Libro N° 14693. De La Última Hornada. Dicenta, Joaquín.
© Libro N° 14693. De La Última Hornada. Dicenta, Joaquín. Emancipación. Enero 10 de 2026
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DE LA ÚLTIMA HORNADA
Joaquín Dicenta
De La Última Hornada
Joaquín Dicenta
Table of Contents
Nota previa
Autor
De la última hornada
Nota previa
Se reproduce a continuación el relato De la
última hornada, de Joaquín
Dicenta.
Ganso y Pulpo ha realizado su edición a partir
del texto publicado en el diario El Liberal el
día 11 de diciembre de 1890 (año XII, núm. 4.195).
El texto se corresponde con el identificador
editorial GYP-NB0437, habiéndose podido actualizar su ortografía y
gramática de acuerdo con las reglas vigentes del idioma español. Estos cambios
suponen, en el plano ortográfico, la supresión del acento en monosílabos y la
actualización de aquel léxico técnico y/o extranjerismos que están actualmente
integrados en el idioma. En el plano gramatical ha podido variar el texto en
relación a la disposición de signos de puntuación, principalmente en relación al
empleo de la raya.
En cuanto a la licencia de esta edición debe
tenerse en cuenta que el texto reproducido es de dominio público (Joaquín
Dicenta falleció en 1917). Por otra parte, tanto la portada como la edición
aquí presentadas se distribuyen gratuitamente bajo licencia Creative Commons por la editorial electrónica Ganso y
Pulpo, que espera se comparta en los mismos términos que los estipulados
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texto como con el trabajo desempeñado por la editorial).
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Ganso y Pulpo
Creación: Barcelona, 20 de junio de 2019
Última revisión: Barcelona, 30 de julio de
2019
Joaquín Dicenta
Nacimiento03-02-1862
Calatayud, Zaragoza, España
Defunción21-02-1917
Alicante, España
EtiquetaEscritor naturalista
Relacionado
Introducción
Joaquín Dicenta, dramaturgo, poeta, narrador y periodista; padre del
dramaturgo y poeta de mismo nombre y del actor Manuel Dicenta; es uno de
los modelos ejemplares de la juventud artista, bohemia, pendenciera y atea que
pululaba el Madrid de finales del siglo XIX.
Ya en 1878 fue expulsado de la Academia de Artillería de Segovia a causa
de su vida disoluta, donde alcohol y mujeres eran la constante. Asistente
frecuente de los arrabales y los barrios marginales de Madrid {hecho censurado
en su caso por Unamuno y Azorín}, fue introduciéndose poco a
poco en círculos republicanos y demócratas, donde conoció el «socialismo
utópico», el «krausismo» y entabló gran amistad con el también
bohemio Manuel Paso.
Su labor como escritor se inició con colaboraciones en periódicos
como El Liberal o la revista Edén y, aunque
el éxito le viniese principalmente de sus dramas {digno de mención el éxito
de Juan José, melodrama con que se inicia el «drama social» en
España}, son recurrentes sus colaboraciones narrativas y poéticas en revistas
como La Vida
Galante y resulta significativa su
labor editorial en el semanario Germinal {donde publicaban los
escritores autodenominados como «Gente nueva»} o el diario republicano El
País.
Fundador junto a Ruperto Chapí de la Sociedad de Autores en
1889, hoy podemos acceder a su producción literaria libremente. Ganso y Pulpo
pretende contribuir a ello con la reedición de varios de sus textos.
Semblanza
Ganso y Pulpo se encuentra actualmente en proceso de documentación para
ofrecerle información rigurosa y pertinente al respecto de este punto.
Labor literaria
Ganso y Pulpo se encuentra actualmente en proceso de documentación para
ofrecerle información rigurosa y pertinente al respecto de este punto.
Producción
Novela
· Garcés de Marsilla {1891}
· Tinta negra {1891}
· Rebelión {1893}
· Los asistentes {1895}
· De la batalla {1896}
· Juan José en capilla {1896}
· Crónicas {1898}
· Lorenzo {1899}
· La cortijera {1900}
· Espumas y plomo: cartas sin sobre {1903}
· De piedra a piedra {1904}
· La finca de los muertos {1904}
· Traperías {1905}
· Desde los rosales {1906}
· Una letra de cambio {1907}
· Del camino {1908}
· Galerna {1908}
· La gañanía {1908}
· Cuentos : Dedicatoria.- El nido de
gorriones.- La epopeya de una cíngara.- En la estación.- Aniversario negro
{1909}
· El sino {1909}
· El idilio de Pedrín {1910}
· Por Bretaña {1910}
· Rebeldía {1910}
· ¿Cuál de los dos? {1911}
· El tío Quico {1911}
· Una lección de amores {1911;
edición póstuma en 1927}
· Bajo los mirtos {1912}
· Idos y muertos {1912}
· Infanticida {1912}
· Los bárbaros {1912}
· ¡Redención! {1912}
· Encarnación {1913}
· El bufón {1913}
· El hampón {1913}
· La ciudad de plomo {1913}
· Los de abajo {1913}
· Mares de España {1913}
· Página rota {1913}
· Puesta de sol {1913}
· Sol de invierno {1913}
· Caballería maleante {1914}
· De la vida que pasa : novelas cortas {1914}
· El pasaporte amarillo {1914}
· Estrellita de Alba {1914}
· Malvarrosa {1914}
· El capitán Anselmo {1915}
· El caudillo {1915}
· Entre dos luces {1915}
· Luz {1915}
· Mi Venus {1915}
· El hijo del odio {1916}
· Gente nueva {1916}
· Interior {1916}
· Juan José : novela {1916}
· La herencia {1916}
· ¡Quién fuera tú! {1916}
· Flor de espino {1917}
· Mujeres {1917; obra póstuma}
· Paraíso perdido {1917}
Teatro
· El suicidio de Werther : drama en
cuatro actos y en verso {1888}
· Spoliarium : cuadros sociales {1888}
· La mejor ley : obra dramática {1889}
· Los irresponsables : drama en tres actos y verso
{1890}
· Honra y vida : leyenda dramática en un acto
y en verso {1891}
· El duque de Gandía : drama lírico en tres actos y
un epílogo, en verso {1894}
· Luciano : drama en tres actos y en
prosa {1894}
· Juan José {1895}
· El señor feudal : drama en tres actos y en
prosa {1896}
· Curro Vargas : zarzuela {1898}
· El león de bronce : comedia en prosa {1900}
· El tío Gervasio : monólogo en un acto y en
prosa {1900}
· Aurora : drama en tres actos y prosa
{1902}
· De tren en tren : comedia en un acto inspirada
en un cuento francés {1902}
· Raimundo Lulio: drama lírico en tres actos y un
epílogo {1903}
· Juan Francisco : drama lírico en tres actos y
en verso {1904}
· El vals de las sombras : juguete
cómico-lírico en un acto y en prosa {1905}
· Entre rocas : zarzuela {1905}
· La conversión de Mañara : comedia en
tres actos y seis cuadros, en verso {1905}
· Amor de artistas : comedia en cuatro actos y
prosa {1906}
· Daniel : drama en cuatro actos y en
prosa {1907}
· Lorenza : comedia en tres actos y en
prosa {1907}
· Marinera : monólogo en un acto y en
prosa {1907}
· El crimen de ayer : drama en tres actos y en
prosa {1908}
· La confesión : comedia en un acto y en prosa
{1908}
· Los majos de plante : sainete en un acto y tres
cuadros, en verso {1908}
· Los tres maridos burlados : enredo en
tres cuadros y un prólogo, en verso, inspirado en la novela de Tirso de Molina
{1909}
· ¡Pa mí que nieva! : modismo en dos cuadros y en
prosa {1913}
· Sobrevivirse : drama en tres actos y un
prólogo en prosa {1913}
· El lobo : drama en tres actos y en
prosa {1914}
· El idilio de Pedrín : poema en tres actos y un
epílogo, en verso {1915}
· Los irresponsables : drama en tres actos y en
verso {1915}
· La promesa : leyenda lírica-dramática en
cinco jornadas, inspirada en un cuento de Gustavo A. Bécquer {1917; obra
póstuma}
Lírica
· Sevillanas {1892}
· Del tiempo mozo : versos {1912}
· El libro de mis quimeras : poesías
{1912}
Ensayo
· Informe sobre la reorganización de la enseñanza municipal de Madrid {1910}
Traducción
· El místico : drama en cuatro actos y en
prosa, escrito en catalán por Santiago Rusiñol {1909}
DE LA ÚLTIMA HORNADA
—No le quepa a V. duda; el secreto de la vida está
en divertirse y solo en divertirse, sin descuidar, por supuesto, lo que a
nuestras comodidades y a nuestro porvenir se refiere.
Así se expresaba un joven de veintidós a veintitrés
años, asiduo concurrente a cierto café donde asisto yo todas las tardes, como
quien asiste a una cátedra; porque si el café constituye en la mayoría de los
casos un centro de holganza y un congreso de maldicientes, puede también
resultar, para quien sabe utilizarlo, un observatorio de hombres como otro
cualquiera.
Aquel joven era y sigue siendo mi contertulio de
mesa; yo me complazco en escucharle porque representa de hecho y de derecho a
la última hornada de nuestra juventud y, ¡qué demonio!, bien vale la pena de
perder un par de horas averiguando cómo razonan y cómo discurren los que a
vuelta de algunos años han de influir en los destinos de la patria con el
esfuerzo de sus músculos o con los productos de su inteligencia.
Viste el mozo a quien me refiero con irreprochable
elegancia. Entre él y los figurines de sastrería solo existe una diferencia:
los segundos no hablan, mi contertulio lo hace por los codos. Si este hecho
resulta favorable para los figurines o para mi amigo, cosa es difícil de
averiguar; yo al menos reservo cuidadosamente mi opinión. Su indumentaria,
repito, es de última moda y ajusta a maravilla en su cuerpo débil, sobre cuyos
hombros descansa una cabeza de ojos perezosos, y de cutis pálido, no con esa palidez
mate y saludable que acusa la energía de un temperamento nervioso, sino con esa
otra palidez blancuzca y enfermiza por medio de la cual se manifiesta el
desplome de un organismo deshecho por abusos propios y por males hereditarios.
Yo contemplo siempre a este individuo con íntima tristeza, porque me parece que
él y cuantos iguales a él circulan por calles, salones y teatros, son los
últimos esputos de una raza que sucumbe con el raquitismo en la sangre y el
desequilibrio en el cerebro.
—¿Con que divertirse, eh? ¿Nada más que divertirse?
—exclamé, repitiendo las últimas frases de mi
interlocutor.
—Así como suena —repuso
él—. De sobra he hecho perdiendo seis años en
estudiar a tropezones una carrera que me dé posición oficial en el mundo; ahora
que tengo el título pienso gozar todo lo que pueda y hasta donde mis recursos
me lo permitan; por algo hay en la corte mujeres hermosas y maridos simples, y
padres imbéciles, y centros de placer; por algo soy joven. ¡Qué diablo! Los
hombres como yo no han nacido para el trabajo. Que trabajen las bestias y los
jornaleros; que discurran los filósofos; que inventen los sabios. Yo no me
ocupo en tales disparates.
—¿De modo que piensa usted dedicar la vida entera a
divertirse? ¿Que no tiene usted otros propósitos? ¿Que de joven, como lo es
usted hoy y de hombre maduro, como lo será usted mañana, y de viejo —porque
a viejo llegará usted si no se muere— está decidido a hacer lo mismo, sin preocuparse
de otra cosa?
—¡Quia, no, señor! Soy hombre práctico. No me
lanzaré a esos desenfrenos públicos y casi siempre inofensivos que perjudican
el bienestar y el porvenir de algunos infelices. Si tuviera una fortuna inmensa
acaso lo haría, pero no la tengo. Cuando lo juzgue necesario y útil a las
contingencias futuras de mi vida, me casaré.
—¿Para constituir un hogar dichoso? ¿Para
enaltecerse por el trabajo? ¿Para mirarse en los ojos de una mujer bella y
virtuosa? ¿Para tener una compañera en sus alegrías y un consuelo en sus
infortunios? ¿Para…?
—¡Quiere V. callar, hombre, quiere usted callar!
¿Quién se casa en el mundo para eso?… Lo que menos me importa a mí es que mi mujer sea
guapa y buena y humilde; lo que necesito yo, ante todo, y sobre todo, es una
mujer rica, tampoco me opongo a que sea tonta: miel sobre hojuelas. Con esposa
de tales condiciones, podía seguir divirtiéndome sin temor a miserias y
contrariedades. En sabiendo cubrir las formas —de
esto yo me encargo— se consigue la felicidad. Si mi mujer es fea,
pagaré con mi dinero o con el suyo (para el caso es igual) una querida hermosa
que satisfaga mis apetitos. Tendré buena casa, buena mesa, caballos en la
cuadra, un coche a mi disposición, amigos que me agasajen y me adulen;
trabajaré poco o, mejor dicho, no trabajaré nada; solo que a fin de no merecer
entre mi familia renombre de holgazán, procuraré habilitarme un despacho
pertrechado con todos los requisitos de fórmula, desde una mesa muy grande y un
tintero casi tan grande como la mesa, hasta una biblioteca llena por libros de
todos los autores, clases e idiomas.
—¿Piensa usted entregarse a la lectura en sus ratos
de ocio?
—No, señor. ¡Lecturas!…
¿A qué fin?… Los versos me fastidian, las novelas me aburren,
la ciencia me empalaga. ¿Qué me importan a mí los sentimientos traducidos por
un poeta en renglones cortos que siempre me suenan a hueco? ¿De qué valen esas
pinturas de costumbres que hacen los novelistas condenándolo todo y sin
arreglar nada? ¿Qué se me da a mí de los inventos modernos? ¡Inventos!…
Con utilizarlos cuando los necesite, tengo bastante. Lo de la biblioteca lo
haré por lujo y nada más; se lo juro a V. sinceramente.
—No reclamo el juramento, amigo mío; le creo a
usted bajo su palabra de honor.
—Muchas gracias.
—¿Siendo usted tan poco aficionado a la literatura,
aborrecerá también el teatro?
—El teatro es distinto; en el teatro hay gente, se
lucen trajes, joyas; se habla, se murmura… Como entretenimiento, no me parece mal. Palco en
la Ópera no ha de faltarme si mis deseos se realizan; y para solaz del espíritu
ahí están los teatrillos de hora, que son una deliciosa institución. Lo que sí
le prometo a usted con toda mi alma es no asistir a los teatros donde se
representen dramas y comedias serias. No pienso frecuentarlos más que en días
de estreno, y eso para ver si logro reventar la obra y matar al autor a
silbidos.
—También lo creo, joven; no necesita usted
esforzarse en demostrarlo; pero permítame V. una pregunta. Fuera parte de la
querida que a diario aburre, de la ópera que toca cada tres noches y de los
teatrillos por entregas, V. que ni lee, ni estudia, ni se molesta en discurrir,
¿cómo piensa emplear su tiempo?
—¿Cómo?… Dedicándolo a otras cosas, las cuales, sobre no
valer menos, entretienen más. Dos horas de sala de armas no hay quien me las
quite; manejo la espada, el florete y la pistola regularmente, y no quiero
perder la costumbre; así, cuando tenga una de esas cuestiones de amor propio,
que nunca faltan en el gran mundo, mataré a mi contrario; esto proporciona fama
y prestigio; desde la sala de armas saldré a dar un paseo a caballo, porque soy
buen jinete, no he descuidado mi educación, y los días de aburrimiento me iré
de caza; también soy un cazador notable.
—Me felicito de ello; siendo buen jinete, buen
cazador y esgrimidor famoso, puede V. prestar grandes servicios a la patria
acudiendo a salvarla el día que se encuentre en peligro.
—¡La patria!… ¿Y qué es la patria? ¿Por ventura existe? La
patria se encuentra en cualquier sitio donde uno pueda vivir tranquilo y
satisfecho. ¡Defenderla! Que la defiendan los soldados y la gente de poco más o
menos; bueno que esta idea se emplea para conmover a las masas; para adquirir
popularidad; pero sacrificarse por ella es un absurdo; claro que yo no diré
tales cosas cuando me nombren diputado; hablaré de la patria todos los días y
en todos mis discursos, y haré lo que hacen muchos, la mayor parte de los que
la invocan; llevarla en los labios y suprimirla del corazón.
—¡Magnífico! Eso se llama tener práctica y
experiencia y espíritu sagaz y calculista. Por supuesto, que cuando V. ocupe un
escaño en el Congreso de los Diputados no lo hará ansioso de proteger los
derechos del ciudadano, los intereses del país, las libertades públicas, el
progreso, etc.; se servirá V. de estas palabras en obsequio propio y llegará a
ministro —porque V. llega a ministro de seguro—
para satisfacer su vanidad y el apetito de unos cuantos aduladores.
—Justo. Ha interpretado V. mis sentimientos a
maravilla.
—¡Basta, joven, basta! —exclamé
estrechando entre mis brazos, con tanta fuerza que casi lo ahogo, a aquel
representante de la moderna juventud—, basta; no siga usted; tiene usted razón que le
sobra. El secreto de la vida está en divertirse; ¿para qué sirven todos esos
nombres huecos de amor, virtud, justicia, patria, civilización y progreso? ¿Qué
es la ciencia, sino una carga insoportable? ¿Qué es el arte, sino una mentira
estúpida? Nada, nada; yo felicito a usted cordialmente desde el fondo de mi
corazón. Buenos trajes, buenos caballos, buena mesa, buena salud y buenas
queridas; ¿lo demás qué importa? Adelante, amigo, adelante, y si alguien le
dice que con tales ideas y con tan pobre juventud las naciones se estancan y
los pueblos desaparecen, diga V. que por muy deprisa que vayan las cosas, usted
no ha de verlas…
Ni yo tampoco.
FIN

