Libro N° 14719. ¿Existe Verdaderamente Mr. Smith? Lem, Stanislaw.
© Libro N° 14719. ¿Existe Verdaderamente Mr. Smith? Lem, Stanislaw. Emancipación. Enero 17 de 2026
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
¿EXISTE
VERDADERAMENTE
MR. SMITH?
Stanislaw Lem
¿Existe Verdaderamente
Mr. Smith?
Stanislaw Lem
¿EXISTE VERDADERAMENTE
MR. SMITH?
© 1968 STANISLAW LEM
Título original: CY ISTNIEIE PRAVTE PAN SMITH? Traducción : J. Orriols Marsá
De Nueva Dimensión nº. 2, Marzo de 1968
Edición electrónica de diaspar, Málaga febrero de 1999
Los libros de Stanislaw Lem, el
más sobresaliente de los escritores polacos de ciencia ficción, han sido
traducidos a muchas otras lenguas, y nosotros, que hemos leído algunos deellos,
lamentamos sobremanera que aún no haya llegado a España. Nacido en 1921, Lem
ejerció la carrera de médico antes de dedicarse a escribir. En este relato que
les ofrecemos, primero de este autor que es traducido al castellano, Lem nos
abre las puertas a un personalísimo infierno tragicómico, sobre uno de los
temas que le es más querido: el de la cibernética.
* * *
Sinopsis: «¿Existe verdaderamente Mr. Smith?» (Czy pan istnieje, Mr. Johns?) es
un fascinante relato del escritor polaco Stanislaw Lem, publicado en 1957, que
explora la naturaleza de la identidad y la humanidad en un futuro donde la
tecnología ha superado los límites imaginables. La historia gira en torno a un
insólito juicio entre la Cybernetics Company y Harry Smith, un piloto de
carreras que debido a varios accidentes ha recibido numerosas prótesis
cibernéticas para reemplazar partes de su cuerpo. Con un profundo sentido
filosófico, el relato plantea una inquietante pregunta: ¿hasta qué punto un ser
compuesto por partes electrónicas puede seguir siendo considerado humano?
JUEZ. – La Corte pasa a examinar el litigio entre la Cybernetics Company
y Harry Smith.
¿Están presentes las dos partes? ABOGADO. – Sí, Su Señoría.
JUEZ. – ¿Usted actúa en nombre de...? ABOGADO. – Represento legalmente a
la Cybernetics Company, Su Señoría. JUEZ. – ¿Dónde está el acusado? SMITH. – Estoy
aquí, Su Señoría. JUEZ. – Les ruego se sirvan dar a la Corte sus datos personales.
SMITH. – Con mucho gusto. Me llamo Harry Smith y nací el 6 de abril de 1917
en Nueva
York.
ABOGADO. – Me opongo, Su Señoría. La afirmación del acusado es tendenciosa:
él nunca ha venido al mundo.
SMITH. – Tengo aquí mi partida de nacimiento. Y mi hermano está aquí, en
la Sala... ABOGADO. – Esa no es su partida de nacimiento, y aquel individuo no es
su hermano. SMITH. – Entonces ¿de quién es hermano? ¿De usted acaso?
JUEZ. – Calma, se lo ruego. Un momento, abogado. ¿Entonces, Mr. Smith.. .?
SMITH. – Mi padre, el nunca bastante llorado Lexington Smith, poseía un garaje,
y me inculcó la pasión por su oficio. A los diecisiete años participé por primera
vez en una carrera automovilística para principiantes. A continuación, ya como corredor
profesional, he competido ochenta y siete veces. Hasta hoy me he hecho con la victoria
dieciséis veces, con veintiún segundos puestos...
JUEZ. – Se lo agradezco, pero estas particularidades no son pertinentes a
la causa. SMITH. – Tres copas de oro...
JUEZ. – Le he dicho que esos detalles son superfluos. SMITH. – Y una corona
de plata...
MR. DONOVAN (Presidente de la Cybernetics Company).– ¡Oh, está delirando!
SMITH.– No se engañe.
JUEZ. – ¡Calma! ¿No tiene un abogado para su defensa?
SMITH. – No, me defiendo por mí mismo. Mi causa es clara como el agua de
un manantial.
JUEZ. – ¿Conoce las demandas que la Cybernetics Company presenta contra usted?
SMITH. – Las conozco. Soy víctima de las viles maquinaciones de esos perros
criminales...
JUEZ. – Ya es suficiente. Abogado Jenkins, ¿quiere exponer a la Corte las
razones que han motivado su citación?
ABOGADO. – Con mucho gusto, Su Señoría. Hace dos años el acusado tuvo un
accidente durante las carreras automovilísticas disputadas en Chicago. Se dirigió
entonces a nuestra firma. Usted ya sabe que la Cybernetics Company fabrica prótesis:
piernas, brazos, riñones artificiales, corazones artificiales y muchos otros órganos
7 de recambio. El acusado compró a crédito una prótesis de la pierna izquierda y
pagó el primer plazo. Cuatro meses después se dirigió de nuevo a nosotros, esta
vez para el suministro de dos brazos, una caja torácica y una bóveda craneal.
SMITH. – ¡Es falso! La bóveda craneal no. Fue en primavera, tras las carreras
en montaña.
JUEZ. – No interrumpa.
ABOGADO. – Se trataba, respetando el orden cronológico, de la segunda transacción.
En aquel tiempo la deuda del acusado ascendía a 2.967 dólares. Cinco meses después
el hermano del acusado se dirigió a nosotros: Harry Smith se encontraba recuperándose
en la clínica Monte–Rosa, no lejos de Nueva York. Conforme al nuevo pedido, nuestra
firma suministró, tras pago de un adelanto, diversas prótesis cuya relación particularizada
va unida a las actas del proceso. Entre otras figura como repuesto de un hemisferio
cerebral un cerebro electrónico Geniak, llamado comúnmente «El Genial», cuyo precio
es de 26.500 dólares. Llamo la atención de la honorabilísima Corte sobre el hecho
de que el acusado nos ordenó un modelo Geniak de lujo, equipado con válvulas metálicas,
dispositivo para sueños en colores naturales, filtro antipreocupaciones y eyector
de pensamientos tristes, a pesar de que todo esto excedía sus posibilidades financieras.
SMITH. – ¡Seguro! ¡Les habría sido mucho más cómodo si hubiera decidido reventar
con su cerebro construido en serie!
JUEZ. – ¡Calma, se lo ruego!
ABOGADO. – Que el acusado haya actuado con la intención consciente y deliberada
de no pagar lo que había adquirido, viene probado perentoriamente por un hecho:
él no ordenó un modelo común de brazo artificial, sino que escogió una prótesis
especial, provista de reloj de muñeca, marca Schaffhausen, de 18 rubíes. Cuando
la deuda del acusado llegó a los
29.863 dólares lo citamos en juicio para restitución de todas las prótesis
que había adquirido. Sin embargo, nuestra querella fue desestimada basándose en
la siguiente consideración: Mr. Smith, si fuera privado de sus prótesis, moriría.
En efecto, en aquel tiempo, de este Mr. Smith no quedaba sino medio cerebro.
SMITH. – ¿Cómo se atreve a decir de este Mr. Smith»? ¿ Percibe acaso acciones
de la
Cybernetics Company por cada insulto que sale de su boca? ¡Leguleyo!
JUEZ. – ¡Calma, por favor! Mr. Smith, en caso de nuevos ultrajes a la parte
demandante le impondré una sanción.
SMITH. – ¡Es él quien me insulta!
ABOGADO. – En las condiciones en que entonces se encontraba, en deuda con
la Cybernetics Company, y equipado de pies a cabeza con prótesis suministradas por
nuestra firma que, a su respecto, ha dado pruebas de infinita bondad, satisfaciendo
ipso facto cualquier deseo suyo, el acusado comenzó a calumniar públicamente nuestros
productos a los cuatro vientos, encontrando qué murmurar sobre su calidad. Pero
esto no le impidió todavía presentarse ante nosotros tres meses más tarde. Se quejaba,
en aquel tiempo, de toda una sarta de achaques y de dolores que, como pudieron probar
nuestros expertos, dependían del hecho de que su viejo hemisferio cerebral se encontraba
sofocado, alojado como estaba en aquel nuevo ambiente que yo definiría, si me lo
permite Usía, como protésico. Movida de un sentimiento de humanidad, nuestra firma
aceptó otra vez más satisfacer el deseo del acusado,
«genializándolo» totalmente, o lo que es igual, nuestra firma aceptó sustituir
el viejo pedazo de cerebro que le pertenecía in proprio con un segundo aparato Geniak,
gemelo del precedente. Como garantía de este nuevo crédito, el acusado nos firmó
letras de cambio por un importe de 26.950 dólares. ¡Hasta hoy, todo lo que nos ha
liquidado han sido 232 dólares con 18 centavos! Estando así las cosas... ¡Honorabilísima
Corte, el acusado está tratando pérfidamente de impedirme hablar, sofoca mis palabras
con silbidos, ruidos y estridencias!
¡Que la Honorabilísima Corte tenga la bondad de llamarlo al orden!
JUEZ. – Mr. Smith...
SMITH. – No soy yo, es mi Geniak. Hace esto cada vez que reflexiona intensamente.
¿Acaso soy yo responsable de todo lo que ha hecho la Cybernetics Company?
¡La Ho- norabilísima Corte haría mejor si citase al presidente Donovan por fraude!
ABOGADO.–... estando así las cosas, la Cybernetics Company presenta a la
Corte la siguiente petición: que le sea reconocido el derecho de entera propiedad
sobre la totalidad de las prótesis suministradas y que se encuentran aquí, en esta
sala de tribunal, sosteniendo ser Harry Smith.
SMITH. – ¡Qué desvergüenza! ¿Y dónde está Smith según usted, abogado, si
no está aquí?
ABOGADO. – Aquí, en esta sala, yo no veo a ningún Smith, por la simple razón
de que los restos de aquel célebre campeón de carreras reposan diseminados a lo
largo de las muchas autopistas de los Estados Unidos. En consecuencia, el veredicto
que seguramente pronunciará este tribunal a nuestro favor no podrá lesionar a ninguna
persona física, porque nuestra firma no hará sino volver a entrar en posesión de
lo que legítimamente le pertenece, desde el envoltorio de nylon hasta el último
tornillo.
SMITH. – ¡Cómo! ¡Quieren despedazarme, quieren reducirme a prótesis! PRESIDENTE
DONOVAN. – ¡Lo que haremos con nuestros bienes no le interesa!
JUEZ. – Presidente Donovan, le ruego cálidamente conservar su sangre fría.
Gracias, abogado. ¿Qué tiene que decir, Mr. Smith?
ABOGADO. – Señoría, para aclarar mejor la cuestión querría hacerle notar
además que el acusado, para decir la verdad, no es realmente el acusado, sino únicamente
un objeto material que pretende pertenecerse en toda propiedad. En efecto, dado
que él no vive...
SMITH. – ¡Acérquese un poco, y se enterará de sí estoy vivo o no!
JUEZ. – Verdaderamente, es un caso insólito. Mmmm... Abogado, la decisión
de esta- blecer si el acusado está vivo o no la dejo en suspenso hasta que la Corte
haya emitido su juicio; de otra manera, nos arriesgaríamos a turbar el desarrollo
normal de la audiencia. Ahora, tiene usted la palabra, Mr. Smith.
SMITH. – Honorabilísima Corte, y ustedes, ciudadanos de los Estados Unidos,
que siguen atentamente los despreciables esfuerzos de un gran trust para destruir
en mi persona una libre personalidad pensante...
JUEZ. – Le ruego dirigirse exclusivamente a la Corte. ¡Esto no es un mitin!
SMITH. – De acuerdo, Su Señoría. La cosa se presenta así: efectivamente,
yo he obtenido de la Cybernetics Company un cierto número de prótesis...
PRESIDENTE DONOVAN. – ¡Un cierto número de prótesis! ¡Y tiene la desfachatez
de decirlo!
SMITH. – ¡Que la Honorabilísima Corte llame a orden a este señor! Sí, he
obtenido aquellas prótesis. Poco importa lo que éstas sean. Poco importa si, incesantemente,
cuando estoy sentado, cuando camino, cuando como, cuando duermo, se oye un tal ruido
en mi cabeza hasta el punto que he llegado a tener que retirarme a una habitación
aparte porque despertaba a mi hermano durante la noche. Sí, a causa de estos Geniak
con estas inclinaciones, construidos a escondidas con los avances de las máquinas
de calcular, he contraído la enfermedad del cálculo, hasta el extremo que debo contar
sin tregua las cercas, los gatos, los palos, las personas que me encuentro a lo
largo de los caminos, y Dios sabe qué otras cosas... Ustedes ya me entienden. Sea
como sea, tenía verdaderamente intención de pa- gar todas las sumas debidas, pero
el único medio que tengo de procurarme dinero es vencer en las carreras. Ahora he
dejado pasar demasiadas, me he descorazonado, he perdido la cabeza y...
ABOGADO. – El acusado reconoce espontáneamente haber perdido la cabeza. Ruego
a la
Corte tome nota.
SMITH. – ¡No me interrumpa! Lo he dicho, pero no con ese sentido. He perdido
la cabeza, he comenzado a jugar en la bolsa, he perdido y me he endeudado. En aquel
período era un chasis lleno de achaques. Notaba continuamente dolores lacerantes
en la pierna izquierda, vahídos, tenía sueños idiotas: yo cosiendo a máquina, yo
haciendo media, yo haciendo puntilla; me hice visitar por psicoanalistas, que inmediatamente
me descubrieron un complejo de Edipo tan sólo porque mi madre cosía a máquina cuando
yo era niño. Fue en aquel período, justamente entonces que era débil Y que apenas
podía valerme, que la Cybernetics Company comenzó a llevarme ante los tribunales.
Los periódicos hablaron de ello y, como consecuencia de las pérfidas calumnias de
las cuales fui objeto, la congregación metodista – yo soy metodista, ¿ saben?– me
cerró las puertas de su iglesia.
ABOGADO. – ¿Se lamenta por esto? ¿Cómo, usted cree en la vida de ultratumba?
SMITH. – Creo, aunque no veo por qué le interesa a usted esto.
ABOGADO. – ¡Me interesa porque Mr. Smith, actualmente, está ya viviendo una
vida de ultratumba, y usted no es sino un infame usurpador!
SMITH. – ¡Mida sus palabras, señor!
JUEZ. – Ruego a las dos partes que mantengan la compostura.
SMITH. – Honorabilísima Corte, mientras me encontraba en tan penosas circunstancias,
la Cybernetics Company me citó a juicio, y cuando sus impúdicas peticiones fueron
rechazadas un individuo sospechoso, un tal Goas, vino a mi encuentro enviado por
el presidente Donovan... aunque esto yo aún no lo sabía. Este tal Goas se hizo pasar
por perito electrónico y me dijo que tan sólo existía un remedio para curar todos
mis sufrimientos, los lacerantes dolores y los vértigos: hacerme «genializar» a
fondo. En el ruinoso estado en el cual me encontraba era imposible pensar en nuevas
carreras automovilísticas. Por tanto, ¿qué otra cosa me quedaba? Acepté, lo reconozco
ante la Honorabilísima Corte. Y Goas, al día siguiente, me condujo a la oficina
de montaje de la Cybernetics...
JUEZ. – ¿Esto significa que se ofreció a llevarle?... SMITH. – Ciertamente.
JUEZ. – ¿Y que se ofreció a introducirlo allí...?
SMITH.– Naturalmente; pero yo, yo, aún no comprendía por qué lo hacían tan
de buen grado, con condiciones de favor y con largos plazos en el pago. ¡Ahora,
por el contrario, lo entiendo perfectamente! Ellos querían, lo declaro ante la Honorabilísima
Corte, que me desembarazase del viejo hemisferio cerebral que todavía me quedaba,
dado que
precedentemente sus peticiones habían sido rechazadas en consideración al
hecho de que el desventurado pedazo original de mi cabeza no habría podido permanecer
con vida por sí mismo sí se me retiraba todo el resto. Y así el tribunal no les
concedió nada. Y es por esto que ellos, aprovechando mi ingenuidad y la debilitación
de mis facultades mentales, pensaron en mandarme a aquel tal Goas, para hacer que
aceptase espontáneamente el sustituir el viejo pedazo de cerebro original, y hacerme
caer en las redes de su diabólica maquinación. Ruego ahora a la Honorabilísima Corte
que examine cuánto vale su razonamiento. Ellos dicen que tienen derecho a tomar
posesión de mi persona. ¿A qué título? Supongamos que alguien adquiera provisiones
a crédito en su proveedor: harina, azúcar, carne... y que después de un cierto tiempo
el tendero intente una acción legal para hacerse reconocer propietario de su deudor,
dado que – según se enseña en medicina – las sustancias de nuestro cuerpo, gracias
a los procesos de naturaleza química, son constantemente renovadas y sustituidas
por los productos alimenticios. Es verdad: transcurridos algunos meses, el deudor
por entero, cabeza, hígado, brazos y piernas comprendidas, se compone de aquellas
grasas, de la leche, de los huevos y de los hidratos de carbono que el tendero le
ha cedido a crédito. Pero, ¿existe en el mundo un tribunal dispuesto a pronunciarse
a favor de este tal tendero? ¿Acaso vivimos en el medioevo, cuando Shylock podía
exigir que su deudor le cediese una libra de su propia carne? ¡Estamos aquí frente
a una situación análoga! En cuanto a mí, ¡yo soy el campeón de carreras Harry Smith
y no una máquina!
PRESIDENTE DONOVAN. – ¡Es falso! ¡Es una máquina!
SMITH. – ¿Ah, sí? ¿Entonces, a quién es, en definitiva, a quién persigue
la Cybernetics?
¿A quién ha sido enviada la citación del tribunal? ¿A una máquina cualquiera
o por el contrario a mí, Harry Smith? Su Señoría, desearía que consintiese en que
la cuestión fuera definitivamente aclarada.
JUEZ.– Mmmm... esto. La citación está dirigida a Harry Smith, Nueva York,
calle 44. SMITH. – ¿Ha oído, Mr. Donovan? Querría además dirigir a Su Señoría una
pregunta
referente al procedimiento: ¿La ley de los Estados Unidos prevé, de una forma
u otra, la posibilidad de querellarse contra una máquina? ¿ Prevé la ley la posibilidad
de citar a una máquina ante los tribunales, de acusarla de algo?
JUEZ. – Veamos... eh... no. ¡No! Esto no lo prevé la ley.
SMITH. – Entonces todo está aclarado. En suma, o yo soy una máquina, y entonces
el desarrollo de este proceso es fundamentalmente imposible, siendo claro que una
máquina no puede ser citada en juicio, o bien no soy una máquina, sino un hombre,
y entonces ¿cuáles son esos derechos que la firma pretende ejercer sobre mi persona?
¿ Debería acaso convertirme en su esclavo? ¿ Trata Mr. Donovan de convertirse en
un propietario de esclavos?
DONOVAN. – ¡Qué insolencia!
SMITH. – ¡Reconózcalo, está en una trampa! En cuanto a los métodos comerciales
a los que recurre esta firma, basta decir lo siguiente: cuando, todavía enfermo,
atornillado y chaveteado a más y mejor, dejé el hospital y me fui a la playa para
respirar un poco de aire puro, una masa de gente me seguía siempre los pasos. Comprendí
inmediatamente el motivo: sobre la espalda me habían impreso «made in the Cybernetics
Company». He debido hacerme borrar la inscripción a mi costa y hacerme remendar
lo mejor posible. ¡Y he aquí que ahora aún quieren perseguirme! Es verdad, el pobre
está siempre expuesto a la cólera del rico, mi padre y mi madre me lo repetían siempre...
PRESIDENTE DONOVAN. – ¡Su padre y su madre son la Cybernetics Company! JUEZ.
– ¡Calma! ¿Ha terminado ya, Mr. Smith?
SMITH. – No. Querría subrayar, en primer lugar, que la firma debería pasarme
una pensión alimenticia, dado que no tengo de qué vivir. La dirección del Automóvil
Club ha anulado mi participación en las carreras panamericanas, hace un mes, apoyándose
en el hecho
de que mi vehículo sería pilotado – así dicen – por un complejo automático
no humano. Pero,
¿quién me ha puesto en estas condiciones? ¡Ellos, la Cybernetics Company,
que ha enviado al Automóvil Club una sucia carta difamatoria! ¿Tratan de sacarme
el pan de la boca? Bueno, que paguen entonces mi manutención y que me suministren
las piezas de recambio. Y no es eso todo: ¡cada vez que debo hablar con ellos, los
empleados de la firma, especialmente los de la dirección, m cubren de insultos!
El presidente Donovan me ha propuesto, para normalizar la situación, una
transacción amistosa: sería suficiente que aceptase figurar como modelo de reclamo.
¡Debería permanecer inmóvil, ocho horas diarias, en su vitrina! Por tal afrenta
y otras similares, me constituyo en parte civil contra la Cybernetics Company. Concluyendo,
pido que la Honorabilísima Corte quiera atentamente escuchar a mi hermano en calidad
de testigo, puesto que él conoce perfecta–mente todos los particulares de la causa.
ABOGADO. – Su Señoría, me opongo. El hermano del acusado no puede comparecer
en calidad de testigo.
JUEZ. – ¿Tal vez a causa de la consanguinidad?
ABOGADO. – Sí... y no. La razón exacta es que el hermano del acusado fue
víctima, la semana pasada, de un accidente aéreo.
JUEZ.– Ah... ¿Y no puede comparecer ante la Corte? HERMANO DE SMITH. – ¡Sí
puedo, estoy aquí!
ABOGADO. – Puede, pero el hecho es que el accidente ha tenido para él consecuencias
trágicas. Nuestra firma, a consecuencia de las órdenes llegadas a través de su esposa,
ha debido proceder a la «genialización» y puesta a punto de un nuevo hermano del
acusado...
JUEZ. – ¿Un nuevo qué?
ABOGADO. – Un nuevo hermano, que al mismo tiempo es el marido de la ex–viuda.
JUEZ. – Ah...
SMITH. – ¿Pero qué importa esto? ¿Por qué no puede testificar mi hermano?
¡Mi cuñada ha saldado la factura al contado!
JUEZ. – Silencio, por favor. Vista la necesidad de proceder al examen de
estos elementos complementarios, ordeno el aplazamiento de la causa...
FIN

