Libro N° 14655. Comentarios A La Guerra Civil. Cayo Julio César.
© Libro N° 14655. Comentarios A La Guerra Civil. Cayo Julio César. Emancipación. Enero 3 de 2026
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COMENTARIOS A LA GUERRA CIVIL
Cayo Julio César
Comentarios
A La Guerra Civil
Cayo Julio
César
Reseña
Julio CÉSAR
(ca. 101-44 a.C.) participó como protagonista en los combates políticos de su
tiempo que enfrentaron a optimates y populares en la lucha por el poder y que
desembocaron en un cruento conflicto bélico. Los Comentarios a la guerra Civil
narran la lucha entre las tropas mandadas por Pompeyo y los ejércitos
finalmente victoriosos de Julio César, uno de cuyos escenarios fue el
territorio de la Península Ibérica.
Como
complemento al Comentario a la guerra de las Galias, se ha estimado de rigor
incluir, por ser de temática semejante, otros relatos que corresponden a
campañas militares en las que participó Cayo Julio César, incluyendo aquella
que hubo de emprender contra Cneo Pompeyo, su declarado rival.
Índice
Parte I.
Comentarios de la Guerra Civil por Cayo Julio César Libro Primero
Libro
Segundo
Libro
Tercero
Parte II.
Otros Escritos Complementarios
1.
Comentarios de la Guerra de Alejandría por Aulo Hircio
2.
Comentarios de la Guerra de África. Anónimo
3.
Comentarios de la Guerra de España Anónimo
Parte I
Comentarios
de la guerra civil1
Julio César
Libro
Primero
I.
Después que
Fabio entregó a los cónsules la carta de Cayo César, costó mucho recabar de
éstos el que se leyese en el Senado, aun mediando para ello las mayores
instancias de los tribunos del pueblo, pero nada bastó para reducirlos a que
hicieran la propuesta al tenor de su contenido; y así sólo propusieron lo
tocante a la República. Lucio Léntulo, uno de los cónsules, promete no
desamparar al Senado y a la República, como quieran votar con resolución y
entereza; pero si tiran a contemplar a César y congraciarse con él, como lo han
hecho hasta ahora, tomará por sí solo su partido, sin atender a la autoridad
del Senado, que también él sabrá granjearse la gracia y amistad de César.
Escipión se explica en los mismos términos, afirmando que Pompeyo está resuelto
a no abandonar la República si encuentra apoyo en el Senado; pero que si éste
se muestra irresoluto y blandea, después, aunque quiera, en balde implorará su
ayuda.
II.
1 Bien
ruidosa fue esta guerra entre Pompeyo y César por los años de 703 de Roma. No
hay historiador del Imperio Romano que no la refiera por extenso. Tito Livio,
Plutarco, Dión, Apiano, Patérculo, Orosio y otros, escribieron largamente de
ella. Nuestro Lucano la cantó en verso magnífico. El mismo César nos dejó lo
que quisieren algunos críticos. Creen muchos que falta el principio de este
primer libro y por eso se ve injerido en algunas ediciones un pequeño
suplemento que escribió Dionisio Vosio.
Colaboración
de Sergio Barros 4 Preparado por Patricio Barros
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Esta
proposición, como se tenía el Senado en Roma, estando Pompeyo a sus puertas,
parecía salir de la boca del mismo Pompeyo. Algún otro dio parecer más
moderado; tal fue, primero el de Marco Marcelo, que se esforzó en persuadir que
no se debía tratar en el Senado lo concerniente a la República antes que se
hiciesen levas por toda Italia y estuviesen armados los ejércitos, con cuyo
resguardo pudiese el Senado segura y libremente decretar lo que mejor le
pareciese; tal el de Marco Calidio, que insistía en que Pompeyo fuese a sus
provincias para quitar toda ocasión de rompimiento; que César se recelaba de
que Pompeyo en haberle sonsacado las dos legiones no tuvo más mira que servirse
de ellas contra su persona, y tener estas fuerzas a su disposición en Roma; tal
en fin el de Marco Rufo, que con alguna diferencia de palabras convenía en la
sustancia con Calidio. Se opuso violentamente a estos tres Lucio Léntulo, y se
cerró en que no había de proponer el voto de Calidio. Así Marcelo, aterrado con
los baldones, abandonó su parecer, y así violentados los más por la
destemplanza del cónsul, terror del ejército presente, y amenazas de los amigos
de Pompeyo, siguen mal de su grado la sentencia de Escipión: «que dentro de
cierto término deje César el ejército; donde no, se le declare por enemigo de
la República». Opónense Marco Antonio y Quinto Casio, tribunos del pueblo,
Pónese al punto en consejo la protesta; díctanse sentencias violentas. Quien
acertó a explicarse con más desabrimiento y rigor, ése se lleva mayores aplausos
de los enemigos de César.
Colaboración
de Sergio Barros 5 Preparado por Patricio Barros
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III.
Despedido
por la tarde el Senado, llama Pompeyo a todos los senadores.
Alaba el
ardor de los unos, y los confirma para en adelante; vitupera la tibieza de
otros, y los estimula. Muchos soldados veteranos de Pompeyo son convidados de
todas partes con premios y ascensos, y muchos son llamados de las dos legiones
entregadas por César. Llénase Roma de ellos. Cayo Curión exhorta a los tribunos
del pueblo a mantener el derecho de las Cortes. Todos los amigos de los
cónsules, los deudos de Pompeyo y de los enemistados con César entran en el
Senado. A sus voces y concurso los cobardes se amedrentan, afiánzanse los
vacilantes, si bien la mayor parte queda privada de votar libremente. Ofrécese
el censor Lucio Pisón con el pretor Lucio Roscio a ir a César e informarle de
todo, a cuyo fin piden seis días de término. Hubo dictámenes sobre que se
despachasen diputados a César, que le declarasen la voluntad del Senado.
IV.
A todos
estos se contradice, oponiendo a su dictamen el voto del cónsul, Escipión y
Catón2. A Catón mueve en todo esto su enemistad antigua con César y el escozor
de la repulsa3; a Léntulo sus muchas deudas y la expectativa de mandar
ejércitos y
2 Quiere
decir, según yo entiendo, que el parecer del cónsul Escipión y de Catón
contrapesaba en la opinión de los partidarios de Pompeyo. al parecer de todos
los demás.
3 Que tuvo
que sufrir en la pretensión del consulado, de que fue derrocado por la
oposición de los amigos de César. Su enemistad con éste y las causas de ella
son harto notorias por lo que refiere Salustio en la Guerra de Catilina.
Colaboración
de Sergio Barros 6 Preparado por Patricio Barros
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provincias,
y los gajes por los títulos de reyes, jactándose entre los suyos que ha de ser
otro Sila4 y ha de mandarlo todo. A Escipión le incita igual esperanza de
alguna intendencia de provincia y generalato de los ejércitos, persuadido a que
Pompeyo los partiría con él por razón del parentesco5; no le aguija menos el
temor de las pesquisas, la adulación y la vanidad así propia como de los
poderosos, que a la sazón eran dueños de la República y de los tribunales.
Pompeyo,
inducido por los enemigos de César, y por no sufrir otro igual en dignidad,
había totalmente renunciado a su amistad y reconciliándose con los enemigos de
ambos a dos, siendo así que la mayor parte de éstos se los había conciliado él
mismo, allá cuando emparentaron. Sonrojado también de la infamia en quedarse
con las dos legiones destinadas al Asia y Siria, por sostener su potencia y
predominio, estaba empeñado en decidir el negocio por las armas.
V.
Por estas
causas todo se trata desatinada y tumultuariamente; ni se da tiempo a los
parientes de César para informarle de lo que pasa, ni a los tribunos se les
permite mirar por su seguridad, ni siquiera mantener el derecho de protestar6,
último recurso que Lucio Sila les había dejado; sino que al séptimo día se ven
obligados a pensar en su seguridad, cuando en tiempos atrás los tribunos más
sediciosos
4 Ya se
sabe que Lucio Sila, de la familia Cornelia, como Lentulo, tiranizó la
República después que se deshizo de Mario.
5 También
se sabe que Escipión era suegro de Pompeyo.
6 Por este
derecho podían los tribunos de la plebe oponerse a cualquier decreto del Senado
en perjuicio suyo o ajeno, impidiendo la ejecución.
Colaboración
de Sergio Barros 7 Preparado por Patricio Barros
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no solían
temer hasta el mes octavo la residencia. Recúrrese a aquel último decreto del
Senado7, que antes jamás llegó a promulgarse, por atrevidos que fuesen los
promulgadores, sino en los mayores desastres de Roma y en casos del todo
desesperados, cuyo tenor es: «Velen los cónsules, los pretores, los tribunos
del pueblo y los procónsules8 de la jurisdicción de Roma, porque la República
no padezca menoscabo. » Estos edictos se publican a 7 de enero. Por manera, que
a los cinco días en que pudo haber Senado, después que Léntulo comenzó su
consulado, no contando los dos de audiencia pública, se firman los decretos más
violentos y rigurosos contra el imperio de César y contra los tribunos, sujetos
de la mayor representación. Éstos huyen al punto de Roma, y se refugian junto a
César, el cual estaba entonces en Ravena, esperando respuesta a sus muy
equitativas 9 proposiciones, por ver si se daba algún corte razonable con que
se pudiesen ajustar en paz las diferencias.
VI.
Pocos días
después se tiene Senado fuera de Roma. Pompeyo confirma lo mismo que por boca
de Escipión había declarado; alaba el valor y la constancia del Senado; hace
alarde de sus fuerzas, diciendo que tiene a su mando diez legiones; que por
otra parte sabe
7 En qué
ocasiones se recurría a él y cuánta era la autoridad que por él daba el Senado
a los magistrados, se puede ver en la Guerrá de Catilina de Salustio y el libro
I de Lucano. Advierto de paso que el incendium del texto está puesto, a mi modo
de entender, en sentido metafórico; porque yo no sé que en caso de incendio se
hubiese recurrido jamás a aquel decreto, y así traduzco e» los mayores
desastres de Roma, sin expresar el de incendio.
8 O que se
hallaban cabe Roma. Dos eran en esta ocasión los principales: Marco Tulio
Cicerón, que venía de Cilicia y estaba esperando el triunfo, y Cneo Pompeyo,
que se detenía de propósito por no ir a su gobierno de las Españas. En tal
estado, ni uno ni otro podían entrar en Roma.
9 Apenas
hay escritor que no las califique de tales
Colaboración
de Sergio Barros 8 Preparado por Patricio Barros
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por cierto
que la tropa está disgustada de César, y no es posible reducirla a que se ponga
de su parte y le siga. En orden a los otros puntos se propone al Senado que se
hagan levas por toda Italia; que Fausto Sila vaya en calidad de pretor a
Mauritania; que se dé a Pompeyo dinero del erario.
Propónese
también acerca del rey Juba que sea reconocido por aliado y amigo; pero Marcelo
dice no lo permitirá en las circunstancias. En lo tocante a Fausto, se opone el
tribuno Filipo10. Sobre los demás negocios se forman decretos del
Senado.
Destíñanse las intendencias de provincia para sujetos sin carácter; dos de
ellas consulares, las otras pretorias. A Escipión tocó la Siria; la Galia a
Lucio Domicio. Filipo y Marcelo, por manejo de algunos particulares, no son
puestos en lista, ni entran en suertes. A las demás provincias envíanse
pretores, sin esperar a que, según práctica, se dé parte de su elección al
pueblo, y vestidos de ceremonia, ofrecidos sus votos, se pongan en camino. Los
cónsules, cosa hasta entonces nunca vista, se salen de Roma; y los particulares
van por la ciudad y al capitolio con maceros 11 contra toda costumbre. Por toda
Italia se alista gente; se manda contribuir con armas; se saca dinero de las
ciudades exentas, y se roba de los templos, atropellando por todos los fueros
divinos y humanos.
VII.
10 En
efecto, por la oposición de Filipo no fue con esta dignidad allá, sino con la
de cuestor, que no era tan grande.
11
Pudiéramos muy bien llamarlos lictores, así como decimos fasces. Se ha
traducido, sin embargo, moceros, por la mucha semejanza que hay entre los que
ahora se llaman así y los que precedían a los magistrados de Roma.
Colaboración
de Sergio Barros 9 Preparado por Patricio Barros
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Recibidas
estas noticias, César, convocando a sus soldados, cuenta los agravios que en
todos tiempos le han hecho sus enemigos; de quienes se queja que por envidia y
celosos de su gloria 12(12) hayan apartado de su amistad y maleado a Pompeyo,
cuya honra y dignidad había él siempre procurado y promovido. Quéjase del nuevo
mal ejemplo introducido en la República, con haber abolido de mano armada el
fuero de los tribunos, que los años pasados se había restablecido; que Sila,
puesto que los despojó de toda su autoridad, les dejó por lo menos el derecho
de protestar libremente; Pompeyo, que parecía haberlo restituido, les ha
quitado aun los privilegios que antes gozaban; cuantas veces se ha decretado
que «velasen los magistrados sobre que la República no padeciese daño» (voz y
decreto con que se alarma el Pueblo Romano) fue por la promulgación de leyes
perniciosas, con ocasión de la violencia de los tribunos, de la sublevación del
pueblo, apoderado de los templos y collados; escándalos añejos purgados ya con los
escarmientos de Saturnino y de los Gracos; ahora nada se ha hecho ni aun
pensado de tales cosas; ninguna ley se ha promulgado; no se ha entablado
pretensión alguna con el pueblo, ninguna sedición movido. Por tanto, los
exhorta a defender el crédito y el honor de su general, bajo cuya conducta por
nueve años han felicísimamente servido a la República, ganado muchísimas
batallas, pacificado toda la Galia y la Germania. Los soldados de la legión
decimotercia, que se hallaban presentes (que a ésta llamó luego al principio de
la revuelta, no habiéndose todavía juntado las otras), todos a una voz
12 No es
sólo César quien alega estas causas. Las mismas han señalado muchos
historiadores, y Celso en la Vida de César, número 171 y siguientes, la expresa
con elegancia.
Colaboración
de Sergio Barros 10 Preparado por Patricio Barros
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responden
estar prontos a vengar las injurias de su general y de los tribunos del pueblo.
VIII.
Asegurado
de la voluntad de sus soldados, marcha con ellos a Rímini, y allí se encuentra
con los tribunos que se acogían a él; llama las demás legiones de los cuarteles
de invierno, y manda que le sigan. Aquí vino Lucio César el mozo, cuyo padre
era legado de César. Éste, después de haber referido el asunto de su comisión,
declara tener que comunicarle de parte de Pompeyo algunos encargos que le dio
privadamente, y eran: «querer Pompeyo justificarse con César, para que no
atribuyese a desaire de su persona lo que hacía por amor de la República; que
siempre había preferido el bien común a las obligaciones particulares; que
César igualmente por su propio honor y respeto a la República debía deponer su
empeño y encono, sin ensañarse tanto con sus enemigos; no sea que, pensando
hacerles daño, dañe más a la República». A este tono añade algunas cosas,
excusando siempre a Pompeyo. Casi lo mismo y sobre las mismas especies le habla
el pretor Roscio, como oídas al mismo Pompeyo.
IX.
Aunque todo
esto al parecer nada servía para sanear las injurias, no obstante,
aprovechándose de la ocasión de sujetos abonados para participar por su medio a
Pompeyo cuanto quisiese, pide a entrambos que, pues se han encargado de
hablarle de parte de
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de Sergio Barros 11 Preparado por Patricio Barros
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Pompeyo, no
se nieguen a llevarle su respuesta, a trueque de poder a muy poca costa cortar
grandes contiendas y librar de sobresaltos a toda Italia: «que siempre la
dignidad de la República tuvo el primer lugar en su estimación, apreciándola
más que su vida; lo que había sentido era que sus enemigos, afrentosamente, le
despojasen del beneficio del Pueblo Romano, y le hiciesen ir a Roma privado del
gobierno de medio año contra su mandamiento que ordenaba se contase con él en
su ausencia para el primer nombramiento de cónsules; con todo, por amor de la
República había llevado con paciencia esta mengua de su honor; y habiendo
escrito al Senado que todos dejasen las armas, ni aun eso se le concedió; por
toda Italia se hacen levas; retiénense las dos legiones que le quitaron so
color de hacer guerra a los partos; la ciudad está en armas. ¿A qué fin todo
este aparato, si no es para su ruina? Como quiera, él se allanará a todo y
pasará por todo por el bien de la República. Váyase Pompeyo a sus provincias;
despidan los dos sus tropas; dejen todos en Italia las armas; líbrese la ciudad
de temores; haya libertad en las Cortes, y tengan el Senado y Pueblo Romano a
su mandar la República. Para que todo se cumpla más fácilmente y bajo
condiciones seguras, se confirme con juramento: o bien venga Pompeyo más cerca,
o déjele ir allá; que abocándose los dos, sin duda se compondrán las
disensiones».
X.
Aceptada la
comisión, Roscio llegó a Capua con Lucio César, donde halló a los cónsules y a
Pompeyo. Expone las demandas de César;
Colaboración
de Sergio Barros 12 Preparado por Patricio Barros
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ellos,
consultado el negocio, dan la respuesta por escrito, remitiéndola por los
mismos, contenida en estos términos: «Volviese César a la Galia; saliese de
Rímini; despidiese las tropas. Si así lo hiciese, iría Pompeyo a España. Entre
tanto, hasta recibir seguridad de que César estaría a lo prometido, los
cónsules y Pompeyo no habían de interrumpir las levas.»
XI.
Era una
sinrazón manifiesta pretender que César saliese de Rímini y volviese a su
provincia, mientras él mismo retenía las provincias y legiones ajenas; querer
que César licenciase sus tropas, y hacer él reclutas; prometer de ir a su
gobierno, y no determinar plazo de la ida; de modo que pudiera muy bien Pompeyo
mantenerse quieto en Italia, aun pasado el consulado de César, sin faltar a su
palabra o sin incurrir la nota de pérfido. Sobre todo el no dar tiempo para las
vistas, ni haberlas querido aceptar cerraba la puerta a toda esperanza de paz.
Por tanto, destaca desde Rímini a Marco Antonio con cinco cohortes a la ciudad
de Arezo; él se queda en Rímini con dos, y allí empezó a hacer levas13.
Guarnece a Pésaro, Fano y Ancona con cada cohorte.
XII.
13 Paréceme
que el texto ipse Arimini cum duabus legionibus subsista está errado: debiendo
leerse cum duabus cohortibus, porque César sólo tenía consigo la legión
decimotercera. La legión tenía diez cohortes. De éstas César dio cinco a Marco
Antonio; tres puso de guarnición en Pésaro, Fano y Ancona; y él se quedó con
dos en Rimini: cum, quibus, ut ait Livius (son palabras de nuestro Orosio)
orbem terrarum adortus est.
Colaboración
de Sergio Barros 13 Preparado por Patricio Barros
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Informado
en este intermedio cómo el pretor Termo tenía ocupado con cinco cohortes a
Gubio y lo estaba fortificando, y cómo todos los ciudadanos estaban de su
parte, despachóles a Curión con tres cohortes que tenía en Pésaro y Rímini. A
la nueva de su venida Termo, mal satisfecho de la voluntad de los vecinos, saca
de la ciudad las cohortes y retirarse. Desampáranle los soldados en el camino y
recógense a sus casas. Curión, con suma alegría de todos, es recibido en Gubio.
Con estas noticias, César, satisfecho de la buena ley de los pueblos, saca de
los presidios las cohortes de la legión decimotercia y pártese a Osimo, lugar
fuerte, que defendía Accio con algunas cohortes de guarnición, y enviando
senadores por los contornos hacía levas en toda la comarca.
XIII.
Sabida la
llegada de César, el ayuntamiento de Osimo se presenta en cuerpo a Accio Varo,
y le intiman «que ni a ellos toca el decidir, ni los demás ciudadanos pueden
sufrir que a César, capitán general por tantas hazañas y benemérito de la
República se le cierren las puertas de la ciudad; por tanto, tenga cuenta con
su reputación y el peligro que le amenaza». Movido Accio Varo del razonamiento,
saca de la plaza la guarnición que había metido, y huye.
Alcanzándole
algunos soldados de las primeras filas de César, le obligan a detenerse;
viniendo a las manos, desamparan a Varo los suyos, algunos de los cuales se
retiran a sus casas, mientras los demás van a rendirse a César.
Colaboración
de Sergio Barros 14 Preparado por Patricio Barros
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Juntamente
con éstos fue preso y presentado Lucio Pupio, centurión de la primera fila, en
cuyo grado había servido antes en el ejército de Cneo Pompeyo. César, después
de haber alabado a los soldados de Accio, da libertad a Pupio, y a los de Osimo
las gracias, prometiéndoles tener presentes sus servicios.
XIV.
Publicadas
en Roma estas noticias, sobrevino de repente tal terror, que yendo el cónsul
Léntulo a sacar dinero del erario, para dárselo de orden del Senado a Pompeyo,
a la hora, dejando abiertas las arcas reservadas14, escapó de la ciudad, porque
corría una voz falsa, que César estaba en camino y su caballería a las puertas.
Tras del cónsul fueron su compañero Marcelo y los demás magistrados.
Cneo
Pompeyo, partido de Roma el día antes, iba caminando a las legiones recibidas
de César, alojadas de orden suya en cuarteles de invierno por la Pulla.
Suspéndense
las levas dentro de Roma. En ninguna parte hasta Capua se tienen por seguros.
En Capua empiezan a respirar y a volver en sí del susto, y alistar gente de los
colonos que por la ley Julia se habían allí establecido. A los gladiadores que
César tenía en aquella ciudad adiestrándolos en la esgrima, sacándolos a la
plaza, los da Léntulo por libres, y repartiéndoles caballos, mandóles que le
siguiesen; bien que después, advertidos de los suyos que aquello parecía muy
mal a todos, los distribuyó para guarda de la gente por las familias de la
jurisdicción de Campania.
14 El
tesoro reservado: sanctiore aerarlo. Llamábase así porque no se tocaba sino en
el último apuro; como el oro (dice Livio, lib. XXVII) quod in sanctiore aerarlo
ad últimos casus servaretur.
Colaboración
de Sergio Barros 15 Preparado por Patricio Barros
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XV.
César,
pasando de Osimo adelante, corrió toda la Marca de Ancona, siendo recibido con
los brazos abiertos por todas las regencias de aquellas partes, y su ejército
abastecido de todo lo necesario. Aun de Cingoli, lugar fundado y edificado a
expensas de Labieno, le vienen diputados, ofreciéndose a servirle
afectuosísimamente en cuanto les mandare. Mándales dar soldados, y se los dan.
En esto la
legión duodécima se junta con César, y él ya con dos toma el camino de Ascoli,
ciudad de la Marca. Defendíala Léntulo Espinter con diez cohortes; mas sabiendo
la venida de César, desamparó la plaza, y queriendo llevar consigo por fuerza
la guarnición, deserta gran parte de los soldados. Caminando ya con los pocos
que habían quedado, encuéntrase con Vibulio Rufo, despachado por Pompeyo a la
Marca de Ancona para mantenerla en su partido. Certificado Vibulio por éste del
estado de las cosas en la Marca, entrégase de los soldados y le despacha.
Forma de
paso en la comarca todas las compañías que puede de las levas hechas por
Pompeyo, entre las cuales recoge a seis de Ulcile Hirro que venían huyendo de
Camerino, donde las tenía de guarnición. Con éstas completa trece, y con todas
ellas a grandes jornadas llegó a unirse con Domicio Aenobarbo en Corfinio,
dándole noticia de que César estaba cerca con dos legiones. Domicio por su
parte había formado veinte cohortes de Alba, de los marsos, peliños, y de los
países vecinos.
Colaboración
de Sergio Barros 16 Preparado por Patricio Barros
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XVI.
César,
después de haber tomado Ascoli y echado a Léntulo, manda buscar los soldados
desertores de éste y hace levas, y deteniéndose un día para proveerse de
víveres, va derecho a Corfinio. A su llegada cinco cohortes, destacadas de la
plaza por Domicio, estaban derribando un puente distante de la ciudad cerca de
tres millas; donde trabado un choque con los batidores de César, echados
prontamente del puente, se retiraron a la plaza. Pasó César las legiones y
sentó los reales junto a la muralla.
XVII.
Esto que
vio Domicio, escribe a Pompeyo a la Pulla con unos prácticos del país a quienes
hizo grandes ofertas, pidiéndole socorro con muchas instancias: «que sería
fácil el cerrar a César entre los dos ejércitos cogidos los desfiladeros, y
cortarle los víveres; que si no le acude, él con más de treinta cohortes y gran
número de senadores y caballeros romanos estaría a pique de perderse». Entre
tanto, animando a los suyos, arma las baterías en los muros, y a cada uno
señala los puestos que han de guardar para la defensa de la plaza; ofrece
públicamente a los soldados de sus heredades cuatro yardas de tierra por
cabeza, con aumento a proporción de su grado a los centuriones y voluntarios.
XVIII.
En esto
tiene César aviso que los de Sulmona (ciudad distante de
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Corfinio
siete millas) estaban a su devoción; pero que se oponían Quinto Lucrecio,
senador, y Accio Felino, que con siete cohortes de guarnición defendían la
plaza.
Envía,
pues, allá a Marco Antonio con cinco cohortes de la legión séptima. Los
sulmonenses que avistaron nuestras banderas, abrieron las puertas, y todos a
una, vecinos y soldados salieron con aclamaciones al encuentro de Antonio.
Lucrecio y Accio se descolgaron del muro. Éste pidió a Antonio le dejase ir
adonde estaba César. Antonio el mismo día de su partida da la vuelta con las
cohortes y con Accio.
César unió
estas cohortes a su ejército, dejando que Accio se fuese libre. Los tres
primeros días empleó en atrincherarse muy bien y en acarrear trigo de los
lugares vecinos, ínterin llegaba el resto de sus tropas; y en estos mismos tres
días se le juntaron la legión octava y veintidós cohortes de las nuevamente
alistadas en la Galia, y al pie de trescientos caballos remitidos por el rey
Norico; por su llegada forma otro campo a la otra banda de la ciudad al mando
de Curión. Los días siguientes emprendió el sitio formal de la plaza cercándola
con una contravalación de torreones y cubos. Concluida la mayor parte de la
obra, vuelven los enviados de Domicio a Pompeyo.
XIX.
Domicio,
leída la respuesta, disimulando su contenido en la junta, dice que Pompeyo
vendría presto a socorrerles, y los exhorta a no caer de ánimo y a preparar lo
necesario para la defensa de la plaza. Descúbrese con algunos confidentes
suyos, y resuelve tomar el
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partido de
la fuga. Como el semblante de Domicio no estaba acorde con sus palabras, y
mostraba en todo más turbación y desaliento que los días antecedentes,
conferenciando mucho en secreto con los suyos a fin de aconsejarse y huyendo de
las juntas y concursos de la gente, ya no se pudo encubrir más ni disimular el
intento. Fue el caso que Pompeyo había escrito «que él no se había de aventurar
a perderlo todo, ni Domicio se había metido en Corfinio por consejo o voluntad
suya. Por tanto, si hallase algún arbitrio, viniese a su campo con toda la
gente». Lo cual no era factible a causa de la trinchera de César.
XX.
Habiéndose
divulgado el intento de Domicio, la guarnición se amotina a la hora de la
siesta, y por boca de sus tribunos, centuriones y los sujetos de más cuenta de
su clase se representaban unos a otros: «que César los tenía bloqueados; que
las líneas y fortificaciones estaban para concluirse; que su capitán Domicio,
por cuyas esperanzas y seguridades se habían mantenido, abandonándolo todo,
trataba de huirse; qué ellos habían de mirar por sí». Los marsos al principio
no consienten en esto, antes se apoderan de la parte del castillo que creían
más fortificada; y llegó a tanto la disensión, que estaban para venir a las
manos y decidir con las armas el negocio. Sin embargo, poco después, por medio
de interlocutores enviados de ambas partes, se informan de lo que ignoraban,
esto es, los tratos de Domicio sobre la fuga. Con eso unánimes todos, sacando
en público a Domicio, le cercan y ponen
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guardia, y
envían aviso a César con algunos de los suyos diciendo, «estar prontos a
recibirle y obedecerle y entregar vivo en sus manos a Lucio Domicio».
XXI.
En razón de
esto, César, aunque juzgaba ser de suma importancia el apoderarse cuanto antes
de la plaza y trasladar la guarnición a su campo para que no hubiera alguna
novedad en las voluntades o por dádivas, o cobrar ánimo, o por falsos rumores;
pues muchas veces en la guerra de un instante a otro intervienen grandes
revoluciones, con todo eso, recelando que con la introducción de la tropa y
capa de la noche fuese la ciudad saqueada, recibe con agrado a los enviados, y
los despacha encargándoles que guarden bien las puertas y los muros. Él, por su
parte, distribuyó los soldados en la línea, no a trozos como solía otros días,
sino poniendo guardias y centinelas seguidas de suerte que se alcanzasen unas a
otras, ocupando toda la línea. A los tribunos y prefectos los mandil patrullar,
con orden no sólo de impedir cualquiera salida, pero ni dejar salir
furtivamente individuo alguno de la plaza. Y en verdad que ninguno hubo entre
tantos tan flojo y perezoso que reposase un punto aquella noche. Tal era la
suma expectación de todos, distraídos en varios pensamientos según la variedad
de afectos, sobre cuál sería la suerte de los corfinienses, cuál la de Domicio,
cuál la de Léntulo, cuál la de los otros; en fin, qué paradero tendría cada
uno.
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XXII.
Cerca del
amanecer Léntulo Espinter habla de la muralla a nuestras centinelas y guardia,
diciendo, «quería, caso que se le permitiese, irse a verse con César». Habida
la licencia, ábrenle las puertas de la ciudad, más no se apartan de su lado los
soldados de Domicio hasta que lo presentan a César. Trata de su indulto con él
y le suplica que le perdone, trayéndole a la memoria su amistad antigua y
confesando haber recibido de César grandísimos beneficios, como el haber sido
por su intercesión admitido en el colegio de los pontífices, el haber ascendido
de pretor a gobernador de España, el haberle favorecido en la pretensión del
consulado.
César ataja
su arenga diciendo: «no había salido él de la provincia para hacer mal a nadie,
sino para defenderse de los agravios de sus enemigos; para restituir en su
dignidad a los tribunos desterrados por su causa, y para ponerse a sí en
libertad y al Pueblo Romano oprimido por la facción de unos pocos». Con cuyas
palabras alentado Léntulo, le pide licencia para volver a la plaza, pues la
merced que acababa de alcanzar de su vida sería motivo de consuelo y esperanza
para los demás; que algunos estaban tan poseídos de temor qué pensaban en darse
la muerte. Habida licencia, se despide.
XXIII.
César, en
amaneciendo, manda que se le presenten los senadores con sus hijos, los
tribunos militares y caballeros romanos. De la clase de senadores eran Lucio
Domicio y Publio Léntulo Espinter,
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Lucio
Vibulio Rufo, Sesto Quintilio Varo cuestor y Lucio Rubio; un hijo de Domicio y
otros varios jóvenes, con un gran número de caballeros romanos y de los
regidores que de las ciudades municipales había hecho venir Domicio. A todos
éstos puestos en su presencia, sin permitir que los soldados los maltratasen ni
de obra ni de palabra, brevemente les hace cargo «de que no le hayan
correspondido por su parte a sus grandísimos beneficios», y los despide a todos
libres.
Y por no
parecer más contenido en perdonar a las personas que al dinero, habiéndole
presentado los dos jurados de Corfinio ciento cincuenta mil doblas de oro, que
Domicio había traído y depositado en la tesorería, se las restituye al mismo;
si bien constaba ser este dinero del público y dado por Pompeyo para las pagas.
A los soldados de Domicio manda que le juren fidelidad, y este mismo día,
después de siete cabales de su detención en Corfinio, levanta el campo, hace
una jornada entera, y por tierras de los marrucinos, frentanos y larinases
entra en la Pulla.
XXIV.
Pompeyo,
enterado de lo acaecido en Corinio, pártese de Lucera a Canosa, y de allí a
Brindis. Manda que de todas partes vengan todas las tropas recién alistadas a
unirse con la suyas. Arma los esclavos, los pastores, y les da caballos; de
éstos compone un escuadrón de trescientos hombres. El pretor Lucio Manlio se
retira de Alba huyendo con seis cohortes; de Terracina el pretor Rutilio Lupo
con tres; las cuales, alcanzando a ver de lejos la caballería de César
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mandada por
Bivio Curio, abandonado el pretor, vuelven las banderas hacia Curio y se pasan
a él. Asimismo en las demás jornadas algunas partidas caen en manos de la
infantería de César, otras en manos de la caballería. Encuentran en el camino a
Cneo Magio de Cremona, ingeniero de Pompeyo, y se lo traen preso a César, quien
le remite a Pompeyo con este mensaje: «Que, pues, hasta ahora no ha sido
posible abocarse, y César ha de ir a Brindis donde se halla Pompeyo, el interés
de la República y del bien común pedía que los dos hablasen; no siendo posible
ajustar las cosas tratadas a distancia y por interpuestas personas como cuando
se tratan en una conferencia en que se ventilan todas las condiciones.»
XXV.
Habiendo
despachado a Magio con esta comisión, llegó a Brindis con seis legiones, cuatro
veteranas, las demás formadas de las nuevas reclutas, y completadas sobre la
marcha, porque las cohortes de Domicio las remitió de Corfinio a Sicilia. Aquí
sabe que los cónsules se habían embarcado para Durazo con gran parte del
ejército, quedándose Pompeyo en Brindis con veinte cohortes, sin poder
averiguarse de cierto si el quedarse era con el fin de conservar este puerto
con que hacerse más fácilmente dueño del mar Adriático que en toda su extensión
baña los últimos términos de Italia y regiones de Brescia, y hacer por
entrambas partes la guerra, o si estaba detenido por falta de navíos; y así
recelándose César de que tomase el partido de abandonar a Italia, trató de
impedirle la salida y el uso del puerto de Brindis trazando las obras
siguientes: En lo
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más
estrecho de la garganta del puerto, de ambas orillas donde era menos profundo
el mar, tiró un muelle y un dique. Prosiguiendo más adelante, donde por la
mucha hondura no se podía echar dique, colocaba contra el muelle dos órdenes de
barcas chatas de treinta pies en cuadro. Asegurábalas por las cuatro esquinas
con otras tantas áncoras, para que no se moviesen con las olas. Concluidas y
asentadas las primeras, unía con ellas en la misma forma otras de igual
grandeza. Cubríalas con tierra y fajina para entrar y correr sin embarazo a la
defensa, y por la frente y por los costados las guarnecía con verjas y
parapetos. De cuatro a cuatro barcas erigía una torre de dos altos, para
defenderlas más cómodamente del ímpetu de los navíos y de incendios.
XXVI.
Contra
estas máquinas armó Pompeyo unos grandes navíos de transporte que cogió en el
puerto, levantando en ellos torres de tres altos; y llenos de muchas baterías y
toda suerte de armas arrojadizas les impelía contra las obras de César, para
romper la línea de barcas y desbaratar los diques. Así todos los días había
escaramuzas, peleando desde lejos con honda, arco y otras armas arrojadizas.
Verdad es que César, en medio de estas operaciones, no sobreseía de las
tentativas de un buen ajuste; y aunque extrañaba sobre manera que Magio,
enviado con ellas a Pompeyo, no volviese con la respuesta, y tantas tentativas
sobre este negocio servían de rémora a sus empresas y designios, todavía
juzgaba deber de todos modos persistir en procurarlo. Por lo cual envió al
legado Caninio
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Rebilo,
amigo y deudo de Escribonio Libón, para conferenciar con él, encargándole que
le exhorte a terciar en la paz, y sobre todo apoyase su pretensión de las
vistas con Pompeyo. Muestra tener gran confianza de que, si esto se logra, se
desistirá de la guerra por medio de condiciones razonables; que a Libón tocaría
gran parte de la gloria y honra, si mediante su empeño y eficacia se dejasen
las armas. Libón, después de haber hablado con Caninio, fue a dar parte a
Pompeyo. De allí a poco da por respuesta, «que, como estaban ausentes los
cónsules, no se podía sin ellos tratar de ajuste». En vista de esto César se
resolvió a no dar ya paso más en un negocio tantas veces tentado en balde, y
pensar sólo en la guerra.
XXVII.
Ya César
tenía fabricada a los nueve días casi la mitad de su obra, cuando vuelven a
Brindis remitidas por los cónsules las naves que transportaron a Durazo el
primer trozo del ejército. Pompeyo, ya fuese que le daban cuidado las obras de
César, o ya que desde el principio hubiese determinado dejar a Italia, al
arribo de las naves empezó a disponer el embarco; y a fin de retardar más
fácilmente el asalto de César, no fuese que los soldados al tiempo mismo de su
partida entrasen la ciudad por fuerza, tapia las puertas, cierra las bocanadas
y plazas, corta las entradas con zanjas, hincando en ellas palos y estacas
agudas, allanando el piso con zarzos delgados y tierra. Cierra asimismo dos
caminos abiertos, que fuera del muro llevaban al puerto, con vigas muy grandes
y puntiagudas. Dadas
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estas
disposiciones, manda embarcar en silencio la tropa, y apuesta de trecho a
trecho sobre la muralla y las torres algunos soldados ligeros de los
voluntarios, flecheros y honderos, con ánimo de hacerlos retirar a cierta seña,
embarcada que fuese toda la tropa, y para eso les deja en paraje seguro
embarcaciones ligeras.
XXVIII.
Los de
Brindis, ofendidos de las extorsiones de la soldadesca de Pompeyo y de los
ultrajes de éste, estaban por César; y así como supieron la partida de aquél,
mientras andaban ellos arriba y abajo, afanados en aparejar el viaje, no
cesaban de hacer señas desde los terrados; por cuyo medio advertido César,
manda preparar escalas y armar los soldados, para no perder coyuntura de bien
ejecutar el ataque. Pompeyo a boca de noche se hace a la vela. Los que habían
quedado de guardia en la muralla son avisados con la seña concertada, y por
senderos sabidos van corriendo a embarcarse. Los soldados de César escalan los
muros; mas prevenidos por los vecinos que se guardasen de las empalizadas
ciegas y zanjas encubiertas, se detuvieron; y guiados por un largo rodeo,
llegaron al puerto, donde, metidos en barcas y chalupas, apresaron dos navíos
que con tropas estaban encallados en los diques de César.
XXIX.
Éste, si
bien juzgaba ser o mejor para más pronta conclusión de la empresa, formada una
escuadra, pasar la mar en seguimiento de Pompeyo, antes que se reforzase con
socorros ultramarinos, temía
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gastar en
esto mucho tiempo, por cuanto Pompeyo, con haberse alzado con todas las naves,
le había imposibilitado por ahora los medios para perseguirle. Restaba el
partido de aguardar a que viniesen embarcaciones de partes más remotas, como de
la Galia, la Marca de Ancona y del Estrecho15. Más esto, atenta la estación del
año, era largo y dificultoso. Ni quería que mientras tanto se asegurase Pompeyo
de las tropas veteranas y de las dos Españas16, una de las cuales tenía con
grandísimos beneficios muy obligada; ni tampoco que se apercibiese de tropas
auxiliares ni tampoco de caballería, y en su ausencia inquietarse a la Galia y
a Italia.
XXX.
Dejado,
pues, por el presente el pensamiento de perseguir a Pompeyo, determina ir la
vuelta de España. Da orden a los jurados de todas las ciudades, que apresten
naves y cuiden de remitírselas a Brindis. Envía con una legión al legado
Valerio a Cerdeña; a Crión con tres y con poderes de pretor a Sicilia,
ordenándole que sosegada esta provincia, pasase inmediatamente al África.
Gobernaba la Cerdeña Marco Cota, Marco Catón la Sicilia; el gobierno de África
había tocado en suerte a Tuberón. Los de Caller, al oír la elección de Valerio,
luego aun antes de su partida de Italia, se adelantan a echar de la ciudad a
Cota. Él, amedrentado, viendo conjurada contra sí toda la provincia, se huyó de
Cerdeña al África. Catón
15
Entiéndase el de Cádiz o Hercúleo, hoy de Gibraltar, que se dice por
antonomasia el Estrecho.
16 La
Citerior, por otro nombre Tarraconense; y la Ulterior, que comprendía la Bética
y Lusitania. La Tarraconense desde la guerra de Sertorio quedó aficionada a
Pompeyo, como más abajo se lee en este mismo libro.
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andaba en
Sicilia muy solícito en reparar 17 las galeras viejas, y en pedir a las
ciudades otras nuevas; hacía levas de ciudadanos romanos en la Lucania y el
Abruzo por medio de sus tenientes, y exigía de las ciudades cierto número de
infantes y caballos. En esto, noticioso de la venida de Curión, quéjase en
junta pública «de haber sido abandonado y vendido por Pompeyo, el cual,
hallándose desproveído de todo, había emprendido una guerra no necesaria; y eso
que reconvenido tanto por él como por los demás en el Senado, aseguró que todo
estaba muy a punto». Dada en público esta queja, escápase de la provincia.
XXXI.
Quedando
vacantes estos gobiernos, llegan con sus ejércitos Valerio a Cerdeña y Curión a
Sicilia. Tuberón, a su arribo al África, encuentra con el mando de la provincia
de Accio Varo; el cual, según se ha dicho, perdidas cerca de Osimo sus
cohortes, inmediatamente pasó al África, y de propia autoridad se apoderó del
gobierno vacante. Con levas formó dos legiones, facilitándoselo el conocimiento
que tenía de la gente y del país, a causa de haber gobernado pocos años antes
aquella provincia, siendo promovido a su gobierno del oficio de pretor. Éste,
viniendo Tuberón a Útica con su escuadra, no le permitió entrar en el puerto,
ni aun sacar a tierra a su hijo que venía enfermo, antes le obligó a levar el
áncora y salirse del puerto.
17 Atento
el genio serio y circunstancias graves de Catón, podríamos acaso decir con más
gracia calafatear, en lugar de reparar o carenar.
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de Sergio Barros 28 Preparado por Patricio Barros
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XXXII.
César,
después de esto, repartió los soldados por los pueblos vecinos para que
descansasen el tiempo que restaba, y él en persona pasa a Roma.
Convocado
el Senado, cuenta los desafueros de sus enemigos; hace ver cómo no había él
pretendido dignidad alguna extraordinaria, sino que esperando el plazo legal
para pretender el consulado, se había contentado con lo que a ningún ciudadano
se niega; que a pesar de las contradicciones de sus enemigos y de la oposición
porfiadísima de Catón (que con sus prolijos razonamientos, como lo tenía de
costumbre, tiraba a entretener el asunto), los diez tribunos decretaron se
contase con él en su ausencia, siendo cónsul el mismo Pompeyo; el cual, si
desaprobaba el decreto, ¿cómo permitió que se publicase? y si lo aprobó, ¿a qué
fin impedirle el uso de la gracia del pueblo? Póneles delante su sufrimiento en
pedir de grado la dimisión de los ejércitos, lo cual redundaba en menoscabo de
su honor.
Muéstrales
la sinrazón de los contrarios en proponerle condiciones a que ellos mismos no
se querían sujetar, queriendo antes trastornarlo todo que dejar el mando.
Pondera la injusticia en quitarle las legiones; violento e irregular proceder
contra los tribunos; las condiciones propuestas por su parte, y las vistas tan
ardientemente deseadas, como negadas pertinazmente. Ruégales tomen a su cargo
la República y le ayuden a gobernarla; que si por temor hurtan el cuerpo, él no
les será gravoso, y por sí lo hará todo; es preciso también enviar diputados a
Pompeyo a tratar de
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composición.
No le daba pena lo que poco antes dijo Pompeyo en el Senado; que aquellos a
quien se despachan diputados, por el hecho mismo, se les reconoce superiores, y
se manifiesta el miedo de quien los envía; éstas sí que parecen palabras de
ánimo flaco y apocado: por lo que a sí toca, como ha procurado aventajarse en
hazañas, así quiere señalarse en la justicia y equidad.
XXXIII.
El Senado
aprueba el que se envíen diputados, mas no se hallaba quién fuese, y el motivo
principal de rehusar esta comisión era el miedo; porque Pompeyo, al despedirse
de Roma, había dicho en el Senado: «que a lo que se quedasen en Roma los
miraría como a los que siguiesen a César». Así se gastan tres días inútilmente.
Tras esto sobornan los enemigos de César al tribuno Lucio Mételo para que vaya
dilatando la conclusión del negocio y ponga embarazos a todas las demás cosas
que había propuesto de hacer. Descubierta por César esta trama, malogrados ya
varios días, por no perder más tiempo, sale de Roma sin haber hecho nada de lo
que tenía deliberado ejecutar y entra en la Galia Ulterior.
XXXIV.
Llegado
allá, sabe que Pompeyo había enviado a España a Vibulio Rufo, a quien pocos
días antes preso en Corfinio le había dejado libre; que Domicio así bien había
partido a tomar posesión de Marsella con siete galeras, que fletadas por
particulares en la isla de Giglio y Cala de Cosa, él las había cargado de sus
siervos, horros y
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gente de
campo; que Pompeyo había despachado por delante a los diputados de Marsella 18,
jóvenes de la primera distinción de aquella ciudad, exhortándolos a su partida
de Roma a que no prefiriesen los beneficios recientes de César a los antiguos
que de él tenían recibidos. En virtud de estos encargos los masilienses habían
cerrado las puertas a César, y llamado en su ayuda a los albicos, gente
bárbara, que de tiempos antiguos eran sus aliados y habitaban en las montañas
de Marsella; tenían acopiado trigo de la comarca y de todas sus villas; habían
puesto en la ciudad talleres de armas, reparado los muros, los navíos y las
puertas.
XXXV.
César hace
llamar a quince de los principales de Marsella, y les aconseja, «que no sean
los masilienses los primeros a mover guerra; que debían seguir antes el ejemplo
de toda Italia, que rendirse a la voluntad de un hombre solo». Añade otras
varias razones que le parecían a propósito para sosegar sus ánimos. Los
diputados informan a la República sobre la pretensión y vuelven a César con
esta respuesta del Senado: «que bien sabían ellos estar el Pueblo Romano
dividido en dos facciones, mas que no era propio de su autoridad ni de sus
fuerzas decidir cuál de las dos seguía mejor causa; que los jefes de dichas
facciones eran Cneo Pompeyo y Cayo César, protectores de su ciudad, a la cual
el primero había dado para el común las tierras de los volcas arecómicos y
helvios, adjudicándoles el segundo las Galias conquistadas, y aumentado
18 Que
habían venido a Roma negocios de su república.
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las rentas
del fisco. Por lo cual, siendo iguales los beneficios de ambos, debía ser igual
su correspondencia, y a ninguno de los dos ayudar contra el otro, ni darle
acogida en la ciudad o en los puertos».
XXXVI.
Entre estas
demandas y respuestas Domicio llegó con los navíos a Marsella, y recibiéndole
dentro, le dan el gobierno de la ciudad. Dejan a su arbitrio todo el manejo de
la guerra. Por su orden despachan embarcaciones a varias partes, embargan todos
los navíos mercantiles que hayan por toda la costa y tráenlos al puerto;
aprovéchanse de su clavazón, madera y pertrechos para armar y reforzar los
otros. Depositan en público almacén todo el trigo que encuentran, y los demás
géneros y provisiones reservan para el tiempo del sitio, caso que sucediese.
Irritado César con tales injurias, manda venir tres legiones a Marsella y trata
de disponer bastidas y galerías para batir la plaza, y de fabricar doce galeras
en Arles; las cuales construidas y armadas a los treinta días que se cortó la
madera y conducidas a Marsella, las puso al mando de Decio Bruto, dejando a
cargo de Cayo Trebonio el sitio de la plaza.
XXXVII.
Mientras
andaba disponiendo y ejecutando estas cosas, envió delante de sí a España el
legado Cayo Fabio con tres legiones que invernaban en Narbona y sus contornos,
dándole orden que sin tardanza fuese a ocupar los puertos de los Pirineos,
guardados a la
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sazón por
el legado Lucio Afranio. Manda igualmente que le sigan las legiones que
invernaban más lejos. Fabio, prontamente, según se le había encargado, desalojó
la guarnición del puerto, y a, grandes jornadas, marchó sobre el ejercito de
Afranio.
XXXVIII.
Con la
venida de Vibulio Rufo 19, enviado, según se ha dicho, a España por Pompeyo,
los tres legados de éste, Afranio, Petreyo y Varrón (de los cuales el primero
con tres legiones mandaba la España Citerior, el segundo desde la sierra de
Cazlona hasta el Guadiana con dos legiones, el tercero con otras dos desde el
Guadiana tenía en su jurisdicción el territorio de los vetones y la Lusitania),
convinieron entre sí que Petreyo con todas sus tropas viniese de la Lusitania
por los vetones a juntarse con Afranio, y Varrón con sus legiones tomase a su
cargo la defensa de toda la España Ulterior. Convenidos en esto, Petreyo exige
de toda la Lusitania caballos y socorros, como Afranio de los celtíberos y
cántabros y de todos los bárbaros que habitan las costas del Océano. Petreyo,
luego que los hubo juntado, marchó a toda prisa por los vetones a unirse con
Afranio. Unidos, resuelven de común acuerdo abrir la campaña en Lérida por las
ventajas del sitio.
XXXIX.
Eran tres,
como arriba queda declarado, las legiones de Afranio; dos las de Petreyo, sin
contar unas ochenta cohortes de soldados
19 Era éste
muy querido de Pompeyo, de profesión ingeniero, que iba con sus comisiones a
todas partes, según se puede observar en estos Comentarios.
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españoles:
las de la España Citerior con escudos, y los de la Ulterior con adargas, y al
pie de cinco mil caballos de una y otra provincia. César había enviado delante
de sí sus legiones a España, y de tropas auxiliares seis mil infantes y tres
mil caballos, que le habían servido en todas las guerras pasadas, fuera de
otros tantos escogidos por su mano en la Galia, llamando de cada ciudad con
expresión de nombre los más nobles y valientes de todos. Entre éstos venía la
flor de Aquitania y de las montañas confinantes con la Provincia Romana. Como
corrió el rumor que Pompeyo pensaba en pasar por la Mauritania con las legiones
a España y que muy en breve vendría, tomó dinero prestado de los tribunos y
centuriones y distribuyólo a los soldados.
Con lo cual
logró dos cosas: el empeñar en su partida a los oficiales con el empréstito, y
el ganar las voluntades de los soldados con el donativo.
XL.
Fabio con
cartas y mensajes procuraba sondear los ánimos de los comarcanos. Había hecho
dos puentes en el río Segre, el uno cuatro millas distante del otro. Por ellos
enviaba en busca de forrajes, porque los que había a la parte acá del río se
consumieron los primeros días. Casi otro tanto y por la misma razón practicaban
los capitanes del ejército pompeyano, y eran continuas de ambas partes las
escaramuzas de la caballería. Como una vez, según la costumbre diaria, saliesen
con los forrajeadores para escoltarlos dos legiones de Fabio y hubiesen pasado
el río, siguiéndolas el bagaje y toda la
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caballería,
sucedió que por un repentino huracán y grande aguacero se rompió el puente y
quedó atajada mucha parte de la caballería. Conociendo esto Petreyo y Afranio
por los ripios y zarzos que llevaba el río, pasando Afranio prontamente con
cuatro legiones y toda la caballería el puente que tenía junto a la ciudad y a
su campo, vino al encuentro de las legiones de Fabio. Avisado de su venida
Lucio Planeo que las mandaba, y estrechado por la necesidad, toma un altozano,
y las forma dando dos frentes a la batalla, para que la caballería enemiga no
pudiese acordonarle. De esta suerte combatiendo con menor número, sostuvo los
grandes esfuerzos de las legiones y de la gente de a caballo. Trabado por la
caballería el combate, unos y otros avistan a lo lejos los estandartes de dos
legiones que Cayo Fabio enviaba por el otro puente al socorro de los nuestros
sospechando que los comandantes contrarios se aprovecharían de la ocasión y
favor de la fortuna para sorprender a los nuestros, como sucedió. Con el refuerzo
de las legiones cesa la pelea, y cada cual se retira con su gente a su
respectivo alojamiento.
XLI.
De allí a
dos días llegó César a los reales con novecientos caballos que para su guardia
se había reservado. Luego, por la noche, mandó reedificar el puente desbaratado
por la tempestad que aun estaba sin repararse. Él mismo en persona, enterado de
la situación de los lugares, deja para defensa del puente y de los reales seis
cohortes con todo el bagaje y al día siguiente, ordenado su ejército en tres
columnas, toma el camino de Lérida, hace alto a vista del
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campo de
Afranio, y parado allí un rato sobre las armas, presenta la batalla en el
llano. Afranio, provocado, saca sus tropas y se apuesta en medio de una colina
debajo de las trincheras. César, visto que por Afranio quedaba el no dar la
batalla, determinó armar sus tiendas a cuatrocientos pasos de la falda del
monte, y para librar a los soldados de sustos y de ser interrumpidos en sus
trabajos, no quiso que se hiciese estacada, que necesariamente había de
sobresalir y ser vista de lejos, sino que por la frente y parte del campo
enemigo se abriese un foso de quince pies. El primero y segundo escuadrones se
mantenían sobre las armas, formados como al principio; el tercero, encubierto
tras de ellos, iba trabajando. Con eso se acabó la obra primero que Afranio
entendiese que se fortificaban los reales.
XLII.
Al
anochecer César metió las legiones dentro de este foso, y en él pasó la noche
sobre las armas. Al otro día mantuvo el ejército dentro del foso, y atento que
la fajina se había de ir a buscar muy lejos, dio por entonces semejante traza
para la obra, señalando cada lado de los reales a cada legión para que cuidase
de atrincherarlo, con orden de tirar fosos de la misma grandeza. Las demás
legiones puso en orden de batalla, listas contra el enemigo. Afranio y Petreyo,
para meter miedo y estorbar los trabajos, sacan fuera sus tropas al pie del
monte y provocan a la pelea. Mas ni por eso interrumpe César la obra, fiado en
las tres legiones y en el reparo del foso. Ellos, sin detenerse mucho ni
alejarse de la falda del cerro, recogen las
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tropas a
sus estancias. Al tercer día César pertrecha los reales con la estacada y manda
transportar de los de Fabio las cohortes y el fardaje que allí había dejado.
XLIII.
Entre la
ciudad de Lérida y el collado inmediato, donde Petreyo y Afranio estaban
acantonados, yacía una vega de trescientos pasos, y casi en medio de ésta se
hallaba una colina algo levantada; la cual cogida y bien fortificada, esperaba
César cortar a los enemigos el paso para la ciudad, para el puente y los
bastimentos almacenados en la fortaleza. Con esta esperanza saca del campo tres
legiones, y puestas en orden en lugares oportunos, hace que las primeras filas
de una legión avancen de corrida a ocupar aquella colina. Observando este
movimiento, las cohortes que hacían guardia en el campo de Afranio fueron por
atajo destacadas a toda prisa para coger ese mismo puesto. Armase la refriega;
mas como los de Afranio habían llegado antes, rechazan a los nuestros y
acudiendo más gente, los obligan a huir y retirarse a sus banderas.
XLIV.
La manera
de pelear de los contrarios era ésta: arremetían con gran furia; intrépidos en
tomar puesto, no cuidaban mucho de guardar sus filas y combatían desunidos y
dispersos; en viéndose apretados, no tenían por mengua el volver pie atrás y
dejar el sitio, hechos a este género de combate peleando con los lusitanos y
otros bárbaros; como de ordinario acaece que al soldado se le pega mucho de la
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costumbre
de aquellos países donde ha envejecido. El hecho es que con la novedad quedan
desconcertados los nuestros, no acostumbrados a semejante modo de pelear y
creyendo que iban a ser rodeados por los costados descubiertos al verlos
avanzar corriendo cada uno por sí, cuando ellos al contrario estaban
persuadidos a que debían guardar las filas y no apartarse de las banderas ni
desamparar sin grave causa el puesto una vez ocupado. Así que desordenados los
adalides20, la legión de aquella ala flaqueó y retiróse al collado vecino.
XLV.
César,
viendo el escuadrón casi todo despavorido (cosa ni entonces pensada ni antes
vista), animando a los suyos, envíales de refuerzo la legión nona; la cual
reprime al enemigo que furiosamente iba persiguiendo a los nuestros, y aun le
obliga a volver las espaldas y retirarse hacia Lérida hasta ampararse debajo
del muro. Pero los soldados de la legión nona por el demasiado ardor de vengar
el desaire pasado, corriendo incautamente tras los fugitivos, se empeñan en un
mal sitio penetrando hasta la falda del monte sobre el cual la ciudad estaba
fundada. Al querer de aquí retirarse, los enemigos desde arriba revolvieron la
carga contra ellos. Era el lugar escarpado y pendiente de ambas partes, ancho
solamente cuanto cabían en él tres cohortes escuadronadas, que ni podían ser
socorridas por los lados ni amparadas en el trance por la caballería.
20 Esto es,
los soldados de las primeras filas. No sé a la verdad que en castellano
tengamos voz que propiamente responda a la latina antesignani.
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Por la
parte de la ciudad había un declive menos agrio como de cuatrocientos pasos.
Por aquí debía de ser la retirada de los nuestros, ya que su ardor
inconsiderado los llevó tan adelante. Peleaban en este sitio igualmente
peligroso por su estrechura, como porque, puestos a la misma raíz del monte, no
malograban tiro los enemigos; sin embargo, a esfuerzos del valor y sufrimiento
aguantaban toda la carga. Ibanse engrosando los enemigos, destacando
continuamente de las reales cohortes de refresco que pasaban por la ciudad a
relevar a los cansados. Eso mismo tenía que hacer César para retirar a los
cansados y reemplazarlos con gente de refresco.
XLVI.
Duró este
combate cinco horas; mas viéndose los nuestros cada vez más apretados de la
muchedumbre, acabados ya todos los dardos, con espada en mano arremeten de
golpe cuesta arriba contra las cohortes, y derribados algunos, obligan a los
demás a volver las espaldas. Habiendo hecho retirar a las cohortes hasta el pie
de la muralla y parte de ellas dentro de la plaza por el temor que les habían
infundido, aseguraron los nuestros la retirada; y la caballería, bien que
apostada en la caída y pie de la cuesta, con todo trepa con brío hasta la cima,
y corriendo por entre los dos escuadrones, hace más expedita y segura la
retirada de los nuestros. Así fueron varios los lances de la batalla. En el
primer encuentro cayeron de los nuestros al pie de setenta, y entre ellos
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Quinto
Fulginio, comandante21 de los piqueros de la legión decimocuarta, que de
soldado raso había subido a este grado por sus señalados méritos. Los heridos
fueron más de seiscientos. De los contrarios quedó muerto Tito Cecilio,
centurión de la primera fila, y murieron también cuatro capitanes con
doscientos y más soldados.
XLVII.
La opinión
acerca de esta jornada es que unos y otros creyeron haberla ganado: Los de
Afranio, porque siendo reputados a. juicio de todos por inferiores, estuvieron
tanto tiempo peleando cuerpo a cuerpo resistiendo al ímpetu de los nuestros y
se apoderaron los primeros de la colina que fue ocasión de la refriega y al
primer encuentro hicieron volver las espaldas a los nuestros; los nuestros
alegaban en contra, que siendo inferiores en el sitio y en el número, por cinco
horas sustentaron la acción, treparon por la montaña espada en mano,
desalojaron a los contrarios de su puesto ventajoso, forzándolos a huir y
meterse en la plaza. En fin, los enemigos fortificaron el teso por el cual se
combatió, con grandes pertrechos, y pusieron en él cuerpo de guardia.
XLVIII.
A los dos
días de haber sucedido esto se siguió un contratiempo repentino. Pues sobrevino
un temporal tan recio, que nunca se habían visto en aquellos parajes mayores
aguaceros; porque
21 Tres
órdenes de soldados militaban en las legiones: los piqueros, hastati, que
ordinariamente eran mozos: los príncipes, hombres hechos, los triarlos, ya
maduros y veteranos.
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deshecha la
mucha nieve de las montañas, salió el río de madre, y en un día se llevó los
dos puentes fabricados por Cayo Fabio, lo que ocasionó grandes embarazos al
ejército de César. Por cuanto estando los reales, como arriba queda dicho,
entre los dos ríos Segre y Cinca, intransitables ambos por espacio de treinta
millas, por necesidad se veían reducidos a este corto recinto; y ni las
ciudades que se habían declarado por César podían suministrar bastimentos, ni
volver los que se habían alargado en busca de forraje detenidos por los ríos,
ni llegar a los reales los grandes convoyes que venían de Italia y de la Galia.
La estación era la más apurada del año, porque los trigos ni bien estaban en
berza ni del todo sazonados; además los pueblos se veían exhaustos, porque
Afranio antes de la venida de César había conducido a Lérida casi todo el
grano, y si algo había quedado, César lo había ya consumido. El ganado que
podía suplir la falta en parte, las ciudades rayanas habíanle alejado por miedo
de la guerra. Los que se internaban en busca de heno y pan, eran perseguidos de
los cazadores lusitanos y de los adargueros de la España Citerior, prácticos en
la tierra, a quienes era muy fácil pasar a nado el río por ser costumbre de
todos ellos nunca ir sin odres a campaña.
XLIX.
Por el
contrario, el ejército de Afranio estaba proveído de todo en abundancia: mucho
trigo acopiado y traído de tiempo atrás; mucho que se iba trayendo de toda la
provincia, y gran copia de forraje a la mano. Todo esto se lo facilitaba sin
ningún riesgo el puente de
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Lérida y
los términos todavía intactos de la otra parte del río, cerrados totalmente
para César.
L.
Las
avenidas duraron muchos días. Tentó César restaurar los puentes, pero ni lo
hinchado del río se lo permitía, ni se lo dejarían ejecutar las cohortes de los
contrarios apostadas sobre la ribera; y érales esto fácil, así por la calidad
del mismo río y altura del agua, como porque de todas las márgenes asestaban
los tiros contra un solo y estrecho sitio, con que se hacía difícil a César
asentar al mismo tiempo la obra en un río rapidísimo y ponerse a cubierto de
los tiros.
LI.
Tiene
Afranio noticia que los grandes convoyes, dirigidos a César, habían hecho alto
a la orilla del río. Venían en ellos flecheros de Rodas y caballeros de la
Galia con muchos carros y grandes equipajes, como lo tienen de costumbre los
galos; demás de éstos, seis mil hombres de todas clases con sus familias, pero
sin ningún orden ni subordinación, puesto que cada uno se gobernaba a su
arbitrio, y todos caminaban sin recelo, conforme a la libertad de los tiempos
pasados y franqueza de los caminos. Venían muchos mancebos nobles, hijos de
senadores y caballeros; venían diputados de las ciudades y también legados de
César. Todos éstos estaban detenidos por los ríos. Afranio con fin de
sorprenderlos marcha de noche con toda la caballería y tres legiones, y da en
ellos de
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improviso
con la caballería por delante. No obstante, los jinetes galos se ordenaron bien
presto y trabaron la batalla, en que siendo pocos, se sostuvieron contra
muchos, mientras fueron las armas iguales; pero luego que vieron avanzar las
banderas de las legiones, con pérdida de algunos se retiraron a los montes
vecinos. El accidente de este choque dio la vida a los nuestros, porque
aprovechándose de él se retiraron a las alturas. Faltaron este día cerca de
doscientos flecheros, algunos caballos y no muchos de los gastadores y bagajes.
LII.
Con todos
estos azares se encarecieron los abastos, como suele suceder no sólo por la
carestía presente, sino también por el temor de la venidera. Vendíase ya el
celemín de trigo por cincuenta dineros, y los soldados por falta de pan estaban
enflaquecidos; iban las incomodidades creciendo por días, y en tan poco tiempo
se habían trocado tanto las cosas, y mudádose la fortuna de manera que los
nuestros carecían de las cosas más necesarias y ellos abundaban de todo, y así
se miraban como superiores. César a las ciudades de su bando, a falta de
granos, pedía ganados, y a los pueblos más lejanos enviaba vivanderos, en tanto
que por todos los medios posibles procuraba remediar la necesidad presente.
LIII.
Afranio,
Petreyo y sus amigos escribían a los suyos todas estas cosas a Roma
ponderándolas y abultando aún mucho más de lo que
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eran;
muchas noticias falsas se divulgaban, de suerte que la guerra se daba casi por
concluida. Publicadas en Roma tales cartas y nuevas, era grande el concurso de
gentes a la casa de Afranio, dándose alegres parabienes. Muchos partían de
Italia para Pompeyo: unos por ser los primeros a ganar las albricias; otros
porque no se dijese haber estado esperando el suceso de la guerra, o haber sido
a venir los postreros de todos.
LIV.
Estando tan
mal parada la cosa, y todos los caminos cogidos por los soldados y caballos de
Afranio, no siendo posible reparar los puentes, manda César a los suyos
fabricar barcas de la misma hechura que habían visto usar años atrás en
Bretaña. Hacíase primero la quilla y la armazón de madera ligera; lo restante
del casco tejido de mimbres, cubríase con cueros. Luego que las vio concluidas,
hízolas conducir de noche en carros pareados veintidós millas más allá de los
reales, y a los soldados pasar en ellas el río; coge al improviso un ribazo
contiguo a la ribera y le fortifica primero que lo advirtiesen los enemigos.
Transporta después aquí una legión, y comenzando la fábrica del puente por
ambas partes, le concluye en dos días. Así abre paso seguro para su campo a los
convoyes y & los que se habían alejado en busca de provisiones, y empieza a
dar disposiciones sobre vituallas.
LV.
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El mismo
día hizo pasar gran parte de la caballería; la cual asaltando a los
forrajeadores que bien descuidados andaban sin recelo desparramados, se apodera
de gran número de bestias y hombres; y viniendo al socorro en dos trozos: el
uno para guardar la presa, el otro para resistir y rechazar a los que venían; y
una partida desmandada de las otras, que se adelantó incautamente, cortándole
la retirada, la destrozó enteramente, con que, sin perder un hombre, vuelven
por el mismo puente al campo cargados de despojos.
LVI.
Mientras
esto sucedía en Lérida, los masilienses de acuerdo con Lucio Domicio aprestan
diecisiete galeras, once de ellas cubiertas. Acompáñanlas con muchos bajeles
menores para espantar con la multitud a nuestra escuadra.
Embarcan
gran número de flecheros y no menos de los álbicos, de quienes arriba se hizo
mención, convidándolos con premios y ofertas. Domicio pide para su propio uso
naves, y las llena de gañanes y pastores que había conducido en su compañía.
Tripulada así su armada, parten con grande confianza contra nuestras
embarcaciones que mandaba Decio Bruto, y estaban en la isla frontera a
Marsella.
LVII.
Era mucho
menor el número de las naves de Bruto, pero llevaban a bordo los hombres más
valientes, entresacados de todas las
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legiones,
adalides y centuriones, que se habían ofrecido voluntariamente a esta facción.
Éstos se habían prevenido con arpones y garfios, y estaban armados de gran
cantidad de dardos, pasadores y demás armas arrojadizas; con eso, luego que
avistaron al enemigo, salen del puerto a chocar con los masilienses. Fue
porfiado el combate; ni cedían mucho a los nuestros en valentía los albicos,
gente feroz, montaraz y bien aguerrida; y como acababan de salir de Marsella,
conservaban fresca la memoria de las promesas que les hicieron. Los pastores,
también gente indómita, estimulados por la esperanza de la libertad, a los ojos
de su señor procuraban dar buena cuenta de sus personas.
LVIII.
Los
masilienses, por su parte, valiéndose igualmente de la ligereza de sus bajeles
que de la pericia de sus pilotos, eludían el golpe de los nuestros cuando eran
acometidos; y luego que pudieron alargarse al mar, extendiendo más la línea,
ponían todo su conato en rodear a los nuestros, o dar con muchas naves contra
una, o barrer los remos atravesando de corrida. Cuando era inevitable
arrimarse, substituían a la destreza de los pilotos y a las maniobras la
fiereza de los montañeses. Los nuestros, como tenían marineros menos expertos y
menos prácticos pilotos, sacados arrebatadamente de los navíos mercantes, que
ni siquiera sabían los términos de marinería, añadiéndose a esto la pesadez de
sus naves, hallábanse muy embarazados, porque como hechas a toda prisa de
madera verde no podían moverse con tanta ligereza. Por tanto, en
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presentándose
la ocasión de pelear mano a mano, hacían sin miedo frente con sola una nave
contra dos, aferrándose y atracándose con entrambas de una vez, peleaban por
las dos bandas, y aun saltaban dentro de ellas; hasta que con gran matanza de
albicos y pastores, echaron parte de los navíos a pique, apresaron algunos con
la tripulación, y a los demás obligaron a refugiarse en el puerto. Este día
perdieron los masilienses nueve naves, inclusas las apresadas.
LIX.
Con la
noticia que recibió César en Lérida de este suceso, acabado ya el puente,
presto se trocó la fortuna. Los enemigos, intimidados del valor de nuestra
caballería, no osaban correr tan libremente la campiña. Unas veces, sin
apartarse mucho de los reales por tener pronta la retirada, forrajeaban dentro
de corto espacio; otras, tomando un grande rodeo, evitaban el encuentro de los
piquetes apostados; tal vez con ocasión de algún daño recibido, o con sólo ver
de lejos los caballos, de la mitad del camino, dejando las cargas, echaban a
huir, y últimamente hubieron de dejar el forraje varios días, y contra la
costumbre de todo el mundo ir de noche a buscarlo.
LX.
Entre
tanto, los de Huesca y los jurisdicción22 enviaban diputados
de
Calahorra agregados a su a César ofreciéndose a su
22 César:
Oséense et Calagurritani, qui erant cum Oseen, sibus contributi. Quiere decir
que los de Calahorra (no la Fibularia, ciudad famosa de los Vascones, sino la
Nasciea de junto a
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obediencia.
Siguiéronse los de Tarragona, Jaca y los ausetanos, y poco después los
ilergaones 23 vecinos al Ebro.
Pide a
todos éstos le acudan con bastimentos; prométenlo, y luego juntando caballerías
de todas partes, se los llevan al campo. A vueltas de esto una cohorte de
ilergaones, sabida la determinación de su república, alzados los estandartes
del puesto que guardaba, se pasó a César. En la hora mudan notablemente el
aspecto las cosas. Concluido el puente, cinco ciudades principales declaradas
amigas, corrientes las provisiones, desvanecidos los rumores de los socorros de
las legiones que decían venir con Pompeyo por Mauritania; muchas comunidades de
las más remotas renuncian la amistad de Afranio y siguen el partido de César.
LXI.
Con lo cual
perturbados los contrarios, César, por no tener siempre que destacar la
caballería dando un rodeo por el puente, visto un paraje a propósito, determinó
abrir muchas zanjas de treinta pies en hondo para echar por ellas parte del río
Segre y con esto hacerle vadeable. Estando a punto de concluirlas, Afranio y
Petreyo entran en gran temor de ser totalmente privados de los víveres por la
mucha ventaja de la caballería de César; y así resuelven dejar este país, y
trasladar la guerra a la Celtiberia. A esta resolución contribuía también el
que allí en los dos bandos contrarios, las ciudades que siguieron las partes de
Sertorio en la guerra pasada,
Huesca, que
hoy se llama Loarre) estaban encabezados con los de Huesca, como pertenecientes
a su jurisdicción, o de un mismo partido.
23 Vecinos
al Ebro, cuya capital era Dertosa, hoy Tortosa.
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por haber
sido vencidas, respetaban el nombre del imperio del vencedor, bien que ausente.
Las que constantemente estuvieron a devoción de Pompeyo, amábanle por los
grandes beneficios recibidos; al contrario, el nombre de César era menos
conocido entre los bárbaros; de donde se prometían grandes refuerzos de gente
de a caballo y de a pie, y hacían cuenta de ir prolongando en sus tierras la
guerra hasta el invierno. Tomada esta resolución, mandan coger barcas por todo
el Ebro y conducirlas a Octogesa. Estaba esta ciudad a la ribera del Ebro,
distante veinte millas de los reales. Aquí disponen formar un puente de barcas,
y haciendo pasar dos legiones por el Segre, fortifican su campo con un vallado
de doce pies.
LXII
Averiguado
por los batidores la intención de los enemigos, César, mediante el trabajo de
los soldados continuado día y noche en desangrar el río, tenía ya la cosa
puesta en término de que la caballería, si bien con alguna dificultad y
molestia, pudiese, no obstante, y aun osase vadear el río; puesto que la
infantería, con el agua hasta los hombros y cuello, mal podía esguazarlo, así
por lo crecido, como por lo arrebatado de la corriente. Con todo eso, casi al
tiempo mismo que vino la noticia de que el puente sobre el Ebro estaba para
concluirse, se halló vado en el Segre.
LXIII.
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En vista de
esto juzgaron los soldados de Afranio que debían acelerar la marcha. Así que,
dejados dos cohortes de los auxiliares para la defensa de Lérida, pasan con
todas las tropas el Segre, y vienen a unirse con las dos legiones que habían
pasado días antes. A César no quedaba más arbitrio que ir con la caballería
incomodando y picando el ejército de los contrarios, ya que la marcha del suyo
por el puente no podía ser sin mucho rodeo, y ellos en tanto por camino más
breve podían arribar al Ebro. La caballería pasa el río por el vado; y dado que
Petreyo y Afranio alzaron el campo a medianoche, se dejó ver de improviso sobre
la retaguardia de los enemigos, y tirando a cortarla y coger en medio, empezó a
embarazarla y hacerle suspender la marcha.
LXIV.
Al rayar
del alba, desde las alturas vecinas a nuestros reales se alcanzaba a ver cómo
los nuestros ponían en grande aprieto las últimas filas de los contrarios; cómo
a veces paraba la retaguardia y quedaba cortada; otras revolvían contra los
nuestros, y acometiendo con las cohortes unidas, los rebatían, y luego al dar
ellos la vuelta, los nuestros tornaban a perseguirlos. A vista de esto, los
soldados por todo el campo juntándose en corrillos, se quejaban de que se
dejase escapar al enemigo de entre las manos, con lo cual necesariamente se
alargaba la guerra. Corrían a los centuriones y tribunos suplicando hiciesen
saber a César, «que no tenía que reparar en su trabajo y peligro; que prontos
estaban, y se ofrecían a vadear el río por donde pudo vadearle la caballería».
Movido César
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de las
instancias y empeño de los soldados, aunque temía exponer el ejército al riesgo
de río tan caudaloso, sin embargo, resolvió tentar el vado y hacer la prueba.
Con tanto manda segregar de las compañías los soldados que por falta de ánimo o
de fuerzas parecía no podrían servir en la facción; déjalos en el campo con una
legión; saca a la ligera las demás, y puesto de la parte de arriba y abajo de
la corriente gran número de caballos, hace pasar el ejército por medio. Algunos
soldados arrebatados de la violencia del río son detenidos y ayudados por la
caballería, sin que ninguno se ahogase. Pasado el ejército sin desgracia,
ordenó sus tropas, y empezó a marchar en tres columnas, con tanto denuedo de
los soldados, que con haber rodeado seis millas y tardado mucho en vadear el
río, antes de las nueve horas del sol pudieron alcanzar a los que habían salido
a medianoche.
LXV.
Cuando
Afranio y Petreyo vistos a lo lejos los hubieron reconocido, espantados de la
novedad, toman las alturas y ponen la gente en batalla. César en las llanuras
hace reposar la suya por no llevarla fatigada al combate. Mas intentando los
enemigos proseguir el viaje, sigue el alcance y les hace suspender la marcha.
Ellos por necesidad se acampan antes de lo que tenían determinado, porque
seguían unos montes, y a cinco millas iban a dar en senderos escabrosos y
estrechos. Dentro de estos montes pensaban refugiarse para librarse de la
caballería de César, y cerradas con guardias las gargantas, estorbarnos el
paso, y con eso pasar ellos
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sin riesgo
ni temor el Ebro. Esto era lo que habían de haber procurado y ejecutado a toda
costa, pero rendidos del combate de todo el día y de la fatiga del camino, lo
dilataron al día siguiente. César entre tanto asienta sus reales en un collado
cercano.
LXVI.
A eso de la
medianoche cogió nuestra caballería algunos que se habían alejado del campo en
busca de agua; averigua de ellos César que los generales enemigos iban a
marchar de callada. Sabido esto, manda dar la señal de marcha y levantar los
ranchos. Ellos que oyen la gritería, temiendo verse precisados a pelear de
noche y con las cargas a cuestas, o que la caballería de César los detuviese en
los desfiladeros, suspenden la marcha y se mantienen dentro de los reales. Al
otro día sale Petreyo con algunos caballos a descubrir el terreno. Hácese lo
mismo de parte de César, quien destaca a Decidió Saja con un piquete a
reconocer el campo. Entrambos vuelven a los suyos con una misma relación: que
las cinco primeras millas eran de camino llano; entraban luego las sierras y
los montes; que quien cogiese primero estos desfiladeros, sin dificultad
cerraría el paso al enemigo.
LXVII.
Petreyo y
Afranio tuvieron consejo sobre el caso, y se deliberó acerca del tiempo de la
partida. Los más eran de parecer que se hiciese de noche; que se podría llegar
a las gargantas antes que fuesen sentidos. Otros, de la generala tocada la
noche antecedente en el
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campo de
César, inferían ser imposible encubrir su salida; que por la noche recorría la
caballería de César el contorno y tenía cogidos todos los puestos y caminos;
que las batallas nocturnas se debían evitar, porque cuando la guerra es civil,
el soldado, una vez sobrecogido del miedo, suele moverse más por él que no por
el juramento que prestó. Al contrario la luz del día causa de suyo mucho rubor
a los ojos de todos24 y no menos la vista de los tribunos y centuriones, lo
cual sirve de freno y también de estímulo a los soldados; que por eso, bien
mirado todo, era menester romper de día claro, que puesto caso que se recibiese
algún daño, se podría a lo menos, salvando el cuerpo del ejército, coger el
sitio que pretendían. Este dictamen prevaleció en el consejo, y así se
determinó marchar al amanecer del día siguiente.
LXVIII.
César, bien
informado de las veredas, al despuntar el alba, saca todas las tropas de los
reales, y dando un gran rodeo, las va guiando sin seguir senda fija.
Porque los
caminos que iban al Ebro y a Octogesa estaban cerrados por el campo enemigo. Él
tenía que atravesar valles muy hondos y quebrados; en muchos parajes los ciscos
escarpados embarazaban la marcha, siendo forzoso pasar de mano en mano las
armas, y que los soldados en cuerpo sin ellas, dándose unos a otros las manos,
hiciesen gran parte de camino. Más ninguno rehusaba este trabajo
24 Esto es,
pone a todos mucha sangre en el ojo. Son los ojos, según Eurípides, morada
propia de la vergüenza.
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con la
esperanza de poner fin a todos, si una vez lograban cerrar el paso del Ebro al
enemigo y cortarle los víveres.
LXIX.
Al
principio los soldados de Afranio salían alegres corriendo de los reales a
verlos, y les daban vaya gritando, «que por no tener que comer iban huyendo y
se volvían a Lérida». En realidad el camino no llevaba al término propuesto,
antes parecía enderezarse a la parte contraria. Con eso sus comandantes no se
hartaban de aplaudir su resolución de haberse quedado en los reales; y se
confirmaban mucho más en su opinión viéndolos puestos en viaje sin bestias ni
cargas, por donde presumían que no podrían por largo tiempo resistir al hambre.
Mas cuando los vieron torcer poco a poco la marcha sobre la derecha, y
repararon que ya los primeros se iban sobreponiendo al sitio de los reales,
ninguno hubo tan lerdo ni tan enemigo del trabajo que no juzgase ser preciso
salir al punto de las trincheras y atajarlos. Tocan alarma, y todas las tropas,
menos algunas cohortes que dejaron de guardia, mueven y van en derechura al
Ebro.
LXX.
Todo el
empeño era sobrecoger la delantera y ocupar primero las gargantas y montes. A
César retardaba lo embarazoso de los caminos; a las tropas de Afranio la
caballería de César que les iba a los alcances. Verdad es que los afranianos se
hallaban reducidos a tal estado que si arribaban los primeros a los montes,
como
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pretendían,
libraban en sí sus personas, mas no podían salvar los bagajes de todo el
ejército ni las cohortes dejadas en los reales, a que de ningún modo era
posible socorrer, quedando cortadas por el ejército de César.
César llegó
el primero, y bajando de las sierras a campo raso, ordena en él sus tropas en
batalla. Afranio, viendo su retaguardia molestada por la caballería, y delante
de sí al enemigo, hallando por fortuna un collado, hizo alto en él. Desde allí
destaca cuatro cohortes de adargueros al monte que a vista de todos se
descubría el más encumbrado, ordenándoles que a todo correr vayan a ocuparlo,
con ánimo de pasar, él allá con todas las tropas, y mudando de ruta,
encaminarse por las cordilleras a Octogesa. Al tomar los adargueros la travesía
para el monte, la caballería de César que los vio, se disparó contra ellos
impetuosamente; a cuya furia no pudieron resistir ni siquiera un momento, sino
que cogidos en medio, todos a la vista de ambos ejércitos fueron destrozados.
LXXI.
Era ésta
buena ocasión de concluir gloriosamente la empresa. Ni César dejaba de conocer
que, a vista de la pérdida tan grande que acababa de recibir, atemorizado el
ejército contrario, no podría contrastar, y más estando de todas partes cercado
por la caballería, siendo el campo de batalla llano y despejado.
Pedíanselo
eso todos con instancias; legados, centuriones, tribunos corrían juntos a
rogarle «no se detuviese en dar la batalla; que todos sus soldados estaban a
cual más pronto; que al contrario, los de
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Afranio en
muchas cosas habían dado muestras de su temor: en no haber socorrido a los
suyos; en no bajar del collado; en no saberse defender de la caballería; en no
guardar las filas, hacinados todos con sus banderas en un lugar. Que si
reparaba en la desigualdad del sitio, se ofrecería sin duda ocasión de pelear
en alguno proporcionado, pues Afranio seguramente había de mudarse de aquél,
donde sin agua mal podía subsistir».
LXXII.
César había
concebido esperanza de poder acabar con la empresa sin combate y sangre de los
suyos, por haber cortado los víveres a los contrarios. « ¿A qué propósito,
pues, aun en caso de la victoria, perder alguno de los suyos? ¿A qué fin
exponer a las heridas soldados tan leales? Sobre todo, ¿para qué tentar a la
fortuna, mayormente siendo no menos propio de un general el vencer con la
industria que con la espada?» Causábale también lástima la muerte que preveía
de tantos ciudadanos, y quería más lograr su intento sin sacrificar sus vidas.
Este consejo de César desaprobaban los más. Y aun los soldados decían sin
recato en sus conversaciones, que «ya que se dejaba pasar tan buena ocasión de
la victoria, después por más que César lo quisiese, ellos no querrían pelear».
Él persevera en su determinación, y se desvía un poco de aquel sitio para
ocasionar menos recelo a los contrarios. Petreyo y Afranio, valiéndose de la
coyuntura, se recogen a los reales.
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César,
apostadas guardias en las montañas y cerrados todos los pasos para el Ebro, se
atrinchera lo más cerca que puede del campo enemigo.
LXXIII.
Al otro día
los jefes contrarios, muy turbados por haber perdido toda esperanza de las
provisiones y del viaje al Ebro, consultaban sobre lo que se debía hacer. Un
camino tenían, caso de querer volver a Lérida, otro, si escogían el ir a
Tarragona. Estando en estas deliberaciones tienen aviso de que sus aguadores
eran molestados de nuestra caballería. Sabido esto, ponen a trechos varios
piquetes de a caballo y patrullas de tropas auxiliares, entreverando cohortes
de las legiones, y empiezan a tirar una trinchera desde los reales al agua,
para poder, cubiertos y sin que fuese menester poner cuerpos de guardia, ir y
sacarla. Petreyo y Afranio reparten entre sí el cuidado de la obra, y para su
ejecución hubieron de alejarse del campo una buena pieza.
LXXIV.
Con su
ausencia los soldados, logrando entera libertad de poder hablarse, se acercan
sin reparo, y cada cual andaba inquiriendo y preguntando por los conocidos y
paisanos que tenía en los reales de César. Primeramente dan todos a todos las
gracias, por haberles perdonado el día antes, viéndolos perdidos de miedo,
confesando que les debían la vida; tras esto indagan si su general sería de
fiar, y si podrían ponerse en sus manos; y se lamentan de no haberlo
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hecho desde
el principio, y de haber tomado las armas contra sus deudos y parientes.
Alentados con estas pláticas, piden al general palabra de conservar la vida de
Petreyo y Afranio, porque no se creyese que habían maquinado alguna alevosía ni
vendido a los «suyos». Con este salvoconducto prometen pasarse luego, y envían
los principales centuriones por diputados a César sobre la paz. Entre tanto se
convidaban y obsequiaban los amigos y deudos de ambas partes, pasando los unos
a los ranchos de los otros; de modo que parecía que de los dos campos se había
formado uno solo, y muchos tribunos y centuriones venían a ponerse en manos de
César. Lo mismo hicieron varios señores españoles a quien ellos habían llamado
y los tenían en el campo como en rehenes. Éstos preguntaban por sus conocidos y
huéspedes, para conseguir por su medio ser presentados y recomendados a César.
Hasta el
joven hijo de Afranio, tomando por medianero al legado Culpicio trataba con
César sobre su libertad y la de su padre. Todo eran júbilos y enhorabuenas:
éstos, por verse libres ya de peligros; aquéllos, por haber a su parecer
acabado sin sangre tan grandes cosas, con que ahora César a juicio de todos
cogía el fruto de su innata mansedumbre, y su consejo era de todos alabado.
LXXV.
Advertido
Afranio de lo que pasaba, deja la obra comenzada y retírase a los reales,
dispuesto según parecía a sufrir con ánimo tranquilo y sereno cualquier
acontecimiento. Pero Petreyo no se
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abandonó
tan pronto; arma sus criados 25 con éstos, con las guardias españolas de
adargados, y algunos jinetes bárbaros favorecidos suyos que solía tener consigo
para su resguardo, vuela de improviso a las trincheras, corta las pláticas de
los soldados, echa a los nuestros del campo, y mata a cuantos caen en sus
manos. Los demás se unen entre sí, y asustados con aquel impensado peligro,
tercian los capotes y desenvainan las espadas; y de esta suerte se defienden
contra los soldados de adarga y de a caballo, fiados en la cercanía de los
reales, donde se van retirando al amparo de las cohortes que hacían guardia en
las puertas.
LXXVI.
Hecho esto,
Petreyo recorre llorando las tiendas; llama por su nombre a los soldados, y les
ruega «que no quieran entregar su persona y la de su general Pompeyo ausente en
manos de sus enemigos». Concurren luego al pretorio los soldados. Pide que
todos juren no abandonar ni ser traidores al ejército ni a los capitanes, ni
tomar por sí consejo aparte sin consentimiento de los otros. Él mismo juró así
el primero, y luego Afranio, a quien obligó a hacerlo en igual forma. Síguense
los tribunos y centuriones, y tras ellos los soldados presentados por
centurias. Echan bando que quienquiera que tuviese oculto algún soldado de
César, le descubra. A los entregados degüéllanlos públicamente en el pretorio.
Con todo, los más encubren a sus huéspedes, y de noche les dan escape por la
trinchera. Así el terror impuesto por los jefes, la crueldad del
25 César:
armat familiam. La voz familia comprende esclavos, horros o libertos y la gente
del campo, como se dijo en nota anterior
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suplicio y
el nuevo empeño del juramento cortó toda esperanza de rendición al presente y
trocó los corazones de los soldados, reduciendo las cosas al primer estado de
la guerra.
LXXVII.
César manda
buscar con la mayor diligencia los soldados de los contrarios que con ocasión
de hablar con los suyos habían pasado al campo, y remitírselos; bien es verdad
que de los tribunos y centuriones algunos de su voluntad se quedaron, a los
cuales César hizo después grandes honras. Promovió los centuriones a mayores
grados, y a los caballeros romanos los reintegró en la dignidad de tribunos.
LXXVIII
Los
afranianos padecían ahora mucha falta de forraje y suma escasez de agua; las
legiones tenían alguna porción de trigo, porque tuvieron orden de sacarlo de
Lérida para veintidós días; a los adargados y auxiliares les había llegado a
faltar del todo, así por la cortedad de medios para proveerse, como porque sus
cuerpos no estaban hechos a llevar carga. Por cuyo motivo cada día se pasaban
muchos de ellos a César.
Tal era el
aprieto en que se hallaban; sin embargo, entre los dos partidos propuestos
parecía el más acertado volver a Lérida, porque allí habían dejado un poco de
trigo, donde también esperaban aconsejarse con el tiempo. Tarragona distaba
mucho, y en tan largo viaje, claro estaba que podían acaecer muchos
contratiempos.
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Preferido
este consejo, alzan el campo. César, echando delante la caballería para que
fuese picando la retaguardia y entretuviese la marcha, los va siguiendo detrás
con las legiones. A cada instante los últimos tenían que hacer frente a
nuestros caballos.
LXXIX.
El modo de
pelear era éste: un escuadrón volante cerraba la retaguardia, y si el camino
era llano, hacían muchas paradas. En teniendo que subir algún monte, la misma
dificultad del terreno los libraba de peligro, pues los que iban delante desde
arriba cubrían la subida de los otros. En la caída de algún valle o bajada de
alguna cuesta, como ni los que se habían adelantado podían ayudar a los que
venían detrás, y nuestra caballería disparaba contra ellos de lo alto, entonces
eran sus apuros. Así en llegando a semejantes parajes, disponían con gran
solicitud que, dada la señal, parasen las legiones y rechazasen vigorosamente a
la caballería; que en haciéndola retirar, todos tomando de repente carrera,
unos tras otros se dejasen caer en los valles, y marchando en esta forma hasta
el monte inmediato, hiciesen alto en él. Pues tan lejos estaban de ser
socorridos por su caballería, bien que muy numerosa, que antes, por estar
despavorida con los reencuentros pasados, tenían que llevarla en medio y
defenderla ellos mismos; ni jinete alguno podía desbandarse sin ser cogido de
la caballería de César.
LXXX.
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Yendo
peleando de esta suerte, la marcha era lenta y perezosa, haciendo continuas
paradas a trueque de socorrer a los suyos, como entonces aconteció. Porque
andadas cuatro millas, y viéndose picar furiosamente por la caballería, hacen
alto en un monte elevado, y aquí, sin descargar el bagaje, fortifican su campo
por la banda sola que miraba al enemigo. Cuando advirtieron que César había
fijado sus reales, armado las tiendas y enviado al forraje la caballería,
arrancan súbitamente hacia las seis horas del mismo día, y esperando ganar
tiempo durante la ausencia de nuestra caballería, comienzan a marchar.
Observado
esto, César sacadas las legiones va tras ellos, dejando algunas cohortes para
custodia del bagaje. Da contraorden a la caballería y a los forrajeros y manda
que a la hora décima sigan a los demás. Prontamente la caballería vuelve del
forraje a su ejercicio diario de la marcha. Trábase un recio combate en la
retaguardia, tanto que por poco no vuelven las espaldas, y de facto quedan
muertos muchos soldados y aun algunos oficiales, íbales a los alcances el
ejército de César, y ya todo él estaba encima.
LXXXI.
Aquí ya
finalmente, no pudiendo hallar sitio acomodado para atrincherarse ni proseguir
la marcha, hacen algo por fuerza, y se acampan en un paraje distante del agua,
y por la situación peligroso. Mas César por las mismas causas indicadas arriba
no los provocó a batalla, y aquel día no permitió armar las tiendas, a fin de
que todos estuviesen más expeditos para perseguirles, bien
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rompiesen
de noche o bien de día. Ellos, reconociendo la mala positura de los reales,
gastan toda la noche en alargar las fortificaciones, tirando sus líneas
enfrente de las de César. En lo mismo se ocupan el día inmediato desde la
mañana hasta la noche. Pero al paso que iban adelantando la obra y alargando
los reales, se iban alejando más del agua, y procuraban el remedio a los males
presentes con otros males. La primera noche nadie sale del campo en busca de
agua. Al día siguiente, fuera de la guarnición dejada en los reales, sacan
todas las demás tropas al agua, pero ninguna al forraje. César quería más que,
humillados con estas calamidades y reducidos al último extremo, se vieran
obligados a rendirse, que no derramar sangre peleando. Con todo eso trata de
cercarlos con trinchera y foso, a fin de atajarles más fácilmente las salidas
repentinas, a que creía habían de recurrir por fuerza. Entonces, parte
obligados por la falta de forraje, parte por estar más desembarazados para el
viaje, mandan matar todas las bestias de carga.
LXXXII.
En estas
maniobras y trazas emplearon dos días. Al tercero ya la circunvalación estaba
muy adelantada. Ellos por impedirla, dada la señal a eso de las ocho, sacan las
legiones, y debajo de las trincheras se forman en batalla. César hace suspender
los trabajos, manda juntar toda la caballería y ordena la gente en batalla.
Porque dar muestra de rehusar el combate contra el sentir de los soldados y el
crédito de todos, parábale gran perjuicio. Eso no obstante, por las
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razones
dichas, que ya son bien notorias, no quería venir a las manos; mayormente
considerando que, por la estrechez del terreno, aunque fuesen desbaratados los
contrarios, no podía ser la acción decisiva, pues no distaban entre sí los
reales sino dos millas. De éstas las dos partes ocupaban las tropas, quedando
la tercera sola para el combate. Y cuando se diese la batalla, la vecindad de
los reales ofrecía pronto asilo a la fuga de los vencidos. Por eso estaba
resuelto a defenderse caso que le atacasen, más no a ser el primero en
acometer.
LXXXIII.
El ejército
de Afranio estaba dividido en dos cuerpos, uno formado de las legiones quinta y
tercera26; otro de reserva compuesto de tropas auxiliares. El de César en tres
trozos; la primera línea de cada trozo se componía de cuatro cohortes de la
quinta legión; la segunda de tres cohortes de las tropas auxiliares, y la
tercera de tres distintas legiones. La gente de honda y arco ocupaba el centro;
la caballería cubría los costados. Dispuestos en esta forma, cada uno creía
lograr su intento: César de no pelear sino forzado; el otro de impedir los
trabajos de César. Sin embargo, por entonces no
26 Éste es
uno de los lugares donde se han alterado u obscurecido más las palabras del
texto. La legión quinta y tercera no podían formar el uno de los dos trozos o
cuerpos: lo primero, perqué la legión tercera estaba con Pompeyo, a quien César
se la entregó con la primera, como queda dicho; lo segundo, porque de esta
suerte no tendría más que dos legiones romanas en su ejército, constando por
otra parte que debía tener cinco, como arriba se lee: erant legiones Affranii
tres, Petreii duae. La lección verdadera parece ser ésta: ocies erat Afraniana
dúplex legionum quinqué: tercium in subsiis locum alariee cohortes obti nebont;
como enmendaba nuestro Pedro Chacón seguido de Vosio y otros. Así el partido
era igual, porque César tenía también cinco legiones, y así se ha de leer:
primam aciem quaternae cohortes ex quinqué legionibus; según varios manuscritos
citados por el mismo Vosio, o sin tanta mudanza con Elebodio. ex quaque
Legione, por ex quinta legione.
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pasaron a
más empeño sino el de mantenerse ordenados ambos ejércitos hasta la puesta del
Sol, y entonces se retira cada cual a su campo. Al otro día se dispone César a
concluir las fortificaciones comenzadas; ellos a tentar el vado del río Segre,
a ver si podían atravesarlo. César que lo advirtió, hace pasar el río a los
germanos armados a la ligera y a un trozo de caballería, y destruye por la
margen diferentes guardias.
LXXXIV.
Al cabo,
viéndose totalmente sitiados, las caballerías ya cuatro días sin pienso, ellos
mismos sin agua, sin leña, sin pan, piden entrevista, y que a ser posible no
fuese a presencia de los soldados. Negando esto ultimó César, y concediéndoles
el hablar, si querían, en público, entregan en prendas a César el hijo de
Afranio. Vienen al paraje señalado por César. Estando los dos ejércitos oyendo,
dice Afranio: «Que ni él ni su ejército eran reprensibles por haber querido
perseverar fieles a su general Cneo Pompeyo; pero ya habían cumplido con su
deber, y harto lo habían pagado con haber padecido la falta de todas las cosas,
y más ahora que se ven como fieras acorraladas, privados de agua, sin resquicio
para la salida, ya ni el cuerpo puede aguantar el dolor, ni el ánimo la
ignominia, por tanto se confiesan vencidos; y si es que hay lugar a la
misericordia, ruegan y suplican que no los obliguen a padecer la pena del
último suplicio». Estas palabras las pronuncia con la mayor sumisión y
reverencia posible.
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LXXXV.
A esto
respondió César: «Que en nadie eran más disonantes las cuitas y lástimas,
puesto que todos los demás habían cumplido con su obligación: César en no haber
querido pelear aun teniendo las ventajas de la tropa, del lugar y del tiempo, a
trueque de que todo se allanase para la paz; su ejército, el cual no obstante
la injuria recibida y la muerte cruel de los suyos, salvó a los del campo
contrario que tenía en sus manos; los soldados en fin del mismo Afranio, que
vinieron por sí a tratar de reconciliación, pensando hacer buenos oficios a
favor de los suyos; por manera que toda clase de personas había conspirado a la
clemencia; ellos solos, siendo las cabezas, habían aborrecido la paz, violado
los tratados y las treguas, pasado a cuchillo a unos hombres desarmados y
engañados por palabras amistosas. Así ahora experimentaban en sí lo que de
ordinario suele acontecer a hombres demasiado tercos y arrogantes; que al cabo
se ven reducidos a solicitar con ansia lo que poco antes desecharon. Mas no por
eso piensa aprovecharse del abatimiento en que se hallan, o de las
circunstancias favorables para aumentar sus fuerzas, sino que quiere se
despidan los ejércitos que ya tantos años han mantenido contra su persona. Pues
no por otra causa se han enviado a España seis legiones, ni alistado en ella la
séptima, ni apercibido tantas y tan poderosas armadas, ni escogido capitanes
expertos en la guerra. Nada de esto se ha ordenado a pacificar las Españas,
nada para utilidad de una provincia que por la larga paz ningún socorro había
menester. Que todos estos preparativos iban dirigidos muy de antemano contra
él; contra él se forjaban
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generalatos
de nueva forma, haciendo que uno mismo a las puertas de Roma gobierne la
República, y en ausencia retenga tantos años dos provincias belicosísimas;
contra él se había barajado el orden de la sucesión en los empleos, enviando al
gobierno de las provincias no ya, como siempre, los que acababan de ser
pretores y cónsules, sino los que lograban el favor y voto de unos pocos;
contra él no valía la excusa de la edad avanzada, destinando a mandar ejércitos
o personas que han cumplido los años de servicios en las guerras pasadas; con
él solo no se guardaba lo que a todos los generales se había concedido siempre,
que acabadas felizmente sus empresas, vuelvan a sus casas y arrimen el bastón
con algún empleo honorífico, o por lo menos sin infamia.
Que todo
esto así corno lo había sufrido hasta aquí con paciencia, también pensaba
sufrirlo en adelante; ni ahora era su intención quedarse con el ejército
quitándoselo a ellos contra su persona; por tanto saliesen, conforme a lo
dicho, de las provincias y licenciasen las tropas. Así él no haría mal a nadie;
ser ésta la única y final condición de la paz». Esta última proposición fue por
cierto de sumo placer para los soldados, como por sus ademanes se pudo conocer;
que cuando por ser vencidos temían algún desastre, conseguían sin pretenderlo
el retiro. Con efecto, suscitándose alguna diferencia acerca del lugar y tiempo
de la ejecución, todos a una desde las líneas donde estaban asomados, con voces
y ademanes pedían los licenciasen luego; que aunque más palabras se diesen, no
se podían fiar si se difería para otro tiempo. Después de algunos debates entre
ambas partes, finalmente se resolvió que los que tenían domicilio y
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posesiones
en España fuesen a la hora despedidos, los demás en llegando al río Varo.
Asentóse que no se les haría daño, y que ninguno por fuerza sería obligado por
César a alistarse bajo sus banderas.
LXXXVI.
César
promete proveerles de trigo desde entonces hasta la despedida. Añade también
que si alguno hubiese perdido cosa que esté en poder de sus soldados, se
restituyese a sus dueños; el valor de estas cosas tasadas por su justo precio
se lo pagó en dinero contante a los soldados. En todos los pleitos que hubo
después entre los soldados, acudían voluntariamente para la decisión a César.
Petreyo y
Afranio, como las legiones casi amotinadas clamasen por la paga, cuyo plazo
decían ellos no haberse aún cumplido, piden por arbitro a César, y unos y otros
quedaron contentos con el corte que éste dio. Despedida en aquellos dos días
como la tercera parte del ejército, mandó que dos de sus legiones fuesen
delante y las otras detrás, de suerte que las unas se alojasen a corta
distancia de las otras. Este negocio encomendó al legado Quinto Fusio Caleño.
Conforme a esta orden suya se hizo el viaje desde España hasta la ribera del
Varo, donde fue despedido el resto del ejército.
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Libro
Segundo
I.
Mientras
esto pasa en España, el legado Cayo Trebonio, encargado del cerco de Marsella,
empezó a formar terraplén, galerías y bastidas por dos partes.
La una que
caía cerca del puerto y del arsenal; la otra hacia el paso por donde los que
vienen de la Galia y España entran en aquel brazo de mar que comunica con la
ría del Ródano, porque de la ciudad de Marsella como tres partes están bañadas
del mar, la cuarta sola está unida con la tierra; y aun de ésta el espacio que
ocupa el alcázar, fuerte por su naturaleza y un valle muy hondo, hacen largo y
dificultoso el asedio. Para ejecutar estas obras, hizo Cayo Trebonio venir de
la Provenza gran número de acémilas y obreros, y traer mimbres y otros
materiales. Conducidos éstos, levanta un terraplén de ochenta pies en alto.
II.
La ciudad
empero de tiempo atrás estaba tan bien surtida de todo género de pertrechos de
guerra y de tanta copia de máquinas de batir, que no había reparos de zarzo que
pudiesen resistir a su violencia. Entre otros instrumentos, había unas vigas de
doce pies y sus puntas de hierro, que arrojadas con grandes ballestas,
penetrando por cuatro órdenes de zarzos, venían a hincarse en tierra. Por cuya
causa la cubierta de las galerías era de vigas unidas, gruesas de un pie; y así
a cubierto y de mano en manó se iba extendiendo el terraplén. Para igualar el
terreno marchaba
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delante un
galápago de sesenta pies, construido asimismo de maderos durísimos, y
guarnecido de todos preservativos contra los tiros de fuego y las piedras. Mas
la grandeza de las obras, la elevación de la muralla y de las torres, y la
muchedumbre de sus baterías retardaba la ejecución de todas nuestras
operaciones. Además de esto, los albicos hacían continuas salidas de la plaza,
y pegaban fuego al terraplén y a las bastidas, bien que los nuestros eludían
fácilmente sus esfuerzos y les nacían retirar con gran pérdida a la plaza.
III.
Por este
tiempo Lucio Nasidio, enviado por Cneo Pompeyo de socorro a Lucio Domicio y a
los masilienses con una escuadra de dieciséis navíos, de los cuales tenían
algunos el espolón de bronce, pasado el Faro 27 sin advertirlo Curión, y
aportando a Mesina, habiendo huido por el susto las personas principales y los
senadores, cógeles del arsenal una nave, y juntándola con las suyas, prosigue
su rumbo hacia Marsella; y despachando delante con disimulo un barco, dio aviso
a Domicio y a los masilienses de su arribo, exhortándolos con grande eficacia a
que, unidas las fuerzas navales con las suyas, se animasen a pelear otra vez
con la escuadra de Bruto.
IV.
27 Se
entiende que César habla del Faro de Mesina.
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Los
masilienses, después del desastre pasado, sacando del arsenal igual número de
naves viejas, las habían renovado y armado con suma diligencia. Tenían gran
copia de marineros y pilotos, y juntando también barcos de pescadores, para que
los remeros estuviesen resguardados de los tiros, los habían cubierto y
llenádolos de flecheros y máquinas de batir. Aprestada de esta suerte su
armada, esforzados con ruegos y lágrimas de los ancianos, de las madres de
familia y de las doncellas a socorrer en tal extremo a la patria, embárcanse
con no menos brío y confianza que en la batalla precedente, por ser vicio común
de nuestra naturaleza infundirnos más confianza o temor las cosas aun no
conocidas ni experimentadas, como sucedió entonces, pues la llegada de Lucio Nasidio
llenó al pueblo de esperanza y de valor. En resolución, logrando un viento
favorable, salen del puerto y júntanse con Nasidio en Torendas, castillo de los
masilienses; aquí ordenan sus naves, resuélvense de nuevo al combate,
conciértense en el plan de operaciones, y se encarga el ala derecha a los
masilienses, a Nasidio la izquierda.
V.
A este
mismo sitio dirigió Bruto su proa, aumentando el número de sus naves; porque a
las construidas por César en Arles se allegaron las seis apresadas de los
masilienses, las cuales había carenado los días antecedentes y equipado de todo
lo necesario. Por tanto, exhortando a los suyos a no temer quedar vencidos a
los que había sojuzgado en su pujanza, lleno de buenas esperanzas y no menos
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coraje,
endereza contra ellos. Era de ver desde los reales de Trebonio y de todas
aquellas alturas cómo dentro de la ciudad todos los mozos que se quedaron en
ella, y todos los ancianos con sus hijos y mujeres desde los cuerpos de guardia
o del adarve, alzaban las manos al cielo, o iban en procesión a los templos de
los dioses inmortales y postrados ante sus imágenes, hacían oración por la
victoria. No había entre todos quien no creyese que toda su suerte estaba
pendiente del suceso de aquel día; como que la flor de la juventud y los más
distinguidos de todas edades, nombrados expresamente y rogados con grandes
instancias, se habían embarcado; de modo que si la fortuna fuese adversa, veían
que no les quedaba, más socorro ni adonde volver los ojos; mas si venciesen,
esperaban conservar la ciudad, ya con sus propias fuerzas, ya con los socorros
que les vendrían.
VI.
Trabada la
batalla, los masilienses dieron todas las pruebas de valor, pues teniendo
presentes las amonestaciones que acababan de recibir de los suyos, peleaban con
tal denuedo, como si ya no hubiesen de tener otra ocasión de hacer el último
esfuerzo; y los que se hallaban durante la refriega en peligro de la vida
hacían cuenta que su muerte no hacía más que anticiparse un poco a la de los
demás ciudadanos, a quienes tomada la ciudad aguardaba la misma desventura.
Descompuesta
poco a poco la línea de nuestras naves, lograban los pilotos contrarios el
manejar con toda expedición las suyas, y si tal
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vez los
nuestros con los arpones aferraban algún navío, corrían de todos lados a
defender del riesgo a los suyos. Tampoco los albicios que venían con ellos se
mostraban cobardes para pelear mano a mano, ni cedían mucho a los nuestros en
valentía. Asimismo a lo lejos una lluvia de dardos disparados de los
navichuelos caía de improviso sobre los nuestros desapercibidos y embarazados,
con que recibían muchas heridas; y como dos galeras divisasen la capitana de
Decio Bruto, fácil de discernir por el pabellón, por los dos costados se
dispararon a boga arrancada contra ella, pero Bruto, previsto el lance, hizo
tanto esfuerzo a remo y vela, que en breve pudo adelantárseles. Ellas,
precipitadas, dieron tan de recio una contra otra, que ambas quedaron sumamente
maltratadas del golpe, y aun una, roto el espolón, totalmente destruida. Lo
cual visto, las naves de la escuadra de Bruto, que allí cerca estaban,
acométenlas impetuosamente, y en un punto ambas a dos las echan a fondo.
VII.
Las naves
de Nasidio no sirvieron, sin embargo, de nada, saliéndose luego del combate; y
es que ni la vista de la patria, ni amonestaciones de parientes las obligaban a
poner sus vidas a riesgo. Por tanto, de éstas no faltó ni una; de los
masilienses, cinco fueron echadas a pique, cuatro apresadas, una escapó con las
de Nasidio, las cuales todas ganaron las costas de la España Citerior. Otra de
las restantes, enviada delante con la nueva del triste suceso a Marsella, al
acercarse a la ciudad, fue al instante rodeada de todo
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el pueblo,
que de tropel concurrió para informarse; y entendido el caso, prorrumpió en
tales llantos, que no parecía sino que la ciudad era en aquel mismo punto
entrada de los enemigos. Más no por eso los masilienses pusieron menos
diligencia en aparejar cuanto era menester para defensa de la plaza.
VIII.
Los
soldados legionarios, que trabajaban al lado derecho, cayeron en cuenta, por
las frecuentes salidas de los enemigos, que podía serles de gran defensa el
fabricar al pie de la muralla una torre de ladrillo, que les sirviese de
baluarte y acogida; habíanla hecho al principio contra los asaltos repentinos
baja y pequeña. Aquí se refugiaban; de aquí se defendían en viéndose acometidos
con mayor violencia; de aquí salían corriendo a rechazar y perseguir al
enemigo. Era su extensión de treinta pies en cuadro, y de cinco el grueso de
las paredes. Pero después, la experiencia, que acompañada de la sagacidad de
los hombres es maestra de todas las cosas, enseñó que podía ser de gran ventaja
si se diese la elevación correspondiente de torre. Lo cual se efectuó en la
forma siguiente.
IX.
Alzada que
fue la torre hasta el primer alto, echaron el tablado, encajándolo en las
paredes de suerte que los remates de las vigas quedasen metidos en ellas, para
que no sobresaliese cosa en que prendiera el fuego. Después de este tablado
continuaron en levantar
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las paredes
de ladrillo en cuanto permitía la elevación de los reparos y parapetos. Encima
de este segundo cuerpo de pared pusieron en cruz dos cabríos sin que saliesen
las puntas fuera de ella para afianzar sobre ellos la cuartonería del que había
de ser techo de la torre, y sobre estos cabríos tendieron unos cuartones
asegurados con travesaños. Los cuartones sobresalían con las puntas fuera de la
pared, para tener donde pudiesen colgar algunas defensas, con que ponerse a
cubierto y rebatir los golpes mientras proseguían en levantar las paredes; el
tal alto solaron de ladrillos y argamasa para preservarlo del fuego de los
enemigos; tendían encima jergones, porque las armas arrojadizas no rompiesen la
tablazón, o los cantos tirados con pedreros no deshiciesen el enladrillado.
Formaron también de cables tres esterones de la longitud de las paredes y
cuatro pies de anchos, los cuales extendidos por los tres lados que miraban al
enemigo, los ataron a las puntas de los cuartones, que sobresalían al derredor
de la torre, por haber experimentado en otros sitios que sólo este género de
cubiertas no podían penetrar lanza alguna ni otra arma arrojadiza. Cuando ya
concluida esta parte de la torre quedó bien cubierta y defendida de todos los
tiros del enemigo, fueron arrimando los andamios a las otras obras, y empezaron
desde el primer suelo a coger en peso con el torculado 28 el techo exento de la
torre y a levantarlo, elevándolo tanto cuanto daba de sí la colgadura de los
esterones. Cubiertos y resguardados
28 No
encuentro voz española que a la latina cuadre más que torculado: porque según
el uso que en esta fábrica se hacía de las prehensiones o pressiones venían a
ser unos maderos abiertos en roscas como los husillos de las prensas. El
Diccionario de la lengua castellana dice que sirven los husillos no sólo para
apretar alguna cosa, mas también para subir algún gran peso.
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del techo y
esterones, iban fabricando las paredes de ladrillo; después alzando el techo
con el auxilio de los torculados, se hacían lugar para continuar la fábrica.
Cuando parecía ser tiempo de hacer otro tablado, colocaban las vigas bien así
como en el primero metiendo sus remates dentro de las paredes, y desde este
piso alzaban el techo y los esterones.
En esta
forma a cubierto, sin herida ni peligro alguno, fabricaron hasta seis altos,
dejando al tiempo de la construcción, donde pareció conveniente, abiertas
troneras para disparar las piezas de batir.
X.
Ya que se
aseguraron de que desde esta torre podían bien defender las obras que se
hiciesen a la redonda, trataron de construir un árgano 29 largo de setenta pies
con leños gruesos de dos, que desde la torre de ladrillo se prolongase hasta la
torre y el muro de los enemigos; su forma era esta: asientan primero en el
suelo dos vigas de igual longitud y distantes entre sí cuatro pies, y fijan en
ellas dos postes de cinco, trabados con cabríos que formaban el caballete,
donde se habían de colocar las vigas para techar el árgano. Ponen sobre él
vigas de canto de dos pies, trabándolas con cinchones y clavos. Al rematé de
las vertientes del techo fijan listones cuadrados, de cuatro dedos de tabla,
para contener los adobes que
29 César:
musculum. El francés entiende une galerie: un muscolo. Cobarrubias, en su
Tesoro de la Lengua Castellana, dice: «Árgano cuasi arcado, por ser máquina de
arcos a manera de grúa, de que usaban cuando se sitiaba un lugar murado. » A
Covarrubias sigue el Diccionario de la Academia; y el P. Terreros, en la voz
Árgana y Árgano, escribe: que «también hubo una máquina d« guerra de este
nombre». Yo pienso que así se ha de llamar en castellano la máquina musculus.
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habían de
cubrir el árgano. Rematada así la obra en forma combada, y perfeccionada según
la positura de las vigas afianzadas en los cabríos, cúbrenla con adobes y
argamasa, para defender el árgano del fuego que arrojasen del muro; sobre los
adobes tienden pieles, porque éstos no se deshiciesen con el agua que los
enemigos vertiesen por las canales, y porque las pieles no recibiesen daño del
fuego y las piedras, las cubren con jergones. Toda esta gran máquina
concluyeron al pie de la misma torre bajo de cubierto; y de repente, estando
bien descuidados los sitiados, al modo mismo que botan al agua los navíos,
metidos debajo unos rodillos, la arrimaban a la muralla y queda pegada con
ella.
XI.
Espantados
de esta novedad los sitiados, mueven con palancas peñascos los más grandes que
pueden y échanlos a rodar del muro abajo sobre el árgano. La firmeza del
maderamen resiste al golpe, y cuando cae sobre él resbala en su cubierta.
Viendo esto mudan de traza; llenan barriles de pez y resina, y poniéndoles
fuego, échanlos a rodar del muro al árgano. Resbalan también éstos por el techo
abajo, y en cayendo en el suelo, los nuestros los apartan con varales y
horquillas porque no prenda fuego la obra. Entre tanto los soldados debajo del
árgano van desgajando con palancas las piedras que sostenían la torre de los
enemigos. El árgano desde la torre de ladrillo es defendido de los nuestros con
dardos y baterías, barriendo a los enemigos del muro y torres, sin dejarles
arbitrio para su defensa.
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Quitadas ya
muchas piedras de los cimientos de la torre inmediata, cae de repente a tierra
un lienzo de ella, y el otro queda desplomado amenazando ruina.
XII.
Asustados
entonces los enemigos con la ruina repentina de la torre, turbados con tan
inopinado fracaso, consternados de considerarse en desgracia de los dioses,
atemorizados con el saqueo inminente, todos a una, sin armas, en traje de
suplicantes, salen de tropel fuera de la puerta y tienden humildes las manos a
los legados y al ejército. A cuyo nuevo espectáculo suspéndese el ataque, y los
soldados, dejando los trabajos, acuden llevados de la curiosidad a oír y ver.
Llegados que fueron los enemigos a los legados y al ejército, echándose todos a
sus pies, suplican se aguarde la venida de César; que ven su ciudad tomada, los
trabajos concluidos, la torre arruinada; que por tanto desisten de la defensa;
que en llegando César, cuando ellos no cumpliesen la palabra, podría sin
detención ni embarazo meter a saco la ciudad. Representan que si la torre
acabase de caer, no se podrían contener los soldados sin entrar, por la
esperanza del pillaje, a sangre y fuego la ciudad y asolarla. Éstas y otras
muchas cosas a este tono ponderan, como hombres avisados, con lágrimas y
lloros.
XIII.
Enternecidos
con ello los legados, retiran de la labor a los soldados y desisten del ataque,
contentándose con dejar guardias en los
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trabajos.
Hácese por compasión una especie de tregua hasta la venida de César. Ni ellos
ni los nuestros disparan un tiro. Como si la cosa estuviese concluida, todos
aflojan en el cuidado y diligencia; y es que César tenía dadas por cartas
estrechas órdenes a Trebonio, que no permitiese entrar por fuerza la ciudad, no
fuese que los soldados, irritados ya por la rebelión, ya por verse
menospreciados, ya también por el largo trabajo, matasen a los mozos, como
amenazaban de hacerlo; y no costó poco el reprimirlos que no asaltasen la
plaza, y lleváronlo muy a mal, pensando que por Trebonio no se hubiese dado el
asalto.
XIV.
Pero los
enemigos, sin respeto a la fe jurada, andaban buscando tiempo y coyuntura de
armar traición; y dejando pasar algunos días, uno en que los nuestros estaban
entregados al descanso, súbitamente al tiempo de la siesta, cuando se habían
unos retirado, cansados otros con el trabajo de tantos días se habían echado a
dormir en medio de las trincheras, arrimadas las armas, salen de rebato por las
puertas afuera, y favorecidos de un viento recio, pegan fuego a los trabajos,
cuyas llamas de tal manera esparció el viento, que ardieron a un tiempo
terraplén, parapetos, galápagos, torre y baterías, y primero se redujo todo a
cenizas que se pudiese advertir cómo había sucedido la cosa. Los nuestros,
perturbados de la desventura imprevista, echan mano de las primeras armas que
encuentran; otros saltan de los reales y arremeten al enemigo, pero el disparo
de saetas y tiros desde la muralla cubren la retirada de
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los
enemigos; se meten éstos debajo del muro, y allí a salvamano ponen fuego al
árgano y a la torre de ladrillo.
Así por la
mala fe de los enemigos y violencia del viento feneció en un instante el
-trabajo de muchos meses. Tentaron los masilienses otro tanto al día siguiente
logrando igual viento, y aun con mayor confianza salieron impetuosamente a
pelear junto a otra torre y el terraplén arrojando mucho fuego; mas los
nuestros, así como antes habían aflojado enteramente de su primer tesón, así
ahora, escarmentados con el desastre del día precedente, tenían bien prevenido
todo lo necesario para la defensa. Con que matando a muchos, hicieron retirar a
los demás a la plaza sin haber logrado el intento.
XV.
Trebonio
trató de resarcir lo perdido con mucho mayor empeño de los soldados; pues
cuando vieron malogradas tantas fatigas suyas y prevenciones, sintiendo en el
alma que después de violadas a traición las treguas se hiciese burla de su
valor; como no les quedaba paraje de donde sacar fajina, por haber cortado y
conducido todo? los árboles del contorno, determinaron hacer un terraplén de
nueva invención y nunca oído, formado de dos muros de ladrillo que tuviesen
seis pies de grueso y el terrado casi igual al otro de madera. Donde el espacio
intermedio de los muros, o lo endeble del material parecía requerirlo,
entreveran pilares con vigas atravesadas que daban solidez, y todo el tablado
se cubre con zarzos y los zarzos con adobes. Los soldados cubiertos del muro
por ambos
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lados, del
techo por encima y del parapeto por delante, llevan sin peligro cuanto es
menester para la obra. Ponen gran diligencia en la ejecución, y; mediante la
industria y esfuerzo de los soldados, se resarce en breve el daño de una labor
de muchos días. Déjanse puertas en el muro donde parece a propósito para las
salidas.
XVI.
Los
enemigos cuando vieron tantas cosas (que no creyeran poder restaurarse en largo
tiempo) tan bien reparadas con la diligencia y labor de muchos días, que ya no
había lugar a traición ni salida, ni les quedaba medio de hacer daño o con
armas a los soldados, o con fuego a los trabajos; reconociendo que con la misma
traza se podía cercar con muro y torres la ciudad por la parte que comunica con
la tierra, de manera que no se les dejase parar en sus adarves, pues parecía el
nuevo terraplén un alcázar unido y sobrepuesto a sus mismas murallas, de donde
podían tirar dardos con la mano, y que sus baterías, de que se prometían
grandes cosas, por causa de la inmediación no valían nada, echando de ver,
además, que con partido igual en combatir de muro a muro y de torres a torres,
no podían contrarrestar en valor a los nuestros, recurren a las primeras
condiciones de la entrega.
XVII.
Marco
Varrón, al principio de su gobierno en la España Ulterior, sabiendo cómo iban
las cosas en Italia, desconfiando del partido de Pompeyo, hablaba de César con
grandísima estimación, diciendo:
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que por
haber sido prevenido de Pompeyo con la tenencia, se hallaba empeñado en su
servicio, pero no que debía menos a César; que tampoco ignoraba cuál fuese la
obligación de un oficial subalterno, cuáles sus fuerzas, cuál la inclinación de
toda la provincia hacia César. Ésta era la materia de todas sus conversaciones
sin declararse por ninguno de los dos partidos. Empero después que supo cómo
César estaba en Marsella; la unión de Petreyo y Afranio, y los muchos
auxiliares que se les habían juntado; que toda la Provincia Citerior se había
declarado por ellos y que se prometían cosas grandes, noticioso también de la
carestía que experimentaban en Lérida, todo lo cual le había escrito Afranio
con tanto encarecimiento como presunción, empezó él también a mudarse a la
parte que soplaba la fortuna.
XVIII.
Hizo Marco
Varrón levas por toda la provincia; a dos legiones completas añadió treinta
cohortes auxiliares; acopió gran porción de trigo, para remitir parte de él a
los masilienses, parte a Petreyo y Afranio; mandó a los gaditanos construir
diez galeras; otras muchas hizo fabricar en Sevilla; hizo conducir además todo
el dinero y todas las alhajas del templo de Hércules a Cádiz, poniendo allí de
guarnición seis cohortes sacadas de la provincia, y puso por gobernador a Cayo
Galonio, caballero romano y amigo de Domicio, que le había enviado allá para
negociar una herencia; las armas todas de los particulares y del público
depositó en casa de Galonio. Él mismo pronunció varias declamaciones insolentes
contra César,
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publicando
repetidas veces desde su tribunal que César había quedado vencido; que muchos
de sus soldados habían pasado a las banderas de Afranio; que todo esto lo sabía
por noticias ciertas y sujetos fidedignos.
Amedrentados
con eso los ciudadanos romanos de aquellas provincias, oblígales a ofrecer para
subsidio de la República un donativo de once millones de sestercios con veinte
mil fanegas de trigo. A las ciudades que sospechaba favorecían a César echaba
mayores contribuciones, y si algunos en estas ciudades censuraban el gobierno
de Roma, les confiscaba los bienes, pasaba allí con la tropa y pronunciaba
sentencia contra los particulares, forzando a toda la provincia a prestar
juramento de fidelidad a sí y a Pompeyo. Cuando llegó a su noticia lo sucedido
últimamente en la España Citerior, dispúsose para la guerra; la cual pensaba
hacerla así: irse con dos legiones a Cádiz, y embargar allí las naves y los
granos, porque había entendido que toda la provincia estaba por César. Bien
provisto de naves y vituallas dentro de la isla, juzgaba no ser difícil
prolongar la guerra. César, aunque muchos y bien urgentes negocios le llamaban
a Italia, sin embargo, estaba resuelto a no dejar ninguna reliquia de guerra en
las Españas, sabiendo muy bien los grandes beneficios que había hecho Pompeyo
en la Citerior y los muchos apasionados que allí tenía.
XIX.
Por tanto,
habiendo enviado a la Ulterior dos legiones con Quinto Casio, tribuno de la
plebe, él con seiscientos caballos marcha a
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grandes
jornadas, librando antes una provisión en que mandaba que para tal día
compareciesen ante sí los magistrados y regidores de todas las ciudades en
Córdoba. Promulgado este edicto por toda la provincia, no hubo ciudad que no
enviase algunos de su regimiento a Córdoba, ni ciudadano romano de alguna
distinción que no concurriese al día señalado. Entre tanto el gobierno mismo de
Córdoba por su autoridad cerró las puertas a Varrón; puso guardias y centinelas
en la muralla y en las torres, y dos cohortes, llamadas Colonias 30 que por
allí pasaban casualmente, las retuvo para defensa de la plaza. Esos mismos días
los de Carmona, ciudad sin comparación la más fuerte de toda la provincia, como
Varrón hubiese introducido en el castillo tres cohortes, por sí mismos las
echaron fuera y los rastrillos a las puertas.
XX.
Varrón, por
lo mismo, se daba más prisa para llegar cuanto antes con las legiones a Cádiz,
porque no le cortasen el viaje por tierra o por agua. Andaba alguna parte de
camino, como era tanta y tan fina la voluntad de la provincia a César, recibe
cartas de Cádiz con la noticia de que, luego que se supo el edicto, acordaron
los regidores de Cádiz con los oficiales mayores de las cohortes, que allí
estaban de guarnición, echar de la ciudad a Galonio, y conservar la isla y
plaza en la obediencia de César. Con este acuerdo intimaron a Galonio que de su
grado, mientras podía sin riesgo, saliese de la plaza; donde no, tomarían ellos
sus medidas; que con esto
30 Porque
se componían de los colones avecindados en las colonias romanas; tropa
escogida, como si dijésemos, de las milicias provinciales.
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atemorizado
Galonio, se había ido de Cádiz. Con estas nuevas, de las dos legiones, la una,
nombrada Vernácula, levantó las banderas de los reales eje Varrón a su
presencia y vista, Mirose de Sevilla, y se alojó en la plaza y en los pórticos
sin hacer mal a nadie. Este hecho fue tan grato a los ciudadanos romanos de
aquel partido, que a porfía los hospedaban con sumo agasajo en sus casas.
Intimidado Varrón con tales sucesos, como mudando de ruta hubiese propuesto
encaminarse a Itálica, avísanle los suyos que las puertas estaban cerradas.
Entonces, finalmente, viéndose atajado por todas partes, envió a decir a César
cómo estaba pronto a entregar la legión a quien él mandase. Él envióle a Sesto
César con orden que se la entregase, Entregada la legión, vino Varrón a Córdoba
para verse con César, y habiendo dado las cuentas de su administración, entrega
fielmente todo el dinero que tenía en su poder, y declara cuántas provisiones y
naves tiene y dónde.
XXI.
César en la
junta de Córdoba da generalmente las gracias a todos: a los cordobeses porque
procuraron asegurarle la ciudad; a los de Carmona31 porque habían echado fuera
las guarniciones; a los gaditanos por haber desbaratado los proyectos de los
contrarios y puesto en cobro su libertad; a los tribunos militares y capitanes
venidos a Cádiz de guarnición, porque con su esfuerzo sostuvieron la resolución
de los naturales. Remite a los ciudadanos romanos la paga del dinero ofrecido a
Varrón para el público; restituye los
31 Así los
llama César en contraposición a los cordobeses; porque no gozaban del fuero de
ciudadanos romanos.
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bienes
confiscados a los que habían hablado con demasiada libertad, y hechas varias
mercedes en común y en particular a los demás da buenas esperanzas; y
habiéndose detenido dos días en Córdoba, sale para Cádiz, donde manda restituir
al templo de Hércules los dineros y exvotos que de él se habían trasladado a
una casa particular; deja por gobernador de la provincia a Quinto Casio con
cuatro legiones a sus órdenes. Él con las naves que Marco Varrón y por su
mandado los gaditanos habían construido, en pocos días arribó a Tarragona donde
le aguardaban los diputados de casi toda la Provincia Citerior. Decretadas como
en Córdoba varias gracias en común y en particular, sale de Tarragona caminando
por tierra a Narbona, y de allí a Marsella. Aquí tuvo noticia cómo promulgada
la ley de nombrar dictador, él mismo había sido nombrado por el pretor Marco
Lépido.
XXII.
Los
masilienses, fatigados de toda suerte de males, reducidos a una extrema penuria
de víveres, vencidos en dos batallas navales, derrotados en las frecuentes
salidas, afligidos también de grave pestilencia ocasionada del largo
encerramiento y de la mudanza de alimentos (pues se mantenían de panizo añejo y
de cebada viciada que para semejantes lances tenían de repuesto en depósito)
desahuciados de los socorros de las provincias y ejércitos, que sabían haber
caído en manos de César, derribada la torre y desmantelada gran parte de la
muralla, determinan rendirse de veras. Pero pocos días antes Lucio Domicio,
entendida la
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determinación
de los masilienses, equipadas tres naves, de las cuales destinó dos para sus
compañeros, embarcándose él en la tercera, a favor de una espesa niebla se hizo
a la vela. Divisáronle las naves que por orden de Bruto diariamente hacían
guardia delante del puerto, y lavando áncoras, empezaron a darle caza. De los
tres navíos sólo el de Domicio tiró adelante y prosiguió huyendo hasta que a la
sombra de la oscuridad se perdió de vista; los otros dos, por temor del alcance
de nuestras naves, se refugiaron al puerto. Los masilienses, conforme se les
mandó, presentan fuera de la plaza las armas y baterías; sacan las naves del
arsenal y del puerto, entregan el tesoro público. César, concluidas estas
cosas, concediéndoles la vida por respeto a la fama y antigüedad de su
república, y no porque se lo mereciesen ellos, deja en la ciudad dos legiones
de guarnición, remite las demás a Italia, y él mismo se parte para Roma.
XXIII.
Por este
mismo tiempo Cayo Curión, navegando de Sicilia al África, como quien ya de
antemano miraba con desprecio las fuerzas de Publio Accio Varo, llevaba consigo
dos legiones de cuatro recibidas de César y quinientos caballos más. Gastados
dos días con sus noches en la navegación, vino a surgir en cierto lugar llamado
Aguilera, distante de Clupea veintidós millas; el cual tiene una bahía no mala
para tiempo de verano entre dos altos promontorios. Lucio César el mozo,
estando en Clupea a la espera de su arribo con diez galeras (las cuales,
apresadas en la guerra de los piratas,
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Publio
Accio había hecho reparar en Útica con motivo de la guerra presente), aterrado
con la vista de tanto buque, fuese huyendo de alta mar, y orillando a la costa
vecina con su galera cubierta, dejándola en la playa, escapó por tierra a la
ciudad de Adrumeto cuya plaza defendía Cayo Considio Longo con una legión. Con
la huida de César las demás galeras se retiraron al puerto de Adrumeto. Yendo
en su seguimiento el cuestor Marco Rufo con doce navíos que Curión había sacado
de Sicilia para escolta de los transportes, vista la galera desamparada en la
costa, la trajo a remolque, y volvióse a Curión con la escuadra.
XXIV.
Curión
envía delante a Marco por mar a Útica, él mismo marcha con el ejército allá, y
andadas dos jornadas, llegó al río Bagrada, donde deja con las legiones al
legado Cayo Caninio Rebilo, y él se adelanta con la caballería a fin de
reconocer los reales cornelianos 32, lugar que se consideraba muy ventajoso
para el campamento. Es una cordillera empinada que domina al mar, por las dos
bandas fragosa y áspera, si bien por la parte que cae a Útica es la cuesta
algún tanto más suave. Dista de Útica por camino derecho poco más de una milla.
Pero en este camino hay una fuente que comunica con el mar, formándose un gran
lago, que si uno quiere no pasarlo, ha de rodear seis millas para llegar al
pueblo.
32
Llamáronse así de Cornelio Escipión, acompañado allí en tiempo de la guerra
púnica o cartaginesa; donde, andando el tiempo, se fundó el pueblo que Plinio y
Mela, en la descripción del África, llaman Castra Cornelia, Castro-Cornelio.
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XXV.
Al
reconocer este puesto, se pone Curión a contemplar los reales de Varo, pegados
al muro y a la plaza por la puerta llamada Bélica, harto bien defendidos por
naturaleza; por un lado, de la misma ciudad de Útica; por otro, del teatro
edificado enfrente de ella sobre arcos grandísimos de bóveda, con paso difícil
y estrecho para los reales. Juntamente observó cómo todos los caminos estaban
cubiertos de gente que por temor de alguna repentina guerra acarreaban de las
aldeas sus bienes y haciendas a la plaza. Destaca, pues, hacia esta parte la
caballería para saquearlas y aprovecharse de los despojos. Al mismo tiempo Varo
envía de la ciudad para escoltarlas seiscientos caballos númidas y
cuatrocientos infantes, los mismos que pocos días antes el rey Juba había
enviado de socorro a Útica. Éste, por derecho de hospedaje heredado de su
padre, era tan amigo de Pompeyo como enemigo de Curión33; porque, siendo
tribuno de la plebe, promulgó una ley por la cual le confiscaba del reino. Al
primer encuentro de nuestra caballería con los númidas, éstos no pudieron
aguantar la carga; sino que, dejando muertos en el campo ciento y veinte de los
suyos, los demás se refugiaron a los reales debajo del muro. Entre tanto, al
arribo de las galeras, Curión hace intimar a doscientas naves mercantiles
surtas en la rada de Útica, «que tratará como enemigos a los que no alcen velas
al momento y se dirijan a los reales cornelianos». Hecha la intimación, al
mismo punto zarpando todas,
33 Juba,
hijo de Hiempsal, rey de Numidia, seguía el partido de Pompeyo; y por eso
Curión, en gracia de César, le declaró enemigo del pueblo romano, privándole
del derecho al reino que poseía por favor de Pompeyo.
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pasan de
Útica adonde les fue mandado. Con que el ejército se halló abastecido de todo.
XXVI.
Después de
haber ejecutado esto Curión, da la vuelta a su campo de Bagrada, y es aclamado
a una voz por todo el ejército general en jefe. Al día siguiente conduce sus
tropas a Útica y se acampa cerca de la plaza. Aún no estaba bien acampado,
cuando le avisan las guardias avanzadas de la caballería, que vienen hacia
Útica grandes socorros de a caballo, y de a pie remitidos por el rey; al mismo
tiempo se veía una gran polvareda, y un instante después se dejó ver ya la
vanguardia. Turbado Curión con esta novedad, destaca luego la caballería para
que recibiese y sostuviese el primer ímpetu; en tanto él saca de las trincheras
y arma las legiones. Acomete la caballería; y primero que las legiones pudiesen
desenvolverse y tomar puesto, ya las gentes del rey, turbadas todas,
sobrecogidas, sin acción ni orden (porque caminaban sin él por no recelar
peligro), estaban en huida, y salvándose la caballería casi toda a fuerza de
correr por las riberas a la plaza, quedó degollada mucha parte de la
infantería.
XXVII.
La noche
inmediata dos centuriones marsos con veintidós de sus soldados desertan del
campo de Curión al de Accio Varo. Éstos, ya fuera que dijesen lo que
verdaderamente sentían, ya por lisonjear a Varo (siendo así que tan fácilmente
creemos lo que deseamos, como
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nos
persuadimos a que todos han de sentir lo que nosotros sentimos), lo cierto es
que aseguraron que toda la tropa obedecía de mala gana a Curión; que sería muy
del caso el dejarse ver y poder hablarse los dos ejércitos. Varo, dándolo por
cierto, al día siguiente de madrugada saca de los reales sus legiones; eso
mismo hace Curión, y teniendo sólo de por medio un valle no muy grande, ambos
forman su gente en batalla.
XXVIII.
Estaba en
el ejército de Varo Sesto Quintilio Varo, que dijimos arriba haberse hallado en
Corfinio. Éste, puesto en libertad por César, había venido al África, y Curión
había transportado consigo aquellas mismas legiones que César tiempos antes
tomó a su servicio en Corfinio; de modo que sin más mudanza que la de algunos
centuriones, los grados y las centurias perseveraban en el mismo pie.
Valiéndose
Quintilio de esta correlación para el enganche, comenzó a correr ante el
ejército de Curión y a conjurar a los soldados, «que no echasen en olvido el
primer juramento hecho en manos de Domicio y en las suyas como cuestor; que no
empeñasen las armas contra los que habían sido compañeros de la misma fortuna y
de los mismos trabajos en el cerco, ni peleasen a favor de aquellos que por
afrenta los llamaban desertores». Concluye con darles esperanzas de largas
mercedes, las cuales debían esperar de su liberal mano, si siguiesen sus
banderas en el ejército de Accio. Acabada la arenga, el
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ejército de
Curión no hizo novedad alguna, y con eso se retiró cada cual con sus tropas.
XXIX.
Pero la
resulta de esto en el campo de Curión fue el apoderarse de todos un terror
pánico, que tomó cuerpo prontamente, como suele, con los discursos de los
soldados, poniendo cada uno algo de su casa a lo que oía decir a otros; con que
saliendo la voz del primero que fue sólo el autor, y comunicándose a otros,
corriendo de boca en boca, ya parecían muchos los autores de ella.
Ponderábase
que la guerra era civil; tales los soldados, que podían libremente hacer lo que
gustasen; las legiones las mismas que poco antes militaban en el campo enemigo;
que aun el beneficio de César dejaba de serlo por su costumbre 34 de acoger a
cuantos se presentaban de los pueblos del bando contrario, como se vio en los
desertores de la noche antes; porque no venían ahora de los marsos y peliños35.
Esto se hablaba en los ranchos, y algunos camaradas entre sí daban peor sentido
a las palabras bastante fuertes de los soldados. Los que querían parecer más
adelantados, aun fingían algunas cosas.
34 La
demasiada facilidad de César en perdonar a todos, y aun admitirlos a su amistad
disminuía en la opinión de los malcontentos la grandeza del beneficio, ya hecho
común a todos cuantos lo pretendían.
35 Claro
está que cuando se acaba de recibir un beneficio está más fresca la memoria
para el agradecimiento. Las legiones de Corfinio se componían por la mayor
parte de marsos y peliños, ya olvidados en África del favor recibido en su
tierra. Éste es aquel famoso lugar interpolado, que cada uno interpreta a su
modo; ni puede ser otra cosa, faltando la luz del texto y la guía del anónimo
griego, que no tradujo LOS COMENTARIOS DE LA GUERRA CIVIL. Por eso ha traducido
a tiento, y aun el texto se presenta casi a bulto.
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XXX.
En vista de
esto, convocando a junta, pone el negocio en consulta. Algunos eran de opinión
que se habían de hacer todos los esfuerzos posibles y asaltar los reales de
Varo, puesto que no hay cosa tan nociva como el ocio en semejantes inquietudes
de los soldados. En suma, más vale, decían, probar la suerte peleando
animosamente, que, desamparados y vendidos de los suyos, padecer tormentos
atrocísimos. Otros juzgaban que sería mejor retirarse a medianoche a Castro
Cornelio, donde habría más tiempo y comodidad para desengañar a los soldados;
que cuando turbio corriese, teniendo a mano tantas embarcaciones, era más
segura y más fácil la retirada a Sicilia.
XXXI.
Curión
ninguno de estos consejos aprobaba, diciendo que cuanto el uno mostraba de
cobardía, tanto había en el otro de temeridad; que aquéllos proponían por
expediente una vergonzosísima fuga; éstos el de una batalla, estando por el
enemigo la ventaja del sitio. « ¿Por dónde, dice, presumimos poder forzar unas
trincheras tan bien fortificadas por arte como por naturaleza? ¿O qué vamos a
ganar con ser rebatidos con gran daño en el asalto? Como si no fuesen las
empresas dichosas las que granjean la benevolencia de los soldados a los jefes,
igualmente que las desgracias al desafecto. Pues el mudar de campo ¿qué otra
cosa es, sino una vil fuga, darse por desesperados y enajenar los ánimos de los
soldados? No es bien que los cuerdos sospechen que se fía poco de ellos, ni los
mal
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intencionados
entiendan que se les teme, porque así crece la insolencia de los unos y se
disminuye la afición de los otros. Mas demos por cierto lo que se dice del
enajenamiento del ejército (lo que yo para mí tengo ser, o falso del todo, o
mucho menos de lo que se imagina), ¿cuánto mejor es disimularlo y encubrirlo,
que no con el hecho confirmarlo? ¿Por ventura no se deben ocultar, como se hace
con las llagas del cuerpo, los males del ejército para no acrecentar a los
enemigos la osadía? Y aun más pretenden: que salgamos de noche, sí, para que
tengan mayor libertad los que intentasen desmandarse, puesto que no hay otro
freno en semejantes casos sino el pundonor y el miedo, a que ninguna cosa es
más contraria que la noche. Así que ni soy tan resuelto que me determine a dar
el salto a las trincheras sin esperanza de forzarlas, ni tan medroso que me
cuente ya perdido; antes bien me parece tentar primero todos los medios y
espero que presto, vista la realidad, estemos todos de acuerdo por la mayor
parte.»
XXXII.
Despedido
el consejo, convoca los soldados y les recuerda el servicio importante que
hicieron a César en Corfinio; cómo su favor y autoridad atrajo a sí gran parte
de Italia: «porque a vosotros, dice, y vuestro ejemplo han seguido uno tras
otro todos los pueblos. De aquí es que no sin razón sois tan amados de César
como aborrecidos de sus adversarios. Pero ¡qué mucho! Pompeyo sin haber perdido
batalla alguna, con el anuncio infausto de vuestro hecho salió huyendo de
Italia; César os fió en mí la persona que
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más amaba
juntamente con la Sicilia y África, sin las cuales no puede mantener a Roma36
ni a Italia. Ya sé que os inducen a dejarnos, y ¿qué cosa pueden ellos desear
tanto como conseguir a un tiempo el perdernos a nosotros, y a vosotros haceros
consentir en una maldad execrable? ¿O qué cosa peor pudiera caer en la
imaginación de unos enemigos mortales vuestros que el induciros a una traición
contra aquellos que confiesan que os deben toda su dicha, y que os entreguéis
en manos de los mismos que os miran como autores de su perdición? ¿Es porque
ignoráis las proezas de César en España? Dos ejércitos deshechos37, vencidos
dos generales, dos provincias conquistadas 38, y esto a los cuarenta días de su
venida a la vista de los contrarios. Pues ¿cómo vencidos han de resistir los
que en su entereza no pudieron? Y vosotros que seguisteis a César estando en
balanzas la victoria, ahora que se ha declarado por él la fortuna, ¿querréis
seguir al vencido, cuando habíais de gozar el premio de vuestra lealtad? Dicen
que vosotros desertasteis y los vendisteis, y os echan en cara el primer
juramento. Pero ¿fuisteis vosotros los desertores de Domicio, o fue Domicio el
que desertó de vosotros? ¿No fue él quien, estando vosotros dispuestos a sufrir
el último trance, os abandonó de todo punto? ¿No se huyó sin daros parte? ¿No
es así que, vendidos por él, estáis hoy en vida por beneficio de César? Y ¿cómo
pudo dejaros ligados con el juramento un hombre que, abandonadas sus insignias,
depuesto del mando, sin carácter y prisionero, vino a ser
36 Eran
éstas dos provincias fertilísimas, sin cuyo comercio, especialmente de granos,
en aquellas circunstancias no podía subsistir Italia.
37 Petreyo
y Afranio
38 La
España Citerior y la Ulterior
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él mismo
dependiente de otro? Sólo falta que os reconvengan con el juramento, queriendo
que, sin hacer caso del que al presente os obliga, respetéis el otro que por la
deposición del capitán y su prisión quedó anulado. Más quizá, no teniendo queja
de César, la tenéis de mí; que no quiero acordaros los beneficios que os he
hecho, siendo como son hasta ahora mucho menores de lo que yo quisiera y
esperáis vosotros. Con todo os sé decir que los soldados sólo acostumbran pedir
galardones conforme al suceso, y cuál haya de ser éste, vosotros mismos lo
estáis viendo. Y bien, mi diligencia, el estado presente del negocio y la
fortuna, ¿no merecen siquiera algún recuerdo? ¿Tan mal os parece haber
transportado sano y salvo el ejército sin perder una sola nave, a ver a mi
arribo y al primer encuentro desbaratado la escuadra de los enemigos,
vencídolos dos veces en dos días peleando con la caballería, sacándoles de su
propia ensenada y puerto doscientos trasportes, y reducidos a tal extremo, que
ni por tierra ni por mar pueden ser socorridos con víveres? Y vosotros ahora,
renunciando tal fortuna, tales caudillos, ¿qué vais a buscar? ¿La mengua de
Corfinio, o la fuga de Pompeyo, o la rendición de las Españas, o los primeros
pasos desgraciados de la guerra africana? Yo ciertamente contento estaba con el
nombre de soldado de César; vosotros me apellidasteis general; ahí tenéis
vuestro título, si os pesa de habérmelo dado; mas restituidme mi nombre, no se
diga que el renombre que me disteis fue para mayor afrenta.»
XXXIII.
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Grande fue
la impresión que hizo este razonamiento en los soldados; como que le
interrumpían a cada palabra con el vivo dolor que sentían de que se sospechase
mal de ellos. Acabado el discurso, todos a una voz le ruegan «que tenga ánimo,
ni dude dar la batalla y hacer prueba de su lealtad y valor». Con eso, trocados
los corazones y dictámenes de todos, determinó Curión con universal aprobación
aventurar la batalla en la primera ocasión que se ofreciese. Al día inmediato,
sacando sus tropas, las ordena en el mismo puesto que ocupó los días
antecedentes. Tampoco Varo se detiene en sacar las suyas, por no perder la
ocasión de solicitar a los saldados, o de combatir en el caso de poderlo hacer
en sitio ventajoso.
XXXIV.
Había entre
los dos ejércitos, como arriba insinuamos, un valle con un recuesto no muy
agrio ni pendiente. Cada cual estaba en espera a ver si el otro tentaba el
paso, para pelear con más ventaja. En esto por el ala izquierda de Publio Accio
toda la caballería y mezclados con ella los soldados ligeros se veían desfilar
bajando al valle. Curión destaca luego su caballería y dos cohortes marrucinas,
a cuyo primer choque no pudieron resistir los caballos enemigos, sino que a
brida suelta se refugiaron a los suyos, con que desamparados los soldados
ligeros que avanzaron con ellos, los cogían en medio y destrozaban los
nuestros. Vueltos acá los ojos, todo el ejército de Varo estaba mirando la fuga
y destrozo de los suyos.
Entonces
Rebilo, legado de César, a quien Curión había traído consigo de Sicilia por
razón de su mucha experiencia en las artes de
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guerra: «ya
ves, Curión, le dice, al enemigo consternado; ¿por qué no te aprovechas de la
ocasión?» Él diciendo solamente a sus soldados que se acordasen de las promesas
del día precedente, manda que le sigan y va corriendo delante de todos. Era la
subida del valle tan embarazosa, que los primeros no podían trepar sino con
ayuda de los otros. Pero los soldados de Accio, sobrecogidos del miedo por la
fuga y matanza de los suyos, imaginándose que iban a ser acordonados por la
caballería. Y así, antes que pudiesen los nuestros acercarse a tiro de saeta,
todo el ejército de Varo volvió las espaldas retirándose dentro de las
trincheras.
XXXV.
Cuando iban
huyendo, cierto Fabio Felino, soldado raso del ejército de Curión, alcanzando
la vanguardia de los fugitivos, preguntaba en voz alta por Varo, llamándole por
su nombre, como que era uno de sus soldados y quería darle algún aviso y
hablarle. Oyéndose nombrar tantas veces, se paró a mirarlo. Y preguntando quién
era o qué quería, tiróle una estocada al hombro derecho y por poco no le mató,
mas él se libró cubriéndose con el escudo. Fabio, cercado por los inmediatos,
fue despedazado. Los que venían huyendo cargaron en tanto número y con tal
tropelía en las puertas de los reales, que no cabiendo por ellas, fueron más
los que perecieron en este aprieto que en la refriega y en la fuga. Ni faltó
mucho para echarlos de las trincheras, pues algunos no cesaron de correr hasta
meterse dentro de la plaza. Mas la naturaleza del sitio igualmente que la
fortificación de los reales impedía el avance, porque los soldados de
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Curión no
tenían los instrumentos necesarios para el ataque, habiendo salido a la batalla
y no al asalto. Por tanto Curión retira a su campo el ejército sin perder un
hombre fuera de Fabio, quedando de los enemigos al pie de seiscientos muertos y
mil heridos. Todos estos después de la retirada de Curión y otros muchos que se
fingían heridos, no dándose por seguros en los reales, se pasaron a la
fortaleza. Advirtiendo en ello Varo y enterado del terror del ejército, dejando
en el campo un clarinero 39 y tal cual tienda de campaña de plataforma, a
medianoche, a la callada mete su ejército en la plaza.
XXXVI.
El día
siguiente Curión trata de sitiarla y tirar la línea de circunvalación. Había en
Útica mucha gente que, por la larga paz, no sabía lo que era guerra; los
ciudadanos eran apasionadísimos de César por los beneficios de él recibidos, y
el ayuntamiento se componía de personas de diferentes clases. El espanto por
las refriegas pasadas era muy grande, con que todos hablaban a las claras de la
entrega, haciendo instancias a Publio Accio que no quisiese por su obstinación
dar al través con todos. En esta sazón vinieron mensajeros del rey de Juba
diciendo que ya él estaba en camino con grandes fuerzas, y exhortándolos en
tanto a la defensa y guarda de la ciudad, con lo cual se recobraron del miedo.
XXXVII.
39 O
trompeta que hiciese a sus horas la señal de mudar las centinelas, corno si la
tropa no hubiese salido de los reales
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Estas
mismas noticias recibía Curión; mas por algún tiempo no se podía acabar con él
que las tuviese por ciertas, tan pagado estaba de sus cosas; y ya por correos y
cartas volaba por África la noticia de los prósperos sucesos de César en
España. Por todas estas circunstancias, engreído, se persuadía a que el rey
nada emprendería contra sí. Pero cuando supo de cierto que sus tropas estaban a
veinticinco millas y aun menos de Útica, alzado el cerco, se retiró a
Castro-Cornelio, adonde comenzó a traer trigo, fortificar el campo, juntar
materiales, enviando luego a Sicilia a pedir las dos legiones y el resto de la
caballería. El lugar era oportunísimo para ir entreteniendo la guerra, tanto
por su situación y fortaleza, como por la cercanía del mar y abundancia de agua
y sal, y ésta en gran cantidad de antemano acopiada allí de las salinas
inmediatas. Leña no podía faltar por las muchas arboledas; tampoco trigo, de
que los campos estaban cubiertos. En razón de esto, Curión se disponía con
aprobación de todos los suyos a esperar las demás tropas y tomar despacio la
guerra.
XXXVIII.
Ordenadas
estas cosas y aprobado el proyecto, dícenle ciertos desertores echadizos de la
plaza que Juba, detenido por una guerra suscitada en los confines y por ciertas
pretensiones de los leptitanos, se había quedado en el reino, enviando con
parte de sus fuerzas a Sabura su primer ministro, que ya estaba cerca de Útica.
Creyendo sin más examen el dicho de éstos, muda de parecer y determina salir
luego a campaña. Para tal resolución tuvo grandes
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incentivos
en el fervor de la mocedad, generosidad de su corazón, felicidad de sus pasadas
empresas y confianza del buen suceso de la presente. Con tales impulsos destaca
luego a prima noche toda la caballería contra el enemigo, que al mando del
sobredicho Sabura había asentado a las orillas del Bragada. Mas el rey venía
con el grueso del ejército y estaba acampado a seis millas de Sabura. La
caballería, caminando de noche, dio sobre los enemigos, porque los númidas,
bien como bárbaros, estaban tendidos a sus anchuras sin orden ni disciplina;
con que asaltándolos, dormidos como estaban y dispersos, hacen gran riza en
ellos, y muchos asustados echan a huir.
XXXIX.
Hecho esto,
la caballería vuelve con los prisioneros cogidos a Curión; el cual había salido
después de medianoche con toda la infantería, dejando cinco cohortes de
guarnición en los reales. A las cinco millas encuentra con la caballería;
entérase de lo acaecido; a los prisioneros pregunta quién manda el campo de
Bagrada; respóndenle que Sabura, y sin más informarse, por el ansia de acabar
la jornada, vuelto a los inmediatos: «¿no veis, les dice, amigos, cómo la
relación de los prisioneros concuerda con la de los desertores; que no está el
rey aquí; que no envió más que un puñado de gente que no ha podido
contrarrestar a unos pocos caballos? Por tanto, corred, volad a la presa, a la
gloria; que ya es tiempo que tratemos de daros el premio debido y de galardonar
vuestros servicios». Eran grandes realmente las hazañas de la
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caballería,
mayormente si se compara su corto número con tanta chusma de númidas; y ellos
mismos las exageraban todavía mucho más, contándolas según que los hombres se
complacen en blasonar de sus acciones gloriosas. Tras esto hacían ostentación
de los muchos despojos; alarde de los hombres y caballos presos; por manera que
cuanto tiempo se detenían, tanto les parecía que se retardaba la victoria. Así
el ardor de los soldados avivaba la esperanza de Curión. Manda, pues, a la
caballería que le siga, y apresura la marcha con el fin de asaltarlos ahora que
andaban en la fuga más aterrados que nunca.
Pero la
caballería, cansada de andar toda la noche, no podía seguirle, parándose, ya
unos, ya otros en el camino. Más ni esto hacía aflojar a Curión de su
esperanza.
XL.
Juba, luego
que supo de Sabura el encuentro nocturno, envíale al pronto dos mil caballos
españoles y galos, que solían ser reales guardias, y el trozo que más estimaba
de la infantería. Él mismo a paso más lento va detrás con el resto de las
tropas y cuarenta elefantes, sospechando que no faltaría Curión en persona,
habiendo enviado por delante su caballería. Sabura escuadrona sus gentes de a
caballo y de a pie, dándoles orden que, mostrando miedo, vayan retrocediendo
poco a poco; que a su tiempo él daría la señal de acometer y ordenaría lo
conveniente.
XLI.
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Curión,
mucho más esperanzado con el lance presente, imaginándose que los enemigos
huían, baja con sus tropas de las alturas a campo raso, donde andando un gran
trecho, rendido ya el ejército por la marcha forzada de dieciséis millas, hace
alto. Da la señal a los suyos Sabura, ordena la gente y va corriendo las filas
metiéndoles valor; lo que hace es, dejando lejos la infantería, sólo en la
apariencia se sirve de ella, y hace avanzar la caballería. Tampoco Curión falta
a su deber, exhortando a los suyos a que libren toda la esperanza en su valor.
Y cierto que bien lo mostraban en el ardor de pelear no menos los infantes
aunque fatigados que los caballos aunque pocos, pues no eran más que
doscientos, habiéndose quedado los demás en el camino. Los nuestros, dondequiera
que arremetían, hacían retirar a los enemigos, mas no podían correr tras ellos
largo trecho, ni ofender con brío a los caballos. Pero la caballería enemiga
empieza por los costados a rodear a los nuestros y cargarlos por la espalda. Si
nuestras cohortes daban fuera de las filas un avance, los númidas, como estaban
en su vigor, huían ligeros el choque, y luego, al retirarse a sus líneas, las
cercaban y dejaban cortadas del cuerpo de batalla. Conque ni era seguro el
mantener su puesto y guardar las filas, ni el avanzar y tentar la suerte. Las
tropas del enemigo iban creciendo con los continuos refuerzos suministrados por
el rey. A los nuestros faltaban ya las fuerzas por la fatiga continuada. Además
de eso, los heridos no podían salir de la batalla, ni guarecerse en parte
alguna, por estar todo el ejército acordonado de la caballería enemiga. Éstos,
desesperados de salvarse, como suelen hacer los hombres en el
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último
trance de la vida, o lamentábanse de su muerte, o recomendaban sus padres a los
que reservase (si pudiese reservar a algunos) la fortuna. Todo era terror y
todo llanto.
XLII.
Viéndolos
Curión consternados a todos, que no se atendían sus exhortaciones y ruegos,
parecióle no haber más remedio de salvarse que ganar todos los cerros del
contorno, y así mandóles correr a ellos a banderas desplegadas. Pero aun éstos
se los ocupa primero la caballería destacada por Sabura. Entonces fue cuando
acabaron de perder toda esperanza los nuestros; y unos, al querer huir, son
degollados por la caballería enemiga, otros quedan tendidos en su puesto. El
general de caballería Cneo Domicio, acudiendo a Curión con un piquete, le
aconseja que se salve huyendo a los reales, y le promete que no se apartará de
su lado. Mas Curión protesta «que no verá jamás la cara de César, perdido el
ejército que le hubo confiado». Con tanto acaba la vida peleando.
Caballos
muy pocos salen con ella de la batalla; pero aquellos que dijimos haberse
quedado atrás para refrescar los caballos, viendo a lo lejos la rota del
ejército, se retiran sin lesión a los reales. De la infantería ni uno se salvó.
XLIII.
El cuestor
Marco Rufo, a quien dejó Curión en los reales, sabida la desgracia, exhorta los
suyos a no caer de ánimo; ellos piden con grandes instancias los embarcasen
para Sicilia. Dales palabra, y
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ordena a
los capitanes de navío que al anochecer tengan listas todas las chalupas. Mas
cayó tan grande pavor en todos, que unos decían estar ya Juba encima con sus
tropas; otros, Varo con sus legiones, y verse ya la polvareda que levantaban (y
nada de esto había en realidad). Aun se figuraban algunos que presto tendrían
sobre sí la escuadra de los enemigos, y en esta consternación universal cada
uno atendía sólo a su propio remedio. Los de la armada se apresuraban a partir:
su prisa estimulaba a los patrones de las naves de carga. Pocas fueron las
lanchas que se hallaron al tiempo y lugar señalado. Mas el tropel de gentes era
tan grande, que cubriendo las riberas, sobre quién debía embarcarse antes,
algunas se hundieron por el gentío y el peso; las demás por temor rehusaban de
arrimarse.
XLIV.
Solos
algunos soldados y padres de familia, recibidos o por amistad, o de lástima, o
viniendo a nado a las naves, pudieron arribar libres a Sicilia; los demás,
despachando aquella noche por diputados a sus centuriones, se rindieron a Varo.
Al día siguiente, mirándolos Juba delante de la plaza, dijo a voces que aquella
presa era suya, y a muchos mandó degollar 40; reservó algunos pocos escogidos,
para servirse de ellos en su reino, sin que Varo se atreviese a resistir,
aunque se quejaba de que violase la fe de su palabra. El rey, entrando en la
ciudad montado a caballo con la comitiva de muchos senadores, entre los cuales
se contaban Servio Sulpicio y Licinio
40 Según
escribe el mismo Apiano, los mandó subir sobre las murallas y que allí muriesen
asaeteados.
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Damasipo,
dio las providencias y órdenes que le parecieron; y dentro de pocos días dio la
vuelta con todas las tropas a su reino.
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Libro
Tercero
I.
Presidiendo
César como dictador en las Cortes generales, salen nombrados cónsules el mismo
Julio41 César y Publio Servilio; porque las leyes le permitían serlo este año.
Elegido ya, viendo a toda Italia sin crédito en el comercio por razón de no
pagarse las deudas, señaló jueces árbitros que tasasen las posesiones y
haciendas al precio que tenían antes de la guerra y las diesen a cuenta a los
acreedores. Esto le pareció lo más conveniente, así para la seguridad de las
pagas, que por lo común falta en las guerras civiles, como para mantener la
reputación de los deudores. Asimismo por representaciones que los pretores y
tribunos hicieron al pueblo, indemnizó de todos los daños y perjuicios a
algunos que en fuerza de la ley Pompeya fueron condenados por cohechos, cuando
Pompeyo, a favor de sus legiones, todo lo mandaba en Roma
42 y los
procesos se substanciaban en un día, siendo unos los jueces que oían las
acusaciones, y otros los que pronunciaban la sentencia. Estos reos, desde el
principio de la guerra civil, se habían ofrecido a su servicio, y él lo estimó
tanto como sí realmente le hubieran servido, pues no había quedado por ellos.
Quería que fuesen absueltos por votos del pueblo y no por pura merced suya,
para de este modo corresponder a aquellos hombres sin perjudicar al pueblo en
sus derechos.
41 No suele
César, hablando de si, llamarse Julio. Quizá en el texto estaba solo ipse et
Publius Servilius, y alguno trasladó al texto la nota marginal lulius Caesar.
42 Por
haber sido creado cónsul sin compañero.
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II.
En la
expedición de estos negocios, celebración de las Ferias Latinas, y conclusión
de todo lo perteneciente a las juntas emplea once días, y renunciada la
dictadura, pártese de Roma y viene a Brindis, donde por su orden le aguardaban
doce legiones y toda la caballería. Pero encontró tan pocas naves, que apenas
podía embarcar en ellas veinte mil hombres y quinientos caballos. Esta falta de
embarcaciones fue la única rémora que impidió a César el poner pronto fin a la
guerra. Y aun estas mismas tropas se embarcaron muy incompletas, porque las
muchas guerras de las Galias las habían gastado, muchos perecido en el largo
viaje desde España, y todo el ejército, hecho a respirar los aires purísimos de
la Galia y España, sentía los efectos nocivos del otoño, el cual en la Pulla y
en los contornos de Brindis es ocasionado a enfermedades.
III.
Pompeyo,
habiendo logrado un año entero, sin que nadie le inquietase, para prepararse a
la guerra, tenía equipada una grande escuadra del Asia, de las islas Cicladas,
de Corara, de Atenas, del Ponto, de Bitinia, de Siria, de Cilicia, de Fenicia y
del Egipto; sin contar con otros muchos navíos mandados construir en todos los
arsenales. Había sacado grandes contribuciones del Asia, de la Siria, y de
todos los reyes, potentados y tetrarcas; y de los pueblos libres del Acaya43
había hecho aprontar grandes sumas de dinero de
43 César
los llama libres porque los de esta provincia conservaron más tiempo su
libertad que los otros griegos
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las
compañías de comercio, establecidas en las provincias de su jurisdicción.
IV
Había
completado nueve legiones de ciudadanos romanos, transportado cinco de Italia,
una de Sicilia de tropa reglada, que por haberse formado de dos, llamaba la
Gemela; otra de Creta y Macedonia, compuesta de los soldados viejos, que
obtenida la licencia de sus antiguos generales, se habían avecindado en dichas
provincias; dos finalmente del Asia alistadas por Léntulo; fuera de un gran
número de reclutas venidas de Tesalia, Beocia, Acaya y del Epiro, que
distribuyó entre las legiones, en las cuales había incorporado también los
soldados que fueron de Antonio. Además de éstas, esperaba de Siria con Escipión
dos legiones; contaba tres mil flecheros de Creta, de Lacedemonia, del Ponto,
de la Siria y de otras partes; seis compañías de honderos; dos de ellas de a
seiscientos hombres; además siete mil caballos, de éstos seiscientos conducidos
de Galacia por Deyotaro, quinientos por Ariobarzanes de Capadocia; igual número
había enviado Coto de Tracia con su hijo Sadal; doscientos eran los de
Macedonia al mando de Rascipol, hombre de acreditado valor; quinientos de
Alejandría entre galos y germanos, que Aulo Gabinio había dejado al rey Tolomeo
para su guardia y el hijo de Pompeyo trajo consigo en su armada; ochocientos de
sus esclavos y pastores; de Galacia habían dado trescientos entre Tarcundario
Castor y Donilao; de éstos el uno venía en persona, el otro envió con ellos a
su hijo; doscientos
Colaboración
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remitió a
Siria Antíoco Comageno, muy favorecido de Pompeyo; de éstos los más eran
flecheros de a caballo, con los cuales venían además los dardanos y besos, unos
a sueldo, otros forzados y otros voluntarios; todos los cuales con los
macedonios, tésalos y otras naciones y ciudades llenaban el número arriba
declarado.
V.
Tenía hecha
gran provisión de trigo de Tesalia, del Asia, del Egipto, de Creta, de Cirene y
de otros países, resuelto a invernar en Durazo, en Apolonia y en todos los
lugares de aquella costa, a fin de impedir a César el desembarco, que fue
también la causa de tener repartida su armada por todas las marinas. La
escuadra egipciaca mandaba el hijo de Pompeyo; la de Asia, Decio Lelio con Cayo
Triado; la de Siria, Cayo Casio; la de Rodas, Cayo Marcelo con Cayo Coponio; la
de Ilírico y Acaya, Escribonio Libón con Marco Octavio; todos empero estaban
subordinados a Marco Bibulo que, como generalísimo de la mar, mandaba en toda
la marina.
VI.
César,
luego que llegó a Brindis, convocando a los soldados, les propuso: que pues ya
tocaban el término de sus trabajos y peligros, tuviesen a bien dejar en Italia
sus esclavos y ajuares, y sin más tren embarcarse para que cupiesen más en las
naves, esperando todo de la victoria y de su liberalidad; respondiendo todos
«que mandase cuanto quisiese; que a cualquier orden suya estaban prontos», se
hizo a la vela el día 4 de enero con siete legiones. En el siguiente
Colaboración
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tomó
tierra. Encontrando entre las rocas y escollos de los montes Ceraunios 44 una
ensenada segura, y no fiándose de los puertos, que sospechaba ocupados todos
por los enemigos, salvas sin faltar una todas las naves, desembarcó la tropa en
cierta playa llamada Fársalo.
VII.
Lucrecio
Vespilón y Municio Rufo, por orden de Decio Lelio, estaban en Orico con
dieciocho navíos de la escuadra asiática; Marco Bibulo con ciento diez en
Corcira. Pero ni aquéllos fiando en sus fuerzas osaron salir del puerto, aunque
César no conducía consigo más que doce galeras de conserva, cuatro de ellas
entoldadas, ni Bibulo, por estar sus naves al ancla y los marineros a la
huelga, se le opuso a tiempo, porque César saltó a tierra primero que se
supiese nada de su arribo.
VIII.
Desembarcada
la gente, César aquella misma noche despacha de retorno las naves para la
conducción de las demás legiones y de la caballería. Dióse la comisión al
legado Fusio Caleño, encargándole la brevedad en el transporte de las tropas.
Más como tardase demasiado en salir al mar, por no haberse aprovechado de la
noche, tuvieron un mal encuentro en el viaje. Porque Bibulo, certificado en
Corcira de la venida de César, con la esperanza de encontrar aún
44 No sé si
César dice bien tierra de los ceraunios, esto es, como en algunas ediciones se
lee, terram attigit Cerauniorum, los que Horacio llama infames scopulos
Acroceraunia; y Lucano, Libro IV, los nombra scopulosa Ceraunia. Por eso he
seguido la puntuación del inglés Davies o Davisio: terram attigit. Cerauniorum
saxa, etc. Apiano lo confirma.
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algunas
embarcaciones del convoy, vino a tropezar con éstas que volvían de vacío; y
apresando hasta treinta, descargó en ellas la rabia del enojo por su descuido,
e incendiólas todas con marineros y patrones, pensando escarmentar a los demás
con la crueldad de la pena. Acabada esta hazaña, desde Salona hasta el puerto
de Orico cubrió todas las bahías y playas con sus escuadras; y apostando
guardias por todo con la más exacta diligencia, él mismo en el rigor del
invierno hacía de centinela en el navío, sin perdonar a trabajo ni oficio
cualquiera que fuese, a trueque de venir a las manos con César, sin esperar más
refuerzo.
IX.
Pero
después de la partida de los barcos de César, Marco Octavio con los navíos de
su mando pasó del Ilirico a Salona, donde solicitando a los dálmatas y demás
bárbaros, logró apartar a Isa de la amistad de César, y no pudiendo ganar ni
con promesas ni con amenazas a los del ayuntamiento de Salona, determinó
tomarla por fuerza. Es la ciudad fuerte por la situación y por un collado que
la defiende. Pero los ciudadanos romanos, con levantar de pronto varias torres
de madera, se fortificaron más; y no pudiendo hacer gran resistencia por ser
pocos, fatigados con las muchas heridas, acudieron al último recurso, que fue,
dar libertad a todos los siervos mozos y cortar a todas las mujeres las trenzas
para cuerdas de las ballestas. Octavio, en vista de su resolución, puso sitio a
la ciudad, distribuyendo el ejército en cinco cuarteles y empezando a un mismo
tiempo el asedio y el ataque. Resueltos los sitiados a
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defenderse
a todo trance, sentían sobre todo la falta de pan. Para remediarla instaban con
mensajes a César pidiéndole socorro; las demás incomodidades aguantaban por sí
como podían. Pasado ya mucho tiempo, advirtiendo que por la duración larga del
sitio andaban algo remisos los soldados de Octavio, logrando la coyuntura de un
mediodía en que se retiraron, puestos en su lugar sobre los muros los muchachos
y mujeres, porque no se echase menos la guardia ordinaria, ellos escuadronados
a una con los recién libertados, arremetieron de golpe al primer cuartel de
Octavio. Forzado éste, asaltaron con igual furia el segundo; tras éste el
tercero y cuarto, y finalmente el quinto, hasta que los arrojaron de todos; y
hecha una gran matanza, obligaron a los demás, y aun al mismo Octavio, a
guarecerse huyendo en las naves. Tal fue el paradero del asedio. El invierno
empezaba ya a sentirse; con que abatido Octavio con tantas pérdidas,
desesperanzado de tomar la plaza, se fue a Durazo en busca de Pompeyo.
X.
Dejamos
referido que Lucio Vibulo Rufo, ingeniero de Pompeyo, fue dos veces prisionero
de César, y otras tantas puesto en libertad; la primera en Corfinio, y la
segunda en España. Este pareció a César por razón de sus beneficios el más a
propósito para medianero de la paz con Pompeyo, con quien sabía que tenía
también mucha mano. Las proposiciones en suma eran éstas: «deber ambos desistir
de su empeño; dejar las armas y no tentar más la fortuna; ser sobrados los
daños padecidos de ambas partes, que bien podían servirles de
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instrucción
y escarmiento para temer otras desgracias semejantes: Pompeyo echado de Italia,
perdida la Sicilia, la Cerdeña y las dos Españas con ciento y treinta cohortes
de ciudadanos romanos; él por su parte contaba ya entre sus pérdidas la muerte
de Curian con el destrozo total de su ejército en África, y la rendición de sus
soldados en Corara 45. Por tanto, cesasen ya de ocasionar males a sí y a la
República; pues sus mismos desastres eran un manifiesto desengaño de lo que
puede la fortuna en la guerra; ser ahora el tiempo propio de tratados de paz
cuando se consideraban entrambos con fuerzas al parecer iguales, que por poco
que la fortuna se inclinase más a uno de los dos, el que se creyese superior no
daría oídos a condiciones de paz, ni se aquietaría con medianías el que
esperase alcanzarlo todo; ya que hasta aquí no han podido convenirse, las
condiciones se deberían pedir en Roma al Senado y al pueblo; entre tanto sería
muy del servicio de la República y bien suyo, el que ambos a dos en la hora jurasen
solemnemente que dentro de los tres días inmediatos despedirían el ejército;
que depuestas las armas y auxilios en que se apoyaban, por necesidad estarían
uno y otro al arbitrio del pueblo y del Senado; para que Pompeyo entrase mejor
en estas ideas, él se ofrece a licenciar todas las tropas terrestres y las
guarniciones de las plazas».
XI.
Vibulio, en
vista de estas proposiciones de César, antes de tratarlas con Pompeyo, juzgó
ser no menos necesario el avisarle del arribo no
45 Esta
Corcira no es la de la Grecia (hoy Corfú) enfrente del Epiro, sino la llamada
Melena en el Ilírico, no lejos de Salona.
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esperado de
César, para que según esto tomase sus medidas. Así que, caminando día y noche
por la posta, fue corriendo a decir a Pompeyo que César estaba encima con todas
sus fuerzas.
Hallábase
Pompeyo a la sazón en Candavia, viniendo de Macedonia a invernar en Apolonia y
Durazo, pero sobresaltado con esta novedad, empezó a doblar jornadas camino de
Apolonia porque César no se apoderase de las ciudades marítimas. Mas éste, el
mismo día del desembarco de la tropa, se puso en marcha para Orico. A su
llegada Lucio Torcuato, que gobernaba el castillo por Pompeyo con guarnición de
los partinos, cerradas las puertas y preparándose a la defensa, da orden a los
griegos de armarse y de cubrir la muralla. Como ellos rehusaban tomar las armas
contra el supremo magistrado del Pueblo Romano, y los vecinos por sí tratasen
de recibir a César, Torcuato, no teniendo a quién volver los ojos, abrió las
puertas y entregóse a César, el cual no le hizo mal alguno.
XII.
Dueño de
Orico, marcha la vuelta de Apolonia. Sabiéndolo el gobernador Lucio Estaberio,
empezó a llenar los aljibes del alcázar, a fortificarlo y pedir rehenes a los
ciudadanos. Ellos, por el contrario, protestaron que no se los darían, ni
cerrarían al cónsul las puertas, ni se opondrían al común sentir de toda la
Italia y del Pueblo Romano. Vista su resolución, escapóse furtivamente. Los
naturales envían diputados a César y le reciben dentro. Siguen su
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ejemplo los
bulidenses, los amancianos, las ciudades confinantes y todo el Epiro, y por sus
enviados prometen a César la obediencia.
XIII.
Mas
Pompeyo, entendida la suerte de Orico y de Apolonia, temiendo la de Durazo, va
derecho allá marchando día y noche. Apenas corrió la voz de que César venía
acercándose, cuando todo el ejército, como que por la priesa había juntado la
noche con el día, sin descansar un instante, se llenó de terror en tal manera,
que casi todos por Epiro y sus comarcas desamparaban las banderas, muchos
tiraban las armas, y la marcha más parecía fuga. En fin, parando Pompeyo cerca
de Durazo y mandando delinear el campo, despavorido todavía el ejército,
presentóse Labieno el primero46, y juró «no abandonarle jamás, y ser con él en
cualquier lance de la fortuna»; lo mismo juran los demás legados, y tras ellos
los tribunos, los centuriones y todo el ejército.
César,
viéndose prevenido en el viaje a Durazo, suspende la diligencia de su marcha, y
fija su campo a la orilla del Apso en la frontera de Apolonia, para cubrir las
ciudades fieles con destacamentos y fuertes, determinado a esperar aquí a pie
quedo a las demás legiones de Italia y pasar el invierno en tiendas de campaña.
Otro tanto hace Pompeyo, que colocados sus reales al otro lado del río, se
acantonó allí con todas las tropas romanas y auxiliares.
46 Éste, de
principal legado que fue de César en todas las guerras de la Galia, se
convirtió en su más rabioso enemigo.
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XIV.
Caleño,
entre tanto, de acuerdo con las órdenes de César, reúne todas las naves que
había en Brindis y embarca cuántos soldados y caballos caben en ellas, levanta
áncoras. Pero, no bien salido del puerto, recibe carta de César, en que le
avisó cómo todos los puertos y costas están en poder de las escuadras enemigas.
Con esta noticia retrocede y da contraorden a todo el convoy. Una sola
embarcación, que prosiguió su derrota sin hacer caso porque iba sin soldados
por cuenta de particulares, fue llevada del viento a Orico y apresada por
Bibulo, el cual degolló a todos sin dejar uno, esclavos y libres, hasta los
niños. De esta suerte, a un momento de tiempo, merced de una gran ventura, se
debió la vida de todo el ejército.
XV.
Bibulo,
según se ha insinuado, estaba con su armada en Orico; y así como él tenía
cerrado a César el paso del mar y las entradas de los puertos, así éste le
tenía cortada toda comunicación con la tierra de aquellas regiones; porque
todas las marinas estaban guardadas por César con tropas apostadas de trecho en
trecho, y no se le permitía ni salir a buscar leña ni agua, ni amarrar las
naves a tierra. Era grande el apuro, y suma la escasez de todas las cosas
necesarias: tal, que les era forzoso traer embarcada desde Corcira la leña y
agua, así como la vianda. Y una vez hubo que por estar el mar alborotado, se
vieron precisados a recoger, para haber de beber, el rocío de las pieles que
servían de cubierta a los navíos. Con todo eso toleraban con paciencia estas
molestias, sin resolverse por ello a
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dejar
descubiertas las costas y sin defensa los puertos. Pero hallándose en las
angustias dichas a tiempo que Libón vino a juntarse con Bibulo, traban estos
dos conversación con los legados Marco Acilio y Estacio Murco, comandantes el
uno de la plaza y el otro de los presidios de la costa, diciendo que desearían
hablar con César de cosas importantísimas, si les diese licencia, y en
confirmación de esto añaden algunas razones, como que quisieran tratar de
composición, ínterin piden treguas y las obtienen, por cuanto lo que apuntaban
parecía de gran monta, y sabían que César deseaba eso ansiosamente, y aun
llegaron a persuadirse que la comisión de Bibulo surtiría algún efecto.
XVI
César, a la
sazón, habiéndose partido con una legión a tomar posesión de las ciudades
mediterráneas y proveerse de trigo, que ya le empezaba a faltar, se hallaba en
Butrinto enfrente de Corcira, donde, avisado por cartas de Acilo y Murco sobre
las pretensiones de Libón y Bibulo, dejada allí la legión, vuelve a Orico y
luego llama a conferencia a los dos. Comparece Libón, «excusando a Bibulo por
su genio sumamente fogoso, y por el odio particular que tenía contra César
desde el alarifazgo y de la pretura; que por esta razón no había venido a
vistas, temiendo echar a perder con su cólera unos negocios de tanta
expectación y utilidad; que Pompeyo tiene y tuvo siempre sumo deseo de que
ajustase la paz y atajase la guerra; pero ellos no tenían poderes ningunos para
eso, por cuanto la suprema autoridad de hacer y deshacer en esto y en todos los
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negocios
residía en Pompeyo con acuerdo del Consejo; sin embargo, una vez enterados de
las proposiciones de César, se las comunicaría a Pompeyo, y contribuirían por
su parte a que diese un corte ventajoso; entre tanto prosiguiesen las treguas
mientras volvían con la respuesta, y cesasen de ambas partes las hostilidades».
Concluye con insinuar algo sobre la justicia de su causa, sus fuerzas y la de
sus aliados.
XVII.
A tales
propuestas ni César quiso responder por entonces, ni al presente hay bastante
motivo para hablar de esto. Lo que pretendía era «que le concediesen enviar
diputados a Pompeyo sin ningún riesgo; que para eso le diesen las seguridades
necesarias, o ellos se encargasen de conducirlos a él por sí mismos.
En lo
tocante a las treguas, ser tal el equilibrio de las cosas, que ellos con su
armada le impedían el arribo de sus naves y socorros por mar, y él les quitaba
el agua y la comunicación con la tierra; que si querían que se lo permitiese,
dejásenle a él también el mar libre; donde no, tampoco esperasen de él
condescendencia alguna; no obstante esto, no quitaba que se pudiese al mismo
tiempo entablar el ratado de composición». Ellos ni querían acompañar a los
legados de César ni salir por fiadores, sino que todo lo remitían a Pompeyo,
reduciendo sus instancias y porfías vehementísimas al asunto de treguas. César
al fin, bien persuadido de que toda esta plática tendía únicamente a ver cómo
se librarían del apuro
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presente,
no ofreciendo esperanza de ajuste, dio todo el cuidado a la continuación de la
guerra.
Bibulo,
reducido a no poder por mucho tiempo saltar a tierra, molestado de una grave
dolencia contraída por el frío y el trabajo, no pudiendo ser curado, ni
queriendo entregar a otro su empleo, al cabo se rindió a la violencia del mal.
Muerto
éste, nadie le sucedió en el mando general de la armada, sino que cada jefe de
por sí disponía de su escuadra a su arbitrio.
XVIII.
Vibulio,
apaciguada la turbación causada por el arribo impensado de César, empezó a dar
cuenta de las demandas de César con intervención de Libón, de Luceyo47 y de
Teofanes48, cuanto antes pudo, con quienes solía tratar Pompeyo los negocios de
mayor importancia. A la primera proposición le interrumpió Pompeyo, y mandó no
pasase adelante, diciendo: « ¿Para qué quiero yo la vida y la patria, que dirán
todos se la debo a César? Y nadie podrá persuadirles lo contrario cuando,
terminada en esta forma la guerra, vean que por gracia soy restituido a Italia,
de donde salí como huyendo». Estas palabras refirieron a César los mismos que
las oyeron; mas no por eso desistió de procurar la reconciliación por otras
vías.
XIX.
47 El mismo
a quien Cicerón en aquella famosa carta llena de lisonjas y de afectos harto
bajos, pretendía persuadir que hiciese un panegírico más que historia de su
consulado.
48 Natural
de Mitilene, panegirista griego de los Hechos de Pompeyo, que se lo pagó bien.
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Entre los
dos campos de Pompeyo y César sólo estaba de por medio el río Apso, y los
soldados de parte a parte se hablaban frecuentemente, y durante la plática no
se disparaba ni una flecha, como lo tenían entre sí concertado. Un día envió
César al legado Publio Vatinio a la orilla misma del río con encargo de
proponer las razones más convenientes para moverlos a la paz, y de repetir a
voz en grito: «si sería permitido a unos ciudadanos el enviar embajadores a sus
conciudadanos; como lo fue a unos forajidos y salteadores de los montes
Pirineos; mayormente para tratar de que no se ensangrienten ciudadanos con
ciudadanos». Dichas otras muchas cosas afectuosamente como pedía la materia, y
escuchándole todos con silencio, respondiéronle de la otra parte: «que Aulo
Varrón prometía de venir al día siguiente a conferencia; que de ambas partes
podían con toda seguridad intervenir comisarios a exponer libremente sus
razones», y señálase para esto la hora. Juntándose en efecto al día siguiente,
se arrimó de una y otra parte gran gentío con grande expectación del suceso y
muestras de estar inclinados a la paz. Sale de en medio del concurso Tito
Labieno y empieza con mucha sumisión a tratar de la paz y disputar con Vatinio,
cuando de repente ataja su conversación una lluvia de saetas, de que se libró
Vatinio escudado con las armas de los soldados. Con todo, son heridos varios, y
entre ellos Cornelio Balbo, Marco Plocio, Lucio Tiburcio, centuriones, con
algunos soldados. Entonces grita Labieno: «Ya no se hable más de paces; que
nosotros, si no se nos entrega la cabeza de César, en ninguna manera queremos
paz».
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XX.
Por este
mismo tiempo en Roma el pretor Marco Celio Rufo, tomando el patrocinio de los
deudores, al principio de su gobierno colocó su tribunal junto a la silla de
Cayo Trebonio, pretor de Roma, y prometía su favor a quienquiera que apelase de
la tasa de los bienes y de las pagas fijadas por los árbitros conforme al corte
dado por César. Pero la equidad del edicto, junto con la humanidad de Trebonio,
que atentas las circunstancias juzgaba deber templar la justicia con la
clemencia y discreción, hacía que no hubiese quién osase apelar primero. A la
verdad, el excusarse de pagar por pobreza, pretextar o su propia miseria o la
de los tiempos, y alegar las dificultades de hacer almoneda de sus bienes, es
propio de corazones apocados; mas confesando sus deudas, pretender conservar
sin el menor desfalco la hacienda, ¿no será una grande villanía y desvergüenza?
Así que ninguno se hallaba que tal pretendiese. Lo singular es que Celio se
portó peor con los mismos cuyos intereses solicitaba; pues habiendo comenzado
en la forma dicha, por no incurrir la nota de haber en vano movido un mal
pleito, promulgó una ley en que mandaba se pagasen las deudas sin usuras al
plazo de seis meses49.
XXI.
49 Más
verosímil es decir que se pagase la mitad de las deudas sin usuras a sus
plazos; leyendo con Davisin: ut semisse in dies sine usuris creditae pecuniae
solvantur. El francés dice: «il permettait aux debiteurs de sacquitter en si
payemens sans aucum interest». El italiano traduce: «quale chiunque avea
debiti, dovesse pagarli in termine di trentasei giorni, senza che córrese altra
usura». En las ediciones más exactas se ven una o dos estrellitas en señal de
no estar claro el texto.
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de Sergio Barros 122 Preparado por Patricio Barros
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Oponiéndose
a la ley el cónsul Servilio con los demás magistrados, y pudiendo él menos de
lo que pensaba, con el fin de ganar las gentes, abrogada la primera ley,
promulgó otras dos: una, en que a los inquilinos eximía de pagar los alquileres
anuales de las casas; otra de rebaja de deudas nuevamente escrituradas; y
acometiendo a Cayo Trebonio con una gavilla de malcontentos, después de haber
herido algunos, le derribó a él del tribunal. Quejóse de este atentado el
cónsul Servilio al Senado y el Senado privó a Celio de sus empleos por
sentencia. En virtud de ella le prohibió el cónsul la entrada en el Senado, y
queriendo él arengar al pueblo, le hizo bajar del tribunal. Con que avergonzado
y pesaroso, en público fingió irse a César, pero bajo de cuerda despachó
emisarios a Milón, que por el homicidio de Clodio estaba desterrado,
convidándole a venir a Italia, con la esperanza de servirse de los que le
habían quedado de los magníficos espectáculos dados al pueblo 50 unióse con él
y envióle delante a enganchar los pastores de Turia. Celio, llegando a Casilino
a tiempo que sus banderas y armas fueron sorprendidos en Capua, sus criados
vistos en Nápoles con indicios también de sobornar aquel pueblo, descubiertas
sus tramas, fue rechazado de Capua; y temiendo algún mal lance, porque el
vecindario se había puesto en armas y declarádole enemigo, desistió del intento
y torció el camino.
XXII.
Milón en
tanto, echada por cartas la voz de que cuanto hacía era por orden y mandato de
Pompeyo que le había intimado Bibulo,
50 En que
se desperdició tres patrimonios.
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solicitaba
a los que creía cargados de deudas. Mas no pudiendo sacar nada de éstos,
soltando los presos de algunas cárceles, se puso con ellos sobre Cosa, lugar de
Turia, de cuyas almenas, herido con una piedra por el pretor Quinto Pedio
51(51), perdió la vida; y Celio que iba, según él decía, a verse con César,
vino a Turia, donde intentando cohechar algunos de los vecinos, y ofreciendo
dineros a ciertos caballeros galos y españoles enviados por César para refuerzo
de aquella plaza, ellos le mataron. Con tanto, estos principios de grandes
novedades, que por la usurpación de los magistrados y las circunstancias del
tiempo tenían sobresaltada la Italia, tuvieron breve y fácil éxito.
XXIII.
Libón,
saliendo de Orico con su escuadra de cincuenta velas, arribó a Brindis y se
apoderó de la isleta situada enfrente del puerto, pareciéndole más importante
el guardar aquel puesto, por donde forzosamente habían de salir los nuestros,
que tener tomadas todas las costas y puertos. Algunos transportes que allí
encontró a su arribo los quemó, y apresó uno cargado de trigo, lo que causó
grande espanto en los nuestros; y echando en tierra de noche gente armada y
flecheros, desalojó del presidio un destacamento de caballería y cobró tantos
bríos por la ventaja de aquel sitio, que luego escribió a Pompeyo que mandase,
si quería, retirar las demás naves y carenarlas, que sólo él con las suyas
bastaba para impedir los socorros de César.
51 Hijo de
una hermana de César, de quien fue legado en la Galia; para éste es una carta
escrita de Brindis por el mismo César.
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XXIV.
A la sazón
se hallaba Antonio en Brindis; el cual, confiado en el valor de su tropa, echó
unas cubiertas de zarzos y tablas a unas sesenta chalupas de los navíos
grandes; y metiendo en ellas a sus mejores soldados, las repartió por la playa
en diversos sitios separados, mandando avanzar hasta el embocadero del puerto a
dos galeras que había hecho construir en Brindis como que lo hacía por
ejercitar y adiestrar los remeros. Viéndolos Libón adelantarse con demasiada
osadía, esperando poder interceptarlas, destacó contra ellos cinco galeras de
cuatro órdenes de remos, que corrieron a darles caza; nuestros soldados viejos
se retiraron al puerto, seguidos de los contrarios con más ardor que cautela.
Las chalupas de Antonio ya listas, dada la señal, en un punto se dispararon por
todas partes contra el enemigo, y al primer encuentro apresaron una con sus
marineros y tropa, y a las demás obligaron a retirarse vergonzosamente. Tras
este daño los piquetes de Antonio apostados en la marina no les dejaban hacer
aguada; con que Libón, forzado de la necesidad y cubierto de ignominia, levantó
anclas y el bloqueo que había intentado.
XXV.
En esto los
meses iban pasando y también el invierno, y no acababan de venir de Brindis las
naves y legiones a César; si bien a su parecer se habían perdido algunas
ocasiones de navegar, pues muchas veces habían soplado vientos favorables de
que se debieran
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haber
aprovechado, porque cuanto más avanzaba el tiempo, tanto más alerta estaban a
guardar las costas los jefes de las escuadras, y con mayores esperanzas de
impedir el desembarco; demás que Pompeyo les escribía continuamente cartas muy
agrias diciéndoles, que pues habían dejado pasar a César con sus primeras
tropas, se opusiesen al transporte de las últimas; y esperaban que cada día
crecería más la dificultad de la navegación aflojando los vientos. Por estos
motivos César escribió muy resentido a los suyos de Brindis, ordenándoles que
al primer viento favorable se hiciesen a la vela, y dirigiesen su rumbo a Orico
o a las costas de Apolonia, donde podrían dar fondo estando libre aquella
playa, porque los enemigos no osaban alejarse mucho de los puertos.
XXVI.
Llenos
ellos de intrepidez y de valor, animándolos mucho los mismos soldados, que
ningún peligro rehusaban por amor de César, se hacen a la vela al mando de
Marco Antonio y Fusio Caleño, aprovechándose de un viento de mediodía, y al día
inmediato pasan por delante de Apolonia y Durazo. No bien fueron avistados del
continente, cuando Quinto Coponio, que mandaba en Durazo la escuadra de Rodas,
sale del puerto tras ellos, y alcanzándolos ya, porque iba calmando el viento,
éste se arreció de repente y salvó a los nuestros. Mas no por eso desistió del
empeño de perseguirlos, sino que a fuerza de remos y tesón de los marineros
esperaba superar al contratiempo; ni el ver que ya dejaban atrás a Durazo bastó
para que dejase de ir en su seguimiento. Los nuestros, bien
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que
favorecidos de la fortuna, todavía no se daban por seguros de la escuadra, caso
que se echase el viento. Dando en un puerto nombrado Ninfeo, tres millas de
Liso allá, en él entraron las naves. El puerto estaba defendido del ábrego y
expuesto al austro; pero menos temieron la furia de la tormenta, que a la
escuadra; si bien lo mismo fue entrar en el puerto que con increíble dicha el
austro que por dos días había soplado, se trocó en ábrego.
XXVII.
Entonces
fue de ver la súbita mudanza de la fortuna. Los que poco antes temían dar al
través, se miraban en un puerto segurísimo, y los que ponían a peligro nuestras
naves, temían el propio. En resolución, con trocarse los vientos, el mismo
temporal que favoreció a los nuestros, desbarató las naves de los rodios, por
manera que todas (y eran dieciséis entoldadas) dieron al través y naufragaron;
y del gran número de marineros y soldados que llevaban a bordo, unos perecieron
estrellados contra las rocas, otros fueron cautivados por los nuestros, a todos
los cuales César envió libres a sus casas.
XXVIII.
Dos
embarcaciones zagueras de las nuestras, cerrando la noche, no sabiendo dónde
surgieron las demás, quedaron al ancla enfrente de Liso. El gobernador Otacílio
Craso, destacando contra ellas muchas barcas y falúas, intentaba cogerlas, y
juntamente proponía partidos para la entrega, ofreciendo seguridad a los
rendidos. Una de las dos
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traía a
bordo doscientos veinte soldados de la legión de los bisoños; la otra menos de
doscientos veteranos. Donde se pudo echar de ver cuánto vale a los hombres una
resolución animosa. Pues los nuevos, espantados por la muchedumbre de los
esquifes y mareados, bajo de juramento de que no se les haría daño, se
rindieron a Otacilio; el cual, traídos a su presencia, sin respetar el
juramento, los hizo morir a su vista cruelísimamente. Mas los soldados de la
legión veterana, en medio de hallarse no menos desazonados con las bascas de la
marejada y ascos de la sentina, mostraron aún en este lance su antiguo valor; y
así, so color de ajustar las condiciones de la entrega, entreteniendo al
enemigo las primeras horas de la noche, redujeron al piloto a que los echase a
tierra, donde cogiendo un puesto ventajoso, pasaron el resto de la noche; y
como a la madrugada destacase Otacilio contra ellos cuatrocientos caballos que
guardaban aquella costa con otros soldados del presidio, se defendieron y
matando algunos de los enemigos, sanos y salvos vinieron a juntarse con los
nuestros.
XXIX.
A vista de
tal hazaña, el cuerpo de ciudadanos romanos, a cuya jurisdicción pertenecía
Liso por concesión de César que la hizo también plaza fuerte, se puso en manos
de Antonio, proveyéndole de todo. Otacilio, teniéndose por perdido, huye de la
ciudad y acógese a Pompeyo. Antonio, desembarcadas todas las tropas, que
consistían en tres legiones de veteranos y una de bisoños con ochocientos
caballos, despachó a Italia la mayor parte de las naves para
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transportar
el resto del ejército, dejando en Liso unos barcos llamados pontones de los que
se usan en la Galia, con la mira de que si por ventura Pompeyo pasase con su
ejército a Italia, como corrían voces, suponiéndola indefensa, César tuviese
algunas embarcaciones con que poder perseguirle; envíale al punto aviso del
lugar del desembarco y del número de soldados que traía consigo.
XXX.
Esta
noticia tuvieron casi al mismo tiempo César y Pompeyo. Ambos vieron pasar las
naves delante de Apolonia y Durazo, y ambos las iban siguiendo por tierra; mas
adonde aportaron, lo ignoraban uno y otro los primeras días.
Después que
lo supieron, los dos tomaron contrarias resoluciones: César la de unirse cuanto
antes con Antonio; Pompeyo la de oponérseles en medio del camino, y
sorprenderlos, si pudiese, con alguna celada. Mueven, pues, ambos a dos su
ejército de sus campamentos del río Apso: Pompeyo a la sordina y a deshoras de
noche; César sin disimulo y de día claro. Pero César tenía más que andar,
rodeando mucho río arriba para poder vadearle; Pompeyo, sin embarazo alguno en
la marcha, no teniendo que pasar el río, a largas jornadas fue por derecho en
busca de Antonio, y entendiendo que ya venía cerca, hizo alto en un lugar
ventajoso, donde metió y aseguró sus tropas, prohibiéndolas hacer lumbres,
porque no fuesen descubiertos. Mas los griegos al instante lo ponen en noticia
de Antonio, quien pasándola a César, suspende por un día el viaje, y al
siguiente le alcanza César.
Colaboración
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Pompeyo,
por no verse cerrado entre dos ejércitos, abandona su puesto, y con todas las
tropas marcha a una villa de los de Durazo por nombre Asparagio, y allí asienta
sus reales en sitio ventajoso.
XXXI.
En esta
temporada Escipión, por ciertos reencuentros 52(52) habidos junto al monte
Amano, se había intitulado Emperador de los Romanos. Con este título había
impuesto grandes contribuciones a las ciudades, cobrado de los alcabaleros de
su provincia las rentas caídas del bienio antecedente, tomando a préstamo las
del año siguiente, y ordenado a toda la provincia le acudiese con gente de a
caballo. Con semejantes arbitrios, sin considerar que a las espaldas dejaba
enemigos en la frontera a los partos, que acababan de quitar la vida al general
Marco Craso y habían tenido bloqueado a Marco Bibulo, arrancó de la Siria las
legiones y la caballería; y entrando por el Asia cuando era indecible la
turbación y el susto de la guerra de los partos, entre las quejas de los
soldados, que protestaban estar prontos a marchar si los llevasen contra el
enemigo, mas no contra un ciudadano, y ese cónsul, por acallarlos, condujo las
legiones a Pérgamo, y acuartelándolas en las ciudades más opulentas, se las dio
a saco, después de haberles hecho donativos muy crecidos.
52 Mas dice
César: quibusdam acceptis detrimentis. Como si el titulo de general en jefe o
emperador se lo hubiese arrogado, no por alguna victoria señalada, sino por
algunas acciones perdidas y golpes recibidos de los bárbaros. Fulvio Ursino
sospecha que el texto está errado, y que tal vez por detrimentos se debe leer
emolumentis. He traducido reencuentros, por ser ésta una voz que significa
función o jornada feliz o adversa.
Colaboración
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XXXII.
Al mismo
tiempo se cobraban con el mayor rigor por toda la provincia las contribuciones
y cada día se inventaban impuestos de toda especie a trueque de saciar la
codicia. Metían en la capitación las posesiones tanto de los esclavos como de
los libres. Gabelas sobre columnas, sobre puertas, trigo, soldados, galeotes,
armas, pertrechos, carruaje, todo se recogía. Que una cosa tuviese nombre, no
era menester más para la exacción. Poníanse gobernadores no sólo en cada
ciudad, sino en cada villa, y aun casi en todas las aldeas. De éstos, quien se
portaba con mayor aspereza y crueldad, ese tal era tenido por el hombre más de
bien y mejor ciudadano. Estaba llena la provincia de alguaciles y corregidores,
de comisionados y recetores, que no contentos con los tributos, hacían también
tráfico de sus oficios, dando por excusa, que como andaban fuera de sus casas y
patria, estaban faltos de todo, para cohonestar con este pretexto la vileza de
su proceder. A las contribuciones universales correspondían las usuras exorbitantes,
como sucede ordinariamente en tiempo de guerra, embargada toda la moneda, en
cuyas circunstancias decían que la prórroga del plazo era una especie de
donación. Con eso se multiplicaron aquel bienio las deudas de la provincia,
pera ni por eso cesaban de pedir nuevas cantidades no sólo a los ciudadanos
romanos de esta provincia, sino también a todos los gremios y a las ciudades,
diciendo que las exigían prestadas a nombre del Senado, al modo que lo hablan
practicado en Siria, recibiendo de los recaudadores por empréstito adelantada
la paga del año.
Colaboración
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XXXIII.
Tras esto,
Escipión mandaba robar los tesoros del templo de Diana y las estatuas de esta
diosa. Al entrar en el templo acompañado de varios senadores convocados a este
fin, recibe una carta de Pompeyo y aviso de cómo César había pasado el mar con
sus legiones; que se diese priesa a venir con el ejército alzando mano de
cualquier otro negocio. Leída la carta, despide a los senadores, dispone el
viaje para Macedonia, y a pocos días se pone en marcha. Este incidente salvó
los tesoros del templo.
XXXIV.
César,
unido ya al ejército de Antonio, sacando de Orico la legión allí alojada para
guardar la costa, pensaba dar un tiento a las provincias vecinas y adelantar
más sus conquistas; y hallándose luego con embajadores de Tesalia y Etolia que
prometían la obediencia de aquellos pueblos si les enviaba tropa para la
defensa, despachó a Tesia a Lucio Casio Longino con la legión de los bisoños,
llamada vigésima séptima 53, y doscientos caballos; a Etolia envió a Calvisio
Sabino con cinco cohortes y algunos caballos. Encargóles sobre todo, atenta la
vecindad de las provincias, que le proveyesen de granos. Manda asimismo a Cneo
Domicio Calvino marchar a Macedonia con dos legiones, la undécima y duodécima,
y con quinientos caballos, a causa que Menedemo, primer personaje de
53 Las
legiones tomaban el nombre, o del sitio y orden que tenían en el ejército, como
ésta, y la undécima y duodécima, que luego se nombrarán, o de las provincias
vencidas, o de algún dios, o emperador, o de alguna ciudad, o de algún suceso
memorable como Partica, Minerva, Augusta, Tebea Itálica, Fulminante, Gemela,
etc.
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aquella
parte que llaman libre, despachado con encargos de los suyos, atestiguaba la
suma adhesión de todo el país a César.
XXXV.
Calvisio
entró con tan buen pie, que recibido con sumo contento de todos los etolos, y
echados de Calidonia y Lepante los presidios enemigos, se apoderó de toda la
Etolia. Casio llegó con su legión a Tesalia, donde, por estar la provincia
dividida en dos bandos, se encontraban de diverso humor las ciudades.
Egesareto,
hombre anciano y poderoso, favorecía el partido de Pompeyo. Petreyo, mancebo
nobilísimo, con sus fuerzas y las de los suyos, estaba muy empeñado por César.
XXXVI.
Al mismo
tiempo Domicio vino a Macedonia, y cuando ya las ciudades con frecuentes
embajadas empezaban a declararse, se esparció la voz de que Escipión estaba en
el país al frente de sus legiones, haciendo gran ruido su llegada, según que la
fama suele siempre abultar las cosas más de lo que son en sí. Éste, sin parar
en ningún lugar de Macedonia, va corriendo con gran furia contra Domicio; y no
distando ya de él sino veinte millas, tuerce de repente hacia Tesalia contra
Casio Longino, con tanta celeridad, que al mismo punto se supo su marcha y su
llegada; siendo así que para caminar más expedito, dejó su equipaje en las
riberas del río Aliacmón, que separa la Macedonia de la Tesalia, al cuidado de
Marco Favonio con ocho cohortes de escolta y orden de levantar allí
Colaboración
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un fuerte.
Por otra parte, la caballería del rey Coto, que solía hacer correrías por la
Tesalia, vino volando al campo de Casio, el cual, asustado con la nueva de la
llegada de Escipión y la vista de aquellos caballos, que creía ser suyos, se
refugió a los montes que ciñen la Tesalia, y desde allí tomó el camino de
Ambracia. Mientras Escipión le iba siguiendo a toda prisa, le alcanzó un correo
de Marco Favonio, que le avisaba cómo tenía sobre sí a Domicio con las
legiones, y que no era posible mantener el puesto encomendado si no le
socorría. Con este aviso Escipión muda de idea y de ruta; deja de seguir a
Casio, y corre a dar auxilio a Favonio. En consecuencia, no interrumpiendo las
marchas día y noche, llegó a tan buen tiempo, que al descubrirse la polvareda
del ejército de Domicio, aparecieron los primeros batidores de Escipión. Así a
Casio dio la vida la industria de Domicio, como la celeridad de Escipión a
Favonio.
XXXVII.
Escipión,
deteniéndose dos días en las tiendas puestas 54 junto al río Aliacmón, que
corría entre ellas y el campo de Domicio, al amanecer del tercero pasó su
ejército por el vado, y asentados los reales, al otro día de mañana colocó al
frente sus tropas en orden de batalla. Domicio por su parte no dejó de hacer lo
mismo; y mediando entre los dos ejércitos un campo de seis millas, avanzó con
su gente hasta los reales de Escipión, el cual se mantuvo firme
54 O en las
tiendas fijas. Castris stativis. Se decían así los reales, porque se
acuartelaban en ellos de 49.
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sin salir
de su puesto, y a pesar de la impaciencia de los soldados de Domicio, al fin no
se dio la batalla. El motivo principal fue porque un torrente intermedio con
las riberas quebradas estorbaba el avance a los nuestros; de cuyo ardor y gana
de pelear enterado Escipión, recelándose que al día siguiente fuese forzado a
pelear mal de su grado o a estar encerrado dentro de la estacada con gran
deshonra, como quien, habiendo venido con tanta expectación, por un avance
desatinado tenía mal paradero, de noche y sin tocar la marcha vadea el río y
vuélvese al lugar donde salió, y allí cerca del río asienta sus reales en un
altillo. Al cabo de algunos días, una noche armó una celada en el paraje a que
los nuestros los días anteriores solían ir al forraje. Y no hubo bien llegado
Quinto Varo, capitán de caballería, a su ejercicio diario, cuando le asaltaron
los caballos de la emboscada. Pero los nuestros aguantaron con valor el ataque,
y prontamente se pusieron en orden; con que todos unidos revolvieron contra ellos
impetuosamente, y matando a ochenta, ahuyentados los demás, sin más pérdida que
la de dos hombres, dieron a su campo la vuelta.
XXXVIII.
Después de
esto Domicio, con la esperanza de atraer a Escipión a batalla, hizo del que
alzaba, el campo como forzado por la falta de víveres; y tocando la marcha
según costumbre, andadas tres millas, acampó con todo su ejército en un lugar
ventajoso y encubierto. Escipión, dispuesto a seguirle, destacó delante la
caballería y buen golpe de tropa ligera para rastrear y reconocer la derrota de
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Domicio.
Como fuesen éstas batiendo las estradas, al ir a entrar los primeros en la
emboscada, por el relincho de los caballos barruntando lo que sería, empezaron
a retroceder; con eso los que iban detrás, advirtieron su vuelta arrebatada, se
detuvieron. Los nuestros, viéndose descubiertos, por no perder el lance de todo
punto, prendieron dos escuadrones que se les vinieron a las manos juntamente
con Marco Opinio, comandante de la caballería. Los soldados de dichos
escuadrones o fueron muertos o entregados prisioneros a Domicio.
XXXIX.
César,
cuando quitó los presidios de la costa, según queda declarado, dejó en Orico
tres cohortes de guarnición, encargándoles la custodia de las galeras traídas
de Italia, y dándoles por gobernador al legado Acilio. Éste aseguró las naves
en lo interior del puerto detrás de la plaza y las amarró a tierra, cegando la
boca del puerto con un transporte echado a fondo y aferrado con otro segundo;
sobre este segundo erigió un gran torreón opuesto a la entrada misma del
puerto, y lo guarneció con soldados que velasen a su defensa en cualquier lance
repentino.
XL.
Luego que
esto supo el hijo de Cneo Pompeyo, vino a Orico, y sacó a remolque a fuerza de
maromas el transporte hundido, y combatiendo el otro puesto por Acilio en forma
de baluarte, con
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muchas
barcas guarnecidas de torres en equilibrio55, venció a los nuestros con la
porfía y el continuo disparar; como quien peleaba de sitio más elevado,
remudando sin cesar los soldados, escalando por tierra los muros de la ciudad,
y batiéndolos por mar para distraer las fuerzas de los contrarios. De esta
suerte derrocados los defensores (que todos echándose a las lanchas huyeron),
se apoderó también de dicha nave, y al mismo tiempo de una lengua de tierra,
que de la otra parte formaba una como península contrapuesta a la plaza, y con
cuatro barcas puestas sobre cilindros, y empujadas con palancas a lo interior
del puerto, arrimándose por una y otra banda a las galeras amarradas a tierra
sin tripulación, cuatro de ellas se llevó consigo y quemó las demás. Concluida
esta jornada, hizo venir a Decio Lelio de la escuadra de Asia, para que
impidiese la introducción de abastimentos en la plaza por el lado de Bulida y
Amanda. Él, navegando a Liso, asalta treinta urcas dejadas por Antonio en el
puerto, e incéndialas todas; mas emprendiendo la conquista de toda la ciudad,
por la resistencia de los ciudadanos romanos a cuyo cargo estaba y de la
guarnición de los soldados enviados por César, gastados en el sitio tres días,
con menoscabo de alguna gente, se fue sin hacer nada
XLI.
Después que
César hubo entendido que Pompeyo estaba en Asparagio, marchando allá con su
ejército, y conquistada de camino
55 Ni
entiendo ni sé explicar de otro modo las palabras ad libram de César. Y sin
duda se fabricarían las torres en equilibrio; una en la popa, otra en la proa,
y a los dos costados, para que no se hundiesen las naves.
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una villa
fuerte de los partinos, en que Pompeyo tenía puesta guarnición, al tercer día
llegó a los alojamientos de Pompeyo en Macedonia, acampóse junto, a él, y al
día inmediato, poniendo en orden todas sus tropas, le presentó batalla. Viendo
que no se movía, retirado a los reales su ejército, quiso probar otra traza; y
fue, que al día siguiente, tomando un gran rodeo por un sendero áspero y
angosto, se encaminó hacia Durazo, esperando traerle a esta ciudad o cortarle
el paso, a causa de que allí tenía Pompeyo almacenadas todas las municiones de
boca y guerra. Así sucedió, porque Pompeyo, no penetrando al principio el
intento de César, creía que se retiraba por la escasez de bastimentos, viéndole
marchar hacia otra parte; mas después, instruido por sus espías, levantó el
campo al día siguiente con la confianza de atajarle por otro camino más corto,
lo cual barruntándolo César, y animando a sus soldados a sufrir con paciencia
el cansancio, sin tomar reposo, excepto un breve rato de la noche, vino de
mañana a Durazo a tiempo que se descubría a lo lejos la vanguardia de Pompeyo,
y fijó allí sus tiendas.
XLII.
Pompeyo
excluido de Durazo, ya que no logró su fui primero, valiéndose de otro
arbitrio, fortifica sus reales en un altozano llamado la Roca, donde hay una
concha de fondo suficiente para surgidero de naves al abrigo de ciertos
vientos. Aquí manda conducir parte de las galeras y acopiar pan y demás
bastimentos del Asia y de todas las regiones de su dominación. César,
conociendo
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que la
guerra iría larga y desconfiando de que le viniesen provisiones de Italia, por
estar todas las costas guardadas con tanta diligencia de los Pompeyanos y no
aparecer sus escuadras construidas aquel invierno en Sicilia, la Galia e
Italia, despachó a Epiro, por granos, al legado Lucio Canuleyo, y por razón de
la distancia de aquel país, formó almacenes en varios lugares, encargando a los
pueblos comarcanos el acarreo. Mandó asimismo buscar todo el trigo que se
hallase en Liso, en los partinos y en todas las poblaciones; éste era bien
poco, así por la calidad del terreno áspero y montuoso, en que por la mayor
parte le tienen de acarreo, como porque Pompeyo con consideración a esto robó a
los partinos los días antecedentes, despojando las casas, abriendo los silos,
llevándose a la grupa de los caballos todo el trigo que encontró.
XLIII.
En estas
circunstancias, César trata de tomar sus medidas conforme a la naturaleza del
terreno. Los reales de Pompeyo estaban rodeados de cerros altos y fragosos. En
éstos puso lo primero guarniciones y los fortificó con baluarte. Después, en
cuanto lo permitía el terreno, tirando líneas de baluarte a baluarte, comenzó a
bloquear a Pompeyo con estas miras: primera, para conducir provisiones de todas
partes al ejército con menos riesgo, respecto de la escasez que padecía y, sin
embargo, de lo mucho que podía Pompeyo con sus caballos; segunda, para impedir
las salidas al forraje, y con eso inutilizarle la caballería; tercera, para
disminuir el
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crédito de
Pompeyo, que al parecer era su principal apoyo entre las naciones extranjeras,
cuando corriese la fama por todo el mundo que César tenía bloqueado a Pompeyo y
éste no tenía valor para venir a las manos.
XLIV.
El hecho es
que Pompeyo ni quería desviarse del mar ni de Durazo; porque había aquí metido
todo el tren de campaña, armas ofensivas y defensivas y máquinas, y por mar
traía bastimentos para el ejército; no podía tampoco estorbar los trabajos de
César sin dar batalla, lo que por entonces no juzgaba conveniente.
Quedábale
sólo un recurso y era, siguiendo la última disposición de la guerra, coger
cuantos más collados y ocupar la mayor extensión que pudiese del contorno con
guardias avanzadas, y con eso dividir en cuanto le fuese posible las fuerzas de
César; y así fue, pues con hacer veinticuatro fortines cogiendo un ámbito de
quince millas, dentro de este término encontraba pastos, y aun en medio había
muchos sembrados en que podían pacer las bestias. Y así como los nuestros se
habían pertrechado con las trincheras tiradas de baluarte a baluarte, temiendo
rompiesen por alguna banda los pompeyanos y los cargasen por las espaldas, de
la misma forma ellos en su interior recinto se fortificaban con barreras
seguidas, para que los nuestros no pudiesen entrar por algún flanco y
sorprenderlos por detrás. Es verdad que ellos adelantaban más en sus obras por
tener más gente y menos ámbito que fortificar, por estar más hacia el centro.
Cuando César quería ocupar algún
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puesto,
dado que Pompeyo estaba resuelto a no pelear por ningún caso de poder a poder,
todavía destacaba luego contra él gente de arco y honda de que abundaba; y eran
heridos muchos de los nuestros, que habían cobrado gran miedo a las saetas, y
aun por eso casi todos se habían hecho sayos, unos de fieltro, otros de torzal
y otros de cuero contra los tiros.
XLV.
Era grande
la porfía de ambos para ocupar los puestos: César, empeñado en estrechar todo
lo posible a Pompeyo; Pompeyo, en ocupar cuantos más cerros podía, y sobre esto
eran continuos los choques. En cierta ocasión, teniendo ya la legión nona de
César tomado un puesto y empezando a fortificarlo, Pompeyo se apostó en el
collado vecino que caía al frente y comenzó a estorbar el trabajo de los
nuestros; y como de un lado el paso era casi llano, cercándolos primero por
todas partes con gente de honda y arco, y echando delante un grueso cuerpo de
tropa ligera, y montadas las máquinas de batir, impedía la continuación de las
trincheras. Difícil era que los nuestros a un tiempo acudiesen a la defensa y
al trabajo. César, viendo que a los suyos los herían por todas partes,
determinó retirarse y abandonar aquel puesto. Era la retirada cuesta abajo, con
que la carga de los enemigos era más furiosa, sin dejar volver atrás a los
nuestros, persuadidos a que desamparaban el sitio de miedo. Es fama que Pompeyo
dijo entonces vanagloriándose con los suyos: «Que me tengan por un capitán
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inexperto,
si las legiones de César sin gravísimo daño llegan a retirarse del paraje
adonde tan temerariamente se han adelantado».
XLVI.
César,
temiendo el desorden de la retirada, mandó formar a las vertientes del collado
una valla avanzada de zarzos de través contra el enemigo, y que los soldados
con este resguardo abriesen un foso de anchura competente, llenándolo todo de
fajina y broza. Él, entre tanto en lugares correspondientes, puso listos varios
honderos para cubrir la retirada de los nuestros, y con estas prevenciones
ordenó que se retirasen. Los pompeyanos por eso mismo con mayor arrogancia y
denuedo empezaron a molestar y picar a los nuestros, y echaron abajo los zarzos
que servían de parapeto para saltar las fosas. Lo cual advertido de César,
porque no pareciese forzada y no voluntaria la retirada, y el estrago fuese
mayor, en medio casi de la cuesta, exhortando a los suyos por boca de Antonio,
comandante de la legión, manda tocar alarma y revolver de golpe contra el
enemigo. Los soldados de la legión nona, apretando en un instante las filas,
arrojaron las lanzas, y corriendo furiosamente cuesta arriba, obligaron a los
pompeyanos a huir más que de paso, siéndoles a la vuelta de gran tropiezo los
setos medio caídos, las puntas de las estacas y las zanjas abiertas. Los
nuestros, que únicamente tiraban a retirarse sin daño, muertos muchos de los
contrarios, perdidos solos cinco de los suyos, fueron retirándose con
grandísimo sosiego, y un poco más acá de aquel sitio, tomados otros recuestos,
perfeccionaron su atrincheramiento.
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XLVII.
Era éste un
extraño y nunca usado modo de guerrear, así por tanto número de baluartes, por
el espacio que había que bloquear tan dilatado y tan bien fortificado, por el
modo de dirigir el bloqueo, como por las demás circunstancias. En todo cerco
los sitiadores suelen asediar a los enemigos ya intimidados y flacos o vencidos
en batalla, o turbados con algún contraste, hallándose ellos mismos superiores
en número de tropas de a pie y de a caballo; y el fin del cerco suele
ordinariamente ser el de cortar los víveres al enemigo. Aquí, por el contrario,
César, con número mucho menor de soldados, tenía cercadas tropas numerosas con
las fuerzas enteras sin menoscabo y sobradas de todo; a más que cada día les
llegaban grandes convoyes de navíos cargados de vituallas de todas partes; no
podía correr viento que por una banda u otra no trajese algunos56. Pero César,
consumidos todos los granos del contorno, se hallaba en extrema necesidad; si
bien los soldados todo lo sufrían con singular paciencia, acordándose cómo el año
antecedente después de semejantes apuros en España, con el trabajo y
sufrimiento acabaron felizmente una guerra peligrosísima; igualmente como
después de la gran penuria padecida en Alesio, y otra mucho mayor en Avarico,
salieron vencedores de todas las naciones más poderosas. No hacían ascos de la
cebada, ni de las
56 Con
razón dice el mismo César ser ésta una nueva manera de pelear, y jamás se vio
que el ejército menor asediase a otro mayor en campo abierto y dilatado. No hay
escritor que no refiera como singularísimas estas circunstancias, que sólo
pudieron caber en el intrépido, valiente y guerrero corazón de César y en la
experiencia de sus soldados esforzadísimos.
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legumbres
que les daban; la carne de las reses, que traían del Epiro en abundancia,
tenían por gran regalo.
XLVIII.
Hallaron
también aquí los soldados que habían militado con Valerio cierto género de raíz
que se llama cara, la cual, mezclada con leche, les servía de mucho sustento.
Amasábanla como el pan; su abundancia era grande, y como los soldados
pompeyanos zahiriesen a los nuestros, echándoles en cara el hambre que
padecían, ellos les tiraban a manos llenas tortas hechas de esta raíz para
desengañarlos.
XLIX.
Ya en esto
las mieses empezaban a madurar, y la misma esperanza les aliviaba el hambre,
confiando de verse muy prestos hartos; con que a menudo repetían en los cuerpos
de guardia y conversaciones, «que primero comerían cortezas de árboles que
soltar las manos a Pompeyo» y continuamente oían de los desertores que sus
caballos apenas se tenían en pie; que las otras bestias habían perecido; que
ellos mismos adolecían de varias enfermedades por la estrechura del sitio y el
hedor de muchos cadáveres y por las fatigas cotidianas, a que no estaban
acostumbrados; sobre todo padecían grande escasez de agua, porque todos los
ríos y arroyuelos que iban al mar los desviaba César con acequias, o atajábalos
con grandes presas. Pues siendo aquellos lugares montuosos, y estrechos los
valles a la boca de las grutas de donde nacen las fuentes, éstas había cerrado
con
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palizadas y
estacado de tierra para estancar el agua. Conque les era forzoso buscar lugares
bajos y pantanosos para cavar pozos, y añadir este trabajo a las tareas
ordinarias; aun estos manantiales caían lejos de algunos presidios, y por los
grandes calores se secaban presto. Entre tanto, el ejército de César gozaba de
robusta salud, gran copia de agua, y abundaba de todo género de bastimentos,
menos trigo, de cuya carestía esperaban por horas verse libres, sazonadas las
mieses.
L.
En este
nuevo linaje de guerra eran nuevas las artes de que se valían unos y otros. Los
contrarios, advirtiendo por las hogueras en qué parte de las trincheras hacían
los nuestros centinela de noche, arrimándose a la sordina descargaban de un
golpe sobre ellos todas sus saetas, y luego echaban a correr a su campo. Los
nuestros, escarmentados con la experiencia, ocurrían al daño haciendo en una
parte las lumbres y las guardias en otra.
LI.
Mientras
tanto, avisado Publio Sila, comandante del campo en ausencia de César, acudió
con dos legiones al socorro de la cohorte, con cuyo encuentro fueron luego
rechazados los pompeyanos, que ni aun tuvieron ánimo para resistir al primer
encuentro y carga de los nuestros, y derribados los primeros, los demás
volvieron las espaldas y cedieron el campo. Mas siguiendo el alcance los
nuestros, Sila los detuvo que no lo ejecutasen. Verdad es que los
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más son de
opinión que si lo hubiese querido perseguir batiéndolos con aquel brío, éste
hubiera sido el último día de la guerra. A mí no me parece por eso reprensible,
porque no es lo mismo ser lugarteniente que general en jefe. El teniente debe
atenerse a las órdenes recibidas; el general disponer libremente lo que más
importe en los lances. Sila, encargado por César de la guardia de los reales,
se contentó con salvar a los suyos, no queriendo arriesgarse a una batalla, que
siempre sería dudosa, por no dar a entender que se arrogaba las facultades de
general. Los pompeyanos encontraban gran dificultad en la retirada, pues
avanzando de aquel mal sitio, treparon hasta ponerse en la misma cumbre. De
donde, si bajaban por la cuesta, temían que de arriba los cargasen los
nuestros, y ya se hacía tarde; que con el deseo de salir con la empresa, se
habían empeñado en la acción hasta la boca de noche. Así Pompeyo, tomando el
partido que la necesidad y el tiempo le sugerían, se guareció en sitio distante
poco más de tiro de dardo de nuestro fuerte. Aquí se acampó y se fortificó,
alojando en él todas sus tropas.
LII.
Peleóse al
mismo tiempo en otros dos parajes fuera de éste, porque Pompeyo de un golpe
asaltó varios baluartes con la mira de distraer nuestras fuerzas y estorbar el
auxilio recíproco de los presidios vecinos. En un paraje Volcacio Tulo sufrió
la carga de una legión con tres cohortes y la rebatió; en otro los germanos,
saliendo fuera
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de nuestras
trincheras, muertos muchos de los contrarios, volvieron sin recibir algún daño.
LIII.
En
conclusión, echada la cuenta de los seis choques de aquel día, tres en Durazo y
tres en las trincheras, sacamos la suma de dos mil pompeyanos muertos con
varios veteranos voluntarios, centuriones y oficiales, entre éstos Valerio
Flaco, hijo de Lucio el pretor de Asia, y se ganaron seis banderas. De los
nuestros en todos los reencuentros faltaron solos veinte. Pero en el fuerte no
quedó soldado sin herida, y en una sola cohorte cuatro centuriones perdieron la
vida. En suma, para prueba de su aprieto contaron a César treinta mil saetas
halladas dentro del fuerte, y ciento treinta agujeros en el escudo que le
presentaron del centurión Esceva, a quien César, en atención a sus méritos, le
regaló doscientos mil sueldos, y del octavo grado le promovió al primero. Por
cuanto a él solo debía en gran parte la conservación del fuerte; a la cohorte
dio paga doble, viático, vestuario y otros muy preciosos donativos militares.
LIV.
Pompeyo
empleó aquella noche en adelantar sus trincheras y los días siguientes en
fabricar torres, y habiendo dado quince pies de elevación a la barrera, cubrió
con plataforma aquella parte de los reales; dejó pasar cinco días, y la noche
del sexto, que por dicha estaba algo anublada, tapiadas todas las puertas de
los reales y
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atrancadas
para mayor seguridad, poco después de medianoche sacó el ejército en silencio y
retiróse a sus antiguas trincheras.
LV.
Ganada la
Etolia, Acarnania y Anfiloquia por Casio Longino y Calvisio Sabino, como hemos
indicado, pensaba César en dar un tiento al Acaya y adelantar sus conquistas.
Con esta mira despachó allá a Fusio Caleño, acompañado de Quinto Sabino, de
Casio y sus legiones. Noticioso de su venida Rutilio Lupo, intendente del Acaya
por Pompeyo, determinó fortificar el istmo 57 para cerrar el paso a Fusio.
Éste tomó a
Delfos, Tebas, Orcomeno por entrega voluntaria de sus ciudadanos; en algunas
otras ciudades entró por fuerza, procurando atraer a las demás por medio de sus
comisarios al partido de César. En esto andaba ocupado Caleño.
LVI.
César todos
los días sin intermisión sacaba sus tropas a campaña por ver si Pompeyo quería
venir a las manos, hasta meter sus legiones casi debajo de las trincheras de
éste; sólo que la primera fila nunca se ponía a tiro de dardo o de pedrero. Mas
Pompeyo por mantener su reputación ordenaba en tal forma su gente delante de
los reales, que la tercera línea tocaba las trincheras, y todas las demás
podían ser defendidas con los tiros disparados de los bastiones.
57 Era éste
el de Corinto, cuyo paso Rutilio pretendía cerrar a Fusio, para que no
penetrase al Peloponeso, perteneciente a su gobierno de Acaya.
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LVII.
Cuando tal
era el estado de las cosas en Acaya y en Durazo, siendo cierta la entrada de
Escipión en Macedonia, César, no perdiendo de vista su primer propósito,
despáchale a Clodio, su común amigo, a quien él por recomendación de Escipión
había dado cabida entre sus más íntimos confidentes. Por mano de éste le remite
una carta del tenor siguiente: «Que después de haber tentado todos los medios
de paz, el no haberse hasta ahora nada concluido, lo atribuía él a falta de los
que había escogido por medianero, porque nunca hallaban sazón de proponerle sus
demandas; que Escipión tenía grande autoridad; que no sólo podría representarle
lo que juzgase conveniente, mas también compelerle a ello, y corregirle, si
errase; que tenía mando absoluto sobre su ejército, de modo que juntaba en su
persona la autoridad con el poder para irle a la mano; si así lo hiciese, todos
le atribuirían la gloria de haber sosegado la Italia, pacificado las provincias
y salvado el imperio. » Con esta carta fue Clodio a Escipión, y los primeros
días era escuchado al parecer favorablemente; los siguientes no se le dio
audiencia, por haber reñido Favonio, como después de la guerra entendimos, a
Escipión sobre el caso, con que Clodio volvió a César sin haber hecho cosa.
LVIII.
César, para
tener acorralada la caballería de Pompeyo en Durazo y quitarle los pastos,
cerró con grandes bastiones las dos entradas, que dijimos ser angostas, y formó
en ellas dos revellines. Pompeyo,
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viendo que
la caballería era inútil, al cabo de algunos días, metida en barcas, la recogió
dentro de la estacada.
Era tanta
la penuria de pastos, que mantenían a los caballos con hojas de los árboles y
raíces tiernas de cañas majadas; porque habían consumido ya en forraje todo lo
sembrado dentro de las trincheras, y se veían precisados a transportar con
larga navegación el heno desde Corcira y Acarnania, y siendo éste muy poco,
aumentarlo con pienso de cebada y sustentar los caballos de esta suerte. Pero
cuando llegó a faltar de todo en todo, no sólo la cebada, el alcacer y el
herbaje, sino también la hoja de los árboles, quedando los caballos en los
huesos, hubo Pompeyo de intentar alguna salida de rebato.
LIX.
Militaban
en las banderas de César Roscilo y Ego, dos caballeros alóbroges, hijos de
Abducilo, que por muchos años tuvo el principado en su nación, sujetos de
prendas relevantes, que le habían servido muy bien y con mucho valor en todas
las guerras de la Galia. Por estas razones les había conferido en su patria las
primeras dignidades, solicitando los hiciesen senadores por particular
privilegio, y apropiándoles varias posesiones quitadas a los enemigos, después
que de pobres los hizo ricos galardonándolos con grandes sumas de dinero.
Éstos, por sus proezas, no sólo eran honrados de César, sino también queridos
de toda la tropa.
Pero
abusando de la gracia de César y envanecidos con una necia y bárbara
presunción, menospreciaban a los suyos, sisaban del
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sueldo de
la caballería y se alzaban con todos los despojos. Ofendidos de esto sus
soldados, se presentaron en cuerpo a César y se quejaron públicamente de sus
agravios, acusándolos, entre otras cosas, de que falseaban las listas con
plazas supuestas y se quedaban con el sobrante.
LX.
César,
considerando que no era tiempo éste de usar de rigor y teniendo presentes sus
servicios, disimuló por entonces, contentándose con reprenderlos a solas de que
hiciesen granjería de sus cargos; y dióles a entender que se fiasen de su
benevolencia y esperasen nuevas mercedes, haciendo concepto de las que podían
prometerse por las que tenían recibidas. Sin embargo, esta querella los hizo
sumamente odiosos y despreciables a los ojos de todos, y bien lo echaban ellos
de ver no menos por los vituperios de los otros que por el testimonio de su
propia conciencia. No pudiendo sufrir tanto sonrojo, y quizá temiendo no quedar
absueltos del todo, sino que se dilataba para otra ocasión su sentencia,
acordaron renunciar a nuestra amistad y aventurarse a buscar otras nuevas; y
comunicando su mal intento con algunos de sus paniaguados, a quienes no
tuvieron recelo en franquearse, primeramente tentaron asesinar, como se supo
después, a Cayo Voluseno, comandante de la caballería, por no presentarse a
Pompeyo con las manos vacías. Mas viendo la dificultad de poder ejecutarlo,
tomando prestada gran cantidad de dinero, so color de restituir lo mal ganado,
comprados muchos caballos, se pasaron con sus cómplices a Pompeyo.
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LXI.
Pompeyo,
informado de su ilustre nacimiento y educación noble, que Venían con tanto
acompañamiento de hombres y de caballos, y conocidos además por su valor y por
la privanza de César, haciendo gala y pompa del caso, los fue mostrando por
todas las líneas como en triunfo, cebando la curiosidad de los soldados con la
novedad de este espectáculo nunca visto; pues hasta entonces ningún soldado ni
caballero había desertado de César a Pompeyo, con ser que cada día venían
desertores de Pompeyo a César, y en Epiro y en Etolia, y en todas las regiones
ocupadas por César, a cada paso tomaban su partido los soldados alistados por
Pompeyo. Mas los tornilleros, como testigos que eran de vista, descubrieron a
Pompeyo el estado de nuestras cosas: cuáles fortificaciones estaban
imperfectas; cuáles menos bien pertrechadas a juicio de los inteligentes; sin
omitir las circunstancias del tiempo, las distancias de los puestos, la poca o
mucha vigilancia de los cuerpos de guardia, según eran el genio y habilidad de
los comandantes.
LXII.
Adquiridas
estas noticias, Pompeyo, que ya tenía resuelta la salida como se ha dicho, da
orden a los soldados de cubrir con cimeras de mimbres los yelmos y cargar
fajina. Dispuestas estas cosas, embarca de noche en esquifes y barcos un buen
número de tropa ligera y de los flecheros; y destacadas veinte cohortes del
alojamiento principal, las conduce a medianoche hacia la banda de
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nuestras
trincheras que remataban en el mar y era la más distante del cuartel general de
César. Endereza también allí las barcas sobredichas, llenas de municiones y
soldados ligeros a una con los transportes de que se había servido en Durazo,
ordenando lo que debe hacer cada cual. César tenía en este atrincheramiento
apostado al comisario de guerra Léntulo Marcelino con la legión nona, y porque
andaba enfermo, le había dado por ayudante a Fulvio Póstumo.
LXIII.
Había en
este paraje un foso de quince pies con un bastión contrapuesto al enemigo de
diez pies de alto, y el terraplén tenía otros tantos de ancho. A seiscientos
pies de este vallado estaba otro opuesto a la parte contraria con terraplén un
poco más abajo; porque César, días antes, temiendo no bloqueasen por mar a los
nuestros, había tirado allí estos dos valladares a trueque de poder resistir en
caso de ser acometido por frente y las espaldas. Pero la grandeza de las obras
y el continuado trabajo de tantos días, por haber abarcado con la línea el
ámbito de dieciocho millas, no dieron lugar de acabarlo. Así que aun estaba
imperfecta la trinchera de travesía contra el mar, que debía unir las dos
trincheras, lo que sabía muy bien Pompeyo por relación de los desertores
alóbroges y paró notable perjuicio a los nuestros. Pues apenas las cohortes de
la legión nona habían montado la guardia por la parte del mar, cuando al
improviso muy de mañana se dejaron ver los pompeyanos. Cogiólos de sobresalto
su arribo; a un tiempo los que venían en
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barcas
arrojaban saetas contra la trinchera exterior, cegando los fosos de fajina; los
legionarios escalando el interior con todo género de baterías y tiros,
arredraban a los nuestros, y por los costados se veían anegados de la
muchedumbre de flecheros. Con los casquetes de mimbres sobrepuestos a los
morriones recibían poco daño de los golpes de las piedras, únicas armas
nuestras.
En este
conflicto, yendo ya de vencida los nuestros, descubrióse la parte flaca de
nuestro atrincheramiento, de que arriba se hizo mención, y desembarcando entre
los dos vallados en el sitio que aun estaba por fortificar, arremetieron por
detrás a los nuestros y derribándolos de una y otra barrera, los forzaron a
volver las espaldas.
LXIV.
Entendido
el desorden, Marcelino destacó algunas cohortes para socorrer a los nuestros,
que iban de rota batida; mas viéndolos huir de los reales despavoridos, ni los
pudieron detener ni resistir tampoco ellos mismos al ataque de los enemigos. De
esta suerte cuantos venían de refresco, desconcertados con el temor de los
fugitivos, aumentaron el terror y el peligro, pues con el tropel de tanta gente
se hacía más embarazosa la retirada. En esta refriega hallándose herido de
muerte el alférez mayor, en el último aliento mirando a los suyos: «Esta
insignia, dice, yo la he guardado fielmente muchos años en vida, y ahora que
muero, la restituyo con la misma lealtad a César. Por vida vuestra que no
permitáis se cometa la mayor mengua militar que jamás ha sucedido en el
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ejército de
César, antes restituídsela salva.» De esta manera se salvó el águila, muertos
todos los centuriones de la primera cohorte, menos el principal.
LXV.
Ya los
pompeyanos, después de una gran matanza de los nuestros, se iban acercando a
las tiendas de Marcelino con no pequeño espanto de las demás cohortes, cuando
Marco Antonio, alojado en el cuartel de los presidios más cercanos, sabido el
caso, se veía bajar de lo alto con doce cohortes. Lo mismo fue llegar él, que
reprimir su ardor los contrarios y empezar a cobrar espíritu los nuestros,
volviendo en sí del susto. Poco después César, viendo el humo de los baluartes,
seña en que habían convenido de antemano, con algunas cohortes destacadas de
los presidios acudió allá también. Y advertido del daño, y juntamente que
Pompeyo desamparando las trincheras ponía sus alojamientos a las orillas del
mar, para lograr el paso libre así para el forraje como para la navegación;
mudando de idea, ya que no salió bien la primera, mandó abrir sus trincheras
junto a las de Pompeyo.
LXVI.
Concluida
la obra, observaron las atalayas de César que ciertas cohortes, que al parecer
componían una legión, estaban detrás del bosque y de camino para los reales
primeros. El sitio de los tales
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reales era
éste58: los días antes la nona legión apostada contra las tropas de Pompeyo, y
fortificándose según lo dicho, pasa allí sus estancias; éstas venían a terminar
en un bosque, y no distaban del mar más de cuatrocientos pasos. Después,
mudando de idea por ciertos motivos, César los trasladó un poco más allá de
aquel paraje, el cual, pasados algunos días, vino a ocuparle Pompeyo; y por
cuanto aguardaban otras legiones, dejando dentro en pie este vallado, lo coronó
por fuera con una cerca mucho más espaciosa, de suerte que los reales menores,
engastados en los mayores, formaban una especie de fortaleza. Asimismo desde la
esquina izquierda del bastión tiró una trinchera de cuatrocientos pasos hasta
el río, a propósito de tener a mano y segura el agua. Verdad es que Pompeyo,
por razones que no es menester referirlas, mudando de idea, abandonó aquel
puesto. Así quedaron por muchos días vacíos aquellos reales. Con todo, las
fortificaciones estaban en pie.
LXVII.
Entrada
aquí la legión con su bandera, dieron el aviso las atalayas a César. Eso mismo
aseguraban haber visto de algunos baluartes más altos. Este sitio distaba media
milla de los reales de Pompeyo. César, con la esperanza de sorprender esta
legión, y el deseo de resarcir las pérdidas de aquel día, dejó en sus
trincheras dos cohortes en ademán de continuar los trabajos, y él en persona,
por
58 Todo
este pasaje se halla interpolado y muy oscuro; se ha traducido a tiento, como
lo han hecho también otros intérpretes, y por tanto son excusables los defectos
que se puedan notar en el texto y en la versión.
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un sendero,
extraviado, con el mayor disimulo posible, divididas en dos columnas las otras
treinta y tres cohortes entre los cuales iba la nona legión muy menoscabada por
la muerte de tantos oficiales y soldados, movió hacia los reales menores al
rastro de la legión de Pompeyo. Y no le salió fallida su esperanza, pues llegó
primero que pudiese barruntarlo Pompeyo, y en medio de ser tan grandes las
fortificaciones, dando prontamente el asalto con el ala izquierda, donde él se
hallaba, barrió la trinchera. Estaban delante las puertas atravesados unos
caballos de frisa; aquí fue preciso forcejear algún tanto porfiando los
nuestros por romper y ellos oponiéndose a viva fuerza, defendiendo el puesto
valerosísimamente Tito Pulción, el mismo que fue autor de la traición cometida
contra el ejército de Cayo Antonio. Pero al fin los nuestros pudieron más; y
hecho añicos el erizo, primero forzaron las trincheras y después la
fortificación del centro, y porque la legión batida se había refugiado allí,
mataron algunos que hacían resistencia.
LXVIII.
Mas la
fortuna, que tiene muchísima mano en todo y más en la guerra, por motivos
pequeños suele causar grandes revoluciones, como aquí se vio.
Las
cohortes del ala derecha de César, buscando la puerta, fueron siguiendo la
línea de la trinchera, que se dijo arriba remataba en el río, persuadidos a que
fuese la cerca de los reales. Cuando echaron de ver que terminaba en el río y
nadie la guardaba, al instante la asaltaron y tras ella toda nuestra
caballería.
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LXIX.
Después de
largo rato que andaban en esto, Pompeyo avisado del hecho, destacó la quinta
legión en ayuda de los suyos; y al mismo tiempo su caballería venía arrimándose
a la nuestra, y los nuestros, que se habían apoderado de los reales, divisaban
su infantería puesta en orden, con que al momento se trocaron las suertes. La
legión de Pompeyo, animada con la esperanza de pronto socorro, se hacía fuerte
en la puerta principal y aun revolvían con osadía contra los nuestros. Como la
caballería de César iba entrando en las trincheras por un paraje angosto, mal
seguro de la retirada, tentaba la huida. El ala derecha, viéndose tan separada
de la izquierda, observando el miedo de los caballos, para no ser oprimida,
trataba de retirarse por donde acababa de introducirse; y los más de ellos, por
librarse de las apreturas, se precipitaban del vallado que tenía diez pies de
alto, y atropellando a los primeros por encima de sus cuerpos buscaban escape y
salida. Los soldados de la izquierda, mirando por una parte la presencia de
Pompeyo, y por otra la fuga de los suyos, temiendo no quedar acorralados con el
enemigo por fuera y por dentro, solicitaban escapar por donde habían venido.
Todo era confusión, terror y fuga; tal, que asiendo César con su mano los
estandartes de los que huían y mandándoles parar, unos, apeándose de los
caballos, proseguían su carrera, otros soltaban de miedo sus banderas, y ni uno
siquiera se detenía.
LXX.
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En tan
grande avenida de males, el no perecer todos estuvo en que quiso la fortuna que
Pompeyo, receloso de asechanzas, estuvo algún tiempo sin atreverse a llegar a
las trincheras; y es que, a mi ver, todo esto le cogía de nuevo, habiendo visto
poco antes huir de los reales a los suyos, y su caballería, como el tropel de
los nuestros tenía cegadas las puertas y desfiladeros, no podía romper para
seguirlos. Tan grandes fueron los males y bienes que resultaron de muy pequeños
principios; pues hallándose los nuestros dueños de los reales, la trinchera
tirada desde éstos al río privó a César de la victoria segura y rodada, pero
esto mismo dio la vida a los nuestros por haber retardado la celeridad de los
enemigos en perseguirlos.
LXXI.
En las dos
batallas de este día perdió César novecientos sesenta soldados rasos, y los
nobles caballeros romanos Tuticano Galo, hijo del senador; Cayo Felginate, de
Plasencia; Aulo Granio, de Puzol; Marco Sacrativiro, de Capua, y treinta y dos
entre tribunos y centuriones, si bien es verdad que una gran parte de éstos
pereció sin combate atropellada en los fosos, en las estacadas y en las riberas
del ríe a causa del terror pánico y tropelía de los suyos. Perdiéndose treinta
y dos banderas. Pompeyo por esta batalla fue aclamado Emperador de los romanos.
Mas aunque tomó este título y permitió que con él le llamasen, nunca adornó con
laurel sus cartas ni sus armas. Labieno, habiendo de él recabado que dejase a
su disposición los prisioneros, haciéndolos salir a vista de todo el campo, con
el fin, sin duda, de acreditar su fidelidad el tornillero,
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llamándolos
camaradas, les preguntaba por mofa: «si era uso de soldados viejos el huir», y
los hace degollar en presencia de todos.
LXXII.
Con estos
sucesos cobraron tanta presunción y orgullo los pompeyanos, que ya no pensaban
en continuar la guerra, sino que la daban por acabada con esta, en su concepto,
victoria completa. No reflexionaban que la ocasión de vencer fue por el poco
número de nuestra gente, lo peligroso del sitio, el haberse hallado cogidos en
las trincheras con los enemigos por dentro y por fuera, dividido el ejército en
dos trozos, sin poder el uno amparar al otro. Tampoco consideraban que no hubo
aquí encuentro porfiado ni choque de poder a poder, y que los nuestros se
hicieron a sí mismos con el tropel y la premura más daño del que recibieron del
enemigo. Finalmente, no se hacían cargo de las contingencias de la guerra;
cuántas veces por ligeros motivos o de una falsa sospecha, o de un terror
pánico, o de un escrúpulo que se atravesó, resultaron gravísimos perjuicios;
cuántos fracasos o por imprudencia del general, o por descuido del subalterno
han sucedido en los ejércitos, sino que, como si hubiesen vencido por valor, y
la fortuna fuese invariable, celebraban la victoria de este día y despachaban
correos con la noticia por el orbe universo.
LXXIII.
Viendo
César frustrados sus primeros designios, juzgó que debía mudar totalmente de
plan. En conformidad, retiró luego todas las
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guarniciones,
dejó el bloqueo, y unido en un solo lugar todo el ejército, arengó a los
soldados, exhortándolos «a no turbarse ni acobardarse por este mal suceso;
antes contrapusiesen tantas acciones gloriosas a una sola desgraciada, y ésa no
muy considerable, gracias a la fortuna, que puso en sus manos a toda Italia sin
derramar una gota de sangre; que pacificaron las dos Españas defendidas por
gente belicosísima y caudillos sumamente diestros y experimentados; que se
hicieron dueños de las provincias vecinas fertilísimas. En fin, estar fresca la
memoria de la felicidad con que por medio de las escuadras enemigas, cerrados
todos los puertos y aun cubiertas las costas, llegaron todo a salvamento. Si
acaece algún revés, conviene con la industria suplir la falta de fortuna. El
que acababa de suceder más era efecto del capricho de ella que de su propia
culpa; pues él había escogido lugar seguro para el combate, y así logró forzar
las trincheras, echar de ellas a los enemigos y vencerlos en la refriega; mas
ya fuese su misma turbación, ya algún engaño, ya fuese la misma fortuna la que
nos torció la victoria ya ganada y nos lo quitó de las manos, todos debemos
esforzarnos a reparar las quiebras con mayor ánimo. Convirtiesen, pues, el mal
en bien, como lo hicieron en Gergovia, y los que antes han huido de pelear,
vayan ahora de su grado a presentar al enemigo la batalla».
LXXIV.
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Concluida
su arenga, degradó algunos abanderados y los depuso. Por lo demás, el ejército
quedó tan pesaroso de aquel desmán 59(59) y con tanta impaciencia de borrar la
infamia, que no necesitaban de la voz de tribunos y centuriones, sino que cada
cual, como en pena de su pecado, se imponía los trabajos más pesados, y todos
igualmente ardían en deseos de venir a las manos; tanto, que algunos oficiales
del primer orden proponían no moverse de allí sin aventurar el caso a una
batalla. César, al contrario, no se fiaba todavía de los soldados no bien
recobrados del susto, y pensaba en tomar tiempo para que cobrasen de todo punto
sus bríos, demás que fuera de las trincheras dábale cuidado la provisión del
ejército. Así que, sin la menor dilación, si no es la precisa para la cura de
los heridos y enfermos, a prima noche despachó en silencio delante todos los
carruajes a Apolonia con orden de no reposar hasta el fin de la jornada,
dándoles una legión por escolta.
LXXV.
Desembarazado
de esto, se reservó dos legiones en los reales; las otras hizo que a la cuarta
vela desfilasen por diversas partes y tomasen la misma vereda; y dejando pasar
un breve rato, así para guardar la disciplina militar, como para ocultar todo
el tiempo posible su partida, mandó tocar la marcha, y saliendo al instante y
alcanzando la retaguardia, desapareció de los reales campos, enviando delante
la caballería para picar nuestra retaguardia, si
59 Apiano,
lib. II, escribe que los tribunos y centuriones pedían con instancias a Cé sar
que, según las leyes patrias y ordenanzas militares, los diezmase para sufrir
el último suplicio en pena de su fuga.
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bien no
pudo alcanzarla, porque César, yendo por un buen camino, se había adelantado
mucho. Mas viniendo al río Génuso, dificultoso de pasar, la caballería,
encontrando a los últimos, los detenían trabando algunas escaramuzas. Contra
ella destacó César la suya con un escuadrón volante de cuatrocientos de los que
pelean delante de las banderas, que acometieron tan denodadamente a los
contrarios, que mataron a muchos, rebatieron a todos y ellos volvieron libres a
la marcha.
LXXVI.
César,
concluida la jornada entera de aquel día en la forma que se propuso y pasado el
río Genuso, se alojó en su antiguo campo enfrente de Asparagio, metiendo todas
sus tropas dentro de las trincheras, y enviada la caballería en busca de
forraje, ordenó que prontamente por la puerta Decumana se restituyese a los
reales. Del mismo modo Pompeyo, concluida la jornada de este propio día, plantó
sus tiendas en el campo contiguo junto a Asparagio, y sus soldados, no teniendo
en qué ocuparse, por estar las fortificaciones en ser, salían lejos a buscar
leña y forraje; y puestas a recaudo las armas en el rancho, convidados de la
cercanía de los otros reales, íbanse allá a recobrar sus utensilios y mochilas,
de que gran parte quedara allí por lo acelerado de la marcha. César, previendo
que con eso se imposibilitaban para irle a los alcances, casi al hilo del
mediodía tocando a marchar, saca su ejército, y doblada la jornada de lo
restante del día caminó ocho millas; lo que no pudo hacer Pompeyo por la
dispersión de sus soldados.
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LXXVII.
Al otro día
César, despachado de la misma manera su bagaje delante a boca de noche, él sale
a la cuarta vigilia para estar expedito a cualquier trance, si le fuese preciso
pelear sobre la marcha. Eso mismo practicó los días siguientes; por cuya causa
ningún desmán le sucedió, aunque tuvo que pasar ríos muy hondos y caminos muy
fragosos; cuando Pompeyo, con la demora del primer día, no sirviéndole nada el
cansancio de los demás, aunque más alargaba las jornadas a propósito de
alcanzar a los que siempre iban delante, al cuarto día vino a desistir del
empeño, y resolvió de tomar otro consejo.
LXXVIII.
A César era
indispensable ir la vuelta de Apolonia, para dejar allí los heridos, pagar la
tropa, confirmar a los que se habían declarado por él y poner presidios en las
ciudades. Pero en todas estas cosas gastó sólo aquel tiempo que le permitía lo
acelerado de su viaje; y es que, cuidadoso de que Pompeyo no sorprendiese a
Domicio, no hallaba sosiego hasta verse unido con él. Sus ideas en orden a la
continuación eran éstas: si Pompeyo tomaba el mismo camino desviado del mar y
de los almacenes llenos de Durazo, privado de la comodidad de las provisiones,
le había de obligar a pelear, siendo ya igual el partido; si pasase a Italia,
unido su ejército con el de Domicio, marcharía por el Ilírico al socorro de la
Italia; si tentase la conquista de Apolonia y Orico para quitarle toda
comunicación con
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la marina,
él, yendo a sitiar a Escipión, haría venir a este otro por fuerza a dar socorro
a los suyos. Con estas miras César despachó correos a Cneo Domicio 60
declarándole su voluntad, y dejadas en Apolonia de guarnición cuatro cohortes,
una en Liso, tres en Orico y a su cuidado los heridos, prosiguió su marcha por
Epiro y Acarnania. Pompeyo, por su parte, rastreando por conjeturas el intento
de César, trataba de darse priesa para socorrer a Escipión, caso que César
fuese allá; y si no quisiese apartarse de las costas y de Corcira, por estar
esperando nuevas tropas de infantería, en ese caso pensaba echarse con todas
las suyas sobre Domicio.
LXXIX.
Así
marchaban entrambos con igual solicitud y celeridad para socorrer a los suyos y
no perder la ocasión de sorprender a los contrarios. Pero a César el viaje de
Apolonia le había desviado del camino recto. Pompeyo, por la calzada de
Candavia 61 caminaba en derechura la vía de Macedonia.
Tras eso
vino otro azar no pensado, y fue que Domicio, que hasta entonces había estado
frente a frente de Escipión, por falta de pan tuvo que alejarse de él hacia
Heraclea Sentica, ciudad sita al pie de la cordillera de Candavia; de suerte
que parecía que la fortuna misma se lo entregaba en las manos a Pompeyo. Todo
esto ignoraba César; a tiempo que las cartas de Pompeyo esparcidas por todas
las
60 Por
sobrenombre Calvino, diferente de Lucio Domicio Aenobarbo, esto es, Barbarroja,
que seguía el partido de Pompeyo.
61 Camino
abierto en una cordillera, seguida de montes, que iba desde el Ilírico a
Macedonia. Del gobernador romano que lo hizo, se llamaba Vía Egnatia. César
tenía que torcer hacia la marina por la necesidad de pasar por Apolonia.
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provincias
y ciudades, blasonando de la victoria de Durazo con más encarecimiento y
engreimiento de lo que sufría la verdad, no corría otra noticia sino que «César
derrotado iba huyendo, perdido casi todo su ejército». Por esto no hallaba
seguridad en los caminos y algunas ciudades se le habían rebelado. Por los
mismos, diversos correos enviados de César a Domicio y de Domicio a César, aun
tentando diferentes sendas, nunca pudieran arribar a su destino. Pero los
alóbroges confidentes de Roscilo y de Ego, que dijimos haberse pasado a
Pompeyo, topando en el camino los batidores de Domicio, bien fuese por la
familiaridad antigua contraída en las guerras de la Galia, o bien por
vanagloria, les contaron una por una todas las cosas sucedidas, certificándolos
de la partida de César y de la llegada de Pompeyo. Domicio con esta noticia,
ganando la ventaja de cuatro horas no cabales, por favor de los enemigos evitó
el peligro, y junto a Eginio, lugar situado en la frontera de Tesalia, vino a
encontrarse con César.
LXXX.
Unidos los
dos ejércitos, César llegó a Gonfos, primer pueblo de Tesalia viniendo de
Epiro, que, pocos meses antes de su grado había enviado diputados a César
ofreciéndole todos sus haberes y pidiéndole presidio de soldados.
Pero ya
estaban preocupados por la fama tantas veces repetida del choque de Durazo,
cada día más y más exagerado. Por lo cual Androstenes, adelantado de Tesalia,
queriendo más ser compañero de la victoria de Pompeyo que participante de la
desventura de
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César, mete
dentro de la ciudad toda la chusma de esclavos y libres de las alquerías,
cierra las puertas, y envía por socorro a Escipión y a Pompeyo, diciendo que si
le acuden presto, no desconfía de mantener la plaza, por ser fuerte, mas que no
puede por sí solo sostener un largo asedio.
Escipión,
con la noticia de haberse los dos ejércitos retirado de Durazo, había conducido
sus legiones a Larisa. Pompeyo todavía estaba distante de Tesalia.
César,
fortificados sus reales, da orden de aprontar zarzos y hacer escalas y árganos
para dar luego el asalto. Estando ya todo a punto, esforzando a sus soldados,
les mostró «cuánto importaba para abastecerse de todo lo necesario la conquista
de esta ciudad llena y rica, su castigo para escarmiento de los demás, y la
ejecución pronta, primero que pudiese ser socorrida». Así, aprovechándose de la
buena disposición y ardor de sus soldados, el mismo día de la llegada
emprendiendo a las nueve horas de sol el asalto de una plaza guarnecida de
muros altísimos, la conquistó antes de su puesta y la dio a saco a los
soldados; y sin detenerse, moviendo desde allí su campo, pasó a Metrópoli antes
que allá se supiese la toma de Gonfos.
LXXXI.
Los
metropolitas al principio con la misma resolución en fuerza de las mismas
hablillas, cerradas las puertas, se pusieron en armas sobre los muros; pero
después, advertidos de la desgracia de Gonfos por los prisioneros, que César de
propósito mandó mostrarse ante
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los muros,
abrieron las puertas. Y como fuesen tratados con toda humanidad, cotejada la
dicha de los metropolitas con la desdicha de los gonfeses, no hubo ciudad en
Tesalia que no franquease la entrada y se rindiese a César, a excepción de
Larisa, ocupada con los grandes ejércitos de Escipión. César, hallando un
terreno espacioso entre campos cubiertos de mieses ya casi maduras, allí
determinó aguardar a Pompeyo y plantar el teatro de la guerra.
LXXXII.
Pocos días
después llegó Pompeyo a Tesalia, y arengando en presencia de todo el ejército,
da gracias a los suyos, y a los de Escipión convidó a que se dignasen de tomar
parte en los despojos y premios de la victoria ya ganada.
Dicho esto,
y alojando todas las legiones en un mismo campo, igualando consigo en la
dignidad a Escipión, manda le hagan los mismos honores y levanten un pabellón
imperial semejante al suyo. Engrosadas las tropas de Pompeyo y juntos dos
grandes ejércitos, confirman todos en la opinión, y aun conciben mayores
esperanzas de la victoria; en tanto grado, que toda dilación para ellos era lo
mismo que retardar su vuelta a Italia; que si Pompeyo trataba tal vez los
negocios con mayor pausa y reflexión, decían ser obra de un día; sino que él
gustaba de mandar y servirse como de criados de los principales señores
romanos62; y aun se declaraban sin rebozo unos contra otros opositores sobre
las recompensas y dignidades
62
Consulares et praetorios: los que hablan sido cónsules y pretores, las dos
mayores dignidades de Roma; por donde refiere Plutarco, en la Vida de César,
que a Pompeyo le nombraban otro «Agamenón, rey de los reyes».
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sacerdotales,
y repartían el consulado por años. Otros pretendían las casas y haciendas de
los que seguían a César, y tal vez hubo en el consejo gran debate sobre si
convendría en las primeras juntas que se hiciesen para nombramiento de pretores
proponer a Lucio Hirro, ausente, enviado por Pompeyo a los partos, ejecutando
sus deudos a Pompeyo con la palabra que le había dado al despedirse, porque no
se pensase que le había engañado con su autoridad, alegando los contrarios no
ser justo, siendo igual el trabajo y el peligro, distinguir a Hirro en el
premio.
LXXXIII.
Hasta sobre
el supremo sacerdocio de César fueron tantas las reyertas que habían todos los
días entre Domicio, Escipión y Léntulo Espinter, que llegaron a prorrumpir en
injurias, alegando Léntulo el privilegio de su ancianidad, preciándose Domicio
del séquito y aceptación que lograba con el pueblo y Escipión muy presuntuoso
por el parentesco de Pompeyo. Acusó también Accio Rufo a Lucio Afranio ante
Pompeyo de haber perdido por traición su ejército en la guerra de España, y
llegó a decir Lucio Domicio en el consejo, que su dictamen era que, acabada la
guerra, se diesen tres tarjetas a los jueces que habían de sentenciar las
causas de los senadores que no los habían acompañado en la guerra, quedándose
en Roma, o metidos en los presidios de Pompeyo, sin contribuir con nada a la
milicia. Una tarjeta debía servir para los que fuesen absueltos, otra para los
que mereciesen pena capital, y la tercera para señalar las multas pecuniarias.
En conclusión, todos andaban
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ocupados en
pretender honras o riquezas, o la venganza de sus enemigos. No cuidaban del
modo de vencer, sino de la manera de disfrutar la victoria.
LXXXIV.
César,
entre tanto, hechas sus provisiones, reforzados sus soldados, cuyos bríos a su
parecer daban bastantes pruebas de haber recobrado vigor después de los sucesos
adversos de Durazo, quiso tentar cuáles eran los pensamientos y resolución de
Pompeyo en orden al combate. A este propósito sacó a campaña su ejército y
ordenóle en batalla, primero sin salir de su recinto y algo lejos de los reales
avanzando hasta tocar con su vanguardia las calinas de los alojamientos
pompeyanos. Con eso cada día cobraba mayor denuedo el ejército.
Como
quiera, con los caballos usaba siempre de la industria insinuada, pues siendo
con mucho más inferior en número, entresacando de las primeras filas los
soldados mozos más ágiles y sueltos, les mandaba jugar las armas al estribo de
los caballos, y con el ejercicio cotidiano adiestrarse a semejantes
evoluciones. Lo cual tuvo tan buen efecto, que mil caballos, cuando llegaba el
caso, se tenían contra siete mil pompeyanos aun en campo raso, sin que los
asustase la muchedumbre; antes bien uno de estos días los vencieron en una
escaramuza y mataron entre otros a uno de los alóbroges huidos a Pompeyo, según
queda dicho.
LXXXV.
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Pompeyo,
como estaba alojado en la cumbre, escuadronaba sus gentes al pie del monte,
siempre por ver, a lo que parecía, si César se empeñaba en algún mal paso.
César, convencido de que por ningún arte se arrestaría Pompeyo a dar la
batalla, creyó sería lo mejor mover de aquel sitio las tropas y andar siempre
en movimiento, esperando que con la mudanza continua de lugares hallarían más
oportunidad de hacer provisiones, y juntamente alguna vez se le presentaría
ocasión de venir a las manos, o por lo menos, con tantas marchas y
contramarchas, fatigaría el ejército de Pompeyo, poco acostumbrado a semejante
trabajo. Con este designio, dada la señal de la marcha y alzadas las tiendas,
se observó que las tropas de Pompeyo poco antes, fuera de su costumbre ordinaria,
se habían apartado de las trincheras a tal distancia que parecía se podía
pelear en sitio no del todo malo. Entonces César, saliendo ya de las puertas su
vanguardia: «Aquí es preciso, dice, suspender la marcha y disponernos para el
combate que tanto hemos deseado; animémonos a pelear; que quizá no hallaremos
otra ocasión como ésta. » Y al punto saca fuera sus tropas sin más tren que las
armas.
LXXXVI.
Igualmente
Pompeyo, según después se supo, estaba determinado a combatir a instancias de
todos los suyos, y aun se había dejado decir los días pasados en consejo pleno:
«Que antes de disparar un tiro, el ejército de César sería derrotado».
Maravillándose los demás de tal dicho: «Bien sé, dijo él, que prometo una cosa
al parecer
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increíble,
pero oíd en qué me fundo para no dudar del suceso: tengo persuadido a nuestros
soldados de a caballo (y ellos me han ofrecido de hacerlo) que cuando estemos
ya cerca, desfilen hacia el ala derecha y la acometan por el costado abierto,
de suerte que rodeándole por la espalda, quede atónito y batido su ejército
antes de disparar nosotros un tiro. Con tal arte, sin riesgo de las legiones y
sin derramar sangre, pondremos fin a la guerra, cosa no muy dificultosa, siendo
tan poderosa nuestra caballería. » Amonestóles también «que en el lance
estuviera alerta, y ya que tenían la batalla en las manos, no dejasen burladas
las esperanzas de todos».
LXXXVII.
Cógele la
palabra Labieno deprimiendo las tropas de César, y alabando sumamente la
conducta de Pompeyo con decir: «No creas, Pompeyo, ser éste aquel ejército
conquistador de la Galia y de la Germania. Yo me hallé presente a todas las
batallas. No afirmo cosa que no la tenga bien averiguada. Una mínima parte de
aquel ejército es ésta; la mayor pereció, ni pudo ser otra cosa con tantas
batallas. Muchos consumió la peste en Italia, muchos se fueron a sus casas,
muchos se quedaron en el continente. ¿Por ventura, no habéis oído que de solos
los que quedaron enfermos en Brindis 63(63) se han formado muchas cohortes?
Estos que aquí veis son reclutas de las levas de estos años hechas en la Galia
Cisalpina, y los más se componen de riberanos de la otra parte del Po. Por lo
demás, el nervio del ejército quedó deshecho en las batallas de Durazo.» Dicho
63 Y de los
inválidos, que no pudiendo ir a la guerra por sus achaques, fueron dejados allí
de guarnición.
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esto, juró
de no volver al campo a menos de salir vencedor, induciendo a todos a hacer lo
mismo. Otro tanto juró Pompeyo alabando el pensamiento, y no hubo entre tantos
quien dudase hacer igual juramento. Hecho esto de común consentimiento,
salieron todos del consejo llenos de esperanza y alegría. Y ya se anticipaba la
victoria, no pudiendo creer que de ese modo se afirmase una cosa de tanta monta
y por un tan experimentado caudillo sin grande certidumbre.
LXXXVIII.
César, al
acercarse a los reales de Pompeyo, reparó que su ejército estaba ordenado en
esta forma: en el ala izquierda se veían las dos legiones cedidas por César de
orden del Senado al principio de las desavenencias; la una se llamaba primera,
tercera la otra. Este puesto ocupaba Pompeyo mismo; Escipión el cuerpo de
batalla con las legiones de Siria; la legión de Cilicia juntamente con las
cohortes españolas transportadas por Afranio, formaban el ala derecha. Éstas
consideraba Pompeyo ser sus mejores tropas; las demás estaban repartidas entre
el centro y las alas, y todas completaban ciento diez cohortes y el número de
cuarenta y cinco mil combatientes. Dos mil eran los voluntarios veteranos, que
por los beneficios recibidos de él en otras campañas vinieron a ésta llamados y
los había entreverado en todas las filas. Siete cohortes tenían puestas de
guarnición en las tiendas y en los presidios vecinos. El ala derecha estaba
defendida por las márgenes
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escarpadas
de un arroyo64, por lo cual cubrió la izquierda con la tropa de a caballo, y de
flecheros y honderos.
LXXXIX.
César,
siguiendo su antiguo plan, colocó en el costado derecho a la legión décima y en
el izquierdo a la nona, bien que muy disminuida por las rotas de Durazo, y de
propósito unió a ella la octava, casi haciendo de las dos una, para que
recíprocamente se sostuviesen; las cohortes que tenía en el campo de batalla
eran ochenta, y treinta y dos mil soldados. En los reales dejó dos cohortes de
guardia. Antonio mandaba la izquierda, Publio Sila la derecha, Cneo Domicio el
centro; él se puso frente por frente de Pompeyo. Mas echando entonces de ver el
flanco indicado, temiendo no fuese atropellada el ala derecha de la multitud de
caballos, entresacó prontamente de cada legión de la tercera línea una
cohorte65, y con ellas formó el cuarto escuadrón, oponiéndolo a la caballería
enemiga, declarándole el fin que en esto llevaba y que en su valor estaba
librada la victoria de aquel día.
Mandó al
mismo tiempo al tercer escuadrón y a todo el ejército que ninguno acometiese
sin su orden; que a su tiempo él daría la señal tremolando un estandarte.
XC.
64 El río
Enipeo, más célebre por los versos de los poetas que por el caudal de sus
aguas, teñidas ahora de la sangre romana (Lucano, lib. VII). Sanguine Romano
quam turbidus ibit Enipeus.
65 Seis
eran las legiones de la tercera línea, y por consiguiente seis las cohortes
sacadas.
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En seguida
después, exhortando al ejército al estilo militar, y ponderando sus buenos
oficios para con él en todos tiempos, ante todas cosas protestó, «como podía
poner por testigos a todos los presentes del empeño con que había solicitado la
paz; de las proposiciones hechas por Vatinio en presencia de los dos ejércitos;
de la comisión dada a Clodio para tratar de ajuste con Escipión; los medios de
que se valió en Orico con Libón sobre enviar embajadores de paz que jamás quiso
que por él se derramase sangre, ni privar a la República de uno de los
ejércitos». Concluido el razonamiento, a instancias de los soldados, que ardían
en vivos deseos de combate, dio con la bocina la señal de acometer.
XCI.
Servía de
voluntario en el ejército de César, Crastino, comandante de la primera centuria
que había sido el año anterior en la legión décima, hombre de singular
esfuerzo. Éste, oída la señal: «seguidme, dice, antiguos camaradas míos, y
prestad a vuestro general el servicio que le habéis jurado. Ésta es la última
batalla; la cual ganada, él recobrará su honor y nosotros nuestra libertad». Y
vueltos los ojos a César: «hoy es, dijo, señor, el día en que a mí, vivo o
muerto, me habrás de dar las gracias». Diciendo y haciendo, arremetió el
primero por el ala derecha, y tras él ciento veinte soldados escogidos de los
voluntarios de su misma centuria.
XCII.
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Entre los
dos campos mediaba el espacio suficiente para atacarse los dos ejércitos. Pero
Pompeyo había prevenido a los suyos que aguantasen la primera descarga de
César, ni se moviesen punto de sus puestos, dejando que los enemigos se
desordenasen. Esto decían haber hecho a persuasión de Cayo Triario con el fin
de quebrantar el primer ímpetu del ataque enemigo y darles lugar a que se
desbandasen, y entonces unidos echarse sobre ellos en viéndolos sin formación;
que recibirían menos daño de los tiros de los enemigos estando quietos, que
saliendo al encuentro, y con la esperanza también de que los soldados de César,
teniendo que doblar la carrera, quedarían sin aliento y sin fuerzas del
cansancio. Lo cual a mí me parece haberse hecho contra toda razón; pues que
naturaleza infundió al hombre ciertos espíritus y bríos, que con el ardor del
combate llegan a inflamarse, y que un buen capitán, lejos de apagarlos, más
debe fomentarlos; y no sin razón establecieron los antiguos que, al comenzar la
batalla, resonasen por todas partes los instrumentos bélicos y todos a una
levantasen el grito, sabiendo que así los enemigos se aterraban y hacían coraje
los suyos.
XCIII.
Los
nuestros, dada la señal, avanzando con las lanzas en ristre y advirtiendo que
no se movían los pompeyanos, como prácticos y enseñados de otras batallas, por
sí mismos pararon en medio de la carrera, porque al fin no les faltasen las
fuerzas, y tomando aliento por un breve rato, echaron otra vez a correr,
arrojaron sus lanzas, y luego conforme a la orden de César pusieron mano a las
espadas.
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No dejaron
de corresponderles los pompeyanos, sino que recibieron intrépidamente la carga,
sostuvieron el ímpetu de las legiones sin deshacer las filas, y disparados sus
dardos, vinieron a las dagas. A este tiempo, del ala izquierda de Pompeyo, como
estaba prevenida, desfiló a carrera abierta toda la caballería y se derramó
toda la cuadrilla de ballesteros, a cuya furia no pudo resistir nuestra
caballería, sino que comenzó a perder tierra y los caballos pompeyanos a
picarla más bravamente, abriéndose en columnas y cogiendo en medio a los
nuestros por el flanco. Lo cual visto, César hizo seña al cuarto escuadrón,
formado de intento para este caso de seis cohortes. Ellos avanzaron al punto, y
a banderas desplegadas cargaron con ímpetu tan violento a los caballos
pompeyanos, que ni uno hizo frente, antes todos espantados, no sólo abandonaron
el campo, sino que huyeron a todo correr a los montes más altos. Con su fuga
toda la gente de honda y arco, quedando descubierta e inutilizadas sus armas,
fue pasada a cuchillo. Las cohortes sin parar, dando un giro, embistieron por
la espalda al ala izquierda de los pompeyanos, que todavía peleaban y se
defendía con buen orden, y los acorralaron.
XCIV.
Al punto
César mandó avanzar el tercer escuadrón, que hasta entonces había estado en
inacción y sin moverse del sitio. Con que viniendo éstos de refresco por el
frente, y cargándoles los otros por la espalda, ya no pudieron resistir los
pompeyanos, y así todos echaron a huir. No en vano César había predicho en su
exhortación
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a los
soldados que las dichas cohortes, que formaban el cuarto escuadrón contrapuesto
a la caballería de Pompeyo, habían de comenzar la victoria. Ellas fueron las
que la desbarataron; ellas hicieron aquella carnicería de los flecheros y
honderos; ellas por la banda siniestra rodearon el ejército de Pompeyo y lo
pusieron en huida.
Mas
Pompeyo, vista la derrota de la caballería, y de aquel cuerpo en quien más
confiaba, desesperado de la victoria, se retiró del campo huyendo a uña de
caballo a los reales, y a los centuriones que estaban de guardia en la puerta
principal, en voz clara, que los soldados la oyeron: «Defended, dice, los
reales, y defendedlos bien, si sucediere algún trance; yo voy a dar orden de
asegurar las otras puertas, y otras providencias para la defensa de los reales.
» Dicho esto, se metió dentro de su pabellón con temor de perderlo todo, pero
aguardando no obstante el paradero.
XCV.
Viendo a
los pompeyanos refugiados a las trincheras, juzgando que no se les debía dejar
respirar un punto ahora que se hallaban despavoridos, alentó a los soldados a
no malograr la ocasión de apoderarse de los reales. Ellos, aunque ya rendidos y
abrasados del sol, pues la función había durado hasta mediodía, con todo eso,
prontos siempre a cualquier trabajo, le obedecieron. Las trincheras eran
defendidas vigorosamente por las cohortes que allí quedaron de guarnición, y
con mucha mayor pertinacia por los tracios y otras tropas auxiliares de
bárbaros. No así por los soldados huidos de la
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batalla,
que rendidos a la fatiga y desaliento, casi todos, abandonadas armas y
banderas, tenían más cuenta de proseguir la huida que de guardar los reales.
Pero ni los que guarnecían las trincheras pudieron por mucho tiempo aguantar el
granizo de los dardos, sino que acribillados de heridas, desampararon el
puesto, y guiados de sus capitanes y jefes, todos a un tiempo escaparon a las
cumbres más altas de los montes cercanos.
XCVI.
En los
reales de Pompeyo fue cosa de ver las mesas puestas, los aparadores con tanta
vajilla de plata, las tiendas alfombradas de floridos céspedes, y aun los
pabellones de Léntulo y otros tales coronados de hiedra, fuera de otras muchas
cosas que denotaban demasiado regalo y firme persuasión de la victoria; de
donde fácilmente se podía inferir cuan ajenos estuvieron del contraste de aquel
día los que con tanto esmero procuraban regalos excusados; y ésos eran los que
al ejército pobrísimo y sufridísimo de César echaban en cara el lujo, cuando
siempre anduvo escaso de las cosas más necesarias a la vida. Pompeyo, sintiendo
a los nuestros dentro de las trincheras, montando a caballo, depuestas las
insignias imperiales, echó a correr por la puerta trasera, y metiendo espuelas,
va volando hacia Larisa. No paro allí, antes con la misma prisa, encontrando
tal cual de los suyos que veían huyendo, sin cesar toda la noche, bajó a la
marina con treinta caballos; y embarcado en un barco cargado de trigo, iba
navegando y quejándose una y mil veces, según decían, «de su yerro en haberse
prometido la victoria de unos
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hombres
que, con haber sido los primeros a huir, tenían todos los visos de traidores».
XCVII.
César,
apoderado de los reales, insistió con los soldados en que no perdiesen la
ocasión de acabar la empresa por detenerse al pillaje, y recabándolo, determinó
cercar el monte con trincheras. Los pompeyanos, no habiendo agua en él, mal
satisfechos del sitio, trataron de acogerse a Larisa. César que lo entendió,
dividió sus tropas: parte de las legiones dejó en el campo de Pompeyo; parte
remitió al suyo; tomó cuatro de ellas consigo, y por un atajo marchó al
encuentro de los pompeyanos, y caminadas seis millas, se puso en orden de
batalla. Los pompeyanos, luego que lo advirtieron, hicieron alto en un monte
bañado de un río.
César
esforzando a sus soldados, aunque se hallaban muy cansados con la incesante
fatiga de todo este día, y ya cerraba la noche; sin embargo, con una esclusa
separó el río del monte, para que los pompeyanos no pudiesen venir por la noche
a coger agua. Estando al fin ya la obra, enviaron diputados a tratar de la
entrega. Algunos senadores, que se habían juntado con ellos, se salieron de
noche huyendo.
XCVIII.
En
amaneciendo, César ordenó a los del monte que bajasen al llano y rindiesen las
armas. Obedecieron sin réplica, con las manos alzadas, y postrados en tierra le
pidieron la vida. Él, consolándolos,
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los mandó
levantar, y apuntándoles algo de su clemencia para quitarles el miedo, los
perdonó a todos, intimidando a los soldados no los tocasen ni en sus personas
ni en sus cosas66. Practicada esta diligencia, mandó que le acudiesen del campo
otras legiones y que las que tenía consigo tomasen la vez de reposo en los
cuarteles, y aquel mismo día entró en Larisa.
XCIX.
En esta
batalla no echó de menos sino doscientos soldados, pero perdió treinta
centuriones de los más valientes. Murió asimismo, haciendo prodigios de valor,
aquel Crastino de quien arriba hicimos mención, atravesado el rostro de una
estocada, cumpliendo puntualmente lo que había prometido al entrar en batalla,
porque César creía firmemente que la fortaleza de Crastino fue sin par en el
combate y había merecido todo su agradecimiento. Del ejército de Pompeyo se
contaban al pie de quince mil muertos. Pero los que se rindieron fueron más de
veinticuatro mil, porque también las guarniciones de los castillos se
entregaron a Sila; otros muchos se refugiaron en las ciudades vecinas. Después
de la batalla ciento ochenta banderas y nueve águilas fueron presentadas a
César. Lucio Domicio, queriendo huir de los reales al monte, desmayado por
falta de fuerzas, murió a manos de la caballería.
C.
66 Sabido
es aquel dicho de César en esta ocasión: Miles, parce iam civibus. Poco antes
había dicho: Miles, faciem feri.
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En este
mismo tiempo Decio Lelio arribó a Brindis con su escuadra, y a imitación de
Libón tomó la isleta que, como queda dicho, está delante del puerto. Vatinio,
gobernador de Brindis, armó también sus chalupas entoldadas, y provocando a las
naves de Lelio, tres de ellas que se adelantaron demasiado, es a saber, una
galera de cinco órdenes de remos y dos menores, las apresó a la boca del
puerto; asimismo por piquetes apostados de caballería no dejaba a la
tripulación hacer aguada. Con todo esto, Lelio, aprovechándose de la buena
estación para navegar, traía por mar agua de Corcira y de Durazo; ni desistía
de su empeño, ni por mengua de las naves perdidas, ni por la falta de las cosas
necesarias pudo ser expelido del puerto y de la isleta hasta tanto que supo el
desastre de Tesalia.
CI.
Casi al
mismo tiempo aportó Casio a Sicilia con su armada naval de Siria, Fenicia y
Cilicia, y hallándose la de César en dos divisiones, una a cargo de Publio
Sulpicio, pretor en Vibona cerca del Faro, la otra al mando de Marco Pomponio
en el puerto de Mesina, primero surgió aquí Casio que Pomponio supiese que
venía; y encontrándole asustado sin guardias ni tropa reglada, favorecido de un
viento recio, disparó contra la escuadra de Pomponio unos navíos de carga
atestados de teas, alquitrán, estopa y otras materias combustibles, abrasó
todas sus treinta y cinco naves, de las cuales veinte eran entoldadas; y fue
tan grande el susto que causó a todos este suceso, que habiendo una legión
entera de guarnición en Mesina, apenas acertaban en la defensa de la plaza; y a
no haber llegado en aquella
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sazón
noticia de la victoria de César por la posta, los más tenían por cierto que se
hubiera perdido. Pero llegando estas noticias al mejor tiempo, se mantuvo
fuerte. Con que Casio enderezó de aquí hacia Cibona contra la escuadra de
Sulpicio, y viendo nuestras naves arrimadas a tierra, por este mismo recelo, él
hizo lo mismo que antes. Ayudado del viento en popa, destacó cerca de cuarenta
brulotes, y prendiendo fuego por los dos costados, cinco navíos quedaron hechos
ceniza. Como las llamas por la impetuosidad del viento se fuesen extendiendo,
los soldados de las legiones veteranas, que por sus achaques habían quedado en
la isla de presidio, no pudieron sufrir tan grande afrenta, sino que por su
propio impulso subieron a las naves, alzaron anclas, y arrojándose de golpe
sobre la armada de Casio, apresaron dos galeras de cinco órdenes de remos, una
de las cuales montaba él. Pero Casio, saltando al bote, logró escaparse. De
allí a poco se supo tan ciertamente la función de Tesalia, que hasta los mismos
pompeyanos la creían ya; siendo así que antes la tenían por invención forjada
de los subalternos y apasionados de César. Con que desengañado Casio, levantó
velas de estas costas con su armada.
CII.
César, ante
todas las cosas, deliberó ir tras de Pompeyo dondequiera que se retirase
huyendo, por no darle tiempo a que se rehiciese y renovase la guerra, y
caminaba cada día tanto espacio cuanto podía aguantar la caballería, ordenando
que le siguiese una legión a paso más lento. Estaba fijado en Anfipoli un
edicto en
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nombre de
Pompeyo, obligando a todos los mozos de aquella provincia, griegos y ciudadanos
romanos, a que viniesen a dar el juramento; mas no se podía averiguar si
Pompeyo lo había expedido con el fin de ocultar lo más que fuese posible su
designio de proseguir la huida, o de mantener con nuevas levas la posesión de
Macedonia, caso que no le persiguiesen. Lo cierto es que una noche se detuvo
allí sin saltar a tierra y haciendo venir a bordo de su navío a los huéspedes
que tenía en Anfipoli, y pedídoles por merced el dinero necesario para los
gastos del viaje, noticioso de la venida de César, zarpó de aquella cala, y a
pocos días surgió en Mitilene. Detenido allí dos días por el viento contrario,
con el refuerzo de otros buques menores arribó primero a Cuida, y después a
Chipre; sabe allí cómo todos los naturales de Antioquía y los ciudadanos
romanos negociantes mancomunados se anticiparon a coger el alcázar para no
dejarle entrar, despachando mensajeros a los desertores de su ejército acogidos
a las ciudades confinantes, con apercibimiento que no pusiesen los pies en
Antioquía, si no querían perder la cabeza. Otro tanto había sucedido en Rodas a
Lucio Léntulo, cónsul el año antes, y al consular de Pompeyo y llegando de
arribada a la isla, los excluyeron de la ciudad y del puerto, y enviándoles
recado que se fuesen a otra parte, mal de su grado hubieron de volver la proa.
Y ya en esto volaba por las ciudades la fama de la venida inminente de César.
CIII.
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Sabidos
estos azares, Pompeyo, no pensando más en el viaje de Siria, alzándose con los
caudales de la compañía de los asentistas, y recogidas otras cantidades de
algunos particulares, gran porción de cobre 67 para los usos de la guerra, y
armados dos mil hombres, parte de los empleados en las casas de contratación,
parte de los mancebos de mercaderes y de aquellos que sus propias gentes
juzgaban útiles para la milicia, dirigió su rumbo a Pelusio. Hallábase aquí
casualmente Tolomeo, niño de menor edad, con un poderoso ejército en actual
guerra con su hermana Cleopatra, a quien pocos meses antes había desposeído del
reino ayudado de deudos y privados, y las tropas de Cleopatra estaban a la
vista.
Pompeyo
envióle a suplicar que le amparase en su desgracia, acogiéndole en Alejandría
por respeto al hospedaje y amistad de su padre.
Los
enviados por su parte, cumplida la comisión, empezaron a tratar familiarmente
con los soldados del rey, empeñándolos a interponer sus buenos oficios a favor
de Pompeyo y a no desamparar al caído. Muchos de éstos habían sido soldados de
Pompeyo, y sacaron en Siria de su ejército; Gabinio los condujo consigo a la
ciudad de Alejandría, donde acabada la guerra, los dejó al servicio de Tolomeo,
padre de este niño.
CIV.
En vista de
esto los ministros del rey, que por su menor edad gobernaban el reino, ya fuese
por temor, como después protestaban,
67 Me
inclino a que era cobre y no moneda, aunque Albricio dice aran quantitá di
moneta.
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de que
Pompeyo, sobornando el real ejército, se hiciese dueño de Alejandría y de
Egipto; ya por desestimarle en su triste situación, siendo cosa muy ordinaria
en las desdichas el trocarse los amigos en enemigos, a los enviados otorgaron
de palabra francamente lo que pedían, y dijeron que viniese el rey enhorabuena,
mas de secreto traidoramente despacharon al capitán de guardias Aquilas, hombre
por extremo osado, y al tribuno Lucio Septimio, para matarle. Saludando ellos
cortesanamente a Pompeyo, y éste fiado del tal cual conocimiento que tenía con
Septimio, por haber sido oficial suyo en la guerra contra los piratas, entra en
el esquife con algunos de los suyos, y allí es asesinado por Aquilas y
Septimio. También Léntulo es preso por el rey y degollado en la prisión.
CV.
Llegado
César al Asia, halló que Tito Ampio había intentado en Éfeso alzarse con el
tesoro del templo de Diana, a cuyo efecto tenía convocados los senadores de la
provincia para que fuesen testigos del importe, pero desconcertado su proyecto
con la venida de César, huyó luego. Así fue que dos veces salvó César el tesoro
efesino. Dábase también por cierto cómo en Elida, en el templo de Minerva, la
imagen de la Victoria colocada enfrente de la diosa y mirándola antes cara a
cara, de repente volvió el rostro a las puertas y al umbral del templo, y
echada la cuenta por días, se halló haber sucedido este prodigio en el mismo
día de la victoria de César. Ese mismo día, en Antioquía de Siria, por dos
veces se sintió tanto clamor militar y tal estruendo de guerra, que toda la
ciudad se puso
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en armas
sobre los muros. Otro tanto acaeció en Tolemaida. En Pérgamo, dentro del
sagrario del templo, donde a nadie es lícito entrar fuera de los sacerdotes (y
por eso lo llaman los griegos inaccesible), tocaron por sí mismos los timbales.
En Trales, en el templo de la Victoria, donde habían dedicado a César una
estatua, se mostraba una palma que, arraigada en el pavimento del templo, asomó
aquel día en el techo por entre las junturas de las piedras.
CVI.
César, a
pocos días de detención en Asia, oyendo que Pompeyo había sido visto en Chipre,
conjeturando que iba de viaje a Egipto por lo mucho que aquel reino le debía y
otras ventajas del país, haciéndose a la vela con la legión que le vino
siguiendo por orden suya de Tesalia, y otra que pidió de Acaya al legado Fusio,
y ochocientos caballos, y diez galeras de Rodas y algunas otras de Asia,
desembarcó en Alejandría. Los legionarios de su convoy eran tres mil
doscientos; los demás, desfallecidos por las heridas de tantas batallas y por
la fatiga y el largor del camino, no pudieron andar tanto. César, empero,
confiado en la fama de sus hazañas, no dudó aventurarse con tan débiles
fuerzas; antes le parecía que por dondequiera iba seguro. En Alejandría se
certifica de la muerte de Pompeyo68: y no bien había saltado en tierra, cuando
llegó a sus oídos la confusa gritería de los soldados puestos por el rey de
68 Añaden
los historiadores, que siéndole presentada su cabeza en Alejandría por Teodoto,
preceptor que era del rey y cómplice también en la muerte de Pompeyo, César, al
verla, lloró derramando muchas lágrimas, compadeciéndose de la triste y
desgraciada suerte de un hombre tan grande, tan amigo suyo en tiempo atrás, y
su pariente; y demostración parece ésta muy conforme con la nobleza,
generosidad y clemencia de César.
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guarnición
en la ciudad; y repara que la gente se alborota, porque le precedían las
insignias consulares, voceando todos ser esto en menoscabo de la majestad del
rey. Apaciguado este tumulto, cada día se suscitaban otros nuevos por la gran
chusma del pueblo desenfrenado, matándole muchos soldados por cualquiera parte
de la ciudad.
CVII.
César,
visto el desconcierto, mandó traer del Asia otras legiones formadas de los
soldados de Pompeyo, ya que se veía precisado a mantenerse allí por los vientos
que reinaban en aquella estación totalmente contrarios para salir de
Alejandría. Entre tanto, juzgando que las diferencias de los reyes tocaban al
tribunal del Pueblo Romano y al suyo en cuanto cónsul, mayormente que por ley y
decreto del Senado se había hecho confederación con Tolomeo el padre en su
primer consulado, significóles ser su voluntad que así el rey Tolomeo como su
hermana Cleopatra 69 despidiesen sus tropas y pleiteasen ante su persona con
razones y no entre sí con las armas.
CVIII.
Tenía mucha
mano en el gobierno del reino su ayo, que era un eunuco por nombre Potino. Éste
primeramente comenzó a sembrar quejas entre los suyos y mostrarse ofendido de
que un rey fuese citado a dar razón de sí, después, valiéndose de la ayuda y
69 La
famosa Cleopatra, que se casó después con Marco Antonio, y con él fue vencida
por Augusto.
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confianza
de algunos queridos del rey, con gran secreto hizo venir de Palusio a la corte
toda la tropa y por comandante aquel Aquilas arriba mencionado, a quien
prometiendo montes de oro en nombre suyo y del rey, le declaró sus intenciones
por cartas y terceros. En el testamento de Tolomeo el padre eran señalados
herederos, de los dos hijos, el primogénito, y la mayor de las dos hijas.
Concluía el testamento conjurando al pueblo romano con grandes plegarias por
todos los dioses y el trato de alianza firmado en Roma, que se cumpliese así a
la letra. Sacáronse dos copias del testamento; una llevaron a Roma sus
embajadores para guardarla en el archivo, si bien no pudiendo lograrlo a causa
de los muchos negocios públicos, se depositó en casa de Pompeyo; la otra,
refrendada y sellada en Alejandría, era la que ahora se presentaba.
CIX.
Cuando se
estaban ventilando esos puntos ante César, y él con más empeño en razón de
amigo y árbitro desapasionado procuraba componer los intereses encontrados de
los reyes, al improviso se halla con la novedad de que venía marchando todo el
ejército del rey hacia la corte. La gente de César no era tanta que bastase a
contrastarle sin riesgo fuera de la ciudad. El único recurso era fortificarse
bien dentro de sus alojamientos y ver por dónde Aquilas rompía. Entre tanto
armó todos sus soldados, y rogó al rey que de sus confidentes enviase los más
acreditados para notificarles su real beneplácito. Fueron en efecto enviados
Dioscórides y Serapión, embajadores que habían sido en Roma de Tolomeo el
padre, con
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quien
privaban mucho. Apenas los vio Aquilas, antes de oír a qué venían, los mandó
arrestar y matar al momento. Uno de ellos, amortecido al primer golpe, fue
retirado de los suyos por muerto; el otro murió efectivamente. Con esta
demostración logró César el tener el rey de su parte; y por razón de la gran
reverencia con que sabía era mirada la majestad real entre los suyos, él
persuadir a todos que aquella guerra se hacía sin consentimiento del rey por
sola malicia de algunos malcontentos y ésos unos forajidos.
CX.
Verdad es
que las tropas de Aquilas no eran de menospreciar, ni por el número, ni por la
calidad de gente, ni por la disciplina militar. Llegaban a veinte mil
combatientes, que se componían de los soldados de Gabinio, ya hechos a la
manera de vivir de los alejandrinos y a su disolución; olvidados del nombre y
severidad del Pueblo Romano, estaban aquí casados, y los más con hijos; otros
eran gente allegadiza de los corsarios y bandoleros de Siria, de Cilicia y de
las provincias comarcanas, además de muchos menguados y bandidos. Todos
nuestros esclavos fugitivos encontraban segura acogida y cierto acomodo en
Alejandría sólo con asentar plaza de soldados; y si alguno caía en manos de su
amo, luego concurrían en tropel a sacarle de ellas, porque la defensa de estos
tales la miraban como propia, considerándose culpados ellos mismos. Éstos,
conforme al estilo antiguo de la soldadesca alejandrina, siempre que se les
antojaba, pedían la muerte de los ministros de los reyes, saqueaban las casas
de los ricos, a fin de
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aumentar su
sueldo, sitiaban el palacio real, derribaban a unos del trono, a otros
colocaban en él. Fuera de éstos se contaban dos mil hombres de a caballo, que
habían gastado toda su vida en las guerras frecuentes de Alejandría. Éstos
habían restituido a Tolomeo padre en su reino, muerto a dos hijos de Bibulo y
peleado muchas veces con los egipcios: ésta era toda su experiencia en la
milicia.
CXI.
Confiado,
pues, Aquilas en estas tropas y despreciando el corto número de los soldados de
César, échase sobre Alejandría, y encaminándose luego a los cuarteles de César,
intenta forzar al primer ímpetu su alojamiento. Pero éste, con apostar sus
soldados en las bocas de las calles, contrarrestó su furia. Al mismo tiempo
hubo un choque en el puerto, el cual fue muy reñido y porfiado; por cuanto
divididas las tropas, a un tiempo se peleaba en diferentes calles, porque los
enemigos en gran número ponían todo su esfuerzo en apresar las galeras
arrimadas al muelle. Cincuenta de ésas eran de las que venían de socorro a
Pompeyo, que después de la batalla de Tesalia dieron acá la vuelta: y eran
todas de tres y cinco órdenes de remos, bien equipadas y tripuladas. Además de
éstas había veintidós cubiertas por encima, destinadas a la defensa de la
ciudad; que una vez cogidas, arruinada la marina de César quedarían dueños del
puerto y de la mar toda, y le cortarían los víveres y socorros. Así que se
trabó la pelea con tanto calor como el caso lo pedía; viendo él que del buen
éxito dependía la pronta victoria y ellos que aseguraban su vida. Pero al fin
César salió con la
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suya,
quemando todas aquellas naves y las demás reservadas en los arsenales, atento
que no era posible conservarlas por tantas bandas con tan poca gente; y sin
detenerse fue a desembarcar con sus soldados a la concha del Faro.
CXII.
Es el Faro
una torre altísima de fábrica maravillosa en medio de una isleta del mismo
nombre. Esta isla, situada frente de Alejandría, forma con ella el puerto, si
bien en tiempos antiguos se comunica con la ciudad por un dique estrecho y un
puente que tiene de largo novecientos pasos. Hay en esta isleta varias caserías
de gitanos y un arrabal comparable a una villa, y viene a ser una madriguera de
corsarios que se echan sobre cualquiera embarcación que por inadvertencia o por
alguna tempestad se extravía por allí, y la roban. Por lo demás, si no quieren
los que son dueños del Faro, es imposible, por ser la garganta estrecha, la
entrada de ningún navío en el puerto de Alejandría. En atención a esto, César,
mientras los enemigos estaban más empeñados en el combate, con el desembarco de
sus soldados se apodera del Faro y pone presidio en él. Con eso se consiguió el
poder proveerse por más seguramente de vituallas y socorros. En efecto,
despachó luego a buscarlos por el contorno y los juntó de las regiones cercanas.
En las demás partes de Alejandría se prosiguió la refriega sin ventaja por
ninguna de las partes, manteniendo cada cual firme su puesto con pocas muertes
a causa de la estrechura de las calles.
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César,
ocupando los lugares más importantes, los fortificó de noche, comprendiendo
entre ellos la pequeña estancia del palacio real donde le alojaron desde el
principio, pared por medio del teatro que servía de alcázar, con salida para el
puerto y los arsenales. Estos lugares fuertes guarnecieron los días siguientes
con nuevos reparos, para defenderse como con una muralla contra los ataques y
no ser obligado al combate por fuerza. En esto la hija menor 70 del rey
Tolomeo, esperando ocupar el trono vacante, se trasladó de la corte al campo de
Aquilas y empezó con él a dar órdenes en los negocios de la guerra; pero bien
presto riñeron sobre „ quién había de mandar más, competencia que aumentó gajes
a los soldados, solicitando cada cual con dispendios granjear las voluntades de
la tropa.
Mientras
esto pasaba entre los enemigos, Potino, ayo del rey niño, gobernador del reino
en el partido que sostenía César, cogido en fragante con cartas para Aquilas en
que le exhortaba a no desistir de la empresa ni caer jamás de ánimo,
descubiertos y arrestados sus emisarios, fue condenado a muerte por César. De
aquí tuvo principio la guerra de Alejandría71).
70 Arsinoe
por nombre.
71 En
algunos códices faltan estas palabras.
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Parte II
Otros
escritos complementarios
1.
Comentarios de la Guerra de Alejandría por Aulo Hircio
I.
Encendida
la guerra de Alejandría, hizo venir César toda la armada de Rodas, de Siria y
de Cilicia; llamó a los flecheros de Creta, y la gente de a caballo de Maleo
rey de los nabateos, y asimismo dio orden de buscar por todas partes las
máquinas de guerra necesarias, hacer provisiones de víveres y levantar tropas
auxiliares. Entre tanto se adelantaban diariamente las fortificaciones, se
ponían en defensa con tortugas y manteletes los parajes de menos resistencia, y
por unos edificios se batían con arietes otros inmediatos, adelantando los
reparos a todo aquel terreno que o se arrasaba con ruinas o se ocupaba por
fuerza. Porque del incendio está bien segura casi toda Alejandría, por estar
construidos los edificios sin maderas en que pueda cebarse el fuego, levantados
sobre arcos de cal y canto, y enlosados. Deseaba César en gran manera separar
con paredones y otros reparos una parte de la ciudad, a la cual estrecha mucho
una laguna que la baña por el Mediodía, de la otra parte. Porque dividida en
dos trozos la ciudad, esperaba poder manejar las tropas con un solo consejo y
orden, y dar también socorro desde la otra parte a los que se hallasen en
peligro; pero sobre todo tener abundancia de agua y de pasto,
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porque se
hallaba con escasez de agua, y no podía tener pasto suficiente, y uno y otro lo
podría suministrar la laguna con abundancia.
II.
Mas no se
descuidaban los alejandrinos, ni dormían en sus disposiciones.
Despacharon
comisionados por todas las tierras confinantes con su reino para hacer nuevas
levas de gentes; habían juntado en la ciudad una gran multitud de armas y
máquinas de guerra, y tenían de antemano muchas armerías para trabajarlas;
habían puesto en armas a todos los siervos mozos, a quienes sus señores daban
el sustento y paga diariamente. Con esta multitud repartida defendían las
fortificaciones más distantes; tenían cohortes veteranas desocupadas en los
parajes más públicos de la ciudad, que estuviesen prontas y descansadas, para
acudir de refresco a cualquiera parte donde se pelease. En odas las calles y
atrios habían levantado un triple muro de piedras cuadradas, no menos que de
cuarenta pies de alto; tenían fortalecidos los parajes bajos con torres de diez
altos, y además tenían otras movibles de la misma altura, las cuales con
ruedas, maromas y caballerías llevaban adonde convenía, en especial por las
calles más llanas y derechas.
III.
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Para todo
daba disposición la ciudad abundantísima, y en la mejor proporción. Los
moradores, gente sumamente aguda e ingeniosa, hacían al instante con grande
habilidad cuanto veían hacer a los nuestros; de suerte que parecían los
nuestros los imitadores de sus obras. De suyo inventaban también mil cosas; a
un mismo tiempo incomodaban a nuestras fortificaciones y defendían las suyas.
Tos sujetos principales esparcían en sus juntas y consejos, «que el Pueblo
Romano se iba acostumbrando poco a poco a señorearse de este reino; que pocos
años atrás había estado Gabinio en Egipto con ejército; que Pompeyo le había
elegido también para amparo de su derrota; y que últimamente acababa de venir
César con sus tropas, sin que se hubiese adelantado nada con la muerte de
Pompeyo, para que César se les metiese en casa; que si no echaban a César
fuera, quedaría el reino hecho una provincia de Roma, y que esto convenía
ejecutarlo con presteza, pues hallándose ahora encerrado por los temporales y
la estación del año, no podía recibir socorros transmarinos».
IV.
En este
intermedio, habiéndose suscitado mucha discordia entre Aquilas, general del
ejército veterano, y Arsinoe, hija menor del rey Tolomeo, como arriba se dijo,
y poniéndose asechanzas uno a otro con el deseo de alcanzar el mando absoluto,
se anticipó Arsinoe, e hizo dar muerte a Aquilas por medio de su ayo el eunuco
Ganímedes. Muerto su competidor, tenía ella todo el imperio sin compañero
alguno. Entregóse el mando del ejército a Ganímedes, el
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cual,
tomando a su cargo la empresa, aumentó las dádivas a los soldados, y en lo
demás se portó con igual actividad.
V.
La ciudad
de Alejandría está minada casi toda y tiene unas cisternas que se comunican con
el Nilo, por donde se introduce el agua en las casas particulares, que poco a
poco y con el discurso del tiempo se sienta y aclara. De ésta usan los dueños
de las casas y sus familias, por ser tan cenagosa y turbia la que lleva el
Nilo, que ocasiona muchas enfermedades, pero la plebe y el resto de la multitud
se contenta con ella por precisión, por no haber fuente alguna en toda la
ciudad.
Bañaba el
río la parte que ocupaban los naturales; con lo cual pensó Ganímedes poder
cortar el agua a los nuestros, que repartidos por varias calles con el fin de
defender sus trabajos, tomaban el agua de las cisternas de las casas
particulares.
VI.
Tomada esta
resolución, emprendió tan grande y difícil obra, y cortando la comunicación de
los conductos en todos aquellos parajes que él ocupaba, se empeñó en sacar del
mar con ruedas y máquinas a propósito gran cantidad de agua, la cual hacía
correr continuamente desde los sitios más altos hacia la parte de César. Con
esto empezó a sacarse el agua de las casas inmediatas un poco más salada y
admirándose en gran manera del motivo que lo habría ocasionado, no acababan de
darse crédito a sí mismos, porque los
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que estaban
más a la parte de abajo, aseguraban ser del mismo género y sabor el agua que
bebían que la que habían bebido hasta entonces; se juntaban entre sí, probaban
una y otra, y hallaban la gran diferencia de las aguas. A poco tiempo la
primera no se podía beber absolutamente, y la de más abajo se experimentaba ya
más salada y corrompida.
VII.
Deshecha
con esto la duda, se apoderó de todos tan gran terror, que les parecía haber
llegado al último extremo. Unos decían que César tardaba demasiado en mandarles
embarcar, otros temían mayor desgracia; porque ni se podrían ocultar a los
naturales, mediando tan corta distancia, las prevenciones de la retirada, ni
hacerse de ningún modo a la vela, teniendo encima los enemigos, que los habían
de sorprender. Además de que había una multitud de ciudadanos en la parte que
ocupaba César, a quienes no había removido de sus domicilios, por fingirse muy
fieles a nuestro partido y separarse de sus conciudadanos. De suerte que si
emprendiera yo defender a los alejandrinos de la nota de falaces y traidores,
gastaría en balde todo mi discurso; mas dándose bien a conocer al mismo tiempo
su nación y propiedades, nadie puede dudar que es gente muy a propósito para
engaños y traiciones.
VIII.
Procuraba
César disminuir el temor de sus tropas con consuelos y razones, diciéndoles,
«que haciendo pozos, no podía menos de
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encontrarse
agua dulce, porque naturalmente tienen manantiales de ella todas las riberas
del mar; y que cuando fuese distinta la naturaleza de las orillas egipcias de
todas las demás, puesto que se hallaban señores del mar y estaban sin escuadra
los enemigos, nadie les podía estorbar conducir el agua todos los días con las
naves o de Albertón por la banda de la izquierda, o por la de la derecha de la
isla de Faro, las cuales navegaciones, siendo opuestas, nunca se les podrían
cerrar por vientos contrarios a un mismo tiempo. Que para la retirada no tenían
medio alguno, no sólo hallándose constituidos en la mayor reputación, sino aun
cuando nada tuviesen que pensar más que en salvar las vidas. Que era mucho el
trabajo con que se sostenían en los asaltos de los contrarios desde sus
fortificaciones, desamparadas las cuales, así en el paraje como en el número
quedaban muy inferiores. Que el embarco costaría mucho tiempo y mucha
dificultad, especialmente desde las lanchas; y al contrario los alejandrinos se
manejarían con la mayor celeridad con el conocimiento de los parajes y
edificios, y muy insolentes con la victoria, se les anticiparían, ocuparían los
puestos y edificios más altos y por consiguiente les estorbarían la fuga y el
embarco; por lo cual concluyó, que abandonasen semejante pensamiento e hiciesen
el ánimo a vencer por todas razones».
IX.
Hecha por
César esta plática a sus soldados, con que quedaron todos sosegados y atentos,
encargó a los centuriones que, cesando
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en las
obras, pusiesen toda su atención en abrir pozos, sin interrumpir ese trabajo en
toda la noche.
Tomada por
su cuenta esta comisión, y asistiendo a la obra con mucho empeño los
trabajadores, en una sola noche se halló grande abundancia de agua dulce. Y así
con el trabajo de no largo tiempo, se ocurrió a las costosas máquinas y grandes
esfuerzos de los alejandrinos. Con intermedio de dos días arribó a las costas
de África, un poco más arriba de Alejandría, la legión treinta y siete,
compuesta de los soldados que se rindieron de Pompeyo, la cual había hecho
embarcar Domicio Calvino, con provisiones de víveres, armas, pertrechos y
máquinas de guerra. No dejaba tomar puerto a las naves el viento de Oriente,
que reinaba ya muchos días continuos; y aunque todos aquellos parajes son a
propósito para estar sobre áncoras, con todo, como se detenían demasiado y
empezaban a experimentar falta de agua, despacharon a César una nave ligera con
el aviso.
X.
Embarcóse
César para tomar por sí la resolución conveniente, dando orden de que le
siguiese toda la escuadra, pero sin ningunas tropas, por no dejar sin gente las
fortificaciones, cuando se apartaba a mayor distancia. Habiendo llegado a un
paraje que llaman Chersoneso, echó en tierra algunos remeros para hacer aguada;
y como parte de ellos se adelantase más de lo justo con deseo de alguna presa,
dieron en manos de una tropa de caballos enemigos, que los sorprendió, y así
supieron que venía César en persona, y sin
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gente en la
escuadra. Con esta noticia creyeron que les proporcionaba la fortuna la mejor
ocasión de lograr un buen golpe, y así embarcando sus tropas en todas cuantas
naves tenían listas para el caso, salieron al encuentro con ellas a César,
cuando ya volvía. César, por dos razones, no pensaba combatir este día, porque
se hallaba sin tropas, como por ser ya más de las cuatro de la tarde,
pareciéndole que la noche aumentaría la esperanza a los que fiaban en el
conocimiento de aquellos parajes, y a él le faltaría el auxilio de animar a los
suyos, no siendo de provecho ninguna exhortación, cuando no pudiese distinguir
el valor o la cobardía. Por lo cual arrimó a tierra las naves que pudo, adonde
le pareció que no se atreverían a exponerse los enemigos.
XI.
Estaba en
el ala derecha de César una nave rodia muy separada de las otras. Viéndola así
los enemigos, no se pudieron contener, sino que salieron sobre ella con grande
ímpetu cuatro naves cubiertas y otras muchas de las que no lo estaban; de
suerte que se vio César en precisión de socorrerla, por no recibir una afrenta
a sus propios ojos, aunque si la sucediese algún fracaso, juzgaba que le tenía
bien merecido. Trabóse el combate con gran denuedo de los rodios, que siendo
sobresalientes en valor y pericia militar en todo género de batallas, no
rehusaron en esta ocasión sufrir toda la carga, porque no resultase alguna
pérdida por culpa suya. Así se acabó el combate con la mayor felicidad, porque
se apresó una nave enemiga de cuatro órdenes de remos, otra se echó a pique, se
barrenó otra, y
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perecieron
los soldados de ésta y una gran multitud de las restantes, de manera, que si la
noche no separara el combate, hubiera quedado César dueño de toda la escuadra
enemiga. Mientras ellos estaban poseídos del miedo, calmó algo el viento
contrario con que César con sus naves vencedoras llevó a remolque las de carga
a Alejandría.
XII.
Cayeron
mucho de ánimo los alejandrinos viéndose ya vencidos no sólo por el valor de
los defensores, sino también por la pericia de la marina...72. Se subían a los
parajes más elevados para defenderse desde los edificios y oponían delante
muros de madera, temiendo aun en tierra el ataque de nuestras naves.
Pero
después que Ganímedes les aseguró en un consejo que no solamente restablecería
las perdidas naves, sino que acrecentaría su número, empezaron con grande ánimo
y esperanza a recomponer las viejas, tomando esta empresa con el mayor calor y
aplicación. Y aunque habían perdido más de ciento diez galeras en el puerto y
astilleros, no desistieron del pensamiento de reparar la armada, viendo que si
llegaban a estar pujantes por el mar, no podrían venir refuerzos ni víveres a
César. Y siendo gente marinera por naturaleza y acostumbrada desde la niñez con
un continuo ejercicio al tráfico de una ciudad y un país marítimo, se dedicaban
con gusto a este recurso, como a su bien doméstico y natural, conociendo lo
mucho que habían adelantado con sus pequeñas lanchas; así que con todo
72 Aquí hay
falta en el texto.
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su conato y
esfuerzo se empeñaron en la construcción de la escuadra.
XIII.
En todas
las embocaduras del Nilo había naves repartidas para la cobranza de entradas, y
otras tenían más antiguas en el fondo del arsenal real, de las cuales había
muchos años que no usaban para la navegación. Compusieron éstas e hicieron
venir las otras a Alejandría. Como les faltaban maderas para remos, abrían los
pórticos, gimnasios y edificios públicos y aprovechaban las vigas para este
fin, dándoles arbitrios para unas cosas su natural industria y para otras la
abundancia de la ciudad. Finalmente, no se preparaban para una larga
navegación, sino a la necesidad del tiempo presente, y a combatir dentro del
mismo puerto. Así en pocos días, y contra la esperanza de todos, concluyeron
veintidós naves de cuatro órdenes de remos y cinco de cinco órdenes. A éstas
añadieron otras muchas menores y descubiertas, y habiendo experimentado en el
puerto con remos la aptitud de ellas, las acomodaron de buenos soldados y se
pertrecharon de todo lo necesario para el combate. Tenía César nueve naves
rodias (porque de diez que le enviaron pereció una en la costa de Egipto), ocho
del Ponto, cinco de Licia, y doce del Asia. De éstas, cinco eran de cinco
órdenes de remos, diez de a cuatro, las otras de menor porte y las más,
descubiertas, pero confiando en el valor de sus soldados, y conociendo el de
los enemigos, se dispuso para el combate.
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XIV.
Cuando se
llegó a tal disposición que unos y otros confiaban bastante en sus fuerzas,
dobló César la isla de Faro y dispuso su frente hacia los enemigos, poniendo en
el ala derecha las naves rodias y las pónticas en la izquierda, entre las
cuales dejó un espacio como de cuatrocientos pasos, que le pareció bastante
para que se manejasen con desembarazo. Después de esta primera división
distribuyó las demás para refuerzo, señalando cuál había de seguir a cada una
de las otras y servirla de refuerzo. Sacaron también su escuadra los
alejandrinos con resolución y la pusieron en orden: colocaron las veintidós en
la frente, las demás de refuerzo en otra segunda división, y además un gran
número de embarcaciones menores y lanchas con haces y materias incendiarias,
por si con la multitud, la gritería y los fuegos podían amedrentar a los
nuestros. Mediaban entre las dos escuadras unos bancos de arena de muy estrecho
tránsito, que pertenecen al país de África (pues se dice que la mitad de
Alejandría pertenece al África); y unos y otros esperaron largo tiempo quiénes
empezarían a pasarlos, porque los que entrasen en ellos parecía que se habían
de hallar muy embarazados, así para el manejo de la escuadra como para la
retirada, si la desgracia les ponía en esta precisión.
XV.
Mandaba las
naves rodias Eufranor, sujeto más comparable en valor y grandeza de ánimo con
nuestros romanos que con los griegos, el cual por su conocida destreza y grande
espíritu fue
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elegido por
los rodios para general de la escuadra. Conociendo éste la detención de César,
le dijo: «Paréceme, César, que te recelas de que entrando el primero en estos
bancos te has de ver en la precisión del combate antes de poder desembarazar el
resto de la armada. Fía de nosotros la empresa; nosotros sostendremos el
combate, sin que quede frustrada tu confianza, hasta que los demás puedan
seguirnos; pues nos causa notable pena, y aun tenemos por un género de
descrédito, el que se vanaglorien éstos más tiempo a nuestros propios ojos.
Animóle César, y dio la señal del combate engrandeciendo su valor con las
mayores alabanzas. Adelantóse entonces Eufranor con cuatro galeras rodias, las
cuales fueron al punto cercadas y batidas fuertemente por los alejandrinos.
Ellas se sostuvieron, y se manejaban con su pericia y arte con gran
desembarazo, y pudo tanto su destreza, que en medio de la desigualdad del
número, ninguna de las rodias presentó el costado al enemigo, ni rompió sus
remos, antes salieron siempre de proa a los ataques contrarios. Entre tanto
siguieron a incorporarse las otras. Entonces por necesidad de la estrechez del
mar, cesó la destreza y quedó toda la fuerza del combate en la resistencia y
valor. No hubo en este trance persona en Alejandría, ni de los moradores, ni de
los nuestros, que parase la atención en los reparos, ni en el asalto de ellos,
sino que subieron todos a los terrados más altos, buscando lugar para el
espectáculo, por cuanto podía extenderse la vista, y pidiendo victoria para los
suyos con ruegos y votos a los dioses inmortales.
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XVI.
Era el
combate muy desigual por sus circunstancias, porque vencidos los nuestros, no
les quedaba refugio alguno ni por mar ni por tierra, y aun siendo vencedores,
quedaba todo el negocio muy incierto; pero ellos, si vencían la batalla naval,
lo poseían todo, y si quedaban vencidos, podían todavía tentar otros recursos.
Juntamente parecía muy penoso y miserable que un tan corto número de gente
decidiese de todo el suceso y de la común suerte de los demás, de los cuales si
alguno caía de ánimo y de su fortaleza, debería mirar también por aquellos que
no hubiesen tenido facultad de pelear y defenderse por sí. Estos mismos cargos
les había hecho César repetidas veces, en los días antecedentes, que peleasen
con tanto más denuedo, porque veían que a ellos se fiaba la vida y conservación
de todos. Esto mismo había repetido cada uno a su camarada, a su amigo y
conocido al tiempo de la despedida, que no hiciese por donde quedase frustrada
su opinión y la de todos aquellos por cuyo juicio había sido elegido para el
combate. Y así se peleó con tal esfuerzo, que ni a la marina socorría su
destreza y arte, ni la multitud de naves aprovechaba a los que hacían ventajas
en el número de ellas, ni los escogidos entre tanta muchedumbre eran capaces de
igualar el valor de los nuestros. Se apresó en este combate una nave de cinco
órdenes de remos, otra de dos con toda su tripulación, y se echaron tres a
pique, sin que pereciese ninguna de las nuestras. Las demás tomaron la vuelta
de la ciudad, que tenían inmediata, a las cuales protegieron desde los
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muelles y
edificios que dominaban la playa y estorbaban a los nuestros el acercarse.
XVII.
Para que
esto no sucediese con frecuencia, procuró César hacer los esfuerzos posibles
para ganar la isla y el dique que conducía a ella; pues concluida ya la mayor
parte de las fortificaciones en la ciudad, esperaba poder asaltar a un mismo
tiempo la ciudad y la isla. Tomada esta resolución, embarcó en las naves
menores y en los esquifes diez cohortes, con alguna gente escogida de
infantería ligera y la que le pareció más a propósito de la caballería francesa
y acometió con las naves cubiertas otra parte de la isla, a fin de dividir las
fuerzas, proponiendo grandes premios al primero que entrase en la isla.
Sostuvieron los enemigos al principio con igualdad el ímpetu de los nuestros,
defendiéndose a un mismo tiempo desde los terrados, y guardando también las
orillas adonde no podían acercarse fácilmente los nuestros por la aspereza de
la orilla, y con las lanchas y cinco galeras disputaban con agilidad y destreza
la estrechez del lugar. Pero luego que algunos de los nuestros, reconocido y
tentado el vado, llegaron a poner el pie en la ribera, y a éstos se siguieron
otros, y empezaron a pelear constantemente con los que se habían hecho fuertes
en la orilla, todos los isleños volvieron las espaldas.
Rechazados
éstos, y abandonada la defensa del puerto, se echaron hacia las riberas y
población, y saltaron en tierra para defender sus casas.
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XVIII.
Mas no
pudieron los alejandrinos sostenerse largo tiempo en aquella defensa, aunque,
comparadas las cosas pequeñas con las grandes, no era muy diversa la planta de
aquellos edificios de los de la ciudad, y podían pasar por muralla algunas
torres altas, que casi se tocaban unas con otras, ni venían los nuestros
prevenidos de escalas ni manteletes, ni de los demás preparativos para el
asalto. Pero el temor, como se vio entonces, quita el ánimo y el conocimiento a
los hombres, y les debilita las fuerzas. Porque los que antes confiaban poder
contrarrestar en paraje igual y llano, estos mismos, amedrentados con la fuga y
pérdida de unos pocos de los suyos, no se atrevieron a mantenerse en unos
edificios de treinta pies de alto, sino que se arrojaron al mar por el dique, y
huyeron a nado hasta la ciudad todo un espacio de ochocientos pasos. Muchos de
ellos quedaron prisioneros, muchos muertos, y se hicieron seiscientos cautivos.
XIX.
César,
habiendo concedido la presa a los soldados, entregó al saco los edificios,
fortaleció un castillo junto al puente más inmediato a Faro, y puso en él la
guarnición competente. Éste le habían desamparado los isleños; otro más fuerte
y cercano a la ciudad le defendían los alejandrinos; pero le acometió César del
mismo modo al día siguiente, porque ganados ambos, creía poder estorbar las
salidas de las embarcaciones menores y sus repentinos latrocinios.
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Ya había
desalojado desde las lanchas con flechas y algunas máquinas, y retirado hasta
la ciudad su guarnición, y tenía desembarcadas tres cohortes, porque la
estrechez del lugar no daba espacio para más gente, y quedaban para sostenerlas
las demás tropas en las naves. Hecho esto, dio orden de fortificar el puente
contra los enemigos, y asimismo de cegar con piedras un arco que le sostenía,
por el cual tenían salida las naves. De las dos obras, hecha ésta, no podía
salir ninguna nave; y en cuanto a la del puente, apenas se empezó, salieron de
la ciudad todas las tropas de los alejandrinos y se pusieron a hacer frente a
los reparos en paraje bastante descubierto, arrimando también al dique las
embarcaciones menores, que acostumbraban destacar a incendiar las de
transporte. Peleaban los nuestros desde el puente y el dique, y los enemigos
desde el raso enfrente del puente y desde las naves contra el dique.
XX.
Estando
César ocupado en esto, y animando sus tropas, un número considerable de remeros
y soldados se arrojó al dique desde nuestras galeras, parte llevados del deseo
de ver lo que pasaba, y parte del de probar las manos. Éstos, al principio
rechazaban desde el dique con hondas y piedras las naves enemigas, y parecía de
mucha utilidad la multitud de sus tiros; pero luego que se atrevieron algunos
alejandrinos a saltar de las naves un poco más lejos de aquel paraje y los
acometieron por el flanco, empezaron a huir precipitadamente a las naves, sin
banderas, sin orden ni
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gobierno
alguno, conforme habían salido. Con cuya fuga excitados los alejandrinos,
saltaban de las naves, y perseguían a los nuestros desbaratados. Juntamente los
que habían quedado en las galeras se apresuraban por quitar las escalas y
apartar las naves de tierra, para que no se apoderasen de ellas los enemigos.
Con esto, perturbadas nuestras tres cohortes, que se habían hecho fuertes en el
puente y la parte anterior del dique, oyendo a sus espaldas las voces, viendo
la fuga de los suyos, y haciendo frente a un diluvio de flechas, temieron ser
cercados por la espalda y que, partiendo las naves, se les cerrase la vuelta a
ellas; y así abandonaron la empezada fortificación del puente y tomaron a
carrera abierta el camino de las naves. Parte de éstos cargaron sobre las más
inmediatas, y con la multitud y el peso se sumergieron; parte, más detenidos e
irresolutos en el partido que debían tomar, perecieron a manos de los
alejandrinos; algunos con más feliz suceso, hallando naves desocupadas sobre el
áncora, escaparon libres, y muy pocos, sostenidos en los escudos y sacando
fuerzas para semejante lance, llegaron nadando a las embarcaciones inmediatas.
XXI.
César,
haciendo cuanto podía por animar a los suyos a que se mantuviesen en el puente
y en las fortificaciones, se halló en el mismo peligro; pero al ver que todos
se retiraban, se volvió a su navío, adonde le siguió tanta multitud, que no
daba lugar a manejarle ni separarle de tierra; y así, previendo lo que había de
suceder, se arrojó al mar y llegó nadando a las naves que estaban
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más
apartadas, desde donde envió lanchas a los suyos, que zozobraban, y pudo salvar
algunos. Pero el navío, sumergido por la mucha gente, se perdió con ella.
Perecieron
en esta ocasión cerca de cuatrocientos soldados legionarios, y algo mayor
número de los remeros y tropa de marina. Los alejandrinos guarnecieron el
castillo con muchas y grandes fortificaciones y máquinas, sacaron las piedras
del arco y usaron después de él libremente para despachar sus navíos.
XXII.
Tan lejos
estuvieron nuestros soldados de perder el ánimo con esta desgracia, que antes
irritados hacían vigorosas arremetidas por forzar los reparos de los enemigos;
y siempre que se ofrecía ocasión en los encuentros diarios con motivo de los
ataques y salidas de los alejandrinos...73, se les veía encendidos en los más
ardientes deseos de exponerse a todos los trabajos y de venir a las manos.
No era
capaz de igualar la exhortación de César tal trabajo de las legiones y deseo de
pelear; de suerte que más había que contenerlos de las acciones y ataques más
peligrosos, que incitarlos al combate.
XXIII.
Viendo los
alejandrinos que a los romanos los alentaban los sucesos prósperos y los
incitaban los adversos, y no hallando en el arte de la guerra un medio entre
estos extremos con que enflaquecerlos, o
73 Hay
falta en el texto.
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aconsejados,
según se puede inferir por conjeturas, de los amigos del rey que se hallaban en
poder de César, o con aprobación del mismo rey, a quien darían parte
secretamente de su determinación, enviaron diputados a César, pidiéndole
«pusiese en libertad al rey y le permitiese pasar entre sus vasallos, porque
cansada la nación del gobierno de una muchacha, que sólo tenía una tutoridad
precaria, y dé la cruelísima dominación de Ganímedes, estaba dispuesta a seguir
las órdenes de su señor; y que si les aconsejase que debían ponerse y reducirse
bajo la protección y amistad de César, no habría temor de peligro alguno que
les detuviese para entregarse».
XXIV.
Aunque
César tenía bien conocida esta gente, que siente siempre una cosa en el corazón
y otra manifiesta en las palabras, con todo le pareció conveniente condescender
a su petición; pues si por fortuna sentían lo que le suplicaban, pensaba que el
rey, puesto en libertad, permanecería en su fidelidad, pero sí, como era
natural a su genio, deseaban tener al rey al frente de sus armas, pelearía él
contra un rey con más esplendor y gloria que contra una tropa de advenedizos y
fugitivos. Y así exhortando al rey «a que mirase por el reino de su padre, y se
condoliese, de tan gloriosa patria, desfigurada enteramente con afrentosas
ruinas e incendios; que lo primero de todo redujese a sus vasallos a las leyes
de la razón y después los conservarse; que guardase fidelidad a él y al Pueblo
Romano, pues fiaba tanto de su persona, que le enviaba libre a sus enemigos
armados, estando los dos asidos de las manos, puso en libertad al
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rey joven,
ya de edad adulta». Pero su real ánimo doctrinado en artes falacísimas, por no
desmentir la índole de su nación, empezó a derramar lágrimas delante de César y
a decirle que no le pusiese en libertad, pues el mismo reino no le era más
agradable que la presencia de César. Él, conteniendo su llanto, y aun
enternecido además, y asegurándole que presto estarían unidos, si eran tales
los sentimientos de su corazón, le dejó ir con sus vasallos. Mas él, como
sacado de una estrecha prisión a una carrera abierta, empezó a hacer la guerra
a César con tanta vehemencia, que no parecía sino que habían sido de gozo las
lágrimas que había derramado en su despedida. Alegrábanse de este lance los
lugartenientes de César, sus amigos, los capitanes, y aun los soldados, al ver
burlada su demasiada bondad por un astuto muchacho, como si César hubiera
ejecutado esto llevado sólo de su buen corazón y no por prudentísimo consejo.
XXV.
Conociendo
los alejandrinos que, aun recobrando su caudillo, no se habían hecho más
poderosos, ni los romanos más débiles, burlándose las tropas de la poca edad y
flaqueza del rey y recibiendo de esto gran pena por conocer que nada habían
adelantado; en medio de estos discursos se extendió la voz de que le venían a
César considerables refuerzos por la Siria y Cilicia, de que aun no tenía César
el menor aviso. Así determinaron apresar los víveres que venían por el mar.
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Estaban en
acecho de nuestros convoyes apostadas varias naves ligeras en parajes
convenientes junto a Canopo; de lo cual informado César, mandó prevenir y poner
lista su escuadra, de la que dio el mando a T. Nerón. Partieron con la escuadra
las naves rodias y con ellas Eufranor, sin el cual ningún combate marítimo se
había dado nunca con felicidad. Pero la fortuna, que por lo regular reserva
para mayor desgracia a los que suele honrar con más favores, miraba ya a
Eufranor con diferente rostro que en los tiempos pasados. Pues habiendo llegado
a Canopo, y empezado a embestirse, puestas en orden las dos armadas, trabó el
combate Eufranor el primero, según su costumbre. Ya había barrenado y sumergido
una nave enemiga de tres órdenes de remos, y seguía dando caza a otra inmediata
adelantándose a las otras, pero siguiéndole éstas con poca diligencia, fue
cercado de los alejandrinos. Nadie acudió a su socorro, o por creer que en su
valor y felicidad llevaba consigo suficiente defensa, o porque todos tuvieron
miedo de sí mismos. Y así el único que cumplió como debía en aquella ocasión,
pereció con su nave vencedora de cuatro órdenes de remos.
XXVI.
A este
tiempo Mitrídates Pergameno, sujeto muy conocido por su ilustre casa, de gran
pericia y valor en la guerra, y de muy experimentada fidelidad para con César,
a quien éste había despachado al principio de la guerra de Alejandría a traer
tropas de refuerzo de Siria y Cilicia, vino por tierra con un grueso
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considerable
que juntó con mucha prontitud, con voluntad muy propensa de todas las ciudades,
y con su buena diligencia. Llegó a la ciudad de Pelusio, por la cual se junta
la Siria con el Egipto. Tenía Aquilas dentro de ella una buena guarnición, por
ser plaza importante (pues se cree muy fortificado todo el Egipto con dos
fuertes barreras, la isla de Faro por la parte del mar, y esta ciudad por la de
tierra); pero cercada de improviso con unos numerosos ejércitos, del cual
destacaba Mitrídates continuos refuerzos a los heridos y cansados, y con la
gran perseverancia y constancia del asalto, a pesar de la vigorosa resistencia
de los que la defendían, la tomó el mismo día que vino a combatirla, y dejó en
ella guarnición. Con este buen suceso prosiguió su marcha la vuelta de
Alejandría, sujetando de paso y reduciendo a la obediencia de César toda la
tierra por donde caminaba con aquella autoridad que de ordinario asiste al
vencedor.
XXVII.
Hay en este
país un paraje famoso llamado Delta, no lejos de Alejandría, que tomó el nombre
de su semejanza con esta letra griega. Porque dividida maravillosamente en dos
brazos cierta parte del Nilo, y dejando lentamente entre los dos un buen
espacio intermedio, se viene a unir con el mar con un intervalo de mucha
distancia. Cuando el rey supo que Mitrídates estaba cerca de este sitio, y que
había de pasar el río, despachó contra él un grueso considerable de sus tropas,
con que creía poder deshacer o desbaratar a Mitrídates, o a lo menos estorbarle
el paso sin duda
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alguna; y
así como deseaba vencerla, se contentaba también con detenerle, para que no se
incorporase con César. Las primeras tropas que pasaron el río por Delta,
salieron al encuentro de Mitrídates, y trabaron la batalla, apresurándose por
quitar a las que les seguían la compañía de la victoria.
Sostuvo
Mitrídates su primer ímpetu con gran prudencia, fortificado en sus reparos a
usanza nuestra; mas viendo que con poca cautela y con insolencia además se
acercaban a las fortificaciones, hizo una salida general, con que les mató
mucha gente, y si no se encubrieran los demás con el conocimiento que tenían de
la tierra, y parte no se refugiara a las naves con que habían pasado el río,
quedaran enteramente deshechos. Mas luego que se rehicieron algún tanto de
aquel susto, y se incorporó después con ellos el resto del ejército, volvieron
otra vez sobre Mitrídates.
XXVIII.
Despachó
éste un mensajero a César con la noticia de aquel suceso; fue también informado
el rey por los suyos; y así a un mismo tiempo partió él con ánimo de desbaratar
a Mitrídates, y César a recibirle. Hizo el rey más presto la navegación del
Nilo, en el que tenía prevenida una escuadra para el intento. César no quiso ir
por el mismo camino, por no tener combate naval en el río, sino dando la vuelta
a aquel pedazo de mar que dijimos arriba pertenecía al África. Con todo salió
al encuentro de las tropas reales antes que hubiesen podido acometer a
Mitrídates, de suerte que sin desgracia alguna vino a incorporarse con el
vencedor. Había hecho alto el rey
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con sus
tropas en un paraje fortalecido de su naturaleza por ser elevado y dominar el
llano todo alrededor, y defendido por tres lados con varias fortificaciones:
por el uno tocaba casi con el río Nilo, por otro tomaba toda la elevación de la
cuesta su campo formado, y al tercero tocaba una laguna.
XXIX.
Entre los
reales del rey y el camino que traía César mediaba un riachuelo estrecho, pero
de muy altas orillas, que entraba en el Nilo. Distaba éste de los reales del
rey cerca de siete millas. Avisado, pues, de que César venía por este camino,
destacó al río toda la caballería y alguna infantería ligera escogida, para
estorbarle el paso y trabar desde las orillas una desigual batalla. Porque
ninguna ventaja tenía el valor, ni se exponía a riesgo la cobardía; cosa que
dio mucho sentimiento a nuestra gente de a pie y de a caballo, por ver que
después de tanto tiempo se peleaba con igualdad con los alejandrinos. Y así a
un mismo tiempo la caballería alemana, que se destacó a buscar vado, pasó el
río por algunas partes donde iba menos profundo, y los legionarios, cortados
grandes árboles que llegasen de un lado a otro, echándolos al agua, y encima de
pronto gran cantidad de céspedes, también pasaron. Cuyo acontecimiento temieron
tanto los enemigos, que pusieron en la fuga toda la esperanza de salvarse; bien
que en vano, porque muy pocos escaparon a la presencia del rey, quedando
tendida en el alcance casi toda la multitud.
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XXX.
Habiendo
salido esta acción con tanta felicidad y juzgando César que su repentina
llegada infundiría mucho terror en los enemigos, se dirigió desde aquí vencedor
a los reales del rey. Pero advirtiendo que estaban fortificados con grandes
obras y por la naturaleza y viendo una espesa multitud colocada en la
trinchera, no le pareció acercarse al asalto con las tropas cansadas de la
pelea y de la marcha, y así sentó su real a mediana distancia del enemigo. Al
día siguiente acometió y tomó con todas sus fuerzas un castillo que había el
rey fortalecido en un lugar inmediato a sus reales y le había unido por medio
de una línea con sus fortificaciones para dominar el lugar. No porque pensase
que sería difícil tomarle con menos gente, sino con el ánimo de atemorizar así
a los enemigos y dar inmediatamente desde esta victoria sobre los reales del
rey. Y así con el mismo ímpetu con que los soldados persiguieron a los
alejandrinos que escapaban del castillo a los reales, llegaron a las
fortificaciones y empezaron a lo lejos un asalto porfiado. Por dos partes había
lugar para nuestros ataques: una por el llano que dije arriba tenía la entrada
fácil, y por otra un mediano espacio que quedaba entre los reales y el Nilo. El
mayor número y mejor de los alejandrinos defendía la parte de más fácil
entrada, y hacían mucho efecto sobre los nuestros que peleaban por el lado del
Nilo; porque eran cargados por dos partes los que atacaban los reales desde las
trincheras y desde el Nilo, donde tenían prevenidas muchas naves con honderos y
flecheros.
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XXXI.
Viendo
César que sus tropas no podían pelear con más esfuerzo, y que por la mala
situación se adelantaba muy poco, y observando que los enemigos habían
abandonado la altura de su campo, que por sí estaba resguardada, y que parte
con deseo de pelear, y parte de ver lo que pasaba, se habían bajado al paraje
donde se combatía, mandó que algunas cohortes rodeasen los reales y acometiesen
aquella altura bajo la dirección de Carsuleno, sujeto muy distinguido por su
valor y pericia militar. Luego que llegaron, defendiendo pocos el sitio,
peleando los nuestros con doble gritería y pelea, empezaron a discurrir
aturdidos por varias partes. Con esta perturbación creció tanto el ánimo de los
nuestros, que a un mismo tiempo y por todos lados forzaron las fortificaciones,
pero las penetraron primero los que se apoderaron de la altura de los reales,
de donde bajando corriendo mataron una gran multitud de los enemigos. Muchos de
ellos por escapar de este peligro se arrojaban a montones por las trincheras
hacia la parte del río.
Oprimidos
los primeros con la precipitación en el mismo foso de la línea, dieron fácil
efugio a los demás. El rey mismo se sabe que salió huyendo de los reales y que
se refugió a una nave, pero con la multitud de los que se venían nadando a las
más inmediatas, pereció sumergido.
XXXII.
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Concluida
esta acción con tanta prontitud y felicidad, partió César la vuelta de
Alejandría con la gente de a caballo por el camino más cercano con gran
satisfacción de la victoria, y entró en ella vencedor por la parte que ocupa la
guarnición enemiga. No le engañó su opinión de que en sabiendo los enemigos el
suceso de esta batalla, no pensarían más en continuar la guerra. Cogió al
entrar el fruto digno de su valor y grandeza de ánimo, porque toda la multitud
de los vecinos, arrojando las armas, abandonando las fortificaciones, tomando
aquellos vestidos con que acostumbran a humillarse los rendidos ante sus
dominadores, y sacando en público todos los vasos y adornos sagrados, con cuya
ceremonia religiosa solían aplacar los ánimos ofendidos de sus reyes, se
presentaron a la entrada de César y se pusieron en sus manos. César los recibió
bajo su palabra, y consolándolos, pasó por en medio de sus fortificaciones a la
parte de la ciudad que él ocupaba, con mucho aplauso y parabienes de los suyos,
que no tanto se alegraban del suceso y trances de la misma guerra, como de
aquella su venida con tanta felicidad.
XXXIII.
Apoderado
César de Egipto y de Alejandría, puso por reyes en ella los que Tolomeo había
dejado en su testamento, suplicando al Pueblo Romano que no se mudasen. Y así
muerto el mayor de los dos príncipes, entregó el reino al menor y a Cleopatra,
la mayor de las hijas, que había permanecido en su fidelidad y al amparo de sus
presidios. A la menor, llamada Arsinoe, en cuyo nombre dijimos que
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había
reinado tiránicamente Ganímedes, la mando sacar del reino, para que no se
originase alguna nueva discordia movida por personas sediciosas, antes de que
el tiempo asegurase el cetro a los dos reyes. Llevó consigo la sexta legión
veterana y dejó allí las demás, para que quedase más seguro el reino a los dos
hermanos, que ni podían tener de su parte el amor de sus vasallos, porque
habían permanecido en la amistad de César, ni la autoridad de antigüedad por
ser reyes de pocos días. Y al mismo tiempo creía que era importante, para la
reputación de nuestro imperio y utilidad pública, que estuviesen seguros los
reyes con nuestras guarniciones, si se mantuviesen fieles, y si fuesen
ingratos, se les pudiese contener con ellas mismas. Concluidas y dispuestas las
cosas, partió por tierra a la Siria.
XXXIV.
Mientras
pasaba esto en Egipto, acudió el rey Deyotaro a suplicar a Domicio Calvino, a
quien César había dado el gobierno del Asia y de las provincias comarcanas, no
permitiese a Farnacés poseer y destruir la Armenia Menor, reino suyo, ni la
Capadocia, reino de Ariobarzanes, pues si no se les libertaba de esta
fatalidad, no podrían cumplir lo que se les mandaba ni aprontar el dinero que
tenían prometido a César. Domicio, juzgando que no sólo era necesario el dinero
para los gastos de la guerra, sino que era vergonzoso para el Pueblo Romano,
para César vencedor y para sí propio que un rey extranjero se apoderase de los
reinos de sus aliados y amigos, despachó inmediatamente sus mensajeros a
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Farnacés
diciendo que saliese de Armenia y de Capadocia y que no ofendiese al derecho y
majestad del Pueblo Romano, por verle ocupado en una guerra civil. Y creyendo
que esta notificación tendría más fuerza si él se acercase a aquellas regiones
con un ejército, partió a donde estaban las legiones, llevó consigo la treinta
y seis de tres que tenía, y envió las otras dos a César, que se las pedía por
cartas desde Egipto, de las cuales la una no se halló en la guerra de
Alejandría por haber ido por tierra de Siria. Añadió Domicio a la legión
treinta y seis otras dos del rey Deyotaro, que muchos años antes tenía él
prevenidas y enseñadas en nuestra disciplina militar, y además cien caballos,
con otros tantos que tomó de Ariobarzanes. Despachó a P. Sextio, adonde estaba
el cuestor C. Pletorio, para que trajese una legión levantada aceleradamente en
el Ponto, y a Q. Patisio a Cilicia para conducir tropas auxiliares, todas las
cuales se juntaron prontamente en Comana a las órdenes de Cn. Domicio.
XXXV.
Llegaron
entre tanto diputados de Farnacés con la respuesta de que había salido de
Capadocia, pero que conservaba la Armenia Menor, la cual debía poseer como
herencia de su padre, y que la pretensión de este reino se reservase íntegra
hasta la venida de César, pues él estaba pronto a ejecutar sus órdenes.
Conoció Cn.
Domicio que el haber evacuado la Capadocia más había sido por precisión que de
buena voluntad, para poder defender mejor la Armenia, inmediata a su reino, que
la Capadocia más
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distante; y
por pensar que Domicio traería en todas sus tropas tres legiones, y aun de
éstas había oído que había enviado dos a César, por esto se mantenía con mayor
atrevimiento en este reino. Por lo mismo se empeñó Domicio en que también le
había de dejar libre, pues no había razón alguna, ni título diverso entre
Capadocia y Armenia, ni pedía con justicia que el asunto se dilatase
enteramente hasta la venida de César, porque quedar íntegro era quedar como
antes estaba. Dada esta respuesta, partió con las tropas que he dicho la vuelta
de Armenia, dirigiendo su marcha por las alturas. Porque desde el Ponto y
Comana empieza una cordillera de montes hasta la Armenia Menor que la separa de
la Capadocia, en cuyo tránsito había la oportunidad de que no podía ocurrir
acontecimiento repentino de los enemigos y de que la Capadocia, que estaba al
pie de las montañas, podía suministrar los víveres con abundancia.
XXXVI.
Durante la
marcha enviaba continuamente mensajeros Farnacés a Domicio para tratar de
ajuste y ofrecerle ricos presentes. Domicio los despreciaba todos con
constancia y respondía que en nada pondría su atención más que en recobrar la
autoridad del Pueblo Romano y los reinos de sus aliados. Así, después de largas
y continuas marchas, llegando cerca de Nicópolis, ciudad de la Armenia Menor,
puesta en una llanura y resguardada por los dos lados de dos altas montañas
separadas buen trecho de la ciudad, sentó su real a cerca de siete millas de
distancia de ella. Desde su
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campo tenía
que pasar por un paraje estrecho y embarazoso, donde ocultó Farnacés en una
emboscada la mejor gente de a pie y casi toda la caballería, haciendo derramar
por la estrechura gran porción de ganados, y que los aldeanos y vecinos
anduviesen por allí como de ordinario, para que si Domicio entraba como amigo
en el desfiladero, no sospechase la emboscada, viendo a la gente y ganados por
los campos como en entrada de amigos, pero si venía como enemigo, se
desparramasen sus soldados cebados en la presa y pudiese sorprenderlos
entonces.
XXXVII.
En medio de
estas disposiciones no dejaba de enviar comisionados a Domicio sobre la paz y
amistad, creyendo que así le podría engañar más fácilmente. Pero al contrario,
esta misma esperanza dio motivo a Domicio para detenerse en los reales. Y así
Farnacés, perdida la oportunidad de la primera ocasión, y temiendo no fuesen
descubiertas las asechanzas, retiró sus tropas a sus reparos. Al día siguiente
se acercó Domicio más a Nicópolis y acampó enfrente de la ciudad. Entre tanto
que los nuestros fortificaban su campo, ordenó Farnacés sus tropas a su manera
formando una sola línea de frente y guarneciendo las alas con tres órdenes de
refuerzos. Los mismos aplicó al centro, y en los espacios entre las dos alas
derecha e izquierda cuerpos de una sola línea. Domicio formó parte de sus
tropas al frente de sus trincheras y concluyó la fortificación.
XXXVIII.
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La noche
siguiente, habiendo sorprendido Farnacés los correos que traían noticias a
Domicio del estado de la guerra de Alejandría, supo que César se hallaba en
mucho peligro, que pedía con mucha instancia socorros a Domicio, y que él mismo
se acercase a Alejandría por la Siria. Con estas noticias contaba Farnacés por
una victoria el alargar el tiempo, pensando que Domicio no podría menos de
ponerse en marcha desde luego. Y así empezó a hacer dos trincheras en línea
recta de cuatro pies de altura y no muy distantes una de otra desde la ciudad,
por la parte que veía era más fácil la entrada para el ataque de los nuestros,
hasta donde tenía determinado extender su ejército. Formaba siempre las tropas
de la parte de adentro de estos reparos, y colocaba fuera toda la caballería a
los lados, la cual no podía serle útil de otra manera, y excedía mucho en
número a la nuestra.
XXXIX.
Movido más
Domicio del peligro de César que del suyo propio y juzgando que no podía
retirarse ya con seguridad, si volviese a apetecer las condiciones que antes
había rehusado, o se pusiese en marcha sin motivo, sacó sus tropas de los
reales al campo. Colocó la legión treinta y seis en el ala derecha, la Póntica
en la izquierda, y en el centro las de Deyotaro, a las cuales dejó con cuidado
un frente muy estrecho, y reservó las demás cohortes para refuerzos.
Formadas
así las haces de ambas partes, se adelantaron unos y otros a darse la batalla.
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XL.
Hecha la
señal de acometer, llegaron a embestirse a un mismo tiempo.
Peleóse con
valor y con vario suceso. Porque habiendo acometido la legión treinta y seis a
la caballería del rey fuera de la línea, la encontró con tanta felicidad, que
la hizo retirar pasando el foso hasta la misma muralla, y revolvió sobre la
infantería por la retaguardia. Pero, por otra parte, habiendo cedido algún
tanto la legión Póntica e intentando la segunda línea rodear el foso para
acometer al enemigo por el flanco, fue sorprendida y desbaratada en el mismo
paso del foso. Las legiones de Deyotaro apenas pudieron resistir el primer
choque. Así vencedoras las tropas del rey, convirtieron toda el ala derecha y
el centro de sus ejércitos contra la legión treinta y seis, que sin embargo,
sostuvo fuertemente el ímpetu de los vencedores, y aun cercada de un número
excesivo, se retiró formada en un pelotón a la falda del monte, peleando con
grandísimo valor, adonde no quiso Farnacés perseguirla por la calidad del
terreno. De esta manera, perdida casi toda la legión Póntica y muerta gran
parte de la gente de Deyotaro, ocupó las alturas la legión treinta y seis, sin
que se echasen de menos de ella más que doscientos cincuenta soldados.
Murieron en
esta batalla sujetos muy principales y nobles, y algunos caballeros romanos.
Sin embargo, recogió Domicio las reliquias de su ejército desbaratado y se
entró en la Siria por los caminos seguros de Capadocia.
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XLI.
Engreído
Farnacés con este buen suceso y esperando de César el éxito que deseaba, se
apoderó del Ponto con todas sus fuerzas; y como vencedor y bárbaro rey,
preparándose la misma fortuna que su padre con mayor felicidad, tomó muchas
ciudades por fuerza, robó los bienes de los naturales y de los romanos, y
estableció tormentos más terribles que la misma muerte contra los que tenían
alguna recomendación dé su edad o de su hermosura. Así estaba en posesión del
Ponto, sin que nadie se lo estorbase, muy vano y orgulloso de haber recobrado
el reino de su padre.
XLII.
Por este
mismo tiempo acaeció una desgracia en el Ilírico, provincia que se habían
mantenido los meses anteriores no sólo sin deshonor, sino aun con mucha gloria.
Envió César aquí por el verano al cuestor Q. Cornificio en lugar de pretor con
dos legiones, y aunque estaba escasa la provincia para mantener ejércitos, y
por la inmediación de la guerra y revoluciones había quedado asolada y
consumida, con todo eso la recobró y defendió con su actividad y prudencia y
con gran cautela de no pasar nunca adelante sin mucha consideración. Así tomó
muchos fuertes en puestos ventajosos, cuya oportunidad movía a los que los
ocupaban a hacer algunas correrías y continuar la guerra. Estas presas las
repartía entre los soldados, que aunque pequeñas, con todo, respecto de la
escasez de toda la provincia, les eran agradables, y especialmente debiéndose a
su valor. Habiendo entrado en aquel golfo Cn. Octavio
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con una
armada considerable después de la derrota de Farsalia, se apoderó Cornificio de
algunas de sus naves, con unas pocas que pudo juntar de los jadertinos, que
siempre habían servido a la República con particular fidelidad, de suerte que
aun podía aventurarse a un combate naval, unidos los navíos apresados con los
de sus amigos. Andaba César vencedor persiguiendo a Pompeyo en una parte del
mundo muy distante; oía que muchos de los contrarios recogidas las reliquias de
la fuga se habían entrado en el Ilírico por la cercanía de Macedonia; por los
que despachó sus cartas a Gabinio, para que se encaminase al Ilírico con las
legiones nuevamente alistadas, a fin de que, juntas sus tropas con las de
Cornificio, pudiese defender la provincia de cualquiera peligro; y si ésta se
podía mantener con poca gente, entrase con sus tropas en Macedonia, pues él
creía que toda esta tierra y gente renovaría la guerra mientras viviese Cn.
Pompeyo.
XLIII.
Luego que
Gabinio entró en el Ilírico en tiempo de invierno, y muy calamitoso, o creyendo
que estaba más abundante la provincia o atribuyendo demasiado a la felicidad de
César, vencedor o fiado en su valor y pericia militar, con que aventurado en
las guerras muchas veces había ejecutado grandes y favorables empresas por su
conducta y ardimiento, ni le ayudaba con sus facultades la provincia, parte
exhausta y parte levantada, ni se podían transportar víveres por el mar,
cerrado el tránsito por los
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temporales;
de modo que, obligado de muchas y graves necesidades, hacía la guerra, no como
quisiera, sino como era preciso. Necesitado, pues, por la falta de todo a
asaltar muchos fuertes y pueblos en tiempos muy crudos, recibía notables
golpes; y llegó a ser tenido en tan poco de aquellos bárbaros, que retirándose
a Salona, ciudad marítima habitada de fortísimos y muy leales ciudadanos
romanos, se vio precisado a pelear con ellos sobre la marcha. Perdió en esta
batalla más de dos mil soldados, treinta y ocho centuriones y cuatro tribunos,
y entró con el resto en la ciudad, donde oprimido de una suma escasez de todas
las cosas, enfermó y murió dentro de pocos meses. La desgracia de este varón en
el último tercio de su vida y su repentina muerte, dio grandes esperanzas a Cn.
Octavio de apoderarse de la provincia; pero la fortuna, que puede mucho en la
guerra, la vigilancia de Cornificio y el valor de Vatinio no le dejaron gozar
largo tiempo de sus prosperidades.
XLIV.
Informado
Vatinio, que estaba en Brindis, de lo acontecido en el Ilírico, e instado por
continuas cartas de Cornificio a que saliese a socorrer a la provincia;
noticioso también de que Octavio había hecho alianza con los bárbaros y
asaltaba en muchas partes nuestros presidios, parte por sí con la escuadra,
parte con las tropas de sus aliados por tierra, aunque gravemente enfermo
apenas podían hacer compañía al ánimo las fuerzas del cuerpo, con todo venció
su valor la incomodidad de la naturaleza, las
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dificultades
de un invierno y de una preparación apresurada. Hallábase con pocas galeras en
el puerto, y así despachó mensajeros a Q. Caleño que estaba en Acaya, para que
le enviase una escuadra. Pero como tardase más de lo que pedía el peligro de
los nuestros, puso espolones a las naves de transporte, de que tenía bastante
número, aunque muy inferiores al porte necesario para exponerse a un combate.
Añadidas éstas a las galeras y aumentada así la escuadra, embarcó los soldados
veteranos, que eran muchos, de todas las legiones, y habían quedado enfermos en
Brindis cuando se transportaba el ejército a Grecia, y partió la vuelta del
Ilírico, recobrando de paso algunas ciudades marítimas que se habían levantado
y entregado a Octavio, y aun dejando otras que insistían en el mismo
pensamiento, por no pararse a nada, y con la sola mira de dar alcance a Octavio
lo más pronto que fuese posible. Hallóle sitiando a Ragusa por mar y por
tierra, donde había guarnición nuestra, y con su llegada le obligó a levantar
el sitio y recobró la guarnición.
XLV.
Pero
informado Octavio de que la mayor parte de la escuadra de Vatinio se componía
de navichuelos de carga, muy confiado en la suya, le esperó en la isla de
Tauris, por enfrente de la cual navegaba Vatinio en su seguimiento, no porque
supiese el arribo de Octavio a esta isla, sino por el ánimo que llevaba de
seguirle a dondequiera que se hubiese adelantado. Llegando más cerca de Tauris
con sus naves esparramadas por causa del fuerte temporal y sin sospecha
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alguna de
enemigos, advirtió de improviso una nave que venía hacia él bajas las vergas
hasta la mitad del mástil, armada en guerra. A vista de esto, mandó al instante
calar las velas, bajar las vergas y ponerse en arma las tropas y, enarbolando
la bandera en señal de combate, dio a entender que ejecutasen lo mismo las
naves que venían detrás. Empezaban a prevenirse sorprendidas las tropas de
Vatinio, cuando se veían ya salir del puerto las de Octavio. Pusiéronse unos y
otros en ademán de combate: más bien ordenada la escuadra de Octavio, y más
animada de valor la de Vatinio.
XLVI.
Conocía
éste que ni en la grandeza de las naves, ni en el número era igual para el
combate, pero quiso esta vez aventurar el lance a la fortuna, y así se adelantó
a todos y embistió con su nave de cinco órdenes de remos a la del mismo
Octavio, que era de cuatro órdenes. Remando Octavio con gran presteza y furia
para hacerla frente, se encontraron las dos de proa con tanta furia, que la de
Octavio perdió el espolón y quedó desarmada la proa en solo el fundamento.
Trabóse un
combate muy porfiado entre las demás y en especial adonde batallaban los dos
capitanes. Cada uno deseaba socorrer al suyo, y se batían desde cerca en muy
estrecho espacio. Cuanto más proporción había para el abordaje, tanto más
superiores eran los vatinianos, que con increíble valor no reparaban en saltar
desde sus naves a las de los contrarios, igualando así el combate y logrando
feliz suceso por la ventaja de su esfuerzo. La cuadrirreme de Octavio
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se fue a
pique, y se apresaron además otras muchas, o desbaratadas las proas, fueron
sumergidas; y los soldados de Octavio parte fueron pasados por la espada en las
naves, parte precipitados al mar. Octavio se escapó en una lancha, a la cual
pretendieron acogerse tantos, que se sumergió; él, sin embargo de estar herido,
se refugió en un bergantín a nado. Recibido en él, la noche se paró el combate;
así durante la fuerza del temporal, huyó a fuerza de vela; siguiéronle algunas
naves, a las cuales libertó de la refriega la casualidad.
XLVII.
Logrado el
lance con tanta felicidad, hizo Vatinio señal de retirada, y sin perder un
hombre, entró vencedor en el mismo puerto de donde había salido la escuadra, de
Octavio para combatirle. Se apresaron una nave de cinco órdenes de remos, dos
de tres órdenes, ocho galeras de dos y muchísimos remeros, y se detuvo allí
otro día mientras se reparaban sus naves y las apresadas. Al tercer día salió
para la isla de Lisa, adonde creía que se habría retirado Octavio. Había en
esta isla una ciudad famosa y muy afecta a Octavio; pero luego que se presentó
Vatinio, se le rindieron humildes los vecinos y le informaron que había partido
Octavio con buen viento para la Grecia con algunas naves de poco porte, con
ánimo de tomar desde allí el camino de Sicilia y pasarse al África. Así que
concluida esta campaña en brevísimo tiempo con suma felicidad, puesta en cobro
y restituida la provincia a Cornificio, y echada la escuadra enemiga de
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todo aquel
golfo, se volvió Vatinio victorioso a Brindis, sin el menor menoscabo del
ejército y de la escuadra.
XLVIII.
Por aquel
tiempo en que César tenía bloqueado a Pompeyo en Durazo, y salía bien con sus
empresas en Farsalia, y peleaba en Alejandría con gran peligro de su persona,
el cual aumentaba la fama más de lo que era en realidad, Casio Longino, que
quedó de propretor en España para gobernar la provincia Ulterior, o por
malignidad de su naturaleza o por odio que había concebido en la cuestura
contra aquella provincia, donde fue herido a traición, se había hecho sumamente
aborrecible; cosa que podía conocer muy bien o por el testimonio de su
conciencia, creyendo que toda la provincia pensaría acerca de él como él
pensaba de ella, o por otras muchas señales y pruebas de los que con dificultad
disimulaban su aborrecimiento. El procuraba recompensar el odio de la provincia
con el amor de las tropas; y así la primera vez que juntó en un lugar todo el
ejército, prometió cien sestercios a cada soldado. Poco después, habiendo
tomado en Portugal la ciudad de Armena y el monte Armiño, adonde se habían
refugiado sus moradores y donde fue aclamado capitán general, les volvió a
repartir a razón de otros cien sestercios.
Además de
estas gratificaciones daba muchos y grandes premios en particular, los cuales
le producían un aparente amor del ejército, pero disminuían poco a poco y
ocultamente la severidad de la disciplina militar.
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XLIX.
Repartidas
las legiones en cuarteles de invierno, partió Casio la vuelta de Córdoba para
administrar justicia. Habiendo contraído aquí muchas deudas, proponíase
pagarlas a costa de muy grandes imposiciones sobre la provincia, y corno lo
pide la costumbre de los pródigos, por una causa aparente de liberalidad,
buscaba cada día nuevas contribuciones. Pedíase dinero a los ricos, a quienes
no sólo consentía Longino que se lo diesen de contado, sino que les obligaba a
ello. Le fingían leves pretextos de enemistades contra el cuerpo de los
poderosos, sin perdonar ningún género de ganancia, o crecida y rica y evidente,
o ínfima y que tuviese algo que perder, que inmediatamente no fuese citada ante
él, o contada entre los reos. De suerte que al menoscabo y pérdida de las
haciendas, se añadía una grande solicitud de otros peligros.
L.
Por estas
causas sucedió que ejecutando Longino de pretor las mismas habilidades que
acostumbraba en la cuestura, volvieron a renovar los provinciales sus antiguos
designios acerca de su muerte. Confirmaban este odio también algunos de sus
confidentes, que andando en la misma compañía de robos, no aborrecían menos a
aquel en cuyo nombre pecaban, atribuyendo a su propia maña lo que ellos robaban
e imputando a Casio lo que se les perdía, cuando se les hallaba casi con el
hurto en las manos. Alistó Casio una quinta legión; aumentóse su odio por la
recluta y gastos de la nueva
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tropa.
Completó un cuerpo de tres mil caballos; con que les cargó de gastos crecidos,
y no se daba instante de reposo a toda la provincia.
LI.
En este
intermedio recibió cartas de César para que pasase con sus tropas al África y
se acercase por la Mauritania a los confines de Numidia, porque había enviado
el rey Juba grandes socorros a Cn. Pompeyo y aun se creía que los enviaría
mayores. Llenóse con este aviso de un insolente gozo, por ver que se le ofrecía
ocasión de nuevos gobiernos y en un reino fértilísimo. Y así partió a Portugal
para conducir las legiones y tropas auxiliares, y encargó a ciertos sujetos que
hiciesen provisión de trigo, aprestasen cien naves y se señalase y mandase
contribuir cierta cantidad de dinero, para no detenerse en nada cuando
volviese.
Fue su
vuelta más pronta de lo que todos esperaban, porque no temía la fatiga ni le
faltaba diligencia, especialmente cuando le estimulaban sus propios intereses.
LII.
Juntó todas
sus tropas en un lugar y asentado su real cerca de Córdoba, expuso en una
plática lo que debía ejecutar de orden de César; prometió cien sestercios a
cada soldado en llegando a Mauritania y dijo que se quedaría en España la
quinta legión. Después de esta plática se entró en Córdoba. En aquel mismo día,
yendo a palacio a la hora de mediodía, le entregó un memorial un
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tal Minucio
Silo, dependiente de L. Racilio, en ademán de pedirle algo como soldado.
Metióse
después por detrás de Racilio, que guardaba el lado de Casio, como si pidiese
respuesta, y haciéndole éste lugar con presteza, le asió con la mano izquierda
y con la otra le dio dos puñaladas. Levantado el grito, acudieron con prontitud
todos los conjurados. Munacio Planeo pasó con la espada a un ministro que
encontró más inmediato, e hirió también al lugarteniente Q. Casio. T. Vasio y
Lucio Mergilio acudieron con igual confianza a ayudar a Planeo su paisano, pues
todos eran de la ciudad de Itálica. Vino también sobre Longino L. Licinio
Esquilo, y hallándole tendido, le dio algunas heridas leves.
LIII.
Otros
concurrieron a defender a Casio, pues tenía siempre cerca de su persona algunos
veteranos valientes armados de dardos, los cuales estorbaron a los que venían a
concluir la obra, entre quienes figuraban Calpurnio Salvia no y Manilio
Tusculo. Minucio, que iba huyendo, se rindió a las pedradas que le tiraban, y
llevado Casio a su casa, fue conducido a su presencia. Racilio se metió en la
casa inmediata de un amigo suyo, hasta saber de positivo si Casio quedaba
muerto. No dudándolo L. Laterense, fue corriendo a los reales muy alegre a dar
el parabién a los soldados provinciales y dé la segunda legión, los cuales
sabía que aborrecían a Casio sobre manera. Al punto le levantaron al tribunal y
le aclamaron pretor; pues ninguno de la provincia, ya fuese soldado, o que por
larga
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mansión en
ella se hubiese hecho del bando de los naturales, en cuyo número entraba la
legión segunda, dejaba de consentir en el odio de Casio con toda la provincia.
Las legiones que César había señalado a Longino eran la treinta y la veintiuna,
levantadas pocos meses antes en Italia; la quinta se acababa de alistar allí.
LIV.
Entre tanto
se dio aviso a Laterense de que Casio vivía, con cuya noticia, más conmovido de
sentimiento que perturbado de ánimo, se recobró presto y pasó a visitarle.
Extendida esta voz, entró sus banderas en Córdoba la legión treinta para dar
auxilio a su general; lo mismo hizo la legión veintiuna, a las cuales siguió la
quinta. Quedaban dos legiones todavía en los reales, pero temiendo los de la
segunda quedarse solos y que así llegase a descubrirse su primera intención,
hicieron lo que los otros. Sólo la legión provincial permaneció en su
resolución, sin que ningún temor fuese parte para hacerla perder un punto de su
constancia.
LV.
Mandó Casio
prender a los cómplices de la conjuración y envió a los reales a la legión
quinta, dejando treinta cohortes en la ciudad. Por delación de Minucio supo que
L. Racilio, L. Laterense y Annio Escápula, sujeto de mucha autoridad y favor en
la provincia, y tan amigo suyo como Laterense y Racilio, habían sido cómplices
en la conspiración. No dio muchas treguas al sentimiento, sino que al instante
los mandó dar muerte. Entregó a Minucio a sus libertos
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para que le
atormentasen, y lo mismo a Calpurnio Salviano, el cual ofreció denunciar a
otros y aumentar el número de los cómplices con verdad, según unos, y según
otros obligado. La misma fortuna corrió L. Mergilio. Esquilo nombró muchos, a
quienes Casio mandó ajusticiar, menos a los que se rescataron con dinero, pues
claramente redimió su vida Calpurnio por diez mil sestercios, y por cincuenta
mil Q. Sextio, los cuales, aunque justamente fueron multados, siendo de los
principales cómplices, con todo el riesgo de la vida y el dolor de las heridas
conmutado en dinero, dio a entender que andaban a competencia en el gobernador
la crueldad y la avaricia.
LVI.
Algunos
días después recibió por carta de César la noticia de la derrota y fuga de
Pompeyo y de su ejército, con que recibió también un placer mezclado de
sentimiento. La noticia de la victoria le causaba alegría, pero la conclusión
de la guerra cortaba la libertad de los tiempos. Así se hallaba irresoluto, sin
saber cuál sería mejor, si el no temer nada o dar amplia licencia al
libertinaje. Sano ya de las heridas, mandó llamar a todos aquellos que se
habían obligado a darle dinero y les intimó que se lo aprontasen, y a los que
les pareció que había impuesto poca carga, impuso de nuevo mayores cantidades.
A los que tenía alistados por la leva, tanto romanos como de las audiencias y
colonias, que mostraban alguna repugnancia a la milicia ultramarina, les convidó
a redimir sus juramentos por dinero. De este arbitrio sacó una ganancia
inmensa,
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con que
cada día crecía más su aborrecimiento. Dispuestas así las cosas, pasó revista a
todo el ejército. Envió al Estrecho las legiones y tropas auxiliares con que
había de pasar al África; y él, por ver la armada que se prevenía, se acercó a
Sevilla, donde se detuvo por haber expedido un decreto por toda la provincia en
que mandaba que se le presentasen todos aquellos a quienes hubiese impuesto
contribución pecuniaria y no la hubiesen satisfecho; cuyo llamamiento conmovió
a todos extrañamente.
LVII.
Entre tanto
L. Ticio, tribuno de los soldados de la legión provincial, le avisó que corría
la voz de que la legión treinta, que conducía el lugarteniente Q. Casio,
estando acampada junto a la ciudad de llora se había amotinado, y que dando
muerte a algunos centuriones que se oponían a la jornada, se había encaminado a
incorporarse con la segunda, que se dirigía también al Estrecho por diverso
camino. Con esta noticia partió de noche con cinco cohortes de la legión
diecinueve y llegó por la mañana adonde estaba esta legión. Detúvose aquel día
para examinar lo que pasaba, y luego pasó a Carmena. Habiéndose juntado aquí la
legión treinta, la veintiuna y además cuatro cohortes de la legión quinta con
toda la caballería, supo que los provinciales habían arrebatado cuatro cohortes
en Obucula, se habían incorporado con ellas con la legión segunda y elegido por
su capitán a Q. Torio, natural de Itálica. Juntó de repente el consejo y
despachó a Marcelo a Córdoba, para que la conservase a su devoción, y al
lugarteniente. Q. Crasio a Sevilla. A
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pocos días
se le avisó que se le había rebelado la audiencia de Córdoba y que Marcelo, o
de su propia voluntad o precisado (pues sobre esto variaban las noticias)
estaba de acuerdo con los cordobeses, y lo mismo dos cohortes de la legión
quinta, que había de guarnición en la ciudad. Encendido en cólera con estas
novedades, levantó el campo y al día siguiente llegó a Segovia, que está puesta
sobre el río Genil. Aquí hizo una oración a los soldados para explorar sus
ánimos, los cuales conoció estar muy fieles, no por respeto suyo, sino por el
de César ausente, y que ningún peligro rehusarían por restituirle la provincia.
LVIII.
Torio
acercó a Córdoba las legiones veteranas, y para dar a entender que el principio
del levantamiento no nacía de su genio sedicioso, o de los soldados, y oponer
al mismo tiempo una autoridad igual en representación a la de Q. Casio, que
tenía mayores fuerzas en nombre de César, decía públicamente que quería
restituir la provincia a Cn. Pompeyo. Quizá lo hizo por odio de César y amor a
Pompeyo, cuyo nombre solo era de mucha autoridad entre aquellas legiones que M.
Varrón había tenido a su cargo, pero con qué designio lo ejecutó así no se
puede saber por conjeturas. Lo cierto es que Torio esto publicaba y los
soldados lo confesaban de tal manera, que llevaban el nombre de Pompeyo puesto
en los escudos. Salió al paso a las legiones una gran multitud, no sólo de
hombres, sino de matronas y niños, suplicándoles que no maltratasen la ciudad
entrando como enemigos, pues también ellos sentían con
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todos mal
de Casio, y rogándolos no les pusiesen en precisión de obrar contra César.
LIX.
Movido el
ejército con los ruegos y lágrimas de tanta gente, viendo que para perseguir a
Casio no era menester valerse de la memoria y nombre de Pompeyo, que tan
aborrecido era Longino de los pompeyanos como de los cesarianos y que no
podrían reducir a la Audiencia ni a Marcelo contra la facción de César,
quitaron de los escudos el nombre de Pompeyo, tomaron por su capitán a Marcelo,
que ofrecía defender la parte de César, y le aclamaron por pretor; se hicieron
del bando de la Audiencia y sentaron sus reales junto a la ciudad. En aquellos
dos días puso Casio los suyos a cuatro millas de distancia de la misma plaza,
en una eminencia a su vista de la parte de acá del río Guadalquivir.
Despachó
mensajeros al rey Bogud a la Mauritania y a M. Lepido, procónsul de la España
Citerior, para que viniese cuanto antes a su socorro y de la provincia por
respeto de César. Y él, a manera de enemigo, entró por las tierras de los
cordobeses, talando y abrasando los campos y edificios.
LX.
A vista de
esta fealdad e ignominia, vinieron a la presencia de Marcelo las legiones que
le habían elegido por su capitán, pidiéndole que las sacase a campaña y las
pusiese en proporción de pelear antes que con tanta afrenta fuesen consumidas
con latrocinios,
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robos o
incendios a sus propios ojos sus excelentes y muy amenas posesiones. Marcelo,
que tenía por la mayor desventura el venir a las manos, porque la pérdida del
vencedor y el vencido había de redundar contra el mismo César, y viendo que
tampoco estaba en su mano impedirlo, pasó el Guadalquivir con las legiones y
las formó en orden de batalla. Mas viendo que Casio tenía formadas las suyas al
frente de su campo en lugar ventajoso, pudo persuadir a los soldados a que se
retirasen a los reales, con el pretexto de que no se aventuraba. Arremetió al
campo raso, y así empezó a recoger sus tropas. Arremetió Casio a los
legionarios con la gente tú que conocía ser superior y Marcelo inferior, que
era la caballería, y mató mucha gente de la retaguardia en la orilla del río.
Conocido con esta pérdida el defecto y la dificultad de pasar el río a vista
del enemigo, mudó Marcelo su real de otra parte del Guadalquivir, y ambos
sacaron diferentes veces las legiones al campo de batalla, pero no se llegó al
trance de pelear por las dificultades del terreno.
LXI.
Era muy
superior Marcelo en la infantería, porque se hallaba con legiones veteranas y
experimentadas en muchas batallas. Casio confiaba más en la fidelidad que en el
valor de sus tropas. Estando los dos ejércitos uno enfrente de otro en ademán
de pelear y habiendo tomado Marcelo un sitio a propósito para levantar un
fuerte desde donde podía cortar el agua a los contrarios, temió Longino no
fuese encerrado con una especie de cerco en tierras donde no estaba muy
bienquisto, y saliéndose del campo en el
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silencio de
la noche, partió a toda prisa a Montemayor, la cual ciudad esperaba que le
sería fiel. Aquí sentó sus reales tan inmediatos a la muralla, que por la
situación de la plaza, puesta en una montaña, que por las fortificaciones de
ella estaba seguro del asalto. Siguióle Marcelo y acampó enfrente de su real lo
más cerca que pudo de la ciudad; y reconocido el terreno, se vio puesto por
necesidad en el mismo caso que deseaba, esto es, de no pelear (aunque si se
ofrecía la ocasión no podría contener el ardor de las tropas), y de estorbar a
Casio el extenderse para que no sufriesen otros muchos pueblos la misma
calamidad que habían padecido los cordobeses. Y así levantados algunos fuertes
en lugares oportunos, y continuadas sus obras en circuito, cerró a Montemayor y
a Casio con sus fortificaciones. Antes que se concluyesen, sacó Longino a
campaña toda su caballería, creyendo que le sería muy útil el estorbar a
Marcelo el pastar y forrajear libremente, y de mucho perjuicio si él cerrado y
la caballería inútil, se consumiese el trigo que tanto necesitaba.
LXII.
A pocos
días el rey Bogud, recibidas las cartas de Casio, vino con sus tropas e
incorporó con las de Casio una legión y otras muchas cohortes auxiliares de
españoles. Porque, como suele acontecer en las guerras civiles, algunas
ciudades de España estaban por Casio, bien que muchas más seguían la parte de
Marcelo. Acercóse Bogud con sus tropas a las fortificaciones exteriores de éste
y se trabó una recia batalla, cosa que sucedía frecuentemente, inclinándose la
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fortuna a
unos y otros con vario suceso. Pero nunca fue desalojado Marcelo de sus
reparos.
LXIII.
Entre tanto
llegó Lépido a Montemayor de la Provincia Citerior con treinta y cinco cohortes
legionarias y un buen número de caballos y tropas auxiliares, con ánimo de
ajustar las diferencias entre Casio y Marcelo, sin fin alguno particular. Fióse
de él Marcelo y se puso en sus manos luego que llegó; mas por el contrario
Casio se estuvo quieto dentro de sus reparos, o pareciéndole que se le debía
más consideración que a Marcelo, o por temer que estuviese preocupado el ánimo
de Lépido con el obsequio de su contrario. Puso Lépido su real sobre la plaza,
sin separarse en nada de Marcelo; dio orden de que no se pelease, convidó a
Casio a que saliese, interponiendo su palabra y autoridad para su seguridad en
todo acontecimiento. Manteniéndose Casio largo tiempo dudoso sobre lo que debía
hacer y lo que podría fiar de Lépido, y no hallando otro recurso, pidió que se
demoliesen las fortificaciones y se le franquease libre salida. Estando ya no
sólo hechas treguas, sino para derribarse las obras, y habiéndose ya sacado las
guarniciones de los reparos, acometieron las tropas auxiliares del rey a aquel
fuerte de Marcelo más inmediato a su campo, sin pensarlo nadie (si es que se
puede contar en este número a Casio, de cuya fe se dudaba) y murieron allí
algunos soldados; y si no se separara el combate prontamente con indignación, y
por socorro de Lépido, se hubiera recibido mayor daño.
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LXIV.
Hecho
camino a Casio, incorporó Marcelo su campo con el de Lépido, y a un mismo
tiempo marcharon con su gente a Córdoba, y Casio a Carmona. Llegó a la sazón el
procónsul Trebonio a encargarse de la provincia, y luego que Casio tuvo noticia
de su venida, repartió las legiones y caballería con que se hallaba en
cuarteles de invierno y recogiendo arrebatadamente todas sus riquezas, partió a
Málaga, donde embarcó con tiempo contrario, según decía por no ponerse en manos
de Trebonio, Lépido y Marcelo. Según sus amigos, hízolo por no pasar con menos
reputación por aquella provincia, que se había separado en gran parte de su
obediencia, y en opinión de otros para que no viniese a parar en manos de nadie
su riqueza atesorada de infinitos latrocinios. Hecho a la vela con buen viento
para en tiempo de invierno, habiéndose parado, temeroso de la noche, a la
embocadura del Ebro, se levantó poco después una recia tempestad, a pesar de la
cual partió creyendo poder continuar su viaje; pero halló a la salida del río
tan terribles olas, que no pudiendo volver por la rapidez de la corriente, ni
resistir las olas que le embestían de frente, pereció con su nave en la misma
embocadura del río.
LXV.
Pasó César
desde Egipto a Siria, y supo por los que venían de Roma y por cartas de la
ciudad, que se hacían muchas cosas malas e inútiles en el gobierno, y ninguna
parte de la República se dirigía
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como era
debido; que se originaban alborotos muy perjudiciales por empeños de los
tribunos del pueblo y que por condescendencia de los soldados que mandaban las
legiones se cometían mil excesos contra el orden y costumbre de la milicia, que
se encaminaban a relajar la severidad y disciplina. Y viendo que estos
desórdenes pedían con instancias su presencia, con todo, le pareció preferible
dejar establecidas y arregladas las provincias a donde asistía; de forma que
quedasen libres de disensiones domésticas, recibiesen el señorío y leyes, y
depusiesen el miedo de los enemigos de afuera. Esto esperaba lograr con
prontitud en Siria, Cilicia y Asia, porque éstas se hallaban enteramente libres
de guerra. En la Bitinia y en el Ponto veía que le aguardaba más que hacer y
entender, porque oía que Farnacés aun no había salido del Ponto, ni trataría de
hacerlo, estando muy engreído con la batalla favorable contra Domicio Calvino.
Paraba ordinariamente en las ciudades de más nombre, repartía premios en
público y en particular a los beneméritos, conocía y ajustaba las diferencias
antiguas. Recibió en su amistad a los reyes, tiranos y dinastas de la
provincia, y a los demás comarcanos, que concurrieron todos a presentársele,
les encargó que velasen en mantener y defender la provincia y los despachó muy
satisfechos y bien dispuestos consigo y con el Pueblo Romano.
LXVI.
Empleados
pocos días en esta provincia, dio el mando de las legiones y el gobierno de la
Siria a su amigo y pariente Sexto César, y con la misma armada que vino, volvió
a partir para Cilicia. Mandó
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que se
juntasen en Tarso todas las diputaciones de esta provincia, por ser la ciudad
más famosa y fuerte de toda ella.
Arregladas
aquí las cosas de la provincia y ciudades comarcanas, no se detuvo más de lo
preciso con el deseo de partir a la guerra. Alargando mucho las marchas por
Capadocia, y habiéndose detenido dos días en Mazaca, llegó a Comana, donde
había un antiquísimo y muy famoso templo de Belona, que se veneraba con tal
religiosidad, que el sacerdote es tenido por respeto de la diosa por la segunda
persona después del rey en mando y poderío, con general consentimiento.
Adjudicó este sacerdocio a Nicomedes, sujeto muy distinguido de Bitinia,
descendiente de sangre real en Capadocia, que le pretendía con derecho nada
dudoso, aunque interrumpido largo tiempo por adversa fortuna de sus mayores y
decadencia de su linaje. A Ariarates, hermano de Ariobarzanes, siendo uno y
otro beneméritos de la República, le entregó a Ariobarzanes que le tuviese bajo
su mando y dirección, para que no le estimulase la herencia del reino, o como
heredero le causase algún temor. Hecho esto, siguió su empezada marcha con la
misma celeridad.
LXVII.
Al llegar
cerca del Ponto y los confines de Galacia, Deyotaro, tetrarca entonces de casi
toda Galacia (lo cual murmuraban los demás tetrarcas no serle debido ni por las
leyes ni por las costumbres), pero que sin duda había sido proclamado rey de la
Armenia Menor por el Senado, vino a presentársele sin señal alguna
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de su
dignidad, no sólo en hábito de simple particular sino aun de reo, y a
suplicarle que le perdonase el que, hallándose él en un país que no tenía
guarnición de César, había seguido con ejército y mando los reales de Pompeyo;
pues no debía él ser juez de las controversias del Pueblo Romano, sino obedecer
a las órdenes que se le habían comunicado.
LXVIII.
César,
haciéndole a la memoria muchos beneficios con que siendo cónsul le había
favorecido con públicos decretos, y redarguyéndole que aquel descargo no le
podía servir de excusa de imprudencia, porque un hombre como él, de tanta
habilidad y conocimiento, hubiera podido saber quién era el dueño de la ciudad
y de Italia, dónde estaba el Senado y Pueblo Romano, dónde la República, y
quién era cónsul después de L. Léntulo y C, Marcelo, le dijo que, sin embargo,
le perdonaba este hecho por sus servicios anteriores, por el antiguo hospedaje,
por la amistad, por la estimación de su persona, por su edad y por las súplicas
de muchos huéspedes y amigos que habían venido a pedirle por él. Le insinuó que
después examinaría las diferencias de los tetrarcas; le restituyó las insignias
reales, y le mandó traer la legión que tenía armada y disciplinada a usanza
nuestra, y toda la caballería para hacer la guerra.
LXIX.
Llegado
César al Ponto, reunió en un lugar sus tropas, que así por el número como por
su experiencia en la guerra eran muy
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inferiores,
pues a excepción de la legión sexta (la única veterana que había traído consigo
de Alejandría, ejercitada en muchos trabajos y peligros, y muy incompleta,
parte por las incomodidades de marchas y navegaciones, parte con la
continuación de las guerras, en tanto grado, que aun no llegaban a mil
hombres), las otras tres eran una de Deyotaro, y las dos que dijimos se habían
hallado con Domicio en la primera batalla contra Farnacés. Vinieron a César
embajadores de Farnacés suplicándole ante todas cosas, «que no entrase como
enemigo en su tierra, pues estaba pronto a ejecutar todo cuanto le mandase; y
con particularidad le acordaron que no habían querido dar socorros a Pompeyo
contra él, como había hecho Deyotaro, a quien, sin embargo, había admitido su
satisfacción».
LXX.
César
respondió, «que le vería Farnacés muy humano, si ponía por obra desde luego lo
que ofrecía, y amonestó con suaves palabras, como solía, a los embajadores, que
no le pusiesen por delante a Deyotaro ni fiasen mucho del beneficio de no haber
dado auxilio a Pompeyo; porque nada hacía él de más buena voluntad que perdonar
a los rendidos, pero que tampoco podía sufrir las injusticias hechas a las
provincias, aun a los que le habían servido particularmente. Que este mismo
servicio que alegaban había sido más útil a Farnacés, que se había excusado de
ser vencido, que a él, a quien los dioses inmortales habían concedido la
victoria.
Y así,
desde luego no haría cargo a Farnacés de los muchos y graves perjuicios
ocasionados a los ciudadanos romanos que comerciaban
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en el
Ponto, puesto que no podría darles entera satisfacción; pues era imposible
restituir la vida a quienes se la había quitado, ni la virilidad a los que por
su crueldad la habían perdido; el cual suplicio, más terrible que la misma
muerte, habían padecido algunos ciudadanos romanos. Pero que saliese al
instante del Ponto; que pusiese en libertad las familias de los arrendadores de
las rentas, y por fin, restituyese a los ciudadanos romanos y a sus aliados los
efectos suyos que obrasen en su poder. Que si así lo hacía podría enviarle
entonces los presentes y regalos que los capitanes generales acostumbraban
recibir de sus amigos, habiendo salido con felicidad de sus expediciones
(porque le había enviado Farnacés una corona de oro)». Con esta respuesta despachó
a los embajadores.
LXXI.
Farnacés lo
prometió todo con gran franqueza, esperando que César, que estaba muy de
priesa, creería fácilmente y de más buena voluntad a sus promesas de lo que
pedía la materia, por partirse más presto y con mejor título a donde le llamaba
la necesidad, pues nadie ignoraba los graves motivos que tenía para volver a
Roma. Así empezó a dar largas, a pedir más tiempo para retirarse, a proponer
condiciones; en suma, a eludir lo prometido. Conocido por César el doblez de
este hombre, lo que en otras ocasiones había hecho por costumbre de su
carácter, hizo ahora precisado de la necesidad, esto es, venir a las manos más
presto de lo que nadie pensara.
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LXXII.
Hay en el
Ponto una ciudad llamada Zela, bastante fuerte por su situación para estar en
un llano, porque sostiene el muro por todas partes un cerro natural, como si
fuera hecho a mano, con su altura medianamente elevada.
Alrededor
de la ciudad hay otros muchos y grandes cerros, cortados con algunos valles, de
los cuales el más elevado, que se comunica con la ciudad por caminos hechos en
las alturas, es el más famoso, por la victoria de Mitrídates, la desgracia de
Triario y la pérdida de nuestro ejército, y dista de la ciudad poco más de tres
millas. Aquí se hizo fuerte Farnacés con todas sus tropas, habiendo reparado
las antiguas obras de los victoriosos reales de su padre.
LXXIII.
César sentó
su campo a cinco millas de distancia del enemigo, y viendo que aquellos valles
que fortalecían el campo contrario fortificarían también el suyo a la misma
distancia, si los enemigos no se apoderasen antes de los puestos más inmediatos
a su real, dio orden de conducir gran porción de madera y fajinas a las
fortificaciones. Conducidas con prontitud, partió al amanecer del día siguiente
con todas las legiones armadas a la ligera, dejando todo el equipaje en los
reales, y sin que lo pensasen los enemigos, ocupó aquel mismo puesto en que
Mitrídates derrotó a Triario. Mandó que los esclavos condujesen aquí las
fajinas de los reales, para que ningún soldado se apartase de la obra, de la
cual y del
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nuevo campo
sólo se separaba el del enemigo por un valle cortado, que tendría el espacio de
una milla.
LXXIV.
Advertido
esto por Farnacés, formó de improviso al amanecer todas sus tropas delante de
los reales, las que, como mediaban unos pasos difíciles y escabrosos, creía
César que las ordenaba siguiendo la costumbre militar, o para estorbar sus
obras ocupándose mucha gente en las armas, o por ostentación de la real
confianza, para que no se entendiese que Farnacés defendía su puesto más con
fortificaciones que con las manos; y así, formando la primera línea delante de
la trinchera, no dejó de continuar la obra con el resto del ejército. Pero
Farnacés, o incitado de la oportunidad del sitio, o movido de sus auspicios y
señales religiosas, de que oímos después se había creído, o averiguado el corto
número de los nuestros que estaba sobre las armas, creyendo por la costumbre
ordinaria de las obras que aquella multitud de siervos que arreaban los
materiales eran soldados, o por la confianza en su ejército veterano, el cual
se vanagloriaban sus tenientes que había peleado con la legión veintidós y
salido victorioso, y al mismo tiempo por desprecio de nuestro ejército, que
sabía había sido desbaratado por él con su capitán Domicio, tomada la
resolución de pelear, empezó a bajar por el quebrado valle. César al principio
se reía de su vana ostentación y de la apretura de las tropas en un paraje en
que ningún capitán prudente se hubiera empeñado, cuando entre tanto Farnacés,
al
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mismo paso
con que había bajado al valle, empezó a subir por el collado arriba, formando
su ejército en batalla.
LXXV.
Conmovido
César, o de su temeridad, o de su confianza, al verse sorprendido sin pensarlo,
a un mismo tiempo llama a los soldados de las obras, mándales tomar las armas,
opone sus legiones y las ordena para la refriega, repentina disposición que no
dejó de causar alguna confusión en los nuestros. Aun no estaban ordenadas del
todo las filas, cuando los carros falcados del Rey, tirados de cuatro caballos,
comenzaron a desbaratar nuestras tropas, si bien fueron rechazados por una gran
multitud de dardos. Siguióles a éstos el ejército enemigo, y levantado el
grito, se trabó la batalla, favoreciéndonos mucho el sitio y en especial la
benignidad de los dioses inmortales, que si bien intervienen en todos los
trances de la guerra, con particularidad en aquellos en que nada se ha podido
disponer con orden y prudencia.
LXXVI.
Trabada,
pues, de cerca una recia batalla, empezó la victoria por el ala derecha, donde
estaba la legión sexta, que rechazó a los enemigos por la cuesta abajo. Algo
más tarde, pero al fin con el favor especial de los dioses, fueron enteramente
desbaratadas las tropas del Rey por el ala izquierda y por el centro; las
cuales desalojadas, eran oprimidas en el terreno llano con igual celeridad a la
que habían mostrado en exponerse a un paraje tan
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desproporcionado.
Y así muertos muchos soldados, oprimidos unos con la caída de otros, los que
podían escapar por su ligereza, arrojando las armas, aunque pasaron el valle,
nada adelantaban, aun desde puesto ventajoso, por hallarse desarmados. Los
nuestros, animosos con la victoria, no dudaron subir detrás de ellos al puesto
desigual y atacar las fortificaciones. Sólo defendían los reales unas cohortes
que Farnacés había dejado de guarnición, y así con gran presteza los tomaron.
Muerta o prisionera la mayor parte de los suyos, Farnacés, a quien si la toma
de los reales no hubiera dado tiempo oportuno para escaparse, hubiera sido
traído vivo a la presencia de César, se puso en salvo con unos cuantos
caballos.
LXXVII.
Con esta
victoria tantas veces vencedor, recibió César una increíble alegría, por ver
concluida en tan breve tiempo una guerra muy importante; y tanto más gozoso
estaba, acordándose del repentino riesgo, porque había resultado una victoria
fácil de un lance muy apurado. Recobrado el Ponto repartida a los soldados toda
la presa del ejército real, partió al día siguiente con la caballería ligera,
mandó salir del campo a la legión sexta y tomar la vuelta de Italia, para
recibir los premios y honores merecidos, envió a su casa las tropas auxiliares
de Deyotaro, y dejó en el Ponto dos legiones al cargo de Celio Vinciano.
LXXVIII.
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Marchó al
Asia por Galogrocia y Bitinia; oyó y compuso las diferencias de estas
provincias, dio maneras de gobierno a los reyes, tetrarcas y ciudades. A
Mitrídates Pergameno, que con tanta prontitud y felicidad dijimos había hecho
su expedición a Egipto, descendiente de sangre real y criado en sus artes y
doctrinas (porque Mitrídates, rey de toda el Asia, le trajo siendo niño por su
nobleza de Pérgamo a sus reales y le tuvo muchos años consigo), le nombró rey
del Bósforo, que antes estaba sujeto a Farnacés; y puesto en aquella parte este
rey muy afecto suyo, fortaleció las provincias del Pueblo Romano contra los
bárbaros enemigos. A este mismo adjudicó la tetrarquía de Galo recia por las
leyes, por el derecho de su familia y parentesco, ocupada y poseída pocos años
antes por Deyotaro. Con todo esto, en ninguna parte se detuvo más de lo que
parecía daba lugar la necesidad de las disensiones de Roma; y así, concluidas
estas cosas con tanta prontitud y felicidad, llegó a Italia mucho más presto de
lo que todos pensaban.
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2.
Comentarios de la guerra de África Anónimo
I.
Por sus
marchas contadas, sin intermisión alguna, llegó César a Lilibeo a 19 de
diciembre; y desde luego manifestó su deseo de embarcarse, no teniendo más que
una legión recién levantada y apenas seiscientos caballos. Puso su tienda junto
a la misma orilla del mar, de suerte que casi la batían las olas, y esto con el
fin de que nadie esperase detención y todo el mundo estuviese pronto cada día y
a cada hora para la salida. No logró en aquellos días buen tiempo para hacerse
a la vela, pero, sin embargo, tenía las tropas y remeros a bordo, por no perder
cualquiera ocasión de hacerse a la mar; especialmente porque le avisaban de la
provincia, que eran muchas las tropas de los enemigos, infinita la gente de a
caballo, cuatro legiones del rey Juba, gran multitud de tropa ligera, diez
legiones de Escipión, ciento veinte elefantes, y armadas muy numerosas. Más no
por eso se acobardaba, superior a todo con su valor y confianza. Entre tanto,
se acrecentaba cada día el número de galeras, acudían muchas naves de transporte
y venían a incorporársele más legiones de soldados bisoños, y entre ellas la
quinta veterana y dos mil caballos.
II.
Juntas,
pues, seis legiones y dos mil hombres de a caballo, conforme iban llegando las
tropas las hacía embarcar en las galeras,
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y la
caballería en los transportes. Dio orden de que se adelantase la mejor parte de
la escuadra, y tomase el rumbo de la isla Aponiana, que no está lejos de
Lilibeo. Él se detuvo todavía algunos días y vendió en pública almoneda los
bienes de algunos particulares. Comunicó después las instrucciones convenientes
al pretor Alieno, que gobernaba la Sicilia, y encargándole que embarcase con
prontitud el resto del ejército, se hizo a la vela el 27 de diciembre y tardó
poco en alcanzar la primera división de su escuadra. Llevando buen viento y una
nave muy ligera, llegó a los cuatro días a la vista de África con algunas
galeras; pues las naves de carga, a excepción de muy pocas, arribaron dispersas
y errantes por el temporal a diversos parajes. Pasó con su escuadra a la vista
de Clupea, de Neápolis, y de otros muchos pueblos y castillos situados en la
orilla del mar.
III.
Habiendo
llegado a Mahometa, que estaba ocupada con guarnición enemiga bajo el mando de
C. Considio, se alcanzó a ver desde Clupea a lo largo de la costa a Cn. Pisón
con la caballería de la plaza y cerca de tres mil moros. César se detuvo algún
tanto a la entrada del puerto por esperar el resto de la escuadra, y al cabo
desembarcó su ejército, que constaba por entonces de tres mil infantes y ciento
cincuenta caballos. Acampó delante de la ciudad, se fortificó sin oposición
alguna y prohibió absolutamente que nadie saliese a robar ni talar la tierra.
Los de la ciudad, coronaron de gente la muralla y acudieron en gran número a
las puertas para defenderse,
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teniendo
dos legiones dentro de la plaza. Salió César a dar la vuelta a caballo, y
reconocida la naturaleza del sitio, se volvió a los reales. No faltó quien
atribuyese a culpa e imprudencia suya el no haber señalado a los pilotos y
capitanes lugar determinado adonde dirigirse, ni dádoles órdenes cerradas, como
solía en otras ocasiones, para que abriéndolas a cierta altura, siguiesen todos
un mismo rumbo. No se le pasó esto a César, sino que sospechaba que ningún
puerto de África adonde arribasen sus naves estaría seguro y libre de las
guarniciones enemigas, y así quería que aprovechasen la ocasión que se
presentase de saltar en tierra.
IV.
Entre tanto
le pidió permiso su lugarteniente L. Planeo para entrevistarse con Considio,
por si se le podía traer a la razón por algún camino. Obtenida licencia, le
escribió una carta y se la entregó a un esclavo, para que la llevase a la
ciudad a manos de Considio. Apenas llegó el esclavo y alargó la carta como se
le había mandado a Considio, le preguntó éste, antes de recibirla, de parte de
quién venía.
Respondió
el cautivo: «De parte del capitán general César», a lo que replicó Considio:
«El único general del Pueblo Romano es al presente Escipión. »
Dicho esto,
mandó dar muerte al esclavo a su presencia y sin leer la carta, cerrada como
estaba, se la entregó a persona segura para que la llevase a manos de Escipión.
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V.
Después
que, consumido un día y una noche delante de la ciudad, ni Considio daba
respuesta alguna, ni llegaban a incorporársele las demás tropas, ni tenía
bastante caballería, ni suficientes fuerzas para atacar la plaza, y las tropas
con que se hallaba eran bisoñas, a las cuales no quería exponer acabadas de
llegar, a que fuesen maltratadas; siendo por otra parte considerable la
fortificación de la ciudad, y difícil la entrada para combatirla, y habiendo
tenido noticia de que venía en su socorro un número considerable de gente de a
caballo, no tuvo por conveniente pararse a combatir la plaza, no fuese que, en
tanto, se viese cercado por la espalda por la caballería enemiga.
VI.
Al levantar
el campo hicieron de repente una salida de la plaza, y al mismo tiempo vino a
socorrerles casualmente la caballería que enviaba el rey Juba a recibir su
sueldo; se apoderaron de los reales de donde acababa de salir César y empezaron
a perseguir su retaguardia. A vista de esto hicieron alto los legionarios, y
aunque los caballos eran pocos, hicieron frente con grande ánimo a tanta
multitud. Parecerá increíble lo que sucedió, que menos de treinta caballos
franceses desalojasen a dos mil moros y los retirasen hasta la ciudad. Como
fueron rechazados y forzados hasta dentro de sus reparos, prosiguió César la
marcha comenzada. Mas como hiciesen lo mismo frecuentemente, y unas veces
persiguiesen a los nuestros y otras fuesen rechazados por los caballos hasta la
ciudad, colocó
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César en la
retaguardia algunas de las cohortes veteranas con que se hallaba y parte de la
caballería, y empezó a marchar tranquilamente con las restantes. Así cuanto más
se alejaba de la plaza, menos ardimiento mostraban los númidas para
perseguirle. Sobre la marcha vinieron a presentársele las diputaciones de las
ciudades y castillos inmediatos, ofreciéndole víveres, y estar prontos a
recibir sus órdenes en todo. Así este mismo día, que era el primero de enero,
acampó cerca de Mahadia.
VII.
Desde aquí
pasó a Lebeda, ciudad libre e independiente, de la que le salieron a recibir
diputados, prometiéndole hacer lo que les mandase de buena voluntad. Él mandó
posar a las puertas guardias y centuriones, para que ningún soldado entrase en
la plaza, ni se hiciese daño alguno a los habitantes, y acampó no lejos de la
ciudad sobre la orilla del mar. Aquí arribaron casualmente algunos de sus
transportes y galeras, y tuvo noticia que las demás, no sabiendo donde había él
arribado, parecía que se dirigían a Útica. Con este aviso no se apartaba del
mar, ni entraba tierra adentro por la dispersión de sus naves, ni aun permitió
que desembarcase la caballería, a lo que creo, porque no se talase la campaña,
y allí mismo les mandaba llevar el agua. Algunos de sus remeros, que saltaron
en tierra para hacer aguada, fueron sorprendidos de repente por la caballería
de los moros, sin que pensasen en ello los cesarianos. Muchos de ellos fueron
heridos con flechas y algunos mataron, porque se ocultan con los caballos emboscados
en los
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valles, de
donde salen de repente, pero sin ser parte para venir a las manos en campo
raso.
VIII.
En este
intermedio despachó César mensajeros con cartas a Cerdeña y a las demás
provincias inmediatas, para que luego que recibiesen sus cartas, procurasen
enviarle tropas y víveres, y habiendo desocupado parte de las galeras, envió a
Rabino Póstumo a Sicilia, para que condujese otro segundo convoy. Al mismo
tiempo destacó diez galeras, que saliesen en busca de las restantes naves de
carga que se habían dispersado y también para asegurar el paso libre del mar.
Dio orden
igualmente al pretor C. Salustio Crispo de partir con otra división hacia la
isla de Cercara, de que estaban apoderados los enemigos, y donde tenía noticia
de que había una gran porción de trigo. Esto mandaba y encargaba a cada uno de
tal manera, que si fuese posible ni hubiese lugar a excusa alguna, ni la
tergiversación ocasionase la menor tardanza. Entre tanto, informado por los
desertores y naturales de las gravosas condiciones con que Escipión y los demás
hacían la guerra, se compadecía, al ver obligado a Escipión a mantener a su
costa en la provincia la caballería del rey Juba, de que hubiese hombres tan
inconsiderados que prefiriesen ser tributarios de un rey al vivir con descanso
en su patria, en sus haciendas y entre los suyos.
IX.
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A los tres
días del mes de enero levantó César el campo y dejando en Lebeda seis cohortes
de guarnición al mando de Saserna, se volvió con el resto de las tropas a
Mahadia, de donde antes había salido. Dejó aquí el equipaje del ejército y
salió él mismo con un campo volante a buscar trigo en los pueblos inmediatos,
dando orden a los vecinos de Mahadia de que le siguiesen con carros y
caballerías.
Hallada
abundante provisión, se restituyó a la ciudad, lo cual creo que hizo para no
dejar a sus espaldas ciudades marítimas exhaustas y para que hallase la armada
estas acogidas aseguradas con guarniciones.
X.
Con este
designio, dejando aquí a P. Saserna, hermano del que había quedado en la
inmediata ciudad de Lebeda, con una legión, y encargándole que hiciese conducir
mucha porción de leña a la ciudad, partió con siete cohortes de las tropas
veteranas, que habían servido en la escuadra con Sulpicio y Vatinio, y llegando
a un puerto que distaba dos millas de la ciudad, se embarcó con su tropa a la
caída de la tarde, ignorantes todos los del ejército e inquiriendo su designio.
Tomóles a todos un gran sobresalto y pesadumbre, viéndose expuestos en el
África con una pequeña tropa, y esa bisoña, y aun no desembarcada toda, contra
numerosos ejércitos, en medio de una gente pérfida, y de innumerables tropas de
a caballo, sin esperar por entonces auxilio ni consuelo alguno en el consejo de
los suyos, sino sólo en el semblante, en el espíritu y
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alegría del
General, que manifestaba siempre su grande ánimo y confianza. Con él se
aquietaban todos, esperando que nada habría difícil para ellos, conducidos por
su sabiduría y experiencia.
XI.
Después de
haber pasado la noche en las naves, se preparaba César para partir al amanecer,
cuando de improviso parte de aquellas que le daban más cuidado venían por
casualidad hacia la misma costa. Visto esto, mandó que todos los suyos saltasen
en tierra y que armados en la ribera, esperasen a los demás soldados que iban
llegando. Así recibiendo sin tardanza aquellas naves dentro del puerto, se
restituyó otra vez a Mahadia con toda su infantería y caballería, y sentado
aquí su real, partió en busca de trigo con treinta cohortes a la ligera. Por
esto se conoció que había sido su designio salir con la escuadra a dar socorro
a las naves de carga dispersas, sin que lo supiesen los enemigos, para que no
cayesen casualmente descuidadas en manos de la armada contraria. Y esto lo
había querido ocultar a sus tropas, que quedaban en las guarniciones, temiendo
no se desanimasen por su corto número y la multitud de los enemigos.
XII.
Estando ya
cerca de tres millas distante de sus reales le avisaron sus espías y
corredores, que habían alcanzado a ver no lejos las tropas de los enemigos, y
con efecto se empezó a distinguir casi al mismo tiempo una gran polvareda. En
vista de esto mandó César
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que se
juntase al instante toda la caballería, de que se halló entonces con bien corto
número, y los pocos flecheros que había sacado de los reales, y que le
siguiesen muy despacio las legiones formadas en batalla, y él tomó la delantera
con una pequeña tropa. Ya que se podía distinguir a lo lejos al enemigo, dio
orden de que se pusiesen los yelmos y se previniesen para la batalla. Entre
todas sus tropas componían treinta cohortes, con cuatrocientos caballos y
algunos flecheros.
XIII.
Los
enemigos, mandados por Labieno y los dos Pacidios, formaron un frente muy
dilatado, compuesto, no de infantería, sino de caballería, mezclados con ella
númidas armados a la ligera y flecheros a pie. Era tan espesa la formación, que
a lo lejos los tuvieron los nuestros por un grueso de infantería; además habían
cubierto las alas a derecha e izquierda con considerable número de gente de a
caballo. César formó su ejército en una sola línea, según podía con su poca
gente, puso delante del centro a los flecheros y a los lados los caballos,
encargándoles mucho cuidasen no ser cercados por la multitud de la caballería
enemiga, pues juzgaba que iba a pelear contra la infantería.
XIV.
Unos y
otros estaban en expectativa. César no hacía movimiento alguno, conociendo que
con tan corto número y contra tan grandes fuerzas le era preciso pelear más con
el artificio que con las fuerzas.
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En esto
empezó a extenderse de repente la caballería enemiga, tomando las alturas para
inutilizar la de César y prepararse al mismo tiempo para cercarla. Con
dificultad se sostenía la caballería de César contra tanta multitud.
Disponíanse los dos centros a embestirse, cuando salieron corriendo de
improviso de su apretada línea los númidas, armados a la ligera, junto con los
caballeros y dieron sus descargas a nuestros legionarios.
Cargaron
éstos sobre ellos, y entonces se retiraban los caballos, haciendo frente la
infantería, mientras que, renovando los caballos la carrera, acudían a su
socorro.
XV.
Conociendo
César que en este nuevo género de pelea, al correr sus soldados detrás de los
enemigos, perdían su formación (porque mientras la infantería perseguía a los
caballos lejos de las banderas, descubría el flanco al tiro de los númidas
inmediatos, y la caballería enemiga, dando a correr, escapaba fácilmente de las
flechas de los nuestros), mandó publicar por todas las filas que ningún soldado
se adelantase más de cuatro pies de las banderas. La caballería de Labieno,
fiado en su multitud, intentó cercar el corto número de César. Éstos, viéndose
pocos, cansados de resistir a tantos enemigos y heridos los caballos, empezaron
a ceder algún tanto y los contrarios a cargarlos más y más. Así que, rodeados
en un instante todos los legionarios por la caballería enemiga y reducidos a un
pelotón, se veían en precisión de pelear todos dentro de aquel estrecho.
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XVI.
Andaba
Labieno a caballo, con la cabeza descubierta, en la primera fila, unas veces
exhortando a los suyos, y hablando otras con los legionarios de César de esta
manera: « ¿Qué es esto, soldados bisoños? ¡Qué fieros estáis! ¿También os ha
infatuado ése con sus vanas palabras? Por cierto que os ha traído a un grande
peligro. Me compadezco de vosotros.» Entonces, tomando la palabra uno de
nuestros soldados, le dijo: «No soy novicio, Labieno, sino veterano de la
décima legión. » Replicóle Labieno: «No conozco las banderas de los decumanos.
» A lo que volvió el soldado diciendo: «Pues ahora me conocerás a mí. » Y al
mismo tiempo se quitó el yelmo para que pudiera conocerle y en este ademán
lanzó un dardo con gran fuerza, que errando a Labieno, se entró buena pieza por
los pechos de su caballo. Entonces le dijo: «Mira, Labieno, cómo es soldado
decumano el que te hiere». Con todo, desmayaban los ánimos, y en particular los
de los soldados bisoños, puestos los ojos en César, y sin hacer otra cosa que
evitar los dardos enemigos.
XVII.
César, que
penetraba sus designios, mandó extender la frente de su ejército lo más que se
pudiese, y que las cohortes diesen un cuarto de conversión, para cargar al
enemigo una después de otra. Así dividió por medio la corona de los enemigos a
derecha e izquierda, y acometiendo con la infantería y caballería a la una
parte separada de la otra, la desbarató con los dardos y la puso en fuga; y no
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atreviéndose
a seguir el alcance por temor de alguna emboscada se volvió a los suyos; la
otra parte de infantería y caballería de César hizo lo mismo. Con este buen
suceso, rechazados bien lejos, y muy heridos los enemigos, se retiró a sus
reparos en la misma formación.
XVIII.
A este
tiempo llegaron a socorrer a Labieno M. Petreyo y Cn. Pisón con mil y cien
caballos escogidos de los númidas y un grueso considerable de infantería de la
misma nación. Recobrados aquéllos de su terror con este refuerzo y renovados
sus alientos, revolvieron los caballos sobre los legionarios de la retaguardia,
que se iba retirando, y empezaron a estorbarles la vuelta de los reales.
Advertido
esto, mandó César hacer alto a su gente y renovar la batalla en medio del
llano. Peleaban los enemigos del mismo modo que antes, sin acabar de venir a
las manos. La caballería de César, fatigada del viaje por mar, de sed, de
descaecimiento, del corto número y de las heridas, estaba casi inútil para
perseguirlos y perseverar en la carrera; además, quedaba ya muy poca parte del
día. Así que, dando César una vuelta a las cohortes y a la caballería, mandó
que saliesen todos a un tiempo contra los enemigos y no parasen hasta
rechazarlos de la otra parte de los últimos cerros y quedar señores de ellos.
Hecha la señal cuando ya los enemigos daban sus descargas con menos esfuerzo y
más descuido, echó sobre ellos de repente sus cohortes y escuadrones de a
caballo. Desalojaron éstos en un instante de la campaña a los enemigos con
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poca
dificultad, los persiguieron hasta de la otra parte de los collados, donde
hallando puesto conveniente, se detuvieron un rato para repararse, y se
volvieron retirando formados como estaban a sus fortificaciones, y asimismo los
contrarios muy maltratados, se fueron recogiendo al cabo a las suyas.
XIX.
Después de
esta refriega vinieron muchos desertores del campo prisioneros de a pie y de a
caballo. Se supo de éstos que el designio de los contrarios había sido
desbaratar con aquel nuevo y nunca usado género de pelea a los soldados bisoños
y pocos legionarios, y acabar con ellos cercándolos, a ejemplo de los de
Curión, con la caballería; y que había dicho Labieno en una junta, que
suministraría a los contrarios tantos refuerzos, que aun venciendo, cansados de
vencer, quedarían desbaratados por los suyos, como quien ponía su confianza en
la multitud, y esto por varias razones: Lo primero, porque le habían dicho que
las tropas veteranas estaban en Roma divididas en facciones, y no querían pasar
al África; lo segundo, porque con la costumbre de tres años, que tenía bajo su
mando aquellas tropas en provincia, contaba de seguro con su fidelidad, y
además por el gran número de caballería e infantería ligera de númidas
auxiliares con que se hallaba. Tenía también caballos alemanes y franceses, que
habían llevado consigo de Brindis, recogidos de la derrota de Pompeyo, y otros
levantados allí mismo de criollos, libertinos y siervos, a quienes había armado
y enseñado a manejar con freno los caballos. Añadíanse a todas estas
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tropas las
auxiliares del rey Juba, ciento veinte elefantes, innumerables tropas de
caballería y legiones alistadas de toda especie de gente, que componían más de
doce mil hombres. Lleno Labieno de esperanza y atrevimiento, al frente de mil
seiscientos caballos alemanes y franceses, de ocho mil númidas, de los que no
usaban de frenos, de otros mil cien caballos que le envió Petreyo, de un cuerpo
cuatro veces doble de infantería, de muchísimos honderos y flecheros de a pie y
de a caballo, vino a atacar a César en campo raso, el 4 de enero, a los cuatro
días de haber llegado al África. Peleóse desde las once de la mañana hasta
después de puesto el Sol. Petreyo, herido gravemente, se vio precisado a
retirarse del campo de batalla.
XX.
Entre
tanto, fortificaba César su campo con mayor diligencia, aseguraba los fuertes
con más tropas y trabajaba dos trincheras al mismo tiempo: una desde Mahadia
hasta el mar, y otra desde su campo también al mar, para poderlas comunicar
entre sí fácilmente y recibir con más seguridad los refuerzos que le viniesen.
Hacía conducir las armas y máquinas desde las naves a los reales, armaba y
mandaba venir al campo los marineros y remeros franceses y rodios, para ver si
podía mezclar, como los enemigos, tropas ligeras entre la caballería, y
acrecentaba el ejército con muchos flecheros de las naves de Siria y Palestina.
Porque tenía noticia que dentro de tres días después de aquella batalla
llegaría Escipión e incorporaría sus tropas con las de Petreyo y Afranio, que
decían ser hasta ocho
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legiones y
cuatro mil caballos. Asimismo hacía fabricar talleres para hacer armas, cuidaba
de que se fabricasen dardos y flechas, fundía balas, preparaba chuzos,
despachaba mensajeros y cartas a Sicilia para que le enviasen materiales para
arietes, de que había escasez en África, y además prevención de hierro y plomo.
Tampoco se
olvidaba que en África no podía tener trigo sino de transporte, porque el año
anterior, por las levas de los contrarios, que sacaron los labradores para la
milicia, no había habido cosecha, y además habían retirado el trigo de toda la
provincia a pocas plazas, y ésas bien fortalecidas, dejando exhausta y
destruida toda la tierra. A esto se añadía el arruinar y poner por el suelo
todas las ciudades, a excepción de las pocas que podían mantener con sus
guarniciones, obligando a los naturales a pasarse a vivir a sus presidios, con
que estaban taladas y abrasadas todas las campiñas.
XXI.
Reducido
César a esta escasez, había podido juntar en sus reales alguna porción de
trigo, solicitando y halagando a varios particulares, el cual administraba con
mucha economía. Entre tanto visitaba diariamente sus reparos, alternando las
guardias con las cohortes, por la multitud de los contrarios. Labieno mandó que
todos los heridos de su campo, que eran muchísimos, fuesen conducidos en carros
a Mahometa. Andaban entre tanto perdidas malamente las naves de carga de César
e inciertas del paraje donde estaba acampado su general, y habiéndolas atacado
separadamente las lanchas de la escuadra enemiga, unas habían incendiado y
otras
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regresado.
Informado César de esto, dispuso varios cruceros con su escuadra cerca de las
islas y puertos, para asegurar sus convoyes.
XXII.
Marco
Catón, que tenía a su cargo la ciudad de Útica, no cesaba de solicitar y
apremiar continuamente a Cn. Pompeyo el mozo: «Tu padre, le decía, a la edad
que tú tienes, viendo oprimida la República por malos y atrevidos ciudadanos y
que los hombres de bien, o eran muertos, o desterrados carecían de la ciudad y
la patria, animado del deseo de gloria y de su grande espíritu, siendo un mero
particular, recogió las reliquias del ejército de su padre y restituyó la
libertad a Italia y a la ciudad de Roma oprimidas y casi enteramente
arruinadas; y con increíble prontitud recobró por armas la Sicilia, el África,
la Numidia y la Mauritania, con cuyas hazañas adquirió aquella reputación tan
esclarecida y famosa en todas las naciones. De muy corta edad y siendo sólo un
caballero romano, mereció la gloria del triunfo. Y él entró en el gobierno de
la República sin tener que sostener ni los esclarecidos hechos de su padre, ni
una sobresaliente dignidad de tus antepasados. Tú, al contrario, que gozas de
la reputación y dignidad de tu padre, y que por ti mismo eres dotado de
suficiente espíritu y actividad, ¿no te esforzarás y saldrás a pedir a los
amigos de tu padre que tomen a su cargo tu propia defensa, la de la República y
la de todos los buenos?»
XXIII.
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Movido el
joven con estas instancias de un varón tan grave, partió de Útica la vuelta de
Mauritania con hasta treinta embarcaciones de varios portes, entre las cuales
había muy pocas armadas allí mismo en guerra. Entró por el reino de Bogud y con
un grueso de dos mil hombres entre siervos y libres, parte armados y parte
desarmados, enderezó su marcha a la ciudad de Ascuro, donde había guarnición
del rey. Los moradores, viendo venir a Pompeyo, le dejaron acercar hasta que
estuviese inmediato a la muralla y a las puertas, y entonces, haciendo una
salida de repente, dieron sobre los pompeyanos, que, sorprendidos y
desbaratados, tuvieron a bien acogerse a las naves. Con este mal suceso no
volvió a parecer más Cn. Pompeyo en aquella costa, sino que tomó con su escuadra
la derrota de las islas Baleares.
XXIV.
Escipión,
por su parte, habiendo dejado en Útica una buena guarnición, vino a acampar
primeramente con las tropas que dijimos arriba sobre Mahometa, y al cabo de
algunos días que se detuvo aquí, caminando de noche se incorporó con las tropas
de Petreyo y Labieno, y formado un solo campo, se fijaron a tres millas de
distancia de aquella plaza. No dejaba su caballería de hacer continuas
correrías alrededor de las fortificaciones de César y sorprender a los que se
alejaban de las trincheras por causa de traer forraje y agua. De esta manera
los obligaban a mantener dentro de sus reparos, o por lo cual llegaron a
padecer los Cesarianos mucha escasez, así por no haber llegado todavía víveres
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de Sicilia
ni de Cerdeña, como por no poder subsistir las escuadras en el mar sin riesgo
por la estación del año, y no tener en toda el África más terreno adonde
extenderse que seis millas para buscar forraje, de que se vieron en suma
escasez. De la cual movidos los veteranos y la gente de a caballo, que se
habían hallado en muchas guerras de mar y tierra y se habían visto otras reces
en iguales peligros y escasez, sacaron del mar porción de ovas, y lavadas en
agua dulce, se las daban a los caballos hambrientos, y así les alargaban las
vidas.
XXV.
En este
estado, noticioso el rey Juba de los trabajos en que se veía César y del corto
número de sus tropas, pensó que no convenía darle tiempo para rehacerse y
aumentar sus fuerzas. Y así salió de su reino, con un grueso considerable de
infantería y caballería, y se puso en marcha para socorrer a sus aliados. Por
otra parte P. Sicio y el rey Bogud, sabida la marcha de Juba, juntaron sus
fuerzas, y se fueron acercando a su reino. Pusiéronse sobre Constantina, la
ciudad más rica en todo el reino, y a pocos días la tomaron con otras dos
pertenecientes a los getulos. Propusieron a sus moradores la condición de que
saliesen Ubres entregando la plaza, y no queriendo admitirla, fueron después
tomados de sobresalto y pasados a cuchillo. Pasaron adelante talando los campos
y asolando los pueblos. Avisado de esto el rey Juba, hallándose ya muy cerca
del campo de Escipión y sus capitanes, entró en consideración de que le estaría
mejor acudir a socorrer su reino que no ser despojado
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de él y
perderlo todo por ir a dar auxilio a otros. Y así volvió a retirarse temeroso
de sus estados, llevándose consigo las tropas auxiliares que estaban en el
campo de Escipión y dejándole solos treinta elefantes, a dar socorro a sus
tierras y ciudades.
XXVI.
Informado
César de que se dudaba todavía en la provincia de su venida, pues nadie creía
que fuese él, sino algún lugarteniente suyo, el que había pasado al África con
tropas, hizo saber su llegada a toda la provincia por cartas circulares.
Entonces salieron huyendo de sus ciudades muchos sujetos principales, y
acudieron a los reales de César, a quien hicieron relación de la fiereza y
crueldad de sus enemigos. Movido César de sus querellas y lágrimas, habiendo
antes determinado hacer la guerra desde sus atrincheramientos, pensó en salir a
campaña luego que entrase el buen tiempo y tuviese juntas sus tropas y las
auxiliares. Y así escribió al instante a Alieno y a Rabirio Póstumo, con una
lancha, para que lo más pronto que les fuera posible le enviasen sus tropas sin
la menor tardanza ni excusa del invierno y los vientos. Porque perecía la
provincia de África arruinada por el furor de sus enemigos, y si no se
socorrían con prontitud a aquellos aliados, a excepción del suelo de África, ni
un techo adonde recogerse les dejaría en pie el furor y maldad de aquella
gente. Y era tal la priesa y expectación que le combatía, que al día siguiente
de haber enviado las cartas y avisos a Sicilia, ya decía que tardaba la
escuadra y el ejército, teniendo continuamente de día y de noche en atalaya del
mar su vista y sus pensamientos. Y
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no es
maravilla, considerando que eran abrasados los pueblos, talados los campos,
robados o muertos los ganados, desamparadas y puestas por el suelo las ciudades
y castillos, asesinados o encerrados en prisiones los sujetos más distinguidos
de los pueblos, arrebatados sus hijos con pretexto de rehenes a la servidumbre,
y que en tantas miserias, implorando los infelices su socorro, no los podía
favorecer por el corto número de sus tropas. Entre tanto, ocupaba a los
soldados en las obras, fortificaba los reales, levantaba torres y castillos, y
continuaba sus reparos hasta el mar.
XXVII.
Escipión
entre tanto amaestraba a los elefantes de esta manera: formaba dos escuadrones,
uno de honderos contra los elefantes, que estuviese como en lugar de ejercitó
enemigo, y les disparase piedrecitas hacia su frente; ordenaba después la línea
de los elefantes, y detrás de ellos el resto del ejército, para que cuando
diesen los contrarios la descarga de piedras y los elefantes amedrentados
quisiesen acogerse a los suyos, los hiciesen ésos volver con otra carga de
piedras contra los enemigos. Pero esto se hacía muy lentamente y con muchísimo
trabajo, pues siendo duros por sí los elefantes, y torpes, aun con muchos años
de continuo ejercicio y disciplina, siempre se les saca a campaña igualmente
expuestos a dañar al amigo que al enemigo.
XXVIII.
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Mientras
daban estas disposiciones junto a Mahadia los generales de uno y otro ejército,
habiendo advertido Cayo Virgilio, pretorio, que tenía a su cargo a Tapso,
ciudad marítima, que andaban errantes algunas naves de César con tropas de
desembarco, y deseando aprovechar la ocasión, armó de flecheros y soldados una
nave ligera que tenía e incorporando con ella lanchas de otras naves, empezó a
dar caza a cada una de las naves de César. Atacó algunas, por las cuales fue
rechazado con pérdida suya, mas no desistiendo por eso de su intento, vino a
dar casualmente sobre una en que iban dos mozos españoles llamados Ticios,
tribunos de la quinta legión, a cuyo padre había elegido César senador, y en su
compañía T. Salieno, Centurión de la misma legión, que había cercado en Mesina
al lugarteniente M. Mésala, y le había hablado con palabras sediciosas, y había
procurado ocultar y retener el dinero y adornos del triunfo de César; por todo
lo cual temía llegar a su presencia. Y así, incitado del remordimiento de sus
muchos delitos, persuadió a los dos mancebos que no se resistiesen, sino que se
entregasen a Virgilio. Éste los envió al instante a Escipión, por quien
mandados prender, fueron muertos al cabo de tres días. Dicen que cuando los
conducían al suplicio, suplicó el mayor de los dos Ticios a los centuriones que
le diesen a él muerte primero que a su hermano, lo cual ellos le otorgaron
fácilmente, y así acabaron.
XXIX.
En este
intermedio no dejaban de trabarse diariamente algunas escaramuzas entre los
escuadrones de caballos que los dos
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generales
tenían apostados delante de las trincheras, y a veces se hablaban también sobre
seguro los caballeros franceses y alemanes de Labieno con los de César. Trató
Labieno a la sazón de asaltar y entrar por fuerza la ciudad de Lebeda, que
estaba a cargo de Saserna con tres cohortes, pero la defendían éstas fácilmente
y con poco riesgo, por estar grandemente fortalecida y bien provista de
máquinas de guerra. Más no cesando la caballería enemiga de acudir sobre ella,
como se acercase un grueso escuadrón a una puerta, disparado diestramente un
escorpión, y herido el mismo comandante de manera que vino clavado al suelo,
los demás atemorizados se retiraron huyendo a los reales, con que se les
amortiguó para adelante el deseo de hacer otra tentativa sobre la ciudad.
XXX.
Escipión
formaba su ejército casi todos los días como a la distancia de trescientos
pasos de sus reales, y manteniéndose así la mayor parte del día, volvía a
retirarse a sus reparos. Como hiciese esto varias veces y nadie saliese fuera
del campo de César, ni se acercase a sus tropas, haciendo menosprecio de la
paciencia de César y de su gente, sacó a un mismo tiempo todas sus tropas,
colocó al frente de ellas los treinta elefantes, con torres encima, y formando
un frente muy dilatado con la multitud de tropas de a pie y de a caballo, se
puso en orden de batalla a corta distancia de los reales de César.
XXXI.
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A vista de
esto, mandó César a los soldados que habían salido fuera de los repartos y a
los que estaban a buscar forraje o leña, o a fortalecer las trincheras, y a
otras maniobras necesarias para este efecto, que sin precipitación ni alboroto,
pocos a pocos, y con modesto ademán, se fuesen retirando y colocando en las
obras; y ordenó también a los caballos que estaban al frente del campo que
mantuviesen su puesto hasta que llegasen a ellos los tiros de los enemigos, y
que si se acercaban más, se retrajesen con una honrosa retirada. Asimismo dio
orden al resto de la caballería que cada uno estuviese pronto y prevenido en su
puesto.
Todas estas
órdenes no las daba por sí desde la trinchera, sino, como sabio en el arte de
mandar, sentado en su tienda, mandaba lo que se había de hacer por sus
oficiales y corredores, conociendo que, aunque confiaban mucho los contrarios
en el número de sus tropas, con todo eso, desbaratados, deshechos y aterrados
por él muchas veces, les había concedido las vidas y perdonado sus delitos. Por
lo cual nunca su misma flaqueza y el propio conocimiento les daría tal
confianza de la victoria que se atreviesen a acometerle en sus reales. Además
de esto, su nombre y autoridad disminuían notablemente la animosidad le aquel
ejército; y las grandes fortificaciones de su campo, la altura de las
trincheras y fosos, y los abrojos fuera de las trincheras cubiertos con admirable
artificio, bastaban para estorbarles la entrada sin más defensa; a lo que se
añadía mucha prevención de escorpiones, catapultas y demás armas que se suelen
prevenir para una defensa. Todos estos reparos tenía dispuestos por el corto
número y poca experiencia de
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sus tropas;
no movido de las fuerzas o de temor de los enemigos, se les mostraba tímido y
sufrido, ni dejaba de sacar sus tropas al campo de batalla, aunque pocas y
bisoñas, porque desconfiase de la victoria, sino por parecerle muy importante
de qué calidad fuese ésta. Porque tenía por poco honroso para sí, después de
tantas hazañas, tantos ejércitos vencidos y tan esclarecidas victorias, que se
pensase había conseguido ahora una muy costosa de los despojos de sus
contrarios, recogidos de una fuga. Y así tenía resuelto sufrir sus bravatas y
altanería, hasta que en otro convoy le viniese alguna parte de sus tropas
veteranas.
XXXII.
Escipión,
como dije antes, se mantuvo un rato así formado, y luego, como dando a entender
que había hecho menosprecio de César, retiró muy despacio sus tropas a los
reales, y convocando una junta, les habló del terror y desesperación del
ejército contrario y les animó prometiéndoles en breve una victoria cierta.
César mandó a sus soldados que volviesen a las obras, sin permitir que
estuviesen un instante ociosos los bisoños, con pretexto de las
fortificaciones.
Los númidas
y getulos desertaban todos los días de los reales de Escipión; parte de los
cuales se retiraban a sus tierras, y parte, por hallarse obligados de los
beneficios de C. Mario y tener noticia de que César era su pariente, acudían en
gran número a sus reales diariamente. Él escogió entre todos los getulos
algunos sujetos principales, y dándoles cartas para su tierra, los despachó
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animados a
levantar algunas tropas, a defenderse a sí y a los suyos, y a no obedecer a los
contrarios.
XXXIII.
Mientras
pasaba esto en Mahadia, llegaron mensajeros a César de Acila, ciudad libre, y
de otras partes, ofreciéndole estar prontos a cuanto les mandase. Sólo le
pedían, para poderlo hacer con menor riesgo, les diese alguna guarnición, y
ellos suministrarían por el bien común trigo y otra cualquier cosa que
tuviesen. Lo cual logrado fácilmente de César, mandó a Cayo Mesio, que había ya
sido edil, que partiese a Acila con la guarnición. Avisado de esto Considio
Longo, que estaba en Mahometa con dos legiones y setecientos caballos, dejando
aquí parte de la guarnición, partió prontamente la vuelta de Acila con ocho
cohortes. Mesio hizo más presto su jornada, y entró con la guarnición en la
plaza. Cuando llegó cerca Considio y supo que estaba ocupada con guarnición de
César, no quiso aventurarse, y se volvió otra vez a Mahometa sin haber hecho
nada, sin embargo del excesivo número de su gente; pero de allí a pocos días le
envió Labieno tropas de a caballo, con lo que puso sus reales sobre Acila.
XXXIV.
Llegó por
este tiempo a Cercara Salustio Crispo, a quien dijimos que había despachado
César pocos días antes con una escuadra. Con su llegada el cuestor C. Decimio,
que cuidaba allí de la dirección de los convoyes enemigos, con una buena
escolta de criados suyos,
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escapó
huyendo en un pequeño barco que pudo alcanzar. Fue recibido Salustio de los
cercarenses como pretor, y hallando gran porción de trigo, le envió a los
reales de César en las naves de transporte, de que había allí bastante
abundancia.
A este
mismo tiempo embarcó también el procónsul Alieno en Lilibeo las legiones trece
y catorce con ochocientos caballos franceses y otros mil hombres además entre
honderos y flecheros, y envió a César este segundo convoy. Estas naves tuvieron
tan buen viento, que arribaron a los cuatro días al puerto de Mahadia, donde
César tenía sus reales. Gozoso entonces con dos motivos de alegría a un mismo
tiempo, y animados finalmente los suyos con el trigo y refuerzo de gente, libre
ya del cuidado de los víveres desembarcó las legiones, y en saliendo a tierra
las de a caballo, dio orden de que se reparasen de la debilidad y el mareo y
después las repartió por los fuertes y reparos.
XXXV.
No acababan
de admirarse Escipión y los demás capitanes que le acompañaban, preguntándose
unos a otros cómo era que C. César, que solía en otras ocasiones ser el primero
a declarar la guerra y presentar la batalla, se había mudado de repente, cosa
que les hacía pensar que no sería sin premeditado designio. Reducidos a un gran
temor de su paciencia, despacharon dos getulos, los que tuvieron por más
afectos a su facción, proponiéndoles grandes premios y esperanzas, por espías a
los reales de César. Luego que éstos fueron llevados a su presencia, le
pidieron permiso para hablar libremente
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y sobre
seguro; dado éste le dijeron: «Varias veces, oh general, hemos querido pasarnos
a tu campo muchos getulos, que somos clientes de Cayo Mario, y casi todos los
ciudadanos romanos de las legiones cuarta y sexta, pero nos han estorbado las
guardias de la caballería númida el hacerlo sin evidente peligro. Ahora que se
nos ha ofrecido la ocasión, venimos a ti con grandísima voluntad, enviados por
Escipión como espías a reconocer qué fosos o celadas tenéis puestas a los
elefantes, delante de los reales y portillos de las trincheras, y todos
vuestros reparos contra las mismas bestias, y las prevenciones para la batalla,
y darle noticia de todo. » César los alabó, los señaló estipendio y los destinó
entre los demás que se habían pasado a su campo, y muy presto acreditó el
suceso la verdad de sus palabras, pues al día siguiente se pasaron del campo de
Escipión muchos legionarios de las mismas legiones que los getulos habían
nombrado.
XXXVI.
Esto pasaba
en Mahadia. En Útica, donde estaba de gobernador M. Catón, se hacían
continuamente nuevas levas de libertos, de africanos, y hasta de los siervos y
toda canalla que por su edad pudiese tomar las armas, y se enviaban sin
tardanza al ejército a la orden de Escipión. A la sazón llegaron a César
mensajeros de la ciudad de Cairoán, adonde los mercaderes y labradores
italianos habían conducido trescientos mil modios de trigo, a darle aviso de
esta provisión y a suplicarle al mismo tiempo les enviase una guarnición, para
conservar con más facilidad el trigo y sus propios
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bienes.
César les dio las gracias, les ofreció que les enviaría la guarnición dentro de
muy breves días, y exhortándolos a mantenerse fieles, los mandó volverse a la
ciudad. A este mismo tiempo entró P. Sicio con sus tropas en los términos de
Numidia y tomó por fuerza un castillo, puesto y fortificado en una montaña,
adonde Juba había hecho conducir trigo y todas las demás prevenciones
necesarias para la guerra que emprendía.
XXXVII.
Después de
haber aumentado César su ejército con las dos legiones veteranas, con la
caballería y tropa ligera que trajo el segundo convoy, dio orden de que
partiesen luego seis naves de transporte a Lilibeo para conducir el resto de
sus fuerzas. El 27 de enero mandó al anochecer que todos los corredores y
batidores estuviesen prontos a sus órdenes. Después, sin que nadie supiese
palabra, ni aun llegase a sospecharlo, mandó que a medianoche se sacasen del
campo las legiones y le siguiesen hacia la ciudad de Mahadia, donde tenía
guarnición, y la primera que había seguido su amistad. Aquí, tomando un corto
declive por el lado izquierdo de su campo, guió las legiones por la ribera del
mar.
Ésta es una
campaña rasa admirable de quince millas de extensión, donde una cordillera no
muy elevada, que empieza a levantarse desde el mar y la rodea, forma una
especie de anfiteatro. Hay en ella algunos collados eminentes, en cada uno de
los cuales hubo antiguamente torres y atalayas; Escipión se había apoderado del
último de estos cerros y puesto en él una guarnición.
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XXXVIII.
Luego que
subió César a lo alto de la cordillera, empezó a levantar por toda ella torres
y fuertes, que concluyó en menos de media hora. Y cuando se halló cerca del
último collado y torre más inmediata al campo enemigo, en que dijimos había una
guarnición de númidas, paróse algún tanto, y reconocido el terreno, poniendo
delante la caballería, destinó las legiones a la fortificación, dándolas orden
de hacer y fortalecer un ramal de trincheras desde el medio de la altura hasta
el mismo paraje de donde habían salido. Advertido esto por Escipión y Labieno,
sacaron del campo toda la caballería, y formada de ella una línea, se
adelantaron cerca de una milla de sus atrincheramientos, dejando también
formada la infantería en otro segundo cuerpo distante menos de cuatrocientos
pasos de los reales.
XXXIX.
César, sin
embargo, animaba a sus soldados en la obra, sin alterarse de las tropas
enemigas. Mas cuando notó que no distaban los contrarios de sus reparos más que
mil y quinientos pasos y entendió que trataban de acercarse y estorbar a los
nuestros y echarlos de la obra, viéndose precisado a retirar las legiones de
ella, mandó a una centuria de caballos españoles que partiesen con prontitud al
collado inmediato, desalojasen la guarnición, y se apoderasen del puesto; dio
orden también de que los siguiesen algunas tropas ligeras de refuerzo.
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Acometieron
los destacados a los númidas, y a unos hicieron prisioneros, a otros que huían
hirieron y se apoderaron del puesto. Advertido esto por Labieno, por llegar más
presto al socorro de los suyos, separó de su escuadrón casi toda el ala
derecha, y partió a favorecer a los que se retiraban huyendo. Así que César vio
que se había separado Labieno de sus tropas, destacó la caballería de su ala
izquierda para cortarle.
XL.
Había en el
paraje donde esto pasaba una gran casa de campo, flanqueada con cuatro
torreones, que impedía a Labieno el ver que la caballería de César le venía
cortando; y así no vio las tropas de César hasta que supo la carnicería que
hacían en su retaguardia, de lo que llena de terror de improviso la caballería
de los númidas, empezó a huir derechamente a los reales. Los franceses y
alemanes que se habían quedado atrás, acometidos por la espalda, y desde puesto
ventajoso, aunque se resistieron con valor fueron todos muertos. Lo cual visto
por las legiones de Escipión, que estaban formadas al frente de los reales,
ciegas de terror y espanto, empezaron a huir hacia ellos desordenadamente.
Echados de esta manera Escipión y sus tropas del campo y los collados, y
obligados a meterse en sus reales, limpia la campiña, mandó César tocar la
retirada; y allí conoció tendidos los admirables cuerpos de franceses y
alemanes, que parte movidos de promesas y premios, se habían agregado a su
partido; y otros que hechos prisioneros en la derrota de Curión, habiéndose
conservado las vidas, quisieron mostrarse
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recíprocamente
agradecidos. Estaban esparcidos por todo el campo estos hombres de prodigiosa
estatura y belleza, unos en una parte, otros en otra.
XLI.
Con este
buen suceso, sacó César al día siguiente todas las cohortes de los presidios y
formó su ejército en batalla. Escipión, viendo a los suyos tan malparados,
muertos y heridos, trató de estarse quieto dentro de sus reparos.
César, que
tenía su ejército formado a la falda del cerro, se fue acercando poco a poco a
las fortificaciones enemigas. Ya llegaban las legiones de César a menos de mil
pasos de la ciudad de Uzita, que ocupaba Escipión, cuando, temiendo éste
perderla, porque de ella se proveía de agua y los demás víveres para el
ejército, sacó todas sus tropas de los reales y formándolas en cuatro líneas,
la primera de la caballería, según su costumbre, interpolados los elefantes
armados de torres, se dirigió a la defensa de la plaza. César que le vio venir,
creyó que vendría determinado a dar la batalla, pero Escipión hizo alto delante
de la ciudad en el paraje que hemos dicho, cubriendo con ella el centro de su
ejército, y extendiendo las alas, donde estaban los elefantes, al frente de los
enemigos.
XLII.
Habiendo ya
esperado César hasta cerca del anochecer, y visto que Escipión no se movía del
puesta en que había hecho alto, y que si le
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obligaba,
más bien se defendía desde donde estaba, que no se atrevería a arriesgarse en
campo raso desde cerca, no le pareció conveniente acercarse entonces a la
plaza; porque sabía que estaba dentro una fuerte guarnición de númidas v que
los enemigos habían cubierto con la ciudad el centro de su ejército; y también
por conocer que le sería difícil atacar a un mismo tiempo la plaza y pelear en
el campo a derecha e izquierda en paraje nada ventajoso, especialmente estando
sus tropas cansadas, todo el día sobre las armas, y sin tomar alimento desde
por la mañana. Así volvió sus tropas a los reales y al día siguiente pensó en
adelantar sus reparos más cerca del campo contrario.
XLIII.
Entre tanto
Considio, que estaba sobre Acila con ocho cohortes asalariadas y con refuerzo
de númidas y getulos, la cual tenía por César C Mesio, habiendo hecho muchas
tentativas con grandes obras y máquinas, e incendiadas éstas por los de dentro,
viendo que nada adelantaba, informado además del mal suceso de la batalla
ecuestre, quemó el trigo que tenía de repuesto en los reales, corrompió el
vino, el aceite y las demás cosas que suelen prevenirse para el sustento,
abandonó el sitio de Acila, repartió sus tropas con Escipión, y atravesando el
reino de Juba, se retiró a Adrumeto.
XLIV.
el segundo
convoy que Alieno envió a César desde Sicilia, se separó de la escuadra una
nave en que venían dos caballeros romanos, Q.
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Cominio y
L. Ticida, que siendo llevada por el viento a Tapso, fue apresada por Virgilio
por esquifes y otros barcos ligeros, y conducida a Escipión. Otra también de
tres órdenes de remos, que separada de las demás andaba errante, fue llevada
por el temporal a la Caleta y apresada por la escuadra de Varo y M. Octavio, en
la cual iban varios soldados veteranos y algunos nuevos con un centurión, a
quienes conservó Varo sin agravio alguno y dio orden de que fuesen conducidos a
la presencia de Escipión. Luego que llegaron y se vieron delante del tribunal:
«Bien sé, les dijo, que vosotros no por voluntad, sino forzados de la violencia
de aquel vuestro malvado capitán, perseguís desapiadadamente a los ciudadanos y
a todos los hombres de bien. Mas pues que la fortuna os ha traído a nuestro
poder, si defendéis, como debéis hacerlo, a la República con los buenos, desde
luego os aseguro la vida y alguna gratificación; así, decid cuál es vuestra
resolución.»
XLV.
Hecha esta
breve plática, les dio permiso para que hablasen, persuadido a que sin duda le
darían las gracias por su beneficio. Respondió por todos un centurión de la
legión catorce, diciendo: «Te doy las gracias por tu gran beneficio, oh
Escipión, que aun no te nombro general, pues siendo por ley de la guerra tu
prisionero, me ofreces la vida y la libertad, y acaso me aprovecharía de este
favor, si no viniese envuelto con una detestable maldad. ¿Yo me había de
presentar en campaña armado contra César, mi general, en cuyas banderas he
alcanzado puesto distinguido, ni contra su ejército, por
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cuya
reputación y gloria he traído las armas en la mano más de treinta y seis años?
No he de hacer yo tal cosa, y a ti te aconsejo que desistas de tu intento,
porque si hasta aquí no lo has experimentado, ahora sabrás contra qué tropas
peleas. Escoge una cohorte de las tuyas, la que tengas por más valiente, y
ponía armada contra mí, que no tomaré más de diez de estos mis camaradas que
tienes en tu presencia. Entonces conocerás por nuestro valor lo que puedes
esperar de tus tropas.»
XLVI.
Habiendo
hablado así el centurión con gran presencia de ánimo y tan fuera de lo que
Escipión esperaba, ardiendo en saña y atravesado de sentimiento, hizo una seña
a los centuriones, y allí mismo, a sus pies, le vio quitar la vida. Dio orden
de separar a los veteranos de los bisoños. «Apartad, dijo, a esos manchados con
una maldad abominable y alimentados con la sangre de sus conciudadanos. »
Con esto
fueron sacados del campo y muertos cruelmente. Mandó repartir a los nuevos por
las legiones y no quiso ver a Ticida y a Cominio. César, muy sentido de esto,
separó del ejército con nota de infamia por medio de un edicto muy severo a los
que de su orden cruzaban con las galeras delante de Tapso para socorrer a sus
naves de carga.
XLVII.
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Acaeció a
la sazón al ejército de César un contratiempo muy grande, y fue, que después
del ocaso de las Pléyadas, a cosa de las nueve de la noche se levantó una gran
tempestad de agua mezclada con granizo. A este trabajo se añadió que César no
tenía sus tropas en tiendas, como era costumbre de otros generales, sino que
mudando campamentos cada tres o cuatro días y acercándose más al enemigo, allí
mismo acampaba; con cuyos trabajos no dejaba lugar a los soldados de mirar por
sus personas. Además había transportado el ejército de Sicilia, de manera que
no se permitió embarcar más que el soldado y las armas, sin esclavos, ni otra
cosa tocante a los utensilios; y en el África, no sólo no habían adquirido ni
hecho prevención alguna, sino que por la escasez de víveres habían consumido
todo cuanto tenían. Con lo cual se hallaban tan miserables, que eran poquísimos
los que tenían tiendas para cubrirse. Los demás se componían con covachas
hechas de sus ropas, y cubiertas con escobas y cañas. Y así, sobreviniendo de
repente el agua y el granizo, derribadas y arruinadas sus pequeñas barracas con
las tinieblas, con el agua, y la noche tan tempestuosa, apagados los fuegos y
echados a perder todos los víveres, andaban los soldados dispersos y aturdidos
por el campo, cubriendo las cabezas con los escudos. Esta misma noche se vieron
arder en vivo fuego las puntas de las picas de la quinta legión.
XLVIII.
Avisado
entre tanto el rey Juba de la batalla ecuestre de Escipión y solicitado de él
por cartas, dejó a su general Sabura con parte del
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ejército,
para que hiciese frente a Sicio, y partió de su reino la vuelta de los reales
de Escipión con tres legiones, ochocientos caballos enfrenados, un número
considerable de númidas de a caballo sin frenos y de tropas ligeras, y treinta
elefantes, para añadir con su persona alguna autoridad al ejército de Escipión,
y terror al de César. Cuando llegó formó su campo aparte con dichas tropas, no
lejos del de Escipión. Antes de su llegada se había extendido gran terror en
los reales de César, estando todos suspensos y puestos en mucha solicitud y
cuidado con la expectación de las tropas reales. Mas después que le vieron
acampado enfrente, sacudieron de sí el miedo con desprecio de sus tropas; de
modo que perdió con su presencia toda la autoridad que había tenido ausente.
Pero se conoció claramente cuánto le creció el ánimo y confianza a Escipión con
la venida del rey, porque el día siguiente sacó a campaña todas sus tropas y
las del rey con sesenta elefantes, las ordenó con toda la ostentación posible,
y habiéndose adelantado algo más de sus fortificaciones, sin detenerse largo
tiempo, se retiró a los reales.
XLIX.
Viendo
César que ya tenía Escipión en su campo todos los socorros que esperaba, y que
no habría detención en venir a las manos, tomó la marcha por las alturas y
empezó a hacer líneas de comunicación y levantar fuertes en cada una,
procurando apoderarse de los puestos más cerca de Escipión. Los contrarios,
fiados en la multitud de sus tropas, ocuparon una colina, con que le cortaron
el designio
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de
acercarse más. Había pensado Labieno en tomar este puesto, y como se hallaba
más cerca, le ocupó primero.
L.
Había un
hondo valle bastante largo, de escarpada pendiente, con muchos hoyos a manera
de cuevas, por donde tenía que pasar César antes de llegar a ocupar la colina
que pretendía, y a la otra parte del valle un antiguo olivar no poco espeso.
Conociendo Labieno que si César quería tomar aquel puesto era menester que
primero pasase el valle y el olivar, con la inteligencia que tenía de estos
parajes, se puso en emboscada con parte de la caballería y la infantería
ligera, y además el resto de la caballería de la otra banda del monte y los
collados, para que cuando él hubiese acometido de improviso a las legiones, se
mostrase la caballería por el cerro, y perturbado entonces César y su ejército
con dos peligros a un tiempo, y sin poder pasar más adelante, fuese desbaratado
enteramente. César, sin saber de la emboscada, echó delante la caballería; mas
cuando se llegó al valle, los enemigos u olvidados o abusando de las órdenes de
Labieno, o por temor de ser sorprendidos en la hondonada por la caballería,
empezaron a asomar pocos a pocos por la emboscada y a encaminarse a lo alto del
collado. A los cuales alcanzaron los caballos de César, y parte mataron, y a
otros hicieron prisioneros. Partieron después a apoderarse del collado, y le
tomaron prontamente, echando de allí la guarnición de Labieno, el cual tuvo
bastante que hacer en escaparse con una parte de la caballería.
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LI.
Logrado
este lance por la caballería, repartió César los trabajos a las legiones y
colocó su real en aquella altura de que se había apoderado. Luego, desde su
campo principal, mandó hacer dos trincheras por medio del llano, enfrente de la
ciudad de Uzita sitiada en él, entre sus reales y los de Escipión, que estaba
hecho dueño de ella, dirigidas de manera que viniesen a juntarse a los ángulos
de derecha e izquierda de la plaza. El designio de conducir así estas obras era
para que, acercando sus tropas a batir la ciudad, tuviese cubiertos los lados
con sus fortificaciones, no fuese que, cercado por la multitud de la caballería
enemiga, se viese precisado a suspender los ataques. Lo hacía, además, para que
pudiesen hablarse con más facilidad los soldados, y si quisiesen pasarse
algunos (lo que antes ejecutaban frecuentemente aun con mucho riesgo), lo
hiciesen entonces más fácilmente y sin peligro, y también por experimentar,
llegándose más cerca, si estaba el enemigo en ánimo de venir al trance de la
batalla. Añadíase a estas razones el ser este paraje muy bajo, en el que se
podrían cavar pozos, porque tenía poca agua y había que ir lejos a buscarla.
Entre tanto que las legiones se ocupaban en estas obras, no dejaba de estar
formada una parte de ellas al frente del enemigo y de trabar algunas
escaramuzas con la caballería bárbara y las tropas ligeras.
LII.
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Al
anochecer, cuando César retiraba las tropas de las obras o los reales, vinieron
a dar sobre nuestra caballería con mucha furia Juba, Escipión y Labieno con
toda su caballería y las tropas ligeras. Perturbados los nuestros por el ímpetu
de la excesiva y repentina multitud, cedieron un poco. Pero esto se volvió en
contra de los enemigos. Porque haciendo venir César sus tropas desde la mitad
del camino, socorrió a la caballería, y animada ésta con la venida de las
legiones, volviendo los caballos, dieron sobre los númidas que los seguían
desunidos, cargándolos tan fuertemente, que los rechazaron hasta los mismos
atrincheramientos del rey. Hicieron en ellos gran matanza, y si el choque no
fuera tan cercano a la noche o no quitara la vista una gran polvareda que
levantaba el viento, hubieran caído infaliblemente Juba y Labieno en manos de
César y no quedara hombre vivo de toda la caballería y tropa ligera. Con esto
es increíble los soldados que se pasaron de las legiones cuarta y sexta del
campo de Escipión, parte a los reales de César y parte a otros parajes adonde
podían. Asimismo, muchos de la caballería de Curión, desconfiando de Escipión y
de sus tropas, vinieron también a entregarse a César.
LIII.
Mientras
pasaba esto sobre Uzita, las dos legiones, nona y décima, que se habían
embarcado en Sicilia, cuando llegaban ya cerca del puerto de Mahadia, avistaron
las naves de César, que estaban de observación sobre Tapso. Temiendo no caer en
manos de la escuadra enemiga, que estaría en aquel crucero, se engolfaron
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imprudentemente,
y después de haber sido largo tiempo el juguete de los vientos, arribaron al
cabo de muchos días al campo de César, medio muertas las tropas de hambre y de
sed.
LIV.
Luego que
saltaron en tierra, teniendo César muy presente la antigua relajación de la
disciplina militar y las extorsiones y latrocinios de algunos, valiéndose del
leve pretexto de que A. Avieno, tribuno de la legión décima, había cargado una
nave de víveres para sí, su familia y sus caballos, sin haber embarcado en ella
un soldado en Sicilia, mandó convocar al día siguiente a todos los tribunos y
centuriones de todas las legiones y desde la silla de su tribunal les habló en
estos términos: «Mucho me holgara que algunos sujetos pusiesen término algún
día a su demasiada libertad y desvergüenza y no abusaran de mi paciencia,
suavidad y moderación. Mas pues ellos no ponen límites a sus delitos, he de dar
hoy un ejemplo, según la costumbre militar, para que aprendan otros a portarse
diferentemente. Así que, C. Avieno, porque sublevaste los soldados en Italia
contra la República y robaste los municipios y fuiste inútil a mí y a la
República, porque has embarcado tus criados y caballerías en lugar de las
tropas, de que por tu causa carece la República en tiempo de necesidad, por
todos estos motivos te separo del ejército con ignominia, te mando salir hoy
mismo de África y cuanto antes sea posible. A ti, A. Fonteyo, por sedicioso
tribuno de los soldados y mal ciudadano, te aparto del ejército. A vosotros, T.
Salieno, M. Tirón y C. Clusinas, porque
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habiendo
conseguido grados de distinción en mis ejércitos, no por merecimiento vuestro
sino por favor mío, os habéis portado de manera que ni en la guerra habéis
mostrado valor, y en la paz habéis sido malos e inútiles, mostrándoos más
diligentes en sublevar las tropas contra su general que en hacer vuestro deber
con honra y subordinación, os juzgo indignos de tener mando en mi ejército, os
separo de él y mando que salgáis del África cuando antes sea posible. » Dicho
esto, los encargó a los centuriones, con orden de hacerlos embarcar con
separación, y sin darles más que un siervo a cada uno.
LV.
Entre tanto
llegaron a su país aquellos desertores getulos, que dijimos había despachado
César con cartas y encargos particulares, y persuadidos fácilmente los demás de
su autoridad y de la fama de César, abandonaron al rey Juba y se pusieron desde
luego en armas, no dudando en hacer la guerra a su rey.
Avisado
Juba de este levantamiento, y viéndose empeñado en tres guerras a un tiempo,
fue obligado de la necesidad a sacar seis cohortes de las tropas que había
traído contra César y enviarlos a las fronteras de su reino, para que las
guardasen contra los getulos.
LVI.
Teniendo ya
César concluidas sus dos líneas, y tan avanzadas, cuanto estaban fuera del tiro
de la plaza, fortificó su campo. No cesaba de atemorizar a los que defendían la
muralla con ballestas y
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escorpiones,
de que guarneció su campo al frente de la ciudad, y mandó venir a este puesto
cinco legiones de sus antiguos reales. Con esto se dio ocasión a que los más
nobles y conocidos de uno y otro ejército deseasen ver y hablar a sus amigos y
parientes, cosa que no se le ocultaba a César la utilidad que podría traer.
Porque, con efecto, los getulos más distinguidos de la caballería del rey, y
capitanes de sus tropas, cuyos padres habían servido con C. Mario, y que
habiéndoles hecho merced de campos y haciendas, habían sido entregados al poder
del rey Hiempsal después de la victoria de Sila, ofreciéndoseles ocasión,
cuando estaban ya encendidos los fuegos, se pasaron casi mil de ellos con sus
siervos y caballos al campo de César sobre Uzita.
LVII.
Cuando
Escipión y los que le acompañaban supieron esto, apesadumbrados como estaban de
tal desgracia, alcanzaron a ver casi al mismo tiempo a M. Aquinio hablando con
C Saserna. Envióle luego a decir Escipión, que no había para qué tratar con los
enemigos; mas como él, sin embargo de este aviso, continuase su empezada
plática y se quedase a concluirla, le despachó entonces Juba uno de sus
corredores, el cual le dijo, de modo que lo oyó Saserna: «El rey te manda que
no prosigas en tu plática». A cuya orden, atemorizado se retiró obedeciendo al
rey. No acabo de admirarme que un ciudadano romano, y que había recibido
honores de este mismo pueblo, estando sin peligro la patria y los bienes de
todos, prestase su obediencia a un rey bárbaro como Juba, más
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bien que al
mensajero de Escipión, o que quisiese más volver libre, muertos los ciudadanos
de su mismo partido. Pero aun es más insolente otra acción del mismo Juba, no
respecto de M. Aquino, senador nuevo, y de poco nombre, sino respecto de
Escipión, un hombre de aquella nobleza, de aquella reputación y empleos. Pues
como antes que el rey viniese acostumbrase a usar de un manto de púrpura, se
dice que le reconvino dándole a entender que no era razón usase del mismo
vestido que él usaba. Y, con efecto, se volvió Escipión a su antiguo manto
blanco, por obedecer a Juba, el hombre más vano y despreciable del mundo.
LVIII.
Al día
siguiente sacaron uno y otro todas sus tropas a campaña, y tomando una altura,
hicieron alto en ella y ordenaron las haces no lejos de los reales de César.
También César sacó las suyas y las ordenó con cuidado delante de sus
fortificaciones, no dudando que viéndose los contrarios con tantas fuerzas, con
los socorros del rey, y habiendo salido a la campaña los primeros, vendrían
resueltos a atacarle. Y así, dando vuelta al ejército a caballo, y animando las
legiones, dio el nombre y esperó a que avanzasen los enemigos; pues él con gran
madurez no se alejaba de sus reparos, por haber cohortes armadas dentro de
Uzita, de la cual estaba hecho dueño Escipión. Una ala del ejército de César
miraba al lado derecho de esta plaza; y temía que si avanzase, podría hacer una
salida con que le hiciesen mucho daño acometiéndole por el flanco. Y además de
esto le detuvo el que había un paraje muy embarazoso antes del
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ejército de
Escipión, el cual conocía que había de estorbar a las legiones el atacarle
libremente.
LIX.
No creo que
se deba pasar en silencio cómo tenían uno y otro formado su ejército en
batalla. Escipión ordenó el suyo de esta manera: colocó en la frente sus
legiones y las de Juba; puso detrás a los númidas en otra línea de refuerzo,
pero de tanta extensión y tan poca profundidad, que desde lejos parecía a
nuestros legionarios una sola línea, así como parecía haber dos en las alas. En
éstas estaban colocados los elefantes a derecha e izquierda a igual distancia,
detrás de los cuales formaban las tropas ligeras y los númidas auxiliares.
Había colocado toda la caballería entrenada en el ala derecha, por quedar
cubierta la izquierda con la ciudad de Uzita y no haber lugar de extenderla por
aquella parte. Por lo mismo, tenía dispuestos los númidas y una infinita
multitud de tropas ligeras al lado derecho del ejército con casi una milla de
distancia, más arrimados a la falda del collado, y por consiguiente, más
distantes de sus tropas y de las nuestras. Hizo esto con el designio de que
llegando a juntarse los dos ejércitos al principio de la refriega, tomando un
largo rodeo su caballería, cercase de improviso al ejército de César y le
desbaratase cargado de una multitud de flechas. Éste fue el orden de batalla de
Escipión aquel día.
LX.
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El de
César, empezando desde el ala izquierda hasta la derecha, estaba ordenado en
esta forma. Puso en el ala izquierda las legiones nona y séptima; en la derecha
las trigésima y vigésima nona; en el centro las decimotercia, decimocuarta,
vigésima octava y vigésima sexta, y a la derecha formaban otra línea varias
cohortes entresacadas estas legiones, sostenidas de otras nuevamente
levantadas.
En el ala
izquierda tenía formada otra tercera línea dilatada hasta la legión que formaba
en el centro, y puesta de tal arte, que el ala izquierda constase de tres
líneas. Este orden había seguido, porque estaba resguardada el ala derecha con
las fortificaciones y porque temía de la izquierda que pudiese resistir a la
multitud de la caballería enemiga. Por lo mismo, colocó aquí toda la suya, y
por no tener la mayor confianza de ella, la señaló la legión quinta de refuerzo
y mezcló entre ella las tropas ligeras. A los flecheros distribuyó por varias
partes y en ciertos puestos, y los más en las alas.
LXI.
Así se
mantuvieron los dos ejércitos, no mediando más distancia que la de trescientos
pasos, sin llegar a embestirse, desde por la mañana hasta las cuatro de la
tarde, cosa que tal vez no habría sucedido hasta entonces. Ya empezaba César a
retirar sus tropas a los reales, cuando, de repente, se puso en movimiento toda
la caballería no enfrenada de númidas y getulos, doblando sobre la derecha,
para dejarse caer sobre los reales de César, que estaban en
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el cerro,
manteniendo su puesto la caballería enfrenada del mando de Labieno y
entreteniendo a las legiones. A este punto avanzó de improviso, temerariamente
y sin orden alguna, una partida de caballo de César con un trozo de infantería
ligera contra los getulos, y pasando el pantano, no pudieron resistir, por ser
pocos, la multitud de los enemigos; y así desamparados de la infantería ligera
se refugiaron con desorden y heridos al grueso del ejército, con pérdida de un
soldado de a caballo, veintiséis de infantería y muchos caballos heridos. Con
cuya feliz escaramuza de a caballo muy alegre Escipión, retiró de noche sus
tropas a los reales. Mas no permite jamás la fortuna que este gozo sea muy
durable a los guerreros. Porque enviando César al día siguiente una partida de
a caballo a Lebeda para buscar trigo, dio de improviso sobre otra de caballos
númidas y getulos que andaban robando, y mataron o hicieron prisioneros cerca
de ciento. Entre tanto, sacaba César todos los días sus tropas al campo de
batalla, y continuaba las obras del foso y trinchera por medio del llano, no
perdiendo ocasión de cortar las correrías a los enemigos. También Escipión se
atrincheraba por su parte, dando prisa para que César no le quitase la
comunicación de las alturas. En esto se ocupaban ambos generales, y al mismo
tiempo no dejaban de trabarse todos los días algunas escaramuzas entre las
tropas a caballo.
LXII.
Por otra
parte, informado Varo de que las legiones séptima y octava habían llegado de
Sicilia, sacó prontamente su armada de Útica,
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donde la
había tenido todo el invierno, la pertrechó de remeros y marineros getulos, y
haciéndose a la vela para cruzar en aquel paso, llegó con cincuenta y cinco
naves a Mahometa.
Ignorando
César su venida, destacó a L. Cispio con veintisiete naves hacia Tapso, para
escoltar sus convoyes, y con el mismo designio despachó a Q. Aquila a Mahometa
con trece galeras. Cispio llegó prontamente a su destino. Aquila no pudo doblar
el cabo por el temporal contrario, y logrando una ensenada al abrigo de la
tempestad, se retiró algo más lejos, donde no podía ser visto de los enemigos.
Estaba el
resto de la escuadra delante de Debeda, sin tener quién la defendiese,
desembarcados los remeros y paseando libremente la ribera, parte de los cuales
se habían adelantado a la ciudad a buscar y comprar qué comer. Avisado de esto
Varo por algunos desertores, y aprovechando tan bella ocasión, salió a las
nueve de la noche del puerto de Mahometa, y llegando al amanecer a Lebeda con
toda su escuadra, incendió todas las naves de carga que estaban ancladas a
mayor distancia del puerto y apresó fácilmente dos galeras de a cinco órdenes
de remos, sin gente que las defendiese.
LXIII.
Avisado
César de este accidente en sus reales, hallándose reconociendo las obras que
estaban a seis millas del puerto, tomó de pronto un caballo, y dejándolo todo,
llegó con prontitud a Lebeda. Aquí animó a todos a que al instante le siguiesen
a las
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naves; él
se metió en un pequeño barquichuelo y empezó a dar caza a la escuadra enemiga,
tomando de paso a Aquila, atemorizado del crecido número de bajeles contrarios.
Varo, que conoció la prontitud y resolución de César, viró con sus naves, y
comenzó a retirarse a Mahometa. Pero alcanzóle César a distancia de cuatro
millas, recobró una de las dos galeras de cinco órdenes de remos con su
tripulación, y ciento treinta hombres de los enemigos que la guardaban y apresó
también otra galera enemiga de tres órdenes de remos, que se detuvo en ademán
de hacer frente, tripulada de remeros y soldados. El resto de la escuadra dobló
el cabo y se entró en Mahometa. César no pudo doblarle con el mismo viento, y
habiendo permanecido en anclas en la rada toda la noche, se presentó al
amanecer delante de Mahometa, incendió todas las naves de transporte que
estaban fuera del puerto y apresó u obligó a refugiarse dentro a las demás, y
deteniéndose un poco, por si querían presentar combate, se volvió a los reales.
LXIV.
Hízose
prisionero en la galera de tres órdenes a P. Vestrio, caballero romano; a P.
Ligario Afraniano, a quien César había puesto en libertad en España y después
había seguido a Pompeyo, y escapado de la rota de Farsalia, había pasado al
África a incorporarse con Varo. A éste, por su perfidia y perjurio, le mandó
quitar la vida, y perdonó a P. Vestrio, así porque un hermano suyo había pagado
en Roma la multa que a él se le impuso, como porque se justificó con César de
que, apresado por la floja de Nasidio y salvado por Varo
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cuando
estaba ya a punto de perecer, no había tenido ocasión de pasarse a su campo.
LXV.
Hay en
África la costumbre de tener en los campos y en casi todos los pueblos silos
debajo de tierra para guardar el trigo, en especial por causa de la guerra y
repentinas acometidas de los enemigos. Informado César de esto, destacó a
medianoche dos legiones con toda la caballería a un paraje diez millas distante
de los reales, de donde volvieron con una gran porción de trigo. Lo supo
Labieno y se adelantó siete millas de su campo por las mismas alturas por donde
había pasado César el día antes, y aquí apostó dos legiones; y esperando que
César pasaría por allí muchas veces con el propio intento, se mantenía en
celada, tomados los puestos convenientes con gran multitud de caballería e
infantería ligera.
LXVI.
Informado
César por los desertores de la emboscada de Labieno, dejando pasar algunos
días, hasta que los enemigos, cansados de hacer una misma cosa todos los días,
llegasen a descuidarse, dio orden una mañana de que saliesen de repente ocho
legiones veteranas y le siguiesen por la puerta decumana, y echando delante la
caballería, dio sobre los emboscados en los valles, que eran tropas ligeras,
cuando menos lo pensaban, y les mató cerca de quinientos hombres, huyendo el
resto vergonzosamente. Acudió presto Labieno al socorro de sus fugitivos con
toda la caballería; a
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cuyo
excesivo número no pudiendo resistir los nuestros, por ser pocos, se presentó
César con sus legiones formadas en batalla. Labieno se sorprendió y contuvo a
su vista, y César retiró su caballería, sin perder un hombre. Al día siguiente
mandó el rey Juba ahorcar a todos los númidas que, abandonando su puesto, se
habían retirado a los reales.
LXVII.
Hallándose
César a este tiempo muy escaso de víveres, recogió todas sus tropas dentro de
los reales, y dejando guarnición en Lebeda, Mahadia y Acila, y encomendada la
escuadra a Cispio de Aquila, para que cruzasen el uno delante de Mahometa y el
otro de Tapso, dio fuego a aquellos reales, se puso en marcha a las tres de la
mañana, colocado todo el bagaje en el ala izquierda, y llegó a la ciudad de
Bohadjar, que acometido muchas veces por los getulos había sido defendida
valerosamente por sus moradores. Aquí acampó en el llano, y saliendo con parte
de sus tropas a buscar bastimento por los pueblos vecinos, dio vuelta a los
reales con buena provisión de cebada, aceite, vino, higos y algo de trigo,
aunque poco, con que se refrescó el ejército. Luego que supo Escipión la
partida de César, partió en su seguimiento con todas sus tropas por las
alturas, vino a acampar a seis millas de su campo y dividió el ejército en tres
diversos campamentos.
LXVIII.
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Distaba
diez millas del campo de Escipión la ciudad de Zerbi, situada en un llano hacia
donde se extendía una parte de su campo, pero más apartada de César, que estaba
a dieciocho millas de ella. Aquí envió Escipión dos legiones a buscar vitualla.
Tuvo César aviso de esto por un desertor, y así, pasando su campo a un cerro
más seguro, y dejando guarnición en él, salió con su gente a las tres de la
mañana, pasó delante del campo enemigo y se apoderó de la ciudad. Supo que las
legiones de Escipión andaban más lejos en la campiña buscando víveres y
disponiéndose a marchar en su alcance, advirtió que marchaba a su socorro el
resto de las tropas de Escipión, con lo cual se detuvo. Y así, habiendo hecho
prisionero a C. Murcio Regino, caballero romano, grande amigo de Escipión, que
tenía el mando de la plaza, y a P. Atrio también caballero romano de la
audiencia de Útica, y llevándose veintidós camellos del rey Juba, dejó en la
plaza con guarnición a Opio, su lugarteniente, y tomó la vuelta de sus reales.
LXIX.
Llegando ya
cerca del campo de Escipión, por delante del cual había de pasar precisamente,
Labieno y Afranio, que estaban emboscados con toda la caballería y tropas
ligeras, se presentaron de repente sobre la retaguardia por los collados
inmediatos. Viéndose César acometido, opuso su caballería, y mandó a las
legiones que, retirando a cierto lugar el equipaje, cargasen con presteza a los
enemigos. Apenas empezaron a ejecutarlo, cuando la caballería enemiga y tropas
ligeras fueron desbaratadas al primer ímpetu de
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las
legiones y desalojadas de los cerros con mucha facilidad. Y juzgando César que
atemorizados y desbaratados cesarían de provocarle, prosiguió su marcha; pero
volvieron otra vez a salir con gran ligereza por los cerros inmediatos,
acometiendo del mismo modo a las legiones los númidas y la infantería ligera,
dotada de increíble velocidad, que peleaba entre los caballos y estaba
acostumbrada a avanzar y retirarse juntamente con ellos. Y como esto lo
hiciesen muchas veces, persiguiendo siempre a los cesarianos, huyendo si se les
hacía frente, no acercándose a pelear y contentándose con cargar de flechas a
las legiones, conoció César que no era otro su designio sino obligarle a
acampar en aquel paraje, donde no había agua para su ejército, que estaba sin
tomar alimento desde las tres de la mañana hasta las cuatro de la tarde, y sus
caballos pereciesen de sed.
LXX.
Viéndose ya
cerca de ponerse el Sol y que no había adelantado cien pasos en cuatro horas,
hizo retirar a la retaguardia la caballería, que había perdido muchos caballos,
y dio orden a las legiones de que acudiesen, ya unas, ya otras, al mismo
puesto. Así sostenía con más facilidad la furia del enemigo, marchando, aunque
lentamente, con más sosiego. Al mismo tiempo asomaban corriendo los númidas por
las alturas a derecha e izquierda, ya pretendiendo cercar con su altitud las
tropas de César, ya persiguiendo la retaguardia. Mas sólo con volver la cara
tres o cuatro veteranos de César y disparar los dardos con esfuerzo, volvían a
un tiempo las espaldas más de dos
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mil
númidas; y otra vez revolviendo los caballos, se rehacían, alcanzaban a nuestro
ejército y daban nuevas descargas sobre las legiones. De esta manera detenido
César en la jornada más de lo regular, unas veces marchando y otras
resistiendo, entró sus tropas en los reales una hora después de entrada la
noche, sin perder un hombre y con sólo diez heridos. Labieno se retiró a los
suyos con pérdida de casi trescientos hombres, muchísimos heridos, y todos muy
fatigados. También Escipión retiró sus legiones, que había formado al frente
del campo con los elefantes a vista de César para infundir terror.
LXXI.
César
amaestraba sus tropas contra un enemigo de esta especie, no como un general a
un ejército veterano y vencedor en tantas acciones famosas, sino como un
maestro de esgrima que instruyese a unos gladiadores. Así, los enseñaba cómo se
habían de libertar del enemigo, cómo y en qué espacio le habían de hacer
frente, unas veces avanzando, otras cediendo, otras amenazando atacarle, y casi
hasta cómo y cuándo habían de lanzar sus dardos. Porque las tropas ligeras del
enemigo tenían puesto en gran cuidado y solicitud a nuestro ejército, recelando
la caballería chocar con ella, porque la mataban los caballos con sus flechas y
cansaban a las legiones con su ligereza; pues luego que nuestra infantería,
pesada con las armas, viéndose atacada, quería hacerles frente, evitaban ellos
el peligro con una veloz carrera.
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LXXII.
Esto
inquietaba mucho a César, porque en cualquier encuentro en que su caballería no
estaba sostenida de las legiones, no podía resistir a la caballería e
infantería ligera de los enemigos. Dábale también no poco cuidado el que aun no
conocía las legiones enemigas, y cómo podría sostenerse contra su caballería y
tropa ligera, que era excelente, si se la juntasen las legiones. A esto se
añadía también que la corpulencia y multitud de los elefantes aterraba a
nuestros soldados; para lo cual halló con todo un remedio, que fue mandar
conducir elefantes de la Italia, para que sus tropas se acostumbrasen a la
vista y fortaleza de estas bestias, conociesen en qué parte de su cuerpo podían
ser heridas fácilmente y cuál quedaba descubierta, estando el elefante armado y
lorigado, para que le apuntasen a ella. Quería además, que se hiciesen los
caballos a no temerlos, acostumbrándose a su hedor, estrépito y figura. De lo
cual había sacado mucha ventaja, porque ya los soldados manoseaban a los
elefantes, conocían su pesadez, los de a caballo les tiraban dardos con botones
en las puntas, y la paciencia de ellos había acostumbrado a los caballos de
suerte que no los extrañaban.
LXXIII.
Por todas
las razones dichas estaba César con más cuidado y se hacía más lento y
considerado, cediendo de su antigua costumbre y actividad en los asuntos de la
guerra. Ni es maravilla; porque tenía unas tropas hechas a pelear en Francia,
en parajes llanos y
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abiertos,
contra los franceses, gente sencilla, no impuesta en los ardides de la guerra y
acostumbrada a pelear con el valor, no con estratagemas. Pero ahora había de
enseñar a los soldados a conocer los engaños y artificio de los enemigos, lo
que se debía hacer y lo que se había de evitar. Y para que con más prontitud
entendiesen estas artes, procuraba no parar con las legiones en un paraje, sino
llevarlas con frecuencia de unas partes a otras, con el pretexto de buscar
víveres, en especial creyendo que los contrarios no se alejarían mucho de sus
pisadas. Así que, después de tres días, formó sus tropas con más cuidado, según
las tenía preparadas, y pasando por delante del campo de los enemigos, los
esperó en paraje a propósito en orden de batalla; mas visto que la rehusaban,
volvió al anochecer con sus legiones a los reales.
LXXIV.
A este
tiempo vinieron mensajeros de la ciudad de Vaca, inmediata a Zerbi, de la que
dijimos que César se había apoderado, pidiendo y suplicando les enviara una
guarnición y que suministrarían algunas cosas útiles para la guerra. A la misma
sazón, por permisión de los dioses y voluntad con que miraban los intereses de
César, llegó un desertor a advertir a los diputados que el rey Juba había
venido sobre la ciudad con sus tropas antes que llegase la guarnición de César,
y que cercándola con mucha gente, la había tomado, y pasando a cuchillo a todos
sus moradores, la había entregado al saco de sus soldados.
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LXXV.
Habiendo
pasado César revista a su ejército a los 21 de marzo, salió al día siguiente
por la mañana con todas sus tropas e hizo alto a cinco millas de distancia de
su campo y cerca de dos del de Escipión; y después de haber estado invitando y
esperando a los enemigos al combate, visto que no tenía traza de aceptarle,
retiró sus tropas. Al día siguiente levantó el campo y dirigió su marcha a la
ciudad de Sarsura, donde tenía Escipión presidio de númidas, y almacenes de
víveres. Luego que lo supo Labieno, empezó a picar la retaguardia con la
caballería e infantería ligera; y habiendo tomado algunos carros de mercaderes
y vivanderos, en que llevaban sus cargas y creciéndole con esto el ánimo, se
acercó más y con más atrevimiento a las legiones, pensando que no podrían
pelear los soldados embarazados con el peso y el equipaje. Mas no se le había
ocultado a César este accidente, y así había dado orden de que marchasen a la
ligera trescientos soldados de cada legión, a los cuales mandó salir contra la
caballería de Labieno y a sostener la suya. Entonces, atemorizado Labieno a
vista de las insignias, se puso en huida, volviendo las bridas vergonzosamente
con muerte de muchos y muchos más heridos. Nuestros legionarios volvieron a
incorporarse a sus banderas y prosiguieron la marcha comenzada. Labieno no dejó
de seguir a los nuestros por la cumbre más alta del collado sobre la derecha.
LXXVI.
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Llegado
César a Sarsura, pasó por la espada la guarnición de Escipión a vista de los
suyos, que no se atrevieron a socorrerla, aunque se defendió con valor P.
Cornelio, voluntario en el servicio de Escipión, que la tenía a su cargo,
cercado el cual de mucha gente, y al fin muerto, se apoderó César de la ciudad.
Repartió
entre los soldados el trigo que se halló y al día siguiente llegó a Cairoán,
donde por entonces se había entrado Considio con buena guarnición y una cohorte
suya de gladiadores. Reconoció César la situación de la plaza, y apartado del
intento de combatirla por falta de víveres, partió luego de aquí y acampó a
cuatro millas de distancia, en sitio a propósito por la inmediación del agua.
De allí a cuatro días volvió a levantar el campo y se restituyó al que tenía
cerca de Bohadjar.
Escipión
hizo lo mismo, volviendo sus tropas a su antiguo real.
LXXVII.
Por este
mismo tiempo los de Taheñas, ciudad marítima situada al extremo del reino de
Juba, que estaba bajo su jurisdicción y señorío, pasaron a cuchillo la
guarnición del rey y enviaron diputados a dar parte a César, pidiéndole y
suplicándole que les protegiese a ellos y sus haciendas, en consideración de
este servicio hecho al Pueblo Romano. César aprobando su acción, destacó de
guarnición a Taheñas al tribuno M. Crispo con una cohorte, algunos flecheros y
muchas máquinas de defensa. Al mismo tiempo le llegaron en un convoy hasta
cuatro mil legionarios, cuatrocientos caballos, con mil honderos y flecheros,
soldados de todas las
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legiones,
que impedidos o por enfermedad, o por haber obtenido licencias, no habían
podido pasar antes al África con sus respectivos cuerpos. Con estas tropas y
todas sus legiones salió de su campo e hizo alto en un llano formado en batalla
a distancia de ocho millas de su real y cuatro del de Escipión.
LXXVIII.
Estaba por
bajo del campo de Escipión la ciudad de Tegea, donde tenía de ordinario una
guarnición de caballería de cerca de cuatrocientos hombres, a los cuales,
habiendo sacado del campo todas las legiones y adelantándose de sus líneas cosa
de mil pasos, los colocó a la derecha e izquierda de esta plaza, y se formó en
batalla al pie de una colina. Viendo César que Escipión se detenía mucho tiempo
en el mismo puesto y el día se pasaba en balde, mandó salir algunos escuadrones
de caballería contra la enemiga, que estaba apostada junto a la plaza y destacó
también para sostenerlos la infantería ligera con los honderos y flecheros.
Empezando a
ejecutar esta orden, como los nuestros apretando los caballos, acometiesen a
los enemigos, fue Pacidio extendiendo a lo largo su caballería, para buscar
proporción de cercar la de César, y, entre tanto, se continuaba peleando con
valor y determinación. Viendo esto César, mandó que avanzasen a reforzar la
caballería trescientos soldados de la legión más inmediata, de aquellos que
tenía siempre en ellas prontos y desembarazados. Entre tanto, destacaba Labieno
nuevos refuerzos de caballería de los suyos, haciendo que reemplazasen otros de
refresco a los heridos y
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cansados.
Más visto que cuatrocientos caballos nuestros no podían sostenerse contra
cuatro mil de los enemigos, y que se veían apretados de la tropa ligera de los
númidas y se iban poco a poco retirando, destacó César otra ala a su socorro,
con lo que, animados los primeros, y acometiendo todos a un tiempo a los
enemigos, los pusieron en fuga, matando muchos e hiriendo a muchos más.
Siguiéronles el alcance por tres millas, hasta los collados que tocaban con sus
reales, y se volvieron a incorporar con el ejército. César, habiéndose
mantenido en el campo hasta las cuatro de la tarde, se retiró formado como
estaba a sus reales, sin perder un hombre. De esta acción salió Pacidio
gravemente herido de un flechazo en la cabeza, y otros muchos capitanes y
hombres de valor quedaron muertos o heridos.
LXXIX.
Viendo
César que por ningún término podía obligar a los enemigos a exponerse a campo
raso y experimentar las fuerzas de las legiones y considerando que no podía
acampar más cerca de sus reales por falta de agua, conoció que en esta falta, y
no en su valor, ponían su confianza. Por lo cual, partiendo de su campo a los 4
de abril a cosa de las tres de la mañana, y habiendo caminado de noche
dieciséis millas, puso sus reales sobre Tapso, donde estaba Virgilio con una
buena guarnición. Al mismo día empezó a formar líneas de circunvalación, a
ocupar con presidios muchos puestos convenientes, para estorbar que los
enemigos penetrasen hacia sus líneas y tomar otros puestos más inmediatos a la
plaza. Escipión,
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conociendo
la intención de César, y viéndose en precisión de dar la batalla, por no perder
con gran mengua a Virgilio y a los tapsitanos, que tan fieles se habían
manifestado a su facción, sentó su real a ocho millas de Tapso en dos
campamentos.
LXXX.
Había un
estanque de salitre, entre el cual y el mar sólo mediaba un paso estrecho de
mil quinientos pasos, por donde pensaba Escipión entrar y socorrer a Tapso. Más
no se le había pasado esto a César. Y así, habiendo levantado el día antes un
fuerte en este paraje, puso en él triple guarnición, y continuó sus obras
contra la plaza con todo el resto del ejército formado en media luna. Excluido
Escipión de su intento, y gastado el día siguiente y la noche sobre el
estanque, vino a acampar al amanecer hacia la marina, a distancia de mil y
quinientos pasos de nuestra línea y del fuerte que queda dicho y allí empezó a
atrincherarse. Avisado de esto César, sacó sus tropas de la obra, y dejando en
el campo al procónsul Asprenas con dos legiones de guarnición, partió a la
ligera con un campo volante adonde estaba el enemigo. Parte de la escuadra dejó
sobre Tapso, y parte dio orden que se apostase a la espalda de Escipión, lo más
cerca que pudiese de la costa, y que observasen su señal, dada la cual,
causaran con súbita gritería un terror no esperado, con que, perturbados y
atemorizados los enemigos, se viesen obligados a volver la cara al peligro que
tenían a las espaldas.
LXXXI.
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Luego que
César llegó a este sitio y observó que Escipión tenía formado el ejército al
frente de las trincheras, puestos los elefantes en las alas, y entre tanto
parte de los soldados atentos con vigilancia a la fortificación de los reales,
formó sus tropas en tres líneas, poniendo en el cuerno derecho las legiones
décima y segunda, y la octava y nona en el izquierdo, cinco en el centro, cinco
cohortes delante de las alas contra los elefantes, los flecheros y honderos
mezclados en las mismas alas, y las tropas ligeras entre la caballería. Después
dio la vuelta a pie por todas las filas, excitando el valor de los veteranos,
hablándoles amorosamente y poniéndoles delante su esfuerzo y las victorias
anteriores. Y a los bisoños, que nunca les habían visto en batalla, los
exhortaba a que emulasen el valor de los veteranos y se animasen a gozar,
alcanzada la victoria, de la misma fama, nombre y reputación.
LXXXII.
Mientras
recorría de este modo el ejército, advirtió que andaban aturdidos los enemigos
en las trincheras, y como amedrentados corriendo de una parte a otra, ya se
recogían de las puertas adentro, ya salían fuera sin orden, moderación ni
consejo. Y como otros muchos observasen lo mismo, acudieron en un instante
muchos lugartenientes y voluntarios a pedir a César que no dudase en dar la
señal, pues le anunciaban los dioses inmortales una victoria cierta. Estando
César dudoso, y resistiendo a sus instancias diciendo en voz alta que no le
parecía bien dar una batalla a modo de asalto, empezó de improviso a tocar el
cuerno un trompeta del ala derecha,
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sin orden
de César, hostigado de los soldados. Con ello todas las cohortes empezaron a
avanzar hacia el enemigo a pesar de la resistencia que hacían los centuriones,
poniéndoles delante, para que no cerrasen sin orden del general, pues nada
adelantaban.
LXXXIII.
Viendo
César que no había medio de contener el ardor de los soldados, dando por seña
la felicidad, montó a caballo y empezó a avanzar hacia los enemigos al frente
de las legiones. Cerraron por el ala derecha los honderos y flecheros con los
elefantes, cargándoles de una multitud de dardos. Con que atemorizadas las
bestias con el zumbido de las hondas y piedras, revolvieron hacia los suyos,
que marchaban detrás, y cogiéndolos apiñados, los pisotearon y se fueron a
entrar por las puertas de las trincheras, que aún no estaban acabadas. La
caballería de los moros, que estaba en el mismo cuerno con los elefantes,
desamparada de esta defensa, dio principio a la fuga. Así que, desbaratados
prontamente los elefantes, se apoderaron las legiones de las trincheras enemigas;
y muertos algunos que se resistieron con valor, todos los demás dieron a huir
precipitadamente a los reales de donde habían salido el día antes.
LXXXIV.
Creo que no
se debe pasar en silencio la valerosa acción de un veterano de la legión
quinta. Herido un elefante del ala izquierda y enfurecido con el dolor, cerró
con un mochilero desarmado, y cogiéndole entre sus pies, le puso la rodilla
encima, y con la trompa
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derecha en
alto, haciendo grandísimo estruendo y cargando fuertemente sobre él, le oprimía
y reventaba. Entonces el soldado, no pudiendo sufrirlo ni contenerse, se
presentó armado al elefante. Éste luego que vio venir sobre sí al soldado con
el dardo en la mano, dejó al que tenía debajo, y arremetiendo al otro, le
abrazó con la trompa y le levantó en alto armado como estaba. El soldado, en
tal peligro, sin perder nada de su valor, dio tantas cuchilladas con cuanta
fuerza podía en la trompa que le rodeaba, que vencido del dolor el animal, le
despidió de sí, y se huyó corriendo y dando grandes bramidos hacia los demás
elefantes.
LXXXV.
Entre
tanto, hizo una salida la guarnición de la plaza por la puerta marítima, bien
por dar socorro a los suyos, o bien por buscar su salvación en la fuga,
desamparando la ciudad. Arrojáronse al mar, y aun teniendo el agua hasta la
cintura, procuraban ganar la tierra, pero estorbados por los esclavos y mozos
del ejército, que estaban en los reales, con piedras y dardos, se hubieron de
volver a la ciudad. A este tiempo, desbaratadas ya las tropas de Escipión, que
huían desparramadas por toda la campaña, partieron en su alcance las legiones
de César, sin dejarlas espacio para rehacerse. Habiendo llegado fugitivos a los
reales, adonde se enderezaron para volver a atrincherarse y a ponerse en
defensa, buscaban algún caudillo a quien volver los ojos y que con su autoridad
y representación los gobernase. Mas viendo que ninguno había que les sirviese
de defensa, arrojando las armas, dieron a huir hacia los cuarteles del
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rey.
Llegando aquí, y viéndolos ocupados por sus contrarios, desesperados ya de
salvarse, ocuparon una altura, y abatiendo las armas, hicieron la salutación
acostumbrada en la guerra. Más les sirvió de poco esta sumisión. Porque
encendidos los veteranos en furia y resentimiento, no sólo no podían ser
reducidos a perdonar al enemigo, sino que hirieron y mataron a muchos
ciudadanos personas de cuenta de su propio ejército, acusándoles de que
favorecían el partido contrarío. Uno de ellos fue Julio Rufo, que había sido
cuestor, traspasado de un dardo que le disparó un soldado con resolución. Y
hubiera perecido del mismo modo Pompeyo Rufo, herido ya en un brazo de una
cuchillada, si no se hubiera refugiado a César. A vista de esta resolución,
atemorizados muchos caballeros romanos y senadores, se retiraron del campo, por
no correr la misma suerte a manos de los soldados, que después de tan señalada
victoria, se habían tomado la libertad de atreverse a todo sin límites, como
adquirida una impunidad absoluta por sus famosos hechos. Y así todos aquellos
soldados de Escipión, aunque imploraban la protección de César, y aunque él
mismo pedía a sus soldados que les perdonasen, fueron muertos a sus propios
ojos, sin quedar ninguno.
LXXXVI.
Apoderado
César de los tres campamentos contrarios, muertos diez mil de ellos y puestos
los demás en fuga, se retiró a su campo con pérdida de cincuenta hombres y
pocos heridos. Inmediatamente se puso delante de Tapso, haciendo llevar al
frente contra la plaza
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sesenta y
cuatro elefantes armados de todos sus pertrechos y cargados de torres, tomados
de los enemigos, con el designio de ver si podía apartar de su obstinación a
Virgilio y a los que le acompañaban, con aquella prueba de la derrota de los
suyos. Después llamó él mismo a Virgilio y le invitó a la rendición, trayéndole
a la memoria su benignidad y clemencia; mas visto que no le daba respuesta, se
retiró de delante. Al día siguiente, después de haber hecho sacrificios a los
dioses, juntó todo su ejército a la vista de los vecinos de Tapso, y en su
presencia alabó a los soldados, repartió un donativo entre todos los veteranos,
distribuyó premios en particular desde su tribunal a los más esforzados y
beneméritos. Luego dejó al procónsul C. Rebilo con tres legiones sobre Tapso,
encargó a Cn. Domicio con otras dos el cerco de Cairoán, donde mandaba
Considio, y se puso en marcha para Útica, habiendo enviado delante a M. Mésala
con la caballería.
LXXXVII.
La
caballería de Escipión que se salvó huyendo de la refriega, habiendo tomado el
mismo camino de Útica, llegó a la ciudad de Parada, adonde no queriendo
recibirla los moradores, porque la fama les había llevado la noticia de la
victoria de César, la entró por fuerza. Amontonando luego cantidad de leña en
la plaza, echaron en el montón cuantos efectos hallaron de los habitantes, le
pusieron fuego, arrojaron a la hoguera a todos los moradores vivos, y atados de
pies y manos, sin distinción alguna de sexos ni edades, y acabaron con ellos
con este tan horroroso suplicio. Hecho esto
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marcharon a
Útica. Ya había días que M. Catón, teniendo a los uticenses por poco afectos a
su partido, por los privilegios concedidos por la ley Julia, había echado de la
ciudad a la plebe desarmada, obligándola a vivir fuera de la puerta bélica en
un campamento cercado por una línea y foso de poca resistencia y rodeada de
guardias, y al Senado le tenía bien custodiado en la ciudad. Luego que llegó la
caballería, empezó a atacar este campo, sabiendo que favorecían la facción de
César, para vengar con la muerte de éstos la venganza de su derrota, pero
animados los uticenses con la victoria de César, los rechazaron a palos y a
pedradas. Así, visto que no podían forzar el campamento, se metieron en la
ciudad, donde dieron muerte a muchos de los moradores y les robaron y saquearon
las casas. A los cuales no pudiendo reducir Catón por medio alguno a que
defendiesen la ciudad y se abstuviesen de las muertes y robos, conociendo lo
que querían, para sosegar su importunidad, repartió cien sestercios a cada uno.
Lo mismo hizo Fausto Sila de su propio caudal, y partió con ellos de Útica
hacia el reino de Juba.
LXXXVIII.
Entre
tanto, iban llegando otros fugitivos a Útica, a quienes convocó Catón, junto
con aquellos trescientos que habían suministrado dinero a Escipión para la
guerra, y les exhortó a que dando libertad a los esclavos defendiesen la
ciudad. Mas viendo que algunos asentían a esto, pero que otros, traspasados de
miedo, estaban resueltos a la fuga, no les habló más palabra sobre el
particular,
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antes les
dio embarcaciones para que cada uno tomase el rumbo que quisiese. Él, después
de haber dado orden con gran diligencia en todas sus cosas, y encargado sus
hijos a L. César, a quien tenía por cuestor, habiéndose retirado a dormir sin
dar sospecha alguna, con el mismo semblante y serenidad en sus discursos que
solía, entró secretamente la espada en su cuarto, y se pasó con ella.
Al caer en
tierra, sin haber muerto aún, entraron forzando la puerta el médico y alguno de
sus domésticos con alguna sospecha que tuvieron de su designio, y trataron de
tomarle la sangre y vendar la herida. Pero él con sus propias manos arrancó las
vendas y se dejó morir con ánimo sereno. Los uticenses, aunque no le amaban por
el partido que seguía, con todo, por su singular integridad, por haberse
portado muy de otra manera que los otros capitanes, porque había fortalecido la
ciudad con excelentes obras y aumentado sus torres, le dieron la honra de la
sepultura. Muerto Catón, L. César, por sacar algún partido para sí, convocó al
pueblo, le habló exhortándole a abrir las puertas y diciendo que él confiaba
mucho en la clemencia de César. Así, abiertas las puertas, partió de Útica a
encontrar a César. A ese tiempo llegó Mésala, y conforme a la orden que
llevaba, puso guardias a todas las puertas.
LXXXIX.
Partió
César de Tapso y vino a Uszita, donde había hecho Escipión un grande acopio de
víveres y municiones, que guardaba un corto presidio. Tomóla sobre la marcha y
pasó a Mahometa, donde, entrando sin detención alguna y haciéndose dar un
estado de las
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armas,
víveres y dinero, concedió la vida a Q. Ligado y a C Considio el hijo, que se
hallaban allí. Salió el mismo día de Mahometa, dejando aquí a Livineyo Regulo
con una legión, y se puso en marcha para Útica. Salióle al camino L. César, y
arrojándose a sus pies, le pidió la vida por única merced. César, conforme a su
costumbre, fácilmente le otorgó la súplica y continuando en la misma, otorgó lo
mismo a Cecina, a C. Ateyo, a P. Atrio, a L. Cela padre e hijo, a M. Epio, a M.
Aquinio, al hijo de Catón, y a los de Damasipo.
Con esto
llegó ya con luces a Útica y se quedó aquella noche fuera de la ciudad.
XC.
Al día
siguiente por la mañana entró dentro, convocó al pueblo a una junta, los animó,
les dio las gracias por el afecto que le habían mostrado; pero a los mercaderes
ciudadanos romanos y a los trescientos que habían contribuido con los caudales
a Varo y Escipión, después de haberles reprendido severamente y exagerado por
extenso su delito, concluyó diciendo que se presentasen sin miedo, que les
concedía las vidas, pero que les vendería los bienes, con condición, que si
alguno quisiese volver a comprar su parte, podría hacerlo en almoneda, pagando
como multa la cantidad en que fuese tasada, para quedar libres. Estos hombres,
pasmados de miedo y desesperados ya de la vida, por lo mal que habían hecho,
viendo que sin pensarlo se les ofrecía ésta, aceptaron el partido con
grandísimo contento y le suplicaron que impusiese una suma en común a todos.
César vino en ello, y les condenó a pagar al Pueblo
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Romano
doscientos mil sestercios en tres años y en seis plazos. Ninguno lo rehusó,
antes llenos de gozo le rindieron muchas gracias, diciendo a voces que este día
creían haber nacido.
XCI.
El rey
Juba, que se salvó huyendo de la batalla con Petreyo, escondiéndose de día en
los pueblos cortos y caminando de noche, llegó al cabo a su reino y a ciudad de
Zama, donde tenía su palacio, sus mujeres y bus hijos, adonde había conducido
sus tesoros y las cosas más preciosas de su reino y la que al principio de la
guerra había fortificado con grandes obras. Los moradores, que ya tenían la
deseada noticia de la victoria de César, le negaron la entrada. Porque cuando
emprendió la guerra contra el Pueblo Romano, había mandado conducir a Zama gran
porción de leña y hacer una elevada pira en medio de la plaza, con el ánimo, si
quedase vencido, de juntar en aquel montón todos sus efectos, y después de
muertos los habitantes y amontonados en la pira, ponerla fuego, darse él mismo
muerte sobre la hoguera, y ser víctima de su actividad, juntamente con sus
hijos, con sus mujeres, sus vasallos y todos sus tesoros. Después de haber
gastado mucho tiempo a las puertas de la ciudad, tratando con los vecinos,
primero por amenazas con autoridad de rey, y luego, visto que nada lograba con
este medio, por ruegos, suplicándoles le admitiesen a sus Dioses Penates,
cuando los vio tan constantes en su resolución, y que ni por ruegos ni por
amenazas los reducía a que le dejasen entrar, les pidió por último que le
entregasen sus hijos y sus mujeres, para llevarlos en
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su
compañía. Al fin, viendo que no le daban respuesta, sin haber logrado nada, se
retiró de Zama a una casa de campo con Petreyo y algunos caballeros.
XCII.
Los de Zama
despacharon sus diputados a avisar estas cosas a César, que se hallaba en
Útica, suplicándole les enviase socorro, antes que el rey juntase gente y fuese
a atacarles; aunque ellos quedaban resueltos a conservarle la ciudad sus
personas, mientras que les durase la vida. César alabó a los mensajeros y les
dijo que se adelantasen a dar parte en la ciudad de cómo él iba en persona.
Salió al día siguiente de Útica y dirigió su marcha al reino de Juba con la
caballería. En el camino vinieron a ofrecérsele muchos oficiales de las tropas
del rey, suplicándole les perdonase, a los que concedió el perdón, y llegaron
todos en compañía a Zama.
Había ya
corrido la voz de su benignidad y clemencia, y así vinieron a ofrecérsele casi
todos los caballeros del reino, a quienes aseguró del miedo y de cualquier
peligro.
XCIII.
Mientras
pasaba esto aquí, Considio, que estaba en Cairoán con su familia y una tropa de
gladiadores y getulos, informado de la derrota de los suyos, amedrentado con la
venida de Domicio y sus legiones, y desconfiando ya de su seguridad en esta
plaza, la abandonó, y huyendo secretamente con algunos bárbaros cargado de
dinero, se puso en camino para el reino de Juba. Pero codiciosos de sus
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riquezas
los mismos getulos que le acompañaban, le dieron muerte y se dividieron por
diversas partes. Al mismo tiempo Virgilio, viéndose cercado por mar y tierra,
sin poder adelantar nada, que los suyos eran muertos o desbaratados, que M.
Catón se había dado muerte en Útica por sus propias manos, que el rey, fugitivo
y abandonado de sus vasallos, era despreciado de todos, que Sabura y sus tropas
habían sido deshechas por Sicio, que César había sido recibido en Útica sin
ninguna oposición, que de tan numeroso ejército no quedaban algunas reliquias
que pudiesen favorecerle a él y a sus hijos, habiendo tomado su palabra al
procónsul Caninio, que le tenía cercado, se le entregó, y la ciudad con todos
sus efectos.
XCIV.
Excluido el
rey Juba de todas las ciudades, y perdida ya la esperanza de salvarse,
intentando con Petreyo dar a entender a los demás que ambos habían muerto
generosamente, riñeron entre sí. Juba, que era más robusto que Petreyo,
fácilmente le dio muerte. Después intentó él mismo pasarse el pecho con la
espada, mas no pudiendo conseguirlo, pidió con muchas instancias a un esclavo
que le matase, y él se lo concedió.
XCV.
A este
tiempo P. Sicio, habiendo desbaratado y muerto a Sabura, general del rey,
marchaba con poca gente por la Mauritania a incorporarse con César, cuando
encontró casualmente a Fausto y Afranio con aquella tropa con que habían
saqueado a Útica, que
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caminaban a
España, siendo entre todos mil y quinientos. Y así dispuso con prontitud, de
noche, una emboscada, y dando sobre ellos al amanecer, a excepción de algunos
caballos que huyeron de los primeros, a los demás dio muerte o hizo
prisioneros, y vinieron a sus manos Afranio y Fausto con su mujer y sus hijos.
Algunos días después, habiéndose suscitado cierta discordia en el ejército,
murieron Fausto y Afranio. A Pompeya, mujer de Fausto, y a sus hijos, concedió
César la libertad con todos sus haberes.
XCVI.
Escipión se
había embarcado en unas galeras con Damasipo, Torcuato y Pletorio Rustiano con
designio de pasar a España; pero después de haber sido largo tiempo el juguete
de las olas, fueron arrojados a Bona en el reino de Juba, donde a la sazón
estaba la escuadra de P. Sicio, cuyas naves, siendo de mayor porte y en mayor
número, cercaron y echaron a pique aquellas pocas, y allí pereció Escipión con
esos que acabo de nombrar.
XCVII.
César,
después de haber hecho pública almoneda en Zama de los bienes del rey y de
aquellos ciudadanos romanos que habían tomado las armas contra la República, y
habiendo repartido premios entre los vecinos que tomaron la resolución de
cerrar al rey las puertas, suprimidas las rentas reales, reducido el reino a
provincia, y dejando por gobernador de ella al procónsul Crispo Salustio, salió
de Zama y tomó la vuelta de Útica. Aquí hizo también
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almoneda de
los bienes de aquellos que habían tenido mando en los ejércitos de Juba y
Petreyo. Multó a los tapsitanos en veinte mil sestercios, y a su territorio en
treinta mil. Igual suma impuso a los de Mahometa, y a su territorio la de
cincuenta mil, con que defendió a las ciudades y a sus moradores de todo género
de robos y extorsiones. A los de Lebeda, a quienes había abrasado Juba sus
términos en los años pasados, y a quienes habiéndose quejado por sus mensajeros
al Senado, se les había recompensado los daños por medio de jueces árbitros que
nombró el Senado, los multó en trescientas mil libras de aceite en cada un año.
Porque suscitada una discordia entre los principales de la ciudad al principio
de la guerra, habían hecho alianza con Juba y le habían ayudado con armas, con
gente y con caudales. A los de Cairoán, por ser ciudad de poco nombre, los
multó en cierta cantidad de trigo.
XCVIII.
Arregladas
así las cosas, se embarcó César en Úrica a 13 de junio, y a los tres días
arribó a Cagliari en Cerdeña. Aquí multó a los suilcitanos en cien mil
sestercios, porque habían recibido en su puerto a Nasidio y a su flota, y
ayudándole con tropas. Asimismo mandó que pagasen por diezmo de ocho uno, en
lugar de diez, y vendió en almoneda los bienes de algunos particulares. Partió
de aquí a 29 de junio, y costeando desde Cagliari, llegó en veintiocho días a
Roma, habiéndole detenido los temporales en los puertos.
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3.
Comentarios de la guerra de España Anónimo
I
Vencido
Farnacés y reconquistada el África, los que escaparon de aquellas derrotas
entraron en España con Cn. Pompeyo el mozo, el cual apoderado de la provincia
Ulterior, mientras César se detenía repartiendo premios en Italia, empezó a
encomendarse a la fidelidad de algunas ciudades, para adquirir más fácilmente
tropas con que hacer resistencia. Habiendo, pues, juntado un mediano ejército,
arte por ruegos y parte por fuerza, se dio a destruir la provincia. En este
estado unas ciudades le enviaban socorros voluntariamente, otras por el
contrario le cerraban las puertas. De las cuales si tomaba algunas por fuerza y
en ellas encontraba algún ciudadano que hubiese hecho buenos servicios a su
padre Cn. Pompeyo, y fuese hombre rico, al instante se le forjaba una causa
para quitarle del medio y hacer a su riqueza presa de malvados. Ganando a sus
contrarios con algunos provechos de esta clase, cada día se aumentaban más sus
tropas; y por lo mismo las ciudades opuestas pedían con continuos correos a la
Italia que se acudiese a su socorro.
II.
Siendo
César dictador tercera vez, y nombrado de nuevo para el año siguiente, después
de tantas expediciones, habiendo venido a concluir la guerra de España,
salieron a recibirle unos diputados de Córdoba; que habían abandonado la
facción de Pompeyo; los cuales
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le dijeron
que aquella misma noche se podría tomar la ciudad, porque aun no sabían sus
contrarios que él estaba en la provincia, y habían sido sorprendidos los
correos que Pompeyo tenía dispuestos por varias partes para que le avisasen de
su venida. Además de éstas le propusieron también otras cosas verosímiles,
movido de las cuales hizo saber su llegada a Q. Pedio y a Q. Fabio Máximo, sus
lugartenientes, a quienes había dejado el mando de las tropas, con orden de que
le enviasen las de a caballo que hubiesen levantado en la provincia; pero vino
a incorporarse con ellos más presto de lo que pensaban, y así no tuvo como
deseaba la escolta de la caballería.
III.
Estaba a la
sazón Sexto, hermano de Cn. Pompeyo, con guarnición en Córdoba, que pasaba por
capital de la provincia, y Cn. Pompeyo se ocupaba ya hacía algunos meses en el
cerco de Montemayor. Luego que se supo aquí la llegada de César, «salieron
diputados, burlando las centinelas de Pompeyo, a suplicarle que los socorriese
cuanto antes le fuese posible. César, sabiendo que aquella ciudad había servido
con mucha lealtad en todos tiempos al Pueblo Romano, mandó a cosa de las nueve
de la noche partiesen seis cohortes con igual número de gente de a caballo, a
los cuales dio por cabo un oficial conocido en la provincia y muy inteligente,
llamado J. Junio Pacieco. Llegó éste con las tropas al campo de Pompeyo, al
tiempo que se levantó una gran tempestad, con tan furioso viento, que impedía
el verse unos a otros, y aun el conocer cada uno al que iba a su lado. Esta
misma incomodidad les fue muy
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provechosa,
porque cuando llegaron, mandó Pacieco que marchasen los caballos de dos en dos,
enderezándose derechamente a la ciudad por medio del campo enemigo. Mas como
algunos de los cuerpos de guardia les preguntasen quiénes eran, uno de los
nuestros les respondió que callasen, que importaba acercarse a la muralla para
sorprender la ciudad. Así las centinelas, parte impedidas por la tempestad, no
podían observar con atención, parte se aquietaban con esta respuesta. En
llegando a las puertas, hicieron una seña, con que fueron introducidos por los
ciudadanos. Entonces levantando el grito la infantería y caballería, y dejando
parte de los suyos en puestos convenientes, hicieron una salida a los reales
contrarios, que como les cogió de sobresalto, se creyeron todos perdidos.
IV.
Enviada
esta guarnición a Montemayor, para apartar César de este sitio a Pompeyo,
dirigió sus pasos a Córdoba. Destacó sobre la marcha con la caballería una
partida de gente esforzada de las legiones, los cuales, cuando estuvieron a la
vista de la ciudad, se pusieron a las ancas de los caballos. Esto no lo podían
advertir los cordobeses. Y así cuando los vieron llegar cerca, salió un número
considerable de la ciudad con resolución de deshacer aquella banda de a
caballo. En esto echaron pie a tierra los legionarios que dije, y los atacaron
con tanta furia, que de una multitud casi innumerable, volvieron muy pocos a la
plaza. Conmovido Sexto Pompeyo de esta desgracia, escribió a su hermano que
viniese con prontitud a
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socorrerle,
no fuese que tomase César a Córdoba antes de que él llegase. En vista de esta
carta de su hermano, Cn. Pompeyo, estando ya a punto de tomar a Montemayor,
levantó el cerco, y tomó con sus tropas la vuelta de Córdoba.
V.
Habiendo
llegado César al Guadalquivir, y no pudiendo vadearle por su profundidad, hizo
echar en él unos grandes cestos llenos de piedras, sobre los cuales construyó
un puente de dos filas de gruesas vigas, que enlazadas tomaban desde el
principio del puente hasta el otro cabo de la parte de la ciudad, y así pasó el
ejército en tres veces. Pompeyo vino con sus tropas al mismo paraje y acampó
enfrente de él. César, para quitarle la comunicación de la ciudad y cortarle
los víveres, hizo levantar una trinchera desde su campo hasta el puente. Lo
mismo y con el mismo designio hizo Pompeyo. Aquí entró la disputa entre los dos
generales, sobre quién ocuparía primero el puente, por lo que se trataban
diariamente continuas escaramuzas, en que ya unos, ya otros quedaban
superiores. Mas llegando a mayor empeño, vinieron unos y otros a las manos en
sitio desigual; pues con cuanta más porfía pretendían ganar terreno, tanto más
los estrechaba la inmediación del puente, y con la misma estrechez, acercándose
a la orilla del río, se precipitaban en él, donde no sólo morían unos sobre
otros, sino que se hacían montones de cadáveres. Así estuvo César muchos días
haciendo vivas diligencias por sacar a los enemigos a campo raso y dar cuanto
antes fin a la guerra.
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VI.
Mas viendo
que el enemigo no estaba de este parecer, aunque él le había apartado del
camino para traerle a lo llano, pasó por la noche el río con sus tropas,
mandando hacer grandes fuegos en el campo, y tomó la vuelta de Teba la vieja,
que era una de las plazas más fuertes del enemigo. Avisado de esto Pompeyo por
los desertores, hizo retirar aquel día muchos carros y ballestas que había
dejado en el camino por ser embarazado y estrecho, y se entró en Córdoba. César
empezó el sitio de Teba la vieja con atrincheramientos y líneas de
circunvalación, de lo cual informado Pompeyo, partió aquel día de Córdoba.
Adelantó César a su venida el apoderarse de muchos fuertes para su resguardo,
parte donde pudiesen estar varios destacamentos de caballería, y parte donde
asistiesen de día y de noche partidas de infantería para defensa de los reales.
Sucedió casualmente que al llegar Pompeyo había una niebla muy espesa; de
suerte que, al favor de aquella oscuridad, cercaron algunas de sus cohortes y
escuadrones de caballos a las partidas de César, haciendo en ellas tal
destrozo, que muy pocos salvaron las vidas.
VII.
La noche
siguiente dio Pompeyo fuego a su campo, y pasando el río Guadajos, fue a
acampar, atravesando unos valles, en una eminencia entre las dos ciudades, Teba
la vieja y Lucubis. César empezó a hacer manteletes y zarzos en sus
fortificaciones y las demás obras pertenecientes al sitio de la plaza. Es el
país
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montuoso, y
propio por naturaleza para la guerra. El río Guadajos atraviesa por medio del
llano, pero más cerca de Teba la vieja, que sólo dista de él como dos millas.
Pompeyo mantenía su campo enfrente de la ciudad en las alturas a vista de las
dos ciudades, sin atreverse a dar socorro a los cercados. Tenía consigo las
águilas de trece legiones; mas en las que él ponía más confianza de su valor
eran dos de la provincia que habían dejado a su capitán Trebonio, una formada
de las colonias del país y otra de las de Afranio, que el mismo Pompeyo trajo
consigo de África. Las demás se componían de tropas auxiliares de fugitivos; en
orden a infantería y caballería eran muy superiores los nuestros, así en número
como en valor.
VIII.
Añadíase a
esto el poder Pompeyo alargar más la guerra, por ser el terreno quebrado y
montuoso, y por lo mismo, muy a propósito para formar un campamento bien
fortificado y porque toda esta tierra de la España Ulterior es muy difícil de
atacar, por su fecundidad y la mucha abundancia de aguas. Además de esto, todos
los puestos desviados de las ciudades están defendidos de las incursiones
repentinas de los bárbaros con torres y fortificaciones, cubiertas aquéllas,
como en el África, no con teja, sino con argamasa, en las cuales tienen
atalayas, desde donde por su grande elevación descubren mucha tierra. Fuera de
esto, gran parte de las ciudades de esta provincia están resguardadas con los
montes y situadas en muy ventajosos puestos, que las hace muy difíciles de
atacar y entrar por fuerza. De suerte que la misma naturaleza del terreno las
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defiende de
los ataques y con dificultad se toman las ciudades de esta parte de España,
como sucedió en esta guerra. Porque estando acampado Pompeyo entre las dos
ciudades dichas, Tebas la vieja y Lucubis, y a la vista de entrambas, había a
distancia de cuatro millas de su campo una eminencia situada ventajosamente,
llamada el campo de Postumio, donde había levantado César un fuerte para poner
en él guarnición.
IX.
Pompeyo,
que estaba cubierto con la misma eminencia, según la disposición del terreno
bastante separada de los reales de César, conocía la ventaja de aquel puesto y
creía que no se aventuraría César a enviar a él nuevo refuerzo, así por ser
difícil, como por mediar el río Guadajos. Fiado en esta opinión, partió de su
campo a medianoche a asaltar el fuerte, para libertar de este peligro a los
sitiados. Viéndole acercar los nuestros levantaron de repente el grito y le
dispararon una carga de dardos, con que le hirieron mucha gente. Lo cual hecho,
puestos en defensa del fuerte, y despachado aviso a César a los reales mayores,
salió éste con tres legiones, a cuya vista, como huyesen los enemigos
atemorizados, murieron muchos, y muchos más quedaron prisioneros; otros
abandonaron las armas, de los cuales se llevaron al campo ochenta escudos. X.
Al día siguiente llegó de Italia Arguecio con tropas de a caballo, trayendo
consigo cinco banderas que había ganado a los saguntinos. No fue recibido con
la mayor estimación, por haber llegado ya a César la caballería de Italia con
Asprenas.
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Esta misma
noche dio fuego Pompeyo a su campo y tomó la vuelta de Córdoba. Un rey llamado
Indo, que había venido a acompañar a César con tropas de a pie y de a caballo,
empeñado con demasiado ardor en perseguir al enemigo, fue preso y muerto por
algunos legionarios del país.
XI.
Al día
siguiente siguió nuestra caballería bien lejos de la plaza, hasta cerca de
Córdoba, a los que conducían víveres desde la ciudad a los reales de Pompeyo,
de los cuales hicieron prisioneros cincuenta hombres con sus caballerías, y
fueron conducidos al campo. Este mismo día se pasó a nosotros Q. Marcio, que
servía de tribuno de los soldados a Pompeyo, y a eso de medianoche se trabó una
recia batalla sobre la ciudad, desde donde echaban a los nuestros fuegos
arrojadizos con mucha abundancia y con cuantas artes y medios se suelen
disparar.
Después se
pasó a nuestro campo el caballero romano C. Fundanio.
XII.
Al día
siguiente hizo prisioneros nuestra caballería dos soldados de una de las
legiones del país, los cuales dijeron que eran esclavos; pero entrando en el
campo, fueron conocidos de los soldados que antes servían a las órdenes de
Fabio y Pedio, y habían desamparado a Trebonio. No hubo medio de perdonarles, y
así fueron muertos por nuestros soldados. Al mismo tiempo se cogieron unos
correos enviados de Córdoba a Pompeyo, que vinieron a dar incautamente a
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nuestros
reales, a quienes se cortaron las manos, y se les puso en libertad. A cosa de
las nueve de la noche, siguiendo su costumbre, estuvieron largo tiempo los
sitiados arrojando una multitud de fuegos y dardos, con que hirieron a muchos
de los nuestros. Al alba hicieron una salida contra la legión sexta que estaba
ocupada en la fortificación; pelearon con gran denuedo, pero contuvieron los
nuestros su furia, aunque combatían los sitiados en puesto ventajoso. Así
aunque intentaron la salida, rechazados por el valor de los nuestros, a pesar
de la desigualdad del sitio, se retiraron muy heridos a la ciudad.
XIII.
El día
siguiente empezó Pompeyo a abrir una trinchera desde su campo al río Guadajos,
y habiendo encontrado mayor número de los suyos a una partida nuestra de a
caballo de guardia, la echaron del puesto y mataron tres soldados.
Este mismo
día A. Valgio, hijo de un senador, y que tenía otro hermano en el campo de
Pompeyo, tomó un caballo y huyó, dejando todas sus cosas. Se apresó y dio
muerte por nuestros soldados a un espía de la legión segunda de Pompeyo. A este
tiempo dispararon de la plaza una bala en que venía escrito que se pondría a la
vista un escudo el día que podrían acercarse a tomar la ciudad. Con esta
esperanza, creyendo algunos que podrían escalar sin riesgo el muro y apoderarse
de la plaza, empezaron al día siguiente a zapar el muro, y con efecto se
derribó un gran pedazo del exterior. Sorprendidos en este hecho fueron
conservados por los sitiados,
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como si
fueran de su facción, y por ellos pedían la libertad para los legionarios y
para aquellos a quienes Pompeyo había destinado a la defensa de la plaza. César
les respondió que estaba acostumbrado a dar la ley, no a recibirla.
Vueltos a
la ciudad con esta respuesta, levantaron el grito, dispararon todo género de
armas arrojadizas y se pusieron en defensa todos alrededor de la muralla, por
lo que la mayor parte de los nuestros se persuadió a que harían aquel día
alguna salida. Y así se dio un asalto general, en que se peleó por algún tiempo
con mucho denuedo. Un tiro de ballesta disparado por los nuestros derribó una
torre, en que perecieron cinco hombres que estaban dentro, y un muchacho que
avisaba cuando funcionaba la ballesta.
XIV.
Después de
algún tiempo levantó Pompeyo un fuerte de la otra parte del río Guadajos, y no
siendo estorbado por los nuestros, se dejó llevar de la falsa gloria de haber
ocupado un puesto casi en el recinto de nuestras líneas. Al día siguiente se
adelantó un poco más, como solía, y llegando a un paraje donde estaba de
guardia una partida nuestra de caballería, destacó algunos escuadrones con
infantería ligera, que dieron de improviso sobre los nuestros, los
desbarataron, y por su corto número y traer tropas ligeras, quedaron
atropellados y deshechos entre sus centurias. Pasaba esto a la vista de uno y
otro campo, y se iban ensoberbeciendo con arrogancia los pompeyanos, por haber
empezado a seguir el alcance a algunos de los nuestros que iban huyendo; los
cuales, llegando
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adonde
fueron sostenidos por otras partidas nuestras, puestos en ademán de hacer
frente, y levantando el grito, según su costumbre, no quisieron los enemigos
aceptar la batalla.
XV.
Sucede, por
lo regular, en los ejércitos con los encuentros de a caballo, que cuando la
caballería echa pie a tierra para pelear con la infantería, lleva aquélla lo
peor; pues al contrario sucedió en el presente combate. Vino una tropa ligera y
escogida para la acción a dar sobre nuestra caballería cuando menos lo pensaba
y conocida la calidad de la gente, echaron pie a tierra muchos de los nuestros,
de suerte que a poco tiempo peleaban los peones a caballo y los de a caballo a
pie, llegando a combatirse hasta muy cerca de los atrincheramientos. En este
choque murieron ciento veintitrés de los contrarios, muchos fueron despojados
de las armas y no pocos obligados a refugiarse llenos de heridas a la plaza; de
los nuestros murieron tres y quedaron heridos doce infantes y cinco caballos.
En el mismo día, después de esta acción, se dio, como de ordinario, un asalto a
la muralla. Después de haber arrojado a los nuestros, que no dejaban de
resistirse con brío, una gran multitud de dardos y fuegos, cometieron los de
Pompeyo una maldad horrible y abominable, pues empezaron a degollar a los
huéspedes, que se hallaban en la ciudad, a vista nuestra, y a echarlos del muro
abajo como bárbaros, cosa sin ejemplar en la memoria de los hombres.
XVI.
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Al respirar
el día enviaron los pompeyanos un correo a la plaza, sin que lo entendiesen los
nuestros, para que aquella noche diesen fuego a las torres y trincheras, e
hiciesen una salida a medianoche. Así que, disparando una inmensa multitud de
dardos y fuegos, con que consumieron gran parte de la muralla, abrieron la
puerta que estaba enfrente del campo de Pompeyo e hicieron todas las tropas una
salida, sacando al mismo tiempo fajinas para cegar los fosos y garfios de
hierro para desbaratar y pegar fuego a las barracas de paja que habían hecho
los nuestros por causa del frío. Trajeron, además, alhajas de plata y vestidos,
para que mientras se ocupaban los nuestros en el pillaje, pudiesen deshacerlos
y retirarse al campo de Pompeyo, el cual, pensando que saldrían con su intento,
estuvo toda la noche formado en batalla de la otra parte del río. Más aunque
acometieron la acción sin saber nada los nuestros, con todo, animados de valor,
los rechazaron y retiraron llenos de heridas otra vez a la plaza, se apoderaron
de la presa y armas, y aun hicieron muchos prisioneros, que fueron muertos al
otro día.
Al mismo
tiempo se pasó de la plaza un soldado, que dio noticia de que había salido
Junio de una mina donde estaba, diciendo a voces, después de aquel destrozo de
los ciudadanos, que habían caído en una grave y abominable maldad, que ningún
delito habían cometido aquellos infelices, porque fuesen merecedores de aquel
suplicio; pues los recibieron al abrigo de sus aras y hogares y ahora dejaban
violado y manchado el derecho de hospitalidad; que al tenor de éstas había
añadido otras razones, movidos de las cuales cesaron en aquella carnicería.
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XVII.
Al día
siguiente vinieron al campo de César, como diputados de la guarnición, Tulio y
Catón Lusitano, y tomando aquél la palabra, le habló en esta sustancia: «Ojalá
hubieran dispuesto los dioses inmortales que fuera yo tu soldado y no de Cn.
Pompeyo y que mostrase constancia en tu victoria y no en su desgracia, supuesto
que sus funestos elogios han venido a parar a la triste suerte de que los
ciudadanos romanos, faltos de todo socorro, seamos entregados como enemigos por
desgracia de nuestra patria, no habiendo experimentado en sus prósperos sucesos
aquella primera fortuna, ni alcanzado en su derrota alguna victoria favorable.
Nosotros, que hemos resistido el valor de tus legiones, esperado día y noche en
los reparos el corte de las espadas y el tiro de los dardos, vencidos y
desamparados de Pompeyo, rendidos a tu valor, pedimos la vida a tu clemencia y
te suplicamos te muestres en la rendición de tus ciudadanos cual te has
mostrado a los extranjeros. » César le respondió: «Cual me he mostrado a los
extranjeros, me mostraré en la rendición de los ciudadanos».
XVIII.
Despedidos
de César los diputados, no siguió Tiberio Tulo a Antonio que entraba, sino que
volvió a la puerta y echó mano a un hombre. Viendo esto Antonio, saco un puñal
con que le hirió en una mano, y ambos se pasaron al campo de César74. Al mismo
tiempo se pasó un
74 Parece
que falta algo en el texto, por su oscuridad.
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alférez de
la legión primera y dijo que el día de la batalla ecuestre habían muerto
treinta y cinco soldados de su bandera, pero que no se podía hablar palabra en
el campo de Pompeyo, ni decir que faltaba alguno. Un siervo, cuyo señor se
hallaba en el campo de César y había dejado en la ciudad a su mujer y un hijo,
dio muerte a su señor y se pasó con secreto de los reales de César a los de
Pompeyo, y disparó una bala con un escrito en que informaba a César de las
prevenciones que se hacían para defensa de la plaza.
Recibidos
así algunos avisos, habiéndose entrado en la ciudad los que con balas los
enviaban, se pasaron dos hermanos portugueses, que contaron la plática que
había tenido Pompeyo, es a saber, que supuesto que él no podía socorrer la
plaza, se saliesen de noche sin ser vistos hacia la marina; y que habiendo uno
de los presentes replicado que mejor era salir al campo de batalla, que dar
señal de fuga, al punto se le dio muerte. A este tiempo se cogieron dos correos
y César hizo tirar las cartas a los sitiados. A uno de ellos, que le pedía la
vida, le mandó que pusiere fuego a una torre de madera de los sitiados,
prometiéndole que si lo hacía le concedería cuanto le pidiese. Era muy difícil
incendiarla sin riesgo. El... 75(75) al tiempo de acercarse a la torre de
madera fue muerto por los sitiados. Esta misma noche informó un desertor que
Pompeyo y Labieno se habían indignado dé la matanza ejecutada en los
ciudadanos.
XIX.
75 Falta
algo en el texto.
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A eso de
las nueve de la noche se abrió por el pie una de nuestras torres de madera por
la multitud de dardos que la disparaban, hasta el segundo y tercer alto. Al
mismo tiempo se trabó un recio choque junto a la muralla, e incendiaron los
sitiados una torre nuestra, aprovechándose de un viento favorable.
Al romper
del día siguiente se arrojó del muro una matrona, y pasándose a nuestro campo,
dijo que tenía resuelto pasarse con toda su familia, pero que toda ésta había
sido presa y pasada por la espada. Poco tiempo después arrojaron del muro unas
tablas en que estaba escrito esto: «L. Minucio a César. Si me concedes la vida,
puesto que me ha desamparado Pompeyo, cual he sido para con él, tal me
experimentarás hacia ti en el valor y constancia. » Al mismo tiempo vinieron a
César los mismos diputados de la plaza que antes, diciéndole, que si les hacía
merced de las vidas le entregarían al día siguiente la ciudad. Respondióles que
era César y cumpliría su palabra. A consecuencia de esto se rindió la plaza
antes del 19 de febrero, y fue aclamado capitán general.
XX.
Informado
Pompeyo por algunos fugitivos de la rendición de la plaza, levantó su campo, y
dirigiéndose a Lucubis, dispuso levantar fuertes en todos los alrededores y
mantenerse dentro de sus reparos. En este tiempo se pasó por la mañana a
nuestro campo un soldado de la legión del país y dijo que Pompeyo había
convocado a los vecinos de Lucubis y les había dado orden de que averiguase con
toda diligencia quiénes eran de su partido y quiénes favorecían las
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armas
victoriosas de sus enemigos. A poco tiempo se encontró dentro de una mina, en
la plaza tomada, al esclavo que dijimos había dado muerte a su señor, y fue
quemado vivo. No mucho después se pasaron ocho centuriones de la legión del
país, y nuestra caballería tuvo una escaramuza con la de los enemigos, en que
murieron de las heridas algunos de la infantería ligera. Esta noche se cogieron
tres esclavos espías, y un soldado de la legión del país: los siervos fueros
ahorcados, y al soldado se le cortó la cabeza.
XXI.
El día
siguiente se pasó a nuestro campo una partida de caballos con alguna infantería
ligera. Al mismo tiempo salieron once caballos enemigos a nuestros aguadores,
mataron algunos y a otros hicieron prisioneros; pero de los caballos quedaron
ocho prisioneros. El día siguiente mandó Pompeyo degollar setenta y cuatro
personas, que se decía afectas al partido de César; a los demás hizo retirar a
la plaza, de los cuales se escaparon ciento veinte al campo de César.
XXII.
Después de
este suceso los naturales de Osuna, que se hallaban en Teba la vieja, salieron
como diputados en compañía de algunos de los nuestros, para dar cuenta de lo
sucedido a los de su ciudad y hacerles reconocer lo que tenían que esperar de
Pompeyo, viendo degollar a sus huéspedes y otras muchas maldades que ejecutaban
en aquellos que le recibían en sus pueblos para su defensa. Al llegar a la
ciudad los nuestros, que eran caballeros y senadores romanos,
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no se
atrevieron a entrar, sino los moradores de ella. Dadas y recibidas varias
respuestas de una y otra parte, cuando ya se volvían a los nuestros, que se
habían quedado fuera, salieron siguiéndolos del presidio, y de encono mataron a
los diputados, de los cuales dos que quedaron volvieron a dar parte del suceso
a César.
Ellos
despacharon espías a Teba la vieja; y habiendo averiguado que la razón de los
diputados era como la habían propuesto, se alborotaron, y acometiendo al que
los había muerto, empezaron a apedrearle y querer haberle a las manos, diciendo
que por él se había perdido. Él, apenas libre del riesgo, les pidió permiso
para salir por su diputado para dar satisfacción a César. Dada esta facultad,
salió de la plaza, y previniendo una escolta y juntándosele un buen número de
gente, fue introducido de noche en la ciudad con engaño, hizo gran matanza en
ella, acabó con los principales, que le habían sido contrarios, y se alzó con
el mando. Después de algún tiempo se pasaron algunos siervos a nuestro campo, y
dijeron que se vendían los bienes de los vecinos y a ninguno se permitía salir
de la trinchera, sino desceñido, porque desde el día que se rindió Teba la
vieja, muchos, poseídos del temor y sin esperanza alguna de la victoria, se
refugiaban a la Extremadura; de suerte que si alguno de los nuestros se pasaba
a su campo, se le destinaba a la infantería ligera y no recibía más paga que
diez ases cada día.
XXIII.
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En los días
siguientes acampaba César siempre más inmediato al enemigo y empezó a levantar
una línea hasta el río Guadajos. Mientras estaban los nuestros ocupados en la
obra, salieron contra ellos los enemigos desde un puesto ventajoso y en número
considerable, y no separándose los nuestros del trabajo, recibieron fuertes
descargas de dardos, con que quedaron muchos heridos. Aquí, como dijo Enio,
perdieron los nuestros algún terreno. Y advirtiendo, fuera de toda costumbre,
que iban cediendo, pasaron el río dos centuriones de la quinta legión y
restituyeron la batalla; y haciendo otros muchos cosas de gran valor, pereció
el uno a la multitud de dardos que desde el puesto ventajoso le disparaban. El
otro, que empezaba a hacer igual el combate, viendo que le cercaban por todas
partes, al querer retraerse tropezó y cayó en el suelo. Vista por muchos la
caída de este varón, acudió sobre el gran número de los enemigos. Pasó entonces
el río nuestra caballería, y empezó a retirarlos hasta sus trincheras. Los cuales,
cebados más de lo justo en la matanza dentro ya de sus líneas, se vieron
cortados por los escuadrones de a caballo y las tropas ligeras; y si no fueran
personas de tanto valor, quedaran todos prisioneros, porque de tal manera los
estrechaba la fortificación, que apenas se podían manejar por lo angosto del
terreno. Quedaron heridos muchos en los dos encuentros, y entre ellos Clodio
Aquicio, pero aunque se vino de cerca a las espadas, volvieron los nuestros con
la gloria de no haber perdido un hombre, fuera de los dos centuriones.
XXIV.
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Al otro día
se vinieron a avistar los dos ejércitos junto a Soricaria. Empezaron los
nuestros a abrir trincheras; mas viendo Pompeyo que se le cortaba la
comunicación del fuerte de Espejo, distante cinco millas de Lucubis, se vio en
precisión de dar la batalla. Mas no se aventuró a ella en campo raso, sino que
desde una altura que ocupaba quiso ganar otra más elevada, aunque para esto
había de pasar por un paraje nada ventajoso. Por lo que, dirigiéndose los dos
ejércitos a ocupar aquella altura, fueron preocupados por los nuestros los
enemigos y echados de todo el llano, cosa que hacía ventajosa la batalla a los
nuestros. Como los enemigos se retiraban por todas partes, se hizo gran matanza
en ellos, a quienes salvó la montaña, no su valor; y aun de esté auxilio se les
despojara enteramente, aunque con inferior número, si no hubiera sobrevenido la
noche.
Murieron de
su infantería ligera trescientos veinticuatro soldados, y de legionarios ciento
treinta y ocho, además de otros muchos, cuyas armas y despojos se trajeron a
los reales.
XXV.
Al día
siguiente, habiendo venido al mismo paraje sus partidas de a caballo, hacían lo
mismo que oirás veces, pues nadie sino la caballería tenía ánimo para
presentarse en terreno igual. Estando los nuestros ocupados en los trabajos,
empezaron las tropas de a caballo a tener algunas escaramuzas, y juntamente los
legionarios con grandes voces, como pidiendo lugar; de modo que acostumbrados a
seguir a las partidas de caballos, se podía pensar
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que venían
dispuestos a la batalla. Salieron los nuestros bien lejos por un hondo valle e
hicieron alto en la llanura en terreno igual. Mas ellos sin duda no se
atrevieron a bajar a campo raso, sino Antistio Tarpión, que fiado en sus
fuerzas entró en la presunción de que no había en el campo contrario quien le
pudiese hacer frente. Aquí se vio, como dicen, el combate de Aquiles con
Memnón. Q. Pompeyo Niger, caballero romano de Itálica, salió de nuestro
ejército a sostener el combate. Como la ferocidad de Antistio había llamado la
atención a todos, aun de los que estaban en la obra, los dos ejércitos se
pusieron a ver esta batalla singular. Era dudosa la victoria entre los dos
campeones; y así parecía que su combate iba a decidir la suerte de los dos
ejércitos. Tan deseosos y afectos cada uno al de su partido (*)76 tenían
divididas entre sí la voluntad de los experimentados y de sus favorecedores.
Entraron en la llanura con brioso ademán para combatirse, ambos cubiertos con
escudos muy relucientes y hermosísimos por el grabado. Cuya batalla se hubiera
concluido luego, a no ser que la infantería ligera, que como dijimos estaba no
lejos de los reales, para sostener a su caballería... (*)7777. Al recogerse
nuestra caballería al campo, partieron en su seguimiento los contrarios con
demasiada codicia. A este tiempo, levantando los nuestros el grito, cerraron
todos con los enemigos, que poseídos del miedo, y puesto en fuga, se retiraron
a los reales con pérdida de mucha gente.
XXVI.
76 Hay
faltas en el texto, donde van las señales.
77 Hay
faltas en el texto, donde van las señales.
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Regaló
César a la centuria de Casio en premio de su valor trece mil sestercios; al
capitán dos collares de oro, y diez mil sestercios a la infantería ligera.
Pasáronse este día A. Bevio, C. Flavio y Aulo Trebelio, caballeros romanos de
Jerez, cubiertos de armaduras casi enteras de plata. Dijeron que todos los
caballeros romanos que se hallaban en el campo de Pompeyo habían convenido
entre sí pasarse al nuestro, pero que por delación de un siervo habían sido
todos presos, y que ellos se habían escapado hallando oportunidad para ello.
También se interceptó este día una carta que enviaba Pompeyo a Osuna, de este
tenor: «Si estáis con salud, me alegro; yo también lo estoy. Aunque por fortuna
tenemos rechazados hasta ahora a los enemigos con gran satisfacción nuestra,
con todo, si se aventuraran a venir a las manos en sitio proporcionado,
concluyera la guerra más presto de lo que pensáis. Pero no se atreven a exponer
su ejército bisoño al trance de una batalla, y así van alargando la guerra al
amparo de nuestros fuertes. Cercan a cada una de las ciudades, de donde se
surten de víveres, por lo que yo conservaré los de nuestro partido, y cuanto
antes sea posible daré fin a la guerra.
Tengo ánimo
de enviaros algunas cohortes, y no hay duda que quitándoles el refugio de
víveres en nuestros pueblos, vendrán precisamente a la batalla. » Poco después,
estando los nuestros descuidados en las obras, nos mataron algunos caballos que
estaban haciendo leña en un olivar. Pasáronse después unos esclavos a nuestro
campo, y dijeron que era mucho el temor desde
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el 5 de
marzo, en que se dio la batalla cerca de Soricaria, y que andaba Acio Varo
reconociendo todos Tos fuertes con gran cuidado.
XXVII.
Este día
levantó Pompeyo el campo, y sentó en un olivar de Sevilla. Antes de partir
César al mismo paraje, se vio la luna a las doce del día. De aquí levantó
Pompeyo su campo hacia Lucubis y mandó a la guarnición que había dejado en ella
que dando fuego a la plaza se volviese a los reales mayores. A poco tiempo puso
sitio César a Ventisponte, la cual se rindió. Tomó después el camino de Canica
porque había cerrado las puertas a sus presidios.
Un soldado
que dio muerte en los reales a un hermano suyo, fue descubierto por los
nuestros y le mataron a palos. Desde aquí continuó César su marcha y llegando
al campo de Munda, puso su real enfrente de Pompeyo.
XXVIII.
Al día
siguiente, queriendo César proseguir la marcha, le avisaron los corredores que
Pompeyo había estado formando en batalla desde medianoche.
Con esta
noticia dio señal de batalla. Pompeyo había sacado sus tropas al campo, porque
había escrito poco antes a los de Osuna, que favorecían su partido, que César
no quería exponerse a bajar a lo llano, por ser bisoño la mayor parte de su
ejército. Estas cartas mantenían constantes los ánimos de los moradores, y él,
llevado de la misma esperanza, creía que le saldría bien todo cuanto intentase,
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pues estaba
defendido de la naturaleza del terreno y de la fortificación de la misma plaza
donde tenía sus reales. Porque, como arriba dijimos, todo este terreno es
montuoso y metido entre cerros, sin que ninguna llanura los separe.
XXIX.
Más no nos
ha parecido pasar en silencio lo que sucedió a la sazón. Mediaba entre los dos
campamentos una llanura de cerca de cinco millas; de suerte, que las tropas de
Pompeyo estaban al amparo de dos defensas: la primera, de la situación elevada
de la ciudad, y la otra, de la naturaleza del terreno. Desde aquí empezaba a
extenderse la llanura cortada por un riachuelo, que hacía muy difícil el ataque
de su campo, porque corría hacia la derecha, dejando el terreno pantanoso y
lleno de concavidades. Al ver César formado su ejército no dudó que avanzarían
hasta la mitad del llano a dar la batalla. Pasaba el lance a vista de todos.
Favorecía el paraje con la llanura al manejo de la caballería y convidaba
también la serenidad del día y el sol, que no parecía sino que los dioses
inmortales proporcionaban este tiempo excelente y sumamente apetecible para dar
la batalla.
Alegrábanse
los nuestros, y no faltaban quienes también temían, viéndose con tal coyuntura,
que el trance de una hora iba a decidir la suerte de los intereses y fortunas
de todos. Avanzaron los nuestros en ademán de atacar, pensando que harían lo
mismo los enemigos, pero éstos no se atrevían a separarse más de una milla de
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la
fortificación de la plaza, resueltos a pelear al amparo de sus murallas.
Los
nuestros fueron avanzados más, y entretanto, la ventaja del sitio convidaba a
los enemigos a pretender con tan buena proporción la victoria. Mas con todo no
se movían un paso de su propósito de no alejarse de su puesto ventajoso y de la
ciudad. Marchó nuestra gente con paso lento hasta muy cerca del río, sin
quererse ellos mover para aprovecharse de esta ventaja.
XXX.
Constaba su
ejército de trece legiones, cubiertos los lados con la caballería, y además
seis mil hombres de infantería ligera. A estas tropas se añadía casi otro tanto
número de auxiliares. Nuestras tropas eran ochenta cohortes y ocho mil
caballos. Habiendo llegado los nuestros al terreno desigual al cabo de la
llanura, estaba prevenido el enemigo del otro lado en puesto ventajoso, y era
muy expuesto el pasar al terreno más elevado. Advertir esto por César, para no
emprender temerariamente un lance aventurado por falta suya, señaló el terreno
hasta donde sus tropas debían avanzar. Más llegado esto a oídos de todos,
llevaban muy a mal que se les estorbase el poder dar una batalla decisiva. Esta
detención hizo más animosos a los enemigos, pensando que a las tropas de César
las embargaba el miedo de venir a las manos. Engreídos con esta opinión, se
fueron exponiendo a un paraje menos ventajoso, pero adonde todavía no podían
acercarse los nuestros sin grave peligro. Tenían su puesto los decumanos en el
ala derecha; en la izquierda
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las
legiones tercera y quinta, y también las tropas auxiliares y la caballería. Al
fin trabóse la batalla con gran gritería.
XXXI.
Aunque los
nuestros eran superiores en el valor, con todo, se defendían acérrimamente los
contrarios con la ventaja del terreno, y unos y otros levantaban gran vocerío y
hacían valientes embestidas para dar sus descargas, de suerte, que casi
desconfiaban los nuestros de la victoria. Porque el arremeter y la grita con
que suelen amedrentarse mucho los enemigos, eran en comparación iguales. Y así,
habiendo traído a la pelea igual valor y denuedo, murió una gran multitud de
los enemigos amontonada y atravesada de nuestros dardos. Dijimos arriba que
ocupaban el ala derecha los decumanos, los cuales, aunque pocos, por el exceso
de su esfuerzo, atemorizaban mucho con sus hechos a los contrarios y los iban
apretando tan fuertemente, que para que los nuestros no los atacasen por el
flanco, se empezó a mover una legión de derecha a izquierda para refuerzo de
ésta.
Luego que
se separó la legión, empezó a cargar la caballería de César sobre el ala
izquierda de los enemigos, que, sin embargo, se defendía con el mayor esfuerzo,
y de modo que no quedaba arbitrio en el campo para socorrer a unos ni a otros.
Así que, mezclados los gritos con los gemidos, y resonando a un mismo tiempo el
batir de las espadas, llenaban de terror los ánimos de los no experimentados.
Aquí se combatía, como dijo Enio, pie con pie y arma con arma. Al cabo
empezaron los nuestros a retirar por el
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campo a los
contrarios, aunque peleaban con mucho esfuerzo, a quienes sirvió de amparo la
ciudad. En el mismo día de las fiestas de Baco no quedara hombre vivo, si no se
hubieran refugiado al mismo paraje de donde salieron. Quedaron en el campo de
batalla cerca de treinta mil hombres, o algo más. Entre ellos se hallaban
Labieno y Acio Varo, a quienes se hicieron las exequias, y además tres mil
caballeros romanos, parte de Italia y parte de la provincia. De los nuestros
faltaron hasta mil entre infantes y caballos, y quedaron heridos quinientos.
Cogiéronse las trece águilas de los enemigos, con las demás insignias y las
fasces, y se hicieron prisioneros diecisiete cabos principales. Éste fue el
suceso de la batalla de Munda.
XXXII.
Habiéndose
propuesto esta plaza por refugio de la derrota, se vieron precisados los
nuestros a circunvalarla. Las armas y cadáveres de los enemigos sirvieron de
céspedes; de sus escudos y picas se compuso la empalizada (*)78.
Pusiéronse
encima los cadáveres, los dardos y las cabezas puestas en orden, y vueltas
hacia la plaza, para que se consternasen los ánimos de los sitiados a vista de
tales insignias de la victoria, que formaban la línea de su circunvalación79.
Así solían
los galos cercar una ciudad con los cadáveres, picas y lanzas de sus enemigos,
y luego combatirla. Huyó de la pasada derrota Valerio el mozo con algunos
caballos a Córdoba y dio cuenta
78 Hay
faltas en el texto, donde van las señales.
79 Hay
faltas en el texto, donde van las señales.
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del suceso
a Sexto Pompeyo, que se hallaba en esta ciudad. Con esta noticia repartió
Pompeyo el dinero que tenía entre los caballeros que le acompañaban; dijo a los
naturales que iba a tratar con César de composición y salió de la plaza a cosa
de las nueve de la noche. Cn. Pompeyo, con algunas tropas de a pie y de a
caballo, partió por otra parte hacia Tarifa, donde estaba su flota, la cual
ciudad dista de Córdoba ciento setenta millas.
Cuando se
halló a ocho millas de esta plaza, les escribió de su parte P. Calvicio, que
había mandado antes su campo, que por hallarse algo enfermo le enviasen una
litera en que fuese conducido a la ciudad. En vista de esta carta fue llevado
Pompeyo a Tarifa. Los que seguían su partido se juntaron en la casa donde se
hospedó (aunque sospechaban que venía de oculto) para tomar sus órdenes acerca
de la guerra. Habiéndose juntado mucha gente, Pompeyo desde la litera se
entregó a su fidelidad.
XXXIII.
Después de
la acción ya dicha, teniendo César cercada a Munda, se encaminó a Córdoba. Los
que se refugiaron aquí después de la derrota, se hicieron dueños del puente.
Cuando llegaron los nuestros, empezaron a insultarlos con mil oprobios,
diciéndoles que sólo habían quedado unos pocos de la batalla y que adonde
pensaban recogerse. Y se pusieron en defensa del puente. César pasó el río y
acampó delante de la ciudad. Escápula, cabeza de la sedición de los esclavos y
libertos, habiéndose refugiado en Córdoba después de la batalla, convocó a su
familia y libertos; mandó que le
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preparasen
una hoguera, que le previniesen una gran cena y cubriesen la hoguera de sus más
ricos vestidos; repartió entre su familia todo su dinero y alhajas, cenó
temprano, bebió vino mezclado con resina y nardo, y al fin mandó a un siervo y
a un liberto, que había sido su concubino, al uno que le degollase y al otro
que encendiese la hoguera.
XXXIV.
Luego que
César sentó su campo delante de la ciudad, se levantó gran discordia entre los
habitantes, unos por César, otros por Pompeyo; de suerte, que casi se oían sus
voces en los reales. Estaban a la sazón algunas legiones de fugitivos y siervos
de los vecinos, a quienes Sexto Pompeyo había dado libertad, los cuales fueron
llegando a rendirse a César. La legión trece se puso en defensa de la ciudad, y
aunque otros lo repugnaban, ocupó parte de los fuertes y la muralla. Los
partidarios de César le enviaron diputados de nuevo, pidiendo que entrasen las
legiones en la plaza para su socorro. Advertido esto por algunos de los
fugitivos, empezaron a poner fuego a la ciudad; pero entrando entonces los
nuestros, y cerrando con ellos, mataron veintidós mil, además de los que
perecieron fuera de la muralla. Así quedó César dueño de la ciudad. Durante
esta detención los que dijimos arriba que se habían refugiado en Munda,
hicieron una salida, en que murieron muchos de ellos y los demás fueron
retirados a la plaza.
XXXV.
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Marchando
César desde aquí a Sevilla, vinieron diputados a pedir que les perdonase; él
les ofreció conservar la ciudad. Entró en ella su lugarteniente Caninio con una
guarnición, y César acampó extramuros. Había dentro un grueso presidio de la
facción de Pompeyo, que llevaba muy a mal se hubiese dado entrada a las tropas
de César. Diputaron, sin que lo trasluciesen los nuestros, a un tal Filón,
acérrimo defensor del partido de Pompeyo y muy conocido en Portugal, A. Cecilio
Niger, llamado el bárbaro, que acampaba junto a Lenio con un número
considerable de portugueses. Volvió éste con socorro; fue recibido otra vez de
noche en la plaza por la muralla y pasó a cuchillo las centinelas y guarnición
de César. Cerráronse luego las puertas y se pusieron de nuevo en la anterior
disposición de defensa.
XXXVI.
Mientras
andaban en esto vinieron diputados de Tarifa a dar parte a César cómo tenían en
su poder a Pompeyo, esperando recompensar con este servicio la falta que antes
habían cometido de cerrarle las puertas. Entre tanto, los portugueses no
dejaban de atender a la defensa de Sevilla. Y viendo César que si se empeñaba
en dar un asalto, aquella gente perdida pegaría acaso fuego a la ciudad y
arruinaría sus murallas, tomando consejo, resolvió dejarlos salir por la noche,
lo cual pensaron ejecutar sin que él lo supiese. Con efecto, salieron e
incendiaron las naves que estaban en el Guadalquivir; y mientras los nuestros
se ocupaban en apagar el fuego, se escaparon; pero dieron en manos de nuestra
caballería, que acabó
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con todos.
Recobrada la ciudad, tomó el camino de Jerez, de donde vinieron diputados a
pedir la paz. Los que se retiraron a Munda, viéndose tanto tiempo cercados,
vinieron muchos a entregarse; y formada de todos una legión, se conjuraron a
que con cierta señal hiciesen una salida los de la plaza, y ellos en los reales
harían gran matanza. Averiguada la traición, la noche siguiente mediada ésta,
recibida la contraseña para distinguir a los de César de los adversarios,
fueron todos pasados por la espada fuera de las trincheras.
XXXVII.
Los de
Tarifa, mientras César rendía de paso otras ciudades, empezaron a discordar
entre sí acerca de Pompeyo: parte eran de los que habían enviado diputados a
César, y parte de los que favorecían la facción de Pompeyo.
Encendida
la sedición, se ocuparon las puertas; el mismo Pompeyo, herido, se valió del
auxilio de treinta galeras y se salvó huyendo. Fue luego avisado Didio, que
mandaba la escuadra de Cádiz, y salió en su seguimiento. Al mismo tiempo
destacó por una parte caballería, y por otra infantería, para que no se le
escapase. A los cuatro días de navegación le alcanzó, porque habiendo salido de
Tarifa sin prevención de agua, hubieron de saltar a tierra. Mientras estaban
haciendo aguada se encontró Didio con la escuadra, y unas naves incendió, y por
último, apresó otras.
XXXVIII.
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Pompeyo
escapó con pocos de los suyos y se hizo fuerte en un paraje de ventajosa
situación. Tuvieron noticia de esto la caballería y las cohortes que se habían
destacado a perseguirle, por espías que iban delante, y así marchaban de día y
de noche. Estaba Pompeyo herido gravemente en un hombro y en la pierna
izquierda, a lo que se le juntaba haberse torcido un pie, lo cual le embarazaba
mucho; de suerte, que al dejar el puesto donde se había refugiado era menester
llevarle en una litera. Un portugués que iba delante de ella fue reconocido de
la tropa de César, y así fue cercado de la caballería y las cohortes. Era muy
difícil de atacar aquel paraje, porque Pompeyo, viéndose conocido de los
nuestros por su inadvertencia, volvió a ganar prontamente el puesto ventajoso
que antes ocupaba; el cual, aunque difícil, y que se podía defender con poca
gente contra mayores tropas, no dudaron los nuestros atacarle. Pero fueron
rechazados con dardos en el ataque, y al retirarse, los cargaban los enemigos
con más denuedo, y con esto los estorbaban más el asalto. Como esto mismo
sucediese muchas veces, conocieron los nuestros el daño que recibían, lo cual
los determinó a cercarle.
Empezaron a
levantar con presteza un valladar desde el pie de la colina para poder pelear
con los contrarios en igual terreno; los cuales, en vista de esto, buscaron
modo de salvarse huyendo.
XXXIX.
Pompeyo
herido, como se ha dicho, y torcido un pie, no podía huir muy de prisa, y por
lo escabroso del terreno, ni a caballo ni en la
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litera
encontraba auxilio para salvarse. Los nuestros, perdido el fuerte y sus
auxilios, corrían libremente las espadas por los enemigos. Pompeyo fue a
refugiarse a una hondonada de un valle en una caverna a modo de gruta, adonde
no le hallaran tan fácilmente los nuestros si no fuera descubierto por unos
prisioneros; allí le mataron.
Estando
César en Cádiz el día 12 de abril, se trajo su cabeza a Sevilla, y se expuso a
la vista de la ciudad.
XL.
Muerto Cn.
Pompeyo el mozo, Didio, de quien acabo de hacer mención, alegre de tan buen
suceso, hizo sacar a tierra algunas naves para componerlas y él se retiró a un
fuerte inmediato. Los portugueses que quedaron de la refriega volvieron a
rehacerse, y vinieron a atacar a Didio con un grueso no despreciable.
No
perdonaba éste diligencia para resguardar las naves; pero le sacaban a veces
del fuerte las continuas correrías de aquella gente, los cuales, después de
continuas y diarias escaramuzas, le armaron una celada dividiéndose en tres
trozos. Unos estaban prevenidos para incendiar las naves, y una vez
incendiadas, volverse a incorporar con el grueso de sus tropas; otros estaban
apostados donde, sin ser vistos de nadie, podían venir a dar sobre el enemigo.
Así, habiendo salido Didio del fuerte con sus tropas a perseguirlos, dieron la
seña los portugueses, y pusieron fuego a las naves. A la misma seña salieron
los emboscados por las espaldas y con gran vocerío cercaron a los que habían
salido a perseguir aquellos forajidos. Murió Didio en esta acción con muchos de
los suyos, defendiéndose con gran valor.
Algunos se
salvaron de la refriega aprovechándose de los esquifes que hallaron en la
ribera; otros se refugiaron a nado en las naves que estaban sobre áncoras, y
cortando los cables, tomaron su derrota a fuerza de remo. Los portugueses se
apoderaron de la presa. César pasó otra vez de Cádiz a Sevilla.
XLI.
Fabio
Máximo, a quien César dejó el cargo de estrechar el sitio de Munda, adelantaba
continuamente sus trabajos80, de tal suerte, que estrechados los enemigos por
todas partes, trataron de pelear unos con otros.
Después que
se ejecutó así una matanza cruel81 hicieron una salida. No perdieron los
nuestros la ocasión de señorearse de la plaza, donde todos los que se
encontraron quedaron prisioneros. Desde aquí marcharon la vuelta de Osuna,
ciudad defendida con grandes fortificaciones, cuya situación muy elevada hacía
muy dificultoso el ataque, no sólo por las obras, sino por la naturaleza del
terreno.
Añadíase a
esto no haber más agua que la de la misma ciudad, pues en todos los alrededores
no se hallaba un arroyo en ocho millas de distancia. Favorecía esto mucho a los
habitantes, y más que en seis millas no se encontraba ni césped para levantar
trinchera ni madera para la construcción de torres. Porque Pompeyo, para dejar
a la ciudad más segura de sitio, había mandado cortar toda la leña del
80 Hay
faltas en el texto, donde van las señales.
81 Hay
faltas en el texto, donde van las señales.
contorno y
meterla en la plaza. Así se veían los nuestros precisados a conducir todos los
materiales de Munda, de la cual acababan de apoderarse.
XLII.
Mientras
esto pasaba sobre Munda y Osuna, habiendo pasado César de Cádiz a Sevilla, a
otro día tuvo una asamblea general, en que les hizo a la memoria «que desde el
principio de su cuestura había tomado particular afecto a esta provincia entre
todas y que la hizo en aquel tiempo cuantos beneficios pudo; que después,
siendo pretor, y con algunas más facultades por su empleo, había alcanzado del
Senado que la perdonase los impuestos que Mételo la había cargado, libertándola
de la opresión de sus pagos; que al mismo tiempo, tomándola bajo su protección,
introdujo muchas diputaciones suyas en el Senado y había defendido muchas
causas públicas y privadas, acarreándose por ello no pocos enemigos; que en su
consulado, aun estando ausente, había hecho cuantos favores había podido a la
provincia, y que a todas estas buenas obras eran ingratos y desconocidos para
consigo y con el Pueblo Romano, así en la guerra presente, como en las pasadas.
Vosotros,
dijo, que conocéis el derecho de las gentes y de los ciudadanos romanos,
pusisteis las manos unas y muchas veces, como bárbaros, en las personas
sagradas de los magistrados. En medio del día intentasteis dar muerte
alevosamente a Casio en la plaza pública. Vosotros habéis aborrecido siempre la
paz de tal manera, que nunca puede menos el Pueblo Romano de tener entre
vosotros sus legiones. Los beneficios recibís como injurias, y estimáis por
favores los agravios. Así jamás habéis podido conservar ni la concordia en la
paz ni el valor en la guerra. Recibido por vosotros fugitivo el joven Cn.
Pompeyo, siendo un mero particular, se apropió las fasces y el imperio; levantó
tropas contra el Pueblo Romano, dando muerte a muchísimos ciudadanos, y a
instancias de vosotros mismos ha asolado vuestros campos y toda la provincia.
¿Y de quién os imagináis vencedores? ¿No hacíais cuenta que, aun destruyéndome
a mí, quedaban todavía diez legiones al Pueblo Romano, capaces, no sólo de
resistiros a vosotros, sino aun de sepultar al mundo en sus ruinas?... ».
FIN

