Libro N° 14703. El Escapulario De Mi Abuela. Tárrago Y Mateos, Torcuato.
© Libro N° 14703. El Escapulario De Mi Abuela. Tárrago Y Mateos, Torcuato. Emancipación. Enero 17 de 2026
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EL ESCAPULARIO DE MI ABUELA
Torcuato Tárrago Y Mateos
El
Escapulario De Mi Abuela
Torcuato Tárrago Y Mateos
Table of Contents
Nota previa
Autor
El escapulario de mi abuela
I
II
III
IV
V
VI
Nota previa
Se reproduce a continuación el relato El
escapulario de mi abuela, de Torcuato Tárrago y Mateos.
Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir
del texto publicado en el semanario El Periódico para Todos en
el año 1874 (época I, año III, núm. 25).
El texto se corresponde con el identificador
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Tárrago y Mateos falleció en 1889). Por otra parte, tanto la portada como la
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Ganso y Pulpo
Creación: Barcelona, 04 de diciembre de 2019
Torcuato Tárrago y
Mateos
Nacimiento1822
Guadix, España
Defunción1889
Madrid, España
MovimientoNovelista histórico
Relacionado
Introducción
He aquí uno de los
cuatro pilares que sustentaron la novela histórica española a mediados del
siglo XIX. Un género habitualmente editado por entregas, con sus lances
extraordinarios, sus aventuras estupendas y su intriga enrevesada. Al igual que
Scott en Gran Bretaña o Dumas en Francia, en España fue representada
principalmente por Fernández y González, Ortega y Frías, Pérez Escrich y
Tárrago y Mateos; pronto considerados autores de medianías, escritores de pluma
gorda y adalides de un pésimo gusto. No obstante, su relevancia en la novela
popular fue fundamental y la reacción de sus lectores, una vez crecidos, bien
recuerda a la necesidad edípica de matar al padre. Novelas que hicieron las
delicias de su infancia, en 1890 ya estaban relegadas a la venta por peso y su
presencia en los baratillos para recreo de soldados y gentes de servir.
Ganso y Pulpo
reedita parte de su producción desde el 7 de abril de 2016.
Semblanza
Hijo de Francisco
Tárrago Riquelme y María Josefa Mateos Galera, nació el día 10 de mayo de 1822
en la Placeta Correo Viejo de Guadix. El pueblo presentaba entonces un ambiente
a medio camino entre lo rural y lo urbano y, en la década de 1830, el espíritu
liberal trajo consigo la apertura de algunos locales culturales de dependencia
municipal como es el caso de El Pósito, donde se iniciaron
representaciones teatrales, recitales de poesía, actuaciones musicales y
veladas literarias. Pocos años más tarde, Tárrago y Mateos, liderando un grupo
de jóvenes con altas inquietudes culturales, creó una sociedad llamada La
Tertulia que, como los liceos de la época, pretendía ser foro de creación
artística y debate intelectual. Pedro Antonio de Alarcón, que contaba entonces
doce o trece años, vio en ella un lugar donde desarrollar su capacidad
creativa, convirtiéndose para él Torcuato Tárrago en un referente cultural de
primer orden.
Es precisamente
junto con Alarcón con quien emprendió la publicación en Cádiz y Granada
de El Eco de Occidente, semanario de literatura, ciencias y artes,
con el que ganaron, en el transcurso de tres años, el dinero necesario para ir
a Madrid. Tras breve estancia en la capital, Tárrago y Mateos vuelve a
Andalucía, donde escribió tres de sus novelas más populares: El Gran
Capitán, Los huracanes de la vida y El Ángel de la
venganza. No obstante, en 1860 regresó a Madrid como director del
periódico La Verdad.
En el plano
familiar, contrajo matrimonio con la también accitana María Dolores Torres
Martínez-Carrasco el 14 de mayo de 1849. Con ella fue padre de cinco hijos:
tres hombres y dos mujeres.
Con una vida
consagrada al trabajo, las primeras noticias de su enfermedad se remontan a
octubre de 1886 y en julio de 1888 se temía por su vida, atenazado como estaba
por continuos ataques de uremia. Finalmente, sucumbió, pobre y prácticamente
olvidado, el 16 de noviembre de 1889 en su casa de Carabanchel Alto, una semana
después de que lo hiciera su esposa.
Labor literaria
Los comienzos
literarios de Tárrago y Mateos están ligados a la industria periodística, con
el lanzamiento del semanario El Eco de Occidente junto a
Alarcón. Su colaborador gaditano fue Gaspar La Serna {que en 1852 fue juez de
primera instancia de Guadix} y fue publicado en Cádiz por Manuel María Hazañas
{director de loterías en 1859 y a quien Tárrago dedicó La caza de palomas en
1857}. El periódico hizo fortuna entre los suscriptores y los socios
capitalistas de Cádiz cedieron a los escritores todo lo que sacaran de las
suscripciones de Granada. Tras la desaparición del Eco, se
aventuraron con El Panorama Accitano, con buen éxito en Guadix. Por
otra parte, en noviembre de 1856 comenzó a publicarse en Sevilla El
Cisne, un periódico literario redactado por Antonio Gamero, Alarcón, Manuel
de la Pedrueca, Tárrago y Francisco Liberal y Cabrera.
Recién llegado a
Madrid en 1860 continuó con su carrera periodística como director de La
Verdad {1860-1863?}. Más tarde sería también director de El
Popular {1873?-1875} y, en agosto de 1878, se encargó interinamente de
la dirección de El Pabellón Nacional, redacción que abandonó en
enero de 1879 para pasar a formar parte de la de El Mundo Político.
En ella solo duró hasta el mes de mayo, momento en que decide consagrarse a la
producción ficcional. Antes de ello, figuró también como redactor en distintas
cabeceras. Así, en mayor o menor medida, podemos encontrarnos con su firma
en La España {1860}, El Museo Universal {1861-1864}, Gaceta
musical de Madrid {1866}, la revista Diablo Mundo {1874}
o incluso en Los Lunes de El Imparcial {1867}.
Ideológicamente,
Torcuato Tárrago se nos presenta como católico y de un patriotismo sentimental.
Para lo primero sirvan aquí como argumento peregrino sus leyendas bíblicas,
publicadas en La Ilustración católica entre 1877 y 1878. Para
lo segundo, la adscripción, por El Popular, al Manifiesto de la
Liga Nacional, ante las insurrecciones americanas.
Periodismos aparte,
su principal labor literaria tiene por protagonista la novela histórica en
formato folletinesco, donde da muestras, principalmente, de su capacidad
descriptiva y de su inmensa inventiva, pues la documentación histórica en sus
historias es prácticamente nula. Muchos de estos folletines vieron la luz por
ver primera en El Periódico para Todos, que fundó junto a los también folletinistas
Manuel Fernández y González {1821-1888} y Ramón Ortega y Frías {1825-1883},
siendo luego reeditados en formato libro.
Su fecundidad
literaria guarda estrecha relación con estas críticas recurrentes hacia la
calidad de sus trabajos. Sobre ella han comentado varios autores, como por
ejemplo Julio Nombela:
Pues bien,
examinando mis notas, puedo calcular que en cada uno de los años indicados me
produjeron, uno con otro, mis trabajos literarios, novelas y periodismo, de
18.000 a 20.000 pesetas anuales. Sólo los autores dramáticos, y no los mejores,
sino los más aprovechados, ganaban por aquel tiempo tanto o más que Fernández y
González, Pérez Escrich y yo. También Ortega y Frías y Tárrago y Mateos podían
vivir con holgura, pero trabajaban menos que nosotros y por eso no nos
igualaban en las ganancias.
También Pérez Nieva
en La Dinastía el 23 de noviembre de 1889 decía:
Don Torcuato
Tárrago era el símbolo del trabajo; puede decirse que ha sucumbido con la pluma
en la mano y hasta última hora dirigió El Popular, periódico que reflejaba
fielmente la fisonomía moral de su inspirador: culta, reposada y tranquila. […]
reflejaba en su literatura la manera de ser transparente y pura de su época.
[…] Torcuato Tárrago y Mateos se había anticuado, pero fuera de ello era un
novelista discretísimo, lleno de sencillez, que manejaba con extraordinaria
maestría la fábula y el diálogo y que sabía dar a todas sus narraciones un fino
gracejo en el estilo. Respondiendo a su tiempo, fue un buen novelista por
entregas, pero teniendo sobre los cultivadores de este género la ventaja de un
gusto depurado y exquisito.
Por José Requena (La
Alhambra, 15-4-1903) sabemos que en el Guadix de 1848 se sentaba todas las
tardes junto a la Cruz del Paseo de la Catedral junto a un Alarcón de 15 años y
un Torcuato Tárrago de 25 para cambiar impresiones «sobre la reciente
revolución francesa, hablando de Víctor Hugo, de Lamartine, de Luis Felipe y de
otras muchas notabilidades de aquella época, en donde el eximio Chateaubriand,
Lord Byron y Walter Scott», según las afinidades de cada cual: «Alarcón, por
Lord Byron; Tárrago por Walter Scott; el que narra, por Chateaubriand». A estas
conversaciones seguían chascarrillos, anécdotas y tradiciones como la del cerro
del Mencal.
Su producción es a
menudo referida como literatura falsa, farragosa, melodramática, tergiversadora
de la historia y de la verdad, pero a su vez fue una de las primeras lecturas
de novelistas posteriores como Blasco Ibáñez.
Cultivó con
preferencia la novela histórica. La mayor parte de sus obras son de este
género, ya en desuso en 1889. Novelas donde lo esencial era la acción y en que
bastaba el autor procurar que el público anhelase la entrega siguiente para ver
lo que sucedía.
Una vez superado
este género, Torcuato Tárrago y Mateos pasó a engrosar la nómina de los «malos
escritores» de publicaciones como la Revista hispano-americana o
consideradas sus novelas como imitaciones inferiores de las de Julio Verne,
dando como resultado libros absurdos y extinguidos, como dice C. Bernaldo de
Quirós en La Lectura en 1914.
Producción
Son muchas las
obras que dejó escritas este escritor, e incluso algunas de ellas traspasaron
fronteras. A continuación referimos algunas de ellas.
Novelas y
folletines
· El ermitaño de Monserrate (1846)
· Los celos de una reina o El amor de una mujer: novela histórica
(1849) (1865) (1883)
· Carlos II el Hechizado: El anillo de una dama (1850)
· El dedo de Dios [segunda parte de Los celos de una reina] (1854)
· Carlos II el Hechizado: ¡No hay esperanza! (1854)
· La caza de las palomas: Memorias de la corte de Felipe IV (1857)
· El monje negro o El hambre de Madrid: novela histórica
(1857)
· Carlos IV el Bondadoso: novela histórica (1858)
· El ángel de la venganza: novela histórica (1858)
· Don Pedro de Castilla (1858)
· La estrella de Occidente (1858)
· Isaac del monte (1858)
· Cabeza de estopa (1858)
· Los huracanes de la vida (1858)
· El alma en pena (1858)
· El gran capitán (1860)
· Los piratas de la Corte (1861)
· La leyenda de los reyes (1863) (1878)
· Memorias de un hechicero (1863)
· El vaso de lágrimas (1863)
· Elisenda de Moncada (1864)
· Las dos noches (1867)
· Los siete borbones: Memorias escritas con sangre (1868)
· El secreto de una tumba (1870?)
· La monja emparedada (1871)
· El puñal de oro (1872)
· Ausencias causan olvido (1872) (1884) (1892)
· Los dos favoritos (1874)
· Historia de un sombrero blanco, impresiones de un viaje (1875) (1884)
(1910)
· La cadena del destino (1875)
· Bodas reales: novela histórica (1875)
· Los esclavos del orgullo: novela social (1875)
· Los guardias amarillos (1875)
· El nido de los duendes o La cruz de sangre: novela histórica
(1875?)
· Alta-hulfe: novela histórica (1876)
· A doce mil pies de altura (1878)
· Las tres razas (1878)
· La hija mártir (1879)
· El hijo del ladrón (1881)
· Un novio como hay pocos (1882)
· Lisardo el estudiante (1882)
· Roberto, el diablo: tradición del tiempo de las cruzadas (1883)
· Las tomadoras (1884?)
· Las cucas (1884)
· Las chulas de Madrid (1884)
· La cogida de un torero (1884)
· Carlitos el buñolero (1884)
· Sancho el Bravo: novela histórica (1885)
· ¡Descansa en paz! (1885)
· El barón de la noche: novela histórico-fantástica (1886)
· Novias y novios (1886?)
· El reloj de la muerte: páginas lúgubres del reinado de Felipe III: novela histórica
(1890)
· El rey fantasma: novela histórica (1891)
· El caballero del cuervo (s. a.)
· El doctor
Celestinus (s. a.)
· Los caballeros del
rey: novela histórica
(s. a.)
· El monje de la
montaña (s. a.)
Estudios
· El Pontificado: su
presente, su presente y su porvenir (1861)
· Turcos y rusos,
historia de la guerra de Oriente en 1877 (1879)
· Gran viaje
universal alrededor del mundo (1882).
· El mundo por dentro
o sea los grandes secretos de la humanidad
· Historia de la
guerra de Oriente en 1877 (1877)
· Edición crítica del
Quijote (1888)
· Almanaque
enciclopédico (1880)
Traducciones
· Flores sin espinas, de Paul de Kock (1878)
EL
ESCAPULARIO DE MI ABUELA
I
Mi amigo Pantaleón había sido mi compañero de
universidad, y por regla general ambos hacíamos gala de malos estudiantes. Si
bien éramos notables en el aula por nuestras constantes faltas, siempre éramos
los primeros cuando había algún alboroto estudiantil, algún conato de rebeldía
o algún alboroto doméstico. A retaguardia de los estudios, y a vanguardia de
todos los escándalos habidos y por haber, nuestra fama hacía temblar a todos
los bedeles y a todos los empleados de escaleras abajo del claustro.
Un día mi amigo Pantaleón lanzó una mirada
desdeñosa sobre todos los libros de nuestro repertorio, y me dijo con tono
doctoral:
—Chico, ya sabes que estoy volcanizado por las
piruetas de la Cachumeli, bailarina de tercer orden del Circo; tú te abrasas
por los escorzos de Pancrasina, su compañera; los dos bebemos los vientos y nos
relamemos de gusto por estas dos Euterpes de la moderna coreografía: ellas se
dejan querer… Por consiguiente, he determinado que las robemos
al empresario y nos larguemos con ellas al fin del mundo.
—¡Demonio! —exclamé entusiasmado por aquel exótico arranque de
mi amigo—: el pensamiento es sublime; la realización es
problemática. Para emprender ese largo viaje necesitamos dinero, y el dinero es
hoy el gran problema de todos los estudiantes y de todos los ministros de
Hacienda.
Pantaleón me miró con desdén, y extendió sobre la
mesa unos cuantos billetes de Banco.
—He aquí —dijo— los proyectiles que poseo para que pasemos tres
meses disfrutando de los saltos de la Cachumeli y Pancrasina.
—¡Sublime! —grité admirado—.
¿De dónde ha venido esta nueva lluvia de Dánae?
—¡Bobo! ¿Has olvidado a mi abuela?…
Mi abuela es el gran filón que poseo… Ella me manda lo que le pido cuando le hablo de
Agamenón; es decir, de cierto capitán de dragones a quien ella en sus juveniles
años dio tan mitológica nomenclatura. ¡Ah, diablo!…
Es toda una historia… historia poética, horripilante, espectral,
sublime, terrorífica, digna de figurar en las obras de Ann Radcliffe…
Escúchala, pues, y creo me darás la razón. De este modo mataremos el tiempo
mientras suena la dulce hora de ir a ver a nuestras palomas, que ocupan el más
empinado sotabanco de la calle del Piamonte…
La idea de oír contar una historia era para mí una
pesadilla; pero cuando esta historia iba a ser contada por mi amigo Pantaleón
era otra cosa.
Este guardó los billetes y se recostó en una
butaca; yo me tendí homéricamente en el sofá, y me preparé a dos cosas
razonables: a atender y a dormir.
—Ahora, escucha y tiembla —me
dijo Pantaleón—. Voy a descorrer ante ti uno de los secretos de
mi familia.
II
Mi abuela tuvo la grave desgracia de no ser bonita
en su juventud. Era morena, alta, algún tanto delgada, pero tenía un corazón
tan impresionable, como dicen los franceses, cual una burbuja de jabón lanzada
al viento.
Aún todavía conserva en el fondo de sus ojos el
fuego sagrado de sus veinte abriles, y si la conocieras, de seguro que la
apreciarías por su carácter apacible y tranquilo. Solamente desbarra cuando se
le habla de Agamenón, o sea del capitán de dragones. Le profesa un culto
que jamás se extingue en ella. Hoy vive en una casa de campo de su propiedad, y
por regla general la encuentras apoyada en una empalizada, contemplando algo
que ve en el fondo de su mente. Su traje es caprichoso y tiene algo de parecido
con el de aquellas canonesas que tanto dieron que hablar en los reinados de
Luis XIV y Luis XV de Francia. Distínguese, sobre todo, por una gorguera de
holanda, plegada y almidonada; por unos ahuecadores de la misma tela, por una
larga túnica que en abundosos pliegues le cae sobre los pies, y sobre todo por
un escapulario que pende sobre su pecho. Dicho esto, he aquí la vera effigies de
mi abuela.
Ahora escucha la historia de sus amores, historia
que está sincopada con el mencionado escapulario, y el cual de día y de noche
descansa sobre su ya helado corazón.
No creas que en él se vea la imagen piadosa de
algún santo; nada de eso. En una de sus fases está el retrato de un hombre como
de treinta años, pelo encrespado, mirada torva, bigote corto y una perilla
delgada como el filo de un cuchillo, el cual apoya una mano sobre un casco con
loba negra, y con la otra se oprime el corazón. Al reverso, se ve dibujada la
imagen de un perro.
Excusado es decirte que aquel retrato es el de
Agamenón y su perro. Además, en la misma alcoba donde mi abuela pasa gran parte
de sus horas melancólicas; cerca de la ventana por la que ve la amena y
floreciente campiña, existe sobre una mesa el perro real y efectivo, pero
hábilmente disecado, el cual, enroscado sobre sí mismo, está con la cabeza
apoyada sobre sus manos extendidas, teniendo los ojos abiertos y encendidos
como si estuviese vivo.
A cuantos ven aquel animal embalsamado mi abuela
les dice, lanzando un suspiro que se le arranca del alma:
—Así, en esa misma postura, se encontró muerto al
pobre Leal…
—Mas para que comprendas todo esto —prosiguió
Pantaleón— vamos por partes…
Escucha el fondo terrorífico de la historia, la que no dejará de entretenerte.
III
Cuando mi abuela tenía veinte años; cuando era
conocida por todos con el nombre de la señorita Lucía de Benavente, vinieron a
España aquellos Cien Mil Hijos de San Luis que el vizconde de Chateaubriand nos
enviaba con el duque de Angulema, para acabar con nuestras discordias
intestinas.
Por aquel tiempo mi abuela sabía de memoria
la Corina, de madama Staël; cantaba el ¡Triste Chactas! de
la Atala, y descifraba charadas del Periódico de las damas, lo cual
la hacía pasar por una de las más discretas señoritas que formaban el círculo
de las Niñas de la Flor de Lis.
Como este círculo tenía fama en Sevilla, que es
donde pasan las escenas que voy a referirte, a causa de su adhesión a la
monarquía absoluta, resultó que todos los salones se abrieron a la oficialidad
francesa, que acababa de llegar allí con las primeras divisiones de dicho
ejército.
Excusado es decirte que las Niñas de la Flor de Lis
se despepitaron por los militares franceses, y en las reuniones, bailes y
fiestas que se celebraban, más de cuatro infelices quedaron enredadas en los
lazos de aquel amor guerrero que las entusiasmaba hasta más no poder.
Una de estas víctimas fue la señorita Lucía de
Benavente, mi abuela, quien se rindió esclava de Mr. Laurent,
capitán de dragones, hombre que se distinguía por llevar siempre detrás de sí
un perro pachón, blanco y canela, de la más pura y hermosa raza.
Explicarte hasta qué grado llegó este amor, sería
perder un tiempo precioso. Mi abuela, a pesar de sus setenta inviernos, lo
explica maravillosamente. Principió el idilio por billetes perfumados, en donde
había siempre dos palomas pintadas acariciándose con el pico, y acabó del modo
más dramático del mundo. De día se veían en los salones de la Flor de Lis, de
noche a través de una reja que caía a un jardín, en el cual había un estanque
donde cantaban las ranas. Allí se juraban y perjuraban un amor eterno. El único
testigo de estas escenas era Leal el perro, y la luna cuando la
había. Mi abuela no pensaba más que en amar ciegamente a Mr. Laurent,
a quien poetizó con el nombre heroico de Agamenón, y este amaba, o hacía el
papel de que amaba, a mi abuela. Él le dio su retrato, que es el mismo que
existe en el escapulario; ella no sé yo lo que le daría, pero si pudiera hablar
la reja del jardín y el viejo ramaje de unos jazmines que adornan y tapizan el
antiguo muro, acaso sabríamos todo el poema misterioso de aquellos amores sin
ventura.
Cuando por último subió al período álgido la
exaltación de aquellos amores, trataron de buscar la fórmula más sencilla y
abreviada para unirse por medio del vínculo del matrimonio. Él solicitó el
permiso de sus jefes; ella el de su padre y su madre, pues entonces aún no
había papá ni mamá, de modo que pronto se extendió por Sevilla
la noticia de aquella boda, que además de unir dos corazones, parecía unir a
dos pueblos diversos y enemigos poco antes.
Se citaron al fin una noche, como la última de
aquellas dulces y solitarias veladas que habían pasado envueltos en los
perfumes del amor. Eran las diez, hora de la cita, y Lucía de Benavente se
colocó en la poética reja a esperar a su amante. La luna, pues siempre este
astro hace un admirable papel en todos casos, enviaba sus plácidos rayos sobre
la figura intranquila de mi enamorada abuela. La calle solitaria, la noche
silenciosa, y una calma cada vez más profunda, eran otros tantos auxiliares
para aumentar el encanto de aquellas esperanzas del corazón.
Pero pasó media hora y Agamenón no parecía. Mi
abuela principió a alarmarse, pues conocía la exactitud de su amante: entonces
se fijó en todos los rumores de la noche y tuvo miedo. Algunos pasos resonaban
en el fondo de la calle, los cuales se alejaban y perdían al poco tiempo.
Algunos minutos después resonaron las once en los relojes de la ciudad. Aquella
hora de ansiedad pareció un siglo a la atribulada Lucía. A las once y media,
cuando se afanaba en mirar a través de la reja hacia el fondo de la calle, vio
al perro Leal, al hermoso y querido pachón del capitán de dragones, pasar
solo y precipitado por delante de la mencionada reja. El perro se detuvo,
olfateó en todas direcciones, miró a Lucía, agitó la cola en demostración de
cariño, y desapareció en seguida con una rapidez extraordinaria.
Lucía principió a llamar a Leal, pero este se
alejó lanzando un ladrido extraño y triste.
Mi abuela tembló, y así pasó otra hora.
Cerca era de la una cuando de nuevo
volvió Leal a la reja, donde sabía que todas las noches iba su amo.
Entonces el perro miró a Lucía, olfateó en todas direcciones y lanzó algunos
gruñidos expresivos, como si interrogase a mi abuela acerca del paradero del
capitán.
Esta comprendió la ansiedad del perro, y a su vez
le preguntó.
—Leal, Leal, ¿dónde se encuentra tu amo?
Algunos ladridos angustiosos fue la respuesta del
noble animal, y a seguida desapareció a todo escape.
Entonces mi abuela principió a presentir alguna
desgracia y continuó en la reja hasta que brillaron los rayos del
día. Leal no había vuelto a parecer, y esto era más alarmante. Se
retiró a su alcoba y mandó en seguida a un criado de confianza para que tomase
informes acerca de su adorado Agamenón, el capitán Laurent.
El criado volvió al cabo de dos horas, diciendo que
el referido capitán había salido temprano la noche anterior de su casa y no
había vuelto aún a ella. Además, no se había presentado en el cuartel, y los
oficiales de su compañía ignoraban por completo el paradero de su jefe.
Esto aumentó la zozobra, inquietud y tormentos de
mi abuela. La corona de flores de su dicha se desbarataba bajo el aliento de la
adversidad. Entonces principiaron nuevas averiguaciones; mas por muchos
informes y detalles que se tomaban, nada se sacaba en claro acerca del bravo
Agamenón. La desaparición de este pasó al dominio público, y en todos los
círculos de Sevilla no se hablaba de otra cosa. Excusado es decir la situación
de mi abuela. Esta nueva Eloísa principió a sufrir todos los tormentos imaginables.
A la noche siguiente, dominada por una vaga
esperanza, volvió a la querida reja, confidente de sus amores, y aunque
Agamenón, o sea el capitán de dragones, no pareció, se
presentó Leal por tres veces en busca de su amo.
Mi abuela encargó a uno de sus criados que siguiese
al perro, pero este se perdía fácilmente a causa de la rapidez de su marcha.
A los tres días se declaró oficialmente por la
orden del día de la división francesa, que el capitán de dragones Mr. Laurent había
desaparecido.
Leal volvía todas las noches, pero a seguida
se marchaba con doble rapidez. Se conocía que el pobre perro no comía por lo
delgado que se iba poniendo. Mi abuela estaba casi loca: todas sus esperanzas
morían, y su amor, cada vez más vehemente, la condujo a un estado de postración
inmensa.
De esta postración a una enfermedad, no había más
que un paso, y la enfermedad vino, y no se murió porque, como dice Espronceda,
…
no se mueren de amor
las mujeres hoy en día.
Pero ¿qué había sido del capitán Laurent?
El coronel de su regimiento, las autoridades de Sevilla y la familia de mi
abuela se encargaron de saberlo, y he aquí el resultado de esas pesquisas.
IV
El capitán Laurent salió
como siempre seguido de su perro en la noche de la desaparición. En otras
noches su asistente le había acompañado, pero entonces rechazó toda clase de
compañía. Se le vio atravesar por la Alameda de Hércules a eso de las nueve y
media. Unos soldados así lo declararon, añadiendo además que iba con tres o
cuatro embozados. Después de este detalle nadie supo más. Los vecinos de la
parroquia de San Lorenzo aseguraban que el perro Leal iba y venía
durante la noche por aquel barrio. A los seis días, hasta el perro no volvió a
aparecer.
Sin embargo, Leal vivía y el noble perro
fue causa para que se supiese algo de la misteriosa desaparición del capitán de
dragones.
Fuera ya de Sevilla, y en un grupo de antiguas
casas que han desaparecido, había una, cuya puerta era muy baja y estaba
chapeada de hierro. En esta puerta se estuvo viendo un perro pachón por espacio
de bastantes días, que no se movía de aquel sitio. El animal ni comía ni bebía,
y se fue quedando en los huesos y el pellejo solamente.
Afortunadamente, un soldado de dragones pasó por
aquel sitio y conoció en el desdichado perro al noble y valiente Leal. El
soldado dio parte a su coronel, este avisó a la familia de mi abuela: esta, que
se hallaba convaleciente, se enteró del caso, y todos se encaminaron a la casa
solitaria.
En efecto, en la puerta estaba el perro enroscado y
moribundo.
—Leal, Leal —exclamó
mi abuela al conocer al digno animal—: Leal, ¿dónde está tu amo?
Levantó el perro la cabeza y lanzó un ladrido
agonizante; agitó la cola, y poco después lanzaba su último suspiro.
Leal moría de hambre cayendo para siempre en
el umbral de aquella puerta.
V
Entonces se supo que en las habitaciones casi
subterráneas de aquella casa se había reunido una sociedad peligrosa que
concurría a celebrar allí sus tenebrosos conciliábulos.
Una noche entró allí el capitán Mr. Laurent,
el bravo Agamenón de mi abuela, y esta es la bendita hora que no ha vuelto a
salir.
¿Qué fue de él? Todavía no se sabe.
VI
Mi abuela sufrió una segunda enfermedad más
terrible que la primera; se llevó el cadáver de Leal, que más fiel que
ella supo morir por su amo… y lo embalsamó.
Después se colocó sobre el pecho el escapulario que
he descrito, y por el cual se sabe toda esta terrible historia.
Sin embargo… ¡horrorízate! Mi abuela, a pesar de unos amores
tan trágicos, se casó al cabo de cinco años y disfrutó de las delicias
matrimoniales cuatro lustros y medio.
Viuda ya, consagró un eterno culto al capitán de
dragones.
Hoy, en la casa de campo donde vive, cuenta a todo
el mundo la trágica historia de sus amores; recuerda los aires de
la Atala, y lee en su libro favorito la Corina.
En su testamento me ha legado el escapulario y el
perro…
Por eso, para sacarle dinero cuando lo necesito, le
escribo en griego, recitándole los versos que Homero consagra a Agamenón.
Con que he aquí la historia de mi abuela y de su
escapulario… Creo, pues, amigo mío, debe haberte distraído…
Ahora, como hemos pasado el tiempo en estos recuerdos de ultratumba…
volvamos a la vida. La Cachumeli y Pancrasina nos esperan. ¿Te parece lógico
que marchemos a verlas?
—Sí, sí; en este mismo instante —contesté—;
cada cosa en su tiempo: esto es, tu abuela con lo pasado, y nosotros con lo
presente. ¡Qué sería de nosotros si solo viviéramos con el tiempo pretérito!
FIN

