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Libro N° 14703. El Escapulario De Mi Abuela. Tárrago Y Mateos, Torcuato.

Guillermo Molina Miranda mayo 20, 2026


© Libro N° 14703. El Escapulario De Mi Abuela. Tárrago Y Mateos, Torcuato. Emancipación. Enero 17 de 2026

 

Título Original: © El Escapulario De Mi Abuela. Torcuato Tárrago Y Mateos

 

Versión Original: © El Escapulario De Mi Abuela. Torcuato Tárrago Y Mateos

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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EL ESCAPULARIO DE MI ABUELA

Torcuato Tárrago Y Mateos


 

 

El Escapulario De Mi Abuela

Torcuato Tárrago Y Mateos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

Table of Contents

Nota previa

Autor

El escapulario de mi abuela

I

II

III

IV

V

VI

 

 

 

 

 

 

 

Nota previa

Se reproduce a continuación el relato El escapulario de mi abuela, de Torcuato Tárrago y Mateos.

Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir del texto publicado en el semanario El Periódico para Todos en el año 1874 (época I, año III, núm. 25).

El texto se corresponde con el identificador editorial GYP-NB0447, habiéndose podido actualizar su ortografía y gramática de acuerdo con las reglas vigentes del idioma español. Estos cambios suponen, en el plano ortográfico, la supresión del acento en monosílabos y la actualización de aquel léxico técnico y/o extranjerismos que están actualmente integrados en el idioma. En el plano gramatical ha podido variar el texto en relación a la disposición de signos de puntuación, principalmente en relación al empleo de la raya.

En cuanto a la licencia de esta edición debe tenerse en cuenta que el texto reproducido es de dominio público (Torcuato Tárrago y Mateos falleció en 1889). Por otra parte, tanto la portada como la edición aquí presentadas se distribuyen gratuitamente bajo licencia Creative Commons por la editorial electrónica Ganso y Pulpo, que espera se comparta en los mismos términos que los estipulados originalmente (edición íntegra, sin ánimo de lucro y respetuosa tanto con el texto como con el trabajo desempeñado por la editorial).

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Ganso y Pulpo

Creación: Barcelona, 04 de diciembre de 2019

 

 

 

 

 

 

 

 

Torcuato Tárrago y Mateos

Nacimiento1822

Guadix, España

Defunción1889

Madrid, España

MovimientoNovelista histórico

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Introducción

He aquí uno de los cuatro pilares que sustentaron la novela histórica española a mediados del siglo XIX. Un género habitualmente editado por entregas, con sus lances extraordinarios, sus aventuras estupendas y su intriga enrevesada. Al igual que Scott en Gran Bretaña o Dumas en Francia, en España fue representada principalmente por Fernández y González, Ortega y Frías, Pérez Escrich y Tárrago y Mateos; pronto considerados autores de medianías, escritores de pluma gorda y adalides de un pésimo gusto. No obstante, su relevancia en la novela popular fue fundamental y la reacción de sus lectores, una vez crecidos, bien recuerda a la necesidad edípica de matar al padre. Novelas que hicieron las delicias de su infancia, en 1890 ya estaban relegadas a la venta por peso y su presencia en los baratillos para recreo de soldados y gentes de servir.

Ganso y Pulpo reedita parte de su producción desde el 7 de abril de 2016.

Semblanza

Hijo de Francisco Tárrago Riquelme y María Josefa Mateos Galera, nació el día 10 de mayo de 1822 en la Placeta Correo Viejo de Guadix. El pueblo presentaba entonces un ambiente a medio camino entre lo rural y lo urbano y, en la década de 1830, el espíritu liberal trajo consigo la apertura de algunos locales culturales de dependencia municipal como es el caso de El Pósito, donde se iniciaron representaciones teatrales, recitales de poesía, actuaciones musicales y veladas literarias. Pocos años más tarde, Tárrago y Mateos, liderando un grupo de jóvenes con altas inquietudes culturales, creó una sociedad llamada La Tertulia que, como los liceos de la época, pretendía ser foro de creación artística y debate intelectual. Pedro Antonio de Alarcón, que contaba entonces doce o trece años, vio en ella un lugar donde desarrollar su capacidad creativa, convirtiéndose para él Torcuato Tárrago en un referente cultural de primer orden.

Es precisamente junto con Alarcón con quien emprendió la publicación en Cádiz y Granada de El Eco de Occidente, semanario de literatura, ciencias y artes, con el que ganaron, en el transcurso de tres años, el dinero necesario para ir a Madrid. Tras breve estancia en la capital, Tárrago y Mateos vuelve a Andalucía, donde escribió tres de sus novelas más populares: El Gran Capitán, Los huracanes de la vida y El Ángel de la venganza. No obstante, en 1860 regresó a Madrid como director del periódico La Verdad.

En el plano familiar, contrajo matrimonio con la también accitana María Dolores Torres Martínez-Carrasco el 14 de mayo de 1849. Con ella fue padre de cinco hijos: tres hombres y dos mujeres.

Con una vida consagrada al trabajo, las primeras noticias de su enfermedad se remontan a octubre de 1886 y en julio de 1888 se temía por su vida, atenazado como estaba por continuos ataques de uremia. Finalmente, sucumbió, pobre y prácticamente olvidado, el 16 de noviembre de 1889 en su casa de Carabanchel Alto, una semana después de que lo hiciera su esposa.

Labor literaria

Los comienzos literarios de Tárrago y Mateos están ligados a la industria periodística, con el lanzamiento del semanario El Eco de Occidente junto a Alarcón. Su colaborador gaditano fue Gaspar La Serna {que en 1852 fue juez de primera instancia de Guadix} y fue publicado en Cádiz por Manuel María Hazañas {director de loterías en 1859 y a quien Tárrago dedicó La caza de palomas en 1857}. El periódico hizo fortuna entre los suscriptores y los socios capitalistas de Cádiz cedieron a los escritores todo lo que sacaran de las suscripciones de Granada. Tras la desaparición del Eco, se aventuraron con El Panorama Accitano, con buen éxito en Guadix. Por otra parte, en noviembre de 1856 comenzó a publicarse en Sevilla El Cisne, un periódico literario redactado por Antonio Gamero, Alarcón, Manuel de la Pedrueca, Tárrago y Francisco Liberal y Cabrera.

Recién llegado a Madrid en 1860 continuó con su carrera periodística como director de La Verdad {1860-1863?}. Más tarde sería también director de El Popular {1873?-1875} y, en agosto de 1878, se encargó interinamente de la dirección de El Pabellón Nacional, redacción que abandonó en enero de 1879 para pasar a formar parte de la de El Mundo Político. En ella solo duró hasta el mes de mayo, momento en que decide consagrarse a la producción ficcional. Antes de ello, figuró también como redactor en distintas cabeceras. Así, en mayor o menor medida, podemos encontrarnos con su firma en La España {1860}, El Museo Universal {1861-1864}, Gaceta musical de Madrid {1866}, la revista Diablo Mundo {1874} o incluso en Los Lunes de El Imparcial {1867}.

Ideológicamente, Torcuato Tárrago se nos presenta como católico y de un patriotismo sentimental. Para lo primero sirvan aquí como argumento peregrino sus leyendas bíblicas, publicadas en La Ilustración católica entre 1877 y 1878. Para lo segundo, la adscripción, por El Popular, al Manifiesto de la Liga Nacional, ante las insurrecciones americanas.

Periodismos aparte, su principal labor literaria tiene por protagonista la novela histórica en formato folletinesco, donde da muestras, principalmente, de su capacidad descriptiva y de su inmensa inventiva, pues la documentación histórica en sus historias es prácticamente nula. Muchos de estos folletines vieron la luz por ver primera en El Periódico para Todos, que fundó junto a los también folletinistas Manuel Fernández y González {1821-1888} y Ramón Ortega y Frías {1825-1883}, siendo luego reeditados en formato libro.

Su fecundidad literaria guarda estrecha relación con estas críticas recurrentes hacia la calidad de sus trabajos. Sobre ella han comentado varios autores, como por ejemplo Julio Nombela:

Pues bien, examinando mis notas, puedo calcular que en cada uno de los años indicados me produjeron, uno con otro, mis trabajos literarios, novelas y periodismo, de 18.000 a 20.000 pesetas anuales. Sólo los autores dramáticos, y no los mejores, sino los más aprovechados, ganaban por aquel tiempo tanto o más que Fernández y González, Pérez Escrich y yo. También Ortega y Frías y Tárrago y Mateos podían vivir con holgura, pero trabajaban menos que nosotros y por eso no nos igualaban en las ganancias.

También Pérez Nieva en La Dinastía el 23 de noviembre de 1889 decía:

Don Torcuato Tárrago era el símbolo del trabajo; puede decirse que ha sucumbido con la pluma en la mano y hasta última hora dirigió El Popular, periódico que reflejaba fielmente la fisonomía moral de su inspirador: culta, reposada y tranquila. […] reflejaba en su literatura la manera de ser transparente y pura de su época. […] Torcuato Tárrago y Mateos se había anticuado, pero fuera de ello era un novelista discretísimo, lleno de sencillez, que manejaba con extraordinaria maestría la fábula y el diálogo y que sabía dar a todas sus narraciones un fino gracejo en el estilo. Respondiendo a su tiempo, fue un buen novelista por entregas, pero teniendo sobre los cultivadores de este género la ventaja de un gusto depurado y exquisito.

Por José Requena (La Alhambra, 15-4-1903) sabemos que en el Guadix de 1848 se sentaba todas las tardes junto a la Cruz del Paseo de la Catedral junto a un Alarcón de 15 años y un Torcuato Tárrago de 25 para cambiar impresiones «sobre la reciente revolución francesa, hablando de Víctor Hugo, de Lamartine, de Luis Felipe y de otras muchas notabilidades de aquella época, en donde el eximio Chateaubriand, Lord Byron y Walter Scott», según las afinidades de cada cual: «Alarcón, por Lord Byron; Tárrago por Walter Scott; el que narra, por Chateaubriand». A estas conversaciones seguían chascarrillos, anécdotas y tradiciones como la del cerro del Mencal.

Su producción es a menudo referida como literatura falsa, farragosa, melodramática, tergiversadora de la historia y de la verdad, pero a su vez fue una de las primeras lecturas de novelistas posteriores como Blasco Ibáñez.

Cultivó con preferencia la novela histórica. La mayor parte de sus obras son de este género, ya en desuso en 1889. Novelas donde lo esencial era la acción y en que bastaba el autor procurar que el público anhelase la entrega siguiente para ver lo que sucedía.

Una vez superado este género, Torcuato Tárrago y Mateos pasó a engrosar la nómina de los «malos escritores» de publicaciones como la Revista hispano-americana o consideradas sus novelas como imitaciones inferiores de las de Julio Verne, dando como resultado libros absurdos y extinguidos, como dice C. Bernaldo de Quirós en La Lectura en 1914.

Producción

Son muchas las obras que dejó escritas este escritor, e incluso algunas de ellas traspasaron fronteras. A continuación referimos algunas de ellas.

Novelas y folletines

·    El ermitaño de Monserrate (1846)

·    Los celos de una reina o El amor de una mujer: novela histórica (1849) (1865) (1883)

·    Carlos II el Hechizado: El anillo de una dama (1850)

·    El dedo de Dios [segunda parte de Los celos de una reina] (1854)

·    Carlos II el Hechizado: ¡No hay esperanza! (1854)

·    La caza de las palomas: Memorias de la corte de Felipe IV (1857)

·    El monje negro o El hambre de Madrid: novela histórica (1857)

·    Carlos IV el Bondadoso: novela histórica (1858)

·    El ángel de la venganza: novela histórica (1858)

·    Don Pedro de Castilla (1858)

·    La estrella de Occidente (1858)

·    Isaac del monte (1858)

·    Cabeza de estopa (1858)

·    Los huracanes de la vida (1858)

·    El alma en pena (1858)

·    El gran capitán (1860)

·    Los piratas de la Corte (1861)

·    La leyenda de los reyes (1863) (1878)

·    Memorias de un hechicero (1863)

·    El vaso de lágrimas (1863)

·    Elisenda de Moncada (1864)

·    Las dos noches (1867)

·    Los siete borbones: Memorias escritas con sangre (1868)

·    El secreto de una tumba (1870?)

·    La monja emparedada (1871)

·    El puñal de oro (1872)

·    Ausencias causan olvido (1872) (1884) (1892)

·    Los dos favoritos (1874)

·    Historia de un sombrero blanco, impresiones de un viaje (1875) (1884) (1910)

·    La cadena del destino (1875)

·    Bodas reales: novela histórica (1875)

·    Los esclavos del orgullo: novela social (1875)

·    Los guardias amarillos (1875)

·    El nido de los duendes o La cruz de sangre: novela histórica (1875?)

·    Alta-hulfe: novela histórica (1876)

·    A doce mil pies de altura (1878)

·    Las tres razas (1878)

·    La hija mártir (1879)

·    El hijo del ladrón (1881)

·    Un novio como hay pocos (1882)

·    Lisardo el estudiante (1882)

·    Roberto, el diablo: tradición del tiempo de las cruzadas (1883)

·    Las tomadoras (1884?)

·    Las cucas (1884)

·    Las chulas de Madrid (1884)

·    La cogida de un torero (1884)

·    Carlitos el buñolero (1884)

·    Sancho el Bravo: novela histórica (1885)

·    ¡Descansa en paz! (1885)

·    El barón de la noche: novela histórico-fantástica (1886)

·    Novias y novios (1886?)

·    El reloj de la muerte: páginas lúgubres del reinado de Felipe III: novela histórica (1890)

·    El rey fantasma: novela histórica (1891)

·    El caballero del cuervo (s. a.)

·    El doctor Celestinus (s. a.)

·    Los caballeros del rey: novela histórica (s. a.)

·    El monje de la montaña (s. a.)

Estudios

·    El Pontificado: su presente, su presente y su porvenir (1861)

·    Turcos y rusos, historia de la guerra de Oriente en 1877 (1879)

·    Gran viaje universal alrededor del mundo (1882).

·    El mundo por dentro o sea los grandes secretos de la humanidad

·    Historia de la guerra de Oriente en 1877 (1877)

·    Edición crítica del Quijote (1888)

·    Almanaque enciclopédico (1880)

Traducciones

·    Flores sin espinas, de Paul de Kock (1878)

 

EL ESCAPULARIO DE MI ABUELA

 

I

Mi amigo Pantaleón había sido mi compañero de universidad, y por regla general ambos hacíamos gala de malos estudiantes. Si bien éramos notables en el aula por nuestras constantes faltas, siempre éramos los primeros cuando había algún alboroto estudiantil, algún conato de rebeldía o algún alboroto doméstico. A retaguardia de los estudios, y a vanguardia de todos los escándalos habidos y por haber, nuestra fama hacía temblar a todos los bedeles y a todos los empleados de escaleras abajo del claustro.

Un día mi amigo Pantaleón lanzó una mirada desdeñosa sobre todos los libros de nuestro repertorio, y me dijo con tono doctoral:

—Chico, ya sabes que estoy volcanizado por las piruetas de la Cachumeli, bailarina de tercer orden del Circo; tú te abrasas por los escorzos de Pancrasina, su compañera; los dos bebemos los vientos y nos relamemos de gusto por estas dos Euterpes de la moderna coreografía: ellas se dejan querer… Por consiguiente, he determinado que las robemos al empresario y nos larguemos con ellas al fin del mundo.

—¡Demonio! —exclamé entusiasmado por aquel exótico arranque de mi amigo—: el pensamiento es sublime; la realización es problemática. Para emprender ese largo viaje necesitamos dinero, y el dinero es hoy el gran problema de todos los estudiantes y de todos los ministros de Hacienda.

Pantaleón me miró con desdén, y extendió sobre la mesa unos cuantos billetes de Banco.

—He aquí —dijo— los proyectiles que poseo para que pasemos tres meses disfrutando de los saltos de la Cachumeli y Pancrasina.

—¡Sublime! —grité admirado—. ¿De dónde ha venido esta nueva lluvia de Dánae?

—¡Bobo! ¿Has olvidado a mi abuela?… Mi abuela es el gran filón que poseo… Ella me manda lo que le pido cuando le hablo de Agamenón; es decir, de cierto capitán de dragones a quien ella en sus juveniles años dio tan mitológica nomenclatura. ¡Ah, diablo!… Es toda una historia… historia poética, horripilante, espectral, sublime, terrorífica, digna de figurar en las obras de Ann Radcliffe… Escúchala, pues, y creo me darás la razón. De este modo mataremos el tiempo mientras suena la dulce hora de ir a ver a nuestras palomas, que ocupan el más empinado sotabanco de la calle del Piamonte

La idea de oír contar una historia era para mí una pesadilla; pero cuando esta historia iba a ser contada por mi amigo Pantaleón era otra cosa.

Este guardó los billetes y se recostó en una butaca; yo me tendí homéricamente en el sofá, y me preparé a dos cosas razonables: a atender y a dormir.

—Ahora, escucha y tiembla —me dijo Pantaleón—. Voy a descorrer ante ti uno de los secretos de mi familia.

  

II

Mi abuela tuvo la grave desgracia de no ser bonita en su juventud. Era morena, alta, algún tanto delgada, pero tenía un corazón tan impresionable, como dicen los franceses, cual una burbuja de jabón lanzada al viento.

Aún todavía conserva en el fondo de sus ojos el fuego sagrado de sus veinte abriles, y si la conocieras, de seguro que la apreciarías por su carácter apacible y tranquilo. Solamente desbarra cuando se le habla de Agamenón, o sea del capitán de dragones. Le profesa un culto que jamás se extingue en ella. Hoy vive en una casa de campo de su propiedad, y por regla general la encuentras apoyada en una empalizada, contemplando algo que ve en el fondo de su mente. Su traje es caprichoso y tiene algo de parecido con el de aquellas canonesas que tanto dieron que hablar en los reinados de Luis XIV y Luis XV de Francia. Distínguese, sobre todo, por una gorguera de holanda, plegada y almidonada; por unos ahuecadores de la misma tela, por una larga túnica que en abundosos pliegues le cae sobre los pies, y sobre todo por un escapulario que pende sobre su pecho. Dicho esto, he aquí la vera effigies de mi abuela.

Ahora escucha la historia de sus amores, historia que está sincopada con el mencionado escapulario, y el cual de día y de noche descansa sobre su ya helado corazón.

No creas que en él se vea la imagen piadosa de algún santo; nada de eso. En una de sus fases está el retrato de un hombre como de treinta años, pelo encrespado, mirada torva, bigote corto y una perilla delgada como el filo de un cuchillo, el cual apoya una mano sobre un casco con loba negra, y con la otra se oprime el corazón. Al reverso, se ve dibujada la imagen de un perro.

Excusado es decirte que aquel retrato es el de Agamenón y su perro. Además, en la misma alcoba donde mi abuela pasa gran parte de sus horas melancólicas; cerca de la ventana por la que ve la amena y floreciente campiña, existe sobre una mesa el perro real y efectivo, pero hábilmente disecado, el cual, enroscado sobre sí mismo, está con la cabeza apoyada sobre sus manos extendidas, teniendo los ojos abiertos y encendidos como si estuviese vivo.

A cuantos ven aquel animal embalsamado mi abuela les dice, lanzando un suspiro que se le arranca del alma:

—Así, en esa misma postura, se encontró muerto al pobre Leal

—Mas para que comprendas todo esto —prosiguió Pantaleón— vamos por partes… Escucha el fondo terrorífico de la historia, la que no dejará de entretenerte.

  

III

Cuando mi abuela tenía veinte años; cuando era conocida por todos con el nombre de la señorita Lucía de Benavente, vinieron a España aquellos Cien Mil Hijos de San Luis que el vizconde de Chateaubriand nos enviaba con el duque de Angulema, para acabar con nuestras discordias intestinas.

Por aquel tiempo mi abuela sabía de memoria la Corina, de madama Staël; cantaba el ¡Triste Chactas! de la Atala, y descifraba charadas del Periódico de las damas, lo cual la hacía pasar por una de las más discretas señoritas que formaban el círculo de las Niñas de la Flor de Lis.

Como este círculo tenía fama en Sevilla, que es donde pasan las escenas que voy a referirte, a causa de su adhesión a la monarquía absoluta, resultó que todos los salones se abrieron a la oficialidad francesa, que acababa de llegar allí con las primeras divisiones de dicho ejército.

Excusado es decirte que las Niñas de la Flor de Lis se despepitaron por los militares franceses, y en las reuniones, bailes y fiestas que se celebraban, más de cuatro infelices quedaron enredadas en los lazos de aquel amor guerrero que las entusiasmaba hasta más no poder.

Una de estas víctimas fue la señorita Lucía de Benavente, mi abuela, quien se rindió esclava de Mr. Laurent, capitán de dragones, hombre que se distinguía por llevar siempre detrás de sí un perro pachón, blanco y canela, de la más pura y hermosa raza.

Explicarte hasta qué grado llegó este amor, sería perder un tiempo precioso. Mi abuela, a pesar de sus setenta inviernos, lo explica maravillosamente. Principió el idilio por billetes perfumados, en donde había siempre dos palomas pintadas acariciándose con el pico, y acabó del modo más dramático del mundo. De día se veían en los salones de la Flor de Lis, de noche a través de una reja que caía a un jardín, en el cual había un estanque donde cantaban las ranas. Allí se juraban y perjuraban un amor eterno. El único testigo de estas escenas era Leal el perro, y la luna cuando la había. Mi abuela no pensaba más que en amar ciegamente a Mr. Laurent, a quien poetizó con el nombre heroico de Agamenón, y este amaba, o hacía el papel de que amaba, a mi abuela. Él le dio su retrato, que es el mismo que existe en el escapulario; ella no sé yo lo que le daría, pero si pudiera hablar la reja del jardín y el viejo ramaje de unos jazmines que adornan y tapizan el antiguo muro, acaso sabríamos todo el poema misterioso de aquellos amores sin ventura.

Cuando por último subió al período álgido la exaltación de aquellos amores, trataron de buscar la fórmula más sencilla y abreviada para unirse por medio del vínculo del matrimonio. Él solicitó el permiso de sus jefes; ella el de su padre y su madre, pues entonces aún no había papá ni mamá, de modo que pronto se extendió por Sevilla la noticia de aquella boda, que además de unir dos corazones, parecía unir a dos pueblos diversos y enemigos poco antes.

Se citaron al fin una noche, como la última de aquellas dulces y solitarias veladas que habían pasado envueltos en los perfumes del amor. Eran las diez, hora de la cita, y Lucía de Benavente se colocó en la poética reja a esperar a su amante. La luna, pues siempre este astro hace un admirable papel en todos casos, enviaba sus plácidos rayos sobre la figura intranquila de mi enamorada abuela. La calle solitaria, la noche silenciosa, y una calma cada vez más profunda, eran otros tantos auxiliares para aumentar el encanto de aquellas esperanzas del corazón.

Pero pasó media hora y Agamenón no parecía. Mi abuela principió a alarmarse, pues conocía la exactitud de su amante: entonces se fijó en todos los rumores de la noche y tuvo miedo. Algunos pasos resonaban en el fondo de la calle, los cuales se alejaban y perdían al poco tiempo. Algunos minutos después resonaron las once en los relojes de la ciudad. Aquella hora de ansiedad pareció un siglo a la atribulada Lucía. A las once y media, cuando se afanaba en mirar a través de la reja hacia el fondo de la calle, vio al perro Leal, al hermoso y querido pachón del capitán de dragones, pasar solo y precipitado por delante de la mencionada reja. El perro se detuvo, olfateó en todas direcciones, miró a Lucía, agitó la cola en demostración de cariño, y desapareció en seguida con una rapidez extraordinaria.

Lucía principió a llamar a Leal, pero este se alejó lanzando un ladrido extraño y triste.

Mi abuela tembló, y así pasó otra hora.

Cerca era de la una cuando de nuevo volvió Leal a la reja, donde sabía que todas las noches iba su amo. Entonces el perro miró a Lucía, olfateó en todas direcciones y lanzó algunos gruñidos expresivos, como si interrogase a mi abuela acerca del paradero del capitán.

Esta comprendió la ansiedad del perro, y a su vez le preguntó.

—Leal, Leal, ¿dónde se encuentra tu amo?

Algunos ladridos angustiosos fue la respuesta del noble animal, y a seguida desapareció a todo escape.

Entonces mi abuela principió a presentir alguna desgracia y continuó en la reja hasta que brillaron los rayos del día. Leal no había vuelto a parecer, y esto era más alarmante. Se retiró a su alcoba y mandó en seguida a un criado de confianza para que tomase informes acerca de su adorado Agamenón, el capitán Laurent.

El criado volvió al cabo de dos horas, diciendo que el referido capitán había salido temprano la noche anterior de su casa y no había vuelto aún a ella. Además, no se había presentado en el cuartel, y los oficiales de su compañía ignoraban por completo el paradero de su jefe.

Esto aumentó la zozobra, inquietud y tormentos de mi abuela. La corona de flores de su dicha se desbarataba bajo el aliento de la adversidad. Entonces principiaron nuevas averiguaciones; mas por muchos informes y detalles que se tomaban, nada se sacaba en claro acerca del bravo Agamenón. La desaparición de este pasó al dominio público, y en todos los círculos de Sevilla no se hablaba de otra cosa. Excusado es decir la situación de mi abuela. Esta nueva Eloísa principió a sufrir todos los tormentos imaginables.

A la noche siguiente, dominada por una vaga esperanza, volvió a la querida reja, confidente de sus amores, y aunque Agamenón, o sea el capitán de dragones, no pareció, se presentó Leal por tres veces en busca de su amo.

Mi abuela encargó a uno de sus criados que siguiese al perro, pero este se perdía fácilmente a causa de la rapidez de su marcha.

A los tres días se declaró oficialmente por la orden del día de la división francesa, que el capitán de dragones Mr. Laurent había desaparecido.

Leal volvía todas las noches, pero a seguida se marchaba con doble rapidez. Se conocía que el pobre perro no comía por lo delgado que se iba poniendo. Mi abuela estaba casi loca: todas sus esperanzas morían, y su amor, cada vez más vehemente, la condujo a un estado de postración inmensa.

De esta postración a una enfermedad, no había más que un paso, y la enfermedad vino, y no se murió porque, como dice Espronceda,

… no se mueren de amor

las mujeres hoy en día.

Pero ¿qué había sido del capitán Laurent? El coronel de su regimiento, las autoridades de Sevilla y la familia de mi abuela se encargaron de saberlo, y he aquí el resultado de esas pesquisas.

  

IV

El capitán Laurent salió como siempre seguido de su perro en la noche de la desaparición. En otras noches su asistente le había acompañado, pero entonces rechazó toda clase de compañía. Se le vio atravesar por la Alameda de Hércules a eso de las nueve y media. Unos soldados así lo declararon, añadiendo además que iba con tres o cuatro embozados. Después de este detalle nadie supo más. Los vecinos de la parroquia de San Lorenzo aseguraban que el perro Leal iba y venía durante la noche por aquel barrio. A los seis días, hasta el perro no volvió a aparecer.

Sin embargo, Leal vivía y el noble perro fue causa para que se supiese algo de la misteriosa desaparición del capitán de dragones.

Fuera ya de Sevilla, y en un grupo de antiguas casas que han desaparecido, había una, cuya puerta era muy baja y estaba chapeada de hierro. En esta puerta se estuvo viendo un perro pachón por espacio de bastantes días, que no se movía de aquel sitio. El animal ni comía ni bebía, y se fue quedando en los huesos y el pellejo solamente.

Afortunadamente, un soldado de dragones pasó por aquel sitio y conoció en el desdichado perro al noble y valiente Leal. El soldado dio parte a su coronel, este avisó a la familia de mi abuela: esta, que se hallaba convaleciente, se enteró del caso, y todos se encaminaron a la casa solitaria.

En efecto, en la puerta estaba el perro enroscado y moribundo.

—Leal, Leal —exclamó mi abuela al conocer al digno animal—: Leal, ¿dónde está tu amo?

Levantó el perro la cabeza y lanzó un ladrido agonizante; agitó la cola, y poco después lanzaba su último suspiro.

Leal moría de hambre cayendo para siempre en el umbral de aquella puerta.

  

V

Entonces se supo que en las habitaciones casi subterráneas de aquella casa se había reunido una sociedad peligrosa que concurría a celebrar allí sus tenebrosos conciliábulos.

Una noche entró allí el capitán Mr. Laurent, el bravo Agamenón de mi abuela, y esta es la bendita hora que no ha vuelto a salir.

¿Qué fue de él? Todavía no se sabe.

  

VI

Mi abuela sufrió una segunda enfermedad más terrible que la primera; se llevó el cadáver de Leal, que más fiel que ella supo morir por su amo… y lo embalsamó.

Después se colocó sobre el pecho el escapulario que he descrito, y por el cual se sabe toda esta terrible historia.

Sin embargo… ¡horrorízate! Mi abuela, a pesar de unos amores tan trágicos, se casó al cabo de cinco años y disfrutó de las delicias matrimoniales cuatro lustros y medio.

Viuda ya, consagró un eterno culto al capitán de dragones.

Hoy, en la casa de campo donde vive, cuenta a todo el mundo la trágica historia de sus amores; recuerda los aires de la Atala, y lee en su libro favorito la Corina.

En su testamento me ha legado el escapulario y el perro

Por eso, para sacarle dinero cuando lo necesito, le escribo en griego, recitándole los versos que Homero consagra a Agamenón.

Con que he aquí la historia de mi abuela y de su escapulario… Creo, pues, amigo mío, debe haberte distraído… Ahora, como hemos pasado el tiempo en estos recuerdos de ultratumba… volvamos a la vida. La Cachumeli y Pancrasina nos esperan. ¿Te parece lógico que marchemos a verlas?

—Sí, sí; en este mismo instante —contesté—; cada cosa en su tiempo: esto es, tu abuela con lo pasado, y nosotros con lo presente. ¡Qué sería de nosotros si solo viviéramos con el tiempo pretérito!


FIN

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