Libro N° 14704. ¡Quién vive! Colorado, Vicente.
© Libro N° 14704. ¡Quién vive! Colorado, Vicente. Emancipación. Enero 17 de 2026
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¡QUIÉN VIVE!
Vicente Colorado
¡Quién vive!
Vicente Colorado
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Autor
¡Quién vive!
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Se reproduce a continuación el relato ¡Quién
vive!, de Vicente Colorado.
Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir
del texto publicado en la revista La Ilustración ibérica del
día 29 de agosto de 1885 (año III, núm. 139).
El texto se corresponde con el identificador
editorial GYP-NB0448, habiéndose podido actualizar su ortografía y
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suponen, en el plano ortográfico, la supresión del acento en monosílabos y la
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Colorado falleció en 1904). Por otra parte, tanto la portada como la edición
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Ganso y Pulpo
Creación: Barcelona, 05 de diciembre de 2019
VICENTE COLORADO
Nacimiento1850
Valladolid, España
Defunción1904
Madrid, España
MovimientoEscritor realista
Relacionado
Vicente Colorado
Martínez nació en Valladolid el 19 de abril de 1850. De su infancia se sabe que
sus abuelos maternos, que habitaban el campanario de la catedral de Valladolid,
quedaron sepultados en el desplome de la torre en 1841, siendo extraídos sin más
daño que el sufrimiento moral de verse enterrados vivos.
Como estudiante
universitario, se licenció en Filosofía y Letras en la Universidad Central,
pasando después a formar parte del Cuerpo Facultativo de Archiveros,
Bibliotecarios y Anticuarios, donde ingresó el 9 de marzo de 1881, con destino
en el Museo Arqueológico Nacional. Como funcionario, obtuvo
diversos ascensos a lo largo de los años, llegando a oficial de segundo grado
en 1903.
En su trayectoria
funcionarial figura un trasladado a la Facultad de Filosofía y Letras de
Valladolid en agosto del año 1900. Fecha próxima al fallecimiento de su madre,
Rufina Martínez, el 12 de diciembre de 1901.
Sin poder definir
el grado exacto que pudieran tener sus labores en el empleo público sobre su
producción poética y literaria, rescatamos aquí unas líneas de Dionisio Pérez
al respecto, en su artículo De la necesidad y utilidad del poeta,
publicado en La Esfera el 5 de julio de 1930:
Cánovas del
Castillo, conocedor como pocos de la dificultad y aun de la imposibilidad de
ser poeta si no se posee naturalmente el quid
divinum, complacíase en burocratizar a cuantos poetas se ponían al alcance de
su influencia todopoderosa. A Vicente Colorado, clásico insigne injustamente
olvidado, lo acomodó en el Cuerpo de Archiveros; a Salvador Rueda, por unas
décimas detonantes, lo llevó al Ministerio de Ultramar, donde ya otros vates
hacían estragos. Y es posible que por esta utilización del poeta en las
funciones áridas y automáticas de la Administración, España dejara de tener
grandes vates y, además, perdiera sus colonias antes que las demás potencias
europeas, aun las más humildes, como Portugal y Holanda.
Destacó también
como académico y orador en el Ateneo de Madrid. Este
recorrido comienza en junio de 1882, cuando fue elegido secretario de la
sección de ciencias morales de dicha institución, siendo presidente su amigo
Urbano González Serrano. Así, en noviembre de ese mismo año, inauguró el curso
con la lectura de su memoria Fundamentos de la sociología, siendo
muy aplaudido por el auditorio. En este trabajo afirma que la sociedad es para
el hombre complemento y garantía de sus funciones morales y materiales, y que
debe procurar su mejoramiento y desarrollo.
Un año antes había
dirigido la Revista ilustrada, cuyo primer número vio la luz el 1
de enero de 1881 y que mantuvo su andadura hasta diciembre de ese mismo año. En
ella firmaron, entre otros, Canalejas y Urbano González Serrano.
No obstante, en
líneas generales se mostró alejado de su faceta más académica, al menos en
cuanto a publicaciones se refiere, hasta los últimos años de su vida, cuando se
empleó en algunas traducciones para la Biblioteca Científico-Filosófica y para
el editor Daniel Jorro: Ensayo acerca de la imaginación creadora,
de Ribot (1901); Historia del materialismo, de Lange (1903); Lo
bello: ensayo acerca del origen y la evolución del sentimiento estético, de
Bray (1904); Errores científicos de la Biblia, de Ferriere (1904);
y El dormir y el soñar, de Delboeuf.
Otra de las facetas
desarrolladas por Vicente Colorado fue la de periodista político.
Pasó a formar parte de la redacción de La Monarquía a inicios
de 1888 y, en octubre de ese mismo año, figura entre las adhesiones públicas al
partido conservador. En este tiempo se le conoce incluso como uno de los
que más escriben contra el zolaísmo rabioso, como puede leerse en el número 120
de Revista de España.
Sus labores
periodísticas le valieron, entre otras cosas, una cuestión personal, en abril y
mayo de 1887, con el periodista Adolfo Suárez de Figueroa, apadrinado por
Sánchez Campomanes y Gutiérrez Abascal. Colorado, por su parte, lo estuvo por
Urbano González Serrano y Palacio Valdés. En el contexto de esta disputa se
encuentra el texto Percances del oficio, publicado por Vicente
Colorado en La Ilustración ibérica.
En este contexto,
publicó en colaboración con su compañero en La Monarquía Eleuterio
Villalba, con los seudónimos L. Gia y P. P. Gil, la sátira política Fusionistas
en cuadrilla (1890), prologada por Carlos Frontaura.
El desempeño de
estas labores, sumamente prosaicas para un poeta, siempre llaman la atención de
quienes han valorado su talento artístico. Así lo exponía, por ejemplo,
Salvador Canals en Nuevo mundo el 23 de mayo de 1895:
Vicente Colorado es
un hombre que tiene por dentro un poeta que en vano ha querido ahogar el
periodismo político, cuyo trabajo enervante imponen al poeta los bajos
menesteres de la vida.
Y es que sus
inicios literarios están íntimamente ligados a la poesía, siendo su
primera publicación Glorias militares y literarias del reinado de
Felipe II, un poema histórico que fue distinguido con el primer premio,
regalo de S. M. el Rey, en el certamen literario verificado en
Valladolid el 29 de septiembre de 1879.
Su segundo poemario
fue Besos y mordiscos (1887). Tras este no llegó a publicar
ningún otro volumen de poesía, aunque pueden encontrarse gran cantidad de ellas
dispersas por las cabeceras de la prensa española de la época. Su versificación
es fácil y de carácter castizo, sin ningún tipo de exageración lírica. Una de
las formas más recurrentes en su repertorio es el soneto.
A pesar de no tener
publicados más volúmenes poéticos, Vicente Colorado siempre fue considerado por
sus coetáneos como un poeta sobre el resto de sus facetas. De hecho, llevó el
verso a todas sus obras teatrales, dramas y comedias. Su acérrima defensa del
verso puede quedar representada con las siguientes palabras de Miguel de
Unamuno en Nuevo mundo el 14 de noviembre de 1924:
Mi amigo Vicente
Colorado —¡cómo se le ha olvidado ya!—, fanático de la versificación —no
toleraba que se hiciesen dramas en prosa—, me decía cuando apareció la primera
edición de mi novela Paz en la guerra que debí haber puesto en
verso su final, ya que era, según él creía, pura materia poética.
Su primera obra
dramática fue De carne y hueso, un drama en tres actos y
en verso, estrenado en el Teatro Español el 21 de noviembre de 1883. A pesar de
que la acogida no fue mala, no volvió a presentar una nueva hasta más de una
década después, cuando estrena en el Español, el 16 de enero de 1894, Día
de prueba. Se trata también de un drama en tres actos y en verso, esta vez
escrito en colaboración de su amigo Francisco F. Villegas, más conocido como
Zeda.
Su siguiente obra
fue Padre nuestro, un drama en un acto inspirado en la obra Páter,
de François Coppée. Estrenado el 23 de marzo de 1895 en el Teatro de la Comedia
tuvo una gran acogida, siendo aplaudido y del gusto del público. Se trata,
quizás, del mayor éxito de Vicente Colorado sobre las tablas, consiguiendo
incluso representaciones en otras ciudades de España como Barcelona o
Valladolid.
Ese mismo año, el
14 de mayo de 1895, estrenó en el Teatro de la Princesa un cuadro de costumbres
políticas titulado Manejos electorales. La obra, según algunas
críticas de la época, es fruto de la observación de la realidad y se
caracteriza por la facilidad en el diálogo, su propiedad en el estilo y su
corrección en el lenguaje. Si bien fue llamado a escena tras la representación
del estreno, las críticas de la prensa chocan con valoraciones positivas y
negativas.
Su última obra
representada fue Yo pecador, un cuadro dramático en un acto y en
verso, estrenado en el Teatro de la Comedia el 28 de octubre de 1896. Esta vez
las críticas coincidieron, pues la obra no gustó nada. En su tímida defensa
solo se encuentran unas líneas de Pérez Nieva en el periódico barcelonés La
Dinastía:
Vicente Colorado es
uno de los escritores jóvenes de más nervioso estilo. […] En esta semana ha
vuelto a estrenar Colorado en el teatro de la Comedia, un cuadrito delicadísimo
en un acto, bajo la denominación de Yo pecador. Si la imagen no
pecara de violenta resumiría yo el juicio de esta obrita diciendo que es un
idilio pintado sobre el esmalte de una tabaquera de plata. Y sin embargo, no
gustó por su arcaísmo de procedimiento.
La obra dramática
de Vicente Colorado sobre las tablas de los teatros tiene casi tantas ausencias
como presencias, pues la mitad de sus obras nunca llegaron a ser representadas.
Tras el batacazo que supuso el estreno de Yo pecador, optó por
poner cierre a su producción con la publicación en papel de su Teatro,
dividido en dos tomos. El primero de ellos, publicado en febrero de 1897,
editado con un carta que envió Alarcón al autor tras el estreno de De
Carne y hueso a modo de proemio y un estudio crítico de Manuel Cañete
acerca de esta obra, contiene el drama referido y el cuadro dramático Yo
pecador.
El segundo tomo,
publicado en el mes de octubre de 1897, recoge dos obras que no llegaron nunca
a tener salida escénica: el drama en tres actos Francisca de Rímini y
el cuadro baturro en un acto titulado El acta.
Otras obras que no
llegaron a representarse fueron la comedia en tres actos Rinconete y
Cortadillo, el drama en tres actos Creo en Dios, el drama en
cuatro actos Dios te salve, María, el drama en tres actos El
drama de Pésaro y El Credo, obra de tesis religiosa. La
primera de ellas, basada en la novela ejemplar de Cervantes, fue publicada con
la siguiente invectiva del autor, que da buena cuenta de su situación:
Un padecimiento
crónico del estómago que me impide tragar porquerías, la imbecilidad de los
cómicos, las intrigas de los que nada pueden y las malas pasiones de los que
tienen más reputación que mérito, son causas bastantes para que dé mis obras a
la imprenta, y no al teatro.
Además, en 1899,
desde las páginas de España Artística, encabezó una enérgica
campaña contra el extranjerismo que invade nuestro teatro.
Fue precisamente en
la prensa periódica donde consiguió cierta estabilidad para
sus publicaciones de carácter literario, firmando más de 120 colaboraciones en
diversas cabeceras del país. Algunas de ellas son Día de moda, Revista de España, Revista contemporánea, El Imparcial, La América, España y América, El
camarada, Vida nueva, Revista nueva, Gente
vieja, etc. No obstante, las cabeceras en que fue más asiduo fueron La Ilustración Artística, La Época y, sobre todo, La Ilustración Ibérica.
Partiendo de sus
trabajos en la prensa, publicó en 1887 Hombres y bestias, una
compilación de varios artículos, donde su espíritu de observación y sus
inclinaciones al pesimismo se hacen patentes.
La producción
literaria de Colorado no está completa sin algunas publicaciones de difícil
agrupación como Pasión, publicada por la casa de Gutiérrez y
compañía en 1889; La bella nivernesa, traducción de la obra de
Daudet (1890), un prólogo a la novela Correspondencia militar, de
Rafael Mesa de la Peña (1890); el post-scriptum de Antiguallas,
de Ricardo Sepúlveda (1898); el prólogo al libro Estrofas, de
Manuel F. Villegas (1902); o el prólogo al tomo I de las Obras
completas de D. Ramón de Campoamor, trabajo editado junto a González
Serrano y Mariano Ordoñez entre 1901 y 1904.
De su vida
literaria destaca su amistad con Zeda, González Serrano y Núñez de
Arce. Anécdotas se refieren pocas, aunque se sabe que hacia 1872, junto a
Ferrari, Macías Picavea, Estrañil, y Piqueras arrendaron la Casa de Cervantes
de Valladolid e instalaron en ella un Ateneo literario que, por falta de
recursos, duró poco tiempo abierto. Como firmante de peticiones públicas figura
en la lista favorable a la plaza de Vico en el Conservatorio (1883), entre los
defensores de los derechos de los autores dramáticos (1886), entre los
solicitantes del indulto al periodista Francisco García Peláez (1895), de nuevo
en relación a la propiedad literaria (1896) y en una carta abierta junto a
otros escritores (Lustonó entre ellos) al gobernador civil sobre los niños
vagabundos de Madrid.
De su vida
personal se sabe muy poco, pues no era amigo de exhibiciones y vivía
apartado de los lugares propios para la notoriedad, sobre todo desde que se
manifestó su enfermedad. Únicamente sabemos que estaba casado, pues con su
esposa se le pudo ver en el balneario de Mondariz el verano de 1903, cuando ya
se encontraba bastante mermado de salud debido a la enfermedad crónica que
acabó con su vida a las 7.00 horas del día 10 de septiembre de 1904, en el
número 16 de la calle de la Colegiata, desde donde se llevó su cuerpo a la
Sacramental de San Lorenzo.
Fernández Bremón,
tras su muerte, lo recuerda desde su tribuna de La Ilustración española
y americana en los siguientes términos:
Pequeño de cuerpo,
inquieto y nervioso, agresivo en sus escritos, era tan buen versificador y tan
buen prosista, como buen vallisoletano. […] Era de los pocos poetas que se
recogían temprano y madrugaban.
En la misma
cabecera, algunos días después, escribía Carlos Luis de Cuenca:
Padecía mucho
físicamente, y llevaba impreso el sufrimiento en el rostro, por lo que siempre
aparentaba mucha más edad de la que tenía; pero el sufrimiento, lejos de
abatirle, excitaba sus energías.
Lo cierto es que
después de su muerte, cayó en el olvido literario rápidamente. De hecho, una de
las pocas pervivencias que tuvo trajo consigo fatales consecuencias para el
editor del periódico La Unión, de Tarazona, condenado a 3 años, 6
meses y 21 días de cárcel y 250 pesetas de multa, costas y accesorías por
publicar uno de los sonetos piadosos de Vicente Colorado titulado El
burro y la burra.
¡QUIÉN
VIVE!
La consigna era terminante:
«El centinela hará fuego sobre todo el que se
acerque a veinte pasos de distancia y no dé la seña al primer quién vive».
Eran tiempos de revueltas; algunos pueblos se
habían sublevado y por los alrededores de Pamplona andaban varias partidas
carlistas.
Cerró la noche.
En lo alto de la fortaleza de San Cristóbal se oía
clara y acompasadamente el alerta de los centinelas y, de vez en
cuando, los pasos uniformes del rondín.
A las diez hubo relevo.
En la parte que mira al campo ocupaba su puesto
Félix, soldado bisoño, natural de Echauri, pueblo inmediato a Pamplona.
El pobre muchacho estaba inconsolable porque, al
día siguiente, iba a abandonar por vez primera su país natal para dirigirse a
Sevilla, donde pasaba de guarnición el regimiento.
—¿Está muy lejos Sevilla? —preguntó
lleno de ansiedad a uno de sus camaradas.
—En otro mar opuesto al de Guipúzcoa; como quien
dice, al fin del mundo.
Félix se fue a un extremo del patio y rompió a
llorar como un niño.
Pensó en su novia, en Petra, a quien quería como a
las niñas de sus ojos y con la que no se había casado ya por temor a las
quintas.
Además, Petra, tenía una madre que él amaba como
propia, pues, huérfano desde la infancia, no conoció otra familia ni tuvo más
hogar y cariño que el de las dos mujeres.
La madre de Petra era ya anciana y padecía una
parálisis o anquilosis reumática que la retenía en la cama los más de los días
del año.
Eran pobres, muy pobres; gracias a Félix y a la
caridad inagotable del cura de Echauri, no pidieron limosna.
Pero ahora, ¿qué iba a ser de ellas?
Félix, bajo aquella nueva desventura, recordó el
día del sorteo; tenía a su lado a Petra, en la sala del alcalde; uno y otro,
cogidos de las manos, contemplaban inmóviles y mudos el bombo de las bolas.
Entraron en suerte seis mozos; mejor dicho cuatro,
porque Basilio era hijo de viuda, y Fabián estaba en el último grado.
De los cuatro, dos se quedarían en sus casas y los
otros irían a servir al Rey.
El secretario del Ayuntamiento empezó a leer
nombres, y Colás, el chico más pequeño de la tía Eduvigis, en pie sobre un
taburete de madera, metió la mano en el bombo.
A Fabián, el tísico, le tocó el número seis; una
bola perdida, ¡buen principio!
Ruperto, un muchacho como un trinquete sacó el uno;
Petra respiró con fuerza y miró a su novio que estaba más blanco que la pared.
Esta vez la suerte los favorecía; no había más que
una bola mala en el bombo: el número dos.
Al leer el secretario el nombre de Félix, Colás,
después de titubear unos segundos, gritó:
—El tres.
El alcalde tomó la bola para rectificar si el chico
se había equivocado y haciéndola girar entre sus dedos repitió:
—El tres.
Petra sonrió, y Félix se puso más encarnado que un
tomate.
Decididamente se casarían en mayo; el sorteo se
verificaba entonces en primer domingo de abril.
Pero, Basilio, el hijo de la viuda, tuvo el número
dos y tan alegres ilusiones vinieron al suelo deshechas en lágrimas.
La infeliz paralítica no necesitó que la preparasen
para oír la fatal noticia; no precedió ni una palabra de consuelo; las caras
de sus hijos, que parecían las de dos cadáveres, se lo revelaron en el
acto.
—El número uno, ¿verdad?
—No, señora; el número uno le tocó a Ruperto, a
Basilio el dos y a este el tres.
—Es lo mismo.
Se abrazaron, lloraron, y la anciana renegó de su
suerte.
¡Ella, que había puesto dos velas al Santísimo y
ofrecido una misa a la Virgen de los Dolores!
Poco a poco se fueron resignando; pero la escena se
renovó con más estrépito cuando Félix salió de Echauri para Pamplona.
La madre y la hija gimotearon a moco tendido; se
les fue el alma por la boca.
Petra acompañó a su novio hasta el cuartel, y desde
aquel día, fue y vino todas las tardes de Echauri a Pamplona, llevando a Félix
el mejor bocado de la casa, librillos de fumar, fósforos y alguna que otra
cajetilla de tabaco.
El día antes de recibir el regimiento la orden de
marchar a Sevilla, se dijo que en Echauri se había formado una partida
facciosa; en el cuartel echaron pestes contra el pueblo y sus habitantes; Félix
salió a la defensa, hubo dimes y diretes y a no intervenir el oficial de
guardia, el carcunda lo hubiera pasado mal.
Petra, al oír lo de la marcha, dio un paso atrás y
exclamó mirando fijamente a su novio:
—¡Eso no puede ser!
—Como lo oyes.
—Bien, se irá el regimiento; pero ¡tú!…
¡No faltaba más!
—Tomaremos el tiempo como viene —dijo
Félix con voz y aspecto compungidos.
—Sí; y hacer lo que mejor convenga —repuso
ella con aire firme y resuelto.
—Y, ¿qué remedio hay?
—Eso es lo que te diré esta noche.
—¿Dónde, si dentro de una hora voy de guardia al
castillo?
—Pues iré allá.
—¡Petra!
—Conozco el terreno palmo a palmo; aprovecharé la
oscuridad de la noche e iré a verte sin falta.
—Mira que te expones a perder la vida.
—¿A qué hora es el relevo?
—A las diez.
—Saldré a las nueve de Echauri y a las diez en
punto estaré en San Cristóbal.
—Pero, ¿cómo vas a saber en qué parte del castillo
estoy de centinela?
—¿No tengo yo oídos? ¡Conozco tu voz entre mil! Da
el alerta un poco más alto que los otros; lo demás corre de mi
cuenta. Adiós, Félix; hasta la noche.
¡Qué lentas corrieron las últimas horas de la tarde
y las primeras de la noche!
Al propio tiempo que la campana del reloj de la
catedral daba la hora de las diez de la noche se oyó la voz del sargento
primero:
—Muchachos, el relevo. ¿Habéis oído? Vamos a prisa.
Tú, carcunda, ¿qué haces ahí parado como un babieca? Anda listo si no quieres
que te caliente el cuerpo con la vara. ¡Ea!…
A formar; ¿estamos todos?
—Estamos.
—Pues, firmes… ¡marchen!
Hecho el relevo el cabo encendió un cigarrillo,
entornó los ojos y oyendo confusa e indistintamente el alerta de los soldados,
se quedó dormido.
Petra no faltó a la cita.
—Félix, Félix —suspiró
con voz sorda y apagada.
—Aquí estoy.
Se apretaron las manos en silencio.
—¿Por qué lloras? —preguntó
él.
—Mi madre se muere.
—¿Qué dices?
—Hace algunos días que se sentía peor; la hinchazón
de las piernas ha aumentado; no me atreví a decírtelo por no afligirte con
tantas pesadumbres. Hoy, al volver a casa, le conté lo que ocurría y la
acometió primero una congoja y después un síncope que creí que se me iba de
entre los brazos.
—¡Alerta!
—¡Alerta!… Sigue.
—Afortunadamente volvió en sí; el médico dice que
va a matarla el disgusto antes que la enfermedad. ¿Has entendido, Félix?
—Sí, mujer, sí; demasiado que te comprendo.
—Es preciso hacer algo por ella.
—¿Qué?
—De ti depende; ¡si tú quisieras!
—Habla pronto, por Dios; que esta locura puede
costarnos cara.
—Oye; cerca, muy cerca de aquí, te esperan unos
amigos.
—¿A mí?
—Todos los que componen la partida de Echauri.
—¡Alerta!…
—¡Alerta!… ¿Qué me quieres decir con eso, Petra?
—Que te pases a ellos.
—¿Yo?
—Tú.
—¿Te has vuelto loca?
—No hay más remedio. Si te marchas, mi madre se
morirá de pena y yo… yo… ¡Dios mío!, ¿qué será entonces de mí?
Petra rompió en ahogados sollozos.
—Pero mujer…
—Decídete; la noche es oscura; el terreno quebrado;
¿quién ha de verte?
—¡Desertar!… De ningún modo.
—Prefieres irte; dejar el pueblo; ser causa de la
muerte de mi madre que tanto nos ama; abandonarme…
—No llores, mujer, no llores.
—¡Alerta!…
—¡Alerta!…
—Si te resuelves a venir conmigo y te unes a la
partida, nunca saldrás de estos contornos; nos veremos todos los días; mi madre
se pondrá buena, y el señor cura de Echauri nos casará esta misma semana; así
me lo ofreció esta tarde.
—¿Has visto al señor cura?
—Él me ha dicho hace un momento que tu deber es
seguir a los tuyos y correr su misma suerte; sacrificarte por la mujer que te
ha criado y hacer algo por mí, Félix, por mí, que te quiero con toda mi alma.
Petra se arrojó al cuello de su novio y lo cubrió
de besos y de lágrimas.
—¿Dices que el señor cura nos casará esta semana?
—Esas fueron sus palabras.
—¡Alerta!…
—¡Alerta!… ¿Está muy lejos la partida?
—Un cuarto de hora de camino entre Pamplona y
Echauri.
—Pues vamos, Petra, vamos y sea lo que Dios quiera.
Asidos del brazo comenzaron a descender poco a poco
por la pendiente del castillo al propio tiempo que el rondín llegaba al puesto
abandonado.
—¡Ha desertado el carcunda! —rugió
el cabo soltando un terno y dando un puntapié al fusil que halló en el suelo—.
¡Ea, muchachos, sigámosle la pista que no debe estar muy lejos!
Bajaron apresuradamente, inquiriendo con la vista
la oscura y sombría extensión del paisaje.
—Allá se mueven unos bultos.
—¿Será la partida?
—Alto —dijo prudentemente el cabo, y levantando la voz,
añadió—: ¿Quién vive?
Nadie contestó.
—¿Quién vive?
El mismo silencio.
—Adelante.
Recorrieron un largo trecho; se distinguió más
claramente como unas sombras que huían precipitadas.
—¿Quién vive?
Petra y Félix huían, huían sin hacer ruido alguno.
—¡Alto! —gritó el cabo con toda la fuerza de sus pulmones.
Todo inútil; el cabo con voz de trueno exclamó
entonces iracundo y furioso:
—¡Preparen!… ¡Apunten!… ¡Fuego!
Se oyó una descarga cerrada.
—¡Avancen!
Por un exceso de precaución se detuvieron a los
pocos pasos.
No se distinguían ya bultos ni sombras.
El jefe de aquella pequeña fuerza volvió a repetir
de nuevo:
—¿Quién vive?
Más allá encontraron a Félix y a Petra a quienes
habían alcanzado las balas y muerto momentos antes de que el cabo les diera el
último quién vive.
FIN

