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Libro N° 14694. Jugo De Pedriscos. Gutiérrez Gamero, Emilio

Guillermo Molina Miranda mayo 19, 2026



© Libro N° 14694. Jugo De Pedriscos. Gutiérrez Gamero, Emilio. Emancipación. Enero 10 de 2026

 

Título Original: © Jugo De Pedriscos. Emilio Gutiérrez Gamero

 

Versión Original: © Jugo De Pedriscos. Emilio Gutiérrez Gamero

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

JUGO DE PEDRISCOS 

Emilio Gutiérrez Gamero


 

 

 

Jugo De Pedriscos

Emilio Gutiérrez Gamero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Table of Contents

Nota previa

Autor

Jugo de Pedriscos



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nota previa

Se reproduce a continuación el relato Jugo de Pedriscos, de Emilio Gutiérrez Gamero.

Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir del texto publicado en la revista La Ilustración Artística del día 22 de octubre de 1900 (año XIX, núm. 982).

El texto se corresponde con el identificador editorial GYP-NB0438, habiéndose podido actualizar su ortografía y gramática de acuerdo con las reglas vigentes del idioma español. Estos cambios suponen, en el plano ortográfico, la supresión del acento en monosílabos y la actualización de aquel léxico técnico y/o extranjerismos que están actualmente integrados en el idioma. En el plano gramatical ha podido variar el texto en relación a la disposición de signos de puntuación, principalmente en relación al empleo de la raya.

En cuanto a la licencia de esta edición debe tenerse en cuenta que el texto reproducido es de dominio público (Emilio Gutiérrez Gamero falleció en 1936). Por otra parte, tanto la portada como la edición aquí presentadas se distribuyen gratuitamente bajo licencia Creative Commons por la editorial electrónica Ganso y Pulpo, que espera se comparta en los mismos términos que los estipulados originalmente (edición íntegra, sin ánimo de lucro y respetuosa tanto con el texto como con el trabajo desempeñado por la editorial).

El presente ePub está libre de DRM y validado técnicamente, como puede comprobarse mediante la aplicación web del IDPF.

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Sin más, esperamos que disfrute de su lectura. Todas sus apreciaciones, sugerencias y observaciones son bienvenidas en nuestro formulario de contacto.

Ganso y Pulpo

Creación: Barcelona, 26 de junio de 2019

Última revisión: Barcelona, 30 de julio de 2019

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EMILIO GUTIÉRREZ GAMERO

Nacimiento07-05-1844

Madrid, España

Defunción26-03-1936

Madrid, España

EtiquetaEscritor realista

Relacionado

 

 

 

 

 

 

 

Introducción

Emilio Gutiérrez Gamero fue hombre activo de su tiempo, empleado a lo largo de su vida en diferentes disciplinas: ya fuera como jurista o agente de cambio y bolsa, como político o como periodista y escritor.

En el campo político, fue militante del Partido Radical y, como diputado a Cortes, votó a favor de la I República y jugó un papel importante en el proceso de abdicación del rey Amadeo I.

En el campo de las letras destaca su ingreso en la Real Academia de la Lengua en 1919, dedicando su discurso a la «novela social». Como novelista queda inscrito en la tendencia del realismo, predominando en sus textos el carácter sentimental y el reflejo de la vida político-social de la época. No obstante, su producción literaria más celebrada es la serie dedicada a sus memorias {Mis primeros ochenta años}, donde las anécdotas y acontecimientos políticos y socioculturales predominan sobre lo personal.

Ganso y Pulpo reedita parte de su producción literaria desde el día 7 de julio de 2010.

Semblanza

Gutiérrez Gamero nació el 7 de mayo de 1844 en la calle de La Ballesta, nº 6, de Madrid. Su padre era hombre comprometido con la causa liberal de Leopoldo O’Donnell, lo cual hizo que ya desde pequeño respirase en casa el aire misterioso e íntimo de las preocupadas conspiraciones.

En 1867 acabó sus estudios, licenciándose en Derecho por la Universidad Central de Madrid. Tan solo dos años más tarde es nombrado, junto a Raimundo Fernández Villaverde, Secretario de la Academia Matritense de Jurisprudencia y Legislación, institución de la que acabaría siendo profesor en 1872. Su situación social le permite ingresar en este año de 1869 como socio del Casino de Madrid, institución a la que estuvo ligado íntimamente durante 67 años.

Como él mismo afirmaba {cfr. “Los vetustos y admirados abuelos de la péñola”, «Heraldo de Madrid», 28-XI-1928}, pasó la juventud unas veces sublevando soldados en Barcelona con el general Lagunero, en Zaragoza con el general Merelo o en Valencia con Villacampa; y otras de agente de Bolsa o en algún bufete de abogados. En 1872 fue elegido diputado a Cortes por el Partido Radical, que dirigía su amigo Ruiz Zorrilla. Siendo como era un liberal republicano, votó a favor de la I República tras la abdicación de Amadeo I de Saboya.

Ahora bien, la inestabilidad política y económica, que trajo consigo una gran caída de la bolsa, arruinó a sus clientes y a sí mismo, quedando en grave precariedad económica. Ello, unido concretamente el 11 de febrero de 1873, hubo de salir de naja hacia París junto a su mujer y sus dos hijos.

En la capital francesa fue nombrado miembro de la Comisión de Hacienda de España en París, para asuntos de deuda pública, cargo del cual fue cesado en 1875. A partir de entonces se emplea como corresponsal de Las Novedades, diario en español para Nueva York, y de otro periódico mejicano. De su estancia en Francia resultan interesantes sus relaciones con Víctor Hugo, Léon Gambetta, Daudet, Paul Feval, Sarah Bernhardt, la Academia Francesa y Alejandro Dumas {hijo}.

Retornó a España en 1878, dispuesto a ocupar un puesto de delegado del Banco de España en Jaén y a no seguir conspirando. Pocos años después torna a Madrid, de la mano de Segismundo Moret y Alberto Aguilera, para formar un partido político demócrata y monárquico por necesidad. Es en estos lustros finales del siglo XIX cuando escribe sus primeras novelas, agrupadas en Del Natural y de las que él reniega en sus memorias.

Durante algunos años ostenta varios cargos que le llevan de ciudad en ciudad. Así, fue nombrado Gobernador Civil de Valencia o, después, interventor de la Delegación de Hacienda de Burgos. Finalmente, cansado de los bandazos inanes de la vida política española, comienza su carrera literaria. El pistoletazo de salida lo supone desde 1897 el conjunto de novelas «Los de mi tiempo». En 1911 se jubiló definitivamente del empleo público para dedicarse de lleno a la literatura.

El 6 de junio de 1920 ingresó en la Real Academia de la Lengua, con un discurso sobre la novela social. Desde esta institución fue él quien propuso, tras la muerte de Manuel Sandoval, el 15 de diciembre de 1932, el ingreso de Miguel de Unamuno en la Academia.

Emilio Gutiérrez Gamero falleció el 26 de marzo de 1936, debido a una afección bronquial.

Labor literaria

Gutiérrez Gamero, fervoroso e implicado demócrata en su juventud, fue un escritor tardío. Tanto es así que su primera novela, Sitilla, fue publicada cuando él contaba ya 54 años.

Todas sus novelas tienden a dar una visión de la vida española durante la segunda mitad del siglo XIX. Dentro de este enfoque de la novela realista, sus tipos y escenarios suelen desembocar en los ámbitos de lo social y lo político.

Por otra parte, cabe destacar que sus primeros trabajos novelísticos, los diez tomos de sus novelas que componen «Los de mi tiempo», no le hicieron obtener mucha ganancia económica. Ahora bien, aun vendiéndose poco le sirvieron para ganarse el sillón de la Academia.

El 18 de diciembre de 1926 se publicó en La Libertad una entrevista que brindó el escritor a José Montero Alonso. A partir de ella podemos conocer de forma directa el enfoque que tenía Gutiérrez Gamero acerca de varias cuestiones relativas a la creación literaria. La primera, que emplea un método creativo directo, en bruto, no planificado.

—Antes de ponerse frente a las cuartillas, ¿hace usted algún plan escrito para sus novelas?

—No, tampoco… El asunto, los ambientes, las figuras están en el pensamiento exclusivamente… Y de él van a las cuartillas…

Por otra parte, destaca su autocrítica sincera y optimista.

—¿Quiere usted citarme alguna de estas obras preferidas por usted?

—¿Querrá usted creerme si le digo que ninguna de mis novelas me satisface por completo? Las que me parecen… menos malas son «La olla grande», «El corregidor de Almagro» y «Clara Porcia», en este mismo orden en que yo se las digo… Al público, sin embargo, no le parece lo mismo… […] Y no crea usted […] que esto me descorazona y me entristece. Nada tan lejos de mi espíritu, que huye de todo desaliento y de toda tristeza. Yo escribo sólo por escribir, porque me gusta, por ese placer de prolongar nuestra vida interior en la vida de las cuartillas… He sido siempre un optimista.

En esta entrevista, en relación a su estilo literario sencillo, destaca la paradoja de la fácil lectura y difícil escritura.

—¿Escribe usted con facilidad, D. Emilio? —le pregunto ahora.

—No. Y nadie lo imaginaría al ver que mi prosa parece clara, natural, sobria… Sin embargo, tras esa sencillez de estilo de mis páginas hay una preocupación, un esfuerzo de ir seleccionando, de ir buscando lo más exacto y lo más bello… Me cuesta escribir… Y creo que en la mayor parte de los escritores se da el mismo caso. Tras la apariencia de un estilo sencillo se esconde casi siempre esa labor que el público no ve… Yo recuerdo que en París el gran Alfonso Daudet me hacía esta misma confesión cuando yo le felicitaba por la primorosa tersura de su prosa…

En relación con dicho estilo rescatamos también aquí unas palabras de Araujo-Costa publicadas en el reportaje de Emilio Fornet titulado «El novelista D. Emilio Gutiérrez Gamero» {Heraldo de Madrid, 04-X-1929}.

El Sr. Gutiérrez Gamero es, ante todo, un conversador. Su pluma va llevada con admirable buen gusto, como si el autor hablase ante un grupo de amigos en vez de escribir para un círculo grande de lectores.

Publicó cientos de crónicas, cuentos, narraciones históricas y novelas breves, sobre todo en la prensa de la época. Encontramos su firma en publicaciones científicas al principio, como es el caso de la Gaceta de los Tribunales, cuya redacción abandonó en 1868. Y más tarde, dedicado ya a la crítica artística y el cuento en Los Lunes de El Imparcial, La Ilustración Española y Americana, Gente Vieja o Blanco y Negro. También se puede encontrar alguna colaboración en La Esfera y, finalmente, en el diario La Libertad, donde firmó una serie de artículos de memorias titulada «La España de ayer».

Producción

Novela

·    Sitilla {1897; serie Los de mi tiempo}

·    El ilustre Manguindoy {1899; serie Los de mi tiempo}

·    Carlos Edel {1902}

·    El conde Perico {1906; serie Los de mi tiempo}

·    La olla grande {1909; serie Los de mi tiempo}

·    La piedra de toque {1910; serie Los de mi tiempo}

·    La venganza de Elvirita {1910}

·    El placer del peligro {1911}

·    Telva {1911; serie Los de mi tiempo}

·    La canción del sauce {1912}

·    La pasión villana {1912}

·    El equilibrista {1913}

·    Vidas truncadas {1914}

·    Al borde del drama {1918}

·    Poderoso caballero {1921}

·    El corregidor de Almagro {1922}

·    La gotera {1922}

·    Donde las dan... {1923}

·    El loro mudo {1923}

·    La huella del pecado {1923}

·    Dudas tremendas {1924}

·    El aderezo de esmeraldas {1924}

·    Tentación {1924}

·    Clara Porcia {1925}

·    Las primeras sopas {1925}

·    Shakespeare II {1926}

·    Lo que dicen dos casadas {1927}

·    El que a cuerno mata {1928}

·    Mi amigo el verdugo {1930}

·    Entre purgatorio y gloria {1931}

·    Las remembranzas de Luci {1931}

·    La pícara vida {1953}

·    Memorias de Tomás Andurain {1954}

Cuento

·    La derrota de Mañara {1907}

Ensayo

·    Andróminas {1901}

·    La novela social {1920}

·    Hojeo : ensayos {1951}

·    En defensa del siglo XIX {1952}

Memorias

·    Mis primeros ochenta años {1926-1934}

1.     Mis primeros ochenta años {1926}

2.     Lo que me dejé en el tintero {1928}

3.     La España que fue {1929}

4.     Clío en Pantuflas {1930}

5.     El ocaso de un siglo {1932}

6.     Gota a gota el mar se agota {1934}

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

JUGO DE PEDRISCOS

 

Algún cosquilloso remordimiento le hurgaba en lo más hondo del pecho al hacer detenido examen de su ciencia.

Así fue que cuando se vio nombrado médico de Pedriscos de Arriba, extendió su credencial sobre la mesa y se puso a contemplarla como se contempla el negro agujero de un pozo insondable.

¿Se echaría de cabeza en aquella sima? ¿Renunciaría por escrúpulos de monja al pedazo de pan que se le colaba por las puertas? ¡Y que no venía a punto y en buena hora el tal mendruguillo!

Gracias a la casualidad que le deparó un tío segundo o tercero, que en esto no se hallan conformes las crónicas, pudo con mil trabajos seguir una carrera a cuyo término columbrara la esperanza de tirar de la vida; y viéndose solo en el mundo, sin otro arrimo que su propio esfuerzo ni más fortuna que el tiempo por delante, aprovechó el ofrecimiento de aquel pariente suyo, el cual no comprendía que ningún hombre de bien pudiese emplear su ingenio en cosa mejor que en la cura del cuerpo ajeno, y cayó del lado de la Medicina del mismo modo que hubiese caído del lado de la Iglesia, si al buen tío le llega a dar por la cura de almas.

Era aquella famosa época de la revolución septembrina, en que se aflojaron los rigores de la enseñanza universitaria por tan holgada manera, que a cuantos ciudadanos les vino en gana se concedió licencia oficial para ejercer varias de las profesiones que el Estado ampara, entre ellas la que permite mandar al hoyo a la humanidad doliente sin tropiezo en el Código ni protesta de nadie. Y como la cuota mensual del inopinado protector, largo en exigir y corto en dar, llegase cada vez más mermada, forzó Juan Varea la máquina con algunas recomendaciones que supliesen su inopia científica, y se encontró todo un Licenciado en Medicina y Cirugía hecho y derecho.

También lo de médico de partido en Pedriscos de Arriba debiose a la diligencia de aquel pariente, que con este nombramiento ponía fin a sus regateados favores y a Juanito en potencia propincua de conquistar honra y dinero.

—Conozco al dedillo los puntos que calzas en el sagrado oficio a que vas a dedicarte —decía a Juan su tío en el momento de entregarle la credencial—. Sé —prosiguió— que todo tu saber no pende de ningún clavo timonel, sino de menudos alfileres; también me consta que más que la noble Medicina te tira el afán insano de hacer versos, y hasta me han informado de que te burlas de Dios y de sus santos como un vulgarote materialista. Por lo que hace a lo primero, confío en que la práctica, reveladora de verdades, te enseñará lo que en San Carlos no tuviste tiempo de aprender a macha martillo. En cuanto a lo segundo, con que mires a los que en esta tierra se dedican al cultivo de la fantasía y veas cómo les luce el pelo, te curarás del feo vicio de la literatura; y tocante a lo último, espero que la reflexión y los años te harán apearte de tu burro. Vas a un pueblo de gente sencilla y humilde que, como pongas en servirla algún cuidado, te llevará en andas y en volandas. Sé cauto y previsor. No vayas en la libertad que te tomes más allá del permiso que te concedan. Habla poco, receta menos, y sobre todo, no hagas chacota y befa de las cosas divinas, porque entonces, además de irte al infierno vestido y calzado cuando Dios sea servido de disponer de ti, podrías ganarte la gran paliza que te administrarían de seguro los pedrisqueños. No fío mucho en tu gratitud a mis beneficios y sé que al fin tendré que aplicarte aquello de «¡Ay, abuelo! Sembrasteis alazor y nacionos anapelo». Pero he cumplido con mi conciencia y… punto. Con lo dicho y con anunciarte que desde ahora se acabó mi longanimidad, doy fin a este sermón.

El cual decidió a Juan Varea a tomar el portante y meterse en el pueblo, muy dispuesto a reñir descomunal batalla con todo género de enfermedades por engarabitadas que fuesen, desde el más sencillo catarro hasta esos recónditos males que llegan con aire bonachón para que no se les ataje el paso y luego hacen más destrozos que un toro jarameño.

Previo anuncio para que le tuvieran alojamiento prevenido y después de dieciséis horas de ferrocarril, cuatro de tartana y dos de mulo calmoso, dio Juan con sus huesos en Pedriscos de Arriba una mañanita del mes de enero.

Para fortuna suya y gozo de los ciudadanos pedrisqueños, si allí lo de la regalada vida era como pedir peras al olmo, en cambio las enfermedades apenas asomaban las narices en Pedriscos huían de él a toda prisa y cual si el diablo se las llevase, bien por obra de un ventorrón que siempre soplaba a dos carrillos, bien porque hasta los males piden asiento cómodo y holgado albergue donde posarse, cosas que no se encontraban en el pueblo aunque por Dios y por todos los santos se pidiesen.

La tarea, pues, no era difícil y había que tomarla con resignación. Se trataba de pasar allí unos cuantos años, que en los comienzos del vivir apenas se notan. Los aprovecharía para ingurgitarse en la mollera el contenido de los librotes que en Madrid ni siquiera hojeó; y cuando estuviese bastante saturado de ciencia, una cátedra en cualquier Universidad o un puesto en el Cuerpo de Médicos de Baños le sacarían de Pedriscos de Arriba, porque lo que es quedarse allí per sæcula sæculorum entre aquellos cafres, ¡eso sí que no!

¡Y cuidado que eran brutos y cerriles! Desde el alcalde hasta el fiel de fechos, todos echaban bellotas a poco que se les zarandease. Faltábale conocer a doña Úrsula, la mayorazga más rica del pueblo y sus contornos, la dueña de la sola casa con apariencias de morada habitable que existía en Pedriscos, la señora cuyas excelentes prendas de piedad y desinterés elevaban a las nubes los pedrisqueños, una viuda joven aún, que después de haber andado medio mundo en pos de su marido, que en paz descanse, muy aficionado a ver tierras y a mudar de aguas, se encerró con su amada hijita a cuidar de sus cuantiosos bienes.

¡Doña Úrsula! Ya se figuraba Juan Varea cómo sería doña Úrsula. Una cursi de cuerpo entero; una aldeana con pretensiones de linajuda y gustos villanescos. ¡Doña Úrsula! ¡Mire usted que llamarse doña Úrsula! Seguramente era alta, flaca y patiseca. ¡Y que no estaba él harto de tanto ursuleo!

De buena gana hubiera prescindido de su visita a la viuda; pero como al fin y al cabo esta representaba el elemento social más importante de Pedriscos, y su prevención fundábase tan solo en creer lo contrario de lo que creían aquellos gaznápiros, además de que su conveniencia le empujaba a ponerse en contacto con la mayorazga, a los pocos días de hallarse en el ejercicio de sus funciones se presentó Juan en casa de doña Úrsula, ante la cual lamentó, por supuesto para su sayo bastante mal traído, no haberse echado encima la ropita de cristianar, porque la viuda era uno de esos ejemplares que Dios crea de higos a brevas y envía acá abajo para regodeo del espíritu.

De perlas pareciole doña Úrsula, quien a su vez se prendó del médico cuando lo trató con intimidad, pues aparte de que Juan Varea poseía cualidades físicas muy aceptables, por lo que reza a labia y gancho para hacerse querer de las mujeres, bien hubiera podido graduarse de doctor némine discrepante. Y ¡claro está!, en gran predicamento con la viuda, a partir una almendra con el alcalde que ejercía el cacicato a las órdenes de aquella, y ambos dedicados a cantar alabanzas del médico madrileño a campana herida, fuese rezumando su fama por el pueblo, y ya no hubo cosa grande ni pequeña en la cual no metiera el cuezo el sobrino de su tío.

¿Que si sucedió lo que era natural que sucediese? ¡Quién lo duda! Ella y él, él y ella, primero con tímidas insinuaciones y más tarde con dulces confidencias, dieron en el quid de su desasosiego y se explicaron cómo los vaivenes de sus tiernas almas no eran sino jugarretas del amor, que se pinta solo para esta clase de chascos.

En doña Úrsula prendió con fuerza nunca vista, que la llevó a hacer de Juan Varea personaje ideal a quien todos debían acatamiento, pues un hombre tan superior que en las cosas científicas causaba admiración con aquellos enrevesados términos que a cien leguas denunciaban su profundidad, muy merecido tenía el respeto de sus conterráneos, no que el de los habitantes de Pedriscos de Arriba.

Los castos amores de la viuda y el médico, que iban derechos camino del matrimonio, tuvieron, no obstante, un ligero tropiezo en el pertinaz descreimiento del segundo, que poniendo en olvido los sanos consejos del tío providente y cuando fue tomando confianza con la dama, permitiose varias cuchufletas a costa del santo patrón de Pedriscos, de quien esta era devotísima; tremendo desacato que motivó una escena místico-erótica, durante la cual, entre lágrimas y suspiros, conminó la viuda a Juan Varea a que optase por su amor inmenso con más la firme creencia en cuanto ordena y manda la Iglesia Católica, o por la inmediata y total ruptura de sus relaciones amorosas. Mordiose el médico la lengua, prometiose un par de cachetes que había ganado su intemperancia volteriana, y al fin cantó la palinodia, pues hubiera sido insigne locura dejar que se le escapase aquella encantadora mujer.

Con votos de amén y mucho de ya no lo haré más firmáronse las paces, y para que ello tuviese mayor solemnidad, llevó doña Úrsula a Juan Varea a un cuartito inmediato a su alcoba convertido en reducido oratorio, y ante un hermoso Cristo de talla le obligó a que prestase juramento de no reincidir en las pasadas blasfemias.

Y ahora a pensar en la boda, que indefectiblemente habría de realizarse de allí a cuatro meses. El acto solemne en Pedriscos y al momento a Madrid, a instalarse en la casa de la calle del Arenal propiedad de doña Úrsula. Si apretaba el calor, a Suiza, que es sitio fresco, siempre llevando consigo a su hija del alma, eso sí, a aquella preciosa Tulita, porque dejarla entregada a manos mercenarias mientras ellos paseaban su luna de miel, jamás. Tiempo sobraba, cuando Tulita fuese grande, para ponerla en un colegio. ¿Verdad que no le molestaba la niña? ¿Verdad que ya la quería?

¡Claro que iba tomando cariño a la pequeña, vivo retrato de Úrsula! ¿Acaso era él de estuco? Además, el que quiere a la col quiere a las hojitas de su alrededor, y adorando como él adoraba a la madre, ¿no había de mirarse en la chicuela, que era una perita en dulce?

Puntualizados los plazos y arregladas las fechas, frotose las manos de gusto Juan Varea; y después de esta conversación, de la cual salió más blando y papandujo que unas gachas, retirose a su domicilio y se metió en la cama a saborear con el pensamiento aquellas delicias que le abrían los rosados dedos de la viuda; y cuando ya se estaba perdiendo en los abismos del sueño, al dar la confusa idea las buenas noches al cerebro, dos furiosos aldabonazos le despertaron. A los pocos minutos un repiqueteo en la puerta de su cuarto le hizo incorporarse.

—¡Señorito!

—¿Qué sucede?

—Avisan de casa de doña Úrsula que Tulita está muy mala y dicen que vaya usted a escape.

La pobre niña se moría; se moría a chorros. Ya llevaba cerca de una semana quejándose de dolores en la garganta; pero el médico de Pedriscos, a quien más preocupaban los ojos charlatanes de la madre que los lamentos de la hija, apenas dio importancia a las quejas de Tulita. ¿Que no podía tragar bien? ¡Bah! ¡Nada entre dos platos! Unas gárgaras de agua y vinagre, y pare usted de contar.

Aquella noche, así que se hubo marchado Juan Varea, el mal tomó aterradoras proporciones y a las dos de la madrugada Tulita se asfixiaba.

—¡Mi hija se muere y usted me la va a salvar! ¡Bendito sea Dios y su santa madre que le han traído a este pueblo!

Con semejante exclamación recibió doña Úrsula al médico de Pedriscos, a quien se le vino el mundo abajo en cuanto vio a la enferma.

¡Valiente montaña se le caía a cuestas! Aquello era un caso de difteria, espeluznante y aterrador, sin compostura posible. ¿Y qué hacer? ¿Por dónde tirar? Si en sus manos se ahogaba la chiquilla, ¡adiós crédito y adiós boda! Y en cuanto a salvarla

La verdad es que la pobre niña daba pena. Con su cabecita de rubios bucles hundida en las almohadas; los expresivos ojos muy abiertos, como pidiendo a su madre y a Juan Varea aire para sus pulmones; entreabierta la boca, en cuyo fondo veíanse las traidoras membranas cual si fuesen cordeles que se anudaban poco a poco, la infortunada Tulita íbase por momentos.

—Dígame usted la verdad —exclamó doña Úrsula con angustiado acento y en voz baja—. ¿Es difteria lo que tiene?

—Sí —repuso medio atontado Juan Varea.

—¿Se morirá?

—Lucharemos para evitarlo, pero el ataque es gravísimo —dijo el médico preparando el terreno.

—¡Hija de mis entrañas! —sollozó la infeliz madre.

—¡Calma, Úrsula, calma! —interrumpió Juan—. Aún vive y ¡quién sabe!

—Yo he oído decir que la traqueotomía ha salvado en muchas ocasiones a los atacados de difteria. Haga usted la prueba en último extremo. Opérela usted al instante, si juzga que no hay otro remedio. ¡Todo para que viva! —suspiró casi de rodillas doña Úrsula.

¡La traqueotomía! ¡Diablo de idea! Si hubiera sido reventar un grano o sacar una espina, ¡vaya por la operación quirúrgica! Pero la traqueotomía, que jamás vio practicar y solo conocía por lo que de ella le hablaron en cátedra, ¡sí, ya escampa! Antes perdería su brazo derecho que poner su profano bisturí en la garganta de aquel ángel… ¡Para que en vez de pinchar en el punto debido le cortara alguna arteria importante! ¡Qué horror!

Urgía, sin embargo, adoptar un plan, más para que doña Úrsula le viese a brazo partido con el mal que para atajarlo, pues en su ánimo estaba que todo sería en vano, como la Providencia no obrase una maravilla. Y pensando en la forma de salir del atolladero lo mejor posible, ocurriósele una endiablada idea que, al menos, alejaba la necesidad de manejar las herramientas de su oficio, a que tenía un miedo cerval.

—Oiga usted, Úrsula —dijo a la viuda sacándola del cuarto de la niña y tomando un aire misterioso—. No quiero ocultarle que preveo un funesto desenlace… Podemos intentar la operación, aunque no respondo del éxito… Si usted se empeña, ahora mismo voy por los instrumentos. Es cuestión de cinco minutos. Ni esa ni ninguna se me resiste. ¡La he practicado tantas veces! Pero si Tulita ha de salvarse, solo puede ser aplicándole un remedio inventado por mí, una panacea que cuando se propina a tiempo (y recalcó estas palabras) su acción terapéutica es eficacísima. ¿Que por qué no se lo he dicho antes? Pues por la razón sencilla de que mi medicina no se halla en ninguna farmacopea ni la conoce nadie más que yo: es un compuesto de jugos de hierbas extrañas y de bases minerales cuya virtud estupenda he comprobado después de largas experiencias, y que únicamente administro, entiéndalo usted bien, Úrsula, cuando el enfermo o su familia tienen en mí una fe ciega

—Yo la tengo en usted, Juan de mi alma. Haga usted lo que pueda y Dios hará lo que quiera —interrumpió la viuda.

Salió entonces el médico a escape sin saber dónde acabaría aquel embuste, llegó a su casa, tomó de sobre la mesa dos botes que contenían agua clara, volvió en cuatro brincos, y al reunirse de nuevo con doña Úrsula le suplicó que le permitiera encerrarse en el oratorio, pues le hacía falta silencioso retiro para preparar en él la mezcla de aquellas portentosas tisanas, sin que bicho viviente le distrajera, porque en el cuanto de la mixtura hallábase el tanto de su virtud.

Y una vez solo en la capillita, puso los tarretes encima del altar, hincose de rodillas en frente del Cristo, y con el pensamiento más que con la palabra dijo así:

—¡Cristo mío! Soy un pecador impenitente, un farsante de la peor especie, un pillo sin ley ni Dios y no merezco que me atiendas. He negado tu supremo poder y me he reído de tu divinidad; pero hoy hago ante Ti acto de contrición y Te ofrezco mi total enmienda si me sacas de este berenjenal y vuelves la salud a esa pobre criatura.

Después de esta breve súplica masculló unos cuantos padrenuestros, vertió en un frasco lo que encerraban los dos tarretes, fuese al lado de la niña, y con la persuasión de que era portador de la divina gracia, con la seriedad del que tiene en su poder la vida de sus semejantes, roció con unas cuantas gotas las rugosas fauces de Tulita.

 

La fama del médico de Pedriscos de Arriba creció como la espuma. El pueblo en masa le llevó en triunfo hasta la posada, no bien se hubo enterado de la cura maravillosa. Al momento se organizó un comité para recaudar fondos con que levantarle en la plaza de la Constitución (que ya no se llamaría tal, sino plaza de D. Juan Varea) una estatua que le representase precisamente con un frasco en la mano derecha y en actitud de mostrarlo a la muchedumbre, y en el salón de sesiones del ayuntamiento se puso una lápida con las siguientes frases: «Al célebre bienhechor de la humanidad D. Juan Varea y Martínez, Pedriscos de Arriba agradecido».

Que la boda se verificó mucho antes de lo convenido, no hay para qué contarlo.

Casáronse Úrsula y Juan en el pueblo y fueron a la corte, donde hoy viven anchamente con las rentas de la mayorazga y dos millones de reales que Varea ha ganado vendiendo ese asombroso específico que todos conocemos, a fuerza de verse su nombre en esquinas y periódicos, y que se llama Jugo de Pedriscos.

¡Lástima grande que el descubrimiento del suero antidiftérico haya desbancado al portentoso jugo!

Pero con cien mil duros y la viuda, ¿quién le tose a Juan Varea?



FIN

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