Libro N° 14694. Jugo De Pedriscos. Gutiérrez Gamero, Emilio
© Libro N° 14694. Jugo De Pedriscos. Gutiérrez Gamero, Emilio. Emancipación. Enero 10 de 2026
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JUGO DE PEDRISCOS
Emilio Gutiérrez Gamero
Jugo De
Pedriscos
Emilio Gutiérrez Gamero
Table of Contents
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Autor
Jugo de Pedriscos
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Se reproduce a continuación el relato Jugo de
Pedriscos, de Emilio Gutiérrez Gamero.
Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir
del texto publicado en la revista La Ilustración Artística del
día 22 de octubre de 1900 (año XIX, núm. 982).
El texto se corresponde con el identificador
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Gutiérrez Gamero falleció en 1936). Por otra parte, tanto la portada como la
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Ganso y Pulpo
Creación: Barcelona, 26 de junio de 2019
Última revisión: Barcelona, 30 de julio de
2019
EMILIO GUTIÉRREZ GAMERO
Nacimiento07-05-1844
Madrid, España
Defunción26-03-1936
Madrid, España
EtiquetaEscritor realista
Relacionado
Introducción
Emilio Gutiérrez Gamero fue hombre activo de su tiempo, empleado a
lo largo de su vida en diferentes disciplinas: ya fuera como jurista o agente
de cambio y bolsa, como político o como periodista y escritor.
En el campo político, fue militante del Partido Radical y, como diputado
a Cortes, votó a favor de la I República y jugó un papel importante en el
proceso de abdicación del rey Amadeo I.
En el campo de las letras destaca su ingreso en la Real Academia
de la Lengua en 1919, dedicando su discurso a la «novela social». Como
novelista queda inscrito en la tendencia del realismo, predominando en sus
textos el carácter sentimental y el reflejo de la vida político-social de la
época. No obstante, su producción literaria más celebrada es la serie dedicada
a sus memorias {Mis primeros ochenta años}, donde las anécdotas y
acontecimientos políticos y socioculturales predominan sobre lo personal.
Ganso y Pulpo reedita parte de su producción literaria desde el día 7 de
julio de 2010.
Semblanza
Gutiérrez Gamero nació el 7 de mayo de 1844 en la calle de La
Ballesta, nº 6, de Madrid. Su padre era hombre comprometido con la causa
liberal de Leopoldo O’Donnell, lo cual hizo que ya desde pequeño respirase en
casa el aire misterioso e íntimo de las preocupadas conspiraciones.
En 1867 acabó sus estudios, licenciándose en Derecho por
la Universidad Central de Madrid. Tan solo dos años más tarde es nombrado,
junto a Raimundo Fernández Villaverde, Secretario de la Academia Matritense de
Jurisprudencia y Legislación, institución de la que acabaría siendo profesor en
1872. Su situación social le permite ingresar en este año de 1869 como socio
del Casino de Madrid, institución a la que estuvo ligado íntimamente
durante 67 años.
Como él mismo afirmaba {cfr. “Los vetustos y admirados
abuelos de la péñola”, «Heraldo de Madrid», 28-XI-1928}, pasó la juventud unas
veces sublevando soldados en Barcelona con el general Lagunero, en Zaragoza con
el general Merelo o en Valencia con Villacampa; y otras de agente de Bolsa o en
algún bufete de abogados. En 1872 fue elegido diputado a Cortes por el
Partido Radical, que dirigía su amigo Ruiz Zorrilla. Siendo como era un
liberal republicano, votó a favor de la I República tras la abdicación de Amadeo
I de Saboya.
Ahora bien, la inestabilidad política y económica, que trajo consigo una
gran caída de la bolsa, arruinó a sus clientes y a sí mismo, quedando en grave
precariedad económica. Ello, unido concretamente el 11 de febrero de
1873, hubo de salir de naja hacia París junto a su mujer y sus
dos hijos.
En la capital francesa fue nombrado miembro de la Comisión de Hacienda
de España en París, para asuntos de deuda pública, cargo del cual fue cesado en
1875. A partir de entonces se emplea como corresponsal de Las
Novedades, diario en español para Nueva York, y de otro periódico
mejicano. De su estancia en Francia resultan interesantes sus relaciones
con Víctor Hugo, Léon Gambetta, Daudet, Paul
Feval, Sarah Bernhardt, la Academia Francesa y Alejandro Dumas
{hijo}.
Retornó a España en 1878, dispuesto a ocupar un puesto de delegado del
Banco de España en Jaén y a no seguir conspirando. Pocos años después torna a
Madrid, de la mano de Segismundo Moret y Alberto Aguilera, para formar un
partido político demócrata y monárquico por necesidad. Es en estos lustros
finales del siglo XIX cuando escribe sus primeras novelas,
agrupadas en Del Natural y de las que él reniega en sus
memorias.
Durante algunos años ostenta varios cargos que le llevan de ciudad en
ciudad. Así, fue nombrado Gobernador Civil de Valencia o, después, interventor
de la Delegación de Hacienda de Burgos. Finalmente, cansado de los bandazos
inanes de la vida política española, comienza su carrera literaria. El
pistoletazo de salida lo supone desde 1897 el conjunto de novelas «Los de mi
tiempo». En 1911 se jubiló definitivamente del empleo público para dedicarse de
lleno a la literatura.
El 6 de junio de 1920 ingresó en la Real Academia de la Lengua,
con un discurso sobre la novela social. Desde esta institución fue él quien
propuso, tras la muerte de Manuel Sandoval, el 15 de diciembre de 1932, el
ingreso de Miguel de Unamuno en la Academia.
Emilio Gutiérrez Gamero falleció el 26 de marzo de 1936, debido a
una afección bronquial.
Labor literaria
Gutiérrez Gamero, fervoroso e implicado demócrata en su juventud, fue
un escritor tardío. Tanto es así que su primera novela, Sitilla,
fue publicada cuando él contaba ya 54 años.
Todas sus novelas tienden a dar una visión de la vida española durante
la segunda mitad del siglo XIX. Dentro de este enfoque de la novela
realista, sus tipos y escenarios suelen desembocar en los ámbitos de lo
social y lo político.
Por otra parte, cabe destacar que sus primeros trabajos novelísticos,
los diez tomos de sus novelas que componen «Los de mi tiempo», no le hicieron
obtener mucha ganancia económica. Ahora bien, aun vendiéndose poco le sirvieron
para ganarse el sillón de la Academia.
El 18 de diciembre de 1926 se publicó en La Libertad una
entrevista que brindó el escritor a José Montero Alonso. A partir de ella
podemos conocer de forma directa el enfoque que tenía Gutiérrez Gamero acerca
de varias cuestiones relativas a la creación literaria. La primera, que emplea
un método creativo directo, en bruto, no planificado.
—Antes de ponerse frente a las cuartillas, ¿hace usted algún plan
escrito para sus novelas?
—No, tampoco… El asunto, los ambientes, las figuras están en el
pensamiento exclusivamente… Y de él van a las cuartillas…
Por otra parte, destaca su autocrítica sincera y optimista.
—¿Quiere usted citarme alguna de estas obras preferidas por usted?
—¿Querrá usted creerme si le digo que ninguna de mis novelas me
satisface por completo? Las que me parecen… menos malas son «La olla grande»,
«El corregidor de Almagro» y «Clara Porcia», en este mismo orden en que yo se
las digo… Al público, sin embargo, no le parece lo mismo… […] Y no crea usted
[…] que esto me descorazona y me entristece. Nada tan lejos de mi espíritu, que
huye de todo desaliento y de toda tristeza. Yo escribo sólo por escribir,
porque me gusta, por ese placer de prolongar nuestra vida interior en la vida
de las cuartillas… He sido siempre un optimista.
En esta entrevista, en relación a su estilo literario sencillo,
destaca la paradoja de la fácil lectura y difícil escritura.
—¿Escribe usted con facilidad, D. Emilio? —le pregunto ahora.
—No. Y nadie lo imaginaría al ver que mi prosa parece clara, natural,
sobria… Sin embargo, tras esa sencillez de estilo de mis páginas hay una
preocupación, un esfuerzo de ir seleccionando, de ir buscando lo más exacto y
lo más bello… Me cuesta escribir… Y creo que en la mayor parte de los
escritores se da el mismo caso. Tras la apariencia de un estilo sencillo se
esconde casi siempre esa labor que el público no ve… Yo recuerdo que en París
el gran Alfonso Daudet me hacía esta misma confesión cuando yo le felicitaba
por la primorosa tersura de su prosa…
En relación con dicho estilo rescatamos también aquí unas palabras de
Araujo-Costa publicadas en el reportaje de Emilio Fornet titulado «El novelista
D. Emilio Gutiérrez Gamero» {Heraldo de Madrid, 04-X-1929}.
El Sr. Gutiérrez Gamero es, ante todo, un conversador. Su pluma va
llevada con admirable buen gusto, como si el autor hablase ante un grupo de
amigos en vez de escribir para un círculo grande de lectores.
Publicó cientos de crónicas, cuentos, narraciones históricas y novelas
breves, sobre todo en la prensa de la época. Encontramos su firma en
publicaciones científicas al principio, como es el caso de la Gaceta de
los Tribunales, cuya redacción abandonó en 1868. Y más tarde, dedicado ya a
la crítica artística y el cuento en Los Lunes
de El Imparcial, La
Ilustración Española y Americana, Gente
Vieja o Blanco y Negro. También se puede encontrar alguna
colaboración en La Esfera y, finalmente, en el diario La Libertad, donde firmó
una serie de artículos de memorias titulada «La España de ayer».
Producción
Novela
· Sitilla {1897; serie Los de mi
tiempo}
· El ilustre Manguindoy {1899;
serie Los de mi tiempo}
· Carlos Edel {1902}
· El conde Perico {1906; serie Los de mi
tiempo}
· La olla grande {1909; serie Los de mi
tiempo}
· La piedra de toque {1910; serie Los de mi
tiempo}
· La venganza de Elvirita {1910}
· El placer del peligro {1911}
· Telva {1911; serie Los de mi
tiempo}
· La canción del sauce {1912}
· La pasión villana {1912}
· El equilibrista {1913}
· Vidas truncadas {1914}
· Al borde del drama {1918}
· Poderoso caballero {1921}
· El corregidor de Almagro {1922}
· La gotera {1922}
· Donde las dan... {1923}
· El loro mudo {1923}
· La huella del pecado {1923}
· Dudas tremendas {1924}
· El aderezo de esmeraldas {1924}
· Tentación {1924}
· Clara Porcia {1925}
· Las primeras sopas {1925}
· Shakespeare II {1926}
· Lo que dicen dos casadas {1927}
· El que a cuerno mata {1928}
· Mi amigo el verdugo {1930}
· Entre purgatorio y gloria {1931}
· Las remembranzas de Luci {1931}
· La pícara vida {1953}
· Memorias de Tomás Andurain {1954}
Cuento
· La derrota de Mañara {1907}
Ensayo
· Andróminas {1901}
· La novela social {1920}
· Hojeo : ensayos {1951}
· En defensa del siglo XIX {1952}
Memorias
· Mis primeros ochenta años {1926-1934}
1.
—Mis primeros ochenta años {1926}
2.
—Lo que me dejé en el tintero {1928}
3.
—La España que fue {1929}
4.
—Clío en Pantuflas {1930}
5.
—El ocaso de un siglo {1932}
6.
—Gota a gota el mar se agota {1934}
JUGO DE PEDRISCOS
Algún cosquilloso remordimiento le hurgaba en lo
más hondo del pecho al hacer detenido examen de su ciencia.
Así fue que cuando se vio nombrado médico de
Pedriscos de Arriba, extendió su credencial sobre la mesa y se puso a
contemplarla como se contempla el negro agujero de un pozo insondable.
¿Se echaría de cabeza en aquella sima? ¿Renunciaría
por escrúpulos de monja al pedazo de pan que se le colaba por las puertas? ¡Y
que no venía a punto y en buena hora el tal mendruguillo!
Gracias a la casualidad que le deparó un tío
segundo o tercero, que en esto no se hallan conformes las crónicas, pudo con
mil trabajos seguir una carrera a cuyo término columbrara la esperanza de tirar
de la vida; y viéndose solo en el mundo, sin otro arrimo que su propio esfuerzo
ni más fortuna que el tiempo por delante, aprovechó el ofrecimiento de aquel
pariente suyo, el cual no comprendía que ningún hombre de bien pudiese emplear
su ingenio en cosa mejor que en la cura del cuerpo ajeno, y cayó del lado de la
Medicina del mismo modo que hubiese caído del lado de la Iglesia, si al buen
tío le llega a dar por la cura de almas.
Era aquella famosa época de la revolución
septembrina, en que se aflojaron los rigores de la enseñanza universitaria por
tan holgada manera, que a cuantos ciudadanos les vino en gana se concedió
licencia oficial para ejercer varias de las profesiones que el Estado ampara,
entre ellas la que permite mandar al hoyo a la humanidad doliente sin tropiezo
en el Código ni protesta de nadie. Y como la cuota mensual del inopinado
protector, largo en exigir y corto en dar, llegase cada vez más mermada, forzó
Juan Varea la máquina con algunas recomendaciones que supliesen su inopia
científica, y se encontró todo un Licenciado en Medicina y Cirugía hecho y
derecho.
También lo de médico de partido en Pedriscos de
Arriba debiose a la diligencia de aquel pariente, que con este nombramiento
ponía fin a sus regateados favores y a Juanito en potencia propincua de
conquistar honra y dinero.
—Conozco al dedillo los puntos que calzas en el
sagrado oficio a que vas a dedicarte —decía a Juan su tío en el momento de entregarle la
credencial—. Sé —prosiguió— que todo tu saber no pende de ningún clavo
timonel, sino de menudos alfileres; también me consta que más que la noble
Medicina te tira el afán insano de hacer versos, y hasta me han informado de
que te burlas de Dios y de sus santos como un vulgarote materialista. Por lo
que hace a lo primero, confío en que la práctica, reveladora de verdades, te
enseñará lo que en San Carlos no tuviste tiempo de aprender a macha martillo.
En cuanto a lo segundo, con que mires a los que en esta tierra se dedican al
cultivo de la fantasía y veas cómo les luce el pelo, te curarás del feo vicio
de la literatura; y tocante a lo último, espero que la reflexión y los años te
harán apearte de tu burro. Vas a un pueblo de gente sencilla y humilde que,
como pongas en servirla algún cuidado, te llevará en andas y en volandas. Sé
cauto y previsor. No vayas en la libertad que te tomes más allá del permiso que
te concedan. Habla poco, receta menos, y sobre todo, no hagas chacota y befa de
las cosas divinas, porque entonces, además de irte al infierno vestido y
calzado cuando Dios sea servido de disponer de ti, podrías ganarte la gran
paliza que te administrarían de seguro los pedrisqueños. No fío mucho en tu
gratitud a mis beneficios y sé que al fin tendré que aplicarte aquello de «¡Ay,
abuelo! Sembrasteis alazor y nacionos anapelo». Pero he cumplido con mi
conciencia y… punto. Con lo dicho y con anunciarte que desde
ahora se acabó mi longanimidad, doy fin a este sermón.
El cual decidió a Juan Varea a tomar el portante y
meterse en el pueblo, muy dispuesto a reñir descomunal batalla con todo género
de enfermedades por engarabitadas que fuesen, desde el más sencillo catarro
hasta esos recónditos males que llegan con aire bonachón para que no se les
ataje el paso y luego hacen más destrozos que un toro jarameño.
Previo anuncio para que le tuvieran alojamiento
prevenido y después de dieciséis horas de ferrocarril, cuatro de tartana y dos
de mulo calmoso, dio Juan con sus huesos en Pedriscos de Arriba una mañanita
del mes de enero.
Para fortuna suya y gozo de los ciudadanos
pedrisqueños, si allí lo de la regalada vida era como pedir peras al olmo, en
cambio las enfermedades apenas asomaban las narices en Pedriscos huían de él a
toda prisa y cual si el diablo se las llevase, bien por obra de un ventorrón
que siempre soplaba a dos carrillos, bien porque hasta los males piden asiento
cómodo y holgado albergue donde posarse, cosas que no se encontraban en el
pueblo aunque por Dios y por todos los santos se pidiesen.
La tarea, pues, no era difícil y había que tomarla
con resignación. Se trataba de pasar allí unos cuantos años, que en los
comienzos del vivir apenas se notan. Los aprovecharía para ingurgitarse en la
mollera el contenido de los librotes que en Madrid ni siquiera hojeó; y cuando
estuviese bastante saturado de ciencia, una cátedra en cualquier Universidad o
un puesto en el Cuerpo de Médicos de Baños le sacarían de Pedriscos de Arriba,
porque lo que es quedarse allí per
sæcula sæculorum entre
aquellos cafres, ¡eso sí que no!
¡Y cuidado que eran brutos y cerriles! Desde el
alcalde hasta el fiel de fechos, todos echaban bellotas a poco que se les
zarandease. Faltábale conocer a doña Úrsula, la mayorazga más rica del pueblo y
sus contornos, la dueña de la sola casa con apariencias de morada habitable que
existía en Pedriscos, la señora cuyas excelentes prendas de piedad y desinterés
elevaban a las nubes los pedrisqueños, una viuda joven aún, que después de
haber andado medio mundo en pos de su marido, que en paz descanse, muy aficionado
a ver tierras y a mudar de aguas, se encerró con su amada hijita a cuidar de
sus cuantiosos bienes.
¡Doña Úrsula! Ya se figuraba Juan Varea cómo sería
doña Úrsula. Una cursi de cuerpo entero; una aldeana con pretensiones
de linajuda y gustos villanescos. ¡Doña Úrsula! ¡Mire usted que llamarse doña
Úrsula! Seguramente era alta, flaca y patiseca. ¡Y que no estaba él harto de
tanto ursuleo!
De buena gana hubiera prescindido de su visita a la
viuda; pero como al fin y al cabo esta representaba el elemento social más
importante de Pedriscos, y su prevención fundábase tan solo en creer lo
contrario de lo que creían aquellos gaznápiros, además de que su conveniencia
le empujaba a ponerse en contacto con la mayorazga, a los pocos días de
hallarse en el ejercicio de sus funciones se presentó Juan en casa de doña
Úrsula, ante la cual lamentó, por supuesto para su sayo bastante mal traído, no
haberse echado encima la ropita de cristianar, porque la viuda era uno de esos
ejemplares que Dios crea de higos a brevas y envía acá abajo para regodeo del
espíritu.
De perlas pareciole doña Úrsula, quien a su vez se
prendó del médico cuando lo trató con intimidad, pues aparte de que Juan Varea
poseía cualidades físicas muy aceptables, por lo que reza a labia y gancho para
hacerse querer de las mujeres, bien hubiera podido graduarse de
doctor némine discrepante. Y ¡claro está!, en gran predicamento con la
viuda, a partir una almendra con el alcalde que ejercía el cacicato a las
órdenes de aquella, y ambos dedicados a cantar alabanzas del médico madrileño a
campana herida, fuese rezumando su fama por el pueblo, y ya no hubo cosa grande
ni pequeña en la cual no metiera el cuezo el sobrino de su tío.
¿Que si sucedió lo que era natural que sucediese?
¡Quién lo duda! Ella y él, él y ella, primero con tímidas insinuaciones y más
tarde con dulces confidencias, dieron en el quid de
su desasosiego y se explicaron cómo los vaivenes de sus tiernas almas no eran
sino jugarretas del amor, que se pinta solo para esta clase de chascos.
En doña Úrsula prendió con fuerza nunca vista, que
la llevó a hacer de Juan Varea personaje ideal a quien todos debían
acatamiento, pues un hombre tan superior que en las cosas científicas causaba
admiración con aquellos enrevesados términos que a cien leguas denunciaban su
profundidad, muy merecido tenía el respeto de sus conterráneos, no que el de
los habitantes de Pedriscos de Arriba.
Los castos amores de la viuda y el médico, que iban
derechos camino del matrimonio, tuvieron, no obstante, un ligero tropiezo en el
pertinaz descreimiento del segundo, que poniendo en olvido los sanos consejos
del tío providente y cuando fue tomando confianza con la dama, permitiose
varias cuchufletas a costa del santo patrón de Pedriscos, de quien esta era
devotísima; tremendo desacato que motivó una escena místico-erótica, durante la
cual, entre lágrimas y suspiros, conminó la viuda a Juan Varea a que optase por
su amor inmenso con más la firme creencia en cuanto ordena y manda la Iglesia
Católica, o por la inmediata y total ruptura de sus relaciones amorosas.
Mordiose el médico la lengua, prometiose un par de cachetes que había ganado su
intemperancia volteriana, y al fin cantó la palinodia, pues hubiera sido
insigne locura dejar que se le escapase aquella encantadora mujer.
Con votos de amén y mucho de ya no lo haré
más firmáronse las paces, y para que ello tuviese mayor solemnidad, llevó
doña Úrsula a Juan Varea a un cuartito inmediato a su alcoba convertido en
reducido oratorio, y ante un hermoso Cristo de talla le obligó a que prestase
juramento de no reincidir en las pasadas blasfemias.
Y ahora a pensar en la boda, que indefectiblemente
habría de realizarse de allí a cuatro meses. El acto solemne en Pedriscos y al
momento a Madrid, a instalarse en la casa de la calle del Arenal propiedad de
doña Úrsula. Si apretaba el calor, a Suiza, que es sitio fresco, siempre
llevando consigo a su hija del alma, eso sí, a aquella preciosa Tulita, porque
dejarla entregada a manos mercenarias mientras ellos paseaban su luna de miel,
jamás. Tiempo sobraba, cuando Tulita fuese grande, para ponerla en un colegio.
¿Verdad que no le molestaba la niña? ¿Verdad que ya la quería?
¡Claro que iba tomando cariño a la pequeña, vivo
retrato de Úrsula! ¿Acaso era él de estuco? Además, el que quiere a la col
quiere a las hojitas de su alrededor, y adorando como él adoraba a la madre,
¿no había de mirarse en la chicuela, que era una perita en dulce?
Puntualizados los plazos y arregladas las fechas,
frotose las manos de gusto Juan Varea; y después de esta conversación, de la
cual salió más blando y papandujo que unas gachas, retirose a su domicilio y se
metió en la cama a saborear con el pensamiento aquellas delicias que le abrían
los rosados dedos de la viuda; y cuando ya se estaba perdiendo en los abismos
del sueño, al dar la confusa idea las buenas noches al cerebro, dos furiosos
aldabonazos le despertaron. A los pocos minutos un repiqueteo en la puerta de
su cuarto le hizo incorporarse.
—¡Señorito!
—¿Qué sucede?
—Avisan de casa de doña Úrsula que Tulita está muy
mala y dicen que vaya usted a escape.
La pobre niña se moría; se moría a chorros. Ya
llevaba cerca de una semana quejándose de dolores en la garganta; pero el
médico de Pedriscos, a quien más preocupaban los ojos charlatanes de la madre
que los lamentos de la hija, apenas dio importancia a las quejas de Tulita.
¿Que no podía tragar bien? ¡Bah! ¡Nada entre dos platos! Unas gárgaras de agua
y vinagre, y pare usted de contar.
Aquella noche, así que se hubo marchado Juan Varea,
el mal tomó aterradoras proporciones y a las dos de la madrugada Tulita se
asfixiaba.
—¡Mi hija se muere y usted me la va a salvar!
¡Bendito sea Dios y su santa madre que le han traído a este pueblo!
Con semejante exclamación recibió doña Úrsula al
médico de Pedriscos, a quien se le vino el mundo abajo en cuanto vio a la
enferma.
¡Valiente montaña se le caía a cuestas! Aquello era
un caso de difteria, espeluznante y aterrador, sin compostura posible. ¿Y qué
hacer? ¿Por dónde tirar? Si en sus manos se ahogaba la chiquilla, ¡adiós
crédito y adiós boda! Y en cuanto a salvarla…
La verdad es que la pobre niña daba pena. Con su
cabecita de rubios bucles hundida en las almohadas; los expresivos ojos muy
abiertos, como pidiendo a su madre y a Juan Varea aire para sus pulmones;
entreabierta la boca, en cuyo fondo veíanse las traidoras membranas cual si
fuesen cordeles que se anudaban poco a poco, la infortunada Tulita íbase por
momentos.
—Dígame usted la verdad —exclamó
doña Úrsula con angustiado acento y en voz baja—.
¿Es difteria lo que tiene?
—Sí —repuso medio atontado Juan Varea.
—¿Se morirá?
—Lucharemos para evitarlo, pero el ataque es
gravísimo —dijo el médico preparando el terreno.
—¡Hija de mis entrañas! —sollozó
la infeliz madre.
—¡Calma, Úrsula, calma! —interrumpió
Juan—. Aún vive y ¡quién sabe!…
—Yo he oído decir que la traqueotomía ha salvado en
muchas ocasiones a los atacados de difteria. Haga usted la prueba en último
extremo. Opérela usted al instante, si juzga que no hay otro remedio. ¡Todo
para que viva! —suspiró casi de rodillas doña Úrsula.
¡La traqueotomía! ¡Diablo de idea! Si hubiera sido
reventar un grano o sacar una espina, ¡vaya por la operación quirúrgica! Pero
la traqueotomía, que jamás vio practicar y solo conocía por lo que de ella le
hablaron en cátedra, ¡sí, ya escampa! Antes perdería su brazo derecho que poner
su profano bisturí en la garganta de aquel ángel…
¡Para que en vez de pinchar en el punto debido le cortara alguna arteria
importante! ¡Qué horror!
Urgía, sin embargo, adoptar un plan, más para que
doña Úrsula le viese a brazo partido con el mal que para atajarlo, pues en su
ánimo estaba que todo sería en vano, como la Providencia no obrase una
maravilla. Y pensando en la forma de salir del atolladero lo mejor posible,
ocurriósele una endiablada idea que, al menos, alejaba la necesidad de manejar
las herramientas de su oficio, a que tenía un miedo cerval.
—Oiga usted, Úrsula —dijo
a la viuda sacándola del cuarto de la niña y tomando un aire misterioso—.
No quiero ocultarle que preveo un funesto desenlace…
Podemos intentar la operación, aunque no respondo del éxito…
Si usted se empeña, ahora mismo voy por los instrumentos. Es cuestión de cinco
minutos. Ni esa ni ninguna se me resiste. ¡La he practicado tantas veces! Pero
si Tulita ha de salvarse, solo puede ser aplicándole un remedio inventado por
mí, una panacea que cuando se propina a tiempo (y recalcó estas
palabras) su acción terapéutica es eficacísima. ¿Que por qué no se lo he dicho
antes? Pues por la razón sencilla de que mi medicina no se halla en ninguna
farmacopea ni la conoce nadie más que yo: es un compuesto de jugos de hierbas
extrañas y de bases minerales cuya virtud estupenda he comprobado después de
largas experiencias, y que únicamente administro, entiéndalo usted bien,
Úrsula, cuando el enfermo o su familia tienen en mí una fe ciega…
—Yo la tengo en usted, Juan de mi alma. Haga usted
lo que pueda y Dios hará lo que quiera —interrumpió la viuda.
Salió entonces el médico a escape sin saber dónde
acabaría aquel embuste, llegó a su casa, tomó de sobre la mesa dos botes que
contenían agua clara, volvió en cuatro brincos, y al reunirse de nuevo con doña
Úrsula le suplicó que le permitiera encerrarse en el oratorio, pues le hacía
falta silencioso retiro para preparar en él la mezcla de aquellas portentosas
tisanas, sin que bicho viviente le distrajera, porque en el cuanto de la
mixtura hallábase el tanto de su virtud.
Y una vez solo en la capillita, puso los tarretes
encima del altar, hincose de rodillas en frente del Cristo, y con el
pensamiento más que con la palabra dijo así:
—¡Cristo mío! Soy un pecador impenitente, un
farsante de la peor especie, un pillo sin ley ni Dios y no merezco que me
atiendas. He negado tu supremo poder y me he reído de tu divinidad; pero hoy
hago ante Ti acto de contrición y Te ofrezco mi total enmienda si me sacas de
este berenjenal y vuelves la salud a esa pobre criatura.
Después de esta breve súplica masculló unos cuantos
padrenuestros, vertió en un frasco lo que encerraban los dos tarretes, fuese al
lado de la niña, y con la persuasión de que era portador de la divina gracia,
con la seriedad del que tiene en su poder la vida de sus semejantes, roció con
unas cuantas gotas las rugosas fauces de Tulita.
La fama del médico de Pedriscos de Arriba creció
como la espuma. El pueblo en masa le llevó en triunfo hasta la posada, no bien
se hubo enterado de la cura maravillosa. Al momento se organizó un comité para
recaudar fondos con que levantarle en la plaza de la Constitución (que ya no se
llamaría tal, sino plaza de D. Juan Varea) una estatua que le representase
precisamente con un frasco en la mano derecha y en actitud de mostrarlo a la
muchedumbre, y en el salón de sesiones del ayuntamiento se puso una lápida con
las siguientes frases: «Al célebre bienhechor de la humanidad D. Juan Varea y
Martínez, Pedriscos de Arriba agradecido».
Que la boda se verificó mucho antes de lo
convenido, no hay para qué contarlo.
Casáronse Úrsula y Juan en el pueblo y fueron a la
corte, donde hoy viven anchamente con las rentas de la mayorazga y dos millones
de reales que Varea ha ganado vendiendo ese asombroso específico que todos
conocemos, a fuerza de verse su nombre en esquinas y periódicos, y que se
llama Jugo de Pedriscos.
¡Lástima grande que el descubrimiento del suero
antidiftérico haya desbancado al portentoso jugo!
Pero con cien mil duros y la viuda, ¿quién le tose
a Juan Varea?
FIN

