Libro N° 14698. La Sinfonía Infernal. Tarrago Y Mateos, Torcuato
© Libro N° 14698. La Sinfonía Infernal. Tarrago Y Mateos, Torcuato. Emancipación. Enero 10 de 2026
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LA SINFONÍA INFERNAL
Torcuato Tarrago Y Mateos
La Sinfonía Infernal
Torcuato Tarrago Y Mateos
Table of Contents
Nota previa
Autor
TORCUATO TÁRRAGO Y MATEOS
Nacimiento1822
Guadix, España
Defunción1889
Madrid, España
MovimientoNovelista histórico
Relacionado
Introducción
He aquí uno de los cuatro pilares que sustentaron la novela histórica
española a mediados del siglo XIX. Un género habitualmente editado por
entregas, con sus lances extraordinarios, sus aventuras estupendas y su intriga
enrevesada. Al igual que Scott en Gran Bretaña o Dumas en Francia, en España
fue representada principalmente por Fernández y González, Ortega y Frías, Pérez
Escrich y Tárrago y Mateos; pronto considerados autores de medianías,
escritores de pluma gorda y adalides de un pésimo gusto. No obstante, su
relevancia en la novela popular fue fundamental y la reacción de sus lectores,
una vez crecidos, bien recuerda a la necesidad edípica de matar al padre.
Novelas que hicieron las delicias de su infancia, en 1890 ya estaban relegadas
a la venta por peso y su presencia en los baratillos para recreo de soldados y
gentes de servir.
Ganso y Pulpo reedita parte de su producción desde el 7 de abril de
2016.
Semblanza
Hijo de Francisco Tárrago Riquelme y María Josefa Mateos Galera, nació
el día 10 de mayo de 1822 en la Placeta Correo Viejo de Guadix. El pueblo
presentaba entonces un ambiente a medio camino entre lo rural y lo urbano y, en
la década de 1830, el espíritu liberal trajo consigo la apertura de algunos
locales culturales de dependencia municipal como es el caso de El Pósito,
donde se iniciaron representaciones teatrales, recitales de poesía, actuaciones
musicales y veladas literarias. Pocos años más tarde, Tárrago y Mateos,
liderando un grupo de jóvenes con altas inquietudes culturales, creó una
sociedad llamada La Tertulia que, como los liceos de la época,
pretendía ser foro de creación artística y debate intelectual. Pedro Antonio de
Alarcón, que contaba entonces doce o trece años, vio en ella un lugar donde
desarrollar su capacidad creativa, convirtiéndose para él Torcuato Tárrago en
un referente cultural de primer orden.
Es precisamente junto con Alarcón con quien emprendió la publicación en
Cádiz y Granada de El Eco de Occidente, semanario de literatura,
ciencias y artes, con el que ganaron, en el transcurso de tres años, el dinero
necesario para ir a Madrid. Tras breve estancia en la capital, Tárrago y Mateos
vuelve a Andalucía, donde escribió tres de sus novelas más populares: El
Gran Capitán, Los huracanes de la vida y El Ángel de
la venganza. No obstante, en 1860 regresó a Madrid como director del
periódico La Verdad.
En el plano familiar, contrajo matrimonio con la también accitana María
Dolores Torres Martínez-Carrasco el 14 de mayo de 1849. Con ella fue padre de
cinco hijos: tres hombres y dos mujeres.
Con una vida consagrada al trabajo, las primeras noticias de su
enfermedad se remontan a octubre de 1886 y en julio de 1888 se temía por su
vida, atenazado como estaba por continuos ataques de uremia. Finalmente,
sucumbió, pobre y prácticamente olvidado, el 16 de noviembre de 1889 en su casa
de Carabanchel Alto, una semana después de que lo hiciera su esposa.
Labor literaria
Los comienzos literarios de Tárrago y Mateos están ligados a la
industria periodística, con el lanzamiento del semanario El Eco de
Occidente junto a Alarcón. Su colaborador gaditano fue Gaspar La Serna
{que en 1852 fue juez de primera instancia de Guadix} y fue publicado en Cádiz
por Manuel María Hazañas {director de loterías en 1859 y a quien Tárrago dedicó
La caza de palomas en 1857}. El periódico hizo fortuna entre los suscriptores y
los socios capitalistas de Cádiz cedieron a los escritores todo lo que sacaran
de las suscripciones de Granada. Tras la desaparición del Eco, se
aventuraron con El Panorama Accitano, con buen éxito en Guadix. Por
otra parte, en noviembre de 1856 comenzó a publicarse en Sevilla El
Cisne, un periódico literario redactado por Antonio Gamero, Alarcón, Manuel
de la Pedrueca, Tárrago y Francisco Liberal y Cabrera.
Recién llegado a Madrid en 1860 continuó con su carrera periodística
como director de La Verdad {1860-1863?}. Más tarde sería
también director de El Popular {1873?-1875} y, en agosto de
1878, se encargó interinamente de la dirección de El Pabellón Nacional,
redacción que abandonó en enero de 1879 para pasar a formar parte de la
de El Mundo Político. En ella solo duró hasta el mes de mayo,
momento en que decide consagrarse a la producción ficcional. Antes de ello,
figuró también como redactor en distintas cabeceras. Así, en mayor o menor
medida, podemos encontrarnos con su firma en La España {1860}, El
Museo Universal {1861-1864}, Gaceta musical de Madrid {1866},
la revista Diablo Mundo {1874} o incluso en Los Lunes
de El Imparcial {1867}.
Ideológicamente, Torcuato Tárrago se nos presenta como católico y de un
patriotismo sentimental. Para lo primero sirvan aquí como argumento peregrino
sus leyendas bíblicas, publicadas en La Ilustración católica entre
1877 y 1878. Para lo segundo, la adscripción, por El Popular, al
Manifiesto de la Liga Nacional, ante las insurrecciones americanas.
Periodismos aparte, su principal labor literaria tiene por protagonista
la novela histórica en formato folletinesco, donde da muestras, principalmente,
de su capacidad descriptiva y de su inmensa inventiva, pues la documentación
histórica en sus historias es prácticamente nula. Muchos de estos folletines
vieron la luz por ver primera en El
Periódico para Todos, que fundó junto a
los también folletinistas Manuel Fernández y González {1821-1888} y Ramón
Ortega y Frías {1825-1883}, siendo luego reeditados en formato libro.
Su fecundidad literaria guarda estrecha relación con estas críticas
recurrentes hacia la calidad de sus trabajos. Sobre ella han comentado varios
autores, como por ejemplo Julio Nombela:
Pues bien, examinando mis notas, puedo calcular que en cada uno de los
años indicados me produjeron, uno con otro, mis trabajos literarios, novelas y
periodismo, de 18.000 a 20.000 pesetas anuales. Sólo los autores dramáticos, y
no los mejores, sino los más aprovechados, ganaban por aquel tiempo tanto o más
que Fernández y González, Pérez Escrich y yo. También Ortega y Frías y Tárrago
y Mateos podían vivir con holgura, pero trabajaban menos que nosotros y por eso
no nos igualaban en las ganancias.
También Pérez Nieva en La Dinastía el 23 de noviembre
de 1889 decía:
Don Torcuato Tárrago era el símbolo del trabajo; puede decirse que ha
sucumbido con la pluma en la mano y hasta última hora dirigió El Popular,
periódico que reflejaba fielmente la fisonomía moral de su inspirador: culta,
reposada y tranquila. […] reflejaba en su literatura la manera de ser
transparente y pura de su época. […] Torcuato Tárrago y Mateos se había
anticuado, pero fuera de ello era un novelista discretísimo, lleno de
sencillez, que manejaba con extraordinaria maestría la fábula y el diálogo y que
sabía dar a todas sus narraciones un fino gracejo en el estilo. Respondiendo a
su tiempo, fue un buen novelista por entregas, pero teniendo sobre los
cultivadores de este género la ventaja de un gusto depurado y exquisito.
Por José Requena (La Alhambra, 15-4-1903) sabemos que en el
Guadix de 1848 se sentaba todas las tardes junto a la Cruz del Paseo de la
Catedral junto a un Alarcón de 15 años y un Torcuato Tárrago de 25 para cambiar
impresiones «sobre la reciente revolución francesa, hablando de Víctor Hugo, de
Lamartine, de Luis Felipe y de otras muchas notabilidades de aquella época, en
donde el eximio Chateaubriand, Lord Byron y Walter Scott», según las afinidades
de cada cual: «Alarcón, por Lord Byron; Tárrago por Walter Scott; el que narra,
por Chateaubriand». A estas conversaciones seguían chascarrillos, anécdotas y
tradiciones como la del cerro del Mencal.
Su producción es a menudo referida como literatura falsa, farragosa,
melodramática, tergiversadora de la historia y de la verdad, pero a su vez fue
una de las primeras lecturas de novelistas posteriores como Blasco Ibáñez.
Cultivó con preferencia la novela histórica. La mayor parte de sus obras
son de este género, ya en desuso en 1889. Novelas donde lo esencial era la
acción y en que bastaba el autor procurar que el público anhelase la entrega
siguiente para ver lo que sucedía.
Una vez superado este género, Torcuato Tárrago y Mateos pasó a engrosar
la nómina de los «malos escritores» de publicaciones como la Revista
hispano-americana o consideradas sus novelas como imitaciones
inferiores de las de Julio Verne, dando como resultado libros absurdos y
extinguidos, como dice C. Bernaldo de Quirós en La Lectura en
1914.
Producción
Son muchas las obras que dejó escritas este escritor, e incluso algunas
de ellas traspasaron fronteras. A continuación referimos algunas de ellas.
Novelas y folletines
· El ermitaño de Monserrate (1846)
· Los celos de una reina o El amor de una mujer: novela histórica (1849) (1865) (1883)
· Carlos II el Hechizado: El anillo de una dama (1850)
· El dedo de Dios [segunda parte de Los
celos de una reina] (1854)
· Carlos II el Hechizado: ¡No hay esperanza! (1854)
· La caza de las palomas: Memorias de la corte de Felipe IV (1857)
· El monje negro o El hambre de Madrid: novela histórica
(1857)
· Carlos IV el Bondadoso: novela histórica
(1858)
· El ángel de la venganza: novela histórica
(1858)
· Don Pedro de Castilla (1858)
· La estrella de Occidente (1858)
· Isaac del monte (1858)
· Cabeza de estopa (1858)
· Los huracanes de la vida (1858)
· El alma en pena (1858)
· El gran capitán (1860)
· Los piratas de la Corte (1861)
· La leyenda de los reyes (1863) (1878)
· Memorias de un hechicero (1863)
· El vaso de lágrimas (1863)
· Elisenda de Moncada (1864)
· Las dos noches (1867)
· Los siete borbones: Memorias escritas con sangre (1868)
· El secreto de una tumba (1870?)
· La monja emparedada (1871)
· El puñal de oro (1872)
· Ausencias causan olvido (1872) (1884)
(1892)
· Los dos favoritos (1874)
· Historia de un sombrero blanco, impresiones de un viaje (1875) (1884) (1910)
· La cadena del destino (1875)
· Bodas reales: novela histórica (1875)
· Los esclavos del orgullo: novela social
(1875)
· Los guardias amarillos (1875)
· El nido de los duendes o La cruz de sangre: novela histórica (1875?)
· Alta-hulfe: novela histórica (1876)
· A doce mil pies de altura (1878)
· Las tres razas (1878)
· La hija mártir (1879)
· El hijo del ladrón (1881)
· Un novio como hay pocos (1882)
· Lisardo el estudiante (1882)
· Roberto, el diablo: tradición del tiempo de las
cruzadas (1883)
· Las tomadoras (1884?)
· Las cucas (1884)
· Las chulas de Madrid (1884)
· La cogida de un torero (1884)
· Carlitos el buñolero (1884)
· Sancho el Bravo: novela histórica (1885)
· ¡Descansa en paz! (1885)
· El barón de la noche: novela histórico-fantástica (1886)
· Novias y novios (1886?)
· El reloj de la muerte: páginas lúgubres del reinado de Felipe III: novela histórica (1890)
· El rey fantasma: novela histórica (1891)
· El caballero del cuervo (s. a.)
· El doctor Celestinus (s. a.)
· Los caballeros del rey: novela histórica
(s. a.)
· El monje de la montaña (s. a.)
Estudios
· El Pontificado: su presente, su presente y su porvenir (1861)
· Turcos y rusos, historia de la guerra de Oriente en 1877 (1879)
· Gran viaje universal alrededor del mundo (1882).
· El mundo por dentro o sea los grandes secretos de la humanidad
· Historia de la guerra de Oriente en 1877 (1877)
· Edición crítica del Quijote (1888)
· Almanaque enciclopédico (1880)
Traducciones
· Flores sin espinas, de Paul de Kock (1878)
LA SINFONÍA INFERNAL
Nota previa
Se reproduce a continuación el relato La
sinfonía infernal, de Torcuato Tárrago y Mateos.
Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir
del texto publicado en el semanario El Periódico para Todos en
el año 1877 (época II, año I, núm. 10).
El texto se corresponde con el identificador
editorial GYP-NB0442, habiéndose podido actualizar su ortografía y
gramática de acuerdo con las reglas vigentes del idioma español. Estos cambios
suponen, en el plano ortográfico, la supresión del acento en monosílabos y la
actualización de aquel léxico técnico y/o extranjerismos que están actualmente
integrados en el idioma. En el plano gramatical ha podido variar el texto en
relación a la disposición de signos de puntuación, principalmente en relación al
empleo de la raya.
En cuanto a la licencia de esta edición debe
tenerse en cuenta que el texto reproducido es de dominio público (Torcuato
Tárrago y Mateos falleció en 1889). Por otra parte, tanto la portada como la
edición aquí presentadas se distribuyen gratuitamente bajo licencia Creative Commons por la editorial electrónica Ganso y Pulpo,
que espera se comparta en los mismos términos que los estipulados originalmente
(edición íntegra, sin ánimo de lucro y respetuosa tanto con el texto como con
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Ganso y Pulpo
Creación: Barcelona, 06 de julio de 2019
Última revisión: Barcelona, 30 de julio de
2019
La sinfonía infernal
I
En uno de nuestros cafés más céntricos y elegantes,
en donde se da al consumidor aquello que apetece, acompañado de un trocito de
música, y en el que, por regla general, un piano y un violín se despachan a su
gusto, presentose no hace muchos días un joven pálido, de fisonomía
interesante, con levita algún tanto problemática y con un sombrero no muy
lustroso, solicitando la plaza de pianista.
—Sé —le dijo al dueño del café—,
que se ha marchado el artista que desempeñaba este cargo, y vengo a ofrecerme.
Mirolo el empresario de los pies a la
cabeza, y contestó con cierto olímpico desdén:
—Mi café está muy acreditado por los profesores que
le han favorecido, y yo no puedo admitir a un cualquiera sin tener una garantía
acerca del desempeño de su obligación. ¿Cómo se llama V.?
—El nombre no hace al caso —contestó
el joven—. Mis conocimientos musicales son los que V. debe
conocer. ¿Quiere V. la prueba? Ocuparé el piano.
La mujer del dueño del café se apercibió de este
diálogo, y ya fuera por un sentimiento de curiosidad, ya de interés, tomó parte
en la conversación diciendo:
—Nada se pierde con saber si está V. a la altura de
los otros.
Esto sucedía a las doce de la mañana: los camareros
estaban medio dormidos esperando concurrentes: algunos de estos leían
periódicos o tomaban café: el bollero de la tahona traía sobre una tabla la
primera tanda para el servicio del público, y el dueño partía magistralmente el
azúcar destinada al consumo, mientras los reposteros se hallaban preparando
todos los utensilios culinarios para atender a la demanda de los parroquianos.
Naturalmente, todos estos espectadores destinados
al servicio de la casa estaban interesados en conocer la habilidad del
desconocido artista, pues aquel café tenía acostumbrados a sus favorecedores a
la buena música, es decir, a esa música en que el piano suele retumbar como un
trueno y en que el violín parece relampaguear como una culebrina, y había, como
era consiguiente, interés marcado en conocer el mérito del joven.
El jurado no podía ser más competente, y desde
luego todos se dispusieron a escuchar.
No preguntó el nuevo artista lo que querían que
tocara, ni miró al repertorio de música que estaba en un ángulo del entarimado,
ni tan siquiera fijó sus ojos en una partitura que se hallaba sobre el atril.
Sentose con negligencia, estiró sus largos y blancos dedos, y el piano
principió a expresar con nuevas armonías, con arranques admirables, con
sonoridades brillantísimas, la profunda habilidad del joven. ¿Qué tocaba? Nadie
lo sabía; pero la dueña del café casi temblaba de emoción; su esposo se había quitado
inadvertidamente el gorro blanco que cubría su cabeza, y metía en él los
terrones de azúcar; los concurrentes quedaron admirados, el público principió a
aglomerarse a la puerta del café, los camareros se arremolinaron en
torno del artista, y el mozo Juan, el más antiguo, el más acreditado, el más
conocedor del oficio, sorprendido por uno de aquellos golpes maestros salidos
de la caja del piano, dejó caer al suelo una bandeja con una copa, un vaso y
una botella, los cuales se hicieron añicos en el pavimento.
Cuando acabó la sonata del desconocido artista
habían pasado cosas singulares en el café. Sin saber cómo, tres o cuatro
taburetes habían rodado por el suelo; los vasos del mostrador habían chocado
los unos contra los otros; la dueña, creyendo que bebía un vaso de agua, devoró
medio cuartillo de aguardiente y los reposteros se pusieron a bailar y un mozo
se desmayó.
Pero la impresión había sido tan grande, que el
dueño no pudo menos de decir:
—Yo acostumbro a dar al pianista veinte reales
todas las noches y un café con media tostada, en calidad de cena. Le daré a
usted treinta reales, cena y almuerzo y dos convites para los amigos, en caso
de que acepte usted mis proposiciones.
—Aceptadas. ¿Desde cuándo debo venir?
—Desde esta noche. Horas, de siete a doce y media.
El joven no dijo más y desapareció: es decir, se
marchó por la puerta de la calle.
II
Aquella noche la concurrencia era extraordinaria:
los camareros habían propalado la novedad entre los parroquianos, y sin saber
cómo, un periódico de la mañana había publicado el siguiente suelto:
Esta noche tocará en el café de…
el famoso artista que tanto ha llamado la atención en Suecia, Edimburgo,
Dublín, París y Lisboa, y del cual se cuentan maravillas. Auguramos al dueño
del favorecido establecimiento un magnífico resultado.
—¿Qué famoso artista será este? —preguntaba
la dueña del café.
—Allá lo veremos —replicaba
el marido—: nuestro contrato está ultimado.
—Pero no escrito, y a esta gente es menester
asegurarla.
Desde luego el artista, sin duda, había hecho que
los salones del café estuvieran atestados de una concurrencia numerosa antes de
las siete de la noche. No había mesas bastantes para el público, ni asientos
para que este se sentara; los camareros casi no podían transitar de un punto a
otro, el consumo se había triplicado y no pocas disputas se habían tenido que
transigir a causa de las exigencias del público.
En efecto, un cuarto de hora antes de las siete se
presentó el joven artista cuya fama se había esparcido entre aquellos
filarmónicos de café; venía vestido de otro modo; el descuido de su traje
matutinal había sido reemplazado por un equipaje negro, hecho con exquisito
gusto. Sus negros y largos cabellos caían hacia la espalda con desudada
elegancia; brillaba en su mano un magnífico diamante y un criado negro traía
detrás de él una caja de ébano, en donde guardaba su repertorio musical.
Nadie conocía, ni de nombre ni personalmente, al
nuevo pianista, y todos sentían una vaga y profunda curiosidad acerca de
aquella rara avis, de quien el suelto publicado en el periódico de
la mañana había investido de unas proporciones colosales.
El violinista que debía acompañarle estaba como
asustado, puesto que jamás había visto a su compañero.
Dieron, pues, las siete, y este debía principiar a
llenar su deber. El negro abrió la caja de ébano y colocó en el atril una
partitura.
—¿Tiene V. la bondad de acompañarme? —preguntó
el joven al violinista.
Este miró el epígrafe y leyó lo siguiente:
«Lucifero: Sinfonía infernal, por E. Gogol».
—Yo no conozco eso —dijo
el violinista.
—Pues V. juzgará —contestó
el joven con una extraña sonrisa.
Y el piano pareció estremecerse al contacto de
aquellos dedos de marfil.
III
Las primeras notas, los primeros compases, fueron
lentos; tenían una solemnidad extraña, producían un eco que en medio de la
profunda combinación del arte parecía romper con las tradiciones más clásicas
de la armonía. Los aficionados se principiaron a preguntar que qué era aquello.
—Es Weber —exclamó un inteligente.
—No; es Suppé —añadió
otro.
—Al contrario —dijo
un tercero—. Aquí hay algo de Gounod.
—Y de Meyerbeer —replicó
un cuarto.
Pero estas apreciaciones desaparecían al instante
ante los giros desconocidos, inusitados y hasta extravagantes de la sinfonía.
—¿Será Wagner? —Fue
la última pregunta que se formuló entre todos los concurrentes.
Por algunos segundos, esta opinión fue la más
dominante. Wagner es, aun hoy día, no el autor de la música del porvenir, sino
de lo desconocido, y todos creyeron que allí estaban escuchando una composición
especial del maestro de Baviera.
Alguien habló entonces de la sombría obertura
de Die Nibelungen; pero la opinión se extravió bien pronto: la
majestuosa entonación del piano iba siendo cada vez más sonora. De en medio de
un pausado y extraño acompañamiento, se escapaban cascadas de inmensa
sonoridad, ríos de mil notas multiplicadas, relámpagos de esplendores musicales
imposibles de concebir.
Mientras, poco a poco, todos los ánimos quedaban
como encadenados a la poderosa e irresistible influencia de aquella música,
extraviábanse todas las conjeturas: los temperamentos más linfáticos se hacían
nerviosos y los nerviosos se hacían biliosos, irascibles, exaltados hasta un
grado singular.
Toda la concurrencia acabó por no tener sino oídos
para oír y ojos para mirar al misterioso artista que en aquel momento, sentado
sobre el taburete, parecía el genio de los sueños de Beethoven. El negro estaba
detrás, y la caja de ébano que llevaba debajo del brazo parecía recoger todos
los sonidos para arrojarlos después con una fuerza centuplicada sobre la
multitud.
De pronto, y pasado un andante, porque en aquella
sinfonía todas las reglas clásicas parecían confundidas, un allegro,
que pudiéramos llamar nervioso, produjo fenómenos singulares. La dueña del
café, que estaba en el mostrador como presidiendo tan honorable asamblea, fue a
servir un pedido, pero sin darse una explicación clara y terminante de lo que
hacía, agarró una ponchera y principió a derramarla sobre la espalda de su
marido: este no vio ni sintió nada, sino antes al contrario, tenía un deseo
vehemente de bailar y echó mano del cocinero, que sin saber por qué, estaba de
mandil y gorro al lado de su señor.
Pero ¿quién se cuidaba de esto, cuando sucedían
cosas más extraordinarias? El mozo Juan se había quedado parado de repente en
medio del salón, y de nuevo dejó caer otra bandeja, otras copas y otras
botellas; una señorita, que sin duda tenía simpatías por un joven que se
hallaba dos mesas más arriba, se levantó sin conocimiento de sus padres, y
acercándose a los oídos del extasiado mancebo, principió a decirle palabras
apasionadas; una vieja pareció desmayarse; dos señores graves, íntimos amigos,
se sintieron poseídos de un furor repentino, y principiaron a darse de cachetes
sin compasión; el bollero, que traía una nueva hornada de bollos, principió a
tirarlos en todas direcciones; el violinista, que estaba de pie sobre el
entarimado del piano, tomó su violín, se lo puso al revés en el hombro, y
principió a dar golpes sobre la caja; dos muchachos que, merced a aquel
desorden, se habían introducido a vender La Correspondencia, se bebieron
una botella de ron que un mozo les entregó espontáneamente; todas las mujeres
se sintieron poseídas de un amor repentino. Estos, aquellos y los otros
principiaron a faltar a ciertas conveniencias; un marido que hacía dos años que
casi no hacía caso de su mujer, le dio un beso delante de todo el mundo, y
nadie estaba, por decirlo así, quieto, parado e inmóvil.
Estremecimientos espasmódicos corrían por todas
partes. Todos los ojos brillaban extraordinariamente; no se veían más que
grupos más o menos significativos; las viejas, especialmente, estaban en una
excitación indescriptible; ya nadie se cuidaba de nadie; cada cual vivía para
sí; se creían transportados a otro mundo, y se hallaban fuera del orden
ordinario y natural.
¿Qué pasaba allí? ¿Qué música era aquella? ¿Qué
fluido extraordinario esparcían aquellas notas sobre el numeroso auditorio? No
era fácil saberlo; pero lo cierto es que cuando la sinfonía infernal del
pianista desconocido llegó a su periodo más interesante; cuando nadie podía
escaparse del poder de aquellas notas irresistibles, entonces el café ya no era
café; había en todos una especie de desesperación irresistible y nerviosa. El
cocinero, que hasta allí había estado algún tanto comedido, abrazó a la dueña,
y esta se dejó abrazar delante del respetable público; dos mozos tropezaron en
el camino, y se arrojaron las bandejas a la cabeza; una mujer setentona se puso
a bailar de repente; dos niñas, muy bonitas por cierto, principiaron a cantar.
Despertáronse ciertas rivalidades, y los vasos volaron por el aire; unos
agentes de policía, en vez de poner orden, se empeñaron en apoderarse de una
buena moza, a pesar de las protestas de su marido; por último, el violinista,
dominado por completo, arrojó su violín por el aire, estrellándose contra una
lámpara de tres mecheros, y cuyas bombas cayeron sobre los concurrentes…
Era aquello lo inexplicable…
IV
Pero el piano enmudeció de pronto, y el público fue
volviendo de su aturdimiento. ¿Qué había pasado allí? ¿Cómo el dueño del café
veía en brazos de su repostero a su cara mitad? ¿Cómo los mozos habían roto la
mitad de los platos y botellas? ¿Cómo muchas señoritas habían olvidado su
dignidad hasta el extremo de hacer declaraciones amorosas? ¿Por qué los amigos
habían andado a la greña? ¿Por qué el pobre violinista había roto su violín? Al
pronto nadie supo darse cuenta de esto.
Pero todo el mundo, por instinto volvió los ojos
hacia el piano, y lo más raro y singular fue que el artista había desaparecido.
¿Dónde estaba el pianista y su negro?, ¿qué había
tocado?, ¿qué es lo que allí había sucedido?, ¿era todo hijo de un sueño?
Por media hora nadie supo darse razón.
Pero de pronto un hombre desconocido se presentó,
llevando un pliego cerrado para el dueño del café; este, que no había salido de
su aturdimiento, rompió el sobre y leyó lo siguiente:
Señor mío: Como discípulo, del doctor Ox he querido
aplicar a la música la acción del oxígeno por medio de notas metálicas que
estaban en el fondo de la caja de ébano. He hecho en su café de V. el
experimento y me ha salido perfectamente; desde hoy hay resuelto un problema:
que la electricidad y el oxígeno pueden dominar en absoluto a los temperamentos
más glaciales. Mañana la prensa se ocupará de V. y los parroquianos serán más
constantes a su establecimiento.
Tengo el honor de ofrecerme con toda consideración.
—E. Gogol.
Esta carta fue leída al público, y en efecto, para
calmar del todo la sobreexcitación general, fue necesario abrir puertas y
ventanas para restablecer la igualdad del aire.
El pianista no volvió a hacer ensayos en Madrid; al
día siguiente los periódicos anunciaron su salida para Nueva York, y desde
entonces la concurrencia al café oxigenado fue tan grande, que hoy son
completamente ricos los dueños del establecimiento.
Respecto de la dueña debemos decir que habla de
aquella noche con entusiasmo. No se sabe si fue la música o los abrazos del
repostero lo que más le hubo de llamar la atención.
FIN

