Libro N° 14705. ¡Tres Millones! Larrubiera, Alejandro
© Libro N° 14705. ¡Tres Millones! Larrubiera, Alejandro. Emancipación. Enero 17 de 2026
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¡TRES MILLONES!
Alejandro Larrubiera
¡Tres Millones!
Alejandro Larrubiera
CONTENIDO
Sinopsis
Nota previa
Autor
Tres Millones
Sinopsis
En este texto, subtitulado «Acuarela de Navidad», Alejandro Larrubiera
expone el transcurso de la celebración del esperado sorteo de la lotería de
Navidad. El gigantesco bombo gira con sus bolitas dentro, sujeto al caprichoso
azar, guardando todavía dentro de sí el soñado premio cifrado en tres millones
de pesetas. Azar y anhelo de riqueza son las directrices de esta cita anual:
«¡Ser rico! Es decir, ser todopoderoso en este siglo positivista». Los
huérfanos cantando los números, los probos ciudadanos en la sala del sorteo,
los periodistas afanosos de apuntar el número ansiado por todos para enviarlo,
granuja mediante, a la redacción y la imprenta. Al monótono ritmo de «rag, rag,
rag, rag» avanza, como cada año, la mañana del sorteo.
Nota previa
Se reproduce a continuación el relato ¡Tres millones!, de
Alejandro Larrubiera.
Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir del texto publicado en la revista La Gran Vía del día 24 de diciembre de 1893 (año I, núm. 26).
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En cuanto a la licencia de esta edición debe tenerse en cuenta que el texto
reproducido es de dominio público (Alejandro Larrubiera
falleció en 1937). Por otra parte, tanto la portada como la edición aquí presentadas se distribuyen gratuitamente bajo licencia Creative Commons por la editorial electrónica Ganso y Pulpo, que espera se comparta en los mismos términos que los estipulados originalmente (edición íntegra, sin ánimo de lucro y respetuosa tanto con el texto como con el
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Ganso y Pulpo
Creación: Barcelona, 20 de diciembre de 2019
Alejandro Larrubiera
Alejandro Larrubiera
Nacimiento1870
Madrid, España
Defunción≈1937
Madrid, España
Etiqueta Escritor realista
Relacionado
Introducción
Alejandro Larrubiera no tuvo más estudios que la secundaria debido
a las estrecheces de la economía familiar de su casa. En dichas condiciones,
acabó convirtiéndose en periodista autodidacta antes de alcanzar los veinte
años de edad y, poco a poco, en uno de los escritores más productivos de su
generación.
Prolífico cultivador del género del cuento y la novela corta, queda
inscrito principalmente en la tendencia estética del realismo; lo cual no
impide encontrar en su vasta producción algunos textos fantásticos o no
miméticos.
Otra de las facetas literarias en que destacó sobremanera el nombre de
Larrubiera consistió en la escritura de sainetes y zarzuelas, habitualmente con
la estrecha colaboración de Antonio Casero. Conocedor del género dramático,
ejerció también en la prensa como crítico teatral bajo el seudónimo de Juan
Sainete.
Ganso y Pulpo reedita parte de su producción literaria desde el día 20
de septiembre de 2010.
Semblanza
No es labor sencilla la que aquí acometemos, pues lo cierto es que
escasean las semblanzas y comentarios biográficos acerca de Alejandro
Larrubiera. De hecho, incluso los pocos textos existentes, en comparación con
los dedicados a otros escritores de nuestro catálogo, no gozan de la cercanía
de trato entre retratado y retratista a la que estamos acostumbrados, con la
superficialidad descriptiva que ello conlleva.
En primer lugar rescatamos aquí las palabras que de soslayo le
dedica Rafael Cansinos-Asséns en La novela de un literato.
Éstas ponen de manifiesto la sentencia de medianía que el grueso de la
siguiente generación hubo de dedicarle a un mal envejecido Larrubiera.
En La Libertad, haciendo antesala en el despacho de don
Manuel de Castro suelo encontrar a Alejandro Larrubiera, el viejo escritor,
antiguo colaborador de La Ilustración Española y Americana,
coetáneo de Blanco-Belmonte y como él ignorado de las nuevas generaciones.
Alejandro Larrubiera, que nunca pasó de una medianía, arrastra una vejez
indigente y oscura y, según dicen, es su mujer la que con un taller de
corsetera, sostiene su casa.
Sin lugar a dudas, resultan unas líneas mucho más detenidas, generosas y
amables que las anteriores las que le dedica Federico Sáinz de
Robles en la sección «Raros y olvidados» que publicaba en La
Estafeta Literaria. Su primer párrafo, dedicado a la descripción física del
escritor madrileño, dice así:
Alejandro Larrubiera, cuando yo le conocí de vista, que no llegué a
tratarle de palabra y con amistad, era un hombrecito acecinado, con pinceladas
biliosas, apersonado en tonos grises: la cabellera, la barba y el bigote
desmayado, los ojos y sus miradas, la voz y sus inflexiones, los trajes, los
gestos. No pesaría más de los cincuenta quilos, pronunciado de huesos, horro de
mollas, bombeado de frente. En sus ropas había excesivas bolsas y en sus
hombros y solapas se posaban motillas de caspa. Cuando yo le conocí de vista
había cumplido aquellos cincuenta años del hace cincuenta años, que eran mucho
más viejos que los setenta bien llevados de ahora. Yo le califiqué de
ancianito. Caminaba a pasitos cortos que procuraba que no metieran ruido
alguno. Miraba zaino y como de soslayo. Las zonas bajas de su bigote hirsuto y
las zonas altas de su barbita estaban teñidas de nicotina, pues era fumador
constante y de los que apuran mucho el cigarro sin despegarlo de los labios.
Ambas aportaciones parecen justificar el apelativo de hombre triste
Larrubiera con que a él se refieren en El Mentidero {23-V-1914}.
A propósito de su carácter, Sáinz de Robles afirma que Larrubiera, que
vivía en el segundo piso de una casa muy vieja de la calle de
Malasaña, fue una criatura bondadosa, modesta, silenciosa, agrisada y
que tan solo tuvo tres amigos entrañables: el músico Federico
Chueca y los escritores Juan
Pérez Zúñiga y Antonio Casero. A ellos,
quizás no de un modo tan entrañable como el planteado en dicha semblanza,
pueden unirse también Manuel
Paso, Catarineu, Limendoux, Cadenas, Carlos
Miranda, Campo Moreno, Limiñana, «Mecachis», Celso
Lucio, Palomero y A.R. Bonnat, de cuya pluma extraemos el
listado {«Un retrato de Sinesio», en La Acción, 16-IX-1917}.
Por otra parte, añade Sáinz de Robles que Larrubiera frecuentaba las
mesas del Comercial, del Europeo y de San Bernardo. A estos cafés puede
añadirse el afamado de Fornos, cuya tertulia frecuentó el escritor tiempo
después de que lo hicieran los bohemios, cuando ésta recibía el nombre de «La
Pecera», en la última década del siglo XIX.
Las referencias biográficas parecen cesar aquí. Sin embargo, gracias al
trabajo de hemeroteca llevado a cabo, podemos sonsacar algunos otros datos
acerca de sus actividades más sociales, siempre relacionadas, eso sí, con el
ámbito literario. Éstas pueden englobarse en tres grupos diferenciados: actos
de asociacionismo, homenajes y entierros.
Su talante asociacionista se deja ver ya cuando cuenta
con apenas 21 años, figurando como vocal de la proyectada Asociación de
la Juventud Literaria Española, cuyas bases fundamentales se presentaron en
el número 23 de Madrid Alegre {8-III-1890}. Diez años más
tarde, a partir de julio de 1900, formó parte de una más numerosa Asociación
de autores, compositores y propietarios de obras teatrales, donde figuran
también los nombres de Eusebio Blasco, Jacinto
Benavente, Fernández Bremón, Antonio Casero, Caterineu, José
Echegaray, Núñez de Arce, Ortega
Munilla, Pérez Galdós, Pérez
Zúñiga, Romea, Sánchez
Pérez, Luis Taboada, etc.
Nuestro detenido estudio de hemeroteca también nos permite destacar aquí
a Alejandro Larrubiera como un periodista y literato inmerso
en la vida social que conllevaba el compañerismo del gremio.
La siguiente enumeración, sin ser exhaustiva, lo sitúa como asistente a
más de 20 eventos. A saber: comensal del banquete en honor de Eusebio
Blasco, en el Hotel Inglés, a propósito de su éxito cosechado con ¡Pobres
hijos! {enero de 1900}; tributo al impresor Regino Velasco {junio de
1900}; fiesta artística en honor del maestro Caballero, en el Teatro de la
Zarzuela, por los 50 años del estreno de su primera obra lírica {diciembre de
1904}; banquete de homenaje a Miguel Moya en el restaurante La Huerta {julio de
1908}; banquete en honor al escritor y periodista Hamlet-Gómez {diciembre de
1908}; proyecto de homenaje a Ruperto Chapí {marzo de 1909}; banquete a Manuel
Sandoval {abril de 1909}; descubrimiento de la lápida en homenaje a Chueca
{junio de 1909}; homenaje en el salón de contrataciones de la Bolsa en honor de
Alfredo Vicenti, director de El Liberal {noviembre de 1910};
banquete en honor del poeta Ortiz de Pinedo {noviembre de 1910}; organizador de
la fiesta en honor de Antonio Casero, a orillas del Manzanares y en el
restaurante La Huerta {diciembre de 1912}; banquete a Martínez Olmedilla
{febrero de 1913}; concurrente a la inauguración del monumento a los
«Chisperos» {junio de 1913}; almuerzo en el café Nacional entre 80 periodistas
y amigos de Casero y de Blanco Soria para celebrar el triunfo de éstos en las
últimas elecciones municipales {noviembre de 1913}; fiesta en el Palace Hotel
en honor de Gregorio Martínez Sierra y José María Usandizaga, autores de Las
golondrinas {febrero de 1914}; fiesta organizada por la Sociedad de
maestros compositores y la empresa de La Zarzuela en honor del maestro Vives
{junio de 1914}; homenaje al teniente alcalde del distrito de Chamberí Antonio
Casero {marzo de 1916}; banquete al escultor Coullaut-Valera y al arquitecto
Martínez Zapatero, responsables del monumento a Cervantes en Madrid {mayo de
1916}; homenaje de los periodistas madrileños a José Francos Rodríguez, que
dejaba el oficio para ocupar un puesto en los Consejos de la Corona {mayo de
1917}; banquete en honor del compositor valenciano José Serrano {marzo de
1918}; inauguración del monumento a Juan Valera en Madrid {junio de 1928};
despedida a Luis de Oteyza en la estación de Atocha {septiembre de 1929}; y el
homenaje a Pedro Sáinz Rodríguez, organizado por La Gaceta Literaria {noviembre
de 1920}.
A través de la prensa también podemos apreciar que Alejandro Larrubiera
estuvo presente en un gran número de comités fúnebres a lo
largo de su vida. Habiendo contabilizado su presencia en más de una treintena,
ofrecemos a continuación una sucinta referencia a los mismos mediante la
nominación del finado: Antonio Peña y Goñi {noviembre de 1896}, Ramón Rosell
{diciembre de 1898}, Castelar {mayo de 1899}, Eduardo de Palacio {enero de
1900}, el periodista Adolfo Rodrigo {septiembre de 1900}, Manuel Paso {enero de
1901}, Campoamor {febrero de 1901}, Luis Mariano de Larra {febrero de 1901},
Isidoro Fernández Flórez {abril de 1902}, Eusebio Blasco {febrero de 1903},
Núñez de Arce {junio de 1903}, María Anselma Lac {madre de Mariano de Cavia;
agosto de 1904}, Luis Taboada {febrero de 1906}, el compositor de zarzuelas
Manuel Fernández Caballero {febrero de 1906}, el criminalista Mariano Muñoz
Rivero {abril de 1906}, Elena Pérez Capo {hija del periodista Felipe Pérez y
González; abril de 1906}, Kasabal {marzo de 1907}, Rodríguez Chaves
{colaborador de La correspondencia militar, abril de 1907}, Perojo
{octubre de 1908}, Abelardo José de Carlos y Hierro {enero de 1910}, Granés
{mayo de 1911}, Carlos Fernández Shaw {junio de 1911}, traslación de los restos
de los hermanos Bécquer {abril de 1913}, señora de Vicenti {mayo de 1913}, Luis
de Larra {mayo de 1914}, José de
Echegaray {septiembre de 1916}, Francisco
Flores García {abril de 1917}, doctor Gereda {julio de 1918}, Miguel Moya
{agosto de 1920}, homenaje fúnebre en el Apolo por la muerte de López Silva
{diciembre de 1925}, Rafael Gasset {abril de 1927} y Consuelo Fajardo {esposa
del director de La Voz, Enrique Fajardo {febrero de 1932}.
Dentro de este mismo ámbito puede citarse su visita al
enfermo Mariano de Cavia, junto a Joaquín
Dicenta y Leopoldo
López de Saá entre otros, en abril de 1915.
Con el fin de costear las insignias de la gran cruz de Alfonso XII a este
reputado periodista zaragozano, que murió finalmente en 1920, hizo Larrubiera
un donativo de 2 pesetas en febrero de 1916.
Centrándonos en su vida familiar, hemos podido rescatar que
tuvo un hermano, llamado Enrique Pascual, que falleció el 11 de noviembre de
1898, a la edad de 22 años, tras una rápida enfermedad. Teniendo en cuenta la
semblanza de Sáinz de Robles sabemos que tuvo también, al menos, dos hermanas.
En la línea ascendente observamos que su padre, Alejandro P. Larrubiera y
Emporta, falleció el 27 de diciembre de 1899. Su madre, Ana Crespo López, lo
hizo el 3 de abril de 1919.
Concluimos estos apuntes biográficos, extensos en tanto que hasta donde
nos alcanza nadie antes había acometido semejante tarea de compilación de
datos, refiriéndonos a los últimos años de Larrubiera, empleado como
funcionario de la Hemeroteca municipal de Madrid {contrastado entre
1928 y 1931}. Sus labores en dicha posición ayudaron a la consecución del Gran
Premio de la Exposición de Sevilla para la Hemeroteca en el año 1930. Destacan
también las voces alzadas desde la prensa {concretamente El Imparcial y La
Libertad, diarios en que colaboraba por aquellos años Larrubiera} en
defensa de su puesto, que peligraba por los recortes de gastos pretendidos por
la administración municipal en 1930 y 1931.
Por otra parte, resulta curioso y frustrante que, a la vista de tantas
fechas de defunción con exactitud registradas, la de Alejandro Larrubiera quede
en la incertidumbre. Muchos de los estudiosos de la literatura que lo han
mencionado en sus trabajos fijan esta fecha en el año 1935 {quizás porque su
firma desaparece entonces de prensa y librerías}. Otros tantos lo hacen en
1937. Ahora bien, ni unos ni otros hacen referencia a la fuente del dato, por
lo que resulta complicado a simple vista decantarse por una fecha u otra.
Una visita a la hemeroteca en busca de necrológicas arroja una sola
incidencia, que decanta la fecha hacia julio de 1937 y concreta la muerte en el
desenlace de una larga y cruel enfermedad {La Libertad, núm.
5.394, 4-VII-1937, p.2}. Ahora bien, en la semblanza ya citada que Sáinz de
Robles dedica al escritor, el autor da cuenta de una visita que hizo a las
ancianas hermanas de Larrubiera en noviembre de 1936, en plena Guerra civil,
estando ya éste muerto. Quedamos, pues, a la espera de poder recabar algún dato
definitivo que nos permita fijar con exactitud el año, cuando no la fecha
exacta, en que falleció Alejandro Larrubiera.
Labor literaria
Como ya se ha hecho notar, Alejandro Larrubiera se dedicó
profesionalmente de forma exclusiva al periodismo y la literatura, siendo uno
de los nombres más populares de la redacción de La Ilustración Española
y Americana.
Sus posibles planetamientos ideológicos, influyentes o no en su
producción, se decantan hacia la tendencia demócrata-liberal {lo
cual sería uno de los motivos de Ernesto Álvarez para publicar folletines de
Larrubiera en sus semanarios}, manifestándose además a favor del sufragio
femenino y los planteamientos feministas, como puede comprobarse en su crónica
«Un antifeminista como hay muchos», publicada en La Libertad el
4 de octubre de 1924.
Entre las polémicas en que tomó parte destaca su parecer favorable al
ingreso de Palacio Valdés en la Real Academia {1904} o sus invectivas contra el
cine melodramático {1916}.
En el plano estético, si ha de buscarse una etiqueta, siempre se apunta
esencialmente a la del realismo de primer cuño, alejado del
realismo psicologista que marcó tendencia a principios del siglo XX. Así pues,
sus textos pueden y suelen ser considerados como serenos y de correcta factura,
buscando la originalidad en la sencillez castiza y la sinceridad, y, por
contrapartida, no resultando sobresalientes en ningún aspecto particular. A
ello debe añadirse su tendencia a la moralina.
Entre sus cuentos pueden distinguirse algunos humorísticos y festivos,
otros de ambiente montañés, unos cuantos infantiles, y también escarceos no
miméticos, afines a lo fantástico y lo mitológico, normalmente subtitulados con
el membrete de «cuento estrafalario» o «historia inverosímil».
Sus novelas, casi siempre ambientadas en Madrid, fueron publicadas en
las principales colecciones de la época: Nuestra novela, El
cuento semanal, Los contemporáneos, El Libro Popular o La
Novela Mundial. La más celebrada, Márgara, publicada por la
prestigiosa editorial Renacimiento, fue presentada por Larrubiera al concurso
organizado por el periódico La Novela Ilustrada en 1906. El
concurso lo ganó Mauricio López-Roberts con su novela Doña Martirio,
pero Larrubiera consiguió el favor del jurado, que recomendó la publicación de
la suya, así como de otras cinco novelas de las 108 concurrentes.
Fue también escritor de sainetes y zarzuelas, casi siempre en
colaboración, sobre todo la de Antonio Casero, con quien cosechó grandes
éxitos pintando las clases populares madrileñas. Hasta tal punto su unión con
Casero que en La Acción del día 20 de julio de 1918 se puede
leer en la sección «Nuestros ecos» lo que sigue:
Un telegrama de Oviedo: “Casero e inquilino”
En Madrid se hubiera dicho: “Casero y… Larrubiera”
Su éxito no se limitó sólo a la capital, ni siquiera a los grandes
teatros del estado español {Barcelona, Valencia, Cádiz, Salamanca, Murcia…},
sino que traspasó fronteras, siendo sus obras celebradas en La Habana, Santiago
de Chile o Buenos Aires.
En el ámbito del sainete, fue miembro del jurado {junto
a Luceño y Moncayo} del concurso de sainetes entre autores
noveles abierto por el Ayuntamiento de Madrid el 21 de junio de 1915 y que fue
declarado desierto casi un año más tarde. También puede afirmarse que se
mostraba favorable a una hipotética renuncia al saludo final en los teatros si
así se decidía en conjunto, a la vista de una votación realizada por El
Heraldo de Madrid en septiembre de 1904 entre los principales autores
dramáticos.
La recepción contemporánea de Alejandro Larrubiera fue
bastante favorecedora y aquí queremos recoger algunos fragmentos que así lo
demuestran.
Ya en su juventud, a propósito de su novela Mimosa, era
exaltado su prometedor talento en publicaciones como La Gran Vía {6-I-1895}:
Este joven escritor no se parece en nada a tantos otros jóvenes como
cogen la pluma sin conciencia de lo que hacen. Larrubiera gana en el juicio de
los hombres serios y amantes de la literatura: toma a pecho su
arte, que es lo que hay que hacer, y se estruja el alma en lo
que produce: debe huir como de una epidemia, del mundo de la gusarapería
literaria, y encerrarse en sus propias facultades.
O en la Ilustración Ibérica {18-VII-1896}, a propósito
de la publicación de Camino del pecado:
Larrubiera es uno de los escritores que en menos tiempo han llegado a
más; de modo que si sigue creciendo en esta proporción, dentro de algún tiempo,
¿dónde llegará?
Que sea muy lejos es lo que deseamos.
Misma estimación se le tenía cerca de la cuarentena, sobre todo entre el
público femenino, como puede leerse en la nota de prensa a propósito de La
conquista del jándalo, publicada en diarios como El Liberal {7-VI-1907}:
Alejandro Larrubiera es uno de los contados novelistas españoles que
pueden vanagloriarse de haber conquistado entre el elemento femenino sinceras
simpatías.
El 23 de diciembre de 1912 se publicó en La Correspondencia
Militar una pequeña reseña crítica de su libro Historias y
cuentos, donde los elogios hacia el autor continúan. De la misma
consideramos interesante el siguiente fragmento:
En el temperamento artístico de Larrubiera predomina la emoción. Es un
escritor sensitivo que escribe con el corazón. Como atraído por una secreta
simpatía, busca las vidas humildes, las que transcurren silenciosas, sin
grandes hechos resonantes, pero que ocultan una gran cantidad de pena íntima o
de alegría callada, y que por esa intimidad son más díficiles de sorprender y
de reporducir en páginas literarias. Añádase a este especialísimo espíritu de
observación la pródiga sensibilidad con que el escritor refleja cuanto sus ojos
han visto y cuanto su alma ha sentido, que va, todo, cálido y vivo, a los
puntos de la pluma.
En Mundo Gráfico, el 2 de julio de 1913, a propósito
de Hombres y Mujeres también deshace en elogios hacia el
trabajo de Larrubiera:
Alejandro Larrubiera se ha ganado ese puesto [de honor] a fuerza de
honradez y de sinceridad literarias. Sus cuentos son inconfundibles y
españolísimos.
Sobre todo, amenos.
No resulta tan fácil esto de la amenidad.
Por último, traemos a colación un fragmento de la reseña que de El
amor en peligro publicó Nuestro Tiempo en julio de
1923, cuando el escritor disfrutaba ya del membrete de la madurez:
Larrubiera es un escritor formado, de aguda observación y abundante
léxico. Mezcla de romántico y realista sabe tratar del amor con la serena
plenitud que pide la naturaleza de este fenómeno a la vez atracción orgánica y
elevado sentimiento. Lo mira como es en sí; y si no cae en el grosero
naturalismo de los novelistas que pudiéramos llamar erótico-sucios, tampoco
hace concesiones al idealismo ñoño que lo considera a modo de entelequia
independiente de los órganos y del temperamento.
Ahora bien, quizás la aportación más interesante sea la autocrítica que
Alejandro Larrubiera envió a Julio Cejador y Frauca {le envió dos cartas con
asuntos literarios; una en 1915 y otra en 1916} e incluida en el tomo X de
su Historia de la lengua y literatura castellana:
En los muchos miles de cuartillas que he emborronado procuré siempre ser
sincero por creer que la sinceridad, aparte constituir la originalidad, según
Carlyle, produce en los lectores emoción idéntica a la que se apoderó del autor
impulsándole a escribir su obra. Hijo de mi tiempo, traté de copiar lo que en
torno mío impresionó mis ojos o mi corazón, y hallé caudal inagotable para
trazar cuentos, novelas, crónicas y obras teatrales en los ambientes madrileño
y montañés. Oriundo de este hermoso país, cuya dulce melancolía se adueña del
espíritu, y nacido en Madrid —la noble y señorial villa—, puse en aquella
región y en esta ciudad todos mis amores. Criado entre montañeses y conviviendo
en la capital de España con los humildes, la gente del pueblo, tan arriscada, y
la de la clase media, tan sufrida, intenté retratar a los de la aldea y a los
de la corte tal como se producen en los diversos aspectos de su vario vivir. El
intento y la voluntad han sido inmejorables; ¡ojalá pudiera decirse lo mismo
del resultado! Por consecuencia, mis gustos e inclinación me han llevado a ser
un modestísimo soldado de fila en la gloriosa hueste del realismo literario…,
sin perjuicio de ser también un tanto sentimental y romántico. ¡Todo hay que
decirlo! Pero mi realismo ha rehuido tenazmente lo que por afán de notoriedad u
originalidad mal entendida tocara en extravagante o pudiera ofender, repugnar o
sobresaltar al lector; más bien he pretendido inspirarle apacible emoción y no
crispar sus nervios; que asomen a sus ojos lágrimas consoladoras y no
vislumbres de cólera o de horror; que al referirle las vidas ajenas —en su
inmensa mayoría de sacrificio y de abnegación, que corren mansa y calladamente
por los cauces más sombríos e ignorados—, sienta conmovida su alma como se
conmovió la mía al trasladarlas al papel. A ratos, cual chiquillo de la escuela
en día de asueto, que, loco de contento, trota a su albedrío por los floridos
campos, el espíritu vagabundea por los de la maravilla que forja la
imaginación. Y en estos ratos mi pluma se ha deleitado discurriendo por el
mundo que habitan magos, hadas y princesas de ensueño. ¡Es tan hermoso asomarse
de vez en cuando a estas ventanas que se abren al ideal y apartar la mirada de
la tierra dura, gris, ingrata, donde se lucha y se padece de continuo para
fijarla en el cielo!
Su recepción extemporánea, sin embargo, no lo ha tratado tan
bien, devaluando su producción progresivamente hacia la medianía y posterior
olvido. No obstante, podemos rescatar algunas menciones interesantes.
Comenzamos con las de Sáinz de Robles en su ya mencionada semblanza:
Alejandro Larrubiera fue un fecundísimo escritor. Entre 1907 y 1931
fueron muy leídos sus cuentos, novelas y artículos de prensa. A varios de sus
libros puso títulos excitantes para atraer a los lectores salaces; pero títulos
que encubrían una mercancía honesta y casi digna del imprimatur eclesiástico.
Un trabajo más profundo es el de Baquero Goyanes {1992:156}, que dentro
de su vastísimo estudio del cuento español, define a este escritor
de narraciones suaves y burguesas del siguiente modo:
Larrubiera no fue un narrador profundo pero sí bien dotado y con sentido
de lo que el cuento requería, en cuanto a la elección de temas y tonos. De ahí
que no se le oculte cómo en ocasiones, algunos cambios decisivos en la vida del
hombre podían tener su origen en hechos a primera vista insignificantes.
Por último, rescatamos también las palabras de Mª Trinidad Labajo
{2003:358} a la hora de definir el estilo de Larrubiera en sus colaboraciones
en la revista Lecturas:
Larrubiera, aficionado al mundo de lo idílico, de lo legendario, de lo
mágico, construye textos con cierto afán lírico en la forma, basados en los
motivos tradicionales y en ayudantes sobrenaturales; todos ellos van abocados a
una enseñanza moral.
Concluimos nuestro acercamiento introductorio a la labor literaria de
Alejandro Larrubiera {siempre conjugado en Gedeón y también en
la revista España, como verbo irregular, junto
a Olavarría y Ladevese} repasando sus colaboraciones en
prensa.
Principalmente, suele denominarse a Larrubiera como el principal
redactor de La
Ilustración Española y Americana, publicación periódica de la que fue colaborador durante más de 20 años
{1891-1914}. Ahora bien, su firma se encuentra en más de medio centenar de
cabeceras.
Las primeras referencias que hemos encontrado en su trayectoria nos
remiten a La Caricatura {1887}, al semanario infantil
ilustrado El Camarada {1888-1889}, el periódico ilustrado
cómico y humorístico La Risa {1888}, el semanario científico,
literario y artístico La
Ilustración Ibérica {1888-1892} y
un artículo en Aragón Artístico {1890}.
En la última década del siglo XIX comienza a colaborar en importantes
cabeceras a las que su nombre quedaría ligado durante un tiempo
considerable: La
Ilustración Artística {donde
publicó medio centenar de textos entre 1890 y 1905}, Blanco y Negro {1891-1896}, Madrid
Cómico {1892-1898}, El Heraldo de Madrid {1893-1906}
y durante más de 20 años en La Moda elegante ilustrada {1899-1924}, Nuevo
Mundo {1898-1927}. Igualmente dilatada en el tiempo, pero mucho más
esporádica, fue su presencia en La Correspondencia de España {1894-1898}.
Ya avanzado el siglo XX su firma queda asociada fundamentalmente a
publicaciones como La Esfera {1915-1927}, Lecturas {1922-1933}, La
Libertad {1924-1934} o Los Lunes
de El Imparcial {1927-1930}.
Ocasionalmente, también publicó algún que otro texto en la revista
ilustrada decenal infantil El Mundo de los niños {1891}, el
periódico ilustrado España y América {1892}, El
Reservista {1893}, La Gran Vía {1893-1894}, en el
primer número de La vida alegre {30-III-1894}, el
semanario Fin de siglo {1894}, Barcelona Cómica {1895},
un cuento en La Dinastía {1896}, la revista ilustrada El
Domingo {1896}, el suplemento dominical ilustrado Militares y
paisanos {1896}, el semanario ilustrado Madrid Satírico {1896}, Apuntes {1896},
la revista semanal ilustrada España Artística {1897}, la
Revista Moderna {1898}, El Globo {1898} el semanario
independiente de ciencias sociales y militares, literatura y artes La
Nación Militar {1899-1900} o el periódico ilustrado de literatura,
teatro y toros La Revista Cómica y Taurina {1899}, la revista
semanal ilustrada Iris {1900-1901}, Pluma y
Lápiz {1901}, el semanario Arte
y Letras {1901}, Vida
Galante {1902}, la revista
semanal Actualidades {1902}, en el primer número de la revista
ilustrada decenal El Arte del Teatro {1902}, El
Noroeste de Gijón {1903}, Diario de la Marina {1903},
la revista bonaerense Caras y caretas {1909-1913; 1938-1939},
el semanario El Teatro {1910}, la revista mensual
hispano-americana Mercurio, de Nueva Orleans {1914}, el semanario El
Heraldo de Chamberí {1921}, la revista semanal de Radio Madrid y
portavoz de la Asociación Radio-Española T.S.H. {1924-1925},
algunas semblanzas zoológicas en la segunda época de Por esos
mundos {1926}, la revista semanal
publicada por la Federación Murciana de Estudiantes Reflejos {1926},
en la revista mensual Ambos mundos {1928}, Economía {1928},
la revista malagueña Studio {1929} o La Voz {1929-1931}.
Sin fechas concretas, pero siempre antes de 1903, de acuerdo con lo
recogido por Manuel Ossorio y Bernard, deberían añadirse también las
siguientes publicaciones: La Patria, La Correspondencia
Militar, El Popular, Revista Cómica, Ilustración
Madrileña, España, El Resumen, Los Madriles, Fra
Diávolo, El Curioso Parlante, La Comedia Humana, La
Edad Dichosa, La Lidia y El Gato Negro.
Otras aportaciones de Larrubiera, con marcado carácter eventual, son las
encontradas en el número extraordinario para conmemorar la batalla de Villalar
que publicó el semanario segoviano La Tempestad {1894}, el
número extraordinario dedicado al socorro de los hijos del malogrado dibujante
Mariano Urrutia preparado por Don Quijote {1895}, el número
conmemorativo del primer aniversario de El Heraldo de la Industria {1895},
en los Almanaques de Regino Velasco {1895-1913}, el número único de El
Centenario {dedicado a la figura de Cristóbal Colón}, Almanaques del
diario taurino El Tío Jindama {1897-1898}, el número
extraordinario del semanario La Campaña de Cuba y Actualidades consagrado
a los héroes de Punta Brava. {1896}, el Almanaque de Don Quijote {1897},
el Almanaque festivo para el año 1898 de la casa editorial herederos de D.
Diego Murcia, el Almanaque para 1898 de La Revista Moderna, el
Almanaque del año 1900 de la revista Instantáneas, el Almanaque del
semanario humorístico ilustrado Monos {1906} o en el álbum
literario-artístico conmemorativo de la fiesta celebrada en los Jardines del
Buen Retiro a beneficio de los heridos boers en el año 1900.
Añádase a todo ello su labor como director de algunos semanarios
festivos como Sancho Panza {1889}, publicado desde el 1 de
octubre como semanario popular, artístico y literario; Gil Blas,
fundado y dirigido por Larrubiera desde 1894 a 1895 y considerado de gran
calidad a muy bajo precio {5 cts.}; a ellos se añade la dirección del
semanario Madrid Alegre.
Producción
Narrativa
· El crimen de un avaro {1889}
· Pintapoco {1889}
· Mimosa : novela contemporánea {1894}
· Historias madrileñas {Biblioteca selecta, núm. 76,
1896}
· Cuentos {Biblioteca Española, núm. 1,
1896}
· La Virgencita {1899, prólogo de Octavio
Picón}
· Historias y cuentos {1900}
· El dulce enemigo {Historias y cuentos} {1904; 2ª ed.
aumentada en 1910}
· Fuera de combate : novela {1906}
· Camino del pecado {Biblioteca Rinel, núm. 1,
1907}
· La conquista del jándalo {El Cuento
Semanal, 7-VI-1907}
· No nos dejes caer en la tentación {Los
contemporáneos, IV-1909}
· Historia de un hombre formal {Los
contemporáneos, núm. 87, 28-VIII-1910}
· Tía Paz {El cuento semanal, núm. 204,
1910}
· El hombre que vivió dos veces {historia increíble} {El cuento semanal, 1911}
· Del barrio de la manolería {Los
contemporáneos, 1912}
· Historias y cuentos {Biblioteca Patria, 1912}
· Hombres y mujeres {1913}
· Márgara {Biblioteca Popular,
Renacimiento, 1913}
· Noche de juerga {El libro popular, núm. 31,
5-VIII-1913}
· Su excelencia se divierte {La novela de
bolsillo, tomo 7º, 9-XI-1914}
· El pecado de Eva {1915}
· Vida fantástica : novela {Renacimiento, 1917}
· El amor embrujado {Los contemporáneos, 1917}
· La campana muda : Cuentos de la Tierruca {Biblioteca Bergamín, 1920}
· El hechizo de la farándula {La novela
semanal, núm. 77, 30-XII-1922}
· El amor en peligro {1923}
· Espejo en tinieblas {La novela semanal, núm. 121,
3-XI-1923}
· En la noche milagrosa {La Novela
Semanal, núm. 191, III-1925}
· El romance de la venganza {Nuestra
novela, núm. 49, 10-XII-1925}
· Ana María {La novela mundial, núm. 59,
28-IV-1927}
Teatro
· Las noches del Real {1888; con R. Taboada}
· Uno y repique {1890; con Eduardo Saenz
Hérmua}
· La chalequera : juguete cómico, en un acto y
en prosa {1895}
· La gente del pueblo : humorada cómico-lirica en un
acto, en prosa y verso, dividida en tres cuadros {1896; con Antonio Casero}
· La gente alegre : humorada lírica en un acto…
prosa y verso {1897; con Antonio Casero}
· Los chicos {1897; con Eduardo Sáenz Hermúa
'Mecachis'}
· Los botijistas : sainete lírico de costumbres
madrileñas en un acto dividido en dos cuadros y un intermedio músical en prosa
y verso {1897; con Antonio Casero}
· El querer de la Pepa : sainete lírico en un acto,
dividido en tres cuadros, en prosa y verso {1899; con Antonio Casero}
· El sábado de Gloria : sainete lírico en dos cuadros
y un intermedio musical, en prosa y verso {1900; con Antonio Casero}
· La celosa : sainete en dos cuadros en
prosa y verso y un intermedio musical {1900; con Antonio Casero}
· El Dios éxito : zarzuela cómica {1901; con
Antonio Casero}
· La procesión del Corpus : sainete en
un acto y en prosa {1902; con Antonio Casero}
· Los charros : zarzuela en un acto, dividido
en tres cuadros, en prosa {1902; con Antonio Casero}
· Feúcha : parodia de la comedia del
insigne Pérez Galdós, Mariucha, en un acto, dividido en cinco cuadros, en prosa
y verso {1903; con Antonio Casero}
· Y no es noche de dormir : sainete en
un acto, dividido en tres cuadros, en prosa y verso {1905; con Antonio Casero}
· La regadera : entremés en prosa :
consecuencia o epílogo de La algere trompetería {1908; con Antonio Casero}
· El merendero de la alegría o Sábado blanco : zarzuela en un acto {1908; con Antonio Casero}
· La Cenicienta : cuento en acción {1909;
dentro de la campaña en pro del Teatro Infantil de La Zarzuela}
· Los holgazanes : sainete {1910; con Antonio
Casero}
· Música popular : sainete {1911; con Antonio
Casero}
· Las mocitas del barrio : sainete
{1913; con Antonio Casero}
· Donde hay faldas hay jaleo o El merendero de la Alegría : zarzuela {1914; con Antonio Casero}
· Encarna la costurera, o, Hasta el fin nadie es dichoso : sainete en dos actos {1920; con Antonio Casero}
· El viejecito de la Paloma {1920; con
Antonio Casero}
· Al margen de la vida : comedia en tres actos {1924;
con González de Zavala}
Antologías
· Hojas literarias para niños, escogidas y
ordenadas por Manuel Ibarz {1913}
Prólogos y epílogos
· El pueblo de los majos : poesías
madrileñas {Antonio Casero, 1912; pról. de Jacinto Benavente y epíl. de
Alejandro Larrubiera}
· Sus mejores versos {Manuel José Quintana
[1772-1857], 1928; pról. de Alejandro Larrubiera}
· Juan Nicasio Gallego. Sus mejores versos {Edición y prólogo de Alejandro Larrubiera, 1929}
· Versos de varia edad. {Juan Pérez de Guzmán, 1906,
introducción biográfica y bibliográfica a cargo de Alejandro Larrubiera}
· La isla de los Pelagatos : narraciones
de monarcas, caníbales, locos, poetas, enamorados, políticos y danzantes. Por
Emilio de San Román. Prólogo de Larrubiera.
· La vampiresa. Por Pedro Morante. Comentarios
sobre la labor literaria del autor al final del libro: hermanos Álvarez
Quintero, Ricardo León, Larrubiera, Francés, Fernando López Martín, Araujo
Costa, Luis de Castro, Estebanillo González…
Traducciones
· El esparcidor de ascuas, de Jeanne de
Coulomb {1925}
Bibliografía consultada
· Baquero Goyanes, M. {1949} El cuento español en el siglo XIX,
Madrid: CSIC.
· Baquero Goyanes, M. y Baquero Escudero, A. {1992} El cuento
español: del romanticismo al realismo, Madrid: CSIC.
· Cansinos-Asséns, R. {1995} La novela de un literato 3
{1923-1936}, Madrid: Alianza Editorial.
· Cejador y Frauca, J. {1972} Historia de la Lengua y Literatura
Castellana, vol. X, Madrid: Gredos.
· Correa Ramón, A. {2001} El libro popular, Madrid: CSIC.
· Hartzenbusch, E. y Fernández Bremón, J. {1904} Unos cuantos
seudónimos de escritores españoles con sus correspondientes nombres verdaderos,
Madrid: Est. tip. Sucesores de Rivadeneyra.
· Íñiguez Barrena, F. {1999} La parodia teatral en España
{1868-1914}, Sevilla: Universidad de Sevilla.
· Labajo González, M.T. {2003} Lecturas {1921-1937}, Madrid:
CSIC.
· Magnien, B. {1995} Hacia una literatura del pueblo, del folletín
a la novela : el ejemplo de Timoteo Orbe, Barcelona: Anthropos.
· Marrero Cabrera, J. {1992-1993} Una campaña de prensa en el otoño de
1904. José de Betancourt {Ángel Guerra} y la candidatura de Armando Palacio
Valdés para la Real Academia Española, Anales galdosianos, 27-28,
p.194.
· Ossorio y Bernard, M. {1903} Ensayo de un catálogo de
periodistas españoles del siglo XIX, Madrid: Imprenta y Litografía de J.
Palacios.
· Palenque, M. {2001} Los poetas, Madrid: CSIC.
· Sáinz de Robles, F. {1970} Alejandro Larrubiera, Estafeta
literaria, 457, p.21.
· Sánchez Álvarez-Insúa, A. y Santamaría Barceló, M. {1997} La
novela mundial, Madrid: CSIC.
· Villarías Zugazagoitia, J. {2003} Nuestra novela: una colección
católica fundamentalista, Madrid: CSIC.
¡TRES MILLONES!
ACUARELA DE NAVIDAD
I
Hay algo del fragor de las tempestades en el movimiento rotativo del gigantesco bombo, a través de cuya tela metálica vense danzar millares de bolitas…, otros tantos diablillos de la fortuna, caprichosamente encerrados en los microscópicos esferoides de madera… ¿Cuál de ellos será el que haga vibrar el cristal del platillo al unísono, con aquel otro que
cruza su redondez la cifra 3 000 000?…
Un encuentro del azar, que en un segundo ocasiona un cambio radicalísimo en la existencia de cientos de personas que la víspera, acaso,
maldicen su vida de infortunio, dedicada a rudas faenas, y acaso despertaron llenos de angustia, creyendo escuchar una voz misteriosa que como una caricia caía en su oído… «¡Tres millones de pesetas!». Una cifra que ostenta el signo 3 como un capitán general de los seis ceros que le siguen: ejército que estampado en el papel, ocupa poquísimo trecho, pero, con el cual, puede conquistarse la felicidad, ese reino misterioso que la mayor parte de las veces solo franquea su puerta a la fortuna.
¡Tres millones de pesetas!…
¡Lo inconcebible! El gobierno de la nación es más pródigo que San Bruno: da el
seis mil por uno.
¿Qué extraño que a todos preocupe beneficio tan
maravilloso?… Hacerse rico de pronto, sin quebraderos de cabeza, sin derrochar
ingenio ni cansar los músculos, surgir de la nada, flotar en el mar de la vida… ¡Ser
rico! Es decir, ser todopoderoso en
este siglo positivista.
II
Nos encontramos en el salón donde se verifica el sorteo, es decir, el juego nacional.
No hay mesas preparadas, no hay naipes, ni
crupieres, ni raquetas ni fichas, ni se mira
azorado a la puerta de entrada.
Los concurrentes son ciudadanos probos, honrados, «cabezas de familia», no van allí a dar el «pego» ni a «levantar muertos»; no se hacen apuestas: se han hecho ya… Podéis estar tranquilos si es que el demonio de la avaricia
no se aposenta en vuestro cerebro.
El espacioso local se ve ocupado en su mitad por bancos, la otra mitad lo ocupa la plataforma en donde la casualidad ha de decidir de la fortuna de unos
cuantos ciudadanos.
El juego es correctamente legal.
No hay sino fijarse en los bombos monumentales que vomitan por segundo números y premios; en las mesas que parecen las de un tribunal, en los infelices huérfanos uniformados que con voz recia
«cantan» el número.
Si sois de la familia chinchorrera y escamona, estáis autorizados para ver con vuestros propios ojos y palpar las bolitas, ¿qué más? Podéis ser
parte en el recuento.
Ya veis que no es esto como
en las casas de juego.
Estad sentados tranquilamente en los bancos esperando la salida del
«gordo» —esa bolita del azar por la que todos suspiramos— y distraed la imaginación contemplando el rostro de vuestros vecinos, que, con cara de circunstancias, fruncido el entrecejo, un papelito en la mano y en ristre el lápiz, esperan impacientes ser los primeros en gozar la sensación grande, la de la caída de los tres millones en el platillo de cristal.
Hasta que el hospiciano no grite esta cifra, se escucha en todo el salón zumbido de charlas entabladas entre desconocidos que hablan como augures y profetizan a bulto,
que el «gordo» está o no al caer.
No os alarméis por ese llanto… Es una pobre vieja que llora… ¡De alegría! ¡Pobre mujer! Uno de los números cantados ha salido con un premio de unos cuantos miles de pesetas. En él lleva participación: veinte reales… Pregunta a los más próximos a su banco si realmente es tal el
número premiado.
—Sí, buena mujer —replica uno.
—Vamos, algo se pesca, abuela —añade
otro. Y ella insiste:
—¿Pero es ese?… ¡Tanto cuesta creer en la propia
felicidad! Olvidad este incidente.
Al pie de la plataforma unos cuantos individuos, «chicos de la prensa», escriben en el papel los números a medida que salen, mientras que las cuartillas, ya terminadas, pasan a mano de los granujas que aguardan también la salida de los celebérrimos millones, para ir, como alma que lleva el diablo, a las imprentas, a que compongan el
número de las grandes esperanzas.
«Rag, rag, rag, rag». No puede ser más monótono el ruido que producen los bombos al girar, impulsados por los mozos agarrados a
las manivelas.
¡Qué fastidio! Ya tenéis los oídos cansados de oír tanta cifra y del bullicio de la muchedumbre.
La atmósfera es en el salón caliginosa, asfixiante. «Rag, rag, rag, rag». Más números,
más premios. Y el «gordo» sin salir.
Un ciudadano protesta de la inconsciente
cachaza de la suerte:
—Hombre, para favorecer a unos o a otros,
bien podía apresurarse.
Y a medida que va transcurriendo el tiempo, notáis que el rostro de los circunstantes se metamorfosea: tórnase más sombrío, la angustia de la esperanza dudosa abrillanta las pupilas: las discusiones se apagan: solo arranca frases y preguntas la voz del hospiciano cuando vocea un premio de los mayores.
Pero son como chispazos de la hoguera de impaciencia que a todos consume.
III
¡Al fin!… «¡¡Tres millones!!» —grita algo emocionado el chico de turno en el
anhelado pregón.
Hace una pausa corta y sigue: «… ¡¡de pesetas!!».
Y con voz más recia, repite el famoso número, tan seductoramente agraciado, y sigue
voceando alegremente:
«¡Tres… millones… de… pesetas!».
Y el público, después de un «¡Aaah!» emocional, queda silencioso, casi tristón… No se escucha más que el tembloreo de los papeles, donde lleva cada cual apuntados los números que juega, y el desdoblar de los décimos.
El hospiciano ha dado el tercero y último pregón con todas las fuerzas de sus pulmones, como quien sabe que ha tenido la suerte de coger primero y publicar después la anhelada bolita que encierra el hada de la fortuna.
Algunos curiosos impertinentes examinan las bolas, miran y remiran, ora el número, ora el premio, y… suspiran maldiciendo su torpeza en no haber caído en la cuenta de que aquel número podría ser el «gordo». Aberraciones de jugador, saturadas de un delicioso ilogismo.
El resto del público coteja el número con los que lleva
en suerte.
Y aquí uno dice que es un imbécil en jugar con un fulano que tiene acreditada su mala sombra, y allá una mujer gruñe: —«¡Dos reales que he tirado a la calle!». Y en este banco un sordo que pregunta por centésima vez: —«¿Acaba en nueve?… Menos mal, he pescado la aproximación».
Y en todos los labios palpita la misma frase que debió pronunciar la lechera de la fábula
al ver roto el cantarillo de sus ambiciones.
El salón es desalojado por las dos terceras
partes del público.
Los jugadores se apelotonan a la puerta de salida, cada cual con una esperanza menos y una dosis inconmensurable de mal
humor.
Y nunca falta algún cínico que, al ver pintada la desesperación en aquella turba a quien la avaricia y la curiosidad reunió en el lugar del sorteo, haga
en voz alta esta reflexión:
—¡Lo que tendría gracia ahora es que le hubiese tocado al gobierno!…
FIN

