Libro N° 14699. El Moscardón. Escamilla, Pedro.
© Libro N° 14699. El Moscardón. Escamilla, Pedro. Emancipación. Enero 10 de 2026
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EL MOSCARDÓN
Pedro Escamilla
El Moscardón
Pedro Escamilla
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Autor
El moscardón
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Se reproduce a continuación el relato El
moscardón, de Pedro Escamilla.
Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir
del texto publicado en el semanario El Periódico para Todos en
el año 1882 (época III, año III, núm. 20).
El texto se corresponde con el identificador
editorial GYP-NB0443, habiéndose podido actualizar su ortografía y
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suponen, en el plano ortográfico, la supresión del acento en monosílabos y la
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Escamilla falleció en 1907). Por otra parte, tanto la portada como la edición
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Ganso y Pulpo
Creación: Barcelona, 13 de julio de 2019
Última revisión: Barcelona, 30 de julio de
2019
PEDRO ESCAMILLA
Nacimientoca. 1840
Madrid, España
Defunción. 1890
Madrid, España
MovimientoEscritor bohemio
Relacionado
Introducción
Se busque donde se busque a Pedro Escamilla, madrileño nacido y muerto
en fechas y circunstancias no conocidas, siempre encontramos la etiqueta de
escritor bohemio. Bohemio empedernido. Bohemio sempiterno. Hombre de vida
inquieta, azarosa, rebelde. Hombre que no veía sol. Hombre de espíritu dolido y
atormentado. Víctima de sí mismo, condenado a ocios forzosos, sumido en una
vida estéril y sin objeto… En fin, los retratos que de él se han hecho dan
lugar a un representante del canon bohemio. El siguiente epíteto recurrente que
encontramos es el de escritor prolífico, de rica inventiva y gran popularidad,
tremendamente aplaudido por sus coetáneos. Así pues, fatalidad vital y fortuna
literaria se dibujan como las principales guías de la existencia de
este escritor difuminado hoy en nuestro imaginario literario.
Ganso y Pulpo reedita parte de su producción literaria desde el día 11
de mayo de 2012.
Semblanza
Unas cuantas son las menciones que de Pedro Escamilla pueden encontrarse
a día de hoy en hemerotecas y bibliotecas. Sin embargo, son pocos los datos
concretos que acerca de su vida pueden encontrarse. Su faceta bohemia acapara
la atención, convirtiéndose así en fundamento esencial del hombre y escritor.
Superior a sus obras fue su espíritu, donde latían muchas inquietudes a
las que no pudo dar forma por el género de vida que llevaba. Le faltaron
tiempo, ocasión y oportunidad. Víctima de aquella misma vida de bohemia, harto
hacía con resolver el difícil problema de la existencia cotidiana. Catalogado
entre los rebeldes e inadaptables, no podía hacer más. Tampoco se lo
consentían. Galeote de la pluma, miserable, harapiento y necesitado, ¿qué es lo
que iba a hacer? Cuando sentía algo grande, hermoso y trascendental lo callaba.
¿Para qué decirlo si ninguno le haría caso?
Entre sus compañeros de bohemia figura como eje central del
grupo Pelayo del Castillo. A su alrededor, además de Escamilla, se
encontraban asiduamente Pedro
Marquina, Guyón, Alaminos y López el Sucio. A
partir de la experiencia de este grupo, la idea de la condenación del bohemio
vuelve a hacerse presente en el discurso anterior:
Bohemios, eternamente bohemios, su destino les condenaba a seguir
viviendo como hasta entonces habían vivido, de espaldas a la realidad, y
atentos solamente a lo que su fantasía les dictaba.
Por otra parte, leyendo las distintas entregas de El sol de la
bohemia y la bohemia sin sol, de Florencio
Moreno Godino {considerado a su vez como
decano de la bohemia española}, nos encontramos con algunos recuerdos que nos
brindan, entre otras cosas, la descripción física de
Escamilla.
Escamilla, pálido, de cara larga, era tan sumamente delgado que parecía
un pretexto para que un alma residiese en un cuerpo.
La narración de alguna otra anécdota de este grupo de la bohemia
madrileña nos muestra a un Escamilla tímido hasta el punto de dormir la
borrachera entre los tizones y cucarachas de una carbonera antes que hacerlo
con sus compañeros a la intemperie del Retiro. {Pluma y Lápiz, nº
163}.
Nuestra labor de documentación acerca de la vida de Pedro Escamilla,
llegados a este punto, queda en suspenso. De repente, un día incierto,
desaparece. Ya no se vuelve a saber nada de él y todos cuantos le dedican
unas palabras apuestan por un fin similar al de su amigo Pelayo del
Castillo {que murió en la soledad y la miseria} o Pedro
Marquina {que lo encontraron muerto entre la nieve, después de que ahí lo
arrojase, por ahorrarse complicaciones, la patrona de la casa de huéspedes en
que falleció}.
Labor literaria
Los inicios literarios de Escamilla comienzan tras ponerse a disposición
de Miguel Pastorfido, editor de su amigo de bohemia Pelayo del
Castillo. Escritor prolífico y heterogéneo, cuenta con numerosas comedias,
novelas folletinescas {hechas de encargo}, poesía y narraciones breves entre su
producción.
En el artículo que a su figura dedica López Núñez se destaca la espontaneidad de
su proceso creativo:
De vida tan desordenada como la de su hermano de bohemia [Pelayo del
Castillo], escribía con rara facilidad. Sus obras más aplaudidas las hizo donde
pudo y como pudo, siendo curioso el hecho de que se ponía a escribir una obra
sin saber lo que iba a hacer. Todo lo fiaba a la casualidad y a la inspiración,
seguro de sí mismo y de su ingenio.
En el ámbito de la prensa fundó el periódico
satírico El Fisgón {1865} y, empleado principalmente en
el relato corto, llegó a publicar alrededor de 400 en diferentes
almanaques, revistas y periódicos de la época como El Álbum de las
Familias, La Ilustración de los Niños, La Lectura para
Todos, La Moda Elegante Ilustrada o El Museo
Universal. La palma se la lleva El
Periódico para Todos, donde publicó 376
de sus cuentos y algún que otro folletín.
A ello debe añadirse su producción teatral {donde hemos llegado a sumar
más de 50 títulos} y novelística {que según Cazottes alcanza hasta 34
títulos, publicados de 1859 a 1886 en libro o en folletín}.
Si se tiene en cuenta que también escribió con el seudónimo de Félix
X y que corría el rumor de que las más importantes novelas
de Puerta Vizcaíno estaban escritas por él, los títulos surgidos de
su pluma se siguen multiplicando. Sirva el siguiente texto de Nombela, citado
por Juan Ignacio Ferreras {2009}, para ilustrar lo que aquí se expone:
Pedro Escamilla que hizo comedias, dramas y novelas, primero para el
librero y después para algunos autores perezosos o aficionados a engalanarse
con plumas ajenas […] corrió la voz de que las novelas de Puerta Vizcaíno
estaban escritas por Escamilla.
Asimismo, el propio filólogo Juan Ignacio Ferreras plantea dubitativo en
su Catálogo de novelas y novelistas españoles del siglo XIX el
posible empleo de Pedro Escamilla como seudónimo por parte del
escritor Julián Castellanos y Velasco.
Ante tan vasta producción, los intereses actuales parecen centrarse
especialmente en sus narraciones cortas de género fantástico y de
horror. Con la atribución de diversas influencias {que van
desde Bécquer, E. Erckmann y A. Chatrian a E.T.A.
Hoffmann y Poe} y publicados originalmente casi en su totalidad
en El Periódico para Todos, han sido ya objeto de estudio de David
Roas, reputado académico en este campo de
la creación literaria. Dejando de lado los cuentos de corte legendario, los
cuentos seudofantásticos {que concluyen con la racionalización del supuesto
fenómeno sobrenatural} y los de carácter religioso {milagros e intervenciones
del diablo}, su catalogación se resume del siguiente modo:
· Cuentos que giran en torno a la casualidad.
· Cuentos en que lo sobrenatural se introduce de forma explícita en la
vida cotidiana de los personajes.
· Cuentos con el tema del doble.
Por lo demás, hasta el momento, parece que la labor literaria de Pedro
Escamilla ha quedado relegada a ese ámbito del lector erudito, consiguiendo
pervivir agazapado ante los lectores de las ediciones anotadas de La
Regenta, cuando Joaquín Orgaz canta en la catedral de Vetusta su —¡Y
Pun, Pin, Pun!… yo soy el general… Bum Bum.
Producción
Teatro
· Una equivocación : comedia en un acto y en
verso {1858}
· Miguelito : comedia en un acto y en
verso {1860}
· Un gallego : comedia original en un
acto y en verso {1861}
· Atala y Chacta : zarzuela en un
acto {1862}
· Jugar para que otro cobre : comedia
original en un acto y en verso {1862}
· Avendaño y Aguilar : comedia original en un acto y en verso. Impr. de P. Conesa Madrid, 1862.
· La urraca ladrona : melodrama de grande
espectáculo, nuevamente arreglado en cuatro actos y en verso {1863}
· Las consecuencias del juego : drama
en tres actos dividido en seis cuadros, en verso, arreglado del escrito en
francés por Victor Dumange {1864}
· La huérfana de Ginebra : drama
en tres actos y en verso, arreglado del francés {1864}
· Las siete palabras {1867}
· La vida del hombre malo : aleluyas
cómico-filosóficas divididas en tres actos y en verso {1868}
· Madrid en el dos de mayo : drama
de costumbres populares en tres actos y en verso {1868}
· El loro de mi mujer : juguete en un acto
original y en verso {1868}
· La verdad y la mentira : correría
mágico-fantástica en tres actos y en verso, arreglada del francés {1869}
· El desenlace de un drama : comedia
original en un acto y en verso {1869}
· Bertoldo {1869}
· Requiescat in pace {1870}
· Para casarse ocultarse : comedia
en un acto y en verso {1870}
· A buen rey mejor alcalde : comedia historica en un acto y en verso. Impr. de J. Peña Madrid, 1870.
· El Cristo de la agonía : drama en un acto y en verso. Impr. Económica Madrid, 1870.
· Jesús {1870}
· Aguilera y Aguilar : juguete cómico en un acto, original y en verso. Estab. tip. de P. Abienzo Madrid, 1871.
· Por el rey y contra el rey : drama
en dos actos y en verso {1872}
· San Jorge por Aragón : drama original en un
acto y en verso {1872}
· El álbum y el ramillete : comedia
en un acto y en verso {1872}
· La alcaldesa de Zaratán : drama
en un acto {1873}
· El hijo de don Damián : juguete
cómico en verso {1873}
· Una hiena : juguete cómico en un
acto y en verso {1873; con José Olier}
· Por lo flamenco : juguete
cómico {1874}
· El niño ya tiene un diente {1874}
· Por ser corto de genio {1874}
· La hermana de la Cruz Roja : drama
en dos actos y en verso {1874; con José Olier}
· Escenas de un drama {1874}
· Saco de noche {1875}
· Muertos que resucitan : pieza
en un acto y en verso, escrita sobre un pensamiento de otra
francesa {1876}
· Amor quebranta amistad {1877}
· Partida doble {1877}
· La muñeca {1878}
· El orangután : juguete cómico en un
acto y en prosa {1879}
· El pretil de Santisteban {1879}
· La capa del amigo : patrón para una capa de
verdad recortado en verso de un modo original {1879}
· Sin comerlo ni beberlo : juguete
cómico en un acto y en verso {1879}
· Perales y compañía : juguete cómico en un
acto y en prosa {1879}
· Con la cena y sin cenar : juguete
cómico en un acto y en prosa {1879}
· La última comedia {1880}
· Cobrar el hospedaje {1880}
· El hábito de Santiago {1880}
· Diplomacia macarena {1880}
· Un toro de muerte {1880}
· Se suplica el coche : comedia en un acto y en
prosa {1880}
· Se desea un señor solo : juguete
cómico original, en un acto y en verso {1880}
· La camisa de la Lola {1881}
· Las matanzas de Orán {1881}
· Correr un temporal {1881}
· Oración de San Antonio {1882}
· El capitán Satanás {1882}
· La chinela y el retrato : juguete
en un acto y en verso {1883}
· Ruperto el pobre diablo : parodia
de la ópera Roberto el diablo, en un acto y cuatro cuadros, en
verso {1883}
· Un matrimonio a muerte {1883}
· Verónica y Volapié {1885; con José
Beltrán; música de Tomás Reig}
· La cabeza de San Pedro {1889}
Novela
· El mártir de la aldea {1876}
· La bruja de Chamberí {1876}
· Rosa Samaniego o La sima de Igúzquiza : narración {1877}
· El doctor jorobado o El rey de los ladrones {1878}
· El Cristo del Perdón {1879}
· Un drama al pie del cadalso {1879}
· El guardián de los Jerónimos {1880}
· El mesón del miserere {1881}
· Las chulas de Lavapiés : novela
de costumbres populares {1881}
· Los baños del Manzanares {1882}
· Amor de madre {1882}
· El general Bum-Bum : aventura
extraordinaria {1883}
· El farol de la Virgen {1883}
· El guapo Francisco Esteban {1883}
· El majo de Andújar {1883}
· Lola la costurera : novela de
costumbres {1884}
· El réquiem de Fray Martín : novela
orignal escrita para El Comercio de Manila {1884}
· San Francisco y compañía {1885}
· Las siete mujeres de Barba Azul {1886}
· La Virgen del mar {1886}
· La atalaya de las ánimas : novela
original {1889}
· Sitio de Cuenca {s.a.}
Otros
· Almanaque del Tío Carcoma para el año bisiesto de 1880 {1879}
· Almanaque del Tío Carcoma para 1883 {1882}
· Almanaque de los chistes para 1884 {1883}
· Almanaque flamenco para 1884 {1883}
· El Quita-pesares : Almanaque
satírico-literario para 1886 {1885}
· El Quita-pesares : Almanaque
satírico-literario para 1890 {1889}
Bibliografía
· Cazottes, Giselle. “Contribución al estudio del cuento en la
prensa madrileña de la segunda mitad del siglo XIX. Pedro
Escamilla”, Iris, 4, 1983.
· Cejador y Frauca, Julio. Historia de la lengua y literatura
castellana comprendidos los autores hispanoamericanos. Madrid: Tip. de
la "Revista de Archivos, Bibl. y
Museos”, 1918, t. VIII, p. 293-298.
· Ferreras, Juan Ignacio. La Novela en España: Historia,
Estudios y Ensayos. Madrid: Biblioteca del
Laberinto, 2009, vol. 4.
· Ferreras, Juan Ignacio. Catálogo de novelas y novelistas
españoles del siglo XIX. Madrid: Cátedra, 1979, p. 139.
· López Núñez, Juan. “De la vida bohemia: Una fábrica de novelas
y comedias”, La Voz, año
IX, 2.426, p. 8, 08/10/1928.
· Moreno Godino, Florencio. “El sol de la bohemia y la bohemia
sin sol”. Pluma y Lápiz, año
III, 106, 09/11/1902. p. 534-535.
· Roas, David. “Entre cuadros, espejos y sueños misteriosos. La
obra fantástica de Pedro Escamilla”. Scriptura, 2001, 16, p. 103-118. Anuari
de la Secció de Literatura Espanyola del Departament de Filologia Clàssica,
Francesa i Hispànica de la Universitat de Lleida, ISSN 1130-961X. [En
línea].
EL MOSCARDÓN
I
Muy mal se ha hablado de los moscardones en todas
las épocas desde la más remota antigüedad: muchas cosas ha inventado contra
ellos la calumnia, sin saber por qué, pues es indudable que se le calumnia a
ciegas, buscando pretextos fútiles para denigrarlos, atreviéndose cualquier
desautorizada vieja, cualquier timorato ciudadano contra sus respetables
entidades, sin más que la perniciosa costumbre de hablar mal del vecino y de
murmurar de las obras de Dios.
Al fin y al cabo, esto es lo lógico; la especie de
los moscardones no está en el mundo por su propia voluntad, ni más ni menos que
sucede con todos los seres que lo pueblan.
Hasta ahora no se ha levantado una voz amiga,
siquiera no sea voz elocuente para defenderlos de esa especie de maldición que
parece perseguirlos desde el principio del mundo, que arme contra ellos la mano
airada de los muchachos, y de las viejas, en fin, un momento de reposo sobre la
tierra.
Pues bien, de hoy en adelante no podrá decirse otro
tanto; esa voz será la mía.
Yo me declaro partidario de los moscardones: yo los
defiendo, y digo con el poeta:
«¿No ha de haber un espíritu valiente?…»,
etc., etc.
Siempre que veo entrar alguno en mi habitación por
una ventana abierta, y observo su vuelo inquieto y azaroso que busca el sitio
por donde escapar apenas ha entrado, temeroso de la zapatilla vieja que
pretende cortar el hilo de su breve existencia; siempre que oigo ese zumbido de
bajo profundo, de salmista ronco, me figuro que aquella cabeza de un tono
azulado que tira a negro tiene unos labios, y que estos se mueven diciendo:
—¡Qué estúpido es el rey de la creación! —Porque
los moscardones saben ya que el hombre, último gusano de la tierra, se da a sí
mismo tan pomposo título, que indudablemente no le pertenece…
—¡Qué estúpido es el rey de la creación! ¡A qué
majaderías rinde culto! ¡Qué imbéciles preocupaciones le distraen del
cumplimiento de sus deberes! ¡Quién le ha dicho que nosotros tenemos algo que
ver con el desatino, y que nuestra misión en la tierra es anunciarle todo
género de calamidades, siendo nuestra presencia a su lado, nuncio de desdichas
y de males!
A poco que se reflexione sobre estas palabras se
vendrá en conocimiento de que los moscardones están llenos de razón, y no se
quejan de vicio.
A no ser así, yo no los defendería; no trataría de
probar que el que concita la animadversión general contra ellos es un imbécil,
y que no hay ni puede haber un motivo serio para suponerles lúgubres heraldos
de un desastroso porvenir.
¿Y sabéis por qué los defiendo?
Porque la experiencia me ha demostrado en muchos
casos que el moscardón es un animal inocente, que solo se cuida de regalarse lo
mejor que puede con las golosinas que encuentra en las habitaciones, en zumbar
alegremente en torno de una libra de bizcochos de soletilla o de yemas
escarchadas, y en evitar oportunamente el golpe que le amenaza detrás de una
puerta entornada traidoramente.
Y aun ha habido algunos casos en que el moscardón,
para dar un solemne mentís a sus calumniadores, ha sido causa de la felicidad
de algunas familias.
En fin, seguid leyendo, si este artículo no os
parece de mal agüero, y veréis hasta qué punto está extraviada la opinión
pública, que tanto denigra a los pobres moscardones.
II
Habéis de saber que Inés se casó cuando apenas
contaba los dieciocho abriles.
Esta Inés no es aquella célebre del cuento bucólico
de Baltasar del Alcázar, ni aun tengo noticia de que residiera en Jaén alguna
temporada larga o corta, ni aun de que conociese a ningún portugués, criado de
algún D. Lope de Sosa…
Ello es que se casó con un joven amigo mío, pintor
de grandes esperanzas, y por lo mismo de muy poquísimo dinero; fue una boda
disparatada, hasta cierto punto. Inés y Francisco no poseían para el
sostenimiento de sus nuevas obligaciones más que un capital de amor puro y
sublime, y sabido es que las acciones que representan tales capitales no se
cotizan en la Bolsa.
Pero ambos estaban en su luna de miel, y había
mucho de aquello de contigo pan y cebolla…
y otras frases por el estilo, que no cambian en ningún mercado por una libra de
solomillo, y de las que se reiría un casero si se lo repitiesen cuando va a
cobrar los alquileres de su finca.
Inés había sido educada en un santo y casi
conventual recogimiento por su abuela materna, una señora muy respetable y muy
buena, que cedía a una infinidad de preocupaciones, y recordaba aún aquellas
escenas que ensangrentaron las calles de Madrid el día 2 de mayo de 1808.
La educación de Inés se resentía de todo aquello;
no podía ver a los franceses, porque habían matado a su abuelo, y además, como
algunos españoles dan por cosa averiguada que no hay Dios y se burlan de todo
lo más santo y venerando.
Tenía sus conatos de creencia en brujas y duendes;
no hubiera pasado de noche, ni aun a la puesta del sol, por delante de un
cementerio; sabía de corrido todo lo que quería decir la sal que se vierte en
la mesa; la tinta y el aceite cuando se derraman; procuraba no entrar nunca con
el pie izquierdo en una casa que visitase por primera vez, y no emprender nada
serio los martes y viernes de la semana, pues conocía al dedillo la teoría de
los días aciagos; asimismo no se servía de la mano izquierda más que para
ayudar a la derecha, y no como miembro agente o de primer término; profesaba un
santo horror al número trece, y por último, parecía un vocabulario especial
para contrarrestar la influencia de frases fatídicas y lúgubres, tales como
«maldición», «tempestad», «rayos y centellas», «Satanás», etc., etc.
Pero sobre todo, la vista de un moscardón cerca de
sí le producía súbitos espasmos, y su ronco zumbido le atacaba los nervios.
Mil veces la oí decir, y esto no es broma, que
prefería el encuentro de un lobo al de un moscardón, y que un tigre no la
asustaba tanto.
A pesar de estos defectos de su educación, de que
no podía hacérsela responsable, Inés era una buena muchacha, que lloró mucho la
muerte de su abuela, y profesaba un entrañable amor a su marido.
A Francisco le sucedió con ella lo que a aquella
mujer que quiso quitar a su esposo el vicio del vino, y se hizo por último más
borracha que él.
A los dos meses de matrimonio, Francisco era aún
mucho más supersticioso que su mujer, habiendo caído de lleno en todos los
defectos que se propuso corregir.
Esto puede dar una idea de la influencia que ejerce
la mujer en el hogar.
A pesar de todo, las cosas iban muy mal en aquel
matrimonio tan amante y cariñoso; aunque tarde, iban comprendiendo los dos que
con suspiros no se pone una olla, y que el amor se alimenta, tanto de protestas
y buenos propósitos, como de solomillos a la jardinera y pavos con trufas o sin
ellas.
Francisco no tenía encargos, menos dichoso en
esto que las confiterías en el día de San José, no pintaba ni un boceto;
además, carecía de dinero para procurarse lienzo y colores.
Él quería hacer un cuadro de dimensiones y de
verdadera importancia y exponerlo en cualquier parte, abrigando la creencia de
que solo con esto le lloverían pedidos entre los amateurs acaudalados.
Trató de enternecer a dos o tres usureros,
asegurándoles que él sentía en su imaginación y en su pecho el sagrado fuego
del arte que inspiró a Rafael, Miguel Ángel, Murillo y tantos célebres
maestros; pero los usureros, gente por lo común poco impresionable, le exigían
otras garantías más sólidas, pues no comprendían la inspiración de los artistas
hasta que el público inteligente le había puesto precio.
Nadie hubiera prestado un escudo a Murillo, antes
de conocérsele por el pintor de las Concepciones y de San Antonio.
En fin, que la miseria llamaba ya a la puerta del
zaquizamí que ocupaban ambos jóvenes, y sabido es que la miseria es una
huéspeda muy fastidiosa, que da siempre malos consejos a las gentes a quienes
trata.
III
Una tarde…
Inés y Francisco soñaban en su desván, con esos
sueños de dinero que suelen acudir a la mente del que no lo tiene; él se veía
instalado en un ancho y elegante estudio de pintor, lleno de lienzos de todos
tamaños, bocetos, objetos de arte, armaduras, estoques antiguos, ánforas de
barro… en frente había un enorme caballete, un lienzo
bosquejado, una paleta embadurnada y media docena de pinceles.
Soñaba en que el ministro de Fomento le había
encargado un cuadro para la Biblioteca, ajustado en muchos miles de duros.
Inés paseaba por el Parque de Madrid, elegantemente
recostada en un lindo carruaje de su propiedad, eligiendo perezosamente el
puerto de mar más fashionable para pasar el próximo verano.
La miseria, en sus momentos de complacencia, suele
dar sueños tales a sus hijos, para oprimirlos y destrozarlos después más
cruelmente con la realidad.
De pronto aquel espléndido sueño fue turbado por un
ronco zumbido, un zumbido así como de voces de salmistas que entonan el De profundis en
torno de un féretro.
Inés y Francisco levantaron la cabeza
estremeciéndose, dirigiendo sus miradas hacia la ventana.
Ambos palidecieron.
Allí apareció un enorme moscardón de azulada
caperuza, bañándose inquieto en un rayo de sol, y zumbando su eterna cantilena
de «¡Qué estúpido es el hombre!».
Cuando se presenta un huésped enfadoso, lo más
conveniente es cerrarle la puerta.
Francisco se precipitó hacia la ventana; pero
acudió tarde porque al encajar el montante sobre el marco, el moscardón quedó
dentro del aposento.
—¡Estamos perdidos! —exclamó
Inés, como si se tratara de una nueva invasión de godos y alanos.
Francisco palideció más aún, considerando que él
mismo había hecho imposible la fuga de aquel peligroso huésped.
Sin embargo, algo se adelantaba con matarlo;
quitose una de sus pantuflas de tafilete, y le salió al encuentro.
El moscardón debía estar aleccionado en tales
lances, o confiaba demasiado en su estrella, porque huía y buscaba luego a su
enemigo, sin duda con la idea de divertirse con él.
Francisco empezaba a fatigarse con aquellos golpes
dados al vacío: Inés estaba aterrada.
De repente el moscardón cambió de táctica, o acaso
de diversión: en vez de prestarse a los furores de Francisco, se puso a
coquetear alegremente en torno de Inés.
La pobre joven se levantó poseída verdaderamente de
un terror pánico; ya no veía al moscardón, pero lo sentía en su oído,
murmurando no sé qué amenazas lúgubres del destino, prediciendo no sé qué
funesta serie de calamidades.
En tal situación de ánimo comenzó a recorrer el
aposento con paso desatentado, como una pobre sonámbula, del miedo, lanzando
gritos extraños, pronunciando palabras incoherentes, cuyo sentido acaso ella
misma no entendía, mientras Francisco no se atrevía a intentar nada contra el
moscardón por miedo de herir a su mujer.
En medio de aquellas idas y venidas, Inés tropezó
con una silla que con la violencia del golpe dio con uno de los palos del
respaldo sobre la tapia.
Entonces sucedió una cosa extraña: la tapia se
abrió presentando una negra cavidad, en la que brillaba algo inquieto, que se
movía; el zumbido del moscardón fue dominado por un rumor armonioso…
Era una cascada de oro, que caía desde la pared
hasta el suelo; algunas piezas rodaban hasta los pies de los jóvenes, que
lanzaron un grito de asombro.
En cuanto al moscardón, había desaparecido.
El cuarto que ocupaban Inés y Francisco estaba
habitado antes por un usurero, que murió de repente, sin disposición
testamentaria. En aquella hendidura practicada en la pared guardaba el producto
de sus especulaciones mercantiles, consistente en algunos cientos de onzas que
representaban muchos miles de duros.
Francisco pudo comprar lienzo y colores, y llegó a
ser un artista célebre, viendo realizados sus sueños.
Inés pasea hoy en carruaje propio…
Y todo porque un alegre moscardón entró una tarde
en su pobre guardilla y empezó a revolotear en torno de ambos jóvenes, que
querían pagar sus buenas acciones con un asesinato.
IV
¿Ahora bien, habrá todavía quien se atreva a
calumniar a los moscardones?
FIN

