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Libro N° 14709. Bestia Peluda Y Otros Cuentos. Hermanos Grimm. Antología.

Guillermo Molina Miranda mayo 20, 2026


© Libro N° 14709. Bestia Peluda Y Otros Cuentos. Hermanos Grimm. Antología. Emancipación. Enero 17 de 2026

 

Título Original: © Bestia Peluda Y Otros Cuentos. Hermanos Grimm. Antología

 

Versión Original: © Bestia Peluda Y Otros Cuentos. Hermanos Grimm. Antología

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

Dominio Público. Editorial: Ediciones Alonso (Madrid).


 

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Portada E.O. de:  Imagen con IA Gemini

 

 

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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BESTIA PELUDA Y OTROS CUENTOS

Hermanos Grimm

Antología


 

 

Bestia Peluda Y Otros Cuentos

Hermanos Grimm

Antología

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Créditos de la Antología:

·    Título exacto: La Bestia Peluda y otros cuentos.

·    Autores originales: Jacob y Wilhelm Grimm.

·    Adaptación y Selección: En muchas de las ediciones de la colección "Cuentos Clásicos" de Ediciones Alonso, la adaptación de los textos estuvo a cargo de Juan Alarcón Benito, y las ilustraciones (que suelen ser muy icónicas en esta edición) fueron obra de Enrique Ibáñez.

·    Editorial: Ediciones Alonso (Madrid).

Algunas ilustraciones: de Margaret Evans Price en: https://cuentos-de-hadas-y-tradicionales.fandom.com/es/wiki/Allerleirauh

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El lobo y la zorra

El lobo y el hombre

El lebrato marino

El ladrón fullero y su maestro

El jugador

El joven gigante

El hábil cazador

El hueso cantor

El gnomo

El gato y el ratón hacen vida en común

El enebro

El enano saltarín

El cuervo

El clavel

El amadísimo Rolando

El agua de vida

El acertijo

El féretro de cristal

El fiel Juan

Dama duende

Bestia peluda

Blancanieve y Rojaflor

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El lobo y la zorra

 

 

 

*****************

 

 

 

El lobo vivía con la zorra, y ésta debía hacer lo que él le mandaba, porque era la más débil; con mucho gusto se hubiera librado de su amo. Un día en que los dos vagaban por el bosque, dijo el lobo:

- Pelirroja, tengo hambre; búscame algo de comer o te devoraré a ti.

Respondió la zorra:

- Sé de una granja donde hay unos cuantos corderos; si quieres, iremos por uno.

Asintió el lobo, se encaminaron a la granja, robó la zorra el cordero, lo llevó a su amo y echó a correr. El lobo se comió el cordero; pero no habiendo quedado satisfecho, quiso también los restantes y fue en su busca. Pero tan torpemente lo hizo, que la oveja madre lo sintió y se puso a balar tan fuerte y a meter tanto ruido, que los campesinos acudieron corriendo y pillaron al lobo, propinándole tal paliza, que la fiera llegó a la guarida de la zorra aullando y cojeando:

- ¡A buen sitio me llevaste! -lamentóse-. Cuando quise apoderarme de otro cordero, los campesinos me atraparon y me pusieron como nuevo.

- ¿Por qué has de ser tan glotón? -replicóle la zorra.

Al día siguiente volvieron a salir a la campiña, y el glotón del lobo repitió lo de la víspera:

- Pelirroja, tráeme algo de comer o te devoraré a ti.

Y respondió la zorra:

- Conozco una alquería, donde hoy la mujer fríe buñuelos; vamos a buscar unos cuantos.

Dirigiéronse a la alquería, y la zorra se deslizó por los alrededores, espiando y olfateando hasta que, habiendo descubierto la fuente de los buñuelos, cogió media docena y se los llevó al lobo:

- Ahí tienes merienda -le dijo, y se marchó. El lobo se zampó los buñuelos de un bocado y dijo:

- Saben a más.

Entró en la despensa y se lanzó sobre la fuente, con tan mala pata que ésta se cayó al suelo y se hizo añicos, con gran estrépito. Acudió la mujer y, al ver al lobo, llamó a la gente. Vinieron todos corriendo y zurraron al animal de tal modo, que hubo de huir cojo de dos patas. En lamentable estado llegó a la madriguera de la zorra,

- ¡Maldito lugar a que me llevaste! -gritóle-. Los hombres me pescaron y me molieron a palos.

Pero la zorra le respondió:

- ¿Por qué has de ser tan glotón?

Al tercer día de salir juntos, el lobo, que andaba con dificultad y cojeando, volvió a las andadas:

- Pelirroja, tráeme algo de comer o te devoraré a ti.

Dijo la zorra:

- Sé de un hombre que ha hecho la matanza y guarda la carne salada en un barril, en la bodega; vamos por ella.

- Pero te vendrás conmigo -dijo el lobo-, para ayudarme en el caso de que no pueda huir.

- Por mí, no hay inconveniente -contestó la zorra, y le enseñó los rodeos y caminos por donde, al fin, llegaron a la bodega.

Había en ella carne en abundancia, y el lobo se puso enseguida a la tarea: «¡Hay para rato, antes no termine!», pensó. Tampoco la zorra se quedó corta, pero mientras comía, miraba en todas direcciones, y con frecuencia corría al agujero por el que habían entrado, para vigilar que su cuerpo no se hinchase demasiado y le impidiera salir. Díjole el lobo:

- Amiga zorra, ¿a qué vienen estas constantes idas y venidas, y este saltar de fuera adentro y de dentro afuera?

- Vigilo que no venga alguien -respondióle la astuta-. ¡Tú no comas demasiado!

Pero el lobo replicó:

- ¡Lo que es yo, no me marcho hasta dejar el barril vacío!

En éstas llegó el campesino a la bodega, pues había oído el ruido de los saltos de la zorra. Ésta, al verlo, de un brinco escapó por el agujero; el lobo quiso seguirla, pero a fuerza de comer se había llenado de tal modo que no pudo pasar por el agujero y se quedó en él aprisionado. Armóse el dueño de un buen garrote, y mató al lobo a garrotazos, mientras la zorra saltaba por el bosque, contenta de haberse librado del viejo glotón.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El lobo y el hombre

 

 

 

****************

 

 

 

Un día la zorra ponderaba al lobo la fuerza del hombre: no había animal que le resistiera, y todos habían de valerse de la astucia para guardarse de él. Respondióle el lobo:

- Como tenga ocasión de encontrarme con un hombre, ¡vaya si arremeteré contra él!

- Puedo ayudarte a encontrarlo -dijo la zorra-; ven mañana de madrugada, y te mostraré uno.

Presentóse el lobo temprano, y la zorra lo condujo al camino que todos los días seguía el cazador. Primeramente pasó un soldado licenciado, ya muy viejo.

- ¿Es eso un hombre? -preguntó el lobo.

- No -respondió la zorra-, lo ha sido.

Acercóse después un muchacho, que iba a la escuela.

- ¿Es eso un hombre?

- No, lo será un día.

Finalmente, llegó el cazador, la escopeta de dos cañones al hombro y el cuchillo de monte al cinto. Dijo la zorra al lobo.

- ¿Ves? ¡Eso es un hombre! Tú, atácalo si quieres, pero, lo que es yo, voy a ocultarme en mi madriguera.

Precipitóse el lobo contra el hombre. El cazador, al verlo, dijo:

- ¡lástima que no lleve la escopeta cargada con balas! -y, apuntándole, disparóle una perdigonada en la cara. El lobo arrugó intensamente el hocico, pero, sin asustarse, siguió derecho al adversario, el cual le disparó la segunda carga. Reprimiendo su dolor, el animal se arrojó contra el hombre, y entonces éste, desenvainando su reluciente cuchillo de monte, le asestó tres o cuatro cuchilladas, tales, que el lobo salió a escape, sangrando y aullando, y fue a encontrar a la zorra.

- Bien, hermano lobo -le dijo ésta-, ¿qué tal ha ido con el hombre?

- ¡Ay! -respondió el lobo-, ¡yo no me imaginaba así la fuerza del hombre! Primero cogió un palo que llevaba al hombro, sopló en él y me echó algo en la cara que me produjo un terrible escozor; luego volvió a soplar en el mismo bastón, y me pareció recibir en el hocico una descarga de rayos y granizo; y cuando ya estaba junto a él, se sacó del cuerpo una brillante costilla, y me produjo con ella tantas heridas, que por poco me quedo muerto sobre el terreno.

- ¡Ya estás viendo lo jactancioso que eres! -díjole la zorra-. Echas el hacha tan lejos, que luego no puedes ir a buscarla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El lebrato marino

 

 

***************

 

 

Vivía cierta vez una princesa que tenía en el piso más alto de su palacio un salón con doce ventanas, abiertas a todos los puntos del horizonte, desde las cuales podía ver todos los rincones de su reino. Desde la primera, veía más claramente que las demás personas; desde la segunda, mejor todavía, y así sucesivamente, hasta la duodécima, desde la cual no se le escapaba nada de cuanto había y sucedía en sus dominios, en la superficie o bajo tierra. Como era en extremo soberbia y no quería someterse a nadie, sino conservar el poder para sí sola, mandó pregonar que se casaría con el hombre que fuese capaz de ocultarse de tal manera que ella no pudiese descubrirlo. Pero aquel que se arriesgase a la prueba y perdiese, sería decapitado, y su cabeza, clavada en un poste. Ante el palacio levantábanse ya noventa y siete postes, rematados por otras tantas cabezas, y pasó mucho tiempo sin que aparecieran más pretendientes. La princesa, satisfecha, pensaba: «Permaneceré libre toda la vida».

Pero he aquí que comparecieron tres hermanos dispuestos a probar suerte. El mayor creyó estar seguro metiéndose en una poza de cal, pero la princesa lo descubrió ya desde la primera ventana, y ordenó que lo sacaran del escondrijo y lo decapitasen. El segundo se deslizó a las bodegas del palacio, pero también fue descubierto desde la misma ventana, y su cabeza ocupó el poste número noventa y nueve. Presentóse entonces el menor ante Su Alteza, y le rogó le concediese un día de tiempo para reflexionar y, además, la gracia de repetir la prueba por tres veces; si a la tercera fracasaba, renunciaría a la vida. Como era muy guapo y lo solicitó con tanto ahínco, díjole la princesa:

- Bien, te lo concedo; pero no te saldrás con la tuya.

Se pasó el mozo la mayor parte del día siguiente pensando el modo de esconderse, pero en vano. Cogiendo entonces una escopeta, salió de caza, vio un cuervo y le apuntó; y cuando se disponía a disparar, gritóle el animal:

- ¡No dispares, te lo recompensaré!

Bajó el muchacho el arma y se encaminó al borde de un lago, donde sorprendió un gran pez, que había subido del fondo a la superficie. Al apuntarle, exclamó el pez:

- ¡No dispares, te lo recompensaré!

Perdonóle la vida y continuó su camino, hasta que se topó con una zorra, que iba cojeando. Disparó contra ella, pero erró el tiro; y entonces le dijo el animal:

- Mejor será que me saques la espina de la pata-. Él lo hizo así, aunque con intención de matar la raposa y despellejarla; pero el animal dijo:

- Suéltame y te lo recompensaré.

El joven la puso en libertad y, como ya anochecía, regresó a casa.

El día siguiente había de ocultarse; pero por mucho que se quebró la cabeza, no halló ningún sitio a propósito. Fue al bosque, al encuentro del cuervo, y le dijo:

- Ayer te perdoné la vida; dime ahora dónde debo esconderme para que la princesa no me descubra.

Bajó el ave la cabeza y estuvo pensando largo rato, hasta que, al fin, graznó:

- ¡Ya lo tengo!-. Trajo un huevo de su nido, partiólo en dos y metió al mozo dentro; luego volvió a unir las dos mitades y se sentó encima.

Cuando la princesa se asomó a la primera ventana no pudo descubrirlo, y tampoco desde la segunda; empezaba ya a preocuparse cuando, al fin, lo vio, desde la undécima. Mandó matar al cuervo de un tiro y traer el huevo; y, al romperlo, apareció el muchacho:

- Te perdono por esta vez-, pero como no lo hagas mejor, estás perdido.

Al día siguiente se fue, el mozo al borde del lago y, llamando al pez, le dijo:

- Te perdoné la vida; ahora indícame dónde debo ocultarme para que la princesa no me vea.

Reflexionó el pez un rato y, al fin, exclamó:

- ¡Ya lo tengo! Te encerraré en mi vientre.

Y se lo tragó, y bajó a lo más hondo del lago. La hija del Rey miró por las ventanas sin lograr descubrirlo desde las once primeras, con la angustia consiguiente; pero desde la duodécima lo vio. Mandó pescar al pez y matarlo, y, al abrirlo, salió el joven de su vientre. Fácil es imaginar el disgusto que se llevó. Ella le dijo:

- Por segunda vez te perdono la vida, pero tu cabeza adornará, irremisiblemente, el poste número cien.

El último día, el mozo se fue al campo, descorazonado, y se encontró con la zorra.

- Tú que sabes todos los escondrijos -díjole-, aconséjame, ya que te perdoné la vida, dónde debo ocultarme para que la princesa no me descubra.

- Difícil es -respondió la zorra poniendo cara de preocupación; pero, al fin, exclamó:

- ¡Ya lo tengo!

Fuese con él a una fuente y, sumergiéndose en ella, volvió a salir en figura de tratante en ganado. Luego hubo de sumergirse, a su vez, el muchacho, reapareciendo transformado en lebrato de mar. El mercader fue a la ciudad, donde exhibió el gracioso animalito, reuniéndose mucha gente a verlo. Al fin, bajó también la princesa y, prendada de él, lo compró al comerciante por una buena cantidad de dinero. Antes de entregárselo, dijo el tratante al lebrato:

- Cuando la princesa vaya a la ventana, escóndete bajo la cola de su vestido.

Al llegar la hora de buscarlo, asomóse la joven a todas las ventanas, una tras otra. sin poder descubrirlo; y al ver que tampoco desde la duodécima lograba dar con él, entróle tal miedo y furor, que, a golpes, rompió en mil pedazos los cristales de todas las ventanas, haciendo retemblar todo el palacio.

Al retirarse y encontrar el lebrato debajo de su cola, lo cogió y, arrojándolo al suelo, exclamó:

- ¡Quítate de mi vista!

El animal se fue al encuentro del mercader y, juntos, volvieron a la fuente. Se sumergieron de nuevo en las aguas y recuperaron sus figuras propias. El mozo dio gracias a la zorra, diciéndole:

- El cuervo y el pez son unos aprendices, comparados contigo. No cabe duda de que tú eres el más astuto.

Luego se presentó en palacio, donde la princesa lo aguardaba ya, resignada a su suerte. Celebróse la boda, y el joven convirtióse en rey y señor de todo el país. Nunca quiso revelarle dónde se había ocultado la tercera vez ni quien le había ayudado, por lo que ella vivió en la creencia de que todo había sido fruto de su habilidad, y, por ello, le tuvo siempre en gran respeto, ya que pensaba:

«Éste es más listo que yo».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El ladrón fullero y su maestro

 

 

***************

 

 

Juan quería que su hijo aprendiera un oficio; fue a la iglesia y rogó a Dios Nuestro Señor que le inspirase lo que fuera más conveniente. El sacristán, que se encontraba detrás del altar, le dijo: «¡Ladrón fullero, ladrón fullero!».

Volvió Juan junto a su hijo y le comunicó que había de aprender de ladrón fullero, pues así lo había dicho Dios Nuestro Señor. Se puso en camino con el muchacho en busca de alguien que supiera aquel oficio. Después de mucho andar, llegaron a un gran bosque, y allí encontraron una casita en la que vivía una vieja. Preguntóle Juan:

- ¿No sabría de algún hombre que entienda el oficio de ladrón fullero?

- Aquí mismo, y muy bien lo podrás aprender -dijo la mujer-; mi hijo es maestro en el arte. - Y Juan habló con el hijo de la vieja:

- ¿No podría enseñar a mi hijo el oficio de ladrón fullero?

A lo que respondió el maestro:

- Enseñaré a vuestro hijo como se debe. Volved dentro de un año; si entonces lo conocéis, renuncio a cobrar nada por mis enseñanzas; pero si no lo conocéis, tendréis que pagarme doscientos ducados.

Volvió el padre a su casa, y el hijo aprendió con gran aplicación el arte de la brujería y el oficio de ladrón. Transcurrido el año, fue el padre a buscarlo, pensando tristemente, durante el camino cómo se las compondría para reconocer a su hijo. Mientras avanzaba sumido en sus cavilaciones, fijó la mirada ante sí y vio que le salía al paso un hombrecillo, el cual le preguntó:

- ¿Qué te pasa buen hombre? Pareces muy preocupado.

- ¡Ay! -exclamó Juan-, hace un año coloqué a mi hijo en casa de un maestro en fullería, el cual me dijo que volviese al cabo de este tiempo, y si no reconocía a mi hijo, tendría que pagarle doscientos ducados; pero sí lo reconocía, no debería abonarle nada. Y ahora siento gran miedo de no reconocerlo, pues no sé de dónde voy a sacar el dinero.

Díjole entonces el hombrecillo que se llevase una corteza de pan y se colocara con ella debajo de la campana de la chimenea. Sobre la percha de que pendían las cremalleras había un cestito, del que asomaba un pajarillo; aquél era su hijo.

Entró Juan y cortó una corteza de pan moreno delante de la cesta. Inmediatamente salió de ella un pajarillo y se lo quedó mirando.

- Hola, hijo mío, ¿estás aquí? -dijo el padre. Alegróse el hijo al ver a su padre, mientras el maestro refunfuñó:

- El diablo te lo ha dicho. ¿Cómo, si no, habrías podido reconocer a tu hijo?

- Padre, vámonos -dijo el muchacho.

El padre emprendió, con su hijo el regreso a casa; durante el camino se cruzaron con un coche. Dijo entonces el muchacho:

- Voy a transformarme en un gran lebrel, y así podréis ganar mucho dinero conmigo.

Y gritó el señor del coche:

- Buen hombre, ¿queréis venderme ese perro?

- Sí -respondió el padre.

- ¿Cuánto pedís?

- Treinta ducados.

- Mucho dinero es, buen hombre; pero, en fin, el lebrel me gusta y me quedo con él.

El señor lo subió al coche; pero apenas hubo corrido un breve trecho cuando el perro, saltando del carruaje por la ventanilla, a través del cristal, desapareció y fue a reunirse con su

padre.

Llegaron los dos juntos a casa. Al día siguiente había mercado en la aldea vecina, y dijo el mozo a su padre:

- Ahora me transformaré en un magnífico caballo, y vos me venderéis. Pero después de cerrar el trato debéis quitarme la brida, pues, de otro modo, no podría volver a mi condición de persona.

Encaminóse el hombre al mercado con su caballo, y se le presentó el maestro de fullerías y le compró el animal por cien ducados; mas el padre, distraído, se olvidó de quitarle la brida. El comprador se llevó el caballo a su casa y lo metió en el establo. Al pasar la criada por el zaguán, dijo el caballo:

- ¡Quítame la brida, quítame la brida!

La muchacha se quedó parada, el oído atento:

- ¡Cómo! ¿Sabes hablar?

Fue y le quitó la brida, y el caballo, transformándose en gorrión, huyó volando sobre la puerta. Pero el maestro convirtióse también en gorrión y salió detrás de él. Al alcanzar al otro empezó la pelea; pero el maestro, que llevaba las de perder, se transformó en pez y se sumergió en el agua. Entonces el joven se volvió también pez y se reanudó la lucha; el maestro lo pasaba mal, y hubo de transformarse nuevamente. Tomó la figura de un pollo, y el mozo, la de una zorra, y, lanzándose sobre su maestro, le cortó la cabeza de una dentellada. Y ahí tenéis al maestro muerto; y muerto sigue hasta el día de hoy.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El jugador

 

 

 

***************

 

 

 

Érase una vez un hombre que en toda su vida no hizo sino jugar; por eso lo llamaba la gente Juan «el jugador», y, como nunca dejó de hacerlo, perdió en el juego su casa y toda su hacienda. He aquí que el último día, cuando ya sus acreedores se disponían a embargarle la casa, se le presentaron Dios Nuestro Señor y San Pedro, y le pidieron refugio por una noche. Respondióles el hombre:

- Por mí, podéis quedaros; pero no puedo ofreceros ni cama ni cena.

Díjole entonces Nuestro Señor que con el alojamiento les bastaba, y que ellos mismos comprarían algo de comer, y el jugador se declaró conforme. San Pedro le dio tres cuartos para que se fuera a la panadería a comprar un pan. Salió el hombre, pero al pasar por delante de la casa donde se hallaban todavía los tahúres que lo habían desplumado, llamáronlo éstos, gritando:

- ¡Juan, entra!

- Sí - replicó él -, ¡para que me ganéis también estas tres perras gordas!

Pero los otros insistieron, el hombre acabó por entrar y, a los pocos momentos, perdió los pocos cuartos. Mientras tanto, Dios Nuestro Señor y San Pedro esperaban su vuelta, y, al ver que tardaba tanto, salieron a su encuentro. El jugador, al verlos, simuló que las tres monedas se le habían caído en un charco y se puso a revolver entre el barro; pero Nuestro Señor sabía perfectamente que se las había jugado. San Pedro le dio otros tres cuartos, y el hombre, no dejándose ya tentar de nuevo, volvió a casa con el pan. Preguntóle entonces Nuestro Señor si tenía acaso vino, y él contestó:

- Señor, los barriles están vacíos.

Instóle Dios Nuestro Señor a que bajase a la bodega, donde seguro que encontraría vino del mejor. El otro se resistía a creerlo; pero, ante tanta insistencia, dijo:

- Bajaré, aunque tengo la certeza de que no hay.

Y he aquí que, al espitar un barril, salió un vino exquisito. Llevóselo a los dos forasteros, los cuales pasaron la noche en su casa, y, por la mañana, Dios Nuestro Señor dijo al jugador que podía pedirles tres gracias, pensando que solicitaría, en primer lugar, la de ir al cielo. Pero no fue así, pues el hombre pidió unos naipes que ganasen siempre, unos dados que tuviesen igual propiedad, y un árbol que diera toda clase de fruta y que quien se subiera en él no pudiese bajar hasta que él se lo mandase. Concedióle Nuestro Señor los tres dones y se marchó en compañía de San Pedro.

Entonces sí que el jugador se puso a jugar de veras, y, al poco tiempo, era dueño de medio mundo. Y dijo San Pedro a Nuestro Señor:

- Señor, la cosa no marcha, pues acabará ganando el mundo entero. Debemos enviarle la Muerte.

Y le enviaron la Muerte. Al presentarse ésta, el jugador se hallaba, como ya es de suponer, arrimado a la mesa con sus compinches. Díjole la descarnada:

- ¡Juan, sal un momento!

Pero el hombre le replicó:

- Espera un poco a que haya terminado la partida; entretanto puedes subirte a aquel árbol de allá fuera y coges una poca fruta; así tendremos algo que mascar durante el camino.

La Muerte se subió al árbol, y cuando quiso volver a bajar, no pudo; allí la tuvo Juan por espacio de siete años, durante los cuales no murió ningún ser humano. Dijo entonces San Pedro a Dios Nuestro Señor:

- Señor, la cosa no marcha, pues no muere nadie; tendremos que ir a arreglarlo nosotros mismos.

Y bajaron los dos a la Tierra, donde Nuestro Señor mandó al jugador que dejase descender a la Muerte del árbol. Digiéndose él a la Muerte, le ordenó:

- ¡Baja! - y ella, al llegar al suelo, lo primero que hizo fue agarrarlo y ahogarlo. Pusiéronse los dos en camino y llegaron al otro mundo. El jugador se presentó ante la puerta del cielo y llamó:

- ¿Quién va?

- Juan «el jugador».

- ¡No te necesitamos! ¡Márchate!

Fuese entonces al Purgatorio y llamó nuevamente:

- ¿Quién va?

- Juan «el jugador».

- ¡Ay!, bastantes penas y tribulaciones sufrimos ya aquí; no estamos para juegos. ¡Márchate!

Y hubo de encaminarse a la puerta del infierno, donde fue admitido. Pero dentro no había nadie, aparte el viejo Lucifer y unos cuantos demonios contrahechos - los que estaban bien tenían trabajo en la Tierra -. Sentándose enseguida, púsose a jugar nuevamente. Pero Lucifer no poseía más que sus diablos deformes, a los cuales le ganó Juan en un abrir y cerrar de ojos, gracias a sus cartas milagrosas. Marchóse entonces con sus diablos contrahechos a Hohenfuert, y, arrancando las perchas del lúpulo, treparon al cielo y se pusieron a aporrear el piso hasta hacerlo crujir. Ante lo cual, San Pedro exclamó:

- Señor, la cosa no marcha; es preciso que lo dejemos entrar, pues, de lo contrario, derribará el cielo.

Y lo dejaron entrar, aunque a regañadientes. Pero el jugador enseguida empezó a jugar de nuevo, y armó tal griterío y alboroto, que nadie oía sus propias palabras. San Pedro volvió a hablar con Nuestro Señor:

- Señor, la cosa no marcha; debemos echarlo; si no lo hacemos, nos va a amotinar todo el cielo.

Arremetieron contra él y lo arrojaron del Paraíso, y su alma se rompió en innúmeros pedazos, que fueron a alojarse en los tahúres que todavía viven en nuestro mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El joven gigante

 

 

****************

 

 

Un campesino tenía un hijo que no abultaba más que el dedo pulgar; no había manera de hacerlo crecer, y, al cabo de varios años, su talla no había aumentado ni el grueso de un cabello. Un día en que el campesino se disponía a marcharse al campo para la labranza, díjole el pequeñuelo:

- Padre, déjame ir contigo.

- ¿Tú, ir al campo? - replicó el padre. - Quédate en casa; allí no me servirías de nada y aún correría el riesgo de perderte.

Echóse el pequeño a llorar, y, al fin, el campesino, para que lo dejara en paz, metióselo en el bolsillo y se lo llevó. Al llegar al campo, lo dejó sentado en un surco recién abierto. Mientras estaba allí, acercóse un enorme gigante que venía de allende los montes.

- ¿Ves aquel gigantón de allí? - dijo el padre al niño, para asustarlo. - Pues vendrá y se te llevará.

En dos o tres zancadas de sus larguísimas piernas, el gigante llegó ante el surco. Levantó cuidadosamente al pequeño con dos dedos, lo contempló un momento y se alejó con él, sin pronunciar una palabra. El padre, paralizado de espanto, no pudo ni emitir un grito y consideró perdido a su hijo, sin esperanza de volverlo a ver en su vida.

El gigante se llevó al pequeñuelo a su mansión y le dio de mamar de su pecho, con lo que el chiquitín creció, tanto en estatura como en fuerzas, cual es propio de los gigantes. Transcurridos dos años, el viejo gigante lo llevó al bosque y, para probarlo, le dijo:

- Arranca una vara.

El niño era ya tan robusto, que arrancó de raíz un arbolillo como quien no hace nada, pero el gigante pensó: «Ha de hacerse más fuerte», y volvió a llevarlo a su casa y continuó amamantándolo durante otros dos años. Al someterlo nuevamente a prueba, la fuerza del mozo había aumentado tanto, que ya fue capaz de arrancar de raíz un viejo árbol. Sin embargo, no se dio por satisfecho todavía el gigante, y lo amamantó aún por espacio de otros dos años, al cabo de los cuales volvió al bosque, y le ordenó:

- Arráncame ahora una vara de verdad.

Y el joven extrajo del suelo el más fornido de los robles, con una ligereza tal que no parecía sino que bromeaba.

- Ahora está bien - díjole el gigante; - has terminado el aprendizaje - y lo devolvió al campo en que lo encontrara. En él estaba su padre guiando el arado, y el joven gigante fue a él y le dijo:

- ¡Mirad, padre, qué hombrón se ha vuelto vuestro hijo!

El labrador, volviéndose, exclamó asustado:

- ¡No, tú no eres mi hijo! ¡Nada quiero de ti! ¡Márchate!

- ¡Claro que soy vuestro hijo; dejadme trabajar; sé arar tan bien como vos o mejor!

- ¡No, no! Tú no eres mi hijo, ni sabes arar. ¡Anda, márchate de aquí!

Pero como aquel gigante le daba miedo, dejóle el arado y fue a sentarse al borde del campo. Empuñó el hijo el arado con una sola mano, y lo hincó con tal fuerza que la reja se hundió profundamente en el suelo. El campesino no pudo contenerse y le gritó:

- No hay que apretar tan fuerte para arar; es una mala labor la que estás haciendo.

Pero el joven, desunciendo los caballos y poniéndose a tirar él mismo del arado, dijo:

- Vete a casa, padre, y di a mi madre que prepare una buena comida; yo, mientras tanto, terminaré la faena.

Fuese el campesino y encargó a su mujer que preparase la comida, y, entretanto, el mozo aró todo el campo, que medía dos yugadas, sin ayuda de nadie, tras lo cual lo rastrilló por entero, manejando dos rastras a la vez. Cuando hubo terminado, arrancó dos robles del bosque, se los echó al hombro, y puso aún encima una rastra y un caballo delante, y otra rastra y otro caballo detrás; y como si todo junto no fuese más que un haz de paja, llevólo a la casa paterna. Al entrar en la era, su madre, no reconociéndolo, preguntó:

- ¿Quién es ese hombrón tan terrible?

Y respondióle su marido:

- Es nuestro hijo.

- No, no es posible que sea nuestro hijo; jamás tuvimos uno así; el nuestro era muy chiquitín. - Y gritóle: - ¡Márchate, aquí no te queremos!

El mozo, sin chistar, llevó los caballos al establo, echóles heno y avena, y lo arregló como es debido. Cuando estuvo listo, entró en la casa y, sentándose en el banco, dijo:

- Madre, tengo mucho apetito; ¿estará pronto la comida?

- Sí - respondió ella, - y sirvióle dos grandes fuentes repletas, con las que ella y su marido se habrían hartado para ocho días. Pero el joven se lo zampó todo y preguntó si podía darle algo más.

- No - respondióle la madre, - te di todo lo que había en casa.

- Esto sólo me sirve para abrirme el apetito; necesito más.

Ella, no atreviéndose a contradecirlo, salió a poner al fuego una gran artesa llena de comida y, cuando ya estuvo cocida, la entró al mozo.

- Bueno, aquí hay, por lo menos, un par de bocados - dijo éste, y se lo comió todo sin dejar miga; pero tampoco bastaba para aplacarle el hambre, y dijo entonces:

- Padre, bien veo que en vuestra casa nunca me hartaré. Si me traéis una barra de hierro bastante gruesa para que no pueda romperla con la rodilla, me marcharé a correr mundo.

Alegróse el campesino, enganchó los dos caballos al carro y fuese a casa del herrero en busca de una barra tan grande y gruesa como pudieran transportar los animales. El joven se la aplicó contra la rodilla y ¡crac!, la quebró en dos como si fuese una estaca, y tiró los trozos a un lado. Enganchó entonces el padre cuatro caballos y volvió con otra barra tan grande y gruesa como los animales pudieron acarrear; pero el hijo la dobló también y, arrojando los fragmentos, dijo:

- No sirve, padre; tenéis que poner más caballos y traer una barra más fuerte.

Enganchó entonces el campesino ocho caballos, y trajo a casa una tercera barra, tan grande y gruesa como los animales pudieron transportar. El hijo la cogió en la mano, rompió un pedazo de un extremo, y dijo:

- Padre, bien veo que no podéis darme el bastón que necesito. No quiero continuar aquí.

Marchóse con intención de colocarse como oficial herrero. Llegó a un pueblo, donde habitaba un herrero muy avaro, que todo lo quería para sí y nada para los demás. Presentósele el mozo y le preguntó si necesitaba un oficial.

- Sí - respondió el herrero, y, considerándolo de pies a cabeza, pensó: «Es un mozo fornido; manejará bien el martillo y se ganará su pan».

- ¿Cuánto pides de salario? - le preguntó.

- Nada - respondió el mozo, - sólo cada quince días, cuando pagues a los demás trabajadores, yo te daré dos puñetazos y tú los aguantarás.

El herrero se declaró conforme, pensando en el mucho dinero que se ahorraría. A la mañana siguiente, el nuevo oficial se puso a la faena; cuando el maestro le trajo la barra al rojo, del primer martillazo partióse el hierro en dos pedazos, volando por los aires, y el yunque se clavó en el suelo, tan profundamente que no hubo medio de volver a sacarlo. Enfadóse el avaro, y exclamó:

- Tú no me sirves; golpeas con demasiada rudeza. ¿Qué te debo por este solo golpe?

- Sólo quiero darte un golpecito, nada más - respondió el muchacho, y alzando un pie, de una patada lo envió volando al otro lado de cuatro carretas de heno. Eligiendo después la más recia de las barras de hierro que había en la herrería, cogióla como bastón y se marchó.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El hábil cazador

 

 

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Érase una vez un muchacho que había aprendido el oficio de cerrajero. Un día dijo a su padre que deseaba correr mundo y buscar fortuna.

- Muy bien -respondióle el padre-; no tengo inconveniente -. Y le dio un poco de dinero para el viaje. Y el chico se marchó a buscar trabajo. Al cabo de un tiempo se cansó de su profesión, y la abandonó para hacerse cazador. En el curso de sus andanzas encontróse con un cazador, vestido de verde, que le preguntó de dónde venía y adónde se dirigía. El mozo le contó que era cerrajero, pero que no le gustaba el oficio, y sí, en cambio, el de cazador, por lo cual le rogaba que lo tomase de aprendiz.

- De mil amores, con tal que te vengas conmigo -dijo el hombre. Y el muchacho se pasó varios años a su lado aprendiendo el arte de la montería. Luego quiso seguir por su cuenta y su maestro, por todo salario, le dio una escopeta, la cual, empero, tenía la virtud de no errar nunca la puntería. Marchóse, pues, el mozo y llegó a un bosque inmenso, que no podía recorrerse en un día. Al anochecer encaramóse a un alto árbol para ponerse a resguardo de las fieras; hacia medianoche parecióle ver brillar a lo lejos una lucecita a través de las ramas, y se fijó bien en ella para no desorientarse. Para asegurarse, se quitó el sombrero y lo lanzó en dirección del lugar donde aparecía la luz, con objeto de que le sirviese de señal cuando hubiese bajado del árbol. Ya en tierra, encaminóse hacia el sombrero y siguió avanzando en línea recta. A medida que caminaba, la luz era más fuerte, y al estar cerca de ella vio que se trataba de una gran hoguera, y que tres gigantes sentados junto a ella se ocupaban en asar un buey que tenían sobre un asador. Decía uno:

- Voy a probar cómo está -. Arrancó un trozo, y ya se disponía a llevárselo a la boca cuando, de un disparo, el cazador se lo hizo volar de la mano.

- ¡Caramba! -exclamó el gigante-, el viento se me lo ha llevado -, y cogió otro pedazo; pero al ir a morderlo, otra vez se lo quitó el cazador de la boca. Entonces el gigante, propinando un bofetón al que estaba junto a él, le dijo airado:

- ¿Por qué me quitas la carne?

- Yo no te la he quitado -replicó el otro-; habrá sido algún buen tirador.

El gigante cogió un tercer pedazo; pero tan pronto como lo tuvo en la mano, el cazador lo hizo volar también. Dijeron entonces los gigantes:

- Muy buen tirador ha de ser el que es capaz de quitar el bocado de la boca. ¡Cuánto favor nos haría un tipo así! -y gritaron-: Acércate, tirador; ven a sentarte junto al fuego con nosotros y hártate, que no te haremos daño. Pero si no vienes y te pescamos, estás perdido.

Acercóse el cazador y les explicó que era del oficio, y que dondequiera que disparase con su escopeta estaba seguro de acertar el blanco. Propusiéronle que se uniese a ellos, diciéndole que saldría ganando, y luego le explicaron que a la salida del bosque había un gran río, y en su orilla opuesta se levantaba una torre donde moraba una bella princesa, que ellos proyectaban raptar.

- De acuerdo -respondió él-. No será empresa difícil.

Pero los gigantes agregaron:

- Hay una circunstancia que debe ser tenida en cuenta: vigila allí un perrillo que, en cuanto alguien se acerca, se pone a ladrar y despierta a toda la Corte; por culpa de él no podemos aproximarnos. ¿Te las arreglarías para matar el perro?

- Sí -replicó el cazador-; para mí, esto es un juego de niños.

Subióse a un barco y, navegando por el río, pronto llegó a la margen opuesta. En cuanto desembarcó, salióle el perrito al encuentro; pero antes de que pudiera ladrar, lo derribó de un tiro. Al verlo los gigantes se alegraron, dando ya por suya la princesa. Pero el cazador quería antes ver cómo estaban las cosas, y les dijo que se quedaran fuera hasta que él los llamase. Entró en el palacio, donde reinaba un silencio absoluto, pues todo el mundo dormía. Al abrir la puerta de la primera sala vio, colgando en la pared, un sable de plata maciza que tenía grabados una estrella de oro y el nombre del Rey; a su lado, sobre una mesa, había una carta lacrada. Abrióla y leyó en ella que quien dispusiera de aquel sable podría quitar la vida a todo el que se pusiese a su alcance. Descolgando el arma, se la ciñó y prosiguió avanzando. Llegó luego a la habitación donde dormía la princesa, la cual era tan hermosa que él se quedó contemplándola, como petrificado. Pensó entonces: «¡Cómo voy a permitir que esta inocente doncella caiga en manos de unos desalmados gigantes, que tan malas intenciones llevan!». Mirando a su alrededor, descubrió, al pie de la cama, un par de zapatillas; la derecha tenía bordado el nombre del Rey y una estrella; y la izquierda, el de la princesa, asimismo con una estrella. También llevaba la doncella una gran bufanda de seda, y, bordados en oro, los nombres del Rey y el suyo, a derecha e izquierda respectivamente. Tomando el cazador unas tijeras, cortó el borde derecho y se lo metió en el morral, y luego guardóse en él la zapatilla derecha, la que llevaba el nombre del Rey. La princesa seguía durmiendo, envuelta en su camisa; el hombre cortó también un trocito de ella y lo puso con los otros objetos; y todo lo hizo sin tocar a la muchacha. Salió luego, cuidando de no despertarla, y, al llegar a la puerta, encontró a los gigantes que lo aguardaban, seguros de que traería a la princesa. Gritóles él que entrasen, que la princesa se hallaba ya en su poder. Pero como no podía abrir la puerta, debían introducirse por un agujero. Al asomar el primero, lo agarró el cazador por el cabello, le cortó la cabeza de un sablazo y luego tiró el cuerpo hasta que lo tuvo en el interior. Llamó luego al segundo y repitió la operación. Hizo lo mismo con el tercero, y quedó contentísimo de haber podido salvar a la princesa de sus enemigos. Finalmente, cortó las lenguas de las tres cabezas y se las guardó en el morral. «Volveré a casa y enseñaré a mi padre lo que he hecho -pensó-. Luego reanudaré mis correrías. No me faltará la protección de Dios».

Al despertarse el Rey en el palacio, vio los cuerpos de los tres gigantes decapitados. Entró luego en la habitación de su hija, la despertó y le preguntó quién podía haber dado muerte a aquellos monstruos.

- No lo sé, padre mío -respondió ella-. He dormido toda la noche.

Saltó de la cama, y, al ir a calzarse las zapatillas, notó que había desaparecido la del pie derecho; y entonces se dio cuenta también de que le habían cortado el extremo derecho de la bufanda y un trocito de la camisa. Mandó el Rey que se reuniese toda la Corte, con todos los soldados de palacio, y preguntó quién había salvado a su hija y dado muerte a los gigantes. Y adelantándose un capitán, hombre muy feo y, además, tuerto afirmó que él era el autor de la hazaña. Díjole entonces el anciano rey que, en pago de su heroicidad, se casaría con la princesa; pero ésta dijo:

- Padre mío, antes que casarme con este hombre prefiero marcharme a vagar por el mundo hasta donde puedan llevarme las piernas.

A lo cual respondió el Rey que si se negaba a aceptar al capitán por marido, se despojase de los vestidos de princesa, se vistiera de campesina y abandonase el palacio. Iría a un alfarero y abriría un comercio de cacharrería. Quitóse la doncella sus lujosos vestidos, se fue a casa de un alfarero y le pidió a crédito un surtido de objetos de barro, prometiéndole pagárselos aquella misma noche si había logrado venderlos. Dispuso el Rey que instalase su puesto en una esquina, y luego mandó a unos campesinos que pasasen con sus carros por encima de su mercancía y la redujesen a pedazos. Y, así, cuando la princesa tuvo expuesto su género en la calle, llegaron los carros e hicieron trizas de todo. Prorrumpió a llorar la muchacha, exclamando:

- ¡Dios mío, cómo pagaré ahora al alfarero!

El Rey había hecho aquello para obligar a su hija a aceptar al capitán. Mas ella se fue a ver al propietario de la mercancía y le pidió que le fiase otra partida. El hombre se negó: antes tenía que pagarle la primera. Acudió la princesa a su padre y, entre lágrimas y gemidos, le dijo que quería irse por el mundo. Contestó el Rey:

- Mandaré construirte una casita en el bosque, y en ella te pasarás la vida cocinando para todos los viandantes, pero sin aceptar dinero de nadie.

Cuando ya la casita estuvo terminada, colgaron en la puerta un rótulo que decía: «Hoy, gratis; mañana, pagando». Y allí se pasó la princesa largo tiempo, y pronto corrió la voz de que habitaba allí una doncella que cocinaba gratis, según anunciaba un rótulo colgado de la puerta. Llegó la noticia a oídos de nuestro cazador, el cual pensó:

«Esto me convendría, pues soy pobre y no tengo blanca», y, cargando con su escopeta y su mochila, donde seguía guardando lo que se había llevado del palacio, fuese al bosque. No tardó en descubrir la casita con el letrero: «Hoy, gratis; mañana, pagando». Llevaba al cinto el sable con que cortara la cabeza a los gigantes, y así entró en la casa y pidió de comer. Encantóle el aspecto de la muchacha, pues era bellísima, y al preguntarle ella de dónde venía y adónde se dirigía, díjole el cazador:

- Voy errante por el mundo.

Preguntóle ella a continuación de dónde había sacado aquel sable que llevaba grabado el nombre de su padre, y el cazador, a su vez, quiso saber si era la hija del Rey.

- Sí -contestó la princesa.

- Pues con este sable -dijo entonces el cazador- corté la cabeza a los tres gigantes -y, en prueba de su afirmación, sacó de la mochila las tres lenguas, mostrándole a continuación la zapatilla, el borde del pañuelo y el trocito de la camisa. Ella, loca de alegría, comprendió que se hallaba en presencia de su salvador. Dirigiéndose juntos a palacio y, llamando la princesa al anciano rey, llevólo a su aposento donde le dijo que el cazador era el hombre que la había salvado de los gigantes. Al ver el Rey las pruebas, no pudiendo ya dudar por más tiempo, quiso saber cómo había ocurrido el hecho, y le dijo que le otorgaba la mano de su hija, por lo cual se puso muy contenta la muchacha. Vistiéronlo como si fuese un noble extranjero, y el Rey organizó un banquete. En la mesa colocóse el capitán a la izquierda de la princesa y el cazador a la derecha, suponiendo aquél que se trataba de algún príncipe forastero.

Cuando hubieron comido y bebido, dijo el anciano rey al capitán, que quería plantearle un enigma: Si un individuo que afirmaba haber dado muerte a tres gigantes hubiese de declarar dónde estaban las lenguas de sus víctimas, ¿qué diría, al comprobar que no estaban en las respectivas bocas? Respondió el capitán:

- Pues que no tenían lengua.

- No es posible esto -replicó el Rey-, ya que todos los animales tienen lengua.

A continuación le preguntó qué merecía el que tratase de engañarlo. A lo que respondió el capitán:

- Merece ser descuartizado.

Replicóle entonces el Rey que acababa de pronunciar él mismo su sentencia, y, así, el hombre fue detenido y luego descuartizado, mientras la princesa se casaba con el cazador. Éste mandó a buscar a sus padres, los cuales vivieron felices al lado de su hijo, y, a la muerte del Rey, el joven heredó la corona.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El hueso cantor

 

 

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Había una vez gran alarma en un país por causa de un jabalí que asolaba los campos, destruía el ganado y despanzurraba a las personas a colmillazos. El Rey prometió una gran recompensa a quien librase al país de aquel azote; pero la fiera era tan corpulenta y forzuda, que nadie se atrevía a acercarse al bosque donde tenía su morada. Finalmente, el Rey hizo salir a un pregonero diciendo que otorgaría por esposa a su única hija a aquel que capturase o diese muerte a la alimaña.

Vivían a la sazón dos hermanos en aquel reino, hijos de un hombre pobre, que se ofrecieron a intentar la empresa. El mayor, astuto y listo, lo hizo por soberbia; el menor, que era ingenuo y tonto, movido por su buen corazón. Dijo el Rey:

- Para estar seguros de encontrar el animal, entraréis en el bosque por los extremos opuestos.

El mayor entró por el lado de Poniente, y el menor, por el de Levante. Al poco rato de avanzar éste, acercósele un hombrecillo que llevaba en la mano un pequeño venablo, y le dijo:

- Te doy este venablo porque tu corazón es inocente y bondadoso. Con él puedes enfrentarte sin temor con el salvaje jabalí; no te hará daño alguno.

El mozo dio las gracias al hombrecillo y, echándose el arma al hombro, siguió su camino sin miedo. Poco después avistó a la fiera, que corría furiosa contra él; pero el joven le presentó la jabalina, y el animal, en su rabia loca, embistió ciegamente y se atravesó el corazón con el arma. El muchacho se cargó la fiera a la espalda y se volvió para presentarla al Rey.

Al salir del bosque por el lado opuesto, detúvose en la entrada de una casa, donde había mucha gente que se divertía bailando y empinando el codo. Allí estaba también su hermano mayor; había pensado que el jabalí no iba a escapársele, y que primero podría tomarse unos traguitos. Al ver a su hermano menor que salía del bosque con el jabalí a cuestas, su envidioso y perverso corazón no le dejó ya un instante en reposo.

- Ven, hermano -le dijo, llamándolo-, descansarás un poco y te reanimarás con un vaso de vino. El pequeño, que no pensaba mal, entró y le contó su encuentro con el hombrecillo que le había dado la jabalina para matar el jabalí. El mayor lo retuvo hasta el anochecer, y entonces partieron los dos juntos. Al llegar, ya oscurecido, a un puente que cruzaba el río, el mayor hizo que el otro pasara delante, y cuando estuvo en la mitad, le asestó a traición un fuerte golpe y lo mató. Enterrólo bajo el puente y, cargando con el jabalí, lo llevó al Rey, afirmando que lo había cazado y muerto, hazaña por la cual obtuvo la mano de la princesa. Al extrañarse la gente de que no regresara el hermano, dijo:

- Seguramente que el animal lo habrá despedazado - y todo el mundo lo creyó así.

Pero como a Dios nada le queda oculto, también aquella negra fechoría hubo de salir a la luz. Unos años más tarde, un pastor que conducía su rebaño por el puente vio abajo, entre la arena, un huesecillo blanco como la nieve, y pensó que con él podría fabricarse una boquilla para su cuerno. Así lo hizo, y al probar el instrumento con la nueva pieza, el huesecillo se puso a cantar, con gran asombro del pastor:

«Ay, amable pastorcillo que tocas con mi huesecillo.

Mi hermano me ha matado y bajo este puente enterrado. El jabalí se llevaba y la princesa me robaba».

«¡Vaya un cuerno prodigioso, que canta solo!», se dijo el pastor. «Voy a llevarlo al Señor Rey».

No bien hubo llegado a presencia del Rey, el cuerno volvió a entonar su canción. El Rey, comprendiendo el sentido, mandó excavar la tierra debajo del puente y apareció el esqueleto entero del asesinado. El mal hermano no pudo negar el hecho. Lo cosieron en un saco y lo echaron al río para que muriera ahogado. Los huesos del muerto fueron depositados en el cementerio, en una hermosa sepultura, y allí reposan en santa paz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El gnomo

 

 

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Vivía una vez un rey muy opulento que tenía tres hijas, las cuales salían todos los días a pasear al jardín. El Rey, gran aficionado a toda clase de árboles hermosos, sentía una especial preferencia por uno, y a quien cogía una de sus manzanas lo encantaba, hundiéndolo a cien brazas bajo tierra.

Al llegar el otoño, los frutos colgaban del manzano, rojos como la sangre. Las princesas iban todos los días a verlos, con la esperanza de que el viento los hiciera caer; pero jamás encontraron ninguno, aunque las ramas se inclinaban hasta el suelo, como si fueran a quebrarse por la carga. He aquí que a la menor de las hermanas le entró un antojo de catar la fruta, y dijo a las otras:

- Nuestro padre nos quiere demasiado para encantarnos; esto sólo debe de hacerlo con los extraños.

Cogió una gruesa manzana, le hincó el diente y exclamó, dirigiéndose a sus hermanas:

- ¡Oh! ¡Probadla, queridas mías! En mi vida comí nada tan sabroso.

Las otras mordieron, a su vez, el fruto, y en el mismo momento se hundieron las tres en tierra, y ya nadie supo más de ellas.

Al mediodía, cuando el padre las llamó a la mesa, nadie pudo encontrarlas por parte alguna, aunque las buscaron por todos los rincones de palacio y del jardín. El Rey, acongojadísimo, mandó pregonar por todo el país que quien le devolviese a sus hijas se casaría con una de ellas.

Fueron muchos los jóvenes que salieron en su busca, pues todo el mundo quería bien a las doncellas, por lo cariñosas que siempre se habían mostrado y, además, porque las tres eran muy hermosas. Partieron también tres cazadores, los cuales, al cabo de ocho días de marcha, llegaron a un gran palacio con magníficos aposentos. En uno de ellos encontraron una mesa puesta con apetitosas viandas, tan calientes que aún despedían vapor, pese a que en todo el palacio no aparecía un alma viviente. Estuvieron ellos aguardando por espacio de medio día, y las viandas seguían sin enfriarse, hasta que al fin, hambrientos los cazadores, sentáronse a la mesa y comieron de lo que había en ella. Convinieron luego en quedarse a vivir en el castillo y en echar suertes con objeto de que, quedándose uno en él, salieran los otros dos en busca de las princesas. Hiciéronlo así, y tocóle al mayor quedarse; por tanto, los dos menores se pusieron en camino al día siguiente.

A mediodía presentóse un hombrecillo diminuto, que pidió un pedacito de pan. El cazador cortó una rebanada del que había encontrado y la ofreció al hombrecillo, pero éste la dejó caer al suelo y rogó al otro que la recogiera y se la diese. El mozo, complaciente, se inclinó, y entonces el enano, cogiendo un palo y agarrándolo por los cabellos, le propinó unos recios garrotazos. Al día siguiente le tocó el turno de quedarse en casa al segundo, y le ocurrió lo mismo. Cuando, al anochecer, llegaron al palacio los otros dos, dijo el mayor:

- ¿Qué tal lo has pasado?

- Pues muy mal - respondió el otro, y se contaron mutuamente su percance; sin embargo, nada dijeron al menor, a quien no querían, y lo llamaban tonto, porque era un alma bendita.

Al tercer día quedóse el menor en el castillo, y, presentándose también el hombrecillo, pidióle un pedazo de pan. Al alargárselo el mozo, lo dejó caer como de costumbre y le rogó se lo recogiese. Pero el muchacho le replicó:

- ¡Cómo! ¿No puedes recogerlo tú mismo? Si tan poco trabajo quieres darte para ganarte la comida, no mereces que te la proporcionen. Enojado el hombrecillo, lo conminó a obedecerle; pero el otro, ni corto ni perezoso, agarró al enano y le zurró de lo lindo. El hombrecillo se puso a gritar:

- ¡Basta, basta, suéltame! Te diré dónde están las tres princesas.

Al oír esto, el mozo interrumpió el vapuleo, y el enano le contó que era un gnomo, un espíritu de la Tierra, y como él había más de mil. Díjole que fuese con él, y le indicaría dónde se encontraban las hijas del Rey. Llevándolo ante un profundo pozo sin agua, le dijo que sabía que sus compañeros lo querían mal y que, si deseaba redimir a las princesas, debía hacerlo él solo. Sus dos hermanos también lo pretendían, pero sin someterse a fatiga ni peligro alguno. Para desencantarlas era preciso que se proveyese de una gran cesta, su cuchillo de monte y una campanilla, y, así pertrechado, se hiciese bajar al fondo del pozo. Allí encontraría tres habitaciones, en cada una de las cuales vivía una princesa, ocupada en rascar las cabezas de un dragón, que tenía muchas. Él debería cortarle las cabezas.

Cuando el hombrecillo le hubo revelado todo esto, desapareció. Al anochecer regresaron los dos hermanos y le preguntaron cómo había pasado el día.

- ¡Muy bien! - respondió él. - No he visto un alma, excepto a mediodía, en que se me presentó un hombrecillo y me pidió un pedazo de pan. Al dárselo, él lo dejo caer y me pidió que se lo recogiese. Yo me negué; él me amenazó; yo, no consintiéndoselo, le sacudí de lo lindo. Entonces, el enano me reveló dónde se encontraban las princesas.

Al oír el relato, los hermanos se pusieron furiosos, pálidos y verdes de cólera. A la mañana siguiente fueron los tres al pozo y echaron suertes sobre quién se metería el primero en la cesta. Tocóle al mayor, el cual, cogiendo la campanilla, dijo:

- Cuando la haga sonar, subidme rápidamente.

Apenas había descendido unas pocas brazas, oyóse arriba el son de la campanilla, por lo que los dos se apresuraron a remontar al mayor. Con el segundo ocurrió lo mismo, y, tocándole luego la vez al tercero, se hizo bajar hasta el fondo. Saliendo entonces de la cesta y empujando su cuchillo de monte, acercóse a la primera puerta y aplicó el oído a ella, oyendo cómo el dragón roncaba ruidosamente. Abrió con cautela la puerta y vio a una de las princesas ocupada en acariciar las nueve cabezas de un dragón, apoyadas en su regazo. Blandiendo el cuchillo, las cortó todas de una sola cuchillada, y la princesa, poniéndose de pie de un salto, se arrojó a su cuello y lo besó con todo su corazón; luego, quitándose un dije de oro viejo que llevaba sobre el pecho, lo colgó del cuello de su libertador. Pasó entonces el doncel al recinto de la segunda princesa y la desencantó también, después de matar a un dragón de siete cabezas. Y, finalmente, redimió a la tercera princesa, condenada a acariciar un dragón de cuatro cabezas. Y ahí tenéis a las tres hijas del Rey preguntándose mil cosas, abrazándose y besándose mil y mil veces. Mientras tanto, el mozo suena la campanilla, hasta que, por fin, lo oyeron los de arriba. Hizo subir entonces a las tres princesas, una tras otra; pero cuando le tocó el turno a él, le vinieron a las mientes las palabras del gnomo, o sea, que sus hermanos querían jugarle una mala treta. Cogió una gruesa piedra y la cargó en la cesta; y, en efecto, al llegar ésta a la mitad del pozo, cortaron los hermanos la cuerda, y cesta y piedra cayeron al fondo.

Creyendo los malvados que ya el menor estaba muerto, se marcharon con las tres hijas del Rey, obligándolas antes a jurar que dirían a su padre que los dos hermanos mayores las habían salvado. Y así, presentándose ante el Soberano, pidió cada uno de ellos la mano de una princesa.

Entretanto, el más joven de los hermanos cazadores vagaba tristemente por los tres aposentos, temiendo que habría de morir allí. Vio una flauta que colgaba de una pared y se preguntó:

- ¿Por qué estará aquí? ¿Quién puede sentirse alegre en estos lugares?

Y, mirando las cabezas de los dragones, dijo: - Tampoco vosotras podéis servirme para nada. - Y, así, siguió paseando de arriba abajo, tantísimas veces, que el pavimento quedó completamente liso. Cambiando, al fin, de ideas, descolgó la flauta de la pared y se puso a tocar una melodía, y he aquí que de repente se le presentaron un número incontable de gnomos; y a cada nueva tonada llegaban más. Y así siguió tocando, hasta que la habitación estuvo atestada de ellos. Preguntáronle qué deseaba, y él respondió que su deseo era volver a la superficie, a la luz del día. Entonces, cogiéndole cada uno por un cabello, remontaron el vuelo y lo subieron a la tierra. Ya en ella, corrió el mozo al palacio, donde se estaban preparando las fiestas de la boda de una princesa, y entró en la sala en que el Rey se hallaba reunido con sus hijas. Al verlo las doncellas cayeron sin sentido, y el Rey, furioso, mandó que se le encerrase en una prisión, creyendo que había causado algún daño a sus hijas. Pero, al volver éstas en sí, rogaron a su padre que lo pusiera en libertad; al preguntarles el Rey el motivo de su petición, ellas respondieron que les estaba vedado revelarlo. Díjoles entonces el padre que lo contasen a la chimenea; él salió de la cámara, aplicó el oído a la puerta, y de este modo se enteró de lo sucedido. Hizo ahorcar a los dos perversos hermanos y concedió al menor la mano de una de las princesas. Y yo me puse un par de zapatos de cristal, di contra una piedra, oí "¡clinc!" y se partieron en dos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El gato y el ratón hacen vida en común

 

 

 

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Un gato había trabado conocimiento con un ratón, y tales protestas le hizo de cariño y amistad que, al fin, el ratoncito se avino a poner casa con él y hacer vida en común.

- Pero tenemos que pensar en el invierno, pues de otro modo pasaremos hambre -dijo el gato-. Tú, ratoncillo, no puedes aventurarte por todas partes-, al fin caerías en alguna ratonera.

Siguiendo, pues, aquel previsor consejo, compraron un pucherito lleno de manteca. Pero luego se presentó el problema de dónde lo guardarían, hasta que, tras larga reflexión, propuso el gato:

- Mira, el mejor lugar es la iglesia. Allí nadie se atreve a robar nada. Lo esconderemos debajo del altar y no lo tocaremos hasta que sea necesario.

Así, el pucherito fue puesto a buen recaudo. Pero no había transcurrido mucho tiempo cuando, cierto día, el gato sintió ganas de probar la golosina y dijo al ratón:

- Oye, ratoncito, una prima mía me ha hecho padrino de su hijo; acaba de nacerle un pequeñuelo de piel blanca con manchas pardas, y quiere que yo lo lleve a la pila bautismal. Así es que hoy tengo que marcharme; cuida tú de la casa.

- Muy bien -respondió el ratón- vete en nombre de Dios, y si te dan algo bueno para comer, acuérdate de mí. También yo chuparía a gusto un poco del vinillo de la fiesta.

Pero todo era mentira; ni el gato tenía prima alguna ni lo habían hecho padrino de nadie. Fuese directamente a la iglesia, se deslizó hasta el puchero de grasa, se puso a lamerlo y se zampó toda la capa exterior. Aprovechó luego la ocasión para darse un paseíto por los tejados de la ciudad; después se tendió al sol, relamiéndose los bigotes cada vez que se acordaba de la sabrosa olla. No regresó a casa hasta el anochecer.

- Bien, ya estás de vuelta -dijo el ratón-; a buen seguro que has pasado un buen día.

- No estuvo mal -respondió el gato.

- ¿Y qué nombre le habéis puesto al pequeñuelo? -inquirió el ratón.

- «Empezado» -repuso el gato secamente.

- ¿«Empezado»? -exclamó su compañero- ¡Vaya nombre raro y estrambótico! ¿Es corriente en vuestra familia?

- ¿Qué le encuentras de particular? -replicó el gato-. No es peor que «Robamigas», como se llaman tus padres.

Poco después le vino al gato otro antojo, y dijo al ratón:

-Tendrás que volver a hacerme el favor de cuidar de la casa, pues otra vez me piden que sea padrino, y como el pequeño ha nacido con una faja blanca en torno al cuello, no puedo negarme.

El bonachón del ratoncito, se mostró conforme, y el gato, rodeando sigilosamente la muralla de la ciudad hasta llegar a la iglesia, se comió la mitad del contenido del puchero.

- Nada sabe tan bien, -díjose para sus adentros como lo que uno mismo se come.

Y quedó la mar de satisfecho con la faena del día. Al llegar a casa preguntóle el ratón:

- ¿Cómo le habéis puesto esta vez al pequeño?

- «Mitad» -contestó el gato.

- ¿«Mitad»? ¡Qué ocurrencia! En mi vida había oído semejante nombre; apuesto a que no está en el calendario.

No transcurrió mucho tiempo antes de que al gato se le hiciese de nuevo la boca agua pensando en la manteca.

- Las cosas buenas van siempre de tres en tres -dijo al ratón-. Otra vez he de actuar de padrino; en esta ocasión, el pequeño es negro del todo, sólo tiene las patitas blancas; aparte ellas, ni un pelo blanco en todo el cuerpo. Esto ocurre con muy poca frecuencia. No te importa que vaya, ¿verdad?

- ¡«Empezado», «Mitad»! -contestó el ratón-. Estos nombres me dan mucho que pensar.

- Como estás todo el día en casa, con tu levitón gris y tu larga trenza -dijo el gato-, claro, coges manías. Estas cavilaciones te vienen del no salir nunca.

Durante la ausencia de su compañero, el ratón se dedicó a ordenar la casita y dejarla como la plata, mientras el glotón se zampaba el resto de la grasa del puchero:

- Es bien verdad que uno no está tranquilo hasta que lo ha limpiado todo -díjose, y, ahíto como un tonel, no volvió a casa hasta bien entrada la noche. Al ratón le faltó tiempo para preguntarle qué nombre habían dado al tercer gatito.

- Seguramente no te gustará tampoco -dijo el gato-. Se llama «Terminado».

- ¡«Terminado»! -exclamó el ratón-. Éste sí que es el nombre más estrafalario de todos. Jamás lo vi escrito en letra impresa. ¡«Terminado»! ¿Qué diablos querrá decir?

Y, meneando la cabeza, se hizo un ovillo y se echó a dormir.

Ya no volvieron a invitar al gato a ser padrino, hasta que, llegado el invierno y escaseando la pitanza, pues nada se encontraba por las calles, el ratón acordóse de sus provisiones de reserva.

- Anda, gato, vamos a buscar el puchero de manteca que guardamos; ahora nos vendrá, de perlas.

- Sí -respondió el gato-, te sabrá como cuando sacas la lengua por la ventana.

Salieron, pues, y, al llegar al escondrijo, allí estaba el puchero, en efecto, pero vacío.

- ¡Ay! -clamó el ratón-. Ahora lo comprendo todo; ahora veo claramente lo buen amigo que eres. Te lo comiste todo cuando me decías que ibas de padrino: primero «empezado», luego «mitad», luego...

- ¿Vas a callarte? -gritó el gato-. ¡Si añades una palabra más, te devoro!

-... «terminado» -tenía ya el pobre ratón en la lengua. No pudo aguantar la palabra, y, apenas la hubo soltado, el gato pegó un brinco y, agarrándolo, se lo tragó de un bocado.

Así van las cosas de este mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El enebro

 

 

************

 

 

Hace ya muchísimo tiempo, como unos dos mil años, vivía un hombre acaudalado que tenía una mujer tan bella como piadosa. Queríanse tiernamente, pero no tenían hijos, a pesar de lo mucho que los deseaban; la esposa los pedía al cielo día y noche; pero no venía ninguno. Frente a su casa, en un patio, crecía un enebro, y un día de invierno en que la mujer se hallaba debajo de él mondando una manzana, cortóse en un dedo y la sangre cayó en la nieve.

- ¡Ay! - exclamó con un profundo suspiro, y, al mirar la sangre, le entró una gran melancolía: «¡Si tuviese un hijo rojo como la sangre y blanco como la nieve!», y, al decir estas palabras, sintió de pronto en su interior una extraña alegría; tuvo el presentimiento de que iba a ocurrir algo inesperado.

Entró en su casa, transcurrió un mes y se fundió la nieve; a los dos meses, todo estaba verde, y las flores brotaron del suelo; a los cuatro, todos los árboles eran un revoltijo de nuevas ramas verdes. Cantaban los pajarillos, y sus trinos resonaban en todo el bosque, y las flores habían caído de los árboles al terminar el quinto mes; y la mujer no se cansaba de pasarse horas y horas bajo el enebro, que tan bien olía. Saltábale de gozo el corazón, cayó de rodillas y no cabía en sí de alborozo. Y cuando ya hubo transcurrido el sexto mes, y los frutos estaban ya abultados y jugosos, sintió en su alma una gran placidez y quietud. Al llegar el séptimo mes comió muchas bayas de enebro, y enfermó y sintió una profunda tristeza. Pasó luego el octavo mes, llamó a su marido y, llorando, le dijo:

- Si muero, entiérrame bajo el enebro.

Y, de repente, se sintió consolada y contenta, y de este modo transcurrió el mes noveno. Dio entonces a luz un niño blanco como la nieve y colorado como la sangre, y, al verlo, fue tal su alegría, que murió.

Enterróla su esposo bajo el enebro, y no cesaba de llorar; al cabo de algún tiempo, sus lágrimas empezaron a manar menos copiosamente, secáronse al fin, y el hombre tomó otra mujer.

Con su segunda esposa tuvo una hija, y ya dijimos que del primer matrimonio le había quedado un niño rojo como la sangre y blanco como la nieve. Al ver la mujer a su hija, quedó prendada de ella; pero cuando miraba al pequeño, los celos le atravesaban el corazón; parecíale que era un estorbo continuo, y no pensaba sino en procurar que toda la fortuna quedase para su hija. El demonio le inspiró un odio profundo hacia el niño; empezó a mandarlo de un rincón a otro, tratándolo a empellones y codazos, por lo que el pobre pequeñuelo vivía en constante sobresalto. Cuando volvía de la escuela, no había un momento de reposo para él.

Un día en que la mujer se hallaba en el piso de arriba, acudió su hijita y le dijo:

- ¡Mamá, dame una manzana!

- Sí, hija mía - asintió la madre, y le ofreció una muy hermosa que sacó del arca. Pero aquella arca tenía una tapa muy grande y pesada, con una cerradura de hierro ancha y cortante.

- Mamá - prosiguió la niña -, ¿no podrías darle también una al hermanito?

La mujer hizo un gesto de mal humor, pero respondió:

- Sí, cuando vuelva de la escuela.

Y he aquí que cuando lo vio venir desde la ventana, como si en aquel mismo momento hubiese entrado en su alma el demonio, quitando a la niña la manzana que le diera, le dijo:

- ¡No vas a tenerla tú antes que tu hermano!

Y volviendo el fruto al arca, la cerró. Al llegar el niño a la puerta, el maligno inspiróle que lo acogiese cariñosamente:

- Hijo mío, ¿te apetecería una manzana? - preguntó al pequeño, mirándolo con ojos coléricos.

- Mamá - respondió el niño, - ¡pones una cara que me asusta! ¡Sí, quiero una manzana!

Y la voz interior del demonio le hizo decir:

- Ven conmigo - y, levantando la tapa de la caja: - cógela tú mismo.

Y al inclinarse el pequeño, volvió a tentarla el diablo. De un golpe brusco cerró el arca con tanta violencia, que cortó en redondo la cabeza del niño, la cual cayó entre las manzanas. En el mismo instante sintió la mujer una gran angustia y pensó: «¡Ojalá no lo hubiese hecho!». Bajó a su habitación y sacó de la cómoda un paño blanco; colocó nuevamente la cabeza sobre el cuello, atóle el paño a modo de bufanda, de manera que no se notara la herida, y sentó al niño muerto en una silla delante de la puerta, con una manzana en la mano.

Mas tarde, Marlenita entró en la cocina, en busca de su madre. Ésta se hallaba junto al fuego y agitaba el agua hirviendo que tenía en un puchero.

- Mamá - dijo la niña, - el hermanito está sentado delante de la puerta; está todo blanco y tiene una manzana en la mano. Le he pedido que me la dé, pero no me responde. ¡Me ha dado mucho miedo!

- Vuelve - díjole la madre, - y si tampoco te contesta, le pegas un coscorrón.

Y salió Marlenita y dijo:

- ¡Hermano, dame la manzana! - Pero al seguir, él callado, la niña le pegó un golpe en la cabeza, la cual, desprendiéndose, cayó al suelo. La chiquilla se asustó terriblemente y rompió a llorar y gritar. Corrió al lado de su madre y exclamó:

- ¡Ay. mamá! ¡He cortado la cabeza a mi hermano! - y lloraba desconsoladamente.

- ¡Marlenita! - exclamó la madre. - ¿Qué has hecho? Pero cállate, que nadie lo sepa. Como esto ya no tiene remedio, lo coceremos en estofado.

Y, cogiendo el cuerpo del niño, lo cortó a pedazos, lo echó en la olla y lo coció. Mientras, Marlenita no hacía sino llorar y más llorar, y tantas lágrimas cayeron al puchero, que no hubo necesidad de echarle sal. Al llegar el padre a casa, sentóse a la mesa y preguntó:

- ¿Dónde está mi hijo?

Sirvióle su mujer una gran fuente, muy grande, de carne con salsa negra, mientras Marlenita seguía llorando sin poder contenerse. Repitió el hombre:

- ¿Dónde está mi hijo?

- ¡Ay! - dijo la mujer -, se ha marchado a casa de los parientes de su madre; quiere pasar una temporada con ellos.

- ¿Y qué va a hacer allí? Por lo menos podría haberse despedido de mí.

- ¡Estaba tan impaciente! Me pidió que lo dejase quedarse allí seis semanas. Lo cuidarán bien; está en buenas manos.

- ¡Ay! - exclamó el padre. - Esto me disgusta mucho. Ha obrado mal; siquiera podía haberme dicho adiós.

Y empezó a comer; dirigiéndose a la niña, díjole:

- Marlenita, ¿por qué lloras? Ya volverá tu hermano. ¡Mujer! - prosiguió, - ¡qué buena está hoy la comida! Sírveme más.

Y cuanto más comía, más apetitosa la encontraba.

- Ponedme más - insistía, - no quiero que quede nada; me parece como si todo esto fuese mío.

Y seguía comiendo, tirando los huesos debajo de la mesa, hasta que ya no quedó ni pizca.

Pero Marlenita, yendo a su cómoda, sacó del cajón inferior su pañuelo de seda más bonito, envolvió en él los huesos que recogió de debajo de la mesa y se los llevó fuera, llorando lágrimas de sangre. Depositólos allí entre la hierba, debajo del enebro, y cuando lo hubo hecho, sintió de pronto un gran alivio y dejó de llorar. Entonces el enebro empezó a moverse, y sus ramas a juntarse y separarse como cuando una persona, sintiéndose contenta de corazón, junta las manos dando palmadas. Formóse una especie de niebla que rodeó el arbolillo, y en el seno de la niebla apareció de súbito una llama, de la cual salió volando un hermoso pajarillo, que se remontó en el aire a gran altura, cantando melodiosamente. Y cuando hubo desaparecido, el enebro volvió a quedarse como antes; pero el paño con los huesos se había esfumado. Marlenita sintió en su alma una paz y alegría grandes, como si su hermanito viviese aún. Entró nuevamente en la casa, se sentó a la mesa y comió su comida.

Pero el pájaro siguió volando, hasta llegar a la casa de un platero, donde se detuvo y se puso a cantar:

«Mi madre me mató,

mi padre me comió,

y mi buena hermanita

mis huesecillos guardó,

Los guardó en un pañito

de seda, ¡muy bonito!,

y al pie del enebro los enterró.

Kivit, kivit, ¡qué lindo pajarillo soy yo!».

El platero estaba en su taller haciendo una cadena de oro, y al oír el canto del pájaro que se había posado en su tejado, parecióle que nunca había oído nada tan hermoso. Levantóse, y al pasar el dintel de la puerta, se le salió una zapatilla, y, así, hubo de avanzar hasta el centro de la calle descalzo de un pie, puesto el mandil, en una mano la cadena de oro, y la tenaza en la otra; y el sol inundaba la calle con sus brillantes rayos. Levantando la cabeza, el platero miró al pajarillo:

- ¡Qué bien cantas! - le dijo -. ¡Repite tu canción!

- No - respondió el pájaro; - si no me pagan, no la vuelvo a cantar. Dame tu cadena y volveré a cantar.

- Ahí tienes la cadena - asintió el platero -. Repite la canción.

Bajó volando el pájaro, cogió con la patita derecha la cadena y, posándose enfrente del platero, cantó:

«Mi madre me mató,

mi padre me comió,

y mí buena hermanita

mis huesecillos guardó.

Los guardó en un pañito

de seda, ¡muy bonito!,

y al pie del enebro los enterró.

Kivit, kivit, ¡qué lindo pajarillo soy yo!».

Voló el avecilla a la tienda del zapatero y, posándose en el tejado, volvió a cantar:

«Mi madre me mató,

mi padre me comió,

y mi buena hermanita

mis huesecillos guardó.

Los guardó en un pañito

de seda, ¡muy bonito!,

y al pie del enebro los enterró.

Kivit, kivit, ¡qué lindo pajarillo soy yo!».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El enano saltarín

(Rumpelstilzchen)

 

 

****************

 

 

Érase una vez un pobre molinero que tenía una hermosa hija. Tuvo un día ocasión de hablar con el Rey y, para darse importancia, le dijo:

- Tengo una hija que sabe hilar la paja, convirtiéndola en oro.

- He aquí una habilidad que me satisface -dijo el Rey-. Si tu hija es tan lista como dices, tráela mañana a palacio para ver cómo se luce.

Cuando le presentaron a la muchacha, condújola él a una habitación llena de paja, y, dándole una rueca y una tortera, le dijo:

- Ponte enseguida al trabajo. Mañana por la mañana toda esta paja tiene que estar hilada y convertida en oro. Si no lo has hecho, morirás.

Y él mismo cerró la puerta con llave, dejando a la muchacha sola.

La desdichada hija del molinero quedó allí encerrada, sin saber qué hacer para salvar su vida. Jamás se le había ocurrido que pudiera transformarse la paja en oro; su angustia aumentaba por momentos y, al fin, rompió a llorar. De pronto se abrió la puerta y entró un enanillo que le dijo:

- Buenas noches, molinerita. ¿Por qué lloras así?

-¡Ay! -respondió la muchacha-. Tengo que convertir esta paja en oro, y no sé hacerlo.

- ¿Qué me das si la hilo yo por ti? -preguntó el hombrecillo.

- Mi collar -dijo la doncella.

Tomó el enano el collar y, sentándose a la rueca, en tres pasadas llenó la canilla. Puso luego otra, otras tres pasadas, y quedó llena la segunda; y así, sin parar hasta la mañana, en que toda la paja quedó hilada y todas las canillas llenas de oro.

Al amanecer presentóse el Rey, y al ver toda aquella riqueza sintió una gran alegría. Pero su codicia le pedía más aún. Mandó conducir a la hija del molinero a otra habitación mucho mayor que la primera y también llena de paja, y la conminó a hilarla toda durante la noche si estimaba en algo su vida. La muchacha, viéndose otra vez perdida, prorrumpió de nuevo a llorar. Presentóse el enanillo y le preguntó:

- ¿Qué me das si te convierto la paja en oro?

- La sortija que llevo en el dedo -respondió la doncella.

El enano aceptó la sortija, volvió a ponerse a la rueca y, al llegar la madrugada, toda la paja estaba transformada en reluciente oro. Alegróse mucho el Rey al verlo; pero, dominado por la avaricia, llevó a la muchacha a otra habitación, mucho mayor todavía, y también llena de paja:

- Esta noche vas a hilarme todo esto, y si lo consigues me casaré contigo. Pensaba el Rey: «Aunque sea la hija de un molinero, en todo el mundo no encontraré una mujer con mejor dote».

Al quedar sola la muchacha, presentóse el enanito por tercera vez y le dijo:

- ¿Qué me das si también esta noche te hilo la paja?

- Ya no me queda nada que pueda darte -respondió la muchacha.

- Entonces prométeme que, una vez seas reina, me darás tu primer hijo.

«¡Quién sabe cómo han de ir las cosas!», pensó la molinerita, y, ante el apuro en que se hallaba, prometió lo que se le pedía, a cambio de lo cual el hombrecillo le transformó la paja en oro por tercera vez. Y cuando, por la mañana, entró el Rey y lo encontró todo conforme a sus deseos, casóse con la hermosa hija del molinero, la cual pasó a ser la reina del país.

Al cabo de un año dio a luz un hermoso niño. La Reina se había olvidado ya del enano. Pero éste se presentó de improviso en su alcoba y le dijo:

- Dame ahora lo que me prometiste.

La Reina se horrorizó y ofreció al enanito todas las riquezas del reino en compensación del niño; pero el hombrecillo replicó:

- No, un ser viviente vale para mí más que todos los tesoros del mundo.

La madre se deshizo en tantas lágrimas y lamentaciones, que, al fin, el hombrecillo se compadeció de ella.

- Te dejaré tres días de plazo -dijo-. Si para entonces has averiguado mi nombre, te dejaré a tu hijo.

La Reina se pasó la noche entera tratando de recordar todos los nombres que había oído en su vida, y envió a un mensajero con orden de informarse por doquier de todos los existentes. Al comparecer el hombrecillo al día siguiente, empezó ella a recitar todos los nombres que sabía, desde Melchor, Gaspar y Baltasar; pero a cada uno respondía el enano:

- No me llamo así.

Durante el segundo día mandó investigar los nombres de todos los habitantes de la vecindad, y luego enumeró al enanito los más peregrinos y raros:

- ¿No te llamarás, acaso, Costilludo, o Pata de carnero, o Pantorrillera?

Pero el hombrecillo respondía invariablemente:

- No me llamo así.

Al tercer día dijo el emisario a su regreso:

- Me ha sido imposible dar con un solo nombre nuevo; pero cuando llegué a la orilla de un bosque en una alta montaña, allí donde la zorra y la liebre se dan las buenas noches, vi una casita, y delante de ella ardía un fuego, y en torno al fuego estaba saltando un ridículo enanillo sobre una piedra, y cantaba:

«Hoy hago pan, mañana cerveza,

y pasado me traigo al hijo del amo.

¡Qué bien! ¡Nadie tiene en la cabeza

que Rumpelstilzchen soy y que así me llamo!».

Podéis imaginar lo contenta que se puso la Reina al escuchar aquel nombre. Y tan pronto como compareció al enano y le preguntó:

- Bien, Señora Reina, ¿cómo me llamo? -empezó ella diciendo:

- ¿Te llamas por casualidad Conrado?

- ¡No!

- ¿0 Enrique?

- ¡No!

- ¿No será, acaso, Rumpelstilzchen?

- ¡Es el diablo quien te lo ha dicho! ¡Es el diablo quien te lo ha dicho! -exclamó el enanillo, y, encolerizado, dio con el pie derecho una patada tan fuerte en el suelo, que se hundió en él hasta la cintura. Luego cogió el pie izquierdo con ambas manos y tiró de él hasta que se rajó en dos de arriba abajo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El cuervo

 

 

 

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Érase una vez una reina que tenía una hijita de poca edad, a la que había que llevar aún en brazos. Un día la niña estaba muy impertinente, y su madre no lograba aquietarla de ningún modo, hasta que, perdiendo la paciencia, al ver unos cuervos que volaban en torno al palacio, abrió la ventana y dijo:

- ¡Ojalá te volvieses cuervo y echases a volar; por lo menos tendría paz!

Pronunciadas apenas estas palabras, la niña quedó transformada en cuervo y, desprendiéndose del brazo materno, huyó volando por la ventana. Fue a parar a un bosque tenebroso, en el que permaneció largo tiempo, y sus padres perdieron todo rastro de ella.

Cierto día, un hombre que pasaba por el bosque percibió el graznido de un cuervo; al acercarse al lugar de donde procedía, oyó que decía el ave:

- Soy princesa de nacimiento y quedé encantada; pero tú puedes redimirme.

- ¿Qué debo hacer? - preguntó él.

Y respondióle el cuervo:

- Sigue bosque adentro, hasta que encuentres una casa, en la que vive una vieja. Te ofrecerá comida y bebida; pero no aceptes nada, pues por poco que comas o bebas quedarás sumido en un profundo sueño, y ya no te será posible rescatarme. En el jardín de detrás de la casa hay un gran montón de cortezas, aguárdame allí. Durante tres días seguidos vendré a las dos de la tarde, en un coche tirado, la primera vez, por cuatro caballos blancos; por cuatro rojos, la segunda, y por cuatro negros, la tercera; pero si en vez de estar despierto te hallas dormido, no me podrás desencantar.

Prometió el hombre cumplirlo todo al pie de la letra; mas el cuervo suspiró:

- ¡Ay!, bien sé que no me redimirás, porque aceptarás algo de la vieja.

Repitióle el hombre su promesa de que no tocaría nada de comer ni de beber. Al hallarse delante de la casa, salió la mujer a recibirlo.

- ¡Pobre, y qué cansado pareces! Entra a reposar, comerás y beberás algo.

- No - respondióle el hombre -, no quiero tomar nada.

Pero ella insistió vivamente:

- Si no quieres comer, siquiera bebe un trago; una vez no cuenta.

Y el forastero, cediendo a la tentación, bebió un poco. Por la tarde, hacia las dos, salió al jardín y, sentándose en el montón de corteza, se dispuso a aguardar la llegada del cuervo. Pero no pudiendo resistir él su cansancio, echóse un rato, con la firme intención de no dormirse. Sin embargo, apenas se hubo tendido se le cerraron los ojos y se quedó tan profundamente dormido que nada en el mundo habría podido despertarlo. A las dos se presentó el cuervo en su carroza, tirada por cuatro caballos blancos; pero el ave venía triste, diciendo:

- Estoy segura de que duerme.

Y, en efecto, cuando llegó al lugar de la cita violo tumbado en el suelo, dormido. Apeóse del coche, fue a él, y lo sacudió y llamó, pero en vano. Al mediodía siguiente, la vieja fue de nuevo a ofrecerle comida y bebida. El hombre negóse a aceptar nada; no obstante, ante su insistencia, volvió a beber otro sorbo de la copa. Poco antes de las dos dirigióse de nuevo al jardín, al lugar convenido, a esperar la llegada del cuervo; pero, de repente, le acometió una fatiga tan intensa que las piernas no lo sostenían; incapaz de dominarse, tendióse en el suelo y volvió a quedar dormido como un tronco. Al pasar el cuervo en su carroza de cuatro caballos rojos, dijo tristemente:

- ¡Seguro que duerme! - y se acercó a él; pero tampoco hubo modo de despertarle. Al tercer día le preguntó la vieja:

- ¿Qué es eso? No comes ni bebes. ¿Acaso quieres morirte?

Pero él replicó:

- No quiero ni debo comer ni beber nada.

Ella dejó a su lado la fuente con la vianda y un vaso de vino, y, cuando el olor le subió a la nariz, no pudiendo resistir, bebió un buen trago. A la hora fijada salió al jardín y, subiéndose al montón de corteza, quiso aguardar la venida de la princesa encantada. Pero sintiéndose más fatigado aún que la víspera, tumbóse y se quedó tan profundamente dormido como si fuera de piedra. A las dos se presentó de nuevo el cuervo en su coche, arrastrado ahora por cuatro corceles negros; el carruaje era también negro. El ave, que venía de riguroso luto, exclamó:

- ¡Bien sé que duerme y que no puede desencantarme!

Al llegar hasta él, lo encontró profundamente dormido, y, por más que lo sacudió y llamó, no hubo medio de despertarlo. Entonces puso a su lado un pan, un pedazo de carne y una botella de vino, de todas estas viandas podía comer y beber lo que quisiera, sin que jamás se acabaran. Púsole también en el dedo un anillo de oro, que se quitó del suyo y que tenía grabado su nombre. Por último, le dejó una carta en la que le comunicaba lo que le había dado, y, además: «Bien veo que aquí no puedes desencantarme; pero si quieres hacerlo, ve a buscarme al palacio de oro de Stromberg; puedes hacerlo, estoy segura de ello». Y, después de depositar todas las cosas junto a él, subió nuevamente a su carroza y se marchó al palacio de oro de Stromberg.

Cuando el hombre despertó, dándose cuenta de que se había dormido, sintió una gran tristeza en su corazón y dijo:

- No cabe duda de que ha pasado de largo, sin yo redimirla.

Mas reparando en los objetos depositados junto a él, leyó la carta, y se informó de cómo había sucedido todo. Se levantó y se puso inmediatamente en camino en busca del castillo de oro de Stromberg; pero no tenía la menor idea de su paradero. Después de recorrer buena parte del mundo, llegó a una oscura selva, por la que anduvo durante dos semanas sin encontrar salida. Un anochecer se sintió tan fatigado que, tendiéndose entre unas matas, quedóse dormido. A la mañana siguiente prosiguió su ruta, y al atardecer, cuando se disponía a acomodarse en unos matorrales para pasar la noche, hirieron sus oídos unas lamentaciones y gemidos que no le dejaron conciliar el sueño; y al llegar la hora en que la gente enciende las luces, vio brillar una en la lejanía y se dirigió hacia ella; llegó ante una casa que le pareció muy pequeña, pues ante ella se hallaba un enorme gigantazo. Pensó: «Si intento entrar y me ve el gigante, me costará la vida». Al fin, sobreponiéndose al miedo, se acercó. Cuando lo vio el gigante, le dijo:

- Me place que vengas, pues hace muchas horas que no he comido nada. Vas a servirme de cena.

- No hagas tal cosa - respondióle el hombre -; yo no soy fácil de tragar. Pero si lo que quieres es comer, tengo lo bastante para hartarte.

- Siendo así - dijo el gigante -, puedes estar tranquilo. Si quería devorarte era a falta de otra cosa.

Sentáronse los dos a la mesa, y el hombre sacó su pan, vino y carne inagotables.

- Esto me gusta - observó el gigante, comiendo a dos carrillos. Cuando hubieron terminado, preguntóle el hombre:

- ¿Podrías acaso indicarme dónde se levanta el castillo de oro de Stromberg?

- Consultaré el mapa - dijo el gigante -; en él están registrados todas las ciudades, pueblos y casas.

Fue a buscar el mapa, que guardaba en su dormitorio, y se puso a buscar el castillo, pero éste no aparecía por ninguna parte.

- No importa - dijo -; arriba, en el armario, tengo otros mapas mayores, lo buscaremos en ellos.

Mas todo fue inútil. Disponíase el hombre a marcharse, pero el gigante le rogó que esperase aún dos o tres días a que regresara su hermano, el cual había partido en busca de vituallas. Cuando llegó el hermano, le preguntaron por el castillo de oro de Stromberg. Él les respondió:

- Cuando haya comido y esté satisfecho, consultaré el mapa.

Subieron luego a su habitación y pusiéronse a buscar y rebuscar en su mapa; pero tampoco encontraron el dichoso castillo; el gigante sacó nuevos mapas, y no pararon hasta que, por fin, dieron con él, se hallaba, empero, a muchos millares de millas de allí.

- ¿Cómo podré jamás llegar hasta allí? - preguntó el hombre; y respondióle el gigante:

- Dispongo de dos horas. Te llevaré hasta las cercanías, pero luego tendré que volverme a dar de mamar a nuestro hijo.

Transportólo el gigante hasta cosa de un centenar de horas de distancia del castillo, y le dijo:

- El resto del camino puedes recorrerle por tus propios medios - y regresó.

El hombre siguió avanzando día y noche hasta que, al fin, llegó al castillo de oro de Stromberg. Éste se hallaba edificado en la cima de una montaña de cristal; la princesa encantada daba vueltas alrededor del castillo en su coche, hasta que entró en el edificio. Alegróse el hombre al verla e intentó trepar hasta la cima; pero cada vez que lo intentaba, como el cristal era resbaladizo, volvía a caer. Viendo que no podría subir jamás, entristecióse y se dijo: «Me quedaré abajo y la aguardaré». Y se construyó una cabaña, en la que vivió un año entero; y todos los días veía pasar a la princesa en su carroza, sin poder nunca llegar hasta ella.

Un día, desde su cabaña, vio a tres bandidos que reñían y les gritó:

- ¡Dios sea con vosotros!

Ellos interrumpieron la pelea; pero como no vieron a nadie, la reanudaron con mayor furia que antes; la cosa se puso realmente peligrosa. Volvió él a gritarles:

- ¡Dios sea con vosotros!

Suspendieron ellos de nuevo le batalla; mas como tampoco vieran a nadie, pronto la reanudaron y él les repitió por tercera vez

- ¡Dios sea con vosotros! - y pensó: «He de averiguar lo que les pasa». Dirigióse, pues, a los combatientes y les preguntó por qué se peleaban. Respondió uno de ellos que había encontrado un bastón, un golpe del cual bastaba para abrir cualquier puerta; el otro dijo que había encontrado una capa que volvía invisible al que se cubría con ella; en cuanto al tercero, había capturado un caballo capaz de andar por todos los terrenos, e incluso de trepar a la montaña de cristal. El desacuerdo consistía en que no sabían si guardar las tres cosas en comunidad o quedarse con una cada uno. Dijo entonces el hombre:

- Yo os cambiaré las tres cosas. Dinero no tengo, pero sí otros objetos que valen más. Pero antes tengo que probarlas para saber si me habéis dicho la verdad.

Los otros le dejaron montar el caballo, le colgaron la capa de los hombros y le pusieron en la mano el bastón; y, una vez lo tuvo todo, desapareció de su vista. Empezó entonces a repartir bastonazos, gritando:

- ¡Haraganes, ahí tenéis vuestro merecido! ¿Estáis satisfechos?

Subió luego a la cima de la montaña de cristal y, al llegar a la puerta del castillo, encontróla cerrada. Golpeóla con el bastón, y la puerta se abrió inmediatamente. Entró y subió las escaleras hasta lo alto; en el salón estaba la princesa, con una copa de oro, llena de vino, ante ella. Pero no podía verlo, pues él llevaba la capa puesta. Al estar delante de la doncella, quitóse la sortija que ella le pusiera en el dedo y la dejó caer en la copa; al chocar con el fondo, produjo un sonido argentino. Exclamó la princesa entonces:

- Éste es mi anillo; por tanto, el hombre que ha de redimirme debe de estar aquí.

Buscáronlo por todo el castillo, mas no dieron con él. Había vuelto a salir, montado en su caballo, y se había quitado la capa. Cuando las gentes del palacio llegaron a la puerta, lo vieron y prorrumpieron en gritos de alegría. El hombre se apeó y cogió del brazo a la princesa, la cual lo besó, diciéndole:

- ¡Ahora sí que me has desencantado! ¡Mañana celebraremos nuestra boda!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El clavel

 

 

 

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Érase una reina a quien Dios Nuestro Señor no había concedido la gracia de tener hijos. Todas las mañanas salía al jardín a rogar al cielo le otorgase la merced de la maternidad. Un día bajó un ángel del cielo y le dijo:

- Alégrate, pues vas a tener un hijo dotado del don de ver cumplidos sus deseos, pues verá satisfechos cuantos sienta en este mundo.

La reina fue a transmitir a su esposo la fausta noticia, y, cuando llegó la hora, dio a luz un hijo, con gran alegría del Rey.

Cada mañana iba la Reina al parque con el niño, y se lavaba allí en una límpida fuente. Sucedió un día, siendo el niño ya crecidito, que, teniéndolo en el regazo, la madre se quedó dormida. Acercóse entonces el viejo cocinero, que conocía aquel don particular del pequeño, y lo raptó; luego mató un pollo y vertió la sangre sobre el delantal y el vestido de la Reina. Después de llevarse al niño a un lugar apartado, donde una nodriza se encargaría de amamantarlo, presentóse al Rey para acusar a su esposa de haber dejado que las fieras le robaran a su hijo. Y cuando el Rey vio la sangre que manchaba el delantal, prestó crédito a la acusación, y le entró una furia tal, que hizo construir una profunda mazmorra donde no penetrase la luz del sol ni de la luna, y en ella mandó enmurallar a la Reina, condenándola a permanecer allí durante siete años sin comer ni beber, para que muriese de hambre y sed. Pero Dios Nuestro Señor envió a dos ángeles del cielo en figura de palomas blancas, los cuales bajaban volando todos los días y le llevaban la comida; y esto duró hasta que hubieron transcurrido los siete años.

Mientras tanto, el cocinero había pensado: «Puesto que el niño está dotado del don de ver satisfechos sus deseos, estando yo aquí podría provocar mi desgracia». Salió, pues, del palacio y se fue a la residencia del muchacho, que ya era lo bastante crecido para saber hablar, y le dijo:

- Desea tener un hermoso palacio, con jardín y todo lo que le corresponda.

Y apenas habían salido las palabras de los labios del niño, apareció todo lo deseado. Al cabo de algún tiempo, le dijo el cocinero:

- No está bien que vivas solo; desea una hermosa muchacha para compañera.

Expresó el niño este deseo, y en el acto presentósele una doncella hermosísima, como ningún pintor hubiera sido capaz de pintar. En adelante jugaron juntos, y se querían tiernamente, mientras el viejo cocinero se dedicaba a la caza, como un gentilhombre. Pero un día se le ocurrió que el príncipe podía sentir deseos de estar al lado de su padre, cosa que tal vez lo colocase a él en situación difícil. Salió, pues, y llevándose a la niña aparte, le dijo:

- Esta noche, cuando el niño esté dormido, te acercarás a su cama y, después de clavarle el cuchillo en el corazón, me traerás su corazón y su lengua. Si no lo haces, lo pagarás con la vida.

Marchóse, y al volver al día siguiente, la niña no había ejecutado su mandato y le dijo:

- ¿Por qué tengo que derramar sangre inocente que no ha hecho mal a nadie?

- ¡Si no lo haces, te costará la vida! -replicóle el cocinero.

Cuando se hubo marchado, la muchacha se hizo traer una cierva joven y la hizo matar; luego le sacó el corazón y la lengua, y los puso en un plato. Al ver que se acercaba el viejo, dijo a su compañero:

- ¡Métete enseguida en la cama y tápate con la manta!

Entró el malvado y preguntó:

- ¿Dónde están el corazón y la lengua del niño?

Tendióle la niña el plato, y en el mismo momento el príncipe, destapándose, exclamó:

- Viejo maldito, ¿por qué quisiste matarme? Ahora, oye tu sentencia. Vas a transformarte en perro de aguas; llevarás una cadena dorada al cuello y comerás carbones ardientes, de modo que el fuego te abrase la garganta.

Y al tiempo que pronunciaba estas palabras, el viejo quedó metamorfoseado en perro de aguas, con una cadena dorada, atada al cuello; y los cocineros le daban para comer carbones ardientes, que le abrasaban la garganta.

El hijo del Rey siguió viviendo aún algún tiempo allí, siempre pensando en su madre, y en si vivía o estaba muerta. Dijo, al fin, a la muchacha:

- Quiero irme a mi patria; si te apetece acompañarme, yo cuidaré de ti.

- ¡Ay! -exclamó ella-. ¡Está tan lejos! Además, ¿qué haré en un país donde nadie me conoce? -. Al verla el príncipe indecisa, y como a los dos les dolía la separación, transformóla en clavel y la prendió en su ojal.

Púsose entonces en camino de su tierra, y el perro no tuvo más remedio que seguirlo. Dirigióse a la torre que servía de prisión a su madre, y, como era muy alta, expresó el deseo de que apareciese una escalera capaz de llegar hasta la mazmorra, y, bajando por ella, preguntó en alta voz:

- Madrecita de mi alma, Señora Reina, ¿vivís aún o estáis muerta?

Y respondió ella:

- Acabo de comer y no tengo hambre -pensando que eran los ángeles.

Pero él dijo:

- Soy vuestro hijo querido, al que dijeron falsamente que las fieras os habían arrebatado del regazo; pero estoy vivo, y muy pronto os libertaré.

Y, volviendo a salir de la torre, se encaminó al palacio del Rey, su padre, donde se hizo anunciar como un cazador forastero, que solicitaba ser empleado en la corte. El Rey aceptó sus servicios, a condición de que fuera un hábil montero y supiera encontrar caza mayor, pues en todo el reino no la había habido nunca. Prometióle el cazador proporcionársela en cantidad suficiente para proveer la real mesa. Reuniendo luego a todos los cazadores, ordenóles que se dispusiesen a salir con él al monte. Partió con ellos, y, una vez llegados al terreno, los dispuso en un gran círculo abierto en un punto; situándose él en el centro, empezó a desear, y en un momento entraron en el círculo lo menos un centenar de magníficas piezas, y los cazadores no tuvieron más trabajo que derribarlas a tiros. Fueron luego cargadas en sesenta carretas y llevadas al Rey, el cual vio, al fin, colmada de caza su mesa, después de muchos años de verse privado de ella.

Muy satisfecho el Rey, al día siguiente invitó a comer a toda la Corte, para lo cual hizo preparar un espléndido banquete.

Una vez estuvieron todos reunidos, dijo, dirigiéndose al joven cazador:

- Puesto que has mostrado tanta habilidad, te sentarás a mi lado.

- Señor Rey, Vuestra Majestad me hace demasiado honor -respondió el joven-; no soy más que un sencillo cazador.

Pero el Rey insistió, diciendo:

- Quiero que te sientes a mi lado -y el joven hubo de obedecer. Durante todo el tiempo estaba pensando en su querida madre, y, al fin, formuló el deseo de que uno de los cortesanos más altos hablara de ella y preguntara qué tal lo pasaba en la torre la Señora Reina; si vivía aún o había muerto. Apenas había formulado en su mente este deseo, cuando el mariscal se dirigió al Monarca en estos términos:

- Serenísima Majestad, ya que nos hallamos todos aquí contentos y disfrutando, ¿cómo lo pasa la Señora Reina? ¿Vive o ya murió?

A lo cual respondió el Rey:

- Dejó que las fieras devorasen a mi hijo amadísimo; no quiero que se hable más de ella.

Levantándose entonces el cazador, dijo:

- Mi venerado Señor y Padre: la Reina vive aún, y yo soy su hijo, y no fueron las fieras las que me robaron, sino aquel malvado cocinero viejo que, mientras mi madre dormía, me arrebató de su regazo, manchando su delantal con la sangre de un pollo -. Y, agarrando al perro por el collar de oro, añadió-: ¡Éste es el criminal! -y mandó traer carbones encendidos, que el animal hubo de comerse en presencia de todos, abrasándose la garganta. Preguntó luego al Rey si quería verlo en su figura humana, y, ante su respuesta afirmativa, volviólo a su primitiva condición de cocinero, con su blanco mandil y el cuchillo al costado. Al verlo el Rey, ordenó, enfurecido, que lo arrojasen en el calabozo más profundo. Luego siguió diciendo el cazador:

- Padre mío, ¿queréis ver también a la doncella que ha cuidado de mí, y a la que ordenaron me quitase la vida bajo pena de la suya, a pesar de lo cual no lo hizo?

- ¡Oh sí, con mucho gusto! -respondió el Rey.

- Padre y Señor mío, os la mostraré en figura de una bella flor -dijo el príncipe, y, sacándose del bolsillo el clavel, lo puso sobre la mesa real; y era hermoso como jamás el Rey viera otro semejante. Prosiguió el hijo: - Ahora os la voy a presentar en su verdadera figura humana -y deseó que se transformase en doncella. Y el cambio se produjo en el acto, apareciendo ante los presentes una joven tan bella como ningún pintor habría sabido pintar.

El Rey envió a la torre a dos camareras y dos criados a buscar a la Señora Reina, con orden de acompañarla a la mesa real. Al llegar a ella, negóse a comer y dijo:

- Dios misericordioso y compasivo, que me sostuvo en la torre, me llamará muy pronto.

Vivió aún tres días, y murió como una santa. Y al ser sepultada, la siguieron las dos palomas blancas que la habían alimentado durante su cautiverio, y que eran ángeles del cielo, y se posaron sobre su tumba. El anciano rey mandó que el cocinero fuese descuartizado; pero la pesadumbre se había apoderado de su corazón, y no tardó tampoco en morir. Su hijo se casó con la hermosa doncella que se había llevado en figura de flor, y Dios sabe si todavía viven.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El amadísimo Rolando

 

 

 

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Había una vez una mujer que era una bruja hecha y derecha, la cual tenía dos hijas: una, fea y mala, a la que quería por ser hija suya; y otra, hermosa y buena, a la que odiaba porque era su hijastra. Tenía ésta un lindo delantal, que la otra le envidiaba mucho, por lo que dijo a su madre que de cualquier modo quería hacerse con la prenda.

- No te preocupes, hija mía -respondióle la vieja-, lo tendrás. Tiempo ha que tu hermanastra se ha hecho merecedora de morir; esta noche, cuando duerma, entraré y le cortaré la cabeza. Tú cuida sólo de ponerte al otro lado de la cama, y que ella duerma del lado de acá.

Perdida habría estado la infeliz muchacha, de no haberlo oído todo desde un rincón. En todo el día no la dejaron asomarse a la puerta, y, a la hora de acostarse, la otra subió la primera a la cama, colocándose arrimada a la pared; pero cuando ya se hubo dormido, su hermanastra, callandito, cambió de lugar, pasando a ocupar el del fondo. Ya avanzada la noche, entró la vieja, de puntillas; empuñando con la mano derecha un hacha, tentó con la izquierda para comprobar si había alguien en primer término y luego, cogiendo el arma con ambas manos, la descargó... y cortó el cuello a su propia hija.

Cuando se hubo marchado, levantóse la muchacha y se fue a la casa de su amado, que se llamaba Rolando.

- Escúchame, amadísimo Rolando -dijo, llamando a la puerta-, debemos huir en seguida. Mi madrastra quiso matarme, pero se equivocó y ha matado a su propia hija. Por la mañana se dará cuenta de lo que ha hecho, y estaremos perdidos.

- Huyamos, pues -díjole Rolando-, pero antes quítale la varita mágica; de otro modo no podremos salvarnos, si nos persigue.

La muchacha volvió en busca de la varita mágica; luego, cogiendo la cabeza de la muerta, vertió tres gotas de sangre en el suelo: una, delante de la cama; otra, en la cocina, y otra, en la escalera. Hecho esto, volvió a toda prisa a la casa de su amado.

Al amanecer, la vieja bruja se levantó y fue a llamar a su hija para darle el delantal; pero ella no acudió a sus voces. Gritó entonces:

- ¿Dónde estás?

- Aquí en la escalera, barriendo -respondió una de las gotas de sangre.

Salió la vieja, pero, al no ver a nadie en la escalera, volvió a gritar:

- ¿Dónde estás?

- En la cocina, calentándome -contestó la segunda gota de sangre.

Fue la bruja a la cocina, pero no había nadie, por lo que preguntó de nuevo en alta voz:

- ¿Dónde estás?

-¡Ay!, en mi cama, durmiendo -dijo la tercera gota.

Al entrar en el aposento y acercarse al lecho, ¿qué es lo que vio la bruja? A su propia hija bañada en sangre. ¡Ella misma le había cortado la cabeza!

Enfurecióse la hechicera y se asomó a la ventana; y como por sus artes podía ver hasta muy lejos, descubrió a su hijastra que huía junto con su novio amadísimo.

- ¡De nada os servirá! -exclamó-. ¡No vais a escapamos, por muy lejos que estéis!

Y, calzándose sus botas mágicas, que con cada paso andaban el camino de una hora, salió en su persecución y les dio alcance en poco tiempo.

Pero la muchacha, al ver acercarse a su madrastra, valiéndose de la varita mágica transformó a su amadísimo Rolando en un lago, y ella misma se convirtió en un pato, que nadaba en el agua. La bruja se detuvo en la orilla y se puso a echar migas de pan y hacer todo lo posible por atraer al animal; pero éste se guardó muy bien de acercarse, por lo que la vieja, al anochecer, hubo de volverse sin haber conseguido su propósito.

Entonces, la muchacha y su amadísimo Rolando recobraron su figura humana y siguieron andando durante toda la noche, hasta la madrugada. Transformóse entonces la doncella en una hermosa flor, en medio de un seto espinoso, y convirtió a su amadísimo Rolando en violinista. Al poco rato llegó la bruja a grandes zancadas y dijo al músico:

- Mi buen músico, ¿me permites que arranque aquella hermosa flor?

- Ya lo creo -respondió él-; yo tocaré mientras tanto.

Metióse la vieja en el seto para arrancar la flor, pues sabía muy bien quién era; pero el violinista se puso a tocar, y la mujer, quieras que no, empezó a bailar, pues era aquella una tonada mágica. Y cuanto más vivamente tocaba él, más violentos saltos tenía que dar ella, por lo que las espinas le rasgaron todos los vestidos y le desgarraron la piel, dejándola ensangrentada y maltrecha. Y como el músico no cesaba de tocar, la bruja tuvo que seguir bailando hasta caer muerta.

Al verse libres, dijo Rolando:

- Voy ahora a casa de mi padre a preparar nuestra boda.

- Yo me quedaré aquí entretanto -respondió la muchacha-, aguardando tu vuelta; y para que nadie me reconozca, me transformaré en una roca encarnada.

Marchóse Rolando, y la doncella, transformada en roca, se quedó en el campo, esperando el retorno de su amado. Pero al llegar Rolando a su casa, cayó en los lazos de otra mujer, que consiguió hacerle olvidar a su prometida. La infeliz muchacha permaneció largo tiempo aguardándolo, y al ver que no volvía, invadida de tristeza, se transformó en flor, pensando: «¡Alguien pasará y me pisoteará!».

Ocurrió, empero, que un pastor que apacentaba su rebaño en el campo, viendo aquella flor tan bella, la cortó y guardó en su cofre. Desde aquel día, todas las cosas marcharon a las mil maravillas en casa del pastor. Cuando se levantaba por la mañana se encontraba con todo el trabajo hecho: las habitaciones, barridas; limpios de polvo las mesas y los bancos; el fuego encendido en el hogar, y las vasijas llenas de agua. A mediodía, al llegar a casa, la mesa estaba puesta, y servida una sabrosa comida. El hombre no acertaba a comprender aquello, pues jamás veía a nadie en su vivienda, la cual era, además, tan pequeña, que nadie podía ocultarse en ella. De momento estaba muy complacido con aquellas novedades; pero, al fin, se alarmó y fue a consultar a una adivina. Díjole ésta:

- Eso es cosa de magia. Levántate un día muy temprano y fíjate si se mueve algo en la habitación; si ves que algo se mueve, sea lo que fuere, échale en seguida un paño encima, y el hechizo quedará aprisionado.

Así lo hizo el pastor, y a la mañana siguiente, al apuntar el alba, vio cómo el arca se abría y de ella salía la flor. Pegando un brinco, echóle una tela encima e inmediatamente cesó el encanto, presentándosela una bellísima doncella, que le confesó ser aquella flor, la cual había cuidado hasta entonces del orden de su casa. Contóle su historia, y, como al mozo le gustara la joven, le preguntó si quería casarse con él. Mas la muchacha respondió negativamente, pues seguía enamorada de su amadísimo Rolando; le permanecería fiel, aunque la hubiera abandonado. Prometióle, sin embargo, que no se marcharía, sino que seguiría cuidando de su casa.

Entretanto, llegó el día señalado para la boda de Rolando. Siguiendo una vieja costumbre del país, hízose un pregón invitando a todas las muchachas a asistir al acto y a cantar en honor de la pareja de novios. Al saberlo la fiel muchacha, sintió una profunda tristeza, y pensó que el corazón iba a estallarle en el pecho. No quería ir a la fiesta, pero las otras doncellas fueron a buscarla y la obligaron a que las acompañara. Procuró ir demorando el momento de cantar; pero al final, cuando ya todas hubieron cantado, no tuvo más remedio que hacerlo también. Mas al iniciar su canto y llegar su voz a oídos de Rolando, levantóse éste de un salto y exclamó:

- ¡Conozco esta voz; es la de mi verdadera prometida y no quiero otra!

Todo lo que había olvidado, revivió en su memoria y en su corazón. Y así fue cómo la fiel doncella se casó con su amadísimo Rolando, y, terminada su pena, comenzó para ella una vida de dicha.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El agua de vida

 

 

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Enfermó una vez un rey tan gravemente, que nadie creía que pudiera curarse. Tenía tres hijos, los cuales, apesadumbrados por la dolencia de su padre, salieron un día a llorar al jardín de palacio. Encontráronse allí con un anciano, que les preguntó por el motivo de su aflicción. Ellos le explicaron que su padre estaba muy enfermo y no tardaría en morir, pues no se encontraba ningún remedio a su mal.

Díjoles el viejo:

- Pues yo conozco uno: el agua de vida. Quien bebe de ella, sana. Sólo que es difícil encontrarla.

Al oír esto, exclamó el mayor:

- ¡Yo la encontraré! -y, presentándose al doliente Rey, le pidió autorización para partir en busca de aquella agua de vida, única capaz de curarlo.

- No -respondió el Rey-. Es demasiado peligroso. Prefiero morir.

Pero el hijo insistió con tanta vehemencia, que, al fin, el Rey cedió. Pensaba el príncipe en su corazón: «Si vuelvo con el agua, pasaré a ser el favorito de mi padre y heredaré el trono».

Púsose, pues, en camino y, al cabo de algunas horas de cabalgar, salióle al paso un enano, que lo llamó y le dijo:

- ¿Adónde vas tan deprisa?

- ¡Renacuajo estúpido -respondióle el príncipe con altivez-, eso es cosa que no te importa! -y siguió su ruta.

El enano se enojó ante esta respuesta y le lanzó una maldición. Poco después, el mozo entró en una garganta, y cuanto más se adentraba en ella, más se estrechaban las montañas a ambos lados, hasta que, al cabo, el camino se hizo tan angosto, que el príncipe no pudo dar un paso más; y no siéndole tampoco posible hacer dar la vuelta al caballo y desmontar, quedó aprisionado en aquella estrechura.

El rey enfermo estuvo aguardando largo tiempo su vuelta, sin que el mozo apareciera. Entonces pidió el hijo segundo:

- Padre, déjame ir a mí en busca del agua de vida -mientras pensaba: «Si mi hermano ha muerto, para mí será la corona». Al principio, el Rey no quería dejarlo partir, pero acabó accediendo.

Siguió el príncipe el mismo camino que su hermano, y se encontró también con el enanito, que lo detuvo y le preguntó adónde iba con tanta prisa.

- ¡Figurilla! -respondióle el príncipe-, ¿qué te importa? -y prosiguió adelante sin preocuparse más del hombrecillo. Pero éste lo maldijo también, enviándolo, como al otro, a una estrecha garganta de la cual no pudo salir. Eso les pasa a los soberbios.

Ante la tardanza del hijo segundo, ofrecióse el tercero a partir en busca del agua, y el Rey hubo de ceder también a sus instancias. Al encontrarse con el enano, y ante su pregunta sobre el objeto de su viaje, detúvose el mozo y le contestó con buenas palabras:

- Voy en busca del agua de vida, pues mi padre se halla gravemente enfermo.

- ¿Y ya sabes dónde encontrarla?

- No -respondió el príncipe.

- Ya que te has portado cortésmente y no con insolencia, como tus desleales hermanos, te informaré sobre el modo de obtener el agua de vida. Fluye de una fuente en el patio de un castillo encantado, en el cual no podrás penetrar si antes yo no te doy una varilla de hierro y dos panes. Con la vara golpearás por tres veces la puerta del castillo. La puerta se te abrirá enseguida; dentro hay dos leones, que te recibirán con abiertas fauces; pero si les arrojas los panes, se apaciguarán. Corre entonces a buscar el agua milagrosa antes de que den las doce, pues a aquella hora se cerrará la puerta y quedarías prisionero.

Dióle el príncipe las gracias y, tomando la varilla y los panes, púsose en camino. Todo sucedió tal como le anunciara el enano. Abrióse la puerta al tercer golpe y, una vez hubo amansado a los leones echándoles el pan, adentróse en el castillo y llegó a una espaciosa y magnífica sala, donde yacían príncipes encantados, a los que quitó las sortijas de los dedos, llevándose, asimismo, una espada y un pan que estaban en la habitación. Pasó luego a otro aposento, ocupado por una hermosa doncella, que mostró gran alegría al verlo y que, besándolo, le dijo que la había desencantado, por lo cual le daría todo su reino y si volvía a buscarla dentro un año celebrarían su boda. Díjole también dónde estaba la fuente del agua de vida, advirtiéndole de la necesidad de retirarse antes de las doce. Prosiguió el príncipe. y llegó, finalmente, a una habitación que contenía una magnífica cama, acabada de hacer. Sentíase fatigado y pensó en descansar un ratito; pero en cuanto se echó, se quedó dormido, y cuando despertó estaban dando las doce menos cuarto. Levantándose de un brinco, asustado, precipitóse a la fuente, llenó de agua un frasco que había al lado y se retiró a toda prisa. En el mismo momento en que sonaban las campanadas de las doce cruzaba el dintel, y la puerta, cerrándose bruscamente, le arrancó un pedazo de tacón.

Contento de tener el agua de vida, reemprendió el camino de su casa y volvió a pasar por donde estaba el enano. Al ver éste la espada y el pan, le dijo:

- Con estos dos objetos has adquirido grandes tesoros: La espada te servirá para vencer a ejércitos enteros, y, en cuanto al pan, es inagotable.

El príncipe, no queriendo regresar sin sus hermanos, le dijo al enanito:

- Mi querido enano, ¿no me dirías dónde se hallan mis hermanos? Partieron antes que yo en busca del agua de vida, y no volvieron.

- Están encerrados entre dos montañas -le respondió el hombrecillo-. Les encanté como castigo por su insolencia.

Rogóle el príncipe tan insistentemente, que, al fin, el enano se avino a libertarlos; pero le advirtió:

- ¡Guárdate de ellos, que tienen mal corazón!

Al llegar sus hermanos, él se alegró mucho y les contó cuanto le había sucedido: que había encontrado el agua de vida, de la cual traía un frasco lleno, y que había desencantado a una bella princesa, a la cual debía ir a buscar dentro de un año para casarse con ella y recibir un gran reino. Partieron luego los tres juntos y llegaron a un país asolado por el hambre y la guerra, cuyo rey lo daba ya todo por perdido; tan apurada era la situación. Presentósele el príncipe y le dio el pan, con el cual pudo alimentar y aun saciar a todo su pueblo. Luego le prestó la espada; y, gracias a ella, fueron derrotados los ejércitos enemigos, y el país pudo vivir en paz y tranquilidad. Recogiendo el príncipe el pan y la espada, prosiguió el camino con sus hermanos, encontrando, a su paso, otros dos países, azotados también por el hambre y la guerra, a cuyas plagas pusieron nuevamente remedio el pan y la espada. De este modo, el joven príncipe había salvado a tres reinos.

Después se embarcaron y se hicieron a la mar. Durante la travesía, los dos mayores se dijeron:

- El pequeño ha encontrado el agua de vida, y nosotros, no; en pago, nuestro padre le dará el reino que nos pertenece, y él se quedará con nuestra fortuna.

Y, sedientos de venganza, se conjuraron para perderlo.

Aguardando a que estuviese dormido, le cambiaron el agua de vida del frasco por agua de mar, y ellos se quedaron la milagrosa,

Al llegar a su casa, el menor llevó al rey enfermo la copa para que, bebiendo de ella, se curase; pero no bien el viejo hubo probado la amarga agua de mar, púsose más enfermo que antes. Y, al oír que se lamentaba, entrando los dos hijos mayores, acusaron a su hermano de haber tratado de envenenarle y le sirvieron el agua verdaderamente eficaz. Apenas la hubo tragado, sintió que su dolencia desaparecía y que recuperaba la salud, quedando fuerte y vigoroso como en su juventud.

Saliendo los dos mayores al encuentro del menor, burláronse de él, diciéndole:

- Cierto que fuiste tú quien encontró el agua de vida; pero has cargado con el trabajo, y nosotros, con el premio. Tenías que ser más listo y mantener los ojos abiertos; te la quitamos en el barco, mientras dormías, y, dentro de un año, uno de nosotros te quitará también la bella princesa. Pero guárdate muy bien de descubrirnos. Nuestro padre no te creerá, y si dices una sola palabra, te costará la vida; pero si callas, te la respetaremos.

El anciano rey guardaba rencor a su hijo tercero, creyendo que había tratado de atentar contra su vida. Mandó reunir la Corte y fue dictada sentencia por la que el príncipe debía ser muerto secretamente. Hallándose éste un día de caza sin sospechar nada malo, lo acompañó uno de los monteros del Rey. Al llegar al bosque, solos los dos, notó el príncipe que el hombre estaba triste y le preguntó:

- ¿Qué te ocurre, montero amigo?

Replicó el cazador:

- No puedo decirlo, y, sin embargo, debería hacerlo.

Insistió el príncipe:

- Dime lo que sea; te perdonaré.

- ¡Ay! -exclamó el montero-, el Rey me ha dado orden de mataros de un tiro.

Asustóse el mozo y dijo al hombre:

- Mi buen montero, no me quites la vida. Te cambiaré mi real vestido por el pobre tuyo.

- Lo haré gustoso -dijo el otro-; de ningún modo habría podido disparar contra vos.

Cambiaron de vestidos, y el cazador se marchó a su casa, mientras el príncipe se internaba en el bosque.

Transcurrido algún tiempo, llegaron a la Corte del anciano rey tres coches cargados de oro y piedras preciosas destinados al príncipe menor. Enviábanlos los tres soberanos que, con la espada y el pan que él les prestara, habían derrotado a los enemigos y dado de comer a sus respectivos pueblos. Pensó entonces el viejo Monarca: «¿Y si mi hijo fuera inocente?», y dijo a los que le rodeaban: - ¡Ojalá viviera! ¡Cómo lamento el haber ordenado darle muerte!

- ¡Vive aún! -exclamó el montero-. Yo no tuve valor para cumplir vuestra orden -y explicó al Rey cómo habían ocurrido las cosas. El Rey sintióse muy aliviado, y dio orden de pregonar por todo el reino que su hijo podía volver a palacio, donde sería recibido con todo afecto.

Por su parte, la princesa mandó construir una carretera, que partía de su palacio, toda de oro, brillantísima, y dijo a sus cortesanos que quien llegase por ella directamente, sería su verdadero prometido: debían dejarle el paso libre. Pero el que viniese por caminos laterales, sería un impostor y debían cerrarle el acceso al alcázar. Al acercarse el tiempo fijado, pensó el mayor que debía darse prisa en dirigirse a la mansión de la princesa y presentarse como su libertador; se casaría con ella y subiría al trono. Emprendió, pues, el viaje y, al acercarse al palacio, viendo la hermosa carretera de oro, pensó: «¡Sería una lástima cabalgar por ella!», y, desviándose, tomó por un camino lateral. Mas al llegar frente a la puerta dijéronle los guardas que, no siendo el príncipe elegido, debía volverse.

Poco después partió el segundo, y al llegar a la carretera de oro, y cuando ya el caballo había puesto el pie en ella, pensó: «¡Sería lástima, podría desgastarla!», y tomó por la izquierda. En la puerta rechazáronlo los guardas, diciéndole que no era el elegido, y que se volviese. Y cuando ya hubo transcurrido el año, el hermano tercero se dispuso, a su vez, a abandonar el bosque y trasladarse al palacio de su amada, donde sus penas encontrarían término. Púsose, pues, en camino, y, tan absorto iba pensando en su prometida, que ni siquiera reparó en que la carretera era de oro, y su caballo siguió por el centro de la calzada. Al llegar a la puerta le abrieron enseguida; la princesa lo recibió con grandes muestras de alegría, diciendo que era su libertador y señor del reino, y celebróse la boda con extraordinario regocijo. Cuando estuvieron casados, contóle la princesa que su padre había enviado mensajeros para comunicarle su perdón. Trasladóse él entonces a su palacio y contó al anciano rey el engaño de que lo habían hecho víctima sus hermanos, y que él no había revelado. El Soberano quiso castigarlos, pero ellos se habían fugado en un barco y jamás volvieron a su patria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

HadaLuna lee "El acertijo"

 

 

 

      El acertijo

 

      Érase una vez el hijo de un rey, a quien entraron deseos de correr mundo,

      y se partió sin más compañía que la de un fiel criado. Llegó un día a un

      extenso bosque, y al anochecer, no encontrando ningún albergue, no sabía

      dónde pasar la noche. Vio entonces a una muchacha que se dirigía a una

      casita, y, al acercarse, se dio cuenta de que era joven y hermosa.

      Dirigióse a ella y le dijo:

      - Mi buena niña, ¿no nos acogerías por una noche en la casita, a mí y al

      criado?

      - De buen grado lo haría -respondió la muchacha con voz triste-; pero no

      os lo aconsejo. Mejor es que os busquéis otro alojamiento.

      - ¿Por qué? -preguntó el príncipe.

      - Mi madrastra tiene malas tretas y odia a los forasteros ¬contestó la

      niña suspirando.

      Bien se dio cuenta el príncipe de que aquella era la casa de una bruja;

      pero como no era posible seguir andando en la noche cerrada, y, por otra

      parte, no era miedoso, entró. La vieja, que estaba sentada en un sillón

      junto al fuego, miró a los viajeros con sus ojos rojizos:

      - ¡Buenas noches! -dijo con voz gangosa, que quería ser amable-. Sentaos a

      descansar-. Y sopló los carbones, en los que se cocía algo en un puchero.

      La hija advirtió a los dos hombres que no comiesen ni bebiesen nada, pues

      la vieja estaba confeccionando brebajes nocivos. Ellos durmieron

      apaciblemente hasta la madrugada, y cuando se dispusieron a reemprender la

      ruta, estando ya el príncipe montado en su caballo, dijo la vieja:

      - Aguarda un momento, que tomarás un trago, como despedida.

      Mientras entraba a buscar la bebida, el príncipe se alejó a toda prisa, y

      cuando volvió a salir la bruja con la bebida, sólo halló al criado, que se

      había entretenido arreglando la silla.

      - ¡Lleva esto a tu señor! -le dijo. Pero en el mismo momento se rompió la

      vasija, y el veneno salpicó al caballo; tan virulento era, que el animal

      se desplomó muerto, como herido por un rayo. El criado echó a correr para

      dar cuenta a su amo de lo sucedido, pero, no queriendo perder la silla,

      volvió a buscarla. Al llegar junto al cadáver del caballo, encontró que un

      cuervo lo estaba devorando.

      «¿Quién sabe si cazaré hoy algo mejor?», se dijo el criado; mató, pues, el

      cuervo y se lo metió en el zurrón.

      Durante toda la jornada estuvieron errando por el bosque, sin encontrar la

      salida. Al anochecer dieron con una hospedería y entraron en ella. El

      criado dio el cuervo al posadero, a fin de que se lo guisara para cenar.

      Pero resultó que había ido a parar a una guarida de ladrones, y ya entrada

      la noche presentáronse doce bandidos, que concibieron el propósito de

      asesinar y robar a los forasteros. Sin embargo, antes de llevarlo a la

      práctica se sentaron a la mesa, junto con el posadero y la bruja, y se

      comieron una sopa hecha con la carne del cuervo. Pero apenas hubieron

      tomado un par de cucharadas, cayeron todos muertos, pues el cuervo estaba

      contaminado con el veneno del caballo.

      Ya no quedó en la casa sino la hija del posadero, que era una buena

      muchacha, inocente por completo de los crímenes de aquellos hombres. Abrió

      a los forasteros todas las puertas y les mostró los tesoros acumulados.

      Pero el príncipe le dijo que podía quedarse con todo, pues él nada quería

      de aquello, y siguió su camino con su criado.

      Después de vagar mucho tiempo sin rumbo fijo, llegaron a una ciudad donde

      residía una orgullosa princesa, hija del Rey, que había mandado pregonar

      su decisión de casarse con el hombre que fuera capaz de plantearle un

      acertijo que ella no supiera descifrar, con la condición de que, si lo

      adivinaba, el pretendiente sería decapitado. Tenía tres días de tiempo

      para resolverlo; pero eran tan inteligente, que siempre lo había resuelto

      antes de aquel plazo. Eran ya nueve los pretendientes que habían sucumbido

      de aquel modo, cuando llegó el príncipe y, deslumbrado por su belleza,

      quiso poner en juego su vida. Se presentó a la doncella y le planteó su

      enigma:

      - ¿Qué es -le dijo- una cosa que no mató a ninguno y, sin embargo, mató a

      doce?

      En vano la princesa daba mil y mil vueltas a la cabeza, no acertaba a

      resolver el acertijo. Consultó su libro de enigmas, pero no encontró nada;

      había terminado sus recursos. No sabiendo ya qué hacer, mandó a su

      doncella que se introdujese de escondidas en el dormitorio del príncipe y

      se pusiera al acecho, pensando que tal vez hablaría en sueños y revelaría

      la respuesta del enigma. Pero el criado, que era muy listo, se metió en la

      cama en vez de su señor, y cuando se acercó la doncella, arrebatándole de

      un tirón el manto en que venía envuelta, la echó del aposento a palos. A

      la segunda noche, la princesa envió a su camarera a ver si tenía mejor

      suerte. Pero el criado le quitó también el manto y la echó a palos.

      Creyó entonces el príncipe que la tercera noche estaría seguro, y se

      acostó en el lecho. Pero fue la propia princesa la que acudió, envuelta en

      una capa de color gris, y se sentó a su lado. Cuando creyó que dormía y

      soñaba, púsose a hablarle en voz queda, con la esperanza de que

      respondería en sueños, como muchos hacen. Pero él estaba despierto y lo

      oía todo perfectamente.

      Preguntó ella:

      - Uno mató a ninguno, ¿qué es esto?

      Respondió él:

      - Un cuervo que comió de un caballo envenenado y murió a su vez.

      Siguió ella preguntando:

      - Y mató, sin embargo, a doce, ¿qué es esto?

      - Son doce bandidos, que se comieron el cuervo y murieron envenenados.

      Sabiendo ya lo que quería, la princesa trató de escabullirse, pero el

      príncipe la sujetó por la capa, que ella hubo de abandonar. A la mañana,

      la hija del Rey anunció que había descifrado el enigma y, mandando venir a

      los doce jueces, dio la solución ante ellos. Pero el joven solicitó ser

      escuchado y dijo:

      - Durante la noche, la princesa se deslizó hasta mi lecho y me lo

      preguntó; sin esto, nunca habría acertado.

      Dijeron los jueces:

      - Danos una prueba.

      Entonces el criado entró con los tres mantos, y cuando los jueces vieron

      el gris que solía llevar la princesa, fallaron la sentencia siguiente:

      - Que este manto se borde en oro y plata; será el de vuestra boda.

 

      Sobre la traducción para la edición impresa de Ed. Labor

      © Francisco Payarols - 1955

 

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El féretro de cristal

 

Autor: Hermanos Grimm.

 

Nadie diga que un pobre sastre no puede llegar lejos ni alcanzar altos honores.

Basta para ello que acierte con la oportunidad, y, esto es lo principal, que

tenga suerte.

Un oficialillo gentil e ingenioso de esta clase, se marchó un día a correr

mundo. Llegó a un gran bosque, para él desconocido, y se extravió en su

espesura. Cerró la noche y no tuvo más remedio que buscarse un cobijo en aquella

espantosa soledad. Cierto que habría podido encontrar un mullido lecho en el

blando musgo; pero el miedo a las fieras no lo dejaba tranquilo, y, al fin, se

decidió a trepar a un árbol para pasar en él la noche. Escogió un alto roble y

subió hasta la copa, dando gracias a Dios por llevar encima su plancha, ya que,

de otro modo, el viento, que soplaba entre las copas de los árboles, se lo

habría llevado volando.

Pasó varias horas en completa oscuridad, entre temblores y zozobras, hasta que,

al fin, vio a poca distancia el brillo de una luz. Suponiendo que se trataba de

una casa, que le ofrecería un refugio mejor que el de las ramas de un árbol,

bajó cautelosamente y se encaminó hacia el lugar de donde venía la luz.

Encontróse con una cabaña, construida de cañas y juncos trenzados. Llamó

animosamente, abrióse la puerta y, al resplandor de la lámpara, vio a un

viejecito de canos cabellos, que llevaba un vestido hecho de retales de diversos

colores.

- ¿Quién sois y qué queréis? - preguntóle el vejete con voz estridente.

- Soy un pobre sastre - respondió él - a quien ha sorprendido la noche en el

bosque. Os ruego encarecidamente que me deis alojamiento en vuestra choza hasta

mañana.

- ¡Sigue tu camino! - replicó el viejo de mal talante -. No quiero tratos con

vagabundos. Búscate acomodo en otra parte.

Y se disponía a cerrar la puerta; pero el sastre lo agarró por el borde del

vestido y le suplicó con tanta vehemencia, que, al fin, el hombrecillo, que en

el fondo no era tan malo como parecía, se ablandó y lo acogió en la choza; le

dio de comer y le preparó un buen lecho en un rincón.

No necesitó el cansado sastre que lo mecieran y durmió con un dulce sueño hasta

muy entrada la mañana; y sabe Dios a qué hora se habría despertado de no haber

sido por un gran alboroto de gritos y mugidos que resonó de repente a través de

las endebles paredes de la choza. Sintiendo nacer en su alma un inesperado

valor, levantóse de un salto, se vistió a toda prisa y salió fuera. Allí vio,

muy cerca de la cabaña, que un enorme toro negro y un magnífico ciervo se

hallaban enzarzados en furiosa pelea. Acometíanse mutuamente con tal fiereza,

que el suelo retemblaba con su pataleo, y vibraba el aire con sus gritos.

Durante largo rato estuvo indecisa la victoria, hasta que, al fin, el ciervo

hundió la cornamenta en el cuerpo de su adversario, éste se desplomó con un

horrible rugido, y fue rematado por el ciervo a cornadas.

El sastre, que había asistido, asombrado, a la batalla, permanecía aún inmóvil

cuando el ciervo corriendo a grandes saltos hacia él, sin darle tiempo de huir,

lo ahorquilló con su poderosa cornamenta.

No pudo el hombre entregarse a largas reflexiones, pues el animal, en

desenfrenada carrera, lo llevaba campo a través, por montes y valles, prados y

bosques. Agarrándose firmemente a los extremos de la cuerna abandonóse al

destino. Tenía la impresión de estar volando. Al fin se detuvo el ciervo ante un

muro de roca, y depositó suavemente al sastre en el suelo. Éste, más muerto que

vivo, recobró sus sentidos al cabo de mucho rato. Cuando estaba ya, hasta cierto

punto, en sus cabales, vio que el ciervo embestía con gran furia contra una

puerta que había en la roca y que se abrió bruscamente. Por el hueco salieron

grandes llamaradas, seguidas de un denso vapor, que ocultó el ciervo a sus ojos.

No sabía el hombre qué hacer ni adónde dirigirse para escapar de aquellas

soledades y hallarse de nuevo entre los hombres. Estaba indeciso y atemorizado

cuando oyó una voz, que salía de la roca y que le decía:

- Entra sin temor, no sufrirás daño alguno.

El sastre vaciló unos momentos, hasta que, impulsado por una fuerza misteriosa,

avanzó, obedeciendo el dictado de la voz. A través de una puerta de hierro llegó

a una espaciosa sala, cuyo techo, paredes y suelo eran de sillares

brillantemente pulimentados, en cada uno de los cuales estaba grabado un signo

indescifrable. Lo contempló todo con muda admiración, y ya se disponía a salir

cuando dejóse oír nuevamente la voz misteriosa:

- Ponte sobre la piedra que hay en el centro de la sala; te espera una gran

dicha.

Tanto se había envalentonado nuestro hombre, que ya no vaciló en seguir las

instrucciones de la voz. La piedra empezó a ceder bajo sus pies y fue

hundiéndose lentamente tierra adentro. Cuando se detuvo, el sastre miró a su

alrededor y vio que se encontraba en otra sala, de dimensiones iguales a la

primera; pero en ella había más cosas dignas de ser consideradas y admiradas. En

las paredes había huecos a modo de nichos que contenían vasijas de transparente

cristal, llenas de esencias de color o de un humo azulado. En el suelo,

colocadas frente a frente, veíanse dos grandes urnas de cristal, que en seguida

atrajeron su atención. Al acercarse a una de ellas pudo contemplar en su

interior un hermoso edificio, semejante a un palacio, rodeado de cuadras,

graneros y otras dependencias. Todo era en miniatura, pero sutil y delicadamente

labrado, como obra de un hábil artífice.

Seguramente habría continuado sumido en la contemplación de aquella

magnificencia, de no haberse dejado oír de nuevo la voz, invitándole a volverse

y mirar la otra urna de cristal.

¡Cuál sería su asombro al ver en ella a una muchacha de divina belleza. Parecía

dormida, y su larguísima cabellera rubia la envolvía como un precioso manto.

Tenía cerrados los ojos, pero el color sonrosado de su rostro y una cinta que se

movía al compás de su respiración, no permitía dudar de que vivía. Contemplaba

el sastre a la hermosa doncella de palpitante corazón, cuando de pronto abrió

ella los ojos y, al distinguir al mozo, prorrumpió en un grito de alegría:

- ¡Santo cielo! ¡Ha llegado la hora de mi liberación! ¡De prisa, de prisa,

ayúdame a salir de esta cárcel! Si descorres el cerrojo de este féretro de

cristal, quedaré desencantada.

Obedeció el sastre sin titubear; levantó ella la tapa de cristal, salió del

féretro y corrió a un ángulo de la sala, donde se cubrió con un amplio manto.

Sentándose luego sobre una piedra, llamó a su lado al joven y, después de

besarlo en señal de amistad, le dijo:

- ¡Libertador mío, por quien tanto tiempo estuve suspirando! El bondadoso cielo

te ha enviado para poner término a mis sufrimientos. El mismo día en que ellos

terminan, empieza tu dicha. Tú eres el esposo que me ha destinado el cielo.

Querido de mí y rebosante de todos los terrenales bienes, vivirás colmado de

alegrías hasta que suene la hora de tu muerte. Siéntate, y escucha el relato de

mis desventuras.

«Soy hija de un opulento conde. Mis padres murieron siendo yo aún muy niña, y en

su testamento me confiaron a la tutela de mi hermano mayor, quien cuidó de mi

educación. Nos queríamos tiernamente, y marchábamos tan acordes en todos

nuestros pensamientos e inclinaciones, que tomamos la resolución de no casarnos

jamás y vivir juntos hasta el término de nuestros días. Nunca faltaban

visitantes en nuestra casa: vecinos y forasteros acudían a menudo y a todos les

dábamos espléndida hospitalidad.

»Un anochecer llegó a caballo, a nuestro castillo, un extranjero que nos pidió

alojamiento para la noche, pues no podía ya seguir hasta el próximo pueblo.

Atendimos su ruego con la cortesía del caso, y durante la cena nos entretuvo con

su charla y sus relatos. Mi hermano se sintió tan a gusto en su compañía, que le

rogó se quedase con nosotros un par de días, a lo cual accedió él después de

oponer algunos reparos. Nos levantamos de la mesa ya muy avanzada la noche,

asignarnos una habitación al forastero, y yo, sintiéndome cansada, me fui a

pedir descanso a las blandas plumas. Empezaba a adormecerme cuando me desvelaron

los acordes de una música delicada y melodiosa.

No sabiendo de dónde venía, quise llamar a mi doncella, que dormía en una

habitación contigua. Pero con gran asombro me di cuenta de que, como si

oprimiera mi pecho una horrible pesadilla, estaba privada de la voz y no

conseguía emitir el menor sonido. Al mismo tiempo, a la luz de la lámpara, vi

entrar al extranjero en mi aposento, pese a estar cerrado sólidamente con doble

puerta. Acercándoseme, me dijo que, valiéndose de la virtud mágica de que estaba

dotado, había producido aquella hermosa música para mantenerme despierta, y

ahora venía, sin que fuesen obstáculo las cerraduras, a ofrecerme su corazón y

su mano.

»Pero mi repugnancia por sus artes diabólicas era tan grande que ni me digné

contestarle. Permaneció él un rato inmóvil, de pie, sin duda esperando una

respuesta favorable; pero al ver que yo persistía en mi silencio, me declaró,

airado, que hallaría el medio de vengarse y castigar mi soberbia, después de lo

cual volvió a salir de la estancia.

»Pasé la noche agitadísima, sin poder conciliar el sueño hasta la madrugada. Al

despertarme, corrí en busca de mi hermano para contarle lo sucedido; pero no lo

encontré en su habitación. Su criado me dijo que, al apuntar el día había salido

de caza con el forastero.

»Agitada por sombríos presentimientos me vestí a toda prisa, mandé ensillar mi

jaca y, seguida de un criado, me dirigí al galope hacia el bosque. El caballo de

mi criado tropezó y se rompió una pata, por lo que el hombre no pudo

acompañarme, mientras yo proseguía mi ruta sin detenerme. A los pocos minutos vi

al forastero, que se dirigía hacia mí conduciendo un hermoso ciervo atado de una

cuerda. Sintiendo en mí pecho una ira irrefrenable, saqué una pistola y la

disparé contra el monstruo; pero la bala rebotó en su pecho y fue a herir la

cabeza de mi jaca. Caí al suelo, y el extranjero murmuró unas palabras que me

dejaron sin sentido.

»Al volver en mí, encontréme en esta fosa subterránea, encerrada en este ataúd

de cristal. Volvió a presentarse el brujo y me comunicó que mí hermano estaba

transformado en ciervo; mi palacio, reducido a miniatura, con todas sus

dependencias, recluido en esta arca de cristal, y mis gentes, convertidas en

humo, aprisionadas en frascos de vidrio. Si yo accedía a sus pretensiones, le

sería facilísimo volverlo todo a su estado primitivo. No tenía más que abrir los

frascos y las urnas, y todo recobraría su condición y forma naturales. Yo no le

respondí, como la vez anterior, y entonces él desapareció, dejándome en mi

prisión, donde quedé sumida en profundo sueño. Entre las visiones que pasaron

por mi alma hubo una, consoladora: la de un joven que venía a rescatarme. Y hoy,

al abrir los ojos, te he visto, y, así, se ha trocado el sueño en realidad.

Ayúdame ahora a efectuar las demás cosas que sucedieron en mi sueño: lo primero

es colocar sobre aquella gran losa el arca de cristal que contiene mi palacio».

No bien gravitó, sobre la piedra el peso del arca, empezó a elevarse,

arrastrando a la doncella y al mozo, y, por la abertura del techo, llegó a la

superior, desde la cual les fue fácil salir al aire libre. Allí, la muchacha

abrió la tapa y fue maravilloso presenciar cómo se agrandaban rápidamente el

palacio, las casas y las dependencias, hasta alcanzar sus dimensiones naturales.

Volviendo luego a la bóveda subterránea, cargaron sobre la piedra los frascos

llenos de esencias y vapores, y, en cuanto la doncella los hubo destapado,

salieron de ellos el humo azul, transformándose en personas vivientes, en

quienes la condesita reconoció a sus criados y servidores. Y su alegría llegó al

colmo cuando el hermano, que, siendo ciervo había dado muerte al brujo en figura

de toro, se les presentó viniendo del bosque. Aquel mismo día, la doncella,

cumpliendo su promesa, dio al venturoso sastre su mano ante el altar.

 

 

 

 

 

 

 

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HadaLuna lee "El fiel Juan"

 

 

 

      El fiel Juan

 

      Érase una vez un anciano Rey, se sintió enfermo y pensó: «Sin duda es mi

      lecho de muerte éste en el que yazgo». Y ordenó:

      - Que venga mi fiel Juan.

      Era éste su criado favorito, y le llamaban así porque durante toda su vida

      había sido fiel a su señor. Cuando estuvo al pie de la cama, díjole el

Rey:

      - Mi fidelísimo Juan, presiento que se acerca mi fin, y sólo hay una cosa

      que me atormenta: mi hijo. Es muy joven todavía, y no siempre sabe

      gobernarse con tino. Si no me prometes que lo instruirás en todo lo que

      necesita saber y velarás por él como un padre, no podré cerrar los ojos

      tranquilo.

      - Os prometo que nunca lo abandonaré -le respondió el fiel Juan-; lo

      serviré con toda fidelidad, aunque haya de costarme la vida.

      Dijo entonces el anciano Rey:

      - Así muero tranquilo y en paz -. Y prosiguió: - Cuando yo haya muerto

      enséñale todo el palacio, todos los aposentos, los salones, los soterrados

      y los tesoros guardados en ellos. Pero guárdate de mostrarle la última

      cámara de la galería larga, donde se halla el retrato de la princesa del

      Tejado de Oro, pues si lo viera, se enamoraría perdidamente de ella,

      perdería el sentido, y por su causa se expondría a grandes peligros; así

      que guárdalo de ello.

      Y cuando el fiel Juan hubo renovado la promesa a su Rey, enmudeció éste y,

      reclinando la cabeza en la almohada, murió.

      Llevado ya a la sepultura el cuerpo del anciano Rey, el fiel Juan dio

      cuenta a su joven señor de lo que prometiera a su padre en su lecho de

      muerte, y añadió:

      - Lo cumpliré puntualmente y te guardaré fidelidad como se la guardé a él,

      aunque me hubiera de costar la vida.

      Celebráronse las exequias, pasó el período de luto, y entonces el fiel

      Juan dijo al Rey:

      - Es hora de que veas tu herencia; voy a mostrarte el palacio de tu padre.

      Y lo acompañó por todo el palacio, arriba y abajo, y le hizo ver todos los

      tesoros y los magníficos aposentos; sólo dejó de abrir el que guardaba el

      peligroso retrato. Éste se hallaba colocado de tal modo que se veía con

      sólo abrir la puerta, y era de una perfección tal que parecía vivir y

      respirar, y que en el mundo entero no podía encontrarse nada más hermoso

      ni más delicado.

      Pero al joven Rey no se le escapó que el fiel Juan pasaba muchas veces por

      delante de esta puerta sin abrirla, y, al fin, le preguntó:

      - ¿Por qué no la abres nunca?

      - Es que en esta pieza hay algo que te causaría espanto ¬respondióle el

      criado. Mas el Rey le replicó:

      -He visto todo el palacio y quiero también saber lo que hay ahí dentro, y,

      dirigiéndose a la puerta, trató de forzarla.

      El fiel Juan lo retuvo y le dijo:

      - Prometí a tu padre, antes de morir, que no verías lo que hay en este

      cuarto; nos podría traer grandes desgracias, a ti y a mí.

      - Al contrario -replicó el joven Rey-. Si no entro, mi perdición es

      segura. No descansaré ni de día ni de noche hasta que lo haya contemplado

      con mis propios ojos. No me muevo de aquí hasta que me abras esta puerta.

      Entonces comprendió el fiel Juan que no había otro remedio, y con el

      corazón en el puño y muchos suspiros sacó la llave del gran manojo. Cuando

      tuvo la puerta abierta, entró el primero con intención de tapar el cuadro,

      para que el Rey no lo viera. Pero, ¿de qué le sirvió? El Rey, poniéndose

      de puntillas, miró por encima de su hombro, y al ver el retrato de la

      doncella, resplandeciente de oro y piedras preciosas, cayó al suelo sin

      sentido. Levantólo el fiel Juan y lo llevó a su cama, pensando. con gran

      angustia:

      «El mal está hecho. ¡Dios mío!, ¿qué pasará ahora?». Y le dio vino para

      reanimarlo. Vuelto en sí el Rey, sus primeras palabras fueron:

      - ¡Ay!, ¿de quién es este retrato tan hermoso? - Es la princesa del Tejado

      de Oro -respondióle el fiel criado. Y el Rey:

      - Es tan grande mi amor por ella, que si todas las hojas de los árboles

      fuesen lenguas, no bastarían para expresarle. Mi vida pondré en juego para

      alcanzarla, y tú, mi leal Juan, debes ayudarme a conseguirlo.

      El fiel criado estuvo cavilando largo tiempo sobre la manera de emprender

      el negocio. pues sólo el llegar a presencia de la princesa era ya muy

      difícil. Finalmente, se le ocurrió un medio, y dijo a su señor:

      - Todo lo que tiene a su alrededor es de oro: mesas, sillas, fuentes,

      vasos, tazas y todo el ajuar de la casa. En tu tesoro hay cinco toneladas

      de oro-, manda que den una a los orfebres del reino, y con ella fabriquen

      toda clase de vasos y utensilios, toda suerte de aves, alimañas y animales

      fabulosos; esto le gustará; con ello nos pondremos en camino, a probar

      fortuna.

      El Rey hizo venir a todos los orfebres del país, los cuales trabajaron sin

      descanso hasta terminar aquellos preciosos objetos. Luego fue cargado todo

      en un barco, y el fiel Juan y el Rey se vistieron de mercaderes para no

      ser conocidos de nadie. Luego se hicieron a la mar, y navegaron hasta

      arribar a la ciudad donde vivía la princesa del Tejado de Oro. El fiel

      Juan pidió al Rey que permaneciese a bordo y aguardase su vuelta:

      - A lo mejor vuelvo con la princesa -dijo-. Procurarás, pues, que todo

      esté bien dispuesto y ordenado, los objetos de oro a la vista y el barco

      bien empavesado.

      Se llenó el cinto de toda clase de objetos preciosos, desembarcó y

      encaminóse al palacio real. Al entrar en el patio vio junto al pozo a una

      hermosa muchacha ocupada en llenar de agua dos cubos de oro. Al volverse

      para llevarse el agua que reflejaba los destellos del oro, vio al

      extranjero y le preguntó quién era. Respondióle éste:

      - Soy un mercader - y, abriendo su cinturón, le mostró lo que contenía.

      - ¡Oh, qué lindo! -exclamó ella, y, dejando los cubos en el suelo, se puso

      a examinar las joyas una por una. Luego dijo: -Es necesario que la

      princesa lo vea; le gustan tanto las cosas de oro, que, sin duda, os las

      comprará todas.

      Y, cogiendo al hombre de la mano, condújolo al interior del palacio, pues

      era la camarera principal. Cuando la hija del Rey vio aquellas maravillas,

      se puso muy contenta y exclamó:

      - Está tan primorosamente trabajado, que te lo compro todo.

      A lo que respondió el fiel Juan:

      - Yo no soy sino el criado de un rico mercader. No es nada lo que traigo

      aquí en comparación de lo que mi amo tiene en el barco: lo más bello y

      precioso que jamás se haya hecho en oro.

      Pidióle ella que se lo llevaran a palacio, pero él contestó:

      - Hay tantísimas cosas, que precisarían muchos días y más salas que

      vuestro palacio tiene.

      - Estas palabras sólo sirvieron para estimular la curiosidad de la

      princesa, la cual dijo al fin:

      - Acompáñame al barco, quiero ir yo misma a ver los tesoros de tu amo.

      El fiel Juan, muy contento, la condujo entonces al barco, y cuando el Rey

      la vio, parecióle que su hermosura era todavía mayor que la del retrato, y

      el corazón empezó a latirle con tal violencia que se lo sentía a punto de

      estallar. Subió la princesa a bordo, y el Rey la acompañó al interior de

      la nave; pero el fiel Juan se quedó junto al piloto y le dio orden de

      zarpar:

      - ¡Despliega todas las velas, para que el barco vuele más veloz que un

      pájaro!

      Entretanto, el Rey mostraba a la princesa la vajilla de oro, pieza por

      pieza: fuentes, vasos y tazas, así como las aves y los animales silvestres

      y prodigiosos. Transcurrieron muchas horas así, y la princesa, absorta y

      arrobada, no se dio cuenta de que el barco se había hecho a la mar. Cuando

      ya lo hubo contemplado todo, dio las gracias al mercader y se dispuso a

      regresar a palacio-, pero al subir a cubierta vio que estaba muy lejos de

      tierra y que el buque navegaba a toda vela:

      - ¡Ay de mí! -exclamó-. ¡Me han traicionado, me han raptado! ¡Estoy en

      manos de un mercader! ¡Mil veces morir!

      Pero el Rey, tomándole la mano, le dijo:

      - Yo no soy un comerciante, sino un Rey, y de nacimiento no menos ilustre

      que el tuyo. Si te he raptado con un ardid, ha sido por el inmenso amor

      que te tengo. Es tan grande, que la primera vez que vi tu retrato caí al

      suelo sin sentido-. Estas palabras apaciguaron a la princesa, y como ya

      sentía afecto por el Rey, aceptó de buen grado ser su esposa.

      Ocurrió, empero, mientras se hallaban aún en alta mar, que el fiel Juan,

      sentado en la proa del barco tocando un instrumento musical, vio en el

      aire tres cuervos que llegaban volando. Dejó entonces de tocar y se puso a

      escuchar su conversación, pues entendía su lenguaje.

 

      

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Dama duende

 

 

 

**************

 

 

 

Vivía una vez una muchachita muy testaruda e indiscreta, que nunca obedecía a sus padres. ¿Cómo queréis que le fuesen bien las cosas? Un día dijo a sus padres:

- Tanto he oído hablar de Dama Duende, que me han entrado ganas de ir a verla a su casa. Dice la gente que todo es allí maravilloso, y que ocurren cosas extraordinarias; me muero de curiosidad por verlo.

Los padres se lo prohibieron rigurosamente, añadiendo:

- Dama Duende es una mujer malvada que hace cosas impías; si vas, dejarás de ser nuestra hija.

Pero la muchacha hizo caso omiso de la prohibición de sus padres, y se encaminó a la casa de Dama Duende. Al llegar, preguntóle ésta:

- ¿Por qué estás tan pálida?

- ¡Ay! -respondió la niña toda temblorosa-. ¡Lo que he visto me ha asustado tanto!

- ¿Y qué has visto?

- En la escalera vi a un hombre negro.

- Era un carbonero.

- Luego vi a uno verde.

- Era un cazador.

- Luego vi a otro, rojo como sangre.

- Era un carnicero.

- ¡Ay, Dama Duende! Después tuve un gran susto, pues al mirar por la ventana no os vi a vos, sino al diablo, echando fuego por la cabeza.

- ¡Vaya! -exclamó ella-. ¡Así, viste a la bruja en su mejor atavío! Tiempo ha que te estaba esperando y deseando que vinieses. Ven, que me alumbrarás.

Transformando a la muchacha en un tarugo de madera, la arrojó al fuego. Y cuando ya estuvo convertida en una brasa ardiente, sentóse a calentarse a su lado, diciendo:

- ¡Ésta sí que da luz!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«Bestia peluda»

 

***************

 

 

Érase una vez un rey que tenía una esposa cuyos cabellos parecían de oro, y tan hermosa que en toda la redondez de la Tierra no se habría encontrado otra igual. Cayó enferma y, presintiendo su próximo fin, llamó a su marido y le dijo:

- Si cuando yo haya muerto quieres casarte de nuevo, no escojas a ninguna mujer que sea menos hermosa que yo y que no tenga el cabello de oro. ¡Prométemelo!

Prometióselo el Rey, y ella, cerrando los ojos, murió.

El Rey estuvo largo tiempo inconsolable, sin pensar ni por un momento en volverse a casar, hasta que, al fin, dijeron sus consejeros:

- No hay más solución sino que el Rey vuelva a casarse para que tengamos Reina.

Fueron entonces enviados mensajeros a todas las partes del país, en busca de una novia equiparable en belleza a la reina fallecida. Pero en el mundo entero no había otra, y, aunque se hubiese encontrado una, tampoco habría tenido los cabellos de oro. Por eso, los emisarios tuvieron que regresar a la Corte con las manos vacías.

Pero he aquí que el Rey tenía una sobrina que era el vivo retrato de su esposa muerta, tan hermosa como ella y con la misma cabellera de oro. Contemplóla un día el Rey, y viéndola en todo igual a su difunta esposa, de repente se sintió enamorado de ella. Dijo entonces a sus consejeros:

- Me casaré con mi sobrina, pues es el retrato de mi esposa muerta; de otro modo, no encontraría una novia que se le pareciese.

Horrorizóse la joven al conocer el propósito de su tío, pues estaba locamente enamorada de un noble joven. Así es que pensó en la manera de hacerlo desistir de su desatinada resolución y le dijo:

- Antes de satisfacer vuestro deseo, es preciso que me regaléis tres vestidos: uno, dorado como el sol; otro, plateado como la luna, y el tercero, brillante como las estrellas. Además quiero un abrigo hecho de mil pieles distintas; y ha de tener un pedacito de la piel de cada uno de los animales de vuestro reino.

Al decir esto pensaba:

«Es absolutamente imposible procurarse todo esto, y, así, conseguiré que mi tío renuncie a su idea». Pero el Rey se mantuvo obstinado, y las doncellas más habilidosas del país hubieron de tejer las tres telas y confeccionar un vestido dorado como el sol, otro plateado como la luna y otro brillante como las estrellas; y los cazadores tuvieron que capturar los animales de todo el reino y quitarles un pedazo de piel, y con los trocitos fue cosido un abrigo de mil pieles distintas. Cuando ya todo estuvo dispuesto, el Rey mandó llamar a su sobrina y, presentándole los objetos por ella exigidos, le dijo:

- Mañana será nuestra boda.

Al comprender la doncella que no había ninguna esperanza de hacer mudar de propósito a su tío, resolvió huir. Por la noche, cuando ya todo el mundo dormía, levantóse y cogió las siguientes cosas: un anillo de oro, una diminuta rueca del mismo metal y una devanadera, asimismo de oro; los tres vestidos, comparables al sol, la luna y las estrellas, los metió en una cáscara de nuez, y se puso el tosco abrigo de pieles, tiznándose, además, de hollín la cara y las manos.

Encomendóse luego a Dios y se fugó, y estuvo andando toda la noche, hasta que llegó a un gran bosque. Como se sintiera muy cansada, sentóse en el hueco de un árbol y se quedó dormida.

Salió el sol, pero ella continuó dormida, sin despertarse a pesar de lo muy avanzado del día.

Aconteció que el Rey a quien pertenecía el bosque, había salido a cazar en él. Cuando sus perros llegaron al árbol, pusiéronse a husmear, dar vueltas en derredor y ladrar; por lo que el Rey dijo a los cazadores :

- Id a ver qué clase de animal se ha escondido allí.

Cumplieron los hombres la orden, y, a la vuelta, dijeron:

- En el árbol hueco hay un animal prodigioso, como jamás viéramos otro igual; su pellejo es de mil pieles distintas. Está echado, durmiendo.

Ordenó el Rey:

- Ved si es posible cogerlo vivo; en este caso lo atáis y lo cargáis en el coche.

Cuando los cazadores sujetaron a la doncella, ésta, despertándose sobresaltada, les gritó:

- Soy una pobre muchacha desvalida, abandonada de padre y madre. Apiadaos de mí y llevadme con vosotros.

Dijéronle ellos:

- «Bestia Peluda», servirás para la cocina; vente con nosotros, podrás ocuparte en barrer las cenizas.

Y, subiéndola al coche, la condujeron al palacio real. A le asignaron una pequeña cuadra al pie de la escalera, donde no penetraba ni un rayo de luz, y le dijeron:

- «Bestia Peluda», habitarás y dormirás aquí.

Luego la enviaron a la cocina, donde tuvo que ocuparse en traer leña y agua, avivar el fuego, desplumar aves, seleccionar legumbres, barrer la ceniza y otras labores rudas como éstas.

Allí vivió «Bestia Peluda» largo tiempo, llevando una existencia miserable. ¡Ah, bella jovencita! ¿Qué va a ser de ti? Pero sucedió un día que hubo fiesta en palacio, y ella dijo al cocinero:

- ¿No me dejarías subir un ratito a verlo? Me quedaré a mirarlo junto a la puerta.

Respondióle el cocinero:

- Puedes ir, si quieres, pero debes estar de vuelta dentro de media hora para recoger la ceniza.

Cogió ella el candil, bajó a la cuadrita, quitóse el abrigo de piel y se lavó el hollín de la cara y las manos, con lo que reapareció su belleza en todo su esplendor. Abriendo luego la nuez, sacó el vestido reluciente como el sol y se lo puso, y, así ataviada, subió a la sala donde se celebraba la fiesta. Todos le dejaron libre paso, pues nadie la conocía y la tomaron por una princesa. El Rey salió a recibirla y, ofreciéndole la mano, la invitó a bailar con él, mientras pensaba en su corazón: «Jamás mis ojos vieron una mujer tan bella». Terminado el baile, inclinóse la doncella y, al buscarla el Rey, había desaparecido, sin que nadie supiera su paradero. Los centinelas de las puertas de palacio declararon, al ser preguntados, que no la habían visto entrar ni salir.

Ella había corrido a la cuadra, en la que, después de quitarse rápidamente el vestido, se ennegreció cara y manos y se puso el tosco abrigo, convirtiéndose de nuevo en la «Bestia Peluda». Cuando volvió a la cocina, a su trabajo, disponiéndose a recoger la ceniza, díjole el cocinero:

- Deja esto para mañana y prepara la sopa del Rey; también quiero yo subir un momento a echar una mirada. Pero procura que no te caiga ni un pelo; de lo contrario, no te daremos nada de comer en adelante.

Marchóse el hombre, y «Bestia Peluda» condimentó la sopa del rey, haciendo un caldo lo mejor que supo, y, cuando ya la tuvo lista, bajó a la cuadra, a buscar el anillo de oro, y lo echó en la sopera.

Terminada la fiesta, mandó el Rey que le sirviesen la cena, y encontró la sopa tan sabrosa como jamás la hubiera comido. Y en el fondo del plato encontró el anillo de oro, no acertando a comprender cómo había podido ir a parar allí. Mandó entonces que se presentase el cocinero, el cual tuvo un gran susto al recibir el recado, y dijo a «Bestia Peluda»:

- Seguro que se te ha caído un cabello en la sopa. Si es así, te costará una paliza.

Al llegar ante el Rey, preguntóle éste quién había preparado la sopa, a lo que respondió el hombre:

- Yo la preparé.

Pero el Rey le replicó:

- No es verdad, pues estaba guisada de modo distinto y era mucho mejor que de costumbre.

Entonces dijo el cocinero:

- He de confesar que no la guisé yo, sino aquel animalito tosco.

- Márchate y dile que suba - ordenó el Rey.

Al presentarse «Bestia Peluda» preguntóle el Rey:

- ¿Quién eres?

- Soy una pobre muchacha sin padre ni madre.

- ¿Qué haces en mi palacio? - siguió preguntando el Soberano.

- No sirvo sino para que me tiren las botas a la cabeza - respondió ella.

- ¿De dónde sacaste el anillo que había en la sopa?

- No sé nada del anillo.

El Rey tuvo que despedirla, sin sacar nada en claro.

Al cabo de algún tiempo celebróse otra fiesta, y, como la vez anterior, «Bestia Peluda» pidió al cocinero que le permitiese subir a verla. Díjole él:

- Sí, pero vuelve dentro de media hora a preparar aquella sopa que tanto gusta al Rey.

Corrió la muchacha a la cuadra, lavóse rápidamente, sacó de la nuez el vestido plateado como la luna, y se lo puso. Dirigióse luego a la sala de fiestas, con el aspecto de verdadera princesa, y el Rey salió nuevamente a su encuentro, muy contento de verla, y como en aquel preciso momento empezaba el baile, bailaron juntos. Terminada la danza, volvió ella a desaparecer con tanta rapidez que el Rey no logró descubrir tampoco qué dirección había seguido. La muchacha corrió a la cuadrita, vistióse de nuevo de «Bestia Peluda» y se fue a la cocina, a guisar la sopa. Mientras el cocinero estaba arriba, ella fue a buscar su rueca de oro y la echó en la sopera, vertiendo encima la sopa, que fue servida al rey. Encontróla éste tan sabrosa como la otra vez, e hizo venir al cocinero, el cual no tuvo más remedio que admitir que «Bestia Peluda» había preparado la sopa.

Llamada nuevamente la muchacha ante el Rey, volvió a contestar a éste que sólo servía para que le arrojasen las botas a la cabeza, y que nada sabía de la rueca de oro.

En la tercera fiesta organizada por el Rey, las cosas discurrieron como las dos veces anteriores. El cocinero le dijo:

- Eres una bruja, «Bestia Peluda», y siempre le echas a la sopa algo para hacerla mejor y para que guste al Rey más que lo que yo le guiso. - Sin embargo, ante su insistencia, permitióle ausentarse por breve tiempo.

Esta vez se puso el tercer vestido, el que relucía como las estrellas, y con él se presentó en la sala. El Rey volvió a bailar con la bellísima doncella, pensando que jamás había visto otra tan hermosa. Y, mientras bailaban, sin que ella lo advirtiese le pasó una sortija de oro por el dedo; además, había dado orden de que el baile se prolongase mucho rato. Al terminar, trató de sujetarla por las manos, pero ella se escurrió, huyendo tan ligera entre los invitados, que en un instante desapareció de la vista de todos. Precipitóse a toda velocidad a la cuadra del pie de la escalera, porque su ausencia había durado mucho más de media hora, y no tuvo tiempo para cambiarse de vestido, por lo cual echóse encima su abrigo de piel. Además, con las prisas no se tiznó del todo, pues un dedo le quedó blanco. Fuese luego a la cocina, preparó la sopa del Rey y, al salir el cocinero, echó en la sopera la devanadera de oro. El Rey, al encontrar el objeto en el fondo de la fuente, mandó llamar a «Bestia Peluda», y entonces se dio cuenta del blanquísimo dedo y de la sortija que le había puesto durante el baile. Cogióla firmemente de la mano, y, con los esfuerzos de la muchacha por soltarse, se le abrió un poco el abrigo, asomando por debajo el vestido, brillante como las estrellas. El Rey le quitó de un tirón el abrigo, y aparecieron los dorados cabellos, sin que la muchacha pudiese ya seguir ocultando su hermosura. Y, una vez se hubo lavado el hollín que le ennegrecía el rostro, apareció la criatura más bella que jamás hubiese existido sobre la Tierra. Dijo el Rey:

- ¡Tú eres mi amadísima prometida, y nunca más nos separaremos!

Pronto se celebró la boda, y el matrimonio vivió contento y feliz hasta la hora de la muerte.

 

 

 

 

 

Hermanos Grimm

 

Blancanieve y Rojaflor

 

 

*************

 

 

Una pobre viuda vivía en una pequeña choza solitaria, ante la cual había un jardín con dos rosales: uno, de rosas blancas, y el otro, de rosas encarnadas. La mujer tenía dos hijitas que se parecían a los dos rosales, y se llamaban Blancanieve y Rojaflor. Eran tan buenas y piadosas, tan hacendosas y diligentes, que no se hallarían otras iguales en todo el mundo; sólo que Blancanieve era más apacible y dulce que su hermana. A Rojaflor le gustaba correr y saltar por campos y prados, buscar flores y cazar pajarillos, mientras Blancanieve prefería estar en casa, al lado de su madre, ayudándola en sus quehaceres o leyéndose en voz alta cuando no había otra ocupación a que atender. Las dos niñas se querían tanto, que salían cogidas de la mano, y cuando Blancanieve decía:

- Jamás nos separaremos -contestaba Rojaflor:

- No, mientras vivamos -y la madre añadía: - Lo que es de una, ha de ser de la otra.

Con frecuencia salían las dos al bosque, a recoger fresas u otros frutos silvestres. Nunca les hizo daño ningún animal; antes, al contrario, se les acercaban confiados. La liebre acudía a comer una hoja de col de sus manos; el corzo pacía a su lado, el ciervo saltaba alegremente en torno, y las aves, posadas en las ramas, gorjeaban para ellas.

Jamás les ocurrió el menor percance. Cuando les sorprendía la noche en el bosque, tumbábanse juntas a dormir sobre el musgo hasta la mañana; su madre lo sabía y no se inquietaba por ello. Una vez que habían dormido en el bosque, al despertarlas la aurora vieron a un hermoso niño, con un brillante vestidito blanco, sentado junto a ellas. Levantóse y les dirigió una cariñosa mirada; luego, sin decir palabra, se adentró en la selva. Miraron las niñas a su alrededor y vieron que habían dormido junto a un precipicio, en el que sin duda se habrían despeñado si, en la oscuridad, hubiesen dado un paso más. Su madre les dijo que seguramente se trataría del ángel que guarda a los niños buenos.

Blancanieve y Rojaflor tenían la choza de su madre tan limpia y aseada, que era una gloria verla. En verano, Rojaflor cuidaba de la casa, y todas las mañanas, antes de que se despertase su madre, le ponía un ramo de flores frente a la cama; y siempre había una rosa de cada rosal. En invierno, Blancanieve encendía el fuego y suspendía el caldero de las llares; y el caldero, que era de latón, relucía como oro puro, de limpio y bruñido que estaba. Al anochecer, cuando nevaba, decía la madre:

- Blancanieve, echa el cerrojo - y se sentaban las tres junto al hogar, y la madre se ponía los lentes y leía de un gran libro. Las niñas escuchaban, hilando laboriosamente; a su lado, en el suelo, yacía un corderillo, y detrás, posada en una percha, una palomita blanca dormía con la cabeza bajo el ala.

Durante una velada en que se hallaban las tres así reunidas, llamaron a la puerta.

- Abre, Rojaflor; será algún caminante que busca refugio -dijo la madre. Corrió Rojaflor a descorrer el cerrojo, pensando que sería un pobre; pero era un oso, el cual asomó por la puerta su gorda cabezota negra. La niña dejó escapar un grito y retrocedió de un salto; el corderillo se puso a balar, y la palomita, a batir de alas, mientras Blancanieve se escondía detrás de la cama de su madre.

Pero el oso rompió a hablar:

- No temáis, no os haré ningún daño. Estoy medio helado y sólo deseo calentarme un poquitín.

- ¡Pobre oso! -exclamó la madre-; échate junto al fuego y ten cuidado de no quemarte la piel-. Y luego, elevando la voz: - Blancanieve, Rojaflor, salid, que el oso no os hará ningún mal; lleva buenas intenciones.

Las niñas se acercaron, y luego lo hicieron también, paso a paso, el corderillo y la palomita, pasado ya el susto.

Dijo el oso:

- Niñas, sacudidme la nieve que llevo en la piel - y ellas trajeron la escoba y lo barrieron, dejándolo limpio, mientras él, tendido al lado del fuego, gruñía de satisfacción.

Al poco rato, las niñas se habían familiarizado con el animal y le hacían mil diabluras: tirábanle del pelo, apoyaban los piececitos en su espalda, lo zarandeaban de un lado para otro, le pegaban con una vara de avellano... Y si él gruñía, se echaban a reír. El oso se sometía complaciente a sus juegos, y si alguna vez sus amiguitas pasaban un poco de la medida, exclamaba:

- Dejadme vivir,

Rositas; si me martirizáis.

es a vuestro novio a quien matáis.

Al ser la hora de acostarse, y cuando todos se fueron a la cama, la madre dijo al oso:

- Puedes quedarte en el hogar -, así estarás resguardado del frío y del mal tiempo.

Al asomar el nuevo día, las niñas le abrieron la puerta, y el animal se alejó trotando por la nieve y desapareció en el bosque. A partir de entonces volvió todas las noches a la misma hora; echábase junto al fuego y dejaba a las niñas divertirse con él cuanto querían; y llegaron a acostumbrarse a él de tal manera, que ya no cerraban la puerta hasta que había entrado su negro amigo.

Cuando vino la primavera y todo reverdecía, dijo el oso a Blancanieve:

- Ahora tengo que marcharme, y no volveré en todo el verano.

- ¿Adónde vas, querido oso? -preguntóle Blancanieve.

- Al bosque, a guardar mis tesoros y protegerlos de los malvados enanos. En invierno, cuando la tierra está helada, no pueden salir de sus cuevas ni abrirse camino hasta arriba, pero ahora que el sol ha deshelado el suelo y lo ha calentado, subirán a buscar y a robar. Y lo que una vez cae en sus manos y va a parar a sus madrigueras, no es fácil que vuelva a salir a la luz.

Blancanieve sintió una gran tristeza por la despedida de su amigo. Cuando le abrió la puerta, el oso se enganchó en el pestillo y se desgarró un poco la piel, y a Blancanieve le pareció distinguir un brillo de oro, aunque no estaba segura. El oso se alejó rápidamente y esapareció entre los árboles.

Algún tiempo después, la madre envió a las niñas al bosque a buscar leña. Encontraron un gran árbol derribado, y, cerca del tronco, en medio de la hierba, vieron algo que saltaba de un lado a otro, sin que pudiesen distinguir de qué se trataba. Al acercarse descubrieron un enanillo de rostro arrugado y marchito, con una larguísima barba, blanca como la nieve, cuyo extremo se le había cogido en una hendidura del árbol; por esto, el hombrecillo saltaba como un perrito sujeto a una cuerda, sin poder soltarse.

Clavando en las niñas sus ojitos rojos y encendidos, les gritó:

- ¿Qué hacéis ahí paradas? ¿No podéis venir a ayudarme?

- ¿Qué te ha pasado, enanito? -preguntó Rojaflor.

- ¡Tonta curiosa! -replicó el enano-. Quise partir el tronco en leña menuda para mi cocina. Los tizones grandes nos queman la comida, pues nuestros platos son pequeños y comemos mucho menos que vosotros, que sois gente grandota y glotona. Ya tenía la cuña hincada, y todo hubiera ido a las mil maravillas, pero esta maldita madera es demasiado lisa; la cuña saltó cuando menos lo pensaba, y el tronco se cerró, y me quedó la hermosa barba cogida, sin poder sacarla; y ahora estoy aprisionado. ¡Sí, ya podéis reiros, tontas, caras de cera! ¡Uf, y qué feas sois!

Por más que las niñas se esforzaron, no hubo medio de desasir la barba; tan sólidamente cogida estaba.

- Iré a buscar gente -dijo Rojaflor.

- ¡Bobaliconas! -gruñó el enano con voz gangosa-. ¿Para qué queréis más gente? A mí me sobra con vosotras dos. ¿No se os ocurre nada mejor?

- No te impacientes -dijo Blancanieve-, ya encontraré un remedio- y, sacando las tijeritas del bolsillo, cortó el extremo de la barba. Tan pronto como el enano se vio libre, agarró un saco, lleno de oro, que había dejado entre las raíces del árbol y, cargándoselo a la espalda, gruñó:

- ¡Qué gentezuela más torpe! ¡Cortar un trozo de mi hermosa barba! ¡Qué os lo pague el diablo!

Y se alejó, sin volverse a mirar a las niñas.

Poco tiempo después, las dos hermanas quisieron preparar un plato de pescado. Salieron, pues, de pesca y, al llegar cerca del río, vieron un bicho semejante a un saltamontes que avanzaba a saltitos hacia el agua, como queriendo meterse en ella. Al aproximarse, reconocieron al enano de marras.

- ¿Adónde vas? -preguntóle Rojaflor-. Supongo que no querrás echarte al agua, ¿verdad?

- No soy tan imbécil -gritó el enano-. ¿No veis que ese maldito pez me arrastra al río?

Era el caso de que el hombrecillo había estado pescando, pero con tan mala suerte que el viento le había enredado el sedal en la barba, y, al picar un pez gordo, la débil criatura no tuvo fuerzas suficientes para sacarlo, por el contrario, era el pez el que se llevaba al enanillo al agua. El hombrecito se agarraba a las hierbas y juncos, pero sus esfuerzos no servían de gran cosa; tenía que seguir los movimientos del pez, con peligro inminente de verse precipitado en el río. Las muchachas llegaron muy oportunamente; lo sujetaron e intentaron soltarle la barba, pero en vano: barba e hilo estaban sólidamente enredados. No hubo más remedio que acudir nuevamente a las tijeras y cortar otro trocito de barba. Al verlo el enanillo, les gritó:

- ¡Estúpidas! ¿Qué manera es esa de desfigurarle a uno? ¿No bastaba con haberme despuntado la barba, sino que ahora me cortáis otro gran trozo? ¿Cómo me presento a los míos? ¡Ojalá tuvieseis que echar a correr sin suelas en los zapatos!

Y, cogiendo un saco de perlas que yacía entre los juncos, se marchó sin decir más, desapareciendo detrás de una piedra.

Otro día, la madre envió a las dos hermanitas a la ciudad a comprar hilo, agujas, cordones y cintas. El camino cruzaba por un erial, en el que, de trecho en trecho, había grandes rocas dispersas. De pronto vieron una gran ave que describía amplios círculos encima de sus cabezas, descendiendo cada vez más, hasta que se posó en lo alto de una de las peñas, e inmediatamente oyeron un penetrante grito de angustia. Corrieron allí y vieron con espanto que el águila había hecho presa en su viejo conocido, el enano, y se aprestaba a llevárselo. Las compasivas criaturas sujetaron con todas sus fuerzas al hombrecillo y no cejaron hasta que el águila soltó a su víctima. Cuando el enano se hubo repuesto del susto, gritó con su voz gangosa:

- ¿No podíais tratarme con más cuidado? Me habéis desgarrado la chaquetita, y ahora está toda rota y agujereada, ¡torpes más que torpes!

Y cargando con un saquito de piedras preciosas se metió en su cueva, entre las rocas. Las niñas, acostumbradas a su ingratitud, prosiguieron su camino e hicieron sus recados en la ciudad. De regreso, al pasar de nuevo por el erial, sorprendieron al enano, que había esparcido, en un lugar desbrozado, las piedras preciosas de su saco, seguro de que a una hora tan avanzada nadie pasaría por allí. El sol poniente proyectaba sus rayos sobre las brillantes piedras, que refulgían y centelleaban como soles; y sus colores eran tan vivos, que las pequeñas se quedaron boquiabiertas, contemplándolas.

- ¡A qué os paráis, con vuestras caras de babiecas! -gritó el enano; y su rostro ceniciento se volvió rojo de ira. Y ya se disponía a seguir con sus improperios cuando se oyó un fuerte gruñido y apareció un oso negro, que venía del bosque. Aterrorizado, el hombrecillo trató de emprender la fuga; pero el oso lo alcanzó antes de que pudiese meterse en su escondrijo. Entonces se puso a suplicar, angustiado:

- Querido señor oso, perdonadme la vida y os daré todo mi tesoro; fijaos, todas esas piedras preciosas que están en el suelo. No me matéis. ¿De qué os servirá una criatura tan pequeña y flacucha como yo? Ni os lo sentiréis entre los dientes. Mejor es que os comáis a esas dos malditas muchachas; ellas sí serán un buen bocado, gorditas como tiernas codornices. Coméoslas y buen provecho os hagan.

El oso, sin hacer caso de sus palabras, propinó al malvado hombrecillo un zarpazo de su poderosa pata y lo dejó muerto en el acto.

Las muchachas habían echado a correr; pero el oso las llamó:

- ¡Blancanieve, Rojaflor, no temáis; esperadme, que voy con vosotras!

Ellas reconocieron entonces su voz y se detuvieron, y, cuando el oso las hubo alcanzado, de pronto se desprendió su espesa piel y quedó transformado en un hermoso joven, vestido de brocado de oro:

- Soy un príncipe -manifestó-, y ese malvado enano me había encantado, robándome mis tesoros y condenándome a errar por el bosque en figura de oso salvaje, hasta que me redimiera con su muerte. Ahora ha recibido el castigo que merecía.

Blancanieve se casó con él, y Rojaflor, con su hermano, y se repartieron las inmensas riquezas que el enano había acumulado en su cueva. La anciana madre vivió aún muchos años tranquila y feliz, al lado de sus hijas. Llevóse consigo los dos rosales que, plantados delante de su ventana, siguieron dando todos los años sus hermosísimas rosas, blancas y rojas.

 


FIN

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