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Libro N° 14724. Límite. Schätzing, Frank. Parte III Final


© Libro N° 14724. Límite. Schätzing, Frank. Parte III Final. Emancipación. Enero 17 de 2026

 

Título Original: © Limit. © Verlag Kiepenheuer & Witsch, GmbH & Со. KG, 2009 © por la traducción, José Aníbal Campos, 2010

 

Versión Original: © Límite. Frank Schätzing. Parte III Final


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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

LÍMITE

Frank Schätzing

Parte III Final


LONDRES, GRAN BRETAÑA

La teoría de China.

Desde que había identificado a Kenny Xin en aquel gordo asiático de Calgary, el concepto gozaba de un uso frecuente en el Big O y entre los hombres del SIS. La explicación, jamás creída del todo pero la más plausible de todas, de que un agente patógeno chino se hubiera colado en el sistema circulatorio de Orley experimentó un renacer. ¿Por qué? Pues a causa de aquel terrorista chino.

Jericho estaba más desconcertado que nunca.

Tras algunos momentos iniciales de triunfo, después de haber desenmascarado a Xin y de haber unido aquellos hilillos del conocimiento para formar un verdadero río, ahora lo desesperaba, tanto más, la paradoja de lo evidente. De un modo espontáneo, la teoría de China arrojaba sentido. Xin se revelaba como el núcleo de un ignominioso ajetreo a lo largo y ancho del planeta, cuyas acciones servían única y exclusivamente a la realización de ese golpe terrorista, aunque apenas podía culpársele de la masacre ocurrida

en Vancouver. Era cierto que algún jet podía haberlo llevado desde Berlín hasta Canadá con el tiempo suficiente para asesinar allí a diez personas, pero Jericho dudaba que el chino le hubiese dado la espalda a Europa. Más bien había que sospechar que los había seguido hasta Londres y que estaba siguiendo desde muy cerca lo que ocurría con la inmovilidad propia de una garrapata. Lo de Vancouver podía haberlo delegado en alguien, y que algunos de sus colaboradores no eran chinos era obvio. La rampa de Mayé, la compra y la instalación de la mini-nuke, todo ello había estado en manos chinas.

Al país asiático se lo consideraba el provocador de la crisis lunar, Pekín estaba cabreada con Estados Unidos, y Zheng, por su parte, intentaba combatir a Orley en la misma medida en que intentaba ponerlo de su lado. En fin, que la teoría de China encajaba perfectamente en ese pensamiento típico de los servicios de inteligencia. Pero había algo a ojos de Jericho que hablaba en contra de ella: que, por mucho sentido que arrojaran todas sus fragmentarias piezas, bajo cuerda todo era un tanto absurdo.

—En fin, es usted bueno —le dijo

Norrington, desconcertado—. Fue Xin

quien le disparó a Palstein, y eso tendría que darle qué pensar.

—Y me da que pensar —repuso

Jericho.

—Ese tipo no es sencillamente el gatillo de alguien cualquiera. Bueno, ¡a quién se lo digo! Está muy arriba en la organización, y es un jodido miembro de los servicios secretos chinos. Sería una imprudencia descartar China como el origen de todo.

Yoyo dejó entrever que estaba harta de estar metida en un sótano, por muy confortablemente que éste estuviera diseñado.

—Le he preguntado a Jennifer. Y

ella cree que hasta mañana por la mañana no hay que esperar un apagón nuclear en Londres, así que podemos sentarnos con Diana en uno de los grandes despachos de arriba.

En su simpleza, era la mejor idea que se había planteado allí en mucho tiempo.

Subieron a la última planta. A las dos de la mañana, Londres era un mar de luces. Tal vez no fuera la ciudad más moderna del mundo, pero para Jericho era la más bella y carismática. En la orilla opuesta del Támesis resplandecía la cúpula del Millennium Dome; en el oeste, veían el Hungerford Bridge,

colgado de unas luminosas telas de araña y superado por la redondez del London Eye. Misteriosamente, la Luna con su luminiscente color naranja, estaba en el campo gravitatorio del Big O. Yoyo se apoyó de espaldas contra el ventanal que llegaba hasta el suelo, lo que desató en el detective el impulso de tomarla por las manos y sostenerla.

—Lo que sucedió en Vancouver, ¿no te recuerda a lo ocurrido en Quyu?

La palidez del abatimiento había desaparecido de sus rasgos, y el vino tinto y el espíritu combativo sacaban, como por arte de magia, un nuevo brillo en sus ojos.

—No creo que fuera Xin —dijo él.

—Pero la forma de proceder es parecida. Los Guardianes, Greenwatch..., en ambos casos se cazó información a través de la red de un modo virulento. Frenar su divulgación es casi imposible. De manera que, en ese caso, no te esmeras por hacer una intervención quirúrgica precisa, sino que destruyes toda la infraestructura y matas a todo aquel que pueda contemplarse como portador de cierta información. Eso tampoco te ofrece garantías, pero puedes retrasar que se divulgue la información. Y eso es precisamente lo que le interesa a Kenny.

Seguro que, si pudiera, volaría este edificio por los aires si eso le garantizara unas horas más.

—Lo que significa que la operación está a punto de llevarse a cabo.

—Y que nosotros no podemos hacer nada. —Yoyo se golpeó la palma de la mano con el puño—. El tiempo juega en nuestra contra. Él va a ganar esta partida, Owen, ese cerdo va a ganar.

Jericho se situó a su lado y contempló la noche londinense.

—Tenemos que encontrar los hilos antes de que ellos puedan cometer el atentado.

—Ya, pero ¿cómo? —resopló Yoyo

—. Al único que encontramos siempre es a Xin.

—Y el MI6 se ha empecinado en los chinos. El MI5, Norrington, Shaw...

—Bueno... —Yoyo estiró los dedos

—. Eso creímos nosotros también durante la mayor parte del tiempo, ¿no es así?

Jericho suspiró. Por supuesto que ella tenía razón. Habían sido ellos mismos los que habían lanzado la bomba de humo de la teoría de China.

—Por otro lado, como tú bien has dicho, la crisis lunar no encaja en todo esto. ¿Por qué iba China a desatar una pugna por los territorios de extracción

del helio 3 en el momento en que la opinión pública internacional menos lo necesita?

—Norrington lo considera una maniobra de distracción.

—Pues menuda maniobra de distracción. ¡Eso supuso para Pekín el reproche de querer estacionar armas en la Luna! El hecho de que luego, en efecto, explote una bomba no es algo que contribuya a generar confianza. En fin, Owen, cabe preguntarse por qué no enviaron allí arriba a un terrorista en un cohete chino.

—Porque, según Norrington, un miembro de ese grupo de viajeros tiene

un mejor acceso al Gaia.

—Tonterías, ¿qué tipo de acceso?

¿Para encender la mecha de una bomba atómica? Para eso no necesitas tener ningún acceso, puedes introducirla por la puerta, pones pies en polvorosa y haces que el chisme explote. Recuerda lo que dijo Vogelaar. Su recelo no estaba dirigido contra Pekín, sino contra Zheng.

—¿Y qué ventajas tendría para

Zheng matar a Orley y destruir su hotel?

—repuso Jericho, mirándola—. ¿Acaso eso le serviría para construir mejores ascensores espaciales? ¿Mejores reactores de fusión?

—Hum. —Yoyo se metió el índice en la boca—. A menos que la muerte de Orley fuera a invertir la correlación de fuerzas dentro del consorcio en favor de Zheng.

—Vogelaar tenía otra teoría.

—¿La de que alguien intenta azuzar a las potencias lunares unas contra otras?

—No tendría por qué llegarse de inmediato a lo más extremo, no van a desatar de inmediato una guerra mundial a menor escala. Pero sí que cambiarían algunas cosas.

—Unos quedarían debilitados...

—Y el otro, el último en reír, saldría fortalecido. —Jericho golpeó

con la palma de la mano contra el cristal

—. ¿Lo entiendes ahora? Eso es precisamente lo que me chirría en todo este asunto. ¡Es todo tan evidente...!

¡Todo me parece como... una puesta en escena!

—Bien, dejemos a China a un lado.

¿A quién más podría beneficiarle el hundimiento de Orley?

—En lo que a él respecta, bastaría con una bala. Para eso no necesitas una bomba atómica. —Jericho se volvió—.

¿Sabes qué? Antes de seguir parloteando sobre cosas sin sentido, mejor preguntémosle a la tía Jennifer.

—El MI6 adora la teoría de China

—dijo Shaw unos pocos minutos después—. El MI5, lo mismo, y Andrew Norrington querría convocar al embajador chino.

—¿Y usted?

—Mi opinión está escindida. Yo no encuentro mucho sentido en esa teoría, pero un perro tampoco le encontraría mucho sentido a por qué su amo coloca el paquete con su comida en el estante más alto. Debemos mantener a China en el centro de atención de nuestra desconfianza. En lo que atañe a Julian, hay un montón de gente, por supuesto, que preferiría verlo muerto antes que vivo.

—Se comenta que piensa poner su patente al acceso del mundo.

—Es posible —respondió Shaw.

—¿Y eso respondería a los intereses de Zheng?

—Definitivamente, no respondería a los intereses de Estados Unidos. En estos momentos, a Washington le vendría muy bien un cambio en la dirección de nuestro grupo. La química se ha estropeado un poco, ¿lo sabía?

Jericho estaba perplejo. El impulso de una nueva idea empezaba a desperezarse e iban desarrollándose nuevos impulsos paralelos.

—¿Hay alguien en el grupo

empresarial Orley que no esté conforme con la posición de Julian? —preguntó el detective—. ¿Que represente la posición de Washington?

Shaw sonrió con mal humor.

—¿Qué cree usted? ¿Que aquí todos vamos cogidos de la manita? El mero hecho de que Julian esté pensando en disolver esa relación de monogamia con Estados Unidos cumple para muchos las características de un sacrilegio. Sólo que, mientras el jefe sea quien diga la última palabra, murmuran cuando se toman alguna cerveza o, si no, cierran el pico. A usted le caería bien Julian, Owen, es alguien con quien uno puede

pasárselo bien. Sin embargo, eso hace que se pierda de vista que es un hombre que sabe luchar para imponer su voluntad con una despótica energía cuando es preciso hacerlo. Los creativos y los estrategas tienen con él todas las libertades, pero siempre y cuando canten sus evangelios. Los revolucionarios palaciegos pueden estar contentos de que la guillotina haya sido abolida.

—¿No es su hija la número dos del consorcio? ¿Qué piensa ella del asunto de las patentes?

—Lynn piensa exactamente igual que su padre. Entiendo adónde quiere ir usted a parar, pero no conseguirá

socavar Orley Enterprises desde dentro.

—A menos que...

—Eso sólo sucedería por encima del cadáver de Julian.

—Una buena frase —dijo Yoyo impasible—. Personas del consorcio que desean su muerte pero no pueden hacer nada por sí solas. ¿Con quién se aliarían?

—Con la CIA —dijo Shaw si vacilar.

—Ah.

—Lo sé. La CIA está desarrollando escenarios sobre cómo podría perfilarse una sociedad sin Julian. Piensan en todo. Estados Unidos teme por su seguridad

nacional.

—Se sabe que el Estado puede retirar patentes cuando está en juego la seguridad nacional —dijo Jericho.

—Sí, pero Julian es británico, no estadounidense. Y los británicos no tienen ningún problema con él, al contrario. Con los impuestos que él paga, hasta el primer ministro en persona lo protegería a riesgo de su propia vida. Además, se trata de economía, no de guerra. Julian no pone en peligro la seguridad nacional de nadie, sino los beneficios.

—El único camino para manejar el consorcio desde lejos, entonces, sería

decapitarlo.

—Correcto.

—¿Podría Zheng Pang-Wang...?

—No. Todas las esperanzas de Zheng están puestas en Julian, que por lo menos un día pueda convencerlo para formar una empresa mixta. En cuanto otros tengan la última palabra en Orley, él quedaría fuera de la carrera. Ahora que lo pienso, Edda ha reunido todos los datos que ustedes habían pedido.

—Sí, se trata de...

—Vic Thorn, lo sé. Es una idea interesante. Perdóneme, Owen, pero acabo de recibir una llamada de nuestro centro de control en la Isla de las

Estrellas. Le pasaremos los datos a su ordenador.

—La CIA —reflexionó Yoyo—. Un elemento totalmente nuevo.

—Una teoría más —dijo Jericho, apoyando entre las manos la cabeza, que de repente le pesaba como si fuera de plomo—. Deshacerse del propio socio comercial y echarles la culpa a los chinos.

—¿Es plausible?

—Por supuesto. ¡Madre mía!

Durante un rato permanecieron allí sentados, en silencio. Había aparecido un icono en el monitor de Diana,

«Victhorn», pero Jericho sufría en ese

momento la parálisis de la sobrecarga. Necesitaba alguna ayuda para arrancar, para empezar de nuevo. Algún pequeño éxito visible.

—Presta atención —dijo—. Ahora haremos algo que hace tiempo que deberíamos haber hecho.

Arrastró el icono de las serpientes entrelazadas al monitor y le asignó el nombre de «Desconocido».

—Diana.

—¿Sí, Owen?

—Busca en la red correspondencias de «Desconocido». Averigua de qué se trata. Muéstrame todas las coincidencias, y luego me das todos los

trasfondos relacionados con el contenido.

—Un momento, Owen.

Yoyo se acercó hasta donde estaba el detective, apoyó los brazos sobre la mesa y posó la barbilla sobre ellos.

—Admito que tiene una voz muy bonita —dijo—. Si tuviera un aspecto similar...

La pantalla se llenó de imágenes.

—¿Quieres oír un resumen, Owen?

—Sí, Diana, por favor.

—El gráfico muestra una hidra, también conocida con el nombre de reptil de Lerna. Se trata de un monstruo con forma de serpiente propio de la

mitología griega que tenía nueve cabezas y habitaba en los pantanos de Argolis, emprendía cacerías por los alrededores, mataba reses y humanos y destruía cosechas enteras. Aunque se creía que la cabeza del medio de la hidra era inmortal, fue vencida por Heracles, uno de los hijos de Zeus. ¿Quieres oír más acerca de Heracles?

—Cuéntame cómo venció Heracles a la hidra.

—La característica peculiar de esta serpiente era que por cada cabeza que le cortaran le salían otras dos, de modo que se iba volviendo cada vez más peligrosa en el transcurso de la batalla.

Sólo cuando Heracles, con ayuda de su sobrino Yolao, comenzó a quemar los muñones de las cabezas cortadas, dejaron de salirle otras nuevas. Y finalmente Heracles consiguió segarle la cabeza inmortal a la hidra. Luego cortó su cuerpo en pedazos e impregnó sus flechas con su sangre, que a partir de entonces causaban heridas incurables.

¿Quieres oír más detalles?

—No, gracias, Diana, por el momento no.

—Un monstruo griego —dijo Yoyo con los ojos muy abiertos—. En la representación parece más bien asiático.

—Una organización con muchas

cabezas.

—Que crecen cuando las cortas.

—¿Conspiradores chinos que emplean como símbolo una criatura de la mitología griega?

Yoyo miró el monitor, Diana había buscado unas dos docenas de representaciones de la hidra, hallazgos de dos milenios de imaginería muy disímil, si bien todas tenían un cuerpo escamado de serpiente y nueve cabezas entrelazadas.

—Nunca en la vida —dijo la joven.

BASE PEARY, POLO NORTE, LA LUNA

Se sentían como los supervivientes de un grupo de colonos blancos que, casi por los pelos, hubiera conseguido llegar al siguiente fuerte, si bien por ninguna parte podía verse allí algún equivalente de los indios. Sin embargo, en el momento en que el Calisto descendió sobre el aeródromo espacial de la base, O'Keefe había visto la imagen de una caballería estacionada en el polo, una tropa de jinetes que, para protegerse, avanzaba a toda velocidad por la

meseta, lanzaban al aire sombreros hacia lo alto, con fanfarrias, disparos al aire, consignas de confianza: «¿Todo bien, sargento?» «¡Sí, señor! Una cabalgata infernal, pensábamos que jamás lo lograríamos.» «Veo que los Donoghue no están con usted.» «¡Están muertos, señor!» «¡Maldita sea! ¿Y el personal?» «Muertos, señor, todos han muerto.» «¡Oh, Dios mío! ¿Y Winter?»

«No lo consiguió, señor. También perdimos a Hsu.» «¡Terrible!» «Sí, señor, es horrible.»

Qué extraño. Incluso algo tan exótico como un viaje espacial parecía funcionar únicamente en el cultivo de

los mitos terrenales, sencillamente, elevando las clavijas de la escala de lo habitual hacia lo insólito. Lo que resultaba apropiado para ensanchar en espíritu, se sometía a la más rancia familiaridad y era metido a la fuerza en estrechos espectros asociativos. Tal vez los seres humanos no supieran hacer las cosas de otra manera. Tal vez la banalización de lo extraordinario los ayudaba a no sucumbir a su propia banalidad, aunque para ello su consciencia acudiera al western, ese género cuya tarea, durante décadas, había consistido en poner orden de nuevo en un mundo salido de madre, con

la ayuda de mucha munición y paisajes grandiosos. «Han pasado muchas cosas malas, sargento.» «Sí, mi capitán.»

«Tantos muertos...» «Sí, señor.» «Pero

¡mire esa tierra, sargento! ¿No vale la pena cada sacrificio?» «No quisiera perdérmelo, capitán.» «¡Un paisaje grandioso! Nuestro corazón palpita por ella, la sangre corre por nuestras venas. Puede que nosotros muramos, pero esta tierra perdurará.» «¡Adoro esta tierra!»

«¡Oh, Dios mío, y yo! ¡Cabalguemos!» Y una mierda.

En el momento en que Hedegaard hizo aterrizar el Calisto en el polo, todos los ojos estaban puestos en el

Charon. En el extremo sur del aeródromo, flanqueado por naves espaciales de la base, reposaba sobre sus patas en forma de zancos el módulo de aterrizaje, parecido a una pequeña e imbatible fortaleza, y entonces O'Keefe recordó sus primeros saltos y pasos en la Luna, cuando todavía estaba imbuido por aquel espíritu conquistador, sin sospechar que pocos días después regresaría al mismo lugar, esta vez diezmado y bajo de moral. Ni siquiera tras el desastre en el Gaia aquellos paisajes monocromos y el mar de estrellas nacarado habían perdido un ápice de su belleza, pero las miradas se

habían vuelto hacia el interior. La aventura había terminado. El instinto de fuga derrotaba al espíritu pionero.

—En fin, no lo sé. —Leland Palmer, el comandante de la base, un hombre bajito de aspecto irlandés, los miró a todos con escepticismo—. Me parece que nada de eso tiene sentido.

—Pues han muerto muchas personas como para que no lo tenga —respondió O'Keefe.

Un autobús robotizado los había llevado desde el aeródromo hasta el Iglú

2, una de las dos cúpulas habitables que conformaban el centro de la base. El Iglú 1 albergaba la central y los puestos

de trabajo de los científicos, mientras que su homólogo, situado muy cerca, servía para las ocupaciones de tiempo libre y la atención médica. En un vestíbulo que oscilaba entre lo cómodo y lo funcional, le habían contado a la tripulación toda su historia, mientras Kramp, Borelius y los Nair eran examinados a causa de sus síntomas de intoxicación por humo, y Olympiada Rogachova, deshecha en autorreproches, se hacía inmovilizar la pierna. Lynn había estado sentada un rato entre ellos, en absoluto silencio, hasta que Tim, cuyo rostro era como un relieve de la preocupación, le tomó la mano y la

animó a que se tumbara, a que durmiera y se olvidara de todo, una propuesta que su hermana aceptó con apatía.

—Tantos aspavientos no tienen sentido —dijo Palmer—. ¡Basta ver lo que puede ocasionar un simple incendio con oxígeno! ¿Para qué entonces iban a traer hasta aquí una bomba atómica?

—A menos que quieran atacar todo el emplazamiento —replicó Lawrence, dando que pensar.

—¿Quiere usted decir que la bomba no sólo está destinada al Gaia?

—No exclusivamente, diría yo.

—Eso es cierto —dijo Ögi—. Algunas granadas de mano colocadas en

el sitio adecuado habrían sido suficientes. Casualmente, sé algo sobre las mini-nukes...

—¿Tú? —preguntó, asombrada, Heidrun.

—Por la tele, mein Schatz. Y sólo porque uno no debería dejarse engañar por el término «mini», como tantas otras cosas con ese prefijo: la minifalda, el minirratón, etc. Cualquiera de las mini- nukes que desaparecieron a principios de los años noventa de las reservas de la antigua Unión Soviética habría bastado para borrar del mapa todo Manhattan.

—Pero ¿qué es entonces lo que

pretenden destruir? —preguntó

Wachowski.

—El Gaia está situado en el borde del circo natural del valle —dijo Tim, con la cabeza apoyada en las manos—. Allí donde el Vallis Alpina cobra su forma redonda.

—¿Qué pasaría si se pusiera una bomba atómica en un escenario como ése? —preguntó O'Keefe.

—Bueno —dijo Wachowski encogiéndose de hombros—. Lo contaminaría.

—Más que eso —añadió Palmer—. Aquí no hay aire que se lleve el material radiactivo, no hay precipitación

atmosférica para frenar la energía de la explosión. Los destrozos inmediatos serían enormes, un poco como el impacto de un meteorito. La presión volaría los bordes del anfiteatro natural del valle, el calor glasearía las paredes, catapultaría un montón de piedras hacia lo alto pero, sobre todo, la detonación causaría un efecto túnel.

—¿Y eso qué significa? —preguntó

Heidrun.

—Que, aparte de hacia arriba, sólo habría una dirección en la que la presión podría descargarse.

—Es decir, hacia el interior del valle.

—Sí, la onda expansiva recorrería todo el Vallis Alpina, acelerada por las escarpadas paredes. Considero que, después de eso, todo ese territorio estaría perdido.

—Pero ¿con qué propósito? ¿Qué hay de particular en ese valle, salvo que es hermoso?

Tim entrelazó los dedos y negó con la cabeza.

—Yo más bien me pregunto por qué la bomba no ha explotado ya.

—No había explotado hasta hace tres horas y media —lo corrigió O'Keefe—. En este tiempo podría haber acabado con todo ya.

—¡Y nosotros no nos habríamos enterado estando aquí! —gruñó Wachowski—. ¡Vaya mierda! ¿Qué es lo que pasa con los satélites?

«Sobre eso yo podría contaros muchas cosas», pensó Lawrence.

—Sea como sea —dijo—, no podremos resolver ese problema aquí y ahora, y, para serte sincera, tampoco me interesa mucho en este momento. Prefiero saber lo que ha pasado en la meseta de Aristarco.

—Los transbordadores habrán repostado combustible muy pronto —les prometió Wachowski.

—Hum, Carl —dijo Heidrun

frunciendo el ceño—. ¿Me gustaría saber qué haría él?

—Eso depende. ¿Estará vivo?

¿Estarán vivos los demás? ¿Habrá conseguido huir? Apuesto más bien a que todavía le quedan cosas por hacer en el hotel.

—¿Y qué puede ser? —preguntó

Tim.

—Activar la bomba —dijo ella, mirándolo—. ¿Qué otra cosa iba a hacer?

—¿Y tiene que activarla primero?

—En ciertas circunstancias, sí — asintió Wachowski—. ¿Cómo, si no, va a hacer que detone?

—Con un mando a distancia.

—Para poder hacer eso, tendría que disponer de antenas bastante grandes que habrían llamado la atención cuando revisaron el Gaia. De no ser así, él mismo deberá hacerla detonar.

—Y eso explica por qué estamos vivos todavía —dijo Ögi—. Carl no ha tenido oportunidad de encender la mecha aún. Sus planes han sido desbaratados.

—¿Y eso nos preocupa? —preguntó O'Keefe mirando a unos y a otros—. ¡Yo no perdería ni un minuto buscándolo! Concentrémonos en el Ganímedes.

—Estoy totalmente de acuerdo con

usted —dijo Lawrence—. Pero eso podría llevarnos a lo mismo. Si encontramos el Ganímedes, nos toparemos posiblemente con Hanna.

—Eso me parecería bien —gruñó

O'Keefe—. Muy bien.

Hedegaard entró en el vestíbulo.

—¡Todo listo!

—Bien.

Lawrence y Palmer habían acordado enviar de inmediato a dos equipos de búsqueda. Hedegaard debía volar con el Calisto en dirección al cráter Platón, seguir los montes Jura a todo lo largo de la zona de explotación y, de allí, dirigirse a la meseta de Aristarco. El Io,

un transbordador de la base Peary, partiría un cuarto de hora después, mantendría el curso sur de Platón y recorrería la llanura del Mare Imbrium a quinientos kilómetros de distancia del Calisto. Lawrence se puso de pie.

—Conformemos los equipos.

—Usted puede venir conmigo.

—Gracias, pero considero que mi presencia aquí es imprescindible. Alguien tiene que ocuparse de los demás. ¿A cuántos hombres puede liberar, Leland?

Palmer se frotó el mentón.

—Kyra Gore es nuestra piloto jefe. Ella puede tripular el Io en compañía de

Annie Jagellovsk, nuestra astrónoma...

—Perdone —lo interrumpió Lawrence—. No me he expresado correctamente. ¿Cuántas personas tienen que quedarse necesariamente en la base para garantizar su funcionamiento?

—Una. Bueno, digamos que dos.

—Quiero que tenga usted claro lo peligroso que es ese hombre. Posiblemente los grupos de búsqueda se vean obligados a atacar a Hanna. Tal vez debería usted liberar al grupo que está bajo su mando. Cada transbordador debería estar tripulado por cuatro o, mejor, cinco personas.

—Pero nosotros sólo somos ocho.

—Yo iré —dijo O'Keefe.

—Yo también —anunció Tim.

—Y Heidrun y yo... —empezó a decir Ögi.

—Lo siento, Walo, pero usted no formaría parte de una tripulación ideal

—replicó Lawrence, invirtiendo una sonrisa—. No se trata tanto de su valor, sino de que necesitamos gente joven y bien entrenada. De modo que Tim y Finn volarán con Hedegaard, con otras dos personas del personal de la base. El Io partirá con cinco hombres de la tripulación de la base...

—Un momento —dijo Palmer, tratando de atajar a los caballos

desbocados—. Eso sería una acción fuera de lo común.

—Los problemas que nos ocupan no son tampoco comunes —le respondió Lawrence en un tono tajante—, por si no se ha dado cuenta todavía.

—¡Seis de ocho personas! Eso tengo que discutirlo.

—¿Con quién?

—Con...

—No podrá localizar a nadie.

—Ya, pero... es que no es tan fácil, Dana. ¡Son tres cuartos de mi equipo! Y los transbordadores no estarán en contacto con la base la mayor parte del tiempo.

—Contémpleme a mí como un refuerzo in situ —dijo Lawrence—. Yo soy la responsable de la seguridad de Julian Orley y de sus invitados. Y para serle sincera, Leland, no entendería que esta acción de salvamento no contara con la suficiente voluntad...

—De acuerdo —dijo Palmer, intercambiando una mirada con Wachowski—. Creo que es factible. Tommy, tú te quedas aquí, y... Hum..., Minnie DeLucas.

—¿Y ésa quién es? —preguntó

Lawrence.

—Nuestra especialista en sistemas de soporte vital.

—¿Y no sería mejor que Jan se quedara? —preguntó Wachowski.

—¿Y ahora quién es ése?

—Jan Crippen. Nuestro director técnico.

—No precisamente —dijo Palmer

—. Minnie puede asumir las labores de él. Además, no estaremos fuera eternamente.

—Me da igual el tiempo que estén fuera —dijo Lawrence—. Lo principal es que encuentren a Julian Orley.

«Lo principal es que desaparezcáis del mapa durante las próximas dos o tres horas —pensó la directora del Gaia—. Carl y yo podremos acabar con

Wachowski y la tal DeLucas.»

Si es que Hanna acudía, claro está. Por fin, a las tres menos veinte de

esa madrugada, el autobús llevó a las tropas de búsqueda hasta el aeródromo, a través de la pista.

O'Keefe iba sentado en el banco trasero del vehículo abierto, dejando vagar la mirada. Haciendo un esfuerzo por no verse sometido a una sobredosis de conversación, había hecho, la segunda noche, antes de los postres, una escapadita hasta el centro multimedia del Gaia, y había visto una película sobre la base Peary. Por eso sabía que ésta cubría una superficie de diez

kilómetros cuadrados y que sólo el aeródromo abarcaba la extensión de tres campos de fútbol. Las torres en forma de silos, situadas en el extremo oeste de la base, eran las abandonadas naves espaciales de las tripulaciones que habían pisado por primera vez el polo norte lunar. Originalmente habían sido reformadas para convertirlas en unidades habitacionales, pero ahora servían como alojamiento de emergencia, y de entre ellas descollaba la estructura de un telescopio en proceso de construcción, mientras que la cúpula del centro, los Iglúes 1 y 2, conformaban el corazón de la base. Ambos habían

sido transportados al polo en piezas plegables, que habían sido armadas allí hasta alcanzar el tamaño de viviendas, y luego cubiertas con una capa de regolito de varios metros de grosor con el fin de proteger a sus inquilinos de las tormentas solares y de los meteoritos. Habían abierto en las paredes unas esclusas, en el suelo a su alrededor, alojado los vehículos y los aparatos en los hangares, aquellos tubos cortados por la mitad que Omura, en su habitual espíritu derrotista, había calificado como cachivaches, pero que en realidad eran tanques de combustible en desuso de la era de los transbordadores

espaciales.

Con los años, la estación había ido creciendo en dimensiones, se había ampliado con varias calles, edificios adicionales y una extensa mina a cielo abierto. A lo lejos, ante el decorado de las fábricas automatizadas en las que se procesaba el regolito para convertirlo en material de construcción, descollaban los armazones de enormes plantas de montaje al aire libre. Sobre unos raíles, los manipuladores se desplazaban a lo largo de los cuerpos de las máquinas de extracción, soldando, remachando, insertando componentes, mientras que unos robots de forma humana realizaban

los trabajos mecánicos más delicados. Unos teleféricos y unos raíles comunicaban las fábricas con los astilleros, y el material era transportado en cabinas y vagonetas. Adondequiera que uno mirase, las máquinas mostraban su ajetreo, un mundo inanimado en la mejor y más animada forma.

O'Keefe miró hacia el este mientras el bus avanzaba hacia el aeródromo, ubicado a dos kilómetros de distancia. Unos campos sembrados de colectores solares, con los paneles vueltos hacia un Sol peregrino que jamás se ponía, cubrían un territorio llano, sólo interrumpido por las ondulaciones de

algunas colinas. La roca de los cráteres era surcada por canales de lava. Gracias a ellos, la base Peary disponía de un ramificado sistema de catacumbas naturales, la mayor parte de las cuales aún no había sido explorada. Sólo una única característica revelaba lo que ocultaba el subsuelo. Era una grieta, o más bien un desfiladero. Se abría en la meseta en toda su anchura, se extendía hacia el oeste y desembocaba en un valle muy escarpado, cuyo fondo jamás recibía la luz del Sol. Unos puentes cruzaban este aparente legado de un fuerte terremoto, aunque en realidad se trataba de un canal abierto por la lava, a

través del cual hacía miles de millones de años había fluido la piedra en estado líquido. Algunas de aquellas alargadas cavernas desembocaban —como O'Keefe sabía por el documental— en el desfiladero, y ahora el actor se preguntaba si habría acceso al subsuelo de la base desde allí.

Cruzaron el portón situado en el parapeto protector del aeródromo. Alrededor reinaba una laboriosidad moderada. Una de las carretillas elevadoras con forma de saltamontes entablaba una correspondencia silenciosa con un manipulador, cuyo brazo segmentado se alzó en dirección

al montacargas a modo de última despedida, para luego quedar allí, inmóvil en el aire. Hasta donde podía distinguirse, las vías férreas yacían solitarias sobre la plataforma de la estación. Bajo una dura luz que incidía en ángulo transversal, la solitaria vía serpenteaba en dirección al valle. La actividad de las máquinas tenía algo de ritual, y hasta se podía decir que tenía algo de esa atmósfera postapocalíptica que no necesita un sentido, una imagen de peculiar autosuficiencia.

¿Qué se encontrarían al llegar a la meseta de Aristarco? De repente, O'Keefe sentía el deseo de quedarse

dormido y despertar en la atemporalidad de una no muy bien reputada taberna dublinesa a cuyos clientes les interesara más la apropiada separación entre la espuma y la cerveza negra que todas las maravillas de la Vía Láctea juntas, y por la cual uno pudiera suspirar recordando supuestas mejores épocas cada vez que se llevaban los vasos a los labios.

LONDRES, GRAN BRETAÑA

Transcurría la noche.

Yoyo llamó a Chen Hongbing, y mientras Tu analizaba con Dao It —su detestable competidor, que todavía estaba bastante cabreado— las posibilidades de crear una empresa mixta, a Jericho se le cerraban los ojos de sueño. A trescientos metros por encima de Londres, su cerebro se había transformado en un pantano en el que burbujeaban las teorías en descomposición, en el que todos los

caminos terminaban en la nada o se perdían en un espacio incierto. Cada vez se sentía menos capaz de concentrarse. Vic Thorn, en su viaje a la eternidad. Kenny Xin, colándose en el planeado asesinato de Palstein. Las nueve cabezas de Hydra. Carl Hanna, en cuyo currículo Norrington, hasta el momento, no había encontrado la menor fisura. Diana, siempre con nuevas noticias acerca de Calgary o de la masacre de Vancouver. Los siniestros representantes de la CIA haciendo gala del cliché que los distinguía. El detective se veía a sí mismo caminando en círculos a una gran altura, tan alto que uno podía sucumbir a

la ilusión de avanzar en línea recta, pero en realidad todas las sendas conducían de nuevo a uno mismo.

Estaba horriblemente cansado.

Yoyo volvió de telefonear justo en el momento en que Jericho estaba a punto de tumbarse en el suelo y cerrar los ojos por un breve instante. Pero, de haberlo hecho, lo más probable es que se hubiera quedado dormido, y entonces su córtex sobreexcitado habría convocado en sus sueños a los perseguidores y a los perseguidos. En realidad estaba feliz de que Yoyo lo mantuviera despierto, aunque la desbordante vitalidad de la joven, a ojos

vista, lo sacaba de quicio. Desde su llegada al Big O, había vaciado ella sola una botella de Brunello di Montalcino, llevaba el rojo del sangiovese grosso en las mejillas y el espíritu incansable de la juventud en la mirada, sin dar muestra alguna de embriaguez. Por cada cigarrillo fumado, parecían haberle salido dos dedos nuevos. Era mucho más impredecible que el tiempo en Gales, oscura y rencorosa en un instante, eufórica al momento siguiente.

—¿Cómo está tu padre? —preguntó

Jericho entre bostezos.

—Bien, para como están las cosas.

—Yoyo se dejó caer en un sillón giratorio y se levantó otra vez de un salto—. En realidad, muy bien. Aunque no se lo he contado todo, por supuesto. Lo del Museo de Pérgamo, por ejemplo eso no tiene por qué saberlo, ¿de acuerdo? Sólo para el caso de que hables con él.

—No veo ningún motivo para ello.

—Hongbing es tu cliente —dijo ella trasteando en la máquina de café—. ¿O ya lo has olvidado?

Jericho parpadeó. Un repentino enfado se adueñó de él, al ver sustituidos sus globos oculares por monitores de ordenador al mirarse en el

espejo. Se obligó a levantar la vista de la pantalla.

—Yo ya le he devuelto a su hija — repuso—. El honorable Chen Hongbing ya no es mi cliente.

—Mierda —dijo Yoyo, estudiando la oferta de la máquina—. Hay café en todas sus variantes, pero no hay té por ninguna parte.

—Mira bien. Los ingleses son bebedores empedernidos de té.

—Pero ¿dónde está?

—Abajo, a la derecha. Agua caliente. La cajita con las bolsas de té está al lado. ¿Qué le has contado?

—¿A Hongbing? —Yoyo revolvió

en la caja—. Le dije que Donner nos había ilustrado en una conversación marcada por la cordialidad y que Vogelaar había demostrado ser un fantasma. —Puso el vaso en la máquina, hundió en él una bolsita de Oolong y lo llenó de agua caliente.

—En fin, un viaje de placer —dijo Jericho en tono burlón—. ¿Ya hemos estado en casa de madame Tussauds y de compras en Kings Road?

—¿Acaso era preferible que le contase la experiencia de sacarle un ojo a un muerto de su cavidad ocular?

—No, está bien. Un chococafé, por favor.

—¿Un qué?

—Un café con chocolate. La fila de la izquierda, tercer botón de arriba.

¿Cuánto has avanzado con Thorn?

Se habían repartido las tareas, y a Yoyo le había tocado analizar la información que les había proporcionado Edda Hoff y completarla con los hallazgos obtenidos en la red.

—Lo tendré dentro de un par de minutos —dijo ella mientras observaba cómo la máquina escupía una mezcolanza de capuchino y cacao—. ¿Es posible que estés cansado?

Jericho se disponía a responder, pero se dio cuenta de que Diana estaba

descargando de pronto ciento doce nuevas noticias acerca de lo ocurrido en Calgary y Vancouver, y se sumió en un mutismo sombrío. Yoyo le puso el humeante vaso enfrente y sorbió un poco de té delante de su monitor. Con desgana, el detective decidió echarle un último vistazo al mensaje con el que se había iniciado todo y luego irse a dormir.

En el momento en que el texto apareció en la pantalla, Yoyo soltó un tenue silbido entre dientes.

—¿Quieres saber quién era el jefe de proyectos de las misiones en la base Peary entre el año 2020 y el 2024?

—Por como lo dices, supongo que querré saberlo.

—Andrew Norrington.

—¿Norrington? —Los hombros encogidos de Jericho se irguieron—. ¿El segundo de Shaw?

—Espera —dijo la joven, frunciendo el ceño—. Había varios directores de proyecto, pero en cualquier caso Norrington estaba en el equipo. Sin embargo, por lo que dice aquí, no se puede inferir si tuvo que ver directamente con Thorn ni en qué medida.

—¿Y estás segura de que es el mismo Norrington?

—Andrew Norrington —leyó Yoyo

—. Responsable de personal y de cuestiones de seguridad, en noviembre de 2024 se trasladó a la sede de Orley Enterprises como segundo jefe de seguridad.

—Qué raro —dijo Jericho, frunciendo también el ceño—. Debería haberle sonado a Hoff cuando le hablé sobre Thorn.

—Ella es una subordinada de Norrington. ¿Por qué iba a estar familiarizada con los detalles de su currículo?

—Pero Norrington no dijo absolutamente nada.

—¿Y tú le hablaste a él de Thorn?

—No directamente. Shaw y él estaban en una reunión. Yo me uní a ellos y dije que algo debía de haber impedido que la bomba se activara el año pasado.

—Shaw ya sabía antes lo de tu idea con Vic Thorn.

—Es cierto, es posible que Hoff se lo dijera. Hum. Debería haberle llamado la atención que Norrington había estado en la NASA en la misma época que Thorn. Bueno, la verdad es que tiene muchísimas cosas que hacer... Pero en cuanto a Norrington...

—¿Opinas que tendría que haber

hablado de Thorn de manera espontánea?

—Posiblemente eso sea pedir demasiado —dijo Jericho, apoyando la barbilla en las manos—. Pero ¿sabes una cosa? Ahora mismo voy a ir a preguntarle.

—Victor Thorn...

Norrington se hallaba en una oficina sorprendentemente pequeña, uno de los pocos recintos que estaba dividido en cubículos. Jericho se había presentado sin avisar, por las buenas.

—Sí, Thorn —asintió el vicejefe de seguridad—. Podría ser nuestro hombre,

¿no?

Norrington examinó un punto imaginario en el espacio.

—Hum —exclamó claramente, muy claramente. Una u que pudo oírse muy bien, seguida de una eme que le sirvió para ganar tiempo—. Es una idea interesante.

—Thorn murió tres meses después de que se lanzó el satélite. Por el tiempo, podría ser.

—Tiene usted razón. No sé por qué no llegué yo mismo a esa conclusión.

—A menudo lo obvio se pasa por alto —dijo Jericho sonriendo—. ¿Tuvo usted mucho que ver con él?

—No —contestó Norrington,

negando lentamente con la cabeza—. De otro modo, no habría tardado tanto en comprenderlo.

—¿Ningún contacto?

—Mi tarea abarcaba la seguridad general del proyecto. Bueno, de vez en cuando nos cruzábamos, pero los asuntos de personal los llevaban otros.

—¿Y qué clase de persona era

Thorn?

—Como le he dicho, nunca tuvimos mucho que ver. Se comentaba que era un playboy, lo que, quizá, fuese un poco exagerado. Más bien era alguien que disfrutaba de la vida, pero, por otro lado, era extremadamente disciplinado.

¡Un buen astronauta, muy bueno! De lo contrario, no te proponen tan rápidamente por segunda vez para una misión en la base Peary.

—Trate de recordar, Andrew —le pidió Jericho—. Cualquier información podría sernos útil.

—Por supuesto, aunque me temo que no podré contribuir con nada que sea muy esclarecedor. ¿Está Jennifer al tanto?

—Hoff parece habérselo dicho. Conocía mi sospecha.

—A mí, por lo menos, no me dijo nada —repuso Norrington, y soltó un suspiro—. Pero bueno, ya ve usted cómo

están las cosas por aquí, salimos de una reunión para entrar en otra, todo está patas arriba. Hanna me está volviendo loco. No puedo encontrar nada en su biografía que sea sospechoso, y ya se sabe que no es la primera vez que tengo que vérmelas con él.

—¿Usted era el responsable de coordinar el grupo de viajeros?

—Sí. No sabíamos mucho acerca de Hanna, pero Julian quiso, de todos modos, que estuviera presente. Créame, le hice una auténtica radiografía a ese tipo. Nada. Estaba limpio.

—¿Hay algo nuevo de parte de

Merrick?

—No. Está intentando establecer contacto. Tal vez su teoría de la botnet sea correcta. —Norrington vaciló—. Owen, sin ánimo de desconfiar de su buen olfato, pero en este momento estamos obligados a tener en cuenta otras instalaciones de Orley. Nadie puede decir que no se trate de una acción concertada. Deme usted un poco de tiempo en relación con Thorn. Lo llamaré en cuanto pueda.

—Está mintiendo —dijo Yoyo cuando Jericho se reunió de nuevo con ella—. Norrington conocía a Thorn.

—Él no ha dicho que no lo conociera.

—No, yo digo que lo conocía de verdad, mejor de lo que asegura conocerlo. —Yoyo señaló su monitor—. Thorn atrajo la atención de los medios hacia su persona en relación con la base Peary; además, era un tipo atractivo y le gustaba hacerse oír. Puedes encontrar varias entrevistas con él, pero lo mejor lo he obtenido de la red, después de que te marchaste. Un especial sobre la tripulación de la base Peary del año

2024, así como un reportaje desde su casa: Vic Thorn, codiciado soltero, por segunda vez en la Luna, blablablá. Las cámaras estuvieron en su casa, y también cuando organizó una fiesta para su

cumpleaños. ¿Y quiénes estaban en la lista de invitados?

La joven puso en marcha el vídeo. Una cocina, un ambiente relajado. Tal vez un par de docenas de personas reunidas alrededor de unas bandejas con aperitivos. Suaves brisas de jazz que llegaban a través de un mar de charlas, los estándares de la época del llamado Rat Pack. Alguna gente bailaba al fondo, y por todas partes se bebía concienzudamente. Thorn rió a la cámara, dijo algo de la naturaleza benéfica de la amistad y se lo vio en una animada conversación con un hombre que, unas escenas más tarde, le daba

unos golpecitos de familiaridad en el hombro.

—¿Acaso parecen personas que no mantienen un contacto asiduo?

Jericho negó con la cabeza.

—Definitivamente, no.

—... algunos de estos hombres pasarán muy pronto medio año en algún otro cuerpo celeste —decía la comentarista—. Algo que parece extraño e irreal en una tarde como ésta, en la que...

—Podría ser mera casualidad — comentó Yoyo—. No podemos presuponer que Norrington sea forzosamente nuestro topo, ni siquiera

que Thorn tuviera que ver algo con todo este asunto. Es pura especulación.

—No obstante, me gustaría saber más sobre el tiempo que pasó en la NASA. Cuáles eran exactamente su responsabilidades, cuán estrecho era el contacto. Definitivamente, ha mentido al negar que conociera más de cerca a Thorn.

—...es ya su segunda misión en las montañas de la Luz Eterna —dijo la comentarista en ese instante—. Las llaman así porque en el polo lunar jamás se pone el Sol. En sus orígenes, este aspecto desempeñaba un papel decisivo para el abastecimiento energético de la

base Peary pero, entretanto, ya se ha empezado allí también la construcción de un reactor de fusión...

—Montañas de la Luz Eterna —

susurró Jericho.

Yoyo, irritada, alzó la mirada hacia

él.

—Sí, eso ya lo sabes. Se llama así a

las regiones polares.

En la mente de Jericho empezaron a engranarse los dientes de una rueda. Como en trance, se dirigió a su puesto de trabajo y miró fijamente las líneas del texto contenidas en aquel fragmento de mensaje.

Jan Kees Vogelaar vive en Berlín bajo el nombre de Andre Donner. Lleva allí un de africanas dirección privada y dirección comercial: Oranienburger Straße, 50,

10117 Berlín. ¿Qué debemos invariable un alto riesgo para la operación ninguna duda de que él tiene conocimiento del misil portador, menos conocimiento de ello, si de, es cuestionable. De un modo u otro un declaración haría expresamente Es cierto que Vogelaar desde su dado

ninguna declaración pública sobre el trasfondo del golpe. No cambia de Ndongo que el gobierno chino ha planificado y llevado a cabo el cambio de poder. Esencia de la operación Moderna Vogelaar tiene poco desde el momento de la Además nada hace en Orley Enterprises y concluir en un fallo. Nadie allí sospecha y después de ello a fin de cuentas todo ha marchado. Cuento porque sé, No obstante aconsejo urgentemente liquidar a Donner. Es recomendable...

Muy pocas cosas de aquel texto representaban ya un enigma para él. En el fondo, sólo había una palabra, añadida antes de que la red enmudeciera, y todo porque ésta reclamaba su espacio sin motivo entre las frases «operación» y «Vogelaar tiene», como si estuviera fuera de lugar.

«Moderna.»

Por lo menos siempre había supuesto que se trataba de alguna clase de armamento.

—Diana, hagamos un análisis de fragmento. Ordena los elementos del texto a partir de sus archivos de origen.

—¿Reconocimiento por colores?

—Sí, por favor.

Al instante siguiente, las palabras

«misil portador», «invariable» y

«Enterprises» se transformaron en cadenas de letras de diferentes colores. La palabra «Ent-erpr-ises», por ejemplo, se componía de tres archivos, e

«invariable» se descompuso en muchos colores más. Otros vocablos y frases, como «operación» y «llevado a cabo» provenían de un solo archivo.

Dos fragmentos conformaban la palabra dudosa, «Moderna».

—Santo cielo —susurró Jericho.

—¿Qué pasa? —dijo Yoyo, poniéndose en pie de un salto e

inclinándose por encima del hombro del detective.

—Creo que hemos cometido un error.

—¿Un error?

—Un error enorme.

¿Cómo había podido escapársele algo así? Era algo obvio.

—Posiblemente nos hayamos subido al tren equivocado —continuó el detective—. La bomba no debe explotar en el Gaia.

—¿No va a explotar en el Gaia? Pero...

—Lo del hotel no arroja ningún sentido, y nosotros lo hemos sabido todo

el tiempo. ¡Soy un idiota! ¡Soy un maldito idiota! ¡He estado ciego!

«Operación Mo-de-rna.

»Operación Montañas de la Luz

Eterna.»

ESTACIÓN DE EXTRACCIÓN CHINA, SINUS IRIDUM, LA LUNA

Jia Keqiang no era un político. Era taikonauta, geólogo y comandante, por ese orden o a la inversa, según su disposición de ánimo, pero de ningún modo era un político. Por experiencia, los navegantes espaciales chinos, estadounidenses, rusos, indios, alemanes y franceses se diferenciaban únicamente en la ideología que los instrumentalizaba

y en el prefijo que antecedía a la terminación «-nauta», ya fuera «astro-»,

«cosmo-» o «taiko-». Lo que los unía, en cambio, era la visión de conjunto que, según su experiencia, les faltaba a los políticos, aparte de los pocos que habían viajado hasta entonces al espacio. El hecho de que Hua Liwei, su antecesor en la Luna, que había sido arrestado temporalmente por Estados Unidos, siguiera usando, un año después de depuestas las hostilidades, cualquier posicionamiento oficial como motivo para inculpar a Estados Unidos de las peores maniobras jamás había podido quitarle a Jia su convicción de que los

astronautas eran personas serias y apolíticas. Cada uno desempeñaba su papel según el guión, y también lo hacía Hua Liwei, que tras un par de copas bebidas en privado mostraba una franca simpatía por los yanquis, quienes en realidad lo habían tratado muy bien y habían almacenado un excelente whisky escocés en las catacumbas del cráter Peary.

A Hua también le parecía, sin embargo, que Estados Unidos tenía la culpa de toda aquella chapuza, en lo que Jia lo secundaba. No obstante, durante la crisis lunar, y hasta donde se lo permitieron sus influencias, se esforzó

por conseguir un alivio de las tensiones por ambas partes. El Partido lo estimaba como el portador de la esperanza de la navegación espacial china: era piloto de la fuerza aérea china, varias veces condecorado, formado como taikonauta bajo la guía del legendario Zhai Zhigang; tenía, además, un doctorado en geología y estaba especializado en temas extra terrestres, lo que lo cualificaba para la extracción del helio

3. Zhai había contagiado a Jia con su predilección por los bailes de sociedad, y él mismo cultivaba una acaparadora pasión por la navegación, específicamente la navegación marítima

china del siglo XV, con sus legendarios buques de nueve palos, y había construido, con una labor en miniatura en extremo minuciosa, una maqueta de tres metros de largo del buque del almirante Zheng He. Cuando no se dedicaba a volar a las estrellas, navegaba a vela con su mujer y sus hijos, leía libros sobre la conquista de los mares y se entrenaba en la contemplación del arte de cocinar. Estaba orgulloso de su país, que había sido el segundo en llegar a la Luna después de Estados Unidos, y lo enfurecía que Zheng Pang-Wang no pudiera mostrar todavía ningún progreso

en el desarrollo de un ascensor espacial, así como le preocupaba que Norteamérica mantuviera dicho predominio en el espacio. En consecuencia, era cuidadoso a la hora de emitir juicios sobre el futuro. Era el perfecto representante de China, amable, mediático, patriótico, un hombre que se reservaba sus opiniones personales sobre los políticos, que para él, ya vivieran a un lado o al otro de la muralla china, eran contemporáneos curiosamente retardados y, en realidad

— o frankly, como decían los americanos—, eran unos absolutos idiotas.

Ahora, sin embargo, debía interesarse por la política. Al menos mientras no quisiera perder el poder de decisión en relación con la historia de la que estaba a punto de convertirse en coprotagonista.

Delante de él estaba sentado Julian

Orley.

La mera circunstancia que lo había llevado hasta allí era motivo más que suficiente, pero más lo era lo que Orley acababa de contarle. Hacía veinte minutos, él, su nuera, la reina de las presentadoras de la televisión estadounidense, Evelyn Chambers, y un ruso al que no conocía habían emergido

de la Tierra de la Niebla, cabalgando sobre unos grasshoppers como caballeros Jedi derrotados, y habían pedido entrar y que se les ofreciera ayuda. Por supuesto que a esa hora, a las tres y media de la mañana, todos estaban durmiendo, lo que pareció sorprender a Orley cuando Jia se lo comentó. De inmediato se ocuparon de que aquellos visitantes inesperados se sintieran a gusto y les sirvieron té caliente, pero de todos modos el comandante chino se encontraba en una situación difícil, ya que...

—...sin pretender ofenderlo, estimado señor Orley, la última vez que

Estados Unidos pisó nuestro territorio, las consecuencias fueron nefastas.

Durante un tiempo habían intentado hablar en chino, pero el a duras penas chapurreado mandarín de Orley no podía competir con el inglés fluido de Jia. Zhou Jinping y Na Mou, lo miembros de la tripulación de Jia, estaban en el ala contigua del edificio, y allí se ocupaban del resto de los huéspedes. Sobre todo de Evelyn Chambers, que parecía estar desarrollando crecientes simpatías por un inminente ataque de nervios.

—¿Su territorio? —preguntó Orley, enarcando una ceja—. ¿No fue más bien

al revés?

—Sabemos, por supuesto, que Estados Unidos lo ve todo de un modo muy diferente —dijo Jia—. En relación, sobre todo, con quién entró en el territorio de quién. La percepción es algo subjetivo.

—Sí, claro. —El inglés asintió—. Sólo que, verá usted, comandante, a mí todo eso me importa un bledo. Ni yo soy el responsable de las extracciones que se hacen en este lugar ni apoyo las pretensiones territoriales de Washington. He construido un ascensor, una estación espacial y un hotel.

—Su lista no está completa, si me

permite que se lo diga. Usted es beneficiario de esas extracciones porque está en condiciones de fabricar los reactores.

—Sin embargo, soy un empresario privado.

—La tecnología de la NASA y la de Orley Enterprises serían impensables la una sin la otra. A ojos de los chinos, por tanto, es usted algo más que un simple ciudadano que actúa de manera particular.

Orley sonrió.

—¿Y por qué entonces Zheng Pang- Wang hace referencia, con cierta regularidad, a que lo soy?

—¿Tal vez con el fin de asegurarse de que tiene usted autonomía en sus decisiones? —respondió Jia, devolviéndole la sonrisa—. No me entienda usted mal. No me atrevería a cuestionar al honorable Zheng, pero él es un empresario tan poco privado como lo es usted. Ustedes influyen en la política mundial más que muchos políticos. ¿Un poco más de té?

—Sí, por favor.

—Verá, lo único que me importa es que entienda usted mi situación, señor Orley...

—Llámeme Julian.

Jia guardó silencio por un segundo,

desagradablemente conmovido. Sirvió más té. Nunca había entendido lo que impulsaba a británicos y estadounidenses a forzar el uso del nombre de pila a la menor oportunidad.

—La ampliación de los acuerdos de noviembre de 2024 prevé que nos ayudemos mutuamente en la Luna —dijo el chino—. Somos taikonautas, y ustedes son astronautas, pero en general somos representantes de la raza humana. Deberíamos auxiliarnos mutuamente. Yo pondría de inmediato nuestro transbordador a su disposición, tal y como usted desea, pero la mera circunstancia de que se trate de usted

tiene una profunda dimensión política. Además, podría haber un arma atómica en juego.

—No sería la primera vez que los chinos nos ayudan en un asunto semejante. De lo contrario, probablemente ni siquiera tendríamos conocimiento alguno de la existencia de dichas armas, y estaríamos paseando por ahí alegremente con Hanna, alrededor de las edificaciones lunares, hasta que todo explotara.

—Hum, pues sí.

—Por otra parte —Orley juntó las puntas de los dedos—, quiero poner todas las cartas sobre la mesa. La gente

que nos ha prevenido no excluye una participación de China en el planeado ataque...

—¡Eso es absurdo! —exclamó Jia en un arranque de indignación—. ¿Qué interés podría tener mi país en destruir su hotel?

—¿Le parece a usted descabellado?

—¡Completamente descabellado! Julian contempló a su interlocutor.

Jia era un tipo agradable, pero trabajaba para ese gran consorcio llamado Gran Pekín. En caso de que la conspiración contra Orley Enterprises hubiera partido, realmente, de territorio chino, Jia podría desempeñar un papel en ello.

En ese caso, estaría hablando con su enemigo, lo que justificaba tanto más la franqueza con la que le explicó al comandante que los presuntos instigadores estaban a punto de ser descubiertos y que tal vez era recomendable abortar cualquier operación. Si Jericho y sus amigos se equivocaban, cualquier carta que jugara con franqueza era una inversión en la confianza de Jia. Julian se inclinó hacia adelante.

—La bomba fue mandada aquí arriba en el año 2024 —dijo.

—¿Y?

—En ese momento estábamos en

medio de la conocida crisis lunar.

—Nosotros hicimos todo lo que estaba en nuestras manos para hallar una solución pacífica a ese conflicto.

—Pero sigue siendo indiscutible que Pekín no quedó muy bien a ojos de Washington. En ese sentido, a usted podría interesarle saber que la bomba proviene de las reservas del mercado negro surcoreano, y que fue comprada por ciudadanos chinos.

Jia lo miró confundido. Luego se pasó las manos por los ojos, como si hubiera caído en una telaraña.

—Somos una potencia nuclear —

dijo—. ¿Por qué el Partido iba a

comprar armas nucleares en el mercado negro?

—Yo no he dicho que la compra la hiciera el Partido.

—Hum... Continúe.

—Lo más curioso es que esa bomba llegó a la Luna desde suelo africano, ya que por entonces el gobernante de Guinea Ecuatorial era una marioneta, y fue puesto en el poder por su gobierno mediante un golpe de Estado. Hasta donde yo lo entiendo, la tecnología para el programa espacial ecuatoguineano salió de la firma Zheng...

—¡Un momento! —exclamó Jia—.

¿De qué está hablando? ¿Está usted

diciendo que es Zheng quien desea volar por los aires su hotel con una bomba nuclear?

—Convénzame de lo contrario.

—¿Por qué querría hacer Zheng algo así?

—No tengo ni idea. ¿Porque somos sus competidores, tal vez?

—¡No, usted no lo es! Usted no compite por los mismos mercados, usted compite por el know-how. En esos casos, se practica el espionaje, se soborna, se argumenta, se intentan forjar alianzas, pero la gente no se ataca con bombas atómicas.

—Los métodos se han endurecido.

—Pero ¡con un ataque de esa índole ni Zheng ni mi país habrían ganado nada!

¿Qué cambiaría, de las circunstancias actuales, la destrucción de su hotel, aun cuando usted muriera en el ataque?

—Sí, lo mismo me pregunto yo.

¿Qué?

Durante un buen rato, Jia no dijo nada más, sino que se frotó el puente de la nariz y cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, había en ellos, como impresa, una pregunta.

—No —respondió Julian.

—¿No?

—Mi visita no forma parte de ninguna maniobra de engaño, de ningún

plan u operación, estimado Jia. Tampoco quiero ofenderlo a usted ni ofender a su país. Podría haberme callado algunas cosas delante de usted a fin de influir en su decisión.

—¿Y qué espera que haga yo ahora?

—Puedo decirle lo que necesito.

—¿Quiere que yo los lleve a usted y a sus amigos de vuelta al hotel usando nuestro transbordador?

—Y tan pronto como sea posible. Mi hija y mi hijo están en el Gaia; además, hay allí otros huéspedes y miembros del personal. Tenemos motivos para temer que Hanna regresará allí dando algún rodeo. Además,

necesito sus satélites.

—¿Mis satélites?

—Sí. ¿Ha tenido usted problemas con ellos durante las últimas horas?

—No, que yo sepa.

—Los nuestros se han colapsado, como le he dicho al principio. Los suyos, en cambio, parecen funcionar. Necesito dos canales. Uno con la central de mi grupo empesarial en Londres y otro con el Gaia. —Julian hizo una pausa—. Yo le he mostrado a usted toda mi confianza, señor comandante, aun a riesgo de que usted rechazase mi ruego. No puedo hacer nada más. Ahora todo depende de usted.

Una vez más, el taikonauta guardó silencio durante un rato.

—Si yo lo ayudase..., estaría usted en deuda con China, por supuesto —dijo alargando las palabras.

—Por supuesto.

En ese momento, la cabeza de Jia podría haber sido de cristal transparente, pues Julian pudo ver con exactitud lo que estaba pasando dentro de ella. El comandante se estaba preguntando, lleno de inquietud, si el visitante tendría la razón, y su gobierno habría hecho alguna jugarreta de la que él no tenía conocimiento. Y si podría acusárselo de traidor a la patria si

ayudaba sin consultarlo al hombre que era el responsable de la supremacía estadounidense en el espacio.

Julian carraspeó.

—Tal vez deberíamos considerar que hay alguien que intenta culpar a su país —dijo—. En su lugar, yo no dejaría que se hiciera conmigo algo así.

Jia lo miró con el ceño fruncido.

—Psicología, curso elemental.

—Bueno, sí. —Julian sonrió al tiempo que se encogía de hombros—. Un poco.

—Vaya con sus amigos —dijo Jia

—. Y espere.

Chambers no podía parar aquella

película interminable. Una y otra vez, veía la pata del escarabajo bajar por su cuerpo, y de repente empezó a temblar con espasmos epilépticos. Como un trapo sucio, resbaló por la pared del módulo habitacional en el que la habían alojado junto con Amber y Oleg. El espacio era muy estrecho en aquella estación, a diferencia de lo que sucedía en los habitáculos de la estación estadounidense. Na Mou, la taikonauta, la abastecía de té y de unos panecillos ácidos con sabor a cangrejo. Mientras Julian ablandaba al comandante, Chambers le había contado a la china — que posiblemente entendiera mejor el

inglés de lo que lo hablaba— todo cuanto había ocurrido en las últimas horas, y se había horrorizado tanto ante su propio relato que ahora había perdido el habla.

—Acostalse —le dijo amablemente Na. Era una mujer de aspecto mongol, con un mentón ancho y ojos muy oblicuos que tenían algo curiosamente arraigado en el pasado, una mezcla de júbilo organizado y de combinado fabril comunista.

—Es algo que no cesa —susurró

Chambers—. No cesa.

— S í . Pielnas aliba —le dijo la china.

—Da igual que cierre los ojos o que los abra, jamás se detiene. —Evelyn agarró una de las muñecas de Na, y sintió el sudor frío en su labio superior y en la frente—. En cualquier momento me veo pisoteada, muerta. ¡Por un escarabajo! ¿No es una locura? Son los humanos los que pisan y matan a los escarabajos, no al revés. Pero no puedo librarme de ello.

—Sí que podrás. —Amber había escapado de la curiosidad de Zhou Jinping, el tercer miembro de la tripulación, y se sentó junto a ella en el suelo—. Estás en estado de shock, eso es todo.

—No, yo...

—Está bien, Evy. Yo también estoy a punto de venirme abajo.

—No, fue algo más. —Chambers puso los ojos en blanco, como hacían las practicantes de vudú en medio de un trance ritual, las mambos—. Fue la muerte.

—Lo sé.

—No, yo estuve del otro lado, ¿me entiendes? Y allí estaba Momoka, y... y yo sabía que estaba muerta, pero...

Dos embalses de consternación y tristeza rebasaron los diques y se derramaron por el bello rostro latino de Chambers. La presentadora gesticuló

como si quisiera invocar un conjuro que lo deshiciera todo, pero dejó caer las manos sin fuerzas y rompió a llorar. Amber la rodeó con un brazo y la atrajo hacia sí con suavidad.

—Demasiado —asintió Na Mou sabiamente.

—Todo saldrá bien, Evy.

—Quise preguntarle qué será lo próximo a lo que tendremos que enfrentarnos —sollozó Chambers—. Hacía tal frío en su mundo... Creo que ella me embrujó, esta recurrente visión infernal..., tal vez ella vio algo parecido, algo igual de horrible antes de morir, y...

—Evy —dijo Amber en voz baja,

pero con firmeza—. No eres ninguna nigromántica. Sencillamente, has perdido los nervios.

—Ni siquiera me caía bien.

—A ninguno de nosotros le caía muy bien —dijo Amber, soltando un suspiro

—. Salvo a Warren, supongo.

—Pero ¡eso es terrible! —replicó Chambers aferrándose a ella, sacudida por espasmos—. Y ahora ya no está, ya ni siquiera podemos..., ni siquiera podemos decirle algo agradable...

Ah, pero ¿era preciso hacerlo?, pensó Amber. ¿Había que decirle cosas agradables a aquel pedazo de mierda sólo por la posibilidad de que uno la

diñara en un futuro próximo?

—Creo que ella no sentía las cosas así —dijo la mujer de Tim.

—¿Lo crees?

—Sí. El concepto que Omura tenía de ser amable era muy distinto.

Evelyn hundió su rostro en el hombro de Amber. La mujer de los medios más poderosa de Estados Unidos, la que ponía y quitaba presidentes, lloró todavía unos minutos, hasta que se durmió por mero cansancio. Na Mou y Zhou Jinping se había retirado en un respetuoso silencio. Rogachov yacía en una de las estrechas camas, con las piernas cruzadas, y

garabateaba algo en un pedazo de papel que había pedido.

—¿Qué estás haciendo ahí?

preguntó Amber con voz cansada.

El ruso hacía girar el boli entre los dedos, pero no la miró.

—Hago unos cálculos.

Jia Keqiang intentó derrotarse en la lucha interior que libraba consigo mismo.

Por su experiencia, que era suficiente, conocía la dilación y la rigidez de las vías oficiales, del mismo modo que tenía claro que entre las autoridades chinas relacionadas con la navegación espacial había montones de

paranoicos. Por otra parte, una sola llamada sería suficiente para librarse de toda responsabilidad, ¡de todo peligro de cometer el error que estaba condenado a cometer si se ponía de parte de Orley! Sólo tenía que desplazar la carga de la responsabilidad hacia algunos de los profesionales de la sospecha, y si el hotel de Orley, efectivamente, era destruido, ya no sería culpa suya. Luego Pekín ya se ocuparía de las violaciones de los acuerdos, de la omisión de la ayuda o de lo que fuera, mientras que él se retiraría a la posición del que quiere ayudar y se ve impedido de hacerlo, con lo que podría dormir en

paz, y sin tener que temer por su carrera.

Si es que todavía podía dormir bien después de aquello.

Por otro lado, ¿qué sucedería si Orley tenía razón y era Pekín el que estaba tirando de los hilos?

Pensativo, hacía girar entre los dedos la taza con el té verde. ¿Qué sucedería? Llamaría a sus superiores y los pondría al corriente de las sospechas de Orley, informaría debidamente, como correspondía, y de ese modo, sin previo aviso, estaría en posesión de un secreto de Estado, un auténtico secreto de Estado que a él no le incumbía en absoluto, porque nadie lo había

informado al respecto. Por supuesto que, de inmediato, sería clasificado como un factor de riesgo para la seguridad nacional. Llevar a Julian Orley con el transbordador hasta el Gaia representaba ahora el menor de sus problemas. Allí arriba estaba la estepa de Atila, y en caso de duda, podría decirse que no se había producido ningún vuelo. Pero para dejar que el inglés se comunicara a través del satélite chino se necesitaba un complicado proceso de autorización. Antes de la crisis lunar, Jia podría haber tomado la decisión por su cuenta, pero esa opción era ahora inviable.

Tenía que llamar. Pero ¿qué les diría?

El chino movía su vaso de derecha a izquierda, de izquierda a derecha.

Y de repente lo supo.

Corría su riesgo, pero podía funcionar. El comandante Jia se levantó, fue hasta la mesa de control, estableció contacto con la Tierra y sostuvo dos breves conversaciones.

—Hagamos un resumen —dijo Jia después de pedirle a Julian que se presentara de nuevo en la reducida central—. Usted invitó a unos amigos a una excursión privada. Por sorpresa, uno de sus huéspedes se destapa como

asesino, mata a cinco personas y los deja abandonados en la meseta de Aristarco.

—Así es.

—Y eso sucede como una reacción a una llamada telefónica entre usted, el Gaia y la central de su grupo empresarial en Londres, según la cual, posiblemente, unos terroristas han traído una bomba atómica hasta la Luna con el propósito de destruir una instalación estadounidense o china.

—¿Una instalación chi...? —Julian parpadeó, confuso; pero de inmediato comprendió—. Sí, por supuesto. Así es, exactamente.

—Y usted no tiene ni idea de quién puede estar detrás de todo esto.

—Ahora que lo menciona, comandante, no tengo ni la más remota idea. Sólo sé que hay ciudadanos estadounidenses o chinos que podrían estar en peligro.

—Hum... —Jia asintió con expresión seria—. Entiendo. De ese modo, el caso está más que claro. Quiero decir que también actuaríamos por el interés de nuestra seguridad nacional si prestamos atención juntos a este tema. He pasado esos datos exactos y he recibido autorización de poner el satélite a su disposición y llevarlo en nuestro

transbordador hasta el Vallis Alpina.

Julian miró fijamente al taikonauta.

—Gracias —dijo en voz baja.

—Un placer.

—Supongo que imagina que en el transcurso de las conversaciones que habré de mantener en breve se harán algunas feas inculpaciones en contra de China.

Jia se encogió de hombros.

—Lo importante es únicamente que yo ahora no lo sepa.

Shaw estaba de pie junto a la mesa del centro de conferencias. Parecía desarreglada, como si hubiera pasado el día corriendo. Se encontraban con ella

Andrew Norrington y Edda Hoff. Más atrás, en el marco de la puerta, se veía a un hombre rubio algo desaliñado.

—¡Julian! —exclamó la mujer—. Dios mío, ¿cómo está? ¡Hace horas que intentamos localizarlo! ¿Dónde se encuentra?

—¿Han podido establecer contacto con el Gaia?

—No.

—¿Y por qué no? Con el Gaia pueden comunicarse por la radio norm...

—Lo hemos intentado todo, pero nadie responde.

Julian sintió que su corazón palpitaba en desorden.

—Ante todo, no se ha producido ninguna explosión en el Vallis Alpina — se apresuró a asegurar Shaw—. Sobre ese punto puedo traquilizarlo.

—¿Y la base? ¿Han podido hablar con la base lunar?

—Tampoco.

—Julian —intervino Norrington—, sospechamos que alguien está utilizando los satélites para bloquear la comunicación. Es como si los terminales, en cierto modo, padecieran de estreñimiento. En realidad estamos medio ciegos y totalmente sordos, de modo que necesitamos urgentemente las informaciones que usted tenga.

—¿Y cómo es que alguien puede paralizar los terminales? —preguntó Julian.

—Muy sencillo. Se necesita a alguien de dentro.

Alguien de dentro... Un hombre o una mujer. Dios santo, ¿por qué no se le iba de la cabeza aquella idea de que Lynn estaba detrás de todo?

—Estamos haciendo una radiografía entera de Hanna —dijo Hoff—. No es mucho lo que puede decirse de él. Y su currículo puede considerarse impecable. En cualquier caso, todos estamos de acuerdo en que no puede estar actuando solo.

—Se lo pregunto de nuevo: ¿dónde está usted? —insistió Norrington.

Julian dejó escapar un suspiro. A grandes rasgos, les contó lo sucedido en el momento en que se había interrumpido la comunicación. Ante cada caso de muerte, la cara de Shaw iba perdiendo una nueva porción de color.

—Jia Keqiang ha accedido amablemente a llevarnos hasta el hotel

—concluyó Julian—. Antes haremos un intento de comunicarnos con el Gaia a través del satélite chino para...

—Señor Orley. —El rubio que estaba en el marco de la puerta dio un

paso adelante—. No debería volar usted hasta el Gaia.

Julian miró al hombre y frunció el ceño. De repente se acordó.

—Usted es Owen Jericho.

—Sí.

—Disculpe —dijo extendiendo las maños—. Debería haberle dado las gracias hace mucho, pero...

—En otra ocasión será. ¿Le dice algo el nombre de Hydra?

Julian se mostró perplejo.

—De las sagas heroicas griegas — reflexionó—. Un monstruo de nueve cabezas.

—¿Ninguna otra cosa con la que

pueda asociarlo?

—No.

—Todo parece indicar que una organización llamada Hydra es la responsable de todo esto. Las cabezas que se reproducen..., son muchas. Invencibles, y en una red internacional. Durante un tiempo estuvimos convencidos de que a quienes movían los hilos podríamos encontrarlos en círculos económicos o políticos de China, pero se lo mire por donde se lo mire, eso no tiene ningún sentido. Por cierto, un amigo suyo también estaba en la lista de Hydra con las personas a las que hay que eliminar.

—¿Qué? ¿Quién, por el amor de

Dios?

—Gerald Palstein.

—¿Cómo? ¿Y qué diablos quieren de Gerald?

—Eso es lo más fácil de responder

—señaló Norrington—. El atentado a Palstein provocó que él tuviera que cancelar a corto plazo su viaje a la Luna, y así quedó libre el sitio para Hanna.

—Pero ¿cómo...?

—Más tarde —dijo Jericho, y se acercó—. Lo más importante que usted tiene que saber por el momento es que el ataque no va dirigido contra el Gaia.

—¿No? —repitió Julian—. Pero usted dijo...

—Lo sé, pero parece que nos equivocamos. Entretanto hemos podido descifrar otra parte del mensaje, y de ella se infiere que la bomba no debe destruir su hotel.

—¿Y qué, entonces?

Durante un segundo reinó el silencio, como si todos en aquella habitación esperaran que fueran los demás los que sacaran el gato negro de la bolsa.

—La base Peary —dijo Shaw.

Julian la miró boquiabierto. Parecía como si el suelo fuese a tragarse a Jia.

—Pekín jamás haría una cosa a... —

empezó a decir.

—No estamos seguros de que Pekín esté detrás —lo interrumpió Shaw—. Por lo menos, no ninguna institución oficial china. Pero en este momento eso da igual. Hydra pretende contaminar el cráter Peary, ¡las montañas de la Luz Eterna, toda el área! En realidad no quieren nada de nosotros, sólo nos han utilizado para llegar a la Luna. ¡Contacte usted inmediatamente con la base, no importa cómo lo haga! Tiene que peinar la zona y evacuarla con urgencia.

—Dios mío —susurró Julian—.

¿Quiénes conforman esa tal Hydra?

—No tenemos ni idea. Pero, sean

quienes sean, pretenden borrar la presencia de Estados Unidos del polo.

—Y Carl anda por allí. —De repente todo estaba claro para él. Julian se levantó de un salto y miró a Jia—. Pretende activar la bomba. ¡Pretende activar la bomba y largarse!

Pero tampoco a través del satélite chino pudieron contactar con la base Peary, lo que elevó las preocupaciones de Orley a un nuevo nivel. Intentaron hablar con el Gaia, pero sin éxito. Otra vez la base. Otra vez el Gaia. Poco después de las cuatro, desistieron.

—No puede ser problema de nuestro satélite —dijo, resumiendo, Jia—. A fin

de cuentas, pudimos hablar con Londres.

Orley lo miró.

—¿Estamos pensando lo mismo?

—¿Que la bomba explotó hace rato y que por eso no conseguimos localizar a nadie? —Jia se frotó los ojos—. Admito que la idea se me ha pasado por la cabeza.

—Es una idea espantosa —susurró

Orley.

—Pero, como hemos oído, los satélites no son el problema. Se trata de los terminales. La base Peary y el Gaia sufren el ataque, nosotros no. Por eso nosotros podemos comunicar, aunque no con el hotel ni con el polo. Además, una

explosión atómica... —Jia dudó—. ¿No cree que nos habrían informado? Mi país mantiene una permanente observación de la Luna. Creo que su hotel está todavía en pie.

—¡La base está en la sombra de libración! ¡Su país podría estar mirando hasta que se le nuble la vista!

—Tenga la certeza de que China no tiene nada que ver con esto.

—No lo entiendo. —Orley dio algunas vueltas por la reducida central

—. Sencillamente, no lo entiendo. ¿Para qué todo esto?

Jia volvió la cabeza.

—¿Cuándo desea partir?

—De inmediato. Se lo diré a los demás. —Orley se detuvo—. Le estoy muy agradecido, comandante. ¡Muy agradecido!

—Llámeme Keqiang —oyó Julian que decía Jia.

¿Cómo? Por un instante se sintió apremiado a retirar su ofrecimiento, pero le caía bien aquel inglés de pelo largo, nada pretencioso. ¿Acaso era demasiado severo en su valoración de las familiaridades de los occidentales? Tal vez la oferta de que lo llamara por su nombre de pila podría contribuir al entendimiento entre ambos pueblos.

—Hay algo que sí es cierto —dijo

Orley con una sonrisa acida—. Con nosotros dos, jamás habría habido una crisis lunar.

En ese mismo momento, oyeron su nombre.

Le llegó a través de los altavoces, como parte de un bucle infinito, de un mensaje de radio automatizado:

—Calisto llamando al Ganímedes. Calisto llamando a Julian Orley. Por favor, responda, cambio. Julian Orley, Ganímedes, por favor, responda. Calisto llamando a...

Jia dio un salto y se plantó delante de la mesa de controles.

—¿Calisto? Al habla Jia Keqiang,

comandante de la estación de extracción china. ¿Dónde están?

Durante unos segundos, los altavoces crepitaron. Luego apareció la cara de Nina Hedegaard en la pantalla.

—Estamos sobrevolando los montes Jura —dijo la danesa—. ¿Cómo es que...?

—Porque hemos abierto las orejas.

¿Busca a Julian Orley?

—Sí —asintió la mujer con vehemencia—. ¡Sí!

Julian se apresuró a ponerse delante de la pantalla.

—¡Nina! ¿Dónde estáis?

—¡Julian!

De repente, la cara de Tim apareció al lado de la de la piloto.

—¡Por fin! ¿Todo bien por ahí?

—No.

—Pero... —Tim mostró signos de venirse abajo.

—Quiero decir que Amber está bien

—se apresuró a aclarar Julian—. ¿Qué hay de Lynn? ¿Del Gaia? Tim, ¿qué está pasando aquí?

—No lo sabemos. Lynn está... Estamos vivos.

—¿Estáis vivos?

—El Gaia ha quedado destruido. Julian miró la pantalla, incapaz de

encontrar las palabras adecuadas.

—Hubo un incendio. Muchos murieron. Tuvimos que evacuar, también por lo de la bomba.

La bomba...

—No, Tim. —Julian negó con la cabeza y apretó los puños.

—No te preocupes. Estamos seguros. Partimos de la base lunar. Dos tropas de búsqueda andan en camino para...

—¿Tenéis contacto con la base?

—No, está incomunicada con el mundo exterior.

—Tim...

—Julian, estoy aterrizando —dijo

Nina—. Dentro de una hora estaremos

en el polo. Luego podemos...

—¡Demasiado tarde, demasiado tarde! —gritó él—. La bomba no está en el Gaia. ¿Me oís? El Gaia no tiene la menor relevancia en todo esto. La bomba está en el polo, y lo que debe destruir es la base lunar. Tim, ¿dónde está Lynn? ¡¿Dónde está Lynn?!

Tim estaba como petrificado. Sus labios formaron, en silencio, tres palabras: «En el polo.»

—¡Eso no puede ser cierto! —Julian se frotó las manos al tiempo que miraba asustado a su alrededor—. De algún modo tenéis que...

—Julian —dijo Nina—. El segundo

grupo de búsqueda partió después que nosotros, están dando vueltas por el Mare Imbrium. En cuanto nos hayamos reunido todos, subiremos lo suficiente para establecer contacto con ellos y los mandaremos directamente de vuelta a la base. Ellos están más cerca que nosotros.

—¡Daos prisa! Carl va hacia la base

Peary. ¡Va a hacer estallar ese chisme!

—Ya estamos en camino.

BASE PEARY, POLO NORTE

Dana Lawrence estaba sentada en la semioscuridad de la central del Iglú 1, inhalando oxígeno puro de una máscara con la vista fija al frente. Ya en el Gaia había respirado el oxígeno suficiente para contrarrestar la intoxicación, pero no le vendrían nada mal unas dosis adicionales.

—¿No le apetece dormir un poco?

—preguntó Wachowski, comprensivo. La luz de los controles y las pantallas sumían su rostro en una anémica

tonalidad azul blancuzca—. La despertaré si sucede algo.

—Gracias, pero estoy bien.

En realidad no sentía cansancio en absoluto. Toda su existencia, hasta donde podía recordar, había estado orientada a evitar el sueño. En la enfermería se hallaban Kramp, Borelius y el matrimonio Nair, todos en un estado de cansancio comatoso, tranquilizados gracias a la ingestión de sedantes y cuidados de DeLucas, la médico general y especialista en sistemas de soporte vital. Pero ni siquiera DeLucas sabía bien lo que le pasaba a Lynn. Un joven geólogo llamado Jean-Jacques Laurie

había propuesto confiarla a la sabiduría del Island-I, el modelo antecesor del Island-II. El programa de tratamiento psicológico estableció el diagnóstico poco original de estado de shock, posiblemente asociado a una forma de mutismo tardío, un silencio de origen psicosomático. Desde entonces, la hija de Julian yacía con los ojos abiertos en la oscuridad o deambulaba por ahí como una prisionera de sí misma, una zombi. Los únicos que estaban intactos desde el punto de vista físico y psíquico, los Ögi, habían sido alojados en una de las torres de viviendas, junto al borde occidental. La base estaba ocupada por debajo de

su capacidad, los supervivientes estaban fuera de combate, y los grupos de búsqueda habían partido con la suposición de que Hanna intentaría regresar al hotel. Dana había hecho todo lo posible por crearle una situación favorable, pero Hanna no acababa de aparecer. Entretanto, ya eran las cuatro, y su creencia de que no aparecería ganaba terreno. El plan preveía que ambos realizaran la acción en conjunto, pero en ese negocio se luchaba hombro con hombro hasta que se hacía imprescindible sacrificar al otro. Al cabo de dos o tres horas podrían estar de vuelta los grupos de búsqueda. Y

antes de ese momento, uno de los dos debería haber actuado.

Lawrence se levantó.

—Voy a estirar un poco las piernas. Me ayudará a mantenerme despierta.

—Aquí hacemos un café bastante bueno —dijo Wachowski.

—Lo sé. Ya me he tomado cuatro tazas.

—Prepararé más.

—Me basta con la intoxicación a causa del humo; no necesito además una intoxicación de cafeína. Estaré al lado, en el gimnasio, por si surge algo.

—¿Dana? —Wachowski le sonrió tímidamente.

—¿Sí?

—¿Puedo llamarla Dana? Lawrence enarcó una ceja.

—Por supuesto..., Tommy.

—Mis respetos.

—Oh. —Ella sonrió de nuevo—. Gracias.

—Lo digo en serio. ¡Usted se mantiene en pie! Después de todo lo que ha sucedido, Orley puede estar contento de tener a alguien como usted a su lado. No pierde usted los nervios.

—Por lo menos, lo intento.

—Su hija, de algún modo, se ha desconectado.

— S í . Island-I dice que está en

estado de shock.

—Un shock bastante profundo. ¿Qué es lo que le pasa? Usted que la conoce mejor, Dana, dígame, ¿qué tiene esa chica?

Lawrence guardó silencio durante un rato.

—Lo que tenemos todos —dijo mientras salía—. Demonios.

HANNA

El transporte de mercancías, cargado con los tanques de helio 3, viajaba a más de setecientos kilómetros por hora camino del aeródromo del cráter Peary. Pero los pensamientos de Hanna, en cambio, corrían a mayor velocidad.

Tenía que activar la bomba, pero antes debía ponerse en contacto con Lawrence. No tenía ni la menor idea de cómo se habían desarrollado los acontecimientos en el hotel, aunque era seguro que su desenmascaramiento restringiría también el radio de acción

de su cómplice. Si la esperara en el polo, podrían huir juntos, pero a más tardar al llegar a la OSS, su doble identidad sería objeto de una orden oficial de busca y captura, y, en lo que a él atañía, podía olvidarse de regresar a la Tierra en el ascensor espacial. Toda aquella enmarañada situación requería de acciones rápidas. Había que activar los detonadores de tiempo y desaparecer con el Charon. El bonito plan de Xin todavía podría resultar; quizá no del todo como había sido previsto, pero sí con resultados idénticos. Era mejor que Lawrence siguiera fingiendo ser la preocupada directora, allá en la

distancia del Vallis Alpina, y que confiara en que los chinos, en virtud del acuerdo de asistencia mutua en el espacio, la llevaran de regreso a la Tierra en algún momento.

La meseta se iba acercando. La valla del puerto espacial entró en su campo visual, los hangares, las antenas, las imágenes de orden de la colonización humana. Hanna quedó comprimido contra los tanques situados delante de él cuando el tren magnético disminuyó la velocidad, mucho más rápidamente que el expreso lunar. Por un momento pensó que había calculado mal y que quedaría aplastado a causa de aquel asesino

proceso de desaceleración, pero luego el convoy empezó a avanzar con la confortabilidad de un vapor de excursiones para jubilados, y entró en la última curva para detenerse después en la plataforma elevada de la estación. Hanna saltó al andén, antes de que uno de los manipuladores lo confundiera con uno de los tanques esféricos, y se ocupó de no entrar en el foco de atención de las cámaras de vigilancia. Por todas partes, el parque de máquinas cobraba vida, comenzaron a acercarse los montacargas, mientras que los brazos artificiales iniciaban el proceso de descarga. El canadiense se escabulló

hacia el lado exterior de la plataforma y venció los quince metros hasta el suelo de un solo salto. Ante sus ojos se extendían dos kilómetros de llanura no construida, solamente interrumpida por la carretera que unía el puerto espacial con los iglúes, cuyas siluetas se recortaban ante el fondo de las crestas montañosas y los edificios de las fábricas, flanqueados por el emparrado de las torres de viviendas. En medio, en un orden aparentemente arbitrario, se veían algunos cobertizos y también refugios. A una distancia considerable descollaba una gran edificación que salía de la ola petrificada de la cresta de

una colina y que era el envoltorio exterior de la futura central energética de helio 3, en ese momento en construcción.

Hanna echó a andar, sin prisa, manteniéndose alejado de la carretera, protegido por las elevaciones, de modo que la base le quedaba a la derecha. Muy pronto brillaría allí un sol muy distinto, y lo haría brevemente pero con una luminosidad radiante que lo cambiaría todo: el paisaje, la historia.

LAWRENCE

Dana subió con el ascensor hasta el ático del Iglú 1 y entró en los tubos de comunicación entre las dos cúpulas. Por debajo de ella discurría la carretera que conducía hasta las fábricas situadas hacia el interior. Una pequeña ventana le permitía tener una vista panorámica de los bordes de los cráteres, la zona industrial y el puerto espacial. La altura del Sol dibujaba el panorama de sombras de un Giorgio de Chirico, pero Lawrence no tenía ojos en ese momento para la belleza surrealista del paisaje,

bajo miles de millones de estrellas. Con paso seguro, llegó al Iglú 2, y allí tomó el ascensor hasta la sala, se puso unos blindajes y las mochilas de supervivencia de su traje espacial, agarró un casco y continuó hacia abajo, en dirección al gimnasio y la enfermería; pasó luego junto a una capa de roca y penetró en el retiro casi minotáurico formado por un laberinto de cavernas y pasillos que atravesaba el subsuelo. Gracias a los planos y las descripciones de Thorn, conocía la base Peary casi al dedillo, y por eso sabía, aun sin haber estado allí nunca antes, lo que la esperaba y hacia dónde tenía que

dirigirse cuando las puertas del ascensor se abrieran.

Entonces llegó al fondo del mar.

O, por lo menos, eso fue lo que le pareció. De varios metros de altura, se extendían las paredes de cristal de los tanques destinados a la cría de peces. Los reflejos jugueteaban sobre el suelo y se acechaban mutuamente, todo a causa de la naturaleza cambiante del agua, por el pasar de los salmones, las truchas y las percas, el lento patrullar de los peces. Al cabo de un rato, la caverna se ramificaba, describía meandros en medio de la oscuridad, y sólo desde algunos pasillos brillaba alguna luz de

color azul verdoso o blanco, con plantaciones detrás, laboratorios biogenéticos y centros de producción de enriquecidos ejemplares de frutas y verduras lunares. Lawrence cruzó luego un pasillo, un breve corredor, y se encontró en una sala de piedra casi circular de dimensiones enormes. Un ascensor conducía directamente desde allí hasta el Iglú 1, el mismo que podría haber cogido antes, sólo que Wachowski debía pensar que ella estaba al lado, en el gimnasio. Su mirada examinó el entorno en busca de cámaras. En tiempos de Thorn, no había ninguna en aquella sala, y tampoco ahora podía

distinguirlas. No obstante, aun cuando hubieran instalado alguna entretanto, Wachowski —con la escasez de personal que había en la base— estaría suficientemente ocupado vigilando las zonas del exterior. Lo menos que acaparaba ahora su interés eran los criaderos de peces y los cultivos de hortalizas.

Había varios pasillos que partían de esa sala y conducían a los laboratorios, los almacenes y los alojamientos. Sólo uno estaba provisto de una esclusa de aire, tras la cual continuaba la caverna, que se adentraba cientos de kilómetros en un territorio incierto, inutilizado,

infinitamente ramificado y exento de aire. La mayoría de los canales de lava se perdían en las laderas del Peary, otra parte serpenteaba valle abajo, algunos de los canales desembocaban en unas depresiones parecidas a gargantas que atravesaban todo el territorio. Dana Lawrence se puso su casco, entró en la esclusa y bombeó el aire. Al cabo de un minuto se abrió la puerta del fondo. Con las luces del casco encendidas, se internó en un pasillo de basta roca por el que siguió en dirección a una oscuridad negra como la noche. Con parpadeo nervioso, los conos de luz temblaban sobre el basalto acristalado. Al cabo de

unos cien metros, vio abrirse una grieta a mano izquierda de la que ya le había hablado Hanna. Era estrecha, inquietantemente estrecha. Dana se metió a la fuerza por ella, encogió los hombros, se puso a cuatro patas —ya que de repente el techo era demasiado bajo—, se arrastró el último tramo sobre la barriga y, cuando la estrechez ya era casi insoportable, las paredes se separaron y la mujer pudo ver un montón de cantos rodados apilados; entonces extendió ambas manos y apartó las piedras.

Apareció un objeto aplanado y brillante, con un monitor parpadeante y

un panel de control.

Emplazada en el sitio adecuado, eso había que reconocérselo a Hanna.

De repente comprendió que habían tenido suerte dentro de la desgracia. Según el plan, el paquete debía llegar al fondo de la grieta por sus propios medios y permanecer allí hasta el último día del viaje. Sólo durante la visita oficial a la base, inmediatamente antes de regresar a la OSS, estaba planeado que Hanna se separara del grupo, ocultara el contenido y llevara la bomba hasta la caverna. Esa misma noche, el Charon debía abandonar la Luna, y veinticuatro horas después la carga

explosiva habría detonado. Pero el mecanismo del paquete se había averiado, y Hanna se había visto obligado a llevar el contenido a la base con antelación y alojar la mini-nuke en esa parte de los rocosos intestinos. En retrospectiva, después de que su desenmascaramiento lo puso todo patas arriba, podía decirse que era una bendición que las circunstancias lo hubiesen obligado a ello.

Dana abrió la tapa de seguridad del panel táctil y vaciló.

¿A qué hora debía ajustar el detonador? A esas alturas ya todos sabían que se estaba planeando un

ataque. Y aún se creía que ese ataque sería contra el Gaia, una creencia que ella misma había alimentado con todas sus fuerzas. Sin embargo, los grupos de búsqueda llegarían a una nueva conclusión cuando estuvieran en Aristarco. ¿Y si regresaban convencidos de que era la base la que estaba realmente en peligro e iniciaban una acción de búsqueda en el polo?

No podía darles tiempo para que encontraran la bomba.

Debía programar el detonador para que estallara cuanto antes.

Lawrence sintió un escalofrío. Tenía que hacerlo, en lo posible, de tal modo

que ella misma no fuera alcanzada por el rayo nuclear. Aquella maravilla que respiraba destrucción, sobre cuya pantalla se habían detenido ahora sus dedos, transformaría la cima del Peary en un infierno y barrería todo lo que había sido construido por la mano del hombre, de una manera tan absoluta que al final parecería que allí nunca había estado nadie. Era recomendable estar bien lejos para entonces, pero ¿cuándo regresarían los equipos de búsqueda?,

¿cuándo despegaría el Charon? Ajustar el detonador para dentro de veinticuatro horas sería una opción segura para su propia supervivencia. Pero ¿qué pasaría

si el bloqueo se interrumpía antes de tiempo y se sabía que la mini-nuke estaba alojada allí, en el polo?

No, eso no se les ocurriría.

Bueno, tal vez sí podrían pensarlo. El hecho de que ya supieran de la existencia de la bomba demostraba que podían llegar a cualquier conclusión. Entretanto, el Calisto debía de haber llegado a la meseta de Aristarco. Y si encontraban supervivientes allí, habría que contar con un pronto regreso. En caso de que no fuera así, continuarían buscando durante un tiempo prudencial. No podía tomar una decisión a partir de lo que hicieran los transbordadores.

Tenía que encender la mecha, secuestrar el Charon y enfilar hacia la OSS. All tendría que explicarse: por qué había partido sin los demás, por qué había partido en general, cómo había podido enterarse de la existencia de la bomba. En especial, si quedaban supervivientes, ellos derribarían todas sus mentiras fabricadas.

No obstante, era preciso acabar con aquello. Había sido instruida para llevar a término aquel asunto.

Sus dedos temblaron, indecisos. Entonces introdujo el código de

tiempo, amontonó de nuevo las piedras y se arrastró de vuelta hacia la salida. El

infierno ya estaba programado. Era hora de largarse.

IGLÚ 1

Wachowski se había llevado un susto de muerte.

—¿Qué está haciendo usted aquí? Lynn lo miró desde lo alto,

asombrada de verse así en los ojos de aquel hombre, como un fantasma pálido de pelo revuelto que se había acercado con sigilo, como si una ráfaga de viento hubiese entrado por la puerta, como una figura movida por fuerzas extrañas: lady Madeline Usher, Elsa Lanchester como la novia de Frankenstein, en fin, la protagonista de un clásico del cine de

terror. Estaba totalmente perpleja de la claridad con que se manifestaban tales imágenes y pensamientos en plena oscuridad, después de que su juicio hubo salido huyendo, aunque, por lo visto, lo había hecho sin dejar migajas de pan para guiar a la niña pequeña, perdida de un modo tan horrendo, y que encontrara así el camino de regreso a la normalidad.

«Sigue el rastro de tus pensamientos», le murmuraban unas criaturas astrales. «Ve hacia la luz, hacia la luz, hija de las estrellas», le cuchicheaban unas inteligencias superiores que no necesitaban cuerpo

alguno y parecían hallar una oscura diversión en atraer a los pobres astronautas hacia unos monolitos y dejarlos en unas ridículas copias de habitaciones estilo Luis XIV, como al pobre Bowman, que...

¿Bowman? ¿Lady Usher?

«Ésta es mi cabeza —gritó ella—.

¡Es mi cabeza, Julian!»

Y el grito, ese pequeño y valiente grito, salió de su interior como un alma endeble, recorrió entre tormentos el largo camino hasta el horizonte de los acontecimientos, perdió fuerza y coraje, se plegó hacia adentro y se ahogó.

—¿Está usted bien?

Wachowski ladeó la cabeza. Interesante. En sus sienes, las laboriosas y serpenteantes arterias seguían bombeando sangre. La sangre de la clara excitación. Lynn vio pasar unos diminutos submarinos.

—No la he oído entrar.

Submarinos en las arterias. Dennis Quaid en El chip prodigioso. No, Raquel Welch y Donald Pleasance en Viaje alucinante. ¡La primeeeeeeeera versión!

«Ah, sí. Perdona, papá.»

Lynn era un terreno contaminado. Julianamente contaminado. Estaba claro, él estaba allí, ejerciendo su influencia,

tomándole el pelo con su entusiasmo por el cine. Cada vez que ella creía haber llegado a un sitio propio, aterrizaba en uno de los mundos de él, Alicia en el País de Orley, la eterna protagonista de sus fantasías, su invento más íntimo.

«Estás loca, Lynn —pensó—. Has terminado como Crystal. Primero depresiva, luego loca.»

¿O acaso Julian también le había asignado ese papel en el guión?

Sus manoteos, su mirada chisporroteante cuando los llevaba a ella y a Tim a su cine privado, obligándolos a memorizar cada metro de celuloide iluminado, cada drama digital

que los cerebros de los autores y directores de ciencia ficción habían concebido: Viaje a la Luna, de Georges Méliés, La mujer en la Luna, de Fritz L a ng, La gran sorpresa, de Nathan Juran, o Esta isla, la Tierra, con Jeff Morrow y Faith Domergue y el mutante

—¡oh, Dios santo, el mutante!— Star

Trek, El hombre que cayó a la Tierra,

2001: Una odisea del espacio, La guerra de las galaxias, Alien, Independence Day, La guerra de los mundos, Perry Rhodan, esta última con Finn O'Keefe, el mismo que andaba por allí cerca, y también, una y otra vez...

¡Tatatachán-tachán...!, con Lynn Orley en

el papel principal...

—Me ha dado usted un susto de muerte.

Wachowski. Completamente solo en la luz crepuscular de la central, rodeado por pantallas y paneles de control. Pobre diablo. Tenía un aspecto horrible.

—Eso está bien —le susurró Lynn.

Se inclinó hacia donde estaba él, le rodeó el cuello con la mano y pegó sus labios a los del subcomandante. Mmm, cálido, agradable. Ella era Grace Kelly.

¿Lo era? Y él...

—Señorita Orley, Lynn... —Cary

Grant se irguió en su asiento.

«¿Perdone, estoy en el plato de

Atrapa a un ladrón?»

Qué raro. Ésa no era una película de ciencia ficción, sin embargo, a Julian le gustaba.

Clic, sssttt. Verificar.

«Has perdido el hotel.»

Una vez más, otro de aquellos letreros luminosos que indicaban el camino. ¿Qué estaba haciendo allí?

¿Qué diablos estaba haciendo en la central, con los sebosos vapores de Wachowski en la nariz? Entonces, Lynn apartó al subcomandante de un empujón, retrocedió y se enjugó los labios, asqueada.

—¿Va todo bien? —preguntó el

hombre en un susurro, presa de un horror fascinado.

—¡Sí, estupendamente! —repuso ella— ¿Tiene algo de beber?

El hombre se puso en pie de un salto y asintió.

Glub, glub... Los pensamientos de la hija de Julian fueron absorbidos por un remolino. Cuando Wachowski le puso el vaso de agua en una mano, ella ya no recordaba habérselo pedido.

HANNA

Describiendo un amplio arco, pasó junto a las torres de viviendas y llegó hasta el borde de la depresión del terreno. No en todas partes las paredes del canal de lava demolido caían tan en picado, sino que más bien se iban superponiendo, iban formando salientes y escaleras naturales, de modo que Hanna llegó abajo con comodidad. En el oeste, la garganta se abría para formar un profundo valle que cortaba el flanco del cráter Peary y se iba estrechando hacia el lado derecho de la base. Desde el

fondo, Hanna podía distinguir todavía las puntas soleadas de dos de las torres habitacionales, así como un par de puentes que cruzaban la depresión del terreno a cierta distancia el uno del otro. Estaba oscuro allí abajo, el suelo cubierto de escombros. Pasó por debajo de uno de los puentes, siguió una acanaladura parecida a un sendero que discurría por el terreno que se elevaba suavemente, llegó hasta poco antes del segundo puente y arqueó el cuerpo para poder mirar hacia arriba.

A unos diez metros por encima de él se abría un agujero en la pared.

Había varias aberturas de ese tipo

—hechas por los canales de lava—, que desembocaban en esa depresión, pero ésta le interesaba especialmente. Hanna empezó a trepar, llegó al boquete, encendió la linterna de su casco y penetró en el interior de aquella caverna en espiral que, tras un breve y empinado ascenso, se allanaba de nuevo. Las luces abarcaron el dentado paso donde reposaba la bomba. Brevemente, sopesó la idea de ahorrarse una visita a la central y emprender desde ese momento la programación, pero antes tenía que hablar con Dana Lawrence. En las últimas horas podían haber pasado muchas cosas, y eso exigía proceder de

otro modo; además, necesitaba con urgencia informaciones para poder valorar mejor su situación personal. De acuerdo al plan, la comunicación por láser entre la base y el Gaia debía de estar funcionando, manipulada de tal modo por Lawrence que cualquier llamada aterrizaría directamente en el teléfono móvil de su compañera.

Ignoró la grieta, caminó hasta la esclusa de aire y entró. La luz penetraba a través de una pequeña ventana. Más allá de la esclusa estaba lo que en la jerga de la base llamaban la «sala», una bóveda natural desde la que se ramificaban las secciones de los

laboratorios, los invernaderos y las piscifactorías. Un ascensor comunicaba la sala con el Iglú 1 y desembocaba directamente en la central. Hanna echó un vistazo al reloj. Eran casi las cuatro y media. Era posible que la central no estuviera ni siquiera ocupada. No obstante, sacó su arma cuando entró en la sala, miró en todas direcciones y oprimió el sensor para llamar el ascensor.

LAWRENCE

Decidida a no quedarse ni un segundo más de lo estrictamente imprescindible, había echado un rápido vistazo en la enfermería del Iglú 2 y percibido la tenue orquestación del sueño, con Mukesh Nair como destacado solista, según le pareció. Minnie DeLucas, una negra con rastas, trabajaba en uno de los ordenadores.

—¿Qué tal están? —preguntó Lawrence con un tono maternal, fingiendo preocupación.

—Bien, dentro de lo que cabe. —La

doctora se llevó los dedos a los labios y echó una ojeada hacia las camas—. Lo de las intoxicaciones por humo no es tan grave, pero me parece que la alemana alta ha quedado profundamente traumatizada. Me contó lo sucedido en las cajas de los ascensores del hotel. Que no pudo salvar a la otra mujer.

—Sí —susurró Lawrence—. Hemos vivido cosas horrendas. ¿Dónde está la señorita Orley?

—Debería haberla atado para mantenerla aquí.

—¿Se ha marchado?

—Anda dando vueltas por ahí. No puede ni quiere dormir. Creo que está

con Tommy en la central. ¿Y usted?

¿Está usted bien?

—Oh, sí. En las últimas horas he respirado tanto oxígeno puro que no creo que pueda volver a intoxicarme a causa del humo nunca más.

—Quería decir de ánimo.

—Estoy bien —dijo Dana, encogiéndose de hombros—. Los estados de ánimo son un lujo que raramente me permito experimentar.

—De todos modos, debería usted ver a un psicólogo —le aconsejó DeLucas.

—Claro.

—Se lo digo en serio, Dana. No

intente posponer el asunto. No es ninguna infamia buscar ayuda.

—¿Y por qué cree que yo puedo verlo como una infamia?

—Usted transmite la impresión de ser... —DeLucas vaciló— ...bastante dura consigo misma. Y también con los demás.

—Ah. —Lawrence enarcó las cejas, interesada—. ¿De verdad doy esa impresión?

—No es nada grave tumbarse de vez en cuando en el diván —sonrió DeLucas.

—Bueno, hay gente que cree que yo debería estar tumbada en un diván

permanentemente —repuso Dana, guiñándole un ojo a la mujer negra en un gesto de familiaridad—. Hasta luego. Voy a correr un poco en la cinta.

IGLÚ 1

Un rayo de claridad había incitado a Lynn a ir hasta la cocina de la central de mando —un espacio reducido, separado a medias por un cristal tratado con abrasivos—, a fin de devolver su vaso de agua vacío. Algo en ella otorgaba ahora un valor un poco exagerado al orden, después de haber estado torturándose, durante semanas y meses, con toda suerte de irrefrenables miedos a una catástrofe. Ahora, el Gaia estaba en ruinas. Lynn lo había demolido tantas veces en su imaginación que empezaba a

tener la sospecha cada vez más cierta de que ella misma lo había destruido, si bien no estaba del todo segura.

Sin embargo, en el momento en que colocó el vaso en su sitio, todo volvió a entrelazarse como era debido, y entonces recordó.

La acción de rescate en la cabeza del Gaia. La muerte de Miranda.

La hija de Julian Orley intentó llorar. Torció las comisuras de los labios hacia abajo. Puso cara avinagrada. Pero los lagrimales le quedaron a deber la producción de esas gotitas saladas, y mientras no pudiera llorar, seguiría vagando por el laberinto

de su alma, sin ninguna perspectiva de salvación. Indecisa, miró fijamente el vaso, y en eso oyó el zumbido del ascensor.

Alguien estaba subiendo.

Su rostro se deformó en una mueca de rabia. No quería que nadie viniera. Tampoco quería tener cerca a Tommy Wachowski. ¡Ese cerdo la había besado!

¿O no? ¿Cómo se le había ocurrido hacer una cosa así? ¡Como si ella fuera una prostituta barata! ¡La chica fácil, la que todos se pueden follar, un juguete, un avatar, una fantasía de los demás!

«¡Pues que os den a todos!», pensó.

«¡Que te jodan, Julian!»

Lynn se echó un poco hacia atrás, de modo que pudo mirar por el borde del cristal en dirección a la central. El hueco del ascensor atravesaba el iglú como un eje. Alguien vestido con un traje espacial salió de él, con el casco en una mano y algo parecido a un arma en la otra. El recién llegado apuntó con ella a Wachowski, que se puso en pie de un salto y retrocedió sorprendido.

—¿Quién más está aquí? —preguntó el recién llegado en voz baja.

—Nadie.

—¿Estás seguro?

Wachowski consiguió no mirar en dirección a la cocina.

—Yo soy el único —dijo el subcomandante con voz ronca.

—¿Alguien que pueda aparecer por aquí en los próximos minutos?

Wachowski vaciló, agachándose. Parecía estar considerando la posibilidad de atacar a aquel hombre mucho más alto que él, a cuya nuca, con el pelo cortado muy corto, Lynn miraba ahora fijamente como paralizada, incapaz de mover un dedo o de apartar la vista.

«¡Carl Hanna!»

—Uno nunca sabe con exactitud quién puede aparecer por aquí ni en qué momento —repuso Wachowski—. Sería

poco inteligente de su parte...

Entonces se oyó un sordo blap. El subcomandante cayó al suelo, donde quedó completamente inmóvil.

Hanna se volvió.

Nada. Sólo la espaciosa y oscura redondez de la central de mando. Allí no había nadie, salvo el muerto, que ahora yacía a sus pies.

Hanna dejó el casco sobre la consola, mantuvo el arma en ristre y le dio la vuelta a la caja del ascensor. Ninguno de los puestos de trabajo restantes estaba ocupado. Tras un tabique divisorio de color lechoso brillaba una débil lucecilla; un

fragmento de armario empotrado entró en su ángulo visual, estaba lleno de paquetes de café, filtros y jarras.

Hanna se detuvo y se acercó a la consola de mando.

Desde el lugar donde había matado al hombre le llegó el sonido de un tenue roce. Al instante se volvió, apuntó con el arma hacia el cuerpo inmóvil y la dejó caer de inmediato, cuando vio que el muerto no podía estar más muerto. Era sólo que el brazo inerte de Wachowski había caído hacia un lado tardíamente. Guardó el arma, se inclinó sobre la consola y se puso a estudiar sus elementos de mando. Sus dedos volaron

sobre la pantalla táctil, establecieron contacto con el Gaia, o deberían haberlo establecido, pero no obtuvo respuesta.

Lo intentó una vez más. La línea estaba como muerta.

¿Qué estaba sucediendo?

—Dana, maldita sea —siseó—. Responde.

Poco a poco, después de un nuevo intento, comprendió que no podía ser un problema de Lawrence. El ordenador le hizo saber que no podía establecer contacto con los elementos marcados, lo que, sencilla y llanamente, quería decir que ya no había conexión con el hotel, tampoco a través del canal por láser.

El Gaia no respondía.

Lynn oprimió su cuerpo contra el fregadero; apretada como un puño, se fue haciendo cada vez más pequeñita, con el rostro metido entre las rodillas. En el último segundo había superado su parálisis y había retirado la cabeza a tiempo, a la velocidad del rayo; todavía fue capaz de atraer a la chica del bosque, que seguía aquella migaja de pan luminosa, que admiraba la maravilla de aquellos reflejos, mientras que el cuerpo de la mujer adulta, en elevadísima tensión, se paralizó, en tanto que ya empezaba a dolerle el aire retenido en los pulmones.

Un nuevo abismo dividió sus pensamientos. Allí estaba Carl Hanna, un tipo tal vez egoísta pero no menos amable, con ese prototipo de hombre que había querido ser alguna vez una gran estrella del pop, con quien se había quedado charlando una noche en el Gaia, permitiéndose incluso insinuarle lo que ella se imaginaba que sería capaz de hacer su cuerpo musculoso, la obra benéfica que realizarían sobre ella sus manos nudosas si tan sólo conseguía superarse a sí misma y llevárselo consigo a su suite. Aquella detestada suite, cuyo espejo, por desgracia, estaba habitado por una histérica malhumorada,

devoradora de pastillas de color verde, razón por la cual no le gustaba quedarse en la habitación. Hanna había mantenido la compostura, esquivando la embestida de aquellas tropas desbocadas que le echaba encima la joven. Luego, sin embargo, faltaban algunos capítulos en esa cronología, y muchas cosas se volvían confusas. Alguien había afirmado que Hanna era el malo y que se disponía a volar su hotel por los aires. Con esas pocas palabras, todo el mobiliario de su cabeza quedó desplazado, y ahora aquel tipo atractivo, con el que ella había estado flirteando en el club Mama Killa, había matado al

pobre Tommy Wachowski, y ella sentía un miedo horrible ante aquel cuerpo musculoso y sus manos nudosas. El miedo sumergía su cerebro en agua helada, de modo que por un instante pudo pensar con claridad; por lo menos reconocía la necesidad de no moverse ni un ápice y no ceder a la tentación de romper a llorar descontroladamente y silbar esas cancioncitas que las niñas entonan en el bosque cuando tienen miedo. Porque, si lo hacía, el hombre llamado Carl Hanna también la mataría a ella.

Lynn contuvo el aliento y se quedó a la escucha, oyó a Hanna maldecir, oyó

cada una de sus reveladoras palabras.

HANNA

Había que cambiar todos los planes. Lawrence había quedado eliminada de la carrera. Fuera lo que fuese lo que le hubiera ocurrido, ya no podía tener ninguna consideración para con ella.

Ésas eran las reglas del juego.

Con el muerto cargado al hombro, como si fuese un saco de regalos navideños, bajó de nuevo a la sala, metió al hombre en la esclusa y vio cómo su rostro se deformaba en medio del horror vacui. Luego arrastró a Wachowski hasta la sección situada

detrás, y ya no volvió a prestarle atención. Acto seguido, corrió hasta la grieta, pasó como pudo a través de ella, se puso de rodillas y continuó avanzando sobre los codos, como una serpiente, hasta que el pasaje se ensanchó y apareció el ya conocido montón de cantos rodados bajo la luz del reflector. Con ambas manos, apartó las piedras, liberó el pequeño panel de control de la mini-nuke empujando la tapa a un lado...

Y se quedó petrificado.

El detonador de tiempo estaba programado.

Por un momento reinó el vacío en su

mente. Se negó a creer lo que estaba viendo, pero no había duda de que alguien había activado el temporizador. Y ese alguien sólo podía ser...

Dana Lawrence.

¡Ella estaba allí! O no, ya se habría marchado. ¡Se habría largado! Si Lawrence no quería correr el riesgo de arder en la cima del cráter Peary, tenía que abandonar la base con el Charon, y probablemente estuviera haciéndolo en esos minutos. Y eso significaba que...

Apresuradamente, salió de nuevo de aquel tubo, se incorporó demasiado temprano y golpeó con el casco en el techo, encontró el camino de salida,

corrió hasta el pasaje, siguiendo las danzantes luces de la linterna de su casco, saltó hasta el fondo de la depresión, avanzó tropezando por la acanaladura y subió, a la altura del primer puente, por la pared de la garganta. Se agarró del borde, se incorporó y corrió dando saltos por la calle, pasando por las torres de viviendas, a toda prisa sobre el talco del regolito.

IGLÚ 2

Los dedos de Minnie DeLucas se deslizaron sobre la pantalla táctil y completaron dos pares de bases.

Era una defensora de la idea de criar terneros lunares en las catacumbas del cráter Peary. Las gallinas, que apenas eran capaces de vivir en la inhóspita existencia de la absoluta ingravidez, soportaban muy bien una sexta parte de la gravitación, ponían huevos que caían obedientemente al suelo y les proporcionaban un excelente Lunar Chicken Burger. ¿Por qué entonces no

podrían prosperar también los terneros y los corderos en el polo? Tal vez incluso hasta los cerdos, si bien el problema del mal olor requería que para ello se crearan secciones lo más alejadas posible. Como científica, DeLucas estaba acostumbrada a abordar los problemas tanto desde un punto de vista práctico como teórico, y puesto que en esos momentos tenía escasez de parejas vivas de animales, experimentaba ávidamente con sus genomas. Vigilar el sueño de otras personas no cumplía precisamente con los requisitos de un auténtico reto. Mientras ninguno se cayera de la cama, podía seguir

trabajando sin que nadie la molestara. Y, precisamente, acababa de cargar en el ordenador de la enfermería los datos sobre algunos experimentos llevados a cabo con fetos de vacas de Galloway, y estaba tan absorta en el tema que en un primer momento ni siquiera oyó la voz que salía de la radio:

—Peary, por favor, responda. Io llamando a Peary. Soy Kyra Gore Wachowski, ¿por qué no respondes?

DeLucas miró el reloj: faltaban diez minutos para las cinco. El Io estaba de nuevo en el radio de transmisión. Había regresado, para su sorpresa, demasiado de prisa, pero ¿por qué recibía ella la

llamada?

—Soy Minnie —confirmó la doctora.

—Hola, ¿qué hay? —dijo Gore con tono apremiante—. ¿Dónde anda Tommy?

—Ni idea. Tal vez haya ido al baño.

—Tommy jamás iría al baño sin llevarse un receptor de radio.

—Conmigo no se ha comunicado.

¿Dónde estáis...?

—¡Llegaremos dentro de cinco minutos! ¡Escucha, tienes que sacar a la gente de ahí! ¡Fuera de la base! Id todos al aeródromo.

—¿Cómo? ¿Y eso por qué?

—¡La bomba está ahí!

—¡¿Aquí?!

—¡Está oculta en algún lugar de la base! El tipo que debe activarla va en camino. Mete a la gente en sus trajes espaciales y sácalos al exterior. Y ve a buscar a Tommy.

AERÓDROMO

Lawrence había puesto las frecuencias de su unidad de comunicaciones en modo de recepción general, de manera que pudo oír la notificación hecha por radio desde el Io cuando estaba atravesando el portón de entrada al aeródromo espacial.

Se detuvo. ¿Qué diablos estaban haciendo ésos allí? En cualquier caso, había esperado que fuera Tommy Wachowski quien la llamara, algo que ya pensaba hacer después de que, de camino al aeródromo, se había

esforzado porque nadie la viera. Sin embargo, ahora el Io estaba llegando, y lo que era peor: ¡sabían lo de la bomba!

Ahora sí que le quedaban solamente unos pocos minutos.

Lawrence echó a correr.

DELUCAS

Buscando controlarse, corrió a la habitación de al lado y sacudió a las dos mujeres alemanas y al matrimonio indio. Aquélla no era una labor fácil, como enseguida se puso de manifiesto. Ciertamente Mukesh Nair encontró de inmediato el camino de vuelta a la realidad, con una última fanfarria de ronquidos parecidos a trompetas; Karla Kramp, por su parte, se incorporó y miró al mundo llena de interés, pero Eva Borelius y Sushma Nair yacían sumidas en un sueño propio de la Bella

Durmiente.

—¿Qué es lo que pasa? —preguntó

Kramp.

—Tienen que vestirse —les dijo DeLucas con mirada perdida—. Pónganse los trajes. Abandonamos la base.

—Vaya —exclamó Kramp—. ¿Y

eso por qué?

—Es una... medida preventiva.

—¿Frente a qué?

—¿Sushma? —Mukesh Nair estaba sumido en una lucha aparentemente desesperada contra los sedantes—.

¡Sushma, cariño! Levántate.

—Yo sólo quiero entender —dijo

Kramp, que empezó a reunir sus cosas, obedientemente.

—Yo también —repuso DeLucas mientras salía a toda prisa—. Ocúpese de que, dentro de cinco minutos, todos estén listos para partir.

En lugar de tomar el ascensor, venció los pocos escalones que la llevaban hasta la planta baja, miró en dirección a la sala, saltó hacia abajo e inspeccionó el gimnasio. ¿Acaso Lawrence no había dicho que quería correr en la cinta? ¿Y dónde andaba Tommy? ¿Dónde estaba Lynn Orley? En un abrir y cerrar de ojos, aquella aburrida guardia nocturna se había

convertido en una tarea de locos. DeLucas voló de nuevo hasta la planta baja, corrió a través de la pasarela que llevaba hasta el Iglú 1 y entró en la central, que estaba bajo la penumbra de las luces de los ordenadores, aparentemente desierta.

—¿Tommy? —gritó la mujer.

Allí no había nadie. Lo único que llenaba el recinto era la cháchara de las máquinas, el tenue zumbido de los transistores, el ruido de la ventilación, aparatos que rechinaban, que hacían clic, pitidos. Rápidamente pasó revista a todo, miró cada pantalla con la esperanza de ver a Wachowski en una

de ellas, pero el subcomandante seguía sin aparecer. Al salir, su oído percibió un ruido nuevo, un ruido que no fue capaz de clasificar, un chirrido silencioso. DeLucas se detuvo en el umbral de la puerta; vacilante y presa de un gran malestar, se volvió.

¿Qué era aquello? Ahora ya no lo oía.

Cuando ya se disponía a volverse de nuevo, oyó otra vez aquel sonido. No era un chirrido, sino una especie de gemido. Procedía de la parte trasera del recinto y resultaba bastante inquietante. Con el corazón palpitante, regresó a la central, rodeó hasta la mitad la caja del

ascensor. Ahora lo oía próximo, muy próximo, le llegaba tenue y desdichado desde el pequeño recinto de la cocinilla para café.

DeLucas repostó aire y miró al interior.

Delante del fregadero, agachada, con los brazos rodeándole el cuerpo, estaba Lynn Orley, que emitía los sonidos propios de alguien que se siente perdido.

DeLucas se agachó también.

—Señorita Orley.

No hubo reacción. La mujer miraba a través de ella como si no existiera. DeLucas vaciló, le tendió una mano y la

tocó suavemente en el hombro.

Y fue como si le hubiese retirado la anilla a una granada de mano.

AERÓDROMO

Lawrence maldijo. ¿Por qué el módulo de aterrizaje tenía que estar precisamente en el último rincón del puerto espacial? Con cada segundo que transcurría, desaparecía una oportunidad de poder largarse de allí.

Tenía que pensar en otras alternativas.

¿Qué tal si...?

—Espera.

Alguien la agarró por el brazo. Lawrence saltó a un lado y se dio la

vuelta. Su mirada abarcó la alta figura

del astronauta, apenas reconocible tras el visor de espejo, pero su estatura y su voz no dejaban lugar a dudas. Sin dilaciones, cambió a un canal seguro para la comunicación.

—¿Dónde te habías metido? —siseó la mujer.

—Has activado el detonador — afirmó Hanna, sin responder a la pregunta de su compañera—. ¿Acaso pretendías irte sin mí?

—No estabas aquí.

—Pero ahora sí lo estoy. Vamos. Hanna se puso en movimiento.

Lawrence lo siguió, y en ese momento, al otro lado del vallado, pudo verse

asomar el robusto cuerpo del Io. Al instante siguiente, el transbordador flotaba por encima del aeródromo y descendía con los motores bombeando hacia abajo, cortándoles el paso.

Hanna se detuvo, se llevó la mano al muslo y sacó su arma.

—Olvídalo —le susurró Lawrence. E l Io se posó en tierra suavemente y

el canal de la esclusa surgió de su barriga. Estaban ellos dos solos contra la tropa de Leland Palmer, cinco astronautas con los reflejos bien entrenados y en la mejor forma física, desarmados pero rápidos y adiestrados en la lucha cuerpo a cuerpo. Tal vez

conseguirían neutralizarlos en el transcurso de un pequeño combate, pero en ese caso la tapadera de Lawrence quedaría al descubierto, y eso era algo que ella, bajo ningún concepto, podía permitir.

Y ése fue el criterio decisivo. Cambió al canal general y sacó el

pequeño martillo con punta del soporte que llevaba cada traje, pensado para casos de emergencia o para partir la piedra en fragmentos que pudieran llevarse como recuerdo. Hanna se había colocado con las piernas bien abiertas, apuntando. La caja de la esclusa se abrió. Los astronautas salieron al

exterior. Dana vio cómo el cañón de la pistola se elevaba un poco, entonces alzó el martillo por encima del casco...

Y lo dejó caer con fuerza.

La punta se clavó en el resistente material del traje, en el dorso de la mano de Hanna, penetrando hasta lo más hondo de los huesos y los tendones. El canadiense soltó un gemido. Se volvió rápidamente y le propinó un golpe a Lawrence que la arrojó al suelo.

—¡Auxilio! —gritó la mujer—.

¡Auxilio!

Resonaron algunas voces. Por razones desconocidas, Hanna mantenía el arma en alto, en sus manos,

oprimiendo al mismo tiempo los dedos de la mano izquierda contra el agujero abierto en su guante. Apuntó a Lawrence. Ella rodó, le propinó un golpe en la rodilla e hizo que se le doblaran las piernas. Al instante siguiente, la mujer ya se había puesto en pie de un salto y había vuelto a tomar impulso. Esa vez, el afilado extremo del martillo impactó contra el visor de Hanna y abrió un pequeño agujero en el cristal de seguridad. El hombre retrocedió y la alcanzó en la barriga. El martillo le fue arrancado de las manos y quedó clavado en el cristal de visión del casco del canadiense. Lawrence salió

despedida, y fue a golpear contra el suelo varios metros más allá; intentó incorporarse, y entonces supo que Hanna le había disparado. A través de la pista de aterrizaje, los miembros de la tripulación del Io se acercaban a grandes saltos.

Tenía que poner fin a aquello. Por nada del mundo Hanna debía caer vivo en manos de los astronautas. Con un violento salto, se catapultó hacia donde estaba el canadiense. Lo hizo caer y agarró el mango del martillo, que sobresalía del casco en posición transversal.

Por un instante fantasmal, a pesar del

espejo, Lawrence creyó ver los ojos de

Hanna.

—Dana —susurró él.

Ella torció el martillo un poco y lo sacó bruscamente. Unos pedazos de cristal cayeron del visor. Hanna soltó el arma, alzó las manos, pero el aire escapaba con mayor rapidez de lo que entraba en el casco. Con las manos extendidas, como si abrazara a una pareja inexistente, quedó allí tumbado. Lawrence agarró el arma y la dejó caer en un bolsillo del muslo; nadie podía haber visto nada. Entonces se tumbó de costado en el suelo y volvió a gritar pidiendo auxilio.

Algunas personas acudieron a toda prisa, la ayudaron a levantarse, le hablaron.

—Hanna —dijo ella, jadeando—. Es Hanna. Él... Creo que quería largarse con el Charon.

—¿Ha dicho algo? —la apremió Palmer—. ¿Dijo algo acerca de la bomba?

—Él... —¡Tenía que parecer alterada! ¡Dana! Era recomendable dramatizar la situación, así que asintió con gesto histriónico y se apoyó en los demás—. Yo estaba fuera. Lo vi. Corría por la base en dirección al puerto espacial. Primero pensé que era

Wachowski, pero por su estatura, sólo... sólo podía ser Hanna. —Dana Lawrence se sacudió de encima las manos que intentaban ayudarla y tomó aire varias veces, con avidez—. Entonces corrí tras él. Le hablé por la radio. Corría en dirección a la pista...

—¿Y qué fue lo que dijo?

—Sí, cuando yo..., cuando le di alcance... Intenté retenerlo, él gritó que todo aquí volaría dentro de poco tiempo, y fue entonces cuando me atacó. Se me echó encima, quería matarme. ¿Qué otra cosa podía hacer?

—¡Mierda! —maldijo Palmer.

—Tenía que defenderme —gritó

Lawrence, añadiendo un toque de histeria en su voz. Kyra Gore la tomó por los hombros.

—Eso ha estado bien, señorita Lawrence; su actitud ha sido increíblemente valiente.

—Sí, lo ha sido —dijo Palmer, que caminaba de un lado a otro. Se detuvo y apretó los puños—. ¡Mierda! ¡Joder! Ese cerdo está muerto. ¿Qué hacemos ahora? ¡¿Qué hacemos ahora?!

IGLÚ 1

DeLucas se palpó la cara con cuidado. Un brillante color carmín le cubrió las puntas de los dedos. Sangre. Su sangre.

«¡Maldita loca!»

Como una navaja, Lynn Orley se abrió y se le echó encima a Minnie, clavándole las uñas en el rostro y rajándole la mejilla, antes de intentar escapar de la central. Pero entonces la doctora había salido corriendo detrás de la fugitiva, la había agarrado y oprimido contra la pared del ascensor.

—¡Basta, señorita Orley! ¡Soy

Minnie!

Y entonces, de repente, se oyeron gritos que pedían auxilio a través de los altavoces, retazos de palabras, de Dana Lawrence, la voz de Palmer.

Lynn aprovechó entonces para soltarse, tomó impulso con el brazo y le pegó con tal fuerza a DeLucas en la nariz que ésta vio, por un momento, un remolino rojo delante de sus ojos. Cuando pudo ver de nuevo con claridad, Lynn ya estaba a punto de abandonar la central. Con la cabeza retumbándole intensamente, DeLucas corrió detrás de la hija de Julian, consiguió llegar hasta ella y agarrarla, haciendo un esfuerzo

por evitar el bombardeo de golpes. Lynn tropezó contra el sillón vacío de Wachowski, miró hacia el hueco del ascensor y retrocedió con los ojos fuera de las órbitas.

—Todo está bien —jadeaba

DeLucas—. Todo está bien.

Los labios de Lynn se abrieron. Su mirada revoloteaba entre ella y el ascensor.

—¿Me entiende usted, señorita

Orley? Tenemos que salir de aquí.

Con cautela, le tendió la mano derecha.

Lynn retrocedió.

—Tiene que venir usted conmigo —

le dijo DeLucas con insistencia, mientras sentía que un manantial cálido le corría por los labios. Su lengua asomó mecánicamente y lamió—. Tenemos que ir aquí al lado. Póngase su traje espacial.

De repente, los ojos de Lynn reflejaban claridad y reconocimiento. Seguía moviendo los labios, y extendió un dedo tembloroso.

—Él apareció por ahí —graznó. DeLucas siguió su gesto. Por lo

visto, la mujer tenía pánico al hueco del ascensor, o más exactamente a algo que había aparecido por allí.

—¿Quién? —preguntó—.

¿Wachowski?

Lynn negó con la cabeza. Un horror frío se apoderó de DeLucas.

—¿Quién, Lynn? ¿Quién apareció por ahí?

—Él le disparó —susurró Lynn—. Lo hizo sin más. También podría haberme disparado a mí. —Entonces empezó a tararear una melodía.

—¿Quién, Lynn? ¿Quién le ha disparado a quién?

—¿Minnie? ¿Tommy? —la voz de

Palmer le llegó a través de los altavoces

—. Responded, tenemos un problema aquí.

Lynn dejó de tararear y miró

fijamente a DeLucas.

—¿Qué quiere usted de mí? — preguntó, jadeando—. ¡Maldita estúpida!

AERÓDROMO

—Leland, tengo un problema con Lynn

Orley.

—¡Estupendo! ¡Lo que nos faltaba!

¿Qué hay de los otros?

—Ya deberían estar listos.

—¡Pues salid afuera, Minnie! — Palmer caminaba como un tigre enjaulado, de un lado a otro, con el cadáver de Hanna a sus pies—. ¿A qué estás esperando?

—Parece que algo le ha sucedido a Tommy —dijo DeLucas—. Lynn afirma que alguien entró en la central y disparó

contra alguien, tiene un miedo horrible y...

—Hanna —gruñó Palmer.

—Me temo que quiere decirme que le han disparado a Tommy, pero él no está aquí, en realidad no hay nadie más.

—Mierda —dijo Gore en voz baja.

—Tenemos que tomar una decisión

—dijo Palmer—. Dana ha conseguido evitar que escapara, pero se vio obligada a matarlo. No obstante, antes dijo que...

—Me enteré de lo que dijo —lo interrumpió DeLucas—. Que todo iba a explotar muy pronto.

—Entonces déjese ya de cháchara

—replicó Lawrence con tono venenoso

—. ¡Procure que mis huéspedes salgan de ahí de una vez!

—¡No puedo estar en misa y repicando! —ladró DeLucas—. Dile a...

—Escucha, Minnie, sencillamente, no voy a sacrificar la base, pero ella tiene razón: tienes que sacar de ahí a esa gente.

Palmer se detuvo y dirigió su mirada hacia el resplandeciente océano de estrellas, nublado en el este por el brillo de un Sol bastante bajo. Sencillamente, no podía imaginar que todo eso acabara.

—Tal vez aún tengamos tiempo —

dijo—. Hanna debe de haberse

concedido un plazo para poder desaparecer tranquilamente.

—Tenía mucha prisa —apuntó

Lawrence.

—Así y todo. Peinaremos el terreno mientras Kyra lleva a los huéspedes con el Io fuera del alcance de la bomba.

—¿Y hacia dónde debo volar? —

preguntó Gore.

—Al encuentro del Calisto. Retorno inmediato. En cuanto estéis arriba, debéis entablar contacto. Y entonces regresad a la base china.

—Eso es una locura —siseó Lawrence—. Olvídelo. ¿Piensa usted encontrar una bomba en este territorio

tan vasto?

—Buscaremos.

—¡Es una estupidez! Está poniendo en peligro la vida de seres humanos.

—Usted, en cualquier caso, volará en el Io —dijo Palmer sin prestarle más atención a la directora del Gaia, volviéndose hacia sus hombres—.

¿Alguien más quiere volar? Lo dejo a vuestro criterio, esto no es el ejército. Yo saldré a buscar ese chisme. ¡Por lo menos debe de haberlo programado con media hora a su favor!

Lawrence extendió los brazos, resignada.

—¿Leland? —dijo Minnie DeLucas

—. Si es cierto lo que Lynn está contando, Hanna tal vez llegó desde el subsuelo, desde la «sala».

—Bien —asintió Palmer de mal humor—. Empezaremos por ahí.

LONDRES, GRAN BRETAÑA

¿Tenía razón en su sospecha, o acaso la palabra «Moderna» se refería simplemente a algún armamento o a algo más inofensivo? En el Big O reinaban el desacuerdo y la agitación. La Luna seguía estando bajo el bombardeo del ejército de bots. No había contacto alguno con la base Peary ni con el Gaia. Merrick probaba una y otra vez, desde los satélites hasta las estaciones terrestres. Nada.

Entretanto, la gente del MI6 libaba

el néctar de la teoría china. Ésta era demasiado perfecta, demasiado atractiva. Lo del Gaia, bien, por qué Pekín iba a excluir el hotel, pero la base Peary..., si la destruían acabarían con una parte esencial de la infraestructura estadounidense en la Luna. No sería entonces un ataque contra Orley, sino contra el poderío de Estados Unidos. Rechazo del enemigo. Debilitamiento del negocio norteamericano del helio 3.

¡Tenían que ser los chinos! Pekín o

Zheng... O ambos.

La CIA, apenas elevada al rango de canalla potencial, quedó así descartada de nuevo.

—En cualquier caso —dijo Shaw—, hemos llegado a un nuevo nivel de desprotección.

—Vaya, estupendo —replicó Yoyo. De todas partes del mundo, los

encargados de seguridad de las filiales de Orley comunicaban con el centro de información de Londres, sin que hubiera otros indicios de ataques. Norrington insistía en que el consorcio tenía que asegurarse en todos los sentidos imaginables. No había proporcionado ninguna otra información sobre Thorn. Habían ordenado rastrear el paradero de Kenny Xin a partir de una foto en la que no lo reconocería ni su propia madre.

Desde la OSS había partido un transbordador con rumbo a la Luna, pero necesitaría más de dos días para llegar al cráter Peary.

—Me da la impresión de que Norrington está nervioso —comentó Jericho—. ¿A ti también?

—Sí, abre un escenario de guerra tras otro —dijo Yoyo levantándose—. A este paso, reducirá el ritmo de trabajo del equipo a cero.

Pocos minutos antes, había acabado otra reunión de crisis con el MI5, ya que ahora, por parte de las autoridades, se veía peligrar también la seguridad interna. No se anunciaba ningún respiro.

Tras una discusión, surgía otra discusión. El aire resonaba con los intercambios, el empeño, el compromiso. Sólo de manera solapada se propagaba la sensación de que todo aquello era el resultado de un malentendido, cuya mera presencia ya llevaba a sacar conclusiones.

—Pero ¿por qué hace eso? — reflexionó Jericho, siguiendo a Yoyo hacia afuera—. ¿Por simple preocupación?

—Eso no te lo crees ni tú. Norrington no es ningún idiota.

—Por supuesto que no lo creo. Pretende paralizar la empresa. —

Jericho miró a su alrededor. Nadie le prestaba atención. Norrington estaba telefoneando en su despacho, Shaw lo hacía en el suyo—. Y yo no tengo ni pajolera idea de con quién podemos hablar con confianza acerca de él.

—¿Te refieres a que cualquiera aquí puede estar en el ajo?

—¿Acaso lo sabemos?

—Hum. —Yoyo miró con recelo hacia el despacho abierto de Shaw—. La verdad es que ella no parece un topo.

—Nadie tiene aspecto de topo, salvo los topos de verdad, los animales.

—Eso también es cierto —convino ella, y guardó silencio un instante—.

Bien. Entremos.

—¿Entremos? ¿Dónde?

—En el ordenador central. En las secciones para las que no tenemos autorización. Las que controla Norrington.

Jericho miró a la joven. Alguien pasó a toda prisa por su lado hablando por teléfono. Yoyo esperó a que esa persona se alejara y no pudiera oírla, y entonces bajó la voz en un gesto conspirativo:

—Eso es sencillo, ¿no? Cuando te conoces y conoces a tu enemigo, no necesitas temer el resultado de cien batallas. Cuando te conoces, pero no

conoces a tu enemigo, sufrirás una derrota por cada victoria que consigas.

—¿Eso es de tu cosecha?

—Sun Tzu, El arte de la guerra. Escrito hace dos mil quinientos años, y cada palabra es cierta. ¿Quieres pillar a quienes mueven los hilos? Pues te diré lo que vamos a hacer. Tu atractiva Diana espiará la contraseña de Norrington, y luego nosotros echaremos un vistazo en su habitación.

—¡Te burlas de mí! ¿Cómo va a hacer eso Diana?

—¿Y tú me lo preguntas? —dijo Yoyo, enarcando las cejas con gesto inocente—. Creía que aquí el

ciberdetective eras tú.

—Y tú la ciberdisidente.

—Es cierto —asintió ella con indiferencia—. Yo soy mejor que tú.

—¿Por qué lo dices? —preguntó él, cogido por sorpresa.

—¿Ah, no? Entonces deja de quejarte y haz alguna propuesta.

Jericho dejó vagar la mirada. Aún nadie les prestaba atención. En el fondo, habría bastado con irse a dormir y cada dos horas ocuparse de hacer algún nuevo augurio que causara excitación.

—Está bien —siseó—. En caso de que se pudiera, sólo habría una posibilidad.

—Sea lo que sea, lo haremos.

Doce minutos después, Norrington abandonó su cubículo de cristal, se unió a uno de los grupos de trabajo, el que se ocupaba de la vigilancia telescópica de la superficie lunar, habló allí sobre algunas cosas y salió en busca de un café. Luego pasó brevemente a ver a Shaw y regresó a su escritorio para trabajar.

«Acceso denegado», le dijo el ordenador.

Perplejo, hizo clic sobre el archivo deseado, pero con el mismo resultado. Luego llegó a la conclusión de que no estaba dentro del sistema.

No se había desconectado cuando había salido del despacho.

¿O sí?

Su mirada, despavorida, recorrió la central. Había ajetreo mirara donde mirase, sólo la pequeña china estaba no muy lejos de uno de los puestos de trabajo, como si no supiera adónde ir.

El malestar de Norrington aumentó. Temeroso, cargó de nuevo el sistema a fin de solicitar otra vez la autorización.

Yoyo lo observaba por el rabillo del ojo. Nadie se había enterado de que ella había entrado rápidamente en su despacho y lo había desconectado del sistema, en cuestión de pocos segundos.

Aparentemente sumida en la contemplación de un monitor de pared, apretó la tecla «Enviar» en su teléfono móvil y mandó una señal al techo.

Jericho hizo que Diana empezara la grabación.

En los procesadores del Big O rumoreaba el flujo de datos. Nadie en el edificio poseía un ordenador propio en el sentido de un equipo autónomo, autárquico. Lo que estaba a disposición de los empleados era un hardware normativizado, una variante portátil de l os lavo-bots en forma de contenedores como los que trabajaban en Tu Technologies. En cada interfaz, uno

podía conectarse con el ordenador central del Big O introduciendo el nombre propio, una contraseña de ocho dígitos y una impresión de la huella del pulgar, pero no todas las secciones eran accesibles para todo el mundo. Ni siquiera los poderosos administradores del sistema, que manejaban aquel supercerebro y otorgaban las contraseñas, tenían acceso libre al gran conjunto. Usando el repertorio metafórico de una gran metrópoli, el intercambio de datos general del Big O generaba una especie de registro del ruido del tráfico, y por supuesto que ese ruido resonaba mucho más en los

horarios regulares de oficina.

Ese ruido podía oírse. No en el sentido de oír su contenido, sino que más bien se trataba de la información codificada en bits y bytes que rumoreaba por la red. Quien conociera el momento exacto en el que una información sería enviada de un punto A a un punto B podía grabar el intervalo de transmisión y emprender el esfuerzo de filtrar los datos individuales y, con la ayuda de un programa de descodificación eficaz, transferirlos a palabras e imágenes. En ese preciso instante había poca actividad en el sistema, y por esa razón fue

relativamente fácil aislar el flujo de datos de Norrington en el momento en que se conectó de nuevo y Diana empezó a grabar.

Al cabo de seis minutos, el ordenador del detective ya conocía el código de ocho dígitos. Le bastaron otros tres minutos para descifrar el software que el escáner de Norrington había transmitido al centro de cálculo, con lo que estaban en posesión de la huella dactilar de su pulgar.

Jericho observó fijamente sus hallazgos. Ahora tenían que vencer otro inconveniente. Después de que un usuario se conectara a la red, ya no se

podía acceder de nuevo con los mismos datos personales sin llamar la atención, del mismo modo que uno no podía tocar el timbre de la puerta de su propia casa si estaba sentado dentro, en el salón, delante del televisor.

De manera que tenían que echar a

Norrington de la red una vez más.

La ocasión se presentó poco después. Convocaron a Norrington para que acudiera al Pow Wow, y allí estuvo largo rato deambulando por los puestos de trabajo, desde donde tenía a la vista su despacho. Edda Hoff le hablaba con insistencia. Tras un largo ir y venir, dejó su puesto de observación y desapareció

en una de las oficinas, pero no sin antes echar una última y recelosa ojeada a sus espaldas.

Jericho le sonrió.

Él y Yoyo habían intercambiado los papeles. Una de las reglas básicas de la vigilancia era no mostrar al observado la misma cara todo el tiempo. Y ahora era la joven china la que esperaba arriba su señal. La puerta de la sala de reuniones se cerró. Sin prisa, Jericho se dirigió al despacho de Norrington, pero en eso la puerta se abrió de nuevo y Shaw apareció a través de ella.

—¡Owen! —gritó la jefa.

El detective se detuvo. Debía de

estar a unos diez o doce pasos de distancia del despacho de Norrington. Podía estar de camino hacia cualquier lugar.

—Creo que debería estar usted presente en nuestra reunión. Hemos evaluado otros datos del dossier de Vogelaar, un material que concierne a su amigo Xin y al Grupo Zheng. —Jennife Shaw dejó vagar la mirada—. Por cierto, ¿dónde están sus amigos?

Jericho se acercó a ella.

—Yoyo está tras la pista de Vic

Thorn.

Su expresión malhumorada se transformó en una sonrisa.

—Tal vez usted sea más rápido en sus investigaciones que el MI6. ¿Y Tu Tian?

—Le hemos dado un respiro. Está atendiendo sus negocios.

—Eso es loable. Que el Señor nos guarde de una crisis económica en China. Ya tenemos bastante con las secuelas que nos dejó Estados Unidos hace una década más o menos. ¿Viene usted?

—Voy enseguida. Deme un minuto. Shaw se deslizó otra vez dentro de

la sala de reuniones y dejó la puerta entreabierta. Con paso tranquilo, Jericho se dirigió de nuevo al despacho de

Norrington. En uno de los puestos de trabajo alguien levantó la vista y volvió a prestar atención a sus pantallas. Sin detenerse, Jericho entró en el pequeño despacho, echó a Norrington del sistema y caminó con paso seguro hacia el otro lado, donde estaban las salas de conferencias. Inmediatamente antes de unirse a los demás, envió la señal acordada a Yoyo.

De inmediato, la joven introdujo el nombre de Norrington. El sistema le pidió una autorización. Ella envió el código de ocho dígitos, transfirió la huella del pulgar de Norrington y esperó.

La pantalla se llenó de iconos.

—Ahí estáis —susurró Yoyo, y a continuación le indicó a Diana que descargara todos los datos personales de Norrington.

—Estoy en ello, Yoyo.

«¿Yoyo? ¡Qué amable!» Owen debía de haberla acogido en el reconocimiento de frecuencia. Con curiosidad, la joven vio cómo volaban uno tras otro los paquetes de datos, y aguardó con ansiedad la indicación «Descarga completa».

Con idéntica impaciencia, Jericho esperó la señal que le indicara que la transferencia se había realizado con

éxito y a que el falso Norrington estuviera otra vez desconectado del sistema. Acto seguido, tendría que actuar nuevamente: salir de la sala de conferencias, entrar en el despacho del subjefe de seguridad y volver a conectarlo, de modo que más tarde Norrington no notara su intromisión.

Pero en ese mismo instante

Norrington se puso en pie.

—Perdónenme —dijo sonriendo a los presentes, y salió.

Jericho se quedó mirando el lugar donde había estado sentado el hombre.

«Yoyo —pensó—, ¿qué está pasando?

¿Por qué tardas tanto?»

¿Debía salir corriendo detrás de Norrington? ¿Retenerlo para que no entrara en su despacho? ¿Qué impresión causaría su actitud? Inseguro aún por la presunta arbitrariedad del ordenador central, que lo desconectaba a su antojo y lo echaba de la red, cualquier intervención suya haría que Norrington se oliera la traición. Presa de malas sensaciones, se resistió a la tentación, se quedó a la espera de la señal salvadora y se esforzó por mostrar interés.

Norrington, cuyos miedos, desde que podía recordar, estaban siempre en activa correspondencia con el estómago y los intestinos, caminó hasta el

servicio, se alivió entre resuellos y salió otra vez. Delante de la puerta de la sala de reuniones, ya con el picaporte en la mano, lo sobrecogió de repente la sensación de que alguien tenía la mirada fija en su nuca, como si oyera una voz pérfida que le dijera: «Voy a por ti.» Se detuvo, se volvió bruscamente y se dirigió a su despacho.

No había nadie.

Dudó por un segundo, pero aquella mirada fija en él no se apartó. Lentamente, se fue acercando, entró en el despacho y rodeó el escritorio. Todo parecía estar en orden. Tocó con el dedo la pantalla táctil y trató de abrir uno de

sus archivos.

«Acceso denegado.»

Se echó hacia atrás bruscamente y miró a su alrededor, despavorido. ¿Qué estaba pasando allí? ¿Un error del sistema? ¡Imposible! Una oleada fría de recuerdo empezó a trepar por su columna vertebral. Entonces recordó que Jericho había estado hurgando en el tema de Thorn, y recordó también la manera torpe en que él había reaccionado, en lugar de admitir que lo conocía, y que lo conocía bien, lo que no era ningún delito. ¿Qué podía demostrar, aun cuando Thorn fuera un terrorista, el hecho de que lo hubiera

conocido?

Norrington abrió la ventana de autorización y tecleó su nombre.

El sistema le comunicó que ya estaba registrado.

«Descarga completa.»

—Por fin —dijo Yoyo, que, a continuación, echó a Norrington del sistema y envió el mensaje al teléfono móvil de Jericho.

Norrington miró fijamente la pantalla.

Alguien estaba husmeando en sus datos.

Con dedos temblorosos, inició un segundo intento. Esta vez el sistema

aceptó su autorización y lo dejó entrar, pero así supo también que habían accedido a su sección. Se habían apoderado de sus datos de acceso, lo estaban espiando.

Estaban tras su pista.

Juntó los índices de ambas manos y los apretó contra los labios. Creía saber con exactitud quiénes eran ellos, pero

¿qué podía hacer para desenmascararlos? ¿Dar instrucciones para que examinaran el ordenador de Jericho? El detective pronunciaría en voz alta sus dudas sobre su lealtad; Norrington se vería obligado a aceptar que examinaran sus datos si no quería

despertar el recelo de nadie, y eso sería el principio del fin. Si empezaban a reconstruir todos sus correos electrónicos borrados...

Pero, un momento, Jericho estaba sentado en ese mismo instante en la sala de conferencias. Tal vez el detective lo hubiera desconectado del sistema, pero lo que acababa de suceder no podía ser, de ninguna manera, responsabilidad suya. Uno de los otros dos, o Tu Tian o Chen Yuyun, estaba sentado en ese instante delante del ordenador al que Jericho, de una manera algo estúpida, llamaba Diana. Probablemente la chica.

¿Acaso no había estado merodeando

antes por la central, como si no tuviera nada mejor que hacer?

Yoyo. Tenía que deshacerse de ella.

—¿Andrew?

Norrington dio un brinco, sobresaltado. Edda Hoff, pálida e inexpresiva bajo su pelo cortado estilo paje, con aquel color negro acharolado.

¿Inexpresiva, en serio? ¿O más bien brillaba en sus ojos la perfidia del que vive tendiendo trampas a los demás?

—Jennifer lo necesita urgentemente para iniciar la segunda parte de la reunión —dijo la mujer, frunciendo un poco el ceño—. ¿Va todo bien? ¿Se siente mal?

—El estómago —contestó Norrington poniéndose en pie—. Pero no es nada grave.

Su regreso a la sala de conferencias hizo que las alarmas de Jericho empezaran a sonar. El color del rostro del hombre había cambiado a un amarillo anémico, y sus cejas formaban un pesado travesaño de preocupación sobre la frente. No cabía duda de que el subjefe de seguridad sabía algo, pero en lugar de alzar un índice acusador y pedirle cuentas, tomó asiento en silencio, con expresión de sufrimiento. Si aún era necesaria una prueba de su poca habilidad, el propio Norrington se

la estaba ofreciendo en ese instante con su comportamiento.

—Es probable que pronto tenga que volver a salir... —empezó a decir, cuando en la pantalla de vídeo aparecieron otras personas, cortándole la palabra a la fracción de Xin.

—Señorita Shaw, Andrew, Tom...

—Uno de los recién llegados sostenía un delgado cuaderno de apuntes en lo alto

—. Puede que esto les interese.

—¿De qué se trata? —preguntó

Shaw.

—Del buen amigo de Julian Orley, el tal Carl Hanna. Inversionista canadiense, con un patrimonio de quince

mil millones, ¿correcto?

—Así se nos vendió —asintió

Norrington.

—¿Y usted lo verificó?

—Bien sabe usted que sí.

—Bueno, todos cometemos errores. Hemos hecho algunas averiguaciones, y al final fue la CIA la que nos proporcionó su «árbol genealógico».

Un silencio expectante.

—Pues sí —dijo el agente, sonriendo a los presentes—. ¿Alguien tiene ganas de conocer mejor al tipo? Debe de ser alguien, dicho sea de paso, que esté clasificado en su departamento como muy fiable como para dejarlo

acudir a un viaje con Julian Orley.

—Vaya, le añade usted tensión al asunto —comentó Shaw sonriendo débilmente—. ¿Cree que debemos introducir aún una pausa para publicidad o va a entrar ya en materia?

El agente colocó el cuaderno frente a

él.

—En adelante pueden llamarlo Neil

Gabriel. Nacido en Estados Unidos en el año 1981, en la ciudad de Baltimore, Maryland. Instituto, la Marina, luego hace carrera en la policía como especialista en investigaciones encubiertas. Atrae el interés de la CIA se deja reclutar y lo envían a una

operación en Nueva Delhi, donde realiza un trabajo tan bueno que se queda allí durante años y se convierte en experto en la región, aunque da muestras de su tendencia a realizar acciones por su cuenta. En lo que a la India se refiere, dijo la verdad, pero eso es todo. En

2016 deja ese cuerpo de combatientes que luchan por la justicia y es contratado por la African Protection Services.

—¿Hanna estuvo en la APS? —

preguntó Jericho.

El hombre hojeó su cuaderno.

—Vogelaar menciona en su dossier, con todo lujo de detalles, todos los nombres de las personas que ejecutaron

la toma de poder de Mayé en el año

2017. Entre ellos se encuentra también un tal Neil Gabriel, quien estuvo poco tiempo con la tropa y luego se independizó. Por lo que parece, también aceptó encargos del Zhong Chan Er Bu o por lo menos Vogelaar opina que a Xin le caía muy bien. Tras hablar con nuestros amigos estadounidenses, sabemos quién es ese Neil Gabriel. Por lo visto, por aquella fecha se produjo una especie de escisión en la APS. Una parte guardó fidelidad a Vogelaar, y otros se convirtieron en satélites de Kenny Xin.

Jericho escuchaba fascinado pero, al

tiempo, no perdía de vista a Norrington. El subjefe de seguridad padecía visiblemente bajo la avalancha de datos.

—En este instante estamos intentando entresacar más cosas de la falsa biografía de Hanna, perdón, de Gabriel. Tenemos la esperanza de dar con las personas que arreglaron, por ejemplo, lo de su participación en Lightyears y en Quantime Inc. Gente con mucho dinero. Lo que no será, ni mucho menos, tan fácil como descubrir su verdadera identidad.

—A una de esas personas ya la conoce usted —dijo Jericho—. Xin.

El agente volvió la cabeza hacia él.

—No tenemos muchas esperanzas de conocerlo personalmente. Parece desvanecerse en el aire cada vez que creemos tenerlo acorralado.

—¿Acaso fue fácil averiguar la verdadera identidad de Hanna? — preguntó Shaw.

—Bueno, fácil quizá sería decir demasiado. Tenemos buenos contactos con los colegas de ultramar, sin ellos no habría sido posible, pero, entre nosotros

—el agente hizo una pausa y miró fijamente a Norrington—, también por entonces habría bastado una amable charla con la Agencia Central de Inteligencia.

Norrington se inclinó hacia adelante.

—¿Y usted cree que no sostuvimos esa charla?

—De ningún modo pretendo cuestionar su competencia —dijo el agente con amabilidad—. Hacerlo es tarea de otros.

El móvil de Jericho sonó. El detective lanzó una mirada a la pantalla, se disculpó, salió y cerró la puerta a sus espaldas.

—Norrington lo sabe —dijo en voz muy baja.

—Mierda. —Yoyo guardó silencio por un instante—. Pensaba que...

—Las cosas no han salido como

esperábamos. ¿Pudiste por lo menos descargar todos los datos?

—¡He sido incluso muy aplicada! El programa de búsqueda no encuentra nada sobre Thorn en los archivos de Norrington, pero sí que hay algunas cosas sobre Hanna. Él no era, ni de lejos, el único que podría haber ocupado el puesto de Palstein. Había otros haciendo cola, socios de Orley, por lo que parece, y otros con los que este último querría hacer negocios. Son gente con fortunas de miles de millones, sólo que Norrington les encontró pegas a todos. Uno tenía problemas de corazón, el otro, la tensión alta; uno, por ejemplo,

parece ser que estuvo en tratamiento por trastornos psíquicos, y otros iban camino de la ruina o tenían demasiados contactos con el gobierno chino... Es difícil deshacerse de la sensación de que recibió dinero por estamparle alguna mácula a cada uno de ellos, algo que los invalidara para el viaje.

—Tal vez sí que recibiera ese dinero.

—Sin embargo, con Hanna todo es luz. Es su más cálida recomendación a Orley.

—¿Y nadie contrastó esa información?

—Norrington no es un jefe de

departamento, Owen. Es el subjefe de seguridad. Si alguien como él propone a Hanna, este último participa en el viaje. Orley debe de tenerle confianza; a fin de cuentas, le paga un montón de dinero por sus informes.

—Bien, hablaré con Shaw. Ya estoy harto de jugar al escondite.

La joven vaciló.

—¿Estás seguro de que puedes fiarte de ella?

—Lo suficientemente seguro como para asumir la responsabilidad. Si se demuestra que todo es una gran pompa de jabón, nos echarán, pero asumiremos ese riesgo.

—De acuerdo. Yo seguiré husmeando en la ropa interior de Norrington.

La puerta de la sala de conferencias se abrió. Norrington salió apresudaramente en dirección a su despacho. Shaw, Merrick y los demás participantes en la reunión hicieron ademán de dispersarse.

—Jennifer —dijo Jericho, cortándole el paso—. ¿Puedo hablar un momento con usted?

Ella lo miró con rostro pétreo.

BASE PEARY, POLO NORTE, LA LUNA

Al final, DeLucas había depuesto toda actitud considerada y había logrado trasladar a Lynn con rudeza a la planta principal y, de allí, hasta el Iglú 2. Le había echado encima los blindajes, la mochila de supervivencia y el casco y la había amenazado con darle una buena paliza en caso de que no se controlara cuanto antes. Se le había acabado la paciencia para lidiar con la estimada hija de Julian Orley. Era evidente que a la mujer le faltaban un par de tornillos.

A veces parecía estar totalmente lúcida, y al momento siguiente a Minnie no le habría asombrado nada verla caminar a cuatro patas o desaparecer en la esclusa de aire sin el casco puesto. DeLucas sacó a los Ögi de sus camas, gracias a Dios, dos personas poco complicadas y rápidas de mollera, pero hasta que consiguió tener a toda la tropa reunida en uno de los autobuses robotizados y enviarla al puerto espacial, Palmer y sus hombres habían tenido tiempo de llegar, y habían empezado a revisar las catacumbas. Como en una redada antidroga, rebuscaron en los laboratorios, sacaron los colchones de

las camas en los dormitorios, examinaron cada rincón, cada armario, tras cada uno de los revestimientos de la pared, en las peceras y en las parcelas de cultivo de las hortalizas. Finalmente, DeLucas, ya con el traje espacial puesto y el casco bajo el brazo, bajó a la sala en el ascensor para unirse a ellos. No tenía la menor idea de cuál era el aspecto de una mini-nuke, sólo sabía que era pequeña y que cabía en cualquier parte.

¿Dónde escondería ella un chisme así? ¿En medio de la jungla de las plantaciones? ¿Entre las truchas y los salmones?

¿En el techo?

Sus ojos se elevaron hasta la cúpula de basalto de la sala. Un anhelo febril la sobrecogió, y le entraron ganas de largarse junto con los huéspedes. ¡Lo que estaban haciendo allí era una locura! El hecho de que Hanna hubiera estado en la central no significaba, en ningún caso, que la bomba estuviera en el subsuelo. Podía estar en cualquier parte de aquel territorio enorme.

Indecisa, examinó los pasillos.

¿Qué era lo lógico?

¿Qué hacían las personas en épocas de amenaza nuclear? Construían búnkeres, zonas protegidas bajo la

tierra. Porque una bomba atómica que explotara en la superficie lo destruía todo en un radio bastante amplio, pero las personas que estaban protegidas en sótanos reforzados tenían perspectivas de sobrevivir. Entonces, ¿debía mantenerse intacto el subsuelo de la base Peary?

DeLucas no lo creía así.

Miró el reloj. Eran las cinco y veinte.

«¡Piensa, Minnie!» Una bomba atómica era un monstruo que lo devoraba todo, pero incluso para un monstruo semejante había lugares óptimos y lugares menos apropiados

para explotar. Las ciudades, las grandes ciudades, eran fenómenos de superficie, independientemente de sus muchos túneles, sótanos y canales de desagüe que cruzaban el subsuelo. Para destruir Nueva York por medio de una bomba atómica, lo mejor era arrojarla desde lo alto, pero la Luna exigía una mentalidad de topo cuando se vivía en ella durante muchos meses. Para destruir la base completa, de un modo absoluto, lo recomendable era una destrucción proveniente desde dentro. La bomba debía destruir las entrañas de la meseta para luego elevarse como una bola de fuego a través del cráter.

Tenía que estar en las catacumbas, entre los acuarios, los invernaderos, los alojamientos y los laboratorios.

Su mirada se desvió hacia la esclusa de aire.

Hum. No era necesario que buscara más allá. Detrás de eso no había nada.

¡Falso! Allí detrás empezaba la sección inutilizada del laberinto, y algunos de los pasadizos desembocaban en la gran depresión del terreno.

¿Cómo había conseguido Hanna llegar realmente al iglú? ¿A través de las esclusas de aire situadas en la superficie? Era posible. Pero, en ese caso, ¿no lo hubiera visto Wachowski a

través de alguno de los monitores? Bien, tal vez lo hubiera visto. Tal vez Hanna había estado paseándose por allí de un modo totalmente oficial, pero entonces,

¿por qué no había cubierto a pie, sencillamente, el par de metros que separaban la planta baja de la primera, donde estaba la central? ¿Por qué, en lugar de ello, había cogido el ascensor?

Porque había llegado desde el subsuelo.

—Aquí no hay nada —oyó que decía una voz con tono tenso en su casco.

—Aquí tampoco —respondió

Palmer.

¿Y cómo había llegado el

canadiense a las catacumbas sin ser visto?

DeLucas se dirigió a la esclusa. A aquella sección no entraba nunca casi nadie. A partir de ahí, el laberinto serpenteaba infinitamente adentrándose en la pared del cráter. Para explorarlo en toda su extensión, sería necesario un ejército de astronautas ocupados durante semanas y meses, pero el raciocinio de DeLucas la apremiaba a buscar la bomba en los alrededores inmediatos, en un punto central situado directamente bajo los módulos habitacionales; ese punto era lo que llamaban la «sala» y su entorno más inmediato.

La doctora entró en la cámara de la esclusa, se puso el casco y extrajo el aire. Cuando la puerta de la esclusa se abrió al otro lado, encendió la linterna del casco y entró en el desolado pasillo situado detrás.

Casi al instante tropezó con el cadáver de Tommy Wachowski.

—Tommy —gimió la mujer—. ¡Oh, Dios mío!

Con las rodillas temblorosas, se agachó, examinó el cuerpo torcido y el rostro deforme con el cono de luz.

—¡Leland! —gritó—. ¡Leland, Tommy está aquí y...!

Entonces recordó que la radio

interna no funcionaba más allá de la escotilla. Estaba en tierra de nadie, aislada de todo y de todos.

Sintió un intenso malestar.

Jadeando, se colocó a cuatro patas. Un sudor frío le salía por todos los poros de su cuerpo. Sólo con una fuerza de voluntad enorme, consiguió no vomitar en el casco y se arrastró como un animal, apartándose del muerto y adentrándose en el pasadizo. Cerró los ojos, respiró rápida y profundamente y, cuando se atrevió a abrirlos de nuevo, vio, un trecho más allá, bajo la luz del casco, una sombra.

Durante un segundo se le detuvo el

corazón.

Entonces comprendió con claridad que allí no había nadie, sino que era sólo un paso estrecho que se abría en la pared de la caverna. DeLucas parpadeó, con los ojos llenos de lágrimas por las arcadas, estiró la nariz y reprimió el miedo que sentía. Como dirigida por un mando a distancia, se puso en pie, anduvo hasta aquel lugar y echó un vistazo dentro. No era un pasillo como tal, sino una grieta, como podía comprobar ahora. No era precisamente un lugar que invitara a entrar. Un sitio en el que uno se metiera por propia voluntad.

Y precisamente por eso, lo haría, pensó.

Encogió los hombros y se impulsó hacia adelante hasta que el techo fue demasiado bajo y tuvo que arrastrarse. Tenía dificultades para respirar; el miedo buscaba su válvula de escape. Al poco rato, ya no le bastó con arrastrarse a cuatro patas. Tuvo que pegar la barriga al suelo y sintió cómo su corazón, como un martillo de aire, golpeaba contra la roca. En ese instante sopesó la opción de dar media vuelta. Aquello no llevaba a ninguna parte. Era un callejón sin salida. En cualquier caso, avanzaría un metro más. Siguió

adelante entre jadeos, acompañada de los rápidos rayos de luz. Se imaginó lo que sería quedar sepultada en vida allí abajo, y de repente el pasadizo se abrió y sus dedos tocaron unos cantos rodados apilados.

Eso era todo. Fin de trayecto.

¿O no? DeLucas se detuvo. Aquel montón de piedras tenía un aspecto raro. Parecía, de algún modo, artificial. La mujer cambió la posición del torso, la luz se desplazó por encima de las piedras y provocó un reflejo de algo que sobresalía de entre ellas. Con una mano, empezó a escarbar, y de inmediato pudo verse la superficie de un objeto macizo

y metálico, algo liso y pulcro.

¿Qué otra cosa podía ser aquello sino una...?

Fuera de sí, fue apartando las piedras con las manos y dejó al descubierto aquel objeto con forma de portafolio. Lo atrajo hacia sí. No había duda, y fue entonces cuando vio la parpadeante pantalla, y un código de tiempo en rápida cuenta atrás, según el cual, apenas tenían...

—Oh, no —susurró Minnie

DeLucas.

Tan poco tiempo. ¡Muy poco tiempo! Confundida, con la bomba entre las manos, empezó a arrastrarse hacia atrás.

Salir, tenía que salir de allí. Sin embargo, al instante siguiente, su mochila quedó trabada en el bajo techo, y no fue capaz de avanzar ni un centímetro más. Estaba atrapada.

El pánico se apoderó de ella.

LONDRES, GRAN BRETAÑA

—Está usted loco —dijo Shaw.

Su puesto de trabajo era una copia idéntica del despacho de Norrington, modesto y funcional, sólo que allí había indicios de una vida fuera del Big O: fotos que daban fe de que Shaw tenía un marido e hijos ya adultos, y que unas criaturitas más pequeñas la llamaban abuela. Con la diáspora de su propia existencia ante los ojos, a Jericho le resultaba difícil imaginar a la adusta responsable de seguridad como un ser

guiado por añoranzas y secreciones hormonales, alguien que se acurrucaba junto a otro cuerpo, que suspiraba y emitía crescendos de placer. El detective se preguntaba si Shaw, la misma Jennifer Shaw sobre la que recaía todo el buen funcionamiento del mayor grupo empresarial del mundo, tendría algún apodo cariñoso. ¿Qué sería aquella mujer en el espacio abarcable del cosmos hogareño, entre la revista con la programación televisiva y el hilo dental: una ratoncita, una osita, una conejita? Rápidamente, Jericho echó una ojeada fuera, pero desde allí no podía verse el despacho de Norrington.

—¿Nada de esto le da que pensar?

—preguntó.

—Pues me da que pensar que ha abusado usted de la confianza que le he dado —dijo sin tapujos la ratoncita, la osita o la conejita.

—No, está usted viendo las cosas del modo equivocado. Estamos intentando evitar que se abuse de su confianza. —Jericho acercó una silla y tomó asiento—. Jennifer, sé que nos estamos moviendo sobre una capa de hielo muy fina, pero Norrington ha mentido en lo que se refiere a su relación con Thorn. Por lo visto, lo conocía mejor de lo que asegura. ¿Por

qué lo hace, si no tiene nada que ocultar? Puede que tenga motivos para proteger a Hanna, pero ¿cómo pudo suceder que, con todas las posibilidades que tiene a su disposición, no haya estado en condiciones de desenmascarar a un antiguo agente de la CIA? ¡Y eso antes del viaje a la Luna! Y cuando se dio cuenta de que habíamos accedido a su ordenador... Bueno, lo que quiero preguntarle es: ¿qué habría hecho usted en su lugar?

Shaw lo examinó con sus ojos grises y azules.

—Yo lo habría clavado a usted a la pared.

—¡Pues precisamente! —exclamó Jericho, golpeando la mesa con la palma de la mano—. ¿Y él? Entra sigilosamente, escucha un rapapolvo de los hombres del MI6 y sale corriendo de nuevo. Usted me dijo que usted misma y Edda Hoff pusieron al corriente al servicio secreto acerca de mi teoría de que Thorn era el terrorista que había fracasado en la ocasión anterior. Es de suponer que también informó de ello a Norrington, ¿es así?

—Debió de hacerlo ella. Edda es extremadamente responsable.

—Pero cuando yo entré en el despacho de Norrington para abordarlo

sobre el asunto, ¡fingió estar totalmente sorprendido! Sin embargo, ya en ese momento tenía que saber sobre qué pista estábamos trabajando. Y, por otro lado,

¿no tiene usted la impresión de que sus acciones ralentizan el ritmo de las investigaciones en el Big O en lugar de favorecerlo?

—Ya le he dicho que estamos luchando en varios frentes a la vez. — Shaw lo miró de forma repentina—. Y según su opinión, ¿qué debo hacer yo?

¿Retirarle todas sus competencias por un par de vagos momentos que resultan sospechosos? ¿Aprobar que se registren todos sus datos?

—Creo que sabe usted muy bien lo que tiene que hacer.

Shaw guardó silencio.

Dos despachos más allá, Norrington marcaba con dedos temblorosos un número en su teléfono móvil.

Había cometido errores. Había reaccionado sin reflexionar. El círculo se estaba cerrando en torno a él, pues ellos encontrarían pruebas, y cuando llegara el momento de que le echaran el guante, se perdería en la maleza de sus nervios sobreexcitados y empezaría a hablar hasta por los codos. Era un idiota por haberse metido en todo aquel asunto, lo había sido desde el mismo día en que

le habían ofrecido dinero por proponer a Thorn para una segunda misión, pero era mucho dinero, muchísimo, y todavía podía esperar mucho más si la operación Montañas de la Luz Eterna quedaba consumada y el mundo tomaba un rumbo completamente nuevo. Estimulado en su talante corrupto, había ido escalando, finalmente, en la estructura de Hydra, había proporcionado al monstruo de varias cabezas un conocimiento detallado de la OSS, del Gaia y de la base Peary, había concebido incluso aquella oscura red en que las ideas destructivas de los conjurados, camufladas como ruido

blanco, volaban a la velocidad de la luz por todo el globo terráqueo. Había conocido la cabeza inmortal de Hydra, la inteligencia suprema que estaba detrás de todo, cuya identidad sólo conocían otras seis personas. En realidad, habían sido siete en su origen, pero uno de ellos la había palmado. En esa ocasión había aprendido que aquella Hydra era capaz, en caso de emergencia, de cortarse a sí misma las cabezas, en cuanto alguna de ellas mostraba tendencia a hablar demasiado.

No podía caer en las manos del servicio secreto.

Xin respondió al teléfono.

—¡Nos están descubriendo, Kenny! Tal y como había profetizado.

—Y yo le dije que conservara los nervios.

—¡Mire, váyase usted a la mierda con su petulancia! El MI6 ha desenmascarado a Gabriel. Jericho y la chica se han colado en mi ordenador. No sé cuándo intervendrá Shaw para echarme el guante, es posible que ya no consiga salir de este edificio. Así que sáqueme de aquí.

Xin guardó silencio por un momento.

—¿Qué hay de Ebola? —preguntó

—. ¿También saben algo acerca de ella?

Norrington vaciló. Por alguna razón,

no podía acostumbrarse al nombre que

Dana Lawrence usaba como tapadera.

—De ella no saben nada, tampoco saben lo demás. Sólo están informados acerca de la bomba en el cráter Peary. Pero, claro, ahora se arrojarán sobre mis datos y leerán mis informes aprobatorios con otros ojos.

—¿Está seguro de que Jericho ha hablado ya con Shaw acerca de usted?

—No tengo ni idea —gimió Norrington—. Espero que no lo haya hecho aún. Pero en las circunstancias actuales no hay nada seguro.

Xin reflexionó.

—Bien. Dentro de cinco minutos

estaré en la pista de aterrizaje de la azotea. Tal vez debería intentar sacar usted el ordenador de Jericho del edificio.

—Tal vez deberíamos borrar la Luna de la faz del cielo y luego pintar allí, en su lugar, una carita divertida y alegre —explotó Norrington—. No pueden atraparme, Kenny. ¿Entiende usted eso? ¡Tengo que salir de aquí!

—Está bien, está bien. —De repente, la voz de Xin cambió de tono, ahora era más suave, ladina—. Nadie va a atraparlo, Andrew. Le prometí que estaría allí, y cumpliré mi promesa.

—¡Pues dese prisa, joder!

Mientras las luces de Londres se iban apagando en la aureola de un amanecer impecable, Yoyo decidió llamar una vez más a Jericho. Ella y Diana se habían hecho, entretanto, muy buenas amigas. Nunca antes había trabajado con tan excelentes programas de búsqueda y selección.

—Tengo nuevas noticias —dijo la joven—. ¿Dónde estás?

—En el despacho de Jennifer. Podemos hablar con plena libertad. Espera. —Jericho bajó la voz y dijo—: Lo mejor es que me llames de nuevo, directamente a su número, ¿de acuerdo?

—Puedes decirle que...

—Se lo dirás tú misma.

Jericho colgó. Yoyo se removió en su asiento, inquieta. No le gustaba la manera en que él la apremiaba a hablarle a aquella gente acerca de los dosieres que Norrington había creado sobre los huéspedes y el personal del Gaia. En un rápido proceso, Diana había comparado las pesquisas del subjefe de seguridad con las biografías públicas sacadas de la red y no había encontrado ninguna diferencia relevante, salvo por la circunstancia, tal vez, de que la edad de Evelyn Chambers chirriaba bastante. En cuanto a los empleados del Gaia —dos alemanes,

una india y un japonés—, habían sido contratados por una tal Dana Lawrence, la directora del hotel, quien, a su vez, había recibido el puesto sobre la base de un informe favorable de Norrington, con lo que había sacado de la competencia a otros candidatos de muchos quilates. Norrington no había rechazado a ninguno de los cuatro, por el contrario, sólo que el currículo profesional de Lawrence dejaba en la sombra a todos los demás. Lynn Orley, sobre quien recaía la decisión última, tendría que haber estado loca para negarle el puesto a Lawrence, con tales referencias. Sin embargo, si se miraba

todo ello con mayor detenimiento, se ponía de manifiesto que el currículo oficial de Lawrence difería extrañamente del que aparecía en la red. Algunos de los puestos que se suponía había ocupado, que la cualificaban de forma especial para trabajar en el Gaia, no estaban registrados o podían interpretarse de otra manera. En general, surgía la imagen de una carrera seguida con un objetivo preciso, pero quien quisiera sospechar cosas malas podía llevarse la impresión de que Norrington había ayudado a Lynn a tomar su decisión con un alto grado de libertad poética, y Yoyo estaba firmemente

decidida a suponer cosas malas.

Ansiosa por saber cómo los demás valorarían sus observaciones, introdujo el nombre de Shaw, y ya iba a hacer que el ordenador marcara su número cuando oyó un ruido.

Un ascensor se detenía en ese momento en la galería de la planta. Las puertas se abrieron con un sonido casi imperceptible.

Yoyo se quedó helada. A esa hora no tenía por qué haber nadie en el Big O, salvo el servicio de guardia, que patrullaba regularmente el edificio, y el incansable equipo que trabajaba en el centro de información. Yoyo se puso a

la escucha, al tiempo que, por primera vez, prestaba atención de un modo consciente al entorno en el que se encontraba. Estaba sentada en el puesto de trabajo de alguien, intercambiable en su conformidad, ya que los empleados mantenían sus objetos personales en unidades móviles, con los que podían conectarse, según fuera necesario, en cualquier rincón del edificio. A su izquierda, bajo los monitores holográficos, reposaba el cuerpo reluciente y pequeño de Diana; a la derecha estaba aparcado un contenedor con ruedas y cajones que probablemente sirviera para guardar lo que ni siquiera

los ordenadores del año 2025 podían alojar.

Yoyo abrió el cajón de arriba y echó un vistazo dentro. Abrió el segundo.

Su mirada se posó en la fachada de cristales que abarcaba toda la circunferencia del edificio. Con renuencia, en una terca defensa de Occidente, la oscuridad que se cernía sobre Londres cedía paso a los colores pastel del amanecer, los colores del Oriente. De manera borrosa, los cristales reflejaban los interiores de las oficinas, esas pequeñas islas de puestos de trabajo, el pasillo de la pared del fondo que llevaba hasta la galería.

Una silueta se hizo visible entonces en el pasillo.

Yoyo se agachó. La persona se detuvo. Un hombre, a juzgar por la estatura. Estaba allí de pie sin más, y miraba en dirección a donde ella se encontraba.

Tenía que sorprenderla. Tal vez Shaw no supiera nada aún acerca de la intromisión en sus datos. Una cosa era dominar a Yoyo y apoderarse del ordenador. Luego quedaba Jericho, pero tal vez habría una manera de atraerlo hacia la planta superior. Suponiendo que ambos no hubieran puesto al corriente a Tu Tian de sus acciones, podría bastar

con deshacerse de ellos dos y hacer desaparecer también el ordenador. A nadie se le ocurriría luego la idea de que...

¡Estupideces! No eran más que ilusiones, paralizadas por los «peros» y los «qué sería si...». ¿Cómo iba a explicar la muerte de esos dos? Los sistemas de vigilancia lo sacarían todo a la luz. ¿Para qué eliminar el ordenador de Jericho, si en él no había nada que no estuviera guardado en el sistema del Big O? Shaw podía acceder a sus datos cuando le diera la gana, y sin duda lo haría si se cometía un doble asesinato allí arriba. Eso, por no hablar de su

incapacidad para hacerlo, ya que él, a diferencia de gente como Xin, Hanna, Lawrence y Gudmundsson, no era un asesino. Hydra aún no había perdido la partida, pero él sí. El hecho de huir era equivalente a una confesión; únicamente si se quedaba podría arrestarse a sí mismo y llevarse a prisión. Era algo obsoleto borrar cualquier clase de huellas. ¡Tenía que largarse, pasar a la clandestinidad!

El dinero que tenía le alcanzaría para empezar una nueva y cómoda existencia.

El gran despacho estaba sumido en una semipenumbra.

¿Cuánto sabrían esos dos? ¿Acaso con el ordenador de Jericho era posible visualizar y reconstruir sus correos electrónicos borrados?

¿Dónde estaba la chica?

Entre dos caballos desbocados —el de la curiosidad y el del instinto de fuga

—, miró al frente, y entonces sus piernas se pusieron en movimiento como por sí solas. Entró en el despacho. Por lo visto, estaba vacío. La luz del techo estaba atenuada. En dos puestos de trabajo se veía aún el resplandor de los monitores, y allí vio la caja pequeña y poco llamativa a la que llamaban Diana, y a la que Yoyo había dejado sola.

Tenía que examinar toda la oficina. En la zona donde estaban los puestos de trabajo había numerosas posibilidades de esconderse. Indeciso, se adentró un trecho en el recinto, dio un par de pasos a un lado, al otro, y miró el reloj. Entretanto, Xin ya debía de estar allí, tenía que largarse, pero las pantallas de los monitores brillaban como una promesa.

Con paso rápido, llegó al puesto de trabajo, se agachó y rodeó el pequeño ordenador con sus manos cuando, de pronto, el espacio situado a su alrededor pareció cobrar vida.

A pesar de toda su fragilidad, Yoyo

podía presumir de tener una musculatura bien entrenada y eficaz, de modo que no sólo era capaz de mover una silla de peso medio, sino también de blandirla en el aire. El respaldo le pegó a Norrington en la cara cuando el subjefe de seguridad se volvió hacia ella; lo alcanzó en el pecho y en la cabeza, y lo lanzó con su impulso por encima del borde del escritorio frontal. El hombre soltó un gemido y buscó algo a lo que aferrarse. Entonces Yoyo le dejó caer el respaldo sobre un costado, y el hombre se desplomó. Mientras todavía yacía de espaldas junto a Diana, ella lanzó la silla en un amplio arco, se sacó del

cinturón de sus vaqueros las tijeras que había encontrado en el cajón y aterrizó con sus dos rodillas sobre el pecho de Norrington.

Se oyó un crujido. Norrington soltó un jadeo ahogado. Y los ojos se le salieron de las órbitas. Yoyo rodeó su cuello con los dedos de su mano izquierda, se inclinó bien pegada a él y oprimió la punta de las tijeras contra sus testículos, tan firmemente que Norrington debió de sentir su pinchazo.

—Un movimiento en falso y el coro de chicos de la abadía de Westminster se alegrará de conocerte.

Norrington la miró fijamente.

Rápido como el rayo, tomó impulso con el brazo. La joven vio su puño acercarse volando hacia ella, pero agachó la cabeza y apretó más la punta de las tijeras contra la entrepierna del subjefe de seguridad. Él se estremeció y dejó de moverse, pero continuó mirándola con fijeza.

—¿Qué quieres de mí, pequeña demente? —gimió.

—Quiero charlar contigo.

—Estás como una cabra. Vengo a ver cómo está todo por aquí, si te va bien, y tú...

—¡Andrew! ¡Eh, Andrew! —lo interrumpió la chica—. Eso es una

estupidez. Y yo no quiero oír estupideces.

—Sólo quería...

—Querías llevarte el ordenador, y eso lo he visto claramente. No necesito más pruebas, así que habla. ¿Quiénes sois? ¿Qué os proponéis? ¿Teníamos razón con lo del cráter Peary? ¿Quiénes son los peces gordos, los que mueven los hilos?

—Por mucho que lo intente, no sé de qué diablos estás...

—Andrew, este juego se está volviendo peligroso.

—...hablando.

Algo se abrió paso, algo

incandescente de color rojo oscuro, como si no existiera la menor posibilidad seria de que el hombre que estaba debajo de ella no tuviera nada que ver con la muerte de sus amigos, que se estuvieran equivocando en relación con él, y los terribles sufrimientos de Chen Hongbing al ser puesto por Xin delante de aquel cañón automático no recayeran sobre la responsabilidad cómplice de Norrington. Cada célula de su cuerpo hervía de odio. Yoyo quería un culpable, lo necesitaba, y lo quería ya, allí mismo, cualquiera, de lo contrario se volvería loca, o se convertiría en algún monstruo que

viniera a sustituir a todas las bestias que hacían daño a la gente que ella amaba o por las que deseaba ser amada, cosas que hacían callar a cualquiera o transformaban sus rostros en máscaras deformes. Con los bíceps tensos, tomó impulso y le clavó las tijeras a Norrington en el muslo. Lo hizo con tal violencia que la doble hoja perforó la piel y la carne como si fuesen de mantequilla y penetró hasta el hueso. Norrington chilló como un cerdo ensartado en un asador. Alzó ambas manos y trató de quitarse a la joven de encima. Y Yoyo, cuyo interior hervía como una oleada de fuego, sacó la

improvisada arma de la herida y hundió la punta de nuevo entre los genitales del hombre.

—Ahora sientes dolor en todas partes —le susurró—, pero la próxima vez las consecuencias serán más definitivas. ¿Teníamos razón con lo del Peary?

—Sí —lloriqueó él.

—¿Cuándo será? ¿Cuándo estallará la bomba?

—Eso no lo sé. —Norrington se retorció, sus ojos eran una cruz de dolor

—. En algún momento. Ahora. Pronto. Hemos perdido el contacto.

—¿Y habéis iniciado la botnet

vosotros?

—Sí.

—¿Puedes detenerla?

—Sí, pero suéltame. ¡Estás loca!

—¿El nombre de vuestra organización es Hydra? ¿Quiénes mueven los hilos?

De repente, la cabeza de Norrington se elevó, y Yoyo comprendió, demasiado tarde, que había sido un error inclinarse tanto sobre él. Con un ruido parecido al de dos trozos de madera que chocan el uno con el otro, la frente del hombre golpeó la suya. La joven salió disparada hacia atrás. En un acto reflejo, devolvió el golpe y oyó bramar a

Norrington, pero en eso sintió que la agarraban y la lanzaban a un lado. Unos círculos empezaron a dar vueltas delante de sus ojos. Su cráneo retumbaba, la nariz parecía haber aumentado varias veces de tamaño. Rápidamente, rodó a un lado, fuera del alcance del hombre, sosteniendo las tijeras en ristre delante de ella, pero en lugar de arrojarse sobre la joven, Norrington salió huyendo, cojeando.

—¡No te vayas! —le gritó ella entre jadeos.

El subjefe de seguridad arrancó a correr todo lo de prisa que se lo permitía su pierna herida, saliendo de la

oficina con grotescos saltos. Yoyo se incorporó, pero de inmediato cayó de nuevo. Se tocó la cara: le salía sangre por la nariz. Presa de un mareo, logró ponerse de pie, salió tambaleándose de la habitación, llegó a la galería y vio a Norrington que subía una escalera más allá del puente de cristal que unía el ala oeste del Big O con la sección este.

Aquel cabronazo se dirigía a la azotea.

Una voz mesurada le advirtió que controlara su odio, que tuviera en cuenta que allí arriba todo podría tornarse muy peligroso. Pero Yoyo no la escuchó. Del mismo modo que antes había tenido

dudas sobre la culpabilidad de Norrington, en esos segundos no pudo pensar en otra cosa que no fuera no dejarlo escapar. Lo siguió, echó una breve ojeada al oscuro abismo de cristal bajo el puente, sintió un mareo y, de inmediato, notó cómo las náuseas subían por su esófago, y se obligó a retroceder.

Norrington subió entre tormentos los últimos peldaños.

Desapareció.

La joven se estremeció. Emprendió de nuevo la persecución, superó el puente, corrió escaleras arriba, abordando los escalones de dos en dos, en constante peligro de perder el

equilibrio. Así, consiguió llegar arriba, y entonces vio cómo unas puertas de cristal se cerraban, las puertas que llevaban a la azotea.

Norrington estaba allí fuera.

Con las tijeras agarradas con firmeza, Yoyo marchó detrás de él, y las puertas de cristal se abrieron de nuevo. Ante sus ojos se extendió el aeródromo, con sus helicópteros y aeromóviles. Norrington cojeaba en dirección a algo, sin volverse, y entonces alzó la mano haciendo una señal.

—¡Aquí! —gritaba.

Yoyo aceleró el paso. Con moderada sorpresa, se dio cuenta de que

allí arriba también había airbikes, o más bien una airbike, para ser exactos. No le había llamado la atención el día anterior, y de repente también supo por qué.

Porque no estaba allí.

Se detuvo. Su mirada recorrió la azotea y se quedó fija en las extremidades retorcidas de dos hombres del personal de guardia. Una figura bajó de la airbike. Norrington cayó un momento, pero volvió a incorporarse y se deslizó en dirección al aparato. La figura dirigió un arma contra él, y entonces el subjefe de seguridad se detuvo, con la mano apretando el muslo.

—Kenny, ¿a qué viene esto?

preguntó, inseguro.

—Lo consideramos un riesgo —dijo Xin—. Ha sido usted lo suficientemente estúpido para dejarse atrapar, y puede contar cosas que no deberían contarse.

—¡No! —gritó Norrington—. ¡No es así! Prometo que...

Su cuerpo se elevó en el aire un trecho, quedó suspendido en él como una marioneta y, a continuación, cayó de espaldas con los brazos extendidos ante los pies de Yoyo.

Donde antes había estado su rostro se extendía ahora una masa de color rojo.

La chica se quedó petrificada. Cayó de rodillas y soltó las tijeras. Xin caminó hacia ella y le apoyó el cañón del arma en la frente.

—Qué agradable sorpresa —susurró el asesino—. Ya había perdido toda esperanza.

Yoyo miraba hacia adelante. Pensó que, si lo ignoraba, tal vez él desaparecería, pero no fue así. Poco a poco, los ojos de la joven fueron llenándose de lágrimas, al pensar que todo había acabado. Definitivamente. Esa vez nadie acudiría en su auxilio. Nadie podía interponerse, nadie con quien Xin no hubiese contado.

En voz muy baja y ronca, en un tono que apenas le permitía oírse a sí misma, Yoyo dijo:

—Por favor.

Xin se agachó delante de ella. La joven alzó la mirada hacia la hermosa y bien cortada máscara de su rostro.

—¿Me estás pidiendo algo por favor?

Ella asintió. El cañón del arma se oprimió aún más contra su sien, como si quisiera abrir un agujero en ella.

—¿Y qué es ese algo? ¿Tu vida?

—La vida de todos —dijo ella sin aliento.

—Qué poco modesta.

—Lo sé. —Unas gruesas lágrimas corrieron por sus mejillas; su labio inferior empezó a temblar.

Y de repente la joven experimentó algo muy curioso, sintió cómo el miedo, que entretanto se había convertido en su compañero, era arrastrado por las lágrimas, de modo que sólo quedaba aquella profunda y dolorosa tristeza al recordar que ahora ya nunca se enteraría de los sufrimientos por los que había tenido que pasar Hongbing, ni de por qué su vida había sido de ese modo y no de otro. Ya ningún Xin era capaz de asustarla. Faltaba muy poco para que se le echara al cuello a fin de desahogarse

con él, llorando a moco tendido. ¿Y por qué no precisamente con él?

—¿Yoyo?

Alguien gritó su nombre desde lejos.

—¡Yoyo! ¿Dónde estás?

¿Jericho? ¿Era la voz de Owen? Xin sonrió.

—Eres valiente, pequeña Yoyo. Admirable. Es una pena, me habría gustado charlar un ratito más contigo, pero ya ves, no hay un minuto de tranquilidad. Te buscan, y me temo que ahora tengo que dejarte.

Xin se puso de pie, pero el arma seguía apuntándole a la frente. Yoyo volvió hacia él su rostro. Era agradable

sentir cómo el viento fresco de la mañana secaba sus lágrimas. Era como una caricia. Algo conciliador.

—¡Yoyo! —oyó gritar de nuevo a

Jericho.

Xin sacudió la cabeza.

—Lo siento, Yoyo.

BASE PEARY, POLO NORTE, LA LUNA

Los evacuados se repartieron por las hileras de asientos del Io y se abrocharon los cinturones de seguridad. Kyra Gore estaba camino de la cabina del piloto cuando recibió un mensaje de radio proveniente del Calisto. El rostro de la piloto danesa apareció en la pantalla.

—¿Dónde está usted? —preguntó

Gore mientras calentaba las turbinas.

—Estoy en el vuelo de descenso.

—¡Pues media vuelta

inmediatamente! Son instrucciones de

Palmer.

—¿Qué hay de nuestra gente?

—Están conmigo a bordo. —La mujer reguló la intensidad del impulso, orientó las turbinas e hizo ascender lentamente el transbordador—. En el Io.

—¿Están todos?

—En la base sólo quedan Palmer y alguno de los miembros de nuestro equipo. Carl Hanna nos ha hecho una visita. ¡Pronto todo esto va a volar por los aires, así que procure poner distancia cuanto antes!

—¿Y qué hay de Carl? —intervino

Julian Orley—. ¿Dónde está?

—Muerto.

Con gesto rutinario, su mirada recorrió los controles. Por debajo del Io, el aeródromo se fue encogiendo, y se vio cómo se alejaba el conjunto de las dispersas naves industriales, las cúpulas y las tuberías, convirtiéndose en algo de juguete, un juguete con el que los científicos jugaban entre la mugre. Las carreteras se abrían a través del regolito a modo de vías de escape. Unas máquinas diminutas montaban en los pulcros hangares otras máquinas menos diminutas. Sobre los paneles solares se reflejaban los destellos enceguecedores de la luz solar. Gore inició una curva,

siguió ascendiendo y dirigió el Io por encima del borde del cráter en dirección al oeste.

—¿Muerto? —resopló Orley.

—La señorita Lawrence lo liquidó. Ella está conmigo, y también lo están su hija y sus invitados. Están bien.

—¿Y la bomba? ¿Qué hay de Palmer y de su gente?

—Están buscando ese chisme.

—Bueno, no podemos dejarlos ahí...

—Claro que sí. Den media vuelta. Nosotros volaremos de regreso a la base china.

DELUCAS

¿Cuánto tiempo había transcurrido?

¿Segundos? ¿Horas? DeLucas no estaba en condiciones de decirlo, pero una mirada al indicador de tiempo de la bomba, en plena cuenta atrás, la puso al tanto de que la peor experiencia de su vida aún no había consumido ni siquiera un minuto. Con patadas y gritos, finalmente había conseguido liberarse. Decidida a no quedarse atascada una vez más, continuó arrastrándose hacia atrás, aunque con menos agitación. Tras recorrer unos pocos metros, la bomba

quedó encajada en la pared. Harta de aquella angustia constante, como si la mini-nuke fuese un niño malcriado al que sólo se puede tratar con severidad, Minnie empezó a gritarle a aquella caja aplastada, y ésta, obediente, como en un milagro obrado por su trato autoritario, se soltó. Como si cabalgase sobre oleadas de adrenalina, fue arrastrada al pasillo, corrió hacia la esclusa pasando junto al cadáver de Tommy Wachowski, saltando, como electrizada, de una pierna a la otra, mientras penetraba en la cabina el aire más parsimonioso del sistema solar. A través de las ventanas, vio a Palmer y a Jagellovsk entrar en la

sala, y golpeó desde dentro contra el cristal. Palmer la vio y se quedó atónito. La escotilla se abrió. DeLucas tropezó en el umbral, cayó cuan larga era, la bomba resbaló y fue a parar directamente a los pies del comandante.

—A las seis —dijo la mujer, jadeando—. Aún tenemos treinta y cinco minutos.

Palmer agarró la caja con ambas manos y la miró fijamente.

—Sacad esto de aquí —dijo. Subieron en el ascensor,

abandonaron el iglú y corrieron hacia la llanura, rodeada de edificaciones. Por encima del borde del cráter desaparecía

en ese momento el Io.

—¿Y adónde llevamos esto ahora?

—¡Hay que desactivarla!

—¡Qué gracioso! ¿Sabes hacerlo?

—Lo he visto hacer miles de veces en las películas, hombre. Sólo hay que...

—¿Lo del cable rojo y el cable verde? Las películas son películas,

¿estás loco?

—¡Sólo tenemos veintinueve minutos!

Pequeña y pérfida, la mini-nuke yacía delante de ellos, sobre el asfalto. Seguía con su cuenta atrás, implacable, avanzando hacia un big bang que era precisamente la inversión del momento

de la Creación.

—¡Parad! —gritó Palmer, alzando las manos—. ¡Cerrad el pico todos! No vamos a desactivar nada, absolutamente nada. Llevadla a la pista. Tenemos que deshacernos de ella.

—No lo conseguiremos —dijo

DeLucas—. ¿Cómo vas a...?

Palmer conectó con la frecuencia de los transbordadores.

—¿Io? ¿Calisto? Aquí Leland

Palmer, ¿me oye alguien?

—Aquí Calisto, lo escucho.

—Soy Kyra. ¿Qué pasa, Leland?

—¡Hemos encontrado ese maldito chisme! Explotará dentro de veintiocho

minutos... No, veintisiete. Necesito a uno de vosotros dos aquí. ¡De inmediato!

—De acuerdo —dijo Gore—. Daremos media vuelta.

—Nosotros estamos más cerca —

repuso Nina Hedegaard.

—¿Cómo? Pero si deberíais estar...

—¡Allí! —gritó Jagellovsk.

DeLucas contuvo el aliento. El Calisto empezó a desprenderse del panorama de estrellas, voló describiendo un arco y comenzó a descender en dirección a la base.

—Estamos llegando —dijo

Hedegaard.

—¡Vaya al Iglú 1! —gritó Palmer. De pronto empezó a saltar como un derviche, a bailar y a agitar los brazos

—. Al Iglú 1, ¿me oye? ¡Estamos aquí fuera! ¡Suban la bomba a bordo y arrójenla tan lejos como puedan en algún cráter!

CALISTO

—La veo —dijo Hedegaard.

Julian se inclinó hacia adelante.

—Si subimos ese chisme a bordo...

—Si yo subo ese chisme a bordo — dijo ella volviendo la cabeza para mirarlo—, tú te bajas.

—¿Qué? ¡De ningún modo!

—Claro que sí.

—Haremos esto juntos...

—Bajaréis todos —dijo la danesa con serena autoridad—. Y tú también lo harás.

Y allí... ¡Allí!

Por un largo y satisfactorio momento

—¿acaso el momento no era la eternidad de la satisfacción?, ¿no se había sentido ella satisfecha a su lado?, ¿acaso no se lo había ganado por fin?—, por la duración de ese brevísimo instante, Nina vio miedo en la mirada de Julian: no un miedo por sus huéspedes, los multimillonarios, no miedo por su hija, tan impredecible, no miedo por su hotel. Ese miedo era única y exclusivamente por ella, por la posibilidad de que pudiera sufrir algún daño. Miedo a que ella pudiera dejar un vacío en su vida, un agujero en su pecho.

Hedegaard redujo velocidad e hizo

descender el transbordador.

Abajo, los astronautas corrían de un lado a otro, presas de la excitación, haciendo señas. La piloto redujo el contraimpulso. Luego condujo con prudencia el Calisto hacia un lugar cerca del iglú que ofrecía suficiente sitio para un aterrizaje, posó el aparato con cierta rudeza, abrió la cabina de la esclusa y se volvió hacia los pasajeros.

—¡Vamos, todo el mundo fuera! — gritó dando unas palmadas—. Y, luego, ustedes metan esa mierda dentro. ¡A prisa!

Miró a Julian. Él vaciló. Un rayo de sincero y auténtico cariño quebró la

tormenta que azotaba su estado de ánimo, y entonces, de repente, atrajo a Nina hacia sí y la besó.

—Ten cuidado —le susurró.

—No te preocupes, no te librarás de mí tan rápidamente —respondió ella, sonriente—. Cuidado con las turbinas cuando bajéis. No paséis por debajo de las toberas.

Julian asintió, se deslizó fuera de su asiento y corrió detrás de los otros. Hedegaard se volvió hacia los controles. Los símbolos del ascensor indicaban que el grupo estaba bajando. Por la ventanilla de la cabina del piloto vio a uno de los astronautas acercarse a

toda prisa; llevaba una maleta que sostenía con ambas manos. Lo vio desaparecer bajo la panza del Calisto, y a continuación oyó la voz de Palmer que le decía:

—¡Ya está dentro!

—De acuerdo.

—¡Váyase! ¡Aléjela de nosotros!

¡Tiene todavía veinte minutos!

—Puede apostar a que lo haré — murmuró la piloto. Aumentó el impulso en las toberas e hizo que el transbordador ascendiera unos metros, mientras aún subía la cabina de la esclusa. Hizo un viraje. Y de repente una sacudida estremeció todo el

Calisto—. ¿Qué ha pasado? —gritó.

—Has golpeado uno de los cobertizos con la caja de la esclusa — dijo Julian—. Has rozado el techo.

Hedegaard maldijo y ascendió. Su mirada buscó algún indicador de error.

—¿Sigue recogiéndose la cabina?

—¡Sí! Parece estar funcionando bien.

Los controles indicaban que la esclusa se estaba introduciendo en la panza del Calisto. Nina ascendió hasta los trescientos metros de altura y aceleró con una rapidez a la que, en otras circunstancias, jamás habría sometido a sus pasajeros. La presión la

comprimió contra el asiento. A más de mil doscientos kilómetros por hora, el transbordador se alejó. La base quedó hiera del alcance de la vista. Crestas rocosas, desfiladeros y mesetas pasaban volando, a cámara rápida, por debajo d e l Calisto. Tan rápidamente como fuera posible, tenía que dirigirse a un territorio más bajo, pero las agrestes montañas parecían alzarse infinitamente, allí donde los bordes del Peary se fundían con el cráter Hermite, situado al oeste. Cada vez aparecían nuevos macizos, cimas y mesetas, hasta que, por fin, una garganta en sombras se abrió ante sus ojos.

Era la caldera del cráter Hermite. Pero aún estaba muy cerca.

Aunque el macizo montañoso protegería la base frente a cualquier explosión, la expansión de la lluvia de escombros seguía siendo incalculable. Hedegaard proyectó un mapa del polo en el monitor holográfico y buscó en él un sitio apropiado. La cuestión era hasta dónde podría dilatar el tiempo que les quedaba. Si esperaba demasiado para lanzar la mini-nuke, corría el riesgo de sucumbir al relámpago nuclear; por otra parte, tampoco quería arrojar aquel chisme antes de hora. Debajo de ella aparecieron las sombras de una llanura

soleada, salpicada de impactos de pequeños meteoritos. Debido al vuelo a tan baja altura, ya no tenía contacto por radio con nadie. Según el reloj de a bordo, llevaba ocho minutos de vuelo, y aún no había terminado de sobrevolar el Hermite en su totalidad. A lo lejos vio aparecer el borde oeste del cráter, una montaña en forma de anillo, de gran diámetro, que crecía en tamaño y se acercaba a gran velocidad.

Tenía todavía doce minutos.

Su mirada se posó de nuevo en el mapa. Más allá, hacia el suroeste, había un cráter oculto bajo una cerrada sombra, lo que le hacía concluir que

debía de ser muy profundo. Solicitó al ordenador algunas informaciones adicionales, y entonces apareció un nivel de texto sobre la holografía.

«Cráter Sylvester —leyó—. Cincuenta y ocho kilómetros de diámetro. Profundidad desconocida.»

Le gustaba ese cráter. Parecía hecho a medida para absorber en sí mismo la energía de una bomba atómica. Y de repente Hedegaard tuvo que reír. «Qué bien le viene el nombre: Sylvester..., San Silvestre, el día de Nochevieja.» Ningún otro sitio podía ser más apropiado para acoger una tanda de fuegos artificiales de aquella magnitud.

Con una sonrisa, corrigió el rumbo en unos grados en dirección al suroeste, y e l Calisto pasó a toda velocidad por encima del borde oeste del Hermite.

Once minutos.

Agreste, lleno de cicatrices provocadas por los impactos, la pared del cráter caía debajo de ella y hallaba su continuidad en un llano y anchuroso valle cuyo lado opuesto debía de ser el borde exterior del Sylvester. Hedegaard, movida por una inquietud repentina, saltó del sillón del piloto y corrió a la esclusa: tal vez Palmer hubiera leído mal. Pero cuando miró hacia el interior a través de la ventanilla, vio la mini-

nuke en el suelo de la cabina y vio, además, cómo el reloj saltaba y superaba la marca de los diez minutos.

Al ver la bomba, sintió de repente un enorme malestar.

9.57.

9.56.

9.55.

Ya era suficiente. Aquella partida de póquer se estaba alargando demasiado. Había suficiente distancia entre la bomba y la base Peary. La danesa corrió de nuevo a la cabina del piloto y ordenó al sistema que bajara la esclusa.

Entonces el ordenador le dio la indicación de error.

Con expresión incrédula, miró la consola. De repente, el símbolo de la esclusa parpadeaba con un color rojo intenso. Una vez más, intentó bajar la esclusa, pero sin éxito.

Imposible. ¡Aquello era absolutamente imposible!

La piloto pidió un informe.

«La cabina de la esclusa no ha subido completamente —decía allí—. Por favor, súbanla antes de bajarla.»

Un temblor recorrió sus piernas. Rápidamente, dio la orden de subir la cabina, aunque, a decir verdad, ya había sido subida, o por lo menos así lo parecía. Posiblemente faltaran un par de

centímetros. Pero el indicador seguía parpadeando.

«La cabina de la esclusa no puede subirse.»

¿Que no puede subirse? Nueve minutos.

Menos de nueve.

—¿Te has vuelto loco o qué? —le gritó al sistema—. ¡Bajar, subir! ¿Cómo puedo entonces...?

Hedegaard se contuvo. Había que estar muy mal para ponerse a discutir con un ordenador. La esclusa no podía abrirse, eso era todo. Y eso significaba que no podría sacar la bomba para arrojarla por la escotilla del depósito de

carga.

«¡La escotilla del depósito de carga!»

Con el corazón palpitante, corrió hasta la popa de la nave, abrió la esclusa del compartimento de carga, se precipitó en su interior y miró a su alrededor. Algunos grasshoppers, ya armados, colgaban de sus soportes. Hacía apenas dieciocho horas que habían cruzado con esos chismes los legendarios lugares donde había aterrizado el Apolo. Desató unas correas, colocó uno de los aparatos sobre sus patas de telescopio y comprobó las reservas de combustible.

Suficientes. Ahora tenía que regresar a la parte delantera, pero a la altura de la esclusa ya no pudo contenerse. Vaciló. El infierno la seducía a echar una mirada de fascinación hacia el interior, y por eso miró dentro de la cabina bloqueada y vio el indicador en su cuenta atrás...

6.44.

6.43.

De inmediato, se apartó y corrió a la cabina del piloto.

Miró hacia afuera.

Allí estaba, todavía a cierta distancia pero ganando en presencia, la pared del cráter Sylvester. Tenía que

hacer estallar la bomba en el suelo, en las entrañas del cráter. Cualquier otra cosa significaría una muerte segura. Sus dedos saltaron con virtuosismo por encima de la pantalla táctil, calculando el ángulo de inclinación necesario para hacer descender el Calisto de una manera controlada; entonces la nariz del cráter bajó —«¡Detente, no tanto, un poco menos!»—, así estaba bien. Vuelo de descenso constante.

Y ahora debía sacar aquel chisme. Se puso el casco.

Le temblaban las manos. ¿Por qué le temblaban las manos ahora?

5.59.

De pronto, el casco se negaba a entrar.

5.58.

No estaba bien concentrada.

5.57.

5.56.

¡Ahora!

Depósito de carga. Accionamiento manual.

Con una lentitud enervante, la puerta de popa se fue abriendo, dejando libre la vista hacia las estrellas y los lejanos macizos montañosos del Peary y el Hermite. Hedegaard trepó a la plataforma del hopper e hizo ascender un poco la máquina. La portezuela

seguía abriéndose. Sin esperar a que se abriera completamente —lo principal era que le alcanzara para salir—, condujo el hopper a través del depósito de carga y lo sacó al exterior a través de la popa del transbordador en descenso.

Era ilusorio creer que estaba segura. En comparación con ella, el transbordador parecía estar detenido, lo que significaba que también ella, en su ridículo y diminuto vehículo, viajaba a mil doscientos kilómetros por hora en dirección al Sylvester, a la misma velocidad que el Calisto. Desde un punto de vista realista, sus oportunidades eran realmente escasas,

pero de todos modos aún le quedaban cinco minutos para realizar lo imposible, tal vez sólo cuatro. En cualquier caso, tendría entre doscientos cincuenta y trescientos segundos. Con todas sus esperanzas puestas en haber calculado de manera correcta el ángulo de caída del transbordador, puso las toberas en posición horizontal y desplegó el máximo de contraimpulso del que el pequeño aparato era capaz.

E l hopper se sacudió, intentando arrojarla de su asiento.

Y entonces, con toda la potencia que le permitían sus motores, empezó a alejarse del Calisto, luchando

valientemente por mantener aquella velocidad infernal, mientras que, al mismo tiempo, iba perdiendo altura. Rápidamente, ante los ojos de Hedegaard, el transbordador se fue haciendo cada vez más pequeño. La piloto inclinó un poco más las toberas y se acercó al suelo lunar, demasiado, según comprobó al instante, pues todavía viajaba a gran velocidad. Corriendo el riesgo de estrellarse, hizo ascender de nuevo el hopper, exprimió el último impulso que les quedaba a las turbinas y vio el Calisto avanzar hacia las soleadas laderas del Sylvester. El suelo polvoriento ya no pasaba a tanta

velocidad por debajo de ella, el hopper luchaba con éxito contra su propia aceleración. Disminuyó la velocidad, pero ¿tendría tiempo de frenarlo hasta alcanzar la velocidad adecuada para el aterrizaje?

¿Y luego qué? ¿Cuántos minutos le quedaban?

¿Dos?

¿Uno?

De pronto vio que se aproximaba a un pequeño cráter, pasó por encima de él y éste quedó fuera del alcance de la vista. Era un lugar ideal para protegerse. De algún modo, tenía que conseguir llegar de vuelta a ese cráter, pero aún la

velocidad era considerable. En el horizonte, el Calisto era un pequeño punto reflectante sobre las montañas en forma de anillo, y estaba tan pegado a ellas que Hedegaard, por un terrible instante, temió haber calculado mal, y creyó que el transbordador se estrellaría contra el borde del cráter, que la bomba explotaría en su cima y nada la protegería entonces de la onda expansiva.

A continuación, el pequeño punto desapareció en el interior del Sylvester, y Nina soltó un grito triunfal, ya que ese punto desempeñaba un importantísimo papel en aquel juego por salvar su vida.

Todavía gritando, dirigió el hopper hacia abajo, plantó cara a la propia velocidad que llevaba y, poco a poco, el aparato pareció superar el impulso heredado del transbordador, aunque aún iba demasiado de prisa para un aterrizaje. Podía olvidarse del pequeño cráter de antes, que ya estaba demasiado lejos. Sin embargo, otro cráter de dimensiones similares empezó a acercarse. La pared del anillo debía de tener tal vez dos o tres kilómetros de diámetro, pero era asombrosamente elevado, de modo que, de pronto, tuvo miedo de que el hopper no consiguiera superar la cresta y colisionara con ella.

Poco antes de que se produjera el choque, elevó el aparato y logró pasar por los pelos por encima de la pared. Miró hacia abajo. El borde del cráter arrojaba su amenazante sombra circular sobre la hondonada. A continuación, la piloto danesa avanzó más lentamente, sobrevoló el borde opuesto y tuvo de nuevo, ante los ojos, la llanura y el Sylvester, ahora inquietantemente próximo, con sus cumbres iluminadas, no ensombrecidas por ninguna capa brumosa.

Algo sucedió.

Hedegaard entornó los ojos.

El cielo se iluminó sobre el

Sylvester.

La danesa contuvo el aliento.

En un momento, una luz esplendorosa y en expansión se tragó las estrellas, era como si un nuevo Sol estuviera naciendo dentro del cráter. De inmediato, Hedegaard apartó la vista, describió una curva de ciento ochenta grados y comprobó que había conseguido un control absoluto sobre la dirección y la velocidad. Su pequeño cráter estaba un buen trecho por detrás de ella, pero el suelo ya no se le escaparía más. Había vencido en la lucha contra su propia velocidad, y ahora debía buscar protección. A su

alrededor, resplandecían bajo la luz de la explosión nuclear las colinas y las crestas rocosas, incluso los lejanos macizos montañosos del polo. Una luz que, sin embargo, se apagó rápidamente, de modo que Nina, en su curiosidad, no pudo hacer otra cosa más que dar media vuelta al hopper.

La luz había desaparecido.

Por un breve instante pensó que el Sylvester había absorbido por completo la energía de la bomba, pero algo era ahora distinto de antes. Primero no comprendió qué era lo que estaba viendo, pero luego sufrió el shock típico de una revelación.

La cresta del cráter había desaparecido.

O no, no había desaparecido: había sido tragada. Tragada por una pared de polvo que envolvía sus bordes superiores y crecía hacia el cielo, devorando las estrellas, estirándose a lo largo de varios kilómetros hacia arriba, cada vez más alto, de un modo irreal, estrafalario, en una perfecta imagen del horror...

La ladera se arrastró entonces hacia abajo.

¿Se arrastró?

—¡Joder! —murmuró Hedegaard.

De manera imprevista, la pared se

había transformado en una enorme ola que se deslizaba con fuerza por la pared del cráter y caía hacia la parte llana. Hedegaard no tenía ni idea de la velocidad a la que estaba desplazándose, pero no cabía ninguna duda de que lo hacía diez, veinte, treinta veces más de prisa de lo que podía volar su miserable hopper. Por un momento se sintió como paralizada, incapaz de apartar la vista; entonces hizo girar bruscamente el vehículo y lo azuzó para que regresara al pequeño cráter sin nombre. Después de aquel vuelo infernal vivido al salir del Calisto, ahora le parecía que el hopper

se arrastraba a duras penas. Una vez más, se arriesgó a echar un vistazo, pero el Sylvester había desaparecido. Sólo había quedado una capa de polvo que se acercaba a toda velocidad, tragándose el cielo y todo cuanto hubiera en el camino.

¡Más de prisa, más de prisa!

¡La pared del cráter, la pared que la protegería!

Desesperada, hizo ascender el grasshopper, que subía por el talud con paso cansado, como si estuviera harto de la agitación de los últimos minutos. Sus patas de telescopio arañaron la roca, el aparato se tambaleó de un lado

a otro, y luego dio un salto y salió disparado por encima de la cúpula. Hedegaard extendió los brazos y saltó fuera de la plataforma. Su cuerpo golpeó contra el regolito en descenso, rodó más allá del cráter, a través de un saliente rocoso. Describiendo un amplio arco, aterrizó un buen trecho más allá, bajo la sombra de una pared casi en vertical, y vio, por el rabillo del ojo, cómo el grasshopper daba una voltereta. Afincando los pies entre las piedras, consiguió detener el descenso. Se arrastró hacia un saliente que podría servirle como protección y se acurrucó.

El cielo se encapotó encima de ella.

Al instante siguiente, todo se volvió gris. Una granizada de rocas pequeñas, diminutas, cayó sobre el fondo del cráter. Hedegaard se hizo tan pequeña como pudo; estaba protegida de la onda expansiva y los escombros por el saliente, ya que aquellos proyectiles que impactaban por todas partes también levantaban enormes cantidades de regolito que salpicaban en dirección a donde ella estaba. A fin de protegerse, cruzó los brazos sobre el casco y confió en que su traje estuviera a la altura de aquel infierno. Y entonces ya no vio nada más, sólo un denso gris que se arremolinaba en medio de otro gris.

Cerró los ojos.

La pared se le vino encima a toda velocidad.

No sabía cuánto tiempo había permanecido allí tumbada. Cuando por fin se atrevió a levantar los brazos del visor, los impactos habían cesado, y una campana resplandeciente y turbia a la vez se cernía sobre todo.

La danesa se incorporó y estiró sus extremidades. Era inconcebible que aún siguiera con vida. Que no se hubiese roto nada. Realmente parecía estar ilesa.

Había sobrevivido a la explosión de una bomba atómica.

Sin embargo, ahora yacía en un

cráter sin nombre, sin ningún medio de locomoción, muy lejos del Peary, en el pequeño cráter que le había salvado la vida. Con el traje intacto, con una radio y oxígeno para unas pocas horas, hasta que la pudiera encontrar el Io. Por lo menos confiaba en que salieran a buscarla y no dieran por sentado que había muerto.

En primer lugar, decidió la danesa, tenía que salir del cráter. Era mejor para la comunicación por radio, en caso de que el Io apareciera por allí.

Decidida, inició la escalada.

LONDRES, GRAN BRETAÑA

«Lo siento, Yoyo...»

Lo que Xin dijo luego se le impregnó como una textura de lo dicho, como una mera huella de su voz, ya que s u nervus vagus, aquel administrador a prueba de crisis, tan estresado al final, desconectó su mecanismo regulador y arrojó sus órganos al caos, quedando plenamente en manos de ella. A falta de un poder de mando superior, los vasos sanguíneos abrieron las compuertas a los torrentes de sangre en retirada hacia

las piernas, el corazón vio que las tropas habían desertado y que ya no tenía nada que bombear, el cerebro, en vano, esperó a que llegaran los refuerzos con nuevas provisiones de oxígeno, de modo que la frase adicional de Xin («Vais a perder») quedó en la categoría de rumor electroquímico, así que lo mismo podía haberla pronunciado o no. Fue ése el momento del gran apagón, de poner los ojos en blanco y caer, el momento de recibir el disparo anticipado, el momento del No universal.

Y así la encontró Jericho, como el elemento de un cuerpo atravesado en el

conjunto de la azotea: dos guardias muertos, un traidor muerto, y una Yoyo que yacía en el suelo como si también estuviera muerta, sin pulso, sin respiración, totalmente cubierta de un sudor frío, después de haber quedado a deber aquella llamada al teléfono de Shaw. Cuando él, a su vez, intentó llamarla, ella no le respondió. Un vistazo al despacho de Norrington le dio fe de la ausencia del subjefe de seguridad. Todo ello le bastó para subir, lleno de preocupación, hasta la planta sesenta y ocho, donde Diana, con todos los cables de conexión arrancados, ofrecía un aspecto lamentable y donde,

por lo visto, parecía haberse producido un forcejeo. Yoyo no estaba allí, pero había manchas de sangre en el suelo, en la galería, en el puente y en la escalera que conducía arriba.

El resto fue intuición.

Jericho subió a la azotea a toda prisa y llegó justo a tiempo para ver desaparecer la airbike en el cielo; en un momento de espanto, creyó que Yoyo estaba muerta. Se encogió junto a ella, arrodillado ante la omnipotencia del fracaso, pensando en el sufrimiento que les causaría a Tu y a Hongbing al llevarles la noticia. Pero al apenas perceptible temblor de su corazón, que

él oyó al pegar su oído al pecho de la joven, le siguió otro, en un pausado ritmo que se fue acelerando y ganando fuerza, y entonces la sangre halló de nuevo el camino de regreso a los enchufes de la consciencia. Alzando las piernas, Yoyo había vuelto en sí, aturdida, apática, pero todavía en condiciones de descargar el programa de emergencia para saber quién era: alguien a quien le dolía la cabeza, que estaba cansada y con ganas de dormir.

Xin le había perdonado la vida.

¿Por qué?

Mientras tanto, Shaw había tenido un arrebato de furia. Todavía estaba por

demostrar la culpabilidad de Norrington, aun cuando ella hacía rato que ya no lo dudaba. A merced de una avalancha de conjeturas sobre los daños que el subjefe de seguridad podría haber causado en perjuicio de Orley, ordenó que se revisaran todos sus datos, que le hicieran un examen de pies a cabeza, y en ese proceso dieron con una memoria USB, camuflada como la llave de una casa, en la que había almacenado un único programa cuyo icono era un cuerpo de serpiente con nueve cabezas, un centelleante y pulsante indicio de su traición.

Y fue entonces cuando Jericho

decidió abandonar las investigaciones.

Ellos debían resolver sus problemas por sí solos. El detective ya no podía hacer nada más, no quería hacerlo, era casi como si hubiera llegado a un acuerdo tácito con Xin, después de que éste le hubo perdonado la vida a Yoyo y hubo dejado aquel mensaje tan escueto como inequívoco: «Ocupaos de vuestros propios asuntos.» Tal vez Xin sólo se había dado cuenta, sencillamente, de que la muerte de Yoyo ya no era del todo imprescindible, puesto que había tanta gente que compartía aquel saber secreto. Matar a la joven no habría tenido ningún sentido, y los expedientes del sinsentido

no eran algo compatible con la...

¿filosofía de Xin?

Daba igual.

Él, Jericho, había mantenido su promesa, y les había devuelto a Yoyo a sus dos clientes, Tu y Chen. Todo lo demás era competencia de Shaw y de los servicios de inteligencia, no suya; además, estaba terriblemente cansado. Al mismo tiempo, sabía que no podría pegar ojo, por mucho que ahora estuviese bostezando con ganas. A Tu, por el contrario, que apenas dormía, el shock parecía haberlo dejado en un permanente estado de vigilia, alimentado por el sentimiento de

culpabilidad de no haber estado al lado de Yoyo. Desde hacía dos horas, la joven dormitaba apaciblemente en su cama —todas las suites de invitados del Big O disponían de varias habitaciones y ofrecían espectaculares vistas—, mientras que el chino bebía té con Jericho en el salón y demostraba una férrea voluntad de autodestrucción en lo que se refería a las reservas de frutos secos y chucherías.

—Sencillamente, tengo que comer

—dijo casi a modo de disculpa mientras eructaba sonoramente—. Comer y cohabitar son los dos grandes apetitos del hombre...

—¿Quién lo dice? —murmuró

Jericho.

—Bueno, lo dice Confucio, y con ello se refiere a que debemos comer de manera apropiada para proteger a nuestras mujeres. De modo que tengo todavía algunas cosas que aprender. — Los cacahuetes se mezclaron con las gominolas—. Si alguna vez cayera en mis manos ese cerdo...

—Eso no va a pasar.

Tu pegó un golpetazo con la palma de la mano encima de la mesa.

—Hemos llegado demasiado lejos, xiongdi. ¿Crees en serio que voy a cejar ahora y dejar escapar a ese monstruo?

Piensa en lo que les hizo a los amigos de Yoyo, a Hongbing. ¡La manera en que lo torturó!

—No grites tanto —dijo Jericho, lanzando una ojeada hacia el dormitorio cerrado—. Respeto tu indignación, pero tal vez deberías dar las gracias por no estar muerto.

—Bien, estoy agradecido. Pero ¿qué es lo siguiente?

—No hay más. —Jericho extendió las manos y entornó los ojos—. Vivir, seguir viviendo.

—Esa actitud no te pega —dijo Tu en tono reprobatorio—. La esencia de la termita no es darse por satisfecha con la

contemplación de las vetas de la madera.

—Gracias por la comparación.

—¿Para qué hemos asumido todos estos riesgos, entonces? —siseó Tu—.

¿Para que los canallas se nos escapen?

—Presta atención —dijo Jericho, dejando su taza de té sobre la mesa e inclinándose hacia adelante—. Puede que tengas razón y que la semana próxima lo vea todo de manera diferente, pero, te pregunto, ¿adónde nos ha llevado al final la obra infinita de nuestras investigaciones, todos esos asesinos, ejércitos de mercenarios y servicios de inteligencia, los apetitos de

poder de los gobiernos y los grupos empresariales, hoy asentados en Guinea Ecuatorial, mañana en la Luna, y pasado mañana, quizá, en Venus, los consorcios petroleros en bancarrota, las bombas atómicas coreanas, los hoteles lunares y los astronautas corruptos, los atentados a magnates del petróleo, la eliminación de los miembros de Greenwatch, la teoría china, la teoría de la CIA, las serpientes monstruosas con nueve cabezas?... ¡Dime! ¿Adónde? Nos ha llevado de vuelta a un día de tórrido calor, a una habitación llena de muebles sin desembalar, a un hombre triste y preocupado por su hija desaparecida, un

hombre que me ayudó a sacar dos sillones de los plásticos que los envolvían a fin de que tuviéramos algo donde sentarnos. Te lo digo sinceramente: a mí Xin y la Hydra me importan un bledo. Por mucho que lo intento, ya no sé qué tenemos que ver nosotros con Orley Enterprises. Ahí, al otro lado, descansa una chica, y el hecho de que ella siga respirando, de que no hayamos tenido que cubrirla con una sábana, es mucho más importante para mí que todas las conjuras internacionales juntas; todo parece indicar que ya no estamos en el ajo, sea cual sea el final de todo. Arrinconamos

a esa pandilla de cabrones, Tian, y lo hicimos de tal modo que ellos ya no ven ningún sentido en matarnos. La historia desaparece en sí misma. Comienza y termina en el club de golf Tomson, de Pudong, el lugar donde me pediste que le devolviera la hija a tu amigo, viva y de una pieza. Y lo he hecho. Así que gracias. Y de nada.

Tu lo miró con expresión reflexiva y un puñado de frutos secos en el aire.

—Y yo te estoy muy agrade...

—No, no me has entendido —lo interrumpió Jericho, negando con la cabeza—. Todos estamos agradecidos, pero ahora volaremos a casa, tú te

ocuparás de tu empresa mixta con Dao It, Yoyo estudiará, Hongbing venderá su Silver Shadow, del que me habló, se llevará su comisión, lo que lo alegrará mucho, y yo borraré las huellas dactilares de Xin de mis muebles e intentaré enamorarme de alguna mujer que no se llame Diana ni Joanna. ¡Y será maravilloso poder hacer tales cosas! Es decir, llevar una vida de lo más normal. Despertaremos de este jodido sueño, nos frotaremos los ojos, y eso será todo.

¡Porque esto, Tian, no es nuestra vida! Éstos son los problemas de otros.

Tu se rascó la barriga. Jericho se hundió de nuevo en la comodidad del

sofá y deseó poder creerse lo que acababa de decir.

—Una vida de lo más normal —

repitió Tian como en un eco.

—Sí, Tian —dijo el detective—. De lo más normal. Y permíteme que añada algo como amigo tuyo: habla con Yoyo. Hablar sirve de ayuda.

Eso era descortés en el trato con un chino, aunque éste fuese un amigo. Pero tal vez después de dos días como aquéllos... En fin, ¿cuánto podía acercarse uno sin permitir demasiada proximidad? Jericho contempló la ciudad de Londres, que en ese instante despertaba, y se preguntó si debía

abandonar Shanghai y volver allí. En realidad, no le importaba.

—Perdona —dijo soltando un suspiro—. Sé que no me incumbe.

Tu dejó caer la palada de frutos secos de la palma de su mano de vuelta al cuenco y empezó a revolver su contenido con un dedo. Durante un buen rato, ninguno de los dos dijo nada.

—¿Sabes lo que es un ankang? —

preguntó el chino finalmente.

Jericho volvió la cabeza.

—Sí.

—¿Quieres oír la historia de un ankang? —dijo Tu sonriendo—. Por supuesto que no. Nadie desea escuchar

la historia de un ankang, pero tú así lo has querido. La historia empieza el 12 de enero de 1968 en la provincia de Zhejiang, con el nacimiento de un hijo único. Y, por cierto, eso no se hizo obedeciendo la política de «un solo hijo» del Partido, que se introdujo años más tarde, como seguramente ya sabrás, en tu condición de casi chino.

12 de enero...

—Definitivamente, no es el día de tu cumpleaños —dijo Jericho.

—No, además, yo nací en Shanghai, y el niño del que te hablo nació en una pequeña ciudad. El padre era maestro y, como tal, era altamente sospechoso de

poner su inteligencia al servicio de objetivos tan reprochables como la educación general o el estímulo de una postura intelectual sólida, es decir, era sospechoso de pensar. Por entonces bastaba mencionar en voz alta las fechas de la historia más remota del país para ser apaleado por las calles con varas, pero aquel maestro, cuando las hordas llegadas de Pekín emprendieron aquella cruzada para destruir nuestra cultura (que ellos fingían revolucionar), había sabido adaptarse a las circunstancias. Eso, en un principio. El nido de arañas de la guardia roja era la capital, mientras que los líderes del Partido a

nivel local en las regiones rurales luchaban contra los guardias rojos. Los campesinos y obreros de esas regiones más bien vinieron a sacar provecho de las políticas de Deng Xiaoping y Liu Shaoqi. Para no ser considerado un hombre culto, nuestro maestro continuó trabajando en una fábrica de maquinaria agrícola, e intentaba, con su modesta manera de ser, evitar el derrocamiento de Deng y de Liu por parte de los maoístas. En la ciudad había hecho cierto arraigo una facción de los guardias rojos, el llamado Comité de Trabajo Coordinado, que simpatizaba abiertamente con Deng, y entonces el

maestro pensó que era una buena idea unirse a ellos. Y lo fue. Pero sólo hasta

1968, cuando el Comité se disolvió debido a las presiones de los representantes de la línea dura. A éstos les bastó con saber que aquel hombre había sido maestro alguna vez, y desde entonces él empezó a temer por la vida de su familia, sobre todo después de que nació su hijo.

Jericho bebió un sorbo de su té, al tiempo que empezaba a barruntar algo.

—¿Y cómo se llama ese maestro, Tian?

—Chen De —dijo Tu, palpando un cacahuete con la punta de los dedos y

haciéndolo rodar por encima de la mesa

—. El nombre del hijo puedes deducirlo por ti mismo.

—Un nombre que debía expresar la fidelidad al Partido. El Soldado Rojo.

—Hongbing. Tácticamente, había sido una decisión inteligente, pero no sirvió de mucho. A finales de 1968 detuvieron a la madre de Hongbing, acusada de haber hecho ciertas declaraciones reaccionarias, como se decía entonces, pero el motivo en realidad fue que los guardias rojos estaban revolucionando la cultura con la ayuda de las porras, y a ella no le entraba en la cabeza de qué podía

servirles de provecho a los campesinos todo aquello. Se la llevaron a un campo de reeducación, donde..., bueno, donde fue «reeducada». Enferma y maltratada, regresó a casa, pero ya no era la misma. De manera esporádica, y corriendo enormes riesgos, Chen De retomaba su actividad como maestro, pero la mayor parte del tiempo trabajaba en la fábrica e intentaba transmitirle a su hijo, en secreto, tanta cultura como le fuera posible, por ejemplo, las ventajas de un cambio ético en la vida, algo sumamente peligroso. ¡Eso te lo puedo asegurar! A mediados de los setenta, cuando Mao empezó a dedicarse preferiblemente a

las hijas más jóvenes de la Revolución (o, más concretamente, a su desvirgamiento), su antigua alianza con el Comité le supuso, con siete años de retraso, la acusación de contrarrevolucionario, y, tras un proceso sumarísimo, una estancia en la cárcel. Atrás quedó Hongbing, que tuvo que ocuparse solo de la madre enferma, por lo que el chico asumió el puesto de trabajo en la fábrica de maquinaria agrícola.

Tu hizo una pausa y se sirvió un té.

—Bueno, algunas cosas cambiaron, unas para bien y otras para peor. En una rápida secuencia, murieron su madre y

Mao; Deng, que antes había caído en desgracia, fue rehabilitado, de modo que el padre de Hongbing pudo dar clases nuevamente, siguiendo la línea del Partido, se entiende. El chico creció entre la ideología y la duda. A falta de modelos humanos, dirigió su entusiasmo hacia los coches, que por entonces eran objetos bastante raros. Pero ése era un interés que no podía hacer muy feliz a alguien que vivía en el campo, así que, a los diecisiete años, Hongbing se mudó a Shanghai, la variante sibarita de la enyesada Pekín. Allí se las arregla con trabajos ocasionales, y conoce a un grupo de estudiantes que tratan de

robustecer la plantita del pensamiento democrático en la China posrevolucionaria y lo familiarizan con escritos de Wei Jingsheng y Fang Lizhi: la «quinta modernización», la apertura de la sociedad, todas aquellas ideas seductoras, aún prohibidas.

—¿Hongbing formó parte del movimiento democrático?

—¡Sí! —dijo Tu, asintiendo con énfasis—. Y en la primera línea del frente, querido Owen. ¡Era un luchador nato! El 20 de septiembre de 1986, setenta mil shanghaianos salieron a la calle para protestar contra la manipulada ocupación del Congreso del

Pueblo por parte del Partido, y Hongbing estaba en primera fila. Fue un milagro que no lo encarcelaran ya desde entonces. Entretanto, había encontrado trabajo en un taller de reparación de automóviles, poniendo a punto los cochazos de los cuadros del Partido; allí se hace amigo de varias personas influyentes y pierde sus últimas ilusiones, ya que esos directivos de la nueva China podrían ser los inventores de la corrupción. Pero da igual. Ahora bien, ¿te dice algo la fecha del 15 de abril de 1989?

—El 4 de junio me dice algo.

—Sí, pero todo comienza antes, con

la muerte de Hu Yaobang, un político en el que los estudiantes siempre vieron a un amigo, sobre todo porque, dentro del Partido, lo usaron como chivo expiatorio de los disturbios de 1986. Y, para recordarlo, miles de pekineses se pusieron en movimiento para guardar luto por el fallecido en la plaza de Tiananmen, la plaza de la Paz Celestial, y es entonces cuando aquellas demandas ya familiares empezaron a gritarse a voz en cuello: democracia, libertad, esas cosas con las que se puede enojar a los ancianos que llevan mucho tiempo en el poder. El ambiente de crítica al gobierno infecta otras ciudades y, por

supuesto, también Shanghai, y de nuevo

Hongbing levanta el puño y organiza la protesta. Deng niega el diálogo a los estudiantes, los manifestantes empiezan una huelga de hambre, la plaza de la Paz Celestial se convierte en el núcleo de un ajetreo semejante a una gran fiesta popular, se respira una atmósfera de cambio, de la transformación tan deseada, una suerte de happening que Hongbing desea ver con sus propios ojos. A esas alturas, un millón de personas han ocupado la plaza. Los periodistas de todo el mundo están presentes y, para colmo, aparece por entonces Mijaíl Gorbachov con sus

ideas de perestroika y glasnost. El Partido se encuentra entre la espada y la pared.

—Y Hongbing está justo en el medio.

—No obstante, todo podría haber acabado de forma pacífica. A finales de mayo, el grueso de los estudiantes de Pekín pretende disolver el movimiento y darse por satisfecho con la humillación recibida por parte de Deng, pero los venidos de fuera, como Hongbing, insisten en imponer todas las demandas, y ello hace que el asunto vaya en escalada. El resto ya se conoce, no tengo que contarte mucho más acerca de la

masacre de Tiananmen. Y una vez más, Hongbing tiene una suerte tremenda. No le sucede nada, ya que su nombre no figura en ninguna lista negra. Despojado de todas sus ilusiones, regresa a Shanghai, decide ocuparse nuevamente de su trabajo y llega a convertirse en segundo jefe del taller. Con el tiempo, el pequeño taller de antaño se va convirtiendo en un taller grande y pujante, los nuevos ricos adoran pisar el acelerador, y nadie entiende tanto de coches como Hongbing. De vez en cuando su trabajo es recompensado con una visita al burdel, los altos cuadros lo invitan a cenar, y algunos funcionarios

con dinero ven con buenos ojos la posibilidad de que aquel chico bien parecido dejase embarazada a su hija.

—En ese sentido, se había acomodado un poco a las circunstancias.

—Hasta el invierno de 1992, cuando Chen De, que tantas veces había intentado sacar la cabeza del lazo que lo atenazaba, decide ponerse una soga al cuello. Depresiones. A causa de su esposa muerta, ya sabes, pero también porque la Revolución había destruido a su familia. A Hongbing lo consume el odio que siente por sí mismo. Odia su poco agraciado nombre, odia su trato directo con aquellos aprovechados que

gritan Ganbei al brindar y que vendieron de buena gana, a cambio de comodidades, su interés en el movimiento por la democracia. Chen quiere enviar una señal. Un año antes habían detenido al disidente Wang Wanxing, quien, en el aniversario de la masacre de Tiananmen, desplegó una pancarta pidiendo que se rehabilitara a los manifestantes otrora masacrados, y lo hizo en medio de la plaza de la Paz Celestial. Y una vez más se cumple un aniversario de lo de Tiananmen, y ese día, el 4 de junio de 1993, Hongbing participa en una manifestación con algunos que piensan igual que él, y exige

la liberación de Wang, una meta pequeña y nada ambiciosa, según él mismo, que tal vez tenga mejores posibilidades de éxito que estar siempre meando en la misma pata del sistema, y ya ves, en esta ocasión sí que le prestaron atención. Sólo que ésta le llegó del lado equivocado. —Lo arrestaron.

—Lo hicieron desaparecer. Y ahora viene la parte pérfida de la historia, aunque tal vez pienses que ya ha sido suficientemente pérfida hasta el momento. Sin embargo, eso no es cierto. Hasta ahora sólo ha sido cruel.

Tu hizo una pausa mientras el Sol se

elevaba en el cielo, derramando su luz sobre el lecho del Támesis.

—Unos kilómetros a las afueras de Hangzhou, en un paraje idílico entre campos de arroz y montañas plantadas de té, hubo durante muchos años un hermoso templo budista, que posteriormente fue demolido para erigir, en su lugar, algo que, en la opinión de entonces, pudiera ser útil a la sociedad china.

—Un ankang.

Jericho sintió que su cansancio desaparecía. Había oído hablar de los ankang, aunque nunca había visto ninguno. Literalmente, ankang

significaba «Seguridad, Paz y Salud», pero en realidad se trataba de hospitales psiquiátricos en manos de la policía.

— E l ankang de Hangzhou fue la primera institución mental china de esa clase —dijo Tu—. Erigida sobre la base de la creencia en una ideología perfecta, cuyo cuestionamiento sólo podía ser el resultado de un trastorno mental de mayor o menor gravedad, como creer que la Tierra es cuadrada o la pareja en el matrimonio es un perro disfrazado. Según el modelo de la Unión Soviética los disidentes en China eran diagnosticados como locos, pues el bonito nombre de ankang se lo puso el

Partido a los hospitales mentales sólo a finales de los ochenta. Hasta entonces, funcionaban en secreto.

—Dime una cosa, a ese disidente encarcelado, cuya libertad quiso exigir Wang Wanxing..., ¿no lo tuvieron también encerrado en un ankang?

—Durante trece años, y finalmente fue soltado, en 2005. Hasta entonces, la única información que circulaba sobre los ankang eran rumores, y se decía que no servían mucho al cuidado de los enfermos mentales, sino a la humillación de personas sanas. Pero entonces, al principio de manera vacilante, se inició un debate, lo que no impidió al Partido

poner a funcionar otras de aquellas supuestas instituciones mentales. Se supone que siempre había personas que padecían la paranoia de los derechos humanos o se perdían en la idea esquizofrénica de unas elecciones libres. El mundo está lleno de locos, Owen, es preciso prestar mucha atención: sindicalistas, demócratas, religiosos, personas con peticiones o quejas (por ejemplo, las que se oponen a la política de demolición en Shanghai o exigen cosas tan exóticas como el derecho de cogestión de las riendas del país). Y no olvides a esos otros, los que están completamente locos, que creen

descubrir casos de corrupción en nuestra sociedad perfecta.

Jericho guardó silencio. Tu bebió un sorbo de té, como para enjuagarse la boca y quitarse el mal sabor de la palabra ankang.

—Pues bien, desde la salida de Wanxing, las víctimas empezaron a protestar. A principios del año 2005, el Congreso del Pueblo sacó una ley que prohibía expresamente la tortura por parte de la policía: una farsa, por supuesto. Aún en la actualidad es bastante habitual someter a los sospechosos a largas represalias, hasta que éstos terminan firmando una

confesión, lo que constituye la prueba de su enfermedad mental, y a partir de ese momento se aplica la tortura y se la denomina «tratamiento». Existe todavía en China, y esto es objeto de debates públicos y de advertencias llegadas desde el extranjero, pero cuando Hongbing fue internado en Hangzhou corría el año 1993, ninguna ley preveía entonces la posibilidad de una reclamación. Por entre los plátanos de los terrenos del manicomio, algo bonito de ver, ondea una banderola roja en la que puede leerse la siguiente consigna:

«La salud física y mental reporta felicidad para toda la vida», lo que

representa el lenguaje cínico del gulag. Hongbing recibe su diagnóstico: padece psicosis paranoide y monomanía política. Ningún médico fuera de China ha oído hablar nunca de tales padecimientos, ninguno de los dos está en las listas internacionales, lo que, una vez más, demuestra lo estúpidos que son los extranjeros. Hongbing causó una buena impresión, por decirlo a la manera eufemística de la institución, ya que su estado de ánimo era estable, sabía escuchar, oía la radio, le gustaba leer y siempre estaba dispuesto a colaborar, sólo que, literalmente,

«mostraba un enorme trastorno del

pensamiento lógico» en cuanto se hablaba de política. Su trastorno era visible para cualquiera, su actividad mental estaba marcada por la megalomanía, la beligerancia y una voluntad exacerbada, de dimensiones casi patológicas. Por tal razón, los médicos dan por apropiado un tratamiento con medicamentos y una vigilancia rigurosa, a fin de traer de vuelta a Hongbing al sendero luminoso de la lucidez mental, con lo cual el hombre fue despojado de todos sus derechos.

—¿Y ni siquiera pudo hablar con un abogado? —preguntó Jericho,

desconcertado—. Debía de existir alguna posibilidad de entablar un proceso.

—Pero, Owen... —Tu había empezado de nuevo a comer chucherías, y se metía en la boca puñados enteros de ellas en cuanto tragaba las anteriores—. Eso habría sido un contrasentido. Quiero decir, ¿cómo podría haber reclamado un loco sus derechos ante la prueba fehaciente de su locura? Todo el mundo sabe que los locos creen que ellos son los únicos cuerdos. No existe ninguna posibilidad de reclamación ante el veredicto policial de que se está loco, la duración del internamiento queda

únicamente a consideración de los psiquiatras forenses y los funcionarios. Y eso es lo que lo hace tan insoportable para las víctimas. En las cárceles o en los campos de trabajo, sabes cuántos años te han caído, pero la estancia en un ankang está sujeta únicamente a la arbitrariedad de tus torturadores. No obstante, ¿sabes qué es lo verdaderamente pérfido de todo esto?

Jericho negó con la cabeza.

—Que muchos de los internados padecen realmente enfermedades mentales. ¿Es bastante refinado, no crees? Imagínate el tormento de una persona sana al verse rodeada de

criminales con graves trastornos mentales que lo amenazan de manera constante. Menos de un año después de su internamiento, Hongbing es testigo de cómo asesinan a dos internos, mientras que el personal del hospital lo presencia todo sin intervenir. Pasa muchas noches en vela por miedo a ser el siguiente. Otros prisioneros..., perdón, otros pacientes, por su parte, son gente completamente normal, como él. Pero eso no viene al caso. Todos pasan por el mismo infierno. Regularmente, se los somete a «terapias», camisas de fuerza químicas, choques de insulina y a electrochoques. ¡No puedes ni imaginar

lo bueno que es eso para curar las mentes! Colillas apagadas en la piel de los pacientes, preferiblemente en los genitales, torturas con hierros candentes, calor extremo, falta de sueño forzosa, inmersiones en agua helada y, una y otra vez, palizas. Los que alborotan son atados a la cama y maltratados hasta que pierden el conocimiento, por ejemplo, clavándoles una aguja en el labio superior, recibiendo descargas eléctricas que alternan entre alta y baja tensión, para que nadie se embote de tal modo que no pueda percibir el dolor. A veces, cuando se les antoja a médicos y enfermeras, todos los pacientes de algún

departamento reciben un castigo, da igual que hayan violado alguna norma o no. Bajo los bienintencionados cuidados del personal, son varios los pacientes que mueren a causa de un infarto. Uno con el que Hongbing mantiene una buena amistad decide, en su desesperación, hacer una huelga de hambre. También a él lo atan a la cama, y entonces otros prisioneros con trastornos mentales lo alimentan a la fuerza bajo la supervisión de los cuidadores. Sólo que, ¿cómo lo hacen? Puesto que nadie les enseña cómo hacerlo, unos le vierten al pobre diablo alimento líquido a través de las mandíbulas abiertas a la fuerza, y se

extienden tanto haciéndolo que el hombre muere asfixiado, aunque por lo menos muere con la barriga llena. Fallo cardíaco, según el certificado de defunción. No se le piden cuentas a nadie. Hongbing tiene suerte dentro de la desgracia, queda exento de las peores torturas. Hay en Shanghai algunos cuadros chiflados por los coches que intervienen a su favor, con la discreción suficiente para no convertirse ellos mismos en víctimas de represalias, pero eso basta para que, en comparación, el padre de Yoyo reciba un trato privilegiado. Le asignan una celda individual, puede leer y ver la

televisión. Tres veces al día le administran neurolépticos con fuertes efectos secundarios, mientras que algunos médicos, de manera indirecta, le dan a entender que lo consideran una persona completamente sana. Hongbing oculta las pastillas bajo el labio superior y las hace desaparecer en el retrete, pero luego, como castigo, recibe una terapia con un choque de insulina y pasa varios días en coma. En otra ocasión, lo atan, un médico se pone unos guantes con placas metálicas, se las coloca sobre la frente y éstas sueltan tal descarga que Hongbing pierde el conocimiento. Terapia de electrochoque,

esta vez como castigo por ser quien es, sencillamente. Las descargas son continuas en el ankang, ni siquiera se puede pegar ojo debido a los constantes gritos de dolor. Los pacientes se ocultan bajo las camas, en los servicios, bajo los lavabos, pero no sirve de nada. Al que eligen lo encuentran siempre. Oh, ya no tengo nada para picar...

Jericho necesitó un momento para reaccionar. Como hechizado, se puso de pie, fue hasta el bar y regresó con un par de bolsas de patatas.

—«Queso y cebolla» —leyó en voz alta—. ¿O las prefieres con beicon?

—Me da igual. Al segundo año de

estar allí, Hongbing intenta escapar. Ya casi está fuera cuando lo capturan y lo llevan de vuelta. Aún hoy en día sueña con ese momento, con más frecuencia que con todas las demás cosas vividas allí. En recompensa por tener tanta iniciativa propia, le administran escopolamina, que te sume en tal estado de apatía que ya ni siquiera piensas en cosas tan estúpidas como escaparte. No hace falta decir que ese fármaco provoca gravísimos daños físicos y psíquicos. Al tercer año de su estancia en el ankang, en el verano de 1996, internan en la institución a una joven obrera que había acusado al hijo del

director de su fábrica de aceptar sobornos, y a raíz de ello el hijo la había golpeado hasta dejarla inconsciente. La joven volvió a denunciarlo, un atrevimiento que les dio todos los motivos al director de la fábrica, al jefe de la policía y a la administración del ankang para declararla enferma mental. Sin ningún visto bueno médico, sin denuncia ni fallo de un tribunal, la mujer desaparece en la clínica, mientras que el yerno del administrador del ankang se convierte de pronto en jefe de departamento en la fábrica. Ya ves, el mundo está lleno de casualidades... ¿Y qué pasa con

Hongbing? Pues que se enamora de la mujer y se ocupa de ella, hasta que la chica, a los seis meses de haber sido internada, muere a causa de una terapia con choque de insulina. Ese acontecimiento termina por quebrar lo que había en él de espíritu de resistencia. El día en que perdió a la mujer, Hongbing perdió también toda su fuerza.

—Eso es horrible, Tian —dijo

Jericho en voz baja.

Tu se encogió de hombros.

—Es la historia de una de esas falsas encrucijadas que uno tiene que afrontar en la vida. Una historia del «Si

hubiera hecho esto», «Si no hubiera hecho aquello»... Más tarde, en la primavera de 1997, aquel grupo de divertidos chiflados recibe refuerzos con un tipo muy vivaz, de familia acomodada, pragmático y seguro de sí. Como era de esperar, lo primero que hacen los médicos es despojarlo de esa seguridad en sí mismo. El hombre no es ningún desconocido en los círculos disidentes, se lo considera un héroe local en la lucha contra la corrupción. Había movilizado a miles de empleados de una fábrica de componentes electrónicos de la que era jefe de departamento para que protestaran

contra la dirección de la misma, que se enriquecía a costa del personal; se dirigió con pruebas a la Oficina de Quejas de Pekín, pero lo único que consiguió con ello fue que lo arrestaran y lo internaran. En el ankang le suministran todo tipo de medicamentos que hacen que enferme, se le caiga el pelo, sufra de espasmos, insomnio, irritabilidad y pérdida de memoria. Sin embargo, nadie consigue reducir su voluntad de vivir; su único objetivo es salir de nuevo cuanto antes, y él cuenta con amigos muy poderosos en Pekín, por ejemplo, su cuñado juega al golf con el jefe de la policía. A ese hombre le cae

bien Hongbing. Pasa mucho tiempo con él, lo escucha, y poco a poco consigue reanimarlo. Seis meses más tarde, el hombre ya está fuera, le dan un cargo de directivo en un consorcio de software y empieza a planear la arquitectura de su ascenso. Cuando, al año siguiente, Hongbing sale también, a la edad de treinta años, cinco de ellos pasados en aquella institución psiquiátrica, su amigo del ankang, de manera discreta, le consigue un trabajo en un concesionario de coches y se fija como tarea seguir apoyándolo en todo lo que pueda.

El Sol se había elevado en el cielo.

Una luz matinal de color rosa cubría los tejados.

—Y tú eres ese amigo del ankang

—dijo Jericho en voz baja.

—Sí. —Tu se quitó las gafas y empezó a limpiarlas con el borde de la camisa—. Yo soy el amigo, y eso es lo que une a Hongbing conmigo.

Jericho guardó silencio durante un rato.

—¿Y Hongbing jamás le ha hablado a Yoyo acerca de esa época?

—Nunca. —Tu alzó las gafas a contraluz y miró a través de los cristales con ojos escrutadores—. Mira tu propia vida, Owen. Tú sabes bien que hay

vivencias que se ciernen como candados sobre tus cuerdas vocales. La vergüenza te hace enmudecer, y además piensas que, si no hablas de ello, todo irá borrándose con los años, aunque lo cierto es que va ganando poder sobre ti. Tras recibir el alta, Hongbing sopesó la idea de llevarlo todo ante un tribunal. Yo le dije que se construyera una existencia antes de dar cualquier paso.

¡Sus conocimientos acerca de los coches eran enormes! Cada vez que salía un nuevo modelo al mercado, él, al cabo de poco tiempo, lo sabía todo acerca del mismo. Hongbing me escuchó y se hizo vendedor. En 1999 conoció a una chica

de Ningbo y se casó con ella de manera precipitada. No pegaban ni con cola, pero, al parecer, él quería recuperar el tiempo perdido rápidamente y fundar cuanto antes una familia. Nació Yoyo, y el matrimonio, como era de esperar, fracasó, ya que Hongbing creyó haber descubierto que ya no podría amar nuevamente, si bien lo único que sucedía era que no podía amarse a sí mismo y, en efecto, no ha podido hacerlo hasta hoy. La chica se retiró de nuevo a Ningbo, y Hongbing obtuvo la patria potestad de la hija e intentó darle a Yoyo lo que él no tenía.

—Proximidad.

—El problema de Hongbing es que él se considera inmerecedor de esa proximidad. Pero Yoyo, eso, lo ha entendido mal. Ha creído estar haciendo algo incorrecto. El silencio del padre le ha creado un enorme complejo de culpabilidad, en contra de sus intenciones, pero, en fin, ya lo has conocido. Se encuentra encerrado entre sus propios muros —dijo Tu, suspirando

—. Anteanoche, en Berlín, cuando estuve paseando con Yoyo por el barrio y tú te quedaste enfadado en el hotel, yo, por fin, le conté mi historia, y ella, inteligente como es, enseguida quiso saber si Hongbing había pasado por algo

parecido.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Nada.

—Él tendrá que hablar con ella.

—Sí —asintió Tu—. Pero lo hará cuando consiga vencer su parálisis. Tienes que saber que, en secreto, sin que su hija sepa nada del asunto, él sigue luchando por su rehabilitación.

—¿Y tú? ¿Te rehabilitaron alguna vez?

—En 2002, cuando me convertí en directivo del consorcio de software, decidí presentar una denuncia. Mi petición fue rechazada nueve veces. Y luego, de manera totalmente inesperada,

se dijo que había sido víctima de un diagnóstico falso por culpa de un error muy lamentable, ¡incluso a causa de maniobras de carácter criminal! Se restituyó mi prestigio, y con ello se allanó el camino para mi carrera. Gracias a mi intercesión conseguí que a Hongbing lo nombraran director de los servicios técnicos de una filial de Mercedes, con lo que su existencia estaba asegurada hasta tal punto que pudo por fin presentarse ante un tribunal, y desde entonces ha ido de un juicio en otro. Ha reunido cajas y más cajas de documentación, informes periciales médicos que demuestran que jamás

padeció ningún trastorno psiquiátrico, pero hasta ahora el fallo contra él sólo ha sido revisado a medias. Yo me enfrenté a la dirección corrupta de una empresa, es decir, a unos criminales, pero él se enfrenta al Partido. Y el Partido es un elefante, Owen. De modo que todavía hay una mácula que pesa sobre Hongbing, una herida muy profunda. Pienso que, una vez quede rehabilitado del todo, podría confiarse a Yoyo, pero así...

Jericho hizo girar la taza entre los dedos.

—Yoyo debe saber la verdad —dijo el detective—. Si Hongbing no habla

con ella, tendrás que asumir esa misión.

—Bueno, ya se verá. —Tu se colocó de nuevo las gafas sobre la nariz y mostró una sonrisa torcida—. Después de lo de esta mañana, ya tengo un poco de experiencia en el asunto.

—Gracias por habérmelo contado.

Tu miró pensativo las saqueadas y vacías bolsas de patatas. Luego miró a Jericho a los ojos.

—Tú eres mi amigo, Owen. Nuestro amigo. Eres de los nuestros. Es algo que sí te incumbe.

Lynn

2 de junio de 2025

LONDRES, GRAN BRETAÑA

El número 85 de Vauxhall Cross, en el suroeste de la ciudad, a orillas del Albert-Embankment y cerca del puente Vauxhall, parecía un zigurat babilónico construido por el rey Nabucodonosor II a partir de unas piezas de Lego. En realidad, aquella mole de color arena, con sus superficies de cristales blindados de tonos verdes, albergaba el corazón de la seguridad británica, el Secret Intelligence Service, también conocido por las siglas SIS o MI6. A

pesar de su impresión inicial, se trataba de un auténtico bastión contra los enemigos del Reino Unido, con el que, por último, se había roto los dientes un comando del IRA hacía veinticinco años, cuando lanzó un cohete desde la otra orilla del río, con el que, en esencia, sólo consiguió que se tambaleara la vajilla en la sala de café de los servicios secretos.

Jennifer Shaw iba camino de la cena de cumpleaños de su hijo cuando recibió una llamada desde las más altas instancias. Shaw pulsó la tecla

«Aceptar» y la voz inundó el habitáculo con olor a cuero nuevo de su recién

restaurado Jaguar Mark II En la imaginación de la mayoría de la gente, a partir de las treinta y una películas de la serie de James Bond, el director del servicio de inteligencia británico para el extranjero se llamaba «M», lo que se acercaba bastante a la realidad, sólo que Mansfield Smith-Cumming, su legendario primer director, había introducido la C, y desde entonces todos los directores se llamaban C, sólo porque era una bonita abreviatura de

«control».

—Hola, Bernard —dijo Shaw, con la certeza de que la noche había acabado para ella.

—Jennifer. Espero no molestar.

Una frase hecha. A Bernard Lee, el actual director, le daba soberanamente igual si molestaba o no. Lo único que él entendía como molestia era que se perturbara la seguridad nacional.

—Voy camino del Bibendum —dijo ella, fiel a la verdad.

—Oh, sirven una comida excelente. Sobre todo la raya. Hace tiempo que no voy, pero ¿podría darse antes un breve garbeo por aquí?

—¿Cómo de breve será ese garbeo?

—Bueno, depende del tiempo del que usted disponga, por supuesto. Por otra parte...

—Hoy no hay mucho tráfico. Deme diez minutos.

—Gracias.

A continuación, Jennifer llamó a su hijo y le comunicó que tomaran los entrantes sin ella, pero que le reservaran, de todos modos, una ración doble del soufflé de limón helado.

—Lo que quiere decir que te tendremos aquí más o menos para los postres —protestó su hijo.

—Intentaré llegar para el plato principal.

—¿Tiene algo que ver con las vacaciones de Orley en la Luna?

—No tengo ni idea, cariño.

—Pensé que la bomba ya había estallado y que no había causado daños; que todos estaban sanos y salvos, camino de casa.

—De verdad que no lo sé.

—Bueno. Supongo que los hijos de la primera ministra ven menos a su madre.

—Es reconfortante saber que una ha traído al mundo a una persona con pensamiento positivo. No te enfades conmigo. Te llamaré dentro de un rato.

A la altura de Wellington Arch, Jennifer Shaw dobló desde Piccadilly hacia Grosvenor Place y siguió por Vauxhall Bridge Road a través del

Támesis. Poco después, ya estaba sentada con traje de noche en el despacho de Lee, con un vaso de agua delante.

—Hemos reconstruido los correos borrados de Norrington —dijo el director sin rodeos.

—¿Y? —preguntó ella, tensa.

—Bueno —dijo Lee, frunciendo los labios—. Ya sabe que todo hablaba en su contra, sólo que no tenemos verdaderas pruebas...

—El hecho de que Xin le haya volado la cabeza me parece que tiene bastante fuerza probatoria. ¿Acaso tienen ya algún rastro del chino?

—Nada de nada. Sin embargo, nos hemos topado con algo un poco alarmante. También nuestros colegas estadounidenses se sienten un poco inquietos. Los correos de Norrington no tenían, en principio, el menor sentido; sencillamente, había borrado el ruido blanco, de modo que lo intentamos con el programa de Hydra. Y de repente nos vimos ante una compleja correspondencia. Por desgracia, a partir de ella no es posible inferir quién es Hydra, y tampoco puede determinarse quién recibió esos correos electrónicos. Sólo está claro que Norrington debía formar parte de un distribuidor

exclusivo al que él, por su parte, enviaba mensajes cifrados...

—¿Todos desde el ordenador central del Big O?

—Claro. Sin la máscara, ese símbolo con cabeza de serpiente no es detectado en los correos electrónicos. A nadie se le habría ocurrido nunca esta idea. Además, él fue suficientemente inteligente como para no instalar el programa de descodificación en su puesto de trabajo, sino que llevaba consigo a todas partes esa memoria USB. En cualquier caso, tenemos una visión bastante interesante de la planificación y la construcción de la

rampa de lanzamiento en Guinea Ecuatorial, y podemos enterarnos de cosas asombrosas acerca del mercado negro de armas nucleares coreanas, cosas que ni siquiera nosotros conocíamos. Pero bueno, como sabemos, la bomba ya ha detonado sin causar daños.

—De manera indirecta, esa bomba causó enormes daños —dijo Shaw—. Pero, en fin, Julian, Lynn y una buena parte de los huéspedes se encuentran sanos y salvos, en el viaje de vuelta. Dentro de pocas horas deberían llegar a la OSS.

—Sí, y ahora sería importante que

hablara usted con Julian.

—Lo haré.

—Hágalo tan pronto como le sea posible, quiero decir. En el plazo de la siguiente hora. Necesito su valoración.

Shaw enarcó una ceja.

—¿Sobre qué?

—Según la correspondencia de Norrington, la cosa aún no ha acabado del todo.

—Sea más específico. Tiene que convencerme de que merece la pena dejar que mi hijo cumpla los treinta años sin la presencia y el apoyo de su madre.

Lee asintió.

—Creo que merece la pena,

Jennifer. El año pasado no sólo se lanzó a la Luna una mini-nuke. —El hombre hizo una pausa, bebió un sorbo de agua y colocó el vaso delante de él con parsimonia—. Fueron dos.

—Dos —repitió Shaw.

—Sí. Kenny Xin adquirió dos, y ambas fueron cargadas en el cohete de Mayé. Y ahora nos preguntamos: ¿dónde está la segunda?

Shaw lo miró fijamente. Lee tenía razón, el dato era alarmante. Definitivamente significaba que ese día no probaría el soufflé de limón, aunque no quería pensar en las implicaciones de ello.

EL CHARON, EL ESPACIO

Con una expresión de gruñona sastisfacción, Evelyn Chambers vio a Olympiada Rogachova salir de su sueño y entrar flotando en el salón. El aspecto irreal y fantasmagórico había desaparecido en ella. Por primera vez, la rusa parecía percibirse a sí misma como indicador principal de su existencia, como alguien que no existía gracias al acuerdo de otros, sino que continuaría existiendo cuando los que trazaban las coordenadas de su vida

apartaran su mirada de ella.

—Le dije que podía irse a la mierda

—anunció, dejándose caer junto a

Heidrun.

—¿Y cómo reaccionó?

—Eso, precisamente, no lo va a hacer, pero me desea mucha suerte.

—¿En serio? —dijo Heidrun, asombrada—. ¿Le has dicho que lo vas a dejar?

Rogachova la miró desde arriba con el temor divertido de una adolescente que acaba de descubrir el territorio inexplorado de su cuerpo.

—¿Creéis que soy muy mayor para empezar...?

—Tonterías —respondió Heidrun con firmeza.

Olympiada sonrió, alzó la mirada y se alejó flotando. Una imaginaria Miranda Winter hizo unas piruetas en la ingravidez, soltando grititos y chillidos de júbilo. O'Keefe leía con el propósito de no tener que presenciar cómo sus labios pintados de rojo se proyectaban hacia adelante, dibujando la flor de una promesa, antes de formar unas palabras de una simpleza memorable. Atravesaban el espacio a toda velocidad, con la omnipresencia de Rebecca Hsu, oían las burlas divertidas de Momoka Omura y las jactancias de

Warren Locatelli, los pésimos chistes de Chucky, que ahora eran peores de lo que se merecían, oyeron a Aileen crear aquellos arreglos florales de sabiduría vital, la satisfacción de Mimi Parker y Marc Edwards en su «nosotros», y contar a Peter Black las noticias más recientes sobre el tiempo y el espacio. Escucharon, incluso, a Carl Hanna tocando la guitarra, a ese otro Carl, que no era ningún terrorista, sino un tipo agradable. Walo Ögi estaba pegado al juego de ajedrez bajo el techo, y ya perdía su tercera partida contra Karla Kramp; mientras tanto, Eva Borelius trastabillaba en la rueda de hámster de

los autorreproches, y Dana Lawrence, la heroína declarada, redactaba un informe.

Chambers guardaba silencio, agradecida de aquel vacío en su cabeza.

Por primera vez desde que habían dejado la Luna se sentía notablemente mejor. En retrospectiva, aquella experiencia límite —como la llamaban

— vivida en la zona de extracción le resultaba penosa, de modo que no hablaba acerca del asunto, si bien en algún momento tendría que hallar palabras para ello. Un horror impreciso la mantenía atrapada, como si una criatura monstruosa se hubiese fijado en ella en medio de aquel mar de niebla y

la estuviese observando desde entonces. Sin embargo, en algún momento tendría que acabar con eso. Poco a poco se fue apartando, dejó a Olympiada a solas consigo misma y se fue flotando a la cafetería.

—¿Cómo te va? —preguntó.

—Bien. —Rogachov, sujeto a un soporte, levantó la vista de su ordenador

—. ¿Y a ti?

—Mejor —dijo la presentadora, frotándose la sien con unos masajes circulares del índice—. La presión ya va cediendo.

—Me alegra oír eso.

—¿Tienes algo en contra de que

ceda un poco a mi curiosidad profesional?

—Puedes preguntar lo que quieras.

—La sonrisa de Rogachov fundió un poco el hielo que había entre sus pestañas rubias—. Siempre y cuando no esperes obtener una respuesta a todo.

—¿Qué andas calculando todo el tiempo?

—Julian merece una reacción. Le debemos una semana fulminante. No importa cómo haya acabado, la verdad es que nos ha ofrecido un montón de cosas. Y a cambio sólo espera una cosa de nosotros.

—¿Vas a invertir? —preguntó

Mukesh Nair mientras se acercaba volando.

—¿Por qué no?

—¿Después de este desastre?

—Bueno, ¿y qué? —Rogachov se encogió de hombros—. ¿Acaso los hombres dejaron de construir barcos porque se hundió el Titanic?

—Confieso que no estoy muy seguro.

—Ya conoces la mecánica del fracaso, Mukesh. Es siempre el miedo ante la crisis el que la desata. Al principio el problema que se te presenta es solucionable, pero va atrayendo hacia él una especie de psicosis. La psicosis del tiburón. Un solo tiburón basta para

acabar con el turismo de una región, ya que nadie se mete en el agua, aunque la probabilidad de ser devorado por uno es casi nula. El desplome de la economía, el colapso de los mercados financieros, siempre hemos tenido que vérnoslas con esas psicosis. No es el ataque terrorista aislado, no es la bancarrota de un solo banco, la subsiguiente parálisis general es lo que se convierte en amenaza.

¿Acaso voy a hacer depender mi decisión de invertir en el proyecto de Julian, en esa revolución internacional del abastecimiento de energía, por culpa de un solo tiburón?

—¡El tiburón era una bomba

atómica, Oleg! —dijo Nair, abriendo los ojos de par en par—. Posiblemente sea el inicio de un conflicto global.

—Pero tal vez no lo sea.

—En cualquier caso, Julian no tiene la culpa —reafirmó Chambers—. Hemos sido víctimas de un atentado cuyo destinatario era otro. Sólo estábamos a la hora equivocada en el lugar equivocado.

—Pero ¡si todavía nadie sabe quién estaba detrás de todo!

—¿Y qué vas a hacer tú con ese desconocimiento? —preguntó Rogachov en tono burlón—. ¿Suspender los vuelos espaciales?

—Sabes muy bien que yo no pienso así —gruñó Nair—. Sólo me pregunto si tiene sentido invertir.

—Eso también lo hago yo.

—¿Y?

Rogachov señaló la pantalla del ordenador.

—Lo he calculado. En la Luna hay unas seiscientas mil toneladas de helio

3, diez veces las reservas energéticas potenciales de todos los yacimientos terrestres de petróleo, gas y carbón juntas. Tal vez incluso más, ya que la concentración del isótopo en la cara oculta podría ser más elevada que en la cara vuelta hacia la Tierra. Cinco

metros de capa de regolito se consideran saturadas, los que resultan interesantes son los primeros dos y tres metros, y eso corresponde exactamente a la profundidad a la que excavan los escarabajos. —Rogachov dio unos golpecitos con el dedo en el ordenador

—. Sin tener en cuenta el transporte, el balance energético ofrece el siguiente cálculo: un gramo de regolito es igual a

1.750 julios. Algo de ello se pierde al ser calentado y en la siguiente fase de procesamiento, de modo que quedan, digamos, 1.500 julios. Eso corresponde a un área de diez mil kilómetros cuadrados que tendrían que ser

excavados y procesados para cubrir la demanda actual de energía de la Tierra. Una milésima parte de la superficie lunar. En lo que atañe al rendimiento productivo, los escarabajos trabajan con la luz solar, de modo que permanecen la mitad del año sin energía, es decir, se necesitaría el doble de esos bichos.

—¿Cuántos se necesitarían?

—Algunos miles.

—¿Algunos miles? —exclamó Nair.

—Sí, claro —dijo Rogachov, impasible—. Si tuviéramos en funcionamiento esa cantidad, las reservas durarían unos cuatro mil años, siempre presuponiendo que la población

mundial se estanque y las necesidades energéticas del Tercer Mundo permanezcan claramente por debajo de las del mundo desarrollado. Ninguna de esas dos cosas sucederá. Desde un punto de vista realista, hasta finales de siglo se espera que haya veinticinco mil millones de personas y un incremento general del consumo de energía. Visto así, la Luna podrá suministrarnos energía, como máximo, durante setecientos años.

—¿Y luego? —preguntó Chambers.

—Habremos agotado otro recurso fósil y estaremos en la misma situación que hoy. La Luna quedaría apisonada,

poco interesante para hoteles y viajes de placer, pero tal vez se podrían establecer un par de zonas naturales protegidas. Resulta un poco dudoso que luego se las pudiera ver, debido al polvo.

—Miles de máquinas extractoras — dijo Nair, negando con la cabeza—. ¡Es una locura! No hay ningún rendimiento que aguante eso.

—Claro que sí —repuso Rogachov, cerrando el ordenador—. El problema del déficit lo habríamos tenido con la navegación espacial convencional. El ascensor ha venido a cambiar todo eso, y construir un par de esas máquinas, en

fin, yo no tendría tantos temores. También se construyen miles de tanques de guerra, y una Luna aplanada es una Luna aplanada.

—Menuda mierda —dijo Chambers para sí.

—Sí, una mierda. Ya sé lo que piensas. Una vez más destruimos una maravilla de la naturaleza con efectos a corto plazo.

—Pero sale a cuenta, ¿verdad?

—Sale a cuenta durante setecientos años, y desde lejos la Luna no se verá muy distinta de como se ve hoy —dijo Rogachov afilando los labios—. Creo que participaré con una parte de la suma

originalmente planeada en la empresa

Orley Space.

—Pues felicidades.

—Lo haré siguiendo tu consejo — dijo el ruso, enarcando las cejas—. ¿Ya lo has olvidado? ¿En la Isla de las Estrellas?

—Entonces aún no había estado en la zona de extracción.

—Ya entiendo, la psicosis del tiburón.

—No, de ningún modo. Tú sólo has puesto en palabras lo que ya vimos todos con claridad en aquella Tierra de la Niebla. La idiotez de todo. Cuando se habla de la minería lunar, la mayoría de

la gente piensa en un par de buldóceres solitarios que se pierden en la inmensidad de la Luna. Pero en lugar de ello, perderemos la Luna por culpa de esos buldóceres —dijo ella, negando con la cabeza—. Claro que es mejor destruir la Luna y no la Tierra, la fusión aneutrónica es limpia, y si eso va a durar setecientos años, estupendo. Pero, de todos modos, me permito considerar que es una mierda.

—La otra mitad del dinero he pensado invertirla en asumir la empresa de Warren Locatelli, Lightyears.

—¿Cómo? —Nair abrió mucho los ojos—. ¿Pretendes...?

—No me gustaría parecer despiadado —dijo Rogachov alzando ambas manos—. Warren está muerto, pero las reticencias no le devolverán la vida. Él era como un pequeño Dios y, como todos los dioses, ha dejado un vacío tras de sí. Según mi criterio, Lightyears es ahora la candidata por excelencia a ser absorbida. Warren hizo algo revolucionario en la tecnología solar, y todavía pueden esperarse algunos resultados; además, los mejores cerebros de ese ramo trabajan en su empresa. ¡No nos hagamos ilusiones: sólo con la tecnología solar podremos resolver de forma duradera nuestros

problemas energéticos! —Rogachov sonrió—. Así que a lo mejor ya no tendremos que aplanar del todo la Luna.

—¿Y estás seguro de que Lightyears se dejará tragar así, sin más? —preguntó el indio con recelo.

—Asumida por el enemigo.

—Tendrás que soltar un montón de dinero.

—Lo sé. ¿Qué te parece?

¿Participas?

—¡Cielo santo, haces cada pregunta!

—dijo el indio, frotándose la carnosa nariz—. Ese, en realidad, no es mi negocio. Yo sólo soy un simple...

—Hijo de campesino, ya lo sé.

—Tengo que pensarlo, Oleg.

—Hazlo. Ya he hablado con Julian. Él estará dentro. Y también Walo.

—Uno se lleva una pierna, el otro un brazo —murmuró Chambers mientras Nair se alejaba volando, con células solares ante los ojos.

Rogachov sacó su sonrisa de zorro y guardó silencio durante un rato.

—¿Y tú? —dijo—. ¿Cómo piensas actuar tú?

Ella lo miró.

—¿En relación con Julian?

—Sea como sea, administras el capital de la opinión pública, como tú misma has dicho.

—No temas —dijo Chambers, torciendo la boca—. No le haré daño.

—Una buena amiga —repuso

Rogachov con sorna.

—La amistad no tiene nada que ver con este asunto, Oleg. Siempre he visto con buenos ojos la mayoría de sus proyectos, aun antes de viajar a la Luna, y lo seguiré haciendo, independientemente de lo que piense sobre la explotación indiscriminada allí arriba. Él es un pionero, un renovador. Ninguna banda de criminales destruirá, con una bomba, las simpatías que siento por él.

—¿Harás algún programa dedicado

a los incidentes?

—Claro. ¿Estarás?

—Si te apetece...

—¿Podría, en esa ocasión, preguntarte también algo sobre tu vida privada?

—No, eso sólo puedes hacerlo aquí

—le dijo el ruso, guiñándole un ojo—. Como amiga.

—Se comenta por ahí que te han dejado.

—Ah, ya. —Su mirada vagó sin rumbo—. Sí, creo que Olympiada ha dicho algo por el estilo.

—¡Hombre, Oleg!

El ruso se encogió de hombros.

—¿Qué quieres que haga? Desde que nos casamos me deja cada dos semanas.

—Pero esta vez parece decirlo en serio.

—Pues me alegraría de que, esta vez, a las amenazas les siguieran los hechos. De todos modos, debo decir que hoy me ha dejado sin estar borracha como una cuba, así que tengo esperanzas.

—¿De verdad te da igual?

—¡Oh, no! Es superfluo.

—Lo siento, pero no lo entiendo.

¿Por qué entonces no la dejas tú a ella?

—Hace tiempo que lo hice.

—Oficialmente, quiero decir.

—Porque le prometí a su padre que no lo haría.

—Ah. ¡Es esa porquería machista!

—¿Qué? ¿Mantener una promesa es una porquería machista? —replicó Rogachov, examinándola—. ¿Puedo decirte lo que más me reprocho, Evelyn?

¿Quieres saberlo? ¿Qué crees tú?

—No tengo ni idea —dijo ella encogiéndose de hombros—.

¿Infidelidad? ¿Cinismo?

—No. Que nunca hice siquiera el esfuerzo de engañarla. ¿Entiendes? ¡Ni siquiera hice el esfuerzo!

Chambers guardó silencio,

confundida.

—Pero yo no miento —dijo Rogachov—. Se me pueden reprochar muchas cosas, y muchas de ellas, probablemente, con razón, pero si hay algo que no he hecho en ninguna época de mi vida es mentir ni romper la palabra dada. ¿Puedes entenderlo?

¿Puedes concebir que alguien, entre todas tus malas cualidades, te reproche la única buena que tienes?

—Tal vez ella piense que es más soportable...

—¿Para quién? ¿Para ella? Podría haberse marchado en cualquier momento. Tampoco tenía por qué

haberse casado conmigo. Me conocía, sabía muy bien quién era, y sabía que Ginsburg y yo intentábamos enlazar en matrimonio nuestros patrimonios. Pero Olympiada accedió porque no tenía nada mejor que hacer consigo misma, y hoy en día tampoco tiene nada mejor que hacer que sufrir. —Rogachov sacudió la cabeza—. Créeme, yo no la retendré, pero tampoco la forzaré a que se separe de mí. Puede que ella considere que le he robado su dignidad, pero es ella quien tiene que recuperarla por sí misma. Olympiada dice que morirá a mi lado. Eso no es bueno, pero yo no puedo salvarle la vida; ella misma tendrá que

salvarse, y tiene que hacerlo marchándose de una vez.

Chambers se miró la punta de los dedos. De repente, vio ante sí, de nuevo, las patas de aquel escarabajo, percibió la apática mirada de aquella criatura del reino de los muertos reposando sobre ella. «Te veo —le decía—. Te observaré cada día que te prepares para la muerte.»

—A mí me salvaste la vida —dijo ella en voz baja—. ¿Te he dado ya las gracias por ello?

—Creo que ahora mismo estás intentándolo —respondió Rogachov.

Ella vaciló. Luego se inclinó hacia

él y le dio un beso en la mejilla.

—Creo que tienes un par de buenas cualidades más —dijo la presentadora

—. Aunque, por lo general, eres bastante ignorante.

Rogachov asintió.

—Debería haber empezado antes con eso —dijo él—. Mi padre era un hombre valiente, más valiente que todos nosotros juntos, pero yo no pude salvarle la vida. Lo intento todos los días de una manera nueva, acumulando dinero para él, comprando empresas para él, sometiendo a gente a mi voluntad, y de ese modo también a la suya, pero, una y otra vez, haga lo que

haga, le disparan. Una y otra vez. Él no revive con lo que yo hago, y yo no sé cómo manejar eso. No hay ningún camino intermedio. O se está muy lejos, o demasiado cerca.

—En el fondo no sois tan diferentes

—siseó Amber. Estaba furiosa porque Julian y Tim no sabían hacer otra cosa más que pelear, pero sobre todo debido a esa tozudez obsesiva con la que ambos seguían apegados a su resentimiento, mientras que Lynn pasaba el tiempo como si estuviera sumergida en cloroformo—. Ambos sospechasteis que ella estaba compinchada con Carl.

—Porque se comportaba como si así

fuera —replicó Tim.

—¡Es ridículo! ¡Como si Lynn, en realidad, fuera capaz de destruir su propia creación, su hotel!

—Pero tú misma la viste —murmuró Julian—. Ahora, a posteriori, puede parecemos una aberración, pero Lynn está afectada mentalmente...

—Cuántas cosas te llaman la atención... —se mofó Tim.

—Ya basta —lo increpó Amber—. Esto parece una guardería. O aprendéis a hablar de un modo razonable entre vosotros, o tendréis que buscarme. ¡Los dos!

Se habían retirado al módulo de

aterrizaje para no tener que ofrecer a los demás el espectáculo de sus reproches mutuos. Y ninguno de los dos quería ejercitar el comedimiento esta vez. Desnudo y repulsivo yacía allí, en ese momento, el cadáver de su vida familiar, listo para ser abierto. Después de que el Io salvó a Nina Hedegaard de aquel infierno de polvo y de que el grupo restante hubo subido al módulo a fin de emprender el regreso a la unidad de vivienda, Lynn había sufrido un ataque de llanto. Inmediatamente después de la maniobra de acoplamiento, la hermana de Tim había recuperado la consciencia, aunque sin reconocer a nadie, había

vuelto a desmayarse y había partido en un viaje encantado de veinticuatro horas de duración. Desde entonces daba la impresión general de estar en sus cabales, sólo que apenas lograba acordarse de nada de lo sucedido en la Luna. En ese instante, estaba dormida.

—Vamos a aclarar una cosa

empezó diciendo Tim.

—Para —repuso Amber negando con la cabeza.

—¿Cómo que pare?

—¡He dicho que pares!

—Pero si no sabes lo que voy a...

—¡Sí que lo sé, te lanzarás de nuevo al cuello de tu padre! ¿Cuánto más va a

durar esto? ¿Qué es lo que le reprochas en realidad? ¿Que haya puesto la navegación espacial al alcance de todo el mundo? ¿Que dé trabajo a miles y miles de personas?

—No.

—¿Que haya materializado algunos sueños de la humanidad? ¿Que luche por disponer de una energía más limpia, por un mundo mejor?

—Por supuesto que no.

—¿Qué, entonces? —ladró Amber

—. ¡Joder, es que me da tanta pena esa miserable guerra de trincheras! ¡Tanta!

—Amber. —Tim se agachó—. Él no se ocupó de nosotros cuando...

—¿Ocuparse de qué? —lo interrumpió ella—. Puede que estuviera poco en casa para vosotros. Tal y como lo veo, se ocupa un día sí y otro también de un fenómeno marginal cósmico llamado humanidad, que provoca un montón de guarradas y de disgustos. Lo siento, Tim, pero ese lloriqueo con el que la gente joven quiere conservar de sus progenitores su maldito mundo sagrado, aun cuando los padres hayan hecho maravillas, no encuentra mi aplauso.

—No se trata de que estuviera poco en casa —replicó Tim, enfadado—,

¡sino de que no estaba allí en las pocas

ocasiones en que debería haber estado! El hecho de que Crystal perdiera la razón por...

—Eres un cabrón injusto —resopló Julian—. Tu madre tenía una predisposición genética.

—¡Tonterías!

—¡Es así! Capisci? Ella habría perdido el juicio aunque hubiera estado a su lado de la noche a la mañana.

—Sabes muy bien que...

—¡No, estaba enferma! Lo llevaba en los genes, y antes de que me casara con ella ya se había fundido medio cerebro con la coca. Y en lo que atañe a Lynn...

—En lo que atañe a Lynn, ahora me vas a escuchar tú a mí —increpó Amber a Julian—. Porque, en efecto, y en eso le doy toda la razón a Tim, eres incapaz de mirar en la cabeza de otra persona. Piensas que la vida es una película de la que tú eres el director, y todos tienen que pensar y actuar según el guión. No sé si quieres de verdad a Lynn o sólo al personaje que ella debe representar para ti.

—¡Por supuesto que la quiero!

—Vale. Lo has hecho todo por ella, le has dado la posibilidad de hacer una carrera sin igual, pero ¿te has interesado verdaderamente alguna vez por tu hija?

¿Estás seguro de que te interesan las personas?

—¡Dios santo! ¿Y para qué he creado todo esto, entonces?

—No, no —dijo Amber, alzando el dedo—. ¡Hablo de escuchar, Julian! Tú ruedas películas y repartes papeles, con diez mil millones de figurantes y Lynn en el papel protagonista.

—¡Eso no es cierto!

—¡Sí que es cierto! Eres incapaz de reconocer que tu hija es maniacodepresiva, y que amenaza con padecer el destino de su madre.

—Exacto —exclamó Tim—. Porque tú, en realidad...

—¡Cierra el pico, Tim! Mira, Julian, no se trata de que no quieras ver, ¡es que no ves! Vuelve a la realidad. Lynn tiene un talento extraordinario, rasgos geniales, al igual que tú, pero a diferencia de ti, por sus venas no fluye ninguna bebida energética, no tiene la naturaleza de un tentempié ni la sensibilidad de un buey. Así que deja ya, de una vez, de venderla como una mujer perfecta y de seguir endilgándole cosas, porque ella, sencillamente, no se va a atrever a contradecirte. Quítale la presión de encima. A ver, repite conmigo: «¡Lynn... no... es... como... yo!»

—Eh... ¿Julian?

Amber levantó la vista. Nina Hedegaard, quien por lo visto estaba desagradablemente conmovida, estaba colgada en la esclusa de acceso a la unidad de vivienda. Julian meneó la cabeza y se obligó a componer una expresión de serenidad.

—Entra, tranquila, estamos compartiendo divertidas historias familiares y discutiendo sobre la próxima fiesta navideña.

—No pretendo molestar —dijo la danesa, sonriendo tímidamente—. Hola, Amber. ¿Qué tal, Tim?

Desde que el Charon había

emprendido su solitario viaje de regreso hacia la OSS, Julian ya no se esforzaba por ocultar su relación con la piloto. A Amber le caía bien Nina, pero sentía pena por ella, pues estaba ilusionada con el talante confesional de Julian, e infería de ello un futuro en común.

—¿Qué pasa? —preguntó Julian.

—Tengo a Jennifer Shaw al teléfono.

—enseguida voy. —Julian serpenteó camino de la esclusa, con demasiada disposición, según le pareció a Amber.

—Luego vuelve aquí de inmediato

—añadió su nuera—. Aún no he acabado contigo.

—Sí —suspiró Julian—. Eso ya me lo temía.

Tim abrió la boca para hacer un comentario un tanto grosero, pero Amber entornó los ojos y lo fulminó con la mirada, de modo que su marido, apresurándose a obedecerla, volvió a cerrarla.

Lynn afilaba la cuchilla de su recelo. Los acontecimientos finales en la Luna le parecían una única y tormentosa secuencia en un sueño, y en realidad le costaba mucho trabajo recordar las últimas horas pasadas en el Gaia. Pero cuando Dana Lawrence pasó flotando junto a su saco de dormir, casualmente

en el preciso instante en el que ella abría los ojos, y le echó una ojeada y le preguntó cómo estaba, se encendieron en su corteza cerebral unos fuegos artificiales sinápticos.

—Váyase al diablo, serpiente hipócrita —no pudo evitar espetarle.

Lawrence se detuvo y echó la cabeza hacia atrás, con los párpados pesados de arrogancia. Desde el otro lado podían oírse las voces de los demás. Entonces Lawrence se le acercó.

—¿Qué es lo que tiene usted en mi contra, Lynn? Yo no le he hecho a usted nada.

—Puso en duda mi autoridad.

—No, yo fui leal. ¿Acaso cree que fue agradable presenciar cómo se achicharraba Kokoschka, aunque estuviera confabulado con Hanna? Tuve que ordenar la evacuación.

Lo peor era que la directora tenía razón. Entretanto, Lynn ya sabía que se había comportado de un modo totalmente paranoico, pero aún se preguntaba en qué contexto había sucedido. Por ejemplo, se le escapaba por qué no había querido mostrarle a Julian determinados vídeos. No recordaba bien su frenética huida a través de los puentes de cristal, segundos antes de que se desatara el

fuego, pero sí, en cambio, la traición de Hanna, la bomba y la acción de salvamento de los que habían quedado atrapados en la cabeza del Gaia. Por un breve espacio de tiempo, había recuperado sus cualidades de liderazgo, antes de que su razón se colapsara definitivamente. El hecho de que ahora su sentido común estuviese trabajando de nuevo le parecía casi un milagro, si bien no le alegraba demasiado, ya que el generador de sus emociones, por lo visto, había sufrido daños. Sin fuerzas y abatida, ya ni siquiera podía imaginar qué significaba sentir alegría. Sabía, sin embargo, cuáles eran las cosas que,

definitivamente, no había soñado en medio de toda aquella confusión. Veía con claridad ante sus ojos y escuchaba con nitidez una circunstancia en la que Lawrence desempeñaba un papel bastante infame.

—Déjeme en paz —dijo.

—Sólo hice mi trabajo, Lynn — repuso Dana, ofendida—. No puede usted echarme la culpa de que algunos déficits de planificación y de construcción trajeran consigo esa catástrofe en el Gaia.

—No había ningún déficit. ¿Cuándo llegaremos, por cierto?

—Dentro de unas tres horas.

Lynn empezó a quitarse las correas de seguridad. Tenía sed. Simplemente. Y la tenía de algo muy concreto: zumo de pomelo. Bueno, no sólo tenía sed, sino también apetito. En cierto sentido, sentía apetito de algo emocional.

—Habría sido necesario construir más salidas de emergencia —añadió Lawrence, dejando caer unas gotas de ácido sobre la herida de Lynn—. Y el cuello del hotel era un paso muy estrecho.

—¿Yo no la había despedido, Lawrence?

—Sí, así es.

—Entonces, cállese la boca.

Lynn empujó a la mujer a un lado y se deslizó hasta la escotilla que conducía a la sección contigua. Como siempre, todos se mostrarían muy amables y considerados. Era penoso. A fin de cuentas, debería haber sido tarea suya preguntarles a los invitados de Julian acerca de sus deseos. Pero sí, ella estaba enferma. Poco a poco, en dosis cuidadosamente administradas, Tim le había ido revelando toda la envergadura de la catástrofe, por eso ya sabía, entretanto, quiénes habían muerto y en qué circunstancias. Y una vez más había luchado con sus sentimientos, para sentir, por lo menos, tristeza o rabia,

aunque no había conseguido otra cosa más que una embotada desesperación.

—¿Qué quería?

—¿Qué? —Julian se quitó los auriculares.

—Te he preguntado qué quería esa mujer.

Tim se esforzaba por no ser demasiado brusco. Julian volvió la cabeza. La cabina de mandos del Charon se encontraba en la parte posterior de la zona de los dormitorios. A través de la escotilla abierta, podían ver el salón contiguo, donde Heidrun, Sushma y Olympiada charlaban con Finn O'Keefe, mientras Ögi se desesperaba

ante un enroque de Kramp.

—Algo muy extraño —dijo Julian en voz baja—. Me ha preguntado cuántas bombas habíamos encontrado en la base lunar.

—¿Cuántas?

—Por lo visto, a bordo de ese cohete lanzado desde Guinea Ecuatorial había dos mini-nukes. Allí arriba queda todavía uno de esos chismes.

Lo dijo tan tranquilamente y tan de pasada que Tim necesitó un momento para comprender el alcance de la noticia.

—Mierda —susurró—. ¿Y ya lo sabe Palmer?

—Le informaron de inmediato. En la base debe de haberse desatado una gran agitación. Iban a inspeccionar una vez más las cavernas.

—Quieres decir que, por si encontraban una de las bombas...

—...Carl, posiblemente, escondió una segunda.

—Uf.

—Mmm. —Julian le puso una mano en el hombro a Tim—. Sea como sea, no deberíamos llevárnosla a casa.

—No lo sé, Julian. —Tim frunció el ceño—. ¿Crees en serio que puso esa segunda bomba también en las catacumbas?

—¿Tú no?

—¿Habiendo una ya allí? En fin, yo, en su lugar, buscaría otro sitio para poner una bomba de reserva.

—Eso también es cierto —dijo su padre, manoseándose la barba—. ¿Y si esa segunda mini-nuke no está destinada a la base?

—¿Y adónde iba a estar destinada, si no?

—Se me ha ocurrido una idea. Todavía algo cruda, tal vez, pero imagínate que alguien intenta enfrentar a China y Estados Unidos. Algo fácil después de que el año pasado ambos países entablaron aquella pelea. ¿Y si la

segunda bomba...?

—¿Estuviera destinada a los chinos?

—Tim dejó escapar el aliento lentamente—. Deberías escribir novelas. Pero, bueno, existe también una tercera posibilidad.

—¿Cuál?

—La zona de extracción.

—Es cierto —dijo Julian, mordiéndose el labio inferior—. Y nosotros sin poder hacer nada.

—¿Tienes algo en contra de que se lo cuente a Amber?

—Por mí, puedes hacerlo pero, por favor, a nadie más. Hablaré de nuevo con Jennifer y le diré lo que pensamos

acerca del asunto.

ORLEY SPACE STATION (OSS),

ÓRBITA GEOESTACIONARIA

Se acercaban a la estación espacial en ángulo, de manera que la maciza estructura en forma de hongo, con sus doscientos ochenta metros de longitud, colgaba en una posición oblicua algo surrealista. Entretanto, todos vestían de nuevo sus trajes espaciales. Aunque la Tierra seguía estando apenas a unos treinta y seis mil kilómetros de distancia, ya había algo de regreso a casa en la posibilidad de ver más grande la OSS en las pantallas: sus cinco Tori,

su redondeado hangar de descarga, los extravagantes módulos del Kirk y el Picard, el puerto espacial en forma de anillo con sus esclusas móviles, manipuladores, transbordadores de carga y falanges de deslizadores para evacuación. A las doce menos cuarto de la noche, un hueco sonido de campana recorrió la nave espacial, junto a una leve vibración, cuando Hedegaard acopló en el anillo.

—Por favor, conservad vuestros trajes —dijo Hedegaard—. Atuendo completo. Vuestro equipaje...

La piloto enmudeció. Era evidente que en ese momento acababa de darse

cuenta de que nadie llevaba equipaje. Todo se había quedado en el Gaia.

—Desde el Charon pasaremos directamente al Picard, donde está listo un refrigerio. No tenemos mucho tiempo, el ascensor estará allí hacia las doce y quince, abandonaremos enseguida la OSS. Pensábamos que..., eh, que querríais regresar a la Tierra cuanto antes. Los cascos y las mochilas podéis dejarlos en el Torus 2.

Nadie dijo nada. Con ánimo taciturno, salieron de la nave espacial por la esclusa, se despidieron de su estrecho hotel volante y, en cierto modo tardío, también de la Luna, que, a fin de

cuentas, no tenía nada que ver con lo ocurrido. Uno tras otro, flotaron por el largo corredor hacia abajo, en dirección al Torus 2, el anillo de distribución en el que estaban la terminal y la recepción del hotel. Túneles de comunicación se ramificaban desde allí para conducir a las suites y, pasando por la cubierta, a la zona de uso profesional de la estación, con sus laboratorios, sus observatorios y sus talleres. Las otras dos esclusas desplegables en el interior del Torus, que conducían a las cabinas de los ascensores, estaban cerradas. Tres astronautas trabajaban en las consolas, controlaban los sistemas de ascensores,

vigilaban la descarga de un carguero y las labores de montaje en un manipulador.

O'Keefe pensaba en el disco del astillero, donde se construían naves espaciales para misiones más audaces, mientras el estrépito de las máquinas invadía el silencio del cosmos, y paneles solares destellaban frente al blanco y frío Sol. Allí arriba Heidrun lo había empujado fuera de la esclusa, se había divertido a su costa, y Warren Locatelli había vomitado en el casco de O'Keefe.

¿Cuánto tiempo hacía de eso? ¿Una década? ¿Un siglo?

Él no regresaría, eso lo supo en cuanto dejó su casco en el estante destinado a ello. Rodar bonitos y atrayentes filmes de ciencia ficción, salvar el universo, siempre, cualquier cosa que exigiera el guión. Pero ni hablar de volver allí.

—No —se dijo.

—¿No?

Heidrun puso su casco junto al de él. O'Keefe volvió la cabeza y miró los ojos color violeta de la mujer. Contempló su rostro élfico, vio su cabello formando un blanco abanico flotante en la ingravidez. Sintió que el corazón se volvía un terrón en su pecho.

—¿Regresarías? —preguntó él—.

¿Aquí? ¿A la Luna?

Ella reflexionó un momento.

—Sí. Creo que sí.

—Entonces has encontrado algo aquí arriba.

—Algo, Finn. —Ella sonrió—. Y

algunas cosas, casi, casi. ¿Y tú?

«Nada —quiso decir él—. Sólo perdí algo. Antes de tenerlo.»

—No lo sé —dijo en cambio. Tampoco a ella volvería a verla. Era

algo que podía evitarse. El mundo estaba lleno de lugares solitarios; ella era un lugar solitario en sí misma. Para eso no había que viajar a la Luna,

Heidrun desplegó los labios y alzó una mano como si quisiera tocarlo.

—En la próxima vida —dijo en voz baja.

—Pero sólo tenemos esta de aquí —

repuso él con rudeza.

Heidrun asintió, bajó la cabeza y se deslizó junto a él. Un mechón de su pelo rozó la cara del hombre y le hizo cosquillas en la nariz.

—Mein Schatz —oyó decir a Walo

—. ¿Vienes?

—¡Voy, cariño!

El terrón empezó a doler. Finn O'Keefe se quedó mirando su casco, se volvió y siguió a los demás con el

cerebro vacío.

Se acercaba la medianoche. Nadie deseaba revivir con cafeína la trabajosamente controlada alteración de los últimos días, por lo que todos en el Picard se lanzaron sobre los zumos y los tés. A Julian le habría gustado tomar una sopa, pero como las sopas en la microgravitación tendían a cuajarse, en su lugar había lasaña. Cortó un trozo de ésta y desapareció en el túnel que conducía hacia abajo, a las suites, para desde allí telefonear con tranquilidad a la Tierra.

Dana Lawrence se unió a él.

—¿No tiene hambre? —preguntó

Julian.

—Claro. Pero olvidé mi informe en el Charon.

Él se detuvo ante su cabina, balanceando la lasaña. ¿Se podía llegar a entender a esa mujer? En el Gaia había demostrado su temple, se había opuesto al traidor Kokoschka y liquidado a Hanna. Lynn no podría haber hecho una mejor elección, y era precisamente eso lo que irritaba a Julian: esa extrema racionalidad coactiva que hacía que nadie, en su sano juicio, pudiera oponerse a que Lawrence ocupara aquel puesto. Tal vez tenía que ver con su imagen de la mujer, tal vez incluso con

su imagen del ser humano, que Julian apenas supiera cómo conducirse con ella. No podía imaginar verla romper a llorar o reír a carcajadas. Su cara de madona con la boca en forma de corazón y los ojos indagadores le recordaba a una replicante, la doble vegetal de Brooke Adams en La invasión de los ultracuerpos, en el momento en que abre la boca y suena el grito hueco, extraterreno, de un alien. De inteligencia indiscutiblemente elevada, bien dotada de los atributos necesarios para ser atractiva, al mismo tiempo, Dana Lawrence estaba a kilómetros de distancia de cualquier pasión.

—Debo darle las gracias —dijo él

—. Sé que en la crisis Lynn no estuvo siempre... a la altura.

—Bueno, manejó notablemente bien la situación.

—Pero también sé que el entusiasmo inicial de mi hija por usted se ha tornado rechazo.

Lawrence calló.

—Discúlpela —titubeó él—. En sí, ella es perfecta..., es buena en lo que hace. Tiene buena capacidad de juicio, pero estaba un poco turbada. Fue usted sensata y valiente, Dana.

—Hice mi trabajo. —Lawrence sonrió, una maniobra mímica que hacía

parecer sus facciones más suaves, pero no más sensuales—. ¿Me disculpa usted?

—Claro.

Ella pasó flotando junto al hombre y desapareció en el siguiente ramal. Julian la olvidó en ese mismo instante. Hambriento, mordisqueó su lasaña, miró el escáner y se deslizó hacia el interior de su cabina.

Lawrence arribó al Torus 1, con sus bares, sus bibliotecas y sus salas de estar, se colgó del techo y subió por el largo túnel que unía el OSS Grand co el Torus 2. En ese momento sólo hacían guardia en la terminal dos astronautas.

—Estaré algún tiempo en el Charon

—dijo ella—. Debo recoger unos documentos.

Uno de los hombres asintió.

—No hay ningún problema.

Dana se dio la vuelta, desapareció en el corredor que unía el Torus 2 con el anillo exterior del puerto espacial y luego se dirigió hacia la esclusa tras la cual reposaba la nave espacial en su anclaje. Todo seguía desarrollándose según el plan. Hydra aún no había perdido, al contrario. Sólo la irritaba la desconfianza de Lynn, porque no lograba explicarse su razón de ser. Pero realmente eso tampoco desempeñaba

ningún papel. Abrió la escotilla hacia el Charon y miró tras de sí, pero nadie la había seguido por el corredor. En el Picard habían sucumbido a la lasaña y la nostalgia. Se introdujo con ímpetu en el interior de la unidad de aterrizaje y siguió hacia el módulo de vivienda, atravesó el bistró, el salón, llegó al dormitorio y puso manos a la obra en el revestimiento de la pared.

Hanna le había descrito con exactitud dónde.

Y, efectivamente, allí estaba.

El relampaguear de la memoria. Era asombroso cómo, en medio de difusos nublados, se hacían visibles las

relaciones. A Lynn se le había escapado qué estaba haciendo exactamente ella misma en el iglú, pero a Carl Hanna lo tenía claramente ante los ojos antes de desplomarse en la cocinilla del café, rígida de miedo. Lo vio asesinar a Tommy Wachowski; lo oyó maldecir, leve y ladino: «Dana, maldita sea,

¡responde!»

«Dana.»

Sólo unas pocas horas antes se había hecho la luz en su mente, pero con mayor fuerza aún cuando Lawrence le había preguntado en un tono de aparente inocencia cómo estaba. Hanna había intentado establecer conexión con

aquella zorra en una forma que insinuaba que el contacto estaba pactado. ¿Por qué motivo? Sacar las conclusiones necesarias le había supuesto un notable gasto de energía, demasiado como para poder poner también a Julian en conocimiento de ello. Además, ya no hablaba mucho con su padre últimamente; se le había ocurrido que le iría mejor si lo desterraba del centro de sus pensamientos. Al mismo tiempo, lo echaba en falta, como una marioneta echa en falta la mano que la mantiene en movimiento; y al menos en el plano intelectual era consciente de que en realidad lo idolatraba. Tal vez ya no

sentía lo mismo de antes, pero seguía sabiendo lo que sentía.

Algo se había torcido en su vida, y Dana Lawrence desempeñaba en ello un papel nada glorioso.

Lynn miró al interior del corredor. Decidida a no perder de vista a su

enemiga ni un segundo más, había seguido a Lawrence cuando ésta había salido de nuevo del Picard en compañía de Julian. «La astucia de la locura», pensó, casi divertida, pero la locura la había abandonado. Dejó pasar unos segundos y luego se deslizó tras la mujer. Al final del corredor vio abierta la escotilla de conexión del Charon y

supo que Lawrence estaba en la nave espacial.

«Te atraparé —pensó—. Déjate llevar por tu naturaleza de serpiente, y el odio violento que sé que alimentas contra mí será tu perdición. No deberías haberte dejado arrastrar, inaccesible, intocable y controlada Dana; pero intocable no eres. No fue por gusto que intentaste destruir la confianza que los demás tenían en mí. Lo pagarás.»

Lynn se deslizó sin hacer ruido sobre el borde de la escotilla, atravesó el módulo de aterrizaje, el bistró, el salón. Vio a Lawrence en el dormitorio, inclinada sobre algo anguloso del

tamaño de un portafolios que había sacado de la pared abierta. Vio cómo sus dedos se deslizaban ágiles sobre un teclado y anotaban algo:

Nueve horas: 9.00.

Así de sencillo era el plan, tan eficaz en la esencia de su realización. Hacer despegar un cohete en dirección a la Luna y hacerlo estallar sobre el Peary tal vez podría haber funcionado, pero el camino se podía rastrear directamente, y además habría sido alto el riesgo de no acertar en la base. Lanzar otro proyectil a la OSS, ya fuese desde la Tierra o desde un satélite, era, en la práctica, imposible. El cohete habría sido

atrapado antes, y también en ese caso la reconstrucción de la trayectoria conduciría hasta quien lo había lanzado.

Pero Hydra había ideado la solución perfecta. Dos mini-nukes camufladas en un satélite de comunicaciones, desde el que ambas podrían continuar viaje hacia la Luna sin ser detectadas y alunizar a cierta distancia de la base, para reposar luego allí hasta que llegase alguien que las sacara de su cápsula y las colocara en el lugar indicado. Una en la base, la segunda en la nave espacial que llevaría la bomba y a los ejecutores del atentado de regreso a la OSS. Inmediatamente antes de abandonar la base, activar la

bomba 1; luego esconder la bomba 2 en la OSS, programarla y viajar de vuelta a la Tierra en el ascensor de manera totalmente oficial, antes de que los detonadores de tiempo desencadenaran las dos explosiones y destruyeran tanto la base Peary como la OSS. El perfect doble golpe.

Un camino que no se podía reconstruir.

Bien, con la Peary lo habían estropeado, pero no fracasarían con la OSS. A las nueve y media, cuando ya todos se hubiesen encontrado en la Isla de las Estrellas o ya estuviesen en el camino de vuelta a sus países, la

estación espacial ardería y dejaría en el Pacífico sólo unos cientos de miles de kilómetros de una levísima cuerda de carbono. Probablemente ni siquiera sería necesario sacar la bomba de la nave espacial. El Charon debía estar anclado por lo menos dos días, según había averiguado en la terminal. No supondría una gran diferencia que llevara la mini-nuke al revestimiento del techo de la esclusa o simplemente la dejara donde estaba ahora.

8.59.

8.58.

Satisfecha, observó la caja que despedía guiños de luz. Y mientras

todavía saboreaba su triunfo, se le erizaron los pelos de la nuca.

Había alguien allí. Justo detrás de ella. Lawrence se volvió.

En el mismo instante recibió una patada en el pecho que la lanzó contra la pared de la cabina. La mini-nuke se deslizó de sus manos y se alejó. Lynn se estiró en su busca pero no pudo atrapar la caja, que quedó en posición oblicua y comenzó a rodar girando sobre su propio eje. Lawrence saltó en plancha tras la bomba que daba tumbos, sintió que una mano le agarraba el tobillo y tiraba de ella hacia atrás. Ante sus ojos,

la hija de Julian se impulsó hacia arriba, atrapó la caja y, acelerada por su propio impulso, voló hasta el salón y, desde allí, al módulo de aterrizaje.

¡No podía permitir que saliera del

Charon!

Lawrence se apresuró tras ella. Poco antes de la esclusa alcanzó a Lynn, la agarró por el cuello y la conminó a volver dentro de la unidad. La joven, con la bomba firmemente agarrada, saltó y se proyectó con las piernas abiertas hacia el pasillo que conducía al módulo de vivienda. Lawrence arriesgó una mirada por encima del hombro. A través de la escotilla abierta pudo echar una

ojeada hacia la esclusa y el corredor de conexión. Aún no se veía a nadie, pero sabía que la esclusa estaba vigilada. De ningún modo podía permitir que la silenciosa lucha continuase fuera del Charon.

La hija de Julian se la quedó mirando, abrazando, como algo muy querido de lo que nunca más quisiera separarse, la caja con la bomba atómica que hacía tictac.

—¿Indecisa? —dijo con una sonrisa sarcástica.

—Deme eso, Lynn. —Lawrence respiraba con dificultad, no tanto por la tensión como por la rabia—. Ahora

mismo.

—No.

—Es un caro instrumento científico. No sé lo que le ha ocurrido, pero está usted a punto de destruir un experimento de alto valor. Su padre se pondrá furioso.

—¡Uy, qué miedo! —Lynn revolvió los ojos como si estuviese aterrada—.

¿Se enojará?

—¡Lynn, por favor!

—Sé lo que es esto, bruja. Es una bomba. Exactamente igual que la que Carl y tú escondisteis en la base.

—Está usted confundida, Lynn. Usted...

—¡No me vengas con ésas! —gritó ella—. ¡Estoy perfectamente lúcida!

—De acuerdo. —Lawrence alzó las manos en gesto tranquilizador—. Usted está perfectamente lúcida. Pero eso que tiene ahí no es una bomba.

—Entonces no pasa nada si salgo con ella, ¿verdad?

Lawrence cerró los puños y no se movió del lugar, mientras sus pensamientos se atropellaban. Tenía que apoderarse otra vez de la mini-nuke, pero ¿qué hacer con la loca que evidentemente no estaba tan loca? Si dejaba a Lynn vivir y regresar junto a los demás, podría entregar la bomba y

delatarla.

—¿Problemas? —Lynn soltó una risita—. El ascensor no regresará a la Tierra sin mí, ¿no es cierto? Me buscarán durante horas, y tú tendrás que buscar también. No puedes hacer nada.

—Deme esa caja —dijo Lawrence dominándose trabajosamente, y se acercó flotando a ella.

Lynn dejó caer la bomba. Por un momento dio la impresión de que valoraba la posibilidad de seguir la orden de Lawrence; después, rápida como el rayo, lanzó la bomba tras de sí, hacia el módulo de vivienda.

—¿Y ahora? —preguntó.

Lawrence hizo rechinar los dientes.

Y de repente su razón falló, metió la mano en el bolsillo oculto sobre el muslo y sacó el arma de Hanna. Los ojos de Lynn se agrandaron y dio un salto siguiendo la bomba. Su mano golpeó contra el sensor que ponía en movimiento la escotilla entre el módulo y la unidad de vivienda. Lawrence maldijo, pero la puerta de conexión se cerró demasiado de prisa, no había oportunidad de atravesarla; en caso de intentarlo, quedaría trabada. Por la abertura que se hacía cada vez más estrecha vio el torso de Lynn, su flotante cabello color ceniza cubriéndole la

mitad de la cara; apuntó y disparó.

La escotilla se cerró con un ruido sordo. Dana fue enseguida hasta el panel de control e intentó abrirla de nuevo, pero no se movió. Lynn debía de haber accionado el cierre de emergencia desde dentro.

Ciega de rabia, comenzó a aporrear la puerta de acero.

Demasiado tarde.

Su cuerpo saltaba dando vueltas por el salón.

Ante sus ojos giraban espirales. Con esfuerzo, Lynn concentró sus pensamientos en la cabina de mando situada en el sector trasero, se puso en

posición horizontal, alcanzó el borde del pasillo más próximo y dio nuevo impulso a su movimiento hacia adelante, que la llevó directamente a la consola de control.

La terminal. Tenía que llamar a la terminal.

—Aquí Lynn Orley —jadeó—. ¿Me oye alguien? —¡Vaya! ¿Qué había pasado con su voz? ¿Por qué sonaba tan débil, tan oprimida?

—Señorita Orley, sí, la oigo.

—Comuníqueme con mi padre. Está en su... su suite. ¡De prisa, hágalo de prisa!

—enseguida, señorita Orley.

Algo había encontrado su camino a través de la abertura. Algo que dolía y enturbiaba sus sentidos. Su respiración hacía un ruido metálico, la oscuridad descendía sobre ella.

—Julian —susurró—. ¿Papá? Lawrence estaba fuera de sí. Se

había dejado arrastrar; se había abandonado a sus sentimientos como una novata, una principiante, en vez de apostar por la diplomacia. Ahora sólo le quedaba la huida. Si había matado a Lynn, si la había herido o no le había acertado, era irrelevante: tenía que abandonar la OSS antes de que llegara el ascensor. Furiosa, se catapultó fuera

del módulo de aterrizaje, bajó de prisa por el corredor y entró en el Torus, afinó la puntería y disparó a la cabeza de uno de los astronautas.

El hombre se inclinó hacia un lado y cayó lentamente. Ella frenó con las piernas abiertas y dirigió el cañón del arma hacia el otro, que se quedó mirándola con infinito horror, las manos sobre la pantalla táctil.

—¡Quiero uno de los deslizadores para evacuación! —gritó ella—. ¡A prisa!

El hombre tembló.

—¡Vamos! ¡Tráelo!

Ardiendo de ira, le propinó al

hombre un golpe en la cara. Él se sujetó a la consola para no perder el equilibrio.

—No puede ser —jadeó.

—¿Te has vuelto loco? —Por supuesto que podía ser, ¿por qué no iba a poder ser?—. ¿Es que quieres morir?

—No..., por favor...

¡Estúpido cabrón! ¡Intentaba darle largas! Todos los atracaderos se desplazaban alrededor del anillo, y ella lo sabía. El hombre tendría que estacionar el Charon en otro sitio y, en su lugar, traer uno de los deslizadores hasta la esclusa y anclarlo allí.

—Hazlo ya —siseó ella.

—No puede ser, realmente no es posible. —El astronauta tragó en seco y se pasó la lengua por los labios—. No durante el proceso de despegue.

—¿Qué proceso de despegue?

—Mi... mientras una nave despega no puedo desplazar el atracadero, tengo que esperar hasta el...

—¿Despegue? —le gritó ella—.

¿Qué es lo que va a despegar?

—El... —El hombre cerró los ojos. Sus labios se movieron en rara asincronía con lo que estaba diciendo, como si rezara al mismo tiempo que hablaba. Brillaba saliva en las comisuras de sus labios, y empezó a

orinarse.

—¡Habla, joder!

— E l Charon. Es el Charon. Está... está despegando.

—¿Papá?

Julian titubeó. Estaba hablando precisamente con Jennifer Shaw cuando apareció una segunda ventana en la pantalla holográfica.

—Lynn —dijo sorprendido—. Disculpe, Jennifer.

—Papá, debes detenerla.

El rostro de su hija estaba extremadamente pegado a la cámara que transmitía la imagen, tenía una expresión marchita y encerada, como si estuviera a

punto de perder la consciencia. Rápidamente, Julian dejó a Shaw en espera.

—Lynn, ¿va todo bien?

Ella negó con la cabeza, sin fuerzas.

—¿Dónde estás?

—En la nave. Yo... he puesto en marcha el Charon.

—¿Qué tienes ahí?

—Me voy... Me llevo... la bomba lejos de aquí. —Julian vio revolotear los párpados de su hija y su cabeza caer hacia adelante—. Ella consiguió subir a bordo una segunda bomba, ella o... Carl, no lo sé.

—¡Lynn!

Las manos de Julian se crisparon en torno a la consola. Con el retraso de un veneno de serpiente, se fue filtrando en su consciencia el conocimiento sobre lo que estaba sucediendo en esos segundos. El lugar donde se ocultaba la segunda bomba. ¡Por supuesto! De una forma espantosa, tenía perfecto sentido. Aquello no era sólo un golpe contra los estadounidenses, ¡era un ataque contra la navegación espacial!

—¡Lynn, no puedes hacer eso! —la apremió él—. ¡Trae el Charon de vuelta! ¡No puedes hacerlo!

—Tienes que detenerla —susurró ella—. Dana..., es Dana Lawrence. Ella

es la... cómplice de... Han...

—¡Lynn! ¡No!

—Lo siento, papá. —Sus palabras apenas se entendían, eran como un último aliento—. Lo siento muchísimo.

La nave espacial se desacopló. Las poderosas garras de acero que unían a la nave con la esclusa se abrieron y liberaron el Charon.

Poco a poco, la nave se dirigió al espacio abierto.

La voz de Julian penetraba en su oído. Pronunciaba su nombre una y otra vez, como fuera de sí.

Lynn se tumbó de espaldas.

«Ah, esto no tiene sentido, de

espaldas.» Estaba en la ingravidez. Todo era una cuestión de perspectiva, tal vez sí que estuviera tumbada de espaldas, o boca abajo. Tal vez estuviera de costado, claro que estaba de costado, todo al mismo tiempo, pero desde ese ángulo podía ver la bomba, que flotaba sobre ella y giraba lentamente.

El monitor se borró ante sus ojos.

8.47.

No, no era un ocho. ¿No era un cero?

¿0.47?

0.46.

¿Cuarenta y seis minutos? Minutos, claro, ¿qué otra cosa podía ser? ¿O

serían segundos?

¡Muy poco tiempo! Tenía que darle más impulso a la nave.

¡Impulso!

Ante sus ojos pasaron flotando unas bolitas rojas, algunas muy pequeñas, otras un poco más grandes, como canicas. Cogió una, la frotó entre los dedos y de repente se dio cuenta de que aquella ristra de cuentas salía de su pecho. Sentía en él cierta pesadez que devoraba su fuerza y limitaba sus movimientos; se sentía, además, terriblemente cansada, pero no podía dejarse vencer por el desmayo. Tenía que acelerar la nave para poner

distancia entre ella y la OSS. Y luego, cuando estuviera a una distancia segura, soltaría la bomba. De algún modo lo haría. La tiraría por la borda. O se protegería en el módulo de aterrizaje y desacoplaría la unidad de vivienda con la mini-nuke. Luego regresaría.

Algo por el estilo.

Como las agallas de un pez, se abrían y se cerraban sus mandíbulas. Angustiada, bombeó aire dentro de sus pulmones y se dio la vuelta.

—¡Haskin! —exclamó Julian.

Había marcado el número de la terminal, pero no recibía respuesta alguna. Ahora hablaba con el jefe

general de la sección de tecnología. En realidad, Haskin tenía la noche libre, pero, dadas las circunstancias, se había mostrado dispuesto a asumir la gestión del equipo de emergencia. Desafortunadamente, estaba en el Torus

5, en la última planta de la OSS, lejos del puerto espacial.

—Dios mío, Julian, ¿qué...?

—¡Peine toda la estación! Busque a Dana Lawrence y arréstela. ¡Tal vez esté en la terminal!

—Un momento. No entiendo...

—¡No me importa si lo entiende o no! Busque a Lawrence, esa mujer es una terrorista. En la terminal nadie

responde. Y detenga el Charon.

¡Deténgalo!

Julian dejó la cara perpleja y

alarmada de Haskin en la pantalla y

regresó a la escotilla de la cabina.

—¡Ábrete!

Lawrence se quedó mirando los controles, oprimiendo el cañón del arma contra la sien del astronauta, al tiempo que escuchaba la comunicación por radio. Lo había escuchado todo, hasta la última palabra. La conmovedora conversación entre Lynn y su padre, los gritos patriarcales de Julian. Lynn parecía estar herida, le había acertado a aquella miserable aguafiestas. Por lo

menos, un mínimo consuelo, aunque muy pronto llegarían los hombres de Haskin.

—Cierra los accesos al Torus —

ordenó la mujer.

—No es posible —jadeó el astronauta.

—¡Claro que lo es! Sé que es posible.

—Usted no sabe una mierda. Puedo cerrar los accesos, pero no sellarlos. Ellos llegarán aquí, le venga a usted bien o no.

—¿Qué pasa con el deslizador?

— E l Charon está todavía demasiado cerca. ¡Se lo juro, es la verdad!

Entonces había que hacer las cosas de un modo diferente. No necesitaba la esclusa exterior. El deslizador contaba con escaleras de emergencia, no importaba dónde estuvieran aparcados esos chismes, sólo tenía que conseguir llegar, de algún modo, al anillo exterior y echar mano de uno de ellos. Aquel pedazo de carne tembloroso ya no podía ayudarla, pero tal vez necesitara al tipo en otro momento. Lawrence lo golpeó nuevamente con el arma en la cabeza y dejó aquel cuerpo que caía hacia adelante a merced de sí mismo, mientras ella se dirigía a los armarios donde se almacenaban los cascos.

Julian estaba nervioso y preocupado. Se golpeó en la cabeza y en los hombros cuando entró disparado a través del Torus 1, en dirección al pasillo que conducía hasta la terminal; trataba de ganarse a sí mismo la carrera, y eso no era bueno. Nunca antes había percibido como largos los trayectos a través de la estación espacial, pero ahora le parecía como si no se moviera del lugar, y constantemente chocaba con algo.

Sentía un miedo espantoso.

Era como si la vida se le escapara del cuerpo. Su voz se había vuelto cada vez más entrecortada y débil, debía de estar herida, herida de gravedad. Pero lo

peor era que había pocas posibilidades de que Haskin pudiera hacer retornar el Charon. Aquello no era un astronauta a la deriva, sino una nave espacial enorme, y si Lynn...

«Oh, no —pensó—. Por favor, no. No enciendas los motores de ignición.»

«¡Lynn! Por favor, no enciendas los...»

...motores de ignición.

Una y otra vez tuvo que luchar contra la oscuridad que se le venía encima, por oleadas, mientras sus dedos lo palpaban todo, pero, dado que no veía nada, tampoco había mucho en la pantalla táctil que se pudiera accionar. Sabía que

aún estaba demasiado cerca de la OSS. El margen de seguridad debía ser considerablemente mayor, de lo contrario se corría el peligro de que la salida de los gases de combustión dañara partes de la estructura. Aun con la mejor voluntad, ya no recordaba qué tiempo restante le había indicado la pantalla de la mini-nuke, sólo sabía que era muy poco, ¡demasiado poco!

Lynn tosió. A su alrededor, hermosas y exóticas, flotaban las centelleantes y rojas perlas de su sangre. La ingravidez tenía la ventaja de que una, en realidad, jamás se desplomaba al suelo, no se necesitaba energía alguna

para mantenerse en pie, de modo que, en esos segundos, su organismo movilizó una última e imposible reserva de fuerza. Su visión se despejó. Decididos, sus dedos, hasta el momento tan vacilantes y extraviados, se pusieron en marcha, se estiraron y se doblaron. Unas indicaciones se iluminaron, una voz suave y automática comenzó a hablar. Lynn forzó su cuerpo a sentarse en el sillón del piloto, pero ya no tuvo fuerzas para fijar el cinturón. Sólo consiguió iniciar el proceso de aceleración.

La hija de Julian extendió el brazo derecho. La punta de su dedo índice aterrizó suavemente sobre la superficie

lisa de la pantalla táctil, y entonces las turbinas se encendieron y desarrollaron el máximo de impulso. Lynn fue comprimida contra el asiento y perdió el conocimiento.

El Charon salió disparado.

Salir del Torus. A través de una de las pasarelas interiores. Avanzar hasta uno de los enormes pilares de barrotes que formaban la columna vertebral de la OSS, trepar por él hasta el puerto espacial y luego dejar listo para el despegue uno de aquellos deslizadores, desacoplarlo y poner rumbo a la Tierra. Aquellos aparatos funcionaban más o menos como los viejos transbordadores

espaciales, a los que se asemejaban por su aspecto exterior, sólo que tenían, a diferencia de sus predecesores ya retirados de circulación, una amplia reserva de combustible, por lo que, una vez entrara en la atmósfera terrestre con el vehículo secuestrado, podría dirigirlo hacia cualquier parte del mundo y aterrizar allí donde no pudieran encontrarla.

Ése era el plan.

Lawrence se dirigió flotando hacia una de las dos pasarelas, mientras su traje comprobaba los sistemas de soporte vital y verificaba la correcta colocación del casco. Detrás de la

escotilla cerrada había un túnel de cortas dimensiones, una esclusa móvil cuyos segmentos estaban recogidos en sí mismos. En cuanto el ascensor llegara al interior del Torus, ella haría que desplegaran toda su longitud y acoplaría el Torus con la cabina, de modo que los tripulantes pudieran pasar de allí a la estación, tal y como había sucedido a su llegada. Rápidamente abrió la escotilla. También el extremo opuesto de la esclusa estaba cerrado herméticamente y provisto de una ventana redonda empotrada en el centro, a través de la cual, gracias al resplandor de la iluminación exterior, podía verse el

centelleo de los cables del ascensor.

Ella había sido más rápida que Haskin. Ya no necesitaba al astronauta inconsciente. Sólo le faltaba bombear el aire fuera de la esclusa, abrirla y salir, sin que ninguno de aquellos idiotas pudiera detenerla. Con el arma lista en su funda, entró en el túnel.

Julian salió volando del pasillo, se golpeó contra el techo e, ignorando el dolor, miró con expresión frenética en todas direcciones. Una persona pasó por debajo de él. Sus ojos abiertos miraban a la nada, algo de líquido se perlaba al salir a través de un agujerito en su frente. Allí donde el vientre del Torus se

curvaba ligeramente, circulaba con lentitud un segundo cuerpo, pero era imposible decir si estaba muerto o inconsciente. Julian tomó impulso, se deslizó muy pegado al techo y miró hacia el interior, donde vio, justo debajo de él, una escotilla abierta.

Desde allí partía una de las pasarelas.

¿Lawrence?

La ira, el odio, el miedo, todo se mezclaba en él. Julian se colocó de cabeza, salió disparado hacia el interior de la esclusa y entonces tropezó con alguien vestido con traje espacial, alguien que estaba a punto de pulsar el

mecanismo de bloqueo. Orley la apartó bruscamente de los controles y la lanzó al interior de la esclusa. Reconoció claramente el rostro de Dana, su expresión de madona sorprendida. Llevaba todavía levantado el visor de protección frente a los rayos UVA. A continuación, sus cuerpos chocaron contra la escotilla exterior, fueron lanzados hacia atrás y dieron vueltas en dirección al Torus. Lawrence manoteaba en busca de algo a lo que agarrarse, pero fue a estrellarse contra la pared del túnel; luego se impulsó y partió en dirección a él. Julian vio su puño acercarse volando y trató de evadirlo,

pero fue en vano. Una galaxia explotó en su cabeza. Fue lanzado a la deriva, remó con los brazos y luchó por recuperar el control. Lawrence lo siguió. El segundo golpe le rompió el tabique nasal.

«Deberías haberte puesto un casco, maldito idiota.» Pero ahora era demasiado tarde. Una neblina roja y negra se formó ante sus ojos. Con gran dificultad, consiguió aferrarse a una de las manijas y pateó a ciegas, golpeó el casco de Lawrence e hizo que la mujer empezara a girar vertiginosamente.

—¿Qué has hecho con Lynn? —gritó

Orley—. ¿Qué has hecho con mi hija?

Su odio explotó. Una vez más, le

propinó una patada, esta vez con la mano aferrada a la manija. Lawrence salió despedida, alejándose en un torbellino, quedó de cabeza, se recuperó, se abalanzó de nuevo sobre él y lo agarró por los hombros. Pero un instante después Julian se alejó volando. Como la bola de un pinball, fue rebotando contra las paredes del túnel y finalmente fue arrastrado fuera de la esclusa.

¿Dónde estaba Haskin? ¿Dónde estaba el maldito dispositivo de prevención?

Lawrence se acercó al panel de control. Pretendía cerrar la esclusa,

dejarlo encerrado allí. ¿Qué se traía entre manos? ¿Quería salir? ¿Para qué?

¿Qué haría allí fuera?

¿Largarse?

La sangre se estancaba en su nariz, la cabeza le vibraba como una campana cuando, en el último segundo, logró pasar de vuelta a la esclusa y agarrar el brazo de Dana Lawrence. Los dedos de la mujer no consiguieron alcanzar el mecanismo de cierre. Sin soltarla, expuesto a un bombardeo de golpes que ella le lanzaba con su mano libre, la arrastró de vuelta atrás. Ambos comenzaron a girar y chocaron contra la escotilla exterior. Julian miró

brevemente a través de la ventana redonda las luces brillantes del lado opuesto del enorme módulo en forma de anillo, los cables que pasaban por el centro. Y cuando faltaban pocos minutos para que llegaran las cabinas, Lawrence le clavó una rodilla en el estómago.

De repente se sintió mal. Le faltaba el aire. Soltó el brazo de la mujer y recibió un golpe que lo lanzó contra la pared. Julian se aferró a las barandillas. Dana Lawrence se alejaba erguida de la escotilla exterior, y entonces se volvió hacia él. Su diestra se desplazó en dirección al muslo y sacó algo de una funda, algo similar a una pistola plana.

Había perdido.

Aturdido, Julian ladeó la cabeza. No era posible que aquello terminara así..., de ningún modo. Su mirada se posó en una compuerta que estaba oculta en la pared situada justo a su lado. Necesitó un segundo para recordar su función o, más exactamente, lo que había detrás de ella. Y entonces sintió el escalofrío del conocimiento.

Manual de la OSS, letra V:

«Voladura de los pernos: En caso de emergencia puede que sea necesario volar la escotilla exterior de una esclusa, independientemente de que en su interior se haya creado o no un vacío.

Esta medida podría ser necesaria si se atascara o quedaran aprisionadas la cubierta de la escotilla o su manto exterior en el cuerpo de la cabina del ascensor espacial o en el de una nave en plena maniobra de atraque, con lo que impediría el despegue o el aterrizaje. Sobre todo debe hacerse cuando haya vidas humanas en juego. En caso de una voladura, se debe prestar atención a que la parte del canal de la esclusa que da a la zona habitacional esté cerrada y la persona encargada de detonar la carga lleve su traje espacial y esté asegurada a la pared de la esclusa.»

Él no estaba asegurado. En todo

caso, lo estaba gracias a la fuerza de sus músculos; además, la escotilla de acceso al Torus estaba abierta. Ni siquiera llevaba el casco.

Pero ¡aun así...!

Firmemente aferrado a la barra con su mano izquierda, levantó la compuerta. Quedó a la vista entonces una manecilla de color rojo brillante. Los ojos de Lawrence detrás del visor se abrieron de par en par, al darse cuenta de lo que Orley se traía entre manos. El cañón del arma se alzó rápidamente, pero ella no fue lo suficientemente veloz. Julian tiró y tiró de la palanca, y logró hacerla bajar finalmente.

Contuvo el aliento.

Con un estruendo ensordecedor, las cargas de los pernos detonaron y la escotilla voló de sus anclajes. Dando vueltas, vagó por el espacio, al tiempo que la fuerza de absorción actuaba, en una silbante y asesina tormenta que se levantó cuando el aire fluyó hacia afuera, arrancando a Lawrence de la esclusa. Él se aferraba a la barra con ambas manos. Otra ráfaga de aire salió del Torus, alimentando aquel huracán. En ese instante Julian cobró consciencia de que los mecanismos automáticos de todos los pasos hacia los corredores contiguos se estaban cerrando, y él

quedaría allí, desprotegido, sin casco. Si no conseguía salir del túnel en los próximos segundos y cerrar la escotilla interior, moriría en el vacío, de modo que apretó los dientes, tensó los músculos e intentó desplazarse hacia el interior.

Lentamente, sus dedos se fueron separando de la barra.

El pánico se había apoderado de él. No debía soltarse, pero el huracán tiraba de él, y sobre todo había algo que tiraba de su pierna. Volvió la cabeza y vio a Lawrence aferrada a una de sus botas. El torbellino de absorción se hacía cada vez más intenso, pero ella no se soltaba,

colgaba allí, en posición horizontal, en medio de aquel infierno rugiente, se esforzaba por poner el arma en ristre y dispararle.

Le apuntó.

La diminuta y negra boca del cañón. La muerte.

Y de repente sintió que estaba harto de ella, hasta las narices. La ira que llevaba dentro, el miedo, todo se unió para convertirse en fuerza pura.

—Ésta es mi estación espacial —

gritó—. ¡Fuera!

Lanzó una patada.

Su bota golpeó contra el casco de la directora. Los dedos de Lawrence

resbalaron. A la velocidad del rayo, fue arrastrada de allí, llevada hasta el interior del Torus. Aún en esos instantes, la mujer mantuvo la pistola apuntando hacia él, y Julian se dispuso a aguardar el fin.

Su cuerpo pasó a través de los cables.

Por un momento no entendió lo que vio. Lawrence se movía tanto en una dirección como en otra. Más concretamente habría que decir que sus hombros, un fragmento de su torso y el brazo derecho que colgaba de él, el que llevaba el arma, se habían independizado.

«Porque el contacto directo con la cinta podría costarles una parte del cuerpo. Deben tener en cuenta que, con un ancho de más de un metro, es más fina que una cuchilla de afeitar, pero de una dureza increíble.»

Eran sus propias palabras, allí abajo, en la Isla de las Estrellas.

A su alrededor rugía la tormenta. Con un esfuerzo extraordinario, fue desplazándose a lo largo de la barra, pero sin hacerse muchas ilusiones. No lo lograría. No era posible. Le dolían los pulmones, tenía los ojos llenos de lágrimas, dentro de su cabeza parecían trabajar unos martillos neumáticos.

«Lynn —pensó—. Dios mío, Lynn.» Una figura apareció dentro de su

campo visual: llevaba casco y estaba sujeta con una cuerda. Apareció alguien más. Unas manos lo agarraron, lo llevaron dentro nuevamente, a la parte protegida del Torus. Lo sostuvieron. La escotilla interna se cerró.

Haskin.

Estrellas. Como el polvo.

Lynn se ha ido, muy lejos. Silenciosa, la nave surca la noche eternamente iluminada, un enclave de paz y recogimiento. Cuando recupera brevemente la consciencia, la hija de Orley sólo se pregunta por qué la bomba

no ha explotado, pero quizá todavía no lleve mucho tiempo de viaje. Recuerda nebulosamente el plan que abrigaba: dejar la mini-nuke en el módulo habitacional y regresar en el módulo de aterrizaje a la OSS, salvar su vida.

Unidad de aterrizaje. Unidad de riterjaze.

Mini-nuke. ¿Nuki-duque? ¿Mini- nuki-duki? Mini-algo.

Bruce Dern en Naves misteriosas.

Bonita película. Y al final,

¡buuuuuuum!

No, ella se quedará allí. De todas formas, ya no le quedan fuerzas. Tantas cosas han salido mal. «Lo siento, Julian.

No queríamos viajar a la Luna. ¿Cómo marchan los trabajos en el hotel Stellar Island? ¿Qué? Oh, mierda, no acabaremos, claro, ya lo sabía, siempre lo he sabido, ¡que no acabarían nunca! No acabarían nunca. ¡Nunca, nunca, nunca!»

Frío.

El pequeño robot que riega las flores con Bruce Dern. Es un encanto En esa plataforma en el espacio, las últimas plantas están allí, antes de que Dern las vuele por los aires, y mientras lo hace se oye la voz de esa cansina ecologista, Joan Baez, sobre la que Julian dice, cada vez que la oye, que

tiene la sensación de que un cincel le golpea en la cabeza, y que ella le arruina el final, tan bello, con su histérica voz de soprano.

—¿Lynn?

«Ahí está él.»

—¡Por favor, contesta! ¡Lynn! ¡Lynn!

¡Oh! ¿Acaso está llorando? ¿Por qué? ¿Será culpa suya? ¿Habrá hecho algo malo?

«No llores, Julian. Ven, vamos a ver una de esas hermosas viejas cintas, esa basura repleta de trucos facilones. Armageddon. No, ésa a él no le gusta, dice que todo es falso, demasiado falso. Mejor ver a Ed Wood en Plan 9, o ¿qué

t a l Vinieron del espacio? ¡Ésa es genial! Jack Arnold, el viejo cuentista. Siempre bueno para hacerte sentir escalofríos y darte de palmadas en los muslos. Los extraterrestres y sus enormes cráneos. Ése es su verdadero aspecto.»

«Tonterías. ¡No es así!»

«¡Es verdad!»

«¡Papá! Tim no cree que ése sea su verdadero aspecto.»

—¡Lynn!

«Ya voy. Ya voy, papá.»

«enseguida estoy ahí.»

Límite

3-8 de junio de 2025

XINTIANDI, SHANGHAI, CHINA

Una vida completamente normal...

Colgar unos cuadros, dar un paso atrás, corregir el ángulo. Tener una estantería de libros, disponer el orden de los muebles, dar un paso atrás, ordenarlos de otro modo. Hacer pequeños cambios, dar otro paso atrás, acercarse a las cosas creando distancia respecto de ellas, armonía, la fórmula universal confuciana frente a los poderes del caos.

Si eso era lo que conformaba una

vida normal, Jericho se había plegado de nuevo, casi sin tránsito, a una vida normal. Su loft no había sido incendiado por Xin, sus cosas seguían en su sitio o bien esperaban a que les asignaran uno. La tele estaba encendida, un caleidoscopio de los sucesos mundiales, pero sin sonido, ya que al detective le importaban menos los contenidos de la información que sus ornamentos. Tenía la imperiosa necesidad de no tener que saber ya nada más. No quería entender los contextos y las relaciones, lo único que quería era desenrollar aquella pequeña alfombra, que debía quedar de ese modo... ¿O mejor de este otro?

Jericho la arrastró hasta una posición oblicua, dio un paso atrás, contempló su obra y vio que le faltaba cierto equilibrio, ya que de esa manera una lámpara de pie quedaba relegada a un segundo plano. «No es armónico», le dijo Confucio, y el detective resaltó los derechos de la lámpara.

¿Cómo le iría a Yoyo?

La tarde en que despertó a su renacer, gracias a la misericordia de Xin, se vio azotada por unos dolores de cabeza que en parte eran debidos al encontronazo con el cráneo de Norrington, pero también a la desmedida cantidad de Brunello di Montalcino que

había bebido, y, en última instancia, se debían también a que había pasado por la experiencia de estar a punto de recibir un disparo. La resaca emocional resultante de todo ello trajo consigo que no hablara mucho durante el vuelo de regreso. A eso del mediodía, Tu había hecho despegar el Aerion Supersonic, y cuatro horas después el avión aterrizó en el aeropuerto de Pudong, y todos estuvieron de nuevo en casa. Por supuesto que en los días siguientes no podrían escapar de las noticias. Después que el Charon hubo entrado en la zona de alcance terrestre para la comunicación por radio, pudieron

confirmar los parámetros de medición, según los cuales, se supo que se había producido una explosión nuclear en una tierra de nadie situada en el polo norte lunar, y que la excursión del grupo de viajeros había acabado en desastre, con algunos muertos bastante prominentes. Aunque los servicios secretos intentaban cubrir los incidentes con el manto del silencio, se filtraron algunos rumores sobre una conspiración cuyo objetivo era destruir la base lunar estadounidense, con China como posible instigadora... Una información sin pies ni cabeza que circulaba con cierta ligereza por la red.

Los vientos del recelo diseminaban por el mundo las claves del ideario antichino. En realidad, no había el más mínimo indicio sobre quiénes eran las personas que verdaderamente movían los hilos de todo aquello. El propio Orley se encargó de quitar hierro a aquellas sospechas cuando, durante el camino de regreso a la OSS, proclamó que sólo con la ayuda del taikonauta Jia Keqiang y de las autoridades espaciales chinas se había podido evitar el ataque. Independientemente de eso, los medios británicos, estadounidenses y chinos seguían usando el lenguaje de la agresión. No era la primera vez que

China organizaba ataques contra las redes internacionales, y el hecho de que Pekín administrara la herencia militar de Kim Jong-un era algo que sabían hasta los críos en edad escolar. Algunas voces se alzaron para advertir que las naciones con programas espaciales debían, de una vez, tirar todas de la misma cuerda, pero en ellas se mezclaban los temores sobre una carrera armamentista en el espacio. Zheng Pang-Wang tuvo algunas dificultades para explicar ciertas cosas, sobre todo cuando salieron a la luz los detalles del papel del Grupo Zheng en la construcción de la rampa de lanzamiento en Guinea Ecuatorial. El Zhong Chan E

Bu se apresuró a declarar que no sabía nada acerca de un tal Kenny Xin ni de una institución llamada Yü Shen, la cual, supuestamente, reclutaba a sus hombres en clínicas dedicadas a las investigaciones cerebrales, manicomios y prisiones, y los entrenaba para convertirlos en asesinos. En caso de que el tal Xin existiera, estaba actuando inequívocamente en contra de los intereses del Partido. Y eso era lo que verdaderamente asombraba al señor Orley y a los estadounidenses, que le estaban escamoteando al mundo importantes tecnologías y estaban poniendo patas arriba la comunidad de

naciones con sus constantes violaciones del Acuerdo sobre la Luna. Todo esto sonaba muy familiar, era el lenguaje de la crisis lunar, y relegaba a un segundo plano reflexiones serias como, por ejemplo, la relacionada con la utilidad que podría tener para los chinos la destrucción de la base Peary (ninguna, según la conclusión de sensatos analistas).

La lámpara de pie y la alfombra. No había manera de crear una armonía entre ellas.

Aunque su piso compartido, tras la muerte de Grand Cherokee Wang, se había ampliado con una habitación más,

que ahora ella podía aprovechar, Yoyo se había mudado a casa de Tu. Temporalmente, según ella misma recalcaba. Posiblemente quería estar al lado de Hongbing, que también se alojaba en la villa hasta que su apartamento fuera reparado, pero Jericho suponía más bien que, tras la atmósfera permeable de los últimos días, la joven confiaba en recibir, de forma condensada, una confesión vital. Se estaba preparando para retomar sus estudios. Daxiong, ignorando los consejos de su médico, seguía trajinando con sus motocicletas, como si no tuviera una herida recién cosida en la espalda y

una aún mayor en su corazón; Tu se dedicaba a sus negocios al ritmo de una locomotora, y a Jericho lo esperaban varios aburridos pero bienvenidos casos de espionaje en la red. Después de que la operación Montañas de la Luz Eterna protegida de aquel modo tan sangriento, llegó a su nada glorioso final, todos coincidieron en que Hydra ya no representaba ningún peligro. Todavía quedaban pendientes algunos interrogatorios por parte de la policía china, a la que no pensaban revelarle bajo qué circunstancias Yoyo se había topado con aquel fragmento de mensaje, sobre todo teniendo en cuenta que la

Seguridad del Estado tenía todos los motivos para estarles agradecidos, porque, a fin de cuentas, ¿qué había que fuera más adecuado para deshacer cualquier artero reproche contra China que la participación de dos ciudadanos de ese país, y de un inglés residente en él, en la operación que había evitado que el atentado se llevara a cabo? Los tres primeros días de junio habían transcurrido de manera poco espectacular, y Patrice Ho, el policía de alto rango de Shanghai, amigo de Jericho, había llamado para darle a conocer su traslado a Pekín.

—Sé, por supuesto, que el impulso

dado por tus investigaciones ha sido de enorme ayuda para mi carrera —dijo el policía—. Si se te ocurre un modo de corresponderte...

—Me conformo con un informe positivo —dijo Jericho.

—Hum. —Ho hizo una pausa—. Tal vez vea alguna posibilidad de agrandar aún más ese informe.

—Ajá.

—Como sabes, hubo otras investigaciones en Lanzhou coronadas por el éxito. Pudimos descubrir un nido de pedófilos y, al hacerlo, dimos con otros indicios que nos hacen suponer...

—¡Un momento! ¿Tengo que seguir

metiendo las narices en la escena de los pedófilos?

—Tu experiencia podría sernos de gran ayuda. Pekín pone muchas esperanzas en mí. Tras el doble éxito de Shenzhen y de Lanzhou, podría producir irritación que esa cadena de triunfos se rompiera de golpe...

—Entiendo —suspiró Jericho—. Aun a riesgo de echar a perder ese informe positivo sobre mí, he decidido no volver a aceptar tales encargos. Hace pocos días que me he mudado a un piso más grande, pero sigue siendo muy pequeño para dar cabida a todos los fantasmas que viven subarrendados

conmigo.

—No tienes por qué estar en la primera línea del frente —se apresuró a asegurarle Ho.

—Sabes bien que a la larga se termina aterrizando en el frente.

—Por supuesto. Perdona que te haya puesto bajo presión.

—No lo has hecho. ¿Puedo pensarlo?

—¡Pues claro! ¿Cuándo iremos a tomar una cerveza juntos?

—¿Qué tal el próximo fin de semana?

—Estupendo.

No, no tenía nada de estupendo. La

alfombra y la lámpara se entendían de maravilla. El punto era que ninguna de las dos quería establecer una armonía con respecto a él. No había armonía con nada, y mucho menos había normalidad. Y como para confirmarlo, apareció la cara de Julian Orley en la pantalla holográfica, al aire libre y rodeado de personas. Dijo algo y se abrió paso a través de la multitud, seguido por el actor Finn O'Keefe y de una mujer de aspecto extraño e inquietante con los cabellos blancos como la nieve. Por lo visto, el grupo había regresado a la Tierra. Jericho subió el volumen y oyó decir al comentarista:

—... la explosión de la segunda mini-nuke se produjo a las nueve, hora europea, a cuarenta y cinco mil kilómetros de distancia de la OSS, la estación geoestacionaria que estaba destinada a destruir. Entretanto, existe el temor de que esta serie de ataques terroristas con armas nucleares puedan continuar. Julian Orley, que en breve se dispone a abandonar Quito, se ha negado hasta el momento...

Jericho se quedó perplejo y subió aún más el volumen; sin embargo, parecía haberse perdido lo más importante. Una banda informativa en el borde inferior de la pantalla le hacía

llegar la noticia de un intento de ataque nuclear a la OSS, y añadía que el número de víctimas era aún desconocido. El detective empezó a zapear por diversos canales. Por lo visto, en el transbordador que había llevado a los supervivientes desde el cráter Peary hasta la estación espacial, habían ocultado una segunda bomba, la cual había sido descubierta a tiempo y había sido detonada a una distancia considerable de la OSS. El propio Orley dijo que no tenían intención de hacer declaraciones. A Jericho le pareció que había envejecido varios años.

—¿Te has enterado? —le dijo Yoyo

por teléfono—. ¿Lo de la segunda bomba?

Jericho cambió de la CNN a u canal de noticias chino, que, sin embargo, hablaba sobre el tema de la reforma universitaria. Otro intentaba minimizar unas nuevas revueltas de los uigures en Xinjiang.

—Incomprensible —dijo el detective—. En su dossier, Vogelaar no decía nada de una segunda bomba.

—Tal vez sólo conocía la existencia de una.

—Probablemente. —La BBC l dedicaba al incidente una emisión especial—. Gracias a Dios, ya no es

asunto nuestro.

—Sí, tienes razón. ¡Tío, yo me alegro mucho de estar por fin fuera de todo esto! Que nos dejen en paz. Por otro lado, creo que es el colmo. ¡Es el colmo!

Jericho miró la banda roja con las noticias.

—Mmm —dijo—. Bueno, ¿qué tal te va todo?

—Muy bien —repuso ella, pero vaciló—. Por cierto, siento no haberte llamado antes, pero están pasando tantas cosas en este momento... Yo... estoy intentando volver a recuperar mi ritmo. Pero no es fácil. Tengo por delante el

entierro de algunos amigos, Daxiong se hace el héroe, y mi padre... En fin, tuvimos una larga conversación, creo que ya sabes de qué se trata...

Esas expresiones siempre tenían cierto tufillo a huevo podrido.

—¿Y? —preguntó él con cautela.

—Está bien, Owen, podemos hablar con franqueza sobre el tema. Ya no podrás revelarme nada que yo misma no sepa. ¿Qué puedo decirte? Me alegro de que me lo haya contado.

Tal y como lo decía, aquello tenía algo de lapidario. Durante toda una vida había sufrido a causa del silencio de Hongbing, y ahora no se le ocurría decir

nada más aparte de que estaba contenta sobre su repentino deseo de comunicarse.

—¡Oye! —exclamó ella de repente

—. Imagino que tendrás claro que fuimos nosotros los que evitamos esos ataques, ¿no? Sin nosotros ya no existiría ni la base lunar ni la OSS.

Un canal alemán. Las mismas imágenes movidas de Orley y su grupo de viajeros pasaron como fantasmas por la pared holográfica. Un periodista, con un micrófono en la mano y el océano Pacífico de fondo, decía haber oído que la bomba había explotado a bordo de una nave espacial, un transbordador

lunar, y que posiblemente, en contra de las primeras noticias, sí que había víctimas mortales, por lo menos una.

—Piénsalo. Eso habría provocado un retroceso de décadas en la navegación espacial estadounidense — constató ella—. ¿O no? ¿Qué opinas tú? Ya no habría ascensor espacial, ni helio

3. Orley debería haber protegido sus reactores para que no se apolillasen.

—Casi da la impresión de que seamos héroes —dijo él con tono de enfado.

—Bueno. Por lo menos podríamos empezar a sentirnos un poco orgullosos de nosotros mismos, aunque con

moderación, ¿no te parece? ¿Qué planes tienes para esta noche?

—Mover muebles. Dormir —dijo Jericho echando una ojeada al reloj. Eran las diez y media—. Eso espero, al menos. Llevo tres días muerto de cansancio, pero sin poder pegar ojo. Sólo hacia el amanecer, durante dos o tres horas.

—A mí me sucede exactamente lo mismo. Tómate alguna pastilla.

—No me apetece.

—Pues tú mismo. Hasta luego. Después de aquella conversación,

Jericho se vio incapaz de seguir pensando en categorías confucianistas.

Todo a su alrededor parecía haber perdido el sentido, era capaz de imaginar cualquier constelación en la disposición de su mobiliario, y al mismo tiempo no podía concebir ninguna. Una pared de cristal se había interpuesto entre él y los objetos, la armonía y la normalidad se habían desplazado a un plano académico, como si un ciego impartiera una conferencia sobre colores. Apagó el televisor y vio cómo sus mandíbulas se abrían en un bostezo leonino que se negaba a acabar, y entonces recordó aquella máxima de Schopenhauer, héroe de su juventud:

«Bostezar forma parte de los gestos

reflejos. Supongo que su origen más lejano está relacionado con una despotencialización del cerebro, a causa del tedio, de una apatía de la mente, de una somnolencia.»

¿Estaba aburrido? ¿Padecía esa apatía de la mente? Estaba

«despotencializado»? Nada de eso. Estaba inquietantemente despierto. El detective se tumbó vestido en el sofá, apagó la luz y cerró los ojos a modo de prueba. Tal vez si renunciaba a ciertos actos oficiales como desvestirse e irse a la cama, el cuerpo y la mente se dejarían engañar, ya que, por lo visto, cuanto más se esforzaba él por dormir, tanto más se

resistían ambos a hacerlo.

Media hora más tarde ya sabía lo que le pasaba.

Nada había terminado. Hydra lo mantenía invariablemente maniatado, su veneno ejercería su devastador efecto en él hasta que tuviera por fin una idea clara acerca de su naturaleza. No podía fingir que aquello ya no le importaba, sólo porque nadie intentara matarlo. A la normalidad no podía llegarse por acuerdo, jamás acababa lo que uno sepultaba en el pasado. La pesadilla persistía.

¿Quién era Hydra?

Encendió de nuevo la luz. Yoyo

tenía razón. Habían averiguado una enorme cantidad de cosas, habían hecho fracasar los planes de los conjurados, una razón para estar orgullosos. Paralelamente, sin embargo, le parecía que habían estado mirando todo el tiempo a través de un telescopio colocado al revés. Lo obvio se había alejado hacia el plano más distante, hacia una supuesta insignificancia, pero si se daba la vuelta al aparato, la verdad quedaría en un primer plano. Jericho abrió una botella de syrah, se sirvió y fue borrando, sistemáticamente, a todos los sospechosos de la lista confeccionada hasta ese momento:

Pekín, Zheng Pang-Wang, la CIA. Todas esas pistas habían conducido hacia sí mismas cuando se las había mirado con más detenimiento, pero posiblemente habría alguna línea recta de la que no se habían ocupado hasta entonces.

La masacre de Greenwatch.

Toda la cúpula directriz de la emisora ecológica había sido exterminada. ¿Por qué? Nadie estaba en condiciones de decir en qué había estado trabajando últimamente la gente de Greenwatch, aunque se había hablado en varias ocasiones de un reportaje sobre los destrozos al medio ambiente causados por las multinacionales del

petróleo. La ambición de Keowa de esclarecer el atentado de Calgary había desplazado el foco de la atención hacia aquella película de vídeo que mostraba al presunto agresor de Gerald Palstein. Pero, por la rapidez con la que se habían emitido las imágenes, el objetivo de la masacre no podía ser evitar una mayor divulgación de la película.

Jericho hizo que Diana pasara de nuevo la secuencia del vídeo. Hacia el final, cuando la cámara se volvía hacia la tribuna, se vio que el lugar estaba lleno de personas con teléfonos móviles, rodeado de equipos de televisión. Era un milagro, en realidad, que Xin, con su

disfraz de talla extragrande, no apareciera con más frecuencia en las imágenes; en cualquier caso, Hydra había tenido que contar con ello y aceptarlo de buena gana, como un mal menor, pero tal vez en ello radicara también su primer fallo a la hora de concebir el todo.

Quizá hasta hubieran apostado por ello.

Cuanto más reflexionaba Jericho sobre aquella secuencia fílmica, tanto más le parecía que el estrafalario disfraz de Xin y su sosegado andar formaban parte de una puesta en escena que tenía como objetivo presentar a los

investigadores a un terrorista asiático, para el caso de que fuera fotografiado; del mismo modo que la llamativa presencia de Zheng en Guinea Ecuatorial había dejado un rastro de elefante que conducía hacia el Imperio del Medio. Se vio a Lars Gudmundsson en su doble juego, a Palstein sobreviviendo gracias a una feliz coincidencia, todo lo cual allanaba el camino a Carl Hanna; Loreena Keowa lo descubrió todo, y eso costó la vida a diez personas, mientras que Greenwatch perdía toda su memoria.

¿Tenía eso sentido? En realidad, no. A menos que en Greenwatch

hubiesen descubierto cosas que acorralaran realmente a Hydra...

Keowa había llegado desde Calgary. Posiblemente estuviera en posesión de una información candente. Se había dirigido de inmediato hacia aquella conferencia en la redacción, una reunión que Hydra había conseguido evitar en el último momento, con lo cual los confabulados no sabían todavía qué cantidad de información comprometedora estaba ya almacenada en los discos duros del canal, ya que Keowa podía haber mandado correos electrónicos por anticipado.

Eso era.

Jericho se sumió en el trabajo. Mientras que en Shanghai estaba a punto de ser medianoche, al otro lado del Pacífico el Sol de la mañana ya estaba en el cielo. El detective hizo que Diana confeccionara una lista de todos los posibles proveedores de Internet y empezara a llamarlos por orden, siempre con el mismo pretexto: que llamaba por encargo de Loreena Keowa, ya que con su dirección ya no podían enviarse ni recibirse correos electrónicos, y se les rogaba que fuesen tan amables de verificar por qué ésta no estaba funcionando. En ocasiones le respondieron que no tenían a ninguna

Loreena Keowa registrada como cliente, tres de los interlocutores conocían a Keowa de la red, estaban informados acerca de su muerte y expresaron su desconcierto, tras lo cual Jericho dio las gracias con voz sepulcral. Sólo tuvo suerte con el duodécimo proveedor. Le pidieron autorización a través de una clave, lo que significaba que la periodista estaba registrada allí. El detective prometió volver a llamar. Luego se coló en el sistema del proveedor de red e hizo que Diana descodificara la contraseña de Keowa. El flujo de datos de cualquier conexión era grabado, de modo que, en un plazo

de pocos minutos, obtuvo información sobre el proveedor de correo de la periodista. Jericho llamó por teléfono, se identificó y preguntó si los correos enviados en los últimos quince días estaban almacenados en el sistema. Se guardaban por espacio de hasta seis semanas, le dijeron, y le preguntaron cuál quería ver.

Todos, dijo el detective.

Media hora después, ya había visto varios documentos sobre escándalos medioambientales que, bajo el título de

«La herencia del monstruo», debían formar el núcleo de una serie en tres partes realizada por el canal y sobre la

cual se había hablado mucho en los últimos días. Se mencionaban allí un montón de nombres, pero Jericho no creyó ni por un segundo que estuvieran relacionados. La masacre había tenido lugar como reacción al último correo electrónico enviado. Ella ocultaba la respuesta a todas las preguntas.

La identidad de Hydra.

Gerald Palstein

Director Estratégico de EM CO (Estados Unidos). Víctima de un atentado ocurrido en Calgary el 21 de abril de 2025. Probable objetivo: impedirle participar en el vuelo a la

Luna (se añaden varios datos sobre

Palstein).

El agresor es de origen asiático, posiblemente chino.

(¿Intereses chinos en EM CO?

¿Negocio con las arenas bituminosas?) Alejandro Ruiz

Director estratégico (desde julio de

2022) de Repsol YPF (empresa hispanoargentina), apodado Ruiz el Ve r d e , casado, dos hijos, vida ordenada, sin deudas.

Desaparecido en el año 2022 en Lima, durante un viaje de inspección (¿algún crimen?). Antes de ello, varios días en Pekín participando en una

conferencia, entre otras cosas: empresa mixta con Sinopec. Última reunión fuera de Pekín el 1 de septiembre de 2022: se desconocen el tema y los participantes (Repsol pretende echar una ojeada a los documentos, espero su llamada). El 2 de septiembre continúa vuelo hacia Lima, telefonea a su esposa. Ruiz parece agobiado y temeroso. Posible desencadenante: la reunión del día anterior.

Puntos en común entre Palstein y

Ruiz

Ambos han intentado ampliar los campos de negocios de sus consorcios

con nuevos horizontes, como, por ejemplo, la energía solar, Orley Enterprises. Puntos de vista éticos. Contra la explotación de las arenas bituminosas. Enemigos en su propio bando.

Ambos nombrados directores estratégicos en el momento en que la amenaza de bancarrota para sus empresas apenas les dejaba radio de acción.

Por otra parte, apenas hay puntos de contacto entre EM CO y Repsol Según Palstein, no hubo contacto entre él y Ruiz.

Lars Gudmundsson

Guardaespaldas de Palstein. Trabaja como autónomo para la empresa de seguridad de Texas Eagle Eye.

Trayectoria profesional: grupo de operaciones especiales de la marina estadounidense, formación como francotirador, traslado a África al ejército privado Mamba, y de allí a la APS (African Protection Services) Posiblemente haya participado en golpes de Estado en África occidental. Desde el año 2000, de nuevo en Estados Unidos.

Juega sucio: con su gente, se ocupó de que la persona que disparó contra

Palstein pudiera entrar sin problemas en el edificio situado frente a Imperial Oil. (Informé a Palstein sobre la traición de Gudmundsson y me informé en Eagle Eye sobre él. Desde entonces, G. ha desaparecido.)

Gudmundsson...

El nombre hizo saltar un resorte en la mente de Jericho. Siguiendo una sospecha, echó mano de nuevo al dossier de Vogelaar: en efecto, Lars Gudmundsson había pertenecido a su unidad especial, la que llevó a Mayé al poder mediante el golpe, en compañía de Neil Gabriel, conocido como Carl

Hanna. Ambos parecían haberse entendido muy bien con Kenny Xin, tan bien que habían trabajado para él de diferentes formas y, finalmente, habían dejado de prestar sus servicios a la APS. El correo electrónico de Keow contenía además la película del lugar de los hechos, un número de Repsol y el número privado de la supuesta viuda de Ruiz. El detective ordenó a Diana que reuniera otros datos sobre el español, pero no pudo encontrar nada más aparte de lo que ya había acopiado la periodista. En algunos fragmentos de película, el hombre causaba una impresión de tipo simpático, positiva,

enérgica.

Sin embargo, después de aquella reunión en Pekín había sentido miedo.

Y luego había desaparecido.

¿Cómo podía explicarse ese cambio repentino en su manera de ser? ¿Se habría enterado en una reunión de algo que lo agobiaba? Eso era correcto, pero tal vez se debiera también a que ya no veía ninguna seguridad para su vida. Si Alejandro Ruiz, realmente, había sido víctima de un crimen, entonces era que alguien había tratado de impedirle que los contenidos de dicha reunión salieran a la luz pública.

¿Acaso Hydra había asesinado a

Ruiz porque éste sabía algo de la operación Montañas de la Luz Eterna? Pero ¿qué pasaba con Palstein? Keowa encontraba notables puntos en común entre ambos. ¿Acaso Palstein, en otro punto en común con Ruiz, también estaba informado sobre los planes de Hydra?

Jericho bebió un trago de vino. Absurdo. Los caballos desbocados

de las hipótesis recorrían su mente. Ruiz había desaparecido inmediatamente después de la reunión, antes de que pudiera abrir la boca. ¿Por qué iban a dejarle entonces a Palstein tres años para que pudiera divulgar lo que sabía?

Era evidente que lo de Calgary había tenido el propósito de infiltrar un agente en el grupo de viajeros de Orley; además, Palstein estaba vivo, aunque ello se debiera a una cuestión del azar. Desde entonces no se había producido ningún otro intento de matarlo, y habían sobrado las oportunidades. El propio Gudmundsson, que por su profesión tenía que estar todo el tiempo con él, podría haberlo asesinado con un disparo desde muy cerca.

¿Por qué no lo había hecho?

¿Y por qué no lo había hecho incluso antes? ¡Antes de Calgary!

Hydra había conseguido infiltrarse

en el entorno más próximo a Palstein, su escolta. ¿Para qué, entonces, tal derroche? ¿En un sitio público, con agentes que distrajeran a los policías, con Kenny Xin disparando desde un edificio vacío? ¿Por qué tanto fastidio?

Porque debía parecer algo que no

era.

No cabía duda de que existía una

relación entre Lima y Calgary, entre Ruiz y Palstein. Las pesquisas de Keowa llevaban directamente hasta Hydra, de lo contrario los carniceros de Vancouver no habrían asesinado a diez personas y hecho desaparecer sus ordenadores. ¿Qué era realmente lo que

había sucedido en Canadá aquel 21 de abril?

La reunión de Pekín podía ofrecer la clave.

Se disponía a telefonear a Repsol, en Madrid, cuando llamaron al interfono. Asombrado, miró el reloj: la una y veinte. ¿Borrachos? Volvieron a llamar. Por un momento, Jericho coqueteó con la idea de ignorarlo, pero entonces fue hasta el telefonillo y echó un vistazo a la pantalla.

Era Yoyo.

—¿Qué estás haciendo aquí?

preguntó él, perplejo.

—¿Qué tal si me abres? —le

recriminó ella—. ¿O acaso tengo que anunciar mis visitas por escrito y con antelación?

—Bueno, uno no espera visitas a esta hora, la verdad —dijo él cuando ella, colocándose el casco bajo el brazo, entró en su loft.

Yoyo se encogió de hombros. Dejó el casco en la encimera de la cocina y caminó lentamente hacia el área del salón, lanzando miradas de curiosidad hacia todas partes. Él le seguía los pasos.

—Es bonito.

—Aún no está acabado.

—Así y todo —dijo la joven. Señaló

la botella abierta de vino y añadió—:

¿Habrá una segunda copa?

Jericho, algo desconcertado, se rascó detrás de la oreja mientras ella se quitaba la chaqueta de cuero y se dejaba caer en el sofá.

—Por supuesto —repuso él—. Espera.

La miró y sacó una segunda copa. Bajo la luz atenuada del conjunto de asientos, un rescoldo rojizo daba fe de que la chica se había encendido un cigarrillo. Después de que él le sirvió, permanecieron unos minutos sentados, bebiendo y sin decir nada, mientras Yoyo dejaba escapar algunas señales de

humo a través de sus comisuras, razones en clave de su presencia allí. Sus ojos reposaban en la nada. De vez en cuando, las pesadas cortinas de los párpados daban la impresión de querer borrar lo visto, pero cada vez que se alzaban, su mirada parecía tan perdida como antes. Cada vez más le recordaba a aquella niña de la película de vídeo que Chen Hongbing le había mostrado hacía una semana y media.

¿Una semana y media?

También podría haber sido un año.

—Bueno, ¿qué estabas haciendo? —

preguntó ella mirando hacia Diana.

—Me pregunto qué te ha traído hasta

aquí.

—¿No querías acostarte? ¿Dormir por fin?

—Lo he intentado.

Ella asintió y se cubrió de humo.

—Yo también. Pensé que así sería más fácil.

—¿Dormir?

—Continuar allí donde lo dejamos. Pero es como si alargara la mano hacia el vacío. Algunas cosas ya no existen. La central en la acería. Los Guardianes Luego la habitación de Grand Cherokee con sus cosas dentro, como si fuera a regresar de un momento a otro, como un fantasma. Y, por otro lado, la

universidad es la universidad: las mismas salas de conferencias, el mismo repertorio de correctivos que se apodera de ti para que más tarde no tengas demasiadas ideas propias; el mismo gallinero, las mismas batallas e insignificancias. Escucho música, salgo, veo la televisión, me digo lo mal que les va a los otros, que podría estar muerta, y me repito que la banalidad de lo cotidiano tiene su lado bueno. Intento convencerme de lo aliviada que debería estar.

Jericho cruzó las piernas. Estaba sentado en el suelo, delante de ella, con la espalda apoyada contra un sillón, y

guardaba silencio.

—Y luego sucede lo que he estado esperando toda mi vida: Hongbing me toma en sus brazos, me dice cuánto me quiere y me vierte encima un montón de tragedias, toda esa historia espantosa. Sé que debería tirar cohetes por ese momento, llenarme de compasión, derretirme de felicidad, echármele al cuello, porque esos cerdos ya no tienen ningún poder sobre nosotros, y porque ahora todo irá a mejor, y por fin podemos hablar entre nosotros, ¡somos una familia! Sin embargo, en lugar de ello —Yoyo dibujó una serpiente de humo en el aire—, pienso que mi cabeza

es un aparador con miles de cajones y que todo el mundo mete en ellos lo que se le antoja. ¡Y ahora, para colmo, también mi padre! Pienso: «Yoyo, eres una pequeña desgraciada, ¿por qué no sientes nada? ¡Vamos, tienes que sentir algo! Lo estabas deseando —dijo cogiendo la copa, zampándose el contenido y sacándole el último resto de vida a su cigarrillo—; ¡deseabas tanto que tu padre hablara contigo!» Incluso mientras Kenny me apuntaba con su maldita arma a la cabeza, pensé: «No. No quiero morir sin haber averiguado qué fue lo que desvió su vida de su rumbo normal.» Pero ahora, cuando lo

sé, sólo me siento... atiborrada.

Jericho hizo girar la copa entre los dedos.

—Y al mismo tiempo me siento hueca —continuó—. Es un contrasentido, ¿no? ¡Nada me conmueve! Es como si éste no fuera el mundo que yo conocía, sino una mera copia. Todo me parece de cartón piedra.

—Y piensas que nunca conseguirás alcanzar la normalidad.

—Y eso me da miedo, Owen. Tal vez el problema no sea el mundo, tal vez yo sea la copia. Tal vez la verdadera Yoyo haya sido asesinada realmente por Xin.

así.

El detective se miró los pies.

—En cierto modo, tal vez haya sido

—Xin me robó algo aquella noche

—dijo ella, mirándolo—. Se lo llevó consigo, me llevó a mí consigo. Ya no puedo sentir lo que debería sentir. Ni siquiera me siento capaz de mostrarle el debido respeto a mi padre. Ni siquiera sé cómo venirme abajo de un modo adecuado, apto para el escenario.

—Eso sucede porque aún nada ha acabado.

—Pues yo quiero mi mundo de vuelta, quiero volver a ser yo.

Yoyo encendió otro cigarrillo. Una

vez más, guardaron silencio durante un rato, sumidos en el humo y los pensamientos.

—Aún no hemos despertado, Yoyo

—dijo él, echando la cabeza hacia atrás y mirando al techo—. Ése es nuestro problema. Desde hace tres días intento convencerme de que no quiero saber nada más de Hydra. Nada de Xin ni de todos esos tipos raros que se divierten sobre mis párpados mientras otros duermen. Voy amueblando mi vida con cachivaches, intento llevarla del modo más normal y poco espectacular posible, pero todo parece falso. Como si hubiera ido a parar a un decorado...

—¡Sí, exacto!

—Y antes, después de que hablamos por teléfono, lo vi con claridad. Seguimos atrapados en esa pesadilla, Yoyo. Nos hace creer que estamos despiertos, pero no lo estamos. Somos presas de una ilusión. Aún no ha acabado —dijo, y suspiró—. ¡En realidad estoy obsesionado con Hydra! Y tengo que seguir trabajando en el caso. Sacar toda la porquería del sótano en el que he estado metiendo, desde hace décadas, a gente supuestamente muerta. Hydra se está convirtiendo en un buen ejemplo de lo que ha sido mi vida, de la pregunta sobre cómo ésta debe

continuar. Tengo que enfrentarme a esos fantasmas para poder librarme de ellos, y si eso significa perder el valor o la razón por tal causa, sólo entonces no podría ni querría continuar. No aguanto más vivir así. ¿Me entiendes? Quiero despertar por fin.

«De lo contrario seguiremos atrapados para siempre en ese mundo aparente —pensó el detective—. No seríamos auténticos seres humanos, sino únicamente los ecos de nuestro pasado no resuelto.»

—¿Y? ¿Has seguido trabajando en el caso? ¿En nuestro caso?

—Sí —asintió Jericho-—. Durante

las dos últimas horas; antes de que tú llegaras, precisamente, me proponía telefonear a Madrid.

—¿A Madrid?

—A un consorcio petrolero llamado

Repsol.

Él notó cómo se animaba su expresión, así que le habló acerca de lo que había estado investigando; luego, le dio a conocer el último correo electrónico de Keowa y la hizo partícipe de sus teorías. Con cada palabra que decía, la Hydra iba introduciendo sus cabezas cada vez más profundamente en e l loft nocturno, estiraba sus cuellos y dirigía hacia ellos sus ojos de color

amarillo desvaído. En el esfuerzo por deshacerse del monstruo, lo invocaban, pero algo había cambiado. El monstruo ya no estaba allí para atacarlos por la espalda y darles caza, sino porque ellos mismos lo estaban sonsacando, y por primera vez Jericho se sintió superior a la serpiente. Finalmente, marcó el número de la multinacional española.

—¡Por supuesto! —dijo un hombre

—. ¡Loreena Keowa! He intentado localizarla varias veces. ¿Por qué no se pone al teléfono?

—Tuvo un accidente —explicó

Jericho—. Un accidente mortal.

—¡Qué horrible! —El hombre hizo

una pausa. Cuando volvió a hablar, se notó en su voz una ligera desconfianza

—: Y usted es...

—Detective privado. Estoy intentando dar continuidad al trabajo de la señorita Keowa y esclarecer las circunstancias de su muerte...

—Entiendo.

—Ella le pidió información, ¿no es así?

—Eh... Pues sí.

—¿Le habló de una reunión en Pekín en la que participó Alejandro Ruiz antes de desaparecer?

—Sí, sí, exacto.

—Pues ésa es la pista que estoy

siguiendo. Posiblemente se trata de la misma gente que tiene sobre su conciencia las muertes de Ruiz y de Keowa. Me ayudaría usted muchísimo si pusiera a mi disposición esa información.

—Bueno —el hombre vaciló. Luego emitió un suspiro—. Claro, ¿por qué no?

¿Nos mantendrá al corriente? A nosotros también nos gustaría saber qué fue lo que pasó con Ruiz.

—Por supuesto.

—Bueno, hemos estado repasando los documentos. En 2022, Ruiz fue ascendido a jefe del departamento estratégico. Movió cielo y tierra para

abrir nuevos ramos del negocio. Algunas de las multinacionales petroleras pensaban fortalecerse a través de empresas mixtas, y en Pekín tuvieron lugar algunas conversaciones que duraron una semana...

—¿Y por qué precisamente allí?

—Por ninguna razón en particular. Lo mismo podrían haberse celebrado en Texas o en España. Tal vez porque se trataba prioritariamente de un proyecto entre Repsol, EMCO y la empres petrolera china, de modo que acordaron que tuvieran lugar allí. El iniciador de la empresa mixta propuso celebrar una cumbre del ramo. Casi todos los grupos

empresariales grandes aseguraron su participación, de modo que las sesiones se programaron a lo largo de toda una semana seguida. A Ruiz le satisfizo mucho; pensaba que tal vez podía cambiarse algo.

—¿Tiene alguna idea de lo que podría haber querido decir con eso?

—Pues, para serle sincero, no.

—¿Y dónde tuvo lugar la cumbre?

—En el centro de congresos de Sinopec, a las afueras de Chaoyang, un distrito del nordeste de Pekín.

—¿Y Ruiz estaba de buen ánimo?

—La mayor parte del tiempo, sí, aunque se pudo determinar que el tren

había partido ya y lo habían perdido. Por otra parte, nada podía ser ya peor. El último día de la cumbre telefoneó y dijo que por lo menos la semana no había sido tiempo perdido; además, a última hora de la tarde había una nueva conferencia, o más bien una reunión informal. Algunos de los participantes querían reunirse otra vez para analizar algunas ideas.

—¿Y esa reunión o encuentro tuvo lugar también en el centro de congresos?

—No, se hizo a las afueras, en el distrito de Shunyi, según nos dijo él, en una casa particular. Al día siguiente, Ruiz mostraba un aspecto abatido y

nervioso. Le pregunté cómo había transcurrido el encuentro, y él reaccionó de una manera extraña. Dijo que no había salido nada provechoso de él, y que se había marchado antes de tiempo.

—¿Y sabe quiénes participaron?

—No exactamente. Ruiz había insinuado que se habían reunido representantes de las empresas más grandes; creo que nosotros éramos el pez más pequeño en aquella pecera. Había rusos, estadounidenses, chinos, británicos, sudamericanos, árabes. Una auténtica cumbre. Pero parece que fue poco lo que salió de allí.

«Yo no estaría tan seguro de eso»,

pensó Jericho.

—Necesitaría una lista de los participantes oficiales en esa cumbre — dijo el detective—. Si es que existe.

—Se la enviaré. Dígame su dirección de correo electrónico.

Jericho le proporcionó sus datos al hombre y luego le dio las gracias y prometió que lo mantendría al corriente de las novedades. Entonces puso fin a la conversación y miró a Yoyo.

—¿Qué opinas?

—Un encuentro en el que participan representantes de alto rango de diversas empresas petroleras —dijo ella en tono pensativo—. Y de forma no oficial. Ruiz

no se queda hasta el final. ¿Por qué se marcha?

—Puede que se sintiera indispuesto. Ésa sería la explicación inofensiva.

—Y ésa nosotros no nos la tragamos.

—Por supuesto que no. Se marchó porque llegó a la conclusión de que todo aquello no conducía a ninguna parte, o porque no quería ser corresponsable de lo que allí se acordaba.

—Pero si hubiera estado furioso, se lo habría comentado a su gente o a su mujer, y en lugar de ello, guardó silencio.

—Se sentía amenazado.

—Temía que pudieran acallarlo debido a que no quería tirar con ellos de esa cuerda.

—Y eso fue lo que ellos hicieron, por lo que parece.

—¿Y quiénes son ellos?

—Sí —dijo Jericho, frunciendo los labios—. Nosotros pensamos lo mismo,

¿no?

Esa noche, Yoyo se quedó en su casa, aunque no sucedió nada más allá de que bebieron juntos una botella de vino y de que él la abrazó sorprendido de querer tan sólo consolarla: un chica que veía superadas sus fuerzas en el proceso de hacerse adulta, una mujer

inteligente, con talento, preciosa, una mujer que, ya a sus veinticinco años, había metido algunas cuñas en el blindaje del Partido que habían hecho que este último se sintiera inseguro, pero que, al mismo tiempo, había conservado el comportamiento de una adolescente, un fatigoso e inmaduro espíritu de mocosa que era tan poco erótico como cualquier esfuerzo concentrado en contra de la biología para no crecer. A Jericho le parecía que Yoyo quería seguir viviendo eternamente en la adolescencia, todo lo que fuera necesario hasta que las circunstancias se acomodaran para

garantizarle una juventud más apacible de la que había tenido. Él, sin embargo, no quería nada más que borrar esa fase de su vida, los tristes años del tránsito de la niñez a la adultez. No era de extrañar que ninguno de los dos sintiera lo que deberían sentir, tal y como lo había expresado Yoyo.

Él reflexionó sobre ello, y de repente, de manera totalmente inesperada, se sintió más ligero.

Había alguien más con ellos en la habitación. Ese alguien levantó la vista y, de pronto, el chico tímido y tantas veces herido se vio agazapado en la luz crepuscular del loft, vio sus dedos

deslizándose por el cabello de Yoyo. Atontada por el vino tinto y la preocupación, ella tenía la vista perdida al frente, mientras que al chico le afloraban a los ojos unas lágrimas de decepción por el hecho de que las chicas como ella sólo abusaran de los que eran como él únicamente para charlar. Su nariz, que se había hinchado prematuramente como avanzadilla de una pubertad rezagada, siempre había sido demasiado grande para su cara todavía aniñada. Sus cabellos habrían necesitado un buen lavado, y, por supuesto, seguía llevando la ropa que llevaba todos los días, un hombre que

amaba a todos y todo más que a sí mismo. Cuánto detestaba Jericho a aquel pequeño gilipollas que no entendía por qué el hombre adulto no le hacía ninguna declaración amorosa a la chica que estaba ahora en sus brazos y que podría tener para sí, que no entendía por qué ya no la deseaba. Porque la había deseado alguna vez, ¿no?

¿La había deseado?

Jericho vio al chico sentado allí, sintió su miedo paralizador, ese miedo que lo corroía, miedo a no dar la talla, a fracasar, a ser rechazado. Y de repente dejó de odiarlo. En su lugar, decidió abrazarlo también a él, al chico, le dio

su absolución y le aseguró que él no tenía la culpa de nada, de nada. Al mismo tiempo, le dio fe de su compasión. Lo familiarizó con la necesidad de que desapareciera de una vez por todas de su vida, ya que, físicamente, hacía rato que lo había hecho, y le prometió que en algún momento ambos hallarían el sosiego.

El chico palideció.

Regresaría, eso estaba claro, pero al menos se habían reconciliado por esa noche. El mundo se volvió entonces más palpable y colorido. Hacia el amanecer, cuando Yoyo roncaba ligeramente sobre su barriga, con un sonido melodioso y

conciliador, él no había podido dormir ni un segundo, pero, así y todo, no estaba en absoluto cansado. Con cuidado, alzó un poco el torso, se deslizó fuera del sofá y se dejó caer de nuevo en él. Ella refunfuñó, se volvió hacia un lado y se acurrucó. Jericho la contempló. Tenso, se preguntó quién sería la persona que saldría a la luz el día que ella se quitara el atuendo de la eterna adolescente. Alguien muy excitante, supuso. Yoyo se convertiría en una mujer adulta y sería muy feliz. Sólo que aún no lo sabía. Sería capaz de sentirlo todo, no lo que debía, no lo que quería, sino, simple y llanamente, lo que

sintiera en cada momento.

Faltaba poco para las nueve. Jericho sacó su teléfono móvil, fue hasta la cocina y preparó un café bien cargado. Ahora sabía lo que tenían que hacer para pillar a esos cerdos.

Era hora de hacer una llamada.

—He pensado en tu oferta —dijo el detective.

—Oh. —Patrice Ho parecía sorprendido—. No contaba con saber de ti tan pronto.

—Algunas decisiones se toman de forma rápida.

—Owen, antes de que digas nada...

—Ho vaciló—. Perdona si me he

comportado de manera inapropiada. No quería ponerte bajo presión; tienes que creer que no doy abasto.

—Y yo quiero creer que no lo das

—dijo Jericho—. En interés de la causa. De modo que seguiré ayudándote en el tema de la pederastia.

—¡Eres un...! —Una breve pausa—.

¡Eres un amigo! ¡Un verdadero amigo! Estoy más en deuda contigo que nunca.

—Bien, pues en estos momentos necesito retirar cierta cantidad de mi cuenta de buen crédito, el que me dará tu informe.

—¡Y yo estaré encantado de poder ayudarte!

—Espera. Tal vez no te guste mucho.

—Cuento con eso de antemano —

dijo Ho secamente.

—Bien, presta atención. En la última semana de agosto de 2022 tuvo lugar en Pekín, o más bien en el centro de congresos de Sinopec, en el distrito de Chaoyang, un encuentro de multinacionales petroleras. La lista de los participantes te la haré llegar de inmediato. El último día de la cumbre, la noche del 1 de septiembre, algunas de esas personas se reunieron de forma no oficial en el distrito de Shunyi. No sé quién participó en el encuentro, pero parece ser que fue un círculo muy

ilustre. Tampoco sé dónde tuvo lugar ese encuentro.

—Y eso es lo que debo averiguar. Entiendo —dijo Ho, e hizo una pausa—. Suena a investigación de rutina. ¿Qué es lo que puede no gustarme del asunto?

—La segunda parte de mi ruego.

—¿Y cuál es?

—Eso puedo decírtelo cuando tenga la respuesta a la primera parte.

—De acuerdo. Me ocuparé de ello. Jericho sintió que la sangre volvía a

fluir por sus venas. ¡El perseguido se había convertido en perseguidor! Con una tensa expectación, echó una ojeada a sus correos electrónicos y vio que el

hombre de Repsol le había enviado un programa completo de la cumbre. Comprobó que, en efecto, todos los que se habían reunido en Pekín, representantes de casi todos los grupos empresariales que desempeñaban o habrían desempeñado algún papel en el negocio del petróleo y el gas, eran casi todos directores estratégicos.

El detective repasó la lista y se quedó perplejo.

¡Por supuesto! Era de esperar. Y no obstante...

Rápidamente reenvió los documentos a Ho, echó un vistazo hacia donde estaba Yoyo, que dormía

profundamente, se sentó de nuevo en la banqueta de la cocina y empezó a elucubrar teorías.

De repente, todo encajaba.

A última hora de la tarde Yoyo ya se había marchado, soñolienta, pero no sin antes obligarlo a que la pusiera al corriente de las últimas noticias, Patrice Ho lo llamó de nuevo.

—Tres años es mucho tiempo —dijo el policía, esforzándose por añadirle un poco de suspense a sus palabras—, pero posiblemente haya encontrado algo. Aún no puedo decirte quiénes participaron en el encuentro, pero sí, con toda seguridad, dónde se desarrolló el mismo

y quién fue el anfitrión.

—¿Fue en una casa particular?

—Correcto. En Shunyi no hay ninguna institución perteneciente a Sinopec, pero el director estratégico del consorcio vive allí, en una gran propiedad. Para divertirnos, le hemos hecho una radiografía, y averiguado que vive claramente por encima de sus posibilidades. Pero, en fin, son muchos los que lo hacen. Su nombre es Joe Song. Él representó a Sinopec durante la cumbre. ¿Puedes hacer algo con esa información?

—Creo que sí. —¡Un nombre, otro nombre! Ahora todo dependía de que

tuviera razón o no—. ¡Gracias! Eso está muy bien.

—Entiendo. Y ahora viene el asunto que no me va a gustar.

—Sí. Tenéis que colaros en el ordenador de Song.

—Hum...

—Puede ser que me equivoque y que ese hombre no tenga nada que ocultar, pero si no es así...

—Presta atención, Owen: lo prometido es deuda, ¿de acuerdo? Pero antes de que lo haga, necesito más información. Tengo que saber hacia dónde nos conducen esas averiguaciones tuyas.

Jericho vaciló.

—Posiblemente conduzcan a salvar el honor del gobierno chino.

—Ajá.

—¿Prometes ayudarme como sea?

—Ya te lo he dicho...

—Bueno, escucha. Voy a darte los antecedentes. Luego te diré qué es lo que tienes que buscar.

Veinte minutos después, cuando estuvo seguro de que el hombre de Repsol se habría tomado su primer café con leche, telefoneó una vez más a Madrid.

—¿Puedo importunarlo un poco más?

—Sí, claro.

—Usted dijo que la por entonces planeada empresa mixta entre Sinopec, Repsol y EMCO había surgido gracias

la iniciativa de alguien. ¿Recuerda quién fue el iniciador?

—Claro. —El tipo le dijo el nombre

—. Y también fue él, por cierto, quien organizó la cumbre y propuso reunirse para hablar del asunto en Pekín. A Sinopec le encantó aquello. A los chinos les gusta que el mundo haga negocios en su territorio.

—Gracias. Me ha sido usted de gran ayuda.

El iniciador...

Jericho sonrió con cierto mal humor. Veía a la Hydra estirar sus cuellos, lanzar hacia adelante sus cabezas, mostrar sus garras. El monstruo le siseaba, amenazador, pero aquel imponente cuerpo de serpiente empezaba a retorcerse y a retirarse lentamente.

Esa noche durmió de manera plácida, sin pesadillas.

Al día siguiente hubo un receso en las transmisiones hasta la hora del mediodía. Entonces lo llamó Ho, que, por el sonido de su voz, parecía tan excitado como hacía dos semanas y media, cuando Jericho le comunicó la

noticia de que habían capturado a

Animal Ma Liping.

—Increíble —exclamó el policía—. Tenías razón.

Los latidos del corazón de Jericho dejaron oír un redoble de tambores.

—¿Qué es lo que habéis encontrado exactamente?

—El símbolo, ese chirimbolo con la serpiente. ¿Cómo se llama el bicharraco?

—Hydra.

—¡Estaba en el ordenador de la empresa de Song! Oculto entre otros programas. Para visualizar sus correos borrados tenemos que acceder al disco

duro.

—No hay ningún problema. Tenéis razones suficientes para arrestarlo de manera oficial.

—Owen, eso podría... —Ho tomó aire—. Eso podría perjudicar mis comienzos en Pekín...

—Lo sé —sonrió Jericho—. Pues investigad a fondo al tipo. Os toparéis con datos que parecen ser ruido blanco, pero con la ayuda del símbolo podréis obtener rápidamente un mensaje.

—Te llamaré. ¡Te llamaré!

—¡Espera! —Jericho comenzó a caminar de un lado para el otro, la adrenalina manteniéndolo en

movimiento—. Necesitamos a los demás participantes en el encuentro. Se trata, sólo en apariencia, de un complot del ramo, pero en realidad es la conspiración de unos pocos. Y es a ésos a los que debemos pillar. Debemos hacerlo de manera encauzada y rápida, para que nadie tenga la posibilidad de huir. Tal vez consigas sacarle una confesión a nuestro amigo proponiéndole algún trato que rebaje su condena.

—Como que no lo decapiten, por ejemplo —gruñó Ho.

—Qué dices. Pensé que la pena de muerte la habían abolido en el año 2021.

—Y así fue, pero podría amenazarlo con introducirla de nuevo sólo para él. Pronto sabremos quiénes fueron los demás participantes, ¡eso puedes apostarlo!

—Muy bien. Si no habla, entonces debemos corroborar cada coartada individual. Y sé que ésa es una labor ardua.

—En realidad, no. Imagino que a los grupos empresariales les interesa que la verdad salga a la luz. En épocas como ésta, nadie quiere manchar su prestigio.

—Bueno, como sea. Debe ser una acción concertada. Es decir, debéis recabar la participación del MI6 y del

servicio secreto de Estados Unidos, así como de los servicios de inteligencia de todos los países afectados. A continuación hablaré con Orley Enterprises, así que prométeme que la policía china no me lo impedirá. Vosotros también os llevaréis vuestra parte de gloria.

—¡Tú te llenarás de gloria, Owen! Jericho guardó silencio.

¿Era lo que quería? ¿Llenarse de gloria? Estaría un poco orgulloso, como había sugerido Yoyo, eso sí. Eso se lo habían ganado, tanto la chica y Tian como él. Pero, aparte de eso, le bastaría con poder dormir tan bien otra noche

como la noche anterior.

A primera hora de la tarde, el estratega petrolero Joe Song fue detenido en su oficina, fingiendo no tener ni idea de lo que estaba pasando, al tiempo que los rastreadores de datos iniciaban su trabajo. Del mismo modo que los restauradores iban trabajando a través de las distintas capas de pintura a fin de sacar a la luz el arte más antiguo, fueron sacando ellos del olvido los correos electrónicos borrados de Song, supuesto ruido blanco que, aplicando con pericia el programa descodificador adecuado, daba lugar a un documento cuyo contenido bastaba para mantener en

prisión a Song durante el resto de su vida.

No obstante, el directivo lo negó todo. Durante toda una tarde y una noche negó tener nada que ver con los ataques, y afirmó no saber absolutamente nada de una organización llamada Hydra ni de cómo habían llegado al ordenador de Sinopec el símbolo y el mensaje. Mientras tanto, un equipo de la policía estaba en su casa, registrándola bajo los ojos petrificados de la esposa de Song, y allí encontró, en el ordenador privado del empresario, otra Hydra pequeña y pulsante, aunque él siguió negando saber nada del asunto. Tuvo que transcurrir

una noche en prisión preventiva, así como dos consultas de Song a sus abogados, para que Patrice Ho, la tarde del 6 de junio, en una habitación insonorizada, le describiera con lujo de detalles al detenido lo miserable que sería su existencia en el futuro, aunque dejándole siempre una puerta abierta en el caso de que lo confesara todo.

Después de eso, no hubo manera de que Joe Song parase de hablar.

Jericho, fascinado, escuchó lo que Ho tenía que contar. Inmediatamente después, telefoneó a Jennifer Shaw. En Londres eran las nueve de la mañana, y el detective casi se alegró de volver a

ver a la jefa de seguridad.

—¡Owen! ¿Está usted bien?

—Ahora ya sí. ¿Y usted?

—Bueno, un hormiguero es un templo zen en comparación con el Big O. Se nos amontonan las investigaciones, todo el mundo despliega el hilo de su propia teoría, hasta el punto de que no es posible dar un paso sin caer en un atasco.

—Por lo que dice, no parece que hayan esclarecido el caso.

—Bueno, entretanto, hemos averiguado que la directora del Gaia era una antigua agente del Mossad. Pero, sea como sea, me alegro de que nos haya

llamado usted. Julian parece haberse triplicado. Está trabajando las veinticuatro horas, pero yo sé que le telefoneará a la menor oportunidad que tenga.

—¿Está ahí ahora?

—Anda dando vueltas por ahí.

¿Quiere que intente ponerlo en contacto con él?

—Tengo una propuesta aún mejor, Jennifer. Pídale que acuda a su despacho.

Shaw levantó una de sus cejas de

Spock.

—Supongo que tendrá usted algo más que decirle que un simple «Hola».

Jericho sonrió.

—A usted le gustará, se lo aseguro. Poco después, estaban todos

reunidos en su loft, proyectados de manera plástica y a tamaño natural en la pantalla holográfica de Tu. Jericho desplegó sus cartas. Orley no lo interrumpió ni una sola vez, mientras fruncía el ceño hasta el punto de que sus cejas parecían pesar, como dos macizos rocosos, sobre sus ojos azules; sin embargo, cuando finalmente volvió la cabeza hacia Shaw, su voz sonó serena, relajada.

—Disponga un helicóptero que nos lleve al aeropuerto —dijo Julian—. Allí

tomaremos el jet. Le haremos una visita.

—¿Ahora? —preguntó ella.

—¿Y cuándo, si no?

—Para serle sincera, no tengo ni idea de dónde puede estar. Pero eso puede averiguarse sin...

—No es necesario —le dijo Orley con una sonrisa malhumorada—. Yo sé dónde está. Me lo contó justo después de nuestro regreso, cuando me telefoneó para expresarme su desconcierto.

—Por supuesto —respondió Shaw, servicial—. ¿Cuándo pretende volar?

—Deme una hora para organizar el equipaje de mano. Informe a la Interpol, al MI6, pero que no nos vayan a robar el

espectáculo. Owen... —dijo Orley, poniéndose en pie—. ¿Quiere usted acompañarnos?

Jericho vaciló.

—¿Adónde?

Orley le mencionó el nombre de la ciudad. En realidad no estaba tan lejos, por lo menos no para un inglés con buenas posibilidades de transporte.

De repente, tuvo que reír.

—Yo estoy en Shanghai, Julian.

—Bueno, ¿y qué? —Orley miró a su alrededor como para demostrar que no veía ningún problema al respecto—.

¡Este es su momento, Owen! ¿A quién le importan las distancias? A mí no. Coja

el siguiente avión de alta velocidad, le reservaré un billete.

—Es muy amable de su parte, pero...

—¿Amable? —preguntó Orley, ladeando la cabeza—. ¿Tiene usted claro cuánto le debo? ¡Si fuera necesario, lo llevaría a hombros! Pero no, vamos a hacer las cosas de otro modo: comprobaremos si tenemos alguno de nuestros jets Mach4 cerca de donde está usted. Averígüeme eso, Jennifer, creo que en Tokio hay uno, ¿no es así? Iremos a recogerlo, Owen. Y traiga consigo a Tu Tian y a esa maravillosa chica...

—Julian, espere un momento.

—No supone ningún problema, de verdad que no.

Jericho negó con la cabeza. «Tengo cosas más importantes que hacer — estuvo a punto de decir—. Tengo que acabar de lograr cierta armonía confucianista entre una lámpara de pie y una alfombra; ésa es, por cierto, mi vida.» Pero el detective no tenía intenciones de ofender a Orley, sobre todo teniendo en cuenta que, tal y como Shaw le había pronosticado, el hombre le caía bien. El británico irradiaba algo que hacía que uno se mostrara dispuesto, sin reservas, a lanzarse con él en la siguiente aventura.

—No puedo marcharme de aquí — dijo—. Tengo clientes, y usted bien sabe que... no se debe dejar tirado a nadie.

—No, tiene usted razón —asintió Orley, mesándose la barba, visiblemente insatisfecho con la situación. Pero entonces dirigió hacia Jericho, nuevamente, sus ojos azules como el mar

—. Aunque tal vez haya alguna posibilidad de que usted permanezca en Shanghai y, así y todo, pueda estar presente. Le ruego que sea sincero,

¿puede usted dormir bien sin haber cerrado del todo este caso?

—No —respondió Jericho, cansado

—. Pero ésta ya no es mi...

El detective se detuvo, buscando el término adecuado.

—¿Lucha? —sugirió Orley—. Muy bien, amigo mío. Lo sé. Usted tiene que cerrar su historia, pero no la mía. No obstante, escuche mi propuesta. Se trata de una breve salida a escena, pero usted debería concedérsela, Owen. ¡Debería usted concedérsela!

VENECIA, ITALIA

Dentro de la categoría de los espejos más grandes del mundo creados por el hombre, rivalizaban el observatorio telescópico binocular de Arizona, situado en la cima del monte Graham — dos espejos individuales, para ser más exactos, cada uno con ocho metros y medio de diámetro y dieciséis toneladas de peso—, y el telescopio Hobby Eberle, en Texas, con una superficie de base de unos diez por once metros, compuesto por paneles reflectantes. Sin embargo, no había ninguna duda sobre

cuál era el espejo más hermoso del mundo. En épocas de inundaciones globales, la plaza de San Marcos, en Venecia, destronaba a todo lo que hubiera existido antes o después.

Gerald Palstein estaba sentado frente al café Florian, invadido por un interminable flujo de turistas, por los que sentía una aversión similar a la mágica atracción que sentía por la belleza de la inundada plaza. Desde hacía algunos años, la plaza permanecía constantemente bajo el agua, y por ella aceptaba con resignación aquel espectáculo invasivo, sobre todo teniendo en cuenta que, poco a poco,

algo iba cambiando en el comportamiento de los visitantes. Hasta los grupos de turistas japoneses mostraban cierta renuencia a cruzar la plaza en días soleados como ése y a perturbar la paz de aquellas aguas interiores que llegaban hasta la altura del tobillo y que reflejaban en una reproducción perfecta la basílica de San Marcos, el Campanile situado delante de ella y las procuradurías que la circundaban, un mundo surgido del agua y que preservaba su memoria en ella, en una mirada simbólica al futuro. Del mismo modo inevitable que subía el nivel de la laguna, la ciudad se hundía

en el mar, respondiendo a una antigua lógica según la cual los amantes se buscan mutuamente, aun al precio de fundirse el uno con el otro y sucumbir.

Por otra parte, nada había cambiado en la ciudad. La torre del reloj, situada en posición transversal en uno de los extremos de acceso a la Mercería, seguía mostrando sobre el suelo de lapislázuli las fases del Sol y de la Luna, los signos del zodíaco, enviando sus guardianes de bronce, los encargados de dividir en horas, con sus tronantes campanadas, la Tierra y el universo, mientras una brisa apenas perceptible acariciaba el espejo de más

de un kilómetro cuadrado, creando arabescos en la arquitectura pero sin disolverla, como si los espíritus de Dalí y Hundertwasser se dieran por satisfechos con ello.

Palstein estaba raspando con la cucharilla el último y pegajoso resto de delicioso azúcar de su taza de espresso. Su esposa no había querido acompañarlo, pues estaba preparando su viaje a un ashram en la India, al que hacía una visita en ciclos cada vez más breves, desde que, en un vernissage, había conocido a un gurú que sabía cómo arrancarles cosas fundamentales tanto al alma de las personas como a sus

cuentas bancarias. De hecho, él lo prefería así. Estando solo, no se veía obligado a hablar todo el tiempo, a fingir interés, y mucho menos se veía forzado a tomar en cuenta lo que habría preferido borrar de su visión. Él podía vivir muy bien en medio del benéfico silencio de aquella Venecia reflectante, una ciudad que no conocía cambios, del mismo modo que Alicia había pasado al otro lado del espejo y atravesado ese otro mundo colocado patas arriba.

Ruido. Gritos. Risas.

Al instante siguiente se borró toda ilusión, cuando un grupo de adolescentes empezó a chapotear en medio de la

superficie de agua, transformándolo todo en un caos de manchas.

¡Débiles mentales que osaban destruir una obra maestra!

La ilusión de una obra maestra. Palstein los siguió con la mirada,

pero estaba demasiado cansado para dar rienda suelta a su ira. ¿Acaso no siempre había sido así? Uno construía algo durante años y años, lo desarrollaba hasta conseguir la perfección, y luego un par de descerebrados llegaban y lo destruían todo. El ejecutivo petrolero pagó el

(precio ascendente a cualquier salario medio), y se puso a pasear bajo los soportales de la plazoleta hasta llegar al Bacino di San Marco, donde el Palacio del Dogo limitaba con aguas más profundas, y luego siguió las pasaderas que lo llevaban hasta los Jardines de la Bienal. Allí, en un pequeño canal del apacible barrio de Castello, tomó una frugal cena en la hostería Da Franz, conocida entre algunos expertos como el mejor restaurante de pescado de Venecia. Allí charló un poco con Gianfranco, el viejo patrón, cuya vida se asemejaba a una exploración del mundo por Humboldt, a través de sendas rectas

y menos rectas, un hombre al que nada lo sacaba de su tranquilidad, excepto, quizá, las copas vacías, le dio un abrazo de despedida a él y a su hijo Maurizio y se subió a un taxi acuático que lo llevó al Gran Canal y al Palazzo Loredan EMCO había adquirido el suntuoso edificio de principios del Renacimiento en una de sus buenas épocas, y, a causa de la locura de su ruina sistemática, había olvidado despojarse de él. El edificio seguía funcionando para el personal directivo de la empresa, pero hacía ya mucho tiempo que nadie lo usaba. No obstante, dado que Palstein adoraba Venecia y le parecía que no

había nada más apropiado para su situación actual que el símbolo de toda transitoriedad, había ido a pasar una semana allí.

A esa hora, el Sol estaba muy bajo sobre el canal. El ruido y el traqueteo de l o s vaporetti y las barcazas, unido al rumor de los elegantes botes con motor, a los sonidos de acordeón y las voces de tenor de los gondoleros, conformaban un escenario sonoro que no tenía parangón en ningún otro lugar del mundo. Desde que los bajos del palazzo habían quedado sumergidos bajo el agua, se accedía a él a través de una elegante entrada situada en lo alto que conducía,

subiendo la escalinata de madera, al piano nobile de la primera planta. Allí donde los últimos rayos de Sol penetraban a través de los vitrales se veía un grupo de sofás y sillones dispuestos en torno a una mesa de cristal.

En uno de esos sillones estaba sentado Julian Orley.

Palstein se quedó perplejo. Luego apretó el paso, atravesó a toda prisa la sala de dimensiones catedralicias y abrió los brazos.

—Julian —dijo—. ¡Qué sorpresa!

—Gerald —repuso Orley, poniéndose en pie—. Conmigo no

habías contado, ¿verdad?

—Pues no, la verdad es que no. — Palstein atrajo al británico contra su pecho, que le devolvió el abrazo con una dureza inusual, según le pareció.

—¿Desde cuándo estás en Venecia?

—Llegué hace una hora. Tu administrador ha sido tan amable de dejarme pasar, después de convencerse de que no pretendía robar las lámparas de cristal de Murano.

—¿Por qué no me has llamado? Podríamos haber ido a cenar. Por no hacerlo, he tenido que enfrentarme solo al mejor rodaballo de mi vida. — Palstein caminó hasta un pequeño

mueble bar, sacó dos copitas y una botella y regresó—. ¿Un poco de grapa? Prime Uve, es suave, y se puede tolerar en grandes cantidades.

—Venga —dijo Orley, sentándose nuevamente—. Tenemos que brindar, viejo amigo. Hay un motivo para celebrar.

—Sí, claro, tu regreso. —Palstein miró pensativamente la etiqueta, sirvió las copas hasta la mitad y se sentó frente a Julian—. Bebamos por el hecho de que hayas sobrevivido —sonrió—. Por tu supervivencia.

—Buena idea. —El inglés le devolvió el brindis, bebió un trago y

dejó la copa sobre la mesa. Luego cogió una bolsa, sacó de ella un ordenador portátil, lo abrió y lo encendió—. Porque brindar por tu supervivencia sería equivalente a celebrar el futuro de un ahorcado, no sé si entiendes lo que quiero decir.

Palstein parpadeó sin dejar de sonreír.

—Pues, francamente, no.

La pantalla se iluminó. Una cámara transfirió la imagen de un hombre que a Palstein le resultó conocido. Un instante después se acordó. ¡Era Jericho! ¡Por supuesto! Ese maldito detective.

—Buenas noches, Gerald —lo

saludó Jericho en tono amable.

Palstein vaciló

—Hola, Owen. ¿Qué puedo hacer por usted?

—Lo mismo que hizo ya en una ocasión en el Big O: ayudarnos. En aquel momento nos ayudó usted muchísimo. ¿Lo recuerda?

—Por supuesto. Me habría gustado, incluso, haber podido hacer más.

—Bien. Pues ahora tiene una oportunidad. A Julian le gustaría saber algunas cosas, pero antes quiero contarle algo. Seguramente se alegrará usted de que hayamos esclarecido el atentado de Calgary.

Palstein guardó silencio.

—Y eso es así, a pesar de que yo temía romperme los dientes en esta empresa... —dijo Jericho, soltando una carcajada, como recordando algún obstáculo vencido— porque, verá, Gerald, si alguien hubiera querido quitarle a usted de en medio, alguien que ya había conseguido infiltrar su escolta con un hombre como Lars Gudmundsson,

¿para qué necesitaba montar un espectáculo como el de Calgary? ¿Por qué Gudmundsson no le disparó tranquilamente y acabó con su vida? Ya en el Big O tuve la impresión de que todo el ataque había sido una puesta en

escena, pero aún me preguntaba: ¿en beneficio de quién? En algún momento pensé que Hydra (una organización que no creo que haga falta que le presente) había otorgado valor a la idea de mostrar al mundo a un asesino chino, por si Xin era captado por alguna cámara en Calgary. Esa fue una de las razones, y para ello Hydra no cesó de dejar postas que condujeran hacia China, en primer lugar, porque los chinos eran perfectos como chivos expiatorios, pero tal vez también porque un conflicto en toda regla, tras el desenlace exitoso de la operación Montañas de la Luz Eterna les habría impedido a las naciones con

programas espaciales continuar llevando adelante sus planes en la Luna. Pero, incluso desde este punto de vista, el atentado no arrojaba ningún sentido. Quienes, como nosotros, han conocido tan de cerca a Kenny Xin, saben, por ejemplo, que éste mantiene una relación casi amorosa con esos dardos explosivos que usa. En Quyu, en Berlín en la azotea del Big O, en cada situación, el chino echó mano del mismo calibre. Sin embargo, en Calgary se contentó con unos proyectiles muchísimo más pequeños. Su herida debió de ser dolorosa, pero era totalmente inofensiva, una conversación con su

médico nos lo confirmaría después.

Palstein miró al fondo de su copa.

—Por lo demás, conseguimos burlar de varias formas a Xin, pero siempre a costa de grandes sacrificios; en Berlín y en Londres él se mostró superior a nosotros. ¡Es un tirador magistral! Con toda seguridad, puede decirse que no es nadie que falle un disparo cuando hay visibilidad por el mero hecho de que esa persona tropiece. Pero aun suponiendo que su mal paso hubiera desviado el tiro de la cabeza al hombro, el segundo disparo, sin duda, le habría acertado antes de que usted pudiese tirarse al suelo. —Jericho hizo una pausa—. No

obstante, recibió usted un disparo, Gerald. Lo que sí es seguro es que, a pesar de todo lo que usted ha invertido y arriesgado, no podía ser en absoluto de su interés salir de allí con una herida seria. Y la verdad es que conozco a muy pocos tiradores capaces de realizar un disparo de tal precisión como el de Calgary: acertar a un hombre mientras éste simula un resbalón, sin ocasionarle ningún otro daño salvo el de una herida a flor de piel, totalmente inofensiva y de fácil curación. Una obra maestra, a raíz de la cual ya nadie podía sospechar, ni siquiera con la mayor de las voluntades, que con ella usted le había dejado

despejado el camino a Gabriel (¿o prefiere que lo llamemos Hanna?) para introducirse en el grupo de viajeros organizado por Julian. Aun para el caso improbable de que alguien averiguase detalles acerca de la operación, usted había tomado ciertas precauciones. Ante este trasfondo, el descubrimiento que hizo Keowa del vídeo apenas pudo causarle ninguna inquietud, ¿o sí? También eso entraba dentro de sus cálculos.

—Yo admiraba a Loreena por su agudeza —dijo Palstein, que escuchaba aquella disertación con sumo interés.

—Por supuesto que la admiraba —

convino el detective—. Sólo que ella se puso a excavar, desenterró a Ruiz y encontró una conexión con un encuentro bastante específico que tuvo lugar en Pekín hace tres años, algo con lo que usted, ni en sus más remotos sueños, podría haber contado. Porque entonces el círculo se fue cerrando, y mucho.

—Advertí a Loreena —suspiró Palstein—. Y lo hice en repetidas ocasiones. Tal vez no lo crea usted, pero me importaba mucho ahorrarle el final que tuvo. Me caía bien.

—¿Y Lynn? —inquirió Julian en voz muy baja—. ¿Qué hay de ella? ¿No te caía bien?

—Estaba dispuesto a hacer sacrificios.

—Mi hija.

Palstein deslizó el dedo índice por el borde de la copa.

—Siete personas en Quyu —resumió Jericho—. Diez en Vancouver; Vogelaar, Nyela... Hasta el propio Norrington debió de imaginarse de un modo distinto la colaboración con usted. Por mero interés, ¿quién se ocupó de lo de Greenwatch?

—Gudmundsson —contestó Palstein, estirándose—. Teníamos que evitar que se celebrara esa reunión de la redacción. Fui yo quien le indicó que se

ocultara en cuanto llevara a cabo la acción.

—Lo que confirmaría, una vez más, su estupenda condición de víctima. Gerald Palstein, el hombre al que todos han traicionado. Por cierto, ¿puedo preguntarle qué ocurrió con Alejandro Ruiz?

—Tuvimos que deshacernos de él.

¿Acaso debía contarles cómo Xin y Gudmundsson, una noche, en Lima, habían metido al español en un bote y lo habían dejado a merced de la vida marina, encargada de procesarlo? Lo que habían dejado de él los tiburones, los cangrejos y las bacterias descansaba

ahora en la sombra silenciosa de las regiones abisales de las costas peruanas. Pero serían demasiados detalles; de ese modo jamás acabarían.

—Era un hombre débil —dijo Palstein—. Estaba entusiasmado con hacer algo contra el helio 3 mientras mantenía la creencia de que nos conformaríamos con volar por los aires un par de máquinas de extracción. Pero cuando Hydra llegó la noche del 1 de septiembre a casa de Song, se demostró que yo lo había juzgado mal. A diferencia de todos los demás, por cierto. Yo había pasado meses escogiendo a las cabezas de la Hydra.

Debían disponer de influencias y de los plenos poderes necesarios para invertir grandes sumas en proyectos aparentes sin que nadie hiciera preguntas, pero sobre todo debían estar dispuestos a hacer sacrificios extremos. Como era de esperar, todo el mundo se mostró entusiasmado cuando Xin y yo presentamos la operación Montañas de la Luz Eterna, pero Ruiz se quedó atónito. Estaba en estado de shock. Palideció; se marchó de manera abrupta.

—¿Amenazó con sacar a la luz la identidad de Hydra?

—Su siguiente paso era bastante previsible.

—Y también su destino.

Palstein se pasó la mano por los ojos. Estaba cansado. Horriblemente cansado.

—¿Cómo piensa probar todo esto?

—preguntó.

—Ya ha sido probado, Gerald. Joe Song ha confesado. Conocemos las cabezas de Hydra, y todos, en estos momentos, están recibiendo la visita de los representantes de las autoridades de sus respectivos países. Se encontrarán iconos de serpientes y ruido blanco en los ordenadores de algunas de las mayores compañías petroleras del mundo. Una obra verdaderamente

titánica, Gerald, que trasciende fronteras e ideologías. Usted fue el iniciador de la empresa mixta entre Sinopec, Repsol y EMCO, fue quien concibió aque encuentro en Pekín, quien lo amplió a una cumbre, pero con Hydra conseguirá usted pasar a la historia. —Jericho hizo una pausa—. Su nombre será mencionado ahora en ciertos contextos poco halagüeños. Por cierto, ¿cómo dio usted con tipos como Kenny Xin?

—Esa pregunta está mal planteada, Owen. —Julian, que hasta el momento había permanecido allí sentado con las piernas cruzadas, se inclinó hacia adelante—. La pregunta correcta debería

ser: ¿cómo pudo dar Xin con tipos como

Gerald?

—En África —repuso Palstein, muy sereno—. En Guinea Ecuatorial, en el año 2020, cuando Mayé era de interés para EMCO.

—¿Y por qué todo esto, Gerald? —

preguntó Orley, sacudiendo la cabeza—.

¿Por qué?

—¿Por qué, qué?

—Sí, ¿por qué?

—¿Por qué has llegado tan lejos?

—¿Me lo estás preguntando en serio? —Palstein lo miró fijamente, con desánimo—. Para hacer valer mis intereses. Del mismo modo que tú haces

valer los tuyos. Los intereses de mi ramo.

—¿Con bombas atómicas?

—¿Crees sinceramente que no he hecho nada para resolver los problemas de manera normal? Todo el mundo sabe cuánto he luchado para llevar al dinosaurio por otros derroteros, por caminos distintos de aquellos por los que avanzaba alegremente, y sobre los que impactaría el meteorito que pondría el sello a su extinción. Nosotros podríamos haber competido con la mayoría de las industrias alternativas. Pero dejamos pasar todas las oportunidades, las perdimos: no

compramos Lightyears, con lo cual habríamos tenido a Locatelli de nuestro lado, y todo a pesar de que el helio 3 ya se perfilaba como nuestro fin. Hasta intenté poner un pie en el negocio del helio 3, como bien sabes, sólo que no me dieron autorización para participar en tu proyecto.

—Sin embargo, quisiste hacerlo después.

—En caso de fracasar, lo habría hecho. Pero no si dos bombas atómicas hubieran hecho retroceder varias décadas toda la infraestructura de la explotación del helio 3.

De repente, Palstein, exasperado por

el potencial de su plan, tan miserablemente desperdiciado, se levantó de un salto y apretó los puños.

—¡Yo, precisamente, lo he hecho, Julian! Menudas consecuencias habría tenido destruir solamente el ascensor espacial o la base Peary, pero únicamente el doble golpe prometía los resultados óptimos. Al igual que China, Estados Unidos debería haber empleado de nuevo cohetes convencionales para traer el helio 3 a la Tierra, ¡algo que jamás iba a suceder! Todo el mundo sabe cuán deficitaria es la extracción llevada a cabo por China. Pero incluso cuando ellos se hubiesen decidido a dar

el paso, las cantidades extraídas habrían sido ínfimas. Habríais tenido que construir un nuevo ascensor espacial, una nueva estación, algo impensable en menos de veinte años. Jamás podríais haberlo financiado con la misma rapidez con que lo hicisteis la primera vez. Y sólo cuando fuera posible enviar de nuevo transbordadores desde la órbita hasta la Luna, podríais haber reconstruido la infraestructura de ese lugar, pero eso también os habría costado años y décadas.

—De todos modos, dentro de cuarenta o cincuenta años todo habrá acabado definitivamente para vosotros.

¡Estaréis acabados, pues ya no quedará nada!

—¡Cuarenta años, sí! —exclamó Palstein con un resoplido—. Cuarenta años de negocios, eso es lo que nos habría quedado. Cuatro décadas de supervivencia en las que podríamos haber reparado lo que estropearon los idiotas que me precedieron. Podríamos habernos reorientado. Ya en 2020 tuve que crear escenarios para el supuesto de que la extracción de helio 3 fuera realizable en un marco de tiempo definido y quedara coronada por el éxito. ¡Ello significaba nuestra destrucción! ¡Teníamos que haceros

retroceder!

—¿Teníamos? —susurró Julian—.

¿Tú y tu pandilla de dementes creéis hablar en nombre de todo el ramo? ¿Por boca de miles y miles de personas decentes?

—¡Miles y miles de personas que habrían perdido su empleo! —le gritó Palstein—. ¡Una economía mundial dañada! Mira a tu alrededor. ¡Despierta, Julian! ¿A cuántos países, a cuántas personas que viven del petróleo perjudica tu helio 3? ¿Has reflexionado alguna vez sobre ello?

—¿Y es a ti a quien han llamado alguna vez la «conciencia verde» del

ramo?

—¡Porque ésa es mi convicción! — jadeó Palstein—. Aunque a veces uno se ve obligado a actuar en contra de sus convicciones. ¿Crees que cuatro décadas más de industria petrolera perjudicarían al planeta más de lo que ya lo ha hecho? Puede que seamos un hatajo de dementes, pero...

—No —dijo la voz de Jericho a través del portátil—. Usted no es ningún demente, Gerald. Usted es un hombre calculador, y ése es su peor rasgo. Como cualquier canalla, encuentra usted siempre un motivo para encubrir sus crímenes y adaptarlos a las

circunstancias. Usted, simplemente, es un tipo común y corriente.

Palstein guardó silencio. Lentamente, se dejó caer hacia atrás en el asiento y se miró los pies.

—¿Y por qué en este vuelo a la

Luna? —preguntó Julian en voz baja.

—Porque en 2024 algo se interpuso

—dijo Palstein encogiéndose de hombros—. Un astronauta llamado Thorn debía...

—No me refiero a eso. ¿Por qué precisamente en éste y no en el próximo? ¿Por qué este viaje, en el que estábamos mis hijos y yo, o gente como Warren Locatelli, los Donoghue,

Miranda Winter...?

—Tus huéspedes me importaban un comino, Julian —suspiró Palstein—. Era la primera ocasión que se nos ofrecía desde el fracaso de Thorn.

¿Cuándo habría tenido lugar el próximo vuelo? Sólo para la inauguración oficial.

¿Y cuándo sería eso? ¿Este año? ¿El próximo? ¿Cuánto tiempo más habríamos tenido que esperar?

—Tal vez usted había calculado que Julian podría morir en esta ocasión — terció Jericho.

—Tonterías.

—Su muerte habría robustecido a las fuerzas conservadoras de Orley

Enterprises. A algunos que se oponen a la venta de las tecnologías. Cuantas menos naciones estén en condiciones de construir un ascensor, tanto menor es la probabilidad de que haya un segundo de forma rápida...

—Fantasea usted, Jericho. Si usted no lo hubiera echado todo a perder, Julian habría estado en la Tierra para el momento en que se produjeran las explosiones. Y también sus hijos.

El suave traqueteo y el rumor de las embarcaciones llegaban hasta ellos. Directamente bajo sus ventanas, alguien cantaba a pleno pulmón O sole mio, con denuedo profesional.

—Pero no estábamos en la Tierra —

dijo Julian.

—El plan era otro.

—Una mierda de plan. Traspasaste los límites, Gerald. En todos los aspectos.

Palstein levantó la vista.

—¿Y tú? ¿Qué hacéis tú y tus amigos estadounidenses sino lo mismo que nosotros hicimos durante décadas? También vosotros sacáis algo a la Tierra hasta que lo agotáis, después de haber destruido, por cierto, un cuerpo celeste. ¿Cuáles son los límites que traspasáis vosotros? ¿Qué límites traspasas tú cuando diriges tu grupo de

empresas como si fuese un Estado que dicta sus reglas de juego a los auténticos gobiernos? ¿Te crees un adalid del pensamiento social? Por lo menos los consorcios petroleros prestaban un servicio a sus naciones. ¿Al servicio de quién estás tú, sino al de tu vanidad? Los Estados sociales no son concebibles sin los órganos de gobierno, pero tú te presentas como un moderno capitán Nemo y escupes al mundo por cómo funciona. Nosotros, sencillamente, jugamos con las reglas que exigían las circunstancias. Mantuvimos las reglas de juego que éstas requerían. Mira a la gente, Julian, sus guerras limpias y

justas, el desplome cíclico de sus sistemas financieros, el cinismo de sus beneficiarios, la falta de escrúpulos y la estupidez de los políticos, la perversidad de sus líderes religiosos... Así que no vengas ahora a hablarme de límites.

Julian se acarició la barba.

—Probablemente tengas razón, Gerald —asintió el inglés, y se puso en pie—. Pero eso no cambia nada. Owen, gracias por habernos dedicado su tiempo. Ahora nos vamos.

—Que le vaya bien, Gerald —dijo

Jericho—. O mejor no.

La imagen en el monitor

desapareció. Julian plegó de nuevo el ordenador portátil y lo metió en la bolsa.

—Antes —dijo—, al entrar en tu hermosa residencia, me llamó la atención una pequeña placa: en la galería de un ala transversal de este palacio murió Richard Wagner. ¿Sabes qué? Eso me gustó. Me gusta la idea de que los grandes hombres mueran en grandes casas. —Julian metió la mano en el bolsillo de su chaqueta, sacó una pistola y se la puso a Palstein delante de la mesa. Sus ojos azules, esta vez, eran penetrantes, casi amistosos y alentadores—. Está cargada. Por lo

general, basta con un solo disparo. Pero tú eres un gran hombre, Gerald, un hombre muy grande. Es posible que necesites dos.

Entonces Julian Orley dio media vuelta y atravesó la sala sin prisas. Palstein lo siguió con la mirada, hasta que vio desaparecer por la escalera la cabellera grisácea del inglés. Casi de manera automática, sus dedos se movieron en dirección al móvil y marcaron un número.

—Hydra —dijo de forma mecánica.

—¿Qué puedo hacer?

—Sacarme de aquí. Me han descubierto.

—¿Descu...? —Xin guardó silencio por un momento—. ¿Sabe una cosa, Gerald? Creo que mi contrato acaba de expirar.

—¿Me va a dejar colgado?

—Respuesta incorrecta. Usted me conoce, soy leal y asumo cualquier riesgo, pero en casos para los que no hay solución... Y su caso, por desgracia, no tiene ninguna solución.

—¿Qué...? —Palstein tragó en seco

—. ¿Qué piensa hacer?

—Bueno... —Xin parecía reflexionar—. Para serle sincero, los últimos tiempos han sido muy duros. Creo que necesito antes unas

vacaciones. Que le vaya bien.

«Que le vaya bien.» Era la segunda persona que le decía lo mismo.

Palstein se quedó petrificado. Poco a poco, dejó caer el móvil. Desde abajo le llegaron unas voces.

Volvió su mirada hacia el arma.

En la escalera lo esperaba la gente de la Interpol y del MI6. Shaw lo miró con curiosidad.

—Concédanle un minuto —dijo

Julian.

—Bueno, no sé —dijo uno de los agentes, frunciendo el ceño—. Podría hacerse daño.

—Por eso, precisamente —repuso

Julian al pasar junto a él—. Jennifer, nosotros nos vamos. Tengo que ocuparme de mi hija.

LONDRES, GRAN BRETAÑA

Estrellas como polvo.

Se había perdido en medio de un sueño, y el sueño la había llevado de vuelta al silencio de la nave espacial, que atravesaba a toda velocidad la noche centelleante, con ella y con la bomba. Había estado reviviéndolo todo nuevamente. Había adoptado una vez más el plan, había depositado la mini- nuke en el módulo habitacional, había desacoplado este último y regresado a la OSS con el módulo de aterrizaje. Había

regresado con Tim, con Amber y con Julian, que tanto había llorado al pronunciar su nombre. En sus pensamientos, le había prometido a su padre no dejarlo nunca solo, pero sus pensamientos eran lo único que ella había conseguido movilizar, y eso no era mucho.

Luego había llegado el momento en el que aquella bomba itinerante, iluminada por la llamarada de su consciencia moribunda, había revelado la verdad: todavía faltaban horas para la explosión, no minutos ni segundos, como ella había pensado al principio, de modo que aún tenía una oportunidad.

Después se había quedado dormida entre la perlada lluvia de su sangre.

«Ya voy. Ya voy, papá.»

«Estoy aquí.»

¡Bum!

Era uno de esos ruidos que uno percibe como molestos aun cuando constituyan una promesa de salvación, ya que uno ha conseguido hallar su propia paz. Siempre en ausencia de otra alternativa, por supuesto. Pero ella había hallado la paz incluso antes de que el transbordador en el que la habían seguido Julian, Nina, Tim y Amber atracara en el Charon: en esa solitaria nave espacial que no había podido

repostar en la OSS, razón por la cual se había quedado finalmente sin combustible. La había hallado incluso antes de alcanzar la velocidad máxima.

Sin embargo, ella no se había percatado de nada.

Oyó voces a su alrededor. Personas con trajes espaciales.

—¿Lynn? ¡Lynn!

Desmayo. Retazos de palabras. Como si lo oyera todo a través de una capa de guata.

—¿Cuánto tiempo queda?

—Poco menos de cinco horas. Tiempo suficiente para llevar de vuelta los dos transbordadores.

—Creo que Lynn está estable. — Nina—. Ha perdido mucha sangre, pero me parece que...

Nuevamente la calma. Luego una voz que se oía como en un bucle infinito:

—¡Y ahora, saquemos eso!

«Saquemos eso, saquemos eso, saquemos eso, saquemos eso, saquemos eso...»

—Lynn.

Ella parpadeó. La habitación de un hospital. Estaba de vuelta en el presente. Un momento, ¿no era ése el título de una película con...?

¡Daba igual qué película!

—¿Cómo estás? —le preguntó

Julian.

—Estaba soñando —dijo al tiempo que se sentaba. Le dolía todo el costado izquierdo, pero cada día iba mejorando. Lawrence, aquella hija de puta, había estado a punto de acabar con su vida—. Hemos estado de nuevo en la nave espacial. —Vaya, qué hambre tenía. ¡Un hambre canina! Se habría comido hasta la cama—. Una pesadilla, para ser honesta. Siempre la misma pesadilla.

—Bueno, ya ha pasado.

—Oh, no, no tiene importancia. Tampoco es tan terrible —dijo, bostezando—. Algún día, espero, podré soñar algo diferente.

—No. Ya ha pasado, Lynn. —Julian le tomó la mano y sonrió, volvía a ser el mago de su infancia—. La pesadilla se ha terminado.

XINTIANDI, SHANGHAI, CHINA

—Yoyo podría llamarme de vez en cuando —se quejó Jericho.

Tu sacó una pegajosa tira de espaguetis de un envase de cartón que le hacía las veces de plato.

—Y tú también podrías pasar de vez en cuando por casa —dijo el chino, masticando—. En lugar de sólo llamar. Te pasas la vida encerrado en tu estúpido loft.

—Honestamente, tengo cosas que hacer.

Tu lo miró con desaprobación por encima del borde de las gafas. El puente central de las mismas daba la impresión de estar a punto de partirse en dos sobre el tabique nasal.

—Tienes amigos a los que cultivar

—le reprochó Tu—. ¿Qué tal esta noche? Salgamos a cenar a lo grande, y a beber, sobre todo.

—¿Salgamos? ¿Quiénes seríamos?

—Todos. Incluida Yoyo, cuando acabe de lloriquear. Lleva dos días llorando sin parar; de hecho, estoy pensando en levantar unos diques delante de la casa de invitados. ¡Es horrible! No produce nada más aparte

de lágrimas. Es un animal llorón.

—¿Y Hongbing?

—También se pasa el día llorando. Ahora están más unidos que nunca.

—Eso suena bien.

—Sí, muy bien —gruñó Tu—. Pero tú no tienes por qué hacer lo mismo. Bueno, ¿qué me dices de lo de esta noche?

—De acuerdo.

—Bien. ¡No habría querido que hubieses pasado por todo lo demás, xiongdi!

Jericho permaneció allí sentado durante un rato.

Luego entró en la cocina a fin de

sonsacarle un capuchino a la cafetera. De camino hacia allí, tuvo que pasar por al lado del conjunto al que se había acostumbrado a llamar La extraña pareja, con Jack Lemmon y Walter Matthau en la figura de una lámpara de pie y una alfombra, que seguían fracasando, una y otra vez, en su aspiración a alcanzar una armonía confuciana, fuera en la constelación que fuese.

Por un momento, contempló ambos objetos.

Luego los apartó a un lado, los llevó al sótano y volvió a mirar aquel rincón. Y por fin, ahora que se veía inundado de

luz, mostrando claridad y orden, le gustó.

¡Eso había sido importante para él!

ÍNDICE DE PERSONAJES

Anand, Ashwini

Empleada en el hotel lunar Gaia, responsable del hospedaje, la tecnología y la logística.

Aprendiz / Ayudante

Colaborador de Loreena Keowa en el canal medioambiental Greenwatch. Comilón e investigador sagaz.

Black, Peter

Guía de viaje del hotel Gaia, piloto del transbordador Charon. Conoce todos los cráteres lunares por su nombre.

Borelius, Eva

Científica y presidenta del consorcio de investigación alemán Borelius- Pharma. Mujer de una sequedad hanseática. Adora la música clásica, los caballos y el ajedrez. Casada con la cirujana Karla Kramp. Integrante del grupo que viaja a la Luna.

Bruford, Skip

Antiguo obrero petrolero de EMCO Imperial Oil, en Canadá. Desempleado Sueña con hacer carrera como actor.

Chambers, Evelyn

Una de las presentadoras televisivas más famosas e influyentes de Estados Unidos, conductora del programa

«Chambers». Latina; su bisexualidad la convirtió en una figura odiada por los republicanos. Analista brillante, observadora y curiosa. Integrante del grupo que viaja a la Luna.

Chen Hongbing

Vendedor de coches, padre de Yoyo. Hombre cortés aunque introvertido, con un pasado poco claro. Le encarga a Owen Jericho la búsqueda de su hija desaparecida.

Chen Yuyun, Yoyo

Estudiante, hija de Chen Hongbing Fundadora del grupo de disidentes de Internet llamado Los Guardianes miembro del club de motociclismo City Demons. Cantante en una banda de neo- prog, adora las fiestas y los excesos. Muchacha de una gran belleza y algo

majadera.

Crippen, Jan

Director técnico de la base estadounidense

Peary, en el polo norte lunar.

Daxiong Guan Guo

Miembro fundador y segundo líder del grupo de disidentes de Internet Los Guardianes, jefe del club de motociclismo City Demons y propietario del taller de motocicletas Demon Point. Un gigante con la fuerza propia de un

oso y debilidad por todo lo francés.

DeLucas, Minnie

Médico y especialista en sistemas de soporte vital de la base estadounidense Peary, en el polo norte lunar. Explora la posibilidad de criar animales útiles en la Luna.

Diana

Ordenador de Owen Jericho.

Donner, Andre

Propietario del restaurante africano Muntu, en Berlín. Tiene un oscuro pasado en Guinea Ecuatorial.

Donner, Nelé

Oriunda de África occidental, copropietaria del restaurante africano Muntu en Berlín, esposa de Andre Donner.

Donoghue, Aileen

Presidenta y directora artística del consorcio de hoteles y casinos Xanadú. Esposa de Chuck Donoghue. Dominante

de un modo maternal. Integrante del grupo que viaja a la Luna.

Donoghue, Chuck

Magnate hotelero, fundador del consorcio de hoteles y casinos Xanadú, boxeador amateur y republicano acérrimo. Ruidoso y jovial. Es capaz de contar los peores chistes sin inmutarse. Integrante del grupo que viaja a la Luna.

Edwards, Marc

Fundador y presidente del consorcio de microchips Quantime Inc., deportista

de riesgo y buzo, adepto a la fe creacionista. Esposo de Mimi Parker. Integrante del grupo que viaja a la Luna.

Funaki, Michio

Segundo cocinero y barman en el hotel lunar Gaia, especialista en sushi.

Gore, Kyra

Piloto del transbordador de la base estadounidense Peary, en el polo norte lunar.

Gudmunsson, Lars

Guardaespaldas; con su equipo, y por encargo de la empresa de seguridad Eagle Eye, se ocupa de la protección del magnate petrolero Gerald Palstein.

Hanna, Carl

Gran inversionista canadiense en el ramo de las energías alternativas. Tipo solitario, macho pero simpático. Siempre lleva su guitarra en el equipaje. Integrante del grupo que viaja a la Luna.

Haskin, Ed

Jefe del departamento técnico de la

OSS.

Hedegaard, Nina

Guía del hotel lunar Gaia, piloto del transbordador lunar. Patente y romántica. Se ha embarcado en una aventura con Julian Orley.

Ho, Patrice

Alto funcionario de la policía de Shanghai, dedicado a hacer carrera, amigo de Owen Jericho. Este último ha ayudado a Ho en diversas

investigaciones, con lo que el policía le debe un favor.

Hoff, Edda

Jefa de proyectos en el departamento central de seguridad de Orley Enterprises. Pálida, inexpresiva y muy fiable.

Holland, Sid

Redactor de temas de historia política para el canal medioambiental Greenwatch. Le apasiona sacar a pasear a amigos y colegas en su viejo

Thunderbird.

Hsu, Rebecca

Fundadora y presidenta del consorcio taiwanés de artículos de lujo Rebecca Hsu, adicta al trabajo, incapaz de estar sola. Libra una batalla desesperada contra el sobrepeso. Integrante del grupo que viaja a la Luna.

Hui Xiao-Tong

Miembro del club de motociclismo

City Demons.

Hudsucker, Susan

Directora del canal medioambiental Greenwatch y jefa directa de Loreena Keowa. Reflexiva, a veces vacilante.

Island-II

Programa de ayuda psicoterapéutica.

Jagellovsk, Annie

Astrónoma y piloto de la base estadounidense Peary, en el polo norte lunar.

Jericho, Owen

Detective cibernético británico al que un amor desdichado lo llevó a Shanghai. Gran investigador, solitario y políglota. Sufre a causa de la soledad y las pesadillas. Su amigo Tu Tian le encarga buscar a Yoyo.

Jia Keqiang

Comandante de la estación china para la extracción de helio 3 en Sinus Iridium, la Luna. Es, al mismo tiempo un patriota y un partidario del entendimiento entre los pueblos.

Jin Jia Wei

Estudiante, miembro del grupo de disidentes de Internet Los Guardianes y del club de motociclismo City Demons.

Keowa, Loreena

Reportera del canal medioambiental Greenwatch, india de la tribu de los tlingit. De pensamiento ecologista y aspecto elegante. Está firmemente decidida a esclarecer el intento de asesinato de Gerald Palstein.

Kokoschka, Axel

Jefe de cocina del hotel lunar Gaia. Un genio de la cocina, se muestra tímido en sociedad, taciturno y torpe.

Kramp, Karla

Cirujana alemana, analítica y crítica. Hace preguntas capciosas. Esposa de Eva Borelius. Integrante del grupo que viaja a la Luna.

Lau Ye

Mano derecha de Daxiong, colaborador del taller de motocicletas Demon Point y miembro del club de

motociclismo City Demons. Pequeño y frágil pero valiente y leal.

Laude, Jean-Jacques

Geólogo de la base estadounidense

Peary, en el polo norte lunar.

Lawrence, Dana

Directora y jefa de seguridad del hotel lunar Gaia. Fría, distante y minuciosa.

Lee, Bernard C

Director del servicio de inteligencia extranjero británico, el MI6, en Londres.

Leto

Ex mercenario, amigo de Jan Kees

Vogelaar en Berlín.

Liu, Naomi

Secretaria ejecutiva de Tu Technologies, de aspecto elegante, con estilo, tiene predilección por el té de fresa.

Locatelli, Warren

Fundador y presidente del consorcio de células fotovoltaicas Lightyears. Estadounidense de ascendencia italoargelina, hombre con mal humor y egocéntrico pero con encanto. Le gustan las carreras de coches y las regatas de vela, ganador de la Copa América. Casado con Momoka Omura. Integrante del grupo que viaja a la Luna.

Lurkin, Laura

Entrenadora del gimnasio en la OSS.

Ma Animal Liping

Pedófilo violento, creador de la red de pornografía infantil «paraíso de los pequeños emperadores». A pesar de que padece de la cadera y la vista, es un tipo muy peligroso.

Ma Miao Miao

Miembro del club de motociclismo

City Demons.

Maas, Svenja

Atractiva doctoranda en la Charité, Berlín.

Mayé, Juan Alfonso

General de África occidental y, durante un tiempo, mandatario de Guinea Ecuatorial. Sucesor de Teodoro Obiang, llegado al poder en el año 2017 a raíz de un golpe de Estado. Corrupto y megalómano.

Merrick, Tom

Especialista en comunicaciones y transmisión de datos en el departamento central de seguridad de Orley Enterprises.Introvertido.

Moto, Severo

Político opositor ecuatoguineano durante el mandato de Teodoro Obiang.

Na Mou

Miembro de la tripulación de la estación china dedicada a la extracción de helio 3, Sinus Iridium, la Luna.

Nair, Mukesh

Fundador y presidente del consorcio productor de alimentos Tomato. Hijo de campesinos que se ha enriquecido y muestra inclinación por una vida

sencilla, ve el lado bueno y hermoso de todas las cosas. Integrante del grupo que viaja a la Luna.

Nair, Sushma

Pediatra, esposa de Mukesh Nair, mujer de buen corazón, algo temerosa. Integrante del grupo que viaja a la Luna.

Ndongo, Juan Aristide

Presidente de Guinea Ecuatorial después de la caída del general Mayé. Trata de reconstruir el país de un modo más decente.

Norrington, Andrew

Subjefe del departamento central de seguridad de Orley Enterprises. Responsable de la seguridad del grupo que viaja a la Luna.

Obiang, Teodoro

Mandatario de Guinea Ecuatorial hasta el año 2015.

O'Keefe, Finn

Actor irlandés, se ha convertido en estrella mundial con su serie «Perry

Rhodan». Mimado por la crítica, favorito de las mujeres, solitario y tímido, con un pasado de excesos. Cuida su imagen de rebelde. Integrante del grupo que viaja a la Luna.

Omura, Momoka

Actriz japonesa, estrella del cine de autor, excéntrica y arrogante. Esposa de Warren Locatelli. Integrante del grupo que viaja a la Luna.

Orley, Amber

Esposa de Tim Orley, profesora.

Patente y poco complicada, trata de mediar entre Tim y su padre. Integrante del grupo que viaja a la Luna.

Orley, Crystal

Esposa fallecida de Julian Orley, pasó sus últimos meses en un estado de demencia.

Orley, Julian

Antiguo productor de cine, fundador y presidente del imperio tecnológico Orley Enterprises, es el hombre más rico del mundo. Su aspecto es el de una

estrella del rock. Poco convencional, carismático, con un arraigado instinto de poder y un marcado desprecio de los Estados nacionales. Inventor del ascensor espacial y anfitrión del grupo que viaja a la Luna.

Orley, Lynn

Hija de Julian Orley, presidenta de Orley Travel, el grupo turístico de Orley Enterprises. Perfeccionista, mentalmente inestable. Arquitecta del hotel lunar Gaia e integrante del grupo que viaja a la Luna.

Orley, Tim

Hijo de Julian Orley, profesor. Está siempre en pie de guerra con su padre. Intenta evitar el colapso nervioso de su hermana Lynn. Integrante del grupo que viaja a la Luna.

Ögi, Heidrun

Fotógrafa, albina, ex stripper y actriz porno, no tiene pelos en la lengua. Esposa de Walo Ögi e integrante del grupo que viaja a la Luna.

Ögi, Walo

Gran inversionista suizo, arquitecto, mundano y sibarita, con cierta debilidad por el rock de los noventa. Tipo adorable con tendencia a la puesta en escena y al gesto grandilocuente. Esposo de Heidrun Ögi. Integrante del grupo que viaja a la Luna.

Palmer, Leland

Comandante de la base estadounidense Peary, en el polo norte lunar.

Palstein, Gerald

Director estratégico de la compañía petrolera EMCO, en Texas. Espírit cultivado y amigo de las matemáticas, ha luchado durante años para que su empresa intervenga en el ramo de las energías alternativas. Sale ileso, por los pelos, de un intento de asesinato.

Parker-Edwards, Mimi

Diseñadora de moda y fundadora de la marca de moda inteligente Mimi Kri. Buzo, deportista de riesgo, adepta del creacionismo. Esposa de Marc Edwards. Integrante del grupo que viaja a la Luna.

Reardon, Mickey

Ex miembro del IRA, especialista en alarmas.

Rogachov, Oleg

Presidente del consorcio ruso del acero

Rogamittal, con vínculos con el Kremlin y la mafia rusa. Fan de las artes marciales y aficionado al fútbol, otorga gran valor al autocontrol, atento, parece a veces demasiado frío. Integrante del grupo que viaja a la Luna.

Rogachova, Olympiada

Diputada en el Parlamento ruso, hija del ex presidente ruso Maxim Ginsburg y esposa de Oleg Rogachov. Apocada y cobarde. Sufre a causa de su matrimonio, bebe. Integrante del grupo que viaja a la Luna.

Ruiz, Alejandro

Director estratégico del consorcio petrolero Repsol, desaparecido en Sudamérica en el año 2022.

Shaw, Jennifer

Jefa del departamento central de seguridad de Orley Enterprises. Mujer competente y autoritaria, de carácter seco.

Sina

Redactora de temas de sociedad y miscelánea en el canal medioambiental Greenwatch. Ayuda a Loreena Keowaen sus pesquisas.

Song, Joe

Director estratégico de la compañía petrolera china Sinopec, de Pekín.

Sung, Tony

Estudiante, miembro del grupo disidente de Internet Los Guardianes y del club de motociclismo City Demons.

Tautou, Bernard

Presidente del consorcio del agua francobritánico Suez, político. Encantador, con inclinación a la autocomplacencia. Integrante del grupo que viaja a la Luna.

Tautou, Paulette

Corresponsal para idiomas extranjeros, esposa de Bernard Tautou, condescendiente, de estómago débil. Integrante del grupo que viaja a la Luna.

Thiel, Sophie

Vicedirectora del hotel lunar Gaia, responsable del mantenimiento y de los sistemas de soporte vital. Alegre y desenfadada, con cierta intuición detectivesca.

Thorn, Vic

Comandante de la primera

tripulación de la base estadounidense Peary, en el polo norte lunar. Astronauta capaz y playboy. Perdió la vida en el año 2024 en un accidente en la OSS.

Tu, Joanna

Pintora, ex novia de Owen Jericho y esposa de Tu Tian. Elegante y mundana, observa el mundo desde cierta distancia irónica.

Tu Tian

Fundador y presidente de Tu

Technologies, una compañía con sede en

Shanghai dedicada a la holografía y los entornos virtuales. Talentoso jugador de golf y empresario, dotado de una gran autoestima. Confidente de Yoyo, compañero de Chen Hongbing y amigo íntimo de Owen Jericho.

Vogelaar, Jan Kees

Mercenario, miembro temporal del gobierno de Guinea Ecuatorial bajo el mandato del general Mayé. Lleva un ojo de cristal.

Voss, Marika

Directora del Instituto de Medicina

Legal de la Charité, en Berlín.

Wachowski, Tommy

Subcomandante de la base estadounidense Peary, en el polo norte lunar.

Wang, Grand Cherokee

Estudiante, compañero de piso de Yoyo, promotor de sí mismo, débil de carácter. Maneja la montaña rusa Dragón de Plata, en el World Financial Center de Shanghai.

Winter, Miranda

Ex modelo, heredera de miles de millones y actriz ocasional. Ingenua e inculta, de naturaleza cordial y exuberante. Lesha puesto nombre a sus senos. Integrante del grupo que viaja a la Luna.

Woodthorpe, Kay

Jefa del grupo de investigación sobre los sistemas biorregenerativos de la OSS.

Xiao Maggie Meiqi

Estudiante, miembro del grupo de disidentes de Internet Los Guardianes y del club de motociclismo City Demons.

Xin, Kenny

Agente, esteta y neurótico.

Yin Ziyi

Estudiante, miembro del grupo de disidentes de Internet Los Guardianes y del club de motociclismo City Demons.

Zhang Li

Estudiante, compañero de piso de

Yoyo.

Zhao Bide

Conocido y colaborador temporal de Owen Jericho en Quyu durante su búsqueda de Yoyo.

Zheng Pang-Wang

Fundador y presidente del Grupo Zheng, consorcio tecnológico que es la esperanza del programa espacial de China.

Zhou Jinping

Miembro de la estación china dedicada a la extracción de helio 3 en Sinus Iridium, la Luna.

AGRADECIMIENT

Fueron muchos los libros, documentales, artículos, fotos y películas que me sirvieron de gran ayuda a la hora de escribir este libro, tantos, que de hecho resulta imposible enumerarlos todos aquí. Con tanta mayor razón me gustaría agradecer su labor a todos aquellos autores, periodistas, científicos, fotógrafos y directores cuyos conocimientos han pasado a formar parte de mis pesquisas.

Sin embargo, Límite jamás habría existido si algunas personas muy

notables no me hubieran dedicado su tiempo.

Mis conocimientos acerca de los astronautas, las estaciones y las naves espaciales, las bases lunares, los satélites, las comunicaciones interplanetarias, los yacimientos lunares de helio 3 y las tecnologías para su extracción, así como acerca de las leyes del espacio, de la propia Luna y del futuro de la navegación espacial tripulada, se han ampliado considerablemente gracias a:

Thomas Reiter, astronauta de la ISS y de la estación Mir, presidente del Centro Aeroespacial Alemán (DLR)

Colonia-Porz.

Kerstin Rogon, del Büro Thomas

Reiter (DLR, Colonia-Porz).

El doctor Wolfgang Seboldt, de Misiones Espaciales y Tecnología (DLR, Colonia-Porz).

El doctor Reinhold Ewald, físico y astronauta de la estación Mir.

El profesor Ernst Messerschmidt astronauta y físico.

La doctora Eva von Hassel-Pock directora de comunicaciones, centro de control de la ESA en Darmstadt.

El doctor Paolo Ferri, director de vuelos de misiones solares y planetarias, centro de control de la ESA

en Darmstadt.

El doctor Frank-Jürgen Dieckmann director de vuelo para Envisat y ERS-2 centro de control de la ESA, en Darmstadt.

El doctor Manfred Warhaut, jefe de misiones del centro de control de la ESA, en Darmstadt.

El profesor Tilman Spohn, director del Instituto de Investigaciones Planetarias, DLR, Berlín.

La doctora Marietta Benkö, abogada especializada en derecho espacial, Colonia.

Ranga Yogeshwar, físico y presentador de programas científicos de

la televisión alemana.

Sobre la industria del petróleo y el gas, las estructuras corporativas y pronósticos de futuro, así como sobre el creciente mercado de las energías alternativas, pude conocer más detalles gracias a:

Werner Breuer, consejero delegado de Lanxess AG.

Wahida Hammond, Skywalker, Colonia, a la que debo un agradecimiento extra por los contactos facilitados y el simply being Why.

En cuanto a las modernas tecnologías de comunicación, la Internet del futuro, la seguridad informática, la

holografía y los entornos virtuales, aprendí mucho gracias a:

El doctor Manfred Bogen, director de entornos virtuales en el Instituto Fraunhofer de Análisis Inteligente y Sistemas de Información, en Sank Augustin.

Paul Friefiem, jefe de departamento de procesos seguros e infraestructuras en el Instituto Fraunhofer de Tecnología de Seguridad Informática, en Sank Augustin.

Thorsten Holtkámper, director de proyecto de entornos virtuales en el Instituto Fraunhofer de Análisis Inteligente y Sistemas de Información.

Roland Kuck, jefe de proyecto de entornos virtuales en el Instituto Fraunhofer de Análisis Inteligente y Sistemas de Información.

Thomas Tikwinski, jefe de proyecto de NetMedia en el Instituto Fraunhofe de Análisis Inteligente y Sistemas de Información, en Sankt Augustin.

Jochen Haas, de Simply Red servicios de datos, en Colonia.

Pude profundizar en mis conocimientos acerca de la arquitectura y el urbanismo, y en particular sobre el desarrollo urbano de China, así como de sus barrios marginales, gracias a:

El profesor Eckhard Ribbeck, del

Instituto de Urbanismo de la

Universidad de Stuttgart.

Ingeborg Junge-Reyer, alcaldesa y senadora de Desarrollo Urbano de Berlín.

Sobre la situación actual y el futuro de la medicina legal, tuve la asistencia cercana de:

El doctor Michael Tsokos, jefe del Instituto de Medicina Legal de la Chanté, en Berlín.

Las informaciones sobre el pasado, el presente y el futuro de China, así como sobre las particularidades del trato entre los chinos, sus nombres y el estatus de la música pop china, las

obtuve gracias a:

Mian Mian, escritora y escenógrafa, Shanghai.

Wei Butter, Master of Art en idiomas asiáticos, Bonn.

Los datos sobre mercenarios y servicios privados de seguridad, sobre tecnología armamentista y el trabajo policial y detectivesco fueron puestos a mi disposición por:

Peter Nasse, jefe de la agencia de seguridad personal Security Management Services, en Colonia.

Uwe Steen, relaciones públicas de la policía de Colonia.

Un agradecimiento especial para:

Gisela Tolk, jueza y sinóloga apasionada, quien, de forma incansable, recopiló para mí material sobre China.

Maren Steingrols, que dio forma inteligible a mis pesquisas sobre China, con lo cual puso orden también en mi cabeza.

Jürgen Muthmann, que lee más periódicos en una semana que yo en todo un año y me hizo indicaciones muy atinadas sobre detalles que, de otro modo, se me habrían escapado.

Larissa Kranz, por su agradable compañía en la mesa.

Cuando uno escribe libros muy extensos, cambia un poco la manera que

uno tiene de socializar, lo que puede atribuirse a cierta distorsión palpable del tiempo y el espacio. Por ejemplo, a uno le puede suceder que jure haber estado con su mejor amigo la semana anterior a la vuelta de la esquina, hasta que éste menciona al teléfono que lleva medio año sin verte. Personas queridas e importantes para uno establecen un intercambio entre ellas y se preguntan en qué galaxia puede estar el amigo, pariente o esposo que ha desaparecido tanto física como mentalmente. Y, en efecto, he estado un tiempo en que me he convertido en una rareza, pero jamás he oído una palabra de reproche. En su

lugar, disfruté durante dos años de una buena dosis de comprensión, apoyo y paciencia. ¡Y por ello debo eterna gratitud a mis amigos y a mi familia! Pero si hay algo que me alegra más que cualquier otra cosa, es poder disponer ahora de más tiempo para vosotros,

¡sobre todo teniendo en cuenta que detesto pasar tiempo sentado solo ante un escritorio! Si no hubiera ordenadores portátiles, potentes baterías y cables alargadores, ser escritor sería sin duda la profesión equivocada para mí. Me gusta demasiado estar entre la gente, por eso me he acostumbrado a escribir en lugares públicos, con música,

conversaciones y el ruido de la calle. En consecuencia, gran parte de Limite ha surgido en restaurantes de gastrónomos amigos, cuyas atenciones han tenido alguna influencia en el resultado.

Un agradecimiento muy especial a Thomas Wippenbeck y su magnífico equipo del restaurante Fonda, en el distrito de Südstadt, Colonia, donde estuve tantas veces que en ocasiones corrí el riesgo, por las noches, de ser confundido con el mobiliario y ser levantado junto con las sillas. De exquisitas atenciones me rodearon en el Spitz, cuyos empleados, cuchillo y tenedor en mano, defendieron mi lugar

habitual frente a los reclamos de otros clientes. Un hogar me ofrecieron siempre el Sterns, el Vintage, y el Romain Wack, en Wackes. En ocasiones me vi obligado a salir de Colonia, y entonces me marchaba a Sylt, donde fui perfectamente atendido mientras escribía, tanto por parte de Johannes King y su equipo, en el Söl'ring Hof como por Herbert Seckler, Ivo Kóster y su equipo en el Sansibar.

Me gustaría dar las gracias especialmente a los comprometidos y maravillosos colaboradores de mi editorial, y lo haré, a modo de representación pero de manera muy especial, a través de ti, Helge, por tu amistad y tu confianza, de un valor incalculable.

El último agradecimiento, sin embargo, lo mereces tú, Sabina. Por mucho que haya disfrutado de este viaje mental a la Luna, lo más hermoso del mismo siempre fue mirar hacia la Tierra, porque allí estás tú.



FIN

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