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Libro N° 14700. La Loca. Hernández Bermúdez, Ricardo.

Guillermo Molina Miranda mayo 19, 2026


© Libro N° 14700. La Loca. Hernández Bermúdez, Ricardo. Emancipación. Enero 10 de 2026

 

Título Original: © La Loca. Ricardo Hernández Bermúdez

 

Versión Original: © La Loca. Ricardo Hernández Bermúdez

 

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Guillermo Molina Miranda




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LA LOCA

Ricardo Hernández Bermúdez


 

 

La Loca

Ricardo Hernández Bermúdez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Table of Contents

Nota previa

La loca



 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nota previa

 

Se reproduce a continuación el relato La loca, de Ricardo Hernández Bermúdez.

Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir del texto publicado en la revista La Ilustración ibérica del día 3 de mayo de 1890 (año VIII, núm. 383).

El texto se corresponde con el identificador editorial GYP-NB0444, habiéndose podido actualizar su ortografía y gramática de acuerdo con las reglas vigentes del idioma español. Estos cambios suponen, en el plano ortográfico, la supresión del acento en monosílabos y la actualización de aquel léxico técnico y/o extranjerismos que están actualmente integrados en el idioma. En el plano gramatical ha podido variar el texto en relación a la disposición de signos de puntuación, principalmente en relación al empleo de la raya.

En cuanto a la licencia de esta edición debe tenerse en cuenta que el texto reproducido es de dominio público (Ricardo Hernández Bermúdez falleció en 1926). Por otra parte, tanto la portada como la edición aquí presentadas se distribuyen gratuitamente bajo licencia Creative Commons por la editorial electrónica Ganso y Pulpo, que espera se comparta en los mismos términos que los estipulados originalmente (edición íntegra, sin ánimo de lucro y respetuosa tanto con el texto como con el trabajo desempeñado por la editorial).

El presente ePub está libre de DRM y validado técnicamente, como puede comprobarse mediante la aplicación web del IDPF.

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Sin más, esperamos que disfrute de su lectura. Todas sus apreciaciones, sugerencias y observaciones son bienvenidas en nuestro formulario de contacto.

Ganso y Pulpo

Creación: Barcelona, 23 de noviembre de 2019

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RICARDO HERNÁNDEZ BERMÚDEZ

Ricardo Hernández Bermúdez

Nacimiento1864

León, España

Defunción1926

Madrid, España

MovimientoRealismo

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Vida personal

Ricardo Hernández Bermúdez nació en León en 1864, hijo de Rosa Bermúdez de Solís. Cursó sus estudios en el Instituto de dicha ciudad, pasando posteriormente a la Universidad de Madrid. En la capital trabó gran amistad con Práxedes Mateo Sagasta, pero a diferencia de él prefirió el periodismo, simultaneando el reporterismo político con la crónica de curiosidades científicas. Su concepción de la política se sustentó en el sentido crítico, prentendiendo recoger la impresión política de cada día para ir formando, poco a poco, su archivo sobre los sucesos de la España contemporánea.

Se casó con María del Carmen Martínez del Pozo en junio de 1886, siendo ya redactor de El Imparcial y tuvo su residencia en el segundo piso de la calle Conchas de Madrid. Con ella tuvo dos hijos (Carlos y Ricardo) y una hija (Carmen).

En 1888 fue uno de los periodistas que tuvieron que testificar para decir dónde adquirieron noticias relativas al famoso crimen de la calle Fuencarral, causa durante la cual tuvo además una reyerta con el alguacil del Juzgado.

Entre su vida social activa destaca, además de su colaboración con suscripciones populares y la asistencia a numerosos banquetes y entierros de grandes celebridades de la vida política y cultural de la capital, su adhesión para la creación de un Montepío para periodistas desde 1891 y del que sería nombrado vocal en 1904. También ostentó el cargo de Vicepresidente de la primera sección de la Sociedad de periodistas de Madrid desde febrero de 1904. Además, en 1910 fue condecorado con la encomienda de la nueva orden jerifiana, junto a otros periodistas, por Sidi Mohamed El-Mokri, embajador extraordinario del sultán.

En los años 20 ya se había convertido en uno de los periodistas en ejercicio más antiguos, siendo conocido por su carácter fraternal y su cultura depurada, se dice que era a quien se acudía a consultar en la redacción. Apasionado defensor de sus ideas, se le consideraba un hombre bueno y de espíritu joven. En sus útlimos años estuvo enfermo de gravedad y fue operado. Trabajador infatigable, apenas recuperado, volvió a la redacción de El Sol, considerando que el mayor dolor que sentía era la inactividad.

Finalmente, falleció en Madrid, de una rápida bronconeumonía, la mañana del 17 de noviembre de 1926. Fue enterrado al día siguiente en el cementerio de la Almudena, a donde fue llevado desde la casa mortuoria entre gran concurrencia de periodistas y autores dramáticos. El cortejo fue presidido por sus hijos, Nicolás María Urgoiti (fundador de El Sol y La Voz) y Félix Lorenzo (director de El Sol).

Periodismo

El comienzo de su carrera se desarrolló principalmente en la redacción de El Globo. Posteriormente, trabajó como redactor de El Nacional y El Imparcial. Es en este periódico donde se consolidó su carrera periodística, formando parte de su redacción durante 36 años, hasta el momento en que se produjo el cisma del periódico y el señor Gasset lo despidió junto a gran número de sus compañeros. Entre sus trabajos se cuentan numerosas crónicas científicas, firmadas con el seudónimo Her. Ber., así como noticias y crónicas de corresponsal desde distintos puntos de España. Su estilo depurado y su vasta cultura también llevaron al pie la firma de Arisco.

Además de su trabajo fijo de redactor, colaboraba como corresponsal de varios diarios de provincias.

Su carrera periodística se completa con colaboraciones en diversos periódicos, como El Cantábrico o La correspondencia militar, donde se encargó de la crítica teatral. Finalmente pasó a la redacción de El Sol y fue colaborador asiduo de La Voz.

Teatro

Hernández Bermúdez también dedicó su pluma al género dramático, donde su copiosa producción consiguió cosechar algún que otro éxito. Su producción original da comienzo en el año 1885 con el juguete cómico El reloj, una obra que decidió retirar de las tablas del teatro Eslava tras su primera representación debido a la diversidad de opiniones del público. Un año más tarde y en el mismo teatro estrenó El hijo de la portera, con músca de Rubio.

Sin embargo, es en el siglo XX cuando se produce su verdadera eclosión teatral. En diciembre de 1902 estrenó en el teatro de Principal de Barcelona el sainete ¡Vulgaridades!, y tras este trabajo vuelve a sumirse en el silencio. En junio de 1906 es cuando presenta en el Cómico el entremés lírico Tupinamba, escrito en colaboración con Carlos Afán de Rivera y que contaba con música de Foglietti y Lleó. Esta obra fue tremendamente aplaudida y puede considerarse el primer éxito de público para el autor.

El año de 1909 estuvo cargado de estrenos para el autor. En enero, en el Coliseo Imperial, se representó por vez primera la comedia en un acto Lo que no vuelve. Esta obra, que fue escrita en Londres, también fue recibida con éxito, tanto en España como en Puerto Rico, e incluso contaría con reposiciones en el año 1921. El 8 de junio estrenó en el mismo teatro el juguete cómico Valdemoro y, en el mes de julio, esta vez en el teatro Latina, un nuevo sainete titulado La juerga de Dobladillo, escrito en colaboración con Afán de Ribera y con música de Noir y Alcaraz.

El aprecio por sus obras dramáticas continuó aumentando por parte de la crítica con la comedia en dos actos Pagar los vidrios, estrenada en el Coliseo Imperial en marzo de 1911. Pero su verdadera consagración se produjo el sábado 21 de septiembre de 1912 con el estreno, en el habitual coliseo, de El machacante, un melodrama en dos actos escrito junto a Julián Moyrón y con intermedios musicales de Quislant y de Badía. Esta obra superó el centenar de representaciones, cruzando el océano en varias ocasiones y con reposiciones hasta bien entrado el año 1923.

A todos estos títulos deben sumarse algunas adapataciones de obras extranjeras, todas realizadas en colaboración y con fecha posterior a toda su producción teatral original. La primera de ellas es Penélope, comedia de W. S. Manghan, traducida junto a Sinibaldo Gutiérrez y estrenada en el Lara en 1917. A ella siguió Rirrí, de J. Hartley Manners, traducida y adaptada junto a Luis Olive en 1921. Un año más tarde se presentaba Juego de damas, traducción de The woman in the case, de Clyde Fitch. En 1923 se estrenó en el teatro Rey Alfonso la comedia en tres actos Los héroes, adaptada junto a Luis Hugelman a partir de una obra de M. A. Bisson. En el Lara se estrenó en 1925 Lo que cuesta ser feliz, comedia en tres actos de J. Hartley Manners, también acometida junto a Olive.

Su último trabajo teatral fue La Mari-Blanca, una zarzuela de costumbres maragatas, en dos actos y con música de Moreno Torroba, que escribía con González de Toro en 1926, cayendo gravemente enfermo pocos días antes de su estreno.

Entre las necrológicas publicadas en la prensa se referencian otras tres obras que, sin embargo, no hemos sabido localizar hasta el momento. Queden aquí sus nombres: El triunfo de la moral, Con el alma en un hilo y La señorita que todo lo tiene.

Narrativa breve

En el campo narrativo no abordó obras de gran extensión, prefiriendo siempre la forma del cuento o la novela breve.

En formato libro publicó en julio de 1889 Sugestiones, que contiene 30 artículos, cuentos, novelas cortas e idilios cultos, que sirven al autor para presentarse como hábil pintor de costumbres. La crítica destacó de sus textos, sobre todo, la descripción brillante, precisa y rápida, así como su humorismo.

Una vez más las necrológicas señalan la existencia del título El defensor del pueblo, del que no tenemos más noticias que su supuesta existencia.

La producción cuentística de Hernández Bermúdez se encuentra diseminada por diversas cabeceras de la prensa periódica. Sus primeros cuentos se encuentran en La Ilustración ibérica, donde publicó poco más de una veintena entre 1883 y 1891.

De forma esporádica puede encontrarse algún cuento con su firma en cabeceras como Almanaque de Conferencias culinarias, La Ilustración española y americana, Madrid cómico, Iris, Mundo gráfico o La Esfera.

A ellos pueden sumarse diversos artículos de corte costumbrista en diversas cabeceras, sumando a algunas de las ya mencionadas otras como La Época, La revista cómica y taurina, La Correspondencia de España, El Mundo Elegante, Nuevo mundo, El País y Flores cordiales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA LOCA

Se había dispuesto la expedición para un domingo, y varios amigos montamos en los coches y nos dirigimos al manicomio del doctor E.

La casa de salud, construida sobre una altura, domina vasta extensión de verdes praderas que en suaves ondulaciones, como un mar tranquilo, van a unirse en el horizonte con el azul del cielo.

El edificio es blanco, de blancura inmaculada, propia para los desgraciados seres que en él moran. Parece el asilo de la inocencia.

Un parque a la inglesa, cerrado por férrea verja, corre a lo largo de la fachada principal, desde cuyas ventanas colúmbranse allá en la lejanía puntiagudos y pizarrosos campanarios, bajo los cuales se adivinan pueblos petrificados durmiendo el sueño eterno como ciudades prehistóricas.

Ningún rumor turba la soledad de aquellos parajes. El sol, un sol tibio de marzo, cae a plomo sobre la llanura y hace brillar con ígneos reflejos los cristales del manicomio. El paisaje es uniforme, y por uniforme monótono. Al espaciar la vista en tales llanuras nos vino a la memoria el trayecto de un buque desde el cual por espacio de días y de noches interminables no ve el viajero más que cielo y agua y después agua y cielo.

Y al fin llega a hastiar lo que en un principio se consideró hermoso. La excesiva grandeza abruma, y eso es el océano; la excesiva belleza empalaga, y eso es el paisaje.

Contemplad mucho tiempo una mujer que reúna todas las perfecciones que la naturaleza puede prodigar a sus hijos. Al principio os asombrará la corrección de sus formas, la pureza de sus líneas, la finura de la piel, la armonía, en fin, del todo. Pero proseguid mirándola sin distraer la vista del hermoso objetivo, y poco a poco veréis descomponerse las líneas, alterarse las formas, vulgarizarse los trazos, y al cabo, conocida punto por punto la figura, os causará un sentimiento de disgusto que en vano trataréis de reprimir. Estáis hastiados. La belleza que visteis os empalaga por tanta simetría, por tanta corrección, por tanto perfeccionamiento, que os finge más obra de arte que ser humano.

De tanto mirar el paisaje estábamos cansados, y, buscando refugio contra la tristeza que imprimió en el alma el monótono espectáculo, nos entramos en el amplio edificio y recorrimos las eternas galerías bordeadas de innumerables celdas.

Un empleado iba diciendo:

—Esta es la de los suicidas, esta la de los alucinados, esta la de los histéricos, esta la de los furiosos

Y así todas las que son distinguidas por la manía de los huéspedes que las ocupan.

Por último llegamos a las habitaciones ocupadas por una loca que pertenece a aristocrática estirpe.

Ante aquella infeliz nos descubrimos.

Hallábase sentada en cómoda butaca, cerca de un rincón. Las ventanas, cubiertas con sendos cortinajes, tamizaban apenas la luz, dejando el cuarto en leve penumbra.

La forma de la dama destacábase enérgica sobre el fondo lila de la pared y del sillón, y difícilmente podíamos examinar la parte de su rostro que al descubierto dejaba un pañuelo con que se cubría los ojos.

Aquella mujer era algo gruesa y parecía alta sin exageración. Su pelo negro encuadraba una frente marmórea, y, alisado con sencillez, iba a retorcerse en grueso y apretado moño sobre la nuca.

La loca estaba inclinada con el brazo derecho fijo en el de la butaca, y la mano blanquísima sujetando el pañuelo con que, ocultando sus ojos, no permitía satisfacer la curiosidad a nuestras miradas.

Su vestido era en extremo modesto, y por debajo de él asomaba un pie que con impaciente o nervioso movimiento golpeaba el suelo sin cesar.

—Señorita —le dijo nuestro guía—, estos caballeros vienen a visitarla.

—¡Cuánto siento —replicó sin moverse— recibirles en esta ocasión!

—¿Por qué? —le pregunté.

—¡Oh!… Mis hijos lo han revuelto todo y aún no he tenido tiempo de arreglar la casa.

—No importa —repliqué—; somos de confianza.

—Gracias les doy por su benevolencia, pero hoy no me encuentro visible.

—Y ¿cómo están los ojos? —interrogó cariñosamente el empleado.

—Mis ojos —contestó la loca— son hoy más bellos que nunca.

Salimos de allí.

—¿Qué tiene esta mujer? —pregunté.

—Una manía originalísima. La enferma que acaban Vds. de ver es la Sra. de M., viuda con inmensa fortuna. Todos los individuos de su familia han padecido bastante de la vista, y por consecuencia de ese mal, que es hereditario, algunos han quedado completamente ciegos. Uno de ellos fue el padre de esta señora: perdió la vista a poco de contraer matrimonio.

»La Sra. de M. era hermosísima, de tan extraordinaria belleza que aún hoy, que los años han caminado sobre ella con presteza acelerada por grandes amarguras, conserva muchos de sus encantos.

»La pobre se casó a los veinte años con un hombre a quien adoró con la vehemencia del primer amor, del único de su vida, y tuvo dos niños. Nacer el segundo y morir su esposo fue una misma cosa. Tanto de soltera como cuando ya estuvo casada, la Sra. de M. conservó la constante preocupación de que más pronto o más tarde habría de quedarse ciega. La inexorable ley perseguidora de la familia pesaba como tremenda espada de Damocles sobre su cabeza. La fatalidad tenía que cumplir su obra acaso secular. Y la Sra. de M. cuidábase los ojos como el don más preciado de su hermosura. La verdad es que los tenía muy lindos. Ella lo sabía, y la primera operación cotidiana que llevaba a efecto apenas abría los ojos, era mirárselos en un espejo y embriagarse en la negrura de sus dos abismos… ¡Abismos fueron en donde cayó para no levantarse nunca!

»Casi al mismo tiempo sus dos hijos enfermaron de la vista.

»Ella estaba horrorizada y, aunque con grandes precauciones, cuidábalos con solícito esmero.

»La Sra. de M… temía que el mal se le pegase y perdiera aquellos dos luceros que se encendían en el cielo de su rostro.

»Su pueril alarma persiguiola obstinadamente, y hasta en sueños la obsesión de la ceguera agitaba sin tregua su cerebro.

»El presentimiento aumentose con la gravedad que adquirió el mayor de los niños; y cuando al cabo de muchos meses se quedó ciego, la pobre madre se volvió loca.

»Y ahí la tienen Vds., siempre sentada en la oscuridad, siempre nerviosa y siempre ocultando sus ojos bajo el pañuelo para que no los hiera la luz; porque cree que si los abre, si se quita el paño y un rayo de sol ilumina su pupila, entonces sus ojos negros y grandes cegarán instantáneamente. Tal es la manía histérica que tiene esa loca.

Un sentimiento de inmensa piedad se apoderó de mi alma, y a mi mente acudieron estas palabras del Eclesiastés: Vanitas vanitatum et omnia vanitas.



FIN

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