Libro N° 14718. Monadología. Leibniz.
© Libro N° 14718. Monadología. Leibniz. Emancipación. Enero 17 de 2026
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MONADOLOGÍA
Leibniz
Monadología
Leibniz
LEIBNIZ
Monadología
(1-48)
1. La mónada, de que vamos a hablar en este
tratado, no es sino una substancia simple, que entra a formar los compuestos;
simple quiere decir sin partes.
2. Tiene que haber substancias simples, puesto que
hay compuestas; pues lo compuesto no es más que un montón, o aggregatum, de
simples.
3. Ahora bien, donde no hay partes, no puede haber
ni extensión, ni figura, ni divisibilidad. Y las tales mónadas son los
verdaderos átomos de la naturaleza y, en una palabra, los elementos de las
cosas.
4. Tampoco es de temer la disolución, y no es
concebible manera alguna por la cual pueda una substancia simple perecer
naturalmente.
5. Por la misma razón, no hay tampoco manera por la
cual una substancia simple pueda comenzar naturalmente, puesto que no puede
formarse por composición.
6. Puede decirse, por lo tanto, que las mónadas
comienzan y acaban de una vez, es decir, que sólo pueden comenzar por creación
y acabar por aniquilamiento; en cambio, lo compuesto comienza y acaba por
partes.
7. Tampoco hay medio de explicar cómo una mónada
pueda ser alterada o cambiada en su interior por otra criatura, puesto que nada
puede transponerse a ella, ni puede concebirse en ella ningún movimiento
interno, capaz de ser excitado, dirigido, aumentado o disminuido, como ello es
posible en los compuestos, en los cuales hay cambios entre las partes. Las
mónadas no tienen ventanas por donde algo pueda entrar o salir. Los accidentes
no pueden desprenderse de las substancias, ni andar fuera de ellas, como antiguamente
hacían las especies sensibles de los Escolásticos.
Así pues, en una mónada no puede entrar de fuera ni
substancia ni accidente alguno.
8. Sin embargo, es preciso que las mónadas tengan
algunas cualidades, pues de lo contrario no serían ni siquiera seres. Y si las
substancias simples no difirieran por sus cualidades, no habría medio de
apercibirse de ningún cambio en las cosas; puesto que lo que hay en el
compuesto no puede proceder sino de los ingredientes simples; y si las mónadas
careciesen de cualidades, serían indistinguibles unas de otras, ya que, en
cantidad, no difieren; y, por consiguiente, supuesto lo lleno, un lugar
cualquiera no recibiría nunca, en el movimiento, sino lo equivalente de lo que
había tenido, y un estado de las cosas sería indiscernible de otro.
9. Y hasta es preciso que cada mónada sea diferente
de otra cualquiera. Porque no hay nunca en la naturaleza dos seres que sean
perfectamente el uno como el otro y en los cuales no sea posible hallar una
diferencia interna, o fundada en una denominación intrínseca.
10. También doy por concedido que todo ser creado
está sujeto a cambio, y, por consiguiente, también la mónada que asimismo es
creada, e incluso que el tal cambio es continuo en cada una.
11. Síguese de lo que acabamos de decir que los
cambios naturales de las mónadas vienen de un principio interno, puesto que
ninguna causa externa puede influir en su interior.
12. Pero también es preciso que, además del
principio del cambio, haya un detalle de lo que cambia, que haga, por decirlo
así, la especificación y la variedad de las substancias simples.
13. Ese detalle debe envolver una muchedumbre en la
unidad o en lo simple. Pues en todo cambio natural, ya que se verifica por
grados, hay algo que cambia y algo que permanece; y, por consiguiente, es
preciso que en la substancia simple haya una pluralidad de afecciones y
relaciones, aunque en ella no haya partes.
14. El estado transitorio que envuelve y representa
una muchedumbre en la unidad o en la substancia simple no es otra cosa que la
llamada percepción, la cual debe distinguirse de la apercepción o consciencia,
como se verá más adelante. En esto es en lo que los Cartesianos han fallado
mucho, por no haber tenido en cuenta las percepciones de que no nos
apercibimos. Y esto es lo que les ha inducido a creer que sólo los espíritus
eran mónadas, y que no había almas de los animales ni otras entelequias; y por
eso han confundido, como el vulgo, un largo desmayo con la muerte misma, por la
cual han caído también en el prejuicio escolástico de las almas enteramente
separadas, y hasta han confirmado a los ingenios mal dispuestos en la opinión
de que las almas mueren.
15. La acción del principio interno que verifica el
cambio o tránsito de una percepción a otra, puede llamarse apetición;
ciertamente, el apetito no puede conseguir siempre enteramente toda la
percepción a que tiende; pero siempre obtiene algo de ella y consigue
percepciones nuevas.
16. Nosotros mismos experimentamos una muchedumbre
en la substancia simple, cuando hallamos que el menor pensamiento de que nos
apercibimos envuelve una variedad en el objeto. Así pues, todos los que
reconocen que el alma es una substancia simple, deben reconocer esa muchedumbre
en la mónada; y Bayle no debiera haber hallado en esto dificultad, como lo ha
hecho, en su Diccionario, artículo "Rorarius".
17. Es forzoso, además, confesar que la percepción,
y lo que de ella depende, es inexplicable por razones mecánicas, es decir, por
las figuras y los movimientos. Si se finge una máquina cuya estructura la haga
pensar, sentir, tener percepción, podrá concebirse aumentada, conservando las
mismas proporciones, de suerte que pueda entrarse en ella como en un molino.
Supuesta tal máquina, no hallaremos, si la visitamos por dentro, más que piezas
empujándose unas a otras; pero nunca nada que explique una percepción.
Así pues, habrá que buscar esa explicación en la
substancia simple y no en lo compuesto o máquina. Por eso, en la substancia
simple no puede hallarse nada más que esto: las percepciones y sus cambios. Y
sólo en esto pueden consistir también todas las acciones internas de las
substancias simples.
18. Podría darse el nombre de entelequia a todas
las sustancias simples o mónadas creadas, pues tienen en sí mismas cierta
perfección, y hay en ellas una suficiencia que las hace fuente de sus acciones
internas y, por decirlo así, autómatas incorpóreos.
19. Si queremos dar el nombre de alma a todo
aquello que posee percepciones y apetitos, en el sentido general que acabo de
explicar, todas las substancias simples o mónadas creadas podrían llamarse
almas; pero como el sentimiento es algo más que una simple percepción, concedo
que el nombre general de mónadas y entelequias baste para las substancias
simples que sólo contengan eso; llámense entonces almas solamente a aquellas
cuya percepción es más distinta y va acompañada de memoria.
20. Pues en nosotros mismos experimentamos estados
en los que de nada nos acordamos y no tenemos ninguna percepción distinguida;
como cuando desfallecemos o nos quedamos profundamente dormidos, sin soñar. En
este estado, el alma no difiere sensiblemente de una simple mónada; pero como
no es duradero tal estado, y sale el alma de él, resulta que ésta es algo más.
21. Y no se sigue que entonces la substancia simple
se halle desprovista de toda percepción. Esto no puede ser, por las razones ya
dichas; pues no podría perecer, no podría asimismo subsistir sin ninguna
afección, la cual no es otra cosa que su percepción; pero cuando hay gran
multitud de pequeñas percepciones, en las que nada es distinguido, queda uno
como aturdido; del mismo modo que, cuando se dan muchas vueltas rápidamente en
un mismo sentido, sobreviene un vértigo, que puede llegar al desvanecimiento, y
que no nos permite distinguir nada. Y la muerte puede dar ese estado por algún
tiempo a los animales.
22. Todo estado presente de una substancia simple
es naturalmente una consecuencia de su estado anterior, de tal suerte que el
presente está preñado del porvenir.
23. Por lo tanto, si una vez vuelto del
desvanecimiento, se apercibe uno de las percepciones, es preciso que
inmediatamente antes las haya tenido, aunque sin apercibirse de ellas; porque
una percepción no puede proceder naturalmente sino de otra percepción, como un
movimiento no puede proceder naturalmente sino de otro movimiento.
24. De donde se ve que, si no tuviésemos nada
distinguido y, por decirlo así, levantado y de más alto gusto en nuestras
percepciones, estaríamos de continuo en desvanecimiento. Y éste es el estado de
las mónadas desnudas.
25. Así vemos que la naturaleza ha dado a los
animales percepciones elevadas, por el cuidado que ha tenido de proveerlos de
órganos que reúnan varios rayos de luz o varias ondulaciones del aire, para que
cobren en esa unión una mayor eficacia. Algo parecido hay en el olor, en el
gusto y en el tacto, y aun quizá en muchos otros sentidos que desconocemos. Y
más adelante explicaré cómo lo que sucede en el alma representa lo que se está
haciendo en los órganos.
26. La memoria proporciona a las almas una suerte
de consecución, que imita a la razón, pero que debe distinguirse de ésta. Así
vemos que los animales, cuando tienen la percepción de alguna cosa que les
hiere fuertemente y de la cual ya antes han tenido una percepción semejante,
aguardan, por una representación de su memoria, que suceda otra cosa que estuvo
unida a la percepción anterior y se sienten impelidos a experimentar los mismos
sentimientos que experimentaron anteriormente. Por ejemplo, si a un perro se le
enseña un palo, se acuerda del dolor que le ha causado, aúlla y sale corriendo.
27. La imaginación fuerte, que les hiere y
conmueve, proviene o de la magnitud o de la muchedumbre de las percepciones
precedentes. Pues muchas veces una impresión fuerte hace súbitamente el efecto
de una larga costumbre o de numerosas percepciones medianas, pero reiteradas.
28. Los hombres se conducen como los animales en
tanto en cuanto las consecuciones de sus percepciones obedecen sólo al
principio de la memoria; se parecen a los médicos empíricos, que poseen la
práctica sin la teoría; y en las tres cuartas partes de nuestros actos somos
empíricos. Por ejemplo, cuando aguardamos la llegada del nuevo día, lo hacemos
por empiria, porque siempre ha ocurrido así. Sólo el astrónomo lo juzga por
razón.
29. Pero el conocimiento de las verdades necesarias
y eternas es lo que nos distingue de los simples animales y nos hace poseedores
de la razón y de las ciencias, elevándonos hasta el conocimiento de nosotros
mismos y de Dios.
Y esto es lo que, en nosotros, se llama alma
racional o espíritu.
30. También por medio del conocimiento de las
verdades necesarias y sus abstracciones nos elevamos hasta los actos
reflexivos, que nos hacen pensar en lo que llamamos el yo y considerar que esto
o aquello se halla en nosotros; y así, al pensar en nosotros mismos, pensamos
en el ser, en la Substancia, en lo simple y en lo compuesto, en lo inmaterial y
en Dios mismo, concibiendo que lo que en nosotros es limitado, carece, en Dios,
de límites. Y los tales actos reflexivos nos dan los principales objetos de nuestros
razonamientos.
31. Nuestros razonamientos se fundan en dos grandes
principios: el de contradicción, en virtud del cual juzgamos falso lo que
encierra contradicción, y verdadero lo opuesto o contradictorio a lo falso.
32. Y el de razón suficiente, en virtud del cual
consideramos que ningún hecho puede ser verdadero o existente y ninguna
enunciación verdadera, sin que de ello haya una razón bastante para que así sea
y no de otro modo. Aunque las más veces esas razones no puedan ser conocidas
por nosotros.
33. También hay dos suertes de verdades: las de
razonamiento y las de hecho. Las verdades de razonamiento son necesarias y su
opuesto es imposible; y las de hecho son contingentes, y su opuesto es posible.
Cuando una verdad es necesaria, puede hallarse su razón por medio del análisis,
resolviéndola en ideas y verdades más simples, hasta llegar a las primitivas.
34. Así, los matemáticos reducen por análisis los
teoremas especulativos y los cánones prácticos a las definiciones, axiomas y
postulados.
35. Y hay, por último, ideas simples, cuya
definición no puede darse; también hay axiomas y postulados o, en una palabra,
principios primitivos, que no pueden ser demostrados y no lo necesitan; son
enunciados idénticos, cuya oposición encierra una contradicción expresa.
36. Pero la razón suficiente debe encontrarse
también en las verdades contingentes o de hecho, es decir, en la serie de las
cosas dispersas por el universo de las criaturas; en el cual la resolución en
razones particulares podría llegar a un ilimitado número de detalles, a causa
de la variedad inmensa de las cosas de la naturaleza y de la división de los
cuerpos hasta lo infinito. Hay una infinidad de figuras y de movimientos
presentes y pretéritos que entran en la causa eficiente de mi escritura presente;
y hay una infinidad de pequeñas inclinaciones y disposiciones de mi alma,
presentes y pretéritas, que entran en la causa final.
37. Y como todo ese complejo de detalles encierra a
su vez más detalles contingentes anteriores, es decir, otros más detallados,
cada uno de los cuales exige asimismo, si se quiere dar razón de él, un
análisis semejante, resulta que no hemos adelantado nada; la razón suficiente o
última deberá hallarse, pues, fuera de la secuencia o series del detalle de las
contingencias, por infinito que pudiera ser.
38. Y así la razón última de las cosas debe
hallarse en una substancia necesaria, en la cual el detalle de los cambios esté
sólo eminentemente, como en su origen; y esto es lo que llamamos Dios.
39. Y siendo esta substancia una razón suficiente
de todo aquel detalle, el cual por todas partes está enlazado y trabado,
resulta que sólo hay un Dios y este Dios basta a todo.
40. Puede también juzgarse que esa substancia
suprema, única, universal y necesaria, fuera de la cual nada hay que sea
independiente de ella, y que es una consecuencia simple del ser posible, debe
ser incapaz de admitir límites y ha de contener tanta realidad cuanta sea
posible.
41. De donde se sigue que Dios es absolutamente
perfecto, no siendo la perfección sino la magnitud de la realidad positiva,
tomada precisamente, poniendo aparte los límites o linderos en las cosas que
los tienen. Y donde no hay límites, es decir, en Dios, la perfección es
absolutamente infinita.
42. Síguese también que las criaturas tienen sus
perfecciones en la influencia de Dios y sus imperfecciones en su propia
naturaleza, incapaz de carecer de límites; que en esto es en lo que se
distinguen de Dios. Esta imperfección original de las criaturas se advierte en
la inercia natural de los cuerpos.
43. También es verdad que en Dios está no sólo el
origen de las existencias, sino el de las esencias, en cuanto que son reales, o
sea, de lo que hay de real en la posibilidad. Y es así, porque el entendimiento
de Dios es la región de las verdades eternas o de las ideas, de las que
dependen, y sin él ninguna realidad habría en las posibilidades, y no sólo no
habría nada existente, sino aun nada posible.
44. Pues si hay realidad en las esencias o
posibilidades o también en las verdades eternas, es preciso que esa realidad
esté fundada en algo existente y actual; y, por consiguiente, en la existencia
del ser necesario, en la cual la esencia contiene la existencia, o en la cual
basta que algo sea posible para que sea actual.
45. Así, pues, Dios sólo (o el ser necesario) posee
el privilegio de que basta que sea posible para que tenga que existir. Y como
nada puede oponerse a la posibilidad de lo que no tiene límites, ni negación,
ni, por consiguiente, contradicción, esto es suficiente para que conozcamos a
priori la existencia de Dios. También hemos probado esa existencia por medio de
la realidad de las verdades eternas. Pero también acabamos de probarla a
posteriori, puesto que existen seres contingentes, los cuales no hallan su
razón última y suficiente sino en el ser necesario, que tiene en sí mismo la
razón de su existencia.
46. Sin embargo, no debe imaginarse nadie, como lo
hacen algunos, que siendo las verdades eternas dependientes de Dios, son
arbitrarias y dependen de su voluntad, como parece haber pensado Descartes y,
tras él, el señor Poiret. Esto es cierto sólo tratándose de las verdades
contingentes, cuyo principio es la conveniencia o elección de lo mejor; las
verdades necesarias, empero, dependen únicamente del entendimiento divino, cuyo
objeto interno son.
47. Así, pues, Dios sólo es la unidad primitiva o
substancia simple originaria, y todas las mónadas creadas o derivativas son
producciones suyas, y nacen, por decirlo así, por fulguraciones continuas de la
Divinidad de momento en momento, limitadas por la receptividad de la criatura,
a la cual pertenece esencialmente el ser limitada.
48. Hay en Dios potencia, que es como la fuente de
todo; luego conocimiento, que encierra el detalle de las ideas, y, por último,
voluntad, que efectúa los cambios o producciones, según el principio de lo
mejor. Y esto responde a lo que, en las mónadas creadas, constituye el sujeto o
base, la facultad perceptiva y la facultad apetitiva. Pero en Dios esos
atributos son absolutamente infinitos o perfectos; y en las mónadas creadas o
en las entelequias (o perfectihabies, que así traducía este vocablo Hermolao Bárbaro),
no son sino imitaciones de Dios, según la perfección que tienen.
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LEIBNIZ
Monadología (49-90)
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49. De la criatura dícese que hace u obra
exteriormente, en cuanto que posee perfección, y que padece, en cuanto que es
imperfecta. Así se atribuye acción a la mónada, en cuanto que tiene
percepciones distintas, y pasión, en cuanto que las tiene confusas.
50. Y una criatura es más perfecta que otra cuando
en ella se encuentra lo que sirve para dar razón a priori de lo que sucede en
la otra, y por esto se dice que actúa sobre ella.
51. Pero, en las substancias simples, no hay sino
una influencia ideal de una mónada sobre otra, lo cual no puede tener efecto a
no ser por intervención de Dios, en cuanto que, en las ideas de Dios, una
mónada solicita, con razón, que Dios, al regular las demás, desde el comienzo
de las cosas, la tenga en cuenta. En efecto, puesto que una mónada creada no
puede tener influencia física en el interior de otra, sólo por aquel medio
podrá haber dependencia de una a otra.
52. Y por esto, entre las criaturas, las acciones y
pasiones son mutuas. Pues Dios, comparando dos substancias simples, halla en
cada una de ellas razones que le obligan a acomodar la otra a la primera; y,
por consiguiente, lo que en ciertos respectos es activo, es pasivo visto desde
otro punto de vista: activo, en cuanto que lo que se conoce distintamente en
ello sirve para dar razón de lo que sucede en otro, y pasivo, en cuanto que la
razón de lo que en ello sucede se encuentra en lo que se conoce distintamente
en otro.
53. Ahora bien, habiendo una infinidad de mundos
posibles en las ideas de Dios, y no pudiendo existir más que uno solo, se
precisa que haya una razón suficiente de la elección de Dios que le determine a
éste mejor que a aquél.
54. Y esta razón no puede hallarse sino en la
conveniencia o en los grados de perfección que contengan esos mundos, puesto
que cada posible tiene derecho a pretender la existencia en proporción de la
perfección que encierre.
55. Y ésta es la causa de que exista lo mejor; la
sabiduría de Dios lo conoce, su bondad lo elige y su poder lo produce.
56. Este enlace, pues, o acomodo de todas las cosas
creadas con una y de una con todas las demás, hace que cada substancia simple
tenga relaciones que expresan todas las demás, y sea, por consiguiente, un
viviente espejo perpetuo del universo.
57. Y así como una misma ciudad, vista por
diferentes partes, parece otra y resulta como multiplicada en perspectiva, así
también sucede que, por la multitud infinita de substancias simples, hay como
otros tantos universos diferentes, los cuales no son, sin embargo, sino
perspectivas de uno solo, según los diferentes puntos de vista de cada mónada.
58. Y esta es la manera de conseguir la mayor
variedad posible con el mayor orden posible; es decir, es la manera de obtener
cuanta perfección es posible.
59. Así, sólo esta hipótesis -que me atrevo a decir
está demostrada- realza como es debido la grandeza de Dios. Y esto lo reconoció
Bayle al presentar objeciones contra ella en su Diccionario -artículo
"Rorarius"-, en donde llegó casi a creer que yo concedía demasiado a
Dios y más aún de lo que es posible. Pero no pudo adelantar razón alguna por la
cual sea imposible esa armonía universal, que hace que toda substancia exprese
exactamente a todas las demás, por las relaciones que con ellas mantiene.
60. Además, en lo que acabo de decir se ven las
razones a priori de por qué las cosas no pueden ser de otro modo.
Porque Dios, al arreglarlo todo, ha tenido en
cuenta cada parte, y especialmente cada mónada, cuya naturaleza, siendo
representativa, no podría nada limitarla a representar sólo una parte de las
cosas, aunque es verdad que esta representación es solamente confusa en el
detalle de todo el Universo y no puede ser distinta sino en una pequeña parte
de las cosas, es decir, en aquellas que son las más próximas o las más grandes,
con respecto a cada mónada; que, si no, cada mónada sería una Divinidad. No en
el objeto, sino en la modificación del conocimiento del objeto son limitadas
las mónadas. Todas, confusamente, van al infinito, al todo; pero son limitadas
y distinguidas por los grados de las percepciones distintas.
61. Y los compuestos, en esto, simbolizan o se
conforman con los simples. Pues como todo es lleno, lo cual hace que la materia
esté trabada toda, y como, además, en lo lleno todo movimiento produce un
efecto en los cuerpos distantes, según la distancia, de tal suerte que un
cuerpo no solamente es afectado por los cuerpos que lo tocan y no sólo se
resiente en cierto modo de lo que a estos sucede, sino que también, por medio
de ellos, recibe el influjo de los que tocan a los primeros, por los cuales es
inmediatamente tocado, se sigue que esta comunicación se transmite a cualquier
distancia. Y, por consiguiente, todo cuerpo resiente los efectos de cuanto pasa
en el universo, de tal modo, que aquél que todo lo ve podría leer en uno lo que
en todos sucede y aun lo que ha sucedido y sucederá, advirtiendo en el presente
lo lejano, tanto en los tiempos como en los lugares: sympnoia panta, («todo
conspira») que decía Hipócrates. Pero un alma no puede leer en sí misma sino
aquello tan sólo que en ella está representado distintamente, y no puede de un
golpe desenvolver todos sus repliegues, que llegan al infinito.
62. Así, pues, aunque cada mónada creada representa
el universo entero, sin embargo, representa más distintamente el cuerpo que
particularmente le es afectado y cuya entelequia constituye; y como este cuerpo
expresa el universo todo, por la conexión de toda la materia llena, el alma
representa también el universo todo, al representar el cuerpo que le pertenece
de modo particular.
63. El cuerpo perteneciente a una mónada, que es su
entelequia o su alma, constituye con la entelequia lo que puede llamarse un
viviente, y con el alma, lo que puede llamarse un animal. Ahora bien, este
cuerpo de un viviente o de un animal es siempre orgánico, pues siendo toda
mónada un espejo del universo, a su manera, y hallándose el universo arreglado
en perfecto orden, precisa que haya también un orden en el representante, es
decir, en las percepciones del alma, y, por consiguiente, en el cuerpo, según el
cual el universo está representado.
64. Así en cada cuerpo orgánico de un viviente hay
una suerte de máquina divina o un autómata natural que sobrepuja infinitamente
a todos los autómatas artificiales.
Porque una máquina hecha por el arte humano no es
máquina en todas sus partes. Por ejemplo, el diente de una rueda de metal tiene
partes o fragmentos que no son ya, para nosotros, nada artificial ni poseen
nada que tenga carácter de máquina con respecto al uso a que la rueda está
destinada. Pero las máquinas de la naturaleza, o sea, los cuerpos vivos, son
máquinas hasta en sus más mínimas partes, hasta el infinito. Esta es la
diferencia entre la naturaleza y el arte; es decir, entre el arte divino y el humano.
65. Y el Autor de la naturaleza ha podido hacer
este artificio divino e infinitamente maravilloso porque cada parte de la
materia no sólo es divisible al infinito, como lo han reconocido los antiguos,
sino que está actualmente subdividida sin fin en otras partes, cada una de las
cuales tiene un movimiento propio, que de otro modo sería imposible que cada
porción de la materia pudiera expresar el universo todo.
66. Por donde se ve que en la más mínima parte de
la materia hay un mundo de criaturas, de vivientes, animales, entelequias,
almas.
67. Cada parte de la materia puede ser concebida
como un jardín lleno de plantas y como un estanque lleno de peces. Pero cada
rama de la planta, cada miembro del animal, cada gota de sus humores es también
como ese jardín o ese estanque.
68. Y aunque la tierra y el aire, que hay entre las
plantas del jardín, o el agua, que hay entre los peces del estanque, no son ni
planta ni pez, contienen, sin embargo, otras plantas y otros peces, tan
sutiles, empero, casi siempre, que no podemos percibirlos.
69. Así, no hay nada inculto, estéril y muerto en
el universo; el caos y la confusión son sólo aparentes; como si se mira un
estanque a cierta distancia, desde la cual se vislumbra un movimiento confuso
y, por decirlo así, un revoltijo de peces, sin llegar a discernir los peces
mismos.
70. Se ve, pues, que todo cuerpo vivo tiene una
entelequia principal, que es el alma, en el animal; pero los miembros de ese
cuerpo vivo están llenos de otros vivientes: plantas, animales, cada uno de los
cuales tiene a su vez su entelequia o su alma principal.
71. Mas no debemos imaginarnos, como hacen algunos,
que han interpretado mal mi pensamiento, que cada alma tiene una masa o parte
de materia propia, adscrita a ella para siempre, y que posee, por lo tanto,
otros vivientes inferiores, destinados siempre a su servicio. Pues todos los
cuerpos están en perpetuo flujo, como los ríos, y unas partes entran en ellos y
otras salen de ellos continuamente.
72. Así, el alma cambia de cuerpo poco a poco y por
grados, de suerte que no se ve despojada nunca de un golpe de todos sus
órganos; hay a menudo metamorfosis en los animales, pero nunca metempsícosis ni
transmigración de las almas; ni tampoco hay almas totalmente separadas, ni
genios sin cuerpo. Sólo Dios está enteradamente desprovisto de él.
73. Y esto es lo que hace que nunca haya tampoco ni
generación entera ni perfecta muerte, en rigor, consistente en la separación
del alma. Y lo que llamamos generaciones son desenvolvimientos y
acrecentamientos, y lo que llamamos muertes son envolvimientos y disminuciones.
74. Los filósofos se han visto muy perplejos en la
cuestión de los orígenes de las formas, entelequias o almas; pero hoy,
habiéndose advertido, por exactas investigaciones hechas sobre las plantas, los
insectos y los animales, que los cuerpos orgánicos de la naturaleza no son
nunca productos de un caos o de una putrefacción, sino siempre de simientes, en
las cuales había, sin duda cierta preformación, se ha juzgado que no sólo el
cuerpo orgánico estaba en ellas antes de la concepción, sino también que había
un alma en ese cuerpo y, en una palabra, estaba el animal mismo, y que, por
medio de la concepción, el animal sólo quedó dispuesto para una gran
transformación y llegar a ser un animal de otra especie. Algo semejante a esto
se ve, aparte de la generación, cuando, v.g., los gusanos se tornan moscas y
las orugas, mariposas.
75. Los animales, algunos de los cuales se elevan
al grado de animales mayores por medio de la concepción, pueden llamarse
espermáticos; pero los que permanecen en su especie, esto es, la mayor parte de
ellos, nacen, se multiplican y son destruidos como los grandes animales, y sólo
un pequeño número de elegidos pasan a más amplio teatro.
76. Mas todo esto era solamente media verdad; he
juzgado pues, que si el animal no comienza nunca naturalmente, tampoco acaba
naturalmente, y no sólo no habrá generación, sino tampoco destrucción completa,
ni muerte, en rigor. Estos razonamientos, hechos a posteriori y sacados de las
experiencias, concuerdan perfectamente con mis principios deducidos a priori en
lo que antecede.
77. Así puede decirse que no sólo el alma -espejo
de un indestructible universo- es indestructible, sino el animal mismo, aunque
su máquina perezca a menudo en parte y reciba o abandone orgánicos despojos.
78. Estos principios me han proporcionado la manera
de explicar naturalmente la unión o la conformidad del alma y del cuerpo
orgánico. Sigue el alma sus propias leyes y el cuerpo también las suyas
propias, y se encuentran en virtud de la armonía preestablecida entre las
substancias, puesto que todas son las representaciones de un mismo universo.
79. Las almas obran según las leyes de las causas
finales, por apeticiones, fines y medios. Los cuerpos obran según las leyes de
las causas eficientes o movimientos. Y ambos reinos, el de las causas
eficientes y el de las causas finales, son armónicos entre sí.
80. Descartes ha reconocido que las almas no pueden
dar fuerza a los cuerpos porque hay siempre en la materia la misma cantidad de
fuerza. Sin embargo, ha creído que el alma podía cambiar la dirección de los
cuerpos. Pero es porque en su tiempo no se conocía aún la ley de la naturaleza
según la cual se conserva la misma dirección total en la materia. Si Descartes
la hubiese advertido, hubiera venido a parar a mi sistema de la armonía
preestablecida.
81. Este sistema hace que los cuerpos obren como si
-por imposible- no hubiese almas, y que las almas obren como si no hubiese
cuerpos, y que ambos obren como si uno no influyese en el otro.
82. En cuanto a los espíritus o almas racionales,
aun cuando yo creo que en el fondo lo mismo hay en todos los vivientes y
animales, como acabamos de decir -a saber: que el animal y el alma no comienzan
sino con el mundo ni tampoco acaban sino con el mundo-, sin embargo, en los
animales racionales hay esto de particular, que sus animalitos espermáticos,
mientras no son más que eso, tienen sólo almas ordinarias o sensitivas; pero
cuando los elegidos, por decirlo así, llegan, mediante concepción actual, a la humana
naturaleza, sus almas sensitivas se elevan al grado de la razón y a la
prerrogativa de los espíritus.
83. Entre otras diferencias que hay entre las almas
ordinarias y los espíritus, algunas de las cuales ya he indicado, hay ésta
además: que las almas en general son espejos vivientes o imágenes del universo
de las criaturas; pero los espíritus son, además, imágenes de la Divinidad
misma o del mismo Autor de la naturaleza; son capaces de conocer el sistema del
universo y de imitar algo de él en ciertas muestras arquitectónicas, siendo
cada espíritu como una pequeña divinidad en su departamento.
84. Y por esto son los espíritus capaces de entrar
en una como sociedad con Dios, el cual, con respecto a ellos, es no solamente
lo que un inventor con respecto a su máquina (que Dios lo es con respecto a sus
criaturas), sino lo que un Príncipe con respecto a sus súbditos o hasta un
padre a sus hijos.
85. De donde fácilmente se concluye que la reunión
de todos los espíritus debe formar la ciudad de Dios; es decir, el más perfecto
estado posible bajo el más perfecto de los monarcas.
86. Esta ciudad de Dios, esta monarquía
verdaderamente universal, es un mundo moral en el mundo natural, y lo más
elevado y sublime que hay en las obras de Dios, y en ello consiste
verdaderamente la gloria de Dios, ya que no habría tal gloria si su grandeza y
bondad no fueran conocidas y admiradas por los espíritus; y también la bondad
la tiene propiamente Dios con relación a esta ciudad divina, en tanto que su
Sabiduría y su Potencia se muestran por doquiera.
87. Y así como hemos establecido anteriormente una
armonía perfecta entre dos reinos naturales, el de las causas eficientes y el
de las finales, debemos notar aquí también otra armonía entre el reino físico
de la naturaleza y el reino moral de la gracia; es decir, entre Dios
considerado como arquitecto de la máquina del universo y Dios considerado como
monarca de la ciudad divina de los espíritus.
88. En virtud de esta armonía, las cosas conducen a
la gracia por las sendas mismas de la naturaleza, y este globo, por ejemplo,
debe ser destruido y reparado, por vía natural, en los momentos en que lo
requiera el gobierno de los espíritus, para castigo de unos y recompensa de
otros.
89. Puede decirse también que Dios como arquitecto
satisface en todo a Dios como legislador, y así los pecados deben llevar
consigo su penitencia, por orden de naturaleza y en virtud de la estructura
mecánica de las cosas; y asimismo, las hermosas acciones conseguirán sus
recompensas por conductos mecánicos, con relación a los cuerpos, aun cuando
esto no pueda ni deba suceder siempre en el acto.
90. Por último, bajo ese gobierno perfecto, no
habría acción buena sin recompensa, ni acción mala sin castigo; y todo debe
parar en el bien de los buenos, es decir, de los que en este gran Estado no se
hallan descontentos, de los que fían en la providencia, después de haber
cumplido con su deber, y aman e imitan como es debido al Autor de todo bien,
complaciéndose en considerar sus perfecciones según la naturaleza del puro amor
verdadero, que nos hace saborear la felicidad de lo amado. Por eso, los que son
sabios y virtuosos trabajan en todo lo que parece conforme con la voluntad
divina presunta o antecedente, conformándose, sin embargo, con lo que Dios
ordena que suceda efectivamente, por su voluntad secreta, consiguiente y
decisiva; reconociendo que si pudiéramos entender bien el orden del universo,
hallaríamos que sobrepuja los más sabios anhelos y que es imposible tornarlo
mejor de lo que es, no sólo para el todo en general, sino aun para nosotros
mismos en particular, si nos adherimos como es debido al Autor de todo, no sólo
como arquitecto y causa eficiente de nuestro ser, sino también como maestro y
causa final, que debe constituir el objeto entero de nuestra voluntad y sólo
puede cimentar nuestra ventura.
Leibniz: Monadología.
Universidad Complutense, Madrid.
FIN

