Libros Más Recientes

Emancipación N° 1051. VER CANAL EMANCIPACIÓN

Emancipación N° 1050. VER CANAL EMANCIPACIÓN

Emancipación N° 1049. VER CANAL EMANCIPACIÓN

PODCAST REVISTA

Libro N° 14696. ¿Estaré Predestinado? Matheu, José María.

Guillermo Molina Miranda mayo 19, 2026


© Libro N° 14696. ¿Estaré Predestinado? Matheu, José María. Emancipación. Enero 10 de 2026

 

Título Original: © ¿Estaré Predestinado? José María Matheu

 

Versión Original: © ¿Estaré Predestinado? José María Matheu

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://gansoypulpo.com/autor/matheu/nb0440-estare-predestinado/


 

Licencia Creative Commons:

Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.

La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

 

Portada E.O. de:  

https://gansoypulpo.com/autor/matheu/nb0440-estare-predestinado/ 

 

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

¿ESTARÉ PREDESTINADO?

José María Matheu


 

¿Estaré Predestinado?

José María Matheu

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Table of Contents

Nota previa

Autor

¿Estaré predestinado?

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

Nota previa

Se reproduce a continuación el relato ¿Estaré predestinado?, de José María Matheu.

Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir del texto publicado en la revista La Ilustración ibérica del día 15 de septiembre de 1894 (año XII, núm. 611).

El texto se corresponde con el identificador editorial GYP-NB0440, habiéndose podido actualizar su ortografía y gramática de acuerdo con las reglas vigentes del idioma español. Estos cambios suponen, en el plano ortográfico, la supresión del acento en monosílabos y la actualización de aquel léxico técnico y/o extranjerismos que están actualmente integrados en el idioma. En el plano gramatical ha podido variar el texto en relación a la disposición de signos de puntuación, principalmente en relación al empleo de la raya.

En cuanto a la licencia de esta edición debe tenerse en cuenta que el texto reproducido es de dominio público (José María Matheu falleció en 1929). Por otra parte, tanto la portada como la edición aquí presentadas se distribuyen gratuitamente bajo licencia Creative Commons por la editorial electrónica Ganso y Pulpo, que espera se comparta en los mismos términos que los estipulados originalmente (edición íntegra, sin ánimo de lucro y respetuosa tanto con el texto como con el trabajo desempeñado por la editorial).

El presente ePub está libre de DRM y validado técnicamente, como puede comprobarse mediante la aplicación web del IDPF.

Todas las posibles modificaciones realizadas hasta la fecha en este libro están declaradas en el registro de cambios general, que encontrará en la página web del proyecto.

Sin más, esperamos que disfrute de su lectura. Todas sus apreciaciones, sugerencias y observaciones son bienvenidas en nuestro formulario de contacto.

Ganso y Pulpo

Creación: Barcelona, 02 de julio de 2019

Última revisión: Barcelona, 30 de julio de 2019

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

JOSÉ MARÍA MATHEU

Nacimiento1847

Zaragoza, España

Defunción1929

Madrid, España

Movimiento Novelista realista

Relacionado

 Ver textos publicados

 

Nació en Zaragoza en 1847 y allí estudió Derecho para convertirse en abogado, oficio que alternó desde muy pronto con sus labores literarias, afines a las estéticas del realismo y naturalismo. Confundido habitualmente con el editor madrileño homónimo, se sabe que escribió también con el seudónimo de Roberto de Alvar, aunque toda la producción que de él conocemos va firmada con su nombre de pila.

Su bautismo de fuego literario se remonta al 15 de octubre de 1872, cuando resultó premiado en el certamen de poesía organizado en Zaragoza en honor de la Virgen del Pilar. Residente ya en Madrid, se conoce como su primera publicación el poemario Los primeros acordes (1874), al que continuó Al hombre por la palabra; aunque ambas obras pasaron bastante desapercibidas en su momento.

En el año de 1883 es colaborador habitual de la Revista ibérica, donde publicó tres cuentos, un artículo y varios sonetos. Un año más tarde publicó La casa y la calle, libro de observación y análisis con el que consiguió posicionarse como escritor realista. Durante esta década continuó su producción con la novela La ilustre figuranta (1886), el cuadro de costumbres aragonesas Un rincón del Paraíso (1886), la novela Un santo varón (recuerdos de un pobre diablo) (con la cual se inició la Colección contemporánea de novelas cortas en 1888) y el estudio de costumbres Jaque a la reina (1889).

En 1891 publica El santo patrono, después de haber estado callado durante un tiempo debido a ciertas circunstancias particulares y dolorosas, y en 1893 ve la luz La gran nodriza. En 1895 publica un volumen de cuentos, ¡Rataplán!, que es el tomo XXII de la Colección Diamante. En 1897 publica una nueva novela, titulada Marrodán primero y que es continuación de El santo patrono. Su última obra antes de acabar el siglo fue Carmela rediviva.

Así, con 11 títulos de narrativa publicados, José María Matheu consiguió postularse como una de las nuevas voces a tener en cuenta dentro del panorama literario español; sin embargo, a diferencia de la mayoría de escritores de la época, Matheu nunca optó por apoyarse en las colaboraciones periodísticas para apuntalar su nombre, si bien dejó algunos textos esporádicos en cabeceras como Revista Nueva, El Álbum ibero americano, Los Lunes de El Imparcial, La Ilustración Artística, La Ilustración Ibérica o Por esos mundos, entre otras. Así lo hacían notar en Gedeón en abril de 1899:

El amigo Matheu no es de los escritores que «se hacen el artículo», sino de los que se hacen una novela todos los años, renunciando a los derechos pasivos de la gacetilla y del reclamo.

Quizás por ello, las críticas a sus obras durante los primeros años del siglo XX fueron cada vez más prolijas en extensión y aplausos, pues como ya hemos dicho los críticos siempre lo tuvieron en alta estima.

En el año 1900 publicó Gentil caballero, libro de costumbres modernas que Mariano de Cavia alabó en El Imparcial en los siguientes términos:

El pacífico, suave y delicado pintor a la holandesa de nuestros «interiores» burgueses se ha renovado y modernizado, muy gentilmente y muy cavalierement. Corta y pincha a ratos como un Marcel Prevost o un Paul Hervieu…

Poco más de un año después, sin que mediara nueva publicación del autor para justificar la atención recibida, era Alejandro Sawa el que lo presentaba como uno de los primeros escritores contemporáneos, si bien le achacaba que, sin ser modesto, tampoco era ambicioso. Recogemos a continuación un fragmento de sus palabras, publicadas en la sección «De mis notas» de El Globo en septiembre de 1901.

Concibe como un poeta, mesura como un matemático y escribe como un académico, y ese es su mal, que ignora la bilis y la sangre como elementos sine qua non de la expresión artística.

De 1904 es su novela Aprendizaje. Sobre ella dice Pedro González-Blanco en Nuestro tiempo:

La incomparable cualidad de los libros de este novelista, aun de los que en su obra total son inferiores, es la sinceridad, es la verdad. Se nota perfectamente que todo lo que allí se relata ha sido visto antes y puede verse aún, y que la imaginación solo sirvió para transportar a los personajes del dominio de la realidad a la atmósfera más viva, más clara y más vibrante del arte.

Por otra parte, desde El Imparcial se le echaba en cara esa falta de bilis a la que aludía Sawa años atrás:

El Sr. Matheu «construye», sin duda, sus personajes con datos de la realidad. Pero no acaba de infundirles el movimiento, las imperfecciones y las contradicciones mismas de la vida.

Pero ante todo, siempre se ensalza su figura de escritor independiente, de hombre que no se vende a los gustos de críticos o público. Como muestra de ello sirven algunas de las críticas que se escribieron a propósito de El pedroso y el templao, publicada en Revista de Aragón, que él mismo fundó.

Pedro González-Blanco, dice sobre él en La Lectura:

Matheu es ante todo un antiprofesional. Si alguien desease hacer la apología del escritor independiente y fijarse en un tipo representativo para trazar una semblanza universalizante, a la manera inglesa, lo encontraría de fijo en estos dos grandes novelistas de la última mitad del siglo pasado que se llaman Armando Palacio Valdés y José María Matheu.

[…]

Matheu me da la impresión de un hombre que, por natural destreza, escribiera bien; es más, que no pudiera escribir mal; pero que no escribiera con miras literarias ni perspectivas de posteridad, como miserablemente escriben todos o gran parte de los que andan atascados en estas juncosas lagunas de lo que con nuestro énfasis característico llamamos literatura, y que es algo tan vano, fútil y hueco como el aullido de los canes a la blanca luna.

[…]

Vuelvo a Matheu, y digo que en él se advierten la jugosidad primitiva y las ingenuidades frescas del que no está a merced de críticos y de revistas.

En definitiva, José María Matheu era, todavía en 1906, un Gran novelista apenas conocido, como puede leerse en la Revista contemporánea. No obstante, continuó publicando sus trabajos narrativos, aunque bien es cierto que estos fueron disminuyendo paulatinamente. Es de 1908 La hermanita Comino, colección de cuentos que forma parte de la Biblioteca Argensola. En 1909 se publicó Entre el oro y la sangre en la colección de El cuento semanal, donde también se imprimió Después de la caída (1911).

En 1913 publicó bajo el título de Lo inexplicable, en la Biblioteca Patria, dos novelas cortas: Lo inexplicable y Piénsalo bien. Un año más tarde se incluyó uno de sus cuentos en el cuarto tomo de los Cuentos baturros de Gascón, titulado Miá lo que es la vergüenza…

Puede apuntarse que en estos años (1908-1913) su actividad social fue mayor, contándose entre los asistentes de varios banquetes de homenaje a compañeros como Andrés González Blanco, Ortiz de Pinedo o Martínez Olmedilla.

Desde entonces, José María Matheu quedó sumido en el olvido… hasta 1923, año en que Azorín lo descubrió en su serie «Escritores del siglo XIX» en el diario ABC. Así lo recibieron en La Esfera:

En estos momentos anda Azorín a vueltas con un novelista ignorado. Acaba de «descubrirlo». Se llama José María Matheu, y ha escrito un montón de volúmenes inmejorables. Y a todos los amigos que encuentra al paso les pregunta Azorín: «¿Ha leído usted las novelas de Matheu?…» Y resulta que nadie, nadie las ha leído, ni los escritores jóvenes ni los que tienen más de cuarenta años. Pues bien: el novelista Matheu vive, pasea por Madrid, no es una entelequia; el novelista Matheu escribió sus obras hace treinta años… y nadie lo conoce. Azorín nos lo arranca ahora de la región del olvido, como quien trae un fantasma del fondo de las sombras.

El empuje de Azorín permitió que Matheu, a los 76 años, gozase de un reconocimiento que de otro modo nunca habría tenido, quedándose como otros tantos escritores sin ni siquiera unas breves líneas de despedida en la prensa. Así, considerado por el joven escritor como un maestro de la generación del 98, recibió un banquete en su honor en Zaragoza, donde se le hizo entrega de la medalla de oro de la ciudad.

Del mismo modo, se escucharon sus recuerdos, que lo sitúan en banquetes del PEN Club, como miembro del Bilis Club y veraneando puntualmente en Castilla durante 27 años.

Por otra parte, su redescubrimiento le valió a Matheu para reunir sus trabajos líricos en una antología poética titulada Orientaciones (1928) que, sin embargo, se consideró tremendamente anacrónica por su campoamorismo radical. Gómez de la Serna lo llamó el Tutankamon de las letras.

Matheu, soltero y sin parientes, con su carácter humilde que lo tuvo frecuentemente aparatado del medio literario, pasó sus últimos años, víctima de una ceguera casi total, dando paseos diarios hasta la Puerta del Sol y merendando en La Mallorquina. Finalmente, murió en su domicilio de calle de la Puebla a las 17.00 horas del 6 de marzo de 1929, víctima de una enfermedad biliar y sin nada que testar a su ama de llaves, Juana Viñas, que llevaba 16 años con él y que era la encargada de leerle libros y redactar sus últimos trabajos al dictado.

 

 

 

 

 

 

 

¿ESTARÉ PREDESTINADO?

 

Entre ocho y nueve de la mañana principia a vivir la casa. Se oye el chirrido prolongado de los cerrojos, los pasos de las criadas, los golpes de las puertas que se abren y el repiqueteo de las campanillas que piden el chocolate. Sin embargo, las persianas del cuarto principal continúan cerradas, y todos estos ruidos y voces y sonsonetes podrán molestar a D. Facundo, pero no le arrancan del lecho. Es un solterón impenitente que por su gusto no habrá visto amanecer más de seis veces en toda su vida, y eso que frisa en los cincuenta largos y cumplidos de talle. La edad no ha cambiado sus costumbres.

Lo recuerda muchas veces: hará cosa de veinte años era un simple empleado, un aspirante de Correos con cuatro mil reales de sueldo, poco más o menos, dos buenos ojos, una talla envidiable, un estómago excelente y la noche por suya. Traía revueltas a las muchachas más bonitas del barrio y a la mayoría de los alrededores; galán, alegre, decidor, quimerista, y enamorado con más corazón y más valor que el Gran Capitán Gonzalo de Córdoba. Pero ¡qué queréis! No hay dicha completa. Los consabidos cuatro mil no le daban derecho como extraordinario más que a un sencillo chocolate con tostada de abajo. ¡Una miseria! ¡Él, que hubiera hecho desaparecer en menos de diez minutos la cabeza de jabalí más voluminosa y mejor compuesta que saliera de casa de Lhardy! Bien dice el refrán que Dios da pan al que no tiene dientes.

Y así sucedió. Cuando a duras penas y en fuerza de veinte años de servicios llegó a percibir como jefe de negociado de tercera clase cuatro mil pesetas en redondo, ya le faltaban al Sr. D. Facundo Gálvez cuatro huesos molares, un canino y la mitad de un incisivo. No se crea por esto que no conservaba su afición a los buenos bocados, gran fortaleza en los remos y una vista de lince para distinguir a las hembras. Tanto es así, que cierta mañana pudo reparar perfectamente en el cachito de gracia que le había tocado a la vecina del cuarto cuarto. En otra ocasión la encontró en la escalera y se confirmó en su idea. Era una muchacha rubia, esbelta, graciosilla y modesta como la Margarita del Fausto. El mundo de las costureras está lleno de este género de Margaritas. Pues por boca de la portera supo muy pronto que la joven se llamaba Consuelito; que cosía toda clase de ropa blanca; que vivía sencillamente con su mamá; que sus manos eran divinas y carecía de novio; pero, en cambio, poseía dos tiestos de geranios en la ventana del patio y un canario mestizo que, por lo dulce y variado de su repertorio, podía muy bien pasar por el Gayarre de los fringílidos. Además, sus costumbres eran honestas, irreprensibles; pagaban correctamente al casero y no debían al tendero, ni al aguador, ni al carbonero. En fin, muy estimables personas. Hasta el gatito del cuarto parecía un buen sujeto.

Como la joven Consuelo madrugaba bastante, determinó D. Facundo levantarse algo más temprano para verla salir a su tarea. Después calculó que sería lo mismo verla entrar, cuando volvía del obrador, y se quedó en cama como antes. Ello es que D. Facundo se entusiasmaba siempre que tenía un feliz encuentro con la muchacha, se rejuvenecía, digámoslo así, echaba mano al bigote, como si todavía fuese negro y sedoso, y se le iban los ojos tras de aquellos andares y aquellos pies tan menudos y aquel airecillo tan visto, y, a pesar de eso, tan nuevo. —¿Estaré yo predestinado para marido? —solía preguntarse entre dudas y vacilaciones. Por dos veces consecutivas nuestro solterón se embozó en su capa, marchose detrás de la joven y la asaltó con su antiguo denuedo en la costanilla de los Ángeles. Consuelo ni siquiera volvió la cabeza. Continuó su camino y se quedó tan fresca.

Reflexionando luego sobre esta primera tentativa, cayó en la cuenta de haber obrado de ligero y como si se encontrara todavía de aspirante y con los consabidos cuatro mil. —Vamos: está visto —decía al subir las escaleras—; cometí una tontería. La muchacha parece muy santa y lleva bien aprendida su lección. He perdido lastimosamente el tiempo; pero ahora encargaré ropa blanca a la madre, digo, a su mamá… y ya será otra cosa. Subiré como vecino, y esto me dará derecho a cierta hospitalidad, al mismo tiempo que… Veremos, veremos si es tan fiero el león como se pinta.

Y dicho y hecho. Una tarde, ya entre dos luces, se encasquetó D. Facundo el hongo aventurero y se presentó en el cuarto. Hija y madre, en compañía de una amiga, se hallaban haciendo en la máquina unos dobladillos cuando fueron sorprendidas por tan agradable visita. Al abrirle la puerta, dijo Consuelito a su madre, no sin cierto énfasis:

—El caballero del principal, mamá.

Fue una palabra mágica. La madre, no mal parecida, por cierto, se deshizo en saludos y zalemas. Le aproximó la silla más decente que había en el cuarto y se sentó familiarmente a su lado. Vista esta buena acogida, D. Facundo encargó su ropa blanca, después de lo cual charlaron largo rato del tiempo. Era una cosa atroz, no vista, lo que descendía el termómetro.

A las cinco o seis noches el caballero del principal volvió a subir para hablar de las marcas. La moda del día ordenaba que las iniciales fueran muy grandes. No había que echarlo en olvido. En la semana entrante empezó D. Facundo a dedicarles las primeras horas de la noche. Abandonó, por lo tanto, la tertulia de sus amigos y compañeros de Fornos, y únicamente los domingos iba a tomar café con ellos. Encantadas estaban la madre y la niña de su amabilidad, de su conversación, de sus ocurrencias, de su trato amenísimo y discreto; pero en lo que se refiere a sus pretensiones amorosas no adelantaba lo más mínimo. Nunca pudo hallar sola en su casa a Consuelito. Y lo extraño es que tampoco la madre daba lumbre, quiero decir que para ella no había indirectas que valiesen. En una ocasión que el denodado aspirante deslizó ciertas palabrejas en el oído de la muchacha, levantáronse una y otra al mismo tiempo, como si estuvieran de acuerdo, y pretextaron necesidad de retirarse a descansar.

Al fin y al cabo, su honradez era evidente, y no había razón para adelantar de tal modo las cosas. D. Facundo esperó dos largos meses a que maduraran. Después, melancólicamente, se interrogaba a sí propio entre escamado y dudoso, recordando sus antiguos triunfos de Tenorio de barrio: —¿Estaré predestinado a caer bajo la temida coyunda? —A todo esto, las visitas menudeaban. Ya no encargaba camisas finas ni demás ropa blanca: se descolgaba con algún regalito, y nada más. Eso sí: parecía haber remozado. Con su buen humor, su buen apetito y sus envidiables piernas de cazador, estaba todavía en disposición de heredar a sus sobrinos. Por último, al acabar el año se formalizaron las relaciones. No podía vivir sin su Consuelo. Claro es que la parentela se enteró de semejante resolución, y entonces fue el tocar el cielo con las manos.

—¡Ay! ¡Qué tío! —exclamaban sus sobrinos—. Pero ¡qué tío!

En una velada de las muchas que pasaba con ellas oyó D. Facundo como un gran suspiro. ¡Cosa más extraña! Ninguno de los tres que allí se hallaban había suspirado. Levantose al momento pretextando cierta urgencia, y, encendiendo un fósforo, se dirigió a la cocina. ¡Imagínese cuál sería su asombro al encontrarse sentado en una silla coja a un hombrecillo bajo, jorobado, pero no mal parecido, de ojillos negros y vivaces y enormísima nariz, que se apresuró a saludarle con gran desparpajo y zalamería!

—¡Eh! ¿Qué es esto? ¿Qué hacía V. aquí dentro?

—Soy el encargado de la tienda para la que cosen las señoras, y venía a recoger las camisas concluidas. ¿Sabe usté? Subo algunas veces; pero me quedo aquí por no molestar. Es cuestión de poco rato. ¿Sabe usté?

Volvió a la salita D. Facundo y se quejó amargamente de que no se le impusiera en ciertos pormenores de la casa: por ejemplo, la inesperada presencia del jorobadillo. ¡Flojo susto que se había llevado! Hablando de esto pudo observar desde luego en que hija y madre se pusieron de color de grana. La conversación, antes tan animada, decayó algún tanto en el resto de la noche. Sin embargo, aquello pasó como una nubecilla, sin que le preocupara poco ni mucho.

El santo de Consuelito se celebró quince días después de este incidente, comiendo todos reunidos, con mucho regocijo y como en familia. Hubo, pues, grande expansión, y, no obstante, se habló de cosas serias y fastidiosas, del arreglo de papeles, de cédulas personales, de inscripciones, del libro parroquial, etc., etc. Así marchaban las relaciones, viento en popa, cuando otra noche tornó a oír D. Facundo un suspiro de aburrimiento, mayor todavía que el de marras. Asustose de veras, porque el suspiro hubo de sonar muy próximo. Sin hablar palabra encendió un fósforo y se dirigió a la cocina, no encontrando allí por de pronto ningún ser humano. Volvió a encender el segundo y se deslizó con cautela hasta el dormitorio de la madre. Allí estaba el jorobadillo, sentado, como siempre, en una silla coja.

—¡Eh! ¡Voto a bríos! ¿Qué significa esta encerrona? —preguntó D. Facundo, entre ceñudo y asombrado—. ¡Salga V. inmediatamente de la alcoba!

Salió, en efecto, mi hombrecillo con gentil presteza, excusándose del mejor modo posible: había que convenir en que la cocina estaba heladísima, y, compadecida la señora, hubo de permitirle que se acomodara en aquel interior. —¿Sabe usté? —repitió el hombrecillo por dos veces—. Además, la tarea es doble esta noche y tengo que esperar más de una hora. ¿Sabe usté?

Callaban las dos mujeres, en tanto, con visible rubor, o asentían a lo dicho por el jorobadillo, aunque con tibias y entrecortadas frases. Visto lo cual por D. Facundo, cogió el sombrero y se escurrió del cuarto sin darles siquiera las buenas noches. ¡Tanto aspaviento y tanta vergüenza para salir con un hombre jorobado! ¡Valiente gusto de mujer! Al fin y al cabo, todas eran iguales. En su consecuencia, el caballero del principal no volvió a pisar más el cuarto. Así transcurrieron diez días llenos para él de melancólica murria. No se le podía sufrir, porque se despertaba todas las mañanas con un geniecillo… —Nada, nada —repetía el hombre a sus solas—; me daré buena vida, me atracaré de jamón y moriré solterito, como el padre Astete. —Pero después, reflexionando un poco acerca de la honestidad, gracia y buen palmito de algunas muchachas, aún se atrevía a preguntarse melancólicamente: —¿Estaré predestinado a la santa cofradía?

No dejó de chocarle que se presentase una mañana la portera con la pretensión de hablarle reservadamente. ¿Y de qué? Diole permiso para pasar adelante y se armó de paciencia. Era mujer que hablaba hasta por los codos; pero ¿qué había de hacer? Le concedió, pues, ampliamente el uso, o, más bien, el abuso de la palabra. En efecto: trató de demostrar de veinticinco maneras que las señoras del cuarto cuarto estaban muy tristes, desconsoladísimas, que no se atrevían a bajar, sobre todo la madre, que se reconocía como imprevisora y culpable por no haber cantado de plano sobre algunos pormenores de su persona. Por ejemplo: que padecía de cierta enfermedad de los nervios, cuyo ataque le privaba por completo de sus sentidos y potencias. Pero luego unas cuantas friegas de espíritu alcanforado le devolvían las fuerzas y la sensibilidad. Y para estos casos extremos se reservaba al jorobadillo, que era una notabilidad en el difícil arte de desarrollar calor. Tales casos solían repetirse de noche y con alguna frecuencia. —¡Cosa más extraordinaria! Conque ¿de noche? —repetía maliciosamente D. Facundo. Contestó, sin embargo, que lo tendría presente para proceder con imparcialidad. En realidad, no lo tuvo ni se enterneció con lo que él llamaba pamplinas y tonteras, hasta que cinco o seis días después se le presentó la propia madre de la muchacha, confesándole con lágrimas en los ojos su debilidad, su pecadillo, en fin, su histórica intimidad con el jorobadillo.

—¡Hola, hola! —exclamó el enamorado solterón—. ¡Vaya, hombre! ¿Quién habla de pensar que a su edad de V.…? Etcétera, etc.

Y, a pesar del aforismo jurídico, a confesión de partes, relevación de prueba, no quiso pasar adelante sin contar con la evidencia. Fingió desde luego que consentía en firmar las paces, y para el ultimátum y arreglo definitivo de los papelotes simuló un viaje, es decir, una ausencia de dos meses, dejando en casa de Consuelo y a su servicio una mujer de toda su confianza.

Pasado el tiempo de prueba volvió D. Facundo tan enamorado y doblemente satisfecho con las noticias que recibía de su apoderada y confidente. Por último, se convino el día de la boda. Consuelito bajó a vivir con el caballero del principal, y la madre continuó arriba, más joven y rolliza que nunca, a pesar de su enfermedad y de las consiguientes friegas.

En cambio, los sobrinos de D. Facundo volvieron a tocar el cielo con las manos, y solían preguntarse muchas veces: —¿Si nos vengará la Consuelito? —A lo cual respondía uno de ellos, que había sido en sus buenos tiempos partiquino del Teatro Real: —Corpo di Bacco! Chi sa! Ma é cosa probabile. La castagna di fuori é bella, e dentro ha la magagna… Quiere decirse que nuestro tío es hombre predestinado.

Coincidían estas malévolas esperanzas con la amenaza que la mujer hizo un día a su marido, por supuesto, en tono de broma: —¡Ah, señor bribón! Conque ¿V. me ponía el pie para que yo cayera? Ahora me las pagará V. todas juntas. Descuide V., que yo le ataré bien corto.

Y D. Facundo, que había escapado de los lazos de tantas y tan lagartas, empezaba a padecer del monólogo, cuyo final, un tanto melancólico, era este: «—¡Oh! ¡Yo… yo estaba predestinado!».



FIN

Related Posts

Libros del 14001 al 15000 7285092154679775089
- Navigation - Archive Status