Libro N° 14711. La Ambición Del Forastero. Hawthorne, Nathaniel
© Libro N° 14711. La Ambición Del Forastero. Hawthorne, Nathaniel. Emancipación. Enero 17 de 2026
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LA AMBICIÓN DEL FORASTERO
Nathaniel Hawthorne
La Ambición
Del Forastero
Nathaniel Hawthorne
La Ambición
Del Forastero
Nathaniel
Hawthorne
Cuento
Este suceso se inició al caer la tarde de un día de
septiembre. En aquel momento se hallaba la familia congregada alrededor de la
lumbre del hogar, mantenido con piñas secas, maderos robados por las
torrenteras de las montañas y troncos de los árboles tronchados por el viento.
Los padres de aquella familia reflejaban en sus rostros una alegría serena; los
niños reían; la hija mayor, a los diecisiete años, era una imagen viva de la
felicidad, y la abuela, acomodada en el mejor lugar, y aplicada a su calceta,
era, como la hija mayor, una imagen repetida de la felicidad, sólo que en el
invierno de la vida. Todos los allí reunidos habían llegado a puerto de reposo
en el lugar más horrible de Nueva Inglaterra. La familia vivía en el Tajo de
las Montañas Blancas, donde el viento corría con violencia los 365 días del año
y llevaban en su entraña, en el invierno, un frío de acero que descargaba
despiadado sobre la casa de madera en su paso al valle del Saco. El lugar donde
la familia había construido su hogar era frío, y, además de frío, amenazado por
un constante peligro. Por encima de sus cabezas se alzaba, en efecto, una
enorme montaña tan escarpada y agreste, que las piedras se desprendían con
frecuencia, y rodando con estrépito desde lo alto, los sobresaltaban en la
noche.
La muchacha acababa de decir algo chistoso, que
había provocado la risa de toda la familia, cuando el viento que corría a
través del Tajo pareció detenerse ante la casa, sacudiendo la puerta con un
lamento infinito antes de continuar hacia el valle. Aunque nada extraordinario
representaba aquella violencia, la familia se sintió un momento sobrecogida. Ya
volvía a resurgir la alegría en sus rostros, cuando pudieron oír que el
picaporte de la puerta de entrada era alzado desde fuera, tal vez por algún transeúnte,
cuyos pasos hubieran sido ahogados por el bramido del viento coincidente con su
llegada.
Aunque vivían en aquella soledad, los miembros de
la familia tenían ocasión de relacionarse a diario con el mundo exterior. El
romántico paso del Tajo es una gran arteria a través de la cual discurre
constantemente la sangre y la vida del comercio interior entre Maine, por un
lado, y las Montañas Verdes y las orillas del San Lorenzo por el otro. La
diligencia pasaba habitualmente por la puerta de la casa, y los caminantes, sin
más compañía que su bastón, se detenían aquí para cambiar algunas palabras, a
fin de que el sentimiento de la soledad no les acobardase antes de atravesar el
desfiladero o alcanzar la primera casa del valle. También el tratante en camino
hacia el mercado de Portland hacía un alto allí para pernoctar, y se sentaba al
calor de la lumbre algún rato más de lo corriente, si era soltero, con la
esperanza de robar un beso a la hija de la casa al partir. La morada de la
familia era, en efecto, una de aquellas posadas primitivas en las que el
viajero pagaba sólo por la comida y la cama, recibiendo, a cambio, una acogida
imposible de pagar con todo el oro del mundo. Por eso, cuando se oyeron los
pasos del desconocido entre la puerta de fuera y la de la habitación, toda la
familia se puso en pie, la abuela, los niños y todos los demás, como si se
dispusieran a dar la bienvenida a alguien de la familia, a cuyo destino se
hallara vinculado el suyo propio.
La puerta se abrió y dio paso a un hombre joven. Al
principio, su rostro se hallaba cubierto por la expresión de melancolía y casi
desesperación del que camina solo y al oscurecer por un lugar abrupto y
siniestro, pero pronto sus rasgos cobraron brillo y serenidad al comprobar la
cordial acogida con que se le recibía. Su corazón parecía querer saltarle del
pecho hacia todos los allí reunidos, desde la anciana que secaba una silla con
su delantal, hasta el niño que le tendía los brazos. Una mirada y una sonrisa
colocaron en seguida al desconocido en un pie de inocente familiaridad con la
mayor de las hijas.
-¡No hay nada mejor que un fuego así! -exclamó-.
¡Sobre todo cuando se forma a su alrededor un círculo tan amable! Estoy
completamente aterido. El Tajo es algo así como un tubo por el que soplan dos
fuelles gigantescos; desde Barlett me viene azotando la cara un viento
huracanado.
-¿Se dirige usted a Vermont? -preguntó el dueño de
la casa, mientras ayudaba al joven a descargarse del morral que llevaba a las
espaldas.
-Sí, voy a Burlington, y aún más allá -replicó
éste-. Mi intención hubiese sido haber llegado esta noche a la casa de Ethan
Crawford, pero en una ruta como ésta un hombre a pie tarda siempre más de lo
calculado. Pero mi decisión está ya tomada, porque cuando veo arder esta lumbre
y contemplo los rostros alegres de todos ustedes, me parece que lo han
encendido precisamente para mí, y que la familia entera estaba esperando mi
llegada. Así, pues, me sentaré, si me lo permiten, entre ustedes y me instalaré
aquí por esta noche.
El recién llegado acababa de aproximar su silla al
fuego, cuando se oyó afuera algo así como un pisar de gigante que se repetía
por la escarpadura de la montaña acercándose con estrépito y pasando a grandes
zancadas al lado de la casa. La familia entera detuvo el aliento mientras duró
el ruido, conociendo como conocían lo que significaba, y el forastero hizo lo
mismo instintivamente.
-La vieja montaña nos ha lanzado una piedra, para
recordarnos que la tenemos aquí, sobre nuestras cabezas -dijo el padre
serenándose en seguida-. Algunas veces mueve la cabeza y nos amenaza con
desplomarse sobre nosotros, pero somos antiguos vecinos y, en el fondo,
mantenemos buenas relaciones. Además, disponemos de un refugio seguro aquí, al
lado de la casa, para el caso de que decidiera llevar a efecto sus amenazas.
Y ahora observemos que el viajero ha terminado su
cena de carne de oso, y que sus maneras francas y abiertas lo han llevado a un
plano de amistad con la familia, de suerte que la conversación entre todos se
ha hecho tan sincera como si el recién llegado perteneciera a aquel hogar
agreste. El joven a quien el azar había traído aquella noche a la casa era de
carácter altivo aunque dúctil y amable; altanero y reservado entre los ricos y
poderosos, pero siempre dispuesto a bajar su cabeza en la puerta de una choza y
a sentarse al fuego con los desposeídos como un hermano o un hijo. En el hogar
del Tajo encontró cordialidad y sencillez de ánimo, la penetrante y aguda
inteligencia de Nueva Inglaterra y una poesía originaria y auténtica que los
habitantes de la casa habían aprendido de los picachos y las quebradas y del
mismo umbral de su pobre morada. El forastero había viajado mucho y siempre
solo; su vida entera había sido, podía asegurarse, un sendero solitario, pues
la altiva reserva de su naturaleza la había hecho apartarse siempre de aquellos
que, de otra suerte, hubieran sido sus camaradas. También la familia, tan
amable y hospitalaria como era, llevaba en sí esa conciencia de unidad entre
todos sus miembros y de separación del resto del mundo, que convierte el hogar
en un recinto sagrado en el que no tiene cabida ningún extraño. Aquella noche,
no obstante, una simpatía profética llevó al joven instruido y de hábitos
refinados a descubrir su corazón a aquellos rudos habitantes de las montañas, y
su franqueza hizo que éstos se confiaran a él con la misma espontaneidad. ¿No
es más fuerte, en efecto, el lazo de un destino común, que los que crea el
mismo nacimiento?
El secreto del carácter del joven era una ambición
altísima y abstracta. Era posible que hubiera nacido para vivir una vida
oscura, pero no para ser olvidado en la tumba. Su ardiente anhelo se había
transformado en esperanza, y esta esperanza, largo tiempo mantenida, se había
convertido en la certeza de que, por insignificante que fuese su vida en el
presente, el brillo de la gloria iluminaría su camino para la posteridad,
aunque tal vez no mientras él lo recorriera. Cuando las generaciones venideras
dirigiesen la mirada hacia la oscuridad que era entonces su presente, echarían
de ver claramente el resplandor de sus pisadas, y se confesarían que un hombre
de altas dotes había ido de la cuna a la tumba, sin que nadie hubiera sabido
comprenderlo.
-Y, sin embargo -exclamó el forastero, con las
mejillas ardientes y los ojos radiantes de luz-, todavía no he realizado nada.
Si mañana desapareciera de la tierra, nadie sabría más de mí que ustedes: que
un joven desconocido llegó un día al anochecer, procedente del Valle del Saco,
que les abrió el corazón por la noche y que se marchó al amanecer del día
siguiente por el Tajo, sin que volvieran a verlo. Ni una sola persona les
preguntaría quién era este joven ni de dónde venía... ¡Pero no! ¡Yo no puedo morir
hasta que haya cumplido mi destino! Después, sí; después, puede ya venir la
muerte. ¡Yo mismo me habré edificado mi monumento para la posteridad!
Había un impulso tal de emoción espontánea bullendo
constante en medio de fantasías abstractas, que la familia llegó a comprender
los sentimientos del joven forastero, aun siendo como eran tan lejanos a los
suyos propios. Dándose rápidamente cuenta de lo ridículo de su actitud, el
joven enrojeció de la vehemencia hacia la que había sido arrastrado por sus
mismas palabras.
-Ustedes se reirán de mí sin duda -dijo, cogiendo
la mano de la hija mayor y riéndose él mismo-. Seguramente piensan que mi
ambición es tan absurda como si subiera al Monte Washington y me dejara
convertir allí en un trozo de hielo, sólo para que la gente de la comarca
pudiera admirarme desde el llano... Y, sin embargo, doy fe de que querría un
noble pedestal para la estatua de un hombre...
-A mí me parece -respondió la hija mayor,
enrojeciendo- que es mejor estar sentados aquí al calor de la lumbre, contentos
y serenos, aunque nadie piense en nosotros.
-Yo creo, sin embargo -dijo su padre, tras unos
momentos de meditación-, que hay algo natural en lo que el joven ha dicho: y es
posible que, si mi cerebro hubiera seguido este camino, yo también habría
pensado lo mismo. Es raro, hasta qué punto sus palabras han despertado en mi
pobre cabeza cosas que es bien seguro que no han de ocurrir nunca.
-¿Cómo sabes tú que no han de suceder? -respondió
el ama de la casa-. ¿Puede el hombre saber lo que hará si llega a enviudar?
-¡No, no! -exclamó el padre, rechazando la idea con
un tono de cariñosa protesta-. Cuando pienso en tu muerte, Ester, pienso
siempre a la vez en la mía. Lo que estaba imaginando era otra cosa. Pensaba que
teníamos una bonita granja en Barlett, en Betlehem, en Littleton o en cualquier
otra ciudad en las vertientes de las Montañas Blancas, pero no donde éstas
estuvieran constantemente amenazando derrumbarse sobre nuestras cabezas. Me
hallaría en buenas relaciones con mis convecinos, y sería nombrado juez municipal
del lugar y enviado a la Asamblea General por una o dos legislaturas, pues aquí
hay mucho que hacer para un hombre sencillo y honrado. Y cuando llegara a
viejo, y tú también, podría morir tranquilo dejándolos a todos llorando en
torno a mí. Una sencilla lápida de pizarra me bastaría tanto como una de
mármol, sobre la cual se grabaría simplemente mi nombre, mi edad y un versículo
de los salmos, y quizá algunas palabras que dijeran a la gente que había vivido
como un hombre honrado y había muerto como un cristiano.
-¿Lo ven ustedes? -dijo el forastero-. Es
consustancial a la naturaleza humana ambicionar un monumento, ya sea de
pizarra, o de mármol, o un pilar de granito o sólo un recuerdo glorioso en el
corazón de las gentes.
-¡Qué cosas más especiales nos vienen esta noche a
la imaginación! -dijo la esposa, con lágrimas en los ojos-. Suele creerse que
es señal de que va a ocurrir algo cuando los hombres empiezan a pensar y a
hablar así. ¡Escuchen a los niños!
Todos los reunidos prestaron, en silencio,
atención. Los niños más pequeños se hallaban acostados en otro cuarto, pero la
puerta medianera permanecía entreabierta, de suerte que se les podía oír hablar
afanosamente entre sí. También ellos parecían afectados por las fantasmagorías
que habían hecho presa en el círculo de personas mayores sentadas al fuego, y
disputaban acaloradamente sobrepujándose los unos a los otros en deseos y
ambiciones infantiles para cuando fueran hombres. Por fin, uno de los pequeños,
en lugar de dirigirse a sus hermanos, llamó a su madre.
-Voy a decirte, mamá -dijo- lo que yo deseo. Quiero
que tú y papá, y la abuela, y todos nosotros, sin prescindir del forastero, nos
levantemos y nos dirijamos a beber un trago de agua en el Flume.
Ninguno de los presentes pudo reprimir una sonrisa
al oír que el mayor deseo del niño era abandonar su cama bien caliente y
arrancar a los demás del calor del fuego para visitar el Flume, una torrentera
que se precipitaba desde lo alto de la montaña a las profundidades del Tajo.
Apenas había acabado el niño de pronunciar sus últimas palabras, cuando se oyó
el ruido intermitente de un carruaje que se acercaba y que, al fin, se detuvo
de pronto delante de la puerta de la casa. En él parecían ir dos o tres hombres,
que alegraban el camino con una canción cantada a coro, el eco de cuyas notas
rebotaba entre las peñas, mientras que los viajeros dudaban de si proseguir su
viaje o detenerse en la casa para pasar la noche.
-Padre -dijo la muchacha-, lo están llamando por su
nombre.
Pero el dueño de la casa no estaba seguro de que
efectivamente lo hubieran llamado, y no quería mostrarse demasiado ansioso por
la ganancia invitando a los viajeros a pernoctar bajo su techo. Por eso, no se
apresuró a acudir a la puerta, y, mientras tanto, se oyó restallar el látigo y
los viajeros siguieron camino por el Tajo, siempre cantando y riendo, aunque su
música y su alegría parecía provenir del corazón de la montaña.
-¡Mira, mira, mamá! -insistió el niño que había
hablado antes-; también ellos se van hacia el Flume.
De nuevo los reunidos rompieron a reír ante la
manía del niño de hacer una excursión en plena noche. De repente. sin embargo
una nube pasó sobre el espíritu de la hija mayor; durante unos instantes sus
ojos se fijaron persistentemente en el fuego, y respiró con tal intensidad que
su aliento se convirtió casi en un suspiro. Sobresaltada y con rubor en el
rostro, la joven miró rápidamente en derredor suyo, como si temiera que todos
los que allí se hallaban hubieran penetrado con la mirada en el interior de su
pecho. El forastero le preguntó qué era lo que había estado pensando.
-Nada -respondió-; solamente que precisamente en
estos momentos me he sentido infinitamente sola.
-Yo siempre he tenido un don especial para percibir
lo que otras personas llevan en el corazón -dijo el desconocido, medio en broma
y medio en serio-. ¿Quiere usted que le adivine también los secretos del suyo?
Sé perfectamente, sobre todo, lo que hay que pensar cuando una muchacha tirita,
sentada al lado de la lumbre, y se queja de soledad estando presente su madre.
¿He de expresar todo ello en palabras?
-No serían ya sentimientos de una muchacha, si,
efectivamente. pudieran ser expresados en palabras -dijo la ninfa de los montes
riéndose, pero apartando los ojos.
Todas estas frases habían sido cruzadas en un
aparte de los dos jóvenes. Acaso comenzaba a brotar en sus corazones un germen
de amor, tan puro, como más acorde para florecer en el paraíso que en el polvo
de este mundo. Las mujeres, en efecto, amaban la noble dignidad que distinguía
al forastero, y el alma arrogante y contemplativa se siente siempre atraída por
una simplicidad de espíritu pareja a la suya propia. Mientras ambos hablaban
quedamente, y mientras el desconocido observaba la dulce melancolía, las
sombras luminosas y los tímidos anhelos de una naturaleza de mujer, el viento
que soplaba encajonado en el Tajo aumentaba por momentos su tono profundo y
fragoroso. Como decía el imaginativo forastero, parecía una melodía cantada a
coro por los espíritus del viento, los cuales, según el mito de los indios,
habitaban en aquellas montañas, haciendo de sus cimas y de sus precipicios una
región sagrada. También a lo largo del camino resonaba un lamento agudo, como
si pasara por él un cortejo fúnebre. Para espantar la melancolía que se había
apoderado de todos, la familia arrojó al fuego un montón de ramas de pino,
hasta que las hojas secas comenzaron a crepitar y pronto surgieron vivas llamas
iluminando de nuevo una escena de paz y de dicha humilde. La luz extendía su
claridad sobre las cabezas de todos los allí reunidos, acariciándolos
suavemente. Podían verse los rostros menudos de los niños husmeando desde el
cuarto vecino, y, al lado del hogar, la silueta enérgica del padre, la
fisonomía dulce y fatigada de la madre, el perfil altivo de los jóvenes, y la
figura encorvada de la abuela, que seguía haciendo calceta en el lugar más
recogido de toda la habitación. La anciana levantó un momento los ojos de su
labor, y, mientras sus dedos continuaban moviéndose sin descanso, comenzó a
hablar lentamente.
-Los viejos tienen sus ideas, de igual manera que
también los jóvenes tienen las suyas. Han estado trazando deseos y proyectos, y
haciendo correr la fantasía de una cosa a la otra, hasta que han logrado
empujar mi pobre cabeza lanzándola por los mismos derroteros. ¿Qué puede, sin
embargo, desear una vieja, que se halla a escasos pasos de la tumba? No
obstante, voy a decirlo, porque me temo que si no lo hago así la idea me va a
perseguir día y noche sin descanso.
-Sí, sí, dínoslo- exclamaron a la vez el marido y
la mujer.
La anciana adoptó un aire de misterio, que hizo que
el círculo de personas se estrechara más en torno al fuego, y comenzó a hablar,
diciendo que, desde hacía años, venía preocupándose por las vestiduras con las
que deseaba ser enterrada: una mortaja muy simple de hilo y una cofia de
muselina. Esta noche, sin embargo, una extraña superstición la apresaba. En su
juventud había oído contar que si, al enterrar a una persona, algo de su atavío
quedaba desordenado, aunque fuera una simple arruga en el cuello de la mortaja
o una mala colocación de la cofia, el cadáver se revolvía en el ataúd bajo
tierra tratando de disponer de sus frías manos, para arreglar con ellas lo que
no lo estuviera. La simple suposición de que pudiera acontecerle algo semejante
a ella, la ponía nerviosa.
-¡Por Dios, abuela! -exclamó la nieta
estremeciéndose-. ¡No creas esas cosas!
-Pues bien -prosiguió la abuela sin hacer caso, y
con gran seriedad, aunque iluminado el rostro por una sonrisa-. Lo que deseo de
ustedes, hijos míos, es que cuando me encuentre en el ataúd, me coloquen ante
el rostro un espejo. ¿Quién sabe? Quizá me sea posible echar una mirada y ver
si no está desarreglado nada de lo que llevo puesto.
-Todos, lo mismo jóvenes que viejos, no acertamos a
hablar más que de tumbas y monumentos -observó el forastero-. Me gustaría saber
qué es lo que sienten los marineros cuando el barco se hunde y todos se hallan
en trance de ser sepultados a una en la inmensa y anónima sepultura del mar.
La fúnebre ocurrencia de la anciana había
impresionado de tal forma durante unos momentos el cerebro de los allí
reunidos, que nadie se había percatado de que afuera, en las tinieblas de la
noche, un ruido semejante al bramar de cien gigantes había ido creciendo hasta
alcanzar tonos profundos y terribles. La casa y todo lo que en ella había se
estremeció; los mismos cimientos de la tierra parecían hallarse sacudidos como
si el estruendo cada vez más próximo fuera el aviso de las trompetas del juicio
final. Jóvenes y viejos cruzaron entre sí una mirada instintiva de pavor, y
permanecieron inmóviles, lívidos, aterrorizados, sin fuerza para pronunciar una
palabra ni para hacer un movimiento. Después un solo grito sonó en todas las
gargantas.
-¡El alud!, ¡el alud!
Las palabras más elocuentes pueden sugerir, pero no
describir el horror inexpresable de la catástrofe. Las víctimas se precipitaron
fuera de la casa, buscando amparo en lo que ellas tenían por un lugar seguro,
allí donde, pensando en aquella posibilidad, se había construido un muro de
contención o barrera. ¡Ay! Los desgraciados habían renunciado a su salvación al
hacerlo así, lanzándose inconscientemente en el seno del más fatal de todos los
destinos. Toda una ladera de la montaña se vino abajo en una verdadera catarata
de piedras y ruinas. Y precisamente pocos metros antes de llegar a la casa,
aquella avalancha de muerte y destrucción se abrió en dos brazos, dejando en
medio, casi intacta, la casa y arrasando en sus alrededores cuanto se oponía a
su paso. Mucho antes de que se hubiera extinguido entre las montañas el
estruendo del alud, había terminado ya la agonía de las víctimas y todas ellas
gozaban de la paz. Sus cuerpos no fueron hallados jamás.
Al día siguiente una tenue columna de humo se
elevaba todavía de la chimenea de la casa. Dentro el fuego ardía, a medio
apagar, en el hogar, y las sillas se hallaban colocadas a su alrededor, como si
los allí reunidos hubieran salido un momento a examinar los destrozos causados
por el alud, y fueran a volver de un momento a otro para dar gracias a Dios por
su milagrosa salvación. La historia recorrió todos los rincones de la comarca,
y perdura eternizada en estas montañas como una leyenda. También los poetas han
cantado el triste fin de la familia del Tajo.
Ciertos detalles parecían delatar que en la noche
fatal un forastero se había acogido a la casa y había resultado víctima de la
catástrofe con toda la familia. Otros negaban, en cambio, que hubiera indicios
concluyentes para llegar a tal afirmación. ¡Triste fin para aquella juventud
exaltada, con sus sueños de inmortalidad terrena! Su nombre y su persona han
quedado absolutamente desconocidos; su historia, su camino en la vida y sus
planes y proyectos permanecerán siempre perdidos en el misterio. Su misma muerte
y su previa existencia son hechos que han quedado en duda...
FIN

