Libro N° 14702. El Monstruo De Arcilla. Blanco Asenjo, Ricardo.
© Libro N° 14702. El Monstruo De Arcilla. Blanco Asenjo, Ricardo. Emancipación. Enero 17 de 2026
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EL MONSTRUO DE ARCILLA
Ricardo Blanco Asenjo
El Monstruo
De Arcilla Ricardo Blanco Asenjo
Table of Contents
Nota previa
Autor
El monstruo de arcilla
Nota previa
Se reproduce a continuación el relato El
monstruo de arcilla, de Ricardo Blanco Asenjo.
Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir
del texto publicado en el suplemento Los Lunes de El Imparcial del
día 3 de octubre de 1881 (núm. 5.145).
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Blanco Asenjo falleció en 1897). Por otra parte, tanto la portada como la
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Ganso y Pulpo
Creación: Barcelona, 29 de noviembre de 2019
Ricardo Blanco Asenjo
Nacimiento1847
¿Burgos?, España
Defunción02-03-1897
Carabanchel, España
MovimientoPosromanticismo
Relacionado
Introducción
Ricardo Blanco Asenjo (¿Burgos?, 1847 - Madrid, 1897) fue un autor
frustrado por la distancia ineludible entre ideal y realidad. Escritor afín a
la estética del Posromanticismo, se caracterizó fundamentalmente por su
pesimismo. En su producción literaria manda el gusto helénico y en su sistema
estético fue gran cautivador de la forma. Ejerció como crítico, poeta,
dramaturgo, escritor, traductor y periodista; labores que detallamos a
continuación.
En Ganso y Pulpo se reedita parte de su producción desde el 29 de
noviembre de 2019.
Vida
Ricardo Blanco Asenjo nació en la provincia de Burgos en 1847; aunque
existen referencias que señalan que su cuna es madrileña, situando su
nacimiento en la casa donde vivió muchos años Francisco de Quevedo.
De su infancia poco sabemos más allá de que era hijo de Bonifacio Blanco
y Torres, cirujano y catedrático de la facultad de Medicina; y que tenía una
hermana llamada Cecilia, dedicada al canto.
Disfrutó de una posición acomodada durante toda la vida. Ello le
permitió, por una parte, no tener que competir con el resto de escritores del
día ni tener que halagar al público. Por otra, pudo reunir una notable
colección de arte, que legó en su testamento al Museo del Prado.
Cursó estudios de Filosofía y letras y Derecho en la Universidad Central
en la época de la Revolución de 1868, año en que fundó, junto a Manuel de la
Revilla, Andrés Mellado y Carlos Martra, el periódico El Amigo del
Pueblo. Era ya por entonces un gran aficionado al estudio de los clásicos.
Adoraba a Calderón, era fanático de Shakespeare y daba culto ferviente a Victor
Hugo.
En el plano laboral, en el año 1871 obtuvo el puesto de auxiliar tercero
del archivo en la secretaría del ministerio de Gracia y Justicia. Desde su
puesto consiguió que le fuese concedida una biblioteca popular al pueblo de
Canales de la Sierra (Logroño) en 1873.
Por este tiempo, creó también una pequeña editorial junto a su
amigo Ángel
Rodríguez Chaves. También mantuvo relación de amistad
con otros autores como Vicente Moreno de la Tejera o José
María Matheu.
En 1880, con su carrera periodística y literaria ya comenzada, fue
nombrado presidente de la sociedad La Unión de las Bellas Artes. A mediados de
los ochenta se contaba como uno de los habituales de la tertulia del Café
Inglés, desde donde se promovió la creación del Círculo artístico-literario.
Dentro de este ejerció funciones de secretario en 1887. Por este tiempo, tenía
su residencia en el número 9 de la madrileña calle de San Pedro.
Entre sus amistades se contaba también la del artista Casto Plasencia,
que creó una colonia artística en 1888 donde Blanco Asenjo contaba con una
habitación garantizada.
Contó con una vida social activa en los círculos artísticos, asistiendo
a numerosos banquetes y participando en diversos beneficios teatrales. A ello
se suma su participación en la revista de público reservado Good Night (1894) o su
participación en la tertulia vespertina de la librería de Fe.
Alto, moreno y de barba espesa, se dice de él que era modelo de
caballerosidad y cortesanía, siendo su seriedad proverbial tanto en el porte
como en la conversación. Nadie se esperaba que a inicios del año 1897 fuese
víctima de una innominada afección mental que, en apenas un mes, lo llevo de la
normalidad a la tumba. Su enajenación fue súbita y aguda, siendo necesario su
traslado al manicomio del doctor Esquerdo. Su enfermedad sorprendió más si cabe
por tratarse de un hombre equilibrado, de vigor físico, costumbres ejemplares y
carácter sereno.
El 2 de marzo de 1897 fallecía en las instalaciones del manicomio de
Carabanchel. Fue enterrado al día siguiente en el cementerio de dicha
localidad, decisión que tuvo como consecuencia un cortejo sumamente escaso.
En La Correspondencia de España lo despidieron con estas
palabras:
Blanco Asenjo no vivió en su tiempo; era un hombre de otras edades.
Parecía un personaje del siglo XVII, y en su mente quería amoldarlo todo a
la manera del siglo de los Felipes.
El contraste entre lo que sentía y el mundo que le rodeaba, hizo nacer
en su ánimo un retraimiento amargo y un tedio desdeñoso que se convirtió, por
último, en verdadera misantropía.
Su salud hubo de resentirse, sin duda, de esta lucha entre lo ideal
soñado y la prosa de la vida moderna, hasta el extremo de herir de muerte a
aquel cerebro privilegiado.
Por su parte, Antonio Sánchez Pérez daba en La
Ilustración Ibérica esta conclusión para su
existencia:
Tal vez ese constante anhelo de su alma a la realización de la justicia
fue causa principal de todas las contrariedades que ennegrecieron su
existencia.
Un manto oscuro que pareció sobrevivirlo, pues sabemos que en 1924, su
viuda se encontraba en la indigencia, vagando ciega por las calles en busca de
amparo.
Crítica artística
El ámbito en que fue más prolífico fue el de la crítica. Sus primeros
trabajos se publicaron a comienzos de la década de 1870 y se caracterizaron por
su erudición. «Hamlet y Segismundo», «Teatro portugués del siglo XVI» o
«Del Realismo y del Idealismo en Literatura» son algunos títulos que pueden dar
buena muestra de ello.
Paulatinamente, fue dejando atrás las publicaciones de la prensa
universitaria para abrirse paso en la prensa generalista. Así, sus artículos
comienzan a aparecer puntualmente en cabeceras como La América, La
Ilustración española y americana o Revista
contemporánea.
Su primera sección fija, titulada «Crítica dramática», la tuvo en El
Liceo durante 1879.
Desde principios de los años ochenta cuenta con alguna aportación
crítica puntual en Los Lunes
de El Imparcial y en la Revista
Hispano-Americana, aunque será en La Ilustración ibérica donde
encontrará más regularidad para sus publicaciones, incluyendo una serie sobre
estudios de literatura portuguesa. Asiduo durante años de las diferentes
exposiciones artísticas, acabó firmando en esta cabecera una sección titulada
«Estafeta del arte» desde 1894.
Poesía
En la carrera de Blanco Asenjo ocupa una posición central la producción
poética. Esta comienza públicamente en 1876, en las páginas de Revista
contemporánea. Todas sus composiciones tienen un marcado carácter
posromántico, impregnado de un profundo pesimismo y teniendo por principales
referentes a Campoamor y a Núñez de Arce. Esto le pondría en el punto de mira
de las críticas de Clarín en El Solfeo:
Conste, ante todo, que el Sr. Blanco Asenjo, por lo poco que
le conozco, me parece un poeta de esperanzas, que sentirá, pensará y escribirá
con originalidad, si en ello se empeña, y por completo olvida deletéreas
influencias.
No osbtante, obtuvo pronto reconocimiento. En 1878 le fue concedido un
accésit a la Violeta de oro en los Juegos florales del ayuntamiento de Madrid
por su poesía Prometeo. Sin embargo, la retiró del certamen, pues
además de haber sido publicada previamente, había sido presentada al concurso
sin su conocimiento.
Su producción poética se encuentra dispersa por diversas cabeceras de la
prensa española. Entre ellas destacan por su volumen El Liceo (1879), Día
de moda (1880), Madrid cómico (1883-1888) o La Gran
Vía (1894-1895). No obstante, de
modo más puntual, pueden encontrarse composiciones suyas en otros periódicos
como Semanario de las familias, La Raza latina, El
Barcelonés o La Correspondencia de España. A ellas se
suman, a título póstuma, otras como El Álbum ibero americano, El
Globo o El Motín.
En el desarrollo de su carrera como poeta tuvieron especial importancia
los eventos públicos. Así, en 1879 dio varias lecturas poéticas en el Ateneo.
Una de ellas, la del poema Pared por medio, el 22 de mayo, gozó de
un éxito extraordinario, tanto que en septiembre fue llevado a imprenta.
A raíz de esta publicación, dijo de él Francisco de Asís Pachecho
en El
Liberal:
Tiene gran cultura, felices dotes y actividad innegable y podrá llegar
mucho más lejos de lo que ha vaticinado la crítica, que no fue siempre con él
benévola.
Y su amigo Manuel de la Revilla escribió en El Globo:
Blanco es el poeta de la idea. [...] Figura indudablemente entre los
discípulos de Campoamor, si bien hay en él tendencias que le llevan hacia Núñez
de Arce, pero ni de uno ni de otro es imitador servil.
El resto de los poemas, tan apludidos en el Ateneo, fueron reunidos
en Penumbras y publicados por la Editorial Librería universal
a finales de 1880. En su prólogo, Blanco Asenjo admite que costumbres
contraídas en el periodismo han plagado su estilo de giros fáciles y frases
hechas. No obstante, la recepción de la crítica, exceptuando a Clarín, fue
favorable. Rescatamos aquí las palabras que le dedica Ortega
Munilla:
Penumbras, es, en efecto, ritmo de lágrimas y
lamentos. No hay una carcajada en sus 270 páginas. Blanco Asenjo me parece un
hombre que mira los paisajes que recorre a través de unos anteojos ahumados.
A pesar de la buena recepción de la crítica y del público (en 1882 se
publicó una segunda edición), no dio el autor a imprenta más libros de poesía.
Añadimos finalmente que los teatros también fueron altavoz para sus
poesías, principalmente entre 1893 y 1894, cuando acontecía alguna función
extraordinaria, como puede ser en beneficio de la Cruz Roja o con motivo de la
muerte de Zorrilla.
Teatro
La carrera dramática de Blanco Asenjo comenzó con un traspiés que bien
puede considerarse que la dejó ya truncada, o cuando menos mermada, desde su
mismo inicio.
Era el año 1874 cuando escribió la obra dramática La verja
cerrada y se la presentó al actor Antonio Vico, que aceptó
representarla con gran entusiasmo. En 1876 ya se anunciaba la obra y comenzaron
los ensayos. Sin embargo, se produjeron varios retrasos y contratiempos debido
a las dolencias del actor Miguel Cepillo. Una vez repuesto, era Vico quien
había quedado afónico y el estreno se hubo de retrasar un año más. Pasado este
tiempo fue el actor José Valero, disgustado con su papel, el que negó la
oportunidad de la representación. Así las cosas, la empresa decició retirar
definitivamente la obra de su cartel.
En 1878 fue contratado en el Español el actor Rafael Calvo, que se
mostró dispuesto a solucionar el conflicto asumiendo la representación. Sin
embargo, tras la lectura de la obra, consideró que no era una opción
representar aborto semejante. No obstante, en 1879, Calvo se enteró de que
Blanco Asenjo tenía otro drama escrito, titulado Los dioses se van.
Tras su lectura no pudo disimular su entusiasmo, convenciendo al autor de
representar este drama mejor que el anterior, prometiéndole mayores éxitos que
los que por entonces cosechaba Vico con El nudo gordiano de
Eugenio Sellés en el Teatro Apolo. Encargó varios cambios a Blanco Asenjo que,
tras un mes de trabajo, vio cómo ninguna de sus dos obras subían al escenario.
Llegados a este punto, Blanco Asenjo interpuso una demanda contra el
Teatro Español a finales de 1880. En septiembre de 1881 el juez dictaba
sentencia y daba la razón al autor demandante por primera vez en España. Sin
embargo, la sentencia fue recurrida y en febrero de 1882 perdía el caso en su
segunda apelación. En el mes de julio se presentó un nuevo recurso, pero el
fallo definitivo fue una vez más a favor del empresario. Todo el caso fue
seguido por gran número de escritores, periodistas y actores dramáticos, pues
el fallo debía sentar jurisprudencia en cuestión de relaciones entre los
autores y las empresas.
A estas dos obras se pueden añadir otras dos inéditas. Una se
titula Gólgota y tiene un fragmento publicado en El
Liceo en 1879. La otra se llama La familia Sabugal y
su estreno en el Teatro La Alhambra se anunció en la prensa en septiembre de
1881. Sin embargo, tampoco tenemos noticias de que el estreno se efectuara
realmente.
Habían transcurrido quince años desde la composición de su primer drama
y Blanco Asenjo continuaba inédito como autor dramático. Pero la vida en
ocasiones da muchas vueltas y, en diciembre de 1889, volvía a ensayarse La
verja cerrada en el Español. Esta vez con mayor fortuna, pues se acabó
estrenando el 23 de enero de 1890, coincidiendo con la muerte del actor Mariano
Fernández. La ovación del público fue unánime y desde la prensa toda la crítica
alabó la obra y a su autor, lamentando que no se estrenara en su debido
momento, pues el triunfo habría sido sin duda mucho mayor. La obra es un drama
en tres actos y en verso, cuya acción se desarrolla en la corte burgalesa de
Enrique II de Castilla.
El éxito tardío de su drama, representado también en los principales
teatros del país, sirvió para abrir el debate sobre quién debe decidir si una
obra se representa (en España lo hacían entonces los actores), pero para poco
más, pues ni siquiera consiguió mucha atención con su siguiente producción, el
drama en tres actos Anemia, estrenado el 27 de diciembre de 1890 en
el Teatro Español.
Una última aportación en el ámbito teatral es su loa Para vencer
a amor, querer vencerlo. Esta guarda cierto paralelismo con la fortuna
de La verja cerrada, pues fue compuesta en 1876 para celebrar el
aniversario de Calderón de la Barca, pero una indisposición de Vico impidió su
representación en el Apolo. Consiguió ser estrenada, no obstante, el 17 de
enero de 1893, con gran éxito y posterior publicación impresa.
Narrativa
Blanco Asenjo también dejó varias muestras de su talento narrativo,
abordando diversos géneros.
Novela
En los inicios de su carrera, también hizo su incursión en el campo de
la novela con La tela de araña, publicada por La España Literaria
en 1874. Escrita en estilo epistolar, fue acogida por la crítica
favorablemente, aunque algunos la consideraran más una disertación que
narrativa.
Narrativa breve
Respecto a la producción de cuentos y relatos que trae a Ricardo Blanco
Asenjo por estos lares, hemos contabilizado alrededos de 50 títulos. Los
primeros de ellos aparecieron en El Liceo y el grueso de su
producción se encuentra en las páginas de Los Lunes de El Imparcial,
donde publicó desde 1879 hasta poco antes de su muerte. Aparte, también
aparecen varios títulos en La Ilustración ibérica (1884-1894)
y en La Gran Vía (1893-1894).
Se compilaron algunos de ellos en la obra titulada Cuentos y
novelas, publicada a finales de 1882.
Prólogos
Es el autor del prólogo de dos obras. La primera es Páginas en
prosa, de su compañero y amigo Ángel Rodríguez Chaves, publicada en 1882.
La segunda es el ensayo literario Echegaray, Sellés y Cano, de
Francisco Pi y Arsuaga, publicada en 1885.
Traducción
Poco después de su aventura novelística, en 1875, se empleó en la
traducción de Leyendas y narraciones, de Alejandro Herculano. Es
esta su único trabajo conocido como traductor.
Periodismo
Esta aproximación a la carrera de Blanco Asenjo no estaría completa sin
una mención a su labor como periodista. Esta, que lo mantuvo alejado en parte
de la poesía y la producción literaria, la llevó a cabo principalmente en el
periódico sagastino La Iberia, a pesar de sus ideales republicanos.
Ahí era el encargado principal de las crónicas literarias y firmó entre 1886 y
1889 la sección «La última semana».
Blanco Asenjo siempre consideró su trabajo periodístico como labor
forzada.
EL
MONSTRUO DE ARCILLA
Por las noches de invierno, la madre de Magdalena
velaba; su marido, que era sombrerero, tardaba en venir; pero ella no estaba
sola; su trabajo de ribeteadora no le impedía arrullar a la tierna Magdalena,
que dormía en mecedora cuna de pintado hierro.
Cuando Pedro llegaba soplándose los puños, el
montón de ceniza del reluciente brasero preso en caja de pino abríase cuarteado
y como cráter de volcán en miniatura mostraba sus entrañas encendidas y rojas,
que esparcían por toda la estancia un hálito tibio y reparador, aromatizado de
espliego.
Entonces Manuela, que había dejado la labor para
empuñar la badila, mirando de hito en hito a su marido, que se calentaba los
pies haciendo humear sobre las brasas las suelas claveteadas de sus anchas
botas, le solía decir con la dogmática entonación del que considera imposible
la evasiva o la réplica:
—Pedro, es necesario ahorrar más; tenemos una hija.
A la caída de la tarde, en uno de esos cafés turcos
de la costa de Levante, cobertizo de cañas y esterillas de pita, bajo los que
se saborea acostado el delicioso moka en tazas poco mayores que dedales, suele
a veces entrar una joven almea, envuelto el ondulante talle en tela de
cachemira, y la cabeza en blanquísima toca que cubre el rostro, del que solo
asoman los ojos negros y rasgados. La hija de Oriente pasea su bandeja de plata
entre los perezosos fumadores de hachís, que dejan caer varias monedas, y sobre
un tapiz de Persia que tiende en medio de la estancia comienza su baile a los
monótonos y melancólicos acordes de una especie de guzla y al golpear de una
pandera. Su talle airoso se columpia al principio blandamente como la mazorca
de loto sobra la mansa superficie del lago en ardorosa siesta; después crece el
lánguido movimiento; ya es el bambú que el huracán columpia con furia
amenazando romperlo; ya es el mismo huracán que adquiere forma viva en la
agitada espiral de la tromba tempestuosa.
Los brazos giran sobre la cabeza, y los pies,
moviéndose en pequeño círculo, comunican a todo el cuerpo ondulaciones rápidas
y convulsivas, que hacen palpitar con violencia debajo de las ropas las formas
turgentes y las líneas redondeadas, retorciéndose en contoneos inverosímiles.
La gaita arrecia, la pandera menudea; la bailarina, que ya no puede extremar la
rapidez de sus movimientos, se arranca de la cabeza la cinta llena de
medallitas y amuletos; y después se quita la blanca toca, y rasga el corpiño
que aprisiona su seno, y desata el cabello recogido y trenzado, y la faja que a
su cintura sujeta el pintoresco ropón de cachemira, y deslía, por fin, de
aquella última envoltura aquel cuerpo hermosísimo, poseído, al parecer, de un
vértigo demoníaco que la lleva a desprenderse de todo y arrojar lejos de sí
alhajas y adornos, ropajes y galas.
¡Ay! Una fiebre parecida a la de la bailarina almea
se apoderó un día del honrado Pedro y de la laboriosa Manuela.
—Mira, por de pronto, es necesario que renunciemos
al teatro; los domingos por la noche nos quedaremos en casa. ¿Qué más diversión
que las gracias de nuestra Magdalena?
—Seguramente que el fumar es una tontería poco
higiénica: al maestro se lo prohibieron los médicos el año pasado cuando la
pulmonía.
—Vosotros, los hombres, trabajáis y necesitáis el
vino; pero yo, que me estoy aquí sentada todo el día…
—La capa, algo estropeadilla está, como que fue de
mi padre, y ya tendrá sus veinte años; pero mudándole los embozos…
Con parecidos razonamientos, en casa de Pedro y de
Manuela se iba poco a poco efectuando un desvalijamiento vandálico, que,
comenzando por lo superfluo, llegó en oleada creciente a arremeter con lo más
imprescindible, y amenazaba terminar en un despojo, que acabaría, como la danza
de la bayadera, en desnudez completa.
Sobre una rinconera de caoba, entre un San
Ildefonso de pintado barro y un florido pito de San Isidro, se hallaba el
ídolo, el dios implacable y terrible que inspiraba aquella fiebre fanática de
economías y sacrificios.
No era la estatua de oro de Pluto, ni la imagen de
la escuálida furia con que se representa el pecado de la avaricia: era algo
indescriptible, deforme, monstruoso y mísero a la vez. El cuerpo de arcilla
granulenta y rojiza tenía una redondez hinchada semejante a un abotagamiento
enfermo. Lo más extraño y horrible era que el cuerpo aquel no tenía
extremidades: abultado, rechoncho, cónico por la parte superior, ancho en la
base, carnoso, térreo, áspero, eruptivo, sanguinolento, parecía a primera vista
un tumor recientemente operado.
Sin embargo, aquel no sé qué informe, tenía una
personalidad de monstruo. Era acéfalo como el pulpo y duro como la madrépora;
por dentro era hueco con la cavernosidad insondable de un inmenso estómago
vacío. En puridad no era otra cosa que un vientre, que en la parte superior
tenía una boca que parecía una fístula. Era el vientre deificado. El dios de la
voracidad insaciable no hubiera sido representado en la antigüedad de otra
manera.
Aquella boca sin labios tenía una inmovilidad
siniestra: ni se podía plegar ni se podía abrir; era insaciable como la sima y
rígida como el buzón; abierta eternamente, parecía estar pidiendo de continuo,
pero jamás se sonreía. De uno de los ángulos de aquella abertura se había
escurrido al azar una gota de vidriado que simulaba un verdoso esputo. El
monstruo tragaba y escupía también; el reptil jamás devora sin babear.
Aquella oquedad embuchaba lo que aquella abertura
permitía, cumpliéndose las leyes fisiológicas que relacionan a la boca con el
estómago. Aquel vientre que digería metal tenía una boca dispuesta solo para
tragar monedas; por ella cabía hasta un duro cómodamente. En resumen: aquel
extraño aparato de tostada arcilla, por cuya horizontal rotura, ávida de
deglución, salían mudos consejos de acaparamiento y economía, imagen de la
mísera privación, idolillo dedicado a la codicia impotente, era no más que una de
esas sencillas vasijas de barro, que en varias partes llaman hucha, en algunas
hurta-dineros y en otras alcancía.
Pasaron muchos meses. El monstruo estaba casi
repleto: se había hecho pesado, y cuando se le agitaba, un rumor argentino
salía de su boca, de cuyo fondo oscuro surgían, como rápidos meteoros,
deslumbradoras aristas plateadas.
Manuela, que hacía tiempo estaba sumamente pálida,
cayó enferma. Comía mal y trabajaba demasiado: los médicos, que no entienden de
economías, le recetaron más reposo, mucha carne y buen jerez. Pedro practicó
sin vacilar en la vasija una operación dolorosa: introduciendo con maña la
punta de un cuchillo por la boca, le hacía arrojar una a una, sin arcadas ni
violencias, las monedas deglutidas. El monstruo, poco a poco, disminuyó de peso
y cuando Manuela se sintió bien del todo, las monedas que quedaban repercutían
en las paredes de barro con débil cascabeleo.
De nuevo comenzó la tarea de llenar aquel vientre
insaciable. ¡Qué angustia!, los duros y las pesetas entraban por aquella boca y
la oquedad jamás sonaba a repleto. Aquella vasija parecía sin fondo como el
tonel de las Danaides. ¡Y qué de trabajo, qué de sacrificios, qué de
privaciones representaba cada una de aquellas monedas devoradas por el monstruo
con frialdad indiferente!
Vivían en un sotabanco del barrio de Argüelles, y
en el piso principal de la casa se vino por entonces a establecer un
capitalista opulento. Acababa de traspasar un establecimiento de préstamos que
Manuela y Pedro habían visitado muchas veces en circunstancias apuradas.
Manuela, desde la ventana de su quinto piso, hacía
el inventario de los lujosos muebles que entraban en la casa del prestamista
enriquecido. De pronto vio, trabajosamente movida, una caja de hierro
claveteada de bronce, con cerraduras de misteriosas combinaciones alfabéticas.
—¡Mira —exclamó entonces la pobre mujer, dirigiéndose
amargamente a su marido—, guardando ahí el dinero es como se hacen ricos,
bien seguro que de ahí se salga como nos pasa a nosotros con nuestra caja de
barro, por la que la plata se filtra como agua puesta al sereno en alcarraza de
Andújar!
La segunda vez que la alcancía estuvo a pique de
rebosar, fue Pedro el que se puso enfermo; y esta vez, aunque fue vaciada por
completo, no alcanzó su contenido a soportar los gastos de cinco meses de falta
de jornal, y los del viaje a Alhama para alivio del reuma acarreado por no
comprar una capa el día en que fue decorosamente imposible sacar a la calle
aquella otra deteriorada y envejecida capa paterna.
Tercera vez comenzó la tarea. Dos años tardaron en
desempeñarse; al cabo de ellos volvieron a pensar en las economías. ¡Ay!, tan
imposible le es al pobre precaver la miseria por medio de su exiguo ahorro,
como al inocente infante desaguar el estanque del Retiro con ayuda de una
concha. Cuando el castillo es de naipes, el menor viento lo echa a tierra. ¡A
qué enumerar las vulgarísimas contrariedades que en otras tres ocasiones
echaron abajo aquellos estériles afanes de capitalización y enriquecimiento!
La última vez que antes de llena se vació la
alcancía fue para evitar que el carro de un hospital vaciase los restos del
marido de Manuela en la fosa común.
Magdalena era ya una mujer, pero como la sepultura
de su padre se llevó aquellos ahorros que la habían de hacer rica, tuvo que
trabajar para una tienda de modas. Manuela, sin abandonar su oficio, bajaba
todas las mañanas a casa del antiguo prestamista en calidad de asistenta.
Un día, el siguiente a la terrible noche de
lágrimas e insomnio en que supo que su hija, seducida por un acaudalado
corrompido, la había abandonado para siempre, al barrer preocupada y silenciosa
la casa del opulento vecino, se detuvo un momento pensativa ante la monumental
arca de hierro. ¿Qué pensaría Manuela? Solo se sabe que la sacó de su profundo
estupor un estremecimiento de espanto. Sobre el arca de hierro una enorme araña
había tendido su tela, y en aquel momento chupaba la sangre de una mosca prisionera
que se retorcía con angustiosas convulsiones.
Cuando Manuela subió al sotabanco, abismada en su
dolor, permaneció inmóvil y ociosa la mayor parte del día. Ya muy tarde,
acercándose a la rinconera, cogió en sus manos la malhadada hucha, y la miró
con ojos de extravío; una hormiga salió de la horizontal abertura; Manuela
abrió la ventana, tendió al espacio los brazos, y dejó caer al monstruo de
arcilla, que se estrelló con estrépito sobre las losas del patio.
Cuando la alcancía se rompió, rodaron esparcidas
algunas monedas de plata; por esto, sin duda, dijeron los vecinos que Manuela
se había vuelto loca.
¿Quién sabe? Acaso la desdichada mujer,
comprendiendo la amarga filosofía de la araña del arca y de la hormiga de la
hucha, arrojó con odio, lejos de sí, aquel monstruo voraz que había traído a su
casa la penuria y la privación, sin llegar nunca a ofrecer una posibilidad
próxima de riqueza.
FIN

