

hacia un lado. Junto a él, la airbike golpeó el suelo con tal fuerza que temió que el arsenal de armas explotara. Sin embargo, no tuvo que vivir ese desastre. La moto yacía de lado, las dos turbinas y una parte del revestimiento se habían desprendido. De ese modo, el aparato había perdido toda aptitud como vehículo volador. Jericho miró hacia arriba, pero los árboles entorpecían la visibilidad hacia el piso de Chen. Cuando avanzó tambaleándose hasta la pared del edificio, creyó ver un pie desaparecer por el alféizar de la ventana; Jericho aguzó la vista, pero...

El pie ya no estaba.

El detective miró entonces a su alrededor, halló una puerta trasera, hizo girar el picaporte y se encontró con que estaba abierta. Detrás había un oscuro pasillo. Un aire frío llegaba desde la dirección opuesta. Jericho se deslizó en el interior y necesitó un momento para orientarse. Vio entonces que, más adelante, el pasillo describía un recodo; el detective siguió su curso. Tras unos pocos escalones se encontró junto al hueco del ascensor. Ante él se extendía el punto de fuga de la entrada hasta la puerta principal. Un violento estruendo se oyó en la escalera. Alguien se aproximaba en tropel, como un elefante.

Jericho retrocedió, se mantuvo oculto tras el hueco del ascensor, y esperó a ver quién aparecía en el pasillo de la entrada.

Era Daxiong. El gigante tropezó contra la pared y se apoyó en ella. Sobre el omóplato derecho, la chaqueta estaba rasgada y cubierta de sangre. Con unos pocos pasos, Jericho salió a su encuentro.

—¿Qué sucede? ¿Dónde están Yoyo y Chen?

Daxiong se volvió, con el puño en alto, listo para golpear. Entonces reconoció a Jericho, lo dejó allí plantado y caminó hacia la puerta del

piso dando tumbos.

—Ahí fuera —dijo en un resuello.

—¿Y Kenny?

—Ahí fuera.

Sus rodillas se doblaron. Jericho lo agarró por las axilas. —Apóyate —le dijo, jadeando. —Peso demasiado.

—Chorradas. He mecido a bebés más grandes que tú. ¿A qué te refieres con «ahí fuera»?

Daxiong clavó una de sus zarpas sobre el hombro de Jericho y desplazó todo su peso sobre el cuerpo del detective. Por supuesto que pesaba mucho. Demasiado. Era casi como arrastrar a un dinosaurio de mediano

tamaño. Jericho tiró de las puertas y ambos salieron tambaleándose a la luz del sol.

—Lo he arrojado fuera —dijo Daxiong, entre jadeos—. Lo lancé por la ventana. Maldito cabrón.

—Creo que el cabrón ha conseguido entrar otra vez. —Jericho miró rápidamente a su alrededor. En una secuencia incoherente, vio pasar coches y motocicletas—. Deben de estar por aquí, en alguna... ¡Allí!

Entre los vehículos, Yoyo les hacía señas desde el otro lado de la calle. Estaba sentada sobre el sillín de una de las dos motocicletas con las que ella y

Daxiong habían llegado hasta allí. A su lado, nervioso, Chen Hongbing cambiaba la postura de una pierna a la otra. Yoyo señaló la segunda moto y gritó algo.

—Exacto —gruñó Daxiong, que retiró la mano del hombro de

Jericho y empezó a caminar, tambaleándose—. Larguémonos de aquí.

La estructura del tejado del edificio, parecida a una pagoda, era achatada en la parte central. De esa parte plana del techo salía el hueco de la escalera. Xin había aparcado su airbike al lado, y desde allí había bajado hasta la cuarta planta; ahora salía de nuevo al aire

libre, esta vez con el fusil en posición de tiro, cuyo dispositivo de bloqueo él había soltado a toda prisa, mientras sangraba a causa de las innumerables heridas. Corrió hasta el borde del tejado. La pagoda caía plana a sus pies y tapaba la mayor parte de la calle, pero podía ver los pilares de la vía, aferrados como dedos a la nada, y también veía el lado opuesto de la calle, con el parque.

Junto a un puente peatonal, divisó a

Yoyo y a su padre.

Les apuntó, y cuando los tuvo en la mira, se dio cuenta de que el cargador estaba vacío. Con un grito de rabia,

arrojó el arma bien lejos, corrió hacia su airbike, se sentó, la arrancó y dirigió la máquina en vertical hasta una altura donde pudiera ver la avenida a todo lo ancho. Por allí corrían Jericho y Daxiong. Habían cruzado la mediana y ya habían recorrido más de la mitad del puente. Por debajo de ellos pasaba una marea de tráfico. Desde el aire, se asemejaban a dos ratones en una pista de laboratorio, y uno de ellos, al parecer, estaba un poco cojo.

El gigante. Le había acertado.

Xin extendió la mano, la metió en el compartimento de las armas y extrajo una ametralladora de aspecto manejable.

Acompañado por el alarido de las turbinas, se lanzó hacia abajo.

Jericho lo vio venir. Agarrando a Daxiong por la chaqueta, que corría encorvado delante de él, lo retuvo y señaló hacia lo alto. —Mierda —jadeó Daxiong.

El gigante alzó ambos brazos para llamar la atención de los demás sobre la moto, y suspiró hondamente. Su rostro se contrajo de dolor. Pero Yoyo también se dio cuenta de lo que se les venía encima, así que saltó de su motocicleta y echó a correr con todas sus fuerzas en dirección al parque, seguida de Hongbing.

—Daxiong —gritó Jericho—.

Tenemos que dar media vuelta.

—¡No!

—No lograremos llegar al otro lado. El detective le dio un empujón al gigante y lo llevó hasta donde la vía elevada cruzaba la mediana de la carretera. El puente colindaba con una de las imponentes estructuras que servían de pilar y sobre las que debería discurrir la línea del Maglev. A intervalos regulares, unos travesaños conducían hacia abajo. Jericho saltó la barandilla y bajó. Esperaba que Daxiong sacara las fuerzas necesarias para seguirlo. De ningún modo podría cargar

al chico hasta abajo.

L a airbike pasó disparada por encima del puente peatonal. Las balas impactaron ruidosamente. Daxiong perdió el sostén y cayó bruscamente sobre la hierba de la mediana. Jericho corrió hacia el gigante caído, que en ese momento ya se sentaba y emitía un rugido que ahogó sin esfuerzo el ruido de los coches. Para alivio de Jericho, Daxiong no gritaba de dolor, sino que soltó una cascada de insultos e improperios, los cuales, en su totalidad, tenían como contenido la muerte lenta y agonizante de Kenny.

—Levántate —lo increpó Jericho.

—¡No puedo!

—Claro que puedes. Ahora no estoy muy receptivo para las ballenas varadas.

Daxiong dirigió sus ojos hacia él.

—Lo abriré en canal —gritón—. ¡Le sacaré los intestinos! ¡Primero el intestino grueso, y luego el duodeno!

—Lo que quieras. Pero ¡ahora, levántate!

Xin tomó la curva y enfiló en dirección a Yoyo.

Al momento siguiente, ambos habían desaparecido bajo el frondoso y floreciente techo de árboles que rodeaban el parque. Xin descendió aún más y voló pegado al césped en dirección al grupo que practicaba qi

gong. Con la cabeza erguida, los hombros bajos y el torso y la parte inferior del cuerpo en armonía, los ancianos extendían sus brazos, hacían girar las palmas de las manos y las llevaban lentamente hacia arriba, luego estiraban los miembros, los brazos, hasta que parecían sostener el cielo, evitando que éste se despeñara sobre Siping Lu. Entre plátanos y sauces llorones, Xin vio aparecer a los fugitivos y disparó, abriendo profundas heridas en la madera. Se vio a los primeros miembros del grupo de ancianos perder la consonancia. Olvidaron cruzar los dedos, respirar

lentamente, y giraron las cabezas.

Un instante después, se dispersaban a la desbandada, mientras la airbike pasaba a toda velocidad por en medio de ellos.

Xin frenó la moto y se dirigió al bosquecillo en el que habían desaparecido Yoyo y su padre. No había rastro de ellos. Entonces alzó el morro de la moto y ganó altura rápidamente. Era posible que estuvieran esperando el momento oportuno para pasar al otro lado y llegar hasta sus motocicletas. Con las turbinas bramando, se dirigió hacia los dos vehículos. Dado que eran movidas por electricidad, no podían

explotar, pero tras una fuerte salva de disparos, ninguna de las dos serviría para nada.

Entonces vio un movimiento en la mediana. ¡Ah! Eran Jericho y el coloso que había intentado arrojarlo por la ventana.

Tampoco estaba mal.

—¡Por ahí viene!

Daxiong asintió débilmente. Esperaron hasta el último instante y luego se ocultaron tras uno de los pilares de la vía, cuando los primeros disparos surcaron el aire y golpearon el hormigón. La airbike pasó volando junto a ellos y describió un rápido giro.

—Hacia el otro lado.

Otra vez se pusieron a cubierto. De ese modo podrían resistir los ataques de Kenny durante un tiempo, refugiándose tras la parte posterior de la columna que les ofreciera protección.

Por lo menos Jericho tenía la esperanza de que funcionara.

A su lado estaba apoyado Daxiong, empapado en sudor, con la respiración acelerada. Su cara, toda su cabeza, mostraban una inquietante palidez.

—No aguantaré esto mucho más —

dijo el gigante, jadeando.

—No tienes por qué hacerlo —

repuso Jericho, aunque cada vez tenía

más miedo de que la última parte de su plan no saliera como esperaba.

Sus ojos escudriñaron el cielo. A ambos lados tronaba el tráfico en una frecuencia más relajada. El bufido de la turbina se alejó. Por un momento, el detective se ilusionó con la idea de que el asesino hubiera desistido. Pero entonces vio la airbike sobre ellos y comprendió lo que Kenny se proponía. Estando él a suficiente altura, el pilar ya no les serviría como escondite. Podían darle la vuelta a aquel chisme como liebres, pero, más tarde o más temprano, él los alcanzaría con un disparo.

—Le arrancaré el apéndice, si es

que todavía lo tiene —graznó Daxiong

—. Se lo voy a sacar. No, primero el apéndice, y después...

A los pies de ambos saltaron la hierba y la tierra. Jericho rodeó la columna. Daxiong se tambaleó detrás de él, apenas capaz de mantenerse en pie.

—¿Puedes? —preguntó el detective.

—Ese hijo de puta me ha alcanzado en algún sitio de la espalda —murmuró Daxiong, que a continuación tosió y se desplomó—. Creo que voy a...

—¡Daxiong! ¡Maldita sea! No puedes tirar la toalla ahora. ¿Me oyes?

¡No te desmayes!

—Lo... lo intento... Yo...

—¡Mira allí!

A lo lejos había aparecido algo en el cielo, algo achatado y de color plata. Descendía, aproximándose cada vez a mayor velocidad.

—Daxiong —gritó Jericho—.

¡Estamos salvados! El gigante sonrió.

—Eso está bien —dijo el enorme chino en tono somnoliento, y cayó hacia un lado.

Por un breve instante, Xin había centrado su atención en el bosquecillo, de modo que sólo vio la platija reluciente cuando ya era demasiado tarde. En pocos segundos, el aparato cobró dimensiones amenazantes sin que

el piloto hiciera ningún ademán por desviarse. En un primer momento, Xin se mostró perplejo, pero luego vio con claridad que el recién llegado tenía como objetivo aplastarlo contra el suelo. Atónito, levantó el brazo y disparó un par de veces, pero el vehículo, con un elegante giro, hizo que los tiros terminaran en la nada, para, a continuación, dirigirse a él de nuevo frontalmente.

Fuera quien fuese el que pilotaba aquel aparato, era un maestro de la navegación aérea.

Xin dejó caer la airbike como si de una piedra se tratase y se detuvo justo

encima del tráfico. El disco plateado pasó por encima de él en un vuelo en picado. Xin realizó entonces un giro, se desplazó por encima del bosquecillo y el lago artificial, describiendo curvas muy cerradas y haciendo insospechadas maniobras, pero en ninguna ocasión logró quitarse de encima a su perseguidor. El disco de plata lo siguió por el parque y lo empujó de nuevo hacia la calle, luego, de repente, describió un giro y subió en vertical al cielo. Xin se quedó observándolo, confundido, redujo la velocidad de la airbike y mantuvo la moto flotando muy pegada al flujo de tráfico.

La extraña máquina se alejó. Maldiciendo, recordó cuál era su

misión. ¡Era humillante! Yoyo y el anciano Chen estaban en algún lugar entre los matorrales y debían de haberlo observado todo, una idea que incrementaba su ira hasta lo inconmensurable. Usaría el lanzagranadas y haría arder el bosque entero, pero primero tenían que hacérselo creer a Jericho y a Daxiong. La policía aún no había aparecido. Con el arma en ristre, se dirigió al pilar de la vía tras el cual aquellos dos idiotas habían buscado refugio, pero entonces vio regresar el disco y enfilar hacia él.

Xin guardó el arma. Debajo de él, unos coches antediluvianos preñaban el aire con gases de escape y polvo de la calle. El asesino bullía a causa de la ira. Esa vez no se dejaría perseguir. Haría bajar a ese tipo del cielo. Sus dedos se cerraron en torno a la empuñadura del lanzacohetes, pero éste se atascó. Fuera de sí, lo sacudió, bajó la vista y por un instante dejó de prestar toda atención.

El intenso sonido de un claxon se aproximó.

Se infló.

Irritado, Xin alzó la cabeza.

Entonces vio la parte delantera de un transporte pesado que se acercaba

tronando y que se hacía cada vez más grande, enorme. Mientras él luchaba con el lanzagranadas, la airbike había descendido. Espantado, vio cómo el conductor del enorme vehículo gesticulaba y gritaba detrás del parabrisas; entonces Xin tiró de la máquina hacia arriba y, por un pelo, consiguió eludir el borde del techo del camión, pero sólo para ver, de inmediato, cómo el disco pasaba disparado por encima de su cabeza, tan cerca que la onda expansiva envolvió la airbike y la hizo girar en un remolino, como la hoja de un árbol. Describiendo una parábola, Xin salió disparado del

sillín y cayó de espaldas. El golpe le sacó el aire de los pulmones. Instintivamente, alzó los brazos, pero no pasó ningún vehículo que lo atropellara. Yacía sobre algo sólido y, al mismo tiempo, blando. Luchando por recuperar el aliento, se apoyó y vio los herrumbrosos paneles metálicos que le otorgaban sostén a aquel bulto sobre el que ahora rodaba.

No, no eran paneles. Era una carrocería. Desconcertado, Xin metió la mano en aquella masa y la dejó correr entre sus dedos.

Era arena.

Había caído sobre arena.

Con un alarido de ira, se puso de pie, vio edificios, postes y semáforos pasar junto a él, perdió el equilibrio y cayó de nuevo sobre aquella mugre, cuando el enorme camión en cuyo volquete había aterrizado dobló la calle, aumentó la velocidad y se lo llevó fuera de Hongkou, lejos de Daxiong, de Jericho, de Yoyo, de Chen y de Siping Lu.

En el interior de las dos vías que conducían hacia el oeste, el tráfico empezó a sufrir retenciones. La airbike había caído sobre la mediana, lanzando sobre la vía partes de su revestimiento, lo que había obligado a algunos

conductores a hacer temerarias maniobras de frenado. El hecho de que no se produjeran choques frontales se debía al uso obligatorio de sensores de prevención, a los que habían tenido que adaptarse incluso los modelos de coches más antiguos. Unos sistemas de radar con cámaras CMOS analizaban de manera constante la separación reglamentaria entre vehículos y hacían frenar automáticamente a cualquier coche, cuando el vehículo que lo precedía se detenía de forma abrupta. Al parecer, sólo los objetos voladores ponían en apuros a esa tecnología de sensores.

Mientras tanto, el Silver Surfer había aterrizado en el parque. Jericho miró por entre los coches y vio cómo las puertas del vehículo volante se levantaban y una figura familiar y corpulenta saltaba de él. Entonces vio a alguien más, y el corazón del detective latió con más fuerza de pura alegría.

Yoyo y Chen salieron corriendo del bosquecillo.

—¡Daxiong! —Jericho se inclinó sobre el gigante y lo palmeó suavemente en las mejillas—. Levántate. Arriba, vamos.

Daxiong murmuró algo poco amable. Jericho tomó impulso, le propinó dos

sonoras bofetadas y luego retrocedió de un salto, por si acaso había subestimado las fuerzas de aquel huno. Sin embargo, no sucedió demasiado, salvo que Daxiong se sentó, soltó un suspiro e hizo ademán de caer de nuevo hacia atrás. Jericho lo agarró por el brazo y, empleando todas sus fuerzas, pudo retenerlo unos segundos, hasta que el imponente cuerpo se le escapó de las manos.

—¡Daxiong, maldita sea!

No debía permitir que el herido entrara en coma. No allí. Fueron necesarias más bofetadas. Esta vez Jericho tuvo más éxito. —¿Estás loco?

—lo increpó Daxiong.

El detective le señaló entonces los travesaños del pilar que conducían hacia arriba, hacia el puente peatonal.

—Pronto podrás echarte a dormir. Pero primero tenemos que subir ahí.

El coloso se apoyó sobre el brazo izquierdo, se desplomó, lo intentó una vez más y finalmente consiguió ponerse en pie. Jericho sentía una infinita pena por él. En el cine, las víctimas de heridas de bala continuaban caminando lealmente durante horas, hacían hazañas, pero la realidad era muy distinta. La herida en la espalda de Daxiong podía ser un roce, pero sólo el shock

provocado por la velocidad del proyectil de flecha bastaba para dejar inconsciente a una persona. Daxiong había perdido mucha sangre; además, la herida debía de dolerle muchísimo.

Su mirada vagó a lo largo de la escalerilla. Entretanto, su rostro se había vuelto blanco como la cera.

—No llegaré ahí arriba, Owen —

susurró el gigante.

Jericho dejó escapar una bocanada de aire. Daxiong tenía razón. En realidad, ni él mismo se sentía muy firme sobre sus pies. Entonces el detective analizó el ancho de la mediana, que era suficiente, según le

pareció, y sacó el móvil. Tras dos llamadas, tenía a Tu al otro lado de la línea. Jericho podía verlo a través del parque, mientras Yoyo y Chen subían al vehículo volador.

—¿Tian?

Cómo le temblaba la voz de repente. En general, todo en él y alrededor de él había empezado a temblar.

—¡Madre mía, Owen! —barritó Tu

—. ¿Qué sucede? Os estamos esperando.

—Lo siento —dijo Jericho, tragando en seco—. Has estado genial, pero me temo que ahora tienes ante ti un enorme desafío.

—¿Qué? ¿Cuál?

—Un aterrizaje de precisión, en la mediana. Hasta ahora, viejo amigo.

E l Silver Surfer de Tu estaba concebido para dos pasajeros y un asiento de emergencia. Bajo el peso conjunto de cinco personas, dos de las cuales estaban muy excedidas de peso, el aparato perdía capacidad de maniobra. Se hacía, además, espantosamente estrecho. Metieron a Daxiong en el asiento del copiloto y el resto se apretujaron detrás como pudieron. Irremediablemente sobrecargado, el Silver Surfer se alzó con la elegancia de un pato enfermo de

gota. Jericho se asombró de que todavía volara. Tu dirigió el aparato por encima de los tejados uniformes de color rojo pardo de los barrios residenciales de Hongkou, cruzó el río Huangpu y puso rumbo hacia la orilla norte del distrito financiero. Hacia el puente del Yangpu podían verse las instalaciones del Pudong International Medical Center muy parecidas a un gran aparcamiento, un conjunto de capullos de cristal de apariencia muy ligera insertados en hermosos jardines con lagos artificiales, bosques de bambú y discretos pabellones. La prestigiosa clínica privada había sido erigida hacía pocos

años. Era representativa de un nuevo concepto urbanístico en Shanghai, más cercana a la tierra, en el que prosperaba la idea de que con las obras constructivas sucedía más o menos lo mismo que con el cuello de un braquiosaurio, cuya longitud podía servir para ofrecer espectaculares vistas panorámicas pero, por lo demás, sólo causaba problemas. El último exponente de aquella fálica obsesión arquitectónica, la torre Nakheel, descollaba a medio acabar en Dubay, un país ahora en bancarrota, y era casi la confirmación de esa verdad de Perogrullo que plantea que no siempre

es el mejor el que la tiene más larga. Aquel monstruo debía de medir unos mil cuatrocientos metros. Después de haber levantado poco más de un kilómetro, se habían suspendido las obras, los asaltantes del cielo habían fracasado en la banalidad de su concepción, y el erecto edificio era apto para ser acogido en el libro de los conceptos equivocados de desarrollo. Estructuras como las interconectadas células del Pudong International Medical Center se correspondían muchísimo más con una metrópoli que se entendía a sí misma como un gigantesco organismo urbano unicelular, cuyo metabolismo se basaba

en la conexión neuronal, no en la creación de extremidades aptas para un récord.

—Conozco a alguien ahí.

Como sucedía siempre, cada vez que en Shanghai surgía algo nuevo, Tu solía mantener alguna familiaridad con las fuerzas vivas del Medical Center, específicamente, en este caso, con el jefe de cirugía. Después de haberle confiado a Daxiong, ambos hombres sostuvieron una apartada charla. Al final, se le aseguró a Tu que tratarían la herida de Daxiong sin indagar acerca de su origen. Había que coser al gigante y éste tendría que familiarizarse con la

idea de una bonita cicatriz. Sobre todo, los dolores perdurarían durante un buen tiempo.

—Pero también hay un remedio para eso —dijo el cirujano a modo de despedida, y sonriendo a todos con un gesto tranquilizador—. Hoy en día, a fin de cuentas, hay remedios para todo.

«En las clínicas privadas», añadió su mirada.

A Jericho le habría gustado preguntarle qué remedio le recomendaba él para el dolor de Yoyo por haber perdido a sus amigos, para el antiguo tormento del alma de Chen Hongbing y para las propias películas mentales del

detective, pero lo dejó todo en un apretón de manos a Daxiong, deseándole al gigante que todo le fuera bien. El huno lo miró con ojos inexpresivos. Luego le soltó la mano, extendió el brazo derecho y lo atrajo hacia sí. Jericho dejó escapar un gemido. Si Daxiong era capaz de hacer aquello con la espalda abierta en canal, prefería no saber de qué otras manifestaciones de cariño era capaz aquel hombre en plenas capacidades físicas.

—No eres tan malo —dijo Daxiong.

—Ya está bien —sonrió Jericho—. Sé amable con las enfermeras.

—Y tú cuida de Yoyo mientras yo

no esté.

—Lo haré.

—Entonces, hasta esta noche.

Jericho creyó haber oído mal. Daxiong volvió la cabeza hacia un lado, como si cualquier otra discusión acerca del momento de su alta fuera una pérdida de tiempo.

—Déjalo —le dijo Yoyo al salir—. Me he dado por satisfecha con que no haya querido venir con nosotros ahora.

—¿Y ahora qué? —preguntó Chen Hongbing mientras avanzaban al trote en dirección al Silver Surfer. Era la primera vez que hablaba desde que habían dejado el parque. El

empobrecimiento de su mímica, debido a quién sabe qué infierno interior, lo hacía parecer extrañamente apático, casi desinteresado.

—Creo que te debo un par de explicaciones —le dijo Yoyo, bajando la cabeza—. Sólo que... tal vez no te las proporcione ahora mismo.

Chen alzó las manos en un gesto de desamparo.

—No entiendo nada. —Su mirada se dirigió a Jericho—. Usted la ha...

—La he encontrado —asintió

Jericho—. Tal y como usted quería.

—Sííí —exclamó Chen, alargando la palabra. Entonces pareció reflexionar si

en realidad era aquello lo que él quería.

—Siento lo que ha sucedido.

—No, no. ¡Debo estarle agradecido! De nuevo hablaba como aquel hombre que dos días antes —¿en realidad habían transcurrido dos días?

— había entrado en su despacho y había estado a punto de enredarse con su propia formalidad. A modo de subtexto, sin embargo, resonaba la pregunta sobre cómo podía esperar gratitud, realmente, alguien que había partido de casa con un simple encargo de búsqueda y había regresado con un séquito de jinetes del Apocalipsis.

Jericho guardó silencio. Chen

respondió con más silencio. Yoyo había descubierto algo interesante en el cielo. Tu caminó durante un rato, como un tigre, por entre helechos, bambúes y pinos negrales, dando una avalancha de instrucciones a través de su teléfono móvil.

—Bien —anunció cuando estuvo de vuelta.

—¿Qué quiere decir ese «Bien»? —

preguntó Jericho.

—«Bien» quiere decir que hay alguien de camino hacia el Westin que se dispone a recoger tu ordenador y tus demás escasas pertenencias para llevarlas a mi casa, donde vivirás a

partir de ahora, hasta nuevo aviso.

—Vaya, pues sí que está bien.

—Además, he apostado a dos personas para que vigilen tu loft en Xintiandi. Otras dos van de camino a Siping Lu. Lo recogerán todo y estarán atentas. —Tu se aclaró la garganta y le pasó el brazo a Chen por los hombros

—. Nosotros, querido Hongbing, tendremos que ocuparnos de lo que vamos a contarle a la policía si aparece por allí para charlar sobre el estado de tu piso.

—¿Quiere eso decir que volaremos a tu casa? —concluyó Yoyo.

Tu miró a los presentes.

—¿Tiene alguien una idea mejor? Silencio.

—¿Hay alguien que prefiera pasar la noche en su propia casa hoy? ¿No? Entonces, por favor.

Con un tenue zumbido, el Silver

Surfer abrió las puertas de sus alas.

—Los sabios llegarán más alto — susurró Jericho, y trepó, obediente, al asiento trasero.

Tu le lanzó una mirada de reprobación.

—Los que han nacido sabios —dijo

—. Sácate a Confucio de la cabeza. ¡Lo conozco mejor que tú, nariz larga!

Sin Daxiong, que, en lo relativo a su

peso, valía por dos personas, el aparato volador ganó rápidamente en altura. Tu habitaba en una villa en una de las l l a ma d a s gated areas, un complejo vigilado como una fortaleza en el interior de Pudong, rodeado de zonas verdes en forma de parques. Aterrizaron directamente delante de la casa principal, bajaron de sus asientos y subieron la escalinata que llevaba hasta un portal lateral.

Una de las puertas se abrió. Una china atractiva con los cabellos teñidos de color rojizo apareció en la puerta. Era el opuesto absoluto de Yoyo. Menos hermosa en su aspecto, pero mucho más

elegante y, de un modo indeterminado, más erótica. Una persona que no conocía rupturas en su biografía y que estaba acostumbrada a que el mundo empezara a girar en torno a ella en cuanto hacía su aparición. Tu la saludó con un abrazo y marchó al interior. Jericho lo siguió. La mujer le sonrió y lo besó fugazmente en ambas mejillas.

—Hola, Owen —dijo con voz sonora.

Jericho le devolvió la sonrisa.

—Hola, Joanna.

PUDONG

Tu había instruido de antemano a Joanna para que concentrara sus atenciones en Chen en cuanto llegaran. En realidad, lo que quería era que ella lo distrajera un rato, lo que Joanna asumió con total empeño. Con el mismo desenfado con que se empuja un carrito de la compra, la mujer empujó al confundido Chen hasta la palaciega cocina, le exigió que le dijera qué clase de té le gustaba tomar, si tenía ganas de meterse en la sauna, de tomar un baño o, preferiblemente, una ducha caliente, le

preguntó dónde le dolía, qué había pasado, y le dijo que en la nevera había pollo frío; Chen, por su parte, respondió que no sabía cómo había sucedido todo, que, de repente, aquel tipo había aparecido allí con el arma en la mano, ah, qué horror, qué manera de entrar tenía aquel hombre, rasguños por todas partes, que algo así pudiera pasar, etcétera, etcétera; luego hubo silencio, ninguna réplica. Por supuesto que Joanna no sabía lo más mínimo, pero Joanna no habría sido Joanna si eso hubiera representado un problema para ella. De manera generosa, de ella emanaba el aroma del optimismo, y

cubrió a Chen con el baño de la confianza, hasta que éste estuvo dispuesto a creer que todo iría bien, sólo porque ella lo decía. Nunca antes Jericho había conocido a nadie que invocara lo positivo con tal fuerza de convicción sin tener la menor idea de dónde debía llevarle éste. Joanna fingía todo cuanto podía. En su universo, la cola se movía junto con el perro. Probablemente Chen ya hubiese llegado a la convicción de que estaba sosteniendo una conversación, o más aún, de que la había iniciado él mismo. Joanna podía arrastrar consigo a un hombre delante de ella, de tal modo que

éste estaría luego dispuesto a jurar que era ella quien lo seguía.

—Bueno, ¿qué vamos a hacer? —

dijo Tu entre dientes.

—Informar a la policía —repuso Jericho escuetamente—. Antes de que ella venga a nosotros.

—¿Pretendes pasar a la ofensiva?

—¿Y qué otra cosa se puede hacer? Ese loco ha incendiado media acería. No pasará mucho tiempo hasta que encuentren esos cadáveres en Quyu, testigos... En Siping Lu parece que haya tenido lugar un bombardeo, ¿no es así, Yoyo?...

—Así es.

—Y en el patio trasero se pudre una airbike caída del cielo, llena hasta los topes de armamento pesado. Otra ha paralizado el tráfico. Con esos elementos, la poli tejerá su teoría.

—Sí, pero ¿qué?

—Te juro que no pasarán ni dos horas hasta que quieran averiguar qué tiene que ver tu amigo Hongbing con la masacre ocurrida en Quyu. A través de él pueden llegar a Yoyo. Quiero decir, el asunto de la antigua acería parece una campaña militar de exterminio contra los City Demons, ¿no te parece? Y Yoyo forma parte de esa tropa.

—¿Y qué hay de ti? —preguntó la

chica—. ¿Crees que también darán contigo?

—Escucha, mi coche se quemó en

Quyu.

—Y lo pueden identificar. —Tu frunció los labios—. Además, Siping Lu está vigilada a través de escáneres. Eso quiere decir que cuentan con grabaciones de los hechos; de vuestro encuentro y del momento en que Yoyo y Daxiong entran en el edificio, y luego de cómo el tal... el tal...

—Kenny.

—... cómo el tal Kenny os persigue...

—No digas «vosotros» —dijo

Jericho—. Emplea los pronombres

correctos. A ti también te verán tripulando tu furia celestial. ¿Y quién trabaja en tu empresa para financiar sus estudios?

—Yoyo, la chica que salpica a todo el mundo de mierda —dijo ella, resoplando.

—Sí, pequeña, tu pasado brilla — constató Tu, rascándose la calva cabeza. Con sus nuevas gafas, parecía incluso un hombre civilizado—. En fin, ¿qué le contaremos a la policía? ¿Que Yoyo, de un modo totalmente inocente, estuvo espiando a Kenny y descubrió cómo éste, con alguien más...?

—Olvídalo —lo interrumpió la

chica—. ¿Debo decirle a la policía que poseo información secreta? ¿Con mi curriculum? Si el hijo de puta de la moto voladora es del gobierno, yo misma puedo arrestarme y llevarme a prisión.

¡Qué digo a prisión, puedo fusilarme!

—No creo que la policía esté metida en esto —dijo Jericho.

—Sí, pero tampoco sabes lo que pasaría si me pillo los dedos.

—Un momento. —Tu negó enérgicamente con la cabeza—. Seamos realistas. Le estamos atribuyendo al aparato policial de Shanghai el talento combinatorio de un ordenador cuántico. No serían capaces de armar todo este

puzle con tanta rapidez.

—No obstante, deberíamos informarles —insistió Jericho.

—Pero tal vez no de inmediato.

—Claro que sí. Si alguien hace pedazos tu piso y tú no lo denuncias, parece algo extraño, ¿no? Inmediatamente aparecemos Yoyo, Daxiong y yo, y, en mi caso, conduciendo una máquina como la de Kenny.

—Muy bien, ¿qué diríamos? Que alguien ha asaltado un club de motociclismo en Quyu y ha causado una carnicería. Que esa persona tiene unos secuaces y todos van con máquinas

voladoras. Lo que ellos no saben es que, en ese momento, Yoyo tiene una visita de un amigo de la familia, Owen, y éste pone en fuga a los tipos, ¿de acuerdo? Ambos se apoderan de una airbike y pueden huir. Poco después, Yoyo recibe una llamada de Hongbing y éste le cuenta que alguien está intentando entrar en su piso.

—¡Chorradas! —Yoyo negó con la cabeza—. Un hombre no llama a su hija cuando un ladrón intenta entrar en su casa.

—Bueno, entonces...

—Claro que sí. Kenny ha amenazado con exterminar a tu familia —aseguró

Jericho—. Por eso llamas a tu padre. Éste no responde, y por eso le hacemos la visita y movilizamos al mejor amigo de Hongbing, Tian.

—¿Y no tenemos ni idea de lo que quieren los tipos? —preguntó Yoyo, escéptica—. ¿Alguien se va a tragar eso?

—Así es.

—Venga ya, hombre. Menudo cuento chino.

—Nunca mejor dicho. Lo más importante es que te mantengamos a ti fuera del embrollo —dijo Tu—. Ningún trasfondo como disidente, nada de Guardianes. —Tu dedicó a Yoyo una

mirada reprobatoria—. En ese sentido, podrías haberme contado tranquilamente que estabais en el alto horno. Yo sólo sabía lo del Andrómeda.

—Lo siento. No debías verte tan involucrado.

—¿Por qué no? Yo proporcioné la infraestructura a tu tropa de tocanarices. No se puede estar más involucrado. — Tu suspiró—. Pero da igual. El punto número dos del orden del día. ¿Qué le contamos a Hongbing?

Yoyo vaciló.

—¿Lo mismo?

—¿Cómo? —le ladró Jericho.

—Bueno, pensé que...

—¿Pretendes hacerle creer a tu padre que todo esto es obra de un chiflado? —De repente se sentía furioso con ella. Veía a Chen Hongbing tan preocupado..., y era el colmo que ahora fueran a engañarlo otra vez.

—Owen. —Yoyo alzó las manos—. Es magnífico lo que has hecho por nosotros, pero, en serio, esto no va contigo.

—¡Tu padre merece una explicación!

—No estoy muy segura de que esté loco por recibirla.

—Tú lo has dicho: no estás segura. Dios mío, lo han tomado como rehén, lo

han encañonado con un arma, han amenazado a su hija, destruido su piso...

¡Tienes que decirle la verdad! Cualquier otra cosa sería una cobardía.

—¡Mantente al margen de esto!

—Yoyo —dijo Tu en voz baja. Sonó como si dijera «¡Siéntate!» o

«¡Túmbate!».

—¿Qué? —resopló la joven—. ¿Qué pasa? ¡A él no le incumbe! Tú mismo has dicho que sería un error molestar a papá con esto.

—Las circunstancias han cambiado. Owen tiene razón.

—Vaya, muy bien. —La joven torció el gesto en una mueca burlona—. De

repente se ha convertido en un amigo de la familia.

—No. Sencilla y llanamente, tiene razón.

—¿Por qué? ¿Qué sabe Owen de mi padre?

—¿Y qué sabes tú de él? —preguntó

Jericho en tono belicoso.

Yoyo lo fulminó con la mirada. Por lo visto, había metido el dedo muy profundamente en la llaga.

—Hongbing está amargado, anquilosado, es un tipo introvertido — dijo Tu—. Pero ¡yo lo conozco! Espero el día en que esa cáscara se abra, y no sé si debo anhelar que eso suceda o, por

el contrario, temerlo. Ha tenido que pasar muchos años de su vida en un estado de espantosa impotencia. Hasta ahora no había motivos para restregarle en las narices que eres la disidente más buscada de China, pero eso acaba de cambiar. Tras lo sucedido esta mañana, sabe muy bien que tienes que contarle algunas cosas.

Yoyo negó con la cabeza, insatisfecha.

—Me odiará.

—Más bien me odiará a mí por haberte ayudado, y ni siquiera eso creo. No debes seguir mintiéndole, Yoyo. Eso sería lo peor, que vea que no confías en

él. Con ello le restas... —Tu pareció buscar las palabras adecuadas— le restas importancia como padre.

—¿Importancia como padre? — repitió Yoyo, como si lo hubiese entendido mal.

—Sí, toda persona necesita cierta importancia, significar algo. También Hongbing habría querido hacer algo importante, hace mucho, pero lo castigaron por ello. Le restaron su importancia.

—Y ahora él me castiga a mí.

—Castigarte es lo último que desea. Yoyo miró fijamente a Tu.

—Pero ¡él nunca me ha hablado de

su vida, Tian! ¡Jamás! Nunca ha tenido confianza en mí. ¿Crees que eso no es un castigo? ¿Qué importancia he tenido yo entonces? Claro que él se preocupa, y lo hace desde por la mañana hasta por la noche; si por él fuera, me encerraría por mera preocupación. Pero ¿para qué?

¿Qué puede esperar de mí, si ni siquiera habla conmigo?

—Se siente avergonzado —dijo Tu en voz baja.

—¿De qué? ¡Le tengo lástima!

¡Tengo un... zombi por padre!

—No deberías hablar así.

—¿Ah, no? ¿Y qué tal si es él quien me explica ciertas cosas a mí?

—Tal vez tendrá que hacerlo —

asintió Tu.

—¡Oh, gracias! ¿Y cuándo será eso?

—En un principio, te toca a ti hacerlo.

—¿Y por qué a mí otra vez? —

explotó Yoyo—. ¿Por qué no a él?

—Porque tú estás en posición de tenderle una mano.

—No me vengas con ese patetismo

—gritó la chica—. Mis amigos están muertos, y a él casi lo matan. En todo caso, soy yo la que está estresada.

—Todos lo estamos —se inmiscuyó Jericho, para quien aquello ya era demasiado—. En fin, resolved vuestros

problemas, pero hacedlo en otra parte. Tian, ¿cuándo crees que llegará mi ordenador?

—Dentro de pocos minutos — respondió Tu, agradecido por el cambio de tema.

—Bien. Examinaré una vez más las películas sobre Suiza. ¿Puedo usar tu despacho?

—Por supuesto. —Tu vaciló, pero luego se encogió de hombros, sumiso—. Entonces yo informaré a la policía, ¿o

no?

—Hazlo.

—¿Estaremos todos disponibles para ser interrogados?

—Ocultarse no servirá de nada; en otro caso, nos visitarán en privado — repuso Jericho, enarcando las cejas—. Ya deben de haber empezado. La primera víctima del sucio juego de Kenny fue Grand Cherokee Wang. —El detective miró a Yoyo—. Tu compañero de piso. Te acosarán a preguntas.

—Que lo hagan —dijo Yoyo, malhumorada—. Pueden intentar tranquilamente devorarme.

—«Devórame, que yo te devoraré desde dentro.»

—Te lo has aprendido bien — resopló Yoyo, que dio media vuelta y se dirigió a la cocina.

Jericho estaba la mar de contento por tener de nuevo a Diana. Sin prometerse demasiado éxito, examinó las tres páginas web que, según el protocolo, eran intercambiables, y quedó decepcionado. La máscara no sacó nada a la luz. Por lo visto, habían sido retiradas realmente de circulación.

Quedaban las películas sobre Suiza y una conjetura.

Jericho impartió a Diana una serie de instrucciones. El ordenador le hizo saber, con amabilidad programada, que la evaluación llevaría algo de tiempo, lo que no significaba otra cosa más que el asunto podría tardar cinco minutos o

cinco años. En ese sentido, el ordenador no tenía ningún plan. Igualmente se le podría haber preguntado a Alexander Fleming cuánto iba a necesitar para descubrir la penicilina. Y puesto que las películas eran en tres dimensiones, Diana no podría trabajar con superficies de datos, sino con cubos de datos, lo que amenazaba con dilatar bastante la labor.

Joanna le llevó té y unas galletas inglesas.

Llevaban ahora cuatro años separados, y todavía Jericho no sabía con exactitud cómo enfrentarse a la mujer que lo había atraído hasta Shanghai y, una vez allí, lo había

abandonado. Por lo menos él así lo sentía: Joanna lo había dejado plantado para casarse con uno de los partícipes del nuevo boom económico de China, quien, por su apariencia, no se correspondía con el tipo de hombre que uno se imaginaba a su lado. Sin embargo, precisamente ese hombre se había convertido en el mejor amigo de Jericho: una amistad iniciada por Joanna que se había ido fraguando en medio de ciertas relaciones de negocios, y de un modo del que ni Tu ni Jericho se habían percatado realmente. Había sido Joanna la que había tenido que llamarles la atención sobre aquella unión más

profunda entre ellos, para luego, en un aparte con él, con Jericho, aconsejarle que debía dejar de una vez de creerse siempre en deuda con alguien, como si sintiera alguna culpa.

«Pero si no lo hago», había respondido él, al tiempo que la miraba sin comprender, como si ella le hubiese dicho que no debía ir a trabajar todos los días a cuatro patas.

Sin embargo, en realidad Jericho sabía muy bien lo que había querido decirle. Claro que, por su naturaleza, lo había formulado de un modo algo exagerado, y es que Joanna siempre estaba en el otro extremo: jamás se

sentía culpable por nada. Puede que por ello uno llegara a reprocharle cierto engreimiento, pero estaba lejos de actuar de una manera amoral. Sencillamente, le faltaba ese sentimiento de culpabilidad con el que crecen los niños. Desde que vemos por primera vez la luz del mundo, nos encontramos en la situación de ser amonestados, aleccionados y sorprendidos in fraganti, nos vemos sin tener la razón, sometidos a otros juicios y expuestos a ser corregidos, y todo con el propósito de hacer del hombre imperfecto un hombre mejor. El grado de mejoría se determinaba según la medida en que

respondiera a las ideas preconcebidas de otros, un experimento irremediablemente condenado al fracaso. En la mayoría de los casos, fracasaba para todos los involucrados. Acompañado por buenos deseos y callados reproches, uno, por fin, tomaba su propio camino y se olvidaba de darle la absolución al niño que llevaba dentro, tan acostumbrado a que lo reprendieran cada vez que actuaba por su cuenta. Recorriendo a toda prisa el claustro de los «tengo, debo y no puedo», jamás se llegaba a ninguna otra parte que no fuera el sitio hacia donde uno había partido hacía mucho tiempo, no importaba la

edad que tuviera al hacerlo. Durante toda una vida, uno se veía a sí mismo a través de los ojos de otros, se medía por los raseros de otros, se valoraba por la escala de valores de otros, y terminaba condenándose a partir de la indignación de otros. Y, así y todo, nunca se estaba satisfecho.

Jamás quedaba satisfecho uno mismo.

Y eso era lo que Joanna había querido decir. Ella, por su parte, había desarrollado un notable talento para desligarse de las trampas de su niñez. Su mirada hacia las cosas no estaba distorsionada, era tan afilada como un

escalpelo, y su manera de actuar era consecuente. Había reclamado todo su derecho a separarse de Jericho. Sabía que aquella ruptura de la relación le causaría dolor a él, pero ese dolor estaba tan poco relacionado con una actitud culpable por su parte como un dolor de muelas. Ella no le había robado, no lo había humillado públicamente, no le había mentido. Nada de lo que otros pensaran que debía hacer o dejar de hacer la había estorbado al tomar su decisión. Porque a la única a la que Joanna deseaba poder sostenerle la mirada era a su imagen en el espejo.

—¿Cómo estás? —le preguntó

Jericho.

—Bueno, ¿cómo crees que puedo estar? —dijo ella, dejándose caer en una de las sillas cantilever que poblaban el despacho de Tu—. De los nervios.

A decir verdad, no parecía estar nerviosa, sino más bien preocupada. Jericho bebió su té.

—¿Te contó Tian lo que ha ocurrido?

—Me puso al corriente a toda prisa, así que conozco su versión. —Joanna cogió una galleta y la mordisqueó con gesto pensativo—. También conozco la versión de Hongbing. Espantoso. Tenía intenciones de entrevistar a Yoyo a

continuación, pero se hallaba en pleno conflicto padre-hija.

Jericho vaciló.

—¿Sabes, en realidad, de qué va todo esto?

—No soy tonta —dijo ella, señalando con el pulgar hacia la puerta

—. También sé que Tian forma parte del grupo.

—¿Y eso no supone ningún problema para ti?

—Es asunto suyo. Él sabrá lo que hace. Yo, personalmente, tengo muy pocas ambiciones, como sabes, por muy vergonzoso que parezca. No sería una disidente muy convincente que digamos.

Pero puedo entender a Tian. Entiendo sus razones. De modo que cuenta con mi apoyo incondicional.

Jericho guardó silencio. Era obvio que Chen Hongbing no era el único que había probado la amargura en el pasado. La posición social de Tu hacía pensar en cualquier cosa menos que hiciera causa común con un pequeño grupo de disidentes. Algo muy remoto debía de guiar su manera de actuar.

—Tal vez algún día te lo cuente a ti

—añadió Joanna y se comió otra galleta

—. En cualquier caso, vosotros habéis salido de caza. Y yo estoy aquí para recolectar. Y puesto que Yoyo está

indispuesta, hago mi recolecta contigo.

Jericho le contó, a grandes rasgos, lo que había sucedido desde la visita que le había hecho Chen en Xintiandi. Joanna no lo interrumpió, salvo por los

«Ah», los «Mmmm» y los «Oh» que soltó en algún momento y que en China eran una señal de cortesía, cuyo fin era asegurarle al otro que se le estaba prestando atención. Durante el relato, la mujer devoró todas las galletas y se bebió la mayor parte del té. A Jericho no le importaba. Todavía no sentía apetito. Una vez terminó de hablar, reinó el silencio durante un rato en la habitación.

—Suena como si tuvierais un problema a largo plazo —dijo ella finalmente.

—Así es.

—¿Y Tian también? —Aquello sonó como si preguntara «¿Y yo también?».

Jericho estuvo a punto de decirle que su bienestar era lo que menos debía preocuparle, pero tal vez sólo había querido oír algo que Joanna no había tenido intenciones de decir.

—Tú misma puedes considerarlo — dijo el detective—. En todo caso, por ahora Kenny tendrá que conformarse con la idea de haberlo estropeado todo. Entretanto, podríamos haber informado

del asunto a Dios sabe quién, de modo que ha perdido la oportunidad de neutralizar a todos los que están al corriente.

—¿Crees entonces que no intentará volver a hacerle daño a Yoyo?

Jericho oprimió los dedos contra el puente de su nariz. Un ligero atisbo de dolor de cabeza se hacía notar.

—Es difícil valorarlo —contestó.

—¿En qué sentido?

—Créeme, he conocido a psicópatas de pura cepa que torturaban a sus víctimas, las fileteaban, las enlataban, las dejaban morir de sed, les cortaban esta o aquella parte del cuerpo, todo lo

que puedas imaginar. Esos tipos se guían exclusivamente por sus obsesiones. Y luego están los asesinos profesionales.

—Que saben combinar lo agradable con lo útil.

—Principalmente lo ven todo como un trabajo que les reporta dinero. No establecen ningún vínculo emocional con sus víctimas, sino que simplemente hacen su trabajo. Kenny ha estropeado el trabajo que le encargaron. Es algo enojoso para él, pero deberíamos esperar que, en adelante, nos deje en paz y se dedique a otras misiones.

—Pero tú no lo crees, ¿no es cierto?

—Ese Kenny es un profesional y un

psicópata. —Jericho hizo girar el dedo índice sobre su sien—. Y en el caso de esos tipos, las imágenes preconcebidas fallan.

—¿Y eso quiere decir?

—Que alguien como Kenny puede sentirse ofendido porque nosotros no hayamos hecho las cosas como él quería. Puede parecerle, por ejemplo, que no deberíamos haber ofrecido resistencia. Es posible que nos deje en paz, pero es igualmente posible que prenda fuego a mi loft o a vuestra casa, que nos vigile y nos dispare, simplemente porque está enfadado.

—Tú, como siempre, sabes cómo

propagar el optimismo.

Jericho la miró con ojos oscuros.

—Ése es tu trabajo.

Sabía que era injusto decir algo así, pero ella lo había provocado. Una pequeña y mezquina crueldad, con dientes afilados y un disfraz poco convincente, algo que se acercaba sigilosamente, lanzaba dentelladas desde atrás y luego se retiraba entre risitas.

—Idiota.

—Lo siento —dijo él.

—No importa.

Joanna se puso de pie y le pasó la mano por la cabeza. Curiosamente, con

ese gesto, Jericho sintió consuelo y humillación a la vez. En la consola de ordenadores de Tu se iluminó un monitor. El servicio de vigilancia de la casa anunciaba que la policía había llegado y quería interrogar al señor Tu y a los demás presentes sobre los incidentes ocurridos en Quyu y en Hongkou.

El interrogatorio transcurrió como suelen transcurrir éstos entre personas de buena posición. La agente investigadora, con su séquito de asistentes, mostró una gran cortesía, aseguró enfáticamente a los presentes su comprensión y calificó los sucesos, en

un rápido cambio de tono, de

«espantosos» y «abominables», tildó al señor Tu de «valioso miembro de la sociedad», a Chen y a Yoyo de

«heroicos», y a Jericho de «estimado amigo de las autoridades». Entre col y col, fue lanzando sus preguntas como dardos en la pista de un circo. Definitivamente, no se tragaba la historia precisamente en aquellos puntos en que ésta no era cierta, por ejemplo, en lo relacionado con los motivos de Kenny. Su mirada reflejaba la amabilidad del carnicero que les habla cariñosamente a los cerdos que ya está descuartizando en su mente.

Chen parecía tener las mejillas más hundidas que de costumbre. El rostro de Tu mostraba ciertas manchas púrpuras, y Yoyo exhibía una obstinación avinagrada. Por lo visto, la llegada de la policía los había sacado de una acalorada discusión. A Jericho le llamó la atención que la comisaria midiera exactamente el clima emocional sin haberlo comentado antes. Sólo más tarde, durante los interrogatorios individuales, fue más explícita. Era una mujer de mediana edad, con el pelo bien alisado y unos ojos inteligentes tras unas gafas de aspecto anticuado, de cristales pequeños y gruesas varillas. Jericho

sabía bien lo que era aquello. Aquel aparato era un MindReader, un «lector de mente», un ordenador portátil que filmaba a su interlocutor y su mímica y lo pasaba luego todo a través de un amplificador que transmitía el resultado, en tiempo real, a los cristales de las gafas. De esa manera, una ínfima sonrisa autosuficiente aparecía magnificada. Un parpadeo nervioso se convertía en un terremoto gestual. Cualquier señal reveladora en el repertorio de expresiones que, normalmente, no llamaban la atención de nadie, podía leerse a través de esas gafas. Jericho sospechaba que tendría conectado,

además, un interpreter, el llamado

«intérprete», que dramatizaba el tono, la acentuación y el flujo de su voz. El efecto era asombroso. Si se conectaban el lector de mente y el intérprete, los interrogados hablaban de repente como malos actores, y se convertían en burdos gesticuladores que hacían muecas, no importaba cuánto creyeran tenerlo todo bajo control.

También Jericho había trabajado con ambos programas, que sólo usaban investigadores muy experimentados. Era necesario un entrenamiento de años para poder interpretar correctamente las sutiles discrepancias entre la mímica, el

tono de la voz y el contenido de una afirmación. El detective no dejó que se le notara que había identificado el aparato, contó estoicamente su versión de los hechos y respondió pregunta tras pregunta:

—Y entonces, ¿es usted tan sólo un amigo de la familia?

»¿Y no tenía usted ningún motivo especial para estar hoy en esa vieja acería?

»¿Esos tipos llegaron al mismo tiempo que usted a la planta de acero y pretende decirme que fue pura casualidad?

»¿No tendría usted algún encargo en

Quyu?

»¿No le parece extraño que asesinasen a Grand Cherokee Wang un día después de que usted fue a visitarlo?

»¿Sabe usted que Chen Yuyun estuvo en prisión por agitación y revelación de secretos de Estado?

»¿Sabe que Tu Tian no siempre actuó en el sentido del gobierno chino y que, para legítima preocupación nuestra, actuó en contra de su estabilidad interna?

»¿Qué conoce acerca de la vida de

Chen Hongbing?

»¿Debo creer que, a pesar de que los hechos indican de forma inequívoca un

proceder planificado con antelación, ninguno de ustedes tuviera la más mínima idea de quién era el tal Kenny ni lo que quería?

»Una vez más, ¿cuál fue el encargo que le hizo viajar hasta Quyu?

Y así sucesivamente.

Al final, la mujer desistió, se apoyó hacia atrás y se quitó las gafas. Sonrió, pero su mirada, como si de un sable se tratase, le arrancó pequeñas tiras de la piel.

—Usted lleva cuatro años y medio viviendo en Shanghai —afirmó—. Según todo lo que he oído decir, goza usted de una excelente reputación como

investigador.

—Eso me honra.

—¿Qué tal van los negocios?

—No puedo quejarme.

—Me alegra oírlo. —La agente juntó los dedos de las manos—. Tenga la certeza de que se le aprecia en los círculos en los que me muevo. Usted ha colaborado con nosotros con éxito en más de una ocasión, y siempre ha mostrado un alto grado de disposición; una de las razones por las que, de buena gana, se le ha prorrogado, y se le sigue prorrogando, su permiso de estancia en el país —la mano derecha de la mujer describió unos movimientos ondulados,

dirigidos a un futuro impreciso—, que siempre se le renovará. Precisamente porque nuestra relación se basa en el espíritu de la reciprocidad. ¿Entiende lo que quiero decirle?

—Lo ha formulado usted de manera precisa.

—Bien, una vez aclarado esto, me gustaría formularle una pregunta no oficial.

—Si está en mis manos responderla...

—Estoy segura de que puede hacerlo

—dijo la mujer. Luego se inclinó hacia adelante y bajó la voz en un tono confidencial—. Me gustaría saber qué le

parecería todo esto si estuviera usted en mi lugar. Usted posee experiencia, intuición, tiene muy buen olfato. ¿Qué pensaría?

Jericho decidió no caer en la trampa de la agente.

—Yo presionaría un poco más.

—Oh. —La mujer pareció sorprendida, era como si el detective estuviese invitándola a torturarlo con cigarrillos encendidos.

—Presionaría más a mi equipo — añadió Jericho—, para que empleen todas sus energías en atrapar al hombre que es responsable de los ataques, esclarecer el trasfondo, en lugar de

aferrarme a la idea de convertir a las víctimas en victimarios y amenazarlas con la deportación. ¿Le satisface mi respuesta?

—La tomaré en cuenta.

A Jericho la mujer no le pareció insegura en absoluto. Obviamente, dudaba del contenido de sus declaraciones, pero también sabía que no tenía nada contra él. El detective se preocupó más bien por los demás. Prácticamente todos, menos él, habían tenido algún conflicto con la ley de un modo u otro, lo que abría las puertas a la arbitrariedad policial.

—Me gustaría expresarle de nuevo

cuánto lo siento —dijo la investigadora con otro tono—. Han tenido ustedes que soportar muchas cosas. Haremos todo lo que esté a nuestro alcance para pedir cuentas a los responsables.

Jericho asintió.

—Hágame saber si puedo ayudarla en algo.

Ella se levantó y le estrechó la mano.

—Tenga la certeza de que lo haré.

—¿Y bien?

Tu había entrado en el despacho. Estaban a última hora de la tarde. El cielo se había cubierto y una llovizna ligera caía sobre Pudong. Los

investigadores se habían marchado.

—Nada nuevo —dijo Jericho estirando las extremidades—. Diana se divierte viendo esas películas sobre Suiza. Paralelamente, estamos intentando relacionar las seis páginas web con un mismo usuario. Hasta ahora no hay nada que indique que exista alguno, pero eso no quiere decir nada.

—No me refiero a eso —repuso Tu, acercando una silla y dejándose caer en ella con un resoplido. Jericho comprobó que las mangas de su camisa estaban levantadas a dos alturas distintas—.

¿Cómo ha ido el interrogatorio?

—¿Cómo? Ella no creyó ni una sola

palabra.

—Tampoco a mí me creyó. —Por una razón inescrutable, esa circunstancia parecía llenar de satisfacción a Tu—. Y a Yoyo la cree menos aún. Sólo a Hongbing parece haberlo tratado con guantes de seda.

—Por supuesto —murmuró Jericho. Desde el momento en que Chen entró

en su despacho en Xintiandi, a Jericho le había llamado la atención algo difícil de definir en los ojos del anciano, en ese rostro terso que causaba la impresión de que le hubieran despellejado el alma. Ahora comprendía con claridad lo que había visto en aquella ocasión, y

también la mujer debía de haberse dado cuenta. Era inimaginable que aquel hombre mintiera. Nada en los rasgos de Chen era apropiado para ocultar una mentira. Gracias a ello, el anciano estaba desprotegido y a merced de su entorno. No soportaba que se faltase a la verdad. No lo soportaba en sí mismo ni en los demás.

—Tian... —dijo Jericho, titubeante.

—¿Mmmm?

—Posiblemente haya un problema en cuanto a nuestro siguiente paso. No me entiendas mal, no se trata de... —Jericho luchó con las palabras.

—¿Qué pasa? Suéltalo.

—Sé demasiado poco acerca de ti. Tu guardó silencio.

—Sé muy poco sobre ti y sobre Chen Hongbing. Claro que no me incumbe, pero... para poder juzgar el peligro que significáis para las autoridades, tendría que... En fin... tendría que hacerme una idea...

Tu frunció los labios.

—Entiendo.

—No, no creo que lo entiendas — dijo Jericho—. Piensas que lo hago por curiosidad, y te equivocas. En realidad, me da absolutamente igual. O, mejor dicho, no me da igual. Respeto tu silencio. No me incumbe lo que haya

sucedido en tu pasado o en el de Chen. Pero, en ese caso, debes decirme cómo debemos actuar en adelante. Puedes tal vez valorar...

—No, está bien —gruñó Tu.

—Es tu problema. Respeto...

—No, tienes razón.

—De ningún modo quiero ser desconsiderado...

—Ya basta, xiongdi. —Tu le dio un golpecito en el hombro—. La consideración es el pilar de tu manera de ser, eso no tienes que explicármelo en detalle. De todos modos, a menudo pienso en ahondar más en nuestra amistad con una pequeña confesión

vital. —La mirada de Tu se dirigió a la puerta. En algún punto de aquella casa enorme, Yoyo y su padre luchaban con el pasado y el futuro—. Sólo temo tener que volver al ring.

—¿Para intervenir como mediador?

—Para intervenir. Yoyo y yo hemos decidido hacer tabla rasa. Al final del día Hongbing conocerá toda la verdad.

—¿Y qué tal le sabe hasta ahora?

—Si le hubiéramos puesto delante un cubo de mierda, tendría más apetito.

—Tu eructó—. Pero no me preocupo demasiado. La cuestión es cuánto tiempo piensa seguir cocinándose en su ira. Más tarde o más temprano tendrá que

comprender que uno no se gana la confianza de una hija negándose a darle respuestas que están pendientes desde hace mucho tiempo. Él, a su vez, tendrá que decirle la verdad a Yoyo. —Tu suspiró—. No sé lo que pasará después. No se trata, en absoluto, de que Hongbing crea en serio que una parte de su vida no ha sucedido. Simplemente, no se atreve a contárselo a una persona a la que ama, porque está avergonzado. Es como un viejo cangrejo. Y ahora ve y explícale a un cangrejo que debe deponer su caparazón.

—Sería el primer cangrejo que puede caminar sin su coraza.

—Bueno, cuando son jóvenes, la deponen con bastante frecuencia. Se desprenden de su piel para crecer. Una empresa peligrosa, porque la nueva coraza es todavía muy blanda durante las primeras horas. En ese tiempo son extremadamente vulnerables, presas fáciles, sin ninguna protección. Pero de otro modo se verían aprisionados en un caparazón demasiado estrecho —dijo Tu, poniéndose de pie—. Lo dicho, Hongbing es un maldito cangrejo viejo, pero su piel le queda, definitivamente, demasiado estrecha. Creo que necesita una nueva muda, a fin de que un día no estalle en mil pedazos bajo la presión

proveniente de su interior.

Por un momento, la mano derecha de Tu descansó sobre el hombro de Jericho. Luego el chino salió de la habitación.

Empezaba a anochecer, había un ambiente enmohecido y húmedo.

Diana calculaba.

Jericho vagó por la casa y fue a hacerle una visita a Joanna en su estudio, una pagoda de cristal a orillas de un lago artificial que ocupaba el centro de los terrenos de la propiedad. A Jericho no lo asombró verla trabajando en uno de sus retratos de gran formato. A Joanna no le gustaba nada

andar por la casa con las manos desocupadas, pues siempre esas manos podían hallar otra cosa mejor que hacer. Había encendido unas potentes lámparas y les estaba dando profundidad y contorno a dos bellezas del ambientillo cultural, que se desperezaban, cogidas del brazo, delante de un espejo, como si hubieran estado bailando tres días y tres noches.

Tu había reforzado el servicio de guardia alrededor de la mansión y había volado a su oficina después de que Chen desapareció, rojo de ira, en el cuarto de invitados de la primera planta. En el vestíbulo, Jericho se tropezó con Yoyo.

Tenía los ojos hinchados por el llanto y, al verlo, manoteó en un gesto con el que le dio a entender que no hiciera ninguna pregunta. En el momento en que la joven iba a subir la escalinata, vio arriba, en la balaustrada, a su padre, que corría hacia el lavabo, lo que a Yoyo le bastó para cambiar de rumbo, como en una huida, y refugiarse en el jardín, de donde venía, precisamente, Jericho.

Por un instante se sintió terriblemente fuera de lugar.

El mayordomo de Tu lo vio dando vueltas por allí y se apresuró a preguntarle si deseaba alguna cosa. Jericho rechazó el baño de lavanda o el

masaje tailandés, pidió un té e, inesperadamente, tuvo ganas de probar aquellas galletas que Joanna le había llevado varias horas antes y que ella había devorado íntegramente delante de sus narices. El mayordomo se ofreció a acondicionarle el saloncito. A falta de una idea mejor, Jericho asintió, caminó dos veces en círculo y notó cómo a aquella sensación de estar fuera de lugar se le unía otra: la de las arenas movedizas del desamparo. Después de haber pasado la mañana a un ritmo vibrante, ahora le parecía que rumiaba el mundo con desgana y que estaba a punto de escupirlo en un rincón.

Algo tenía que suceder. Y sucedió.

—¿Owen? Soy Diana.

Jericho sintió el latigazo de la excitación, sacó su móvil y habló, jadeante:

—Sí, Diana, ¿qué hay?

—He encontrado en esas películas algo que te va a interesar. Una marca de agua. Hay una película dentro de la película.

« ¡ O h, Diana! —pensó Jericho—. Ahora mismo podría besarte. Sólo con que fueras la mitad de guapa de lo que promete tu voz, hasta me casaría contigo, pero no eres más que un maldito

ordenador. De todos modos, no importa,

¡hazme feliz!»

—Espera —exclamó el detective, como si existiera el riesgo de que la máquina cambiara de idea y abandonara la casa—. ¡Voy para allá!

A Yoyo le habría gustado convencerse de que ya había superado lo peor, pero se sentía como si todavía le faltara lo mismo, sólo que elevado a la tercera potencia. Hongbing había gritado y se había enfurecido. Habían estado discutiendo durante más de una hora. En consecuencia, ahora le dolían los ojos por las saladas lágrimas derramadas, como si jamás hubiera visto

otra cosa salvo miseria y desgracia interior. Se sentía culpable por todo. Por la masacre en la acería, por la destrucción del piso, por la desesperación de su padre y, por último, se sentía también culpable de que Hongbing no la quisiera. Apenas afloró, la idea selló una alianza con todas las formas imaginables del autodesprecio, pariendo, a su vez, un nuevo sentimiento de culpa: el de estar siendo injusta con Hongbing. Por supuesto que él la había querido. ¿Cómo podía ser de otro modo? ¿Cómo se podía caer tan bajo de atribuir a un padre otra cosa que no fuera amor paternal? Sólo por ello

merecía no ser amada, y Hongbing había extraído conclusiones y había dejado de amarla. ¿De qué se quejaba, entonces? Era culpable de que la máscara que cubría el rostro de su padre no se hubiera derretido, sino que hubiera estallado.

Había decepcionado a todo el mundo.

Durante un rato, estuvo dando vueltas por el estudio de Joanna, con pocas ganas de hablar, contemplando cómo la hermosa mujer de Tian otorgaba, con magia, un brillo febril a unos cansados ojos de adolescente, un último destello de energía antes de que

se desconectaran todos los sistemas. Sobre un enorme lienzo de dos por dos metros, la mujer reproducía la despreocupación, la transformaba en pigmento, dos peces ornamentales en las aguas bajas de sus estados de ánimo, cuya única preocupación consistía en cómo no morir de aburrimiento hasta que llegase la siguiente fiesta. Cuando Yoyo comprendió con claridad que las peores catástrofes vividas por aquellas dos gracias eran, tal vez, las que habían depositado en los corazones de dos rapaces en plena pubertad, volvió a llorar otro poco.

Probablemente estuviera siendo

injusta también con esas dos chicas.

¿Acaso ella era mejor? En los últimos años no había evitado ningún exceso. El instante en que uno perecía, como aquel punto rojo que se encogía en la negrura de una daga carbonizada, era algo que le resultaba familiar. Sin parar, había cantado para contrarrestar la tristeza de Hongbing, había bailado, fumado y follado sin desfallecer ni una sola vez, con ese agradable vacío que ahora veía en las princesas de la noche representadas en el cuadro de Joanna. En cada ocasión, su último pensamiento había sido que tal vez aquello era un poco como morir, que no valía la pena

morir por los excesos, que era mejor estar sentada en casa, escuchando lo que su padre tuviera que decir acerca de la época anterior a su nacimiento. Sólo que Hongbing no contaba nada.

Con ímpetu, Joanna creaba pestañas, aplastaba con el pincel fragmentos de rímel y repartía migajas de borroso maquillaje en los rabillos de los ojos y las mejillas. Yoyo la observaba con melancolía. Le gustaba el coqueteo de Joanna con la sociedad, cuyo plumaje de colores ella misma portaba. La manera en que China se divertía, decía Joanna, era imposible de representar en toda su amplitud; a fin de cuentas, China era un

país muy grande, y así les explicaba a sus emplumados amigos —cada vez que acudían para afilarse los picos y beber sorbos de champán— que no era posible representar la falta de contenido en los pequeños formatos. Aquello, de un modo gracioso y reaprovechable, hermosamente incomprensible, sonaba a arte. Con gesto pomposo, Joanna celebraba la belleza de lo fútil y la futilidad de lo bello, y les vendía a sus admiradores algo que ellos pudieran contemplar, si bien callaba que lo que veían era un espejo.

—No olviden una cosa —solía decirles con la más carismática de sus

sonrisas—. Yo estoy presente en el cuadro. En cada uno de ellos. También en el suyo.

Yoyo envidiaba a Joanna. Le envidiaba el egoísmo con el que se dejaba llevar por la vida sin recibir a cambio ningún moratón. Le envidiaba la capacidad de ser desinteresada y el desparpajo para mostrarla. Ella, por el contrario, se interesaba por todo. Se sentía forzosamente afectada. ¿Podía irle bien así? Era cierto que Los Guardianes habían conseguido algunos éxitos. Gracias a la presión ejercida, habían puesto en libertad a varios periodistas encarcelados, habían sustituido de sus

cargos a algunos funcionarios corruptos y se habían esclarecido ciertos escándalos relacionados con el medio ambiente. Mientras Joanna se hacía la manicura, Yoyo se ocupaba plenamente de poner sus heridas en las de todos los hombres y de exigir de manera incansable el derecho de China a tener su propia cultura del entretenimiento, lo que le había adjudicado la fama de ser una nacionalista. Tampoco estaba mal. Era una nacionalista liberal que predicaba la cultura del entretenimiento, y a la que las injusticias del mundo le estropeaban el buen humor. ¡Estupendo!

¿Qué más se podía ser? Pues todavía

podrían encontrarse algunas cosas, siempre y cuando ello le prometiera no verse obligada a ser Chen Yuyun.

Joanna hacía trazos de color y no era sino Joanna. Autorreferencial, despreocupada y rica. Todo aquello que Yoyo despreciaba con todas sus fuerzas y que, al mismo tiempo, añoraba ser. Alguien que ofrecía sostén. Alguien que no se apartaba de su camino porque no estaba acostumbrada a hacerlo.

Yoyo lloró una vez más.

Al cabo de un rato, las reservas de lágrimas de la joven se habían agotado. Joanna limpió los pinceles en aguarrás. Sobre las superficies acristaladas del

techo de la pagoda, el cielo se abría paso a través de todas las tonalidades del gris, preparando el anochecer.

—¿Cómo ha ido todo? ¿Bien?

Yoyo se sorbió los mocos y negó con la cabeza.

—Sólo puede haber ido bien —le dijo Joanna—. Os habéis gritado. Y tú has llorado. Eso es bueno.

—¿A ti te lo parece?

Joanna volvió la cabeza hacia ella y sonrió.

—En cualquier caso, es mejor que morderse la lengua y luego hablar por las noches con las paredes.

—No debería haberle mentido —

dijo Yoyo, y tosió, con las vías respiratorias llenas de mucosidad de tanto llorar—. Le he hecho daño. Deberías haberlo visto.

—Eso es absurdo, corazón. No le has hecho daño. Le has dicho la verdad.

—A eso me refiero.

—No, estás confundiendo las cosas. Actúas como si cada palabra sincera que dijeras fuera un escándalo moral. Quien dice la verdad es uno de los buenos. Ahora bien, la manera en que la verdad nos llega es harina de otro costal, pero para eso están los psiquiatras. No puedes ayudar a tu padre a tragarse en silencio sus amarguras.

—Para serte sincera, no sé lo que debo hacer.

—Pero yo sí lo sé. —Joanna extendió, uno tras otro, sus delgados dedos—. Date un baño, vete al saco de arena, y luego te vas de compras. Gasta dinero, mucho dinero.

Yoyo se frotó los codos.

—Yo no soy tú, Joanna.

—Nadie te ha dicho que vayas y te compres un Rolls-Royce a la primera. Sólo quiero que entiendas los principios de la causa y el efecto. La verdad es algo bueno, sobre todo cuando es agradable. Cuando es desagradable, refuerza los mecanismos de defensa.

—¿También la verdad ha reforzado los mecanismos de defensa de Owen?

Joanna sostuvo el pincel a contraluz y separó en abanico las cerdas con la uña.

—Tian me ha contado que estuvisteis juntos —se apresuró a añadir Yoyo—, antes de casarte con él.

—Sí, estuvimos juntos.

—De acuerdo. Podemos cambiar de tema.

—De ningún modo —dijo Joanna, colocando el pincel a un lado y dedicándole a la joven una radiante sonrisa—. Tuvimos una época bonita.

—¿Y por qué os separasteis? Es un

tío muy simpático.

Era extraño que Yoyo dijera eso.

¿Le caía simpático Owen Jericho? Hasta el momento sólo había aparecido en situaciones relacionadas con armas de fuego, muerte y graves lesiones físicas. Por otro lado, le había salvado la vida.

¿Acaso a uno alguien le parecía simpático sólo porque le hubiera salvado la vida?

—Una pareja es un contrato que se puede rescindir en cualquier momento, corazón —dijo Joanna, cogiendo el segundo pincel—. No tiene plazos. Tú no dejas de acostarte con alguien seis semanas antes de que acabe el trimestre.

Cuando las cosas ya no funcionan, tienes que marcharte.

—¿Y qué fue lo que no funcionó?

—Nada. El Owen que vino conmigo a Shanghai no se parecía en nada al que yo había conocido en Londres.

—¿Estuviste en Londres?

—¿Está convirtiéndose esto en una entrevista? —dijo Joanna, enarcando las cejas—. En ese caso, con mucho gusto la habría autorizado más tarde.

—No, me interesa de verdad. Quiero decir, nosotras nos conocemos desde no hace mucho, ¿no? Tian y tú lleváis...,

¿cuánto tiempo juntos?

—Cuatro años.

—Por eso, no hemos tenido muchas oportunidades de hablar.

—¿De mujer a mujer, quieres decir?

—No, qué chorrada. A Tian lo conozco desde hace una eternidad, de toda la vida, vamos, pero de ti...

—De mí no sabes nada —dijo Joanna, torciendo burlonamente las comisuras de los labios—. Y ahora estás preocupada por el bueno de Tian, porque no puedes imaginarte lo que puede querer una mujer atractiva y engreída de un viejo calvo, desaseado y con sobrepeso, que tiene dinero a montones pero que pega las patillas de sus gafas con cinta adhesiva y lleva la

cintura del pantalón por las rodillas.

—Yo no he dicho eso —replicó

Yoyo, furiosa.

—Pero lo has pensado. Y Owen también lo ha pensado. Pues bien, te contaré la historia. Es una pieza didáctica sobre economía del amor, y comienza en Londres, adonde me trasladé en el año 2017 para estudiar literatura inglesa, arte y pintura occidental; algo para lo que hay que estar muy loco, ser un idealista o muy rico desde la cuna. Mi padre era Pan Zemin...

—¿El ministro de Medio Ambiente?

—Viceministro.

—¡Oye! —exclamó Yoyo—.

¡Nosotros siempre admiramos a tu padre!

—A él le alegraría oírlo.

—Abordó un sinfín de problemas de manera honesta. —Un vivo entusiasmo inundó a Yoyo—. Un hombre jodidamente valiente. Y también están sus esfuerzos por invertir más dinero en la investigación solar para elevar la explotación energética...

—Sí, algo en gran medida ventajoso para la colectividad —respondió Joanna secamente—. Tampoco tuvo malos efectos el hecho de que una de las empresas que buscaban ese cambio le

perteneciera. Ya lo he dicho, loco, idealista o rico de cuna. Por esa época, la comunidad china de Londres ya había rebasado las fronteras de Gerrard Street. Había infinidad de clubes en el Soho a los que acudían tanto chinos como europeos. En uno de ellos conocí a Owen. Eso fue en 2019. Aquel hombre me gustó. ¡Diría incluso que me gustó mucho!

—Sí, es atractivo.

—Digamos que es mono. Pero lo grandioso de él no era tanto su físico como el hecho de que no mostró ningún miedo ante mí. Era horrible, todos los hombres me tenían miedo, y a mí los

perdedores me gustan... pero en el desayuno. —Joanna sonrió maliciosamente y removió otro pincel en el aguarrás—. Owen, en cambio, parecía decidido a no dejarse impresionar ni por mi aspecto, sin duda deslumbrante, ni por mi independencia financiera; además, consiguió estar dos horas sin mirarme todo el tiempo las tetas. Eso tenía su encanto. Y otra cosa, respetaba mi inteligencia llevándome la contraria. Era ciberpolicía en New Scotland Yard, donde no te vas cargado precisamente de oro, pero a mí el dinero no me interesaba. Owen podría haber estado durmiendo bajo el puente de

Londres, que yo me habría tumbado a su lado. —Joanna hizo una pausa—. O digamos mejor que habría comprado el puente y me habría tumbado a su lado. Estábamos muy enamorados.

—¿Y cómo pudo romperse algo así?

—Eso, ¿cómo? —Joanna dejó escapar un breve suspiro de sonido agradable—. En el año 2020, mi padre sufrió un derrame cerebral, y fue tan considerado como para no volver a despertar. Dejó una fortuna considerable, una esposa probada en la paciencia, que soportó su deceso sin rechistar, del mismo modo que lo había soportado a él en vida, y dejó también

tres hijos, de los cuales la mayor soy yo. Mamá estaba sola, y pensé que con la parte de la fortuna que había recibido, de un modo tan inesperado, no tenía necesidad de seguir contribuyendo a atiborrar las aulas universitarias londinenses. Así que decidí volver. Le pregunté a Owen lo que pensaba acerca de venirnos a vivir a Shanghai, y él, sin pensarlo dos veces, dijo que sí, que nos veníamos. Y, ¿sabes?, aquello fue extraño.

—¿Por qué? Era exactamente lo que tú querías.

—Ya, pero él no puso la más mínima objeción. Después de todo, sólo

llevábamos juntos medio año. Pero bueno, eso es una cruz. Cuando los hombres hacen lo que les dices, se vuelven sospechosos; cuando se oponen, se vuelven ridículos. Pensé que era que me amaba mucho, lo que es algo positivo, pues mientras me amara, sólo se engañaría a sí mismo y no a mí. Pero ya por entonces yo empezaba a preguntarme cuál de los dos amaba más.

—Y él te amaba demasiado.

—No, él se amaba demasiado poco a sí mismo. Pero eso sólo lo vi claro cuando ya habíamos llegado a Shanghai. Inicialmente, todo fue genial. Él conocía la ciudad, le gustaba, pues había estado

varias veces en ella a raíz de ciertos trabajos de investigación bilaterales. En New Scotland Yard se lo consideraba una especie de sinólogo del cuerpo; pues debes saber, además, que Owen no puede aprender otros idiomas sin el esfuerzo con que los aprenden el resto de los mortales; le basta con tragárselos y luego los devuelve bien digeridos en frases impecables. Le propuse que aceptara un trabajo en el Departamento de Delitos Cibernéticos de la policía de Shanghai, ya que allí lo conocían y lo apreciaban.

—La Cypol —resopló Yoyo.

—Sí, tus amigos. Ocupamos un piso

en Pudong y nos propusimos ser felices para el resto de nuestras vidas. Y ahí empezó todo. Pequeñeces. Su mirada empezó a titilar cuando me hablaba. Me cortejaba. Claro, vivíamos en mi país, era mi gente la que frecuentábamos, entre ellos políticos, intelectuales y toda suerte de representantes de la vida pública, y cada uno de ellos me cortejaba. En los círculos que yo frecuento, la grandeza es el resultado de la genuflexión, pero las rodillas de Owen se fueron aflojando y aflojando cada vez más. Su maravillosa autoestima se derritió como la mantequilla bajo el sol, parecía estar degenerando, como si

volviera a tener acné, y en una ocasión me preguntó, con un tono totalmente vacilante, si lo amaba. ¡Yo me quedé de piedra! Fue casi como si me hubiese preguntado si el Sol estaba brillando en un día azul y radiante.

—Tal vez le pareciera que ya no lo amabas como antes.

—Fue al revés, corazón. Las dudas llegaron con el dudoso. Owen no tenía el más mínimo motivo para desconfiar de mí, aunque probablemente a él se lo pareciera. Había dejado de confiar en sí mismo, ¡eso fue! El enamoramiento sólo puede tener lugar de igual a igual, pero cuando tu pareja se inclina ante ti, te ves

obligado a mirarlo desde lo alto.

—¿Se volvió celoso?

—El celo, el vicio de los poco agraciados. Nada te hace más pequeño y horroroso. —Joanna se acercó a un depósito que estaba abierto y en el que había varios tubos dispuestos uno junto a otro—. Sí, se volvió celoso. Alguna vieja inseguridad se apoderó de él. Nuestra relación perdió el equilibrio. Yo soy una persona positiva, corazón, sólo puedo ser positiva, de modo que Owen, a mi lado, se fue volviendo como una planta de maceta a la que se le niega el agua. Mi optimismo lo secó. Cuanto peor se sentía él, tanto más disfrutaba yo

mi vida, al menos vista desde su atalaya.

¡Un absoluto absurdo, por supuesto! Yo siempre había disfrutado de la vida, pero sólo antes junto con él. —Joanna sacó un tubo de bermellón y lo oprimió para verter un poco de pintura sobre la paleta—. Así que lo abandoné, para que él, por fin, pudiera encontrarse a sí mismo.

—Muy considerada —se mofó

Yoyo.

—Está claro cómo lo ves tú —dijo Joanna, deteniéndose un momento—. Pero te equivocas. Yo podría haber envejecido con él, pero Owen había perdido la fe. El mundo es una ilusión,

todo es ilusión, y el amor lo es por fe. Si dejas de creer en él, desaparece. Cuando dejas de sentir, el Sol se vuelve un grumo, y las flores, madeja. Ésa es toda la historia.

Yoyo caminó hasta un taburete y se dejó caer en él.

—¿Sabes qué? —dijo—. Siento lástima.

—¿De quién?

—¡Pues de Owen!

—Psss... —Joanna negó con la cabeza en gesto desaprobatorio—. Qué descortesía, habría esperado que le mostraras más respeto. Owen tiene talento, es inteligente, carismático, es

atractivo. Podría ser lo que quisiera. Cualquiera lo sabe. Él es el único que lo ignora.

—Durante un tiempo tal vez lo creyó, antes, en Londres.

—Sí, pero sólo porque, a causa de la sorpresa al ver que lo nuestro funcionaba, se olvidó temporalmente de ser ese pequeño y lamentable apestado.

Yoyo la miró fijamente.

—Dime una cosa. ¿No tienes corazón o es que te gustas a ti misma en ese papel?

—Te seré sincera: me gusta no ser kitsch ni patética. ¿Qué prefieres? ¿Los sentimentalismos? Pues vete al cine.

—Vale. ¿Cómo sigue la historia?

—Por descontado que dejó el puesto que tenía. Yo me ofrecí para apoyarlo, pero él rechazó mi oferta. Al cabo de pocos meses dejó el trabajo, sólo porque yo se lo había conseguido.

—¿Y por qué no regresó a

Inglaterra?

—Eso tienes que preguntárselo a él.

—¿Nunca hablasteis sobre ello?

—Sí, claro. Mantuvimos el contacto. El cese de transmisiones duró tan sólo unas pocas semanas, el tiempo en el que yo me enamoré de Tian, al que conocía de algunas fiestas. Cuando Owen se enteró de que estábamos liados, su

imagen del mundo se vino abajo por completo. —Joanna miró a Yoyo—. Sin embargo, a mí me da igual cuán viejo sea un hombre, o cuán gordo y calvo esté. Nada de eso cuenta. Tian es auténtico, camina erguido y va de frente,

¡y ya se sabe cuánto aprecio esas cualidades! Es un luchador, una roca. Es ingenioso, culto, liberal...

—Rico —completó Yoyo.

—Rica soy yo también. Claro que me pareció estupendo que Tian buscara el reto, y que pasara con tanta rapidez de un éxito al otro. Sin embargo, no tiene nada que Owen no tenga también. Sólo que la existencia de Tian está marcada

por una casi inamovible fe en sí mismo. Él se encuentra atractivo, y eso lo hace atractivo. Por eso lo amo.

La narración de Joanna había empezado a ejercer un efecto benéfico sobre Yoyo. De pronto le parecía que podía respirar mejor cuando se hablaba de los problemas de otra gente. En general, sentaba bien que otros tuvieran problemas. En realidad, podrían haber sido incluso un poquito más graves, así podían sofocar un poco el recuerdo de lo sucedido esa mañana.

—¿Y cómo continuaron las cosas con Owen? —quiso saber la joven.

Joanna prestó atención a la franja de

óleo sobre su paleta y la removió con un pincel afilado hasta hacerla más cremosa.

—Pregúntale a él —dijo sin levantar la vista—. Yo te he contado mi historia. No soy responsable de la suya.

Yoyo se movió en su asiento de un lado para el otro, indecisa. El inesperado laconismo de Joanna no le gustaba. Había decidido insistir un poco más, cuando Tu entró en el estudio.

—¡Ah, estás aquí! —le dijo Tu a Yoyo, como si la joven estuviera obligada a informarle de dónde se encontraba.

—¿Pasa algo? —preguntó ella.

—Sí, Owen ha trabajado con aplicación. Ven conmigo al despacho, parece que ha encontrado varias cosas. Yoyo se levantó y miró a Joanna.

—¿Tú también vienes?

Joanna sonrió. De la punta del pincel cayó una gota de bermellón con aspecto de una sangre antigua y noble.

—No, corazón. Ve tranquila. Yo sólo haría preguntas estúpidas.

A las 19.20 horas, Tu, Jericho y Yoyo se sumergieron en la belleza de las montañas suizas. Sobre la pared multimedia de Tu Tian pudo verse una película en 3D de gran formato. Vieron una barca que partía de una pequeña y

pintoresca ciudad y atravesaba desfiladeros y bosques de pinos en dirección a un precioso paso de montaña. Vieron también una edificación baja y de noble aspecto. El comentarista español la elogió como uno de los primeros hoteles de diseño en los Alpes, alabó las habitaciones por su confort y la cocina por sus albóndigas, para luego, de inmediato, acompañar a un grupo de excursionistas mientras cruzaban un prado. Las vacas se acercaban a curiosear. Una atractiva chica de ciudad vio aquel acercamiento con escepticismo, apuró el paso y empezó a correr en dirección al valle, donde unos

burros de aspecto gris y cansado salieron de su cobertizo y la espantaron de nuevo en dirección a donde estaban las vacas. Algunos de los excursionistas rieron. La siguiente escena mostraba a un agricultor dándole una patada en el trasero a una vaca.

—Aquí arriba, las costumbres siguen siendo, en parte, bastante rudas y primitivas —explicaba el comentarista español con el tono de un etólogo que acaba de descubrir que los chimpancés no son tan inteligentes.

—Estupendo —dijo Yoyo.

Ni ella ni Tu entendían el español, lo que no importaba demasiado. Jericho

dejó que la película siguiera rodando como si nada y esperó ansioso su gran momento.

—No es necesario que os explique cómo está estructurada una cinta como ésta —dijo el detective—. Además, ya conocéis los sellos de agua, así que...

—Disculpen —dijo alguien desde la puerta.

Todos volvieron la cabeza. Chen Hongbing había entrado. El anciano se detuvo, dio un paso adelante, inseguro, y se estiró.

—No querría molestar, sólo deseaba...

—Hongbing. —Tu se apresuró hacia

donde estaba su amigo y le pasó el brazo por los hombros—. Qué bien que hayas venido.

—Bueno —carraspeó Hongbing—. Pensé que a ésos tenemos que pegarles fuerte, ¿no? Por lo menos yo, al contrario... —Chen se acercó a Yoyo, la miró y apartó de nuevo la vista, miró a su alrededor, se frotó la barbilla y gesticuló, indeciso, sin saber qué hacer con las manos. Yoyo lo miró, irritada—. Bueno, yo, por desgracia, no lo sé — dijo por fin.

—¿Qué no sabe? —Jericho preguntó con cautela.

Chen señaló la película con un gesto

vago.

—La estructura. ¿Cómo se estructura eso? Eh... Una marca de agua. —Chen volvió a aclararse la garganta—. Pero no pretendo detener el tráfico, no se preocupe. Sólo quería estar presente.

—No vas a detener el tráfico, padre

—dijo Yoyo en voz baja.

Chen arrugó la nariz, dejó escapar un alud de carraspeos y murmuró algo ininteligible. Luego tomó la mano de Yoyo, le dio un breve apretón y la soltó de nuevo.

Los ojos de la chica empezaron a brillar.

—No hay ningún problema,

honorable Chen —dijo Jericho—. ¿Los demás ya lo han puesto al corriente de lo que sabemos?

—Llámeme Chen, simplemente Chen. Sí, ya conozco ese... mensaje mutilado.

—Bien. Hasta ahora no teníamos mucho más. Sólo una sospecha de que algo debía ocultarse en esas películas.

—Jericho reflexionó sobre cómo podía hacer comprensible el tema para el padre de Yoyo. Aquel hombre, en temas técnicos, era de una ingenuidad conmovedora—. Verá usted, las cosas son así: cada flujo de datos está estructurado en paquetes. Lo mejor sería

que se lo imaginase como un enjambre de abejas, unos cuantos millones de abejas de colores diferentes que se organizan de maneras diversas una y otra vez, de modo que, ante nuestros ojos, aparecen imágenes en movimiento. Y ahora imagine que algunas de esas abejas están codificadas. Algo que usted, como espectador, no nota. Sin embargo, en cuanto está usted en posesión de un algoritmo especial...

—¿Un algoritmo?

—Una máscara, un método de descifrado. Con él oculta usted todas las abejas no codificadas. Sólo las codificadas permanecen. Y de repente

se da cuenta de que esas abejas representan algo. Ve una película dentro de la película. Eso se conoce como marca de agua electrónica. El procedimiento, en sí, no es nuevo. Ya a principios de este milenio, cuando la industria del entretenimiento emprendió una lucha contra la piratería, se codificaban de ese modo películas y canciones. Bastaba con variar una pequeñez en el espectro de frecuencias de una canción. El oído humano no percibía la diferencia, pero el ordenador podía determinar el origen del CD. — Jericho hizo una pausa—. La diferencia con respecto a nuestros días es la

siguiente: la antigua Internet reproducía los flujos de datos en dos dimensiones. Nuestra Internet actual está concebida para contenidos tridimensionales. Es preciso imaginarse esos flujos de datos de una forma cúbica, lo que abre mejores posibilidades para colocar marcas de agua más complejas. Por otra parte, ello complica en la misma medida la descodificación.

—¿Y usted ha descodificado una de esas marcas de agua? —preguntó Chen con respeto.

—Sí. Es decir, lo hizo Diana... Eh..., mi ordenador... Ella ha encontrado una manera de hacerla visible.

Mientras tanto, el grupo de excursionistas había llegado con denuedo hasta una meseta. La atractiva urbanita se acercó a una oveja. La oveja no se movió del lugar y se quedó mirando a la mujer, que tomó esto como un pretexto para evitar al animal dando un amplio rodeo.

—No nos tortures demasiado con eso —dijo Yoyo.

—De acuerdo. —Jericho volvió a mirar a la pantalla—. Diana, inicia la película de nuevo. Descodificada y comprimida, máxima resolución.

Las montañas desaparecieron. En su lugar, emergieron las imágenes de un

viaje en coche, filmadas desde el interior del vehículo. Era una carretera llena de baches. A ambos lados se extendían unas tierras de cultivo con unas colinas, interrumpidas por arbustos y algún que otro árbol. De vez en cuando se veía alguna choza, generalmente en un estado lamentable. El cielo estaba hinchado de nubes. Cuando la tierra empezó a volverse más escarpada y a cubrirse de bosques, unas tramas grises indicaron que había empezado a llover.

Un buen trecho por delante del coche avanzaba un camión que arremolinaba el polvo. Sobre la cama había varios negros, la mayoría vestidos únicamente

con pantalones cortos. Parecían apáticos, según se podía ver desde aquella distancia y a pesar de la suciedad que cubría la carretera. A continuación, la cámara giró hacia donde estaba el conductor, un hombre de cabello rubio ceniza, con gafas de sol, bigote y un mentón fornido.

La persona que manejaba la cámara dijo algo ininteligible. El rubio lo miró brevemente y sonrió.

—Por supuesto —dijo en español—. Para mayor gloria del presidente.

Ambos rieron.

El panorama cambió. El mismo hombre aparecía en esos momentos

sentado a una larga mesa, con camisa de color caqui y una chaqueta clara; lo acompañaban unos hombres uniformados; ahora no llevaba gafas. La cámara hizo un zum y lo acercó. Las cejas y las pestañas eran tan claras como su cabellera. Tenía unos acuosos ojos azules, y uno de ellos estaba rígido, posiblemente fuera un ojo de vidrio. A continuación, la cámara hizo una toma general y abarcó la mesa en toda su longitud. Dos hombres de aspecto chino, con trajes y corbatas, presentaban unos gráficos. El destinatario principal de sus explicaciones parecía ser una figura corpulenta que estaba sentada en la

cabecera de la mesa, con la cabeza calva, el cuello de toro y la piel negra como el ébano pulido. Vestía un sencillo traje de dril. Los uniformes de los demás participantes, también hombres de piel negra, mostraban un aspecto más formal, con charreteras de color rojo y oro y todo tipo de condecoraciones, pero era evidente que el centro de todo era el hombre corpulento, mientras que el rubio parecía asumir el papel de observador.

También esa conversación transcurría en español. El chino que llevaba la voz cantante lo dominaba con fluidez, pero hablaba con un acento

espantoso. Por lo visto, se trataba de la construcción de una planta de licuefacción de gas, lo que arrancó al hombre corpulento un breve gesto de aprobación. En algún momento, el chino les pidió a sus colegas unos documentos, y lo hizo con un ligero acento de Pekín.

Una vez más, la cámara hizo un zum y enfocó al rubio, que tomaba notas y seguía con atención la conferencia.

Unas rayas y unos remolinos aparecieron en la pantalla multimedia. Alguien trataba de enfocar. En el encuadre apareció una calle en una ciudad cualquiera; abundaban los coches. En el lado opuesto, alguien salió

de un edificio acristalado, sobre cuya fachada pasaban, como fantasmas, unos anuncios publicitarios holográficos. La cámara acercó la imagen y, al hacerlo, ésta perdió definición; capturó la cabeza y el torso del hombre. Era un tipo alto, bien afeitado, con el pelo teñido de oscuro: no era tan fácil reconocer al rubio a primera vista. El hombre miró a su alrededor y bajó por la calle. Una vez más la cámara parpadeó y consiguió meterlo de nuevo en el encuadre. Esta vez el rubio estaba sentado al sol, hojeando una revista. En algún momento, bebió un sorbo de una taza, levantó la vista de repente, y entonces la película

terminó.

—Es todo —dijo Jericho.

Durante un rato reinó el silencio. Luego Yoyo dijo:

—Aquí, de lo que se trata, es de intereses chinos en África, ¿no es así? Quiero decir, esa conferencia lo deja bastante claro.

—Puede ser. ¿Alguno de ellos te suena de algo?

La chica vaciló.

—Al del cuello de toro lo he visto alguna vez.

—¿Y a los chinos?

—Parecen tipos de algún consorcio.

¿De qué hablaban? ¿Licuefacción de

gas? Son directivos petroleros, diría yo. De Sinopec o de Petrochina.

—Pero ¿no conoces a ninguno?

—No.

—¿Alguien más quiere opinar? Jericho los miró a todos. Tu parecía

tener intenciones de decir algo, pero negó con la cabeza.

—Bien. En primer lugar, no he tenido mucho tiempo para analizar la película, pero hay un par de cosas que puedo ofrecer. Según mi criterio, esas grabaciones tienen que ver única y exclusivamente con el rubio. Dos veces lo vemos en un país africano, donde parece ocupar algún cargo público, y

luego lo vemos cambiado de aspecto en alguna ciudad del mundo. Se ha teñido los cabellos de oscuro y se ha afeitado el bigote. ¿Conclusiones?

—Dos —dijo Yoyo—. O está cumpliendo una misión secreta o ha tenido que ocultarse.

—Muy bien. Sigamos planteándonos interrogantes...

—Owen. —Tu mostró una leve sonrisa—. ¿No puedes ir al grano?

—Perdón. —Jericho levantó las manos en señal de disculpa—. Bien, he instruido a Diana para que explore la red en busca de ese hombre, y lo ha encontrado. —El detective hizo una

pausa dramática, le cayera o no bien a Tu—. Nuestro amigo se llama Jan Kees Vogelaar.

Yoyo lo miró.

—¡Tenemos a un Jan en ese fragmento de texto!

—Exacto. Y con ello tenemos a dos hombres que están en relación directa con los incidentes de los últimos días. Por un lado, está Andre Donner, del que sólo sabemos que regenta un restaurante africano en Berlín. Por el otro lado está Jan Kees Vogelaar, un mercenario de primera categoría y asesor personal de seguridad de un tal Juan Alfonso Nguema Mayé, si es que ese nombre os

dice algo.

—Mayé —repitió Tu—. Espera,

¿dónde he oído yo...?

—En las noticias. Entre 2017 y

2024, Juan Mayé fue el presidente y caudillo absoluto de Guinea Ecuatorial.

—Jericho hizo otra pausa—. Hasta que lo sacaron del cargo a bombazos.

—Eso es —murmuró Tu—. ¡Ya ves! Con eso tenemos el golpe, nuestro derrocamiento.

—Posiblemente. Supongamos que no se trata de planes para derrocar al Partido Comunista o de otras historias de ciencia ficción. En ese caso, el derrocamiento del que se habla en

nuestro fragmento de texto ya tuvo lugar hace tiempo. El pasado mes de julio, para ser exactos. ¡Y con la participación del gobierno chino!

Chen levantó la mano.

—¿Dónde está Guinea Ecuatorial?

—En África occidental —le explicó Yoyo—. Es un pequeño y desagradable país costero con grandes cantidades de petróleo. Y el tipo del cuello de toro...

—...es Mayé —afirmó Jericho—. O mejor dicho, era Mayé. Su ambición por permanecer en el poder no le salió muy a cuenta. Lo volaron por los aires, a él y a toda su pandilla. Ninguno sobrevivió. El asunto tuvo ocupados a los medios

las veinticuatro horas.

—Lo recuerdo. Por entonces quisimos investigar algunas cosas sobre Guinea Ecuatorial. En aquella época nos interesaba todavía la política exterior.

—¿Y por qué ya no?

Yoyo se encogió de hombros.

—¿Qué vas a hacer cuando la porquería se te acumula delante de la puerta de casa? Caminas por las calles y ves a los trabajadores emigrantes durmiendo como siempre en las obras, el mismo sitio donde fornican, paren y la palman. Ves a los sin papeles, sin permiso de trabajo, sin seguro médico. Ves los desechos en Quyu. Las colas

delante de las oficinas de reclamación, las brigadas de matones, que se te acercan de noche y te dan una paliza hasta que hayas olvidado qué pretendías reclamar. Al mismo tiempo, Reporteros sin Fronteras anuncia que la situación de la libertad de expresión en China ha mejorado visiblemente. Sé que suena a cinismo, pero en determinados momentos los problemas de los oprimidos africanos te importan un carajo.

Chen bajó la mirada, embarazosamente conmovido.

—Bueno, sigamos con el tal

Vogelaar —dijo Tu—. ¿Qué más puedes

decirnos acerca de él?

Jericho proyectó un gráfico en la pared.

—Lo he radiografiado lo mejor que he podido. Nació en 1962 en Sudáfrica, como hijo de un inmigrante de origen holandés, hizo el servicio militar y estudió en la Academia Militar. En

1983, a la edad de veintiún años, entra como suboficial en la tristemente célebre Koevoet.

—Ni idea —dijo Yoyo.

—Koevoet era una unidad paramilitar de la policía sudafricana para combatir a la SWAPO, un grupo guerrillero que luchaba por la

independencia del África del Suroeste, la actual Namibia. Por aquel entonces, la Unión Sudafricana, a pesar de la resolución de Naciones Unidas, se negó a retirarse de aquellos territorios, y en su lugar creó la Koevoet, que es, por cierto, la palabra holandesa para

«palanqueta». Un grupo bastante duro. Eran principalmente guerreros tribales nativos y rastreadores. Sólo los oficiales eran blancos. Perseguían a los rebeldes de la SWAPO en vehículos blindados y mataron a varios miles de personas. Se les atribuyen torturas y violaciones. Vogelaar alcanzó el grado de oficial, pero a finales de la década de

1980 la unidad estaba acabada y fue disuelta.

—¿Cómo sabes todo eso? —dijo Tu con asombro.

—He investigado. Quería saber, sencillamente, con quién teníamos que vérnoslas. Y hay, por cierto, algo muy interesante. Koevoet representa una de las causas del problema de los mercenarios sudafricanos; en cualquier caso, la tropa contaba con tres mil hombres que, al acabar el régimen del apartheid, se quedaron sin empleo. La mayoría de ellos pasó a formar parte de empresas privadas de mercenarios. También Vogelaar. Tras la eliminación

de Koevoet, a finales de los años ochenta, se pasó al tráfico de armas, trabajó como asesor militar en territorios en conflicto y, en 1995, llegó a Executive Outcomes, una empresa privada de seguridad y receptáculo de la mitad de la antigua élite militar del país. Cuando Vogelaar se les unió, la empresa ocupaba una posición de liderazgo en el negocio internacional del mercenariato, después de que, a principios de los noventa, se habían conformado más bien con infiltrar al Congreso Nacional Africano. A mediados de los noventa, Executive Outcomes contaba con una perfecta red de relaciones. Una

urdimbre de empresas que prestaban servicios al ejército, empresas petroleras y mineras que llevaban a cabo lucrativas guerras y se dejaban pagar gustosamente por la industria del petróleo. En Somalia, pusieron fin a la guerra civil, defendiendo los intereses de los consorcios petroleros estadounidenses; en Sierra Leona, recuperaron las minas de diamantes que habían caído en manos de los rebeldes. Vogelaar estableció allí excelentes contactos. Cuatro años más tarde, se cambió a una filial de Outcomes, Sandline International, pero ésta más bien dio que hablar por sus operaciones

fallidas y, en el año 2004, suspendió todas sus actividades. Finalmente, fundó Mamba, su propia empresa de seguridad, que operaba, fundamentalmente, en Nigeria y Kenia. Y es en Kenia donde se pierde su rastro, en algún momento, tras los disturbios posteriores a las elecciones del año

2007. —Jericho extendió los dedos en señal de disculpa—. O digamos mejor que yo he perdido su rastro. En cualquier caso, Vogelaar reaparece en

2017 al lado de Mayé, para quien dirige, a partir de entonces, su aparato de seguridad.

—Hay un vacío de diez años —

constató Tu.

—¿El tal Mayé no se colocó a sí mismo en el gobierno mediante un golpe de Estado? —preguntó Yoyo—. Puede que Vogelaar lo ayudara en esa empresa.

—Puede ser —dijo Tu, torciendo el gesto—. África y sus reyes asesinos. Cuchillos en todas las espaldas. En algún momento se pierde la visión de conjunto. Me asombra que ellos mismos puedan ver todo el entramado.

Chen se aclaró la garganta.

—¿Puedo..., eh..., contribuir con algo?

—¡Por supuesto, Hongbing! Nuestras orejas son como embudos. Desahógate.

—Bueno. —Chen miró a Jericho—. Usted ha dicho que toda la pandilla del tal Mayé perdió la vida tras su derrocamiento, ¿no es así?

—Correcto.

—Yo traduzco «pandilla» en un sentido más amplio, como «gobierno».

—También es correcto.

—Un golpe de Estado sin muertos sería más bien una excepción. —De repente, Chen parecía de buen humor, adoptó un tono analítico—. O digamos que donde hay armas en juego existe un programa de daños colaterales. Pero si toda la pandilla del gobierno perdió la vida... Entonces ya no se puede casi

hablar de un daño colateral, ¿no es así?

—¿Adonde quiere ir usted a parar?

—A que en el caso del golpe no se trataba tanto de sacar del cargo a Mayé y a sus hombres, sino de exterminarlos. A cada uno de ellos. Era algo planeado desde un inicio, por lo menos así me lo parece a mí. No fue sencillamente un golpe de Estado, sino un asesinato en toda regla.

—Oh, papá —dijo Yoyo en voz baja, y suspiró—. ¡Qué gran Guardián habrías sido!

—Hongbing tiene razón —dijo Tu rápidamente, antes de que Chen pudiera atragantarse con el comentario de su hija

—. Y puesto que nosotros seguimos dando desenfadados palos de ciego en la niebla sin ningún rubor, debemos suponer lo peor de lo peor. El dragón ha comido. Nuestro país ha cometido esos horrores o, por lo menos, ha ayudado a que se cometieran. —Tu apoyó su doble mentón en la diestra—. Por otra parte,

¿qué razones tendría Pekín para borrar del mapa a una cleptocracia del África occidental?

Yoyo abrió los ojos, incrédula.

—¿Es que no los crees capaces de hacerlo? Oye, ¿qué pasa contigo?

—Modera tu ánimo, hija mía. Los creo capaces de todo, pero me gustaría

saber el porqué.

—Ese... —La mano derecha de Chen efectuó un vago gesto, como para agarrar algo—. ¿Cómo se llama ese mercenario?

—Vogelaar. Jan Kees Vogelaar.

—Bien, pues él tendría que saberlo.

—Cierto, él... Todos se miraron.

Y de repente a Jericho se le encendió la bombilla.

¡Por supuesto! Si Chen tenía razón y el gobierno de Mayé había sido víctima de un asesinato masivo, sólo podía haber dos razones. Podría ser que la cólera del pueblo se hubiera descargado

contra ellos. No era la primera vez que una turba indignada había linchado a sus antiguos torturadores, si bien algo así sucedía casi siempre de manera espontánea; además, las formas de ejecución eran también diferentes: descuartizamiento con machetes, un neumático de coche ardiendo alrededor del cuello, palizas que provocaban la muerte. En tan poco tiempo, Jericho no había podido averiguar mucho sobre las circunstancias de aquel país del África occidental, siempre asolado por distintas crisis, pero la caída de Mayé parecía más bien el resultado de una operación planificada de manera

impecable y llevada a cabo de forma simultánea. En cuestión de horas, la pesadilla había terminado, y todos los miembros del selecto círculo de allegados del dictador habían muerto. Era como si lo importante fuera hacer callar a todo el aparato. Mayé y seis de sus ministros se achicharraron debido a la explosión de un misil dirigido por control remoto; otros diez ministros y generales fueron fusilados.

Uno de ellos, en todo caso, había escapado. Jan Kees Vogelaar.

¿Por qué? ¿Acaso Vogelaar había llevado a cabo un doble juego? Un golpe de ese calibre sólo era realizable con

contactos en el interior. ¿Era el jefe de seguridad de Mayé un traidor? En el caso de que eso fuera cierto, entonces...

—...Andre Donner es un testigo —

murmuró Jericho.

—¿Cómo? —preguntó Tu. Jericho miró al infinito.

«Liquidar a Donner...»

—¿Podrías, quizá, hacernos partícipes de lo que estás pensando? — propuso Yoyo.

—«Liquidar a Donner» —repitió

Jericho, que miró a cada uno, por orden

—. Sé que es un poco osado pretender interpretar algo así a partir de unos pocos fragmentos de texto, pero esta

parte me parece inequívoca. No tengo ni idea de quién es Donner, pero supongamos que él conoce el verdadero trasfondo del golpe, que sabe quiénes tiraban de los hilos. En ese caso...

«... invariable un alto...»

¿Un alto qué? ¿Riesgo? ¿Existía algún riesgo de que Donner revelara lo que sabía después de haber desaparecido?

«...que él tiene conocimiento del...»

«...declaración haría del golpe gobierno chino...»

—¿En ese caso...? —repitió Yoyo.

—¡Presta atención! —exclamó

Jericho, excitado—. Supongamos que

Donner sabe que el gobierno chino está involucrado en el golpe de Estado. Y que sabe también el porqué. Él puede huir. Probablemente en Guinea Ecuatorial no se llame ni siquiera Donner, a lo mejor ocupa algún cargo...

¿en el gobierno? ¡Sí, en el gobierno! O es un militar de alto rango, un general o... Da igual. Sea quien sea, necesita una nueva identidad, de modo que se convierte en Donner, en Andre Donner. Si tuviéramos fotos de los antiguos gobernantes y una de él, ¡podríamos reconocerlo! Se marcha a Berlín, bien lejos, y se agencia una nueva existencia, una nueva vida. Nuevos documentos de

identidad, una nueva biografía.

—Inaugura un restaurante —dijo Tu

—. Y encuentran su rastro.

—Sí, Vogelaar tiene la misión de coordinar la liquidación simultánea de todo el clan de Mayé. Pero uno se le escabulle, alguien que podría echarlo todo a perder. Piensa en lo que han invertido en neutralizar a Yoyo, sólo porque ha capturado cierto material críptico e incompleto. Los hombres que están detrás de Vogelaar se preocupan. Mientras Donner esté vivo, todavía tiene la opción de revelarlo todo algún día.

—Por ejemplo, que un gobierno extranjero ha provocado el cambio de

régimen.

—Lo que, en sí, no es nada nuevo — dijo Jericho—. Tengamos en cuenta todos los lugares en los que ha colaborado la CIA para ello: en 1961, intento de invasión a Cuba; a principios de los años setenta, derrocamiento del gobierno de Chile; en el año 2018, golpe al gobierno de Corea del Norte. Nadie duda de que Washington estaba mezclado en el atentado a Kim Jong-un. A su vez, hay voces que culpan a China de haber contribuido a lo sucedido en Arabia Saudí en 2015, ¿por qué no iba a hacerlo también en África occidental?

—Entiendo. Y ahora Vogelaar ha

llegado a Berlín para liquidar a Donner, milagrosamente reaparecido. —Tu se rascó profusamente la nuca—. En efecto, es una teoría arriesgada.

—Pero posible —dijo Chen, tosiendo—. En lo que a mí respecta, puedo seguirla.

—Sí, claro —masculló Yoyo.

—¿Qué? —preguntó Jericho.

—¿Qué de qué? —ladró la joven—.

¡Tal y como he dicho, es el gobierno!

¡Tengo al Partido tras de mí!

—Sí —dijo Jericho, cansado—. Eso parece.

Yoyo se cubrió el rostro con las manos.

—Deberíamos saber más sobre ese país. Saber más sobre Vogelaar, sobre Donner. Cuanto más sepamos, tanto mejor podremos defendernos. En cualquier otro caso, ya puedo ir haciendo las maletas. Y vosotros también. Lo siento.

Tu contempló sus uñas, dio media vuelta y se alejó.

—Buena idea —dijo. Yoyo descubrió su rostro.

—¿Qué?

—Lo de hacer las maletas e irse del país... Es una buena idea. Eso es precisamente lo que haremos.

—No te entiendo.

—¿Qué es lo que hay que entender? Iremos a visitar al tal Donner. ¡Ese hombre está en peligro de muerte! Lo alertaremos y, a cambio, él nos dirá lo que tenemos que saber.

—¿Pretendes...? —Jericho creyó haber oído mal—. Tian, ese hombre vive en Berlín. ¡Eso es Alemania!

—Además, hay que ver si nos dejan salir del país —añadió Yoyo.

—Despacio —dijo Tu, alzando las manos—. Planteáis más dudas que un puerco espín antes de fornicar. ¡Como si hubiera propuesto cruzar la frontera sobre un caballo! Pensad que acabamos de tener a la policía en casa. ¿Creéis en

serio que todavía estaríamos aquí si hubieran querido detenernos? No. Pues entonces, nos iremos a hacer un pequeño viaje de un modo oficial. En mi jet privado, si me permitís la invitación.

—¿Y cuándo pretendes volar?

—Después de media noche.

Jericho lo miró fijamente, luego miró a Yoyo y después a Chen.

—¿Y no deberíamos, tal vez...?

—Por desgracia, no puede ser antes

—dijo Tu en tono de disculpa—. Tengo una cena que no puedo eludir por mucho que quiera. Será dentro de una hora.

—¿Y no deberíamos llamar antes a

Donner? ¿Cómo puedes saber si está

ahora mismo en Berlín? Podría estar de viaje, haber cambiado de sitio.

—¿Pretendes alertarlo por teléfono?

—Sólo me parece que...

—Una idea estúpida, Owen. Imagínate que se pone al teléfono y te cree. Lo perderíamos. Desaparecería tan rápidamente que ni siquiera tendrías oportunidad de formularle una pregunta. Además, ¿qué otra cosa vas a hacer? En Pudong lo único que puedes hacer es desfondarme los asientos.

—¿Debemos irnos a Berlín, entonces? —graznó Hongbing—. ¿En plena madrugada?

—Tengo camas a bordo.

—Pero...

—De todos modos, tú no vendrás. Sólo la tropa de respuesta rápida: Owen, Yoyo y yo.

—¿Y por qué yo no? —preguntó

Chen, indignado de repente.

—Demasiado agotador. ¡Y no hay réplica que valga! Una tropa pequeña y ágil es justo lo adecuado para esto. Ágil y móvil. Joanna te preparará baños de té y te dará masajes en los dedos de los Pies.

Jericho imaginó a Tu en el intento de mostrarse ágil y móvil.

—¿Y si no encontramos a Donner?

—quiso saber el detective.

—Lo esperaremos.

—¿Y qué pasa si no viene?

—Regresamos.

—¿Y quién... —preguntó Jericho, movido por oscuras sospechas— será el piloto?

Tu alzó las cejas.

—Pues, ¿quién va a ser? Yo.

Unos pocos kilómetros más allá, desde varios metros de altura, Xin contempló la ciudad al anochecer.

Después de que un atasco de tráfico obligó a aquel maldito camión a reducir la velocidad a paso de marcha, Xin había conseguido saltar del vehículo, había cogido el metro en dirección a

Pudong y, dado que no había logrado pillar ningún COD libre, tuvo que recorrer a pie los últimos centenares de metros que lo separaban de la torre Jin Mao. Una vez allí, atravesó el vestíbulo fuera de sí y entonces, de repente, sintió un apremiante antojo por comer algo dulce. En la planta baja del edificio, una boutique de chocolates presumía de sus bombones a precios de bisutería de lujo. Xin compró un paquete, que saqueó hasta la mitad durante el trayecto en el ascensor hasta las plantas superiores. Había comprobado que el chocolate lo ayudaba a pensar. Una vez llegado a su suite, arrojó la ropa que llevaba puesta,

se precipitó en el enorme baño de mármol, abrió el grifo y a punto estuvo de arrancarse la piel del cuerpo mientras se restregaba, en un esfuerzo por quitarse la suciedad de Xaxus y de lavar la mancha de su derrota.

Yoyo se le había escapado de nuevo, y esta vez no tenía ni pajolera idea de dónde podría haberse ocultado. De Jericho sólo le salía el contestador automático. Arrastrado por una oleada de odio, Xin sopesó la posibilidad de volarle por los aires la agencia de detectives, pero luego descartó la idea. No podía darse el lujo de la venganza en una situación como la suya y, además,

después de la catástrofe en Hongkou, tampoco contaba con el armamento adecuado. Por otra parte, y eso también lo tenía claro, no había razón alguna para castigar a alguien que había hecho uso de su legítimo derecho, otorgado por Dios, a defenderse.

Purificado, envuelto en el capullo de un albornoz de rizo, agradablemente lejos de la ciudad, Xin trató de poner orden en el avispero de sus pensamientos. En primer lugar, recogió las ropas esparcidas por el suelo y las metió en la bolsa de la lavandería. Luego echó una mirada a la saqueada caja de bombones. Acostumbrado como

estaba a someter el consumo de cualquier alimento a un plan maestro que preveía preservar la simetría de lo ofrecido el mayor tiempo posible, Xin se estremeció ante lo que había hecho. La mayoría de las veces comía de afuera hacia adentro. Nada era diezmado más de lo debido, siempre se conservaba la proporción de los elementos entre sí. Era impensable en él que devorara sólo una parte del paquete. Sin embargo, era justamente lo que había hecho. Se había abalanzado sobre el chocolate como un animal, como una de esas criaturas desnaturalizadas de Quyu.

Entonces se dejó caer en el enorme

sillón situado delante de la pared de cristales y contempló cómo el crepúsculo envolvía Shanghai. La ciudad salpicaba una luz multicolor, lo que, a pesar del mal tiempo, constituía un espectáculo impresionante; en cambio, Xin sólo veía la traición a sus principios estéticos. Jericho, Yoyo; Yoyo, Jericho. Era preciso corregir los errores en la caja de bombones. ¿Dónde estaba Yoyo? ¿Dónde estaba el detective? ¿Quién pilotaba aquel aeromóvil plateado? ¡La caja, la caja! Mientras no pusiera orden en ella, se encaminaría directamente hacia un estado de locura. Entonces comenzó a

redistribuir los bombones restantes con la parsimonia de un test de Rorschach, una y otra vez, hasta que un eje central dividió la caja en dos, un elemento estable, de orden, a cuyos lados los chocolates restantes se organizaban en una disposición refleja. Sólo entonces Xin se sintió mejor e hizo un balance de la situación. Seguir a Yoyo y al detective ya no tenía ningún sentido. Al cabo de pocos días, todo habría acabado, y ya después podían hablar cuanto quisieran. Ellos dos no eran importantes. La prioridad la tenía la operación. Sólo una persona podía resultar peligrosa para el plan. Xin se

preguntó qué conclusiones habría sacado Jericho de aquel fragmento de mensaje que él mismo, Kenny Xin, había enviado a la cabeza de la Hydra, después de haber rastreado el restaurante en Berlín de un tal Andre Donner y de recomendar su pronta liquidación. Desafortunadamente, había adjuntado al correo electrónico un programa de descodificación modificado, una versión mejorada y más rápida. Cada pocos meses se cambiaban las claves por otras nuevas. El hecho de que Yoyo hubiera interceptado precisamente ese e-mail había sido fruto de la más absoluta mala suerte.

Ahora ya nada se podía cambiar. Andre Donner. Bonito nombre,

bonito intento.

Xin marcó un número en su teléfono móvil.

—Hydra —dijo.

—¿Ha solucionado el problema? Como siempre, la conversación se

codificaba a través de la red. Xin informó, en pocas palabras, de lo que había sucedido. Su interlocutor guardó silencio durante un rato. Luego dijo:

—Eso es una basura, Kenny. Nada de lo que pueda estar usted orgulloso.

—Le sugiero que se tire a sí mismo de las orejas —respondió Xin,

malhumorado—. Si hubiera implementado usted un algoritmo seguro, ahora no tendríamos que vernos en esta situación.

—Ese algoritmo es seguro. Además, el tema no se discute.

—Aquí se discute lo que yo considere digno de ser discutido.

—Se está pasando usted de la raya.

—¿Ah, sí? —Xin soltó una risotada estridente—. Usted no es más que mi contacto, ¿lo ha olvidado? Un dictáfono mejorado. Cuando quiera escuchar conferencias, lo llamaré directamente a él.

El otro carraspeó, indignado.

—¿Qué propone, entonces?

—Lo que ya he propuesto. Nuestro amigo de Berlín tiene que desaparecer. Cualquier otra cosa sería irresponsable. Después de todo, la dirección del restaurante estaba en ese maldito correo electrónico. Si a Jericho se le ocurre ponerse en contacto con él, entonces ¡sí tendremos un verdadero problema!

—¿Quiere irse a Berlín?

—En cuanto sea posible. No dejaré esto en manos de nadie.

—Espere. —La línea quedó muerta por un momento. Luego la voz habló de nuevo—: Reservaremos el vuelo de esta noche para usted.

—¿Qué hay de los refuerzos in situ?

—Ya están en camino. El

«especialista», anticipándonos a sus deseos. Y esta vez trate mejor al personal y al equipo. Xin frunció los labios en un gesto de desprecio.

—No se haga ilusiones.

—No, yo sólo soy el dictáfono — replicó la voz en tono glacial—. Pero él sí que se las hace. Así que realice usted este trabajo.

CALGARY, ALBERTA, CANADÁ

El 21 de abril, Sid Bruford y dos amigos peregrinaron hasta el acto que se iba a celebrar en Calgary y en el que EMCO pensaba dibujar un futuro que ya no existía. Nadie se hacía ilusiones de que Gerald Palstein fuera a anunciar otra cosa que no fuese el fin de la explotación de las arenas bituminosas de Alberta, de modo que ahora todas las esperanzas estaban puestas en las estrategias para el saneamiento, la consolidación o, por lo menos, en algún

concepto destinado a la protección social de los empleados. Con esa confianza estaban allí, y también porque, de alguna manera, era de recibo estar presente en el propio funeral.

La plaza, un parque situado frente a la sede de la empresa, fue llenándose de gente poco a poco, pero de manera constante. Como para burlarse de su miseria, un sol pajizo brillaba sobre la multitud desde un cielo azul acero, generando temperaturas de optimismo y confianza. Bruford, que no tenía ganas de dejarse llevar por el cabreo generalizado, había decidido sacar el mejor partido a la situación. Y de esa

danza de la muerte formaba parte el hecho de convertir el fatalismo en confianza en sí mismo, abastecerse con los respectivos contingentes de cerveza y evitar cualquier tipo de enfrentamiento. Durante un rato, él y sus amigos hablaron de béisbol, se mantuvieron al fondo, donde el aire estaba menos impregnado de sudor. Bruford sacó su teléfono móvil y empezó a filmar el escenario a fin de captar algo de la atmósfera reinante a su alrededor, y entonces, de repente, dos chicas ligeritas de ropa entraron en el encuadre, repararon en él y empezaron a posar entre risitas. Detrás de ellos se

extendía un complejo de edificios vacíos, la antigua sede de una empresa, ahora en bancarrota, dedicada antes a la tecnología de perforación, según creía recordar Bruford. Les caía bien a aquellas chicas, eso era tan seguro como el cierre de Imperial Oil; sus atractivos rasgos de aspecto italiano, su cuerpo escultural de atleta, que era, a fin de cuentas, su principal incentivo para, aun cuando las temperaturas fueran bajas, llevar siempre pantalones cortos y camisetas para mostrar músculo. Bruford continuó filmando a las chicas y rió. Las dos jóvenes bromearon. Unos minutos después, él volvió a prestar

atención a sus amigos, pero cuando se dio la vuelta otra vez, comprobó que en esos momentos eran las chicas las que lo estaban grabando a él. Halagado, empezó a hacer el tonto para ellas, hizo muecas, caminó pavoneándose de un lado a otro, lo que hizo que también sus amigos empezaran a animarse. Nadie estaba comportándose con especial madurez, ni como alguien a quien acaban de despojar de su sustento. Entonces las chicas, interrumpiéndose a cada rato por repentinos ataques de risa, comenzaron a representar escenas de algunas películas de Hollywood, mientras los chicos también probaban su repertorio de

pantomimas, para luego, alegremente, gritarse de un lado a otro las soluciones. El día prometía ser más divertido de lo esperado, y a Bruford, además, le pareció que estaría mejor en el negocio del cine que en las minas a cielo abierto de Cold Lake, algo que, por lo demás, ya había pensado otras veces, al ver su imagen reflejada en el espejo. Tal vez algún día podría estarle agradecido a EMCO. Con alas de Ícaro, su bue humor se elevó hacia el sol de abril, de modo que casi estuvo a punto de perderse el momento en que Palstein, el ejecutivo petrolero, un hombre bajito y calvo, subía a la tribuna.

Alguien tocó en el hombro al joven. Empezaba el acto. Bruford volvió la cabeza, justo a tiempo para ver a Palstein tropezar. El ejecutivo intentó mantener el equilibrio, se tambaleó y cayó al suelo. Los empleados de seguridad se abalanzaron sobre él, formando una pared de cara a la multitud vociferante. Bruford estiró el cuello.

¿Qué sería? ¿Un ataque al corazón, un colapso circulatorio, un derrame cerebral? A empellones, se abrió paso mientras sostenía el teléfono en su mano derecha, por encima de las cabezas de la exaltada multitud. ¡Aquello había sido un ataque, seguro! ¿Acaso no se había

visto lo mismo en infinidad de películas? Un tropiezo, algún percance. Pero algo había derribado al directivo antes de que cayera definitivamente al suelo. Un disparo, ¿qué otra cosa podía haber sido? Alguien debía de haber disparado a Palstein. ¡Sólo eso podía ser!

Lo que Bruford no sabía era que, veinte minutos antes, una de las cámaras de televisión lo había grabado mientras él filmaba a las chicas; la grabación era borrosa, poco nítida, y duraba unos escasos segundos. Los policías, simplemente, lo habían pasado por alto cuando analizaron el material de

difusión.

Pero no la gente de Greenwatch. Todavía Bruford no podía creer que

hubieran dado con su pista sobre la base de aquella breve escena, utilizando la táctica de la bola de nieve, según había explicado la propia Loreena Keowa, aquella india de rasgos angulosos, no especialmente atractiva, pero, así y todo, sexy como para provocarle sudoraciones a cualquiera. Muy pronto, en Greenwatch llegaron a la conclusión de que los hombres que estaban junto a Bruford debían de ser sus amiguetes, a quienes se los veía con más nitidez que al propio Bruford; uno de ellos le dijo

algo a un anciano que estaba una fila por delante. Era Jack Caraculo Becker, claro, Bruford lo recordaba muy bien, pues éste había estado tocándole los cojones con su lloriqueo. A diferencia de los demás, Becker, que ese día llevaba puesto su mono de Imperial Oil, aparecía muy nítido en la imagen, y Keowa, por lo visto, tenía sus contactos en el Departamento de Recursos Humanos de la empresa. Allí identificaron al anciano, lo llamaron y le mostraron las imágenes, y entonces el tal Becker, haciendo gala de su nuevo mote, el de «¿Qué saco yo de todo esto?», les dijo los nombres de los amigotes de

Bruford, quienes, a su vez, terminaron mencionando el suyo.

Y ahora estaba allí sentado. ¡Era inquietante, el mundo! A cualquiera podían seguirle el rastro. Por otro lado, había cosas peores que estar sentado junto a Keowa, en aquel Dodge prestado, con cincuenta dólares canadienses más en el bolsillo, y contemplando a la periodista mientras ésta cargaba sus vídeos movidos en su ordenador. Keowa y su ropa elegante, que encajaba tan poco con una tía ecologista. Muchas cosas le pasaron a Bruford por la cabeza; si, por ejemplo, no debía exigir más dinero. ¿Qué se

proponía hacer Greenwatch con aquellos vídeos? ¿Por qué brillaba tanto el cabello de los indios y qué tendría que hacer él con el suyo para que brillara de ese modo? Por lo de su carrera en Hollywood, claro.

—¿No deberíamos ir a la policía?

—se oyó preguntar a sí mismo. Una pregunta con potencial, según le pareció al joven.

Keowa mantuvo la vista fija en la pantalla, concentrada en el proceso de trasvase de datos.

—Tenga la certeza de que iremos —

murmuró.

—Sí, pero ¿cuándo?

—Da igual cuándo —protestó el compañero de Keowa desde el asiento trasero.

—No lo sé —dijo Bruford, sacudiendo la cabeza y dando la impresión de estar seriamente preocupado; mero talento histriónico, él siempre lo había sabido, había nacido para eso—. No quiero verme implicado en esto. Y ése sería, realmente, nuestro deber, ¿no es así?

—Y entonces, ¿por qué no lo hizo?

—No se me ocurrió. Pero ahora que hablamos de ello...

—Sí, tiene usted razón, por supuesto; deberíamos replantearnos este

negocio —dijo Keowa volviendo la cabeza hacia él—. ¿Acaso sabemos si ese material vale los cincuenta dólares? Tal vez no se vea nada en él.

Bruford vaciló.

—Ése sería su problema.

—Pero tal vez valdría unos cien dólares, ¿no? —dijo ella, alzando una ceja—. ¿Podría ser, Sid? Aunque eso sólo sería en el supuesto de que alguien dejara de hacer preguntas y de estar pensando en acudir a la policía.

Bruford reprimió una sonrisa. Era justamente así como debía transcurrir todo.

—Claro —dijo él en tono pensativo

—. Podría ser.

Keowa metió la mano en su chaqueta y sacó un segundo billete de cincuenta, como si ya hubiera contado con esa evolución de las cosas. Bruford lo cogió y lo puso junto al otro.

—Parece haber un nido en ese bolsillo suyo —dijo.

—No, Sid, sólo había dos. Y tal vez dé marcha atrás, si me convenzo de que no puedo fiarme de usted.

—Entonces me llevaré otra cosa — dijo él, sonriendo abiertamente—. Usted tiene muchas cosas buenas, y las tiene por partida doble debajo de esa chaqueta.

Keowa clavó en él la mirada belicosa de sus ancestros.

—De acuerdo —gruñó el hombre—. Lo siento.

—Ningún problema, ha sido un placer.

Bruford lo entendió. Encogiéndose de hombros, abrió la puerta del acompañante.

—Ah, otra cosa, Sid, por si acaso usted, en un momento de delirio y de fidelidad a la ley, quisiera involucrar a la policía: el dinero de su bolsillo cumple todos los requisitos de un delito: ocultación de pruebas con fines de enriquecimiento personal. Y eso está

penado por la ley, ¿lo entiende?

Bruford se quedó perplejo. Un sentimiento de profunda humillación se apoderó de él. Con un pie puesto ya en la acera, se inclinó de nuevo hacia ella.

—¿Es que me está amenazando?

—Preste atención, Sid...

—¡No! ¡Preste atención usted! Mi trabajo se ha ido a la mierda. Sólo intento sacar lo que puedo, y si hay un negocio, lo hay, ¿entendido? Tal vez tenga la lengua un poco suelta, pero no por eso jodo a nadie. Que les den, y no me toquen más las narices.

—Un charlatán —dijo el aprendiz con menosprecio cuando Bruford, sin

volverse de nuevo, bajó por la calle—. Por otros cien dólares vendería a su propia abuela.

Keowa lo siguió con la mirada.

—No, tiene razón. Lo hemos ofendido. Si hay alguien que pone de manifiesto un comportamiento dudoso aquí, ésos somos nosotros.

—Dime una cosa, en relación con esto..., ¿no deberíamos entregar ese material a la policía?

Keowa vaciló. Detestaba la idea de hacer algo ilegal, pero ella era periodista, y los periodistas vivían de la ventaja. Sin responder, conectó su ordenador con el sistema de a bordo. El

Dodge que había recogido en el aeropuerto poseía un monitor de gran pantalla.

—Pásate al asiento delantero —dijo ella—. Veamos primero qué tiene que ofrecernos el bueno de Sid.

—A dar palos de ciego —opinó el aprendiz.

—A veces hay que arriesgarse. Vieron giros borrosos, una multitud,

puestos de venta de comida, la sede de la empresa Imperial Oil, una tribuna. Luego aparecieron los amigotes de Bruford, que sonreían ampliamente a la cámara. Al principio, Bruford había dirigido la lente de la cámara hacia

adelante, pero ahora empezaba a girarla. Dos mujeres jóvenes aparecieron en el encuadre, se dieron cuenta de que las estaban grabando y comenzaron a hacer payasadas.

—Se lo pasan bien —rió el aprendiz

—. Están cachondas, sobre todo la rubia.

—Oye, tu tarea es atender al fondo.

—Puedo hacer ambas cosas.

—Sí, claro. Los hombres y las multitareas.

Ambos guardaron silencio. Bruford había empleado una enorme capacidad de memoria en divertirse con aquellas dos bellezas de provincias; en ese

tiempo pasaron por la imagen algunas personas: aparecieron tres policías, dos de ellos se dieron la vuelta nuevamente, mientras que el tercero se apostó a la sombra del edifìcio. Las chicas se contorsionaron en una torpe performance cuyo sentido Keowa no pudo determinar de inmediato, hasta que el aprendiz soltó un silbido entre dientes.

—¡No está nada mal! ¿Lo reconoces?

—No.

—¡Es Alien Speedmaster 7!

—¿El qué?

—¿No conoces Alien Speedmaster?

—El asombro del joven parecía no tener límites—. ¿Nunca vas al cine?

—Probablemente vaya a ver películas distintas de las que ves tú.

—Una laguna cultural. ¡Mira lo que hacen ahora! Creo que están representando la escena de death chat, ya sabes, donde esos pequeños animalitos tan inteligentes atacan a la mujer con el brazo postizo y...

—No, no sé nada.

Las chicas se doblaban de la risa. Era desalentador. Ya habían visto la mitad del material, y éste no ofrecía nada más que aquellas actitudes pubescentes.

—¿Qué hacen ahora? —intentó adivinar el aprendiz.

—¿Podrías prestar atención al edificio?

—Se parece a...

—¡Por favor!

—¡No, espera! Creo que se trata de ese dramón tan publicitado el año pasado. Muy cursi, si quieres mi opinión. Actúa ese tipo, un viejo verde, tú lo conoces... Dios, ¿cómo se llama?

¡Dímelo tú!

—No tengo ni pajolera idea.

—¡Sí, el vejete ese que recibió hace poco el Oscar honorífico por toda su trayectoria!

—¿Richard Gere?

—¡Ése, exacto! ¡Gere! En esta peli interpreta el papel del abuelo de...

—¡Chis! —Con un gesto, Keowa hizo callar al joven—. Mira. Por una entrada lateral del edificio del centro salieron dos hombres vestidos con ropa informal, dos tipos de aspecto atlético que fueron hasta donde estaba el policía que patrullaba la entrada y hablaron con él. Ambos llevaban gafas de sol.

—Esos dos no parecen obreros de una empresa petrolera.

—No —dijo Keowa, y se inclinó hacia adelante mientras se preguntaba qué le provocaba aquel déjà-vu.

Rebobinó la cinta varias veces, aproximó los rostros con el zum. Un instante después, una mujer delgada, vestida con un traje de chaqueta y pantalón, salió del edificio y se apostó junto a la entrada. El policía señaló algo, y los hombres siguieron su mano extendida. Uno de ellos le puso algo delante de las narices al agente, algo que podría ser un mapa de la ciudad, y la conversación continuó. Procedente del fondo, se aproximó un tipo barrigudo de pelo largo y negro, dirigió sus pasos hacia la puerta lateral, que estaba abierta, y se escabulló dentro del edificio.

—Mira a ése —susurró Keowa.

Un poco después, uno de los hombres fornidos estrechó la mano al policía y continuó su camino junto a su acompañante. La mujer del traje de chaqueta y pantalón se apoyó en un árbol con los brazos cruzados; entonces la grabación de Bruford saltó. Le siguieron secuencias en las que las chicas continuaban haciendo payasadas, sin que sucediera nada en las inmediaciones del edificio. Entonces se vio la multitud y la tribuna. Hombres uniformados y de civil se abalanzaron hacia allí, por todas partes reinaba una agitación frenética. Eran imágenes que seguramente habían

sido tomadas justo después del atentado.

—Ese hombre que ha desaparecido dentro del edificio... —dijo el aprendiz.

—Podría ser cualquiera: el conserje, el fontanero, un vagabundo... —Keowa se detuvo—. Pero si no lo es...

—En ese caso, acabamos de ver al asesino.

—Sí. Al hombre que disparó a

Gerald Palstein.

Ambos se miraron como dos científicos que acaban de descubrir un virus desconocido y probablemente mortal y en cuyo fondo ven brillar la medalla del Premio Nobel. Keowa aisló una imagen congelada del obeso, la

amplió, conectó su ordenador con la estación base en Juneau y cargó el Magnifier, un programa capaz de extraer asombrosos detalles, incluso, del material fílmico más granulado y difuso. En cuestión de segundos, los rasgos borrosos cobraron forma, unos mechones de pelo negro y graso hicieron contraste con una piel blancuzca, un bigotito raído entabló su correspondencia con la escasa maleza del mentón.

—Parece asiático —dijo el interno.

«Un chino», le pasó a Keowa por la cabeza. China estaba metida en el negocio de las arenas bituminosas de

Canadá. ¿No habían adquirido incluso algunas licencias? Por otro lado, ¿qué podía cambiar la muerte de un directivo de EMCO en el cese de las actividades de explotación en Alberta? ¿Acaso Imperial Oil estaba en manos chinas? En ese caso, EMCO les pertenecería. No eso no tenía sentido. Y mucho menos era una razón para matar a Palstein. Como él mismo había dicho: «Cualquier decisión impopular que tomara, las circunstancias hablarían en mi favor. Además, yo sólo soy el director estratégico.»

Keowa se acarició la barbilla.

Sólo la secuencia del gordo justificaría un reportaje, aun cuando

luego se revelara que aquel hombre era inofensivo. Pero el reportaje, sin embargo, tendría el efecto de dejar en ridículo a la policía. Habría disparado la pólvora de Greenwatch. Un triunfo a corto plazo que le costaría su decisiva ventaja en la investigación. La oportunidad de resolver el caso por su cuenta estaría perdida.

«Tal vez —pensó Keowa—

deberías darte por satisfecha con esto.» Indecisa, rebobinó la película hasta

el momento en que los hombres de gafas de sol apremiaban al policía a entablar una conversación. Acercó las cabezas con el zum y dejó que el Magnifier

hiciera su trabajo: extraer detalles de aquellas imágenes borrosas, para que éstas, con toda probabilidad, se aproximaran a la apariencia real. Pero aun después de eso el policía siguió siendo un desconocido, un agente cualquiera. En cambio, el hombre más alto de los otros dos sí que le resultaba conocido. Muy conocido incluso.

El ordenador le anunció entonces que la redacción en Vancouver deseaba hablar con ella. La cara de Sina, redactora de la sección de Sociedad y Miscelánea, apareció en la pantalla.

—Querías saber si desde comienzos del año otros ejecutivos de la industria

petrolera habían sufrido algún daño.

—Así es.

—Pues, ¡bingo! Hay tres. Uno es

Umar al-Hamid.

—¿El ministro de Exteriores de la

OPEP?

—Correcto. Se cayó en enero de un caballo y se rompió una Pierna. Ahora ya se ha recuperado. Al jamelgo se le atribuyen conexiones con el bando de los islamistas. ¡Ja, ja! Ejem..., era una broma. El otro es Prokofi Pavlóvich Kiseljov.

—Madre mía, ¿y ése quién es?

—Antiguo director de proyectos de

Gazprom, Siberia occidental, Rusia

Murió en marzo a causa de un accidente de coche, pero fue culpa suya. El hombre tenía noventa y cuatro años y estaba medio ciego. Eso es todo por este año.

—Pero me has hablado de tres.

—Me he permitido ir un poco más atrás. Y es ahí donde aparece un tercero. Por supuesto que todos los días hay gente que sufre lesiones, unos enferman, otros mueren, se produce algún que otro suicidio, nada fuera de lo normal. Excepto el caso de Alejandro Ruiz, vicedirector estratégico de Repsol.

—¿Repsol? ¿A ésos no los absorbió

ENI en el año 2022?

—Se consideró la posibilidad, pero no llegó a ocurrir. En cualquier caso, Ruiz era, o es, una figura muy importante en la gestión estratégica.

—¿En qué quedamos? ¿Era o es?

—Es ahí donde está el problema. No se sabe todavía si a Ruiz se lo puede seguir contando entre los vivos. Ha desaparecido. Hace tres años, en un viaje de supervisión a Perú.

—¿Desapareció así, sin más?

—Durante la noche. No ha vuelto a aparecer. Se esfumó. Perdido en Lima.

—¿Qué más sabes de él?

—No mucho, pero si quieres, puedo cambiar eso.

—Hazlo. Y gracias. «Alejandro

Ruiz...»

Repsol era un grupo empresarial hispanoargentino, el colista en el top ten de las empresas del ramo. No había demasiados puntos de contacto entre los españoles y EMCO. ¿Estaba corriend el riesgo de perderse entre tantos detalles? ¿Acaso importaba algo que en

2022 un estratega petrolero español hubiera desaparecido en Lima?

Palstein también era un director estratégico.

Sus pensamientos oscilaron entre esta nueva información y la película de Bruford, intentaron concatenar un

sentido, atar cabos que resultaran lógicos.

Y, de repente, Keowa supo quién era el hombre de las gafas de sol.

—¡Sí! Te lo juro.

Estaban sentados en una pequeña cafetería de la Quinta Avenida Suroeste, a pocas manzanas de la oficina corporativa de Imperial Oil Limited Keowa bebía su tercer capuchino, mientras su aprendiz sorbía una cola light y engullía un desayuno de miedo que incluía gachas, patatas fritas, huevos revueltos, tocino, creps y muchas cosas más. La mente analítica de Keowa no podía dejar de preguntarse para qué

alguien que consumía esa exorbitante cantidad de calorías se bebía una cola light. Fascinada, vio cómo una cucharada de sémola caliente, impregnada de sirope de arce, era llevada hasta el círculo donde habría de ser procesada.

—El Magnifier no puede hacer magia —dijo el aprendiz—. La imagen sigue sin ser lo suficientemente nítida.

—Pero tan sólo hace dos días que vi a ese tipo, y lo tuve muy cerca. — Keowa sostuvo una mano delante de su cara. A través de sus dedos, vio desaparecer una salchicha—. ¡Así de cerca!

—Parece incluso que lo besaras.

—Déjate de tonterías. Me pidió la identificación. Como si la casa de Palstein fuera el Pentágono.

El aprendiz dejó la cuchara a un lado y frunció el ceño.

—En sí mismo, no es nada fuera de lo común que los de seguridad velen por que se haga lo correcto.

—¿Y lo han hecho? ¿Han velado por que se haga lo correcto? ¿Qué se le perdió a ése dentro del edificio?

—Lo dicho —-dijo el chico retomando su cuchara—. Velar por que se haga lo correcto.

—Tus sinapsis están atascadas de

colesterol —replicó la periodista, furiosa—. Claro que había gente de seguridad a su alrededor, policías incluidos, lo que Palstein traía no eran regalos de Navidad. Pero ¿enviarías a tu escolta personal a un edificio vacío situado enfrente? Palstein no es Kennedy. ¿Cuán elevadas eran las probabilidades de que alguien le disparara desde allí?

La respuesta se perdió en la batalla con un enorme trozo de crep.

—Supongamos que el asiático es un tipo inofensivo —continuó ella—. Tal vez sólo iba al baño. Entonces, o bien la gente de Palstein no lo vio, o no les

importó que entrara. Ambas cosas son poco probables.

—¿Los dos tipos que hablan con el policía? Ellos no pudieron verlo.

—¿Y la mujer?

—¿Estás segura de que también era una de ellos?

—Salió inmediatamente después de ellos. Además, todos los que trabajan en seguridad se parecen. Supongamos, pues, que el chino es nuestro asesino.

—¿Por qué chino?

—El asiático, da igual —dijo Keowa, inclinándose hacia adelante—. Piénsalo, hombre, ¡tres agentes de seguridad! Una que no está muy lejos de

la entrada. Otros dos que charlan con un policía, a pocos metros de distancia. ¿Y ninguno ve a ese personaje corpulento que entra en un edificio que ellos deben vigilar?

—Tal vez el chino..., el asiático, también es uno de seguridad. ¿Acaso Palstein no te contó que había aceptado el servicio de seguridad sólo después de lo ocurrido en Calgary? A mí eso me sorprende mucho más.

—No, él no dijo eso —repuso la periodista agitando su taza, mezclando el café con la espuma—. Dijo únicamente que vigilaban su casa desde lo de Calgary.

—Bueno. Pues debería haber buscado a alguien más competente.

Keowa miró su mezcla de café

espresso y espuma.

«Debería haber buscado...»

—Maldita sea, tienes razón.

—Lógico —dijo el aprendiz, rascando los últimos restos de gachas—.

¿En qué tengo razón?

—En que no puede confiar en esa gente.

—Claro, si son unos imbéciles, demasiado estúpidos para...

—No, no lo son.

¡Era increíble! ¿Por qué no había caído antes? ¡Los de seguridad habían

dejado pasar al asesino, a sabiendas de quién era! Más aún, habían distraído al policía y se habían mantenido vigilando los alrededores para asegurarse de que nadie le impedía entrar en el edificio.

—Santo cielo —susurró Keowa.

DALLAS, TEXAS, ESTADOS UNIDOS

—No hace mucho tiempo, se consideraba crucial para el papel geopolítico de una nación la capacidad de ésta para asegurar sus necesidades de recursos fósiles. También bajo esta premisa se vio a China ponerse, a medio plazo, al frente de las potencias económicas, dejando a Estados Unidos muy por detrás, en un segundo puesto, seguido por la India.

La conferencia de Gerald Palstein como profesor invitado en la UT Dallas,

una universidad estatal situada en el suburbio de Richardson, había reunido a unos seiscientos estudiantes, la mayoría de ellos aspirantes a directivos empresariales, economistas e ingenieros informáticos. El interés era grande, lo que se debía tanto al dominio de Palstein de los medios de comunicación como al hecho de que había trazado el panorama en cinemascope de un fracaso: el que significó que un Titanio de la energía chocara contra un iceberg llamado helio 3.

—El papel de Rusia en ese momento era el de una gran potencia en lo relativo al petróleo y al gas. Se hablaba también

de Gazprom como un arma. Nadie supo utilizar más hábilmente esa arma en la batalla por el papel geoestratégico de Rusia como el entonces presidente del país, Vladimir Putin. ¿Alguno de ustedes recuerda todavía su mote?

—Gasputín —gritó una joven desde la fila delantera.

Risotada general. Palstein enarcó una ceja en señal de aprobación.

—Muy bien. Por esa época, Estados Unidos veía con preocupación que China, en lo relacionado con sus necesidades energéticas, coqueteara abiertamente con Rusia y que, además, estableciera contactos con la OPEP. A

esta última le gustó aquello, por supuesto. Hacía mucho tiempo que nadie la cortejaba, de modo que esperaba un renacer de su antiguo estatus. Por tanto, las naciones petroleras del Golfo pasaron a depositar sus fondos en cuentas del Industrial and Commercial Bank of China, en Turquía y hasta en la India, en lugar de hacerlo en instituciones financieras estadounidenses, mientras China, por su parte, empezaba a pagar en euros, en vez de hacerlo en dólares, sus suministros de petróleo provenientes de Irán. La correlación de fuerzas sufrió un desplazamiento, con el correspondiente

esfuerzo por parte de Estados Unidos para desligarse de la dependencia de sus suministradores de petróleo en Oriente. En el año 2006, representantes de Arabia Saudí viajaron a Pekín para firmar varios acuerdos. También Kuwait aspiraba a acercarse a China, ya que allí temían perder terreno en favor de Rusia. China supo muy bien instrumentalizar todo eso. No pretendemos alentar ninguna imagen de odio, pero, de todos modos, podemos imaginar a la China ávida de energía, en la primera década de este milenio, como un pulpo gigante cuyos tentáculos se desplegaban en silencio y, en gran medida, de forma

inadvertida, hacia las regiones tradicionalmente productoras de crudo que estaban en manos de multinacionales occidentales. En la Casa Blanca se dibujaron escenarios para el caso de que fuerzas radicales derrocasen a la dinastía saudí reinante, y todos esos escenarios se basaban en la idea de que China podría estar involucrada en el asunto y que, al final, el gigante asiático instalara misiles nucleares en el desierto saudí. Este temor, como sabemos ahora, no era del todo infundado. Hoy podemos afirmar, de manera definitiva, que la caída de la Casa de Saúd tuvo lugar con la participación velada de China. Y

seguramente el conflicto entre los islamistas y las fuerzas monárquicas habría conducido, en última instancia, al brote de un incendio de rápida propagación y a una confrontación abierta entre China y Estados Unidos, si el emergente potencial del helio 3 no hubiera canalizado los intereses de Washington en otra dirección.

Palstein se enjugó el sudor de la frente. Hacía calor en el auditorio. Habría preferido estar en su barco, en algún lago, o mejor aún, en mar abierto, donde soplaran vientos más vigorizantes.

—De ello podemos inferir lo

siguiente: si el petróleo y el gas hubiesen seguido desempeñando el papel predominante, el mundo de hoy tendría un aspecto algo diferente. China, posiblemente, habría superado a Estados Unidos, en lugar de equipararse a esa nación. Los chinos, los rusos y las naciones del Golfo habrían pactado en temas de política energética. Irán, desde hace unos años en posesión de bombas nucleares, tendría un poder mayor del que tiene hoy, a pesar de sus armas atómicas, y probablemente habría ejercido más presión sobre el gobierno de Nueva Delhi, que ya en el año 2006 había considerado, con Teherán, la

posibilidad de construir un oleoducto a través del cual el petróleo del mar Caspio fluiría hacia la India. Dicho oleoducto debía acabar en el mar Rojo, con lo que el petróleo no llegaría a Israel, razón por la cual Estados Unidos se opuso a su construcción. Para la India no era una situación fácil. Su cooperación con Irán amenazaba con enfurecer a Estados Unidos, y cualquier concesión a Washington podía enfadar a los iraníes. Para escapar a este dilema, los indios, en aquel momento, consideraron la opción de involucrar a una tercera potencia, capaz de actuar como elemento integrador, ya que ésta

mantenía buenos contactos tanto con China como con Irán. Fue así como entraron en el juego, bajo el ropaje de Gazprom, los rusos, quienes no desaprovechaban ninguna oportunidad para reforzar su Estado, por ejemplo, cerrándoles el grifo del gas a los países vecinos con el fin de chantajearlos.

¿Pueden ver el bloque en formación que se anunciaba con tales alianzas? Rusia, China, la India, la OPEP... Aquello, de ningún modo, podía responder a los intereses de Washington. En tal situación, el sucesor de George W. Bush, Barack Obama, apostó por la diplomacia. Trató de mejorar las

relaciones con Rusia y de quitar alas a Irán, una hábil estrategia que funcionó en sus inicios. Pero, por supuesto, si Obama se hubiese visto obligado a asegurar el suministro de energía de Estados Unidos por medios agresivos, la ventaja tecnológica de la cooperación de Washington con Orley Enterprises no les habría abierto a los estadounidenses posibilidades completamente nuevas, como por ejemplo...

En ese momento, una empleada de la secretaría de la UTD entró en el auditorio, se acercó a Palstein con pasos rápidos y le puso en la mano una nota. Él sonrió al público.

—Perdonen un segundo. ¿Qué sucede? —preguntó en voz baja.

—Alguien quiere hablarle al teléfono, una tal...

—¿Y no puede esperar veinte minutos? Estoy en medio de mi conferencia.

—Dice que es urgente. ¡Muy

urgente!

—¿Cuál es su nombre?

—Keowa. Loreena Keowa, una periodista. He intentado darle largas, pero...

Palstein reflexionó.

—No, está bien. Gracias.

De nuevo pidió disculpas al público

de estudiantes, abandonó el auditorio y marcó el número de Keowa.

—Shax'saani Keek' —dijo cuando la cara de la periodista apareció en la pantalla de su móvil—. ¿Cómo está usted?

—Sé que soy inoportuna.

—Francamente, sí. Tengo un minuto, luego debo ir a cumplir otra vez con mi deber de formar a las futuras élites.

¿Qué puedo hacer por usted?

—Soy yo la que espera poder hacer algo por usted, Gerald. Para ello necesito un par de minutos más de su tiempo.

—Me pilla usted mal ahora.

—Es por su propio interés.

—Hum. —Palstein miró a través de la ventana; el campus estaba cubierto de sol—. Muy bien. Deme quince minutos para concluir mi conferencia. La llamaré a continuación.

—Asegúrese de que nadie lo escucha.

Veinte minutos más tarde Palstein la llamó desde un apartado banco situado bajo un castaño, con vistas al campus. Dos de sus guardaespaldas patrullaban los alrededores al alcance de la vista. Por doquier se veían estudiantes con prisas, caminando hacia un futuro incierto.

—Usted sí que sabe añadir suspense a las cosas —dijo el ejecutivo.

—¿Sigue en pie nuestro acuerdo de reciprocidad?

—¿Qué quiere decir?

—Lo de ayudarnos mutuamente — repuso Keowa—. Yo recibo ciertas informaciones y usted tendrá a su tirador.

—¿Cómo? ¿Es que tiene algo?

—¿Sigue en pie el acuerdo?

—Hum. —Palstein empezó a sentir verdadera curiosidad—. Bien, digamos que sigue en pie.

—Perfecto. Le envío ahora mismo un par de fotos a su teléfono móvil.

Ábralas mientras hablamos.

El teléfono de Palstein confirmó la llegada de un mensaje multimedia. Una tras otra, fue descargando las fotos. Éstas mostraban a dos hombres con gafas de sol y a una mujer.

—¿A cuáles de ellos conoce?

—A todos —respondió él—. Trabajan para mí. Seguridad. A uno de ellos debió de verlo usted cuando vino a Lavon Lake. Es Lars Gudmundsson, e jefe del comando.

—Así es, lo vi. El día 21 de abril,

¿les dio usted órdenes a esos tres de vigilar el edificio vacío desde el que se supone que le dispararon?

—Eso sería mucho decir —dijo Palstein, vacilante—. Sólo debían mantener la zona vigilada. Francamente, ni siquiera estaba seguro de si debía llevarlos conmigo o no. Parece un pavoneo eso de tener seguridad privada, uno parece terriblemente importante. Pero se había producido alguna que otra amenaza contra EMCO, también en m contra...

—¿Amenazas?

—Bueno, tonterías. Nada que debiera tomarse en serio. Personas enfadadas con miedo por su futuro.

—Gerald, ¿tienen los chinos algunas cartas en juego en EMCO?

—¿Los chinos?

—Sí.

—En realidad, no. Es decir, siempre ha habido intentos por su parte de asumir filiales nuestras, pero EMCO, e sí, era un hueso demasiado duro para ellos. Y, por supuesto, también hicieron algunas explotaciones furtivas en nuestras reservas.

—¿En las arenas bituminosas de

Canadá?

—También.

—De acuerdo. Le envío otra foto. Esta vez apareció un rostro asiático

en la pantalla. Pelo largo, despeinado, barba rala.

—No —dijo él.

—¿Nunca lo había visto?

—No, que yo sepa. Si usted me dijera...

—Se lo diré de inmediato. Escuche, Gerald, este hombre entró en el edificio vacío poco antes de que usted compareciera. También sus hombres de seguridad estaban allí. Desde nuestro punto de vista, no hay ninguna duda de que los hombres de Gudmundsson no sólo dejaron pasar al asiático, sino que se ocuparon de que éste pasara sin problemas.

Palstein miró fijamente la foto y guardó silencio.

—¿Está seguro de que no lo ha visto antes? —insistió Keowa.

—Por lo menos, no de manera consciente. Me acordaría de una persona

así.

—¿Podría ser uno de sus hombres?

—¿Uno de mis hombres?

—Quiero decir, ¿conoce usted a todos los miembros de su escolta, o es Gudmundsson el encargado de...?

—¡Vaya tontería! Los conozco a todos y cada uno, ¿qué se piensa? Además, no son tantos. Son cinco en total.

—Y usted confía en los cinco.

—Por supuesto. Nosotros les

pagamos; además, por ellos responde una prestigiosa agencia de seguridad personal con la que EMCO colabora desde hace años.

—Entonces es posible que tenga usted un problema. Si ese asiático es realmente el hombre que le disparó a usted, hay en tal caso algunos indicios de que sus hombres están involucrados. Tengo que hacerle una pregunta más, perdone el ritmo acelerado.

—No, está bien.

—¿Le dice algo el nombre de

Alejandro Ruiz?

—¿Ruiz? —Palstein guardó silencio durante unos segundos—. Espere un

momento, eso me recuerda algo.

—Lo ayudaré: Repsol, gestión estratégica.

—Repsol... Sí, creo... Sí, claro Ruiz. En una ocasión volamos en el mismo avión. De eso hace ya tiempo.

—¿Qué sabe acerca de él?

—Casi nada. Dios mío, Loreena, no estamos hablando de una pequeña familia; la industria del petróleo es inabarcable, en ella trabajan miles y miles de personas. De momento, al menos.

—Parece ser que Ruiz fue un hombre importante.

—¿Fue?

—Desapareció hace tres años, en

Lima.

—¿En qué circunstancias?

—Durante un viaje de negocios. Verá usted, a mí me interesaba averiguar si ese atentado de Calgary tenía algún antecedente en el pasado. Si tal vez no se trataba tanto de usted como de algo que usted representa. Por eso pedí que me conformaran un expediente de Ruiz: hombre felizmente casado, con dos hijos sanos, sin deudas. Sin embargo, era un enemigo en propio campo, porque era demasiado liberal, con una consciencia demasiado ecologista, un moralista: lo apodaban Ruiz el Verde. Por ejemplo,

se pronunció abiertamente contra la explotación de arenas bituminosas, apremiando para que, en su lugar, se explorara más en las profundidades marinas. Ahora bien, no es necesario que le cuente a usted que los consorcios, en épocas en que el petróleo era barato, siempre fueron reacios a realizar exploraciones costosas, y que hace tres años el hundimiento ya estaba en plena marcha. Por tanto, Ruiz también apremió a Repsol para que invirtiera más en las energías alternativas. ¿No le recuerda un poco a su propio caso?

«Inconcebible», pensó Palstein.

—Todo puede ser una coincidencia

—prosiguió Keowa—. La desaparición de Ruiz. La participación de China en el negocio de las arenas bituminosas. El asiático o, incluso, que sus propios hombres lo dejaran entrar en el edificio. Quizá ese hombre sea inofensivo y yo sólo esté viendo fantasmas donde no los hay, pero tanto el sentimiento como la razón me dicen que estamos sobre la pista correcta.

—¿Y qué se supone que debo hacer yo ahora?

—Desconfiar de Gudmundsson y de sus hombres. Si se comprueba que todo es un error, yo seré la primera en arrastrarme hasta la cruz. Pero, hasta

entonces, ¡piense en ello! Piense en Ruiz. En la confluencia de intereses con China. En las trampas dentro de su propio bando... Y algo más: piense en quién podría salir beneficiado con el hecho de que usted no pudiera volar a la Luna. Puede llamarme, podemos reunimos en cualquier momento. Trate de averiguar quién es el asiático de la foto, a lo mejor aparece en algunas bases de datos internas de EMCO Invierta en seguridad personal y, si quiere mi consejo, despida a Gudmundsson y a su equipo, pero no informe a la policía. Eso es lo único que le pido.

—Vaya. ¡Usted sí que es buena!

—Por ahora, no.

—¡Eso podría constituir una prueba!

—Gerald —dijo Keowa con insistencia—, le prometo que no voy a hacer nada que ponga en peligro su seguridad ni voy a dejar fuera a la policía. Es sólo por el momento. Necesito cierta ventaja para poder sacar la historia en exclusiva.

—¿Es usted realmente consciente de lo que me está contando? ¿De lo que me está pidiendo?

—Tenemos un acuerdo, Gerald. Tal vez haya encontrado a quien le disparó, eso es más de lo que la policía ha

conseguido en cuatro semanas. Deme tiempo. Por favor. Trabajamos bajo presión en este asunto. Yo le serviré a esos cerdos en bandeja de plata.

Palstein guardó silencio durante un rato. Luego suspiró. —Bien —dijo—. Haga lo que crea correcto.

El mercenario

29 de mayo de 2025

VUELO NOCTURNO

Una cosa había que reconocerle a Teodoro Obiang Nguema Mbasogo. Desde su toma de poder en agosto de

1979, la situación de los derechos humanos en Guinea Ecuatorial había mejorado visiblemente. A partir de su arribo, desaparecieron de los arcenes de la carretera del aeropuerto las crucifixiones masivas, y ya las cabezas de los opositores no se ensartaban públicamente en un palo.

—Un hombre caritativo —se mofó

Yoyo.

—Pero no es el primero —dijo Jericho—. ¿Habéis oído hablar de Fernando Poo?

Avanzando hacia Berlín al doble de la velocidad del sonido, viajaban atrás en el tiempo; desde la mañana naciente de Shanghai hacia la noche berlinesa, desde el año 2025 hacia los inicios de un continente en el que, tradicionalmente, solía torcerse todo lo imaginable: África, la poco querida cuna de la humanidad, marcada por fronteras trazadas a hilo, que cercenaban sus tendones y sus nervios creando países de estrafalaria geometría, de los cuales el más pequeño estaba situado,

como un remiendo diminuto, en su extremo occidental, y cuya historia podía leerse como la crónica de una continua violación.

—¿Fernando Poo? ¿Quién diablos es ése?

—También un hombre caritativo, en cierto modo.

Dado que Tu no había permitido que nadie pilotara el jet de su empresa, Jericho y Yoyo tenían para sí solos la lujosa cabina de pasajeros, con sus doce asientos. En dos monitores, y auxiliados p o r Diana, se familiarizaban con la historia de Guinea Ecuatorial, esperanzados de encontrar respuestas a

las preguntas de los dos últimos días. Cada información que el ordenador sacaba a la luz iba dibujando un cuadro cada vez más confuso, pero, por lo visto, los acontecimientos en Guinea Ecuatorial sólo podían entenderse si se observaba su evolución desde los inicios. Y esos inicios, los verdaderos inicios, tuvieron lugar con...

... Fernando Poo.

Con la mar en calma. Sin viento. Con telones de lluvia que se agolpaban frente a la línea del litoral.

El sudor y el agua de lluvia se mezclaban sobre la piel, hasta el punto de que uno se sentía cocinado al vapor.

Con la orquestación de chillidos de las pequeñas aves marinas, se echan unos botes a la mar. Con remeros trabajando a toda mecha y un hombre de pie en la proa. La orilla se va aproximando, la vegetación cobra sus contornos en medio del chorreante gris. El hombre llega a la orilla, mira a su alrededor. Una vez más, la llegada de un portugués da inicio a la transformación de un territorio en algo parecido a una nación.

En el año 1469, carabelas de Poo echan su ancla por debajo del codo africano, allí donde el continente sufre un dramático estrechamiento. El descubridor, legítimo sucesor de

Enrique el Navegante, llega a la isla y, por su belleza, la llama Formosa. Allí viven los bantúes, el pequeño pueblo de los bubis. Reciben a los visitantes amistosamente, sin sospechar que su reino acababa de cambiar de dueño. Y, en efecto, desde el momento en que Poo deja la huella de su bota en la arena, ellos pasan a ser súbditos de su majestad Alfonso V de Portugal, a quien, pocos años antes, el papa Nicolás V ha entregado la responsabilidad de toda la isla africana, además del monopolio del comercio y los derechos exclusivos de navegación. Por lo menos así lo cree el papa, en un familiar error que comparte

con toda la cristiandad occidental: cree que África es una isla. Poo le suministra pruebas en contra. África, se averigua entonces, es más bien un continente con una larga y rica línea costera, habitada, además, por hombres de piel oscura que, aparentemente, tienen poco que hacer y necesitan con urgencia ser cristianizados. Esto, a su vez, se corresponde de manera ideal con la idea central de una bula papal, según la cual los no creyentes tienen que ser tratados como esclavos: una recomendación con la que cumplen con gusto Alfonso y sus marinos.

El día en que Poo llegó allí lo

cambió todo. Y, a fin de cuentas, no cambió nada. Si no hubiera ido él, más tarde o más temprano, habría ido otro. Muchos lo siguieron, durante trescientos años florece la trata de esclavos, luego la Corona portuguesa cambia la posesión territorial africana por otras colonias en Brasil, y los bantúes vuelven a cambiar de amo. El nuevo dueño se llama España. Británicos, franceses y alemanes empiezan a inmiscuirse, todos se pelean por los territorios situados desde el cabo de Santa Clara hacia arriba, donde está el delta del río Níger...

—E intentan someter a los pueblos

nativos, lo que se ve favorecido por la falta de unidad entre los bantúes o, más exactamente, por la creciente rivalidad entre los bubis y los fangs.

—¿Fangs? —sonrió Yoyo—.

¿Fango?

—No es divertido —repuso Jericho

—. Es el trauma de África.

—Sí, lo sé. Los colonialistas pensaron en todo, pero no en los arraigos étnicos. Mira Ruanda, los hutus y los tutsis...

—De acuerdo. —Jericho se frotó el puente de la nariz—. Pero no hagamos como si eso fuera un invento puramente africano.

—No, sobre todo vosotros, los europeos, deberíais quedaros quietos.

—¿Y por qué nosotros? Yoyo abrió mucho los ojos.

—Escucha, sólo tienes que mirar a los serbios y lo de Kosovo. ¡Diecisiete años después de la independencia y todavía no hay paz! Y luego están los vascos. Los escoceses y los galeses. Irlanda del Norte.

Jericho la escuchó con los brazos cruzados.

—Sí, y Taiwán —dijo el detective

—. Y el Tíbet.

—Eso es...

—¿Algo distinto?, ¿por qué? ¿Sólo

porque no os gusta que se os hable del tema?

—Tonterías —dijo Yoyo, enojada

—. Taiwán es parte de la China continental, por eso es algo diferente.

—Estáis solos con ese punto de vista. A nadie le entusiasma tampoco que amenacéis todo el tiempo a los taiwaneses con vuestros misiles nucleares.

—Muy bien, tío listo —dijo Yoyo inclinándose hacia adelante—. ¿Qué pasaría si, de pronto, Texas, por poner un ejemplo, decidiera declarar su independencia?

—Eso es distinto —repuso Jericho,

y soltó un suspiro.

—Ya veo. Distinto.

—Sí. Y en lo que atañe al Tíbet...

—Hoy el Tíbet, mañana Xinjiang luego el interior de Mongolia, Guanxi, Hong Kong... ¿Por qué los europeos no acabáis de entender que la política de una China unida es buena para la seguridad? Nuestro enorme país se sumiría en el caos si permitiésemos que se desmoronase. ¡Debemos mantener unida China!

—Usando la violencia.

—La violencia es el camino equivocado. En eso no hemos hecho nuestros deberes.

—¡Claro que no! —exclamó Jericho, sacudiendo la cabeza—. De alguna manera no te entiendo. ¿Eres tú la que aboga de un modo tan vehemente por los derechos humanos? Por lo menos, eso pensaba yo.

—Eso también es cierto.

—¿Pero?

—No hay peros. Soy una nacionalista.

—Hum.

—No consigues apañártelas con eso,

¿verdad? ¿Con el hecho de que pueda funcionar algo así? Derechos humanos y nacionalismo.

Jericho extendió las manos en señal

de imploración.

—Pues aprende —continuó Yoyo—. No soy una fascista ni una racista, nada por el estilo, pero opino que China es un gran país con una gran cultura...

—Un gran país en el que vosotros mismos sois pisoteados.

—Escucha, Owen, porque esto que voy a decirte es fundamental. ¡Deja ya de decir «vosotros», «tú», «tu pueblo»,

«tu gente»! Cuando los guardias rojos colgaban a profesores de los árboles, yo ni siquiera estaba en la planificación. Así que, dime, querido, ¿cómo sigue la historia de esos fangs-bubis, si es que se trata de algo relevante?

—Los fangs —dijo Jericho con paciencia—. Los bubis vivían en la isla. No tenían mucho que ver con la costa, hasta que España unió la parte continental y las islas para formar la colonia de Guinea Española. En el continente dominaban los fangs, otra tribu bantú, muy superior a los bubis desde el punto de vista numérico, y poco entusiasmados con que, de la noche a la mañana, los metieran en un mismo saco con estos últimos. En 1964 España entregó al país plena autonomía, es decir, se encerró dentro de un vallado de fronteras nacionales a dos bandos que no se soportaban mutuamente y se

los dejó a su suerte. Algo que sólo podía salir mal.

Yoyo lo miró con sus ojos oscuros.

Y de repente sonrió de un modo tan inesperado y poco oportuno, que él no pudo por menos que devolverle una mirada de irritación.

—Por cierto, quería darte las gracias —dijo la joven.

—¿Las gracias?

—Me salvaste la vida.

Jericho vaciló. Durante todo aquel tiempo en que había estado pagando con coraje los platos rotos del desastre causado por Yoyo, había estado pidiendo en su fuero interno esa muestra

de gratitud, pero ahora se veía cogido por sorpresa.

—No hay de qué —dijo el detective mansamente—. Las cosas surgieron así.

—Owen...

—No tenía otra opción. Si hubiera sabido que...

—No, Owen, no —replicó la joven, negando con la cabeza—. Di algo amable.

—¿Algo amable? ¿Con todo el lío que has montado...?

—Eh. —La chica estiró la mano. Sus delgados dedos rodearon la mano del detective y la apretaron—. Dime algo amable. ¡Ahora mismo!

Ella se le acercó y algo cambió. Hasta el momento él sólo había visto la belleza de Yoyo y los pequeños defectos que había en ella. Pero ahora lo inundaban oleadas de una intensidad inquietante. Del mismo modo que Joanna sabía dominar su potencial erótico y lo regulaba como el volumen de una radio, Yoyo no podía hacer otra cosa más que arder profusamente, de manera incesante, como una estrella luminosa y cálida. Y de repente se dio cuenta de que haría todo lo imaginable para que esa estrella no languideciera. Detestaba la idea de que Yoyo se destruyera a sí misma. Quería verla reír.

—Bueno —dijo él, carraspeando—. Cuando quieras.

—¿Cuando quieras, qué?

—Cuando quieras lo repetimos. Cuando sea preciso salvarte, házmelo saber. Estaré allí. —Un nuevo carraspeo

—. Y ahora...

—Gracias, Owen. Gracias.

—...sigamos con Mayé. ¿A partir de cuándo se vuelve interesante para nosotros?

La joven soltó su mano y volvió a hundirse en su asiento.

—Resulta difícil decirlo. Es una historia bastante embrollada. Supongo que para entender la situación del país,

tenemos que comenzar con la independencia. Con el cambio a...

...Papá Macías.

En octubre de 1968 predomina en el golfo de Guinea el mismo clima tórrido y húmedo que cualquier otro día del año. A veces llueve, y más tarde la tierra, las islas y el mar hierven bajo la luz del sol, que hace centellear las playas y desfallecer cualquier ímpetu. La capital, situada en la isla, y poco más que una acumulación de edificios coloniales con chozas alrededor, vive la entrada del primer presidente de la República Independiente de Guinea Ecuatorial, elegido por el pueblo en una

dudosa votación. Francisco Macías Nguema, de la tribu de los fangs, promete justicia y socialismo, y apremia a las tropas españolas todavía estacionadas en el país para que se retiren, lo cual, de todos modos, ya estaba acordado, sólo que uno se había imaginado, de algún modo, un final más conciliador. Pero Papá, cómo se hace llamar el presidente por amor a los suyos, está acostumbrado a desayunar fuerte de vez en cuando. El hombre suele tomar sesos y testículos de sus enemigos, como ven con horror los depuestos colonialistas. Macías es un caníbal. De alguien así no se puede

esperar una despedida con lágrimas en los ojos.

Sin embargo, todo acaba justamente en eso.

En un mar de lágrimas y sangre.

La joven república es mancillada nada más nacer. Nadie allí estaba preparado para algo tan exótico como la economía de mercado, pero por lo menos hay un floreciente comercio de cacao y maderas preciosas. A Macías, sin embargo, con su ferviente admiración por la arbitrariedad basada en el marxismo-leninismo, le interesan otras cosas. Apenas las últimas unidades de la Guardia Civil abandonan el

territorio, se pone de manifiesto lo que se puede esperar del cometestículos de Papá y de su Partido Único Nacional. E ejército crea los fundamentos de las pretensiones de dominio absoluto, casi divino, de Macías, y lo hace con la ayuda de porras, armas de fuego y machetes, y mostrando tal aplicación en ello que los civiles europeos que han quedado en el país tienen que abandonarlo en una huida desesperada. Todos los cargos son ocupados por miembros de un clan esangui, una subtribu de los fangs. El hecho de que la isla, el territorio más atractivo del país, sea la sede del gobierno y el centro

económico de la etnia de los bubis era, desde hacía mucho tiempo, una espina clavada en el ojo de los fangs. Macías azuza el odio. En cualquier caso, tiene la decencia de suspender oficialmente la Constitución antes de violarla.

Es entonces cuando los bubis pueden experimentar, en carne propia, los cuidados filiales de Papá.

Más de cincuenta mil personas son masacradas, encarceladas, torturadas hasta la muerte, incluida toda la oposición. Los que pueden huyen al extranjero, porque Papá no confía en nadie, ni siquiera en su propia familia, y hasta los fangs están en el punto de mira

del presidente. Más de un tercio de la población es arrojada al exilio o desaparece en campos de exterminio, mientras aparecen centenares de asesores militares cubanos que vagan por el país; después de todo, Moscú es un amigo fiable. A mediados de los setenta, Papá ha logrado destruir la economía nacional de un modo tan sistemático que tiene que importar trabajadores nigerianos, quienes ponen pies en polvorosa rápidamente. Resumiendo, el padre de la nación introduce el trabajo forzoso para todos y, con ello, desata otro éxodo masivo. Cierran todas las escuelas, lo que no le

impide a Papá hacerse llamar «Gran Maestro de la Educación Popular, la Ciencia y la Cultura Tradicional». En el delirio de su divinidad, cierra y atranca todas las iglesias, proclama el ateísmo e intenta revivir ciertos rituales mágicos. En todo el continente florecen las dictaduras. A Macías se lo menciona al unísono con hombres como Jean-Bédel Bokassa, quien hasta se hizo coronar y mantenía la fe inquebrantable de ser el decimotercer apóstol de Jesús; se lo compara también con Idi Amin y con el camboyano Pol Pot.

—En realidad, fue un criminal más grande que el propio Mayé —dijo Yoyo

—. Pero a nadie le preocupó. Papá no hacía nada por lo que hubiera que preocuparse. Como buen patriota, le cambió el nombre a todo lo que no tuviera aún un apelativo africano, y desde entonces la parte continental se llama Mbini, la isla responde al nombre de Bioko y la capital, situada en la isla, se denomina Malabo. Por cierto, he hecho buscar los orígenes tribales de Mayé. Es un fang.

—¿Y qué pasó con el famoso Papá? Yoyo chasqueó los dedos.

—No me lo digas: lo echaron con un golpe de Estado. ¿Con la participación de alguna mano negra extranjera?

—Por lo visto, no. El sentido familiar de Papá se salió de quicio y empezó a ejecutar a parientes. Su propia esposa huyó al amparo de la noche a través de la frontera. Ya nadie de su clan estaba seguro, y uno de esos parientes creyó que aquello pasaba de castaño oscuro.

En 1979, en Guinea Ecuatorial se canta y se baila.

Un hombre vestido con un sencillo uniforme está recostado en la entrada de un sótano, sobre cuyas paredes y techos pasan, veloces, los espíritus incandescentes generados por el fuego que arde en medio del recinto. El

hombre es la viva imagen de la discreción. De vez en cuando da algunas instrucciones en voz baja, y los guardias, con la ayuda de atizadores al rojo vivo, se encargan de hacer las indicaciones pertinentes a los bailarines, que llevan horas dando brincos alrededor del fuego con una euforia grotesca, entonando cantos de alabanza a Papá. Huele a podrido y a carne quemada. Los mosquitos zumban alrededor. En los oscuros rincones y a lo largo de las paredes, la escena se refleja en los ojos de las ratas. Quien, una vez rebasado el cénit del agotamiento, cae al suelo es alzado a la

fuerza, golpeado hasta hacerlo sangrar y arrastrado afuera. Casi todos, excepto los hombres uniformados, están desnutridos y deshidratados, muchos muestran marcas de maltrato físico, algunos llevan la fiebre amarilla y la malaria inscritas en sus rostros demacrados.

Hay fiesta en Playa Negra. Es un día casi normal en la cárcel de Playa Negra, la tristemente célebre prisión de Malabo, ante la cual la americana Isla del Diablo parece un sanatorio para curar enfermedades pulmonares.

El hombre contempla un rato más el espectáculo, pero luego se aparta de

aquella danza de la muerte, lleno de preocupación. Su nombre es Teodoro Obiang Nguema Mbasogo, es sobrino del presidente, comandante de la Guardia Nacional y director del centro penitenciario. Es el responsable de puestas en escena como ésa, a las que Papá otorga un gran valor. Al presidente, además, le gusta pasar sus cumpleaños con fusilamientos de prisioneros en el estadio de Malabo, mientras, a todo volumen, suena el estribillo de Those were the days, my friend. Pero la preocupación de Obiang no tiene que ver con los prisioneros, la mayoría de los cuales jamás saldrán de

aquella inmunda fortaleza con aspecto de aparcamiento. Teme por su propia vida, y tiene todos los motivos para ello. Cualquiera perteneciente al clan de Papá ha de contar, en esos días, con ser víctima repentina de la paranoia del presidente y pasar a las selvas eternas acompañado por los acordes de Mary Hopkin.

También Obiang tiene miedo.

Sin embargo, su concepto de la familia no es muy diferente del de su rabioso tío. Lleva bien metido en el cuerpo el miedo del clan de Macías, como resultado, precisamente, de aquella política de trato favorable que

ha llenado de parientes todo el aparato de gobierno. Papá se huele algo, pero es el momento en que Obiang llama a un golpe de Estado y expulsa del cargo a aquel «milagro único». A toda prisa, el derrocado huye a la selva, no sin antes haber quemado todas las divisas restantes del país: más de cien millones de dólares, almacenados en su mansión, sirven de pasto a las llamas. Se trata, literalmente, del último dinero. Cuando los esbirros de Obiang encuentran el rastro del debilitado Macías entre helechos gigantes y mierda de mono, Guinea Ecuatorial está más pelada que la cabeza de Yul Brynner. Trasladan al

hombre a Malabo, le ponen la música de Those were the days y, con la asistencia de algunas balas de fusil, lo dejan a cargo de los espíritus de sus antepasados, tarea que cumplen soldados marroquíes, ya que su propia gente teme los poderes mágicos del caníbal.

El Consejo Militar Superior asume las tareas del gobierno. Al estilo de quien ha sido entronizado hace poco en el poder, Obiang hace bonitas promesas al pueblo, llama a una democracia parlamentaria y, a finales de los ochenta, convoca realmente a unas elecciones. Todos los candidatos son propuestos

por él. Obiang vence, no en última instancia, porque su Partido Democrático no tiene quien le haga la competencia, pues los demás representantes están celebrando una gran fiesta en la cárcel de Playa Negra. El gobierno se renueva como la cola de un lagarto, es la misma sangre, los mismos genes. Un esangui-fang. Empresa familiar. Quien practique la crítica pronto se verá cantando y bailando alrededor de una fogata, sólo ha variado la letra. Pero la furia de Obiang no es tan grande como la de Papá; él más bien se esfuerza por restablecer la confianza en el extranjero, establece endebles

lazos con la todavía ofendida España y les hace saber a los soviéticos que ya no son sus amigos. Otra vez Guinea Ecuatorial parece más un país que un Dachau subtropical. El dinero fluye hacia allí. Annabón, la isla hermana de Bioko, es grande y bonita, el sitio ideal para depositar residuos nucleares, cuyo almacenamiento genera algunos gastos para los países del Primer Mundo. Es cierto que en Annabón siguen viviendo seres humanos, pero viven menos tiempo. La pesca pirata, el tráfico de armas y de drogas, el trabajo infantil, Obiang toca todos los registros y convierte aquel verde remiendo del

golfo de Guinea en un pequeño y encantador paraíso para gánsteres.

Los prestamistas extranjeros presionan. Hay que instaurar una democracia. De mala gana, Obiang acepta los partidos de la oposición; al fin y al cabo, a pesar de haber agotado toda la gama de talentos criminales, con doscientos cincuenta millones de dólares sus cuentas están en números rojos; pero entonces sucede algo inconcebible que, de la noche a la mañana, hará que el futuro brille bajo una luz completamente nueva. Sucede ante Bioko, luego frente a las costas del continente. Sucede y hace que el

presidente redondee los labios en señal de admiración, los pone tan redondos como es preciso ponerlos para pronunciar la sílaba de determinada palabra:

—Petróoooleo.

—Exacto —dijo Jericho—. Los primeros yacimientos son detectados a principios de los años noventa, y es entonces cuando empieza la carrera. Se produce un continuo ir y venir de consorcios extranjeros en el golfo. Nadie pregunta ya por los derechos humanos. Las licencias de extracción proporcionan el mejor tema de conversación.

—Y Obiang cobra.

—Y hace limpieza, porque es el momento favorable —dijo Jericho, haciendo un gesto que invitaba a mirar la pantalla—. Si quieres ver la lista de los arrestados y asesinados...

—Déjalo.

—Excepto España, todo hay que decirlo. Madrid se indigna públicamente por las violaciones de los derechos humanos.

—Mis respetos.

—Más bien es resultado de la frustración. Algunos opositores han encontrado refugio en España y conspiran contra el clan de Obiang, de

modo que éste se muestra reacio en la concesión de licencias a compañías españolas. El gobierno español reacciona con enfado y congela de manera demostrativa la ayuda al desarrollo. De algún modo es conmovedor, pues, poco después, Mobil va a descubrir un nuevo yacimiento de crudo frente a Malabo, y el crecimiento económico de Guinea Ecuatorial se dispara un cuarenta por ciento. Luego todo se sucede de forma ininterrumpida: nuevos hallazgos frente a Bioko, ante Mbi ni , boom constructivo en Malabo, surgen ciudades petroleras como Luba y Bata, y Obiang deja de tener opositores

políticos. Es el príncipe del petróleo. Su reelección a mediados de los noventa se convierte en una farsa. El único rival que se puede tomar en serio, Severo Moto, del Partido del Progreso, es condenado a cien años de prisión por alta traición y consigue huir por los pelos a España.

—Interesante. —Yoyo lo miró pensativa—. ¿Y quién tiene la mayoría de las licencias?

—Estados Unidos.

—¿Y qué pasa con China?

—No en esa época. —Jericho negó con la cabeza—. Los consorcios estadounidenses salen ganando de ésta.

Ellos son los más rápidos, y fuerzan a Obiang a aceptar contratos desvergonzados, sólo que éste entiende poco del negocio y firma todo cuanto le ponen delante. El caos étnico entre los fangs y los bubis alcanza un nuevo clímax. En el continente, los bubis apenas están representados, en cambio, forman la mayoría en Bioko, ante cuyas costas, de repente, brota el petróleo a borbotones. Antes todos eran pobres, en teoría ahora todos tendrían que ser ricos, sólo que Obiang saca beneficios para su propio bolsillo. En 1998 se desatan las protestas. Los bubis jamás habían fundado un movimiento, el

objetivo es la independencia de Bioko, algo que Obiang, bajo ningún concepto, puede permitir.

—Las tropas soviéticas han sacado los tanques del garaje por menos.

—Y las tropas chinas...

—...también. —Yoyo entornó los ojos—. Bueno, ¿cómo reacciona Obiang?

—No hace nada. Se niega a toda conversación. Se producen ataques a estaciones de policía y bases militares por parte de bubis radicales. Están desesperados, son ciudadanos de segunda, y lo sienten en carne propia todos los días. Lo cual no quiere decir

que a la mayoría de los fangs les vaya mejor. Pero los bubis se están llevando la peor parte. Sin embargo, hay dinero suficiente para que todos se construyan una mansión en la jungla. Por otro lado...

«...en cada cielo hay un infierno», suele decir la gente en Malabo a principios del milenio, con lo cual quieren decir que el cielo se distingue del infierno de un modo muy similar a como destaca un lingote de oro flotando en un mar de mierda.

Inmediatamente antes del boom, Guinea Ecuatorial ocupa los primeros puestos en la lista de los países más pobres. En Bioko se desploma la

exportación de cacao; a lo largo de la costa, todas las plantaciones de café desaparecen bajo la amable presencia de todo tipo de malas hierbas. Las maderas preciosas prometen ganancias, y por eso se talan los abachi y los bongossi, pero luego se ve cómo los troncos quedan allí tirados, pues no hay maquinarias para sacarlos de allí, y mucho menos vías de transporte. La malaria, la dueña de la selva, se ha confabulado con las autoridades de Sanidad, tan renuentes a actuar, para reducir la esperanza de vida general a cuarenta y nueve años, para lo cual cuentan con el apoyo incondicional de

una nueva y pujante epidemia llamada sida. En todo el país, aparte de los helechos, las orquídeas y las bromelias, sólo florece la corrupción.

Cuatro años más tarde, aquella mancha sudorosa en la axila de África muestra un crecimiento anual del PIB del veinticuatro por ciento. Fluyen el petróleo y los dólares, pero las condiciones de vida apenas cambian. Obiang sospecha que le han tomado el pelo en las negociaciones de acuerdos para las licencias. Ni siquiera la aplicación de penas de prisión y de muerte contra algunos populares líderes bubis es capaz de mejorar su estado de

ánimo. No se puede decir que el presidente viva en la miseria; mientras que el África subsahariana muere a causa del VIH, él es un hombre rico Obiang firma acuerdos comerciales con Nigeria para la extracción conjunta de crudo y emprende la explotación de los yacimientos de gas natural. Sólo que otros dictadores han cerrado negocios más lucrativos. En 2002, el año anterior a los comicios, se arresta a decenas de presuntos golpistas, entre ellos todos los líderes de la oposición, lo que influye milagrosamente en el resultado de la votación. Nadie en su sano juicio ha puesto en duda la reelección de Obiang,

pero el hecho de que el candidato reúna el ciento tres por ciento de los votos deslumbra incluso a los más curtidos analistas. Reforzado por la experiencia y la voluntad popular, Obiang concede licencias con mejores condiciones, y por fin las cuentas cuadran. Teodorino, su hijo mayor y ministro de Recursos Forestales, ya puede pasarse el tiempo viajando en jet entre Hollywood, Manhattan y París, comprar Bentleys Lamborghinis y villas de lujo por docenas y, durante sus fiestas bañadas con champán, soñar con la época en que su progenitor pierda la batalla contra la próstata y la presidencia pase a sus

manos.

En esto lo ayuda, con absoluta discreción, el Riggs Bank de Washington, que le permite depositar en cuentas privadas treinta y cinco millones de dólares salidos de las arcas del Estado. Cuando el asunto se descubre, el presidente se muestra ofendido, aunque no demasiado impresionado. En el

«Kuwait de África», como se conoce entretanto a Guinea Ecuatorial, se puede vivir bien con una pésima reputación. El país figura entre los productores de petróleo más importantes de África y registra el mayor crecimiento económico del mundo. Casi con cariño, el dictador

cultiva su reputación de seguir los gustos culinarios de su tío y de no hacerle ascos a los hígados bien crujientes de un opositor, sobre todo si el plato va acompañado del vino adecuado. Todo es teatro, pero el impacto es enorme. Las organizaciones de derechos humanos le dedican artículos de repulsa, pero en casa ya nadie se atreve a meterse con Obiang. La idea de ser molido a palos en Playa Negra, para luego ser devorado, tiene poco de edificante.

En otros lugares no tienen tantos remilgos. George W. Bush, normalmente con muy pocas simpatías por África, un

sitio tan lleno de epidemias, de personas hambrientas rodeadas de moscas y animales venenosos, corrige su percepción. Muy enfadado con los ataques del 11 de septiembre, se esfuerza por independizarse de los suministros petroleros provenientes de Oriente Medio, a fin de cuentas, en África occidental, solamente, se supone que hay cerca de cien mil millones de barriles del mejor petróleo. Para 2015, Bush pretende estar cubriendo el veinticinco por ciento de las necesidades estadounidenses con esas reservas. Mientras que Amnistía Internacional pierde la visión de

conjunto debido a tantas historias de horror, Bush invita a Obiang y a otros cleptócratas africanos a un tímido desayuno en la Casa Blanca. Condoleezza Rice, por su parte, se presenta ante la prensa y encuentra palabras afectuosas y francas: Obiang es

«un buen amigo», cuyo compromiso con los derechos humanos cuenta con la estima de Washington. Se toman fotos. El buen amigo sonríe modestamente; la señora Rice también sonríe. Fuera de cámara, quienes sonríen a gusto son los ejecutivos de Exxon, Chevron, Amerada Hess, Total y Marathon Oil. En el año

2004, la producción de petróleo en

Guinea Ecuatorial se encuentra totalmente en manos norteamericanas; todos los años, los consorcios transfieren directamente setecientos millones de dólares a las cuentas de Obiang en Washington.

Curioso.

Porque quien visita Malabo en esos días no ve nada de eso. La única carretera asfaltada del país, la carretera del Aeropuerto, de cuatro sendas, sigue conectando el aeródromo con las inmediaciones del centro y sus edificios coloniales. El casco histórico, en parte rehabilitado, en parte deteriorado, está lleno de burdeles con bares. Delante del

palacio de gobierno, climatizado y feo, hay aparcados robustos todoterrenos. El único hotel irradia la elegancia de un alojamiento provisional. En ninguna parte existe una escuela que merezca llevar tal nombre. No hay ningún periódico de publicación regular, no hay sonrisas en los rostros, ninguna palabra franca. Por un lado o por otro, se ven andamios recostados contra las paredes, como borrachos, los zares de la construcción en el país son los Obiang, pero apenas se concluye ninguna obra, salvo las mansiones de la cleptocracia. Éstas son nuevas, pero parecen monumentos de un monstruoso mal

gusto, como los alojamientos y los cuarteles de los obreros extranjeros del petróleo, que surgen del suelo de la noche a la mañana. Como si se avergonzara, la embajada de Estados Unidos se agazapa entre casas de viviendas circundantes, mientras un trecho más allá de los vallados terrenos de Exxon destaca la suntuosidad de la embajada china.

—Entonces, los chinos empezaron a cortejar a Obiang en esa época —dijo Yoyo—. Aunque todo estaba en manos de los estadounidenses.

—Por lo menos lo intentaron —

respondió Jericho—. Al principio con

poco éxito. El nuevo círculo de amigos de Obiang abarcaba no sólo la dinastía de los Bush, sino también la Comisión de la Unión Europea, que desplegó para él, de manera diligente, su alfombra roja, muy especialmente los franceses.

¿Prohibición de la religión, torturas? ¿Y qué? Que la única organización de derechos humanos del país estuviera controlada por el gobierno, así como la radio o la televisión, les daba igual. Que dos tercios de la población vivían con menos de dos dólares al día, mei you banfa, eso no importaba nada. La región era de interés vital, y camarón que se duerme se lo lleva la corriente, y los

chinos, en particular, se retrasaron.

—¿Y cómo reaccionó la población del país ante los trabajadores petroleros?

—No reaccionó. Éstos eran trasladados directamente a los terrenos de las empresas, vallados de forma hermética. Marathon Oil, por ejemplo, construyó por entonces, cerca de Malabo, una ciudad propia situada alrededor de una planta de licuefacción de gas; por momentos llegaron a vivir allí más de cuatro mil personas. Una zona verde rodeada por un estricto sistema de seguridad, con su propia red eléctrica, su propio abastecimiento de

agua, sus restaurantes, sus tiendas y sus cines. ¿Sabes cómo la llamaban los propios trabajadores? Pleasantville.

—Qué bonito.

—Sí, muy bonito. Si un dictador te otorga un permiso para saquear los recursos naturales de su país mientras su propio pueblo mata monos por pura hambre, no deseas dejarte ver entre la gente. Y ellos, por su parte, tienen incluso menos ganas de verte a ti. Aparte de que no tienen que verse en apuros, pues sus empresas se autoabastecen. La economía privada doméstica no saca nada de que, unos pocos kilómetros más allá, vivan miles

de estadounidenses. La mayoría de los trabajadores del petróleo pasan meses en esos guetos o en las plataformas, fornican con chicas libres de sida procedentes de Camerún, consumen montones de tabletas contra la malaria y procuran regresar a casa sin haber tenido contacto con el país. Nadie quiere contactos. Lo principal era que Obiang permaneciera bien sentado en su trono y, con él, la industria petrolera estadounidense.

—Pero algo debió de salir mal. Para los yanquis, digo. En época de Mayé habían desaparecido prácticamente del panorama.

—Algo salió mal —asintió Jericho

—. En el año 2004 comenzó el descenso. Pero la culpa, realmente, la tuvo un inglés. Mark Thatcher.

—Ni idea.

—El hijo de Maggie Thatcher.

—Ya te digo, ni idea.

—Bueno, da igual. Creo que nuestra historia, y la de todo este lío que se nos ha venido encima, tiene su verdadero inicio a raíz del llamado «golpe Wonga».

—¿A raíz de qué?

—A raíz del...

... golpe Wonga. Es lengua bantú.

Wonga significa dinero, pasta, guita. Es

una burda paráfrasis para referirse a uno de los intentos de golpe de Estado más estúpidos de todos los tiempos.

En marzo de 2004, un destartalado Boeing de fabricación prehistórica aterriza en el aeropuerto de Harare, en Zimbabue, lleno de mercenarios procedentes de Sudáfrica, Angola y Namibia. El plan consiste en tomar armas y municiones a bordo y luego continuar vuelo hacia Malabo, a fin de unirse allí a un pequeño grupo de combatientes que se han infiltrado previamente en el territorio. Todos juntos deben derrocar al gobierno con un golpe de mano, eliminar a Obiang o

encerrarlo en su propia prisión. Lo principal es conseguir un cambio de poder. Unos días antes, al vecino país de Mali ha llegado, casi por obra de un milagro, Severo Moto, procedente de su exilio en Madrid; Moto es el líder del opositor Partido del Progreso, y piensa entrar una hora después en Malabo para que la gente le bese los pies, agradecida.

Sin embargo, todo sucede de forma muy distinta. A los servicios secretos sudafricanos, alertas ante los esbirros d e l apartheid que se han quedado desempleados, les llegan noticias del asunto y alertan a Obiang. Al mismo

tiempo, ponen al gobierno de Zimbabue al corriente de la llegada de un montón de ilusos que creen poder hacer historia disparando unos fusiles Kalashnikov que ya ni siquiera se fabrican. Tanto a un lado como al otro se va cerrando la trampa en torno a esos hombres, los arrestan, los condenan sumariamente a penas de cárcel, y en eso queda todo.

O en eso habría quedado.

Porque, estúpidamente —para los maquinadores de todo—, los interrogados, considerando la perspectiva de que les reduzcan las condenas, hablan hasta por los codos. Entonces el asunto se agrava. Uno de los

líderes del infeliz comando es Simon Mann, un antiguo oficial británico que, durante muchos años, fue director de las empresas privadas de mercenarios Executive Outcomes y Sandline International, en cuya red anda metido un tal Jan Kees Vogelaar. Mann, arrestado en Zimbabue, se apresura a contar que detrás de todo está un misterioso ejecutivo petrolero con pasaporte británico llamado Eli Calil, pero sobre todo está también sir Mark Thatcher, hijo de la primera ministra británica, quien ha puesto a su disposición considerables sumas para llevar a cabo la empresa. Sólo eso basta para

arrancarle a Obiang ciertas declaraciones en las que expresa su intención de sodomizar, ante los ojos de todos los ecuatoguineanos, a Simon Mann y a Thatcher, antes de que ambos sean despellejados vivos. Obiang deja entrever que dejará ciertas partes de la anatomía de Thatcher en manos de su cocinero, en caso de llegar a capturarlo. Mientras sir Mark se apresura a ocultarse tras la falda de su mamá, a Simon Mann lo amenazan con la extradición. Esto, y la perspectiva de unas horas de danza en Playa Negra, así como de otras cosas peores, contribuye con creces a soltarle la lengua, y es

entonces cuando todo el asunto sale a la luz pública.

Thatcher no es más que el testaferro. Los auténticos financiadores son los consorcios petroleros británicos, la flor y nata del ramo. A éstos no les había gustado que aquella rebosante riqueza se repartiera entre firmas estadounidenses y que Obiang no los dejara participar. No era para enfadarse, pero ellos habían querido cambiar algunas cosas. Severo Moto había sido el elegido para llevar a cabo la nueva repartición del pastel, un presidente títere que había prometido de antemano, entre otras cosas, favorecer también a empresas petroleras

españolas.

Y es entonces cuando Simon Mann hace estallar la verdadera bomba: ¡todos estaban al corriente!

La CIA. El MI6 británico. L inteligencia española. Todos lo sabían... y colaboraron. Se suponía que había incluso algunos buques de guerra españoles camino de Guinea Ecuatorial, era el colonialismo en un bucle infinito. Obiang se muestra consternado. Hasta su amigo de los desayunos en Washington lo ha atacado por la espalda. Sin ganas ya de continuar contribuyendo a su estabilización, Bush estaba dispuesto, en interés de un gobierno títere, a ceder

ciertas participaciones a los ingleses y a los españoles y, a cambio, negociar mejores condiciones de explotación. Obiang está furioso con toda aquella pandilla de miserables, pero decide satisfacer sus aspiraciones haciendo una nueva repartición de los derechos de explotación. Sólo que lo hace de un modo muy distinto de como se lo habían imaginado los estrategas globales. Las empresas estadounidenses quedan fuera, y, a cambio, son los sudafricanos los que reciben la adjudicación. Las relaciones con José María Aznar, el amiguete de Severo Moto y anfitrión de cuarenta mil guineanos ecuatoriales en

el exilio, quedan congeladas. Francia, por el contrario, se supone que ha ayudado a frustrar el golpe y, en correspondencia, Obiang mira satisfecho hacia la Grande Nation.

¿Y no había nadie allí en todo ese tiempo, en los puestos de arrancada, para cuando acabara el dominio único de Estados Unidos?

—China entra en juego. Con paso taimado.

En un principio, Obiang parece estar dispuesto a perdonar y olvidar. Aznar, entretanto, ha perdido las elecciones, de modo que puede sentarse a hablar de nuevo con España, así que impulsa una

ofensiva de seducción. Washington, por su parte, intenta repararlo todo por la vía diplomática. Competencia de sonrisas con Condoleezza Rice, nuevos contratos, todo el repertorio. En el 2008, los consorcios bombean cada año quinientos mil barriles de crudo de los mares situados frente al «país propiedad de Obiang», que registra los mayores ingresos per cápita en África. Los analistas parten de la idea de que en Guinea Ecuatorial hay reservas de petróleo mayores que las de Kuwait. Una buena parte de esa riqueza fluye hacia Estados Unidos, otro poco le toca a Francia, a Italia y a España, pero el

verdadero ganador es...

—...China.

—¡Exacto! El gigante asiático, con absoluta discreción, se ha puesto a la par que Estados Unidos.

—Claro. —Yoyo lo miró con los párpados entornados. También Jericho se sentía extrañamente cansado. La falta de sueño y el vuelo en el jet, al doble de la velocidad del sonido, empezaba a producir su efecto narcótico—. ¿Y Obiang?

—Todavía está cabreado. ¡Muy cabreado! Es consciente, naturalmente, de que algunos altos funcionarios de su gobierno estaban al tanto de las

intenciones de los golpistas. Un golpe así sólo consigue tener éxito con apoyo desde dentro. De modo que ruedan cabezas, y a partir de entonces Obiang no confía en nadie más. Por temor a su propia gente, llega a agenciarse una escolta de marroquíes. Al mismo tiempo, permite que se le haga la corte de una manera estrafalaria. Cuando llegan los jefes de Exxon, éstos tienen que dirigirse a sus ministros y generales con el apelativo de «excelentísimo». Antiguos esclavos se reúnen con antiguos traficantes de esclavos, todos se aborrecen. Las juntas directivas de las compañías petroleras detestan tener

que sentarse a la misma mesa con aquellos potentados de la selva, pero lo hacen de todos modos, ya que ambas partes se benefician con creces de ello.

—Mientras tanto, el país sigue en la ruina.

—Con ciertos beneficios para los fangs, pero, en su conjunto, la economía degenera. Bueno, en los barrios de chabolas hay algunos todoterrenos más, por lo menos todos tienen un teléfono móvil, pero el agua corriente y la electricidad son bienes escasos. El país sucumbe a la maldición de la materia prima. ¿Quién va a querer trabajar o superarse en un sitio donde los dólares

fluyen por sí solos a las cuentas? La riqueza transforma a unos en depredadores y a otros en zombis. Bush manifiesta sus intenciones de vaciar los fondos marinos frente a Malabo hasta el año 2030, y le promete a Obiang que lo dejará en paz en el futuro con el tema de los derechos humanos y con planes de derrocamiento, también promete compensarlo como corresponde.

—Eso suena bien. Quiero decir, para Obiang.

—Sí, debería haberse conformado con eso. Pero no lo hizo, porque el bueno de Obiang...

...es un elefante. Es rencoroso y

desconfiado, como son los elefantes por naturaleza. No puede olvidar que Bush, los británicos y los españoles han querido embaucarlo. Los émbolos de su bien engrasada maquinaria de poder suben y bajan a un alegre ritmo, todo funciona de maravilla, el dictador tiene una brillante reelección en el año 2009. Cuenta con una enorme riqueza, una riqueza de la que algunas ínfimas cantidades salpicarán por fin las capas medias y bajas, lo suficiente para anestesiar cualquier patrimonio de ideas revolucionarias. Pero Obiang ya piensa en la venganza.

Irónicamente, es justo el cambio de

gobierno en Estados Unidos el que da un vuelco a la situación. En cierto sentido, Bush era de fiar, ya que la dosis de moral de éste era inversamente proporcional a la manera en que abusaba del término en sus discursos. A Barack Obama, por el contrario, sumo sacerdote del Change, lo horroriza la idea de pelar huevos duros durante un desayuno a puerta cerrada con un caníbal. En su denodado esfuerzo por restituir el maltrecho prestigio de Estados Unidos en el mundo, saca conceptos como democracia y derechos humanos de aquella cloaca en que los había metido la retórica de Bush,

escucha a Naciones Unidas cuando allí se habla de aplicar sanciones contra los Estados canallas y saca de quicio a Obiang con exigencias humanitarias.

En medio de la fanfarria de una retórica estadounidense distinta, es tal vez a Obiang al único que le llama la atención que, de la noche a la mañana, los norteamericanos envíen a Sao Tomé y Príncipe dos unidades militares de apoyo muy bien armadas, directamente delante de sus narices. Se sospecha que también alrededor de esa pequeña nación insular hay petróleo en abundancia. Entretanto, China y Estados Unidos se enfrascan en una abierta

carrera por el mercado de los recursos naturales. Los tesoros de la tierra parecen únicamente destinados a ser repartidos entre los dos gigantes económicos. Oficialmente, las unidades militares estadounidenses deben asegurar el transporte sin fricciones del petróleo y el gas por el golfo de Guinea, pero Obiang ya se huele la traición. Su derrocamiento le facilitaría algunas cosas a Estados Unidos. Y ellos forzarán su derrocamiento mientras él siga yéndose a la cama con cualquier prostituta, en lugar de casarse con una de ellas.

Obiang mira entonces hacia Oriente.

En 2010, Pekín se ha convertido en el mayor acreedor de África, por delante del Banco Mundial. El presidente saca dos cuentas de tipo estratégico. La primera es que de China emana el menor peligro en relación con un golpe en su contra, siempre y cuando él favorezca a los chinos en el póquer por los recursos naturales. La segunda le dice que, si no lo hace, de Pekín emana el mayor peligro de ser derrocado, por eso concede nuevas licencias a China, y en Washington empiezan a sonar las campanas de alarma. Allí siguen buscando la proximidad de países que tengan algo que a cualquiera le gustaría

poseer. Representantes estadounidenses viajan a un encuentro un tanto chanchullero bajo el cielo chorreante de Malabo. De cara el exterior todo un cosmopolita impecable, Obiang asegura a los amigos norteamericanos que su estima por ellos permanece intacta, mientras que, por la espalda, deroga acuerdos, hace una nueva y arbitraria repartición de los derechos de explotación, suprime licencias y crea un ambiente de hostilidad contra los

«explotadores» occidentales. Las consecuencias no se hacen esperar: ataques a instituciones estadounidenses, arrestos y expulsiones de trabajadores

americanos. Washington se ve obligado a amenazar a Obiang con sanciones y con el aislamiento, el clima empeora rápidamente.

Más tarde, en la embriaguez de su poder, Obiang tensa aún más la cuerda. Mosqueado por la ampliación de las unidades militares estadounidenses, ordena atacar por sorpresa la ciudad petrolera de «Pleasantville», de la empresa Marathon Oil. Se produce una verdadera batalla en Punta Europa, con muertos en ambos bandos. El presidente, como de costumbre, desmiente cualquier participación, expresa su más profundo desconcierto y promete hacer lo que su

tío en otras épocas: crucificar a los culpables a lo largo de la carretera. Pero entonces comete el error de atribuir la culpa a los bubis, una chispa que salta sobre un depósito de gasolina. Ante la mera geoestrategia, Obiang pasa por alto que el conflicto étnico ha rebasado hace tiempo el umbral de lo controlable. Los bubis se defienden de las inculpaciones, atacan a los fangs del clan esangui, reciben disparos de los paramilitares de Obiang, pero esta vez la táctica de intimidación no funciona como de costumbre. Alguna gente de Marathon ha identificado a uno de los atacantes caídos como un oficial del

Ejército de Guinea Ecuatorial, un fang fiel a la línea de Obiang y, al mismo tiempo, su cuñado. Washington no excluye una intervención militar. Demostrativamente, Obiang hace encarcelar a algunos estadounidenses y culpa a Obama de querer incitar a su derrocamiento, lo que alienta a algunos políticos bubis a enviar ciertas señales a Washington. Severo Moto, el desdichado cuasi presidente, quien, en su exilio español, apenas tiene nada más que hacer salvo seguir rumiando el amargo trago del fracaso, facilita los detalles: si se consiguiera controlar Malabo, la capital —¡sólo de esa forma!

—, el golpe tendría perspectivas de éxito. Los corazones de los bubis laten por Estados Unidos. Entonces se hace otro cálculo: Estados Unidos, más los bubis, más un golpe, significa la salida de China y la entrada de Estados Unidos. Por supuesto que Estados Unidos niega oficialmente toda intención de organizar un derrocamiento, pero la trinchera ya está trazada.

Obiang se pone nervioso.

Intenta unir a los fangs para que lo respalden, pero entonces lo alcanza la tardía venganza de sus errores. A la mayoría de los fangs, bajo su gobierno, no les ha ido mejor que a los bubis.

Están insatisfechos y divididos. En particular, el clan gobernante se revela como un caldo de cultivo de shakespearianas intrigas. Atrincherado tras su Guardia Marroquí, el presidente pasa por alto que Estados Unidos ha comenzado, en silencio, a comprar a líderes fangs y bubis, obligándolos a estrecharse las manos. China entra en la puja. El Parlamento de Guinea Ecuatorial está en oferta, es como un Sotheby's de la corrupción. Los dispersados partidos bubis de dentro y fuera del país hallan la forma de crear tambaleantes alianzas. Obiang reacciona con el terror, un estado de guerra civil

sacude el país y atrae el interés de la prensa internacional. Estados Unidos va a dejar caer, definitivamente, al príncipe del petróleo. Debe convocar a nuevas elecciones o, de lo contrario, lo mejor sería que dimitiera de inmediato. Furioso, Obiang amenaza a los bubis con el genocidio, hace anunciar que desea comer muchos hígados asados, pero ya la resistencia apenas puede retenerse. Para completar la lógica de la confusión, de manera inesperada, varios clanes de fangs se pasan a las filas bubis en el interior del país, la región menos favorecida. Obiang pide a gritos la llegada de helicópteros de combate,

pero Pekín vacila. La política de no inmiscuirse, el pilar más importante de la política exterior china, no prevé una intervención militar. Simultáneamente, la Asamblea General de Naciones Unidas aplica sus resoluciones contra Guinea Ecuatorial. China interpone su veto y la Unión Europea exige la dimisión de Obiang. Camerún quiere mediar, pero a ambos lados del Atlántico predomina una opinión: el tiempo de Obiang ha terminado. El tipo tiene que quedar fuera, de una forma o de otra.

En el año 2015, uno antes de que se cumpla su mandato, debilitado por la

política y por la próstata, al dictador, finalmente, se le doblan las rodillas. En la televisión estatal puede verse a un hombre cansado y viejo que describe la cadaverización de su salud, razón por la cual ya no puede seguir sirviendo a su amado pueblo como de costumbre. Por tanto, por el bien de Guinea Ecuatorial, dejará su cargo en manos de gente más joven, y, en efecto, en efecto...

Siguiendo la dramaturgia de este teatrillo de provincias, Obiang debería ahora dejar que su hijo mayor, Teodorino, salga de detrás del telón portando el ornato presidencial, pero éste, previsor, se ha marchado a una

estación de buceo en el triángulo de las Bermudas de la jet set. No obstante, la mayoría de sus tíos y primos ven con mejores ojos en el poder al segundogénito de Obiang, Gabriel, que dirige los negocios petroleros. Surge entonces la discordia entre teodorinistas y gabrielistas. Estados Unidos, acérrimo enemigo de Teodorino, ya que éste, algunos años antes, había proclamado a bombo y platillo su intención de renegociar todos los contratos petroleros con dicho país, difunde rumores según los cuales Teodorino planea el asesinato de Gabriel. De repente, nadie parece querer asumir

realmente las riendas. Obiang, repugnado por el mal gusto de la cobardía, se decide finalmente, sin vacilar, a nominar al candidato de la transición, quien va a dirigir los negocios del gobierno mientras dure el año de mandato que le queda para luego convocar a elecciones, previa legalización de todos los partidos y candidatos. El elegido es el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, un primo de Obiang, cuyo pecho, lleno de medallas, da fe de sus leales servicios, entre otros, la prevención de varios intentos de atentado y de golpes y el encarcelamiento y la tortura de muchos

bubis y fangs. Se trata del...

...general de brigada Juan Alfonso Nguema Mayé. Corpulento, calvo, con una sonrisa ancha y seductora. Mayé, que tiene una empresa en Berlín de tanques de petróleo, devora con deleite los globos oculares de Yoyo, mientras que Jan Kees Vogelaar...

—Owen.

Mayé se transforma en Kenny, se aproxima, se ve negro contra el fondo de llamas, levanta un brazo, y Jericho ve cómo alza el cráneo sin ojos de Yoyo.

«Dame tu ordenador», dice la figura.

«Dame...»

—Owen, despierta.

Alguien lo sacudía por el hombro. La voz de Yoyo lo arrullaba en el oído. Él aspiró su aroma y abrió los ojos. Detrás de ella estaba Tu, que le sonreía desde su altura.

—¿Qué pasa? —preguntó Jericho señalando la cabina del piloto—. ¿No deberías estar sentado ahí delante?

—Piloto automático, xiongdi — respondió Tu—. Un invento que es una bendición. Tuve que sustituirte temporalmente, ¿quieres oír cómo continúa la historia de Mayé?

—Ejem...

—Eso podría pasar por un «sí» —

susurró Yoyo volviéndose hacia Tu—.

¿Qué crees?, ¿que ha dicho sí?

—Suena más bien como si le apeteciera un café. ¿Quieres un café, Owen?

—¿Hum?

—¿Que si quieres un café?

—Yo, no..., nada de café.

—Está totalmente frito, nuestro

«cadidato de la trasicióoon» —

murmuró Yoyo en tono conspirativo.

Tu barboteó.

—Cadidato de la trasicióoon — repitió el chino, apoyado por la risita melódica de Yoyo.

Ambos parecían estar divirtiéndose de lo lindo, y él era la fuente de esa

diversión. Enfurruñado, Jericho miró por la ventanilla hacia la noche y luego los miró de nuevo a ambos.

—¿Cuánto tiempo he estado ausente?

—Oh, una horita.

—Lo siento, no quería...

Yoyo lo miró. Intentó mantenerse seria, pero a continuación ella y Tu rompieron a reír al unísono. Como bobos, competían a ver quién reía más, era una risa nerviosa y jadeante.

—¡Eh! ¿Qué es lo que os parece tan gracioso?

—Nada.

Jadeos, carcajadas.

—Por lo visto, sí que es algo.

—No, nada, Owen, de veras que no. Sólo que...

—¿Qué?

«Es como en Máxima ansiedad, la peli de Mel Brooks —pensó el detective

—. Empieza la histeria.» Se sabía de gente que, después de ciertas experiencias traumáticas, no conseguían ponerle fin a la risa. Asombrosamente, y aunque no tenía la menor idea de qué se trataba, sintió una dolorosa añoranza de reír con ellos, fuera lo que fuese. «Eso no está nada bien —pensó—. Nos estamos volviendo todos locos.»

—¿Y bien?

—Bueno. —Yoyo arrugó la nariz y

se enjugó el rabillo del ojo—. Es una estupidez, Owen. Te perdí la pista en medio de una frase, ¿sabes? Tu última palabra fue...

—¿Cuál?

—Supongo que debió de ser

«candidato de la transición». Pero tú dijiste que Obiang había... elegido... un

«cadidato de la trasicióoon»...

Tu soltó unos balidos.

—... cadidato...

—Estáis como cabras.

—Venga, Owen, es divertido —

gruñó Tu—. ¡Es realmente divertido!

—¿El qué, maldita sea?

—Te has quedado dormido en medio

de una frase —dijo Yoyo entre risitas—. Tu cabeza cayó hacia adelante de una manera tan cómica, y tu mentón se plegó hacia abajo... Algo así...

Pacientemente, Jericho aguardó a que acabara aquel babeante remedo de su humillación. Tu se enjugó el sudor de la calva. En momentos como ése, el humor chino y el humor inglés parecían estar a galaxias de distancia, pero de repente comprendió que él también estaba riendo. De algún modo sentaba bien. Era como si alguien, en su interior, estuviera moviendo los muebles y aireara la habitación como era debido.

—Muy bien —dijo Tu dándole un

golpecito en el hombro—. Me voy de nuevo a la cabina. Yoyo te contará el resto. Más tarde podremos sacar conclusiones.

—¿Dónde nos habíamos quedado?

—preguntó Jericho.

—En el «cadidato de la trasi...» —

gorjeó Yoyo.

—Bueno, ya está bien.

—No, en serio. En el general Mayé. Por supuesto. Obiang había

nombrado como sucesor a su cargo militar más alto. Mayé debía aprovechar el período de mandato restante para preparar las elecciones democráticas; sin embargo...

...nadie confía en el general de brigada. Mayé es considerado un hombre de línea dura y una marioneta de Obiang. No cabe duda de que habrá elecciones, alguien acaparará el resultado, ya sea el propio Mayé o uno de los hijos del presidente. Definitivamente, no hay ninguna opción que sea convincente para nadie.

Salvo para Pekín.

Lo que luego sucedió llegó por sorpresa tanto para Mayé como para el propio Obiang, hasta el punto de que, aún semanas después, seguían creyendo que se trataba de una pesadilla. El día del traspaso de poderes, una alianza

entre fangs y bubis, osadamente forjada, entre la que había miembros de las fuerzas armadas, asaltó, en una acción concentrada, varias comisarías de policía de Malabo y la sede del gobierno, arrestó al dictador y a su designado sucesor, los llevó a ambos hasta la frontera con Camerún y los echó sin dilaciones del país. La inversión de Estados Unidos había dado sus frutos, se compraron casi todas las posiciones clave dentro de los círculos del gobierno, y esto, incluso, en beneficio del propio Obiang, ya que Washington había querido evitar cualquier tipo de justicia de linchamiento para el apoyo

logístico y estratégico del golpe.

Por espacio de unas horas el país pareció no tener un líder.

Entonces, el sucesor de Severo Moto se baja de un avión español. Es un economista de carrera llamado Juan Aristide Ndongo, de la etnia de los bubis, que en alguna ocasión había tenido que pasar una temporada de varios años en Playa Negra debido a sus críticas al régimen y que, sólo por ese dato, goza de la confianza de grandes sectores de la población. A Ndongo se lo considera un tipo inteligente, amistoso y débil, es decir, es el candidato ideal. Los fangs y los bubis se

han puesto de acuerdo sobre él de antemano con Estados Unidos, Gran Bretaña y España, y esperan poder mangonearlo a voluntad, pero pronto éste deja a todos pasmados con su propia visión de las cosas. A la rápida disolución del Parlamento le sigue la formación también rápida de un nuevo gobierno en el que están representados por igual tanto los bubis como los fangs. Ndongo promete hacer frente al tema de la infraestructura, relegado por tanto tiempo, a la creación de un sistema educativo pujante, a la reactivación de la economía, a la salud y la prosperidad para todos. Sobre todo, arremete contra

el capitalismo vampírico de los chinos, que ha destruido Guinea Ecuatorial en contubernio con el desconsiderado gobierno de Obiang, cancela los acuerdos de licencia con Pekín y restituye las licencias a los estadounidenses, acordándose también, con sabia previsión, de españoles, británicos, franceses y alemanes.

Pero la realidad alcanza a Ndongo como una jauría de perros. En la misma medida en que intenta poner en práctica sus planes, se agencia la aversión de la élite fang, que no ha contado con la voluntad de supervivencia del nuevo gobernante. En lugar de transferir los

ingresos provenientes del petróleo a cuentas privadas, Ndongo los deposita en fondos fiduciarios, con lo que pone el dinero fuera del alcance de la corrupción. Tal como prometió, construye carreteras y hospitales, da un nuevo impulso al comercio de la madera y afloja la censura. Con ello, provoca el odio de los antiguos enchufados de Obiang, que se han dejado comprar sin tener en cuenta que el político bubi, con su prédica, podría afirmarse en la presidencia. En el primer año tras el cambio de poderes, los de la línea dura pasan a la oposición. Cualquier éxito de Ndongo alimenta su malestar, así que

tratan de sabotearlo cada vez que pueden, denuncian su incapacidad para eliminar ciertos resentimientos étnicos pero, al mismo tiempo, los alimentan. Ndongo era un segundo Obiang, decían, perjudicaba a los fangs y era un títere de Estados Unidos. Muchos proyectos emprendidos con valentía se atascan. El avance del sida es galopante, la delincuencia hace estragos por doquier y, al final, el Parlamento de Ndongo resulta ser tan corrupto como el de su predecesor. Poco a poco, mientras va renqueando con las muletas de la legalidad, el presidente pierde sus adhesiones.

En el segundo año del mandato de Ndongo, miembros radicales del clan de los esangui-fang inician ataques contra instalaciones petroleras de Estados Unidos y Europa. Los bubis y los fangs se piden mutuamente las cabezas, como siempre, las células terroristas frustran cualquier intento por conseguir la estabilidad política, la achacosa idea de Ndongo de construir un mundo mejor se viene abajo. Para sus enemigos, ha ido demasiado lejos; para sus amigos, no lo ha hecho lo suficiente. En un doloroso acto de negación de sus propios principios políticos, Ndongo sube el tono, realiza detenciones masivas y echa

por tierra, de la noche a la mañana, lo que fuera su único capital: la honradez.

Mayé ya está calentando en

Camerún.

—Para el exterior —dijo Yoyo—, todo se presenta del siguiente modo: Obiang, enfermo y amargado, vegeta en el país vecino e insta a Mayé para que saque a Ndongo del cargo a la menor oportunidad. Según la propia voluntad del anciano dictador, Mayé no debe gobernar él mismo, sino preparar el terreno para que lo hagan Teodorino y Gabriel, quienes, sólo de pensar en Ndongo, se echan en brazos el uno del otro entre sollozos. Ya no puede

hablarse de rivalidades entre sí. El país se desestabiliza, Ndongo está vencido. Mayé, en realidad, sólo tendría que entrar en el país y gritar «¡Buh!», sólo que, por supuesto, no puede entrar.

—Pero como los golpistas no necesitan visado...

—...el general se muestra de acuerdo y organiza el asunto. Se sabe que Mayé, de antemano, ha establecido contactos con una empresa privada de mercenarios, la African Protection Services, conocida por sus siglas, APS

¡Y ésta... —Yoyo hizo una pausa, durante la cual pareció oírse una breve fanfarria— debería interesarnos!

—Déjame adivinar. Vogelaar aparece de nuevo.

Yoyo sonrió, complacida.

—He encontrado los años que faltaban. ¿Te dice algo el nombre de ArmorGroup?

—Lo conozco. Es un gigante londinense de la seguridad.

—En 2008, ArmorGroup acepta un mandato en Kenia. En ese momento se estaba produciendo la escisión de una empresa más pequeña, Armed African Services. La empresa de Vogelaar, Mamba, operaba en la misma zona de conflicto. Se cruzaban constantemente en el camino, tal vez los de una empresa

iban donde los otros para pedir prestada un poco de munición; en fin, se caían bien, y en 2010 fundaron la APS, con Vogelaar de jefe. ¿Hasta ahí todo claro?

—Sí. Mayé derrocó a Ndongo con la ayuda de la APS. Pero ¿quién pagó entonces a la APS?

—De eso se trata. Mayé era un gran amigo de los chinos.

—¿Quieres decir que...?

—Quiero decir que todo el tiempo hemos partido de la idea de que el intento de golpe del que se habla en el fragmento de texto es el del año pasado. Sin embargo, en 2017, Pekín habría tenido muchas más razones para tirar de

la cuerda.

Jericho reflexionó. Trató de recordar quién llevaba la voz cantante en Malabo por aquel entonces. Cuanto más pensaba en ello, tanto más seguro estaba de que Ndongo había llegado a ocupar su antiguo puesto.

—¿Y cómo transcurrió el golpe de

Mayé?

—Sin problemas. Ndongo había sido previsor y estaba fuera del país. En general, nadie pareció especialmente sorprendido. Apenas hubo resistencia, y tampoco hubo muertos. El único shock se lo llevó Obiang. Mayé hizo arrestar a todos los opositores, entre ellos a los

más cercanos confidentes de Obiang, a teodorinistas y gabrielistas...

—Porque no tenía ninguna intención de ceder el poder.

—Bingo.

—Y Vogelaar se convirtió así en su jefe de seguridad.

—Ajá.

—¿Hay pruebas de que China estuviera involucrada en el golpe?

—Owen, ¿en qué mundo vives? —lo reprendió Yoyo—. Nunca hay pruebas. Por otro lado, hay que ser muy estúpido como para ignorar que el golpe significó de inmediato el final para Exxon, Marathon y consorte, mientras que el

gigante chino, Sinopec, pronto nadaba en petróleo salido de Guinea Ecuatorial. Además, están los discursos de Mayé, en los que hablaba de deuda histórica, de que China siempre había sido un país hermano, blablablá. Bajo cuerda, Mayé estuvo de acuerdo en venderle su país a China sin restricciones.

Jericho asintió. No cabía duda de que Yoyo tenía razón: Mayé había llegado al poder con ayuda de China, y había cuidado a sus protegidos tal y como habían acordado. Pero ¿por qué entonces iban a matarlo más tarde?

—¿Y si no fueron los chinos? —

preguntó Yoyo, como si hubiera

adivinado sus pensamientos—. Me refiero a lo ocurrido el año pasado.

—¿Y quién, si no?

—¿Resulta tan difícil de adivinar? Mayé no escatimó jamás ninguna oportunidad para incomodar a Estados Unidos. Ordenó arrestar a sus representantes, rompió todos los acuerdos, favoreció los ataques terroristas contra instalaciones estadounidenses, aun cuando, en el terreno diplomático, lo negara todo rotundamente. Aquello bastaba, sin embargo, para que Washington lo amenazara con sanciones y hasta con una eventual invasión.

—Suena a fanfarronada bélica.

—Ésa es precisamente la cuestión.

—¿Y después? El hombre gobernó durante siete años. ¿Qué pasó en todo ese tiempo?

—Extendió la mano y exigió su pago. Dejó que la economía hiciera el resto. Hizo desaparecer a la oposición, torturó, fusiló, decapitó, qué sé yo. Al cabo de poco tiempo ya todos habían comprendido que, comparado con Mayé, Obiang parecía un benefactor, pero ya estaban cogidos por el cuello. Sólo que a Mayé no le iban mucho ciertas cosas, como el canibalismo, la brujería o todos esos rituales mágicos; en cambio, había

desarrollado una perfecta megalomanía. Construyó rascacielos en los que luego nadie fue a vivir, pero eso daba igual, lo importante era el paisaje urbano. Estaba planeando crear una Las Vegas ecuatoguineana, pretendía construir un teatro de ópera en el mar. Y ya se volvió loco del todo cuando anunció que Guinea Ecuatorial tendría su propio programa espacial, a cuyo fin construyó en serio una rampa de lanzamiento en medio de la selva.

—Espera un minuto. —Débilmente, Jericho fue recordando haber leído algo sobre ello en su momento: un dictador africano que había construido una base

de lanzamiento de cohetes y pregonado a bombo y platillo que su país enviaría astronautas a la Luna—. ¿Acaso eso no fue en...?

—En 2022 —respondió Yoyo—. Dos años antes de su caída.

—¿Y cómo acabó todo el asunto?

—¿Ves a algún africano en el espacio?

—No.

—Pues eso. Es decir, es cierto que en una ocasión sí que lanzaron algo. Un satélite de comunicaciones.

—¡Dios santo! ¿Y para qué necesitaba Mayé un satélite?

Yoyo se pasó el dedo por la sien.

—Ese hombre no estaba bien de la cabeza, Owen. ¿Por qué los hombres se operan para alargarse el pene? Por tener una rampa de lanzamiento de cohetes. Sin embargo, al final Mayé se convirtió en el hazmerreír, porque el satélite dejó de funcionar un par de semanas después de su lanzamiento.

—Pero fue puesto en órbita.

—Incluso sin problemas.

—¿Y después?

—No hay después. Dos años más tarde, Mayé fue liquidado y Ndongo regresó. —Yoyo se echó hacia atrás. La postura de su cuerpo indicaba que había llegado el fin de la jornada—. Sobre

eso, tú deberías saber más que yo. Ésa fue la parte que tú investigaste.

—Sobre Ndongo no sé mucho.

—Bueno —dijo Yoyo, extendiendo los dedos—. Si quieres averiguar quién asumió las consecuencias esta vez, tendrás que estudiar a fondo la política de Ndongo en relación con el petróleo. No tengo ni idea de si sigue mostrando la misma fidelidad a China de la que hizo gala Mayé.

—Definitivamente, no.

—¿Cómo lo sabes?

—Tú misma has dicho que había atacado China del modo más violento. Creo que de eso no hay duda. Ndongo

fue instalado por Estados Unidos y derrocado por los chinos.

—¿Y quién, entonces, derrocó a

Mayé?

Jericho se mordió el labio inferior.

«...declaración haría del golpe gobierno chino...»

—Hay algo en esta historia que no tiene ningún sentido —dijo el detective

—. En el fragmento de texto se habla de un golpe en el que China está involucrada, pero no puede tratarse del golpe del año 2017. Por un lado, eso ocurrió hace ocho años. De todos modos, todo el mundo sospecha que Pekín estuvo metido en el asunto. ¿Por

qué entonces iban a perseguirnos por eso? Por otro lado, se habla explícitamente de Donner y de Vogelaar, pero este último sólo aparece en relación con Mayé.

—O fue puesto allí por Pekín, una especie de guardián de Mayé. Un informante.

—¿Y Donner?

—Recuerda que lo del año pasado no fue un simple golpe de Estado, sino una ejecución. Un intento concertado para eliminar testigos. Mayé debía de saber algo o, mejor dicho, él y su Estado Mayor. Algo de tal gravedad que los mataron por ello.

—Algo sobre China.

—¿Por qué otra cosa iban los chinos a quitar a alguien del camino que ellos mismos habían entronizado en el poder? Tal vez Mayé se hubiera vuelto incosteable. Y Donner era uno de los miembros de su equipo.

—Y Vogelaar fue quien mantuvo el contacto con Pekín. Como jefe de seguridad, era quien estaba más cerca de Mayé. Entonces recomienda decapitar al régimen del general.

—Y lo consiguen. Excepto con

Donner.

—Que logra escapar.

—Y ahora Vogelaar tiene la misión

de encontrarlo y despacharlo hacia donde está Mayé. Por eso nos persiguen. Porque sabemos que la tapadera de Donner ha sido descubierta. Porque podríamos ser más rápidos que Vogelaar. Porque podríamos alertar a Donner.

—¿Y Kenny?

—Kenny es tal vez el contacto chino de Vogelaar.

El cerebro de Jericho latía. Si era cierto todo lo que estaban tabulando, la vida de Donner pendía de un hilo muy fino.

El detective se mordió el labio inferior.

No, debía de haber algo más. No se trataba únicamente de impedir el asesinato de Donner. Por supuesto que eso también desempeñaba cierto papel. Sin embargo, debía de ser otro el verdadero motivo de la brutal cacería que había tenido lugar en las últimas veinticuatro horas. Alguien temía que pudieran averiguar lo que Donner sabía.

Jericho miró hacia afuera, hacia la noche, con la esperanza de que no llegaran demasiado tarde.

BERLÍN, ALEMANIA

Circuitos incandescentes. Un entramado de moho sobre un fondo negro. Colonias de miles de millones de organismos abisales entretejidos, el paisaje neuronal de un cerebro infinitamente expansivo, un cosmos coagulado. De noche y desde una gran altura, el mundo admitía casi cualquier interpretación; la única que no admitía era que partes de su superficie, sencillamente, estuvieran iluminadas por farolas, carteles lumínicos, coches y lámparas de mesa, por taxistas exhaustos

y trabajadores por turnos, por la búsqueda perpetua de distracción y por preocupaciones que se reflejaban en horas de insomnio y en pisos alumbrados a deshoras. Lo que parecía un mensaje cifrado destinado al ojo de un observador extraterrestre tenía, en realidad, el siguiente subtexto: «Sí, estamos solos en el universo, cada uno para sí, pero todos juntos, también pueden encontrarnos en los desiertos sin luz, sólo que allí seremos algo más subdesarrollados y pobres, y estaremos aislados de todo.»

Jericho miró indeciso a través de la ventanilla del avión. Yoyo se había

quedado dormida en su asiento, y el jet ya había iniciado el descenso. A Tu no le gustaba conversar mientras estaba tras los mandos del avión. A solas consigo mismo, Jericho había intentado durante un tiempo arrancarle algunas informaciones a la red sobre el actual mandato de Ndongo, pero el interés de los medios por Guinea Ecuatorial había expirado con la muerte de Mayé. De pronto sintió una desgarradora falta de motivación. El ronquido suave y melódico de Yoyo tenía algo de monólogo. Una y otra vez, su tórax se henchía, el cuerpo de la joven daba una sacudida y sus ojos rodaban bajo los

párpados. Jericho la observó. Aquel irritante momento de intimidad que habían compartido no parecía haber tenido lugar.

Entonces el detective volvió la cabeza y dejó que su mirada vagase por aquel hilado de luces que se hacía cada vez más denso. A diez kilómetros de altura había sentido una persistente soledad, la soledad de estar muy alejado de la Tierra, pero no lo suficientemente cerca del cielo. Agradecía ahora cada metro que el avión descendía, y ese descenso hacía que los extraños patrones de hacía tan sólo un momento volvieran a crear imágenes familiares.

Edificios, calles y plazas producían la ilusión de familiaridad. Jericho había estado varias veces en Berlín. Aunque no a la perfección, hablaba bien el alemán; nunca se había tomado la molestia de estudiarlo, pero lo hablaba sin acento. Tan pronto se disponía a empollar con disciplina para aprender un idioma, conseguía dominarlo al cabo de pocas semanas; las meras audiciones le bastaban para aprenderlo.

Esperaba de todo corazón encontrar a Andre Donner con vida.

A las cuatro y cuarto de la madrugada aterrizaron en el aeropuerto de Berlín-Brandemburgo. Tu se

apresuró a conseguir un coche de alquiler. Cuando regresó, agitó malhumorado la memoria USB que servía de llave a un Audi.

—Habría preferido otra marca — dijo poniendo morros mientras recorrían el desierto de luces de neón del aparcamiento, en busca del coche.

Jericho trotaba tras él, con su mochila a la espalda; a su lado, arrastrando los pies, marchaba una Yoyo a la que habían conseguido despertar a duras penas y cuya mirada hacía pensar que la joven estaba metida en un frasco con cloroformo. Aparte de Diana y de algún que otro dispositivo de hardware,

el detective no llevaba nada más consigo. Tu se había negado a llevarlo una vez más hasta Xintiandi, antes de despegar, para recoger lo estrictamente necesario. Tampoco a Yoyo le había permitido regresar a su casa, lo que había provocado las protestas de la joven, que sacaron de quicio a Tu.

—¡No hay más que hablar! —había gritado él—. Kenny y compañía podrían estar esperándoos allí. O bien acaban con vosotros allí mismo u os siguen hasta aquí.

—Entonces envía a uno de tus hombres.

—A ellos también los seguirían.

—Entonces, sencillamente, déjame...

—Olvídalo.

—¡Tío, no puedo pasarme días andando por ahí con la misma ropa apestosa! Y seguro que Owen tampoco,

¿no es así?... ¿No es así, Owen?

—Deja ya tus miserables intentos por hallar un compinche. ¡He dicho que no! Berlín es una ciudad civilizada. Según he oído decir, hay allí calcetines, ropa interior, agua corriente y hasta luz eléctrica.

Luz eléctrica había, eso era seguro, sin embargo, lo de la ducha caliente, o lo del olor de una muda de ropa limpia parecía estar a años luz en aquel

desolado hangar repleto de coches. Tu pasó con prisa delante de decenas de autos con carrocerías idénticas, reforzadas con latón o con fibra sintética; los apremiaba para que apretaran el paso, hasta que por fin divisó la oscura y discreta berlina.

—El coche no está mal —se atrevió a objetar Jericho.

—Yo habría preferido una marca china.

—¿De qué estás hablando? Tú no conduces coches chinos. Ni siquiera en China.

—Muy gracioso —dijo Tu mientras el coche leía los datos de la memoria

USB y les abría sus puertas de un modo servicial—. Eres un investigador genial; sin embargo, en algunas ocasiones, me pareces salido de la Edad de Piedra. Yo conduzco un Jaguar, y Jaguar es una marca china.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace tres años. Se la compramos a los indios, igual que compramos Bentley a los alemanes. También habría aceptado un Bentley, por cierto.

—Vaya, ¿y por qué no un Rolls?

—¡Ni hablar! Los Rolls-Royce so indios.

—Vosotros dos estáis mal de la

cabeza —dijo Yoyo, bostezando, y se tumbó en el asiento trasero.

—Escucha —dijo Jericho mientras se deslizaba en el asiento del acompañante—. Ninguna de esas marcas son chinas por el mero hecho de que las hayáis comprado. Son marcas inglesas. La gente las compra porque le gustan los coches ingleses, la misma razón por la que las compras tú.

—Pero pertenecen a...

—...fingen que son chinas, eso está claro. A veces me parece que todo esto de la globalización es un gran malentendido.

—¡Venga ya, Owen! ¡En serio!

—No, de verdad.

—Tales expresiones eran ya sosas hace veinte años. —Tu dirigió el coche en un eslalon por los pasadizos del aparcamiento, cuya uniformidad sólo se veía superada por el hecho de que parecía haber infinidad de ellos—. Mejor dime si habéis encontrado algo más de interés.

Jericho le contó en pocas palabras los intentos infructuosos de Ndongo para reformar el país y atraer de nuevo al negocio a Estados Unidos; le habló del golpe de Mayé, de la evidente implicación de Pekín en él y de la política de Mayé en relación con China.

Mencionó los indicios de megalomanía del dictador, su fallido programa espacial y su sangriento derrocamiento.

—Oficialmente, Mayé y su camarilla fueron víctimas de una revuelta de los bubis, la cual fue apoyada por círculos influyentes de los fangs —agregó—. Algo, por otra parte, plausible. En cualquier caso, Obiang no estuvo detrás del asunto. Desde su expulsión de Camerún, privatiza y libra allí su última batalla contra el cáncer, según he oído.

—¿Y tampoco fueron los hijos?

—No.

—Vaya. —Tu chasqueó la lengua—. Sorprendentemente existen muy pocas

informaciones sobre lo ocurrido allí en el último año, ¿no?

Jericho lo miró de arriba abajo.

—¿Son ideas mías o sabes algo más que yo debería conocer?

—Oída ouk eidós —dijo Tu con cara de inocente.

—Pero eso no es de Confucio.

—¡No, qué va a ser! Apología de Sócrates, de Platón: «Solo sé que no sé nada.»

—Fanfarrón.

—De ningún modo. Expresa exactamente lo que quiero decir. En efecto, sé que existe una explicación para la pérdida de interés que se ha

producido en relación con Guinea Ecuatorial, pero no logro comprenderlo. Sin embargo, es algo evidente, algo que está a la vista.

—¿Y eso explica también por qué casi nunca se ha especulado sobre la participación extranjera?

—Pregúntame cuando haya pensado en ello.

Jericho escuchó durante un rato el ruido del sistema de navegación.

—Mira, el problema es que el golpe no podría haberse llevado a cabo sin ayuda foránea —dijo el detective—. Está claro que Mayé fue colocado por los chinos, por eso cabe pensar que

Estados Unidos lo derrocó. Pero nuestro fragmento de texto dice otra cosa; dice que China también tenía las manos metidas en esto. Y si eso es así, tal vez ello signifique que el dócil sirviente, al final, no se mostró lo suficientemente dócil.

—¿Quieres decir que Mayé no quiso seguir satisfaciendo los deseos de Pekín?

—Yoyo y yo nos inclinamos a pensar que él y su círculo íntimo podrían haberse convertido en un peligro para China.

—Lo que explicaría por qué los chinos primero lo entronizaron y luego

lo mataron —concluyó Tu.

—Eso, por supuesto, asumiendo las considerables desventajas.

—¿En qué sentido?

—El petróleo, el gas. Ndongo nunca fue amigo de Pekín.

Tu abrió la boca, por un momento pareció como si hubiese comprendido algo de gran trascendencia, pero entonces volvió a cerrarla. Jericho alzó una ceja.

—¿Ibas a decir algo?

—Más tarde.

Ambos callaron. Yoyo había vuelto a quedarse dormida en el asiento trasero. Cuando finalmente se

encontraron en la autovía urbana, ya comenzaba a asomar el alba y el tráfico se hacía más denso. El sistema de navegación del Audi impartía indicaciones en tonos muy bajos. Se estaban acercando al distrito de Berlín Mitte, en el centro; fueron guiados hasta la plaza de Potsdam y allí, a las cinco y media de la mañana, ocuparon sus espaciosas habitaciones limpias en el recién rehabilitado hotel Grand Hyatt. Una hora más tarde ya estaban desayunando. La oferta era abundante. Yoyo había superado su cansancio y paleaba cantidades enormes de huevos revueltos con beicon; Tu, menos

selectivo, se abrió paso en diagonal a través de la mesa bufet y se las ingenió para combinar pescado ahumado con crema de chocolate, haciendo con ello una mezcla tan horrorosa que Jericho tuvo que apartar la vista. Como siempre, el empresario chino parecía no darse cuenta de lo que comía. Haciendo ruido, aligeró la mezcolanza con un poco de té verde y se entregó a un estado de contemplación.

—No puedo creer que estéis tan cansados todavía —señaló—. Habéis dormido suficiente en Shanghai, así que...

—Yo no pude pegar ojo —murmuró

Yoyo—. Sólo ahora, en el avión.

—A mí me sucedió lo mismo — añadió Jericho—. Cada vez que pensaba que iba a quedarme dormido, me veía en una especie de campo eléctrico.

—¡Vaya, tío, eso mismo! —Yoyo abrió los ojos y le apretó la mano en un acto reflejo—. ¡Esa misma sensación tuve yo! Como si alguien te pegara una descarga eléctrica.

—Sí, y uno se estremece...

—¡Y te despiertas de nuevo! Y así toda la noche.

—Qué interesante —comentó Tu, que los observó a uno y a otra y luego sacudió la cabeza—. No sé, yo resistí la

pequeña depresión del año 2010, la crisis del yuan en 2018, la recesión de hace dos años, pero jamás he permitido que nada me robe el sueño.

—¿De veras? —dijo Yoyo, incorporándose—. ¿También han masacrado a tus amigos delante de tus ojos y luego te han perseguido hasta casi matarte?

Tu inclinó la cabeza.

—¿Crees entonces que eres la única persona que ha visto morir a otros?

—No lo sé.

—Exacto.

—No tengo ni idea de lo que habrás visto tú.

—Pues si no tienes ni idea...

—¡No, no la tengo! —gruñó Yoyo

—. ¿Y sabes por qué? Porque tú y mi padre parecéis gallinas, ¡siempre empollando vuestro miserable pasado! Me da igual lo que hayáis vivido. Maggie, Tony, Jia Wei y Ziyi fueron despedazados a tiros delante de mis narices. Xiao-Tong, Mak y Ye también están muertos, por no hablar de Grand Cherokee, y mi padre, Daxiong y Owen aún están vivos de milagro. Así que perdona, pero me he permitido dormir un poco mal. ¿Alguna otra frasecita inteligente?

—Esos arrebatos emocionales...

Deberías...

—¡No, tú deberías! —Yoyo gesticuló con vehemencia—. «Hongbing, dile a tu hija la verdad, tienes que confiar en ella, no puedes seguir callando.» Blablablá. ¡Venga, hombre, eres el maestro de la labia! ¡Oh, Tian, eres taaaaan comprensivo y constructivo! Pero tú siempre te mantienes a cubierto, ¿verdad?

—Si me permitís brevemente... —

comenzó a decir Jericho.

—Tú no eres mejor que Hongbing,

¿lo sabes?

—¡Eh! —dijo Jericho, inclinándose hacia adelante—. No conozco las

razones por las que habéis venido vosotros a Berlín, pero yo he venido con intención de encontrar a Andre Donner,

¿está claro? Así que arreglad vuestros asuntos en otra parte.

—Eso díselo a él.

Tu se amasó los dedos con disgusto. Bebió un sorbo de su té, mordió un trozo de salchicha y se zampó el resto de inmediato; luego estrujó su servilleta y la arrojó con descuido sobre el plato. Por lo visto, no era ni con mucho tan irrebatible como pretendía. Durante un buen rato reinó un silencio de gente ofendida.

—Bien. Por mí podéis ir a

acostaros. Pero, en algún momento, en el transcurso de la mañana, sería aconsejable que os pertrecharais con lo necesario: ropa interior, camisetas, cosméticos..., lo de siempre. Quizá mañana, a esta hora, ya estemos en casa, pero quizá no. Aquí enfrente de nosotros, en diagonal, tenéis un centro comercial. Haced vuestra ronda. Luego haremos una visita al Muntu. ¿Está abierto el restaurante al mediodía?

—De doce a dos, según la página web.

—Bien.

—No sé —dijo Jericho, indeciso, mientras despedazaba un cruasán—. No

deberíamos presentarnos allí todos a la vez.

—¿Por qué no?

—En definitiva, sólo pretendemos alertar a Donner, no espantarlo. Un tipo de apariencia europea y una joven china... Eso, en una gran ciudad como ésta, pasa por una pareja muy normal. Pero si Donner ve a otro chino, podría desconfiar.

—¿Tú crees? Berlín está llena de chinos.

—¿Y van a los restaurantes africanos?

—¡Por favor! Somos el pueblo más abierto del mundo.

—Sois tan abiertos como una

aspiradora —dijo Jericho—.

Incorporáis todo lo que no está bien

atornillado o remachado, pero, gastronómicamente, seguís siendo unos ignorantes.

—Nos confundes con los japoneses.

—De ninguna manera. Los japoneses son fascistas culinarios. Vosotros sois ignorantes.

—En los McDonalds tienen un criterio diferente.

—¡Venga ya! —Jericho tuvo que reír. Discutir con Tu sobre comida era tan absurdo como explicarle a un tiburón las ventajas de ser vegetariano—. En el

extranjero sólo vais a restaurantes chinos, ¿no es así? Yo sólo quiero decir que ese hombre que ahora se llama Donner ha tenido malas experiencias con los chinos, si es que nuestras teorías son ciertas. Lo están buscando. La organización a la que pertenecen Vogelaar y Kenny pretende asesinarlo.

—Hum. —Tu afiló los labios—. Quizá tengas razón.

—Claro que tiene razón —dijo

Yoyo sin apartar la vista de su plato.

—Pues muy bien, id vosotros al

Muntu. Yo mantendré la posición.

—Podrías, mientras tanto, entretenerte con Diana —propuso

Jericho—. Intenta averiguar más sobre las circunstancias del golpe de Estado a Mayé. Y sobre Ndongo. ¿Qué es lo que lo impulsa, cuáles son sus intereses, quién lo protege? ¿Por qué no se habla más acerca de Guinea Ecuatorial?

—Eso creo que lo sé.

Jericho prestó atención. Hasta Yoyo parecía haber dispuesto su actitud ofendida y miraba ahora con aire expectante. Tu se amasó con los dedos el globo de su barriga.

—¿Y bien?

—Más tarde —dijo, y se levantó—. Vosotros tenéis cosas que hacer, yo también tengo cosas que hacer. Que

durmáis bien. Después podéis ir a saquear mi cuenta.

Jericho habría preferido ir a visitar a Donner en cuanto aterrizaron y sacarlo de la cama, si era necesario, pero por ninguna parte había una dirección privada. Le indicó al ordenador del hotel que lo despertase a las diez en punto. Una vez más temió volver a vivir el desfile de pesadillas de la noche anterior, interrumpido únicamente por fases en las que podía verse los párpados por dentro; sin embargo, logró dormir profundamente durante dos horas, y sin soñar nada. Se despertó de muy buen ánimo y lleno de dinamismo.

También Yoyo parecía estar de muy buen humor. Vagaron por el centro comercial, se hicieron con ropa interior, camisetas y cepillos de dientes, y comentaron el ajetreo cotidiano que los rodeaba. Yoyo se compró varios botes de ropa pulverizable. Había calor y sol en Berlín, así que, aparte de esas pocas cosas, no necesitaban nada más. Jericho evitaba abordarla acerca de su vida privada. En realidad, no sabía cómo comportarse con la chica, ahora que, para variar, no había nada que investigar ni razones para huir. Yoyo hacía patente un casi brusco desparpajo, bailoteando delante de él con tan sólo una ligera

prenda en la parte superior de su cuerpo, tocándolo a cada rato, tirando de él para ver esto o aquello, a veces tan cerca del detective que la única explicación posible parecía ser un absoluto desinterés sexual en relación con su persona.

«Así es —le dijo, secundándolo, aquel jovencito lleno de acné desde la semipenumbra de un rincón en el patio de una escuela, entregado al consuelo de Radiohead, Keane y Oasis—. Así son las mujeres, para ellas eres una cosa, no alguien que pueda expresar deseos o albergar ciertas intenciones. Un conglomerado de células, escupidas a la

vida para ser una amiga, una confidente. Prefieren sucumbir a la atracción de su osito de peluche antes que pensar que tú podrías enamorarte de ellas.»

«Que te den —respondió Jericho en su mente—. Maricón.»

Después de eso, el fantasma lleno de granos y de barba incipiente se esfumó, y Jericho empezó a cogerle cada vez más el gusto a la compañía de Yoyo. No obstante, se alegró cuando el minutero se acercó a las doce y llegó la hora de ir hasta Oranienburger Straße. El Munt estaba en los bajos de un antiguo edificio rehabilitado, situado a pocos metros de la orilla del Spree, donde la

Isla de los Museos partía el agua como si fuese una enorme ballena varada. Casi estuvieron a punto de pasar de largo, ya que el pequeño restaurante quedaba aprisionado, al acecho, entre una librería esotérica y una filial del Bank of Beijing, como si pretendiera atacar por la espalda a los transeúntes que pasaban de prisa por delante. La puerta y las ventanas estaban cubiertas por un enorme panel de madera en el que, con letras de aspecto arcaico, podía leerse el nombre, Muntu, seguido de un titular:

«La magia de la cocina de África occidental.»

—Es mono —dijo Yoyo y entró.

Miró a su alrededor. Vio paredes de color ocre o amarillo plátano, rematadas con unos rodapiés azules; manteles estampados con la técnica del batik, sobre los que colgaban unas lámparas de papel que semejaban enormes remolachas incandescentes; columnas de madera y vigas de techo pintadas o decoradas con tallas. La parte frontal de la cuadrada habitación estaba dominada por una barra de estilo rústico, a cuya izquierda una puerta de dos hojas, con dibujos folclóricos, daba paso a la cocina. Quien buscara esculturas de guerreros, lanzas, escudos y máscaras, cualquiera de esas cosas que pueblan

otros establecimientos similares, lo haría en vano en el Muntu, donde por todas partes reinaba una frugalidad que hacía pensar en lo auténtico.

Sólo había unas pocas sillas ocupadas. Yoyo se dirigió a una mesa cercana a la barra. De la penumbra reinante detrás de la misma avanzó hacia ellos una figura. La mujer debía de tener unos cuarenta años, o quizá fuera algo mayor. A las mujeres africanas las arrugas les aparecían mucho más tarde, y eso dificultaba cualquier estimación. Su vestido, bien ajustado, era de intensos colores terrosos, y de una explosión de rastas brotaba un adorno

de cabeza a juego con los mismos. Su piel era muy oscura, y la mujer era muy atractiva, tenía una risa que parecía no conocer las medias tintas de la sonrisa.

—Me llamo Nyela —dijo en un alemán gutural—. ¿Les apetece tomar algo?

Yoyo, irritada, pestañeó mirando a Jericho. Éste se llevó un vaso imaginario a los labios.

—Ah, ya —dijo Yoyo—. Una cola.

—Qué aburrido —dijo Nyela, cambiando al inglés al instante—. ¿Ya han probado el vino de palmera? Es savia de palmera fermentada salida de las espigas de las flores.

Sin esperar la aprobación de ambos, desapareció tras la barra, regresó con dos vasos de una bebida lechosa y les puso delante unas cartas en inglés.

—Se nos ha terminado el filete de avestruz. enseguida vuelvo.

Jericho tomó un sorbo. El vino sabía bien, era refrescante y algo ácido. Los ojos de Yoyo siguieron a Nyela hasta la mesa de al lado.

—¿Y ahora qué?

—Pedimos algo.

—¿Por qué no le preguntas por

Donner? Creía que era urgente.

—Lo haré —respondió Jericho inclinándose hacia ella—. Pero no me

parece buena idea ir directamente al grano. Yo, en su lugar, desconfiaría de alguien que, sin ningún motivo, preguntara por mí.

—Pero nosotros tenemos motivos.

—¿Y qué piensas decirle? ¿Que van a liquidarlo? En ese caso, se nos escapará.

—Pero en algún momento tendremos que preguntar por él.

—Y lo haremos.

—Está bien, tú eres el jefe. —Yoyo abrió la carta—. ¿Qué te apetece comer hoy, jefe? ¿Qué tal el ragú de gran kudú?

¿O picha de mono con ranas despellejadas vivas?

—No empieces a decir chorradas.

—Jericho echó un vistazo a los entrantes y los platos principales—. Todo tiene muy buena pinta. Arroz joloff, por ejemplo. Lo conozco de Londres.

—Jamás lo he comido.

—Pues atrévete, ten valor —se mofó Jericho—. ¿Sabes las cosas que los europeos tienen que aguantar en Sichuan?

—Ay, no sé. Adalu, akara, dodo...

—Las pupilas de Yoyo saltaban de un lado al otro—. Tío, vaya nombrecitos.

¿Qué tal el nunu, Owen? Un rico nunu.

Jericho se quedó pasmado.

—Tú también estás en la carta.

—¿Eh?

—¡Estofado con efo-yoyo! —dijo él, soltando una carcajada—. Ahora sí que está claro lo que vas a pedir.

—¿Eres gilipollas? ¿Qué es eso? — Yoyo frunció el ceño y leyó—: ¿Salsa de espinacas con pollo e... ishu? ¿Qué diablos es ishu?

—Albóndigas de ñame. — Entretanto, la negra había regresado a su mesa—. No hay fiesta sin ñame.

—¿Y qué es el ñame?

—Un tubérculo. ¡La reina de todos los tubérculos! Las mujeres la cocinan y la aplastan después en los morteros. Desarrolla los músculos. —Nyela soltó

una risa melódica y grave y mostró unos bíceps bien formados—. Los hombres son muy vagos para hacerlo, y probablemente también demasiado tontos. Discúlpeme, amigo —dijo colocando su mano, con confianza, en el hombro de Jericho. Un aroma de especias emanó de ella, una cruda seducción.

—¿Sabe una cosa? —dijo Jericho en muy buen tono—. Prepárenos un combinado con un poco de todo.

—Por fin un hombre inteligente —

señaló Nyela, y le hizo un guiño a Yoyo

—. Deja que las mujeres decidan.

Nyela desapareció en la cocina.

Apenas diez minutos más tarde, regresó con dos bandejas rebosantes de platos.

—Paradise is here —cantó.

Yoyo, con el rostro que parecía un relieve de desconfianza, vio cómo Nyela colocaba platillos y cuencos delante de ellos.

—Aquí tenemos ceesbaar, unas tortas a base de plátanos; akara, frituras de gambas; sarnosas, empanadas con picadillo. Eso de allí se llama moyinmoyin, pastel de alubias con cangrejo y carne de pato. Al lado, efo- egusi, espinacas con semillas de melón, carne de res y bacalao; esto de aquí es nunu, hecho de mijo y yogur; luego está

e l adalu, un puchero de plátanos y judías con pescado. Brochetas, pequeños pinchos de carne. Dodo, frito en aceite de cacahuete, y... ¡natilla de cazabe de yuca!

—Ah —dijo Yoyo.

Jericho estiró los dedos y probó, en rápida secuencia, el akara, las sarnosas y el moyinmoyin.

—Delicioso —dijo el detective antes de que Nyela pudiese escabullírsele otra vez—. ¿Cómo es posible que yo no conociera el Muntu?

Nyela vaciló. Descubrió una mano levantada en una de las mesas contiguas, se disculpó, tomó nota del pedido, lo

llevó a la cocina y regresó junto a ellos.

—Muy sencillo —dijo la mujer—. Abrimos hace apenas medio año.

Jericho se rellenó la boca de nunu mientras Yoyo roía indecisa un pincho de carne.

—¿Y dónde estaban antes?

—En África, en Camerún.

—Habla usted muy bien el inglés.

—Me defiendo. El alemán es mucho más difícil. Es un idioma raro.

—¿Camerún no es francés? —

preguntó Yoyo.

—Africano —dijo Nyela con una expresión facial, que tal parecía que Yoyo acabase de hacer un buen chiste

—. Camerún fue alguna vez francés. Al menos una buena parte. Se habla bantú, cotoso y sula, francés, inglés,

«camerfranglés».

—¿Y es usted quien cocina toda esta maravilla? —preguntó Jericho.

—La mayor parte.

—Nyela, es usted una diosa.

La mujer rió tan alto que las lámparas de papel se estremecieron.

—¿Siempre es usted tan galante? — quiso saber ella—. ¿Un mentiroso tan galante?

Yoyo no contestó inmediatamente. Tosió. Al parecer, en ese momento se dio cuenta de que el picante de las tortas

azotaba con alevoso retraso. Bebió un trago de vino de palma.

—Bien, Nyela, hemos estado haciendo un poco de teatro. En realidad nos recomendaron el Muntu. A decir verdad, no estamos aquí de casualidad. Nos gustaría incluirlos en una guía gastronómica. ¿Le interesaría?

—¿Qué clase de guía?

—Es una guía virtual de la ciudad

—dijo Yoyo, que entretanto se había recuperado y, con ojos centelleantes, secundó la idea de Jericho—. Se podrá ver su restaurante en tres dimensiones sólo con ponerse unas gafas holográficas. ¿Está usted familiarizada

con la holografía?

Nyela negó con la cabeza, visiblemente divertida. —Entiendo algo de jurisprudencia, querida. Estudié leyes en Yaundé.

—Tiene que imaginárselo del siguiente modo: nosotros producimos una imagen interactiva del restaurante a manera de software de ordenador. Con el equipamiento necesario, las personas pueden incluso echar un vistazo dentro de sus ollas. Pero hay también una variante sencilla. Una entrada en Internet.

—No lo comprendo, pero suena bien.

—¿Le gustaría aparecer?

—Claro.

—En ese caso, tendríamos que cumplir con ciertas formalidades —dijo Jericho—. Si me informaron bien, no es usted la dueña, ¿es eso correcto?

—El Muntu es de mi esposo.

—¿Andre Donner?

—Sí.

—Ah, ¿entonces es usted la señora Donner? —dijo Jericho levantando las cejas, fingiendo comprender—. ¿Puedo preguntarle algo?... Su esposo..., en fin, Donner no es un nombre africano...

—Es bóer. Andre es de origen sudafricano.

—¡No me diga! ¡Menuda historia de amor! —comentó Yoyo, fascinada—. Sudáfrica y Camerún.

—Bueno, ¿y ustedes dos, qué? —

sonrió Nyela—. ¿Cuál es su historia?

Jericho iba a decir algo, pero los dedos de Yoyo llegaron hasta él ágilmente, como ardillas, y se posaron sobre los suyos.

—Shanghai y Londres —cuchicheó ella, satisfecha.

—No está nada mal tampoco —se alegró Nyela—. Le diré algo, querida: el amor es un lenguaje que todo el mundo entiende. No se necesita hablar ningún otro.

—Nosotros... —empezó a decir

Jericho.

—...nos queremos y trabajamos juntos —sonrió Yoyo—. Al igual que usted y su esposo. ¡Es sencillamente maravilloso!

Jericho creyó estar escuchando una melodía de cuerdas. No sabía cómo retirar su mano, sin hacerse sospechoso de tener una opinión divergente. Nyela los miró a uno y a otro, visiblemente conmovida.

—¿Y dónde se conocieron?

—En Shanghai. —Yoyo rió entre dientes—. Yo era su guía turística. Mejor dicho, él llevaba una de esas

gafas holográficas. Owen se enamoró de mi holografía, ¿no es bonito? De ahí en adelante puso todo su empeño en conocerme. Primero, yo no quería, pero...

—Qué locura.

—Sí. ¿Y ustedes? ¿Dónde se conocieron? ¿En Sudáfrica? ¿O fue después, en Gui...?

—Perdona que te interrumpa —dijo Jericho, cortándola—. Ya sabes, todavía tenemos otras cosas que hacer. En fin, Nyela, para preparar esa entrada, tendríamos que hablar con su esposo. Así lo establece el reglamento. ¿Está él aquí, por casualidad?

Nyela lo miró con expresión pensativa desde sus brillantes ojos blancos. Después señaló la natilla de harina de yuca.

—¿Ya la han probado?

—Aún no.

—Entonces, por ahora, no irán a ninguna parte. —Su risa iluminó todo el local—. No antes de que se lo hayan comido todo.

—No hay ningún problema — susurró Yoyo—. Owen adora la cocina africana. ¿No es verdad, muñequito?

Jericho creyó haber entendido mal.

—A veces lo llamo «muñequito» —

le confesó Yoyo a una Nyela que

mostraba un interés campechano—. Pero únicamente cuando estamos a solas.

—¿Como ahora?

—Sí, como ahora. ¿Qué me dices, muñequito, nos quedamos otro rato?

Jericho la miró fijamente.

—Claro, mi sapita. Si tú lo dices.

La sonrisa de Yoyo pareció congelarse. Sus dedos emprendieron la retirada. Jericho se dio cuenta con una mezcla de pesar y alivio.

—Por cierto, Andre no está aquí en este momento —dijo Nyela—. ¿Cuánto tiempo se quedarán en Berlín?

—No mucho. Nuestro vuelo sale bastante temprano —dijo Jericho

rascándose la nuca—. ¿No existe ninguna posibilidad de reunimos con él en breve? ¿Esta noche, por ejemplo?

—En realidad, esta noche tenemos cerrado. Por otra parte... —Nyela se llevó un dedo a los labios—. Vale, espere un momento. enseguida regreso.

A continuación, la mujer desapareció a través de la puerta de vaivén.

—¿Me acabas de llamar «sapita»?

—preguntó Yoyo en voz baja.

—Más aún. Lo reafirmo.

—Oh, gracias.

—No hay de qué..., muñequita.

—¿Por qué? —protestó ella—. ¡Eso

ha sido amable! Yo te he dicho algo amable y tú...

—Alégrate de que no se me haya escapado algo peor...

—Oye, Owen, ¿a qué viene eso? — Entre las cejas de Yoyo se formó una profunda y larga arruga—. Pensaba que tenías sentido del humor.

—¡Has hablado demasiado, idiota! Ibas a decir Guinea.

—No quería...

—Pero yo lo he oído.

—Vale, pero ella no. —Yoyo levantó la vista al cielo—. De acuerdo, lo siento. Cálmate. No creo que lo haya tenido en cuenta.

—No creo que lo haya tenido en cuenta... —la imitó Jericho.

—Estúpido.

—Sapo.

—¡Gilipollas!

—¿Tenemos una crisis de pareja? — dijo Jericho en tono burlón—. No deberíamos tensar demasiado la cuerda, querida, de lo contrario podemos marcharnos ahora mismo.

—Ah, ¿y he sido yo la que ha tensado la cuerda? ¿Por ser amable contigo?

—Tonterías. Porque no has prestado atención.

Jericho sabía que estaba

reaccionando con aspereza, pero aún estaba bullendo de rabia. Yoyo miró a un lado con disgusto. Todavía guardaban silencio cuando Nyela regresó a la mesa.

—Es una pena —dijo la mujer—. Por lo visto, Andre está fuera. No está localizable. Pero sin duda me llamará en las próximas horas. ¿Pueden dejarme su número? Yo los llamaré.

—Claro. —Jericho escribió su número de móvil—. Dejaré el teléfono encendido.

—Nos gustaría mucho estar en esa guía. —Nyela soltó su gutural risa africana—. Aun cuando no entienda

nada de gafas holográficas.

—La incluiremos —rió Jericho—. Con gafas o sin ellas.

—¡Una guía gastronómica!

¡Magnífica idea!

Acababan de salir del Muntu y Yoyo corría detrás de él, con la boca torcida. La luz del mediodía era de una claridad cristalina; era un caluroso día de verano en Berlín, el cielo era como una piscina azul puesta al revés. Pero Jericho no tenía ojos para eso. Atravesó la calle, corrió hasta la sombra de la hilera de edificios situados enfrente y se detuvo de pronto, hasta el extremo de que Yoyo a punto estuvo de tropezar con él. El

detective se volvió y observó el restaurante.

—No lo ha notado —le aseguró

Yoyo—. Seguro que no.

Él no respondió. Observaba el Muntu con gesto pensativo. Yoyo se colocó ante él y movió las manos delante de sus ojos.

—¿Todo bien, Owen? ¿Hay alguien en casa?

El detective se frotó el puente de la nariz. Después miró su reloj.

—Bien, no tienes por qué hablar conmigo —susurró ella—. Podríamos escribirnos. ¡Sí, ésa es buena! Podrías ponerlo todo en un papel y dárselo a

alguien para que me lo entregue, y yo...

—También podrías hacer algo útil.

—¡Vaya, sonidos humanos! —Yoyo se inclinó ante un público imaginario—. Damas y caballeros, la sensación es total. Este hombre ha hablado. Nos enorgullece presentarles a...

—Me estás tapando la visibilidad.

—¿Decías?

—No sé si se dio cuenta de tu metedura de pata, pero a mí no me engaña: esa mujer no tiene intención alguna de localizar a Donner.

—¿Por qué lo dices?

—Ha estado demasiado tiempo en la cocina.

—¿Quieres decir que las alarmas de Donner se disparan cuando alguien pretende incluir su restaurante en una guía gastronómica?

—Tú misma lo has dicho, una idea magnífica —dijo Jericho, fulminándola con la mirada—. La ironía era más que evidente.

—¿Podrías dejar de estar enfadado?

—Hay dos posibilidades: que ella se lo haya tragado, aunque él no tiene por qué tragárselo también. En ese sentido, da igual la historia que le hayamos contado. Donner sospechará de inmediato, sospecha de todo y de todos. Posibilidad número dos: ella no ha

creído una palabra. De una manera o de otra, él tendrá que averiguar quiénes somos, qué queremos de él y qué tenemos que contarle. Tendrá que asegurarse. Supongo que antes han estado hablando por teléfono. Si Nyela sale del restaurante, puede que vaya a encontrarse con él. Otra variante es que él aparezca por aquí.

—¿Para qué?

—Para llegar a tiempo, antes de que alguien pueda sorprenderlo en su propio territorio. O tal vez sólo porque tiene que picar cebollas. Porque tiene algo que hacer. ¿Qué sé yo?

—¿Quieres decir que vas a vigilar el

restaurante?

Jericho asintió.

—¿No te llamó la atención la cámara? —preguntó, esforzándose por mostrar un tono más amistoso.

—¿Qué cámara?

—Encima de la barra había una cámara instalada. No lo parecía, pero conozco esas cosas. El Muntu está vigilado. Quizá porque Donner desea observar las cintas antes de acceder a cualquier encuentro.

—¿Y si nada es como dices que es?

¿Y si te equivocas?

—Entonces esperaremos a que

Nyela nos llame. O a que te guíe a ti

hasta el domicilio privado de los

Donner.

—Bueno, eso si es que realmente no sospecha. Si realmente quiere recibirnos por lo de la guía gastronómica, será esta noche. ¿No estaremos perdiendo la oportunidad de advertirle a tiempo? ¿No deberíamos decirle la verdad a Nyela?

—¿Y qué ganaríamos?, ¿que él desapareciera? En realidad no hemos venido a salvarlo, sino para averiguar algo que él nos puede decir. ¡Por eso tenemos que encontrarlo!

—Eso lo sé hasta yo —afirmó Yoyo, malhumorada—. Pero cuando esté muerto, ya no podrá decirnos nada.

—¡Yoyo, maldita sea, tienes razón! Pero, en fin, ¿qué debemos hacer? Tenemos que correr algún riesgo. ¡Y créeme, ese hombre es desconfiado! Quizá hasta sospeche de Nyela.

—¿De su propia mujer?

—Sí, de su mujer. ¿Tú le tienes confianza?

—Bueno... —murmuró Yoyo—. Pues seré la sombra de Nyela.

—Hazlo. Y telefonea en cuanto algo te llame la atención.

—Tal vez necesite el coche.

Jericho miró a su alrededor y vio un Starbucks. Habían aparcado el Audi unos metros más allá, desde un punto

donde el Muntu estaba al alcance de la vista.

—No hay problema. Nos sentaremos allí dentro, tomaremos un café y vigilaremos el local. Si ella sale, tú la sigues. A pie o en el coche, según sea necesario. Yo mantendré esta posición.

—No sabemos qué aspecto tiene

Donner.

—Blanco, supongo. Nombre bóer, Sudáfrica...

—Qué alivio —comentó Yoyo—. Eso reduce el círculo sustancialmente.

—Te lo puedo ampliar aún más. Imagina que Donner es el hijo de una pareja mixta. No sería el primer negro

en Ciudad del Cabo que tiene un apellido propio de un blanco.

—Tú sí que sabes cómo insuflarles valor a las personas.

—Sí, soy temido por eso.

Jericho había memorizado las caras de los demás comensales. Después de que él y Yoyo abandonaron el local, habían entrado otras tres parejas, además de un hombre mayor, al que sólo acompañaba su álter ego, que no dejaba de ladrar. A continuación vieron cómo el Muntu se iba vaciando poco a poco. El hombre y su perro fueron los últimos en salir, y entonces Jericho estuvo seguro de que ya no había ningún otro

cliente dentro. El tiempo se dilataba. Yoyo tomó té en cantidades brutales. Poco después de las tres, un hombre de piel oscura salió a la calle, le quitó la cadena a una bicicleta y se alejó pedaleando. Por lo visto era alguien del personal, quizá el pinche de cocina de Nyela.

—Entonces, ¿en esto consiste tu trabajo? —preguntó Yoyo, consiguiendo que su tono no fuera de desprecio—.

¿Observar a la gente durante horas?

—La mayor parte del tiempo estoy en la red.

—Genial. ¿Y qué haces ahí?

—Observar a la gente.

—Tío, qué aburrido. —Yoyo sacó de su vaso una bolsita de té que goteaba

—. Una única y monótona espera.

—En eso no comparto en absoluto tu opinión. Es muy entretenido y variado. A veces alguien hace arder una antigua acería. Se producen pequeñas y animadas persecuciones, se rescata a personas, e inesperadamente vuelas por medio mundo. ¿Tienes tú una vida más entretenida?

Mientras esperaba la protesta de la joven, Jericho continuó observando el restaurante desde la ventana, pero Yoyo parecía estar reflexionando seriamente sobre lo dicho por él.

—No —repuso ella finalmente—. No lo es. Pero estoy más acompañada.

—Bueno, hay compañías que pueden acabar con uno —dijo Jericho, y le cortó la palabra con un gesto de la mano.

En ese instante Nyela estaba saliendo del Muntu. Se había cambiado el vestido de vistosos y folclóricos colores por unos vaqueros y una camiseta.

—Tu misión —le dijo el detective a

Yoyo.

La joven dejó caer la bolsita de té, cogió las llaves del coche y el móvil y corrió afuera. Jericho observó cómo

arrancaba el Audi. Nyela se alejó a grandes zancadas y desapareció tras una esquina. El coche la siguió lentamente. Jericho esperaba que Yoyo no se comportara de un modo que llamara demasiado la atención. Él había intentado explicarle, en pocas palabras, las reglas básicas de una vigilancia discreta, entre las que se encontraba no pegarle al objetivo en las corvas con el parachoques.

Diez minutos más tarde ya estaba llamando.

—Dos calles más adelante hay un aparcamiento. Nyela acaba de salir de él.

—¿Qué coche conduce?

—Un Nissan OneOne. Un híbrid solar.

Un pequeño y maniobrable automóvil de ciudad, concebido para altas concentraciones de tráfico, capaz de reducir considerablemente su superficie al acortar la distancia entre los ejes. El Audi, por el contrario, era un monstruo, concebido sólo para las autopistas.

—Mantente cerca de ella —le dijo él—. Avísame si pasa algo. A continuación, Jericho llamó a Tu y lo puso al corriente de la situación.

—¿Y a ti cómo te va?

—Es divertido estar con Diana —le dijo Tu—. Un programa bonito. No está del todo a la altura, pero nos entendemos de maravilla.

—Ese programa es muy nuevo —

protestó Jericho.

—Lo nuevo es lo que no se ha creado todavía —replicó Tu.

—Bueno, al grano.

—Bien, en relación con Ndongo: parece esforzarse por mantener una mayor moderación que durante su primer mandato, resistiendo la influencia de los chinos, pero, esta vez, sin incomodar a Pekín. Sus simpatías son claramente para Washington y la Unión Europea.

Por otro lado, a principios de año hizo anunciar oficialmente su intención de tomar en cuenta, de igual manera, los intereses de todos los países, siempre y cuando éstos no dieran muestras de tendencias económicas anexionistas, y entonces les pasó a los de Sinopec un par de trozos del pastel. Aparte de eso, se ha esforzado de corazón para poner orden en aquella pocilga que dejó Mayé.

—Parece menos marioneta que antes.

—Así es. ¿Y sabes por qué? ¡Todos lo sabemos! Porque tiene petróleo y gas. Ambos en ingentes cantidades. Son respuestas a preguntas que ya nadie

formula. En ello radica el problema y, por lo que parece, también fue el problema de Mayé. ¿Entiendes?

—¿El helio 3?

—¿Qué otra cosa, si no?

Pero ¡claro! Todo el mundo lo sabía. Sólo era un tema que se perdía de vista demasiado de prisa. ¿Quién se había visto afectado por la cambiada situación que había traído consigo el negocio en la Luna?

—A principios de 2020 estaba claro que el helio 3 sustituiría a los combustibles fósiles —dijo Tu—. Estados Unidos apostó todo a esa única carta: el desarrollo del ascensor

espacial, la ampliación de la infraestructura existente en la Luna, la explotación comercial del helio 3, y... apostó por Julian Orley. Éste, a su vez, trabajó incansable y apasionadamente en sus reactores de fusión.

Por entonces, Orley y Estados Unidos crearon una enorme burbuja, algo que podría haber sufrido un fracaso espantoso y explotar. El consorcio más grande de todos los tiempos se habría desintegrado como una bomba de fragmentación, y Estados Unidos, con su orientación unilateral hacia la Luna, hubiese sufrido dolorosos reveses en el póquer de los recursos fósiles, millones

y millones de personas hubiesen perdido su dinero. África podría seguir nadando en riquezas, disputándose en miserables guerras civiles los ingresos del petróleo y dictándoles condiciones a las naciones más ricas. ¿Recuerdas el año 2019, el precio del barril?

—Por esa época aún estaba alto.

—Por última vez. ¡Porque ya se sabe que ha funcionado! ¡Orley y Estados Unidos construyeron su ascensor! Sobre todo, fueron los primeros. He vuelto a investigarlo minuciosamente, Owen. El

1 de agosto de 2022 empezó a funcionar la base lunar, pocos días después, se puso en marcha la estación de extracción

estadounidense. Dos semanas más tarde comenzó oficialmente la extracción del helio 3. Un mes y medio después, el 5 de octubre, entra en red el primer reactor de Orley, cumpliendo todas las expectativas. La era de la fusión había comenzado, el helio 3 es la fuente de energía del futuro. En diciembre, el precio del barril alcanza los ciento veinte dólares; en febrero del siguiente año cae a setenta y seis, y en marzo, China se incorpora enviando las primeras cargas de helio 3 a la Tierra, aunque con tecnología coheteril convencional y en cantidades ínfimas. A pesar de todo, las dos naciones más

ávidas de materias primas están en la Luna. Otros les siguen los pasos, pero a duras penas: la India, Japón, los europeos, todos se esfuerzan como obsesos para hacer valer sus reclamos. No es que el petróleo haya dejado de desempeñar un papel, pero la dependencia de él desaparece. En el verano de 2023, cincuenta y cinco dólares por barril; en el otoño, cuarenta y dos. Eso incluso era bastante, pero el precio siguió bajando. Uno puede suponer que es mejor comprar con diligencia, pues no volverá a estar tan bajo, pero se equivoca. Las naciones consumidoras más importantes han

acopiado a tiempo sus provisiones. Nadie ve la necesidad de crear más depósitos, en el sector del automovilismo se ha desarrollado la electricidad como una opción seria. Los países exportadores de materias primas, que han apostado exclusivamente por los ingresos salidos del negocio de la extracción de petróleo y gas, descuidando, al mismo tiempo, su economía doméstica, empiezan a sentir con total dureza la llamada maldición de las materias primas, sobre todo en África. Potentados como Obiang o Mayé ven llegar su final. Les llega la venganza por haber dejado que otros ordeñaran

sus países hasta dejarlos secos. Ya no son ellos quienes determinan las reglas del juego. Sus socios de ultramar, a los que durante décadas pudieron manipular estupendamente, incluso enfrentándolos entre sí, están hartos de ese sometimiento, y ahora, para colmo, también han perdido el interés en el petróleo. Ésa, amigo mío, es la razón por la que la indignación de Washington en relación con Mayé sonó, con el tiempo, prefabricada. Para China es ya un hecho el querer equipararse con Estados Unidos y liberarse de la esclavitud del combustible fósil. Pues bien, ¿qué crees que hace nuestro

hombre en su delirio?

—¿No irás a decirme en serio que Mayé comenzó su estúpido programa espacial para poder aterrizar en la Luna y extraer helio 3?

—Pues es exactamente lo que hizo.

—Tian, por favor. Era un demente entonces. El torturador de un país cuyo nivel tecnológico más destacado era el mantenimiento, a duras penas, de una red eléctrica que funcionara.

—Seguro. Pero eso fue lo que dijo.

—¿Que quería llegar a la Luna?

¿Mayé?

—Lo dijo. Diana ha compilado todas sus citas al respecto. Claro que

era un idiota. Por otro lado, algunos expertos atestiguaron la funcionalidad de la rampa de lanzamiento. Después de todo, con ella consiguieron poner en órbita un satélite de noticias.

—Que se cayó.

—Sin embargo, el lanzamiento funcionó.

—¿Y cómo pudo financiar la rampa de lanzamiento?

—Supongo que usó para ello el presupuesto estatal. Debió de cerrar hospitales, qué sé yo. Lo interesante es que la caída de Mayé, definitivamente, no tuvo lugar debido al interés de otros países por su petróleo. ¿Qué pudo

aterrorizar tanto a Pekín para que los chinos se vieran obligados a eliminar hasta el último hombre de una camarilla gobernante en un pequeño país de África occidental que se ha vuelto poco interesante tanto desde el punto de vista económico como político? Con esta pregunta a la vista, seguí buscando, y he encontrado algo.

—Que yo lo oiga.

—El 28 de junio de 2024, un mes antes de su muerte, Mayé fustiga en la televisión estatal la mentalidad explotadora del Primer Mundo y lanza reproches explícitos contra Pekín. China ha abandonado a África como si de una

patata caliente se tratara, dice, el dinero prometido no llega, y añade que ellos son los responsables de haber secado el continente.

—¿Mayé, el abogado de África?

—Sí, ridículo, ¿no? Sin embargo, durante el discurso se le escapó algo que habría hecho mejor en tragárselo. Si Pekín no cumplía con sus obligaciones, dijo, se vería obligado a divulgar ciertas informaciones que dañarían a China en el plano internacional. Con ello amenazó abiertamente al Partido. —Tu hizo una pausa—. Un mes más tarde ya no podía contar nada.

—¿Y no hizo ninguna insinuación

sobre esas informaciones?

—Indirectamente, sí. Dijo que su país no se dejaría avasallar por nadie. En particular, ampliaría el programa espacial y lanzaría otro satélite, y dijo que algunos contemporáneos harían bien en apoyarlo, de lo contrario podrían tener un desagradable despertar.

Jericho se quedó pensativo.

—¿Qué tenía que ver China con el programa espacial de Mayé?

—Oficialmente, nada. Sin embargo, hasta el más tonto puede darse cuenta de que nadie en Guinea Ecuatorial podía construir algo así. Tal vez sí físicamente, pero no toda la estructura.

Mayé sólo tenía la idea del proyecto. Mostró sus millones y los expertos llegaron de todas partes: ingenieros, constructores, físicos...; y de todo el mundo: franceses, alemanes, rusos, norteamericanos, indios. Pero si uno se fija bien, llama la atención, sobre todo, un nombre: Zheng Pang-Wang.

—¿El Grupo Zheng? —exclamó

Jericho, sorprendido.

—Exacto. Una gran parte de la estructura estaba en manos de Zheng.

—Hasta donde yo sé, Zheng está metido hasta el cuello en el programa espacial chino.

—Navegación espacial y técnica de

reactores. No es sólo que Zheng Pang- Wang sea uno de los diez hombres más ricos del mundo y que tenga una enorme influencia en la política china, sino que parece decidido a convertirse en el equivalente asiático de Julian Orley. Los mandatarios del Partido tienen puestas todas sus esperanzas en él. Esperan que más temprano que tarde construya un ascensor espacial y un reactor de fusión que funcione. Hasta el momento debe ambas cosas. Se rumorea que está haciendo grandes esfuerzos por infiltrarse en Orley Enterprises y robar la tecnología. De forma oficial, está intentando ganarle a Orley para hacer

una fusión. Se dice incluso que Orley y Zheng se caen bien, pero eso no quiere decir nada.

Jericho reflexionó.

—Los asesinos de Mayé actuaron muy de prisa, ¿no te parece?

—Increíblemente de prisa, diría yo.

—Sacarse de la manga a Ndongo..., y luego está toda la logística del golpe. Algo así no se planea en cuatro semanas.

—Coincido contigo. El golpe de Estado estaba preparado para el caso de que Mayé se saliera del guión.

—Cosa que hizo...

—Discúlpame, Owen —se oyó la voz de Diana—. ¿Puedo interrumpirte?

—¿Qué sucede, Diana?

—Tengo una llamada de prioridad uno para ti. Es Yoyo Chen Yuyun.

—Ningún problema —dijo Tu—. Ya he soltado todos mis cartuchos. Mantenme al tanto, ¿de acuerdo?

—Lo haré. Pásamela, Diana.

—¿Owen? —Se oyó la voz de Yoyo, mezclada con los ruidos de la calle—. Nyela se bajó en el centro. La he seguido un rato, se puso a mirar escaparates y también hizo una llamada. No me pareció particularmente alterada ni preocupada. Hace dos minutos se encontró con un hombre, ambos están sentados al sol en un café.

—¿Qué hacen?

—Charlar. Tomar algo. El tipo, diría yo, es un negro de piel clara. Calculo que tendrá unos cincuenta años. Tú has visto fotos de Mayé y su equipo de gobierno. ¿Había alguien así entre ellos?

—No hay muchas fotos. Y no existe ninguna donde esté el equipo completo. Siempre se ve a alguien a su lado. También puedes descargarte la lista de sus ministros, los que murieron durante el golpe. —Jericho intentó evocar las imágenes en la memoria—. No había ninguno de piel clara. Al menos, eso creo.

—¿Qué debo hacer?

—Sigue ahí. ¿Cómo se comportan el uno con el otro?

—Amables. Un beso de saludo, un abrazo. Sin aspavientos.

—¿Puedes decirme dónde estás, más o menos?

—Hemos pasado dos veces consecutivas sobre ese río, el Spraa, el Spriii..., el Spree. El café queda en una vieja estación, una construcción de ladrillo y arcos de medio punto bellamente renovada. Espera.

Yoyo caminó a lo largo de la fachada de ladrillos, buscando algún cartel, el nombre de la calle o, al menos, el de la estación. Numerosas personas

bajaban desde las vías elevadas. Debido al buen tiempo imperante, la pequeña plaza situada delante parecía en estado de sitio, jóvenes y turistas subían las ventas de numerosas tabernas, bares, bistrós y restaurantes. Aparentemente, Nyela la había guiado hasta uno de los barrios de moda de la ciudad. A Yoyo le gustaba el lugar; le recordaba un poco a Xintiandi.

—Muy bien —dijo Jericho—. Creo saber dónde estás. Debes de haber pasado por la Isla de los Museos.

—Ahora mismo te lo digo.

—Da igual.

Yoyo descubrió una S blanca sobre

fondo verde, la señal de tren de cercanías. Al lado había un letrero de color verde claro. Abrió los labios y vaciló. ¿Cómo se pronunciaban una S, una C y una H juntas?

—Hacke... s... cher...

—¿Hackescher Markt?

—Sí. Podría ser eso.

—De acuerdo. No los pierdas de vista. Si no sucede nada más aquí, me reuniré contigo.

—Vale.

Yoyo puso fin a la comunicación y se dio la vuelta. La estación despedía en ese momento a un contingente mayor de pasajeros, la mayoría de los cuales

parecían correr detrás de un tiempo irremediablemente perdido. El resto, los que charlaban, se dispersaron por entre las sillas plegables y las mesas al aire libre de la oferta gastronómica de la plaza, en busca de un sitio vacío. De repente, Yoyo sólo vio una pared de espaldas; a continuación, sacó los codos y se abrió paso entre la muchedumbre. Un camarero se le vino encima, en un vuelo ladeado como el de un avión de combate, y estuvo casi a punto de derribarla. De un salto, la joven china consiguió eludirlo y refugiarse tras un arbusto verde y amarillo. Unas pizarras garabateadas le quitaban la visibilidad.

Continuó caminando por la plaza hasta el sitio donde se acababan las sillas y, desde allí, se acercó al café bajo cuyo toldo de rayas blancas y azules estaban sentados Nyela y el mulato.

O donde deberían haber estado sentados.

El corazón de Yoyo dio un vuelco. Corrió al interior del local. No se veía a nadie. Salió de nuevo. Ni rastro de Nyela ni de su acompañante.

—Mierda —murmuró—. ¡Mierda, mierda, mierda!

No volverían a aparecer por allí, así que Yoyo regresó de prisa a la calle principal, donde Nyela, en plena hora

punta, había conseguido encontrar aparcamiento y donde ella misma había dejado el Audi en una zona donde estaba prohibido estacionar.

El Nissan ya no estaba.

Abatida, Yoyo continuó caminando, lanzando miradas implorantes en todas direcciones, calle arriba, calle abajo, pidiendo misericordia y maldiciendo al instante siguiente, hasta que acabó rindiéndose sin aliento y con punzadas en los costados. De nada servía. Lo había echado todo a perder. Y por un estúpido cartel. Todo por querer hacerle saber a Jericho dónde estaba.

¿Cómo se lo iba a decir?

Un mulato de alrededor de cincuenta años. Jericho intentó imaginarse al hombre. Por la edad podría ser perfecto para Nyela.

¿Sería Andre Donner?

Indeciso, miró en dirección al Muntu. Allí no pasaba nada. A juzgar por lo que se podía ver a través de los cristales, las luces estaban apagadas. Pasados unos minutos, Jericho sacó su teléfono móvil, se conectó a la base de datos de Diana y descargó las fotografías de Mayé que el ordenador había encontrado en Internet.

Casi todas provenían de artículos publicados en la red sobre el golpe. El

asunto había levantado cierto revuelo sólo en los medios de comunicación de África occidental, donde, a raíz del derrocamiento, se publicaron varias biografías del dictador muerto, con abundantes imágenes: Mayé visitando una central hidráulica; Mayé presidiendo un desfile militar; Mayé dando un discurso, acariciando las cabezas de unos niños, rodeado de obreros petroleros en una plataforma. Un hombre que casi desbordaba las fotos con su presencia física y su narcisismo. Los que habían logrado figurar con él en una foto aparecían siempre poco nítidos, sin conferirles

mucha importancia; parecían casi ocultos, figuras secundarias. Gracias a los pies de foto, Jericho pudo identificar a los ministros y los generales que habían muerto durante el golpe. Los restantes fotografiados seguían siendo anónimos. Lo único que todos tenían en común era el color de la piel, oscura o muy oscura, la tez típica en esas regiones ecuatoriales.

Jericho descargó el vídeo en el que se veía a Mayé junto a Vogelaar, a diferentes ministros, representantes del ejército y a unos empresarios chinos en torno a una mesa de conferencias. El detective amplió los rostros con la

ayuda del zum y, estudió el fondo de la imagen. Un hombre uniformado, sentado dos puestos por detrás de Vogelaar, atendía a la presentación de los chinos con una expresión arrogante y aburrida; podría haber pasado por alguien de piel clara, pero probablemente ello se debiera al efecto de una de las luces del techo.

¿Sería Donner alguno de ellos? Jericho levantó la vista y se quedó

perplejo.

La puerta de entrada al Muntu se encontraba abierta.

¡O no, se estaba cerrando! Detrás del cristal pudo verse la sombra de una

persona alta que desapareció entre los reflejos del edificio situado enfrente. Jericho reprimió una maldición. Mientras estuvo dedicado a la estúpida labor de identificar, entre tanta gente desconocida, a un hombre del que ni siquiera conocía su aspecto, alguien había entrado en el restaurante. Si es que había entrado realmente y la puerta no había sido abierta desde dentro. Con prisa, el detective apartó la silla, guardó su móvil y salió a la calle.

¿Sería Donner el tipo que había visto?

Jericho cruzó la calle, se cubrió los ojos con las manos a modo de visera y

miró por la pequeña ventana hacia el interior del local. La habitación estaba a oscuras. No se veía a nadie. Únicamente a través de las pequeñas ventanas de la puerta de vaivén que conducía a la cocina podía verse el titilar de una luz azulada, parecido al de una defectuosa luz de emergencia.

¿Le habrían jugado sus sentidos una mala pasada?

Imposible.

Jericho empujó la puerta. El aire frío y rancio del restaurante le dio en la cara. Paseó la mirada rápidamente sobre los manteles bien estirados, los helechos inmóviles y el relieve de la barra. Al

otro lado de la puerta de vaivén oyó el rumor de un aparato al arrancar, probablemente algún frigorífico. El detective se detuvo y aguzó el oído. No había otros ruidos. Nada que le indicase que, aparte de él, hubiera alguien más allí.

Pero ¿dónde podía haberse metido aquel hombre?

Con gesto mecánico, su mano derecha se posó en la empuñadura de la Glock. Allí estaba, reposando pequeña y discreta en su sitio. Aunque había ido a alertar a Donner, no era posible predecir cómo reaccionaría el hombre ante su visita. Con paso silencioso,

avanzó hasta la barra y miró detrás del ornamentado mostrador. Nadie. Tras la puerta de vaivén titilaba, fríamente, aquella luz. Jericho regresó al centro de la habitación y volvió la cabeza hacia la cortina de abalorios tras la que estaban los aseos; entonces creyó ver que algunos de los cordones se movían. Jericho miró con mayor detenimiento. Como unos niños pillados in fraganti, la cortina de cuentas permaneció inmóvil.

El detective parpadeó.

Nada se movía allí. Absolutamente nada. No obstante, se acercó un poco más y, a través de la cortina, echó un vistazo a un pequeño y oscuro pasillo.

—¿Andre Donner?

No esperaba respuesta alguna; tampoco la recibió. La puerta de la izquierda, hasta donde se podía ver, conducía al aseo de caballeros; frente a él estaba el de mujeres. Al final del pasillo había otra puerta en la que podía leerse el cartel de «Privado». Jericho metió una mano entre las cuentas, que despertaron de inmediato a una vida susurrante, amplió la abertura y vaciló. Pensó que tal vez debería posponer la inspección de los aseos y del recinto privado. Entonces su mirada volvió a la puerta de vaivén y, en ese mismo instante, cesó el ruido del aparato.

Ahora sí pudo escuchar, sin interferencias...

Nada.

Se sentía mejor mientras oía aquel rumor.

—¿Andre Donner? —repitió.

Por respuesta, un silencio seco. Hasta los sonidos de la calle parecían detenerse en el umbral de la puerta. El detective regresó lentamente hasta allí y miró a través de una de las diminutas ventanas. No era mucho lo que se veía: un pequeño universo de cromo y azulejos blancos, cortados como un estroboscopio por el fluorescente defectuoso. La silueta arcaica de una

cocina de gas con las hornillas ennegrecidas, cubierta por un deslucido extractor de humos. La esquina de una mesa de trabajo. En un armario se apilaban asadores y cazuelas.

Jericho entró.

La cocina no era tan pequeña. Al contrario, era sorprendentemente espaciosa para un restaurante como el Muntu; tres de sus paredes estaban cubiertas de estanterías, anaqueles, neveras, un fregadero, un horno y un microondas. A lo largo de la cuarta pared se sucedían estanterías y barras de las que colgaban cazuelas con mango, sartenes, cucharones para sopas y

escurridores. Una larga mesa de trabajo dominaba el centro de la estancia, ocupada, muy cerca del horno, por dos grandes cacerolas, fuentes llenas de viandas cortadas muy pequeñas y tapadas con film transparente o metidas en cajas de poliestireno. Como contrapeso, en el otro extremo había una gigantesca máquina de cortar. Olía a caldo, a grasa de freír solidificada, a desinfectante y al dulzor frío de la carne en descongelación. Esta última estaba a medio tapar sobre una bandeja de hornear y tenía cierto tono marrón pálido bajo la luz titilante; estaba cubierta por una piel tornasolada y de

ella se veían sobresalir algunos huesos. Parecía la pata trasera de un animal grande. «Un kudú», pensó Jericho. No tenía en su mente ninguna imagen de esa raza de antílope, pero estaba seguro de estar viendo la pata trasera de uno. De pronto imaginó los blanquecinos tendones y ligamentos bajo la piel de una criatura viva, una obra maestra de la evolución que permitía al animal dar unos saltos fabulosos, un mecanismo de fuga muy sofisticado y, a fin de cuentas, inútil contra el más pequeño y rápido de todos los depredadores: la bala de un fusil. Vigilante, Jericho se acercó a la cocina. Cada vez más los parpadeos

azulados de la lámpara hacían pensar en una trampa contra insectos, una maquinaria que protocolaba la muerte con cada destello, con alas y patas calcinadas, ojos compuestos que miraban impasibles antes de hervir y reventar en aquel calor generado por la electricidad. En medio de aquel silencio cristalino, Jericho sólo oía el zumbido de la lámpara, su clic tambaleante cada vez que se encendía y se apagaba, como si transmitiese un código misterioso. Su mirada captó una cacerola que estaba situada sobre la cocina. El contenido llamó su atención. Echó un vistazo dentro. Algo estaba enroscado en su

interior, algo que parecía vivo, que se retorcía al ritmo de la luz. Era una serpiente sin cabeza, enroscada en sí misma.

Jericho se la quedó mirando.

De repente tuvo la impresión de que la temperatura había descendido varios grados. Una presión le oprimía el pecho, como si unos dedos se cerraran alrededor de su corazón con la intención de detenerlo. Los pelos del cuello se le pusieron como escarpias. Sintió una respiración extraña detrás de él, y entonces supo que ya no estaba solo en la cocina. Sin hacer ruido, esa otra persona se le había acercado

sigilosamente por la espalda, como salida de la nada, un profesional, un maestro del camuflaje.

Jericho se volvió.

El hombre era bastante más alto que él, tenía el cabello oscuro, una barbilla poderosa y unos ojos luminosos y penetrantes. En otra vida había llevado bigote, y éste había sido de color rubio ceniza, algo de lo que ya sólo daban fe las pestañas y las cejas de color claro; Jericho, sin embargo, lo reconoció de inmediato. Estaba familiarizado con los distintos rostros de aquel hombre, hacía unos pocos minutos lo había visto de nuevo en la pantalla de su teléfono

móvil.

Era Jan Kees Vogelaar.

Con horror, sus pensamientos se agolparon como un enjambre: era Vogelaar, que estaba allí esperando a Donner para matarlo, o que quizá ya lo hubiese asesinado. Su cadáver debía de estar en el congelador. Y él, incluso, se hallaba en una posición desfavorable, demasiado pegado a su oponente. Había sido una total imprudencia entrar en la cocina. El efecto fantasmal de aquel parpadeo de neón. La pistola en la mano de Vogelaar, apuntando a su barriga.

¿Qué hacer? ¿Discutir o pelear? Era el fracaso de la razón.

Reflejos.

Jericho se agachó y le propinó un golpe a Vogelaar en la muñeca. Un disparo escapó del arma y fue a clavarse con estruendo en la parte inferior de la cocina. Al incorporarse, el detective estampó su cabeza contra la barbilla del hombre, lo vio tambalearse, cogió la cacerola y se la arrojó. Un alien que se retorcía pegó un latigazo desde la olla: era el cuerpo sin piel de la serpiente, que fustigó a Vogelaar en pleno rostro. La cazuela, por su parte, sólo le había rozado la frente. Con todas sus fuerzas, Jericho arremetió contra la mano que sostenía el arma. La pistola cayó al

suelo haciendo ruido y se deslizó bajo la mesa. El detective buscó a tientas la Glock, rodeó la empuñadura y cayó hacia atrás como embestido por un ariete. Vogelaar se había recompuesto, había girado sobre sí mismo levantando la pierna derecha y le había propinado una patada en el pecho.

Sus pulmones se quedaron sin aire. Indefenso, se golpeó contra la cocina. Como un derviche en plena danza, Vogelaar se le vino encima. Una patada le acertó en el hombro, la siguiente, en la rodilla. Con un grito, Jericho cayó al suelo. Aquel tipo enorme se inclinó sobre él, lo agarró por el antebrazo y lo

golpeó varias veces contra el duro canto de la cocina. Los dedos de Jericho temblaron, se abrieron, pero de algún modo se las arregló para sostener la Glock y hundir su mano derecha en el plexo solar de Vogelaar, si bien el efecto del golpe fue nulo. Su oponente le retorció el antebrazo de nuevo. Un dolor punzante recorrió el cuerpo del detective. Esta vez el arma salió volando en un elevado arco. Como fuera de sí, golpeó con la mano libre las costillas de Vogelaar, la zona de los riñones, y entonces sintió cómo aflojaba el agarre y cómo Vogelaar lo soltaba y caía hacia un lado.

¿Dónde estaba la Glock?

¡Allí estaba! Ni a medio metro de distancia.

Jericho se arrojó hacia adelante, pero Vogelaar fue más rápido, alzó al detective y lo arrojó contra las enormes calderas. En un acto reflejo, intentó sostenerse de una de ellas, pero se le doblaron las piernas cuando Vogelaar le propinó otra patada en las corvas y terminó arrastrando la olla consigo en su caída. Una cascada de caldo grasiento se le vertió encima, le llovieron huesos, verduras, trozos de carne. Todo sucio y empapado, rodó por el suelo de la cocina y vio al otro doblarse sobre él,

con una mano convertida en una garra descendente; entonces Jericho agarró la olla vacía con las dos manos y golpeó tan fuerte como pudo contra la espinilla de Vogelaar.

El sudafricano soltó un grito de dolor y se tambaleó. Como un anfibio, Jericho se deslizó por el charco, se puso de pie, resbalando, agarró una fuente llena de tomates picados y la arrojó contra Vogelaar; luego le siguió otra repleta con macedonia de frutas. Como en un estado de ingravidez, vio trozos de mango, piña y kiwi volando en caída libre. Por espacio de unos segundos su rival estuvo ocupado esquivando

aquellos arrutados proyectiles, el tiempo suficiente para ganar un metro de distancia; pero entonces el gigante arremetió de nuevo contra él. Jericho huyó corriendo alrededor de la mesa de trabajo, agarró uno de los estantes de una estantería de varios niveles y tensó los músculos. Luego la volcó y dejó caer todo su contenido, arrojando al suelo, con estruendo, ollas, bandejas, cuencos y coladores, cucharones, sartenes y cajones de cubertería. Vogelaar dio un salto hacia atrás para ponerse a salvo de la avalancha. En un instante, la mitad de la cocina quedó bloqueada. Ahora sólo había una vía de

escape, a lo largo del lado opuesto de la mesa de trabajo.

Pero Vogelaar estaba más cerca de la puerta de vaivén.

«Soy idiota —pensó Jericho—. Me he metido en una trampa.»

El sudafricano mostró los dientes con sarcasmo. Parecía estar pensando lo mismo, con la diferencia de que la situación de Jericho lo divertía visiblemente. Acechándose mutuamente, se detuvieron, cada uno aferrado a su extremo de la mesa. Por primera vez tenía la oportunidad de contemplar al hombre con más detalle bajo el parpadeo del fluorescente. Al mismo

tiempo, la memoria a corto plazo de Jericho evocó la fecha de nacimiento del ex mercenario, y de repente cobró consciencia de que su oponente ya había cruzado hacía tiempo el umbral de los sesenta. Una máquina de combate en edad de jubilación, ante la que las ventajas de la juventud se revelaban como una absoluta farsa. Vogelaar no parecía cansado en absoluto, mientras que él jadeaba como una locomotora de vapor. Jericho vio brillar los ojos del sudafricano, el parpadeo del fluorescente, y luego, sin transición, todo quedó a oscuras.

El tubo había dado su último

suspiro. Vogelaar se apagó, se convirtió en un recorte, una masa negra que reía en voz baja y en tono triunfante. Jericho entornó los ojos. Sólo a través de las ranuras de la puerta de vaivén entraba un poco de luz, la suficiente, sin embargo, para mantener a la vista la única vía de escape restante. Como un cangrejo, se deslizó lejos del sitio que le servía de protección. Como si fuera un reflejo de sus propios movimientos, la silueta del sudafricano también se movió. Era un iluso. No sería lo suficientemente rápido como llegar a tiempo a la puerta. Tal vez fuera recomendable un poco de conversación.

—Oiga, vamos a dejar esta estupidez, ¿vale?

Silencio.

—Esto no nos lleva a ninguna parte. Deberíamos hablar.

Ese trémolo de desánimo en su voz... Eso no estaba nada bien. Jericho respiró profundamente y lo intentó de nuevo:

—Aquí hay un malentendido. —Eso estaba mejor—. No soy su enemigo.

—¿Cuán estúpido crees que soy, eh? Al menos era una respuesta, aunque hosca y amenazante, sin apenas voluntad de llegar a un entendimiento. La silueta se aproximó. Jericho dio un paso atrás, palpó a sus espaldas y tocó algo dentado

y pesado; cerró los dedos sobre el objeto con la esperanza de que pudiera servirle como arma.

Con un seco estampido, la lámpara se encendió de nuevo.

Vogelaar se abalanzó entonces sobre él blandiendo un cuchillo de cocina de una longitud temible, y Jericho tuvo un déjà-vu paralizador: Shenzhen. Ma Liping, el «paraíso de los pequeños emperadores». En el último segundo, alzó bruscamente lo que sostenía en la mano. El cuchillo partió el rábano largo en dos mitades, surcó silbando el aire y le falló por un pelo. Jericho trastabilló hacia atrás. El gigante lo persiguió

alrededor de la mesa, acorralándolo contra la estantería derribada. Apostando a la buena suerte, Jericho echó mano del montón de utensilios de cocina caídos de la estantería, atrapó una bandeja de horno y la sostuvo delante de él a modo de escudo. El acero del cuchillo chirrió al chocar con el aluminio. Con aquello no conseguiría rechazar por mucho tiempo los furiosos ataques de Vogelaar, así que cogió la bandeja con ambas manos y pasó a la ofensiva, sacudiendo con fuerza la bandeja de un lado a otro, hasta que finalmente consiguió acertarle a su rival. Vogelaar se tambaleó. Jericho le lanzó

la bandeja a la cabeza, se dejó caer, rodó por debajo de la mesa y salió al otro lado, se puso en pie de un salto y echó a correr. Vogelaar tendría que rodear la mesa...

Pero, en vez de eso, saltó por encima.

A unos centímetros de la puerta, sintió que lo agarraban y tiraban de él con tal vehemencia que sus pies perdieron el contacto con el suelo. Sin esfuerzo, lo volteó y lo empujó hacia abajo. Jericho golpeó entonces contra algo duro que lo dejó atontado; sólo un poco después comprendió que el sudafricano le mantenía la cabeza

oprimida contra el carro de una cortadora de fiambre. Un instante después oyó que la cuchilla empezaba a girar. Jericho se agitó intentando liberarse. Vogelaar le torció el brazo sobre la espalda, hasta que éste crujió. La cuchilla giraba cada vez más rápidamente.

—¿Quién eres?

—Owen Jericho —dijo él, jadeando, con el corazón en la garganta

—. Crítico gastronómico. —¿Y qué andas buscando aquí?

—Nada, absolutamente nada. Hablar con... con Donner...

—¿Con Andre Donner?

—¡Sí!

—¿Por una crítica gastronómica?

—¡Sí, joder!

—¿Y para eso llevas una pipa?

—Yo...

—Respuesta equivocada. —El sudafricano apretó aún más su cabeza contra el metal y la empujó hacia la cuchilla de giro vertiginoso—. Y una respuesta equivocada cuesta una oreja.

—¡No!

Jericho soltó un alarido. Un dolor abrasador le atravesó el pabellón de la oreja. Presa del pánico, golpeó a diestro y siniestro y oyó un golpe seco. Entonces, la presión sobre su hombro

disminuyó de repente, y Vogelaar se desplomó sobre él. De un tirón, el detective se incorporó, vio a su torturador tambalearse y le estampó un codazo en pleno rostro. El otro se aferró a su cinturón y cayó hacia un lado. Jericho se sujetó con firmeza en el borde de la mesa, a fin de no ser arrastrado al suelo. Algo grande y oscuro aterrizó en la nuca de Vogelaar. El hombre se derrumbó y ya no se movió más.

Yoyo lo miró fijamente; sostenía con ambas manos el hueso de la pata de antílope congelada.

—¡Dios mío, Owen! ¿Quién es este cabrón?

Aturdido, el detective se palpó la oreja, se la sintió en carne viva, abierta. Cuando se miró los dedos, éstos estaban rojos de sangre.

—Es Jan Kees Vogelaar —murmuró

él.

—¡Joder! ¿Y Donner?

—Ni idea. —Jericho llenó los

pulmones de aire. Luego se acercó al cuerpo de Vogelaar y se agachó delante de él—. A prisa, tenemos que darle la vuelta.

Yoyo lanzó a un lado la pata y lo ayudó sin hacer preguntas. Uniendo sus esfuerzos, consiguieron poner a Vogelaar de espaldas.

—Estás sangrando —dijo ella en tono circunstancial.

—Lo sé. —Jericho le zafó el cinturón a Vogelaar y lo sacó de las trabillas—. ¿Queda algo de la oreja?

—Es difícil decirlo. La verdad es que ya no parece una oreja.

—Sí, me lo temía. Volvamos a ponerlo boca abajo.

Usaron el mismo procedimiento que los había hecho sudar. Jericho dobló los brazos de Vogelaar hacia atrás y los ató con el cinturón, apretándolos bien. El hombre inconsciente respiraba con dificultad; emitió un gemido y sus dedos se crisparon.

—Si es necesario, le pegas otro tortazo —dijo Jericho mirando a su alrededor—. Lo arrastraremos hasta esa nevera, la que está junto al microondas.

Juntos agarraron el pesado cuerpo por debajo de los brazos, lo arrastraron por las baldosas y lo alzaron. Vogelaar pesaba unos cien kilos; además, los gemidos y el parpadeo de sus ojos indicaban que estaba a punto de recobrar la consciencia. Rápidamente, Jericho se sacó su propio cinturón y lo ató al tirador de la nevera. Así sentado, en posición vertical, con la cabeza colgando, el sudafricano tenía ahora cierto aspecto de mártir. De repente, el

parpadeo del fluorescente dio paso a una luz más constante, de aspecto estéril. Yoyo había encontrado el interruptor de la luz. Jericho se arrastró por el suelo de la cocina, vio su Glock y la pistola de su contrincante y las recogió las dos.

—Bastardos —se oyó decir a

Vogelaar, como si escupiera.

Jericho le entregó la otra pistola a Yoyo y apuntó con la suya al hombre atado.

—Deberías medir tu vocabulario. Podría sentirme ofendido. Podría recordar, por ejemplo, que la oreja me duele, y a quién le debo ese dolor.

El sudafricano lo miró con odio. De

pronto empezó a tirar como un energúmeno de sus ataduras. La nevera se desplazó un centímetro hacia adelante. Jericho le quitó el seguro a la Glock y la pegó a la nariz de Vogelaar.

—Reacción equivocada —dijo esta vez el detective.

—¡Que te den!

—Y una reacción equivocada puede costarte la punta de la nariz. ¿Quieres ir por el mundo sin nariz? ¿Eh, Vogelaar?

¿Quieres parecer un idiota?

Las mandíbulas del gigante rumiaron algo, pero el tipo desistió de sus intentos por liberarse. Al parecer, la idea de una existencia sin nariz lo afectaba más que

perder la vida.

—¿Para qué toda esta pérdida de tiempo y energía, si de todos modos me vas a matar? —dijo el sudafricano hoscamente.

—¿Por qué crees eso?

—¿Que por qué? —Vogelaar rió con incredulidad—. ¡Venga ya, hombre, ahórrate tanto rodeo! —Su ojo sano se dirigió a Yoyo; el ojo de cristal siguió mirando al frente—. ¡Vaya par de pájaros más raros estáis hechos! Jamás pensé que Kenny fuera a privarse de hacer él personalmente el trabajo.

En la mente de Jericho, los dientes de una rueda dentada engranaron con

otros, encendieron unos circuitos, y el Departamento de Giros Sorprendentes y Cosas Incomprensibles inició su trabajo.

—¿Conoces a Kenny?

Vogelaar parpadeó, confundido.

—Por supuesto que lo conozco.

—Escúchame —dijo Jericho, poniéndose en cuclillas—. Tenemos un documento que, aunque fragmentario, le permite comprender a cualquier alcornoque que tú estás aquí para liquidar a Andre Donner. Así que vayamos por orden. Empecemos con Donner, ¿de acuerdo? ¿Dónde está?

Algo cambió en la mirada de

Vogelaar. Su ira fue transformándose en

el más puro y absoluto desconcierto.

—Te equivocas —dijo el sudafricano—. Hay que ser un alcornoque para creer lo que acabas de decir.

—¿Dónde diablos está Andre

Donner?

—Dime una cosa, ¿eres un absoluto imbécil o qué? Yo...

—Por última vez —gritó Jericho—.

¿Dónde está?

—Mira bien —replicó el hombre atado a la nevera—. Abre bien los ojos.

«Vaya —se dijo el jefe del Departamento de Giros Sorprendentes y Cosas Incomprensibles—, una vez más

hemos sacado la conclusión equivocada.»

—No entiendo...

—¡Lo tienes delante! ¡Yo... soy... Andre Donner!

MERCENARIOS

Las guerras de la era moderna, concretamente la primera y la segunda guerra mundial, son consideradas conflictos entre naciones, acordadas sobre la base del derecho de guerra entre los pueblos y ejecutadas por las fuerzas armadas de cada país. En muchas partes del mundo esto llevó a la equivocada opinión de que los soldados eran exclusivamente funcionarios del Estado, un cuerpo armado que seguía ganando dinero cuando ya no había a nadie a quien atacar ni nada que

defender. Por tanto, era inimaginable que las divisiones del Ejército de Estados Unidos, de la Royal Air Force de las Forces Armées o de la Bundeswehr recorrieran el propio país saqueando y violando a la población. Efectivamente, la introducción del servicio militar obligatorio parecía marcar el fin de aquellas fuerzas que hasta entonces habían determinado de un modo considerable el arte de hacer la guerra. Los guardias cretenses y peletitas del rey David, los hoplitas griegos en el ejército de Persia, las hordas de brabanzones y armagnacs que merodeaban en la Alta Edad Media, los

mercenarios suizos, los lansquenetes en la guerra de los Treinta Años y los ejércitos privados del África colonial, todos se habían puesto al servicio del mejor postor. Les pagaban por combatir y no por habitar en cuarteles.

En el siglo XX, con la retirada de los ejércitos coloniales, muchos mercenarios se sintieron atraídos por el caos generado por los procesos independentistas de África, donde la persecución y el desalojo, los golpes de Estado y los genocidios estaban a la orden del día entre los nuevos mandatarios sumidos en conflictos de carácter étnico. Oficialmente condenado

a no intervenir, Occidente podía asegurar sus intereses sólo con la ayuda de tropas privadas, por ejemplo, para contrarrestar el establecimiento del comunismo en suelo africano. No de otro modo operaron los comunistas. Estados como Sudáfrica adquirieron unidades especiales paramilitares como Koevoet y les proporcionaron a aquellos combatientes por encargo lucrativos trabajos permanentes. El modelo en desuso de los mercenarios pareció encontrar su nicho en el entorno de los dictadores y los rebeldes.

Pero entonces todo cambió.

En un abrir y cerrar de ojos de la

historia, el imperio soviético se desmoronó sin pena ni gloria, se vino abajo de una forma banal, irreversible. La Alemania del Este dejó de existir. La transigencia de Londres puso en entredicho al IRA, en Ciudad del Cab llegaba a su fin el apartheid, se daba por finalizada la guerra fría, Gran Bretaña y Estados Unidos reducían sus fuerzas armadas, mientras los cambios políticos en Sudamérica atraían el descrédito de miles de miembros del ejército. A nivel mundial se produjo una pérdida de trabajo y de derecho a la existencia para soldados, policías, agentes secretos, luchadores por la

resistencia y terroristas. El fenómeno no era del todo nuevo. Años antes, algunos veteranos desempleados de la guerra de Vietnam habían fundado en Estados Unidos servicios militares y de seguridad privados que siempre intervenían allí donde Washington no podía pillarse los dedos. Por encargo de la CIA, esas empresas echaron del cargo a gobernantes indeseados, traficaron con armas y drogas y, de paso, aliviaron los presupuestos de Defensa. Pero ahora, el mercado estaba colapsado por un exceso de combatientes bien formados que, en la era de un Nelson Mandela y de la camaradería rusoamericana, habían

tenido que luchar por obtener los últimos territorios en conflicto. Por mucho que los déspotas que quedaban en el mundo se esforzaran por violar los derechos humanos, éstos no daban abasto para todos.

Y entonces, una vez más, se abre el telón para dar paso a un nuevo acto.

Aparecen en escena Saddam Hussein, un tipo voraz y autosuficiente, y también Slobodan Milosevic, un nacionalista delirante; perfectos antagonistas de una humanidad que vive en paz, y que coinciden en un mismo criterio: admiten la guerra como la extensión de la política por otros

medios. Estúpidamente, en el paroxismo de la reconciliación, los países se habían deshecho de algunos soldados. Y una vez más, entran en acción los mercenarios. Legitimados por Naciones Unidas, pulen su dañada imagen, ayudan a vencer a los dementes del Golfo y al monstruo de los Balcanes y garantizan la paz, pero un buen día dos aviones de pasajeros se estrellan contra las Torres Gemelas y, con ellas, hacen que se consuma bajo las llamas la última reserva de ideas pacifistas. En un denodado esfuerzo por poner de rodillas al Eje del Mal, George W. Bush, el mayor fracaso político de la historia de

Estados Unidos, lega a su país millares de soldados regulares muertos y un agujero financiero del tamaño de un cráter. Prácticamente todos los países aliados tienen que aprender lo espantosamente caras que son las guerras, y aún más caro es ganar la paz, sobre todo empleando para ello ejércitos regulares. Y dado que, por otro lado, la factibilidad de las guerras ya no es tema de debate, los encargos, uno tras otro, pasan a manos de las eficientes empresas de seguridad privadas, las cuales, además, trabajan con discreción.

De un modo conveniente a esta situación, África, con sus materias

primas, se convierte en el tablero de ajedrez de la globalización. Heridas que se creen sanadas hace mucho tiempo se abren de nuevo, los petrodólares dividen a naciones enteras, y en todo ello interviene de algún modo la tensión de las fuerzas gravitatorias de Oriente y Occidente. Somalia se convierte en un sinónimo de sangre y lágrimas. Millones de seres humanos mueren durante la guerra civil en la República Democrática del Congo. Y apenas saldadas las pugnas entre el gobierno y el Ejército de Liberación Popular, Sudán, tambaleándose, entra en el conflicto de Darfur, cuya fuerza de

absorción abarca toda África central. El dictador del Chad, con la callada anuencia de Francia, invierte miles de millones del dinero salido del petróleo en la compra de armas y desestabiliza la región a su manera. En Costa de Marfil los bandos del norte y del sur se aporrean unos a otros; en el sur de Nigeria, donde abunda el petróleo, prospera la violencia, y Senegal, el Congo-Brazzaville, Burundi y Uganda registran las más violentas caídas en la escala de la perversión humana. Incluso algunas naciones consideradas estables, como Kenia, se sumen por un breve espacio de tiempo en el caos. Casi todo

lo que debía mejorar empeora.

Las cosas sólo mejoran para gente como Jan Kees Vogelaar.

A principios del milenio, su empresa, Mamba, apoyó a las fuerzas de paz de la Unión Africana en Darfur para controlar el acceso de los sudaneses de origen árabe al campamento de la guerrilla, y aceptó encargos lucrativos en Kenia y Nigeria. Tras la fundación de African Protection Services, Vogelaar puede expandir sus actividades a otros territorios en crisis. APS se desarrolla para África de un modo parecido a como Blackwater se desarrolla para Iraq. Hasta el año 2016, el grupo

empresarial se hizo, además, de un nombre en el aseguramiento de instalaciones petroleras y vías de transporte para materias primas, en las negociaciones con secuestradores y la exploración de territorios exóticos para consorcios occidentales, asiáticos y multinacionales, los cuales encuentran cada vez más el gusto a la idea de esos ejércitos privados al servicio de las empresas.

Sin embargo, el negocio sigue siendo arduo, y Vogelaar lamenta tener que estar cambiando siempre de bandera. Tras años de inestabilidad en todos los frentes, empieza a añorar algo

duradero y sólido, un encargo final, el último.

Y ese encargo le llega.

—Llegó en la figura de Kenny Xin

—dijo Vogelaar—. O más bien en la figura de su empresa, que me presentó el futuro casi en bandeja de oro.

—Xin —repitió Yoyo—. No es precisamente un nombre que le pegue mucho.

Jericho sabía lo que opinaba la j ove n. Xin era la palabra china para

«corazón».

—¿Y quién se ocultaba tras esa empresa? —preguntó el detective.

—Por entonces todavía era el

servicio secreto chino. —El sudafricano se frotó las muñecas marcadas por las correas—. Pero más tarde me entraron mis dudas.

Una vez que Jericho se había dejado ablandar para desatar a Vogelaar, salieron de la cocina y se sentaron en el restaurante. Antes el detective había salido corriendo al baño para verse la oreja. Tenía un aspecto horrible, cubierta de un color carmesí que le había corrido en hilillos por el cuello y le había llegado hasta el escote de la camiseta, donde se petrificó en una especie de costra. Ensangrentado, empapado de caldo de carne y cubierto

con los restos de verduras hechas puré, ofrecía un aspecto lamentable. Después de lavarse la sangre, mejoró algo. En efecto, debía lamentar la pérdida de un trozo de oreja del grosor de un filete de carpaccio, lo que no constituía un problema con la categoría del de Van Gogh. Yoyo, a quien el propio Vogelaar guió hasta el botiquín de primeros auxilios que tenía en la cocina, lo vendó, mientras el detective creía sentir que los dedos de la joven le dedicaban atenciones no directamente relacionadas con la labor. Si hubiese sido un perro, se podría haber dicho que lo acariciaba enroscándole el pelo, pero él no era un

perro, y Yoyo, probablemente, había estado haciendo su trabajo. Vogelaar los había estado observando mientras tanto; de pronto parecía muy cansado, como si tuviera años de sueño por recuperar.

—Si no estáis aquí para liquidarme, entonces, ¿para qué diablos habéis venido?

—Para alertarte, gilipollas —le explicó Yoyo en tono amable.

—¿De quién?

—¡De quienes se proponen liquidarte!

Jericho sacó su teléfono móvil y, sin pronunciar palabra, proyectó sobre la pared el fragmento de texto y la película

que mostraba a Vogelaar en África.

—¿De dónde habéis sacado eso?

—No lo sabemos. Nos entró por la red, pero desde entonces tu amigo Kenny intenta matarnos.

—Mi amigo Kenny... —Vogelaar emitió un ruido a medio camino entre la risa y el gruñido—. Hablemos ahora sin rodeos; no habéis venido porque os importe en serio que sobreviva.

—Por supuesto que no. Tampoco nos interesaba la máquina cortadora de embutidos.

—¿Acaso podía saber quién eras?

—Podrías haber preguntado.

—¿Preguntado? ¿Acaso hiciste tú

todas las preguntas que ibas a hacer?

¡Irrumpiste en mi cocina y me atacaste!

—Cuando tú sacaste el arma...

—Dios santo, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¿Qué habrías hecho tú en mi lugar? Nyela me llama y me dice que dos payasos que están sentados en el restaurante se hacen pasar por críticos gastronómicos.

—¿Lo ves? —dijo Yoyo, triunfante

—. Ya ves, enseguida te lo...

—Pero ¡ése no fue el problema, pequeña! ¡Tú fuiste el problema! Tu metedura de pata. Nadie aquí sabe nada de Guinea Ecuatorial, Nyela es camerunesa y yo soy un bóer

sudafricano. Los Donner jamás han estado en Guinea Ecuatorial.

Yoyo parecía abochornada.

—¿Has visto las películas de las cámaras de vigilancia? —quiso saber Jericho.

—Oh, ¿notaste la cámara?

—Soy detective.

—Claro que las he visto. Estoy preparado para todo, tío. En realidad, esperaba poder encontrar tranquilidad aquí para el resto de mi vida. Una nueva identidad, un nuevo domicilio. Pero Kenny no se cansa. Ese bastardo jamás desfallece.

—¿Crees que el texto es obra de él?

—Creo que deberías quitarme estas ataduras de inmediato, o ya puedes ir reuniendo la información que deseas de otro modo.

Fue entonces cuando Jericho desató a Vogelaar, aunque de mala gana, mientras Yoyo mantenía en jaque al sudafricano. Sin embargo, todo cuanto este último hizo fue ir hasta la habitación de al lado, poner vino de palma, ron y cola sobre la mesa y escuchar su historia, mientras convertía en ceniza un punto tras otro.

—¿Qué clase de acuerdo te ofreció Kenny? —dijo Jericho, ingiriendo un vaso de ron que creía tener más que

merecido.

—Una especie de segundo golpe

Wonga.

—No es un buen presagio.

—Sí, pero las premisas habían cambiado. Ndongo no era Obiang, no estaba tan protegido, ni mucho menos. Prácticamente todas las posiciones clave de su gobierno habían sido compradas por Estados Unidos y Gran Bretaña. Sólo que el dinero, a la larga, no es buena argamasa. Tienes que estar sobornando a la gente constantemente; de lo contrario, el techo se te desploma sobre la cabeza. Además, Ndongo era un bubi. Los fangs se habían unido a él sólo

porque últimamente les había ido igual de mal y, con Mayé, todo amenazaba con empeorar. Por entonces la APS operaba a todo lo largo de la costa occidental africana. En Camerún protegíamos las instalaciones petroleras frente a los de la resistencia. En Yaunde fue, por cierto, donde conocí a Nyela, la primera mujer que despertó en mí el interés de poner en mi vida algo parecido al orden.

—¿Nyela es su nombre verdadero?

—preguntó Yoyo.

—¿Estás loca? —resopló Vogelaar

—. Nadie se llama como se llama cuando su vida está en juego. En cualquier caso, un buen día entré en mi

despacho y allí estaba Kenny, que venía a exponerme los intereses de los chinos.

—Vogelaar soltó una bocanada de humo y quedó envuelto en él—. Tenía una manera extraña de cambiar los términos en lo que respectaba a sus empleadores. A veces hablaba del Partido Comunista, otras del servicio secreto, luego sonaba otra vez como si estuviera allí por órdenes de la sociedad petrolera estatal. Cuando le solicité más claridad, él quiso saber dónde estaban, según mi criterio, las diferencias entre el gobierno y los consorcios. Yo medité sobre el planteamiento y, la verdad, no encontré ninguna. En el fondo, no he

encontrado ninguna en más de cuarenta años.

—Y entonces Kenny te propuso dar un golpe.

—Los chinos estaban cabreados en cierta medida por la presencia de Estados Unidos en el golfo de Guinea Hablamos de todos modos de la época anterior a la aparición del helio 3; entonces aquel lugar era oro puro. Les parecía, además, que a ellos les correspondía lo que Washington había pretendido poseer desde siempre. Intenté aclararle a Kenny que una cosa era proteger a gobiernos frente a guerrilleros y otra muy distinta derrocar

a los primeros. Le conté lo del golpe Wonga, le hablé de Simon Mann, que se pudría en Playa Negra por lo que había hecho, y le hablé de cómo Mark Thatcher, en su momento, se había puesto en ridículo. Él me respondió con informaciones acerca del derrocamiento de la casa real saudí un año antes, y a mí casi me da algo. Para todos nosotros estaba claro que China había apoyado a los islamistas saudíes, pero si era cierto lo que Kenny me estaba revelando, Pekín había hecho algo más que ayudar en Riad. Créeme, reconozco a los charlatanes a kilómetros de distancia y con el viento en contra. Kenny no era

uno de ellos. Decía la verdad, de modo que decidí seguir escuchándolo.

—Supongo que mantenía buenas relaciones con Mayé.

—Hablaban. En el año 2016 Kenny operaba todavía desde un segundo plano, pero enseguida supe que aquel tipo aparecería muy pronto en una situación más expuesta. —Vogelaar rió por lo bajo—. Cuando se lo conoce, se lo toma por un tipo simpático, pero no lo es. Es mucho más peligroso cuando se muestra simpático.

—¿Es que acaso en este negocio se puede ser simpático? —preguntó Yoyo.

—Claro. ¿Por qué no?

—Bueno, los mercenarios, por ejemplo —dijo la joven, juntando las puntas de los dedos—. Quiero decir, ¿no son todos, en mayor o menor medida..., eh..., racistas?

«Dios mío, Yoyo —pensó Jericho

—, ¿a qué viene eso ahora?»

Vogelaar volvió la cabeza hacia ella lentamente y dejó salir el humo a través de las comisuras de sus labios. Parecía un animal enorme soltando vapores.

—Puedes explicarte tranquilamente.

— K o e v o e t . Apartheid. ¿Es suficiente?

—Yo era un racista profesional, pequeña, si te refieres a mí. Dame

dinero y odiaré a los negros. Dame dinero y odiaré a los blancos. Los auténticos racistas echan a perder la fiesta. Por lo general, a esos tíos los encontrarás también en el ejército.

—Sólo que vosotros sois venales. A

diferencia de las tropas regulares...

—Somos venales, en efecto, pero no traicionamos a nadie. ¿Y sabes por qué? Porque no estamos del lado de nadie. Nuestra lealtad es sólo al contrato.

—Pero cuando vosotros...

—No podemos cometer una traición.

—Yo lo veo de un modo distinto. Jericho, incómodo, se removió en su

silla hacia atrás y hacia adelante. ¿Qué

motivaba a Yoyo a someter a Vogelaar, precisamente ahora, a la purificadora hoguera de su indignación? Se disponía a abrir la boca, pero entonces un toque de comprensión cruzó el rostro de la joven. Con repentino denuedo, bebió un sorbo de cola, y preguntó:

—¿Y quién contactó con quién?

¿Mayé con los chinos o al revés?

Vogelaar la miró indeciso. Luego se encogió de hombros y se sirvió un vaso, hasta arriba, de ron.

—Hasta donde sé, fue tu gente la que se acercó a Mayé.

—¿Quieres decir los chinos? —lo corrigió Yoyo.

—Tu gente —repitió Vogelaar—. Ellos vinieron e hicieron su propuesta. El caso era que Obiang se había equivocado dramáticamente con Mayé. Había querido a alguien a quien pudiera mangonear desde detrás del escenario, pero había escogido al hombre equivocado. Si no hubiese aparecido el helio 3, Mayé probablemente seguiría gobernando en Malabo.

—Bueno, pero a fin de cuentas él también era un títere.

—Sí, pero un títere de los chinos, el payaso de una potencia mundial que pagaba. Es distinto de dejarse mangonear por un ex potentado enfermo

de cáncer. Cuando Kenny se presentó ante mí, había radiografiado todo el ramo, y le pareció que nosotros éramos los adecuados. Yo escuché toda su exposición en silencio y... me negué.

—¿Por qué? —preguntó Jericho.

—Para que se bajase de su caballo. Él se mostró algo decepcionado. Y preocupado, ya que había quedado con el trasero al aire. Pero entonces le dije que tal vez viera alguna posibilidad. Pero que, para ello, tendría que poner en la balanza algo más que el encargo de llevar a cabo un golpe de Estado. Le hice saber que estaba harto de la guerra de trincheras, del regateo constante para

conseguir los trabajos, y que, por otro lado, tampoco me veía en una mansión cualquiera, muriéndome de aburrimiento. Yo más bien estaba pensando en una jubilación, pero con algo de inquietud.

—Un puesto en el gobierno de Mayé..., una petición bastante insólita para un mercenario.

—Kenny me entendió. Unos días después nos reunimos con Mayé, que se pasó dos horas quejándose de su maldita familia y de lo que le había prometido a cada uno de ellos. ¡Era imposible encontrar un trabajo para mí en su gobierno! Durante horas me dejó allí,

pataleando, pero luego pasó al tono de camaradería, el del buen tío Mayé, y se sacó aquella liebre del sombrero.

—Te ofreció el puesto de jefe de seguridad.

—El chiste estuvo en que todo fue idea de Kenny. El chino, sin embargo, cameló tanto al viejo que éste llegó a creer que la idea era suya. Ése fue el trato. El resto fue coser y cantar. Me ocuparía de la logística, de reunir a los mandos, de conseguir armas y helicópteros, en fin, lo habitual; el resto ya lo conocéis. Los chinos otorgaron valor al hecho de que todo transcurriera sin derramamientos de sangre y de que

Ndongo saliese ileso del país; y eso también lo conseguimos.

—El año pasado Pekín actuó con menos remilgos.

—El año pasado había muchas más cosas en juego. En 2017 sólo se trataba de corregir la correlación de fuerzas.

—Suena bonito ese «sólo».

—¡Venga ya! Todos sabían que los periodistas inteligentes, más tarde o más temprano, escribirían artículos inteligentes. Sólo la redistribución de las licencias de explotación, quiero decir, el papel de Pekín era evidente. Pero ¿y qué? La gente está acostumbrada a eso, a cambios de gobierno

promovidos desde fuera. Lo de los muertos, eso ya no estaba tan bien. Sobre todo cuando estás empeñado en lavar tu imagen. El Partido no había olvidado el escándalo de las olimpiadas de 2008. También por eso la Casa Real saudí logró salir tan campante en el año

2015, cuando los islamistas tomaron Riad. Fue la condición de Pekín para financiarles la bromita. En cualquier caso, se instalaron en Malabo, Mayé plantó su gordo trasero en el sillón presidencial, yo creé EcuaSec, el servicio secreto de Guinea Ecuatorial, mandé arrestar a la oposición y eso fue todo.

—¿Y nunca te sentiste mal? —

preguntó Yoyo.

—¿Mal? —Vogelaar se llevó el vaso a los labios—. Sólo me sentí mal una vez. A causa de un atún que estaba pasado.

Jericho le lanzó a Yoyo una mirada cortante.

—¿Y qué pasó luego?

—Poco después de que hubimos puesto a Mayé en el poder, Kenny subió un día la escalera lleno de expectación y dio nuevas atribuciones. Guinea Ecuatorial era su campo de juego. Cada dos semanas pasaba por el vestíbulo del Paraíso, un hotel para los obreros

petroleros donde se dejaba mimar por prostitutas y recibía mis informes. Habíamos acordado en Camerún que no perdería de vista a Mayé...

—Entonces, ése fue el trato.

—¿Cuál iba a ser? Ya he dicho que sí, que había sido idea de Kenny. Nadie podía acercarse a Mayé tanto como yo. Me aceptaba como confidente.

—Un confidente que, al mismo tiempo, lo vigilaba.

—Por si acaso el gordo quisiera salirse del guión. Por supuesto que a mí también me vigilaban. Era el modus operandi de Kenny, de esa forma creaba sus redes: «Todos vigilan a todos.» Pero

yo tenía un par de ojos más que los demás.

—De cristal —dijo Yoyo en tono burlón.

—Con el ojo sano veo mejor que tú con los dos tuyos —replicó Vogelaar—. Pronto averigüé dónde estaban los topos que Kenny me había puesto en mi propia casa. Medio EcuaSec estaba infiltrado Por supuesto que no dejé que se me notara nada. Más bien empecé a observar a Kenny. Quería averiguar más sobre él y sobre los hombres que tenía detrás.

—Lo único que yo sé es que ese tipo está completamente chalado.

—Digamos que adora los extremos. Pude averiguar que había vivido tres años en Londres, adjunto al agregado militar chino; luego estuvo otros dos años en Washington, y su labor principal era la conspiración. Oficialmente pertenecía al Zhong Chan Er Bu, e servicio de inteligencia militar, el segundo departamento del Estado Mayor en el Ejército Popular chino. Por desgracia, mis contactos allí se revelaron precarios pero, en cambio, conocía a algunas personas en el quinto departamento del Guojia Anquan Bu, en el Ministerio de la Seguridad del Estado, que ya habían colaborado con

Kenny. Según ellos, poseía capacidades analíticas muy especiales y un gran olfato psicológico. Además, estaba comprobado que, en cuestiones de sabotaje y de muertes por encargo, procedía de un modo... Bueno, de un modo bastante implacable.

—Dicho de otra forma, nuestro amiguito era un asesino a sueldo.

—En sí mismo, eso no es motivo para acalorarse, si no hubiera algo más.

Vogelaar introdujo una pausa para encender un nuevo purito. Lo hizo de un modo enfáticamente lento y ceremonioso, cambió de la palabra hablada a las señales de humo y se

entregó durante un rato a la contemplación de las películas de su mente.

—Ellos creían que había algo monstruoso en él —continuó—, lo que coincidía con lo que yo ya intuía y no era capaz de decir Por qué. Así que me esforcé por rastrear la trayectoria de Kenny. Encontré lo que esperaba encontrar: su etapa del servicio militar, una carrera, alguna formación como piloto, entrenamiento en armas, todo bastante regular. Ya pensaba desistir cuando me topé con una unidad especial que llevaba el bonito nombre de Yü Shen...

—Estupendo —dijo Yoyo.

—¿Yü Shen? —dijo Jericho frunciendo el ceño—. Me resulta familiar. Tiene algo que ver con la condenación eterna, ¿no?

—Yü Shen es el dios del infierno — explicó Yoyo—. Una figura taoísta, basada en la antigua idea china de que el infierno está dividido en diez reinos, cada uno gobernado por un rey infernal en las profundidades de la Tierra. El dios del infierno es la instancia máxima. Ante él y ante sus jueces infernales han de responder los muertos.

—Es decir, que todos irán al infierno...

—En principio, sí. Y cada uno, dependiendo de sus actos, será llevado ante un tribunal. Los buenos son enviados de vuelta a la superficie y renacen reencarnados en algo superior. Los malvados también renacen, pero sólo después de haber cumplido sus condenas, y se reencarnan en animales.

Jericho miró a Vogelaar.

—¿Y en qué animal se habrá reencarnado Kenny Xin?

—Buena pregunta. ¿Qué tal una bestia con forma humana?

—¿Y qué habría sido antes? Vogelaar dio una calada a su purito.

—He intentado recopilar

información sobre Yü Shen; una empresa difícil. Oficialmente, ese departamento ni siquiera existe, pero en realidad es comparable a esa corte del infierno. Recluían a sus hombres en las cárceles, en instituciones psiquiátricas y en hospitales de investigaciones cerebrales. Podría decirse que salen, expresamente, en busca del mal. Buscan a gente con mucho talento, cuya discapacidad mental ha descendido tanto en la barrera psicológica que, por lo general, tienen que ser encerradas y apartadas de la sociedad. En Yü Shen, sin embargo, se ganan una segunda oportunidad. No es que allí tengan la

intención de convertirlos en mejores hombres, más bien lo que importa es ver cómo se puede instrumentalizar el mal. Realizan pruebas. Todo lo imaginable, cosas que seguramente no querréis oír. Después de un año, deciden si vas a renacer en libertad, en el ejército o en el servicio secreto, o si tu vida quedará encerrada de nuevo en el infierno de un manicomio.

—Suena como un ejército de carniceros —dijo Yoyo con repugnancia.

—No necesariamente. Algunos graduados de Yü Shen han hecho carreras sorprendentes.

—¿Y Kenny?

—Cuando Yü Shen descubrió su existencia, Kenny había cumplido los quince años y estaba en una clínica para jóvenes criminales con trastornos mentales. La mayor parte de su vida anterior sigue estando en la sombra. Al parecer, creció en medio de una pobreza extrema, en el último rincón de un asentamiento ilegal en el que ni siquiera se dejaban ver los trabajadores inmigrantes. Padre, madre, dos hermanos. No sé nada acerca de las circunstancias exactas. Sólo sé que una noche, a la edad de diez años, cuando todos dormían, Kenny vertió dos

bidones de gasolina sobre el cobertizo de latón donde vivía su familia. A continuación, bloqueó todas las vías de escape con barricadas que había ido preparando durante semanas, acopiando basura y colocándola de modo que nadie pudiera salir. Luego le prendió fuego.

Yoyo lo miró fijamente.

—¿Y su familia?...

—Se quemaron.

—¿La familia entera?

—Todos. Fue pura casualidad que algún sesudo oyera hablar del caso y se llevara al niño consigo. Demostró tener una inteligencia sobresaliente y una singular claridad de pensamiento. El

muchacho no negó nada, no disimuló nada, pero tampoco dijo ni una palabra sobre los motivos para cometer aquel crimen. Durante cuatro años pasó de experto en experto, todos trataban de desentrañar el origen de sus acciones, hasta que por fin Yü Shen puso su atención en él.

—¡Y ahora lo han arrojado sobre la humanidad!

—Lo consideraron sano.

—¿Sano?

—En el sentido de que tenía control sobre sí mismo. No encontraron nada. Por lo menos ninguna enfermedad mental tal y como aparece en los manuales.

Sólo mostraba un extraño anhelo de cierto orden superior, una fascinación por la simetría, síntomas clásicos de un trastorno obsesivo-compulsivo, pero, en general, no hallaron nada que permitiera clasificarlo como un demente. Él sólo era... malvado.

Durante un tiempo reinó un silencio incómodo. Jericho recapituló lo que sabía acerca de Xin: su amor por la puesta en escena, la extraña capacidad de ver lo que pensaban otros. Vogelaar tenía razón: Kenny era malvado y, sin embargo, todavía le parecía que ésa no era toda la verdad. Al mismo tiempo, sus acciones parecían estar sujetas a un

oscuro código, un código que él seguía a pies juntillas y con el que se sentía obligado.

—Ahora bien, entonces yo no tenía ninguna razón para desconfiar de Kenny. Todo marchaba de maravilla. Pekín cumplió su compromiso de no injerencia, Mayé gozaba del estatus de gobernante autónomo. El petróleo fluía a cambio de dinero. Luego vino la decadencia. Todo el mundo hablaba del helio 3, lo único que a todos les interesaba era ir a la Luna. El interés por los recursos fósiles fue disminuyendo gradualmente, y Mayé no podía hacer nada por evitarlo.

Absolutamente nada. Ni ejecuciones ni berrinches. —Vogelaar sacudió la ceniza de su purito—. En fin, el 30 de abril de 2022 me llamó a su despacho. Cuando entré, allí estaba sentado Kenny, acompañado de algunos hombres y mujeres a los que presentó como representantes del ministerio chino de Aeronáutica Civil y Espacial.

—¡Yo sé lo que querían! —Yoyo chasqueó los dedos como una escolar—. Propusieron construir una rampa de lanzamiento.

Jericho no daba crédito.

—Entonces, ¿el asunto no fue idea de Mayé?

—No, no lo fue. Por supuesto que enseguida él quiso saber para qué era la rampa. Le dijeron que para lanzar un satélite al espacio. Se les preguntó qué clase de satélite. Ellos dijeron que se trataba sólo de un satélite, no importaba de qué tipo. «¿Quieres un satélite? ¿Un satélite propio, un satélite de comunicaciones para Guinea Ecuatorial? Puedes tenerlo. A nosotros sólo nos interesa el lanzamiento y que nadie se entere de lo que hay detrás de todo esto.»

—Pero ¿por qué? —preguntó Jericho, desanimado—. ¿Qué ventaja podría haber en lanzar un satélite chino

desde territorio africano?

—Sí, por supuesto, eso también nos interesó. Las cosas, nos dijeron, eran del siguiente modo: existía un tratado sobre el espacio que fue acordado en los años sesenta por iniciativa de Naciones Unidas y que fue firmado y ratificado por la mayoría de los países. El objeto de dicho tratado era a quién pertenecía el espacio, lo que se podía y no se podía hacer allí, lo que se podía permitir y lo que había que prohibir. Parte del tratado consistía en una cláusula de responsabilidad que más tarde se concretizó en un acuerdo especial que regula todas las reclamaciones

relacionadas con accidentes provocados por cuerpos celestes artificiales. Por ejemplo, si un meteorito cae en tu huerto y mata a todas tus gallinas, no puedes hacer nada. Pero si lo que cae no es un meteorito, sino un satélite con reactor nuclear, y no cae precisamente sobre tus gallinas, sino justo en el centro de Berlín, los daños alcanzan cifras astronómicas, por no hablar ya de los muertos y los heridos, o del incremento en las tasas de cáncer. ¿Quién, entonces, se hace responsable de ello?

—Quienes han lanzado el objeto.

—Correcto. Los Estados, y de forma ilimitada, en virtud del tratado. Si

Alemania puede demostrar que se trata de un satélite chino, es China la que tiene que sacudirse el bolsillo. Lo decisivo es siempre desde qué territorio se hace el lanzamiento. Cuantas más cosas lance una nación al espacio, tanto mayor será el riesgo de tener que pagar. Así pues, según los delegados, se estaba negociando con algunos gobiernos que permitiesen a China construir rampas de lanzamiento en sus territorios y que luego se las vendieran al mundo como empresas propias.

—Pero ¡entonces esas naciones se hacen responsables!

—Tipos como Mayé no tienen

ningún problema con llevar a sus pueblos a la ruina. Los millones del negocio del petróleo ya estaban asegurados desde hacía tiempo en cuentas privadas, lo mismo que había hecho Obiang. A él sólo le interesaba lo que pudiera salpicarle de aquello en beneficio propio. Así que Kenny mencionó una suma. Era exorbitante. Mayé intentó permanecer sereno, mientras, por debajo de su escritorio de maderas exóticas, se orinaba de alegría.

—¿Acaso no le pareció todo completamente absurdo?

—La delegación argumentó que

Pekín solía cerrar esos acuerdos a fin de

disminuir los riesgos. El peligro de una caída era mínimo, todo tenía un carácter civil, se trataba únicamente de probar un nuevo sistema de propulsión, algo experimental. Todo cuanto Mayé tenía que hacer era pavonearse presentándose como el padre de la navegación espacial ecuatoguineana y garantizar, de por vida, silencio acerca de quiénes estaban detrás de todo. A cambio, China estaba dispuesta a donarle el deseado satélite.

—Valiente idiota —constató Yoyo.

—Bueno, piénsalo: el primer país africano con un programa espacial propio.

—Pero en cuanto a la construcción

de la rampa... —dijo Jericho—. ¿No le llamó la atención que los únicos que andaban por allí eran chinos?

—No fue exactamente así. Oficialmente hubo una convocatoria a concurso. Mayé hizo saber al mundo que quería participar en la navegación espacial, invitó a expertos al país y, por supuesto, también acudieron chinos. Todo estaba perfectamente organizado. Al final, hubo rusos, coreanos, franceses y alemanes trabajando en la rampa, y nadie notó al son de qué palmadas bailaban.

—¿Y el Grupo Zheng?

—¡Ah! —Vogelaar alzó las cejas en

señal de reconocimiento—. Lo habéis comprendido. Es cierto, gran parte de la estructura fue desarrollada por Zheng. Siempre tenían un equipo en el país. En diciembre comenzaron, y apenas un año después aquel chisme ya estaba en pie; luego, el 15 de abril de 2024, en una ceremonia solemne, se puso en órbita el primer y único satélite de comunicaciones de Mayé.

—Debía de reventar de orgullo.

—Mayé estaba loco con aquel chisme. Había una maqueta del mismo en su despacho, recorría el techo a través de unos raíles y daba la vuelta sobre su escritorio, era el sol de Guinea

Ecuatorial.

—Sólo que no por mucho tiempo.

—Ni tres semanas. Primero hubo una avería temporal, luego, un cese absoluto de transmisiones. Claro que eso se divulgó. Mayé fue blanco de comentarios maliciosos y burlas. No era que necesitara forzosamente un satélite, hasta entonces se las había arreglado bien sin él. Pero se había estado metiendo en terreno internacional, había querido bailar al ritmo de los grandes y se había resbalado fuera de la pista de una manera penosa. Se había puesto en ridículo de una manera estrepitosa, hasta los bubis de Playa Negra se retorcieron

de risa en sus celdas. Mayé rabiaba, gritó llamando a Kenny, quien le hizo saber que ahora las preocupaciones eran otras. Lo que, por otra parte, era cierto. Los chinos y los estadounidenses se amenazaban mutuamente con acciones militares, se culpaban unos a otros de haber estacionado armas en la Luna. Le aconsejé a Mayé que se mantuviera al margen, pero él no daba tregua. Finalmente, a principios de junio, precisamente cuando la llamada «crisis lunar» empezaba a apaciguarse, Kenny viajó a Malabo para sostener conversaciones. Mayé se mostró frenético. Exigió de inmediato un nuevo

satélite..., y entonces cometió un error. Insinuó que detrás de todo aquello tal vez hubiera algo más que la mera puesta a prueba de un nuevo sistema experimental de propulsión.

Jericho se inclinó hacia adelante.

—¿Y qué quería decir con eso? Vogelaar soltó una bocanada de

humo hacia tiempos ya pasados.

—Lo que ya sabía a través de mí, lo que yo había averiguado acerca de todo aquel proyecto.

—Entonces, ¿tú también habías encargado investigar el asunto?

—Por supuesto. No había perdido de vista detalle de la construcción de la

rampa ni del lanzamiento, más de lo que a Kenny le habría gustado, pero sin que él notara nada. Y en ello tropecé con algunas incongruencias. Informé a Mayé del asunto e insistí en que se lo reservara, pero aquel absoluto idiota no encontró nada mejor que hacer que amenazar a Kenny.

—¿Y cómo reaccionó este último?

—Amablemente. Y eso no me gustó. Dijo que Mayé no debía preocuparse, que de algún modo llegarían a un acuerdo.

—Suena a ejecución anunciada.

—Eso, exactamente, fue lo que me pareció. Pero los platos ya estaban



rotos. Sólo ayudé a averiguar toda la verdad a fin de poder elevar las presiones sobre Kenny y de que él no pudiera dejarnos en la estacada de un modo tan sencillo. Y, en efecto, la averigüé. Cuando Kenny pasó por Malabo la vez siguiente, Mayé lo recibió en el círculo de sus ministros y militares más importantes. Lo confrontamos con los hechos. Él guardó silencio durante mucho, muchísimo rato. Luego preguntó si teníamos claro que estábamos poniendo en juego nuestras vidas.




—El principio del fin.

—No forzosamente. Allí dio



muestras de que nos tomaba en serio, de que quería negociar. —Vogelaar rió con desgana—. Pero una vez más fue Mayé quien lo estropeó todo, al exigir sumas horrendas y casi una muestra de genuflexión. Kenny no podía aceptar aquello. Le tendió a Mayé puentes de oro. Yo, en realidad, tuve la impresión de que no quería una escalada del asunto, pero Mayé, en su arrogancia, no tenía freno. Al final gritó que el mundo se enteraría de todo. Kenny se puso de pie, vaciló. Luego sonrió ampliamente y dijo que estaba bien, que se daba por derrotado. «Tendrás lo que codicias, gran dictador, dame dos semanas», dijo,



y se marchó.

Vogelaar siguió con la mirada el humo de uno de sus puritos.

—En ese momento supe que Mayé acababa de condenarnos a todos a muerte. Podía vanagloriarse con la idea de ser el vencedor, pero ya estaba muerto. No hice ni siquiera el esfuerzo de convencerlo de lo contrario, sino que me fui a casa e hicimos las maletas. Tenía varias identidades preparadas y, en cierto modo, un plan de huida. A la mañana siguiente desaparecimos de Guinea Ecuatorial. Dejamos allí todo lo que poseíamos, salvo una maleta llena de dinero y un montón de documentos



falsos. Los esbirros de Kenny se pegaron a nuestros talones, pero mi plan era perfecto. He tenido que ocultarme más de una vez en la vida. Y cambiamos numerosas veces de rumbo hasta que conseguimos quitárnoslo de encima. En Berlín nos convertimos en Andre y Nyela Donner, un ingeniero agrónomo sudafricano y una jurista de carrera oriunda de Camerún con conocimientos gastronómicos, así que empezamos a buscar un local para abrir un negocio. El día que inauguramos, ya Ndongo se estaba instalando en Malabo, y Mayé estaba muerto. Todos los que sabían del asunto estaban muertos.



—Salvo uno.

—Salvo uno.

—¿Y de qué iba realmente aquel programa espacial? Vogelaar extendió un dedo y empujó su vaso medio lleno por encima del mantel. El ron centelló bajo la luz de las lámparas de papel, se sumió en un paroxismo de movimiento y reflexión.

—Vamos, no te hagas de rogar. ¿Por qué sucedió todo eso?

El mercenario apoyó el mentón sobre las manos con gesto pensativo.

—Mejor deberíais preguntaros quién es realmente el que anda detrás de vosotros.



—¡Oh, gracias! —Yoyo lo fulminó con una mirada iracunda—. ¿Y qué crees que hacemos durante todo el día?

—Para ser sincero, yo me pregunto lo mismo.

—Tal vez se trata del Zhong Chan Er Bu —conjeturó Jericho—, el servicio secreto chino. Después de todo lo que nos has contado...

—En ese sentido no estaría yo tan seguro. Entretanto, creo que la extraña delegación de Kenny no representaba ni al gobierno chino ni a las autoridades espaciales de ese país. Ambos no saben probablemente todavía que fueron usados como pretexto.



El detective lo miró con desconcierto.

—Pero fueron muy convincentes, Jericho.

—Pero el Partido debió de enterarse de lo que estaba sucediendo en su nombre. Mayé debía de haber tocado el tema en sus visitas oficiales.

—¡Chorradas, usa tu cabecita! No hubo visitas de gobierno chinas en Guinea Ecuatorial, como tampoco Mayé fue invitado a la Ciudad Prohibida. No era alguien con quien uno quisiera dejarse ver. De vez en cuando aparecía algún ministrillo de las autoridades energéticas, pero, por lo demás, los que



circulaban por el país era la gente relacionada con el petróleo. Pekín señaló que mantenía exclusivamente relaciones comerciales con Guinea Ecuatorial.

—En la época de Mugabe y compañía, sin embargo, no tenían ningún problema en dejarse fotografiar con dictadores.

—Sí, pero a Mugabe no lo habían puesto en el cargo mediante un golpe. Después de algún derrocamiento, no es habitual que los iniciadores aparezcan en la foto. Hoy en día los chinos son más cautelosos.

—¿Y qué pasa con Zheng?



—¿Qué va a pasar?

—El Grupo Zheng trabaja para las autoridades espaciales chinas. Aunque, qué tonterías digo, él es la autoridad espacial, y también construyó para Mayé. Más tarde o más temprano saldrá a la luz que las instancias oficiales fueron presentadas como garantía.

—¿Y quién ha dicho que se hablara con Zheng acerca de ello?

Dentro de cualquier instancia oficial hay gente que sabe y gente que no sabe. Su empresa aceptó un trabajo en el mercado libre, ¿y qué?

—El Partido sólo autorizó que su constructor más importante construya



una rampa en el extranjero.

—Los consorcios como los de Zheng o los de Orley no puedes controlarlos, ni siquiera el Partido puede hacerlo, ni lo quiere. El primer ministro chino tiene participaciones en Zheng, tendría que mirarse las uñas. Por el contrario, Pekín vio con buenos ojos que Zheng participara en el concurso, ya que eso facilitaba el espionaje in situ.

—Pero ¿por qué entonces te volviste tan receloso?

Vogelaar sonrió débilmente.

—Porque yo soy receloso siempre. Así averigüé que Kenny, en el año 2022, se había alejado del Zhong Chan Er Bu



Ahora trabajaba por su cuenta para los servicios de inteligencia militar.

—Un momento —dijo Yoyo—. Entonces, el golpe que llevó a Mayé al poder...

—Fue financiado por las compañías petroleras chinas y ejecutado por el servicio de inteligencia chino con nuestra ayuda.

—¿Y la rampa?

—La rampa no tenía nada que ver con eso. Con ella aparecieron nuevos actores. A Pekín sólo le importaban las materias primas. Los tipos que nos convencieron para hacer la rampa tenían otros intereses.



—Entonces, ¿Kenny había cambiado de bando?

—No estoy seguro de si cambió o no; tal vez sólo amplió su radio de acción. No creo que actuara explícitamente contra los intereses de Pekín, sino que daba prioridad a los intereses de otros.

—¿Y el derrocamiento de Mayé?

—Eso va a la cuenta de los constructores de la rampa. Es posible que el Partido lo aprobara. Pero, en cualquier caso, no le preguntaron.

—¿Eso lo supones o lo sabes?

—Lo supongo.

—Vogelaar —dijo Yoyo con



insistencia—, tienes que decirnos de una vez lo que averiguaste sobre esa rampa,

¿me oyes?

Él juntó las yemas de los dedos. Se dedicó a contemplar en detalle su pulgar, lo llevó hasta la punta de la nariz y dirigió la mirada al techo. Luego asintió con gesto pausado.

—Bien, de acuerdo.

—Déjanos oírlo.

—Por un cuarto de millón de euros.

—¿Qué? —Jericho cogió aire—.

¿Te has vuelto loco?

—Por esa suma, recibiréis un dossier en el que aparece todo.

—¡Estás como una cabra!



—De ningún modo. Nyela y yo tenemos que ocultarnos de nuevo, y lo más a prisa que podamos. La mayor parte de mi fortuna quedó congelada en Guinea Ecuatorial. Lo que pude llevarme lo invertí en el Muntu y en el piso situado encima de nosotros. Tendré que vender a la carrera lo que se pueda vender, pero Nyela y yo tendremos que empezar desde cero.

—¡Venga ya, Vogelaar! —explotó Yoyo—. Realmente eres el tipo más sucio y desagradecido que...

—Cien mil —dijo Jericho—. Ni un céntimo más.

Vogelaar negó con la cabeza.



—No estoy negociando.

—Porque no estás en posición de negociar. Piénsalo bien. Cien mil o nada.

—Vosotros necesitáis ese dossier.

—Y tú necesitas el dinero.

Yoyo parecía querer meter a Vogelaar en la máquina de cortar fiambre. Jericho la mantuvo a raya con la mirada. Si era necesario, estaba dispuesto a apretarle las tuercas al sudafricano con la ayuda de la Glock, aunque dudaba que Vogelaar lo dejara llegar otra vez tan lejos. De alguna manera, tenían que estar unidos a él.

El detective esperó.



Al cabo de lo que pareció una eternidad, Vogelaar dejó escapar lentamente el aire de sus pulmones, y por primera vez Jericho sintió el temor de aquel hombre enorme.

—Cien mil. ¡En efectivo, ¿está claro?! El dinero a cambio del dossier.

—¿Aquí?

—No, aquí no. En un lugar más concurrido. —Con un movimiento de la cabeza, Vogelaar señaló hacia afuera—. Mañana al mediodía, a las doce, en el Museo de Pérgamo. Eso está a la vuelta de la esquina. Hay que bajar por Monbijoustraße hasta el Spree, a continuación cruzar el río en dirección a



la Isla de los Museos y la galería James Simon. Allí el flujo de visitantes se reparte entre los distintos museos. Nos reuniremos junto a la Puerta de Ishtar, en la Vía de las Procesiones. Después de eso, Nyela y yo desapareceremos de inmediato, así que sed puntuales.

—¿Y adónde pensáis ir? Vogelaar lo miró largo tiempo.

—Eso no tienes por qué saberlo —

dijo.

—¡Genial! ¿De dónde vas a sacar cien mil euros? —preguntó Yoyo mientras cruzaban la calle en dirección al Audi estacionado enfrente.

—¡Yo qué sé! —repuso Jericho



encogiéndose de hombros—. De todos modos, es mejor que un cuarto de millón.

—Sí, claro, mucho mejor.

—De acuerdo. —Jericho se detuvo de repente—. ¿Qué debería haber hecho, según tu opinión? ¿Sacarle la verdad por medio de la tortura?

—Exacto. ¡Deberíamos habérsela sacado a golpes!

—Gran idea —dijo él, tocándose la oreja. Notó algo grueso y algodonoso. Se sentía como un muñeco de peluche—. Ya me imagino la escena. Yo lo sostengo mientras tú lo haces papilla con la pata de antílope.



—Está bien que lo menciones. Yo...

—Y Vogelaar se habría dejado.

—¡Lo hice papilla con la pata de antílope!

—Ah, sí. —Jericho continuó andando y abrió la puerta del coche—. Y, por cierto, ¿de dónde venías? ¿No tenías que estar vigilando a Nyela?

—Esto es el colmo. —Yoyo abrió de golpe la puerta del acompañante, se deslizó dentro del vehículo y cruzó los brazos como si fuese un nudo gordiano

—. Sin mí habrías acabado como un fiambre, cabronazo.

Jericho guardó silencio.

¿Acababa de cometer algún error?



—Yo tampoco sé de dónde vamos a sacar ese dinero —aclaró él—. Y no quiero dar por sentada la ayuda de Tu de un modo automático.

Yoyo soltó algunos gruñidos casi imperceptibles.

—Bueno, está bien —dijo Jericho

—. Vamos al hotel, ¿no?

Ninguna respuesta.

Con un suspiro, el detective arrancó el coche.

—En cualquier caso, le preguntaré a Tian —dijo Jericho—. Podría prestármelos, o tomarlo como un anticipo.

—... asslokquiersss...



—Tal vez tenga alguna novedad para nosotros. Desde esta mañana anda jugando con Diana.

Silencio.

—Antes de ir al Muntu, hablé con él por teléfono. Es muy interesante. Me confirmó la versión de Vogelaar en todos sus puntos. ¿Quieres que te cuente lo que me dijo?

—Medaaigualll...

No pudo sacarle nada más a Yoyo. Hasta llegar al Hyatt, toda su locuacidad se agotó en esas frases dichas entre dientes. Jericho le habló de su conversación con Tu como alguien que nada valientemente contra la corriente,



hasta que ya no pudo hacer como si no sucediera nada. En el garaje soterrado del hotel, cedió.

—De acuerdo —dijo—. Tienes razón.

Brazos cruzados. Mirada fija.

—Me he comportado como un miserable, debería haberte dado las gracias.

—...nomeimprta...

En cualquier caso, Yoyo no huyó a la carrera del coche.

—Sin ti, Vogelaar habría acabado conmigo. Me has salvado la vida. — Jericho se aclaró la garganta—. Así que, gracias... ¿De acuerdo? Lo digo en



serio, nunca olvidaré lo que has hecho. Has sido muy valiente.

Ella volvió la cabeza y lo miró con el ceño fruncido.

—¿Por qué eres tan estúpido?

—No tengo ni idea. —Jericho miró el volante—. Quizá, sencillamente, nunca he aprendido.

—¿A qué?

—A ser amable.

—Creo que puedes ser incluso muy amable. —Se vio un poco de movimiento en los brazos apalancados, que empezaron a separarse ligeramente

—. ¿Y sabes qué otra cosa creo?

Jericho alzó las cejas.



—Que eres menos amable con aquellas personas que quieres.

El detective estaba asombrado. Ese comentario no era nada estúpido.

—¿Y quién te ha ayudado a avanzar en tus conclusiones? —preguntó él, abrigando cierta sospecha.

—¿Por qué lo dices?

—Nada, sólo pensaba que esa frase podría ser de Joanna.

—No necesito a Joanna para eso.

—No habrás hablado con ella de mí, por casualidad...

—Sí —admitió la joven, sin rodeos

—. Me contó que habíais estado juntos.

—¿Y qué más te contó?



—Que tú lo echaste a perder.

—Ah.

—Porque ni siquiera eres amable contigo mismo. Contigo lo eres menos que con nadie.

Jericho frunció los labios. Algunos argumentos en contra tomaron posición, pero cada uno era menos convincente que el anterior. Un poco a la fuerza, se recostó hacia atrás. Tenían otras cosas que hacer, ya lo sabía, en lugar de estar hurgando en sus estados de ánimo, pero de algún modo sentía de repente que estaba con el trasero al aire. La mano de Joanna lo había desnudado y lo llevaba a rastras por el aro de la nariz. Yoyo



negó con la cabeza.

—No, Owen, no dijo nada negativo acerca de ti.

—Hum. Meditaré sobre ello.

—Hazlo. —La joven sonrió. La capitulación del detective parecía tener un efecto conciliador sobre el estado de ánimo de ella—. Pero tampoco podemos descartar que ambos tengamos que salvarnos la vida mutuamente en un par de ocasiones.

—Ya te lo he dicho. ¡Cuando quieras! —dijo él, vacilante—. En cuanto a Nyela...

—Fue un error mío. Después de haberla jodido, pensé que lo mejor era



regresar rápidamente.

Jericho se palpó la oreja.

—Para serte sincero —dijo—, me alegra que la hayas jodido.



CALGARY, ALBERTA, CANADÁ





Caminar por Calgary mostrando la fotografía del posible terrorista era más o menos como buscar una única hormiga en un hormiguero alborotado. Varios millones de servidores de la economía, laboriosos como insectos, todavía ocupados en enriquecer, con nuevos rendimientos en bienes de consumo, arquitectura y una población creativa, la ciudad con mayores índices de crecimiento de Canadá, parecían haber perdido el rumbo y el sentido de sus



objetivos. No por mucho que Keowa celebrara la reestructuración de la economía energética ahora orientada al helio 3, le agradaba la apagada mirada de las masas de desempleados, el deterioro de ciudades y provincias enteras, la amenazante bancarrota nacional de aquellos países que obtenían sus ingresos casi exclusivamente en el ramo del petróleo y el gas. Desde una perspectiva idealista, en el bando de los ecologistas siempre se había partido de la idea de un cambio hermosamente sostenible: al señor Fosilosaurio le regalan un reloj de oro y se retira a una residencia de jubilados ubicada en un



sitio apacible, donde, sumido en la melancolía y con dignidad, bendecirá la huella del tiempo, mientras diez mil millones de seres humanos, con las mejillas sonrosadas por el entusiasmo, reciben una electricidad no contaminante producida por los reactores de helio 3. Sin embargo, en ninguna época las transiciones tuvieron lugar de manera armónica. No ocurrió en el período cámbrico, ni en el ordovícico ni en el devoniano, no ocurrió al final del pérmico, del triásico ni del cretácico, tampoco en el alto pleistoceno, con la aparición de una nueva especie con capacidad para reflexionar sobre sí



misma, el hombre, que añadió guerras y crisis económicas al catálogo de dictadores transitorios, en el que ya estaban presentes las erupciones volcánicas, los meteoritos, las eras glaciales y las epidemias. Como consecuencia, el nuevo mundo feliz de la fusión no contaminante iba aparejado a una grave crisis económica global, les encajara o no a los renovadores en su imagen del mundo.

Keowa llevó su bandeja llena de frutas, yogures y frutos secos a la mesa en la que su ayudante ya estaba devorando su segunda montaña de creps.

—Lo de ayer fue un golpe fallido —



dijo el joven mientras masticaba.

Keowa se encogió de hombros. El hotel Westin Calgary tenía la ventaja de estar ubicado muy cerca de la central de Imperial Oil, en la Cuarta Avenida Suroeste, de modo que, tras una conversación telefónica sostenida con Palstein, ella había decidido alojarse en el hotel por una noche junto con su joven ayudante. Al final había tomado el mismo camino recorrido por el gordo asiático. Una empresa, por cierto, desalentadora. En el vídeo de Bruford, el hombre se acercaba desde la izquierda, es decir, desde el norte. Pero la mayoría de los hoteles estaban



situados al sur, en el oeste o en el este. El hombre podría haberse alojado en cualquiera de ellos, si es que, en verdad, se había alojado en un hotel. Posiblemente viviera también en la ciudad. La influencia asiática era notable por todos lados. Yendo a pie hacia el Bow River, a lo largo de la animada Centre Street, se extendía el barrio chino de Calgary, el tercer barrio chino más grande de Canadá, después del de Vancouver y el de Toronto. En el Sheraton, no lejos del Prince's Island Park, alguien creía recordar a un asiático alto, de aspecto descuidado y cierta corpulencia, pero no lo habían



tenido como huésped. Keowa y su ayudante habían mostrado su foto en restaurantes y negocios y, finalmente, habían hecho una visita al Calgary International Airport, sin resultado alguno. Gracias a ello, el cuerpo de Keowa, esa mañana, sólo recibió sus buenas noticias en forma de piña, semillas de girasol y yogures desnatados, los cuales le indicaban que su dueña tenía pensado mantenerlo en forma.

Mientras se servía su té de hierbas aromatizado, la llamó Sina, la redactora de la sección de Sociedad y Miscelánea de Vancouver.



—Alejandro Ruiz, cincuenta y dos años, últimamente estuvo en la directiva estratégica de Repsol, o más exactamente, de Repsol YPF, como se llama correctamente la empresa, con sede en Madrid...

—Eso ya lo sé.

—¡Espera! Líder del mercado en España y Argentina, durante mucho tiempo el mayor consorcio energético en general, especializado en la explotación, la producción y la refinería; además, tercer puesto en el negocio del gas licuado. En ningún momento puso sus cartas en el ramo de las energías alternativas. Por eso, desde hace dos



décadas, son acusados con cierta regularidad por los indígenas mapuches de Argentina de contaminar las aguas de su manto freático.

En realidad, aquella alegre disposición a quejarse que mostraban los nativos era algo nuevo para Keowa.

—¿Es que todavía hay mapuches? —

preguntó la periodista.

—¡Oh, sí! Tanto en Argentina como en Chile. Aun cuando el gobierno chileno siga negando que éstos hayan existido alguna vez. Divertido, ¿verdad? En cualquier caso, Repsol forma parte de esos consorcios en los que las luces se van apagando planta por planta. Y



Ruiz no sólo era el vicedirector estratégico, como yo pensaba, sino que desde julio de 2022 era el principal responsable de las actividades petroquímicas del consorcio en veintinueve países.

—Asombroso —dijo Keowa.

—¿Por qué?

—Me refiero al rumbo tomado por el consorcio. ¿Por qué nombran director estratégico a alguien que exige la ampliación a la energía solar y emplea palabras tan extrañas como «ética»?

—La mayor parte del tiempo se han permitido usar a Ruiz, tal vez, como su consciencia ecológica, a fin de no



parecer tan ignorantes. Desde una segunda posición, este director podía ladrar, pero no morder. Sólo que a finales del año 2022 el buque cisterna empezó a irse a pique a toda velocidad. En esa situación, hasta tú habrías nombrado como responsable principal a un burro andaluz. Cuando quedó claro que Repsol estaría entre los grandes perdedores, necesitaban a un chivo expiatorio a la cabeza, eso fue todo.

—En el año 2022, Ruiz ya no tenía ninguna oportunidad de evitar el derrumbe.

—Lo sé. No obstante, intentó todo lo imaginable. Hasta meterse en negocios



con Orley Enterprises.

—¡No me digas! —exclamó Keowa, perpleja.

—He visto un par de vídeos. El tipo causa una impresión simpática. En Madrid, su mujer y su hija se afligen preguntándose si reaparecerá alguna vez. Te pasaré sus datos de contacto y los de algunos colegas suyos en Repsol. Te deseo suerte.

—¿Piensas llamar a la mujer de Ruiz? —preguntó su ayudante después de que Keowa concluyó su conversación con Vancouver.

La periodista se levantó.

—¿Cuál es el criterio en contra?



—La diferencia horaria. Además, tú no hablas español.

—En Madrid son ahora las cuatro y media de la tarde.

—¿En serio? —El joven se lamió la grasa de los dedos—. Pensaba que en Europa siempre era de noche cuando aquí era de día.

Keowa se dispuso a responderle, pero negó con la cabeza y se retiró a su habitación. Para su satisfacción, había tenido éxito a la primera. La señora Ruiz se mostró en un primer momento confundida, por un instante quiso rechazarla, pero al final dio muestras de querer cooperar y de dominar la lengua



inglesa, algo en lo que Keowa había confiado en secreto, ya que era cierto que no sabía español. Hablaron durante diez minutos, luego la periodista llamó a uno de los colaboradores del departamento estratégico de Repsol que también mantenía contactos de carácter privado con Ruiz. El resto de los colegas, cuyos números Sina había averiguado para ella, recorrían desde hacía poco el empedrado camino del desempleo.

Interesante lo que consiguió averiguar.

Keowa miró por la ventana. El cielo gris de la transitoriedad pesaba sobre la



ciudad. Unas cortinas de llovizna borraban los contornos de la Calgary Tower, con sus ciento noventa metros de altura, construida en otros tiempos por las firmas petroleras Marathon y Husky Oil. Aquellos edificios tenían algo de esqueléticos. En el tejido adiposo de la abundancia, trabajaba con rabia la reducción celular. Tras un momento de reflexión, Keowa volvió a telefonear a Vancouver.

—¿Podríais reconstruir los últimos días antes de la desaparición de Ruiz?

—Depende de lo que quieras saber.

—He hablado con su mujer y con uno de sus colegas. La última estación



de Ruiz, antes de volar hacia Lima, fue

Pekín.

—¿Pekín? —se asombró Sina—.

¿Qué hacía Ruiz en Pekín?

—Pues eso es lo que quiero saber,

¿qué hacía?

—Repsol no tiene cartas en China.

—Eso no es del todo cierto. Se trataba, definitivamente, de una empresa mixta largamente planeada con Sinopec. Algo relacionado con la explotación. Estuvieron una semana hablando sobre el tema. Pero a mí me interesa más lo que él hizo el último día, justo antes de abandonar China. El día 1 de septiembre de 2022, para ser exactos.



Supuestamente tomó parte en una conferencia sobre la que su colega no tenía ninguna noticia. Lo único que sabía este último era que la conferencia tendría lugar fuera de Pekín. Él piensa que en alguna parte debe de haber documentación sobre eso, que investigaría.

—¿Y nadie sabe de qué trataba la conferencia?

—Ruiz era director estratégico. Tenía autonomía. Ya no tenía que echarse sobre sus cuartos traseros por cualquier minucia. La señora Ruiz dice que su Alejandro era una persona muy cariñosa y con muy buen sentido del



humor...

—Estoy llorando a moco tendido...

—Quiero llegar a otra cosa. Se trata de alguien que no se deja estropear el buen humor. Ellos hablaron poco antes de esa conferencia, y el Sol todavía brillaba. Él había ayudado a hilar aquella empresa mixta, estaba de muy buen ánimo, dijo un par de tonterías y añadió que le alegraba hacer ese viaje a Perú. Pero cuando la llamó desde el vuelo hacia Lima, parecía bastante agobiado.

—¿Y eso fue el día después de esa extraña conferencia?

—Exacto.



—¿Y le preguntó ella el motivo?

—La mujer cree que algo tuvo que ocurrir en Pekín que le provocó ese disgusto, pero él no quiso hablar del tema. En general, estaba cambiado, en un estado de ánimo que no encajaba con su forma de ser, parecía derrotado y nervioso. Desde Lima la llamó una última vez. Parecía desalentado, casi con miedo.

—¿Y eso fue justo antes de desaparecer?

—La misma noche, sí. Fue lo último que ella supo de él.

—¿Y qué debo hacer ahora?

—Excavar, como siempre. Quiero



saber qué encuentro fue ese que tuvo lugar en China y en el que Ruiz participó. Quiero saber dónde se realizó, de qué trataba, quiénes estaban allí.

—Hum. Haré lo que pueda, ¿de acuerdo?

—¿Pero? Sina vaciló.

—A Susan le gustaría hablar contigo.

Keowa frunció el ceño. Susan Hudsucker era la número dos de Greenwatch. Ya sospechaba lo que vendría a continuación, y le llegó, como era de esperar, bajo la pregunta acerca



de cuándo, con todo el respeto para con sus ambiciones, pensaba acabar el reportaje acerca de los pecados medioambientales de los consorcios petroleros. «La herencia del monstruo» debía emitirse, preferentemente, en una fecha en que todavía quedara vivo alguno de esos monstruos; también le preguntó si era posible que se hubiera obsesionado con lo de Palstein.

Keowa le dijo que tenía perspectivas de esclarecer un atentado.

Que Greenwatch no era el FBI

repuso la otra.

Tal vez el atentado tenía algo que ver con el tema del reportaje.



Susan siguió mostrándose escéptica, pero, por otro lado, Loreena Keowa no era nadie a quien pudiera estar dando órdenes a su antojo.

—Tal vez en algún momento pienses que es peligroso lo que estás haciendo

—le dijo la número dos.

—¿Y cuándo no ha sido peligroso nuestro trabajo? —resopló Keowa—. Esclarecer algo siempre es peligroso.

—¡Loreena, en este caso se trata de un asesinato!

—Escúchame, Susan. —Loreena caminó de un lado a otro de su despacho, como una tigresa—. Ahora no puedo explicártelo todo en detalle.



Mañana temprano tomaremos el primer vuelo a Vancouver y convocaremos una rueda de prensa. Comprobaréis que se trata de una historia bien candente, y nosotros hemos llegado mucho más lejos que la estúpida policía. ¡Seríamos unos imbéciles si no continuáramos!

—Yo tampoco pretendo bloquearte nada. Pero también tenemos suficientes cosas que hacer. Es preciso acabar «La herencia del monstruo», y de eso no te puedo liberar.

—No te preocupes.

—Pues sí, me preocupo.

—Además, tengo un acuerdo con

Palstein. Si esclarecemos este asunto del



atentado, nos dejará echar un vistazo a las profundidades de EMCO.

Susan suspiró.

—Mañana decidiremos cómo vamos a continuar, ¿de acuerdo?

—Para entonces, ya Sina...

—Mañana, Loreena.

—Susan...

—¡Por favor! Hacemos todo lo que te dé la gana, pero antes hablamos.

—¡Ah, mierda, Susan!

—Sid os recogerá. Infórmale con tiempo de a qué hora llegáis.

Cabreada, Keowa caminó por su habitación y golpeó varias veces con el puño cerrado contra la pared; luego bajó



otra vez hasta el restaurante, donde el aprendiz revolvía una enorme ración de mousse de chocolate.

—¿Por qué comes tanto? —lo increpó ella.

—Estoy en fase de crecimiento — dijo el chico, alzando la mirada con desgana—. No parece haber sido una conversación muy buena la que sostuviste con la señora Ruiz.

—Sí que lo ha sido. —Keowa se dejó caer en una de las sillas. Malhumorada, miró su taza vacía y sacudió la tetera, también vacía—. La conversación con Susan no ha sido muy buena. Ella opina que deberíamos



concentrarnos en el reportaje, «La herencia del monstruo».

—Bah —exclamó su ayudante—. Eso es una estupidez.

—Da igual. Mañana por la mañana volaremos a Vancouver y lo aclararemos. ¡Así que ponte las pilas!

—Entonces trabajaremos de nuevo en «La herencia del...»

—¡No, no y no! —dijo ella, inclinándose hacia adelante—. Soy yo la que trabajará en «La herencia»... Tú lo investigarás todo acerca de Lars Gudmundsson.

—¿El guardaespaldas de Palstein?

—Ese mismo. A él y a su equipo. He



averiguado que trabaja para una empresa en Dallas con el bonito nombre de Eagle Eye, el «Ojo del Águila» Protección de personas, ejércitos privados. Tómale el pulso a Gudmundsson. Quiero saberlo todo sobre ese tipo.

El chico la miró inseguro.

—¿Y si se da cuenta de que estamos husmeando a sus espaldas?

Keowa sonrió débilmente.

—Si se da cuenta, habremos cometido un error. Y ¿acaso nosotros cometemos errores?

—Yo sí.

—Yo no. Así que termina de



comerte eso antes de que me sienta mal sólo de mirarte. Tenemos cosas que hacer.



GRAND HYATT







Estaban sentados en el vestíbulo, junto a la chimenea. Tu escuchaba el informe de ambos mientras se zampaba un puñado de cacahuetes tras otro. Con mayor rapidez de la que podía masticar, los iba sacando de un pequeño cuenco situado junto a su vodka martini, con los carrillos hinchados, como una ardilla en pleno frenesí de almacenamiento preinvernal.

—Cien mil —dijo en tono pensativo.

—Ésa es la condición —dijo

Jericho, extendiendo una mano hacia el



cuenco. Un último cacahuete intentó escapar a su agarre—. Vogelaar no admite otro trato.

—Entonces, los pagaremos.

—Sólo para aclararme un poco — dijo Yoyo con una sonrisa meliflua—. Yo no tengo cien mil euros.

—Bueno, ¿y qué? ¿Crees en serio que he volado hasta aquí para echarme atrás por cien mil euros? Mañana temprano tendréis el dinero.

—Tian, yo... —Jericho consiguió atrapar el cacahuete con el pulgar y el índice y trasladarlo hasta su cavidad bucal, donde se perdió rodando tras el dorso de la lengua—. No me gustaría



dejarte solo con ese gasto.

—¿Por qué? Fui yo quien te encargó el trabajo.

—Bueno, pero...

—¿No es cierto lo que digo?

—En realidad fue Chen, y él tampoco tiene esos...

—No, en realidad fui yo. ¡Y yo pagaré los platos rotos! —dijo Tu con determinación—. Lo más importante es que vuestro amigo suelte ese dossier.

—Bueno, es... Es realmente noble de tu parte...

—No te me eches en brazos ahora. A eso lo llaman gastos —repuso Tu, dando así por finalizado el tema—. Por mi



parte, puedo informaros de que las horas pasadas con la encantadora y algo a s e xua d a Diana me han permitido encontrar al proveedor que colgó esos buzones ciegos en la red.

—¿Has descifrado el mensaje? —

preguntó Yoyo.

—Psss. —Tu miró con radiantes ojos navideños al camarero, que se había acercado a sustituir el cuenco vacío por uno lleno a rebosar. Devorándolos, esperó hasta que el hombre estuviera a una distancia donde no pudiera oírlo—. En primer lugar, he rastreado el router central. Es un sistema muy sofisticado. Las páginas son



redirigidas una y otra vez hasta que aparecen a nombre de remitentes de países distintos. Pero si uno remonta sus trayectorias, va a parar a un único servidor. Y..., ¡oh, milagro! Ese servidor está en Pekín.

—¡Joder! —exclamó Yoyo—. ¿Y

quién es el titular?

—Resulta difícil de determinar. Sin embargo, me temo que incluso ese servidor no es el último en la cadena.

—Si queremos conocer todas las páginas redirigidas desde allí...

—No hay registros, si es a eso a lo que te refieres. Sin embargo, Diana trabaja con el maravilloso software de



Tu Technologies, por lo que ha encontrado otros buzones ciegos en la red que reaccionan con esa máscara. — Los rasgos de Tu cobraron cierta expresión solemne. A continuación, entregó a cada uno de ellos una página impresa—. El texto es ahora un poco más largo.





Jan Kees Vogelaar vive en Berlín bajo el nombre de Andre Donner. Lleva allí un de africanas dirección privada y dirección comercial: Oranienburger Straße, 50,

10117 Berlín. ¿Qué debemos



invariable un alto riesgo para la operación ninguna duda de que él tiene conocimiento del menos conocimiento de ello, si de, es cuestionable. De un modo u otro un declaración haría expresamente Es cierto que Vogelaar desde su dado ninguna declaración pública sobre el trasfondo del golpe. No cambia de Ndongo que el gobierno chino ha planificado y llevado a cabo el cambio de poder. Esencia de la operación Vogelaar tiene poco desde el momento de la Además nada



hace en Orley Enterprises y concluir en un fallo. Nadie allí sospecha todo. Cuento porque sé, No obstante aconsejo urgentemente liquidar a Donner. Es recomendable...





—Orley Enterprises —repitió Yoyo frunciendo el ceño.

—Interesante, ¿verdad? —Tu sonrió con malicia—. El mayor consorcio tecnológico del mundo. ¡Hablamos de ello antes! Creo que esto arroja una luz completamente nueva sobre el asunto. No parece tratarse tanto de un forzado cambio de régimen en Guinea Ecuatorial



como de la supremacía...

—...en el espacio —dijo Jericho, tocándose la oreja. Se sentía como alguien que ha estado horas dando tumbos por un camino rural, para, de repente, darse cuenta de que la carretera principal discurría justo al lado.

Según Vogelaar, sus problemas habían comenzado en el año 2022, con la visita de aquella presunta delegación del Ministerio de Aeronáutica chino, cuando Mayé vio perder sus ganancias y estuvo dispuesto a meterse en cualquier negocio, en un acuerdo que no podía ser más absurdo. Sin embargo, Kenny decía representar a Pekín, por lo que Mayé



creyó estar tratando con una delegación oficial.

—Bien —dijo Jericho, juntando las yemas de los dedos—. Olvidémonos de Mayé por un segundo. Yoyo, ¿te acuerdas de lo que dijo Vogelaar sobre la rampa, sobre quién la construyó?

—El Grupo Zheng.

—Exacto. Zheng. ¿Y quién es el mayor competidor de Zheng?

—Estados Unidos. —Yoyo frunció el ceño—. No, Orley Enterprises.

—Lo que, en cierto modo, nos lleva a lo mismo, si es que no me engaña lo que hasta ahora sé. Orley ha facilitado a Estados Unidos la supremacía en la



Luna, y él está un buen trecho por delante de Zheng en todos los aspectos. Así que Zheng apuesta por el espionaje...

—O por el sabotaje.

—Veo que lo habéis comprendido.

—Los dedos de Tu revolvieron las nueces de Brasil y los pistachos—. Aquí se habla de una «operación» y de que Vogelaar es un «invariable alto riesgo», porque «tiene conocimiento» de la misma. Ahora bien, ¿qué tipo de operación es esa en la que, para garantizar su confidencialidad, han de morir tantas personas?

La cara de Yoyo se ensombreció.



—Una que aún no ha tenido lugar —

dijo lentamente.

—Yo también lo creo —asintió

Jericho—. De la «esencia» y el

«momento» Vogelaar no parece tener ninguna idea, pero él podría hacer que todo se sepa si hiciera alguna

«declaración pública sobre el trasfondo del golpe». Aún todo el mundo cree que Ndongo recuperó la presidencia por sus propios medios, sin la ayuda de Pekín.

—Bueno, pero ahora, para variar, no nos metamos de nuevo en la trampa del golpe —dijo Tu—. Porque aquí también se dice: «Además nada hace en Orley Enterprises»...



—¡«Nadie allí sospecha todo»!

—Pero sí sospechan algo —dijo Yoyo, mirándolos a ambos—. ¿O no? Creo que es la manera que escoges para decir que alguien sospecha algo.

—Deberíamos dudar de que esa frase esté completa, no importa que suene como si lo estuviera —dijo Jericho—. Lo decisivo es que mencionan a Orley. Por otro lado está Zheng. El desastre en Guinea Ecuatoria se debe a un programa espacial que Zheng ha contribuido a desarrollar de un modo significativo. Zheng representa a Pekín, pero tal vez esté actuando sólo a título propio. Julian Orley, por su parte,



es el salvador del programa espacial estadounidense y un enemigo natural del grupo Zheng, porque representa a Washington.

—Sí, pero sólo de una manera condicional —objetó Tu—. Julian Orley, hasta donde sé, es inglés, y sólo tiene a los norteamericanos como compañeros de juego porque éstos le resultan útiles. Pero él, como Zheng, sólo se representa a sí mismo.

—Entonces, ¿qué es esto? ¿Una guerra subsidiaria?

—Es posible. Sabemos que la situación en la Luna tiene un enorme potencial de crisis, lo sabemos por lo



menos desde el año pasado.

—Vogelaar lo ve de un modo diferente —dijo Yoyo—. Según su punto de vista, al gobierno de Pekín sólo lo presentaron como una especie de testaferro, dando a entender que era el iniciador del programa del satélite ecuatoguineano.

—Llámalo Pekín, llámalo Zheng —

dijo Tu encogiéndose de hombros—.

¿Acaso vamos a descartar la posibilidad de que una compañía que opera a nivel global esté planeando un golpe contra su principal rival con la anuencia implícita de su gobierno?

—¿Acaso los perros muerden a



otros perros?

—Espera —dijo Jericho, llevándose un dedo al labio superior—. ¿Orley Enterprises?... ¿Ese consorcio no vuelve a estar ahora muy presente en los medios de comunicación? Hace algunos días pasaron un reportaje sobre la llamada

«crisis lunar», y allí...

—En realidad, Orley está siempre en los medios.

—Sí, pero se trataba de algo nuevo.

—¡Claro! —En los ojos de Yoyo se encendió la chispa de la comprensión—.

¡El Gaia!

—¿Qué?

—El hotel. ¡Un hotel en la Luna! ¡E



Gaia!

—Es cierto —dijo Jericho pensativo

—. Planean construir un hotel ahí arriba.

—Creo incluso que ya está construido —dijo Tu frunciendo el ceño

—. Debería haber quedado terminado el año pasado, pero hubo retrasos por las disputas en torno al tema del helio 3. Nadie sabe qué aspecto tiene. Es el gran secreto de Orley.

—En Internet encuentras toda clase de especulaciones —dijo Yoyo—. Y tienes razón, ya está terminado. En estos días, en algún momento, debían incluso... Hum.

—¿Qué?



—Creo que iban a inaugurarlo. Un grupo de tipos podridos de dinero debían volar allí arriba para la ocasión. Tal vez, incluso, el propio Orley.

Jericho la miró fijamente.

—¿Quieres decir que la operación podría estar asociada con ese hotel?

—Interesante. —Los dedos de Tu acariciaron la zona fronteriza de su cráneo—. En lo que concierne a Orley Enterprises, deberíamos informarnos de inmediato sobre el estado actual de la empresa. ¿Qué está pasando allí en este momento? ¿Qué se planea para un futuro próximo? Luego haremos lo mismo con el Grupo Zheng. Y si, a continuación,





conseguimos también el dossier de

Vogelaar, habremos dado,

probablemente, un paso de gigante.

¿Cuándo os vais a encontrar de nuevo con ese individuo?

—Mañana a las doce —respondió

Jericho—. Junto al Templo de Pérgamo.

—No sé lo que es.

—Sí, claro. Tres mil años de civilización china obstruyen la mirada para el resto, tan insignificante. — Jericho se frotó la barbilla y miró a Yoyo—. No me parece, por cierto, una buena idea que vayamos los dos allí.

—¡Oye, escúchame! —protestó la joven—. Hasta ahora hemos pasado por



todo juntos.

—Lo sé, pero aun así...

—Entiendo —dijo ella, arrugando los labios con hostilidad—. Todavía estás molesto por lo de Nyela.

—No, en absoluto. ¡De verdad que



no!







—¿Piensas que Vogelaar va a



intentar rebanarte de nuevo en la máquina de cortar fiambre?

—Es un hombre impredecible.

—¡Él quiere el dinero, Owen! Y quiere que se lo entregues en un lugar público. ¿Qué puede pasar?

—Owen tiene razón —se inmiscuyó

Tu—. ¿Sabemos acaso si de verdad



Vogelaar tiene ese dossier?

Yoyo frunció el ceño.

—¿Por qué lo dices?

—Lo digo porque lo digo. Él os ha contado algo acerca de un dossier. Pero

¿acaso os lo ha mostrado?

—Por supuesto que no, primero quiere el...

—¿Y no podría ser un farol? —la interrumpió Tu—. ¿Y todo porque necesita ese dinero? Podría intentar burlar a Owen en el museo y largarse con los cien mil.

—¿Cómo podría burlarlo?

—Así —dijo Jericho, y se llevó el índice extendido a la sien—. Eso



también funciona entre las multitudes.

—Estupendo. —Yoyo empezó a manotear a causa del acaloramiento y la indignación—. ¿Y así y todo pretendes ir solo al museo?

—Créeme, es más seguro.

—¡Sería más seguro ir conmigo y llevar mi pata de antílope!

—Solo soy más rápido. No tendría que cuidar de nadie más, sólo de mí mismo.

—¡Sí, eso último lo haces muy bien, orejita de peluche!

—Por lo menos ha servido para sacarte dos veces del atolladero.

—Ah, conque ésas tenemos... —dijo



Yoyo, roja de ira—. Tienes miedo de tener que sacarme una tercera. Me tomas por una absoluta idiota.

—Eres cualquier cosa menos idiota.

—¿Qué soy, entonces?

—¿Qué te parece... difícil?

—¡Pues eso espero!

—Yoyo —dijo Tu con grave autoridad—. Creo que se ha tomado una decisión.

La tormenta de rabia en la que empezó a cocinarse Yoyo trajo una fuerte lluvia que comenzó acumulándose en el rabillo de sus ojos y en el borde inferior de los párpados.

—Pero ¡yo no quiero quedarme de



brazos cruzados! —dijo ella con la voz desgarrada—. Yo he causado todo este lío. ¿No podéis entender que quiero hacer algo?

—Sí. Harás algo ayudándome en la investigación.

El camarero se acercó y verificó las provisiones. La mano de Tu se hundió rápidamente en el cuenco, como si temiera no haber prestado la debida atención a los frutos secos.

—Teffnemoff que ffaber todo ffobre Orley —farfulló con la boca llena—. Ademaff —dijo, y tragó—, quiero conocer todas las movidas que Zheng ha hecho por su cuenta. Al fin y al cabo, él



es el único chino que, sin el conocimiento de las instancias del gobierno, podría construir una rampa de lanzamiento en cualquier parte del mundo. Así que ya ves, querida Yoyo, aunque Owen me pidiera de rodillas llevarte con él, me negaría.

Yoyo lo miró con expresión sombría.

—¿Comes como un cerdo para llegar a esa conclusión?

—¿Me ayudarás o no?

—¿Acaso vosotros dos, machos alfa, habéis considerado la opción de dar parte a Orley Enterprises?

—Lo he hecho —dijo Tu—. Pero no



estoy seguro de qué es exactamente lo que debemos decirles.

—Que en un momento que aún desconocemos algo va a ocurrir, y que tampoco sabemos lo que es ni contra quién va dirigido, pero que ellos son el blanco de todo.

—Demasiado concreto. ¿Les decimos también que Zheng está detrás de todo?

—O Pekín. O el servicio secreto chino. —Yoyo, por lo visto, se había tranquilizado. Parecía que, por el momento, había podido evitarse la ruptura de los diques de contención—. No sabemos cuándo tendrá lugar el



ataque, si es que se trata en verdad de un ataque. La caída de Mayé coincidió con la crisis lunar, quizá esa crisis ya fue, en sí, la propia operación, pero nuestro texto dice en realidad otra cosa. Nos dice que esa operación está por realizarse. Pero ¿cuándo? ¿Cuánto tiempo nos queda? Hemos venido volando a Berlín al doble de la velocidad del sonido para alertar a Vogelaar. Y ahora deberíamos enviar a Orley Enterprises un aviso a la velocidad de la luz, aunque lo que tengamos que decir sea todavía poco consistente.

—Un argumento estratégicamente



impecable —dijo Jericho.

Yoyo se recostó en su asiento. Sólo parecía a medias satisfecha. Jericho sabía lo que estaba padeciendo: la rabia, la vergüenza y el desamparo de una niña que no consigue poner orden en todo lo que ha provocado, ya que el fantasma de su padre, con su silencio acusador, sigue rondando por su interior ensombrecido. Una niña que, como tantos otros niños, había sufrido la humillación de no dar la talla.

De tales cuestiones sabía bastante aquel jovencito picado de acné llamado Owen.

Al cuerpo del grupo Orley, como a



la diosa Kali, le salían tantos brazos que, en algún momento, Tu lamentó verse remitido una y otra vez a un nuevo punto, sobre todo teniendo en cuenta que el consorcio ofrecía numerosos blancos perfectamente adecuados para un ataque. A Orley Space, responsable del programa espacial y de las tecnologías afines, le correspondía el proyecto del hotel, pero al mismo tiempo no del todo, ya que los viajes privados a la estación espacial y a la Luna entraban en la competencia de Orley Travel. Para cuestiones de explotación y transporte de helio 3, uno podía dirigirse a la NASA o a la Secretaría de Economí



estadounidense, pero también a Orley Space o a Orley Energy, cuya actividad principal consistía en la construcción de reactores de fusión. Cuanto más avanzaban en la estructura laberíntica del grupo empresarial, tantas más dudas les entraban sobre el verdadero objetivo de la «operación». Orley Entertainment, por ejemplo, producía películas como Perry Rhodan, a la que el actor irlandés Finn O'Keefe debía una posición destacadísima entre los mejor pagados, y en ella se trabajaba en una nueva generación del cine en 3D, además de haber enriquecido a muchas ciudades del mundo con la llamada Esfera Orley,



una arena gigantesca en forma de bola con capacidad para treinta mil espectadores y destinada a organizar todo tipo de megaeventos. La actuación recientemente planeada de un casi octogenario David Bowie en la OSS era, por supuesto, competencia de Orley Entertainment, y Orley Space y Orle Travel habían compartido las tareas de organización. Había una división de marketing y otra de comunicaciones, estaba también Orley Media, así como un núcleo dedicado a la innovación, en el que jóvenes investigadores trabajaban duramente en aras de conseguir lo que en un futuro sería algo de rutina; a este



grupo se lo llamaba Orley Origin. En Internet, finalmente, la presencia del consorcio cobraba proporciones de espiral galáctica. Sólo con la entrada

«Noticias», Diana sacó a la luz una auténtica agenda del siglo XXI. Todo era nuevo y, al decir «todo» era realmente todo, ya que no había prácticamente ningún terreno en el que las empresas de Orley no hubieran intentado poner su bandera de pioneras, siempre con fervor y las intenciones más nobles. Casi infinito se volvió el asunto cuando se toparon con One World, una iniciativa creada por Julian Orley, la cual, con la fiabilidad de los géiseres



islandeses, era como un surtidor de confianza en lo relacionado con la prevención de un colapso global. Allí no cesaban de probar nuevos materiales, nuevos modos de propulsión, nuevas cosas de un tipo o de otro, incluidos los sistemas de defensa contra meteoritos que se desarrollaban en la OSS, gracias a la colaboración estrecha entre Orley Space y Orley Origin.

Sobre todo ello brillaba, con su sonrisa juvenil y la promesa de una eterna aventura en los labios, el icono de Julian Orley, un hombre que, más que un magnate de la economía, era como una estrella del rock, un filántropo y un



excéntrico, aliado de Estados Unidos y, al mismo tiempo, socio de nadie; un hombre atento, generoso e impredecible, maestro del tiempo y del espacio, sumo pontífice del «¿Qué pasaría si...?», un hombre que parecía tener una patente sobre el planeta Tierra, sobre el espacio circundante y sobre el futuro en cuanto tal.

Gaia, el hotel lunar, según les i nformó Diana, había sido inaugurado en esos días para un exclusivo grupo, muy selecto, de invitados, encabezados por Julian y Lynn Orley. Responsable de ello era...

—Con lo que sé me basta —dijo Tu,



y llamó a la sede del grupo en Londres, a su Departamento Central de Seguridad.

Jennifer Shaw, la principal intendente de seguridad general, estaba reunida; Andrew Norrington, su segundo, estaba de viaje. Finalmente, Tu pudo hablar con una mujer llamada Edda Hoff, número tres en el sistema y portadora de un peinado a lo paje en forma de casco y cuyo carisma no tenía nada que envidiar a ningún servicio de telefonía electrónico: «Si desea informar acerca de un ataque terrorista, diga "uno". Para casos de corrupción y espionaje, diga "dos". Si es usted quien desea perpetrar un ataque, diga "tres".»



Aquello sonaba como si en Orley Enterprises no sucediera otra cosa en todo el día que no fueran las llamadas entrantes de gente que alertaba sobre la comisión de determinados delitos o anunciaba la perspectiva de llevar a cabo uno.

Tu le envió el fragmento de texto. La mujer lo leyó con atención, sin que la expresión encerada de su rostro cambiara lo más mínimo. Serenamente, escuchó las explicaciones del chino. Sólo cuando Tu empezó a hablar del hotel, sus rasgos se animaron en una expresión de alerta, y sus cejas se elevaron hasta casi el borde del negro



flequillo.

—¿Y qué le hace estar tan seguro de que ese ataque va dirigido contra el Gaia?

—He oído decir que lo han inaugurado —respondió Tu.

—No oficialmente. El primer grupo de huéspedes llegó allí hace unos días, son invitados personales de Julian Orley. Él mismo... —Edda Hoff vaciló.

—¿Él está allí? —dijo Tu, completando la frase de la mujer—.

¡Eso me inquietaría!

—Por este documento no se puede saber cuándo se llevará a cabo esa operación —dijo la señora Hoff, algo



molesta—. Todo es demasiado vago.

—Menos vaga es la muerte de personas inocentes que han pagado con sus vidas el haber obtenido este documento —dijo Tu, casi con euforia

—. Esas personas están muertas, requetemuertas, no vagamente muertas, a ver si entiende lo que quiero decirle. En lo que a nosotros atañe, hemos arriesgado nuestras vidas para que usted pueda leer lo que le he enviado.

Hoff pareció reflexionar.

—¿Cómo puedo contactar con usted? Tu le dio su número de móvil y el de

Jericho.

—¿Piensa hacer algo? —preguntó el



chino—. ¿Cuándo?

—Notificaré el asunto al Gaia dentro de las próximas horas. —Las comisuras de los labios de Edda Hoff se separaron ligeramente, creando la ilusión de una sonrisa—. Gracias por avisarnos. Lo llamaremos.

La pantalla se volvió negra.

—¿Eso era una mujer? —preguntó, sorprendida, Yoyo—. ¿O era un robot?

Tu soltó una risotada acompañada de un resoplido.

—¿Diana?

—Buenas noches, señor Tu.

—Llámame, simplemente, Tian.

—Lo haré.



—¿Cómo estás, Diana?

—Yo estoy bien, Tian, gracias — respondió el ordenador con su halagüeña voz de contralto—. ¿Qué puedo hacer por usted?

Tu se volvió hacia los demás.

—No sé quién o qué es la tal Edda Hoff —susurró—. Pero, comparada con ella, Diana es toda una mujer. Owen, te pido disculpas. Empiezo a entenderte.



GAIA, VALLIS ALPINA, LA LUNA





—¿Hay alguna persona en tu entorno en la que confíes incondicionalmente?

Lynn reflexionó. De forma espontánea, se vio apremiada a decir el nombre de Julian, pero de pronto se sintió insegura. Quería y admiraba a su padre y, por supuesto, él confiaba en ella. Pero siempre que ella se veía a través de los ojos de él —y, en realidad, se veía incesantemente a través de los ojos de Julian, ya que desde niña había crecido bajo la luz de sus favores—,



Lynn se asustaba ante la mujer de mirada azul marino a la que Julian llamaba su hija. Ésa no era ella. De modo que

¿cómo podía confiar en él si, por lo visto, Julian no tenía conocimiento alguno de la existencia de aquel monstruo con forma de muñeca, en constante metamorfosis, ese amasijo de tejido adaptable que ella sentía que era?

—¿En qué persona estás pensando?

—preguntó Island-II.

—En mi padre, Julian Orley.

—¿Julian Orley es tu padre? —quiso cerciorarse el programa.

—Sí.

—Él no es la persona en la que



confías.

No era una pregunta, sino una afirmación. El hombre que estaba frente a ella se inclinó hacia adelante. Lynn respiraba trabajosamente, y los sensores colocados sobre su camiseta registraban diligentemente esa respiración y la transmitían a la base de datos. El escáner y el medidor de estrés controlaban la temperatura corporal, el pulso, el ritmo cardíaco y toda la actividad neuronal, sometían cada expresión suya a un análisis de frecuencia, haciendo un balance de la mímica, la dilatación y la contracción de sus pupilas, el movimiento de la



musculatura ocular, la formación del sudor. Con cada segundo de análisis, Lynn proporcionaba al Island-II nuevas informaciones que capacitaban al programa para emitir juicios sobre ella.

El hombre pareció reflexionar un instante. Luego le dedicó una sonrisa de ánimo. Era alto y de complexión fornida, estaba completamente calvo y tenía una mirada amable que parecía penetrar, capa tras capa, la naturaleza de cebolla de Lynn, el diorama de sus simulaciones, pero sin la frialdad invasiva con la que, a menudo, los psicólogos examinan a sus pacientes bajo el microscopio.



—Bien, Lynn. Quedémonos con las personas que están en este momento a tu alrededor. Mencióname, consecutivamente, los nombres de las personas a las que te sientes próxima. Y, tras cada nombre, deja transcurrir unos segundos.

Lynn se miró las uñas. Comunicarse c o n Island-II era como balancearse en la oscuridad con rumbo desconocido, sobre el haz de luz de una linterna. El truco consistía en entenderse uno mismo, también, como alguien virtual. Lo mejor de ello era que no había riesgo de ponerse en ridículo. Lynn no tenía ni idea de si aquel calvo se basaba o no en



una persona real, lo único cierto era que, para él, era imposible despreciarla por sus preocupaciones. En realidad, Island-II eran las siglas de Integrated System for Listening and Analysis of Neurological Data, «sistema integrado para la escucha y el análisis de datos neurológicos», y lo único de humano que tenía era que había sido programado por terapeutas.

—Julian Orley —repitió Lynn, aunque el programa ya lo había borrado de la lista de sus personas de confianza, y, obediente, la mujer hizo una pausa—: Tim Orley... Amber Orley... Evelyn Chambers... Son ésos, creo.



¿Evelyn? ¿Confiaba en la presentadora de televisión más poderosa de Estados Unidos? Aunque, por otro lado, ¿por qué no iba a hacerlo? Evelyn era una amiga, aunque ambas, desde el comienzo del viaje, habían tenido pocas oportunidades de hablar. La pregunta, sin embargo, era a quiénes se sentía próxima. ¿Era la proximidad lo mismo que la confianza?

El hombre la miró.

—Durante este último cuarto de hora he averiguado muchas cosas sobre ti — dijo el programa—. Tienes miedo. No tanto debido a amenazas reales como a tus propios pensamientos, que te hacen



llenarte de alarma. Mientras haces eso, dejas de sentirte. La pérdida del sentir se precipita en el infierno de la depresión, y la consecuencia son miedos peores, sobre todo el miedo al miedo. Desafortunadamente, cuando tienes ese estado de ánimo, cada uno de tus pensamientos se infla hasta convertirse en un monstruo, de modo que te conviertes en víctima de un error al creer que los contenidos de tus pensamientos son los responsables de tu estado. Por tanto, intentas deshacerte de ellos a nivel del contenido, pero con ello provocas justamente lo contrario. Cuanto más seriamente te tomes esos



monstruos, tanto más omnipotentes se presentarán ellos.

El hombre hizo una pausa para dejar que sus palabras surtieran su efecto.

—Sin embargo, esos contenidos en realidad son intercambiables. No es el contenido el que genera el miedo. El miedo genera el contenido. El miedo es un fenómeno físico. Tu frecuencia cardíaca se acelera, una presión se deposita en tu pecho, te sientes tensa, endurecida, contraída. La amplitud de tu fuero interno se estrecha, siente falta de libertad e impotencia. Como un animal en una jaula, empiezas a desesperar. Ese retraimiento físico, Lynn, es la razón por



la que concedes una importancia tan desmedida a tus pensamientos, hasta el punto de que éstos pueden arrastrarte a un verdadero infierno. Es importante que comprendas cómo funciona el mecanismo, porque no se trata de otra cosa. Una vez logres relajarte, romperás ese círculo vicioso. Cuanto más intensa sientas tu persona, menos tormento podrán causarte tus pensamientos. Por eso, al principio de toda terapia lo más importante es fortalecer el cuerpo. Hacer deporte, mucho deporte. Movimiento, que sientas las agujetas, el dolor en los músculos. Aguzar los sentidos. Escuchar, ver, degustar, oler,



tocar. Hay que salirse de todo lo que sea proyección, adentrarse en el mundo real. Respirar, sentir el cuerpo. ¿Tienes alguna pregunta sobre esto?

—No. O bueno, sí. —Lynn se frotó las manos—. Entiendo lo que quieres decir, pero... hay algunos temores muy concretos. Quiero decir, ¡no me saco esas cosas de la manga! Me refiero a lo que he hecho, en las historias que me he metido. Mi pensamiento gira sólo en torno a... la destrucción, el tormento, la... la muerte. La muerte de otros.

¡Matar, torturar, destruir! ¡Tengo un miedo espantoso a transformarme en algo que, de repente, brote de mí, que se



abalance sobre los demás y los haga jirones, sobre todo a gente que quiero! Es algo que me devora por dentro, hasta que sólo queda el envoltorio, y ese envoltorio es algo inquietante y extraño, y... y entonces ya ni siquiera sé quién soy. No sé cuánto tiempo más podré aguantar esta presión...

De repente, las lágrimas se le saltaron a los ojos, como destiladas de su impotencia. Le tembló el mentón. Parecía salirle líquido de todas partes, de la nariz, de las comisuras de la boca, hasta el labio inferior le chorreaba. El hombre se echó hacia atrás y la miró con los párpados entornados, esperando que



Lynn añadiera algo más, pero la joven ya no podía hablar, sólo abría la boca para tomar aire. Quería desaparecer del mundo, volver al vientre materno, sin embargo, no al de Crystal, su madre, quien, mientras vivió, jamás pudo ofrecerle sostén, sino que más bien le inoculó, codificado en sus genes, el veneno de su melancolía. Quería un padre que le explicara que sólo había tenido un mal sueño, pero no Julian, que la tomaría del brazo y la consolaría, sin comprender en lo más mínimo cuál era su verdadero problema, del mismo modo que no había podido comprender las depresiones de Crystal y su posterior



locura. Sin embargo, no era que despreciara las debilidades de Julian, de ningún modo. ¡Sencillamente, él no la entendía! Lynn deseaba regresar a la protección de una pareja de padres que jamás había existido.

—Me trazo expectativas demasiado altas —dijo, intentando poner un tono objetivo—. Y entonces... siento la certeza de que son demasiado elevadas, y me odio por mis insuficiencias... por mi fracaso.

Lynn sentía que se volvía transparente; se rodeó el cuerpo con los brazos, pero eso no cambió en absoluto aquella sensación de desnudez. Hablaba



con un ordenador, pero raras veces se había sentido tan al desnudo.

—Te propongo una perspectiva diferente —dijo Island-II al cabo de un rato—. No son tus expectativas. Son las expectativas de otros, pero las has hecho tuyas de tal modo que crees que son tus expectativas. Así que intentas que tus acciones estén en conformidad con ellas. No valoras quién eres, sino cómo les gustaría verte a los demás. No obstante, a la larga uno no puede negarse y devaluarse a sí mismo. ¿Entiendes lo que quiero decir?

—Sí —susurró Lynn—. Creo que sí. La mirada del hombre se posó en



ella, una mirada amistosa y analítica.

—¿Qué sientes en este momento?

—No lo sé.

—La persona que eres lo sabe. Déjate llevar por lo que sientes.

—No puedo —gimoteó ella—. No puedo hacerlo. No tengo acceso a mí misma.

—Aquí no tienes por qué simular nada, Lynn —dijo el hombre, sonriendo

—. No delante de mí. No olvides que soy sólo un programa informático, aunque uno muy inteligente.

¿Simulación? ¡Oh, sí! Desde los días de su infancia, ella era la reina de la simulación. Una simulación entrenada



durante horas y horas, en compañía de su imagen ante el espejo, hasta que estuvo en condiciones de proyectar sobre el monitor de su hermoso rostro cualquier expresión deseada: confianza ante el abismo del fracaso, indolencia a pesar del exceso de trabajo, fanfarronería aunque no tuviera nada en mano. Cuan rápidamente había aprendido lo que era capaz de hacer la apariencia, y todo a pesar de que precisamente el hombre al que más intentaba gustar censuraba la mera idea de la simulación. Ese hombre, sin embargo, no era capaz de captar su juego de roles, y llegó un momento en



que ella misma no fue capaz de captarlo tampoco. Haciendo un denodado esfuerzo por mantener el paso de Julian, Lynn fue desarrollando una profunda aversión contra los variables estados de ánimo, en especial los suyos. Empezó a despreciar los sentimentalismos y los caprichos de sus congéneres. Los desnudos del alma, la exhibición del sufrimiento, la viscosidad de cierta intimidad precipitada. Eso de hacerles saber a todos con qué pie se había levantado uno, de dar participación en la química mental propia, era algo repugnante. Ella prefería la higiene de la simulación. Hasta aquel día, hacía cinco



años, en que cambió todo...

—Es rabia lo que sientes —dijo

Island-II tranquilamente.

—¿Rabia?

—Sí, una rabia irrefrenable. La Lynn Orley que permanece encerrada, que quiere salir por fin, ser amada, sobre todo amarse a sí misma. Esa Lynn tiene muchos muros que derribar, tiene que liberarse de muchas expectativas falsas.

¿Te asombra que esa Lynn sienta deseos de matar y de destruir?

—No tengo deseos de matar ni de destruir. —Lloró la hija de Julian—. Pero no puedo... No puedo hacer nada por evitarlo...



—Por supuesto que no quieres eso, no físicamente. No le harás daño a nadie, Lynn, no tengas miedo. Sólo torturas a una persona, a ti misma. No hay ningún monstruo dentro de ti.

—Pero ¡esa idea no me deja en paz!

—Al revés, Lynn. Eres tú la que no deja en paz esa idea.

—Pero lo intento. ¡Lo intento todo!

—Esas ideas se harán cada vez más débiles cuanto más fuerte sea la verdadera Lynn. Lo que a ti te parece la transformación en un monstruo es, en realidad, el comienzo de tu renacer. A eso se le llama también emancipación. Pataleas, quieres salir. Y con ello, por



supuesto, muere algo: tu antigua identidad, esa que te han impuesto.

¿Conoces los tres imperativos de la infancia?

Lynn negó silenciosamente con la cabeza.

—Son el «tengo que», el «no puedo», y el «debería». Repítelos, por favor.

—Yo... tengo que..., no puedo..., debería.

—¿Cómo te suena eso?

—Jodido.

—Exacto, pues a partir de hoy no tendrán ninguna validez para ti. Ya no eres una niña. A partir de ahora lo único



válido será: «Yo soy...»

—«I am what I am» —cantó Lynn con la voz resquebrada—. ¿Y quién soy yo?

—Eres la testigo de tus pensamientos y tus actos. Lo que queda cuando suprimes todas las demás identidades que tú consideras tu «yo», hasta que sólo permanece la más pura consciencia. ¿Has tenido alguna vez la sensación de que puedes observarte mientras piensas? ¿De que puedes ver cómo surgen los pensamientos y desaparecen de nuevo?

Lynn asintió débilmente.

—Ésa es también una verdad



importante, Lynn. ¡Tú no eres igual que tus pensamientos! ¿Lo entiendes? ¡No eres tus pensamientos! No eres idéntica a tus ideas sobre el mundo.

—No, no lo entiendo.

—Te pongo un ejemplo: ¿eres consciente de que estás viendo la proyección holográfica de un hombre?

—Sí.

—¿Y qué otra cosa ves?

—El mobiliario. La silla en la que estoy sentada. Aparatos tecnológicos. Las paredes, el suelo, el techo...

—¿Dónde estás exactamente?

—Estoy sentada en la silla.

—¿Y qué haces ahí?



—Nada: escuchar, hablar.

—¿Cuándo?

—¿Cómo que cuándo?

—Dime cuándo está sucediendo eso.

—Pues ahora.

—En efecto, eso era. Tu consciencia está en condiciones de percibir el mundo real y reducirlo a lo que es. Reducirlo al ahora. Y a ese ahora le sigue otro, y otro, y otro, y así sucesivamente. Todo lo demás, Lynn, son proyecciones, fantasías, especulaciones... ¿Te parece que tu ahora es una amenaza?

—Estamos en la Luna. Todo podría torcerse, y entonces...



—Para. Te estás desviando hacia una hipótesis. Quédate simplemente en lo que es.

—Bueno... —dijo Lynn a regañadientes—. No, no es una amenaza.

—¿Lo ves? La realidad no es una amenaza. Cuando abandones esta habitación, te encontrarás con otras personas, harás otras cosas, vivirás una nueva vida, otra vez un ahora, y otro ahora. Puedes escrutar cada uno de esos momentos en busca de su lado amenazante, pero sólo te estará vedado un pensamiento: «¿Qué pasaría si...?» La pregunta tiene que ser: «¿Qué es?» Casi en cada ocasión podrás comprobar que



la única amenaza está en las ideas que tú te construyes.

—Yo soy la amenaza —susurró

Lynn.

—No, crees que eres una amenaza, y lo crees con tal fuerza que la idea te da miedo. Pero eso, también, no es más que un pensamiento. Aparece e intenta asustarte, y tú caes en su trampa. Un ochenta y cinco por ciento de todo lo que nos pasa por la cabeza es basura. La mayoría de las cosas ni siquiera las advertimos. De pronto una idea nos asusta y nos sobresaltamos. Pero nosotros no somos esa idea. No tienes por qué tener miedo.















ti?



—De... acuerdo.

El hombre calló durante un rato.

—¿Te gustaría seguir hablando de





—Sí. O mejor no, tal vez en otra



ocasión. Tengo que terminar... por esta vez.

—Bien, una cosa más: antes te he preguntado en quién confías.

—Sí.

—He estado analizando tus reacciones mientras mencionabas los nombres. Mi recomendación es que te confíes a una de esas personas, que te abras a ella. Habla con Tim Orley.

«Confiarme a una persona.»



—Gracias —dijo Lynn mecánicamente, sin pensar si Island-II otorgaba o no valor a las cortesías. El hombre calvo sonrió.

—Vuelve cada vez que quieras.

Lynn apagó la proyección, se quitó los sensores de la frente y se cambió de camiseta. Durante un rato se quedó mirando fijamente la yerma superficie de cristal, incapaz de ponerse en pie, un acto que en ninguna otra parte era más endemoniadamente fácil que en la maldita Luna.

¿Había sido inteligente de su parte viajar allí? ¿Desfigurarse ante un espejo en el que ella no quería mirar por nada



del mundo? Era sabido que Island-II era capaz de presentar resultados asombrosos. En esa época, el asesoramiento psicológico regular era algo inseparable de la navegación espacial tripulada. Si bien durante los años sesenta, tan fascinados con las proezas heroicas, la aparición repentina d e Tío Güito en la Luna se habría identificado inmediatamente como un caso de depresión en el espacio, en la era de las misiones de larga duración, todo giraba en torno al misterio de la psique, pues ya nadie estaba dispuesto a hacer fracasar proyectos pecaminosamente costosos como las



inminentes misiones a Marte por culpa de cualquiera de las indisposiciones de un personaje de una serie televisiva como Monk. No eran los meteoritos ni las fallas técnicas los que representaban el mayor peligro para tales misiones, sino el pánico, las fobias, ciertas luchas rivales y ese viejo conocido, el instinto sexual, todo lo cual exigía la presencia obligatoria de un psicólogo a bordo. Se realizaban simulaciones que coincidían con cierto nivel del pensamiento, pero en dos de cada cinco casos, el psicólogo era el primero en perder los nervios y en empezar a analizar a los restantes miembros de la tripulación hasta



volverlos locos. Sin embargo, aun en los casos en los que el psicólogo conservaba la calma, su presencia no provocaba el efecto deseado. Por lo visto, los astronautas afectados preferían tragarse la lengua en lugar de franquearse con un ser vivo en condiciones de juzgarlos, en un acto de autocensura de desoladora determinación: los hombres temían por sus carreras, y las mujeres temían verse blanco del desprecio.

Fue así como aparecieron los terapeutas virtuales. Primero fueron ciertos programas muy sencillos que, a partir de algunos cuestionarios,



repartían consejos de página de calendario; más tarde fueron los juegos de rol y, finalmente, apareció software de enorme complejidad dialéctica. Nada superaba a una videoconferencia con amigos y familiares, pero ¿qué hacer en Marte, donde apenas podía establecerse ese tipo de conexiones? Al final, algunos reconocidos terapeutas cibernéticos desarrollaron un programa que combinaba las ventajas de las más sofisticadas técnicas de diálogo con la evaluación simultánea de la mayor base de datos que hubiese estado jamás a disposición de una inteligencia artificial. Algunos escépticos alzaron su



voz en defensa de la estructura inherente a las necesidades personales de cada individuo, algo que sólo podía ser captado por otro ser humano; sin embargo, la práctica parecía indicar lo contrario. Por muchas puertas que hubiera que traspasar para llegar al laberinto del alma, al cabo de cierto tiempo vagando por allí, se llegaba a territorio conocido. No existían millones d e Leitmotiv psicológicos, sino sólo algunos millones de variantes dedicadas a parafrasear un número reducido de patrones conocidos. Al final, se acababa siempre en las mismas neurosis, en los mismos enredos y traumas, y la mayoría



de ellos eran de carácter grave, como, por ejemplo, quién le había birlado a quién la última natilla de chocolate. En esa fecha, Island-I estaba presente en las estaciones espaciales, en remotos campamentos de científicos y en oficinas corporativas de todo el mundo, mientras que el más avanzado Island-II, hasta el momento, sólo funcionaba en el centro de meditación y terapia del Gaia. Este último era una pseudocriatura, enigmática incluso para sus propios programadores, despojada de toda chispa prometeica, pero capacitada para aprender y sacar conclusiones a una velocidad inimaginable.



Al cabo de un rato, Lynn halló por fin las fuerzas para abandonar el centro. Cuando iba camino del vestíbulo, tuvo lugar la transformación de su mímica en un estado de jovialidad y buen humor. Se cruzó en el camino con varios de los eufóricos huéspedes, que manoteaban y ponían ojitos de niño tras haber regresado de sus excursiones a las cavernas de lava del cráter Moltke, a la cima del Mont Blanc o al fondo mismo del Vallis Alpina. Con elocuencia y entusiasmo, se habló de llevar el tenis y el golf a todo el espacio, como misioneros del universo, se habló también de los efectistas juegos de agua



en la piscina, de vuelos y viajes con transbordadores, de los grasshoppers y l os buggies lunares y, por supuesto, de la vista que ofrecía la Tierra. Las aversiones y las diferencias de opinión parecían haber quedado enterradas en el regolito. Todos hablaban con todos. Momoka Omura pronunciaba palabras como «Creación» y «humildad»; Chuck Donoghue calificó a Evelyn Chambers de persona galante; Mimi Parker, entre risitas, se ponía de acuerdo con Karla Kramp para reunirse en la sauna. Aquellos arranques de buen humor, que se propagaban casi como una epidemia, minaban cualquier discreto



resentimiento. Todos estaban mimosos, asquerosamente relajados y entretenidos, incluido Oleg Rogachov, que forzaba a todos sus compañeros, uno a uno, a practicar el yudo, y que, con la alegría de un zorro y empleando la técnica del naga waza, los lanzaba por aquel tatami de cuatro paredes a varios metros de distancia, aunque eso sí, ¡sin que nadie se hiciera daño! Era para vomitar, pero la camaleónica Lynn escuchó con absorta atención cada relato como si en ellos se articulara el sentido de su existencia, aceptó los cumplidos que le hicieron como si se tratase del pago a los servicios de una prostituta,



sufrió y sonrió, sonrió y sufrió. A las ocho menos cuarto se alegró ante la perspectiva de la inminente cena. En su mente, vio cómo se servía y luego se devoraba el primer plato, vio cómo a Aileen se le atravesaba una espina de pescado en la garganta, a Oleg Rogachov escupiendo sangre, vio a Heidrun asfixiándose, vio el rostro de Gaia explotar y lanzar al vacío, en un remolino, a aquel satisfecho grupito de hijos de puta, los vio allí, sin ninguna protección, los vio estallar, achicharrarse, morir de frío.

Bueno, la verdad es que no estallaban de inmediato.



Pero ninguna madre podría haber reconocido a su hijo después de aquello.

Dana Lawrence alzó los ojos y echó una rápida ojeada al reloj cuando Lynn entró al centro de control. Faltaban pocos minutos para dar de comer a aquellas fieras, y la hija de Julian había bajado al subsuelo para un chequeo de rutina. Normalmente, era Ashwini Anand quien ocupaba el puesto en la sala de control durante su ausencia, pero la india estaba atendiendo ahora la avería del robot que hacía las camas en la suite de los Nair.

—¿Todo bien? —preguntó Lynn.

—Por el momento, sí. Ha habido un



desperfecto técnico en el nivel 27, pero nada de importancia.

Los ojos de Lynn titilaron. Eso bastó para azuzar la razón analítica de Lawrence. Dana se preguntó qué pasaba con la hija de Julian. Cada vez eran más notables los síntomas de inseguridad y de irritabilidad en ella. ¿Por qué, hacía dos días, se había opuesto de un modo tan vehemente a que su padre viera las grabaciones? Lawrence posó su mirada escrutadora en Lynn, pero esta ya había sabido controlarse.

—¿Se las arreglará usted bien, Dana?

—Sin problemas. Ahora que está



usted aquí, querría pedirle un favor. Necesitaría bajar por espacio de unos diez minutos y en ese tiempo la central estaría sola, por eso...

—Conéctela a su teléfono móvil.

—Es lo que hago habitualmente. Sólo que me gusta mantenerle echado el ojo a todo, cuando empiece el barullo en el restaurante. ¿Podría ocupar mi puesto brevemente?

—Claro —dijo Lynn, sonriendo—. Vaya tranquila.

«Eres una gran actriz —pensó

Lawrence—. ¿Qué es lo que ocultas?

¿Cuál es tu problema?»

—Gracias —dijo la empleada en



tono pensativo—. Hasta ahora.

La central. El pequeño Olimpo. Cuántos botones había allí para

apretar, cuántos sistemas que podrían reprogramarse, cambiando algunas disposiciones básicas. Elevar el contenido de oxígeno hasta que todo se cubriera de fuego. Mezclarlo con un exceso de dióxido de carbono. Cerrar todas las escotillas y encerrar al grupo en el restaurante hasta que fueran perdiendo los nervios uno tras otro. Reconducir las aguas residuales hacia las tuberías de agua potable, de modo que todos enfermaran. Detener los ascensores, desacoplar el reactor,



elevar la presión interna y hacerla descender de golpe. Un montón de cosas divertidas. No había límites a la creatividad.

«Soy una amenaza.»

La mirada de Lynn recorrió la pared de monitores que mostraban las zonas vigiladas.

«No. ¡Tú no eres tus pensamientos!»

«I am what I am», cantó ella en voz baja.

Una melodía se mezcló con su tarareo. Era una llamada desde Londres, desde el cuartel general de las empresas Orley, de la central de seguridad. Lynn frunció el ceño. Su mano flotó durante



un tiempo, indecisa, sobre la pantalla táctil; luego aceptó la llamada con una sensación de decaimiento. La cabeza de paje de Edda Hoff apareció en la pantalla. Su fisonomía de figura de cera no dejaba entrever si tenía algo bueno o malo que comunicar.

—Hola, Lynn —dijo con voz sorda

—. ¿Cómo está?

—¡No podría estar mejor! El viaje está siendo todo un éxito. ¿Y ustedes?

¿Algún muerto? ¿El Armagedón?

Hoff demoró su respuesta de una manera inquietante.

—Pues, para serle sincera, no lo sé.

—¿Que no lo sabe?



—Hace unas pocas horas alguien ha establecido contacto con nosotros. Un tal Tu Tian, un empresario chino que en este momento se encuentra en Berlín. Ha contado una historia bastante enrevesada. Por lo visto, él y unos amigos suyos están en posesión de ciertas informaciones secretas y están en la lista negra de cierto asesino a sueldo.

—¿Y qué tiene eso que ver con nosotros?

—El texto al que se debe tal alarma está bastante mutilado. Es sólo un fragmento, pero lo poco que nos ha enviado no se interpreta precisamente como una historia con final feliz.



—¿Qué es exactamente?

—Se lo enviaré.

Unas líneas aparecieron en una pantalla aparte. Lynn leyó el texto una primera vez, una segunda y una tercera, con la esperanza de que el nombre de Orley desapareciera de él, pero cada vez que lo leía, el nombre sólo parecía agrandarse más y más. Como paralizada, miró fijamente el documento y sintió acercarse la oleada negra del pánico, como si la charla con Island-II jamás hubiese tenido lugar.

«Nadie allí sospecha todo.»

—¿Y bien? —quiso saber Hoff—.

¿Cuál es su opinión?



—Es un fragmento, como usted bien ha dicho. —No debía dejar que se le notara ningún síntoma de inseguridad—. Es un enigma. En tanto que no conozcamos el contenido completo, es probable que interpretemos más cosas de lo que dice el texto propiamente dicho.

—Tu teme que se produzca un ataque contra el Gaia.

—Eso es un poco exagerado, estamos bastante lejos, ¿no le parece?

—Depende de cómo se lo tome uno.

—En ninguna parte dice cuándo tendrá lugar esa operación.

—Eso también se lo dije yo. Pero,



por otro lado, no deberíamos ignorar el incidente.

—¿Qué incidente, Edda? Para decidir si se ignora o no, primero debemos saber qué es, ¿no? Sin embargo, no sabemos absolutamente nada. Orley tiene instituciones por todo el mundo, si hay alguien que quiere hacernos daño realmente, no tiene por qué afectar al Gaia. ¿Cómo se le ocurrió la idea a ese empresario chino?

—Por las noticias actuales.

—Ah, entiendo. —Su razonamiento volaba a toda velocidad. Los perfiles de la habitación parecían difuminarse—. Bueno, es cierto, el hotel goza de un



máximo de novedad, pero eso no significa al mismo tiempo el mayor potencial de peligro. En cualquier caso, en estos momentos no sería conveniente que tengamos aquí arriba ningún tipo de inquietud. Eso usted lo entiende,

¿verdad, Edda? ¡No con estos huéspedes! No podemos arriesgarnos, de ningún modo, a asustar a unos inversionistas potenciales con esa historia.

—Yo no pretendo asustar a nadie — dijo Hoff, ligeramente indignada—. Sólo hago mi trabajo.

—Por supuesto.

—Además, no pretendía



importunarla a usted con este asunto, sino a Dana Lawrence, pero ha sido usted quien ha respondido a mi llamada. Y yo no soy tonta, Lynn. Sé que están ustedes rodeados de inversionistas, gente muy importante, superrica y superfamosa. Pero ¿acaso no es esa constelación la que habla en favor de la tesis de un peligro para el hotel?

Lynn guardó silencio.

—Sea como sea —dijo finalmente

—, ha hecho usted lo correcto al informarnos tan rápidamente. Mantendremos los ojos bien abiertos aquí arriba, y usted debe hacer exactamente lo mismo. Extreme la



vigilancia. ¿Ha hablado ya con

Norrington y con Shaw?

—No. Lo primero que hice fue investigar al tal Tu.

—¿Y?

—Es un millonario de la primera hora que se ha hecho a sí mismo. Extremadamente exitoso. Tiene una fragua de alta tecnología para holografía y entornos virtuales en Shanghai. He encontrado algunas entrevistas y artículos que se ocupan de él. Definitivamente no es ningún chiflado.

—Bien. Manténgase al tanto. Infórmeme si puedo hacer algo en relación con esto. Ah, ¿Edda?



—¿Sí?

—Si averigua algo más, hable conmigo antes que con nadie.

—Bueno, también están Norrington y

Shaw, por supuesto, tendría que...

—Sí, claro que sí. Hasta luego, Edda.

Lynn puso fin a la conversación y se quedó mirando fijamente hacia adelante. A los pocos minutos, Lawrence subió de nuevo desde el «inframundo». Lynn se incorporó, sonrió y le deseó buenas noches a la gerente del hotel, sin gastar una sola palabra sobre la llamada de marras. Con paso lento, abandonó la central de control, subió en el ascensor



hasta los redondos senos de Gaia, se metió en su suite apenas la escotilla se abrió un tramo, se precipitó dentro del cuarto de baño, sacó el paquete de pastillas verdes y se metió tres de ellas en la boca, esforzándose, mientras tragaba, por abrir un frasco de color oscuro lleno de unas cápsulas con forma y aspecto larvario.

El frasco se le resbaló de las manos y cayó.

Con rápidos movimientos, extendió la mano hacia el frasco y lo tocó. Dos de aquellas larvas subieron arrastrándose convulsivamente hasta la temblorosa palma de su mano. Con prisa, se las



llevó a los labios y las tragó con un poco de agua. Cuando alzó la cabeza, vio de frente, con la vista clavada en ella, el desolado rostro de una gorgona, con los cabellos rizados de serpientes, y a Lynn no la habría asombrado en absoluto si, de pronto, hubiera quedado petrificada por el efecto de aquella mirada, la suya propia. Seguía percibiendo aquella sensación de estar despeñándose en un abismo sin fondo. Las pastillas no surtían efecto, por lo menos no lo suficientemente rápido; Lynn seguía cayendo, sumergiéndose en un estado de locura, porque si aquello no hacía efecto, perdería la razón, se



volvería loca, loca...

Fuera de sí, corrió al salón; olvidándose por un instante de la escasa gravedad, se golpeó con violencia contra la pared y cayó de espaldas, casi justo en el sitio al que pretendía llegar, aunque no de esa manera. En fin, daba igual. Allí, delante de sus narices, estaba el minibar. Cola, agua, zumo, lo sacó todo, detrás tenía que haber una botella de vino tinto o, aún mejor, el whisky, la pequeña dosis de emergencia que había introducido de contrabando, aunque en la Luna, en realidad, el alcohol no se debía... Blablablá... De modo que, venga, de un solo trago...



El bourbon se vertió en su esófago, causándole dolor. A cuatro patas, se arrastró de vuelta al cuarto de baño mientras su pecho se estremecía debido a la erupción inminente; no obstante, Lynn consiguió llegar hasta el retrete, se inclinó sobre la tapa y lo devolvió todo en un surtidor con forma de arco: el whisky, las pastillas, todo el contenido de su estómago. Debido a la presión, el vómito golpeó contra las paredes de cerámica y unas porciones de él retornaron a su cara. ¿Dónde estaban las pastillas? Un olor agrio y punzante le hirió la nariz, sacándole lágrimas a los ojos. No podía ver nada. Continuó



sintiendo arcadas, aunque ya no quedaba nada por vomitar, hasta que por fin pudo liberarse de la maldición de la taza del retrete y se vino abajo a un lado. Gimiendo e inmóvil, quedó tumbada sobre el sudor y el vómito, mirando fijamente al techo..., y de pronto pudo tomar aire de nuevo.

« Ti m. » Island-II había dicho que debía hablar con Tim. ¿Dónde estaba su hermano? ¿En la cena? ¿Habrían empezado ya? Eran las ocho y veinte, estúpida, claro que habían empezado. Un breve saludo desde la cocina, parafernalia de espumas y esencias hechas a partir de cualquier porquería...,



a fin de cuentas, eso también lo vomitaría, pero ahora tenía que ir, no podía quedarse allí eternamente, hasta que alguien fuera a derribar la puerta.

«El miedo es un fenómeno físico.» Exacto, máquina sabelotodo. ¡Oh,

Sócrates!

«Ese retraimiento físico, Lynn, es la razón por la que concedes una importancia tan desmedida a tus pensamientos, hasta el punto de que éstos pueden arrastrarte a un verdadero infierno.»

Con cautela, Lynn se incorporó. Le retumbaba el cráneo. Se sentía como si hubiera estado todo un año secándose



bajo el sol del Sahara, pero su mente funcionaba de nuevo, y las cuerdas desgarradas de sus nervios empezaban a vibrar otra vez lentamente. Como una anciana, se levantó a duras penas y se miró al espejo.

—Dios santo, qué aspecto tan horrible —murmuró.

«Una vez logres relajarte, romperás ese círculo vicioso. Cuanto más intensa sientas tu persona, menos tormento podrán causarte tus pensamientos.»

En fin. En realidad, ya debían de haber comido el primer plato sin ella. Lo que ahora veía en el espejo no podía arreglarse con un poco de maquillaje.



En cierto modo, tendrían que hacerle una renovación completa, pero eso también lo conseguiría. Puntualmente para el plato principal, aparecería Selene, con una belleza radiante, la reina de toda simulación.

Un súcubo disfrazado de ángel.



BERLÍN, ALEMANIA





Después de haber enviado mensajes a toda clase de gente con la esperanza de obtener informaciones de dentro sobre el grupo, Tu insistió en que dispusieran de un programa nocturno. A esa hora, algunos de los destinatarios yacían todavía en sus camas en Shanghai o en Pekín; con otros, residentes en Estados Unidos, habló por teléfono o les pidió que le devolvieran la llamada. Bajo cuerda, anunció que prefería cualquier información sobre Zheng proveniente de



Estados Unidos, no de China.

—¿Y eso por qué? —preguntó Jericho cuando les sirvieron unos Wiener Schnitzel enormes, los típicos filetes empanados estilo vienes, en el legendario restaurante Borchardt.

—¿Por qué? —dijo Tu enarcando las cejas—. ¡Porque Estados Unidos es nuestro mejor amigo!

—Es cierto —confirmó Yoyo—. Cuando los chinos queremos saber algo sobre China, les preguntamos a los americanos.

—Bonitos amigos —comentó Jericho—. El mundo entero tiembla ante vuestra amistad.



—Ah, Owen, venga ya. ¿En serio?

—¡En serio! ¿No has oído hablar de la crisis lunar, parecida a la crisis de los misiles?

Con la punta del cuchillo, Tu levantó el borde de su filete, que se salía del plato, y miró con recelo, como si allí fuera a encontrar la explicación de por qué los europeos no cortaban la carne en trozos que cupieran en la boca. Él habría preferido ir a un restaurante chino, pero había tenido que capitular ante la exclamación a dúo con la que los otros dos le dijeron: «¡No me lo puedo creer!»

—Sí he oído hablar —dijo el chino



—. Y me sentí tan mal como tú. Pero tenemos que recordar que China y Estados Unidos no pueden enfrascarse en una guerra. Son gemelos de la economía mundial, están enemistados, pero son como siameses. Tradicionalmente, los archienemigos son los que mejores negocios hacen entre sí, tiene algunas ventajas no simpatizar mucho con tu socio. La simpatía es una tintura que ablanda a la gente a la hora de firmar un contrato; la aversión aguza los sentidos, por eso China practica el comercio de manera extraordinaria con aquellas naciones con las que menos simpatiza, es decir,



Estados Unidos y Japón. Si yo, a su vez, quisiera saber algo sobre Estados Unidos, contactaría con el Zhong Chan Er Bu, por supuesto.

—Eso es un lugar común —dijo Jericho, al tiempo que empezaba a comer—. Eso de que la mayoría de los ciudadanos de los regímenes totalitarios se enteran de más cosas sobre sí mismos cuando indagan con aquellos cuyo trabajo es espiarlos. Pero aquí se trata de otra cosa. Tampoco los estadounidenses pueden adivinar lo que piensa Zheng Pang-Wang.

—Correcto. No obstante, sería inteligente preguntar a la CÍ A y a la



Agencia de Seguridad Nacional, si quieres averiguar algo sobre él. Por mí, también podemos preguntarle al servicio de inteligencia alemán, al SIS, al Sluschba Wneschenei Raswedki, al Mossad, a la inteligencia india. Tú eres detective, Owen, tu filosofía es la infiltración. La de ellos también. Sin embargo, se ha comprobado entretanto que es más fácil infiltrar a los gobiernos que a las corporaciones. —Tu vertió unas gotas de limón sobre su Wiener Schnitzel. Al hacerlo, puso una cara como si la carne, al ser tratada de esa manera, fuera a saltar del plato y salir corriendo hacia afuera—. Antes has



dicho que Orley Enterprises y Estados Unidos van en pos de la misma cosa, y es cierto. Pero eso sólo ocurre en la medida en que Orley les dicta a los americanos los Parámetros de su programa espacial. Y eso, por supuesto, no quieren oírlo. Detestan esa idea, pero, en realidad, Estados Unidos tiene una situación de total dependencia de Orley. Su programa espacial, todo su concepto en temas energéticos dependen del suero que les inocula el consorcio tecnológico más grande del mundo o, para decirlo con mayor exactitud, dependen del dinero de Julian Orley y know-how de sus empleados más



capaces. En ese sentido, tal vez Orley sea igual que decir «programa espacial estadounidense», pero Washington no es exactamente lo mismo que Orley. Aunque lo sepas todo sobre los planes del gobierno de Estados Unidos, no por ello lo sabrías todo sobre Orley Enterprises. La empresa es una fortaleza. Un universo paralelo. Un Estado más allá de toda frontera.

—¿Y Zheng?

—En su caso, las cosas son diferentes. Puede que los presidentes estadounidenses tengan ciertos compromisos con los lobbies del petróleo, de la industria metalúrgica y



armamentística, pero en realidad nunca fueron lo mismo. Por la sencilla razón de que las grandes corporaciones, en los países democráticos, son, por su esencia, privadas. En China, por el contrario, esas corporaciones estuvieron históricamente dentro del aparato del Estado, si bien hacían lo que les venía en gana.

—¿Quiere eso decir que el Partido ha ido perdiendo su poder frente a esos grupos? —preguntó Jericho—. Eso debería sorprenderme.

—Tonterías —dijo Yoyo, negando con la cabeza—. Pérdida de poder significa que alguien te desplaza de tu



sitio para gobernar en tu lugar. No obstante, tú sigues ahí, en la oposición. En China, sin embargo, no ha tenido lugar ningún desplazamiento, sino una transformación al cien por cien, una metamorfosis. Por cada comunista veterano que ha muerto, ha venido alguien que lleva obedientemente el carnet de militante en el bolsillo, pero que, a su vez, tiene un puesto clave en una gran empresa orientada según los beneficios.

—Bueno, en Estados Unidos las cosas no son muy distintas.

—Claro que lo son. Washington ha perdido poder frente a Orley



Enterprises, un motivo para que el gobierno se enfurezca cuando el clima no es bueno, pero por lo menos hay alguien que se enfurece. En China ya no existen las instituciones estatales que podrían enojarse por una situación así. Se le sigue llamando comunismo a todo, pero se trata de un consorcio corporativo con un mandato de gobierno que se ha otorgado él mismo.

—También puedes verlo desde otra perspectiva —dijo Tu, como si estuvieran moderando juntos un programa de debate político—. China es gobernada por ejecutivos empresariales que, a su vez, tienen un segundo empleo



en la política. En el mundo occidental todavía quedan algunos mandatarios aislados que dicen «no» cuando los sectores de la economía privada dicen

«sí». Tal vez muy pronto el sonoro «no» se convierta en un «no» por lo bajo, débil y desolado, pero por lo menos se mantiene el rudimento de una postura. En China, sencillamente, tienes que imaginarte un «no» que se compone de muchos «sí». Cuando Deng Xiaoping decidió permitir ciertos amagos de privatización, algunos se preguntaron cuánta privatización estaría permitida a partir de entonces. La pregunta es ahora obsoleta, porque al final lo que quedó



privatizado fue el comunismo. —Tu dejó a un lado el tenedor y el cuchillo, cogió el filete empanado entre los dedos y le propinó un mordisco—. Y por eso, Owen, es mucho más sencillo obtener información sobre una corporación china en el extranjero que en la propia China. Para averiguar detalles internos de la empresa de Zheng, basta con conectarse a las labores rutinarias de los servicios de inteligencia de todas las naciones que espían a Pekín. Y, casualmente, conozco a un par de personas en esos ámbitos.

Jericho guardó silencio. No sabía a cuánta gente conocía Tu ni en qué



momentos de su vida había trabado conocimiento con personas que trabajaban para los servicios secretos; sólo sabía que nunca antes había tenido ante sus ojos, con tal claridad, la visión de un mundo en el que los gobiernos quedaban corporativizados y las corporaciones quedaban fuera de todo control estatal.

¿Quién era, entonces, su enemigo? Hacia las diez, Jericho se sintió

cansado y exhausto, mientras que Yoyo, en cambio, propuso explorar la escena local en su capacidad para los excesos. Una nerviosa euforia se había apoderado de ella. Tu pidió ver el



Kudamm. Jericho, por su parte, se conectó con Diana y le sacó una lista de clubes de renombre y de bares con karaoke. Luego, se retiró al hotel con el argumento de que tenía que trabajar, lo que, incluso, era cierto. En los últimos dos días, había desatendido, con consecuencias punibles, a algunos de sus clientes.

Yoyo protestó: Jericho debía acompañarlos.

Él vaciló. En el fondo, había tomado la firme decisión de retirarse al hotel, pero de pronto se sentía proclive a desistir de ella. En realidad, la protesta de la joven tuvo como consecuencia que



una batería hasta ahora desconocida empezara a inyectarle energía adicional a su sistema. Una sensación cálida y lubrificante recorrió su pecho.

—Bueno, en realidad debería... —

dijo por guardar las formas.

—De acuerdo. Entonces, hasta luego.

La batería se apagó. El mundo retornó hacia aquel invierno infinito de su adolescencia, cuando lo invitaban a las fiestas sólo para que luego no se dijera que se habían olvidado de él. Se imaginó a Yoyo pasándoselo muy bien sin él, del mismo modo que antes todos se lo pasaban estupendamente sin que él



estuviera presente.

¡Cuánto había odiado ser joven!

—¿O no? —preguntó ella con ojos fríos.

—Pasadlo bien —respondió él—. Hasta luego.

«Luego», eso sería cuando él no hubiera resuelto nada de aquello por lo que había regresado antes de tiempo al hotel. Mientras tanto, yacía allí, preguntándose en qué punto de su vida había tomado el desvío equivocado, para luego llegar siempre a la misma pesadilla, el lugar adonde menos quería llegar. Como el pasajero de un vuelo junto a la cinta transportadora del



equipaje, un pasajero que ha perdido la maleta, la que, probablemente, haya cambiado de dueño en alguna casa de subastas en el extremo opuesto del mundo; mientras tanto, Jericho esperaba y esperaba, y cada vez era mayor la certeza de que la espera podría desarrollarse y convertirse en la característica determinante de su existencia.

Eran poco más de las dos, y él, con un ojo semicerrado, seguía un malogrado remake en 3D del clásico de Tarantino Kill Bill, cuando de repente alguien llamó tímidamente a su puerta. El detective se incorporó, abrió y vio a



Yoyo en el pasillo.

—¿Puedo pasar? —preguntó la joven.

Con gesto mecánico, él miró el anuncio digital de la pared del vídeo.

—Gracias. —Ella pasó por su lado, apretujándose, y entró en la habitación con paso no del todo seguro—. Yo también sé lo tarde que es.

Su mirada tenía cierta tristeza perruna. Un cigarrillo humeaba entre sus dedos; además, era imposible no darse cuenta de que había estado empinando el codo de lo lindo. El grado de su desánimo podía hacer pensar a cualquiera que había padecido la furia



de un ciclón con el que se había tropezado por el camino. Jericho dudaba que hubiera tenido una noche agradable.

—¿Qué haces? —preguntó ella con curiosidad—. ¿Has trabajado mucho?

—Lo justo.

Jericho dio vueltas por la habitación. ¿Qué sentido tenía explicarle que había pasado las últimas horas batallando con un chico de dieciocho años por el control de su cuerpo?

—¿Y tú? ¿Te has divertido mucho?

—¡Oh, sí, ha sido genial! —dijo, girando sobre su propio eje con los brazos abiertos, lo que desató en Jericho el impulso espontáneo de acercarse a



ella corriendo y atraparla entre sus brazos—. Terminamos en un bar de karaoke donde sólo ponían porquería, pero a pesar de eso, Tian y yo animamos el local.

Jericho se sentó en el borde de la cama.

—¿Habéis cantado?

—¡Y de qué manera! —dijo Yoyo, soltando una risita—. Tian no se sabe ni una sola letra de canción, y yo me las sé todas de arriba abajo. Un par de tipos se quedaron allí y nos invitaron a ir con ellos a un club de música en vivo, a ver una banda llamada Tokio Hotel. Pensé que eran japos, pero resultó que eran



alemanes, todos mayores, veteranos del rock.

—Eso suena bien.

—Sí, pero al cabo de media hora tuve que ir al baño, y no pude encontrar uno por ninguna parte. Así que nos fuimos a una zona verde y, después, entramos en el siguiente bar que estaba abierto. No tengo ni idea de dónde estuvimos.

De repente, de forma abrupta, Yoyo guardó silencio y se dejó caer junto a él en el borde de la cama.

—¿Y qué más? —preguntó el detective.

—Hum. Tian me contó algo.



¿Quieres saber qué?

De repente le sobrevino la visión idiota de besarla y de, a través del beso, averiguar lo que Tian le había contado, simplemente absorbiéndoselo por la boca. En aquel ruinoso estado de embriaguez, con su aspecto sombrío, pastoso y adocenado, parecía más deseable que de costumbre. Aquella conclusión floreció en la zona de su entrepierna y se transformó en dolor, ya que, en definitiva, Yoyo había ido a su habitación para hablar.

Jericho centró su mirada en el cuerpo reluciente y asexuado de Diana. Yoyo bajó la cabeza y absorbió el



último resto de vida de su cigarrillo.

—Realmente me gustaría contártelo.

—De acueeeerdo —dijo Jericho alargando la frase; un rechazo evidente, codificado de un modo miserable.

—Claro, sólo si no te... —Yoyo vaciló.

—¿Qué?

—Tal vez sea un poco tarde. ¿No te parece?

«No, es la hora justa», dijo a gritos el hombre adulto en su mente, incapaz de desconectar el piloto automático guiado por la frustración, que estaba a punto de dejar marchar a Yoyo, siguiendo todas las reglas del arte. Se miraron



mutuamente a través de un Gran Cañón de sentimientos.

—Bueno, creo que será mejor que me vaya.

—Que duermas bien —se oyó decir a sí mismo el detective.

Ella se incorporó. Desconcertado por su propia actitud, Jericho no hizo nada para retenerla. Ella se detuvo un momento, se deslizó indecisa hasta el ordenador y regresó.

—En algún momento amaremos este instante de nuestras vidas que ahora odiamos —dijo ella con repentina claridad—. En algún momento tendremos que sellar la paz, de lo



contrario nos volveremos locos.

—Tienes veinticinco años —repuso Jericho, cansado—. Puedes sellar la paz con todo y con todos.

—¿Qué sabes tú? —murmuró la joven, y huyó de la habitación.



CALGARY, ALBERTA, CANADÁ





Como un dóberman atado con una correa delante de una carnicería. Así, y no de otro modo, se sentía Loreena Keowa, cuyo instinto la había llevado con seguridad infalible hasta Pekín, a aquella conferencia a raíz de la cual Alejandro Ruiz desapareció de la faz de la Tierra. Se había olido algo, y ya estaba a punto de saltar y clavar sus dientes, pero ahora Susan quería hablar.

¿Para qué? ¿De qué? Sina no podía seguir ayudándola hasta nuevo aviso, ya



que Susan Hudsucker estaba atacada por las dudas. ¡Qué desperdicio de oportunidades y de tiempo! Ni un solo segundo Keowa dudó de que las razones de la desaparición de Ruiz salieran a la luz si conocía el trasfondo de aquella conferencia, y que, en ese mismo momento, se despejaría el enigma en torno al intento de asesinato de Palstein.

¡Estaba tan cerca...!

Pero Susan quería hablar.

Con desgana, Keowa tecleó en su portátil un par de frases de su presentación para el documental «La herencia del monstruo». En el fondo, no dependía del todo de la ayuda de Sina.



Desde Calgary tenía acceso a las bases de datos de la central en Vancouver y a su propio ordenador en Juneau. Si lo quería, ella era la central. Podría haber rastreado la red por sus propios medios. Sólo el respeto la hacía atenerse a las reglas del juego, y el hecho de que, hasta entonces, Susan Hudsucker le había cubierto las espaldas cuando había llegado el momento. Por tanto, quería darle una alegría a la subdirectora con el regalo matutino de un preguión rico en datos —«La herencia del monstruo, primera parte: Los comienzos»—, a fin de, a continuación, atraerla a las redes de lo que la apasionaba, presentando los



datos que recomendaban darle prioridad a lo de Palstein.

Keowa cerró el portátil. Buscó la mirada del camarero chino que mataba el tiempo detrás de la barra soplando y sacando brillo a toda clase de objetos de cristal y le dio a entender, alzando su vaso vacío, que deseaba otra Labatt Blue. En The Keg Steakhouse and Ba del Westin Calgary reinaba un vacío agobiante. En medio de su alegría previa por el salmón a la plancha y la ensalada César, añoraba la llegada de su ayudante, cuya compañía a la mesa siempre le había resultado sospechosa, pues temía que el chico pudiera explotar



en cualquier momento, cubriéndola con todas aquellas cantidades comprimidas de platos a base de huevos, embutidos y filetes que se había zampado en el transcurso de los últimos días. Sin embargo, el chico era bueno. Seguramente tendría informaciones para ella cuando apareciera.

El camarero le sirvió la cerveza. Keowa sumergió el labio superior en la espuma y en eso sonó su teléfono móvil.

—Buenas tardes, Shax'saani

Keek'—dijo Gerald Palstein.

—Oh, Gerald —exclamó ella, contenta—. ¿Cómo le va? Qué casualidad que me llame, estamos



ocupándonos precisamente de su amigo

Gudmundsson. ¿Lo echó usted?

—Loreena...

—Tal vez deberíamos continuar observándolo.

—Loreena, ese hombre ha desaparecido.

Keowa necesitó un momento para comprender lo que Palstein acababa de decirle. Se puso de pie, cogió su cerveza, salió del bar y buscó un sitio solitario en el vestíbulo.

—¿Gudmundsson ha desaparecido?

—preguntó ella, atenuando la voz.

—Él y todo su equipo —asintió

Palstein con gesto preocupado—. Desde



este mediodía. Nadie sabe adónde ha ido. En Eagle Eye no pueden localizarlo a través de ninguno de sus números; en cambio, me he enterado de que alguien de su gente, Loreena, ha llamado allí y ha pedido información sobre él.

Keowa vaciló.

—Si debo averiguar quién le ha disparado, no puedo ignorar a Gudmundsson.

—No estoy seguro de que nuestro acuerdo siga en pie.

—¡Un momento! —exclamó ella—.

¿Sólo porque...?

—Ahora me va a escuchar usted un instante, ¿de acuerdo? No es usted una



investigadora profesional, Loreena. No me entienda mal. Estoy muy en deuda con usted. ¡Sólo saber que posiblemente Gudmundsson trabajara en mi contra...! Créame, apoyaré con todas mis fuerzas su reportaje sobre el medio ambiente, eso se lo prometí y lo mantengo, pero a partir de ahora debería usted dejar las investigaciones sobre el atentado en manos de la policía.

—Gerald...

—No —respondió Palstein, negando con la cabeza—. Alguien los ha alertado sobre usted. Apártese de la línea de fuego, Loreena, se trata de gente que mata para conseguir sus propósitos.



—Gerald, ¿ha pensado usted en por qué está vivo?

—Porque he tenido una grandísima suerte, eso es todo.

—No, me refiero a por qué está vivo todavía. Tal vez porque no interesaba matarlo. Tal vez estaría usted vivo todavía aunque no hubiera tropezado en ese podio.

—¿Quiere usted decir...?

—O a lo mejor les daba igual.

¡Piénselo! Desde entonces, Gudmundsson ha tenido miles de oportunidades de dispararle; sin embargo, en lugar de hacerlo, se pasean como Pedro por su casa por allí. Estoy



segura de que el atentado sólo tenía como propósito sacarlo a usted de la circulación por un tiempo.

—Hum.

—Bien, permítame una pequeña corrección —dijo ella—. Si usted no hubiera tropezado, la bala le habría acertado en la cabeza. Pero todo lo demás es cierto, tiene que serlo. Alguien quería impedir que usted hiciera algo. Y, a mi juicio, ese algo era impedir que viajase con Orley a la Luna. Y eso lo han logrado. ¿Por qué, entonces, iban a matarlo ahora? Alejandro Ruiz, posiblemente, no tuvo tanta suerte...

—¿Ruiz?



—El estratega de Repsol.

—Despacio, que me está zumbando la cabeza. En realidad, no veo ninguna relación entre Ruiz y yo.

—Pero yo sí la veo —dijo ella entre dientes, al tiempo que miraba a su alrededor para ver si había alguien cerca que pudiera oírla—. ¡Dios mío, Gerald! Usted es el director estratégico de una empresa que durante la mayor parte de su existencia ha hecho justamente lo contrario de lo que quería hacer. Únicamente cuando ya era demasiado tarde y todo iba cuesta abajo, le dieron suficientes competencias, sólo que usted ya no podía hacer demasiado



con ellas. ¡Sucedió de otro modo con Ruiz! Él era un apóstol de la moral, un crítico del propio ramo, un tocapelotas.

¡Estuvo todo el tiempo apremiando a Repsol para que se comprometiera con la energía solar, quería hacer negocios con Orley Enterprises, exactamente igual que usted! Pero hablaba con las paredes. Y, de repente, cuando el bote amenaza con hacer aguas, lo nombran director estratégico. Usted y Ruiz exigen durante años poner un pie en las energías alternativas, pero se los ignora, luego se los corona, a uno le disparan y el otro desaparece en Lima. ¿Y usted todavía no ve ninguna relación?



Palstein quedó a deberle la respuesta.

—El 1 de septiembre de 2022 — continuó Keowa—, el día antes de que su vuelo partiera hacia Lima, Ruiz participó en una enigmática conferencia en algún sitio cerca de Pekín. Allí debió de suceder algo. Algo que lo desequilibró, hasta el punto de que su propia mujer apenas lo reconoció al teléfono. ¿Le suena algo de eso?

—Sí. Es una señal de alarma.

—¿Y qué le dice esa señal de alarma?

—Que se está metiendo usted en terreno peligroso. Cuando oigo todas



esas cosas, creo que tiene usted razón en sus suposiciones. No es posible negar los paralelismos.

—¿Y entonces?

—Es eso, precisamente, lo que me da miedo. —Palstein negó con la cabeza

—. Por favor, Loreena, no quiero que salga usted perjudicada por mi culpa.

—Tendré cuidado.

—¿Usted? ¿Usted va a tener cuidado? —Palstein rió ruidosamente—. Yo caí en la trampa de mis propios guardaespaldas, y créame, ¡tuve cuidado! Deje las investigaciones en manos de la...

—No, Gerald —suplicó ella—.



Sólo veinticuatro horas, deme tan sólo veinticuatro horas, ¡en cualquier buena novela policíaca se conceden esas veinticuatro horas! Mañana bien temprano volaré a Vancouver, luego todo será elevado a la condición de asunto del jefe, y todo Greenwatch se pondrá a trabajar en la historia. Mañana por la noche sabré lo que haya de esa conferencia de marras, para quién trabaja Gudmundsson, y si no es así, le juro que subiremos a la policía a nuestro carro. Ésa es mi promesa para usted, usted sólo debe darme ese tiempo.

Palstein miró con sus melancólicos ojos y suspiró.



—Muy bien. ¿A cuántas personas les ha mostrado las fotos de Gudmundsson y del asiático?

—A algunas. Nadie sabe quién es el gordo.

—¿Y el asunto de Ruiz?

—Hay tres o cuatro personas que están al tanto. Pero la única que lo sabe todo soy yo.

—Entonces, por lo menos hágame un favor. Déjelo todo hasta que llegue a Vancouver. Hasta ese momento, no haga nada que pueda sacar más cochinillas de debajo de las piedras.

—Hum. Está bien.

—¿Me lo promete? —preguntó él,



desconfiado.

—Palabra de honor de una india. Ya sabe lo que eso significa Para mí.

—Claro —sonrió el empresario—.

Shax'saani Keek?

—Cuídese, Gerald.

—Y usted, llámeme cuando haya llegado a Vancouver.

—Lo haré inmediatamente.

Keowa puso fin a la conexión. La imagen de Palstein se desvaneció. Algo confundida, la periodista comprobó que se sentía atraída por aquel hombre de una manera muy peculiar. Aunque era un melancólico, cultivaba un amor abstracto por las matemáticas y



escuchaba la extravagante música de compositores vanguardistas muertos. Además, era más bajito y delgado que ella, de aspecto casi frágil y pelo escaso; en fin, era el opuesto absoluto del tipo masculino y de anchos hombros que a ella le gustaba. Tenía rasgos bien proporcionados, eso sí, aunque no eran especialmente marcados, sólo sus ojos aterciopelados tenían algo que la conmovía. Pensativa, Keowa miraba la pantalla apagada cuando, de repente, alguien movió una silla frente a ella, ruidosamente.

—Me muero de hambre —dijo su aprendiz—. ¿Dónde está la carta?



Keowa guardó el teléfono móvil.

—Espero que te hayas aplicado. Te cambio unos filetes por más datos. Siempre en una relación proporcional.

—Pues lo que traigo debería bastar para un chuletón de un kilo —dijo el joven, extendiendo sobre la mesa una docena de papelitos—. Presta atención. He telefoneado a Eagle Eye, la empresa de seguridad que provee los guardaespaldas de Palstein. Los he abordado con la historia de la periodista amenazada que necesita protección por andar investigando un tema muy candente; también les he dicho que hace poco conociste a Gudmundsson, del que



te había hablado, en los mejores términos, tu amigo Palstein, blablablá. Me han dicho que Gudmundsson era un profesional independiente y que, en estos momentos, estaba bastante ocupado con la protección del ejecutivo petrolero, tendrían que ver si todavía tenía capacidad libre; en cualquier otro caso, pondrían a tu disposición otro equipo hecho a tu medida. Por cierto, ya te conocían.

Keowa enarcó las cejas.

—¿Ah, sí?

—De tus reportajes en la red. Se mostraron bastante entusiasmados con la idea de proteger a Loreena Keowa.



—Qué halagüeño. ¿Trabajan con mucha gente de fuera?

—Casi sólo con ellos. La mitad son ex policías, el resto se compone de hombres de las tropas especiales, rangers del Ejército y Boinas Verdes. Otros estuvieron antes en ejércitos privados que operan a nivel global. Hay, además, ex agentes de inteligencia especializados en logística y en la obtención de información, preferentemente de la CIA, el Mossad

el Bundesnachrichtendienst alemán. En especial, los alemanes tienen excelentes contactos, me dijeron, y también los israelíes, por supuesto, pero a veces



también llegan extraviados a Eagle Eye algunos tipos del KGB, o incluso chinos y coreanos. Si uno lo solicita, ponen a tu disposición el currículo de cualquier colaborador. ¡No tienen secretos! Al contrario. Los currículos forman parte de su reputación.

—¿Y Gudmundsson?

—Es mitad islandés, de ahí el nombre. Se crió en Washington. Fue un ex miembro de las tropas especiales, los Seals, tiene formación como francotirador y ha estado metido en toda clase de asuntos sucios. A los veinticinco años se unió a un ejército privado llamado Mamba.



—No me suena de nada.

—A principios del milenio operaban en Kenia y Nigeria, y luego continuaron hasta convertirse en una empresa parecida registrada en África occidental, la African Protection Services, cuya abreviatura es APS.

—Hum, África.

—Sí, pero desde hace cinco años ha vuelto a residir en Estados Unidos. Pone su mano de obra a disposición de distintas empresas de seguridad privadas, como Eagle Eye y otras. Es, en toda regla, un jefe de proyectos.

Keowa reflexionó. ¿África?

¿Desempeñaba algún papel el sitio



donde hubiera trabajado Gudmundsson antes? Lo que sí estaba claro era que había traicionado a un cliente de la empresa que le daba trabajo. ¿Estaría Eagle Eye detrás de todo? Eso no podía descartarse ni darse por sentado. Aquella empresa era considerada seria, y sus servicios eran reclamados por figuras prominentes del mundo de la economía y el espectáculo. Lo interesante era que Eagle Eye hubiera contratado a Gudmundsson justo por la fecha en que desapareció Ruiz. ¿Qué había hecho Gudmundsson entre el 2 y el

3 de septiembre de 2022? ¿Dónde estaba aquella noche en que Ruiz se



había esfumado? ¿En Perú, tal vez?

—¿Y esto es todo? —preguntó

Keowa—. ¿No hay nada más?

—¡Venga ya! ¡No está nada mal!

—Bueno, esto dará para unas patatas asadas —dijo ella, sonriendo—. ¡Bien, de acuerdo, de acuerdo! ¡También para dos raciones de churrasco!



El cristal de la memoria





30 de mayo de 2025



BERLÍN, ALEMANIA





En los escenarios dibujados por los exobiólogos, la vida extraterrestre era posible también allí donde uno menos se la esperaba. Criaturas singulares habitaban en chimeneas volcánicas, resistían vivir en océanos de azufre y amoníaco, germinaban bajo las corazas de ciertos satélites cubiertos de hielo o se deslizaban, con letárgica majestuosidad, por la multicolor vertical celeste de Júpiter, como gigantes alados con forma de mantas marinas, cuyos



compartimentos corporales, llenos de hidrógeno, los preservaban de ser aplastados contra el núcleo metálico de aquel gigante gaseoso.

A las seis y media de la mañana, una de esas criaturas se aproximaba a Berlín.

La luz fría e intensa del alba hizo que su piel reluciera cuando tomó la curva y empezó a descender. Su envergadura alcanzaba casi unos cien metros. El fuselaje y las alas se unían sin costuras y desembocaban en una diminuta insinuación de cabeza, la cual, comparada con el tamaño total, daba fe de una inteligencia rudimentaria. Sin



embargo, las apariencias engañaban. En realidad, allí se concentraba la eficiencia de cálculo de cuatro sistemas informáticos autónomos que mantenían en el aire aquel cuerpo imponente, bajo la supervisión del piloto y el copiloto.

Era el único vuelo de Air China que en esos momentos se dirigía a Berlín. Tenía capacidad para mil pasajeros. Sus constructores, que ya no estaban dispuestos a atornillar las alas a unos tubos, habían creado un cuerpo hueco, plano y simétrico que tenía asientos hasta en las puntas de sus alas, todo un milagro de la aerodinámica. Empotrados en la popa estaban los motores del



gigante. Su diámetro, de dimensiones exorbitantes, desarrollaba su elevada fuerza de propulsión incluso durante los pequeños giros y, al mismo tiempo, la forma de raya favorecía la fuerza ascensional y no generaba casi ninguna turbulencia, lo que reducía el consumo y disminuía el ruido de vuelo a unos soportables sesenta y tres decibelios. Los constructores habían renunciado incluso a las ventanas en favor de la aerodinámica. En su lugar, unas cámaras diminutas situadas a lo largo del fuselaje transmitían el mundo exterior a unas pantallas de 3D que simulaban las ventanillas de cristal habituales. Aquel



vuelo se convertía en un lujo de los sentidos. Los malestares se presentaban en todo caso en los asientos baratos de las puntas de las alas, que, durante el vuelo en curva, se elevaban o descendían hasta unos veinticinco metros y sufrían los tirones de cualquier turbulencia.

Sin embargo, el hombre que ahora regresaba con paso ligero a su asiento desde el servicio de masaje de a bordo disfrutaba de un alojamiento en el salón platino. Allí, las cámaras de simulación transmitían nada menos que la perspectiva de la cabina de los pilotos, un panorama fascinante con una



representación espacial perfecta. El hombre se dejó caer en el asiento y bajó los párpados. Su asiento estaba situado exactamente en la línea axial del avión, una enorme casualidad, a la vista del escaso plazo con que se había hecho la reserva. En cualquier caso, las personas que habían comprado el billete para él conocían muy bien sus preferencias. En correspondencia, habían sabido mimar la fortuna. Sabían que él habría viajado igual en una de las puntas de las alas, en la cesta de un globo, atado a la parte inferior de un zepelín o entre las garras del pájaro Roc, en lugar de darse por satisfecho con el asiento situado justo al



lado del centro. El centro era el centro, era algo que no se debatía. Cuanto más pequeña fuera la desviación del ideal, tanto menos la soportaba él, y tanto más sentía el apremio de corregir de inmediato la mácula.

Bañados por la luz del sol, vio los alrededores de Berlín, atravesados por superficies verdes, arterias de agua y relucientes lagos. Luego vio la ciudad en sí misma, una caja tipográfica con tipos de diferentes épocas. Las sombras se alargaban bajo la luz matutina. El ala volante describió una curva de ciento ochenta grados, descendió en dirección al suelo, pasando disparada por encima



de bloques de edificios, jardines y avenidas, y continuó descendiendo cada vez a mayor velocidad. Por un momento, desde su expuesta atalaya, pareció como si fueran a clavarse de frente en la pista, pero entonces el piloto levantó la nariz del avión y tocaron suelo de un modo apenas perceptible.

Igual de imperceptible fue el cambio que se produjo en el ambiente dentro del avión. El futuro, insertado durante las últimas horas en el aire y en la buena fe, cobraba una fuerza real. Surgieron conversaciones, se guardaron rápidamente revistas y libros, y el avión alcanzó la posición de parada. Unas



esclusas del tamaño de portones se abrieron, y el flujo de pasajeros empezó a repartirse por la vastedad del aeropuerto. El hombre cogió su equipaje de mano y fue uno de los primeros en salir del aparato. Desde entonces, sus datos ya estaban guardados en el sistema del aeropuerto local. Menos de veinte minutos después del despegue en Pudong, la compañía Air China había transmitido su expediente a las autoridades alemanas; además, también ahora les pasaban las grabaciones realizadas por las cámaras de a bordo. Cuando se acercó a las puertas de control, el ordenador alemán ya sabía lo



que había comido y bebido durante el vuelo, lo que había leído, las películas que había visto, con qué azafatas había flirteado o a cuál le había gruñido, cuántas veces había visitado los servicios... El sistema disponía, además, de un portafolio digital con una prueba de voz, huellas dactilares, de iris y, por supuesto, conocía la primera dirección de su estancia en Berlín, el hotel Adlon.

El hombre, primero, colocó su teléfono móvil y luego su mano derecha sobre la superficie del escáner, dijo su nombre y miró a la cámara de la esclusa automatizada mientras el ordenador leía sus coordenadas RFID, la identificació



por radiofrecuencia. El sistema comparó los parámetros, lo identificó y lo dejó pasar. Directamente detrás de la puerta automatizada se alineaban unos mostradores ocupados por personas de carne y hueso. Dos mujeres policías metieron su equipaje a través del aparato de rayos X y le hicieron preguntas sobre el propósito de su visita. Él les respondió con amabilidad pero ligeramente ausente, como si ya, en sus pensamientos, estuviera en la próxima reunión. Las agentes quisieron saber si era la primera vez que estaba en Berlín. Él dijo que sí; lo cual era cierto, ya que jamás había visitado antes la



ciudad. Sólo cuando le devolvieron su móvil, él dejó que su tono de voz se insuflara de cierta cordialidad y les deseó a las dos agentes un buen día, que ojalá no tuvieran que pasar totalmente detrás de aquella ventanilla. Al hacerlo, miró a la más joven de las dos policías a los ojos y le hizo llegar el mensaje no verbal de que no tendría nada en contra, por ejemplo, de pasar esa maravillosa y soleada mañana berlinesa con ella.

Una breve y conspirativa sonrisa le llegó aleteando, pero eso fue lo más extremo que la joven se permitió. Con dicha sonrisa le decía: «Eres, sin duda, un tipo muy bien parecido, y llevas un



traje hecho a medida; nosotras, las dos, sabemos muy bien lo que queremos, así que gracias por las flores y ahora vete al diablo.» Su voz, en cambio, le dijo:

—Bienvenido a Berlín, Zhao

Xiansheng. Que disfrute de su estancia.

Zhao continuó. Le gustaba que la gente, en aquel país, supiera emplear la forma correcta de dirigirse a las personas. Desde que el chino era asignatura obligatoria en la mayoría de las escuelas europeas, uno podía moverse por el mundo con la certeza de que la gente no confundiría el nombre de pila y los apellidos de los nombres tradicionales chinos, a los que añadiría



el apelativo correcto para «señor» o para «señora». En la salida lo esperaba un hombre pálido y calvo con ojos de San Bernardo y mofletes. Era alto y de complexión fuerte, y llevaba una chaquetilla de cuero cerrada hasta el cuello.

—Failté, Kenny —dijo el hombre en voz baja.

—Mickey. —Xin lo saludó con un sonoro golpe en el hombro, sin disminuir un ápice su paso—. ¿Cómo les va a los demás miembros del IRA?

—Han muerto un par de ellos. —El calvo le siguió el paso—. Apenas tengo contacto. ¿Bajo qué nombre has venido?



—Zhao Bide. ¿Está todo organizado?

—Todo en el bote. Por cierto, en Dublín hubo un gran retraso. Llegué aquí después de medianoche, un vuelo de mierda, pero en fin, da igual.

—¿Y las armas?

—Están listas.

—¿Dónde?

—En el coche. ¿Quieres ir primero al hotel o vamos directamente al Muntu? Aunque todavía está oscuro. Y el piso, situado encima, también. Deben de estar durmiendo aún.

Xin reflexionó. Una semana antes, cuando su gente había descubierto la



nueva identidad de Vogelaar, Mickey Reardon había estado una vez en el Muntu y había inspeccionado el local y sus posibles accesos. En el norte de Irlanda, su especialidad eran las instalaciones de alarma. Desde la caída del IRA, él, como muchos de sus antiguos miembros, trabajaban en el mercado libre y aceptaban también de vez en cuando encargos de servicios secretos extranjeros como el Zhong Chan Er Bu. Habitualmente, Xin preferí colaborar con socios más jóvenes, pero Mickey, aunque ya cercano a los sesenta, mantenía una buena forma física, sabía manejar armas y reconocía



cualquier sistema electrónico de alarma con los ojos vendados. Xin había colaborado varias veces con él y, finalmente, lo había propuesto a Hydra. Desde entonces el irlandés formaba parte del equipo de Kenny. Puede que no fuera un genio intelectual, pero, en cambio, no hacía preguntas innecesarias.

—Vayamos rápidamente al hotel — decidió Xin—. Luego acabaremos con esto. —El chino parpadeó bajo la luz del sol y se apartó el largo mechón de pelo de la frente—. Berlín debe de ser muy bonito. No obstante, a más tardar esta noche quiero haberme largado de aquí.



Jan Kees Vogelaar, sin embargo, no dormía.

No había pegado ojo en toda la noche, lo que podía atribuirse sin duda al dolor de cabeza que le había causado el golpe propinado por Yoyo con la pata de antílope. Había coincidido con Nyela en que lo mejor era establecerse primero en Francia, donde tenía contactos con jubilados de la Legión Extranjera. Mientras Nyela empezaba a hacer las maletas, él fue fabricando sus nuevas identidades. Lucy Nadine Bombard, descendientes de colonialistas franceses de Camerún, llegarían a París hacia el atardecer.



A las siete y media, Vogelaar llamó a Leto, un amigo medio gabonés que se había mudado a Berlín hacía unos años para estar al lado de su padre blanco en su batalla contra el cáncer. Con él se había encontrado Nyela un día antes en Unter den Linden. Leto había pertenecido a Mamba antes de que la empresa fuera absorbida por la recién fundada African Protection Services, también los había ayudado a inaugurar el Muntu. Era su único hombre de confianza en suelo alemán, si bien no conocía las circunstancias exactas por las que Vogelaar había tenido que huir de Guinea Ecuatorial. Para Leto, la



eliminación de Mayé era, en esencia, obra de Ndongo, financiada por algunas potencias extranjeras. Vogelaar había evitado corregir su punto de vista.

—Tendremos que desaparecer —le dijo escuetamente.

Leto, al que por lo visto había sacado de la cama, se olvidó hasta de bostezar a causa de la sorpresa.

—¿A qué te refieres con

«desaparecer»?

—A cambiar de país. Han hallado nuestro rastro.

—¡Mierda!

—Eso, una mierda. Y ahora escúchame. ¿Puedes hacerme un favor?



—Por supuesto.

—Dentro de dos horas, cuando abran los bancos, voy a vaciar nuestras cuentas y tendré que conseguir un par de cosas. Mientras tanto, Nyela bajará al Muntu y recogerá lo que podamos llevarnos de allí. Estaría bien que le hicieras compañía mientras tanto, sólo por si acaso, hasta que yo esté de vuelta.

—Claro.

—Lo mejor será que la recojas arriba, en el piso.

—Lo haré. ¿Cuándo pensáis partir?

—Inmediatamente después del mediodía.

Leto guardó silencio por un instante.



—No lo entiendo —dijo—. ¿Por qué no te dejan en paz de una vez? Ndongo ya tiene nuevamente el mando desde hace un año. Tú no representas ningún peligro para él.

—Probablemente no haya conseguido superar todavía que yo lo sacara del poder entonces —mintió Vogelaar.

—Eso es ridículo —resopló Leto—. Fue Mayé. A ti sólo te pagaban, no fue nada personal.

—Me basta con que esos tipos hayan aparecido por aquí. ¿Vendrás para acompañar a Nyela hacia las ocho y media?



—Claro, ningún problema.

Una hora y media después, Vogelaar se sumergía en el tráfico matutino. Las fases de los semáforos le parecieron de una lentitud hostil. Cruzó Französische Straße y consiguió llegar hasta Taubenstraße, logró meter su Nissan en la diminuta plaza de aparcamiento y entró en el vestíbulo de su banco. La catedral del capital estaba a tope de gente. Delante de las zonas con los ordenadores y de las ventanillas donde estaban los gestores reinaba el tumulto, como si medio Berlín estuviera planeando largarse junto con él y Nyela. Vio a su gestor enfrente de una anciana



de cara sonrosada que daba énfasis a sus disquisiciones con unos golpes de su mano abierta sobre el mostrador de la ventanilla, le hizo una seña de que aguardaría al lado, y fue al trote hasta la sala de espera contigua, se dejó caer en uno de los elegantes sillones de cuero y se enfadó consigo mismo.

Había perdido tiempo. ¿Por qué no había sacado el dinero el día anterior por la tarde?

Entonces recordó que en el momento en que Jericho y su amiga china se hubieran marchado, los bancos, probablemente, ya habrían cerrado. Ello, sin embargo, no apaciguó su



enfado. En el fondo, era algo prehistórico tener que estar allí de pie, esperando. Las operaciones bancarias eran cosa de ordenadores, sólo para llevarse consigo a casa la cuenta en efectivo era necesaria su presencia física. Malhumorado, pidió un capuchino. La esperanza de que su asesor bancario lo llamase en los próximos minutos para pedirle que regresara al salón principal del banco parecía amenazada por la verbosidad incontrolable de aquella mujer de cara roja. Además, las otras ventanillas también estaban rodeadas de colas, sobre todo personas mayores y ancianos.



La senilización de Berlín parecía estar en pleno apogeo, e incluso en los bulevares más lujosos predominaban las aguas salobres de la preocupación por una vejez a medias asegurada.

Para su sorpresa, su teléfono móvil sonó apenas su labio superior se sumergió en la blanca espuma del café. Balanceando la taza, a fin de llevársela consigo a la sala contigua, se puso de pie, echó una ojeada a la pantalla y comprobó que la llamada no provenía del banco. Era el número de Nelé. Vogelaar se sentó de nuevo, pulsó la tecla «Aceptar» y se comunicó con la esperanza de ver el rostro de su mujer.



En su lugar, apareció Leto, que lo miraba fijamente.

De inmediato comprendió que algo andaba mal. Leto parecía curiosamente consternado. Pero, al mismo tiempo, no. Era más bien como si se hubiese resignado a aquella circunstancia, la de su consternación, y decidido mantener esa expresión facial hasta el final de sus días. Entonces Vogelaar comprendió que ese final ya había llegado hacía rato.

Leto estaba muerto.

—¿Nyela? ¿Qué sucede? ¿Qué ha pasado?

Fuera quien fuese la persona que sostenía el móvil de Nelé, ésta dio un



paso atrás y dejó ver el torso de Leto. El gabonés estaba apoyado contra la barra, en posición torcida. Un rastro de sangre corría delgado por su cuello, casi con timidez.

—No temas, Jan. Lo liquidamos sin hacer ruido. Para que no tengas problemas con tus vecinos.

El que hablaba hizo girar el móvil hacia sí.

—Kenny —susurró Vogelaar.

—¿Te alegras de verme? —Xin le sonrió—. En fin, yo te echaba de menos. Durante todo un año me he devanado los sesos preguntándome cómo conseguiste escapar de mí.



—¿Dónde está Nyela? —se oyó preguntar Vogelaar con una voz que parecía desaparecer en el hueco de un ascensor.

—Espera, te la pasaré. O, mejor dicho, te la mostraré.

Una vez más varió la perspectiva y la cámara abarcó la zona del restaurante. Nyela estaba sentada en una silla, como una escultura de miedo. El brazo de un hombre pálido y calvo se tensaba sobre su torso y la comprimía contra el respaldo de la silla. En la otra mano, el hombre sostenía un bisturí. La punta flotaba inmóvil en el aire, a menos de un centímetro del ojo izquierdo



exageradamente abierto de Nelé.

—Esto es lo que hay —dijo la voz de Xin.

Vogelaar se oyó soltar un sonido parecido a un estertor. No podía recordar haber emitido un sonido como ése en toda su vida.

—No le hagas nada —dijo entre jadeos—. Déjala en paz.

—Yo no exageraría la situación — dijo Xin—. Mickey es muy profesional, tiene una mano precisa. Sólo se pone nervioso cuando me pongo nervioso yo.

—¿Qué debo hacer? Dime lo que tengo que hacer.

—Tomarme en serio.



—Te tomo en serio.

—Yo no digo que no lo hagas. —El tono de Xin cambió sin previo aviso, cobró un matiz oscuro, como el de una serpiente—. Por otro lado, sé de lo que eres capaz, Jan. No puedes hacer otra cosa. En este momento, miles de planes se suceden en tu cabeza sobre cómo hacerme una jugarreta. Pero yo no quiero que me la juegues. No quiero siquiera que lo intentes.

—No lo intentaré.

—Eso me asombraría.

—Tienes mi palabra.

—No. La única manera de que no lo intentes es que comprendas la



importancia elemental que tiene salvar la vista de tu mujer.

La cámara hizo un zum y se acercó. El rostro de Nelé, desfigurado por el miedo, llenó la pantalla.

—Jan —lloriqueó Nyela.

—Kenny, escucha —dijo Vogelaar en un susurro—. ¡Te he dicho que tienes mi palabra! Deja eso ya, yo... —Con un solo ojo se puede ver de maravilla.

—Kenny...

—Cuando hayas comprendido lo importante que es salvar la visión que le queda, entonces...

—¡Kenny, no! —Vogelaar se levantó de un salto.



—Lo siento, Jan. Me estoy poniendo nervioso.

El alarido de Nelé cuando el escalpelo la cortó retumbó en el altavoz del móvil. Por su parte, el grito de Vogelaar hizo que el aire se coagulara.



GRAND HYATT







Jericho parpadeó.

Algo lo había despertado. Se volvió de costado y echó una ojeada a la hora.

¡Eran casi las diez! No pretendía dormir tanto. Entonces saltó de la cama, oyó sonar el teléfono de la habitación y respondió.

—Tengo tu dinero —dijo Tu—. Cien mil euros, tal y como desea el señor mercenario, en billetes no muy pequeños, para que puedas pasar por la puerta del museo.

—Bien —asintió Jericho.



—¿Bajas a desayunar?

—Sí, creo que sí.

—Pues hazlo pronto. Yoyo no para de comer huevos revueltos. Pediré que te calienten un poco antes de que ella se lo coma todo.

«Yoyo.»

Jericho colgó, fue al cuarto de baño y observó a aquel hombre rubio, con barba de dos días, que perseguía el crimen a través de todos los medios posibles, excepto con el peine y la máquina de afeitar, y que tenía la indecencia de decir claramente «no», aun cuando, en realidad, querría decir

«sí». Algo se le había quedado de la



noche anterior, una vaga sensación de haberlo estropeado todo, fuera lo que fuese. Una Yoyo completamente borracha y tanto más comunicativa, que tal vez había ido a parar a su habitación por descuido, una Yoyo que tenía ganas de hablar, una idea que el jovencito con acné detestaba, si bien, acaso, el hecho de hablar no era más que un pretexto ceremonial con un resultado incierto. Era una sensación física y maleable. Podría haber sucedido cualquier cosa, pero él lo hizo fracasar con su atormentada autocomplacencia, por lo que siguió mirando obstinadamente hasta el final la película Kill Bill, un filme tan



malo como el que él se merecía en ese momento. Sobre el lecho de clavos de su incapacidad para hacerse adulto, había tenido un sueño parecido a un desmayo, un sueño poco reparador, lleno de imágenes de estaciones ferroviarias y trenes que iba perdiendo uno tras otro, condenado a vagar eternamente por una oscura tierra de nadie berlinesa, en cuyos espacios habitables, parecidos a cuevas, acechaban insectos de patas crepitantes. Desde todos los portales, desde cada paso a nivel, desde cada garita, lo saludaban las antenas de aquellos insectos, se retiraban unas extremidades blindadas, en un burdo



juego del escondite.

Trenes..., qué penosamente simbólico. ¿Cómo se podía soñar de un modo tan burdo? Jericho miró al rubio a los ojos y se imaginó apartándose de él, saliendo del cuarto de baño y dejándolo allí, en el espejo, harto ya de sus insuficiencias, las insuficiencias del adolescente picado de acné.

Tenía que librarse de ese chico. De algún modo tenía que hacerlo. Aquello ya pasaba de castaño oscuro.



VOGELAAR







Con fuerza casi atómica, su grito se extendió por toda la sala de espera, haciendo trizas toda conversación, todo pensamiento. Un jazz adormilado chapoteó en el agujero dejado por la charla interrumpida. Sobre la baja mesa de cristal situada frente a él, una moderna pintura de café con leche destacaba en torno a un centro de añicos de porcelana.

Se quedó mirando la pantalla.

—¿Me has entendido? —preguntó

Kenny Xin.



Sus rodillas se aflojaron. Con los ahogados sollozos de Nelé en el oído, Vogelaar se desplomó de nuevo en el sillón de cuero. Nada había sucedido. El bisturí no se había clavado en el globo ocular de su mujer, no había cortado la pupila ni el iris. Se había limitado a dar una sacudida y luego había vuelto a quedarse quieto.

—Sí —susurró Vogelaar—. Te he entendido.

—Bien. Si te atienes a las reglas del juego, a ella no le pasará nada. En lo que a ti respecta...

—Eso está claro —dijo Vogelaar, y tosió—. ¿Por qué tantos aspavientos,



Kenny?

—¿Qué aspavientos?

—Podrías haberme matado hace rato, cuando salí de casa, durante el trayecto hasta aquí, en el propio banco...

La imagen se borró; a continuación pudo verse de nuevo a Xin.

—Muy sencillo —dijo él, como quien dilata una charla—. Porque tú nunca has trabajado sin red y sobre un doble fondo. Crees en una vida después de la muerte, en la que los fiscales abren un cajón para pasarle cierto contenido a la prensa, todo autorizado por tu violento deceso.

—¿Necesita ayuda?



Vogelaar alzó la cabeza. Era uno de los empleados del banco. Expresión asustada, con cierto matiz de enfado: en un banco no se alzaba la voz. En todo caso, uno se hacía una idea sobre la manera de suicidarse dignamente. Vogelaar negó con la cabeza.

—No, yo... sólo he recibido una mala noticia.

—Si podemos hacer algo por usted...

—Es de carácter privado.

El alivio hizo al hombre sonreír. No se trataba de dinero. Alguien había muerto, o tenido un accidente.

—Como le digo, si podemos...

—Gracias.



El empleado se alejó. Vogelaar lo siguió con la mirada, se puso de pie y abandonó rápidamente la sala.

—Sigue hablando —dijo por el móvil.

—Tu concepto de prevención se basa en la idea de que quien quiere hacerte daño te amenazará directamente

—continuó Xin—, de modo que puedas decir: «Aparta los dedos de ahí.» En caso de que mañana yo no aparezca para tomar el té, en plena posesión de mis extremidades, una bomba explotará en alguna parte. Es la estrategia del individualista, cosa que tú has sido la mayor parte de tu vida. Sin embargo, ya



no estás solo. De modo que tal vez quieras pensar de nuevo algunas cosas.

—Ya lo he hecho.

—No, no lo has hecho. La mecha de la bomba sigue igualita, y está acoplada a tu bienestar personal.

—Al mío y al de mi mujer.

—No del todo. Has cambiado tu postura, pero no tus métodos. Antes habrías dicho: «Kenny, métete de nuevo en el avión, no tienes ningún poder», o

«Por mí, puedes matarme ahora mismo y ser testigo de lo que va a pasar». Hoy el texto es: «Deja a Nyela en paz, o te mando al infierno.»

—¡Eso puedes apostarlo!



—De modo que podrías revelarlo todo en cualquier momento. —Xin hizo una pausa—. Pero ¿qué haríamos entonces con tu pobre e inocente mujer? O, hagamos la pregunta de otro modo:

¿cuánto tiempo se lo estaríamos haciendo?

Vogelaar había atravesado el vestíbulo del banco y salió a la congestionada Friedrichstraße.

—Ya basta, Kenny. Te he entendido.

—¿En serio? Cuando Vogelaar sólo amaba a Vogelaar, la gente como yo lo tenía más difícil. Entonces habrías dicho: «Puedes matar tranquilamente a la mujer, tortúrala hasta que muera, ya



verás lo que sacas de ello.» Habríamos jugado al póquer y, al final, habrías ganado tú.

—Te lo advierto. Si le tocas a Nyela aunque sea un pelo, yo...

—¿Morirías por ella?

—Dime de una vez qué es lo que quieres.

—Quiero una respuesta.

La mente de Vogelaar se elevó en un vuelo panorámico por encima de los distintos escenarios de su vida. Vio a un insecto que atacaba, mordía, pinchaba, se hacía el muerto o desaparecía rápidamente por entre una grieta. Un autómata andante cuyo blindaje se



erosionaba desde hacía algunos años por los choques con la empatía; cuyos instintos habían sido reblandecidos por la certeza de que tenía sentido seguir viviendo y, por tanto, también lo tenía que unos murieran para que otros pudieran vivir. Xin tenía razón: su concepto estaba obsoleto. El insecto ya estaba harto de arrastrarse solo dentro de las grietas; sin embargo, en ese preciso instante, el futuro no parecía otra cosa sino una enorme grieta.

—Sí —dijo—. Moriría por Nyela.

—¿Para qué?

—Para salvarla.

—No, Jan. Morirías porque el



altruismo es la disciplina reina del egoísmo y tú eres una persona profundamente egoísta. No hay actitud más autocomplaciente que el martirio, y el martirio ha sido siempre tu mayor fuerza impulsora.

—No me vengas con discursitos, Kenny.

—Deberías saber que con tu muerte no salvas a nadie, si en este momento mueves las fichas de la manera equivocada. Nyela quedaría atrás. Sus tormentos serían infinitos. No habrías conseguido nada.

—Eso lo he comprendido.

—Entonces, ¿cuál es tu doble fondo



esta vez?

—Un dossier.

—¿Aquello con lo que Mayé pretendía chantajearnos?

—Sí.

—¿Dónde lo tienes?

—En Crystal Brain, en un cristal de memoria.

—¿Y quién sabe de ello?

—Sólo mi abogado y mi mujer.

—¿Nyela conoce el contenido de ese dossier?

—Sí.

—¿Y tu abogado?

—Ni una letra. Él sólo tiene instrucciones de que, en caso de que yo



muera de forma violenta, debe sacar el cristal y guardar el contenido en algún servidor.

—¿Y por qué no le has informado acerca del contenido?

—Porque a él no le incumbe —dijo Vogelaar con ira creciente—. El dossier sólo sirve para proteger mi vida y la de Nelé.

—Eso quiere decir que, en cuanto yo entre en posesión de ese cristal... Bien, tráelo. ¿Cuánto necesitarás para ello?

—Una hora como máximo.

—¿Debemos esperar a alguien más en este tiempo? ¿La señora de la limpieza, los ayudantes de cocina, el



cartero...?

—A nadie.

—Entonces, adelante, viejo amigo. Y no pierdas tiempo.

Vogelaar no era un hombre con motivaciones ecológicas. Conducía un Nissan movido por energía solar, no porque fuera él quien pensara en el medio ambiente, sino Nyela. Comprendía que cuanto mayor fuera el número de vehículos pequeños, más se descongestionarían los cascos urbanos, pero sus genes le pedían, por instinto, un todoterreno. Ahora, sin embargo, que avanzaba tormentosamente por el distrito gubernamental, maldecía en voz



alta a todo vehículo que fuera más grande que el suyo, y sentía una profunda ira contra la ignorancia de los conductores locales.

En realidad, Alemania era el país con la tecnología de automoción más innovadora que hubiera estado dormitando alguna vez en algún cajón. Apenas existía ningún otro mercado más apegado al motor de gasolina y a la velocidad que el alemán. Mientras que la proporción de coches híbridos en Asia y Estados Unidos había dado paso hacía tiempo a concepciones más avanzadas, en Alemania éstos ni siquiera habían llegado a gozar de su



época de auge. En ningún otro sitio la tecnología del hidrógeno, las pilas de combustible y la electricidad vivían una existencia de zombi tan lamentable. En ningún otro país del mundo a los hombres les parecía tan importante conducir un coche grande y exclusivo y, sobre todo, conducirlo ellos mismos, a pesar de las nuevas y sofisticadas concepciones relacionadas con el pilotaje automático. Era como si la autoestima teutona, en su búsqueda de sí misma, acabara siempre, con inquietante regularidad, detrás de un volante. Sólo el futuro, en su conjunto, era menos popular en ese país que los coches



pequeños.

Con la respectiva lentitud, el Nissan avanzaba por las calles de Berlín. Vogelaar soltaba improperios y golpeaba con la mano abierta sobre el volante. Cuando, rojo de ira, entró por fin en el parking de Crystal Brain, estaba bañado en sudor. Saltó de la cabina del conductor y se apresuró con largos pasos en dirección a la entrada principal.

Einstein lo miró con relativa brevedad.

El edificio había sido construido en el año 2020 en las inmediaciones de la sede del distrito gubernamental de



Berlín, pero parecía recién aterrizado allí. Era un ovni de cristal de forma cúbica, con infinidad de facetas y superficies perfectas en las que, como los pensamientos, se iluminaban sucesivamente los caracteres del nombre: «Crystal Brain.» Según fuera el ángulo por el que uno se acercaba a la fachada, podían verse ciertos universos fantasmales, con ráptores que se perseguían por sabanas jurásicas, con cazadores de la Edad de Piedra que arrojaban lanzas a un mamut, se les hacía la corte a reyes asirios, podían verse lanceros griegos, césares romanos, jinetes de la caballería de



Napoleón y las princesas egipcias; también podían verse pirámides y catedrales góticas, la Kon-Tiki y el Titanio, satélites, estaciones espaciales, bases lunares o el rostro severo de Abraham Lincoln, a Goethe con su alado sombrero, a Bismarck con su casco prusiano, a Niels Bohr, Werner Heisenberg, Konrad Adenauer, Marilyn Monroe, John Lennon, al Mahatma Gandhi, Neil Armstrong, Nelson Mandela, Helmut Kohl, Bill Gates, a Dalái Lama, a Thomas Reiter, a Julia Orley; o también representaciones geocéntricas, heliocéntricas y modernas del cosmos, mundos cuánticos de Planck



en una abstracción perfecta, moléculas, átomos, los quarks y supercuerdas que parecían salidas de un juego de piezas para construir, la invención de la rueda, la imprenta, la salchicha al curry... Todo ello, y mucho más, reposaba holográficamente sobre aquellas imponentes paredes, se manifestaba, respiraba, palpitaba, hacía girar las cabezas, hacía guiños, sonreía, estrechaba manos, andaba, volaba, viajaba, nadaba o desaparecía según cambiara la posición del espectador. La fachada, por sí sola, era una obra maestra, una maravilla de los tiempos modernos; sin embargo, sólo



representaba una fracción de lo que se ocultaba en el interior.

Cuando Vogelaar entró en Crystal Brain, lo esperaba el mayor tesoro científico reunido en un espacio reducido.

El sudafricano cruzó la reluciente catedral del vestíbulo. A ambos lados flotaban de arriba abajo los ascensores, que aparentemente no tenían anclaje alguno, en lo que era un refinado truco óptico. Eran una copia fractal de la construcción y, como todo en Crystal Brain, seguían el principio de la autosemejanza. El componente más pequeño, el cristal de memoria, se



asemejaba al más grande, la propia obra constructiva. Era un cristal dentro de un cristal dentro de otro cristal.

Era la memoria del mundo.

Lo que la gente tenía que decir acerca de ese mundo abarcaba un único libro o tantos que habría sido necesario un planeta adicional lleno de bibliotecas de Alejandría, y ni siquiera éste habría bastado para alojarlos a todos. La Biblia, el Corán o la Torá no conocían la evolución, ni el fieltro de las causalidades, ni el gato de Schrödinger, ni la relación de indeterminación, ni la desviación de los estándares; no conocían tampoco las ecuaciones no



lineales ni los agujeros negros, los multiversos, el espacio extradimensional ni la inversión de la flecha del tiempo. Eran sólidos vehículos de fe sobre la senda de una sola dirección de la verdad absoluta, desmedidos en sus pretensiones pero autosatisfechos en su consumo masivo.

Más allá de ellos, el planeta reventaba a causa del exceso de información.

Sólo había que ver la historiografía: los millones y millones de intentos por ir pegando en su trayectoria partículas de tiempo altamente volátiles, cuyos impulsos y posiciones eran apenas



determinables, lo mismo si se referían al color del pelo de Carlomagno o a la cuestión sobre si había vivido en realidad alguna vez. O ver las tantas variedades de la física, de la filosofía y de la futurología. Había que ver tan sólo todos los artículos escritos hasta la fecha, los ensayos, relatos, novelas, poemas y textos de canciones, toda la poesía de Bob Dylan, además de todos los elaborados surgidos a partir de ella. O el volumen de instrucciones de uso para el montaje de parrillas inoxidables, los datos meteorológicos desde los comienzos de los registros del clima, los discursos completos del Dalái Lama, la



totalidad de menús chinos entre el cabo de Hornos y el Bósforo, los globos de diálogo en los cómics de Tío Gilito dedicados al incremento del capital, y los de rabia y desesperación salidas del pico de su desdichado sobrino, la existencia global de todos los prospectos de pomadas antihemorroidales y antidepresivos.

Definitivamente, teníamos un problema de espacio.

Y definitivamente, el libro no prometía la solución.

Sin embargo, también el CD-ROM el DVD y los discos duros habían tropezado con ciertos límites de



almacenamiento y no podían seguir el ritmo del incremento exponencial de la información. Vivían bajo la amenaza del olvido digital. Partiendo de la durabilidad de la piedra tallada, la cristiandad podía gozar de la esperanza de que los Diez Mandamientos aún existieran en alguna parte. Los libros duraban por lo menos doscientos años, siempre y cuando no se imprimieran con tinta exenta de hierro en papel de baja acidez, lo que triplicaba su tiempo de vida. La película de celuloide aguantaba hasta cuatrocientos años, los CD y los DVD, posiblemente, unos cien años mientras que los disquetes tenían una



vida de diez años. Con ello, el disco antiguo, por lo menos teóricamente, era superior a la memoria USB, que al cabo de tres años ya empezaba a dar muestras de desmemoria, sólo que, para entonces, ya había disqueteras. La idea de una memoria universal de utilidad duradera y que ahorrara espacio tenía tres enemigos en su camino: la insuficiente capacidad de memoria, el rápido deterioro y la vertiginosa transformación del hardware.

La holografía había venido a solucionar todos esos problemas de golpe.

Allí, en ocho pisos, se repartían



bases de datos de cristal y podios de láseres, unos espaciosos salones invitaban a hacer excursiones por la historia, en un El Dorado para cualquier extraterrestre que, un lejano día, tras apartar a un lado una exuberante vegetación, se tropezara con aquellos artefactos humanos. Vogelaar, mientras tanto, ciego con respecto al deslumbrante esplendor del entorno, se dirigió a uno de los ascensores y se hizo llevar hasta el segundo nivel del sótano, donde, por el pago de una cuota, se podía alquilar capacidad de almacenamiento para conservar datos privados. Hizo los trámites de



autorización —escáner de ojos, huellas de la palma de la mano, en fin, lo habitual— y, a continuación, se lo dejó pasar a un atrio iluminado con una luz difusa.

—Número 17-44-27-15—dijo.

El sistema le preguntó si deseaba más capacidad láser. Vogelaar dijo que no y anunció su deseo de llevarse de inmediato todos sus datos.

—Pasillo 17, sección B-2 —dijo el sistema—. ¿Sabe cómo llegar o quiere que le describamos el camino?

—Sé cómo llegar.

—Por favor, retire el cristal dentro de los próximos cinco minutos.



Al final del atrio se abrió una esclusa de cristal. Detrás se alineaban los pasillos a ambos lados, las paredes eran lisas y no se veían sus contornos. A lo largo del suelo se extendían unas líneas con los números de los pasillos y de las secciones. Vogelaar enfiló el corredor indicado, se detuvo al cabo de unos pocos pasos y volvió la cabeza hacia la izquierda. Sólo cuando se miraban detenidamente se distinguía que aquellas líneas delgadísimas como cabellos segmentaban la pared reflectora en diminutos cuadrados.

—17-44-27-15 está listo —anunció el sistema.



Desde el espejo le llegó un tenue chasquido mecánico. Luego brotó hacia adelante un palillo delgado y cuadrado. Algo transparente del tamaño de medio terrón de azúcar reposaba en él. Era uno de los millones de cristales que conformaban en su conjunto el Crystal Brain, soportes de almacenaje óptico altamente eficaces, con procesamiento y cifrado de datos integrado, que funcionaban perfectamente sin partes y eran casi indestructibles. Los cristales de memoria poseían capacidades de almacenamiento de hasta cinco terabytes con intervalos de varios gigabytes por segundo. La velocidad de acceso era



muy inferior a un milisegundo. El almacenaje se hacía por medio del láser, que guardaba el patrón de datos electrónicos en el cristal en forma de páginas. Una sola de esas páginas grabadas por láser ofrecía espacio para millones de bits, y miles de páginas cabían en un solo cristal. El dossier de Vogelaar sólo ocupaba una ínfima fracción de todo ello.

—Por favor, saque su cristal. Vogelaar contempló la minúscula

estructura y se sintió desfallecer. De repente se vio presa de una profunda desesperación. Se dejó caer a lo largo de la pared que tenía a sus espaldas,



incapaz de coger aquel cubito de cristal.

¿Cómo podía fracasar todo de un modo tan espantoso?

Todo había sido en vano.

No, eso no era cierto. Aún había una oportunidad.

Vogelaar sopesó hasta qué punto podía confiar en Xin. En efecto, por increíble que sonara, a aquel asesino a sueldo podía mostrársele cierto grado de confianza, por lo menos dentro de las coordenadas de locura y autocontrol que él mismo establecía. A Vogelaar no le cabía ninguna duda de que la relación maníaca de Xin con los números y con la simetría, su constante búsqueda de



ciertos oasis del orden, su peculiar código de comportamiento servían, a fin de cuentas, para mantener en jaque a su demencia. Una locura de la que Xin era plenamente consciente. En un principio parecía una persona elocuente, sociable y culta. Pero Vogelaar sospechaba lo difícil que a Xin le resultaba sostener una conversación normal, y sabía, además, con cuánto empeño lo intentaba. Puede que un último resto de humanidad hubiera sobrevivido en él, una añoranza inconfesada de no ser quien era. Algo que le impidiera derribar a tiros a aquellos que se interpusieran en su camino, de incendiar el mundo, de ser el



rayo que lo destruía todo. En caso de que le entregara el cristal a Xin, tendría que cerrar un negocio con él, acerca de Nelé y de su propia supervivencia, aunque tal vez sólo pudiera obtener la supervivencia de su mujer. De un modo u otro, quedaba la pregunta sobre si debía entregarlo o no todo al asesino, ese dossier, por ejemplo...

Y la copia del mismo.

—Por favor, saque su cristal en los próximos sesenta segundos.

Con una sacudida de los omóplatos, Vogelaar se apartó de la pared, cogió el cubito de cristal entre el índice y el pulgar, lo puso a contraluz —unas



diminutas fracturas eran visibles en el interior, historia miniaturizada— y lo guardó. Con la misma rapidez con la que había entrado, abandonó el sótano, subió en el ascensor, aceleró el paso mientras se dirigía al aparcamiento y arrancó el Nissan. Como por obra de un milagro, el tráfico había disminuido, de modo que pudo aparcar delante del restaurante antes de que expirase el plazo de tiempo acordado. Esta vez no se permitió ni un solo minuto de vacilación, bajó del coche y entró con las manos en alto, con las palmas hacia afuera, por la puerta de entrada. A través del cristal de la ventana vio al hombre calvo con un



arma con silenciador en la mano derecha. Lentamente, abrió las puertas y miró hacia el oscuro interior. De detrás de la barra sobresalían los pies de Leto.

—¿Dónde está Nyela?

—Se ha ido con Kenny —dijo el calvo en un irlandés poco claro. El hombre hizo un movimiento con el arma señalando la puerta de vaivén.

Vogelaar ni siquiera se dignó mirarlo, atravesó el comedor y entró en la cocina. El asesino lo siguió.

—¡Jan!

Nyela quiso ir junto a él, pero Xin la retuvo por el hombro.

—Suéltala —dijo Vogelaar.



—Podréis saludaros más tarde. ¿Qué ha ocurrido, Jan? Parece que haya pasado una manada de elefantes por tu cocina.

—Lo sé. —Vogelaar observó, con gesto inexpresivo, el caos que había creado su lucha con Jericho—. ¿Te gustaría recogerla, Kenny, limpiarla? Bajo el fregadero encontrarás todo lo que necesites: limpiacristales, abrillantador de metales. Sé que no puedes soportar el desorden.

—En mi mundo. Éste es tu mundo.

¿Dónde está el cristal?

Vogelaar metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y puso el cristal



de memoria sobre la superficie libre de la mesa de trabajo. Xin lo cogió y lo hizo girar entre las yemas de los dedos.

—¿Estás seguro de que es el correcto?

—Absolutamente seguro.

—Quiero ir con mi marido —dijo Nyela en voz baja pero con firmeza. Sus ojos estaban llorosos, aunque parecía mantener su absoluta presencia de ánimo.

—Por supuesto —murmuró Xin—. Ve con él.

Su mirada quedó mágicamente atraída por el cristal. Vogelaar sabía por qué. Los cristales estaban entre las



estructuras que Xin adoraba. Su construcción y su pureza lo fascinaban.

—Ya tienes lo que querías —dijo—. He cumplido mi promesa.

Xin levantó la vista.

—Y yo no he hecho ninguna.

—¿Entonces?

—Yo sólo hablé de posibilidades. Es demasiado arriesgado dejaros con vida.

—Eso no es cierto.

—¡Jan, por favor!

—Prometiste perdonarle la vida a

Nyela.

—O nos perdona a ambos o a ninguno —dijo la mujer, acurrucándose



contra el pecho de Vogelaar—. Si te mata, ya puede dispararme a mí también.

—No, Nyela. —Vogelaar negó con la cabeza—. No permitiré...

—¿Crees en serio que seré testigo de cómo este bastardo te dispara? — dijo ella entre dientes, llena de odio—.

¿Este monstruo que ha estado entrando y saliendo de nuestras vidas durante años, que se hacía servir sus tragos y se acomodaba a sus anchas en nuestra terraza? ¡Eh! ¿Quieres un trago, Kenny?

¡Te prepararé uno que hará que eches chispas por los ojos!

—Nyela...

—No le harás nada a mi marido,



¿me oyes? —gritó Nyela—. Nada. De lo contrario, te perseguiré hasta la tumba, bestia miserable...

El rostro de Xin se cubrió de resignación. Se volvió y sacudió la cabeza con gesto cansado.

—¿Por qué nadie me escucha nunca?

—¿Cómo?

—Es como si yo lo hubiera pintado todo de color de rosa. Como si las reglas no hubieran sido fijadas desde el principio.

—¡Nosotros no estamos aquí para seguir tus malditas reglas!

—No son malditas —suspiró Xin—. Son, sencillamente..., reglas. Es un



juego. Y vosotros habéis jugado. Pero lo habéis hecho mal, y habéis perdido. Uno tiene que saber retirarse a tiempo.

Vogelaar lo observó.

—Mantendrás tu palabra —dijo el sudafricano en voz baja.

—Te lo digo una vez más, Jan, yo no hice ninguna...

—Me refiero a la promesa que harás en este momento.

—¿La promesa que haré en este momento?

—Sí. Se trata de algo que tú quieres, Kenny. Algo que yo puedo darte.

—¿De qué hablas?

—De Owen Jericho.



Xin se volvió de repente.

—¿Sabes dónde está Jericho?

—Su vida a cambio de la de Nyela

—dijo Vogelaar—. Y ahórrate todo gesto de amenaza. Si morimos, no habrá sino silencio. A menos que...

—¿A menos que qué?

—Que prometas perdonarle la vida a Nyela. A cambio, te entregaré a Jericho en bandeja de plata.

—¡No, Jan! —Nyela lo miró con gesto suplicante—. Sin ti no quiero...

—No tendrás por qué —dijo Vogelaar serenamente—. La segunda promesa atañe a mi persona.

—¿Tu vida a cambio de la de quién?



—preguntó Xin, atento. —La de una chica llamada Yoyo.

Xin lo miró. Entonces empezó a reír. Lo hizo bajito, en un tono casi apagado, que luego fue in crescendo. Xin se cubrió la cara con las manos, echó la cabeza hacia atrás, golpeó con el puño cerrado la nevera y empezó a temblar bajo una epilepsia de euforia.

—¡Increíble! —exclamó, jadeante

—. Inconcebible.

—¿Va todo bien, Kenny? —El calvo frunció el ceño, confundido—. ¿Estás bien?

—¿Bien? —soltó Xin—. ¡Esa chica y ese detective se merecen ambos una



condecoración! ¡Menudo mérito tienen! A partir de un par de fragmentos de texto... ¡Es increíble, sencillamente increíble! Te han encontrado, Jan, ellos te... —Xin se atascó; sus ojos se ampliaron como resultado de un arrobamiento aún mayor—. ¿Ellos te alertaron?

—Sí, Kenny —dijo Vogelaar tranquilamente—. Ellos me alertaron.

—Y tú los traicionas. Vogelaar guardó silencio.

—Tú intentas apelar a mi moral, me reprochas que yo, supuestamente, haya prometido algo, pero luego vas y traicionas a la gente que ha venido a



salvarte la vida. —Xin asintió como si acabara de aprender una valiosa lección

—. Lo que hay que ver, lo que hay que ver... El ser humano en toda su bajeza.

¿Y qué fue lo que les contaste a esos dos acerca de nuestra aventura africana?

—Nada.

—Mientes.

—Ojalá —dijo Vogelaar, malhumorado—. En realidad les propuse un negocio. El dossier a cambio de dinero. La entrega va a ser inminente.

—Eso es tremendo —exclamó Xin, jubiloso.

—¿Y bien? ¿Qué harás ahora?

—Perdona, viejo amigo. —Xin se



enjugó una lágrima de risa del rabillo del ojo—. En la vida no se te ofrecen muchas cosas que puedan sorprenderte,

¿y sabes qué es lo más increíble de todo? ¡Yo había considerado incluso la posibilidad de que hallaran tu rastro! Un poco como se considera que tal vez, la semana que viene, un meteorito va a caer sobre la Tierra o que quizá exista un Dios. Volé a Berlín a toda prisa para evitar algo que jamás (¡jamás!) pensé que pudiera ocurrir, pero la vida, Jan...

¡Mi querido Jan! La vida es tan hermosa... ¡Demasiado hermosa!

—Ve al grano, Kenny.

Xin alzó los brazos al aire, en un



gesto de satisfacción.

—¡Bien! —graznó—. ¡Perfecto!

—¿Qué significa eso?

—Lo prometo. ¡Quiere decir que lo prometo! Si todo sale bien, sin incidentes, sin que intentes ningún truco, sin que ni siquiera pienses en intentar ninguno, sin la más mínima mácula, entonces viviréis. —Xin se acercó y entornó los párpados. En ese momento su tono volvió a ser el de una serpiente

—. Pero si, en contra de lo esperado, algo de lo que hay en este dossier sale a la luz pública, le prometo a Nyela una muerte entre las ratas, ¡una muerte que no puedes llegar siquiera a imaginar! Y



tú podrás presenciarlo. Podrás ver cómo le voy sacando los dientes uno a uno, cómo le corto los dedos de los pies y de las manos, cómo le saco los ojos de sus cuencas y le arranco a tiras el pellejo de la espalda, todo mientras el bueno de Mickey la viola una y otra vez, una y otra vez, hasta que ya sólo se esté follando un gimoteante pedazo de carne ensangrentada, y, así y todo, todavía no estará muerta, Jan, no lo estará, y eso también te lo prometo, y cumpliré cada una de mis promesas.

Vogelaar sintió el aliento de Xin sobre su rostro, vio sus ojos fríos y oscuros como la noche, sintió cómo



Nyela temblaba entre sus brazos, oyó latir su corazón en medio del silencio. Creía cada palabra de Xin.

Con un estampido seco, el fluorescente defectuoso terminó apagándose.

—Eso suena bien —dijo Vogelaar

—. Estamos de acuerdo.



ISLA DE LOS MUSEOS, BERLÍN





Como el fragmento mal dispuesto de una baldosa yacía la Isla de los Museos en la imagen vía satélite de Berlín, forzando al río Spree a separarse en una longitud de kilómetro y medio. Un paseo transitable conectaba un conjunto de edificios representativos cuyas piezas en exposición abarcaban seis mil años de historia de la civilización. Desde las salas con formas de catedrales hasta las bóvedas más discretas, uno se perdía en medio de la megalomanía de la



arquitectura monumental antigua y en la callada atemporalidad de íntimas colecciones. En su extremo norte, a una especie de transatlántico barroco le brotaba del agua la fachada Guillermina del museo Bode, coronado por su cúpula; en el sur, un frente clasicista limitaba el complejo cuyo edificio más imponente, el Museo de Pérgamo, parecía surgido del entusiasmo por la gran Alemania de un apasionado helenista: a ambos lados de una ala central de grandeza amenazante se extendían dos construcciones alargadas e idénticas, divididas por pilastras colosales, y acababa luego en unas



fachadas de templo dóricas. La U original de la planta quedó cerrada en un cuadrado en el año 2015, después que se le añadió una cuarta sección acristalada, lo que posibilitaba un recorrido inigualable por la evolución humana en Egipto, en los países islámicos, en el Oriente Próximo y en Roma.

Durante sus estancias en Berlín, Jericho había cruzado muchas veces la isla, que estaba conectada al centro de la ciudad por un sinnúmero de puentes, pero jamás había puesto un pie en los museos. Nunca le había dado tiempo. Y ahora, que caminaba a lo largo del Spree, tampoco sentía emoción alguna



ante la idea de que había llegado el momento de hacer esa visita. Su chaqueta se tensaba bajo la presión de los paquetes de dinero que, sumados, arrojaban la cantidad exigida por Vogelaar. La Glock estaba en su funda, invisible para cualquiera. El detective parecía un turista común y corriente; sin embargo, se sentía como la gallina del cuento a la que el zorro invita a comer. Si era cierto que Vogelaar poseía un dossier, harían un silencioso intercambio de información por dinero y ambos seguirían su camino. Pero, de no ser así, temía que hubiera problemas. El mercenario querría tener su dinero de un



modo u otro, y seguramente para ello no echaría mano del efecto apaciguador del arte de la persuasión.

Jericho se tocó la oreja y se detuvo. Las fachadas del Museo de Pérgamo

parecían estar mirándolo fijamente, como si cada ventana fuese un ojo que lo observaba. En el ala de cristal pululaban, entre los recuerdos de reinos hundidos, los hombres y mujeres sedientos de cultura. El detective continuó andando. Miró el reloj: eran las once y cuarto. Se habían citado a las doce, pero antes Jericho quería conocer el museo. A la derecha se extendía una construcción moderna y alargada, cuyo



zócalo retomaba los motivos de una arquitectura más antigua y estaba coronado por una aireada y alta columnata: era la galería James Simon, el acceso al recorrido del museo. Los visitantes se apiñaban en una campana de sudor y cháchara en dirección a la isla. Jericho se mezcló con ellos, cruzó el brazo del Spree y se dejó empujar hasta una majestuosa escalinata que conducía hasta la primera planta de la galería. En una espaciosa sala, rodeada de terrazas y cafés, compró un ticket de entrada y siguió las indicaciones para el recorrido por el Museo de Pérgamo.

Su primera impresión, al entrar al



ala sur, fue la de un auténtico nirvana. Sólo los arcos románicos de las ventanas que daban al río transmitían algo parecido a una identidad arquitectónica. Las piezas expuestas, arrancadas de sus contextos históricos, mostraban un aspecto sublime y, al mismo tiempo, extraviado en aquella vastedad de ambiente virtual, como una especie de experimento congelado de la historia. Jericho se volvió hacia la derecha y siguió una especie de calle rodeada de muros, cuyos frisos y almenas brillaban con colores radiantes. El detective leyó los carteles explicativos. Las representaciones de



animales simbolizaban deidades babilónicas, leones andando para Ishtar, la diosa del amor y protectora de las tropas, un dragón con forma de serpiente para Muschku, el dios de la fertilidad y de la vida eterna, quien tenía a su cargo la protección de la ciudad, toros salvajes para Adad, el dominador del clima. «Que vosotros, los dioses, tengáis una feliz procesión a través de esta senda», había hecho inscribir Nabucodonosor II en las paredes, tal vez sin permitirse soñar con que en ese instante miembros de grupos de turistas japoneses y coreanos perdían el rumbo en aquel terreno sagrado y seguían con



prisa a falsos guías que llevaban el mismo quepis. Un cubo de cristal albergaba una maqueta de Babilonia, en cuyo centro descollaba hacia el cielo una construcción de forma piramidal, el zigurat, el templo sagrado de Marduk. Junto a aquella sobria y baja torre, por lo tanto, se había encendido la ira del dios del Antiguo Testamento, con el resultado harto conocido del embrollo de las distintas lenguas. Pero bien, aquella vía había conducido originalmente hasta el zigurat, partiendo de la puerta de Ishtar, que dominaba la sala contigua con su magnificencia azul y amarillo sol, también adornada con



divinidades de forma animal. La densidad de visitantes hacía pensar en lo que había tenido lugar allí en las épocas de las procesiones.

Era hora punta en Babilonia.

Jericho atravesó la puerta babilónica y emergió, seiscientos sesenta años después, a través de otra puerta romana que ocupaba la parte frontal de la sala adyacente: era la Puerta del Mercado Romano de Mileto, un espectáculo de dos plantas en el tránsito entre la tradición helenística y la romana. Incesantemente, el detective buscaba vías de escape. Hasta el momento, el museo presentaba una



compartimentación bastante abarcable a la vista. Lo único que podía detenerlo eran las masas de visitantes, que se abalanzaban como glaciares. A su lado se gesticulaba con viva excitación. Ciego con respecto a la belleza de los propilonos de columnas griegos, un señor coreano explicaba a su guía turística la pérdida de su esposa a manos de los japos, sólo para comprobar de inmediato que era él quien había ido a parar, precisamente, en medio de un grupo de japoneses. La confusión de lenguas hallaba su equivalente contemporáneo, el grupo de turistas formaba un grumo. Jericho dio



una vuelta y huyó a la sala siguiente.

De inmediato supo dónde se encontraba.

Allí había fijado Vogelaar su punto de encuentro. Más de la mitad del recinto con forma de hangar estaba dominado por la parte frontal de un colosal templo griego. Sólo la escalinata que llevaba hasta el pórtico podía medir unos veinte metros. Una serie de viñetas de mármol, del tamaño de dos hombres, cubría el zócalo y, según los carteles, aquel célebre friso de figuras ilustraba la lucha de los dioses griegos con los gigantes, crónica de un intento de golpe de Estado y, con ello, el escenario



perfecto para un encuentro con Vogelaar: Zeus había incomodado a Gea, encerrando a sus primitivos hijos, los titanes, en el Tártaro, una especie de prisión de Playa Negra en la prehistoria. Y para sacarlos del inframundo y, a su vez, librarse del odiado padre de los dioses y de toda su corrupta pandilla, Gea azuzó a sus otros hijos todavía en libertad, los gigantes, para que se rebelaran, a sabiendas de que ningún gigante podría morir a manos de los dioses. Los gigantes, por su parte, con su bien ganada fama de peligrosos camorristas, cuyas piernas, por si fuera poco, terminaban en cuerpos de



serpientes, se mostraron más que dispuestos a defender el honor de mamá, lo que dio a Zeus la oportunidad de iniciar una de sus numerosas relaciones con mujeres humanas —«Sólo por si acaso, Hera, ¡esto no es lo que parece!»— y engendrar a Heracles, un mortal, y por tanto, en condiciones de enseñarles buenos modales a los gigantes. Éstos se defendieron, arrojaron cúspides de montañas y troncos de árboles, a raíz de lo cual Atenea —«¡Yo puedo hacerlo mejor!»— empezó a bombardearlos con islas enteras y acabó enterrando a uno de los cabecillas, llamado Encélado, bajo la totalidad de



Sicilia: desde entonces, el gigante sopla su aliento ardiente desde la boca del Etna, mientras que otro, Mimas, quedó sepultado bajo el Vesubio, y un tercero fue muerto por Poseidón con un golpe de la isla de Cos. La mayoría de los gigantes sucumbieron a las flechas envenenadas de Heracles, hasta que toda aquella ralea de patas de serpientes quedó definitivamente destruida. El friso hablaba de la invariable lucha por el poder, siempre con los mismos recursos.

¿Quién era fang y quién era bubi en aquella historia? ¿Quién colonialista?

¿Quién financiaba a quién y por qué?

¿Habría ya entonces un dossier del que



saliera a la luz todo eso, algo así como una «Gigantomaquia: La verdad» o «Las actas del Olimpo»? ¿Un dossier como el que decía poseer el último gigante sobreviviente de Guinea Ecuatorial?

La mirada de Jericho trepó por la escalinata.

Tres accesos llevaban al interior de la columnata, el atrio original del altar. Vogelaar había dicho que lo esperaría allí. Jericho subió a través del mármol reluciente, caminó por entre las columnas y se encontró en medio de un espacio rectangular bien iluminado cuyas paredes estaban adornadas con un friso más pequeño. Desde allí arriba se



tenía una buena visibilidad sobre todo lo que ocurría al pie de la escalinata, aunque se corría el riesgo de ser visto al mismo tiempo. Allí abajo, en la sala, se estaba más protegido.

El detective miró la hora.

Las once y media. Hora de explorar el resto del museo.

Abandonó la columnata del templo y caminó en dirección opuesta, rumbo al ala norte, donde se tropezó con nuevos ejemplos del arte arquitectónico helenístico. ¿Y si Vogelaar no poseía ningún dossier? Mientras recorría con paso rápido la fachada del palacio de Mschatta, una residencia del desierto



construida en el siglo VIII, fue consolidándose la idea de que le estaban tendiendo una emboscada, y esa idea empezó a ocupar todos sus sentidos. Unas ventanas romanas de medio punto indicaban el fin del ala norte, pero Jericho no era capaz de decir qué había visto en esa sección, en realidad, un fallo en las técnicas de investigación, ya que su único objetivo al recorrer aquella sala era memorizar los espacios. Unas caras de piedra lo miraban fijamente. Jericho se dirigió a la izquierda. Entre representaciones de Aries y esfinges, el camino conducía a la cuarta sección acristalada, pasando antes junto a



faraones, a través de la Puerta del Templo de Kalabsha, bajo los artefactos del templo piramidal de Sahura. De repente, recordó aquel otro corredor de cristal, muy parecido, en el que el desdichado de Grand Cherokee Wang se encontró con Kenny Xin. ¿Era un presagio? En un perpetuo crujido, había brazos que se movían, lanzas que se alzaban, dedos de granito que se cerraban en torno a las labradas empuñaduras de las espadas. Jericho continuó su camino bajo un baño de luz natural. A la derecha, su mirada se posó en la fachada de ventanas situada a la altura del suelo y que daba a uno de los



puentes que cruzaban aquel brazo del Spree; a mano izquierda, por su parte, se abría el patio interior del museo. Delante de él se alzó un obelisco, con extraños reyes sacerdotes montados sobre el lomo de animales de mirada amenazante: era la estatua de Hadad, dios del clima, de las tormentas, situada en el ángulo en el que colindaban el corredor de cristal y el ala sur, y el sitio, también, donde acababa el recorrido, para llevar al visitante de vuelta a la suntuosa vía babilónica.

Faltaban veinte minutos para las doce.

Por segunda vez entraba en la sala



de Pérgamo y la encontraba asediada por estudiantes de arte que se habían instalado en el descansillo con blocs de dibujo y habían empezado a transformar los rudimentos de aquella antigua genialidad en los bocetos de sus futuras carreras. Con un mal presentimiento, subió la escalinata. En la sala de Télefo, los visitantes se deslizaban de un fragmento de mármol a otro, buscando comprender un poco de la historia a través de brazos y narices ausentes. A Jericho le zumbó la cabeza mientras se paseaba con paso de tigre por entre aquellos amputados héroes, con el atenuado tono profesoral de un padre en



el oído, quien intentaba sacarles a sus vástagos una última dosis de fascinación por aquellas arcaicas batallas. La mención de cada fecha grababa a cincel una arruga en la frente de los niños. Cada una de sus miradas daba fe de un afán sincero por hallar cierta coherencia entre la debilidad de los adultos por las estatuas fracturadas y una vida en la que nadie tenía brazos en el trasero y lo que se rompía era reparado. Con voces sabihondas, simulaban entusiasmo por caderas a medias, tocones de piedra y el rostro fragmentado de un rey, pero sin poder escapar a todo aquello.

Sin poder escapar...



Exacto. Ese lugar era una trampa.

«Lo ves todo negro», se reprendió a sí mismo. Ellos le habían salvado la vida a Vogelaar; además, la sala de Télefo no era la cocina del Muntu. La entrega tendría lugar de forma rápida y discreta. Lo peor que podía pasarles era que la documentación no contuviera lo que les había prometido su dueño. Jericho intentó relajarse, pero sus hombros habían adoptado la rigidez de los pilares de un puente. El padre se afanaba en ese momento por inflamar el espíritu de sus hijos por un seno derecho que flotaba en el aire, y en el que él parecía ver la belleza de la divina Isis.



Unos perplejos ojos salieron en busca de la belleza de marras, pero entonces Jericho dio media vuelta y se alejó, agradecido una vez más por no tener que volver a la infancia.



VOGELAAR







Sus pensamientos giraban en círculos. Sin cesar, cabalgaban en el carrusel de los pros y los contras, mientras sus pies recorrían mecánicamente la Vía Procesional. Si Jericho y la chica estaban allí a la hora acordada, y si Xin se atenía a lo hablado, si de verdad podía confiarse en el chino... Pero ¿qué pasaría si no era así? En ese momento, allí y ahora, se arriesgaba a perder la última oportunidad de liberar a Nyela de las garras de aquel chiflado, quien posiblemente ni siquiera tuviera en



mente dejarlos con vida a él y a su mujer. Sus décadas de experiencia en la búsqueda de soluciones habían quedado inutilizadas. En la situación en la que estaba, sin armas y sin su teléfono móvil, en un museo repleto de gente, sus posibilidades de neutralizar a Xin eran más bien escasas, pero no era algo imposible. ¿Podía realmente permitirse el lujo de prescindir de sus trucos?

¿Cuán peligroso era en verdad el tal Mickey, el hombre que tenía a su cargo la custodia de Nyela? En general, el irlandés mostraba el burdo comportamiento de un criminal común y corriente, pero si trabajaba para Xin,



debía de ser un tipo peligroso. Sin embargo, Vogelaar sabía que podía acabar con él, pero para ello tenía que eliminar antes a Kenny Xin.

En fin, había que atacar. ¿O no? Sí. Y había que hacerlo dentro de los próximos minutos, antes incluso de llegar al Altar de Pérgamo. Sin un arma, sin un plan.

¡Sin estar en su pleno juicio!

No, no podía atacar. Contra ese chino demente sólo valía la suerte; además, ¿qué pasaba si Xin tenía la voluntad de cumplir su promesa? ¿Qué pasaría si él, Vogelaar, fracasaba en su intento de burlar a Xin y, con ello,



provocaba la muerte de Nyela, por no hablar de la suya propia?

¿Debía desconfiar? ¿Confiar?

¿Desconfiar?

Cinco minutos antes, en la galería

James Simon.

—Te entiendo —le había dicho Xin en tono comprensivo—. Yo tampoco me fiaría. —Estaba de pie detrás de Vogelaar, muy pegado a él, con la pistola de dardos oculta bajo su chaqueta.

—¿Y? —preguntó Vogelaar—.

¿Tendrías motivos?

Xin reflexionó por un momento.

—¿Te has ocupado alguna vez de



temas de astrofísica?

—Ha habido otras cosas en mi vida

—resopló Vogelaar—. Derrocamientos, conflictos armados...

—Una lástima. De lo contrario, podrías entenderme mejor. Una de las cosas que ocupa la mente de los físicos es la definición de las condiciones de límite, bajo las cuales el universo permanece estable, bajo las cuales éste puede llegar a ser lo que es. Más allá del mero catálogo de los hechos existen dos perspectivas distintas. Según una de ellas, el universo es infinitamente estable, ya que nunca tuvo otra opción más que desarrollarse de la forma que



conocemos. Bajo un signo distinto, tal vez jamás habría surgido la vida. Romperse la cabeza sobre ello es tan inútil como pensar en cómo transcurriría tu vida si hubieras venido al mundo siendo mujer.

—Suena fatalista y aburrido.

—En términos filosóficos, comparto tu opinión. Por eso la otra facción prefiere hablar de lo infinitamente frágil que es el universo, en cuanto que la más mínima desviación hacia una condición de límite podría conllevar cambios fundamentales. Un mínimo de masa extra. Un déficit mínimo de ciertas partículas. A la primera facción, esto le



suena a castillo de naipes, con lo cual tiene razón. Pero el segundo punto de vista se aproxima más a nuestra noción de la existencia, el «¿Qué pasaría si...?». Personalmente, soy un adepto de la idea del orden y la fiabilidad, que se basa en la conservación negociable de todas las condiciones de límite. En ese sentido, tú y yo hemos llegado a un acuerdo.

—¿Eso quiere decir que en cualquier momento puedes buscarte una razón con tal de no cumplir tu promesa?

—Eres una criatura pobre de espíritu, permíteme que te lo diga.

Vogelaar se dio la vuelta y lo miró



fijamente.

—¡Oh, ya entiendo lo que quieres decir! Se trata de cómo te ves a ti mismo. ¿Acaso el problema no podría radicar en que tu... —Vogelaar hizo un amplio movimiento circular en el aire— noción universal de orden no es aplicable a tus congéneres normales?

—¿Qué pasa ahora, Jan? Hace un momento te mostrabas simpático.

—¡Me importa un bledo cómo lo veas! Quiero escuchar de tu boca si Nyela está segura si yo cumplo con mi parte del trato.

—Ella es mi garantía de que tú cumplas con tu parte.



—¿Y después?

—Como te he dicho antes...

—¡Dilo otra vez!

—¡Dios mío, Jan! La verdad no se torna más verdadera por repetirla. — Xin suspiró y dirigió la mirada al techo

—. Pero está bien. Mientras Mickey esté con ella, Nyela estará bien y a salvo. Si todo lo demás transcurre según lo acordado, no os sucederá nada a ninguno de los dos. Ése es el trato. ¿Satisfecho?

—En cierta medida. El diablo no hace nada sin segundas intenciones.

—Aprecio tus halagos. Pero ahora hazme el favor de mover el culo.

La Puerta del Mercado de Mileto.



Tenía las palabras de Xin clavadas en el oído. ¿Y si ahora, en ese instante, daba media vuelta? ¿Y si salía corriendo del museo e intentaba llegar al restaurante que estaba delante de él?

¡Eso sería, en definitiva, un cambio de las condiciones de límite! Sin embargo, para ello necesitaría saber dónde estaba apostado Xin realmente. Al entrar en el ala sur, se había quedado atrás. Vogelaar se volvió hacia él una vez más, pero sin poder divisarlo entre los rebosantes grupos de visitantes. No tenía duda de que el chino seguía cada uno de sus pasos, pero también sabía que a partir de ahora Xin permanecería



invisible hasta que llegara el momento. En la sala de Télefo, Jericho y la joven estarían en una trampa. Xin aparecería como surgido de la nada, y dispararía dos veces...

¿O quizá tres?

¿Confiar? ¿Desconfiar?

Xin no era normal. La realidad no era su hábitat; más bien vivía en una abstracción de la realidad. Y eso hablaba en favor de confiar en él. El orden de los dementes era la compulsión. Tal vez Xin ni siquiera fuera capaz de incumplir una promesa, siempre y cuando todo se atuviera a sus condiciones límite.



Vogelaar se abrió paso por entre la multitud y se acercó a través del pasillo a la entrada al Altar de Pérgamo, una puerta más bien pequeña en todo aquel conjunto helénico, cuya fachada, obviamente, había sido restaurada. Para que la mirada no se perdiera los elementos arquitectónicos, lo habían encapsulado todo entre paredes de cristal. La luz del cielo artificial se reflejaba en ellos, y también se reflejaban las estatuas y las columnas que lo rodeaban, los visitantes, él mismo...

Y alguien más.

Vogelaar quedó petrificado.



Por un instante, se sintió impotente frente al pánico que se apoderó de él. Unas tenazas se cerraron alrededor de su pecho, campos eléctricos pusieron a circular desenfrenadamente las moléculas de su bajo vientre. Como una cascada, todas las emociones de su cuerpo se vertieron sobre sus pies, sumidos, instantáneamente, en una especie de sordera, incapaces de dar un paso adelante. En lugar del horror por lo que pudiera pasarle a Nyela, se apoderó de él la demoledora certeza de lo que ya podía haberle pasado.

«Mientras Mickey esté con ella, Nyela estará bien...»



¿Por qué, entonces, estaba Mickey en el museo?

Porque Nyela ya no estaba viva.

Era la única explicación. ¿Acaso Xin habría permitido que ella se quedara sin vigilancia en el restaurante? Como presa de un repentino estado de embriaguez, Vogelaar continuó avanzando. Había fracasado. Se había dejado llevar por la inmadura esperanza de que aquel chino demente mantuviera su palabra. En su lugar, Xin había dado instrucciones al irlandés para que hiciera acto de presencia en el museo, en un intento por mantener una eficaz división del trabajo de matar. Eso era



todo. Desde el propio comienzo, Nyela no había tenido ninguna oportunidad de sobrevivir, y asimismo acabaría su existencia, junto con la de Yoyo y la de Jericho, y todo ocurriría, a más tardar, en ese espacio reducido situado encima del templo.

La idea encerraba cierta dosis de enfado; un enfado que diluyó el miedo al instante e hizo aflorar, en su lugar, una rabia glacial. Sucesivamente emergieron, a toda velocidad, los mecanismos de supervivencia, se consumó de nuevo aquella metamorfosis que lo convirtió en el insecto que había sido la mayor parte de su vida. Su



coraza de quitina pasaba bajo la puerta en dirección a la contigua sala de Pérgamo. Alerta, hacía girar las antenas, descomponía lo que veía en múltiples facetas de la percepción, gracias a sus ojos compuestos: frente a él, en el enorme recinto, el equivalente de la puerta por la que había cruzado, minúsculo, casi tímido a causa de sus escasas dimensiones, pero al mismo tiempo valiente, muy valiente, como un bypass muy estrecho que seguía bombeando su corriente, incansablemente, hacia el flujo sanguíneo de la cultura. A la izquierda, las partes visibles del friso sobre



estelas y zócalos; a la derecha, el templo con la escalinata; arriba, la galería de columnas, el paso hacia la sala de Télefo, donde Jericho y la joven esperaban obtener el dossier, un dossier que jamás recibirían y que tampoco necesitarían ya. Sin embargo, todo podría haber sido tan sencillo, tan rápido... Él habría acabado con cien mil euros más en su bolsillo, y les habría entregado el segundo dossier. El duplicado cuya existencia, aparte de él, sólo conocía Nyela...

¿Conocía?

¿Cómo podía estar tan seguro de que ella estaba muerta?



Simplemente porque lo estaba.

Pensar en lo ideal no era cosa de insectos.

Las mandíbulas de Vogelaar molían. Entre la columnata y el suelo se apiñaban los turistas como si fuesen tropas, algunos se habían instalado en los escalones, como si pensaran sacar allí su almuerzo. Vogelaar vio a un grupo de jóvenes con blocs y lápices, los rostros congelados por la concentración, absortos en la pugna de los inmortales. Algunos interesados los observaban por encima del hombro. El ojo compuesto de Vogelaar tanteó a los estudiantes, uno a uno, y se quedó



prendado de una joven pálida de nariz respingona que aún no había atraído en torno a sí a ningún admirador. Sin prisa, el sudafricano se detuvo junto a ella. Sobre la superficie blanca del papel, Zeus luchaba contra el cabecilla de los gigantes, Porfirión, y ambos batallaban contra la incapacidad de la chica para insuflarles vida. El número de lápices junto a ella —que debían de ser unos veinte— estaba en una visible proporcionalidad inversa con su talento, del mismo modo que todo su equipamiento causaba la impresión de que la joven sacrificaba cada euro que recibía de propina en su trabajo



nocturno de camarera a la ilusión de que el equipo garantizaba la mitad del arte.

Él se inclinó sobre ella y le dijo en tono amable:

—Perdone, ¿podría tomar prestado uno de sus lápices?

La joven parpadeó, alarmada.

—Será sólo un momento —se apresuró a añadir Vogelaar—.

Quiero tomar un apunte rápidamente y, como siempre, he olvidado traer algo para escribir.

—Hum... Pues sí —dijo la chica, alargando su respuesta. Por lo visto, la inquietaba la idea de que los lápices también sirvieran para la producción de



escritura. Al instante siguiente, aún no parecía haberse reconciliado con ese pensamiento—. ¡Sí, claro! Coja alguno.

—Es usted muy amable.

Vogelaar escogió un lápiz largo con la punta bien afilada que le parecía más sólido que los demás y se incorporó. Justo entonces, Xin debía de estar mirándolo, de eso no cabía duda. Xin lo veía todo, y sacaría conclusiones de todo cuanto viera, de modo que sólo le quedaban unos segundos.

Rápido como el rayo, se dio la vuelta.

Mickey, que estaba a pocos metros de él, lo observaba con ojos de gran



danés, y a continuación hizo el precario intento de ocultarse detrás de un grupo de jubilados que hablaban español. Con unos pocos pasos, Vogelaar se situó junto a él. La mano derecha del irlandés se movió hacia la cadera. Por lo visto, Xin no había alcanzado a instruirlo sobre lo que ahora iba a pasar, pues Mickey parecía totalmente atónito. Sus mejillas vibraron nerviosas, su mirada se disparó de un lado a otro, la calva se le cubrió de sudor.

Vogelaar le rodeó la nuca, tiró de él y le clavó el lápiz en el ojo derecho.

El irlandés dejó escapar un grito escalofriante. El hombre se retorció, la



sangre brotó de la herida. Vogelaar aumentó la presión de la palma de su mano sobre el extremo plano del lápiz, lo empujó aún más adentro de la cavidad ocular y sintió cómo la punta chocaba con el hueso y penetraba en la masa cerebral. Mickey perdió fuerza, el intestino y la vejiga se vaciaron. Vogelaar palpó el arma del asesino y la sacó de la funda.

—¡Jericho! —gritó.



ESTAMPIDA







Jericho había preferido esperar la llegada del sudafricano frente al templo, oculto tras una falange de esculturas, con la posibilidad en mente de que Vogelaar quisiera jugársela. Pero lo que ahora vio lo horrorizó aún más. Era peor que todos los escenarios que su calenturienta imaginación había concebido durante las últimas horas, porque significaba, simple y llanamente, que la entrega había sido descubierta.

Todo iba muy mal.

Con la Glock en ristre, se precipitó



fuera de su escondite. Desde el escenario del ataque se generó una onda expansiva que arrastró consigo todo objeto de espanto a la deriva, gritos, gemidos, gargarismos, sonidos que se resistían a cualquier descripción. Los testigos habían sido lanzados hacia atrás, creando una especie de pequeño ruedo en cuyo centro podía verse a Vogelaar y al calvo, como dos gladiadores de la era moderna. A otros, la cabeza de gorgona del terror los había dejado paralizados, con lo que adoptaron una especie de equivalencia marmórea con los dioses y los gigantes que había alrededor. A los que



dibujaban se les cayeron los lápices de las manos. La chica de nariz respingona se puso en pie de un salto y rebotó en el sitio como una pelota de goma, cubriéndose la boca con las manos, como si quisiera atrapar los breves chillidos que se les escapaban a sus labios abiertos con la regularidad de una llamada de auxilio automatizada. Desde todas partes la gente volvía las cabezas, los ojos se salían de las órbitas, los pasos se aceleraban, los grupos perdían su sostén y se activaban programas de huida salidos de los tiempos primitivos del hombre.

En medio de la dispersión de todas



las estructuras, Jericho vio al ángel de la muerte.

Corría hacia donde estaba Vogelaar, cuyas fuerzas parecían agotarse bajo el peso de su víctima. El moribundo se desplomaba al suelo y arrastraba consigo al sudafricano. Desde el ala norte se aproximaba el ángel funesto con pasos de gigante: llevaba el pelo blanco, una perilla, y los ojos ocultos tras unas gafas de cristal tintado, pero su paso, la manera de moverse, la pistola —que parecía brotarle del antebrazo—, no dejaban dudas acerca de su identidad.

También Vogelaar lo vio acercarse. Con un alarido, consiguió alzar el



torso del calvo hacia arriba. Al instante siguiente, el pecho de Mickey reventó, cuando la carga destinada a él lo atravesó. Jericho se arrojó al suelo. Vogelaar, esforzándose por alzar al muerto y arrojarlo a un lado, también abrió fuego contra Xin, que se cubría entre la gente que corría de un lado a otro, sin rumbo. Una mujer fue alcanzada en el hombro por un disparo y se desplomó al suelo.

—¡Esto no tiene sentido! —le gritó

Jericho—. Salgamos de aquí.

El sudafricano se situó detrás del cadáver e intentó liberarse. Jericho tiró de él a fin de levantarlo. Con un ruido



parecido al de un trozo de carne golpeando sobre una superficie de mármol, el muslo izquierdo de Vogelaar se elevó. Tropezó contra Jericho y se aferró a él.

—Vayamos al restaurante —dijo, jadeante—. Nyela...

Jericho lo cogió por debajo de los brazos sin soltar la Glock. El herido pesaba mucho, pesaba demasiado. Alrededor de ellos se desataba un infierno.

—Aguanta —le dijo entre jadeos—. Tienes que...

Vogelaar clavó sus ojos en el detective. Lentamente, fue cayendo al



suelo, y entonces Jericho comprendió que Xin le había acertado con otro disparo. El pánico se apoderó de él. Escudriñó la multitud en busca del asesino y entonces vio su blanca cabellera. Al cabo de unos instantes Xin tendría otra vez plena visibilidad.

—Levántate —gritó Jericho—.

¡Vamos!

Vogelaar se le resbaló de las manos. Con una rapidez aterradora, su rostro se fue transformando en una máscara de cera. El sudafricano cayó de espaldas y escupió un torrente de sangre roja y brillante.

—Nyela... No sé si...,



probablemente muerta pero... tal vez...

—No —susurró Jericho—. No puedes mo...

Unos pocos metros más allá, un hombre era alzado por los aires como accionado por un puño gigantesco. Voló un trecho y fue a dar de bruces contra el suelo.

Era Xin, que se abría paso.

«Vogelaar —pensó Jericho, desesperado—, no te me puedes morir aquí, sin más. ¿Dónde está el dossier? Tú eres nuestra última esperanza, levántate, por lo que más quieras. Levántate. ¡Levántate!»

Entonces el detective dio media



vuelta y huyó tan rápidamente como pudo.

Vogelaar miró fijamente a la luz. Jamás había sido una persona

creyente, e incluso ahora, la idea de un reino de los cielos, en el que cualquier idiota encontraba una purificación astral, le parecía una burda promesa de mercadillo de feria. La religión era una de esas grietas a través de las cuales el insecto jamás había pasado. Le resultaba incomprensible el temor tardío de un Cyrano de Bergerac que había abjurado de la fe durante toda su vida para luego, en el lecho de muerte, pedir disculpas para el caso de que, en efecto, existiera



un dios. La vida pasaba. ¿Para qué iba a malgastar el tiempo que le quedaba en un paraíso cualquiera? El hecho de que ese paraíso existiera se le debía exclusivamente a aquel radiante cielo de neón que cubría la sala con una luz artificial similar a la del día. Era ese color blanco del que hablaba alguna gente que había experimentado la muerte clínica y había retornado luego a la vida. Era la experiencia de la muerte próxima, del más allá, supuestamente. Sin embargo, en realidad no eran más que secreciones cerebrales de un alcaloide alucinógeno, la triptamina.

¡Cuánto lamentaba no haberle



entregado el dossier a Jericho! Todo había acabado, era el fin. Débilmente, titilaba la llama de la esperanza de que se hubiera equivocado respecto del destino de Nelé. La esperanza de que todavía viviera, de que el detective pudiera hacer algo por ella, en caso de que lograra salir de allí. No se le ocurrió nada más en aquella situación, pero, para él, lo peor no era poder dedicar su último pensamiento al único ser humano al que había amado más que a sí mismo.

Era la redención por su existencia de insecto. ¿Era verdaderamente el final?

Xin apareció en su campo visual.



Con un estertor, Vogelaar alzó el arma, o más bien tensó todos los músculos con el fin de hacerlo. También podría haber intentado lanzarle al chino una pesa de doce kilos. Pesada como el plomo, la pistola reposaba en su mano. Los restos de fuerza que le quedaban, sin embargo, bastaron para fulminar a Xin con la mirada.

El asesino torció los labios en un gesto de desprecio.

—¡Condición límite, idiota! —dijo. Xin le disparó a Vogelaar en el

pecho y continuó con pasos largos, sin dedicar una sola mirada al muerto.

¿Tenía acaso algo que reprocharse?



¿Había sido un error enviar a Mickey al museo en el último minuto, a fin de que esa vez no hubiera ningún tipo de fallo? Vogelaar había descubierto al irlandés y había sacado las conclusiones erróneas; sin embargo, Nyela estaba colgada de un par de esposas en el sótano del Muntu. Intacta, tal y como Xin había prometido.

¿No había estado de acuerdo en dejarla vivir?

¡Lo había estado, maldita sea!

¡Sí, la habría dejado vivir! ¡Hasta le habría gustado hacerlo! Vogelaar, ese estúpido primate, no había comprendido nada, absolutamente nada. Ahora ya todo había acabado, la ley exigía su tributo.



Ahora tendría que matar a la mujer. Eso también lo había prometido.

Xin echó a correr, azuzando frente a sí a un rebaño jadeante que, en su embotamiento, intentaba pasar apretujado por la estrecha puerta, todos a la vez. Una chica tropezó delante de él y cayó al suelo. Él le saltó por encima, empujó a otra a un lado, le pegó el cañón del arma a un anciano en el cráneo, y se abrió paso a trompicones, se encajó como un ariete entre la multitud que huía y salió por el otro lado, con la vista puesta en la Puerta del Mercado de Mileto, bajo la que Jericho en ese instante, desaparecía en el ala



contigua del museo. Su arma abrió una cicatriz en una piedra de dos mil años de antigüedad. La gente gritó, corrió, se arrojó al suelo: nada, el mismo espectáculo de siempre. Blandiendo la pistola como una porra, Xin siguió al detective, lo vio confundirse con los transeúntes que poblaban la Vía Procesional y, en su lugar, aparecieron dos hombres uniformados desde un pasillo lateral, con las armas en alto, preguntándose, desconcertados, quién era el verdadero enemigo. Xin los derribó sin detener su carrera. La onda expansiva del pánico, que marchaba por delante de él, entró en tierras de



Babilonia.

¿Dónde estaba ese miserable detective?

Jericho corrió a lo largo de la Vía

Procesional.

¡Qué absurdo era huir con un arma cargada en la mano, en lugar de darle uso! Sin embargo, también pensaba que, en cuanto se detuviera, Xin lo pillaría antes de que él pudiera volverse y tener al chino en el punto de mira. Aquel asesino estaba entrenado para acertar a objetivos pequeños y aprovechar cualquier fisura que se le abriera. Por eso Jericho blandía la Glock como si se tratase del bastón de Moisés, gritando



«¡Fuera!», «¡Apartaos!», separando las aguas del mar y corriendo en dirección al negro cuerpo de Hadad, pasando junto a extrañas estatuas de leones que sonreían y hacían germinar la sospecha de que sus ancestros lo habían hecho con mastines y pugs, lo que, a su vez, hacía que uno acabara preguntándose si los felinos de esa especie realmente poblaban las civilizaciones de la antigüedad o sólo habitaban en la imaginación de escultores fumados o, sencillamente, sin talento, pues a fin de cuentas, no todo lo que llegaba a los museos tenía que ser necesariamente bueno... Aun así, ¡qué clase de ideas



eran ésas en una situación como la que estaba viviendo!

Por delante de él, una familia se fragmentaba hacia ambos lados.

A la espalda de Hadad se alineaban varias columnas altas y estrechas, despojadas de su sentido, pues les faltaba lo que antes habían sostenido. Siguiendo un impulso interior, Jericho se lanzó a la derecha, oyó retumbar, bajo los impactos, la sorda descarga de la pistola sobre el dios de las tormentas, y corrió en dirección al ala acristalada...

Entonces, se detuvo.

Entrar en el pasillo acristalado significaba quedar atrapado en el



cuadrado del museo. A mano izquierda, el camino conducía hacia la galería James Simon y, justo entonces, por espacio de pocos segundos, Xin lo perdió de vista...

Como un perro, saltó sobre sus cuatro patas, corrió en busca de protección tras las columnas, se arrastró en la dirección opuesta y, por el rabillo del ojo, vio a Xin entrar a la carrera en el pasillo de cristal; entonces se levantó y salió disparado hacia el corredor que daba paso a la galería, mientras guardaba la Glock en su funda. A partir de ese momento fue uno más, alguien que, como todos, intentaba eludir ser



objeto de mención estadística en las noticias de la noche. Un tsunami de inquietud se extendía por el vestíbulo, de modo que nadie se fijó en él cuando, a toda prisa, salió al exterior. En lugar de correr, más bien recorrió a saltos la escalera que llevaba hasta el río. Allí cruzó el puente que conducía hasta el otro lado.

Nyela. ¡El dossier! Tenía que ir al Muntu.

En el ala acristalada reinaba una relativa calma. Xin buscó el pelo rubio de Jericho entre la multitud. Su pistola conjuraba el temor en los rostros de los presentes, pero algo no marchaba bien.



Si Jericho le hubiese precedido en esa zona, si hubiera pasado por allí corriendo, armado, gritando y empujando, la gente no estaría tan serena. Por lo visto, lo tomaban por un guardia de seguridad que hacía su ronda de control. Los ojos de Xin recorrieron el pasillo, cuyo extremo occidental estaba orlado con una franja de luz solar que incidía sobre él en vertical. Allí estaba el obelisco, situado justo delante de él, el artefacto del templo de columnas de Sahura, los faraones de tamaño natural asentados en sus tronos, sobre zócalos, la imponente puerta del templo de Kalabsha; no podía excluirse



la posibilidad de que Jericho tuviera los nervios tan templados como para ocultarse allí. Su ventaja había sido, como máximo, de diez segundos, el tiempo suficiente para ponerse a cubierto detrás de una de las deidades faraónicas.

¿Y si se había dirigido hacia el ala norte?...

No. En ese caso, Xin lo habría visto entrar corriendo allí.

Alerta, continuó avanzando bajo la protección de visitantes cada vez más nerviosos, apuntaba tras los pedestales, las columnas, las fachadas y las estatuas. En alguna parte de ese pasillo debía de



estar Jericho, pero tampoco había nadie que lo recibiera con disparos, que saliera corriendo asustado ni que intentara un temerario ataque frontal. Entretanto, la tensión general se había ido transformando en franco miedo, las arrugas de preocupación se convertían en signos de interrogación que intentaban determinar si, por casualidad, estaban ante un terrorista. Pronto aparecería gente armada por allí, de eso estaba seguro. Si no hallaba de inmediato el rastro del detective, tendría que desaparecer sin haber concluido su misión.

—¡Jericho! —gritó.



Las fachadas de cristal se tragaron su voz.

—Sal de una vez. Hablemos. Ninguna respuesta.

—Te prometo que hablaremos, ¿me oyes?

Sí, hablarían, pero luego él dispararía, pensó Xin. Sin embargo, todo permaneció en silencio. Por supuesto que no esperaba que Jericho saliera de las sombras con la expresión de un alegre «¿Ah, sí, hablaremos?» en el rostro, pero la ausencia absoluta de reacción, salvo por la prisa que todos parecían tener de pronto a su alrededor por abandonar el corredor acristalado,



desató su ira. Desaforado, continuó avanzando a trompicones, y de repente vio un movimiento entre las columnas de la Puerta de Kalabsha y abrió fuego. Una japonesa, que sostenía su cámara fotográfica con ambas manos, se tambaleó con una expresión de discreta sorpresa, disparó en un reflejo una última foto y cayó al suelo cuan larga era. El pánico se desató en torno a él y puso en marcha una huida en estampida. Xin aprovechó la confusión, corrió hasta el final del pasillo y miró con gestos frenéticos en todas las direcciones.

—¡Jericho! —bramó.

Luego corrió de vuelta sobre sus



pasos, miró hacia el patio interior por la fachada de cristal, volvió la cabeza. A través del pasillo de acceso a la galería James Simon oyó aproximarse los pasos de unas pesadas botas. Su mirada se posó en el puente que conducía desde el Museo de Pérgamo hasta el lado opuesto, examinó el paseo situado junto al río...

¡Allí! Una cabellera rubia escandinava, un trecho más allá. Jericho corría como si lo persiguiera el mismísimo diablo, y Xin comprendió que el detective se la había jugado. Xin maldijo. Entre las estatuas de los reyes sacerdotes se había formado un tumulto.



Unos guardias de seguridad, esta vez con armamento pesado, trataban de pasar a empellones por entre los visitantes que huían por su lado. Había vacilado demasiado, se había derramado demasiada sangre como para que los recién llegados se dejaran detener ahora por largas cortesías. Xin necesitaba un rehén.

Una niña resbaló en el suelo recién pulido.

De un salto, Xin se colocó detrás de ella, la atrajo hacia sí con un tirón y le pegó el cañón de la pistola a la sien. La pequeña se quedó helada, inmóvil, y rompió a llorar. Una mujer joven



empezó a pegar berridos, extendió las manos, pero fue lanzada hacia un lado por la muchedumbre que huía. Su marido impidió que cayera al suelo, lo que habría significado una muerte segura. Un instante después, los hombres uniformados tomaron posición a ambos lados de la pareja, gritaron algo en alemán que Xin no entendió, aunque sabía muy bien lo que querían. Sin quitarles el ojo de encima, tiró de la niña y la arrastró consigo hasta la fachada de cristales; luego miró hacia abajo, hacia el puente sobre el Spree, en el que se habían reunido multitud de curiosos.



Xin se inclinó sobre la pequeña.

—Todo va a ir bien —le dijo en voz baja al oído—. Te lo prometo.

Por supuesto que la niña no entendía el mandarín, pero el siseo de serpiente no dejó de surtir su efecto hipnótico. El pequeño cuerpo se distendió. La niña empezó a tranquilizarse, a tomar breves y rápidas bocanadas de aire, como un conejo de corral.

—Bien hecho —susurró el chino—. No tengas miedo.

—¡Marian! —unos alaridos de insoportable tortura salían de la boca de la madre—. ¡Marian!

—Marian —repitió Xin en tono



amistoso—. Muy bonito.

Entonces apretó el gatillo.

El espanto se propagó cuando la vidriera hacia la que había dirigido la pistola rápidamente reventó debido al impacto de decenas de proyectiles. Los añicos volaron por todas partes. Xin protegió a la niña con la parte superior de su cuerpo, la apartó de él, cruzó los brazos delante de la cabeza y el pecho y saltó al exterior. Mientras los hombres uniformados intentaban todavía hacerse dueños de la situación, él ya había aterrizado como un gato tres metros más abajo, entre la multitud de curiosos, y entonces echó a correr.



JERICHO







El Muntu estaba cerrado con llave. Sin mucho preámbulo, Jericho disparó dos veces a la cerradura y liquidó el resto con una patada. La puerta golpeó contra la pared interior. El detective irrumpió en el comedor, miró detrás de la barra y retrocedió asustado, pero el hombre de piel negra que lo miraba fijamente con ojos de desconcierto obviamente estaba muerto. En la cocina reinaba el caos del día anterior. Nadie había limpiado desde su pelea con Vogelaar.

De Nyela no había ni rastro.



Fuera de sí, Jericho cruzó la cortina de abalorios, abrió una tras otra las puertas de los retretes, sacudió el pomo de la tercera puerta, la del «Privado», que estaba atrancada, e hizo saltar también esa cerradura de un disparo. Una desvencijada escalera conducía hacia una zona oscura. Olía a moho y a desinfectante. Se percibía el olor a cal del revoque húmedo. Recuerdos de Shenzhen, el descenso a los infiernos. Jericho vaciló. Su mano buscó a tientas el interruptor de la luz, lo encontró. En el extremo inferior de la escalera se encendió una luz encerrada en una rejilla metálica. Yeso revocado, suelo



manchado, una araña que huía temblorosa. Con la Glock en ristre, fue bajando peldaño tras peldaño, sacudiéndose por los escalofríos, presa de las náuseas. Kenny Xin. Animal Ma Liping. ¿Quién o qué lo esperaba allí abajo? ¿Qué criaturas se abalanzarían sobre él en esa ocasión?, ¿qué imágenes se grabarían para siempre en las circunvoluciones de su cerebro?

Sus pies tocaron el suelo del fondo. Jericho miró a su alrededor: un estrecho pasillo obstruido por cajas y bidones; una puerta de acero entreabierta.

El detective entró, apuntando hacia todas partes.



«¡Nyela!»

La mujer estaba en el suelo, en cuclillas, con los brazos doblados detrás de la espalda, una cinta adhesiva cubriéndole la boca. Sus ojos brillaban fosforescentes en la penumbra. Con paso rápido, Jericho se plantó junto a ella, guardó la Glock, le quitó la cinta adhesiva y se llevó el dedo a los labios. Ahora no. Primero tenía que desatarla. Sus torturadores la habían esposado a un tubo de la calefacción, y era poco probable que la llave estuviera por allí, como una pequeña consideración con un ingenioso detective.

—Vuelvo enseguida —le dijo él en



un susurro.

Jericho regresó a la cocina, abrió cajones, revolvió los cacharros de metal, de cobre y de cromo, registró las superficies de trabajo, hasta que por fin encontró lo que andaba buscando, una hacha de carnicero. A continuación, corrió de vuelta al sótano.

—Inclínese hacia adelante —le ordenó—. Necesito espacio.

Nyela hizo un gesto de asentimiento y se apartó de él, de modo que el detective pudiera ver sus manos. El tubo era inquietantemente corto. A sólo unos pocos centímetros de sus muñecas, se doblaba hacia la pared y desaparecía en



la argamasa grumosa. Jericho respiró profundamente, se concentró y dejó caer el hacha a toda velocidad. El tintineante sonido de campana se multiplicó por todo el radiador. El detective frunció el ceño. En el tubo había aparecido una abolladura, pero nada más. Volvió a golpear tres, cuatro veces, hasta que la barra metálica se partió por fin y pudo doblarla con el cabo del hacha. La cadena de las esposas se deslizó por el borde de la rotura.

—¿Dónde...? —empezó a preguntar

Nyela.

—Al otro lado —dijo él señalando con el mentón hacia la mesa metálica—.



Con la espalda sobre la superficie de la mesa, presione con las manos hacia abajo. Póngalas tan planas como pueda, tensando la cadena.

Los augurios de la pena del alma que la mujer estaba a punto de soportar ensombrecieron sus rasgos. Nyela siguió las indicaciones del detective y dobló las manos.

—No se mueva —dijo Jericho—. Manténgase quieta, muy quieta.

Ella miró al suelo. Él concentró su mirada en el centro de la cadena, tomó impulso y la partió con un solo hachazo.

—Y ahora salgamos de aquí.

—No —dijo Nyela, interponiéndose



en su camino—. ¿Dónde está Jan? ¿Qué ha ocurrido?

Jericho sintió que la lengua se le entumecía.

—Está muerto —repuso.

Nyela lo miró. No hubo nada de lo que él había esperado: desconcierto, espanto, lágrimas. Sólo un duelo silencioso y amor por el hombre que yacía en el museo, acribillado a balazos, y al mismo tiempo un curioso alivio, como si quisiera decirle: «¿Ves? Así pueden ser las cosas, en algún momento tenía que pasar.» Jericho vaciló, luego abrazó a Nyela y la apretó con fuerza contra su pecho. Ella le devolvió el



abrazo con una presión suave.

—La sacaré de aquí —le prometió



él.







—Sí —asintió ella con gesto apático



—. Siempre oigo lo mismo.

Arriba no había nadie, sólo el africano muerto, que miraba fijamente desde detrás de la barra, como si esperase una explicación por lo que le había sucedido. Jericho se dirigió a toda prisa hasta la acribillada puerta del restaurante y echó un vistazo afuera.

—Tendremos que ir a pie.

—¿Por qué?

—Mi coche está a varias calles de aquí.



—El mío no —dijo Nyela inclinándose por encima de la barra. La mujer abrió entonces un cajón y sacó una memoria USB—. Jan salió hoy bie temprano con él. Debió de dejarlo delante del Muntu.

Yoyo había hablado de un Nissan OneOne. Había un modelo como ése aparcado a pocos pasos de allí, listo para partir: una cabina ovoide cuyo diseño recordaba a un pequeño y amigable cetáceo. A ambos lados del habitáculo para los pasajeros colgaban unos muslos con forma de mazo que terminaban en unas ruedas. Si formaban una recta extendida, la cabina reposaba



muy pegada al suelo, y si se reducía el eje entre las ruedas, formaban un ángulo agudo y la cabina se elevaba. Lo que era un deportivo diminuto y aerodinámico se convertía entonces en una torre ahorradora de espacio. Jericho metió la cabeza bajo el lado de la puerta y examinó la calle. Al rescoldo del mediodía, las formas y los colores aparecían iluminados en exceso. Olía a polen y a asfalto cocido. Apenas se veían peatones, en cambio, la densidad del tráfico había aumentado. El detective alzó la cabeza y vio el cuerpo en forma de puro de un zepelín para turistas que iba entrando en su campo



visual con un apacible rumor.

—De acuerdo —dijo gritando hacia el interior—. Venga.

La espejeante cúpula de la cabina convertía el cielo, las nubes y las fachadas en un espacio einsteiniano. Nyela hizo que el techo subiera. Apareció entonces un interior sorprendentemente espacioso, con un banco continuo y asientos de emergencia.

—¿Adónde vamos? —preguntó ella.

—Al Grand Hyatt.

—Ya sé.

Nyela se metió dentro y Jericho se deslizó a su lado. Vio que el Nissan



disponía de un salpicadero giratorio. Todo el mecanismo del volante podía desplazarse a gusto del conductor en dirección al acompañante. Sin hacer ruido, la cúpula descendió. El cristal tintado filtraba las intensas longitudes de onda de la luz del mediodía y creaba una atmósfera parecida a la de un capullo. Con un discreto zumbido, el motor eléctrico arrancó.

—Nyela, yo... —Jericho se masajeó el puente de la nariz—. Tengo que preguntarle algo.

Ella lo miró con unos ojos que parecían estar apagándose.

—¿Qué?



—Su esposo tenía la intención de entregarme un dossier.

—¿Un...? ¡Dios mío! —La mujer oprimió un puño contra los labios—.

¿No lo tiene usted? ¿Ni siquiera tuvo tiempo para entregarle el dossier?

Jericho negó con la cabeza, en silencio.

—¡Podríamos haber jodido a esos cerdos!

—¿Llevaba el dossier consigo?

—No el del Crystal Brain, ése lo tiene Kenny, sino...

«¿Cuál si no?», pensó Jericho, cansado.

—Sino el duplicado...



—¡Un momento! —exclamó el detective, agarrándola por el brazo—.

¿Existe un duplicado?

—Él iba a entregárselo. —La mirada de Nyela cobró una expresión suplicante—. ¡Créame, Jan no tuvo más opción que sacrificarlos a usted y a la chica! Él no era así, no era un traidor. Él siempre...

—¡Nyela! ¿Dónde está ese duplicado?

—Tuvimos que entregarle a Kenny el cristal, y luego él nos habría matado,

¿qué íbamos a hacer? Estoy segura de que Jan estuvo buscando hasta el final una vía para salvarlos a ustedes dos,



quería entregarle a usted el dossier para que...

—Nyela, ¿dónde?

—Pensé que él se lo había dicho.

—¿Que me había dicho qué? — Jericho creyó enloquecer—. Nyela, maldita sea, ¿dónde tenía Jan...?

—¡Tenía, tenía! —La mujer negó enérgicamente con la cabeza al tiempo que extendía los dedos—. Está usted formulando las preguntas equivocadas.

¡Él es el duplicado!

Jericho la miró.

—¿Qué quiere decir con que...?

Del cuello de Nyela brotó de pronto un rojo collar de volantes. El líquido



caliente salpicó a Jericho. Él se arrojó sobre el regazo de la mujer. Por encima de él, la cúpula del Nissan estalló, la gomaespuma y el granulado de relleno de los asientos volaban por todas partes. Desde su posición, trasladó el volante hacia su lado, pisó el acelerador y salió disparado. Una seca descarga en staccato recorrió el revestimiento de fibra de carbono. Jericho estiró la cabeza, a fin de ver aunque fuera algo por encima del salpicadero, sintió a Nyela caer pesadamente sobre su hombro y perdió el control. El coche traqueteó a lo largo de la calle, saltó al carril opuesto, pasando por entre



turismos que frenaban o tocaban el claxon, y se subió a la acera. Los peatones se dispersaron en desbandada. En el último segundo, Jericho logró girar el volante hacia la izquierda para volver a su carril, aunque, en esa operación, estuvo a punto de chocar con un pequeño furgón que se apartó tambaleándose y rozando el lateral de los vehículos aparcados; luego el Nissan continuó traqueteando por encima del bordillo y se detuvo en el ramal que conducía hacia el Spree.

Allí, enorme, con su pelo blanco, vio al ángel de la muerte.

Xin disparaba mientras avanzaba.



Iba directamente hacia él. Una vez más, Jericho corrigió el rumbo. El Nissan amenazó con volcarse, la cabina estaba demasiado alta, el intervalo de las ruedas era demasiado estrecho para tales maniobras. Los ojos del detective examinaron el salpicadero. Xin se había detenido con el propósito de afinar la puntería. Con una sonora explosión, Jericho vio salir despedido un pedazo del destrozado revestimiento del techo. El Nissan voló en dirección a Xin, y Jericho se preparó para el impacto.

Xin saltó hacia un lado.

Como un cochecito de bebé de enormes dimensiones fuera de control,



el vehículo pasó junto a él a toda velocidad. Xin lo seguía y le disparaba. Jericho oyó un chirrido de frenos, consiguió evitar por un pelo la colisión con una limusina y pasó dando tumbos al carril contrario, lo que obligó a un motorista a hacer unas cabriolas suicidas. El coche giró y quedó atravesado en la vía. Xin salió disparado de su trayectoria, sintió que algo lo rozaba y voló por los aires para luego caer de bruces sobre el pavimento. Un coche pequeño lo había golpeado, y su conductor puso de inmediato pies en polvorosa. Otros vehículos se detuvieron y sus ocupantes



empezaron a bajarse. Xin rodó sobre su espalda, moviendo los brazos y las piernas, vio al motorista abalanzarse sobre él y buscó su pistola.

—¡Dios mío! —dijo el hombre, inclinándose sobre él—. ¿Le ha pasado algo? —preguntó el motorista en inglés

—. ¿Está todo bien?

Xin agarró la pistola y le puso el cañón debajo de la nariz.

—Todo va estupendamente —

replicó el chino.

El motorista se puso pálido y retrocedió. Xin se incorporó rápidamente. Con pocos pasos estuvo junto a la moto aparcada, montó y



aceleró en dirección al Spree, donde se detuvo con un chirrido de neumáticos y miró en todas las direcciones.

¡Allí estaba! El Nissan. Cruzó u semáforo en rojo y se alejó en dirección al sur.

Jericho miró a su alrededor y lo vio venir.

Había ido en la dirección equivocada. El Audi estaba en otra parte. Había tenido tiempo suficiente para cambiar de coche, salir de la cúpula destrozada del Nissan y del lado de la muerta, que era lanzada constantemente de un lado a otro y chocaba todo el tiempo contra él. Su



mirada examinó los paneles de control en busca del mando para regular el intervalo de las ruedas. Casi todas las funciones podían activarse a través de una pantalla táctil, debía de haber un símbolo para ello, pero Jericho no conseguía concentrarse en la búsqueda. Constantemente tenía que apartarse, desviarse, frenar o acelerar.

Xin lo alcanzaba.

El detective avanzó traqueteando por el paseo adoquinado de la orilla, esquivó un camión y llegó a un bulevar de aspecto señorial, rodeado por una arquitectura de estilo imperial. Intentó recordar cómo se iba al hotel. El



Nissan, elevado, pasaba de una posición inclinada a la otra, amenazaba con volcarse. Y de repente el detective vio con claridad que no tenía absolutamente ningún plan. ¡No tenía nada, nada! Avanzaba a toda velocidad en un pequeño coche que era una ruina, con una mujer muerta a su lado, recorriendo el centro de Berlín con Xin pisándole los talones, acercándose de un modo amenazante, ágil y rápido.

Delante de él, el tráfico se atascaba. Jericho cambió de carril. Otro atasco. Otro cambio de carril. Un hueco, un atasco, otro hueco, otro atasco. En ese zigzag de pinball, salió disparado hacia



una enorme estatua ecuestre que marcaba el inicio de una mediana cubierta de árboles, una ancha avenida que dividía el tráfico que circulaba en un sentido y en el otro, giró el volante hacia la derecha, se estrelló contra el bordillo y se alzó bruscamente. De repente se vio en medio de los transeúntes, oprimió el pulpejo de la mano sobre el claxon, empezó a describir curvas, esforzándose, en medio del pánico, por no atropellar a nadie, hasta que consiguió vadear el atasco y se vio de nuevo en la vía después de una especie de eslalon gigante. La fuerza centrífuga y la escasa



estabilidad se aliaron de la peor forma; fue arrastrado a través del paso de cebra en dirección a la mediana y perdió el contacto con el asfalto. Sobre dos ruedas, traqueteó en dirección a los árboles que rodeaban la franja intermedia, el peso del coche desplazándose a un lado. Sintió una sacudida. El vehículo recibió un golpe, dio un salto tremendo, la corteza se astilló levantando enormes nubes de polvo. Ante él, casi desierta, se extendía la avenida, rodeada de tilos y bancos. El tráfico a ambos lados, los coches, los autobuses y los rikshas tirados por bicicletas se borraban en el denso



verde, en los colores, en las luces, en las impresiones de movimiento. Jericho lanzó una mirada hacia atrás.

Como una fiera, la motocicleta de Xin apareció por debajo de unas ramas que colgaban bajas y retomó la persecución.

El detective aceleró. De pronto apareció más gente. Un romántico café, a la sombra, bien integrado en la avenida. Improperios desconsolados, amenazas, rápida retirada. Un quiosco con mesas alrededor para comer de pie, jugadores de petanca. A una gran velocidad, se iba acercando al cruce, vio a través del ramaje cómo los



semáforos cambiaban la luz, amarillo, rojo, evitó docenas de coches que se le venían encima, y llegó al siguiente tramo del paseo. El concierto de bocinazos que había desatado se quedó a la zaga. Jericho miró hacia atrás. Ni rastro de Xin. El detective dejó escapar un grito ronco. ¡Lo había burlado! Había perdido a Xin, al menos por el momento. Había ganado tiempo, unos segundos preciosos, cada segundo era una eternidad.

De pronto recuperó el sentido de la orientación.

Un merendero le bloqueaba el camino; a ambos lados el tráfico había



aminorado. Jericho sacó el Nissan fuera de la sombra de los árboles y lo condujo de nuevo hacia la calle, y entonces la vio aparecer ante sí, la puerta, a un buen trecho de distancia todavía. No era la primera vez que lo sorprendía lo imponente que parecía en las fotos y lo pequeña que era en realidad. Los edificios de la corte Guillermina, las suntuosas construcciones y los palacios barrocos empezaban a dar paso a una arquitectura más moderna, se acababan los restaurantes y los comercios, se veía a menos transeúntes en la calle. Allí donde la avenida desembocaba en la animada Pariser Platz, con su Academia



de Bellas Artes y sus embajadas francesa y estadounidense, cruzaba el llamado pasaje Norte-Sur que él esperaba poder tomar, pero...

Jericho entornó los ojos.

Algo sucedía allí. A mano izquierda acababan los árboles de la avenida, de modo que ahora podía ver el bulevar en toda su amplitud. Lleno de horror, comprendió que se estaba dirigiendo a una zona con el paso cortado. Varios sectores de la calle estaban bloqueados con vallas. Un robot de construcción de dimensiones monstruosas estiraba sus brazos de acero y depositaba en la calzada algo macizo y alargado. Por el



único espejo retrovisor que quedaba, vio la moto de Xin acercarse a toda velocidad.

Jericho soltó un improperio y subió de nuevo, dando sacudidas, al paseo. Fuera lo que fuese lo que estaban construyendo allí, convertía el bulevar en un callejón sin salida. El robot agitaba en el aire un gigantesco puntal de acero y lo bajaba con intenciones de atravesarlo en medio de la acera y la calle; unos obreros hacían señas, para que se desviaran, a los vehículos que se habían extraviado por allí, sin prestar atención a las muchas señales que probablemente advertían acerca del



bloqueo de la calle, señales que, por supuesto, no se veían si uno avanzaba por el paseo de la mediana. No había manera de escapar, el puntal seguía bajando, Xin se acercaba, llevaba su arma en ristre...

¿Dónde estaba el símbolo del intervalo de las ruedas?

Los primeros obreros se dieron la vuelta, lo vieron venir y se lanzaron a un lado. Unos disparos impactaron contra la parte trasera del Nissan. Si frenaba, Xin le afeitaría la cabeza; si no lo hacía, el puntal de acero se encargaría de hacer lo mismo, y dar media vuelta era ya imposible, puesto que iba muy de prisa,



demasiado de prisa, y el maldito símbolo...

¡Allí estaba! ¡No era un símbolo, sino un interruptor! Un interruptor común y corriente, anticuado.

En ese instante, el Nissan extendió las ruedas y se transformó en una estructura alargada y plana. El puntal creció ante los ojos de Jericho, se volvió oscuro y amenazante, a menos de medio metro del suelo, el gris final de todas las cosas. En un ridículo reflejo, el detective alzó el brazo y se tapó la cara, mientras la cabina se hundía más y más; luego se oyó un estampido, algo que se astillaba, cuando los restos de la



cúpula del Nissan fueron arrancados por el borde del puntal de acero. Jericho se hundió en su asiento. Como una platija, el vehículo salió disparado y pasó por debajo del puntal; por un instante se hizo de noche, y luego se vio otra vez el cielo azul. El cruce, un autobús, una colisión programada. Como en una película mal editada, el Nissan se encontró de repente dos metros más a la derecha, empezó a girar, se deslizó como un trineo por Pariser Platz, con ciclistas por un lado, transeúntes del otro, todas y cada una de las cosas y las personas parecían, de algún modo, huir de él. Esforzándose por recuperar el control,



se dirigió directamente a la Puerta de Brandemburgo. Sobre la cuadriga se vio un girocóptero de la policía, un helicóptero ultraligero, semiabierto, desde el que le ladraba un altavoz. Su plan de pasar al otro lado atravesando las columnas dóricas fracasó ante una fila de unos bolardos de baja altura que hacían imposible el paso. Jericho frenó. El Nissan dio la vuelta de costado, resbaló sobre el asfalto, chocó contra los bolardos y se detuvo. A su lado, Nyela pareció erguirse para dar un discurso. Su cuerpo se alzó, fue lanzado hacia adelante y cayó de nuevo hacia atrás, como si la mujer hubiera



cambiado de idea en el último segundo.

De un salto, Jericho salió de aquella chatarra.

El girocóptero descendió. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, el detective cruzó la puerta corriendo y pasó al otro lado, donde el bulevar continuaba en forma de arteria de varias vías. A lo lejos se veía una elevada y delgada columna y, directamente delante de la puerta, la avenida se bifurcaba en tres direcciones. Sin prestar atención a semáforos y señalizaciones, Jericho corrió a lo largo de un paso de peatones. Se oyó el chirrido de unos frenos, con un estampido, alguien avanzaba por delante



de él. Curioso. ¿Todavía había coches sin asistente para atascos? Un anticuado cabriolé pasó por su lado y estuvo a punto de pillarle los pies: unos improperios rebotaron contra él. Jericho retrocedió, echó a correr y consiguió llegar al lado opuesto pasando por los pelos por delante del radiador de un pesado camión; luego corrió a toda velocidad hacia un camino que se abría en medio de un bosque. Todo era verde, sombreado. Estaba en Tiergarten, el corazón verde del centro de Berlín. Arena y gravilla, caminos solitarios. Delante de él apareció la escultura de un león. Más árboles que se abrían hacia



unos prados, senderos que se ramificaban en forma de estrella. En uno de ellos se adentró el detective, corrió y corrió hasta que estuvo seguro de que ya nadie lo perseguía, ni Xin ni el girocóptero. Sólo se detuvo al llegar a un pequeño lago, apoyó las manos en las rodillas y sintió las punzadas en el costado y un sabor ácido en la lengua. A duras penas, intentó tomar aliento. Jadeó, escupió, tosió. Su corazón era un animal encabritado, como si quisiera salirse de aquella estrechez.

Una señora mayor lo miró brevemente y se dedicó de nuevo a los esfuerzos de su nieto, todavía en edad



preescolar, para no caerse de la bicicleta.



XIN







Finalmente había conseguido vadear el puntal de acero, pero había perdido un tiempo muy valioso. Más adelante pudo ver el Nissan que se alejaba a toda velocidad, se metió en la curva y serpenteó rodeando el autobús; apuntó. Por lo que parecía, el detective había perdido el control del coche. Eso estaba bien. Xin disparó una salva, pero en eso apareció un girocóptero encima de la Puerta de Brandemburgo. Para su sorpresa, a los policías pareció llamarles más la atención su moto que el



detective, que en ese instante saltaba del coche y ponía pies en polvorosa. Los policías descendieron más y se dirigieron frontalmente hacia él; desde el aire, le llegó el sonido de unas órdenes. Rápido como el rayo, Xin evaluó la situación. El girocóptero estaba suspendido todavía a un metro por encima de la plaza. Pasar por su lado era imposible. Y si disparaba a los motores, los policías tendrían un pretexto y abrirían fuego contra él, de modo que hizo girar la máquina y enfiló a toda velocidad por la calle que cruzaba la avenida.

De inmediato, el girocóptero



emprendió la persecución. Cuando atravesó el siguiente cruce, algo golpeó el asfalto delante de él, se infló y se puso rígido. ¡Le disparaban con cañones de espuma! Una descarga en los radios de aquel material, que se endurecía en segundos, y su viaje habría terminado abruptamente. Xin se volvió, vio cómo la calle por delante de él se extendía en un puente y de repente se halló a orillas del Spree. Si su sentido de la orientación no lo engañaba, allí había un camino que lo conduciría de nuevo hasta la Isla de los Museos. No era una buena idea aparecer por allí, un lugar donde a esas horas, seguramente, habría todo un



enjambre de policías. Detrás de él oyó el seco tableteo del girocóptero, y de repente lo tuvo encima, delante. El aparato se lanzó hacia abajo y lo obligó a frenar del todo. Describiendo una peligrosísima curva, Xin dio media vuelta y voló en dirección contraria, pero sólo para divisar otro aparato de la policía, suspendido sobre la cúpula del edificio del Reichstag, aparentemente inmóvil. Entonces el aparato se acercó a toda velocidad.

Lo tenían acorralado.

Xin aceleró la moto para seguir adelante, en dirección al Reichstag, con el río a su derecha. Los turistas



poblaban las curvas escalinatas, el paseo se ampliaba. La arquitectura de los edificios gubernamentales que rodeaban la orilla era toda de cristal y acero, y, a modo de contraste, junto a ellos había delicados arbolitos con copas esmeradamente podadas. Unos barcos con cúpulas de cristal sitiaban a todo lo largo el Spree, que más adelante describía un arco y pasaba por debajo de un aireado puente peatonal.

Y, por encima de todo aquello, los dos girocópteros.

Xin se dirigió hacia el puente. Ante sus ojos, un grupo de jóvenes se desparramó hacia los lados. El chino



alzó la moto, avanzó sobre la rueda trasera, tomó todo el impulso que pudo y salió disparado por encima del borde. Por un momento la moto flotó sobre el agua. El Spree era como una escultura de cristal, mientras que los girocópteros parecían clavados en el cielo. Xin notó una agradable brisa sobre su piel, una idea de lo que sería vivir una vida completamente diferente; sin embargo, no había ninguna otra a su disposición.

El chino retiró las manos del manillar.

La superficie del río se descompuso en un caleidoscopio y el agua rugió en sus oídos. Xin intentó apartarse de la



moto que se hundía tan rápidamente como le fue posible. La rueda delantera golpeó contra su cadera. Él ignoró el dolor, emergió, llenó sus pulmones de aire y se sumergió de inmediato otra vez, descendiendo a la profundidad suficiente como para que no pudieran verlo desde el aire. Con fuertes brazadas avanzó hacia la mitad del río, por encima de él estaba uno de aquellos barcos con las cúpulas de cristal. Xin estaba entrenado para permanecer mucho tiempo bajo el agua, pero en algún momento debería emerger y vérselas con dos girocópteros. Los aparatos, seguramente, se dividirían, uno



iría en su busca río arriba y el otro río abajo. En un juego de reflejos veía el cuerpo oscuro del barco turístico pasar por encima de él, y con un enérgico movimiento de sus piernas ascendió. Muy pegado a la proa, su cabeza emergió fuera del agua. La línea de flotación del barco estaba bastante baja, por lo que pudo agarrarse a uno de los salientes situados debajo de las ventanas. En un primer momento resbaló, pero volvió a extender el brazo y se aferró al saliente, al tiempo que escudriñaba el cielo, oculto en parte por la estructura del barco.

Uno de los girocópteros sobrevoló



el lugar donde él se había sumergido. Al otro aparato podía oírlo, pero no verlo. Un instante después apareció justo encima del barco, y Xin se dejó hundir en el agua de nuevo, pero sin soltar el saliente. Contuvo la respiración todo el tiempo que le fue posible. Cuando se arriesgó a echar otro vistazo, estaban cruzando justamente por debajo del puente.

El girocóptero se alejó.

Durante un tiempo, Xin se dejó arrastrar por el barco, pero luego se soltó, nadó hasta la orilla y salió del agua. Ante sus ojos se extendía un muro de contención de hormigón y, justo



detrás, pasaba una calle bastante transitada. Hasta donde podía ver, los policías continuaban su búsqueda al otro lado del puente. El chino alzó las manos para tocarse la peluca, pero ésta había quedado sumergida en el Spree. Rápidamente se arrancó la barba postiza, se quitó la chaqueta del traje, lo tiró todo al agua y se arrastró a tierra chorreando. También había perdido el arma, pero por lo menos había podido salvar su teléfono móvil, que por suerte era a prueba de agua. Tranquilo, se ajustó al cuerpo el cinturón con las tarjetas de crédito y el cristal de memoria. Solía llevar siempre varias



tarjetas de crédito consigo, aun cuando fueran una antigualla, ya que todas las compras podían hacerse a través del código de identificación del teléfono móvil. Sin embargo, cuando compraba ropa no le gustaba registrarse.

No lejos de donde estaba pasaba una vía elevada para trenes rápidos. Su mirada examinó la calle. Describiendo un amplio arco, ésta conducía hasta una construcción con cúpula de cristal, el núcleo de un grupo de altos edificios centelleantes que, al parecer, conformaban la estación central de Berlín. Xin se arremangó la camisa, se atusó su pelo negro y liso hacia atrás y



siguió el curso de la calle con paso rápido, pero sin demostrar agitación. El tráfico pasaba rugiendo por su lado. A cierta distancia vio otro girocóptero, pero se sintió en cierto modo seguro, ya que su aspecto actual apenas coincidía con la descripción del hombre al que perseguía la policía. Se resistió al impulso de andar más de prisa. Al cabo de diez minutos, llegó a la nave central de la estación, sacó dinero de un cajero con una de sus tarjetas, encontró una tienda de ropa deportiva y, bajo la mirada atónita de una dependienta totalmente cubierta de aplicaciones, se compró unos vaqueros, unas zapatillas y



una camiseta. De inmediato se puso las prendas que había comprado, le pidió a la dependienta una bolsa de plástico, pagó en efectivo, metió la ropa mojada en la bolsa y la echó en una de las papeleras públicas de la estación; luego cogió un taxi y se dirigió al hotel Adlon.



JERICHO







En su memoria, el Hyatt estaba situado hacia el sur de Tiergarten, pero al cabo de un tiempo caminando entre bifurcaciones y estanques con patos, perdió la orientación y vagó de un idilio de excursión de fin de semana a otro. A una distancia borrosa percibía los ruidos de la calle. El sol caía sobre él con un aspecto poco natural. Jericho sintió mareos, unas punzadas atravesaron su pecho, el dolor se extendía desde su hombro por todo su brazo izquierdo. El cielo, los árboles y



las personas fueron absorbidos hacia el interior de un túnel rojo. ¿Eran los síntomas de un infarto? Con las rodillas cada vez más flojas, se tambaleó entre unos matorrales y vomitó. A continuación se sintió mejor y consiguió llegar hasta la calle principal. En un cruce, volvió a identificar varios edificios, vio una escultura de Keith Haring y supo que el Grand Hyatt se encontraba al doblar la esquina. Habría jurado que había estado vagando por aquel parque durante horas, pero cuando miró el reloj comprobó que desde la colisión junto a la Puerta de Brandemburgo sólo habían transcurrido,



en todo caso, quince minutos. Eran poco más de las doce y media.

Entonces lo llamó Tu.

—Estamos aquí arriba, en tu habitación, Yoyo y yo...

—Quedaos ahí, enseguida subo. Desde que Diana residía en la

habitación de Jericho, habían declarado su espacio central de trabajo, a fin de dedicarse allí a las nuevas pesquisas y a los nuevos intentos de descodificación. En el ascensor, su pensamiento alcanzó la singular claridad de la autoobservación. Pocas veces se había sentido tan desconcertado, tan impotente. Nyela ya estaba casi en



terreno seguro, pero, no obstante, él la había perdido.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó Tu, poniéndose de pie de un salto y saliendo a recibirlo—. ¿Acaso todo...?

—No. —Jericho metió la mano en su cazadora, sacó los paquetes de dinero y los arrojó sobre la cama—. Aquí tienes tu dinero. Hasta ahí la buena noticia.

Tu cogió uno de los paquetes y negó con la cabeza.

—Ésa no es una buena noticia.

—No, no lo es.

En pocas frases, Jericho les describió cómo se habían desarrollado los acontecimientos. Intentando ser



objetivo, consiguió que la historia sonara de un modo todavía más espeluznante. Con cada palabra suya, la expresión de Yoyo se volvía cada vez más mustia.

—Nyela —susurró la joven—. ¿Qué le hemos hecho a esa mujer?

—Nada —dijo el detective, pasándose la mano por la cara en un gesto cansado y desvalido—. Habría sucedido de un modo u otro. En cualquier caso, conseguimos prolongarle la vida un par de minutos más.

—No tenemos dossier. —La mirada de Tu se oscureció un poco más—. Todo ha sido en vano.



—Según Nyela, Jan lo llevaba todo consigo. —Jericho se acercó a la ventana y miró hacia afuera, sin ver nada

—. Vogelaar nos traicionó con Xin, pero al mismo tiempo intentó darle una vuelta a la página. En el último segundo, no sé qué pudo moverlo a ello. Quería que yo me llevara ese dossier.

—Es una puta mierda —dijo Tu, golpeándose con un puño en la palma de la mano—. Y Nyela no está del todo segura...

—No lo estaba, Tian. Está...

—¿...de que él lo llevara consigo? Ella dijo expresamente...

—Ella dijo que Kenny tenía el



original en su poder.

—El cristal de memoria.

—Sí, pero por lo visto existe un duplicado.

—¿Un duplicado que Vogelaar pretendía llevar consigo al museo?

—Un momento —dijo Yoyo, frunciendo el ceño—. Eso significa que sigue llevándolo consigo.

—Eso es irrelevante —repuso Jericho, oprimiéndose dos dedos contra la frente. Había llegado, definitivamente, a un callejón sin salida

—. La policía se lo habrá quedado. Pero, bueno, eso nos exonera de tomar cualquier otra decisión. A partir de



ahora se acabó el actuar por nuestra cuenta. Creo que podemos confiar en las autoridades de este país, así que...

Jericho se detuvo.

Como a través de una pared de guata, oyó a Tu decir algo sobre las cámaras de vigilancia del museo, que seguramente ya estarían buscándolo hacía rato, y que en ningún lugar del mundo se podía confiar en las autoridades. Algo más claras y nítidas le resonaron en los oídos las últimas palabras de Nelé: «Está usted formulando las preguntas equivocadas.

¡Él es el duplicado!»

«¿Él es el duplicado?»



—Dios mío, qué sencillo —susurró

Jericho.

—¿Qué es sencillo? —preguntó Tu, confundido.

El detective se volvió. Ambos lo miraron fijamente. Allí estaba de nuevo la confianza que creía perdida.

—Creo que sé dónde ocultó

Vogelaar su dossier.



HOTEL ADLON







Xin sacó el cristal de memoria, lo hizo girar entre los dedos y sonrió. Conocimientos inútiles. En el fondo, podía estar satisfecho. Ciego para el antiguo y respetable interior del hotel, atravesó el vestíbulo, subió hasta la suite y lo primero que hizo fue probar su móvil. El fabricante le había asegurado que era resistente al agua hasta una profundidad de veinte metros y, en efecto, el aparato funcionaba como de costumbre. Al mirar la pantalla, comprobó que su contacto había



intentado localizarlo, justo antes de que pusiera el punto de mira en Vogelaar.

—Hydra —dijo Xin.

Su voz fue registrada, verificada y confirmada.

—Le ha llegado una advertencia a Orley —le explicó la persona de contacto.

—¿Qué? —explotó Xin—.

¿Cuándo?

—Ayer, a última hora de la tarde.

—¡Quiero detalles!

—Un tal Tu les pasó un documento. Por lo visto, una copia parcial de su mensaje. —La otra persona hizo una profunda inspiración—. ¡Kenny, al



parecer han conseguido descifrar otras partes del mensaje! ¿Cómo ha podido suceder algo así? Pensé que...

—¿Qué significa eso? —Xin empezó a caminar de un lado a otro de la habitación—. ¿Qué quiere decir con

«parcial»?

—Todavía no lo sé.

—Pues en ese caso le diré algo: retire ahora mismo todas las páginas de la red.

—Pero entonces se vendrá abajo toda nuestra comunicación.

—¡Ya me ha salido usted otras veces con el mismo argumento!

—Y con razón.



—Sí, pero ya ve lo que hemos obtenido con ello. —Xin intentó calmarse. Abrió la nevera del minibar y empezó, mecánicamente, a corregir la separación entre las botellas—. La idea de los correos era buena para intercambiar informaciones complejas y aprovecharnos del servidor global, pero para lo demás bastan los móviles. El asunto ya está acabado. No podemos influir en nada más. Ahora lo único que puede salir mal es que descifren mi mensaje entero, ¡así que retire de una vez todas esas páginas de la web! —Xin hizo una pausa—. ¿Ya lo ha informado a él?



—Él lo sabe.

—¿Y?

El otro suspiró.

—Comparte su punto de vista. También cree que deberíamos bloquear esas páginas, así que dispondré lo que sea necesario. Y ahora, dígame, ¿qué hay de Vogelaar?

—Liquidado.

—¿Ya no representa ningún peligro?

—Había guardado un dossier, un cristal de memoria. Pero ahora ese chisme está en mi poder. Su mujer era la única que lo sabía, también está muerta.

—Vaya, ésas son buenas noticias, Kenny. Para variar.



—Desearía poder decir lo mismo de usted —replicó Xin—. ¿Por qué me entero ahora de esa advertencia?

—Porque yo mismo no me he enterado hasta esta mañana.

—¿Cómo reaccionó el consorcio?

—Con una llamada al Gaia.

—¿Cómo? —A Xin estuvo a punto de caérsele el teléfono de la mano—.

¿Se lo comunicaron al Gaia?

—Tranquilícese. Probablemente sólo se debiera a que ahora el asunto está presente en los medios. Por lo que sé, allí arriba todo transcurre según el programa, no se ha cancelado ninguna excursión, nadie quiere regresar antes de



tiempo.

—¿Y quién recibió la llamada en el

Gaia?

—Estoy esperando los detalles de un momento a otro.

Xin miró fijamente la nevera.

—Muy bien —dijo—. Mientras tanto, averigüe algo para mí, y de prisa. Busque dónde están en Berlín Yoyo y Jericho.

—¿Cómo? ¿Esos dos están en

Berlín?

—Tienen que estar alojados en alguna parte. Introdúzcase en los sistemas de reserva de los hoteles, en las bases de datos de las autoridades de



inmigración, me da igual cómo lo haga, pero encuentre a esos dos.

—Santo cielo —gimió el otro.

—¿Qué pasa? —preguntó Xin, al acecho—. ¿Está perdiendo usted los nervios?

—No, está bien. De acuerdo. Haré lo posible.

—No —gruñó el chino—. Haga más que eso.



HOTEL GRAND HYATT





Inmediatamente antes de que los disparos de Xin pusieran fin a su vida, Nyela había extendido los dedos como si quisiera enfatizar sus palabras, y, en lo que parecía un gesto de rebeldía, había hecho otra cosa muy distinta. Había señalado hacia su cara, que en ese instante representaba la cara de Vogelaar, había señalado hacia sus ojos y había dicho: «¡Él es el duplicado!»

El ojo de vidrio de Vogelaar era un cristal de memoria. Llevaba consigo el



duplicado en su cavidad ocular.

—Vaya tipo más refinado —dijo Yoyo con un gesto mitad de admiración y mitad de asco.

Tu rió con un resoplido.

—No podría haber buscado un sitio mejor. Con la verdad siempre a la vista.

—Hasta el punto de que, en el momento de su muerte, ésta sale a la luz.

—El rostro de Yoyo mostraba otra vez ciertos matices de color.

Jericho recordaba lo de la noche anterior. No habían pasado aún ni diez horas desde que abandonó su cuarto con los ojos erosionados, la viva imagen de la decadencia, con los poros abiertos,



llena de manchas e hinchada, bañada en humo y despidiendo olor a vino tinto. Aparte de la palidez provocada por la situación —a fin de cuentas, la vida se la estaba jugando de una manera perversa—, los excesos de la noche anterior no habían dejado ninguna huella en ella. Yoyo tenía un aspecto rozagante, su piel se veía tersa y atractiva, casi rejuvenecida. Jericho sacó de todo ello deprimentes conclusiones sobre la relación de la juventud con las sustancias que producían borrachera. En su propia doble hélice, en sus genes, los sistemas de reparación después de trasnochar sólo trabajaban de manera



esporádica.

—Tú que sabes del tema, Owen — dijo Tu—. ¿Qué sucede cuando se realiza un examen de medicina legal?

¿Investigarán también el ojo de cristal?

—Sin duda lo retirarán temporalmente.

—Y un cristal de memoria llama la atención.

—A un experto, sin duda —dijo Yoyo—. Supongamos que Owen tiene razón y que nuestro dossier caerá en manos de la policía en las próximas horas.

Jericho se acarició el mentón. No le gustaba la idea de fiarse de la policía



criminal alemana. Lo interrogarían durante horas, mostrarían recelo, les negarían el acceso a cualquier información sobre Vogelaar. El ritmo de sus pesquisas se reduciría a cero.

Tu le entregó una hoja impresa.

—Tal vez quieras echarle un vistazo a lo que hemos averiguado en tu ausencia. Los pasajes nuevos han sido resaltados en negrita.





Jan Kees Vogelaar vive en Berlín bajo el nombre de Andre Donner. Lleva allí un de africanas dirección privada y dirección comercial:



Oranienburger Straße, 50,

10117 Berlín. ¿Qué debemos invariable un alto riesgo para la operación ninguna duda de que él tiene conocimiento del misil portador, menos conocimiento de ello, si de, es cuestionable. De un modo u otro un declaración haría expresamente Es cierto que Vogelaar desde su dado ninguna declaración pública sobre el trasfondo del golpe. No cambia de Ndongo que el gobierno chino ha planificado y llevado a cabo el cambio de



poder. Esencia de la operación Moderna Vogelaar tiene poco desde el momento de la Además nada hace en Orley Enterprises y concluir en un fallo. Nadie allí sospecha y después de ello a fin de cuentas todo ha marchado. Cuento porque sé, No obstante aconsejo urgentemente liquidar a Donner. Es recomendable...





—«Misil portador.» —Jericho alzó la mirada—. Otro indicio de que Vogelaar ha dicho la verdad. Que lo del lanzamiento del satélite implicaba algo



más que los experimentos con unas nuevas propulsiones.

—Un misil portador tiene que portar algo —dijo Tu—. ¿Cómo llegó el satélite de Mayé al espacio?

—Precisamente con eso —supuso

Jericho—. Con un misil portador.

—Pero aquí no se habla de un satélite.

—No. Por lo visto no se trata de un satélite. Se trata de misiles portadores.

Tu asintió.

—En ese sentido, tuve oportunidad de hablar con un par de personas que, por suerte, miran hacia nuestro aplicado pueblo. No se podían recibir



informaciones comprometedoras, pero sí valoraciones que había que tomar en serio. Según estas últimas, en ningún momento el gobierno chino lanzó proyectos espaciales desde territorios extranjeros. La historia del rodeo a la cláusula de responsabilidad es tan poco convincente como lo del sudario de Mao. Todas esas chorradas podrían haber sido inventadas expresamente para consumo de Mayé; en cualquier caso, la distribución de los riesgos con otras naciones no se corresponde con la práctica habitual.

—¿Podría tratarse entonces de una actuación por cuenta del propio Zheng?



—El Grupo Zheng, como está demostrado, sólo ha estado activo en una sola ocasión en territorio africano, y fue precisamente en Guinea Ecuatorial. Que lo haya hecho en nombre de Pekín resulta dudoso. Mis informantes lo dudan. ¿Participó el gobierno chino en el desarrollo del programa espacial de Guinea Ecuatorial y en el derrocamiento de Mayé? Sí, pero sólo si se parte del criterio de que gente como Zheng Pang- Wang conforman el gobierno, no si se mira el gobierno como un todo.

—Lo que, a su vez, demuestra que el Partido es una mera idea, un fantasma — dijo Yoyo con desprecio—. No existen



ya fronteras en relación con la economía y, con ello, no existe tampoco una actuación coherente a nivel del Estado. Los empresarios petroleros chinos llevaron a Mayé al poder con un golpe, y en eso ayudó el Zhong Chan Er Bu, con el conocimiento de los camaradas del Partido. Y posiblemente nuestro mayor gigante económico lo haya derrocado de nuevo.

—Pero sin conocimiento de todos los camaradas del Partido.

—Exacto. —Los dedos de Yoyo golpearon la hoja impresa—. Aquí debajo sigue diciendo: «Nadie allí sospecha...» ¿Qué? Algo. ¿Quiere decir



que nadie sospecha nada? La palabra

«todo» se refiere a la segunda parte,

«todo ha marchado». Sopesan si todavía vale la pena o no liquidar a Vogelaar. En fin, no sé qué pensaréis vosotros, pero a mí me suena como si la gran estampida estuviera a punto de llegar de un momento a otro.

—¿Alguna idea de lo que significa ese «Moderna»?

—Debe de tratarse de alguna clase de armamento. —Tu se encogió de hombros—. Tienen miedo de que Vogelaar hable de ello.

—Muy bien —dijo Jericho—. Pero de todos modos seguimos atascados.



Yoyo se dejó caer en la cama con los brazos extendidos y miró fijamente al techo. Entonces se incorporó de repente.

—¿Y qué será ahora de Vogelaar?

—preguntó la joven.

—¿A qué te refieres? —dijo Jericho, confundido—. ¿Cómo que qué será?

—Sí, ahora. —Yoyo frunció los labios—. O mejor retrocedamos una hora. Doce del mediodía. ¡Bang, bang! A Vogelaar le disparan, yace muerto en el museo. ¿Qué sucede entonces?

—Hacen su entrada unidades especiales de la policía. Acordonan el



lugar de los hechos, y la policía científica empieza su trabajo.

—¿Qué sucede con el cadáver?

—En este preciso instante estará allí todavía. Los técnicos forenses necesitan su tiempo. A más tardar a las dos, el cuerpo estará sobre la mesa de autopsias, donde lo abrirán en un pispás.

—¿Y el ojo?

—Eso depende. El responsable de practicar la autopsia no es mejor que el comisario. En la realidad, las cosas suceden de un modo distinto que en las películas. Él encuentra lo que tenga valor para ser presentado ante los investigadores. Suponiendo que le llame



la atención algo en el ojo, lo consignará en su informe. Tal vez vuelva a colocarlo de nuevo en su sitio, o tal vez lo deje en la bandeja de las pruebas.

—¿Cuánto tiempo tarda la autopsia?

—Según la situación. Teniendo en cuenta que la causa de la muerte no ofrece duda alguna, ya que Vogelaar murió a causa de los disparos, será rápida. En dos o tres horas habrán acabado.

—¿Y luego?

—El médico forense libera el cadáver —explicó Jericho, sonriendo con sarcasmo—. Puedes ir a recogerlo si llevas un coche fúnebre.



—Bien. Iremos a recogerlo, entonces.

—Un plan estupendo —dijo Tu, clavando la vista en la joven—. ¿De dónde piensas sacar un coche fúnebre?

—No tengo ni idea. ¿Desde cuándo nos amilanan los retos?

—No es que nos amilanemos, pero...

—¿Y por qué tiene que ser, concretamente, un coche fúnebre? — Yoyo se sentó en la cama; la chica era todo fuego—. ¿Por qué no ir a recogerlo en un turismo privado? ¿Y si fuéramos parientes?

—Claro —se mofó Tu—. Tú podrías ser su hermana; sin ninguna



duda, tienes el mismo pelo, sus ojos...

—¡Vayamos por partes! —Jericho alzó las manos—. En primer lugar, sin coche fúnebre no funcionará. Segundo, si han retirado el ojo de cristal, el cadáver de Vogelaar no nos sirve para nada.

La euforia de Yoyo se esfumó de un plumazo. La joven se cruzó de brazos y torció la boca hacia abajo.

—Y en tercer lugar —añadió Jericho—, tu idea, a pesar de lo dicho, es buena.

Tu entornó los ojos.

—¿Qué te propones?

—¿Yo? —dijo Jericho encogiéndose



de hombros—. Probablemente ni siquiera pueda dejarme ver por Berlín sin que me echen el guante. Tengo las manos atadas —añadió, sonriendo con gesto refunfuñón—. Pero vosotros no.



INSTITUTO DE MEDICINA LEGAL DE LA CHARITÉ





Hacia las tres, Jan Kees Vogelaar tenía, comparativamente, un buen aspecto. Ciertamente parecía encerado y como si ya no perteneciera a este mundo, pero, en cambio, exhibía una expresión indiferente en el rostro, como diciendo:

«¡Que os den a todos!» Pocas horas antes, delante del espejo de su propia sangre, con los ojos desorbitados y las extremidades contraídas, su aspecto



habría sido más bien el apropiado para evocar los Idos de Marzo. La muerte de un César al pie de un templo romano, a la que le era inherente cierto romanticismo cultural sólo en los libros de texto, aunque, en realidad, se tratase de una resbaladiza guarrería. El hombre que estaba a su lado, calvo y también muerto, contribuía bastante poco a embellecer el cuadro.

Rápidamente —después de que él y los efectos de su ataque con el lápiz fueron fotografiados ampliamente—, lo metieron en una bolsa de plástico hermética y lo llevaron a Moabit, el Instituto de Medicina Legal de la



Charité, donde lo pesaron, lo midieron y le cartografiaron el cuerpo en cada uno de sus rasgos físicos antes de meterlo en una cámara frigorífica. No permaneció mucho tiempo allí, pues al poco volvieron a sacarlo y le hicieron varias radiografías. Con ello determinaron la ubicación de los fragmentos de proyectil en su cuerpo, así como una fractura sanada mucho tiempo antes en una rodilla que ahora era de titanio. Se determinó, además, que su ojo izquierdo era artificial. Luego lo despacharon a la sala de autopsias, al mismo tiempo que al calvo, y ya estaban a punto de abrirlo cuando Nyela se reunió con ellos. De



ese modo, tres de las cinco mesas de autopsias quedaron ocupadas por fallecidos sobre cuyas identidades todavía reinaban las dudas. Mientras los patólogos sacaban los órganos de Vogelaar, los investigaban y los pesaban, mientras medían el volumen de sus fluidos corporales, levantaban acta de sus hallazgos y sus procedimientos, unos agentes de la recién creada comisión especial comparaban las fotos de los cadáveres con las que estaban archivadas en las bases de datos del padrón. El dueño del vehículo del que había sido alzado el cadáver femenino se llamaba Andre Donner, según se supo



de inmediato. Vivía desde hacía un año en Berlín, era restaurador y estaba casado con Nyela Donner, cuya fotografía oficial no dejaba ninguna duda acerca de la identidad de la fallecida.

Sólo el hombre calvo no revelaba su nombre.

Mientras cosían a Donner, alias Vogelaar, entró una llamada del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán en la recepción del Departamento de Autopsias, según la cual el asesinato de aquel hombre había despertado el interés de las autoridades chinas. Desde hacía bastante tiempo, investigadores



alemanes y chinos seguían la pista a un círculo de traficantes de tecnología. Posiblemente el deceso del restaurador fuera el resultado de una entrega descubierta para la que Donner, que no era Donner, sino otra persona, había actuado como testaferro. Berlín otorgaba un enorme valor a apoyar a sus colegas chinos en todo lo que estuviera a su alcance, y dos de esos colegas llegarían al cabo de pocos minutos para echar una breve ojeada al cadáver. Se rogaba a la institución que los trataran con amabilidad.

La doctoranda que cogió la llamada opinó que antes debía llamar de vuelta



para cerciorarse. La persona que llamaba le dio un nombre y un número de teléfono, le pidió que hiciera esa llamada cuanto antes y colgó. Lo siguiente que hizo la doctoranda fue hablar con la jefa de Medicina Legal, quien le indicó que corroborara con el Ministerio de Exteriores si los datos ofrecidos eran correctos y que luego, una vez llegaran los colegas chinos, los condujera hasta el área restringida.

La doctoranda marcó los números:

4..., 9..., 3..., 0...

Y pasaron su llamada. Era, en efecto, el número del Ministerio de Asuntos Exteriores, sólo que la



extensión tenía cierta particularidad: no existía. En consecuencia, la doctoranda no fue a dar con quien creía haber comunicado, en el momento en que la voz de un contestador automático le dijo:

—Ha llamado usted al Ministerio de Asuntos Exteriores. En este momento todas nuestras líneas están ocupadas. Lo atenderemos en cuanto quede libre una de ellas. Ha llamado usted al Ministerio de Asuntos Exteriores. En este momento...

A continuación, una mujer de voz suave y melódica respondió:

—Ministerio de Asuntos Exteriores,



buenos días, mi nombre es Regina

Schilling. ¿En qué puedo ayudarlo?

—La llamo del Instituto de Medicina Legal de la Charité. Me gustaría hablar con... A ver... —La mujer al otro lado de la línea parecía estar echando una ojeada a sus apuntes—. Con el señor Helge Malchow, por favor.

—Un momento —dijo Diana.

Jericho sonrió. Los protagonistas de la farsa que ya estaba representándose los había entresacado aleatoriamente a partir de nombres y apellidos del directorio telefónico de Berlín. Luego le había programado a Diana una serie de pasos que despejarían cualquier duda



sobre la veracidad de la llamada, para que la persona que telefoneara estuviera segura de que estaba hablando con el ministerio y no con un ordenador instalado en la habitación de un hotel. El alemán de Diana, además, era impecable, por supuesto.

—La línea del señor Malchow está ocupada —le dijo Diana a la doctoranda—. ¿Puede usted esperar un momento?

—¿Tardará mucho?

Jericho tecleó con los dedos la respuesta correspondiente.

—Sólo un instante —respondió

Diana para, de inmediato, afirmar con



alegría—: Oh, veo que está colgando. Le paso. Que tenga un buen día.

—Gracias.

—Helge Malchow —dijo Jericho.

—Aquí la Charité de Berlín. Llamó usted con motivo de esos investigadores chinos...

—Correcto. —Su alemán no estaba tan mal; en cualquier caso, un poco herrumbroso—. ¿Ya han llegado?

—No, pero no hay ningún problema. Deben dirigirse directamente al edificio

O.

—Muy bien.

—¿Podría decirme sus nombres otra vez, por favor?



—El comisario jefe Tu Tian es quien dirige las investigaciones, lo acompaña la comisaria Chen Yuyun. Ambos investigan de incógnito, de modo que les rogamos que les garanticen el acceso de manera rápida y poco burocrática. —Aquello era un poco absurdo, pero no sonaba mal—. Por cierto, los dos colegas sólo hablan inglés.

—De acuerdo. Lo haremos de forma rápida y poco buro...

—Muchísimas gracias —repuso

Jericho, colgó y marcó el número de Tu

—. En marcha —dijo.

Tu dejó caer el móvil y observó a



Yoyo. En la mirada del empresario podía leerse que detestaba de corazón la misión que ambos estaban a punto de llevar a cabo.

—Me prometí, en realidad, que no volvería a ver gente muerta —dijo—. Personas muertas en recintos azulejados. Nunca más.

—En algún momento, todos nosotros seremos muertos en recintos azulejados.

—Pero, por lo menos, no tendré que verme allí dentro.

—Eso no lo sabes. Se supone que uno se ve a sí mismo cuando muere. Uno se ve allí, tumbado, pero te da igual.

—A mí no me da igual.



Yoyo vaciló, luego extendió sus delgados y blancos dedos y estrechó la mano manchada y carnosa de Tu, como un niño que le insufla confianza a un gigante. Yoyo recordó la tarde anterior y aquella noche de desgarramiento, en cuyo transcurso Tu le contó una historia acerca de personas que estuvieron tanto tiempo encerradas que luego, al final, llevaban la prisión dentro. Con ello le había quitado una carga de autorreproches, por ser, incomprensiblemente, responsable de las preocupaciones de otras personas mayores, pero de inmediato se la volvió a encasquetar sobre los hombros en



forma de una verdad aún más deprimente. Ella había fumado, había bebido, había llorado y se había sentido desamparada e inútil, al igual que los niños, que se sentían según los estados de ánimo perturbadoramente complejos de sus progenitores, estados de ánimo cuyos síntomas no entendían y que, por dicha razón, relacionaban consigo mismos. Cada alegato que Tu hacía para su descargo aumentaba su dolor. Liberada por la fuerza de su descripción de años y años de autocompasión, Yoyo había sentido una mayor compasión por Hongbing, al tiempo que se preguntaba si quería tener un padre que fuera digno



de compasión. De inmediato se avergonzó de haberlo pensado, y volvió a sentirse culpable.

—Nadie quiere tener que compadecer a sus padres —había dicho Tu—. Queremos que nos protejan durante un buen tiempo, y que en algún momento nos dejen en paz. El mayor mérito que podemos hacer es entender sus actos y perdonar al niño que fuimos.

En ese sentido, también Tu merecía compasión, sólo que él no parecía necesitarla, a diferencia de su padre, a quien la historia, como ella sospechaba, le había jugado una pasada todavía peor. Pero a diferencia de los tragos amargos



que Hongbing había tenido que soportar, para Yoyo el destino de Tu no era tan...

—¿Desagradable? —le había preguntado Tu, riendo—. De acuerdo. Ni siquiera soy tu tío. Soy un viejo con una mujer joven. Ves en mí lo que ahora soy, no lo que he sido. La historia no une a una persona con otra.

—Pero somos... amigos, ¿no?

—Sí, somos amigos, y si tu interés en mi cuenta bancaria fuera mayor y menores tus escrúpulos, podrías ser mi amante. A Hongbing, en cambio, sólo puedes verlo de una única manera: la que te garantiza la evolución. Y ahí no hay sitio para la compasión.



Sencillamente es algo que no está previsto. Sólo cuando haya acabado el juego de roles que nos imponen los genes, podemos ver a nuestros padres y comprenderlos, aceptarlos, respetarlos y, posiblemente, también amarlos como lo que son y siempre han sido: seres humanos.

Sí, y después vino esa visita nocturna a Jericho. ¡Qué penoso! Irrumpir en su habitación inflamada de ideas descabelladas, para luego escabullirse de ella sin haber hecho nada, como una borracha del montón. Era una nulidad, sin duda, y, estúpidamente, como todas las



nulidades, debía sentir una vergüenza paquidérmica. Sin embargo, ahora, a posteriori, ni siquiera tenía claro qué había ido a buscar a la habitación del detective.

¿O sí lo sabía?

—Acabemos con esto —dijo Tu. Quince minutos antes habían

recogido el Audi junto a la orilla del Spree, y ahora habían aparcado frente al Instituto de Medicina Legal de la Charité. Tu puso el coche en marcha y lo condujo hasta la barrera de la caseta del portero del edificio, sacó una mano por la ventanilla para mostrar su identificación, añadió algo en relación



con el aval del Ministerio de Asuntos Exteriores para su visita y preguntó por el camino para llegar al edificio O. Pasaron junto a varias construcciones alargadas de ladrillo. Bajo la tutela de ondulados y frondosos árboles, unas exuberantes zonas verdes invitaban a sentarse en ellas con una barra de pan, queso y una botella de chianti, a fin de celebrar cada minuto que los separaba del ríen ne va plus del edificio O. Allí había un deseo subyacente de tranquilidad como el que siente incluso alguna gente muy vital en ciertos cementerios de atmósfera idílica.

Después de una larga recta y de girar



dos veces, se detuvieron delante de una edificación de aspecto algo estéril con el encanto de un ambulatorio de una pequeña localidad. Eso, además de la circunstancia de que en la plazoleta situada enfrente del edificio había estacionados tres vehículos especiales de color verde con la inscripción

«Medicina legal», le transmitió a Yoyo una desagradable sensación, como si los cadáveres que buscaban estuvieran en otra parte. Se había imaginado el Instituto de Medicina Legal de una megametrópoli como Berlín, donde moría gente sin cesar, como un hangar, pero aquel edificio tímidamente



agazapado hacía pensar poco en disputas de médicos, en comisarios e investigadores como los que conocía de algunas películas. Subieron tres escalones, llamaron al timbre de una puerta de cristal y, a continuación, aparecieron dos mujeres vestidas de blanco que les dejaron entrar. Una de ellas era alta, guapa y bastante joven; la otra era enjuta y compacta, tendría unos cincuenta años, con la piel del rostro amanzanada y un práctico peinado para cualquier ocasión. Se presentó como la doctora Marika Voss, mientras que su compañera más joven dijo llamarse Svenja Maas. Tu y Yoyo mostraron al



unísono sus documentos de identidad. La doctora Voss echó una rápida ojeada a los nombres y asintió, como si la inspección de documentos de identidad chinos formara parte de sus alegrías cotidianas.

—Sí, ya nos habían anunciado su visita —dijo ella en un inglés basto—.

¿Es usted la señorita Chen Yuyun?

Yoyo le estrechó la mano. Un asomo de reflexión pasó rápidamente por el rostro de la doctora. Estaba claro que intentaba compaginar el aspecto de Yoyo con el de una funcionaría del gobierno que trabajaba de manera encubierta en ciertos casos de asesinato.



Su mirada fue hasta donde estaba Svenja Maas y volvió, como haciendo un esfuerzo por recordar que las personas atractivas también realizaban oficios que no lo eran tanto.

—Y el señor...

—Comisario jefe Tu Tian. Es muy amable de su parte —dijo Tu en tono afectuoso—, no queremos robarle mucho tiempo. ¿Ya han terminado la autopsia?

—Están ustedes interesados en

Andre Donner, ¿no es así?

—Así es.

—Hemos terminado con él hace unos minutos, pero aún no hemos



acabado con Nyela Donner. A ella le están practicando la autopsia dos mesas más allá. ¿Tienen que echarle un vistazo a ella también?

—No.

—¿Y al otro muerto del museo? Su identidad no la conocemos aún, por cierto.

Tu frunció el ceño.

—Posiblemente. Sí, creo que sí.

—Muy bien. Vengan por aquí.

La doctora Voss miró un escáner y se abrió otra puerta. Accedieron a un corredor en el que Yoyo percibió por primera vez ese olor dulzón y severo por el cual los de la tele siempre se



frotaban algo debajo de la nariz. El producto de la descomposición bacteriana se condensó entonces, y pasó de ser algo intuido a convertirse en una nube cuando bajaron la escalera hacia el Departamento de Autopsias, nube que luego, al entrar directamente a la sala de autopsias, pasó a ser una superficie de aguas estancadas. Un hombre joven de aspecto árabe cargaba fotos de rostros de niños en un monitor. Yoyo no tenía ningunas ganas de empezar a pensar en los niños. Pero ni siquiera tuvo tiempo para ello, ya que la doctora Voss le puso algo en la mano. Desconcertada, la joven china contempló aquel tubo



diminuto y se sintió desaparecer tras la entrampada puerta de la ignorancia.

—Es para los visitantes —dijo la doctora—. Ya sabe.

No, no lo sabía.

—Para frotarlo bajo la nariz — explicó la mujer, levantando las cejas, sorprendida—. Pensé que tendría...

—Es la primera incursión de la señora Chen en cuestiones de patología forense —dijo Tu, quitándole a Yoyo el tubo de las manos; luego, con gesto obvio, oprimió el tubo y sacó dos fragmentos del tamaño de garbanzos de una especie de pasta y se la extendió bajo las fosas nasales—. Está aquí para



ganar experiencia.

La doctora Voss asintió en un gesto de comprensión.

—Nunca prestó atención en las clases de teoría, ¿no, señora comisaria?

—bromeó Tu en chino, al tiempo que le pasaba el tubo a Yoyo.

Ella le dedicó una miradita y se untó una franja de aquella pasta en el labio superior, en realidad, demasiada, como pudo comprobar un instante después. Una bomba de mentol explotó en sus vías respiratorias y barrió su cerebro como un huracán, relegando al fondo todo olor a cadáver. Svenja Maas la observó con interés conspirativo, como



el que se dedican mutuamente las personas atractivas cuando se encuentran en compañía de individuos diseñados de un modo menos exorbitante.

—En cierto momento, uno se acostumbra —anunció la doctora desde el reino celestial de la experiencia.

Yoyo sonrió débilmente.

Siguieron a la doctora hasta la sala de disección, un recinto alicatado en rojo y blanco y lámparas de techo en forma de cajas. Había cinco mesas de autopsias alineadas una junto a otra. Las dos primeras estaban vacías; sobre la del centro se inclinaban dos patólogos.



El cuerpo, de cuyo tórax abierto uno de los dos médicos sacaba en ese momento el oscuro paquete de los pulmones, era femenino y de piel negra. El otro patólogo dijo algo hablándole a un dictáfono, y el pulmón fue a parar a una balanza. La doctora Voss llevó al grupo hasta la cuarta mesa, sobre la cual, bajo una tela blanca, se perfilaba una figura corpulenta. Luego se detuvo ante la última, donde también había un cuerpo cubierto, retiró la tela y apareció Jan Kees Vogelaar, alias Andre Donner.

Yoyo lo observó.

El hombre no le había caído especialmente bien, pero al verlo allí,



de aquella manera, con un corte en forma de Y recién cosido, sintió compasión. De igual modo había sentido tristeza por Jack Nicholson en Alguien voló sobre el nido del cuco, o por Robert de Niro en Heat, por Kevin Costner en Un mundo perfecto, por Chris Pine en Neighborhood, por Emma Watson en Pale Days. Por todos los que casi lo habían logrado y, en el último segundo, habían fracasado, algo que sucedía cada vez que uno veía el filme.

—En caso de que no me necesiten

—dijo la doctora Voss—, los dejo bajo los cuidados de la señora Maas. Ella actuó como asistente en la autopsia de



Donner y podrá responderles a todas sus preguntas de un modo satisfactorio.

—Sí —dijo Tu, cambiando al chino

—. Colega, comencemos.

Se inclinaron sobre aquel rostro de cera, casi azulado. Yoyo intentó recordar en qué lado tenía Vogelaar su ojo de cristal. Jericho había insistido en que era el derecho, pero ella no estaba segura. De hecho, habría jurado que estaba en el lado izquierdo. El ojo, un trabajo perfecto, no llamaba la atención bajo los párpados cerrados de Vogelaar.

—¿No estás segura? —dijo Tu, frunciendo el ceño.

—No, y la culpa es de Owen. —



Yoyo echó un vistazo de reojo a Svenja Maas, que se había quedado detrás—. Haz que nuestra amiga te muestre al tipo ese que está en la otra mesa.

—De acuerdo, la mantendré ocupada.

—Lo conseguiré —dijo Yoyo, sonriendo con amargura—. A fin de cuentas, sólo hay dos posibilidades.

No es que empezara a acostumbrarse a ver muertos o que la gente que acababa de conocer muriera al cabo de poco tiempo. Pero mientras aún oscilaba entre la repulsión y la fascinación, una enorme calma comenzó a difundirse por todo su cuerpo, oscura y clara como un



lago de montaña. Tu se volvió hacia Svenja Maas y señaló el cuerpo todavía cubierto que yacía sobre la mesa cuatro.

—¿Podría descubrirnos a ese hombre?

Una estupidez. La doctoranda se colocó en el lado equivocado de la mesa. Desde su posición le mantenía todo el tiempo el ojo echado a Yoyo. Tu se movió un poco hasta taparle la visibilidad a la mujer.

—Santo cielo —exclamó el chino—.

¿Qué pasó con su ojo?

—Lo atacaron con un lápiz —dijo la doctoranda, no sin cierto entusiasmo—. Le atravesó el hueso y penetró en el



cerebro.

—¿Y cómo sucedió exactamente? Yoyo colocó dos dedos sobre el

párpado derecho de Vogelaar y lo levantó. Parecía no tener temperatura alguna, no estaba ni frío ni caliente. Mientras la señora Maas ofrecía una ponencia sobre ángulos de entrada y puntos de presión, la joven hundió el índice y el pulgar en el rabillo del ojo del sudafricano. El globo ocular le pareció demasiado afincado en la órbita, parecía tener más bien la textura de una canica, y no tan resbaladiza y blanda, de manera que, por un momento, se sintió insegura y pensó que a lo mejor Jericho,



después de todo, estaba en lo cierto, así que hundió más los dedos en la cavidad ósea.

Ofrecía resistencia. ¿Serían los músculos? El ojo se resistía a salir, más bien retrocedía y soltaba un líquido, como un animal acorralado.

Aquello no era un ojo de cristal, imposible.

—El ojo quedó fragmentado — explicó la doctoranda, y caminó hasta la mesa de los órganos, situada entre la mesa de autopsias y el lavabo, donde, en un cuenco, yacía una bolsa de plástico transparente.

Con prisa, Yoyo sacó los dedos de



la órbita ocular, justo antes de que la doctora Maas le echara una ojeada ocasional, y creyó oír un ruido hueco, húmedo, enjuiciador y traicionero. Tu se apresuró a colocarse en un lugar que protegiera a su compañera de las miradas. Yoyo sintió un escalofrío.

¿Acaso la mujer podía haber oído algo?

¿Se habría oído algo en realidad o había sido sólo producto de su fantasía, pues le pareció que algo, al salir de un globo ocular, debía de sonar hueco y resbaladizo?

El mar de su tranquilidad se

encrespó. Tenía los dedos algo

pegajosos. ¡Jericho se había



equivocado! Mientras el interés de Tu por el trabajo de la doctora daba sus frutos, Yoyo hundió sus dedos en el globo ocular izquierdo de Vogelaar. De inmediato se dio cuenta de que allí la cosa era bien distinta. La superficie era más dura, claramente artificial. Introdujo más los dedos, torciendo el dedo del medio y el pulgar. Mientras tanto, Tu hacía preguntas eruditas sobre las propiedades armamentísticas de los utensilios de dibujo. La señora Maas opinó, con conocimiento de experta, que cualquier cosa podía convertirse en un arma, y dio un paso hacia la izquierda. Tu le dijo que tenía toda la razón, y dio



un paso a la derecha. Los patólogos de la mesa del medio estaban sumidos en su trabajo en Nyela.

Yoyo respiró profundamente, colocada con el mentol.

«¡Ahora!»

Casi con confianza, el ojo de cristal salió y se pegó a la palma de su mano. La joven lo dejó caer en su chaqueta, cerró el maltratado párpado de Vogelaar y comprobó que ella lo había dañado aún más a posteriori. Demasiado tarde. Rápidamente, cubrió el rostro del cadáver con la tela y dio dos pasos para situarse al lado de Tu.

—En relación con Andre Donner,



todas las dudas están despejadas —dijo ella en inglés.

Tu se interrumpió en medio de una pregunta.

—Oh, bien —asintió—. Muy bien. Creo que, en ese caso, podemos irnos.

—¿Para cuándo necesita usted mi informe, comisario?

—¡Qué pregunta, compañera comisaria! Tan pronto como pueda. Tenemos al fiscal encima de nosotros.

«Telón, aplausos», pensó Yoyo.

—¿Han acabado ustedes? — preguntó Svenja Maas mirándolos a ambos, irritada por la abrupta desatención a su persona.



—Sí, no queremos seguir siendo un estorbo para usted —sonrió afectuosamente Tu.

—No son un estorbo para mí.

—Bueno. Tiene usted razón. Ha sido un placer. Hasta la vista, y nuestros saludos a la doctora Voss.

Svenja Maas se encogió de hombros y los acompañó a la antesala, donde los despidió. Tu caminó delante, apretó el paso cuando estaban en la escalera y pasó como un bólido por el pasillo. Yoyo lo seguía con paso torpe. Había perdido su última dosis de tranquilidad. Para llegar afuera, no necesitaban ninguna autorización. Salieron al



aparcamiento y, ya se dirigían al Audi, cuando una dominante voz resonó desde el edificio:

—Señor Tu. ¡Señora Chen!

Yoyo se quedó petrificada. Lentamente se volvió y vio a la doctora Marika Voss de pie en los escalones, con el mentón alzado.

«Se han dado cuenta —pensó Yoyo

—. Hemos sido demasiado lentos.»

—Perdone nuestra salida apresurada

—dijo Tu, alzando los brazos a modo de disculpa—. Queríamos despedirnos, pero no la encontramos.

—¿Han quedado ustedes satisfechos?



—¡Nos ha sido de gran ayuda!

—Eso me alegra —dijo ella, y sonrió—. En fin, espero que puedan avanzar en sus investigaciones.

—Gracias a su ayuda lo haremos mejor que nunca esta vez.

—Que tengan un buen día.

La doctora Voss se retiró de nuevo al interior, y Yoyo se sintió como mantequilla derritiéndose al sol. Entonces se deslizó dentro del Audi y terminó de licuarse en su asiento.

—¿Lo tienes? —preguntó Tu.

—Lo tengo —respondió con sus últimas fuerzas.

Si bien Svenja Maas no estaba



verdaderamente ofendida, sí que se sentía un poco molesta. Cuando regresaba a la sala de autopsias, empezó a corroerla la sospecha de que el interés del chino tenía menos que ver con su persona, y más con las normas de cortesía asiáticas en el trato con los demás. Entonces se dirigió a las mesas traseras y notó que la joven china había cubierto de nuevo el cadáver de Donner con la tela, pero lo había hecho de un modo chapucero. Enojada, tiró de varios puntos de la tela, pero comprobó que siempre quedaba torcida. Fue entonces cuando la levantó.

De inmediato se dio cuenta de que



algo no andaba bien. El ojo derecho de Vogelaar había sido cerrado con compasión, pero el izquierdo tenía un aspecto horrible.

Siguiendo un oscuro presentimiento, subió el párpado.

El ojo de cristal no estaba.

enseguida sintió frío y calor ante la idea de que la harían responsable de la pérdida. Ellos habían dejado el ojo artificial en su cavidad, pero sólo para luego sacarlo y entregárselo a un experto en prótesis. Había algo en aquel ojo que les había llamado la atención. Parecía como si ocultara algo, algún elemento mecánico, algo que le habría permitido



ver a su portador, aunque también podría tratarse de otra cosa. En realidad no les había parecido que aquello fuera importante.

Y, por lo visto, se habían equivocado.

Como electrizada, salió de la sala y subió a toda prisa la escalera. En el pasillo se encontró con la doctora Marika Voss.

—¿Están todavía ahí los investigadores chinos? —preguntó sin aliento.

—¿Los chinos? —La doctora Voss enarcó las cejas—. No, acaban de marcharse. ¿Por qué?



—Mierda. ¡Mierda y mierda!

—¿Qué sucede? —exigió saber la mujer entrada en años.

—Se han llevado algo —se lamentó Maas—. ¡Malditos bastardos, tomarme el pelo de esa forma!

—¿Que se han llevado algo? — repitió Voss como si fuese la pared de una montaña.

—El ojo. El ojo de cristal.

La doctora no había formado parte del equipo que le había practicado la autopsia a Donner. No podía saber nada acerca del ojo, pero sí comprendió que los chinos las habían engañado a ambas.

—Llamaré al portero —dijo.



El coche se deslizó por la calle principal de los terrenos de la institución, pasando junto a edificios de ladrillo de corte evangélico, junto a apacibles senderos y prados cubiertos por las sombras de los árboles.

—Eh —dijo Yoyo, frunciendo el ceño—. ¿Qué pasa ahí delante?

Alguien salió corriendo de la portería. El guardia uniformado alzó los brazos, como si le hiciera señas a un avión. Al mismo tiempo, la barrera bajaba. Estaba claro que aquella excitación tenía que ver con ellos.

—Creo que nos han descubierto.

—Estupendo. ¿Y ahora qué?



—Eso depende de ti —dijo Tu, mirando a la joven—. ¿Qué te parece Berlín? ¿Quieres quedarte más tiempo?

—No necesariamente.

—Eso pensaba —dijo él, acelerando y cruzando por debajo de la barrera, tan pegadito a ella que Yoyo se maravilló de no oírla golpear contra el techo.

Tras ellos, los gritos del portero se perdieron en el aire saturado con el polen de la primavera.



HOTEL ADLON







En el monitor centelleaba el icono de los cuellos de reptiles entrelazados, todos salidos de un mismo cuerpo. Eran nueve cabezas. El símbolo de Hydra.

Xin se pegó el móvil al oído.

—Le hemos pasado los datos de los principales hoteles de Berlín —dijo la persona que llamaba—. En el caso de los más pequeños, no hemos tenido suerte. Hay muchísimos; en general, Berlín parece estar formada únicamente por hoteles. El problema, naturalmente, es que con tales prisas no hemos podido



entrar en todos y cada uno de los ordenadores...

—He comprendido. ¿Y entonces?

—Nada.

—Pero es que tienen que haberse alojado en alguna parte —insistió Xin.

—Pero no en alguno de los hoteles pertenecientes a cadenas internacionales. No hay ninguna Chen Yuyun, ni ningún Owen Jericho. En cambio, puedo proporcionarle detalles de la advertencia que llegó a Londres ayer. Le envío el texto completo. ¿O quiere oírlo primero?

—Adelante.

Xin escuchó los fragmentos de



aquellas líneas que ya conocía de memoria y reflexionó sobre el peligro que podía emanar de la frase más candente descifrada por Yoyo y Jericho. En realidad, no podía hablarse de fragmento. Habían descodificado casi un noventa por ciento del mensaje. Aun así, lo más importante, lo decisivo, seguía estando oculto para ellos. Y no había sido ni Jericho ni la joven, sino un hombre llamado Tu quien había llamado a Edda Hoff, número tres en el aparato de seguridad del imperio Orley, sobre la que Xin apenas sabía nada, salvo que era una criatura sin imaginación y, por tanto, poco dada a tener ataques de



histeria o a restarle importancia a nada.

—Estando sola, Hoff decidió informar al grupo empresarial de la eventualidad de un posible ataque, sin ocultar que no tenían nada concreto — dijo la persona que hablaba con Xin—. Como cualquier otra instancia en el tejido del consorcio, también informaron al Gaia, pero allí no vieron en la noticia ningún motivo para alterar el programa. Hoff parece haber transmitido a los canales apropiados. —El interlocutor de Xin jamás se atrevía a decir nombres al teléfono, aunque era prácticamente imposible que alguien estuviera escuchando esa línea. Por otra parte,



nadie había esperado que aquel mensaje cifrado, que viajaba de polizón en los archivos adjuntos de inofensivos mails pudiera ser descifrado.

—Tu —reflexionó Xin.

—Así se llama. Le envío su número de móvil. No sabemos desde dónde pudo haber telefoneado.

A diferencia de la variedad de nombres de pila, el registro de apellidos chinos era una lectura casi pobre. Un número mayoritario de chinos se repartía un par de docenas de denominaciones monosilábicas de clanes, los llamados cien nombres, de modo que no constituía ninguna rareza



que toda una aldea se llamara Zheng, Wang, Han, Ma, Hu o Tu. No obstante Xin no podía librarse de la sensación de haber oído el nombre de Tu en relación con Yoyo.

—¿Ha sacado usted esas páginas de la red? —preguntó, ya que no conseguía recordar.

—La comunicación se interrumpió. Xin conocía el contenido de esa

decisión, y con ello también conocía el motivo del mutismo de su interlocutor, que había propuesto e implementado en alguna ocasión el método del correo polizón. Durante tres años habían trabajado de maravilla con él. Los



cabezas de Hydra mantenían un intercambio simultáneo y funcionaban como un único y gran cerebro.

—Lo superaremos —dijo, e intentó que su voz sonara amable—. La red ha cumplido con creces su cometido, ¡y ese mérito es suyo! Todos le mostramos nuestro respeto por ello. Todo el mundo entenderá también que, por razones de seguridad, hayamos decidido, estando ya tan cerca de nuestra meta, suspender el contacto simultáneo. Llegó el momento en que ya no había nada más que decir. Sólo esperar.

Xin puso fin a la conversación, se miró los pies y los colocó en posición



paralela, hasta que los nudillos y los empeines estuvieron a una distancia idéntica, sin tocarse. Lentamente, movió su rodilla hacia el centro. ¡Cuánto odiaba las confusiones del azar! Cuando se dio cuenta de que el vello de sus pantorrillas entraba en contacto, corrigió la posición de sus pies, colocó los muslos, los brazos y los antebrazos, las manos y los hombros en un eje simétrico, hasta que quedó sentado como en un reflejo concéntrico. La mayoría de las veces, conseguía poner orden en sus pensamientos de esa forma; sin embargo, en esa ocasión el ejercicio fracasó en su propósito. Lo sobrecogió el frenesí de



las dudas sobre sí mismo, de haberlo empezado todo del modo equivocado y haber empeorado las cosas con su persecución de Yoyo.

Pensamientos, pensamientos en cadena.

Pérdida de control.

Su corazón latía a toda máquina. Le pareció que bastaba una mínima cosa para que se rompiese en mil pedazos. No, él no. Su envoltorio. Ese disfraz humano llamado Kenny Xin. Sentía que su cuerpo era el hospedero de sí mismo, como si viviese dentro de un capullo, un muñeco, el estado intermedio de una metamorfosis, y tenía un miedo



espantoso a esa cosa que lo devoraría desde su interior. Cada vez que ésta afloraba, cuando se extendía y le robaba el aliento, no siendo él ya capaz de domesticarla, cuando la presión se hacía insoportable, tenía que darle de comer para apaciguarla, o para, como él mismo se decía, derribar con fuego la choza del que lo atormentaba, entregando a las llamas la infamia, la enfermedad y la miseria. Y sólo en ese preciso instante se sentía liberado, purificado de toda desdicha y con la mente despejada de nubarrones. Desde entonces lo inquietaba la pregunta sobre si aquel día había sufrido un arrebato de locura o si,



por el contrario, se había curado de toda demencia. De todos modos, apenas recordaba el tiempo transcurrido. Recordaba, en cualquier caso, el asco de formar parte del mundo, la sensación de odio hacia sus padres por haberle dado el nacimiento, aun cuando, de niño, poco sabía de las circunstancias de su llegada al mundo y sólo percibía esa sensación de que su familia era la responsable de su existencia, lo que era suficiente para odiarla, pues ella había convertido su vida en un infierno.

Sabía que estar allí no tenía ningún sentido.

Sólo después del incendio descubrió



el sentido. ¿Podía uno estar loco cuando todo, de repente, cobraba un significado? ¿Cuántos de los llamados mentalmente sanos hacían cosas sin sentido las veinticuatro horas del día?

¿Cuántas cosas de las que eran apreciadas como correctas y morales se basaban en ritos y dogmas que prescindían de cualquier sentido? El fuego había ampliado sus horizontes, de modo que, de pronto, pudo identificar el plan, las sendas laberínticas de la Creación, su belleza abstracta. Ya no había vuelta atrás. Se había desplazado hacia un nivel superior, al que, tal vez, quisieran llamarle locura, pero que



únicamente significaba el enfrentarse a la presión de un conocimiento tan abarcador que todo intento por dar participación a otros en él tenía que considerarse inútil. ¿Cómo podía explicárseles a los hombres que todo cuanto emprendían era el resultado de un criterio superior? El precio que él pagaba haciendo que pagaran otros.

No. Él no había empeorado las cosas.

¡Había tenido que cerciorarse!

Xin se imaginó su cerebro. Un universo de Rorschach. La pureza de la simetría, la confianza, la paz, el control. Lentamente fue sintiendo cómo



recuperaba la tranquilidad. Se puso de pie, conectó el móvil con la consola del ordenador de su habitación, se descargó en el monitor las listas de reservas de los hoteles y las fue repasando por orden. Por supuesto que no esperaba ver aparecer a Chen Yuyun ni a Owen Jericho en los registros. Los hackers de Hydra, que se habían colado en los sistemas de los hoteles, habían examinado esas listas varias veces. En el fondo Xin no sabía lo que esperaba encontrar, sólo lo movía la intuición de encontrarlo.

Y encontró algo.

Como la pieza de un puzle, apareció



la imagen en la pantalla, explicó al detalle los sucesos del museo y respondió de inmediato, de paso, media docena de preguntas: tres habitaciones habían sido reservadas en el hotel Grand Hyatt, en la plaza Marlene Dietrich, a nombre de una compañía llamada Tu Technologies, con sede en Shanghai; habían sido reservadas y confirmadas personalmente con una firma, la del dueño de la empresa: Tu Tian.

La misma empresa donde trabajaba

Yoyo.

¡Por eso conocía el nombre!

Abrió la página web de la empresa y encontró una foto del fundador.



Corpulento, casi calvo, con el cráneo como una bola de billar y tan feo en su conjunto que eso lo hacía parecer atractivo. Los labios abultados eran los adecuados para sacarle al rostro de cualquier batracio una envidia verde de reptil. Al mismo tiempo, tenían cierta sensualidad deliciosa. Tras las diminutas gafas brillaban unos ojos que daban fe de un buen sentido del humor y, al mismo tiempo, no entendían de bromas. Aunque el tipo irradiaba la serenidad de un buda, no dejaba espacio a dudas sobre su capacidad para imponerse. Tu Tian —y eso Xin lo vio desde el principio— era un guerrillero,



un inconformista con atuendo de necio, alguien a quien no se podía subestimar en absoluto. Con su ayuda, Yoyo y Jericho tenían movilidad, y con la misma rapidez con que habían aparecido en Berlín, podían desaparecer.

Los Vogelaar estaban muertos. Así que desaparecerían de Berlín.

Y muy pronto. De inmediato.

Xin se armó, escogió una peluca de cabellos largos y una máscara con la barba adecuada, se cubrió la frente y las mejillas de aplicaciones, se metió en una gabardina de color verde esmeralda, se puso unas pequeñas gafas holográficas refractantes y se detuvo



unos segundos delante del espejo para dar el visto bueno a su obra. Parecía una estrella del pop. Como un típico adepto del mando-prog que no había adquirido muy buen gusto que dijéramos, pero sí mucho dinero.

Salió del hotel apresuradamente, le hizo señas a un taxi y se hizo llevar al Grand Hyatt.



HOTEL GRAND HYATT





El rostro de Tu apareció en el monitor. A Jericho apenas lo asombró oírlo decir:

—Recoge a Diana. Nos largamos.

—¿Y qué hay del ojo de cristal?

Los dedos de Yoyo aparecieron por un costado de la pantalla. El ojo artificial de Vogelaar lo miró. Despojado de sus párpados superiores e inferiores, parecía algo sorprendido y un poco indignado.

—Es claramente un cristal de



memoria —oyó decir Jericho a la voz de la joven—. Ya le he echado un vistazo. Es un modelo típico. Date prisa. La poli está a punto de aparecer.

—¿Dónde estáis ahora?

—Vamos hacia donde tú estás — dijo Tu—. Tienen la matrícula del coche. En otras palabras, saben que es un coche alquilado, quién lo alquiló, dónde se aloja, etcétera. A mí llegarán a través del desagradable suceso de esta mañana.

—Y también sabrán de tu jet —

añadió Jericho.

—De mi...

—¡Mierda! —se oyó exclamar a



Yoyo—. ¡Tiene razón!

—En cuanto sepan con certeza que alquilaste el coche en el aeropuerto, ya estarán enterados —dijo Jericho—. Nos arrestarán antes de que podamos devolverlo.

—¿Cuánto tiempo nos queda?

—Es difícil de decir. Primero repasarán las listas de pasajeros de todos los vuelos que hayan aterrizado antes de que aparecieras por la agencia de alquiler de vehículos. Eso les llevará algún tiempo. No encontrarán nada, pero de algún modo tienes que haber llegado aquí, así que comprobarán los vuelos privados.



—Con el Audi llegaremos al aeropuerto, a más tardar, dentro de una media hora.

—Eso podría ser demasiado tarde.

—Olvídate del maldito Audi —gritó Yoyo—. Si todavía tenemos alguna oportunidad, entonces necesitamos un skycab, un aero taxi.

—Puedo pedir uno —propuso

Jericho.

—Hazlo —le confirmó Tu—. Dentro de diez minutos estaremos en el hotel.

—A la orden.

Jericho puso fin a la conexión y salió rápidamente al pasillo. Mientras sus pasos lo llevaban hasta el ascensor,



imaginó a los eficientes policías berlineses desenrollando la madeja sobre las circunstancias de su llegada, rápidamente, de manera eficaz, y sospechando algo malo. Jericho subió hasta la azotea y vio que el aeródromo estaba vacío. Un empleado de librea le sonrió desde el borde de su ordenador. La aparición del detective parecía haberle dado un nuevo sentido a su existencia en la solitaria vastedad de aquella azotea.

—¿Quiere pedir un aerotaxi? —

preguntó el empleado.

—Sí, exacto.

—Un momento. —Los dedos del



hombre se deslizaron laboriosamente por la consola del ordenador—. Dentro de diez o quince minutos podría llegar el siguiente.

—¡Tan rápidamente como sea posible!

—¿Necesita mientras tanto que lo ayuden con el equi...?

«...paje», habría dicho seguramente el hombre, pero Jericho ya estaba de nuevo en el ascensor. Regresó a toda prisa a su habitación y metió a Diana, con todo el hardware, en su mochila. La ropa desperdigada la colocó encima del ordenador, examinó la Glock y la guardó en la sobaquera. Luego corrió a lo largo



del pasillo y le hizo llegar un mensaje a

Tu: «Estoy en la azotea.»



INSTITUTO DE MEDICINA LEGAL DE LA CHARITÉ





—No, no está —dijo la voz al teléfono.

La doctora Marika Voss cambiaba su postura de una pierna a la otra mientras Svenja Maas, con la tez pálida, se retorcía las manos de pie a su lado.

—Malchow —repitió con terquedad

—. Hel-ge Mal-chow.

—Ya se lo he dicho...

—Pero mi colega lo llamó.

—Puede ser, pero...



—Primero la hicieron esperar, luego una de sus empleadas la pasó con... Con Malchow. Con Hel...

—¡Esa persona no existe!

—Pero...

—Escúcheme —dijo la voz, con trazas de perder la paciencia, ya que la conversación volvía a caer en el mismo bucle—. ¡Me encantaría poder ayudarla, pero en todo el Ministerio de Asuntos Exteriores no hay nadie con ese nombre! Y la extensión que usted me ha mencionado tampoco existe.

La doctora Voss frunció los labios, indignada. A esas alturas, hasta ella ya se había enterado, desde que el



contestador automático le había hecho saber que aquella extensión no existía. No obstante, eso no le parecía motivo suficiente para darse por vencida.

—Pero esa señora...

—Y dale con la señora. —Hubo un breve silencio, un suspiro—. ¿Cómo dice que se llamaba esa señora?

—¿Cómo se llamaba la mujer que te atendió? —dijo entre dientes la doctora Voss.

—Algo como Schill o Schall —

masculló Maas, encogiéndose.

—Schill o Schall, dice mi colega.

—No.

—¿No?



—Tenemos una Scholl. La señora

Scholl.

—¿Y Scholl? —preguntó la doctora

Voss.

Maas negó con la cabeza.

—Era más bien Schill.

—Más bien Schill.

—Lo siento, no hay ninguna Schill, ninguna Schall, ningún Malchow. Les recomiendo que llamen a la policía con urgencia. Por lo visto alguien les ha tomado el pelo.

La doctora Voss capituló. Dio las gracias fríamente y marcó el número de la policía criminal. A su lado, Svenja Maas se marchitaba.



No transcurrieron ni cinco minutos hasta que los agentes de la comisión especial investigaron la matrícula. Segundos después ya conocían el nombre del tipo que había alquilado el coche. Compararon el acta de la empresa de alquiler de vehículos con los datos de las autoridades migratorias y se enteraron de que Tu Tian había pisado suelo berlinés por la mañana temprano el día anterior y que había dado como dirección el hotel Grand Hyatt de la plaza Marlene Dietrich.

Dos minutos después, un equipo de la policía recibió la orden de hacer una visita al establecimiento.



HOTEL GRAND HYATT





A la manera temeraria de conducir de Tu tenían que agradecer el haber llegado al hotel más rápidamente de lo esperado, con lo que tenían más razones aún para desaparecer cuanto antes, pues el número de delitos de tráfico cometidos entre Turmstraße y la plaza Marlene Dietrich debía de ascender a varias docenas. Tu bajó del coche, le lanzó las llaves al portero y le pidió que llevara el vehículo al aparcamiento soterrado.



—¿Vamos al bar? —preguntó Yoyo en voz alta, para que el hombre lo oyera. Tu le hizo un guiño, comprendió el plan de la joven y le siguió el juego.

—Para serte sincero, me apetecería algo dulce.

—En el Sony Center hay un

Starbucks. Está una calle más arriba.

—Vale. Nos encontraremos allí. Se lo diré a Owen.

Era toda una comedia, pero eso, tal vez, los ayudase a ganar tiempo. Con prisa contenida atravesaron el vestíbulo, subieron hasta la séptima planta y enfilaron rumbo a sus habitaciones.

—Deja todo lo que no necesites —le



aconsejó Tu—. Coge sólo lo imprescindible.

—Eso puede hacerlo cualquiera — resopló Yoyo—. ¡Yo no tengo nada! A ver si procuras no enamorarte tú de la maleta.

—Yo no tengo ningún apego por las cosas de la moda.

—Es cierto, tendremos que trabajar un poco en eso. Hasta dentro de dos minutos, en la azotea.

Siete pisos por debajo de ellos, Xin saltaba de un taxi. Para entonces ya conocía la planta y los números de habitación, sólo le faltaba averiguar quién de ellos ocupaba cada cual. Todas



estaban reservadas a nombre de Tu Technologies, y ni a Yoyo ni a Jericho se los había registrado por su nombre. Xin entró en el vestíbulo del hotel con actitud belicosa. El personal se acordaría de un hombre alto y pelirrojo, con una larga melena y barba de Gengis Kan, que había entrado en el Hyatt hacia las tres y media y que tenía todas las trazas de ser un artista. Las gafas holográficas ocultaban los rasgos asiáticos de sus ojos. Sin más, podría tomárselo por un europeo. El mejor camuflaje era llamar la atención.

Xin subió a uno de los ascensores y pulsó el botón del séptimo piso.



No pasó nada.

El chino frunció el ceño, pero entonces sus ojos se posaron en la superficie del escáner para tomar las huellas del dedo pulgar. Claro. Era preciso recibir una autorización, como en la mayoría de los hoteles internacionales. Resignado, regresó al vestíbulo justo en el momento en que un grupo de compatriotas suyos se abalanzaban sobre la recepción. De repente, reinaba el tumulto. Tras el mostrador, el personal se preparaba para traducir el inglés de los recién llegados de lo dicho a lo que se quería decir y enriquecer el maravilloso mundo



de los malentendidos idiomáticos por medio de los propios conocimientos del chino. Con un objetivo claro a la vista, Xin se dirigió a la única miembro del personal que estaba ocupada en otra cosa, hablando por teléfono. Se plantó delante de ella y meditó sobre lo que debía preguntarle.

«¿Cómo puedo llegar al séptimo piso?»

«¿Desea registrarse?» «No, unos amigos se hospedan aquí y quería hacerles una visita.» «Puedo darle la autorización y llamar a esos señores para decirles que usted está aquí.» «Ya, pero ¿sabe una cosa? En realidad quería



darles una sorpresa.» «¡Entiendo! Si me espera un momento, subiré con usted. Ahora hay un poco de barullo, como puede ver, pero dentro de unos pocos minutos...» «¿No podría ser antes?» «En realidad, no puedo... A decir verdad, sólo los huéspedes pueden...»

Xin se volvió. Todo aquello era demasiado complicado. No quería dejar la huella de su pulgar en el sistema del Hyatt ni correr el riesgo de que alguien alertara a Tu, a Jericho o a Yoyo. Entonces se mezcló con los chinos.

Jericho vio aparecer el skycab por encima de Tiergarten y dirigirse hacia el Hyatt. Era un aparato robusto que



despegaba en vertical, equipado con cuatro turbinas. Se acercaba con rapidez, luego hizo girar las turbinas y se fue posando lentamente sobre la plataforma.

—Su taxi está aquí —le dijo el empleado, sonriendo.

Por la vibración de su voz, se notaba la gran alegría que sentía por la ampliación de la red de transporte aéreo, y por que hubiera personas que hicieran uso de ella. Un instante después, Yoyo salió a toda prisa de la terminal con una arrugada bolsa de la compra bajo el brazo; a remolque llevaba a Tu, quien arrastraba su maleta



tras de sí como un niño remolón.

El taxi terminó de tocar suelo.

—Ni que lo hubiéramos llamado —

dijo, contento, Tu.

—Yo lo he llamado —le aclaró amablemente Jericho.

—Ahorraos vuestras peleas de gallos —replicó Yoyo, caminando hacia la escotilla de entrada—. ¿Tu jet está listo?

Aquellas palabras se deslizaron bajo los pies de Tu y ejercieron el efecto de un frenazo en seco. El chino se detuvo, se llevó la mano a la despejada superficie de su cráneo e intentó hacer unos rizos con unos cabellos de cinco



milímetros de largo.

—¿Qué pasa?

—He olvidado algo —dijo.

—No puede ser —repuso Yoyo, mirándolo fijamente.

—Pues lo es. He olvidado mi móvil. Estaba pensando justamente que bastaba con que llamara al aeropuerto desde el taxi, y entonces recordé...

—¿Tienes que volver a la habitación?

—Pues... sí. —Tu dejó su maleta en el suelo, dio media vuelta y avanzó pesadamente en dirección al ascensor—. Regreso enseguida. enseguida.

Cuando Xin oyó que la pareja de



chinos de cierta edad que estaba delante de él iba a ocupar una de las suites más elegantes y caras del Grand Hyatt, sintió una alegría sincera. Aquel sentimiento no se basaba en ningún desvarío altruista, sino en la circunstancia de que la suite estaba en la séptima planta. Es decir, justo el piso al que quería ir.

El chino dejó que le escanearan el pulgar. Un joven empleado del hotel se ofreció para mostrarle sus aposentos a la pareja, y juntos marcharon hacia el ascensor. Xin se unió a ellos. Mientras esperaban el ascensor, la cabeza de la china, como atraída por la cinta elástica de la curiosidad, se volvió hacia él. Su



mirada quedó prendada de la revuelta cabellera de rizos y luego chocó contra la superficie reflectante de sus gafas holográficas. Indecisa, la mujer contempló la punta de sus botas de piel de serpiente, visiblemente irritada por tener que convivir con alguien así en el mismo hotel. Su marido estaba pegado a ella, era pequeño y corpulento, y miraba fijamente la ranura que había entre las puertas del habitáculo, hasta que éstas, por fin, se abrieron. Juntos, subieron al ascensor. Nadie le preguntó si formaba parte del grupo. La joven le dedicó una sonrisa amistosa y él se la devolvió con igual amabilidad.



—¿Al séptimo? —preguntó, atenta, en inglés.

—Sí, por favor —dijo Xin.

A su lado, la china quedó petrificada ante la firme certeza de que él se alojaba en el mismo piso.

Tu apartó de un tirón el cubrecama, pero el teléfono tampoco estaba allí, como tampoco estaba sobre el escritorio ni sobre la mesilla de noche. Luego revolvió las sábanas, lanzó a un lado las almohadas, apartó con furia piezas de lino y de damasco, metió los dedos entre el colchón y el bastidor de la cama...

Nada.

¿Con quién había hablado por última



vez? ¿A quién había querido llamar?

Al aeropuerto. Por lo menos, ésa había sido su intención, pero entonces había decidido posponer la llamada para más tarde. En realidad había tenido aquel maldito aparato en la mano.

Y lo había cambiado de sitio.

Una vez más, su mirada recorrió el escritorio, voló por encima de las sillas, los sillones, el suelo. Era increíble, ¡se estaba haciendo mayor! ¿Qué era lo último que había hecho? Se vio allí de pie, con el móvil en la diestra, mientras su mano izquierda sostenía algo a la altura de la entrepierna.

¡Claro!



Séptimo piso.

La china pasó junto a la joven empleada del hotel dándole un empellón y salió; era como si temiera que Xin pudiera pegarle un mordisco en el último minuto. Su marido, en cambio, parecía estar sufriendo un ataque de buenas maneras occidentales, pues retrocedió un paso y le cedió la prioridad a la joven empleada con una radiante sonrisa. Xin esperó hasta que el grupo estuviera fuera del alcance de la vista. Los pasillos del hotel se extendían en un cuadrado alrededor de un atrio soleado; todas las habitaciones daban al exterior. Estudió los carteles



indicadores. Para su satisfacción, la empleada del hotel y el matrimonio chino caminaron en dirección contraria a las habitaciones que ocupaba Tu.

De pronto, estaba solo.

La moqueta amortiguaba el sonido de sus pasos. Pasó junto a un club lounge, dobló en el siguiente pasillo, se detuvo y evocó en la memoria el número de la habitación de Tu.

«712,717,727.»

La 712 estaba a su izquierda. Con paso rápido, continuó, en un cálculo progresivo. La 717 también estaba cerrada. Su abrigo se infló cuando se detuvo justamente en el medio del



pasillo. La puerta de la 727 estaba entreabierta.

¿Tu? ¿Jericho? ¿Yoyo?

Uno de los tres iba a desear de un momento a otro haber cerrado.

Yoyo fue la primera en ver el girocóptero.

—¿Dónde? —preguntó Jericho.

—Creo que viene hacia acá. —La joven corrió hasta el borde del aeródromo de la azotea y cambió la postura de una pierna a la otra— ¡Oh, mierda! Es la poli. ¡Es la poli!

Jericho, que había estado conversando con el piloto del aero-taxi, se puso la mano sobre los ojos a modo



de visera. Yoyo tenía razón. El que se acercaba era un girocóptero de la policía, uno muy parecido al que había visto pocas horas antes sobre la Puerta de Brandemburgo.

—Podrían estar aquí por miles de motivos.

Yoyo corrió junto a él.

—Tian lo va a echar todo a perder.

—Nada se ha echado a perder todavía —dijo Jericho, señalando con un gesto de la cabeza hacia el aerotaxi

—. Subiremos ahí. Así, por lo menos, no te verán dando brincos por aquí.

¡Ja! —exclamó Tu.

¡Acababa de entrar a orinar! Y,



mientras lo hacía —con la mano izquierda ocupándose de la adecuada orientación del chorro y el móvil en la derecha—, su cerebro, en ese momento estresado, confundió ambas manos por una fracción de segundo, de modo que Tu estuvo a punto de sacudirle las últimas gotas a su teléfono móvil y de hablarle a su pene. El hombre estrangulado por la comunicación. Tu sintió un espanto. Por lo menos en el retrete uno no debería tener que hablar por teléfono. Todo tenía un límite. Nada debía llevar a un hombre a confundir su pene con su móvil.

En consecuencia, había puesto



aparte uno de aquellos dos chismes, el representante de la técnica, y había prestado su atención a los apremios de la naturaleza. El área del baño se encontraba empotrada en la habitación como un cuarto dentro de otro cuarto, y tenía dos accesos, uno frente al otro. A Tu podía vérselo desde la cama o desde el recibidor. El empresario abrió la puerta de cristal que daba a la cama y miró primero hacia el retrete y, en efecto, allí estaba, sobre la cisterna.

«Maldito cabrón —pensó—. Y ahora hay que largarse de aquí cuanto antes.»

Xin entró en la habitación abierta y



miró a su alrededor. Había una especie de recibidor que, más adelante, desembocaba en un espacio inundado de luz y que, por lo visto, era un salón dormitorio. Directamente a su derecha se veía una puerta de cristal pulido y opaco. Estaba cerrada. Detrás de ella sonaron unos pasos y un silbido poco melódico.

Su mano se deslizó bajo la gabardina de color verde esmeralda.

El girocóptero aterrizó.

Yoyo se hundió en su asiento, como si quisiera fundirse con los cojines. Jericho se arriesgó a echar un vistazo hacia afuera. Dos hombres uniformados



bajaron del avión ultraligero, se dirigieron hacia el empleado del hotel y le dijeron algo.

—¿Y éstos qué quieren ahora? — gruñó el piloto del aerotaxi en un inglés de acento alemán mientras estiraba el cuello en un gesto de curiosidad—. Ni siquiera en el aire te dejan en paz.

—Está bien que estén alertas —

cantó Yoyo.

Jericho le dirigió una mirada de reojo. Esperaba que en cualquier momento el empleado del hotel señalara hacia ellos. Si la patrulla había traído fotos consigo, estarían perdidos. El hombre gesticuló señalándoles hacia el



interior de la terminal, donde estaban los ascensores.

Jericho contuvo la respiración.

Vio cómo los policías intercambiaban algunas palabras, y entonces uno de ellos miró fijamente hacia el skycab. Por un momento pareció como si estuviera mirando a Jericho directamente a la cara, pero luego desvió la vista y él y su compañero desaparecieron bajo el techo de la terminal.

—Esperemos que Tu no se tropiece en el camino con ellos —dijo Yoyo entre dientes.

Los pasos se acercaron. Algo resonó



con fuerza. Una silueta podía verse tras el cristal esmerilado de la puerta del baño y se detuvo justo delante de ella.

Xin llevaba su arma en ristre.

Con un rápido movimiento, abrió la puerta de golpe, agarró al hombre, empujó al asiático hasta la pared del fondo, estiró la mano hacia atrás y le puso el cañón de la pistola en la frente.

—Ni rechistes —dijo.

—¿Cómo? —susurró uno de los policías.

El otro señaló hacia adelante.

—Creo que la 727 es la que está abierta.

—En efecto.



—Creo que ya no tendremos que decidir cuál revisar primero, ¿no?

Habían bajado desde la azotea hasta el séptimo piso y se habían puesto a buscar las habitaciones alquiladas por el chino. Su foto estaba en las bases de datos del aeropuerto y también disponibles en los móviles de los agentes, de modo que sabían con bastante exactitud cuál era su aspecto. Sin embargo, no tenían el dato sobre la habitación que ocupaba.

—Deberíamos haberle mostrado al tipo del tejado la imagen de Tu.

—¿Y se te ocurre ahora? —le susurró su colega.



—Ya ves.

El otro se mordió el labio inferior. Sólo le habían preguntado al hombre dónde estaban las habitaciones: «No lo sé. ¿Qué puedo decirles yo? Sólo soy el portero de la azotea.»

A través de la puerta abierta de la habitación 727 podía verse una parte del salón.

—Da igual —murmuró el otro—. Demasiado tarde.

Xin se puso a la escucha.

Su mano izquierda cubría la boca del hombre gordo y sudoroso, mientras seguía apuntándolo a la frente con el arma. Le habría gustado hacerle un par



de preguntas a aquel tipo, pero acababa de surgir una situación nueva. Había unos hombres de pie delante de la puerta de la habitación, por lo menos dos, e intentaban hablar en susurros; una empresa, por otra parte, condenada al fracaso, ya que el oído de Xin mostraba cualidades radiotelescópicas. Para él, aquellos dos no susurraban, sino que actuaban como un par de borrachos en una barbacoa al aire libre.

Justo estaban dando fe de su interés por la habitación 727.

Del pecho del gordo salió un sonido apagado. Xin le hizo un gesto de advertencia con la cabeza, y...



Tu contuvo la respiración. Estaba como petrificado, los ojos fuera de las órbitas. Tenía claro que, si cometía el más mínimo error, todo acabaría.

Para siempre.

Los policías se miraron el uno al otro. Llevaban las armas en ristre, entonces uno de ellos señaló hacia la puerta de la habitación y asintió.

«Entremos», le dijo a su compañero, sin palabras.

Xin sopesó todas las alternativas. Podía alertar a su víctima, decirle:

«¡Una sola palabra y morirás!» Podía esfumarse en el retiro de la cabina del retrete y confiar en que el miedo del



hombre bastara para no descubrirlo, lo que implicaba ciertos riesgos. Tomarlo como rehén sería aún más arriesgado.

¿Cómo iba a sacar a un rehén del Hyatt? No sabía quiénes eran los hombres que estaban allí fuera. El hecho de que intentaran no hacer ruido le hacía pensar que se trataba de agentes del orden, el servicio secreto o la policía.

¿Sería Jericho?

El baño tenía dos entradas. Ambas puertas estaban cerradas. Sólo le restaba confiar en que los hombres inspeccionaran primero el salón dormitorio que quedaba detrás y que entraran al cuarto de baño por la puerta



que daba a ese lado. Eso le daría la oportunidad de escapar por la puerta del recibidor. Sin embargo...

Rápido como el rayo, sin soltar el arma, rodeó la cabeza del asiático y le rompió el cuello con un movimiento de experto. El cuerpo se desplomó. Xin lo sostuvo y lo deslizó al suelo sin hacer ruido.

Los dos policías se deslizaron por el pequeño corredor. Un espejo situado a la izquierda duplicó la imagen de ambos. A mano derecha vieron un acceso, una puerta de cristal esmerilado que, al parecer, conducía al cuarto de baño. Uno de ellos se detuvo y miró a su



colega con ojos interrogadores.

El otro vaciló, negó con la cabeza y señaló hacia adelante.

Lentamente, siguieron avanzando. Tu soltó el aire.

Después de abandonar su habitación y de encontrarse en el pasillo con dos hombres uniformados, se le cayó el alma a los pies. Sin atreverse a cerrar la puerta a sus espaldas, había visto cómo los dos policías aminoraban sus pasos frente a la habitación 727, se detenían allí y hablaban sin que pudiera oírlos. Todo el tiempo estuvieron dándole la espalda, a él, quien sin duda era la persona a la que estaban buscando y que



se hallaba a menos de diez metros de ellos, plantado en el suelo como paralizado, de modo que sólo habrían tenido que darse la vuelta y llevárselo.

Pero no se habían dado la vuelta.

Por algún motivo, toda su atención se había centrado en la habitación de Yoyo. Y de repente Tu vio con claridad el porqué. La puerta estaba abierta. Y lo había comprendido justo en el momento en que ambos entraron y él cobró consciencia de la suerte tan descarada que había tenido.

¿Por qué Yoyo había dejado la puerta abierta? ¿Por la prisa? ¿Por dejadez?



Daba igual.

Sin hacer ruido, cerró la habitación

717; con pasos de avestruz, se deslizó por el pasillo, luego giró a la izquierda, pasó por el lounge y caminó en dirección a los ascensores; pulsó el sensor y alzó lo ojos a la pantalla.

Todos los ascensores se encontraban en la planta baja.

Los sentidos de Xin descubrieron enseguida a los hombres. Eran dos, tal como él había sospechado, y acababan de entrar en el salón dormitorio, donde sus pasos se separaron.

Echó una ojeada al cadáver del empleado del hotel, cuya cabeza, como



consecuencia de la rotura del cuello, había quedado torcida de un modo antinatural. En la mano derecha sostenía todavía el pequeño bote de champú con el que pretendía reabastecer el pequeño aparador situado debajo del espejo. En ese preciso instante, Xin recordó haber visto en el pasillo un carrito del servicio de limpieza de las habitaciones. En silencio, abrió la puerta del baño que daba hacia el recibidor, se escabulló afuera y la cerró a sus espaldas. Vio brevemente el brazo y el hombro de un hombre uniformado y confió en que no hubiera dejado apostado a ningún agente delante de la puerta. Como un felino, se



deslizó afuera de la habitación.

Tu caminaba de puntillas de pie de un lado a otro, resoplando, mirando a su alrededor, abriendo las manos y cerrándolas en sendos puños.

«Vamos, vamos —pensaba—.

¡Estúpido ascensor! Tienes que llevarme hasta la azotea.»

En la pantalla del elevador, los pisos cambiaban con una lentitud torturante. Dos de las cabinas se dirigían hacia arriba. Una se detuvo en el quinto, la segunda en el sexto, justo debajo de él. En ese momento Tu estaba desarrollando unas ganas enormes de matar a la gente que subía o bajaba de



los aparatos. Estaban robándole su tiempo. Odiaba a esa gente de todo corazón.

«Venga ya—pensó—. ¡Venga!» Habitación 727.

Los policías se acercaron a la puerta de cristal que llevaba desde la cama matrimonial hasta el cuarto de baño. Por un momento se detuvieron y quedaron a la escucha para ver si identificaban algún ruido proveniente del interior, pero todo estaba en silencio.

Finalmente, uno de ellos se atrevió a dar el paso.

Más o menos en ese momento estarían descubriendo el cadáver.



Midiendo sus pasos, Xin se acercó a la curva donde el corredor conducía hasta los ascensores. Se mantenía sereno. Los agentes no lo habían visto salir. Había vuelto a cerrar bien la puerta de cristal. Nada hacía sospechar que el asesino del empleado del hotel hubiese estado en el baño hasta hacía unos pocos segundos.

No había motivos para la prisa.

«¡Séptimo!»

Tu podría haber jurado que el ascensor se había arrastrado durante los últimos pocos metros. Por fin se abrieron las puertas de acero inoxidable y dejaron salir a un grupito de chicos



jóvenes vestidos con sumo gusto. Con rudeza, Tu se abrió paso a través de ellos, puso el pulgar sobre el escáner y apretó el botón del aeródromo. Las puertas se cerraron.

Xin dobló por la esquina. Algunos huéspedes del hotel le salieron al paso. Vio cómo uno de los ascensores se cerraba, se dirigió al siguiente, pulsó el botón de sensores y esperó.

Unos segundos después, estaba camino del vestíbulo.

—¡Vaya, por fin! —exclamó Yoyo. Tu salió de la terminal con el torso

echado hacia adelante, como si quisiera huir de sus propias piernas; subió a la



cabina, se dejó caer en el asiento situado enfrente y le hizo una seña al piloto.

—Parece que hayas visto un fantasma —constató Jericho mientras el aparato ponía sus turbinas en vertical.

—He visto dos —dijo Tu, y para reforzar lo que decía, extendió el dedo índice y el corazón, cobró consciencia de que aquel gesto simbolizaba también una victoria y dejó entrever una sonrisa

—. Pero ellos no me vieron a mí.

—Idiota —lo insultó Yoyo en voz baja.

—Oye, por favor.

—¡No vuelvas a hacer nada



parecido, ¿de acuerdo?! Owen y yo hemos estado sudando sangre.

El aparato levantó el vuelo. Sobre la plataforma de aterrizaje, que ahora se hacía más pequeña, se encogía el girocóptero de la policía. Luego el piloto aceleró y dejó tras de sí la plaza de Potsdam. Tu miró indignado por la ventana.

—Pues podéis seguir sudando — dijo el empresario—. Todavía no estamos seguros.

—¿Qué hacían los polis ahí abajo?

—Entraron en tu habitación. Y para facilitarles las cosas, la habías dejado abierta.



—No lo hice.

—Qué raro. —Tu se encogió de hombros—. Bueno, sería el servicio de habitaciones.

—Da lo mismo. No encontrarán nada. No he dejado nada allí.

—¿No has olvidado nada?

—¿Que si he olvidado...? —Yoyo lo miró fijamente—. ¿Y eres tú, precisamente, quien me pregunta si he olvidado algo?

Tu carraspeó varias veces seguidas, sacó su teléfono móvil y llamó al aeropuerto. «Por supuesto que has olvidado algo —pensó Jericho en silencio—. Del mismo modo que



nosotros, todos, dejamos algo olvidado: huellas dactilares, cabellos, ADN.» Mientras su amigo telefoneaba, el detective se preguntó si no habría sido más inteligente involucrar a las autoridades locales. Tu parecía compartir la aversión de Yoyo por la policía, pero Alemania no era China. Hasta el momento, en el drama que estaban viviendo no había intereses alemanes de por medio. Entretanto, sus acciones iban cobrando la forma de una huida desesperada y sin motivo. Ellos no habían violado ninguna ley, pero parecía que cada vez se enredasen más en actos punibles.



Tu plegó su teléfono móvil y miró a Jericho largamente mientras el aerotaxi avanzaba hacia el aeropuerto a gran velocidad.

—Olvídalo —dijo el empresario.

—¿Que olvide qué?

—Estás pensando que debemos entregarnos.

—Pues no sé qué decirte —suspiró

Jericho.

—Pero yo sí. Mientras no conozcamos el contenido de ese dossier y no hablemos una vez más con la encantadora Edda Hoff, no le revelaremos nada a ningún otro aparato.

—Tu se pasó el índice por la sien en un



gesto muy elocuente—. Salvo a ése.

El zumbido de un panal de abejas no era nada comparado con la manera en que el aparato de policía empezó a resonar bajo la impresión que les causó la masacre que había tenido lugar en el Museo de Pérgamo, y ahora, también eso: un indonesio muerto, un mozo de hotel con un impecable cambio de vida, magros conocimientos de alemán y la misión de repartir jabones, papel higiénico y caramelitos por las habitaciones. Un trabajo cuyos riesgos principales consistían en tener que enfrentarse a malos olores o hallarse ante una pocilga de cerdos, pero no que



le rompieran a uno la crisma porque se hubiera acabado la loción corporal.

Aparte de los dos vigilantes muertos en el museo, había un enigmático grupo de personas relacionadas con esos hechos. El asesinado dueño de un restaurante con pasado sudafricano, quien, a su vez, había mandado al más allá a otro hombre, aún desconocido, usando un lápiz como arma, lo que requería de conocimientos que eran más bien atípicos del ramo de la gastronomía. Su mujer, de piel negra, muerta a tiros en su coche, y luego paseada en ese mismo vehículo por media ciudad. Por otra parte estaba el



chófer, un tipo blanco de pelo rubio que, por lo visto, había intentado ayudar a Donner en el museo, para ser él mismo objeto de una persecución, nada menos que por el asesino de Donner, un hombre también desconocido, trajeado, alto, de pelo blanco, perilla y gafas. Luego estaba un industrial chino, jefe de una empresa tecnológica radicada en Shanghai, que se había hecho pasar por investigador policial y, en compañía de una joven china, había robado el ojo de cristal de Donner. Por último, el indonesio, a cuya presencia en aquella habitación había que agradecer normalmente que no hubiera ninguna



carencia en los momentos en los que un huésped de hotel tiene que satisfacer sus necesidades sanitarias ni que le faltasen azucaradas sorpresas en la almohada a la hora de acostarse.

Intrigante, todo muy intrigante.

En una actitud inteligente, los investigadores no habían intentado resolver todos aquellos enigmas de una vez, aunque, de hecho, se imponían algunas conclusiones: el hombre de pelo blanco, fuera quien fuese, era un asesino profesional; el ojo de cristal ocultaba un secreto, probablemente el asunto alrededor del cual giraba todo; y el indonesio, sencillamente, había



aparecido en el lugar equivocado en el momento equivocado. Sin embargo, a lo que se le dio prioridad en las investigaciones fue al empresario chino; no con el fin de esclarecer sus motivos, sino para atraparlo cuanto antes. Las tres habitaciones que él había reservado en el Grand Hyatt no causaban la impresión de que sus inquilinos fuesen a regresar pronto a ellas. Lo único que se sabía con certeza era que Tu Tian y la mujer que lo había acompañado al Instituto de Medicina Legal habían salido de allí y se habían dirigido directamente al hotel; luego le habían indicado al portero que aparcara el Audi en el garaje soterrado



para, a continuación, desaparecer en el vestíbulo sumidos en una animada charla.

¿De qué charlaban?

El portero lo recordaba muy bien. Se habían citado con una tercera persona en el Sony Center porque al gordo le apetecía tomar «algo dulce». ¡La mujer, por cierto, era muy, pero que muy guapa! Los policías insistieron en preguntar si el portero dominaba el chino, pero éste lo negó. La conversación había tenido lugar en inglés, una circunstancia que hizo desconfiar al jefe de la comisión especial: según la declaración de la doctora Voss, esos dos habían estado



hablando en chino en la sala de autopsias. Por precaución, el jefe envió dos unidades al Sony Center —aunque ya no tenía esperanzas de encontrar a nadie allí—, y luego encargó a sus hombres que averiguaran las circunstancias exactas de la llegada de Tu.

Cuanto más meditaba sobre ello, tanto más seguro estaba de que Tu y el rubio estaban relacionados.

El aerotaxi sólo había necesitado unos ridículos ocho minutos para llegar al aeropuerto, pero a Jericho le parecieron una eternidad. En su mente, se mezcló con los hombres de la



comisión especial. ¿Qué prioridades establecerían? ¿En quién de ellos concentrarían las investigaciones? El detective había estado presente en el tiroteo, algunos testigos lo habían visto correr en dirección a Tiergarten. Esperaban poder averiguar algo más sobre él. En su contra hablaba el hecho de que estaba armado en el museo, pero gracias a la balística se podría determinar que él no había matado a Nyela. Yoyo y Tu, por su parte, se habían hecho culpables de suplantación de un cargo público con abuso de autoridad y profanación de un cadáver; Tu, además, había tergiversado todos



los reglamentos del tráfico a su favor, pero los policías tenían otro montón de pistas que seguir. Y estaba bien que así fuera, pues de ese modo avanzarían más lentamente. Tenían que verificar identidades, trazar cronologías, tomar declaraciones, esclarecer motivos. Se hundirían en el lodazal de la especulación.

Por otra parte, hasta el momento habían demostrado ser extremadamente eficientes. Habían aparecido en el Grand Hyatt con una rapidez que merecía respeto, lo que demostraba que tenían la mirada puesta en Tu. Quedaba por ver si sabían algo de su jet privado



o si, en general, partían de la idea de que abandonaría Berlín en un corto plazo.

El aerotaxi sobrevoló en círculos el aeropuerto de aviones privados.

Luego descendieron describiendo una amplia curva. El Aerion Supersonic de Tu quedó a la vista. Con sus cortas alas situadas en el extremo trasero, parecía un ave marina que estirase el cuello con curiosidad, como si tuviera prisa por largarse de allí. El piloto hizo girar las toberas, hizo que el aparato descendiera y lo posó suavemente no lejos del jet. Tu le entregó un billete.

—Quédese con el cambio —le dijo



en inglés.

La propina estimuló de tal modo los genes diligentes del piloto que éste se ofreció de inmediato para cargar el jet. Y puesto que no había ningún equipaje que descargar, aparte del pequeño maletín de Tu, preguntó si podía hacer otra cosa. Tu reflexionó brevemente.

—Sencillamente, espere aquí hasta que nos hayamos marchado —dijo el chino—. Mientras tanto, no acepte ninguna llamada.

El jefe de la comisión especial estaba en camino del aeródromo de la Jefatura de Policía cuando recibió una llamada telefónica. Antes de que pudiera



responder, vio a una agente que corría por la pista de aterrizaje.

—Tenemos al calvo —dijo la voz de la mujer.

El jefe dudó. La llamada procedía de una de las personas a las que había encargado investigar las circunstancias de la estancia de Tu en Berlín. La mujer se detuvo y, jadeante, le puso su teléfono móvil delante de las narices. En la pantalla podía verse la foto del hombre que yacía en la mesa de autopsias con astillas de lápiz incrustadas en el lóbulo frontal del cerebro.

—Volveré a llamarla —dijo el jefe al teléfono—. Deme dos minutos.



—Mickey Reardon —anunció la agente—. Un fósil de la resistencia irlandesa, especialista en sistemas de alarma. Desde el desarme del IRA, hace veinte años, trabaja por su cuenta para toda suerte de servicios de inteligencia e instituciones en esa zona fronteriza entre la política y el crimen organizado.

—¿Un irlandés? Santo cielo.

No podría haberse mostrado más horrorizado si le hubiesen dicho que Reardon era un miembro del antiguo Ejército Popular de Corea del Norte Cada vez que ciertas tropas regulares o ejércitos clandestinos perdían su razón de ser y dejaban de funcionar, escupían



a gente como Reardon, gente que, cuando no se pasaba totalmente al bando del crimen organizado, a menudo mantenía una alianza con servicios de inteligencia internacionales.

—¿Para quién ha trabajado?

—Se sabe sólo parcialmente. Siempre, una y otra vez, para el servicio secreto estadounidense, para el Mossad, el Zhong Chan Er Bu, y el BND alemán Un tipo versátil, hábil en la desconexión y la instalación de sistemas de seguridad. Ha llamado la atención varias veces en relación con ciertas lesiones físicas graves, posiblemente también algún que otro asesinato.



—Reardon iba armado —dijo el jefe de la comisión con expresión pensativa

—. De modo que estaba en una misión. Donner lo neutraliza y muere a continuación. Lo mata el del pelo blanco. ¿Se trata de alguna operación de inteligencia? Tenemos a Reardon y al del pelo blanco de un lado; a Donner y al rubio, que quiso ayudarlo, del otro.

A punto estuvo de olvidar que estaba en el camino del hotel Grand Hyatt.

—Tenemos que marcharnos —le dijo a su acompañante.

Y fue entonces cuando recordó también que había tenido intenciones de llamar a alguien.



El jet dobló en dirección a la pista de despegue. Tu aumentó el impulso y esperó la señal para alzar vuelo. Se sentía muchísimo más inquieto de lo que parecía. En el fondo, Jericho tenía razón. Lo que estaban haciendo iba en contra de todo sano juicio. Buscaban pelea sin necesidad con la policía alemana, que, posiblemente, podría haber seguido ayudándolos en sus pesquisas.

Sin embargo, también era posible que no fuese así.

Las experiencias de Tu con la arbitrariedad de ciertas instancias estatales, sin duda, le había creado un



trauma, por mucho que él se afanara en no acabar como el ratón que ve en todo la sombra de un gato. A fin de cuentas, el origen de su paranoia databa de hacía veintiocho años. No obstante, siempre estaba dispuesto a tomar a los demás como rehenes de su recelo, sobre todo a Yoyo, quien, según sus propias experiencias, era muy receptiva a cualquier patrón de comportamiento paranoico. Su actitud era inequívocamente manipuladora. Intentaba decirse a sí mismo que estaba actuando del modo correcto —y, posiblemente, hasta tuviera razón—, sólo que hacía tiempo que ya no se



trataba de eso: por lo menos así lo vio con claridad aquella noche en que recorrió con la joven la ciudad de Berlín y comprendió de repente que su paranoia, a diferencia de la de Hongbing, sólo parecía más jovial. Uno se consumía en las catacumbas del recuerdo, mientras que el otro las atravesaba con buen ánimo, silbando. Comparado con Hongbing, a él le iba de fábula, pero no lo suficiente como para poder poner fin a todo aquello por sí solo.

Fue por eso por lo que le hizo saber a Yoyo algunas cosas, con lo que la sumió en una confusión aún más



profunda. De nada sirvió. Debería haberle contado el resto de la historia, una historia que, hasta el momento, sólo Joanna conocía en su totalidad. Con la callada aprobación de Hongbing, realizaría ese gesto liberador en cuanto tuviera oportunidad. Él habría preferido que Hongbing hubiese puesto a su hija al corriente, pero así también estaba bien. Cualquier cosa era mejor que el silencio.

«Tenemos que acabar con esto — pensó—. No huir nunca más, ni en el éxito ni en la desesperación.»

La voz en los auriculares le dio luz verde.



Tu cargó los propulsores, los puso en potencia de despegue y aceleró. La fuerza del impulso lo incrustó contra el asiento, y entonces levantaron el vuelo.

Sólo unos minutos después, el jefe de la comisión especial se enteró de que Tu Tian había arribado con un avión privado del tipo Aerion Supersonic. Las habitaciones en el hotel Grand Hyatt habían sido abandonadas; el chino y sus acompañantes, por lo visto, habían cambiado de sitio. Era posible que todavía estuvieran en Berlín, pero en cualquier caso no habían registrado su salida; además, su Audi estaba aún en el garaje subterráneo del hotel, el mismo



coche que Tu había alquilado en el aeropuerto inmediatamente después de aterrizar y cuya matrícula había puesto a los investigadores tras su pista.

Por otro lado, en una de las habitaciones había un cadáver.

El jefe de la comisión instruyó a su equipo para que detuvieran el jet. Y minutos más tarde supo que la identificación de Mickey Reardon le había costado los instantes decisivos. Maldijo en voz tan alta que los técnicos forenses se detuvieron, asustados, pero de nada sirvió.

Tu Tian había abandonado Berlín con destino desconocido.



EN EL AERION SUPERSONIC





—Por supuesto que puede leer cristales de memoria —gritó Jericho en tono ofendido en dirección a la cabina, como si su amigo le hubiese preguntado si se aseaba todos los días.

—Mil disculpas —gritó Tu—. Había olvidado que ella sustituye a una mujer.

Jericho sacó el manejable cuerpo de Diana de la mochila, la conectó con la interfaz de los dispositivos electrónicos de a bordo y levantó el monitor de la



consola de su asiento. Las turbinas Pratt

& Whitney envolvían al Aerion en un capullo de ruido. El avión de forma trapezoidal se encontraba todavía tomando altura. A su lado, Yoyo se ocupaba del ojo de vidrio de Vogelaar: lo desatornilló y le extrajo una estructura brillante de apenas el tamaño de un terrón de azúcar. Tu volaba ahora describiendo una curva. Berlín se les echó encima por una de las ventanas laterales, y el cielo, en cambio, cobró al otro lado un color azul oscuro.

—Hola, Diana.

—Hola, Owen —dijo la voz suave y familiar—. ¿Cómo te va?



—Me podría ir mejor.

—¿Qué puedo hacer para que te vaya bien?

—Vaya, vaya —comentó Yoyo en tono burlón—. Algún día tendrás que contarme qué tal besa.

Jericho hizo una mueca.

—Abre el lector de cristal, Diana.

Una especie de célula fotorreceptora brotó en la parte delantera del ordenador; el cajoncito estaba provisto de una superfìcie transparente. El avión retornaba a la posición horizontal mientras seguía ganando altura. Debajo de ellos, el patrón de manchas de los edificios cedió paso a campos de



cultivo de colores verdes, marrones y amarillos, parcelados y atravesados por bosquecillos parecidos a remiendos, carreteras y pueblos. Como salpicaduras, centelleaban allí, bajo la luz del sol vespertino, los cursos de los ríos y los lagos.

—Pobre de ti si aquella guarrería de la Charité no valió la pena —gruñó Yoyo, que se inclinó hacia donde estaba Jericho, puso el terrón de azúcar en la superficie del lector y el diminuto cajón se deslizó de nuevo hacia adentro.

—Todos hemos hecho sacrificios — dijo él con el ceño algo fruncido, mi e ntr a s Diana cargaba los datos—.



Tian, por ejemplo, estaba dispuesto a tirar cien mil euros.

—Por no hablar de tu oreja — repuso Yoyo, mirándolo—. Bueno, de ese pedacito de oreja, un átomo de tu ore...

—De la seria herida de mi oreja. Ahí está.

La pantalla se llenó de símbolos. Jericho contuvo el aliento. El dossier era mucho más amplio de lo que esperaba. De repente, sintió ese temor ambivalente que se percibe antes de penetrar en la cueva de un monstruo, a fin de mirarlo cara a cara en toda su monstruosidad y obtener una certeza



sobre su naturaleza. Al cabo de pocos minutos conocerían el motivo de aquella cacería de la que habían sido víctimas tantas personas y a la que ellos mismos habían estado a punto de sucumbir, y entonces Jericho supo que no les gustaría nada lo que iban a ver. También Yoyo parecía vacilante. Se llevó un dedo a los labios y se detuvo.

—De haber sido yo —dijo la joven

—, habría puesto una versión abreviada.

¿Tú no?

—Claro —asintió el detective—. Pero ¿dónde?

—Aquí. —Su dedo se dirigió hacia un símbolo con el nombre de «JKV-



Intro».

—¿JKV? —dijo Jericho, entornando los ojos.

—Jan Kees Vogelaar.

—Suena bien. Intentémoslo.

¿Diana?

—Sí, Owen.

—Abre la carpeta «JKV-Intro».

Allí estaba Vogelaar, sentado en mangas de camisa en una terraza, cubierta por la sombra de un tejado de madera de fabricación rústica, con una bebida a un lado. Al fondo, unas colinas cubiertas de bosques caían hacia la costa; destacaban algunas palmeras solitarias que crecían desde una



vegetación mixta de baja altura. Por lo visto lloviznaba. Un cielo de color indefinido pendía sobre el escenario y difuminaba la línea del horizonte de un mar lejano.

—La probabilidad de que yo ya no siga con vida en estos instantes es bastante alta —dijo Vogelaar—. Así que escúchenme bien, sean quienes sean. Personalmente, no podrán esperar de mí otras informaciones.

Jericho se inclinó hacia adelante. Era una sensación algo fantasmal poder mirar ahora a Vogelaar a los ojos. En sentido estricto, lo estaban viendo a través de uno de sus ojos. A diferencia



de su aspecto en Berlín, allí tenía de nuevo el pelo de color rubio ceniza, lucía un poblado bigote, las cejas y las pestañas claras.

—Este sitio no tiene escuchas. Podría creerse que la intimidad no constituye ningún problema en un país que prácticamente se compone tan sólo de ciénagas y selvas tropicales, pero Mayé está afectado por la misma paranoia que ataca a todos los potentados de su calaña. Supongo que hasta Ndongo habría estado interesado en ponerles escuchas a los papagayos. Pero, dado que me nombraron jefe de la seguridad, el espionaje de la buena



población de Guinea Ecuatorial corre a mi cargo, sobre todo la de la familia de los gobernantes y las de nuestros estimados huéspedes extranjeros. Mi tarea es proteger a Mayé. Él confía en mí y yo no tengo ningún plan de hacer un mal uso de esa confianza.

Vogelaar extendió los brazos en un gesto que abarcó todo el territorio a sus espaldas.

—Como ven, vivimos en el paraíso. Aquí los frutos te crecen en la boca, y como corresponde a un paraíso que se precie, siempre hay una serpiente arrastrándose por algún lugar, una serpiente que desea saber que todo está



bajo control. Kenny Xin, por ejemplo, no confía en nadie. Tampoco en mí, aunque asegura que es mi amigo y fue él quien me consiguió este lucrativo puesto de trabajo. Saludos, Kenny. Por cierto, ya ves que tu desconfianza estaba justificada —dijo, y rió—. Probablemente ustedes no conocerán a ese chaval, pero él es, en todo caso, la razón por la que he creado este dossier. Varios de los documentos adjuntos se ocupan de su persona, pero conformémonos por lo pronto con señalar que, en el año 2017, Kenny organizó el golpe de Estado contra Juan Aristide Ndongo por encargo de los



consorcios petroleros chinos y con el consentimiento de Pekín, y también con mi ayuda o, mejor dicho, con la ayuda de la African Protection Services; el golpe se llevó a cabo y fue el encargado de entronizar a Mayé en el poder. El dossier abarca una crónica del golpe, documentos internos sobre el papel de Pekín en África y otras cosas más, pero, en esencia, trata de otro tema.

Vogelaar cruzó las piernas y, con un apático movimiento de la mano, espantó un insecto volador casi del tamaño de un puño.

—Tal vez alguien se acuerde de la rampa de lanzamiento que Mayé hizo



erigir en Bioko en el año 2022. Varias firmas internacionales participaron en su construcción, pero siempre bajo la dirección del Grupo Zheng, lo que permite suponer que también China tenía las manos en el asunto. Yo, personalmente, no lo creo. Tampoco es cierto lo que siempre le vendimos a la opinión pública: que el programa espacial era una iniciativa cien por cien de Mayé. En realidad, lo emprendió un grupo de inversionistas chinos que, en mi opinión (y en contra de lo que ellos mismos describieron), no son lo mismo que el gobierno de Pekín, y eran representados en aquel entonces por



Kenny Xin. Un hecho cierto es que esa organización quería lanzar al espacio, desde nuestro territorio, un satélite de comunicaciones, supuestamente para probar nuevos sistemas de propulsión de cohetes. Mayé tendría la autorización para hacer un uso civil de aquel satélite, siempre y cuando presentara todo el programa espacial como idea suya. He colgado aquí los planos de construcción de la rampa, así como una lista de todas las empresas que trabajaron en su instalación.

—Éste nos está tomando el pelo —

dijo Yoyo entre dientes.

—No lo creo —respondió Jericho,



negando con la cabeza—. Éste ya no puede tomarnos el pelo.

—Pero es que es justo lo mismo que nos contó en el Muntu...

—Espera. —Jericho alzó una mano

—. ¡Escucha!

—... se preparó el lanzamiento para dos días después. Con ello, en realidad, deberían haber acabado los preparativos. Sólo el satélite debía ser colocado en la punta del cohete, pero esa misma noche, un convoy de vehículos blindados penetró en el área de emplazamiento de la rampa; llevaron algo hasta la nave de construcción y lo acoplaron al satélite. Era una carcasa



del tamaño de una maleta grande o de un pequeño armario, equipado con un tren de aterrizaje, toberas y unos tanques esféricos. Todo podía plegarse de tal manera que no ocupara mucho espacio. De la entrega y el montaje se encargaron exclusivamente personas de confianza de Xin, no había ni uno solo de los ingenieros extranjeros presente, tampoco nadie del Grupo Zheng. Ni Mayé ni sus hombres sabían a esas alturas que iban a lanzar al espacio algo más que el satélite de marras. Yo, por cierto, no soy ningún especialista en navegación espacial, pero sospecho que esa pequeña carcasa era una nave espacial



automática, una especie de unidad de aterrizaje. Mis hombres fotografiaron la llegada del convoy y la carcasa, las imágenes se encuentran en las carpetas

«CON_PICS» y «SAT_PICS». Vogelaar sonrió—. ¿Sigues viendo esto, Kenny? En tu obsesión por vigilarme,

¿jamás te diste cuenta de que nosotros os observábamos a vosotros?

—Bien —dijo Tu, que llegó desde la cabina y se reunió con ellos en la zona de pasajeros—. El piloto automático está a cargo. Ahora estamos camino de Amsterdam, así que bebamos al...

—¡Chis! —le susurró Yoyo.



—...interesado, naturalmente, en lo que había en esa carcasa —continuó Vogelaar—. Para ello tendría que reconstruir el camino que las cosas habían tomado. Tal vez debería mencionar que las personas que llevaron el artefacto, durante la noche, eran casi todos chinos, y al menos conseguimos determinar la trayectoria del avión con el que habían llegado a África, después de varias escalas. Por razones obvias, esperaba ver que el aparato hubiera despegado originalmente en China, pero, para mi sorpresa, vino de Corea, concretamente de un apartado aeropuerto de Corea del Norte, situado



cerca de la frontera.

Al fondo de la imagen pudo verse cómo empezaba a llover copiosamente. Un ruido cada vez más molesto se mezcló con las palabras de Vogelaar, y un gris iridiscente acabó con todos los matices que diferenciaban el cielo, la selva y el mar.

—A lo largo de los años he ido estableciendo amplios contactos. También en el sureste asiático. Alguien que todavía me debía un favor averiguó lo que habían cargado en aquel aeropuerto. Es preciso saber que toda esa región es extremadamente insegura. Abunda la piratería en las aguas





vecinas, hay un alto grado de

criminalidad, de desempleo, de

frustración. Desde el año 2015, el sur

paga la reconstrucción del norte, pero el dinero desaparece en una enorme burbuja de especulación. Ambas regiones se sienten burladas, y hay enfado. En consecuencia, hacen estragos la corrupción y los negocios en el mercado negro, y uno de los más lucrativos es el comercio con el antiguo arsenal de armas de Kim Jong-un, sobre todo de cabezas explosivas. Una de las mercancías más demandadas son las mini-nukes, bombas atómicas muy pequeñas pero con un poder destructivo



considerable. Ya los sóviets habían experimentado con ellas; en realidad, lo habían hecho todas las potencias nucleares. También Kim poseía algunas, cientos de ellas incluso. Sólo que nadie sabe adónde han ido a parar. Tras el colapso del régimen de Corea del Norte, de la muerte de Kim y de la reunificación, desaparecieron de pronto, y dado que no son particularmente grandes...

El mercenario insinuó con las manos una medida aproximada de un metro.

—...y no mucho más gruesas que una caja de zapatos, no se las puede encontrar tan fácilmente. Una mini-nuke



tiene la ventaja de que, a pesar de que puede desplegar una potencia infernal, cabe en cualquier escondite. —Vogelaar sonrió—. Por ejemplo, en una pequeña nave espacial automática, lanzada como polizón en un satélite.

Jericho miró fijamente el monitor. Detrás de Vogelaar, un diluvio caía del cielo.

—Quería averiguar si alguien había salido de compras, no hacía tanto tiempo, por el mercado negro. Mi contacto lo confirmó. Unos dos años antes, en una tierra de nadie situada entre el norte y el sur, a raíz de una transacción privada de material nuclear



coreano, al parecer una mini-nuke había cambiado de dueño. Es cierto que soy siempre desconfiado y que hay que ser cauteloso con lo que se sabe de oídas, pero había muchos indicios de que el comprador era una persona harto conocida para mí.

—No puedo creerlo —dijo Tu, incrédulo—. ¿Lanzaron una bomba atómica al espacio?

Vogelaar se inclinó hacia adelante.

—Nuestro buen amigo Kenny Xin había comprado el chisme. Y yo sabía por qué se había dejado seducir por la idea de erigir la rampa de lanzamiento precisamente en nuestro pequeño y



apacible paraíso selvático. ¡Todo aquello, en gran medida, era ilegal! A ninguna oficina estatal de aeronáutica espacial le podrían haber colado de contrabando una bomba atómica. Los que encargaron a Kenny la misión tenían que encontrar un país neutral, preferiblemente una república bananera cuya pandilla gobernante no hiciera ascos a ningún negocio. Algún pedazo de territorio poco popular donde nadie mirara lo que se ocultaban bajo la manga. Y los sitios ideales para el lanzamiento de cohetes se distribuyen en torno al ecuador. Para mí eso constituye la prueba de que el Partido Comunista



de China no tenía ninguna carta en este asunto, por lo menos al más alto nivel del gobierno; de otro modo, podrían haber lanzado ese satélite defectuoso, sencillamente, desde sus plataformas oficiales en Xichang, Taiyuan, Hainan o Mongolia, sin correr el riesgo de que un cerdo como Mayé sospechara cuál era la bonita carga que llevaba a bordo. En mi opinión, tenemos que vérnoslas con una asociación criminal o terrorista no estatal, lo que no excluye que algunos órganos estatales aislados estén metidos en el asunto. No olvidemos que los



grotesca vida propia, y ni siquiera Washington sabe en todo momento en lo que anda metida la CIA. Tal vez detrás de todo haya un gran consorcio. O quizá se trate tan sólo del bueno del doctor Mabuse, si es que hay alguien todavía que lo conozca.

—¿Y el objetivo de la bomba? —

susurró Yoyo.

Vogelaar se apoyó hacia atrás en su asiento, dio un largo trago a su bebida y se acarició el bigote.

—Este dossier fue concebido, en realidad, como un seguro de vida —dijo el sudafricano—. Para mí y para mi mujer, a la que quizá hayan conocido



con el nombre de Nyela. Por lo visto, esto no ha podido salvarnos, de modo que ahora servirá para hacer caer a los hombres de la organización que está detrás de todo. Kenny sería, sin duda, un elemento de importancia decisiva, ya que él tiene contacto con los cabecillas de la banda y debe de conocer su identidad. He adjuntado sus escáneres de ojo, sus huellas dactilares y sus pruebas de voz, están en el archivo

«KXIN_PERS», pero él no es en ningú modo el iniciador. ¿Quién es entonces? Sin duda no es Corea, ellos sólo ponen en subasta lo que les dejó su amado líder. Entonces, ¿quién? ¿El Partido



Comunista, cuyo objetivo es instalar en secreto armas en el espacio? Como ya he dicho, para ello no habrían necesitado una rampa de lanzamiento en Guinea Ecuatorial. ¿Fuerzas cercanas al gobierno, como Zheng, por ejemplo? Es posible. Tal vez la respuesta se encuentre en la carrera que se está produciendo por conquistar la Luna. China ha dejado claro en más de una ocasión que le disgusta la ventaja que le lleva Estados Unidos y, además, Pekín proyecta su mal humor contra Orley Enterprises, la contraparte exitosa de Zheng. ¿O es que alguien está tratando de hacer recaer las sospechas sobre



China porque es algo que encaja muy bien ante el trasfondo de aquella pugna internacional por el helio 3, etcétera, etcétera? Con una bomba atómica colocada hábilmente en un lugar estratégico, se podría azuzar a las potencias unas contra otras, pero ¿con qué fin? Ambas saldrían debilitadas de un conflicto armado. ¿O es que cabe la posibilidad de que lo que se quiera alcanzar sea precisamente eso? Ahora bien, ¿quién podría sacar provecho de esa debilidad?

En ese momento, el avión avanzaba en línea recta. Podrían haber tenido delante todo un desfile de ovnis, pero



ellos en ese momento no les habrían prestado atención. Su atención estaba fija en el monitor.

—Y ahora pasemos a otra pregunta:

¿dónde se halla la bomba en este instante? ¿En el satélite todavía? ¿O fue soltada mientras el cohete portador la trasladaba al espacio? En la Tierra no se ha producido ninguna explosión nuclear, pero, en fin, tampoco tiene por qué haber estallado. Por otra parte,

¿sería una estupidez poner en órbita una bomba para luego enviarla de nuevo a la Tierra? Creo que puedo dar a ello una respuesta parcial. Porque también tuvimos la posibilidad de echar un



vistazo, por encima del hombro, a lo que hacían los hombres de Kenny en la sala de control. Bajo el nombre de

«DISCONNECT_SAT» encontrará material fílmico que no sólo muestra cómo el satélite ocupa su posición en la órbita, sino también cómo, poco después, algo se desprende de él y continúa vuelo en una órbita propia. No cabe duda de lo que se trata, lo único que no sabemos es hacia adonde viaja la mini-nuke después de desacoplarse. Pero eso también es fácil de responder: al lugar al que, oficialmente, no se podría trasladar una bomba atómica. ¿Y para qué? Pues para destruir algo que no



se podría destruir tan fácilmente desde la Tierra. El objetivo está en el espacio.

Vogelaar juntó los dedos de las manos.

—Les dejaré un último enigma para el camino. Se refiere a la circunstancia de que, ahora, mientras hablo a la cámara, estamos en el año 2024. No pretendo aburrirlos con temas relacionados con mi destino personal, nuestro bonito y pequeño Estado está en la ruina, ya nadie se disputa nuestro petróleo, Mayé empieza a perder los nervios, y, para serles sincero, yo no había imaginado mi puesto en el gobierno, de algún modo, como un



sostén para él. Pero da igual. Piensen únicamente que la rampa empezó a construirse hace dos años, y la empresa debió de ser planeada, con toda seguridad, mucho antes. El uso de esa bomba es algo planificado desde hace tiempo. Ahora la bomba está ahí arriba.

¿Cuándo explotará? Lo que es seguro es que el objetivo tiene que existir desde hace años, o por lo menos se sabía que ya existiría para el momento en que se lanzara el satélite. Como he dicho antes, no soy un experto en temas del espacio, alrededor de la Tierra y de la Luna hay varios objetivos potenciales, pero sólo uno quedará terminado y será



inaugurado próximamente, y es muy probable que sea este mismo año. Es un hotel, planeado desde hace mucho tiempo, y su posición es la Luna; el constructor, Orley Enterprises. ¿No dice algo eso? ¡Por supuesto! Julian Orley, el gran adversario de Zheng, al que los chinos deben su eterno rezago...

Vogelaar levantó su vaso y brindó a su salud. Tras él, Guinea Ecuatorial se ahogaba en un torrente tropical.

—Les deseo que lo pasen bien esclareciendo todo este asunto. No pude reunir más pruebas, el resto tendrán que encontrarlo ustedes mismos. Y vengan a visitarme, si llegan a saber dónde está



mi tumba. Nyela y yo nos alegraremos.

La grabación terminó. Ahora sólo se oía el zumbido de las turbinas. Despacio, como en trance, Yoyo volvió la cabeza y miró primero a Jericho y luego a Tu Tian. Sus labios dieron forma a dos palabras.

—Edda Hoff.

—Sí. —Tu asintió con expresión feroz—. ¡Y tiene que ser de prisa!



La advertencia





30 de mayo de 2025



MESETA DE ARISTARCO, LA LUNA





El transbordador de gran capacidad llamado Ganímedes era un aparato de vuelo del género Hornet, dotado de propulsión iónica y pesadas turbinas que le permitían desarrollar impulso en cualquier dirección deseada. Por su aspecto, era como un helicóptero de transporte grotescamente hinchado y sin aspas, del tipo Eurocopter-HTH, pero que, en cambio, reposaba sobre unas



patas cortas y gruesas y ofrecía en su interior el confort de un jet privado. Los treinta y seis asientos podían transformarse en tumbonas con tan sólo apretar un botón, y cada sitio disponía de una consola multimedia propia. Había una cocina diminuta, con un equipamiento exorbitante y en la que sólo faltaba el alcohol, fiel a la disposición de que lo mejor era embriagarse durante el día con las nuevas impresiones.

En la actualidad, el Gaia disponía de dos transbordadores Hornet, el Ganímedes y el Calisto. Esa tarde, al unísono, ambos cruzaban el vacío a más



de mil cuatrocientos kilómetros de distancia el uno del otro: el Calisto, en dirección a Rupes Recta, una colosal falla situada en el Mare Nubium, con doscientos cincuenta metros de altura y tan larga que a uno le parecía que rodeaba la Luna entera; y el Ganímedes, por su parte, en vuelo directo hacia la meseta de Aristarco, un archipiélago de cráteres en medio del océano de las Tormentas. Pocas horas antes, el Calisto, conducido por Nina Hedegaard y ocupado por los Ögi, los Nair, los Donoghue y Finn O'Keefe, había visitado la llanura de chatarra que rodeaba el Descartes, donde todavía



dormitaba al sol el tren de aterrizaje del Apolo 16, y donde un vehículo lunar averiado transmitía cierto carisma nostálgico; en ese tiempo, el Ganímedes se había acercado al cráter Copérnico. Desde las alturas de su anillo, los pasajeros habían podido admirar su agreste montaña central, habían penetrado hasta su anchuroso interior y se estremecieron al pensar en cómo sería el coloso que habría caído allí del cielo unos ochocientos millones de años antes.

La Luna era un vasto montón de piedra, pero también era mucho más.

La suave estructura ondulada de sus



llanuras hacía olvidar que los maria no eran mares verdaderos, y que los fondos de los cráteres no eran lagos. Curiosas estructuras creaban la apariencia de haber estado pobladas en otros tiempos, como si los héroes de H. G. Wells que viajaban por el espacio se hubiesen topado allí realmente con selenitas de aspecto de insecto y con rebaños de reses lunares, antes de que los secuestraran para llevarlos al universo mecánico del subsuelo lunar. Eso era lo que hasta entonces habían visto ese día Carl Hanna, Marc Edwards y Mim Parker, Amber y los Locatelli, Evelyn Chambers y Oleg Rogachov —cuya



esposa se había quedado en el polo en un estado lamentable—, pero Julian afirmaba que el punto culminante estaba aún por llegar. En el noroeste aparecieron los primeros aledaños de la meseta. Peter Black hizo volar el transbordador por encima del cráter Aristarco, que parecía fundido en luz.

—El anfiteatro de los espíritus — susurró Julian con tono misterioso y una sonrisa infantil en las comisuras de los labios—. Es el puesto de observación de misteriosos fenómenos lumínicos. Algunos están convencidos de que Aristarco está habitado por demonios.

—Interesante —comentó Evelyn



Chambers—. Tal vez deberíamos dejar a Momoka un rato aquí.

—Eso sería el fin de esos misteriosos fenómenos —replicó Momoka Omura secamente—. A más tardar al cabo de una hora en mi compañía, el último demonio querría largarse a Marte.

Locatelli enarcó las cejas, lleno de admiración por la coquetería con que su mujer se regodeaba ante el espejo de la autocrítica.

—¿Y puedes decirnos algo acerca de las causas? —preguntó Rogachov.

—Sí. Como sabéis, se ha debatido intensamente sobre el tema. Durante



siglos se han observado en repetidas ocasiones fenómenos luminosos en Aristarco y en otros cráteres; no obstante, algunos astrónomos ultraortodoxos se negaron hasta hace pocos años a reconocer la existencia de esos Lunar Transient Phenomena.

—¿Serán volcanes, tal vez? —

conjeturó Hanna.

—De ello estaba convencido Wilhelm Herschel, un astrónomo de finales del siglo dieciocho, un hombre, por cierto, muy popular en su época. Fue uno de los primeros que vio puntos rojos en la noche lunar, muchos de ellos en este lugar. Herschel supuso que se



trataba de lava ardiente. Más tarde, sus observaciones se confirmaron, otros observadores reportaron la presencia de una niebla de color violeta, nubes oscuras y amenazantes, relámpagos, llamas y chispas, todo extremadamente misterioso.

—Para escupir lava, la Luna tendría que tener un núcleo líquido —dijo Amber—. ¿Lo tiene?

—¿Lo ves? Ése es el inconveniente

—sonrió Julian—. En general se parte de la idea de que lo tiene, pero, de ser así, está a tanta profundidad que es preciso descartar las erupciones volcánicas como explicación del asunto.



Omura miró con recelo a través de la ventana en dirección a las fauces abiertas de Aristarco.

—Bueno, no nos tengas en vilo —

dijo Chambers al cabo de un rato.

—¿No preferís creer en los demonios?

—A los demonios no consigo sacarles nada romántico —dijo Parker

—. Eso significaría que el diablo habita en la Luna.

—Bueno, ¿y qué? —repuso Locatelli encogiéndose de hombros—. Mejor que viva aquí y no en California.

—No se debe bromear sobre el diablo.



—De acuerdo —dijo Julian, alzando las manos—. Hay un poco de actividad volcánica aquí arriba. Es cierto que no hay ríos de lava, pero se ha comprobado que los fenómenos siempre se manifiestan cuando la Luna está más próxima a la Tierra y la fuerza de gravedad tira de ella de un modo particular. La consecuencia son los terremotos lunares. Cuando éstos ocurren, se ensanchan los poros y las grietas, y los gases calientes suben a la superficie desde las regiones más profundas, se disparan hacia arriba debido a la alta presión, revolviendo el regolito; en la abertura de salida se



incrementa el albedo, y de pronto tienes ante ti una nubecita luminosa.

—Entiendo —asintió Omura—. La

Luna tiene que tirarse un pedo.

—Deberías dejar de revelar todos los trucos —dijo Amber echando una mirada de reojo a Parker—. Los demonios me parecían más interesantes.

—¿Y qué es eso de allí? —dijo Edwards, entornando los ojos al tiempo que señalaba hacia el exterior.

Algo imponente serpenteaba al noroeste del cráter, a lo largo de la planicie cubierta de surcos y agujeros de impacto. Parecía una culebra enorme o, mejor dicho, el molde de una culebra, un



animal de dimensiones míticas. El embudo de la cabeza se unía a un cuerpo que se torcía varias veces y se iba haciendo cada vez más estrecho, hasta que desembocaba, como un hilo muy fino, en la llanura colindante. Parecía tratarse de Ananta Shesha, la serpiente universal del hinduismo, la que sostiene la Tierra y el universo, el trono escamoso y jadeante del dios Vishnú.

—Y eso —dijo Julian— es el valle de Schröter.

Black pasó a gran altura por encima de la formación, para que pudieran admirar las proporciones colosales del valle más grande de la Luna, como les



explicó Julian, con cuatro mil millones de años de antigüedad. De hecho, su forma de serpiente ya había llamado la atención de otros. A aquel cráter con cabeza, con seis kilómetros de diámetro, lo llamaban también la Cabeza de la Cobra, una serpiente que se retorcía a lo largo de ciento sesenta y ocho kilómetros hasta el borde del Oceanus Procellarum. Sobre una meseta que descollaba en el nordeste sobre la Cabeza de la Cobra, pudo verse una explanada rodeada de hangares y colectores. Una torre de antena brillaba bajo la luz del sol. Black descendió un poco más, enfiló hacia la pista de



aterrizaje y posó el Ganímedes sobre sus patas de abejorro.

—Es el puerto espacial Schröter — dijo el piloto, y sonrió a Julian con complicidad—. Bienvenidos al reino de los espíritus. Son pocas las posibilidades de que veamos a alguno, pero, señores, manténganse alejados de agujeros y grietas de aspecto sospechoso. Hay que ponerse la armadura, los cascos. Como esta mañana, entraremos a la esclusa en grupos de cinco. Julian, Amber, Carl, Oleg y Evelyn serán los primeros; los seguiremos Marc, Mimi, Warren, Momoka y yo. Y ahora, adelante, por



favor.

En contraste con el módulo de aterrizaje del Charon, en un transbordador Hornet no era necesario aspirar el aire de la cabina, sino que se bajaba con un ascensor que era, a su vez, una esclusa. Black hizo subir el aparato. Los demás sacaron sus armaduras para el pecho de las estanterías y se ayudaron mutuamente a ponerse los voluminosos trajes, mientras Julian intentaba espantar la sombra que despojaba su estado de ánimo del brillo habitual. Lynn estaba cambiando, eso no podía negarlo. Mostraba síntomas de ensimismamiento, tenía unas ojeras poco



atractivas y le salía al encuentro con una agresividad cada vez mayor y sin motivo. En su consternación, se había desahogado con Hanna, tal vez un error, aunque no sabía decir por qué. El canadiense era un buen tipo. Sin embargo, desde hacía poco se sentía algo inhibido ante él, como si tuviera que analizarlo más detenidamente, y, en ese caso, aflorarían ciertas inquietantes conexiones trigonométricas entre él, Lynn y aquel tren fantasma. Cuanto más cavilaba sobre ello, tanto más seguro se sentía de que la solución estaba desde hacía mucho tiempo a la vista. Veía la verdad, pero se negaba a reconocerla.



Era un detalle de banal fuerza probatoria, pero mientras el proyeccionista de películas de su mente durmiera el sueño de los justos, no conseguiría acercarse a esa verdad.

En compañía de los demás, entró en la esclusa y se puso el casco. A través de la ventana de visión pudo observar el interior de la nave mientras succionaban el aire. Vio a Locatelli dando una perorata, a Omura ayudando a Parker a colgarse la mochila de supervivencia; entonces la cabina dio un tirón hacia abajo, se desplazó por el vientre del Ganímedes a través del hueco del ascensor y se abrió al llegar bien pegada



al asfalto de la pista de aterrizaje. Una rampa brotó del suelo de la cabina, y a través de ella salieron al exterior. No estaba previsto que los transbordadores aterrizaran en otra cosa que no fuera una superficie sólida y pavimentada, pero en caso de que fuera necesario, también se pretendía llevar al mínimo el contacto de la cabina con el polvo fino del regolito, pues, de lo contrario...

Julian se quedó perplejo.

De repente, fue como si el proyeccionista se hubiera despertado y frotado los ojos. Bostezando, se incorporó y bajó al archivo en busca del rollo de película que se había



extraviado.

Acababa de verla de nuevo: la verdad.

Y una vez más, no la entendía.

Algo ansioso, vio cómo el segundo grupo abandonaba la esclusa. Black les hizo señas para que se acercaran a uno de los hangares cilíndricos. Tres todo terrenos abiertos estaban allí aparcados, sorprendentemente parecidos a los históricos vehículos lunares, pero con tres ejes, ruedas más grandes y concebidos cada uno para seis personas. La estructura, ahora mejorada, explicó Black, permitía un avance más rápido que en los comienzos del automovilismo



lunar, y era, además, apropiada para superar terrenos extremadamente accidentados. Cada una de las suspensiones de las ruedas podía girar, en caso de necesidad, en una vertical de noventa grados, lo que bastaba para pasar por encima de grandes rocas que hubiera en el terreno.

—Aunque no precisamente en el tramo que recorreremos de inmediato — añadió—. Seguiremos el curso norte del valle, hasta que el cuerpo de la cobra se doble por primera vez. Allí nos tropezaremos con una nariz de roca, los salientes de la altiplanicie Rupes Toscanelli, que llega hasta las



inmediaciones del borde de la garganta, la llamada Snake Hill. Por ahora no revelaremos nada más.

—¿Y cuán lejos viajaremos? —

quiso saber Locatelli.

—No mucho. Serán apenas unos ocho kilómetros, pero el viaje es espectacular, siempre discurre a lo largo del borde del valle.

—¿Puedo conducir yo? —preguntó Locatelli, saltando excitado de un lado a otro—. ¡Quiero conducir ese chisme a toda costa!

—Claro —dijo Black riendo—. El volante es fácil de maniobrar, es igual que el de un buggy de golf. Sólo que no



debería abordar a toda leche los obstáculos más grandes, si es que no quiere salir volando del asiento, por lo demás...

—Por supuesto que no —repuso Locatelli, con la mente puesta ya en el acelerador.

—¿Dejamos que se divierta? —le preguntó Julian a Omura.

—Claro. Pero sólo si me dejáis a mí la diversión de viajar en otro vehículo.

—Bien. Warren conducirá el Rover número dos y promete llevar a Carl, a Mimi y a Marc sanos y salvos hasta nuestro destino, nosotros iremos en el primero. ¿Quién nos hace de chófer?



Al ver que todos querían conducir, la elección recayó sobre Amber. Ella escuchó las explicaciones sobre las distintas funciones, dio una vuelta de prueba y lo hizo todo bien a la primera.

—Yo también quiero un trasto de éstos cuando lleguemos a la Tierra — gritó.

—No, no lo querrás —dijo Julian, sonriendo con ironía—. Abajo ese vehículo pesa seis veces más. Se partiría en dos dentro del garaje.

La comitiva se puso en movimiento. Black dejó que Amber fuera delante, a fin de impedirle a Locatelli que marcara ningún récord de velocidad, de modo



que llevaban ya diez minutos de camino cuando el valle, a su izquierda, empezó a describir un amplio arco. Un estrecho sendero conducía hasta una alta cresta desde la que se disfrutaba de una vista incomparable sobre el valle Schröter. Casi todo el curso del valle podía verse desde allí, pero fue otra cosa lo que acaparó la atención de todos. Era una grúa montada sobre una plataforma que sobresalía hacia el desfiladero. Al acercarse, identificaron un cabrestante a la altura del suelo. Un cable de acero recorría el mástil y desembocaba en un asiento doble sostenido en el aire. No había necesidad de explicar cómo



funcionaba aquella grúa. En cuanto uno había tomado asiento, el brazo del mástil se inclinaba por encima de la garganta y uno quedaba flotando sobre el abismo con las piernas colgando hacia abajo.

—¡Genial! ¡Absolutamente genial!

—El alma de deportista de riesgo de Marc Edwards bulló de entusiasmo. Saltó del Rover aparcado, se acercó al borde de la plataforma y miró hacia abajo—. ¿Qué profundidad tiene esto?

¿Cuán lejos se puede llegar si uno se desliza por el cable?

—Pues hasta el fondo —le explicó

Black, como si él mismo hubiera



excavado, con sus propias manos, aquella garganta—. Mil metros.

—El Gran Cañón es una mierda — comentó Locatelli con su acostumbrada capacidad para diferenciar—. No es más que un meadero comparado con esto.

—¿Y ese chisme funciona? —

preguntó Edwards.

—Claro —respondió Julian—. Cuando el negocio empiece a dar frutos, construiremos un par de ellos.

—¡Yo tengo que probarlo como sea!

—Todos tenemos que probarlo como sea —lo corrigió Mimi Parker.

—Y yo también. —Julian creyó ver



la sonrisa de Rogachov—. ¿Tal vez

Evelyn esté dispuesta a acompañarme?

—Oh, Oleg —rió Chambers—

¿Quieres morir a mi lado?

—Nadie morirá mientras yo controle los cabrestantes —prometió Black—. Bien, Mimi y Marc bajarán primero...

—Yo iré con Carl —dijo Amber—. Si es que se atreve.

—Me atrevo, contigo siempre.

—Entonces, luego irán Amber y

Carl, y los seguirán Oleg y Evelyn

¿Momoka?

—¡De eso nada!

—En ese caso, Momoka vendrá con nosotros —propuso Julian—. Los



demás, mientras tanto, escalaremos la Snake Hill. Oleg, Evelyn, vosotros también. Peter tardará algún tiempo en llevarlos a los cuatro abajo y traerlos de nuevo hasta aquí.

—Me lo he pensado mejor —dijo Amber—. Preferiría subir con vosotros a la montaña. ¿Qué dices tú, Carl?

—¡Eh! ¿Te estás rajando?

—No te hagas ilusiones.

—Entonces, hasta ahora. Ve tranquila. Veré lo que nos espera.

Hanna vio cómo los demás iniciaban la escalada. El camino conducía hacia arriba en una suave inclinación, describía una curva y desaparecía en



una especie de pasadizo. Luego volvía a aparecer un trecho más arriba, serpenteaba a lo largo del flanco unos cien metros, ahora mucho más empinado, y volvía a perderse de vista. Al parecer, era preciso rodear la ladera para llegar a la meseta. A Hanna le habría gustado acompañarlos, pero le fascinaba más la profundidad de un kilómetro, en una garganta rodeada de paredes verticales. Tal vez pudiera escalar la meseta más tarde, en compañía de Mimi y de Marc. Pero lo que prefería por encima de todo era haber emprendido aquella excursión él solo; sin embargo, adondequiera que iba



tenía siempre a alguien colgado de la oreja a través de la radio. Por lo menos era posible conectar o desconectar a algunos de los compañeros por separado, sólo el guía se mantenía transmitiendo todo el tiempo y tenía derecho a acceder al tímpano de cualquiera.

Con interés, vio cómo Black quitaba el seguro a los cabrestantes, abría el parasol de la consola y activaba el volante pulsando uno de los cinco botones del grosor de un puño. Aquello, podría pensarse, era una primitiva tecnología de los selenitas, hecha para las torpes extremidades de unos



extraterrestres... Pero ¿acaso no eran ellos, allí, en aquel extraño cuerpo celeste, precisamente eso, extraterrestres, gente con los dedos metidos a la fuerza en unas tiesas envolturas? Black pulsó el segundo botón. El brazo se puso en movimiento y empezó a girar. Parker y Edwards se agolparon, impacientes, junto al borde de la plataforma.

—¿Para qué sirven esos botones? —

preguntó Hanna.

—El azul hace que la grúa vuelva a recogerse —dijo Black—. Y el de abajo echa a andar los cabrestantes.

—Entonces, ¿el negro sirve para



alzar de nuevo el ascensor?

—Lo ha comprendido. Es muy sencillo. Como la mayoría de las cosas en la Luna, con lo que no todo tiene que estar siempre en manos de los expertos.

—Por ejemplo, si un experto muere

—dijo Edwards, dando un paso atrás desde el borde para dejar sitio al ascensor que empezaba a girar.

—No digas esas cosas —protestó

Parker.

—No se preocupen. —Black levantó las barras protectoras de los asientos—. Por mi parte, sería una irresponsabilidad morir mientras ustedes están ahí colgados. Si, en contra



de todo pronóstico, me tragasen algunos de los demonios locales, todavía tienen a Carl. El los subirá de nuevo. ¿Listos?

¡Pues allá vamos!

—Mierda —maldijo Locatelli. Habían atravesado las negras

sombras del camino cubierto, vencido la cuesta, y acababan de llegar al punto en el que el flanco se redondeaba. Y fue entonces cuando le llamó la atención. Molesto, miró hacia el valle. Por debajo de ellos se abría la boca de un desfiladero de cuatro kilómetros de ancho, de modo que la plataforma parecía pegada, como un juguete, junto al borde de la roca, poblada por unos



seres diminutos que saltaban como si lo hicieran sobre una cama elástica. Peter ayudaba a los californianos a acomodarse en el armazón metálico de los asientos, mientras que Hanna estudiaba el funcionamiento de los cabrestantes.

—¿Qué pasa? —preguntó Omura, volviéndose.

—Me he dejado la cámara.

—Idiota.

—¿Ah, sí? —Locatelli aspiró con brusquedad—. ¿Y quién es la otra idiota? Piénsalo.

—Oye, no hay motivo para discutir

—se inmiscuyó Amber—. Podemos usar



mi cá...

—¿Hablas de mí? —ladró Omura.

—¿Y de quién iba a ser? Bien que podrías haber pensado en ello.

—Mira, que te den, Warren. ¿Qué diablos tengo yo que ver con tu maldita cámara?

—¡Pues tienes mucho que ver, mi flor de loto! ¿Quién quiere que la graben en vídeo desde por la mañana hasta por la noche, como si no bastaran esos espasmos que has producido para el cine?

—¡Tu cámara sería la última ante la que me plantaría!

—¡Me parto de la risa! ¿Lo dices en



serio? Pero si te corres sólo de ver una cámara delante de ti.

—Qué lenguaje tan bonito, gilipollas. Por ello te doy permiso para que vayas a buscarla.

—Puedes estar segura de que lo haré

—resopló Locatelli, y giró sobre sus talones.

—Eh, Warren —le gritó Chambers, gozando de la escena en silencio—. No irás a recorrer todo ese trecho por esa cá...

—Claro que sí.

—¡Espera! —le gritó Julian—. Coge la cámara de Amber, ella tiene razón. Así podrás filmar a Momoka hasta que



empiece a gimotear y a suplicarnos compasión.

—¡No! ¡Voy a buscar mi maldito aparato!

Con paso obstinado, continuó retrocediendo en dirección al camino cubierto.

—Sé que conmigo no lo tiene fácil

—oyó a Omura decir en voz baja a los demás, como si él no fuera a escuchar cada palabra—. Pero Warren sólo es feliz si se le propinan un par de hostias de vez en cuando.

—Para serte sincera, parecéis necesitaros mutuamente —comentó Amber.



—Oh —suspiró Omura—. Adoro cuando contraataca. Es el momento en que lo quiero más.

Julian, siempre a la avanzada, con el paso del eterno líder, ya casi había conseguido llegar a la meseta cuando, de pronto, oyó la voz de Sophie Thiel en su casco. Los Rover, diminutos, estaban aparcados al alcance de la vista, a través de los cuales se conectaba con el Ganímedes y, a través de este último, con el Gaia.

—¿Qué pasa, Sophie?

—Perdone, señor, pero tiene una llamada desde la Tierra. Tengo a Jennifer Shaw en línea, y quiere hablar



con usted. Cambie, por favor, al canal

O-SEC.

O-SEC era una conexión segura exenta de escuchas. Eso quería decir que tendría que cortar la comunicación con el grupo. Nadie podría escuchar lo que hablara con la encargada de la seguridad de su grupo empresarial ni lo que ésta tenía que contarle.

—De acuerdo —dijo Julian, accediendo a hacer lo que le habían sugerido—. Estamos hablando entre nosotros.

—¡Julian! —Era la voz de Shaw, apremiante—. No quiero perder tiempo con largas introducciones. Lynn le habrá



hablado acerca de la advertencia que nos llegó ayer. Ahora tenemos...

—¿Lynn? —la interrumpió Julian, sorprendido. A continuación, se volvió hacia donde estaban los otros y les indicó, con un movimiento de la mano, que se detuvieran—. No, Lynn no me ha dicho nada acerca de una advertencia.

—¿No? —dijo Shaw, perpleja.

—¿Cuándo fue eso?

—Ayer, a última hora de la tarde. Edda Hoff habló con su hija. Lynn pidió que la mantuvieran al tanto del asunto. Y yo di por sentado, por supuesto, que ella...

—¿Qué asunto es ése, Jennifer? No



entiendo ni una palabra.

Shaw guardó silencio por un momento. El retardo entre la Tierra y la Luna abarcaba unos pocos segundos únicamente, pero la duda se ocupaba de crear unas pequeñas pausas adicionales y algo incómodas.

—Hace dos días recibimos una advertencia de un hombre de negocios chino —dijo la mujer—. Por azar, entró en posesión de cierto documento fragmentado y desde entonces se ha visto obligado a huir. De las líneas de ese texto puede inferirse (o parece inferirse) que una de las instalaciones del consorcio corre el riesgo de sufrir



un ataque terrorista.

—¿Qué me está diciendo? ¿Y eso se lo contó Edda Hoff a mi hija?

—Sí.

—¿Lynn? Lynn, ¿estás ahí?

—Aquí estoy, papá.

—¿Qué significa esto? ¿Qué historia es ésa?

—Yo... no quise molestarte con este tema. —La voz de Lynn sonaba temblorosa y acalorada—. Obviamente hice...

—Lynn, Julian, lo siento mucho —la interrumpió Shaw—. Pero ¡éste no es el momento para tal debate! El chino ha vuelto a llamar, y también otra persona



de su grupo. Vienen directamente hacia acá. Esta mañana intentaron averiguar más sobre el trasfondo de dicho documento, pero todo acabó en desastre. Hubo muertos, pero ahora tienen nuevas informaciones.

—¿Qué clase de informaciones? Jennifer, ¿quién es...?

—Espere un momento, Julian. Estamos en contacto con el jet chino. Lo comunicaré.

Transcurrió un segundo y, a continuación, resonó una voz masculina desconocida, rodeada por cierto rumor atmosférico:

—¿Señor Orley? Mi nombre es



Owen Jericho. Sé que tiene usted mil preguntas, pero ahora debo pedirle únicamente que me escuche. Al completar el documento, hemos podido averiguar que el pasado año se lanzó a la órbita terrestre, desde suelo africano, un satélite de comunicaciones. El presunto dueño de ese satélite era el entonces gobierno de Guinea Ecuatorial, con el general Juan Mayé al frente, un antiguo líder golpista.

—Sí, lo sé —dijo Julian—. Mayé y su satélite. Se puso en ridículo con ese asunto.

—Lo que usted tal vez no sepa es que Mayé no era más que el testaferro



de ciertos cabilderos chinos. Posiblemente su colocación en el poder fue una maniobra del gobierno chino, por lo menos algo que tuvo lugar con su consentimiento. En la actualidad, son otros los que gobiernan en Guinea Ecuatorial, pero mientras Mayé estuvo en el cargo, los chinos le subvencionaron su programa espacial.

¿Le dice algo el nombre de Zheng?

—¿El Grupo Zheng? ¡Por supuesto!

—Fue Zheng quien puso entonces a disposición buena parte de la tecnología, los conocimientos y el hardware. El satélite, sin embargo, sólo fue un pretexto para poner en órbita,



desde los predios de Mayé, algo muy diferente. Algo que jamás hubiera sido aceptado por una entidad oficial.

—¿Y qué es?

—Una bomba. Una bomba atómica coreana.

Julian se quedó petrificado. Sospechaba, o temía sospechar, adónde quería llegar el tal Jericho. Irritado, vio cómo los demás se distribuían sobre el sendero y gesticulaban.

—¿Los coreanos? —repitió Julian

—. ¿Y yo qué diablos tengo que...?

—No se trata de los coreanos, señor Orley, sino del legado de la abandonada casa de fantasmas de Kim Jong-un.



Estamos hablando de una mafia de mercado negro. Dicho de otro modo, China, o alguien que pone a China como garante, ha comprado un arma nuclear de práctico manejo salida de las reservas coreanas, una de las llamadas mini- nukes. Estamos seguros de que esa bomba abandonó el satélite en el preciso instante en que éste entró en órbita, es decir, hace ya un año, y de allí partió en un nuevo viaje con rumbo desconocido. En nuestra opinión, su destino no era la Tierra.

—Un momento. —«Su destino no era la Tierra»—. ¿Quiere usted decir que...?



—Sí, queremos decir que esa bomba está destinada a destruir alguna de sus instalaciones en el espacio. Probablemente el Gaia, el hotel lunar.

—¿Y qué los lleva a sospechar tal cosa? —se oyó preguntar Julian en un tono curiosamente tranquilo.

—La diferencia de tiempo. Por supuesto que existen otras muchas variantes, pero ninguna de ellas sirve como explicación al hecho de que ese chisme esté ahí arriba desde hace un año sin haber sido activado. A menos que algo se hubiera interpuesto. —Jericho hizo una pausa insoportablemente larga

—. ¿Acaso el hotel Gaia no debía ser



inaugurado originalmente en 2024 y luego el asunto se pospuso por culpa de la crisis lunar?

Julian guardó silencio mientras su cerebro se ponía en movimiento lentamente, pero de un modo imposible de detener. El proyeccionista de su mente entró arrastrando los pies, colocó la película y...

—Carl —susurró.

—¿Cómo? —preguntó Jericho.

—Anteayer por la mañana — exclamó Julian—. ¡Madre mía! Lo vi con mis propios ojos y no lo comprendí. Carl Hanna, uno de nuestros huéspedes. Me lo encontré en el corredor, me dijo



que estaba buscando la salida y no la había encontrado. Pero ¡nos tomó el pelo! Estuvo fuera.

—Julian. —Dana Lawrence se había unido a la conversación—. Me temo que se equivoca. Ya vio usted las grabaciones. Podemos decir, definitivamente, que Carl Hanna no salió al exterior.

—Sí que lo hizo, Dana. ¡Lo hizo! Y yo, que soy un idiota, lo vi. Abajo, en el corredor, pero no llegué a comprenderlo. Alguien ha falseado las imágenes y ha editado el material. Él entra en la pasarela en dirección al expreso lunar...



—Pero vuelve a aparecer al cabo de pocos segundos.

—¡No, estuvo fuera! ¡Entró en la pasarela con un traje limpio, Dana, impecable! Y cuando vuelve a aparecer, lleva restos de polvo lunar pegado a las piernas. Era eso lo que yo había estado buscando todo el tiempo, esa certeza subconsciente de que algo no encajaba.

—Un segundo —dijo Lawrence con acritud—. Cargaré las imágenes en la pantalla.

«El listo de Julian», pensó Hanna. Estaba allí, inmóvil, mientras los

brazos de la grúa oscilaban sobre la garganta, con Mimi y Marc colgando y



riendo sobre el abismo. Entonces Black puso en marcha el cabrestante, y Hanna oyó lo que no debería haber oído. Pero sí, estaba conectado. También esta vez Ebola se había ocupado de garantizar su capacidad de acción, si bien ahora su radio para actuar se reducía de un modo dramático. Hanna se preguntó cómo había podido salir a la luz todo aquello, qué error había cometido Hydra. Jamás habría esperado ser descubierto, su identidad estaba hecha a prueba de todo. Ni siquiera cuando Vic Thorn murió la operación había estado tan en peligro como ahora. De repente, todo el plan se había torcido, así que tenía que actuar,



llevar a cabo la acción antes de tiempo, aprovechar aquellos segundos o, en el mejor de los casos, minutos, que Ebola había conseguido proporcionarle, crear un alto grado de confusión y luego poner pies en polvorosa.

—Haga que revisen todo el hotel ahora mismo —dijo Owen Jericho en ese instante—. El tal Carl tal vez estuviese fuera para recoger la bomba y luego esconderla en el Gaia. Pregúntele a él...

—Ya lo creo que se lo preguntaré —

repuso Julian con un siseo de rabia—.

¡Claro que se lo preguntaré!

«Bueno, bueno», pensó Hanna.



El ascensor descendía lentamente hacia el desfiladero. Black estaba junto al cabrestante, haciéndoles señas a los californianos. Quiso saber qué se sentía al estar a casi un kilómetro por encima del suelo.

—¡Esto es la leche! —exclamó Parker, dando gritos de alegría—. Mejor que el paracaidismo. Mejor que cualquier cosa.

Hanna se puso en movimiento, extendió los brazos.

—¿Puede acelerar el ritmo? — preguntó Edwards—. Hágalo más de prisa. ¡Déjenos volar!

—Sí, claro, voy a...



Con ambas manos, Hanna agarró a Black por la mochila, lo apartó de la consola, lo alzó y lo llevó hasta el borde del precipicio.

—¡Eh! —dijo el piloto, tratando de llevar los brazos hacia atrás—. Carl, ¿es usted?

Hanna guardó silencio y continuó rápidamente con lo que estaba haciendo. Su víctima se retorcía, pataleaba, intentaba agarrar al agresor.

—Carl, ¿a qué viene esto? ¿Se ha vuelto lo...? ¡No!

Con gran impulso, Hanna lanzó a Black por encima del borde de la plataforma. Durante un breve instante, el



piloto pareció hallar sostén en la más absoluta nada, pero luego se desplomó, a un ritmo relativamente lento al principio, y cada vez más y más rápido después. Su estridente grito se mezcló con el de Mimi Parker.

Nada, ni siquiera una sexta parte de la fuerza de gravedad, podía salvar a un hombre que cayera en un abismo desde mil metros de altura.



GAIA, VALLIS ALPINA





—¿Julian? —exclamó Thiel—.

¿Señorita Shaw?

—¿Qué pasa? —dijo Lawrence.

—Ha caído la transmisión. Los he perdido a ambos.

La mujer intentó, alternadamente, restablecer la comunicación con la central de Londres y con Julian, pero se había cortado, y había sucedido justo después de iniciarse el vídeo que mostraba aquella milagrosa suciedad en las perneras del pantalón de Hanna en el



entorno estéril de una pasarela. El canadiense, pequeño y animado, salía a pasear por la cinta transportadora del corredor sin que nadie, hasta el momento, le hubiera prestado atención.

—¿Julian? ¡Por favor, venga!

—Intente comunicar con la Tierra por la vía convencional —dijo Lawrence—. Pero ¿qué digo? Déjeme hacerlo a mí.

Apartó a Thiel a un lado, abrió un menú, cambió del LPCS a una conexió directa por antena a través del sistema Tracking and Data Relay Satellite, y localizó algunas estaciones en tierra que funcionaban en el lado vuelto hacia el





globo terráqueo, pero Gaia parecía

haber perdido todos sus órganos

sensoriales. Lynn, cubriéndose la boca

con la mano, miraba fijamente la pared del monitor, mientras que Sophie, nerviosa, cambiaba constantemente el peso de una pierna a la otra.

—Mantenía la conversación del modo más normal y...

—No se disculpe sin que nadie la haya culpado de nada —la increpó Lawrence—. Continúe probando. Lleve a cabo un análisis. Quiero saber dónde está el problema. ¿Lynn?

Como en trance, la hija de Julian volvió la cabeza hacia ella.



—¿Puedo hablar con usted un minuto?

—¿Qué?

Con las piernas entumecidas por la rabia, Lawrence abandonó la central. Lynn la siguió al vestíbulo, como un robot.

—Creo que...

—¡Perdone! —Lawrence la fulminó con sus ojos de color gris verdoso, unos ojos inquisitoriales—. Usted es mi superior, Lynn, y ello me obliga a mantener un respeto. Pero en este momento me veo obligada a preguntarle con toda claridad qué hay de esa advertencia que nos llegó ayer.



Lynn parecía haber regresado a la vida después de un largo desmayo. Alzó una mano y observó la palma, como si hubiera allí algo importante por descubrir.

—Fue todo bastante vago.

—¿Qué fue vago?

—Edda Hoff telefoneó y dijo que unas personas estaban hablando acerca de un ataque a una instalación de las empresas Orley. Todo parecía..., eso, vago; no como si tuviéramos que preocuparnos, realmente.

—¿Y por qué no me puso usted al corriente de ello de inmediato?

—Porque no lo consideré necesario.



—Yo soy la directora y la responsable de la seguridad en este hotel, ¿y usted no lo consideró necesario?

Lynn frunció el ceño. Dejó de mirarse la palma de la mano y le devolvió a Lawrence una mirada furibunda.

—Como usted misma ha dicho, Dana, yo soy su superior, y no, no consideré necesario ponerla a usted al corriente. Según Hoff, se trataba de una sospecha extremadamente vaga, se decía que en alguna parte del mundo, en algún momento, alguien estaba planeando un ataque contra alguna de nuestras



instalaciones, razón por la cual Edda quiso hablar conmigo o con Julian, y no con usted, y como Julian ya tenía suficientes preocupaciones, yo le pedí que me mantuviera al tanto. ¿Le ha quedado claro?

Lawrence se acercó un paso hacia ella. Como si el hotel no se encontrara ante una catástrofe inminente, Lynn se puso a contemplar, interesada, los misterios de la fisonomía de Lawrence.

¿Cómo una boca de curvas tan sensuales podía parecer tan dura? ¿Acaso aquella palidez enmarcada en color cobrizo se debía a la luz, a una disposición genética o al mero enfado de Lawrence?



¿Cómo era posible estar hirviendo de ira y, al mismo tiempo, mostrar esa palidez con aspecto de máscara?

—Tal vez a usted se le haya escapado algo —dijo la directora en voz baja—. Pero se hablaba de que este hotel podría ser volado por los aires con una bomba atómica. Uno de sus huéspedes parece estar involucrado en el asunto. Hemos perdido el contacto con su padre y con la Tierra. Debería haberme informado usted.

—¿Sabe qué? —dijo Lynn—. Limítese a hacer su trabajo.

Lynn dejó plantada a Lawrence y regresó a la central. En la pared del



monitor todavía parpadeaba el vídeo de Hanna. La directora siguió lentamente a la hija de Julian.

—Me encantaría poder hacerlo — dijo con voz de hielo—. ¿No tiene usted un exceso de trabajo, Lynn? ¿Conseguirá controlar la situación? Hace un momento me parecía paralizada.

Thiel levantó la vista y volvió a apartarla, incómoda.

—Me temo que tenemos un fallo del satélite —anunció—. No puedo comunicar con la Tierra, con el Ganímedes ni con el Calisto. ¿Lo intento con la base Peary?

—Más tarde. Primero tenemos que



hablar de los siguientes pasos que vamos a dar. Si lo que acabamos de oír es cierto, nos amenaza una catástrofe.

—¿Qué clase de catástrofe? —quiso saber Tim.



MESETA DE ARISTARCO





Locatelli se había quedado sin aliento.

Vio desaparecer a Black justo en el momento en que salió de las sombras del paso cubierto de nuevo a la luz del sol, y se quedó clavado en el sitio al contemplar la escena. No era posible determinar quién había empujado a quién al barranco —además, él había perdido la comunicación con el grupo

—, pero estaba claro que aquello había sido a propósito, de eso no cabía ninguna duda.



No se trataba de un accidente. ¡Era un asesinato!

A Warren Locatelli se le atribuían numerosas cualidades negativas: grosería, desconsideración, narcisismo y muchas cosas más, pero la cobardía no estaba entre ellas. Su temperamento italoargelino se abrió paso, inundó su mente. Mientras echaba a correr, vio cómo el asesino se sacaba algo del muslo.

Y Edwards también lo vio.

Debajo de ellos, la figura de Black fue haciéndose más y más pequeña, mientras agitaba los brazos. Entendía lo suficiente de física gravitacional como



para saber que el piloto no sobreviviría a la caída, a pesar de la gravedad reducida. La aceleración de la caída podía ser menor que en la Tierra, doce metros podían parecer dos, pero también se haría notar la inexistencia de una resistencia del aire que frenara el descenso. El cuerpo de Black sufriría una aceleración lineal, sólo determinada por la atracción de la masa. Con cada segundo, la velocidad aumentaría en

1,63 metros, hasta que golpeara el fondo como un meteorito.

Del mismo modo, Mimi y él...

Una nueva oleada de espanto lo recorrió de pies a cabeza. Edwards miró



hacia arriba, hacia el borde de la plataforma, y vio al astronauta que había empujado a Black al vacío, vio que sostenía en su mano derecha algo alargado y plano.

—¿Carl? —gritó con un jadeo.

El astronauta no respondió. En ese instante, Edwards comprendió que ellos dos también corrían un enorme peligro si permanecían allí colgados. Como fuera de sí, empezó a tirar del cierre de seguridad, lo dobló hacia un lado y se incorporó en el asiento. Tenían que salir de allí. Tenían que trepar por el cable y volver de nuevo a tierra firme a través del brazo de la grúa. Era su única



oportunidad.

—¿Qué estás haciendo? —gritó

Mimi.

Edwards quiso responderle, pero la respuesta se le quedó atragantada. El astronauta levantó el objeto alargado, apuntó hacia el andamiaje de los asientos y apretó el gatillo. En lugar de pólvora, lo que detonó fue un trozo pequeño de plastilina en la cápsula. El líquido de la gragea de gelatina se vaporizó, aumentó varias veces su volumen y produjo la suficiente presión para lanzar el proyectil a gran velocidad. Éste impactó contra el casco de Parker y, al hacerlo, el gel de ducha y



el champú se unieron para formar lo que realmente eran: un potente explosivo. Y tanto la silla del funicular como sus ocupantes volaron por los aires, lanzando en todas direcciones un torbellino de acero, fibra de vidrio, componentes electrónicos y pedazos de cuerpos humanos.

Hanna se guardó el arma y se dirigió con largas zancadas a donde estaban aparcados los dos Rover.

Locatelli apresuró el paso. Dio un salto, resbaló y se deslizó camino abajo, pero aún tenía que vencer un buen trecho. Vio al astronauta que huía llegar a uno de los dos Rover y meterse en el



asiento del conductor. Una vez más, con el grupo de Julian a la vista, oyó en su casco el barullo de voces que estallaba a causa de algo que había dicho Amber. Al instante siguiente, el asesino emprendía la huida a toda velocidad.

—Mierda —exclamó Locatelli, jadeante—. ¡Detente, cerdo asqueroso!

—Warren, ¿qué está pasando ahí?

—le preguntó Omura—. Dinos algo.

—Estoy aquí.

—Amber ha dicho que había establecido contacto con Black y que oyó unos gritos. Dice que...

Locatelli tropezó. Sus saltos eran demasiado elevados, demasiado



temerarios. En uno de ellos, perdió pie, extendió los brazos, aterrizó sobre unos cantos sueltos e hizo una pirueta.

—¡Warren! Por Dios, ¿qué pasa?

El arriba y el abajo se trastocaron, y empezó a caer a toda velocidad hacia el borde del barranco. Su cuerpo, ligero como el de un niño, se alzaba cada par de metros, emprendía breves vuelos en picado y se alzaba de nuevo, y luego ya no vio ni oyó nada más, sólo polvo, polvo y más polvo. Su traje, sin embargo, no pareció sufrir ningún daño.

«De lo contrario, estaría muerto — pensó—, porque eso sucede aquí fuera con rapidez; uno está muerto y ni



siquiera se da cuenta.»

—¡Warren!

—enseguida —gritó él—. ¡Ay!

¡Aaaayyyy! ¡enseguida!

—¿Dónde es...?

La comunicación se cortó. Boca abajo, resbaló por el terreno llano, rebotó y logró ponerse de pie; a continuación, corrió hacia el segundo Rover. De un solo salto se colocó tras el volante. Mientras tanto, le llegaban gritos desde todas partes, pero él ya no les prestaba atención. En ningún momento dudó de lo que se proponía aquel canalla: dejarlos abandonados allí y largarse con el Ganímedes.



¿Lo estaría oyendo aquel cerdo?

Lo mejor era cortar todas las comunicaciones. El otro debía tardar todo lo posible en enterarse de que alguien lo seguía. Rápidamente, Locatelli pulsó el interruptor central, hizo acallar las voces que sonaban en su cabeza, pisó a fondo el acelerador y salió a toda velocidad tras el fugitivo.



GAIA, VALLIS ALPINA





Tim acababa de entrar en la central cuando Lawrence, en tono sombrío, masculló algo acerca de una catástrofe. El barómetro en la sala estaba claramente por debajo del punto de congelación y, según le pareció al hermano de Lynn, la directora del hotel era el elemento congelante, mientras que los rasgos de Thiel mostraban desconcierto, y los de su hermana, desolación. A Tim le pareció una persona que se estaba ahogando, cuyo



miedo hacía la competencia a la rabia por no haber aprendido a nadar a tiempo.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Lawrence lo miró, pensativa. A continuación le informó; habló de forma concisa y clara, con voz apagada, sin rodeos y sin restar importancia a la gravedad del asunto. En un minuto, Tim ya sabía que alguien tenía intenciones de pulverizar el Gaia, que probablemente los chinos estuvieran detrás del asunto y que, con toda seguridad, también lo estaba Carl Hanna, el amable Carl, que sabía tocar la guitarra tan bien y que ahora estaba por ahí, en compañía de



Amber.

—Por el amor de Dios —dijo—.

¿Cuán seguro es lo de esa bomba?

—Seguro no hay nada. Son sólo suposiciones, pero mientras no podamos refutarlo, deberíamos elevarlo todo a la categoría de hechos posibles. —Los ojos de Lawrence lanzaron un rayo helado hacia donde estaba Lynn—. Señorita Orley, ¿alguna idea que pueda darnos en su condición de superior?

Lynn tomó aire con dificultad.

—¡No existe ningún motivo para volar por los aires el Gaia! Debe de tratarse de un error.

—Gracias, eso nos ayuda



muchísimo. Deme alguna directiva o permítame entonces que yo haga mis propias propuestas. Podríamos, por ejemplo, ordenar una evacuación.

Lynn cerró los puños. Daba la impresión de que fuera a saltarle al cuello a Lawrence de un momento a otro.

—Si es cierto que hay una bomba en el hotel, ¿por qué entonces no ha explotado todavía? Quiero decir, ¿a quién o a qué va dirigido el golpe? ¿A la obra? ¿A alguien en concreto?

—Todos estamos en peligro —dijo Tim—. ¿Quién lleva una bomba atómica hasta la Luna con la idea de perdonar



vidas humanas?

—Pues precisamente —repuso Lynn, mirándolos a todos consecutivamente—. Y hasta ahora nos hemos reunido cada noche. ¿Por qué no ha pasado nada?

¿Será que no hay ninguna bomba? ¿Será que sólo intentan meternos miedo?

—Bueno —dijo Thiel con voz vacilante—, según dijo el tal Jericho, la misión de Hanna podría consistir en traer la bomba hasta aquí. Si el artefacto está en la Luna desde hace un año...

—¿Acaso existía el Gaia hace un año? —preguntó Tim.

—Existía la construcción en bruto

—asintió Lynn.



—Eso quiere decir que la bomba podría estar aquí desde esa fecha.

—¿Una bomba atómica? —El rostro de Lawrence mostró escepticismo—. Lo siento, pero eso no me lo creo ni yo. No soy muy ducha en el funcionamiento de

l a s mini-nukes, no tengo ni idea de armas atómicas, pero sí que creo saber que emiten radiaciones. ¿Acaso esa bomba no haría lo mismo? ¿Cómo podríamos haber pasado por alto ese detalle durante todo un año?

—Tal vez Hanna no la trajo hasta ayer —concluyó Thiel—. Durante su salida noctur...

—¡Eso es pura especulación! —dijo



Lynn, acalorada, manoteando—. Y todo porque el hombre tenía polvo en los pantalones. Pero, aunque así fuera, ¿por qué no ha hecho explotar ya la bomba?

—Tal vez porque está esperando el momento oportuno —conjeturó Tim.

—¿Y cuándo será ese momento?

—No tengo ni idea —repuso Thiel, negando con la cabeza. Sus rizos volaron de un lado a otro, como si, a pesar de la dramática situación, celebraran una fiesta—. Sin duda no será ahora. Salvo por la señorita Orley y Tim, los que estamos aquí no somos personas importantes o, mejor dicho, perdón, somos personas menos



importantes, en comparación con las demás.

—Estupendo —dijo Lynn, triunfante

—. En ese caso, no tenemos que evacuar nada.

—No tengo ningún interés especial en evacuar, si se refiere a eso —le respondió Lawrence con serenidad—. Pero lo haré en caso de que me parezca aconsejable. Por el momento estoy de acuerdo con Sophie. La situación se tornará crítica de nuevo, probablemente, cuando regresen los transbordadores, lo que debería suceder a eso de las siete. Ahora son... —miró el indicador electrónico— las cuatro y veinte.



Tenemos más de dos horas para buscar ese artefacto.

—¿Cómo? —dijo Lynn, abriendo los ojos desmesuradamente—. ¿Es que vamos a registrar el hotel?

—Sí. Lo haremos por equipos.

—¡Eso es como buscar una aguja en un pajar!

—Y la encontraremos si está ahí. Sophie, reúna a los demás. Nos concentraremos en sitios en los que pueda ocultarse un chisme como ése.

—¿Qué tamaño tiene una mini-nuke?

—preguntó Thiel, desconcertada.

—¿Tan grande como un portafolios?

—sugirió Lawrence encogiéndose de



hombros—. ¿Alguien lo sabe?

Gesto de negación. Thiel abrió varias ventanas con diagramas y tablas llenas de números.

—En cualquier caso, no registramos en el hotel ninguna carga extraordinaria de radiaciones —dijo—. No hay incremento de la radiactividad, ni ninguna fuente adicional de calor.

—Porque aquí no hay ninguna bomba —gruñó Lynn.

—¿Y los detectores abarcan todo el perímetro? —preguntó Tim.

—Todas las zonas accesibles, sí.

—Deberíamos hablar de otro punto antes de emprender la búsqueda —



propuso Lawrence—. A mi juicio, no sólo tenemos que vérnoslas con una bomba.

—¿Y con qué más?

—Con un traidor.

—¡Santo cielo! —exclamó Lynn, negando con la cabeza—. Pensé que el malo era Carl.

—Carl es uno de los malos. Pero

¿quién editó el vídeo? ¿Quién lo ayudó a salir del Gaia con el expreso lunar? — añadió la directora echando una mirada de reojo a Lynn—. Su padre parece tener un agudo don de la observación.

—¿Quiere usted decir que alguien entre nosotros está trabajando en favor



de Carl? —preguntó Tim.

—¿Es que usted no lo cree?

—Sé muy poco sobre este asunto.

—Sabe usted, exactamente, lo mismo que sabemos todos. ¿Cómo iba a arreglárselas Hanna solo aquí arriba?

¿Cómo iba a actuar y, al mismo tiempo, borrar sus huellas? ¿Por qué los satélites dejaron de funcionar cuando se mencionó su nombre? ¿Cuánto tiempo más vamos a tentar la suerte?

—Pero ¿quién podría ser? —El rostro juvenil de Thiel mostró cierto espanto—. Supongo que no será nadie del personal, ni ninguno de los huéspedes.



—Hanna también vino como huésped. Un invitado personal de Julian Orley. ¿Cómo pudo ganarse su confianza? —dijo Lawrence, examinando a Lynn. Su mirada se desplazó luego hasta Thiel y hasta Tim

—. De modo que, ¿quién es el otro? ¿O

la otra? ¿Alguien de esta habitación?

—Menuda estupidez —soltó Lynn.

—Puede que lo sea. Pero también por eso haremos la búsqueda por equipos. —Lawrence sonrió débilmente



—. Para que podamos vigilarnos los unos a los otros.

MESETA DE ARISTARCO
Hanna se percató de la presencia de su perseguidor sólo después de un buen rato. Lo último que había podido entresacar del caos de ruidos que le llegó a través del casco era que no había comunicación alguna con la central londinense, con el Gaia ni con el avión chino. Hydra había sopesado todas las posibilidades para hacer colapsar la comunicación tanto desde la Luna como desde la Tierra, en caso de que la situación lo requiriera. Por lo visto,
Ebola había estado activa. Ahora sólo estaban comunicados a través de la radio de sus trajes espaciales o de las antenas del Rover y del transbordador, pero para ello era necesario mantener el contacto visual. Lo último que Hanna había oído era la voz de Locatelli, quien, por lo que parecía, estaba más cerca de él que los demás.
¿Era él la persona que se le acercaba a toda mecha?
Hanna vadeó un pequeño cráter. La velocidad máxima del Rover era de unos ochenta kilómetros por hora, pero apenas podían alcanzarse. El vehículo era ligero, sobre todo ahora que no
llevaba pasajeros, y se elevaba a la menor ocasión, dejando tras de sí grandes nubes de polvo. En algún punto de aquel gris desteñido apareció de pronto el otro vehículo, que se acercaba a gran velocidad. O bien el conductor subestimaba las particularidades de la física local, o se movía sobre el terreno de su experiencia profesional.
Locatelli participaba en carreras de coches.
¡Tenía que ser él!
Brevemente, Hanna sopesó la posibilidad de detenerse y hacerlo volar por los aires, pero aquel torbellino de polvo no le favorecería precisamente
para hacer un disparo eficaz, y además, perdería un tiempo precioso. Era mejor aumentar su ventaja. Una vez llegara al transbordador, no importaba lo que sucediera con Locatelli y los demás. Si acaso conseguían salir de la meseta de Aristarco, ya no podrían detenerlo. Le sobraba tiempo para llevar a término la operación y trasladarse a la OSS. Desde allí, podría...
En eso, la rueda delantera derecha se alzó en el aire. El Rover hizo una cabriola, se colocó en posición transversal al terreno, resbaló y envolvió a Hanna en una nube gris. Por un momento el canadiense perdió el
sentido de la orientación. Sin saber a ciencia cierta hacia dónde enfilaba, pisó el acelerador y se vio, en el último segundo, frente al desolado abismo del valle de Schröter. Entonces giró bruscamente el volante e hizo lo único que podía hacer: contra Locatelli —y eso era algo seguro— sólo ayudaba la velocidad.
El polvo, ese monstruo que todo lo devora.
Locatelli maldijo. El cerdo que conducía por delante de él levantaba tanto que debía contenerse para no acercársele mucho y correr así el riesgo de estamparse a ciegas contra él, lo que,
de suceder, se convertiría en su ruina. Luego, por un momento, pareció como si el asesino se dirigiera por sí solo al abismo. Sin embargo, justo antes de llegar al borde, recuperó el control de su vehículo y lo azuzó para que siguiera avanzando, al tiempo que levantaba unas nubes de partículas diminutas que la luz del sol descomponía en miles de millones de nuevas partículas, como si el regolito estuviera compuesto de infinidad de trocitos de cristal. Alrededor de Locatelli todo se enturbió; más tarde, las nubes se despejaron, y en el instante siguiente vio el Rover que avanzaba delante de él con una claridad
sorprendente. El terreno había cambiado, ahora viajaban a través de una zona asfaltada, faltaban sólo unos centenares de metros para llegar al Ganímedes. Enorme y oscuro, el transbordador reposaba sobre sus patas de escarabajo...
¿Con qué habría disparado aquel tipejo?
Una diminuta isla de reflexión, un lugar de callado recogimiento, surgió en medio del proceloso océano de su ira.
¿Qué diablos estaba haciendo allí? ¿A santo de qué tenía que enfrentarse a un hombre que llevaba consigo armas capaces de matar y que no había dado
muestras de tener escrúpulos a la hora de usarlas? Un instante después, nuevas olas de ira azotaron otra vez las costas de la pequeña isla y arrastraron en su retirada todas sus reservas. El asesino no parecía considerarlo digno siquiera de gastar un disparo en él. En una huida desesperada, avanzó a toda velocidad hacia el transbordador, detuvo el Rover justo debajo de la popa, saltó de su asiento y corrió hacia el hueco de la esclusa, que salía del vientre del Ganímedes como un monstruoso canal de parto. Sólo en el último minuto, con un pie ya puesto en la cabina, se detuvo y volvió hacia Locatelli su reflectante
visor.
—¡Maldito hijo de puta! —gritó Locatelli, al tiempo que le sacaba al motor eléctrico un rendimiento que éste jamás había puesto de manifiesto—.
¡Espera, espera y verás!
El astronauta estiró la mano hasta la altura del muslo y sacó algo plano y alargado.
Una calma chicha se cernió sobre el proceloso océano que dominaba el interior de Locatelli. Sus genes italianos y argelinos salieron huyendo, dejando atrás, únicamente, al americano de pura cepa, el hombre pragmático y de pensamiento racional, que ahora, por fin,
se daba cuenta de la posición desventajosa a la que lo había arrastrado su imprudencia. Se vio a sí mismo a través de los ojos de su enemigo, con la cruz de la mira casi dibujada en el casco, toda una invitación a apretar el gatillo...
—Mierda —susurró.
Como si estuviese tocando acero al rojo vivo, soltó el volante, saltó del Rover, dio un salto mortal y se deslizó por el asfalto liso, mientras el vehículo continuaba avanzando a toda mecha, sin conductor ni freno, directamente hacia el Ganímedes y el astronauta. Un rayo de intensa luminosidad oscureció la blanca
y fría luz del sol. El Rover saltó por los aires, al tiempo que lanzaba hacia todas partes fragmentos de su estructura metálica, trozos del revestimiento, jirones de lámina dorada y componentes electrónicos. Por puro instinto, Locatelli se cubrió el casco con ambos brazos. A su lado, los fragmentos lanzados por el Rover abrieron surcos en el asfalto. Rápidamente, rodó sobre su espalda y, al incorporarse, vio una rueda que se abalanzaba sobre él a una velocidad de vértigo; tomó impulso para apartarse, como una catapulta, y cayó de pie.
Con él sí que no podría. ¡No con él! Agachado y a la espera de lo peor,
corrió por la pista de aterrizaje, pero a esas alturas su rival ya había desaparecido. En la boca de la esclusa, vio cómo se iluminaba la cabina. Le quedaban tan sólo unos minutos. No podía permitir que el asesino secuestrase el Ganímedes y los dejara abandonados en aquel páramo. Sin prestar atención a las lesiones que se había hecho en su breve actuación como doble cinematográfico, corrió por debajo del cuerpo del transbordador en dirección a la entrada de la esclusa. La cabina ya no estaba allí, pero los indicadores estaban en rojo. Mientras estuvieran en rojo, según les había
explicado Black, no era posible cerrar la puerta. El astronauta debía de estar todavía en la esclusa, que en ese momento se llenaba de aire. Bien, muy bien.
Locatelli jadeó, aguardó.
¡Verde!
Con la mano abierta, golpeó el botón de retroceso.
Hanna no perdió tiempo en quitarse el casco después de salir de la esclusa, sino que corrió directamente por entre las hileras de asientos en dirección a la cabina del piloto. ¿Habría liquidado a Locatelli? Probablemente no. El hombre había saltado, Hanna había visto su
cuerpo flotando en el vacío, antes de que la carga impactara contra el vehículo. Posiblemente los restos del coche lo hubieran sepultado, o lo habrían golpeado los fragmentos que volaban por todas partes. Sin mirar atrás, se deslizó en el sillón del piloto y dejó vagar su mirada por los controles. Estaba familiarizado con los elementos de mando, había tenido oportunidad, meses antes, de ejercitarse en el funcionamiento de todos los vehículos lunares. Gracias a la impecable labor previa de Hydra, sus conocimientos bastaban ahora incluso para llevar la nave espacial de vuelta a la órbita y,
desde allí, enfilar hacia la OSS; además, no estaría solo a bordo, en caso de que Ebola hallara una vía de establecer contacto con él, ahora que la comunicación estaba bloqueada. Una preocupación que probablemente no necesitaba tener. Ebola daría por sentado que él lo conseguiría, y aparecería en el lugar oportuno en el momento adecuado.
Sus dedos se deslizaron por los controles.
Pero entonces se quedó perplejo.
¿Qué era aquello? No era posible subir la puerta. Los indicadores emitían una luz roja, lo que significaba que la
cabina estaba siendo vaciada y le estaban bombeando aire respirable. ¡O que estaba moviéndose!
Rápidamente se dio la vuelta.
No, no se movía. El recinto interior situado tras las pequeñas ventanillas estaba uniformemente iluminado y vacío. Hanna entornó los ojos. Vaciló. Un impulso lo apremiaba a levantarse y comprobarlo, pero no podía permitirse ni un minuto más de duda; además, en ese momento, el campo cambió la luz roja por la verde.
E l Ganímedes estaba listo para despegar.
—¡Allí, allí!
Excitada, Amber señaló hacia el cielo. A gran distancia, algo ascendía en vertical, algo alargado que brillaba bajo el sol.
—¡Es el Ganímedes!
Habían bajado a toda prisa por el sendero, sin guía, sin aliento, dando torpes saltos de canguro de regreso a la plataforma con la grúa, pero de inmediato comprobaron que los dos vehículos habían desaparecido. Allí no había ni un alma. Los gritos de Black todavía resonaban en los oídos de Amber. El hombre había empezado a gritar en el momento en que ella había contactado con él para preguntarle cómo
iban las cosas por allí abajo: «Carl, ¿a qué viene esto? ¿Se ha vuelto lo...?
¡No!»
«¿Carl?»
Presa del pánico, corrió hasta la plataforma y vio lo que había quedado de la cabina en la que, en circunstancias normales, deberían haber estado sentados Marc y Mimi. Para ser más exactos, ya no había cabina alguna. Sólo un inválido pedazo de respaldo, unas barras dobladas y el torcido fragmento de un cinturón de seguridad; detrás, algo blanco, estremecedoramente familiar...
Una pierna, sólo eso.
Únicamente una extrema fuerza de
voluntad le impidió vomitar dentro del casco, mientras los demás miraban fijamente hacia el desfiladero, buscando a los desaparecidos. Sin embargo, muchas secciones de la llanura del valle estaban en la sombra, y no veían absolutamente nada.
—Están muertos —había dicho finalmente Rogachov.
—¿Cómo puedes afirmar que lo están? —repuso Chambers, acalorada
—. Mientras no veamos ningún cadáver...
—Aquello de allí es un cadáver — dijo Rogachov, señalando la pierna arrancada de cuajo que reposaba dentro
de la cabina destruida.
—No, ésa... ésa es...
Ninguno de ellos había conseguido pronunciar el nombre. Les resultaba insoportable la idea de que el destino de esa persona, ahora despedazada, se cumpliría si le adjudicaban una identidad a una parte de su cuerpo, con lo cual todo pasaría a ser un hecho.
—Tenemos que buscarlos —dijo
Chambers.
—Después —replicó Julian, mirando fijamente el lugar donde antes estaban estacionados los Rover—. Por el momento tenemos preocupaciones más graves.
—¿Es que esto no te parece ya suficientemente grave? —resopló Omura.
—Me parece espantoso. Pero antes debemos encontrar los Rover.
—¿Warren? —dijo Omura, que empezaba a repetir el nombre de su marido como un mantra—. Warren,
¿dónde estás?
—Suponiendo que hayan conseguido salvarse... —intentó decir de nuevo Chambers.
—Están muertos —dijo Rogachov con frialdad, cortándola—. Han desaparecido cinco personas, de las cuales por lo menos dos de ellas están
vivas, de lo contrario no podrían haber desaparecido los dos vehículos. Pero los demás yacen ahí abajo. ¿Pretendes dejarte caer por esa cuerda y buscar a tientas en la oscuridad?
—¿Y cómo sabes que no... que no es
Carl el que está ahí abajo?
—Porque Carl está vivo —dijo Amber con voz cansada, a fin de abreviar el asunto—. Creo que es él quien tiene sobre su conciencia a Peter y los demás.
—¿Qué te hace estar tan segura?
—Amber tiene razón —terció Julian
—. Carl es un traidor, lo he visto con claridad hace unos pocos minutos.
¡Creedme, ahora tenemos un problema mayor! Debemos pensar con urgencia cómo vamos a...
En ese momento, Amber vio el transbordador ascender en el horizonte. Por un instante pareció detenerse sobre la Cabeza de la Cobra, luego se dirigió hacia donde estaban ellos y se fue haciendo más grande.
«Está volando hacia aquí», pensó
Amber.
El cuerpo blindado del avión cobró forma, pero, inquietantemente, también ganó en altura. Fuera quien fuese el que conducía el Ganímedes, por lo visto no tenía intenciones de aterrizar y
recogerlos. En silencio, el aparato pasó volando sobre sus cabezas, aceleró y se alejó en dirección norte, fue encogiéndose hasta formar un punto y desapareció.
—Se larga —susurró Omura—. Nos deja aquí tirados.
—Julian, llama al Gaia —lo apremió Chambers—. Ellos vendrán a recogernos.
—No es posible —dijo Julian, suspirando—. Se ha cortado la comunicación.
—¿Que se ha cortado? —exclamó Momoka Omura, horrorizada—. ¿Cómo que se ha cortado?
—No tengo ni idea. Ya lo he dicho, tenemos un problema mucho mayor.
BERLÍN, ALEMANIA
La nueva metamorfosis de Xin —de músico melenudo de mandoprog a asesino a sueldo de aspecto normal— ya estaba casi consumada cuando su contacto lo llamó.
Durante el camino de regreso del hotel Grand Hyatt no había dejado de preguntarse qué estaban haciendo allí aquellos dos policías. No cabía duda de que ellos también andaban detrás de Tu, de Jericho y de la joven, pero ¿por qué motivo? Jericho no estaba fichado en
Berlín por su nombre, los investigadores, por tanto, sólo tenían a Tu Tian en el punto de mira. ¿Y por qué precisamente a él?
Por otro lado, el asunto podía darle igual. Era cierto que había tenido que desaparecer sin haber cumplido con su misión, pero su buen olfato le decía que, de todos modos, había llegado demasiado tarde. El grupo se había largado. ¿Y qué? ¿Qué podrían hacer ya? Vogelaar y su mujer estaban muertos, el cristal obraba en su poder. Mientras guardaba las pelucas y las barbas falsas, aceptó la llamada.
—¡Kenny, maldita sea! ¿Cómo ha
podido pasar una cosa así?
No era Hydra. No hubo ningún saludo especial. Sólo un jadeo temeroso. Xin estaba desconcertado. Su contacto estaba fuera de sí.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Xin, poniéndose en guardia.
—¡Todo se está yendo a pique! El tal Tu, así como Jericho y la chica, toda esa pandilla vienen directos hacia nosotros, ¡y lo saben! ¡Lo saben todo!
¡Saben lo del paquete, lo del ataque! Han tenido incluso la oportunidad de hablar con Julian Orley. ¡Todo ha sido descubierto!
Xin se quedó helado. La barba
tártara del adepto al mandoprog quedó colgando entre sus dedos como un pequeño animal muerto.
—Eso es imposible —susurró.
—¿Imposible? ¡Pues, en ese caso, tal vez debería venir usted aquí! La onda expansiva de lo imposible está estremeciendo el consorcio de tal modo que cualquier terremoto, comparado con esto, es el pedo de una pulga.
—Pero si yo tengo el dossier...
—¡Y ellos también lo tienen!
A continuación, Xin recibió una detallada y fría descripción de la situación, la cual, además de otros inconvenientes, incluía el
desenmascaramiento de Hanna y la puesta en marcha del bloqueo de las comunicaciones. Esto último había sido concebido como una medida de emergencia, sólo para el caso de que algunos detalles del golpe se filtraran a la Luna antes de tiempo. Algo con lo que nadie en Hydra había contado seriamente y que ahora, en efecto, había sucedido.
—¿Cuándo paralizaron la red? —
preguntó Xin.
—Durante una conferencia telefónica. —El otro resopló con fuerza en el auricular—. Por espacio de las próximas veinticuatro horas, la Luna
estará incomunicada por completo, pero no podremos mantener el bloqueo eternamente. Sólo espero que Hanna consiga controlar la situación. Al igual que Ebola.
Ebola. La mano derecha de Hanna estaba especializada en el arte de infectar sistemas supuestamente autárquicos y debilitarlos desde dentro. El hecho de que Ebola hubiera conseguido interrumpir la conexión podía valorarse como una maniobra brillante, un giro muy hábil a contraviento de las circunstancias, aunque, por desgracia, todo ocurría en una barca que hacía aguas por todas
partes.
Vogelaar se la había jugado.
¡No! Xin se obligó a controlarse. Todavía no se habían hundido. Había escogido a Hanna y a Ebola porque sabían improvisar, sabrían mantener el control por muy desfavorables que fueran las circunstancias. No pensaba gastar ni un segundo pensando que la empresa pudiera fracasar.
—¿Y cómo piensa hacer entrar en razón ahora al tal Tu y a ese puñado de ratas? —lo increpó el otro—. Ya perdió
a Mickey Reardon, en Shanghai mataron a otros dos de sus hombres, con Gudmundsson y su equipo no se puede
contar por el momento, pues están ocupados con otras cosas, de modo que
¿cómo piensa...?
—No pienso hacer nada —lo interrumpió Xin.
Su hombre de contacto se calló, sorprendido.
—Ya no tiene ningún sentido neutralizar al grupo de Tu —le explicó Xin—. La situación es de todos conocida, la divulgación del dossier ya no se puede detener. Todo lo demás se decidirá en la Luna.
—Maldita sea, Kenny, ¡nos han descubierto!
—No. A partir de este preciso
instante, mi misión se centrará en proteger a Hydra de ser desenmascarada. ¿Él ya está al tanto?
—Le he informado hace cinco minutos. Le alegraría mucho que usted lo llamase personalmente; además, yo ya tengo que colgar. ¡Vaya mierda! ¿Qué pasa si descubren mi pista? ¿Qué voy a hacer?
—No descubrirán a nadie.
—Pero ¡tienen consigo el dossier! No sé lo que contendrá, tal vez sería mejor...
—Permanezca tranquilo. —El lloriqueo quejoso al otro extremo de la línea empezaba a causarle malestar a
Xin—. Iré a Londres tan pronto como sea posible. Estaré cerca de usted, y si el cerco se estrecha demasiado, yo lo sacaré.
—¡Dios mío, Kenny! ¿Cómo ha podido pasar algo así?
—Vamos, entre en razón de una vez
—dijo Xin con acritud—. El único riesgo consiste en que usted pierda los nervios. Vaya donde están los demás y no deje que se le note nada.
—Ojalá Hanna sepa lo que hace.
—Si lo he escogido es porque lo sabe.
Xin puso fin a la conversación, se pasó el móvil de una mano a la otra e
inspeccionó la habitación. Como era de esperar, había allí un montón de cosas que llamaban su atención, que no encajaban: asimetrías, desproporciones, exageraciones del diseño, un enojoso centro de mesa con flores. El escaso talento del florista no había bastado siquiera para otorgar un sentido a aquel arreglo, por ejemplo, haciendo que el número de flores fuese divisible por la cantidad de pétalos, con lo que, por lo menos, aquella chapuza habría tenido cierto toque autorreferencial. Pero la ausencia de una idea capaz de remitirse a sí misma, sin que la presunta función estética respondiera a una función
estructural codificada de algún modo, hacía que aquel centro de mesa exhibiera una falta de planificación amenazante, lo que constituía, a fin de cuentas, la pesadilla por excelencia de Xin. ¡La mera idea de no poder justificar sus actos era, sencillamente, espantosa! De mala gana, marcó el siguiente número, sostuvo el móvil con la mano izquierda, mientras que los dedos de su diestra cambiaban la disposición de las flores y trataban de corregir el arreglo.
—Hydra —dijo Xin.
—¿Cuán amplio es el dossier? —
preguntó la voz.
—Aún no he tenido la ocasión de
leerlo. —Xin tiró de uno de los lirios—. Siento lo ocurrido. Por supuesto que asumo toda la responsabilidad, pero la verdad es que no podíamos hacer nada más que amenazar a Vogelaar con la tortura y la muerte. Debe de haberle entregado una copia del dossier a Jericho.
—No es culpa de nadie —dijo la voz—. Ahora lo principal es que el bloqueo se mantenga. ¿Qué propone usted?
—Cambiar toda la estrategia. Hay que sacar a Jericho, a Tu y a Yoyo del foco de atención. Con su muerte no conseguimos nada, y tampoco podemos
influir ya en lo que acontezca en la Luna. Sigo estando convencido de que la operación será todo un éxito. Ahora lo importante es asegurar el anonimato de Hydra.
—¿Estamos de acuerdo en lo que concierne a los puntos débiles?
—Desde mi punto de vista, sólo hay uno, y ya hemos hablado de ello.
—Yo también lo veo así.
Xin contempló el arreglo floral. En realidad, no había mejorado, aún carecía de todo contenido semiótico.
—Cogeré el siguiente vuelo a
Londres.
—¿Está usted bien equipado allí?
—Tengo una airbike y todo. Y, en caso de necesidad, puedo pedir refuerzos.
—Gudmundsson está ocupado, eso ya lo sabe.
—Mi red es muy amplia. Podría echar a andar legiones enteras, pero no creo que sea necesario. Estaré preparado allí, eso debería bastar.
—Infórmeme sobre las aristas de ese dossier. Después de que suspendimos la comunicación por correo electrónico, por desgracia ya no puede mandármelo por esa vía.
—No obstante, hicimos lo correcto al retirar esas páginas de la red.
—Ya sabré de usted.
Xin se mantuvo inmóvil.
Luego arrojó el teléfono sobre la cama y arremetió con furia creciente contra orquídeas, lirios y azafranes. Tenía que abandonar Berlín cuanto antes, pero no se sentía capaz de salir de la habitación mientras aquel arreglo floral no quedara sujeto a cierta estructura decorosa. El mundo no era un antro de arbitrariedad. En todo había un plan. Todo debía tener un sentido. La ausencia del mismo significaba el inicio de la locura.
La corola de un lirio se partió. Temblando de ira, Xin sacó todas
las flores del jarrón y las arrojó a la basura.
GAIA, VALLIS ALPINA, LA LUNA
Lynn había decidido inspeccionar la sección subterránea del Gaia en compañía de Sophie Thiel, y Tim sospechaba cuál era la razón para ello. Temía enfrentarse a él, pues sabía muy bien que ante él no podría fingir nada por mucho tiempo. Aún conseguía engañarse a sí misma. Su comportamiento oscilaba entre los momentos de absoluta claridad, cierta falta de objetividad y una rabia eruptiva. Aquel miedo abismal, negro como la
noche, habitaba de nuevo en su mirada, era el mismo miedo que había estado a punto de acabar con su vida hacía unos años. Y aún había otra cosa que Tim creía reconocer: cierta alevosía indeterminada que lo asustaba profundamente. Mientras ponía patas arriba el casino en compañía de Axel Kokoschka, el cocinero, su preocupación se movía entre su hermana y Amber, que ahora estaba de excursión en compañía de un presunto terrorista. Julian había recibido la información a través de una frecuencia de radio protegida, pero ¿cómo habría reaccionado? Peter Black estaba con él.
¿Habrían podido, entre ambos, poner bajo arresto a Carl Hanna?
¿Y qué estaría sucediendo justo ahora en la meseta de Aristarco?
«Amber—pensó Tim—. ¡Llamad, por favor! ¡Llamad!»
El subsuelo de varias plantas del Gaia requería, según Lawrence, una especial atención, ya que una bomba que explotara desde allí tendría una fuerza destructiva mucho mayor. A Michio Funaki y a Ashwini Anand les había tocado revisar la sección habitacional del personal del hotel; Lynn y Thiel, por su parte, inspeccionarían los invernaderos subterráneos, los acuarios
y los almacenes. El mundo reflectante del Gaia llegaba hasta lo profundo; después de todo, la planificación del personal prevista para el año 2026 contemplaba que cada huésped tuviera a su disposición un empleado.
—Mientras tanto, yo intentaré comunicarme con la base Peary —dijo Lawrence, antes de que todos se dispersaran.
—¿Cómo lo hará sin satélite? —
preguntó Tim.
—A través de la línea estática. Hay una conexión directa por láser entre el Gaia y la base. Enviamos los datos de un lado a otro a través de un sistema de
espejos.
—¿Cómo? ¿Espejos? ¿Espejos comunes y corrientes?
—El primero de ellos está al otro lado del desfiladero. Es un mástil delgado y muy alto. Puede usted verlo desde su suite.
—¿Y cuántos mástiles como ése hay?
—No muchos. Una docena hasta el polo. Están dispuestos de tal modo que el rayo de luz vadee los bordes de los cráteres y las montañas. Para alcanzar los transbordadores, las naves espaciales o, incluso, la Tierra, se necesitan satélites, por supuesto, pero
para la comunicación interlunar entre dos puntos fijos no existe nada mejor. No hay atmósfera que difumine las ondas, ni lluvia... Les describiré a los de la base nuestra situación, con la esperanza de que ellos, allí, no tengan ningún problema con el satélite, pero mi optimismo es moderado.
Luego, después de que Lynn desapareció con Thiel en el ascensor, Lawrence se lo llevó aparte.
—Tim, esto me resulta desagradable. Ya sabe que no me gusta andarme con rodeos, pero en este caso...
Tim suspiró, presa de un mal presentimiento.
—¿Se trata de Lynn?
—Sí. ¿Qué es lo que le pasa?
Tim miró al suelo, a las paredes, a esos sitios adonde uno mira para no tener que sostener la mirada de un interlocutor.
—Verá, Lynn y yo nunca hemos tenido contacto de tipo personal — continuó Lawrence—. Pero ella fue la que apoyó la idea de que me contrataran y me preparó en el campo de entrenamiento, en la Luna, y lo hizo siempre de un modo independiente y eficaz, algo admirable. Sin embargo, ahora me parece que está siendo irresponsable, está inquieta, se muestra
agresiva. Ha cambiado completamente.
—Yo... —Tim vaciló—. Hablaré con ella.
—Yo no he preguntado eso.
Los ojos inquisitivos de Lawrence mantuvieron atrapada su mirada. De repente, a Tim le llamó la atención que Dana Lawrence no parpadeara. Hasta el momento no la había visto parpadear ni una sola vez. La directora le hacía recordar una película, Alien, un filme bastante viejo pero aún estupendo que Julian adoraba, y en el que se descubría, inesperadamente, que uno de los miembros de la tripulación era un androide.
—No sé qué responder —dijo el joven Orley.
—Sí, lo sabe usted muy bien —dijo Lawrence, y bajó la voz para añadir—: Lynn es su hermana, Tim. Quiero saber si podemos fiarnos de ella. ¿Se tiene a sí misma bajo control?
En la cabeza de Tim empezaron a formarse unos frentes de tormenta. Miró fijamente a la directora del hotel, con unos ojos iluminados por la certeza de lo que ella intentaba decirle en realidad.
—¿Insinúa usted que Lynn es la cómplice de Carl? —preguntó, totalmente desconcertado.
—Yo sólo quiero oír su valoración.
—Pues mi valoración es que está usted loca.
—Todo aquí es una locura en estos momentos. Vamos, Tim, estamos perdiendo el tiempo. Me quitaría usted un peso de encima si me equivoco, pero Lynn intentó con todas sus fuerzas, hace tres días, persuadir a su padre de que estaba viendo visiones. Quiso impedirle ver los vídeos de las cámaras de vigilancia, no me dijo nada claro acerca de la advertencia que le hizo Edda Hoff, y todo eso a pesar de que debería haber hablado conmigo. Su hermana se comporta como si los acontecimientos de los últimos treinta minutos nos los
hubiésemos inventado, aunque ella misma ha estado presente desde el principio.
«No es cierto», quiso decir Tim, y, de hecho, Dana Lawrence se equivocaba en un punto: Lynn no había estado presente desde el principio. Thiel había cogido la llamada, mientras su hermana estaba con la directora del hotel y los cocineros en el Selene, analizando la posibilidad de organizar un picnic al pie del Vallis Alpina. Jennifer Shaw había querido hablar con Lynn o con su padre, así que Thiel había enviado inmediatamente un mensaje al Selene y había comunicado con igual rapidez a la
responsable de seguridad con Julian, que en ese momento estaba en la meseta de Aristarco. Cuando Lynn y Lawrence llegaron a la central de mando, la conversación ya estaba en marcha.
Pero ¿qué diferencia había?
—Como usted bien ha dicho, Lynn es mi hermana —repuso Tim, irguiéndose, y poniendo unos cuantos centímetros de distancia entre él y Lawrence—. Pongo ambas manos en el fuego por ella.
—A mí eso no me basta.
—Pues tendrá que bastarle.
—Tim. —Lawrence suspiró—. Quiero asegurarme de que no nos
amenaza ningún problema desde el lado del que menos lo esperamos. Dígame lo que está pasando. Trataré esta conversación con toda confidencialidad, nadie sabrá nunca de lo que hablamos, si usted así lo quiere. Ni Julian, ni mucho menos Lynn.
—Dana, de verdad...
—¡Necesito poder hacer mi trabajo! Tim guardó silencio por un
momento.
—Tuvo una crisis —dijo el hermano de Lynn con voz débil—. Fue hace algunos años. Estaba quemada, deprimida. El asunto pasó, pero yo siempre he temido que se repitiera.
—¿Qué fue?, ¿un síndrome de desgaste profesional?
—No, más bien... —La palabra se negaba a aflorarle a los labios.
—¿Una enfermedad? —añadió
Lawrence.
—Lynn le resta importancia, pero... sí. Es una disposición patológica. Su..., nuestra madre era una mujer depresiva, y al final...
Tim guardó silencio de nuevo. Lawrence esperó para ver si quería añadir algo más, pero a él le pareció que ya había dicho suficiente.
—Gracias —dijo la directora, muy seria—. Por favor, no pierda de vista a
su hermana.
Él asintió con gesto desdichado, y fue a unirse con Kokoschka. Ambos partieron equipados con detectores portátiles, pero el joven Orley se sentía como un maldito y miserable chivato. Al mismo tiempo, lo atormentaba aquella sospecha de Lawrence. No porque viera a su hermana siendo objeto de ciertas sospechas injustificadas, sino porque lo corroía la incertidumbre. ¿Podía, realmente, poner ambas manos en el fuego por Lynn? Él sacrificaría su vida por ella, eso era todo lo que sabía, daba igual cuanto su hermana hiciera.
Pero, sencillamente, no estaba
seguro.
GANÍMEDES
Locatelli estaba tumbado en posición fetal en el suelo de la esclusa, directamente delante de la escotilla, con las piernas en ángulo. Casi dos tercios de la cabina estaban acristalados, pero mientras él se quedara ahí abajo, protegido por el blindaje, nadie podría verlo desde la sección de pasajeros ni desde la cabina del piloto. En un estado febril, Locatelli iba desarrollando y descartando planes, uno detrás del otro. Cada vez que volvía la cabeza podía ver el panel de control situado en la pared
interior de la esclusa, el cual indicaba la presión, el aire y la temperatura del entorno. La cabina estaba abastecida de aire, pero no se atrevía a quitarse el casco. Sentía un temor enorme a que al piloto pudiera ocurrírsele en ese momento inspeccionar la esclusa mientras él estaba atareado con el maldito casco. Se había apretujado entre las escotillas en cuanto éstas se abrieron, luego había ejecutado el mando para que subieran y se había tumbado en el suelo. No había perdido ni una fracción de segundo. Sin embargo, a aquel tipo no podía habérsele escapado que la cabina había
bajado por segunda vez.
Con cautela, se incorporó un poco y buscó algo que pudiera usarse como arma, pero el interior de la esclusa no contenía nada que sirviera para asestar un golpe o clavarse. El Ganímedes continuaba acelerando. Suponía que la nave tendría un piloto automático, pero mientras el transbordador no alcanzase su velocidad máxima, fuera quien fuese el que estaba allí sentado, no podría perder de vista los controles. Más adelante podía ser demasiado tarde para deshacerse de los blindajes y del casco. Así que tal vez, a pesar de todo, debía hacerlo ya.
En ese mismo instante se le ocurrió una idea.
Rápidamente, abrió los cierres del casco y se lo quitó, lo puso a su lado y, a continuación, empezó a despojarse, con gesto febril, de la armadura del pecho. La presión de la aceleración disminuyó. Con prisa, accionó los cierres y las válvulas, se deshizo de la mochila de supervivencia y apartó todos aquellos trastos lejos de él. Ahora tenía más movilidad, y tenía, además, algo que podía emplear como arma en un ataque sorpresa. En un estado de extrema tensión, se tumbó y esperó. El transbordador iniciaba una curva y
seguía ganando altura. En su cerebro rumoreaba la certeza de que sólo tendría esa oportunidad. Si no conseguía neutralizar a la primera a Peter o a Carl, a cualquiera de los dos que estuviera pilotando el Ganímedes, ya podía ir despidiéndose de este mundo.
«No te lamentes, cabronazo —se dijo—. Tú te lo has buscado.» Y curiosamente —o tal vez no tanto—, su voz interior, con aquel tono de menosprecio, incluidas ciertas particularidades a la hora de modular, así como en la erre arrastrada, típica de los asiáticos, sonó exactamente como la de Momoka.
GAIA, VALLIS ALPINA
Lawrence se acercó a su puesto de trabajo y se detuvo.
Estado depresivo. Eso explicaba algunas cosas. Pero ¿cómo se desarrollaban los estados depresivos?
¿La apatía, la agresión? ¿Se volvería loca Lynn? ¿Qué podía esperarse de la hija de Julian?
Lawrence estableció la comunicación por láser con la base Peary. Al cabo de pocos segundos, apareció en la pantalla el rostro del
subcomandante Tommy Wachowski. Entre el hotel y la base no tenía lugar un intercambio excesivo, de modo que hasta ese instante Dana sólo había hablado una única vez con Wachowski. Éste parecía tenso y aliviado a la vez, como si, con su llamada, ella le hubiera quitado un gran peso de encima. Lawrence creía conocer el motivo. Al instante siguiente, Wachowski le confirmó su sospecha.
—Me alegro de verla —gruñó el hombre—. Ya pensaba que no podríamos comunicarnos con nadie.
—¿Tienen problemas con los satélites? —preguntó ella.
El subcomandante abrió los ojos de par en par.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque nosotros también tenemos algunos. Estábamos comunicando con la Tierra cuando, de pronto, se interrumpió la conexión. Desde entonces no podemos establecer contacto con nadie, ni siquiera con nuestros transbordadores.
—A nosotros nos sucede algo parecido. Se ha cortado todo. El problema es que estamos en la sombra de libración. Las vías alternativas son muy débiles. Dependemos del LPCS
¿Tiene alguna idea de lo que está
sucediendo?
—No —dijo Lawrence, negando con la cabeza—. Por el momento no sabemos qué hacer. Estamos totalmente desconcertados. ¿Y usted?
MESETA DE ARISTARCO
Obviamente, las caminatas por la Luna, gracias a la gravedad reducida, eran más soportables que en la Tierra. Obviamente, los trajes espaciales no eran nada cómodos, aun cuando aquellos trajes, específicamente —los llamados exo-suites— ofrecían un máximo de comodidad y de libertad de movimientos. De todos modos, a pesar del sistema de aire acondicionado, uno se sentía como si estuviera metido en una incubadora. Cuanta más fuerza se
invirtiera, tanto más se sudaba, y ocho kilómetros, a pesar de aquellos saltos dignos de un canguro, seguían siendo ocho kilómetros.
Agobiado por las preguntas, Julian había revelado algunas cosas. Les contó lo que vio aquella noche, cuando observó la llegada del expreso lunar, les habló de las mentiras de Hanna y de ciertas maniobras de engaño, y también les dijo que en alguna parte del mundo se estaba tramando algo contra Orley Enterprises. Sin embargo, Julian se cuidó mucho de revelar la noticia de que unos terroristas podrían estar intentando volar por los aires su hotel con una
bomba atómica, como tampoco dijo nada acerca de las inexcusables omisiones de Lynn. Estaba terriblemente preocupado por ella; sin embargo, en el macizo central de sus preocupaciones, se abría un vacío del entendimiento, y allí dentro, en ese instante, se retorcía un negro y repugnante gusano que devoraba sus ideas. ¿Quién había editado aquel vídeo? ¿Quién había conectado a Hanna? Porque no cabía duda de que el canadiense había estado a la escucha y había entrado en acción cuando el tal Jericho le había expuesto sus sospechas. Y finalmente, ¿quién había desconectado los satélites en una sincronización
perfecta con la huida de Hanna? El gusano se retorcía, mostraba sus colores iridiscentes, oscilaba, iba dando a luz la idea de que existía un ayudante, un cómplice en el hotel... O una cómplice. Una persona que, inexplicablemente, se había negado a dejarle ver el vídeo manipulado, cuyo comportamiento era más enigmático a cada hora que pasaba.
—¿Y ahora cómo salimos de aquí?
—quiso saber Chambers—. ¿Cómo volveremos al hotel sin transbordador y sin contacto por radio?
—Yo sólo me pregunto adónde pretende llegar Carl —reflexionó Rogachov.
—Como si eso fuera lo importante ahora —resopló Momoka Omura.
—¿Por qué se marchó tan precipitadamente? Nadie hubiera podido probarle nada. Está bien, en todo caso, que no se tome la verdad tan en serio, pero ¿por qué esa prisa?
—Tal vez se propone algo —dijo Amber—. Algo que tiene que hacer a tiempo, sobre todo ahora que ha sido descubierto.
«A tiempo.» ¡Eso era! ¿Cómo podría el cómplice abandonar el hotel a tiempo, si es que había un cómplice? ¿Cuán grave era el peligro de que la bomba explotara en el Gaia durante la hora
siguiente? ¿Acaso la ruta de Hanna no debía llevarlo de vuelta al hotel para activar esa bomba? ¿O quizá el artefacto ya estaba activado? En ese caso...
«¡Lynn!» ¡Debía de estar loco para sospechar de ella! Pero, aun así, si su hija desempeñaba algún papel en todo aquel drama —algo, por otra parte, macabro e incomprensible—, ¿sabría en lo que se había metido? ¿Tenía la más mínima idea de lo que se trataba todo aquello? ¿Acaso Hanna había podido, usando cualquier pretexto, ganársela para ayudarlo a llevar adelante sus propósitos, aprovechándose de su estado mental? ¿Le habría dorado la
píldora, convenciéndola para que hiciera para él cosas cuyo significado Lynn ignoraba totalmente?
Tal vez debería haber prestado más atención a Tim.
«¡Debería haber prestado!» Era la gramática de las oportunidades perdidas.
—¿Julian?
—¿Qué?
—¿Que cómo saldremos de aquí? —
le preguntó Chambers nuevamente.
Él vaciló.
—Peter conoce..., conocía el puerto espacial de Schröter mejor que yo. Allí no hay aparatos de vuelo, creo, pero
definitivamente debe de haber un tercer vehículo lunar. De un modo u otro, saldremos.
—Sí, pero ¿para ir adónde? — preguntó Rogachov—. No resulta muy edificante la perspectiva de atravesar el Mare Imbrium con un móvil lunar.
—¿A qué distancia estamos del hotel? —quiso saber Amber.
—A unos mil trescientos kilómetros.
—¿Y cuánto tiempo durará nuestro oxígeno?
—Olvídalo —jadeó Omura—. Seguramente no el tiempo suficiente para llegar con esa carreta hasta el Vallis Alpina. ¿No, Julian? ¿Cuánto
tiempo se necesita para recorrer mil trescientos kilómetros a una velocidad máxima de ochenta?
—Dieciséis horas —respondió Julian—. Pero visto de un modo realista, no podremos viajar a ochenta.
—¿A sesenta?
—Tal vez a cincuenta.
—¡Oh, estupendo! —rió Omura—. Podemos empezar a apostar sobre quién va a diñarla primero, si nosotros o el carromato.
—Basta —le espetó Amber.
—Apuesto a que nosotros.
—Esto no nos lleva a ninguna parte, Momoka. Mejor déjanos...
—El coche se paseará por ahí con nuestros cadáveres, hasta que en algún momento...
—¡Momoka! —gritó Amber—.
¡Basta... ya! ¡Maldita sea!
—¡Eh, basta! —dijo Julian, que se detuvo y alzó ambas manos—. Sé que tenemos que asimilar un montón de cosas horribles. Nada tiene sentido, prácticamente no se puede confirmar ninguna noticia. En este instante, lo único que nos ayuda es pensar de un modo lineal, primero un paso, luego el otro, y el próximo paso será explorar el puerto espacial de Schröter. Para eso nos alcanzará el oxígeno que tenemos.
—Hizo una pausa—. Ahora que Peter está muerto...
—Si es que está muerto de verdad
—dijo Chambers.
—Ahora que, probablemente, Peter esté muerto, yo ocuparé su lugar. ¿Está claro? Ahora recae sobre mí la responsabilidad por el grupo, y a partir de ahora sólo quiero oír comentarios constructivos.
—Yo querría hacer un comentario constructivo —dijo Rogachov.
—Bravo, Oleg —se burló Omura— Los comentarios constructivos están ahora en su apogeo.
Rogachov la ignoró.
—¿No están las plantas de extracción del helio 3 algo más cerca de la meseta de Aristarco que el hotel?
—Eso es cierto —dijo Julian—. Ni siquiera a la mitad de esa distancia.
—Si pudiéramos llegar hasta allí...
—Las plantas de extracción están automatizadas —objetó Omura—. Eso me lo contó Peter. Allí sólo hay robots.
—Sí, es verdad —dijo Chambers, pensativa—. No obstante, habrá allí, por lo menos, algo parecido a una infraestructura, ¿no? Con alojamientos para el personal de mantenimiento. Algún vehículo.
—En cualquier caso, hay depósitos
con equipos de supervivencia —dijo
Julian—. Es una buena propuesta, Oleg
¡Así que continuemos!
Lo que Julian no dijo fue que el oxígeno no alcanzaría para llegar hasta la zona de extracción.
GANÍMEDES
Sobre la hipotética vía del paralelo 50, Hanna volaba a toda velocidad hacia su objetivo, y la sombra del Ganímedes pasaba a doce mil kilómetros por hora sobre la monotonía aterciopelada del septentrional Oceanus Procellarum. Su mirada reposaba sobre los controles. No había nada más que pudiera sacarse del transbordador. Estaría de camino una hora y cuarto, y en vista de las circunstancias lamentables en que se encontraba el grupo encabezado por Julian, no había motivos para
preocuparse. Aun cuando consiguieran salir de la meseta, él mantenía un capital de tiempo, todo un lujo para concluir su misión y dejar atrás la Luna. Lo único que quedaba en manos de las estrellas era si Ebola conseguiría llegar a tiempo o no, ya que ahora todo se había salido de madre. De todos modos, él tenía el propósito de esperarla el tiempo que fuera posible, pero en algún momento tendría que partir. Y ésas eran las reglas del juego. Las alianzas sólo servían al propósito común.
A mano derecha se abría una meseta cubierta por diminutos cráteres que separaba el norte del Mare Imbrium del
Oceanus Procellarum. Detrás se extendían los territorios de extracción del helio 3, que se adentraban hasta la bahía Sinus, aquella zona en la que, el año anterior, se había producido la violenta confrontación entre chinos y estadounidenses. Kenny Xin tenía un montón de cosas que contar acerca del tema. Tal vez el chino estuviera loco, pero valía la pena escucharlo.
Con apatía, Hanna miró a su alrededor.
La esclusa estaba sumida en una luz difusa. Nada indicaba que Locatelli hubiera conseguido llegar hasta el transbordador. Además, el ruido de la
escotilla lo descubriría en cuanto la abriera. Carl Hanna centró otra vez su atención en los controles y miró por la ventana. Un cráter de mayor tamaño se hizo visible, era el Mairan, como le indicaba la carta de navegación holográfica sobre la consola. El Ganímedes llevaría ahora unos veinte minutos de vuelo, y ya casi sentía una especie de aburrimiento.
Todo iba bien.
Hanna se puso de pie, cogió su arma con los cartuchos no explosivos y caminó por entre las hileras de asientos en dirección a la esclusa. Cuanto más se acercaba, más al fondo podía ver dentro
de la cabina, pero por el momento ésta estaba, en efecto, vacía. Sólo cuando estuvo a pocos pasos, algo blanco y grande se coló en su campo visual, algo que yacía en el suelo. Hanna se detuvo.
Era una mochila de supervivencia, o por lo menos lo parecía.
¿Acaso Locatelli, en realidad, lo había logrado?
Poco a poco, se fue acercando. Había otros detalles visibles, la parte del hombro de un blindaje, una pierna en ángulo. Sólo cuando estuvo tan cerca del cristal que su aliento sobre él se condensó formando una película de pequeñas gotas pudo distinguir una parte
de la cara, un ojo abierto, sin vida, una boca a medio cerrar. Locatelli parecía estar apoyado de espaldas a la escotilla, y no tenía muy buen aspecto. Daba la impresión de estar bastante muerto.
Los dedos de Hanna rodearon el arma. Extendió la mano libre hasta el campo del sensor, hizo que la escotilla se abriera y dio un paso atrás.
Como un saco inerte, Locatelli rodó fuera y quedó mirando fijamente al techo. Su brazo izquierdo golpeó sin fuerza contra el suelo, los dedos se le abrieron como si pidiera una última limosna. La mano derecha, aún dentro de la esclusa, mantenía agarrada la parte
inferior del casco. No había ninguna lesión visible; después de todo, había tenido tiempo de quitarse todo el blindaje del traje antes de desplomarse.
Hanna frunció el ceño, se inclinó hacia adelante y quedó perplejo.
En ese preciso instante se dio cuenta de lo que no encajaba allí. La piel inusualmente saludable del rostro de aquel hombre podía pasar por la de un cadáver... pero, definitivamente, Warren Locatelli habría sido el primer muerto que sudaba.
Locatelli soltó un grito. Con todas sus fuerzas, alzó el casco, golpeó el brazo de Hanna y vio cómo el arma salía
volando. Se incorporó rápidamente.
Hanna se tambaleó.
Era de sospechar que el canadiense hubiese descubierto el engaño y le hubiera disparado al instante siguiente. En ese sentido, aun dos segundos después del ataque, Locatelli era el mayor sorprendido de estar todavía con vida. En incontables ocasiones, durante los eternos minutos transcurridos desde que el transbordador despegó, había tratado de imaginar la situación, de calcular sus posibilidades. Ahora había llegado el momento, y no había tiempo para ponerse a cavilar, ni siquiera para asombrarse o tomar aliento. Confiando,
a la manera de los celtas, en la efectividad de un buen grito, con un alarido sonoro y poco articulado, como el de un ejército al ataque, estampó su casco contra su rival; lo golpeó varias veces, sin pausa, sin dejarle la más mínima oportunidad de retirada. Vio cómo se le doblaban las piernas, y entonces lo golpeó en el cráneo rapado, una vez más, con toda la fuerza de que fue capaz. El canadiense intentó agarrarlo. Locatelli le propinó una patada entre los hombros. Los dioses sabían que había participado en suficientes trifulcas a lo largo de su vida, lo había hecho a menudo y de
buena gana, pero nunca se había enfrentado a un asesino profesional, que era como él clasificaba a Hanna, haciendo un lúcido balance de las cosas, de modo que, para asegurarse, volvió a estamparle el casco contra el cráneo; y, a pesar de que el hombre apenas podía mover un dedo, todavía consiguió echar mano de aquella extraña arma, retrocedió, tropezando, unos pasos, y apuntó.
Salpicaduras de sangre salieron despedidas de la nuca de Hanna, que cayó al suelo.
A Locatelli le temblaba la mano.
Al cabo de un rato, sacudido todavía
por escalofríos de miedo, se atrevió a dar un paso adelante, se agachó y le tomó el pulso a Hanna en la sien. Ninguna reacción. El canadiense había cerrado los ojos y respiraba trabajosamente. Locatelli parpadeó, sintió cómo los latidos de su corazón iban amainando poco a poco. Esperó. Esperó un rato más.
Nada. Absolutamente nada.
Muy despacio, empezó a creer que el hombre, en realidad, estaba inconsciente.
¿Qué hacer con él? En un estado febril, reflexionó. Tal vez debía meter a aquel hijo de puta en la esclusa y
arrojarlo en pleno vuelo. Pero eso habría sido un asesinato, y Locatelli no era un asesino; ni siquiera lo era en sus peores momentos de descontrol. Además, quería averiguar por qué habían tenido que morir Peter, Mimi y Marc, quería saber cuáles eran los malditos propósitos de Hanna,
¡necesitaba saberlo! ¡Por otra parte, Momoka, Julian y los demás estaban atrapados en la meseta de Aristarco! Debía volver e ir a recogerlos, eso tenía prioridad absoluta.
«¿Y cómo lo vas a hacer, listillo?» Su mirada se dirigió hacia la cabina
del piloto. Sabía cómo se conducía un
coche de carreras o cómo adaptar un yate a los vientos. En cambio, no tenía la menor idea de cómo funcionaba un Hornet, como no sabía, tampoco, hacia dónde se dirigía el Ganímedes, a qué altura volaba o a qué velocidad. Nada a bordo contribuía a elevar su estado de ánimo. Por un lado, estaba el canadiense, que en algún momento recuperaría el conocimiento, y, por el otro, estaba el universo poco familiar de la cabina del piloto. Tenía que sacar esos conocimientos de alguna parte.
No. Lo primero era meter a Hanna en algún sitio.
Y puesto que, tras varios minutos de
reflexión, no se le ocurrió nada mejor, arrastró el cuerpo inerte del canadiense hacia la cabina, lo colocó detrás del asiento del copiloto y buscó a su alrededor algo con que atarlo.
Tampoco parecía haber a bordo nada por el estilo.
Bueno, por lo menos no podía decirse que fuera aburrido.
LONDRES, GRAN BRETAÑA
Una de las últimas obras del talentoso sir Norman Foster se erguía en la Isla de los Perros, una península en forma de gota situada en el East End londinense. Allí, el Támesis se torcía en forma de U rodeando una área de barrios comerciales, astilleros restaurados con elegancia, apartamentos exclusivos y conservados restos de pisos de protección oficial, cuyos arraigados habitantes resaltaban, como si fuesen actores, en aquel idilio arquitectónico
marcado por la visión de futuro y la prosperidad. Ya desde la década de
1990, los londinenses pudientes habían descubierto para sí el oculto atractivo de ese barrio, y fue entonces cuando empezaron a mudarse allí algunos artistas, galerías, sedes de medianas empresas y algunas corporaciones, con lo que fueron desplazando a las deterioradas colonias obreras con la eficacia de un exterminador de plagas. Tras más de dos décadas de violentas tensiones sociales, se habían renovado sus calles con esmero y buen gusto, casi con espíritu museable, y se había puesto a las familias residentes allí bajo una
suerte de protección, como a especies en peligro de extinción, de lo cual también formaba parte el transformarlas, por medio de jugosas ayudas financieras, en ese prototipo de despreocupado caso social que haría morirse de envidia a cualquier estresado directivo de empresa, sin que por esa razón recayera sobre él la sospecha de ser un cínico.
En el año 2025 ya no había en la Isla de los Perros nadie que fuera realmente pobre. Mucho menos bajo la sombra del Big O.
La construcción del nuevo cuartel general de Orley Enterprises se había iniciado en tiempos de Jericho, en el
año en que el miedo de perder a Joanna lo había hecho trasladarse a Shanghai. En el sureste de la Isla de los Perros, en los antiguos Island Gardens, reposaba, sobre la base de un bajo edificio —si es que podía calificarse de «bajo» un complejo de doce plantas—, una O de doscientos cincuenta metros de diámetro, rodeada en parábola por una Luna artificial de color naranja, que alojaba varias salas de conferencias a las que se llegaba a través de aireados puentes. Más de cinco mil empleados poblaban los atrios inundados de luz, los jardines y los grandes despachos del imponente Torus acristalado, siempre
sumido en un ajetreo parecido al de un nido de termitas. En el techo habían instalado un aeródromo, y lo habían hecho con tal habilidad que la redondez de la O seguía siendo bien visible. Sólo cuando uno se acercaba desde lo alto se notaba que el techo del edificio no era abovedado, sino plano, una superficie en la que se repartían el espacio docenas de helicópteros y aeromóviles.
El jet de Tu había aterrizado en Heathrow alrededor de las cuatro y cuarto. Estando aún en la pista, unos empleados de seguridad del consorcio fueron a recogerlos y los llevaron hasta un helicóptero de la empresa que los
trasladó de inmediato a la Isla de los Perros. Más al norte —en un vano esfuerzo por equipararse al Big O, que descollaba por encima de todo—, se erguía el conjunto de edificios del Canary Wharf. Unas barcas privadas planas y minúsculas, navegaban por las aguas que rodeaban los astilleros rehabilitados. Jericho vio a dos hombres entrar en el aeródromo. El helicóptero hizo un giro en el aire, tocó suelo y abrió las puertas laterales. Los hombres apretaron el paso. Uno de ellos, con los cabellos negros y gruesos y las cejas pobladas, le tendió la mano en primer lugar a Jericho, pero luego lo pensó
mejor y se la ofreció a Yoyo.
—Andrew Norrington —dijo—. Soy el subjefe de seguridad. Usted es Chen Yuyun, supongo.
—Puede llamarme, simplemente, Yoyo —respondió la joven, estrechando la mano que le tendían—. Éste es el honorable Tu Tian, y él es Owen Jericho, también muy honorable.
El otro hombre soltó una tosecita, se secó las palmas de las manos en las perneras del pantalón e hizo un gesto de asentimiento a los presentes.
—Soy Tom Merrick, el encargado de la informática.
Jericho lo observó. Era un hombre
joven, con una calvicie prematura y, por lo visto, algo cohibido a la hora de mirar directamente a los ojos de sus interlocutores por espacio de más de dos segundos.
—Tom es nuestro especialista en cualquier tipo de comunicación y transmisión de mensajes y datos —dijo Norrington—. ¿Han traído el dossier?
En lugar de responder, Jericho le entregó el minúsculo cubo de cristal.
—¡Excelente! —Norrington asintió
—. Vengan conmigo.
El camino los condujo hacia el interior, a través de un paseo lleno de verde y de un puente, más allá del cual
se extendía una fachada de ascensores acristalados. La vista daba al interior abierto del Big O, cruzado por otros muchos puentes. Gente atareada caminaba con prisa de un lado a otro. A unos ciento cincuenta metros debajo de él, Jericho vio unas cabinas que parecían elevadores. Luego subieron a uno de los ascensores de alta velocidad, descendieron en dirección al suelo, pasaron a través de él y se detuvieron en el subnivel cuatro. Norrington caminaba delante de ellos. Sin aminorar su ritmo, se dirigió a una pared reflectante que se abrió silenciosamente, y el mundo de la alta seguridad se los tragó a todos, un
universo dominado por puestos de trabajo con ordenadores y paredes con monitores, de mujeres y hombres que hablaban a través de micrófonos instalados en sus auriculares. Había varias videoconferencias en marcha. Tu se acomodó las gafas sobre el dorso de la nariz, emitió unos sonidos de satisfacción y estiró el cuello, fascinado por el despliegue de tecnología.
—Nuestro centro de mando —les explicó Norrington—. Desde aquí estamos en contacto con todas las instalaciones de Orley a lo largo y ancho del mundo. Trabajamos con las especificidades de cada subempresa, lo
que significa que no existe un jefe continental, sólo encargados de seguridad de las distintas filiales, las cuales, todas ellas, informan a Londres. Todos los datos para la evaluación de la situación convergen en nosotros.
—¿A cuántos metros de profundidad estamos bajo el suelo? —preguntó Yoyo.
—No tan profundo. Quince metros. Tuvimos que luchar bastante contra el manto freático, pero ahora el sitio está impermeabilizado. Por razones obvias, teníamos que proteger la central de seguridad de cualquier ataque desde el aire; además, el subsuelo del Big O
sirve, en caso de necesidad, como bunker atómico.
—Eso quiere decir que aunque
Inglaterra caiga...
—...Orley seguirá en pie.
—El rey ha muerto, viva el rey.
—Que no cunda el pánico —sonrió Norrington—. Inglaterra no caerá. Nuestro país se transforma, hemos tenido que aceptar que desaparecieran las cabinas telefónicas rojas y los autobuses rojos, pero la familia real no es un tema negociable. Si la cosa se pusiera fea, habría sitio aquí abajo para el rey.
Norrington los condujo a un salón de
reuniones con paredes de proyección holográficas que daban la vuelta a todo el recinto. Dos mujeres charlaban en voz baja. Una de ellas reconoció a Jericho de inmediato. El peinado tipo paje, negro como una capa de pintura reluciente, pertenecía a Edda Hoff. La otra mujer era rellenita, tenía rasgos elocuentes, pero duros y severos, ojos de color gris azulado y el pelo corto y blanco.
—Soy Jennifer Shaw —dijo.
«La jefa suprema de la central de seguridad —completó Jericho en su cabeza—. El primer perro guardián del imperio internacional de Orley.» Una
vez más, hubo apretones de manos.
—¿Café? —preguntó Shaw—.
¿Agua? ¿Té?
—Cualquier cosa. —Tu había descubierto un lector de cristales de memoria, y se encaminó directamente hacia él—. Da igual.
—Vino tinto —dijo Yoyo. Shaw enarcó una ceja.
—¿Tempranillo? ¿Reserva? ¿De barrica?
—Si es posible, algo narcótico.
—Narcótico y cualquier otra cosa
—asintió Edda Hoff, que salió por un breve instante y regresó de inmediato, mientras los demás ocupaban sus
puestos.
Tu puso el cristal en el lector e hizo un gesto de asentimiento a los presentes.
—Con su consentimiento, daremos la palabra, en primer lugar, a un viejo canalla —dijo—. A él le deben ustedes poder ver lo que piensa el cerebro enfermo de sus enemigos; además, con ello me complace despejar cualquier duda sobre nuestra credibilidad.
—¿Dónde está ese hombre ahora?
—preguntó Shaw, echándose hacia atrás.
—Muerto —respondió Jericho—. Fue asesinado frente a mis propios ojos. Intentaban impedir que consiguiera
transmitir lo que sabía.
—Por lo visto, sin éxito —opinó Shaw—. ¿Cómo consiguieron ustedes apoderarse del cristal?
—Yo robé su ojo —dijo Yoyo—. El izquierdo.
Shaw reflexionó un segundo sobre esto último.
—Sí, no se puede descartar ninguna vía. Pues cédale la palabra a su amigo muerto.
—Todo esto, eh..., parece una avería del satélite —dijo Tom Merrick, jefe del Departamento de Seguridad Informática después de que Vogelaar evocó el Armagedón bajo el cielo
cargado de África—. En cualquier caso, tiene toda la pinta de tratarse de eso.
—¿Qué otra cosa podría ser? —
preguntó Jericho.
—Bueno, es algo complicado. En primer lugar, los satélites no son equipos que puedan activarse o desactivarse al antojo de alguien. Es preciso conocer su código para poder controlarlos. —La mirada de Merrick se apartó—. Bueno, algo así puede averiguarse a través de una labor de espionaje. Un satélite de comunicaciones se puede paralizar mediante un encauzado torrente de datos, puede hacerse durante un segundo o
durante un día entero, se lo puede destruir con radiación, pero en este caso tenemos una desconexión total. ¿Me entiende? No podemos comunicarnos con el Gaia ni con la base Peary.
—¿La base Peary? —repitió Tu como en un eco—. Ésa es la base lunar estadounidense, ¿no es así?
—Exacto. En este momento, a ellos les bastaría con bloquear únicamente el LPCS, o los satélites lunares, debido a la libración, pero...
—¿La libración? —Yoyo puso cara de desconcierto.
—La Luna parece detenerse —se inmiscuyó Norrington antes de que
Merrick pudiera responder—. Pero es una impresión falsa. La Luna sigue girando normalmente. Por el espacio de una vuelta alrededor de la Tierra, gira una vez alrededor de su propio eje, y eso tiene el efecto de que sólo vemos la misma cara. A eso se le llama rotación síncrona, y es típico de todas las lunas del sistema solar. Por cierto...
—¡Sí, sí! —exclamó Merrick, asintiendo impaciente—. Tiene usted que explicarles que la velocidad de ángulo con la que una luna da la vuelta a un cuerpo de mayor tamaño, en relación con la propia rotación...
—Creo que nuestros invitados
prefieren una explicación más sencilla, Tom. En principio, lo que sucede es que la Luna, condicionada por el comportamiento de la rotación, se tambalea un poco. De esa manera podemos ver, en total, más de la mitad de la superficie lunar, casi un sesenta por ciento. Cuando ocurre a la inversa, las regiones de los bordes desaparecen por fases.
—Y también el alcance de la radio
—añadió Merrick—. La radio convencional requiere forzosamente de contacto visual, a menos que se dispusiera de una atmósfera que reflejara las ondas de radio, pero esa
atmósfera no existe en la Luna. Y en este momento, el polo norte lunar, así como la base Peary, están situados en la sombra de libración, de modo que no podemos entrar en contacto con ellos desde la Tierra por medio de las ondas de radio. Por eso se equipó a la Luna con diez satélites propios, el llamado Lunar Positioning and Communication System, cuyas siglas son LPCS, lo cuales están en órbita a la vista unos de otros. Por lo menos hay cinco de ellos con los que nos comunicamos de forma permanente, de modo que deberíamos poder establecer contacto con la base haya libración o no.
—¿Y qué es lo que habla en contra de que alguien, justamente, haya puesto bajo su control esos diez satélites? — preguntó Jericho.
—Nada. ¡Es decir, todo! ¿Sabe usted cuántos satélites tiene que desactivar para cortar toda comunicación entre la Luna y la Tierra? El Gaia, por ejemplo no tiene problemas de libración, pues está sobre la cara visible, por eso se puede transmitir al hotel a través de los satélites TDRSS, aun sin esta funcionando el LPCS. Sin embargo ahora tampoco tenemos contacto con el Gaia.
—Entonces, es probable que algunos
satélites terrestres hayan sido...
—...interrumpidos, pues sí, así es, son un montón de códigos, pero en fin. Tal vez, a la larga, eso no le sirva de mucho. Podría usted atacar la central del TDRSS en White Sands y desactivar d una vez todos los satélites de arena del sistema Tracking and Data Relay, pero entonces se puede cambiar a las estaciones terrestres y a otros satélites civiles como el Artemis, que están equipados con transpondedores de banda S y antenas dirigibles. ¿Cómo va a interrumpirlos todos?
—Y en ello, precisamente, radica el problema —dijo Edda Hoff—. Estamos
en contacto con todas las estaciones terrestres del mundo. Nadie consigue establecer contacto.
—Tras haberse cortado la conferencia, informamos, en primer lugar, a la NASA y a Orley Space, e Washington —dijo Shaw—. Y también informamos de ello, como es natural, al Centro de Control de la Misión, en Houston, y a nuestros propios centros de mando en la Isla de las Estrellas y en Perth. En todas partes, las radios están mudas.
—¿Y cuál podría ser el motivo —
preguntó Jericho, frotándose el mentón
— si no se trata sólo de una interrupción
del satélite?
Merrick estudió las líneas de la palma de su mano derecha.
—Aún no lo sé.
—La base Peary y el Gaia, ¿también están incomunicados entre sí?
—No forzosamente —dijo Norrington, sacudiendo la cabeza—. Aunque no lo sabemos. Entre ambos puntos existe una comunicación sin satélite, a través del láser.
—De modo que si pudiéramos comunicar con la base...
—Ellos podrían transmitir nuestro mensaje al Gaia.
Shaw se inclinó hacia adelante.
—Escuche, Owen, no voy a negarle que hasta hace muy poco tuve mis dudas sobre si los indicios de los que ustedes disponen significaban forzosamente un peligro para el Gaia. Podrían ser ustedes tres locos histéricos.
—¿Y cuál es su opinión ahora? —
quiso saber Tu.
—Me inclino a creerlos. Según su dossier, esa bomba dormita ahí arriba desde abril del año pasado. Y, en efecto, la inauguración del Gaia estaba prevista para 2024, pero la crisis lunar vino a estropearnos los planes. De modo que activar la bomba ahora, cuando el hotel está terminado, tiene un sentido. Y
lo más sospechoso, que en cuanto le hacemos llegar una advertencia al hotel, alguien sabotea nuestras comunicaciones, otro indicio de que algo va a pasar, pero, sobre todo, de que alguien nos vigila muy de cerca, en estos precisos instantes. Y eso es sumamente inquietante. En primer lugar, porque nos hace suponer que tenemos un topo en nuestras filas, y en segundo lugar, porque eso significa que alguien, allí arriba, intentará llevar la bomba al Gaia y activarla, si es que no lo ha hecho ya.
—Cuando uno escucha al tal Vogelaar —dijo Norrington—, llega a ver chinos por todas partes.
—Es una posibilidad que no se debe descartar —dijo la mujer, y luego hizo una pausa—. Pero Julian ya sospechaba de alguien antes de que se cortara la comunicación. Uno de los huéspedes. Precisamente el huésped que se unió al grupo el último. El terrorista tendría que ser alguien por nosotros conocido.
—Carl Hanna —dijo Norrington.
—Carl Hanna —asintió Shaw—. De modo que tengan ustedes la amabilidad de facilitarme su expediente. ¡Hagan una radiografía de ese tipo, quiero conocer hasta el contenido de su estómago! Edda, usted se comunicará brevemente con la NASA y dará instrucciones a la
OSS. Nuestra gente o la suya debe enviar un transbordador al Gaia.
Hoff vaciló.
—Eso, en caso de que la OSS, e este instante, tenga capacidad...
—No me interesa si tienen o no capacidad libre. Lo único que me interesa es que lo hagan. Y que lo hagan de inmediato.
MESETA DE ARISTARCO
El Rover del que Julian había hablado estaba aparcado en el nivel inferior. En cambio, el segundo había quedado varado en la pista de aterrizaje, chamuscado por completo, como si hubiera caído bajo el chorro de fuego de la turbina de un transbordador. Del tercero, por el contrario, sólo daba fe un montón de chatarra. A lo lejos se veían escombros dispersos por todas partes, de modo que Omura, de repente, salió corriendo y empezó a buscar los restos
mortales de Locatelli. En medio de un mutismo sombrío, examinaron el entorno. Luego estuvieron de acuerdo en que Locatelli no estaba allí, y tampoco ninguna parte de su cuerpo.
Todos sabían lo que eso significaba. Locatelli debía de haber conseguido subir a bordo del transbordador.
Desanimados, rebuscaron en los hangares. Por lo visto, el puerto espacial de Schröter se hallaba todavía en construcción. Todo indicaba que se había planeado construir esclusas de aire y hábitats a prueba de presión, de modo que las personas pudieran sobrevivir allí durante un tiempo, pero
por ninguna parte había rastro de sistemas de soporte vital. Una cámara de frío, prevista para la conservación de alimentos, estaba allí, totalmente abandonada. La sección del hangar donde aparcaba el móvil lunar mostraba infinidad de carteles según los cuales allí tendría que haber también varios grasshoppers, pero no se veía ninguno por ninguna parte.
—En fin —comentó Chambers con enfado, después de ver cómo los contenedores de acero que debían guardar los trajes espaciales mostraban un vacío en forma de enorme bostezo—. Por lo menos, en teoría, estamos
seguros. Sólo que todo esto tendría que haber pasado cuatro semanas más tarde.
—¿En serio que sólo tenemos ese estúpido móvil lunar a nuestra disposición? —gimió Omura.
—No, tenemos algo más que eso — contestó la voz de Julian, que estaba con Amber y Rogachov en el edificio contiguo—. Será mejor que vengáis hasta aquí.
—Es cierto que no se trata de algo que vuele —dijo, resumiendo—. Pero sí algo que anda. El Rover achicharrado que está ahí fuera no ha mejorado su aspecto, pero funciona. Junto con el del hangar, tenemos dos. Y mirad lo que ha
encontrado Amber: baterías de repuesto para ambos vehículos, y en la plataforma de carga del Rover intacto hay oxígeno adicional para dos personas.
—Pero somos cinco —dijo Omura
—. ¿Se pueden conectar los tanques alternativamente en nuestros trajes?
—Sí, se puede. Las reservas no alcanzarían para llegar al Gaia; además, los Rover serían inservibles en los Alpes. Pero, en cualquier caso, con lo que tenemos llegaremos a la estación de extracción de helio 3.
—¿Y alguien conoce el camino? Amber blandió un montón de folios
plegados.
—Aquí lo tenemos.
—¿Qué son esos papeles? ¿Mapas?
—Estaban en el Rover.
—¡Estupendo! —soltó Omura—.
¡Como Vasco de Gama! ¿Qué clase de tecnología de mierda es esta que ni siquiera sirve para programar el trayecto a un carromato lunar?
—La tecnología de una civilización que confunde cada vez más sus logros con la magia —replicó fríamente Rogachov—. ¿O acaso no te has enterado de que la comunicación por satélite ha dejado de funcionar? Sin LPCS no hay sistema que nos guíe.
—Sí que me he enterado —gruñó Omura—. Por cierto, tengo un comentario constructivo que hacer.
—Déjanos oírlo.
—En esa estación de extracción podremos acomodarnos sólo de mala manera, ¿no? Quiero decir, tenemos que establecer contacto con el hotel, y eso, por el momento, no parece funcionar debido al colapso del satélite. ¿Cómo llegaremos entonces por nuestros propios medios al hotel?
—¿Adónde quieres ir a parar?
—¿Hay algo que vuele en la estación?
H a b r á grasshoppers,
posiblemente.
—Sí, y con ellos puedes dar perfectamente la vuelta a la Luna, pero al ritmo de una babosa. Sólo que, si no recuerdo mal, los tanques de helio son trasladados al polo con el tren magnético. ¿Es correcto? En ese caso, ha de haber una estación ferroviaria, y de ella saldrá algún tren a la base Peary. Y de la base Peary...
Julian guardó silencio.
«Por supuesto —pensó—. Podría funcionar. ¡Es obvio!» Era difícil de creer, pero, para variar, Omura había dicho por fin algo constructivo.
GANÍMEDES
Locatelli miraba fijamente los monitores de control.
Entretanto, había comprendido que Hanna se orientaba por la carta holográfica, una especie de LCPS de emergencia. Las cámaras exteriores sincronizaban una imagen en tiempo real del paisaje en una zona abarcable con el modelo 3D del ordenador, al que se le introducía el objetivo y la ruta. De ese modo podía mantenerse una trayectoria exacta, era prácticamente como un piloto automático, ya que el sistema hacía
correcciones continuas, lo que exigía, por cierto, una gran altura de vuelo. Locatelli estimó que Hanna había programado un destino, sin que los controles pudieran darle ninguna información reveladora sobre adónde quería ir. Habría apostado que el canadiense estaba volando de regreso al hotel, pero se encontraban muy al oeste para que eso fuera cierto. Para llegar al Gaia, debería haber puesto rumbo al nordeste; sin embargo, le parecía que estaban siguiendo al pie de la letra el paralelo 50.
¿Es que Hanna quería llegar al polo? Las preguntas se acumulaban. ¿Por
qué Hanna no utilizaba el LPCS? ¿Cómo se hacía aterrizar un trasto como aquél?
¿Cómo se disminuía la velocidad? Volaban a mil doscientos kilómetros por hora, a diez kilómetros de altura, algo sumamente preocupante. ¿Cuánto tiempo duraría el combustible, si las turbinas tenían que estar generando impulso sin cesar para mantener el Ganímedes a esa altura y, al mismo tiempo, acelerarlo?
A través del dispositivo de su traje, Locatelli intentó contactar con Momoka. Al no recibir respuesta, probó de localizar a Julian, así que cambió al sistema de comunicación colectiva. Nada, sólo ruido atmosférico. Tal vez
los sistemas del traje no funcionaban a tales distancias, además, llevaban volando media hora en dirección al norte. Al echar un vistazo a la carta holográfica, repasó las distancias y concluyó que entre el transbordador y la meseta de Aristarco habría ahora más de quinientos kilómetros. A mano derecha, a una distancia considerable, descollaba un cráter en medio de una meseta, el Mairan, según supo gracias a la carta de navegación. Otro cráter, el Louville, se extendía hacia el norte por encima del borde del horizonte. Era ya hora de familiarizarse con la cabina del piloto. Por lo menos podría comunicarse con el
hotel desde el Ganímedes.
Su mirada se posó en un diagrama situado en los cristales del frente, algo que había pasado por alto hasta ese momento. Las instrucciones eran muy sencillas, pero bastaban para llegar al menú principal, y de repente todo empezó a funcionar de un modo menos complicado de lo que había imaginado. Es cierto que aún no sabía cómo se pilotaba aquel cacharro, pero sí cómo se manejaba la estación de radio. Tanto mayor fue su decepción cuando, también ahora, todo permaneció en silencio. Primero pensó que el sistema estaría averiado, pero al final acabó
comprendiendo que la comunicación por satélite se había colapsado.
Por eso Hanna había cambiado a la carta de navegación.
En ese preciso instante se dio cuenta de por qué no conseguía localizar a nadie por las vías convencionales. La radio normal exigía que los interlocutores estuvieran al alcance de la vista, que entre el emisor y el receptor no se interpusiera nada que pudiera absorber las ondas de radio, y, en el caso de la Luna, la intensa irregularidad absorbía al cabo de poco tiempo cualquier contacto. Por eso se había cortado antes su comunicación con
Momoka y los demás, porque, en el momento de la persecución, ellos se hallaban al otro lado de Snake Hill. Con lo cual, ahora conocía el momento exacto del colapso del satélite.
Coincidió justamente con la huida de
Hanna.
¿Una casualidad? ¡De eso nada! Allí había algo más gordo en juego.
Detrás de él, Hanna emitió un leve quejido. Locatelli volvió la cabeza. Después de buscar y rebuscar, había encontrado un par de correas destinadas a asegurar las cargas y lo había atado a la primera fila de asientos. No podía decirse que lo hubiera atado como un
fardo, pero el canadiense no podría zafarse con facilidad y evitar que Locatelli le disparara en las piernas con su propia arma. Por unos segundos estuvo observando el pálido rostro del asesino, pero Hanna mantenía los ojos cerrados.
Entonces Locatelli centró su atención en la consola de mando. Al cabo de un rato, creyó haber entendido varias cosas, por ejemplo, cómo regular la altura del Ganímedes, es decir, hacerlo subir o bajar mediante...
Eso era todo. ¡Por supuesto!
Locatelli estaba eufórico. En la Luna no había atmósfera, de modo que la
altura no podía desempeñar ningún papel; en cualquier caso, se malgastarían las reservas de combustible. Nada cambiaba en las condiciones de frontera: el vacío era el vacío. Cuanto más se elevara, tanto menos se haría notar la curvatura, hasta un grado en que, al final, ya no desempeñara papel alguno. Hasta donde podía recordar, hacia el nordeste del valle de Schröter se extendía la meseta de Rupes-Toscanelli y Snake Hill. ¡Si no estaban agazapados debajo de unos salientes de roca, sino que habían logrado llegar hasta el puerto espacial, debería estar en condiciones de
localizarlos!
Sus dedos se deslizaron por los controles. Según pudo comprobar, el transbordador disponía de un inquietante número de turbinas; algunas señalaban fijamente hacia abajo, otras hacia atrás, algunas eran giratorias. Entonces decidió no tener en cuenta las giratorias y concentrar el impulso solamente en las verticales. Echándolo a suertes, marcó un valor...
Por un instante se quedó sin aire en los pulmones.
¡Maldita sea! ¡Era demasiado, demasiado! ¡Maldito estúpido! ¿Por qué no había empezado con menos? Ya no
podía hablarse de un vuelo tranquilo, el Ganímedes salió disparado, como enloquecido, hacia arriba, se sacudió, vibró y se encabritó, como si quisiera expulsarlo de su interior. Rápidamente, Locatelli redujo el impulso y comprendió que no todas las turbinas funcionaban de manera simultánea, de ahí las vibraciones. Entonces corrigió, reguló, equilibró, y el transbordador se aquietó, continuó subiendo, pero ahora a una velocidad más moderada.
«¡Bien, Warren! ¡Muy bien!»
—Aquí Locatelli llamando a Orley
—gritó—. Momoka. Julian. Por favor, responded.
Todas las variantes del ruido blanco salieron a través de los altavoces, pero nada que pudiera semejarse, ni en lo más remoto, a una articulación humana. E l Ganímedes se acercaba a la llamada
«marca de los trece kilómetros». Tras el encabritamiento inicial, ahora podía conducirse como un caballo amaestrado, y cada vez ascendía más, mientras Locatelli continuaba pronunciando los nombres de Julian y de Momoka.
Catorce kilómetros.
Bajo él se alejaba el paisaje. Una vez más, hubo sacudidas y temblores cuando el sistema automático, algo alterado, registró algunas desviaciones
del paralelo y las corrigió de manera brusca.
—Locatelli a Orley. ¡Julian!
¡Momoka! Oleg, Evelyn. ¿Alguien me escucha? ¡Dadme alguna señal! Locatelli a...
14,6. 14,7. 14,8...
Poco a poco empezaba a sentir miedo, aunque su buen juicio se apresurara a asegurarle que, en teoría, podía volar hasta el espacio sideral. Todo era una cuestión de combustible.
—¡Momoka! ¡Julian!
15,4. 15,5. 15,6... Nada.
—Warren Locatelli a Orley. Por
favor, dadme una señal.
Un ruido. Un crepitar. Un traqueteo.
—Locatelli a Orley. ¡Julian!
¡Momoka!
—¡Warren!
MESETA DE ARISTARCO
—¡Warren! ¡Warren! ¡Te tengo en línea!
Omura dio inicio a una especie de baile de San Vito alrededor del Rover carbonizado, que habían empezado a cargar ya con las baterías que habían encontrado. Todos se detuvieron. Lo escuchaban. Su voz resonaba en sus cascos con una intensidad prometedora, nítida y clara, como si se encontrara directamente a su lado.
—¡Warren, cariño! —exclamó
Omura—. ¿Dónde estás? ¡Oh, corazón
tesoro mío! ¿Estás bien?
—Todo bien. ¿Qué hay de vosotros?
—Hemos perdido a un par de personas, no sabemos con exactitud qué ha sucedido, pero Peter, Mimi y Marc...
—Están muertos —dijo Locatelli.
No era que necesitase confirmación, pero la palabra cayó como la afilada hoja de una guillotina y cortó por la mitad al optimista incorregible, que hasta el momento no se había cansado de repasar toda suerte de variantes positivas. Por espacio de un segundo reinó un silencio de afectación.
—¿Dónde estás ahora? —preguntó
Julian, perceptiblemente desalentado.
—En el transbordador. Carl, el muy cerdo, arrojó a Peter al barranco y luego hizo volar por los aires a Mimi y a Marc. A continuación secuestró el transbordador, pero yo conseguí subir a bordo.
—¿Y dónde está Carl?
—Inconsciente. Le di unos buenos porrazos, y lo he atado a los asientos.
—¡Eres un héroe! —dijo, cautivada, Omura—. ¿Lo sabes? ¡Eres un jodido héroe!
—Claro, ¿qué otra cosa podría ser? Soy un héroe en una nave espacial endiabladamente rápida y no tengo la menor idea de cómo se controla este
cacharro. Bueno, por el momento ya sé cómo ascender, pero todavía me falta aprender cómo bajar y aterrizar.
—¿Puedes comunicarte con el hotel por radio? —preguntó Julian.
—No lo creo. Está demasiado lejos. Hay muchas montañas. Estoy a más de dieciséis kilómetros de altura y, para ser sincero, siento cierta nostalgia por el suelo. Además, no sé cuánto combustible me queda todavía.
—Bien, no hay problema. Te serviré de asistente. Mantente a esa altura, por lo de la conexión por radio.
—El LPCS ha dejado de funcionar
¿no?
—En mi opinión, ha sido un sabotaje. ¿Carl te dijo algo?
—La verdad es que no le di oportunidad de decir nada.
—¡Oh, mi héroe!
—¿Conoces tu posición?
—Cincuenta grados oeste, cuarenta y seis grados norte. A la derecha se ve la meseta de un cráter. Y a continuación hay unas montañas.
—Dame un nombre.
—Espera: montes Jura.
—Muy bien. Presta atención, Warren, tienes que...
GANÍMEDES
Locatelli prestó mucha atención mientras Julian lo instruía. Pero, al hacerlo, tuvo la vaga sospecha de que su amigo no sabía en detalle lo que había que hacer, aunque, definitivamente, tenía una noción más amplia de cómo conducir un transbordador Hornet que él mismo. Por ejemplo, sabía cómo volar describiendo una curva. Locatelli había orientado las turbinas de forma individual, y con ello estuvo a punto de desplomarse hacia una muerte segura. Sin embargo, las cosas eran muchísimo más sencillas si se
borraba la programación predeterminada del rumbo y se pasaba al timón manual.
—Mantente a la derecha, vuela hacia el este, hacia los montes Jura, y luego enfila de nuevo hacia el sur en una curva de ciento ochenta grados.
—Claro.
—Nada de claro. Sobre todo, no describas curvas muy cerradas, ¿me oyes? Haz siempre un giro amplio. ¡Vas a una velocidad de mil doscientos kilómetros por hora!
Locatelli obedeció. Tal vez fuera un alumno demasiado obediente, pues la curva le permitió contemplar
ampliamente el paisaje. Tras haber hecho girar el Ganímedes, se halló de nuevo a cuarenta grados de longitud oeste; debajo de él se extendía ahora la agrietada continuación de los montes Jura, que rodeaban en semicírculo una bahía de dimensiones colosales. La bahía se llamaba Sinus Iridum y colindaba con el Mare Imbrium, y de algún modo ese nombre le resultaba conocido. Entonces lo recordó. Sinus Iridum había sido la manzana de la discordia por la que se había desatado en el año 2024 la llamada «crisis lunar». Las ventanillas de la cabina ofrecían una vista que cortaba el aliento.
En casi ninguna otra parte era tan perfecta la ilusión de una confluencia entre la tierra y el mar, sólo faltaba que el aterciopelado manto de basalto del Mare Imbrium brillara con colores azules. En este punto, la ilusión del terciopelo era muy especial, sobre todo allí donde colindaba con las estribaciones de los montes.
—¿Dónde estás? —preguntó Julian.
—En la mitad sur de Sinus Iridum Ante mí yace una lengua de tierra, es el Cabo Heráclides. ¿Debo descender aún más? Así, el camino del descenso no será luego tan largo.
—Hazlo. Probaremos a ver hasta
dónde se mantiene la conexión.
—De acuerdo. Si se interrumpe, ascenderé de nuevo.
—De todos modos, ésta se volverá más estable cuanto más te acerques a nosotros.
Locatelli vaciló. Descender más. Eso estaba bien. Pero quizá fuera mejor disminuir de inmediato también un poco la velocidad. No demasiado, sólo bajar de los mil kilómetros por hora. Eso no era ni remotamente comparable a un vuelo por la atmósfera terrestre, donde uno cabalgaba sobre capas de aire y tenía que luchar con las turbulencias, pero las innumerables horas de su vida
pasadas en aviones le proporcionaban ciertas nociones de los vuelos de descenso iniciados con bastante antelación, de modo que Locatelli redujo la velocidad y empezó a bajar.
Como una piedra, el Ganímedes
cayó en dirección al suelo.
¿Qué había hecho?
El transbordador se colocó en posición transversal. El ruido penetró desde el interior, los alaridos de tormento de una tecnología estresada.
—¡Julian! —gritó Locatelli—. ¡He metido la pata hasta el fondo!
—¿Qué pasa?
—¡Estoy cayendo!
—¿Qué has hecho? ¡Dime lo que has hecho!
Las manos de Locatelli volaban por los controles, indecisas acerca de qué palanca tocar, qué interruptor activar.
—Creo que he trastocado todos los controles de altura y velocidad.
—De acuerdo. ¡No pierdas los nervios ahora!
—¡No perderé los nervios! —gritó
Locatelli, a punto de perderlos.
—Haz lo siguiente. Sencillamente, ve a...
En eso, la comunicación se cortó.
«¡Mierda, mierda, mierda!» Con los dedos agarrotados, como una diva ante
un montón de ratones blancos sobre el escenario, se inclinó hacia donde estaba la consola. No sabía lo que debía hacer, pero no hacer nada significaría la muerte, así que tendría que hacer algo, pero ¿qué?
Locatelli intentó corregir la posición torcida equilibrando el impulso.
El transbordador soltó un estertor como un animal enorme herido, empezó a tambalearse violentamente, se volvió hacia el otro lado. Al instante siguiente, el aparato empezó a sacudirse con tal intensidad que Locatelli temió que se partiera en mil pedazos. Sin saber qué hacer, miró en todas direcciones y,
siguiendo un reflejo, volvió la cabeza hacia atrás...
Carl Hanna lo miraba fijamente. Hanna, el culpable de todo. En otras
circunstancias, Locatelli se habría levantado, le habría dado un guantazo e impartido un par de buenos consejos sobre cómo tratar a la gente, pero ahora no podía ni pensar en eso. Vio cómo el canadiense empezaba a tirar con violencia de sus ataduras, así que lo ignoró y dedicó de nuevo toda su atención a la consola. El transbordador perdía altura a gran velocidad, seguía volteándose. Locatelli decidió aceptar primero que se estaba despeñando y,
luego, estabilizar la situación, pero sus esfuerzos sólo trajeron consigo que ya no tuviera ningún control sobre la consola de mando.
—¡Warren, tú...! Hanna gritó algo.
—¡...estás en el automático! Tienes que...
¿Por qué, sencillamente, no le cerraba el pico a aquel idiota?
—¡...te has olvidado del timón!
¡Warren, maldita sea! ¡Suéltame!
—Que te den.
—¡Vamos a morir los dos!
Cabreado, Locatelli manoseó el menú principal. El altímetro descendía
de un modo preocupante: 5,0; 4,8; 4,6... Como un meteorito, se dirigían a toda velocidad hacia el suelo lunar. Antes, en su desmedido afán, habría apretado algún botón, activado alguna función que le había retirado todos los poderes e impedido cualquier acceso al sistema de navegación. Ahora, sin embargo, parecía que, hiciera lo que hiciese, no tenía la menor influencia sobre el comportamiento del Ganímedes.
—¡Warren!
¿Cómo se hacía?
«¡Recuerda! Tan sólo debes hacer lo
que hiciste antes. Eso que había
funcionado tan bien bajo las
instrucciones de Julian.» Debía desactivar el dispositivo automático, cambiar al pilotaje manual.
Pero ¿cómo? ¿Cómo?
—¡Desátame, Warren!
¿Por qué ahora ya no funcionaba?
¡Menuda porquería de pantalla táctil!
¿Qué clase de mierda de cabina era aquélla, llena de campos virtuales, de paisajes electrónicos desconocidos y crípticos símbolos, en lugar de sólidos interruptores con carteles que tuvieran sentido, como, por ejemplo: «Hola, Warren, conéctame y todo irá bien»?
—¡Nos vamos a matar, Warren! Y
eso no nos sirve a ninguno de los dos.
¡No es posible que quieras morir!
—Olvídalo, pedazo de hijo de puta.
—No te haré daño, ¿me oyes?
¡Desátame de una vez!
La llanura, ahora ladeada en un ángulo de cuarenta y cinco grados, ganaba en amenazadora presencia, la cresta montañosa situada a la derecha estiraba sus cimas por encima del trayecto del transbordador. Al acercársele, Sinus Iridum daba la impresión de que se estaba produciendo allí una metamorfosis inexplicable y extraña. Por momentos, la llanura de basalto parecía estar en pleno proceso de disolución, era más una especie de
niebla que una superficie sólida, se veían en ella algunos fenómenos oscuros y enigmáticos. Algo más de un kilómetro separaba al transbordador del punto de impacto. De una manera difusa, se vieron entonces las vías del tren magnético, cúpulas, antenas y armazones. Por un espacio muy breve, Locatelli pudo ver un grupo de estructuras con forma de insectos en medio de un terreno que se elevaba ligeramente, luego también dejó de verlas, y el transbordador continuó descendiendo hacia su perdición.
—¡Warren, eres un maldito cabezota!
Lo peor era que Hanna tenía razón.
—¡Vale, está bien!
Maldiciendo, se levantó dando tumbos de su asiento, en un estado casi de ingravidez total, debido a la descabellada velocidad descendente. A su alrededor, todo traqueteaba, vibraba y retumbaba. El suelo estaba muy inclinado, apenas era posible sostenerse sobre él, sólo que, sin saber cómo, flotaba. Con el arma en una mano, se plantó al lado del canadiense, luego se colocó a sus espaldas y tiró con la mano libre de las ataduras.
Nada. Parecían como soldadas.
«Buen trabajo, Warren. ¡Bravo!»
Tendría que emplear ambas manos.
¡Menuda mierda! ¿Qué podía hacer con la pistola? ¡Sostenerla bajo la axila, de prisa! No podía dejar que lo dominara el pánico. Soltar los nudos, aflojarlos, deshacerlos cuidadosamente. Las correas se deslizaron hacia el suelo. Hanna extendió los brazos, dio un salto, consiguió agarrar el respaldo del asiento del piloto y se sentó en él. Su mirada se posó en la consola de mandos.
—Me lo imaginaba —lo oyó decir
Locatelli.
Con esfuerzo, se sentó en el puesto del copiloto. El canadiense no le dedicó ni una sola mirada. Trabajaba muy
concentrado, introduciendo una serie de órdenes, y entonces el Ganímedes enderezó el rumbo. Debajo de ellos se levantó un infinito mar de polvo, unos dedos borrosos se alzaron en el medio, se extendieron hacia ellos, revueltos por algo colosal con forma de insecto que se arrastraba por la llanura. Locatelli contuvo el aliento. En todo aquel escenario gris y borroso parecían moverse unos escarabajos enormes y relucientes, y entonces, de pronto, sintió como si le exprimieran el cerebro y éste se le estuviera saliendo por las orejas. Hanna frenó con violencia el transbordador. Delante de los cristales
se revolvían las nubes de polvo. En un vuelo a ciegas, caían hacia ellas, a demasiada velocidad. Hacía un momento había sentido ganas de propinarle otra buena paliza a Hanna, pero ahora deseaba verlo en pleno ejercicio de sus facultades, como dueño de la situación. El sudor cubría el rostro del canadiense, resaltando los músculos del mentón. En la parte posterior del Ganímedes se oyó un estampido parecido a una explosión, luego algo retumbó con estruendo, y la nariz de la nave se alzó...
Tocaron tierra.
A la velocidad de un rayo, los
soportes de aterrizaje se partieron. Locatelli fue lanzado fuera de su asiento, como si un gigante hubiera pateado al Ganímedes en la barriga, luego dio un salto mortal y se deslizó, sin que nada pudiera detenerlo, hacia la popa. Todos los huesos de su cuerpo parecían haber cambiado de posición. Con las turbinas bramando, el aparato surcó el regolito, botó, golpeó contra algo, siguió avanzando a toda velocidad, se encabritó, se zarandeó, pero el fuselaje resistía. Desesperado, Locatelli buscó con los dedos algo a lo que pudiera agarrarse. Su mano se cerró en torno a una viga de metal. Los músculos se
tensaron, y el americano se levantó, pero perdió el sostén y voló hacia adelante cuando aquel trozo de chatarra, que seguía avanzando a toda marcha, colisionó con algo, se alzó y trepó por una colina. En el momento en que la nave se quedó quieta, bajo una avalancha de escombros, él aterrizó entre dos filas de asientos, fue arrastrado hacia adelante debido al impulso de su propia aceleración y se golpeó en la cabeza.
Todo a su alrededor se tiñó de rojo. Luego todo se volvió negro.
MESETA DE ARISTARCO
La breve euforia sentida al oír la voz de Locatelli había dado paso ahora a un temor aún mayor. Julian intentó sin cesar localizar al Ganímedes, pero, salvo el ruido, nada más le llegaba a través de los auriculares.
—Se habrá estrellado contra el suelo —susurraba Omura una y otra vez.
—Eso no quiere decir nada — intentaba consolarla Chambers—. Absolutamente nada. Habrá conseguido controlar la nave, Momoka. Ya logró
hacerlo en una ocasión.
—Pero no contesta.
—Porque está volando demasiado bajo. No puede contestar.
—Dentro de media hora lo sabremos
—dijo Rogachov con voz serena—. Para ese momento, ya debería haber llegado.
—Cierto —asintió Amber, sentándose en el suelo—. Esperemos.
—No es tan sencillo —dijo Julian
—. Si esperamos mucho tiempo, consumiremos demasiado oxígeno. Y entonces sí que no llegaremos a las plantas de extracción.
—¿Qué? ¿Tan escasos andamos?
—Según se mire. Podríamos
concedernos una media hora. Pero
¡entonces nada puede salir mal! Y no
sabemos si los Rover aguantarán. Tal vez nos topemos con parajes en los que no podamos continuar y tengamos que dar un rodeo.
—Julian tiene razón —dijo Chambers—. Es muy arriesgado. Sólo tenemos una oportunidad.
—Pero si Warren viene, y nosotros nos hemos marchado —se lamentó Omura—, ¿cómo va a encontrarnos?
—Tal vez podríamos dejarle una nota —dijo Rogachov después de un instante de breve y desconcertado
silencio.
—¿Un mensaje?
—Alguna señal —propuso Amber
—. Podríamos hacer una flecha con los restos del Rover destruido, y de ese modo sabrá en qué dirección hemos partido.
—Espera —dijo Julian en tono pensativo—. No es una mala idea. Se me ocurre que nuestras rutas tienen que cruzarse forzosamente. Su última posición era el cabo Heráclides, se dirigía hacia allí. Y es justamente ahí adonde tenemos que ir. Si mantenemos la radio abierta, en algún momento establecerá contacto con nosotros.
—¿Quieres decir...? —Omura tragó en seco—. ¿Que está vivo?
—¿Warren? —Julian rió—. ¡Por favor! A ése no hay quien lo venza, y eso nadie lo sabe mejor que tú. Además, esos aparatos no son tan difíciles de pilotar.
—¿Y si ha tenido que hacer un aterrizaje forzoso?
—Nos lo encontraremos por el camino.
Cargaron los Rover con las baterías restantes y las reservas de oxígeno, recogieron algunos escombros, armarios vacíos y contenedores de las barracas, y lo juntaron todo para trazar una flecha
que señalaba hacia el norte. A la derecha de la marca, formaron una H y un 3 con fragmentos de piedra.
—Muy bien —dijo Chambers, satisfecha.
—Esto es lo que se llama una indicación de lugar detallada —la secundó Amber. Poco a poco, iba aflorando un poco de esperanza—. Con esto seguro que nos encontrará.
—Sí, tienes razón. —El tono de Omura había perdido toda petulancia. Parecía horriblemente preocupada y un pelín agradecida—. Es un mensaje inequívoco.
—Y ahora debemos ponernos en
camino —apremió Rogachov—.
¿Alguna propuesta sobre quién debe ir en cada Rover?
—Que lo determine Julian. Él es el jefe.
—Y el jefe siempre marcha delante
—dijo Julian—. Iré con Amber. Seremos corteses y os dejaremos el coche más bonito.
—Pues adelante...
Era raro. A pesar de que sabían que no podrían sobrevivir allí, todos sentían cierto malestar por tener que abandonar el puerto espacial. Quizá porque tenía aspecto de ser un sitio seguro, aunque, a decir verdad, no ofrecía ninguna
seguridad. Y ahora emprenderían el camino del desierto, hacia una tierra de nadie.
Todos se miraron fijamente, pero sin poder verse las caras.
—Andando —ordenó Julian finalmente—. Larguémonos.
LONDRES, GRAN BRETAÑA
No cabía duda de que había servido para poner cierto orden en todo el hecho de que Jennifer Shaw involucrara a algunos representantes de Scotland Yard en el asunto, quienes, por su parte, cuando se empezó a hablar de material nuclear norcoreano, informaron de inmediato al SIS. Teniendo en cuenta que Orley Enterprises tenía su residencia fiscal en suelo británico y que, por otra parte, había una institución no británica afectada, enviaron al
consorcio, en igualdad de condiciones, al MI5 y al MI6. Jericho, por e contrario, tenía la sensación de que no estaban progresando nada. Y no era que echara de menos a Xin ni las persecuciones instigadas por este último, sólo que, de repente, parecía que a él, a Yoyo y a Tu les hubieran arrebatado toda iniciativa de las manos. A última hora de la tarde, el Big O se llenó de investigadores. Shaw insistió en tenerlos presentes en cada reunión, con el resultado de que tuvieron que recitar, como en una cantinela, las mismas respuestas a las mismas preguntas, hasta que Tu, en medio de un
interrogatorio, le exigió rojo de rabia a uno de los agentes de su majestad que le devolvieran su maleta.
—¿Qué pasa? —preguntó Yoyo, irritada.
—¿Es que no has oído la pregunta?
—Con su dedo carnoso, Tu señaló al agente, que continuaba escribiendo impasible en un pequeño librito.
—Claro que la he oído —dijo ella con cautela.
—¿Y?
—En realidad, él sólo ha pregun...
—¡Me ofende! ¡Ese tipo me ha ofendido!
—Yo sólo le he preguntado por qué
huyó de las autoridades alemanas —dijo el agente, muy tranquilo.
—¡Yo no huí! —replicó Tu—.
¡Nunca huyo! Sé muy bien de quién fiarme, y los agentes de policía no están a menudo entre esas personas de las que me fío, casi nunca.
—Eso no habla bien en su favor.
—¿Ah, no?
El rostro encerado de Edda Hof cobró signos de vida.
—Tal vez debería tener usted en cuenta que debemos al señor Tu y a sus acompañantes importantes indicios que la autoridad que usted representa no nos había proporcionado hasta ahora —dijo
la mujer con su característico tono apagado.
El hombre cerró el libro de golpe.
—No obstante, habría sido mejor para todos que hubieran colaborado ustedes, desde el principio, con los colegas alemanes —dijo el policía—.
¿O tenía usted motivos para no prestar esa colaboración?
Tu se levantó de un salto y estampó un puñetazo encima de la mesa.
—¿De qué me está acusando?
—De nada, es sólo que...
—¿Quién es usted? ¿La maldita
Gestapo?
—Eh. —Jericho tomó a Tu por los
hombros e intentó que se sentase de nuevo, lo que fue como intentar atrasar un parquímetro—. Nadie te está acusando de nada. Ellos tienen que verificar nuestra versión. ¿Por qué, sencillamente, no le cuentas...?
—¿Que le cuente qué? —Tu le clavó la mirada—. ¿A quién? ¿A ése? ¿Tengo que contarle cómo la policía me trató durante medio año de mi vida, hasta el punto de que todavía hoy me levanto empapado en sudor cuando sueño con eso? ¿Que tengo miedo a dormirme y que todo vuelva a empezar de nuevo en mis sueños?
—No, sólo... —Jericho se detuvo.
¿Qué acababa de decir su amigo?
—Tian —dijo Yoyo, poniéndole una mano sobre el puño.
—No, ya estoy harto —dijo el chino, quitándosela de encima y soltándose del agarre de Jericho—. Quiero irme a un hotel. ¡Ahora mismo! Quiero hacer una pausa, que me dejen en paz aunque sea por una hora.
—No tendrá que ir a un hotel —dijo Edda Hoff—. Tenemos habitaciones para huéspedes en el Big O. Puedo pedir que le preparen una.
—Pues hágalo.
El hombre del MI6 colocó el librito delante de él en la mesa y desatornilló
su torso para dirigirse hacia donde estaba Tu, que ya se marchaba.
—El interrogatorio no ha acabado. No puede irse así como...
—Claro que puedo —dijo Tu al salir—. Si necesita a algún imbécil al que poner bajo sospecha, escójase a sí mismo.
A Jericho le habría gustado preguntarle a Tu —normalmente tan sereno y dueño de sí, en cuya casa, hacía pocos días, había estado entrando y saliendo la policía china— qué había desatado de aquella forma su temperamento, pero la fuerza centrífuga de las investigaciones lo arrastró de una
conversación a la otra. Su amigo desapareció bajo el cuidado de la notablemente atenta Edda Hoff, y el investigador del MI6 continuó con lo suyo. Hasta que llegó Jennifer Shaw le quedaron todavía unos pocos segundos de ácido malestar, sobre todo teniendo en cuenta que Yoyo, la guardiana de aquellos oscuros secretos, tenía la mirada clavada al frente, conjurada con Tu en la desgracia.
—Creo que, una vez más, sabes algo que yo no sé —dijo el detective.
La joven asintió en silencio.
—Y lo que sabes no me incumbe.
—No puedo contártelo —repuso
Yoyo volviendo la cabeza hacia él. Sus ojos brillaron como si el arranque de ira de Tu hubiera abierto nuevas grietas en el dique de su autodominio.
Poco a poco, a Jericho empezaba a parecerle que toda la familia Chen, junto con su acaudalado mentor, estaba al borde de un ataque de nervios, siempre en peligro de reventar debido a la presión de flatulencias traumáticas. Fuera lo que fuese lo que ocupaba la mente de la joven, empezaba a sacarlo de quicio.
—Entiendo —gruñó.
Y, en efecto, lo entendía. El fenómeno de la lengua paralizada, aun
cuando uno tuviera ganas de hablar, le resultaba familiar. En silencio, contempló sus dedos, agrietados, con las uñas romas y las cutículas sin arreglar. De algún modo, poco atractivo. Era un hombre aseado, pero no se cuidaba. Cita de Joanna. Hasta entonces, Jericho no había podido encontrar una diferencia entre ambos, pero en ese momento no le habría gustado darse a sí mismo la mano. No se quería nada. Yoyo no se quería, Chen tampoco, y Tu, la roca, sobre quien parecía reposar todo egocentrismo, tampoco se quería a sí mismo, lo que resultaba sorprendente.
¿Quedaba alguna cabeza en la que el
pasado no reposara, creando una capa de moho?
Jennifer Shaw entró en la habitación.
—He oído que ya no tienen ganas de continuar con la conversación.
—Ha oído mal —dijo Yoyo, enjugándose los ojos—. De lo que no tenemos ganas es de que gente que no conoce nuestra historia quiera plantar su culo de elefante sobre nuestro estado de ánimo.
—El SIS ha cerrado su compilació de datos. —Shaw repartió un delgado montoncito de papeles—. Los tres son personas creíbles.
—Oh, gracias.
—En realidad, pueden reunirse ya con su amigo Tian. Les estoy muy agradecida, y lo digo en serio. —Los ojos grises y azulados de la mujer decían exactamente lo mismo y un poco más.
—¿Pero...?
—Les estaría mucho más agradecida si continuaran ayudándonos a esclarecer todo este asunto.
—Nos alegramos de que nos permita participar —dijo Jericho.
—Entonces, ese punto queda aclarado para satisfacción de ambas partes, supongo —dijo Shaw, y se sentó
—. Ustedes están familiarizados con el
mensaje cifrado, han podido especular sobre las partes que faltan con más intensidad que nosotros, tuvieron contacto con Kenny Xin, conocen la participación de Pekín en los golpes de Estado llevados a cabo en África, la mini-nuke coreana, una conspiración que opera a espaldas de todas las instituciones estatales. ¿Querrían oír algo ahora que no sepan, sólo para variar? ¿Les dice algo el nombre de Gerald Palstein?
—Palstein... —Jericho exploró cada rincón de su memoria—. Nunca he oído ese nombre.
—Es una figura del ajedrez. Una
torre, o más bien una reina, movida por las circunstancias. Palstein es el director estratégico de EMCO.
—¿EMCO, el gigante petrolero?
—Un gigante petrolero que se desmorona. Más bien se trata del número uno de los consorcios conservadores, y actualmente parece sucumbir por una sobredosis de helio 3. La misión de Palstein debía ser salvar EMCO, pero en lugar de ello no le ha quedado más remedio que suspender ciertos proyectos de exploración, cerrar filiales una tras otra y mandar al paro a comunidades enteras. Desde el lado de la política no sucede mucho. Tanto más
notable resulta que Palstein no dé por perdida la partida. En oposición a la jefatura de la empresa, se ha interesado desde hace años por las energías alternativas, y de un modo especial por nosotros. Le habría gustado cerrar un trato con nosotros, pero por entonces pensaba que nos dedicábamos a ensayar con viajes en el tiempo y rayos beam. No se tomaron el tema en serio, es decir, el del helio 3, el ascensor espacial, etcétera, y cuando apareció el efecto misionero de los hechos, ya nadie los tomaba en serio a ellos. Palstein, sin embargo, parece firmemente decidido a ganar la pelea.
—Suena quijotesco.
—Eso sería subestimarlo. Gerald Palstein no es el tipo de persona que lucha contra molinos de viento. Él sabe que ya no puede derrotar al helio 3, por lo que quiere entrar en el negocio. El único camino posible pasa a través de nosotros, y EMCO aún no está arruinado del todo. Sólo que hay un montón de gente que preferiría ver cómo los miles de millones que quedan se invierten en el aseguramiento social de los empleados. Palstein, por el contrario, propaga la idea de que el mejor seguro es la subsistencia del consorcio, y que el dinero es mejor invertirlo en proyectos
que ayuden a su preservación. Posiblemente eso trajo como consecuencia que le dispararan con un fusil.
—Un momento —dijo Jericho, prestando más atención—. Sobre eso se dijo algo en la red. ¡Un atentado a un directivo del ramo petrolero! ¡Ya me acuerdo! Fue el mes pasado en Canadá. Estuvieron a punto de acertarle.
—Le acertaron, pero por suerte sólo le dieron en el hombro. Pocos días antes, él y Julian habían negociado una participación de EMCO en Orley Space En ese encuentro se acordó que Palstein viajara a la Luna con el grupo para la
inauguración no oficial del Gaia. Él se había ganado ese puesto desde hacía años, pero con una herida de bala y un brazo en cabestrillo no se vuela a la Luna.
—Entiendo. Y su lugar pasó a ocuparlo Carl Hanna. El tipo del que Orley sospecha, sobre cuyo rastro ha puesto usted a Norrington.
Los dedos de Shaw se deslizaron por el tablero de la mesa. En la pantalla apareció la cara de un hombre, de rasgos duros, cejas poderosas, barba y pelo cortado al milímetro.
—Carl Hanna, inversionista canadiense. O, por lo menos, así se
presenta él. Por supuesto que Norrington lo verificó cuando se estaba conformando el grupo. Y ahora ya no es necesario poner bajo la lupa a gente como Mukesh Nair u Oleg Rogachov...
—Rogachov —repitió Yoyo.
Shaw señaló una pila de hojas impresas.
—Les he confeccionado una lista de los invitados a ese viaje en compañía de Julian. Hay algunos que podrían resultarles más conocidos. Finn O'Keefe, por ejemplo...
—¿El actor? —Los ojos de Yoyo brillaron—. ¡Claro!
—O Evelyn Chambers. Todos
conocen a la reina de las presentadoras de la televisión americana. Miranda Winter, protagonista de diversos escándalos, la flor y nata de la prensa del corazón, pero el dinero gordo lo tienen los auténticos inversionistas. La mayoría de ellos son gente muy conocida; Hanna, en cambio, era como una hoja en blanco para nosotros. Hijo de diplomático, nacido en Nueva Delhi, se mudó a Canadá y allí realizó estudios de ciencias económicas en Vancouver, bachiller en artes y ciencias. Luego se metió en el negocio de la Bolsa y las inversiones, siempre con esporádicas estancias en la India. Se estima que
posee una fortuna de quince mil millones de dólares tras haber heredado mucho dinero y haberlo invertido con acierto, sobre todo en el ramo del petróleo y el gas natural y, más tarde, en el momento justo, en el campo de las energías alternativas. Tiene participaciones en la empresa Lightyears, de Warren Locatelli, en la de Marc Edwards Quantime Inc., y en muchas otras. Según los datos de que disponemos, pretendía invertir desde el principio en el helio 3, pero en un inicio el asunto le resultó demasiado vago.
—Y eso cambió, según sabemos ahora.
—Y, con ello, la predisposición para una inversión. Hace un año y medio, con motivo de un torneo de vela organizado por Locatelli, conoció a Julian y a Lynn, su hija. Había simpatías, pero lo decisivo fue cuando Hanna, pensando en voz alta, dijo que tenía intenciones de subvencionar el programa espacial de la India, debido a sus antiguos vínculos con ese país. Y eso fue, en definitiva, lo que hizo que Julian se decidiera. Para esa fecha, el grupo que viajaría a la Luna ya estaba conformado, pero Julian le ofreció un viaje para el año siguiente. —Shaw hizo una pausa—. Usted es un investigador
experto, Owen. ¿Cuántas partes del currículo de Hanna podrían ser falsas?
—Todo —respondió Jericho.
—Hay constancia de sus participaciones como inversor.
—¿Desde cuándo?
—La entrada de Hanna en Lightyears se produjo hace dos años.
—Dos años no son nada. Las largas estancias en el extranjero y la posibilidad de que haya nacido fuera son el uno más uno de cualquier pequeño agente. Es precisamente en esos países donde cualquier investigación se va al traste, a nadie le asombra allí que una partida de
nacimiento desaparezca. Las chapuzas de las autoridades locales están a la orden del día. Lo segundo, su condición de inversionista. Es la tapadera por excelencia. El dinero no tiene personalidad, no deja una huella duradera. Nadie puede demostrar quién ha estado invirtiendo realmente ese dinero ni desde cuándo. Con un poco de preparación, uno puede sacarse del sombrero a alguien como Hanna, y cualquiera estaría dispuesto a jurar que es un conejo. ¿Lo conoce personalmente?
—Sí. En ese sentido es simpático. Atento, amable, no es muy hablador. El
típico solitario.
—¿Pasatiempos? Seguro que serán actividades que pueda practicar en solitario.
—Bucea.
—El buceo, el montañismo..., son los intereses típicos de muchos agentes e investigadores encubiertos. Ni aquí ni allá necesita testigos.
—Toca la guitarra.
—También encaja. Un instrumento crea la impresión de autenticidad y le granjea simpatías. —Jericho apoyó el mentón entre las manos—. Y ahora seguro que usted piensa que Palstein debía ser sacrificado para dejar libre su
puesto para Hanna.
—Estoy convencida de ello.
—Pues yo no —objetó Yoyo—.
¿Acaso no podrían haber añadido a Hanna al grupo si éste hubiera suplicado un poco? Quiero decir, una persona más o menos, por eso no es necesario dispararle a nadie.
Shaw negó con la cabeza.
—Cuando se trata de viajes al espacio, el asunto es algo distinto. Uno va a un lugar en el que no hay recursos naturales, ni para el desplazamiento ni para el mantenimiento de la vida. Cada bocanada de aire que usted respira, cada bocado que toma, cada trago de agua hay
que calcularlo de antemano. Cualquier kilo de más a bordo de un transbordador espacial se refleja en el consumo de combustible. Ni siquiera el ascensor espacial constituye en ese sentido una excepción. Cuando está lleno, lo está. En un vehículo que se acelera hasta doce veces por encima de la velocidad del sonido, nadie quiere viajar de pie.
—¿Y qué le ha dicho Norrington hasta el momento?
—Bueno, el currículo parece estar limpio. Está trabajando en ello.
—¿Y está usted completamente segura de que Hanna es nuestro hombre?
Shaw guardó silencio por un
momento.
—Mire, su amigo fallecido..., Vogelaar, deja caer una serie de insinuaciones que apuntan hacia China y al Grupo Zheng, sobre todo. Antes los malos eran los rusos, ahora son los chinos. ¿Acaso debe preocuparnos que Hanna sea tan chino como un perro de montaña galés? Si verdaderamente Pekín está detrás del ataque, no podrían haber hecho nada mejor que enviar allí arriba a un occidental, para que viajara de modo oficial en nuestro ascensor y recibiera una invitación al Gaia. Alguien que pudiera moverse libremente allí arriba. Pero, Owen, yo estoy segura de
que Hanna es nuestro hombre. El propio Julian nos ha entregado la confirmación, antes de que la conexión se cortara.
Yoyo echó una ojeada a la lista de huéspedes y la apartó de nuevo.
—Eso quiere decir que cuanto más sepamos sobre el atentado a Palstein, tanto mejor entenderemos lo que está sucediendo en la Luna. ¿Dónde tiene su sede el tipo? ¿Dónde está la sede de EMCO? ¿En Estados Unidos?
—En Dallas —dijo Shaw—. Texas.
—Estupendo. Siete, no, seis horas de diferencia. El amigo Palstein está haciendo su pausa para almorzar. Llámelo.
Shaw sonrió.
—Precisamente me proponía hacer eso mismo.
DALLAS, TEXAS, ESTADOS UNIDOS
El despacho de Palstein estaba situado en el piso diecisiete de la central de EMCO, en la vecindad de varias salas de conferencias y reuniones, que, a modo de sótano mal impermeabilizado, se llenaban nuevamente cada hora con las sucias aguas de las malas noticias, cada vez que uno las creía ya vacías. La reunión en la que había estado prisionero durante dos horas no era una excepción. Un proyecto de exploración ante las costas de Ecuador, a tres mil
metros de profundidad en el mar, que había empezado como una osada y prestigiosa empresa, era en la actualidad una herencia herrumbrosa. Dos plataformas sobre las que había que preguntarse si era mejor trasladarlas a tierra o bien hundirlas, una decisión, esta última, que no era tan fácil de asumir tras la legendaria debacle de Brent-Spar.
Su secretaria entró en el despacho.
—¿Podría atender un momento el teléfono?
—¿Es importante? —preguntó Palstein con apenas disimulada gratitud de que lo sacaran por un instante de
aquella danza de la muerte.
—Orley Enterprises —dijo la mujer, mirando a los presentes con una sonrisa de ánimo—. ¿Alguien quiere café? ¿Un espresso? ¿Un donut?
—Subvenciones —dijo un hombre mayor con la voz quebrada. Nadie rió. Palstein se puso de pie.
—¿Sabe algo de Loreena Keowa?
—preguntó el ejecutivo al salir.
—No.
—Bueno —dijo mirando el reloj—. Estará todavía en el avión.
—¿Intento llamarla al móvil?
—No, creo que Loreena iba a coger un vuelo tarde. Dijo algo de aterrizar
hacia las doce.
—¿Dónde?
—En Vancouver.
—Muchas gracias. Acaba usted de reafirmarme en la certeza de que mantendré mi puesto de trabajo durante un rato más.
Él la miró fijamente.
—Las doce en Vancouver son las dos en Texas —aclaró la secretaria.
—¡Ah! —rió Palstein—. Madre mía
¿qué haría yo sin usted?
—Precisamente. La llamada es en el salón de reuniones pequeño. Es una videoconferencia.
Un grupito de aspecto nervioso
podía verse en el monitor de la pared. Jennifer Shaw, la responsable de seguridad de Orley Enterprises, estaba sentada alrededor de una mesa de aspecto desolado, en compañía de un hombre rubio con barba de dos días y una asiática excepcionalmente guapa.
—Siento mucho molestarlo, Gerald
—dijo Shaw.
—No me molesta —sonrió él, apoyando los brazos cruzados en el borde de la mesa—. Me alegro de verla, Jennifer. Por desgracia, tengo muy poco tiempo ahora.
—Lo sé. Lo hemos sacado de una reunión. Permítame que haga las
presentaciones oportunas. Chen Yuyun...
—Yoyo —dijo la guapa asiática.
—Y Owen Jericho. Desgraciadamente, el motivo es de todo menos edificante. Aun así, el asunto podrá esclarecer ciertas preguntas que usted estará haciéndose desde lo sucedido en Calgary.
—¿Calgary? —Palstein frunció el ceño—. Bueno, dispare.
Shaw le habló de la posibilidad de un ataque nuclear al Gaia, y de que tal vez a él habrían querido quitarlo de en medio para que su lugar en el grupo de turistas organizado por Julian fuera ocupado por un terrorista. Los
pensamientos de Palstein volaron hasta
Keowa.
«Alguien quería impedir que usted hiciera algo. Y, a mi juicio, ese algo era impedir que viajase con Orley a la Luna.»
—Dios mío —susurró él—. Eso es espantoso.
—Necesitamos su ayuda, Gerald. — Shaw se inclinó hacia adelante con el rostro duro, todo un monumento de recelo—. Necesitamos todo el material gráfico de que dispongan las autoridades estadounidenses y canadienses sobre el atentado contra usted, y también necesitamos cualquier información,
textos, estado de las investigaciones. Por supuesto que podríamos ir por la vía oficial, pero usted conoce personalmente a la gente que se ocupa de esas investigaciones. Sería amable de su parte que acelerara el asunto. Texas tiene todavía toda una tarde de abundante trabajo, está llena de eficientes agentes que podrían enviarnos algo hoy mismo.
—¿Han hecho intervenir ustedes ya a la policía inglesa?
—La policía criminal, el SIS. Po supuesto que entregaremos de inmediato el material a las instancias estatales, pero, como bien puede usted imaginarse,
las atribuciones de mi trabajo no son sólo entregar cosas.
—Haré lo que esté en mi mano — dijo Palstein negando con la cabeza, visiblemente incómodo—. Perdóneme, pero esto es una auténtica pesadilla. Primero el ataque contra mí, y ahora esto. No hace ni una semana que le deseé a Julian un buen viaje. Pretendíamos firmar algunos contratos en cuanto regresara.
—Lo sé. Pero todavía no hay nada que indique que no será así.
—¿Por qué alguien querría destruir el Gaia?
—Eso intentamos averiguar, Gerald.
Y también queremos descubrir, a ser posible, quién le disparó a usted.
—Señor Palstein. —Era la primera vez que el rubio tomaba la palabra—. Sé que le habrán preguntado esto miles de veces, pero ¿tiene alguna sospecha?
—Bueno. —Palstein suspiró y se pasó la mano por la cara—. Hasta hace pocos días habría jurado que alguien, simplemente, había dado rienda suelta a su decepción y su enfado, señor...
—Jericho.
—Señor Jericho. —Palstein ya tenía de nuevo un pie en la sala de reuniones de al lado—. Hemos tenido que despedir a mucha gente en los últimos
tiempos, cerrar empresas... Ya sabe usted lo que está pasando. Pero hay gente que sospecha lo mismo que ustedes: que el ataque tenía como propósito evitar que yo viajara a la Luna. Sólo que hasta ahora no comprendía el porqué.
—El caso ahora está más claro.
—Mucho más claro. Por cierto, esa gente o, mejor dicho, esa persona, para ser exactos, no excluye que haya en juego algunos intereses chinos.
Shaw, Jericho y la joven intercambiaron una mirada.
—¿Y qué lleva a esa persona a sospechar tal cosa?
Palstein vaciló.
—Escúcheme, Jennifer, por arduo que me resulte, tengo que entrar de nuevo en esa reunión. Antes me ocuparé de que reciba usted ese material, pero hay algo para lo que tengo que pedirle un poco de paciencia.
—¿Qué es?
—Existe una película que posiblemente muestre al hombre que me disparó.
—¿Qué? —Yoyo se levantó—. Pero si eso es exactamente lo que...
—La recibirán —dijo Palstein, alzando ambas manos en un gesto de justificación—. Sólo que le prometí a la
persona que investigó la película que, en un principio, la mantendría bajo llave. Dentro de pocas horas hablaré con ella y le pediré que libere el vídeo; hasta entonces les pido su comprensión.
La hermosa china lo miró fijamente.
—Hemos pasado por muchas cosas
—declaró en voz baja.
—Yo también —repuso Palstein señalando su hombro—. Pero las reglas de un juego limpio me dictan que todo se haga a su debido tiempo.
—Bien —dijo Shaw, y sonrió—. Por supuesto que respetamos su decisión.
—Sólo una pregunta más —terció
Jericho.
—Por favor.
—El hombre que esa persona cree que es el asesino..., ¿se lo puede ver bien en esa película?
—Bastante bien, sí.
—¿Y es chino?
—Asiático. —Palstein guardó silencio por un instante—. Posiblemente sea chino, sí. Probablemente lo sea.
CABO HERÁCLIDES, MONTES JURA, LA LUNA
Locatelli estaba atónito. Había llegado a creer que tenía dentro de su cabeza toda la superficie lunar, que los maña y el cráter cubrían la concavidad del hueso. De ello sacó dos conclusiones. Por un lado se preguntaba por qué se había derramado tanto polvo dentro de su cerebro y, por otro, pensaba que todo aquel viaje, tal y como él lo recordaba,
jamás había tenido lugar, sino que había salido íntegramente de su imaginación, sobre todo ese último capítulo, tan poco agradable. Pensó que abriría los ojos, confiando en la consoladora certeza de que nadie podría hacerle nada y que incluso toda aquella sensación de cosas grises dando vueltas hallaría una explicación en el mundo natural. Lo único que seguía constituyendo un enigma era qué papel desempeñaba el universo en todo aquello. Lo asombraba y lo confundía que le aplastaran el lado derecho de la cara, pero ahora que estaba a punto de abrir los ojos...
No era el universo. Era el suelo
sobre el que yacía.
Clac, clac.
Locatelli levantó la cabeza y se desplomó al suelo. Una torturante sierra circular le atravesaba el cráneo. Las formas y los colores eran borrosos. Todo estaba sumido en una luz difusa, crepuscular y chillona al mismo tiempo, de modo que tuvo que entornar los párpados. Un clac constante le llegaba hasta su oído. Intentó levantar una mano, pero sin éxito. Ésta estaba ocupada con la otra, las dos colgaban a su espalda, y no querían ni podían separarse.
Clac, clac.
Su mirada se despejó. Un tramo más
adelante vio unas robustas botas y algo alargado que se mecía de un lado a otro con la regularidad de una tortura de agua china, y chocaba contra el borde del sillón del piloto, sobre el que estaba agachado el propietario de aquellas botas. Locatelli torció la cabeza y vio a Carl Hanna, que lo contemplaba con expresión pensativa, el arma en una mano, como si llevara sentado allí una eternidad. Rítmicamente, hacía golpear el cañón del arma contra el borde.
Clac, clac. Locatelli tosió.
—¿Nos hemos estrellado? —graznó. Hanna seguía mirándolo, pero no
decía nada. Las imágenes se fueron engranando para dar forma a un recuerdo. No, habían aterrizado. Un aterrizaje forzoso. Habían salido disparados por encima del regolito y habían chocado contra algo. A partir de entonces ya no recordaba nada, sólo que, entretanto, se había producido un intercambio de roles, ya que ahora era él quien estaba atado. Una hirviente sensación de vergüenza se fue apoderando de él. La había jodido.
Clac, clac.
—¿Puedes dejar de golpear con ese cacharro contra la silla? —gimió—. Me pone de los nervios.
Para su sorpresa, Hanna paró de golpear. Apartó a un lado el arma y se frotó el mentón.
—¿Y ahora qué hago contigo? —
preguntó
No sonaba como si quisiera recibir en serio una propuesta constructiva. Más bien podían percibirse algunos subtonos de resignación en sus palabras, un callado lamento que atemorizaba más a Locatelli que si Hanna se hubiese puesto a gritarle.
—¿Por qué, sencillamente, no me dejas ir? —le propuso Warren.
El canadiense negó con la cabeza.
—No puedo hacer eso.
—¿Por qué no? ¿Cuál sería la alternativa?
—No dejarte ir.
—Es decir, dispararme.
—No lo sé, Warren. —Hanna se encogió de hombros—. ¿Por qué tuviste que hacerte el héroe, eh?
—Ya entiendo —dijo Locatelli, tragando en seco—. ¿Y entonces por qué no lo has hecho hace rato? ¿O acaso tienes algo así como una cuota? No matar nunca a más de tres personas en el mismo día, ¿eh? ¡Hijo de la gran puta!
—De repente vio los caballos galopando y a él corriendo detrás de sí mismo para contenerlos de nuevo. Tal
vez no era la mejor idea seguir enfadando a Hanna, pero en la fusión nuclear de su rabia no había espacio para las ideas claras. Locatelli se incorporó, logró sentarse y fulminó a Hanna con una mirada llena de odio—.
¿Te da placer hacer esto? ¿Te corrres cuando matas a alguien? ¿Qué clase de mierda perversa eres, Carl? ¡Me das asco! ¿Qué diablos estás haciendo aquí?
¿Qué quieres de nosotros?
—Sólo hago mi trabajo.
—¿Tu trabajo? ¿Fue un maldito trabajo empujar a Peter a ese abismo?
¿Y volar por los aires a Marc y a Mimi?
¿Es eso un maldito trabajo, cerdo
asqueroso?
«¡Basta, Warren!»
—¡Cabrón! ¡Pedazo de mierda!
«¡Basta!»
—¡Jodido mamón! Espera a que tenga las manos libres.
«Oh, Warren. ¡Qué estupidez, qué estupidez!» ¿Por qué había dicho eso?
¿Por qué no se había conformado con pensarlo? Hanna frunció el ceño, aunque no parecía haber oído realmente lo que Warren le había dicho. Su mirada se dirigió a la esclusa de aire, y entonces, sin previo aviso, se inclinó hacia adelante.
—Ahora presta atención, Warren. Lo
que yo hago más bien tiene que ver con la tala de árboles y el secado de pantanos. ¿Lo entiendes? Matar puede llegar a ser necesario, pero mi trabajo no consiste en destruir algo, sino en preservar y construir otra cosa. Una casa, una idea, un sistema, lo que te parezca.
—¿Y qué sistema se legitima matando?
—Todos.
—Eres un maldito enfermo. ¿Y en nombre de qué sistema has asesinado a Mimi, a Marc y a Peter?
—Basta, Warren. No pensarás en serio que vas a insuflarme algún
complejo de culpa, ¿no?
—¿Trabajas para algún jodido gobierno?
—Al final, todos trabajamos para algún jodido gobierno. —Hanna se reclinó hacia atrás con un suspiro tolerante—. Bien, te contaré algo.
¿Recuerdas la crisis económica de hace dieciséis años? Al mundo entero le castañeteaban los dientes de miedo. También a la India. Pero ¡allí la crisis dio lugar a un nuevo impulso! Se invirtió en protección del medio ambiente, en alta tecnología, en educación y en agricultura, se alivió el sistema de castas, se exportaron servicios e
innovaciones, se redujo la pobreza. Mil millones y medio de motivados arquitectos de la globalización, en su mayoría gente joven, se desplazaron hacia el lugar número tres de la economía mundial.
Locatelli asintió sorprendido. No tenía ni la menor idea de por qué Hanna le estaba contando todo aquello, pero en cualquier caso era mejor eso a que le disparen por no tener tema de conversación.
—Por supuesto que Washington se preguntó enseguida cómo había que tratar con dicho fenómeno. Por ejemplo, les perturbaba la idea de que una India
fortalecida podría olvidarse del buen Tío Sam debido a un acercamiento a Pekín. ¿Qué bloque podría cristalizar de todo ello? ¿Uno entre la India y Estados Unidos? ¿Entre la India, China y Rusia Washington siempre había contemplado a los indios como unos importantes aliados y les habría gustado instrumentalizarlos en contra de China, pero Nueva Delhi defendía su autonomía y no quería que nadie les dictara órdenes o los utilizara.
—¿Y qué tiene que ver todo eso con nosotros?
—En esta fase, Warren, se envió a hombres como yo al subcontinente para
que nos ocupáramos de encaminar la tendencia en la direción correcta. Habíamos recibido instrucciones de apoyar con todas nuestras fuerzas el milagro económico indio, pero cuando en el año 2014 el embajador chino en Nueva Delhi fue volado por los aires por la Ligim, la Liga para una Gran India Musulmana, eso enturbió las relaciones bilaterales indiochinas, justo en el momento de favorecer ciertos importantes acuerdos entre la India y Estados Unidos.
—Entonces, tú eres... ¡Un momento!
—Locatelli mostró los dientes—. ¿No irás a contarme...?
—Pues sí, algunos de esos acuerdos se los debes, por ejemplo, a que tus colectores solares encuentran ventas tan atractivas en el mercado indio.
—¡Eres un puto agente de la CIA! Hanna sonrió con moderada
autosatisfacción.
—La Ligim fue idea mía. Uno de los innumerables trucos para evitar la formación de un bloque chino, ruso e indio. Algunos de esos trucos funcionaron, a veces, pagando el precio con algunas vidas humanas. Otros fracasaron, aunque también costaron vidas humanas, gente de la nuestra. Respeto tu genialidad, Warren, pero la
gente como tú se hace grande e influyente en el marco de ciertas condiciones que alguien ha tenido que crear, por ejemplo, un gobierno de mierda. ¿Acaso puedes descartar la posibilidad de que tu liderazgo en el mercado en el lado opuesto del planeta ha sido comprado con un par de vidas humanas?
—¿Qué? —explotó Locatelli—. ¿Te has vuelto loco?
—¿Puedes descartarla?
—¡Yo no soy el jodido gobierno! Por supuesto que puedo des...
—Pero le sacas provecho. Piensas que soy un cerdo. Pero al hacerlo sólo
ves que he hecho algo que todos hacen y de lo que tú, sin muchos escrúpulos, te aprovechas a diario. El cambio de paradigmas en el suministro de energía, la fusión aneutrónica, limpia, todo eso suena bien, muy bien, y el rendimiento mejorado de tus células solares ha revolucionado de manera duradera el mercado de los colectores. Te felicito. Pero ¿cuándo se ha visto que alguien haya subido sin que otros caigan? A veces es preciso un empujoncito, y es gente como yo la que se encarga de darlo.
Locatelli buscó en los ojos de Hanna aquel centelleo que revelaba la
presencia de alguna locura doméstica, esos tics, traumas o demonios internos. Pero en ellos sólo había una calma fría y oscura.
—¿Y qué quiere la CIA de nosotros?
—inquirió.
—¿La CIA? Nada, hasta donde y sé. Yo ya no formo parte de esa familia. Hasta hace siete años era el gobierno el que me pagaba, pero un buen día ves con claridad que puedes hacer el mismo trabajo para la misma gente a cambio de una suma tres veces superior. Lo único que tienes que hacer es independizarte en el mercado de trabajo y abordar a tu interlocutor, ya no con el apelativo de
«señor presidente», sino con el de
«señor jefe del consejo de administración». Por supuesto que siempre has sabido que trabajas en realidad para el Vaticano, para la mafia, para los bancos, los cárteles de la energía, los productores de armas, el lobby medioambiental, los Rockefeller, los Warren Buffet, los Zheng Pang-Wang y los Julian Orley de este mundo, de modo que ahora sigues trabajando directamente para ellos. Puede suceder, sin embargo, que continúes representando los intereses de algún gobierno. Sólo tienes que ampliar un poco el concepto de gobierno, de
acuerdo con la época: con grupos como Orley Enterprises, que reúnen en sí tanto poder que ellos mismos son el gobierno. El mundo está gobernado por los consorcios y los cárteles, más allá de toda frontera. Las intersecciones con gobiernos elegidos por parlamentos son fortuitas y se cubren unas a otras. Nunca llegas a saber en realidad para quién trabajas, de modo que dejas de preguntar, ya que la diferencia no es mucha.
—¿Cómo? —A Locatelli parecía que iban a salírsele los ojos de las órbitas—. ¿Ni siquiera sabes para quién haces esto?
—En cualquier caso, no podría responder a eso de una manera inequívoca.
—Pero ¡has asesinado a tres personas! —gritó Locatelli—. Maldito hijo de puta..., con esa pose de agente secreto, ¡algo así no se hace sólo porque tengas que hacer un trabajo!
Hanna abrió la boca, la cerró de nuevo y se llevó la mano a los ojos, como si quisiera evitar ver algo poco agradable que acabara de revelársele.
—De acuerdo, ha sido un error. No debería haberte contado nada de esto,
¡debería haber sido más inteligente! Siempre pasa igual, al final siempre hay
alguien que termina llamando al otro hijo de puta. No es que me hayas ofendido, sólo lamento el tiempo perdido. Capital destruido.
Hanna se puso de pie, cobró una enorme altura, amenazante, dos metros de masa muscular con fibras de acero reforzado y coronado por una razón fría, la de un hombre analítico que acababa de perder la paciencia. Locatelli reflexionó febrilmente cómo podía mantenerse viva aquella absurda conversación.
—Matar a Mimi y a Marc fue innecesario —soltó rápidamente—. Eso, en cualquier caso, lo hiciste por mero
placer.
Hanna negó con la cabeza con gesto indulgente.
—No lo entiendes, Warren. Conoces a la gente que es como yo de las películas y piensas que todos somos psicópatas. Pero matar no es nada que reporte placer o cause remordimientos. Es un acto de despersonalización. No puedes ver al mismo tiempo a un ser humano y a un objetivo. Antes, en el valle de Schröter, esos tres estaban demasiado cerca, también Mimi y Marc. Marc, por ejemplo, podría haberse arrastrado a través del saliente y perseguirme con el segundo Rover, y
Peter no digamos. No podía correr ningún riesgo.
—Entonces, ¿por qué no nos mataste a todos de una...?
—Porque pensé que vosotros, los demás, estabais en Snake Hill, por tanto, estabais muy lejos como para resultarme peligrosos. Lo creas o no, Warren, intento perdonar vidas.
—Vaya un consuelo —murmuró
Locatelli.
—Con el único con el que no había contado era contigo. ¿Cómo apareciste de repente?
—Regresé.
—¿Por qué? ¿No te apetecía
disfrutar de la bonita vista?
—Olvidé la cámara. —Su voz sonaba cohibida en sus propios oídos, penosamente conmovida. Hanna sonrió con compasión.
—Son algunas nimiedades las que cambian el curso de una vida —dijo—. Así es.
Locatelli frunció los labios, se miró la punta de las botas y estalló en un histérico ataque de risa. Estaba allí sentado, pensando si aquella confesión acerca de la transitoriedad disminuiría póstumamente sus acciones, precisamente. El balance de su heroicidad. ¿O no? ¡Habría por lo
menos algo así como un homenaje fúnebre! Un discurso conmovedor. Un brindis, un poco de música: «Oh, Danny Boy...»
Levantó la vista.
—¿Por qué estoy vivo todavía, Carl? ¿No tienes prisa? ¿Qué son estos jueguecitos?
Hanna lo contempló con ojos sombríos e inescrutables.
—Lo mío no son jueguecitos, Warren, me falta perfidia para ello. Has estado una hora inconsciente. Durante tu ausencia, estuve analizando nuestra situación. Y es bastante poco alentadora.
—Y la mía, ni te cuento.
—También la mía, Warren. Todavía no he comprendido por qué no conseguí subir este cacharro en el último momento. Deberíamos haber evitado ese aterrizaje forzoso con una contrapropulsión en vertical. Pero las turbinas dejaron de funcionar sobre el suelo, cuando volábamos a través de esas nubes de polvo. Posiblemente se atascaron. Desafortunadamente, los sistemas de soporte en tierra nos abandonaron al aterrizar, así que el Ganímedes reposa ahora sobre la panza y tiene buena parte de su cuerpo enterrado. Creo que no tengo que decirte lo que eso significa.
Locatelli alzó la cabeza y cerró los ojos.
—No saldremos de aquí —dijo—. La caja de la esclusa no se puede abrir.
—Un pequeño defecto de fabricación, si quieres saber mi opinión, eso de instalar la única esclusa de salida en la parte inferior.
—¿No hay salida de emergencia?
—Claro. En el depósito de carga, en la popa. Puede ser vaciado y llenado, de modo que, en principio, es una esclusa. Esa puerta trasera puede bajarse y alargarse en forma de rampa... pero, como ya te he dicho, el Ganímedes se ha arrastrado varios kilómetros por el
regolito y se ha estampado en los últimos metros contra un macizo rocoso. Hay fragmentos por todas partes, hasta donde se puede ver. Creo que algunos de ellos mantienen esa puerta bloqueada. No puede abrirse ni medio metro.
Locatelli pensó sobre esto último. En realidad, era divertido. Muy divertido.
—¿De qué te asombras? —rió roncamente—. Estás en una prisión, Carl, justo el lugar donde deberías estar.
—Tú también lo estás.
—¿Y qué? ¿Acaso hay alguna diferencia en que acabes conmigo aquí o
ahí fuera?
—Warren...
—Después de todo, da igual, hombre. ¡Absolutamente igual! Bienvenido a Chirona.
—Si hubiera querido acabar contigo, jamás habrías recuperado el conocimiento. ¿Lo entiendes? No tengo intenciones de acabar contigo.
Locatelli vaciló. Su risa se desvaneció.
—¿Lo dices en serio?
—Por el momento no representas ningún peligro para mí. No podrás jugármela por segunda vez, como hiciste antes en la esclusa. Tienes la opción de
cooperar o de atravesarte en mi camino.
—¿Y cuáles serían las perspectivas en caso de que quisiera cooperar? — preguntó Locatelli, alargando las palabras.
—Por ahora, sobrevivir.
—Pero eso, por ahora, a mí no me basta.
—Yo no puedo ofrecerte nada más. O digamos más bien que, si colaboras, no te amenaza, por lo menos de mi parte, ningún peligro. Es lo máximo que puedo prometerte.
Locatelli guardó silencio por un segundo.
—De acuerdo, te escucho.
EL ROVER
Durante la primera media hora, Amber había dejado escapar toda esperanza de que llegarían alguna vez a la estación de extracción. Desde una cierta altura de vuelo, la meseta de Aristarco se presentaba como un paisaje de libro ilustrado, moderadamente ondulado, para automovilistas lunares, sobre todo a lo largo del valle de Schröter, donde el terreno parecía totalmente llano, casi aplanado. Sin embargo, aquella experiencia en tierra le enseñaba algo sobre el día a día de las hormigas. Todo
allí se convertía de pronto en un obstáculo. Por mucho que el Rover, gracias a sus ejes flexibles, consiguiera vencer casi sin esfuerzo las pequeñas gibas y fragmentos de roca que yacían en el suelo, se veían mucho más vulnerables ante los pequeños cráteres, los baches y las grietas que se abrían ante ellos cada pocos metros, hasta el punto de verse obligados a navegar a veinte o treinta kilómetros por hora de un peligro a otro. El suelo sólo vino a apaciguarse más allá del conjunto de cráteres mayores situados junto al paso de acceso al Oceanus Procellarum, y fue entonces cuando pudieron avanzar más
rápidamente.
Cada vez con más frecuencia, Amber había estado escudriñando el cielo con la esperanza de ver aparecer el Ganímedes en el horizonte, pero mientras tanto su esperanza iba dando paso a la incubada certeza de que Locatelli no lo había conseguido. Omura, que conducía el segundo Rover, se había refugiado en el mutismo. Nadie hablaba mucho. Sólo al cabo de un buen rato, Amber habló con su suegro por una frecuencia especial, de modo que el resto no pudiera oír la conversación.
—Antes nos ocultaste algo.
—¿Cómo piensas eso?
—Es sólo un presentimiento. — Reiteradamente, Amber miraba hacia el horizonte—. Un detalle que incita a las mujeres a actuar cuando los hombres mienten o no dicen toda la verdad.
—No me vengas con que se trata de intuición femenina.
—No, en serio, es sencillamente así: las mujeres son más talentosas para mentir. Tenemos mejor desarrollado el repertorio de la simulación, por eso podemos ver el centelleo de fondo de la verdad como a través de una seda muy fina, cada vez que vosotros mentís. Tú hablaste de la posibilidad de un ataque a alguna de las instalaciones de Orley en
alguna parte del mundo. De pronto, Carl enloquece, la comunicación se corta y, en retrospectiva, se ve con claridad que hace dos días el tipo te tomó el pelo e hizo una excursión nocturna con el expreso lunar.
—Y nada de ello tiene sentido.
—Claro que tiene un sentido, sobre todo si Carl es el tipo que debe llevar a cabo ese ataque.
—¿Aquí, en la Luna?
—No actúes como si fuera dura de entendederas. ¡Sí, aquí, en la Luna! Lo que querría decir que no se trata de cualquier instalación, sino de una muy específica.
Seguían tambaleándose por el basalto uniforme y oscuro del Oceanus Procellarum, ya casi en los límites con el Mare Imbrium. Por primera vez podían emplear la velocidad máxima de los vehículos, si bien al precio de un continuo meneo, ya que el chasis se movía hacia un lado o hacia el otro, levantando los Rover hacia arriba. A lo lejos pudieron verse algunas elevaciones. Era la región de Gruithuisen, una cadena de cráteres, montañas y catedrales volcánicas apagadas que se extendían hasta el cabo Heráclides.
—Otra cosa —dijo Julian—. ¿Puedo
hablarte de Lynn?
—Siempre y cuando eso conlleve una respuesta a mi pregunta, adelante.
—¿Cómo la ves?
—Tiene un problema.
—Eso es lo que siempre dice Tim.
—Y aunque él siempre lo dice, tú lo escuchas bastante poco.
—¡Porque siempre pasa a atacarme de inmediato! Ya lo sabes. ¡Es imposible intercambiar con él unas palabras de manera razonable sobre la chica!
—Tal vez, ya que la razón no es precisamente lo que la rodea.
—Entonces, dime cuál es su
problema.
—Su imaginación, supongo.
—¡Estupendo! —resopló Julian—. Si por eso fuera, los problemas ya me habrían hecho perder la cabeza.
—Todo el poder de la fantasía sobre la razón es una suerte de locura — comentó Amber en tono sentencioso—. Tú también estás un poco loco, pero eres un caso especial. Tú repartes tu locura con ambas manos entre la gente, la cultivas, y haces que te aplaudan por ella. Tú adoras tu locura, y por eso ella te adora a ti y te capacita para salvar el mundo. ¿Alguna vez te ha quitado el sueño la idea de que podrías desgastarte
con ello?
—Yo no pienso mucho en las malas decisiones.
—Eso no es lo mismo. Lo que quiero decir es si conoces algo parecido al miedo.
—Todo el mundo tiene temores.
—Un momento, has dicho
«temores». ¡He ahí una sutil diferencia! El temor es el resultado de tu raciocinio asustado, querido Julian, un miedo real, porque tiene su fundamento en relación con un objeto concreto. Tememos a los perros, a los seguidores del Arsenal borrachos y la próxima ley tributaria. Pero yo hablo de miedo, de angustia. De
una niebla difusa en la que podría estar al acecho cualquier cosa. Hablo del miedo a fracasar, a no dar la talla, a valorarse del modo equivocado, a desatar una catástrofe, hablo de un miedo paralizador, a fin de cuentas, el miedo a uno mismo. ¿Conoces algo parecido?
—Hum. —Julian guardó silencio por un momento—. ¿Debería?
—No, ¿por qué? Eres quien eres. Pero Lynn no es así.
—Ella nunca ha dicho nada de miedo.
—Falso. Tú no lo has oído porque siempre has tenido los oídos demasiado
llenos de adrenalina. ¿Recuerdas por lo menos lo que sucedió hace cinco años?
—Sé que por entonces estaba enormemente ocupada. Tal vez fuera culpa mía. Pero le dije que se tomara un descanso, ¿no? Y lo hizo. Y a continuación construyó el Stellar Island, el OSS Grand, el Gaia, se comportó d un modo más eficiente que nunca. Si puede llamársele agotamiento al motivo por el que hacéis todos esos aspavientos, pues...
—No estamos haciendo aspavientos
—dijo Amber en tono enfadado—. Soy yo, por cierto, la que siempre te defiende ante Tim, hasta el punto de que
me pregunta si a cambio de ello recibo dinero. Y en cada ocasión le respondo:
«Bienaventurados los ignorantes.» Créeme, Julian, estoy de tu lado, siempre tuve cierta debilidad por los locos cabezotas, puedo incluso identificar algunos aspectos adorables en tu locura, tal vez sea algo relacionado con el trabajo social. Por eso incluso te quiero, aunque no has entendido nada, pero eso no quiere decir que las cosas tengan que seguir así, ¿no? Y aún no has comprendido siquiera de qué va todo esto.
—Bueno, ya está bien.
—Sólo para recordártelo: has sido
tú quien quería hablar conmigo de Lynn, en lugar de responder a mi pregunta.
—Bueno, pues explícame qué es lo que pasa con ella.
—¿Es que tengo que explicarte la psique de tu hija aquí, en medio del Oceanus Procellarum?
—Te agradecería que lo intentases.
—Madre mía —dijo Amber, y se quedó pensativa—. Bien, lo haré de un modo telegráfico: ¿crees que, hace cinco años, lo único que tenía Lynn era agotamiento?
—Sí.
—¿Te asombrarías si te dijese que el exceso de trabajo era el problema
menor de Lynn? De otro modo, no podría haber dirigido Orley Travel ni haber construido tus hoteles. No, su problema es que, en cuanto cierra los ojos, unas mini Lynn de todas las edades empiezan a acosarla desde todos los rincones. Lynn bebés, Lynn niñas, Lynn adolescentes, Lynn hijas, Lynn preferidas de papá que creen que sólo podrán ganarse tu reconocimiento siendo un sabueso aún más duro que tú. Ante ese ejército del pasado que la controla día y noche, Lynn siente pánico. Sin embargo, piensa que el control lo es todo. En realidad, tiene miedo a perder el control porque teme que entonces
pueda salir a relucir algo terrible, una Lynn que no debería existir, aunque tal vez no se trate de una Lynn, ya que la pérdida del control puede significar también el fin de su existencia. ¿Lo entiendes?
—No estoy seguro —dijo Julian, como alguien que atraviesa un bosque lleno de trampas cavadas en el suelo.
—Para Lynn, la idea de no tenerse bajo control es algo más que amedrentadora. La pérdida del control es igual a locura para ella. Teme terminar como Crystal.
—¿Crees...? —Julian se detuvo—.
¿Crees que Lynn tiene miedo a volverse
loca?
—Tim cree que así es. Él ha pasado más tiempo con ella, lo sabrá mejor, pero yo creo que sí, que ése es el punto. Al menos lo fue hace cinco años.
—¿De eso tenía miedo?
—Miedo a fracasar, a perder el control, el juicio. Pero lo que más la amedrentaba eran las cosas terribles de las que se sentía capaz a fin de mantener el control. A propósito, ¿sabías que el suicidio es también un acto de control?
—¿Y a qué viene ahora eso del suicidio, por el amor de Dios?
—Joder, Julian. —Amber suspiró—. Porque forma parte de ello. No tiene por
qué ser un suicidio físico. Me refiero a cualquier acto de destrucción de ti mismo, de tu salud, de tu existencia, lo que surge cuando el miedo a quedar expuesto a la destrucción por causas externas crece hasta hacerse insoportable. Prefieres destruirte tú mismo a que te destruyan otros. Es el acto perentorio del control.
—¿Y...? —Julian vaciló—. ¿Es cierto que Lynn muestra de nuevo síntomas de... de ese...?
—Al principio pensé que Tim estaba exagerando. Ahora, en cambio, creo que tiene razón.
—Pero ¿por qué yo no lo veo? ¿Por
qué algo así no me llega? Lynn jamás ha mostrado debilidad ante mí.
—¿Y tú lo has hecho? ¿Mostrar debilidad?
—No lo sé, Amber. Jamás pienso mucho en eso.
—Precisamente. No piensas en eso. Pero no sirve de nada, Julian. Ella no necesita un receso para recuperarse. Necesita una terapia. Una terapia larga, muy larga. Al final ella será la que asuma, tal vez, toda la labor de Orley Enterprises. O tal vez puede suceder también que se dedique a pintar flores o a cultivar marihuana en Sri Lanka.
¿Quién sabe quién es en realidad tu hija?
Ella, por lo menos, no lo sabe.
Julian dejó escapar el aire de sus pulmones lentamente.
—Amber —dijo—, existe la posibilidad de que alguien esté intentando volar por los aires el Gaia con una bomba atómica. Y que Lynn, de algún modo, esté involucrada.
La revelación la golpeó con tal fuerza que por un momento perdió el habla. Buscando sostén, su mirada vagó hasta el cielo, quizá a sabiendas de que el Ganímedes no aparecería jamás.
—¿Cuán seguro es eso? —preguntó
Amber.
—Es pura especulación de cierta
gente a la que no conozco. No sé nada más, te lo juro. Tienes razón, la misión de Carl puede ser llevar a cabo el ataque. Y me temo... o, mejor dicho, hay algunos indicios que hablan en favor de la tesis de que haya alguien en la Luna ayudándolo, y...
—¿Y tú crees que es Lynn?
—No quiero creerlo, pero...
—Pero ¿cómo, por lo que más quieras? ¡Es su hotel! ¿Por qué iba a estar involucrada en un ataque contra su propio hotel?
—Tal vez ella no sepa lo que está verdaderamente en juego en todo esto, pero el otro día no quiso mostrarme los
vídeos de vigilancia del corredor que habrían demostrado que Hanna había estado fuera con el expreso lunar. Ella tiene acceso a todos los sistemas del hotel, podría interrumpir las comunicaciones si quisiera, y se muestra agresiva y extraña, no me lo explico...
—Y Tim está en el Gaia —susurró
Amber.
CABO HERÁCLIDES
—Bueno, presta atención. Tengo que salir de aquí cuanto antes.
—Claro.
—He encontrado, en la bodega, un grasshopper y un buggy. En lo que atañe al grasshopper, me temo que la unidad del volante se ha dañado con la colisión, pero el buggy parece estar intacto. Es decir, tenemos que liberar esa puerta de popa.
—¿Y cómo piensas hacerlo, si no podemos salir?
—Claro que podemos salir. No
estará exento de peligros, pero si nos ponemos los trajes espaciales y nos agarramos bien en el momento justo, puedo hacer que salgamos de aquí. Después me ayudarás a apartar los escombros y a sacar el buggy al exterior. Luego ya veremos.
Locatelli parpadeó con recelo.
—Si pretendes vacilarme, Carl, puedes quedarte tú solito con tu mierda...
—Si eres tú quien pretende vacilarme, Warren, yo arrastraré mi mierda solito, ¿está claro?
—Clarísimo —asintió Locatelli. Hanna guardó el arma en la funda
del muslo, donde desapareció completamente; luego se arrodilló a espaldas de Locatelli y, con rápidos movimientos, deshizo las ataduras. Locatelli estiró los brazos. Tratando de no hacer ningún movimiento brusco, extendió los dedos y se frotó las muñecas. Sólo entonces le llamó la atención la posición ladeada del transbordador. Aún se sentía aturdido. Con pasos vacilantes, se dirigió hacia la cabina del piloto y miró hacia afuera. Ante sus ojos se extendía un terreno ascendente. Una fina bruma poblaba el aire.
¡Qué tontería, llamarle a aquello
aire! Era polvo, el maldito y omnipresente polvo lunar, que yacía sobre aquella pendiente, como enturbiando los sentidos, y se depositaba, sucio, sobre los cristales de la cabina. Ninguna molécula de aire los portaba, de modo que, ¿qué mantenía el polvo allí arriba?
—La electrostática —dijo, pensativo.
—¿Hablas del polvo? —preguntó Hanna, que se detuvo junto a él—. Yo también me lo he preguntado. Estamos muy cerca de la zona de extracción, aquí revuelven todos los días toneladas de regolito. Aun así, resulta sorprendente
que no caiga al suelo.
—Creo que sí lo hace, después de todo —opinó Locatelli—. La mayor parte, por lo menos. Recuerda que mientras viajábamos con el buggy levantamos una gran cantidad de ese polvo, y luego caía de nuevo, salvo las partículas más finas, las de tamaño microscópico.
—Bueno, da igual. Ven conmigo.
Se pusieron los blindajes y los cascos y establecieron contacto por radio entre ambos. Hanna envió a Locatelli hasta la popa, situada tras las últimas filas de asientos, y señaló los respaldos.
—Pon la espalda apoyada en ellos
—le dijo—, de modo que sean ellos lo que te protejan. Los cristales de la cabina puede que sean blindados, de modo que apuntaré a uno de los marcos. La fuerza explosiva debería bastar para reventarlos. En caso de que no sea así, debemos contar con que saldrán muchas esquirlas despedidas. Si tenemos éxito, la fuerza de la explosión será intensa, así que mantente protegido tras el respaldo y agárrate bien.
—¿Y qué pasa con el oxígeno? ¿No quedará todo envuelto en llamas?
—No, la concentración se corresponde con la de la Tierra. ¿Listo?
Locatelli se agachó detrás de una de las filas. En otras circunstancias, se habría divertido de lo lindo, pero aun así no podía quejarse por falta de secreción de adrenalina.
—Listo —dijo.
Hanna se colocó junto a él, sacó un arma muy parecida, casi idéntica, de un estuche que llevaba sujeto al muslo, se acomodó en el pasillo central y enfiló el cañón en dirección a la cabina del piloto. Locatelli creyó oír un siseo de alta frecuencia, seguido de una detonación, tan breve, que el estruendo dio la impresión de ser tragado en el instante en que surgió.
Luego, el torbellino.
Objetos, fragmentos y jirones llegaron volando de todas partes, formando violentos remolinos, pasando junto a ellos y dirigiéndose a la cabina. Todo lo que no estaba atornillado o soldado fue absorbido hacia afuera. El aire en escapada tiró de sus piernas y sus brazos, los comprimió contra el respaldo. Algo impactó en el visor de Locatelli, objetos indefinibles lo golpearon en los hombros y las caderas. Una bandada de murciélagos en forma de folletos y libros se le echó encima, beligerantes, con sus encuadernaciones aleteando con violencia. De pronto, un
libraco quedó colgado en la coraza de su pecho, pasó por encima de él, resistiéndose; con aleteo de páginas, se alejó y desapareció en el pasillo central. Todo sucedió en absoluto silencio.
Luego, sobrevino la calma.
¿Había sido real todo aquello? Locatelli esperó todavía unos segundos. Lentamente, se incorporó en el respaldo y miró hacia la cabina. Donde antes habían estado los cristales frontales, se veía ahora un enorme agujero.
—Madre mía. —Trabajosamente, dejó escapar el aire—. ¿Con qué diablos has disparado?
—Es una mezcla casera..., secreta.
—Hanna se levantó y salió al pasillo central—. Ven, tenemos que entrar de nuevo en la bodega.
Allí todo tenía un aspecto menos caótico de lo que Locatelli había esperado. Partes de un grasshopper yacían dispersas por el suelo. Las fue recogiendo una a una. La unidad del volante había sido dañada parcialmente, el buggy, sin embargo, reposaba intacto sobre sus soportes; era un vehículo pequeño, de dos asientos, con plataforma de carga. Unos soportes daban fe de que, en caso de necesidad, podían transportarse otros seis de esos chismes. Rápidamente, Locatelli ayudó a
Hanna a liberar los soportes. La tapa de la cama, que era también la pared posterior de la bodega, estaba entreabierta, como si se hubiera torcido con la explosión. Por allí se colaba el brillo de un palmo de cielo estrellado. Hanna se acercó al compartimento con la puerta enrollable, lo abrió y sacó unas baterías y dos mochilas de supervivencia y lo metió todo en la cama del buggy. Salieron de la bodega de la nave y se ayudaron mutuamente a pasar por el agujero abierto en la cabina del piloto. El suelo estaba a unos metros por debajo de ellos. Locatelli saltó ligero como una pluma, rodeó el morro
del varado Ganímedes y miró con la respiración contenida hacia la llanura.
Lo que vio era algo fantasmal.
Hasta donde alcanzaba la vista, lo único visible eran territorios de regolito revuelto que se extendían a lo largo del Sinus Iridum y se unían para formar una campana centelleante. Allí donde el polvo se transparentaba más, la textura aterciopelada del subsuelo parecía haber cedido ante una consistencia más oscura. Una franja de desolación conducía fuera de aquellas nubes hasta la orilla del terreno rocoso en ascensión sobre el que se hallaban, continuaba allí en forma de agrietada brecha, describía
una curva que subía por la ladera y acababa en el transbordador, que, según veía ahora Locatelli, había colisionado con una pared rocosa y provocado un desprendimiento. Fragmentos de piedra de todos los tamaños se apilaban alrededor del fuselaje del Ganímedes, algunas habían rodado valle abajo y varias de las más grandes bloqueaban hasta un tercio de la puerta de popa. Hacia el noroeste discurría la cresta agrietada de los montes Jura.
—Ni siquiera son tantos —constató Hanna—. Temía que los escombros llegaran hasta arriba.
—Qué va, no son muchos
confirmó Locatelli, enfadado—. Sólo son jodidamente grandes. Aquel de allí podría pesar varias toneladas.
—Divididas entre seis. Pero, venga, a trabajar.
GAIA, VALLIS ALPINA
A las seis y media Lawrence convocó a las tropas de búsqueda para que regresaran a la central. Lynn y Thiel habían examinado la mayoría de los alojamientos personales y una parte de las suites situadas en el tórax de Gaia; Michio Funaki y Ashwini Anand se habían arrastrado como escarabajos a través de los invernaderos, revisando al dedillo cada hoja y cada tomate, antes de ir a examinar el centro de meditación y la iglesia multirreligiosa. El tercer
equipo, finalmente, pudo reportar que la piscina, el centro de gimnasia y belleza y el casino estaban, tal y como había dicho Kokoschka, «limpios», aunque acentuó la palabra a su manera, como si fuera Philip Marlowe después de cachear a un sospechoso.
—Precisamente en ello radica el problema —dijo Lawrence—. En lo aparente. ¿Hemos tenido oportunidad de mirar tras las paredes y los suelos? ¿En los sistemas de soporte vital?
Kokoschka blandió con gesto elocuente su detector.
—No dio ninguna señal de alarma.
—Sí, claro, pero sabemos muy poco
sobre las mini-nukes.
—Bueno, fue idea suya revisar el hotel —replicó Lynn, acalorada—. Así que no venga a decirnos ahora que ha sido en vano. Además, Sophie y yo hemos mirado en los sistemas de soporte vital, en todas partes donde hay sitio para una cosa como ésa.
—¿Y? —dijo Lawrence, examinándola como si tuviera rayos X en los ojos—. ¿Cómo sabe usted cuánto espacio necesita una mini-nuke?
—Eso no es justo, Dana —repuso
Tim en voz baja.
—Estoy muy lejos de ser injusta —
le respondió ella sin mirarlo—. Mi
trabajo es minimizar los riesgos, y para eso ha servido la búsqueda. Hemos revisado sitios importantes, yo misma estuve en la parte de la cabeza, aunque sigo defendiendo la tesis de que una bomba debería estar en un punto central, más bajo.
—O no —dijo Anand con expresión pensativa—. Es una bomba atómica. La onda expansiva puede ser enorme, de modo que da igual dónde puedan haberla escondido.
—Tal vez —admitió Lawrence asintiendo lentamente—. En cualquier caso, lo que he oído no basta para desactivar la voz de alarma. Por lo
menos he podido sostener una conversación con la base Peary. Tal como sospechaba, ellos tienen el mismo problema, no tienen contacto con la Tierra ni con nuestros transbordadores; además, están en la sombra de libración. Después de haberle descrito al subcomandante, a grandes rasgos, lo que...
—¿Cómo? —explotó Lynn—. ¿Le ha contado usted lo que está pasando aquí?
—Bueno, cálmese. Yo...
—¿Les ha hablado de la bomba? —
dijo Lynn, poniéndose en pie de un salto
—. No puede hacer eso, ¿me oye? De ningún modo. ¡No podemos permitirlo!
—...he hablado con el subcomandante...
—¡No sin mi autorización!
—...sobre el fallo del satélite —dijo Lawrence en voz imperceptiblemente más alta, pero la suficiente para que pareciera que estaba cercenando un hueso con ella—. Y le he dicho que no podemos contactar con nuestros huéspedes. Eso fue lo que acordamos,
¿no es así, señorita Orley? A continuación, le pregunté si había recibido alguna noticia poco habitual de la Tierra, antes de que el satélite fallara. Pero él no sabía nada.
—Y entonces usted le contó que...
—No, sólo he tanteado el terreno. Y él, por su parte, no tenía nada que contarme. La base es una instalación del gobierno de Estados Unidos. Si Jennife Shaw hubiera decidido entretanto poner al corriente de la bomba a la sede de Houston, lo habría hecho demasiado tarde. En todo caso, eso no ha bastado para informar a la tripulación de la base antes de que se interrumpiera la comunicación por satélite. Allí no saben nada de nuestros problemas, pero me he permitido expresar mi preocupación por el destino del Ganímedes. Ante el trasfondo de un posible accidente.
La mirada de Lynn voló por todo el
recinto y finalmente se quedó fija en
Tim.
—No podemos arriesgarnos a que esto se divulgue.
—Si el Ganímedes no se comunica con nosotros pronto, se divulgará —dijo Lawrence—. Luego tendremos que pedir a la base que envíe un transbordador a la meseta de Aristarco para que eche un vistazo.
—¡De ninguna manera! No podemos transmitir inseguridad a los invitados de Julian.
«¡Oh, Lynn! Esto es fatal, fatal.» Tim se resistió al impulso de poner su mano, con gesto protector, sobre el antebrazo
de su hermana.
—¿Qué harías tú, entonces? —se apresuró a preguntar el joven Orley.
—Pues, quizá... —Ella se estrujó los dedos, buscando denodadamente una mayor claridad en el asunto—. En primer lugar, continuaría buscando.
—Los huéspedes regresarán dentro de media hora —dijo Funaki—. Querrán tener sus tragos listos.
—Axel se ocupará de ello. O no, mejor hágalo usted, Michio. Usted es la cara de ese bar. Nosotros tendremos que tomarnos nuestro tiempo. Permanecer tranquilos. Tenemos que planificar con calma los próximos pasos que debemos
dar.
—Yo estoy tranquila —dijo
Lawrence con voz apagada.
—Y yo puedo echar otro vistazo a esos vídeos de vigilancia —propuso Thiel—. Los de la noche en que Hanna desapareció, y los del día después.
—¿Para qué? —preguntó
Kokoschka.
Sólo entonces a Tim le llamó la atención que el cocinero miraba a la pecosa alemana con ávidos ojos de perro San Bernardo, como si comprobara la calidad de sus productos cárnicos —el lomo, los pemiles y las paletas—, y en cada ocasión apartaba la
vista con expresión huidiza, cuando ella lo miraba. «Vaya —pensó Tim—, el cocinero está enamorado.»
—Bueno —dijo Thiel encogiéndose de hombros—. Quien haya editado esas grabaciones debe de haber entrado para ello en la central de mando, ¿no? Quiero decir, alguna cámara debe de haber grabado a esa persona. Si podemos reconstruir lo que...
—Buena idea —exclamó Lynn exageradamente—. ¡Muy bien! Tenemos que apretarles las clavijas a Carl y a... a esa segunda persona.
—¿Apretarles las clavijas?
repitió Lawrence.
—¿Tiene usted una propuesta mejor?
—inquirió Lynn con tono envenenado.
—Pero Hanna no está aquí.
—¿Y qué? Julian llegará de un momento a otro y lo traerá. ¿Por qué volvernos locos hasta entonces? Además, le preguntaremos... —En eso, los ojos le brillaron—. ¡No podrá pasarnos nada mientras mantengamos retenido a Carl en el Gaia! No querrá saltar por los aires él también.
—Sí, claro —dijo Kokoschka a su abultado vientre—. Terroristas suicidas. Atacantes suicidas..., ¿nunca ha oído hablar de ellos?
—¿A qué viene eso ahora? —lo
increpó Lynn—. ¿Es que quiere provocarme?
—¿Qué? —El cocinero se encogió de hombros y se pasó la mano nerviosamente por la calva—. No, no..., lo siento. Yo no quería...
—¿Acaso Carl Hanna tiene aspecto de islamista?
—No, lo siento. De verdad.
—Entonces, ¡no diga más tonterías!
—Creo que todos... todos estamos un poco nerviosos.
—¿No habían dicho que los chinos, probablemente, estarían detrás de todo?
—preguntó Anand, insegura.
—Es el tal Jericho quien cree eso —
respondió Thiel.
—¿Cuántos chinos islamistas hay?
—dijo en tono pensativo Funaki.
—Interesante pregunta.
—¡Es una chorrada! —repuso Lawrence alzando las manos—. Basta ya de esa historia. También hay algunos cristianos que han escogido el camino más corto para llegar al cielo. ¡Así que dejémonos de tonterías! Creo que Lynn nos acaba de proporcionar un argumento que nos dejaría algo de tiempo, suponiendo, claro está, que logremos poner bajo arresto a Hanna y a esa segunda persona sospechosa. Creo que haremos las cosas tal y como ella las ha
propuesto. Anand y Kokoschka revisarán de nuevo las instalaciones en sus paredes y sus suelos, Thiel examinará esos vídeos, Funaki se preparará para el servicio, y Lynn y yo...
—¡Gaia, por favor, adelante! Lawrence se quedó muda. Todos se
miraron. El sistema les estaba enviando una señal de radio. En aquellos siete pares de ojos pudo leerse la esperanza, aquella llamada podía estar produciéndose a través del satélite. Thiel se levantó y miró la pantalla.
—Calisto, aquí el Gaia —respondió la alemana, sin aliento.
—Está llegando un puñado de gente
hambrienta —graznó Hedegaard—.
¿Nos veis? Si no nos ponen algo de inmediato sobre la mesa, nos vamos a donde están los chinos.
—Mierda —susurró Lawrence—. Están al alcance de la vista.
A través de la ventana panorámica de la cavidad de la barriga vieron en el cielo el transbordador reluciente, iluminado por el Sol. El Calisto se había acercado al hotel por la parte trasera y realizaba una parábola final y atlética. Era un ritual que cada excursión acabara con un vuelo alrededor del Gaia.
—No podréis comer todo lo que
hemos cocinado para vosotros —trinó Thiel con febril alegría—. ¿Cómo ha ido vuestro día?
—¡Estupendo! No nos ha importado nada que hayáis dejado de hablarnos durante tantas horas.
—No teníamos comunicación con vosotros.
—¿En serio? ¿Qué pasa?
—Una avería del satélite
respondió Thiel.
—Ya me lo había temido. Tampoco pudimos comunicarnos con Julian.
¿Sabéis a qué se debe?
—Todavía no.
—Qué extraño. ¿Cómo es posible
que todos los satélites se averíen a la vez?
—Probablemente los habréis embestido en algún descuido. Déjate de cháchara, Nina, y trae a esos hambrientos aquí abajo.
—Oui, mon général!
—A ellos los tenemos de nuevo —
dijo Anand, mirando a los presentes.
—Sí. —Lawrence siguió el Calisto con la mirada, hasta que éste se perdió más allá de la ventana—. Además de la probabilidad de que alguno de ellos estuviese jugando un juego sucio con nosotros. ¿Qué opina usted, Lynn?
¿Vamos a recibirlos?
Con cierto alivio, Tim se dio cuenta de que Lawrence había vuelto a usar el nombre de pila de su hermana. ¿Una oferta de paz? ¿O una mera táctica para darle seguridad a Lynn? No dudaba que la directora del hotel seguía sospechando que su hermana estaba en la conspiración, pero Lynn se relajó considerablemente.
—Ni una palabra de todo esto a los huéspedes —dijo.
—De acuerdo —asintió Lawrence
—. En principio. Pero cuando todos estén aquí, tenemos que acabar con esto de una vez. O bien Hanna y consorte contestan a las preguntas y arrojan un
poco de claridad al asunto, o informamos a la base y evacuamos el hotel.
—Eso lo veremos luego.
—Le daremos otra hora al
Ganímedes.
—¿Cómo se le ocurre pensar que el Ganímedes necesitará otra hora para llegar?
«Lynn ha perdido realmente todo sentido de la realidad —pensó Tim—. O tal vez sea ella quien está haciendo el juego sucio.
¡Error! Ese pensamiento no está permitido.»
—Sea como sea —dijo Lawrence—,
vamos.
CALGARY, VANCOUVER, CANADÁ
—Créeme, he exprimido todo lo que podía sacarse de la red —dijo el aprendiz—. No puedo ofrecerte más de lo que ya te ofrecí anoche.
El Boeing 737 de la compañía Westjet Airlines se hundió en un bache aéreo. Cien mililitros de zumo de naranja se derramaron del vaso de cartón en el momento en el que Keowa retiró la tapa de papel de aluminio,
salpicándole la blusa y rociando su cruasán.
—¡Joder! —maldijo la periodista.
—La época de Gudmundsson en la
APS...
—¡Mierda! ¡Menuda mierda! —El zumo le goteó de la bandeja y cayó en su regazo—. ¿Qué era la APS?
—La African Protection Services.
—¡Ah, sí! Vale.
—Al tiempo que Gudmundsson pasó en la APS lo precede su estancia en Mamba, la otra empresa de seguridad que operaba a principios del milenio en Kenia y en Nigeria y que, en el año
2010, se fusionó con otro grupo
parecido llamado Armed African Services. Allí, Gudmundsson dirigió varios equipos...
—Eso ya me lo contaste ayer —le dijo Keowa, esforzándose por dar el uso más eficaz a la diminuta servilleta de papel.
—...y participó en operaciones en Gabón y Guinea Ecuatorial. ¿Te vas a comer eso?
—¿Qué?
—El cruasán. Tiene mal aspecto, si me permites que te lo diga.
Keowa le lanzó una mirada al bollo empapado en zumo. Antes sólo era una masa poco consistente, pero ahora era
poco consistente y encima estaba mojado.
—De ninguna manera.
Su ayudante estiró la mano y se metió la mitad en la boca.
—En varios momentos hay indicios de que la APS ayudó a subir al poder a algún dictador tribal —dijo el joven mientras masticaba—. Esto siempre fue desmentido por la APS, pero parece haber algo de verdad en ello. Gudmundsson, por su parte, podría haber participado en un golpe de Estado antes de abandonar la firma, para irse a trabajar por su cuenta. La APS era dirigida por un tal Jan Kees Vogelaar,
que también había sido el jefe de Mamba. Más tarde Vogelaar formaría parte del gobierno de Guinea Ecuatorial, el mismo sitio donde tuvo lugar el golpe de...
—Olvídalo.
—Querías que hiciera una radiografía a todo el pasado de Gudmundsson —dijo el aprendiz, en tono ofendido.
—Sí, al suyo, pero no al del tal Vogelaar o como se llame. —Keowa se sacudió el zumo de naranja de las perneras del pantalón—. ¿No hay nada sobre lo que hizo hace tres años?, ¿si estuvo en Perú o algo así? En Eagle Eye
son todos tan comunicativos...
—Paciencia, Pocahontas, estoy trabajando en ello.
Keowa miró por la ventanilla. Volaban ahora por encima de las montañas Rocosas. Era un viaje breve pero turbulento. El Boeing se sacudía sin cesar. Rápidamente, se bebió el resto del zumo y dijo:
—Quiero presentarle a Susan la mayor cantidad de elementos posibles,
¿entiendes? Tiene que comprender que no podemos abandonar ya este tema. Que estamos muy cerca de la verdad.
—Hum. Sí. —La otra mitad del cruasán fue a reunirse con la primera—.
Si realmente Ruiz tiene algo que ver con Palstein... Pero lo que tienes sigue siendo sólo una suposición.
—Tengo mi instinto.
—Cosas de indios.
—Espera y verás. ¿Puedes, por cierto, dejar de parlotear hasta que hayas tragado? Esa cosa no tiene mejor aspecto mientras da vueltas en tu boca.
—Venga, mujer —suspiró su aprendiz—. Tú de verdad que tienes problemas.
Keowa miró de nuevo hacia afuera. Allá en lo profundo, por debajo de ella, discurría la arrugada cresta de las Rocosas. Era cierto que su ayudante
había querido decir otra cosa, pero aquello le recordaba ahora la mirada de preocupación de Palstein el día anterior. Que estaba dirigiéndose, entre risas, a su perdición. Que tendría problemas si continuaba levantando piedras bajo las cuales se ocultaban, al acecho, criaturas como Lars Gudmundsson. ¿Y qué?
¿Acaso Woodward y Bernstein se habían dejado amedrentar por esos insectos cuando cogieron a Nixon por los huevos? La preocupación de Palstein le honraba; las anquilosadas dudas de Susan la cabreaban. ¿Acaso debía desperdiciar la oportunidad de esclarecer su propio Watergate?
«Las buenas intenciones no cuentan
—pensó—. El coraje no se compra. Por lo menos, el mío no.»
Al cabo de un rato, dictó en voz baja, en su teléfono móvil, los datos acumulados en las investigaciones realizadas hasta el momento, y luego dio la orden para que el software convirtiera lo dicho en texto escrito, colgó el material cinematográfico de Bruford y envió los archivos a las dos direcciones de correo electrónico.
Mejor que mejor.
Las turbulencias cesaron.
Tres cuartos de hora más tarde, el avión se dirigió hacia las estribaciones
de las Coast Mountains, e inició su vuelo de descenso hacia el Aeropuerto Internacional de Vancouver. Hacía un tiempo espléndido. Unas pequeñas nubes blancas se desplazaban tierra adentro, y la luz del sol centelleaba en el estrecho de Georgia. El cuerpo oscuro y boscoso de las islas de Vancouver invocaba mitos de los indios y el aroma de los árboles de la vida y de los abetos de Douglas. Con cada metro que descendía, el buen humor de Keowa aumentaba, pues la verdad era que, en muy pocos días, habían averiguado una enorme cantidad de información. Tal vez deberían darse por satisfechos con lo
que sabían acerca de Gudmundsson y, en su lugar, poner todas sus fuerzas en investigar el trasfondo de esa extraña conferencia de Pekín. Mientras el Boeing rodaba por la pista, trazó un plan estratégico para proceder durante la próxima reunión de la redacción, empezando por actuar en un principio como si el nombre de Palstein jamás se hubiera mencionado. Pensaba confundir a Susan, abordar con entusiasmo el tema de «La herencia del monstruo», pasar a los demás el guión y demostrar que se tomaba en serio sus deberes. Luego, con la foto del gordo asiático, mostraría sus cartas. Bueno, tal vez no tuviera una
escalera real, pero sí estaba dispuesta a llamar full a lo que tenía en las manos.
—Sólo espero que Sid sea puntual
—dijo su ayudante cuando atravesaban la terminal con sus tallas en madera de arte aborigen—. La verdad es que jamás es puntual.
—Entonces esperaremos un par de minutos —murmuró ella jovialmente.
—Pero yo tengo hambre. ¿No podemos pasar antes por un McDonald's?
—Dile a tu estómago...
—Vale, está bien.
Sin embargo, Sid Holland, redactor de Greenwatch para temas de historia
política, fue ese día, excepcionalmente, superpuntual. Poseía un antiquísimo Thunderbird muy bien cuidado, en su versión cabrio de cuatro asientos, y adoraba tanto aquel coche que paseaba voluntariamente a media redacción con tal de tener un motivo para conducirlo.
—Susan se alegra —dijo—. Espera que tengas algo en cartera sobre «La herencia del monstruo».
—¿Hay desayuno? —preguntó el aprendiz.
—¡Son las once y media, tío!
—¿Almuerzo?
Keowa examinó el cielo azul mientras su ayudante trepaba al asiento
de atrás y pensaba en el Premio Pulitzer. Sid condujo el coche desde el aeropuerto a través del puente Arthur Laing y tomó rumbo noroeste pasando por los barrios de Marpole, Kerrisdale y Dunbar Southlands. Cuando se terminaron los edificios, empezó el Pacific Spirit Regional Park. La Sout West Marine Drive, la carretera de acceso de cuatro carriles, llevaba hasta cerca de la costa a través de una tupida vegetación y del campus de la Universidad de Point Grey, que era algo más que un campus clásico: una pequeña ciudad no asociada a ninguna municipalidad, con un lindo barrio
colindante lleno de casitas de estilo canadiense y cuidadas mansiones. Gracias a los índices de audiencia obtenidos por Greenwatch, podía permitirse residir en una de aquellas villas. Los estudios y las salas de edición estaban descentralizadas, la mayor parte de los colaboradores estaban dispersos a lo largo de Canadá y Alaska, de modo que en Point Grey sólo estaban las oficinas de la dirección y algunas representativas salas de conferencias. A la influencia de Keowa había que agradecer que la buena conciencia pudiera desplegarse en un ambiente elegante y acogedor.
Ahora las cosas marcharían todavía mejor para Greenwatch.
El tráfico se mantenía dentro de ciertos límites; había algunos coches por Marine Drive. A la izquierda, el bosque se dividía y dejaba la vista libre a un mar semejante a un espejo, con cadenas montañosas de colores pastel. Centenares de troncos de árboles, unidos en forma de balsas, reposaban sobre las quietas aguas, y eran la prueba de una industria maderera todavía floreciente, a pesar de la tala indiscriminada. Keowa cerró los ojos y disfrutó del aire que entraba por la ventanilla. Unas cálidas ráfagas
revolvieron su pelo. Cuando abrió los ojos de nuevo, su mirada se posó en el espejo retrovisor lateral.
Muy pegado detrás de ellos avanzaba un todoterreno, un coche imponente de color gris con los cristales tintados.
De repente, tuvo un mal presentimiento.
Meditó sobre las veces que había mirado por el espejo retrovisor durante el último cuarto de hora. Probablemente había estado haciéndolo todo el tiempo sin darse cuenta. Keowa era de esas personas que, cuando viajan en un coche, van muy alertas, y a los demás
les parecía que a veces era un poco impertinente con sus llamadas de alerta anunciando que el semáforo estaba en rojo o que aún no había cambiado a verde. Otras veces gritaba: «Pero ¡por dónde conduces!» La verdad era que no se le escapaba ningún detalle. Tampoco quién conducía detrás.
Con el ceño fruncido, volvió la cabeza.
Aquella primera sensación se condensó para formar una certeza. Ahora estaba completamente segura de que el todoterreno viajaba pegado a ellos desde el aeropuerto. El parabrisas reflejaba el cielo, de modo que sólo se
podía ver la silueta de los dos pasajeros. Pensativa, miró de nuevo hacia adelante. El asfalto de la calle se extendía parejo a través de un verde exuberante, dividido en el centro por una franja de hierba de color amarillento en la que, a intervalos irregulares, había plantados arbustos y árboles de bajo tamaño. Otro todoterreno les salió al encuentro de frente, también era oscuro, y luego otro.
¿Estaría equivocada? ¿Acaso estaba desarrollando una pequeña y ridícula paranoia? ¿Cuántos todoterrenos no habría en Vancouver? Centenares, seguramente. Miles. Para los
canadienses occidentales, los todoterrenos eran algo así como los caparazones de las babosas para algunos crustáceos, los llamados ermitaños.
«Deja ya de delirar», pensó.
Por otro lado, no estaría nada mal anotar la matrícula del vehículo. A continuación sacó su móvil y, en eso, el todoterreno, de forma inesperada, cambió de carril y se situó a su misma altura, de modo que ya no le era posible leer la matrícula. Keowa entornó los ojos. «Gilipollas —pensó—. ¿No podías haber esperado un par de segundos? Precisamente iba a...»
El todoterreno se acercó más.
—¡Oye! —Sid tocó el claxon y gesticuló con una mano en dirección al vehículo—. ¡Mira la carretera, idiota!
Más cerca.
—¿De qué va ése? —ladró Sid—.
¿Está borracho?
«No —pensó Keowa, presa de una repentina inquietud—. Aquí nadie está borracho. Ese tipo sabe muy bien lo que está haciendo.»
Sid aceleró. El todoterreno también.
—¡Menudo idiota! —maldijo—. A
ése habría que meterle unas...
—¡Cuidado! —gritó el aprendiz. Keowa vio cómo el enorme coche se
les echaba encima, se aseguró el
cinturón y trató de poner distancia entre ella y la puerta. Entonces el todoterreno se estampó contra el lateral del Thunderbird y lo sacó a la franja de césped. Sid soltó un improperio e hizo girar el volante, esforzándose denodadamente por no ir a parar al carril contrario. Dando violentas sacudidas, surcaron la tierra, rozando arbustos, y estuvieron a un pelo de empotrarse contra un árbol. El motor del deportivo aulló. Sid pisó el acelerador. El todoterreno volvió a acercarse y los golpeó por segunda vez, ahora con más fuerza. Keowa saltó en su asiento de un lado para el otro. El alarido metálico
del latón abollado resonó en sus conductos auditivos y, de repente se vieron en medio del carril contrario, oyeron frenéticos bocinazos, pudieron esquivar un coche en el último segundo, y todos se pusieron a gritar caóticamente.
—¡Mi coche! —lloriqueaba Sid—.
¡Mi bonito coche!
Con expresión sombría, condujo marcha atrás el Thunderbird hacia la franja verde, pero en esa área alguien había otorgado mayor importancia a los arbustos bajos. Con estruendo, chocaron contra un seto. Las ramas salieron volando en todas direcciones cuando el
deportivo empezó a avanzar, traqueteando, por entre todas las variantes de la baja vegetación. Por la derecha, el todoterreno avanzaba a gran velocidad y les bloqueaba todas las vías para regresar a la carretera. Sid frenó bruscamente y trató de colocarse detrás del todoterreno, pero éste frustró su maniobra disminuyendo la velocidad.
En ese momento se vieron embestidos de nuevo.
Pero esta vez Sid fue más rápido. Sin que se llegara a una colisión, cruzó los dos carriles contrarios y, pasando casi rasante por delante de una moto, logró llegar a Old Marine Drive, una
estrecha carretera llena de baches que conducía a lo largo de un talud, durante algunos kilómetros, en dirección al campus universitario, donde volvía a unirse con la carretera principal. No se veía a nadie por allí, sólo un verde tupido y oscuro que proliferaba a ambos lados de la vía. Entonces Keowa se dio cuenta de que el cinturón de seguridad se había desprendido de su soporte, y se agarró al borde del parabrisas.
«Dios mío —pensó—. ¿Qué quiere esa gente de nosotros?»
Curiosamente, no se le pasó por la cabeza que la agresión tuviera que ver con Palstein, con Ruiz y toda aquella
historia. Más bien pensó en adolescentes gamberros, en ladrones de carretera o en alguien que hacía aquello por mera diversión, alguien que, por supuesto, debía de estar completamente loco. Keowa miró hacia atrás. Baches, bosque, no había nada más. Por un momento dio pábulo al instinto de la tierna esperanza de que Sid hubiera dejado colgado a su perseguidor, pero entonces el todoterreno apareció de nuevo detrás de ellos y comenzó a acercarse otra vez de un modo inexorable.
Un chirrido salió del motor del
Thunderbird. La máquina cancaneaba.
—¡Más de prisa! —gritó ella.
—Estoy conduciendo tan a prisa como puedo —le gritó a su vez Sid. Pero, en lugar de acelerar, perdieron velocidad, el coche empezó a avanzar cada vez más y más lentamente.
—¡Tienes que ir más de prisa!
—¡No sé lo que está pasando! —Sid soltó el volante y manoteó en el aire con ambas manos—. Algo se ha jodido, pero no tengo ni idea de qué puede ser.
—¡Las manos en el volante!
—Ay, madre mía —gimió el aprendiz al tiempo que se hundía en el asiento.
El voluminoso y oscuro frente del
todoterreno se acercó con un bramido y los golpeó por detrás. El Thunderbird dio un salto hacia adelante. Keowa fue lanzada al frente y se golpeó en la cabeza.
—¡Venga ya! —le suplicó Sid al coche—. ¡Venga, hombre!
Una vez más, el todoterreno se estampó contra la parte trasera del Thunderbird. El coche de Sid empezó a soltar unos estertores, unos sonidos insanos, pero, de repente, el agresor apareció a su lado y los empujó pausadamente hacia un lado. Sid maldijo, movió el volante como un loco, aceleró, frenó...
Perdió el control.
En el momento en que se alzaron del suelo sucedió algo curioso, y es que en ese mismo instante, todo ruido —y no sólo el chirrido de los neumáticos o el rumor de la carretera, sino también el fragor del motor y el rugido del todoterreno—, absolutamente todo sonido pareció extinguirse, salvo el único y cristalino gorjeo de un pájaro. En medio de un silencio apacible, dieron varias vueltas en el aire, en algunos momentos los árboles parecían crecer del cielo y salirles al encuentro, unas abultadas nubes empezaron a soltar un mar de chispas de un azul infinito y
una profundidad insondable; luego hubo un nuevo cambio de perspectiva, el bosque quedó en posición oblicua, se sintió un crujido y un estruendo, y todo volvió a aparecer, la horrible cacofonía de la colisión. Keowa fue sacada de su asiento. Manoteando, navegó por los aires, mientras que, debajo de ella, el Thunderbird se deslizaba por el talud, con el chasis vuelto hacia ella, con los neumáticos girando, semejante a un animal que comía arbustos y matas. Mientras volaba todavía, vio cómo aquel pedazo de chatarra se erguía bruscamente y se detenía, y a continuación vio que se acercaba, a toda
velocidad, un fragmento de césped.
No tenía una idea exacta de lo que se había roto al caer y golpearse contra el suelo, pero a juzgar por el dolor los daños debían de ser considerables. Su cuerpo rebotó varias veces, cayó de espaldas, boca abajo, de costado. Los huesos que aún no estaban rotos se rompieron en esa ocasión. Finalmente, tras lo que le pareció una eternidad, quedó tumbada con las extremidades extendidas, con sangre en los ojos y en la boca.
Su primer pensamiento fue que todavía estaba viva.
Su segundo pensamiento fue que su
móvil parpadeaba no muy lejos de ella bajo el sol. Sobre una piedra plana, brillaba como la pieza de una exposición, justo en el medio, casi depositado allí con delicadeza. Más abajo, el Thunderbird, hecho pedazos, colgaba en un parapeto de árboles maltratados, cubierto de ramas, cortezas y hojas; dentro del coche, o más bien saliendo de él, se tambaleaba Sid, con media cabeza arrancada de los hombros, mirándola con ojos desorbitados.
Un ruido de neumáticos se aproximó sobre la tierra y la hierba.
—¿Loreena?
La llamada le llegó con sonido
tenue, casi en un lamento. Ella alzó los ojos y vio a su aprendiz caído bajo la sombra de un falso abeto. Intentó levantarse, pero se le doblaron las rodillas. Probó a hacerlo de nuevo. El automóvil se detuvo. Alguien bajó por el talud, con pasos largos pero sin mucha prisa. Era un hombre: alto, con pantalones oscuros, camisa blanca, gafas de sol. En la mano derecha sujetaba, con descuido, una pistola de cañón largo.
—enseguida estoy con usted —dijo
—. Un momento.
«Un silenciador», le pasó por la cabeza a la periodista.
Él sonrió —una sonrisa profesional
—, mientras pasaba por su lado, se acercó a su ayudante y disparó tres veces contra él, hasta que el joven ya no se movió. Se oyeron tres plops seguidos: plop, plop, plop. Keowa abrió la boca, pues tenía ganas de gritar, de llorar, de pedir auxilio, pero sólo escapó un apagado suspiro de su maltratado cuello. Cada bocanada de aire era como una tortura. Con dificultad, se arrastró hacia adelante, clavó los codos en la hierba y se deslizó hasta la piedra donde estaba el móvil. El hombre volvió, lo cogió y lo guardó.
Ella se dio por vencida. Giró y se colocó de espaldas, parpadeó al sol y
pensó en la mucha razón que tenía
Palstein. ¡Qué cerca habían estado!
¡Jodidamente cerca! El torso y la cabeza de Lars Gudmundsson aparecieron en su campo visual, también el cañón de la pistola.
—Es usted muy inteligente —dijo el hombre—. Una mujer muy inteligente.
—Lo sé —respondió Keowa con un quejido.
—Lo siento.
—Todo... Todo está ya en la red —
dijo a duras penas—. Todo está ya...
—Lo verificaremos —repuso él amablemente, y apretó el gatillo.
GAIA, VALLIS ALPINA, LA LUNA
Nina Hedegaard intentaba atrapar miles de pájaros mientras transpiraba en la sauna finlandesa en un estado de creciente frustración. Veía por todas partes el plumaje desplegado del bienestar, oía el intercambio de trinos entre el nido y la cría, y se imaginaba aquel dormitar despreocupado y recogido que le prometía, como ningún otro, el mundo de Julian. Eran miles los
alrededor. Pero Julian no estaba allí, y los pájaros no se dejaban atraer por nada del mundo a aquellas reservas de fauna donde ella alimentaba sus planes de vida. Cada vez que creía tener por lo menos al gorrión en la mano, cuando Julian, por ejemplo, murmuraba en su oído algo que sonara a compromiso, aunque fuese a medias, esa pequeña esperanza se le escapaba de nuevo y corría a unirse a todas las demás ideas atractivas que estaban al alcance de la mano y, al mismo tiempo, muy distantes, fuera de su alcance, las ideas de su encendida fantasía. Entretanto, tenía serias dudas acerca de la sinceridad de
Julian. Como si él no supiera muy bien que ella abrigaba esas esperanzas. ¿Por qué no podía confesarse abiertamente?
¿Acaso tenía que reprocharse algún adulterio, debía enfrentarse al desprecio social? Nada de eso: él estaba soltero, era un soltero atractivo, cariñoso, igual que ella, que era una soltera atractiva y cariñosa, sólo que no era rica, pero para eso estaba él. ¿Dónde radicaba entonces el problema?
Su frustración rezumaba espesa por todos los poros, en forma de rocío, se acumulaba en los brazos, en los pechos, en la barriga. Con gesto furibundo, repartió las capas de cálido sudor por su
cuerpo, dejó que sus manos giraran en torno a la zona interior de los muslos, que los dedos se abrieran paso hacia el centro, lentamente, tomando posición en las ingles, en una estremecedora maniobra de placer apenas controlable, un placer desconocedor del orgullo.
¡Era espantoso! Paralelamente a su rabia aparecía ese humillante deseo de invocar al ausente en su imaginación, y luego... Pero ¡claro que no, de eso ni hablar, de ningún modo!
Julian, para plantearlo una vez más claramente, sólo quería tirársela, eso era todo. Él no sentía nada, no amaba. Sólo quería tirarse a la simpática y pequeña
astronauta danesa cada vez que le apetecía. Del mismo modo que se tiraba al mundo entero cuando le daba la gana.
¡Maldito idiota!
Con violencia, apartó las manos, las presionó contra el borde del banco de madera situado junto a sus caderas y miró hacia afuera, hacia aquella maravilla de desfiladero, con sus superficies en colores pastel y sus tajantes sombras. Miles y miles de estrellas la miraban fijamente y parecían de pronto más alcanzables que la propia vida que deseaba tener al lado de aquel hombre. A ella no le interesaba su dinero, es decir, no le interesaba
realmente el dinero, aunque tampoco le hacía ascos. No, ella quería un lugar en esa mente visionaria que concebía ascensores espaciales; quería ser el toque de genialidad más personal de Julian, su idea más brillante, y, como tal, ser tomada en cuenta por el mundo, como la mujer que él deseaba. Y eso no era algo que hubiera conseguido, sencillamente, follando. ¡Eso ella se lo había ganado merecidamente!
Para decirle esas cosas a él, por eso estaba allí. Obviamente, lo haría sin presionarlo. Sería tan sólo una planificación de futuro entregada en dosis homeopáticas, asociada a la para
ella atractiva opción de hacer el amor en una sauna en cuanto hiciera su entrada el Ganímedes. Así lo habían acordado, y Julian había prometido unírsele de inmediato; sin embargo, eran las ocho menos cuarto, y cuando preguntó, tuvo que dispararse el cuento poco convincente de Lynn de que el grupo, hechizado por la belleza del valle de Schröter, se había olvidado del tiempo y llegaría con alguna que otra hora de retraso.
¿Cómo podía Lynn saber eso si no tenían comunicación por satélite?
Bueno, vale, ella no lo sabía. Por la mañana, Julian había hablado de la
posibilidad de extender la caminata por el interior de Snake Hill, y se había referido a la posibilidad de regresar un poco más tarde. No había motivos para preocuparse. Seguramente todo estaba bien.
Bien. Ja, ja...
Hedegaard se quedó mirando fijamente hacia adelante. Tal vez estaba bien embaucar a los huéspedes, pero no a ella, vamos. En realidad, jamás debería haberse liado con el chiflado más rico del mundo. Así de simple era todo. Ya iba siendo hora de darse una ducha helada y nadar un par de largos en la piscina.
—Claro, tiene algo de iniciación — opinó Ögi—. Bueno, sólo si se lo trasciende, por supuesto.
—¿Si se lo qué? —sonrió Winter.
—Si se suma lo inmediatamente perceptible para otorgarle su significado, querida —le explicó el suizo—. Es el ejercicio más difícil hoy en día. Algunos lo llaman religión.
—¿Una bandera caída? ¿El armazón de un viejo módulo de alunizaje?
—Un viejo módulo de alunizaje y las cosas poco originales, vistas en sí mismas, que dejaron dos hombres en un lugar de la Luna de aspecto aburrido;
¡sin embargo, esos dos hombres fueron
los primeros seres humanos en pisar este lugar! ¿Lo entiendes? Eso confiere a todo el mar de la Tranquilidad cierta... cierta...
Ögi batalló por encontrar las palabras.
—¿Una dignidad sagrada? — propuso Aileen Donoghue con los ojos brillantes y un timbre de asidua feligresa en la voz.
—¡Exacto!
—Vaya —dijo Winter.
—¿Acaso hay que creer en Dios para sentir algo así? —Rebecca Hsu pescó una cereza caramelizada de su cóctel, afiló los labios y la engulló. Hizo
un leve sonido con la boca al devorarla
—. A mí me parece significativo, pero
¿sagrado?
—Porque tú no cuentas con una tradición sacra —repuso Chucky—. Tu gente, quiero decir. Tu pueblo. Los chinos no son sacros.
—Gracias por recordármelo. Ahora por lo menos sé por qué prefiero la Rupes Recta.
Se habían reunido en el club Mama Killa para realizar ciertos ejercicios de relajación comunicativa, y al mismo tiempo intentaban controlar su preocupación por la ausencia del Ganímedes, pasando revista, en voz
alta, a los acontecimientos del día. En el Mare Tranquillitatis occidental habían admirado el armazón del módulo de alunizaje del primer vehículo lunar, con el que Armstrong y Aldrin llegaron al satélite en 1969. El lugar era considerado Patrimonio Cultural de la Humanidad, así como sus tres pequeños cráteres, bautizados en honor de aquellos dos pioneros y del tercer hombre a bordo, Collins, que había tenido que quedarse dentro de la nave espacial. Ya desde el vuelo de llegada, estando aún muy en lo alto, el «museo», como llamaban de forma general a la región, había revelado toda la banalidad
de aquel paso pionero de la humanidad. Pequeño y parasitario, como un mosquito sobre la piel de un elefante, el armazón del primer viaje lunar estaba pegado al regolito, y la célebre huella de la bota de Armstrong destacaba bajo una vitrina de cristal. Aquello era un lugar para peregrinos. No cabía duda de que había catedrales mucho más suntuosas y, en cierto modo, Ögi tenía razón al percibir en todo aquello algo de lo que confería significado y grandeza al género humano. Lo que a fin de cuentas inspiraba respeto era la certeza de no haber podido estar allí cuando aquellos hombres, entonces, decidieron
emprender el camino a través de aquel desierto sin aire y obraron el milagro del alunizaje. Luego, por la tarde, a la vista de la aparentemente infinita pared de la Rupes Recta, que causaba la impresión de que la Luna entera estuviera apoyada sobre un nivel de doscientos metros de alto, dejaron que obrara sobre ellos el carácter sublime de la arquitectura del cosmos, profundamente impresionados, pero sin llegar a sentir esa singular fuerza conmovedora que emanaba de las precarias piezas que recordaban la presencia humana en el mar de la Tranquilidad. La mayoría de ellos
habían comprendido en ese momento que no eran pioneros en absoluto. A un pionero nadie le decía «Hola». No había deteriorados varillajes que lo saludaran, ninguna huella; un pionero sólo encontraba soledad y extrañeza.
Lynn Orley y Dana Lawrence ponían mucho afán en mantener animada la charla, hasta que Olympiada Rogachova dejó su vaso sobre la mesa y declaró:
—Me gustaría hablar con mi marido ahora.
Todos enmudecieron. Un temor atenazador se fue apoderando de los presentes. La rusa acababa de romper un acuerdo tácito, el de no preocuparse,
pero de algún modo todos parecían estar contentos por ello, en especial Chuck, que había tenido que contar ya tres chistes miserables sólo para acallar a su barriga, que amenazaba con emitir sonoros gruñidos.
—Vamos, Dana —insistió la mujer
—. ¿Qué está pasando aquí? ¿Qué nos estáis ocultando?
—Una avería del satélite no es nada grave, señor Donoghue.
—Chuck.
—Bueno, Chuck. Por ejemplo, un minimeteorito del tamaño de un grano de arena puede paralizar temporalmente un satélite, y el LPCS...
—Pero no necesitáis para nada un LPCS. Armstrong y compañía no contaban con un LPCS.
—Puedo asegurarle que ese desperfecto técnico quedará solucionado en breve. Tardará un poquito, pero pronto estaremos hablando con la Tierra como siempre...
—Pero me resulta raro que los demás no hayan aparecido —dijo Aileen.
—No tiene nada de raro —repuso Lynn con una sonrisa forzada—. Ya conocéis a Julian. El programa que tenía preparado era enorme. Esta mañana ya había previsto que podrían retrasarse. Y
ahora que lo pienso, ¿habéis visto el sistema de surcos y grietas que hay entre el mar de la Tranquilidad y el Sinus Medii? Bueno, debéis de haberlo visto cuando volabais hacia la Rupes Recta.
—Sí, parecen carreteras —dijo Hsu, continuando la cháchara para espantar el miedo.
Olympiada se quedó mirando fijamente al frente. Winter se dio cuenta de su estado catatónico y dejó de lamer el borde azucarado de su daiquiri de fresa, se le acercó y le pasó un brazo bronceado por los hombros delgados y caídos.
—No te preocupes, corazón. Lo
tendrás de vuelta muy pronto.
—Me siento tan miserable...
respondió Olympiada en voz baja.
—¿Miserable?
—Sí, tan mal, tan mezquina... Lo que se siente cuando uno quiere hablar con alguien a quien desprecia sólo porque no tiene a nadie más. Es patético.
—Pero ¡tú nos tienes a nosotros! — murmuró Winter, plantándole a la rusa un beso de hermandad en la sien. Sólo entonces la mujer pareció comprender lo que Olympiada acababa de decir—. ¿A qué te refieres con lo de despreciar?
¿No será a Oleg?
—¿A quién si no?
—¡Uy! ¿Desprecias a Oleg?
—Nos despreciamos mutuamente. Miranda Winter meditó sobre ello.
A continuación intentó repasar toda su colección de gestos adecuados: asombro, reflexión, comprensión, desconcierto; luego estudió el aspecto exterior de la rusa, como si notara su presencia por primera vez. La ropa de noche de Olympiada, un mono de las reservas de Mimi Parker que cambiaba de color según el estado de ánimo de su portadora, colgaba de ella como si hubiera sido arrojado sobre una silla, mientras su maquillaje y su rímel competían por ver cómo conseguían
borrar las huellas de un descuido de años y penas matrimoniales. Aquella mujer podía tener un aspecto mucho mejor. Un poco de bótox en las mejillas y en la frente, algo de ácido hialurónico para alisar las arrugas alrededor de las comisuras de los labios, algún que otro implante en ciertas zonas de su cuerpo a fin de estirar su autoestima y los tejidos conjuntivos... Por cierto, la propia Miranda había decidido, a su regreso a la Tierra, sustituir los implantes de sus nalgas. Había algo allí que no encajaba muy bien cuando una permanecía demasiado tiempo sentada.
—¿Y por qué, sencillamente, no lo
dejas? —le preguntó.
—¿Por qué una alfombrilla no abandona la puerta de entrada ante la que está? —contestó Olympiada en tono reflexivo.
¡Madre mía! Winter estaba perpleja. Claro que ella se sentía irresistible en su rebosante esplendor, pero ¿era necesario, en realidad, parecer una valquiria forjada en un gimnasio para estar exenta de aquellas ideas a las que Olympiada daba vueltas en su cabeza?
—Escucha —le dijo—. Creo que estás cometiendo un error, un gravísimo error en tu manera de pensar.
—¿Ah, sí?
—Sí. Te encuentras miserable porque crees que nadie te quiere, y por eso te dejas tratar de un modo miserable, sólo con el propósito de que al menos alguien te trate.
—Hum.
—Pero, en realidad, nadie te quiere porque te sientes miserable. ¿Entiendes? Por otro lado, desde el punto de vista casial..., o causal..., como se diga... (eso de la causa y el efecto, ya sabes que no soy muy culta, pero sé cómo funciona). Una piensa que los demás la ven como una mierda, y por eso te ves a ti misma de ese modo, adoptas ese aspecto, lo que implica que los demás empiezan a
ver sólo mierda en ti, y es así como se cierra el círculo. ¿Me entiendes? Se trata de una suerte de precondena interior... Porque tú eres tu mayor..., eh..., enemiga. Y porque en cierto modo lo disfrutas. Quieres sufrir.
¡Uy, eso sonaba bien! Como en la universidad.
—¿Eso crees? —preguntó Olympiada, mirando a Winter con unos ojos que eran como unos sucios charcos de lluvia de noviembre.
—¡Claro! —Aquello le gustaba. La cosa estaba cobrando un tono psicológico. Debería hacerlo más a menudo—. ¿Y sabes por qué quieres
sufrir? ¡Porque buscas reafirmarte! Porque te parece que eres eso, como ya hemos dicho... —«¡Vocabulario, Miranda, vocabulario! No uses sólo la palabra "mierda". ¿Cómo podría decirse?»—. Te ves hecha una puta mierda, no otra cosa, pero ser una puta mierda es mejor que no ser absolutamente nada, y si los demás también ven que eres una mierda, ello se convierte en una reafirmación clarísima de lo que tú piensas. ¿Entiendes?
—Santo cielo.
—Sentirse miserable es algo de lo que puedes fiarte, créeme.
—No lo sé.
—Sí, sentirte hecha una mierda te da sostén. ¿Qué dice la gente cuando va a la iglesia? «Dios, soy un pecador, no soy digno, la cagué incluso antes de nacer, soy una porquería, perdóname y, si no, también está bien, tienes razón, soy un parásito, un parásito por herencia...»
—¿Por... herencia?
—¡Sí, que es congénito! —dijo Miranda gesticulando con grandilocuencia, como si estuviera ebria
—. En el cristianismo existen esas cosas, uno está condenado desde el principio. Y así te sientes tú. Piensas que el sufrimiento es tu refugio, tu hogar, pero no es así. Sufrir es una puta mierda.
—¿Tú nunca sufres?
—¡Por supuesto, como una perra!
¿Sabes una cosa? Yo fui alcohólica, recibí el galardón a la peor actriz, estuve en chirona, ante un tribunal.
¡Caray! —Miranda soltó una carcajada, enamorada del desastre de su biografía
—. Fue un desastre.
—¿Y cómo es que nada de eso te preocupa mucho?
—¡Claro que me preocupa! Tener mala suerte me preocupa mucho.
—Pero tú no te ves a ti misma..., eh..., eso..., desde el principio.
—No —dijo Winter, negando con la cabeza—. Sólo durante breves
momentos, cuando he bebido. Normalmente no sabría de qué estoy hablando ahora. Pero no por principio.
Por primera vez esa noche, Olympiada sonrió, lo hizo con cautela, como si dudara de estar preparada para hacerlo.
—¿Me revelas un secreto, Miranda?
—Lo que quieras, tesoro.
—¿Cómo se llega a ser como tú?
—No tengo ni idea. —Winter reflexionó, pensando seriamente en ello
—. Creo que se necesita cierta falta de... imaginación.
—¿Falta de imaginación?
—Sí —dijo Miranda, relinchando de
risa—. Imagínate que no tenga ni pizca de imaginación, de fantasía. De ese modo no puedo verme a través del prisma de otros. Quiero decir, me doy cuenta cuando la gente me encuentra guay y todo eso, o cuando hombres y mujeres me desnudan con la mirada, claro. Pero, por lo demás, yo me veo exclusivamente a través de mis propios ojos, y si algo no me gusta, lo corrijo. No puedo imaginarme, sencillamente, cómo quieren los demás que sea, así que no intento ser así. —Hizo una pausa y le hizo notar a Funaki que su copa estaba vacía—. Y ahora deja ya de verte a través de los ojos de Oleg, ¿de acuerdo?
¡Eres simpática, supersimpática! Dios mío, pero si eres hasta diputada en esa cosa rusa... ¿Cómo me dijiste que se llamaba?
—El Parlamento.
—¡Además, eres rica y todo! Y en lo que se refiere a tu aspecto exterior, bueno, me gustaría serte sincera, pero
¡dame cuatro semanas y hago de ti la chica más buenorra de la fiesta! No tienes necesidad de pasar por todo eso, Olympiada. Ni siquiera de echar de menos a Oleg.
—Hum.
—¿Sabes una cosa? —dijo agarrando el brazo de Olympiada y
bajando la voz—. Voy a revelarte ahora un verdadero secreto: cuando ciertos hombres les transmiten a las mujeres la sensación de que son una mierda es porque ellos mismos se sienten así.
¿Entiendes? Tratan de quebrar nuestra autoestima, de robárnosla, porque ellos mismos no tienen ninguna. ¡No le sigas el juego! ¡No dejes que te haga eso! Tienes que izar tu bandera, cielo. No eres lo que él pretende que tú seas. — Sintaxis complicada, pero le había quedado bien. Mejoraba por momentos.
—Tal vez ni siquiera regrese — murmuró Olympiada, que parecía irse abriendo paso hacia un territorio más
luminoso de la existencia.
—¡Exacto! ¡Cágate en él! Olympiada suspiró.
—De acuerdo.
—Michio, querido —graznó Winter sacudiendo su vaso vacío en alto—-. ¡Y otro igual para mi amiga!
Sophie Thiel seguía revolviendo en busca de la traición y la mentira cuando Tim entró en la central. Una docena de ventanas abiertas sobre la pared multimedia revivían el pasado.
—Está claramente falsificado —dijo con desánimo.
Vio cómo algunas personas atravesaban el vestíbulo, entraban en la
central y hacían su trabajo. Luego, las habitaciones volvieron a quedar a oscuras, desoladas, únicamente iluminadas por el duro reflejo de la luz del sol sobre los bordes del desfiladero y los controles de las incansables máquinas que mantenían con vida el hotel. Thiel señaló una de las tomas. El ángulo de la cámara estaba dispuesto de tal modo que, a través de la ventana panorámica, podía distinguirse el lado opuesto del Vallis Alpina junto con las montañas y el tren elevado.
—La central, vacía. La noche en que Hanna salió a dar su paseo con el expreso lunar.
Tim entornó los ojos y se inclinó hacia adelante.
—Ni lo intente, no podrá verlo. Su hermana diría que eso se debe a que nadie salió con el tren. Pero, en realidad, hay alguien que nos está tomando el pelo con el truco más viejo del mundo. ¿Ve usted ese parpadeo en el borde derecho de la pared de monitores?
—Sí.
—Casi al mismo tiempo se ilumina algo aquí abajo, y allí, un trecho más adelante, salta un indicador. ¿Lo ha visto? Son pequeños detalles a los que nadie prestaría atención en
circunstancias normales, pero ahora yo he hecho el esfuerzo de buscar las coincidencias. Eche un vistazo al código de tiempo.
«05.53 horas», leyó Tim.
—Exactamente esa misma secuencia la encontramos a las cinco y diez.
—¿Una casualidad, tal vez?
—No, si el análisis detallado desvela un salto imperceptible de la sombra sobre la superficie de la Luna. Esa secuencia fue copiada y añadida a fin de tapar un hecho de unos dos minutos de duración.
—La llegada del expreso lunar —
susurró Tim.
—Sí, y así sucede todo el tiempo. Hanna en el corredor, sin cortes, tal y como su padre dijo. La central, aparentemente vacía. Pero había alguien allí, alguien que estuvo sentado en esta silla y alteró estos vídeos; sencillamente, los extirpó. Todo hecho a la perfección. Luego, el vestíbulo desde otra perspectiva, desde la que podría verse cómo el señor X entra en la central, pero también lo han falseado.
—Pero, para ello, alguien tuvo que estar sentado aquí durante mucho tiempo
—dijo Tim, asombrado.
—No, todo esto funciona muy de prisa si se sabe lo que hay que hacer.
—¡Inconcebible!
—Sobre todo es frustrante, ya que eso no nos lleva ni un ápice hacia adelante. Es cierto que ahora sabemos que lo han hecho, pero no quién lo ha hecho.
Tim frunció los labios. De repente acudió una idea a su mente.
—Sophie, si pudiéramos averiguar cuándo se hicieron esas alteraciones en los vídeos... Si se pudiera ver el protocolo... ¿O es que se puede manipular también el protocolo?
Ella frunció el ceño.
—Sólo con muchísimo trabajo.
—Pero ¿se puede?
—En principio, no. La intervención también quedaría registrada en el protocolo... Hum. Ya entiendo.
—Si conociéramos los momentos exactos en que se realizaron esas falsificaciones, podríamos compararlas con la ausencia o la presencia de los huéspedes y del personal. ¿Quién estaba en el momento sospechoso y dónde?
¿Quién vio a quién? Nuestro desconocido no puede haber cambiado, en el tiempo del que dispuso, todos los datos del sistema del hotel. En cuanto conozcamos el protocolo...
—Lo pillaremos —advirtió Thiel—. Pero para ello se necesita un programa
de autorización.
—Yo tengo uno.
—¡Ah! —exclamó la mujer, y lo miró sorprendida—. ¿Un programa de autorización para este sistema?
—No, es un topo la mar de normal, pequeño, me lo bajé el pasado invierno de Internet para ver los datos de un colega... Con su permiso, claro —se apresuró a añadir Tim—. Su sistema disparaba una foto de pantalla cada sesenta segundos, y yo tenía que llegar a esas fotos, pero no estaba autorizado. Así que eché mano de los conocimientos de algunos de mis alumnos. Y uno de ellos me recomendó Gravedigger, un...,
bueno, un programa de reconstrucción no del todo legal, pero relativamente fácil de conseguir y compatible casi con cualquier sistema. En aquella ocasión me lo quedé. Está en mi ordenador, y mi ordenador está...
—...aquí, en el Gaia.
—Bingo. —Tim sonrió—. En mi habitación.
Thiel mostró una amplia sonrisa.
—Pues sí, señor Orley, si no es ningún inconveniente...
—Ya estoy en camino.
Sólo cuando iba hacia su suite cayó en la cuenta de que podía haber aún otra razón por la que Thiel sólo encontrara,
exclusivamente, vídeos manipulados: que ella misma hubiera editado el material.
Mukesh Nair salió resoplando de la piscina del cráter. Un poco más allá, Sushma se secaba el cuerpo mientras charlaba con Eva Borelius y Karla Kramp, y mientras Heidrun Ögi y Finn O'Keefe hacían infantiles apuestas para ver quién permanecía más tiempo bajo el agua. A través del ventanal panorámico, la imagen de la Tierra les llegaba como un amigo en el que uno puede confiar. Nair cogió una toalla de la pila y se sacudió el agua del cabello.
—¿Os sucede lo mismo a vosotros?
—preguntó—. Cada vez que veo nuestro hogar, es curioso, me parece tan indiferente...
—¿Indiferente respecto de quién? — preguntó Kramp, desapareciendo en su albornoz.
—De nosotros —respondió Nair, y dejó caer la toalla al tiempo que alzaba los ojos al cielo—. De las consecuencias de nuestros actos. En todas partes han aumentado las temperaturas. Territorios antiguamente poblados están ahora bajo el agua, otros lugares sufren la desertificación. Pueblos enteros se ponen en movimiento, hambrientos, sedientos, sin
empleo, sin hogar, estamos registrando los índices migratorios más elevados de los últimos siglos, pero a ella no se le nota nada de eso. No desde esta distancia.
—Desde esta distancia, a esa anciana dama tampoco se le notaría cómo nos bombardeamos unos a otros
—dijo Kramp—. Eso no quiere decir nada.
Nair negó con la cabeza, hechizado.
—Bueno, se supone que los desiertos ahora son mucho más grandes,
¿no? Y que líneas enteras del litoral se han transformado. Sin embargo, basta con alejarse un poco, y eso no cambia
nada en su belleza.
—Si se me mira desde cierta distancia —dijo Sushma, sonriente—, hasta yo me vería hermosa todavía.
—¡Vamos, Sushma! —exclamó el indio, ladeando la cabeza y riendo al tiempo que mostraba unos dientes perfectamente restaurados—. Tú eres y serás para mí siempre la más bella, lo mismo de lejos que de cerca. ¡Eres la más hermosa de mis hortalizas!
—¡Vaya, eso sí que es un piropo! — le dijo Heidrun a O'Keefe, con agua en un oído y la voz de barítono de Nair en el otro—. ¿Por qué tú nunca me dices nada parecido?
—Porque yo no soy Walo.
—Pésima explicación.
—Lo de compararte con alimentos entra dentro de sus competencias.
—¿Son imaginaciones mías o se puede decir que en los últimos tiempos ya no te esfuerzas mucho?
—Cuando te veo, no se me ocurre ninguna hortaliza. Los espárragos, tal vez.
—Finn, tengo que decírtelo: así jamás conseguirás nada. —Heidrun se apresuró hacia el borde de la piscina, se irguió y salpicó un torrente de agua en dirección a Nair—. ¡Eh, vosotros! ¿De qué habláis?
—De la belleza de la Tierra —dijo Sushma Nair, sonriendo—. Y un poquito también sobre la de las mujeres.
—Viene a ser lo mismo —repuso
Heidrun—. La Tierra es mujer.
Borelius se ajustó su quimono.
—¿Veis belleza ahí fuera?
—Pues claro que sí —asintió Nair, entusiasmado—. Belleza y sencillez.
—¿Puedo deciros qué veo yo? — preguntó Borelius después de meditarlo brevemente—. Una desproporción.
—¿En qué sentido?
—Una total desproporción de las pretensiones. La Tierra que vemos ahí no se parece en nada a nuestra
percepción habitual de ella.
—Eso es cierto —dijo Heidrun—. Para los suizos, por ejemplo, Suiza es normalmente tan grande como África. África, sin embargo, en la realidad percibida de un suizo, se reduce a una isla húmeda y calurosa, llena de muertos de hambre, de mosquitos, serpientes y enfermedades.
—Pues exactamente a eso me refiero
—dijo Borelius, asintiendo—. Veo un planeta realmente hermoso, pero no uno que podamos dividirnos. Un mundo que, medido por lo que unos tienen y otros no, debería tener otro aspecto muy distinto.
—Bravo —exclamó O'Keefe, que cabeceó, acercándose, y aplaudió.
—Déjalo, Finn —replicó Heidrun entre dientes—. ¿Acaso sabes de lo que estamos hablando aquí?
—Claro —respondió el actor, bostezando—. Estáis hablando de cómo Eva Borelius tuvo que venir hasta la Luna para darse cuenta de lo evidente.
—No —dijo Borelius, riendo con sequedad y empezando a recoger sus enseres de baño—. Yo siempre supe cuál era el aspecto del planeta, imagínate, Finn, pero es muy distinto verlo de este modo. Me recuerda para quién investigamos realmente.
—Investigáis para quienes os pagan.
¿Eso es nuevo para ti?
—¿Que la libre investigación se está yendo a pique? No, eso no es nuevo.
—Bueno, no es que tú, personalmente, tengas razones para quejarte —se inmiscuyó Karla Kramp con tono malicioso.
—¡Ah, mira tú! —Borelius, acosada por ambos flancos, enarcó las cejas—.
¿Acaso lo hago?
Kramp miró hacia atrás con expresión inocente.
—Yo sólo quería mencionarlo.
—Claro, las investigaciones con células madre proporcionan dinero, así
que ella coge alguno. Ha costado lo suyo llevar adelante el aislamiento y la investigación de células adultas hasta la creación de tejido artificial. Ahora ya hemos descodificado las estructuras proteínicas de las células de nuestro cuerpo, trabajamos exitosamente con las llamadas prótesis moleculares, disponemos de sucedáneos para nervios dañados y piel quemada, podemos producir, si las necesitamos, nuevas células del músculo cardíaco y cada vez acorralamos más al cáncer, y todo porque las personas más ricas de este mundo no están exentas de morir por un infarto de miocardio, a causa de un
cáncer o por quemaduras. —Hizo una pausa—. De lo que sí están exentas es de la malaria, del cólera, ésas son enfermedades para los pobres. Si calculáramos la mera aparición cuantitativa de esas enfermedades en términos presupuestarios, la mayor parte de los fondos destinados a investigaciones debería fluir hacia el Tercer Mundo. Pero, en lugar de ello, la mayoría de las patentes de medicamentos contra la malaria, incluso los más prometedores, están congeladas, y todo porque con ellas tú no puedes ganar dinero.
Nair siguió mirando hacia la lejana
Tierra; todavía sonreía, pero ahora mostraba una expresión pensativa.
—Vengo de un país increíblemente grande —dijo—. Al mismo tiempo, se trata de un cosmos abarcable en su conjunto. Nunca tuve la impresión de que existiera un único mundo, por el mero hecho de que no podemos percibirlo simultáneamente desde todas sus aristas. Nadie lo ve como un todo, nadie ve toda la verdad. Pero cuando se mira el mundo como un sinnúmero de pequeños universos interconectados, cada uno determinado por sus propias normas, se puede intentar mejorar alguno de ellos. Y con ello, por tanto, se
mejora también el gran todo. Tal vez hubiese fracasado ante la tarea de salvar el mundo.
—¿Y qué has mejorado tú?
preguntó Kramp.
—Unos cuantos mundos pequeños
—contestó el indio, radiante—. Por lo menos, eso espero.
—Has llenado la India de centros comerciales climatizados, has conectado pueblos y aldeas enteras a Internet, les has garantizado un medio de vida a miles y miles de campesinos indios. Pero ¿acaso no les abriste también con ello las puertas a los consorcios internacionales al ofrecerles la
posibilidad de tener participaciones en el negocio?
—Por supuesto.
—¿Y no es cierto que algunas de esas transnacionales han acogido con gratitud tu oferta, y luego han arrendado tierras en la India y reemplazado a los campesinos por maquinaria y mano de obra barata?
La sonrisa de Nair se congeló.
—Es posible pervertir cualquier idea.
—Yo sólo quiero entender.
—Claro, esas cosas suceden. Y eso no podemos permitirlo.
—Escucha, no estoy del todo de
acuerdo con tu visión romántica de la desigualdad, eso de los mundos pequeños y autárquicos... Tú has hecho mucho bien, Mukesh, pero eres el representante por excelencia de la globalización. Lo que sí me parece bien es que, mientras esos pulcros pequeños mundos no sean tragados por los grandes consorcios...
—¿No nos íbamos a nuestra habitación? —preguntó Borelius.
—Sí, claro —dijo Kramp, encogiéndose de hombros—. Vamos. Es típico de ti eso de dar muestras de afectación y luego, cuando yo quiero ser concreta, te avergüenzas.
—¿Dónde estarán los demás? — preguntó Sushma, sacudiendo la cabeza con inquietud—. Hace rato que deberían haber llegado.
—Cuando bajamos, ellos estaban todavía viajando.
—Pues, por lo visto, estarán viajando aún —dijo Nair. A continuación, le puso amistosamente la mano a Kramp en el hombro—. Por lo demás, tienes toda la razón, Karla. Deberíamos hablar más sobre estos temas, y no andarnos con remilgos entre nosotros.
—¿Puedo deciros lo que yo veo? —
preguntó O'Keefe.
Todos lo miraron.
—Veo a dos docenas de entre las personas más ricas del tan llevado y traído planeta Tierra debatirse en un apretado espacio entre la malaria y el champán, y luego, en fiel correspondencia con el tema que tú abordaste, Eva, el de la desproporción, los veo evadirse a la Luna, y allí, en el hotel más caro del sistema solar, los veo llegar a conclusiones muy curiosas.
¿Sabéis qué? Me voy a nadar otro poco.
Thiel había instalado el programa de Tim y le había preguntado, de paso, si no se le había pasado por la cabeza la idea, hacía mucho tiempo, de que ella
pudiera ser la traidora. Él la miró atónito y soltó una carcajada.
—¿Tanto se me nota?
—Y cómo.
—Bueno...
—Pues no lo soy —dijo la mujer—.
¿Satisfecho?
El joven Orley rió de nuevo.
—Si la gente pudiera salir de prisión preventiva sólo por afirmar eso, podríamos reconvertir las cárceles en granjas para pollos.
—Usted es profesor, ¿no es cierto?
—Sí.
—¿Y cuántas veces oye eso al día?
—¿Qué? ¿Yo no soy?, ¿yo no he
sido? —dijo encogiéndose de hombros
—. No tengo ni idea. A eso del mediodía, normalmente, pierdo la visión de conjunto. Pero en fin, está bien, no fue usted. ¿Sospecha de alguien?
La alemana hundió la cabeza en la consola de mando, de modo que los bucles rubios ocultaron la expresión de su rostro.
—No directamente.
—Está pensando en mi hermana, ¿no es cierto? —suspiró Tim—. Venga ya, Sophie, no pasa nada, no estoy enfadado con usted. Usted no es la única que lo intuye. Lawrence la ha emprendido directamente contra Lynn.
—Lo sé —dijo ella, alzando la vista
—. Yo, personalmente, no creo que su hermana tenga que ver con todo esto. Lynn construyó este hotel. Sería una absoluta estupidez. Además, hasta cierto momento, todo lo que había oído eran comentarios, pero cuando ella se negó a mostrarle los vídeos del corredor a su padre... ¿Por qué hizo una cosa así? ¿Por qué, si ella misma los había editado? Yo, en su lugar, se los habría restregado en las narices, llena de orgullo.
Tim parecía estar agradecido y, al mismo tiempo, agobiado. Sin previo aviso, vio con claridad que tendía más a creer la versión de Lawrence que la de
Thiel, y eso le costaba lo suyo.
—Para serle sincera —dijo la mujer sonriendo tímidamente—, antes ya me he preguntado incluso si acaso usted no...
—¡Ah, vamos! —repuso Tim, sonriendo a su vez—. No, yo no fui.
—Ya tenemos más granjas para pollos —señaló ella, devolviéndole la sonrisa—. ¿Quiere acompañarme mientras reconstruyo el protocolo?
—No, quiero ver por dónde anda Lynn. Pero llámeme si algo atrae su atención —dijo él—. Es usted muy valiente, Sophie. ¿Se las arreglará?
—En cierto modo.
—¿No tiene miedo?
Ella se encogió de hombros.
—Extrañamente, mi menor preocupación es que nos hagan saltar por los aires. Parece demasiado irreal. Si eso sucede, desapareceremos todos en un santiamén, pero no tendremos mucho tiempo para darnos por enterados.
—A mí me sucede algo parecido.
—Y, entonces, ¿de qué tiene miedo?
—¿En este momento? Temo por Amber. Un miedo enorme. Por mi esposa, por mi padre...
—Por su hermana...
—Sí, también temo por Lynn. Hasta luego, Sophie.
—Eso no ha sido en absoluto amable
—dijo en tono burlón Heidrun, después de que los demás hubieron dejado a la desbandada la zona de la piscina. Sólo ella y O'Keefe flotaban todavía en las negras aguas del cráter, una imagen a medio camino entre el idilio y el Apocalipsis.
—Pero es cierto —repuso O'Keefe y se alejó dando unas brazadas.
La mujer se apartó el pelo mojado del rostro y se lo colocó detrás de las orejas. Bajo la superficie del agua, su cuerpo se deformaba en una distorsionada y aún más pálida imagen de sí misma, que se diluía en los bordes
a causa de las ondas. O'Keefe trazó un surco como si fuese un bote con motor fuera borda, enviando torpes turbulencias hacia todas partes, acumulaciones de notable amplitud que se negaban a deshacerse y que ningún nadador podría haber generado en aguas de la Tierra: un factor de diversión reservado exclusivamente a los que viajaban a la Luna. Como un delfín, uno podía catapultarse fuera del agua con tan sólo hundirse de nuevo en ella, creando pequeños tsunamis. Uno estaba en arrogante oposición a las leyes de la gravedad, pero el humor de O'Keefe acababa de reflejar el gris del paisaje
que los rodeaba. Heidrun se estiró, se sumergió, se deslizó detrás de él y le pasó por el lado, cortando la superficie. O'Keefe vio el camino hasta el borde opuesto del cráter y se balanceó en el agua.
—¿Qué pasa? —preguntó la suiza—.
¿Estás de mal humor?
—No lo —dijo el actor, encogiéndose de hombros—. Por cierto,
¿no tienes que subir?
—¿Y tú?
—Yo no he quedado con nadie. Heidrun reflexionó. ¿Había quedado
ella con alguien? Con Walo, por supuesto, pero ¿se podía calificar el
magnetismo diario del matrimonio como una cita?
—Entonces, ¿no sabes de qué humor estás?
—No lo sé.
En realidad, estimó Heidrun, tal vez sencillamente O'Keefe no sabía por qué ese mal humor le había agriado el día de repente. Había estado todo el tiempo contento, la había hecho reír con sus lacónicos sarcasmos, un don que Heidrun estimaba muchísimo. Amaba a los hombres cuyos chistes surgían de esa poca esforzada subestimación que les otorgaba el espaldarazo de la frialdad. En su opinión, no había nada más
erótico que la risa, una actitud, por desgracia, asociada a varios problemas, ya que la mayoría de los hombres intentaban comprenderla desde un punto de vista intelectual. El resultado era casi siempre arduo y desalentador. En el insistente esfuerzo por puntualizar las cosas con palmaditas en los muslos, los pretendientes perdían el último resto de su machismo natural, y las cosas iban a peor. Por su parte, Heidrun hallaba un relinchante placer en el sexo, y había tenido tales ataques de risa después de muchos orgasmos que los caballeros involucrados en el asunto, convencidos absolutamente de que se estaban
burlando de ellos, habían tenido que lamentar espontáneos fallos en sus motores. A la pérdida de la presión del placer le seguía siempre el mismo embarazo, y en cada ocasión ella se sentía culpable, pero ¿qué iba a hacer? Le gustaba reír. Sólo Ögi había entendido eso. Para él, la naturaleza de Heidrun no tenía un efecto que paralizara la erección ni nada que lo retardara. Walo Ögi, con su esculpida fisonomía de zuriqués, un hombre capaz de romper a reír con carcajadas sonoras, se tomaba el sexo tan poco en serio como ella misma, con el resultado de que ambos le sacaban el mejor partido.
Y, frente a él, estaba ahora O'Keefe. Desde un punto de vista objetivo —si es que había legitimidad para ver la belleza desde un punto de vista objetivo
—, su aspecto era mucho mejor que el de Walo; en todo caso, en el sentido de las proporciones clásicas, tenía una constitución perfecta y era dieciséis años más joven. Además, creaba la apariencia de ser un melancólico poco comunicativo y a veces gruñón. Su desfachatez provocaba inseguridad; su timidez, indiferencia, pero era lo suficientemente buen actor como para coquetear con todo ello de un modo profesional. En consecuencia, se veía
rodeado por aquella aura de misterio que transformaba a millones de individuos emancipados del sexo femenino en un amasijo de carne sin voluntad. Con supuesta timidez, cultivaba aquel eterno nomadismo, esa aura de no haber llegado nunca, en un mundo que él había contribuido a fundar y del que era cohabitante; sacaba a relucir el impertinente, como si Marlon Brando, James Dean y Johnny Depp no lo hubieran hecho ya ad absurdum, y por todas partes irradiaba su atractivo de tipo rebelde y sudoroso. Ni aun con la mejor de las intenciones podía decirse que fuera un crack en crear buen
ambiente. Pero, a pesar de todo, Heidrun, detrás de aquella fachada de rechazo, intuía cierta proclividad al exceso, a la diversión anárquica, a la fiesta salvaje, bastaba con que sólo se reunieran a su alrededor las personas adecuadas. La suiza no dudaba que con él se podría tener un sexo en el que uno podía hacer tonterías y reír a carcajadas durante horas, hasta llegar al máximo agotamiento de la líbido y el diafragma.
—Te ponen de los nervios éstos,
¿no? —conjeturó ella—. Nuestros estimados compañeros de viaje, quiero decir.
O'Keefe se enjugó el agua de los
ojos.
—Yo mismo me pongo de los nervios —respondió el actor—. Porque pienso que el problema lo tengo yo.
—¿Qué?
—Eso de no abrirse aquí arriba como si uno fuese una masa de levadura espiritual. Parece casi inevitable. Todo el mundo suelta constantemente algún que otro comentario filosófico, de los más hermosos. No hay nadie que no tenga algo bonito que decir. Unos empiezan a lloriquear en cuanto ven la Tierra, y los otros se muestran como los flagelantes de sus aspiraciones terrenales. Eva ve injusticia y Mukesh
Nair descubre en cada granito de polvo lunar el milagro que crea el asombro. Toda una élite social parece ansiosa por relativizar la vida que ha llevado hasta el momento, sólo porque ahora está sobre un pedazo de roca que se encuentra lo suficientemente alejado de la Tierra como para ver a esta última como un todo. Entonces llego yo y ¿qué se me ocurre? Pues un estúpido dicho de la era precámbrica de la navegación espacial.
—Yo quiero oírlo.
—Los astronautas son hombres que no tienen que llevarles ningún souvenir a sus esposas cuando regresan de sus
viajes.
—Realmente estúpido.
—¿Lo ves? Aquí arriba todos parecen encontrarse. Y yo ni siquiera sé qué tengo que buscar.
—Bueno, ¿y qué? Olvídalo.
—Te lo he dicho: no es problema de ellos, sino mío.
—Te quejas a un nivel muy alto, mi querido Finn.
—No, no lo hago —le dijo él, fulminándola con la mirada—. No tiene nada que ver con la autocompasión. Sencillamente me siento vacío, cansado. Me gustaría sentir esa emoción, evaporarme en arranques de admiración
y regresar a la Tierra siendo alguien de izquierdas, para, a partir de ahí, llevarme a la boca palabras propias de un iluminado, pero no soy capaz de sentir nada de eso. No se me ocurre nada acerca de este viaje, salvo que es agradable hacer de vez en cuando algo distinto. Pero ¡esto es y seguirá siendo simplemente la Luna, maldita sea! No es ningún nivel más elevado de la existencia, ninguna comprensión de algo. No me siento más espiritual por venir aquí, no me conmueve en absoluto, ¡y eso debe de ser problema mío! ¡Debe de ser algo más! Me siento como muerto.
Pataleando como dos anfibios,
ambos se fueron acercando el uno a la otra. Y mientras Heidrun todavía reflexionaba sobre cuál era la respuesta apropiada para aquel arranque del actor, una respuesta que no sonara a los consejos de una tía, él, de repente, se había plantado muy cerca de ella. Arrugas de todos los tamaños revelaban una vida marcada y guiada por el desconcierto. Reconocía la incapacidad de O'Keefe para poner en armonía su brillante talento con el conocimiento banal, lo que hacía que, a pesar de su especial talento, no fuera ninguna persona especial, sino simplemente una persona viva, condenada, como
cualquier otra, a estrellarse un día en la autovía por la que todos viajaban a alta velocidad, sin haber llegado nunca a aproximarse al sentido de la vida. Ni rastro de apoteosis. Sólo era alguien que había tenido demasiado de todo sin haber quedado nunca satisfecho, y que ahora, en todo su desconcierto, reaccionaba de un modo más honesto a las impresiones del viaje que todo el grupo junto.
Y, al momento siguiente, ella sintió su contacto.
Sintió sus manos en las caderas, en el trasero. Las sintió explorar su cintura y su espalda, sintió sus labios
extrañamente fríos sobre los suyos. Entonces lo rodeó con ambas piernas y lo atrajo con fuerza hacia sí, hasta el punto de que su sexo palpitó contra el suyo, sorprendida por el desparpajo de su acercamiento y, aún más, por lo bien fermentada que estaba ella misma para enfrentarlo, sobre todo en lo relacionado con su disposición a aquella aventura. Sabía que estaba a punto de cometer un acto terriblemente estúpido, algo de lo que se arrepentiría amargamente después, pero todo el catecismo de la fidelidad conyugal se consumía ahora bajo el fuego de ese instante, y si se decía que los hombres pensaban con el
pene, como se afirmaba a menudo, y con razón, también podía decirse ahora que su buen juicio y su voluntad se habían desplazado a su vagina, y eso, a su vez, era algo tan espantosamente banal que no le quedó más remedio que soltar una sonora carcajada.
Y O'Keefe rió con ella.
No podría haber hecho nada más fatal para ella. El menor fruncimiento irritado de las cejas la habría salvado, un asomo de incomprensión, pero él sólo rió a carcajadas y empezó a darle un masaje entre las piernas, a tal punto que ella sintió miedo mientras sus dedos se aferraban al borde de su bañador y lo
bajaban, a fin de liberar al animal hinchado que se ocultaba detrás.
«Simios acuáticos —pensó la suiza
—. ¡Somos simios acuáticos! ¡Uh! ¡Uh!»
—Es mejor que lo dejéis ahí — oyeron decir a Nina Hedegaard antes de que el agua empezara a salpicar sonoramente—. Sólo os traerá frustración y un montón de problemas.
Como alcanzados por un rayo, se apartaron el uno de la otra. O'Keefe, irritado, estiró la mano para coger su bañador. Heidrun hundió la cabeza tragando agua del cráter, emergió de nuevo y empezó a toser descontroladamente. Como un vapor de
rueda, Hedegaard pasó por su lado nadando de espaldas.
—Lo siento, no quería estropearos la diversión. Pero en realidad creo que deberíais pensároslo.
Y eso fue todo.
A Heidrun le faltaban las premisas genéticas para ruborizarse, pero en ese momento podría haber jurado que estaba roja como un tomate, un faro de timidez. Miró fijamente a O'Keefe. Para su alivio sin límites, no había en su mirada ni una sola señal de que los últimos minutos le resultaran embarazosos; sólo había en ella cierto lamento y una vaga certeza de que todo había acabado. Era inequívoco
que él todavía la deseaba, y ella no menos a él, pero, en igual medida, ahora sentía una enorme añoranza de Walo, y sintió ganas de darle un beso a Hedegaard por su intervención.
—Sí, nosotros... —O'Keefe compuso una sonrisa torcida—, en realidad ya pensábamos subir.
—Para mí está claro —dijo Hedegaard, malhumorada. Con fuertes brazadas, se acercó a donde estaban y se incorporó en el agua—. Mantendré la boca cerrada, no os preocupéis. Lo demás es asunto vuestro. Ahí arriba todos empiezan a ponerse nerviosos. El grupo de Julian aún no ha regresado y
los satélites siguen sin funcionar.
—¿Y Julian no ha dicho nada? — quiso saber Heidrun, su cuerpo seguía siendo un enorme latido—. Esta mañana, quiero decir.
—Sí, dijo que llegarían un poco más tarde, ya que el programa era demasiado amplio. Eso dice Lynn.
—Bueno, pues será como ella dice.
—A mí me parece un poco raro.
—Seguro que Julian ha intentado comunicarse, y contigo la primera — opinó O'Keefe.
—Sí, estupendo. ¿Y qué harías tú, Finn, si no consigues comunicarte? ¡Ser puntual! Y así no inquietas a los demás.
Por otra parte, no soy estúpida, ahí hay algo más. Hay algo que ellos no me están contando.
—¿Quiénes son ellos?
—Dana Lawrence, esa mujer de hielo. Y Lynn. ¿Quién sabe? La cena, por cierto, se ha pospuesto para las nueve.
Heidrun miró a O'Keefe y se dio cuenta de que él estaba pensando exactamente lo mismo que ella en ese momento: si no era mejor aprovechar el tiempo y subir a la suite de él. Pero fue un pensamiento pálido, poco convencido; en realidad fue algo menos que un pensamiento, pues no surgió de la
mente ni del corazón, sino del bajo vientre, cuyo intento de ataque se esfumó con suma rapidez. O'Keefe se deslizó hacia adelante y le dio un beso fugaz que tuvo algo de conciliador, de final.
—Ven —dijo él—. Vayamos con los demás.
LONDRES, GRAN BRETAÑA
Tras la conversación con Palstein, Jericho había realizado una solitaria ronda por el universo bien equipado del centro de control de seguridad y había familiarizado a Shaw con el contenido de su mochila.
—Diana —dijo el detective—. Es la cuarta persona en esta alianza.
—¿Diana? —En el duro rostro se alzó una ceja.
—Mmm. Diana.
—Entiendo. ¿Es su hija o su mujer?
Desde entonces Diana había estado conectada alternativamente a la Internet pública y a la red interna del Big O, protegida contra cualquier tipo de hacker, un sistema totalmente aislado del mundo exterior al que no había ningún acceso de entrada ni de salida. Entretanto, Shaw lo había autorizado sin preámbulos para acceder a todas las bases de datos del consorcio, le había proporcionado una contraseña que le daba poderes para seguir el rastro a toda la red internacional del grupo empresarial, su historial y su estructura de empleados. Al mismo tiempo, y gracias a Diana, podía continuar
trabajando en terreno conocido. Sin la compañía de Tu y de Yoyo, que habían salido con la intención de visitar el edificio por espacio de unos minutos y llevaban ausentes más de una hora y media, él se sentía ahora opresivamente solo y azotado por el estigma del apestado. Un mensajero, útil únicamente para poner en juego la cabeza por otros, pero no para que alguien lo convirtiera en amigo y confidente.
¡Bah, amigos! Que ambos se revolcaran en su miseria. Ahora, por fin, se sentía otra vez mimado por la voz suave y oscura de Diana, aquella voz computerizada, y se veía libre de todo
estado de ánimo.
Jericho instruyó a Diana para que explorara la red teniendo en cuenta ciertas constelaciones de términos:
«Palstein», «ataque», «atentado»,
«terrorista», «intento de asesinato»,
«Orley», «China», «investigaciones»,
«conclusiones», «resultados», etcétera. Siguiendo la iniciativa del magnate petrolero, las autoridades canadienses habían enviado una amplia variedad de material gráfico y fílmico que ahora él estaba evaluando en colaboración con Edda Hoff, con un empleado del Departamento de Seguridad Informática y una mujer del MI6. Si Palstein hubiese
estado dispuesto a mostrarles el vídeo, tal vez podría haberles ahorrado todo aquel trabajo agotador. Diana iba arrastrando consigo todos los hallazgos relacionados con el atentado de Calgary, y lo hacía como un gato arrastra a un ratón medio muerto; sin embargo, en lo relativo a lo que quedaba por descodificar del fragmento de texto, seguía dando palos de ciego. Por lo visto, aquel misterioso murmullo de la red había enmudecido para siempre. A diferencia de ello, la abundancia de imágenes, informes, valoraciones y teorías de la conspiración respecto de lo ocurrido en Calgary entraban sin cesar,
pero sin que nada de ello arrojara luz sobre el asunto.
Entonces Jericho decidió hacer una visita a Jennifer Shaw.
—Me alegro de verlo —dijo Shaw, que estaba en medio de una videoconferencia con representantes del MI6, y le hizo señas para que se acercara—. Si tiene algo nuevo...
—¿Cuándo se debía inaugurar el Gaia originalmente? —preguntó Jericho al tiempo que acercaba una silla.
—Ya lo sabe, el año pasado.
—Sí, pero ¿cuándo exactamente?
—Bueno, habíamos previsto que fuera a finales del verano, pero tales
proyectos sufren siempre a causa de sus propias características prototípicas. También podría haber sido en otoño o en invierno.
—Y todo por culpa de la crisis lunar...
—No sólo por eso —dijo Norrington, que en ese momento entró en la habitación—. Usted está aquí, en el templo de la verdad, Owen. Admitimos con gusto que hubo retrasos de carácter técnico. La inauguración extraoficial estaba prevista para agosto de 2024, pero aun sin la crisis no lo habríamos conseguido antes de 2025.
—Entonces, ¿el momento de la
terminación no estaba previsto por aquella fecha?
—¿Por qué lo pregunta? —quiso saber uno de los hombres del MI6.
—Porque me inquieta la idea de si e s a mini-nuke fue llevada hasta allí arriba con el propósito de destruir el Gaia. Algo sobre lo que se sabía que sería terminado, pero no cuándo. En cualquier caso, cuando lanzaron el satélite, el hotel aún no estaba terminado.
—Tiene usted razón —dijo el hombre del MI6 en tono pensativo—. Podrían haber esperado para lanzarlo, o incluso deberían haberlo hecho.
—¿Por qué «deberían»? —preguntó otro.
—Porque toda bomba emite radiaciones. No pueden tener ese chisme guardado en la Luna durante mucho tiempo, sobre todo teniendo en cuenta que no existe ninguna convección para eliminar el calor. Se correría el peligro de que la bomba se sobrecalentase y estallase antes de tiempo.
—Entonces la iban a lanzar definitivamente en el año 2024 — conjeturó Shaw.
—Es lo mismo que pienso yo —dijo Jericho—. ¿Estaba o está destinada únicamente al Gaia? ¿Cuánto explosivo
se necesita para volar por los aires un hotel?
—Muchísimo —dijo Norrington.
—Pero ¿no tiene que ser precisamente una bomba atómica?
—A menos que quieran contaminar todo el emplazamiento, el entorno más lejano —declaró el hombre del MI6.
El detective asintió.
—¿Y qué más hay en ese sitio?
—¿En el Vallis Alpina? —dijo Shaw, pensativa—. Nada, hasta donde yo sé. Pero eso no significa nada.
—¿Adónde quiere ir a parar realmente? —preguntó Norrington.
—Muy sencillo: mientras estemos de
acuerdo en que la bomba debía ser lanzada a toda costa en el año 2024, independientemente de que se terminara el Gaia o no, tenemos que preguntarnos por qué eso no sucedió.
Shaw reflexionó.
—Porque algo se interpuso —dijo. Jericho sonrió.
—Porque a alguien se le interpuso algo. Porque a ese alguien le impidieron encender la mecha del artefacto, fuera como fuese. Eso quiere decir que deberíamos dejar de preguntarnos por el dónde y el cuándo y concentrarnos en la persona que, posiblemente, muy probablemente, no se llame Carl Hanna.
Así que, ¿quién estuvo en la Luna el año pasado, o camino de ella, que podría haber activado la bomba? ¿Qué fue lo que ocurrió para que la explosión no se produjera?
Durante todo ese tiempo, el detective había estado pensando: «¿A quién le cuento yo todo esto?» Shaw había expresado sus suposiciones sobre la existencia de un topo, de un traidor que sacaba su información del círculo más íntimo de la seguridad del consorcio. ¿Quién era ese topo? ¿Edda Hoff, tan impenetrable y frágil? ¿Uno de los jefes de departamento? ¿Tom Merrick, aquel manojo de nervios que
tenía bajo su mando la seguridad de las comunicaciones, podía ser él el responsable de un bloqueo de las conexiones que él mismo fingía investigar? ¿Había alguien más, aparte de Andrew Norrington, que escuchara sus disquisiciones, la persona que menos debía escucharlas? Siempre presuponiendo que Shaw no hubiera lanzado la idea de los topos con el propósito de desviar la atención del hecho de que ella misma era el topo.
¿Cuán seguros estaban ellos en el
Big O?
GAIA, VALLIS ALPINA, LA LUNA
El protocolo pudo reconstruirse rápidamente. Fiel a su nombre, Gravedigger cavó y cavó hasta llegar a las profundidades del sistema y estar en condiciones de hacer una lista completa, pero puesto que ésta abarcaba las actividades de varios días, se leía como una especie de terapia ocupacional para tres fines de semana lluviosos.
—Mierda —dijo Thiel en voz baja. Ahora bien, si uno delimitaba los
períodos dignos de atención, era posible
avanzar más rápidamente de lo esperado. En efecto, la huella del falsificador se extendía por todo el protocolo como una especie de patrón, ya que en cada punto donde había sido necesario hacer limpieza, esa persona la había hecho sin dudarlo. El vídeo de la excursión nocturna de Hanna, por ejemplo, había sido editado mientras el canadiense exploraba en compañía de Julian los alrededores del Gaia, o, más exactamente, entre las seis y cuarto y las seis y media de esa mañana; una prueba inequívoca de que Hanna no había podido borrar sus propias huellas.
¿Dónde estaba ella en ese momento?
En la cama. Ese día se había levantado hacia las siete. Hasta ese momento, el vestíbulo y la central de mando estuvieron poblados únicamente por las máquinas. Por medio de una proyección simultánea, hizo pasar varias grabaciones de ese período de tiempo en que aquel fantasma había realizado su faena, pero nadie había salido de su habitación, no se veía a nadie agazapado en un rincón oculto, manipulando el sistema desde alguna otra parte.
¡Era imposible!
¡Alguien tenía que haber estado merodeando por el hotel a esas horas!
¿O acaso también habían manipulado
esos vídeos?
Thiel estudió con mayor detenimiento el protocolo, hizo que el ordenador examinara todas las películas a partir de los fragmentos introducidos a posteriori.
En efecto.
Se quedó mirando fijamente la pared de monitores. Aquel asunto le resultaba cada vez más inquietante. A partir de todo lo que estaba viendo allí o, mejor dicho, de lo que no veía, podía inferirse que todo había sido hecho con una inquietante profesionalidad y unos nervios de acero. Si las cosas continuaban por ese camino, al final
tendría que verificar cada orden dada, y todo con la vaga esperanza de que el falsificador se pusiera al descubierto gracias a algún ínfimo descuido. Su estado de ánimo, que en un comienzo había cobrado rasgos de euforia veraniega, empezó a retirarse hacia un talante de finales de otoño. Nada de lo que hiciera serviría. Aquella persona desconocida había sabido aprovechar muy bien su tiempo y su oportunidad, y era en todo superior a ella.
Tal vez debía intentar abordar el asunto desde otro ángulo. Tal vez debía comenzar con el último incidente de importancia, la interrupción de la
comunicación por satélite. Quizá el fantasma no había tenido tiempo, desde entonces, de hacer su limpieza.
Thiel aisló el pasaje de la conferencia telefónica hasta el momento en que ésta se interrumpía de manera repentina, y luego hizo que el ordenador reprodujera de nuevo toda la secuencia. Sus propias acciones eran ahora visibles en aquella reconstrucción: se veía cómo aceptaba la llamada, cómo informaba de ella a Lynn y a Lawrence, que estaban en el Selene, y cómo las comunicaba con Julian Orley. Y entonces...
Se cernió sobre ella. Thiel se estremeció, alzó la cabeza bruscamente
y se echó hacia atrás.
—Eh... Yo... pensé que tendrías hambre.
—¡Axel!
La complexión monolítica de Axel Kokoschka había provocado un eclipse sobre su escritorio. El cocinero sostenía un plato en su mano derecha. Sobre él destacaba la huesuda garra de un carré de cordero que despedía un halagüeño aroma de calabacines y nueces.
—¡Axel, joder! —dijo ella, jadeante
—. ¡Qué susto me has dado!
—Lo siento, yo...
—No pasa nada. ¡Uf! Pero ¿tú no tenías que poner patas arriba paredes y
suelos?
—El cancerbero nos ha exonerado
—dijo, sonriente—. ¿Tienes hambre? Te he traído cordero de marisma de la Frisia oriental.
Él la miró, luego miró hacia un lado, hacia el suelo, y finalmente se atrevió otra vez a establecer contacto visual.
«Cielos, no.» Sophie lo había presentido. Alemán ama a alemana. Kokoschka estaba chiflado por ella.
—Es muy amable de tu parte —dijo
Thiel con los ojos fijos en el plato.
Él expandió su sonrisa, colocó el cordero junto a ella, en una esquina libre del escritorio, y también una servilleta y
los cubiertos. De repente Thiel se dio cuenta de que el hambre se había ido colando en el transcurso de las últimas horas, socavando en toda regla su voluntad. Con avidez, inhaló los aromas que emanaba el plato. Kokoschka había cortado las chuletas especialmente para ella. Sophie cogió entre sus dedos una de las frágiles chuletitas y chupó la tierna carne del hueso, al tiempo que dirigía de nuevo su atención a la pantalla.
—¿Qué haces? —preguntó
Kokoschka.
—Examino el protocolo de la tarde
—dijo la alemana con la boca llena—.
Así tal vez consiga averiguar algo sobre la avería de los satélites.
—¿Crees que de verdad hay una bomba?
—No tengo ni idea, Axel.
—Mmm. Es extraño. En realidad, no me interesa mucho. —Su frente se cubrió de sudor. En visible discrepancia con sus palabras, el cocinero parecía nervioso, inquieto, cambiaba el peso de pierna cada dos por tres, jadeaba—. Entonces, ¿lo que pretendes averiguar es dónde está la bomba?
—No, quiero saber quién es el cómplice de Hanna en...
En eso, ella lo miró fijamente.
Kokoschka le sostuvo la mirada por espacio de unos segundos, pero de inmediato sus ojos derivaron hacia la consola con los monitores. Su sudoración se hizo entonces más intensa. Tenía la calva empapada, una arteria palpitaba en la sien. Thiel dejó de masticar, manteniendo la barbilla alargada y los carrillos llenos.
—De acuerdo, es probable que ya lo sepas desde hace mucho tiempo —dijo Kokoschka al aire.
Ella tragó en seco. Retrocedió un poco.
—¿Qué es lo que tengo que saber? Él la miró.
—¿Podemos hablar un momento? — Con un breve movimiento de cabeza, Lawrence le dio a entender a Lynn que la siguiera hasta la escalera que conducía desde el club Mama Killa hasta el Luna Bar, situado debajo, y de allí al Selene y al Chang'e.
En ese instante, todo el mundo tenía su atención puesta en Chuck, que estaba de pie delante de todos, con una acechante sonrisa, los brazos alzados y las palmas de las manos vueltas hacia arriba.
—¿Qué quiere decirnos el papa cuando hace este gesto?
—No tengo ni idea —dijo
Olympiada con expresión triste.
Miranda Winter, por su parte, poco familiarizada con las costumbres del sumo pontífice y los temas clericales, negó con la cabeza, con expectativas cargadas de esperanza de poder entender el quid del chiste. Por su parte, mientras tanto, una depresión de tormenta y furia arrasaba con sus vientos toda benevolencia de los rasgos de Aileen. Junto a ella estaba Rebecca Hsu quien, como un león de circo, ocupaba uno de los taburetes del bar mientras hablaba bajito con su ordenador de mano. Walo Ögi se había retirado a su suite con intenciones de leer.
—Chuck, no irás a contar ese chiste.
—Ah, vamos, Aileen...
—¡No puedo creer que vayas a contar ese chiste!
—A ver, ¿qué quiere decirnos el papa con eso? —dijo Winter, soltando una risita.
—¡Chuck, no!
—Pues muy sencillo. —Chuck Donoghue plegó nueve dedos de sus manos y sólo dejó el dedo corazón de su diestra alzado en el aire—. ¡Esto mismo, pero en diez idiomas!
Winter soltó una nueva risita; Hsu estalló en una carcajada mientras Olympiada torcía un poco la boca en una
mueca. Aileen miró a los presentes solicitando disculpas con una ofendida sonrisa de impotencia en el rostro. Lynn no prestaba atención a nada de aquello de la manera habitual. Todo cuanto veía y oía era para ella como una ruidosa secuencia de destellos salidos de un estroboscopio. Aileen culpaba a Chuck de no respetar una zona que debía estar exenta de todo chiste llamada «Iglesia», sobre la cual ya se habían puesto de acuerdo, y lo hizo blandiendo el escalpelo de su falsete, esta vez subrayado por el ignorante «ji, ji» de Winter con su monotonía de frecuencia, que constituía un absoluto martirio.
—Debemos aceptar de una vez que algo está ocurriendo en la meseta de Aristarco —dijo Lawrence sin muchos preámbulos—. Y es algo desagradable.
Los dedos de Lynn se plegaron, se extendieron de nuevo.
—De acuerdo, enviaremos a Nina con el transbordador.
—Deberíamos hacer eso —dijo Lawrence, asintiendo—, y también evacuar el Gaia.
—¡Un momento! Antes ya dijimos que íbamos a esperar.
—Pero ¿esperar a qué?
—A Julian.
Lawrence dirigió una rápida mirada
al grupo allí sentado. Miranda Winter seguía riendo.
—¡Genial! ¿Y por qué en diez idiomas?
Mientras tanto, Chuck miraba a las dos mujeres con expresión de recelo y enfado.
—¿Es que usted no escucha lo que le digo? —dijo Lawrence, entre dientes—. Le he dicho que el grupo de Julian podría tener problemas. Es totalmente incierto que vayan a aparecer por aquí, ya hemos recibido una amenaza de bomba. Tenemos huéspedes en el hotel. Debemos evacuarlo.
—Pero ya hemos pospuesto la cena
para las nueve.
—Eso ahora no tiene importancia.
—Sí que la tiene.
—No la tiene, Lynn. Estoy harta. Voy a convocar a todos. A las ocho y media nos reuniremos en el club Mama Killa para tomar un vino, y allí contaremos la verdad. In vino veritas, ya sabe. Luego instalaremos un radiofaro para Julian, Nina saldrá en su busca y nosotros, el resto, viajaremos con el expreso lunar hasta...
—Estupideces. ¡Está usted diciendo estupideces!
—¿Soy yo la que dice estupideces? Chuck se levantó de su asiento y se
alisó las perneras del pantalón.
—Realmente pensaba que lo sabías
—dijo Kokoschka, turbado.
Thiel negó con la cabeza en un estado de mudo asombro.
—Hum. —El cocinero se enjugó el sudor de la frente—. Bueno, tampoco es tan importante. Creo que he venido en mal momento.
—¿Mal momento para qué?
—Yo te... Es que, de algún modo, me he... ¡Ah, olvídalo! Sólo quería decirte que te... Ah...
Thiel estuvo a punto de derretirse a causa del alivio. Su mano avanzó hasta el plato, pero su estómago aún no se
había unido al criterio de que Kokoschka sólo pretendía hacer una declaración amorosa, por lo que se negó a ingerir cualquier otro alimento.
—Tú también me caes bien —dijo ella, esforzándose porque su frase sonara a lo que era y no a algo más.
El cocinero se frotó los dedos contra el impecable uniforme.
—Tengo curiosidad por saber si encuentras algo —dijo él, mirando el monitor.
—Yo también tengo curiosidad, créeme. —«Cambio de tema, gracias a Dios.» Thiel observó los fragmentos de imágenes, la lista del protocolo, el flujo
de datos—. Todo esto es un gran enigma. Nosotros...
La alemana miró con mayor detenimiento.
—¿Y eso qué es? —susurró. Kokoschka se acercó un poco más.
—¿El qué?
Thiel detuvo el programa de reconstrucción. Allí había algo, algo extraño que no era posible determinar con precisión. Una especie de menú que ella jamás había visto antes. Era algo simple, abarcable a la vista, y con una larga cola de datos, paquetes de órdenes que habían sido dadas unos segundos antes de que colapsaran las
comunicaciones del Gaia. La joven entendía algo el lenguaje de la programación. Podía leer muchas cosas, pero, así y todo, aquello no habría tenido mucho sentido para ella si no le sonaran algunas de las codificaciones.
Eran códigos de satélites.
La comunicación había sido interrumpida desde el Gaia. Y Thiel ahora podía ver cuándo y desde dónde se había hecho.
Y también sabía quién lo había hecho.
—Oh, mierda —susurró.
Tuvo miedo. Un miedo terrible, hasta entonces reprimido, fue inundando
cada una de sus células, todo su pensamiento. Sus dedos comenzaron a temblar. Kokoschka se inclinó hacia ella.
—¿Qué pasa? —preguntó el cocinero.
Ya no había en ella señales de timidez. El buen compañero, su «amigo y sólo amigo», la miró desde su cabeza cuadrada. Ella dio un giro en su silla, abrió un cajón y buscó papel y bolígrafo, porque ya ni siquiera se atrevía a utilizar el sistema informático. A toda prisa, garabateó unas pocas palabras en el papel, lo dobló formando un paquetito y se lo puso en la mano al
cocinero.
—Llévale esto a Tim Orley
susurró—. De inmediato.
—¿Qué es?
Thiel vaciló. ¿Debía decirle a él lo que acababa de descubrir? Bueno, ¿por qué no? Pues porque Axel Kokoschka, en su talante algo infantil, era un tipo imprevisible. Tenía la fuerza de un oso, era capaz de abalanzarse sobre la persona en cuestión y estamparle un guantazo, lo que sería un error.
—Sencillamente, llévaselo a Tim — dijo ella en voz baja—. Llévaselo dondequiera que esté. Debe venir aquí de inmediato. Por favor, Axel, hazlo de
prisa. No pierdas tiempo.
Kokoschka le dio vueltas al paquetito entre los dedos y lo contempló durante algunos segundos. Luego asintió, dio media vuelta y desapareció sin decir ni una palabra.
—No podemos evacuar —insistió Lynn con expresión febril. Sus dedos se doblaron y se convirtieron en garras, clavaron sus uñas perfectas en la carne de sus pulpejos—. No podemos poner en juego la confianza de nuestros huéspedes.
—Con el debido respeto, pero ¿se ha vuelto usted loca? —le preguntó en voz baja Lawrence—. Este hotel podría
volar por los aires en cualquier momento, ¿y usted me habla de no abusar de la confianza de sus huéspedes?
Lynn la miró enfurecida, negó con la cabeza. Entonces Chuck se les acercó con paso de terrateniente.
—Acabemos con todo este teatro — dijo el norteamericano—. Exijo saber ahora mismo qué está pasando aquí.
—Nada —le respondió Lawrence
—. Sólo estábamos considerando la posibilidad de enviar a Nina Hedegaard con el Calisto a la meseta de Aristarco para ver si, en contra de lo esperado, ha ocurrido...
—Mire, guapa, yo estaré viejo, pero no esclerótico —dijo Chuck inclinándose hacia Lawrence y poniendo su cabeza leonina a la misma altura de la de la directora—. No me subestime, ¿de acuerdo? Dirijo los mejores hoteles del mundo, he construido más chismes de éstos de los que usted podrá pisar jamás en su vida, así que no me joda.
—Nadie pretende joderlo, Chuck, sólo hemos...
—Lynn. —Donoghue abrió los brazos en gesto conciliador—. ¡Por favor, dile a esta tía que deje ya eso! Conozco esa expresión conspirativa, ese cuchicheo. Lleváis escrito en la frente
que hay algún problema, así que, decidme, ¿qué coño está pasando aquí?
Chuck ya no era Chuck. ¡Se había convertido en un ariete! Intentaba abrirse paso hacia su interior, acusarla, probarle algo, pero Lynn no le permitiría el paso, ¡no dejaría que nadie entrase en ella, tenía que resistir! Julian.
¿Dónde estaba Julian? ¡Estaba fuera Estaba donde siempre había estado, durante toda su vida: fuera. Lo mismo cuando ella había nacido, cuando lo necesitaba, cuando murió Crystal. Cuando, cuando, cuando... ¿Julian?
¡Julian estaba fuera! Todo recaía sobre sus hombros.
—¿Lynn?
No perder el control. Ahora no. Había que posponer el colapso, que ya se anunciaba con la fatalidad de una supernova, había que retrasarlo lo suficiente a fin de poder actuar. Era preciso poner freno a Lawrence, su enemiga. Y también a todos los demás que sabían. Cada uno de ellos era ahora su enemigo. Estaba completamente sola. Todo dependía únicamente de ella.
—Tendréis que disculparme, por favor.
Tenía que actuar, actuar. Dando unos saltitos, zumbando, gruñendo, como un panal de avispas revuelto, Lynn bajó a
la carrera la escalera en dirección al ascensor.
Chuck se quedó mirándola con el rostro desencajado.
—¿Qué es lo que le pasa?
—No tengo ni idea —respondió
Lawrence.
—Yo no pretendía ofenderla — balbuceó Chuck—. Por supuesto que no. Sólo quería...
—Hágame usted un favor, ¿de acuerdo? Vuelva con los demás.
Chuck se frotó el mentón.
—Por favor, Chuck —dijo la directora—. Todo está bien. Lo mantendré al tanto, se lo prometo.
Lawrence dejó allí al norteamericano y fue detrás de Lynn.
No era que a Axel Kokoschka le pareciese que tuviera sobrepeso, por lo menos no del todo. Además, su arte representaba la compatibilidad de la auténtica cocina gourmet con las exigencias de una sociedad obsesionada con el fitness y la quema de calorías. Y, medido por ese rasero, sí que tenía sobrepeso. Férreamente decidido a reducir a catorce kilos los quince que pesaba allí arriba, el cocinero apenas utilizaba los ascensores. También ahora saltaba de puente en puente, atormentando a su robusto cuerpo de
piso en piso, en ascenso, y usando la escalera final hasta la garganta de Gaia. La zona entre los hombros y la cabeza de la diosa estaba concebida como entreplanta, y allí terminaban los ascensores de los huéspedes, y sólo los otros, los de carga y los del personal, llegaban hasta la cocina. Allí donde, en los seres de carne y hueso, discurrían los músculos del cuello, había unas escalinatas que desembocaban en la sección de las suites ubicadas debajo, y luego doblaban hacia la cabeza, donde estaban los restaurantes y los bares. El cuello, además, servía como depósito para los tanques con el oxígeno líquido,
a fin de compensar cualquier pérdida del preciado gas. Los tanques estaban apilados y ocultos tras las paredes y ocupaban algún espacio, razón por la cual sólo la garganta de Gaia estaba acristalada. También había varias botellas de oxígeno colgadas de unos soportes acoplados a la pared.
Kokoschka resopló. Sin tener que recurrir a la báscula, sabía que en los últimos días había aumentado de peso. No era de extrañar que Sophie reaccionara cohibida en relación con él. Tenía que redoblar el esfuerzo, ir más a menudo al gimnasio, correr en la cinta, de lo contrario sus contactos con la
carne amenazaban con limitarse a sus encuentros con las chuletas, los filetes empanados y el picadillo.
No había nadie en el Chang'e. También el Selene, situado encima, tenía que darse por satisfecho consigo mismo, y otro tanto pasaba con el Luna Bar. A juzgar por las voces, el grupo se había reunido en lo más alto. Curiosamente, Kokoschka apenas sentía miedo, a pesar del posible peligro de muerte. No podía imaginarse lo que era una bomba atómica, y mucho menos cómo explotaba. Además, no habían encontrado nada. Por otra parte, un chisme como ése, ¿no emitía
radiaciones? Mucho más le preocupaba Sophie. Algo la había asustado. De repente la chica le había parecido totalmente amedrentada, y luego lo de aquel papelito garabateado a toda prisa que ella le había dado para que se lo entregara a Tim.
Pero Tim Orley no estaba allí. Sólo estaban los Donoghue, Hsu, Winter y la sosa mujer del ruso, todos sentados delante de sus bebidas, con aspecto lamentable. Funaki dijo que Tim había pasado un rato antes por allí, que había preguntado por Lynn, quien, por su parte, había dejado el restaurante momentos antes.
—Sin embargo, yo no le hice nada
—bramó Donoghue sin dirigirse a nadie en específico—. De verdad que no.
—Bueno —dijo Aileen, mirando significativamente a los presentes—. Estos últimos días parece un tanto estresada, ¿no creéis?
—Lynn está bien.
—Bueno, a mí me ha llamado la atención. ¿A vosotros no? Ya desde la estación espacial.
—Lynn está bien —repitió Chuck—. A la que no soporto es a la otra, la directora del hotel.
—¿Y por qué no? —dijo Hsu, alzando las cejas—. Sólo hace su
trabajo.
—Ésa oculta algo.
—Bueno, pues... —Kokoschka hizo ademán de abandonar de nuevo el club Mama Killa—. Pues...
—¡Me lo dice mi experiencia! — Chuck golpeó con la mano abierta encima de la mesa—. Y también mi próstata. Cuando la experiencia me falla, la próstata me ayuda. Y os digo que esa tía nos toma por tontos. No me sorprendería nada que estuviera tomándonos el pelo...
—Bueno, pues yo...
—¿Y usted con qué va a sorprendernos esta noche, joven? —
preguntó Aileen con voz melosa.
Kokoschka se pasó la mano por la calva. Era asombroso que con sólo un par de milímetros de cuero cabelludo se pudiera producir tal cantidad de sudor, capa a capa, como si fuera su cerebro el que estuviera sudando.
—Ossobuco con risotto milanés —
murmuró el chef.
—¡Uyy! —exclamó Winter—.
¡Adoro el risotto!
—Bueno, yo lo preparo como los venecianos —le hizo saber Aileen a Kokoschka—. Tiene usted claro que hay que estar removiéndolo todo el tiempo,
¿no? No puede parar ni un momento.
—Es cocinero, corazón —dijo
Chuck.
—Ya lo sé. ¿Puedo preguntarle dónde aprendió?
—Bueno... —Kokoschka se retorció en las mieles del interés que despertaba su carrera—. En Sylt..., entre otros sitios.
—Ah, Sylt, espere, eso es... Un momento, no me lo diga... es esa ciudad... esa ciudad del norte de Noruega, ¿no es así? Muy arriba, al norte.
—No.
—¿No?
—No. —Tenía que marcharse,
buscar a Tim—. Es una isla.
—¿Y con quién aprendió allí, Alex?
—Aileen le hizo un guiño de familiaridad—. Puedo llamarlo Alex,
¿verdad?
—Axel, señora. Aprendí con Johannes King. Perdone, pero tengo que...
—¿King? ¿Tiene alguna estrella?
—Tres estrellas. No pretendía tener una tercera, pero, sencillamente, era demasiado bueno. Lo conoció usted en la OSS. Y ahora, de verdad, tengo que...
—¿Usa usted médula de ternera para el risotto?
Kokoschka miró con nerviosismo
hacia la escalera; se sentía como un zorro en una trampa, un pez en una nasa.
—Vamos, díganoslo —pidió Aileen, sonriente—. Tome asiento, Alex..., Axel, vamos, siéntese.
Cuanto más profundizaba Sophie Thiel en el protocolo, tanto mayor era la inquietud que sentía. A través de sofisticados vínculos cruzados y camuflados, se llegaba a unas listas con breves órdenes no oficiales, algunas crípticas, otras pensadas para poner bajo control el sistema de comunicación del hotel. Entre otras cosas, bloqueaban la comunicación por láser entre el hotel Gaia y la base lunar o, mejor dicho,
desviaban la señal hacia una conexión de teléfono móvil. Entretanto, ya creía saber lo que sucedía con aquel misterioso menú. No había sido el LPCS en sí lo que había sido saboteado, sino que habían enviado un impulso a la Tierra y, hasta donde podía ver, ese impulso había desatado un bloqueo que no sólo afectaba a los satélites lunares. Habían realizado un trabajo perfecto, y la Luna había quedado totalmente incomunicada con respecto a la Tierra.
De repente dudó de que todo aquel esfuerzo tuviera como objetivo destruir el hotel.
¿Quiénes eran los que habían hecho
eso?
¡Tim! En lo más profundo de su ser, Thiel confiaba en que Tim apareciera cuanto antes. ¿Es que Axel no lo había encontrado? Los conocimientos de la joven no bastaban para eliminar el bloqueo, sobre todo porque todavía no sabía qué lo había provocado realmente. Por el contrario, sí confiaba en poder reparar la interrupción de las comunicaciones por láser con la base Peary. Establecería contacto con los astronautas allí y les pediría ayuda, aun cuando eso pudiera significar un peligro para su propia vida, si alguien la oía, lo que era muy posible, pero, en ese caso,
luego se encerraría en alguna parte.
¡Encerrarse, vaya un sinsentido! Eran los pensamientos de una niña pequeña. «¿Dónde te vas a encerrar cuando la bomba explote?»
¡Tenía que largarse de allí! ¡Todos tenían que salir de allí!
Los dedos de Thiel volaron por la pantalla táctil, de tal modo que apenas tocaban la lisa y fría superficie. Al cabo de pocos segundos oyó unos pasos, y la ya conocida sombra se cernió sobre ella. A su lado, con un callado reproche, se enfriaba el cordero.
—¿Lo has encontrado? —preguntó ella, sin levantar la mirada, mientras
corregía una de las órdenes. Había que reescribir todavía esa secuencia, pero quizá no se trataba de Axel, sino de Tim.
Nadie respondió. Thiel alzó la cabeza.
Al momento se puso en pie de un salto y retrocedió, tropezó y volcó la silla, y fue entonces cuando comprendió que acababa de cometer un error fatal. Debería haber permanecido inmóvil, no dejar que se le notara nada. Sin embargo, ahora sus ojos, horrorizados, estaban fuera de las órbitas, revelando en un gesto fatal todo cuanto sabía.
—Usted —susurró Thiel—. Es usted.
Esta vez tampoco recibió respuesta. Por lo menos, no con palabras.
Heidrun se sintió algo cohibida cuando, vestida con albornoz y chanclas, entró en la suite. A diferencia de lo que hacía normalmente, sobre todo en demostrativa oposición a O'Keefe, se había negado a las habituales acrobacias a través de los puentes y había pulsado, como era debido, el botón del ascensor, como si eso fuera lo último que estaba en condiciones de hacer el maltrecho resto de orgullo que le quedaba. Desconcertada por la debilidad de la bioquímica —aun estando felizmente casada—, ante algo que jamás había
tenido que echar de menos con Walo, hizo que el ascensor la llevara a toda velocidad hasta arriba, hasta el tórax de Gaia, lejos de aquella piscina de las tentaciones, tiesa como una vela, pensando en no hacer el más mínimo movimiento en falso, sólo olisqueándose los dedos para ver si todavía emanaba de ellos el tufo de aquel placer prohibido. Sentía como si todo su cuerpo oliera a traición. El aire en el ascensor le parecía saturado de indicios, lleno de aromas vaginales y del hedor a ozono del esperma ajeno, aunque, a decir verdad, no había pasado nada, por lo menos no en realidad. No obstante...
«Walo —le decían los latidos de su corazón—. ¡Walo, oh, Walo!»
Heidrun encontró a Ögi leyendo, le dio un beso, el familiar y rasposo beso en el bigote, y él sonrió.
—¿Te lo has pasado bien?
—Sí, muy bien —dijo, y huyó al cuarto de baño—. ¿Y tú? ¿No has estado en el bar?
—He estado allí, tesoro. Pero era una situación muy poco soportable. Los chistes de Chuck empiezan a oponerse a la educación cristiana de Aileen. Antes ha preguntado qué tienen en común un perro sano y un ginecólogo miope.
—Déjame adivinar: ¿la nariz
mojada?
—Por eso pensé que era mejor leer. Heidrun se contempló en el espejo:
su rostro blanco de elfa, sus ojos violetas, tal y como habían percibido antes el rostro de O'Keefe allí abajo, bajo la implacable luz del conocimiento de que las personas envejecen, de un modo incontenible, de que su piel otrora tersa, impecable, empezaba a arrugarse, de que tenía ya unos deprimentes cuarenta y seis años, y que tenía algo en común con esos hombres que vagaban por infinidad de atajos en busca de su perdida juventud, algo que las mujeres, comúnmente, decían no soportar, es
decir, la crisis de la mediana edad.
«Si uno desea envejecer junto a otra persona —pensaba—, entonces no es necesario tener a nadie para sentirse más joven.»
¡Y ella amaba a Walo, lo amaba tanto...!
Desnuda, regresó al salón, se tumbó delante de él en la alfombra, cruzó los brazos tras la nuca, estiró un pie y tocó su rodilla izquierda.
—¿Qué lees?
Walo bajó el libro y contempló, con una sonrisa, su cuerpo allí tendido.
—Fuera lo que fuese —dijo él—, acabo de olvidarlo.
Tim accionó por enésima vez el intercomunicador de la puerta.
—¿Lynn? Por favor, déjame entrar. Hablemos.
No hubo reacción. ¿Y si se equivocaba? Había estado a punto de pillarla en el Mama Killa, y supuso que se había retirado a su suite, pero posiblemente estuviera haciendo otra cosa. Más que cualquier bomba, lo amedrentaba la idea de que su hermana pudiera perder verdaderamente el juicio, o de que ya lo hubiera perdido. Tampoco Crystal padecía simples depresiones, sino que había ido perdiendo paulatinamente el contacto
con la realidad.
—¿Lynn? Si estás ahí, ábreme.
Al cabo de un rato, Tim capituló y saltó por encima del puente en dirección al vestíbulo, profundamente inquieto. Se preguntó qué estaría haciendo Sophie.
¿Acaso el programa, el Gravedigger, había sacado a la luz el protocolo? Al mismo tiempo, sus pensamientos giraban en torno a lo mismo: Amber, Julian, la bomba, Lynn, Hanna, los cómplices, la avería del satélite, la bomba, Lynn, las preocupaciones que se devoraban las unas a las otras..., en fin, una casa de locos.
La central estaba vacía, no se veía a
Thiel por ninguna parte.
—¿Sophie?
Desconcertado, miró a su alrededor. Había una escotilla que conducía a un recinto trasero, pero cuando puso el dedo sobre el campo del sensor, lo encontró bloqueado. Vio a Lawrence corriendo por el vestíbulo en dirección hacia él. La directora entró en la central y miró a su alrededor, frunciendo el ceño.
—¿Ha visto a Thiel?
—No.
—¿Es que todo el mundo se ha vuelto loco? —La expresión de Lawrence se ensombreció—. Debería
estar aquí. Alguien tiene que ocupar su puesto en la central. ¿No se ha tropezado usted con Kokoschka por casualidad?
—No —dijo Tim rascándose la nuca
—. Qué raro. Sophie estaba haciendo algo interesante.
—¿Qué era?
Tim le habló a Lawrence del programa de autorización y lo que esperaban poder encontrar con él. La directora no mostró ninguna expresión. Una vez él hubo terminado, ella hizo lo que le habría gustado hacer desde que había entrado en la central y se puso a examinar la pared de monitores.
—Olvídelo —dijo él—. Ahí no
encontrará nada.
—No, no parece que Sophie haya llegado demasiado lejos. ¿Instaló el programa?
—Yo estaba presente mientras lo estaba instalando.
Sin decir palabra, Lawrence se acercó a la pantalla táctil, fue seleccionando consecutivamente los códigos de llamada de Ashwini Anand, Axel Kokoschka, Michio Funaki y Sophie Thiel y los conectó a todos a través de un canal. Sólo Anand y Funaki respondieron a la llamada.
—¿Puede alguien decirme dónde están Thiel y Kokoschka?
—Aquí no están —respondió el japonés. De fondo podía oírse el bajo tronante de Chuck Donoghue.
—Aquí tampoco —dijo Anand—.
¿Sophie no está en la central?
—No. ¿Les dicen, por favor, si se tropiezan con ellos, que se comuniquen conmigo de inmediato? El siguiente punto es que vamos a evacuar.
—¿Qué? —exclamó Tim.
Ella le indicó que bajara la voz.
—Dentro de cinco minutos transmitiré un aviso y les pediré a nuestros huéspedes que se reúnan a las ocho y media en el club Mama Killa. Ustedes también estarán allí.
Describiremos la situación tal y como es. Y luego abandonaremos juntos el hotel.
—¿Y qué pasa con el Ganímedes?
—quiso saber Anand.
—No lo sé. —Lawrence lanzó a Tim una rápida mirada—. Dejaremos un radiofaro abierto para el Ganímedes, de modo que les llegue la señal en cuanto estén a la vista del Gaia. No deben ni aterrizar siquiera, sino dirigirse a la base Peary. ¡Antes de las ocho y media, ni una sola palabra a los huéspedes!
—Entendido.
—Claro —dijo Funaki.
—Lo de Kokoschka no me extraña
nada —dijo Lawrence cortando la comunicación—. Es un cocinero fabuloso, pero un imbécil redomado en otros menesteres. Si él y Thiel no han aparecido de aquí a las ocho y media, los haré llamar por los altavoces.
—¿En serio pretende evacuar el hotel? —preguntó Tim.
—¿Qué haría usted en mi lugar?
—No lo sé.
—¿Lo ve? Pero yo sí sé lo que hay que hacer. No nos hagamos ilusiones, su padre se ha retrasado una hora y media, y aunque no hayamos encontrado ninguna bomba, eso no quiere decir que ésta no esté haciendo tictac en alguna parte. —
Lawrence se llevó un dedo a los labios
—. Hum. ¿Hacen tictac las bombas atómicas?
—No tengo ni idea.
—Da igual. Enviaremos a Nina Hedegaard a la meseta de Aristarco y nosotros nos dirigiremos a la base Peary con el expreso lunar.
—Fin del viaje de placer —dijo Tim, y de repente notó cómo empezaba a temblarle el labio inferior. «¡Amber!» Luchó contra aquel temblor y se miró los zapatos.
Lawrence dejó entrever una sonrisa.
—Encontraremos el Ganímedes —
dijo—. Eh, Tim, ánimo.
—Estoy bien.
—Lo necesito ahora en plenas facultades. Regrese al bar y cuénteles algún chiste. Relaje el ambiente.
Tim tragó en seco.
—El encargado de los chistes es
Chuck.
—Cuente usted alguno mejor.
—¿Señor Orley? Eh... ¿Tim?
La zona del gimnasio y el spa era enorme. Y uno se daba cuenta de lo enorme que era cuando se disponía a buscar en ella a una sola persona, algo que Kokoschka hacía concienzudamente. Después de haber podido zafarse de la asfixiante curiosidad de Aileen, Chuck
había acudido a él con un consejo paternal. Debía buscar al hijo de Julian allí donde, por lo general, acudían los hombres que ansiaban una mayor esperanza de vida y conseguir una musculatura abdominal envidiable; allí habían encontrado a Tim, hasta el momento, todas las noches.
Sin embargo, hacía rato que el gimnasio estaba vacío, y en las pistas de tenis no había ni un alma. En la sauna, la niebla de gotitas se mezclaba con un chapoteo new age con toques del Lejano Oriente. Tim no estaba sentado en una de las saunas finlandesas, no daba tumbos sobre una de las cintas de correr
ni abusaba de ninguno de aquellos aparatos de fuerza; más bien parecía haberse propuesto la tarea de burlarse de Kokoschka. Cierto asomo de confianza, cuando oyó ruidos en la zona de las piscinas, se transformó en decepción al ver que sólo se trataba de Nina Hedegaard, que nadaba en solitario. Tim no estaba allí ni había estado, le dijo Nina, también le preguntó qué estaba pasando, si ya se sabía algo del Ganímedes y si los satélites seguían sumidos en su profundo sueño.
Kokoschka concluyó que Hedegaard no sabía nada de la bomba. Tal vez porque, en medio de la excitación
general, habían olvidado contárselo. Por un breve instante estuvo tentado de ponerla al corriente, pero Lawrence, aquella pistolera, tendría sus razones para reducir el círculo de los que estaban al tanto. Él sólo era el cocinero, no el correctivo de decisiones llegadas desde más arriba, por eso masculló un
«gracias» y decidió por lo menos entregarle un informe parcial a Sophie Thiel.
Inmediatamente después de que Tim apareció de nuevo en la cavidad de la frente de Gaia, tuvo lugar el aviso general:
—Como habrán podido comprobar,
señoras y señores, nuestro horario se ha visto ligeramente alterado, entre otras cosas porque el Ganímedes se ha retrasado, y por desgracia, tenemos algunos problemas con la comunicación por satélite. —La voz de Lawrence sonaba desapasionada y sin modulación
—. No hay ningún motivo para inquietarse, no obstante, rogamos a todos los huéspedes y empleados del Gaia que se reúnan a las ocho y media de la tarde en el club Mama Killa, donde los pondremos al corriente de los últimos acontecimientos. Por favor, sean puntuales.
—Eso es dentro de diez minutos —
dijo Hsu con voz ronca.
—Esto no suena bien —gruñó
Donoghue.
—¿Por qué? —Impasible, Miranda Winter vaciaba una bandejita de tarta de queso—. Ha dicho que no tenemos motivos para inquietarnos.
—Claro, eso es lo que quiere que creamos. —Donoghue se deslizaba, alterado, de un lado a otro, con las manos cerradas en sendos puños, y golpeando de manera desacompasada sobre el asiento—. Ya os lo he dicho: ésa nos toma el pelo. ¡Hace ya rato que llevo diciéndolo!
—Ahora, en principio, nos
informarán —lo corrigió Aileen.
—No, Chuck tiene razón —comentó con desánimo Olympiada Rogachova—. El indicio más seguro de que se aproxima una catástrofe es que las autoridades hagan un aviso público.
—Tonterías —repuso Winter.
—Claro que sí, tenemos que estar preparados para lo peor —dijo Donoghue apoyando a Olympiada, mientras Winter se dedicaba a saquear otra bandejita.
—Sois todos tan negativos... Tenéis un karma pésimo.
—Te acordarás de lo que digo.
—Chorradas.
—Conozco el tema por el trabajo en el Parlamento —le explicó Olympiada a su copa semivacía—. Cuando decimos, por ejemplo, que no subiremos los impuestos, es, precisamente, porque nos proponemos subirlos. Y cuando...
—Pero aquí no estamos en el Parlamento —respondió Tim con más acritud de la que se había propuesto—. Hasta ahora, la organización del hotel ha sido muy profesional, ¿no?
La mujer lo miró.
—Mi marido está en ese
Ganímedes.
—Y también mi esposa.
—Bueno, vosotros podéis esperar si
queréis —dijo Donoghue, saltando de su asiento y dirigiéndose a toda prisa a la escalera—. ¡Yo voy a bajar ahora mismo!
—¿Dónde está Sophie?
—¡Señor Kokoschka! —Lawrence lo fulminó con una mirada furibunda—.
¿Qué tal si, para variar, está usted alguna vez localizable?
El cocinero se estremeció. Se frotó las manos en los costados de la chaqueta y dejó vagar la mirada por el recinto de la central de mando.
—Lo siento. Sé que debemos reunimos en el Mama Killa...
—Acostúmbrese de una vez a llevar
su móvil consigo. Y soy yo quien le hace ahora esa misma pregunta: ¿dónde está Thiel?
—¿Thiel? —Kokoschka empezó a hurgarse la oreja izquierda—. Pensé que estaría aquí. No lo sé. ¿No debería empezar ya con la cena?... Todavía tendría que... —El cocinero vaciló. Aquel papelito parecía estar ardiendo y abriendo un hueco en el fondo del bolsillo de su chaqueta—. Por cierto,
¿sabe usted dónde está Tim Orley?
—¿A qué viene eso ahora? —Entre las cejas de Lawrence apareció una profunda arruga—. ¿Es un concurso televisivo? ¿Acaso estamos jugando al
escondite?
—Yo sólo preguntaba.
—Tim Orley tendría que estar en el bar. Acaba de subir.
—Bien, entonces yo... —Kokoschka retrocedió un paso.
—Quédese aquí —le dijo Lawrence con tono severo—. Cuénteme exactamente dónde ha estado buscando usted esta tarde. ¿Miró también en la zona de las saunas?
—También. —El cocinero empezó a dar vueltas bajo el marco de la puerta. De repente sentía una gran preocupación por Sophie. ¿Qué significaba todo aquello?
—Tranquilícese —dijo Lawrence
—. Dentro de unos minutos subiremos juntos.
El bar se fue poblando. Karla Kramp y Eva Borelius aparecieron en la escalera, seguidas por los Nair y O'Keefe, que le bloquearon el camino a Donoghue, quien, con aquellos jinetes del Apocalipsis como séquito, bajaba impetuosamente.
—¿Sabéis algo? —les preguntó con mirada relampagueante.
—No más que tú, creo —dijo Borelius encogiéndose de hombros—. Quieren comunicarnos algo.
—Esperemos que no sea nada grave
—señaló con preocupación Sushma
Nair.
—Algo más que el horario será, eso puedes apostarlo —insistió Donoghue
—. Ha sucedido algo.
—¿Eso crees?
—Amigos, ¿de qué nos sirve ponernos a especular? —dijo Nair, sonriente—. Dentro de pocos minutos sabremos más cosas.
—Dentro de pocos minutos asistiremos a un discursito preparado de antemano —lo aleccionó Donoghue—. Se lo noté a Lynn y a esa estilista en las narices. Nadie va a joder a Chucky.
—¿Y quién dice que alguien quiera
joderte? —inquirió O'Keefe.
—Mi experiencia—resopló
Donoghue—. ¡Mi próstata!
—¿Ya te has hecho la revisión?
—Eh, chavalín...
—¿Por qué te alteras tanto? ¿Crees que nos están ocultando algo? No lo están haciendo.
—¿Ah, no? —dijo Donoghue, achicando los ojos—. ¿Y tú cómo lo sabes?
—¡Por mi próstata! —O'Keefe sonrió con sarcasmo—. Tonterías, Chucky, si quisieran ocultarnos algo, no convocarían esta reunión.
—Yo no quiero saber lo que le van a
decir a todo el mundo. —Donoghue se golpeó en el pecho con el puño cerrado
—. Quiero toda la verdad, ¿entiendes?
—Se abrió paso entre ellos—. Y antes, que lo sepáis, no dejaré subir a esa chapucera de la directora del hotel.
—Vaya, vaya —dijo Kramp, mirándolo—. Para ser hostelero, le gusta sacar a relucir su condición de huésped.
—Tenemos que subir —dijo
Heidrun.
Yacía a medias sobre Ögi y a medias junto a él, con el antebrazo velludo de él, como el de un mono, apoyado en la espalda. Como infectada
por el veneno de la infidelidad, lo había obligado a hacer el amor, a que le suministrara el antídoto de su deseo, y estaba experimentando una exorbitante pirotecnia neuronal cuando sonó la voz de Lawrence, como si el timbre monótono de la directora del hotel fuera el verdadero desencadenante de aquel juego de fuegos de artificio. Por mucha legitimidad que tuviera aquella interrupción, Heidrun se tomó tan a mal el anuncio de Lawrence que prefirió ignorarlo, lo que hizo durante los siguientes seis minutos, con los dedos de Ögi enroscados en su nuca.
—¿Qué hora es? —preguntó el
suizo.
Ella rodó hacia un lado, de mala gana, y lanzó una ojeada al panel digital situado sobre la puerta.
—Faltan cuatro minutos para las ocho y media. Todavía podríamos intentar ser puntuales.
—¿Qué? ¿Estás loca?
—Es lo que se espera de los suizos en general.
—Pues ya va siendo hora de desmontar tales clichés, ¿no te parece?
—Ögi retomó un mechón de su pelo. Era queratina con una falta de pigmentación, pero él veía en ellos la blanca luz de la luna derramándose entre sus dedos—.
Vale, tal vez tengas razón y no deberíamos remolonear. Luego vienen las preocupaciones.
—¿Por lo del Ganímedes?
—Por cualquier cosa. Ser invitado a esa clase de encuentros tiene poco de tranquilizador.
—Esa cotorra ha dicho que no debemos inquietarnos.
—Tampoco puede decirse que nos hayamos inquietado mucho, ¿no te parece? —dijo él, sonriendo e incorporándose—. Y ahora, tesoro, alistémonos para aparecer del modo adecuado en sociedad.
Con el mudo y sudoroso Kokoschka
a su lado, Lawrence se dirigió arriba. En el piso quince, el ascensor se detuvo. Lynn subió a él. Parecía desmejorada, como si hubiese envejecido años, apenas era capaz de mantener fija la mirada, que se movía nerviosamente de un lado a otro. Una sonrisa peculiar y ausente, ladina, rodeaba las comisuras de sus labios.
—¿A qué viene esto? —le preguntó a Lawrence sin mirarla. A Kokoschka lo ignoró completamente.
—¿A qué viene qué?
—¿Para qué es la reunión?
Las puertas del ascensor se cerraron.
—Vamos a evacuar —dijo
Lawrence escuetamente—. ¿Dónde ha estado usted, Lynn? ¿Ha visto a Thiel?
—¿A Thiel? —Ella la miró como si jamás hubiese oído ese nombre pero, por alguna razón, le pareciera interesante.
—Sí. Seguramente recuerde usted todavía a Sophie Thiel.
—No podemos evacuar —dijo Lynn, casi con euforia—. A Julian no le gustaría.
—Su padre no está aquí.
—Debe desconvocar esa reunión.
—Discúlpeme usted, pero sinceramente creo que su padre así lo habría querido.
—¡No! No, no y no.
—Sí, Lynn.
—Está estropeando usted este viaje. Kokoschka se encogió de hombros y
metió la mano en el bolsillo. Lawrence se dio cuenta y se asombró. ¿Acaso sostenía algo allí dentro?
—Es usted una imbécil —dijo Lynn en tono amable, y las puertas del ascensor se abrieron de nuevo.
Atravesado en la garganta del hotel esperaba Chuck Donoghue. Temblaba de ira. Con expresión preocupada, Aileen descendía corriendo la escalera. Lawrence salió del ascensor, siguiendo de cerca a Lynn y a Kokoschka.
—¿Qué puedo hacer por usted, Chuck?
—Nos toma por imbéciles, ¿verdad?
—Estoy aquí para ponerlos al corriente de los nuevos acontecimientos.
—Lawrence creó la ilusión de una sonrisa—. ¿Podríamos ir arriba, por favor?
—No, no podemos.
—Chucky, por favor —dijo Aileen, tirando de la manga de su marido. Las puertas del ascensor se cerraron de nuevo—. Escucha lo que tiene que decirnos.
—Lo escucharé aquí.
—No hay nada que decir —trinó
Lynn—. Todo va estupendamente.
¿Vamos a cenar?
—Quiero saber lo que está pasando, ahora —resopló Donoghue. Con los puños cerrados, se acercó un poco más, rebasando el límite de la intimidad—.
¿Dónde está Julian? ¿Dónde están los demás? Saben desde hace rato lo que ha sucedido. ¿Por qué no podemos hablar con nadie? Lo han sabido todo el tiempo.
—¿Pretende amenazarme, Chuck?
—Vamos, dígalo.
Lawrence no se movió ni un milímetro de donde estaba. Tranquila, miró a los ojos a aquel hombre mucho
más alto que ella. Para hacerlo, tuvo que alzar la cabeza, pero en su interior era como si mirara a Donoghue desde arriba.
—Una vez que se lo haya dicho,
¿iremos arriba?
Por lo visto, Donoghue no había contado con que la mujer cediera tan pronto. Dio un paso atrás.
—Por supuesto —se apresuró a asegurarle Aileen, que estaba al lado de su marido.
—Sí, claro —dijo Donoghue lentamente a continuación.
—¡No! —gritó Lynn.
Tim la oyó desde el Mama Killa, a
pesar de que todavía tenían por medio el Chang'e, el Selene y el Luna Bar. Oyó su miedo, su rabia, su locura. En un instante se puso de pie y corrió saltando escaleras abajo, sin detenerse en los escalones individuales. La autoritaria voz de contralto de Lawrence se mezcló con la de Lynn, contrarrestada por los arpegios asustados de Aileen y marcada por el bajo rugiente de Chuck Donoghue. Ligero como una pluma, se alzaba, volaba hacia abajo, en dirección a la garganta de Gaia.
—¡Lynn!
Qué extraño. Su hermana había arrancado uno de los generadores de
oxígeno de su soporte y lo blandía como un mazo, rodeada por Lawrence, Chuck, Aileen y Kokoschka, como si de una manada de lobos se tratase. Furioso, Tim se abrió paso entre los Donoghue, vio a Lynn retroceder e increpó a los demás:
—¿Qué narices es esto? ¿Qué le hacen?
—Mejor pregúntele a ella lo que está haciendo con nosotros —gruñó Chuck.
—Lynn...
—¡Déjame! ¡No te acerques!
Tim le tendió su mano derecha abierta. Ella siguió retrocediendo, alzó
el generador y lo miró con ojos temblorosos.
—Dime qué está pasando.
—Ella quiere evacuar el Gaia — dijo Lynn, jadeando—. ¡Eso es lo que pasa! Esa chapucera quiere evacuar el Gaia.
Kokoschka se sentía tan confuso que desistió de todo intento por entender lo que estaba pasando. Obviamente, la jefa suprema de Orley Travel estaba en ese momento en un estado de demencia. Su único pensamiento lo dedicó a Tim y al final de su odisea. Nervioso, sacó el papel de Thiel de su bolsillo.
—Señor Orley, tengo...
Tim no le prestó atención.
—Lynn —le dijo a su hermana con dulzura—. Entra en razón.
—Ella quiere evacuar. —Su voz se parecía al sonido del viento silbando por los rincones de una casa—. Pero no puede hacer eso. De ningún modo voy a permitirlo.
—Claro, pero primero tenemos que hablar sobre ello. Y dame ese generador de oxígeno.
—¿Evacuar? —repitió Donoghue, abriendo los ojos.
—Debería hacer lo que le dice su hermano —dijo Lawrence, señalando el mazo provisional que Lynn tenía en las
manos—. Nos está poniendo a todos en peligro.
Tim sabía lo que la directora quería decir. El cilindro contenía grandes cantidades de oxígeno en unos comprimidos químicos, y el dedo de Lynn estaba peligrosamente cerca del dispositivo de encendido. En cuanto echara a andar la reacción exotérmica, el contenido saldría despedido al entorno, un derroche sin sentido, unido al peligro de que la presión parcial del oxígeno en el recinto sobrepasara el valor límite permitido. Aquellos cartuchos estaban concebidos para casos de emergencia, cuando escaseara el aire
que respiraban.
—¡Señor Orley! —dijo Kokoschka alzando el papelito.
—¿Qué quiere decir con que hay que evacuar? —preguntó, jadeante, Donoghue.
—Dana tiene razón —dijo Tim—. Por favor, Lynn, dame el generador.
—Julian no quiere que se evacué — explicó Lynn, con expresión extraviada, a un público imaginario. Por un segundo pareció completamente ida, luego fijó su mirada en Tim—. Tú sí que lo sabes,
¿verdad? No podemos asustar a los huéspedes de papá, así que todos se quedarán aquí, tranquilitos.
—Quizá eso sea lo que le convenga a usted —dijo Lawrence, malhumorada.
La expresión extraviada de Lynn dio paso a una rabia bullente. Volvió a alzar el generador de oxígeno.
—¡Tim, dile a ésa que cierre el pico!
—Ah, ¿soy yo la que debe cerrar el pico? —repuso Lawrence dando un paso hacia adelante—. ¿Al respecto de qué, Lynn? Aquí hace ya rato que todos lo saben.
Tim la miró confundido.
—¿De qué está hablando?
—Lo que digo es que su hermana ha manipulado las cintas. Digo que se está
dejando utilizar por Hanna. Digo, además, que no está bien de la cabeza.
¿Acaso hay algo de eso que no sea cierto, señorita Orley?
Lynn se agachó. Un peligroso fulgor apareció en sus ojos, y entonces, de repente, saltó hacia adelante e inició un ataque contra Lawrence que ésta consiguió eludir sin problemas.
—Usted facilitó el viaje nocturno de Hanna con el expreso lunar. ¿Con qué propósito, Lynn? ¿Acaso él tenía que traer algo hasta aquí, hasta el hotel?
—¡Basta!
—Y la avería del satélite también corre de su cuenta. Está usted paranoica,
Lynn. Hace causa común con un criminal.
—¿Qué significa eso de que hay que evacuar? —se oyó gritar, casi entre estertores, a Donoghue. Con rudeza, el norteamericano cogió a Lawrence por los hombros—. ¡He preguntado qué quiere decir con lo de evacuar!
La directora hizo un giro y apartó la mano del hombre con un golpe.
—¡Cállese la boca!
El enorme cráneo de Donoghue se tiñó de color carmín.
—Escúcheme... Escúcheme, mamarracha, yo le enseñaré a usted...
—¡Chuck, no! —le suplicó Aileen.
—Señorita Orley —insistió
Lawrence.
Lynn negó con la cabeza con gesto ofendido. En sus párpados inferiores empezaron a acumularse las lágrimas.
—¿Qué ha hecho con Thiel, Lynn?
—volvió a insistir Lawrence—. Usted ha estado antes en la central.
—Eso no es cierto. Yo estaba...
—¡Claro que ha estado allí!
—Dana, es suficiente —ordenó Tim entre dientes.
—Bueno. —Lawrence le dirigió una mirada helada—. Para mí sí es suficiente. No pienso seguir participando de toda esta payasada.
Déjelo ya, Lynn. Díganos de una vez qué hay de esa bomba.
— ¿ U n a bomba? —tronó Chuck. Como un búfalo, avanzó hacia adelante, empujó a Lynn contra la pared, alzó una de sus enormes manos y le arrebató el generador de oxígeno—. ¿Es que se han vuelto todos locos?
Los dedos de Lynn se crisparon formando dos zarpas. La hija de Julian tomó impulso y dejó un rastro de sangre sobre la mejilla de Chuck Donoghue. Antes de que éste pudiera recuperarse de su asombro, ella ya había llegado a la escalera, la bajó dando saltos y desapareció en el nivel inferior.
—¡Lynn! —gritó Tim.
—¡No, espere! ¡Por favor, espere! Horrorizado, Kokoschka fue testigo
de cómo el joven Orley corría detrás de su hermana, que estaba totalmente fuera de control. «Quédate —pensó—. No me hagas lo mismo otra vez, tengo que...»
—De parte de Sophie, tengo que... Demasiado tarde. ¿Qué hacer?
¿Correr detrás de él? La locura generalizada exigía su tributo, de modo que tuvo que ver, con desamparo, cómo Donoghue convertía a la directora del hotel en blanco de su indignación y se abalanzaba sobre ella con el generador de oxígeno alzado en un gesto
amenazante. Una tormenta se desató en su cabeza, ráfagas de viento, caída de temperatura, brazos de tornado, cúmulos de miedo. Algo terrible iba a suceder. Como hojas marchitas, sus pensamientos bailoteaban en desorden, movidos en todas direcciones por las ráfagas de viento de la confusión. Cada vez que intentaba atraparlos, se le escapaban en un torbellino, y él, mientras tanto, giraba y giraba. ¿Qué debía hacer? Por fin, en un momento, consiguió asir una de aquellas hojas sueltas que contenían sus ideas, ésta quiso escapársele de nuevo con un sonoro y fantasmal aleteo, pero él la retuvo con fuerza, al tiempo que le
decía que aquello que Sophie había escrito en aquel papel, fuera lo que fuese, explicaría la escalada de los acontecimientos que tenía lugar ante sus ojos; que el papel le diría lo que tenía que hacer y que, puesto que aún no había conseguido cumplir con su cometido, tal vez fuera mejor que lo leyera.
Con dedos temblorosos, desplegó la hoja.
En ese preciso instante, Lawrence percibió el cambio. Todo el cuerpo de la directora reaccionó. Con una comprensión sismográfica de la desgracia, los vellos de su antebrazo se pusieron como escarpias, y empezaron a
sonar las sirenas de alarma. Sucedieron muchas cosas al mismo tiempo. Del restaurante se acercaban voces, ya que el barullo debía de haber llegado arriba y la gente bajaba a ver lo que ocurría, mientras que Axel Kokoschka, que parecía una estatua de bronce, lanzaba oleadas de incredulidad e indignación hacia todas partes.
Lentamente, la directora volvió la cabeza hacia él.
El cocinero la miraba con fijeza, sujetando un trozo de papel en su mano izquierda. La derecha se alzó y proyectó hacia adelante un índice acusador. Lawrence le arrebató la hoja de la mano
y echó un vistazo a las palabras garabateadas en ella.
—Menuda estupidez —dijo la mujer.
—No —repuso Kokoschka, acercándose—. No, no es ninguna estupidez. Ella lo averiguó. ¡Ella lo averiguó!
—¿Quién averiguó qué? —ladró
Donoghue.
—Sophie. —El dedo de Kokoschka temblaba, era como una criatura sin ojos que intentaba reconocer por el olfato, que se mantenía en el aire y apuntaba hacia Lawrence—. Es ella. No es Lynn.
¡Es ella!
—Ha pasado usted mucho tiempo delante de los fogones —dijo Lawrence retrocediendo—. Se le ha reblandecido el cerebro con tanto calor, estúpido.
—No. —La figura corpulenta de Kokoschka se puso en movimiento, como un Frankenstein que intentara caminar por primera vez—. Ella fue quien interrumpió las comunicaciones.
¡Quiere volarnos a todos por los aires!
¡Es ella! ¡Es Lawrence!
—¡Usted está loco!
—¿Ah, sí? —Los ojos de Donoghue se achicaron hasta convertirse en dos finas ranuras—. Creo que eso podemos averiguarlo rápidamente —dijo alzando
el cartucho de oxígeno y acercándose a ella por el otro flanco—. Se me ocurre un chiste muy bueno en el que...
Lawrence metió la mano en el bolsillo de su pantalón, sacó un arma y apuntó a la cabeza de Chuck Donoghue.
—Ésta es la parte cómica —dijo, y apretó el gatillo.
Donoghue se mantuvo de pie. Del agujero de su frente empezó a salir algo de masa cerebral, y un hilillo de sangre corrió por entre las cejas y a lo largo de la nariz. El generador de oxígeno se le cayó de las manos. Aileen, boquiabierta, dejó escapar un alarido hueco. Lawrence agitó el arma, y en ese
momento las puertas del ascensor se abrieron y Ashwini Anand salió de él, llevada a la perdición por el impulso de su tardanza. El proyectil alcanzó a la india antes de que ésta estuviera en condiciones de comprender la situación. La mujer se desplomó al suelo bloqueando las puertas del ascensor, pero su inesperada llegada le había costado algunos segundos a Lawrence, segundos que Kokoschka aprovechó para atacar. Dana le apuntó y se vio en ese preciso momento embestida por Aileen, que saltó sobre ella, se le enganchó del pelo y le dobló la cabeza hacia atrás. La texana seguía chillando
sin cesar, eran lamentos fúnebres de naturaleza fantasmal. Lawrence estiró la mano hacia atrás, esforzándose por deshacerse del agarre de Aileen y poder apuntar con la derecha. Pero en eso Kokoschka le agarró la muñeca. Inmediatamente antes de que la rodilla de la directora le aplastara los testículos, se escaparon dos disparos. El cocinero se retorció, pero todavía consiguió arrebatarle el arma a Lawrence de un manotazo. A continuación, le propinó un golpe en la garganta con el canto de la mano, y se deshizo de la furia que colgaba a sus espaldas con un giro brusco del hombro.
Casi con gracia, Aileen salió disparada hacia el lugar donde estaba su marido, que permanecía de pie, aunque ahora con una mirada perdida, atónita, y se deslizó al suelo junto con él. Kokoschka cayó de rodillas. Lawrence le dio una patada en el pecho cuando, de pronto, algo metálico, una especie de silbido, se deslizó en su conciencia, algo que no prometía nada bueno.
Las escotillas comenzaron a cerrarse.
Ella miró los agujeros en la pared donde habían impactado los dos disparos que se habían escapado.
¡Los tanques! Debían de haber
impactado contra alguno de los tanques ocultos. Bajo una alta presión, el oxígeno comprimido empezaba a salir, elevando la presión parcial, y provocaba que los sensores de alarma se activaran y sellaran los accesos a los niveles inferiores y superiores. No podía descartarse que los conductores de enfriamiento exteriores hubieran sido alcanzados por uno de los disparos. En ese caso, habría un escape de amoníaco, una sustancia altamente tóxica y combustible.
Se encontraba en el interior de una bomba.
¡Tenía que salir de allí!
El gas invisible fue depositándose sobre Aileen, sacudida por violentas convulsiones, sobre el cadáver de Chuck Donoghue, se fue introduciendo en el ascensor abierto, cuyas puertas habían quedado bloqueadas por el cuerpo inerte de Anand. Los ojos de Kokoschka se salieron de sus órbitas. Barboteando, se puso de pie y extendió ambos brazos hacia donde estaba Lawrence. Ella no le prestó atención y echó a correr. Los accesos se cerraban a una velocidad inquietante. De un salto llegó al pasillo que conducía a las suites, saltó y, por un pelo, pasando por entre la escotilla que se cerraba, logró salir del cuello de
Gaia; luego corrió escaleras abajo y llegó a la espalda del hotel.
Kokoschka la siguió.
El entrenamiento recibido le bastaba para conocer el potencial destructivo de un descontrolado escape de oxígeno. La mera velocidad con la que el gas se abría paso a través de los diminutos orificios de los disparos provocaba un calor que hacía casi inevitable la catástrofe. Llevado por la desesperada esperanza de poder llegar a tiempo afuera, siguió a Lawrence a través de aquella abertura que se hacía cada vez más pequeña; logró pasar un trecho, pero entonces la escotilla se clavó en su
barriga y lo comprimió contra la pared.
Estaba atrapado.
—No, no... No puede ser
lloriqueó el cocinero.
Podía oír el tenue siseo del gas al escaparse. Temiendo morir, intentó apartar con las manos la plancha de metal que se le echaba encima. Le faltaba el aire, tenía todos los órganos comprimidos. Oyó cómo se rompían las costillas inferiores, vio a Aileen arrodillarse sobre el cadáver de Chuck y hundir su rostro en el cuello de su marido. Un sabor metálico se extendía por su cavidad bucal, los ojos se le salían de las cuencas. Intentó gritar, pero
todo cuanto fue capaz de emitir fue el graznido de un ave moribunda.
—Chuck —lloraba Aileen.
Ni siquiera se produjo un sonido especialmente intenso cuando el oxígeno combustionó. Dos lanzas de fuego brotaron de repente de la pared en la que habían impactado los proyectiles, alcanzando a Aileen, el cuerpo de Chuck y el cadáver torcido de Ashwini Anand, las paredes y el suelo. A una velocidad vertiginosa, las llamas fueron devorándolo todo, lamiendo las puertas del ascensor, penetrando en la cabina abierta del elevador del personal, como seres vivos, espíritus de fuego en un
éxtasis orgiástico. Un instante después, todo el nivel intermedio estaba en llamas. Nunca antes Kokoschka había visto arder un fuego de ese modo; se decía, sin embargo, que con gravedad reducida los incendios se extendían de un modo más lento, pero lo que estaba viendo allí...
El cocinero escupió una bocanada de sangre. Implacable, la escotilla seguía comprimiendo su cuerpo más aún, y de repente, como si el fuego, en su búsqueda de una salida, notara por primera vez su presencia, se alzó cobrando una nueva altura y pareció detenerse por un momento, indeciso.
Pero entonces saltó sobre él, voraz. En compañía de Sushma Nair,
Miranda Winter había emprendido el camino hacia el nivel inferior cuando, inevitablemente, se percataron de que allí se estaba produciendo una violenta trifulca. En la escalera que iba del Selene hasta el Chang'e oyeron, en rápida secuencia, dos sonidos apagados que, en su imaginación educada por el cine, fueron asociados de inmediato con dos disparos de pistola; luego siguieron los estremecedores alaridos de Aileen y unos ruidos que parecían producidos por unas campanas, como si un martillo chocara contra un metal. La mirada de
Sushma expresaba un miedo sin tapujos, mientras que Winter, de naturaleza más robusta, le dio a entender a la india que esperara y se acercó al pasillo que conducía hasta el cuello de Gaia.
«¿Qué diablos...?»
—La escotilla se cierra —gritó
Winter—. ¡Eh, nos están encerrando!
Perpleja, se aproximó, a fin de poder echar un vistazo hacia abajo a través de la rendija que quedaba.
Una figura de fuego le salió al paso. Winter fue lanzada hacia atrás.
Aquel demonio de fuego le soltó un bramido, ardió, extendió hacia ella sus chisporroteantes extremidades,
chamuscando sus pestañas, sus cejas y su cabello. Miranda tropezó, cayó y rebotó, a fin de escapar de las veloces llamas.
—¡Joder! —gritó—. ¡Vete, Sushma, vete!
Los bramidos del demonio se aproximaban, se multiplicaban, dando a luz a nuevas criaturas inquietas que correteaban por todas partes, incendiando con avidez todo cuanto se interpusiera en su camino. Con increíble rapidez, cubrieron la fachada acristalada, pero, al encontrar una superficie menos interesante, trasladaron su devastadora orgía hacia los suelos,
las columnas y el mobiliario. Miranda Winter se incorporó de un salto, corrió escaleras arriba espantando con sus gritos a la nerviosa Sushma para que corriera delante de ella. Directamente encima de ellas se cerraron las escotillas de acceso al Selene. Una pared de calor empezó a acercárseles, con su aliento de fuego. Sushma tropezó, y Winter la empujó, de modo que la india pudo pasar, a través de la escotilla, hacia la siguiente planta situada encima.
¡Era poco el espacio! ¡Dios santo, pronto sería muy poco!
Como una gimnasta en la barra fija,
agarró el borde de la escotilla y se estiró hacia arriba. Por un instante temió que su tobillo quedara trabado en ella, pero luego, por un milímetro, consiguió llegar al Selene al tiempo que la escotilla caía con un golpe seco y la salvaba de aquella apisonadora de fuego.
—Los otros —dijo, jadeante—. ¡Por el amor de Dios! ¡Los otros!
Lawrence yacía de espaldas, con las piernas de Kokoschka por encima de ella, que golpeaban salvajemente y martilleaban arrítmicamente los peldaños de la escalerilla de caracol. Sentía en la nuca el crepitar del fuego,
seguido de las propias llamas, que ascendían hambrientas por la chaqueta y los pantalones de Kokoschka. Había en su avance un peculiar gesto de tanteo, de búsqueda. En oleadas, fluían a lo largo del techo, la estructura y el decorado, explorando en busca de alimento.
Lawrence se puso en pie de un salto. Tenía que liberar el cuerpo de Kokoschka para que la escotilla pudiera cerrarse. Los incendios provocados por el oxígeno eran incontrolables, con un potencial destructivo y de calor mayor que el de otros incendios habituales. Aunque el gas, como tal, no combustionara, sí que apoyaba de un
modo fatal la destrucción de casi cualquier material; era, además, más pesado que el aire. El rescoldo se derramaría del cuello del Gaia como si fuese lava, y abarcaría luego toda la zona de las suites. De un salto estuvo junto al campo de controles para el accionamiento manual, se agazapó para protegerse del calor y golpeó el mecanismo que haría retroceder la escotilla. Ésta se abrió y liberó el cuerpo de Kokoschka, que cayó escaleras abajo y golpeó contra la galería, pataleando en todas direcciones en un acto reflejo. Unos tentáculos de fuego salieron de la abertura, como si
quisieran arrastrar de nuevo hacia arriba la presa que se les había escapado. La escotilla, en proceso de cerrarse, los atravesó y selló el cuello de Gaia de la zona de los hombros.
El cocinero ardía como una bola de fuego luminosa. Una brumosa llovizna de productos químicos de extinción brotó a través del sistema de ventilación, una protección insuficiente. Lo próximo en prender serían las plantas ornamentales, los revestimientos de las paredes, el suelo. Lawrence arrancó de la pared un extintor portátil de CO2, lo vació sobre el cuerpo ya inerte que tenía delante y luego dirigió el chorro hacia el
techo. En el infierno situado encima de ella, el mecanismo de extinción había dejado de funcionar hacía rato. Entretanto, las temperaturas allí tenían que ser inimaginables. Unos vapores tiznados penetraban en sus vías respiratorias y le quitaban toda visibilidad. Empezaba a sentir un dolor en el pecho. Si no conseguía respirar aire puro al instante, amenazaba con sufrir una intoxicación por aspiración de humo. Todavía delante de ella ardían, ya sin llamas, el cuerpo de Kokoschka, la escalera y partes del revestimiento del techo, parpadeaban algunos pequeños incendios, pero en lugar de dedicarse a
atajarlos, la directora del hotel, con lagrimeo en los ojos y la respiración contenida, avanzó con paso torpe a través de la galería, oyendo todo el tiempo el traqueteo de las escotillas, que ahora empezaban a aislar también el segmento de los hombros del Gaia. Allí donde éstos desembocaban en el brazo derecho de la figura, había un depósito de emergencia que, además de los obligatorios generadores de oxígeno, también contenía mascarillas. A toda prisa, se colocó por encima una de las máscaras, aspiró el oxígeno con avidez y entonces vio cómo se cerraba el acceso al brazo.
No había sido lo suficientemente rápida.
Estaba atrapada.
No fue hasta llegar al vestíbulo cuando Tim consiguió detener a su hermana, que, con saltos de sátiro, había intentado escapar a través de los puentes acristalados, con las rodillas temblorosas, hasta el punto de que el joven Orley había temido que Lynn se viniese abajo y que la vería resbalar y caer, pero cada vez que podía, su hermana emprendía de nuevo su frenética fuga. Sólo a raíz del último salto, tropezó, cayó al suelo y se arrastró por él a cuatro patas. Con paso
amortiguado, Tim saltó detrás de ella y consiguió agarrarla por un tobillo. Los codos de Lynn se doblaron. Como una serpiente, se deslizó boca abajo, en un esfuerzo por quitárselo de encima. Él la agarró con firmeza, le dio la vuelta para colocarla boca arriba y, en ese instante, recibió un convincente puñetazo. Lynn jadeó, gruñó, intentó arañarlo. Él la asió con fuerza de las muñecas y la oprimió contra el suelo.
—¡No! —le gritó—. ¡Basta! Soy yo. Lynn soltaba espuma por la boca, intentaba golpearlo. Era como si luchara con un animal rabioso. Despojada de la movilidad de sus brazos, lanzaba golpes
con las piernas, se movía de un lado a otro, pero, de repente, puso los ojos en blanco y se quedó inmóvil. Respiraba con dificultad. Por un momento, el joven Orley temió perderla a causa de un desmayo, pero entonces vio el aleteo de sus párpados. Su mirada se despejó, y mostró signos de familiaridad.
—Todo está bien —dijo él—. Yo estoy contigo.
—Lo siento —lloriqueó ella—. ¡No sabes cuánto lo siento!
Lynn empezó a sollozar. Él le soltó las muñecas, la tomó en sus brazos y comenzó a mecerla como a un bebé.
—Ayúdame, Tim. Por favor,
ayúdame.
—Estoy aquí. Todo va bien. Todo está bien.
—No, no lo está —dijo ella, apretándose contra su hermano y clavando los dedos en la tela de su chaqueta—. Me estoy volviendo loca, estoy perdiendo el juicio. Yo...
El resto transcurrió entre nuevos espasmos de llanto, y Tim se sintió por un momento como un adolescente poco preparado para afrontar aquello, a pesar de que el fantasma premonitorio de esa situación era lo que lo había movido a participar en aquel estúpido viaje de placer organizado por Julian. Ahora, sin
embargo, su mente, debido a la continua presión a la que había estado sometida, parecía ponerse en huelga y dejarlo a merced del más puro miedo. Alzó la cabeza y vio un fantasma de humo en la cúpula del atrio, un fantasma que desplegaba sus alas de un modo fatal. Algo salía por los balcones, por las planchas de metal, de las enormes escotillas, y entonces el joven Orley empezó a sospechar que el horror sólo acababa de empezar, y que allí arriba estaba ocurriendo algo terrible.
CABO HERÁCLIDES, MONTES JURA
Durante los primeros minutos habían avanzado rápidamente, hasta que comprobaron que las rocas más grandes se apoyaban unas contra otras y creaban una sospechosa dinámica propia en cuanto se retiraba una de ellas. En varias ocasiones, él y Hanna se vieron en peligro de ser aplastados por ellas. Cada vez que Locatelli conseguía saltar fuera del camino en el último segundo,
los gnomos de su resistencia interior ocupaban sus lugares y terminaban unos osados esquemas de ruinas basados en el principio de la causa y el efecto, los cuales —dirigidos hacia los trayectos calculados con exactitud— habrían aplastado a Hanna como a una pizza. El talón de Aquiles de todo ese propósito era que en aquel campo de ruinas en torno al Ganímedes no podía calcularse nada con antelación, ni lo más mínimo, así que prefería ceder a la cooperación. Traían los escombros desde arriba hasta abajo, alertas y asegurándose ambos ante cualquier peligro, empujaban, tiraban, arrastraban y alzaban, y al cabo
de dos horas de arduo trabajo se vieron confrontados con sus propios límites físicos. Algunos de aquellos pedruscos colosales podían moverse, ciertamente, pero se negaban a ceder. Jadeando, Locatelli se apoyó contra una de las rocas y se asombró de no oír también a Hanna jadeando como un perro.
Obviamente, el canadiense estaba en mejor forma física.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—¿Qué de qué? Tenemos que liberar esa puerta.
—¿Ah, sí? ¡Eres un jodido listillo! Pero no es posible.
Hanna dobló la espalda y contempló
el bloqueo. Locatelli podía oír los relés zumbando en su cerebro.
—¿No te interesa lanzar una bomba de las tuyas? —sugirió—. Volemos esos chismes por los aires.
—No, la energía se expandiría hacia afuera. Aunque... —Hanna vaciló, se acercó y se agachó en un sitio en el que dos grandes rocas colindaban entre sí. Su mano excavó en la ranura que había en el suelo y sacó algunos cantos—. Tal vez tengas razón.
—Pues claro que tengo razón —dijo Locatelli, jadeando—. Casi siempre tengo razón. Es la maldición y, al mismo tiempo, la bendición de mi existencia.
Cuanto más penetre tu jodida explosión, tanto más daño causará.
—De todos modos, no sé si la fuerza explosiva bastaría. Las piedras son enormes.
—Pero ¡son porosas! Esto es basalto, tío, lava petrificada. Con un poco de suerte reventarás algunas partes, y desestabilizarás así todo el montón.
—Bien —dijo Hanna—. Intentémoslo.
A continuación, se dedicaron a profundizar y ensanchar el canal. En algún momento, el canadiense desapareció en el interior de la nave,
volvió con el soporte de la consola del grasshopper, y continuaron trabajando con la ayuda de aquella herramienta improvisada, cavando lo suficiente hasta que a Hanna le pareció que la fosa era lo bastante honda. A cierta distancia del Ganímedes, desde una posición ligeramente elevada, fueron colocando capas de roca de los alrededores para formar un muro, se tumbaron detrás del parapeto y Hanna apuntó al pasillo subterráneo.
—¡Baja la cabeza!
Como un cosmos recién nacido, una nube gris se expandió en torno a los erráticos bloques de piedra. Locatelli se
agachó. Los fragmentos golpeaban a diestro y siniestro del muro, contra el basalto. Cuando levantó la cabeza por encima de la pared de protección, le pareció primero como si no hubiera sucedido nada. Luego vio cómo el bloque de roca situado delante, que a la vez era el más grueso, desplazaba la posición de su cuerpo a una velocidad infinitamente lenta y circulaba alrededor de sí mismo. El bloque situado al lado se apartó, empujando al vecino, se partió sin previo aviso por la base y rodó en fragmentos ladera abajo.
—Yeah! —exclamó Locatelli—. Ha sido idea mía. ¡Mía!
Todavía aquel grueso trozo de roca giraba sobre sí mismo, y fue embestido por un tercero, que penetró en la brecha; finalmente se inclinó, rodó pesadamente un par de metros más allá y desató una reacción en cadena con las pequeñas piedras que lo seguían, que cayeron alegremente valle abajo.
—Yeah! Yeah!
Locatelli se levantó de un salto. Con unos pocos pasos, ambos salieron de su parapeto provisional y apartaron los escombros restantes. Ebrio de dopamina por el éxito conjunto, Locatelli olvidó por un instante las circunstancias de su enemistad, como si la debacle de las
últimas horas se debiera a un error de guión, a causa del cual Hanna, el buen amigo, había sido demonizado injustamente y ahora volvía a ser el hombre con el que uno echaba una carrera y movía montañas. Liberaron la puerta de popa del Ganímedes, y Hanna le dio una amistosa palmada en el hombro.
—Bien hecho, Warren. ¡Muy bien!
El contacto, a pesar de no haberse notado mucho debido al grueso traje espacial, hizo que Locatelli controlara de repente su entusiasmo. No podía emborracharse lo suficiente con aquella hormona segregada por su cuerpo como
para dejarse tocar así como así por Hanna. El canadiense siempre le había parecido simpático, con su machismo moderado, su manera lacónica de ser, e incluso ahora, en las circunstancias actuales, había algo amigable en él, algo indeterminado, que sólo venía a empeorar las cosas.
—Terminemos con esto —dijo de forma brusca—. Tú abres la escotilla, yo saco el buggy, y luego...
—No, tienes permiso para tomarte un receso —repuso Hanna con indiferencia—. Yo mismo lo sacaré.
—¿Por qué? ¿Crees que pretendo largarme?
—Pues sí, eso es precisamente lo que creo.
«Y tienes razón, pedazo de mierda», pensó Locatelli. En realidad, había coqueteado con la idea. Pero ahora lo asaltaban ciertos sentimientos encontrados. Se quedó observando a Hanna mientras éste subía por la cuesta, trepaba al fuselaje del Ganímedes y se perdía de vista. De repente cobró consciencia de que el asesino, justo a partir de ese momento, ya no lo necesitaba. Lleno de malos presentimientos, dio un paso atrás cuando la portezuela se abrió y empezó a hundirse. El interior del
compartimento de carga quedó a la vista. De la escotilla que volteaba salió una rapa y se vio a Hanna junto al buggy, tomando asiento tras el volante, revisando los controles, arrancando. La rampa bajó más, en dirección al suelo, y Locatelli se dio cuenta de que su borde inferior no quedaría limpiamente pegado a la tierra. La zanja que el transbordador había abierto había creado una cavidad demasiado grande entre los escombros. Al final, se quedó colgando a un metro por encima del regolito. Las grandes ruedas delanteras sobresalían palpando el borde y se estiraban hacia los escombros situados mucho más abajo.
Por un momento, el pequeño vehículo se asemejó a un animal saltando, y entonces se detuvo justamente tras el borde de la rampa.
Locatelli vaciló. No sabía en realidad a qué atenerse, qué debía temer. Por un momento lo había amedrentado la idea de que Hanna pudiera continuar viaje, sin más, dejándolo allí abandonado, a la sombra de una nave espacial inválida que ya ni siquiera podía llenarse de aire para respirar. Sin embargo, ahora, mientras veía al canadiense bajar, la fuente de su malestar se centró en la posibilidad de que Hanna acabase con él de manera
rápida antes de largarse. Indeciso, dio un paso en dirección a la rampa.
—¿Qué pasa? —preguntó el canadiense—. ¿No piensas acompañarme?
—¿Acompañarte? —repitió
Locatelli.
—Todavía puedes serme útil.
«Útil. Aja.»
—¿Y eso por cuánto tiempo será? — preguntó Locatelli—. ¿Cuánto más podré serte útil?
—Hasta que hayamos llegado a la estación de explotación estadounidense.
—Hanna señaló la llanura cubierta de polvo—. Durante el tiempo que
estuviste sin conocimiento, estuve calculando nuestra posición. A juzgar por lo que veo desde aquí, diría que hemos venido a encallar justamente en la punta del cabo Heráclides. Eso significa que la estación está en dirección nordeste, en medio del mar de basalto, donde colindan el Sinus Iridum y el Mare Imbrium. Aproximadamente a cien kilómetros de aquí.
—¿Y por qué quieres ir hasta allí?
—Porque la estación está automatizada —respondió Hanna—, pero constantemente la visitan inspectores. Se construyó una terminal presurizada para ellos. Una ciudad en
miniatura en la que se puede sobrevivir varios meses. Estamos a merced de nuestro sentido de la orientación para llegar allí, ya que los satélites están muertos.
—Pues conéctalos de nuevo.
—¿Cómo se te ocurre pensar que yo podría hacerlo?
—¿Cómo se te ocurre pensar que yo tengo serrín en la cabeza? —ladró Locatelli—. Se cortaron cuando tú empezaste con todo esto. ¿Acaso vas a contarme que fue una casualidad?
Hanna guardó silencio durante un rato.
—Por supuesto que no —repuso—,
pero no está en mi poder deshacer eso. Tuvimos que interrumpir la comunicación después de que fui descubierto. Y ahora no me toques más las narices, ¿entendido? Ayúdame con la navegación y te dejaré en la estación de extracción. Si es que quieres vivir, claro...
Hanna continuaba hablando, pero Locatelli ya no lo escuchaba. Miraba fijamente más allá de la rampa. Algo a un lado del Ganímedes había llamado su atención.
—...podrás librarte de mí —decía
Hanna—. Sólo tienes que...
¿Por qué el polvo se arremolinaba
allí donde el fuselaje del transbordador yacía sobre el regolito? Unas nubecillas que se levantaban a lo largo del flanco, como una locomotora que iniciara el arranque. ¿Qué estaba pasando allí? Los contornos de la nave espacial perdían nitidez, su cuerpo de acero vibraba. De manera imperceptible, el borde de la rampa se fue elevando por encima de los escombros, y eso levantó aún más polvo. También el suelo empezó a temblar.
—...al final, lo que haremos...
—¡El transbordador está resbalando! —gritó Locatelli.
Hanna se volvió bruscamente. El
Ganímedes se empinó, imposible ya de estabilizarse debido a los bloques de roca que habían dinamitado. Un instante después, la nave se puso en movimiento y retrocedió, levantando arena y piedras. Locatelli vio a Hanna elevarse en el aire y saltar a la rampa que se acercaba a gran velocidad, arrastrando el buggy consigo; luego intentó ponerse a resguardo de un salto, tropezó y cayó. En un instante se puso de pie de nuevo, rebotó y salió disparado a un lado...
Medio metro más y lo habría logrado.
En el momento en que el borde se le clavó en el vientre vio ante sus ojos, con
claridad cristalina, la imagen de un Warren Locatelli que, a todo un universo de distancia, había hecho lo correcto y, como Hanna, había buscado refugio en la altura. Luego, arrasados por un dolor ardiente, se borraron todos sus pensamientos. En un acto reflejo, se aferró al acero, como un torero enganchado a unos cuernos, estremecido por el Ganímedes, que buscaba rodar hacia el valle y, antes, quiso realizar un último movimiento, tras lo cual golpeó el suelo y lo arrojó describiendo una parábola bien lejos de él. A varios metros de distancia, aterrizó de espaldas y vio cómo el transbordador se detenía
con la misma velocidad que había empezado a resbalar y se encajaba luego en el saliente de una roca; vio el buggy dar varias vueltas de campana y a Hanna correr con largos pasos por encima de la superficie de carga y saltar a los escombros.
Locatelli se apretaba la barriga con ambas manos, con toda la firmeza de que era capaz.
Hanna llegó corriendo hasta el lugar donde se encontraba y se inclinó sobre él. Locatelli tuvo intenciones de decir algo, pero todo cuanto salió de su garganta fue un gemido y una arcada. No tenía ni que mirar hacia abajo —cosa
que, por otra parte, no podría haber hecho—, para ver su traje abierto en canal. Debía el estar vivo todavía a la circunstancia de que los llamados biotrajes, a diferencia de los globos pinchados, no soltaban su aliento a la primera ni perdían toda la presión interior.
Tal vez si seguía oprimiendo la herida con las manos...
—Estás sangrando —dijo Hanna.
—Me cago en... la leche —logró decir—. ¿Podrías...?
—¡Eres un idiota! —Era raro, el canadiense parecía cabreado—. ¿De qué vas? ¡Te había perdonado la vida, tío!
¡Podría haberte llevado a un sitio seguro!
—Lo... Lo siento...
¿Cómo? ¿Que lo sentía? ¿Acaso se estaba disculpando con Hanna porque éste le hubiera dejado caer la rampa del Ganímedes en la barriga? ¡¿Quién tenía allí la culpa de todo, maldita sea?! De repente, empezó a sentir un frío horroroso, y comprendió que, aparte de Hanna, no tenía a nadie más en ese momento.
—Por favor... No me dejes...
—Vas a morir —le dijo Hanna sobriamente.
—No...
—Eso ya no tiene remedio, Warren. El vacío te absorberá hasta dejarte sin nada dentro en cuanto apartes las manos.
Locatelli movió los labios.
«Véndame con cualquier cosa —quiso decir—, repara el traje», pero sólo le salió un borboteo y una tos.
—Cada segundo que dilatemos esto, significará más sufrimiento para ti.
«¿Sufrimiento? —Locatelli negó débilmente con la cabeza—. Menuda idea tan estúpida —pensó al instante—, esto no lo está viendo nadie.» En los reflejos de cada uno pudieron ver el reflejo del otro. Unos atizadores incandescentes desgarraban sus
intestinos. Soltó un gemido.
—¿Warren? —Las manos de Hanna se aproximaron a su casco—. ¿Me oyes?
—Chis...
—Mira las estrellas. Contempla este cielo estrellado.
—Carl —susurró Locatelli. Los dolores eran insoportables.
—Estoy contigo. Mira las estrellas. Las estrellas. Las estrellas giraban
por encima de él y enviaban sus mensajes, mensajes que Locatelli no entendía. Todavía no. «Joder, tío — pensó mientras Hanna trasteaba en su casco—, ¿quién ha podido morir hasta ahora contemplando esta misma imagen?
¡Qué grandioso!»
—Mier... da —soltó una vez más, pronunciando la que era, en definitiva, su palabra favorita.
Y entonces le quitaron el casco.
GAIA, VALLIS ALPINA
Por muchas cabezas que controlara Hydra, ahora tenían todos los motivos para preocuparse.
Siempre habían contado con tener que enfrentarse a ciertas dificultades. El desastre de 2024 proyectaba todavía su larga sombra, desde que Vic Thorn, aquel bacilo de sus intereses tan esmeradamente cultivado, había desaparecido en la vastedad del espacio interestelar. Más de un año de temores, mes tras mes, durante el cual aquel
paquete los había mantenido a todos de los nervios, ya que nadie estaba en condiciones de decir si aguantaría tanto tiempo en el páramo del cráter. Era cierto que a las mini-nukes apenas podía seguírseles el rastro, y eso lo sabía muy bien Dana Lawrence, aunque, por supuesto, no se lo dijo a su diligente tropa de buscadores esa tarde. Aquellas pequeñas armas nucleares sacaban su energía del uranio 235. No emitían rayos gamma, como sus parientes más grandes, sino que generaban ondas alfa; bastaba una hoja de papel para cegar a los detectores. Aparte de eso, cuando estaban almacenadas, desarrollaban una
energía térmica que tenía que ser derivada hacia alguna parte, un proceso del que en la Tierra, en caso de necesidad, se ocupaba la atmósfera. En la Luna, por el contrario, no había moléculas en afanosa circulación que acogieran esos paquetitos de calor y los transportaran a otra parte. Y para contrarrestar el sobrecalentamiento de una bomba atómica en el vacío se necesitaban grandes radiadores que el paquete no poseía, ya que su destino, al fin y al cabo, era que Thorn la ocultara tres meses después de su aterrizaje, y Vic Thorn habría estado alojado, como quien dice, al doblar de la esquina de la
base lunar. Si todo hubiera transcurrido según el plan, Thorn habría realizado el emplazamiento, activado el detonador de tiempo y, con el pretexto de una repentina enfermedad, habría huido de vuelta a la Tierra. El resto podría consultarse ahora en las crónicas de catástrofes dignas de pasar a la historia.
Con repugnancia, Lawrence contempló el cadáver carbonizado y humeante de Kokoschka. Por fin había conseguido apagar los pequeños fuegos restantes. No quería ni imaginarse el infierno que debía de haberse desatado en el cuello sellado de Gaia, pero donde ella se encontraba las llamas también
debían de haber consumido una buena parte del oxígeno disponible en un principio. La máscara salvadora llenaba sus pulmones de esa preciada sustancia, y un protector de visión resguardaba sus ojos frente al penetrante humo, pero el verdadero problema era que no podría salir de allí tan rápidamente.
¡Y todo por culpa de la perturbada hija de Julian!
¿Qué diablos pasaba con Lynn? En ningún momento, ni durante las entrevistas ni después, había dado muestras de estar loca. Obsesionada con el control, eso sí. Tenía una actitud casi patológica en su afán de perfección,
pero es que ella parecía ser casi perfecta. Sin embargo, hasta hacía pocos días, Dana Lawrence no habría sabido decir nada más acerca de Lynn Orley, salvo que era la legítima arquitecta de tres hoteles extraordinarios y que, además, tenía capacidad para dirigir un consorcio internacional.
Luego, por sorpresa, aparecieron los primeros síntomas de su paranoia. Y Lawrence creyó identificar, con inquietud al principio, un cierto potencial en ello, ya que ese cambio en la manera de actuar de Lynn la predestinaba para el papel de chivo expiatorio. No había perdido ninguna
oportunidad de desacreditar a la hija de Julian y de alimentar las sospechas sobre su perfidia. Antes, sin embargo, en el club Mama Killa, con los ladridos de Donoghue en la oreja, la había sobrecogido el temor de que Lynn pudiera echarlo todo a perder. Por eso, por si acaso, la había seguido hasta allí; Lynn, sin embargo, se había retirado a su suite, de modo que Dana volvió a la central para, a continuación, encontrarse allí a Thiel, una chica incapaz de disimular, y verla saboreando las mieles del árbol del conocimiento. La joven tenía los nervios frágiles, aunque su minuciosidad detectivesca era
admirable. Había sido el único error de Lawrence, no haber manipulado el protocolo de inmediato, cuando envió engañosamente a la tropa de búsqueda a realizar su labor. De un solo vistazo, la alemana había captado que había sido su jefa la que, con el pretexto de cargar el vídeo del corredor, había iniciado el bloqueo de las comunicaciones durante la conferencia entre la Tierra y la Luna.
«Inteligente, Sophie, muy inteligente.» Consciente de la indiscreción de los mensajeros digitales, Thiel se había confiado al lápiz, al papel y a Kokoschka, y le había encargado al tonto enamorado que buscara a Tim para
que el hijo de Julian supiera quién era el verdadero enemigo. Sólo a la casualidad había que agradecer que sus pasos la hubieran llevado a tiempo a la central; en cualquier otro caso, la habrían desenmascarado mucho antes.
Ahora el protocolo ya estaba corregido, pero probablemente eso ya no importase. La oportunidad de encerrar a todo el personal y a los huéspedes en la cabeza de Gaia, con el pretexto de una reunión, para luego cortarles el aire y huir en dirección a la base Peary, se había perdido irremediablemente. Estaba atrapada.
Lawrence respiró profundamente en
la máscara.
A su alrededor zumbaban los extractores. Luchaban esforzadamente con los humeantes restos dejados por las llamas, aspiraban sus componentes tóxicos y bombeaban oxígeno fresco hacia la sección. Más bien por espíritu deportivo, Lawrence trató de abrir la escotilla, más allá de la cual se encontraban las escaleras mecánicas que discurrían a lo largo del brazo de Gaia y conducían al sótano; accionó el mecanismo automático, lo intentó con su fuerza muscular, pero en cada ocasión sin éxito. ¿Cómo iba a hacerlo? La destrucción parcial del oxígeno había
generado en esa sección cerrada herméticamente un ligero pero significativo descenso de la presión. Hasta que ésta quedara compensada, el blindaje no se movería ni un milímetro de su sitio. La escotilla situada enfrente, tras la cual estaba la mitad no contaminada del Gaia, podía ignorarla en adelante. Deberían transcurrir por lo menos dos horas para que la presión se restableciera. El tiempo suficiente para entregarse a las cavilaciones sobre cómo ese maldito detective había podido colarse en las pistas de datos de Hydra. A todos los demás reveses podían sobreponerse, por ejemplo, que
la movilidad del paquete se hubiera dañado al caer en el cráter, o a la aparición inesperada de Julian en el corredor, en el preciso momento en que Hanna regresaba de su excursión nocturna. Lawrence había manipulado los datos y, con habilidad, había borrado todas las huellas. No había motivo para el pánico.
Pero entonces todo se salió de madre.
Sin embargo, después del revés ocasionado por la desaparición de Vic Thorn, al parecer, Hydra había sabido salir fortalecida. En lugar de sumirse en el caos, se había llegado al acuerdo de
iniciar una segunda carrera, esta vez con un equipo. En la NASA ya no podía reclutarse a nadie. Thorn había sido un caso de suerte, un hijo de puta querido por todos y que, en oposición a su cacareada colegialidad, no era compañero de nadie y estaba más allá de todo principio moral. Hacía años que Hydra había olfateado su proclividad corrupta, cuando todavía Thorn entrenaba en los simuladores terrestres, había estado observándolo y, finalmente, le había hecho llegar una oferta que el entretanto designado comandante de la base lunar estadounidense no había dudado en aceptar ni por un segundo,
aunque para ello exigió que se le pagara el doble. Cuando esto tampoco constituyó un problema, todo empezó a funcionar de maravilla. En la jungla ecuatoguineana, las labores ya se acercaban a su fin, y los compradores de Hydra habían tenido éxito en el mercado negro del terrorismo internacional. Una obra de arte total de logística criminal fue cobrando forma, concebida por un fantasma al que Lawrence jamás había visto en persona, pero a cuyo maestro de ceremonias sí que conocía a la perfección.
Kenny Xin, el chiflado príncipe de las tinieblas.
Aun cuando Xin fuera para ella el psicópata por antonomasia, un tipo poco apetitoso en todos los sentidos, Lawrence no podía negar que sentía cierta admiración por el chino. Hydra no podría haber deseado un mejor experto en estática para esa arquitectura continental y cósmica que tenía los puentes de la conspiración, y de cuya estructura ella formaba parte desde hacía un año. Sin perder un minuto, tras la muerte de Thorn, Xin, que estaba más familiarizado que nadie con el pandemónium de los espías que trabajaban por cuenta propia, los ex agentes de inteligencia y los asesinos
por encargo, se puso al habla con Lawrence, una antigua agente del Mossad especializada en la infiltración en hoteles de lujo, lo que la capacitaba de una manera especial para trabajar en el Gaia, y encontró en ella, además, la tripulación ideal para el inversionista canadiense que debía ganarse la confianza de Julian.
Por lo que parecía, el príncipe de las tinieblas ya no lo tenía todo bajo control.
Dana Lawrence se preguntó quién quedaría vivo en el hotel. La sección del edificio en la que estaba atrapada le parecía abandonada, pero en realidad no
sabía quién estaba en la cabeza en el momento en que el oxígeno se incendió. Con un poco de suerte, todos. Su esperanza no era el resultado de una predilección por el genocidio, pero tampoco la rechazaba de plano como una medida capaz de cumplir una determinada función. El destino del grupo había sido sellado desde el momento en que Hanna fue desenmascarado. Conociendo como conocía las facultades del canadiense, no dudaba que llegaría hasta la base lunar; la cuestión era más bien cuándo podía contarse con su llegada y si estaría en condiciones de establecer
contacto con ella. Dana le había proporcionado lo necesario, sacrificando incluso para ello su propia capacidad para comunicarse, pero nada sería más fatal que Shaw y el detective hubieran conseguido hacer llegar la información que tenían a mano a la base Peary a través de la NASA. La oportunidades de Hanna serían inequívocamente mejores si nadie estaba esperándolo en el polo norte para detenerlo.
También el bloqueo de la comunicación fue una flecha certeramente lanzada desde la inagotable cocina de ideas de Kenny
Xin, algo preparado con sentido previsor. Enviar a sus trastornados colegas —entretanto enterados del asunto— a buscar la bomba fue fácil. Al igual que ponerle escuchas a Tommy Wachowski, el sustituto del comandante de la base, obviamente sin pedirle ayuda en la búsqueda del Ganímedes. Para su alivio infinito, en el polo no sabían nada de un plan de ataque, un indicio claro de que ni Shaw ni la NASA habían podido hacerles llegar una advertencia a tiempo, antes de que la comunicación se interrumpiera. Finalmente, Lawrence había manipulado la conexión por láser, de modo que las llamadas que salieran
de la base podían ser recibidas en su teléfono móvil. Ahora sólo quedaba esperar a que Hanna se comunicara y que llegara el momento de largarse de ese hotel para siempre.
No obstante, debería haberse deshecho antes de sus huéspedes. A pesar de todo el empeño, no había podido llevarse a todo el grupo a la piscina y arriesgarse a que llegaran allí antes que Hanna y empezaran a divulgar historias sobre bombas atómicas. ¡Nadie del grupo debía llegar a la base!
¿Quién había sobrevivido?
«Lynn —pensó Lawrence—. Y Tim.» Por lo menos ellos dos. Estarían
en cualquier parte del hotel, posiblemente en la central.
Era hora de establecer contacto con ellos.
CABO HERÁCLIDES, MONTES JURA
El comportamiento de los cuerpos en el vacío gozaba de una animada capacidad para crear leyendas. Algunas de ellas se correspondían con los hechos como, por ejemplo, que los objetos de consistencia blanda con entradas de aire tendían a hincharse como una masa de levadura, ya que el gas se abría paso violentamente hacia afuera. El vacío no absorbía, lo atmosférico ejercía presión.
Algunas cosas se deformaban, otras reventaban. Los bombones de chocolate rellenos de espumosa crema se inflaban hasta alcanzar cuatro veces su volumen normal. Cuando se restablecía la presión original del entorno, se transformaban en una masa amorfa, lo que indicaba profundos destrozos estructurales. Por el contrario, un condón anudado, después de una existencia efímera como globo, recuperaba su forma original, independientemente de que, después de ello, lo mejor fuera no usarlo. Un pulmón de res se hacía jirones, el queso agujereado y las berenjenas no mostraban ningún cambio visible, y
mucho menos los huevos de gallina. La cerveza soltaba espuma como loca, las patatas fritas secretaban grasa por un tubo y se enfriaban, mientras que las bolsitas de ketchup se abombaban ligeramente.
En lo que atañía a las personas, se había difundido con obstinada frecuencia el rumor de que éstas reventaban en el vacío. Por su naturaleza, los seres humanos están más cerca de los bombones de chocolate rellenos que de los condones: son blandos, porosos, están llenos de gases y de líquidos. Pero cuando Hanna le quitó el casco a Locatelli, sucedió algo
mucho más complejo. Del mismo modo que el agua, bajo presión —por ejemplo, en las fosas abisales—, sólo alcanza el punto de ebullición entre los doscientos y los trescientos grados (en el aire de alta montaña, por ejemplo, en el monte Everest, empieza a hervir, por el contrario, a los setenta grados), los componentes líquidos del cráneo de Locatelli, sometidos a una absoluta descompresión, se cocinaron en una fracción de segundo, y casi al mismo tiempo, debido a la pérdida de energía inducida, se enfriaron de nuevo. Lo que se evapora en el vacío genera un vapor frío, de modo que la parte líquida de
Locatelli, en cuanto hirvió, se congeló de nuevo rápidamente. Su cráneo no reventó, pero su fisonomía fue sufriendo veloces cambios, hasta dejar una máscara deforme cubierta por una fina capa de hielo. Y como estaba a la sombra de un saliente de roca, el hielo perduraría hasta que los rayos de sol incidieran sobre él y lo evaporaran. Por último, Locatelli sufriría una terrible insolación, pero lo bueno del asunto era que él no sentiría nada de ello. Murió tan rápidamente que lo último que vivió fue la belleza de un cielo estrellado.
Hanna se incorporó.
Era como él había dicho. Ni lo
agobiaba ni lo complacía el acto de matar. Sus víctimas no poblaban sus sueños. Si hubiera llegado al convencimiento de que Locatelli representaba algún peligro para él, le habría pegado un tiro. Pero en algún momento, en el transcurso de las últimas dos horas, se había hecho a la idea de no tener que hacerlo. El coraje de Locatelli le había infundido respeto, y aunque el tipo era un engreído y un arrogante hijo de puta, Hanna había desarrollado por él algo parecido a la simpatía, unida al deseo de perdonarlo. La perspectiva de salvarle la vida a Locatelli le hacía bien de un modo indeterminado.
Ahora, por lo menos, le había evitado numerosos sufrimientos.
Hanna se volvió y borró al muerto de su memoria. Debía acabar con su misión.
E l buggy estaba volcado de lado, después de que el Ganímedes lo hubiese empujado contra el saliente de roca. Hanna empujó con fuerza el vehículo, lo colocó de nuevo sobre sus ruedas y lo inspeccionó. De inmediato le llamó la atención que uno de los ejes se había dañado de tal manera que la cuestión ahora no era si se iba a partir, sino cuándo lo haría. Sólo podía confiar en que el buggy aguantara hasta la estación
de extracción.
Sin echar un vistazo más a Locatelli o al transbordador, partió.
GAIA, VALLIS ALPINA
«Insólita —pensó O'Keefe—, la palidez sepulcral de Nair. Que alguien con una pigmentación cutánea parecida a la del espresso italiano pueda tener, al mismo tiempo, un aspecto tan pálido.» Tan falto de vida como las palabras que él ahora usaba para transmitir confianza.
—Vendrán a recogernos, Sushma. No te preocupes.
—¿Quiénes vendrán?
—Nuestro amigo Funaki...
—No, Mukesh, ahí no hay nadie, ¡él
no puede localizar a nadie! —Sushma empezó a sollozar—. ¡En la central no responde nadie, y hay fuego, ahí abajo todo está envuelto en llamas!
«Asombroso.» O'Keefe no podía dejar de observar a Nair, sobre todo su nariz. Como muerta, era como un rábano blanco lo que Mister Tomato llevaba en la cara. El objeto de su interés rodeó con su brazo protector los hombros de Sushma.
—No podrá localizar a nadie, querido. Eso seguro.
—¿Ya ha aumentado la temperatura?
—preguntó Rebecca Hsu, frunciendo alarmada el ceño—. ¿En algunos
grados?
—No —dijo Eva Borelius.
—Pues yo creo que sí.
—A ti te ha aumentado probablemente la temperatura, Rebecca.
—Karla Kramp caminó hasta el inicio de la escalera y miró hacia abajo—. Secreción de hormonas del estrés, aumento de la presión sanguínea. Climaterio. Es algo normal a tu edad.
O'Keefe la siguió. Dos plantas más abajo, la escalera de caracol acababa en una barrera de acero.
—Tal vez deberíamos intentar abrir las escotillas —propuso el actor.
Funaki miró en su dirección y negó
con la cabeza.
—Mientras el indicador del campo de control esté en rojo, se recomienda que nadie lo toque. De lo contrario, correríamos un grave peligro.
—¿Y por qué? —dijo Winter, pescando una fresa de su daiquiri y chupando la pulpa de la fruta hasta separarla de la estrellita verde—. El mecanismo automático lo ha cerrado todo herméticamente; ahora podemos mirar, ¿no? —Su piel recordaba el color de un bogavante hervido. El rostro y el escote parecían de fuego. El cabello, saturado de productos químicos, se había chamuscado hasta por encima de
la frente, y también las cejas habían sufrido daños. Aparte de eso, ponía de manifiesto esa confianza que sólo pueden mostrar aquellas personas que son muy independientes o muy limitadas.
—No es tan sencillo —dijo Funaki.
—Chorradas —repuso ella, las comisuras de sus labios rezumando jugo de fresa—. Sólo queremos echar un breve vistazo. Si todavía hay fuego, cerramos otra vez rápidamente.
—En primer lugar, no podrían abrir la escotilla.
—Finn tiene buenos músculos, y
Mukesh...
—No hay nada que se pueda hacer
ahí con la fuerza física. No cuando la presión parcial del oxígeno ha disminuido.
—Entiendo. —Miranda Winter enarcó con expresión de interés las pocas cejas que le quedaban—. El tal Parcial, ¿no era un caballero famoso?
—¿Cómo dice? —Sí, Parcial...
—Es Parsifal —dijo Olympiada
Rogachova con voz cansada.
—Ah, cierto. ¿Y qué tiene que ver él con nuestro oxígeno?
—Michio, viejo samurai —dijo O'Keefe, volviéndose—. ¿Sería usted tan amable de hablar de tal modo que esta multimillonaria, tan normal, pudiera
entenderlo? Creo que lo que usted quiere decirnos es que, del otro lado, se ha producido una disminución de la presión, ¿no es así? Lo que significa que debemos pensar en otra forma de salir de aquí.
—Sí, pero ¿cómo? —preguntó Borelius, mirándolo desconcertada—. Sin ascensores...
Habían bajado hasta el Selene para inspeccionar el ascensor del personal, el único de los tres aparatos que llegaba hasta la zona de los restaurantes, pero Funaki había intervenido enérgicamente:
«¡No mientras el sistema o la central no nos indiquen que ya no hay peligro! No
sabemos cuál es el aspecto de la caja del ascensor. Si no quieren que las llamas los ataquen de frente, aparten sus manos de esas puertas.» Pero la central no se había comunicado hasta ese momento. «En caso de necesidad, bajaremos por las cajas de los ascensores —había añadido él—. No es nada cómodo, pero es seguro.»
Desde entonces había transcurrido un buen rato. Kramp volvió a mirar hacia abajo, hacia el caparazón de babosa de la escalera en espiral.
—En cualquier caso, no me quedaré aquí para tostarme —dijo ella.
—¿Tostarte? —Los ojos de Rebecca
Hsu se abrieron, desorbitados—. ¿Es que te refieres a...?
—Karla —susurró Borelius—. ¿Es necesario esto?
—¿Por qué lo preguntas? —le respondió Kramp en alemán, también en un susurro—. Por encima de nosotros están únicamente las estrellas. No podemos llegar a la terraza mirador sin los ascensores, y debajo de nosotros todo está en llamas. El fuego tiende a subir. Si Funaki no consigue comunicar de inmediato con la central, mi estancia aquí habrá terminado, eso puedo asegurártelo.
—Todos queremos salir de aquí,
pero...
—¡Michio! —Una voz distorsionada sonó a través de los altavoces del bar—. Michio, ¿me oye? ¡Soy Tim! ¡Tim Orley!
Tal vez había establecido ciertas prioridades equivocadas. Ignorando el lamentable estado de Lynn, debería haber contactado de inmediato con los demás, pero el hecho de verse obligado a presenciar su sufrimiento le resultó insoportable a Tim. Por sus sollozos, creyó inferir que tras la ingestión de cierto medicamento su hermana estaría mejor. Al instante, había llamado el ascensor para que bajara desde lo más alto y subir con ella hasta el piso trece,
donde estaba su suite. El hecho de que hiciera un calor inusual en la cabina fue algo que sólo llegó hasta su subconsciente. No fue hasta alcanzar el puente de cristal cuando recordó los aterradores ruidos llegados desde el cuello del Gaia, el fantasma de humo en la cúpula del atrio, una arquitectura que se había puesto en movimiento de una manera curiosa. Entonces levantó la cabeza y miró al techo.
Por encima de él se extendía un macizo blindaje.
Perplejo, Tim se preguntó de dónde habían salido de repente todas aquellas placas y escotillas de acero. Deberían
haber estado ocultas entre los pisos, fuera del alcance de la vista.
¿Qué estaba ocurriendo allí arriba? Por último, en el baño, Lynn había
temblado tanto que se había visto obligado a meterle él mismo en la boca, una tras otra, las pastillas verdes y la cápsula blanca que su hermana le había pedido, y le había sostenido el vaso para que bebiera, jadeando como una niña pequeña. A continuación, un ataque de tos lo hizo temer que devolviera, pero de inmediato los medicamentos empezaron a hacer su efecto. Un cuarto de hora más tarde ya estaba tan recuperada que ambos pudieron
abandonar la suite, y en ese momento se tropezaron con Heidrun y Walo Ögi.
—¿Qué diablos está pasando? — preguntó el suizo con tono de preocupación, mirando a su alrededor
—. ¿Dónde están los demás?
—Arriba —susurró Lynn. Por el color de su piel, podría haber sido hermana de Heidrun.
—Nosotros venimos de arriba — dijo Ögi—. Queríamos asistir a esa reunión, pero las escotillas están atrancadas.
—¿Atrancadas?
—Creo que es mejor que vengan con nosotros —dijo Heidrun.
Sólo al subir Tim se dio cuenta del alcance del blindaje. Toda una pared de acero, sin fisuras de ninguna clase, se extendía a lo largo de la galería. Las puertas del E2, uno de los dos ascensores de huéspedes, habían desaparecido tras ella, al igual que el pasillo de la izquierda que daba acceso al cuello del hotel. La única escalera de caracol restante acababa en una escotilla cerrada. Y sólo entonces le llamó la atención que la visibilidad estaba ligeramente enturbiada, como si una película muy fina cubriera su retina. De manera aislada, pasaban flotando algunas pelusas por el aire. Tim
extendió la mano hacia una de ellas, la cogió y ésta se deshizo entre las yemas de sus dedos.
—Es hollín —dijo.
—¿No lo oléis? —Ögi husmeó en todas direcciones meneando el bigote—. Es como si algo se hubiera quemado.
El horror lo sobrecogió. ¿Qué otra cosa podía significar que las escotillas estuvieran herméticamente cerradas sino que algo se estaba quemando todavía? Llenos de inseguridad, fueron hasta abajo y oyeron en el vestíbulo los gritos apremiantes de Funaki. Lynn caminó hasta los controles, activó la función de respuesta, le hizo una seña apática a su
hermano y se hundió en uno de los sillones con ruedas.
—¡Michio! —gritó Tim sin aliento
—. Michio, ¿me oye? ¡Soy Tim! ¡Tim
Orley!
—¡Señor Orley! —El alivio de
Funaki podía palparse con ambas manos
—. Pensábamos que ya no nos respondería nadie. Desde hace media hora estoy intentando localizar a alguien.
—Lo siento, tuvimos... Tuvimos que resolver un par de problemas.
—¿Dónde está la señorita
Lawrence?
—Aquí no está.
—¿Y Sophie?
—Tampoco, no hay nadie del personal. Sólo los Ögi, mi hermana y yo.
Funaki guardó silencio por un momento.
—Entonces me temo que tendrá usted que seguir resolviendo problemas, Tim. Estamos aquí arriba, atrapados.
—¿Qué es lo que ha pasa...?
—¡Aquí la central! —Era la voz de
Lawrence—. Por favor, contesten.
—Perdone, Michio. —Con el ceño fruncido, Tim intentó orientarse entre todos aquellos indicadores—. Estaré con usted enseguida, tengo a Dana Lawrence, un momento. Maldita sea,
¿cómo se cambia de canal?
Su hermana se incorporó con la mirada vacía, lo hizo a un lado y tecleó con el dedo en un campo que parpadeaba.
—¿Dana? Soy Lynn.
—¡Lynn! Por fin. Hace media hora que estoy intentando...
—Esa frase puede guardársela, ya nos la ha dicho Funaki.
—Estoy encerrada en el hombro derecho.
—Bien, ya la llamaremos. Manténgase en contacto.
—Pero debo...
—Cierre el pico, Dana.
Sencillamente espere a que alguien
quiera jugar con usted.
—¿Qué ha dicho? —explotó
Lawrence.
—Ah, y otra cosa... Está usted despedida. ¿Michio? —Lynn, sin más, dejó a la enfurecida directora del hotel e n stand-by—. Soy Lynn Orley. Descríbame la situación.
—De acuerdo. Bueno, hay acceso al club Mama Killa, al Luna Bar y a Selene, el Chang'e está bloqueado. Según el ordenador, las condiciones allí son muy peligrosas para la vida. Probablemente algún fuego haya hecho que el mecanismo automático bloqueara esa zona. La señorita Winter vio unas
llamas...
—¿Que las vi? —oyeron al fondo la voz chillona de Miranda—. Casi me aso a la parrilla.
—...y pudo escapar por los pelos. Lynn se apoyó pesadamente sobre la
mesa de control. A Tim le parecía como un zombi que intentara solucionar un problema para el que su cuerpo ya no estuviera preparado hace mucho.
—¿Quiénes estaban en el cuello cuando se desató el fuego? —preguntó con voz apagada.
—Eso no lo sabemos con exactitud. Parece que hubo una pelea allí. Los Donoghue abandonaron el bar para ver
qué pasaba, además oímos la voz de la señorita Lawrence, y... —El japonés se detuvo—. Y la suya, señorita Orley. Sumimasen, pero es usted quien mejor debe saber quiénes estaban allí.
Lynn guardó silencio por unos segundos.
—Sí, lo sé —dijo en voz baja—. Por lo menos antes de que yo... me marchara. Sus observaciones son acertadas. Inmediatamente después de que Tim y yo salimos, debió de... — Lynn carraspeó—. ¿Quiénes están en este momento con usted?
Funaki mencionó los nueve nombres y le aseguró que todos estaban ilesos,
salvo por las ligeras quemaduras de Miranda Winter. Tim sintió un escalofrío al pensar en quedarse atrapado en un cuello herméticamente cerrado. No se atrevía ni siquiera a imaginar lo que les habría pasado a Chuck, a Aileen y al cocinero.
—Gracias, Michio. —Los dedos de Lynn se movieron por la pantalla táctil, desplazando reguladores, cambiando parámetros.
—¿Qué haces? —preguntó Tim.
—Detengo la convección en el ala de los ascensores y en los conductos de ventilación.
—¿La convección? —repitió Ögi.
—La transferencia de calor. Allí arriba debe de haber grandes cantidades de humo. Tenemos que evitar que los ventiladores lo distribuyan y favorezcan la propagación del fuego. ¿Dana?
—¡Lynn, maldita sea! ¡No puede hacerme esto, yo...!
—¿Está usted sola?
—Sí.
—¿Qué ha sucedido?
—Yo... Escúcheme, siento mucho haberla atacado injustamente, pero todo indicaba que era usted la persona que buscábamos. Tengo bajo mi responsabilidad la seguridad de este hotel, por eso...
—Tenía...
—No tuve otra opción. Y usted debe admitir que su comportamiento en los últimos tiempos no ha sido precisamente normal. —Lawrence vaciló; cuando continuó hablando, su voz parecía de repente más comprensiva, un poco como la de alguien que está sentado en un sillón de cuero con un diploma en la pared y escucha a otra persona tumbada en un diván—. Pero nadie está enfadado con usted por ello. Puede ocurrirle a cualquiera, cualquiera puede perder el control, pero tal vez esté usted de verdad enferma, Lynn. Tal vez necesite ayuda. ¿Está segura de que se tiene bajo
control? ¿Se atrevería a asegurarlo?
Por un instante, el tono reconfortante pareció surtir su efecto. Lynn bajó la cabeza, respiró trabajosamente. Pero entonces se incorporó y proyectó el mentón hacia adelante.
—Me basta con saber que la tengo a usted bajo control, maldita intrigante.
—No, Lynn, usted no lo entiende, yo...
—Oiga, no hará eso conmigo por segunda vez, ¿me oye?
—Yo sólo quiero...
—Cierre el pico. ¿Qué pasó en la zona del cuello?
—Pero si es lo que estoy tratando de
contarle todo el rato.
—Bueno, pues cuéntemelo.
—Kokoschka. ¡Se traicionó a sí mismo! Era él.
—¿Ko... Kokoschka?
—¡Sí! Él era el cómplice de Hanna.
—¡Dana! —terció Tim—. Soy yo, Tim. ¿Está usted segura de eso? Si no me equivoco, él quería entregarme algo.
—No tengo ni idea, pero es cierto. Se puso bastante furioso cuando usted no le prestó atención, algo no parecía estar saliendo como él esperaba. Y luego..., inmediatamente después de que usted y Lynn salieron de la zona del cuello, apareció Anand. No sé exactamente qué
había encontrado, pero le echó en cara a Kokoschka que él era el topo, y entonces, el cocinero... Dios mío, él perdió los nervios. Sacó su arma y primero le disparó a ella, luego a Chuck y a Aileen, todo sucedió con una rapidez espantosa. Yo intenté arrebatarle la pistola de un golpe, y en eso se soltaron unos disparos, uno de los tanques de oxígeno empezó a escupir fuego de repente y... yo sólo eché a correr, sólo quería salir antes de que se cerraran las escotillas. Él corrió detrás de mí, pero se quedó atascado. Ardió. La galería ardía, todo ardía. Y yo... —La voz de Lawrence temblaba. Cuando continuó
hablando, pudo oírse que luchaba por controlarse—. Entonces conseguí sacarlo de allí y cerrar la escotilla, y también apagar las llamas de la galería, pero...
—¿Y qué hay de usted? Por el amor de Dios, ¿está usted bien?
—Gracias, Tim. —La directora tosió secamente—. Debo de tener algo de CO2 en los pulmones, pero estoy bien. Me mantengo con las máscaras de
oxígeno, hasta que la presión se
restablezca y las escotillas se abran.
—¿Y... Kokoschka?
—Está muerto. No pude sacarle nada más. Por desgracia.
En los rostros de Heidrun y Walo Ögi se dibujó un horror mudo y un absoluto desconcierto. Lynn se apartó de la consola, se tambaleó un poco hacia la habitación, y se aferró al respaldo de un sillón.
—Es culpa mía —susurró—. Todo es culpa mía. Todo esto es sólo culpa mía.
Desde hacía tiempo, Nina Hedegaard venía preguntándose si Julian, tal vez, no sería una fantasmal encarnación del conde de Saint- Germain, aquel conocido alquimista y aventurero que «nunca muere y todo lo sabe», como le escribió en una ocasión
Voltaire a Federico el Grande, y de cuyos misteriosos elixires y esencias él solía servirse para desatar el vigor y la resistencia de un treintañero a través de ilimitados espacios de tiempo. Durante sus dos semestres de historia — aprobados más por descuido, y surgidos del humus de una breve relación con un historiador—, el misterioso conde se había convertido en el personaje favorito de Hedegaard. Un aventurero genial, compañero de Casanova, maestro de Cagliostro, un hombre de cuyos labios se quedó prendada hasta madame Pompadour, ya que decía estar en posesión de una aqua benedetta
capaz de detener el proceso del envejecimiento. Nacido en algún momento a principios del siglo XVIII muerto oficialmente en 1784, los biógrafos juraban por lo más sagrado habérselo encontrado de nuevo en el siglo XIX. Rico, elocuente, carismático e inconsciente, siempre tras la fachada de ser alguien capaz de mejorar el mundo. ¡Alguien así podía ser Julian! En el siglo XXI, el conde de Saint-Germai dirigía una estación espacial y un hotel en la Luna, convertía en oro la tierra, como siempre, ya que su genio alquimista era capaz de transformar el helio 3 en energía, creaba tubos de
fibras de carbono en lugar de diamantes, se burlaba del mundo y rompía el corazón de una pequeña piloto danesa.
Desanimada por la autocompasión y por seis noches seguidas cuyo transcurso estuvo determinado por el sexo, las infructuosas conversaciones sobre un futuro en común, otra vez el sexo, el insomnio pensativo y tres horas de sueño parecidas a un desmayo, se había sentido motivada a ir a la piscina, en la zona de descanso. No le apetecía en absoluto tomar otra opulenta cena en el Selene ni emular a la guía turística de lujo. Ya estaba hasta las mismísimas narices. O Julian hacía pública su
relación mientras todavía estuvieran en la Luna, o ya podía pudrirse en la meseta de Aristarco. Su desánimo fue aumentando hasta convertirse en una represa de rabia. ¿No podían comunicarse? ¿El Ganímedes no respondía? ¿Sería la última vez que se viera al conde, en el año 2025? ¡Bueno,
¿y qué?! No le iba mucho eso de estar haciéndose preguntas constantemente y tener que buscar. Estaba terriblemente cansada, y de repente ya no quería que Julian la encontrara cuando por fin regresase. En realidad, no deseaba nada con más fuerza que él la encontrara, pero no entonces. Primero tenía que
preocuparse un poco, como era debido. Abrazar una almohada vacía, echarla de menos. Cocerse en su mala conciencia.
¡Eso era lo que tenía que hacer!
El quieto paisaje de la superficie lunar, con sus pequeños cráteres y sus callados rincones, parecía una imitación del ambiente de la piscina. Con la bata de baño enrollada en torno a su cuerpo, había escogido una tumbona particularmente escondida, muy apropiada para que nadie la encontrara, se había tendido en ella y, en pocos minutos, se había sumido en un profundo sueño. Respirando acompasadamente, oculta a las miradas de cualquiera que
pudiera buscarla, descansaba ahora en el fondo de toda consciencia, fuera del tiempo y de la realidad, llevada por un acto de magia a los previos salones de la muerte, y roncaba tenuemente, sin sentir nada más que una paz celestial, y ni siquiera eso.
Mientras tanto, cuatro plantas por encima de ella se desataba un infierno.
Así como el Gaia, en su estado óptimo, se asemejaba a un organismo joven que funcionaba a la perfección, con sistemas de soporte vital que lo predestinaban para las hazañas, las medallas de oro y la inmortalidad, ahora dos proyectiles extraviados, salidos de
un arma de fuego, habían bastado para virar en su contra, en un instante, todas las ventajas de sus sistemas y subsistemas. Los tanques ocultos tras la pared, pensados para compensar cualquier deficiencia en la circulación biorregenerativa a través del bombeo de pequeñas cantidades de oxígeno a la atmósfera, se habían revelado como un punto débil de consecuencias mortales. Veinte minutos después del inicio de la catástrofe, el tanque impactado se había quemado, pero otros sistemas, originalmente concebidos para salvar vidas, habían dado pábulo a aquel incendio infernal. Entretanto, en la zona
cerrada herméticamente predominaban temperaturas de más de mil grados centígrados. Las carcasas de los generadores de oxígeno se habían derretido liberando su contenido; los medios de enfriamiento, envueltos en llamas, habían reventado los conductos y algunos supuestos revestimientos no inflamables fluían como una ardiente papilla incandescente. A diferencia de lo que sucedía en la gravedad de la Tierra, el brío del fuego no era tan elevado; más bien flotaba por el entorno de un modo extrañamente animado, se arrastraba por los rincones, también en la cabina del E2, el ascensor de los
huéspedes, cuyas puertas no pudieron cerrarse a tiempo, ya que el cuerpo de Anand las bloqueaba. De los tres cadáveres sólo habían quedado unos amasijos de color alquitrán, llenos de huesos, todo lo demás se lo había tragado aquel monstruo de llamas — tejido humano, plástico, plantas—; sin embargo, su hambre aún no había quedado saciada. Mientras los que habían quedado atrapados en el club Mama Killa planeaban cómo escapar con la ayuda de Lynn y Tim, y Dana Lawrence golpeaba con furia contra la escotilla cerrada, al tiempo que Nina Hedegaard, por su parte, dormitaba a
pierna suelta durante la catástrofe, las llamas la emprendieron con furia contra un segundo tanque, hasta que sus sellos no resistieron más y liberaron otros veinte litros de oxígeno comprimido, lo que dio inicio a la segunda etapa del infierno. A falta de otros materiales, el monstruo empezó a roer los cristales de seguridad del ventanal y su corsé de acero —es decir, aquello que mantenía erguida la nuca de Gaia—, debilitando así el sostén de su estructura.
A las nueve y cuarto comenzaron a ceder poco a poco las primeras estructuras de soporte.
—No. Fue absolutamente correcto
no usar el ascensor —oyeron decir a la voz de Lynn por el intercomunicador. Parecía cansada y consumida, despojada de todas las frecuencias de su fuerza habitual—. El problema es que desde aquí abajo sólo podemos hacer conjeturas. En el cuello, todo el mecanismo de sensores ha dejado de funcionar, y es posible que todavía haya fuego allí. En el Chang'e, por lo visto, el sistema de extinción pudo hacer algo, pero de todos modos había contaminación y una baja presión enorme. Casi todo el oxígeno se ha ido al diablo. Considero que los ventiladores lo compensarán en el plazo
de las próximas dos horas, lo mismo que en la zona de los hombros.
—Pero no podemos esperar dos horas —dijo Funaki con una mirada de soslayo a Rebecca Hsu—. El ambiente ha empezado a recalentarse demasiado aquí.
—Bien, pues entonces...
—¿Qué hay de los conductos de ventilación? Podríamos descender a través de las escalerillas.
—Los datos sobre los conductos son contradictorios. En el del lado este parecen haberse producido ligeras pérdidas de presión, y posiblemente también haya penetrado algo de humo.
El conducto oeste parece en perfecto estado. De los ascensores de los huéspedes, el E2 está fuera de funcionamiento, la cabina está atrapada en el cuello, y el ascensor del personal está en el sótano. El E1 está aquí, en el vestíbulo. Lo hemos utilizado varias veces sin problemas.
—El E1 no nos sirve de mucho — dijo Funaki—. Termina en el cuello. En todo caso, podríamos usar solamente el ascensor del personal, es el único que va hasta el Selene.
—Un momento.
Alguien hablaba bajito en la central. Se oyó la voz de Tim, luego la de Walo
Ögi.
—Me gustaría recordarle que el E1 y el E2 están a un buen trecho de distancia el uno del otro —añadió Funaki—. En caso de que el E2 esté dañado, eso no tendría por qué haber afectado al El. El ascensor del personal, en cambio, discurre entre ambos, estaría bastante cerca del E2.
—¿Lynn? —dijo O'Keefe, inclinándose sobre el intercomunicador
—. ¿Puede llegar el fuego a las cajas de los ascensores?
—En principio, no —respondió ella, vacilante—. Las probabilidades son muy escasas. El sistema de cajas se
comunica entre sí por unos pasajes, pero de tal modo que el humo y las llamas no puedan abarcarlo todo tan pronto. Además, la caja, como tal, no puede arder.
—¿Qué quiere decir «no tan pronto»? —quiso saber Eva Borelius.
—Quiere decir que vamos a arriesgarnos con esa prueba —dijo Lynn con voz firme—. Os enviaremos el ascensor del personal. Si el sistema considera que no hay peligro, las puertas se abrirán en el Selene. Luego lo traeremos aquí de nuevo, echaremos un vistazo al interior y, si no hay ningún indicio de peligro, lo enviaremos de
nuevo arriba. Y, esa vez, sí que podréis usarlo.
O'Keefe intercambió una mirada con Funaki y buscó establecer contacto visual con los demás. Sushma, en su estado de pánico, se había acomodado como si estuviera en casa, Olympiada se mordía el labio inferior, Kramp y Borelius hicieron señas de aprobación.
—Suena razonable —dijo Nair.
—Sí —convino Kramp, soltando una risotada nerviosa—. Es mejor que esos conductos de ventilación llenos de humo.
—Bien —decidió Funaki—. Lo haremos así.
—A mí ya no hay nada que pueda asustarme —soltó Winter con voz aflautada.
El elemento vivificador de un plan se fue filtrando hacia el sistema circulatorio del pequeño grupo, motivando a sus integrantes a bajar unidos al Selene, donde predominaban temperaturas claramente más elevadas. Funaki echó un vistazo a las escotillas del suelo para inspeccionarlas. Nada indicaba que el humo o las llamas se hubieran abierto paso hacia arriba.
Aguardaron. Al cabo de un rato oyeron que se aproximaba el ascensor. Durante un tiempo que a todos les
pareció una eternidad, las puertas permanecieron cerradas, hasta que finalmente se deslizaron a ambos lados.
La cabina tenía el mismo aspecto de siempre.
Funaki dio un paso hacia el interior y miró a su alrededor.
—Todo parece estar bien. Muy bien, incluso.
—Mukesh. —Sushma agarró el brazo de su marido y lo miró con gesto suplicante—. ¿Has oído lo que ha dicho? Ahora ya podemos...
—No, no. —Funaki, que ya tenía puesto un pie en la cabina, se volvió rápidamente y negó con la cabeza—.
Tenemos que mandarlo vacío hacia abajo. Tal y como ha dicho la señorita Orley.
—Pero si está bien. —Los hombros de Sushma temblaron por la excitación
—. Está intacto, ¿no? Cada vez que lo enviemos de arriba abajo puede volverse más peligroso. Yo quiero bajar ahora, por favor, Mukesh.
—Bueno, querida, no sé. —Nair miró inseguro a Funaki—. Si Michio ha dicho que...
—¡Es mi decisión!
El japonés torció el gesto y se rascó detrás de la oreja.
—Y yo me sumo —dijo Kramp—.
Soy de la misma opinión.
—¿Qué? ¿Pretendes bajar ahora? — preguntó Eva Borelius—. ¿Crees que es una buena idea?
—¿Qué quieres decir con «buena»? La cabina ha conseguido llegar arriba, así que también conseguirá llegar abajo. Sushma tiene razón.
—Yo también voy —dijo Hsu—.
¿Finn?
O'Keefe negó con la cabeza.
—Yo me quedo aquí.
—Y yo —dijo Rogachova.
Funaki, con expresión de desamparo, miró a Miranda Winter, que se pasó la mano por las puntas de los pelos
chamuscados y arrugó la nariz.
—Bueno, yo creo en las voces — dijo, y dirigió los ojos al techo—. Voces que llegan desde el universo,
¿sabéis? A veces hay que escuchar con atención, y entonces el cosmos nos habla y nos dice lo que tenemos que hacer.
—Ah —exclamó Kramp.
—Claro que hay que escuchar con todo el cuerpo.
O'Keefe le dirigió un amable gesto de asentimiento.
—¿Y qué dice el cosmos ahora?
—Que espere. ¡Así que yo voy a esperar! —se apresuró a decir—. Él sólo puede hablar por mí.
—Claro.
—Estamos perdiendo tiempo — apremió Funaki—. Ya le han ordenado al ascensor que bajara, el indicador está encendido.
Mukesh agarró la mano de Sushma.
—Vamos —dijo.
Pasando junto a Funaki, entraron en la cabina, seguidos de Hsu, Kramp y Borelius, que mostraba una mirada escéptica.
—¿Vienes con nosotros? —se asombró Kramp.
—¿Acaso crees que te dejaré bajar sola?
—Permaneced aquí, en el Selene —
les gritó Nair a los que se quedaban—. Os enviaremos el ascensor de inmediato.
Las puertas se cerraron.
«¿Acaso estoy siendo demasiado cauteloso? —pensó O'Keefe—.
¿Resultará al final que soy un cobarde?» De repente, lo asaltó el desagradable presentimiento de que acababa de desperdiciar su última oportunidad de salir ileso de aquella
situación.
—Es horroroso —dijo Borelius en voz baja—. Cuando pienso que Aileen y Chuck...
—Pues no pienses en ello —replicó
Kramp, mirando fijamente hacia adelante.
La cabina se puso en movimiento.
—Funciona —constató Hsu.
—Sólo espero que funcione una vez más —dijo Sushma, preocupada—. El resto debería haber venido con nosotros.
—No tengas miedo —la tranquilizó
Nair—. Funcionará.
Entonces apareció la ya familiar sensación de la pérdida de peso. El descenso se aceleró, pasando junto a...
...la cabina del E2, cuyo interior era un único rescoldo de color rojo y amarillo, mientras que el tanque de oxígeno seguía escupiendo llamaradas
hacia aquel páramo que era el cuello del hotel. El calor era cada vez más intenso. A pesar del grosor, los cristales del ventanal de la fachada sólo podían resitir al fuego con esfuerzo, pero todavía la presión estaba concentrada en el interior, empujando la cabina hacia un lado, lenta pero constantemente. Unas delgadas paredes longitudinales separaban las cajas de los ascensores, interrumpidas por unos pasos de un metro cuadrado. En contra de su aspecto exterior, eran extremadamente resistentes, estaban hechas con hormigón lunar y eran apropiadas para sostener grandes cargas.
Pero no cargas de esa índole.
Durante aquellos tres cuartos de hora, dentro de la cabina se había creado una tensión ferroestática. Y ahora que se había sobrepasado el máximo tolerable, ésta se descargó con tal fuerza destructiva que uno de los revestimientos laterales reventó con un estruendo ensordecedor, haciendo pedazos la pared de la caja del ascensor y expandiéndose como metralla hacia la caja de al lado, con el resultado de que el ascensor del personal se detuvo dando una sacudida.
Se detuvo tan abruptamente que sus ocupantes se alzaron del suelo, salieron
disparados hacia las alturas, se golpearon la cabeza y cayeron luego rodando en una melé. Al instante siguiente, algo impactó contra el techo e hizo que la cabina se estremeciera.
—¿Qué ha sido eso? —Sushma se incorporó y miró a su alrededor con los ojos fuera de las órbitas—. ¿Qué ha pasado?
—¡Nos hemos detenido!
—¿Mukesh? —El pánico hacía vibrar su voz—. Quiero salir, quiero salir de inmediato de aquí.
—Tranquila, cariño, seguramente todo está...
—Quiero salir. ¡Quiero salir!
Él la tomó por el brazo y le habló rápidamente y en voz baja. Uno tras otro, fueron poniéndose de pie, los rostros pálidos y aterrados.
—¿Habéis oído ese estruendo? — preguntó Hsu, mirando fijamente al techo.
—Ya la habíamos pasado —dijo Karla Kramp, como si quisiera, a través de un debate, conjurar los hechos—. Ya estábamos por debajo de la galería.
—Algo nos detuvo —dijo Borelius echando un vistazo a los indicadores. Las luces se habían apagado. Pulsó el botón del intercomunicador—. ¿Hola?
¿Alguien nos oye?
Ninguna respuesta.
—Menuda mierda —maldijo Hsu.
—Quiero salir—suplicó Sushma—. Por favor, quiero...
—¡Me estás poniendo de los nervios! —la increpó Hsu—. Tú nos metiste a todos la estúpida idea en la cabeza de subir aquí. Por tu culpa estamos ahora atrapados.
—¡No deberías haber venido si no querías! —le respondió Nair, furioso—. Déjala en paz.
—Ah, vete a la mierda, Mukesh.
—¡Eh! —dijo, interponiéndose, Borelius—. Nada de peleas, nosotros...
Algo crujió por encima de sus
cabezas. Primero se oyó un sonido hueco y silbante; a continuación, un silencio de muerte.
Una sacudida estremeció la cabina. Y entonces cayeron.
—¿Que habéis hecho qué?
Lynn miraba alternativamente la pared de monitores y el rostro de Funaki, que mostraba el mayor desconcierto.
—Quisieron subir de todos modos, señorita Orley —se lamentó el japonés. Tenía la mirada baja. En una rápida secuencia, su cabeza se estiró hacia adelante y hacia atrás, en un gesto de sumisión—. ¿Qué otra cosa podía
hacer? Yo no soy militar, la gente tiene voluntad propia.
—Pero ¡todo salió mal! Hemos perdido el contacto con ellos.
—¿Se han quedado... atrapados? Lynn echó una ojeada al diagrama.
Había podido ver la repentina detención de la cabina por debajo de la galería, pero luego el símbolo había desaparecido.
Nadie decía nada. Walo Ögi midió el espacio con la mirada, Heidrun y Tim miraron fijamente los diagramas, como si, con la fuerza de sus miradas, pudieran hacer aparecer de nuevo el símbolo.
La cabeza de Lynn estaba en estado de sitio.
Las drogas habían desplegado su efecto narcotizante, mientras que el agudo drama la lanzaba más allá de los límites de lo soportable. Aunque por un lado estaba algo atontada, como borracha, veía al mismo tiempo cada detalle de su entorno con una nitidez desacostumbrada, inquietante. No había un antes ni un después, no había una percepción primaria y una secundaria. Todo irrumpía de manera simultánea en ella, mientras que era cada vez menos lo que llegaba fuera. Los niveles de la realidad se destruían, se quebraban, se
empujaban unos a otros, y los añicos se entrelazaban de nuevo, creando decorados surrealistas destinados a la representación de obras incomprensibles. En sus oídos rumoreaba la sangre. Por centésima, por milésima vez, otro millón de veces más se preguntó cómo se había dejado enrolar en aquella empresa de construir estaciones espaciales y hoteles lunares, en lugar de enfrentarse de una vez a Julian y dejarle claro que ella no era perfecta, que no era una supermujer, que ni siquiera era una persona sana, que aquella tarea terminaría destruyéndola, y que tal vez para dar a luz a la locura
sólo se necesitaba un loco, pero no hacía falta cultivarla ni comercializarla. Porque eso, precisamente eso, era asunto de los sanos, de los emocionalmente estables y de mente clara, que coqueteaban con la locura, flirteaban despreocupadamente con ella, pero no entendían en lo más mínimo lo que significaba palparla.
¿Cuánto tiempo más aguantaría?
Le retumbaba la cabeza. Lynn cerró los párpados y oprimió la punta de los dedos contra las sienes. Tenía que mantenerse en pie. No podía permitir que se rompiera el dique que todavía retenía aquella marea negra. Era la
única que se conocía el hotel al dedillo. Ella lo había construido.
Todo dependía únicamente de ella. Aterrada, abrió los ojos.
El símbolo estaba de nuevo allí.
—¡Auxilio! ¡Auxilio! ¿Nos oye alguien?
Borelius golpeaba con furia el botón del intercomunicador, gritaba y gritaba, mientras que Sushma se lanzaba contra las atrancadas puertas interiores e intentaba abrirlas a la fuerza con ambas manos. Nair la atrajo por los hombros y la acercó a él.
—Quiero salir de aquí
lloriqueaba la india—. Por favor.
El ascensor había caído sólo un metro; sin embargo, la sangre de cinco rostros se había acumulado toda ella en los pies de sus dueños. Blancos como velas, se miraron unos a otros, como un grupo de fantasmas de un castillo que de pronto comprenden claramente que llevan mucho tiempo muertos.
—De acuerdo. —Borelius se apartó del intercomunicador, alzó las manos e intentó imprimir un tono objetivo a su voz, algo que consiguió asombrosamente bien—. Ahora lo más importante es que no perdamos los nervios. Y esto también va para ti, Sushma. ¿Sushma? ¿Estás bien?
La india asintió con los labios temblorosos, empapados por las lágrimas.
—Bien. No sabemos lo que ha pasado, no localizamos a nadie, así que tenemos que ser pacientes.
—En realidad, las cosas ya no pueden ponerse peor —dijo Hsu—. Quiero decir que con una sexta parte del pe...
—Doce metros por encima de la superficie lunar es como dos metros en la Tierra —dijo Kramp—. Y estamos a ciento veinte metros de altura.
—¡Chis! Escucha.
Un bramido intermitente penetraba
en su oído. Un lamento atormentado se mezclaba con él, como un material altamente dañado. Borelius alzó la vista hacia el techo. Visible para todos, había allí una escotilla, en el medio. Y ahora, junto a la pantalla de indicadores, vio también el mecanismo para accionarla. Por un momento vaciló, luego activó el mecanismo. Durante algunos segundos no sucedió nada, y Borelius empezó a temer que también aquella función se hubiese dañado. ¿Cómo iban a llegar al exterior si la escotilla estaba bloqueada? Mientras cavilaba aún sobre las posibles alternativas, el mecanismo empezó a moverse y a abrirse
lentamente. Un titilante color naranja penetró en el interior de la cabina, el bramido se incrementó. Eva Borelius se agachó, tomó impulso, alcanzó el borde de la abertura y se alzó con un fuerte impulso hasta trepar al techo.
—Madre mía —susurró.
A mano derecha, una gran superficie de la pared divisoria había sido arrancada de cuajo, de modo que podía verse bien el interior de la caja del otro ascensor. Cinco o seis metros por encima de ella colgaba la ardiente y destrozada cabina del E2. El revestimiento lateral permitía ver el interior, que era la fuente de aquellos
bufidos, que ahora podían oírse mucho más intensamente. Unos fantasmas rojizos pasaban a toda prisa por el techo del ascensor en llamas, unos jirones de humo negro se acumulaban en lo más alto de la caja. Adondequiera que uno volvía la cabeza había trozos de metal clavados en los rincones. Un pedazo de aspecto estrafalario, envuelto en un rescoldo pulsante, yacía directamente bajo sus pies. Borelius dio un paso atrás. Hasta donde podía ver, las juntas de los frenos del ascensor del personal se habían activado y estaban aferradas a los raíles de guía, pero al mirar detenidamente le pareció que dos de
ellos habían sido bloqueados por dos esquirlas, o que incluso podrían estar dañados. El sofocante calor hizo que afloraran unas grandes gotas de sudor sobre su frente y el labio superior.
Y de repente perdió el suelo bajo sus pies.
Un grito colectivo le llegó desde abajo cuando la cabina se desplomó un metro más. Borelius se tambaleó, logró estabilizarse y vio que una de las juntas se había abierto. ¡O no, peor, que se había roto! Presa del pánico, buscó una salida. Justo delante de sus ojos estaba el borde inferior de las puertas que conducían a la galería. Metió los dedos
en la ranura y emprendió el desesperado intento de abrirlas, pero éstas, por supuesto, no se movieron ni un ápice.
¿Cómo iban a hacerlo? No eran las puertas de un ascensor normal, sino de una escotilla de cierre hermético. Mientras el sistema no decidiera abrirse, o alguna otra persona lo accionara desde fuera, sólo estaría poniéndose en ridículo y perdiendo un tiempo valioso.
—¡Eva! —Oyó los sollozos de
Sushma—. ¿Qué pasa?
Le resultaba difícil no prestar atención a la pobre mujer, pero tampoco podía estar ocupándose del estado de
ánimo de todos los demás. Con insistencia febril, intentaba hallar una solución. La pared intacta mostraba, según veía ahora, un acceso de un metro cuadrado que llevaba hasta el hueco del E1. Un tramo más arriba vio otro acceso, pero estaba demasiado lejos como para poder llegar hasta él; en la parte inferior, por otro lado, se extendían los ardientes y humeantes fragmentos del revestimiento de la cabina que habían volado. Borelius sintió una desagradable presión en el pecho y se volvió, a fin de echar un vistazo al hueco del otro ascensor, el E2. Toda la parte superior de la pared
intermedia había desaparecido, había un agujero enorme, cuyo borde dentado quedaba a la altura de su frente, de modo que sólo tenía que estirarse un poco hacia arriba para poder mirar a través de él. Unos raíles verticales se extendían hasta una profundidad imposible de determinar. Entre ellos discurrían, a ciertos intervalos, unos travesaños, lo suficientemente anchos como para agarrarse y apoyarse sobre ellos, y luego, en el lado opuesto del hueco del ascensor, vio...
Una salida.
Era un agujero rectangular que desembocaba en un breve túnel
horizontal. Oscuro y misterioso, descansaba sobre la pared, pero Borelius creyó saber hacia dónde conducía; era, además, lo suficientemente amplio como para que dos personas se arrastrasen al mismo tiempo a través de él. Con un poco de habilidad, se llegaría, a través de él, a las pasarelas de emergencia.
En ese momento, la cabina chirrió debajo de ella en sus raíles, rozando metal con metal. Mukesh Nair se incorporó en la escotilla, alzó la cabeza y miró desconcertado hacia los restos ardientes del E2.
—¡Dios mío! ¿Qué ha pasado
aquí...?
—Todos fuera —gritó Borelius, que pasó por el lado del indio, empujándolo y gritando hacia abajo—: ¡Salid todos, de prisa! ¡Cuidado, aquí esto está repleto de restos en llamas!
—¿Qué tienes entre manos? —quiso saber Nair.
—¡Ayúdame!
El ascensor chirrió y descendió ligeramente, mientras que, desde arriba, una lluvia de chispas caía sobre ellos. A Borelius le dolían las pequeñas quemaduras que tenía en las manos y en los brazos. Había elegido para esa noche un top sencillo, sin mangas, y
ahora maldecía la hora en que había tomado dicha decisión. Con la mayor de las prisas, Karla, Sushma y la aterrada Rebecca Hsu la ayudaron hasta que todos pudieron reunirse en el techo del elevador.
—Hay que desnudarse —dijo Borelius, quitándose el top por encima de la cabeza—. Usad cualquier prenda que llevéis: camisetas, blusas, camisas..., cualquier cosa con la que puedan envolverse las manos.
Sushma sacudió la cabeza.
—¿Y eso por qué?
—Porque se nos van a quemar las aletas si no las protegemos —dijo la
alemana, señalando con la cabeza hacia el acceso—. Tenemos que llegar hasta allí. Cuando estéis al otro lado, pegaos a la pared. Hay unos travesaños entre los raíles del ascensor; podéis agarraros a ellos y caminar por encima. No miréis hacia abajo ni hacia arriba, sencillamente, avanzad. Al otro lado hay un paso, y supongo que éste nos lleva hasta los conductos de ventilación.
—No lo conseguiré jamás —susurró la asustada Sushma.
—Claro que lo conseguirás —le dijo Hsu con firmeza—. Todos los conseguiremos, tú también podrás hacerlo. Y discúlpame por lo de antes.
Sushma sonrió con los labios temblorosos. Sin dudarlo, Borelius arrancó la fina tela de su top, una prenda escandalosamente cara, pero eso no importaba en esos momentos; se enrolló los jirones alrededor de las manos y las muñecas y ayudó a Kramp a de- construir, mientras que Nair asistía a su esposa. Hsu, ahora en ropa interior, maldijo mientras sometía a aquel proceso de reciclaje su caro vestido de fiesta. Nair le regaló algunos jirones de su camisa.
—Bien —dijo Borelius—. Yo iré la primera.
La cabina del ascensor se sacudió.
Borelius agarró el borde de la pared destrozada, se estiró hacia arriba y cruzó una pierna hacia el otro lado.
«¿No mirar hacia abajo? Eva, eso es más fácil decirlo que hacerlo.»
De repente, se sintió fatal, todo su valor se encogió. El remoto fondo del hueco del ascensor se perdía en una oscuridad que no prometía nada bueno. Ahora, de repente, aquel varillaje le parecía inquietantemente delgado. Se obligó a no levantar los ojos hacia la destrozada cabina del E2, entonces extendió una mano, agarró uno de los travesaños y sintió cómo el calor penetraba a través de la tela. Apretando
los dientes, trepó hasta el lado opuesto y puso los pies sobre el acero ardiente.
Aquello no era precisamente un bulevar, pero estaba de pie.
Con decisión, se atrevió a dar un paso hacia un lado, avanzó a tientas, hasta que encontró la pared delantera de la caja del ascensor, venció el ángulo doblando la pierna y envió la punta del pie en busca de sostén. La parte superior de su cuerpo se inclinó hacia atrás, la tela de su improvisado vendaje resbalando en el acero del puntal. Por un momento creyó que perdería el equilibrio; con el corazón palpitando con fuerza, se aferró a él, alzó la cabeza
involuntariamente y vio la parte inferior de la cabina en llamas. El E2 colgaba ahora directamente sobre ella, negro y amenazante, con los bordes incandescentes.
«Si ese chisme se viene abajo ahora
—pensó—, ya no tendré que preocuparme más por si podré o no ponerme de nuevo la blusa de Louis Vuitton.» Entonces se acordó de que, hacía años, Rebecca Hsu había comprado la marca.
Si Rebecca se enteraba, ya se le ocurriría una de las suyas para sacarle partido, pensó, malhumorada.
Eva Borelius se agarró aún con más
fuerza. Con un paso audaz, había llegado hasta el varillaje de la pared frontal.
¡Tenía que actuar de prisa! A través del vendaje, el calor empezaba a lacerarla, las ampollas estaban como preprogramadas. Aquello no podría aguantarse por mucho más tiempo; tenía, además, la sospecha de que el humo empezaría a desplazarse ahora hacia abajo. Con los pies colocados como una artista de ballet clásico, pasó junto al borde inferior de las puertas del ascensor y consiguió vencer el segundo ángulo. A su diestra, apenas a un metro de distancia, se abría la boca del acceso. Con cuidado, volvió la cabeza y
vio a Karla a la altura de las puertas, seguida de cerca por Sushma, que mantenía el rostro vuelto hacia la pared a fin de evitar por todos los medios mirar hacia arriba o hacia abajo. Nair ya había conseguido llegar al otro lado, se agarraba con su mano derecha y, con la otra, ayudaba a Hsu a introducir su voluminoso cuerpo por el borde.
—Ocúpate de Sushma —le dijo Hsu, haciendo caso omiso de la mano extendida de Nair—. Me las arreglaré so...
Sus palabras se perdieron bajo un chirrido metálico. Con prisa, saltó sobre el borde. Entonces se oyó un crujido y
un estruendo que se alejaba rápidamente hacia abajo: el ascensor del personal se había despeñado.
—¿Todo bien? —La voz de Nair reverberó en las paredes, y fue absorbida por el abismo.
Hsu asintió, temblando sobre el puntal metálico.
—Cielos. ¡Qué caliente está esto!
—Espera, ya voy.
—No, está bien. ¡Sigue, sigue! Borelius respiró nuevamente y se
coló a través del acceso. El pasaje estaba más alto de lo esperado, por lo que sólo podía mirar hacia adentro por encima del borde, pero, por suerte,
habían fijado a la pared dos pequeños peldaños. Hizo una flexión y consiguió llegar al interior, se arrastró hacia adelante y casi de inmediato sus manos chocaron con una plancha de metal que bloqueaba el paso hacia la parte trasera. Al lado de ella había un pequeño panel de mando. Echándolo a suertes, oprimió un dedo contra él, y en ese mismo instante un escalofrío le recorrió el cuerpo.
¡La baja presión! ¿Qué sucedería si el fuego y el humo habían consumido demasiado oxígeno en el hueco del ascensor?
Para su alivio infinito, la plancha de
metal se deslizó a un lado y le dejó ver otro hueco de acceso bien iluminado, con dos metros por dos metros de diámetro. Por el lado izquierdo había una escalera. Eva Borelius puso en ángulo brazos y piernas, hizo un giro, se arrastró un poco hacia atrás y le tendió ambas manos a Karla Kramp.
—Aquí dentro —gritó con voz resonante—. Aquí detrás está el conducto de ventilación.
Kramp se deslizó junto a ella en el pasaje.
—Baja por esa escalera —le indicó Borelius—. En alguna parte tiene que haber una forma de salir.
—¿Y tú?
—Voy a ayudar a los demás.
—De acuerdo.
Sushma volvió el rostro hacia ella. La esperanza y el miedo a la muerte luchaban por ganar la partida en su interior.
—Todo está bien, Sushma —le dijo Borelius, sonriente—. Ahora todo está bien.
Algo crujió ruidosamente en lo alto, luego se oyó un estampido metálico y una densa lluvia de chispas cayó sobre ellos.
Eva miró hacia arriba.
El resplandor del fuego salía a
través de una rendija. ¿Eso estaba ahí antes? Era como si el suelo de la cabina empezara a desprenderse del resto del cuerpo.
«No —pensó—. Todavía no. ¡Por favor!»
También Hsu miró alarmada en dirección al techo, mientras luchaba todavía por vencer la segunda esquina. Sus rodillas temblaban con violencia. Sushma rompió a llorar. Rápidamente, Borelius tiró de la india para meterla en el conducto con la ayuda de Nair, que empujaba desde abajo, y se detuvo, sin saber si debía seguir los pasos de su esposa o ayudar a Hsu, que avanzaba a
tientas, centímetro a centímetro.
—¡Entra! —le ordenó Borelius—. Yo me encargo de Rebecca. Vamos, ahora.
Nair obedeció, pasó junto a ella, muy apretados ambos, y desapareció en el conducto de ventilación. Una vez más, algo chirrió en lo alto. La lluvia de chispas se hizo más densa. Hsu dejó escapar un grito cuando las chispas cayeron sobre sus hombros desnudos. Se apretujó contra la pared, incapaz de moverse, paralizada por el miedo.
—¡Rebecca! —le gritó Borelius, estirando su torso hacia afuera.
—No puedo —gimió Hsu.
—Ya casi has llegado. —Eva Borelius extendió sus largos brazos en dirección a la taiwanesa, tratando de alcanzar alguna parte de su cuerpo.
—Las piernas no me responden.
—¡Sólo un trecho más! Agárrate a
mí.
Unos golpes en ráfaga resonaron en
el hueco del ascensor. El piso del E2 se estaba abombando, y reventaba simultáneamente en varios puntos.
«No —suplicó Borelius—. Éste no es un buen momento. Todavía no. ¡Por favor, no!»
La alemana estiró su cuerpo hacia afuera cuanto pudo. Sobre las paredes
del hueco del ascensor, las llamas resplandecían en un reflejo fantasmagórico. La china superó su rigidez y también la esquina, hizo un esfuerzo enorme por dar un siguiente y temerario paso, quedó directamente debajo de ella, agarró la mano derecha de la alemana, extendida en su dirección, y alzó los ojos hacia Eva Borelius...
Luego miró hacia el techo. El tiempo volaba.
Con un estampido, el suelo del ascensor se desplomó. Los rasgos de Hsu se deformaron en una mueca que reflejaba la conclusión de que había
perdido, petrificándose. Durante un breve instante, en lo que su corazón latía una vez, sus ojos se clavaron en Borelius.
—¡No! —gritó Borelius—. ¡No!
La china soltó su mano. Como si quisiera darle la bienvenida a su final, extendió los brazos, se dejó caer y voló hacia abajo a lo largo del hueco del ascensor. Borelius reaccionó instintivamente. A la velocidad del rayo, retrocedió, protegió su cabeza y hundió la cara entre los pliegues de los codos. A pocos centímetros de ella, con estruendo, el suelo de la cabina pasó en su trayecto hacia el fondo, escupiendo
un surtidor de chispas hacia el interior del conducto, chispas que le quemaron los antebrazos, las manos y los cabellos, aunque Eva no se percató de nada. Se sintió un golpeteo en el hueco del ascensor, estruendos, trastazos, un tableteo incesante. Sin poder creerlo, fuera de sí, se acercó al borde y vio cómo aquella nube de fuego se iba haciendo más pequeña y pálida, hasta el punto de que parecía implosionar mientras caía hacia el fondo.
Sería la tapa del ataúd de Rebecca.
—No —susurró Borelius.
Desde lo alto descendieron lengüetas de fuego. Eva retrocedió
rápidamente hacia el conducto de ventilación. Sus pies encontraron por sí solos la escalera. Había un panel de mando idéntico al que había visto en el acceso. Con gesto mecánico, tocó algo, y la tapa se deslizó hacia un lado sin hacer ruido. Oyó unas voces provenientes de abajo, el resonar de los pasos sobre los escalones metálicos. Le parecía perdida toda idea de futuro. Yacía allí, en actitud apática, en medio del calor sofocante del conducto, que se había llenado con aquellas altas temperaturas que también buscaban una salida, pero sentía sacudidas en todos sus miembros, escalofríos, como si lo
que estuviera bombeando su corazón fuera agua helada en lugar de sangre; no podía pensar con claridad, ni siquiera cuando las lágrimas empezaron a correrle por las huesudas mejillas.
—¿Eva? —oyó decir a Karla por debajo de ella—. Eva, ¿estás ahí?
En silencio, empezó el descenso; un descenso hacia alguna parte.
—¡Eh! —exclamó Heidrun, señalando hacia el panel de monitores con todo el diagrama lumínico de los ascensores. A través de un canal situado a la izquierda del E2 se movían unos puntos luminosos, que desaparecían brevemente, volvían a aparecer y
cambiaban su posición—. ¿Qué es eso?
—¡Un conducto de ventilación! — dijo Lynn, apartándose el pelo sudoroso de la frente—. ¡Están en el conducto de ventilación!
Entretanto, el ascensor del personal había desaparecido de la pantalla. Según el ordenador, había caído, mientras que ya no ofrecía información alguna sobre el E2.
—¿Podrán salir de ahí sin ayuda de nadie? —preguntó Ögi.
—Eso depende. Si el fuego se ha propagado ya a los conductos de ventilación, el descenso de la presión podría bloquear las salidas.
—Si hubiese fuego en el conducto de ventilación, hace rato que estarían muertos.
—En el hueco del E2 también hay fuego; sin embargo, han conseguido cruzarlo y llegar al otro lado. —Lynn se frotó las sienes—. ¡Alguien tiene que ir al vestíbulo! ¡De prisa!
—Voy yo —dijo Heidrun.
—Bien. A la izquierda del E2 hay una pared revestida de bambú...
—Lo sé.
—El panel se desliza sobre un riel; sencillamente, apártalo hacia un lado. Detrás verás una escotilla con un panel de mando.
Heidrun asintió y se puso en movimiento.
—Te conducirá a un breve pasillo
—le gritó Lynn a sus espaldas—. Es muy corto, tendrá unos dos metros, y luego encontrarás otra escotilla. Desde allí...
—... se llega al conducto de ventilación. Lo he entendido.
Con largos y elásticos saltos, llegó al vestíbulo, pasó por debajo de la maqueta del sistema solar y se dirigió a los ascensores, de los cuales, si acaso, sólo podía usarse uno. Luego puso manos a la obra con el panel de bambú, lo hizo rodar a un lado y vaciló. De
repente, algo paralizó sus movimientos. A unos milímetros del interruptor táctil, las puntas de sus dedos se detuvieron, mientras que una sensación de miedo recorría su columna vertebral, el miedo de no saber qué podía haber detrás de aquella escotilla. ¿Brotarían llamas?
¿Sería ése su último momento consciente, su último recuerdo de una vida de integridad física?
El miedo cedió. Decidida, tocó la pantalla. La compuerta se abrió y un aire fresco le acarició la cara. Heidrun entró en el pasillo, abrió la segunda escotilla, metió la cabeza y miró hacia arriba. La perspectiva era irreal, surrealista.
Paredes, escaleras y luces de emergencia fluían hacia un oscuro punto de fuga. En lo alto, vio gente caminando por los escalones.
—¡Aquí abajo! —gritó—. ¡Aquí! Miranda Winter había perdido toda
su serenidad.
—¿Rebecca? —sollozó.
En un arranque de distanciamiento, O'Keefe pensó que ella era una de las pocas personas que, incluso estando deshecha en lágrimas, conservaba su atractivo. Había ciertas fisonomías bien formadas que, en un estado de sufrimiento o dolor, adoptaban rasgos muy semejantes a los de un sapo; había
otras que parecían querer soltar una carcajada y no sabían cómo hacerlo. Las cejas se situaban más allá del nacimiento del cabello, y entonces, algunas narices otrora bellas se hinchaban formando un forúnculo purulento. Había tenido que presenciar todo tipo de deformación de los rasgos, pero la desesperación de Miranda Winter encerraba cierto atractivo erótico, algo que se acentuaba ahora debido a su negro maquillaje, que se deshacía en unas franjas que cruzaban su cara.
¿Por qué le pasaban tales cosas por la cabeza? Estaba harto de sus
pensamientos. No eran más que maniobras de distracción para impedir que afloraran sus sentimientos. ¿Con qué propósito? ¿Tal vez porque el duelo creaba cercanía hacia aquellos que también lo guardaban, y él, normalmente, solía acoger cualquier proximidad con recelo? ¿No era mucho mejor acaso salir del Madigan's Pub y caer de bruces en plena Talbot Street, completamente solo y borracho? ¿Acaso lo más importante no era mantener la distancia?
—De modo que utilizaremos los conductos de ventilación —resumió Funaki, luchando por mantener la
serenidad.
—Pero no el situado al oeste —dijo la imagen de Lynn en el monitor—. Está muy próximo al E2; además, los sensores indican que ahí el humo va en aumento. Intentadlo por el otro lado, allí todo parece estar bien.
—¿Y qué hay...? —preguntó Funaki, tragando en seco—. ¿Qué hay de los demás? ¿Están, por lo menos...?
Lynn guardó silencio. Su mirada vagó por el recinto. A O'Keefe le parecía que tenía un aspecto terrible; no era más que un envoltorio que se asemejaba a Lynn, pero desde el cual los miraba algo distinto. Algo que él no
estaba interesado en conocer más de cerca.
—Están bien —respondió la hija de
Julian casi sin voz.
Funaki asintió con la cabeza en un gesto de autorreproche.
—Entonces, ahora abriremos el hueco de la parte este.
—Bajad al vestíbulo. Michio, usted ya sabe cómo llegar.
En realidad ya no quedaba allí nada más que pudiera arder.
El segundo tanque de oxígeno también se agotó, de los tres cadáveres sólo quedaban restos de ceniza amontonada. Todo lo que podía ser
cubierto por las llamas había quedado consumido; sin embargo, todavía se veía el parpadeo y el brillo del rescoldo. Desde el derrumbe parcial del E2, el humo había aumentado en el hueco del ascensor del personal, se había congestionado allí, impedido de circular ahora que habían dejado de funcionar los ventiladores, que, de otro modo, lo habrían extendido por todas partes. Sin embargo, las diferencias de temperatura habían creado su propio sistema de circulación, y de los materiales deformados subía cada vez más humo, de modo que el hueco del ascensor que el grupo de Borelius había cruzado no
hacía ni un cuarto de hora era ahora un sitio en el que resultaba imposible respirar y que no permitía ni un solo centímetro de visibilidad. A la altura de los humeantes restos de la cabina, se habían fundido los sellos de las puertas de acceso al conducto de ventilación del lado oeste y todo estaba repleto de humo; en cambio, las protecciones del conducto este estaban intactas. Prevalecían, no obstante, en el cuello de Gaia, temperaturas como las de un horno solar, las cuales elevaban de un modo dramático la viscosidad de las vigas de acero que sostenían la cabeza de la figura. Una vez más, el mentón de Gaia
se inclinó un poco más, y esta vez...
...pudo notarse claramente.
—El suelo se ha movido —susurró Olympiada Rogachova, aferrándose al brazo de Miranda Winter, cuyo grifo de lágrimas se cerró en ese preciso momento.
—Seguramente el edificio tiene una estructura elástica —dijo, resoplando y acariciando la mano de Olympiada—. No te preocupes, querida. Los rascacielos de la Tierra también se estremecen, ya sabes, a causa de los terremotos.
—Tú sí que eres elástica —dijo
O'Keefe, mirando con la boca reseca
hacia afuera—. Pero seguro que el Gaia no.
—¿Y tú cómo lo sabes? Eh, Michio,
¿qué...?
—¡No tenemos tiempo! —Funaki estaba de pie en el rellano de la escalera, sacudiendo los brazos con vehemencia—. ¡Vamos, de prisa!
—Tal vez seamos presas de la histeria colectiva —le dijo Winter a la perturbada Olympiada mientras seguían al japonés hasta el Luna Bar y, de allí, al Selene, una planta más abajo.
Una vez más, el suelo cedió.
—Chikusho! —exclamó entre dientes Funaki.
Los conocimientos de O'Keefe del japonés eran casi nulos, pero después de varios días en compañía de Momoka Omura, uno llegaba a familiarizarse lo suficiente con ciertas expresiones duras.
—¿Tan grave es? —preguntó el actor.
—Extremadamente grave. No deberíamos perder ni un segundo.
Funaki abrió un armario, sacó cuatro máscaras de oxígeno y corrió hacia una de las dos columnas que estaban libres, cubiertas con holografías de constelaciones, y que O'Keefe, hasta ese momento, había tomado por meros objetos decorativos. Ahora, cuando el
japonés movía hacia un lado una de sus superficies, se vio detrás una escotilla con la altura de un hombre.
—¡El conducto de ventilación!
—Sí —asintió Funaki—. Comienza aquí arriba. Deseémonos suerte. Los de la central creen que el interior está libre de humo y que no se ha producido pérdida de presión —añadió al tiempo que repartía las máscaras—. No obstante, ahora nos pondremos las máscaras hasta que estemos seguros. Sólo tienen que metérselas por la cabeza hasta que queden bien ajustadas y los ojos estén protegidos tras las gafas. ¡No, señora Rogachova, así no, es al revés!
—Las manos del japonés revolotearon en un gesto de exasperación—. Señorita Winter, ¿podría usted ayudarla, por favor? Gracias. Señor O'Keefe, ¿puedo ver? Sí, así está bien. Perfecto.
A la velocidad del rayo, Funaki se puso su máscara, comprobó que estaba bien colocada y continuó hablando en sordina:
—En cuanto la escotilla se abra, entraré. Esperen a que yo les dé la señal, entonces me siguen, en fila india, primero la señora Rogachova, después la señorita Winter y, por último, el señor O'Keefe. La escalera nos conducirá directamente al vestíbulo.
Manténganse bien pegados a mí.
¿Alguna otra pregunta?
Las mujeres negaron con la cabeza.
—No —respondió O'Keefe.
Funaki tocó el sensor, dio un paso atrás y esperó. La escotilla se abrió y brotó una ola de calor. O'Keefe se acercó al japonés y miró hacia abajo. Vieron un conducto escasamente iluminado que parecía no tener fondo.
—Hay buena visibilidad. Funaki asintió con la cabeza.
—Esperen a que les dé la luz verde. El japonés entró. Colocó los pies en
los peldaños, se aferró con ambas manos a las vigas laterales e inició el
descenso, el pecho, los hombros y la cabeza desapareciendo tras el borde. O'Keefe lo siguió con la vista. El japonés miró a su alrededor, echó una ojeada crítica a las profundidades. Tras haber bajado unos cinco metros, se detuvo y volvió su rostro hacia los demás.
—Hasta ahora, todo bien. Pueden venir.
—¡Olympiada, cariño! —Winter tomó a la rusa en sus brazos, la estrechó contra su cuerpo y le estampó un beso en la frente—. Ya casi lo logramos, corazón. —Su voz se atenuó en un susurro—. Y cuando lo hayamos
conseguido, lo dejas. ¿Me estás escuchando? No tienes necesidad de pasar por eso. Déjalo. Ninguna mujer tiene necesidad de pasar por eso.
Los enlaces moleculares empezaron a hacer su trabajo.
Para fundir el acero como mantequilla, habrían hecho falta temperaturas más altas, pero el calor era suficiente para transformar algunos de los puntales en una especie de goma resistente que se deformaba poco a poco bajo la presión de las toneladas que reposaban sobre ellos. Por lo visto, la cabeza de Gaia presionaba el debilitado material, generando de ese modo
tensiones para las cuales no estaban preparados ni el ventanal acristalado de la fachada ni las losas de hormigón lunar. Entre los cristales dobles, el agua evaporada presionaba las estructuras y las iba separando y, de repente, uno de los módulos de hormigón se resquebrajó a todo lo ancho.
El mentón de Gaia cayó pesadamente sobre la fachada de ventanas.
Sucesivamente, se rompieron los cristales interiores y exteriores. En una reacción en cadena, fueron arrastrados al vacío, junto con el vapor de agua, miles de fragmentos de vidrio,
elementos constructivos inestables, los destrozados componentes de los sistemas de soporte vital y las cenizas. La atmósfera artificial se repartió en forma de nube alrededor del cuello de Gaia y se desvaneció bajo el calor de los rayos del sol, pero la mayoría de ellos quedaron a la sombra, de modo que el aire cristalizó en ellos, mientras que el frío del espacio penetró en el interior, apagando al instante todas las llamas y enfriando tan aceleradamente el acero que éste no pudo solidificarse de nuevo con lentitud, sino que quedó rígido, en un estado de quebradiza fragilidad.
Las vigas se sostuvieron todavía unos segundos.
Pero luego se doblaron.
Esta vez, la cabeza de Gaia cayó hacia adelante un trecho considerable, ahora sólo sostenida por el núcleo principal de la maciza columna principal de acero, que hasta ese momento había resultado escasamente afectada. Entonces terminaron de hacerse añicos los últimos restos de la fachada del cuello, el mentón se inclinó otro trecho y, por encima de los hombros, reventó la capa de aislamiento y los módulos de hormigón, mientras que el conducto de ventilación se agrietaba
hasta quedar como una boca abierta.
O'Keefe cayó de espaldas sobre una mesa. Olympiada, que en ese instante se disponía ya a bajar al conducto, fue lanzada contra Winter y la derribó al suelo.
«Nos despeñaremos —pensó el actor—. ¡La cabeza se está desplomando!»
Horrorizado, se incorporó, sus dedos buscando sostén. Su mano derecha consiguió alcanzar el borde de la esclusa.
—Al conducto —gritó—. Rápido. Sus ojos miraron al interior.
«¿Al conducto?»
¡Tal vez fuera mejor no entrar ahí! Funaki alzó unos ojos desorbitados hacia él y empezó a trepar de nuevo, pero algo se lo impidió, tirando de su cuerpo con extrema violencia. El japonés gritó algo y estiró un brazo. O'Keefe se inclinó para aferrar la mano extendida, pero de repente se apoderó de él la inquietante sensación de estar mirando en la garganta de un ser vivo. Su pelo, su ropa, todo comenzó a revolotear. Una imponente fuerza de absorción lo rodeó, y entonces comprendió, de pronto, lo que estaba sucediendo.
Una fuerza aspiraba el aire de la
cabeza de Gaia. En algún lugar del conducto debía de haberse abierto un agujero.
El vacío amenazaba con tragárselos. O'Keefe se aferró al marco,
haciendo un esfuerzo por alcanzar la mano de Funaki. El japonés ponía el máximo empeño en llegar al siguiente peldaño. Por el rabillo del ojo, el actor vio cómo la escotilla empezaba a moverse y se acercaba a él. Los malditos aparatos automáticos... Pero no, estaba bien así. El conducto tenía que cerrarse para que no murieran todos, pero... ¿y Funaki? ¡No podía abandonar a Funaki! Unas manos se aferraron a su
ropa, Winter y Rogachova gritaban confusamente, tratando de impedir que fuera succionado. La compuerta se acercaba cada vez más. Estiró el brazo cuanto pudo y sintió que sus dedos rozaban por un momento los del japonés. Pero en ese instante Funaki fue sacado violentamente del peldaño y se perdió con un grito de desesperación en las profundidades.
Las dos mujeres lo apartaron a rastras de la compuerta. Ante los ojos del actor, la escotilla se cerró con un ruido seco. Sin aliento, lo ayudaron a ponerse de pie, al tiempo que luchaban por mantener el equilibrio sobre el suelo
inclinado del restaurante. Fantasmales crujidos y gemidos llegaban desde las profundidades del Gaia, heraldos de una catástrofe aún peor.
Lawrence oyó los mismos ruidos directamente encima de su cabeza. Una imponente sacudida la derribó al suelo, seguida de un bramido polifónico que, sin embargo, se extinguió rápida y completamente. Aún le parecía que la galería estaba llena con el eco de los estruendos parecidos a explosiones que habían precedido el bramido. Todo el edificio había vibrado como un diapasón, pero luego volvió a aquietarse. De repente reinaba un
silencio sepulcral, excepto por los lamentos y los crujidos provenientes del techo. Los ruidos parecían emitidos por gatas en celo que recorrieran la noche en busca de un macho.
Dana Lawrence corrió hacia la escotilla y golpeó el mecanismo. Seguía cerrada.
—¡Lynn! —gritó.
No recibió respuesta.
—¡Lynn! ¿Qué está pasando? ¡Lynn! Nadie en la central reaccionó.
—¡Respóndame! Algo grande se ha roto allí arriba. No tengo ningún deseo de diñarla aquí abajo.
Dana miró a su alrededor. Ahora la
visibilidad en la galería era mejor, los ventiladores habían hecho un buen trabajo. Pronto se restauraría la presión, pero si allí arriba había ocurrido lo que ella se temía, había peligro de que esa sección del edificio quedara, más tarde o más temprano, sepultada bajo el peso de la cabeza.
¡Tenía que salir de allí! Tenía que recuperar el control.
¡Lynn!
—Dana. —La voz de Lynn sonó como la de un robot—. Ha habido una serie de accidentes. Espere a que le llegue su turno.
Lawrence, agotada, se dejó caer
pegada a la pared. ¡Esa maldita perra! Claro que no podía reprochársele nada, tenía todas las razones para estar enojada; pero, así y todo, en Lawrence se encendió el odio contra la hija de Julian. En contra de su naturaleza, empezaba a tomarse aquel asunto como algo personal. Lynn la había metido en ese lío. «Ya verás», pensó.
CABO HERÁCLIDES, MONTES JURA
Hacia las once, Omura, de repente, se detuvo.
—Si ha caído, tiene que ser por aquí
—dijo.
Julian, que iba en la delantera, también se paró. Aparcaron los coches uno detrás del otro, en la vastedad del Mare Imbrium, ahora iluminado por el sol. A la izquierda, en medio del mar de basalto, se alzaba el cabo Heráclides,
con las estribaciones meridionales de los montes Jura, el agreste preámbulo del Sinus Iridum, la bahía del Arco Iris No faltaba mucho para imaginar que, en lugar de estar sentados en unos Rover, descansaban sobre unas embarcaciones de recreo, con la mar en calma, y contemplaban desde ellas la tierra; en realidad, sólo faltaba un poco de color y la pintoresca figura de un faro sobre un acantilado rocoso. Como si se quisiera crear la ilusión perfecta, las imágenes del satélite mostraban unas olas alargadas y bajas, con las cuales la petrificada marea de aquel mar bañaba aquella «bahía del Arco Iris». A decir
verdad, se trataba de tomas antiguas, ya que con el comienzo de la extracción del helio 3, la situación meteorológica del Sinus Iridum había cambiado bastante. Actualmente, un extenso banco de niebla se tragaba las olas y parecía desplazarse hacia el interior. Desde su posición podían contemplar esas nubes a lo lejos, un gris de contorno indefinido que se cernía sobre el lago petrificado.
—¿No crees que podría haber seguido otra ruta de vuelo? —preguntó Chambers.
—Es posible. —Julian alzó la mirada al cielo, como si Locatelli hubiera dejado algo allí para ellos.
—Probable, incluso —dijo Rogachov—. Tenía problemas para recobrar el control sobre el transbordador. Si acaso pudo recuperarlo, puede que antes la nave hubiera andado a la deriva y lo hubiese llevado bastante lejos.
—¿Dónde está exactamente la estación de extracción? —preguntó Amber.
—En la zona minera —respondió Julian, señalando con el brazo extendido en dirección a la barrera de polvo—. A unos cien kilómetros de aquí, hacia el norte, en el eje entre el cabo Heráclides y el cabo Laplace.
—Por cierto, ¿cómo andamos de oxígeno?
—Bien, para como están las cosas. El problema es que ya no podemos fiarnos mucho de los mapas.
Amber dejó caer su mapa. Hasta ahora había disfrutado la ventaja de tener una perspectiva clara a su favor. Se podía confiar en que cada cráter que aparecía señalado en el mapa de la Luna, cada elevación, había surgido en algún momento en el horizonte, permitiendo determinar con exactitud su posición, pero en medio de aquel mar de polvo, su capacidad para orientarse se vería considerablemente restringida.
—Deberíamos intentar, dentro de lo posible, no perdernos —afirmó Chambers con tono sobrio.
—¿Y Warren? —preguntó Omura—.
¿Qué pasa con Warren?
—Bueno... —dijo Julian, vacilante
—. Si lo supiéramos...
—¡Un comentario de experto, gracias! —dijo Momoka, soltando un bufido—. ¿Y qué tal si lo buscamos?
—No podemos correr ese riesgo, Momoka.
—¿Por qué no? De todos modos, tenemos que llegar hasta el pie del cabo.
—Y de ahí, directos a la estación, sin desviarnos.
—Ni siquiera sabemos si se ha estrellado realmente —comentó Chambers—. Tal vez...
—¡Por supuesto que lo sabemos! —
gritó Omura—. ¡No seas prepotente!
¿Queréis continuar con toda calma vuestro viaje mientras él ha quedado atrapado en ese trozo de chatarra en compañía del hijo de puta de Carl?
—Aquí nadie ha hablado de calma
—protestó Chambers—. Este territorio es inmenso. Podría estar en cualquier parte.
—Pero...
—No vamos a buscarlo —decidió
Julian—. No puedo hacerme
responsable de eso.
—¡Esto es lo último!
—Sería realmente lo último si, por tu culpa, no podemos llegar a la estación de extracción —dijo Chambers fríamente—. Todo el mundo aquí está preocupado por Warren, pero no podemos explorar todo el Mare Imbrium y arriesgarnos a que se nos agote el oxígeno.
—He ahí una propuesta positiva — dijo Rogachov, carraspeando—. Hay un punto en el que Momoka tiene razón. De todas formas, debemos llegar al cabo, si es que deseamos alcanzar ese eje de conexión. Sencillamente, pasemos un
poco más cerca y mantengamos los ojos abiertos. No se trata de organizar una búsqueda, sólo de adentrarnos tres o cuatro kilómetros y luego seguir hacia la estación de extracción.
—Suena razonable —dijo
Chambers.
Julian meditó durante unos segundos acerca de la propuesta. Hasta el momento no habían tocado las reservas de oxígeno.
—Creo que podemos hacerlo —dijo de mala gana.
Se desviaron, se dirigieron hacia un macizo de tierra y se adentraron un poco en la bahía, subiendo hacia la izquierda
de la cordillera, hasta llegar, minutos después, a una zanja poco profunda que cruzaba el suelo y parecía proceder directamente de la niebla.
Julian disminuyó la velocidad del
Rover.
—Eso no es una zanja natural —
señaló Rogachov.
Lo que veían era un canal bastante amplio. Había sido abierto en el regolito, como una herida, con los bordes marcados por la tierra arrojada hacia los lados.
—Es reciente —dijo Amber.
Omura se levantó de su asiento y miró las nubes distantes; luego se volvió
hacia el otro lado.
—Ahí —susurró.
Allí donde el litoral del cabo se elevaba en una cadena montañosa, había algo atravesado en la pendiente. Reflejaba la luz del Sol, era pequeño, alargado, y tenía una forma inquietantemente familiar.
Además, marcaba el final de la zanja.
Sin decir una sola palabra, Julian pisó el acelerador. Conducía a toda velocidad pero, así y todo, Omura logró adelantarlo. El terreno se levantaba con suavidad, era bastante llano, ideal para los Rover, que, gracias a su suspensión
flexible, avanzaban sin tropiezos a lo largo de la zanja. Entretanto, ya no les cabía ninguna duda de que tenían a la vista los restos del Ganímedes. Descansaba, sin las patas, en medio de un pedregal, encajado entre unas grandes rocas. El compartimento de carga estaba abierto de par en par. No muy lejos de la rampa yacía un hombre: la cabeza y los hombros se le veían bajo la sombra de las rocas. Mientras Julian meditaba cómo detener a Omura, la mujer de Warren ya había saltado de su asiento y corría cuesta arriba. Oyó en su casco el jadeo de la mujer, la vio caer de rodillas. La parte superior de su cuerpo
fue tragado por las sombras, y entonces se oyó un breve y espeluznante grito en los altavoces.
—Evelyn —le dijo Julian a Chambers por otra frecuencia—. Creo que eres la mejor en estos casos.
—De acuerdo —dijo Chambers con tono desdichado—. Yo me ocuparé de ella.
SINUS IRIDUM
En el contexto de todas las adversidades recientes, a Hanna le habría sorprendido poder llegar a la estación de extracción sin ningún contratiempo. Estaba demasiado familiarizado con la esencia de una escalada de los acontecimientos. El eje dañado del buggy tenía que romperse antes de tiempo y, en efecto, eso fue lo que hizo, fiel a la dramaturgia del fracaso, a quince kilómetros de su destino. No necesitó ningún bache ni ninguna irregularidad del terreno para que se completara la labor. Se partió en
dos en un terreno llano, de un modo definitivo y banal, deteniendo el vehículo abruptamente y obligándolo a describir un semicírculo. Eso fue todo.
Hanna saltó a los escombros. La regla básica de toda supervivencia era ver lo positivo de un asunto. Por ejemplo, pensar que aquel cacharro había aguantado lo suficiente. Que poseía una extraordinaria capacidad de orientación, que le había permitido encontrar siempre el camino correcto. A pesar de la pésima visibilidad, había mantenido el rumbo, de eso estaba seguro. Siempre y cuando continuara avanzando en línea recta, llegaría a la
estación de extracción, según sus cálculos, al cabo de una hora, aunque a partir de ese momento tenía que prestar muchísima atención. El polvo ocultaba peligros que eran más difíciles de evitar a pie que con el buggy. Lo más recomendable era mantener cierta distancia. Ciertamente, aquellos bichos eran lentos, sin embargo, las ágiles y afiligranadas arañas tendían a hacer apariciones por sorpresa bastante desagradables.
Hanna dejó vagar la mirada. A una distancia indeterminada, vio una especie de silueta fantasmal. Entonces entró en el compartimento de carga, agarró con
cada mano una mochila de supervivencia y se alejó.
CABO HERÁCLIDES, MONTES JURA
Mientras Chambers cumplía con su deber de consolar a Momoka, Julian, Amber y Rogachov se dedicaron a examinar frenéticamente el interior de los restos del Ganímedes y los alrededores más próximos, pero nada indicaba que Hanna estuviera cerca.
—¿Cómo pudo salir de aquí? —
preguntó, sorprendida, Amber.
—El Ganímedes llevaba un buggy a
bordo —dijo Julian mientras husmeaba cerca del morro del transbordador—. Y el buggy ha desaparecido.
—Sí, y sé adónde ha ido —dijo la voz de Rogachov desde el extremo opuesto de la nave—. Tal vez deberíais venir hasta aquí.
Segundos después, estaban todos reunidos en la zanja abierta por la nave. Si hasta el momento sólo habían tomado nota de los destrozos que el transbordador había dejado en el regolito a raíz de su aterrizaje forzoso, o la manera brutal en que se había encajado en la tierra, ahora hallaron algo que acaparó toda su atención: la
historia de alguien que se había adentrado en aquella lejana bruma, una historia contada por unas...
—Huellas de neumáticos —dijo
Julian.
— T u buggy —afirmó Rogachov—. Hanna bajó por la zanja y salió a la llanura. No sé cómo de bien conoce la zona, pero ¿qué otro sitio podría interesarle si no es el mismo al que nosotros pretendemos llegar?
—¡Sí, esa rata se ha escapado! — dijo Omura, bajando junto a Chambers de la elevación en la que yacía el cadáver de Locatelli.
—Momoka —empezó diciendo
Julian—. Lo siento infinitamente...
—Olvídalo. No quiero coronas de flores, por favor. Sólo me interesa que me permitáis matarlo.
—Daremos sepultura a Warren.
—No tenemos tiempo para eso. — La voz de Momoka Omura había perdido toda modulación. Ahora era un sistema de ordenación del tráfico sólo guiado por la venganza—. He visto el rostro de Warren, Julian. ¿Y sabes qué? Él me ha hablado. Y no se trata de ninguna tontería llegada desde el más allá, nada de esa mierda. También te hablaría a ti si hicieras el esfuerzo de ir hasta donde él está. Sólo tendrías que
mirarlo a la cara. Ha cambiado un poco, pero podrás oírlo decir, alto y claro, que a los seres humanos no se les ha perdido nada aquí arriba. ¡Ni lo más mínimo! Ni a nosotros... ni a ti —añadió con tono hostil.
—Momoka, yo...
—¡Warren dice que jamás deberíamos haber aceptado tu invitación!
«Pero la aceptasteis», pensó Julian, aunque guardó silencio.
—Carl ha ido a la zona de extracción —dijo Amber.
—Pues estupendo —exclamó
Omura, caminando hacia el Rover—.
Tenemos que ir allí de todos modos, ¿no es cierto?
—No, espera —dijo Julian.
—¿Que espere a qué? Antes teníais mucha prisa.
—En el depósito del transbordador he encontrado nuevas reservas de oxígeno. En serio, Momoka, ahora no podemos perder tiempo para darle decente...
—Muy sensible de tu parte, pero Warren ya está enterrado. Carl le ha abierto la barriga y le ha quitado el casco. No veo ninguna razón para lapidarlo.
Por unos segundos reinó un silencio
de hielo.
—¿Y bien? —preguntó Momoka—.
¿Podemos irnos ya?
—Yo conduzco —dijo Chambers.
—Yo también puedo hacerlo, con mucho gusto... —se ofreció Rogachov.
—No conducirá ninguno de vosotros
—los increpó Omura—. Si hay alguien aquí que tenga una razón para conducir, ésa soy yo. Vayamos tras él.
—¿Estás segura? —preguntó Amber, cautelosa.
—Nunca he estado tan segura de nada —dijo Omura, y su voz hizo temblar los visores de los cascos.
—De acuerdo. —Julian miró hacia
afuera, a la llanura—. Puesto que ya no tenemos conexión por satélite, haré que los cuatro estemos conectados a través de una sola frecuencia, a partir de ahora ya nadie podrá escucharnos, ni siquiera Carl, en caso de que nos acerquemos a él. Quizá eso sirva de algo.
GAIA, VALLIS ALPINA
—¡Tiene que haber una vía!
Tim había perdido por completo la noción del tiempo. Los segundos se alargaban hasta convertirse en eternidades, a la vez que una hora se encogía hasta no ser más que una desalentadora nada, lo suficiente para sentirse inútil. Si hasta entonces las muertes habían tenido la relativa ventaja de distraerlos de la bomba, ésta adquiría una nueva y tiránica presencia después de que pusieron al corriente a los
encerrados del cataclismo que los amenazaba. Curiosamente, Lynn ganaba en fuerza cuanto más complicada se hacía la situación. No era que en realidad se sintiera mejor, pero las catástrofes, las verdaderas catástrofes, parecían ejercer un efecto exorcizador sobre los demonios de su mente, y poco a poco también Tim se aproximaba a su verdadera naturaleza. No eran otra cosa más que engendros de la hipótesis, criaturas de la familia del que-sería-si, del género del pudiera-ser, pero provistos con los instrumentos de tortura de lo que no acababa de suceder.
Sentía una profunda pena por su
hermana.
El miedo de que su obra pudiera evidenciarse como frágil y defectuosa debía de haber dejado a Lynn sin ninguna idea clara. No obstante, Tim había llegado entretanto a la convicción de que su disgusto, alimentado por la sospecha de Dana Lawrence, resultaba ser un trágico malentendido. No era Lynn quien intentaba hacer daño a su propia creación y a sus habitantes. Su espíritu deseaba enfrentarse a la destrucción, pero por el momento no podía sucederle nada mejor que verse obligada a reaccionar forzada por aquellas pesadillas suyas que ahora
tomaban forma. Al final le aclaró los más recientes acontecimientos hasta a Lawrence, su recién declarada archienemiga, y saltó por encima de una potente sombra al pedirle consejo a la directora despedida.
—Hemos visto las imágenes de las cámaras exteriores —dijo—. Parece que las llamas han ocasionado un derrumbe parcial del esqueleto de acero en el cuello de Gaia. El incendio debería ser extinguido, pues ahora pone la estática en peligro. Allí arriba se abren varios agujeros de fuga.
Lawrence guardó silencio. Parecía reflexionar.
—Vamos, Dana —la instó Lynn—. Necesito su valoración.
—¿Y la suya cuál es?
—Que para Miranda, Olympiada y Finn sólo hay una única vía para llegar afuera, y ésta no conduce hacia abajo.
—O sea, ¿a través de la terraza mirador?
—Sí. Por la esclusa de aire en el club Mama Killa hacia afuera.
—Para eso debemos resolver dos problemas —dijo Lawrence—. Primero, por el lado exterior de la cabeza no se puede descender.
—Claro que se puede. Para el caso de que sea necesario hemos previsto una
escala desplegable.
—Que, sin embargo, no está instalada.
—¿Cómo que no? Según las medidas de seguridad...
—Se eliminaron por razones estéticas. Por cierto, fue una indicación suya —añadió Lawrence con evidente satisfacción—. Claro que podríamos efectuar el montaje, pero en las circunstancias actuales resultaría terriblemente complejo e iría unido a un considerable gasto de tiempo.
—El segundo problema es de mayor peso —terció O'Keefe, que estaba conectado con ellas. Por lo menos, las
conexiones de fibra óptica parecían estar aún intactas—. No tenemos ningún traje espacial allí arriba, así que la terraza nos sirve de muy poco.
—¿No podríamos llevar alguno hasta arriba? —preguntó Ögi, que recorría el recinto sin cesar con pasos largos y uniformes, medidos con precisión, según le parecía a Tim. Él era el único que se había quedado en la central. Los demás estaban sentados en el vestíbulo, tratando de controlarse con la ayuda de Heidrun—. El E1 parece funcionar aún.
—Pero el E1 sólo llega hasta el cuello —dijo Tim.
—Olvidadlo. —Lynn sacudió la cabeza—. El conducto se ha cerrado herméticamente para protegernos del vacío aquí dentro. Según los cambios estructurales ahí arriba, las puertas no se abrirían. Sólo hay una posibilidad.
—Por la esclusa de aire —dijo
Lawrence.
—Sí. —Lynn clavó sus dientes en el labio inferior—. Desde fuera. Tenemos que sacar los trajes al exterior por la esclusa de la terraza mirador.
—¿Y para eso tenéis que traerlos primero aquí arriba? —dijo O'Keefe—. Aquí se oyen crujidos constantemente.
¡Tiene que ser rápido! No sé cuánto
podrá aguantar aún la cabeza.
— E l Calisto —dijo Lawrence—. Llévenlos arriba con el Calisto.
—¿Se puede saber dónde está Nina?
—preguntó Tim.
Lynn lo miró sorprendida. En el calor de la disputa, se habían olvidado de la piloto danesa.
—¿No estaba con vosotros en el bar? —preguntó Lynn.
—¿Quién, Nina? —O'Keefe sacudió la cabeza—. No.
—¿Acaso alguien la ha visto aquí abajo?... —Lynn se interrumpió—.
¡Mierda! Para hacer subir el Calisto se necesita a alguien que pueda pilotar con
precisión ese pájaro gigante. —El último resto de color desapareció de su cara—. ¡Tenemos que salir a buscar a Nina!
—No podemos esperar tanto
apremió O'Keefe.
—Entonces —dijo, tomando aire con dificultad y esforzándose por controlar el ataque de pánico—. Podríamos... ¡Tenemos diez grasshoppers en el garaje! Casi todos hemos volado alguna vez en uno de esos artefactos.
—Sí, pero bien pegados al suelo — dijo Lawrence—. ¿Usted se atreve a ascender más de ciento cincuenta metros
con un grasshopper y ejecutar un aterrizaje de precisión en la terraza?
—El aterrizaje de precisión no supone ningún problema —repuso Tim
—. Pero la altura...
—Desde un punto de vista técnico, la altura es el menor de los problemas, teóricamente se podría volar con esos chismes hasta el espacio sideral. —Lynn se pasó la mano por los ojos—. Pero Dana tiene razón: yo no me atrevo; no en mi estado. Perdería los nervios.
Era la primera vez que mostraba en público su debilidad. Tim no la había visto así nunca antes. Valoró aquello como una buena señal.
—Bien —dijo—. ¿Cuántos de esos chismes vamos a necesitar? Cada hopper carga una persona adicional, o sea, serán tres en total, ¿correcto? Tres pilotos. Me veo capacitado para hacerlo. ¿Walo?
—Nunca he volado tan alto en uno de ésos, pero si Lynn cree que se puede...
Tim entró corriendo en el vestíbulo y dio unas palmadas.
—¡Uno! —gritó—. Necesitamos a alguien más para el tercer hopper.
—Yo —dijo Heidrun, sin saber muy bien de qué se trataba.
—¿Estás segura? Tienes que
aterrizar con esa cosa en la cabeza de
Gaia. ¿Te atreves a hacerlo?
—En principio, me atrevo a cualquier cosa.
—¿No hay problema con el vértigo?
—Que lo consiga es harina de otro costal.
—No, entonces no lo hagas —dijo Tim, sacudiendo la cabeza—. Tienes que lograrlo. Debes saber ya si vas a conseguirlo o no, de lo contrario...
Ella se puso de pie y se acomodó el cabello blanco detrás de las orejas.
—No hay «de lo contrario». Lo lograré.
Había algunos trajes espaciales de
reserva ocultos tras una pared en el vestíbulo, de modo que no tuvieron que subir por los puentes a las galerías de los pisos. Se ayudaron unos a otros a meterse en los blindajes, prepararon los atuendos para Rogachova, Winter y O'Keefe y los metieron en cajas.
—¿Hay problemas en el corredor?
—preguntó Tim.
—No, los sensores marcan valores constantes.
Lynn, que los precedía, los condujo a un pasaje situado a un lado de los ascensores y abrió una gran escotilla. Detrás había una espaciosa escalera con peldaños muy separados.
—Por este camino llegaréis abajo. Abriré el garaje desde la central.
«Deberían haber construido un camino como éste también hacia arriba», pensó Tim, pero se guardó el comentario.
—Mucha suerte —dijo Lynn.
Tim titubeó. Después rodeó con los brazos a su hermana y la atrajo hacia sí.
—Sé por lo que estás pasando — dijo en voz baja—. Estoy increíblemente orgulloso de ti. No sé cómo puedes soportarlo.
—A mí también me gustaría saberlo
—susurró ella.
—Todo irá bien —aseguró él.
—¿Qué es lo que debe ir bien? — Ella se separó del abrazo y tomó las manos de él—. Tim, debes creerme, no tengo nada que ver con Carl, da igual lo que diga Dana. Sólo me destruyo a mí misma.
—Nada de esto es culpa tuya, Lynn.
¡No puedes hacer nada!
—Vete ahora. —Las comisuras de los labios de Lynn temblaban—. ¡De prisa!
El vacío corredor iluminado con luz fría tenía algo tranquilizador que contribuía a restablecer y fortalecer la confianza en el progreso tecnológico. La sobriedad del lugar hacía que pareciera
incorruptible ante catástrofes provocadas por la ligereza, pero Tim tuvo que pensar que de alguna manera allí había comenzado todo, con Carl Hanna, cuya aparición había despertado la desconfianza de Julian. Se preguntaba si la bomba estaba escondida allí abajo. En aquellas pocas horas no habían podido rastrear cada rincón. ¿Qué tamaño tenía una mini-nuke? ¿Reposaba bajo la estera rodante por la que ahora se apresuraban? ¿Bajo una de las placas del suelo? ¿Tras la pared, en el techo?
Habían propuesto a Sushma y a Mukesh, a Eva y a Karla que viajasen en el expreso lunar hasta el pie de los
montes Alpes y allí, a una distancia segura, esperasen hasta que ellos liberaran a los que estaban atrapados o volaran por los aires junto con el hotel, pero todos insistieron en quedarse, incluso Sushma, que valientemente intentaba dominar su miedo. Para ayudar a levantar la decaída moral, Lynn había enviado al fin a las mujeres en busca de Nina Hedegaard, de modo que por el momento estaban ocupadas. Tim esperaba con vehemencia que su hermana no perdiera los estribos en la central, pero Nair se había quedado con ella, lo que tranquilizaba un poco al hombre. Llegaron al garaje y vieron
desaparecer en sus cajas las cabrias del techo enrollable. Sobre ellos fulguraba el cielo estrellado. Una docena de buggies esperaba una fiesta que nunca se celebraría. Frente a ellos, en maciza autoafirmación, como si en él se pudiera viajar hasta Marte, reposaba la deforme figura del Calisto. «Feo, pero seguro», como había dicho en broma el pobre Chuck el día anterior. Junto al transbordador, los grasshoppers parecían juguetes, un circo de pulgas amaestradas.
—Bueno, ¿quién será el primero en volar? —preguntó Heidrun.
—Tim —decidió Walo Ögi mientras
guardaba en la pequeña superficie de carga la caja con el traje de Rogachova
—. Luego tú, después yo, para cuidar de que no te me pierdas.
—Lynn —dijo Tim a través del intercomunicador del casco—. Despegamos.
Todavía no lograba acostumbrarse a la ausencia de cualquier ruido de arranque. El hopper se elevó silencioso, se alejó del garaje y ganó altura. Desde atrás, Gaia se veía como siempre, hermosa e inconmovible. La cámara del casco enviaba fotos a la central. Como si lo hubiera convenido con Lynn, voló describiendo una curva para que ella
pudiera tener una impresión de la parte frontal, arreció el impulso y se dejó llevar por la reacción hasta el hombro de la gigantesca figura, conteniendo el aliento.
—Madre mía —exclamó Walo dentro de su casco.
Ya desde el costado se había hecho evidente que algo no andaba bien. Diversas partes de la fachada habían desaparecido o habían quedado reducidas a escombros, a intervalos se veía el acero desnudo de las estructuras de sostén. Ahora, volando directamente hacia allá, se revelaba todo el alcance de la destrucción. La cara sin contornos
ya no enfocaba la Tierra, sino que simplemente miraba hacia abajo. Donde antes había estado el cuello, se abría una cavidad negruzca, derrumbada sobre sí misma. Toda la parte frontal estaba destruida, y la garganta de Gaia, tan hundida que sólo sobresalía la mitad inferior de las puertas de los ascensores.
Tim maniobró con el hopper y se acercó más. Todo el poderoso cráneo parecía colgar ahora de la nuca. El E2 estaba abierto; su interior parecía una garganta devorada por las llamas. Hacia él se extendían vigas de acero grotescamente deformadas. Con un avispero en el estómago, se atrevió a
dirigir una mirada hacia abajo. Sobre el muslo de Gaia se esparcían escombros, aunque curiosamente pocos. Gaia parecía saludarlo. O'Keefe tenía razón: no llegarían ni un segundo antes de tiempo.
Mientras ascendía, vio el clausurado Chang'e, imaginó poder sacar de allí el humo y el hollín, el mobiliario quemado, pero los oscuros cristales rociados de oro permitían suponer detalles. De pronto le sobrevino una oleada de vértigo. Frente a la plataforma sin baranda del hopper, cualquier alfombra voladora era una pista de baile. Con rapidez, se aseguró de que Heidrun y
Walo estuviesen tras él, pasó el Selene y el Luna Bar y continuó por la comba de la frente hasta la terraza mirador. Debajo de él se movían algunas siluetas, O'Keefe, Rogachova y Winter trataban de alcanzar la esclusa. Hizo girar las toberas, disminuyó la velocidad, voló un tramo sobre la terraza, giró y se pegó a la barandilla. No fue un aterrizaje especialmente elegante. El hopper rebotó. Cerca de él, tras un conveniente intervalo, aterrizó Heidrun, como si lo hubiese hecho toda la vida. Ögi, maldiciendo, dio una vuelta de honor, traqueteando arrastró una de las patas de telescopio a lo largo de la barandilla e
hizo descender el vehículo.
—En realidad soy un apasionado de los vuelos a vela y en globo —dijo a manera de disculpa, descargó su caja y la llevó a la esclusa, un doble mamparo de varios metros de diámetro en el suelo
—. Pero Suiza es un poco más grande.
Tim saltó de su hopper.
—Finn, estamos encima de vosotros
—dijo.
Lynn había unido el intercomunicador del casco con la red interna del Gaia, de manera que todos pudieran comunicarse al mismo tiempo con todos. Transcurrieron unos segundos, después O'Keefe habló.
—Todo claro, Tim. ¿Qué debemos hacer?
—Nada, de momento. Cogeremos el ascensor que va de la esclusa hacia arriba, os enviaremos las cajas con los trajes espaciales hacia abajo y...
Se detuvo.
¿Se equivocaba, o el suelo había comenzado a temblar bajo sus pies?
—¡Date prisa! —gritó O'Keefe—
¡Ya empieza otra vez!
¿Dónde estaba la consola de control de la esclusa? Ahí. Con los dedos al vuelo, dio órdenes, el aire fue absorbido con torturante lentitud. El temblor arreció, se convirtió en sacudidas, luego
el fenómeno terminó tan de repente como había empezado.
—El ascensor sube —profirió Ögi sin aliento.
En el suelo se abrieron las compuertas de la esclusa. Una cabina de cristal con capacidad suficiente para doce personas se dejó ver, se abrió por el frente. Con rapidez, lanzaron las cajas hacia adentro.
—Yo iré también abajo —dijo
Heidrun.
—¿Qué? —Ögi parecía consternado
—. Pero ¿por qué?
—Para ayudarlos con los trajes, para que sea más rápido. —Antes de
que Walo hubiera podido protestar, ella ya había desaparecido en la cabina y pulsaba el botón para bajar. El ascensor se cerró.
—Mein Schatz —susurró Ögi.
—No te preocupes, hombre. Dentro de cinco minutos estaremos de nuevo aquí.
O'Keefe vio llegar el ascensor, llevando en su interior a alguien cuyas piernas en extremo delgadas le resultaban muy familiares, aun a través de unas fibras plásticas de un centímetro de grosor reforzadas con fibras de acero. Impaciente, esperó hasta que se restableció la presión interior y el
mamparo frontal se deslizó a un lado.
—¡Agárrala! —dijo Heidrun, y le lanzó la caja que estaba más arriba.
Rogachova, blanca como la cera, le alcanzó la segunda caja a Winter y comenzó a vaciar la suya propia.
—Gracias —dijo, seria—. No olvidaré lo que habéis hecho.
A toda prisa, se metieron en sus trajes; ayudándose unos a otros, cerraron charnelas, ataron soportes, se echaron sus mochilas a la espalda y se pusieron los cascos.
—¿Sería mucho pedir que nos largáramos enseguida del hotel? —instó Winter—. Es sólo porque, ¿sabéis?, no
me gustaría volar por los aires, y el minibar ya lo he vaciado, así que...
—Puedes estar tranquila —dijo la voz de Lynn.
—¡Bueno, no me malinterpretes! — se apresuró a asegurar Winter—. No tengo nada en contra de tu hotel...
—Claro que sí —dijo Lynn con frialdad—. Es una mierda de hotel.
Winter soltó una risita.
En ese mismo instante, el suelo cedió.
Durante un peregrino momento, Tim creyó que todo el lado de delante de la garganta era alzado por una fuerza descomunal. Después vio a los
grasshoppers saltar en la terraza, y a Ögi planear hacia la barandilla haciendo girar los brazos; perdió el equilibrio, aterrizó boca abajo y resbaló tras las máquinas volantes.
Gaia inclinaba su cabeza ante lo inevitable.
En su casco rugía el caos. Quien tenía voz rivalizaba con los otros dando gritos. Rodó sobre la espalda y se puso de pie, luego se estiró, lo que fue un error, porque en ese momento perdió de nuevo el equilibrio. Se vio lanzado con violencia hacia la barandilla, se tambaleó sobre ella y cayó en la lisa y empinada superficie de cristal.
Resbaló de allí.
«No—pensó—. ¡Oh, no!»
Aterrado, intentó sujetarse a la superficie reflectante, pero allí no había nada a lo que aferrarse. Siguió resbalando, lejos de la valla protectora de la terraza. Uno de los hoppers planeó detrás de él y se estrelló contra el cristal. Tim estiró la mano hacia el hopper, logró alcanzar la barra del timón, se sujetó con fuerza y vio otro artefacto volador que desaparecía en las profundidades. De pronto le pareció flotar, no sentía ya ningún apoyo, colgaba pataleando sobre el abismo, con la mano crispada sobre la barra de la
máquina; gritó «¡Basta!», y como si su súplica, su mísero deseo de seguir viviendo, hubiese sido oída en alguna parte allí fuera, entre las miríadas de estrellas que lo observaban con frialdad, el movimiento del gigantesco cráneo se detuvo abruptamente.
—¡Tim! ¡Tim!
—Todo bien, Lynn —jadeó él—. Todo...
¿Bien? Nada estaba bien. Con ambos brazos —gracias a Dios, él no pesaba mucho—, se colgó del artefacto volante; con alivio notó que éste se había enganchado a la baranda con una de las patas de telescopio y, espantado, lo vio
deslizarse lentamente un momento después.
El hopper dio una sacudida.
Perplejo, Tim se balanceó en el vacío, incapaz de decidir si debía continuar el ascenso arrancando definitivamente el hopper de su enganche, o si no debería moverse, lo que podría demorar su muerte unos segundos. Un instante después apareció una figura tras la barandilla de la terraza, trepó sobre la misma y se dejó deslizar con cuidado, con ambas manos sujetas a la reja.
—Trepa por mi cuerpo —jadeó Ögi
—. ¡Vamos!
Sus pies estaban ahora a la altura del casco, directamente junto a Tim, que cogió aire, extendió los brazos...
El hopper se soltó.
Oscilando a un lado y a otro, Tim colgaba de las botas de Ögi; luego agarró las perneras, abrazó las rodillas, trepó hacia arriba por el cuerpo del suizo como por una escala y, sobre la baranda, ayudó a su salvador a ponerse de nuevo a resguardo. Ante sus ojos, con una inclinación aproximada de cuarenta y cinco grados, ascendía el suelo de la terraza, un canalón liso.
Lo había logrado.
Pero se habían perdido los tres
grasshoppers.
—¡No! Yo volaré.
Lynn se separó del panel de control, las rodillas se le doblaron y se sujetó a Nair. Perplejo, el indio se quedó mirando el panel de monitores. Ante sus ojos estaban las terribles imágenes que la cámara del casco de Tim y las cámaras exteriores transmitían desde el lado opuesto del cuello. Se había roto la conexión de fibra óptica con el club Mama Killa, por eso oían las voces de los que estaban atrapados sólo a través del intercomunicador de los cascos.
—Ha cesado. —Winter, sin aliento
—. ¿Qué hacemos ahora?
—¿Olympiada? —O'Keefe.
—Aquí. —Rogachova, agotada.
—¿Dónde?
—Detrás del bar, yo... estoy detrás del bar.
—Mein Schatz? —Ögi, fuera de sí
—. Por el amor de Dios, ¿dónde...?
—No sé. —Heidrun, entre dientes
—. En alguna parte. Me he golpeado la cabeza.
—¡Salid todos! —Tim—. No podéis quedaros ahí. Probad a ver si la esclusa funciona.
Las sienes de Lynn golpeaban con ritmos hipnóticos. Volutas de nieblas de colores se juntaban en remolinos. Tener
que ver cómo el cráneo de Gaia se inclinaba de pronto, de tal modo que ya el mentón casi reposaba sobre el pecho, había hecho detenerse su corazón, que ahora martilleaba con más violencia aún. Parecía como si Gaia durmiese. Ya no podía ser mucho lo que sostenía aún su cabeza sobre los hombros.
—Aquí todo está torcido —dijo O'Keefe—. Somos sacudidos como escarabajos, no sé si lograremos llegar hasta la esclusa.
«Cabeza. Cabeza. Cabeza.»
¿Durante cuánto tiempo aún se sostendría su propia cabeza sobre los hombros?, se preguntó.
—Vamos a rescataros —dijo—. Todavía nos quedan siete grasshoppers. Yo pilotaré.
—También yo —dijo Nair.
—Necesitamos a un tercero. ¡De prisa! Busca a Karla, de todos nosotros ella es la que se mantiene más en sus cabales.
Nair salió rápidamente. Lynn lo siguió y vació el depósito de trajes espaciales de reserva. Faltaban algunos, entre ellos el suyo. De repente cayó en la cuenta de que no todos los trajes habían sido llevados al vestíbulo. Corrió de vuelta a la central y a la escotilla cerrada en la pared posterior.
Detrás había un pequeño almacén para extintores, trajes, equipos y máscaras de oxígeno. Esperó a que la puerta de acero se deslizara hacia un lado y entró, asombrada de que hubiera luz. Su mirada recayó sobre la estantería con el equipamiento, sobre las cajas apiladas, sobre las muertas caras de las máscaras de respiración ordenadas en hileras en sus estantes, sobre el muerto rostro de Sophie Thiel, que había quedado de pie recostada contra la pared, los ojos abiertos, su hermoso rostro dividido en dos por un hilo de sangre seca que brotaba de un agujero en la frente...
Lynn no se movió.
Por unos instantes permaneció allí, mirando fijamente el cadáver. Extrañamente —cosa que era de agradecer, habría que decir—, nada se agitó en ella. Nada de nada. Tal vez fuera sencillamente la demasía y la demora de su aparición, la impertinencia con que requería un poco de atención en medio de un dantesco infierno, como si no tuviesen otras preocupaciones. Después de unos segundos, Lynn ignoró a Thiel y comenzó a sacar las cajas con los biotrajes.
—Hola, Lynn.
La hija de Julian alzó la vista, irritada.
Dana Lawrence estaba en la puerta. Heidrun y O'Keefe se movían
sosteniendo a Olympiada, tirando y empujando, agarrándose con las manos a las patas de sillas y mesas para llegar hasta la esclusa de aire. Según su valoración, al hundirse la cabeza de Gaia, la rusa no se había caído detrás del bar, sino tras la cabina del DJ. Entretanto, Winter colgaba como un mono en una pértiga al lado de la esclusa de aire, y para mantenerla abierta había puesto la mano sobre el campo del sensor.
—¿Lo lograréis? ¿Debo ayudaros?
—Yo puedo subir sola —gimió
Rogachova con terquedad.
—No llegarás —dijo Heidrun—. Tu pierna está herida, apenas puedes tenerte en pie.
Un problema surgido del cambio de posición espacial era la inclinación del suelo, pero la de la esclusa era un problema aún mayor. La pared frontal estaba orientada hacia la cara de cristal de Gaia y señalaba hacia abajo. No era sólo que de ese modo fuese extraordinariamente difícil llegar allí. Si no estaban alertas, allí arriba rodarían de nuevo hacia afuera con más rapidez de la que deseaban.
—Tan pronto como estéis en la
terraza —dijo Tim—, debéis intentar llegar enseguida detrás del ascensor. Os servirá de sostén. Ah, y otra cosa, llevad algo largo y puntiagudo. Un cuchillo, tal vez.
—¿Para qué? —gimió O'Keefe mientras remolcaba a Rogachova hacia la mano auxiliadora de Miranda Winter.
—Para bloquear la cabina, de manera que no baje de nuevo.
—He dicho que podría hacerlo. — Rogachova rodeó con los brazos la baranda de la cabina y, con gesto obstinado, se metió en el ascensor—. Ve a buscar tu cuchillo, Finn.
Se agarraron a la baranda y
esperaron. O'Keefe desapareció por espacio de un minuto. Cuando por fin regresó junto a ellos con un picahielos, llevaba un trozo de tela drapeado sobre los hombros. Winter hizo mover los mamparos y bombear el aire.
La cabina tembló.
—Otra vez, no —gimió Rogachova.
—No tengas miedo —la calmó
Winter—. enseguida pasará.
—¿Qué planes tienen? —preguntó
Lawrence.
Las escotillas se habían dejado abrir por fin, y los blindajes estaban de vuelta en los intersticios ocultos. Liberada de su prisión, Lawrence había saltado
desde el podio sobre los puentes hacia abajo, al vestíbulo, mientras sopesaba sus próximos pasos: interrumpir la acción de salvamento, tomar como botín e l Calisto, largarse de allí. En el transcurso de la pasada hora y media se había visto obligada a ganarse de nuevo la confianza, mostrándose razonable ante Lynn, pero eso se había acabado. La odiada hija de Julian estaba sola en la central. No era una enemiga a quien hubiera que tomar en serio. La pérdida del arma no le facilitaba la tarea, pero haría uso de sus manos.
—Voy a pilotar —dijo Lynn, inexpresiva, volvió al almacén y
arrastró hacia afuera dos grandes cajas con trajes espaciales. Lawrence ladeó la cabeza. ¿No habría visto a Thiel? Qué locura, tenía que haber visto a la alemana, pero ¿por qué parecía tan poco impresionada? Aquella visión debería haberla sacado de quicio, pero Lynn mostraba en ese momento tal indiferencia, que parecía dirigida por control remoto. Con la mirada vacía, se alisó la chaqueta y comenzó a desabotonarse la blusa.
—Vamos, Dana, coja usted también un traje.
—¿Para qué?
—Usted pilotará uno de los hoppers.
Cuantos más seamos, más de prisa... — De pronto se detuvo y fijó sus ojos enrojecidos en Lawrence—. Dígame,
¿no está usted familiarizada incluso con el Calisto?
Lawrence se acercó despacio, doblando y extendiendo las mortíferas herramientas de su propio cuerpo.
—Sí —dijo, estirándose.
—Bien. Entonces lo haremos de otra manera. Nada de hoppers.
Por los altavoces llegaba una conversación confusa, frases proferidas de prisa. Silenciosa, Lawrence dio la vuelta a la consola.
—¡Eh, Dana! —Lynn frunció las
cejas—. ¿Entiende lo que le digo?
La otra se movió más de prisa. Lynn echó la cabeza hacia atrás, la observó con los ojos entornados y retrocedió un paso. Su mirada se avivó. Un destello apenas perceptible denotaba desconfianza.
—Pilotará usted el Calisto, ¿lo oye?
«Claro —pensó Lawrence—, lo haré, pero sin ti.»
—¡No, de ningún modo!
Como tocada por un rayo, se detuvo y se volvió. Hedegaard entraba en la central en compañía de Karla Kramp. Vestía su traje espacial, llevaba su casco bajo el brazo y daba la impresión
de estar muy compungida.
—Lo siento, Lynn, señorita Lawrence... Lo siento infinitamente, yo no estaba en mi puesto. Me quedé dormida en el área de descanso. Karla pasó tres veces de largo junto a mí, pero después me encontró y me lo ha contado todo. Por supuesto, yo pilotaré el transbordador.
Lawrence se obligó a sonreír. Se sentía capaz de acabar con Lynn y Kramp, pero Nina Hedegaard estaba bien entrenada y reaccionaba con rapidez. En el mismo instante irrumpió en la sala Mukesh Nair, bañado en sudor, y reventó la pompa de jabón de la
rápida huida.
—Karla —exclamó él, aliviado—. Estás ahí. ¡Oh, Nina! señorita Lawrence gracias al cielo.
—Nuestro proceder ha variado — dijo Lynn—. Nina pilotará el transbordador. —Fue hasta la consola y dijo a través del micrófono—: Sushma, Eva, volved a la central.
¡Inmediatamente!
Lawrence cruzó los brazos a la espalda. Hedegaard era, con diferencia, la mejor piloto. Cualquier objeción carecía de sentido.
—Su conducta deja mucho que desear —dijo, estricta.
—¡Lo siento, de verdad! — Hedegaard hundió la cabeza entre los hombros—. Recogeré a los de allá arriba.
—Iré con usted. Necesitará ayuda. Sin esperar respuesta, Lawrence
atravesó la central, entró en el pequeño almacén del fondo, donde estaba el cadáver de Thiel, y retrocedió de golpe. Fingiendo síntomas de ira y horror, fue hacia Lynn.
—¡Maldición! ¿Por qué no me ha dicho usted nada sobre eso?
—Porque no es importante —repuso
Lynn sin inmutarse.
—¿No es importante? ¿Que eso no
es importante? Dígame, ¿de veras está usted completamente lo...?
De un par de zancadas, Lynn se adelantó, cogió a Lawrence por el cuello y la lanzó contra el marco de la puerta, contra el que su cabeza golpeó en un doloroso choque.
—Atrévase —siseó.
—Definitivamente está usted loca.
—Atrévase a llamarme loca una vez más y obtendrá una impresión palpable de lo que es la locura.
»¡Mukesh, ponte el traje, la caja con el emblema XL! ¡Karla, caja S!
Lawrence la miró fijamente, con odio. Todo su cuerpo temblaba. Podría
haber matado a la hija de Julian con un par de movimientos precisos de sus manos en ese mismo instante. Sin dejar de mirarla, puso un dedo tras otro en torno a la muñeca de Lynn y la apartó de su garganta de una vez.
—Lynn —susurró—. Delante de nuestros invitados, no. ¿Qué idea se llevarían?
Tras la última cabezada de Gaia, la esclusa sobresalía tan oblicuamente de la terraza mirador que apuntaba como un cañón a la lejana Tierra. Se sostenían de la barandilla y también unos a otros, mientras los mamparos de la cabina se deslizaban hacia un lado.
—Bueno, felicidades —dijo Winter. La vista desde la terraza no podía
ser más aterradora. El mundo tenía una inclinación de cuarenta y cinco grados, parecía que millones de toneladas de escombros querían caer sobre ellos desde el otro lado de la garganta. Donde concluía la terraza, Tim y Ögi se acuclillaban junto a la baranda para darse apoyo el uno al otro y evitar la caída al abismo si cualquiera de ellos perdía el equilibrio. Winter tanteó en busca del marco de la esclusa que estaba abierta, lo agarró y salió al exterior. Las botas de su biotraje estaban provistas de grandes ranuras,
para que no resbalase. Sus dedos hallaron sostén en una estría. Con las piernas abiertas, desenrollada la banda de tela, algunos manteles del Selene anudados entre sí y atados en torno a sus caderas, trabajaba sobre la superficie inclinada hacia arriba. Brillante ocurrencia de O'Keefe, aquel cabo improvisado que, en su otro extremo, estaba asegurado al blindaje del pecho de Rogachova.
—De acuerdo. Déjala venir.
Heidrun remolcó a la rusa desde la esclusa, esperó a que ésta se agarrara bien al marco y la soltó. A Rogachova se le doblaron las piernas enseguida y
resbaló hacia abajo por la pendiente pero, en vez de caer, quedó colgando del cordón umbilical de Winter, quien siguió trepando a lo largo del boquete de la cabina hasta que pudo llegar atrás. Con los pies apoyados contra la pared del boquete, izó a Rogachova, desanudó el mantel y lo dejó caer. Heidrun se apresuró a subir, seguida por O'Keefe, que clavó el picahielos en la puerta de la esclusa, de modo que ésta no pudiera cerrarse más y el boquete no pudiera descender.
—¿Todo bien por ahí? —gritó Ögi.
—¡De maravilla! —dijo Heidrun.
—Bien. Subiremos hacia dónde
estáis.
Por la barandilla era relativamente fácil llegar afuera, pero desde allí había un buen tramo hasta la esclusa. Winter les lanzó la cuerda. Después de intentarlo un par de veces, Tim logró agarrarla, la amarró a los puntales de la reja y se colgaron de ella. El espacio detrás de la cabina resultaba terriblemente estrecho para seis, pero al menos ésta tenía una pared estable al fondo que los protegía del deslizamiento. Se pegaban unos a otros y apenas osaban moverse por el miedo a que demasiado movimiento pudiera asestar el golpe de gracia a la cabeza de
Gaia.
—Lynn, todos fuera —dijo Tim.
La pared de cristal tembló. Heidrun tanteó buscando la mano de Ögi.
—¿Lynn?
No hubo respuesta.
—Qué raro —suspiró Winter—. Jamás habría dicho que alguna vez lo lamentaría.
—¿Lamentarías el qué? —preguntó
Rogachova con la voz tomada.
—Aquello, lo del accidente en la playa.
—¿En la costa de Miami? —La rusa carraspeó—. ¿Por el que te llevaron a juicio?
—Sí, ese mismo. A causa de mi pobre Louis.
—¿Qué es lo que lamentas concretamente? —preguntó O'Keefe con tono cansado—. ¿Que él muriera, o que tú lo ayudaras?
—Fui absuelta —repuso Winter, casi alegremente—. No pudieron probar nada.
Un nuevo temblor recorrió el cráneo de Gaia, y esta vez pareció no tener fin. Rogachova gimió y se aferró al muslo de O'Keefe.
—¡Lynn! —gritó Tim—. ¿Qué pasa con vosotros?
—¿Tim? —Lynn. «¡Por fin!»—.
Resistid. Estoy en camino. Vamos a rescataros.
Lynn había insistido en dejar el Gaia cerrado. En el torbellino de su razón, cada vez más deteriorada, se había abierto paso el descubrimiento de que Lawrence de algún modo hacía trampa y de que no habría sido buena idea dejar que volara sola con Hedegaard. Efectuar el desalojo y el salvamento de una sola vez le parecía el modo de proceder más eficiente, era como poner en orden las últimas cosas. Con altivez, tomó nota de la ira que Lawrence disimulaba con esfuerzo, de su odio rabioso. Fue sintiéndose extrañamente segura y, al
mismo tiempo, impulsada por el deseo de reír a carcajadas, pero era probable que si comenzaba a hacerlo no pudiera detenerse después.
Entraron en el fornido cuerpo del Calisto y Hedegaard abrió la escotilla de popa y puso en marcha las toberas. Subieron verticalmente a la cúpula circense salpicada de estrellas, bajo la cual se habían presentado como público, en actos de magia y de clowns, pero ahora debían ejecutar allí la mortal acrobacia del salvamento de sus vidas.
—Eh, vosotros, ahí arriba —dijo
Hedegaard—, ¿todavía estáis ahí?
—No por mucho tiempo —profetizó
Heidrun.
—Podemos olvidar la esclusa del transbordador. Está demasiado cerca de los motores, y yo debo mantener derecho el contraimpulso para no perder altura. Me acercaré de espaldas con la escotilla de popa abierta, ¿está claro? Trataré de no tocar la cabeza, así que preparaos para hacer flexiones.
—Flexiones, volteretas, piruetas, lo que quieras.
Ascendieron más. La espalda de Gaia se veía a través de la cabina del transbordador, después se vio la nuca con la desnuda columna vertebral de acero, y Lynn tuvo que pensar en lo que
representaba Gaia a los ojos de Julian: la imagen magnificada de sí misma. Y, de hecho, se iban pareciendo cada vez más. Dos reinas a punto de perder sus cabezas.
Lentamente, el Calisto se elevó por encima de la comba del cráneo, alejándose.
O'Keefe ayudaba a los demás a sostenerse. Agolpados entre la pared de la esclusa y el suelo de la terraza, se mantenían agarrados unos a otros y hacían señas a las siluetas con casco tras el cristal de la cabina de pilotaje. La nave comenzó a girar en el lugar, primero volvió hacia ellos el costado,
después la escotilla abierta con el acceso de carga dispuesto abajo.
—¡Más cerca! —gritó Tim.
Un impacto estremeció la cabeza. Ögi perdió pie y fue recogido por Heidrun. El Calisto hizo girar dos de sus toberas. Con extrema precisión, Nina Hedegaard movió hacia atrás la enorme nave. La superficie de carga se adelantó, acercándose cada vez más, demasiado...
—¡Para!
El transbordador quedó inmóvil en el espacio vacío.
—¿Podéis llegar? —preguntó
Hedegaard.
O'Keefe alzó ambas manos, agarró el borde y se izó con un fuerte impulso hasta el acceso de carga. enseguida se tumbó boca abajo y estiró los brazos.
—¿Nina? ¿Puedes hacer que este pájaro descienda un poco más?
—Lo intentaré.
Su mano derecha rozó las puntas de los dedos de Heidrun. El Calisto descendió un metro más, ahora flotaba a la altura del casco de los otros.
—Más no se puede —dijo Hedegaard—. Tengo miedo de rozar la cabeza.
—Así está bien.
Heidrun trepó hacia O'Keefe, al
acceso de carga. A su derecha se estiraba Ögi, que se puso en cuclillas para recibir a Olympiada, a quien le habían hecho llegar desde abajo. Se extendieron manos hacia Winter y Tim para ayudarlos a subir.
—Hecho —susurró Olympiada.
Y acto seguido se le doblaron las rodillas cuando su tibia fracturada se quebró al fin. Con un grito, rodó sobre el borde del acceso de carga y cayó hacia atrás, entre la terraza y la esclusa.
—¡Olympiada!
Ya casi arriba, Winter se dejó caer, se acercó a la rusa y la sostuvo por las axilas.
—No..., no...
—¿Estás loca? Vamos, arriba, no pienso dejarte aquí tirada.
—No sirvo para nada —gimió
Rogachova.
—Pero ¿qué dices? Eres una tía genial, sólo que no lo sabes.
Sin esfuerzo, Winter levantó a la menuda mujer hacia O'Keefe, quien la recogió en el acceso de carga y se la entregó a Tim.
—¡Sí! —gritó Miranda—.
¡Larguémonos de aquí!
Rió y extendió los brazos. O'Keefe quiso agarrarla, pero las manos de ella quedaron repentinamente fuera de su
alcance. Desconcertado, inclinó el torso hacia adelante. La mujer se le escapaba cada vez a mayor velocidad, tanto, que por un momento el actor creyó que Hedegaard había partido sin ella. Después se dio cuenta de que el transbordador permanecía en el mismo lugar.
¡La cabeza de Gaia se quebró!
—¡Miranda! —gritó.
En el casco de Finn pudo oírse un jadeo ahogado, como si ella estuviese muy cerca de él, mientras su figura tambaleante se encogía ante sus ojos. Winter hacía girar los brazos con ímpetu, lo que podía malinterpretarse de
un modo cruel como señal de desenfado, tal cual la conocían, buena en eso hasta el límite de lo soportable. Pero cuando gritó el nombre de O'Keefe, su voz expresaba toda la temerosa desesperación de alguien que sabe que nada ni nadie puede salvarlo ya.
—¡Finn! ¡Finn...! ¡Finn!
—¡Miranda!
Y, entonces, cayó.
Su cuerpo se inclinó sobre el boquete de la cabina, refulgió con claridad a la luz del sol y desapareció tras la cabeza de la decapitada Gaia, que describió un medio giro y después pareció detenerse brevemente para, al
final, caer por completo de los hombros y estallar en el enorme ventanal de arco románico de la pared del abdomen.
—¡Adentro, todos adentro! —gritó
O'Keefe con la voz quebrada—. ¡Nina!
—¿Qué pasa, Finn?...
—¡Se ha despeñado! —dijo saltando al interior del espacio de carga—. Miranda se ha despeñado, tienes que ir hacia adelante, a la parte frontal.
—¿Estáis dentro?
Su mirada vagó en derredor. Tim caminó junto a él, tropezando, con la gimiente Rogachova en los brazos, y cayó de bruces en el suelo del espacio de carga.
—¡Todos, sí! ¡Pronto, por el amor de Dios, hazlo pronto!
Finn no esperó a que se cerrase la popa, sino que corrió como un loco hacia la escotilla de conexión, y en cuanto ésta estuvo entreabierta se introdujo por la fuerza, caminó trastabillando a lo largo del pasillo central, fue lanzado contra los asientos, con el ulular de los motores en los oídos cuando Hedegaard maniobró marcha atrás el Calisto sobre el despedazado muñón del cuello de la figura, se levantó ruidosamente y se apresuró hasta la cabina de pilotaje.
Miró hacia abajo.
La cavidad ventral, destruida. Bolas de fuego que en el momento de encenderse ya se apagaban. Llovían escombros cuando, piso tras piso, se derrumbó el tórax con las suites, mientras el poderoso y regio cráneo de Gaia, que sorprendentemente aún tenía intacto el acristalamiento de la cara, rodaba hacia el valle por la suave pendiente del muslo, casi vacilante pasaba de las rodillas y, doscientos metros más abajo, se estrellaba sobre la altiplanicie.
—¡Abajo! ¡Abajo!
El transbordador descendió, pero de
Winter no se veía ni rastro, ni en la
superficie del muslo, cubierta de esquirlas, ni en el suelo lunar alrededor.
—¡A la meseta! ¡Miranda ha sido arrastrada! Tienes que...
—Finn...
—¡No! ¡Busca! ¡Búscala!
Sin contradecirlo, Hedegaard hizo girar la nave, descendió y describió una curva sobre los dispersos restos de la cabeza. Entretanto, los demás rescatados se precipitaron también al espacio interior de la cabina.
—¡No puede haber desaparecido! —
gritó O'Keefe.
—Finn...
Sintió la suave presión de una mano
en su brazo y se volvió. Heidrun se había quitado el casco y lo miraba con los ojos enrojecidos.
—No puede haber desaparecido...
—repitió él en voz baja.
—Está muerta, Finn. Miranda está muerta.
Él se la quedó mirando.
Después rompió a llorar. Cegado por las lágrimas, se dejó caer al suelo ante Heidrun. No recordaba haber llorado nunca antes de ese modo.
Lynn estaba sentada en la primera fila de asientos, con la mirada perdida, desinteresada. Una vez más había irradiado como antes, había unido al
grupo al encenderse la estrella moribunda que era ella, los había unido y había brillado para ellos, había deslumbrado y hecho retroceder a Lawrence, su enemiga, pero el combustible de su energía vital se había agotado, el colapso era inevitable. Todo en su cabeza se movía con energía máxima y en desorden, impresiones, hechos, probabilidades de entrada. El saber confiable quedaba triturado ante las hipótesis. La interminable condensación de las impresiones provocaba su fragmentación en pequeñas y pequeñísimas partículas de ideas que ya no podían atribuirse a
ningún tiempo, ningún nivel de percepción, ninguna historia. Fases de pensamiento cada vez más breves, polvo de pensamiento que zumbaba a la velocidad de la luz, intelecto que sucumbía en sí mismo, que colapsaba imparable sin la presión contraria de la voluntad, descenso del horizonte de memoria, no emisión, sólo recepción, compresión progresiva, el fin de todos los procesos, de todo contorno, de toda figura, estado puro, y también ese mísero resto de lo que alguna vez había sido Lynn Orley se despedazaría bajo la presión de sí misma y se evaporaría sin dejar otra cosa más que un espacio
despoblado, imaginario.
Alguien había muerto. Tantos habían muerto.
Ella no se acordaba.
LONDRES, GRAN BRETAÑA
Yoyo, la supuesta desaparecida, reapareció puntualmente con las campanadas de las diez, justo cuando Diana emprendía la exhumación técnica de un presunto fallecido. Presunto, pues nadie había podido echar un vistazo al cadáver, ya que éste, como todos los objetos que se movían por órbitas desconocidas o poco previsibles, era algo huidizo.
—Víctor Thorn, alias Vic —dijo
Jericho, sin dignarse preguntarle a Yoyo
por qué los anunciados cinco minutos se habían convertido en tres horas y qué estaba haciendo Tu en su estado de ira.
—Perdona —repuso ella, titubeando. Parecía que tuviera un sapo atravesado en la garganta y pugnara por salir—. Ya lo sé, hace rato que quería volver, pero...
—Comandante de la primera tripulación de la base lunar. Un hombre de la NASA. En 2021 se pasó sei meses allí.
—Tian no es así realmente, ya lo conoces.
—Aparentemente, Thorn hizo muy bien su labor. Tan bien que en 2024 le
encargaron otra misión de seis meses de duración.
—Para serte sincera, no hemos charlado mucho —dijo Yoyo casi chillando. El sapo se arrastró poco a poco fuera de su lengua—. Sencillamente, estaba muy enfadado. Al final, vimos una película, fingimos que todo iba bien, ya sabes, lo de silbar en el bosque para espantar a los fantasmas. Probablemente no fuese el momento más oportuno, pero no debes pensar que...
—Yoyo. —Jericho suspiró y se encogió de hombros—. Eso es cosa vuestra. No me concierne en absoluto.
—¡Al contrario, sí que te concierne!
Salida masiva de sapos.
—No, no me concierne. —Para su sorpresa, lo decía en serio. Aquella vieja humillación no superada que había estado tanto tiempo pegada a su ropa, como un mal olor, dio paso a la certeza de que ni Yoyo ni Tu tenían la culpa de su pésimo humor. Realmente no le importaba cuán amigos pudieran ser—. Es vuestra historia, vuestra vida. No tenéis por qué contarme nada.
Yoyo miró hacia el monitor con expresión desdichada. La situación dejaba mucho que desear en cuanto a la intimidad. Aquel sitio del centro de información estaba escasamente
cubierto, por todas partes había gente trabajando; como microorganismos dentro de la barriga del Big O, digerían y procesaban la información, la clasificaban.
—¿Y si yo quisiera contarte algo?
—En ese caso, cualquier otro momento será más oportuno que éste.
—Muy bien —dijo ella, suspirando
—. ¿Qué hay de ese tal Thorn?
—Pues lo siguiente: suponiendo que la explosión de la mini-nuke hubiese estado prevista de todos modos para el año 2024, debía de haber alguien allí arriba en ese momento que escondiese la bomba, la colocara y la hiciese detonar.
O habrían elegido a alguien que viniera hasta aquí e hiciese esas cosas.
—Suena lógico.
—Pero no se registró ninguna explosión, y la gente del MI6 dice que depositar una mini-nuke durante tanto tiempo en el vacío podría implicar el riesgo de una desintegración prematura. Pero ¿por qué no la hicieron detonar?
Yoyo lo observó, había una pequeña y empinada arruga de reflexión entre sus ojos.
—Porque la persona designada no pudo hacerlo como estaba previsto. Porque algo sucedió.
—Exacto. Le he ordenado a Diana
que busque. En la red encuentras información sobre todas las misiones espaciales de años anteriores, y fue así como di con Thorn. Un accidente con consecuencias fatales, en una misión en el exterior de la OSS, el 2 de agosto de
2024. Fue algo completamente inesperado, antes de que pudiese iniciar su misión en la base Peary, pero fue sobre todo, exactamente, tres meses después de que se lanzó el satélite de Mayé.
Yoyo se mordió el labio inferior.
—¿Y los chinos? ¿Los has verificado?
—No es posible verificar a los
chinos —dijo Jericho—. Tienes que darte por satisfecho con las posturas oficiales y, según ellos, en 2024, no hubo ningún incidente.
—Salvo lo de la crisis lunar. El comandante de la base china fue arrestado por Estados Unidos.
—¡Por favor! ¿Primero mandan a la Luna una bomba atómica en una costosa maniobra de encubrimiento increíblemente sofisticada y, después, un par de taikonautas se adentran en la zona de extracción estadounidense y se dejan apresar tan mansos como palomas?
—Hum. —Yoyo frunció el ceño—.
De modo que alguien subió con ese ascensor. Para eso deberían haber infiltrado a alguien en un equipo autorizado o...
—O sobornar a alguien que ya estuviese en ese equipo.
—Y Thorn ya estaba en el equipo.
—En una misión en la Luna totalmente oficial —asintió Jericho—. Y tenía el cargo de comandante absoluto, es decir, contaba con una casi ilimitada libertad de acción. Sobre todo conocía muy bien cómo funciona todo ahí arriba. Ya había estado antes allí.
—¿Le has hablado ya de ello a Shaw y a Norrington? —Los ojos de Yoyo
brillaron. De repente era de nuevo una de Los Guardianes, la curiosidad la corroía.
—No. —Jericho se puso de pie—. Pero creo que deberíamos ponerlos al corriente de inmediato.
Shaw y Norrington andaban dando vueltas por algún lugar del Big O, en compañía de los delegados del MI5, pero Edda Hoff acogió de inmediato, con avidez, aquel jugoso filete sacado de sus investigaciones. Por supuesto que ella estaba al tanto del caso Thorn, sólo que hasta el momento a nadie se le había ocurrido que el dos veces comandante de la base Peary podría haber sido el
elegido para volar por los aires el Gaia. Ella les prometió reunir toda la información disponible sobre Thorn y poner al corriente a sus jefes acerca de la teoría de Jericho. Tu Tian apareció entonces en la central; daba la impresión de estar relajado, como si no hubiese pasado nada, hizo un chiste y se puso al día sobre el estado actual de las investigaciones, antes de desaparecer de nuevo en la sección de los huéspedes.
—Negocios —dijo con un gesto de disculpa—. En China está amaneciendo, y un ejército de laboriosos competidores me está presionando, y yo no puedo seguir actuando como si no tuviera una
empresa. En caso de que ahora no me necesitéis para salvar al mundo...
—Ahora, precisamente, no, Tian.
—Pues mucho mejor. Fenshou!
Shaw y Norrington reaparecieron, pero esta vez fue Edda Hoff la que, en cambio, desapareció en una videoconferencia con la NASA. Jerich quería hablar con Shaw acerca de Vic Thorn, y en ese momento Tom Merrick anunció que, con toda probabilidad, había encontrado los motivos del bloqueo en las comunicaciones, pero que no por ello había podido restablecerlas.
—Bueno, saber por qué no funcionan
es ya un avance —dijo Shaw, y se reunieron en el gran salón de conferencias.
—Como les he dicho. —La mirada de Merrick pasaba de uno a la otra como en una huida—. Para aislar a la Luna y cortarle toda comunicación era preciso interferir numerosos satélites y estaciones terrestres, algo prácticamente imposible de hacer. Yo apuesto a que se trata de otra manera de proceder: un IOF.
—¿Un qué? —preguntó Shaw. Merrick la miró, como si fuese un
misterio para él por qué las personas no se comunicaban, simplemente, a través
de abreviaturas.
— U n Information Overflow. Un flujo excesivo de información.
—Parálisis de los terminales mediante un envío masivo de correos a través de una botnet —dijo Yoyo—. Estancamiento de datos.
Uno de los hombres del MI6 allí presentes frunció el ceño en gesto inquisitivo.
—Imagínese que en una habitación hay alguien a quien usted desea silenciar
—explicó la joven china—. Además, tampoco deberá oír nada. Hay miles de puertas para entrar en su equipo. Suponiendo que logra usted hacerse con
todas las claves, intentará cerrar todas esas puertas para cortarle toda comunicación con el mundo. Las puertas son los satélites y las estaciones terrestres, pero usted no puede evitar que se creen otras puertas, aparte de que no podrá acceder a todas las claves. Pues la alternativa es muy sencilla: entra usted en la habitación y le tapa la boca al tipo con una mordaza y los oídos con algodones.
—El tipo, por lo que entiendo, es el ordenador del Gaia.
—Son dos tipos —dijo Merrick—. El ordenador del Gaia y el sistema de la base Peary.
—¿Y no tienen sistemas de espejos?
—preguntó Jericho.
—Entonces serían cuatro tipos — repuso Merrick, manoteando con impaciencia en el aire—. Y hay algo más: es posible que los receptores del satélite de los transbordadores hayan sido interferidos también. En cada caso, el método es más eficiente porque sólo interfiere con los terminales, es decir, las direcciones IP de la gente a la que quieren atacar. Los satélites están en perfecto estado. Pueden tener un millón de ellos en órbita, pero eso no cambia nada, al contrario. ¡Los satélites y las estaciones terrestres funcionan hoy en
día, cada vez más, como nodos de una red IP, una Internet en el espacio! La botnet puede saltar de un nodo al otro, y así se va abriendo paso.
De inmediato, Jericho vio con claridad que Merrick tenía razón. De hecho, las botnets eran un truco bastante viejo. Los piratas informáticos conseguían poner una gran cantidad de ordenadores bajo su control introduciéndoles un software especial. Los usuarios, por lo general, no sabían que sus ordenadores se convertían de ese modo en los soldados de un ejército automatizado, es decir, en bots. En teoría, el software ilegal podía dormitar
infinitamente en el terminal infiltrado, hasta que despertaba en un momento previamente programado y hacía que el ordenador que le servía de hospedero enviara continuamente correos electrónicos a un objetivo de ataque concreto, solicitudes completamente legales, y todo en cantidades torrenciales. En el mercado negro del ciberterrorismo se ofrecían redes hasta con cien mil bots. Una vez la botnet echaba a andar, enviaba de forma simultánea miles de millones de correos e inundaba el objetivo con datos, hasta que el ordenador atacado se veía incapaz de procesar todo ese flujo y
colapsaba bajo el llamado IOF, el
Information Overflow.
—¿Qué cree usted, Tom? —preguntó Shaw—. ¿Cuánto tiempo pueden mantener en pie el ataque?
—Resulta difícil de decir. Normalmente las botnets no se pueden detener. De antemano se le indica al software cuándo debe iniciar el bombardeo, y éste se introduce de contrabando. A partir de ahí ya no hay manera de acceder a él.
—¿Y no se puede programar también el software para que interrumpa el ataque?
—Sí, claro, también puede hacerse.
Pero sospecho que, en este caso, ha sucedido otra cosa. El ataque se inició como una reacción directa a nuestro intento de alertar a Julian y al Gaia, de modo que alguien debe de haber iniciado esos bots de manera individual.
—Lo que implica que tuvieron que preguntarle a ese alguien desde la instalación del software —dijo Yoyo—. Y esa pregunta es: «¿Debo atacar?» La persona en cuestión debió de responder que sí en algún momento.
—Y mientras atacaban el Gaia y la base Peary, le dirigieron una nueva pregunta al señor Desconocido —asintió Merrick—. Y, esta vez, la pregunta fue:
«¿Debo detener el ataque?»
—Si al menos supiéramos quién fue el que inició el ataque... —dijo el hombre del MI6.
—Podríamos hacer que esa persona lo detuviera.
—¿Y dónde podría estar esa persona? —preguntó Shaw.
Merrick la observó.
—¿Y cómo voy a saberlo? Pueden ser varias personas. El tipo que puso en marcha el ataque puede estar en la Luna. Y si ha conseguido introducir un software de control en el ordenador del Gaia, no sería un problema para él iniciar el envío de bots desde allí;
además, él mismo quedó incomunicado desde el primer momento. De modo que supongo que el cabronazo que podría detener esta locura se encuentra en algún lugar en la Tierra. ¡Madre mía, Jennifer!
—Sus manos se agitaron de un lado a otro—. ¡Puede estar en cualquier parte! Puede estar aquí, en el Big O. ¡En esta habitación!
No mucho después recibieron noticias de Gerald Palstein. Parecía abatido, cuando los miró a través de la pantalla desde Texas, y a Jericho no le quedó más remedio que pensar en lo que Shaw había contado acerca de las desagradables decisiones que el director
estratégico de EMCO tenía que tomar a diario.
Después lo observó con más detenimiento.
No, allí había algo más. Palstein parecía alguien al que acababan de comunicarle un diagnóstico devastador.
—Ahora puedo poner la película a su disposición —dijo con cansancio.
—¿Ha podido hablar con su persona de contacto? —dijo la voz de Shaw, que avanzó a tientas, cuidadosamente.
—No —respondió Palstein, pasándose la mano por los ojos—. Ha sucedido algo.
Cuando se inclinó hacia adelante a
fin de confirmar alguna función debajo de la cámara de transmisión, su frente apareció en una relación totalmente desproporcionada con el resto del cuerpo. Luego la imagen cambió, y en la pantalla apareció un programa de noticias de la CNN.
—Una tragedia inconcebible ha tenido lugar hoy en la ciudad canadiense de Vancouver —dijo Christine Roberts, la inteligente reportera estrella del noticiario de última hora—. En un acto de violencia sin igual, ha sido eliminada casi en su totalidad la cúpula directiva del portal de Internet Greenwatch. La emisora, con su orientación ecológica,
conocida por sus reportajes comprometidos y críticos, había contribuido en los últimos años, de manera continua, al esclarecimiento de escándalos medioambientales, y había interpuesto varias demandas contra consorcios y políticos, si bien, por otra parte, era considerada una organización equilibrada y justa. Tenemos conexión con nuestro corresponsal en Vancouver. Rick Lester, ¿existen ya indicios de quién podría estar detrás de la masacre de Greenwatch?
La imagen cambió. Primeras luces del atardecer. Un hombre de pie delante de una casa del estilo de las mansiones
canadienses; alrededor de ella, cintas de seguridad, coches policiales, hombres uniformados.
—No, Christine, y es eso, exactamente, lo que hace que todo parezca tan fantasmagórico. Hasta ahora no existe ningún indicio de quién es el responsable de estos asesinatos o, mejor dicho, de estas ejecuciones y, sobre todo, no existen indicios del porqué. — Rick Lester hablaba con un enfático staccato, tomando aire detrás de cada media frase—. Entretanto, se sabe que Greenwatch estaba trabajando en un gran reportaje sobre la destrucción de los bosques boreales de Canadá y de
otras partes del mundo, y en la picota debía de estar la industria petrolera, pero sería más bien un documental retrospectivo sobre los daños causados por esa industria en el pasado, daños irreparables, si bien no hay, en ello, a primera vista, ningún elemento que pueda servir de explicación para esta masacre.
—Se habla ya de diez personas muertas, Rick. Pero cuéntanos, ¿qué ha sucedido realmente allí y quiénes son las víctimas?
—Bueno, ante todo es preciso decir que se trata, en este caso, de una acción coordinada, ya que no sólo afecta al
cuartel general de Greenwatch, donde se encontró a siete personas muertas —dijo el reportero dando media vuelta en dirección a la casa—, sino que un cuarto de hora antes, en Marine Drive, una calle costera que lleva hasta Point Grey, tuvo lugar una frenética persecución, según testigos, en la cual un gran vehículo todoterreno embistió varias veces a un Thunderbird en el que viajaban tres colaboradores de Greenwatch, lo que al final provocó, de manera intencionada, un accidente. Todo parece indicar que dos de los ocupantes del vehículo sobrevivieron al accidente y más tarde fueron ejecutados; una de las
víctimas, por cierto, y de ello ya se tiene la triste certeza, es la reportera jefe de Greenwatch, Loreena Keowa. Se supone que luego los asesinos condujeron hasta el cuartel general de Greenwatch aquí, en Point Grey, lograron introducirse en las instalaciones y ocasionaron este baño de sangre en poco tiempo.
—¿Un baño de sangre, que, según las últimas informaciones, también le ha costado la vida a la directora general, Susan Hudsucker?
—Así es, acaban de confirmárnoslo.
—Es horrible, Rick, verdaderamente inconcebible, pero no son sólo los asesinatos lo que está dando dolores de
cabeza a los investigadores, parece ser que han desaparecido algunas cosas...
—Así es, Christine, y eso da un matiz especial al asunto, porque en todo el edificio no ha quedado un solo ordenador, ha sido sustraído todo el material de datos de Greenwatch, y también faltan notas escritas a mano, o sea, prácticamente toda la memoria de la emisora.
—Ahora bien, Rick, ¿no indica eso que alguien está intentando evitar que se publiquen informaciones probablemente muy candentes?
Lester asintió.
—En cualquier caso, se ha intentado
retrasar la publicación de esa información, y hemos oído, además, que se ha establecido contacto con otros colaboradores independientes de la emisora, a fin de averiguar algo más sobre los proyectos actuales de la misma; no obstante, hay que decir que en Greenwatch siempre se esforzaban por mantener las historias o las informaciones más candentes dentro del círculo más íntimo, de manera que podría suceder que jamás fuera posible reconstruir esos últimos proyectos.
—Una horrible tragedia. Y eso es todo por el momento desde Vancouver. Muchas gracias, Rick Lester. Y ahora...
La grabación finalizó. Palstein estaba otra vez solo delante de la lustrosa mesa de caoba en su sala de conferencias de Dallas.
—¿Era ésa su persona de contacto?
—preguntó Shaw—. ¿La mujer del coche?
—Sí. —Palstein asintió—. Loreena
Keowa.
—¿Y cree usted que los hechos están directamente relacionados con el atentado de Calgary?
—No lo sé —respondió Palstein, y soltó un suspiro—. Ha aparecido un vídeo que muestra a un hombre. Podría ser el autor del atentado, pero ¿puede
eso justificar tal masacre? Quiero decir, yo también estoy en posesión de esas imágenes, y Loreena dijo que ella se las había mostrado a mucha gente. Íbamos a hablar por teléfono inmediatamente después de que aterrizara en Vancouver, yo le había pedido que llamara sin falta...
—A causa de la preocupación.
—Sí, claro. —Palstein sacudió la cabeza—. Estaba obsesionada con este caso. Y yo estaba preocupadísimo.
—Señor Palstein —dijo Jericho—
¿cuándo podríamos recibir el vídeo? Cada segundo que...
—No hay ningún problema. Puedo
mostrarle el fragmento ahora mismo.
La imagen cambió nuevamente. Esta vez se veía la entrada de un edificio. Jericho creyó reconocer la fachada en desuso: el complejo de edificios de empresas frente a la central de Imperial Oil, en Calgary, desde el cual, se decía, habían disparado contra Gerald Palstein. Había personas caminando sin rumbo por allí. Dos hombres y una mujer salieron del edificio a la luz del sol. Los hombres se unieron a un policía y lo atrajeron a una conversación; la mujer se apostó, algo apartada. Por la izquierda apareció una figura que avanzaba arrastrando los pies, era alto y
corpulento, tenía el pelo negro y largo.
Jericho se inclinó hacia adelante. Una imagen fija apareció en el monitor, se veían sólo la cabeza y los hombros. El tipo era, obviamente, asiático. Una figura corpulenta y descuidada con el pelo grasiento, la barba rala y desgreñada, pero ¿cuántas cosas no podían hacerse con un poco de látex, espuma y maquillaje?
También Yoyo observó al asiático.
—Casi no se lo reconoce —susurró. Shaw la observó con interés.
—¿Conocen ustedes a ese hombre?
—Sí —dijo Jericho. Entonces, tuvo que reír—. ¡Increíble, pero es él!
La máscara bien merecía un Oscar, pero las circunstancias en las que lo habían encontrado excluían toda equivocación. Jericho había caído en su trampa una vez, pero no habría una segunda ocasión en la que se dejara engañar, ni siquiera aunque aquel cabrón se envolviese en unas pieles y caminara a cuatro patas.
—Ese de ahí —dijo— es sin duda el que llevó a cabo el atentado en Calgary.
Shaw enarcó las cejas.
—¿Y conoce su nombre?
—Sí, pero no le servirá de mucho — dijo Yoyo—. El tipo es tan volátil como la gasolina. Su nombre es Xin. Kenny
Xin.
SINUS IRIDUM, LA LUNA
«Tierra de la Niebla.»
Sólo al llegar a la Luna, Evelyn Chambers supo cómo llamaban los astronautas a aquel territorio donde se llevaba a cabo la explotación del helio
3, y le pareció que el término era un poco kitsch e inexacto. Por lo aprendido en la escuela, se llamaba «niebla» a un fenómeno meteorológico, a una especie de aerosol, y en la Luna no podía hablarse de formación de gotitas de agua. Había estado preguntando sobre si
el nombre se debía a alguna pretenciosa necesidad de homenajear a Riccioli y sus falsas interpretaciones históricas, pero no había recibido ninguna respuesta satisfactoria. En general, se hablaba poco del lugar. Para el último día de su estancia en el Gaia, Julian había anunciado la presentación de un documental, pero no había planificada ninguna visita a la zona de extracción.
Ahora que las circunstancias los habían llevado allí, le bastaba con echar un vistazo para comprender qué era lo que había impulsado a tanta gente lúcida a bautizar como Tierra de la Niebla a aquel territorio ubicado entre el Sinus
Iridum y el Mare Imbrium. De un horizonte al otro, se extendía una barrera iridiscente sin contornos como de un kilómetro de altura más o menos, en absoluto apropiada para elevar el buen humor de Chambers. Desolada, pensaba sobre aquellos terrenos, en una desesperanza convertida en polvo. Nadie en su sano juicio podía sentir el deseo de cruzar dicho territorio.
Pero el rastro de neumáticos de
Hanna llevaba hacia su interior.
Había conducido unos metros a través de la grieta, pero, repentinamente, había doblado hacia el noroeste. Según Julian, se movía por la línea imaginaria
que unía el cabo Heráclides con el cabo Laplace. Entregados a la ambigua esperanza de que su gran enemigo fuese un artista de la supervivencia y, además, un mejor boy scout, se le pegaron a los talones. Amber seguía estudiando sus mapas, que, a pesar de los buenos servicios que le habían prestado hasta ese momento, ahora se revelaban como inservibles. Las miradas acababan de pronto en una atmósfera turbia, y eso a veces sucedía al cabo de cien metros, pero otras, la mayoría, sucedía al cabo de diez. No había horizonte ni colinas, tampoco una cordillera, sólo las solitarias huellas de Hanna a lo largo de
un camino hacia lo desconocido. Algo que se alimentaba de la alegría de vivir salía sigilosamente del polvo, depositándose con crudeza sobre el tórax de Chambers y desatando en ella el infantil deseo de llorar. La Luna era materia muerta, sin embargo, hasta el momento la había sentido como algo inusualmente vivo, como una persona anciana y sabia, un Matusalén maravilloso cuyas arrugas conservaban la historia de la Creación. Sin embargo, en ese sitio la historia parecía borrada. La habitual consistencia del regolito, parecida a la del talco, con sus suaves colinas y cráteres en miniatura, había
dado paso a una uniformidad quebradiza, como si algo le hubiese pasado por encima y provocado una transformación fantasmagórica. Por un breve instante creyó haber identificado el borde de un pequeño cráter, pero mientras todavía lo observaba, éste desapareció en la bruma, como una mera ilusión de los sentidos.
—Aquí ya no hay nada que te sirva para orientarte —le dijo Julian a Amber
—. Los escarabajos han transformado el paisaje por completo.
¿Escarabajos? Chambers no cabía en su asombro. No recordaba haber oído hablar jamás de escarabajos haciendo
sus desmanes en la Luna. Porque, fuera lo que fuese lo que esos bichos hubieran hecho, cobraba a sus ojos la categoría de una profanación. A su alrededor parecía que se hubiera ejercido alguna especie de violencia contra el satélite de la Tierra. Aquéllas eran las cenizas de un muerto. Se extendían en dos paredes que discurrían en paralelo, semejantes a imponentes surcos de un campo, como si algo hubiese estado removiendo el suelo.
—Julian, esto es horroroso —afirmó la presentadora.
—Lo sé. No es precisamente un lugar para turistas. Aquí el hombre sólo
llega cuando hay algún problema para el que no bastan los robots de mantenimiento.
—¿Y qué diablos son los escarabajos?
—Mira hacia adelante —dijo Julian, levantando el brazo y señalando al frente—. Eso de ahí es un escarabajo.
Ella entornó los ojos. Primero vio sólo el centelleo de la luz del sol sobre las partículas de polvo. Después, en medio de enigmáticos tonos grises y a una distancia casi imposible de determinar, divisó una silueta, una cosa que, por su apariencia, parecía salida de los orígenes del universo. Algo que
movía lentamente hacia adelante su cuerpo encorvado y extremadamente ingrávido, dejando entrever detalles extraños de unas mandíbulas rotativas de alimentación debajo de una cabeza plana y agazapada, mientras se abría paso, impaciente, a través del regolito, con sus patas de insecto ampliamente extendidas. Incesantemente, al polvo que pendía sobre la llanura se le unían nuevas partículas, un polvo que aquel monstruo revolvía mientras lo devoraba y avanzaba hacia adelante. Las microscópicas partículas en flotación envolvían su macizo cuerpo, rodeando en forma de capullo su aparato de
locomoción. Chambers creía saber qué era lo que tenía delante de sus ojos, sólo que todas sus impresiones se encogían ante la inconcebible enormidad de aquel escarabajo. Cuanto más se acercaba, más monstruoso parecía, enderezaba su lomo, sobre el que brillaban enormes espejos en forma de bandeja, como una bestia mítica, tan alta como un edificio de varios pisos.
Julian se dirigió directamente hacia el artefacto.
—Momoka, tú quédate detrás de mí
—ordenó—. Que nadie haga nada por su cuenta. Si queremos mantener el rumbo, no podremos evitar pasar cerca del
aparato. Son lentos, pero la lentitud es relativa si se la compara con su tamaño.
La visibilidad empeoró. Cuando, un trecho por delante del escarabajo, el aterciopelado regolito cayó bajo las ruedas, el torso del aparato mostró su contorno oscuro y amenazante. Para ser tan grande era, al mismo tiempo, asombrosamente estrecho. Las extremidades y las herramientas de masticación, cual mandíbulas, desaparecían tras las nubes de polvo. A Chambers le pareció que el gigante giraba su bajo cráneo muy lentamente y los observaba, mientras levantaba una de sus poderosas y articuladas patas y
daba un paso hacia adelante. El Rover se estremeció ligeramente. Se lo atribuyó a una hondonada en el suelo por la que Omura, al parecer, había pasado, pero una convicción en su fuero interno le decía que aquello había sucedido en el momento en que el escarabajo había clavado su pata en el regolito.
—¡Una máquina de extracción! — exclamó Rogachov, volviéndose hacia la silueta borrosa—. ¡Fantástico! ¿Cómo es que me has ocultado esto tanto tiempo?
—Los llamamos escarabajos —dijo Julian—. Por su forma y su locomoción. Y sí, son fantásticos. Pero son muy
pocos.
—¿Convierten el regolito en esa... cosa? —preguntó Chambers, pensando en aquel páramo lleno de trozos de piedra.
Julian vaciló.
—Como he dicho, transforman considerablemente el paisaje.
—Lo digo por decir. No tenía una idea clara de cómo funcionaba el proceso de extracción. En realidad... Bueno, creo que esperaba encontrarme algo parecido a unas torres de perforación.
En ese mismo instante, Evelyn se sintió avergonzada de estar hablando de
esos temas técnicos con Julian, sobre la explotación a cielo abierto, como si Omura no se hubiera visto enfrentada, haría una media hora, con el cuerpo deforme de su marido. Desde su partida del cabo, la japonesa no había dicho una sola palabra; sin embargo, había conducido con cautela el Rover. De una manera fantasmal, se había perdido en una especie de región hipotética. La criatura que estaba detrás del cristal reflectante del casco y que conducía el vehículo muy bien podía haber sido un robot.
—El helio 3 no puede extraerse como el petróleo, el gas o el carbón —
dijo Julian—. El isótopo se encuentra enlazado a los átomos de polvo. En una proporción de aproximadamente tres nanogramos por gramo de regolito, repartidos de manera uniforme.
—Nanogramos... Espera — reflexionó Chambers—. Eso es la milmillonésima parte de un gramo, ¿no es así?
—¿Tan poquito? —se asombró
Rogachov.
—En realidad, no es tan poco — respondió Julian—. Imagínate, ese material ha sido depositado aquí durante miles de millones de años por el viento solar. ¡En total, son más de quinientos
millones de toneladas, diez veces más que todas las reservas de carbón, petróleo y gas de la Tierra! ¡Eso es muchísimo! Sólo que para obtenerlo tienes que procesar el suelo lunar.
«Así se le llama: procesar —pensó Chambers—. Y de ello surge este desierto polvoriento.» La presentadora miró con desagrado hacia la lejanía resplandeciente. A lo lejos, un segundo escarabajo se arrastraba a través del polvo y, de repente, el suelo volvió a tornarse feo y quebradizo.
—De cualquier modo, la saturación es sorprendentemente baja —insistió Rogachov—. Me da que es preciso
procesar cantidades enormes de suelo lunar. ¿A qué profundidad escarban esos bichos?
—De dos a tres metros. También a cinco metros de profundidad hay depositado helio 3, pero la mayor parte lo extraen de arriba.
—¿Y eso basta?
—Según para qué.
—Quiero decir que si basta para satisfacer la demanda mundial de helio
3.
—Ha bastado para acabar con el mercado de las energías fósiles de la Tierra.
—Ese mercado se destruyó con
anticipación. ¿Cuántas máquinas están trabajando en este momento?
—Treinta. Créeme, Oleg, el helio 3 solucionará de manera sostenida nuestros problemas energéticos, la Luna contribuirá a ello. Pero obviamente tienes razón: necesitamos muchas más máquinas para dejar pelado todo este territorio.
—Dejarlo pelado —repitió Amber
—. Suena más a ganado que a escarabajos.
—Sí. —Julian rió un poco forzadamente—. En realidad, parecen un rebaño arrastrándose por la tierra, un rebaño de vacas.
—Impresionante —dijo Rogachov, aunque Chambers creyó percibir cierto tono de escepticismo en su comentario.
A una distancia sin contornos definibles se recortó la silueta de un tercer escarabajo. Parecía estar detenido. Chambers se percató de la presencia de algo más pequeño y ágil que se le acercó por detrás a la máquina, aparentemente algún aparato volador, hasta que, de pronto, la presentadora tuvo la sospecha de que aquella cosa se desplazaba sobre unas largas y afiligranadas patas, y de forma involuntaria le vino a la mente la imagen de una araña. La figura se mantuvo
debajo del monstruoso abdomen, se agazapó y, por un momento, pareció fundirse temporalmente con el cuerpo del escarabajo. Chambers contempló la escena con curiosidad. Habría preferido preguntarle a Julian, pero el mutismo de Omura pesaba sobre ellos como una capa dañina de moho, así que cerró el pico, aunque presa de una íntima inquietud. Aquel insectarium no era en absoluto de su agrado. No era que tuviese ningún tipo de resentimiento en contra de la tecnología: conducía concienzudamente su coche ecológico, movido por la electricidad, había reformado su propiedad con la
tecnología solar de la firma de Locatelli y reciclaba su basura como una irreprochable ciudadana, si bien no podía vanagloriarse de tener una marcada consciencia ecologista. Fenómenos como la robótica, la nanotecnología y la navegación espacial le resultaban igual de interesantes que una cascada, las secuoyas y los monos trepadores de orejas en forma de pincel, que estaban en peligro de extinción, y cuya subsistencia no necesariamente tenía por qué ser considerada un sostén de nuestra base ecológica. Las nuevas tecnologías la fascinaban, pero había algo en ese reino de los muertos que le
infundía un temor general, para el cual Rogachov, con su naturaleza de industrial poco escrupulosa, parecía haber desarrollado sensibles anticuerpos.
El rastro de Hanna describía una amplia curva. Las colosales huellas permitían imaginar que había tenido que esquivar una de las máquinas extractoras. Junto a las huellas en forma de cráteres había algunas de diámetro pequeño y menos profundas. Chambers miró hacia atrás y vio el escarabajo centelleando en su capullo de polvo, como una fata morgana. Ya no se veía nada de aquel otro chisme parecido a
una araña. Entonces, la presentadora cerró los ojos y la imagen de aquella máquina gigantesca siguió brillando como un fantasma en su retina.
El escarabajo seguía devorando su alimento.
Introducía incesantemente en el suelo sus mandíbulas en forma de palas, desgastando la roca, separaba los trozos indigeribles y llevaba lo que quedaba en forma de grano fino hasta sus ardientes entrañas, mientras unos reflectores gigantescos situados encima de su lomo seguían el curso del sol, atrayendo fotones y enviándolos a un pequeño colector de espejo. Desde ahí, la luz
entraba en el cibernético organismo y creaba un infierno de mil grados centígrados, aún insuficiente para derretir el regolito, pero sí para extraer los elementos enlazados a él. El hidrógeno, el carbono, el nitrógeno y, comparativamente, una ínfima cantidad de helio 3, que ascendían en forma de gas al horno solar y, de ahí, se dirigían a la cámara de compresión de la parte trasera del cuerpo. A doscientos sesenta grados bajo cero, bajo una enorme presión, los gases extraídos se licuaban y eran transportados a unas baterías de tanques esféricos en las que eran separados según el elemento del que
estuvieran compuestos: unos cuantos de helio 3, cada gota del cual era un tesoro cuidadosamente guardado, y todo lo demás en cantidades manejables. Por muy grande que fuese el escarabajo, y por muy apropiado que fuera el hidrógeno para la producción de carburante y de nitrógeno que enriqueciera el aire respirable o de carbono para los materiales de construcción, la mayor parte debía ser expulsada de nuevo al vacío, donde, segundos después, se evaporaba, creando alrededor de la máquina una atmósfera fugaz que se renovaba de forma cíclica. El escarabajo lo
transformaba todo mediante ese método. El suelo lunar, que el aparato volvía a despedir en forma de migas cocinadas, y el espacio vacío, ya que la extracción y la conversión en desechos de su entorno tenía su equivalencia en el enriquecimiento del vacío con algunos gases nobles.
Como consecuencia de la expulsión de los gases, el polvo se tornaba más denso alrededor de la máquina. En sentido estricto, y teniendo en cuenta que ninguna molécula de aire mantenía en flotación las partículas de piedra, no tenían por qué formar aquellas barreras de varios kilómetros de alto. Sin
embargo, debido a la ausencia de presión atmosférica, junto a la escasa gravedad y algunos fenómenos de origen electroestático, mantenían aquellas extremadamente largas trayectorias de vuelo, de las que descendían horas después a regañadientes. Con el tiempo se había ido formando aquel enturbiamiento que se cernía sobre toda la zona de extracción. Las nubes que el escarabajo despedía debido a la alta presión generaban tales cantidades adicionales de polvo que sus mandíbulas y sus patas de insecto desaparecían totalmente detrás de ellas, y creaban aquel resplandor cambiante,
parecido al de la luz polar, sobre la cristalina estructura de las partículas en suspensión y que tanto dificultaban la visibilidad.
Y eso mismo le había sucedido a Hanna en su solitaria y larga caminata por aquel paraje, hasta el punto de que vino a percatarse de la proximidad de una de las máquinas extractoras cuando la rueda excavadora estuvo a punto de atraparlo y empujarlo dentro del tamiz; sólo un salto casi merecedor de un récord logró evitar que fuera sometido a ese proceso industrial. Con prisa, logró poner distancia entre él y el escarabajo, sorprendido de cómo había podido
pasar por alto un bicho tan enorme capaz de hacer retumbar el suelo. La máquina, imponente, descollaba hacia el cielo ante él, pero, como es sabido, las criaturas pequeñas tienden a volverse ciegas cuando se acercan demasiado a otras cuyo tamaño es mayor. Hanna orientó su rumbo por el camino recorrido por el aparato y continuó. A partir de la inagotable fuente de conocimientos que era la conspiración, sabía que los escarabajos roturaban el regolito en trayectos rectangulares sobre la imaginaria línea existente entre el cabo Heráclides y el cabo Laplace, y que era imposible no dar con la estación
si uno se mantenía en un ángulo de noventa grados respecto de aquellas rutas de pastoreo: era la única forma de orientarse en un mundo en el que la ausencia de un campo magnético hacía imposible el funcionamiento de brújulas. Llevaba más de una hora andando desde que el buggy había pasado a mejor vida, con saltos largos y ligeros, y ya había tenido que iniciar su primera reserva de oxígeno. Aún no sentía síntomas de cansancio. Si no sucedía nada imprevisto, la estación de extracción debía aparecer delante de él al cabo de unos quince o veinte minutos. De no ser así, se vería en serias dificultades.
Entonces ya habría tiempo para preocuparse.
Casi sin esperarlo, se encontraron con una araña.
Salió de entre las sombras de un escarabajo y se atravesó en su camino a tal velocidad que Julian tuvo que girar bruscamente el volante para no chocar contra ella. Por un momento, Chambers recordó los trípodes de H. G. Wells, aquellas máquinas de combate de La guerra de los mundos, que atacaban preferiblemente las grandes urbes con rayos de calor y las reducían a polvo. Esa cosa, sin embargo, tenía ocho patas en vez de tres, muy finas, zancudas, y de
varios metros de alto, de tal manera que el cuerpo parecía flotar en algún sitio por encima de ellas. Justo detrás de sus órganos prensiles se alineaban docenas de tanques esféricos. Lo que también diferenciaba a la araña de sus colegas marcianas era su total desinterés por la presencia humana. Según le pareció a Chambers, si Julian no hubiera estado prestando atención, le habrían pasado por encima al Rover como si tal cosa.
—Pero ¿qué clase de bicharraco de mierda es éste? —gritó Omura.
Entretanto, la japonesa había vuelto a comunicarse, si bien lo hacía de un modo que despertaba cierto recuerdo
nostálgico de su mutismo. Cualquier asomo de tristeza daba la impresión de haber catalizado en ira. A Chambers se le pasó por la mente la idea de que el desagradable carácter de Omura no se debía tanto a su orgullo como a una marcada agresividad conservada durante muchos años, y cada vez le gustaba menos que fuese ella la que condujera el Rover. Con el corazón palpitante, se quedó mirando al robot que se alejaba. Delante de ellos, Julian avanzaba nuevamente.
—Una araña —dijo, como si todavía cupiese alguna duda—. Es un robot de carga y descarga. Retiran el tanque lleno
del escarabajo, lo cambian por uno vacío, trasladan el producto a la estación y lo descargan para que pueda ser transportado.
—Aquí uno no se siente precisamente bienvenido —comentó Rogachov.
—No muerden —murmuró Amber
—. Sólo quieren jugar.
—¿Este territorio está vigilado?
—Sí y no.
—¿Y eso qué quiere decir?
—La vigilancia sólo se activa cuando hay alguna señal de avería. He dicho que sí, la extracción es automatizada. Es inteligencia repartida
en una red a tiempo real. Los robots interaccionan sólo entre sí, nosotros no estamos presentes en su imagen interna.
—¡Mierda! —refunfuñó Omura—. Tu maldita Luna, sencillamente, está empezando a tocarme los cojones.
—Quizá valdría la pena enriquecer su imagen interior con algunos datos más
—propuso Chambers—. Quiero decir, si esas arañas tienen la capacidad de percibir algo tan enorme como uno de esos escarabajos, no puede ser tan difícil introducir también en su software una imagen del Homo sapiens.
—A los hombres no se les ha perdido nada en la zona de extracción
—repuso Julian, algo exasperado—. El lugar es una tecnosfera encerrada en sí misma.
—¿Y cuán grande es esa tecnosfera?
—preguntó Amber.
—En estos momentos abarca cien kilómetros cuadrados. Del lado estadounidense. Los chinos poseen un campo más pequeño.
—¿Y tú estás seguro de que son máquinas estadounidenses?
—Los chinos tienen orugas.
—Bueno —dijo Chambers—. Por lo menos no moriremos aplastados por el enemigo.
A partir de ese momento estuvieron
más atentos a cualquier cosa que pudiese estar al acecho en aquel territorio desconocido, y como en el vacío no se oía nada, abusaron de sus ojos hasta sentir dolor en ellos. Fue entonces cuando Amber descubrió el buggy a lo lejos.
—¿Qué pasa? —quiso saber Omura, al ver que Julian se detenía.
—Carl podría estar ahí delante.
—Ah, magnífico —dijo la japonesa, riendo secamente—. ¡Excelente! Para mí, no para él. —Omura se disponía a adelantar a Julian, pero Rogachov le puso la mano en el antebrazo.
—Espera.
—¿Para qué, joder?
—He dicho que esperes.
Su tono autoritario, tan poco habitual en él, movió a Omura a detenerse. Rogachov se incorporó. A lo largo y ancho no se veían ni arañas ni escarabajos. El regolito cocido era lo único que daba fe de que las máquinas extractoras ya habían procesado esa parte del Sinus Iridum. En medio de la desolación, el buggy de Hanna parecía el residuo de una batalla librada hacía ya mucho tiempo.
—A él no lo veo por ninguna parte
—dijo Amber al cabo de un rato.
—No. —Rogachov giró el torso a un
lado y a otro—. Parece que no está ahí.
—¿Y cómo diablos puedes saberlo en medio de esta maldita polvareda? — gruñó Omura—. Podría estar en cualquier parte.
—No lo sé, Momoka. Sólo sé que hasta ahora nada ni nadie nos ha disparado.
Transcurrieron unos segundos de silencio expectante.
—Bien —decidió Julian—. Vayamos hasta allí.
Minutos más tarde ya estaba claro que Hanna no los acechaba por ninguna parte. Al buggy se le había roto un eje, y las huellas de unas botas se alejaban en
línea recta del lugar.
—Ha continuado a pie —constató
Amber.
—¿Y podrá conseguirlo? —preguntó
Evelyn Chambers.
—Por supuesto, lo logrará siempre y cuando tenga suficiente oxígeno — respondió Julian, y se inclinó sobre la plataforma de carga—. De todos modos, no ha dejado nada aquí, y sé con certeza que se llevó las reservas de oxígeno del Ganímedes.
—¿No deberíamos llegar pronto? — preguntó Chambers, mirando hacia adelante—. Quiero decir, llevamos más de una hora de viaje.
—Según el coche, faltan aún quince kilómetros para llegar a la estación.
—Casi nada, en realidad.
—Para nosotros. Pero será menos en el caso de Hanna —dijo Julian, incorporándose—. Desde aquí necesitará entre una y dos horas. Eso significa que todavía anda por ahí, en alguna parte. No puede haber llegado ya a la estación.
—En ese caso, nos lo encontraremos.
—Y muy pronto, supongo.
—¿Y qué haremos luego con él?
—La pregunta más bien sería qué hará él con nosotros —resopló Amber.
—Bueno, por lo menos yo sí sé lo que voy a hacer con él —dijo Omura entre dientes—. Lo voy a...
—No, no harás nada —la interrumpió Julian—. No me malinterpretes, Momoka. Entendemos tu pena, y la compartimos, pero...
—¡Ahórrate esa mierda!
—Pero primero debemos averiguar qué se trae entre manos Carl. Quiero saber de qué va todo esto. ¡Lo necesitamos vivo!
—Eso no va a ser sencillo
comentó Rogachov—. Va armado.
—¿Se te ocurre algo?
—Bueno. —Rogachov guardó
silencio por un momento—. Le llevamos ventaja en algunos aspectos. Tenemos los Rover. Y nos estamos acercando por detrás. Si no se vuelve en el momento decisivo, podemos pegarnos a él sin que se percate de nada.
—¿Y cómo piensas evitar que nos mate a todos en cuanto nos vea? — señaló Amber—. Lo de pegarnos a él suena muy bien. Pero ¿y después qué?
—Podemos atraparlo de forma cruzada, por los flancos —caviló Julian
—. Por la derecha y por la izquierda.
—En ese caso, nos verá —dijo
Rogachov.
—¿Y qué tal si lo embestimos
amistosamente? —propuso Chambers.
—Hum, no está mal —dijo Julian, caviloso—. Pero eso sólo suponiendo que viajemos en paralelo, y lentamente. Entonces podemos atacarlo por la espalda, desde atrás, sin que él se percate de inmediato, mientras los del otro Rover se le echan encima, lo desarman, y ya está.
—Y ya está. ¿Y quién va a hacer el papel de ariete para embestirlo?
—Julian —dijo Rogachov—. Y nosotros formamos el comando de asalto.
—¿Y quién conduce?
—Bueno —dijo Rogachov,
volviéndose hacia donde estaba Omura, que permanecía inmóvil, como si esperase a que alguien le activara las funciones vitales—. Momoka está demasiado alterada.
—No te preocupes por mí —dijo
Omura con voz sorda.
—Claro que me preocupo —repuso él en tono frío—. No sé si podemos dejar que conduzcas. Lo estropearás todo.
—¿Ah, sí? —Omura salió de su rigidez y trepó otra vez al asiento tras el volante—. ¿Cuál sería entonces la alternativa, Oleg? Si permites que me abalance sobre él, te arriesgas más aún.
Por ejemplo, a que haga añicos su visor contra la roca que tenga más a mano.
—Lo necesitamos vivo —insistió
Julian—. Bajo ningún concepto vamos a...
—¡Eso ya lo he entendido! —ladró la japonesa.
—¡Nada de acciones por tu cuenta, Momoka!
—Me atendré a las reglas del juego. Lo haremos como habéis sugerido.
—¿Seguro?
Omura soltó un suspiro. Cuando volvió a hablar, su voz temblaba como si tuviera que contener las lágrimas.
—Sí, claro. Lo prometo.
—No me fío de ti —dijo Rogachov después de un rato.
—¿No te fías de mí?
—No. Creo que nos pondrás a todos en peligro. Pero es tu decisión, Julian. Si quieres dejarla conducir, adelante.
Hanna vio la máquina extractora acercarse por la izquierda. El polvo se elevaba desde las patas y las paletas giratorias, nubes heladas que se agolpaban por los lados, mezclándose con partículas en suspensión para formar un camuflaje brumoso. Trató de valorar si lograría llegar al otro lado antes que ella. La máquina estaba bastante cerca, pero si aceleraba el paso, podría
lograrlo.
«En la Tierra —pensó el canadiense
—, ese trasto haría un ruido espantoso.» Allí, sin embargo, se acercaba con un malévolo sigilo. Todo cuanto oía era el ruido del aire acondicionado y de su disciplinada respiración. Tenía claro que ese silencio alimentaba la imprudencia, en especial, porque era casi imposible determinar las distancias en medio de aquel difuso resplandor; por otra parte, no sentía el más mínimo deseo de esperar a que el gigantesco chisme pasase arrastrándose por su lado. La estación de extracción debía de estar muy próxima. Para él ya era
suficiente, quería llegar por fin.
Se ajustó bajo el brazo la mochila de supervivencia que le quedaba.
—¡Lo veo!
La silueta del canadiense apareció imprecisa en el horizonte. Con largos pasos, cruzaba la llanura, mientras que por la izquierda se le acercaba el cuerpo colosal de una de las extractoras. Julian se colocó en ángulo respecto del coche de Omura y esperó a que éste estuviese al mismo nivel.
—Lo que está haciendo es muy audaz —susurró Amber.
—Desfavorable sobre todo —gruñó
Rogachov—. El escarabajo está bastante
cerca. ¿Realmente debemos correr ese riesgo?
—No sé. —Julian vaciló—. Si esperamos a que pase la máquina, tendremos que aguardar una eternidad.
—Podríamos rodearla —propuso
Chambers.
—¿Y después?
—Nos acercamos a él por el otro lado.
—No, en ese caso nos vería. Sólo tendríamos la oportunidad de sorprenderlo si nos mantenemos justamente detrás de él.
—Entonces, andando —dijo Omura entre dientes—. Si él logra pasar por
delante del escarabajo, nosotros también lo lograremos.
—Pero la máquina está realmente muy cerca, Momoka —repuso Rogachov con insistencia—. ¿No es mejor esperar? Carl ya no se nos podrá escapar.
—A menos que nos haya visto —
dijo Chambers, pensativa.
—En ese caso, habría disparado.
—Quizá lo que pretende es deshacerse de nosotros.
—Carl no haría eso. Es un profesional. Conozco a las personas como él, ninguno de ellos, en una situación como ésta, haría otra cosa sino
disparar —dijo Rogachov, e hizo una pausa—. Yo, por ejemplo, no haría otra cosa.
Los Rover se aproximaron a la figura que huía a un ritmo uniforme. Al mismo tiempo, el escarabajo reducía su distancia hasta Hanna, que ahora avanzaba más rápidamente. Aquella pesada coreografía de seis poderosas patas de insecto sólo podía distinguirse vagamente en medio del polvo. El canadiense, comparado con el monstruo, se asemejaba a un pequeño bicho; sin embargo, parecía haber calculado muy bien sus posibilidades.
—Lo va a conseguir —susurró
Omura.
—¿Y qué más da si lo consigue? — replicó Amber—. Oleg tiene razón: ya no se nos podrá escapar. Deberíamos esperar.
—¡Estupideces! Podemos lograrlo.
—¿Y por qué íbamos a correr ese riesgo precisamente ahora? Tenemos su rastro.
—El escarabajo lo borrará.
—Hasta ahora hemos podido encontrarlo siempre.
—Momoka —dijo Rogachov en voz baja y amenazante—. Prometiste que...
—Se acabó la discusión —ordenó
Julian—. Esperaremos.
—¡No!
El Rover de Omura pegó un brinco cuando la japonesa pisó a fondo el acelerador. El regolito saltó hacia todas partes. Rogachov, que había empezado a incorporarse, perdió el equilibrio, salió expulsado del vehículo y aterrizó sobre el polvo. Pronto el coche empezó a dar bandazos y partió a toda velocidad.
—¡Maldito cerdo! —gritó Omura—. Miserable...
—¡Momoka, no!
—¡Vuelve aquí!
La japonesa no prestó atención a las voces y azuzó el Rover para hacerlo avanzar en pos del canadiense que huía.
Chambers se agarró firmemente al asiento trasero, fue lanzada hacia atrás y oyó a Rogachov soltar una sarta de improperios en ruso. A toda velocidad, se dirigían directamente a donde se hallaba Hanna. Unos pocos segundos más, y el canadiense moriría debido a la fuerza de la colisión.
—¡Momoka, detente! Lo necesitamos...
En ese mismo instante, Hanna se volvió.
El canadiense no creía en la intuición ni en la intervención divina. Hasta donde podía recordar, ninguno de sus colegas con fe en lo que les dijera su
estómago había conseguido sobrevivir mucho tiempo. La instancia ordenadora del intelecto establecía que era preciso compensar la falta de ojos en la parte posterior de la cabeza mediante la reflexión; todo lo demás era suerte, y de ello también formaba parte que le diera por mirar hacia atrás en ese instante tan decisivo.
Vio el Rover aproximarse a toda velocidad hacia él.
Análisis de la situación: era el mismo coche que había visto en el puerto espacial de Schröter, de modo que lo habían llevado desde la meseta de Aristarco hasta allí. El vehículo y él
estaban en la tangente de la dirección en la que avanzaba el escarabajo. El tiempo hasta llegar donde la máquina extractora: incierto. Tiempo hasta el choque con el Rover: tres segundos. Sacar el arma y disparar: inútil. Dos segundos. Un segundo...
Hanna se lanzó hacia un lado.
Rodó y volvió a incorporarse y a ponerse de pie; de pronto estaba demasiado cerca del escarabajo, peligrosamente cerca. Toneladas de regolito salían disparadas delante de sus ojos hacia lo alto. Y detrás estaba, envuelta en una nube de polvo, la boca dentada de una enorme pala que se
levantaba desde el suelo, seguida de otra y otra y otra más. La rueda extractora giraba a toda velocidad, moviéndose de izquierda a derecha, al tiempo que trituraba nuevas cantidades de roca lunar y la pasaba a los tamices y a las cintas transportadoras. El escarabajo dio un paso adelante y apisonó el suelo con fuerza, haciendo temblar la tierra.
¿Dónde estaba el Rover?
Hanna giró bruscamente. Un poco más adelante vio la mochila en el suelo, que se le había caído al lanzarse a un lado. Necesitaba las reservas de aire, pero el vehículo ya había vuelto a soltar
un nuevo surtidor de polvo y se acercaba rápidamente. Un segundo Rover se aproximaba por el lado opuesto. Su mano se dirigió hacia el muslo y sacó rápidamente de su funda el arma con las balas explosivas.
—¡Lo sabía! —maldijo Rogachov
—. ¡Lo sabía!
Se había subido al asiento detrás de Julian mientras Hanna volaba por los aires; lo había visto golpear el suelo y levantarse rápidamente. El canadiense sacó algo alargado y plano; por lo visto, no tenía claro a cuál de los dos vehículos disparar. Y esos segundos de vacilación fueron fatales para él. El
Rover de Omura lo golpeó en el hombro con una de las ruedas, del tamaño de un hombre. El canadiense voló un tramo por los aires y cayó de costado en dirección a aquella fábrica andante que se aproximaba con inquietante rapidez y a sus palas giratorias.
—Es suficiente, Momoka —gritó
Julian—. Déjanos coger a ese cerdo.
Pero la japonesa sufría de sordera repentina. Mientras Hanna se estaba incorporando, aún visiblemente aturdido, ella hizo girar el volante con brusquedad, describiendo una curva demasiado cerrada que le hizo perder el control. Esta vez, todo salió del revés.
El vehículo rebotó del suelo, dio varias vueltas de campana y se arrastró a través de dos surtidores laterales de piedra en dirección al escarabajo. Omura salió despedida y se arrastró con los brazos y las piernas abiertos por el polvo chillando como una arpía. A continuación, se volvió, se incorporó rápidamente de un salto, aparentemente ilesa, y corrió hacia donde estaba Carl Hanna. Aterrorizada, Amber vio el Rover patas arriba, mientras una campana de polvo descendía sobre él.
—Dios mío, Evelyn —gimió—.
¡Evelyn!
El único pensamiento de Chambers
fue aferrarse a los travesaños del asiento tan fuertemente como pudiese. Incapaz de gritar, se imaginó el vehículo como una jaula, en cuyo interior encontraría protección mientras consiguiera mantenerse aferrada a ella. Omura había desaparecido. No había arriba ni abajo, sólo golpetazos, polvo, más golpes, que poco a poco iban haciendo añicos el chasis del Rover; entonces se soltó, cayó al suelo y vio una rueda que se tambaleaba.
El Rover se había varado, y ella aún estaba viva. Aún.
Inmediatamente trató de liberarse de aquella chatarra, pero estaba atrapada.
¿Por qué? Tenía los brazos libres. Pegó unas fuertes patadas, también podía mover las piernas; sin embargo, aquel montón de chatarra no quería ceder, mientras el suelo temblaba a causa de algo colosal que se encajaba en el regolito, muy cerca de ella. De repente, con suma claridad, comprendió lo que se le venía encima.
—¡Evelyn! —gritó Amber—.
¡Evelyn!
—Estoy atrapada —respondió ella
—. ¡Estoy atrapada!
El suelo volvió a temblar.
«Los robots interaccionan sólo entre sí, nosotros no estamos presentes en su
imagen interna.»
Tenía que salir de allí. ¡Salir tan a prisa como fuese posible!
Empezó a tirar como una loca del varillaje, en medio de una angustia mortal, pero era como si hubiese estado fijada allí, como si estuviese fundida por la espalda con el coche, y entonces empezó a aullar como una loba en una trampa, pues comprendió que estaba a punto de morir.
Julian aparcó el Rover junto a los restos del otro vehículo accidentado. Lo que les pasara a Hanna y a Omura le importaba un bledo en ese momento. Los dos habían desaparecido al otro lado de
la máquina extractora, lejos de las voraces palas.
Tenían que sacar a Evelyn de allí. Rogachov y Amber saltaron de sus
asientos y corrieron hacia el destrozado vehículo. Chambers extendió los brazos. Se podía ver fácilmente que su mochila de supervivencia se había encajado entre las varillas grotescamente torcidas y la mantenía atrapada, de un modo preocupante. Julian se arriesgó a echar una ojeada llena de preocupación hacia lo alto. El cuerpo colosal de la máquina avanzaba implacablemente, oscureciendo el cielo, sumiendo la llanura, a las personas y el vehículo en
una alargada sombra. También se veían, aunque de forma borrosa, los refuerzos de las planchas del blindaje, los remaches, las soldaduras y los tornillos, así como el entramado de las tuberías. La achatada bóveda del cráneo, con sus herramientas trituradoras, los tamices y las esteras extractoras se balanceaban lentamente de un lado al otro, como si el monstruo oliera la presencia de criaturas extrañas. De las caderas de forma cónica brotaban unas patas en ángulo, cada una de unos diez metros de altura, con numerosas articulaciones, gruesas como los brazos de una grúa de la construcción.
El Rover accidentado estaba en medio del camino.
En ese preciso instante, más en forma de una intuición que porque pudiera verse, la hasta entonces inmóvil pata delantera empezó a alzarse lentamente.
Hanna luchaba por orientarse.
Se había golpeado la nuca con la cubierta interior del casco, algo casi imposible, ya que éste era lo suficientemente grande como para evitar esa clase de accidentes. Le dolía la cabeza y el cuello; el hombro, por su parte, estaba mejor y, al parecer, el blindaje había absorbido una parte de la
energía del impacto. Podía mover los brazos, pero, en cambio, había perdido el arma con los proyectiles explosivos.
¡No debía perder el arma!
Delante de sus ojos giraban unos círculos rojos y amarillos que trataban de absorberle la consciencia. Medio ciego, tropezó y cayó de rodillas hacia adelante, sacudió la cabeza y reprimió una violenta arcada.
Omura estaba unos pocos pasos detrás de él.
Corrió llena de odio. Era como una encarnación de Medea, de Electra o de Némesis, una encarnación de la venganza, sin control ni sentido común,
sin miedo, sin un plan. Todo el mecanismo de clasificación de las ideas se había detenido; únicamente la fantasía de matar como fuera a Hanna dominaba sus pensamientos.
Pero entonces algo atrajo su mirada hacia el suelo.
Era algo alargado y reluciente. Le recordaba a un arma de fuego, sólo que en vez de gatillo tenía unas teclas y unos campos táctiles.
Aquello era un arma.
¡El arma de Hanna!
—Intenta empujar la manija hacia abajo.
—Pero ¿qué manija, maldita sea?
—¡Esa de ahí, ésa! ¡Manija, varilla, lo que sea!
«O lo que era —pensó Amber—, antes de que el Rover se convirtiese en un montón de chatarra.» ¿Qué era? ¿Un pedazo del eje? ¿El soporte del aparato de radio? La mujer de Tim empujaba con todas sus fuerzas mientras Rogachov tiraba violentamente del respaldo del asiento de Chambers. Una parte de él se había deslizado entre la mochila y el traje y no dejaba moverse a la presentadora.
—¡Daos prisa! —los apremiaba
Julian.
Rogachov apoyó la bota contra el
respaldo, que cedió un poco, pero el verdadero problema estaba en la dichosa varilla torcida. Amber levantó la mirada y vio el pie de la máquina extractora subir y descender como una pesadilla.
—Sigue, Oleg —imploró—. Sigue empujando.
El pie flotaba sobre sus cabezas. Montones de polvo y de piedrecillas llovieron sobre ellos. Rogachov soltó otro improperio en ruso, lo que Amber valoró como una mala señal. Una vez más, se afincó sobre la varilla, encajando la punta de sus botas en el suelo, tensó los músculos y, por fin, todo
aquel chisme se partió por el mismo medio. Rogachov puso manos a la obra, sacó el respaldo liberado de debajo de la mochila y lo lanzó bien lejos de allí, en una amplia parábola.
—¡Puedo salir yo sola!
Chambers salió contoneándose de entre el montón de chatarra, tomó impulso y pegó un salto. Los tres salieron corriendo justo en el momento en que la pata del escarabajo descendía, y se arrojaron sobre los asientos del Rover conducido por Julian. En el instante en que arrancó, el monstruoso pie cayó con estrépito sobre el montón de chatarra y lo aplastó con tal fuerza
que el coche en el que ellos tres huían brincó en el aire.
—¿Hacia dónde vamos? —preguntó
Julian.
Amber señaló en dirección a la nube de polvo.
—Al otro lado. ¡Tienen que estar al otro lado de la máquina!
¡Menudo hallazgo! Omura se agachó, cogió el instrumento de su venganza, que había aparecido tan inesperadamente, y enfiló hacia donde estaba Hanna, que se había levantado y se tambaleaba como un borracho. Todo se había tornado visiblemente oscuro, una sombra difusa se había instalado justo encima de ellos,
pero Omura no le prestó atención. Se preparó para dar un salto y le propinó tal patada al canadiense que volvió a alzarlo en el aire.
Hanna se dobló sobre su estómago.
¡No, no le dispararía aún! Él tenía que verla cuando lo hiciera. Presenciar el momento en que muriera. Sin aliento, la japonesa esperó, y cuando el hombre se volvió, ella apuntó con el arma hacia el casco.
—¡Miserable!
Tecleó en uno de los campos. En otro.
—¿Lo ves? ¿Ves esto, cerdo asqueroso?
Nada. ¿Cómo se disparaba con aquello? Ah, sí, tenía que ser eso, un seguro, el detonador estaba protegido por una tapa, sólo había que levantarla con el pulgar y...
Hanna retrocedió a rastras, mirando horrorizado a aquella figura sin rostro con el traje blindado. Sólo podía ser ella. A Rogachov lo hubiese creído capaz de dar muestras del mismo espíritu combativo, pero esa persona era bajita y frágil, no podía ser otra más que Momoka Omura, que se disponía a cobrarse la muerte de Locatelli. Había encontrado la tapa del seguro. Lo estaba levantando. No había posibilidad de
llegar al arma. Tenía que largarse, poner distancia entre él y la japonesa. ¿Le estaba gritando? Omura transmitía por una frecuencia distinta, pero seguramente le estaba gritando, y de repente Hanna se sintió injustamente tratado. «Yo no maté a tu marido», estuvo tentado de decir, como si eso hubiera cambiado algo. Pero era cierto, él no lo había matado, más bien había querido ahorrarle un terrible sufrimiento, facilitándole el tránsito, y ahora, precisamente por eso, ¿debía ser castigado?
Su vista se elevó hacia un punto por encima de ella.
¡Por el amor de Dios!
¡Distancia! ¡Tenía que poner distancia!
—Por entre las patas —gritó Amber.
—¿Estás loca? —Julian conducía a toda velocidad, en paralelo a la máquina extractora—. ¿Es que no has tenido suficiente con lo de antes?
Amber giró la parte superior del cuerpo y miró hacia arriba, hacia el gigante. Julian tenía razón: era demasiado peligroso. Sólo ahora, desde muy cerca, se daba cuenta de lo enorme que era aquel escarabajo. Una montaña en movimiento. Cada una de sus seis patas podía acabar con su existencia de
un plumazo. Por debajo del tronco era donde se veía la mayor concentración de polvo, la visibilidad era igual a cero, y ahora, para colmo, brotaban por todas partes unas nubes bajas de color blanco a través de las aberturas de los remaches del cuerpo, que se expandían rápidamente. Un momento después ya habían pasado junto a la máquina y rodeaban su parte trasera, de la que caía una lluvia de regolito procesado. Julian evitó el aguacero de residuos y viajaron a lo largo del otro lateral.
Volvían a la cabeza del monstruo. Omura quería disfrutar el momento
mientras durara, y por eso no disparó
enseguida, sino que observó cómo Hanna se arrastraba hacia atrás, como si aún tuviese alguna mínima oportunidad de escapársele. ¡Ja, ja! Como si existiera el menor motivo de esperanza de que ella lo pensara dos veces.
—¿Tienes miedo? —le dijo la japonesa entre dientes.
Oh, sí, debía de tener miedo. Del mismo modo que Warren lo había tenido. «Lo necesitamos vivo», oyó decir a la voz quejumbrosa de Julian, ese maldito cabrón, ese estúpido que los había engatusado, a ella y a Warren, para viajar a la jodida Luna. «¿Vivo?
¡Que te jodan, Julian!» ¡Ella lo
necesitaba muerto! Y ahora lo mataría, ahora que se había levantado.
«Sayounara, Carl Hanna.» Era un buen momento.
Mala visibilidad.
Todo se oscureció rápidamente.
¿Qué era eso? Omura volvió el torso y dirigió la mirada hacia lo alto.
¡Inconcebible! ¡Luna de mierda! Ella, la
Luna, se la pasaba por...
—...el forro —refunfuñó la japonesa.
Sobre su cabeza flotaba una especie de sello negro.
Descendió.
El escarabajo terminó con la
existencia de Omura sin que ésta tuviese oportunidad de hacer un examen de conciencia, lo que, en definitiva, tampoco habría encajado mucho con su persona. En su lugar, en honor a su temperamento —ya que uno debería morir como ha vivido—, la japonesa explotó otra vez, la última, cuando, en el transcurso de su condensación física, el arma de Hanna se estrelló contra el peto blindado de su traje espacial y uno de los proyectiles se partió y sus dos componentes se mezclaron. Se produjo entonces un enlace químico entre el gel de baño y el champú. El proyectil se desintegró, y junto con él salieron los
otros nueve, que volaron el pie del escarabajo.
Esa vez, la señal de alarma llegó a la central de la base lunar. Puso al corriente a la tripulación acerca de un daño material en el aparato de locomoción delantero izquierdo del BUG-24, debido al cual la maquinaria corría el riesgo de venirse al suelo, por lo que había que apagarla de inmediato, cosa que la tripulación hizo al momento. Justo después de la explosión, el aparato detuvo toda su actividad, pero no sirvió de nada. La amputación había sido realizada. Debido a la sobrecarga provocada por la pérdida de la pata
delantera, la del medio también cayó, y el coloso empezó a inclinarse.
«Forro.» Era la última palabra que habían oído decir a Momoka.
—No la veo —dijo Amber.
¿Cómo iba a verla en medio de todo ese polvo?, pensó Chambers. Todavía le temblaba todo el cuerpo. En su imaginación seguía viviendo, como en un mantra, el momento en que casi había quedado aplastada, era como un lapsus de su pensamiento, algo fantasmagórico, el pensamiento de una auténtica marmota, coronado por la idea de que un instante después despertaría y su rescate sólo habría sido un sueño, y aquella pata
de acero todavía...
«¿Pata de acero?»
Chambers miró hacia allí. Había algo en el escarabajo que la inquietaba.
¿Una alucinación? ¿Se habían acercado ellos a la máquina o la máquina a ellos?
Entonces vio cómo una de las patas del escarabajo se partía.
—Se está cayendo —balbuceó la presentadora.
—¿Qué?
—¡Que se está cayendo! — Chambers empezó a gritar—. ¡Se está cayendo! La máquina se cae. ¡Se cae!
De repente, todos gritaron a la vez. No cabía duda de que el enorme cuerpo
se había inclinado, había empezado a volcarse y, lamentablemente, lo hacía en la dirección errónea.
En su dirección.
Julian cambió el rumbo, intentando sacar al Rover lo que el vehículo no estaba en condiciones de dar. Durante todo el camino desde la meseta de Aristarco, la velocidad de ochenta kilómetros por hora le había parecido increíble, sobre todo bajo las condiciones de la falta de adherencia al suelo y su peso ligero, que le hacía pegar extravagantes saltos y rebotar de la manera más descabellada. Sin embargo, ahora Chambers tenía la
impresión de que avanzaban al ritmo de un caracol. La presentadora miró hacia atrás y vio la máquina extractora luchando por mantener el equilibrio. Por un glorioso instante, pareció que el gigante iba a encontrar de nuevo una posición estable, pero ya había superado todos los puntos de tolerancia. Aunque la pata trasera, en un principio, había acogido toda la carga, el animal seguía balanceándose de un lado a otro.
Y entonces se vino abajo.
En medio de una marea de polvo, el pecho del monstruo golpeó contra el regolito, y el gigantesco cuerpo se inclinó hacia ellos.
—¿Y eso qué es? —gritó Amber en ese momento.
Chambers necesitó un instante para comprender que su alteración no se debía a la máquina extractora, sino a otra cosa, algo que se acercaba a toda prisa desde la dirección opuesta.
—¡Apártate, apártate!
—¡No puedo apartarme!
El escarabajo caía en su dirección cada vez a mayor velocidad, pero ellos ahora se veían enfrentados a una araña surgida de la nada, cuyo mundo interno, por lo visto, no sólo no reconocía a los humanos, sino tampoco a las máquinas extractoras volcadas. El robot de carga
se dirigía directamente hacia el gigante que se venía abajo y parecía frenéticamente decidido a cortarles el paso. Julian viró hacia la izquierda y también el robot cambió de dirección.
—¡A la derecha! ¡A la derecha!
El suelo tembló. El Rover cayó dentro de una onda expansiva que transformó el mundo en algo frío y gris. El vehículo patinó, comenzó a girar sobre su propio eje, arrancó con su parte trasera una de las esqueléticas patas y la araña empezó a dar tumbos. Mientras daban marcha atrás, Chambers vio caer la máquina extractora, una montaña que se colapsaba en medio de un volcán de
regolito arremolinado. El Rover recibió un impacto, se detuvo abruptamente y se volcó. Por encima de ellos la araña sucumbía a la locura, trastabillando sin rumbo sobre sus patas más largas.
—¡Salgamos! —gritó Rogachov. Saltaron de sus asientos, cayeron y
tropezaron mientras corrían intentando salvar sus vidas. Nuevas nubes se les vinieron encima, envolviéndolos. Un enorme espejo parabólico salió disparado hacia Chambers, girando como la hoja de una gigantesca sierra, y cercenó el suelo muy cerca de ella, apenas a un brazo de distancia, para luego desaparecer en medio de aquel
gris piroclástico. El escarabajo había caído completamente al suelo y no los había alcanzado por un pelo, aunque sí a la araña lesionada. Agitando sus brazos, ésta describió unos arabescos, perdió el sostén y se desplomó sin fuerzas sobre sí misma, justo encima del Rover. Su torso aplastó los asientos y el volante, rebotó una vez más, hizo un giro y soltó en todas direcciones los tanques esféricos llenos de helio 3, agresivas esferas que comenzaron a dar caza a los que huían.
Chambers corrió.
Y Hanna también corrió.
En el momento en que la pata del
escarabajo se hundía sobre Omura, el canadiense había intuido la catástrofe que se desataría. El aparato locomotor de la extractora parecía en extremo estable, pero diez cápsulas de las suyas explotando al mismo tiempo eran más que suficientes para destrozar la estructura más estable. Hanna no tenía intenciones de quedarse a ver si las patas restantes podrían compensar la pérdida. Aún no se había alejado mucho cuando un impacto sacudió el suelo, dándole la respuesta. Alrededor de él se levantó una fina capa de polvo. Entonces siguió caminando sin detenerse. Sólo al cabo de un buen rato se obligó a parar,
jadeando, con dolor de cabeza y un hombro dolorido, se sacudió y se volvió hacia el lugar del desastre. Unas nubes grises se alzaban a una distancia considerable. Desde allí, aún podía reconocer la imponente silueta de la máquina. Su desaparición sólo podía ser un indicio de que realmente se había venido abajo. Con un poco de suerte, se habría desplomado con toda la fuerza sobre sus perseguidores, una vaga perspectiva, tuvo que admitir.
¿Qué otra cosa podía salir mal?
¿Qué demonios estaba haciendo mal?
Absolutamente nada. Las circunstancias eran las que eran. Como
si no hubiera aprendido hacía ya rato lo que era sentirse dentro del pinball de las condiciones límite. Ser lanzado de un lado a otro, por muy inteligente y astuto que fuera el comportamiento propio. Tanto más difícil era tener el control sobre sí mismo que escapar de los otros. Los planes eran constructos, rectas imaginarias. Funcionaban a la perfección sobre la mesa de juego, pero en la práctica lo importante era no salirse de la curva en las serpentinas del azar. Todo eso lo sabía. ¿Por qué, entonces, se acaloraba?
Ahora bien, había que imaginarse el peor escenario: todos los demás habían
sobrevivido, salvo Omura. Creía recordar haber visto el Rover de la japonesa accidentado, pero suponiendo que hubieran conseguido ponerlo otra vez sobre sus ruedas, dispondrían, como antes, de dos vehículos. Él, por el contrario, se desplazaba a pie, había perdido sus proyectiles explosivos. Estado: ¡dudoso!
Con cuidado, movió el brazo, lo estiró, lo dobló. No tenía nada roto, nada hinchado. Era posible que hubiera sufrido una conmoción cerebral. Aparte de eso, se sentía bien; además, disponía aún de la segunda pistola de balas convencionales, que, aunque abría
agujeros más pequeños, no era menos mortífera.
¿En qué dirección había caminado? Su alocada huida lo había llevado a un terreno inexplorado. Y eso no estaba bien. Sin el rastro de los escarabajos, se arriesgaba a no encontrar la estación. Sus propias huellas se extendían bien visibles a lo largo de aquella superficie no procesada aún, pero hasta el momento no había aparecido ningún Rover. Seguramente estuvieran buscando a Omura, pero ¿acaso iban a arriesgarse a perderlo a causa de la japonesa? Y si en verdad disponían todavía de los dos Rover, ¿no habría
salido ya uno de ellos y reiniciado su persecución?
Tal vez la situación no fuera tan mala. Fortalecido por la confianza, se dispuso a determinar su posición.
Uno a uno se fueron incorporando, con torpeza, confundidos, con los blancos trajes llenos de mugre, como salidos de una tumba. A su alrededor, parecía que se hubiese producido un bombardeo o una catástrofe natural. El lomo de la máquina extractora, que todavía descollaba en el cielo, era ahora una montaña de regolito. Allí estaban los arácnidos miembros cercenados del robot de carga. El Rover destrozado. Y,
sobre todo ello, un fantasma de polvo centelleante.
—¿Momoka?
Gritaron su nombre sin cesar, buscando a ciegas por todas partes, pero ni recibieron respuesta ni encontraron la más mínima huella de la japonesa. Parecía que a Omura se la hubiera tragado el polvo, y de pronto Chambers perdió de vista a los demás. Se detuvo. Sintió un escalofrío de miedo, algo frío recorrió su interior. El polvo se elevaba a su alrededor, extrañamente animado, formando una especie de túnel, al final del cual su composición parecía distinta, más oscura, amenazante y, al mismo
tiempo, más seductora. De un momento a otro, Chambers creyó verse desaparecer dentro de aquel túnel, y con cada paso que daba, alejándose de sí misma, su silueta quedaba envuelta en un torbellino que la volvía irreconocible, hasta que se perdió a través de él y, cierto tiempo después, encontró a los demás del otro lado.
—¿Dónde estabas? —preguntó Julian, preocupado—. Hemos estado llamándote todo el tiempo.
¿Dónde había estado? En un limbo, el del olvido. Había echado una mirada fugaz a las sombras, o al menos eso le había parecido, como si algo la atrajese
o la absorbiese, intentando cautivarla con oscuras tentaciones. Sabía lo irracionales que podían ser las sensaciones. Las experiencias límite habían constituido, más de una vez, el tema central de diversos debates esotéricos en sus programas, pero siempre sin que ella pudiese llevarse una idea clara de lo que era el más allá. Sin embargo, en el momento en que Amber, Oleg y Julian reaparecieron a su lado, Chambers supo que Momoka Omura estaba muerta. El silencio que se tragaba sus gritos era el silencio de la muerte. Todo cuanto encontraron fueron huellas que se alejaban de la cabeza del
escarabajo y sólo podían ser de Hanna.
Pero la japonesa seguía desaparecida.
La presentadora no dijo ni una sola palabra sobre su extraña vivencia. Al cabo de un rato suspendieron la búsqueda y regresaron al Rover. El vehículo estaba inservible, pero al menos consiguieron poner a salvo las reservas de oxígeno. Por primera vez desde que estaban tras la pista de Hanna, aquel viaje parecía conducirlos por la ruta equivocada.
Analizaron sus opciones.
Y al final decidieron continuar siguiéndolo.
La mini-nuke
31 de mayo de 2025
CALISTO
O'Keefe cerró los ojos. Él no era un cobarde. No lo amedrentaba en absoluto la ausencia de gente. Hacía años había descubierto la fresca y agradable compañía de sí mismo y vivido grandiosos momentos en soledad, con nada más por encima de su cabeza que el cielo más puro y el chillido de las aves marinas que, cabalgando sobre los salados vientos del oeste, escudriñaban el océano en busca de los relucientes lomos metalizados que indicaban la presencia de peces. La soledad, esa otra
hermana desesperada del estar solo, la sentía únicamente en habitaciones muy concurridas. En ese sentido, la Luna, aunque jamás hasta el momento la había visto con ese grado de espiritualización tan habitual, se correspondía muy bien con sus gustos. Allí se podía estar cómodamente a solas ocultándose detrás de una colina, desconectándose del crepitar de las ondas de radio, imaginando que los demás no existían en absoluto.
En ese instante, durante el vuelo a la base Peary, vio con claridad su autoengaño. Era ridículo darle la espalda al mundo con la certeza de que
estaba allí y de que en cualquier momento se lo podía recuperar con toda su ruidosa civilización. Aun en la vastedad del desierto de Mojave, en las alturas del Himalaya, entre los hielos eternos, se compartía el planeta con los mismos seres pensantes que no creaban una base confortable para estar solo.
La Luna, sin embargo, era un lugar solitario.
Expulsados del cuerpo protector del Gaia, cortadas todas las comunicaciones, aislados de toda la humanidad, había visto claramente, durante las dos horas que llevaban de viaje, que la Luna no otorgaba ningún
valor a ese ser llamado Homo sapiens. Nunca antes se había sentido ignorado de tal modo, más allá de todo significado. El hotel había quedado en manos del deterioro. La base Peary, relegada a un plano hipotético. Las llanuras y las montañas alrededor parecían de repente hostiles, o no, algo menos que eso, ya que la hostilidad presuponía por lo menos ser tomado en cuenta. Pero en el contexto de aquello que las personas religiosas denominaban creación, a la raza humana, por lo visto, le correspondía menos importancia que a un microbio oculto bajo un rodapié. Si uno observaba la Luna como ejemplo de
miles de millones de galaxias del cosmos invisible, se revelaba que nada de eso había sido creado para los humanos, si es que, en realidad, había sido creado.
De pronto encontraba consuelo en el grupo, agradecía cada palabra pronunciada. Y aunque no conocía muy bien a Miranda Winter, había sentido su muerte como una tragedia personal, pues unos pocos centímetros de distancia habrían bastado para impedirla. Puede que aquella mujer hubiera arrinconado a su querido Louis, que les hubiera puesto nombres a sus senos y creyera en cualquier tontería imaginable; era de
esas mujeres a las que algunas momificadas divas de Hollywood, como Olinda Brannigan, les tiraban sus credenciales y su café; pero la manera de verse a sí misma, su frenética voluntad de diversión, de no dejarse amargar la vida por nada ni por nadie, ese lado sublime de lo ridículo, todo eso lo admiraba en ella y, quizá, hasta lo amara un poquito. Y en ese instante se preguntaba si él, en su autosuficiencia, había sido jamás tan sincero como Miranda Winter en su simpleza.
Su mirada se dirigió entonces hacia donde estaba Lynn Orley.
¿Qué le había pasado a la hija de
Julian?
Parecía una muerta en vida, como apagada. Hedegaard había dicho algo ante Wachowski de un shock emocional, pero a él le parecía como si Lynn estuviera atravesando por una especie de programa de autodestrucción; desde la muerte de Miranda, no había vuelto a pronunciar palabra. Y apenas nada hacía suponer que todavía percibiera el mundo que la rodeaba. Ni lo más mínimo...
... penetraba más allá del horizonte de los acontecimientos ni llegaba al exterior.
Se había convertido en un agujero negro.
Y, al mismo tiempo, se encontraba en el fondo de ese agujero negro, sentada y capaz de seguirle el rastro al eco de sus pensamientos. Algo, por otra parte, poco habitual en el caso del agujero negro de Hawking. Había algo que no encajaba. Si se hubiese despeñado en su centro colapsante y terminado como una singularidad, eso habría significado también el fin de toda capacidad cognitiva. En su lugar, había llegado a alguna otra parte. En cualquier caso, no podía explicarse de otro modo que todavía estuviera en condiciones de pensar y hacer conjeturas, lo que implicaba también que podría haber
estado mejor si aquellas pastillas verdes no se hubieran quemado...
... con la destrucción del hotel, se había apagado también toda esperanza de recibir un mensaje de Hanna. Si es que éste todavía se hallaba en condiciones de enviar mensajes.
Entretanto, a la vista de aquella pesadilla de noche, a Dana Lawrence la asaltaban esas dudas. ¿No era hora de pensar un poco en términos pesimistas?
¿Cuántas cosas no podían haber pasado en la meseta de Aristarco? Posiblemente, y sin tener que imitar a Hanna, por supuesto, debía familiarizarse con la idea de tomar ella
misma las riendas del asunto. Su tapadera aún no había sido descubierta, y en lo que atañía a su declarada enemiga, ésta ni siquiera parecía saber ya quién era ella misma. Todos los demás confiaban en Dana. Incluso Tim, que...
... cada vez dudaba más de poder dividir sus preocupaciones de un modo justo. Estaba preocupado por Amber, por Julian, más incluso de lo que deseaba admitir; estaba preocupado por Lynn y por todos los demás que viajaban en el transbordador, o donde quisiera que estuvieran en ese momento; le preocupaban también los límites de su
capacidad de sufrimiento, ese canon único del miedo. Tras dos horas de vuelo, debían de estar muy cerca de la base, pero hasta el momento no había podido establecer contacto. Lawrence había hecho referencia al problema de los satélites, y había dicho que recuperarían el contacto en cuanto entraran en el radio de alcance para la comunicación, con el resultado de que se ampliaba el canon del miedo ante el horror de hallar una desolada base, destruida a causa de cualquier razón. El tiempo transcurría, ¿o acaso volaba? La Luna no mostraba ningún punto de referencia para las nociones humanas
del devenir y el transcurrir, el concepto de tiempo de su especie sólo tenía una absurda validez en el enclave del Calisto, mientras que, alrededor, no existía el tiempo, y ellos no llegarían nunca a ninguna parte.
Y cuando ya el horror de aquella visión, alimentado por su machacada imaginación, amenazaba con dominarlo...
... tres palabras y un bostezo llevaron la salvación hasta él.
—Tommy Wachowski. Aquí base
Peary.
—Base Peary, aquí el Calisto.
Estamos llegando. Pedimos autorización
para aterrizar dentro de diez minutos.
—¿Una visita? —preguntó, asombrado y soñoliento, Wachowski—. Santo cielo, ¿sabe qué hora es? Espero que hayamos limpiado y sacado todas las botellas.
—El motivo no es nada divertido —
dijo Hedegaard.
—Un momento. —Al instante, el tono de Wachowski cambió—. Pista siete. ¿Necesita ayuda?
—Estamos bien. Una herida, pero no es grave, una persona en estado de shock.
—¿Y por qué no se dirigen hacia el
Gaia?
—De allí venimos. Ha habido un incendio. El Gaia ha quedado destruido, pero hay otros motivos para no regresar al Vallis Alpina.
—¡Por el amor de Dios! ¿Qué es lo que ha pasado?
—Tommy —intervino Lawrence—. Los detalles se los daremos más tarde,
¿de acuerdo? Tenemos muchas cosas que contarle y muchas más cosas que analizar. En este momento, sencillamente, nos alegraríamos enormemente de poder aterrizar.
Wachowski guardó silencio por un momento.
—Bien —dijo—. Lo prepararemos
todo. Hasta ahora.
ESTACIÓN DE EXTRACCIÓN ESTADOUNIDENSE, SINUS IRIDUM
Tras un breve cuarto de hora, el polvo se asentó de nuevo y pudo verse otra vez el lejano Mare Imbrium, la cordillera de los montes Jura y... la estación de extracción.
Hanna se concedió un minuto de descanso, arqueó la espalda y echó la cabeza hacia atrás. Se había alejado demasiado hacia el noroeste, pero lo
había conseguido. Mientras mantuviera ese ritmo, estaría allí dentro de muy poco. Su idea de que los demás estaban muertos o muy limitados en su capacidad de movimiento se había consolidado ya en una certidumbre. Con un Rover, hacía rato que podrían haberlo alcanzado, pero nadie había aparecido.
Notaba la cabeza como rellena de guata, tenía que lidiar con un ligero mareo y sentía ganas de vomitar. De nuevo empezó a caminar. Un cuarto de hora después, ya había llegado a la estación. A diferencia de la base Peary, ésta estaba construida totalmente sobre
el terreno: era un enorme iglú cubierto de regolito, comunicado por unos edificios con forma de insecto, cilíndricos y presurizados, depósitos de forma esférica y hangares que enmarcaban un aeródromo en forma de U, con el que colindaba la estación ferroviaria, con sus vías principales y secundarias. Escaleras y ascensores llevaban hasta arriba, donde los trenes de carga despertaban en los andenes, listos para su siguiente viaje; se trataba de simples plataformas, acopladas unas a otras. A un lado del aeródromo aguardaban dos docenas de arañas condenadas a la inmovilidad, que sólo
esperaban la señal para entrar en acción. Otras dos habían tomado posición junto a las vías y llenaban uno de los trenes con tanques esféricos, mientras un tercero, ya cargado, se ponía en marcha. Las instalaciones parecían estar siendo ampliadas, y al mismo tiempo llamaba la atención que los hangares, los depósitos y los hábitats con forma de iglú reposaran sobre unas orugas móviles. En cuanto acabaran de procesar todo el territorio, la estación entera podría moverse a otro sitio. Y aunque había un velo de polvo sobre todas las cosas, la visibilidad allí era mucho mejor. La luz solar, dura e
intensa, era filtrada por las cristalinas facetas de la materia suspendida en el aire, creando una atmósfera agobiante y postatómica. Era un mundo de máquinas.
Hanna rebuscó en los hangares y encontró, además de varios robots de mantenimiento, cuatro grasshoppers de construcción sólida, con plataformas de carga de mayor tamaño y zancos de aterrizaje más altos que los que estaban en uso en el Gaia. En aquel lugar no había nada que se pudiera conducir, pues en la zona de extracción se esforzaban por montarlo todo sobre patas, que levantaban menos polvo que las ruedas, y, con ello, garantizaban una
mejor protección de los componentes mecánicos. Las interfaces de mantenimiento de los escarabajos estaban instaladas en la cabeza y en el lomo, por lo que los grasshoppers tenían cierto sentido. Con ellos se podía llegar por encima de la capa de polvo y se podían organizar aterrizajes puntuales en los enormes cuerpos de los escarabajos, mientras que de todo lo demás se ocupaban los robots. Hanna no dudaba que uno de aquellos hoppers lo llevara a su destino, ya que apenas consumían combustible, pero eran horrorosamente lentos. Con uno de esos chismes tendría que viajar durante casi
dos días, con la plataforma de carga llena de reservas de oxígeno, si es que encontraba alguna en la estación. El traje lo abastecería con agua potable; sin embargo, no podía comer ni un solo bocado. Estaba dispuesto a aceptar incluso eso, pero no la tardanza.
Debía actuar dentro de las siguientes dos horas.
Atravesó la esclusa de aire del hábitat y llegó a un recinto de desinfección donde, a alta presión, fue rociado con productos de limpieza a fin de liberar su traje de cualquier resto de polvo lunar; sólo entonces pudo quitarse por fin el casco y pasar al interior. Era
un recinto espacioso y confortable, lo suficiente para aguantar allí algunos días, con instalaciones sanitarias, una cocina, reservas de alimentos en cantidades generosas, habitaciones para trabajar y dormir, un salón común y hasta un pequeño gimnasio. Hanna se permitió hacer una visita al baño, comió un par de barritas de cereales cubiertas de chocolate, bebió tanta agua como pudo, se lavó la cara y empezó a buscar pastillas contra el dolor de cabeza. El botiquín de la estación estaba muy bien abastecido. A continuación, visitó uno de los transportes con forma de insecto que estaban acoplados a la estación,
pero también éste se reveló como inapropiado para sus propósitos, ya que era aún más lento que los grasshoppers. Por lo menos encontró algunas reservas de oxígeno adicionales, lo que le aseguraría la supervivencia allí fuera durante algunos días más. No obstante, aún no sabía cómo podría llevar a término su misión.
Se puso de nuevo el casco y llevó todas las reservas de oxígeno que pudo encontrar al aeródromo.
Su mirada se dirigió entonces a las arañas. La última de la hilera estaba alzando sus tanques y colocándolos en la plataforma casi llena del tren de carga;
luego aseguró el cargamento con unas manijas en forma de costillar que salían de los costados. Todo parecía indicar que el tren partiría en los próximos minutos en dirección a la base lunar.
¡A setecientos kilómetros por hora! Sus pensamientos se agolparon.
Quedaban todavía una docena de tanques por cargar. Le restaban tal vez unos diez minutos. Muy pocos para destruir los grasshoppers, tal y como se había propuesto, pero sí que podía llevarse las reservas. A paso de marcha, las llevó hasta el ascensor y las arrojó dentro. La cabina de barrotes se puso en movimiento con una lentitud enervante.
A través de las vigas transversales podía ver las patas de la araña, el cuerpo, los laboriosos brazos. Tres tanques más. Salió a toda prisa al andén y metió las reservas a la fuerza entre los tanques apilados de la plataforma. Las extremidades parecidas a las de una mantis religiosa acercaron el penúltimo tanque y lo metieron entre los demás.
¿Acaso había un sitio ideal? Tonterías, ningún sitio era ideal. Eso no era el expreso lunar, sino un tren de carga. Pero uno cuya velocidad un ser humano podía resistir tranquilamente. Después de todo, daba igual a qué velocidad viajara el tren, en el vacío lunar las
cosas no eran diferentes de la caída libre, donde, a cuarenta mil kilómetros por hora, uno podía salir de la nave y echar tranquilamente un vistazo alrededor.
El último tanque quedó asegurado.
¡Delante de los tanques! Ése era el mejor lugar.
Hanna trepó a la plataforma de carga, avanzó a través de las esferas metálicas y bajo los brazos de la araña, hasta que encontró un sitio que le pareció adecuado, un pasillo vacío entre dos elementos del tren. Allí se metió como pudo, se agachó, afincó bien los pies y se apoyó contra los tanques
situados a su espalda.
Esperó.
Pasaron unos minutos, y empezó a sentir inseguridad. ¿Se habría equivocado? El hecho de que el tren estuviera cargado no tenía por qué significar necesariamente que partiera. Pero mientras reflexionaba todavía sobre eso, el convoy dio una sacudida y, cuando el canadiense volvió la cabeza, vio la araña desaparecer de su campo visual. A continuación sintió la presión de la aceleración cuando el tren empezó a avanzar cada vez más y más de prisa. La llanura volaba por su lado, la saturación de polvo del entorno empezó
a disminuir. Por primera vez desde que había sido descubierto no se sentía atrapado en una pesadilla soñada por otro.
— Los hoppers —maldijo Julian—.
¡Estos grasshoppers son una porquería!
Había conseguido llegar a la estación de extracción con sus últimas fuerzas. Sólo Rogachov, el hombre entrenado para permanecer en pie hasta que su rival cayera derribado, no daba ninguna muestra de agotamiento, había encontrado de nuevo su manera de hablar en voz baja y controlada y transmitía, como de costumbre, la frescura de una habitación con una baja
temperatura. Sin embargo, Amber, por su parte, habría estado dispuesta a jurar que su traje había desarrollado una malvada vida propia, con el propósito de dificultarle su movilidad y dejarla a merced de la poco habitual experiencia de la claustrofobia. Empapada, colgaba dentro de su traje, bañada en malos olores. Y algo parecido le sucedía a Chambers, traumatizada por la experiencia de haber sido casi aplastada y de no sentirse segura sobre sus piernas. Hasta el propio Julian parecía descubrir de pronto, con sorpresa, que tenía ya sesenta años en las costillas. Nunca antes habían oído resoplar tanto a
Peter Pan.
Poco tiempo después se enteraron de que en toda la estación no había ni una sola reserva de oxígeno.
—Podríamos obtener aire a partir de los sistemas de soporte vital —propuso Chambers.
—Podríamos, pero no es tan sencillo. —Estaban sentados en el hábitat, tomando un té. Julian se había quitado el casco. Tenía el rostro enrojecido, la barba descuidada, como si la hubiera estado revolviendo durante horas en busca de soluciones—. Necesitamos oxígeno comprimido; para ello tendríamos que cambiar varias
cosas, y para ser sincero...
—No te andes con remilgos, Julian, puedes decirlo claramente.
—...no sé en este momento cómo funciona. Bueno, sí que lo sé, pero eso no resuelve nuestro problema. Sólo podremos llenar nuestros tanques. Todos los tanques de reserva han desaparecido.
—Carl —dijo Rogachov con voz apagada.
Amber miraba fijamente hacia adelante. Por supuesto, Hanna había estado en el hábitat. Habían peinado la estación, esperando todo el tiempo ser atacados por él, pero Carl había puesto
pies en polvorosa. Lo que les planteaba una nueva pregunta, el cómo, ya que por el momento no habían notado la ausencia de ninguno de los hoppers, hasta que Julian descubrió los horarios de viajes y tareas y averiguó que, inmediatamente antes de llegar ellos, un transporte de helio 3 había abandonado la base Peary.
—De modo que va de camino hacia allí.
—Sí. Y del polo, de vuelta al hotel.
—¡Bien, sigámoslo! ¿Cuándo parte el próximo tren?
—Hum, déjame mirar... Oh, no será hasta pasado mañana.
—¡¿Pasado mañana?!
—¡Estados Unidos no extrae de aquí torrentes de helio 3 cada hora! Son cantidades pequeñas. En un futuro habrá más trenes, pero por el momento...
—Pasado mañana... ¡Joder! Dos días aquí sin poder movernos.
También los satélites seguían sin responder. Amber estaba agachada sobre su té, que se enfriaba, y alzaba los hombros como si con ello pudiera evitar que su cabeza se juntara con los pies. En su cerebro parecía haberse alojado todo un regimiento de oficinistas de alguna entidad estatal. Por un lado, temía perder los nervios a causa del miedo que sentía por Tim, Lynn y los demás.
Al mismo tiempo, era como si mirara el montañoso horizonte de un escritorio que se doblaba bajo las exigencias de su propia supervivencia. Nadie acudía en su ayuda. Las solicitudes de duelo y preocupación yacían en alguna parte sin haber sido atendidas, la sección dedicada a la empatía estaba cerrada, y sus empleados habían salido a tomar café; en el departamento de investigaciones de síndromes postraumáticos sólo funcionaba el contestador automático, que recitaba cuáles eran los horarios de apertura. Una de cada dos dependencias había cerrado por relegación mental. Sentía
ganas de llorar, por lo menos deseaba lloriquear un poco, pero las lágrimas necesitaban ser convocadas, y para ello había que rellenar un formulario que no aparecía por ninguna parte, mientras que el departamento de disociación realizaba horas extras. Se verificaban, se consideraban y se descartaban planes de fuga, y mientras tanto su yo en estado d e shock, en compañía de los cinco muertos, esperaba que alguno de los semioquímicos que pasaban a toda prisa se pusiera al mando.
—¿Y cuán lejos podríamos llegar con los grasshoppers? —preguntó la nuera de Julian.
—En teoría, hasta el hotel —dijo Julian, mordiéndose el labio inferior—. Pero necesitaríamos dos días para ello. Y no tenemos tantas reservas de oxígeno.
—¿Y no se podría reprogramar el sistema de mando de los trenes? — preguntó Rogachov—. Hay varios ahí aparcados. Si consiguiéramos arrancar alguno...
—Yo no sé hacer eso. ¿Sabes hacerlo tú?
—Procedamos al revés —dijo Chambers—. ¿Cuánto tiempo durarán todavía nuestras reservas?
—Entre tres y cuatro horas por
cabeza, supongo.
—Eso quiere decir que podemos olvidarnos de cualquier otro medio de transporte que tarde más de ese tiempo.
—Por lo menos, no llegaremos con ellos al hotel. En cambio, si nos quedamos aquí, estaremos en condiciones de sobrevivir por un tiempo ilimitado.
—¿Pretendes pudrirte aquí mientras todo ahí fuera se va a pique? —le gritó Amber, furiosa—. ¿Qué hay de esos aparatos con aspecto de insecto? ¿Esos vehículos con forma de crustáceos? Están equipados con sistemas de soporte vital, ¿no?
—Sí, y son más lentos que los hoppers. Con ellos llegaríamos dentro de tres o cuatro días al pie de los Alpes. Escalarlos nos llevaría más tiempo de lo que durasen nuestras reservas.
—De nuevo, el aire para respirar —
constató con amargura Chambers.
—No es sólo eso, Evelyn; aunque tuviéramos suficientes reservas, el tiempo se nos escaparía de las manos.
Rogachov lo miró con ojos inquisitivos.
—¿Qué quieres decir con eso?
—¿Con qué?
—Con que el tiempo se nos escaparía de las manos.
Julian sostuvo la mirada del ruso. Varias veces hizo ademán de empezar a hablar, hasta que volvió la cabeza en dirección a Amber en un callado reclamo de ayuda. Ella asintió discretamente y Julian abrió las compuertas de la discreción y, por fin, les contó a Chambers y a Rogachov toda la verdad.
Rogachov se mostró impasible. Chambers se contempló las puntas de los dedos, como atontada. Sus labios se movieron, como si pronunciara una oración que nadie podía oír.
—¿Eso es todo? —dijo finalmente.
—No, no es todo, ni mucho menos
—dijo Julian, negando con la cabeza en un gesto sombrío—. Pero no sé nada más. ¡De verdad! Jamás os habría traído hasta aquí si hubiese abrigado la más mínima sospecha de que...
—Nadie te acusa de ligereza o de irresponsabilidad —replicó Rogachov fríamente—. Por otro lado, es tu hotel, así que piensa: ¿tienes idea de por qué alguien querría volar el Gaia, y a todas estas personas, con una bomba atómica?
—Llevo horas devanándome los sesos con esa pregunta.
—¿Y?
—Ni la menor idea.
—Precisamente —asintió Rogachov
—. Porque no tiene sentido. A menos que ocurra algo con el hotel que tú no sepas.
«O con la persona que lo construyó», pensó Amber. Le vino a la mente en ese momento la sospecha de Julian. «Una estupidez», se dijo en ese mismo instante, pero la desagradable sensación perduró.
—¿Por qué el Gaia? —caviló Rogachov—. ¿Por qué una bomba atómica? Es absolutamente desmesurado.
—A menos que no se trate sólo del hotel...
—¿Acaso las mini-nukes no tienen
una fuerza explosiva menor que las bombas atómicas normales? —preguntó Amber.
—Sí, claro —asintió Rogachov—. Pero en una escala del mayor desastre posible. Eso quiere decir que incluso con una mini-nuke puedes contaminar medio Vallis Alpina. De modo que, ¿qué hay allí? ¿Qué pasa con el valle de los Alpes, Julian?
—¡Os lo repito: no tengo ni idea!
—Tal vez no haya nada —opinó Chambers—. Quiero decir que sólo contamos con las estimaciones de ese detective.
—Te equivocas —dijo Julian,
negando con la cabeza—. Tenemos cinco muertos y un asesino confeso. Todo lo que Carl Hanna ha hecho en las últimas horas equivale a una confesión de culpabilidad.
Rogachov juntó las yemas de los dedos.
—Tal vez deberíamos dejar de perseguir lo imposible.
—Bueno, eso sí que es un aporte.
—Paciencia. —Rogachov mostró una sonrisa carente de humor—. No podemos llegar al hotel por vía directa,
¿verdad? Entonces deberíamos pensar en llegar dando un rodeo. ¿Sabéis qué?
—dijo mirándolos a todos uno a uno—.
Os voy a contar un chiste.
—¿Un chiste? —Chambers lo miró con desconfianza—. ¿Debo preocuparme?
—Es el chiste de mi vida. Mi padre solía contarlo a menudo. Es una breve historia de aquellas que él decía que proporcionan ideas a la gente.
—Bueno, a falta de Chucky...
Julian apoyó la barbilla en la palma de una mano.
—Vamos, suéltalo.
—Bueno, son dos chucotos que van caminando por el Serengueti cuando, de pronto, un león sale de entre la maleza y ambos se llevan un susto de muerte. El
león les gruñe, a todas luces, está muy hambriento, así que uno de los chucotos sale corriendo tan rápidamente como puede. El otro, en cambio, se descarga la mochila de los hombros, la abre con toda calma y saca un par de zapatillas deportivas y se las pone. «¿Estás loco?
—le grita el otro chucoto, que huye—.
¿Crees en serio que con esas zapatillas serás más rápido que el león?» «No — le responde su amigo—, eso no.» — Rogachov expandió su sonrisa—. «Pero sí más rápido que tú.»
Julian miró al ruso. Los hombros de este último se sacudían, y entonces él también empezó a reír. Chambers se
mostró indecisa. Amber hizo verificar el contenido con los funcionarios de su mente y decidió reír con los demás.
—De modo que necesitamos unas zapatillas deportivas —dijo ella—. Excelente, Oleg. Corramos a casa.
El gesto de Julian se congeló al instante.
—Un momento.
—¿Qué pasa?
—¡Tenemos esas zapatillas!
—¿Qué?
—Soy un idiota —dijo, mirando a su nuera con los ojos abiertos de par en par por el asombro de no haberlo pensado antes—. Los chinos serán nuestras
zapatillas.
—¿Los chinos?
—La estación de extracción china.
¡Por supuesto! Está habitada. Podemos llegar a ella en una hora con los grasshoppers sin que se nos acabe el oxígeno; allí hay transbordadores, poseen un satélite propio...
—Pero ¡podrían estar detrás del atentado! —exclamó Amber—. ¿Acaso no es lo que sospecha el tal Jericho?
—Sí, pero la gente a la que debemos la advertencia son también chinos. —De repente, se veía de nuevo la chispa de la decisión en la mirada de Julian—. Y yo digo, ¿qué tenemos que perder? Si
realmente hay un complot del gobierno chino contra Orley Enterprises, mala suerte. Ya no podríamos estar en una situación peor. Pero en caso de que no, o en caso de que no sean especialmente esos chinos los que están detrás de todo..., entonces sólo tenemos opciones de ganar mucho.
Todos se miraron, dejando trabajar sus pensamientos.
—Deberías contar más chistes —le dijo Chambers a Rogachov.
El ruso se encogió de hombros.
—¿Acaso tengo aspecto de saberme otro?
—No —rió Julian—. En fin, vamos
Recojamos nuestras cosas.

Sigue parte III final





FIN

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