Libro N° 14712. La Exiliada De Marte. Smith, Evelyn E.
© Libro N° 14712. La Exiliada De Marte. Smith, Evelyn E. Emancipación. Enero 17 de 2026
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LA EXILIADA DE MARTE
Evelyn E. Smith
La Exiliada
De Marte
Evelyn E. Smith
Papá achicó los ojos y su rostro adoptó una
expresión malévola.
—Ahora, jovencitos, hay una cosa que querría que os
entrara en vuestras duras cabezotas —dijo con voz rasposa—. El hecho de que nos
veamos obligados a vivir en Marte no quiere decir que debamos olvidar que
nosotros somos auténtica gente.
—No, papá —dije yo con voz temblorosa, en nombre de
los demás, puesto que era la mayor.
Estábamos todos allí, los quince. Uno por cada año
de matrimonio de papá y mamá... incluido el primer año.
Mamá había muerto —Dios la tenga en su gloria—, y
nosotros habíamos venido a Marte, visto que papá no podía conseguir trabajo en
la Tierra. Era más holgazán que una babosa, decían, y era blando, y bebía
demasiado.
Y tenían razón. No hay nadie más holgazán y más
blando que papá, y en cuanto a beber, puede ganarle a quien se le ponga por
delante en toda la galaxia. Ya sé que no debería decir esto, puesto que soy su
hija. Respecto a los otros catorce, papá puede tener sus dudas acerca de que
sean suyos, pero en cuanto a mí no le cabe prácticamente ninguna, puesto que
fue por mi causa que se vio obligado a casarse con mamá. Más tarde, mamá amplió
sus horizontes y sobre todo el campo de sus amistades, de modo que uno se veía
obligado a hacer apuestas y suposiciones para saber a quién podía corresponder
la paternidad de mis catorce hermanos y hermanas.
Eso al menos es lo que siempre ha dicho papá,
aunque a mi modo de ver creo que hubiera debido buscar algunas pruebas más
antes de empujar a mamá al pozo. Y esta es otra razón por la cual nos vimos
obligados a hacer las maletas y partir hacia Marte: ya no podíamos seguir
utilizando el agua del pozo.
—...y tú, pequeña Liza-Jane —continuó papá—, no
quiero verte haraganeando con uno de esos chulos marcianos. Recuerda que
nosotros somos auténtica gente. Y eso quiere decir que valemos más que ellos.
—Sí, papá —prometí—. Lo recordaré.
—Quizá sean más listos que nosotros —dijo—, quizá
sean más limpios que nosotros, quizá estén también más adelantados que nosotros
tec... tec...
—¡Técnicamente! —exclamó la pequeña Seymour.
Y, ¡plaf!, papá le arreó una buena torta en la
cabeza mientras gruñía:
—¡Esto te enseñará a terminar las palabras por mí!
En aquel momento los chicos empezaron a organizar
un alboroto de protesta de todos los diablos, y papá, para acallarlos, comenzó
a repartir mamporros a diestro y siniestro. Cuando se restableció el silencio
(excepto Seymour que lloraba), papá continuó:
—No me importa lo que sean. Todo lo que necesito
saber es que no son auténtica gente como nosotros. Y eso quiere decir que valen
menos que nosotros. Así que no quiero verte con marcianos rondándote, pequeña
Liza-Jane. ¿Has entendido?
—He entendido, papá —dije—. Y además, ¿qué podría
ver un marciano en mí?
Yo había cumplido los dieciséis aquel año, y era
hermosa como un corazón, con mis largos cabellos rubios que descendían casi
hasta mis tobillos y mis ojos tan azules y tan límpidos como un lago de montaña
brillando al sol en una mañana de primavera. Pero hacía ya cinco estaciones que
llevaba sobre mi cuerpo el mismo viejo saco, y no tenía más que un zapato...
que llevaba colgado de mi cuello con un cordón, porque me lo había dado mamá y
era lo único que me quedaba de ella.
Sí ¿qué podían ver los marcianos en mí? Sobre todo
si una piensa que son pájaros.
—Oh, yo qué sé —dijo papá, mirándome como un padre
nunca debería mirar a su hija—. Ya sabes, pequeña Liza-Jane, te estás volviendo
mujer.
—Entonces, ¿qué es lo que pueden ver ellos en una
mujer? —pregunté—. No tengo plumas. No tengo pico. No tengo ninguno de los
hermosos colores que tienen ellos. No creo que pudiera interesarles.
—Mientras ellos no te interesen a ti, todo estará
bien. Eres igual que tu madre, pequeña Liza-Jane, y ella era la reina en cuanto
a volubilidad.
—No, papá —dije animosamente—. Puedes confiar en
mí. Nunca haré nada con un marciano. Porque el hombre al que quiera, es decir,
aquel que será el padre de mis hijos y quizá incluso mi marido si tú te
acuerdas aún de como se utiliza tu escopeta, será realmente alguien. No, no te
preocupes, papá. Si no es realmente alguien, no conseguirá nada conmigo.
—Hija —dijo papá, poniendo orgullosamente su mano
en mi hombro—, así me gusta que hables. Eres una verdadera Kallikak.
—Oh, papá —dije, casi avergonzada, pues era más
bien raro que mi padre nos dijera alguna palabra gentil—. No hablemos de ello.
—Oh, sí, no hablemos de ello.
Y, ¡blam!, me largó una buena bofetada.
—Esto te enseñará a responder así a los cumplidos
que te hace tu padre.
Tras un cierto tiempo en Marte, empecé a sentirme
más bien solitaria. Por supuesto, había una ciudad marciana en las
inmediaciones, pero no había mucha gente que viviera cerca de nuestra casa al
borde del desierto, excepto algunos mineros como papá. Cuando los marcianos
necesitan mano de obra para sus minas, acuden a buscarla a la Tierra, puesto
que no hay un solo marciano que se considere un buen marciano si acepta ese
tipo de trabajo. Y solamente somos los marginados los que aceptamos acudir a
trabajar aquí; porque no hay un solo terrestre que se considere un buen
terrestre si acepta este tipo de trabajo que no quiere ningún marciano que se
considere un buen marciano.
Los demás mineros no tenían familia. De hecho, la
familia solía ser la razón por la cual la mayoría de ellos habían aceptado
venir aquí. Para escapar de ella, quiero decir. Y todos eran viejos como
papá... treinta y cinco años como mínimo.
Oh, por supuesto, de tanto en tanto había alguno de
ellos que me esperaba y me daba algún sobeo, pero no era lo mismo, oh no, que
cuando el que te soba es un chico de tu misma edad.
Y, los sábados por la tarde, veía volar por encima
de nuestra casa a las parejas de jóvenes marcianos y marcianas que iban al
baile... a danzar el ulululu, ala contra ala, espejeantes, reflejando plumas
iridiscentes; y yo retenía mis lágrimas y me repetía valerosamente:
—Estoy contenta de ser una auténtica persona, estoy
contenta...
Pero muy en el fondo de mí misma, en el corazón de
mi corazón, pensaba que me hubiera gustado ser un pájaro.
La escuela planteaba algunos problemas, ya que las
leyes marcianas dicen que un niño debe acudir a ella hasta los treinta años.
Los marcianos viven más tiempo que nosotros, como todo el mundo sabe, y son
adultos mucho más tarde que nosotros. Pero los reglamentos son los reglamentos,
y tanto en Marte como en la Tierra no se pueden hacer excepciones para cada
caso en particular.
A mí me gustaba ir a la escuela, porque nunca había
tenido ocasión de hacerlo allá en la Tierra. Papá se lo miraba todo tanto
cuando se trataba de dinero y libros. Yo deseaba tener una educación. Y sobre
todo sentía deseos de encontrarme con chicos de mi edad, fueran o no pájaros.
Pero no me sentía en mi lugar allí. Era tan
distinta a los demás alumnos. Oh, he de decir que todos eran muy gentiles
conmigo; me dejaban arrancar alguna de sus plumas para poder escribir puesto
que yo no tenía, pero pese a todo no me sentía bien.
Finalmente, dejé de ir a la escuela. Para
permitirme que no fuera encontraron no sé qué excusa sibilina... deficiencia
mental, creo, o algo tan tonto como eso.
A partir de aquel momento me vi condenada a
quedarme en nuestra barraca todo el día, limpiando y ocupándome de los chicos.
Tuve que pasar el tiempo dándole a los botones de los electrodomésticos, viendo
la televisión tri-di, discutiendo con esos estúpidos robots marcianos sobre la
mejor forma de limpiar la casa. Oh, sí, puedo decirlo: mi existencia fue penosa
y difícil, sobre todo para una chica tan joven como era yo en aquella época.
Por supuesto, había distracciones. Por ejemplo, los
marcianos habían construido especialmente para nosotros un auténtico bar, con
todo tipo de licores y alcoholes, y caviar, y todo un montón de cosas que
importaban directamente de la Tierra. No querían que nadie pudiera reprocharles
el no tratar perfectamente bien a sus empleados, aunque sus empleados no fueran
más que sucios terrestres.
Los marcianos sienten una especie de desprecio
hacia la auténtica gente, puesto que, como ellos no lo son, no pueden
comprender que la auténtica gente vale más que ellos. Como siempre decía papá,
¿qué puede esperar uno de una bandada de pájaros, eh?
EÍ día en que las cosas se liaron yo estaba en el
bar con papá, y papá estaba realmente malo aquella tarde. Había bebido
demasiado alcohol de cereal —yo no paso de los zumos de frutas, porque estoy
contra los excesos—, y en sus ojos pude ver encenderse la vieja lucecita tan
conocida que indicaba que el incesto flotaba en el aire.
—¡No empieces a sobarme, papá! —le grité—. ¡No lo
hagas, o te atizo con esta botella que puedes ver aquí!
Porque yo sabía que, para defender su honor, una
joven pura e inocente tiene derecho a pegarle a su viejo.
Papá, pese a todo, siguió sobándome; así que me vi
obligada a atizarle. Se apagó de golpe, como una vela después de soplarla.
—¡Papá! ¡Háblame! —empecé a gritar, agitándolo como
si fuera un cerezo—. ¡Escucha, papá! ¡Siento haberte atizado, pero tenía que
impedir que siguieras sobándome! ¡Papá! ¡Papá!
Pero él seguía allí, tieso, sin moverse. Me dije
que debía estar muerto, y cuando los marcianos lo supieran me enviarían de
vuelta a la Tierra, puesto que yo ya no les serviría para nada. Ni a ellos, ni
a nadie. Nadie querría saber nada de mí... excepto los hombres, por supuesto.
—No está muerto —me dijo amablemente el viejo Zeke,
uno de los mineros—. Solo ha perdido el sentido. Lo único que tienes que hacer
es dejar que lo llevemos tranquilamente a casa, pequeña Liza-Jane, y cuando
vuelva en sí le haremos beber tanto que cuando caiga la noche no se acordará de
nada.
Y, dándome una palmada en las posaderas, me empujó
hasta la puerta del bar.
Y heme aquí en pleno desierto, regresando a casa,
llorando a lágrima viva como si mi corazón fuera a romperse porque mi propio
papá me había tratado con tan poco respeto, y sobre todo porque la arena me
hacía daño en un pie. En el otro no porque lo había calzado con el zapato de
mamá. Oh, sé que mamá no hubiera tenido nada que reprocharme al respecto.
Y de pronto oí un ruido de alas, y una voz que
llegaba de lo alto me dijo:
—Hola, pequeña. ¿Te llevo?
Miré hacia arriba... y era Pp'eepi Rrrr-eep. Era el
delegado de la clase de los mayores en aquella escuela marciana a la que había
asistido durante tan poco tiempo. ¡Qué hermoso estaba, con sus espléndidas
plumas multicolores! Todas las marcianitas de la escuela estaban locas por él.
—¡Oh, pero si es la pequeña Liza-Jane Kallikak!
—exclamó al reconocerme.
¡Se acordaba de mí! ¡Incluso conocía mi nombre!
Nunca hubiera creído que se fijara en mí, tan miserable en medio de aquellas
magníficas marcianas. ¡Pero se había fijado en mí! ¡Oh, sí! ¡Oh, sí!
En aquel momento no supe qué responderle con
exactitud; me eché a reír tontamente, retorciendo en la arena los dedos de mi
pie.
—Pequeña Liza-Jane —me dijo—, ¿por qué dejaste la
escuela?
—Me echaron —respondí tímidamente—. ¿Te diste
cuenta de que ya no asistía a las clases?
—¿Darme cuenta? —exclamó—. ¡Oh, claro que sí!
Rebusqué por todas las perchas, por todos los palos, uno tras otro. ¡Te busqué
por todas partes, por todas partes! ¡Oh, pequeña Liza-Jane, pusiste en mi
corazón una huella indeleble! ¡Oh, me has vuelto loco!
—¡No es posible! —dije, sintiendo que mi corazón ya
no cabía en mi pecho.
—¿Y sabes por qué te amo, pequeña Liza-Jane?
—murmuró, acercándose aún más a mí.
—Francamente no, no lo sé, Pp'eepi Rrrr-eep —dije,
mirándole directamente a los ojos. Y mi corazón ya no podía resistirlo.
—Porque tú no eres como las demás, pequeña
Liza-Jane.
¿Yo? ¿Yo la vulgar, yo la diferente? Nadie me había
dicho nunca nada tan bonito. Hubiera podido echarme a llorar de felicidad; y,
finalmente, eso es lo que hice. Era tan feliz que me sumergí en mis propias
lágrimas.
—No llores, pequeña Liza-Jane —me dijo él—. Yo
estoy aquí.
Y, realmente, sí, estaba allí.
Y nos hallábamos solos en el desierto, rodeados por
todo el encanto, por todo el misterio de la noche marciana, con sus dos lunas
—lo cual, como todo el mundo sabe, es más peligroso que una sola luna— allá
arriba en el cielo, tan hermosas, tan románticas. Me sentí arrastrada por la
locura, y yo... yo... hice don de mi cuerpo a Pp'eepi Rrrr-eep...
Y cuando todo terminó, yo permanecí tendida sobre
la cálida arena del desierto, y lloré y lloré y lloré.
—¡Oh, Pp'eepi Rrrr-eep! —le dije entre sollozos—.
¿Cómo has podido hacerle una cosa así a una pobre miserable como yo?
—Yo me hago también la misma pregunta —me
respondió—. Y creo que mi profesor de biología en la universidad también lo
encontraría curioso... Por supuesto —continuó, como perdido en sus
pensamientos—, vuestras leyendas terrestres mencionan ya a Leda y a su cisne...
__Si te refieres a la Leda Proust que vivía en el
condado vecino al nuestro —dije, sentándome y resoplando desdeñosamente—, estás
muy equivocado. No era un cisne, sino un toro del señor Lagrange, y el señor
Lagrange no se sintió muy feliz con todo aquello, porque debía presentar al
toro en un Concurso Agrícola y...
—Oh, no, te confundes, pequeña Liza-Jane —dijo
Pp'eepi Rrrr-eep—. Me refiero a la vieja Europa...
—Sí, ya he dicho que vivía en el condado vecino al
nuestro —le hice notar—. Y así era precisamente como se llamaba... Europa. Sí,
de ese modo llamaban al condado vecino al nuestro... ¡Oh, Pp'eepi Rrrr-eep! —y
me eché de nuevo a llorar—. ¡Oh, no! ¡No vamos a ponernos a discutir de
geografía en un momento como este! ¿Qué vamos a hacer? —Las lágrimas caían
sobre mi rostro como un chaparrón—. ¡Si papá descubre alguna vez que he tenido
una aventura con un marciano, simplemente me matará!
—Pues mi padre no se va a poner a croar de alegría
precisamente, pequeña Liza-Jane. Siempre ha dicho que los humanos deben
quedarse en su sitio, y que no hay ninguna razón para que nosotros, los
marcianos, tengamos relaciones con ellos. «¿Acaso te gustaría que tu hija se
casara con un humano?», dice siempre. Y si se trata de tu hijo, exactamente lo
mismo.
Yo me eché a llorar aún más fuerte.
—Pero voy a decirle que el honor exige que nosotros
dos nos casemos inmediatamente, y él comprenderá, porque nosotros los marcianos
tenemos muy desarrollado nuestro sentido del honor. Así que no te preocupes,
pequeña Liza-Jane; volveré a buscarte, y te llevaré a un hermoso nido de amor.
Y, diciendo esto, batió sus alas y desapareció a lo
lejos en medio de un rojizo esplendor. El cielo de Marte es rojo, ya lo saben
ustedes.
Y yo me quedé de nuevo sola en medio del desierto.
Pero ya no era un desierto: había flores, y árboles, y todo un montón de
plantas a mi alrededor; había llorado tanto y tan intensamente que mis lágrimas
habían regado el suelo y ahora me encontraba como quien dice en mitad de un
oasis.
Todo esto ocurrió hace ya algún tiempo, y Pp'eepi
Rrrr-eep aún no ha vuelto. Pero yo sigo aguardándole con la esperanza y
esperándole con la ilusión. Hay momentos en que aguardo más que espero, y otros
en los que espero más que me ilusiono. Pero, a fin de cuentas, todo viene a ser
lo mismo.
Sé que un día volverá. No puede ser de otro modo.
Porque ya no voy a poder guardar por mucho más
tiempo mi secreto: desde esta mañana, sé que papá sabrá forzosamente muy pronto
de mis amores secretos. Quizá tan solo sea cuestión de horas antes de que
descubra mi deshonra, de que sepa que llevo sobre mí una mancha... y una mancha
marciana además.
Ya me ha preguntado varias veces qué hacía sentada
en ese rincón desde esta mañana. Y yo no hago más que rezar para que Pp'eepi
Rrrr-eep vuelva hoy. Porque, si no lo hace, va a descubrirse inevitablemente lo
que le ha ocurrido a la pobre pequeña Liza-Jane.
Porque, esta mañana, he puesto un huevo.
Y como ha ocurrido siempre desde que el amor hizo
su aparición sobre los planetas, permanezco aquí, abandonada, incubando el
dulce recuerdo de nuestra pasión de un momento.
FIN
Título original: Outcast Of Mars © 1957 by Fantasy
House, Inc.
Traducción: Miguel Blanco
Aparecido en: Nueva Dimensión 137
Edición digital: Arahamar

