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Libro N° 14702. El Monstruo De Arcilla. Blanco Asenjo, Ricardo.

Guillermo Molina Miranda mayo 20, 2026



© Libro N° 14702. El Monstruo De Arcilla. Blanco Asenjo, Ricardo. Emancipación. Enero 17 de 2026

 

Título Original: © El Monstruo De Arcilla. Ricardo Blanco Asenjo

 

Versión Original: © El Monstruo De Arcilla. Ricardo Blanco Asenjo

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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EL MONSTRUO DE ARCILLA 

Ricardo Blanco Asenjo


 

El Monstruo De Arcilla Ricardo Blanco Asenjo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Table of Contents

 

Nota previa

Autor

El monstruo de arcilla

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

Nota previa

 

Se reproduce a continuación el relato El monstruo de arcilla, de Ricardo Blanco Asenjo.

Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir del texto publicado en el suplemento Los Lunes de El Imparcial del día 3 de octubre de 1881 (núm. 5.145).

El texto se corresponde con el identificador editorial GYP-NB0446, habiéndose podido actualizar su ortografía y gramática de acuerdo con las reglas vigentes del idioma español. Estos cambios suponen, en el plano ortográfico, la supresión del acento en monosílabos y la actualización de aquel léxico técnico y/o extranjerismos que están actualmente integrados en el idioma. En el plano gramatical ha podido variar el texto en relación a la disposición de signos de puntuación, principalmente en relación al empleo de la raya.

En cuanto a la licencia de esta edición debe tenerse en cuenta que el texto reproducido es de dominio público (Ricardo Blanco Asenjo falleció en 1897). Por otra parte, tanto la portada como la edición aquí presentadas se distribuyen gratuitamente bajo licencia Creative Commons por la editorial electrónica Ganso y Pulpo, que espera se comparta en los mismos términos que los estipulados originalmente (edición íntegra, sin ánimo de lucro y respetuosa tanto con el texto como con el trabajo desempeñado por la editorial).

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Ganso y Pulpo

Creación: Barcelona, 29 de noviembre de 2019

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ricardo Blanco Asenjo

Nacimiento1847

¿Burgos?, España

Defunción02-03-1897

Carabanchel, España

MovimientoPosromanticismo

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Introducción

Ricardo Blanco Asenjo (¿Burgos?, 1847 - Madrid, 1897) fue un autor frustrado por la distancia ineludible entre ideal y realidad. Escritor afín a la estética del Posromanticismo, se caracterizó fundamentalmente por su pesimismo. En su producción literaria manda el gusto helénico y en su sistema estético fue gran cautivador de la forma. Ejerció como crítico, poeta, dramaturgo, escritor, traductor y periodista; labores que detallamos a continuación.

En Ganso y Pulpo se reedita parte de su producción desde el 29 de noviembre de 2019.

Vida

Ricardo Blanco Asenjo nació en la provincia de Burgos en 1847; aunque existen referencias que señalan que su cuna es madrileña, situando su nacimiento en la casa donde vivió muchos años Francisco de Quevedo.

De su infancia poco sabemos más allá de que era hijo de Bonifacio Blanco y Torres, cirujano y catedrático de la facultad de Medicina; y que tenía una hermana llamada Cecilia, dedicada al canto.

Disfrutó de una posición acomodada durante toda la vida. Ello le permitió, por una parte, no tener que competir con el resto de escritores del día ni tener que halagar al público. Por otra, pudo reunir una notable colección de arte, que legó en su testamento al Museo del Prado.

Cursó estudios de Filosofía y letras y Derecho en la Universidad Central en la época de la Revolución de 1868, año en que fundó, junto a Manuel de la Revilla, Andrés Mellado y Carlos Martra, el periódico El Amigo del Pueblo. Era ya por entonces un gran aficionado al estudio de los clásicos. Adoraba a Calderón, era fanático de Shakespeare y daba culto ferviente a Victor Hugo.

En el plano laboral, en el año 1871 obtuvo el puesto de auxiliar tercero del archivo en la secretaría del ministerio de Gracia y Justicia. Desde su puesto consiguió que le fuese concedida una biblioteca popular al pueblo de Canales de la Sierra (Logroño) en 1873.

Por este tiempo, creó también una pequeña editorial junto a su amigo Ángel Rodríguez Chaves. También mantuvo relación de amistad con otros autores como Vicente Moreno de la Tejera o José María Matheu.

En 1880, con su carrera periodística y literaria ya comenzada, fue nombrado presidente de la sociedad La Unión de las Bellas Artes. A mediados de los ochenta se contaba como uno de los habituales de la tertulia del Café Inglés, desde donde se promovió la creación del Círculo artístico-literario. Dentro de este ejerció funciones de secretario en 1887. Por este tiempo, tenía su residencia en el número 9 de la madrileña calle de San Pedro.

Entre sus amistades se contaba también la del artista Casto Plasencia, que creó una colonia artística en 1888 donde Blanco Asenjo contaba con una habitación garantizada.

Contó con una vida social activa en los círculos artísticos, asistiendo a numerosos banquetes y participando en diversos beneficios teatrales. A ello se suma su participación en la revista de público reservado Good Night (1894) o su participación en la tertulia vespertina de la librería de Fe.

Alto, moreno y de barba espesa, se dice de él que era modelo de caballerosidad y cortesanía, siendo su seriedad proverbial tanto en el porte como en la conversación. Nadie se esperaba que a inicios del año 1897 fuese víctima de una innominada afección mental que, en apenas un mes, lo llevo de la normalidad a la tumba. Su enajenación fue súbita y aguda, siendo necesario su traslado al manicomio del doctor Esquerdo. Su enfermedad sorprendió más si cabe por tratarse de un hombre equilibrado, de vigor físico, costumbres ejemplares y carácter sereno.

El 2 de marzo de 1897 fallecía en las instalaciones del manicomio de Carabanchel. Fue enterrado al día siguiente en el cementerio de dicha localidad, decisión que tuvo como consecuencia un cortejo sumamente escaso. En La Correspondencia de España lo despidieron con estas palabras:

Blanco Asenjo no vivió en su tiempo; era un hombre de otras edades. Parecía un personaje del siglo XVII, y en su mente quería amoldarlo todo a la manera del siglo de los Felipes.

El contraste entre lo que sentía y el mundo que le rodeaba, hizo nacer en su ánimo un retraimiento amargo y un tedio desdeñoso que se convirtió, por último, en verdadera misantropía.

Su salud hubo de resentirse, sin duda, de esta lucha entre lo ideal soñado y la prosa de la vida moderna, hasta el extremo de herir de muerte a aquel cerebro privilegiado.

Por su parte, Antonio Sánchez Pérez daba en La Ilustración Ibérica esta conclusión para su existencia:

Tal vez ese constante anhelo de su alma a la realización de la justicia fue causa principal de todas las contrariedades que ennegrecieron su existencia.

Un manto oscuro que pareció sobrevivirlo, pues sabemos que en 1924, su viuda se encontraba en la indigencia, vagando ciega por las calles en busca de amparo.

Crítica artística

El ámbito en que fue más prolífico fue el de la crítica. Sus primeros trabajos se publicaron a comienzos de la década de 1870 y se caracterizaron por su erudición. «Hamlet y Segismundo», «Teatro portugués del siglo XVI» o «Del Realismo y del Idealismo en Literatura» son algunos títulos que pueden dar buena muestra de ello.

Paulatinamente, fue dejando atrás las publicaciones de la prensa universitaria para abrirse paso en la prensa generalista. Así, sus artículos comienzan a aparecer puntualmente en cabeceras como La América, La Ilustración española y americana o Revista contemporánea.

Su primera sección fija, titulada «Crítica dramática», la tuvo en El Liceo durante 1879.

Desde principios de los años ochenta cuenta con alguna aportación crítica puntual en Los Lunes de El Imparcial y en la Revista Hispano-Americana, aunque será en La Ilustración ibérica donde encontrará más regularidad para sus publicaciones, incluyendo una serie sobre estudios de literatura portuguesa. Asiduo durante años de las diferentes exposiciones artísticas, acabó firmando en esta cabecera una sección titulada «Estafeta del arte» desde 1894.

Poesía

En la carrera de Blanco Asenjo ocupa una posición central la producción poética. Esta comienza públicamente en 1876, en las páginas de Revista contemporánea. Todas sus composiciones tienen un marcado carácter posromántico, impregnado de un profundo pesimismo y teniendo por principales referentes a Campoamor y a Núñez de Arce. Esto le pondría en el punto de mira de las críticas de Clarín en El Solfeo:

Conste, ante todo, que el Sr. Blanco Asenjo, por lo poco que le conozco, me parece un poeta de esperanzas, que sentirá, pensará y escribirá con originalidad, si en ello se empeña, y por completo olvida deletéreas influencias.

No osbtante, obtuvo pronto reconocimiento. En 1878 le fue concedido un accésit a la Violeta de oro en los Juegos florales del ayuntamiento de Madrid por su poesía Prometeo. Sin embargo, la retiró del certamen, pues además de haber sido publicada previamente, había sido presentada al concurso sin su conocimiento.

Su producción poética se encuentra dispersa por diversas cabeceras de la prensa española. Entre ellas destacan por su volumen El Liceo (1879), Día de moda (1880), Madrid cómico (1883-1888) o La Gran Vía (1894-1895). No obstante, de modo más puntual, pueden encontrarse composiciones suyas en otros periódicos como Semanario de las familias, La Raza latina, El Barcelonés o La Correspondencia de España. A ellas se suman, a título póstuma, otras como El Álbum ibero americano, El Globo o El Motín.

En el desarrollo de su carrera como poeta tuvieron especial importancia los eventos públicos. Así, en 1879 dio varias lecturas poéticas en el Ateneo. Una de ellas, la del poema Pared por medio, el 22 de mayo, gozó de un éxito extraordinario, tanto que en septiembre fue llevado a imprenta.

A raíz de esta publicación, dijo de él Francisco de Asís Pachecho en El Liberal:

Tiene gran cultura, felices dotes y actividad innegable y podrá llegar mucho más lejos de lo que ha vaticinado la crítica, que no fue siempre con él benévola.

Y su amigo Manuel de la Revilla escribió en El Globo:

Blanco es el poeta de la idea. [...] Figura indudablemente entre los discípulos de Campoamor, si bien hay en él tendencias que le llevan hacia Núñez de Arce, pero ni de uno ni de otro es imitador servil.

El resto de los poemas, tan apludidos en el Ateneo, fueron reunidos en Penumbras y publicados por la Editorial Librería universal a finales de 1880. En su prólogo, Blanco Asenjo admite que costumbres contraídas en el periodismo han plagado su estilo de giros fáciles y frases hechas. No obstante, la recepción de la crítica, exceptuando a Clarín, fue favorable. Rescatamos aquí las palabras que le dedica Ortega Munilla:

Penumbras, es, en efecto, ritmo de lágrimas y lamentos. No hay una carcajada en sus 270 páginas. Blanco Asenjo me parece un hombre que mira los paisajes que recorre a través de unos anteojos ahumados.

A pesar de la buena recepción de la crítica y del público (en 1882 se publicó una segunda edición), no dio el autor a imprenta más libros de poesía.

Añadimos finalmente que los teatros también fueron altavoz para sus poesías, principalmente entre 1893 y 1894, cuando acontecía alguna función extraordinaria, como puede ser en beneficio de la Cruz Roja o con motivo de la muerte de Zorrilla.

Teatro

La carrera dramática de Blanco Asenjo comenzó con un traspiés que bien puede considerarse que la dejó ya truncada, o cuando menos mermada, desde su mismo inicio.

Era el año 1874 cuando escribió la obra dramática La verja cerrada y se la presentó al actor Antonio Vico, que aceptó representarla con gran entusiasmo. En 1876 ya se anunciaba la obra y comenzaron los ensayos. Sin embargo, se produjeron varios retrasos y contratiempos debido a las dolencias del actor Miguel Cepillo. Una vez repuesto, era Vico quien había quedado afónico y el estreno se hubo de retrasar un año más. Pasado este tiempo fue el actor José Valero, disgustado con su papel, el que negó la oportunidad de la representación. Así las cosas, la empresa decició retirar definitivamente la obra de su cartel.

En 1878 fue contratado en el Español el actor Rafael Calvo, que se mostró dispuesto a solucionar el conflicto asumiendo la representación. Sin embargo, tras la lectura de la obra, consideró que no era una opción representar aborto semejante. No obstante, en 1879, Calvo se enteró de que Blanco Asenjo tenía otro drama escrito, titulado Los dioses se van. Tras su lectura no pudo disimular su entusiasmo, convenciendo al autor de representar este drama mejor que el anterior, prometiéndole mayores éxitos que los que por entonces cosechaba Vico con El nudo gordiano de Eugenio Sellés en el Teatro Apolo. Encargó varios cambios a Blanco Asenjo que, tras un mes de trabajo, vio cómo ninguna de sus dos obras subían al escenario.

Llegados a este punto, Blanco Asenjo interpuso una demanda contra el Teatro Español a finales de 1880. En septiembre de 1881 el juez dictaba sentencia y daba la razón al autor demandante por primera vez en España. Sin embargo, la sentencia fue recurrida y en febrero de 1882 perdía el caso en su segunda apelación. En el mes de julio se presentó un nuevo recurso, pero el fallo definitivo fue una vez más a favor del empresario. Todo el caso fue seguido por gran número de escritores, periodistas y actores dramáticos, pues el fallo debía sentar jurisprudencia en cuestión de relaciones entre los autores y las empresas.

A estas dos obras se pueden añadir otras dos inéditas. Una se titula Gólgota y tiene un fragmento publicado en El Liceo en 1879. La otra se llama La familia Sabugal y su estreno en el Teatro La Alhambra se anunció en la prensa en septiembre de 1881. Sin embargo, tampoco tenemos noticias de que el estreno se efectuara realmente.

Habían transcurrido quince años desde la composición de su primer drama y Blanco Asenjo continuaba inédito como autor dramático. Pero la vida en ocasiones da muchas vueltas y, en diciembre de 1889, volvía a ensayarse La verja cerrada en el Español. Esta vez con mayor fortuna, pues se acabó estrenando el 23 de enero de 1890, coincidiendo con la muerte del actor Mariano Fernández. La ovación del público fue unánime y desde la prensa toda la crítica alabó la obra y a su autor, lamentando que no se estrenara en su debido momento, pues el triunfo habría sido sin duda mucho mayor. La obra es un drama en tres actos y en verso, cuya acción se desarrolla en la corte burgalesa de Enrique II de Castilla.

El éxito tardío de su drama, representado también en los principales teatros del país, sirvió para abrir el debate sobre quién debe decidir si una obra se representa (en España lo hacían entonces los actores), pero para poco más, pues ni siquiera consiguió mucha atención con su siguiente producción, el drama en tres actos Anemia, estrenado el 27 de diciembre de 1890 en el Teatro Español.

Una última aportación en el ámbito teatral es su loa Para vencer a amor, querer vencerlo. Esta guarda cierto paralelismo con la fortuna de La verja cerrada, pues fue compuesta en 1876 para celebrar el aniversario de Calderón de la Barca, pero una indisposición de Vico impidió su representación en el Apolo. Consiguió ser estrenada, no obstante, el 17 de enero de 1893, con gran éxito y posterior publicación impresa.

Narrativa

Blanco Asenjo también dejó varias muestras de su talento narrativo, abordando diversos géneros.

Novela

En los inicios de su carrera, también hizo su incursión en el campo de la novela con La tela de araña, publicada por La España Literaria en 1874. Escrita en estilo epistolar, fue acogida por la crítica favorablemente, aunque algunos la consideraran más una disertación que narrativa.

Narrativa breve

Respecto a la producción de cuentos y relatos que trae a Ricardo Blanco Asenjo por estos lares, hemos contabilizado alrededos de 50 títulos. Los primeros de ellos aparecieron en El Liceo y el grueso de su producción se encuentra en las páginas de Los Lunes de El Imparcial, donde publicó desde 1879 hasta poco antes de su muerte. Aparte, también aparecen varios títulos en La Ilustración ibérica (1884-1894) y en La Gran Vía (1893-1894).

Se compilaron algunos de ellos en la obra titulada Cuentos y novelas, publicada a finales de 1882.

Prólogos

Es el autor del prólogo de dos obras. La primera es Páginas en prosa, de su compañero y amigo Ángel Rodríguez Chaves, publicada en 1882. La segunda es el ensayo literario Echegaray, Sellés y Cano, de Francisco Pi y Arsuaga, publicada en 1885.

Traducción

Poco después de su aventura novelística, en 1875, se empleó en la traducción de Leyendas y narraciones, de Alejandro Herculano. Es esta su único trabajo conocido como traductor.

Periodismo

Esta aproximación a la carrera de Blanco Asenjo no estaría completa sin una mención a su labor como periodista. Esta, que lo mantuvo alejado en parte de la poesía y la producción literaria, la llevó a cabo principalmente en el periódico sagastino La Iberia, a pesar de sus ideales republicanos. Ahí era el encargado principal de las crónicas literarias y firmó entre 1886 y 1889 la sección «La última semana».

Blanco Asenjo siempre consideró su trabajo periodístico como labor forzada.

 

 

 

 

 

 

 

EL MONSTRUO DE ARCILLA

 

Por las noches de invierno, la madre de Magdalena velaba; su marido, que era sombrerero, tardaba en venir; pero ella no estaba sola; su trabajo de ribeteadora no le impedía arrullar a la tierna Magdalena, que dormía en mecedora cuna de pintado hierro.

Cuando Pedro llegaba soplándose los puños, el montón de ceniza del reluciente brasero preso en caja de pino abríase cuarteado y como cráter de volcán en miniatura mostraba sus entrañas encendidas y rojas, que esparcían por toda la estancia un hálito tibio y reparador, aromatizado de espliego.

Entonces Manuela, que había dejado la labor para empuñar la badila, mirando de hito en hito a su marido, que se calentaba los pies haciendo humear sobre las brasas las suelas claveteadas de sus anchas botas, le solía decir con la dogmática entonación del que considera imposible la evasiva o la réplica:

—Pedro, es necesario ahorrar más; tenemos una hija.

 

A la caída de la tarde, en uno de esos cafés turcos de la costa de Levante, cobertizo de cañas y esterillas de pita, bajo los que se saborea acostado el delicioso moka en tazas poco mayores que dedales, suele a veces entrar una joven almea, envuelto el ondulante talle en tela de cachemira, y la cabeza en blanquísima toca que cubre el rostro, del que solo asoman los ojos negros y rasgados. La hija de Oriente pasea su bandeja de plata entre los perezosos fumadores de hachís, que dejan caer varias monedas, y sobre un tapiz de Persia que tiende en medio de la estancia comienza su baile a los monótonos y melancólicos acordes de una especie de guzla y al golpear de una pandera. Su talle airoso se columpia al principio blandamente como la mazorca de loto sobra la mansa superficie del lago en ardorosa siesta; después crece el lánguido movimiento; ya es el bambú que el huracán columpia con furia amenazando romperlo; ya es el mismo huracán que adquiere forma viva en la agitada espiral de la tromba tempestuosa.

Los brazos giran sobre la cabeza, y los pies, moviéndose en pequeño círculo, comunican a todo el cuerpo ondulaciones rápidas y convulsivas, que hacen palpitar con violencia debajo de las ropas las formas turgentes y las líneas redondeadas, retorciéndose en contoneos inverosímiles. La gaita arrecia, la pandera menudea; la bailarina, que ya no puede extremar la rapidez de sus movimientos, se arranca de la cabeza la cinta llena de medallitas y amuletos; y después se quita la blanca toca, y rasga el corpiño que aprisiona su seno, y desata el cabello recogido y trenzado, y la faja que a su cintura sujeta el pintoresco ropón de cachemira, y deslía, por fin, de aquella última envoltura aquel cuerpo hermosísimo, poseído, al parecer, de un vértigo demoníaco que la lleva a desprenderse de todo y arrojar lejos de sí alhajas y adornos, ropajes y galas.

 

¡Ay! Una fiebre parecida a la de la bailarina almea se apoderó un día del honrado Pedro y de la laboriosa Manuela.

—Mira, por de pronto, es necesario que renunciemos al teatro; los domingos por la noche nos quedaremos en casa. ¿Qué más diversión que las gracias de nuestra Magdalena?

—Seguramente que el fumar es una tontería poco higiénica: al maestro se lo prohibieron los médicos el año pasado cuando la pulmonía.

—Vosotros, los hombres, trabajáis y necesitáis el vino; pero yo, que me estoy aquí sentada todo el día

—La capa, algo estropeadilla está, como que fue de mi padre, y ya tendrá sus veinte años; pero mudándole los embozos

Con parecidos razonamientos, en casa de Pedro y de Manuela se iba poco a poco efectuando un desvalijamiento vandálico, que, comenzando por lo superfluo, llegó en oleada creciente a arremeter con lo más imprescindible, y amenazaba terminar en un despojo, que acabaría, como la danza de la bayadera, en desnudez completa.

 

Sobre una rinconera de caoba, entre un San Ildefonso de pintado barro y un florido pito de San Isidro, se hallaba el ídolo, el dios implacable y terrible que inspiraba aquella fiebre fanática de economías y sacrificios.

No era la estatua de oro de Pluto, ni la imagen de la escuálida furia con que se representa el pecado de la avaricia: era algo indescriptible, deforme, monstruoso y mísero a la vez. El cuerpo de arcilla granulenta y rojiza tenía una redondez hinchada semejante a un abotagamiento enfermo. Lo más extraño y horrible era que el cuerpo aquel no tenía extremidades: abultado, rechoncho, cónico por la parte superior, ancho en la base, carnoso, térreo, áspero, eruptivo, sanguinolento, parecía a primera vista un tumor recientemente operado.

Sin embargo, aquel no sé qué informe, tenía una personalidad de monstruo. Era acéfalo como el pulpo y duro como la madrépora; por dentro era hueco con la cavernosidad insondable de un inmenso estómago vacío. En puridad no era otra cosa que un vientre, que en la parte superior tenía una boca que parecía una fístula. Era el vientre deificado. El dios de la voracidad insaciable no hubiera sido representado en la antigüedad de otra manera.

Aquella boca sin labios tenía una inmovilidad siniestra: ni se podía plegar ni se podía abrir; era insaciable como la sima y rígida como el buzón; abierta eternamente, parecía estar pidiendo de continuo, pero jamás se sonreía. De uno de los ángulos de aquella abertura se había escurrido al azar una gota de vidriado que simulaba un verdoso esputo. El monstruo tragaba y escupía también; el reptil jamás devora sin babear.

Aquella oquedad embuchaba lo que aquella abertura permitía, cumpliéndose las leyes fisiológicas que relacionan a la boca con el estómago. Aquel vientre que digería metal tenía una boca dispuesta solo para tragar monedas; por ella cabía hasta un duro cómodamente. En resumen: aquel extraño aparato de tostada arcilla, por cuya horizontal rotura, ávida de deglución, salían mudos consejos de acaparamiento y economía, imagen de la mísera privación, idolillo dedicado a la codicia impotente, era no más que una de esas sencillas vasijas de barro, que en varias partes llaman hucha, en algunas hurta-dineros y en otras alcancía.

 

Pasaron muchos meses. El monstruo estaba casi repleto: se había hecho pesado, y cuando se le agitaba, un rumor argentino salía de su boca, de cuyo fondo oscuro surgían, como rápidos meteoros, deslumbradoras aristas plateadas.

Manuela, que hacía tiempo estaba sumamente pálida, cayó enferma. Comía mal y trabajaba demasiado: los médicos, que no entienden de economías, le recetaron más reposo, mucha carne y buen jerez. Pedro practicó sin vacilar en la vasija una operación dolorosa: introduciendo con maña la punta de un cuchillo por la boca, le hacía arrojar una a una, sin arcadas ni violencias, las monedas deglutidas. El monstruo, poco a poco, disminuyó de peso y cuando Manuela se sintió bien del todo, las monedas que quedaban repercutían en las paredes de barro con débil cascabeleo.

De nuevo comenzó la tarea de llenar aquel vientre insaciable. ¡Qué angustia!, los duros y las pesetas entraban por aquella boca y la oquedad jamás sonaba a repleto. Aquella vasija parecía sin fondo como el tonel de las Danaides. ¡Y qué de trabajo, qué de sacrificios, qué de privaciones representaba cada una de aquellas monedas devoradas por el monstruo con frialdad indiferente!

Vivían en un sotabanco del barrio de Argüelles, y en el piso principal de la casa se vino por entonces a establecer un capitalista opulento. Acababa de traspasar un establecimiento de préstamos que Manuela y Pedro habían visitado muchas veces en circunstancias apuradas.

Manuela, desde la ventana de su quinto piso, hacía el inventario de los lujosos muebles que entraban en la casa del prestamista enriquecido. De pronto vio, trabajosamente movida, una caja de hierro claveteada de bronce, con cerraduras de misteriosas combinaciones alfabéticas.

—¡Mira —exclamó entonces la pobre mujer, dirigiéndose amargamente a su marido—, guardando ahí el dinero es como se hacen ricos, bien seguro que de ahí se salga como nos pasa a nosotros con nuestra caja de barro, por la que la plata se filtra como agua puesta al sereno en alcarraza de Andújar!

 

La segunda vez que la alcancía estuvo a pique de rebosar, fue Pedro el que se puso enfermo; y esta vez, aunque fue vaciada por completo, no alcanzó su contenido a soportar los gastos de cinco meses de falta de jornal, y los del viaje a Alhama para alivio del reuma acarreado por no comprar una capa el día en que fue decorosamente imposible sacar a la calle aquella otra deteriorada y envejecida capa paterna.

Tercera vez comenzó la tarea. Dos años tardaron en desempeñarse; al cabo de ellos volvieron a pensar en las economías. ¡Ay!, tan imposible le es al pobre precaver la miseria por medio de su exiguo ahorro, como al inocente infante desaguar el estanque del Retiro con ayuda de una concha. Cuando el castillo es de naipes, el menor viento lo echa a tierra. ¡A qué enumerar las vulgarísimas contrariedades que en otras tres ocasiones echaron abajo aquellos estériles afanes de capitalización y enriquecimiento!

 

La última vez que antes de llena se vació la alcancía fue para evitar que el carro de un hospital vaciase los restos del marido de Manuela en la fosa común.

Magdalena era ya una mujer, pero como la sepultura de su padre se llevó aquellos ahorros que la habían de hacer rica, tuvo que trabajar para una tienda de modas. Manuela, sin abandonar su oficio, bajaba todas las mañanas a casa del antiguo prestamista en calidad de asistenta.

Un día, el siguiente a la terrible noche de lágrimas e insomnio en que supo que su hija, seducida por un acaudalado corrompido, la había abandonado para siempre, al barrer preocupada y silenciosa la casa del opulento vecino, se detuvo un momento pensativa ante la monumental arca de hierro. ¿Qué pensaría Manuela? Solo se sabe que la sacó de su profundo estupor un estremecimiento de espanto. Sobre el arca de hierro una enorme araña había tendido su tela, y en aquel momento chupaba la sangre de una mosca prisionera que se retorcía con angustiosas convulsiones.

Cuando Manuela subió al sotabanco, abismada en su dolor, permaneció inmóvil y ociosa la mayor parte del día. Ya muy tarde, acercándose a la rinconera, cogió en sus manos la malhadada hucha, y la miró con ojos de extravío; una hormiga salió de la horizontal abertura; Manuela abrió la ventana, tendió al espacio los brazos, y dejó caer al monstruo de arcilla, que se estrelló con estrépito sobre las losas del patio.

 

Cuando la alcancía se rompió, rodaron esparcidas algunas monedas de plata; por esto, sin duda, dijeron los vecinos que Manuela se había vuelto loca.

¿Quién sabe? Acaso la desdichada mujer, comprendiendo la amarga filosofía de la araña del arca y de la hormiga de la hucha, arrojó con odio, lejos de sí, aquel monstruo voraz que había traído a su casa la penuria y la privación, sin llegar nunca a ofrecer una posibilidad próxima de riqueza.



FIN

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