Libro N° 14696. ¿Estaré Predestinado? Matheu, José María.
© Libro N° 14696. ¿Estaré Predestinado? Matheu, José María. Emancipación. Enero 10 de 2026
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¿ESTARÉ PREDESTINADO?
José María Matheu
¿Estaré Predestinado?
José María Matheu
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¿Estaré predestinado?
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Se reproduce a continuación el relato ¿Estaré
predestinado?, de José María Matheu.
Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir
del texto publicado en la revista La Ilustración ibérica del
día 15 de septiembre de 1894 (año XII, núm. 611).
El texto se corresponde con el identificador
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Matheu falleció en 1929). Por otra parte, tanto la portada como la edición aquí
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Ganso y Pulpo
Creación: Barcelona, 02 de julio de 2019
Última revisión: Barcelona, 30 de julio de
2019
JOSÉ MARÍA MATHEU
Nacimiento1847
Zaragoza, España
Defunción1929
Madrid, España
Movimiento Novelista realista
Relacionado
Nació en Zaragoza en 1847 y allí estudió Derecho para convertirse en
abogado, oficio que alternó desde muy pronto con sus labores literarias, afines
a las estéticas del realismo y naturalismo. Confundido habitualmente con el
editor madrileño homónimo, se sabe que escribió también con el seudónimo
de Roberto de Alvar, aunque toda la producción que de él conocemos
va firmada con su nombre de pila.
Su bautismo de fuego literario se remonta al 15 de octubre de 1872,
cuando resultó premiado en el certamen de poesía organizado en Zaragoza en
honor de la Virgen del Pilar. Residente ya en Madrid, se conoce como su primera
publicación el poemario Los primeros acordes (1874), al que
continuó Al hombre por la palabra; aunque ambas obras pasaron
bastante desapercibidas en su momento.
En el año de 1883 es colaborador habitual de la Revista ibérica,
donde publicó tres cuentos, un artículo y varios sonetos. Un año más tarde
publicó La casa y la calle, libro de observación y análisis con el
que consiguió posicionarse como escritor realista. Durante esta década continuó
su producción con la novela La ilustre figuranta (1886), el
cuadro de costumbres aragonesas Un rincón del Paraíso (1886),
la novela Un santo varón (recuerdos de un pobre diablo) (con
la cual se inició la Colección contemporánea de novelas cortas en 1888) y el
estudio de costumbres Jaque a la reina (1889).
En 1891 publica El santo patrono, después de haber estado
callado durante un tiempo debido a ciertas circunstancias particulares y
dolorosas, y en 1893 ve la luz La gran nodriza. En 1895 publica un
volumen de cuentos, ¡Rataplán!, que es el tomo XXII de la Colección
Diamante. En 1897 publica una nueva novela, titulada Marrodán primero y
que es continuación de El santo patrono. Su última obra antes de
acabar el siglo fue Carmela rediviva.
Así, con 11 títulos de narrativa publicados, José María Matheu consiguió
postularse como una de las nuevas voces a tener en cuenta dentro del panorama
literario español; sin embargo, a diferencia de la mayoría de escritores de la
época, Matheu nunca optó por apoyarse en las colaboraciones periodísticas para
apuntalar su nombre, si bien dejó algunos textos esporádicos en cabeceras
como Revista Nueva, El Álbum ibero americano, Los Lunes
de El Imparcial, La
Ilustración Artística, La
Ilustración Ibérica o Por esos
mundos, entre otras. Así lo hacían notar
en Gedeón en abril de 1899:
El amigo Matheu no es de los escritores que «se hacen el artículo», sino
de los que se hacen una novela todos los años, renunciando a los derechos
pasivos de la gacetilla y del reclamo.
Quizás por ello, las críticas a sus obras durante los primeros años del
siglo XX fueron cada vez más prolijas en extensión y aplausos, pues
como ya hemos dicho los críticos siempre lo tuvieron en alta estima.
En el año 1900 publicó Gentil caballero, libro de costumbres
modernas que Mariano de Cavia alabó en El Imparcial en
los siguientes términos:
El pacífico, suave y delicado pintor a la holandesa de nuestros
«interiores» burgueses se ha renovado y modernizado, muy gentilmente y
muy cavalierement. Corta y pincha a ratos como un Marcel Prevost o
un Paul Hervieu…
Poco más de un año después, sin que mediara nueva publicación del autor
para justificar la atención recibida, era Alejandro Sawa el que lo
presentaba como uno de los primeros escritores contemporáneos, si bien le
achacaba que, sin ser modesto, tampoco era ambicioso. Recogemos a continuación
un fragmento de sus palabras, publicadas en la sección «De mis notas» de El
Globo en septiembre de 1901.
Concibe como un poeta, mesura como un matemático y escribe como un
académico, y ese es su mal, que ignora la bilis y la sangre como
elementos sine qua non de la expresión artística.
De 1904 es su novela Aprendizaje. Sobre ella dice Pedro
González-Blanco en Nuestro tiempo:
La incomparable cualidad de los libros de este novelista, aun de los que
en su obra total son inferiores, es la sinceridad, es la verdad. Se nota
perfectamente que todo lo que allí se relata ha sido visto antes y puede verse
aún, y que la imaginación solo sirvió para transportar a los personajes del
dominio de la realidad a la atmósfera más viva, más clara y más vibrante del
arte.
Por otra parte, desde El Imparcial se le echaba en cara
esa falta de bilis a la que aludía Sawa años atrás:
El Sr. Matheu «construye», sin duda, sus personajes con datos
de la realidad. Pero no acaba de infundirles el movimiento, las imperfecciones
y las contradicciones mismas de la vida.
Pero ante todo, siempre se ensalza su figura de escritor independiente,
de hombre que no se vende a los gustos de críticos o público. Como muestra de
ello sirven algunas de las críticas que se escribieron a propósito de El
pedroso y el templao, publicada en Revista de Aragón, que él
mismo fundó.
Pedro González-Blanco, dice sobre él en La Lectura:
Matheu es ante todo un antiprofesional. Si alguien desease hacer la
apología del escritor independiente y fijarse en un tipo representativo para
trazar una semblanza universalizante, a la manera inglesa, lo
encontraría de fijo en estos dos grandes novelistas de la última mitad del
siglo pasado que se llaman Armando Palacio Valdés y José María Matheu.
[…]
Matheu me da la impresión de un hombre que, por natural destreza,
escribiera bien; es más, que no pudiera escribir mal; pero que no escribiera
con miras literarias ni perspectivas de posteridad, como miserablemente
escriben todos o gran parte de los que andan atascados en estas juncosas
lagunas de lo que con nuestro énfasis característico llamamos literatura, y que
es algo tan vano, fútil y hueco como el aullido de los canes a la blanca luna.
[…]
Vuelvo a Matheu, y digo que en él se advierten la jugosidad primitiva y
las ingenuidades frescas del que no está a merced de críticos y de revistas.
En definitiva, José María Matheu era, todavía en 1906, un Gran
novelista apenas conocido, como puede leerse en la Revista
contemporánea. No obstante, continuó publicando sus trabajos narrativos,
aunque bien es cierto que estos fueron disminuyendo paulatinamente. Es de
1908 La hermanita Comino, colección de cuentos que forma parte de
la Biblioteca Argensola. En 1909 se publicó Entre el oro y la sangre en
la colección de El cuento semanal, donde también se imprimió Después de
la caída (1911).
En 1913 publicó bajo el título de Lo inexplicable, en la
Biblioteca Patria, dos novelas cortas: Lo inexplicable y Piénsalo
bien. Un año más tarde se incluyó uno de sus cuentos en el cuarto tomo de
los Cuentos baturros de Gascón, titulado Miá lo
que es la vergüenza…
Puede apuntarse que en estos años (1908-1913) su actividad social fue
mayor, contándose entre los asistentes de varios banquetes de homenaje a
compañeros como Andrés González Blanco, Ortiz de
Pinedo o Martínez Olmedilla.
Desde entonces, José María Matheu quedó sumido en el olvido… hasta 1923,
año en que Azorín lo descubrió en su serie «Escritores del siglo XIX»
en el diario ABC. Así lo recibieron en La Esfera:
En estos momentos anda Azorín a vueltas con un novelista ignorado. Acaba
de «descubrirlo». Se llama José María Matheu, y ha escrito un montón de
volúmenes inmejorables. Y a todos los amigos que encuentra al paso les pregunta
Azorín: «¿Ha leído usted las novelas de Matheu?…» Y resulta que nadie, nadie
las ha leído, ni los escritores jóvenes ni los que tienen más de cuarenta años.
Pues bien: el novelista Matheu vive, pasea por Madrid, no es una entelequia; el
novelista Matheu escribió sus obras hace treinta años… y nadie lo conoce.
Azorín nos lo arranca ahora de la región del olvido, como quien trae un
fantasma del fondo de las sombras.
El empuje de Azorín permitió que Matheu, a los 76 años, gozase de un
reconocimiento que de otro modo nunca habría tenido, quedándose como otros
tantos escritores sin ni siquiera unas breves líneas de despedida en la prensa.
Así, considerado por el joven escritor como un maestro de la generación del 98,
recibió un banquete en su honor en Zaragoza, donde se le hizo entrega de la
medalla de oro de la ciudad.
Del mismo modo, se escucharon sus recuerdos, que lo sitúan en banquetes
del PEN Club, como miembro del Bilis Club y veraneando puntualmente en Castilla
durante 27 años.
Por otra parte, su redescubrimiento le valió a Matheu para reunir sus
trabajos líricos en una antología poética titulada Orientaciones (1928)
que, sin embargo, se consideró tremendamente anacrónica por su campoamorismo
radical. Gómez de la Serna lo llamó el Tutankamon de las letras.
Matheu, soltero y sin parientes, con su carácter humilde que lo tuvo
frecuentemente aparatado del medio literario, pasó sus últimos años, víctima de
una ceguera casi total, dando paseos diarios hasta la Puerta del Sol y
merendando en La Mallorquina. Finalmente, murió en su domicilio de calle de la
Puebla a las 17.00 horas del 6 de marzo de 1929, víctima de una enfermedad
biliar y sin nada que testar a su ama de llaves, Juana Viñas, que llevaba 16
años con él y que era la encargada de leerle libros y redactar sus últimos
trabajos al dictado.
¿ESTARÉ PREDESTINADO?
Entre ocho y nueve de la mañana principia a vivir
la casa. Se oye el chirrido prolongado de los cerrojos, los pasos de las
criadas, los golpes de las puertas que se abren y el repiqueteo de las
campanillas que piden el chocolate. Sin embargo, las persianas del cuarto
principal continúan cerradas, y todos estos ruidos y voces y sonsonetes podrán
molestar a D. Facundo, pero no le arrancan del lecho. Es un solterón
impenitente que por su gusto no habrá visto amanecer más de seis veces en toda
su vida, y eso que frisa en los cincuenta largos y cumplidos de talle. La edad
no ha cambiado sus costumbres.
Lo recuerda muchas veces: hará cosa de veinte años
era un simple empleado, un aspirante de Correos con cuatro mil reales de
sueldo, poco más o menos, dos buenos ojos, una talla envidiable, un estómago
excelente y la noche por suya. Traía revueltas a las muchachas más bonitas del
barrio y a la mayoría de los alrededores; galán, alegre, decidor, quimerista, y
enamorado con más corazón y más valor que el Gran Capitán Gonzalo de
Córdoba. Pero ¡qué queréis! No hay dicha completa. Los consabidos cuatro mil no
le daban derecho como extraordinario más que a un sencillo chocolate con
tostada de abajo. ¡Una miseria! ¡Él, que hubiera hecho desaparecer en menos de
diez minutos la cabeza de jabalí más voluminosa y mejor compuesta que saliera
de casa de Lhardy! Bien dice el refrán que Dios da pan al que no tiene dientes.
Y así sucedió. Cuando a duras penas y en fuerza de
veinte años de servicios llegó a percibir como jefe de negociado de tercera
clase cuatro mil pesetas en redondo, ya le faltaban al Sr. D. Facundo Gálvez
cuatro huesos molares, un canino y la mitad de un incisivo. No se crea por esto
que no conservaba su afición a los buenos bocados, gran fortaleza en los remos
y una vista de lince para distinguir a las hembras. Tanto es así, que cierta
mañana pudo reparar perfectamente en el cachito de gracia que le había tocado a
la vecina del cuarto cuarto. En otra ocasión la encontró en la escalera y se
confirmó en su idea. Era una muchacha rubia, esbelta, graciosilla y modesta
como la Margarita del Fausto. El mundo de las costureras está lleno de
este género de Margaritas. Pues por boca de la portera supo muy pronto que la
joven se llamaba Consuelito; que cosía toda clase de ropa blanca; que vivía
sencillamente con su mamá; que sus manos eran divinas y carecía de novio; pero,
en cambio, poseía dos tiestos de geranios en la ventana del patio y un canario
mestizo que, por lo dulce y variado de su repertorio, podía muy bien pasar por
el Gayarre de los fringílidos. Además, sus costumbres eran honestas,
irreprensibles; pagaban correctamente al casero y no debían al tendero, ni al
aguador, ni al carbonero. En fin, muy estimables personas. Hasta el gatito del
cuarto parecía un buen sujeto.
Como la joven Consuelo madrugaba bastante,
determinó D. Facundo levantarse algo más temprano para verla salir a su tarea.
Después calculó que sería lo mismo verla entrar, cuando volvía del obrador, y
se quedó en cama como antes. Ello es que D. Facundo se entusiasmaba siempre que
tenía un feliz encuentro con la muchacha, se rejuvenecía, digámoslo así, echaba
mano al bigote, como si todavía fuese negro y sedoso, y se le iban los ojos
tras de aquellos andares y aquellos pies tan menudos y aquel airecillo tan visto,
y, a pesar de eso, tan nuevo. —¿Estaré yo predestinado para marido? —solía
preguntarse entre dudas y vacilaciones. Por dos veces consecutivas nuestro
solterón se embozó en su capa, marchose detrás de la joven y la asaltó con su
antiguo denuedo en la costanilla de los Ángeles. Consuelo ni siquiera volvió la
cabeza. Continuó su camino y se quedó tan fresca.
Reflexionando luego sobre esta primera tentativa,
cayó en la cuenta de haber obrado de ligero y como si se encontrara todavía de
aspirante y con los consabidos cuatro mil. —Vamos:
está visto —decía al subir las escaleras—;
cometí una tontería. La muchacha parece muy santa y lleva bien aprendida su
lección. He perdido lastimosamente el tiempo; pero ahora encargaré ropa blanca
a la madre, digo, a su mamá… y ya será otra cosa. Subiré como vecino, y esto
me dará derecho a cierta hospitalidad, al mismo tiempo que…
Veremos, veremos si es tan fiero el león como se pinta.
Y dicho y hecho. Una tarde, ya entre dos luces, se
encasquetó D. Facundo el hongo aventurero y se presentó en el cuarto. Hija y
madre, en compañía de una amiga, se hallaban haciendo en la máquina unos
dobladillos cuando fueron sorprendidas por tan agradable visita. Al abrirle la
puerta, dijo Consuelito a su madre, no sin cierto énfasis:
—El caballero del principal, mamá.
Fue una palabra mágica. La madre, no mal parecida,
por cierto, se deshizo en saludos y zalemas. Le aproximó la silla más decente
que había en el cuarto y se sentó familiarmente a su lado. Vista esta buena
acogida, D. Facundo encargó su ropa blanca, después de lo cual charlaron largo
rato del tiempo. Era una cosa atroz, no vista, lo que descendía el termómetro.
A las cinco o seis noches el caballero del
principal volvió a subir para hablar de las marcas. La moda del día ordenaba
que las iniciales fueran muy grandes. No había que echarlo en olvido. En la
semana entrante empezó D. Facundo a dedicarles las primeras horas de la noche.
Abandonó, por lo tanto, la tertulia de sus amigos y compañeros de Fornos, y
únicamente los domingos iba a tomar café con ellos. Encantadas estaban la madre
y la niña de su amabilidad, de su conversación, de sus ocurrencias, de su trato
amenísimo y discreto; pero en lo que se refiere a sus pretensiones amorosas no
adelantaba lo más mínimo. Nunca pudo hallar sola en su casa a Consuelito. Y lo
extraño es que tampoco la madre daba lumbre, quiero decir que para ella no
había indirectas que valiesen. En una ocasión que el denodado aspirante deslizó
ciertas palabrejas en el oído de la muchacha, levantáronse una y otra al mismo
tiempo, como si estuvieran de acuerdo, y pretextaron necesidad de retirarse a
descansar.
Al fin y al cabo, su honradez era evidente, y no
había razón para adelantar de tal modo las cosas. D. Facundo esperó dos largos
meses a que maduraran. Después, melancólicamente, se interrogaba a sí propio
entre escamado y dudoso, recordando sus antiguos triunfos de Tenorio de barrio:
—¿Estaré predestinado a caer bajo la temida coyunda?
—A todo esto, las visitas menudeaban. Ya no
encargaba camisas finas ni demás ropa blanca: se descolgaba con algún regalito,
y nada más. Eso sí: parecía haber remozado. Con su buen humor, su buen apetito
y sus envidiables piernas de cazador, estaba todavía en disposición de heredar
a sus sobrinos. Por último, al acabar el año se formalizaron las relaciones. No
podía vivir sin su Consuelo. Claro es que la parentela se enteró de semejante
resolución, y entonces fue el tocar el cielo con las manos.
—¡Ay! ¡Qué tío! —exclamaban
sus sobrinos—. Pero ¡qué tío!
En una velada de las muchas que pasaba con ellas
oyó D. Facundo como un gran suspiro. ¡Cosa más extraña! Ninguno de los tres que
allí se hallaban había suspirado. Levantose al momento pretextando cierta
urgencia, y, encendiendo un fósforo, se dirigió a la cocina. ¡Imagínese cuál
sería su asombro al encontrarse sentado en una silla coja a un hombrecillo
bajo, jorobado, pero no mal parecido, de ojillos negros y vivaces y enormísima
nariz, que se apresuró a saludarle con gran desparpajo y zalamería!
—¡Eh! ¿Qué es esto? ¿Qué hacía V. aquí dentro?
—Soy el encargado de la tienda para la que cosen
las señoras, y venía a recoger las camisas concluidas. ¿Sabe usté? Subo
algunas veces; pero me quedo aquí por no molestar. Es cuestión de poco rato.
¿Sabe usté?
Volvió a la salita D. Facundo y se quejó
amargamente de que no se le impusiera en ciertos pormenores de la casa: por
ejemplo, la inesperada presencia del jorobadillo. ¡Flojo susto que se había
llevado! Hablando de esto pudo observar desde luego en que hija y madre se
pusieron de color de grana. La conversación, antes tan animada, decayó algún
tanto en el resto de la noche. Sin embargo, aquello pasó como una nubecilla,
sin que le preocupara poco ni mucho.
El santo de Consuelito se celebró quince días
después de este incidente, comiendo todos reunidos, con mucho regocijo y como
en familia. Hubo, pues, grande expansión, y, no obstante, se habló de cosas
serias y fastidiosas, del arreglo de papeles, de cédulas personales, de
inscripciones, del libro parroquial, etc., etc. Así marchaban las relaciones,
viento en popa, cuando otra noche tornó a oír D. Facundo un suspiro de
aburrimiento, mayor todavía que el de marras. Asustose de veras, porque el
suspiro hubo de sonar muy próximo. Sin hablar palabra encendió un fósforo y se
dirigió a la cocina, no encontrando allí por de pronto ningún ser humano.
Volvió a encender el segundo y se deslizó con cautela hasta el dormitorio de la
madre. Allí estaba el jorobadillo, sentado, como siempre, en una silla coja.
—¡Eh! ¡Voto a bríos! ¿Qué significa esta encerrona?
—preguntó D. Facundo, entre ceñudo y asombrado—.
¡Salga V. inmediatamente de la alcoba!
Salió, en efecto, mi hombrecillo con gentil
presteza, excusándose del mejor modo posible: había que convenir en que la
cocina estaba heladísima, y, compadecida la señora, hubo de permitirle que se
acomodara en aquel interior. —¿Sabe usté? —repitió
el hombrecillo por dos veces—. Además, la tarea es doble esta noche y tengo que
esperar más de una hora. ¿Sabe usté?
Callaban las dos mujeres, en tanto, con visible
rubor, o asentían a lo dicho por el jorobadillo, aunque con tibias y
entrecortadas frases. Visto lo cual por D. Facundo, cogió el sombrero y se
escurrió del cuarto sin darles siquiera las buenas noches. ¡Tanto aspaviento y
tanta vergüenza para salir con un hombre jorobado! ¡Valiente gusto de mujer! Al
fin y al cabo, todas eran iguales. En su consecuencia, el caballero del
principal no volvió a pisar más el cuarto. Así transcurrieron diez días llenos
para él de melancólica murria. No se le podía sufrir, porque se despertaba
todas las mañanas con un geniecillo… —Nada, nada —repetía el hombre a sus solas—;
me daré buena vida, me atracaré de jamón y moriré solterito, como el padre
Astete. —Pero después, reflexionando un poco acerca de la
honestidad, gracia y buen palmito de algunas muchachas, aún se atrevía a
preguntarse melancólicamente: —¿Estaré predestinado a la santa cofradía?
No dejó de chocarle que se presentase una mañana la
portera con la pretensión de hablarle reservadamente. ¿Y de qué? Diole permiso
para pasar adelante y se armó de paciencia. Era mujer que hablaba hasta por los
codos; pero ¿qué había de hacer? Le concedió, pues, ampliamente el uso, o, más
bien, el abuso de la palabra. En efecto: trató de demostrar de veinticinco
maneras que las señoras del cuarto cuarto estaban muy tristes,
desconsoladísimas, que no se atrevían a bajar, sobre todo la madre, que se
reconocía como imprevisora y culpable por no haber cantado de plano sobre
algunos pormenores de su persona. Por ejemplo: que padecía de cierta enfermedad
de los nervios, cuyo ataque le privaba por completo de sus sentidos y
potencias. Pero luego unas cuantas friegas de espíritu alcanforado le devolvían
las fuerzas y la sensibilidad. Y para estos casos extremos se reservaba al
jorobadillo, que era una notabilidad en el difícil arte de desarrollar calor.
Tales casos solían repetirse de noche y con alguna frecuencia. —¡Cosa
más extraordinaria! Conque ¿de noche? —repetía maliciosamente D. Facundo. Contestó, sin
embargo, que lo tendría presente para proceder con imparcialidad. En realidad,
no lo tuvo ni se enterneció con lo que él llamaba pamplinas y tonteras,
hasta que cinco o seis días después se le presentó la propia madre de la
muchacha, confesándole con lágrimas en los ojos su debilidad, su pecadillo, en
fin, su histórica intimidad con el jorobadillo.
—¡Hola, hola! —exclamó
el enamorado solterón—. ¡Vaya, hombre! ¿Quién habla de pensar que a su
edad de V.…? Etcétera, etc.
Y, a pesar del aforismo jurídico, a confesión de
partes, relevación de prueba, no quiso pasar adelante sin contar con la
evidencia. Fingió desde luego que consentía en firmar las paces, y para el
ultimátum y arreglo definitivo de los papelotes simuló un viaje, es decir, una
ausencia de dos meses, dejando en casa de Consuelo y a su servicio una mujer de
toda su confianza.
Pasado el tiempo de prueba volvió D. Facundo tan
enamorado y doblemente satisfecho con las noticias que recibía de su apoderada
y confidente. Por último, se convino el día de la boda. Consuelito bajó a vivir
con el caballero del principal, y la madre continuó arriba, más joven y rolliza
que nunca, a pesar de su enfermedad y de las consiguientes friegas.
En cambio, los sobrinos de D. Facundo volvieron a
tocar el cielo con las manos, y solían preguntarse muchas veces: —¿Si
nos vengará la Consuelito? —A lo cual respondía uno de ellos, que había sido en
sus buenos tiempos partiquino del Teatro Real: —Corpo
di Bacco! Chi sa! Ma é cosa probabile. La castagna di fuori é bella, e dentro
ha la magagna… Quiere decirse que nuestro tío es
hombre predestinado.
Coincidían estas malévolas esperanzas con la
amenaza que la mujer hizo un día a su marido, por supuesto, en tono de broma: —¡Ah,
señor bribón! Conque ¿V. me ponía el pie para que yo cayera? Ahora me las
pagará V. todas juntas. Descuide V., que yo le ataré bien corto.
Y D. Facundo, que había escapado de los lazos de
tantas y tan lagartas, empezaba a padecer del monólogo, cuyo final, un
tanto melancólico, era este: «—¡Oh! ¡Yo… yo estaba predestinado!».
FIN

