Libro N° 14700. La Loca. Hernández Bermúdez, Ricardo.
© Libro N° 14700. La Loca. Hernández Bermúdez, Ricardo. Emancipación. Enero 10 de 2026
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LA LOCA
Ricardo Hernández Bermúdez
Ricardo
Hernández Bermúdez
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La loca
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Se reproduce a continuación el relato La loca,
de Ricardo Hernández Bermúdez.
Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir
del texto publicado en la revista La Ilustración ibérica del
día 3 de mayo de 1890 (año VIII, núm. 383).
El texto se corresponde con el identificador
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gramática de acuerdo con las reglas vigentes del idioma español. Estos cambios
suponen, en el plano ortográfico, la supresión del acento en monosílabos y la
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relación a la disposición de signos de puntuación, principalmente en relación al
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En cuanto a la licencia de esta edición debe
tenerse en cuenta que el texto reproducido es de dominio público (Ricardo
Hernández Bermúdez falleció en 1926). Por otra parte, tanto la portada como la
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Ganso y Pulpo
Creación: Barcelona, 23 de noviembre de 2019
RICARDO HERNÁNDEZ BERMÚDEZ
Ricardo Hernández Bermúdez
Nacimiento1864
León, España
Defunción1926
Madrid, España
MovimientoRealismo
Relacionado
Vida personal
Ricardo Hernández Bermúdez nació en León
en 1864, hijo de Rosa Bermúdez de Solís. Cursó sus estudios en el Instituto de
dicha ciudad, pasando posteriormente a la Universidad de Madrid. En la capital
trabó gran amistad con Práxedes Mateo Sagasta, pero a diferencia de él prefirió
el periodismo, simultaneando el reporterismo político con la crónica de
curiosidades científicas. Su concepción de la política se sustentó en el
sentido crítico, prentendiendo recoger la impresión política de cada día para
ir formando, poco a poco, su archivo sobre los sucesos de la España
contemporánea.
Se casó con María del Carmen Martínez del Pozo en junio de 1886, siendo
ya redactor de El Imparcial y tuvo su residencia en el segundo
piso de la calle Conchas de Madrid. Con ella tuvo dos hijos (Carlos y Ricardo)
y una hija (Carmen).
En 1888 fue uno de los periodistas que tuvieron que testificar para
decir dónde adquirieron noticias relativas al famoso crimen de la calle
Fuencarral, causa durante la cual tuvo además una reyerta con el alguacil del
Juzgado.
Entre su vida social activa destaca, además de su colaboración con
suscripciones populares y la asistencia a numerosos banquetes y entierros de
grandes celebridades de la vida política y cultural de la capital, su adhesión
para la creación de un Montepío para periodistas desde 1891 y del que sería
nombrado vocal en 1904. También ostentó el cargo de Vicepresidente de la
primera sección de la Sociedad de periodistas de Madrid desde febrero de 1904.
Además, en 1910 fue condecorado con la encomienda de la nueva orden jerifiana,
junto a otros periodistas, por Sidi Mohamed El-Mokri, embajador extraordinario
del sultán.
En los años 20 ya se había convertido en uno de los periodistas en
ejercicio más antiguos, siendo conocido por su carácter fraternal y su cultura
depurada, se dice que era a quien se acudía a consultar en la redacción.
Apasionado defensor de sus ideas, se le consideraba un hombre bueno y de
espíritu joven. En sus útlimos años estuvo enfermo de gravedad y fue operado.
Trabajador infatigable, apenas recuperado, volvió a la redacción de El
Sol, considerando que el mayor dolor que sentía era la inactividad.
Finalmente, falleció en Madrid, de una rápida bronconeumonía, la mañana
del 17 de noviembre de 1926. Fue enterrado al día siguiente en el cementerio de
la Almudena, a donde fue llevado desde la casa mortuoria entre gran
concurrencia de periodistas y autores dramáticos. El cortejo fue presidido por
sus hijos, Nicolás María Urgoiti (fundador de El Sol y La
Voz) y Félix Lorenzo (director de El Sol).
Periodismo
El comienzo de su carrera se desarrolló principalmente en la redacción
de El Globo. Posteriormente, trabajó como redactor de El
Nacional y El Imparcial. Es en este periódico donde se
consolidó su carrera periodística, formando parte de su redacción durante 36
años, hasta el momento en que se produjo el cisma del periódico y el señor
Gasset lo despidió junto a gran número de sus compañeros. Entre sus trabajos se
cuentan numerosas crónicas científicas, firmadas con el seudónimo Her.
Ber., así como noticias y crónicas de corresponsal desde distintos puntos
de España. Su estilo depurado y su vasta cultura también llevaron al pie la
firma de Arisco.
Además de su trabajo fijo de redactor, colaboraba como corresponsal de
varios diarios de provincias.
Su carrera periodística se completa con colaboraciones en diversos
periódicos, como El Cantábrico o La correspondencia
militar, donde se encargó de la crítica teatral. Finalmente pasó a la
redacción de El Sol y fue colaborador asiduo de La Voz.
Teatro
Hernández Bermúdez también dedicó su pluma al género dramático, donde su
copiosa producción consiguió cosechar algún que otro éxito. Su producción
original da comienzo en el año 1885 con el juguete cómico El reloj,
una obra que decidió retirar de las tablas del teatro Eslava tras su primera
representación debido a la diversidad de opiniones del público. Un año más
tarde y en el mismo teatro estrenó El hijo de la portera, con músca
de Rubio.
Sin embargo, es en el siglo XX cuando se produce su verdadera
eclosión teatral. En diciembre de 1902 estrenó en el teatro de Principal de
Barcelona el sainete ¡Vulgaridades!, y tras este trabajo vuelve a
sumirse en el silencio. En junio de 1906 es cuando presenta en el Cómico el
entremés lírico Tupinamba, escrito en colaboración con Carlos Afán
de Rivera y que contaba con música de Foglietti y Lleó. Esta obra fue
tremendamente aplaudida y puede considerarse el primer éxito de público para el
autor.
El año de 1909 estuvo cargado de estrenos para el autor. En enero, en el
Coliseo Imperial, se representó por vez primera la comedia en un acto Lo
que no vuelve. Esta obra, que fue escrita en Londres, también fue recibida
con éxito, tanto en España como en Puerto Rico, e incluso contaría con
reposiciones en el año 1921. El 8 de junio estrenó en el mismo teatro el
juguete cómico Valdemoro y, en el mes de julio, esta vez en el
teatro Latina, un nuevo sainete titulado La juerga de Dobladillo,
escrito en colaboración con Afán de Ribera y con música de Noir y Alcaraz.
El aprecio por sus obras dramáticas continuó aumentando por parte de la
crítica con la comedia en dos actos Pagar los vidrios, estrenada en
el Coliseo Imperial en marzo de 1911. Pero su verdadera consagración se produjo
el sábado 21 de septiembre de 1912 con el estreno, en el habitual coliseo,
de El machacante, un melodrama en dos actos escrito junto a Julián
Moyrón y con intermedios musicales de Quislant y de Badía. Esta obra superó el
centenar de representaciones, cruzando el océano en varias ocasiones y con
reposiciones hasta bien entrado el año 1923.
A todos estos títulos deben sumarse algunas adapataciones de obras
extranjeras, todas realizadas en colaboración y con fecha posterior a toda su
producción teatral original. La primera de ellas es Penélope,
comedia de W. S. Manghan, traducida junto a Sinibaldo Gutiérrez y estrenada en
el Lara en 1917. A ella siguió Rirrí, de J. Hartley Manners,
traducida y adaptada junto a Luis Olive en 1921. Un año más tarde se
presentaba Juego de damas, traducción de The woman in the case, de Clyde Fitch. En 1923 se estrenó en el teatro Rey Alfonso la comedia
en tres actos Los héroes, adaptada junto a Luis Hugelman a partir
de una obra de M. A. Bisson. En el Lara se estrenó en 1925 Lo que
cuesta ser feliz, comedia en tres actos de J. Hartley Manners, también
acometida junto a Olive.
Su último trabajo teatral fue La Mari-Blanca, una zarzuela
de costumbres maragatas, en dos actos y con música de Moreno Torroba, que
escribía con González de Toro en 1926, cayendo gravemente enfermo pocos días
antes de su estreno.
Entre las necrológicas publicadas en la prensa se referencian otras tres
obras que, sin embargo, no hemos sabido localizar hasta el momento. Queden aquí
sus nombres: El triunfo de la moral, Con el alma en un hilo y La
señorita que todo lo tiene.
Narrativa breve
En el campo narrativo no abordó obras de gran extensión, prefiriendo
siempre la forma del cuento o la novela breve.
En formato libro publicó en julio de 1889 Sugestiones, que
contiene 30 artículos, cuentos, novelas cortas e idilios cultos, que sirven al
autor para presentarse como hábil pintor de costumbres. La crítica destacó de
sus textos, sobre todo, la descripción brillante, precisa y rápida, así como su
humorismo.
Una vez más las necrológicas señalan la existencia del título El
defensor del pueblo, del que no tenemos más noticias que su supuesta
existencia.
La producción cuentística de Hernández Bermúdez se encuentra diseminada
por diversas cabeceras de la prensa periódica. Sus primeros cuentos se
encuentran en La
Ilustración ibérica, donde publicó
poco más de una veintena entre 1883 y 1891.
De forma esporádica puede encontrarse algún cuento con su firma en
cabeceras como Almanaque de Conferencias culinarias, La
Ilustración española y americana, Madrid cómico, Iris, Mundo gráfico o La Esfera.
A ellos pueden sumarse diversos artículos de corte costumbrista en
diversas cabeceras, sumando a algunas de las ya mencionadas otras como La
Época, La revista cómica y taurina, La Correspondencia
de España, El Mundo Elegante, Nuevo mundo, El
País y Flores cordiales.
LA LOCA
Se había dispuesto la expedición para un domingo, y
varios amigos montamos en los coches y nos dirigimos al manicomio del doctor E.
La casa de salud, construida sobre una altura,
domina vasta extensión de verdes praderas que en suaves ondulaciones, como un
mar tranquilo, van a unirse en el horizonte con el azul del cielo.
El edificio es blanco, de blancura inmaculada,
propia para los desgraciados seres que en él moran. Parece el asilo de la
inocencia.
Un parque a la inglesa, cerrado por férrea verja,
corre a lo largo de la fachada principal, desde cuyas ventanas colúmbranse allá
en la lejanía puntiagudos y pizarrosos campanarios, bajo los cuales se adivinan
pueblos petrificados durmiendo el sueño eterno como ciudades prehistóricas.
Ningún rumor turba la soledad de aquellos parajes.
El sol, un sol tibio de marzo, cae a plomo sobre la llanura y hace brillar con
ígneos reflejos los cristales del manicomio. El paisaje es uniforme, y por
uniforme monótono. Al espaciar la vista en tales llanuras nos vino a la memoria
el trayecto de un buque desde el cual por espacio de días y de noches
interminables no ve el viajero más que cielo y agua y después agua y cielo.
Y al fin llega a hastiar lo que en un principio se
consideró hermoso. La excesiva grandeza abruma, y eso es el océano; la excesiva
belleza empalaga, y eso es el paisaje.
Contemplad mucho tiempo una mujer que reúna todas
las perfecciones que la naturaleza puede prodigar a sus hijos. Al principio os
asombrará la corrección de sus formas, la pureza de sus líneas, la finura de la
piel, la armonía, en fin, del todo. Pero proseguid mirándola sin distraer la
vista del hermoso objetivo, y poco a poco veréis descomponerse las líneas,
alterarse las formas, vulgarizarse los trazos, y al cabo, conocida punto por
punto la figura, os causará un sentimiento de disgusto que en vano trataréis de
reprimir. Estáis hastiados. La belleza que visteis os empalaga por tanta
simetría, por tanta corrección, por tanto perfeccionamiento, que os finge más
obra de arte que ser humano.
De tanto mirar el paisaje estábamos cansados, y,
buscando refugio contra la tristeza que imprimió en el alma el monótono
espectáculo, nos entramos en el amplio edificio y recorrimos las eternas
galerías bordeadas de innumerables celdas.
Un empleado iba diciendo:
—Esta es la de los suicidas, esta la de los
alucinados, esta la de los histéricos, esta la de los furiosos…
Y así todas las que son distinguidas por la manía
de los huéspedes que las ocupan.
Por último llegamos a las habitaciones ocupadas por
una loca que pertenece a aristocrática estirpe.
Ante aquella infeliz nos descubrimos.
Hallábase sentada en cómoda butaca, cerca de un
rincón. Las ventanas, cubiertas con sendos cortinajes, tamizaban apenas la luz,
dejando el cuarto en leve penumbra.
La forma de la dama destacábase enérgica sobre el
fondo lila de la pared y del sillón, y difícilmente podíamos examinar la parte
de su rostro que al descubierto dejaba un pañuelo con que se cubría los ojos.
Aquella mujer era algo gruesa y parecía alta sin
exageración. Su pelo negro encuadraba una frente marmórea, y, alisado con
sencillez, iba a retorcerse en grueso y apretado moño sobre la nuca.
La loca estaba inclinada con el brazo derecho fijo
en el de la butaca, y la mano blanquísima sujetando el pañuelo con que,
ocultando sus ojos, no permitía satisfacer la curiosidad a nuestras miradas.
Su vestido era en extremo modesto, y por debajo de
él asomaba un pie que con impaciente o nervioso movimiento golpeaba el suelo
sin cesar.
—Señorita —le dijo nuestro guía—,
estos caballeros vienen a visitarla.
—¡Cuánto siento —replicó
sin moverse— recibirles en esta ocasión!
—¿Por qué? —le pregunté.
—¡Oh!… Mis hijos lo han revuelto todo y aún no he tenido
tiempo de arreglar la casa.
—No importa —repliqué—; somos de confianza.
—Gracias les doy por su benevolencia, pero hoy no
me encuentro visible.
—Y ¿cómo están los ojos? —interrogó
cariñosamente el empleado.
—Mis ojos —contestó la loca—
son hoy más bellos que nunca.
Salimos de allí.
—¿Qué tiene esta mujer? —pregunté.
—Una manía originalísima. La enferma que acaban
Vds. de ver es la Sra. de M., viuda con inmensa fortuna. Todos los individuos
de su familia han padecido bastante de la vista, y por consecuencia de ese mal,
que es hereditario, algunos han quedado completamente ciegos. Uno de ellos fue
el padre de esta señora: perdió la vista a poco de contraer matrimonio.
»La Sra. de M. era hermosísima, de tan
extraordinaria belleza que aún hoy, que los años han caminado sobre ella con
presteza acelerada por grandes amarguras, conserva muchos de sus encantos.
»La pobre se casó a los veinte años con un hombre a
quien adoró con la vehemencia del primer amor, del único de su vida, y tuvo dos
niños. Nacer el segundo y morir su esposo fue una misma cosa. Tanto de soltera
como cuando ya estuvo casada, la Sra. de M. conservó la constante preocupación
de que más pronto o más tarde habría de quedarse ciega. La inexorable ley
perseguidora de la familia pesaba como tremenda espada de Damocles sobre su
cabeza. La fatalidad tenía que cumplir su obra acaso secular. Y la Sra. de M.
cuidábase los ojos como el don más preciado de su hermosura. La verdad es que
los tenía muy lindos. Ella lo sabía, y la primera operación cotidiana que
llevaba a efecto apenas abría los ojos, era mirárselos en un espejo y
embriagarse en la negrura de sus dos abismos…
¡Abismos fueron en donde cayó para no levantarse nunca!
»Casi al mismo tiempo sus dos hijos enfermaron de
la vista.
»Ella estaba horrorizada y, aunque con grandes
precauciones, cuidábalos con solícito esmero.
»La Sra. de M… temía que el mal se le pegase y perdiera aquellos
dos luceros que se encendían en el cielo de su rostro.
»Su pueril alarma persiguiola obstinadamente, y
hasta en sueños la obsesión de la ceguera agitaba sin tregua su cerebro.
»El presentimiento aumentose con la gravedad que
adquirió el mayor de los niños; y cuando al cabo de muchos meses se quedó
ciego, la pobre madre se volvió loca.
»Y ahí la tienen Vds., siempre sentada en la
oscuridad, siempre nerviosa y siempre ocultando sus ojos bajo el pañuelo para
que no los hiera la luz; porque cree que si los abre, si se quita el paño y un
rayo de sol ilumina su pupila, entonces sus ojos negros y grandes cegarán
instantáneamente. Tal es la manía histérica que tiene esa loca.
Un sentimiento de inmensa piedad se apoderó de mi
alma, y a mi mente acudieron estas palabras del Eclesiastés: Vanitas vanitatum et omnia vanitas.
FIN

