Libro N° 14709. Bestia Peluda Y Otros Cuentos. Hermanos Grimm. Antología.
© Libro N° 14709. Bestia Peluda Y Otros Cuentos. Hermanos Grimm. Antología. Emancipación. Enero 17 de 2026
Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
Dominio Público. Editorial: Ediciones Alonso (Madrid).
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de: Imagen con IA Gemini
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
BESTIA PELUDA Y OTROS
CUENTOS
Hermanos Grimm
Antología
Bestia Peluda
Y Otros Cuentos
Hermanos Grimm
Antología
Créditos de la Antología:
· Título exacto: La Bestia Peluda y otros cuentos.
· Autores originales: Jacob y Wilhelm Grimm.
· Adaptación y Selección: En muchas de las
ediciones de la colección "Cuentos Clásicos" de Ediciones Alonso, la
adaptación de los textos estuvo a cargo de Juan Alarcón Benito, y las
ilustraciones (que suelen ser muy icónicas en esta edición) fueron obra de Enrique
Ibáñez.
· Editorial: Ediciones Alonso (Madrid).
Algunas ilustraciones: de Margaret Evans Price en: https://cuentos-de-hadas-y-tradicionales.fandom.com/es/wiki/Allerleirauh
El lobo y la zorra
El lobo y el hombre
El lebrato marino
El ladrón fullero y su maestro
El jugador
El joven gigante
El hábil cazador
El hueso cantor
El gnomo
El gato y el ratón hacen vida en común
El enebro
El enano saltarín
El cuervo
El clavel
El amadísimo Rolando
El agua de vida
El acertijo
El féretro de cristal
El fiel Juan
Dama duende
Bestia peluda
Blancanieve y Rojaflor
El lobo y la zorra
*****************
El lobo vivía con la zorra, y ésta debía hacer lo
que él le mandaba, porque era la más débil; con mucho gusto se hubiera librado
de su amo. Un día en que los dos vagaban por el bosque, dijo el lobo:
- Pelirroja, tengo hambre; búscame algo de comer o
te devoraré a ti.
Respondió la zorra:
- Sé de una granja donde hay unos cuantos corderos;
si quieres, iremos por uno.
Asintió el lobo, se encaminaron a la granja, robó
la zorra el cordero, lo llevó a su amo y echó a correr. El lobo se comió el
cordero; pero no habiendo quedado satisfecho, quiso también los restantes y fue
en su busca. Pero tan torpemente lo hizo, que la oveja madre lo sintió y se
puso a balar tan fuerte y a meter tanto ruido, que los campesinos acudieron
corriendo y pillaron al lobo, propinándole tal paliza, que la fiera llegó a la
guarida de la zorra aullando y cojeando:
- ¡A buen sitio me llevaste! -lamentóse-. Cuando
quise apoderarme de otro cordero, los campesinos me atraparon y me pusieron
como nuevo.
- ¿Por qué has de ser tan glotón? -replicóle la
zorra.
Al día siguiente volvieron a salir a la campiña, y
el glotón del lobo repitió lo de la víspera:
- Pelirroja, tráeme algo de comer o te devoraré a
ti.
Y respondió la zorra:
- Conozco una alquería, donde hoy la mujer fríe
buñuelos; vamos a buscar unos cuantos.
Dirigiéronse a la alquería, y la zorra se deslizó
por los alrededores, espiando y olfateando hasta que, habiendo descubierto la
fuente de los buñuelos, cogió media docena y se los llevó al lobo:
- Ahí tienes merienda -le dijo, y se marchó. El
lobo se zampó los buñuelos de un bocado y dijo:
- Saben a más.
Entró en la despensa y se lanzó sobre la fuente,
con tan mala pata que ésta se cayó al suelo y se hizo añicos, con gran
estrépito. Acudió la mujer y, al ver al lobo, llamó a la gente. Vinieron todos
corriendo y zurraron al animal de tal modo, que hubo de huir cojo de dos patas.
En lamentable estado llegó a la madriguera de la zorra,
- ¡Maldito lugar a que me llevaste! -gritóle-. Los
hombres me pescaron y me molieron a palos.
Pero la zorra le respondió:
- ¿Por qué has de ser tan glotón?
Al tercer día de salir juntos, el lobo, que andaba
con dificultad y cojeando, volvió a las andadas:
- Pelirroja, tráeme algo de comer o te devoraré a
ti.
Dijo la zorra:
- Sé de un hombre que ha hecho la matanza y guarda
la carne salada en un barril, en la bodega; vamos por ella.
- Pero te vendrás conmigo -dijo el lobo-, para
ayudarme en el caso de que no pueda huir.
- Por mí, no hay inconveniente -contestó la zorra,
y le enseñó los rodeos y caminos por donde, al fin, llegaron a la bodega.
Había en ella carne en abundancia, y el lobo se
puso enseguida a la tarea: «¡Hay para rato, antes no termine!», pensó. Tampoco
la zorra se quedó corta, pero mientras comía, miraba en todas direcciones, y
con frecuencia corría al agujero por el que habían entrado, para vigilar que su
cuerpo no se hinchase demasiado y le impidiera salir. Díjole el lobo:
- Amiga zorra, ¿a qué vienen estas constantes idas
y venidas, y este saltar de fuera adentro y de dentro afuera?
- Vigilo que no venga alguien -respondióle la
astuta-. ¡Tú no comas demasiado!
Pero el lobo replicó:
- ¡Lo que es yo, no me marcho hasta dejar el barril
vacío!
En éstas llegó el campesino a la bodega, pues había
oído el ruido de los saltos de la zorra. Ésta, al verlo, de un brinco escapó
por el agujero; el lobo quiso seguirla, pero a fuerza de comer se había llenado
de tal modo que no pudo pasar por el agujero y se quedó en él aprisionado.
Armóse el dueño de un buen garrote, y mató al lobo a garrotazos, mientras la
zorra saltaba por el bosque, contenta de haberse librado del viejo glotón.
El lobo y el hombre
****************
Un día la zorra ponderaba al lobo la fuerza del
hombre: no había animal que le resistiera, y todos habían de valerse de la
astucia para guardarse de él. Respondióle el lobo:
- Como tenga ocasión de encontrarme con un hombre,
¡vaya si arremeteré contra él!
- Puedo ayudarte a encontrarlo -dijo la zorra-; ven
mañana de madrugada, y te mostraré uno.
Presentóse el lobo temprano, y la zorra lo condujo
al camino que todos los días seguía el cazador. Primeramente pasó un soldado
licenciado, ya muy viejo.
- ¿Es eso un hombre? -preguntó el lobo.
- No -respondió la zorra-, lo ha sido.
Acercóse después un muchacho, que iba a la escuela.
- ¿Es eso un hombre?
- No, lo será un día.
Finalmente, llegó el cazador, la escopeta de dos
cañones al hombro y el cuchillo de monte al cinto. Dijo la zorra al lobo.
- ¿Ves? ¡Eso es un hombre! Tú, atácalo si quieres,
pero, lo que es yo, voy a ocultarme en mi madriguera.
Precipitóse el lobo contra el hombre. El cazador,
al verlo, dijo:
- ¡lástima que no lleve la escopeta cargada con
balas! -y, apuntándole, disparóle una perdigonada en la cara. El lobo arrugó
intensamente el hocico, pero, sin asustarse, siguió derecho al adversario, el
cual le disparó la segunda carga. Reprimiendo su dolor, el animal se arrojó
contra el hombre, y entonces éste, desenvainando su reluciente cuchillo de
monte, le asestó tres o cuatro cuchilladas, tales, que el lobo salió a escape,
sangrando y aullando, y fue a encontrar a la zorra.
- Bien, hermano lobo -le dijo ésta-, ¿qué tal ha
ido con el hombre?
- ¡Ay! -respondió el lobo-, ¡yo no me imaginaba así
la fuerza del hombre! Primero cogió un palo que llevaba al hombro, sopló en él
y me echó algo en la cara que me produjo un terrible escozor; luego volvió a
soplar en el mismo bastón, y me pareció recibir en el hocico una descarga de
rayos y granizo; y cuando ya estaba junto a él, se sacó del cuerpo una
brillante costilla, y me produjo con ella tantas heridas, que por poco me quedo
muerto sobre el terreno.
- ¡Ya estás viendo lo jactancioso que eres! -díjole
la zorra-. Echas el hacha tan lejos, que luego no puedes ir a buscarla.
El lebrato marino
***************
Vivía cierta vez una princesa que tenía en el piso
más alto de su palacio un salón con doce ventanas, abiertas a todos los puntos
del horizonte, desde las cuales podía ver todos los rincones de su reino. Desde
la primera, veía más claramente que las demás personas; desde la segunda, mejor
todavía, y así sucesivamente, hasta la duodécima, desde la cual no se le
escapaba nada de cuanto había y sucedía en sus dominios, en la superficie o
bajo tierra. Como era en extremo soberbia y no quería someterse a nadie, sino
conservar el poder para sí sola, mandó pregonar que se casaría con el hombre
que fuese capaz de ocultarse de tal manera que ella no pudiese descubrirlo.
Pero aquel que se arriesgase a la prueba y perdiese, sería decapitado, y su
cabeza, clavada en un poste. Ante el palacio levantábanse ya noventa y siete
postes, rematados por otras tantas cabezas, y pasó mucho tiempo sin que
aparecieran más pretendientes. La princesa, satisfecha, pensaba: «Permaneceré
libre toda la vida».
Pero he aquí que comparecieron tres hermanos
dispuestos a probar suerte. El mayor creyó estar seguro metiéndose en una poza
de cal, pero la princesa lo descubrió ya desde la primera ventana, y ordenó que
lo sacaran del escondrijo y lo decapitasen. El segundo se deslizó a las bodegas
del palacio, pero también fue descubierto desde la misma ventana, y su cabeza
ocupó el poste número noventa y nueve. Presentóse entonces el menor ante Su
Alteza, y le rogó le concediese un día de tiempo para reflexionar y, además, la
gracia de repetir la prueba por tres veces; si a la tercera fracasaba,
renunciaría a la vida. Como era muy guapo y lo solicitó con tanto ahínco,
díjole la princesa:
- Bien, te lo concedo; pero no te saldrás con la
tuya.
Se pasó el mozo la mayor parte del día siguiente
pensando el modo de esconderse, pero en vano. Cogiendo entonces una escopeta,
salió de caza, vio un cuervo y le apuntó; y cuando se disponía a disparar,
gritóle el animal:
- ¡No dispares, te lo recompensaré!
Bajó el muchacho el arma y se encaminó al borde de
un lago, donde sorprendió un gran pez, que había subido del fondo a la
superficie. Al apuntarle, exclamó el pez:
- ¡No dispares, te lo recompensaré!
Perdonóle la vida y continuó su camino, hasta que
se topó con una zorra, que iba cojeando. Disparó contra ella, pero erró el
tiro; y entonces le dijo el animal:
- Mejor será que me saques la espina de la pata-.
Él lo hizo así, aunque con intención de matar la raposa y despellejarla; pero
el animal dijo:
- Suéltame y te lo recompensaré.
El joven la puso en libertad y, como ya anochecía,
regresó a casa.
El día siguiente había de ocultarse; pero por mucho
que se quebró la cabeza, no halló ningún sitio a propósito. Fue al bosque, al
encuentro del cuervo, y le dijo:
- Ayer te perdoné la vida; dime ahora dónde debo
esconderme para que la princesa no me descubra.
Bajó el ave la cabeza y estuvo pensando largo rato,
hasta que, al fin, graznó:
- ¡Ya lo tengo!-. Trajo un huevo de su nido,
partiólo en dos y metió al mozo dentro; luego volvió a unir las dos mitades y
se sentó encima.
Cuando la princesa se asomó a la primera ventana no
pudo descubrirlo, y tampoco desde la segunda; empezaba ya a preocuparse cuando,
al fin, lo vio, desde la undécima. Mandó matar al cuervo de un tiro y traer el
huevo; y, al romperlo, apareció el muchacho:
- Te perdono por esta vez-, pero como no lo hagas
mejor, estás perdido.
Al día siguiente se fue, el mozo al borde del lago
y, llamando al pez, le dijo:
- Te perdoné la vida; ahora indícame dónde debo
ocultarme para que la princesa no me vea.
Reflexionó el pez un rato y, al fin, exclamó:
- ¡Ya lo tengo! Te encerraré en mi vientre.
Y se lo tragó, y bajó a lo más hondo del lago. La
hija del Rey miró por las ventanas sin lograr descubrirlo desde las once
primeras, con la angustia consiguiente; pero desde la duodécima lo vio. Mandó
pescar al pez y matarlo, y, al abrirlo, salió el joven de su vientre. Fácil es
imaginar el disgusto que se llevó. Ella le dijo:
- Por segunda vez te perdono la vida, pero tu
cabeza adornará, irremisiblemente, el poste número cien.
El último día, el mozo se fue al campo,
descorazonado, y se encontró con la zorra.
- Tú que sabes todos los escondrijos -díjole-,
aconséjame, ya que te perdoné la vida, dónde debo ocultarme para que la
princesa no me descubra.
- Difícil es -respondió la zorra poniendo cara de
preocupación; pero, al fin, exclamó:
- ¡Ya lo tengo!
Fuese con él a una fuente y, sumergiéndose en ella,
volvió a salir en figura de tratante en ganado. Luego hubo de sumergirse, a su
vez, el muchacho, reapareciendo transformado en lebrato de mar. El mercader fue
a la ciudad, donde exhibió el gracioso animalito, reuniéndose mucha gente a
verlo. Al fin, bajó también la princesa y, prendada de él, lo compró al
comerciante por una buena cantidad de dinero. Antes de entregárselo, dijo el
tratante al lebrato:
- Cuando la princesa vaya a la ventana, escóndete
bajo la cola de su vestido.
Al llegar la hora de buscarlo, asomóse la joven a
todas las ventanas, una tras otra. sin poder descubrirlo; y al ver que tampoco
desde la duodécima lograba dar con él, entróle tal miedo y furor, que, a
golpes, rompió en mil pedazos los cristales de todas las ventanas, haciendo
retemblar todo el palacio.
Al retirarse y encontrar el lebrato debajo de su
cola, lo cogió y, arrojándolo al suelo, exclamó:
- ¡Quítate de mi vista!
El animal se fue al encuentro del mercader y,
juntos, volvieron a la fuente. Se sumergieron de nuevo en las aguas y
recuperaron sus figuras propias. El mozo dio gracias a la zorra, diciéndole:
- El cuervo y el pez son unos aprendices,
comparados contigo. No cabe duda de que tú eres el más astuto.
Luego se presentó en palacio, donde la princesa lo
aguardaba ya, resignada a su suerte. Celebróse la boda, y el joven convirtióse
en rey y señor de todo el país. Nunca quiso revelarle dónde se había ocultado
la tercera vez ni quien le había ayudado, por lo que ella vivió en la creencia
de que todo había sido fruto de su habilidad, y, por ello, le tuvo siempre en
gran respeto, ya que pensaba:
«Éste es más listo que yo».
El ladrón fullero y su maestro
***************
Juan quería que su hijo aprendiera un oficio; fue a
la iglesia y rogó a Dios Nuestro Señor que le inspirase lo que fuera más
conveniente. El sacristán, que se encontraba detrás del altar, le dijo:
«¡Ladrón fullero, ladrón fullero!».
Volvió Juan junto a su hijo y le comunicó que había
de aprender de ladrón fullero, pues así lo había dicho Dios Nuestro Señor. Se
puso en camino con el muchacho en busca de alguien que supiera aquel oficio.
Después de mucho andar, llegaron a un gran bosque, y allí encontraron una
casita en la que vivía una vieja. Preguntóle Juan:
- ¿No sabría de algún hombre que entienda el oficio
de ladrón fullero?
- Aquí mismo, y muy bien lo podrás aprender -dijo
la mujer-; mi hijo es maestro en el arte. - Y Juan habló con el hijo de la
vieja:
- ¿No podría enseñar a mi hijo el oficio de ladrón
fullero?
A lo que respondió el maestro:
- Enseñaré a vuestro hijo como se debe. Volved
dentro de un año; si entonces lo conocéis, renuncio a cobrar nada por mis
enseñanzas; pero si no lo conocéis, tendréis que pagarme doscientos ducados.
Volvió el padre a su casa, y el hijo aprendió con
gran aplicación el arte de la brujería y el oficio de ladrón. Transcurrido el
año, fue el padre a buscarlo, pensando tristemente, durante el camino cómo se
las compondría para reconocer a su hijo. Mientras avanzaba sumido en sus
cavilaciones, fijó la mirada ante sí y vio que le salía al paso un hombrecillo,
el cual le preguntó:
- ¿Qué te pasa buen hombre? Pareces muy preocupado.
- ¡Ay! -exclamó Juan-, hace un año coloqué a mi
hijo en casa de un maestro en fullería, el cual me dijo que volviese al cabo de
este tiempo, y si no reconocía a mi hijo, tendría que pagarle doscientos
ducados; pero sí lo reconocía, no debería abonarle nada. Y ahora siento gran
miedo de no reconocerlo, pues no sé de dónde voy a sacar el dinero.
Díjole entonces el hombrecillo que se llevase una
corteza de pan y se colocara con ella debajo de la campana de la chimenea.
Sobre la percha de que pendían las cremalleras había un cestito, del que
asomaba un pajarillo; aquél era su hijo.
Entró Juan y cortó una corteza de pan moreno
delante de la cesta. Inmediatamente salió de ella un pajarillo y se lo quedó
mirando.
- Hola, hijo mío, ¿estás aquí? -dijo el padre.
Alegróse el hijo al ver a su padre, mientras el maestro refunfuñó:
- El diablo te lo ha dicho. ¿Cómo, si no, habrías
podido reconocer a tu hijo?
- Padre, vámonos -dijo el muchacho.
El padre emprendió, con su hijo el regreso a casa;
durante el camino se cruzaron con un coche. Dijo entonces el muchacho:
- Voy a transformarme en un gran lebrel, y así
podréis ganar mucho dinero conmigo.
Y gritó el señor del coche:
- Buen hombre, ¿queréis venderme ese perro?
- Sí -respondió el padre.
- ¿Cuánto pedís?
- Treinta ducados.
- Mucho dinero es, buen hombre; pero, en fin, el
lebrel me gusta y me quedo con él.
El señor lo subió al coche; pero apenas hubo
corrido un breve trecho cuando el perro, saltando del carruaje por la
ventanilla, a través del cristal, desapareció y fue a reunirse con su
padre.
Llegaron los dos juntos a casa. Al día siguiente
había mercado en la aldea vecina, y dijo el mozo a su padre:
- Ahora me transformaré en un magnífico caballo, y
vos me venderéis. Pero después de cerrar el trato debéis quitarme la brida,
pues, de otro modo, no podría volver a mi condición de persona.
Encaminóse el hombre al mercado con su caballo, y
se le presentó el maestro de fullerías y le compró el animal por cien ducados;
mas el padre, distraído, se olvidó de quitarle la brida. El comprador se llevó
el caballo a su casa y lo metió en el establo. Al pasar la criada por el
zaguán, dijo el caballo:
- ¡Quítame la brida, quítame la brida!
La muchacha se quedó parada, el oído atento:
- ¡Cómo! ¿Sabes hablar?
Fue y le quitó la brida, y el caballo,
transformándose en gorrión, huyó volando sobre la puerta. Pero el maestro
convirtióse también en gorrión y salió detrás de él. Al alcanzar al otro empezó
la pelea; pero el maestro, que llevaba las de perder, se transformó en pez y se
sumergió en el agua. Entonces el joven se volvió también pez y se reanudó la
lucha; el maestro lo pasaba mal, y hubo de transformarse nuevamente. Tomó la
figura de un pollo, y el mozo, la de una zorra, y, lanzándose sobre su maestro,
le cortó la cabeza de una dentellada. Y ahí tenéis al maestro muerto; y muerto
sigue hasta el día de hoy.
El jugador
***************
Érase una vez un hombre que en toda su vida no hizo
sino jugar; por eso lo llamaba la gente Juan «el jugador», y, como nunca dejó
de hacerlo, perdió en el juego su casa y toda su hacienda. He aquí que el
último día, cuando ya sus acreedores se disponían a embargarle la casa, se le
presentaron Dios Nuestro Señor y San Pedro, y le pidieron refugio por una
noche. Respondióles el hombre:
- Por mí, podéis quedaros; pero no puedo ofreceros
ni cama ni cena.
Díjole entonces Nuestro Señor que con el
alojamiento les bastaba, y que ellos mismos comprarían algo de comer, y el
jugador se declaró conforme. San Pedro le dio tres cuartos para que se fuera a
la panadería a comprar un pan. Salió el hombre, pero al pasar por delante de la
casa donde se hallaban todavía los tahúres que lo habían desplumado, llamáronlo
éstos, gritando:
- ¡Juan, entra!
- Sí - replicó él -, ¡para que me ganéis también
estas tres perras gordas!
Pero los otros insistieron, el hombre acabó por
entrar y, a los pocos momentos, perdió los pocos cuartos. Mientras tanto, Dios
Nuestro Señor y San Pedro esperaban su vuelta, y, al ver que tardaba tanto,
salieron a su encuentro. El jugador, al verlos, simuló que las tres monedas se
le habían caído en un charco y se puso a revolver entre el barro; pero Nuestro
Señor sabía perfectamente que se las había jugado. San Pedro le dio otros tres
cuartos, y el hombre, no dejándose ya tentar de nuevo, volvió a casa con el
pan. Preguntóle entonces Nuestro Señor si tenía acaso vino, y él contestó:
- Señor, los barriles están vacíos.
Instóle Dios Nuestro Señor a que bajase a la
bodega, donde seguro que encontraría vino del mejor. El otro se resistía a
creerlo; pero, ante tanta insistencia, dijo:
- Bajaré, aunque tengo la certeza de que no hay.
Y he aquí que, al espitar un barril, salió un vino
exquisito. Llevóselo a los dos forasteros, los cuales pasaron la noche en su
casa, y, por la mañana, Dios Nuestro Señor dijo al jugador que podía pedirles
tres gracias, pensando que solicitaría, en primer lugar, la de ir al cielo.
Pero no fue así, pues el hombre pidió unos naipes que ganasen siempre, unos
dados que tuviesen igual propiedad, y un árbol que diera toda clase de fruta y
que quien se subiera en él no pudiese bajar hasta que él se lo mandase. Concedióle
Nuestro Señor los tres dones y se marchó en compañía de San Pedro.
Entonces sí que el jugador se puso a jugar de
veras, y, al poco tiempo, era dueño de medio mundo. Y dijo San Pedro a Nuestro
Señor:
- Señor, la cosa no marcha, pues acabará ganando el
mundo entero. Debemos enviarle la Muerte.
Y le enviaron la Muerte. Al presentarse ésta, el
jugador se hallaba, como ya es de suponer, arrimado a la mesa con sus
compinches. Díjole la descarnada:
- ¡Juan, sal un momento!
Pero el hombre le replicó:
- Espera un poco a que haya terminado la partida;
entretanto puedes subirte a aquel árbol de allá fuera y coges una poca fruta;
así tendremos algo que mascar durante el camino.
La Muerte se subió al árbol, y cuando quiso volver
a bajar, no pudo; allí la tuvo Juan por espacio de siete años, durante los
cuales no murió ningún ser humano. Dijo entonces San Pedro a Dios Nuestro
Señor:
- Señor, la cosa no marcha, pues no muere nadie;
tendremos que ir a arreglarlo nosotros mismos.
Y bajaron los dos a la Tierra, donde Nuestro Señor
mandó al jugador que dejase descender a la Muerte del árbol. Digiéndose él a la
Muerte, le ordenó:
- ¡Baja! - y ella, al llegar al suelo, lo primero
que hizo fue agarrarlo y ahogarlo. Pusiéronse los dos en camino y llegaron al
otro mundo. El jugador se presentó ante la puerta del cielo y llamó:
- ¿Quién va?
- Juan «el jugador».
- ¡No te necesitamos! ¡Márchate!
Fuese entonces al Purgatorio y llamó nuevamente:
- ¿Quién va?
- Juan «el jugador».
- ¡Ay!, bastantes penas y tribulaciones sufrimos ya
aquí; no estamos para juegos. ¡Márchate!
Y hubo de encaminarse a la puerta del infierno,
donde fue admitido. Pero dentro no había nadie, aparte el viejo Lucifer y unos
cuantos demonios contrahechos - los que estaban bien tenían trabajo en la
Tierra -. Sentándose enseguida, púsose a jugar nuevamente. Pero Lucifer no
poseía más que sus diablos deformes, a los cuales le ganó Juan en un abrir y
cerrar de ojos, gracias a sus cartas milagrosas. Marchóse entonces con sus
diablos contrahechos a Hohenfuert, y, arrancando las perchas del lúpulo,
treparon al cielo y se pusieron a aporrear el piso hasta hacerlo crujir. Ante
lo cual, San Pedro exclamó:
- Señor, la cosa no marcha; es preciso que lo
dejemos entrar, pues, de lo contrario, derribará el cielo.
Y lo dejaron entrar, aunque a regañadientes. Pero
el jugador enseguida empezó a jugar de nuevo, y armó tal griterío y alboroto,
que nadie oía sus propias palabras. San Pedro volvió a hablar con Nuestro
Señor:
- Señor, la cosa no marcha; debemos echarlo; si no
lo hacemos, nos va a amotinar todo el cielo.
Arremetieron contra él y lo arrojaron del Paraíso,
y su alma se rompió en innúmeros pedazos, que fueron a alojarse en los tahúres
que todavía viven en nuestro mundo.
El joven gigante
****************
Un campesino tenía un hijo que no abultaba más que
el dedo pulgar; no había manera de hacerlo crecer, y, al cabo de varios años,
su talla no había aumentado ni el grueso de un cabello. Un día en que el
campesino se disponía a marcharse al campo para la labranza, díjole el
pequeñuelo:
- Padre, déjame ir contigo.
- ¿Tú, ir al campo? - replicó el padre. - Quédate
en casa; allí no me servirías de nada y aún correría el riesgo de perderte.
Echóse el pequeño a llorar, y, al fin, el
campesino, para que lo dejara en paz, metióselo en el bolsillo y se lo llevó.
Al llegar al campo, lo dejó sentado en un surco recién abierto. Mientras estaba
allí, acercóse un enorme gigante que venía de allende los montes.
- ¿Ves aquel gigantón de allí? - dijo el padre al
niño, para asustarlo. - Pues vendrá y se te llevará.
En dos o tres zancadas de sus larguísimas piernas,
el gigante llegó ante el surco. Levantó cuidadosamente al pequeño con dos
dedos, lo contempló un momento y se alejó con él, sin pronunciar una palabra.
El padre, paralizado de espanto, no pudo ni emitir un grito y consideró perdido
a su hijo, sin esperanza de volverlo a ver en su vida.
El gigante se llevó al pequeñuelo a su mansión y le
dio de mamar de su pecho, con lo que el chiquitín creció, tanto en estatura
como en fuerzas, cual es propio de los gigantes. Transcurridos dos años, el
viejo gigante lo llevó al bosque y, para probarlo, le dijo:
- Arranca una vara.
El niño era ya tan robusto, que arrancó de raíz un
arbolillo como quien no hace nada, pero el gigante pensó: «Ha de hacerse más
fuerte», y volvió a llevarlo a su casa y continuó amamantándolo durante otros
dos años. Al someterlo nuevamente a prueba, la fuerza del mozo había aumentado
tanto, que ya fue capaz de arrancar de raíz un viejo árbol. Sin embargo, no se
dio por satisfecho todavía el gigante, y lo amamantó aún por espacio de otros
dos años, al cabo de los cuales volvió al bosque, y le ordenó:
- Arráncame ahora una vara de verdad.
Y el joven extrajo del suelo el más fornido de los
robles, con una ligereza tal que no parecía sino que bromeaba.
- Ahora está bien - díjole el gigante; - has
terminado el aprendizaje - y lo devolvió al campo en que lo encontrara. En él
estaba su padre guiando el arado, y el joven gigante fue a él y le dijo:
- ¡Mirad, padre, qué hombrón se ha vuelto vuestro
hijo!
El labrador, volviéndose, exclamó asustado:
- ¡No, tú no eres mi hijo! ¡Nada quiero de ti!
¡Márchate!
- ¡Claro que soy vuestro hijo; dejadme trabajar; sé
arar tan bien como vos o mejor!
- ¡No, no! Tú no eres mi hijo, ni sabes arar.
¡Anda, márchate de aquí!
Pero como aquel gigante le daba miedo, dejóle el
arado y fue a sentarse al borde del campo. Empuñó el hijo el arado con una sola
mano, y lo hincó con tal fuerza que la reja se hundió profundamente en el
suelo. El campesino no pudo contenerse y le gritó:
- No hay que apretar tan fuerte para arar; es una
mala labor la que estás haciendo.
Pero el joven, desunciendo los caballos y
poniéndose a tirar él mismo del arado, dijo:
- Vete a casa, padre, y di a mi madre que prepare
una buena comida; yo, mientras tanto, terminaré la faena.
Fuese el campesino y encargó a su mujer que
preparase la comida, y, entretanto, el mozo aró todo el campo, que medía dos
yugadas, sin ayuda de nadie, tras lo cual lo rastrilló por entero, manejando
dos rastras a la vez. Cuando hubo terminado, arrancó dos robles del bosque, se
los echó al hombro, y puso aún encima una rastra y un caballo delante, y otra
rastra y otro caballo detrás; y como si todo junto no fuese más que un haz de
paja, llevólo a la casa paterna. Al entrar en la era, su madre, no reconociéndolo,
preguntó:
- ¿Quién es ese hombrón tan terrible?
Y respondióle su marido:
- Es nuestro hijo.
- No, no es posible que sea nuestro hijo; jamás
tuvimos uno así; el nuestro era muy chiquitín. - Y gritóle: - ¡Márchate, aquí
no te queremos!
El mozo, sin chistar, llevó los caballos al
establo, echóles heno y avena, y lo arregló como es debido. Cuando estuvo
listo, entró en la casa y, sentándose en el banco, dijo:
- Madre, tengo mucho apetito; ¿estará pronto la
comida?
- Sí - respondió ella, - y sirvióle dos grandes
fuentes repletas, con las que ella y su marido se habrían hartado para ocho
días. Pero el joven se lo zampó todo y preguntó si podía darle algo más.
- No - respondióle la madre, - te di todo lo que
había en casa.
- Esto sólo me sirve para abrirme el apetito;
necesito más.
Ella, no atreviéndose a contradecirlo, salió a
poner al fuego una gran artesa llena de comida y, cuando ya estuvo cocida, la
entró al mozo.
- Bueno, aquí hay, por lo menos, un par de bocados
- dijo éste, y se lo comió todo sin dejar miga; pero tampoco bastaba para
aplacarle el hambre, y dijo entonces:
- Padre, bien veo que en vuestra casa nunca me
hartaré. Si me traéis una barra de hierro bastante gruesa para que no pueda
romperla con la rodilla, me marcharé a correr mundo.
Alegróse el campesino, enganchó los dos caballos al
carro y fuese a casa del herrero en busca de una barra tan grande y gruesa como
pudieran transportar los animales. El joven se la aplicó contra la rodilla y
¡crac!, la quebró en dos como si fuese una estaca, y tiró los trozos a un lado.
Enganchó entonces el padre cuatro caballos y volvió con otra barra tan grande y
gruesa como los animales pudieron acarrear; pero el hijo la dobló también y,
arrojando los fragmentos, dijo:
- No sirve, padre; tenéis que poner más caballos y
traer una barra más fuerte.
Enganchó entonces el campesino ocho caballos, y
trajo a casa una tercera barra, tan grande y gruesa como los animales pudieron
transportar. El hijo la cogió en la mano, rompió un pedazo de un extremo, y
dijo:
- Padre, bien veo que no podéis darme el bastón que
necesito. No quiero continuar aquí.
Marchóse con intención de colocarse como oficial
herrero. Llegó a un pueblo, donde habitaba un herrero muy avaro, que todo lo
quería para sí y nada para los demás. Presentósele el mozo y le preguntó si
necesitaba un oficial.
- Sí - respondió el herrero, y, considerándolo de
pies a cabeza, pensó: «Es un mozo fornido; manejará bien el martillo y se
ganará su pan».
- ¿Cuánto pides de salario? - le preguntó.
- Nada - respondió el mozo, - sólo cada quince
días, cuando pagues a los demás trabajadores, yo te daré dos puñetazos y tú los
aguantarás.
El herrero se declaró conforme, pensando en el
mucho dinero que se ahorraría. A la mañana siguiente, el nuevo oficial se puso
a la faena; cuando el maestro le trajo la barra al rojo, del primer martillazo
partióse el hierro en dos pedazos, volando por los aires, y el yunque se clavó
en el suelo, tan profundamente que no hubo medio de volver a sacarlo. Enfadóse
el avaro, y exclamó:
- Tú no me sirves; golpeas con demasiada rudeza.
¿Qué te debo por este solo golpe?
- Sólo quiero darte un golpecito, nada más -
respondió el muchacho, y alzando un pie, de una patada lo envió volando al otro
lado de cuatro carretas de heno. Eligiendo después la más recia de las barras
de hierro que había en la herrería, cogióla como bastón y se marchó.
El hábil cazador
**************
Érase una vez un muchacho que había aprendido el
oficio de cerrajero. Un día dijo a su padre que deseaba correr mundo y buscar
fortuna.
- Muy bien -respondióle el padre-; no tengo
inconveniente -. Y le dio un poco de dinero para el viaje. Y el chico se marchó
a buscar trabajo. Al cabo de un tiempo se cansó de su profesión, y la abandonó
para hacerse cazador. En el curso de sus andanzas encontróse con un cazador,
vestido de verde, que le preguntó de dónde venía y adónde se dirigía. El mozo
le contó que era cerrajero, pero que no le gustaba el oficio, y sí, en cambio,
el de cazador, por lo cual le rogaba que lo tomase de aprendiz.
- De mil amores, con tal que te vengas conmigo
-dijo el hombre. Y el muchacho se pasó varios años a su lado aprendiendo el
arte de la montería. Luego quiso seguir por su cuenta y su maestro, por todo
salario, le dio una escopeta, la cual, empero, tenía la virtud de no errar
nunca la puntería. Marchóse, pues, el mozo y llegó a un bosque inmenso, que no
podía recorrerse en un día. Al anochecer encaramóse a un alto árbol para
ponerse a resguardo de las fieras; hacia medianoche parecióle ver brillar a lo
lejos una lucecita a través de las ramas, y se fijó bien en ella para no
desorientarse. Para asegurarse, se quitó el sombrero y lo lanzó en dirección
del lugar donde aparecía la luz, con objeto de que le sirviese de señal cuando
hubiese bajado del árbol. Ya en tierra, encaminóse hacia el sombrero y siguió
avanzando en línea recta. A medida que caminaba, la luz era más fuerte, y al
estar cerca de ella vio que se trataba de una gran hoguera, y que tres gigantes
sentados junto a ella se ocupaban en asar un buey que tenían sobre un asador.
Decía uno:
- Voy a probar cómo está -. Arrancó un trozo, y ya
se disponía a llevárselo a la boca cuando, de un disparo, el cazador se lo hizo
volar de la mano.
- ¡Caramba! -exclamó el gigante-, el viento se me
lo ha llevado -, y cogió otro pedazo; pero al ir a morderlo, otra vez se lo
quitó el cazador de la boca. Entonces el gigante, propinando un bofetón al que
estaba junto a él, le dijo airado:
- ¿Por qué me quitas la carne?
- Yo no te la he quitado -replicó el otro-; habrá
sido algún buen tirador.
El gigante cogió un tercer pedazo; pero tan pronto
como lo tuvo en la mano, el cazador lo hizo volar también. Dijeron entonces los
gigantes:
- Muy buen tirador ha de ser el que es capaz de
quitar el bocado de la boca. ¡Cuánto favor nos haría un tipo así! -y gritaron-:
Acércate, tirador; ven a sentarte junto al fuego con nosotros y hártate, que no
te haremos daño. Pero si no vienes y te pescamos, estás perdido.
Acercóse el cazador y les explicó que era del
oficio, y que dondequiera que disparase con su escopeta estaba seguro de
acertar el blanco. Propusiéronle que se uniese a ellos, diciéndole que saldría
ganando, y luego le explicaron que a la salida del bosque había un gran río, y
en su orilla opuesta se levantaba una torre donde moraba una bella princesa,
que ellos proyectaban raptar.
- De acuerdo -respondió él-. No será empresa
difícil.
Pero los gigantes agregaron:
- Hay una circunstancia que debe ser tenida en
cuenta: vigila allí un perrillo que, en cuanto alguien se acerca, se pone a
ladrar y despierta a toda la Corte; por culpa de él no podemos aproximarnos.
¿Te las arreglarías para matar el perro?
- Sí -replicó el cazador-; para mí, esto es un
juego de niños.
Subióse a un barco y, navegando por el río, pronto
llegó a la margen opuesta. En cuanto desembarcó, salióle el perrito al
encuentro; pero antes de que pudiera ladrar, lo derribó de un tiro. Al verlo
los gigantes se alegraron, dando ya por suya la princesa. Pero el cazador
quería antes ver cómo estaban las cosas, y les dijo que se quedaran fuera hasta
que él los llamase. Entró en el palacio, donde reinaba un silencio absoluto,
pues todo el mundo dormía. Al abrir la puerta de la primera sala vio, colgando
en la pared, un sable de plata maciza que tenía grabados una estrella de oro y
el nombre del Rey; a su lado, sobre una mesa, había una carta lacrada. Abrióla
y leyó en ella que quien dispusiera de aquel sable podría quitar la vida a todo
el que se pusiese a su alcance. Descolgando el arma, se la ciñó y prosiguió
avanzando. Llegó luego a la habitación donde dormía la princesa, la cual era
tan hermosa que él se quedó contemplándola, como petrificado. Pensó entonces:
«¡Cómo voy a permitir que esta inocente doncella caiga en manos de unos
desalmados gigantes, que tan malas intenciones llevan!». Mirando a su
alrededor, descubrió, al pie de la cama, un par de zapatillas; la derecha tenía
bordado el nombre del Rey y una estrella; y la izquierda, el de la princesa, asimismo
con una estrella. También llevaba la doncella una gran bufanda de seda, y,
bordados en oro, los nombres del Rey y el suyo, a derecha e izquierda
respectivamente. Tomando el cazador unas tijeras, cortó el borde derecho y se
lo metió en el morral, y luego guardóse en él la zapatilla derecha, la que
llevaba el nombre del Rey. La princesa seguía durmiendo, envuelta en su camisa;
el hombre cortó también un trocito de ella y lo puso con los otros objetos; y
todo lo hizo sin tocar a la muchacha. Salió luego, cuidando de no despertarla,
y, al llegar a la puerta, encontró a los gigantes que lo aguardaban, seguros de
que traería a la princesa. Gritóles él que entrasen, que la princesa se hallaba
ya en su poder. Pero como no podía abrir la puerta, debían introducirse por un
agujero. Al asomar el primero, lo agarró el cazador por el cabello, le cortó la
cabeza de un sablazo y luego tiró el cuerpo hasta que lo tuvo en el interior.
Llamó luego al segundo y repitió la operación. Hizo lo mismo con el tercero, y
quedó contentísimo de haber podido salvar a la princesa de sus enemigos.
Finalmente, cortó las lenguas de las tres cabezas y se las guardó en el morral.
«Volveré a casa y enseñaré a mi padre lo que he hecho -pensó-. Luego reanudaré
mis correrías. No me faltará la protección de Dios».
Al despertarse el Rey en el palacio, vio los
cuerpos de los tres gigantes decapitados. Entró luego en la habitación de su
hija, la despertó y le preguntó quién podía haber dado muerte a aquellos
monstruos.
- No lo sé, padre mío -respondió ella-. He dormido
toda la noche.
Saltó de la cama, y, al ir a calzarse las
zapatillas, notó que había desaparecido la del pie derecho; y entonces se dio
cuenta también de que le habían cortado el extremo derecho de la bufanda y un
trocito de la camisa. Mandó el Rey que se reuniese toda la Corte, con todos los
soldados de palacio, y preguntó quién había salvado a su hija y dado muerte a
los gigantes. Y adelantándose un capitán, hombre muy feo y, además, tuerto
afirmó que él era el autor de la hazaña. Díjole entonces el anciano rey que, en
pago de su heroicidad, se casaría con la princesa; pero ésta dijo:
- Padre mío, antes que casarme con este hombre
prefiero marcharme a vagar por el mundo hasta donde puedan llevarme las
piernas.
A lo cual respondió el Rey que si se negaba a
aceptar al capitán por marido, se despojase de los vestidos de princesa, se
vistiera de campesina y abandonase el palacio. Iría a un alfarero y abriría un
comercio de cacharrería. Quitóse la doncella sus lujosos vestidos, se fue a
casa de un alfarero y le pidió a crédito un surtido de objetos de barro,
prometiéndole pagárselos aquella misma noche si había logrado venderlos.
Dispuso el Rey que instalase su puesto en una esquina, y luego mandó a unos
campesinos que pasasen con sus carros por encima de su mercancía y la redujesen
a pedazos. Y, así, cuando la princesa tuvo expuesto su género en la calle,
llegaron los carros e hicieron trizas de todo. Prorrumpió a llorar la muchacha,
exclamando:
- ¡Dios mío, cómo pagaré ahora al alfarero!
El Rey había hecho aquello para obligar a su hija a
aceptar al capitán. Mas ella se fue a ver al propietario de la mercancía y le
pidió que le fiase otra partida. El hombre se negó: antes tenía que pagarle la
primera. Acudió la princesa a su padre y, entre lágrimas y gemidos, le dijo que
quería irse por el mundo. Contestó el Rey:
- Mandaré construirte una casita en el bosque, y en
ella te pasarás la vida cocinando para todos los viandantes, pero sin aceptar
dinero de nadie.
Cuando ya la casita estuvo terminada, colgaron en
la puerta un rótulo que decía: «Hoy, gratis; mañana, pagando». Y allí se pasó
la princesa largo tiempo, y pronto corrió la voz de que habitaba allí una
doncella que cocinaba gratis, según anunciaba un rótulo colgado de la puerta.
Llegó la noticia a oídos de nuestro cazador, el cual pensó:
«Esto me convendría, pues soy pobre y no tengo
blanca», y, cargando con su escopeta y su mochila, donde seguía guardando lo
que se había llevado del palacio, fuese al bosque. No tardó en descubrir la
casita con el letrero: «Hoy, gratis; mañana, pagando». Llevaba al cinto el
sable con que cortara la cabeza a los gigantes, y así entró en la casa y pidió
de comer. Encantóle el aspecto de la muchacha, pues era bellísima, y al
preguntarle ella de dónde venía y adónde se dirigía, díjole el cazador:
- Voy errante por el mundo.
Preguntóle ella a continuación de dónde había
sacado aquel sable que llevaba grabado el nombre de su padre, y el cazador, a
su vez, quiso saber si era la hija del Rey.
- Sí -contestó la princesa.
- Pues con este sable -dijo entonces el cazador-
corté la cabeza a los tres gigantes -y, en prueba de su afirmación, sacó de la
mochila las tres lenguas, mostrándole a continuación la zapatilla, el borde del
pañuelo y el trocito de la camisa. Ella, loca de alegría, comprendió que se
hallaba en presencia de su salvador. Dirigiéndose juntos a palacio y, llamando
la princesa al anciano rey, llevólo a su aposento donde le dijo que el cazador
era el hombre que la había salvado de los gigantes. Al ver el Rey las pruebas,
no pudiendo ya dudar por más tiempo, quiso saber cómo había ocurrido el hecho,
y le dijo que le otorgaba la mano de su hija, por lo cual se puso muy contenta
la muchacha. Vistiéronlo como si fuese un noble extranjero, y el Rey organizó
un banquete. En la mesa colocóse el capitán a la izquierda de la princesa y el
cazador a la derecha, suponiendo aquél que se trataba de algún príncipe
forastero.
Cuando hubieron comido y bebido, dijo el anciano
rey al capitán, que quería plantearle un enigma: Si un individuo que afirmaba
haber dado muerte a tres gigantes hubiese de declarar dónde estaban las lenguas
de sus víctimas, ¿qué diría, al comprobar que no estaban en las respectivas
bocas? Respondió el capitán:
- Pues que no tenían lengua.
- No es posible esto -replicó el Rey-, ya que todos
los animales tienen lengua.
A continuación le preguntó qué merecía el que
tratase de engañarlo. A lo que respondió el capitán:
- Merece ser descuartizado.
Replicóle entonces el Rey que acababa de pronunciar
él mismo su sentencia, y, así, el hombre fue detenido y luego descuartizado,
mientras la princesa se casaba con el cazador. Éste mandó a buscar a sus
padres, los cuales vivieron felices al lado de su hijo, y, a la muerte del Rey,
el joven heredó la corona.
El hueso cantor
*********************
Había una vez gran alarma en un país por causa de
un jabalí que asolaba los campos, destruía el ganado y despanzurraba a las
personas a colmillazos. El Rey prometió una gran recompensa a quien librase al
país de aquel azote; pero la fiera era tan corpulenta y forzuda, que nadie se
atrevía a acercarse al bosque donde tenía su morada. Finalmente, el Rey hizo
salir a un pregonero diciendo que otorgaría por esposa a su única hija a aquel
que capturase o diese muerte a la alimaña.
Vivían a la sazón dos hermanos en aquel reino,
hijos de un hombre pobre, que se ofrecieron a intentar la empresa. El mayor,
astuto y listo, lo hizo por soberbia; el menor, que era ingenuo y tonto, movido
por su buen corazón. Dijo el Rey:
- Para estar seguros de encontrar el animal,
entraréis en el bosque por los extremos opuestos.
El mayor entró por el lado de Poniente, y el menor,
por el de Levante. Al poco rato de avanzar éste, acercósele un hombrecillo que
llevaba en la mano un pequeño venablo, y le dijo:
- Te doy este venablo porque tu corazón es inocente
y bondadoso. Con él puedes enfrentarte sin temor con el salvaje jabalí; no te
hará daño alguno.
El mozo dio las gracias al hombrecillo y, echándose
el arma al hombro, siguió su camino sin miedo. Poco después avistó a la fiera,
que corría furiosa contra él; pero el joven le presentó la jabalina, y el
animal, en su rabia loca, embistió ciegamente y se atravesó el corazón con el
arma. El muchacho se cargó la fiera a la espalda y se volvió para presentarla
al Rey.
Al salir del bosque por el lado opuesto, detúvose
en la entrada de una casa, donde había mucha gente que se divertía bailando y
empinando el codo. Allí estaba también su hermano mayor; había pensado que el
jabalí no iba a escapársele, y que primero podría tomarse unos traguitos. Al
ver a su hermano menor que salía del bosque con el jabalí a cuestas, su
envidioso y perverso corazón no le dejó ya un instante en reposo.
- Ven, hermano -le dijo, llamándolo-, descansarás
un poco y te reanimarás con un vaso de vino. El pequeño, que no pensaba mal,
entró y le contó su encuentro con el hombrecillo que le había dado la jabalina
para matar el jabalí. El mayor lo retuvo hasta el anochecer, y entonces
partieron los dos juntos. Al llegar, ya oscurecido, a un puente que cruzaba el
río, el mayor hizo que el otro pasara delante, y cuando estuvo en la mitad, le
asestó a traición un fuerte golpe y lo mató. Enterrólo bajo el puente y, cargando
con el jabalí, lo llevó al Rey, afirmando que lo había cazado y muerto, hazaña
por la cual obtuvo la mano de la princesa. Al extrañarse la gente de que no
regresara el hermano, dijo:
- Seguramente que el animal lo habrá despedazado -
y todo el mundo lo creyó así.
Pero como a Dios nada le queda oculto, también
aquella negra fechoría hubo de salir a la luz. Unos años más tarde, un pastor
que conducía su rebaño por el puente vio abajo, entre la arena, un huesecillo
blanco como la nieve, y pensó que con él podría fabricarse una boquilla para su
cuerno. Así lo hizo, y al probar el instrumento con la nueva pieza, el
huesecillo se puso a cantar, con gran asombro del pastor:
«Ay, amable pastorcillo que tocas con mi
huesecillo.
Mi hermano me ha matado y bajo este puente
enterrado. El jabalí se llevaba y la princesa me robaba».
«¡Vaya un cuerno prodigioso, que canta solo!», se
dijo el pastor. «Voy a llevarlo al Señor Rey».
No bien hubo llegado a presencia del Rey, el cuerno
volvió a entonar su canción. El Rey, comprendiendo el sentido, mandó excavar la
tierra debajo del puente y apareció el esqueleto entero del asesinado. El mal
hermano no pudo negar el hecho. Lo cosieron en un saco y lo echaron al río para
que muriera ahogado. Los huesos del muerto fueron depositados en el cementerio,
en una hermosa sepultura, y allí reposan en santa paz.
El gnomo
****************
Vivía una vez un rey muy opulento que tenía tres
hijas, las cuales salían todos los días a pasear al jardín. El Rey, gran
aficionado a toda clase de árboles hermosos, sentía una especial preferencia
por uno, y a quien cogía una de sus manzanas lo encantaba, hundiéndolo a cien
brazas bajo tierra.
Al llegar el otoño, los frutos colgaban del
manzano, rojos como la sangre. Las princesas iban todos los días a verlos, con
la esperanza de que el viento los hiciera caer; pero jamás encontraron ninguno,
aunque las ramas se inclinaban hasta el suelo, como si fueran a quebrarse por
la carga. He aquí que a la menor de las hermanas le entró un antojo de catar la
fruta, y dijo a las otras:
- Nuestro padre nos quiere demasiado para
encantarnos; esto sólo debe de hacerlo con los extraños.
Cogió una gruesa manzana, le hincó el diente y
exclamó, dirigiéndose a sus hermanas:
- ¡Oh! ¡Probadla, queridas mías! En mi vida comí
nada tan sabroso.
Las otras mordieron, a su vez, el fruto, y en el
mismo momento se hundieron las tres en tierra, y ya nadie supo más de ellas.
Al mediodía, cuando el padre las llamó a la mesa,
nadie pudo encontrarlas por parte alguna, aunque las buscaron por todos los
rincones de palacio y del jardín. El Rey, acongojadísimo, mandó pregonar por
todo el país que quien le devolviese a sus hijas se casaría con una de ellas.
Fueron muchos los jóvenes que salieron en su busca,
pues todo el mundo quería bien a las doncellas, por lo cariñosas que siempre se
habían mostrado y, además, porque las tres eran muy hermosas. Partieron también
tres cazadores, los cuales, al cabo de ocho días de marcha, llegaron a un gran
palacio con magníficos aposentos. En uno de ellos encontraron una mesa puesta
con apetitosas viandas, tan calientes que aún despedían vapor, pese a que en
todo el palacio no aparecía un alma viviente. Estuvieron ellos aguardando por
espacio de medio día, y las viandas seguían sin enfriarse, hasta que al fin,
hambrientos los cazadores, sentáronse a la mesa y comieron de lo que había en
ella. Convinieron luego en quedarse a vivir en el castillo y en echar suertes
con objeto de que, quedándose uno en él, salieran los otros dos en busca de las
princesas. Hiciéronlo así, y tocóle al mayor quedarse; por tanto, los dos
menores se pusieron en camino al día siguiente.
A mediodía presentóse un hombrecillo diminuto, que
pidió un pedacito de pan. El cazador cortó una rebanada del que había
encontrado y la ofreció al hombrecillo, pero éste la dejó caer al suelo y rogó
al otro que la recogiera y se la diese. El mozo, complaciente, se inclinó, y
entonces el enano, cogiendo un palo y agarrándolo por los cabellos, le propinó
unos recios garrotazos. Al día siguiente le tocó el turno de quedarse en casa
al segundo, y le ocurrió lo mismo. Cuando, al anochecer, llegaron al palacio los
otros dos, dijo el mayor:
- ¿Qué tal lo has pasado?
- Pues muy mal - respondió el otro, y se contaron
mutuamente su percance; sin embargo, nada dijeron al menor, a quien no querían,
y lo llamaban tonto, porque era un alma bendita.
Al tercer día quedóse el menor en el castillo, y,
presentándose también el hombrecillo, pidióle un pedazo de pan. Al alargárselo
el mozo, lo dejó caer como de costumbre y le rogó se lo recogiese. Pero el
muchacho le replicó:
- ¡Cómo! ¿No puedes recogerlo tú mismo? Si tan poco
trabajo quieres darte para ganarte la comida, no mereces que te la
proporcionen. Enojado el hombrecillo, lo conminó a obedecerle; pero el otro, ni
corto ni perezoso, agarró al enano y le zurró de lo lindo. El hombrecillo se
puso a gritar:
- ¡Basta, basta, suéltame! Te diré dónde están las
tres princesas.
Al oír esto, el mozo interrumpió el vapuleo, y el
enano le contó que era un gnomo, un espíritu de la Tierra, y como él había más
de mil. Díjole que fuese con él, y le indicaría dónde se encontraban las hijas
del Rey. Llevándolo ante un profundo pozo sin agua, le dijo que sabía que sus
compañeros lo querían mal y que, si deseaba redimir a las princesas, debía
hacerlo él solo. Sus dos hermanos también lo pretendían, pero sin someterse a
fatiga ni peligro alguno. Para desencantarlas era preciso que se proveyese de
una gran cesta, su cuchillo de monte y una campanilla, y, así pertrechado, se
hiciese bajar al fondo del pozo. Allí encontraría tres habitaciones, en cada
una de las cuales vivía una princesa, ocupada en rascar las cabezas de un
dragón, que tenía muchas. Él debería cortarle las cabezas.
Cuando el hombrecillo le hubo revelado todo esto,
desapareció. Al anochecer regresaron los dos hermanos y le preguntaron cómo
había pasado el día.
- ¡Muy bien! - respondió él. - No he visto un alma,
excepto a mediodía, en que se me presentó un hombrecillo y me pidió un pedazo
de pan. Al dárselo, él lo dejo caer y me pidió que se lo recogiese. Yo me
negué; él me amenazó; yo, no consintiéndoselo, le sacudí de lo lindo. Entonces,
el enano me reveló dónde se encontraban las princesas.
Al oír el relato, los hermanos se pusieron
furiosos, pálidos y verdes de cólera. A la mañana siguiente fueron los tres al
pozo y echaron suertes sobre quién se metería el primero en la cesta. Tocóle al
mayor, el cual, cogiendo la campanilla, dijo:
- Cuando la haga sonar, subidme rápidamente.
Apenas había descendido unas pocas brazas, oyóse
arriba el son de la campanilla, por lo que los dos se apresuraron a remontar al
mayor. Con el segundo ocurrió lo mismo, y, tocándole luego la vez al tercero,
se hizo bajar hasta el fondo. Saliendo entonces de la cesta y empujando su
cuchillo de monte, acercóse a la primera puerta y aplicó el oído a ella, oyendo
cómo el dragón roncaba ruidosamente. Abrió con cautela la puerta y vio a una de
las princesas ocupada en acariciar las nueve cabezas de un dragón, apoyadas en
su regazo. Blandiendo el cuchillo, las cortó todas de una sola cuchillada, y la
princesa, poniéndose de pie de un salto, se arrojó a su cuello y lo besó con
todo su corazón; luego, quitándose un dije de oro viejo que llevaba sobre el
pecho, lo colgó del cuello de su libertador. Pasó entonces el doncel al recinto
de la segunda princesa y la desencantó también, después de matar a un dragón de
siete cabezas. Y, finalmente, redimió a la tercera princesa, condenada a
acariciar un dragón de cuatro cabezas. Y ahí tenéis a las tres hijas del Rey
preguntándose mil cosas, abrazándose y besándose mil y mil veces. Mientras
tanto, el mozo suena la campanilla, hasta que, por fin, lo oyeron los de
arriba. Hizo subir entonces a las tres princesas, una tras otra; pero cuando le
tocó el turno a él, le vinieron a las mientes las palabras del gnomo, o sea,
que sus hermanos querían jugarle una mala treta. Cogió una gruesa piedra y la
cargó en la cesta; y, en efecto, al llegar ésta a la mitad del pozo, cortaron
los hermanos la cuerda, y cesta y piedra cayeron al fondo.
Creyendo los malvados que ya el menor estaba
muerto, se marcharon con las tres hijas del Rey, obligándolas antes a jurar que
dirían a su padre que los dos hermanos mayores las habían salvado. Y así,
presentándose ante el Soberano, pidió cada uno de ellos la mano de una
princesa.
Entretanto, el más joven de los hermanos cazadores
vagaba tristemente por los tres aposentos, temiendo que habría de morir allí.
Vio una flauta que colgaba de una pared y se preguntó:
- ¿Por qué estará aquí? ¿Quién puede sentirse
alegre en estos lugares?
Y, mirando las cabezas de los dragones, dijo: -
Tampoco vosotras podéis servirme para nada. - Y, así, siguió paseando de arriba
abajo, tantísimas veces, que el pavimento quedó completamente liso. Cambiando,
al fin, de ideas, descolgó la flauta de la pared y se puso a tocar una melodía,
y he aquí que de repente se le presentaron un número incontable de gnomos; y a
cada nueva tonada llegaban más. Y así siguió tocando, hasta que la habitación
estuvo atestada de ellos. Preguntáronle qué deseaba, y él respondió que su
deseo era volver a la superficie, a la luz del día. Entonces, cogiéndole cada
uno por un cabello, remontaron el vuelo y lo subieron a la tierra. Ya en ella,
corrió el mozo al palacio, donde se estaban preparando las fiestas de la boda
de una princesa, y entró en la sala en que el Rey se hallaba reunido con sus
hijas. Al verlo las doncellas cayeron sin sentido, y el Rey, furioso, mandó que
se le encerrase en una prisión, creyendo que había causado algún daño a sus
hijas. Pero, al volver éstas en sí, rogaron a su padre que lo pusiera en
libertad; al preguntarles el Rey el motivo de su petición, ellas respondieron
que les estaba vedado revelarlo. Díjoles entonces el padre que lo contasen a la
chimenea; él salió de la cámara, aplicó el oído a la puerta, y de este modo se
enteró de lo sucedido. Hizo ahorcar a los dos perversos hermanos y concedió al
menor la mano de una de las princesas. Y yo me puse un par de zapatos de
cristal, di contra una piedra, oí "¡clinc!" y se partieron en dos.
El gato y el ratón hacen vida en común
**************
Un gato había trabado conocimiento con un ratón, y
tales protestas le hizo de cariño y amistad que, al fin, el ratoncito se avino
a poner casa con él y hacer vida en común.
- Pero tenemos que pensar en el invierno, pues de
otro modo pasaremos hambre -dijo el gato-. Tú, ratoncillo, no puedes
aventurarte por todas partes-, al fin caerías en alguna ratonera.
Siguiendo, pues, aquel previsor consejo, compraron
un pucherito lleno de manteca. Pero luego se presentó el problema de dónde lo
guardarían, hasta que, tras larga reflexión, propuso el gato:
- Mira, el mejor lugar es la iglesia. Allí nadie se
atreve a robar nada. Lo esconderemos debajo del altar y no lo tocaremos hasta
que sea necesario.
Así, el pucherito fue puesto a buen recaudo. Pero
no había transcurrido mucho tiempo cuando, cierto día, el gato sintió ganas de
probar la golosina y dijo al ratón:
- Oye, ratoncito, una prima mía me ha hecho padrino
de su hijo; acaba de nacerle un pequeñuelo de piel blanca con manchas pardas, y
quiere que yo lo lleve a la pila bautismal. Así es que hoy tengo que marcharme;
cuida tú de la casa.
- Muy bien -respondió el ratón- vete en nombre de
Dios, y si te dan algo bueno para comer, acuérdate de mí. También yo chuparía a
gusto un poco del vinillo de la fiesta.
Pero todo era mentira; ni el gato tenía prima
alguna ni lo habían hecho padrino de nadie. Fuese directamente a la iglesia, se
deslizó hasta el puchero de grasa, se puso a lamerlo y se zampó toda la capa
exterior. Aprovechó luego la ocasión para darse un paseíto por los tejados de
la ciudad; después se tendió al sol, relamiéndose los bigotes cada vez que se
acordaba de la sabrosa olla. No regresó a casa hasta el anochecer.
- Bien, ya estás de vuelta -dijo el ratón-; a buen
seguro que has pasado un buen día.
- No estuvo mal -respondió el gato.
- ¿Y qué nombre le habéis puesto al pequeñuelo?
-inquirió el ratón.
- «Empezado» -repuso el gato secamente.
- ¿«Empezado»? -exclamó su compañero- ¡Vaya nombre
raro y estrambótico! ¿Es corriente en vuestra familia?
- ¿Qué le encuentras de particular? -replicó el
gato-. No es peor que «Robamigas», como se llaman tus padres.
Poco después le vino al gato otro antojo, y dijo al
ratón:
-Tendrás que volver a hacerme el favor de cuidar de
la casa, pues otra vez me piden que sea padrino, y como el pequeño ha nacido
con una faja blanca en torno al cuello, no puedo negarme.
El bonachón del ratoncito, se mostró conforme, y el
gato, rodeando sigilosamente la muralla de la ciudad hasta llegar a la iglesia,
se comió la mitad del contenido del puchero.
- Nada sabe tan bien, -díjose para sus adentros
como lo que uno mismo se come.
Y quedó la mar de satisfecho con la faena del día.
Al llegar a casa preguntóle el ratón:
- ¿Cómo le habéis puesto esta vez al pequeño?
- «Mitad» -contestó el gato.
- ¿«Mitad»? ¡Qué ocurrencia! En mi vida había oído
semejante nombre; apuesto a que no está en el calendario.
No transcurrió mucho tiempo antes de que al gato se
le hiciese de nuevo la boca agua pensando en la manteca.
- Las cosas buenas van siempre de tres en tres
-dijo al ratón-. Otra vez he de actuar de padrino; en esta ocasión, el pequeño
es negro del todo, sólo tiene las patitas blancas; aparte ellas, ni un pelo
blanco en todo el cuerpo. Esto ocurre con muy poca frecuencia. No te importa
que vaya, ¿verdad?
- ¡«Empezado», «Mitad»! -contestó el ratón-. Estos
nombres me dan mucho que pensar.
- Como estás todo el día en casa, con tu levitón
gris y tu larga trenza -dijo el gato-, claro, coges manías. Estas cavilaciones
te vienen del no salir nunca.
Durante la ausencia de su compañero, el ratón se
dedicó a ordenar la casita y dejarla como la plata, mientras el glotón se
zampaba el resto de la grasa del puchero:
- Es bien verdad que uno no está tranquilo hasta
que lo ha limpiado todo -díjose, y, ahíto como un tonel, no volvió a casa hasta
bien entrada la noche. Al ratón le faltó tiempo para preguntarle qué nombre
habían dado al tercer gatito.
- Seguramente no te gustará tampoco -dijo el gato-.
Se llama «Terminado».
- ¡«Terminado»! -exclamó el ratón-. Éste sí que es
el nombre más estrafalario de todos. Jamás lo vi escrito en letra impresa.
¡«Terminado»! ¿Qué diablos querrá decir?
Y, meneando la cabeza, se hizo un ovillo y se echó
a dormir.
Ya no volvieron a invitar al gato a ser padrino,
hasta que, llegado el invierno y escaseando la pitanza, pues nada se encontraba
por las calles, el ratón acordóse de sus provisiones de reserva.
- Anda, gato, vamos a buscar el puchero de manteca
que guardamos; ahora nos vendrá, de perlas.
- Sí -respondió el gato-, te sabrá como cuando
sacas la lengua por la ventana.
Salieron, pues, y, al llegar al escondrijo, allí
estaba el puchero, en efecto, pero vacío.
- ¡Ay! -clamó el ratón-. Ahora lo comprendo todo;
ahora veo claramente lo buen amigo que eres. Te lo comiste todo cuando me
decías que ibas de padrino: primero «empezado», luego «mitad», luego...
- ¿Vas a callarte? -gritó el gato-. ¡Si añades una
palabra más, te devoro!
-... «terminado» -tenía ya el pobre ratón en la
lengua. No pudo aguantar la palabra, y, apenas la hubo soltado, el gato pegó un
brinco y, agarrándolo, se lo tragó de un bocado.
Así van las cosas de este mundo.
El enebro
************
Hace ya muchísimo tiempo, como unos dos mil años,
vivía un hombre acaudalado que tenía una mujer tan bella como piadosa.
Queríanse tiernamente, pero no tenían hijos, a pesar de lo mucho que los
deseaban; la esposa los pedía al cielo día y noche; pero no venía ninguno.
Frente a su casa, en un patio, crecía un enebro, y un día de invierno en que la
mujer se hallaba debajo de él mondando una manzana, cortóse en un dedo y la
sangre cayó en la nieve.
- ¡Ay! - exclamó con un profundo suspiro, y, al
mirar la sangre, le entró una gran melancolía: «¡Si tuviese un hijo rojo como
la sangre y blanco como la nieve!», y, al decir estas palabras, sintió de
pronto en su interior una extraña alegría; tuvo el presentimiento de que iba a
ocurrir algo inesperado.
Entró en su casa, transcurrió un mes y se fundió la
nieve; a los dos meses, todo estaba verde, y las flores brotaron del suelo; a
los cuatro, todos los árboles eran un revoltijo de nuevas ramas verdes.
Cantaban los pajarillos, y sus trinos resonaban en todo el bosque, y las flores
habían caído de los árboles al terminar el quinto mes; y la mujer no se cansaba
de pasarse horas y horas bajo el enebro, que tan bien olía. Saltábale de gozo
el corazón, cayó de rodillas y no cabía en sí de alborozo. Y cuando ya hubo
transcurrido el sexto mes, y los frutos estaban ya abultados y jugosos, sintió
en su alma una gran placidez y quietud. Al llegar el séptimo mes comió muchas
bayas de enebro, y enfermó y sintió una profunda tristeza. Pasó luego el octavo
mes, llamó a su marido y, llorando, le dijo:
- Si muero, entiérrame bajo el enebro.
Y, de repente, se sintió consolada y contenta, y de
este modo transcurrió el mes noveno. Dio entonces a luz un niño blanco como la
nieve y colorado como la sangre, y, al verlo, fue tal su alegría, que murió.
Enterróla su esposo bajo el enebro, y no cesaba de
llorar; al cabo de algún tiempo, sus lágrimas empezaron a manar menos
copiosamente, secáronse al fin, y el hombre tomó otra mujer.
Con su segunda esposa tuvo una hija, y ya dijimos
que del primer matrimonio le había quedado un niño rojo como la sangre y blanco
como la nieve. Al ver la mujer a su hija, quedó prendada de ella; pero cuando
miraba al pequeño, los celos le atravesaban el corazón; parecíale que era un
estorbo continuo, y no pensaba sino en procurar que toda la fortuna quedase
para su hija. El demonio le inspiró un odio profundo hacia el niño; empezó a
mandarlo de un rincón a otro, tratándolo a empellones y codazos, por lo que el
pobre pequeñuelo vivía en constante sobresalto. Cuando volvía de la escuela, no
había un momento de reposo para él.
Un día en que la mujer se hallaba en el piso de
arriba, acudió su hijita y le dijo:
- ¡Mamá, dame una manzana!
- Sí, hija mía - asintió la madre, y le ofreció una
muy hermosa que sacó del arca. Pero aquella arca tenía una tapa muy grande y
pesada, con una cerradura de hierro ancha y cortante.
- Mamá - prosiguió la niña -, ¿no podrías darle
también una al hermanito?
La mujer hizo un gesto de mal humor, pero
respondió:
- Sí, cuando vuelva de la escuela.
Y he aquí que cuando lo vio venir desde la ventana,
como si en aquel mismo momento hubiese entrado en su alma el demonio, quitando
a la niña la manzana que le diera, le dijo:
- ¡No vas a tenerla tú antes que tu hermano!
Y volviendo el fruto al arca, la cerró. Al llegar
el niño a la puerta, el maligno inspiróle que lo acogiese cariñosamente:
- Hijo mío, ¿te apetecería una manzana? - preguntó
al pequeño, mirándolo con ojos coléricos.
- Mamá - respondió el niño, - ¡pones una cara que
me asusta! ¡Sí, quiero una manzana!
Y la voz interior del demonio le hizo decir:
- Ven conmigo - y, levantando la tapa de la caja: -
cógela tú mismo.
Y al inclinarse el pequeño, volvió a tentarla el
diablo. De un golpe brusco cerró el arca con tanta violencia, que cortó en
redondo la cabeza del niño, la cual cayó entre las manzanas. En el mismo
instante sintió la mujer una gran angustia y pensó: «¡Ojalá no lo hubiese
hecho!». Bajó a su habitación y sacó de la cómoda un paño blanco; colocó
nuevamente la cabeza sobre el cuello, atóle el paño a modo de bufanda, de
manera que no se notara la herida, y sentó al niño muerto en una silla delante
de la puerta, con una manzana en la mano.
Mas tarde, Marlenita entró en la cocina, en busca
de su madre. Ésta se hallaba junto al fuego y agitaba el agua hirviendo que
tenía en un puchero.
- Mamá - dijo la niña, - el hermanito está sentado
delante de la puerta; está todo blanco y tiene una manzana en la mano. Le he
pedido que me la dé, pero no me responde. ¡Me ha dado mucho miedo!
- Vuelve - díjole la madre, - y si tampoco te
contesta, le pegas un coscorrón.
Y salió Marlenita y dijo:
- ¡Hermano, dame la manzana! - Pero al seguir, él
callado, la niña le pegó un golpe en la cabeza, la cual, desprendiéndose, cayó
al suelo. La chiquilla se asustó terriblemente y rompió a llorar y gritar.
Corrió al lado de su madre y exclamó:
- ¡Ay. mamá! ¡He cortado la cabeza a mi hermano! -
y lloraba desconsoladamente.
- ¡Marlenita! - exclamó la madre. - ¿Qué has hecho?
Pero cállate, que nadie lo sepa. Como esto ya no tiene remedio, lo coceremos en
estofado.
Y, cogiendo el cuerpo del niño, lo cortó a pedazos,
lo echó en la olla y lo coció. Mientras, Marlenita no hacía sino llorar y más
llorar, y tantas lágrimas cayeron al puchero, que no hubo necesidad de echarle
sal. Al llegar el padre a casa, sentóse a la mesa y preguntó:
- ¿Dónde está mi hijo?
Sirvióle su mujer una gran fuente, muy grande, de
carne con salsa negra, mientras Marlenita seguía llorando sin poder contenerse.
Repitió el hombre:
- ¿Dónde está mi hijo?
- ¡Ay! - dijo la mujer -, se ha marchado a casa de
los parientes de su madre; quiere pasar una temporada con ellos.
- ¿Y qué va a hacer allí? Por lo menos podría
haberse despedido de mí.
- ¡Estaba tan impaciente! Me pidió que lo dejase
quedarse allí seis semanas. Lo cuidarán bien; está en buenas manos.
- ¡Ay! - exclamó el padre. - Esto me disgusta
mucho. Ha obrado mal; siquiera podía haberme dicho adiós.
Y empezó a comer; dirigiéndose a la niña, díjole:
- Marlenita, ¿por qué lloras? Ya volverá tu
hermano. ¡Mujer! - prosiguió, - ¡qué buena está hoy la comida! Sírveme más.
Y cuanto más comía, más apetitosa la encontraba.
- Ponedme más - insistía, - no quiero que quede
nada; me parece como si todo esto fuese mío.
Y seguía comiendo, tirando los huesos debajo de la
mesa, hasta que ya no quedó ni pizca.
Pero Marlenita, yendo a su cómoda, sacó del cajón
inferior su pañuelo de seda más bonito, envolvió en él los huesos que recogió
de debajo de la mesa y se los llevó fuera, llorando lágrimas de sangre.
Depositólos allí entre la hierba, debajo del enebro, y cuando lo hubo hecho,
sintió de pronto un gran alivio y dejó de llorar. Entonces el enebro empezó a
moverse, y sus ramas a juntarse y separarse como cuando una persona,
sintiéndose contenta de corazón, junta las manos dando palmadas. Formóse una
especie de niebla que rodeó el arbolillo, y en el seno de la niebla apareció de
súbito una llama, de la cual salió volando un hermoso pajarillo, que se remontó
en el aire a gran altura, cantando melodiosamente. Y cuando hubo desaparecido,
el enebro volvió a quedarse como antes; pero el paño con los huesos se había
esfumado. Marlenita sintió en su alma una paz y alegría grandes, como si su
hermanito viviese aún. Entró nuevamente en la casa, se sentó a la mesa y comió
su comida.
Pero el pájaro siguió volando, hasta llegar a la
casa de un platero, donde se detuvo y se puso a cantar:
«Mi madre me mató,
mi padre me comió,
y mi buena hermanita
mis huesecillos guardó,
Los guardó en un pañito
de seda, ¡muy bonito!,
y al pie del enebro los enterró.
Kivit, kivit, ¡qué lindo pajarillo soy yo!».
El platero estaba en su taller haciendo una cadena
de oro, y al oír el canto del pájaro que se había posado en su tejado,
parecióle que nunca había oído nada tan hermoso. Levantóse, y al pasar el
dintel de la puerta, se le salió una zapatilla, y, así, hubo de avanzar hasta
el centro de la calle descalzo de un pie, puesto el mandil, en una mano la
cadena de oro, y la tenaza en la otra; y el sol inundaba la calle con sus
brillantes rayos. Levantando la cabeza, el platero miró al pajarillo:
- ¡Qué bien cantas! - le dijo -. ¡Repite tu
canción!
- No - respondió el pájaro; - si no me pagan, no la
vuelvo a cantar. Dame tu cadena y volveré a cantar.
- Ahí tienes la cadena - asintió el platero -.
Repite la canción.
Bajó volando el pájaro, cogió con la patita derecha
la cadena y, posándose enfrente del platero, cantó:
«Mi madre me mató,
mi padre me comió,
y mí buena hermanita
mis huesecillos guardó.
Los guardó en un pañito
de seda, ¡muy bonito!,
y al pie del enebro los enterró.
Kivit, kivit, ¡qué lindo pajarillo soy yo!».
Voló el avecilla a la tienda del zapatero y,
posándose en el tejado, volvió a cantar:
«Mi madre me mató,
mi padre me comió,
y mi buena hermanita
mis huesecillos guardó.
Los guardó en un pañito
de seda, ¡muy bonito!,
y al pie del enebro los enterró.
Kivit, kivit, ¡qué lindo pajarillo soy yo!».
El enano saltarín
(Rumpelstilzchen)
****************
Érase una vez un pobre molinero que tenía una
hermosa hija. Tuvo un día ocasión de hablar con el Rey y, para darse
importancia, le dijo:
- Tengo una hija que sabe hilar la paja,
convirtiéndola en oro.
- He aquí una habilidad que me satisface -dijo el
Rey-. Si tu hija es tan lista como dices, tráela mañana a palacio para ver cómo
se luce.
Cuando le presentaron a la muchacha, condújola él a
una habitación llena de paja, y, dándole una rueca y una tortera, le dijo:
- Ponte enseguida al trabajo. Mañana por la mañana
toda esta paja tiene que estar hilada y convertida en oro. Si no lo has hecho,
morirás.
Y él mismo cerró la puerta con llave, dejando a la
muchacha sola.
La desdichada hija del molinero quedó allí
encerrada, sin saber qué hacer para salvar su vida. Jamás se le había ocurrido
que pudiera transformarse la paja en oro; su angustia aumentaba por momentos y,
al fin, rompió a llorar. De pronto se abrió la puerta y entró un enanillo que
le dijo:
- Buenas noches, molinerita. ¿Por qué lloras así?
-¡Ay! -respondió la muchacha-. Tengo que convertir
esta paja en oro, y no sé hacerlo.
- ¿Qué me das si la hilo yo por ti? -preguntó el
hombrecillo.
- Mi collar -dijo la doncella.
Tomó el enano el collar y, sentándose a la rueca,
en tres pasadas llenó la canilla. Puso luego otra, otras tres pasadas, y quedó
llena la segunda; y así, sin parar hasta la mañana, en que toda la paja quedó
hilada y todas las canillas llenas de oro.
Al amanecer presentóse el Rey, y al ver toda
aquella riqueza sintió una gran alegría. Pero su codicia le pedía más aún.
Mandó conducir a la hija del molinero a otra habitación mucho mayor que la
primera y también llena de paja, y la conminó a hilarla toda durante la noche
si estimaba en algo su vida. La muchacha, viéndose otra vez perdida, prorrumpió
de nuevo a llorar. Presentóse el enanillo y le preguntó:
- ¿Qué me das si te convierto la paja en oro?
- La sortija que llevo en el dedo -respondió la
doncella.
El enano aceptó la sortija, volvió a ponerse a la
rueca y, al llegar la madrugada, toda la paja estaba transformada en reluciente
oro. Alegróse mucho el Rey al verlo; pero, dominado por la avaricia, llevó a la
muchacha a otra habitación, mucho mayor todavía, y también llena de paja:
- Esta noche vas a hilarme todo esto, y si lo
consigues me casaré contigo. Pensaba el Rey: «Aunque sea la hija de un
molinero, en todo el mundo no encontraré una mujer con mejor dote».
Al quedar sola la muchacha, presentóse el enanito
por tercera vez y le dijo:
- ¿Qué me das si también esta noche te hilo la
paja?
- Ya no me queda nada que pueda darte -respondió la
muchacha.
- Entonces prométeme que, una vez seas reina, me
darás tu primer hijo.
«¡Quién sabe cómo han de ir las cosas!», pensó la
molinerita, y, ante el apuro en que se hallaba, prometió lo que se le pedía, a
cambio de lo cual el hombrecillo le transformó la paja en oro por tercera vez.
Y cuando, por la mañana, entró el Rey y lo encontró todo conforme a sus deseos,
casóse con la hermosa hija del molinero, la cual pasó a ser la reina del país.
Al cabo de un año dio a luz un hermoso niño. La
Reina se había olvidado ya del enano. Pero éste se presentó de improviso en su
alcoba y le dijo:
- Dame ahora lo que me prometiste.
La Reina se horrorizó y ofreció al enanito todas
las riquezas del reino en compensación del niño; pero el hombrecillo replicó:
- No, un ser viviente vale para mí más que todos
los tesoros del mundo.
La madre se deshizo en tantas lágrimas y
lamentaciones, que, al fin, el hombrecillo se compadeció de ella.
- Te dejaré tres días de plazo -dijo-. Si para
entonces has averiguado mi nombre, te dejaré a tu hijo.
La Reina se pasó la noche entera tratando de
recordar todos los nombres que había oído en su vida, y envió a un mensajero
con orden de informarse por doquier de todos los existentes. Al comparecer el
hombrecillo al día siguiente, empezó ella a recitar todos los nombres que
sabía, desde Melchor, Gaspar y Baltasar; pero a cada uno respondía el enano:
- No me llamo así.
Durante el segundo día mandó investigar los nombres
de todos los habitantes de la vecindad, y luego enumeró al enanito los más
peregrinos y raros:
- ¿No te llamarás, acaso, Costilludo, o Pata de
carnero, o Pantorrillera?
Pero el hombrecillo respondía invariablemente:
- No me llamo así.
Al tercer día dijo el emisario a su regreso:
- Me ha sido imposible dar con un solo nombre
nuevo; pero cuando llegué a la orilla de un bosque en una alta montaña, allí
donde la zorra y la liebre se dan las buenas noches, vi una casita, y delante
de ella ardía un fuego, y en torno al fuego estaba saltando un ridículo
enanillo sobre una piedra, y cantaba:
«Hoy hago pan, mañana cerveza,
y pasado me traigo al hijo del amo.
¡Qué bien! ¡Nadie tiene en la cabeza
que Rumpelstilzchen soy y que así me llamo!».
Podéis imaginar lo contenta que se puso la Reina al
escuchar aquel nombre. Y tan pronto como compareció al enano y le preguntó:
- Bien, Señora Reina, ¿cómo me llamo? -empezó ella
diciendo:
- ¿Te llamas por casualidad Conrado?
- ¡No!
- ¿0 Enrique?
- ¡No!
- ¿No será, acaso, Rumpelstilzchen?
- ¡Es el diablo quien te lo ha dicho! ¡Es el diablo
quien te lo ha dicho! -exclamó el enanillo, y, encolerizado, dio con el pie
derecho una patada tan fuerte en el suelo, que se hundió en él hasta la
cintura. Luego cogió el pie izquierdo con ambas manos y tiró de él hasta que se
rajó en dos de arriba abajo.
El cuervo
*****************
Érase una vez una reina que tenía una hijita de
poca edad, a la que había que llevar aún en brazos. Un día la niña estaba muy
impertinente, y su madre no lograba aquietarla de ningún modo, hasta que,
perdiendo la paciencia, al ver unos cuervos que volaban en torno al palacio,
abrió la ventana y dijo:
- ¡Ojalá te volvieses cuervo y echases a volar; por
lo menos tendría paz!
Pronunciadas apenas estas palabras, la niña quedó
transformada en cuervo y, desprendiéndose del brazo materno, huyó volando por
la ventana. Fue a parar a un bosque tenebroso, en el que permaneció largo
tiempo, y sus padres perdieron todo rastro de ella.
Cierto día, un hombre que pasaba por el bosque
percibió el graznido de un cuervo; al acercarse al lugar de donde procedía, oyó
que decía el ave:
- Soy princesa de nacimiento y quedé encantada;
pero tú puedes redimirme.
- ¿Qué debo hacer? - preguntó él.
Y respondióle el cuervo:
- Sigue bosque adentro, hasta que encuentres una
casa, en la que vive una vieja. Te ofrecerá comida y bebida; pero no aceptes
nada, pues por poco que comas o bebas quedarás sumido en un profundo sueño, y
ya no te será posible rescatarme. En el jardín de detrás de la casa hay un gran
montón de cortezas, aguárdame allí. Durante tres días seguidos vendré a las dos
de la tarde, en un coche tirado, la primera vez, por cuatro caballos blancos;
por cuatro rojos, la segunda, y por cuatro negros, la tercera; pero si en vez
de estar despierto te hallas dormido, no me podrás desencantar.
Prometió el hombre cumplirlo todo al pie de la
letra; mas el cuervo suspiró:
- ¡Ay!, bien sé que no me redimirás, porque
aceptarás algo de la vieja.
Repitióle el hombre su promesa de que no tocaría
nada de comer ni de beber. Al hallarse delante de la casa, salió la mujer a
recibirlo.
- ¡Pobre, y qué cansado pareces! Entra a reposar,
comerás y beberás algo.
- No - respondióle el hombre -, no quiero tomar
nada.
Pero ella insistió vivamente:
- Si no quieres comer, siquiera bebe un trago; una
vez no cuenta.
Y el forastero, cediendo a la tentación, bebió un
poco. Por la tarde, hacia las dos, salió al jardín y, sentándose en el montón
de corteza, se dispuso a aguardar la llegada del cuervo. Pero no pudiendo
resistir él su cansancio, echóse un rato, con la firme intención de no
dormirse. Sin embargo, apenas se hubo tendido se le cerraron los ojos y se
quedó tan profundamente dormido que nada en el mundo habría podido despertarlo.
A las dos se presentó el cuervo en su carroza, tirada por cuatro caballos
blancos; pero el ave venía triste, diciendo:
- Estoy segura de que duerme.
Y, en efecto, cuando llegó al lugar de la cita
violo tumbado en el suelo, dormido. Apeóse del coche, fue a él, y lo sacudió y
llamó, pero en vano. Al mediodía siguiente, la vieja fue de nuevo a ofrecerle
comida y bebida. El hombre negóse a aceptar nada; no obstante, ante su
insistencia, volvió a beber otro sorbo de la copa. Poco antes de las dos
dirigióse de nuevo al jardín, al lugar convenido, a esperar la llegada del
cuervo; pero, de repente, le acometió una fatiga tan intensa que las piernas no
lo sostenían; incapaz de dominarse, tendióse en el suelo y volvió a quedar
dormido como un tronco. Al pasar el cuervo en su carroza de cuatro caballos
rojos, dijo tristemente:
- ¡Seguro que duerme! - y se acercó a él; pero
tampoco hubo modo de despertarle. Al tercer día le preguntó la vieja:
- ¿Qué es eso? No comes ni bebes. ¿Acaso quieres
morirte?
Pero él replicó:
- No quiero ni debo comer ni beber nada.
Ella dejó a su lado la fuente con la vianda y un
vaso de vino, y, cuando el olor le subió a la nariz, no pudiendo resistir,
bebió un buen trago. A la hora fijada salió al jardín y, subiéndose al montón
de corteza, quiso aguardar la venida de la princesa encantada. Pero sintiéndose
más fatigado aún que la víspera, tumbóse y se quedó tan profundamente dormido
como si fuera de piedra. A las dos se presentó de nuevo el cuervo en su coche,
arrastrado ahora por cuatro corceles negros; el carruaje era también negro. El
ave, que venía de riguroso luto, exclamó:
- ¡Bien sé que duerme y que no puede desencantarme!
Al llegar hasta él, lo encontró profundamente
dormido, y, por más que lo sacudió y llamó, no hubo medio de despertarlo.
Entonces puso a su lado un pan, un pedazo de carne y una botella de vino, de
todas estas viandas podía comer y beber lo que quisiera, sin que jamás se
acabaran. Púsole también en el dedo un anillo de oro, que se quitó del suyo y
que tenía grabado su nombre. Por último, le dejó una carta en la que le
comunicaba lo que le había dado, y, además: «Bien veo que aquí no puedes
desencantarme; pero si quieres hacerlo, ve a buscarme al palacio de oro de
Stromberg; puedes hacerlo, estoy segura de ello». Y, después de depositar todas
las cosas junto a él, subió nuevamente a su carroza y se marchó al palacio de
oro de Stromberg.
Cuando el hombre despertó, dándose cuenta de que se
había dormido, sintió una gran tristeza en su corazón y dijo:
- No cabe duda de que ha pasado de largo, sin yo
redimirla.
Mas reparando en los objetos depositados junto a
él, leyó la carta, y se informó de cómo había sucedido todo. Se levantó y se
puso inmediatamente en camino en busca del castillo de oro de Stromberg; pero
no tenía la menor idea de su paradero. Después de recorrer buena parte del
mundo, llegó a una oscura selva, por la que anduvo durante dos semanas sin
encontrar salida. Un anochecer se sintió tan fatigado que, tendiéndose entre
unas matas, quedóse dormido. A la mañana siguiente prosiguió su ruta, y al atardecer,
cuando se disponía a acomodarse en unos matorrales para pasar la noche,
hirieron sus oídos unas lamentaciones y gemidos que no le dejaron conciliar el
sueño; y al llegar la hora en que la gente enciende las luces, vio brillar una
en la lejanía y se dirigió hacia ella; llegó ante una casa que le pareció muy
pequeña, pues ante ella se hallaba un enorme gigantazo. Pensó: «Si intento
entrar y me ve el gigante, me costará la vida». Al fin, sobreponiéndose al
miedo, se acercó. Cuando lo vio el gigante, le dijo:
- Me place que vengas, pues hace muchas horas que
no he comido nada. Vas a servirme de cena.
- No hagas tal cosa - respondióle el hombre -; yo
no soy fácil de tragar. Pero si lo que quieres es comer, tengo lo bastante para
hartarte.
- Siendo así - dijo el gigante -, puedes estar
tranquilo. Si quería devorarte era a falta de otra cosa.
Sentáronse los dos a la mesa, y el hombre sacó su
pan, vino y carne inagotables.
- Esto me gusta - observó el gigante, comiendo a
dos carrillos. Cuando hubieron terminado, preguntóle el hombre:
- ¿Podrías acaso indicarme dónde se levanta el
castillo de oro de Stromberg?
- Consultaré el mapa - dijo el gigante -; en él
están registrados todas las ciudades, pueblos y casas.
Fue a buscar el mapa, que guardaba en su
dormitorio, y se puso a buscar el castillo, pero éste no aparecía por ninguna
parte.
- No importa - dijo -; arriba, en el armario, tengo
otros mapas mayores, lo buscaremos en ellos.
Mas todo fue inútil. Disponíase el hombre a
marcharse, pero el gigante le rogó que esperase aún dos o tres días a que
regresara su hermano, el cual había partido en busca de vituallas. Cuando llegó
el hermano, le preguntaron por el castillo de oro de Stromberg. Él les
respondió:
- Cuando haya comido y esté satisfecho, consultaré
el mapa.
Subieron luego a su habitación y pusiéronse a
buscar y rebuscar en su mapa; pero tampoco encontraron el dichoso castillo; el
gigante sacó nuevos mapas, y no pararon hasta que, por fin, dieron con él, se
hallaba, empero, a muchos millares de millas de allí.
- ¿Cómo podré jamás llegar hasta allí? - preguntó
el hombre; y respondióle el gigante:
- Dispongo de dos horas. Te llevaré hasta las
cercanías, pero luego tendré que volverme a dar de mamar a nuestro hijo.
Transportólo el gigante hasta cosa de un centenar
de horas de distancia del castillo, y le dijo:
- El resto del camino puedes recorrerle por tus
propios medios - y regresó.
El hombre siguió avanzando día y noche hasta que,
al fin, llegó al castillo de oro de Stromberg. Éste se hallaba edificado en la
cima de una montaña de cristal; la princesa encantada daba vueltas alrededor
del castillo en su coche, hasta que entró en el edificio. Alegróse el hombre al
verla e intentó trepar hasta la cima; pero cada vez que lo intentaba, como el
cristal era resbaladizo, volvía a caer. Viendo que no podría subir jamás,
entristecióse y se dijo: «Me quedaré abajo y la aguardaré». Y se construyó una
cabaña, en la que vivió un año entero; y todos los días veía pasar a la
princesa en su carroza, sin poder nunca llegar hasta ella.
Un día, desde su cabaña, vio a tres bandidos que
reñían y les gritó:
- ¡Dios sea con vosotros!
Ellos interrumpieron la pelea; pero como no vieron
a nadie, la reanudaron con mayor furia que antes; la cosa se puso realmente
peligrosa. Volvió él a gritarles:
- ¡Dios sea con vosotros!
Suspendieron ellos de nuevo le batalla; mas como
tampoco vieran a nadie, pronto la reanudaron y él les repitió por tercera vez
- ¡Dios sea con vosotros! - y pensó: «He de
averiguar lo que les pasa». Dirigióse, pues, a los combatientes y les preguntó
por qué se peleaban. Respondió uno de ellos que había encontrado un bastón, un
golpe del cual bastaba para abrir cualquier puerta; el otro dijo que había
encontrado una capa que volvía invisible al que se cubría con ella; en cuanto
al tercero, había capturado un caballo capaz de andar por todos los terrenos, e
incluso de trepar a la montaña de cristal. El desacuerdo consistía en que no sabían
si guardar las tres cosas en comunidad o quedarse con una cada uno. Dijo
entonces el hombre:
- Yo os cambiaré las tres cosas. Dinero no tengo,
pero sí otros objetos que valen más. Pero antes tengo que probarlas para saber
si me habéis dicho la verdad.
Los otros le dejaron montar el caballo, le colgaron
la capa de los hombros y le pusieron en la mano el bastón; y, una vez lo tuvo
todo, desapareció de su vista. Empezó entonces a repartir bastonazos, gritando:
- ¡Haraganes, ahí tenéis vuestro merecido! ¿Estáis
satisfechos?
Subió luego a la cima de la montaña de cristal y,
al llegar a la puerta del castillo, encontróla cerrada. Golpeóla con el bastón,
y la puerta se abrió inmediatamente. Entró y subió las escaleras hasta lo alto;
en el salón estaba la princesa, con una copa de oro, llena de vino, ante ella.
Pero no podía verlo, pues él llevaba la capa puesta. Al estar delante de la
doncella, quitóse la sortija que ella le pusiera en el dedo y la dejó caer en
la copa; al chocar con el fondo, produjo un sonido argentino. Exclamó la
princesa entonces:
- Éste es mi anillo; por tanto, el hombre que ha de
redimirme debe de estar aquí.
Buscáronlo por todo el castillo, mas no dieron con
él. Había vuelto a salir, montado en su caballo, y se había quitado la capa.
Cuando las gentes del palacio llegaron a la puerta, lo vieron y prorrumpieron
en gritos de alegría. El hombre se apeó y cogió del brazo a la princesa, la
cual lo besó, diciéndole:
- ¡Ahora sí que me has desencantado! ¡Mañana
celebraremos nuestra boda!
El clavel
***************
Érase una reina a quien Dios Nuestro Señor no había
concedido la gracia de tener hijos. Todas las mañanas salía al jardín a rogar
al cielo le otorgase la merced de la maternidad. Un día bajó un ángel del cielo
y le dijo:
- Alégrate, pues vas a tener un hijo dotado del don
de ver cumplidos sus deseos, pues verá satisfechos cuantos sienta en este
mundo.
La reina fue a transmitir a su esposo la fausta
noticia, y, cuando llegó la hora, dio a luz un hijo, con gran alegría del Rey.
Cada mañana iba la Reina al parque con el niño, y
se lavaba allí en una límpida fuente. Sucedió un día, siendo el niño ya
crecidito, que, teniéndolo en el regazo, la madre se quedó dormida. Acercóse
entonces el viejo cocinero, que conocía aquel don particular del pequeño, y lo
raptó; luego mató un pollo y vertió la sangre sobre el delantal y el vestido de
la Reina. Después de llevarse al niño a un lugar apartado, donde una nodriza se
encargaría de amamantarlo, presentóse al Rey para acusar a su esposa de haber
dejado que las fieras le robaran a su hijo. Y cuando el Rey vio la sangre que
manchaba el delantal, prestó crédito a la acusación, y le entró una furia tal,
que hizo construir una profunda mazmorra donde no penetrase la luz del sol ni
de la luna, y en ella mandó enmurallar a la Reina, condenándola a permanecer
allí durante siete años sin comer ni beber, para que muriese de hambre y sed.
Pero Dios Nuestro Señor envió a dos ángeles del cielo en figura de palomas
blancas, los cuales bajaban volando todos los días y le llevaban la comida; y
esto duró hasta que hubieron transcurrido los siete años.
Mientras tanto, el cocinero había pensado: «Puesto
que el niño está dotado del don de ver satisfechos sus deseos, estando yo aquí
podría provocar mi desgracia». Salió, pues, del palacio y se fue a la
residencia del muchacho, que ya era lo bastante crecido para saber hablar, y le
dijo:
- Desea tener un hermoso palacio, con jardín y todo
lo que le corresponda.
Y apenas habían salido las palabras de los labios
del niño, apareció todo lo deseado. Al cabo de algún tiempo, le dijo el
cocinero:
- No está bien que vivas solo; desea una hermosa
muchacha para compañera.
Expresó el niño este deseo, y en el acto
presentósele una doncella hermosísima, como ningún pintor hubiera sido capaz de
pintar. En adelante jugaron juntos, y se querían tiernamente, mientras el viejo
cocinero se dedicaba a la caza, como un gentilhombre. Pero un día se le ocurrió
que el príncipe podía sentir deseos de estar al lado de su padre, cosa que tal
vez lo colocase a él en situación difícil. Salió, pues, y llevándose a la niña
aparte, le dijo:
- Esta noche, cuando el niño esté dormido, te
acercarás a su cama y, después de clavarle el cuchillo en el corazón, me
traerás su corazón y su lengua. Si no lo haces, lo pagarás con la vida.
Marchóse, y al volver al día siguiente, la niña no
había ejecutado su mandato y le dijo:
- ¿Por qué tengo que derramar sangre inocente que
no ha hecho mal a nadie?
- ¡Si no lo haces, te costará la vida! -replicóle
el cocinero.
Cuando se hubo marchado, la muchacha se hizo traer
una cierva joven y la hizo matar; luego le sacó el corazón y la lengua, y los
puso en un plato. Al ver que se acercaba el viejo, dijo a su compañero:
- ¡Métete enseguida en la cama y tápate con la
manta!
Entró el malvado y preguntó:
- ¿Dónde están el corazón y la lengua del niño?
Tendióle la niña el plato, y en el mismo momento el
príncipe, destapándose, exclamó:
- Viejo maldito, ¿por qué quisiste matarme? Ahora,
oye tu sentencia. Vas a transformarte en perro de aguas; llevarás una cadena
dorada al cuello y comerás carbones ardientes, de modo que el fuego te abrase
la garganta.
Y al tiempo que pronunciaba estas palabras, el
viejo quedó metamorfoseado en perro de aguas, con una cadena dorada, atada al
cuello; y los cocineros le daban para comer carbones ardientes, que le
abrasaban la garganta.
El hijo del Rey siguió viviendo aún algún tiempo
allí, siempre pensando en su madre, y en si vivía o estaba muerta. Dijo, al
fin, a la muchacha:
- Quiero irme a mi patria; si te apetece
acompañarme, yo cuidaré de ti.
- ¡Ay! -exclamó ella-. ¡Está tan lejos! Además,
¿qué haré en un país donde nadie me conoce? -. Al verla el príncipe indecisa, y
como a los dos les dolía la separación, transformóla en clavel y la prendió en
su ojal.
Púsose entonces en camino de su tierra, y el perro
no tuvo más remedio que seguirlo. Dirigióse a la torre que servía de prisión a
su madre, y, como era muy alta, expresó el deseo de que apareciese una escalera
capaz de llegar hasta la mazmorra, y, bajando por ella, preguntó en alta voz:
- Madrecita de mi alma, Señora Reina, ¿vivís aún o
estáis muerta?
Y respondió ella:
- Acabo de comer y no tengo hambre -pensando que
eran los ángeles.
Pero él dijo:
- Soy vuestro hijo querido, al que dijeron
falsamente que las fieras os habían arrebatado del regazo; pero estoy vivo, y
muy pronto os libertaré.
Y, volviendo a salir de la torre, se encaminó al
palacio del Rey, su padre, donde se hizo anunciar como un cazador forastero,
que solicitaba ser empleado en la corte. El Rey aceptó sus servicios, a
condición de que fuera un hábil montero y supiera encontrar caza mayor, pues en
todo el reino no la había habido nunca. Prometióle el cazador proporcionársela
en cantidad suficiente para proveer la real mesa. Reuniendo luego a todos los
cazadores, ordenóles que se dispusiesen a salir con él al monte. Partió con ellos,
y, una vez llegados al terreno, los dispuso en un gran círculo abierto en un
punto; situándose él en el centro, empezó a desear, y en un momento entraron en
el círculo lo menos un centenar de magníficas piezas, y los cazadores no
tuvieron más trabajo que derribarlas a tiros. Fueron luego cargadas en sesenta
carretas y llevadas al Rey, el cual vio, al fin, colmada de caza su mesa,
después de muchos años de verse privado de ella.
Muy satisfecho el Rey, al día siguiente invitó a
comer a toda la Corte, para lo cual hizo preparar un espléndido banquete.
Una vez estuvieron todos reunidos, dijo,
dirigiéndose al joven cazador:
- Puesto que has mostrado tanta habilidad, te
sentarás a mi lado.
- Señor Rey, Vuestra Majestad me hace demasiado
honor -respondió el joven-; no soy más que un sencillo cazador.
Pero el Rey insistió, diciendo:
- Quiero que te sientes a mi lado -y el joven hubo
de obedecer. Durante todo el tiempo estaba pensando en su querida madre, y, al
fin, formuló el deseo de que uno de los cortesanos más altos hablara de ella y
preguntara qué tal lo pasaba en la torre la Señora Reina; si vivía aún o había
muerto. Apenas había formulado en su mente este deseo, cuando el mariscal se
dirigió al Monarca en estos términos:
- Serenísima Majestad, ya que nos hallamos todos
aquí contentos y disfrutando, ¿cómo lo pasa la Señora Reina? ¿Vive o ya murió?
A lo cual respondió el Rey:
- Dejó que las fieras devorasen a mi hijo
amadísimo; no quiero que se hable más de ella.
Levantándose entonces el cazador, dijo:
- Mi venerado Señor y Padre: la Reina vive aún, y
yo soy su hijo, y no fueron las fieras las que me robaron, sino aquel malvado
cocinero viejo que, mientras mi madre dormía, me arrebató de su regazo,
manchando su delantal con la sangre de un pollo -. Y, agarrando al perro por el
collar de oro, añadió-: ¡Éste es el criminal! -y mandó traer carbones
encendidos, que el animal hubo de comerse en presencia de todos, abrasándose la
garganta. Preguntó luego al Rey si quería verlo en su figura humana, y, ante su
respuesta afirmativa, volviólo a su primitiva condición de cocinero, con su
blanco mandil y el cuchillo al costado. Al verlo el Rey, ordenó, enfurecido,
que lo arrojasen en el calabozo más profundo. Luego siguió diciendo el cazador:
- Padre mío, ¿queréis ver también a la doncella que
ha cuidado de mí, y a la que ordenaron me quitase la vida bajo pena de la suya,
a pesar de lo cual no lo hizo?
- ¡Oh sí, con mucho gusto! -respondió el Rey.
- Padre y Señor mío, os la mostraré en figura de
una bella flor -dijo el príncipe, y, sacándose del bolsillo el clavel, lo puso
sobre la mesa real; y era hermoso como jamás el Rey viera otro semejante.
Prosiguió el hijo: - Ahora os la voy a presentar en su verdadera figura humana
-y deseó que se transformase en doncella. Y el cambio se produjo en el acto,
apareciendo ante los presentes una joven tan bella como ningún pintor habría
sabido pintar.
El Rey envió a la torre a dos camareras y dos
criados a buscar a la Señora Reina, con orden de acompañarla a la mesa real. Al
llegar a ella, negóse a comer y dijo:
- Dios misericordioso y compasivo, que me sostuvo
en la torre, me llamará muy pronto.
Vivió aún tres días, y murió como una santa. Y al
ser sepultada, la siguieron las dos palomas blancas que la habían alimentado
durante su cautiverio, y que eran ángeles del cielo, y se posaron sobre su
tumba. El anciano rey mandó que el cocinero fuese descuartizado; pero la
pesadumbre se había apoderado de su corazón, y no tardó tampoco en morir. Su
hijo se casó con la hermosa doncella que se había llevado en figura de flor, y
Dios sabe si todavía viven.
El amadísimo Rolando
*****************
Había una vez una mujer que era una bruja hecha y
derecha, la cual tenía dos hijas: una, fea y mala, a la que quería por ser hija
suya; y otra, hermosa y buena, a la que odiaba porque era su hijastra. Tenía
ésta un lindo delantal, que la otra le envidiaba mucho, por lo que dijo a su
madre que de cualquier modo quería hacerse con la prenda.
- No te preocupes, hija mía -respondióle la vieja-,
lo tendrás. Tiempo ha que tu hermanastra se ha hecho merecedora de morir; esta
noche, cuando duerma, entraré y le cortaré la cabeza. Tú cuida sólo de ponerte
al otro lado de la cama, y que ella duerma del lado de acá.
Perdida habría estado la infeliz muchacha, de no
haberlo oído todo desde un rincón. En todo el día no la dejaron asomarse a la
puerta, y, a la hora de acostarse, la otra subió la primera a la cama,
colocándose arrimada a la pared; pero cuando ya se hubo dormido, su
hermanastra, callandito, cambió de lugar, pasando a ocupar el del fondo. Ya
avanzada la noche, entró la vieja, de puntillas; empuñando con la mano derecha
un hacha, tentó con la izquierda para comprobar si había alguien en primer
término y luego, cogiendo el arma con ambas manos, la descargó... y cortó el
cuello a su propia hija.
Cuando se hubo marchado, levantóse la muchacha y se
fue a la casa de su amado, que se llamaba Rolando.
- Escúchame, amadísimo Rolando -dijo, llamando a la
puerta-, debemos huir en seguida. Mi madrastra quiso matarme, pero se equivocó
y ha matado a su propia hija. Por la mañana se dará cuenta de lo que ha hecho,
y estaremos perdidos.
- Huyamos, pues -díjole Rolando-, pero antes
quítale la varita mágica; de otro modo no podremos salvarnos, si nos persigue.
La muchacha volvió en busca de la varita mágica;
luego, cogiendo la cabeza de la muerta, vertió tres gotas de sangre en el
suelo: una, delante de la cama; otra, en la cocina, y otra, en la escalera.
Hecho esto, volvió a toda prisa a la casa de su amado.
Al amanecer, la vieja bruja se levantó y fue a
llamar a su hija para darle el delantal; pero ella no acudió a sus voces. Gritó
entonces:
- ¿Dónde estás?
- Aquí en la escalera, barriendo -respondió una de
las gotas de sangre.
Salió la vieja, pero, al no ver a nadie en la
escalera, volvió a gritar:
- ¿Dónde estás?
- En la cocina, calentándome -contestó la segunda
gota de sangre.
Fue la bruja a la cocina, pero no había nadie, por
lo que preguntó de nuevo en alta voz:
- ¿Dónde estás?
-¡Ay!, en mi cama, durmiendo -dijo la tercera gota.
Al entrar en el aposento y acercarse al lecho, ¿qué
es lo que vio la bruja? A su propia hija bañada en sangre. ¡Ella misma le había
cortado la cabeza!
Enfurecióse la hechicera y se asomó a la ventana; y
como por sus artes podía ver hasta muy lejos, descubrió a su hijastra que huía
junto con su novio amadísimo.
- ¡De nada os servirá! -exclamó-. ¡No vais a
escapamos, por muy lejos que estéis!
Y, calzándose sus botas mágicas, que con cada paso
andaban el camino de una hora, salió en su persecución y les dio alcance en
poco tiempo.
Pero la muchacha, al ver acercarse a su madrastra,
valiéndose de la varita mágica transformó a su amadísimo Rolando en un lago, y
ella misma se convirtió en un pato, que nadaba en el agua. La bruja se detuvo
en la orilla y se puso a echar migas de pan y hacer todo lo posible por atraer
al animal; pero éste se guardó muy bien de acercarse, por lo que la vieja, al
anochecer, hubo de volverse sin haber conseguido su propósito.
Entonces, la muchacha y su amadísimo Rolando
recobraron su figura humana y siguieron andando durante toda la noche, hasta la
madrugada. Transformóse entonces la doncella en una hermosa flor, en medio de
un seto espinoso, y convirtió a su amadísimo Rolando en violinista. Al poco
rato llegó la bruja a grandes zancadas y dijo al músico:
- Mi buen músico, ¿me permites que arranque aquella
hermosa flor?
- Ya lo creo -respondió él-; yo tocaré mientras
tanto.
Metióse la vieja en el seto para arrancar la flor,
pues sabía muy bien quién era; pero el violinista se puso a tocar, y la mujer,
quieras que no, empezó a bailar, pues era aquella una tonada mágica. Y cuanto
más vivamente tocaba él, más violentos saltos tenía que dar ella, por lo que
las espinas le rasgaron todos los vestidos y le desgarraron la piel, dejándola
ensangrentada y maltrecha. Y como el músico no cesaba de tocar, la bruja tuvo
que seguir bailando hasta caer muerta.
Al verse libres, dijo Rolando:
- Voy ahora a casa de mi padre a preparar nuestra
boda.
- Yo me quedaré aquí entretanto -respondió la
muchacha-, aguardando tu vuelta; y para que nadie me reconozca, me transformaré
en una roca encarnada.
Marchóse Rolando, y la doncella, transformada en
roca, se quedó en el campo, esperando el retorno de su amado. Pero al llegar
Rolando a su casa, cayó en los lazos de otra mujer, que consiguió hacerle
olvidar a su prometida. La infeliz muchacha permaneció largo tiempo
aguardándolo, y al ver que no volvía, invadida de tristeza, se transformó en
flor, pensando: «¡Alguien pasará y me pisoteará!».
Ocurrió, empero, que un pastor que apacentaba su
rebaño en el campo, viendo aquella flor tan bella, la cortó y guardó en su
cofre. Desde aquel día, todas las cosas marcharon a las mil maravillas en casa
del pastor. Cuando se levantaba por la mañana se encontraba con todo el trabajo
hecho: las habitaciones, barridas; limpios de polvo las mesas y los bancos; el
fuego encendido en el hogar, y las vasijas llenas de agua. A mediodía, al
llegar a casa, la mesa estaba puesta, y servida una sabrosa comida. El hombre
no acertaba a comprender aquello, pues jamás veía a nadie en su vivienda, la
cual era, además, tan pequeña, que nadie podía ocultarse en ella. De momento
estaba muy complacido con aquellas novedades; pero, al fin, se alarmó y fue a
consultar a una adivina. Díjole ésta:
- Eso es cosa de magia. Levántate un día muy
temprano y fíjate si se mueve algo en la habitación; si ves que algo se mueve,
sea lo que fuere, échale en seguida un paño encima, y el hechizo quedará
aprisionado.
Así lo hizo el pastor, y a la mañana siguiente, al
apuntar el alba, vio cómo el arca se abría y de ella salía la flor. Pegando un
brinco, echóle una tela encima e inmediatamente cesó el encanto,
presentándosela una bellísima doncella, que le confesó ser aquella flor, la
cual había cuidado hasta entonces del orden de su casa. Contóle su historia, y,
como al mozo le gustara la joven, le preguntó si quería casarse con él. Mas la
muchacha respondió negativamente, pues seguía enamorada de su amadísimo Rolando;
le permanecería fiel, aunque la hubiera abandonado. Prometióle, sin embargo,
que no se marcharía, sino que seguiría cuidando de su casa.
Entretanto, llegó el día señalado para la boda de
Rolando. Siguiendo una vieja costumbre del país, hízose un pregón invitando a
todas las muchachas a asistir al acto y a cantar en honor de la pareja de
novios. Al saberlo la fiel muchacha, sintió una profunda tristeza, y pensó que
el corazón iba a estallarle en el pecho. No quería ir a la fiesta, pero las
otras doncellas fueron a buscarla y la obligaron a que las acompañara. Procuró
ir demorando el momento de cantar; pero al final, cuando ya todas hubieron cantado,
no tuvo más remedio que hacerlo también. Mas al iniciar su canto y llegar su
voz a oídos de Rolando, levantóse éste de un salto y exclamó:
- ¡Conozco esta voz; es la de mi verdadera
prometida y no quiero otra!
Todo lo que había olvidado, revivió en su memoria y
en su corazón. Y así fue cómo la fiel doncella se casó con su amadísimo
Rolando, y, terminada su pena, comenzó para ella una vida de dicha.
El agua de vida
****************
Enfermó una vez un rey tan gravemente, que nadie
creía que pudiera curarse. Tenía tres hijos, los cuales, apesadumbrados por la
dolencia de su padre, salieron un día a llorar al jardín de palacio.
Encontráronse allí con un anciano, que les preguntó por el motivo de su
aflicción. Ellos le explicaron que su padre estaba muy enfermo y no tardaría en
morir, pues no se encontraba ningún remedio a su mal.
Díjoles el viejo:
- Pues yo conozco uno: el agua de vida. Quien bebe
de ella, sana. Sólo que es difícil encontrarla.
Al oír esto, exclamó el mayor:
- ¡Yo la encontraré! -y, presentándose al doliente
Rey, le pidió autorización para partir en busca de aquella agua de vida, única
capaz de curarlo.
- No -respondió el Rey-. Es demasiado peligroso.
Prefiero morir.
Pero el hijo insistió con tanta vehemencia, que, al
fin, el Rey cedió. Pensaba el príncipe en su corazón: «Si vuelvo con el agua,
pasaré a ser el favorito de mi padre y heredaré el trono».
Púsose, pues, en camino y, al cabo de algunas horas
de cabalgar, salióle al paso un enano, que lo llamó y le dijo:
- ¿Adónde vas tan deprisa?
- ¡Renacuajo estúpido -respondióle el príncipe con
altivez-, eso es cosa que no te importa! -y siguió su ruta.
El enano se enojó ante esta respuesta y le lanzó
una maldición. Poco después, el mozo entró en una garganta, y cuanto más se
adentraba en ella, más se estrechaban las montañas a ambos lados, hasta que, al
cabo, el camino se hizo tan angosto, que el príncipe no pudo dar un paso más; y
no siéndole tampoco posible hacer dar la vuelta al caballo y desmontar, quedó
aprisionado en aquella estrechura.
El rey enfermo estuvo aguardando largo tiempo su
vuelta, sin que el mozo apareciera. Entonces pidió el hijo segundo:
- Padre, déjame ir a mí en busca del agua de vida
-mientras pensaba: «Si mi hermano ha muerto, para mí será la corona». Al
principio, el Rey no quería dejarlo partir, pero acabó accediendo.
Siguió el príncipe el mismo camino que su hermano,
y se encontró también con el enanito, que lo detuvo y le preguntó adónde iba
con tanta prisa.
- ¡Figurilla! -respondióle el príncipe-, ¿qué te
importa? -y prosiguió adelante sin preocuparse más del hombrecillo. Pero éste
lo maldijo también, enviándolo, como al otro, a una estrecha garganta de la
cual no pudo salir. Eso les pasa a los soberbios.
Ante la tardanza del hijo segundo, ofrecióse el
tercero a partir en busca del agua, y el Rey hubo de ceder también a sus
instancias. Al encontrarse con el enano, y ante su pregunta sobre el objeto de
su viaje, detúvose el mozo y le contestó con buenas palabras:
- Voy en busca del agua de vida, pues mi padre se
halla gravemente enfermo.
- ¿Y ya sabes dónde encontrarla?
- No -respondió el príncipe.
- Ya que te has portado cortésmente y no con
insolencia, como tus desleales hermanos, te informaré sobre el modo de obtener
el agua de vida. Fluye de una fuente en el patio de un castillo encantado, en
el cual no podrás penetrar si antes yo no te doy una varilla de hierro y dos
panes. Con la vara golpearás por tres veces la puerta del castillo. La puerta
se te abrirá enseguida; dentro hay dos leones, que te recibirán con abiertas
fauces; pero si les arrojas los panes, se apaciguarán. Corre entonces a buscar
el agua milagrosa antes de que den las doce, pues a aquella hora se cerrará la
puerta y quedarías prisionero.
Dióle el príncipe las gracias y, tomando la varilla
y los panes, púsose en camino. Todo sucedió tal como le anunciara el enano.
Abrióse la puerta al tercer golpe y, una vez hubo amansado a los leones
echándoles el pan, adentróse en el castillo y llegó a una espaciosa y magnífica
sala, donde yacían príncipes encantados, a los que quitó las sortijas de los
dedos, llevándose, asimismo, una espada y un pan que estaban en la habitación.
Pasó luego a otro aposento, ocupado por una hermosa doncella, que mostró gran
alegría al verlo y que, besándolo, le dijo que la había desencantado, por lo
cual le daría todo su reino y si volvía a buscarla dentro un año celebrarían su
boda. Díjole también dónde estaba la fuente del agua de vida, advirtiéndole de
la necesidad de retirarse antes de las doce. Prosiguió el príncipe. y llegó,
finalmente, a una habitación que contenía una magnífica cama, acabada de hacer.
Sentíase fatigado y pensó en descansar un ratito; pero en cuanto se echó, se
quedó dormido, y cuando despertó estaban dando las doce menos cuarto.
Levantándose de un brinco, asustado, precipitóse a la fuente, llenó de agua un
frasco que había al lado y se retiró a toda prisa. En el mismo momento en que
sonaban las campanadas de las doce cruzaba el dintel, y la puerta, cerrándose
bruscamente, le arrancó un pedazo de tacón.
Contento de tener el agua de vida, reemprendió el
camino de su casa y volvió a pasar por donde estaba el enano. Al ver éste la
espada y el pan, le dijo:
- Con estos dos objetos has adquirido grandes
tesoros: La espada te servirá para vencer a ejércitos enteros, y, en cuanto al
pan, es inagotable.
El príncipe, no queriendo regresar sin sus
hermanos, le dijo al enanito:
- Mi querido enano, ¿no me dirías dónde se hallan
mis hermanos? Partieron antes que yo en busca del agua de vida, y no volvieron.
- Están encerrados entre dos montañas -le respondió
el hombrecillo-. Les encanté como castigo por su insolencia.
Rogóle el príncipe tan insistentemente, que, al
fin, el enano se avino a libertarlos; pero le advirtió:
- ¡Guárdate de ellos, que tienen mal corazón!
Al llegar sus hermanos, él se alegró mucho y les
contó cuanto le había sucedido: que había encontrado el agua de vida, de la
cual traía un frasco lleno, y que había desencantado a una bella princesa, a la
cual debía ir a buscar dentro de un año para casarse con ella y recibir un gran
reino. Partieron luego los tres juntos y llegaron a un país asolado por el
hambre y la guerra, cuyo rey lo daba ya todo por perdido; tan apurada era la
situación. Presentósele el príncipe y le dio el pan, con el cual pudo alimentar
y aun saciar a todo su pueblo. Luego le prestó la espada; y, gracias a ella,
fueron derrotados los ejércitos enemigos, y el país pudo vivir en paz y
tranquilidad. Recogiendo el príncipe el pan y la espada, prosiguió el camino
con sus hermanos, encontrando, a su paso, otros dos países, azotados también
por el hambre y la guerra, a cuyas plagas pusieron nuevamente remedio el pan y
la espada. De este modo, el joven príncipe había salvado a tres reinos.
Después se embarcaron y se hicieron a la mar.
Durante la travesía, los dos mayores se dijeron:
- El pequeño ha encontrado el agua de vida, y
nosotros, no; en pago, nuestro padre le dará el reino que nos pertenece, y él
se quedará con nuestra fortuna.
Y, sedientos de venganza, se conjuraron para
perderlo.
Aguardando a que estuviese dormido, le cambiaron el
agua de vida del frasco por agua de mar, y ellos se quedaron la milagrosa,
Al llegar a su casa, el menor llevó al rey enfermo
la copa para que, bebiendo de ella, se curase; pero no bien el viejo hubo
probado la amarga agua de mar, púsose más enfermo que antes. Y, al oír que se
lamentaba, entrando los dos hijos mayores, acusaron a su hermano de haber
tratado de envenenarle y le sirvieron el agua verdaderamente eficaz. Apenas la
hubo tragado, sintió que su dolencia desaparecía y que recuperaba la salud,
quedando fuerte y vigoroso como en su juventud.
Saliendo los dos mayores al encuentro del menor,
burláronse de él, diciéndole:
- Cierto que fuiste tú quien encontró el agua de
vida; pero has cargado con el trabajo, y nosotros, con el premio. Tenías que
ser más listo y mantener los ojos abiertos; te la quitamos en el barco,
mientras dormías, y, dentro de un año, uno de nosotros te quitará también la
bella princesa. Pero guárdate muy bien de descubrirnos. Nuestro padre no te
creerá, y si dices una sola palabra, te costará la vida; pero si callas, te la
respetaremos.
El anciano rey guardaba rencor a su hijo tercero,
creyendo que había tratado de atentar contra su vida. Mandó reunir la Corte y
fue dictada sentencia por la que el príncipe debía ser muerto secretamente.
Hallándose éste un día de caza sin sospechar nada malo, lo acompañó uno de los
monteros del Rey. Al llegar al bosque, solos los dos, notó el príncipe que el
hombre estaba triste y le preguntó:
- ¿Qué te ocurre, montero amigo?
Replicó el cazador:
- No puedo decirlo, y, sin embargo, debería
hacerlo.
Insistió el príncipe:
- Dime lo que sea; te perdonaré.
- ¡Ay! -exclamó el montero-, el Rey me ha dado
orden de mataros de un tiro.
Asustóse el mozo y dijo al hombre:
- Mi buen montero, no me quites la vida. Te
cambiaré mi real vestido por el pobre tuyo.
- Lo haré gustoso -dijo el otro-; de ningún modo
habría podido disparar contra vos.
Cambiaron de vestidos, y el cazador se marchó a su
casa, mientras el príncipe se internaba en el bosque.
Transcurrido algún tiempo, llegaron a la Corte del
anciano rey tres coches cargados de oro y piedras preciosas destinados al
príncipe menor. Enviábanlos los tres soberanos que, con la espada y el pan que
él les prestara, habían derrotado a los enemigos y dado de comer a sus
respectivos pueblos. Pensó entonces el viejo Monarca: «¿Y si mi hijo fuera
inocente?», y dijo a los que le rodeaban: - ¡Ojalá viviera! ¡Cómo lamento el
haber ordenado darle muerte!
- ¡Vive aún! -exclamó el montero-. Yo no tuve valor
para cumplir vuestra orden -y explicó al Rey cómo habían ocurrido las cosas. El
Rey sintióse muy aliviado, y dio orden de pregonar por todo el reino que su
hijo podía volver a palacio, donde sería recibido con todo afecto.
Por su parte, la princesa mandó construir una
carretera, que partía de su palacio, toda de oro, brillantísima, y dijo a sus
cortesanos que quien llegase por ella directamente, sería su verdadero
prometido: debían dejarle el paso libre. Pero el que viniese por caminos
laterales, sería un impostor y debían cerrarle el acceso al alcázar. Al
acercarse el tiempo fijado, pensó el mayor que debía darse prisa en dirigirse a
la mansión de la princesa y presentarse como su libertador; se casaría con ella
y subiría al trono. Emprendió, pues, el viaje y, al acercarse al palacio,
viendo la hermosa carretera de oro, pensó: «¡Sería una lástima cabalgar por
ella!», y, desviándose, tomó por un camino lateral. Mas al llegar frente a la
puerta dijéronle los guardas que, no siendo el príncipe elegido, debía
volverse.
Poco después partió el segundo, y al llegar a la
carretera de oro, y cuando ya el caballo había puesto el pie en ella, pensó:
«¡Sería lástima, podría desgastarla!», y tomó por la izquierda. En la puerta
rechazáronlo los guardas, diciéndole que no era el elegido, y que se volviese.
Y cuando ya hubo transcurrido el año, el hermano tercero se dispuso, a su vez,
a abandonar el bosque y trasladarse al palacio de su amada, donde sus penas
encontrarían término. Púsose, pues, en camino, y, tan absorto iba pensando en
su prometida, que ni siquiera reparó en que la carretera era de oro, y su
caballo siguió por el centro de la calzada. Al llegar a la puerta le abrieron
enseguida; la princesa lo recibió con grandes muestras de alegría, diciendo que
era su libertador y señor del reino, y celebróse la boda con extraordinario
regocijo. Cuando estuvieron casados, contóle la princesa que su padre había
enviado mensajeros para comunicarle su perdón. Trasladóse él entonces a su
palacio y contó al anciano rey el engaño de que lo habían hecho víctima sus
hermanos, y que él no había revelado. El Soberano quiso castigarlos, pero ellos
se habían fugado en un barco y jamás volvieron a su patria.
HadaLuna lee "El acertijo"
El
acertijo
Érase
una vez el hijo de un rey, a quien entraron deseos de correr mundo,
y se
partió sin más compañía que la de un fiel criado. Llegó un día a un
extenso
bosque, y al anochecer, no encontrando ningún albergue, no sabía
dónde
pasar la noche. Vio entonces a una muchacha que se dirigía a una
casita,
y, al acercarse, se dio cuenta de que era joven y hermosa.
Dirigióse a ella y le dijo:
- Mi
buena niña, ¿no nos acogerías por una noche en la casita, a mí y al
criado?
- De
buen grado lo haría -respondió la muchacha con voz triste-; pero no
os lo
aconsejo. Mejor es que os busquéis otro alojamiento.
- ¿Por
qué? -preguntó el príncipe.
- Mi
madrastra tiene malas tretas y odia a los forasteros ¬contestó la
niña
suspirando.
Bien se
dio cuenta el príncipe de que aquella era la casa de una bruja;
pero
como no era posible seguir andando en la noche cerrada, y, por otra
parte,
no era miedoso, entró. La vieja, que estaba sentada en un sillón
junto
al fuego, miró a los viajeros con sus ojos rojizos:
-
¡Buenas noches! -dijo con voz gangosa, que quería ser amable-. Sentaos a
descansar-. Y sopló los carbones, en los que se cocía algo en un
puchero.
La hija
advirtió a los dos hombres que no comiesen ni bebiesen nada, pues
la
vieja estaba confeccionando brebajes nocivos. Ellos durmieron
apaciblemente hasta la madrugada, y cuando se dispusieron a reemprender
la
ruta,
estando ya el príncipe montado en su caballo, dijo la vieja:
-
Aguarda un momento, que tomarás un trago, como despedida.
Mientras entraba a buscar la bebida, el príncipe se alejó a toda prisa,
y
cuando
volvió a salir la bruja con la bebida, sólo halló al criado, que se
había
entretenido arreglando la silla.
-
¡Lleva esto a tu señor! -le dijo. Pero en el mismo momento se rompió la
vasija,
y el veneno salpicó al caballo; tan virulento era, que el animal
se
desplomó muerto, como herido por un rayo. El criado echó a correr para
dar
cuenta a su amo de lo sucedido, pero, no queriendo perder la silla,
volvió
a buscarla. Al llegar junto al cadáver del caballo, encontró que un
cuervo
lo estaba devorando.
«¿Quién
sabe si cazaré hoy algo mejor?», se dijo el criado; mató, pues, el
cuervo
y se lo metió en el zurrón.
Durante
toda la jornada estuvieron errando por el bosque, sin encontrar la
salida.
Al anochecer dieron con una hospedería y entraron en ella. El
criado
dio el cuervo al posadero, a fin de que se lo guisara para cenar.
Pero
resultó que había ido a parar a una guarida de ladrones, y ya entrada
la
noche presentáronse doce bandidos, que concibieron el propósito de
asesinar y robar a los forasteros. Sin embargo, antes de llevarlo a la
práctica se sentaron a la mesa, junto con el posadero y la bruja, y se
comieron una sopa hecha con la carne del cuervo. Pero apenas hubieron
tomado
un par de cucharadas, cayeron todos muertos, pues el cuervo estaba
contaminado con el veneno del caballo.
Ya no
quedó en la casa sino la hija del posadero, que era una buena
muchacha, inocente por completo de los crímenes de aquellos hombres.
Abrió
a los
forasteros todas las puertas y les mostró los tesoros acumulados.
Pero el
príncipe le dijo que podía quedarse con todo, pues él nada quería
de
aquello, y siguió su camino con su criado.
Después
de vagar mucho tiempo sin rumbo fijo, llegaron a una ciudad donde
residía
una orgullosa princesa, hija del Rey, que había mandado pregonar
su
decisión de casarse con el hombre que fuera capaz de plantearle un
acertijo que ella no supiera descifrar, con la condición de que, si lo
adivinaba, el pretendiente sería decapitado. Tenía tres días de tiempo
para
resolverlo; pero eran tan inteligente, que siempre lo había resuelto
antes
de aquel plazo. Eran ya nueve los pretendientes que habían sucumbido
de
aquel modo, cuando llegó el príncipe y, deslumbrado por su belleza,
quiso
poner en juego su vida. Se presentó a la doncella y le planteó su
enigma:
- ¿Qué
es -le dijo- una cosa que no mató a ninguno y, sin embargo, mató a
doce?
En vano
la princesa daba mil y mil vueltas a la cabeza, no acertaba a
resolver el acertijo. Consultó su libro de enigmas, pero no encontró
nada;
había
terminado sus recursos. No sabiendo ya qué hacer, mandó a su
doncella que se introdujese de escondidas en el dormitorio del príncipe
y
se
pusiera al acecho, pensando que tal vez hablaría en sueños y revelaría
la
respuesta del enigma. Pero el criado, que era muy listo, se metió en la
cama en
vez de su señor, y cuando se acercó la doncella, arrebatándole de
un
tirón el manto en que venía envuelta, la echó del aposento a palos. A
la
segunda noche, la princesa envió a su camarera a ver si tenía mejor
suerte.
Pero el criado le quitó también el manto y la echó a palos.
Creyó
entonces el príncipe que la tercera noche estaría seguro, y se
acostó
en el lecho. Pero fue la propia princesa la que acudió, envuelta en
una
capa de color gris, y se sentó a su lado. Cuando creyó que dormía y
soñaba,
púsose a hablarle en voz queda, con la esperanza de que
respondería en sueños, como muchos hacen. Pero él estaba despierto y lo
oía
todo perfectamente.
Preguntó ella:
- Uno
mató a ninguno, ¿qué es esto?
Respondió él:
- Un
cuervo que comió de un caballo envenenado y murió a su vez.
Siguió
ella preguntando:
- Y
mató, sin embargo, a doce, ¿qué es esto?
- Son
doce bandidos, que se comieron el cuervo y murieron envenenados.
Sabiendo ya lo que quería, la princesa trató de escabullirse, pero el
príncipe la sujetó por la capa, que ella hubo de abandonar. A la mañana,
la hija
del Rey anunció que había descifrado el enigma y, mandando venir a
los
doce jueces, dio la solución ante ellos. Pero el joven solicitó ser
escuchado y dijo:
-
Durante la noche, la princesa se deslizó hasta mi lecho y me lo
preguntó; sin esto, nunca habría acertado.
Dijeron
los jueces:
- Danos
una prueba.
Entonces el criado entró con los tres mantos, y cuando los jueces vieron
el gris
que solía llevar la princesa, fallaron la sentencia siguiente:
- Que
este manto se borde en oro y plata; será el de vuestra boda.
Sobre
la traducción para la edición impresa de Ed. Labor
©
Francisco Payarols - 1955
Fondo y
botones de estrellas de Dreamy's Backgrounds
Midi
usado con permiso del autor
es
copyright © 2000 Bruce DeBoer
HadaLuna se imaginó sobre la obra BlueMoon de ©Amy Brown
usada y
modificada aquí con permiso expreso de la artista
Escribe
a HadaLuna tus sugerencias, críticas u opiniones
o firma
en su Libro de Visitas que encontrarás en la Página Índice
El féretro de cristal
Autor: Hermanos Grimm.
Nadie diga que un pobre sastre no puede llegar
lejos ni alcanzar altos honores.
Basta para ello que acierte con la oportunidad, y,
esto es lo principal, que
tenga suerte.
Un oficialillo gentil e ingenioso de esta clase, se
marchó un día a correr
mundo. Llegó a un gran bosque, para él desconocido,
y se extravió en su
espesura. Cerró la noche y no tuvo más remedio que
buscarse un cobijo en aquella
espantosa soledad. Cierto que habría podido
encontrar un mullido lecho en el
blando musgo; pero el miedo a las fieras no lo
dejaba tranquilo, y, al fin, se
decidió a trepar a un árbol para pasar en él la
noche. Escogió un alto roble y
subió hasta la copa, dando gracias a Dios por
llevar encima su plancha, ya que,
de otro modo, el viento, que soplaba entre las
copas de los árboles, se lo
habría llevado volando.
Pasó varias horas en completa oscuridad, entre
temblores y zozobras, hasta que,
al fin, vio a poca distancia el brillo de una luz.
Suponiendo que se trataba de
una casa, que le ofrecería un refugio mejor que el
de las ramas de un árbol,
bajó cautelosamente y se encaminó hacia el lugar de
donde venía la luz.
Encontróse con una cabaña, construida de cañas y
juncos trenzados. Llamó
animosamente, abrióse la puerta y, al resplandor de
la lámpara, vio a un
viejecito de canos cabellos, que llevaba un vestido
hecho de retales de diversos
colores.
- ¿Quién sois y qué queréis? - preguntóle el vejete
con voz estridente.
- Soy un pobre sastre - respondió él - a quien ha
sorprendido la noche en el
bosque. Os ruego encarecidamente que me deis
alojamiento en vuestra choza hasta
mañana.
- ¡Sigue tu camino! - replicó el viejo de mal
talante -. No quiero tratos con
vagabundos. Búscate acomodo en otra parte.
Y se disponía a cerrar la puerta; pero el sastre lo
agarró por el borde del
vestido y le suplicó con tanta vehemencia, que, al
fin, el hombrecillo, que en
el fondo no era tan malo como parecía, se ablandó y
lo acogió en la choza; le
dio de comer y le preparó un buen lecho en un
rincón.
No necesitó el cansado sastre que lo mecieran y
durmió con un dulce sueño hasta
muy entrada la mañana; y sabe Dios a qué hora se
habría despertado de no haber
sido por un gran alboroto de gritos y mugidos que
resonó de repente a través de
las endebles paredes de la choza. Sintiendo nacer
en su alma un inesperado
valor, levantóse de un salto, se vistió a toda
prisa y salió fuera. Allí vio,
muy cerca de la cabaña, que un enorme toro negro y
un magnífico ciervo se
hallaban enzarzados en furiosa pelea. Acometíanse
mutuamente con tal fiereza,
que el suelo retemblaba con su pataleo, y vibraba
el aire con sus gritos.
Durante largo rato estuvo indecisa la victoria,
hasta que, al fin, el ciervo
hundió la cornamenta en el cuerpo de su adversario,
éste se desplomó con un
horrible rugido, y fue rematado por el ciervo a
cornadas.
El sastre, que había asistido, asombrado, a la
batalla, permanecía aún inmóvil
cuando el ciervo corriendo a grandes saltos hacia
él, sin darle tiempo de huir,
lo ahorquilló con su poderosa cornamenta.
No pudo el hombre entregarse a largas reflexiones,
pues el animal, en
desenfrenada carrera, lo llevaba campo a través,
por montes y valles, prados y
bosques. Agarrándose firmemente a los extremos de
la cuerna abandonóse al
destino. Tenía la impresión de estar volando. Al
fin se detuvo el ciervo ante un
muro de roca, y depositó suavemente al sastre en el
suelo. Éste, más muerto que
vivo, recobró sus sentidos al cabo de mucho rato.
Cuando estaba ya, hasta cierto
punto, en sus cabales, vio que el ciervo embestía
con gran furia contra una
puerta que había en la roca y que se abrió
bruscamente. Por el hueco salieron
grandes llamaradas, seguidas de un denso vapor, que
ocultó el ciervo a sus ojos.
No sabía el hombre qué hacer ni adónde dirigirse
para escapar de aquellas
soledades y hallarse de nuevo entre los hombres.
Estaba indeciso y atemorizado
cuando oyó una voz, que salía de la roca y que le
decía:
- Entra sin temor, no sufrirás daño alguno.
El sastre vaciló unos momentos, hasta que,
impulsado por una fuerza misteriosa,
avanzó, obedeciendo el dictado de la voz. A través
de una puerta de hierro llegó
a una espaciosa sala, cuyo techo, paredes y suelo
eran de sillares
brillantemente pulimentados, en cada uno de los
cuales estaba grabado un signo
indescifrable. Lo contempló todo con muda
admiración, y ya se disponía a salir
cuando dejóse oír nuevamente la voz misteriosa:
- Ponte sobre la piedra que hay en el centro de la
sala; te espera una gran
dicha.
Tanto se había envalentonado nuestro hombre, que ya
no vaciló en seguir las
instrucciones de la voz. La piedra empezó a ceder
bajo sus pies y fue
hundiéndose lentamente tierra adentro. Cuando se
detuvo, el sastre miró a su
alrededor y vio que se encontraba en otra sala, de
dimensiones iguales a la
primera; pero en ella había más cosas dignas de ser
consideradas y admiradas. En
las paredes había huecos a modo de nichos que
contenían vasijas de transparente
cristal, llenas de esencias de color o de un humo
azulado. En el suelo,
colocadas frente a frente, veíanse dos grandes
urnas de cristal, que en seguida
atrajeron su atención. Al acercarse a una de ellas
pudo contemplar en su
interior un hermoso edificio, semejante a un
palacio, rodeado de cuadras,
graneros y otras dependencias. Todo era en
miniatura, pero sutil y delicadamente
labrado, como obra de un hábil artífice.
Seguramente habría continuado sumido en la
contemplación de aquella
magnificencia, de no haberse dejado oír de nuevo la
voz, invitándole a volverse
y mirar la otra urna de cristal.
¡Cuál sería su asombro al ver en ella a una
muchacha de divina belleza. Parecía
dormida, y su larguísima cabellera rubia la
envolvía como un precioso manto.
Tenía cerrados los ojos, pero el color sonrosado de
su rostro y una cinta que se
movía al compás de su respiración, no permitía
dudar de que vivía. Contemplaba
el sastre a la hermosa doncella de palpitante
corazón, cuando de pronto abrió
ella los ojos y, al distinguir al mozo, prorrumpió
en un grito de alegría:
- ¡Santo cielo! ¡Ha llegado la hora de mi
liberación! ¡De prisa, de prisa,
ayúdame a salir de esta cárcel! Si descorres el
cerrojo de este féretro de
cristal, quedaré desencantada.
Obedeció el sastre sin titubear; levantó ella la
tapa de cristal, salió del
féretro y corrió a un ángulo de la sala, donde se
cubrió con un amplio manto.
Sentándose luego sobre una piedra, llamó a su lado
al joven y, después de
besarlo en señal de amistad, le dijo:
- ¡Libertador mío, por quien tanto tiempo estuve
suspirando! El bondadoso cielo
te ha enviado para poner término a mis
sufrimientos. El mismo día en que ellos
terminan, empieza tu dicha. Tú eres el esposo que
me ha destinado el cielo.
Querido de mí y rebosante de todos los terrenales
bienes, vivirás colmado de
alegrías hasta que suene la hora de tu muerte.
Siéntate, y escucha el relato de
mis desventuras.
«Soy hija de un opulento conde. Mis padres murieron
siendo yo aún muy niña, y en
su testamento me confiaron a la tutela de mi
hermano mayor, quien cuidó de mi
educación. Nos queríamos tiernamente, y marchábamos
tan acordes en todos
nuestros pensamientos e inclinaciones, que tomamos
la resolución de no casarnos
jamás y vivir juntos hasta el término de nuestros
días. Nunca faltaban
visitantes en nuestra casa: vecinos y forasteros
acudían a menudo y a todos les
dábamos espléndida hospitalidad.
»Un anochecer llegó a caballo, a nuestro castillo,
un extranjero que nos pidió
alojamiento para la noche, pues no podía ya seguir
hasta el próximo pueblo.
Atendimos su ruego con la cortesía del caso, y
durante la cena nos entretuvo con
su charla y sus relatos. Mi hermano se sintió tan a
gusto en su compañía, que le
rogó se quedase con nosotros un par de días, a lo
cual accedió él después de
oponer algunos reparos. Nos levantamos de la mesa
ya muy avanzada la noche,
asignarnos una habitación al forastero, y yo,
sintiéndome cansada, me fui a
pedir descanso a las blandas plumas. Empezaba a
adormecerme cuando me desvelaron
los acordes de una música delicada y melodiosa.
No sabiendo de dónde venía, quise llamar a mi
doncella, que dormía en una
habitación contigua. Pero con gran asombro me di
cuenta de que, como si
oprimiera mi pecho una horrible pesadilla, estaba
privada de la voz y no
conseguía emitir el menor sonido. Al mismo tiempo,
a la luz de la lámpara, vi
entrar al extranjero en mi aposento, pese a estar
cerrado sólidamente con doble
puerta. Acercándoseme, me dijo que, valiéndose de
la virtud mágica de que estaba
dotado, había producido aquella hermosa música para
mantenerme despierta, y
ahora venía, sin que fuesen obstáculo las
cerraduras, a ofrecerme su corazón y
su mano.
»Pero mi repugnancia por sus artes diabólicas era
tan grande que ni me digné
contestarle. Permaneció él un rato inmóvil, de pie,
sin duda esperando una
respuesta favorable; pero al ver que yo persistía
en mi silencio, me declaró,
airado, que hallaría el medio de vengarse y
castigar mi soberbia, después de lo
cual volvió a salir de la estancia.
»Pasé la noche agitadísima, sin poder conciliar el
sueño hasta la madrugada. Al
despertarme, corrí en busca de mi hermano para
contarle lo sucedido; pero no lo
encontré en su habitación. Su criado me dijo que,
al apuntar el día había salido
de caza con el forastero.
»Agitada por sombríos presentimientos me vestí a
toda prisa, mandé ensillar mi
jaca y, seguida de un criado, me dirigí al galope
hacia el bosque. El caballo de
mi criado tropezó y se rompió una pata, por lo que
el hombre no pudo
acompañarme, mientras yo proseguía mi ruta sin
detenerme. A los pocos minutos vi
al forastero, que se dirigía hacia mí conduciendo
un hermoso ciervo atado de una
cuerda. Sintiendo en mí pecho una ira irrefrenable,
saqué una pistola y la
disparé contra el monstruo; pero la bala rebotó en
su pecho y fue a herir la
cabeza de mi jaca. Caí al suelo, y el extranjero
murmuró unas palabras que me
dejaron sin sentido.
»Al volver en mí, encontréme en esta fosa
subterránea, encerrada en este ataúd
de cristal. Volvió a presentarse el brujo y me
comunicó que mí hermano estaba
transformado en ciervo; mi palacio, reducido a
miniatura, con todas sus
dependencias, recluido en esta arca de cristal, y
mis gentes, convertidas en
humo, aprisionadas en frascos de vidrio. Si yo
accedía a sus pretensiones, le
sería facilísimo volverlo todo a su estado
primitivo. No tenía más que abrir los
frascos y las urnas, y todo recobraría su condición
y forma naturales. Yo no le
respondí, como la vez anterior, y entonces él
desapareció, dejándome en mi
prisión, donde quedé sumida en profundo sueño.
Entre las visiones que pasaron
por mi alma hubo una, consoladora: la de un joven
que venía a rescatarme. Y hoy,
al abrir los ojos, te he visto, y, así, se ha
trocado el sueño en realidad.
Ayúdame ahora a efectuar las demás cosas que
sucedieron en mi sueño: lo primero
es colocar sobre aquella gran losa el arca de
cristal que contiene mi palacio».
No bien gravitó, sobre la piedra el peso del arca,
empezó a elevarse,
arrastrando a la doncella y al mozo, y, por la
abertura del techo, llegó a la
superior, desde la cual les fue fácil salir al aire
libre. Allí, la muchacha
abrió la tapa y fue maravilloso presenciar cómo se
agrandaban rápidamente el
palacio, las casas y las dependencias, hasta
alcanzar sus dimensiones naturales.
Volviendo luego a la bóveda subterránea, cargaron
sobre la piedra los frascos
llenos de esencias y vapores, y, en cuanto la
doncella los hubo destapado,
salieron de ellos el humo azul, transformándose en
personas vivientes, en
quienes la condesita reconoció a sus criados y
servidores. Y su alegría llegó al
colmo cuando el hermano, que, siendo ciervo había
dado muerte al brujo en figura
de toro, se les presentó viniendo del bosque. Aquel
mismo día, la doncella,
cumpliendo su promesa, dio al venturoso sastre su
mano ante el altar.
Regresar a la Página Principal
HadaLuna lee "El fiel Juan"
El fiel
Juan
Érase
una vez un anciano Rey, se sintió enfermo y pensó: «Sin duda es mi
lecho
de muerte éste en el que yazgo». Y ordenó:
- Que
venga mi fiel Juan.
Era
éste su criado favorito, y le llamaban así porque durante toda su vida
había
sido fiel a su señor. Cuando estuvo al pie de la cama, díjole el
Rey:
- Mi
fidelísimo Juan, presiento que se acerca mi fin, y sólo hay una cosa
que me
atormenta: mi hijo. Es muy joven todavía, y no siempre sabe
gobernarse con tino. Si no me prometes que lo instruirás en todo lo que
necesita saber y velarás por él como un padre, no podré cerrar los ojos
tranquilo.
- Os
prometo que nunca lo abandonaré -le respondió el fiel Juan-; lo
serviré
con toda fidelidad, aunque haya de costarme la vida.
Dijo
entonces el anciano Rey:
- Así
muero tranquilo y en paz -. Y prosiguió: - Cuando yo haya muerto
enséñale todo el palacio, todos los aposentos, los salones, los
soterrados
y los
tesoros guardados en ellos. Pero guárdate de mostrarle la última
cámara
de la galería larga, donde se halla el retrato de la princesa del
Tejado
de Oro, pues si lo viera, se enamoraría perdidamente de ella,
perdería el sentido, y por su causa se expondría a grandes peligros; así
que
guárdalo de ello.
Y
cuando el fiel Juan hubo renovado la promesa a su Rey, enmudeció éste y,
reclinando la cabeza en la almohada, murió.
Llevado
ya a la sepultura el cuerpo del anciano Rey, el fiel Juan dio
cuenta
a su joven señor de lo que prometiera a su padre en su lecho de
muerte,
y añadió:
- Lo
cumpliré puntualmente y te guardaré fidelidad como se la guardé a él,
aunque
me hubiera de costar la vida.
Celebráronse las exequias, pasó el período de luto, y entonces el fiel
Juan
dijo al Rey:
- Es
hora de que veas tu herencia; voy a mostrarte el palacio de tu padre.
Y lo
acompañó por todo el palacio, arriba y abajo, y le hizo ver todos los
tesoros
y los magníficos aposentos; sólo dejó de abrir el que guardaba el
peligroso retrato. Éste se hallaba colocado de tal modo que se veía con
sólo
abrir la puerta, y era de una perfección tal que parecía vivir y
respirar, y que en el mundo entero no podía encontrarse nada más hermoso
ni más
delicado.
Pero al
joven Rey no se le escapó que el fiel Juan pasaba muchas veces por
delante
de esta puerta sin abrirla, y, al fin, le preguntó:
- ¿Por
qué no la abres nunca?
- Es
que en esta pieza hay algo que te causaría espanto ¬respondióle el
criado.
Mas el Rey le replicó:
-He
visto todo el palacio y quiero también saber lo que hay ahí dentro, y,
dirigiéndose a la puerta, trató de forzarla.
El fiel
Juan lo retuvo y le dijo:
-
Prometí a tu padre, antes de morir, que no verías lo que hay en este
cuarto;
nos podría traer grandes desgracias, a ti y a mí.
- Al
contrario -replicó el joven Rey-. Si no entro, mi perdición es
segura.
No descansaré ni de día ni de noche hasta que lo haya contemplado
con mis
propios ojos. No me muevo de aquí hasta que me abras esta puerta.
Entonces comprendió el fiel Juan que no había otro remedio, y con el
corazón
en el puño y muchos suspiros sacó la llave del gran manojo. Cuando
tuvo la
puerta abierta, entró el primero con intención de tapar el cuadro,
para
que el Rey no lo viera. Pero, ¿de qué le sirvió? El Rey, poniéndose
de
puntillas, miró por encima de su hombro, y al ver el retrato de la
doncella, resplandeciente de oro y piedras preciosas, cayó al suelo sin
sentido. Levantólo el fiel Juan y lo llevó a su cama, pensando. con gran
angustia:
«El mal
está hecho. ¡Dios mío!, ¿qué pasará ahora?». Y le dio vino para
reanimarlo. Vuelto en sí el Rey, sus primeras palabras fueron:
- ¡Ay!,
¿de quién es este retrato tan hermoso? - Es la princesa del Tejado
de Oro
-respondióle el fiel criado. Y el Rey:
- Es
tan grande mi amor por ella, que si todas las hojas de los árboles
fuesen
lenguas, no bastarían para expresarle. Mi vida pondré en juego para
alcanzarla, y tú, mi leal Juan, debes ayudarme a conseguirlo.
El fiel
criado estuvo cavilando largo tiempo sobre la manera de emprender
el
negocio. pues sólo el llegar a presencia de la princesa era ya muy
difícil. Finalmente, se le ocurrió un medio, y dijo a su señor:
- Todo
lo que tiene a su alrededor es de oro: mesas, sillas, fuentes,
vasos,
tazas y todo el ajuar de la casa. En tu tesoro hay cinco toneladas
de
oro-, manda que den una a los orfebres del reino, y con ella fabriquen
toda
clase de vasos y utensilios, toda suerte de aves, alimañas y animales
fabulosos; esto le gustará; con ello nos pondremos en camino, a probar
fortuna.
El Rey
hizo venir a todos los orfebres del país, los cuales trabajaron sin
descanso hasta terminar aquellos preciosos objetos. Luego fue cargado
todo
en un
barco, y el fiel Juan y el Rey se vistieron de mercaderes para no
ser
conocidos de nadie. Luego se hicieron a la mar, y navegaron hasta
arribar
a la ciudad donde vivía la princesa del Tejado de Oro. El fiel
Juan
pidió al Rey que permaneciese a bordo y aguardase su vuelta:
- A lo
mejor vuelvo con la princesa -dijo-. Procurarás, pues, que todo
esté
bien dispuesto y ordenado, los objetos de oro a la vista y el barco
bien
empavesado.
Se
llenó el cinto de toda clase de objetos preciosos, desembarcó y
encaminóse al palacio real. Al entrar en el patio vio junto al pozo a
una
hermosa
muchacha ocupada en llenar de agua dos cubos de oro. Al volverse
para
llevarse el agua que reflejaba los destellos del oro, vio al
extranjero y le preguntó quién era. Respondióle éste:
- Soy
un mercader - y, abriendo su cinturón, le mostró lo que contenía.
- ¡Oh,
qué lindo! -exclamó ella, y, dejando los cubos en el suelo, se puso
a
examinar las joyas una por una. Luego dijo: -Es necesario que la
princesa lo vea; le gustan tanto las cosas de oro, que, sin duda, os las
comprará todas.
Y,
cogiendo al hombre de la mano, condújolo al interior del palacio, pues
era la
camarera principal. Cuando la hija del Rey vio aquellas maravillas,
se puso
muy contenta y exclamó:
- Está
tan primorosamente trabajado, que te lo compro todo.
A lo
que respondió el fiel Juan:
- Yo no
soy sino el criado de un rico mercader. No es nada lo que traigo
aquí en
comparación de lo que mi amo tiene en el barco: lo más bello y
precioso que jamás se haya hecho en oro.
Pidióle
ella que se lo llevaran a palacio, pero él contestó:
- Hay
tantísimas cosas, que precisarían muchos días y más salas que
vuestro
palacio tiene.
- Estas
palabras sólo sirvieron para estimular la curiosidad de la
princesa, la cual dijo al fin:
-
Acompáñame al barco, quiero ir yo misma a ver los tesoros de tu amo.
El fiel
Juan, muy contento, la condujo entonces al barco, y cuando el Rey
la vio,
parecióle que su hermosura era todavía mayor que la del retrato, y
el
corazón empezó a latirle con tal violencia que se lo sentía a punto de
estallar. Subió la princesa a bordo, y el Rey la acompañó al interior de
la
nave; pero el fiel Juan se quedó junto al piloto y le dio orden de
zarpar:
-
¡Despliega todas las velas, para que el barco vuele más veloz que un
pájaro!
Entretanto, el Rey mostraba a la princesa la vajilla de oro, pieza por
pieza:
fuentes, vasos y tazas, así como las aves y los animales silvestres
y
prodigiosos. Transcurrieron muchas horas así, y la princesa, absorta y
arrobada, no se dio cuenta de que el barco se había hecho a la mar.
Cuando
ya lo
hubo contemplado todo, dio las gracias al mercader y se dispuso a
regresar a palacio-, pero al subir a cubierta vio que estaba muy lejos
de
tierra
y que el buque navegaba a toda vela:
- ¡Ay
de mí! -exclamó-. ¡Me han traicionado, me han raptado! ¡Estoy en
manos
de un mercader! ¡Mil veces morir!
Pero el
Rey, tomándole la mano, le dijo:
- Yo no
soy un comerciante, sino un Rey, y de nacimiento no menos ilustre
que el
tuyo. Si te he raptado con un ardid, ha sido por el inmenso amor
que te
tengo. Es tan grande, que la primera vez que vi tu retrato caí al
suelo
sin sentido-. Estas palabras apaciguaron a la princesa, y como ya
sentía
afecto por el Rey, aceptó de buen grado ser su esposa.
Ocurrió, empero, mientras se hallaban aún en alta mar, que el fiel Juan,
sentado
en la proa del barco tocando un instrumento musical, vio en el
aire
tres cuervos que llegaban volando. Dejó entonces de tocar y se puso a
escuchar su conversación, pues entendía su lenguaje.
Sobre
la traducción para la edición impresa de Ed. Labor
©
Francisco Payarols - 1955
Fondo y
botones de estrellas de Dreamy's Backgrounds
Midi
usado con permiso del autor
es
copyright © 2000 Bruce DeBoer
HadaLuna se imaginó sobre la obra BlueMoon de ©Amy Brown
usada y
modificada aquí con permiso expreso de la artista
Escribe
a HadaLuna tus sugerencias, críticas u opiniones
o firma
en su Libro de Visitas que encontrarás en la Página Índice
Dama duende
**************
Vivía una vez una muchachita muy testaruda e
indiscreta, que nunca obedecía a sus padres. ¿Cómo queréis que le fuesen bien
las cosas? Un día dijo a sus padres:
- Tanto he oído hablar de Dama Duende, que me han
entrado ganas de ir a verla a su casa. Dice la gente que todo es allí
maravilloso, y que ocurren cosas extraordinarias; me muero de curiosidad por
verlo.
Los padres se lo prohibieron rigurosamente,
añadiendo:
- Dama Duende es una mujer malvada que hace cosas
impías; si vas, dejarás de ser nuestra hija.
Pero la muchacha hizo caso omiso de la prohibición
de sus padres, y se encaminó a la casa de Dama Duende. Al llegar, preguntóle
ésta:
- ¿Por qué estás tan pálida?
- ¡Ay! -respondió la niña toda temblorosa-. ¡Lo que
he visto me ha asustado tanto!
- ¿Y qué has visto?
- En la escalera vi a un hombre negro.
- Era un carbonero.
- Luego vi a uno verde.
- Era un cazador.
- Luego vi a otro, rojo como sangre.
- Era un carnicero.
- ¡Ay, Dama Duende! Después tuve un gran susto,
pues al mirar por la ventana no os vi a vos, sino al diablo, echando fuego por
la cabeza.
- ¡Vaya! -exclamó ella-. ¡Así, viste a la bruja en
su mejor atavío! Tiempo ha que te estaba esperando y deseando que vinieses.
Ven, que me alumbrarás.
Transformando a la muchacha en un tarugo de madera,
la arrojó al fuego. Y cuando ya estuvo convertida en una brasa ardiente,
sentóse a calentarse a su lado, diciendo:
- ¡Ésta sí que da luz!
«Bestia peluda»
***************
Érase una vez un rey que tenía una esposa cuyos
cabellos parecían de oro, y tan hermosa que en toda la redondez de la Tierra no
se habría encontrado otra igual. Cayó enferma y, presintiendo su próximo fin,
llamó a su marido y le dijo:
- Si cuando yo haya muerto quieres casarte de
nuevo, no escojas a ninguna mujer que sea menos hermosa que yo y que no tenga
el cabello de oro. ¡Prométemelo!
Prometióselo el Rey, y ella, cerrando los ojos,
murió.
El Rey estuvo largo tiempo inconsolable, sin pensar
ni por un momento en volverse a casar, hasta que, al fin, dijeron sus
consejeros:
- No hay más solución sino que el Rey vuelva a
casarse para que tengamos Reina.
Fueron entonces enviados mensajeros a todas las
partes del país, en busca de una novia equiparable en belleza a la reina
fallecida. Pero en el mundo entero no había otra, y, aunque se hubiese
encontrado una, tampoco habría tenido los cabellos de oro. Por eso, los
emisarios tuvieron que regresar a la Corte con las manos vacías.
Pero he aquí que el Rey tenía una sobrina que era
el vivo retrato de su esposa muerta, tan hermosa como ella y con la misma
cabellera de oro. Contemplóla un día el Rey, y viéndola en todo igual a su
difunta esposa, de repente se sintió enamorado de ella. Dijo entonces a sus
consejeros:
- Me casaré con mi sobrina, pues es el retrato de
mi esposa muerta; de otro modo, no encontraría una novia que se le pareciese.
Horrorizóse la joven al conocer el propósito de su
tío, pues estaba locamente enamorada de un noble joven. Así es que pensó en la
manera de hacerlo desistir de su desatinada resolución y le dijo:
- Antes de satisfacer vuestro deseo, es preciso que
me regaléis tres vestidos: uno, dorado como el sol; otro, plateado como la
luna, y el tercero, brillante como las estrellas. Además quiero un abrigo hecho
de mil pieles distintas; y ha de tener un pedacito de la piel de cada uno de
los animales de vuestro reino.
Al decir esto pensaba:
«Es absolutamente imposible procurarse todo esto,
y, así, conseguiré que mi tío renuncie a su idea». Pero el Rey se mantuvo
obstinado, y las doncellas más habilidosas del país hubieron de tejer las tres
telas y confeccionar un vestido dorado como el sol, otro plateado como la luna
y otro brillante como las estrellas; y los cazadores tuvieron que capturar los
animales de todo el reino y quitarles un pedazo de piel, y con los trocitos fue
cosido un abrigo de mil pieles distintas. Cuando ya todo estuvo dispuesto, el
Rey mandó llamar a su sobrina y, presentándole los objetos por ella exigidos,
le dijo:
- Mañana será nuestra boda.
Al comprender la doncella que no había ninguna
esperanza de hacer mudar de propósito a su tío, resolvió huir. Por la noche,
cuando ya todo el mundo dormía, levantóse y cogió las siguientes cosas: un
anillo de oro, una diminuta rueca del mismo metal y una devanadera, asimismo de
oro; los tres vestidos, comparables al sol, la luna y las estrellas, los metió
en una cáscara de nuez, y se puso el tosco abrigo de pieles, tiznándose,
además, de hollín la cara y las manos.
Encomendóse luego a Dios y se fugó, y estuvo
andando toda la noche, hasta que llegó a un gran bosque. Como se sintiera muy
cansada, sentóse en el hueco de un árbol y se quedó dormida.
Salió el sol, pero ella continuó dormida, sin
despertarse a pesar de lo muy avanzado del día.
Aconteció que el Rey a quien pertenecía el bosque,
había salido a cazar en él. Cuando sus perros llegaron al árbol, pusiéronse a
husmear, dar vueltas en derredor y ladrar; por lo que el Rey dijo a los
cazadores :
- Id a ver qué clase de animal se ha escondido
allí.
Cumplieron los hombres la orden, y, a la vuelta,
dijeron:
- En el árbol hueco hay un animal prodigioso, como
jamás viéramos otro igual; su pellejo es de mil pieles distintas. Está echado,
durmiendo.
Ordenó el Rey:
- Ved si es posible cogerlo vivo; en este caso lo
atáis y lo cargáis en el coche.
Cuando los cazadores sujetaron a la doncella, ésta,
despertándose sobresaltada, les gritó:
- Soy una pobre muchacha desvalida, abandonada de
padre y madre. Apiadaos de mí y llevadme con vosotros.
Dijéronle ellos:
- «Bestia Peluda», servirás para la cocina; vente
con nosotros, podrás ocuparte en barrer las cenizas.
Y, subiéndola al coche, la condujeron al palacio
real. A le asignaron una pequeña cuadra al pie de la escalera, donde no
penetraba ni un rayo de luz, y le dijeron:
- «Bestia Peluda», habitarás y dormirás aquí.
Luego la enviaron a la cocina, donde tuvo que
ocuparse en traer leña y agua, avivar el fuego, desplumar aves, seleccionar
legumbres, barrer la ceniza y otras labores rudas como éstas.
Allí vivió «Bestia Peluda» largo tiempo, llevando
una existencia miserable. ¡Ah, bella jovencita! ¿Qué va a ser de ti? Pero
sucedió un día que hubo fiesta en palacio, y ella dijo al cocinero:
- ¿No me dejarías subir un ratito a verlo? Me
quedaré a mirarlo junto a la puerta.
Respondióle el cocinero:
- Puedes ir, si quieres, pero debes estar de vuelta
dentro de media hora para recoger la ceniza.
Cogió ella el candil, bajó a la cuadrita, quitóse
el abrigo de piel y se lavó el hollín de la cara y las manos, con lo que
reapareció su belleza en todo su esplendor. Abriendo luego la nuez, sacó el
vestido reluciente como el sol y se lo puso, y, así ataviada, subió a la sala
donde se celebraba la fiesta. Todos le dejaron libre paso, pues nadie la
conocía y la tomaron por una princesa. El Rey salió a recibirla y, ofreciéndole
la mano, la invitó a bailar con él, mientras pensaba en su corazón: «Jamás mis
ojos vieron una mujer tan bella». Terminado el baile, inclinóse la doncella y,
al buscarla el Rey, había desaparecido, sin que nadie supiera su paradero. Los
centinelas de las puertas de palacio declararon, al ser preguntados, que no la
habían visto entrar ni salir.
Ella había corrido a la cuadra, en la que, después
de quitarse rápidamente el vestido, se ennegreció cara y manos y se puso el
tosco abrigo, convirtiéndose de nuevo en la «Bestia Peluda». Cuando volvió a la
cocina, a su trabajo, disponiéndose a recoger la ceniza, díjole el cocinero:
- Deja esto para mañana y prepara la sopa del Rey;
también quiero yo subir un momento a echar una mirada. Pero procura que no te
caiga ni un pelo; de lo contrario, no te daremos nada de comer en adelante.
Marchóse el hombre, y «Bestia Peluda» condimentó la
sopa del rey, haciendo un caldo lo mejor que supo, y, cuando ya la tuvo lista,
bajó a la cuadra, a buscar el anillo de oro, y lo echó en la sopera.
Terminada la fiesta, mandó el Rey que le sirviesen
la cena, y encontró la sopa tan sabrosa como jamás la hubiera comido. Y en el
fondo del plato encontró el anillo de oro, no acertando a comprender cómo había
podido ir a parar allí. Mandó entonces que se presentase el cocinero, el cual
tuvo un gran susto al recibir el recado, y dijo a «Bestia Peluda»:
- Seguro que se te ha caído un cabello en la sopa.
Si es así, te costará una paliza.
Al llegar ante el Rey, preguntóle éste quién había
preparado la sopa, a lo que respondió el hombre:
- Yo la preparé.
Pero el Rey le replicó:
- No es verdad, pues estaba guisada de modo
distinto y era mucho mejor que de costumbre.
Entonces dijo el cocinero:
- He de confesar que no la guisé yo, sino aquel
animalito tosco.
- Márchate y dile que suba - ordenó el Rey.
Al presentarse «Bestia Peluda» preguntóle el Rey:
- ¿Quién eres?
- Soy una pobre muchacha sin padre ni madre.
- ¿Qué haces en mi palacio? - siguió preguntando el
Soberano.
- No sirvo sino para que me tiren las botas a la
cabeza - respondió ella.
- ¿De dónde sacaste el anillo que había en la sopa?
- No sé nada del anillo.
El Rey tuvo que despedirla, sin sacar nada en
claro.
Al cabo de algún tiempo celebróse otra fiesta, y,
como la vez anterior, «Bestia Peluda» pidió al cocinero que le permitiese subir
a verla. Díjole él:
- Sí, pero vuelve dentro de media hora a preparar
aquella sopa que tanto gusta al Rey.
Corrió la muchacha a la cuadra, lavóse rápidamente,
sacó de la nuez el vestido plateado como la luna, y se lo puso. Dirigióse luego
a la sala de fiestas, con el aspecto de verdadera princesa, y el Rey salió
nuevamente a su encuentro, muy contento de verla, y como en aquel preciso
momento empezaba el baile, bailaron juntos. Terminada la danza, volvió ella a
desaparecer con tanta rapidez que el Rey no logró descubrir tampoco qué
dirección había seguido. La muchacha corrió a la cuadrita, vistióse de nuevo de
«Bestia Peluda» y se fue a la cocina, a guisar la sopa. Mientras el cocinero
estaba arriba, ella fue a buscar su rueca de oro y la echó en la sopera,
vertiendo encima la sopa, que fue servida al rey. Encontróla éste tan sabrosa
como la otra vez, e hizo venir al cocinero, el cual no tuvo más remedio que
admitir que «Bestia Peluda» había preparado la sopa.
Llamada nuevamente la muchacha ante el Rey, volvió
a contestar a éste que sólo servía para que le arrojasen las botas a la cabeza,
y que nada sabía de la rueca de oro.
En la tercera fiesta organizada por el Rey, las
cosas discurrieron como las dos veces anteriores. El cocinero le dijo:
- Eres una bruja, «Bestia Peluda», y siempre le
echas a la sopa algo para hacerla mejor y para que guste al Rey más que lo que
yo le guiso. - Sin embargo, ante su insistencia, permitióle ausentarse por
breve tiempo.
Esta vez se puso el tercer vestido, el que relucía
como las estrellas, y con él se presentó en la sala. El Rey volvió a bailar con
la bellísima doncella, pensando que jamás había visto otra tan hermosa. Y,
mientras bailaban, sin que ella lo advirtiese le pasó una sortija de oro por el
dedo; además, había dado orden de que el baile se prolongase mucho rato. Al
terminar, trató de sujetarla por las manos, pero ella se escurrió, huyendo tan
ligera entre los invitados, que en un instante desapareció de la vista de
todos. Precipitóse a toda velocidad a la cuadra del pie de la escalera, porque
su ausencia había durado mucho más de media hora, y no tuvo tiempo para
cambiarse de vestido, por lo cual echóse encima su abrigo de piel. Además, con
las prisas no se tiznó del todo, pues un dedo le quedó blanco. Fuese luego a la
cocina, preparó la sopa del Rey y, al salir el cocinero, echó en la sopera la
devanadera de oro. El Rey, al encontrar el objeto en el fondo de la fuente,
mandó llamar a «Bestia Peluda», y entonces se dio cuenta del blanquísimo dedo y
de la sortija que le había puesto durante el baile. Cogióla firmemente de la
mano, y, con los esfuerzos de la muchacha por soltarse, se le abrió un poco el
abrigo, asomando por debajo el vestido, brillante como las estrellas. El Rey le
quitó de un tirón el abrigo, y aparecieron los dorados cabellos, sin que la
muchacha pudiese ya seguir ocultando su hermosura. Y, una vez se hubo lavado el
hollín que le ennegrecía el rostro, apareció la criatura más bella que jamás
hubiese existido sobre la Tierra. Dijo el Rey:
- ¡Tú eres mi amadísima prometida, y nunca más nos
separaremos!
Pronto se celebró la boda, y el matrimonio vivió
contento y feliz hasta la hora de la muerte.
Hermanos Grimm
Blancanieve y Rojaflor
*************
Una pobre viuda vivía en una pequeña choza
solitaria, ante la cual había un jardín con dos rosales: uno, de rosas blancas,
y el otro, de rosas encarnadas. La mujer tenía dos hijitas que se parecían a
los dos rosales, y se llamaban Blancanieve y Rojaflor. Eran tan buenas y
piadosas, tan hacendosas y diligentes, que no se hallarían otras iguales en
todo el mundo; sólo que Blancanieve era más apacible y dulce que su hermana. A
Rojaflor le gustaba correr y saltar por campos y prados, buscar flores y cazar
pajarillos, mientras Blancanieve prefería estar en casa, al lado de su madre,
ayudándola en sus quehaceres o leyéndose en voz alta cuando no había otra
ocupación a que atender. Las dos niñas se querían tanto, que salían cogidas de
la mano, y cuando Blancanieve decía:
- Jamás nos separaremos -contestaba Rojaflor:
- No, mientras vivamos -y la madre añadía: - Lo que
es de una, ha de ser de la otra.
Con frecuencia salían las dos al bosque, a recoger
fresas u otros frutos silvestres. Nunca les hizo daño ningún animal; antes, al
contrario, se les acercaban confiados. La liebre acudía a comer una hoja de col
de sus manos; el corzo pacía a su lado, el ciervo saltaba alegremente en torno,
y las aves, posadas en las ramas, gorjeaban para ellas.
Jamás les ocurrió el menor percance. Cuando les
sorprendía la noche en el bosque, tumbábanse juntas a dormir sobre el musgo
hasta la mañana; su madre lo sabía y no se inquietaba por ello. Una vez que
habían dormido en el bosque, al despertarlas la aurora vieron a un hermoso
niño, con un brillante vestidito blanco, sentado junto a ellas. Levantóse y les
dirigió una cariñosa mirada; luego, sin decir palabra, se adentró en la selva.
Miraron las niñas a su alrededor y vieron que habían dormido junto a un precipicio,
en el que sin duda se habrían despeñado si, en la oscuridad, hubiesen dado un
paso más. Su madre les dijo que seguramente se trataría del ángel que guarda a
los niños buenos.
Blancanieve y Rojaflor tenían la choza de su madre
tan limpia y aseada, que era una gloria verla. En verano, Rojaflor cuidaba de
la casa, y todas las mañanas, antes de que se despertase su madre, le ponía un
ramo de flores frente a la cama; y siempre había una rosa de cada rosal. En
invierno, Blancanieve encendía el fuego y suspendía el caldero de las llares; y
el caldero, que era de latón, relucía como oro puro, de limpio y bruñido que
estaba. Al anochecer, cuando nevaba, decía la madre:
- Blancanieve, echa el cerrojo - y se sentaban las
tres junto al hogar, y la madre se ponía los lentes y leía de un gran libro.
Las niñas escuchaban, hilando laboriosamente; a su lado, en el suelo, yacía un
corderillo, y detrás, posada en una percha, una palomita blanca dormía con la
cabeza bajo el ala.
Durante una velada en que se hallaban las tres así
reunidas, llamaron a la puerta.
- Abre, Rojaflor; será algún caminante que busca
refugio -dijo la madre. Corrió Rojaflor a descorrer el cerrojo, pensando que
sería un pobre; pero era un oso, el cual asomó por la puerta su gorda cabezota
negra. La niña dejó escapar un grito y retrocedió de un salto; el corderillo se
puso a balar, y la palomita, a batir de alas, mientras Blancanieve se escondía
detrás de la cama de su madre.
Pero el oso rompió a hablar:
- No temáis, no os haré ningún daño. Estoy medio
helado y sólo deseo calentarme un poquitín.
- ¡Pobre oso! -exclamó la madre-; échate junto al
fuego y ten cuidado de no quemarte la piel-. Y luego, elevando la voz: -
Blancanieve, Rojaflor, salid, que el oso no os hará ningún mal; lleva buenas
intenciones.
Las niñas se acercaron, y luego lo hicieron
también, paso a paso, el corderillo y la palomita, pasado ya el susto.
Dijo el oso:
- Niñas, sacudidme la nieve que llevo en la piel -
y ellas trajeron la escoba y lo barrieron, dejándolo limpio, mientras él,
tendido al lado del fuego, gruñía de satisfacción.
Al poco rato, las niñas se habían familiarizado con
el animal y le hacían mil diabluras: tirábanle del pelo, apoyaban los
piececitos en su espalda, lo zarandeaban de un lado para otro, le pegaban con
una vara de avellano... Y si él gruñía, se echaban a reír. El oso se sometía
complaciente a sus juegos, y si alguna vez sus amiguitas pasaban un poco de la
medida, exclamaba:
- Dejadme vivir,
Rositas; si me martirizáis.
es a vuestro novio a quien matáis.
Al ser la hora de acostarse, y cuando todos se
fueron a la cama, la madre dijo al oso:
- Puedes quedarte en el hogar -, así estarás
resguardado del frío y del mal tiempo.
Al asomar el nuevo día, las niñas le abrieron la
puerta, y el animal se alejó trotando por la nieve y desapareció en el bosque.
A partir de entonces volvió todas las noches a la misma hora; echábase junto al
fuego y dejaba a las niñas divertirse con él cuanto querían; y llegaron a
acostumbrarse a él de tal manera, que ya no cerraban la puerta hasta que había
entrado su negro amigo.
Cuando vino la primavera y todo reverdecía, dijo el
oso a Blancanieve:
- Ahora tengo que marcharme, y no volveré en todo
el verano.
- ¿Adónde vas, querido oso? -preguntóle
Blancanieve.
- Al bosque, a guardar mis tesoros y protegerlos de
los malvados enanos. En invierno, cuando la tierra está helada, no pueden salir
de sus cuevas ni abrirse camino hasta arriba, pero ahora que el sol ha
deshelado el suelo y lo ha calentado, subirán a buscar y a robar. Y lo que una
vez cae en sus manos y va a parar a sus madrigueras, no es fácil que vuelva a
salir a la luz.
Blancanieve sintió una gran tristeza por la
despedida de su amigo. Cuando le abrió la puerta, el oso se enganchó en el
pestillo y se desgarró un poco la piel, y a Blancanieve le pareció distinguir
un brillo de oro, aunque no estaba segura. El oso se alejó rápidamente y
esapareció entre los árboles.
Algún tiempo después, la madre envió a las niñas al
bosque a buscar leña. Encontraron un gran árbol derribado, y, cerca del tronco,
en medio de la hierba, vieron algo que saltaba de un lado a otro, sin que
pudiesen distinguir de qué se trataba. Al acercarse descubrieron un enanillo de
rostro arrugado y marchito, con una larguísima barba, blanca como la nieve,
cuyo extremo se le había cogido en una hendidura del árbol; por esto, el
hombrecillo saltaba como un perrito sujeto a una cuerda, sin poder soltarse.
Clavando en las niñas sus ojitos rojos y
encendidos, les gritó:
- ¿Qué hacéis ahí paradas? ¿No podéis venir a
ayudarme?
- ¿Qué te ha pasado, enanito? -preguntó Rojaflor.
- ¡Tonta curiosa! -replicó el enano-. Quise partir
el tronco en leña menuda para mi cocina. Los tizones grandes nos queman la
comida, pues nuestros platos son pequeños y comemos mucho menos que vosotros,
que sois gente grandota y glotona. Ya tenía la cuña hincada, y todo hubiera ido
a las mil maravillas, pero esta maldita madera es demasiado lisa; la cuña saltó
cuando menos lo pensaba, y el tronco se cerró, y me quedó la hermosa barba
cogida, sin poder sacarla; y ahora estoy aprisionado. ¡Sí, ya podéis reiros,
tontas, caras de cera! ¡Uf, y qué feas sois!
Por más que las niñas se esforzaron, no hubo medio
de desasir la barba; tan sólidamente cogida estaba.
- Iré a buscar gente -dijo Rojaflor.
- ¡Bobaliconas! -gruñó el enano con voz gangosa-.
¿Para qué queréis más gente? A mí me sobra con vosotras dos. ¿No se os ocurre
nada mejor?
- No te impacientes -dijo Blancanieve-, ya
encontraré un remedio- y, sacando las tijeritas del bolsillo, cortó el extremo
de la barba. Tan pronto como el enano se vio libre, agarró un saco, lleno de
oro, que había dejado entre las raíces del árbol y, cargándoselo a la espalda,
gruñó:
- ¡Qué gentezuela más torpe! ¡Cortar un trozo de mi
hermosa barba! ¡Qué os lo pague el diablo!
Y se alejó, sin volverse a mirar a las niñas.
Poco tiempo después, las dos hermanas quisieron
preparar un plato de pescado. Salieron, pues, de pesca y, al llegar cerca del
río, vieron un bicho semejante a un saltamontes que avanzaba a saltitos hacia
el agua, como queriendo meterse en ella. Al aproximarse, reconocieron al enano
de marras.
- ¿Adónde vas? -preguntóle Rojaflor-. Supongo que
no querrás echarte al agua, ¿verdad?
- No soy tan imbécil -gritó el enano-. ¿No veis que
ese maldito pez me arrastra al río?
Era el caso de que el hombrecillo había estado
pescando, pero con tan mala suerte que el viento le había enredado el sedal en
la barba, y, al picar un pez gordo, la débil criatura no tuvo fuerzas
suficientes para sacarlo, por el contrario, era el pez el que se llevaba al
enanillo al agua. El hombrecito se agarraba a las hierbas y juncos, pero sus
esfuerzos no servían de gran cosa; tenía que seguir los movimientos del pez,
con peligro inminente de verse precipitado en el río. Las muchachas llegaron
muy oportunamente; lo sujetaron e intentaron soltarle la barba, pero en vano:
barba e hilo estaban sólidamente enredados. No hubo más remedio que acudir
nuevamente a las tijeras y cortar otro trocito de barba. Al verlo el enanillo,
les gritó:
- ¡Estúpidas! ¿Qué manera es esa de desfigurarle a
uno? ¿No bastaba con haberme despuntado la barba, sino que ahora me cortáis
otro gran trozo? ¿Cómo me presento a los míos? ¡Ojalá tuvieseis que echar a
correr sin suelas en los zapatos!
Y, cogiendo un saco de perlas que yacía entre los
juncos, se marchó sin decir más, desapareciendo detrás de una piedra.
Otro día, la madre envió a las dos hermanitas a la
ciudad a comprar hilo, agujas, cordones y cintas. El camino cruzaba por un
erial, en el que, de trecho en trecho, había grandes rocas dispersas. De pronto
vieron una gran ave que describía amplios círculos encima de sus cabezas,
descendiendo cada vez más, hasta que se posó en lo alto de una de las peñas, e
inmediatamente oyeron un penetrante grito de angustia. Corrieron allí y vieron
con espanto que el águila había hecho presa en su viejo conocido, el enano, y
se aprestaba a llevárselo. Las compasivas criaturas sujetaron con todas sus
fuerzas al hombrecillo y no cejaron hasta que el águila soltó a su víctima.
Cuando el enano se hubo repuesto del susto, gritó con su voz gangosa:
- ¿No podíais tratarme con más cuidado? Me habéis
desgarrado la chaquetita, y ahora está toda rota y agujereada, ¡torpes más que
torpes!
Y cargando con un saquito de piedras preciosas se
metió en su cueva, entre las rocas. Las niñas, acostumbradas a su ingratitud,
prosiguieron su camino e hicieron sus recados en la ciudad. De regreso, al
pasar de nuevo por el erial, sorprendieron al enano, que había esparcido, en un
lugar desbrozado, las piedras preciosas de su saco, seguro de que a una hora
tan avanzada nadie pasaría por allí. El sol poniente proyectaba sus rayos sobre
las brillantes piedras, que refulgían y centelleaban como soles; y sus colores
eran tan vivos, que las pequeñas se quedaron boquiabiertas, contemplándolas.
- ¡A qué os paráis, con vuestras caras de babiecas!
-gritó el enano; y su rostro ceniciento se volvió rojo de ira. Y ya se disponía
a seguir con sus improperios cuando se oyó un fuerte gruñido y apareció un oso
negro, que venía del bosque. Aterrorizado, el hombrecillo trató de emprender la
fuga; pero el oso lo alcanzó antes de que pudiese meterse en su escondrijo.
Entonces se puso a suplicar, angustiado:
- Querido señor oso, perdonadme la vida y os daré
todo mi tesoro; fijaos, todas esas piedras preciosas que están en el suelo. No
me matéis. ¿De qué os servirá una criatura tan pequeña y flacucha como yo? Ni
os lo sentiréis entre los dientes. Mejor es que os comáis a esas dos malditas
muchachas; ellas sí serán un buen bocado, gorditas como tiernas codornices.
Coméoslas y buen provecho os hagan.
El oso, sin hacer caso de sus palabras, propinó al
malvado hombrecillo un zarpazo de su poderosa pata y lo dejó muerto en el acto.
Las muchachas habían echado a correr; pero el oso
las llamó:
- ¡Blancanieve, Rojaflor, no temáis; esperadme, que
voy con vosotras!
Ellas reconocieron entonces su voz y se detuvieron,
y, cuando el oso las hubo alcanzado, de pronto se desprendió su espesa piel y
quedó transformado en un hermoso joven, vestido de brocado de oro:
- Soy un príncipe -manifestó-, y ese malvado enano
me había encantado, robándome mis tesoros y condenándome a errar por el bosque
en figura de oso salvaje, hasta que me redimiera con su muerte. Ahora ha
recibido el castigo que merecía.
Blancanieve se casó con él, y Rojaflor, con su
hermano, y se repartieron las inmensas riquezas que el enano había acumulado en
su cueva. La anciana madre vivió aún muchos años tranquila y feliz, al lado de
sus hijas. Llevóse consigo los dos rosales que, plantados delante de su
ventana, siguieron dando todos los años sus hermosísimas rosas, blancas y
rojas.
FIN

