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Libro N° 14699. El Moscardón. Escamilla, Pedro.

Guillermo Molina Miranda mayo 19, 2026


© Libro N° 14699. El Moscardón. Escamilla, Pedro. Emancipación. Enero 10 de 2026

 

Título Original: © El Moscardón. Pedro Escamilla

 

Versión Original: © El Moscardón. Pedro Escamilla

 

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Guillermo Molina Miranda




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EL MOSCARDÓN

Pedro Escamilla


 

 

 

El Moscardón

Pedro Escamilla

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Table of Contents

Nota previa

Autor

El moscardón

I

II

III

IV



 

 

 

 

 

 

Nota previa

Se reproduce a continuación el relato El moscardón, de Pedro Escamilla.

Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir del texto publicado en el semanario El Periódico para Todos en el año 1882 (época III, año III, núm. 20).

El texto se corresponde con el identificador editorial GYP-NB0443, habiéndose podido actualizar su ortografía y gramática de acuerdo con las reglas vigentes del idioma español. Estos cambios suponen, en el plano ortográfico, la supresión del acento en monosílabos y la actualización de aquel léxico técnico y/o extranjerismos que están actualmente integrados en el idioma. En el plano gramatical ha podido variar el texto en relación a la disposición de signos de puntuación, principalmente en relación al empleo de la raya.

En cuanto a la licencia de esta edición debe tenerse en cuenta que el texto reproducido es de dominio público (Pedro Escamilla falleció en 1907). Por otra parte, tanto la portada como la edición aquí presentadas se distribuyen gratuitamente bajo licencia Creative Commons por la editorial electrónica Ganso y Pulpo, que espera se comparta en los mismos términos que los estipulados originalmente (edición íntegra, sin ánimo de lucro y respetuosa tanto con el texto como con el trabajo desempeñado por la editorial).

El presente ePub está libre de DRM y validado técnicamente, como puede comprobarse mediante la aplicación web del IDPF.

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Ganso y Pulpo

Creación: Barcelona, 13 de julio de 2019

Última revisión: Barcelona, 30 de julio de 2019

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PEDRO ESCAMILLA

 

Nacimientoca. 1840

Madrid, España

Defunción. 1890

Madrid, España

MovimientoEscritor bohemio

Relacionado

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Introducción

Se busque donde se busque a Pedro Escamilla, madrileño nacido y muerto en fechas y circunstancias no conocidas, siempre encontramos la etiqueta de escritor bohemio. Bohemio empedernido. Bohemio sempiterno. Hombre de vida inquieta, azarosa, rebelde. Hombre que no veía sol. Hombre de espíritu dolido y atormentado. Víctima de sí mismo, condenado a ocios forzosos, sumido en una vida estéril y sin objeto… En fin, los retratos que de él se han hecho dan lugar a un representante del canon bohemio. El siguiente epíteto recurrente que encontramos es el de escritor prolífico, de rica inventiva y gran popularidad, tremendamente aplaudido por sus coetáneos. Así pues, fatalidad vital y fortuna literaria se dibujan como las principales guías de la existencia de este escritor difuminado hoy en nuestro imaginario literario.

Ganso y Pulpo reedita parte de su producción literaria desde el día 11 de mayo de 2012.

Semblanza

Unas cuantas son las menciones que de Pedro Escamilla pueden encontrarse a día de hoy en hemerotecas y bibliotecas. Sin embargo, son pocos los datos concretos que acerca de su vida pueden encontrarse. Su faceta bohemia acapara la atención, convirtiéndose así en fundamento esencial del hombre y escritor.

Superior a sus obras fue su espíritu, donde latían muchas inquietudes a las que no pudo dar forma por el género de vida que llevaba. Le faltaron tiempo, ocasión y oportunidad. Víctima de aquella misma vida de bohemia, harto hacía con resolver el difícil problema de la existencia cotidiana. Catalogado entre los rebeldes e inadaptables, no podía hacer más. Tampoco se lo consentían. Galeote de la pluma, miserable, harapiento y necesitado, ¿qué es lo que iba a hacer? Cuando sentía algo grande, hermoso y trascendental lo callaba. ¿Para qué decirlo si ninguno le haría caso?

López Núñez {1928}

Entre sus compañeros de bohemia figura como eje central del grupo Pelayo del Castillo. A su alrededor, además de Escamilla, se encontraban asiduamente Pedro Marquina, Guyón, Alaminos y López el Sucio. A partir de la experiencia de este grupo, la idea de la condenación del bohemio vuelve a hacerse presente en el discurso anterior:

Bohemios, eternamente bohemios, su destino les condenaba a seguir viviendo como hasta entonces habían vivido, de espaldas a la realidad, y atentos solamente a lo que su fantasía les dictaba.

López Núñez {1928}

Por otra parte, leyendo las distintas entregas de El sol de la bohemia y la bohemia sin sol, de Florencio Moreno Godino {considerado a su vez como decano de la bohemia española}, nos encontramos con algunos recuerdos que nos brindan, entre otras cosas, la descripción física de Escamilla.

Escamilla, pálido, de cara larga, era tan sumamente delgado que parecía un pretexto para que un alma residiese en un cuerpo.

Moreno Godino {1902}

La narración de alguna otra anécdota de este grupo de la bohemia madrileña nos muestra a un Escamilla tímido hasta el punto de dormir la borrachera entre los tizones y cucarachas de una carbonera antes que hacerlo con sus compañeros a la intemperie del Retiro. {Pluma y Lápiz, nº 163}.

Nuestra labor de documentación acerca de la vida de Pedro Escamilla, llegados a este punto, queda en suspenso. De repente, un día incierto, desaparece. Ya no se vuelve a saber nada de él y todos cuantos le dedican unas palabras apuestan por un fin similar al de su amigo Pelayo del Castillo {que murió en la soledad y la miseria} o Pedro Marquina {que lo encontraron muerto entre la nieve, después de que ahí lo arrojase, por ahorrarse complicaciones, la patrona de la casa de huéspedes en que falleció}.

Labor literaria

Los inicios literarios de Escamilla comienzan tras ponerse a disposición de Miguel Pastorfido, editor de su amigo de bohemia Pelayo del Castillo. Escritor prolífico y heterogéneo, cuenta con numerosas comedias, novelas folletinescas {hechas de encargo}, poesía y narraciones breves entre su producción.

En el artículo que a su figura dedica López Núñez se destaca la espontaneidad de su proceso creativo:

De vida tan desordenada como la de su hermano de bohemia [Pelayo del Castillo], escribía con rara facilidad. Sus obras más aplaudidas las hizo donde pudo y como pudo, siendo curioso el hecho de que se ponía a escribir una obra sin saber lo que iba a hacer. Todo lo fiaba a la casualidad y a la inspiración, seguro de sí mismo y de su ingenio.

López Núñez {1928}

En el ámbito de la prensa fundó el periódico satírico El Fisgón {1865} y, empleado principalmente en el relato corto, llegó a publicar alrededor de 400 en diferentes almanaques, revistas y periódicos de la época como El Álbum de las Familias, La Ilustración de los Niños, La Lectura para Todos, La Moda Elegante Ilustrada o El Museo Universal. La palma se la lleva El Periódico para Todos, donde publicó 376 de sus cuentos y algún que otro folletín.

A ello debe añadirse su producción teatral {donde hemos llegado a sumar más de 50 títulos} y novelística {que según Cazottes alcanza hasta 34 títulos, publicados de 1859 a 1886 en libro o en folletín}.

Si se tiene en cuenta que también escribió con el seudónimo de Félix X y que corría el rumor de que las más importantes novelas de Puerta Vizcaíno estaban escritas por él, los títulos surgidos de su pluma se siguen multiplicando. Sirva el siguiente texto de Nombela, citado por Juan Ignacio Ferreras {2009}, para ilustrar lo que aquí se expone:

Pedro Escamilla que hizo comedias, dramas y novelas, primero para el librero y después para algunos autores perezosos o aficionados a engalanarse con plumas ajenas […] corrió la voz de que las novelas de Puerta Vizcaíno estaban escritas por Escamilla.

Ferreras {2009}

Asimismo, el propio filólogo Juan Ignacio Ferreras plantea dubitativo en su Catálogo de novelas y novelistas españoles del siglo XIX el posible empleo de Pedro Escamilla como seudónimo por parte del escritor Julián Castellanos y Velasco.

Ante tan vasta producción, los intereses actuales parecen centrarse especialmente en sus narraciones cortas de género fantástico y de horror. Con la atribución de diversas influencias {que van desde Bécquer, E. Erckmann y A. Chatrian a E.T.A. Hoffmann y Poe} y publicados originalmente casi en su totalidad en El Periódico para Todos, han sido ya objeto de estudio de David Roas, reputado académico en este campo de la creación literaria. Dejando de lado los cuentos de corte legendario, los cuentos seudofantásticos {que concluyen con la racionalización del supuesto fenómeno sobrenatural} y los de carácter religioso {milagros e intervenciones del diablo}, su catalogación se resume del siguiente modo:

·    Cuentos que giran en torno a la casualidad.

·    Cuentos en que lo sobrenatural se introduce de forma explícita en la vida cotidiana de los personajes.

·    Cuentos con el tema del doble.

Por lo demás, hasta el momento, parece que la labor literaria de Pedro Escamilla ha quedado relegada a ese ámbito del lector erudito, consiguiendo pervivir agazapado ante los lectores de las ediciones anotadas de La Regenta, cuando Joaquín Orgaz canta en la catedral de Vetusta su —¡Y Pun, Pin, Pun!… yo soy el general… Bum Bum.

Producción

Teatro

·    Una equivocación : comedia en un acto y en verso {1858}

·    Miguelito : comedia en un acto y en verso {1860}

·    Un gallego : comedia original en un acto y en verso {1861}

·    Atala y Chacta : zarzuela en un acto {1862}

·    Jugar para que otro cobre : comedia original en un acto y en verso {1862}

·    Avendaño y Aguilar : comedia original en un acto y en verso. Impr. de P. Conesa Madrid, 1862.

·    La urraca ladrona : melodrama de grande espectáculo, nuevamente arreglado en cuatro actos y en verso {1863}

·    Las consecuencias del juego : drama en tres actos dividido en seis cuadros, en verso, arreglado del escrito en francés por Victor Dumange {1864}

·    La huérfana de Ginebra : drama en tres actos y en verso, arreglado del francés {1864}

·    Las siete palabras {1867}

·    La vida del hombre malo : aleluyas cómico-filosóficas divididas en tres actos y en verso {1868}

·    Madrid en el dos de mayo : drama de costumbres populares en tres actos y en verso {1868}

·    El loro de mi mujer : juguete en un acto original y en verso {1868}

·    La verdad y la mentira : correría mágico-fantástica en tres actos y en verso, arreglada del francés {1869}

·    El desenlace de un drama : comedia original en un acto y en verso {1869}

·    Bertoldo {1869}

·    Requiescat in pace {1870}

·    Para casarse ocultarse : comedia en un acto y en verso {1870}

·    A buen rey mejor alcalde : comedia historica en un acto y en verso. Impr. de J. Peña Madrid, 1870.

·    El Cristo de la agonía : drama en un acto y en verso. Impr. Económica Madrid, 1870.

·    Jesús {1870}

·    Aguilera y Aguilar : juguete cómico en un acto, original y en verso. Estab. tip. de P. Abienzo Madrid, 1871.

·    Por el rey y contra el rey : drama en dos actos y en verso {1872}

·    San Jorge por Aragón : drama original en un acto y en verso {1872}

·    El álbum y el ramillete : comedia en un acto y en verso {1872}

·    La alcaldesa de Zaratán : drama en un acto {1873}

·    El hijo de don Damián : juguete cómico en verso {1873}

·    Una hiena : juguete cómico en un acto y en verso {1873; con José Olier}

·    Por lo flamenco : juguete cómico {1874}

·    El niño ya tiene un diente {1874}

·    Por ser corto de genio {1874}

·    La hermana de la Cruz Roja : drama en dos actos y en verso {1874; con José Olier}

·    Escenas de un drama {1874}

·    Saco de noche {1875}

·    Muertos que resucitan : pieza en un acto y en verso, escrita sobre un pensamiento de otra francesa {1876}

·    Amor quebranta amistad {1877}

·    Partida doble {1877}

·    La muñeca {1878}

·    El orangután : juguete cómico en un acto y en prosa {1879}

·    El pretil de Santisteban {1879}

·    La capa del amigo : patrón para una capa de verdad recortado en verso de un modo original {1879}

·    Sin comerlo ni beberlo : juguete cómico en un acto y en verso {1879}

·    Perales y compañía : juguete cómico en un acto y en prosa {1879}

·    Con la cena y sin cenar : juguete cómico en un acto y en prosa {1879}

·    La última comedia {1880}

·    Cobrar el hospedaje {1880}

·    El hábito de Santiago {1880}

·    Diplomacia macarena {1880}

·    Un toro de muerte {1880}

·    Se suplica el coche : comedia en un acto y en prosa {1880}

·    Se desea un señor solo : juguete cómico original, en un acto y en verso {1880}

·    La camisa de la Lola {1881}

·    Las matanzas de Orán {1881}

·    Correr un temporal {1881}

·    Oración de San Antonio {1882}

·    El capitán Satanás {1882}

·    La chinela y el retrato : juguete en un acto y en verso {1883}

·    Ruperto el pobre diablo : parodia de la ópera Roberto el diablo, en un acto y cuatro cuadros, en verso {1883}

·    Un matrimonio a muerte {1883}

·    Verónica y Volapié {1885; con José Beltrán; música de Tomás Reig}

·    La cabeza de San Pedro {1889}

Novela

·    El mártir de la aldea {1876}

·    La bruja de Chamberí {1876}

·    Rosa Samaniego o La sima de Igúzquiza : narración {1877}

·    El doctor jorobado o El rey de los ladrones {1878}

·    El Cristo del Perdón {1879}

·    Un drama al pie del cadalso {1879}

·    El guardián de los Jerónimos {1880}

·    El mesón del miserere {1881}

·    Las chulas de Lavapiés : novela de costumbres populares {1881}

·    Los baños del Manzanares {1882}

·    Amor de madre {1882}

·    El general Bum-Bum : aventura extraordinaria {1883}

·    El farol de la Virgen {1883}

·    El guapo Francisco Esteban {1883}

·    El majo de Andújar {1883}

·    Lola la costurera : novela de costumbres {1884}

·    El réquiem de Fray Martín : novela orignal escrita para El Comercio de Manila {1884}

·    San Francisco y compañía {1885}

·    Las siete mujeres de Barba Azul {1886}

·    La Virgen del mar {1886}

·    La atalaya de las ánimas : novela original {1889}

·    Sitio de Cuenca {s.a.}

Otros

·    Almanaque del Tío Carcoma para el año bisiesto de 1880 {1879}

·    Almanaque del Tío Carcoma para 1883 {1882}

·    Almanaque de los chistes para 1884 {1883}

·    Almanaque flamenco para 1884 {1883}

·    El Quita-pesares : Almanaque satírico-literario para 1886 {1885}

·    El Quita-pesares : Almanaque satírico-literario para 1890 {1889}

Bibliografía

·    Cazottes, Giselle. “Contribución al estudio del cuento en la prensa madrileña de la segunda mitad del siglo XIX. Pedro Escamilla”, Iris, 4, 1983.

·    Cejador y Frauca, Julio. Historia de la lengua y literatura castellana comprendidos los autores hispanoamericanos. Madrid: Tip. de la "Revista de Archivos, Bibl. y Museos”, 1918, t. VIII, p. 293-298.

·    Ferreras, Juan Ignacio. La Novela en España: Historia, Estudios y Ensayos. Madrid: Biblioteca del Laberinto, 2009, vol. 4.

·    Ferreras, Juan Ignacio. Catálogo de novelas y novelistas españoles del siglo XIX. Madrid: Cátedra, 1979, p. 139.

·    López Núñez, Juan. “De la vida bohemia: Una fábrica de novelas y comedias”, La Voz, año IX, 2.426, p. 8, 08/10/1928.

·    Moreno Godino, Florencio. “El sol de la bohemia y la bohemia sin sol”. Pluma y Lápiz, año III, 106, 09/11/1902. p. 534-535.

·    Roas, David. “Entre cuadros, espejos y sueños misteriosos. La obra fantástica de Pedro Escamilla”. Scriptura, 2001, 16, p. 103-118. Anuari de la Secció de Literatura Espanyola del Departament de Filologia Clàssica, Francesa i Hispànica de la Universitat de Lleida, ISSN 1130-961X. [En línea].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL MOSCARDÓN

 

I

Muy mal se ha hablado de los moscardones en todas las épocas desde la más remota antigüedad: muchas cosas ha inventado contra ellos la calumnia, sin saber por qué, pues es indudable que se le calumnia a ciegas, buscando pretextos fútiles para denigrarlos, atreviéndose cualquier desautorizada vieja, cualquier timorato ciudadano contra sus respetables entidades, sin más que la perniciosa costumbre de hablar mal del vecino y de murmurar de las obras de Dios.

Al fin y al cabo, esto es lo lógico; la especie de los moscardones no está en el mundo por su propia voluntad, ni más ni menos que sucede con todos los seres que lo pueblan.

Hasta ahora no se ha levantado una voz amiga, siquiera no sea voz elocuente para defenderlos de esa especie de maldición que parece perseguirlos desde el principio del mundo, que arme contra ellos la mano airada de los muchachos, y de las viejas, en fin, un momento de reposo sobre la tierra.

Pues bien, de hoy en adelante no podrá decirse otro tanto; esa voz será la mía.

Yo me declaro partidario de los moscardones: yo los defiendo, y digo con el poeta:

«¿No ha de haber un espíritu valiente?…», etc., etc.

Siempre que veo entrar alguno en mi habitación por una ventana abierta, y observo su vuelo inquieto y azaroso que busca el sitio por donde escapar apenas ha entrado, temeroso de la zapatilla vieja que pretende cortar el hilo de su breve existencia; siempre que oigo ese zumbido de bajo profundo, de salmista ronco, me figuro que aquella cabeza de un tono azulado que tira a negro tiene unos labios, y que estos se mueven diciendo:

—¡Qué estúpido es el rey de la creación! —Porque los moscardones saben ya que el hombre, último gusano de la tierra, se da a sí mismo tan pomposo título, que indudablemente no le pertenece

—¡Qué estúpido es el rey de la creación! ¡A qué majaderías rinde culto! ¡Qué imbéciles preocupaciones le distraen del cumplimiento de sus deberes! ¡Quién le ha dicho que nosotros tenemos algo que ver con el desatino, y que nuestra misión en la tierra es anunciarle todo género de calamidades, siendo nuestra presencia a su lado, nuncio de desdichas y de males!

A poco que se reflexione sobre estas palabras se vendrá en conocimiento de que los moscardones están llenos de razón, y no se quejan de vicio.

A no ser así, yo no los defendería; no trataría de probar que el que concita la animadversión general contra ellos es un imbécil, y que no hay ni puede haber un motivo serio para suponerles lúgubres heraldos de un desastroso porvenir.

¿Y sabéis por qué los defiendo?

Porque la experiencia me ha demostrado en muchos casos que el moscardón es un animal inocente, que solo se cuida de regalarse lo mejor que puede con las golosinas que encuentra en las habitaciones, en zumbar alegremente en torno de una libra de bizcochos de soletilla o de yemas escarchadas, y en evitar oportunamente el golpe que le amenaza detrás de una puerta entornada traidoramente.

Y aun ha habido algunos casos en que el moscardón, para dar un solemne mentís a sus calumniadores, ha sido causa de la felicidad de algunas familias.

En fin, seguid leyendo, si este artículo no os parece de mal agüero, y veréis hasta qué punto está extraviada la opinión pública, que tanto denigra a los pobres moscardones.

  

II

Habéis de saber que Inés se casó cuando apenas contaba los dieciocho abriles.

Esta Inés no es aquella célebre del cuento bucólico de Baltasar del Alcázar, ni aun tengo noticia de que residiera en Jaén alguna temporada larga o corta, ni aun de que conociese a ningún portugués, criado de algún D. Lope de Sosa

Ello es que se casó con un joven amigo mío, pintor de grandes esperanzas, y por lo mismo de muy poquísimo dinero; fue una boda disparatada, hasta cierto punto. Inés y Francisco no poseían para el sostenimiento de sus nuevas obligaciones más que un capital de amor puro y sublime, y sabido es que las acciones que representan tales capitales no se cotizan en la Bolsa.

Pero ambos estaban en su luna de miel, y había mucho de aquello de contigo pan y cebolla… y otras frases por el estilo, que no cambian en ningún mercado por una libra de solomillo, y de las que se reiría un casero si se lo repitiesen cuando va a cobrar los alquileres de su finca.

Inés había sido educada en un santo y casi conventual recogimiento por su abuela materna, una señora muy respetable y muy buena, que cedía a una infinidad de preocupaciones, y recordaba aún aquellas escenas que ensangrentaron las calles de Madrid el día 2 de mayo de 1808.

La educación de Inés se resentía de todo aquello; no podía ver a los franceses, porque habían matado a su abuelo, y además, como algunos españoles dan por cosa averiguada que no hay Dios y se burlan de todo lo más santo y venerando.

Tenía sus conatos de creencia en brujas y duendes; no hubiera pasado de noche, ni aun a la puesta del sol, por delante de un cementerio; sabía de corrido todo lo que quería decir la sal que se vierte en la mesa; la tinta y el aceite cuando se derraman; procuraba no entrar nunca con el pie izquierdo en una casa que visitase por primera vez, y no emprender nada serio los martes y viernes de la semana, pues conocía al dedillo la teoría de los días aciagos; asimismo no se servía de la mano izquierda más que para ayudar a la derecha, y no como miembro agente o de primer término; profesaba un santo horror al número trece, y por último, parecía un vocabulario especial para contrarrestar la influencia de frases fatídicas y lúgubres, tales como «maldición», «tempestad», «rayos y centellas», «Satanás», etc., etc.

Pero sobre todo, la vista de un moscardón cerca de sí le producía súbitos espasmos, y su ronco zumbido le atacaba los nervios.

Mil veces la oí decir, y esto no es broma, que prefería el encuentro de un lobo al de un moscardón, y que un tigre no la asustaba tanto.

A pesar de estos defectos de su educación, de que no podía hacérsela responsable, Inés era una buena muchacha, que lloró mucho la muerte de su abuela, y profesaba un entrañable amor a su marido.

A Francisco le sucedió con ella lo que a aquella mujer que quiso quitar a su esposo el vicio del vino, y se hizo por último más borracha que él.

A los dos meses de matrimonio, Francisco era aún mucho más supersticioso que su mujer, habiendo caído de lleno en todos los defectos que se propuso corregir.

Esto puede dar una idea de la influencia que ejerce la mujer en el hogar.

A pesar de todo, las cosas iban muy mal en aquel matrimonio tan amante y cariñoso; aunque tarde, iban comprendiendo los dos que con suspiros no se pone una olla, y que el amor se alimenta, tanto de protestas y buenos propósitos, como de solomillos a la jardinera y pavos con trufas o sin ellas.

Francisco no tenía encargos, menos dichoso en esto que las confiterías en el día de San José, no pintaba ni un boceto; además, carecía de dinero para procurarse lienzo y colores.

Él quería hacer un cuadro de dimensiones y de verdadera importancia y exponerlo en cualquier parte, abrigando la creencia de que solo con esto le lloverían pedidos entre los amateurs acaudalados.

Trató de enternecer a dos o tres usureros, asegurándoles que él sentía en su imaginación y en su pecho el sagrado fuego del arte que inspiró a Rafael, Miguel Ángel, Murillo y tantos célebres maestros; pero los usureros, gente por lo común poco impresionable, le exigían otras garantías más sólidas, pues no comprendían la inspiración de los artistas hasta que el público inteligente le había puesto precio.

Nadie hubiera prestado un escudo a Murillo, antes de conocérsele por el pintor de las Concepciones y de San Antonio.

En fin, que la miseria llamaba ya a la puerta del zaquizamí que ocupaban ambos jóvenes, y sabido es que la miseria es una huéspeda muy fastidiosa, que da siempre malos consejos a las gentes a quienes trata.

  

III

Una tarde

Inés y Francisco soñaban en su desván, con esos sueños de dinero que suelen acudir a la mente del que no lo tiene; él se veía instalado en un ancho y elegante estudio de pintor, lleno de lienzos de todos tamaños, bocetos, objetos de arte, armaduras, estoques antiguos, ánforas de barro… en frente había un enorme caballete, un lienzo bosquejado, una paleta embadurnada y media docena de pinceles.

Soñaba en que el ministro de Fomento le había encargado un cuadro para la Biblioteca, ajustado en muchos miles de duros.

Inés paseaba por el Parque de Madrid, elegantemente recostada en un lindo carruaje de su propiedad, eligiendo perezosamente el puerto de mar más fashionable para pasar el próximo verano.

La miseria, en sus momentos de complacencia, suele dar sueños tales a sus hijos, para oprimirlos y destrozarlos después más cruelmente con la realidad.

De pronto aquel espléndido sueño fue turbado por un ronco zumbido, un zumbido así como de voces de salmistas que entonan el De profundis en torno de un féretro.

Inés y Francisco levantaron la cabeza estremeciéndose, dirigiendo sus miradas hacia la ventana.

Ambos palidecieron.

Allí apareció un enorme moscardón de azulada caperuza, bañándose inquieto en un rayo de sol, y zumbando su eterna cantilena de «¡Qué estúpido es el hombre!».

Cuando se presenta un huésped enfadoso, lo más conveniente es cerrarle la puerta.

Francisco se precipitó hacia la ventana; pero acudió tarde porque al encajar el montante sobre el marco, el moscardón quedó dentro del aposento.

—¡Estamos perdidos! —exclamó Inés, como si se tratara de una nueva invasión de godos y alanos.

Francisco palideció más aún, considerando que él mismo había hecho imposible la fuga de aquel peligroso huésped.

Sin embargo, algo se adelantaba con matarlo; quitose una de sus pantuflas de tafilete, y le salió al encuentro.

El moscardón debía estar aleccionado en tales lances, o confiaba demasiado en su estrella, porque huía y buscaba luego a su enemigo, sin duda con la idea de divertirse con él.

Francisco empezaba a fatigarse con aquellos golpes dados al vacío: Inés estaba aterrada.

De repente el moscardón cambió de táctica, o acaso de diversión: en vez de prestarse a los furores de Francisco, se puso a coquetear alegremente en torno de Inés.

La pobre joven se levantó poseída verdaderamente de un terror pánico; ya no veía al moscardón, pero lo sentía en su oído, murmurando no sé qué amenazas lúgubres del destino, prediciendo no sé qué funesta serie de calamidades.

En tal situación de ánimo comenzó a recorrer el aposento con paso desatentado, como una pobre sonámbula, del miedo, lanzando gritos extraños, pronunciando palabras incoherentes, cuyo sentido acaso ella misma no entendía, mientras Francisco no se atrevía a intentar nada contra el moscardón por miedo de herir a su mujer.

En medio de aquellas idas y venidas, Inés tropezó con una silla que con la violencia del golpe dio con uno de los palos del respaldo sobre la tapia.

Entonces sucedió una cosa extraña: la tapia se abrió presentando una negra cavidad, en la que brillaba algo inquieto, que se movía; el zumbido del moscardón fue dominado por un rumor armonioso

Era una cascada de oro, que caía desde la pared hasta el suelo; algunas piezas rodaban hasta los pies de los jóvenes, que lanzaron un grito de asombro.

En cuanto al moscardón, había desaparecido.

 

El cuarto que ocupaban Inés y Francisco estaba habitado antes por un usurero, que murió de repente, sin disposición testamentaria. En aquella hendidura practicada en la pared guardaba el producto de sus especulaciones mercantiles, consistente en algunos cientos de onzas que representaban muchos miles de duros.

Francisco pudo comprar lienzo y colores, y llegó a ser un artista célebre, viendo realizados sus sueños.

Inés pasea hoy en carruaje propio

Y todo porque un alegre moscardón entró una tarde en su pobre guardilla y empezó a revolotear en torno de ambos jóvenes, que querían pagar sus buenas acciones con un asesinato.

  

IV

¿Ahora bien, habrá todavía quien se atreva a calumniar a los moscardones?

 


FIN

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