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Libro N° 14715. La Política Y El Lenguaje Inglés. Orwell, George.

Guillermo Molina Miranda mayo 20, 2026


© Libro N° 14715. La Política Y El Lenguaje Inglés. Orwell, George. Emancipación. Enero 17 de 2026

 

Título Original: © La Política Y El Lenguaje Inglés. George Orwell

 

Versión Original: © La Política Y El Lenguaje Inglés. George Orwell

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

LA POLÍTICA Y EL LENGUAJE INGLÉS

George Orwell


 

 

La Política Y El Lenguaje Inglés

George Orwell

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Política Y El Lenguaje Inglés

George Orwell

1946

 

 

Publicado en 1946, este ensayo  de Orwell es un clásico del pen- samiento político y la literatura del siglo XX. Poco traducido por sus dificultades intrínsecas, lo presentamos a los lectores en una nueva y luminosa versión de Alberto Supelano (con revisiones de Joe Miró).

 

La mayoría de las personas que de algún modo  se preocupan  por el tema admitiría que el lenguaje va por mal camino, pero por lo general suponen que mediante la acción consciente no podemos hacer nada para remediarlo. Nues- tra civilización está en decadencia y nuestro lenguaje —así se argumenta— debe compartir inevitablemente el derrumbe general. De aquí se deriva que toda lucha contra  el abuso del lenguaje   es un arcaísmo sentimental,  como cuando se prefieren  las velas a la luz eléctrica o los cabriolés a los aeroplanos. Bajo todo esto yace la creencia semiconsciente de que el lenguaje  es un des- arrollo natural y no un instrumento al que damos forma para nuestros propios propósitos.

 

Ahora bien, es claro que la decadencia de un lenguaje debe tener finalmen- te causas políticas y económicas: no se debe simplemente a la mala influencia de este o aquel escritor. Pero un efecto se puede convertir en causa, reforzar la causa original y producir el mismo efecto de manera más intensa y así sucesi- vamente. Un hombre  puede beber porque piensa que es un fracasado y luego fracasar por completo debido a que bebe. Algo semejante está sucediendo con el lenguaje inglés.  Se ha vuelto feo e impreciso  porque nuestros pensamientos son necios, pero la dejadez de nuestro lenguaje hace más fácil que pensemos necedades. Lo importante es que el proceso  es reversible. El inglés moderno, en especial el inglés escrito, está plagado de malos hábitos  que se difunden por imitación y que podemos evitar si estamos dispuestos a tomarnos la molestia. Si nos liberamos de estos hábitos podemos pensar con más claridad y pensar con claridad es un primer paso hacia la regeneración política: de modo que la lucha contra el mal inglés no es una preocupación frívola y exclusiva de los escritores profesionales. Volveré sobre esto y espero que, en su momento, sea más claro el significado de lo que he dicho hasta aquí. Entre tanto, he aquí cinco especímenes del lenguaje inglés tal como se escribe habitualmente.

 

No elegí estos cinco pasajes porque fueran especialmente malos —podría haber citado otros mucho peores si lo hubiese querido— sino porque ilustran algunos de los vicios mentales que hoy padecemos. Están un poco por debajo del promedio, pero son ejemplos bastante representativos. Los numero para que pueda remitirme a ellos cuando  sea necesario:

 

 

1. De hecho, no estoy seguro de que no sea válido decir que el Milton que alguna vez parecía no ser diferente de un Shelley del siglo XVII no se convirtiera, a partir de una experiencia siempre más amarga cada año, más ajena [sic] al fundador de esa secta jesuita que nada podía inducirlo a tolerar.

Profesor Harold Laski, (Ensayo sobre la libertad de expresión ).

 

2. Por encima de todo, no podemos hacer saltar una piedra sobre el agua con una batería nativa de modismos que prescribe tolerar colocaciones egregias de vocablos como las del inglés básico dejar que pase en vez de tolerar o dejar perdido en vez de desconcertar.

Profesor Lancelot Hogben, (Interglossia ).

 

3. Por una parte, tenemos la libre personalidad: por definición ésta no es neurótica,  pues no tiene conflictos ni sueños. Sus deseos, tal como son, son transparentes, pues son justamente  lo que la aprobación institucional mantiene en el primer plano de la consciencia; otro modelo institucional alteraría su número e intensidad;  hay poco en ellos que sea natural, irre- ducible o culturalmente peligroso. Pero, por otra parte, el vínculo social no es más que el reflejo mutuo de estas integridades autoprotegidas. Re- cordemos la definición de amor. ¿No es éste el retrato de un académico menor? ¿Dónde hay lugar en esta sala de espejos para la personalidad o la fraternidad?

Ensayo sobre la psicología en Politics, (Nueva York).

 

4. Todas las «excelentes personas» de los clubes de caballeros, y todos los capitanes fascistas frenéticos, unidos en su odio común al socialismo y en el horror bestial a la marea creciente del movimiento de masas revolucio- nario, han recurrido a acciones provocadoras,  a discursos incendiarios, a leyendas medievales de pozos envenenados, para legalizar la destruc- ción de las organizaciones proletarias, y para despertar en la pequeña burguesía agitada el fervor chauvinista en nombre de la lucha contra la salida revolucionaria de la crisis.

Panfleto comunista.

 

5. Si se  ha de infundir un nuevo espíritu en este  vetusto país, hay que abordar una reforma espinosa y contenciosa, la de la humanización y la galvanización  de la BBC. Aquí, la timidez revelará el cáncer y la atrofia del alma. El corazón de Gran Bretaña puede estar sano y latir con fuerza, por ejemplo, pero el rugido del león británico es, en el presente, como el de Berbiquí  en El Sueño de una Noche de Verano de Shakespeare, —tan suave como el arrullo de una paloma—. La nueva Gran Bretaña viril no se puede  seguir traduciendo indefinidamente a los ojos o, mejor, a los oídos del mundo mediante las languideces estériles de Langham Palace, disfrazadas desvergonzadamente de «inglés estándar». ¡Cuando la Voz de Gran Bretaña se escucha  a las nueve en punto, es de lejos mejor e infinitamente menos ridículo escuchar haches eliminadas honestamente1 que los actuales sonsonetes melifluos,  afectados, inflados  e inhibidos de esas doncellas virginales que murmuran tímidamente «¡Yo no fui!»

De una carta al Tribune.

 

Cada uno de estos pasajes tiene faltas propias, pero, además de la fealdad evitable, tienen dos cualidades comunes. La primera, las imágenes trilladas; la segunda, la falta de precisión. O el escritor tiene un significado y no puede expresarlo o dice inadvertidamente otra cosa o le es casi indiferente que sus pa- labras tengan o no significado. Esta mezcla de vaguedad y pura incompetencia

 

1 Una de las características del inglés de la gente poco culta es no pronuciar la hache aspirada al principio de las palabras es la característica más notoria de la prosa inglesa moderna y en particular de toda  clase de escritos políticos. Tan pronto se  tocan  ciertos asuntos, lo concreto  se disuelve  en lo abstracto y nadie parece  capaz de emplear giros del lenguaje que no sean trillados: la prosa emplea menos y menos palabras elegidas a causa de su significado y más y más expresiones unidas como las secciones de un gallinero prefabricado. A continuación  enumero, con notas y ejemplos, algunos de los trucos mediante los que se acostumbra evadir la tarea de componer la prosa:

 

Metáforas moribundas. Una metáfora que se acaba  de inventar ayuda al pensamiento  evocando una imagen visual, mientras que una metáfora técnicamente «muerta» (por ejemplo, una férrea determinación ) se ha convertido en un giro ordinario y por lo general se puede  usar  sin pér- dida de vivacidad. Pero entre estas dos clases hay un enorme vertedero de metáforas gastadas que han perdido todo poder evocador y que se usan tan sólo porque evitan a las personas el problema de inventar sus propias frases. Veamos algunos ejemplos: doblar las campanas por, blan- dir el garrote, mantener a raya, pisotear los derechos ajenos,  marchar hombro con hombro, hacerle la jugada a, no casar pelea, echar grano al molino, pescar en río revuelto, al orden del día, el talón de Aquiles,  can- to del cisne, estercolero. Muchas de ellas se usan sin saber su significado (¿qué  es una falla, por ejemplo?) y muchas  veces se mezclan  metáforas incompatibles, un signo seguro de que el escritor no está interesado en lo que dice. Algunas metáforas que hoy son comunes  se han alejado de su significado original sin que quienes las usan sean conscientes de ese hecho. Por ejemplo, mantener a raya a veces se confunde  con trazar la raya 2. Otro ejemplo  es el de el martillo y el yunque, que hoy siempre  se usa con la implicación  de que el yunque recibe la peor parte. En la vida real es siempre  el yunque el que rompe el martillo, nunca al contrario: un escritor que se detuviese   a pensar en lo que está diciendo evitaría pervertir la expresión original.

 

Operadores o extensiones verbales falsas. Éstas evitan el problema de elegir los verbos y sustantivos apropiados, y al mismo tiempo atiborran

 

2 Este cambio es de difícil traducción. En el original inglés las matáforas son toe the line y tow the line ; las palabras toe y tow difieren en sólo una letra y se pronuncian exactamente igual, lo que explica la facilidad de la confusión cada oración con sílabas adicionales que le dan una apariencia de sime- tría. Algunas expresiones características son volver no operativo, militar contra, hacer contacto con, estar sujeto a, dar lugar a, dar pie a, tener el efecto de, cumplir un papel (rol)  principal en, hacerse sentir, surtir efecto, exhibir la tendencia a, servir el propósito de, etc. El principio básico  es eliminar los verbos simples. En vez de una sola palabra, como romper, detener, deteriorar, remendar, matar, un verbo  se convierte en una frase, formada por un sustantivo o un adjetivo pegado a un verbo de propósito general, como resultar, servir, formar, desempeñar, volver. Además, donde sea posible,  se prefiere usar la voz pasiva a la voz activa, y construcciones sustantivadas en vez de gerundios (mediante el examen en vez de examinando).  La gama de verbos se restringe aún más usando formas verbales que terminan en izar o empiezan con des y se da a las afirmaciones triviales una apariencia de profundidad empleando expre- siones que empiezan por no seguido del antónimo de un concepto en vez de usar el concepto, como no ser diferente en vez de ser parecido. Las conjunciones y preposiciones  simples  se sustituyen por expresiones tales como con respecto a, teniendo en consideración  que, el hecho de que, a fuerza de, en vista de, en interés de, de acuerdo con la hipótesis según la cual ; y se evita terminar las oraciones con un anticlímax mediante expresiones comunes tan resonantes como tan deseado, no se puede  de- jar de tener en cuenta, un desarrollo que se espera en el futuro cercano, merecedor de seria consideración,  llevado a una conclusión satisfactoria, etc.

 

Dicción pretenciosa. Palabras como fenómeno, elemento, individual (como sustantivo), objetivo, categórico, efectivo, virtual, básico, primario, pro- mover, constituir, exhibir, explotar, utilizar, eliminar, liquidar, se usan para adornar una afirmación simple  y dar un tono de imparcialidad científica a juicios sesgados. Adjetivos como epocal 3, épico, histórico, in- olvidable, triunfante, antiguo, inevitable, inexorable,  acreditado,  se usan para dignificar el sórdido proceso de la política internacional, mientras que los escritos que glorifican la guerra adoptan un tono arcaico y sus palabras características son: dominio, trono, carroza, mano armada, tri- dente, espada, escudo, coraza, bandera, bota, corneta. Se usan palabras y expresiones extranjeras,  como cul de sac, ancien régime, deus ex ma- china, mutatis mutandis, statu quo, Gleichschaltung, Weltanschauung para dar un aire de cultura y elegancia.

 

_________________

3 Epoch-making, en el original. Aunque en castellano  esta expresión no es un adjetivo, se eligió este neobarbarismo de uso frecuente en algunas traducciones de textos ingleses de historia y sociología de la ciencia.

 

 

Salvo las abreviaturas útiles i.e., e.g.4 y etc., no hay ninguna necesidad real de los centenares de locucio- nes extranjeras que hoy son corrientes en el lenguaje inglés. Los malos escritores, en especial los escritores científicos, políticos y sociológicos, casi siempre están obsesionados por la idea de que las palabras latinas o griegas son más grandiosas  que las sajonas, y palabras innecesarias como expedito, aliviar,  predecir,  extrínseco, desarraigado, clandestino, subacuático  y otros cientos más ganan terreno sobre las anglosajonas. La jerga peculiar de los escritos marxistas  (hiena, verdugo, caníbal, pe- queño burgués, estos hidalgos,  lacayo, adulador, perro rabioso, guardia blanco, etc.) está integrada  por palabras traducidas del ruso, el alemán o el francés; pero la manera normal de acuñar una nueva palabra  es usar la raíz latina o griega con la partícula apropiada y, donde  sea necesa- rio, el sufijo izar. A menudo  es más fácil formar palabras de esta clase (desregionalizar, impermisible,  extramarital, no fragmentario, etc.) que pensar palabras  inglesas que tengan ese significado.  El resultado  es, en general, un aumento de la dejadez y la vaguedad.

 

Palabras sin sentido. En ciertos escritos, en particular los de crítica de arte y de crítica literaria, es normal encontrar largos pasajes que carecen casi totalmente  de significado. Palabras como romántico, plástico, valores, humano, muerto, sentimental, natural, vitalidad, tal como se  usan en crítica de arte, son estrictamente  un sinsentido, por cuanto no sólo no señalan un objeto que se pueda descubrir,  sino que ni siquiera  se espera que el lector lo descubra. Cuando un crítico escribe «El rasgo sobresa- liente de la obra del señor X es su cualidad vital», mientras que otro escribe «Lo que atrae de inmediato la atención en la obra del señor X es su tono mortecino peculiar», el lector acepta esto como una simple diferencia de opinión. Si  se emplearan   palabras  como negro y blanco, en vez de los términos de jerga vida y muerte, se vería en seguida que

 

4 Abreviaturas provenientes del latín y usuales en inglés. La abreviatura i.e. viene de id est: esto es; y e.g., de exempli gratia: por ejemplo el lenguaje  se está usando de manera impropia. Se abusa asimismo  de muchos términos políticos. El término fascismo hoy no tiene ningún sig- nificado excepto en cuanto significa  «algo no deseable». Las palabras democracia, socialismo, libertad, patriótico, realista, justicia tienen va- rios significados diferentes que no se pueden  reconciliar entre sí. En el caso de una palabra como democracia,  no sólo no hay una definición aceptada sino que el esfuerzo por encontrarle una choca con la oposición de todos los bandos. Se piensa casi universalmente que cuando llamamos democrático a un país lo estamos elogiando; por ello, los defensores de cualquier tipo de régimen afirman que es una democracia, y temen que tengan que dejar de usar esa palabra  si se le da un claro significado. Las palabras de este tipo se emplean  a menudo de forma deliberadamente deshonesta. Es decir, la persona que las usa tiene su propia definición privada, pero permite que su oyente piense que quiere decir algo bastan- te diferente.  Declaraciones como «El Mariscal Pétain era un verdadero patriota», «La prensa soviética  es la más libre del mundo», «La Iglesia Católica se opone  a la persecución» casi siempre tienen la intención de engañar. Otras palabras que se emplean  con significados variables, en la mayoría de los casos con mayor o menor deshonestidad  son: clase, totalitario, ciencia, progresista, reaccionario, burgués, igualdad.

 

Después de haber expuesto este catálogo de estafas y perversiones, permí- tanme dar otro ejemplo del tipo de escritura a las que llevan. Esta vez, por su naturaleza,  debe ser un ejemplo imaginario. Voy a traducir un pasaje de buen inglés en inglés moderno de la peor especie. He aquí un verso muy conocido del Eclesiastés :

 

Retorné; y observé que bajo el sol ni la ventaja en la carrera es de los ligeros, ni de los valientes la victoria en la guerra, ni el pan para los sabios, ni para los doctos las riquezas, ni de los peritos en las artes  es el crédito; sino que todo se hace como  por azar y a la ventura.

 

Helo aquí en inglés moderno:

 

Las consideraciones  objetivas  de los  fenómenos  contemporáneos compelen a la conclusión de que el éxito o el fracaso en las actividades competitivas no exhibe ninguna tendencia conmensurable con la capacidad innata, sino que un notable elemento de lo im- previsible  debe tenerse invariablemente en cuenta.

 

Ésta es una parodia, pero no muy tosca. El caso 3 mostrado anteriormente, por ejemplo, contiene varios retazos de ese mismo tipo de inglés. Verán que no hice una traducción completa. El principio y el final de la frase siguen el sentido original muy de cerca, pero en el medio las ilustraciones concretas — carrera, guerra, pan—  se disuelven en expresiones vagas como «éxito o fracaso en las actividades  competitivas». Esto tenía que ser así, porque ninguno de los escritores modernos que estoy examinando —ninguno  capaz de usar frases como «las consideraciones objetivas de los fenómenos contemporáneos»— ex- presaría sus pensamientos  en esa forma tan precisa y detallada. La tendencia general de la prosa moderna   es alejarse de la concreción. Ahora analicemos estas dos oraciones un poco más de cerca. La primera consta de 60 palabras y sólo 93 sílabas, y todas sus palabras   se usan en la vida cotidiana. La se- gunda consta de 44 palabras y 108 sílabas: muchas de ellas tienen raíz latina y algunas griega. La primera frase contiene seis imágenes  vívidas, y sólo una expresión («azar y a la ventura») que se puede  llamar vaga. La segunda no contiene ni una sola expresión fresca, llamativa y a pesar de sus más de 100 sílabas sólo da una versión recortada del significado de la primera. Pero es sin una duda el segundo tipo de expresiones el que está ganando terreno en el inglés moderno. No quiero exagerar. Este tipo de escritura no es aún universal y brotes de simplicidad aparecen aquí y allá en la página peor escrita. Sin embargo, si a usted o a mí nos pidieran que escribiéramos unas líneas sobre la incertidumbre del destino humano es probable  que estuviéramos más cerca de mi frase imaginaria que del Eclesiastés.

 

Como he intentado mostrar, lo peor de la escritura moderna no consiste en elegir las palabras a causa de su significado  e inventar imágenes para ha- cer más claro el significado. Consiste  en pegar largas tiras de palabras cuyo orden ya fijó algún otro y hacer presentables los resultados mediante trucos. El atractivo de esta forma de escritura es que es fácil. Es más fácil —y más rápido, una vez se tiene el hábito— decir «En mi opinión no es un supuesto injustificable» que decir «Pienso». Si usted usa frases hechas, no sólo no tiene que buscar las palabras; tampoco se debe preocupar por el ritmo de las ora- ciones, puesto que por lo general ya tienen un orden más o menos eufónico.

 

Cuando  se redacta de prisa —cuando  se dicta a un taquígrafo, por ejemplo, o se hace un discurso público— es natural caer en un estilo latinizado y pre- tencioso. Muletillas como «una consideración  que debemos tener en mente» o

«una conclusión con la que todos estaríamos de acuerdo» salvarán a muchas frases de de tener un final brusco. El empleo de metáforas, símiles y modismos trillados ahorra mucho esfuerzo mental, a costa de que el significado  sea vago, no sólo para el lector sino también para el que escribe. Ésta es la importancia de la mezcla de metáforas. El único fin de una metáfora  es evocar una imagen visual. Cuando estas imágenes chocan —como  «El pulpo fascista entonó su canto del cisne», «la bota militar fue arrojada al crisol»— se puede  dar por cierto que el autor no está viendo la imagen mental de los objetos que está nombrando; en otras palabras, que no está pensando realmente. Veamos de nuevo los ejemplos que presenté al comienzo de este ensayo. El profesor Laski (1) usa cinco negativos en 54 palabras. Uno de éstos es superfluo  y quita sen- tido a todo el pasaje, y además hay un desliz —ajeno por afín— que agrava el sinsentido, y varias muestras evitables de torpeza que aumentan la vaguedad general. El profesor Hogben (2) hace saltar  una piedra en el agua con una batería capaz de prescribir reglas, y, al tiempo que desaprueba la expresión cotidiana dejar que pase, no está dispuesto a buscar egregio en el dicciona- rio para ver qué significa; En (3), si se adopta una actitud poco caritativa, simplemente  carece  de sentido:  tal vez  se podría desentrañar  su significado intencional leyendo todo el artículo en el que aparece. En (4) el autor sabe más o menos lo que quiere decir, pero la acumulación  de frases trilladas ahoga el sentido como la hojas de té obstruyen un fregadero. En (5) las palabras y el significado  casi no guardan relación. La gente que escribe de esta manera manifiesta un significado emocional general —detesta una cosa y quiere ex- presar solidaridad con otra— pero no está interesada en los detalles de lo que está diciendo. Un escritor cuidadoso, en cada oración que escribe, se hace al menos cuatro preguntas, a saber:

 

 

1. ¿Qué intento decir?

 

2. ¿Qué palabras lo expresan?

 

3. ¿Qué imagen o modismo lo hace más claro?

 

4. ¿Es esta imagen lo suficientemente fresca para producir efecto?

 

Y probablemente  se haga dos más:

 

 

1. ¿Puedo ser más breve?

 

2. ¿Dije algo evitablemente feo?

 

 

Pero usted no está obligado a encarar todo este problema.  Puede evadirlo dejando la mente  abierta y permitiendo que las frases hechas  lleguen y se agolpen. Ellas  construirán las  oraciones  por usted —y, hasta  cierto punto, incluso  pensarán sus pensamientos por usted— y si es necesario le prestarán el importante servicio de ocultar parcialmente su significado, incluso a usted mismo. A estas alturas, la conexión especial entre política y degradación del lenguaje  se torna clara.

 

En nuestra  época es una verdad  general que los escritos políticos son malos escritos. Cuando no es así, el escritor es algún rebelde  que expresa sus opi- niones privadas y no la «línea del partido». La ortodoxia, cualquiera  que sea su color, parece exigir un estilo imitativo  y sin vida. Los dialectos políticos que aparecen en panfletos, artículos editoriales, manifiestos, libros blancos y discursos de los subsecretarios varían, por supuesto, entre un partido y otro, pero todos se asemejan  en que casi nunca emplean giros de lenguaje nuevos, vívidos,  hechos en casa. Cuando un escritorzuelo repite mecánicamente frases trilladas en la tribuna —bestial, atrocidades, talón de hierro, tiranía sangrien- ta, pueblos libres del mundo, marchar  hombro con hombro— se tiene el extraño sentimiento de no estar viendo a un ser humano vivo sino a una especie de marioneta: un sentimiento que se torna más intenso en los momentos en que la luz ilumina los anteojos del orador y se ven como discos vacíos detrás de los cuales no parece haber ojos. Y esto no es del todo extravagante. Un ora- dor que emplea esa fraseología  ha hecho parte del camino para convertirse en una máquina. De su laringe salen los ruidos apropiados, pero su cerebro no está comprometido  como lo estaría si eligiese sus palabras  por sí mismo. Si el discurso que está haciendo  es un discurso que acostumbra  hacer una y otra vez, puede ser casi inconsciente de lo que está diciendo,  como quien entona letanías en la iglesia. Y este  reducido estado  de consciencia, aunque no es indispensable,  es de todos modos favorable para la conformidad política.

 

En nuestra época, el lenguaje y los escritos políticos son ante todo una defensa de lo indefendible.  Cosas como la continuación del dominio británico en la India, las purgas y deportaciones rusas, el lanzamiento de las bombas atómicas en Japón,  se pueden efectivamente defender, pero sólo con argumen- tos que son demasiado  brutales para que la mayoría de las personas puedan enfrentarse a ellas y que son incompatibles con los fines que profesan los par- tidos políticos. Por tanto, el lenguaje político debe consistir principalmente de eufemismos, peticiones de principio y vaguedades  oscuras.  Se bombardean poblados indefensos desde el aire, sus habitantes son arrastrados al campo por la fuerza,  se ametralla al ganado,  se arrasan las chozas con balas incendiarias: y a esto se le llama pacificación.  Se despoja a millones de campesinos de sus tierras y se los  lanza a los caminos sin nada más de lo que puedan cargar a sus espaldas: y a esto  se le llama traslado de población o rectificación de las fronteras. Se encarcela  sin juicio a la gente durante años o se le dispara en la nuca o se la manda a morir de escorbuto en los campamentos madereros del Ártico: y a esto se le llama eliminación de elementos indignos de confianza. Dicha fraseología es necesaria  cuando  se quiere  nombrar las cosas sin evocar sus imágenes mentales. Veamos, por ejemplo, a un cómodo profesor inglés que defiende el totalitarismo ruso. No puede decir francamente:  «Creo en el asesi- nato de los opositores  cuando se pueden obtener  así buenos resultados».  Por consiguiente, quizá diga algo como esto:

 

«Aunque aceptamos que el régimen soviético exhibe ciertos  ras- gos que un humanista se inclinaría a deplorar, creo que debemos acordar que cierto recorte de los derechos de la oposición políti- ca es una consecuencia inevitable de los períodos de transición y que los rigores que el pueblo ruso ha tenido que soportar han sido ampliamente justificados en el ámbito de las resultados concretos conseguidos.»

 

El estilo inflado es en sí mismo un tipo de eufemismo. Una masa de pala- bras latinas cae sobre los hechos como nieve blanda, difumina los contornos y sepulta todos los detalles. El gran enemigo del lenguaje claro es la falta de sinceridad. Cuando hay una brecha entre los objetivos reales y los declara- dos, se emplean  casi instintivamente palabras largas y modismos desgastados, como un pulpo que expulsa tinta para ocultarse. En nuestra época no es po- sible «mantenerse alejado de la política». Todos los problemas son problemas políticos y la política es una masa de mentiras, evasiones, locura, odio y esquizofrenia. Cuando la atmósfera general es perjudicial, el lenguaje debe padecer. Podría conjeturar —una suposición que no puedo confirmar con mis insuficien- tes conocimientos—  que los lenguajes alemán, ruso e italiano se deterioraron en los últimos diez o quince años como resultado de la dictadura.

 

Pero si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento. Un mal uso se puede difundir por tradición e imi- tación incluso entre personas que deberían saber y obrar mejor. El lenguaje degradado que he examinado  es, en cierta forma, muy conveniente. Expresio- nes como un supuesto no injustificable, una consideración que siempre debemos tener en mente, dejan mucho que desear, no cumplen un buen propósito, son una tentación continua, una caja de aspirinas siempre al alcance de la mano. Relea este ensayo, y con toda seguridad encontrará  que una y otra  vez he cometido las mismas faltas contra las que he protestado. En el correo de esta mañana recibí un panfleto sobre las condiciones en Alemania. El autor me decía que se «sintió impulsado» a escribirlo. Lo abrí al azar y ésta es la pri- mera frase que leí: « [Los Aliados] no sólo tienen la oportunidad de lograr una transformación radical de la estructura social y política de Alemania de tal manera que eviten una reacción nacionalista en la misma Alemania, sino que al mismo tiempo pueden sentar los fundamentos de una Europa cooperativa y unificada».  Cuando se lee que se «sintió impulsado» a escribir  es de presumir que tiene algo nuevo que decir, pero sus palabras, como corceles de caballe- ría que responden a la corneta, se juntan automáticamente en una alineación monótonamente familiar. Esta invasión de la mente por frases hechas («sentar los fundamentos», «lograr una transformación radical») sólo se puede  evitar si se está continuamente  en guardia contra ellas, y cada una de esas frases anestesia una parte del cerebro.

 

Dije antes que la decadencia de nuestro lenguaje es remediable.  Quienes lo niegan argumentarían, en caso de que argumentasen  algo, que el lenguaje simplemente refleja las condiciones sociales existentes  y que no podemos in- fluir en su desarrollo directamente, retocando palabras y construcciones. Así puede suceder con el tono o espíritu general de un lenguaje, pero no es verdad para sus detalles. Las palabras y las expresiones necias suelen desaparecer, no mediante  un proceso evolutivo sino a causa de la acción consciente  de una minoría. Dos ejemplos recientes son «explorar todas las avenidas» y «no dejar piedra sobre piedra», que fueron liquidadas por las burlas de algunos periodistas. Hay una larga lista de metáforas corruptas que también desaparecerían si un buen número de personas se empeñara en esa tarea; y debería ser posible burlarse  de la formación no + antónimo hasta que deje de existir, reducir la cantidad de latín y griego en la frase promedio,  excluir las locuciones ex- tranjeras y las palabras científicas perdidas, y, en general, lograr que el tono pretencioso  pase de moda. Pero todos éstos son puntos menores. La defensa del lenguaje inglés implica más que esto, y quizás  es mejor empezar diciendo lo que no implica.

 

Para empezar, nada tiene que ver con el arcaísmo,  con la preservación de palabras y giros obsoletos del lenguaje, ni con la creación de un «inglés estándar» del que nunca deberíamos apartarnos. Por el contrario, tiene mucho que ver con desechar toda palabra o modismo  que se ha desgastado y perdido su utilidad. Nada tiene que ver con la gramática ni con la sintaxis correctas, que carecen  de importancia cuando  se expresa  claramente  el significado, ni con la eliminación de los americanismos, ni con tener lo que se denomina  una «buena prosa». Por otra parte, no se  trata de fingir una falsa simplicidad ni de escribir en inglés coloquial. Ni siquiera implica preferir en todos  los casos la palabra sajona a la latina, aunque sí implica usar el menor número y las más breves palabras que cubran el significado. Lo que se necesita,  por encima de todo, es dejar que el significado elija la palabra y no al revés. En prosa, lo peor que se puede hacer con las palabras es rendirse  a ellas. Cuando usted piensa  en un objeto  concreto, piensa sin palabras, y luego, si quiere describir lo que ha visualizado, quizá busque hasta encontrar las palabras exactas que concuerdan con ese objeto. Cuando piensa en algo abstracto se inclina más a usar palabras  desde el comienzo y salvo que haga un esfuerzo consciente para evitarlo, el dialecto existente vendrá de golpe y hará la tarea por usted, a expensas de difuminar e incluso alterar su significado. Quizá sea mejor que evite usar palabras en la medida de lo posible y logre un significado tan claro como pueda mediante imágenes y sensaciones. Después puede elegir

—no simplemente aceptar—  las expresiones que cubran mejor el significado, y luego ponerse en el lugar del lector y decidir qué impresiones  producen en él las palabras que ha elegido. Este último esfuerzo de la mente suprime todas las imágenes desgastadas o confusas, todas las frases prefabricadas, las repeticiones innecesarias y los trucos y vaguedades. Pero a menudo uno puede dudar sobre el efecto de una palabra o una expresión y necesita reglas en las que pueda confiar cuando falla el instinto. Pienso que las reglas siguientescubren la mayoría de los casos:

 

 

1. Nunca use una metáfora, un símil u otra figura gramatical  que suela ver impresa.

 

2. Nunca use una palabra larga donde pueda usar una corta.

 

3. Si es posible  suprimir una palabra, suprímala siempre.

 

4. Nunca use la voz pasiva cuando pueda usar la voz activa.

 

5. Nunca use una locución extranjera, una palabra científica o un término de jerga si puede encontrar un equivalente del inglés cotidiano.

 

6. Rompa cualquiera de estas reglas antes de decir una barbaridad.

 

 

Estas reglas parecen elementales, y lo son, pero exigen un profundo cambio de actitud en todos aquellos que se han acostumbrado a escribir en el estilo que hoy está de moda. Uno puede cumplir todas ellas y aun así escribir un mal inglés, pero no podría escribir  el tipo  de cosas que  cité en esos  cinco especímenes al comienzo de este artículo.

 

No he considerado el uso literario del lenguaje, tan sólo el lenguaje como instrumento para expresar y no ocultar o evitar el pensamiento. Stuart Chase y otros  han llegado a afirmar que todas  las palabras  abstractas  carecen de sentido y han usado esto como pretexto para defender una especie de quie- tismo político. Si no sabe qué es el fascismo,  ¿cómo puede luchar contra el fascismo? Uno no tiene que tragarse absurdos como éste, pero ha de reconocer que el actual caos político está ligado a la decadencia del lenguaje y que quizá puede aportar alguna mejora empezando por el aspecto verbal. Si simplifica su inglés,  se libera de las peores tonterías de la ortodoxia. No puede hablar ninguno de los dialectos necesarios y cuando haga un comentario estúpido su estupidez  se tornará obvia, incluso para usted mismo. El lenguaje político — y, con variaciones, esto es verdad para todos los partidos políticos, desde los conservadores hasta los anarquistas—  está diseñado para lograr que las men- tiras parezcan verdades y el asesinato respetable, y para dar una apariencia de solidez al mero viento. Uno no puede cambiar esto en un instante, pero puede cambiar los hábitos personales y de vez en cuando puede incluso, si se burla en voz bastante alta, lanzar alguna frase trillada e inútil —alguna bota militar, talón de Aquiles, crisol, prueba ácida, verdadero infierno, o algún otro desecho o residuo verbal— a la basura,  que es donde pertenece.

 



FIN

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